“30 Claves para entender el poder”

Treinta claves para entender el poder. Léxico de la nueva Comunicación Política, viene a llenar uno de los muchos huecos de la ciencia política mexicana. Un esfuerzo pionero por tomar el pensamiento político atrofiado, reflexionarlo en la realidad mexicana y concluir su viabilidad en un contexto determinado.

Ciencia Política
P ALABRAS CLAVE Poder, Autoridad, Estado, Democracia, Cuerpo Social, Conductismo, Elección Racional, Método.

Esto, sin dejar de referirse a las cuestiones del Estado, que se le vincula primordialmente al estudio de las elecciones, los grupos de interés y presión, y sobre todo al contexto, proceso y actores que influyen en las decisiones sobre los asuntos más relevantes de una sociedad. De la Polis al nacimiento de una nueva ciencia.
En la descripción tradicional de la evolución de las Ciencias Sociales siempre se ha reservado para el surgimiento de la Ciencia Política uno de los últimos lugares junto con la Psicología, a diferencia del Derecho, la Sociología, la Economía y la Antropología. ¿Por qué esta distinción si la disputa por el poder y la supremacía política son actividades que acompañan al hombre casi desde su aparición sobre la tierra?
Algunas de las respuestas apuntan a que, aún cuando Aristóteles se refirió en La Política a la tipología de las formas de gobierno (misma que subsiste hasta ahora), no se refirió en su obra únicamente a la reflexión sobre esas formas y además cuando lo hizo, utilizó herramientas de análisis que ahora identificamos como propias de la Filosofía y no de la Ciencia, al menos no como se concibe esta actividad desde el siglo XVII. De la misma manera, los conflictos y la disputa por el poder fueron abordados a través de posiciones normativas o preceptivas (el deber ser) y no mediante explicaciones de los hechos en sí mismos, desprovistos de toda aura mágica o mística.
En El Príncipe Maquiavelo no sólo redacta la primera obra intelectual en donde se define al Estado como un Estado
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Definición
Si bien se podrían presentar numerosas definiciones de Ciencia Política en función de las diferentes escuelas, etapas y corrientes, para efectos de este concepto tomaremos como referente una definición contemporánea, que nos permita abarcar no solo sus aspectos básicos, sino también esbozar su estado actual. De acuerdo con Bobbio (1983) la Ciencia Política es, en un sentido general, el estudio de los fenómenos y de las estructuras políticas, conducido con sistematicidad y con rigor, apoyado en un amplio y agudo examen de los hechos, expuesto con argumentos racionales. Y otra definición, en sentido estricto, es la orientación de los estudios que se propone aplicar, en la medida de lo posible, al análisis del fenómeno político, pero siempre con el mayor rigor. Es, en resumen, la ciencia empírica de la política, o la ciencia de la política.

Moderno, es decir Nacional, sino también remarca que para ello es necesario un nuevo conocimiento “basado en la experiencia efectiva de las cosas y no en su imaginación”. El EstadoNacional, entonces, está íntimamente vinculado a la Ciencia Política, por lo que no será nada raro que sus vicisitudes y su transformación impacte a la sustancia misma de esta actividad científica.
La obra de Maquiavelo establece las bases de la Ciencia Política en la medida en la que se trata de cómo “se adquieren o pierden Principados o Repúblicas” y la distinción entre “fortuna” y “virtud”. Esta última como una racionalidad que calcula la adecuación de medios a los fines propuestos y la disposición de una estrategia y un conjunto de tácticas para lograr el propósito esencial de esta actividad: el Poder.
Para Maquiavelo el Poder es la capacidad para que la voluntad del Soberano se imponga. Con un lenguaje propio del Renacimiento Italiano, Nicolás Maquiavelo disertaba sobre los recursos físicos (vigor, talento bélico), intelectuales (astucia, clarividencia) y ahora diríamos hasta simbólicos (la fortuna es mujer y prefiere a los audaces; es mejor ser amado pero si se debe optar entre ser amado, repudiado o temido es preferible ser temido) y mediáticos (el convencimiento entra por los ojos; el engaño se justifica por la causa que se persigue; el éxito se juzga por el triunfo de la causa y no por los medios empleados) Granada (1982). En su prólogo a El Príncipe, Maquiavelo señala:

“ésta obra da cuenta de la aparición del Estado moderno (justo lo que falta en Italia y Maquiavelo ansiaba) sobre la base de la unificación del cuerpo social en torno al soberano, de la configuración de una administración centralizada, e inaugura una nueva ciencia –la política- y asimismo todo el Tratado tiene las características de un estudio realista o “científico”.

Después de Maquiavelo, la ruta trazada se bifurca siguiendo un patrón que ha sido definido por Villanueva (1990) como un camino basado en un concepto de sociedad como intrínsecamente incapaz de entenderse, coordinarse y autorregularse, y otro camino que sugiere a la sociedad con una capacidad de autogobierno pero que registra también condiciones de convivencia que rebasan la capacidad social y requiere, entonces, una organización exterior con el poder suficiente para restablecer el orden, la certidumbre de los intercambios, la coexistencia pacífica y el acuerdo sobre los objetivos generales de la convivencia.
La primera vertiente es la línea europea que va desde Maquiavelo y Hobbes, hasta Hegel y Weber, mientras la segunda vertiente encuentra su expresión en el asociacionismo norteamericano civil y cívico (como expresión de grupos sociales y como conducta frente a los asuntos de interés público), definido por Alexis de Tocqueville (2002). Señala el mismo Villanueva (1990) que en el ambiente local, la tesis de la incapacidad de la sociedad más que la de su insuficiencia autorregulatoria y autorreproductiva, ha sido la tesis dominante y, en consecuencia, el Estado ha sido considerado como la condi3

ción absolutamente necesaria de organización para asegurar la existencia y el equilibrio de la vida en sociedad.
Por ello, los dirigentes estatales han sido considerados como absolutamente indispensables para la coordinación de una sociedad de suyo ingobernable y necesitada de poder. En esta visión, los actores privados y los de la sociedad civil no tienen una aportación relevante para la gobernación de la sociedad; son más bien, el origen de los problemas y conflictos que, para su solución y neutralización, requieren ser gobernados.
Como escribiera Hobbes (2003), el Estado en tanto Leviatán es fruto de los pecados del hombre y no de sus virtudes. En este contexto, los miembros de la sociedad son los “naturales”, mientras que los poderes públicos son los “agentes civilizatorios” y, gracias a ellos, la “sociedad natural” se transforma en “sociedad civil”. Desde luego que la versión contraria a esta posición es el liberalismo que, a la inversa, deposita la misión civilizatoria en la acción de los individuos y desconfía de la acción “corrupta e ineficaz” del Estado y sus representantes. Entre estos dos extremos existe un amplio espectro de posiciones que dan origen y sentido a las diversas combinatorias de interacción entre gobernantes y gobernados y de los espacios e intersticios que se abren entre Estado y Sociedad.

Los enfoques de la Ciencia Política
Otra forma de abordar y clasificar a la Ciencia Política, era en función de las nacionalidades de los estudiosos, más que a una fórmula universalmente aceptada.
Primero en Europa las contribuciones de Jean Jacques Rousseau, Charles Secondat Barón de Montesquieu, John Locke, Benjamin Constant, Gaetano Mosca, Robert Michels y muchos más, aún cuando no se consideraron a sí mismos “científicos políticos”, fundaron y dieron sentido lógico, jurídico y funcional al constitucionalismo, a la noción de Estado de Derecho, de Estado Social de Derecho, al contractualismo, a la teoría del voto, a las libertades políticas y civiles, a los derechos del hombre y del ciudadano, actualmente se les denomina derechos humanos, y a los partidos políticos, entre los elementos destacados.
A finales del siglo XIX, en Estados Unidos se fundan las primeras carreras universitarias en “Ciencia Política” y se define su objeto de estudio como la delimitación y los alcances del proceso mediante el cual las sociedades alcanzan objetivos colectivos. Que esos objetivos colectivos sean en realidad fijados por un individuo o por un grupo no es tan importante como el hecho constatable que la mayoría de la sociedad los asume como propios y que eso se refleja en estabilidad y en una reproducción cotidiana de ese orden de cosas.
La Ciencia Política, según se entiende actualmente el término, nació en Europa Occidental a principios de la década de 1950 (Sartori, 2004). Se podría decir que “renació”, pero
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eso no sería del todo preciso, porque en el siglo XIX y hasta la Segunda Guerra Mundial, dicha etiqueta señaló una disciplina dominada, en gran medida, por los enfoques jurídicos o históricos (Mosca, 2002). De este modo, la Ciencia Política tuvo un nuevo comienzo y se convirtió en un campo de investigación por derecho propio hace poco más de medio siglo.
En los últimos años, la Ciencia Política concentró sus esfuerzos de investigación en la identificación de una gama de problemas desde el análisis de las formas políticas organizativas hasta el análisis de los procesos de instauración, consolidación, funcionamiento y transformación de las instituciones políticas (Cisneros, 2002).
Afirmar que la Ciencia Política es un proceso, supone entenderla como una secuencia continua de acontecimientos e interacciones entre varios actores como los ciudadanos, las organizaciones y los gobiernos.
Para los académicos anglosajones, era el estudio del Poder y de los diferentes accesos para detentarlo y preservarlo; para los expertos germanos, era el estudio del Estado y de su preeminencia sobre las esferas económica y social; para los pensadores franceses, era la disciplina encargada de los partidos políticos y la “escena política” en la que actores como la “clase gobernante” y las “fuerzas políticas” o “fuerza sociales” dirimían sus diferencias; para la tradición marxista y el campo del entonces “Socialismo Real”, la política era la condensación institucional del conflicto derivado de la lucha de clases.

Pero fue en Estados Unidos en donde surgen los “Departamentos” de Ciencia Política en las grandes universidades y los estudiosos coinciden en que la teoría democrática y pluralista fue la que animó los primeros grandes debates.
A principios del siglo XX se va consolidando una línea de investigación que se consagraría a partir de la década de los cuarenta y hasta los setenta: “el Conductismo” definido por la obra de Lasswell (1930) y sintetizada con el título de uno de sus libros seminales: ¿Quién Gobierna?, ¿Para Quién?, ¿Cómo? y ¿Para Qué? (1936) La Teoría de la Elección Racional
Además del Conductismo, la denominada “Teoría de la Elección Racional” había echado raíces con firmeza en los Departamentos de Ciencia Política de los Estados Unidos, y también las llamadas “Teorías Neoinstitucionalistas” completaban el cuadro.
En el Conductismo es más fácil identificar un núcleo ideológico y metodológico que uno teórico, en el sentido de que no existe una teoría unificadora externa a la investigación. Éstas han estado orientadas por sus problemas característicos; por ejemplo, los determinantes de la conducta electoral, antes que por la construcción teórica como un fin en sí mismo. Esta característica sobrevivió al Conductismo en muchas formas.
Por su parte, la “Teoría de la Elección Racional” encierra una multitud de aproximaciones teóricas integradas por unos
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cuantos principios bastante simples, tanto así que se afirma que más que Teoría, la Elección Racional es un instrumento analítico. Este rasgo ha sido la fuente de los más duros cuestionamientos acerca de la pertinencia disciplinaria de la Elección Racional para la Ciencia Política.
Los enfoques de la Ciencia Política han constituido el núcleo de la disciplina a través de los años. En este sentido, el movimiento conductista estableció las reglas del juego de la disciplina y es fácilmente identificable, mientras las teorías de la elección racional y los nuevos institucionalismos surgieron, en parte, como respuesta al primero. Sin embargo, el resultado no ha sido una sucesión de paradigmas, sino la emergencia de una pluralidad de proyectos teóricos. Este pluralismo se ha convertido en una característica inconfundible de la disciplina.
En otro contexto, un exponente de la Teoría de la Elección Racional reconsidera aspectos fundamentales de la noción de contrato, para dar cabida a “la cultura” y las ideologías. En el nuevo institucionalismo de North (1971) se acepta el problema de la ideología y las normas en su función constitutiva de las decisiones económicas. Goldstone (1998) recurre a métodos conocidos como path analysis para examinar procesos políticos revolucionarios, y de manera similar Tilly (1975) argumenta en favor de explicaciones basadas en mecanismos causales. Esta posición se acerca a la filosofía de la ciencia posterior a Karl Popper, en el sentido de que no exigen teorías generales ni la búsqueda de leyes generales y ni siquiera está la demanda de predicción. Y también se asemeja a

la posición defendida por Merton (1984) sobre la institucionalización de la ciencia.
El “recurso del método” de la ciencia política contemporánea enfatiza la existencia de una pluralidad de tradiciones teóricas y programas metodológicos. No bastaría un cambio en la visión de la política (ideología) si no existiera un marco institucional de la Ciencia Política progresivo para el desarrollo de estos debates.
Es en este sentido en el que debemos entender la afirmación de Lindblom (1991): “el término ‘Ciencia Política’ es un nombre dado no a un campo de investigación científica convencional, sino a un debate continuo”, y es que en estas polémicas es donde la disciplina ha encontrado sus mejores expresiones. Pero hablar de “debates” significa que debemos reconocer que no se está haciendo referencia sólo a la expresión de los términos confrontados, sino también a las reglas de la discusión. La Crisis de la Ciencia Política.
La Ciencia Política, por su apego a la disciplina y rigor científicos ha alcanzado madurez institucional, establecido sus reglas y delimitado sus campos de trabajo. Esto es, la convicción de que la política puede y debe ser estudiada con estándares que resistan las pruebas de la verificación, de la réplica, de la predicción y de la acumulación del conocimiento. De hecho, gran parte de los debates ocurren precisamente para clarificar el significado del primer término “Ciencia Política”. Porque independientemente de la filiación a una u otra filo6

sofía de la ciencia, la Ciencia Política contemporánea ha mantenido un nexo con la vocación empírica de investigación.
La persistencia de los debates sobre el “método” es indicativa de esta predisposición por la ciencia empírica. El “método” adquiere en la Ciencia Política un papel de hilo conductor de los debates. Manheim escribía en 1932:
“Es posible que muchos académicos (…) admitan la importancia de discutir construcciones teóricas. Sin embargo, la cuestión principal en el campo de la metodología no es tener opiniones correctas, sino actuar correctamente. Esto revela una gran ansiedad por no violentar ciertos principios muy limitados de exactitud y mantiene un sentido de terreno común en medio de una pluralidad de enfoques analíticos y teóricos”.

teórico que ha tenido considerando el paso de un “viejo institucionalismo” a un (os) “neo-institucionalismo (s)”.
Bobbio (1983) afirma que la tarea más urgente y difícil que espera hoy a la Ciencia Política es analizar y, eventualmente cuestionar la propia ideología de la política científica, examinando su significado histórico y actual, destacando sus límites y condiciones de practicabilidad, indicando sus probables líneas de desarrollo.
Así, aún cuando se aborda el estudio de las instituciones políticas desde diferentes enfoques, la concentración apunta fundamentalmente a la Elección Racional y la Teoría de Juegos. Mediante la Teoría de Juegos se estudia al actor político de acuerdo con sus preferencias, estrategias y pagos por su desempeño en el medio ambiente institucional interactuando con otros actores. Estos son elementos centrales para la toma de decisiones y la gestión estratégica.
En cuanto a la Escuela Crítica, México y la región latinoamericana asisten a un proceso de profunda transformación a la par de la erosión de los conceptos tradicionales de la teoría política, la cual obliga a entender que el proceso de transición significa el agotamiento del modelo económico basado en la intervención del Estado, así como la reorganización de las instituciones político-institucionales de la sociedad tradicional que se erigió sobre los cimientos estructurales del modelo anterior.
Sobre el paradigma en el que se desenvuelve la Ciencia Política, Cansino (1999) explica el contraste que se da entre
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En las universidades la cátedra de Ciencia Política trata de familiarizar al estudiante con las últimas elaboraciones doctrinales, tanto en la perspectiva académica como en la de la acción práctica. Es decir, se distingue entre una teoría política en sus fundamentos filosóficos y otra concebida más como una guía para la praxis política. A grandes rasgos, se ofrecen dos perspectivas: “el Institucionalismo” y “la Escuela Crítica”.
En la primera, uno de los temas centrales es el de las instituciones. La diversidad de enfoques genera cierto grado de incertidumbre respecto a sus evoluciones, más aún cuando la Ciencia Política intenta marcar el tránsito desde disciplinas descriptivas a disciplinas explicativas de los fenómenos sociales y políticos. Así, el estudio de las instituciones resulta esencial no sólo por presentarse como el marco para una decisión individual o grupal, sino también por el desarrollo histórico y

diferentes naciones, en Estados Unidos y en Europa occidental, allí donde la Ciencia Política ha logrado consolidarse, no existe un paradigma –siguiendo a Kuhn (2004)- y en los países de Europa del Este y en otras naciones como México, Brasil y Argentina entre otros, donde el marxismo llegó a ser la concepción del mundo dominante entre los científicos sociales al grado de entorpecer el desarrollo de otras perspectivas, se vive en la actualidad un verdadero vuelco ideológico y, en consecuencia, teórico.
En el caso de estos últimos países se observa un claro intento por incorporar en la Ciencia Política local metodologías más empíricas y sofisticadas, elaboradas originalmente en Estados Unidos y en Europa. Así, por ejemplo, en países como México o Brasil existe hoy más lugar que en el pasado tanto para las metodologías funcionalistas como para las perspectivas racionalistas (teoría de juegos, elección pública, etcétera), a pesar de que las difíciles condiciones económicas de estos países frenan o retardan la evolución de las metodologías y técnicas más refinadas.
En ese contexto, la situación actual se distingue del pasado inmediato, porque se redefinen los espacios, intereses y demandas de los sujetos sociales así como por el desmantelamiento de las bases fundacionales jurídicas y sociales de la vieja sociedad. Se observa la desestructuración de la sociedad y sus redes sociales basadas en relaciones de clase, irrumpen el caos, el riesgo y la incertidumbre como los nuevos problemas del nuevo siglo. Frente a la diferencia de clases surge la

diferencia individual y las nuevas identidades organizacionales.
Por otra parte la vigencia del nuevo modelo económico que se apropió de la transición y de la posmodernidad, basado en la racionalidad del futuro, busca también apropiarse del discurso y del análisis de la realidad.
Algunos de los aspectos destacados en el debate teórico sobre la ruptura y la transición son: el Utilitarismo, la Igualdad Liberal, el Liberalismo, el Neo-marxismo, el Comunitarismo, el Nacionalismo y la Globalización, el Ecologismo, el Feminismo, el Antiglobalismo, el Populismo y el Neopopulismo.
En cuanto a la temática en la formulación de la Reforma del Estado, se distingue: el Nuevo Protagonismo Estatal y la Centralidad del Mercado, la Despolitización y la Nueva Gestión Estatal, los Enfoques sobre la Gobernabilidad e Ingobernabilidad, las Teorías sobre la Incertidumbre y el Riesgo y, los Nuevos Actores y Sujetos Políticos.
Cisneros (2002) señala que en el desfase que aún existe entre Teoría y Ciencia Política ha pesado la tradición “hiperfactualista” de estudios sobre política provenientes del mundo anglosajón. La “cuantomanía” -como Sartori llama a este culto al dato– ha llevado a la disciplina hacia una actitud poco predispuesta a la teorización. La existencia de una “avalorabilidad” mal interpretada ha terminado por debilitar la capacidad reflexiva y la fuerza propulsora que es necesaria para enfrentar los nuevos problemas políticos. Los desafíos de la Ciencia
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Política se relacionan con el futuro de la democracia después de la crisis y fragmentación del comunismo histórico como ideología y sistema de instituciones políticas. A pesar de la desaparición de esta forma política, la confrontación se mantiene entre la posibilidad de “mayores libertades” y la necesidad de una “mayor igualdad” entre los individuos. Esta confrontación no sólo no ha desaparecido sino que se ha trasladado al campo de las democracias. Por lo tanto, es fundamental estimular el proceso reflexivo de carácter teórico para abrir la Ciencia Política a otras temáticas.
Cisneros (2002) afirma que la Ciencia Política ha estudiado muy bien de donde nace el cambio político pero que aún necesita responder a la pregunta de hacia dónde se dirige tal cambio. Los retos de la Ciencia Politica.
El reto de la Ciencia Política es contribuir a la respuesta de cuál democracia debe caracterizar a los regímenes políticos de su tiempo. La Ciencia Política debe poner atención no solo a la necesaria innovación institucional sino también a la reflexión de “cómo” deben ser las instituciones democráticas. Nos encontramos frente a una situación en la que aparecen nuevos dilemas, pero en la que aún prevalecen esquemas analíticos del pasado. La respuesta al problema sobre cuál es la democracia adecuada para las sociedades en transición es de gran importancia para la Ciencia Política actual porque representa el punto de partida para la impostergable discusión sobre el tipo, la dinámica y los alcances de las transformaciones

por las que actualmente atraviesan diversos regímenes políticos alrededor del mundo.
Almond (1999) resumió la situación que prevalece adentro de la disciplina de la siguiente manera: Los politólogos se agrupan en “mesas separadas”. La pluralidad de los enfoques teóricos es, por decirlo así, endémica. Además los clasifica por sus atributos metodológicos más que teóricos. Esta forma de hacer las cosas es característica de alguien adiestrado en la convicción de que en la ciencia, sea social o de cualquier otra naturaleza, lo que importa es el método.
La Ciencia Política se agrupa en aquella que busca mecanismos como “relojes” o configuraciones como “nubes”, elusivas y cambiantes. Los “relojes” de la Teoría de la Elección Racional son los primeros que vienen a la mente con la búsqueda de regularidades y el establecimiento de cadenas causales que es la meta de esta ciencia social para sus practicantes (Almond, 1999).
Para los que buscan conjuraciones sociales semejantes a las “nubes”, en contraste, lo importante es interpretar lo cambiante de las situaciones y el aspecto estético de los procesos en cuestión. No hay regularidades o no vale la pena establecerlas, sino interpretar y entender los fenómenos bajo observación.
En este sentido, encontramos a un exponente destacado de la Teoría de la Elección Racional como Riker (1973) en un extremo, proclamando que la ciencia política aspira a un rigor y una universalidad comparable a la de la física teórica. En el
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extremo opuesto podría situarse el antropólogo político Geertz (1980), denostando el positivismo en las ciencias sociales. Sin embargo, quienes descomponen y recomponen “relojes” y quienes observan “nubes” comparten una regla disciplinaria que es inescapable y que consiste en que cualquiera que sea su edificación teórica, deben poner a prueba sus ideas y deben referirse a “algo”, es decir, a algún fenómeno. Ambas deben apegarse a ciertas normas de realismo y empirismo. En suma, la Ciencia Política ha inducido, como disciplina, prácticas de investigación orientadas hacia problemas, antes que hacia teorías.
Después de estos puntos de vista, Zolo (2006) retoma la postura de Ricci (1984) sobre lo que denominan la “tragedia de la Ciencia Política estadounidense” y se refieren a la situación de agudo desconcierto en el cual se encuentra la Ciencia Política estadounidense después de que varios de sus exponentes, entre ellos algunos de los más autorizados como Almond y Easton, han sometido a una crítica muy severa tanto el programa originario del conductismo político como los desarrollos sucesivos de la disciplina.
La ciencia política estadounidense, observa Ricci, parece incapaz de producir un efectivo “conocimiento político” precisamente a causa de su empeño por alcanzar un conocimiento cierto y absolutamente preciso —“científico”, para ser exactos— de la vida política. La Ciencia Política corre entonces el riesgo de autonegarse “trágicamente” en cuanto ciencia “políticamente indiferente”.

La Muerte de la Ciencia Política.
El debate más reciente que se ha presentado en torno a la Ciencia Política consiste en la llamada “Muerte de la Ciencia Política”, debate que tiene su origen en el libro Torre de Babel de Giovanni Sartori (1975), pero que el llamado “viejo sabio” retoma y profundiza en un ensayo recientemente publicado en México, haciendo énfasis en el momento de fragilidad y de coyuntura que vive la disciplina (Sartori 2004):
“¿Hacia dónde va la ciencia política? Según el argumento que he presentado aquí, la ciencia política estadounidense (la “ciencia normal”, pues a los académicos inteligentes siempre los ha salvado su inteligencia) no va a ningún lado. Es un gigante que sigue creciendo y tiene los pies de barro. Acudir, para creer, a las reuniones anuales de la Asociación Estadounidense de Ciencia Política (APSA) es una experiencia de un aburrimiento sin paliativos. O leer, para creer, el ilegible y/o masivamente irrelevante American Political Science Review. La alternativa, o cuando menos, la alternativa con la que estoy de acuerdo, es resistir a la cuantificación de la disciplina. En pocas palabras, pensar antes de contar; y, también, usar la lógica al pensar”.

A esta crítica publicada por la revista del CIDE: Política y Gobierno responde en la misma el profesor Colomer (2004) minimizando la postura de Sartori y la aportación de los pensadores clásicos al colocarlos “en el mismo nivel –o incluso más alto- que a los investigadores contemporáneos”.
Como réplica en este debate, para Cansino (2006) la Ciencia Política está herida de muerte. Sin darse cuenta fue víctima de sus propios excesos empiricistas y cientificistas, que la
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alejaron de la macropolítica. Incluso los politólogos que se han ocupado de un tema tan complejo como la democracia se han perdido en el dato duro y han sido incapaces de asumir que para decir algo original y sensato sobre la misma deben flexibilizar sus enfoques y tender puentes con la filosofía prescriptiva, como lo hiciera Sartori (1987) en su The Theory of Democracy Revisited.
En este mismo artículo, Cansino (2006) critica el nuevo concepto de “calidad de la democracia”, que es el más nuevo debate en torno a la Ciencia Política, al señalar que con él se prosiguen afanes cientificistas y se traicionan las premisas fuertes de la ciencia política, cuando su aporte es marginal para entender los problemas de fondo de las democracias modernas.
“En este sentido, la ciencia política que ahora abraza la noción de “calidad de la democracia” para evaluar a las democracias realmente existentes, no hace sino colocarse en la tradición de pensamiento que va desde Platón —quien trató de reconocer las virtudes de la verdadera República, entre el ideal y la realidad— hasta John Rawls, quien también buscó afanosamente las claves universales de una sociedad justa, y al hacerlo, esta disciplina pretendidamente científica muestra implícitamente sus propias inconsistencias e insuficiencias, y quizá, su propia decadencia. La ciencia política, que se reclamaba a sí misma como el saber más riguroso y sistemático de la política, el saber empírico por antonomasia, ha debido ceder finalmente a las tentaciones prescriptivas a la hora de analizar la democracia, pues evaluar su calidad sólo puede hacerse en referencia a un ideal de la misma nunca alcanzado pero siempre deseado” (Cansino, 2006).

Para entender mejor el planteamiento de este nuevo concepto de “Calidad de la Democracia”, Morlino (2005) señala tres componentes en sus dimensiones procedimentales: Gobierno de la ley, Rendición de cuentas y Reciprocidad, así como dos componentes sustantivos: Libertad e igualdad.
Así, Morlino (2005) hace énfasis en la dificultad de la evaluación y cumplimiento de los dos componentes sustantivos, primero para el caso de la libertad implica que el estado cumpla con la plena vigencia y respeto de los derechos civiles de los ciudadanos y para el caso de la igualdad, su implementación la califica de utópica, porque en el aspecto formal todos los ciudadanos son iguales ante la ley, pero en lo sustantivo es más complejo disolver o desaparecer las barreras que limitan la igualdad social y económica.

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