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Procesos de comunicación y matrices de cultura
Itinerario para salir de una razón dualista
Jesús Martín-Barbero
Introducción (Gustavo Gili, México, 1988)

« Procesos de comunicación y matrices de cultura es el antecedente inmediato del libro De los medios a las mediaciones, y representa la trayectoria de investigación y reflexión que en el campo de la comunicación/cultura ha realizado Jesús Martín-Barbero y que lo revelan como uno de los principales exponentes del trabajo latinoamericano en esta área. En este itinerario que el autor nos relata encontraremos sin duda reflejados los diversos caminos seguidos por la investigación de la comunicación, desde su lugar de partida hasta el momento actual, que se define en el reencuentro con lo cultural. Martín-Barbero nos propone rehacer conceptualmente el campo de la comunicación como constitutiva de las dinámicas de la(s) culturas(s), visión a partir de la cual el sentido de las prácticas comunicativas es referido a los movimientos sociales mediante una puesta en historia de su relación, desplazando así la referencia directa a los medios.»

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Hay momentos en la vida en los que la cuestión de saber si se puede pensar distinto de como se piensa y percibir distinto de como se ve es indispensable para seguir reflexionando. Ironía de los esfuerzos que hacemos para cambiar nuestro modo de ver: creíamos alejarnos y nos encontramos en la vertical de nosotros mismos. El viaje rejuveneció las cosas y envejeció la relación con uno mismo. M. Foucault

Hacer un libro a partir de textos escritos a lo largo de diez años, con el fin de retrazar una trayectoria de investigación y reflexión en el campo de la comunicación/cultura: así me fue formulada la amistosa solicitud que se halla en el origen de este libro y ese es el objetivo de estas páginas. Pero antes de hablar de este libro debo decir una palabra sobre los textos de que está hecho, de lo cargados que están algunos, puesto que a través de ellos, desde ellos, he mantenido comunicación con gentes bien distintas y distantes de nuestro largo "sub"-continente. Extraño campo éste de la comunicación en América Latina, en el que los problemas tienen que ver con sofisticadas tecnologías, pero en el que el flujo de las informaciones sobre su estudio sigue pasando, tanto o más que por los libros y las revistas, por la "cultura oral" de los encuentros, de los seminarios y por esa otra, también oral a su manera, que es la de las cartas. Debo referirme pues a los textos, porque agruparlos, ponerlos uno tras de otro, es en cierta manera ponerlos en serie robándoles algo de su propia vida. Sé de no pocos que, aunque publicados en revistas y libros colectivos, le han negado a la
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mayoría de la gente multicopiados a mimeógrafo o fotocopiados, con las señas de una lectura anterior en sus márgenes y en los subrayados. Y, en alguna forma, ese proceso de comunicación “vivido” por los textos debería poder incorporarse, explicitarse ahora. Me temo, sin embargo, que esa explicitación exigiría otro libro que deberé escribir algún día: un libro sobre las lecturas. Dada la imposibilidad de hacer a un tiempo los “dos” libros que me hubiera gustado hacer, hago al menos justicia confesando que en más de una ocasión la distancia de un texto a otro pasó secreta pero decisivamente por aquellas lecturas que me ayudaron a descubrir lo que en la distancia había de trayecto: ése del cual rastreará las trazas este libro. El lugar de partida se halla en una reflexión elaborada entre 1975 y 1977 –publicada a comienzos de 1978– sobre los logros e impases de la investigación latinoamericana en comunicación de masas. De esa reflexión se recogen aquí dos cuestiones: contra qué se luchaba y de qué herramientas se disponía. Se trata de la lucha que por esos años en Latinoamérica libran las ciencias sociales –a las que recién se incorporaba el “campo” de la comunicación– contra la fascinación cientifista de un funcionalismo omnipresente pero también contra la inercia de una dogmática y una escolástica marxistas. Lo que de esa lucha es aún hoy rescatable es que se apunta ya, aunque borrosamente, al lugar desde donde el positivismo hegemoniza: la separación, el distanciamiento entre el contenido de lo que vivimos y la forma legitimada de lo conocible, y la operación de seducción que aún sobre sus más encarnizados adversarios aquél ejerce. En cuanto a las herramientas teóricas de ese momento –materialismo histórico y semiología estructuralista– se trata de ubicarlas tanto en su capacidad de producción –lo que una concepción totalizante del proceso social y un análisis de la dimensión
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4 significante de las prácticas hacen pensable– como de reproducción; la inercia que conduce a reducir la trama del sentido a “superestructura” o a suplantar el análisis por una jerga semiótica convirtiendo las herramientas en “objetos” de fe o de fascinada complacencia. El tono beligerante de esa reflexión habla –más allá de los acentos personales del que escribe– de la manera en que el estudio de la comunicación en esos años asume el discurso de la denuncia y se articula a él como a su “forma” de decir la toma de posición: si la comunicación es escenario privilegiado de la dominación, su abordaje como campo de estudio implica plantearse de qué lado se está. El lado negativo estuvo en que la asunción de la denuncia condujo a una excesiva generalización de los problemas –que tornaba difícil el reconocimiento de la peculiaridad de las situaciones– y a una sensibilización apocalíptica que unidimensionalizó el sentido de las prácticas. Pero quizás fue ese el costo que hubo de pagarse por empezar a hacer pensable, desbrozable al menos, la trama de dominio que sostiene y carga en estos países el campo de la comunicación. El primer desplazamiento –de la transparencia del mensaje a la opacidad de los discursos– se sitúa aún dentro del mismo recorte de campo que realiza la propuesta de partida: el objeto de estudio siguen siendo los medios, es desde ellos que se organiza y es pensada la comunicación. Lo que empieza a cambiar es el horizonte de problemas en que los medios aparecen al romperse con la inercia teórica del modelo aceptado por el análisis crítico e introducir articulaciones nuevas. Esto exige que antes de pasar al análisis hagamos una reflexión sobre los presupuestos; y hacia allí apunta el texto introductorio buscando reubicar la propuesta que viene de la teoría del discurso al interior del debate filosófico en el que la búsqueda de la interdisciplinariedad deja de ser una estratagema puramente técnica –cómo hacer converger las varias disciplinas– para pasar a plantearnos la
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cuestión de fondo: cómo abordar la cuestión del sentido sin que el abordaje lingüístico la positivice, esto es, la neutralice, y sin que su articulación a las cuestiones del poder y del deseo la carguen en tal modo que la fatalicen. Esa reubicación permitirá romper con una concepción de ideología demasiado deudora de aque1la idea de mensaje, según la cual la forma transparenta el contenido, con lo que analizar ideológicamente el discurso de un medio se reducía a constatar la manipulación reconstruyendo la fórmula. Ahora la cuestión ideológica se incorpora al análisis de la trama discursiva del poder que opera en las complicidades del deseo controlando, esto es, fijando límites, ritualizando dispositivos, excluyendo zonas de lo decible. De los tres textos analíticos que se incluyen, los dos primeros investigan el proceso de constitución de la forma que la sociedad mercantil “imprime” al discurso dominante: la forma-mito en el discurso de prensa y la forma-rito en el de televisión. La construcción de su forma cubre en la prensa un largo recorrido histórico que, arrancando de la información requerida ya desde el siglo XVII por los flujos del mercado, ha1la su “razón” en la doctrina liberal del siglo XIX sobre los derechos de la opinión pública y su modelo actual en la positivista búsqueda de la objetividad, búsqueda convertida en obsesión y escisión –entre lo serio y lo sensacional– con las que el mito nos asegura el orden del mundo cada día. Otros son los caminos por los que la televisión llega a su forma, y a los que nos da acceso básico la antropología, puesto que es de representación que a1lí se trata y por tanto de máscaras, de imágenes y magia. El medio que nos instala “definitivamente” en la actualidad, que “acercándolo” todo lo contemporaniza, saca su fuerza sin embargo de la magia del ver y del tiempo del ciclo, y la repetición. Es haciéndose rito como la televisión enchufa la vida a la escena donde transcurre el espectáculo: esa danza del objeto

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6 que es la publicidad, de cuya rentabilidad y eficacia la televisión vive. El tercer texto analítico aborda el cine en un punto crucial: la oposición entre lo que ahí se da a ver y lo que el análisis permite leer. Apoyado en un concepto de relato que conecta la ficción con la historia, la lectura del film Chinatown permitirá sacar a flote las articulaciones de la topografía narrativa con una topología política que se deja leer en el juego de trayectos que atraviesa el ver, y que horada su evidencia sin suprimir el placer. Segundo desplazamiento: de lo popular folklorizado al espesor masivo de lo urbano. La verdadera ruptura empieza aquí. Ahora ya no se trata de ampliar el esquema o de llenar sus huecos sino de situarse a otro nivel: el de la sensación de desencuentro entre el trabajo teórico y la experiencia social. Pues ni el desenmascaramiento de la ideología que estructura los mensajes, ni la puesta al descubierto de los circuitos y las tramas de poder que articulan los medios nos han asomado a la experiencia, al modo en que la gente percibe, siente y vive los procesos de comunicación que investigamos. Un desencuentro especialmente significativo en países en los que ni la comunicación socialmente relevante tiene su lugar único en los medios, ni lo que pasa por ellos puede ser comprendido por fuera del espacio socio-cultural desde el que los medios son percibidos, mirados, escuchados o leídos. Comienza así una búsqueda que me alejará del territorio acotado por las disciplinas que estudian la comunicación y me pondrá en contacto con otros territorios y otros saberes –históricos, antropológicos, estéticos– desde los que se irá gestando una forma otra de pensar la comunicación. y en medio de esa búsqueda una “experiencia” particular me ayudó a formular global mente el trabajo de investigación; intrigado por el éxito de un film mexicano titulado La ley del monte que estaba barriendo todos los réProcesos de comunicación y matrices de cultura

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cords de taquilla en la ciudad de Calí decidí con algunos compañeros ir a verlo. En un día entre semana, en la sesión de la tarde, la sala de cine, situada en el sector popular del centro de la ciudad, estaba llena y más de hombres que de mujeres. A los pocos minutos de proyección nuestro aburrimiento –el de mis compañeros profesores y el mío– era tan grande que comenzamos a exteriorizarlo con risas. El film era tan elementalmente melodramático, su contenido tan explícitamente reaccionario y su lenguaje cinematográfico tan torpe que sólo en clave cómica era soportable. La gente que nos rodeaba, por el contrario, estaba tan metida en el film y tan emocionada que las interferencias producidas por nuestras risas y nuestros comentarios les indignaron y quisieron sacarnos de la sala. Avergonzado por lo sucedido, durante el resto de la proyección me dediqué a observar esos rostros de hombres emocionados hasta las lágrimas, ¡viviendo el drama con un placer tan grande! A lo que experimenté ese día me he atrevido a llamarlo un “escalofrío epistemológico” que me acompañó durante varios meses en forma de pregunta obsesiva: ¿qué tenía que ver la película que yo vi con la que vieron ellos?, ¿qué relación podía existir entre lo que a ellos les producía tanta emoción ya nosotros tanto aburrimiento?, ¿qué veían ellos que yo no vi? Y, entonces, ¿de qué les podía servir la “lectura ideológica” que nosotros hacíamos, en el caso de que fuéramos capaces de traducirla a su lenguaje, si esa lectura lo sería siempre de la película que nosotros vimos y no de la que ellos vieron? Claro que era una película alienante, pero, por encima y por debajo de eso, en algún sentido, ella afirmaba lo popular, esto es, movilizaba un imaginario y conectaba con una sensibilidad muy diferente de la nuestra de intelectuales. Una intuición comenzó así a tomar cuerpo emborronando viejas claridades y certezas: ¿y si en nuestro rechazo a la cultura de masa no hubiera solamente la crítica a la alienación que ella cobija sino también el asco hacia esa otra
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8 sensibilidad, hacia esa otra experiencia cultural? ¿No estaríamos con demasiada frecuencia enmascarando nuestros gustos de clase tras de las etiquetas políticas con las que rechazamos la cultura masiva, cuando es a la clase que goza esos productos culturales, a su experiencia vital otra, "vulgar" y escandalosa, a la que ese rechazo va dirigido? Al mismo tiempo, había también que preguntarse por qué las clases populares invierten –como dice Dufrenne– su deseo y extraen placer de esa cultura que los niega como sujetos. Al ritmo de esa reflexión la intuición se fue tornando idea y proyecto: era necesario mirar el proceso entero de la comunicación masiva desde ese otro lugar que es lo popular. Había que comenzar a pensar de otra manera las relaciones de lo popular con lo masivo. Por más desprestigiado que estuviera –y en el mundo académico lo estaba–, por más oportunista y demagógico que ese término pareciera, necesitábamos pensar lo popular en primer lugar como revulsivo contra las seguridades que nos proporcionaban las teorías formales; y, en segundo lugar, estábamos descubriendo que las relaciones de lo masivo a lo popular quizá no eran sólo de negación sino también de mediación. Es decir, que lo masivo niega lo popular en la medida en que escamotea y disfraza las diferencias sociales conflictivas, las que vienen de las clases, de las razas, de las etnias, etc.; y en ese sentido lo masivo no es más que la tramposa imagen de sí mismas que las masas populares deben interiorizar para que cotidianamente sea legitimada la dominación que la burguesía ejerce. Pero lo masivo es en otro sentido mediación histórica de lo popular, de sus aspiraciones y sus formas de lucha, de su visibilidad social, de una nueva socialidad que se expresa a través de transformaciones de las expectativas de vida y del gusto de las clases populares. Los textos que aquí se recogen para dar cuenta de ese desplazamiento, explicitan algunos momentos de su desarrollo alternando los textos de reflexión –uno abordando
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sobre todo la cuestión del desde dónde hacemos investigación, el otro desplegando el proyecto en las tres direcciones en que se abren las relaciones de lo popular a lo masivo– con los trabajos de análisis: sobre prácticas cotidianas de comunicación en mercados y cementerios, y sobre las transformaciones históricas de los relatos populares. El quinto texto, una entrevista, sitúa el proyecto en relación con los usos políticos y el espacio académico. El tercer desplazamiento –de la comunicación como asunto de medios a la cultura como espacio de identidades– es aquél en que estamos, y que podríamos caracterizar por el esfuerzo en hacer explícita la redefinición general del campo de estudio de la comunicación contenida en la ruptura que introduce lo popular. Pues en el campo de la comunicación lo popular señala no un “objeto” sino un lugar desde el que repensar los procesos, ese lugar desde el que salen a flote los conflictos que articula la cultura. Pero la relación comunicación/cultura desde lo popular sólo se abre camino estallando dualismos a derecha e izquierda. El dualismo que “ilustradamente” opone lo culto a lo popular como sinónimo de inculto, es decir, el que le niega a lo popular la posibilidad misma de ser espacio productor de cultura. O aquél otro dualismo a partir del cual rescatar lo popular implica automáticamente condenar lo masivo, y viceversa: para criticar lo masivo necesita idealizar lo popular convirtiéndolo en el lugar en sí de la horizontalidad y la reciprocidad. Y un tercer dualismo en fin, aquél que ha mantenido durante años separados, en la teoría y en las políticas, las cuestiones de la comunicación y la cultura: desde la derecha, porque el ámbito de la comunicación masiva puede ser a lo sumo espacio de circulación –divulgación /vulgarización– pero nunca de creación o producción cultural; desde la izquierda, porque al hablar de "imperialismo cultural" lo que en verdad estaba en juego eran menos procesos de cultura que de reproducción ideológica.
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10 Ahora lo que se busca es rehacer conceptualmente el campo de la comunicación viendo en ésta una modalidad constitutiva de las dinámicas de la(s) cultura(s), visión a partir de la cual el sentido de las prácticas comunicativas es referido más que a los medios, a los movimientos sociales mediante una puesta en historia de esa relación. Es claro que este desplazamiento no obedece sólo a deslizamientos internos del propio campo, sino a un movimiento general en las ciencias sociales de reencuentro con lo cultural en cuanto dimensión y dinámica, esto es, en cuanto mediación que articula tanto las solidaridades políticas como los conflictos sociales. Si en los estudios de comunicación ese reencuentro apenas comienza, hay sin embargo ya buenos síntomas de la profunda renovación que él implica tanto a la hora de pensar las innovaciones tecnológicas como las anacronías políticas. Los textos que conforman esta última parte son de dos tipos. Una puesta en historia de los debates en torno a la cultura/comunicación y de la relación entre desarrollo tecnológico y modelos políticos; y una reflexión sobre la crisis de las identidades culturales, primero en relación con la transnacionalización tecnológica, y después con el reflotamiento de la cuestión regional y los modelos de televisión. El último texto, una entrevista dialogada con dos investigadores brasileños, recoge una apretada síntesis del trayecto y del nuevo mapa. Y es por las rutas abiertas desde ese nuevo mapa por donde se arriesga un libro que está a punto de salir a la luz pública cuando estoy terminando esta introducción, su título dice a la vez el relevo y el enlace con el itinerario aquí trazado: De los medios a las mediaciones. Cali, mayo de 1987.

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