UNIVERSIDADA AUTOMONA DEL CARMEN ESCUELA PREPARATORIA DIURNA UNIDAD ACADEMICA CAMPUS II

ESPAÑOL III (LITERATURA I) 2da EXPERIENCIA DE APRENDIZAJE

3ER SEMESTRE TEMA:

GRUPO: D

“CONOCIENDO NUESTRAS LEYENDAS” “DIVULGANDO TRADICIONES” PROFESOR: L. E. FLOR MARIA CANDELARIA CRAVAJAL MEDINA ALUMNA: ABIGAIL ZARATE ORLAINETA IRIS ALEJANDRO MARQUEZ JOSE CARLOS VARGAS ARMANDO DIAZ HEREDIA IVAN ANTONIO JIMENEZ LAINES JESUS ALFONSO PEREZ CASTRO

CD DEL CARMEN, CAMPECHE

OCTUBRE DEL 2010

INDICE “conociendo nuestras leyendas” Págs. LEYENDAS PREHISPANICAS • • • • • • • • LA LEYENDA DE LOS VOLCANES…………………………………… QUETZALCOATL………………………………………………………... LA ESQUINA DEL PERRO …………………………………………..... LA JOVEN DE LOS PANTEONES………..……………….………….. LEYENDAS URBANAS LA LLORONA……………………………………………….……………. LA MULATA DE CORDOBA.….………………………………………. LA XTABAY.………………………………………………………………

LEYENDAS REGIONALES O LOCALES

LEYENDAS NACIONALES • • • • LA CHINA POBLANA……………………………………………………. EL ESCUDO……………………………………………………............. LAS SANDALIAS DEL GUERRERO (Leyenda egipcia)………………………………………...……………… EL COFRE DE PANDORA (Leyenda griega)……………….………............................................... CONCLUSIÓN BIBLIOGRAFÍA

LEYENDAS INTERNACIONALES

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INTRODUCCION

Esta antología recoge leyendas presentes en Cd. del carmen, Campeche, egipcio, griego, etc. Cada historia llega de muchos años atrás. Son cuentos traspasados oralmente de padre a hijo, donde se explica el origen del mundo, junto a seres fantásticos y legendarios. Las leyendas son relatos de determinados sucesos extraordinarios o fantásticos, que el pueblo considera fehacientemente ocurridos en determinado tiempo y lugar. Se basan en personajes o hechos reales o supuestos, en indicios naturales, en creencias religiosas y en supersticiones. Antiguamente, se refería a la historia o en relación de la vida de uno o más santos. Hoy es el relato de sucesos que, partiendo de una base histórica, han sido dibujados por la imaginación popular, es decir, que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos. Los relatos que en vez de narrar un acontecimiento notable de este tipo, exponen simplemente una creencia y la acreditan con episodios anecdóticos, no constituyen leyendas propiamente dichas. De todos modos, si tienen unidad narrativa, suele llamárselos leyendas, lo mismo que los relatos anecdóticos, sin veracidad documental, relativos a sucesos o personajes históricos.

Los autores 3

LA LEYENDA DE LOS VOLCANES

Las huestes del Imperio azteca regresaban de la guerra. Pero no sonaban ni los teponaxtles ni las caracolas, ni el huéhuetl hacía rebotar sus percusiones en las calles y en los templos. Tampoco las chirimías esparcían su aflautado tono en el vasto valle del Anáhuac y sobre el verdiazul espejeante de los cinco lagos (Chalco, Xochimilco, Texcoco, Ecatepec y Tzompanco) se reflejaba un menguado ejército en derrota. El caballero águila, el caballero tigre y el que se decía capitán coyote traían sus rodelas rotas y los penachos destrozados y las ropas tremolando al viento en jirones ensangrentados. Allá en los cúes y en las fortalezas de paso estaban apagados los braseros y vacíos de tlecáxitl que era el sahumerio ceremonial, los enormes pebeteros de barro con la horrible figura de Texcatlipoca el dios cojo de la guerra. Los estandares recogidos y el consejo de los Yopica que eran los viejos y sabios maestros del arte de la estrategia, aguardaban ansiosos la llegada de los guerreros para oír de sus propios labios la explicación de su vergonzosa derrota. Hacía largo tiempo que un grande y bien armando contingente de guerreros aztecas había salido en son de conquista a las tierras del Sur, allá en donde moraban los Ulmecas, los Xicalanca, los Zapotecas y los Vixtotis a quienes era preciso ungir al ya enorme señorío del Anáhuac. Dos ciclos lunares habían transcurrido y se pensaba ya en un asentamiento de conquista, sin embargo ahora regresaban los guerreros abatidos y llenos de vergüenza. Durante dos lunas habían luchado con denuedo, sin dar ni pedir tregua alguna, pero a pesar de su valiente lucha y sus conocimientos de guerra aprendidos en el Calmecac, que era así llamada la Academia de la Guerra, volvían diezmados, con las mazas rotas, las macanas desdentadas, maltrechos los escudos aunque ensangrentados con la sangre de sus enemigos. Venía al frente de esta hueste triste y desencantada, un guerrero azteca que a pesar de

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las desgarraduras de sus ropas y del revuelto penacho de plumas multicolores, conservaba su gallardía, su altivez y el orgullo de su estirpe. Ocultaban los hombres sus rostros embijados y las mujeres lloraban y corrían a esconder a sus hijos para que no fueran testigos de aque retorno deshonroso. Sólo una mujer no lloraba, atónita miraba con asombro al bizarro guerrero azteca que con su talante altivo y ojo sereno quería demostrar que había luchado y perdido en buena lid contra un abrumador número de hombres de las razas del Sur. La mujer palideció y su rostro se tornó blanco como el lirio de los lagos, al sentir la mirada del guerrero azteca que clavó en ella sus ojos vivaces, oscuros. Y Xochiquétzal, que así se llamaba la mujer y que quiere decir hermosa flor, sintió que se marchitaba de improviso, porque aquel guerrero azteca era su amado y le había jurado amor eterno. Se revolvió furiosa Xichoquétzal para ver con odio profundo al tlaxcalteca que la había hecho su esposa una semana antes, jurándole y llenándola de engaños diciéndole que el guerrero azteca, su dulce amado, había caído muerto en la guerra contra los zapotecas. --¡Me has mentido, hombre vil y más ponzoñoso que el mismo Tzompetlácatl, - que así se llama el escorpión-; me has engañado para poder casarte conmigo. Pero yo no te amo porque siempre lo he amado a él y él ha regresado y seguiré amándolo para simpre! Xochiquétzal lanzó mil denuestos contra el falaz tlaxcalteca y levantando la orla de su huipil echó a correr por la llanura, gimiendo su intensa desventura de amor. Su grácil figura se reflejaba sobre las irisadas superficies de las aguas del gran lago de Texcoco, cuando el guerrero azteca se volvió para mirarla. Y la vio correr seguida del marido y pudo comprobar que ella huía despavorida. Entonces apretó con furia el puño de la macana y separándose de las filas de guerreros humillados se lanzó en seguimiento de los dos. Pocos pasos separaban ya a la hermosa Xochiquétzal del marido despreciable cuando les dio alcance el guerrero azteca. No hubo ningún intercambio de palabras porque toda palabra y razón sobraba allí. El tlaxcalteca extrajo el venablo que ocultaba bajo la tilma y el azteca esgrimió su macana dentada, incrustada de dientes de jaguar y de Coyámetl que así se llamaba al jabalí. Chocaron el amor y la mentira. 5

El venablo con erizada punta de pedernal buscaba el pecho del guerrero y el azteca mandaba furioso golpes de macana en dirección del cráneo de quien le había robado a su amada haciendo uso de arteras engañifas. Y así se fueron yendo, alejándose del valle, cruzando en la más ruda pelea entre lagunas donde saltaban los ajolotes y las xochócatl que son las ranitas verdes de las orillas limosas. Mucho tiempo duró aquél duelo. El tlaxcalteca defendiendo a su mujer y a su mentira. El azteca el amor de la mujer a quien amaba y por quien tuvo arrestros para regresar vivo al Anáhuac. Al fin, ya casi al atardecer, el azteca pudo herir de muerte al tlaxcalteca quien huyó hacia su país, hacia su tierra tal vez en busca de ayuda para vengarse del azteca. El vencedor por el amor y la verdad regresó buscando a su amada Xochiquétzal. Y la encontró tendida para siempre, muerta a la mitad del valle, porque una mujer que amó como ella no podía vivir soportando la pena y la vergüenza de haber sido de otro hombre, cuando en realidad amaba al dueño de su ser y le había jurado fidelidad eterna. El guerrero azteca se arrodilló a su lado y lloró con los ojos y con el alma. Y cortó maravillas y flores de xoxocotzin con las cuales cubrió el cuerpo inanimado de la hermosa Xochiquétzal. Corono sus sienes con las fragantes flores de Yoloxóchitl que es la flor del corazón y trajo un incensario en donde quemó copal. Llegó el zenzontle también llamado Zenzontletole, porque imita las voces de otros pajarillos y quiere decir 400 trinos, pues cuatrocientos tonos de cantos dulces lanzan esta avecilla. Por el cielo en nubarrones cruzó Tlahuelpoch, que es el mensajero de la muerte. Y cuenta la leyenda que en un momento dado se estremeció la tierra y el relámpago atronó el espacio y ocurrió un cataclismo del que no hablaban las tradiciones orales de los Tlachiques que son los viejos sabios y adivinos, ni los tlacuilos habían inscrito en sus pasmosos códices. Todo tembló y se anubló la tierra y cayeron piedras de fuego sobre los cinco lagos, el cielo se hizo tenebroso y las gentes del Anáhuac se llenaron de pavura. Al amanecer estaban allí, donde antes era valle, dos montañas nevadas, una que tenía la forma inconfundible de una mujer recostada sobre un túmulo de flores blancas y otra alta y elevada adoptando la figura de un guerrero azteca arrodillado junto a los pies nevados de una impresionante escultura de hielo.

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Las flores de las alturas que llamaban Tepexóchitl por crecer en las montañas y entre los pinares, junto con el aljófar mañanero, cubrieron de blanco sudario las faldas de la muerta y pusieron alba blancura de nieve hermosa en sus senos y en sus muslos y la cubrieron toda de armiño. Desde entonces, esos dos volcanes que hoy vigilan el hermoso valle del Anáhuac, tuvieron por nombres Iztaccihuatl que quiere decir mujer dormida y Popocatepetl, que se traduce por montaña que humea, ya que a veces suele escapar humo del inmenso pebetero. En cuanto al cobarde engañador tlaxcalteca, según dice también esta leyenda, fue a morir desorientado muy cerca de su tierra y también se hizo montaña y se cubrió de nieve y le pusieron por nombre Poyauteclat, que quiere decir Señor Crepuscular y posteriormente Citlaltepetl o cerro de la estrella y que desde allá lejos vigila el sueño eterno de los dos amantes a quienes nunca podrá ya separar. Eran los tiempos en que se adoraba al dios Coyote y al Dios Colibrí y en el panteón azteca las montañas eran dioses y recibían tributos de flores y de cantos, porque de sus faldas escurre el agua que vivifica y fertiliza los campos. Durante muchos años y poco antes de la conquista, las doncellas muertas en amores desdichados o por mal de amor, eran sepultadas en las faldas de Iztaccihuatl, de Xochiquétzal, la mujer que murió de pena y de amor y que hoy yace convertida en nívea montaña de perenne armiño.

Leyenda Prehispánica

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QUETZALCOATL La aparición en Mesoamérica y específicamente en el Anáhuac, de este personaje alto, rubio, blanco, barbado y de profunda cultura ha dado margen a la creación de varios mitos y leyendas que los antropólogos, científicos y exploradores extranjeros han entretejido de una maraña cada vez más difícil de desenredar. En la mitología Tlahuica, tan confusa como la Griega, se borda una historia con respecto a Quetzalcóatl, semejante a la del nacimiento del Rey Salomón, pues se dice en los antiguos códices que Quetzalcóatl fue hijo de una mujer virgen llamada Chimalma y del Rey-Dios Mixtocóatl, monarca de Tollán. Que avergonzada por haber dado a luz sin matrimonio, Chimalma puso en una cesta al niño y lo arrojó al río. (no se sabe a cual) y que unos ancianos lo criaron y educaron, habiendo llegado a ser un hombre sabio y culto que al regresar a Tollán, se hizo cargo del gobierno. Por otra parte se dice que Quetzalcóatl fue un hombre rubio, blanco, alto, barbado y de grandes conocimientos científicos, que enseñó a los pobladores de lo que hoy es México, a labrar los metales, orfebrería, lapidaria, astrología etc. aunque jamás se llegó a saber su nacionalidad y su procedencia. Cuéntase que habiendo bebido el suave neutle (pulque) se emborrachó y cometió actos bochornosos después de lo cual decidió marcharse para siempre tomando el rumbo del Golfo de México o Mar de las Turquesas. En un suicidio ceremonial al cual le acompañaban cuatro mancebos sus discípulos, se hundio para siempre, renacienco como la estrella de la Mañana y posteriormente adoptando el nombre de Quetzalcóatl, que quiere decir serpiente emplumada o serpiente de plumaje hermoso. Los Mayas adoptaron a Quetzalcóatl como deidad pues hasta allá llevó sus conocimentos y su cultura pasmosa, colocándole el nombre de Kukulcan, que quiere decir lo mismo, serpiente emplumada o Votán ( que debe haber sido su nombre real) y recibieron de él las más sabias enseñanzas tanto religiosas como políticas y artísticas. Se dice que los Toltecas, Nahoas y Mayas lo deificaron y colocaron su símbolo en todos los palacios, monumentos y templos de la zona Maya y Mesoamérica en donde aún puede verse, en 8

recuerdo y veneración de este sabio, que según la tradición mayense, subió al panteón y se convirtió en la estrella Venus, que también es así identificado por los fantasiosos arqueólogos. Ahora bien, cuando las huestes hispanas llegaron a las tierras veracruzanas al mando del capitán extremeño Hernán Cortés, y según nos cuentan en sus muy sabrosas crónicas Bernal Díaz del Castillo, se encontraron con una gran sorpresa que en esos días de codicias y rapiña desmedidas no le dieron la importancia que tenía y hoy aún, debe tener. Relata el soldado cronista que llegados a las costas de lo que sería La Nueva España, el Emperador Moctezuma envió unos tendiles llevando regalos, oro y joyas y muchos ricos presentes que lejos de hacer que Cortés volviera proa a la mar, lo tentó en ambiciones. Uno de estos tendiles al ver que uno de los soldados de Cortés tenía un casco de latón que brillaba al sol, pidió verlo, diciendo que hacía muchos, muchos años, habia llegado a la Gran Tenochitlán un hombre rubio, barbado y blanco, portando un casco semejante; que al marcharse se los había regalado y los sacerdotes lo colocaron en la cabeza del ídolo representativo del Dios Huitzilopochtli. Pidió que se le prestara el casco para cotejarlo con el que tenía puesto su Dios. Y resultó que el casco dorado que tenía el Dios, era igual al del soldado hispano, sólo que tenia en ambos lados unos cornezuelos al estilo de los cascos vikingos. Aquél tendil no solamente llevó ante Hernán Cortés el dicho casco dorado, sino también a un hombre blanco, alto, barbado, rubio que se parecía mucho al conquistador, diciendo que su nombre era Quintalbor, que de ninguna manera es nombre mexicano, maya o correspondiente a ninguno de los idiomas, que se hablaban en el Nuevo Mundo. Pero en lugar de examinar detenidamente el casco y si lo hicieron no fue consignada en ninguna de las cartas de relación, tomaron a chunga y relajo la presencia de aquel hombre barbado, rubio y blanco idéntico a don Hernán Cortés, al grado de parecer su hijo o su gemelo y desde ese momento lo llamó Don Cortés. Al llegar los conquistadores a la fabulosa Ciudad de Tenochtitlán, sacerdotes y principales hablaban de un hombre rubio y barbado semejante a ellos, que hacía muchos años había estado entre ellos y les había predicho que un día llegarían al país hombres barbados y con armas poderosas para esclavizar al señorío. Moctezuma, que según nos cuenta la historia era un

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monarca medroso, pusilánime, creyó que con la llegada de Hernán Cortés y su puñado de rapaces se cumplía la profecía y casi dejó en manos del puñado de horca hispano, el destino de sus reino, de su imperio. Ahora bien, es de suponerse que Quetzalcoatl no fue aquel misterioso hombre barbado, posiblemente nórdico, que dejó como recuerdo su casco de vikingo, ya que en ese entonces la Europa no poseía la cultura y los conocimientos numéricos y calendáricos que poseían los mayas y el mito y la leyenda se entretejen en una urdimbre impenetrable, se confunden debido a los estudios antropológicos y arqueológicos hechos en una mayoría por extranjeros. Tal vez Tollán si tuvo un gobernante sabio y bueno al que llamaron Quetzalcoatl, hijo de Chimalma y el Rey-Dios Mixcoatl, pero también es muy posible que los sacerdotes y astrónomos de entonces, al observar los cielos en la forma en que lo hacían, hayan descubierto que el mundo, su mundo, formaba parte de la Vía Láctea, de esta enorme galaxia que hoy conocemos y de la cual formamos parte y a la cual daban por nombre Ixtacmixcoatl que quiere decir "Serpiente salpicada de piedras preciosas o luceros", serpiente incrustada de diamantes. Y después de sus observaciones le hayan puesto Quetzalcoatl, serpiente de plumas hermosas y extendido su culto a los habitantes de Mesoamérica. De allí que en los portentosos edificios de esa antigüedad se hayan esculpido esos símbolos y reverenciado como deidad, pues a ningún hombre por sabio que haya sido, se le dio jamás el rango de Dios. Por último y finalizando así la leyenda y el mito, al relato, y a las elucubraciones, es preciso asentar que según algunos arqueólogos, jamás existió la serpiente emplumada, que sería absurdo una mezcla o yuxtaposición con fines religiosos, de una ave preciosa y un reptil. Lo que ocurrió y a esto puede y debe darse el mayor crédito, es que los hombres de aquella civilización tan avanzada, en su sublimación artística, esculpieron una serpiente con penacho, con garras de jaguar y crearon una figura monstruosa y bella a la vez, como el mítico dragón de los chinos en el cual quieren enredar al misterioso y barbaro rubio peregrino, que por lo menos, ya que su cultura debió haber sido casi completa, pudo haber dejado escrito su nombre y el de su país en alguno de los muros, frescos o bajorrelieves de templos y palacios. Así volvemos a lo mismo. Quetzalcoatl hombre, Quetzaltcoalt Dios, amalgama absurda de las generaciones actuales.

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Incomprensión de lo misterioso de aquellos pueblos que han dado margen a una de las leyendas más difundidas en América y en el mundo. Leyenda Prehispánica LA ESQUINA DEL PERRO

Don Tristán de Villanueva era un herejo redomado. Descendiente de una familia de marranos que vino a la Nueva España en el siglo XVl, había conservado de sus antepasados el desprecio por la religión, especialmente por la católica y se preciaba de ateo y libre pensador. Don Tristán habitaba en su quinta Campeche Extramuros, en unión de su esposa Eugenia y su hija Ofelia, de 3 años de edad, único fruto de su matrimonio. Era tal fobia que alimentaba Villanueva contra la iglesia que, a pesar de la piedad de su mujer, se había negado a permitir que la pequeña recibiera las aguas del bautismo. Ofelia, no obstante sus tres años, era una chica precoz, lo que complacía a sus padres y a todos aquellos que la trataban. La inteligencia de la niña se manifestaba en los vínculos que, en razón de su corta edad había establecido con Marqués, un perrazo de aspecto feroz con el que ella dialogaba seriamente acerca d elos problemas de su mundo. En cierta ocasió, cuando ya avanzada la noche, dormían los moradores de la quinta, los esposos fueron despertados por los furiosos ladridos de Marqués, Don Tristán, teminedo que algún malhechor hubiese entrado en el predio, salió armado en busca del bandido; pero sólo descubrió al perro, que, ya menos enardecido, ladraba hacia una figura en forma de cuadrúpedo que se perdio en el monte aledaño, y de lo cual dedujo el hombre que el escándola lo había causado la prescencia de otro perro. Pero una de aquellas noches ocurrió algo increíble. Había transcurrido parte de la noche cuando Don Tristán, gracias a ese sentido misterioso que actúa en el individuo en casos de peligro mortal, se incorporó de su lecho. Al momento empezó a escuchar los ladridos de Marqués. Sin embargo, ahora creyó oir, además de los aullidos del animal, rugidos emitidos

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por laguna fiera. Y, cuadno fue capaz de coordinar sus ideas, Villanueva se dio cuenta de que tanto los ladridos como los rugidos resonaban en el interior de la mansión, y que provenían de la habitación de Ofelia.

El cuadro que vieron los padres de la niña era para helar la sangre en las venas. En medio de la pieza, Marués atacaba a dentelladas a una bestia monstruosa, de figura indescriptible, cuyos ojos llenos de maldad brillaban como carbones encendidos. El espantoso ente chorreaba sangre de producida por las mordeduras que el perro le infería; y aunque a cada ataque Marués recibía una fuerte manotada que le estrellaba contra el suelo y los muros del cuarto, poseído de un vigor sobrenatural no cesaba de amargar el maligno engendro con renovada furia. La enloquecida mujer sólo acertó al exclamar: ¡Dios mío!, y se desvaneció. Las palabras pronunciadas por Eugenia tuvieron un efecto mágico. Al oírlas, la bestia, a la que continuaba acosando el perrazo, retrocedió, en su horrible rostro reflejóse un miedo cerval, y huyó del lugar. Huelga añadir que, pasados los acontecimientos, Don Tristán cambió radicalmente su comportamiento y su postura recalcitrante y atea. Solo hubo que lamentar la muerte del valeroso perro, que no pudo sobreponerse a las consecuencias de las heridas que asimiló en el combate sostenido con el mostruo. Y Don Tristán, para perpetuar la memoria del defensor de su hija, mandó a construir sobre la azotea de su residencia la efige en la piedra de Marqués en actitud vigilante; y es la misma que se admira en el tejado de la casa que ocupa el sitio hoy conocido com la Esquina del Perro. La figura vigilante del can que se menciona en esta leyenda y que fuese construída en una de las esquinas de la casa, fue destruída. En realidad de la casa poseía tres efigies: una con la figura de un perro en actitud vigilante, otra parada en "cuatro patas" y otra más, en actitud dócil mirando hacia el frente. Esta última fue llevada a la ciudad de Mérida, como un recuerdo, por Don Víctor Manuel Moreno Aguilar, pariente de la antigua dueña de la Casa.

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Leyenda Regional

LA JOVEN DE LOS DOS PANTEONES Cuentan que eran los años en que la economía de Cd. del Carmen dependía en gran parte de la pesca del camarón gigante… lo que motivo a mucha gente cambiar su residencia en busca de una mejor condición económica. En aquellos años el grupo de agremiados del sindicato de taxistas de la ciudad, la cual se encontraba en la fase de crecimiento, veían con agrado el negocio resultante de prestar este servicio, el cual fue condicionado a horarios sin restricciones, además de la fama de casanovas que adquirían en consecuencia de la conducta que adoptaban de servir a las damas de la noche, así como al público en general. Una noche uno de ellos paso por el parque que lleva el nombre de ultimo paseo y que se encuentra justo enfrente del panteón que lleva el mismo nombre ubicados sobre la calle 47 que en esa parte además lleva el nombre de Páez Urquidi, deteniendo justo frente a la entrada a solicitud de una muy bella joven de algunos 23 o 25 años, quien a decir del mismo taxista, su belleza se asomaba mas allá de lo normal, además de apreciarse un semblante sombrío y frío… Al subirse la chica le pidió que la llevara al que en esa época le llamaban el panteón nuevo. Acto seguido el taxista quiso entablar platica con la joven quien solo se concretaba a responder con “si” o “no”. Dado el momento la chica le indico que si podía dar la vuelta y bajarla justo frente a la entrada del panteón, a lo que el respondió que no se sintiera incomoda pero que a el le parecía que ese lugar era bastante oscuro, además de que ya casi era media noche, que le indicara exactamente a donde la debía 13

dejar y ella respondió que era ahí donde se quedaría, la chica antes de bajarse busco entre sus cosas y le dijo que le daba mucha pena, pero que no tenía dinero para pagarle la cuota de la dejada, en ese momento el taxista como era de esperarse, quiso replicar por semejante actitud de la chica, se volteo para comenzar su reclamo y lo envolvió un escalofrió cuando al voltear, ella ya no estaba en el auto, se encontraba afuera del mismo parada junto a la puerta del lado derecho del conductor, mientras la escuchaba darle indicaciones de una dirección donde podría cobrar el importe de la cuota. El taxista asintió con la cabeza sin poder articular palabra, se dio la vuelta y armándose de valor se dirigió a la dirección que le había indicado la joven. Al llegar se tuvo que bajar y con un poco de recelo toco la puerta, le abrió una Señora. de edad avanzada y quien le preguntó que deseaba, el taxista un poco indeciso le dijo que le daba mucha pena lo que le diría, pero que una joven le había pedido llevarla a las puertas del panteón nuevo y que le había dado esa dirección para que cobrara la cuota ya que no traía dinero, además de este comentario el quiso asegurarse que la Sra. conociera a la joven y se la describió lo mejor que pudo, la Señora se disculpo y le dijo al taxista que le daba mucha pena pero que no la tomara a mal, que por la descripción era su hija pero que hacia exactamente un año que había muerto, que incluso por la tarde habían ido a dejarle unas veladoras al panteón nuevo y que por falta de dinero no pudo hacer los rezos que normalmente los católicos le hacen a sus difuntos. El taxista volvió a sentir el escalofrió y de igual modo le pidió disculpas a la Señora. al otro día, luego de haberle contado a su esposa lo ocurrido, le pidió que lo acompañara para visitar a la Señora que le había atendido, al llegar a la dirección se percataron que ahí no había mas que un terreno lleno de maleza y casi baldío de no ser por una choza de pedazos de lámina de cartón y maderas casi al fondo del terreno, esto consternó al taxista y trato de convencer a sus esposa, optando por preguntar a los vecinos quienes les dijeron que la Señora, luego de la muerte de su hija se fue a su tierra encargándoles su casita.

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En la actualidad esta leyenda casi se ha olvidado por las nuevas generaciones y aun hay muchos que no la consideran una leyenda si no un hecho real y del que creen que es mejor no hablar. Leyenda Local LA LLORONA

Dicen que en las noches se escuchaba su lamento. Que principalmente cuando había luna, y apenas las campanas de la catedral habían dado la queda, la quietud nocturna se rompía con largos y doloridos gritos de tristeza. Eran sonidos de ultratumba, tan agudos que se escuchaban a la vez lejanos, a la vez cercanos, como si aquella mujer les estuviera llorando al oído. Entonces la piel se llenaba de miedo y el corazón latía con rapidez. Nadie se atrevía a salir; todos cerraban sus puertas y ventanas mientras rezaban Padres Nuestros y se invocaba el nombre de Dios para tratar de alejar a los espíritus malos. Era el siglo XVI, consumada ya la conquista de México. Los vecinos de la ciudad de México despertaban a media noche, llenos de temor, a causa de un dolor muy hondo que recorría las calles; un dolor que llegaba transformado en gritos de remordimiento. Era una mujer, quizá un fantasma, o un ánima en pena atormentada por los siglos de los siglos, cuyo castigo era no encontrar descanso. Los más valientes se asomaban por los resquicios de las ventanas; algunos se animaron a salir, a mirar de lejos y ser testigos de aquella aparición que vagaba por callejuelas, por plazas y por callejones, y que se dirigía hasta la catedral. Allí, se hincaba lentamente, mientras su vestido blanco y su velo blanquísimo la cubrían completamente. Ella parecía rezar, pedir perdón por algo que traía clavado en lo más profundo de su pecho, y entonces gritaba nuevamente. Mirado hacia el terreno consagrado, lanzaba su grito atormentado que llenaba el aire y el terror de todos. ¡Ay, mis hijos...!

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Ése era su grito, su dolor intenso que debía exclamar todas las noches, como si fuera una penitencia impuesta por Dios o por el diablo. Nadie sabía quién era esa mujer, pero todos la llamaban La Llorona. Esta leyenda se remonta siglos atrás. En un principio, se aseguraba que su pena se debía a una traición; a asuntos inconclusos que había dejado en vida, por eso debía recorrer todas las noches las largas y oscuras calles de la capital mexicana: caminar despacio, trabajosamente, como si arrastrara un costal lleno de culpas, o como si sus pies estuvieran amarrados con cadenas, pesadas y punzantes, hechas con el metal de sus pecados. Su condena sería no encontrar jamás el descanso eterno; ése que se destina a los justos y a los santos. En su lugar, tendría que pasear sus culpas, gritar el motivo de su suerte para que todos se enteraran. Por eso hincaba sus rodillas frente a la catedral; por eso lloraba con esa pena amarga y sin consuelo; por eso se dirigía hacia el gran lago y allí desaparecía. Ésa era su penitencia... aunque nadie sabía el motivo de aquella sentencia. En realidad, la tradición de La Llorona se remonta a tiempos prehispánicos. Según narran Sahagún y Muñoz Camargo, en relatos recogidos de boca de los propios indios, diez años antes de la llegada de Cortés, sucedieron ocho presagios que anunciaron la destrucción del gran imperio. Los dos últimos fueron comunicados a Moctezuma, quien se llenó de terror y supo que su fin estaba cerca. Tales presagios o señales se trataron de una columna de fuego ardiente que comenzaba en la tierra y se alargaba hasta el cielo, sin que nadie lograra ver dónde acababa. Esta visión, que aparecía al mediodía y terminaba al alba, duró un año entero, tiempo en el que los mexicas hicieron actos de penitencia y gritaron angustiosamente. El segundo presagio fue el incendio del templo de Huitzilopochtli, su dios de la guerra, el cual, sin aviso alguno, comenzó a arder con llamas tan intensas, que los esfuerzos por apagarlas fueron infructuosos: quedó convertido en cenizas.

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El tercero se trató de la caída de un contundente rayo sobre el templo de Tzonmolco, consagrado a Xiuhtecutli. Era un día claro, sin nubes en el cielo, y no existió otro relámpago. Pero el templo quedó destruido. El siguiente presagio fue una oleada de cometas, cuyas caudas eran tan largas y tan delgadas, que no se lograba ver el final. El quinto fue una gran tempestad en el lago, cuyos efectos ocasionaron inundaciones desastrosas. Sin embargo, ni un solo viento, ni pequeño ni grande, anunció la catástrofe. El séptimo presagio consistió en la captura de un ave parecida a una grulla, con plumaje gris. Lo que la hacía particular era que sobre su cabeza se levantaba una diadema similar a un espejo, en el que Moctezuma observó las estrellas. En una segunda mirada, encontró a hombres extraños, levantados y listos para la guerra, que eran acompañados por animales desconocidos. La señal número ocho fue la aparición de fenómenos inquietantes: dos hombres unidos en un solo cuerpo; o bien, hombres con dos cabezas. Estas visiones fueron frecuentes, pero apenas eran llevadas ante el gran Moctezuma, desaparecían frente a los ojos llenos de temor de la corte imperial. Pero quizá el presagio más angustioso y desconcertante, y el único que sobrevivió a la llegada de los españoles, fue la señal número seis. Se trató de la voz de una mujer. Una presencia fantasmal que durante las noches paseaba su dolor por las calles de la gran capital azteca. Su lamento era penetrante, y su grito inconfundible. Entre lágrimas, sollozos y suspiros, atravesaba el silencio con su honda plegaria: “¡Oh, hijos míos! ¡Nuestra pérdida es total y segura!”; “¡Hijos míos! ¿A dónde podría llevaros y ocultaros?”. Del mismo modo, el mismo Sahagún refiere la historia de la diosa Cihuacoatl, la cual “aparecía muchas veces como una señora compuesta con unos atavíos como se usaban en Palacio: decían también que de noche voceaba y bramaba en el aire... Los atavíos con que esta mujer aparecía eran blancos, y los cabellos los tocaba de manera, que tenía como unos cornezuelos cruzados en la frente”.

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Una vez que la conquista fue consumada, esta leyenda se convirtió en parte del folclor. Era tiempo de supersticiones, de apariciones de fantasmas y demonios, de castigos emitidos por la Santa Inquisición, y del surgimiento de una religión católica que mezclaba los ritos y creencias infundidos por los misioneros españoles, con la profunda religiosidad de los nativos. Era una época oscura, como oscuras fueron sus leyendas. Rápidamente, nacieron diversas versiones sobre la identidad de esta mujer errante que arrastraba su dolor. Algunos dijeron que era el alma de una madre que había asesinado a sus hijos; que los había sumergido en el lago hasta arrancarles los últimos respiros. Por ello, su castigo era pasar la eternidad lanzando gritos de pérdida y arrepentimiento. Otros más aseguraban que tal espectro no era nadie más sino Doña Marina, es decir, la Malinche: condenada a vagar sobre la tierra para pagar el pecado de haber traicionado a su propia raza. Según diferentes, versiones, era una joven enamorada que había muerto en vísperas de su matrimonio, y le traía a su esposo la corona de rosas blancas que jamás logró ceñirse. También afirmaban que era la viuda muerta que venía a llorar el destino de sus hijos. O bien, la fiel esposa, cuya muerte la había sorprendido en ausencia de su marido; su urgencia era depositar sobre los labios de su esposo un último beso de amor. Un beso de adiós, y también de tormento. Finalmente, se rumoraba que el espectro de largas y blancas vestiduras era una mujer desgraciada, asesinada por su marido celoso; ella regresaba todas las noches a lamentar su suerte y a gritar su inocencia. Esta tradición ha llegado hasta nuestros días. En todos los lugares del país, en todos los pueblos y caseríos; en barrancas y montes y desiertos, La Llorona extiende su manto de temor, su grito de angustia, llora sus penas.

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Gente de los lugares más variados asegura haberla escuchado. Dicen que cuando se acerca, la luna brilla más, como si quisiera alumbrar su camino: iluminar sus pasos muertos. Entonces, los perros ladran, el viento arrastra murmullos, y la piel se eriza. El corazón comienza a latir de prisa sin ninguna razón, y en el aire se percibe la angustia. De pronto, la noche se acorta, empujada por todos los miedos, y por fin se escucha su grito. Un grito largo, apagado y vivo como si la mujer estuviera siendo torturada sin fin: ¡Ay, mis hijos...! La Llorona no envejece. Su historia y su mito siguen vivos en todos los mexicanos. Se trata de una de las leyendas más ricas y antiguas. Parte de un folclor mexicano que se nutre de aparecidos, de pueblos fantasmas, de monedas de oro enterradas y resguardas por almas en pena; de curanderos que se convierten en animales salvajes. La leyenda de la mujer de blanco que vaga por las calles gritando su dolor es una historia viva, rica en versiones, que se acrecienta por todas las bocas, por multitud de recuerdos. Es una tradición que seguiremos oyendo en alguna noche, cuando menos lo esperemos; cuando la luna esté llena y el alma apretada.

Leyenda urbana

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La Mulata de Córdova
Cuenta la tradición, que hace más de dos siglos y en la poética ciudad de Córdoba, vivió una célebre mujer, una joven que nunca envejecía a pesar de sus años. Nadie sabía hija de quién era, pero todos la llamaban la Mulata. En el sentir de la mayoría, la Mulata era una bruja, una hechicera que había hecho pacto con el diablo, quien la visitaba todas las noches, pues muchos vecinos aseguraban que al pasar a las doce por su casa habían visto que por las rendijas de las ventanas y de las puertas salía una luz siniestra, como si por dentro un poderoso incendio devorara aquella habitación. Otros decían que la habían visto volar por los tejados en forma de mujer; pero despidiendo por sus negros ojos miradas satánicas y sonriendo diabólicamente blanquísimos. De ella se referían prodigios. Cuando apareció en la ciudad, los jóvenes, prendados de su hermosura, disputabanse la conquista de su corazón. Pero a nadie correspondía, a todos desdeñaba, y de ahí nació la creencia de que el único dueño de sus encantos, era el señor de las tinieblas. Empero, aquella mujer siempre joven, frecuentaba los sacramentos, asistía a misa, hacía caridades, y todo aquel que imploraba su auxilio 20 con sus labios rojos y sus dientes

la tenía a su lado, en el umbral de la choza del pobre, lo mismo que junto al lecho del moribundo. Se decía que en todas partes estaba, en distintos puntos y a la misma hora; y llegó a saberse que un día se la vio a un tiempo en Córdoba y en México; "tenía el don de ubicuidad" - dice un escritor - y lo más común era encontrarla en una caverna. "Pero éste - añade - la visitó en una accesoria; aquél la vio en una de esas casucas horrorosas que tan mala fama tienen en los barrios más inmundos de las ciudades, y otro la conoció en un modesto cuarto de vecindad, sencillamente vestida, con aire vulgar, maneras desembarazadas, y sin revelar el mágico poder de que estaba dotada." La hechizera servía también como abogada de imposibles. Las muchachas sin novio, las jamonas pasaditas, que iban perdiendo la esperanza de hallar marido, los empleados cesantes, las damas que ambicionaban competir en túnicas y joyas con la Virreina, los militares retirados, los médicos jóvenes sin fortuna, todos acudían a ella, todos invocaban en sus cuitas, y a todos los dejaba contentos, hartos y satisfechos. Por eso todavía hoy, cuando se solicita de alguien una cosa difícil, casi irrealizable, es costumbre exclamar: -¡No soy la Mulata de Córdoba! La fama de aquella mujer era grande, inmensa. Por todas partes se hablaba de ella y en diferentes lugares de Nueva España su nombre era repetido de boca en boca. "Era en suma -dice el mismo escritor- una Circe, una Medea, una Pitonisa, una Sibila, una bruja, un ser extraordinario a quien nada había oculto, a quien todo obedecía y cuyo poder alcanzaba hasta trastornar las leyes de la naturaleza... Era, en fin, una mujer a quien hubiera colocado la antigüedad entre sus diosas, o a lo menos entre sus más veneradas sacerdotisas; era un médium, y de los más 21

privilegiados, de los más favorecidos que disfrutó la escuela espirita de aquella época!...¡Lástima grande que no viviera en la nuestra! ¡De qué portentos no fuéramos testigos! ¡Qué revelaciones no haría en su tiempo! ¡Cuántas evocaciones, cuántos espíritus no vendrían sumisos a su voz! ¡Cuántos incrédulos dejarían de serlo!" ¿Qué tiempo duró la fama de aquella mujer, verdadero prodigio de su época y admiración de los futuros siglos? Nadie lo sabe. Lo que sí se asegura es que un día la ciudad de México supo que desde la villa de Córdoba había sido traída a las sombrías cárceles del Santo Oficio. Noticia tan estupenda, escapada Dios sabe cómo de los

impenetrables secretos de la Inquisición, fue causa de atención profunda en todas las clases de la sociedad, y entre los platicones de las tiendas del Parián se habló mucho de aquel suceso y hasta hubo un atrevido que sostuvo que la Mulata, no era hechicera, ni bruja, ni cosa parecida, y que el haber caído en garras del Santo Tribunal, lo debía a una inmensa fortuna, consistente en diez grandes barriles de barro, llenos de polvo de oro. Otro de los tertulianos aseguró que además de esto se hallaba de por medio un amante desairado, que ciego de despecho, denunció en Córdoba a la Mulata, porque ésta no había correspondido a sus amores. Pasaron los años, las hablillas se olvidaron, hasta que otro día de nuevo supo la ciudad, con asombro, que en el próximo auto de fe que se preparaba, la hechicera, saldría con coroza y vela verde. Pero el asombro creció de punto cuando pasados algunos días se dijo que el pájaro había volado hasta Manila, burlando la vigilancia de sus carceleros...más bien dicho, saliéndose delante de uno de ellos. ¿Cómo había sucedió esto? ¿Qué poder tenía aquella mujer, para dejar así con un palmo de narices, a los muy respetables señores inquisidores? 22

Todos lo ignoraban. Las más extrañas y absurdas explicaciones circularon por la ciudad. hubo quién afirmaba, haciendo la señal de la cruz, que todo era obra del mismo diablo, que de incógnito se había introducido a las cárceles secretas para salvar a la Mulata. Quién recordaba aquello de que dádivas quebrantan... rejas; y hubo algún malicioso que dijese que todo lo vence el amor... y que los del Santo Oficio, como mortales eran también de carne y hueso. He aquí la verdad de los hechos. Una vez, el carcelero penetró en el inmundo calabozo de la hechicera, y quedándose verdaderamente maravillado al contemplar en una de las paredes, un navío dibujado con carbón por la Mulata, la cual le preguntó con tono irónico: -¿Que le falta a ese navío? -Desgraciada mujer- contestó el interrogado, si quisieras salvar tu alma de las horribles penas del infierno, no estarías aquí, y ahorrarías al Santo Oficio el que te juzgase! ¡A este barco únicamente le falta que ande! ¡Es perfecto! Pues si vuestra merced lo quiere, si en ello se empeña, andará, andará y muy lejos... - ¡Cómo! ¿A ver? - Así - dijo la Mulata. Y ligera saltó al navío, y éste, lento al principio, y después rápido y a toda vela, desapareció con la hermosa mujer por uno de los rincones del calabozo. El carcelero, mudo, inmóvil, con los ojos salidos de sus órbitas, con el cabello de punta, y con la boca abierta, vio aquello sorprendido. ¿Y después? Hable un poeta: Cuenta la tradición, que algunos años Después de estos sucesos, hubo un hombre, En la casa de locos detenido, Y que hablaba de un barco que una noche 23

Bajo el suelo de México cruzaba Llevando una mujer de altivo porte, Era el inquisidor; de la Mulata Nada volvió a saber, mas se supone Que en poder del demonio está gimiendo. ¡Déjenla entre las llamas los lectores!

Leyenda urbana

La Xtabay Vivían en un pueblo dos mujeres; a una la apodaban los vecinos la XKEBAN, que es como decir la pecadora, y a la otra la llamaba la UTZ-COLEL, que es como decir mujer buena. La XKEBAN era muy bella, pero se daba continuamente al pecado de amor. Por esto, las gentes honradas del lugar la despreciaban y huían de ella como la de cosa hedionda. En más de una ocasión se había pretendido lanzarla del pueblo, aunque al fin de cuentas prefirieron tenerla a mano para despreciarla. La UTZ-COLEL, era virtuosa, recta y austera además de bella. Jamás había cometido un desliz de amor y gozaba del aprecio de todo el vecindario. No obstante sus pecados, la

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XKEBAN era muy compasiva y socorría a los mendigos que llegaban a ella en demanda de auxilio, curaba a los enfermos abandonados, amparaba a los animales; era humilde de corazón y sufría resignadamente las injurias de la gente. Aunque virtuosa de cuerpo, la UTZ-COLEL era rígida y dura de carácter: Desdeñaba a los humildes por considerarlos inferiores a ella y no curaba a los enfermos por repugnancia. Recta era su vida como un palo enhiesto, pero sufrió su corazón como la piel de la serpiente. Un día ocurrió que los vecinos no vieron salir de su casa a la XKEBAN, pasó otro día, y lo mismo; y otro, y otro. Pensaron que la XKEBAN había muerto, abandonada; solamente sus animales cuidaban su cadáver, lamiéndole las manos y ahuyentándole las moscas. El perfume que aromaba a todo el pueblo se desprendía de su cuerpo. Cuando la noticia llegó a oídos de la UTZ-COLEL, ésta rió despectivamente. Es imposible que el cadáver de una gran pecadora pueda desprender perfume alguno exclamó. Más bien hedará a carne podrida. PERO era mujer curiosa y quiso convencerse por sí misma. Fué al lugar, y al sentir el perfumado aroma dijo, con sorna: Cosa del demonio debe ser, para embaucar a los hombres, y añadió: Si el cadáver de esta mujer mala huele tan aromáticamente, mi cadáver olerá mejor. Al entierro de la XKEBAN solo fueron los humildes a quienes había socorrido, los enfermos a los que había curado; pero por donde cruzó el cortejo se fue dilatando el perfume, y al día siguiente la tumba amaneció cubierta de flores silvestres. Poco tiempo después falleció la UTZ-COLEL, había muerto virgen y seguramente el cielo se abriría inmediatamente para su alma. Pero ¡OH SORPRESA! contra lo que ella misma y todos habían esperado, su cadáver empezó a desprender un hedor insoportable, como de carne podrida. El vecindario lo atribuyó a malas artes del demonio y acudió en gran número a su entierro llevando ramos de flores para adornar su tumba: Flores que al amanecer desaparecieron por "malas artes del demonio", volvieron a decir. 25

Siguió pasando el tiempo, y es sabido que después de muerta la XKEBAN se convirtió en una florecilla dulce, sencilla y olorosa llamada XTABENTUN. El jugo de esa florecilla embriaga dulcemente tal como embriagó en vida el amor de la XKEBAN. En cambio, la UTZ-COLEL se convirtió después de muerta en la flor de TZACAM, que es un cactus erizado de espinas del que brota una flor, hermosa pero sin perfume alguno, antes bien, huele en forma desagradable y al tocarla es fácil punzarse. Convertida la falsa mujer en la flor del TZACAM se dió a reflexionar, envidiosa, en el extremo caso de la XKEBAN, hasta llegar a la conclusión de que seguramente porque sus pecados habían sido de amor, le ocurrió todo lo bueno que le ocurrió después de muerta. Y entonces pensó en imitarla entregándose también al amor. Sin caer en la cuenta de que si las cosas habían sucedido así, fue por la bondad del corazón de la XKEBAN, quien se entregaba al amor por un impulso generoso y natural. Llamando en su ayuda a los malos espíritus, la UTZ-COLEL consiguió la gracia de regresar al mundo cada vez que lo quisiera, convertida nuevamente en mujer, para enamorar a los hombres, pero con amor nefasto porque la dureza de su corazón no le permitía otro.

Pues bien, sepan los que quieran saberlo que ella es la mujer XTABAY la que surge del TZACAM, la flor del cactus punzador y rígido, que cuando ve pasar a un hombre vuelve a la vida y lo aguarda bajo las ceibas peinando su larga cabellera con un trozo de TZACAM erizado de púas. Sigue a los hombres hasta que consigue atraerlos, los seduce luego y al fin los asesina en el frenesí de un amor infernal.

Leyenda urbana

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LA CHINA POBLANA En la Iglesia de la Compañía, en Puebla, cerca de la puerta que comunica el presbiterio con la sacristía, hay empotrada en la pared una lápida que señala el lugar donde fueron enterrados los restos mortales de Catarina de San Juan. En 1907, existía una calle llamada De las Chinitas, donde Mirnha vivió. Cuentan viejos cronistas que en el año 1609, nació en la ciudad de Indra Prastha una princesa llamada Mirnha, de la estirpe de los mongoles de la India Oriental. Al huir de los turcos, la familia llegó a la costa, donde arribaron los portugueses dedicados al tráfico de esclavos. Mirnha era de color casi blanco, cabellos claros, frente espaciosa, ojos vivos, nariz bien delineada y garboso

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andar. Un día, la princesa paseaba por la playa, en compañía de un hermano menor, fue hecha prisionera y llevada a Cochín, para después ser enviada a Manila, en las Islas Filipinas.

El marqués de Gálvez, entonces virrey de México, encargó al gobernador de Manila la compra "de esclavas de buen parecer y gracia para el ministerio de su palacio". Trato de adquirir a Mirnha; pero el mercader tenía el encargo anterior del capitán Miguel de Sosa y de su esposa, doña Margarita de Chávez. "La chinita", fue sigilosamente embarcada para la Nueva España en 1620. Para ser entregada al matrimonio que la recibió en México.

En el primer tercio del siglo XVII llegó al puerto de Acapulco, en la Nao de China. La esclava oriental portaba una rara indumentaria, compuesta por una camisa con ricos bordados, un zagalejo de brillantes colores, con lentejuelas, unas chancletas de seda y largas trenzas. Era la primera vez que una mujer de rasgos orientales llegaba a Acapulco y su vestimenta despertó la curiosidad de los concurrentes a la feria que se celebraba a la llegada de la Nao. La gente se preguntaba cómo había llegado a México aquella "China", como la llamaron de inmediato; sin tomar en cuenta su origen hindú.

Sus dueños en Puebla bautizaron a la recién llegada en la iglesia del Santo Ángel de Analco con el nombre de Catarina de San Juan. Se educó cristianamente y más que sirvienta, la vieron en todas partes como miembro de la familia Sosa. Casó con un esclavo de origen chino, Domingo Suárez, con el cual se rehusó a hacer vida marital. Con sus padres adoptivos seguía luciendo sus raros ropajes, que mezcló con los indígenas, dando nacimiento al traje típico de la China Poblana, como dio en llamarle la gente, hasta que por fin ingresó al convento de Santa Catalina en donde logró fama de Santa. En torno al vestido de la china poblana se conocen legendarias historias. Catarina de San Juan vistió siempre trajes parecidos a los de la actual “China Poblana”, por lo que se identificaba con las indias de la región y a la vez recordaba sus trajes orientales.

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Evocando sus atuendos cortesanos, la princesa copia el enredo confeccionado con dos piezas de tela de contrastados tonos, para convertirlo en la falda europea, amplia y con los bajos en picos, bordada de lentejuelas y chaquira. El huipil, en la camisa española también bordada. La faja o chincuete en el rebozo suelto, sobre los hombros y los brazos. Los colores verde, blanco y rojo fueron adoptados más tarde, de la Bandera Nacional, una vez que México alcanzó su independencia en el siglo XIX. Más que oriental el traje de China Poblana es mestizo mexicano y habla claro de la fusión de las culturas indígena y española, que cuajó en multitud de obras de gran belleza

El atuendo tradicional de la “China Poblana” se compone esencialmente de rebozo, blusa zagalejo y zapatillas. El rebozo más apropiado es el llamado de bolita en colores palomo y coyote. La blusa lleva bordados de chaquira en vivos colores y es de manga corta. El castor o sea la falda, consta de dos secciones: la superior, de unos 25 cm. aproximadamente, de percal o de seda verde, de igual matiz que la pretina. La inferior recamada de bordados realizados en lentejuela y chaquira en forma de flores, aves y mariposas multicolores.

El peinado de dos trenzas, con raya en medio, lo rematan moños de listón de los mismos colores del ceñidor. Lleva arracadas o zarcillos; en el cuello, gargantilla de corales. En algunos casos se usa con sombrero jarano, discretamente adornado con barbiquejo de gamuza o de cinta de popotillo. Las zapatillas son forradas en seda verde o roja.

Muchos consideran que la leyenda de la “China Poblana” no pasa de ser eso; leyenda. Pero la tradición ha dejado el traje, que sigue siendo usado a través de los siglos por las mujeres mexicanas.

Leyenda nacional

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El Escudo Una leyenda relata que los mexicas viajaron desde Aztlán, actualmente Nayarit, buscando la señal que Huitzilopochtli les había dado para establecerse y fundar su imperio con su centro: Tenochtitlan. Esa señal que Huitzilopochtli les había dado era el águila y la serpiente, "un águila posada sobre un nopal y desgarrando a una serpiente", y la hallaron en el Valle de México, a las orillas del lago de Anáhuac, sobre un islote. El escudo nacional presentó la señal de Huitzilopochtli: el águila, de perfil izquierdo, erguida y posada sobre un nopal, apoyada sobre su pata izquierda con la pata derecha y con el pico sostiene una serpiente de cascabel, que representaba para los indígenas la renovación de la vida. 30

El islote presenta un listón con franjas de colores: Verde: esperanza y victoria, blanco: pureza de ideales, rojo: sangre derramada por los héroes de la Patria. Sobre el islote hay un nopal con tunas rojas, símbolo del corazón de los hombres, para los aztecas. Una guirnalda tiene un encino que simboliza la fuerza, del lado izquierdo y del lado derecho presenta el laurel de la victoria. Así lo describe la Ley: El Escudo Nacional está constituido por un águila mexicana, con el perfil izquierdo expuesto, la parte superior de las alas en un nivel más alto que el penacho y ligeramente desplegadas en actitud de combate; con el plumaje de sustentación hacia abajo tocando la cola y las plumas de ésta en abanico natural. Posada su garra izquierda sobre un nopal florecido que nace en una peña que emerge de un lago, sujeta con la derecha y con el pico, en actitud de devorar, a una serpiente curvada, de modo que armonice con el conjunto. Varias pencas del nopal se ramifican a los lados. Dos ramas, una de encino al frente del águila y otra de laurel al lado opuesto, forman entre ambas un semicírculo inferior y se unen por medio de un listón dividido en tres franjas que, cuando se representa el Escudo Nacional en colores naturales, corresponden a los de la Bandera Nacional. Cuando el Escudo Nacional se reproduzca en el reverso de la Bandera Nacional, el águila mexicana se presentará posada en su garra derecha, sujetando con la izquierda y el pico la serpiente curvada. Un modelo del Escudo Nacional, autenticado por los tres poderes de la Unión, permanecerá depositado en el Archivo General de la Nación, uno en el Museo Nacional de Historia y otro en la Casa de Moneda.

Leyenda nacional

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LAS SANDALIAS DEL GUERRERO (leyenda egipcia) Hotep no siempre había sido un mendigo. Hijo de un fellah de los alrededores de Tebas, su adversa suerte quiso que fuera incluido en una de las levas con las que Ramsés I, el gran monarca conquistador, nutria las filas de los ejércitos que guerreaban en Asia.

El joven no tuvo ocasión de distinguirse, pues justo en el primer encuentro con los asirios un flechazo, traspasándole un muslo, le puso fuera de combate; cuando finalmente pudo recobrar la salud se encontró con la pierna derecha privada de movimiento.

Hotep no se desanimó por su adversa suerte y, uniéndose a una caterva de guerreros, más o menos mutilados, emprendió el regreso a Tebas apoyándose 32

en

un

grueso

garrote.

Con las peripecias y aventuras de tal viaje desde Mesopotamia al mar Rojo, podría escribirse un buen volumen; habremos de contentarnos con saber que, de guarnición en guarnición, unas veces comiendo y otras ayunando, dos meses después de desdichada caravana llegó al delta del Nilo, lugar fijado para la separación de los veteranos, que desde allí se desparramaron por todo Egipto. Hotep quedó solo con otro compañero que, nacido en una aldea inmediata a la suya, seguía el mismo itinerario. Era el camarada un hombre ya viejo, encanecido en la milicia debido a sus largos años de servicio y privado de la vista, a consecuencia de una profunda herida en la cabeza. El cojo tenía excelente fondo y, movido a compasión, se brindo a servir de lazarillo al ciego; y así, una noche en que los dos inválidos descansaban al abrigo de un espeso cañaveral, Hotep, que dormía plácidamente, oyó de pronto un lastimero quejido que exhaló su compañero e incorporándose le dijo: -¡Hola veterano! ¿Qué es eso? Despierta, que sin duda te estás atormentando con alguna horrible pesadilla.

-Hotep, me muero –murmuró el ciego-. Siendo que la vida se me acaba. -¡Estás delirando! ¿Quién piensa ahora en morir?

-Me muerto, muchacho, me muero. Creía que tendría fuerzas para llegar allá, pero no puedo. ¡Agua…! ¡Dame agua, me ahogo…!

Hotep, alarmado, corrió con cuanta ligereza permitía su cojera hasta un canal inmediato y volvió con la calabaza llena del líquido pedido, diciendo: -Bebe. Esto pasará, es un desvanecimiento ocasionado por el fuerte sol que hoy nos ha hecho hervir la sangre. 33

-Gracias, camarada –respondió el ciego-. No temo a la muerte; hace años que la he considerado siempre cercana. Después de todo, para no ver más la luz, tanto me importa. Mira, en este saco va toda mi fortuna; un casco de bronce, unos cuantos trapos y unas sandalias de cuero, que es lo que más valor tiene, pues son casi nuevas, el material es superior y están bordadas en oro. No sé de donde proceden, pues las encontré en la batalla en que me hirieron, atadas a la cintura de un soldado muerto, sólo Dios sabe a quién se las robaría. Cógelo todo si muero. Es la fortuna de un soldado que ha servido treinta años a los faraones. ¡Bonita herencia!

Hotep se devanaban los sesos, pensando qué haría o diría en aquella situación, que le parecía bastante grave y apurada. Por fin su compañero bebió de nuevo y dijo:

-Puede que tengas razón y me haya equivocado; pasó la angustia y tengo sueño. Durmamos y, si me muero, ya sabes; todo para ti.

Y volvió a tenderse entre las cañas, murmurando palabras confusas. Hotep siguió su ejemplo. Al poco tiempo roncaba haciendo ruda competencia a las parleras ranas. Cuando despertó, al salir el sol, el ciego yacía a algunos pasos de allí, tendido boca abajo.

Hotep llegó finalmente a su pueblo y continuó llevando la vida que había tenido antes de ir a servir al faraón.

Un día, cuando el sol comenzaba a iluminar con sus espléndidos rayos, Hotep, vistiendo su viejísimo calasiris de algodón listado, que dejaba ver por sus múltiples desgarrones las oscuras carnes del mendigo, salió de su casa y empezó a andar con alegría.

Apareció junto a una de las colosales esfinges que constituían la entrada del templo. Se detuvo un momento y, sacando de un envoltorio el casco de bronce y las sandalias que heredara del viejo guerrero, se atavió con ambas prendas, 34

quedando en breve espacio de tiempo convertido en la más grotesca figura que imaginarse pueda nadie.

No parecía, sin embargo, el inválido descontento de su aparato indumentario, pues con aire satisfecho se atusó la encrespada y revuelta cabellera, y canturreando una canción popular se dirigió, apoyado en un grotesco bastón que le servía de muleta, hacia una puertecilla que se divisaba casi oculta entre las robustas piernas de la colosal estatua, que parecía guardar la entrada al gran patio.

Hotep dio con su bastón un fuerte golpe en la hoja de la puerta y pocos instantes después apareció en el dintel una mujer, cubierta por ajustada túnica blanca, sostenida por una especie de tirantes de cuero rojo.

-¿Qué se te ofrece tan temprano y tan compuesto? –preguntó con burlona sonrisa al reparar en el casco y las lujosas sandalias del mendigo-. Hoy no es día de repartir los restos de las ofrendas…

-No vengo a pedir limosna –contestó Hotep. Y luciendo una gran sonrisa, añadió-: Vengo a hablar con un padre para decirle que es mi deseo pedirle tu mano, pues quiero casarme contigo.

Los ecos del templo reprodujeron durante largo espacio de tiempo las más sonoras y alegres carcajadas que jamás habían turbado la majestuosa calma de aquel silencioso recinto. Hotep, sin desconcertarse por la manera como era acogida su pretensión, dijo mirando con petulancia sus sandalias:

-Hermosa Amneris, veo que mi idea te regocija y esto me hace suponer que mi figura no te disgusta y el resultado…

-El resultado –interrumpió la joven- será que mi padre te dará algunos palos y te -¡A romperá mí, la a pierna un que aún tienes del sana. faraón! 35

guerrero

-¡Imbécil! Tú ya no eres guerrero, sino pordiosero; y si no fuera por lo que en esta casa te hemos protegido, perjudicando a otros pobres más antiguos, hace tiempo que estarías descansando en el cementerio en agradable compañía con otros ilustres personajes de tu calaña.

-¿Olvidas acaso que soy propietario de una gran casa junto al canal del Castillo Blanco? -Sí, ya sé que tienes una barraca de adobes cuarteada y sin techo. -No es tan mala, y además tengo… estas sandalias –dijo él mientras se miraba los pies.

-Mira Hotep –dijo Amneris adoptando un aire protector-, sin duda algunas los fuertes calores y todo el hambre que has sufrido en Asia han perturbado tu razón. En primer lugar, debes saber que tengo un pretendiente muy bien acomodado, y en segundo lugar, ¿cómo quieres que yo, hija de un guarda del templo, corresponda al afecto de un buen muchacho como tú, pero que ha quedado completamente inútil para todo? ¿Cómo atenderás a mi subsistencia con la pierna arrastrando y ese casco tan abollado…? ¡Ja…, Ja…, Ja…! Y de nuevo la risa más retozona animó el semblante de la muchacha. El pobre, cuya candidez le había hecho concebir las más lisonjeras esperanzas, por única respuesta se rascó el cogote, miró a Amneris y, con gesto de cómica desesperación, dio media vuelta y sin pronunciar una palabra se alejó de la puerta acompañado por las carcajadas de Amneris. -¡Pobre chico! –dijo ésta-. No es malo, pero… ¡es tan miserable! Hotep, aunque verdaderamente anonadado por la escena narrada, tenía, como todos los fellahs una gran dosis de mansedumbre y resignación; así que, después de desahogar su cólera murmurando unas cuantas invectivas contra 36

Amneris, se encaminó hacia un grupo de palmeras que sombreaban el camino que conducía al templo y se tumbó sobre la menuda hierba. Pocos instantes después roncaba como un bienaventurado. ... ¡Lo que entregues, recibirás!...

Leyenda Internacional

EL COFRE DE PANDORA (LEYENDA GRIEGA) A pesar de haberse vengado de Prometeo de una manera muy cruel, Zeus aún le guardaba odio por haberle enseñado a los humanos el secreto del fuego. También estaba preocupado porque si los seres humanos se hacían más poderosos, podían quitarle su trono en el Olimpo, por lo que ideó un plan: en parte para vengarse aún más de Prometeo y en parte para resguardar su posición. Por voluntad de Zeus, su hija Nefesto modeló a una muchacha con una mezcla de arcilla y agua. Atenea le infundió el soplo de la vida y la instruyó en las artes femeninas de la costura y la cocina; Hermes, el dios alado, le enseñó la astucia y el engaño, y Afrodita le mostró como conseguir que todos los hombres la desearan. Otras diosas la vistieron de plata y le ciñeron la cabeza con una guirnalda de flores, luego la llevaron a la presencia de Zeus.

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-Toma este cofrecito-le dijo, entregándole una cajita de cobre bruñido-. Es tuyo, llévalo siempre contigo, pero no lo abras por nada del mundo. No me preguntes la razón y sé feliz, pues los dioses te han dado todo lo que las mujeres desean. Pandora, que así se llamaba la muchacha, sonrió. Pensaba que el cofrecito estaba lleno de piedras preciosas.

-Ahora tenemos que encontrarte un marido que te ame, y yo conozco al hombre adecuado. Epimeteo. El te hará feliz.

Epimeteo era hermano de Prometeo, pero le faltaba toda la prudencia de su hermano. Prometeo le había advertido a su hermano que no aceptara ningún regalo de Zeus, pero él, un poco halagado y quizás temeroso de rechazarle, aceptó a Pandora como esposa. Hermes acompañó a la muchacha a la casa del flamante marido en el mundo de los hombres.

-Bueno, amigo Epimeteo-le dijo-. No olvides que Pandora tiene un estuche que no debe abrir por ningún concepto.

Epimeteo tomó el estuche y lo colocó en sitio seguro. Al principio, Pandora fue feliz viviendo con él y olvidó el estuche, pero más tarde empezó a reconcomerla el gusanillo de la curiosidad. "¿Por qué no podemos ver al menos que contiene"? se preguntaba.

Luego, mientras Epimeteo dormida, abrió el cofrecito, y rápidos como el viento, salieron todos los males que desde entonces nos afligen: el cansancio, la pobreza, la vejez, la enfermedad, los celos, el vicio, las pasiones, la suspicacia... Desesperada, Pandora intentó cerrar el cofrecito, pero ya era demasiado tarde. La venganza de Zeus se había realizado: la raza humana no podía ser tan noble como había querido Prometeo. La vida sería una lucha constante contra dificultades de todo género. Había pocas probabilidades de que el hombre pudiera aspirar al trono de Zeus.

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Pero el triunfo del rey sobre los dioses no era completo. Una cosita de nada había quedado en el fondo del estuche y Pandora consiguió encerrarla. Era la esperanza. Con ella el género humano había encontrado la manera de sobrevivir en este mundo hostil. La esperanza daba una razón para seguir viviendo.

Leyenda Internacional

CONCLUSIÓN ¿Las leyendas son verdaderas o falsas? Esta es una pregunta a la que no podemos contestar con certeza, aunque podemos destacar que es una mezcla de hechos y fantasía. Después de haber hecho el trabajo, cuyo tema es “conociendo nuestras leyendas”, llegamos a la conclusión de que las leyendas son parte de nuestra historia. Escogimos estas leyendas porque encontramos información, que nos intereso mucho y que al parecer al lector podría gustarle, pero al avanzar en nuestro trabajo lo que en principio fue una obligación se convirtió en un interés, así que seguimos buscando leyendas y lo único que encontramos fue confusión y contradicción. Comparáramos varias leyendas de nuestra comunidad así como de otros lugares y nos dimos cuenta de que en cada lugar del mundo tenían leyendas muy diferentes pero todas muy interesantes.

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Las grandes leyendas han sobrevivido y perdurado de generación en generación por la memoria de los pueblos.

BIBLIOGRAFIA

Leyendas prehispánicas www.guiascostarica.com/mitos/mexico05.htm http://www.guiascostarica.com/mitos/mexico03.htm Leyendas Regionales o locales http://esquinadelperro.blogspot.com/2007/09/la-esquina-del-perro-cuentan-queesta.html Leyendas Urbanas

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