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LA BARRIGA MÁS GRANDE DEL MUNDO

Faltaba un día para que todos se dieran cuenta de que era un engaño. Cinco hombres la
cargaban en una silla gigante. Se abanicaba desde las alturas para aminorar el calor, y
usaba el mismo abanico para esquivar a los periodistas que intentaban embestirla antes
de su llegada al hospital. Nueva Colombia estaba alborotada gracias a Liliana Cáceres,
por esos días, la mujer más famosa del país.

Sus vecinos se turnaban para llevar en manos propias los cien kilogramos que pesaba.
Niños de torsos desnudos, contagiados por la algarabía, se sumergían en la procesión
aumentando la bulla mañanera. Las matronas del barrio eran más reservadas, pero no
por eso menos atentas: asomaban sus caras pardas entre las rejas de las puertas y
estiraban sus cuellos con tal de atisbar el espectáculo.

Un embarazo jamás se celebró en este suburbio barranquillero de negros descalzos. Y


es que eso de que alguien tan cercano esperara seis críos, nunca había ocurrido en
Colombia.

Antes del mediodía Liliana Cáceres llegó al Hospital Universitario. Georgina


Altahona, su acomedida suegra, la acompañaba. Detrás de las dos mujeres se
agolpaban numerosos reporteros desmedidos en su persecución, pero valiéndose de su
viveza, la joven se les escabullía con la habilidad de una mojarra resbaladiza.

Cuando el gerente del hospital, Miguel Patiño Díazgranados, quiso calmar la sed de la
jauría informativa anunció la preñez más célebre de la historia de Colombia: “Liliana
Cáceres tiene una impresión diagnóstica de embarazo múltiple de más o menos 30
semanas de gestación. Un equipo interdisciplinario de nuestra institución se está
haciendo cargo del caso. La paciente está estable. El grupo de científicos que la
atiende tiene la situación controlada”.

Pero el médico pecó de ingenuo. Patiño Díazgranados no sabía que a la joven de 16


años internada en su hospital nadie le tocó la barriga. Nadie. Ni su novio, ni su suegra
y mucho menos el grupo de especialistas que diagnosticó el embarazo múltiple.

Sin embargo, la noticia rodó desde Punta Gallinas hasta Leticia. Los periódicos
anunciaron el hecho como un respiro alegre que distrajo a Colombia, durante un par de
días, de la hecatombe política que puso a tambalear el gobierno de Ernesto Samper.

No hubo emisora radial, de onda corta ni de frecuencia modulada, que no registrara el


embarazo. En la radio comparaban el suceso con el de Kenny y Bobby McCaughey: el
matrimonio de Alabama que estrenaba septillizos. Los locutores machacaban el tema
con habladurías sobre la virilidad y la potencia sexual de Alejandro Férrans, el papá de
las criaturas, a quien sus vecinos apodaban en un sincero homenaje “Macho man”.

CM&, el noticiero con más rating de la franja estelar, montó una mini teletón para
apoyar la causa. Bajo la dirección de Yamid Amat, Viena Ruíz pedía ayuda a los
televidentes con apoyo en escenas lastimeras de la embarazada. Y es que verla era un
espectáculo: acostada, acaparaba la cama doble en la que dormía, de tal manera que ni
su novio podía acompañarla en las noches insomnes. Sentada, no cabía en un mecedor
de mimbre que su suegro, Andrés Férrans, le acondicionó. Parada, no resistía el peso
de su cuerpo y, como si fuera poco, al caminar tenía que hacer malabares para no
rozar su bandullo con las paredes de la casa.

Ante el dantesco despliegue mediático los colombianos se condolieron. Familias


enteras aprontaban donaciones de dinero y alimentos. Empresas de productos infantiles
prometían pañales para los muchachitos. La leche estaba garantizada de manos de una
prestigiosa compañía de lácteos. Hasta Férrans recibió una oferta de empleo por parte
del gobernador del Atlántico.

Pero mientras los ricos le quitaban el pelo a su gato y los pobres sacaban de donde no
tenían para ayudar a las criaturas, en el séptimo piso del hospital de Barranquilla se
libraba una lucha.

Los médicos insistían en practicarle una ecografía a la mujer, pero ella, como una
heroína envalentonada, se rehusaba. Oponía resistencia desde la silla que había
ocupado todo el santo día. Amenazaba con tirarse por la ventana si la tocaban.
Berreaba. Movía las piernas con vehemencia y le pegaba puntapiés al baldosín
mientras gritaba con un salvajismo tal, que lograba intimidar al cuerpo hospitalario.

Después de varias pataletas se calmaba; ocultaba su cara en las palmas de sus manos
sin tener otro contacto con el mundo más que un huequito por el que respiraba entre
lágrimas y jadeos. Pensaba que si llegaba siquiera a musitar palabra, sus papás irían a
pasar vergüenzas, perdería para siempre a Alejandro y sería motivo de burla entre sus
conocidos.

La situación, además de sospechosa, resultaba incontrolable, hasta que a Georgina


Altahona se le ocurrió una solución. Después de apaciguar a la muchacha, la vieja le
pidió que se acostara en la camilla, pues no era aconsejable para la salud de los bebés
mantenerse en una misma posición durante tanto tiempo. Resignada, y ante el
cansancio que la vencía, Liliana aceptó.

Cuando estaba profunda dos enfermeras se situaron a lado y lado de la cama. Georgina
a sus pies, y el médico Jaime Rodríguez, junto a su vientre. Todos intentaban sujetarla
mientras el doctor develaba la razón de su reticencia.

Apenas sintió el tacto, la muchacha despertó. Estaba inmóvil, maniatada por cuatro
personas mientras decenas y decenas de trapos salían de su barriga. Los ojos de los
presentes vieron volar camisas, pantalones, toallas y hasta un bolo de juguete que
hacía las veces de ombligo. Cada una de las prendas estaba perfectamente acomodada
dentro de una tela de lycra en la que Liliana había camuflado la ropa seis meses atrás.

El pasmo invadió la sala del hospital. Apenas vio salir tiras del cuerpo de su nuera,
Georgina Altahona creyó que el pellejo se le había podrido. Cuando se percató de la
realidad quiso que la tierra se la tragara. Ni hablar de la muchacha, quien se escondió
debajo de la camilla cuando ya no quedaba ni un solo trapo en su barriga. “Ya no
resisto más. Me quiero morir” gritaba estruendosamente mientras el médico
Rodríguez y las enfermeras se miraban anonadados bajo un perturbador dilema: no
sabían si reír o llorar.

El nombre de la barranquillera volvía a retumbar en los oídos de los colombianos, esta


vez acompañado de la palabra “escándalo”. Liliana Cáceres había sumido en
desconfianza a un país que horas antes se disponía a ayudar a una humilde mujer
bendecida con un embarazo de séxtuples.

Los medios resaltaban su actuación con elogios irónicos, propios de un drama burlesco
de la vida real. “De cómo Liliana Cáceres subió a los cielos y bajó a los infiernos por
cuenta de un embarazo ficticio”, decía la entradilla de un artículo de la revista Semana
titulado “Trapitos al sol”. De manera satírica, en una entretenida columna, Ernesto
McCausland, periodista de la revista Cambio, llegó a proponerla como personaje del
año.

Los psicólogos se rompían la cabeza tratando de diagnosticar el caso. Pedro Gómez


Méndez, psiquiatra y director del hospital mental de Barranquilla, a donde Liliana fue
a parar horas después de conocerse el episodio, concluyó que la paciente tenía “un
comportamiento ingenuo con una estructura mental infantil”.

La realidad de la imaginativa mujer quedó al descubierto por un pueblo que interpretó


de temeraria su hazaña. Sin embargo, ningún medio de comunicación se interesó en
conocer el origen de su mentira. Nadie más que ella sabía la razón por la que engañó a
su novio, a los médicos y al país entero.

El preludio de la farsa

La tramoya comenzó a principios de agosto de 1997, cuando un murmullo


contaminado de saña llegó a oídos de Liliana: Lorena Peña, su mejor amiga, esperaba
un hijo de Alejandro.

Movida por los celos, y encolerizada ante su esterilidad, la muchacha le robó un


certificado de embarazo del hospital de La Manga a una de sus vecinas. A su novio lo
atolondró con la novedad de que iba a ser padre. Alejandro Férrans, sin profesar el
mismo amor que sintió por ella alguna vez, se desentendió del compromiso.

Pero una tarde, cuando el sol barranquillero comenzaba a ocultarse entre los caracolíes
de Nueva Colombia, la mamá de Liliana lo visitó en su casa. La vieja vendedora de
cocadas —que había sufrido las vicisitudes de una vida sin marido— le entregó a su
hija con todo y ropa. Desde ese día la astuta muchacha se consagró como novia oficial
de Alejandro, y alcanzó el propósito de vivir en la residencia de los Férrans Altahona.

Apenas consiguió ser parte de la familia trató de comer y de beber hasta henchirse con
el propósito de abultar su abdomen. Esa situación ya provocaba angustia entre los
parientes de Alejandro porque Liliana acababa con la comida de los ocho habitantes de
la casa. Pero por más que tragaba, su barriga no parecía la de una embarazada. Cuando
notó la desconfianza de Sandra Férrans, la hermana de su novio, a quien le faltaba un
mes para parir, se vio obligada a actuar de otra manera.

Un día, a solas en su pieza, amarró meticulosamente una faja de lycra a su estómago.


Luego empezó a rellenarla. Lo primero que le echó fue un par de overoles viejos,
después, un vestido de flores de su suegra. Cada seis o siete días alguna prenda de los
Férrans era sacrificada para engrosar la que se convirtió en una colosal bola de trapos.

Poco a poco, su estómago adquirió dimensiones sobrenaturales, por lo que inventó que
no iba a tener un niño, sino seis. La idea que maquinó gracias al descomunal relleno
resultaba perfecta. Con seis niños no solamente conseguía alejar a Lorena de
Alejandro, las criaturas representaban también una fórmula infalible para retener a su
novio. Ya no se quedaría sola en el mundo, la penosa hambre aguantada durante su
infancia no volvería a asaltarla; tampoco le faltaría amor, pues a su lado tendría a un
guardián que la haría feliz hasta el final de sus días. “Sería un diablo el hombre que
abandone a su mujer después de hacerle seis hijos de una sola camada”, pensaba
mientras planeaba la picardía más importante de su escasa edad.

Liliana Cáceres poseía una habilidad extraordinaria para el engaño. No sólo había
fabricado su propia barriga; también actuaba como si estuviera embarazada. Cuando
Georgina le servía huevos al desayuno fingía marearse con el olor, le imprimía
verosimilitud a la escena cuando se paraba de la mesa y salía a vomitar. Justificada en
el mal de antojos que sufren las hembras preñadas, comía varias veces al día. Pero no
comía cualquier cosa, exigía carne o pollo, por lo que el bolsillo de su suegro se veía
afectado. Sin embargo, en la vieja casa de paredes de tapia jamás rondó tanta felicidad.
Todos esperaban ansiosos los bebés que partirían la historia de la familia en dos.
Georgina no dudó ni un sólo minuto en gastar los $80.000 pesos que había ahorrado
durante todo el año para ser la primera en hacerle un obsequio a sus nietos. Don
Andrés animaba a su mujer en el cuidado esmerado hacia la muchacha para que la
gente no tuviera de qué garlar. Con la futura madre se mostraba cariñoso y guardaba la
ilusión de que los niños nacieran completitos y rebosantes de salud. Cada vez que la
barriga aumentaba de tamaño, el longevo celador le compraba a Liliana una batola más
grande que la que desechaba, pero le terminó comprando tantas que un día se vio en la
obligación de hacerle una advertencia: “Mijita, los niños no pueden seguir creciendo
porque ya no va haber bata que te quede buena”.

La huida de la “barriga e’ trapo”

A Liliana no le importaba avivar ensoñaciones ajenas con tal de apoderarse de su


novio picaflor. Lo que nunca se le pasó por la cabeza fue ser dueña de la popularidad
que consiguió. Había planeado el embarazo con tal de irse a Cartagena cuando su
invento apenas acariciara el séptimo mes. En la mitad del camino se bajaría del bus y
se quitaría el relleno de su barriga abandonando los trapos en el monte. Luego visitaría
a sus familiares en La Heroica y cuando estuviera de vuelta en Barranquilla diría que
había perdido a sus niños. Entonces pondría fin a su mascarada, pues ya habría
recuperado el ansiado amor de Alejandro.

Pero la providencia no le ayudó. Un lunes de noviembre, Manuel Pérez ––periodista


judicial del diario La Libertad–– vio contornearse a la morena con una gigantesca
barriga por el hospital universitario. Asombrado, el reportero pensó que detrás del
bulto había un hecho informativo. Sin embargo, por razones que hoy él mismo
desconoce, no abordó a la dueña del exótico vientre.

Al llegar a las oficinas del diario, el periodista les contó a sus colegas que había visto
“la barriga más grande del mundo”. Admirado por la historia, Carlos Peláez, también
reportero judicial, decidió buscar a Liliana por toda la ciudad. Luego de contactarla, y
de hacer pública su historia, el invento de la joven adquirió un cariz noticioso cuyo
desenlace cambió su vida para siempre.

Tras cometer su más grave pecado de amor y quedar al descubierto, la muchacha


padeció en carne propia el costo de una fama mal ganada. El mundo ya no la distinguía
como Liliana Cáceres, en cambio la envilecía bajo el remoquete de “la barriga e’
trapo”. Alejandro Férrans también pagó las consecuencias del terrible yerro. Sus
supuestos poderes seminales fueron el hazmerreír de medio mundo. Pasó de ser el
“macho man” de Nueva Colombia a un triste “macho e’ trapo” de por vida.

Sin darle la cara al desvalorizado hombre, Liliana decidió huir de su natal


Barranquilla. No había permanecido siquiera una semana en casa de su tío Raúl
Cáceres cuando un grupo de jóvenes del barrio cartagenero La Candelaria trataba de
romper a pedradas el techo eternit de la vivienda. “loca, salga pa´ lincharla”, le
decían a grandes voces con el ánimo de desafiarla. Tras la agresión, que sólo se calmó
cuando se hizo presente la Policía, la joven tuvo que partir hacia otro lugar. Fue a parar
a una pensión del centro en donde trabajó como mucama. Cambió su nombre por el de
Carmen y se quitó el pelo sintético que tuvo durante el embarazo ficticio. Pensó que de
esa manera pasaría inadvertida. Pero un día, cuando salió a la plaza de mercado de
Bazurto a comprar sayas y calzado, la gente la reconoció. Entonces se vio ultrajada
como nunca antes. “¡Barriga e’ trapo! ¡Mentirosa!” le gritaba la gente enardecida
mientras le tiraban pedazos de frutas y verduras. Pero eso le pareció poco hasta que
sintió que una llamarada de candela descendía por su cuerpo: una mulata alta y rolliza
que atendía un puesto de comidas le había tirado un caldo de pescado hirviendo por la
cabeza.

La cólera y la humillación la condujeron hasta Honga, una minúscula vereda ya


desaparecida del departamento de Bolívar. Para su pesar, su fama había aumentado a
raíz del alto número de barrigones disfrazados en su honor en el carnaval de
Barranquilla. Las canciones de reggaeton compuestas a su farsa la convertían en una
especie de leyenda popular, así que eran muchos los que llegaban hasta su casa todos
los días con el ánimo de conocerla en persona. La acosaban tanto que ella misma
terminaba espantándolos desde una ventana a punta de baldados de agua fría. Pero
llegó el día en el que se cansó de luchar contra la fama y su gallardía devino en
agotamiento.

Volvió a partir. Esta vez se fue a vivir a una loma, cerca de los Montes de María.
Consiguió trabajo en casa de unos amigos de su tío como empleada doméstica, y
trabajó allí varios meses confiando en que el tiempo borrara su historia del mapa.

En un encuentro con su prima Josefina Cáceres, quien años atrás le presentó a


Alejandro, Liliana se enteró de que su antiguo amor vivía al lado de Lorena Peña en la
misma casa que ella alguna vez habitó. La pareja tenía dos hijos; Alejandro había
abandonado su trabajo de repartidor de gaseosas Postobón para convertirse en uno de
los tantos mototaxistas que vagaban por las calles barranquilleras, y al parecer, eran
felices.

Las novedades acrecentaban el odio de Liliana hacia su suerte. Pensaba que si no


hubiera engañado a su novio, podría ser ella quien ocupara el lugar de su mayor
enemiga. Pero nada concerniente a su pasado tenía solución.

Sin embargo, una sorpresa irrumpió en su presente. Acababa de cumplir 21 años


cuando una mañana apareció en la puerta de su casa Diógenes Parra, un joven
pescador de buen talante que la enamoró en poco tiempo. Juntos se devolvieron a
Cartagena. Allí vivieron en una pequeña casa de madera que el muchacho construyó.
El lotecito de seis por seis lo obtuvieron gracias a la misericordia del programa social
El Minuto de Dios, dirigido por el cura más televisado en Colombia: el padre Rafael
García Herreros. Pronto tuvieron un hijo, entonces Liliana sintió por fin, desde el dolor
de sus entrañas, lo que significaba parir de verdad. “Ese también debe ser de trapo”, le
decían sus vecinos cada vez que salía a la calle. Pero cuando el niño nació todos
comprobaron la verdad que encerraba esa barriga.

Después de Yoger, Liliana y Diógenes tuvieron otros dos niños. Aunque sobrevivían
entre alcores de pobreza, a la familia nunca le faltó, por lo menos, dos raciones diarias
de comida y la fe en una vida mejor. En medio de la escasez, todo marchaba con una
normalidad que espantaba, hasta que un día la situación empeoró y la maldición
coqueteó con el daño. Diógenes le anunció a su mujer un viaje que venía rondando en
su cabeza tiempo atrás: se iría a las islas Margarita, por un periodo corto con la ilusión
de un futuro no tan mísero como su presente. Pese al dolor que implicaba tenerlo lejos,
y confiada en el gran amor que los unía (afectado nada más que por una pelea de celos
en tres años) Liliana aceptó. Pero hoy, dos años y cinco meses después, no ha recibido
ni una sola llamada del papá de sus hijos.

El presente de Liliana Cáceres

Escoge un gajo de pelo y lo divide en tres. Los dedos índice y pulgar se mueven
entre tirón y tirón, adueñándose de cada mecha. Demora treinta segundos en acabar la
trenza. Agarra un hilo rojo de una bolsa de plástico y ata las horquillas del cabello. La
gringa del nuevo peinado afro, hospedada en el Hotel Dorado le paga con un billete de
20.000 pesos.

Camina desde la playa hacia la carretera. El oleaje lento de su barriga apretujada


denota cansancio. Liliana Cáceres está embaraza por cuarta vez. Mañana cumple seis
meses. Todavía es esquiva a las ecografías, por lo que no sabe el sexo del bebé. Está
segura de que si es niña, se llamará Lindis, y si es niño, Junior, como su equipo de
fútbol favorito.

Ahora se dirige a su barrio, ese Minuto de Dios clavado en La heroica, el caserío


africano heredado por los oriundos de San Basilio del Palenque, quienes subsisten
gracias al dinero que los extranjeros les dejan por sus trabajos informales en las playas
cartageneras. Desde allí Liliana espera, como la paciente Penélope, el retorno de
Diógenes, o tal vez, el de Ramón Cubillos, el vecino de quien fue novia durante tres
meses y el papá de la criatura que ahora tiene en su barriga.

En sus ojos se adivina cierto desosiego, el desosiego usual que experimenta una mujer
tras el abandono de su amante. Las pocas veces que ríe deja ver una sonrisa opaca,
modesta como los pardos abalorios que cuelgan de una cadena de hilo atada a menudo
alrededor de su cuello.

Entra a su casa y un hedor a humedad no deja dudas sobre la contundente pobreza. Sus
hijos la saludan batiéndole el vestido rosado que lleva puesto. Se dispone a prepararles
el almuerzo, y camina con parsimonia hacia el rincón izquierdo de su casa rectangular.
Abre la nevera que compró gracias al dinero regalado por Juan Manuel Correal,
“·papuchis”, cuando la entrevistó en noviembre de 2007 para el programa radial El
Cocuyo. El frigorífico todavía está envuelto en el plástico con el que salió del almacén.
Sin embargo, está prendido. En su interior no hay más que un par de naranjas y tres
tomates a punto de fenecer. No saca nada, cierra la nevera de un golpazo y en esas,
manda a pasar a la periodista que espera en la puerta.

En seguida le expone las razones por las que no quiere darle la entrevista:
––Mira, ahora mismo estoy viviendo mal–– dice cerciorándose de que veo la estufa
escarapelada que tiene al lado de dos camastros en los que duerme con sus hijos.

––Varias personas me han prometido ayudas, ––continúa– pero no me han dado nada,
por eso no estoy creyendo en periodistas.

––¿Quiénes le han prometido ayudarla?

––Jota Mario me ofreció una plata, eso hace como cinco meses por ahí, cuando el
padre Chucho sacó el programa Abre tu corazón, y me sacaron en televisión con el
barrigón. Yo no entiendo pa’ qué ponen a una actriz a imitarme, yo misma lo hubiera
hecho mejor.

––¿Le gustaría ser actriz?

––Claro, no ve que cuando fui actriz todos se comieron el cuento.

–– ¿Ha buscado ayuda en la televisión?

Sí, pero nadie me la ha brindado, porque como soy pobre, a nadie le importo. Lo que
hicieron fue burlarse de mi mentira y terminaron con los bolsillos llenos de plata a
costa mía.

––¿Cuál fue la última entrevista que le hicieron?

–––Una para Nuestro Diario en la que salió el ranchito mío, pero terminé
desilusionada.

––¿Por qué?

––Porque yo le hice el favor a la periodista de hablarle de mi vida para que ella contara
las burlas que me hicieron los medios; pero no puso lo que yo le dije en el periódico,
sino lo que le dio la gana de poner. Muchos barranquilleros me han dicho: “Liliana, la
periodista de Nuestro Diario, te engañó”.

––En ese caso, usted también engañó a los medios hace once años. Está saldada la
cuenta, ¿no?

––En parte. La única diferencia es que ellos sacaron provecho, a mí me ha servido


solamente para arrepentirme.

––¿Qué piensa hoy de su picardía?

— Ya me di cuenta que ni los trapos ni los hijos sirven para retener al marido, porque
para que el marido se vaya del lado de una, no hace falta sino tenerlo al lado.

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Delatar el artificio en la primera frase, en este caso, mata la primera gran parte de la
crónica. Lo mejor sería una indagación desde el presente, con contínuos flash back,
para que el lector vaya necesitado de más información con cada párrafo. No hay
discusión sobre la forma de escribir, es pulcra, bien redactada, directa. Siento que, vos,
Isabella, podrías soltarte más, meterte más en la crónica, no como primera persona
pero si con especulaciones atrevidas, comparaciones, metáforas; recursos que
adornarían mucho más tu estilo directo.