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LOS DERECHOS HUMANOS EN LA ESCUELA TEOLÓGICO JURÍDICA DE SALAMANCA

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LOS DERECHOS HUMANOS EN LA ESCUELA TEOLÓGICO JURÍDICA DE SALAMANCA

Ramón Hernández Martín O.P.

Contenido
JUSTIFICACIÓN .................................................................................................................................. 7 CAPÍTULO I ...................................................................................................................................... 9 ACTUALIDAD DEL TEMA.................................................................................................. 9 LAS RAÍCES DE LOS DERECHOS HUMANOS SEGÚN EL CONCILIO VATICANO II.............................................................................................................................................. 10 AMBIENTACIÓN POLÍTICA DE LA DECLARACIÓN DE LA ONU......................... 11 LA LEGISLACIÓN ESPAÑOLA DE INDIAS Y LOS DERECHOS HUMANOS ........ 12 ELENCOS HISPANOS DE LOS DERECHOS HUMANOS............................................ 12 ESBOZO DE LOS DERECHOS INDIVIDUALES Y SOCIALES DEL HOMBRE SEGÚN FRANCISCO DE VITORIA EN SUS RELECCIONES ....... 13 ESBOZO DE LOS DERECHOS INDIVIDUALES Y SOCIALES DEL HOMBRE SEGÚN BARTOLOMÉ DE LAS CASAS EN SU OBRA .................... 15 CAPÍTULO II .................................................................................................................................. 19 LOS PRIMEROS MISIONEROS DE AMÉRICA COMO FUNDAMENTOS .............. 19 CONSIDERACIONES PREVIAS ....................................................................................... 19 ANTÓN MONTESINOS, PRIMERA VOZ REVOLUCIONARIA DE AMÉRICA ...... 21 PEDRO DE CÓRDOBA, PRIMER MENTOR DE LA LUCHA POR LOS DERECHOS DEL INDIO............................................................................................................................ 26 CARTA DE PEDRO DE CÓRDOBA A ANTÓN MONTESINOS .................................. 28 CARTA DE PEDRO DE CÓRDOBA AL REY CARLOS I ............................................. 30

JUSTIFICACIÓN
Muy pronto tendremos delante la fecha del 19 de marzo del 2012, bicentenario de la primera constitución española, La Constitución de Las Cortes de Cádiz, promulgada el 19 de marzo del 1812. Conferencias valiosas nos esperan, que sabrán valorar críticamente qué representan, y qué influencias y transcendencias han tenido hasta nuestros días. Yo recuerdo que hace treinta años –en 1982- los festejos solemnes celebrados en Cádiz me movieron a escribir un libro sobre Francisco de Vitoria publicado en la BAC popular y titulado Un español en la ONU. Y es que en el bellísimo y bien fundado discurso de nuestro Rey Juan Carlos se mencionaban dos figuras dominicanas que se ocuparon con verdadera autoridad doctrinal sobre nuestro tema de los derechos humanos: Francisco de Vitoria y Bartolomé de Las Casas. Componían aquellas cortes de 1812 diputados españoles y de los diversos países de Hispanoamérica, todavía unidos a la corona de España. En aquel acto conmemorativo de 1982 se encontraban presentes la totalidad de los embajadores de Iberoamérica, el Nuncio de la Santa Sede en España y los representantes diplomáticos de Estados Unidos de Norteamérica y de Guinea Ecuatorial. El discurso regio habló de la vocación universalista de España en sus diversas proyecciones, tanto hacia el viejo continente como, y de un modo muy especial, hacia el nuevo. En el ideario político, social y cultural de tan valioso discurso se barajaron como pedestales estos tres términos: constitución, libertad y democracia. Para la intelección de estos conceptos, con toda la proyección que entrañan, el Rey evocó los pasos más significativos de nuestra historia, sobre todo aquellos que definieron mejor nuestro destino o nuestra misión en el mundo. Uno de esos pasos, el más espectacular y, sin quizás, también el de mayor transcendencia fue el descubrimiento y colonización de América. Y todo esto, no ya por lo que significaba de expansión territorial y demográfica, sino principalmente por los problemas ideológicos a que dio lugar a los pocos años del descubrimiento. Fue un nuevo mundo y de enormes dimensiones, un nuevo continente aislado del viejo por dos inmensos océanos; fueron nuevas razas humanas, que en sus relaciones con las de la vieja Europa ofrecían nuevos planteamientos sociales, religiosos, políticos y económicos. Se descubre un mundo nuevo y se descubren también unos nuevos derechos; el derecho internacional verdadero y las primeras elaboraciones y proclamaciones de los derechos humanos de los individuos y de los pueblos. Juan Carlos I evoca a este propósito en su discurso sólo dos nombres, dos dominicos, de temperamento y formación diferente, que simbolizan dos modos de considerar la realidad de Las Indias, pero que se complementan: Francisco de Vitoria y Bartolomé de Las Casas. Éstas son sus palabras: “De la solución que los españoles dieron al reto, podemos decir que, a pesar de sombras y abusos accidentales, los más exigentes españoles del siglo XX nos sentimos orgullosos. Nos basta con evocar los nombres de un Francisco de Vitoria o de un Bartolomé de Las Casas”. “Es desde entonces América –continúa Don Juan Carlos- un componente irrenunciable de nosotros mismos”. Detrás de cada uno de los dos nombres citados –Vitoria, Las Casas- hay una estela de nombres de misioneros y de catedráticos, que unidos, inspirarán las leyes humanitarias de nuestros gobernantes; otra cosa, lamentable, es la de aquellos conquistadores y encomenderos que no quisieron observarlas y la de aquellos representantes regios en Las Indias que no tuvieron valor para exigir su cumplimiento.

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CAPÍTULO I
ACTUALIDAD DEL TEMA

Cuando el 10 de diciembre de 1948 en París se hizo efectiva la declaración de los derechos humanos por la Organización de las Naciones Unidas, los grandes internacionalistas europeos, no hispanos, publicaron inmediatamente sus comentarios al articulado de esa declaración. Algunos se esforzaron por buscar las raíces literarias deseos derechos y no se molestaron en cruzar la frontera del 1600; no penetraron en la escuela española del 1500, que fueron los fundadores de esta rama del derecho. Tomemos algunos ejemplos. El holandés Barón F. M. van Asbeck publicó al año siguiente, 1949, una obra titulada La Universal Declaración de los Derechos Humanos y sus Predecesores1. En ella se nos ofrecen los textos de Habeas corpus de la Gran Bretaña de 1679 (son los más antiguos que examina), y sigue con los de Bill of Rights de 1689 (también de Inglaterra) y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente de la Revolución Francesa el 26 de agosto de 1789, y tampoco faltan los de la Constitución del Reino de Holanda y la Constitución de la Unión de las Repúblicas Soviéticas de 1936. No se fijará ni en Italia, ni en Portugal, ni en España, en donde encontraría unos precedentes más antiguos y mejor fundados que en las formulaciones escogidas. Otro gran internacionalista de aquellos años es Máximo Curcio. Suya es la obra La Declaración de los Derechos de las Naciones Unidas, publicada en 19502. En su esfuerzo por buscar las fuentes de las modernas declaraciones de los derechos humanos se remonta sólo hasta el siglo XVII, y no encuentra más nombres que Hugo Grocio, Samuel de Pufendorf y Juan Locke3. Tres cuartos de siglo antes que el más antiguo de éstos, es decir que Hugo Grocio, ya existía en España una verdadera escuela de internacionalistas, que se habían planteado el problema de los derechos y deberes fundamentales del hombre y de los Estados. Curcio hace una fugaz alusión a Vitoria y a Suárez, diciendo que ambos “querían que se tutelasen siempre los derechos de los oprimidos”. A.Verdoot en Declaración Universal de los Derechos del Hombre Bilbao 1969) hace también una ligera alusión a Vitoria, Báñez, Molina y Suárez. Contrario a éstos, el dominico Venancio D. Carro, buen conocedor de nuestros teólogos del siglo XVI, salió por los fueros de la escuela vitoriana en su obra Los Derechos y
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BARÓN F. M. VAN ASBECK, The Universal Declaration of Human Rights and its Predecesors, Leiden 1949. Cf. También A. VERDOOT, Declaración Universalde los Derechos del Hombre, Bilbao 1969. 2 M. CURCIO, La Dichiarazione dei Diritti delle Nazioni Unite (Milán 1950). Una sola vez y de pasada cita a Vitoria y a Suárez, y es para decir solamente que ambos “querían que se tutelasen los derechos de los oprimidos” (p. 12). También en la obra de Verdoot, citada en la nota anterior, se hace una alusión fugaz a Vitoria, Molina, Suárez” (p. 35). 3 Sobre éstos y otros autores, particularmente Hugo Grocio, y su relación con Francisco de Vitoria véase R. HERNÁNDEZ, O. P., Francisco de Vitoria. Vida y pensamiento internacionalista…, BAC (Biblioteca de Autores Cristianos), Madrid 1995, Tercera parte. Proyección europea del internacionalismo vitoriano, pp. 213-267.

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Deberes del Hombre (Madrid 1954). Advierte que en la declaración solemne del 10 de diciembre de 1948 existen considerables lagunas: el derecho de enseñar y de aprender para todo individuo y para toda asociación; el derecho indiscriminado de migración, bien diseñados por nuestros clásicos teólogos y juristas. No se hace, sigue indicando Carro, en esa declaración de la ONU, alusión alguna a lo transcendente, no ya a Dios o a los valores sobrenaturales, sino a la naturaleza misma con sus exigencias. Los ecologistas encontrarían también sus lagunas. Debería hablarse igualmente de un derecho del hombre a que se le prevenga del error, de la inmoralidad y de la irreligión. Los artículos 28 y 29 aluden sólo brevemente y de modo impreciso a los derechos y deberes del hombre dentro de la sociedad nacional e internacional. Es una proclamación arracista, pero, al proclamarse sólo como ideal, sin medios prácticos en el orden de la ejecución, los grandes abusos se siguieron y se siguen arrastrando; no se atiende a todas las vertientes del hombre, porque no se nos dice qué es el hombre, comenta el citado P. Carro4. Otro dominico, Andrés Vincent, profesor de la universidad de Aix en Provence, autor de una obra muy extensa en torno al pensamiento jurídico-teológico de Bartolomé de Las Casas, hace notar también ese vacío de atención que sobre los derechos fundamentales existe en la famosa declaración de la ONU. Ciñéndose en particular a la formulación de la libertad religiosa, observa que el art. 18 de la citada declaración de las naciones Unidas hace referencia sólo al “derecho individual” con algunos aspectos muy concretos del mismo5. Dice en efecto el artículo 18: “todo hombre tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad para cambiar de religión y de creencias, y la libertad para manifestar, solo o en comunidad con otros, en privado o en público, la propia religión y la propia fe, ya sea en la enseñanza o en la práctica, en el culto y en la observancia”. Nos invita a completar esa declaración con la doctrina del Concilio Vaticano II. Se resalta en él la “dignidad de la persona humana” como fundamento y norte orientador en toda esta materia: “Este concilio Vaticano II declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esa libertad consiste en que todos los hombres deben estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y ello de tal manera que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los debidos límites. “Declara además que el derecho a la libertad religiosa se funda realmente en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón”6.

LAS RAÍCES DE LOS DERECHOS HUMANOS SEGÚN EL CONCILIO VATICANO II El concilio señala muy bien que la libertad religiosa no se funda sobre tal o cual concepción particular del mundo o sobre la situación concreta de la sociedad o del hombre mismo (como puede ser una conciencia recta o una conciencia errónea), sino que se basa sobre algo más ontológico y perenne, como es la misma naturaleza racional del hombre. Lo expresa con estos términos el documento conciliar:

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VENANCIO DIEGO CARRO, Derechos y Deberes del hombre… (Madrid 1954) 130-136. ANDRÉ VINCENT, Libertad religiosa, Derecho fundamental, en “Anuario de Filosofía del Derecho” 18 (1975) 308s. 6 Declaración sobre la libertad religiosa, nº 2: Concilio Vaticano II. Constituciones, Decretos, Declaraciones... Cuarta edición. Con el texto latino oficial... BAC, Madrid 1978, págs. 784-785.

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“Por razón de su dignidad todos los hombres, por ser personas, es decir, por estar dotados de razón y de voluntad libre y, por tanto, por encontrarse enaltecidos con una responsabilidad personal, son impulsados por su propia naturaleza a buscar la verdad… “Por consiguiente -dice al final de este párrafo- el derecho a la libertad religiosa no se funda en la disposición objetiva de la persona, sino en su misma naturaleza. Por lo cual el derecho a esta inmunidad permanece también en aquéllos que no cumplen la obligación de buscar la verdad y adherirse a ella; y no puede impedirse su ejercicio con tal de que se respete el justo orden público”7. AMBIENTACIÓN POLÍTICA DE LA DECLARACIÓN DE LA ONU Las críticas, que expusimos poco ha, a la Declaración de la ONU en 1948, las V. Carro y A. Vincent, como las de otros autores de parecidas tendencias, son en verdad exageradas. Aunque sea primordialmente esa declaración de las Naciones Unidas una enumeración concreta de los diversos derechos particulares, esa enumeración es necesaria como indicación manifiesta y nítida a toda clase de personas, incluso a las menos instruidas. No obstante en el mismo considerando primero del preámbulo ya se coloca como fundamento de los derechos y de las libertades del hombre la dignidad de la persona humana: “Considerando que la libertad, la justicia y paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de los miembros de la familia humana”. Y en el considerando quinto del preámbulo vuelve a hablar de esa dignidad, y recuerda la Carta de las Naciones Unidad, promulgada en la ciudad de San Francisco el 26 de junio de 1945: “Considerando que los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado en la Carta su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres…” La citada carta de las Naciones o de San Francisco lo había manifestado con esas mismas palabras en la segunda de las finalidades expuestas en su prólogo. La Declaración de los Derechos Humanos de la ONU, según reza el texto mismo del documento, es “un ideal común que todos los pueblos y naciones se deben proponer”. Por eso precisamente, por no ser más que un ideal, meras declaraciones teóricas y románticas, no tuvieron inconveniente en firmarlas los más opuestos Estados, incluso aquéllos que no pensaban tenerlas en cuenta o no aplicar los medios para implantarlas en sus territorios. Recordemos que es la Norteamérica de 1948, cuando la discriminación contra los negros entraba, después de un relativo pacifismo durante la guerra, en una etapa de la mayor crueldad o dureza. Recordemos que es también la Inglaterra del imperio, aferrada todavía a una política ampliamente colonialista. Recordemos que es la Rusia de Stalin, donde esos principios de libertades de los individuos y de los diversos estados limítrofes no se pensaba favorecer. No en vano el jefe de la delegación soviética en la ONU, Andrés Yanuarevich Vichinski, había advertido que el defecto capital de la Declaración reside en el hecho de ignorar los intereses del Estado, y en que un cierto número de artículos desconocen completamente el principio de la soberanía de los estados democráticos y el principio afirmado por la Carta de las Naciones unidas, de la no injerencia en los asuntos interiores de los Estados8.

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Ib., pág. 785. Cf. et.: Dignidad de la persona humana. “Derechos humanos” (Inst. Pontif. de Filof., Madrid), Madrid 1982. 8 V. D. CARRO, Derechos y Deberes del hombre... (Madrid 1954) p. 147.

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LA LEGISLACIÓN ESPAÑOLA DE INDIAS Y LOS DERECHOS HUMANOS Volviendo a nuestro tema, la legislación española sobre las Indias en el siglo XVI salva los indicados escollos. Esto se aprecia de un modo más claro en las llamadas Leyes Nuevas de 1542-1543, que constituyen un hito en las relaciones internacionales de los pueblos, aplicadas a los problemas humanos surgidos en América con motivo de la colonización española. Poseen dichas leyes la triple ventaja: de ser, primeramente, leyes fundamentales, que manifiestan de manera clara las bases humanas de los derechos y de los deberes; de establecer, en segundo lugar, aplicaciones concretas adecuadas a las situaciones del momento, y de precisar, por fin, los medios apropiados para llevar el cuerpo legislativo al orden de la ejecución. El internacionalista Antonio Truyol y Serra ha calificado nuestra legislación indiana del s. XVI como “consecuencia” de una proclamación doctrinal efectiva de los derechos humanos del indio. En su libro sobre Los Derechos Humanos y los internacionales9 nos explica cómo los grandes maestros del medievo defienden que todos los hombres, por encima de la condición social y política que los circunda, participan de un orden superior y permanente. Este orden superior no es sólo el sobrenatural de la gracia, sino también el ético natural, que nos viene no únicamente del cristianismo, sino de otras filosofías acristianas, que, como el estoicismo, pretenden fundar sus principios en las leyes perennes de la naturaleza. Colocados en este orden natural, tanto el estoicismo como el cristianismo, establecen como base de todas las relaciones entre los hombres la unidad del género humano, la igualdad esencial de todos los individuos y la dignidad intrínseca de la persona. Esta dignidad del hombre aparece más sublimada en el cristianismo, que tanto en su origen y en su fin como en su misma constitución considera al hombre en relación necesaria con la divinidad. Por lo que respecta a su origen aparece como creado por Dios; por lo que hace referencia a su fin o destino, éste no es otro que la propia bienaventuranza divina, y mirado en sí mismo la Sagrada Escritura presenta al hombre como “una imagen de Dios”. “Estos principios –afirma Truyol y Serra- permitieron a un sector de los expositores de esta doctrina, principalmente a santo Tomás de Aquino y su escuela, reconocer a los infieles un derecho natural de dominio privado y público, que les ponía teóricamente a salvo de un supuesto derecho natural de conquista por parte de los cristianos, fundados en la infidelidad, que muchos defendían. “Aquélla fue asimismo la posición de la teología moral de los siglos XVI y XVII: Vitoria, Soto, Las Casas, Suárez y otros, quienes la desarrollaron sistemáticamente con ocasión del descubrimiento de América y su ocupación por los españoles, con consecuencias de gran alcance para el derecho de gentes y el derecho de colonización (así queda manifiesto en las célebres Leyes de Indias”)10. ELENCOS HISPANOS DE LOS DERECHOS HUMANOS La tentación de ofrecer una catalogación de los derechos humanos ha sido muy frecuente entre los autores a partir de la promulgada por la Revolución Francesa en el 26 de agosto de 1789. Después de la proclamación de 1948 se han multiplicado. Parece difícil elaborar una lista completa, y tanto los legisladores como los responsables de los distintos grupos sociales, como también los aficionados a este género de publicaciones, se ponen sus límites para

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ANTONIO TRUYOL Y SERRA, Los Derechos Humanos. Declaraciones y convenios internacionales, (Madrid 1974) p. 12. 10 Ib., p. 12s.

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no errar en la enumeración. Por lo que se refiere al argumento de mi estudio menciono dos formulaciones que han tenido amplia aceptación. Una de ellas es la ofrecida por Venancio D. Carro en su libro Derechos y Deberes del hombre nos ofrece una síntesis o catalogación sistemática de los derechos y deberes del hombre según la mente de los teólogos-juristas españoles del siglo XVI, y particularmente Francisco de Vitoria y Domingo de Soto11. La segunda es la presentada por Luciano Pereña Vicente, que extrae su catálogo de la doctrina de otro dominico del siglo XVI, el obispo de Chiapas fray Bartolomé de las Casas, publicada con motivo del centenario del que se consideró tradicionalmente año de nacimiento de este célebre personaje, 147412. Son catálogos que se han llevado a cabo atendiendo a la mente de nuestros maestros del siglo XVI, según pudieron apreciarlo después de los estudios de sus obras. Tal vez sería mejor expresarlos con las propias palabras de esos personajes, y, sobre todo citando después de cada título el lugar concreto, en que se inspiran, de los escritos que aquéllos nos legaron. De esta forma el lector vería con absoluta claridad hasta dónde en verdad llegaron con sus formulaciones y en qué medida avanzan o retroceden con respecto a las formulaciones posteriores. Sea como fuere, las conclusiones teológicas de nuestros clásicos, tan sólidamente establecidas por ellos fueron las primeras formulaciones al respecto, y deben ser tenidas en consideración por los estudiosos de los derechos humanos a través de la historia. Ellas influyeron de modo inmediato en unas formulaciones legislativas muy concretas en las diversas leyes de Indias del siglo XVI. Publiqué hace años un elenco extraído de Francisco de Vitoria y otro extraído de Bartolomé de Las Casas, con las citas bien señaladas entre paréntesis, o al pie de página. Como nota curiosa puedo advertir que ambos autores, con personalidad tan bien asentada pero tan distinta, han seguido para esta exposición caminos opuestos. Las Casas se pasó la vida defendiendo en particular los derechos de los indios, pero en una de sus últimas obras, al pleno declinar de sus días, defendió con su empeño habitual los derechos universales, es decir de todos los hombres y naciones o estados. El título de ese libro es Sobre la potestad regia. Francisco de Vitoria, al contrario, en su primera obra, titulada Sobre el poder civil, defiende con fuertes e inconmovibles argumentos los derechos de todo los hombres y sociedades, y al final de su vida, a punto de caer en la grave enfermedad, que lo llevará a la eterna bienaventuranza, la obra Sobre los indios, se limita a exponer brillantemente los derechos de los naturales del Nuevo Mundo. ESBOZO DE LOS DERECHOS INDIVIDUALES Y SOCIALES DEL HOMBRE SEGÚN FRANCISCO DE VITORIA EN SUS RELECCIONES 1. La naturaleza ha dotado al hombre de la razón y del ingenio para su defensa y perfeccionamiento, frente a los medios puramente corporales con que dotó a 1os otros vivientes (Sobre la Potestad Civil, en FRANCISCO DE VITORIA, Obras de... Edición crítica del texto latino, versión española... por el padre Teófilo Urdánoz, O.P., Madrid 1960, p. 154 s. Las citas se hacen siempre en conformidad a esta edición, con las abreviaturas Ib. [Ibidem= allí mismo] y p. [página]). 2. “El hombre es, por naturaleza, civil y social”; sólo con la comunicación de unos a otros, de la doctrina y de la experiencia, a través de la palabra, pueden 1os hombres lograr su perfeccionamiento como tales (Ib., p. 155). 3. La sociedad es, pues, algo muy acorde con la naturaleza; lo es, sobre todo, la sociedad civil, que es la que mejor ayuda a los hombres a repeler la fuerza y la injuria (Ib., p.
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VENANCIO DIEGO CARRO, O. P., Derechos y deberes del hombre…, Madrid 1954, págs. 109-123. LUCIANO PEREÑA VICENTE, La Carta de los derechos humanos según Bartolomé de las Casas, en Estudios sobre fray Bartolomé de las Casas, Sevilla 1974, págs. 293-301.

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156). 4. La fuente y el origen de las ciudades y de las repúblicas no fue una invención de los hombres, sino que procede de la naturaleza, que, para la tutela y la conservación de los mismos, sugirió este modo de vivir social a los mortales (Ib., p. 157). 5. También el poder público y civil tienen su fuente en la misma naturaleza, ya que la sociedad civil es un organismo vivo, que necesita una fuerza ordenadora (Ib., p. 157). 6. EI sujeto base o causa material del poder civil es por derecho natural y divino la república, a la que compete gobernarse a sí misma, administrarse v dirigir todos sus poderes al bien común (Ib., p. 159). 7. Ni la república ni los reyes tienen su poder por un contrato, sino por una necesidad imperiosa de la naturaleza; la autoridad civil o el poder público es un postulado del derecho divino y natural (Ib., p. 164). 8. Ni la infidelidad, ni el ateísmo, ni el pecado pueden privar de la autoridad ni del poder, público o privado (Ib., p. 165). 9. EI hombre no puede renunciar al derecho o facultad de defenderse y usar de los miembros propios, como tampoco puede renunciar a la potestad que le compete por derecho natural y divino (Ib., p. 166). 10. La república no puede ser privada del derecho de defenderse y de administrarse contra las injurias de los propios y de los extraños, y esto no 1o puede hacer sin los poderes públicos (Ib., p. 166). 11. Si todos los ciudadanos conviniesen en perder todas sus potestades, en no atenerse a ninguna ley, en no mandar a nadie, su pacto sería nulo e inválido como contrario al derecho natural (Ib., p. 166). 12. Ninguna guerra es justa si aporta a la república más mal que bien, aunque tenga todos los otros títulos o razones de guerra justa (Ib., p. 167). 13. La guerra que aporta más mal que bien al orbe, aunque sea provechosa para una provincia o para toda una república, es injusta (Ib., p. 168). 14. La mayor parte de la república puede constituir un rey sobre toda ella, aun contra la voluntad de la minoría; y la mayor parte de los cristianos podría erigirse un monarca, aún estorbándolo los otros, para que gobernara a todos sus príncipes y todas sus provincias (Ib., p. 178 s). 15. Para que la ley humana sea justa y pueda obligar no basta la voluntad del legislador; es necesario que sea útil a la república y acomodada o acorde con las demás (Ib., p. 183). 16. El derecho de gentes no sólo tiene fuerza de ley por el pacto y convenio de 1os hombres, sino que por sí mismo tiene verdadera fuerza de ley, acépteselo o no se lo acepte (Ib., p. 191). 17. “El orbe, que en cierta manera forma una república, tiene poder de dar leyes justas y a todos convenientes, como son las del derecho de gentes” (Ib., p. 191). 18. “Ninguna nación está exenta del derecho de gentes, porque éste se encuentra dado por la autoridad de todo el orbe” (Ib., p. 191 s). 19. La ley que no es útil a la república, o que con el tiempo ha perdido toda su utilidad, no es verdaderamente ley (Ib., p. 192). 20. Las leyes del tirano, que sean útiles a la república, tienen fuerza obligatoria (Ib., p. 193). 21. EI hereje en el fuero de la conciencia es verdadero dueño, antes que se le condene (Ib., p. 658). 22. Es dudoso que el derecho humano pueda decretar la pena de privar al hereje de sus propiedades, y, desde luego, antes de la condenación formal nadie puede privarle de sus bienes (Ib., p. 659). 23. El hereje puede vivir lícitamente en todo tiempo de sus bienes (Ib., p. 659). 24. EI hereje puede vender sus bienes, si no hay peligro de confiscación de los mismos (Ib., p. 660). 25. Ni la infidelidad ni cualquier pecado impiden el dominio, la posesión o el poder (Ib., p. 660).

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26. La carencia del uso de razón no priva al hombre de la propiedad (Ib., p. 660 s). 27. Los indios, por muy débiles mentales que se les considere, tienen el derecho de propiedad y de dominio (Ib., p. 664 s). 28. Por derecho natural los hombres son libres, excepto en el dominio paterno y en el marital, en que, por derecho natural, el padre tiene dominio sobre los hijos y el marido sobre la mujer (Ib., p. 670 y p. 193 s). 29. Ninguna clase concreta de personas tiene por derecho natural dominio sobre todo el orbe, pues el dominio y el gobierno concretos han sido introducidos por el derecho humano, sin que haya determinación alguna en el derecho natural (Ib.,p. 670). 30. EI emperador (y dígase lo mismo de los reyes) no es dueño de los pueblos con dominio de propiedad, sino solo con dominio de jurisdicción, y por consiguiente no puede enajenar pueblos y haciendas a su arbitrio (Ib., p. 675 s). 31. Los indios tienen sus derechos a permanecer en su religión y a que nadie les coaccione físicamente para abrazar una fe distinta (Ib., p. 605 s). 32. Los indios tienen derecho a sus costumbres, aunque sean malas, y a que nadie les coaccione con violencia para dejarlas; se exceptúan solamente las leyes inhumanas, que perjudican a los inocentes, como el sacrificio de hombres sin delito o el matar a hombres inculpables para comer sus carnes (Ib., p. 697 s, y p. 720 s). 33. Los indios son libres para cambiar de soberanía con elección libre, consentimiento de la mayoría y sin coacción física (Ib. p. 701 s.) 34. El hombre tiene por naturaleza un derecho de sociabilidad y comunicabilidad natural, por el que pueden recorrer las diversas regiones de la tierra y permanecer por algún tiempo en ellas, sin que ninguna autoridad pueda impedírselo, si no causa perjuicio a esas regiones o a sus habitantes (Ib., p. 705 s.). 35. El hombre tiene derecho al libre comercio, es decir, a comerciar con los otros hombres, aunque pertenezcan a una región o sociedad distinta de la suya, siempre que no haya perjuicio para ésta o para sus individuos (Ib., p. 708 s.). 36. El hombre tiene derecho a la ciudadanía y al domicilio en una ciudad o país por razón de su nacimiento o de haber tornado consorte en él o por las otras razones o costumbres por las que los hombres suelen hacerse ciudadanos; este derecho nadie puede impedírselo, con tal de que no sólo goce de los privilegios, sino que también soporte las cargas, que sean comunes a los otros ciudadanos (Ib., p. 710). 37. “Los cristianos tienen derecho a predicar el Evangelio en las provincias de los bárbaros”; prescindiendo del mandato divino (Mc 16, 15), es una aplicación del derecho natural de la corrección fraterna y del otro más general, indicado antes, de sociabilidad y comunicación, pues el objeto más digno de esas relaciones es la enseñanza y comunicación de la verdad, y particularmente la verdad religiosa, que salva y conduce a la felicidad eterna (Ib., p. 715 s.). 38. El hombre tiene derecho no sólo a defenderse a sí mismo, sino también a los de su religión y sus aliados y amigos, cuando son injustamente atacados en sus fundamentales derechos (Ib., p. 719 s, y p. 722 s).

ESBOZO DE LOS DERECHOS INDIVIDUALES Y SOCIALES DEL HOMBRE SEGÚN BARTOLOMÉ DE LAS CASAS EN SU OBRA Sobre la potestad regia En los últimos años de su vida, ya octogenario, como broche de oro de su extensa obra literaria y como fruto sazonado de tantas experiencias, Bartolomé de Las Casa nos ofrece un tratado doctrinal de las mayores amplitudes conceptuales. Si hasta este momento su vida y sus escritos habían girado en torno a la defensa de los indios, ahora va a tratar de defender a todos los hombres contra las opresiones de los

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gobernantes y de los poderosos. Este era el lema de su estandarte al final de sus días: los derechos humanos en toda su extensión frente a los abusos de la autoridad y del poder. Quizás pensara, como último recurso, que, defendiendo la libertad de todos, se respetarían definitivamente las libertades de los indios. El libro de qué hablamos se titula Sobre la imperial o regia potestad. Esta obra fue editada por Luciano Pereña Vicente en 1969 con este epígrafe: De regia potestate, o Derecho de autodeterminación13. Vamos a dar solamente de este tratado los puntos clave, que hacen referencia a la libertad de los ciudadanos frente a los poderes establecidos. Digamos primeramente que la cuestión, que trata de resolver en la obra, es ésta: ¿tiene derecho el rey a enajenar parte de su reino o de sus súbditos? La respuesta será negativa, porque, como dice repetidamente, el rey no es propietario de su reino, sino sólo administrador. Es rey porque el pueblo ha confiado en él el gobierno de la sociedad, y, para las cosas importantes debe consultar siempre al pueblo, que es en absoluto el que tiene el poder. Con esta argumentación de fondo, Bartolomé de Las Casas va exponiendo los derechos del hombre y defendiéndolos, como hizo en las obras anteriores, con argumentos abundantes y de todo orden: escriturísticos, filosóficos, jurídicos, teológicos, históricos… Presentamos ahora un breve elenco de derechos humanos, que aparecen en esta obra, remitiendo en las notas al lugar preciso en que se encuentran, es decir el número y las páginas; la página entre paréntesis se refiere a la edición citada en segundo lugar (Alianza Editorial)14: 1. Desde el principio todos los hombres son libres y todas las cosas son alodiales o libres de impuestos por derecho natural o de gentes15. 2. La libertad es un derecho inherente al hombre y existe idéntica en todos los hombres desde el principio de la naturaleza racional16. 3. La esclavitud es un fenómeno accidental: no obedece a causas naturales, sino accidentales, inventadas por el hombre17. 4. Todo hombre es libre, mientras no se demuestre lo contrario18. 5. Ningún hombre es vasallo o siervo de otro, si no se demuestra, pues la naturaleza no hace a unos vasallos de otros19. 6. Hombre libre es el que es dueño de sí mismo; el que dispone de sí y de sus cosas según la propia voluntad20 7. Toda prohibición, sea temporal sea perpetua, se opone a la libertad21. 8. “Al principio todas las cosas eran comunes”; “por concesión divina los hombres tuvieron derecho a apropiarse las cosas por ocupación”; “las cosas son alodiales mientras no se pruebe lo contrario”22. 9. La libertad nunca prescribe; por eso la prescripción va siempre a favor de la libertad y nunca en su contra23.
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Esta es la portada de la edición de Luciano Pereña Vicente: B. DE LAS CASAS, De Regia Potestate, o Derecho de Autodeterminación. Edición crítica bilingüe por LUCIANO PEREÑA, J. M. PRENDES… Corpus Hispanorum De Pace, 8 (C.S.I.C.), Madrid 1969. Tenemos también en cuenta otra buena edición posterior: FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS, Obras Completas, 12. De Regia Potestate. Edición bilingüe de JAIME GONZÁLEZ RODRÍGUEZ. Introducción de AntonioEnrique Pérez Luño…, Alianza Editorial, Madrid 1990. 14 Un estudio amplio sobre el verdadero planteamiento de la cuestión de los derechos humanos, su ambientación histórica y su desarrollo en el tiempo lo ofrecimos hace algo más de veinte años en: Francisco de Vitoria y Bartolomé de Las Casas, primeros teorizantes de los Derechos Humanos, “Archivo Dominicano” 4 (1983) 199-266. En estos últimos días ha aparecido un artículo verdaderamente impactante por su aplicación a la situación política actual en el diario “El País”: Miguel León-Portilla (historiador y antropólogo mexicano), El perdurable alegato de fray Bartolomé, “El País”, martes 1 de junio del 2004, pág. 13. 15 Parte Primera (Cuestiones), Cuestión Primera, Sección I, pág. 16 (pág. 34). 16 Ib., nº 1, pág. 16 (pág. 34). 17 Ib., nº 2, pág. 17 (pág. 36). 18 Ib., nº 3, pág. 18 (pág. 36). 19 Ib., nº 3, págs. 18 y 19 (págs. 38 y 39). 20 Ib., nº 4, pág. 19 (pág. 38). 21 Ib., nº 5, pág. 19 (pág. 38). 22 Ib., Cuestión Primera, Sección II, nº 3, pág. 22 (págs. 42-44). 23 Ib., nº 4 y 5, pág. 22 (pág. 44).

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10. El emperador es señor de todo el orbe y el rey en su reino, pero sólo en lo relativo a la jurisdicción y a la protección del reino24. 11. Los reyes y demás soberanos no tienen dominio directo sobre las propiedades particulares, sino que son sus protectores y defensores25. 12. Ninguna sumisión, ni servidumbre, ni ninguna carga puede imponerse al pueblo, sin que éste dé su libre consentimiento26. 13. “El poder de soberanía de los reyes procede inmediatamente del pueblo; el pueblo fue la causa eficiente de los reyes” y “es también su causa final”; “su origen del pueblo se hizo a través de elecciones libres”27. 14. Como en un principio, los reyes deben nombrarse por elección popular, aunque por costumbre no se haga así28. 15. Toda ciudad es una comunidad perfecta; es autosuficiente y debe consultarse con ella antes de llevarla a la guerra29. 16. El hombre en sí mismo es imperfecto o incompleto; necesita de su ciudad o patria, que debe ser más importante para él que la misma monarquía30. 17. Ningún rey puede ordenar nada en perjuicio del pueblo o de los súbditos sin haber obtenido antes el consentimiento de los ciudadanos31. 18. El fin de la formación de los pueblos es su propio bienestar y prosperidad: que los hombres sean buenos ciudadanos y tengan paz, prosperidad y defensa contra los enemigos 32. 19. La libertad vale más que las riquezas; el gobernante que actúa contra la libertad del pueblo, obra contra la justicia33 20. El rey sólo puede mandar conforme a las leyes, y las leyes son para el bienestar de los ciudadanos, no para su perjuicio. Para este último caso debería obtenerse el consentimiento general34. 21. Toda actitud de coacción o miedo sobre los súbditos quebranta el derecho natural35. 22. El rey no puede vender los cargos públicos, pues no tiene propiedad sobre ellos, y deberá indemnizar los daños que de ello se sigan36. 23. Para que una enajenación de una parte del reino sea válida, es necesario el consentimiento de todos los interesados37. 24. Los colonos de la gleba, si permanecen vinculados a la tierra que labran, es porque se adscribieron a ella voluntariamente, mediante un documento inicial en que hicieron constar su compromiso38. 25. Igualmente puede uno por libre contrato convertirse en siervo de otro para determinados oficios39 Por todo esto bien podemos decir que la primera proclamación jurídica de los derechos humanos no es la norteamericana de 1776, ni la de la Revolución Francesa de 1789, ni la de las Naciones Unidas en 1948, sino la española de las Leyes de Indias, que desde 15121513 se fueron superando en sus diversas transformaciones y adiciones hasta marcar una verdadera fecha histórica en las ordenanzas de 1542-1543. Son denominadas éstas con el
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Ib., Cuestión Primera, Sección III, nº 3, pág. 24 (pág. 48). Ib., nº 8, pág. 27 (pág. 50). Ib., Cuestión Segunda, Sección IV, nº 1, pág. 33 (pág. 60). Ib., nº 3, pág. 34 (pág. 62). Ib., Cuestión Tercera, Sección V, nº 3, pág. 39 (pág. 68). Ib., Cuestión Cuarta, Sección VI, nº 1, pág. 40 (pág. 70). Ib., nº 4, págs. 43-44 (págs. 74-77). Ib., Parte Segunda (Conclusiones), Conclusión Primera, Sección VIII, nº 1, pág. 47 (pág. 80). Ib., nº 2, págs. 48-49 (pág. 82). Ib., nº 5, pág. 49 (pág. 82). Ib., Conclusión Primera, Sección IX, nº 1-3, págs. 50-51 (pág. 84). Ib., nº 5, págs. 51-52 (pág. 86). Ib., Conclusión Tercera, Sección XV, nº 2, págs. 71-72 (págs. 118-120). Ib., Conclusión Quinta, Sección XXIII, nº 1, pág. 90 (pág. 152). Ib., Solución de Objeciones, Sección XXXIV, nº 1, pág. 111 (págs. 188-190). Ib., Ib., nº 2, pág. 112 ( nº 1, pág. 190).

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nombre de “Leyes Nuevas” y representan un punto culminante y al mismo tiempo clave en los vaivenes de la política colonial española. Rompen con los conceptos anteriores de tierra conquistada, con sus habitantes al servicio de los conquistadores, para presentar a los indios americanos como seres libres, con los mismos derechos y deberes que los habitantes de la metrópoli. A esa legislación sobre los indios americanos contribuyeron muy eficazmente los misioneros y los teólogos que fueron plasmando los derechos de los indios y de sus pueblos en las informaciones que hacían llegar a la corte española, a la enseñanza desde la cátedra de los profesores de Salamanca y a sus publicaciones y asesoramientos directos a los que dirigían entonces los destinos de España y del Nuevo Mundo.

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CAPÍTULO II
LOS PRIMEROS MISIONEROS DE AMÉRICA COMO FUNDAMENTOS

En cuanto a los pensadores dominicos del convento de San Esteban de Salamanca anteriores y posteriores a Francisco de Vitoria nos fijamos en los más representativos. Antes de Francisco de Vitoria nos fijamos en nuestros primeros misioneros de América, que lanzaron la primera soflama de libertad verdadera para los indígenas del Nuevo Mundo; seguimos luego con Matías de Paz, precursor inmediato del Maestro Vitoria. Después de este Maestro nos fijaremos, en otros capítulos, en algunas figuras sobresalientes sobre nuestro tema: Domingo de Soto, Juan de La Pena, Domingo Báñez, Pedro de Ledesma.

CONSIDERACIONES PREVIAS Una pléyade tan numerosa y cualificada no se improvisa. Postula un ambiente denso y rico de espiritualidad y de pensamiento, que explique al menos los fundamentos y raíces profundas de semejante exuberancia en el orden misional e ideológico. El clima en que se forman en el convento de San Esteban de Salamanca este conjunto de misioneros y teólogos fue una atmósfera de fuerte exigencia reformista, que pretendía superar la decadencia religiosa de la llamada «claustra» y revivir la autenticidad dominicana de los mejores años de la Orden. A veces se ha dicho que la reforma de los religiosos en el siglo XV y principios del XVI era anti-intelectualista; que atendía sólo al rigor de las observancias monásticas, a la oración coral y privada, y a las penitencias. En efecto esa tendencia existió, afectando seriamente a algunas Órdenes; pretendió infiltrarse también en la Orden dominicana, pero no lo consiguió. Las Actas de la Congregación de la Reforma de la Provincia Dominicana de España se cuidan muy mucho del tema del estudio. Un modelo a este respecto es el capítulo celebrado en Salamanca, en nuestro convento de San Esteban, en 1489. Se puede decir que este capítulo reformista prepara ya de cerca el intensísimo florecimiento intelectual y misionero de la Provincia Dominicana de España en el siglo XVI. Ordena en efecto: a) Dótese a los conventos de óptimos profesores. En gramática, si es preciso, recúrrase a profesores laicos. Y en esta materia debe seguirse al mejor, que era entonces Antonio de Nebrija: «porque la diversidad de opiniones suele engendrar la máxima confusión, ordenamos y mandamos que en los conventos de nuestra Congregación no se lea otro arte de gramática que el de Nebrija, y esto queremos que sea inviolablemente observado». b) Debemos dar gracias a Dios porque «en los conventos de nuestra Congregación tenemos asignado un número suficiente de profesores».

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c) Súrtanse las librerías o bibliotecas del convento de los libros necesarios, y éstos deben encontrarse debidamente ordenados. Para hacer más fuerza en cuestión tan importante para el fomento de los estudios, dice que carga la conciencia de los superiores con esta obligación de proveer a los hermanos de todos los libros que necesiten40. El Maestro General de Orden dominicana, Vicente Bandelli, asiste al Capitulo Provincial del 12 de mayo de 1504. A este Capítulo dejó el Maestro Bandelli unas normas de vida religiosa, que recogen íntegramente las Actas. Estas normas pueden servirnos de puntos de referencia para ver por dónde iba la observancia que se pretendía instaurar o restablecer dentro de la Orden de Predicadores. Al compararlas, sin embargo, con las determinaciones de los Capítulos de la Congregación de la Observancia de la Provincia dominicana de España, notamos fácilmente que los reformadores hispanos iban todavía más lejos en sus exigencias que lo propuesto como meta o ideal por el Maestro Bandelli. En estas ordenaciones del Maestro de la Orden, después del punto referente al delicado tema de la elección de los superiores, es la cuestión del estudio la que tiene mayor relevancia. Para dejar bien sentado su pensamiento en esta materia, comienza afirmando: «el estudio es la gloria de la Orden; en lo que ella aventaja a las otras. La Orden ha sido instituida principalmente para la salvación de las almas y esto no se puede lograr sin el estudio. Debido a la ignorancia de los hermanos, la Orden cae en el desprecio; por ello acerca del estudio se ha de procurar el más diligente cuidado»41. El Maestro Bandeli reconoce varias veces en este documento la buena marcha de la observancia en nuestra Congregación de la Provincia de España, pero desea que aquella no afloje en ninguna de sus facetas, y en particular en la cuestión de los estudios. Da una serie de normas en torno a la formación de los estudiantes, de las que entresacamos ésta, en que parece sacrificarlo todo en favor de la formación intelectual de los frailes: «Asimismo mando a los Presidentes de los conventos que en la medida que puedan dejen a los estudiantes dedicarse al estudio y los dediquen lo menos posible a otras cosas. Denles también las convenientes dispensas del oficio divino; en los ayunos dispénseles algunas veces, pero tan discreta mente que no lleguen a disiparse. Procuren mantenerlos en la disciplina, para que no se hagan insolentes y no se dediquen a cosas superficiales, y no falten al silencio»42. El estudio tiene sus exigencias de retiro, silencio y concentración personal. Es necesario favorecerlas e impedir que el estudiante desarrolle su vida fuera del convento, so pretexto de conocer mejor la realidad y de juzgarla desde cerca. Con términos severos dice el Maestro Bandelli: «estrictamente prohíbo que por razón de estudios ninguno de los hermanos de la Congregación o de la claustra o de otra Provincia estén y moren fuera del convento. Y mando a los Presidentes de los conventos bajo pena de absolución del oficio, en la que incurran al instante si lo contravinieren, que en las ciudades en donde están sus conventos no dejen a ninguno de nuestros estudiantes morar fuera del monasterio»43. El Maestro General conoce muy bien a la Congregación de la Observancia española, porque la ha visto desenvolverse en sus diversos conventos y ha compartido con los frailes reformados las vivencias del espíritu dominicano en plena efervescencia de restauración. Reconoce en la última de sus determinaciones sobre el estudio que nuestra Congregación de la Observancia se encuentra en este aspecto floreciente, y se permite urgir ciertas normas, para que no se detenga ese ascenso. «Porque la Congregación -dice-, a Dios gracias, florece en varones doctos y tiene conventos ilustres en cuanto a los estudios y posee nobles colegios, cuídense los Padres de no enviar a los hermanos a estudiar fuera de la Congregación. Y si alguna vez, por alguna causa razonable, tuvieren que enviar a alguno prohíbo totalmente que se lo envíe a conventos no re
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Cf. R. Hernández, o.p., Actas de fa Congregación de la Reforma de la Provincia de España (I), en «Archivo Dominicano» 1 (1980) 28 s, 51s, 54, 61s. 41 Id., Actas de la Congregación de la Reforma de la Provincia de España (y II), en «Archivo Dominicano» 2 (1981) 15 s, 100. 42 Ibid., p. 17, 101 s. 43 Ibid.

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formados, ordenando y declarando que, si lo envían a conventos no reformados, sea considerado y castigado como fugitivo»44. Este espíritu de exigencia observado en el Capítulo citado de Salamanca y en las determinaciones del Maestro General crean un ambiente a fina les del siglo XV y principios del XVI muy propicio para una formación auténtica, desde dentro, en las nuevas generaciones. El Capítulo General de Milán de 1505 extiende las citadas normas a toda la Orden dominicana, contribuyendo a una era de esplendor en toda ella. Los Capítulos Provinciales de España van a reforzar esas disposiciones, particularmente en los Estudios Generales, como el de San Esteban de Salamanca. Tanto los misioneros esparcidos por América y Filipinas como los catedráticos allí formados y extendidos por las cátedras de Europa y del Nuevo Mundo, mirarán agradecidos al convento de San Esteban como a la casa a la que deben lo que son. ANTÓN MONTESINOS, PRIMERA VOZ REVOLUCIONARIA DE AMÉRICA Antes de escuchar el grito de Montesinos por la libertad de los indios es necesario recordar que ya desde el principio del descubrimiento hubo normas y disposiciones oficiales de humanidad para el mundo americano. Los intereses y la ambición siempre creciente de oro y de riquezas tirarán por la borda toda humana y divina consideración, para tratar los conquistadores y encomenderos a los indios como seres carentes de razón y como esclavos por naturaleza. Vamos a traer a la memoria tres momentos muy especiales entre las múltiples actitudes proindigenistas de los Reyes Católicos. Empezando por el principio, ya en la primera instrucción que dan los reyes a Cristóbal Colón en 1493, al disponerse éste para el segundo viaje, se le advierte claramente del buen trato que es necesario dar a los indios. Le dicen entre otras cosas: «procure y haga el dicho Almirante que todos los que en ella van y los que más fueren de aquí adelante traten muy bien y amorosamente a los dichos indios, sin que les hagan enojo alguno, pro curando que tengan los unos con los otros mucha conversación y familiaridad, haciéndoles las mejores obras que ser pueda, y asimismo el dicho Al mirante les dé algunas dádivas graciosamente de las cosas de mercaduría de sus Altezas, que lleva para el rescate, y los honre mucho. Y si acaso fuere que alguna o algunas personas trataren mal a los dichos indios, en cualquiera manera que sea, el dicho almirante como visorrey e gobernador de sus Altezas, lo castigue mucho, por virtud de los poderes de sus Altezas, que para ello lleva»45. Al inaugurarse el siglo XVI encontramos otro documento muy interesante, que pretende garantizar el buen comportamiento de los españoles con los naturales del Nuevo Mundo. Corría el año de 1501. Los abusos del Comendador Bobadilla habían llegado a oídos de los reyes de España; éstos lo destituyen y colocan en su lugar a Nicolás de Ovando, Comendador de Lares, que goza de fama de gran prudencia y de buenas dotes de gobierno. Antes de partir para Las Indias, los Reyes Cató1icos le dan unas amplias instrucciones, que firmaron en Granada el 16 de septiembre de 1501. En ellas le dicen: «que procurase tener en paz a los naturales y a los castellanos, administrándoles justicia con todo cuidado, pues sería el mejor medio para excusar que no se hiciesen violencias a los indios, sino todo buen trata miento; y que de esta voluntad de sus Altezas informase a los
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Ibid., p. 17, 102. Bartolomé de las Casas, O. P., Historia de Las Indias. Texto fijado por J. Pérez de Tudela y E. López Oto. Estudio crítico preliminar y edición por J. Pérez de Tudela Bueso (en «Biblioteca de Autores Españoles» 95) I (Madrid 1957) libro I, cap. 81, p. 241ab. Las Casas, aquí como en otras ocasiones, procura recoger con toda fidelidad las ideas más que la literalidad de las palabras; compárese esa lectura con la de Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas de ultramar. Segunda Serie… Tomo núm. 5, I. De los documentos legislativos (Madrid 1890): «Instrucción del Rey e la Reina para don Christóbal Colón: 1. Que procure la conversión de los Indios a la fe, para ayuda de lo qual va Frai Buil con otros religiosos, quienes podrán ayudarse de los indios que vinieron para lenguas. Para que los indios amen nuestra religión, se les trate muy bien y amorosamente, se les darán graciosamente algunas cosas de mercaderías de rescate nuestras, i el Almirante castigue mucho a quien les trate mal...» (Barcelona, 29 mayo 493) (p. XV-XVII),

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Caciques y les hablase de ello y procurase desde luego de saber si era verdad que se habían traído a Castilla mujeres e hijos de indios; que éstos pagasen los tributos y derechos, como los demás vasallos, a sus Altezas, y que sirviesen en coger el oro, pagándoles su trabajo, porque su intención era que fuesen tratados con mucho amor y dulzura, sin consentir que nadie les hiciese agravio, porque no fuesen impedidos en recibir nuestra santa fe y porque por sus obras no aborreciesen a los cristianos»46. Inolvidable a este respecto es la cláusula sobre los indios del codicilo, que la reina Isabel la Cató1ica añadió a su testamento tres días antes de su muerte. Tuvo lugar ésta el 26 de noviembre de 1504 en la casa real, sita en la plaza mayor del Medina del Campo. El testamento lo había redacta do el 12 de octubre, al cumplirse los doce años del descubrimiento de América; el codicilo fue compuesto el 23 de noviembre. Oigamos la cláusula de éste, relativa al gobierno de Las Indias: «Item por cuanto al tiempo que nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las islas y tierra firme del mar océano, descubiertas e por descubrir, nuestra principal intención fue al tiempo que lo suplicamos al Papa sexto Alejandro, de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión, de procurar inducir y traer los pueblos dellas y los convertir a nuestra santa fe cató1ica y enviar a las dichas islas y tierra fume prelados religiosos y clérigos y otras personas doctas y temerosas de Dios para instruir los vecinos y moradores dellas en la fe cató1ica, y los ensenar y dotar de buenas costumbres y poner en ellos diligencia debida según más largamente en las letras de la dicha concesión se contiene». «Por ende suplico al Rey mi señor muy afectuosamente y encargo y mando a la dicha Princesa mi hija y al dicho Príncipe su marido que así lo hagan y cumplan, y que esto sea su principal fin, y que en ello pongan mucha diligencia y no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias y tierra firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido lo remedien y pro vean, por manera que no excedan cosa alguna lo que por letras apostólicas de la dicha concesión nos es injungido e mandado»47. Que los indios no recibieran agravio alguno ni en sus personas ni en sus bienes; que la misión principal de los españoles en América era la evangelización. Son las dos consignas y los dos mandamientos que constituyen la última voluntad de la reina Isabel la Católica, que considera a los indios con los mismos derechos y libertades que sus vasallos de España. Los colonizadores hispanos no siguieron en cambio esos mandatos; continuaron tratando sin compasión a los naturales sometidos del Nuevo Mundo. Los explotaban con trabajos inhumanos y los tenían reducidos a la más vil esclavitud. Y sin embargo esos encomenderos iban a la iglesia y recibían con la mayor tranquilidad los sacramentos, como si sus crueldades con los in dios no contaran en la confesión de su cristianismo. Así estaban las cosas cuando en 1510 Antón Montesinos con otros dominicos del convento de San Esteban llegaron a América. Había profesado en ese convento salmantino fray Antón en 1503; había seguido esa férrea formación espiritual y doctrinal, fruto de la reforma dominicana en su más plena efervescencia; la hemos descrito en el punto anterior. Recién ordena do de sacerdote, con las ilusiones misioneras al rojo intenso, pone los pies en Las Indias. Pronto se percata de la condición lamentable del indio y de la avaricia incontenible del encomendero. Además a este la sed de riquezas le ha hecho insensible e inhumano. Los misioneros no podían contener su compasión por los naturales y no entendían la doble vida o la doble moral de los españoles de América.
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Colección de documentos inéditos…, citada en la nota anterior, p. XXII s. Pueden verse en ese volumen de dicha colección los siguientes documentos: Las hordenanças prime ras que Sus Altezas hicieron al tiempo que se fundó la Casa de la Contratación de Sevylla (Alcalá de Henares, 20 de enero de 1503, (p. 29); Leyes y ordenanzas hechas nuevamente por Su Majestad para la gobernación de Las Indias y buen tratamiento y conservación de los indios. EI Rey…, Toro, 8 de febrero de 1504 (p. 67-70). Este último documento está ex puesto un tanto confusamente en esta colección, pues en el epígrafe del coleccionista se pone una data y una fecha distinta, a saber, Medina del Campo, 8 de enero de 1504; por otro lado, contra lo indicado en el epígrafe de la edición, no hay nada que aluda al «buen trato y conservación de los indios». 47 Ibid., p. 92.

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Durante un año fray Antón y su grupo observan y procuran los más perentorios remedios. Pero esto no bastaba; urgía una cura, un corte, radical. Ese fue el origen de aquella sacudida estremecedora, aquel aldabonazo seco y sonoro, de fray Antón Montesinos a la conciencia de los españoles de América. Su sermón, predicado con acuerdo previo de los demás dominicos en el domingo cuarto de Adviento, cuatro días antes de la Navidad, fue el comienzo de una revolución sin par de los espíritus, la conmoción de los teólogos y de los juristas y el látigo de la conciencia de los soberanos de España sobre lo que realmente acontecía en los confines extremos de sus dominios, adonde era difícil extender una estrecha vigilancia. Recompongamos brevemente las circunstancias inmediatas de aquella denuncia profética. El cuarto domingo de Adviento cayó ese año en el día 21 de diciembre. El genio y la figura del tiempo de Adviento es San Juan Bautista, dando gritos en el desierto, para preparar al pueblo a la venida del Mesías. El templo misional de los dominicos de la ciudad de Santo Domingo de La Española se encuentra lleno de creyentes hispanos, que han cruzado los mares para hacerse ricos en Las Indias, pero pasando por encima de los cuerpos de los naturales. Acuden a misa, como es su obligación en los domingos y fiestas de guardar. Como buenos cristianos desean prepararse, porque ya faltan muy pocos días, para la venida de Jesucristo en la Pascua de la Navidad. Es más; conviene confesarse, porque no puede en un día tan señalado pasarse por alto la comunión. Ha comenzado la misa; se ha leído el evangelio del Bautista, tronando en el desierto. Inmediatamente el P. Antón Montesinos comienza su discurso. Lo ha iniciado con suavidad situando en su contexto el evangelio de la misa, pero el celo del misionero, que tiene que contener día y noche las lágrimas de los sufridos indios va elevando el tono cada vez más ardiente de su palabra; sube como quien bate una crema hasta su más alto nivel. Da entonces un golpe seco y sonoro sobre el pulpito y grita hasta lo más alto de sus posibilidades. Éstas son sus palabras centrales, imborrables, que se han repetido en todos los idiomas durante quinientos años: «Yo soy la voz de Cristo en el desierto de esta isla, y por tanto con viene que con atención no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual voz os será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura, y más espantable y peligrosa, que jamás no pensasteis oír [ ... ]. Esta voz es que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid: ¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muerte y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y mueren, y, por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine, y conozcan a su Dios y criador, sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y los domingos? ¿Éstos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto que en el estado que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos, que carecen y no quieren la fe de Jesucristo»48. Aquellas frases tan cortantes y acusadoras resonaron como truenos en las conciencias de los indianos hasta hacerlas saltar. Comentarios acerbos después de la misa, quejas, protestas cada vez mas enfurecidas; había que exigir una pública retractación del predicador. Ese mismo día, a primera hora de la tarde, el Almirante Diego Colón y los oficiales del rey en Indias van a pedir cuentas al superior de los dominicos, que era fray Pedro de Córdoba. Éste les manifiesta que el sermón de Montesinos era un sermón de toda la comunidad y que a eso habían venido ellos al Nuevo Mundo, a predicar «lo necesario a las ánimas», dando de lado a todo humano miramiento. Con amenazas y halagos terminaron los oficiales diciendo que convenía que el domingo siguiente subiese el mismo predicador al pulpito y se desdijese de lo
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Bartolomé de Las Casas, O. P., Historia de Las Indias… Lib. III, cap. 4 (BAE 96, Madrid 1961) 176b.

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dicho. Fray Pedro de Córdoba les prometió que volvería a predicar fray Antón Montesinos sobre la misma materia y «que diría lo que mejor le pareciese»49. El domingo siguiente, que era el de infraoctava de Navidad, y que cayó ese año en el 28 de diciembre, fiesta de los Santos Inocentes, volvió a subir al púlpito Montesinos. Atento estaba el auditorio de encomenderos, esperando la retractaci6n del predicador. Montesinos comenzó con estas palabras: «Tornaré a referir desde su principio mi sciencia y verdad, que el domingo pasado os prediqué, y aquellas mis palabras, que así os amarga ron, mostraré ser verdaderas». Sobreabundó luego en las mismas condenas que en el sermón anterior, confirmándolas con nuevos argumentos. Y, al final de la prédica, el desafío: podían escribir al rey de España, porque ellos, al exponer esa doctrina «tenían por cierto que servían a Dios, y no chico servicio hacían al rey»50. El eco de aquellos sermones resonaron muy pronto por toda España. Con la primera embarcación procedente de Las Indias vinieron las protestas contra los atrevidos frailes, penetrando enseguida en la Corte real. De parte del rey Fernando se comunica al Padre Provincial de los dominicos fray Alonso de Loaísa la necesidad de hacer callar a sus frailes de La Española. En el mes de marzo de 1512 mandaba el Provincial en varias cartas el correctivo. Les ordena prudencia en sus sermones; no dudar de los derechos reales sobre Las Indias, y volverse a España antes de intranquilizar los ánimos con sus ideas. Los dominicos de La Española no se rinden y se disponen a convencer de viva voz a la Corte y demás autoridades de España. Los dos más representativos de la defensa de los derechos de los indios se embarcan sucesivamente a la metrópoli, dispuestos a verse en persona con su rey; eran fray Antón Montesinos y fray Pedro de Córdoba. También los encomenderos enviaron a sus representantes para defender sus derechos comerciales en la Corte. El rey don Fernando el Católico se vio en la necesidad de estudiar en profundidad aquellos asuntos, que habían conmovido a gentes de todo orden. Establece en Burgos una junta de juristas y teólogos, que examinaran las quejas en el gobierno de Las Indias y trataran de elaborar unas leyes, que acallaran todas las voces y resolvieran las dificultades. Se llegó a un conjunto de normas que constituyen el primer cuerpo legislativo sobre la colonización de los países americanos. Fueron promulga das el 27 de diciembre de 151251. Estas leyes, como también las adiciones que las mejoran y que se elaboraron en Valladolid en 1513, son principal mente un código de carácter laboral. Pero no se ocupan solamente de lo referente al trabajo; se mira también a la buena convivencia de españoles e indios, y a la formación integral de los trabajadores. La ley cuarta exige a los doctrineros «mucho amor e dulzura», siendo multados los que no se comporten de esa manera. La ley novena determina que las personas que tengan muchachos indios de pajes les ensenen a leer y escribir, y, si no lo hicieren, les serán quitados, para dárselos a otros que cumplan con ese deber. La ley 13 limita el trabajo de los indios en las minas a cinco meses en el año, debiendo al final de los mismos tener cuarenta días de descanso con sus familias, antes de ser dedicados a otros menesteres. La ley 17 manda que los hijos de los caciques de menos de trece años se entreguen a los franciscanos, para que éstos les enseñen a leer y escribir juntamente con la doctrina cristiana; a los cuatro años deben retornar a sus padres y deben dedicarse a ensenar a los otros indios. Las leyes 23 y 24 exigen a los visitadores, que se nombren para vigilar en los poblados y campos el cumplimiento de las leyes, que tengan un libro-registro, en el que se apunten los nombres de los indios de cada encomendero, los nacimientos y las defunciones. La ley 24 prohíbe los castigos corporales y los insultos a los indios.

49 50

Ibid., p. 178a. Ibid., Lib. III, cap. 5, p. 178b. 51 Rafael Altamira, El texto de las Leyes de Burgos de 1512, en «Revista de Historia de América» 4 (1938) 6-79; Bartolomé de las Casas, o. p., Historia de Las Indias..., Lib. III, cap. 8-17 (BAE 96, Madrid 1961) 186-214.

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La ley 29 ordena que en cada pueblo haya dos visitadores, que vigilen el cumplimiento de estas disposiciones en los pueblos, en las minas y de más trabajos. Las leyes de Burgos de 1512 reflejan una preocupación por parte de los gobernantes con respecto al buen trato y a la buena conservación de los súbditos del Nuevo Mundo. Hay en ellas un sentido de humanidad y un esfuerzo por evitar los abusos de los españoles con los naturales. Constituyen un paso por los derechos humanos, pero todavía deficiente. Bartolomé de Las Casas critica con dureza estas normas; las considera injustas, porque tienen por base algo que él estima contrario al derecho natural y divino: el repartimiento o encomienda de indios. Califica la encomienda como «la raíz de la llaga mortal que mataba a los indios e impedía que fuesen doctrinados y cognosciesen a su Dios verdadero»52. Ya entonces el mismo fray Pedro de Córdoba mostró al rey Fernando su insatisfacción. Movido por las quejas del misionero el rey Cató1ico convoca otro grupo de sabios en Valladolid en 1513; revisan las leyes de Burgos y suavizan las condiciones laborales, sobre todo las de las mujeres y los niños. Se manda que las mujeres no trabajen en las minas, sino en las casas de los encomenderos con sus correspondientes sueldos. Se prohíbe el trabajo de los niños antes de los catorce años; después trabajarán con sus padres hasta que sean mayores. Se manda que las mujeres indias, antes de casarse, estén bajo sus padres y trabajen con ellos, y, si no tuvieran padres, en las haciendas de otros, pero ganando su jornal. Se determina que el trabajo de los indios (aparte el de las minas ya indicado) para los encomenderos dure nueve meses. Inmediatamente vino la protesta del misionero que había iniciado en La Española la contienda, fray Antón Montesinos. Para Montesinos, como lo será para Las Casas, los repartimientos de indios eran injustos y lo eran también las guerras de conquista. No hay motivo para levantar las armas contra los indios, sin previo aviso y sin que los naturales conozcan en modo alguno las intenciones de los exploradores; era aquello para él una guerra a todas luces injusta. El rey Fernando cede de nuevo. En el convento dominicano de Valladolid se continúan las juntas. Después de observar las dificultades para evitar la guerra, se convino en la necesidad imprescindible de dar a conocer a los indios las intenciones de los españoles y esperar la contestación de los naturales. Así nació el «Requerimiento», que habría de leerse a los in dios al entrar en sus territorios. Se daba a conocer a los indios el dominio universal de Jesucristo y de su Vicario el Papa, y cómo el Papa había hecho donación de aquellas tierras y de ellos mismos al rey de España, para su evangelización. Se les conmina a aceptar la soberanía española, para cuya decisión se les concede un tiempo prudencial; ni no aceptan, los someterán por la fuerza de las armas53. Hasta aquí llegaron los efectos inmediatos del sermón de Montesinos. Había conmocionado las conciencias, la Corte y las leyes. Él no se contentó con las nuevas disposiciones legales; le pareció demasiado poco. Sin embargo, atendidas 1as circunstancias, aquellos primeros frutos eran dignos de todo aprecio. Había que aspirar a más, pero de momento era necesario esperar los resultados prácticos de 1as medidas adoptadas por la autoridad. ¿Y qué dijo la experiencia? En 1ejanas tierras, donde la ambición de poder y la ansiedad de tesoros manda, las leyes yacen muertas desde el momento mismo en que se promulgan. Siguen las conquistas con las correspondientes guerras y matanzas de indios; continúa la esclavitud y los crueles tratos de los débiles habitantes de las regiones conquistadas. Ya pueden dar voces los misioneros. Ahora se convence nuestro protagonista y sus seguidores de que sólo arrancando de cuajo 1as raíces, pueden arreglarse los males. Montesinos seguirá luchando por la

52

Ibid., cap. 13, p. 201a.

53

Ibid., cap. 57 y 58, p. 308-312; GONZALO FERNÁNDEZ DE OVIEDO, Historia General y Natural de Las Indias. III. Edición y estudio preliminar de J. PÉREZ DE TUDELA BUESO (en «Biblioteca de Autores Españoles» 119, Madrid 1959) Lib. 10 de la Segunda Parte o 29 de la obra, cap. 7, pp. 227a-231a.

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causa del indio y misionando en los puestos más duros. Murió mártir, derramando la sangre por la gran causa54. PEDRO DE CÓRDOBA, PRIMER MENTOR DE LA LUCHA POR LOS DERECHOS DEL INDIO Como fray Antón Montesinos, era hijo fray Pedro de Córdoba del convento de San Esteban de Salamanca. En é había tomado el hábito dominicano, en él había hecho la profesión religiosa solemne y en él hizo gran parte de sus estudios. En 1506 lo vemos en el convento de San Esteban como diácono. El Acta del Capitulo Provincial de Valladolid de 1509 nos lo presenta en el convento de Santo Tomás de Ávila como sacerdote, igual mente que a su compañero inseparable fray Antón Montesinos55. No vamos a hacer en este lugar su biografía. Nos interesa aquí, más que su vida, su pensamiento y su actitud ante la colonización española en Indias. Este pensamiento y esta actitud ha quedado muy bien reflejada en sus varios escritos. No es muy amplia la obra literaria que se conserva de Pedro de Córdoba; hay referencia de múltiples cartas hoy desconocidas. De los escritos de este célebre misionero debemos destacar en primer término su Doctrina cristiana, objeto de tantos estudios modernamente. Fue impresa después de su muerte por orden del obispo de México, el franciscano Juan de Zumárraga en 1544, editándose dos veces en ese año y siendo propuesta por dicho celosísimo obispo como texto único en todos sus puestos misionales. En 1548 se editará el texto grande de la doctrina de Pedro de Córdoba en las dos lenguas española y mexicana. Reciente mente ha sido traducida al inglés. Los otros escritos son epistolares. Hacemos una mención rápida de ellos, para indicar luego los que son objeto de nuestro estudio: Parecer de fray Pedro de Córdoba y demás religiosos dominicos de La Española sobre los indios. Está escrito en forma de carta dirigida a los Co misarios del Cardenal Francisco Ximénez de Cisneros en La Española, los tres Padres Jerónimos Visitadores en Indias. No tiene fecha el documento, pero muy probablemente es del mes de abril de 1517. Carta latina a los gobernadores de España. Está firmada por diez misioneros dominicos y por doce misioneros franciscanos en la ciudad de Santo Domingo de La Española; la primera firma de todas es la de fray Pedro de Córdoba. La fecha que aparece en la carta es el 27 de mayo, sin año, pero fácil es deducir que es del 1517. Informe de los dominicos y franciscanos de La Española a Chievres. Lo firman catorce misioneros, entre los que figuran Antón Montesinos y Pedro de Córdoba. No tiene fecha el informe, pero debe ser de finales de 1517. Solicitud a la Justicia y Regimiento de la ciudad de Santo Domingo. Es de los primeros meses de 1518 y trata de conseguir un favor en pro del convento. Carta al Padre fray Antón Montesinos. Descubierta en el Archivo General de Indias por el P. Vicente Rubio, O.P., y publicada en 1980. Está fechada la carta en la ciudad de Santo Domingo de La Española, con la data del 26 de septiembre, sin año, pero claramente de 1517.

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JERONIMO QUINTANA, O.P., Segunda Parte de la Histona del insigne convento de San Esteban de Salamanca, cap. 5, en JUSTO CUERVO, O.P., Historiadores del Convento de San Esteban de Salamanca ... III (Salamanca 1915) 31 s.; Memorial histórico de los servicios del convento de San Esteban de Salamanca a la Iglesia y a la Patria, ibid., p. 508; JUAN CENJOR, Insinuación de lo que algunos religiosos dominicos hijos del convento de San Esteban de Salamanca han servido a la Iglesia y al rey de España en las Indias y en la Europa, Ibid., p. 533. 55 R. HERNÁNDEZ, O.P., Actas de los Capítulos Provinciales de la Provincia de España (I), en «Archivo Dominicano» 3 (1982) 62; ID., Actas de los Capítulos Provinciales de la Provincia de España del siglo XVI (II), en «Archivo Dominicano» 7 (1986) 45.

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Carta al rey de España don Carlos I. Está escrita en Santo Domingo de La Española el 28 de mayo, sin año, pero de 1517. El portador es Bartolomé de Las Casas, que habría de entregársela al nuevo rey, bien en España, bien en Flandes56. Otras muchas cartas se mencionan en sus escritas y en los historiadores, cuyo texto se desconoce. Para exponer el pensamiento de Pedro de Córdoba sobre nuestro tema nos vamos a servir de dos escritos exclusivamente su yos, dejando las cartas o informes en colaboración. Analizaremos, pues, las dos cartas reseñadas en último lugar: la dirigida a Montesinos y la dirigida a Carlos I. Estas dos cartas son muy ricas en contenido social a favor de los indios y nos reflejan con suficiencia la mente de Pedro de Córdoba en esta materia. Varias veces vemos a este gran personaje aparecer en lo referente al famoso sermón revolucionario de Antón Montesinos. Él era el Superior de todos los dominicos recién establecidos en América. En un principio actuaría asesorado de cerca por fray Domingo de Mendoza y Loaisa, el promotor de esta primera misión americana, pero Domingo de Mendoza hizo muy pronto el viaje de retorno, al ver ya encauzada y segura la misión. Vemos, pues, enseguida a Pedro de Córdoba como el responsable absoluto y verdadero mentor de aquel compacto conjunto misional. Él fue quien organizó el sistema dominicano de evangelización en Indias, él quien dirigió la composición de la doctrina o catecismo-base para la enseñanza religiosa en todos los lugares donde se establecieran, él quien estructuró ideológicamente el sermón de Montesinos y quien encomendó a éste, en nombre de toda la comunidad dominicana, la responsabilidad de lanzarlo resueltamente a los aires ante los españoles en el Adviento de 151l. Su inteligencia limpia y despejada le permitía ver clara la dirección que debía tomar cada una de las facetas de la actividad misionera: evangelización de los indios, exposición también de la doctrina cristiana a los españoles sin ceder un palmo ante las pretensiones egoístas y anti-indianas de los encomenderos, expansión de las misiones por las islas y tierra firme y actitud social comprometida e incesante en favor de los indios. Es este último punto el que nos toca particularmente desarrollar en este trabajo. El primer gran paso en la proclamación de la libertad y de los derechos de los indios lo representa, como sabemos, el sermón de Montesinos de 1511 con la consiguiente elaboración de las Primeras Leyes de Indias de 1512-1513. EI segundo gran paso lo constituyen los memoriales de protesta de los misioneros en 1517-1518 ante los visitadores de Indias por parte del gobierno de España. Pese a las citadas leyes de Burgos-Valladolid, los abusos de los conquistadores y encomenderos continuaron y aumentaron. En esos años se estaba llevando a cabo la conquista de la gran isla de Cuba. El clérigo Bartolomé de Las Casas, que se hará dominico unos años más tarde, había participa do como capellán en aquella conquista. Por eso el conquistador Diego Velázquez le hizo partícipe de una buena encomienda de indios. Bartolomé de Las Casas, a pesar del buen trato que dispensaba a sus indios, no estaba satisfecho. En sus oídos retumbaban los sermones de los dominicos de La Española, que él oyera antes de embarcarse para Cuba. Decidió dejar libres a sus indios y dedicarse a luchar precisamente contra la encomienda, que él consideraba como el origen de todos los males. Para Las Casas contaba en estas cuestiones mucho la autoridad de Pedro de Córdoba, y de Cuba salió para La Española a fin de exponerle sus propósitos: iría ante el rey de España, le convencería del mal desastroso de la encomienda, y lograría de esta forma que se la arrancara de cuajo de las tierras americanas. Eso sería la salvación y la libertad de los indios. Pedro de C6rdoba aprueba el proyecto y le da como compañero al ya célebre Antón Montesinos. La muerte del rey Católico hace que se encargue del problema de Las Casas el cardenal Cisneros.
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V. RUBIO, O.P., Una carta inédita de Fray Pedro de Córdoba, O.P., en "Communio” 13 (1980) 417 s.; R. BORJA, O.P., Fray Pedro de Córdoba, O. P. (1481-1521), Tucumán (Argentina) 1982, 157-173; M. A. MEDINA, O.P., Una comunidad al servicio del indio. La obra de Fr. Pedro de Córdoba, O. P. (1482-1521), Madrid 1983, pp. 248-292.

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Este manifestó la mejor disposición para 1o expuesto en su presencia por Las Casas y decidió enviar a los tres Visitadores, encargados de reformar el gobierno de Las Indias, los Padres Jerónimos Bernardino de Manzanedo, Luis de Figueroa y Alonso de Santo Domingo57. Llegan los Padres Jerónimos a La Española a finales de diciembre de 1516. Algo más de dos años estuvieron en Santo Domingo, recibiendo in formes, sin llegar a una solución satisfactoria. A este tiempo, que hemos llamado segunda etapa en la lucha por los derechos y libertades de los indios, pertenecen los dos escritos de fray Pedro de Córdoba, que comenzamos inmediatamente a analizar. CARTA DE PEDRO DE CÓRDOBA A ANTÓN MONTESINOS Después de embarcados para Las Indias los Padres Jerónimos, el clérigo Bartolomé de Las Casas con su compañero fray Antón Montesinos continuaban todavía en España. Pedro de Córdoba les hace un avance del fracaso de sus gestiones en España para traer la salvación a Las Indias. Los Visitadores han caído en la misma tentación que los otros españoles. Les ha cegado la posibilidad de enriquecerse en poco tiempo, sin ninguna autoridad que los controle, y todo a costa de la libertad, de la sangre y de la vi da de los indios. Envueltos los Jerónimos en los sucios negocios de esclavos, no permiten que se traigan cartas a La Española procedentes de nuestros misioneros de tierra firme, porque en ellas denuncian sin cesar y con toda claridad las múltiples cacerías de indios para venderlos y servirse de ellos como esclavos por parte de los españoles. Pedro de Córdoba protesta contra las incursiones esclavistas en la isla de Trinidad y da la razón: esos indios no eran caribes. Él admite con la legislación real vigente que los caribes pueden ser so metidos a esclavitud, pues se dedican a atacar con suma fiereza a los indios pacíficos, matando a unos y llevándose a otros para sacrificarlos y comer sus carnes. Por esta razón eran temidos por los indios «guantiaos» o pacíficos, que veían bien que los españoles los castigaran con la esclavitud. Parece que conoció esta carta Bartolomé de Las Casas y que alude a ella en la Historia de Las Indias, libro tercero, capitulo 10458. La describe detenidamente el P. Vicente Rubio, que la encontró en el Archivo General de Indias de Sevilla, en el estudio que hace de ella en la revista «Communio» en 198059. La dirección de la cara del sobreescrito dice «A mi padre fray Antonio Montesino en Sant Pablo de Sevilla o donde estuviere». Es del 26 de septiembre de 1517. Procedemos a dar paso a paso cuenta de su contenido en torno a los indios. Comienza manifestando las muchas cartas dirigidas a Montesinos sin obtener respuesta. Entre esas cartas figura una información sobre las «islas e tierras que se han descubierto debaxo de Cuba». En sus cartas anteriores, como en la presente, le da Cuenta de los problemas de los indios. Le dice: «estoy bien descontento» de la nada que se hace por ellos. Los mismos Jerónimos se dedican a la venta de esclavos: acaban de traer a la ciudad de Santo Domingo «155 muchachos y mujeres» de Cumana, de Chiribichi y del Paria60. Pedro de Córdoba manifiesta que, al enterarse de aquello, salió enseguida para impedir la venta de dichos indios: «yo hablé a estos Padres y les dixe que no permitiesen que se vendiesen, porque ya los tenían en la plaza, vendiéndolos en publica almoneda, e la causa ya la he escrito a Vuestra Reverencia, diciéndoles las vías con que éstos son vendidos e sus tierras, las quales todas son illicitas y de las cuales han de ser corregidos y no favorecidos en su mal, comprándoles lo que injustamente venden, que son de sus mismas casas y comarcas, e las veces hijos ... y porque sería larga cosa, no quiero decir más de cómo yo avisé a estos Padres que no se ven diesen, antes me parecía que se volviesen a su tierra, para atajar este daño y poner ley

57 58

B. DE LAS CASAS, Historia de Las Indias, Lib. III, cap. 87 (BAE 96, Madrid 1961) pp. 374b-376b. Ibid., cap. 104 p. 424a. 59 V. RUBIO, G.P., Una carta inédita de Fray Pedro de Córdoba, G.P., en «Communio» 13 (1980) 411-425. Las citas que haremos seguidamente de los textos de esta carta se hacen según esta edici6n del P. Vicente Rubio. 60 Ibid., p. 421.

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para adelante, porque han traído muchos y traen cada día, y agora volverá otra carabela, que enviaron después que yo vine»61. Se queja el Padre Córdoba, según expusimos antes, que los Jerónimos estorban la correspondencia de nuestros misioneros del norte de Venezuela, porque protestan contra el mal trato que se da a los indios y contra el comercio de esclavos. Así la comunicación con ellos se hace más complica da, pues requiere el envío cada cierto tiempo de un fraile. EI comercio de esclavos, favorecido por los visitadores del gobierno de España, tiene varios agravantes. En primer lugar, porque los toman de gente pacífica, como queda dicho. En segundo lugar, porque lo hacen «a traición»; hace poco «con licencia de estos Padres [Jerónimos]» trajeron de la Isla de Trinidad de 120 a 130 indios como esclavos, habiendo vendido ya otros tantos en San Juan de Puerto Rico. Todos los indios eran «guaitiaos» o pacíficos y fueron engañados, para que entraran en la carabela inocentemente y sin dificultad. «Yo les dixe -cuenta Pedro de Córdoba- a estos Padres que cómo consentían tal cosa, sed nihil profuit [pero no sirvió de nada]»62. Nuestro misionero, insistente y siempre celoso de la libertad de los indios, hizo relación a los Jerónimos de otros crímenes similares de los esclavistas, que le habían expuesto por carta los dominicos de Chiribichí. Todo fue en vano. Habla Pedro de Córdoba de un reciente sermón suyo en la iglesia de Santo Domingo de los dominicos de La Española. Les echaba en él en cara a los encomenderos, además de los dos agravantes poco ha mencionados, todavía otro tercero. Vendían como esclavos a los indios bautizados, lo que era un escándalo tan grande entre los naturales del Nuevo Mundo, que hacía la religión cristiana incomprensible e inaceptable para ellos. Esos malos cristianos españoles, para hacer más fácil la traición y el engaño, los bautizaban mal o nada preparados con el señuelo del respeto para su libertad y para su vida. Y reproduce en la carta un trozo de su sermón: «Assý que después de bien remojados y no bien baptizados véndenlos por ahí. Avísoos que los indios traídos de las Perlas y los de Paria y los de la Trinidad que han traído y los lucayos y gigantes que no son esclavos ni pueden ser vendidos. Bien creo que los Padres [Jerónimos] no consentirán que se vendan, porque ya están avisados, mas si acaeciere, guardad vuestros dineros y vuestras almas; que son libres y no pueden ser vendidos por esclavos, aunque más procesos se hagan y más juramentos se tomen»63. Cuenta que los encomenderos acudieron a los Jerónimos, diciéndoles «que no se había de hacer lo que yo quería». La provisión real sólo había permitido reducir a esclavitud a los «caribes» o caníbales. Ahora para justificarse de haber esclavizado a indios pacíficos manifiestan como razón que los traen de «islas que no son útiles ni se pueden allí enseñar los indios». ¡Como si les preocupara algo la enseñanza de los indios! Cazan a todos los que pueden y «no para ser enseñados, sino para ser vendidos y muertos»64. Aquí viene la precisión doctrinal de Pedro de Córdoba. Considera un mal, una injusticia y un pecado digno de todos los infiernos la esclavitud de los indios «guaitiaos» o pacíficos. Los «caribes», que hacen tantos estragos entre los otros indios; que matan a sus semejantes y se alimentan de sus carnes, ésos bien merecen el más fuerte castigo. Éstas son sus palabras: «cuanto a los caribes, yo bien dixe en el sermón que podían ser dados por esclavos por su pecado»65. Comunica a Montesinos que las cosas siguen mal o peor para los in dios, y no hay visos de que la cosa se remedie. Pedro de Córdoba se muestra dispuesto a gritar más fuerte todavía en pro de la causa del indio: me veré «necesitado a decir lo que debo, quidquid indeeveniat [pase lo que pase]». Codicia llama a codicia. Están negociando ante el rey para dejar mano libre en torno a las perlas (trabajo de muchas muertes). La única esperanza parece ser la misericordia y el poder de Dios. «Todo es un pedazo de codicia, cuanto acá hay, y así será un pedazo de infierno. Y, si
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Ibid. Ibid. Ibid., p. 423. Ibid. Ibid.

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agora que están todas estas cosas llegadas al cabo, por ser puestas en manos de religiosos [los Padres Jerónimos], no se remedian, mucho trabajo veo, aunque a Dios todo es posible»66. CARTA DE PEDRO DE CÓRDOBA AL REY CARLOS I No es de invención reciente como la anterior, sino que ha sido muy editada y comentada, desde su aparición en el siglo pasado en la Colección de Documentos Inéditos relativos al Descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas en América y Oceanía, en el volumen XI67. Fue escrita en la ciudad de Santo Domingo de La Española el 28 de mayo de 1517. Comienza este documento advirtiendo que la responsabilidad del gobierno de Las Indias es muy grande y que se atreve a escribir al rey porque desea que ese gobierno no sea un peligro para su alma. Por ello va a informar de los problemas del Nuevo Mundo con toda verdad, por cruda que sea. Quiere que el nuevo rey tenga muy al vivo su sentido de responsabilidad para con aquellas tierras tan lejanas de sus dominios. Se hace cargo de que su Alteza habrá recibido abundantes informaciones de otras personas. Sin embargo es posible y presumible que esas in formaciones sean falsas, porque proceden de gente interesada, que sólo atienden a su avidez insaciable de riquezas, aun a costa de la sangre de los pobres indios. Incluso el rey podrá admirarse de muchas noticias contradictorias o difíciles de creer por lo extrañas, ya que proceden de un mundo muy distinto del que él conoce. Pedro de Córdoba protesta que no dirá mentira alguna, sino la sola verdad. Los agravios hechos por los españoles a los indios no han sido solamente contra éstos, sino contra el mismo rey, ya que los indios son tan vasallos del rey como los españoles, e incluso más por ser perseguidos y maltratados injustamente, y por ello más dignos de la atención y de la protección real: «Vuestra Alteza sabrá que el rey que hoy en la tierra hay más ofendido de sus servidores y vasallos, y contra quien mayores traiciones han hecho, es Vuestra Alteza»68. Pedro de Córdoba va entrando cada vez más en materia, dejándose llevar por la llamarada ardiente de su celo apostólico y por la confianza de que el nuevo rey resolverá de un golpe tan graves problemas. Las tierras de Las Indias se encontraban antes muy pobladas, «llenas de gentes», sin embargo se hallan hoy «destruidas y despobladas por las grandes crueldades que en ellas los cristianos han hecho, que decirlas aquí sería muy larga cosa, y las piadosas orejas de Vuestra Alteza no las podría oír, siendo ellas por otra parte gentes tan mansas, tan obedientes y tan buenas que, si entre ellos entraran predicadores solos sin las fuerzas e violencias destos malaventurados cristianos, pienso que se pudiera en ellos fundar casi tan excelente Iglesia como fue la primitiva»69. Expuesto el problema en sus ideas generales, pasa ahora a informar con detalle. Los cristianos o españoles han impuesto a los indios trabajos corporales durísimos y extraños para ellos y sin apenas descanso. Por esta causa sólo en la isla Española «han destruido y muerto a Vuestra Alteza más de un cuento de vasallos». Y los han matado en cuanto al cuerpo y en cuanto al alma. Los cristianos, en efecto, se los han repartido entre sí, «diciendo que para enseñarles las cosas de la fe», pero esto ni lo han intentado si quiera, porque «ninguno de ellos las sabe». Y deja este punto bien recalca do: «¿cómo podrá enseñar la fe al infiel, aquel que para sí no la sabe, y, lo que peor es, no la obra»70.
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Ibid. M. A. MEDINA, O.P., Una comunidad al servicio del indio ... (Madrid 1983) 263- 268; los textos serán aquí citados por esta obra. Esta carta ha sido muy reproducida; puede verse en Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas en América y Oceanía… bajo la dirección de los señores D. J. F. PACHECO y D. L. TORRES DE MENDOZA ... en el volumen XI. (Madrid 1869) 216-224. 68 Ibid., p. 264. 69 Ibid. P. 264. 70 Ib.

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Aparte la ignorancia, esos cristianos lo son de sólo nombre, pues brillan en ellos todos los vicios y de ellos han dado malos ejemplos a 1os in dios: ejemplos «de lujurias, de violencias, de blasfemias, de diversas crueldades». De lo único que han cuidado con respecto a los indios es de «hacerlos sacar oro e labrar otras haciendas, trabajando todo el día en peso, y sufriendo el ardor del sol, que en estas tierras es muy grande, las aguas, vientos y tempestades, estando descalzos y desnudos, en cueros, sudando so la furia de los trabajos, no teniendo a la noche en qué dormir sino en el suelo, no comiendo ni bebiendo para poder sustentar la vida, aun sin trabajo, matándolos de hambre y de sed, y en sus enfermedades, teniéndolos mucho en menos que bestias suelen ser tenidas, porque aun aquéllas suelen ser curadas, mas ellos no»71. El estilo es directo; va directo a la inteligencia, al corazón y a 1os sentimientos humanitarios y de justicia del monarca. Quiere exponerle las cosas al vivo, tal como las ve y las presencia cada día, para que el rey las resuelva de un modo contundente y eficaz. Le expone ahora la horrible situación de las mujeres indias. Las leyes de 1512-1513 habían tenido alguna humanidad con ellas. En todas las partes hay cierta indulgencia para con las mujeres en los trabajos. En Las Indias son forzadas al trabajo sin el menor escrúpulo, sin ningún miramiento a su debilidad y condici6n; «desnudas, y sin comer, e sin camas, como los hombres, y aun algunas preñadas, e otras paridas»72. Los trabajos son tan insoportables que muchos indios e indias se suicidan, escogiendo la muerte antes que tan insufrible esclavitud; alguna vez se han matado «cientos juntos». Mujeres hay que abortan o matan a sus hijos al nacer, para evitar el horrible futuro que les espera: «estando preña das han tomado cosas para mover e han movido las criaturas, e otras después de paridas con sus manos han muerto sus propios hijos, por no los poner ni dejar debajo de tan dura servidumbre»73. No escribo esto -dice el Padre de Córdoba- con el mero fin de suscitar la pena en su corazón. Hay una voz ronca, pero amplísima y grandemente conmovedora, de sus vasallos del Nuevo Mundo, que le suplican no compasión sino justicia. Sólo Su Alteza podrá evitar la extinción de aquellas razas que caminan aprisa hacia la muerte: ninguna crueldad es semejante en la historia de las naciones a las que estos cristianos han practicado «contra estas tristes gentes que han sido sus amigos e ayudadores en su propia tierra; que entre todos los dichos [males] e otros muchos que decir se podría, han destruido y desterrado destas pobres gentes la natural generación, los cuales ni engendran, ni multiplican, ni pueden engendrar, ni multiplicar, ni hay de ellos posteridad, que es cosa de gran dolor»74. Esos males, o tal vez mayores, habría que referir con respecto a las otras islas y tierra firme. Sus súbditos españoles en Indias presumirán de «servidores leales», pero no pueden esto ser los que «tales y tantos males han cometido contra las tierras y vasallos de Vuestra Alteza». Estos males fueron declarados a su tiempo a vuestro abuelo, el rey don Fernando el Católico y éste «dello se dolió mucho». Buscó alguna solución, pero sus remedios «no fueron bastante», y los españoles en Indias no los hicieron el menor caso. Ahora en esta isla no quedan más que «diez o doce mil indios e indias», de los muchísimos que había cuando el descubrimiento. Si no se procura un eficaz remedio, en cuatro o cinco años pueden desaparecer esos pocos que aun existen. Para lograr un más grande impacto, fray Pedro de Córdoba evoca también la salvación eterna del monarca: «cuanto a lo espiritual la gracia de Vuestra Alteza no está segura, si después de sabidos tantos males, aunque no se ha podido decir aquí la menor parte dellos, no pusiere toda diligencia y cuidado en que estas tristes gentes se remedien, siendo puestas en su libertad, y los malos vasallos cristianos de Vuestra Alteza sean conocidos e tenidos por quien han sido»75. Si el remedio del rey Fernando el Cató1ico resultó ineficaz, tampoco resultó eficaz el llevado a cabo por el cardenal Francisco Jiménez de Cisne ros: el envío de los tres Padre
71 72 73 74 75

Ib., p. 264s. Ib., p.265. Ibid. Ibid. Ibid., p. 266.

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Jerónimos para visitar Las Indias, consultar a las partes opuestas en la cuestión del tratamiento de los indios e implantar una reforma justa para el buen gobierno del nuevo mundo. Ahora se re quiere que su Alteza de la solución decidida y tajante que postula la gravedad en aumento de los problemas. El clérigo Bartolomé de Las Casas, que lleva esta carta, expondrá de viva voz y con mayor abundancia los males y los posibles remedios. El rey hará bien en oírle, porque es de todo crédito y confianza. Se queja finalmente Pedro de Córdoba de los jueces de apelación, que se encuentran divididos y no cumplen con su deber. Suplica la unificación de cargos y el nombramiento de personas responsables, que se dediquen a su oficio y no al negocio de indios76.

76

Ibid., p. 266 s.

2011

 1Ramón Hernández Martín
Los primeros dominicos en América

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