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La Alianza de Dios

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LA ALIANZA EN LA BIBLIA

LA ALIANZA DE UN DIOS DE AMOR CON SU PUEBLO En las religiones antiguas los llamados dioses (la divinidad) se relacionaban con el ser humano por medio del culto que el hombre le rendía a estos. Esta relación se puede decir que es de carácter natural, ya que por naturaleza el hombre por ser imperfecto, siente la necesidad de ser acogido por un ser superior. Acordémonos que la relación de Dios con su pueblo fue un tanto diferente; primero Dios escoge un pueblo (el pueblo de Israel), y luego este pueblo le responde; no es por un carácter natural sino como una comunidad de personas que Dios establece libremente. Nunca se dice de Dios que es el progenitor físico del pueblo de Israel, sino que engendra a Israel formando un pueblo para Él. En sí la filiación del pueblo de Israel es adoptiva, no natural como las demás religiones. Una alianza con Dios era y seguirá siendo un acuerdo verbal, nacida en una cultura que no utilizaba documentos que dejaran por escrito el acuerdo. Todo acuerdo y todas las obligaciones entre las dos partes debían de hacerse solemnemente en presencia de testigos, con juramentos en voz alta y con ritos sacrificiales. Como toda Alianza, la que Dios selló con su pueblo implica reciprocidad. Dios se compromete con su pueblo, con la condición de que el pueblo se comprometa con Él. A la fidelidad de Dios hacia el pueblo debe corresponder la fidelidad del pueblo hacia Dios: “Hoy le has hecho decir a Yahvé que él será tu Dios y tú seguirás sus caminos, observarás sus preceptos, sus mandamientos y sus normas, y escucharás su voz. Y Yahvé te ha hecho decir hoy que tú serás su pueblo propio, como él te ha dicho, y que tú deberás guardar todos sus mandamientos; y que él te elevará en honor, renombre y gloria, por encima de todas las naciones que hizo, y que serás un pueblo consagrado a Yahvé tu Dios, como él te ha dicho.” Deut 26,17-19. La alianza era el principio de unidad del pueblo de Israel como pueblo para con Dios. Por la historia de Israel conocemos la forma en que el pueblo respondió al llamado de Dios. Los profetas no cesan de denunciar sus infidelidades, amenazando al pueblo de Israel con los peores castigos. La parábola de los viñadores homicidas, expuestos por Jesús a los judíos de su tiempo, presenta una síntesis de tal actitud: la herencia de Israel en adelante será ofrecida a la Iglesia: “Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos.” Mt 21,43 Hemos de aclarar antes de proseguir que no debemos confundir alianza con Ley, esto es un error. La Ley no era la alianza. También recordemos que el Decálogo no era la Ley sino la base de la Ley. Así la alianza de Dios con el pueblo de Israel iba acorde con el estilo de vida israelita y siempre con las ideas de la época, en donde se sancionaba o se retribuía con maldiciones y bendiciones. Esto lo tenían bien claro los israelitas antes de su alianza con Dios porque era la costumbre de una relación íntima entre la divinidad y la sociedad en esa época. En el Antiguo Testamento la alianza es base en la vida social, moral y religiosa del pueblo de Israel. Los profetas refuerzan los vínculos que unen a Dios con su pueblo y con la imagen de la nueva alianza 1

que mantienen una esperanza y una ilusión con los bienes futuros, que serían paz y familiaridad entre Dios y el nuevo Israel. Esta alianza siempre ha sido iniciativa de Dios, pero con una aceptación libre del hombre a la misma, y siempre ha sido necesaria la renovación a la misma para confirmarle a nuestro Dios la aceptación de la misma. El culto es, en todas las religiones, un acercamiento de los participantes con esa parte divina en la cual se da una profesión de fe. Para el culto, como para la Ley en el antiguo pueblo de Israel, la alianza es un artículo de fe que presenta la parte más básica de la religión. La religión es la expresión de la relación del hombre con Dios, que se expresa en fe, adoración y conducta. La alianza del pueblo con Dios es cosa muy seria. Muchas veces, a lo largo de nuestra historia, nosotros, cristianos, nos aproximamos a Dios sin tomar en serio ni la alianza, ni los Diez mandamientos. Reducimos a Dios al tamaño de nuestros intereses y por eso, muchas veces, perjudicamos la vida. Provocamos la muerte de millones de personas: indígenas, campesinos, esclavos; el pueblo pobre que muere de hambre; niños que mueren desnutridos; guerras absurdas hechas en el nombre de Dios. No tomamos en serio ni a Dios, ni a la vida. Jugamos con la ley de Dios y con la Alianza. Somos ligeros y en nombre de Dios, matamos; ponemos la vida en peligro. Pero con Dios no se juega (Gál. 6,7). Es lo mismo que jugar con fuego. Este es el peligro. Ahora bien, el ambiente serio y solemne de la celebración de la Alianza hace que los peregrinos, y nosotros también con ellos, sintamos la tremenda importancia de Dios y de su ley, para la vida humana. Sin esta conciencia del "temor de Dios", todo se desvía y el pecado se instala en la convivencia humana. Temor de Dios es tomar a Dios en serio. Temor de Dios no es lo mismo que miedo a Dios o miedo de Dios. Moisés dijo: “No tengan miedo, Dios vino para probarnos y para que su temor esté delante de ustedes, y no pequen” (Ex 20,20). Temor de Dios es tomar a Dios en serio y no reducirlo al tamaño de nuestros intereses. Dios siempre cumple su alianza como es característico de Él, con fidelidad y amor, y consecuentemente cumple sus promesas afines a Su alianza. La Alianza no es entonces decir ahí está y estoy bajo la Alianza, sino cumplir el acuerdo y renovarlo. El escritor bíblico Dennis McCarthy escribió: “la alianza entre Israel y Yahvé constituyó a Israel en familia de Yahvé, en un sentido muy real… como resultado… la alianza se consideraba como un tipo de relación familiar”. Dios es un dios de alianzas, primeramente empezó su alianza con Adán y su mujer, o sea con una pareja, pero siempre fue creciendo sus expectativas de formar más aliados. La siguiente alianza fue con Noé, una familia; después siguió la alianza con Abraham, una tribu, y la señal de la alianza fue la circuncisión; luego siguió la alianza con Moisés, una nación, los israelitas liberados de la opresión egipcia, y la señal fue la Pascua. Finalmente la alianza con David, prometiéndole un reino universal en el cual todos volverían al culto adecuado (2 Sam 7,8-19). Luego hablaremos de la Nueva Alianza hecha por Jesús. La infidelidad a la alianza era considerada un crimen grave, tanto entre personas como entre hombre y divinidad, y esto exoneraba de sus obligaciones a la otra parte contrayente, de ahí que el pueblo de Israel se veía en ocasiones a lo largo de su historia en tantas dificultades. Así en el cristianismo debemos de cumplir con nuestra parte de la alianza. La Alianza es la relación que mantiene en perfecta unión a una familia; Alianza es lo que Dios hace en 2

su relación con el hombre, porque Alianza es lo que Dios es, es un Dios que vive siempre en alianza. LA NUEVA ALIANZA Y SU RELACIÓN CON LAS ANTERIORES La alianza es el corazón del pueblo, la semilla de la Biblia. Es también la raíz de la acción de los profetas. Muchas veces, a lo largo de la historia, la alianza fue rota y deshecha. El pueblo no tomaba a Yahvé en serio y reducían la alianza al tamaño de sus propios intereses. El resultado fue siempre el mismo: destrucción, empobrecimiento, enfermedad, muerte. Alertados los profetas por la aparición de tanta pobreza en medio del pueblo, anunciaban la ruptura de la alianza; animados por la certeza de que el amor fiel de Yahvé es más fuerte que nuestra infidelidad, ellos anunciaban para el futuro una nueva alianza: "Vendrán días, así habla el Señor, en que voy a realizar con la casa de Israel una Nueva Alianza. Pondré mi ley en su interior, la escribiré en sus corazones. Y Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo" (Jer 31,31-32). La esperanza de la nueva alianza crecía de la misma manera que la antigua moría. También el nuevo pueblo será confirmado por una alianza, como lo fue Israel; pero esta vez se tratará de una alianza de carácter definitivo y no solamente provisorio. Además, será una alianza que abarcará al mundo entero y no solo a una raza. Para realizar esto, será sellada con la Sangre del mismo Cristo, que será a la vez su Mediador y su Fiador: “En cambio presentóse Cristo como sumo sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una liberación definitiva. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de una becerra santifican con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto al Dios vivo! Por eso es mediador de una nueva alianza; para que, interviniendo una muerte que libera de las transgresiones de la primera alianza, reciban, los llamados, la herencia eterna prometida.” Hebr 9,11-15 "El plazo se ha cumplido. El reino de Dios ha llegado. Cambien de vida. Crean en esta Buena Nueva" (Mc. 1,15). La llegada del reino es la llegada de la nueva alianza, anunciada por los profetas y esperada por el pueblo. Pedro, en su primera epístola, hablando de la Iglesia a los cristianos de Roma, la define en la forma siguiente: “Pero vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz, vosotros que en un tiempo no erais pueblo y que ahora sois Pueblo de Dios, de los que antes no se tuvo compasión, pero ahora son compadecidos.” 1 Pe 2,9-10. Este texto nos demuestra que los títulos que el AT aplicaba al pueblo elegido han sido transferidos a la Iglesia, Nuevo Israel de Dios (Ga 6,16), con todos los derechos y deberes que ellos implican: • • • “LINAJE ESCOGIDO”: “pero sólo de tus padres se prendó Yahvé, amándolos, y eligió a su descendencia después de ellos, a vosotros, de entre todos los pueblos, como sucede hoy.” Deut 10,15 “SACERDOCIO REAL” y “NACIÓN SANTA”: “seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa." Éstas son las palabras que has de decir a los israelitas."” Ex 19,6 “PUEBLO PECULIAR”: “Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis 3

mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra” Ex 19,5 Pedro saca una conclusión práctica: Por su incorporación a Cristo, los cristianos se han convertido en un verdadero pueblo, que es en adelante la propiedad de Dios y cuya misión es proclamar ante el mundo su fe en Cristo, Señor; y a la vez un pueblo que debe de cumplir su renovación con la Nueva Alianza. Dios siempre se mantuvo fiel a sus alianzas, no así Adán, Noé, Abraham, Moisés, ni David. Entonces si sólo Dios cumple sus promesas, ¿cómo podía el hombre hacer para mantener eternamente su alianza con Dios? Bueno, únicamente podría ser por medio de una persona tan sin pecado y tan constante como Dios mismo. La primera carta de Timoteo nos dice: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”. I Ti 2,5 Tanto el AT como el NT dan fe de la fundamental significación de la mediación de Jesús. La misma Biblia hace la diferencia entre la mediación de Jesús y la de los demás mediadores. Así la palabra “mediador” significa, para el pueblo judío, lo mismo que hombre de confianza, juez árbitro, fiador o garantizador para poner de acuerdo a dos en un negocio; significa intermediario o conciliador. De ahí, que la mediación de Jesús tiene como símbolos anteriores la figura de Moisés: “Entonces, ¿para qué la ley? Fue añadida en razón de las transgresiones hasta que llegase la descendencia, a quien iba destinada la promesa, ley que fue promulgada por los ángeles y con la intervención de un mediador.” Gal 3,19. Moisés es el organizador de Dios hacia el pueblo de Israel sin tener poder político, es el jefe del pueblo sin ejército, es ordenador del culto sin ser sacerdote, es fundador y mediador del nuevo conocimiento de Dios sin ser profeta. Por estas razones, Moisés es el mediador entre el pueblo escogido y Dios. Moisés es el heredero y enviado de Dios, por eso debe de ser el liberador del pueblo de Israel de la esclavitud de los egipcios. Así Moisés es la prefiguración de Jesús. Pablo sabía que Jesús también era Dios y fue así como Dios ha realizado su última alianza con los hombres. Nótese en el versículo que Pablo aclara que fue “Jesucristo hombre”, porque fue como hombre que pudo realizar esa mediación, y realizar su Nueva Alianza, ya que ninguno de los otros pudieron sostenerla. Siempre que Dios hacía una nueva alianza para restaurar su vínculo con los hombres, estos decidían pecar y romperla; y sabemos que ni tan siquiera los ángeles podían mediar por nosotros ante Dios; tuvo que ser Jesucristo hombre, porque como repito se requería que fuera un hombre tan sin pecado y tan constantemente como Dios mismo. Jesús (Dios hecho hombre) fue y será el único mediador entre Dios y los hombres para realizar su nueva y eterna alianza con nosotros, acordémonos de los otros pasajes que también hablan de esto:
Heb 8:6 Mas ahora ha obtenido él un ministerio tanto mejor cuanto es Mediador de una mejor Alianza, como fundada en promesas mejores. Heb 9:15 Por eso es mediador de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones de la primera Alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida. Heb 12:24 y a Jesús, mediador de una nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una sangre

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que habla mejor que la de Abel.

Sí, Jesús es nuestro único mediador. Así como Moisés fue el mediador de la antigua alianza como lo dice Gálatas 3,19; así Jesús medió por nosotros en la Nueva Alianza. No debemos esperar otro mediador ya que Jesús es el Mesías, no debemos ser como los judíos que aún no han creído en el último de los mediadores. Jesucristo ejerce ese poder de “mediador” esencialmente como hombre, pues es como hombre que va a la muerte y paga a Dios el precio de nuestra redención. Es mediador no el hombre celestial, sino el Hijo de Dios metido en la historia humana. Y repito que ni tan siquiera los ángeles podían mediar por nosotros ya que el pecado es un problema humano que debía resolverse a favor de la humanidad solamente mediante un ser humano. Es como hombre que Jesucristo tiene la capacidad de ser el mediador para el hombre; porque el pecado vino de la desobediencia del ser humano así que el único que podía redimirlo debía ser un “hombre”. Jesús reivindica, por decirlo así, a todos los que le antecedieron en las alianzas y por eso dice la Biblia que Jesús es: • Nuestro nuevo Adán (“No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir.” Romanos 5:14), Nuestro nuevo Noé (“Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del Hombre.” Lc 17,26), Nuestro nuevo Moisés (“...Cristo Jesús; el cual es fiel al que le constituyó, como también lo fue Moisés en toda la casa de Dios. Porque de tanto mayor gloria que Moisés es estimado digno éste, cuanto tiene mayor honra que la casa el que la hizo. [...] Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir; pero Cristo como hijo sobre su casa...” Hbr 3,1-6 y “Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.” Juan 1,17), y Nuestro nuevo David (Hch 2,25-35).

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Jesús pudo reunir el cielo y la tierra porque en Él estaban ya unidos; era Dios y, por eso, podía reconciliar al mundo con Dios e infundirle la vida divina; era hombre y, por eso, la humanidad fue redimida por Él de su caída. Pablo explica el porqué de esa voluntad salvífica universal de Dios. Dice que no puede ser de otra manera, pues “Dios es uno, y uno también el mediador entre Dios y los nombres, el hombre Cristo Jesús, que se dio a sí mismo como rescate por todos” (v.5-6). Lo que equivale a decir que son dos las razones del universalismo: la unicidad de Dios, primer principio y último fin de todos, y, una vez roto el orden de la creación por el pecado, la unicidad del Mediador, Dios y hombre a la vez, que por todos se dio a sí mismo en rescate. Y, ¿qué hizo este mediador? Entregó su vida, como representante, para expiar por todo el género humano, que había incurrido en la muerte. «El Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45). La muerte de Jesucristo en la cruz por todos los hombres es el testimonio que Dios da de que ha llegado el tiempo establecido -«cuando llegó la plenitud del tiempo» (Gál 4,4)- para el cumplimiento de sus promesas; es el mensaje que el mismo Dios manifestó a los hombres. En esta fe en el único Dios y en el único mediador Jesucristo radica el 5

fundamento de la obligación que la comunidad cristiana tiene de hacer oración por todos los hombres, sin límites. Ahí está también el fundamento último de la esperanza y de la audaz confianza de los cristianos, que incluyen a todos los hombres en su oración para que «lleguen al conocimiento de la verdad».

LA SEÑAL DE LA NUEVA ALIANZA Ahora, ¿qué hay de la señal de la Nueva Alianza?, pues repasemos las anteriores señales. Luego de la primera Alianza de Dios con el hombre, o sea con Adán, los sacrificios serían la esencia básica como señal de todas las posteriores alianzas entre Dios y la humanidad. De Noé se dice que al final del diluvio “construyó un altar a Yahveh, y tomando de todos las animales puros y de todas las aves puras, ofreció holocaustos en el altar.” Gn 8,20, marcando el momento de la alianza en ese instante de Dios con él. Luego en la alianza de Dios con Abraham, Dios le dijo: “«Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga.» ”. Así sucedió, aunque originalmente la víctima del holocausto era su hijo Isaac, Dios le perdonó la vida, dándoles a cambio un cordero para el sacrificio. Después le llegaría el momento a Moisés, con la Pascua, donde Dios le ordenó a Moisés que todos los israelitas sacrificaran un cordero sin mancha en rescate de los primogénitos. Finalmente la alianza de Dios con David se consumó en el Templo de Jerusalén, donde todos los días se realizaban sacrificios en el altar del Templo. Todos estos sacrificios simbolizaban la entrega total del hombre, ya que una alianza no es cuestión de contratos ni de intercambio de bienes, sino más bien un intercambio de personas; personas que dejan un pasado para incorporarse a una nueva familia, la familia de Dios. El sacrificio es el acto central de casi todas las religiones. Por supuesto, en cada religión el sacrificio recibe un significado particular. Debido a que el hombre es pecador por naturaleza (concupiscencia), siempre caía en algún error, así vemos desde los inicios que Adán comió la manzana prohibida, Noé se emborrachó, Abraham tomó una concubina, Moisés dudó de que saliera agua de la roca y David adulteró con Betsabé. Por esto Dios debió de hacerse hombre, porque el hombre no podía sostenerse en la santidad. Qué consecuencias podría traer al hombre la fidelidad de la alianza con Dios, pues no es otra cosa que la felicidad y la paz. Si no cumplimos nuestra parte de la alianza nos traerá miseria en nuestra vida y no necesariamente económicas, sino también espirituales. De ahí que en el Antiguo Testamento vemos ejemplos de las consecuencias de faltar a la alianza con Dios, como la esclavitud, guerra, exilio, ruina familiar, etc. Estas eran y son las manifestaciones exteriores de faltar a la alianza con Dios, alejando las promesas o bendiciones de esta alianza. Ahora volvemos a repetirnos la pregunta ¿cómo podía el hombre hacer para mantener eternamente su alianza con Dios? Nos explica el ex-pastor evangélico Scott Hahn: “El precio para asegurar la gloria divina estaba situado «al principio», y era nada menos que un amor total, un amor que diera la vida. 6

Pero ningún mortal desde Adán podía ofrecer una vida sin pecado, mucho menos permitirse el lujo de pagar el precio para participar en la gloria de Dios. Nadie podía hacer la ofrenda que Adán, en su momento, no consiguió hacer.” Así que tendría que ser Dios mismo, quien redimiera a su pueblo (Mc 10,45), el único que prevalecería sobre el pecado y la muerte. La Nueva Alianza tendría las mismas características de las otras alianzas: tenía un juramento, un sacrificio y una comida en común. Pero estos detalles conformarían una alianza perfecta en donde el juramento sería cumplido, el sacrificio era sin tacha, la víctima y el sacerdote eran el mismo Dios, y la comida sería una comunión con Dios. LA PASCUA PERPETUA1 Ahora veamos la relación que tuvo para Jesús esta comida que ahora es comunión con su Padre. Repasaremos y compararemos la Pascua Judía con las acciones que realizó Jesús. Éxodo 12,14.24.26-27 nos dice: “Este será un día memorable para vosotros, y lo celebraréis como fiesta en honor de Yahveh de generación en generación. Decretaréis que sea fiesta para siempre». […] Guardad este mandato como decreto perpetuo para vosotros y vuestros hijos. […] Y cuando os pregunten vuestros hijos: "¿Qué significa para vosotros este rito?", responderéis: "Este es el sacrificio de la Pascua de Yahveh, que pasó de largo por las casas de los israelitas en Egipto cuando hirió a los egipcios y salvó nuestras casas."» Entonces el pueblo se postró para adorar.” El sacrificio central de la historia de Israel fue la Pascua, que precipitó la salida de Egipto de los israelitas. Dios proclamó que la Pascua fuera una conmemoración perpetua, para siempre. Históricamente, la Pascua Judía conmemora la liberación que Dios dio a los hijos de Israel de la esclavitud de Egipto, donde fueron esclavos de los egipcios. Ahora los que creen en Jesús son liberados de la esclavitud del pecado y del gobierno del maligno en sus vidas, a similitud del pueblo de Israel que fue liberado de su esclavitud de Egipto, y que pusieron la sangre de un cordero en el dintel y las jambas o postes laterales de las puertas de sus casas (Éxodo 12,13). Jesús es el Cordero de Dios como lo dijo Juan el Bautista (Jn 1,29), Jesús es también nuestra Pascua (1 Cor 5,7). Los que siguen a Jesús, son la casa de Dios como dice Hebreos 3,6 (ver 1 Pedro 2,5). Es por eso que la sangre de Jesús nos redime del pecado. Levítico 17,11 nos dice: “Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo os la doy para hacer expiación en el altar por vuestras vidas, pues la expiación por la vida, con la sangre se hace” (ver Efesios 1,7; Colosenses 1,14; 1 Pedro 1,18-19; 1 Juan 1,18-19; 1 Juan 1,7; Apocalipsis 1,5). La Pascua es tiempo de redención y de liberación. Durante la Pascua Judía, el padre de cada familia tenía que tomar un cordero de un año, en el mes conocido como Nisán (Abril). De la cena los elementos más importantes eran: santificación (oración de la bendición sobre el vino), lavado de las manos, verduras, la Matza (pan sin levadura partido en tres), el relato de la historia de la salida del pueblo de Israel de Egipto, bendiciones sobre el pan, hierbas, bendición y acción de gracias y la despedida. Las copas para esta cena eran las siguientes: 1) Copa de la bendición 2) Copa de las plagas 3) Copa de las Alabanzas 4) Copa de la Redención
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Tema extraído de “La Pascua Eterna” de Frank Morera. Y “La Cena del Cordero” de Scott Hahn.

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5) Copa de Elías Sabemos que Jesús celebraba la Pascua cada año en Jerusalén; y presumiblemente comió el cordero, al principio con su familia y después con sus Apóstoles; ya que esta celebración no era opcional para un judío. Comer el cordero era la única forma por la que un fiel judío renovaba su Alianza con Dios, y Jesús era un fiel judío. Él sabía que esta cena debía ser cumplida en Él mismo: “y les dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer…” Lc 22,15. Esta ansia de Jesús se debía a que esta Pascua sería el enlace entre la antigua Pascua y la Nueva. Veamos a continuación cómo fue este enlace. Para el pueblo de Israel, el cordero se identificaba con el sacrificio, y el sacrificio es una de las formas primordiales del culto. Acordémonos que el cordero era sacrificado a modo de rescate, se le perdonaba la vida al primogénito de la casa si comía el cordero. La Pascua, por tanto, era un acto de redención. Así los judíos celebrarían sacrificios diarios a Dios; esta vez rigiéndose por las prescripciones de la Ley. Juan 1,36 nos dice “Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios.»”. Jesús iba a ser el “Cordero pascual”. Si vemos con detenimiento el relato de la última cena en los evangelios, no encontramos la presencia del cordero, ingrediente que no podía faltar en una cena pascual. Según nos relatan los evangelistas Jesús al tomar la cuarta copa (la copa de la redención) pronuncia las siguientes palabras: “«Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros»”. Culmina la Antigua Alianza y comienza la Nueva. ¿Qué pasó con la copa de Elías? Esta copa era recordatorio de que el Mesías habría de venir, pero Jesús había dicho que Elías había venido ya en Mateo 11,14 (¨ Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir” refiriéndose a Juan el Bautista); así que esta copa ya no era necesaria. ¿Qué otras relaciones vemos en el Antiguo Testamento que prefiguraban al Señor? Retrocedamos un poco más en el tiempo y recordemos a Melquisedec, el primer sacerdote que se menciona en la Biblia, y que según los primeros cristianos era prefigura de Jesús (Hebreos 7,1-17). Melquisedec era rey y sacerdote, a semejanza de Jesucristo que es nuestro Rey y Sumo Sacerdote. Melquisedec era rey de Salem (la antigua Jerusalén), que significa “Ciudad de la Paz” (Sal 76,3); al igual que Jesús que llegaría a ser el Rey de la Jerusalén celestial. Por último Melquisedec ofreció pan y vino, como sacrificio, al igual como haría Jesús en la Última Cena. También Génesis 22,2 nos narra: “«Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga.»”, Isaac también prefiguraría a Jesús, en cuanto que, tanto Isaac como Jesús llevaría a sus espaldas el leño para el sacrificio y se identificaría a Jesús como hijo de Abrahan (Mt 1,1). Esta escena se realizaría en Moria, parte de Jerusalén (2 Crónicas 3,1), y en donde está situado el lugar donde murió Jesús, el Calvario (el Calvario, era uno de los promontorios de la cadena montañosa de Moria.). Jerusalén, morada del Templo de Dios, en el cual se realizaban los sacrificios diarios y en donde se tenía un enorme altar de bronce al aire libre a la entrada del atrio interior del Templo llamado el «lugar Santo», y el «Santo de los santos» –el lugar de la morada de Dios– que estaba más adentro. El «altar del incienso» se encontraba justo delante del “Santo de los santos”, sólo los sacerdotes podían entrar al atrio interior del Templo; sólo el sumo sacerdote podía entrar al “Santo de los santos”, y sólo podían hacerlo brevemente y una sola vez al año, en el día de la Expiación; porque igualmente el sumo sacerdote era un pecador y por tanto no era merecedor de estar en la presencia de Dios. 8

Estos sacrificios no eran un simple ritual; Dios pedía también un sacrificio interior, así como lo declara el salmista y el profeta Oséas: “El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado…” Salmo 51,19. “Porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos.” Os 6,6. Sabemos que Jesús era un fiel judío, así que tuvo que haber celebrado la Pascua como los demás como ritual obligado para un judío y así también haber comido del cordero. Pero acordémonos que Jesús es el Cordero de Dios. Un dato interesante es el que nos da el evangelista Juan en 19,14 cuando Jesús estaba ante Pilato: “Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta…” esta hora sexta era la hora en que los sacerdotes empezaban a preparar los corderos para el sacrificio. A continuación Juan nos narra que “Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca.” (19,29) esto nos lleva a Éxodo 12,22 que nos dice “Tomaréis un manojo de hisopo, lo mojaréis en la sangre que está en la vasija…”, el hisopo era la rama prescrita por la ley para rociar la sangre del cordero. Así pues, esta simple acción marcaba el cumplimiento de la nueva y perfecta redención; y Jesús gritó: “está consumado”. Y siguiendo el cumplimiento de la Pascua en Cristo Juan nos narra en 19,36 “Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No se le quebrará hueso alguno.” qué parte de la Escritura: “...todos sus huesos guarda, no será quebrantado ni uno solo.” (Salmo 34,20) y referido al cordero que se sacrificó en el Éxodo: “Se ha de comer dentro de casa; no sacaréis fuera de casa nada de carne, ni le quebraréis ningún hueso.” (12,46). Sabemos que Jesús es sacerdote y víctima a la vez. Uno de los detalles que vemos en el relato de la crucifixión es el vestuario de Jesús al ser llevado hacia el Calvario: “Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura.” Jn 19,5; “…La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo.” Jn 19,23. Como las vestiduras de los sacerdotes. También recordamos que el sumo sacerdote no podía permanecer en el lugar del Templo llamado el “Santo de los santos” por mucho tiempo y sólo podía entrar una vez al año; Jesús entra al templo celestial, al Santo de los santos –el cielo– una vez y para siempre como nos dice Hebreos 9,12 “Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna.”, para ofrecerse a sí mismo como sacrificio y víctima como lo vio Juan en la revelación: “Entonces vi, de pie, en medio del trono y de los cuatro Vivientes y de los Ancianos, un Cordero, como degollado…”. Jesús no tiene que estar entrando y saliendo del Lugar Santísimo como el Sumo Sacerdote de Israel, Jesús entró de una sola vez con su propia sangre, se está hablando de la legalidad sacrificial en la Antigua y en la Nueva Alianza. En el capítulo 9 de Hebreos, del versículo 23 en adelante Pablo va a aclarar como los rituales del Templo de Jerusalén eran prefigura de la NUEVA LITURGIA CELESTIAL, ya Jesús esta entronizado de una vez y para siempre en el Templo celestial como nuestro Sumo Sacerdote. Hebreos en su v.23 nos dice: “fue, pues necesario que la copia de las realidades celestiales fuese purificada con esos sacrificios. Pero las realidades celestiales mismas requieren mejores sacrificios” Pablo nos hace una comparación de los sacrificios de la Antigua Alianza y el Sacrificio de Cristo y es notable que al hablar del Sacrificio de la realidad celestial lo hace en plural “mejores sacrificios”. ¿Por qué no dice “mejor sacrificio”? Ya que Cristo se sacrificó una sola vez Por obligación debió haver dicho “mejor sacrificio” y no “mejores sacrificios” ¿Qué “sacrificios” son estos?, ¿porqué son mejores? ¿Qué acción realiza Jesús en el cielo?… Estos sacrificios, son la Ofrenda Eucarística, sacrificio de Propiciación del cual ya hablaremos más adelante. Muchos podrán objetar que en este capítulo se habla constantemente de que “Cristo no tiene que padecer constantemente” (Hebreos 9,26) y que “se presentó una sola vez para siempre para quitar el pecado por medio del sacrificio de sí mismo” pero 9

quiero hacer notar que aquí de nuevo esta hablando de la entrada de Jesús como sumo sacerdote y cierto, SÍ! Jesús entra una sola vez como ofrenda, pero no quiere decir que esta única y sola vez ejerce su mediación, su mediación sacrificial es activa hasta que el pecado muera en la creación y hago notar que en este versículo 26 al hablar de la Cruz, Pablo habla del sacrificio que quitó el pecado en singular. Tenemos la clave en Hebreos 2,17: “Por eso, debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser compasivo y fiel Sumo Sacerdote ante Dios, para expiar los pecados del pueblo.” ¡Aquí está la clave! Jesús Sumo Sacerdote ante el Padre cumple su función sacerdotal. ¿Cuál es esta? La misma que hacía el Sumo Sacerdote en Israel, hacer sacrificios de orden propiciatorio2. Jesús ofrece en el cielo Sacrificios propiciatorios que aplacan a Dios y lo abren a la misericordia, Jesús en su mediación crea el clima propicio a la reconciliación del hombre con Dios por medio de su Sacrificio único pero que de forma nueva y celestial se renueva día a día por nuestros pecados y que es ofrecido por la Iglesia en la Eucaristía, liturgia terrena que nos une a la liturgia celestial. No vasta con que Cristo derramase su sangre y diera su vida por nosotros. Ahora debemos cumplir nuestra parte. Tanto así fue en la Antigua Alianza, como ahora lo es en la Nueva. Si deseas sellar tu alianza con Dios, marcar tu alianza con Dios, renovar tu alianza con Dios, tienes que comer el Cordero: el cordero pascual que es nuestro pan sin levadura. Nos dice Juan: “«Si no coméis la Carne del Hijo del hombre y no bebéis su Sangre, no tenéis vida en vosotros»” (Jn 6,53). El hombre siempre ha tenido la necesidad de dar culto a Dios por medio del sacrificio: culto que es un acto de alabanza, expiación, entrega, alianza y acción de gracias (en griego, eucharistía). Además como dato curioso en los sacrificios expiatorios que “propiciaban” en la Antigua Alianza la víctima era comida por el sacerdote oferente (que no era el Sumo Sacerdote, sino un sacerdote que participaba de la mediación del Sumo) y también era comida por el oferente como señal de que Dios
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Nos comenta la Biblia Nácar Colunga el pasaje en cuestión: El razonamiento, en Hebreos 8,1-5, se reduce a lo siguiente: hay un santuario celeste, allí donde mora Dios, erigido por el mismo Señor, no por los seres humanos, en el que Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote, ejerce sus funciones sacerdotales; de este santuario, que es el santuario “verdadero”, no era sino “imagen y sombra” del santuario mosaico, conforme dice el mismo Dios a Moisés al mandárselo construir: “Mira, y hazlo todo según el modelo que te ha sido mostrado en el monte” (cf. Ex 25,40). De otra manera: el culto e instituciones antiguas, prefigurando a Cristo, son como “reproducciones terrenas” de las verdaderas realidades, que muy bien podemos llamar “celestiales,” pues no han sido fabricadas por mano de hombre (cf. 9,23-24). La conclusión es evidente: el santuario donde Cristo ejerce su ministerio de sacerdote es mucho más perfecto que aquel en que lo ejercen los sacerdotes levíticos, dado que éste sólo es imagen y sombra del de Cristo. En cuanto al fondo, es evidente que no se trata de poner en el cielo un santuario que sirviera de modelo al de Moisés. Hay que dar en todo esto no pequeña parte a la metáfora. Sin embargo, una cosa parece claramente afirmada, y es que Cristo, subido a los cielos después de su muerte y resurrección, ejerce allí sus funciones sacerdotales a favor nuestro. No que comience entonces a ejercerlas; esto se opondría a afirmaciones claras de otros lugares (cf. 1,3; 7,27; 9,26-28; 10,14). Se trata de que el sacrificio, consumado de una vez para siempre en la cruz, se perpetúa de alguna manera en los cielos, donde Cristo sigue intercediendo en favor de todos los seres humanos (cf. 7,25). Si el autor omite hablar de la escena del Calvario, quizás sea debido a su carácter en cierta manera transitorio, prefiriendo referirse al sacrificio permanente del cielo. Así la contraposición con el sacerdocio levítico aparece más clara. De ese metafórico santuario del cielo, donde Cristo ejerce sus funciones de sacerdote, era sombra y figura el santuario mosaico (v.5). En sustancia, esto quiere decir que el santuario mosaico, lo mismo que en general todo lo relativo al culto antiguo, tenía una función preanunciadora de las realidades mesiánicas. Es la misma idea que, bajo diversas formas, repite con frecuencia Pablo (cf. 1 Cor 10,11; Gal 3,24; Col 2,17). Conforme a esa idea, el autor no tiene inconveniente en interpretar de la manera que lo hace el texto de Ex 25,40, viendo en él una alusión al metafórico santuario de los tiempos mesiánicos. Prácticamente así ha venido haciendo ya en otras citas (cf. 2,12-13; 4,3-4).

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había aceptado este sacrificio, cosa que también concuerda con nuestra Eucaristía donde la víctima Jesús es comida por el Sacerdote y el oferente como señal de nuestra salvación y Pascua. Nos dice Santo Tomás de Aquino: “Pero el cordero pascual prefiguraba este sacramento en estos tres aspectos: en lo que se refiere al primero (pan y vino) porque se comía con pan ácimo, según la norma de Ez 12,8 “comerán carne con pan ácimo”. En lo que se refiere al segundo (verdadero cuerpo de Cristo) porque todos los hijos de Israel le inmolaban el día 14 de la luna, lo cual era figura de la pasión de Cristo, quien por su inocencia se llama cordero. Y en lo que se refiere al efecto (sacramento) porque la sangre del cordero pascual protegió a los hijos de Israel del ángel exterminador y los libró de la servidumbre egipcia. Por todo lo cual, el cordero pascual es la figura principal de la Eucaristía, porque la prefiguraba en todos estos aspectos.” Suma Teológica de Santo Tomas de Aquino, V, Cuestión 73, Artículo 6 EL SACRIFICIO DE LOS CRISTIANOS ¿LA MISA? 3 Tenemos que ver, para tener una clara visión de la Misa como Sacrificio Perpetuo, la actuación del Sumo Sacerdote en el Santo de los Santos del Templo de Israel el día de la Expiación tal como nos lo narra el Levítico. Ese día el Sumo Sacerdote imponía las manos sobre la cabeza del animal y descargaba sobre él todos los pecados de Israel, a continuación era degollado y su sangre recogida en un cuenco de plata, con el cuenco en las manos y con un gran terror en el corazón el Sumo Sacerdote levantaba el velo que cerraba el paso a los mortales al Lugar Santísimo y entraba él solo a la presencia de Dios, una vez dentro derramaba la sangre sobre el Propiciatorio del Arca como testimonio de que el animal había muerto y con él los pecados de Israel y se consumaba la expiación de ese año. Es importante tener en cuenta esto: El sumo sacerdote ministraba el perdón de Israel con la sangre del cordero y todo el tiempo que él permanecía dentro del lugar santísimo este sacrificio estaba vigente, pues la sangre era fruto de él, el sacrificio cesaba y dejaba de actuar cuando el sumo sacerdote salía detrás de la cortina como señal que todo había concluido. Esta es la razón por la cual la Iglesia proclama que la Eucaristía es un Sacrificio, ¡es porque el único sacrificio de Jesús aún está vigente!, me explico: Jesús (dice Pablo) tomó la función de Sumo Sacerdote en la Nueva Alianza y la función litúrgica del Templo de Jerusalén pasó al cielo (es por eso que el Templo dejó de existir) Jesús hace lo misma función. Jesús entra al Lugar Santísimo donde ningún hombre puede entrar (la presencia del Padre) y lleva en sus manos su propia sangre como testimonio de que Él murió y con Él todos nuestros pecados y comienza su ministración por la Redención de los hombres que aún no ha terminado, Jesús no ha salido de la Presencia del Padre y recuerden que mientras el Sumo Sacerdote no salía del Lugar Santo el Sacrificio estaba vigente, por lo que el Sacrificio de la Cruz aún está vigente pues Jesús no ha acabado de ministrar. Cuando Jesús regrese en Gloria habrá salido del Lugar Santísimo y se habrá acabado su único sacrificio, esto será al final de los tiempos, ahora Jesús sigue ministrando. La Eucaristía es nuestra conexión con la mediación Sacerdotal de Jesús en el cielo, es el mismo sacrificio que se actualiza en la tierra mientras Él ministra en el cielo, la Misa une la tierra con el cielo y nos lleva directamente a la presencia de Dios por medio de Jesús. Los Padres Apostólicos hablarán abundantemente de la Eucaristía como punto central de la vida
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Tema extraído de “La Pascua Eterna” de Frank Morera. Y “La Cena del Cordero” de Scott Hahn.

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cristiana. Ya Ignacio de Antioquia decía en su carta a los Filadelfos en el año 107 d.C. escribe: “Poned todo ahínco en usar una sola Eucaristía; porque una sola es la carne de Jesucristo y uno solo es el cáliz para unirnos con su sangre y un solo altar al igual que hay un solo Obispo”, luego entonces la Iglesia lleva celebrando por 2000 años como culto central de la Fe no un culto de sólo predicación, sino la Eucaristía, culto que tiene su raíz en la celebración Pascual del Pueblo Hebreo. San Justino, en el año 150 de nuestra era, describía como celebraban los cristianos la Eucaristía: “El día que se llama del sol, se celebra una reunión de todos los que habitan en las ciudades o en los campos, allí se leen en cuanto el tiempo lo permite, las memorias de los Apóstoles o de los Profetas; luego cuando el lector termina el presidente, generalmente el Obispo, hace una exhortación. Seguidamente nos levantamos todos a una y elevamos nuestras plegarias. Cuando se termina se ofrece pan y vino y el presidente según su inspiración eleva igualmente la plegaria eucarística y el pueblo responde Amén. Viene a continuación la distribución de la Eucaristía y su envío mediante los diáconos a los ausentes” Más o menos lo que se celebra hoy en todas las Iglesias Católicas del mundo. Entonces decimos que Jesús celebra la primera Eucaristía dentro de una cena Pascual Judía y de ella toma sus elementos el culto católico, de ello hablaremos más adelante. Ahora bien, esta cena Pascual Judía tenía un aspecto sacrificial, antes de comer el cordero este era sacrificado “en el templo” como señal de la redención de Israel… después venía la Cena, es por esto que la Iglesia desde tiempos inmemoriales ha llamado a la Eucaristía “sacrificio”. La Eucaristía es la renovación del sacrificio de Jesús en la cruz del Calvario… decimos renovación, no repetición… este sacrificio no se puede repetir, pues es único y suficiente. En la Eucaristía, de una forma misteriosa se renueva el mismo sacrificio, es por esto que la Iglesia le llama Sacramento, esta es la forma en que nos “conectamos” con el calvario y su poder redentor. Renovación quiere decir actualización de la salvación que Jesús nos da, sacrificio incruento (sin derramamiento de sangre), pero sacrificio al fin. El “memorial” del que habla Ex 12,14 “Este día (de Pascua) será para vosotros un memorial; lo celebraréis como fiesta del Señor; de generación en generación lo celebraréis como un rito perenne” es el que Jesús instituye en la Última Cena, el memorial de su Pascua, es decir, el rito que hará presente el Señor Jesús a los suyos “bajo los signos del pan y del vino” y hará presentes a los suyos el evento de su muerte y resurrección. Por eso Pablo dijo: “Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga.” 1 Cor 11,26, y de aquí recordamos lo que dijimos que el sacrificio sigue vigente hasta que Jesús salga del “Santo de los Santos” o sea de la presencia de Dios. El que Jesús hubiese sustituido el memorial pascual de la liberación de Egipto (cf. Ex 12:14; Dt 16:3; Sal 111:3) por el nuevo memorial de su muerte y resurrección liberadora, situaría, iluminadoramente, la cena de Jesús en el centro de la Historia de la Salvación. Las bendiciones de Dios para con el ser humano han sido posibles porque Dios “se ha acordado” del hombre; y viceversa, ante el recuerdo de esta bondad surge de lo profundo del hombre la bendición. Es decir, el intercambio de bendiciones (Dios-hombre, hombre-Dios) se desarrolla en un contexto de mutuo recuerdo. No es de extrañar, pues, que la noción de “recuerdo,” “memoria,” “memorial,” tenga un amplio desarrollo en Israel y nos haya sido transmitida en la Sagrada Escritura. Este memorial será particularmente sensible el judaísmo posterior: “En cada época, cada uno está obligado a considerarse como si él hubiese salido de Egipto. Porque se dice…” (Ex 13:8): “Ese día tú debes explicarle a tu hijo: con este fin ha actuado Yahveh en favor mío cuando salí de Egipto'. No sólo nuestros padres fueron redimidos por el Dios santo —bendito sea—, sino también nosotros con ellos, como dice la Escritura” (Dt 6:23). 12

Así, no puede extrañarnos que las condiciones de “recuerdo” y “memorial,” hayan tenido una gran importancia en el culto de la Iglesia primitiva, y particularmente en el de la Eucaristía. Hay que interpretar el mandato de Jesús “haced esto en memorial de mí”, la conmemoración no era una cosa que sucedía esencialmente en la memoria subjetiva del alma de los fieles. La misma celebración: acción de gracias, sacrificio, sacramento —en griego: mjsterion—, era una conmemoración, una anamnesis de la muerte de Jesús y de su resurrección, en que la Historia de la Salvación se hacía de nuevo presente por la conmemoración sacramental. Según lo anterior, el significado de las palabras de Jesús es que los discípulos deben repetir la Eucaristía, con todo lo que ella comporta de gestos y palabras, en memorial de Él, es decir, como memorial objetivo, constituido por la misma celebración, de su persona y misión. Es, por tanto, la comunidad quien celebra el memorial por mandato del Señor, como inmediatamente interpretará Pablo en 1 Cor 11:26. Jesús manda hacer esto en memorial de Él, de su persona y misión. Dicho de otro modo: por la celebración de la Eucaristía en memoria de Jesús, la celebración hace presente la persona de Cristo Salvador. Dios es amor. El amor de Dios es un amor que no sólo le lleva hacerse hombre y a morir por nosotros en el sacrificio del Calvario, sino también a renovar y actualizar ese mismo sacrificio en la Misa, para aplicarnos los méritos de su Pasión y de su Muerte. En los primeros siglos se escuchaban rumores de algún tipo de canibalismo dentro de los círculos cristianos; pero no era otra cosa más que la Eucaristía. Los no-cristianos veían a los cristianos realizar ritos secretos y extraños, de los cuales todo cristiano debía de ser muy discreto por la no aceptación que tenían en sus comunidades. ¿Qué escuchaban los no-cristianos? “«esto es mi Cuerpo... éste es el cáliz de mi Sangre... Si no coméis la Carne del Hijo del hombre y no bebéis su Sangre...»”, ¡duro para un nocristiano! La imaginación del no-cristiano se disparó, alimentada por pequeñas briznas de realidad, los no-cristianos sabían que ser cristiano era participar en unos ritos extraños y secretos. Ser cristiano era asistir en grupo a la partición del pan. Jesús nos da algunas pautas de cómo realizar la acción de gracias con los discípulos de Emaús, a los cuales primero les predica, les habla de las Escrituras, y luego siguen con la partición del pan (Lc 24,13-35); dos partes: liturgia de la palabra, liturgia eucarística (igual que la Misa). Esta era la centralidad de la iglesia primitiva, la Eucaristía, como lo dice Lucas en los Hechos de los Apóstoles: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones.” (2,42). A la clara luz de la Nueva Alianza, los sacrificios de la Antigua Alianza encuentran sentido como preparación para el único sacrificio de Jesucristo, nuestro Rey y Sumo Sacerdote en el santuario del cielo. Y es este único sacrificio el que ofrecemos, con Jesús, en la Misa. ¿Qué debemos de hacer para renovar la Alianza con Dios? «Si no coméis la Carne del Hijo del hombre y no bebéis su Sangre, no tenéis vida en vosotros» (Jn 6, 53). El sacrificio es una necesidad del corazón humano. Pero, hasta Jesús, ningún sacrificio podría ser suficiente. El Salmo 116,12 nos dice: «¿Cómo haré para devolver al Señor todo el bien que me ha hecho?» ¿Cómo, pues? Dios sabía perfectamente cuál debía ser nuestra respuesta: «Alzaré la copa de la salvación e invocaré el nombre del Señor» (Sal 116, 13). La carta de Pablo revela su preocupación por transmitir la forma precisa de la liturgia, en las palabras de la institución tomadas de la Última Cena de Jesús, «Porque yo recibí del Señor lo que a mi vez os he transmitido; que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan, y dando gracias, lo 13

partió y dijo: “Esto es mi Cuerpo que se da por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Asimismo también el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi Sangre. Cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria mía”» (1 Cor 11,23-25). Pablo subraya la importancia de la doctrina de la presencia real y ve terribles consecuencias en no creer: «todo el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio juicio» (1 Cor 11,29). El sacrificio de Holocausto era el sacrificio de ofrenda. Como se ve en Levítico 6,17-20 la víctima ofrecida por el pecado era sacrificada en el altar del Holocausto. Cristo Jesús se hizo Ofrenda por nuestra salvación sustituyéndonos en la Cruz y cargando nuestros pecados, en esta ofrenda, al igual que la ofrenda de comunión, la víctima era consumida totalmente y así se entraba en común-unión con el Dios de Israel. En nuestra Eucaristía, la víctima, nuestra ofrenda y sacrificio, tiene que ser consumida al igual que en el antiguo Israel. Hoy nuestra ofrenda no es de ovejas ni animales. Es Jesús el Señor, por eso nuestra comunión no es simbólica, como las víctimas de Israel no eran simbólicas, sino con la propia Víctima. Para el Hebreo y en la mentalidad semita es necesario entrar en comunión con el cuerpo si queremos establecer una comunión con el espíritu. La liturgia de la Iglesia primitiva manaba profundamente de los ritos y Escrituras del antiguo Israel, como lo hace nuestra propia liturgia hoy en día. Jesús constituyó la Misa durante la fiesta de Pascua. Su «acción de gracias» –su Eucaristía– completará, perfeccionará y sobrepasará el sacrificio pascual. Esta conexión era clara para la primera generación de cristianos, muchos de los cuales eran devotos judíos. A partir de Jesús, los primeros cristianos hablaron de la alianza con un realismo de carne y hueso. Contrastando implícitamente la nueva Alianza con la antigua, dijo Jesús, en su penúltima Pascua: «Moisés no os dio pan del cielo, es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo... Yo soy el pan de vida... si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo les daré es mi carne, vida del mundo» (Jn 6,32.35.51). Esto apuntaba a la comida de la alianza que Jesús serviría en su última Pascua. Pablo cuenta que, en aquella comida, Jesús mandó a sus discípulos: «Haced esto -caracterizar la alianza de la misma manera que lo hizo- en conmemoración mía» (l Cor 11, 25). La palabra griega que se traduce aquí por «conmemoración» tiene connotaciones mucho más fuertes en la antigua cultura hebrea. Dada su fuerza original, las palabras de Pablo evocan una «re-llamada», no sólo un recuerdo, sino una re-actualización, una re-presentación. Esta comida es sin lugar a dudas la Presencia Real de Jesucristo: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Pablo habla en otro lugar de la comida de la alianza con el mismo realismo. “«El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?»” (l Cor 10, 16). “«Así pues, quien come el pan y bebe e1 cáliz indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor ... Pues el que come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación»” (l Cor 11, 27. 29). En esta comida de la Nueva Alianza, salimos de las sombras de la metáfora para entrar en la misma imagen y realidad de la gloria de Dios. Nuestro parentesco con Dios es tan real que su misma sangre fluye por nuestras venas. Asimilamos su carne en la nuestra. En la comida de la Nueva Alianza, la familia de Dios come el cuerpo de Cristo y así se convierte en el cuerpo de Cristo. Así es como quiso Dios que nos hiciéramos hijas e hijos en su único Hijo eterno. “los hijos participan en la carne y en la sangre” (Heb 2,14), “conformados a la imagen de su Hijo” (Rom 8,29). Por la gracia somos imagen y semejanza de Dios, su familia de sangre. En conclusión, la Antigua Alianza fue concluida y sellada con un sacrificio, y así fueron inmolados y sacrificados corderos y esparcida su sangre en las puertas de las casas. La última cena pascual, en la que Cristo estableció el nuevo orden divino, fue sobre todo celebración rememorativa de la liberación 14

de Egipto. Jeremías, en su profecía menciona expresamente la alianza sellada durante la salvación de Egipto, a la que se pondría fin al concluirse la Nueva Alianza. Cristo opone su propia sangre, en la última cena, a la derramada al salir de Egipto y a la que anualmente se derrama al celebrar la memoria. Por encargo del Padre debe liberar a los hombres de la esclavitud del pecado, de la muerte y del demonio. El castigo divino pasará de largo para quienes estén sellados con la sangre de Cristo Jesús. Cristo confió a sus discípulos el encargo de celebrar en adelante una nueva fiesta rememorativa en lugar de la viejotestamentaria. Todo judío que no creyera en Cristo, debería tomar este encargo, que ponía fin a la Antigua Alianza, como algo radicalmente demoledor y blasfemo. Los discípulos que creían en Él, aceptaron el encargo y lo cumplieron. En la Misa el sacrificio de Cristo se re-presenta, es decir, se vuelve a hacer presente visiblemente “de acuerdo con nuestra naturaleza humana”, para que nosotros podamos participar en Él mediante un rito sagrado, un signo eficaz (o sea: un sacramento) que tiene el mismo valor y transmite el mismo don que aquello que representa. Lo que se repite en la Misa no es el sacrificio de Cristo, sino la celebración sacramental de ese único sacrificio. Y esto lo hacemos no porque a Cristo le faltara algo, sino por nuestra limitada capacidad de comprensión y de aceptación de los dones de Dios. La Eucaristía es sacrificio en cuanto que es memorial, es decir, en cuanto que hace presente el sacrificio glorioso de Cristo en la cruz y ofrecido por la Iglesia al Padre. No es un nuevo sacrificio, sino la presencialización sacramental del único sacrificio de Cristo. El tema de la presencia real de Jesús en la Eucaristía lo veremos con más detalle más adelante. LA LITURGIA CELESTIAL4 El “Apocalipsis”, ¿podría Dios haber inspirado realmente el Apocalipsis de Juan de tal modo que estuviese inactivo al final de la Biblia, extraño e inexplicable, durante veinte siglos, hasta que se cumpliese el tiempo y empezasen a suceder los cataclismos? No, el Apocalipsis estaba previsto para revelar, y sus revelaciones deben servir para los cristianos de todos los tiempos, incluidos sus lectores originales del siglo I. Los futuristas, en toda su variedad, no agotaron las perspectivas de interpretación del libro del Apocalipsis. Algunos (llamados «idealistas») pensaron que todo el libro era sencillamente una metáfora de las luchas de la vida espiritual. Otros pensaron que el Apocalipsis perfilaba un plan para la historia de la Iglesia. Los padres de la Iglesia se referían frecuentemente a algo que los no-católicos conocen como “la liturgia”. Esta liturgia parece incorporar muchos de los pequeños detalles del Apocalipsis. Muchos de los padres habían conectado explícitamente la Misa y el libro del Apocalipsis. De hecho para los primeros cristianos el libro del Apocalipsis era incomprensible separado de la liturgia. En sí se puede ver el sentido que tienen el altar del Apocalipsis (Apoc 8,2 “Vi entonces a los siete Ángeles que están en pie delante de Dios; les fueron entregadas siete trompetas.”) sus sacerdotes revestidos (4,4 “Vi veinticuatro tronos alrededor del trono, y sentados en los tronos, a veinticuatro Ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro sobre sus cabezas.”) velas (1,12 “Me volví a ver qué
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Del libro “La Cena del Cordero” de Scott Hahn.

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voz era la que me hablaba y al volverme, vi siete candeleros de oro,”), incienso (5,8 “Cuando lo tomó, los cuatro Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos.”), maná (2,17 “El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias: al vencedor le daré maná escondido; y le daré también una piedrecita blanca, y, grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe.”), cálices (cap. 16), culto dominical (1,10 “Caí en éxtasis el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz, como de trompeta, que decía:”) la importancia que da a la Virgen María (12,1-5), el «Santo, santo, santo» (4,8 “Los cuatro Vivientes tienen cada uno seis alas, están llenos de ojos todo alrededor y por dentro, y repiten sin descanso día y noche:«Santo, Santo, Santo, Señor, Dios Todopoderoso, "Aquel que era, que es y que va a venir".»”) el Gloria (15,3-4), la señal de la cruz (14,1), el Aleluya (19,1.3.6), las lecturas de la Sagrada Escritura (cap. 2-3), y el «Cordero de Dios» (muchas, muchas veces). No son interrupciones de la narración o detalles incidentales; son la verdadera sustancia del Apocalipsis. Si fuéramos judeocristianos de habla griega de tiempos de Juan, que viviésemos en las ciudades de la provincia romana de Asia, probablemente conoceríamos la topografía de Jerusalén por nuestras peregrinaciones regulares. Para los lectores de Juan, Jerusalén era sumamente importante. Era la capital y el centro económico del antiguo Israel, así como el eje cultural y académico de la nación. Pero, sobre todo, Jerusalén era el corazón espiritual del pueblo israelita. Intenta imaginarte una ciudad moderna que combinase Washington, D.C., Wall Street, Oxford y el Vaticano. Eso era Jerusalén para un judío del siglo I. Dentro de Jerusalén, nuestro sentimiento de afecto más profundo sería por el Templo, centro de la vida religiosa y cultural de los judíos de todo el mundo. Jerusalén no era tanto una ciudad con un Templo, más bien un Templo con una ciudad construida a su alrededor. Para los judíos piadosos, más que un lugar de culto, el Templo era como un modelo a escala de toda la creación. De la misma manera que el universo fue hecho para ser el santuario de Dios, con Adán sirviéndole como sacerdote, así el Templo existía para restaurar este orden, con los sacerdotes de Israel sirviendo ante el Santo de los santos. Como judíos cristianos, reconoceríamos inmediatamente el Templo en la descripción del cielo que hace el Apocalipsis. En el Templo, como en el cielo de Juan, la menoráh (siete candeleros de oro, Apoc 1,12 “Me volví a ver qué voz era la que me hablaba y al volverme, vi siete candeleros de oro,”) y el altar del incienso (8,3-5) estaban delante del Santo de los santos. En el Templo, adornaban las paredes cuatro querubines tallados, como las cuatro criaturas vivientes sirven ante el trono en el cielo de Juan. Los veinticuatro “ancianos” (en griego, presbyteroi, de donde proviene en español “presbíteros”) del Apocalipsis 4,4, eran una réplica de las veinticuatro divisiones sacerdotales que oficiaban a lo largo del año en el Templo. El “mar transparente como el cristal” (Apoc 4,6 “Delante del trono como un mar transparente semejante al cristal.”) era la gran piscina de bronce pulido del Templo, con capacidad para 50.000 litros de agua. En el centro del Templo del Apocalipsis, como en el Templo de Salomón, estaba el Arca de la Alianza (Apoc 11,19 “Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario, y se produjeron relámpagos, y fragor, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada.”). El Apocalipsis era una revelación del Templo, pero, para los judíos piadosos y los judíos convertidos al cristianismo, revelaba mucho más. Pues el Templo y su ornamentación apuntaban a realidades más altas. Al igual que Moisés ( Ex 25,9 “Lo haréis conforme al modelo de la Morada y al modelo de todo su mobiliario que yo voy a mostrarte.”), el rey David había recibido de Dios mismo el plan del Templo: «todo esto me ha llegado escrito por la mano del Señor, para hacerme comprender todos los detalles del modelo» (1 Cro 28,19). El Templo tenía que ser construido a imitación de la corte celestial: «me 16

mandaste edificar un Templo en tu santo monte y un altar en la ciudad de tu morada, a imitación de la tienda santa que preparaste al principio» (Sab 9,8). Según antiguas creencias judías, el culto del Templo de Jerusalén era un reflejo del culto de los ángeles en el cielo. El sacerdocio levítico, la liturgia de la alianza, los sacrificios representaban difusamente modelos celestiales. El libro del Apocalipsis apuntaba a algo diferente, a algo más. Mientras que Israel rezaba a imitación de los ángeles, la Iglesia del Apocalipsis daba culto junto con los ángeles (19,10). Mientras que los sacerdotes eran los únicos autorizados para estar en el lugar santo del Templo de Jerusalén, el Apocalipsis mostraba una nación de sacerdotes (5,10; 20,6) que moran siempre en la presencia de Dios. En adelante ya no habría un arquetipo celestial y una imitación terrena. El Apocalipsis revelaba ahora un único culto, ¡compartido por hombres y ángeles! Los especialistas no se ponen de acuerdo en cuándo fue escrito el libro del Apocalipsis; las hipótesis abarcan desde finales de los años 60 hasta finales de los 90 d.C. Casi todos están de acuerdo, sin embargo, en que las medidas del Templo que da Juan (Apoc 11,1 “Luego me fue dada una caña de medir parecida a una vara, diciéndome: «Levántate y mide el Santuario de Dios y el altar, y a los que adoran en él.”), apuntan a una fecha anterior al 70, puesto que después del año 70 no habría habido Templo que medir. El culto de los sacrificios de la Antigua Alianza encontró su final definitivo con la destrucción del Templo, cuando el año 70 d.C. fue arrasada Jerusalén. Para los judíos de todo el mundo, este acontecimiento supuso un cataclismo, que prefiguraba el juicio final del «templo cósmico» al final de los tiempos. Después del año 70, ya no se elevaría el humo de los corderos sacrificados. Las legiones romanas habían reducido a escombros calcinados la ciudad y el santuario que habían dado sentido a las vidas de los judíos de Palestina y del extranjero. Lo que describe Juan en su visión fue nada menos que la desaparición del mundo antiguo, la antigua Jerusalén, la antigua Alianza, y la creación de un nuevo mundo, una nueva Jerusalén, una nueva Alianza. Es difícil no oír los ecos del Evangelio de Juan: «destruid este Templo, y en tres días lo reedificaré» (Jn 2,19). «Llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre [...], en que los verdaderos adoradores darán culto al Padre en espíritu y verdad» (Jn 4,21.23). En el Apocalipsis, estas predicciones se cumplen, cuando se desvela que el nuevo Templo es el Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia, y cuando el culto «en el Espíritu» ocupa su lugar en la nueva Jerusalén del cielo. De igual modo, es fácil comprender por qué los primeros cristianos consideraron tan significativo, teológica y litúrgicamente, el velo roto del Templo. El velo se rasgó en el preciso momento en que se rasgó decisivamente el Cuerpo de Cristo. Mientras Jesús completaba la ofrenda terrena de su Cuerpo, Dios se aseguró de que el mundo supiera que el velo había sido removido «del Templo». Cada uno ahora –reunidos todos juntos en la Iglesia– podrá entrar a su presencia en el día del Señor. «Por tanto, hermanos, como tenemos la confianza de entrar en el Santuario por la Sangre de Jesús, por el camino reciente y vivo que él nos abrió a través de la cortina (o velo), es decir, de su Carne [...], estemos pendientes unos de otros para estimularnos a la caridad y a las buenas obras, sin abandonar nuestras propias reuniones [...], sino animándonos tanto más cuanto más cercano veis el Día» (Heb 17

10,19-20.24-25). «En el Espíritu el día del Señor», Juan vio algo más radical que lo que ninguna narración o discusión podría expresar. Vio aquella parte del mundo que ya había sido transformada en un cielo nuevo y una tierra nueva. La Presencia. En griego, la palabra es parousía, y expresa uno de los temas clave del libro del Apocalipsis. En los últimos siglos, los intérpretes la han usado casi en exclusiva para referirse a la segunda venida de Jesús al final de los tiempos. Es la única definición que encontrarás en la mayoría de los diccionarios. Pero no es su primer significado. El significado primario de parousía es una presencia real, personal, viva, permanente y activa. En la última línea del Evangelio de San Mateo, Jesús promete: «yo estaré con vosotros siempre» A pesar de nuestras redefiniciones, el Apocalipsis capta ese poderoso sentido de la inminente presencia de Jesús: su venida que tiene lugar ahora mismo. El Apocalipsis nos muestra que Él está aquí en plenitud –en soberanía, en juicio, en guerra, en sacrificio sacerdotal, en Cuerpo y Sangre, alma y divinidad– dondequiera que los cristianos celebren la Eucaristía. No podemos descartar esta interpretación como si se tratara de piadosos deseos de un puñado de santos y eruditos. Porque la idea de la Misa como «el cielo en la tierra» es ahora la enseñanza explícita de la fe católica. La encontrarás, por ejemplo, en varios lugares de la exposición más básica de la fe católica, el Catecismo de la Iglesia Católica: «Realmente, en una obra tan grande [la liturgia] por la que Dio es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a la Iglesia, su Esposa amadísima, que invoca a su Señor y por Él rinde culto al Padre Eterno”... la cual [la liturgia] participa en la liturgia celestial» (n. 1136). ¡Nuestra liturgia participa en la liturgia celestial! ¡Eso dice el Catecismo! Y aún hay más: «La liturgia es “acción” del “Cristo total” [...]. Los que desde ahora la celebran participan ya, más allá de los signos, de la liturgia del cielo [...]» (n. 1136). Si queremos encontrarle sentido al Apocalipsis, tenemos que aprender a leerlo con un imaginación sacramental. Cuando volvamos a examinar estas cuestiones, ahora con nuevos ojos de fe, veremos el sentido que hay entre las cosas extrañas del Apocalipsis; veremos la gloria escondida en lo mundano, cuando vayamos a Misa el próximo domingo. En la nueva economía algunas cosas habían sido claramente reemplazadas. Israel marcaba su Alianza mediante la circuncisión de los niños al octavo día; la Iglesia sellaba la Nueva Alianza por el bautismo. Israel celebraba el sábado como día de descanso y de culto; la Iglesia celebraba el día del Señor, el domingo, el día de la Resurrección. Israel conmemoraba la antigua Pascua una vez al año; la Iglesia actualizaba la Pascua definitiva de Jesucristo en su celebración de la Eucaristía. Pero Jesús no se propuso acabar con todo lo que había en la Antigua Alianza; por eso mismo estableció la Iglesia. Él vino a intensificar, internacionalizar e interiorizar el culto de Israel. Por eso, la encarnación daba una mayor significación a muchos de los rasgos de la Antigua Alianza. Por ejemplo, en adelante ya no habría en la tierra un santuario central; el Apocalipsis muestra que Cristo Rey tiene su trono en el cielo, donde actúa como Sumo Sacerdote en el Santo de los santos. Pero, ¿quiere esto decir 18

que la Iglesia no puede tener edificios, personal, cirios, cálices u ornamentos? No. La rotunda respuesta del Apocalipsis es que podemos tener todas esas cosas... todas esas cosas, y también el cielo. Más todo el mundo sabía dónde encontrar Jerusalén. ¿Dónde podrían encontrar el cielo? Al parecer no demasiado lejos de la antigua Jerusalén. La carta a los Hebreos dice: «pero habéis venido al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, a la reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos; y a Dios, juez de todos, y a los espíritus de los justos que han sido consumados, a Jesús, mediador de una alianza nueva, y a la sangre de la aspersión, que habla, mejor que la de Abel» (Heb 12,22-24). Ese pequeño párrafo resume netamente todo el Apocalipsis: la comunión de santos y ángeles, el banquete, el juicio y la Sangre de Cristo. Pero ¿dónde nos deja? En el mismo sitio en que lo hizo el Apocalipsis: «entonces miré y he aquí que sobre el monte Sión estaba de pie el Cordero, y con Él ciento cuarenta y cuatro mil que tenían escrito en la frente el nombre de Él y el de su Padre» (Apoc 14,1). Vamos al cielo... no sólo cuando morimos, o cuando vamos a Roma, o peregrinamos a Tierra Santa. Vamos al cielo cuando vamos a Misa. No se trata meramente de un símbolo, de una metáfora, de una parábola, ni una figura retórica. Es algo real. En el siglo IV, San Atanasio escribió: «mis queridos hermanos, no venimos a un banquete temporal, sino a un festín eterno y celestial. No lo vemos entre sombras; nos acercamos a él en realidad». El cielo en la tierra...: ¡ésa es la realidad! ¡Ahí es donde estuviste y donde cenaste el domingo pasado! Párate a considerar en qué quería el Señor que pensases. Fíjate en las invitaciones que hace desde el libro del Apocalipsis: «el que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias: al vencedor le daré del maná escondido» (2,17)5. ¿Qué es el maná escondido? Recuerda la promesa que hizo Jesús cuando habló del «maná» en el Evangelio de Juan: «vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, y el que coma de él no morirá. Yo soy el pan de vida que ha bajado del cielo» (6,49-51). El maná era el pan de cada día del Pueblo de Dios durante su peregrinación por el desierto. Jesús está ofreciendo algo más grande y su invitación es muy concreta: «mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y comeré con él y él conmigo» (3, 20). Así que Jesús tiene en mente una comida de verdad; quiere compartir el maná escondido con nosotros y Él es el maná escondido. En Apocalipsis 4,1, vemos también que se trata de algo más que de una cena íntima para dos. Jesús estaba a la puerta y llamó, y ahora la puerta está abierta. Juan entra en «el Espíritu» y ve sacerdotes, mártires y ángeles reunidos alrededor del trono del cielo. Con Juan, descubrimos que el banquete del cielo es una comida de familia.
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El maná, junto con el árbol de la vida y el agua de la vida, vendrán como a formar el alimento de inmortalidad para los elegidos. En el cuarto evangelio, el maná es símbolo de la Eucaristía. También aquí San Juan parece referirse al alimento espiritual que es la Eucaristía, como reconocen casi todos los intérpretes. La Eucaristía es el alimento que da la verdadera vida, y se opone a los ídolos que dan la muerte. La piedrecita blanca — el blanco es color de victoria y de alegría — es una imagen tomada probablemente de los billetes de entrada — tessera — a los teatros, a los banquetes, que solían llevar un nombre mágico grabado. Esta piedrecita blanca dada a los cristianos fieles simboliza el billete para entrar y tomar parte en el banquete celestial, en el reino de los cielos. El nombre nuevo, que va escrito sobre la piedrecilla, alude probablemente a un nombre de Cristo (JHS). Solamente el que posee ese nombre conoce su sentido, y únicamente será gustado por los fieles que han triunfado. Con esto se quiere poner más de realce, posiblemente, un lazo mucho más íntimo entre Cristo y el alma del cristiano. Sería la experiencia íntima y personal que el cristiano tenga de Jesucristo. Sólo aquel que la sienta podrá darse cuenta de ella: es un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe (v.17).

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Ahora, con ojos de fe –y “en el Espíritu”–, empecemos a ver que el Apocalipsis nos invita a un banquete celestial, a un abrazo de amor, a Sión, a juicio, a una batalla,… a Misa. A través de San Juan, Dios reveló su juicio sobre la vieja Jerusalén, juicio relativo a la Alianza. La ciudad se había atraído la ira por su infidelidad, por crucificar al Hijo de Dios y por perseguir a la Iglesia. Sabiendo esto, los cristianos podían ver el contexto de su propia persecución, y podían entender por qué no debían seguir mirando a la vieja Jerusalén en busca de ayuda y salvación. Ahora tenían que mirar a la nueva Jerusalén que, ante los ojos de Juan, estaba descendiendo del cielo. ¿Dónde está tomando tierra? En el monte Sión, donde Jesús había comido su última Pascua e instituido la Eucaristía. El monte Sión, en el que había descendido el Espíritu Santo sobre los Apóstoles en Pentecostés. El monte Sión, donde hasta el año 70 se reunían los cristianos para celebrar la Eucaristía... y donde el Cordero estaba de pie con el resto fiel de Israel (cf. Apoc 14, 1), que fue sellado con vistas a la inminente destrucción. La nueva Jerusalén venía a la tierra, entonces como ahora, en el lugar donde los cristianos celebraban la cena del Cordero. En la Misa, los primeros cristianos encontrarían fuerza en medio de la persecución. La ayuda y la salvación de la Iglesia llegarían del único y perpetuo sacrificio de Jesucristo. La Misa es donde los cristianos unían sus fuerzas con los ángeles y los santos para dar culto a Dios, como nos muestra el libro del Apocalipsis. Es en la Misa donde la Iglesia ha recibido el «maná escondido» como sustento en tiempos de tribulación (cf. Apoc 2, 17). Es en la Misa donde las oraciones de los santos que están en la tierra se elevan como incienso para unirse a las oraciones de los ángeles en el cielo: y son estas oraciones las que alteraron el rumbo de las batallas y el curso de la historia. Ése es el plan de la batalla del Apocalipsis. Así es como los cristianos prevalecieron sobre enemigos aparentemente imbatibles, en Jerusalén y en Roma. La Iglesia es el ejército del Cordero, las fuerzas de Sión preservadas de la destrucción de Jerusalén. El ejército del Cordero saca fuerzas del banquete del cielo. Una alianza es un lazo sagrado de familia. Podemos ver que Dios por sus alianzas con Adán, Noé, Abrahán, Moisés, David y Jesús extendió gradualmente esa relación de familia a más y más gente. Con cada alianza venía una ley; pero éstas no eran actos arbitrarios de poder; eran expresiones de sabiduría y amor paternos. Todo hogar sano tiene, al fin y al cabo, unas pautas claras de los comportamientos que se consideran aceptables o inaceptables. Pero, por encima de esto, la ley de Dios nos hace capaces de amar como Él se ama, de crecer en nuestra imitación de esa «familia divina» que es la Santísima Trinidad. Porque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven eternamente en paz y comunión perfectas. Si la alianza de Dios nos hace su familia, entonces el pecado significa algo más que una ley rota. Significa vidas rotas y un hogar roto. El pecado proviene de nuestro rechazo de guardar la Alianza, nuestro rechazo de amar a Dios tanto como Él nos ama. A través del pecado, abandonamos nuestra situación de hijos de Dios. El pecado mata la vida divina en nosotros. La Pascua, la Eucaristía y la liturgia del cielo, por tanto, son espadas de doble filo. Mientras que los cálices de la Alianza dan la vida a los fieles, implican la muerte segura para los que rechazan la Alianza. En la Nueva Alianza, como en la Antigua, Dios da al hombre la elección entre vida y muerte, bendición o maldición (cf. Dt 30, 19). Elegir la Alianza es elegir la vida eterna en la familia de Dios. Rechazar la Nueva Alianza en la Sangre de Cristo es elegir la propia muerte. Jerusalén hizo esa elección, en la Pascua del año 30. Al tiempo de esa Pascua, Jesús predijo el fin del mundo en términos 20

terribles y dijo: «verdaderamente, esta generación no pasará hasta que estas cosas tengan lugar» (Mt 24,34). Para los antiguos, una generación (en griego, genea) eran cuarenta años. Y cuarenta años después, el año 70, terminó un mundo con la caída de Jerusalén. Sin embargo, la Misa no se encuentra únicamente en pequeños detalles seleccionados. Se encuentra también en el gran esquema. Podemos ver, por ejemplo, que el Apocalipsis, como la Misa, se divide netamente en dos mitades. Los once primeros capítulos se dedican a la proclamación de las cartas a las siete Iglesias y a la apertura del libro. Este énfasis en las «lecturas» hace de la primera parte una copia exacta de la liturgia de la palabra. Significativamente, los tres primeros capítulos del Apocalipsis forman una especie de rito penitencial; en las siete cartas a las Iglesias, Jesús usa ocho veces la palabra «arrepentimiento». Incluso el comienzo de Juan supone que el libro será leído en voz alta por un lector en la asamblea litúrgica: «bendito el que lea en voz alta las palabras de esta profecía, y benditos los que la oigan» (Apoc 1,3). La segunda mitad del Apocalipsis comienza en el capítulo 11 con la apertura del Templo de Dios en el cielo, y culmina con el derramamiento de los siete cálices y la cena nupcial del Cordero. Con la apertura del cielo, los cálices y el banquete, la segunda parte ofrece una extraordinaria imagen de la liturgia eucarística. Sospecho que Dios reveló el culto celestial en términos terrenos para que los humanos que, por primera vez, estábamos invitados a participar del culto del cielo pudiéramos saber cómo hacerlo. No pretendo decir que la Iglesia se siente a esperar que el Apocalipsis caiga del cielo, para que los cristianos sepan cómo dar culto. No, los Apóstoles y sus sucesores habían celebrado la liturgia por lo menos desde Pentecostés. Pero el Apocalipsis tampoco es simplemente un eco de una liturgia ya establecida, una proyección en el cielo de lo que estaba sucediendo en la tierra. El Apocalipsis es un desvelamiento; ése es el significado literal de la palabra griega apokalypsis. El libro es una visión que refleja y revela una norma. Con la destrucción de Jerusalén, la Iglesia estaba dejando definitivamente atrás un hermoso templo, una ciudad santa y un venerable sacerdocio. Sí, los cristianos estaban abrazando una Nueva Alianza, que en cierta manera concluía la antigua, pero que de alguna manera también la incluía. ¿Qué debían llevar consigo del antiguo culto al nuevo? ¿qué debían dejar atrás? El Apocalipsis les daba una guía. Mira, Dios hace nuevas todas las cosas. El Apocalipsis no es tan raro como parece y la Misa es más rica de lo que hemos soñado nunca. El Apocalipsis es tan familiar como la vida misma; e incluso la Misa más gris se encuentra de repente tachonada de oro y joyas relucientes. Esto es lo que fue desvelado en el libro del Apocalipsis: la unión del cielo y la tierra, consumada en la Sagrada Eucaristía. La primera palabra del libro resulta muy sugerente. El término apocalypsis, traducido normalmente por “revelación”, significa literalmente “descorrer un velo, desvelar”. En tiempos de Juan, los judíos utilizaban habitualmente apocalypsis para describir parte de sus festejos nupciales que duraban una semana. El apocalypsis era levantar el velo de la novia virgen, rito que tenía lugar inmediatamente antes de que se consumara el matrimonio mediante la unión sexual. Y eso es lo que quiere decir San Juan. Tan fuerte es la unión del cielo y la tierra que es como la unión fecunda y extasiada del amor de un esposo y su esposa. San Pablo describe a la Iglesia como la Esposa de Cristo (Efesios 5)... y el Apocalipsis levanta el velo de esa esposa. El clímax del Apocalipsis, entonces, es la comunión de la Iglesia y Cristo: la cena nupcial del Cordero (Apoc 19, 9). Desde ese momento, el hombre se alza de la tierra para dar culto en el cielo. «Entonces caí a los pies [del ángel] 21

para adorarle», escribe San Juan, «pero me dijo: “¡no lo hagas! Yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos que mantienen el testimonio de Jesús”» (Apoc 19, 10). Recuerda que la tradición de Israel tenía siempre a hombres que ejercían el culto a imitación de los ángeles, Ahora, como nos muestra el Apocalipsis, cielo y tierra participan juntos en un único acto de culto amoroso. Este Apocalipsis o desvelamiento nos remite al pasado, a la cruz, San Mateo señala que al morir Jesús, «la cortina [o velo] se rasgó en dos, de arriba abajo» (27, 51). Por eso, el santuario de Dios fue «apocaliptizado», desvelado, y su morada ya no estaría reservada únicamente al sumo sacerdote. La redención de Jesús quitó el velo del Santo de los santos, abriendo la presencia de Dios a todos los hombres. Cielo y tierra podían ahora unirse en un íntimo abrazo de amor. Ir a Misa es recibir la plenitud de la gracia, la vida misma de la Trinidad. Ningún poder del cielo o de la tierra puede darnos más de lo que recibimos en Misa, pues recibimos a Dios dentro de nosotros mismos. No debemos subestimar estas realidades. En la Misa Dios nos ha dado su misma vida. No se trata simplemente de una metáfora, un símbolo o un anticipo. Tenemos que ir a Misa con ojos y oídos, mente y corazón, abiertos a la verdad que se nos presenta delante, la verdad que se eleva como incienso. La vida de Dios es un don que tenemos que recibir adecuadamente y con gratitud. Nos da la gracia como nos ha dado el fuego y la luz, que, mal usados, pueden quemarnos o cegarnos. De modo parecido, la gracia recibida indignamente nos expone a un juicio y a consecuencias mucho más graves. En cada Misa, Dios renueva su Alianza con cada uno de nosotros poniendo ante nosotros vida y muerte, bendición y maldición. Tenemos que elegir para nosotros la bendición y rechazar la maldición, y tenemos que hacerlo desde el mismo comienzo. En la Misa no eres simplemente un espectador. Eres un participante. Tuya es la alianza que vas a renovar. Tuya es la alianza que Jesús mismo renovará, aquí y ahora. La Misa es nuestra perpetua renovación de la Nueva Alianza. Es un juramento solemne que haces ante innumerables testigos, como en la sala de justicia del Apocalipsis. «Por eso con todos los coros angélicos cantamos [...]». Cuando el cielo baja a la tierra, recibes el privilegio de rezar junto a los ángeles. Pero recibes también la obligación de vivir con arreglo a tus oraciones. Esos mismos ángeles te harán responsable de cada palabra que reces. Fuimos hechos como criaturas de la tierra, pero fuimos hechos para el cielo, nada menos. Fuimos hechos en el tiempo, como Adán y Eva, pero no para permanecer en un paraíso terrenal, sino para ser llevados a la vida eterna de Dios mismo. Ahora, el cielo ha sido desvelado para nosotros con la muerte y resurrección de Jesucristo. Ahora se da la Comunión para la que Dios nos ha creado. Ahora, el cielo toca tierra y te espera. Jesucristo mismo te dice: «mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré a él y comeré con él y él conmigo» (Apoc 3, 20). Tenemos que estar como San Juan en Patmos, cuando oyó la voz desde el cielo que decía: «subid aquí» (Apoc 11, 12). Esto es lo que significa «levantemos el corazón». Quiere decir abrir el corazón al cielo que está ante nosotros, como lo hizo San Juan. Levantad el corazón, pues, al culto en el Espíritu. Porque en la liturgia, dice el Liber Graduum del siglo IV: «el cuerpo es un templo escondido, y el corazón es un altar escondido para el culto en Espíritu». Sin embargo, ante todo tenemos que esforzarnos por recogernos. San Cirilo sigue: «pero que nadie de vosotros se halle presente, y cuando diga “lo tenemos levantado hacia el Señor”, tenga su mente 22

ocupada con las preocupaciones de esta vida. Porque en todo tiempo deberíamos estar pensando en Dios, mas si esto nos es imposible por nuestra flaqueza, esforcémonos por lo menos en estos momentos por mantener nuestra atención» La puerta se abre ahora a la cena nupcial del Cordero

¿CÓMO SER IGLESIA? Jesús oró diciendo: “No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su
palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.” Jn 17,20-23 y Pablo nos lo repite en la primera carta a los corintios en 1,10: “ Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que tengáis todos un mismo hablar, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio.” ¿Cómo cumplir esto entre los cristianos?

La Eucaristía es signo eficaz de unidad. El pan eucarístico no es una multitud de granos convertida en unidad sino que todos los que comulgamos de ese pan somos una unidad, así lo explicaron los apóstoles al dejarnos el escrito más confiable que se tiene, la Didaché (o Escrito de los Apóstoles), pautas de los mismos apóstoles que data del siglo I y que nos dice en 9,4: “Del mismo modo que este pan partido estaba disperso en los campos y, después de recogido, se convirtió en uno solo, así tu Iglesia se unifique en tu Reino desde todos los confines de la tierra”, y Pablo en 1 Cor 10,16-17 nos dice: “La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan
que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan.”

Así la Eucaristía, aunque se celebre en muchos lugares y templos diversos, es una, y una por consiguiente es la Iglesia, aunque los fieles se reúnan en lugares y templos diferentes para celebrarla. Por eso también, los cristianos, que viven separados en el tiempo y en el espacio, forman a través de ella un único pueblo de Dios, una única Iglesia. En otras palabras, cada vez que un grupo de cristianos se reúne para celebrar el misterio eucarístico, actúan como una célula viva, como parte de todo el cuerpo de la Iglesia, y en él está presente toda la Iglesia. Jesús dijo en Jn 6,56 “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.”; por eso en la Eucaristía, y por medio de ella, se realiza la unión de los cristianos con Cristo y entre ellos, creándose así la unidad de la Iglesia. Es una unidad que se forma en el cuerpo “ofrecido” y en la sangre “derramada”, es decir, en la muerte de Jesús, que la Eucaristía hace presente a lo largo de los siglos en el misterio del pan y del vino

LA PRESENCIA REAL DE JESÚS EN LA EUCARISTÍA En la comida de la Pascua era sacrificado un cordero, macho y sin defectos. Desde antiguo se ha considerado este cordero prefigura de Jesucristo. Este cordero se debía comer completo en la cena 23

Pascual. La Eucaristía es Nuestra Cena Pascual, en ella el cordero no puede ser una representación, es el mismo cordero el que se ingiere. Acordémonos que la Eucaristía fue preanunciada varias veces en el Antiguo Testamento: • --Salomón en el libro de los Proverbios nos dice: "La Sabiduría ha edificado su casa con siete columnas (los siete sacramentos), preparó una mesa y envió a sus criados a decir: "Venid, comed el pan y bebed el vino que os he preparado" (Proverbios 9,1). Construida la casa, prepara el banquete: hace matar las víctimas y mezcla el vino. Ninguna de las dos cosas puede faltar en un banquete. Este, que simboliza a veces en la Sagrada Escritura el reino de los cielos, es aquí figura de los bienes que comunica la sabiduría. Los últimos versos dan la clave para la interpretación de la alegoría: el pan y vino que ofrece la sabiduría son la instrucción que enseña al arte de ser feliz, contenida en las sentencias del libro. Esta alegoría, cuyo sentido literal queda expuesto, se presta, más que ninguna otra, a acomodaciones y sentidos místicos, ya que el paralelismo con realidades del Nuevo Testamento no puede ser mayor. Los Padres han hecho muchas acomodaciones de sus diversos elementos. Basados en ellas, podemos proponer las siguientes: la casa, en un sentido místico, puede significar “el cuerpo” que Jesucristo tomó en la encarnación (San Atanasio, San Agustín, San Gregorio Magno), O el seno virginal de María, que le sirvió de tabernáculo, sentido íntimamente unido con el primero (San Gregorio Niseno, Teodoreto, San Bernardo). Siguiendo la línea de los versos siguientes, podríamos decir que la gran casa edificada por la Sabiduría es el Cuerpo místico de Jesucristo, la Iglesia. Las siete columnas podrían ser tipo de los siete dones del Espíritu Santo, con que enriquece las almas, o de los siete sacramentos, por medio de los cuales da la vida a las almas. De las víctimas comenta Lesétre: “Esta inmolación es principalmente la del Hijo de Dios sobre la cruz de modo cruento; en el cenáculo y en el altar, de modo incruento... La Iglesia, observa, adoptando y repitiendo este paso en el Oficio del Santísimo Sacramento de la Eucaristía, no hace más que reproducir el pensamiento general de los Padres”. El vino mezclado evoca el que, mezclado con agua, utilizó Jesús en la noche de la cena y el que, con las gotas de agua, se utiliza cada mañana en nuestros altares para la consagración. La mesa evoca el altar, sobre el que se coloca el pan y el vino, que, convertidos en el cuerpo y sangre de Cristo, sirve de alimento a las almas que se acercan a él para participar del banquete eucarístico. El pan y el vino, en la nueva alianza, son la palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura, alimento espiritual de la inteligencia, y el cuerpo y sangre de Jesucristo, alimento real del alma, sin el cual ésta no puede vivir. En la tradición sapiencial, el banquete de la sabiduría es presentado como un principio de restauración del ser humano y de restauración de la alianza (cf. Sal 118:103; Prov 9:1-6; Eclo 24:19-21). No olvidemos que la alianza del Sinaí se cerró también con un banquete, en que Moisés y los ancianos “comieron y bebieron” ante Yahveh (Ex 24:11). Jesús dijo: “Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14:25; cf. Mt 26:29; Lc 22:16-18). ¿Qué vino nuevo? La celebración eucarística de la Iglesia se presenta como una inauguración ya ahora, en virtud de la efusión del Espíritu, del banquete definitivo con el Señor. Es ciertamente ya un banquete del Reino; pero en un Reino que, si bien ha comenzado, todavía no está plenamente instituido, pues esto solamente acaecerá en la hora de la parusía, con su plena instauración. • --El profeta Zacarías predijo la fundación de la Iglesia como una abundancia de bienes espirituales, y habló del "trigo de los elegidos y del vino que hace germinar la pureza" (Zacarías 9,17). • --El profeta Malaquías, hablando de las impurezas de los sacrificios de la ley antigua, puso en boca 24

de Dios este anuncio del sacrificio de la nueva ley: "Desde donde sale el sol hasta el ocaso, grande es mi nombre entre las gentes, y en todo lugar se sacrifica y ofrece a mi nombre una oblación pura" (Malaquías 1,10ss). La interpretación más obvia en el contexto es suponer que el profeta piensa en un nuevo estado de cosas en los tiempos mesiánicos, pues habla de cerrar las puertas del templo y de la sustitución del sacrificio tradicional de Jerusalén por una oblación pura. En este supuesto, la profecía de Malaquías encuadra bien en el universalismo de otras profecías en las que se habla de la entrada de los gentiles en la comunidad judía para participar de la Ley y culto de Yahvé. El anuncio, pues, de Malaquías es mesiánico, ya que proclama un nuevo estado de cosas desde el punto de vista cultual. La ley de la unicidad del culto será abrogada, y un nuevo culto (el profeta no especifica el modo) se extenderá por todo el universo. La tradición cristiana ha visto el cumplimiento de esta profecía en el sacrificio de la Eucaristía y en la adoración en espíritu y en verdad” de todos los seguidores de Cristo ¿Qué dice la Biblia? Es cierto que muchas veces Jesús habló de sí mismo en símbolos: “Yo soy la puerta” (Jn 10,9); “Yo soy la vid” (Jn 15,1). En estas ocasiones nadie de los que escuchaban a Jesús lo tomó literalmente. Nadie preguntó “Si eres una puerta, ¿qué clase de madera eres?; si eres la vid ¿dónde están los frutos y por qué no eres verde?”. Todo el mundo entendía que Él estaba hablando en símbolos y que tenía sentido. Cristo es como una puerta -vamos al cielo por Él- también es como una vid porque nos da vida cuando permanecemos en Él. En otras ocasiones, cuando la gente no le comprendió, Él corrigió su malentendido. Es interesante notar que en algunas de estas ocasiones el malentendido tenía que ver con la comida: “El les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. Entonces los discípulos decían uno a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo; Mi comida es que haga la voluntad del que me envió…”(Jn 4,34). Jesús aclaró el asunto. Ver también "la levadura de los fariseos" en Mt 16, 5-12. Una cosa es decir "yo soy el pan" y otra muy distinta es decir "este pan soy yo". En ninguna parte de los Evangelios vemos que Cristo diga "esta puerta es mi cuerpo" o "esta vid es mi carne". Repito, es cierto que Jesús muchas veces dijo: "Yo soy el pan de Vida" o como en Juan 6,12 donde dijo: "Yo soy la Luz del mundo" o también como en Juan 10,9 donde dijo "Yo soy la puerta". Evidentemente Jesús aquí se esta describiendo a sí mismo como "Pan de Vida", "Luz del mundo", "Puerta" y en otra oportunidad como "El camino", Jesús no es una "Puerta" o un "Camino" físicamente hablando... es pura simbología, pero examinemos una de estas oraciones, por ejemplo: "Yo soy la Puerta"... esta oración, y si mal no recuerdo mis años de estudiante de gramática, se compone de Sujeto y Predicado. El sujeto es de quien se habla y el predicado precedido de un verbo describe una acción al sujeto, en este caso “Yo”, es el sujeto o sea Cristo y soy la puerta es el predicado que describe a Cristo como la entrada a la salvación por medio de una "puerta". En la Última Cena Jesús dice "Esto es mi cuerpo". “Este” es el sujeto o sea el pan y “mi cuerpo” es el predicado que describe al sujeto o sea Cristo. ¿Ves la diferencia? En los anteriores versículos del Evangelio Cristo se describe a sí mismo como puerta, Luz, camino, etc... En la Última Cena el Pan es descrito como el mismo Cristo, su cuerpo sacrificial. Luego entonces el Pan es Cristo, lo cual es muy diferente a que Cristo sea pan. Pero en Juan 6 y en la Última Cena, Jesús no dio ninguna explicación, porque era claro. No hay semejanza entre "Yo soy la vid", "la puerta" y " Yo soy el pan de vida" de Jn 6,35. Jesús va mucho más allá del simbolismo: “Mi carne es verdadera comida, mi sangre verdadera bebida” (v.55). Pero miremos todo el contexto del capítulo 6 de Juan. 25

La víspera de la institución de la Eucaristía, Jesús había puesto los cimientos de su promesa. Sabiendo que iba a hacer una tremenda exigencia a la fe de sus oyentes, los preparó para ella. Sentado en una ladera, Jesús había estado predicando a una gran multitud; al caer la tarde, antes de despedirlos y movido por la compasión y en preparación para su promesa del día siguiente, Jesús obra el milagro de los panes y los peces, sacando de cinco panes y dos peces alimento para unas cinco mil personas y sobrando doce cestos. Así este milagro estaría en la mente de los que lo escucharan al día siguiente. Jesús buscó apartar su sentido de lo terreno y guiarlo a lo celestial. Luego de despedir a la multitud se fue a orar solo a un monte, aunque no fue fácil desprenderse de aquella multitud que quería ver más milagros y oír más palabras de sabiduría de Jesús. Los discípulos se embarcaron hacia Cafarnaún, en la única barca que había. Aquella noche, al acabar su oración, Jesús cruzó andando las aguas tormentosas del lago para unirse en la barca con sus discípulos, y llegó con ellos a Cafarnaún. A la mañana siguiente la turba no pudo encontrar a Jesús, y muchos tomaron pasaje para ir a Cafarnaún. Al llegar allí se llenaron de asombro al ver a Jesús en la orilla opuesta, a la que había llegado antes que ellos, sin que hubiera subido a la barca que partió la noche anterior. Otro milagro que Jesús obró para fortalecer la fe de aquella gente (y de sus discípulos), porque iba a ponerla a prueba en seguida. Los discípulos y la multitud que encontraron a Jesús en Cafarnaún antes que ellos, se reunieron con Él en la sinagoga y allí Jesús hizo la promesa: prometió su Carne y Sangre como alimento para todos. Si tenía poder para multiplicar cinco panes y alimentar con ellos a cinco mil hombres, cómo no iba a tenerlo para alimentar a toda la humanidad con un pan celestial hecho por Él. Si tenía poder para andar sobre las aguas como si fuera tierra firme, cómo no iba a tenerlo para mandar a los elementos del pan y del vino que le prestaran su apariencia y utilizarla como capa para su Persona. Jesús había preparado bien a sus oyentes. Hasta el versículo 26 las turbas, y sobre todo los directivos que intervienen, no tienen mayor dificultad en admitir lo que Jesús les dice, principalmente por la misma incomprensión del profundo pensamiento de Jesús. Por eso, no tienen inconveniente en admitir, como lo vieron en la multiplicación de los panes, que Cristo esté “sellado” por Dios para que enseñe ese verdadero y misterioso pan que les anuncia, y que es “alimento que permanece hasta la vida eterna”. Luego le exigen un milagro como el realizado en tiempos de Moisés en el desierto donde el pueblo fue alimentado con maná. Pero Jesús explica que en primer lugar, no fue Moisés el que dio el maná, puesto que Moisés no era más que un instrumento de Dios, sino “mi Padre”; ni aquel pan venía, en realidad, del cielo, sino solamente del cielo atmosférico; ni era el pan verdadero, porque sólo alimentaba la vida temporal; pero el verdadero pan es el que da la vida eterna; ni el maná tenía universalidad: sólo alimentaba a aquel grupo de israelitas en el desierto, mientras que el “pan verdadero es el que desciende del cielo y da la vida al mundo.” Jesús hizo un milagro con pan; alimentó a toda la gente. Después, enseñó que Él es el pan que bajó del cielo. Él mismo es alimento (Jn 6, 35-41). La reacción de los judíos durante el discurso es sumamente importante. Jesús empezó a hablar literalmente y los judíos lo tomaron al pie de la letra cuando les dijo que había bajado del cielo. Por eso se disgustaron: “¿Cómo, pues, dice éste: Del cielo he descendido?” (Jn 6,42). Pero Jesús realmente bajó del cielo; lo tomaron literalmente y no les corrigió, y así el resto del capítulo. Para tener fe en Jesús no les bastaba el antes vivido milagro del pan. Jesús siguió hablando al pie de la letra como antes: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Jn 6,44). Todos creemos que Jesús nos 26

“resucitará”. Pero después muchos dicen, por razones históricas y no bíblicas, que los siguientes versículos son un simbólico. También cabe resaltar una cosa y es la unidad de los dos discursos del “Pan de Vida”. Así lo explica Le Chapitre Mollat: “Cuanto a la primera parte del discurso de Cafarnaúm (6:26-51a), no se puede negar que, tomada en sí misma y aisladamente, se podría explicar sin referencia directa al sacramento de la Eucaristía. Sin embargo, la unión estrecha de esta sección con la multiplicación de los panes, de una parte, y, sobre todo, con la sección propiamente eucarística, de otra parte, obliga a interpretarla en la perspectiva sacramental. Y tanto más cuanto que la unidad literaria de las dos secciones parece sólidamente establecida.” “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo. Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Jesús les dijo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn 6, 51-53). Vemos que Jesús del v.51 al v.60 tuvo que seguir repitiendo que mi carne es verdadera comida y que la gente lo tomó al pie de la letra. ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? ¡Y Jesús no les corrigió! Él no les dijo que estaba hablando solamente en parábolas y que no lo tomaran literalmente. Otra vez Jesús repitió: “mi carne es verdadera comida, mi sangre verdadera bebida” (Jn 6, 55). Y otra vez reaccionaron los judíos. En v.60 leemos que los Fariseos dijeron: “Dura esta palabra; ¿quién la puede oír?” Luego leemos que: “Muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él” (v.66). Es el único caso en que se afirma que Jesús fue abandonado por algunos discípulos por lo que Él decía. Y Jesús no les impidió apartarse de Él. Él no les dijo: "No se vayan, sólo estoy hablando simbólicamente. No me malentiendan, esto significa que…." Se arriesgó a perder a todos sus apóstoles pero seguía hablando al pie de la letra. Y los Apóstoles captaron que Él hablaba así. Por eso fue una palabra "dura". ¿Por qué los fariseos y discípulos pudieron captar que Jesús hablaba literalmente cuando decía que Él bajó del cielo y que su carne es verdadera comida, mientras que muchos piensan que Jesús habló solamente al pie de la letra cuando dijo que bajó del cielo en versículos anteriores? ¿Qué tipo de maestro sería Jesús si todo el mundo lo toma literalmente cuando no debe ser así? Cuando dijo que su carne es verdadera comida muchos dicen que fue una parábola. Pero el texto no da ninguna idea de que la primera expresión sea literal, y que la segunda no lo sea. De hecho, después de decir que su carne es comida verdadera, Jesús otra vez les dijo que Él es el pan que descendió del cielo (Jn 6,58). No tiene sentido decir que, entre dos cosas que Jesús dijo literalmente. Decir que la primera frase es literal, la segunda es simbólica y la tercera es literal es hacer violencia al contexto. En el fondo de la expresión “Mi carne para que el mundo tenga vida” hay una fórmula aramea en la que "carne" sustituye a "cuerpo" para designar la realidad creatural de la persona humana. "Para la vida" traduce la palabra griega HYPER que los relatos de la Última Cena denota el carácter sacrificial y expiatorio de la muerte de Cristo. Muchas personas citan el versículo 35 donde Jesús dice que “quien viene a mí” no tendrá hambre “y quién cree en mí” como pruebas de que el capítulo seis es simbólico. Afirman que cuando Jesús se llama a sí mismo “el pan de vida” solamente está diciendo que si creemos en Él nos va alimentar espiritualmente como el pan nos alimenta físicamente. Dicen que "comemos" y "bebemos" a Cristo al 27

ir a Él y al creer en Él. Pero como vimos, el contexto es claramente literal y no simbólico. Al hablarles antes del “Pan de vida,” que era asimilación de Cristo por la fe, se exigía el “venir” y el “creer” en Él, ambos verbos en participio de presente, como una necesidad siempre actual (v.35); pero ahora este “Pan de vida” se anuncia que Él lo “dará” en el futuro. Es, se verá, la santa Eucaristía, que aún no fue instituida. Un año más tarde de esta promesa, este pan será manjar que ya estará en la tierra para alimento de los seres humanos. Además, Jesús no les corrigió cuando los discípulos dejaron de seguirlo por tomarlo literalmente (Jn 6, 66). Ellos eran de su raza y sabían como entenderlo, también podían ver su rostro y conocían su manera de hablar. Por eso se disgustaron cuando habló de que su carne era verdadera comida. Si Él hablara solamente de la institución de una comida como bendición no hubiera causado el abandono de parte de sus discípulos porque la religión judía, y las costumbres del mundo antiguo estaban repletas de comidas especiales. Mira cuántas veces Jesús participó en comidas cuando visitaba a las personas y cómo utilizara la imagen del banquete en sus parábolas. Notamos lo literal de las palabras de Jesús al utilizar la palabra griega TROGO en vez de PHAGO. TROGO es más específico en cuanto a masticar, mascar, roer, mientras PHAGO es una palabra general para comer. Los únicos otros lugares donde el NT tiene TROGO son Mt 24,38 y Jn 13,8. Ninguna vez quiere decir comer simbólicamente. Además los judíos ya sabían que Jesús hablaba de comer literalmente porque preguntaron “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (v.52), aún antes de que Jesús utilizara TROGO.
Joh 6:58 Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre."

Jn 6,58 “ουτος εστιν ο αρτος ο εξ ουρανου καταβας ου καθως εφαγον οι πατερες και
απεθανον ο τρωγων τουτον τον αρτον ζησει εις τον αιωνα”

. Y cabe notar que antes, esta carne que pide comer y dar, es carne de verdad:
Joh 6:51 Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo."

Joh 6:51 “ εγω ειμι ο ἄρτος ο ζων ο εκ του ουρανου καταβας· εαν τις φαγη εκ τουτου του
ἄρτου, ζησεται εις τον αιωνα. και ο ἄρτος δε ὃν εγω δωσω, η σαρξ μου εστιν, ἣν εγω δωσω υπερ της του κοσμου ζωης.”

Vemos una definición contundente de que Jesús utiliza la palabra que denota cuerpo de carne “Sarx” y que no es en ningún modo metáfora, hecho que concordará con las palabras de la Última Cena. Existen otras dos palabras en Griego para definir carne, una es "Kreas" que quiere decir: "trozos de carne" y se utiliza para cuando se habla de ingerir carne en una comida normal (Romanos 4,21 / 1Cor 8,13) y "Sarkinos" que quiere decir "carnal" y se utiliza en sentido simbólico (Romanos 7,14 / 1Cor 3,1 / 2Cor 28

3,3. Fíjense que Jesús no utilizó ninguna de estas dos opciones en este contexto. El pan que Cristo “dará” es la Eucaristía. Y éste, para Juan, es el pan que contiene la “carne” de Cristo. En el uso semita, carne, o carne y sangre, designa el hombre entero, el ser humano completo. Aquí la Eucaristía es la “carne” de Cristo, pero en cuanto está sacrificada e inmolada “por la vida del mundo”. Precisamente el uso aquí de la palabra “carne”, que es la palabra aramea que, seguramente, Cristo usó en la consagración del pan, unida también al “pan que yo os daré”, es un buen índice de la evocación litúrgica de la Eucaristía que Juan hace con estas palabras. En el v.52 los judíos dicen: “¿Cómo puede éste darnos de comer de su carne?” Preguntaban despectivamente el “cómo” podía darles a comer su “carne.” ¡El eterno “cómo” del racionalismo! Ante este alboroto, Cristo no sólo no corrige su afirmación, la atenúa o explica, sino que la reafirma, exponiéndola aún más clara y fuertemente, con un realismo máximo. La expresión se hace con la fórmula introductoria solemne de “en verdad, en verdad os digo”. Juan 6,55 “Mi carne es comida verdadera y mi sangre es bebida verdadera.” Si quedó alguna duda de la intención de Jesús en el versículo 51, ahora las dudas deberían disiparse. Jesús declara que su cuerpo (sarx) es comida verdadera. La palabra griega utilizada por Jesús para decir verdadera es "Alethes" que proviene de "Aletheia" que quiere decir "Verdad, veracidad, sinceridad, realidad", esta palabra confirma la realidad de la presencia viva de Jesús en Cuerpo y Divinidad en la Eucaristía. Jesús no dijo en ningún momento que su carne "significa", todo lo contrario, afirma ser verdadera, "alethes". Este mismo análisis se aplica a la sangre de Jesús. Otra razón para estar seguros de que Jesús hablaba literalmente es que en el tiempo de Jesús, "comer la carne de alguien" en sentido simbólico era asociado con la persecución, la violencia, la traición y la matanza: “Vosotros que aborrecéis lo bueno y amáis lo malo, que les quitáis su piel y su carne de sobre los huesos; que coméis asimismo la carne de mi pueblo, y les desolláis su piel de sobre ellos, y les quebrantáis los huesos y los rompéis como para el caldero, y como carnes en olla” (Mi 3,2-3). “Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron” (Sal 27,2). “Cada uno hurtará a la mano derecha, y tendrá hambre, y comerá a la izquierda, y no se saciará; cada cual comerá la carne de su brazo” (Is 9,20) “Y a los que te despojaron haré comer sus propias carnes, y con su sangre serán embriagados como con vino; y conocerá todo hombre que yo Jehová soy Salvador tuyo.” (Is 49,26). (Ver 2 S 23,15-17 y Ap 17,6 y 16). Si Jesús habló figuradamente estaría diciendo: “Yo les aseguro que a menos que ustedes persigan, traicionen y maten no tienen vida. El que comete la violencia tiene vida eterna y lo resucitaré en el día postrero.” También tuvo que resultar especialmente escandaloso para los oídos de los judíos, pues a los judíos les estaba prohibido beber la sangre y además el que excluyera de la posesión de la vida la que no coma su carne y beba su sangre; por el contrario, el que gusta la carne y sangre de Cristo tiene vida eterna y la seguridad de la corporal resurrección. La doctrina que aquí se expone es: 1) la necesidad de comer y beber la carne y sangre de Cristo; 2) porque sin ello no se tiene la “vida eterna” como una realidad que ya está en el alma, y que sitúa ya al alma en la “vida eterna”; 3) y como consecuencia de la posesión de la “vida eterna”, que esta comida y bebida confieren, se enseña el valor escatológico de este alimento, pues exigido por Él, a los que así hayan sido nutridos, los resucitará en el cuerpo “en el último día”. Puntos importantes: 29

1) Si se toman las expresiones “comer carne” y “beber sangre” en un sentido metafórico ambiental, significan dos cosas, la primera, ofender (Sal 27:2; Miq 3:1-4), y la segunda, ser homicida, por el concepto semita de que en la sangre estaba la vida (Lev 17:11). 2) Si se supusiese un sentido metafórico nuevo, éste sólo puede darlo a conocer el que lo establece, y Cristo no lo hizo. Por ello, los contemporáneos tenían que entenderlo en un sentido realístico, que es lo que hacen los cafarnaítas, pensando que se tratase de comer su carne sangrante y partida y beber su sangre; pero todo ello en forma canibalística. Por lo que lo abandonan. Pero, como Cristo no da ese sentido nuevo, y en un sentido metafórico ambiental no pueden admitirlo, se seguiría — por un error invencible —, de no ser esta enseñanza eucarística, que Cristo sembraba la idolatría entre los suyos. 3) La redacción del pasaje es de un máximo realismo. Tan claras fueron las palabras, que los cafarnaítas se preguntaron cómo podría darles a “comer su carne”. Si Cristo hubiese querido hablar tan sólo de la necesidad de la fe en Él, no pudo usar metáforas menos aptas para expresar una cosa tan sencilla, recurre a expresiones oscuras, imposibles de entenderse. Si las palabras se entienden de la Eucaristía, todas son claras y evidentes. Pero, al mismo tiempo, Juan lo expresa con un clímax de realismo progresivo. Primero expresa la necesidad de “comer” esta carne de Cristo con un verbo griego que significa comer en general (έσθι'ω, φάγητε; ν.53); pero luego, cuando los judíos disputan sobre la posibilidad de que les dé a comer su “carne”, a partir del ”paralelismo” de la respuesta (v.54), reitera la necesidad de esto, y usa otro verbo (τρώγω), que significa, en todo su crudo realismo, masticar, ese crujir que se oye al triturar la comida. 4) Esta interpretación necesariamente eucarística tenían que dársela los lectores a quienes iba dirigido el evangelio de Juan. Compuesto éste sobre el año 90-100, ya la Eucaristía era vivida, como el centro esencial del culto, en la “fracción del pan”. Comer el cuerpo de Cristo, beber su sangre, no podía ser entendida ya en otro sentido que en el eucarístico. Cuando Pablo habla de la Eucaristía a los de Corinto, sobre el año 56, habla de ella casi por alusión, dando por supuesto que es algo evidente para ellos. “El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?” (1 Cor 10:16ss). Un dato curioso es que el esquema del capítulo 6 de Juan está fuertemente influido por el pensamiento del relato de la Pascua. Así, la multiplicación de los panes (= maná), la tempestad calmada (= paso del mar Rojo) y las cuatro preguntas que se hacen en Jn c.6 v.20.30.42.52, responderían a las preguntas que se hacían al que presidía la cena pascual, y los “discursos” responderían o evocarían la haggadah, pues la Pascua cristiana fue celebrada, primitivamente, en estrecha dependencia de la Pascua judía. Si nos quedara duda de que Jesús habló en sentido simbólico o metafórico analicemos la reacción de los discípulos: Jn 6,60 “Cuando oyeron todo esto, muchos de los que habían seguido a Jesús dijeron "Este lenguaje es muy duro ¿Quién puede sufrirlo?” Los discípulos hablaban perfecto arameo, que era la lengua habitual de Jesús y entendieron perfectamente que éste no hablaba en forma simbólica, pues si hubiera sido así, esta reacción hubiera estado de más. ¡Ellos reaccionaron escandalizados! No pueden sufrir que el "hijo del carpintero" les hable de "comer su carne y beber su sangre"… es algo demencial para ellos, es algo que sólo se entiende en Fe. Jesús al contrario de lo que hace en otras ocasiones no les va a explicar, porque es algo que no se puede explicar, es algo que hay que aceptar. Jesús no hace el menor gesto 30

para hacer volver a sus discípulos y decirles que lo han entendido mal; no puede hacerlo por la sencilla razón de que le han comprendido perfectamente y por eso se van. Lo que les falló fue la fe, y Jesús, tristemente, tiene que verlos marchar. Es por eso que les pregunta a los Apóstoles si también se van a marchar y Pedro contesta que aunque no entiende nada, sabe que de Jesús solo sale "vida eterna". Así la Iglesia, como Pedro, se queda en Fe con las palabras de Jesús. Los discípulos que lo abandonaron no tuvieron bastante fe para comprender que si Jesús les iba a dar su Carne y su Sangre como alimento, lo haría de forma que no resultara repugnante a la naturaleza humana. Por ello le dejaron, “y ya no le siguieron”. Jn 6,61 “Jesús captó en su mente que sus propios discípulos criticaban su discurso y les dijo: ¡Qué va a ser entonces cuando vean al Hijo del Hombre subir al lugar donde estaba antes!” Jesús aquí nos da una comparación. Si no entienden cómo pueden comerse su cuerpo, menos entenderán su Ascensión al cielo, o sea dice Jesús que es más fácil aceptar la Eucaristía que aceptar su Ascensión y su Glorificación como Segunda Persona de la Trinidad. Actualmente casi todas las Iglesias aceptan la Ascensión y Glorificación de Jesús, sin embargo no aceptan la Eucaristía que según Jesús es más fácil de entender. Algunas personas añaden que no pueden ser literales porque Jesús dice que “el espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha” (Jn 6,63). Pero Jesús no dice "mi carne" no aprovecha sino "la carne". En la Biblia "carne" se refiere no solamente al cuerpo físico de un ser humano sino también al pecado en comparación con la vida del Espíritu: “Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte” (Rom 7,5 y 1 Co 2,14-3,4). “No andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu” (Ro 8, 4-5). En este v.63 Jesús está haciendo contraste entre el hombre natural o carnal (“la carne”) y el hombre espiritual o lleno de fe. Jesús dice “mi carne” cuando habla de la Eucaristía y dice “la carne” cuando habla del hombre carnal que no cree nada que vaya más allá de sus sentidos y razón. Jesús no estaba ofreciendo comer su cuerpo en ese momento. Esto hubiera sido canibalismo. Lo que decía era que por el poder del Espíritu Santo -el espíritu es el que da vida- pronto su cuerpo sería glorificado. Recuerda que el contexto del capítulo es la Pascua (Jn 6,4). Él estaba apuntando al momento después de su muerte cuando daría a sus discípulos su cuerpo transformado por el Espíritu para "la vida del mundo". Porque el espíritu da vida: el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo (Jn 6,51). También cabe aclarar que la palabra “espíritu” nunca es usada en la Biblia para significar “simbólicamente”; lo espiritual es tan real como lo material. En la Misa no es el cuerpo de Jesús-hombre, como tú y yo, lo que recibimos sino el cuerpo del Cristo glorificado, un cuerpo vivificado y saturado de espíritu, glorioso y resucitado, cuerpo que será distinto al que tenían a la vista los apóstoles en la Cena. Él existirá de otra manera. Este cuerpo transciende toda experiencia humana. Para poder entender y aceptar las palabras de Cristo es menester desprenderse de todos los criterios intramundanos de valoración y juicio, hace falta una entrega y abandono por la fe del hombre a Cristo. Cristo no sufre más, no hay sangre de glóbulos rojos y blancos. Por eso decimos "Cuerpo de Cristo" no "Cuerpo de Jesús". Como el Sumo Sacerdote lo hizo en la Última Cena, en la Misa el sacerdote representando a Cristo, pronuncia sobre el pan y el vino las mismas palabras: Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre. Y el Espíritu da vida: Y las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida (Jn 6,63). Este mismo Espíritu que dio vida a la Creación (Gn 1, 2) y formó la vida del Mesías en el seno de María, transforma el pan en cuerpo de Cristo. 31

El citar a Jesús “mis palabras son espíritu y vida” para afirmar que las palabras de Jesús son simbólicas no tiene sentido cuando reflexionamos: las palabras de Jesús son espíritu y vida, por supuesto. Pero no todas son simbólicas. Cuando Dios dice una cosa acontece (Is 55,11). Su palabra es efectiva: Esto es mi cuerpo (Mc 14, 22-24). No dijo "Esto simboliza mi cuerpo" sino "Esto ES". Habiendo dicho Cristo "éste es mi cuerpo", ¿quién va a decir: "No, Señor, éste no es tu cuerpo. Es pan, no más"? Decir: "esto es mi casa, esto es mi amigo" no quiere decir "esto es símbolo de mi casa, símbolo de mi amigo". Por 1,500 años, hasta después de Lutero, nadie discutió esta creencia. Es un milagro, y no es por casualidad que Jesucristo hizo este discurso después de la multiplicación de panes. El milagro para alimentar el cuerpo. Ahora quiso alimentar el alma: “Me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que da vida eterna y permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará...” (Jn 6,26-27). “Nuestros padres comieron el maná en el desierto.... Jesús les dijo:... No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo” (Jn 6,31-32). Jesús afirmó que la comida que daría (en futuro) es superior al pan multiplicado y al maná (vv.31-32). Si el pan y vino no se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo, estas palabras son mentiras. El pan y el vino normal no son mejores que el maná y lo que alimentó milagrosamente a cinco mil varones. Repetimos que los anteriores milagros estaban en relación con la promesa de la Eucaristía. En la milagrosa multiplicación de los panes, Cristo se revela como Señor de la naturaleza, y en el caminar sobre las aguas se manifiesta su superioridad sobre los límites del ser corpóreo. Con estos milagros los preparó para la gran transformación del pan y el vino en su carne y sangre. Si Cristo no hablaba de su propia carne porque "la carne para nada aprovecha" (v.63) entonces todo el capítulo NO TIENE SENTIDO. Tendríamos que comprender que, a pesar de que Jesús acaba de mandar a sus discípulos comer su carne, luego dice que hacer esto ¡no tiene sentido ("nada aprovecha")! es como decir "Come mi carne pero verás que es una pérdida de tiempo". ¿Es esto lo que está diciendo Jesús? Por supuesto que no. La frase “las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” no quiere decir "lo que acabo de decir es simbólico". La palabra "espíritu" nunca se toma así en la Biblia. Además, si Jesús aclara que estaba hablando en símbolos y que -"la carne [literalmente hablando] nada aprovecha"- ¿por qué sin embargo sus discípulos lo dejaron? Es importante notar también que en la Última Cena Jesús utiliza la palabra cuerpo. "Esto es mi cuerpo", y no carne. Esto hace que el asunto sea más claro todavía porque en el pensamiento judío, no hay dualismo entre cuerpo y alma. "Mi cuerpo" quiere decir la persona en su totalidad. "Esto es mi cuerpo" significa "esto soy Yo". En Lucas 22,19 leemos: “haced esto en memoria de mí”. Muchos piensan que esto quiere decir que celebrar la Cena no es nada más que un recuerdo intelectual, recordando lo que hizo Jesús aquella noche. Para ellos Él está presente sólo espiritualmente por la "comunión" de los creyentes cuando celebran juntos. Pero tenemos que comprender que Jesús estaba celebrando la Pascua, y para los judíos "hacer memoria" no es solamente recordar un hecho histórico, un recuerdo de algo pasado, sino un REVIVIR. Un "memorial" para los cristianos y judíos es una proclamación eficaz de la obra poderosa que Dios hace de nuevo. Significa que el acontecimiento irrepetible del Calvario se hace realidad en el presente por medio del Espíritu Santo. En el altar, el pan y el vino no quedan solamente como símbolos, sino que se convierten en el Jesucristo de aquel primer viernes santo en el lugar de la Calavera (Mr 15,21). Es algo del pasado que entra espiritualmente en el presente como lo expresa la palabra griega ANAMNESIS (1 Co 11, 25). En Éxodo 24,8 leemos: “Entonces Moisés tomó la sangre y roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la 32

sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas.” Prefiguran las palabras de Jesús cuando tomó el vino: “Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mt 26,27-28). Para completar el pacto, Moisés utilizó sangre de cordero y no un símbolo de ella. Igual cuando Jesús, el Cordero de Dios, firmó el Nuevo Pacto en su sangre. Es importante notar que el único lugar donde Jesús habla del Nuevo Pacto en su sangre es en la Última Cena cuando compartió la copa de vino. Las palabras de Jesús nos fuerza a una decisión, a estar dispuestos a entregarse sin reserva al Dios que se manifiesta, o a querer determinar, según la sabiduría humana, lo que Dios pueda o no pueda hacer. Es una decisión de vida o muerte. Creer en las palabras de Jesús presupone creer en el mismo Cristo que no es de la tierra, sino del cielo, y que sobrepasa a todo lo terreno. Sólo Él, que tiene poder sobre la naturaleza y sobre su propio cuerpo, puede transformar su carne y sangre y darles una forma de existencia tal que puedan servirnos de comida y bebida. Quien no reconozca en Cristo poder divino, quien no se entregue por la fe al misterio de su ser divino, rechazará sus palabras. ¿Cómo entendió Pablo las palabras de Jesús? “De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa indignamente será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor” (1 Co 11,27). O bien, la Versión Latinoamericana: “Si alguien come el pan y bebe de la copa del Señor indignamente, peca contra el cuerpo y la sangre del Señor.” Pablo estaba hablando de la celebración de la Cena del Señor. Y pecar contra el pan es pecar contra el cuerpo (no contra el pan). Pecar contra la copa, es pecar contra la Sangre y (no contra la copa). El pan es el cuerpo. Pecar contra Dios es pecar contra el Creador, porque Dios y Creador son iguales. ¿Cómo podría ser tan grande el pecado vinculado con "comer" si solamente fuera pan y vino? (Ver v.29 en adelante). El Creador no nos da solamente "cosas que simbolizan". El mandó a su hijo para tomar nuestra pobre carne y el hijo nos da de sí mismo. En v.29 Pablo utiliza la palabra DIAKRINO (discernir): el que come y bebe indignamente sin discernir el cuerpo del Señor... Entonces, los corintios, no estaban discerniendo o estaban dudando que era el cuerpo de Jesucristo. Si no fuera así tendríamos que preguntarnos, ¿por qué ser juzgados con enfermedad y muerte espiritual (v.30) si fuera solamente del pan que abusaban? Pablo dice que eran culpables de pecar contra el cuerpo y la sangre de Cristo (v.27), pero ¿cómo si no estaba presente físicamente en la comida? Pablo no dice que pecan en contra de la Cena del Señor. No se puede pecar en contra si no se está presente. La conclusión es clara: el que come indignamente es culpable en cuanto a lo que come. La copa de bendición que bendecimos ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? el pan que partimos ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? (1 Co 10, 16) Una pequeña cuñita: hay un sentido profundamente espiritual en Juan 6: Jesús es el pan espiritual enviado por el Padre. Dándonos su carne apunta a su muerte en la cruz. La vida eterna es la fuerza que empuja las palabras de este capítulo 6. Pero la gloria de la cristiandad es que no solamente se presenta simbólicamente, sino físicamente también. Porque somos físicos, Dios ofrece esta dimensión a nuestra fe para bendecirnos. Por eso tomamos parte del sacrificio de Cristo no solamente al creer en Jesús con nuestra mente sino también al recibir su cuerpo. Como en un matrimonio cristiano los dos son una sola carne (Mr 10, 8), así es con Cristo y su esposa la Iglesia (Ef 5, 31-32). Cristo físicamente entra en nosotros y llega a ser uno con nosotros. 33

Así entonces en I de Corintios 11,26 dice Pablo: "Cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anuncias la muerte del Señor hasta que venga". Este versículo es de una importancia trascendental, pues reafirma el carácter sacrificial y escatológico de la Eucaristía. Proclamamos el sacrificio de Jesús y lo haremos hasta que Él retorne en Gloria. La expresión: "Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa" sugiere que eso se hacía de manera frecuente, que ya era una celebración corriente en la comunidad. Pablo asegura que esa comida y esa bebida son el Cuerpo y la Sangre del Señor, que hace presente el sacrificio de Cristo y que se celebrará hasta su regreso: "Anunciáis la muerte del Señor hasta que venga". El Apóstol repite dos veces la orden del Señor: "Haced esto en memoria mía". Este “anuncias” en sentido religioso, se trata siempre de una comunicación de hechos o acontecimientos en nombre de una autoridad legítima, de quien procede, en definitiva, el mensaje. Esta comunicación o anuncio se lleva a cabo por medio de la palabra hablada, y su contenido es importante en sí, especialmente para aquel a quien se dirige el mensaje. Al mismo tiempo, como hemos observado, la expresión “hasta que él venga” indica que el misterio pascual no se ha cumplido plenamente aún, dejando abierta la perspectiva del fin escatológico, que aún debe alcanzarse. De aquí que el memorial se prolongue en una nueva dimensión, la súplica: “Por la proclamación de la Eucaristía, mediante palabras y gestos, la Iglesia, como Cristo en la santa cena, ruega insistentemente, suplica ardientemente por el cumplimiento de la Pascua y la venida del Reino de Dios en gloria; súplica que desde el principio se expresa en la exclamación Maranatha: ¡Señor, ven!” El Apóstol no ha introducido nada nuevo. Ni tampoco dio un nuevo significado a la costumbre ya existente. Tan sólo se limita a recomendar a los corintios que tenga presente el verdadero sentido de lo que celebran y se abstengan de una indigna celebración de la muerte de Cristo. ¿Cómo hubiera sido posible introducir una novedad entre hombres que tomaron parte en la última Cena y que hubieran podido argüir al apóstol de la falsedad? Pablo no quiere introducir ningún nuevo culto, sino que, con motivo de los conocidos abusos en Corinto al celebrar la Eucaristía. En conclusión sobre Pablo y los Corintios: La presencia real de Cristo en la Eucaristía, no está menos acentuada. Esas expresiones “comer., beber,” que Pablo repite varias veces aplicadas al cuerpo y sangre de Cristo (cf. 11,26-29), están señalando que las palabras de la institución “esto es mi cuerpo” indican una realidad, y perderían su fuerza si sólo se tratase de presencia espiritual o simbólica; ni habría razón para hablar de pecados contra “el cuerpo y la sangre del Señor” (cf. 11,27-32), sino más bien contra el Señor. También en el primero de los pasajes alusivos a la Eucaristía (10,16-17) las expresiones “comunión” (hoinonia) “con la sangre… con el cuerpo de Cristo”, que Pablo no usa al referirse a los sacrificios judíos o paganos, está como señalando que no se trata de una “comunión” con la divinidad de tipo sólo moral, como en el caso de los sacrificios judíos o paganos, sino de algo muy real, que tendrá incluso la virtud de unir a los participantes no sólo con Cristo, sino también entre sí (v.17). Finalmente, el influjo de la Eucaristía en la vida del cristiano está también en Pablo muy acentuado. No ya sólo por su insistencia en recordarnos que Cristo se da en forma de “pan” y “vino”, lo cual implícitamente está dando a entender que la eucaristía es un rito de nutrición y tiene por fin dar la vida, sino también, por oposición, por el hecho de su insistencia en los castigos contra los profanadores de la eucaristía, castigos que afectan incluso a la salud y vida corporal (cf. 11,30-32). Esta idea de la eucaristía “pan de vida” está desarrollada maravillosamente en Juan (cf. Jn 6,1-59). Pablo añade todavía que la eucaristía tiene también influjo en la vida de la Iglesia, llegando a decir que precisamente “por ser uno el pan y participar todos de ese único pan, formamos todos un solo cuerpo”, que es la Iglesia (10,17; cf. Col 1,18; 2,19). Pablo, pues, no considera la Eucaristía mirando sólo al pasado, como recuerdo de lo que hizo Cristo, sino también mirando al presente, como actualización del hecho pasado, que se hace operante allí donde se realiza el recuerdo; o dicho de otra 34

manera, no se trata de una simple conmemoración, sino de una conmemoración que hace presente el objeto del recuerdo. Y todavía más. Pablo ve en la Eucaristía una proyección también hacia el futuro, diciendo que con la celebración de la Eucaristía “anunciamos la muerte del Señor hasta que Él venga” (11,26); es decir, con la celebración de la eucaristía hacemos presente a Cristo en estado de sacrificio redentor, cual si el sacrificio se produjese en este momento, lo cual seguirá haciéndose hasta la parusía, momento en que Jesús volverá a encontrarse ostensible y definitivamente con los suyos. Permanencia de los accidentes Se entiende por ‘especie’ o ‘accidente’, todo aquello que es perceptible por los sentidos, como el tamaño, la extensión, el peso, el color, el olor, el sabor, etc. Podemos explicarlo también, diciendo que si la substancia es el ser que existe en sí mismo (p. ej., un libro), el accidente es el ser que no puede existir en sí mismo, sino en otro: los accidentes existen en la substancia (p. ej., un libro azul, pesado, de gran volumen, etc.; lo azul, lo pesado o el volumen, no se dan independientes del libro en el que inhieren). Ahora bien, en la Eucaristía hay un cambio de substancia, pero no hay cambio de accidentes. Los accidentes del pan y del vino continúan, conservando todas sus propiedades, pero permanecen sin sujeto: son mantenidos en el ser por una espacialísima y directa intervención de Dios que, siendo Autor del orden material y Creador de todas las cosas, puede suspender con su poder las leyes naturales. Este tipo de mutación no se encuentra en ningún caso dentro del mundo físico: siempre que cambia la substancia, cambia también con ella los accidentes (p. ej., cuando se quema un papel cambia la substancia ‘papel’ en otra substancia, la ceniza, y se da obviamente también cambio de accidente: tamaño, color, olor, peso, etc.). Bajo cada una de las especies sacramentales, y bajo cada una de sus partes cuando se fraccionan, está contenido Jesucristo entero, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Jesucristo no se encuentra presente en la Hostia al modo de los cuerpos, que ocupan una extensión material determinada (la mano en un lugar, y la cabeza en otro), sino al modo de la substancia, que está toda entera en cada parte del lugar (la substancia del agua se encuentra tanto en una gota como en el océano; la substancia del pan esta tanto en una migaja como en un pan entero, etc.). Por ello, al dividirse la Hostia, está todo Cristo en cada fragmento de ella. Cristo está todo entero bajo cada especie No está únicamente el Cuerpo de Cristo bajo la especie del pan, ni únicamente su Sangre bajo los accidentes del vino, sino que en cada uno se encuentra Cristo entero. Donde está el Cuerpo, correspondientemente se hallan la Sangre, el Alma y la Divinidad; y donde está la Sangre, igualmente por correspondencia se encuentran el Cuerpo, el Alma y la Divinidad de Jesucristo. Jesucristo, pues, está presente en la Eucaristía con la naturaleza humana (Cuerpo- y Sangre- y Alma) y la naturaleza divina (Divinidad). Pero el Alma y la Divinidad no están por conversión, sino por simple presencia, debido a la unión hipostática que se da en la Persona de Cristo entre su naturaleza humana y su naturaleza divina. Como escribe Santo Tomás (cfr. S. Th. III, q. 76, a. 1, ad. 1 ), el Cuerpo y la Sangre están por la conversión y el Alma y la Divinidad por real correspondencia. La doble consagración del pan y del vino fue realizada por Cristo para representar mejor aquello que la Eucaristía renueva: la muerte cruenta del Salvador, que supuso una separación del Cuerpo y de la 35

Sangre. Por ello, el sacerdote consagra separadamente el pan y el vino. Ni con Microscopio, ni con Telescopio. Muchos cuestionarán hasta la última cosa diciendo que si tú llevabas una hostia consagrada a un microscopio no verás a Jesucristo. Si llevas la hostia a un microscopio allí no verás a Jesús, igual si tomas un telescopio y miras al cielo, allí tampoco verás a Dios. No podemos parecernos a uno de los primeros astronautas que fue a la luna, que en tono de burla dijo: Fui al cielo y no mire a Dios. Definitivamente se olvida algo fundamental: A Dios no se le ve con los ojos físicos en el microscopio ni en el telescopio. A Dios se le encuentra con los ojos de la Fe, pues como el Apóstol Pablo dijo: «Nosotros andamos por Fe y no por vista» Rom 8,24-25. Cabe también decir aquí que se debe comparar la sustancia, con el alma humana, cuya existencia y presencia no pueden ser comprobadas ni por los sentidos físicos, ni por análisis científicos.

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Reflexión
Ten en cuenta que si le hablaras a cualquier persona que no estuviera familiarizada con la doctrina cristiana y le preguntaras: “bueno, ¿no es esto razonable?”, no llegarías muy lejos. Te contestaría con algo así: “dime que hay un Dios y le adoraré, o dime que crea en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo y los adoraré a todos; pero no me digas que los adoro a todos y al mismo tiempo que estoy adorando solamente a un Dios; si trato de hacerlo, el objeto de mi adoración parecería vacilar ante mis ojos y no soy capaz de concentrarme. Luego cuéntame la historia de un hombre que fue divinizado, y la aceptaré; o cuéntame la historia de un Dios que se volvió hombre, y trataré de tomarla lo mejor que pueda; pero no me hables de una figura histórica que era Dios y Hombre a la vez, aquí transfigurado, allá crucificado… porque pierdo el sentido de la perspectiva histórica, y las páginas que voy pasando carecen para mi de significado. Tráeme la Eucaristía y dime que es pan con un significado místico unido a Él, y lo consumiré reverentemente; pídeme que cierre los ojos y dime que el voluble sentido del gusto me engaña y que éste es el Cuerpo de Jesucristo, y trataré de dar crédito a lo que oiga; pero si me pones a la vista lo que parece ser pan y me dices que su substancia ya no está ahí, que es la substancia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo… me pierdo en un laberinto de abstracciones metafóricas”. Así que lo extraño es que hay muchos que creen tanto en la Santísima Trinidad como en la Encarnación pero no creen en la Eucaristía. Igual que el v.61 del capítulo 6 de Juan: “…¡Qué va a ser entonces cuando vean al Hijo del Hombre subir al lugar donde estaba antes!”, el mismo Jesús dijo que era más fácil creer en la Ascensión que en la Eucaristía. Cualquier persona frente a la muerte revela los últimos deseos y pensamientos, también Cristo en el la última Cena, largo tiempo deseado, de confiar a los suyos lo que más íntimamente le movía, de revelarles la sobreabundancia de su amor, tenía que hablar no en oscuras imágenes, sino clara y expresamente. Los discípulos y la Iglesia tenían derecho a tal explicación. Sus oyentes eran hombres sencillos, que comprendían lo palpable y gráfico, y no tenían ninguna inclinación a entender simbólica y espiritualmente lo que oían, sino literalmente. Jesús establece la Nueva Alianza divina, la cual preparó para dejarla al mundo y depositarla en las manos de los apóstoles para la continuación de su misión; Jesús no podía obrar y hablar de modo que diera ocasión a un terrible error que durara a través de los milenios. Él, el Dios-hombre, que leía en los corazones de sus discípulos y mirada en los siglos y milenios futuros, no podía concluir su vida terrena con un tamaño engaño y fundar el porvenir de la Iglesia en malentendido tan grande. Si no hubiera querido ser entendido literalmente, habría tenido cuidado de que sus discípulos comprendieran sus palabras como imagen y parábola. De hecho no impidió la inteligencia literal, sino que la provocó. Repetir los gestos de la Alianza significa también reproducir sus gestos en la propia vida para transformarla en una donación continua. Cada momento de la vida es una nueva posibilidad para ofrecerse, para preparar la ofrenda para que podamos participar en la Eucaristía con una ofrenda real de nosotros mismos, para unirla con la ofrenda de Jesús. Para hacernos todos uno como lo pidió el Señor.

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¿Qué pensaron la comunidad primitiva y los Padres de la Iglesia en el primer siglo sobre la Eucaristía?
San Ignacio Obispo de Antioquía en el año 110 d.C. escribe en su Carta a los de Esmirna lo siguiente: "De la Eucaristía y la oración se apartan (los herejes docetas) por que no confiesan que la Eucaristía es la carne de Nuestro Salvador Jesucristo, la que padeció por nuestros pecados, la que por bondad resucito el Padre. Por lo tanto, los que contradicen el don de Dios litigando, se van muriendo. Mejor les fuera amar para que también resucitasen." El mismo San Ignacio en su carta a la Iglesia de Filadelfia les dice: "Esforzaos, por lo tanto, por usar de una sola Eucaristía; pues una sola es la carne de Nuestro Señor Jesucristo y uno sólo es el cáliz para unirnos con su sangre, un solo altar, como un solo Obispo junto con el Presbiterio y con los diáconos co-siervos míos; a fin de que cuando hagáis, todo lo hagáis según Dios." San Justino Mártir, año 160 d.C. en su Apología 1ra.: "Este alimento se llama entre nosotros Eucaristía del cual a ninguno le es lícito participar, sino al que cree que nuestra doctrina es verdadera y ha sido purificado por el Bautismo para perdón de pecados y regeneración…. Es la sangre y la carne de aquel Jesús que se encarnó, pues los Apóstoles y los comentarios por ellos compuestos, llamados Evangelios nos lo transmitieron así…" San Ireneo, Obispo de Lyon, año 180 d.C., libro "Adversus Haereses": "¿Y como dicen también que la carne se corrompe y no participa de la vida (la Carne) que es alimentada por el cuerpo y la Sangre del Señor? Por lo tanto, o cambian de parecer o dejan de ofrecer las cosas dichas." Tertuliano, año entre 160 y 220 d.C. libro "Contra Marción": "Por lo cual, por el sacramento del pan y del cáliz, ya hemos probado en el Evangelio la verdad del cuerpo y la sangre del Señor en contra de la teoría del fantasma propugnada por Marción."

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CONCLUSIÓN
Con el sacrificio de la Cruz se cierra la etapa que abrió el pecado y durante la cual la humanidad vivió bajo su yugo; a partir de la Redención, y tras ser vencido el pecado y la muerte, de nuevo el hombre recuperó, por la gracia, el privilegio de la filiación divina por adopción. Y como el sacerdocio de Cristo no se instituyó “en virtud del precepto de una ley carnal” (como en el Antiguo Testamento), sino en virtud “de un poder de vida indestructible”, su sacerdocio es eterno, así como su intercesión (Hebr 7,11ss), lo mismo que su sacrificio continuamente renovado incruentamente en la Misa. Dios tiene derecho a nuestra adoración y a que le agradezcamos sus beneficios; nosotros, además del deber de adorarle y darle gracias, tenemos necesidad de expiar nuestros pecados y de las gracias sin las cuales no podemos vivir sobrenaturalmente. Pues bien, en el Sacrificio del Altar es donde, unidos a Cristo sacerdote y víctima, podemos cumplir nuestro deber de adoración y gratitud, donde ofrecemos un sacrificio expiatorio suficiente, donde podemos obtener las gracias que necesitamos. Al comulgar obtenemos muchos frutos dentro de los cuales están: 1. nos une a Cristo, no es que nos acerque a Cristo, sino que interiormente nos hace una cosa con Cristo y Él mismo habita en nuestro interior porque así lo dijo Él “Quien come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él” (Jn 5,56). 2. nos separa del pecado, “La Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometido y preservarnos de futuros pecados” CEC No. 1393. 3. realiza la unidad de la Iglesia, al recibir todos un mismo Cuerpo, formamos una profunda unidad que no hace de los vínculos de sangre o de amistad, sino de nuestra común unión en Cristo, pasando a constituir su Cuerpo místico: la Iglesia; “La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan.” 1 Cor 10,16-17. 4. nos impulsa a la caridad, la comunión nos llena del amor de Cristo, aumenta la gracia, fortalece nuestra caridad y nos lleva a dar una respuesta de amor, sobre todo, a los más necesitados. La alianza era el principio de unidad del pueblo de Israel como pueblo para con Dios. Así nosotros debemos de cumplir con la Nueva Alianza, yendo a Misa.

AMÉN

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APÉNDICE
ALGUNOS ELEMENTOS JUDÍOS EN LA IGLESIA CATÓLICA QUE LA CONECTAN CON EL ISRAEL BÍBLICO
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Las Vestiduras Episcopales y Sacerdotales de los Ministros Católicos cuando ofician en el Altar: Éxodo 28, 35 / Éxodo 40 Rito de Consagración de Obispos y Sacerdotes: Éxodo 29,6 Incienso: Éxodo 30, 1 Agua a la entrada del Templo: Éxodo 17 El carácter sagrado de los artículos litúrgicos: Éxodo 30, 26-29 El Óleo de la Unción: Éxodo 30, 22-25 La riqueza de lo ofrecido al Señor en el culto solemne: Éxodo 35,4 El Templo y la Sinagoga tenían un ciclo donde se leía la Thora durante todo el periodo de un año. La Iglesia tiene el mismo periodo, donde lee los Evangelios en ciclos de un año. El lugar central de la Sinagoga es el Arón Hakodesh que es un receptáculo cuadrado cubierto por una cortina bordada y escoltado por una luz siempre encendida donde se guarda la Palabra de Dios. El centro de la Iglesia es el Tabernáculo con una cortina bordada y una luz siempre encendida donde se guarda la Palabra de Dios encarnada, Jesús el Cordero Eucarístico Los judíos se cubrían la cabeza con el Kipa. El Obispo descendiente de los Apóstoles también se cubre la cabeza con un Kipa llamado solideo. Los judíos se ponían el Talit para orar, la Estola Sacerdotal es una descendencia de este Talit. El Templo y la Sinagoga mantenían y mantienen una liturgia, la Iglesia también. Los judíos tenían el Heren o excomunión. La Iglesia también. Los judíos celebraban la Pascual. La iglesia también. Los judíos mantenían una sola interpretación de la Ley. La Iglesia también.

El Templo se dividía en tres secciones: La sección de los fieles, la sección de los sacerdotes y el Santo de los Santos donde oficiaba el Sumo Sacerdote que ofrecía el sacrificio. El templo Católico también se divide en tres secciones: La Sección de los fieles, La sección de los Ministros (Presbiterio) y el Altar donde se ofrece el sacrificio al Padre por medio de Jesús Sumo Sacerdote de la Iglesia. ELEMENTOS DEL APOCALIPSIS EN LA MISA:
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El Domingo como da de Adoración: Apoc 1, 10 Altar: Apoc 8, 3-4 / 11, 1 Presbíteros, traducido como ancianos en nuestras Biblias: Apoc 4, 4 / 11, 15 / 14, 3 / 19, 4 Vestiduras Litúrgicas: Apoc 1, 13 / 4, 4 / 6, 11 / 7, 9 / 15, 6 / 19, 13-14 Celibato: Apoc 14, 4 Candelabros: Apoc 1, 12/ 2, 5 Incienso: Apoc. 5, 8 / 8, 3-5 Libros que se abren: Apoc 5, 1 Cálices o copas: Apoc 15, 7 Signo de la Cruz (Tau): Apoc 7, 3 / 14, 1 / 22, 4 Gloria: Apoc. 15, 3-4 Aleluya: Apoc 19, 1.3.4.6 Santo, Santo, Santo: Apoc 4, 8 Cordero de Dios: Apoc 5, 6 en adelante Amén: Apoc 19, 4 / 22, 21 Intercesión de los Ángeles y los Santos: Apoc 5, 8 / 6, 9-10 / 8, 3-4 Mención de la Virgen Santísima: Apoc 12, 1-6

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San Miguel Arcángel: Apoc 12, 7 Cena de las bodas del Cordero: Apoc 19, 9-17

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