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La intercesión de los Santos

de la Iglesia Católica ¿es bíblica?


(Textos bíblicos tomados de la versión Reina-Valera)
Por Ing. Farid Herrera

El principal problema sobre este tema radica en comprender la mediación de los santos entre Dios y los
hombres. El pasaje que provoca más discordia es 1 Tim 2:5. El versículo dice así: “Porque hay un solo
Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”. Al simplemente leerlo
cualquiera diría que tienen razón y que no cabe duda alguna de que Jesús es el único mediador entre
Dios y los hombres, excluyendo a la Virgen María y a los Santos. La Biblia no se equivoca y sabemos
que Dios mismo inspiró a Pablo a decir eso, así que es verdad, pero Pablo dijo “Jesucristo hombre” (ya
Pablo sabía que Jesús también era Dios, por eso aclaró que era Jesucristo como hombre al que se
refería en este versículo), porque fue como hombre que pudo realizar esa mediación, y realizar su
Nueva Alianza, ya que ni Adán, ni Noé, ni Abraham, ni Moisés, ni David pudieron sostenerla. Siempre
que Dios hacía una nueva alianza para restaurar su vínculo con los hombres, estos decidían pecar y
romperla. Dios se mantuvo constantemente fiel, pero no así Adán, Noé, Abraham, Moisés o David;
tuvo que ser Jesucristo hombre, porque se requería que fuera un hombre tan sin pecado y tan
constantemente como Dios mismo. Cabe recalcar que los apóstoles siempre se refirieron a Jesús como
Cristo, Señor o Jesucristo, pero nunca como “Jesucristo hombre”, este es el único lugar en todo el
Nuevo Testamento donde se especifica y menciona a Jesús que fue como hombre específicamente que
realizó algo.

Explicación del versículo: 1 Timoteo 2:5


(basado en los comentarios bíblicos de la Nácar Colunga)

El término “mediador”, aparte de este versículo, se aplica también a Jesucristo en la carta a los
Hebreos “Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto,
establecido sobre mejores promesas.” 8:6; “Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto,
para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer
pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna.” 9:15 y “a Jesús el Mediador del
nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.” 12:24, o sea es un término
que sobre todo está junto a “alianza” o “pacto”: Jesucristo es el mediador del Nuevo Pacto, de la
Nueva Alianza. Vemos en estos pasajes que la unicidad mediadora, o único mediador,
corresponde a la unicidad del Dios que quiere que todos se salven. El único mediador es
Jesucristo hombre, que es el mediador entre Dios y los hombres porque es el Hijo (el mismo
Dios hecho hombre) que se ha entregado a la muerte en rescate por todos.

Tanto el AT como el NT dan fe de la fundamental significación de la mediación de Jesús. La


misma Biblia hace la diferencia entre la mediación de Jesús y la de los demás mediadores.
Así la palabra “mediador” significa, para el pueblo judío, lo mismo que hombre de
confianza, juez árbitro, fiador o garantizador para poner de acuerdo a dos en un negocio;
significa en sí conciliador.

Moisés es el organizador de Dios hacia el pueblo de Israel sin tener poder político, es el jefe del
pueblo sin tener ejército, es ordenador del culto sin ser sacerdote, es fundador y mediador del

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nuevo conocimiento de Dios sin ser profeta. Por estas razones, Moisés es el mediador entre el
pueblo escogido y Dios. Moisés es el heredero y enviado de Dios, por eso debe de ser el
liberador del pueblo de Israel de la esclavitud de los egipcios. Moisés es la prefiguración de
Jesús.

Confirmamos el término “mediador” aplicado a Moisés en Gálatas: “Entonces, ¿para qué sirve
la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue
hecha la promesa; y fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador.” Ga 3:19 (ver
Lev 26:46 y Dt 5:4,5). Término bien conocido y entendido por los judíos.

En el Nuevo Testamento, únicamente en estos cuatro pasajes (Hbr 8:6; 9:15; 12:24 y Ga 3:19) se
encuentra la palabra “mediador” y por supuesto en 1 Tim 2:5, y como repetimos, está unido a la
“alianza” o “pacto” de Dios con los hombres.

Jesús es muchísimo mejor mediador que los anteriores, así que Él es:

 Nuestro nuevo Adán (“No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los
que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de
venir.” Romanos 5:14),
 Nuestro nuevo Noé (“Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del
Hombre.” Lc 17:26),
 Nuestro nuevo Moisés (“...Cristo Jesús; el cual es fiel al que le constituyó, como también lo
fue Moisés en toda la casa de Dios. Porque de tanto mayor gloria que Moisés es estimado
digno éste, cuanto tiene mayor honra que la casa el que la hizo. [...] Y Moisés a la verdad
fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir; pero
Cristo como hijo sobre su casa...” Hbr 3:1-6 y “Pues la ley por medio de Moisés fue dada,
pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.” Juan 1:17), y
 Nuestro nuevo David (Hch 2:25-35).

Recalcamos de nuevo que Pablo al hablar de Cristo Jesús utiliza la palabra “hombre”. Cabe
señalar primero que los católicos y la mayoría de los no-católicos coincidimos sobre este texto en
que Pablo reafirma que Jesús es verdadero hombre y no solamente un mediador. Jesucristo ejerce
ese poder de “mediador” esencialmente como hombre, pues es como hombre que va a la muerte
y paga a Dios el precio de nuestra redención. Pero en su condición divina también Jesús es Sumo
Sacerdote Eterno que ejerce la Mediación de la Alianza que Él procura, es por eso que es
Mediador por excelencia y superior a todo mediador, testador o Sumo Sacerdote anterior, es por
eso que es importante distinguir dos términos precisos, el de Mediador y el de Intercesor… la
Mediación de Jesús tiene que ver con la Alianza y no con portador de oraciones o peticiones
personales, ya que Él mismo es Dios, y nadie recibe a sí mismo cosas para dárselas a sí mismo.

Está claro que únicamente porque también era Dios pudo dar a su muerte un valor infinito, y, por
consiguiente, es en su condición de hombre-Dios como le corresponde el título de
“mediador” único. “El pecado es un problema humano que debía resolverse a favor de la
humanidad solamente mediante un ser humano” como lo dice Witherington. Es como
hombre que Jesucristo tiene la capacidad de ser el mediador para el hombre; porque el
pecado vino de la desobediencia del ser humano así que el único que podía redimirlo debió
ser humano.

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Esto lo confirmamos en el versículo seis: v.6 “el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de
lo cual se dio testimonio a su debido tiempo”. Dio su vida, como mediador, para expiar a todos
los hombres (humanidad), que había caído en la muerte. “Porque el Hijo del Hombre no vino
para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” Mc 10:45.

B. Witherington III explica así la presencia del término “hombre” en 1 Tim 2:5:

¿Qué cosa quiere decir Pablo cuando afirma que la gracia viene a nosotros -así como la
resurrección y la reconciliación- por medio de un hombre? El pecado era un problema
humano que podía resolverse a favor de la humanidad sólo mediante un ser humano.
Algunos pueden pensar que la eficacia de la salvación de la humanidad se debiese a Jesús
como ser divino, en cambio Pablo aquí quiere acentuar lo contrario: si Jesús no fuese
hombre verdadero, la humanidad no habría recibido la gracia, la resurrección, o – como
lo hacen notar Colosense y Efesios- la reconciliación. De hecho el evento extraordinario
es precisamente que el hombre Jesús murió y resucitó: Dios, prescindiendo del misterio
de la encarnación, no está sujeto a la muerte. (...) Resumiendo, para que la salvación
llegase a los hombres y los rescatase, debía ser mediada por uno que compartiese la
humanidad.

Esta es la mediación de Jesucristo, la mediación de la redención y salvación. Ni tan siquiera los


ángeles podían reconciliarnos con el Padre. Por este motivo Pablo dice que Cristo era el único
que podría sacrificarse por nuestros pecados, ya lo dijo Pedro: “Y en ningún otro hay salvación;
porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” Hch
4:12; el “bajo el cielo” nos refuerza que Jesús como hombre, cuando estuvo aquí en la
tierra, fue el único hombre que fungió como mediador para redimirnos.

El que Pablo nos diga que hay “un solo mediador”, que es Jesucristo, no quita la mediación de
los santos y ángeles, y especialmente la de la Virgen María, ya que esa mediación de los santos
involucra la mediación de Jesucristo. En Él se unen el cielo y la tierra. En Él se funde Dios con el
hombre.

Jesús es el único cuya intercesión delante del Padre puede salvarnos. La Virgen María, los santos
en el cielo, los ángeles, interceden por los hombres en virtud a su unión con Jesús por la que son
parte de su Cuerpo Místico. Debido a que en el cielo ellos están más estrechamente unidos con
Jesús, afirman a toda la Iglesia en la santidad... no dejan de interceder por nosotros ante Dios.

Así que este pasaje no tiene nada que ver con la intercesión comunitaria entre nosotros y los santos.
Una cosa es la mediación de la Nueva Alianza y otra el orar mutuamente o con los que ya están en la
presencia del Señor.

El error del concepto

El término "mediación" puede entenderse de dos formas:

1. Explico la primera con un ejemplo: Un niño rompe la ventaja del vecino con su pelota de béisbol; el
niño no cuenta con los medios para pagar el vidrio, por lo que el papá tiene que pagarle al vecino

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por el daño que el niño hizo. Jesucristo pagó por nuestros pecados, dando su vida y salvándonos.
Nadie puede pagar o hacer lo que hizo Jesús en la cruz; porque como se dijo antes se requería que
fuera un hombre tan sin pecado y tan constantemente como Dios mismo.

2. La otra mediación se da cuando alguien actúa como medio entre la persona que necesita ayuda y la
que puede darla. Ejemplo: un indigente se le acerca a una pareja y les pide una limosna, a la mujer
se le conmueve el corazón y le dice al esposo: - Amor, cómprale algo de comer y dáselo -. El
marido por amor a su esposa toma su petición y la cumple.

Para entender mejor el concepto de mediación, referimos el término al siguiente texto:

El Vocabulario de Teología Bíblica de Xavier Leon-Dufour, entre otras muchas consideraciones,


hace el siguiente comentario, bajo el término “mediador”:

"El que Cristo sea el único mediador no significa que haya terminado el papel de los hombres en
la historia de la salvación. La mediación de Jesús reviste acá abajo signos sensibles: son los
hombres, a los que Jesús confía una función para con su Iglesia; incluso en la vida eterna asocia
Jesucristo, en cierta manera, a su mediación los miembros de su cuerpo que han entrado en la
gloria. (...) Los que desempeñan no son, propiamente hablando, intermediarios humanos con una
misión idéntica a la que tuvieron los mediadores del AT; no añaden una nueva mediación a la del
único mediador: no son sino los medios concretos utilizados por éste para llegar a los hombres."

Entonces la función mediadora de Jesucristo en el Nuevo Testamento se le atribuye al hombre Jesús,


específicamente a su ofrecimiento por los hombres. Esta función la ha recibido de Dios, de su Padre:
“Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio
de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en
cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que,
somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en
nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado,
para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” 2 Co 5:18-21. Ejerce luego, esta función de
trascendencia universal porque en su humanidad es el Hijo mismo de Dios, que cumplió la Ley y hace
a los hombres capaces de cumplirla (cf. Rom 8:3).

Jesús es nuestro Salvador y "nadie más que él puede salvarnos" (Hechos 4:12). Sin embargo, Jesús ha
elegido actuar a través de Su Iglesia y no hay motivos para creer que los cristianos no puedan ya
auxiliar y orar por sus hermanos y hermanas en la tierra una vez que ellos estén en el Cielo. Más bien, a
causa del amor perfecto que existe en el Cielo, los santos tendrán mejor disposición y tendrán más
capacidad de interceder por otros que cuando estaban en la tierra. Al venerar a los santos, alabamos a
Dios que los creó; debemos pedir sus oraciones como pedimos a nuestros hermanos cristianos en la
tierra que oren por nosotros.

El culto debido a Dios

Con respecto al culto debemos aclarar que el culto que se le tributa a Dios, es básicamente un
reconocimiento a la suprema autoridad que tiene sobre todas las cosas, así sabemos que Él es su
criador, ordenador y conservador, y que nosotros le debemos expresiones de gratitud por todos estos
beneficios recibidos y que estamos obligados a tener sumisión y obediencia. El culto externo es

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complemento de la expresión interna, es nuestro reconocimiento de que todo se lo debemos a Él, no
sólo en espíritu, sino también en cuerpo. Tanto el culto externo como el interno es exclusivamente
propio de Dios, a ninguna criatura en la tierra o en el cielo se le puede rendir los homenajes que son
debidos exclusivamente a Dios ya que de lo contrario caeríamos en la idolatría. Así sabemos que jamás
en ningún escrito católico se ha confundido el culto de los Santos y de la Virgen María con el que le
debemos a Dios, quien cayese en ese error sería por supuesto reprochado por la Iglesia.

El culto que se tributa a los Santos y a la Virgen María es un homenaje rendido a sus notables virtudes,
pero estas virtudes son reconocidas como dones de Dios; así, honrando a los Santos, honramos a los
seres humanos que ha santificado. Aunque el objeto inmediato sean los Santos, el último fin de este
culto es Dios. Por lo tanto en la santidad de estos hombres y mujeres estamos venerando la Santidad
infinita.

¿Conoce alguien algún pueblo que no haya perpetuado la memoria de sus hombres más reconocidos y
famosos, con imágenes, estatuas y otra clase de monumentos? ¿No son reconocidos por sus virtudes y
actos? ¿Y los Santos no merecen igual veneración, como nos lo pide nuestra naturaleza humana?
¿Puede algún cristiano decir que es más digno perpetuar la memoria de los conquistadores que
derramaron sangre por la tierra, que los héroes que sacrificaron todo por el prójimo? ¿Verá un cristiano
con más placer una imagen de un guerrero, de un político, de un eminente científico que la de un siervo
de Dios?

Los Santos son modelos de santidad: hay quienes dicen que no necesitamos otro modelo de santidad
pues ya tenemos el modelo del propio Jesús o que Cristo es el único camino. Esto es verdad, pero no
significa que no hubo hombres y mujeres que, transitando el único camino que es Cristo, puedan
transformarse para nosotros en ejemplo del seguimiento de Jesús. Así lo afirma San Pablo: “pues para
mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia.... Hermanos, sed imitadores míos, y fijaos en los
que viven según el modelo que tenéis en nosotros.” (Fil 1:21 y 3:17).

Según la doctrina católica, los Santos son hombres justos que disfrutan en la gloria el premio de sus
virtudes; ellos no necesitan orar para sí, ya que están exentos de todos los males y peligros, y ya han
conseguido todo lo que se puede desear; pero sí pueden orar por nosotros: si esto podían hacerlo en la
tierra, ¿cuánto más podrán hacerlo en el cielo? Si nosotros en la tierra oramos por nuestro prójimo, ¿no
podrían o no querrían orar por nosotros los que están en la presencia del Señor y han conseguido una
felicidad inmortal? Sus oraciones son aceptadas por Dios de una manera particular, son un incienso
agradable que humea incesantemente ante Su trono. Ellos tuvieron una vida normal en esta tierra de
desdichas, y no se han olvidado de nosotros. La Iglesia nos dice: «La intercesión de los santos. "Por el
hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda
la Iglesia en la santidad...no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del
único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su
solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49)» CIC # 956. Este es el dogma.

¿Los santos nos escuchan?

En términos físicos, el cielo no es un "lugar" que ocupa un espacio; el cielo trasciende esta definición.
Se intuye entonces que, si el cielo no ocupa un espacio, el cielo no tiene límites. El cielo es el estado
del alma en el que esta alma se encuentra eternamente ante la presencia de Dios. Más sencillamente:
quien está en el cielo, está con y en Dios. La muerte no es el final de la vida, sino el comienzo de la
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verdadera vida. Para los que mueren en Cristo, la muerte es un paso a un sitio o estado mejor, mucho
mejor que aquí.

Explicación del cielo:

En el lenguaje sencillo el Cielo es el lugar en donde mora Dios y en el cual Dios introduce a los
que se salvan; salva al alma sin el cuerpo después de la muerte, y con el cuerpo resucitado
después de la Parusía (segunda venida de Cristo).

A esta representación del cielo como la morada de Dios, se adiciona la de un lugar al que
también los creyentes pueden, por gracia, ascender; como muestran las historias de Enoc (cf. Gn
5:24) y Elías (cf. 2 R 2:11). Así que, el cielo es una figura de la vida en Dios; llegar al cielo es
llegar a Dios, vivir con Dios y participar de su plenitud de vida. En ese sentido vemos que Jesús
habla de una "recompensa en los cielos" (“Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es
grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.” Mt
5:12) y pide que "amontonemos tesoros en el cielo" (“sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la
polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan.” Mt 6:20; cf. 19, 21).

En el ámbito de la Revelación sabemos que el "cielo" no es algo abstracto, ni tampoco un lugar


físico en medio de las nubes, sino una relación personal y activa con la Santísima Trinidad.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que: “por su muerte y su resurrección, Jesucristo nos
ha "abierto" el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos
de la redención realizada por Cristo, que asocia a su glorificación celestial a quienes han creído
en él y han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos
los que están perfectamente incorporados a él” (n. 1026).

Los santos (o justos) han dejado atrás la angustia de la muerte; y de ellos Juan nos
dice: "Entonces uno de los ancianos habló, diciéndome: Estos que están vestidos de ropas
blancas, ¿quiénes son, y de dónde han venido? Yo le dije: Señor, tú lo sabes. Y él me dijo: Estos
son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han
emblanquecido en la sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven
día y noche en su templo; y el que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre
ellos. Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el
Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y
Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos." Apoc 7:13-17.

Cabe aclarar que el color blanco es relacionado con la resurrección: “Y cuando entraron en el
sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se
espantaron.” Mc 15:5 (cf. Mt 28:1-3) y que este color le pertenece a Cristo y lo dará a los que
estén con Él en el cielo: “Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus
vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas. El que venciere será
vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su
nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles.” Apoc 3,4-5. En el cielo los santos gozan
de una salud plena y perfecta, pues Dios los libra de todas las miserias de la vida terrenal (Apoc
7:16).

Por lo tanto cuando decimos que Dios está en el cielo queremos decir que es distinto de la tierra,

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que está elevado sobre esta. Cuando decimos “cielo” estamos designando el modo de existir de
Dios. Por eso Mateo se refiere al Reino de Dios como Reino de los Cielos.

Si Dios es omnipresente, el cielo no es un determinado lugar de la creación. El cielo está donde


está Dios y puede estar en todas partes.

La unión fraternal en el cielo:

El banquete que usa Jesús como símbolo de la comunidad con Dios (Mt 22:2; Lc 22:29;
Mt 8:11-12; Mt 5:6) es de alegría, con amigos, es un banquete nupcial. El banquete de
bodas es una fiesta magnífica en la vida del hombre sencillo, ya que se da mucha comida
(Mt 22:4) y vino hasta saciarse (Jn 2:1-11) y se reúnen los invitados, vestidos de túnica
nueva (Mt. 22:11). Así es como están los justos.

El
mismo Jesús anuncia que el destino final del hombre es un estar con Él. Les da consuelo a sus
discípulos diciéndoles que va a prepararles un lugar para que donde Él esté, estén también los
suyos: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho;
voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y
os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.” Jn 14:2-3. Ahí están
los santos con los apóstoles. Vemos que la frase “«para que donde yo estoy, vosotros también
estéis»” la podemos correlacionar con lo que también dijo en Jn 17:24: “«Padre, aquellos que
me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria
que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo.»” La meta final
consiste en la eterna comunión con Cristo, en estar con Jesús junto a Dios. Es una promesa que
hizo Jesús, así que nunca podríamos dudar de ella. Esteban lo sabía por eso dijo: “...Señor Jesús,
recibe mi espíritu” mientras lo apedreaban (Hch 7:59).

Pablo mismo nos dice: “Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de
partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario
por causa de vosotros.” Flp 1:23-24, el enemigo del hombre es la muerte pero es a la vez el
tránsito hacia esa plena comunión con Cristo; y “Porque aunque fue crucificado en debilidad,
vive por el poder de Dios. Pues también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por
el poder de Dios para con vosotros” 2 Co 13:4, “viviremos con él… para con vosotros”.

Por eso Jesús dijo: “No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están
en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas
los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.” (Jn. 5, 28-29), y Él al morir fue a
visitar las almas para que unas resucitaran para tener vida y otras para condenación.

El cielo es una patria, nuestra futura patria: “Porque los que esto dicen, claramente dan a
entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron,
ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual

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Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad” Heb
11:14-16 y “Así pues, siempre llenos de buen ánimo, sabiendo que, mientras habitamos en el
cuerpo, vivimos desterrados lejos del Señor, pues caminamos en fe y no en visión... Estamos,
pues, llenos de buen ánimo y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor.” 2 Co 5:6-
8. Ciudadanos del cielo: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también
esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” Filp 3:20 (cf. Ef 2:12-19 y Gal 4:26).

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Explicación de 2 Cor 5:6-8

Para Pablo el “vivir en este mundo” significa estar lejos del Señor, en el exilio; pero morir
significa ir a la nueva patria, junto al Señor. Jesucristo resucitado ascendió a los cielos y
como Señor celestial, se encuentra ahora en otro campo del ser completamente diferente,
que es, también, la otra patria permanente del cristiano, hacia la cual nos encontramos en
camino. Sobre la tierra el cristiano está en el exilio y espera su partida hacia el Señor.

Cabe mencionar que Pablo repite constantemente que el ser cristiano significa, ya en este
tiempo, estar en Cristo o con Cristo (2,14; 14,4); pero el estar actualmente con Cristo es
sólo un caminar en la fe. El significado pleno de «estar en Cristo» sólo se dará cuando
contemplemos la realidad: «Ahora vemos mediante un espejo, borrosamente; entonces
veremos cara a cara».

No sólo Pablo deseó salir del cuerpo para estar junto al Señor, en casa, también cualquier
cristiano creyente en las promesas de nuestro Señor Jesucristo. La comunión con Jesús se
prolongará también en la muerte y así quedaría vencido todo temor ante la muerte. Esto
mismo le decía Pablo a los tesalonicenses. Pablo exhorta a todo cristiano a que:
“«Estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras»”
1Ts 4:17s.

Pablo nos dice que prefiere morir a seguir viviendo en la tierra, ¿por qué? ¿cuál es la
razón de esa preferencia? Pablo es muy claro al este respecto: mientras “habitamos en el
cuerpo”, “vivimos lejos” del Señor (v.6), dado que caminamos “por la fe” y no “por la
visión” (cf. 1 Cor 13:12; Rom 8:24); de ahí que prefiera (v.8) “salir del cuerpo” y “vivir
junto al Señor”.

Pablo centra su mirada en Jesucristo que nos está esperando en el cielo luego de nuestra
muerte corporal, nos está esperando en nuestra verdadera patria, así que Pablo entiende
muy bien que al partir de este cuerpo para estar con el Señor se está refiriendo al tiempo
después de la muerte individual. De lo contrario, sería inútil el deseo de morir, si luego de
dejar el cuerpo no estuviéramos en la presencia del Señor, y así seremos como ángeles
(no iguales, pero sí como), hasta la llegada del tiempo final y la resurrección general. Es
la misma doctrina que encontramos también en otros lugares del Nuevo Testamento (cf.
Lc 16:22-23; 23:43).

Entonces el Cielo significa justamente el encuentro con Dios mismo. Este encuentro con Dios no
es un descanso eterno, sino una vida increíble y vertiginosa; una comunión con su Cuerpo
Místico que es toda la Iglesia.

Consideremos otros puntos que nos aclara más lo que nos espera después de la muerte corporal:

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1. Jesús nos indicó que la vida después de la muerte es personal, que nuestra personalidad no
nos será quitada. Seguiremos existiendo, así nos los testifica la historia del ladrón junto a la
cruz de Jesús, el cual estaría con Él ese mismo día en el paraíso. Es claro que Jesús no estaba
pensando en la muerte como un fin sino como una separación del cuerpo físico.

Jesús también implicó que nuestra personalidad de alguna forma seguiría intacta después de
la muerte porque nos dijo: “Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se
pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos” Mt 8,11. Y
Abraham, Isaac y Jacob habían muerto hace muchos siglos, sin embargo Jesús hablando de un
hecho futuro, los mencionó por su nombre implicando que su personalidad se mantendría.

¿Alguna vez se ha preguntado si usted podrá ver a sus seres queridos que ya han partido a la
presencia del Señor? Aparentemente aquellos que participan de la vida eterna podrán
reconocerse unos a otros, así el Rey David habló de estar con su hijo muerto otra vez (“Pero
ahora que ha muerto, ¿por qué he de ayunar? ¿Podré hacer que vuelva? Yo iré donde él,
pero él no volverá a mí." ” 2 Sam 12:23. También los discípulos de Jesús vieron a Moisés y a
Elías, reconociéndolos tal y como eran; igual en la Parábola de el rico Espulón y Lázaro (Lc
16:27-28).

2. Jesús enseñó que la vida eterna sería una relación mutua tanto con Él como entre nosotros.
Jesús prometió a sus discípulos que un día estarían con Él nuevamente: “En la casa de mi
Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar.
Y… volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros.”. También
Pablo nos dijo: “deseo partir y estar con Cristo” Filp 1,23.

Jesús definió la vida en el cielo cuando nos dijo: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti
el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.” Jn 17,3. En otras palabras, la
vida eterna implicará llegar a conocer mejor a Dios y el sentido de la vida.

Acordémonos que tanto los que estamos en la tierra como los que han partido al encuentro del Señor
formamos el Cuerpo Místico de Cristo, y por esto participamos en la vida y la obra de Cristo. Vemos
que Cristo es el único juez, el único pastor, el único rey, el único mediador, pero los cristianos también
son todo eso en Él:

1- Jesucristo es el único juez supremo y los cristianos serán jueces en el cielo (Mat 19:28; Lc
22:30; 1 Cor 6:2-3).
2- Jesús es el único Pastor (Juan 10:16) y establece pastores (Jn 21:15-17; Ef 4:11)
3- Jesús es el único Rey y nosotros reinaremos con ÉL: (Apoc 4:4, 10).

Jesús enseña que los suyos son mediadores para que otros crean y sean uno:

"Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de
ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en
nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que
sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad,
para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has

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amado." (Jn 17:20-23)
No se trata de otra mediación sino la única de Jesús que se manifiesta en los Santos gracias a que
son uno con Él y forman Su Cuerpo Místico.

Únicamente Dios es omnipresente, y jamás diremos lo contrario, pero eso no implica que los santos que
están en el cielo no nos escuchen, y lo demostramos con las Sagradas Escrituras también: “Así os digo
que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.” Lc 15:10. ¡Los ángeles
se dan cuenta de todo lo que pasa aquí! ¿Son ellos omnipresentes? Por supuesto que no, pero al estar en
Dios, pueden darse cuenta por “la gracia” de lo que pasa en nuestro mundo terrenal.

Pero muchos dirán - Pero es que son ángeles, no santos -. Pero: “Jesús les respondió: "Estáis en un
error, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios. Pues en la resurrección, ni ellos tomarán
mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo. Y en cuanto a la resurrección de los
muertos, ¿no habéis leído lo dicho por Dios: Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de
Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos." ” Mt 22:29-32

Primeramente decimos que esto fue dicho por boca de nuestro Señor Jesucristo, luego que ¡seremos
como los ángeles en el Cielo! y por último que Dios es un Dios de vivos y no de muertos como lo están
Abraham, Isaac, Jacob, los apóstoles y todos los justos o santos que han pasado por esta vida. Así que,
nos daremos cuenta de lo que pase aquí también, y si a esto le añadimos: Y si se nos dice en la Biblia
que los ángeles están para ayudarnos ¿Por qué los santos no?

Apocalipsis nos dice: “Cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las almas de los que habían sido
muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían. Y clamaban a gran voz,
diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que
moran en la tierra? Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco
de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían
de ser muertos como ellos.” 6:9-11.

Dios nos creo a su imagen y semejanza pero el ser semejante a Dios no es ser Dios, pero sí supone el
participar, de una u otra forma, de sus atributos, como lo encontramos en la Biblia. Cuando Adán y Eva
tomaron del fruto prohibido dijo Dios: “Y dijo Yahvé Dios: "¡Resulta que el hombre ha venido a ser
como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal! Ahora, pues, cuidado, no alargue su
mano y tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre." ” Gn 3:22. Vemos
también que Dios sacó al hombre del paraíso para que no tomara también del árbol de la vida, pero los
que ya han vencido y son santos, han probado de ese árbol: “...Al que venciere, le daré a comer del
árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios.” Ap 2:7 Por lo que, la condición de los
santos en el cielo es mucho más perfecta que la de Adán, de quien Dios llegó a decir “es como uno de
nosotros”.

El ser partícipe de la naturaleza divina no nos convierte en dioses por naturaleza porque participar en
ese algo no implica llegar al nivel del estado de ese algo. El que participa de esa naturaleza divina,
participa también de sus atributos. Con esto afirmamos en especial que los que ya están en la presencia
de Dios pueden participar de Su naturaleza, ya que ellos han sido purificados de todo pecado porque
nada impuro entra en la presencia de Dios. Por eso podemos recurrir a ellos y pedirles que oren por
nosotros. Su plena santidad y su participación de la naturaleza divina está fuera de toda duda, ya que no
están en "este cuerpo de muerte" (Rom 7:24).

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Los santos en el Cielo no están “muertos”; están más vivos que nosotros. “Yo soy el Dios de Abraham,
de Isaac y de Jacob”, dice Jesús citando del Éxodo. “No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque
para El todos viven” (Mc 12:26-27 o Lc 20:38). Si Jesús no pretendiera que los santos de la Tierra se
comunicaran con los del Cielo, habría escogido un mal ejemplo al dejar a Moisés y a Elías aparecerse
delante de Pedro, Santiago y Juan en el Monte Tabor (Mt 17:1-8).

Un caso claro de intercesión: La sanación del siervo del centurión.

“Y el siervo de un centurión, al cual tenía Él en estima, estaba enfermo y á punto de morir. Y


como oyó hablar de Jesús, envió a Él los ancianos de los Judíos, rogándole que viniese y librase
a su siervo. Y viniendo ellos a Jesús, rogáronle con diligencia, diciéndole: Porque es digno de
concederle esto; Que ama nuestra nación, y Él nos edificó una sinagoga. Y Jesús fue con ellos.
Mas como ya no estuviesen lejos de su casa, envió el centurión amigos á Él, diciéndole: Señor,
no te incomodes, que no soy digno que entres debajo de mi tejado; Por lo cual ni aun me tuve
por digno de venir a ti; mas di la palabra, y mi siervo será sano. Porque también yo soy hombre
puesto en potestad, que tengo debajo de mí soldados; y digo á éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y
viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Lo cual oyendo Jesús, se maravilló de él, y vuelto, dijo
a las gentes que le seguían: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Y vueltos a casa
los que habían sido enviados, hallaron sano al siervo que había estado enfermo”. (Lucas 7:2-10)

Detalles de lo que pasó:

• El centurión envió a los ancianos a pedirle a Jesús que sanara al siervo.


• Los ancianos hablaron en favor del centurión.
• Luego el centurión envió a amigos para que dieran el recado a Jesús. Repitieron el mensaje.
• Luego Jesús dijo: "Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe".
• Y luego sanó al siervo del centurión.

¿El centurión, en algún momento habló directamente a Jesús? No, Jesús dijo que no había hallado una
fe tan grande en Israel! El centurión por un lado debió haber agradecido a sus amigos que enviaron el
mensaje. Pero ¿quién hizo el milagro? ¡Jesús! Todo lo sabían. No fueron los amigos los que sanaron al
sirviente, pero cooperaron en su sanación.

Del mismo modo, los Santos en el cielo, interceden por nosotros ante Jesús, así que Jesús nos salva de
peligros para nuestros cuerpos e incluso almas. No son los Santos, sino Jesús el que hace el milagro.
Recordemos que Jesús salvó la vida del siervo. ¿No es la vida espiritual más importante que la
material?

Si los santos están vivos, rezando y cuidando de nosotros, ¿por qué no pedirles ayuda? ¿Es acaso la
cooperación entre cristianos idolatría? ¿Acaso los santos le roban el crédito a Jesús, sólo porque le
piden al mismo Jesús que nos ayude?

En resumen: ¿Los santos interceden por nosotros? De acuerdo a nuestro estudio debemos responder
que sí, la liturgia celestial no consiste sólo en la alabanza. Su centro es el Cordero que está en pie como

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degollado (cfr. Ap 5,6), es decir, “Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la
diestra de Dios, y que intercede por nosotros” (Rm 8, 34; cfr. Hb 7, 25). A Él se unen los santos en su
culto celestial. Así, las almas de los bienaventurados, participan de una liturgia que es también de
intercesión, y tienen consecuentemente en ella cuidado de nosotros y de nuestra peregrinación. El
fundamento de la intercesión de los santos consiste en que presentan ante el Padre «los méritos que en
la tierra consiguieron por el Mediador único entre Dios y los hombres, Cristo Jesús (cfr. 1 Tm 2, 5),
como fruto de haber servido al Señor en todas las cosas y de haber completado en su carne lo que falta
a los padecimientos de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (cfr. Col 1:24). Esto, sin embargo,
no significa que la intercesión de los santos sea meramente la validez permanente de sus vidas por el
mundo delante Dios de modo que deban excluirse auténticas actuaciones intercesoras, incluso referidas
a intenciones particulares.

La actitud primera que surge en el creyente que sabe que los santos interceden por él, es la de gratitud
hacia ellos. Porque al vivir la unión entre la liturgia celestial y la terrenal nos hacemos conscientes de
que los bienaventurados oran por nosotros, «conviene [...] sumamente que amemos a estos amigos y
coherederos de Jesucristo, hermanos también y eximios bienhechores nuestros, [y] que demos a Dios
las debidas gracias por ellos».

El más allá

De las objeciones a esta participación divina muchos muestran el siguiente pasaje: “Aún hay esperanza
para todo aquel que está entre los vivos; porque mejor es perro vivo que león muerto. Porque los que
viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria
es puesta en olvido. También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; y nunca más tendrán parte
en todo lo que se hace debajo del sol.” Eclesiastés 9:4-6. Aluden a que ya muertos no se enteran de
nada, pero anteriormente hemos demostrado que si nos escuchan, y sobre este pasaje aclaramos que el
autor sagrado está hablando de sus cuerpos y no del alma, como él mismo lo aclara más adelante:
“Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los
años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento... y el polvo vuelva a la tierra, como era, y
el espíritu vuelva a Dios que lo dio.” Eclesiastés 12:1,7.

Explicación de Eclesiastés 9:4-6

Mientras uno vive (tiempo terrenal), por más mal que le vaya en la tierra, siempre queda una
esperanza de conseguir, mediante el arduo trabajo, días mejores, más felices y más prósperos.
Pero como cristianos sabemos que nuestras miserias es el bien más apetecible para el hombre.
Para entender el mensaje del autor sagrado recordamos que el perro era un animal impuro (1 Sam
17:43; 2 Sam 3:8; 9:8; 16:9; Mt 15:26; Ap 22:15), objeto de desprecio para los orientales, y que
el león era símbolo de la fuerza, era el animal más noble de todos los animales (Gen 49:9; Is
38:13; Lam 3:10; Os 13:7; Sant 10:6). El sentido es que es preferible ser el último y más
indigno de los animales estando vivo, que el mejor y más querido de todos ellos estando
muerto.

El v.5 sigue bajo la misma línea, que puede producir falsas interpretaciones si no se tiene en
cuenta todo el contexto de la frase. Los vivos están concientes que han de morir, es decir, viven

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todavía y pueden deleitarse de los bienes y tranquilidad que Dios les otorga en esta vida, tan
añorada por más que esté llena de miserias, mientras que los muertos ya nada saben; para los
sabios, el saber, el conocer, es la más noble manifestación de la vida; no tienen más paga,
despojados como están de toda actividad y trabajo que pudiera merecer salario; más aún, al pasar
del tiempo, ni memoria queda de ellos entre los vivos, de modo que ya no cuentan para nada, lo
que constituye para el autor sagrado gran desencanto (1:11; 2:16). San Jerónimo nos hace
reflexionar: “Los vivientes, ante el temor de la muerte, pueden realizar buenas obras; los
muertos, en cambio, nada pueden añadir a lo que se llevaron al despedirse de la vida. Ya no hay
para los muertos tiempo en el que puedan merecer y conseguir el premio”. El v.6 nos da la clave
para interpretar los versículos precedentes, hay que recordar que los afectos y más fuertes
pasiones cesan en su actividad en el momento de la muerte, que quebranta toda relación con este
mundo visible “debajo del sol”.

“Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de
vivos.” Mt 22:32 y antes había dicho Jesús: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no
pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.” Mt
10:28. El cuerpo fue creado para el alma y no el alma para el cuerpo; la salvación es para el alma.

Jesús nos presentó la parábola de Lázaro y el hombre rico. El rico ya muerto dice: “Te ruego, pues,
padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos” Lc 16:27-28 ¿Cómo es que
el rico recuerda que tiene hermanos y que tiene una casa si los muertos no saben nada? Es una
parábola, pero no por eso es falso lo que se dice. Jesús no nos enseñaría algo que pudiera confundirnos
si no fuera verdad. Jesús recurre a parábolas para predicar, no a fábulas o mitos, sino a sucesos que
están basados en hechos reales.

En esta parábola se narra algo que, como hemos visto, todo judío contemporáneo de Jesús sabía: que
Dios juzga tras la muerte; que mientras unos son salvos, otros se ven condenados, y que esa condena
implica tormento y angustia. Pero además, la parábola resultaba tan clara en su enseñanza, que los
discípulos de Jesús no tuvieron que preguntarle por su significado, como sucedía en la mayoría de los
casos. Si los discípulos hubieran visto que Jesús les daba una enseñanza extraña o que contradecía sus
creencias de la vida después de la muerte se lo hubieran hecho ver y hasta reprochado. Pero para los
discípulos, como para los que lo oían, lo que hubiera resultado antibíblico no lo fue.

Hemos de notar que en el culto a los santos es ensalzado un hombre por amor a la gloria de Dios de la
que este hombre participa, que supera todo honor humano y sólo es aprehensible por la fe.

Resumámoslo en una analogía: Dios es como el mar, cada uno de nosotros somos como gotas de lluvia
que caen. Al caer en el mar ya no somos la gota individual, sino que nos fundimos en Dios y ahora
somos parte de Él, por eso al pedir la intercesión de los santos, pedimos a aquellos que ya son
plenamente en Dios, con Dios y para Dios, por eso pueden oírnos y por eso su intercesión tiene mucho
poder, porque lo hacen en el Nombre de Jesucristo.

“No hay otro camino de oración cristiana que Cristo. Sea comunitaria o individual, vocal o interior,
nuestra oración no tiene acceso al Padre más que si oramos "en el Nombre" de Jesús. La santa
humanidad de Jesús es, pues, el camino por el que el Espíritu Santo nos enseña a orar a Dios nuestro
Padre.” CIC No.2664.

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¿Y los judíos qué dicen?

El siguiente es un comentario de un judío sobre la intercesión de los justos:

Intercesión, es la participación y mediación para conseguir algo.

La conexión entre la persona (de cualquier procedencia, sea judío o gentil) con Dios es directa;
sin intermediarios de ninguna especie. Lo único que se precisa para comunicarse con Él es el
deseo firme de hacerlo, y la sinceridad y pureza de corazón. Tal como está escrito: "Cercano está
el Eterno a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de verdad." (Tehilim / Salmos
145:18).

Sin embargo, el recurrir a tzadikim, personas de una conducta intachable, para que ellos recen por
uno, es una práctica antigua, tal como testimonia nuestro libro consagrado: "y dijeron al profeta
Irmiá [Jeremías]: –Por favor, llegue nuestro ruego a tu presencia, y ora por nosotros al Eterno
tu Elokim, por todo este remanente... para que el Eterno tu Elokim nos enseñe el camino por
donde debemos ir y lo que hemos de hacer." (Irmiá / Jeremías 42:2-3).

¿No contradice esto aquello de que uno reza directamente a Dios sin intermediarios?
¿Qué necesidad hay de pedir a un tzadik para que rece por uno, si se cuenta con 24 horas de
conexión directa con el Eterno? La respuesta es sencilla. Se recurre a un tzadik al menos por tres
motivos:

1. La persona justa está menos atada por el pecado y el vicio de lo pasajero; por lo cual sabe
conectarse con Dios de una manera más veraz y firme, más "de verdad" según dijera el salmo.
La concentración de un tzadik a la hora del rezo, suele ser inmensa, casi un vínculo
imperturbable. Así que, es muy probable que el rezo del tzadik tenga una fuerza que la persona
menos cultivada espiritualmente (aún) no ha alcanzado. Es como si le pidiéramos a un hombre
muy fornido que levantara un peso que es excesivo para nosotros, pero ligero para él. Este
pedido no debe servirnos como excusa para abandonarnos a la pereza y a confiar en un ser
humano (en este caso, el tzadik) en lugar de esforzarnos y confiar en Dios. Sino como ocasión
especial, en la cual excepcionalmente precisamos ayuda. Es decir, como un método
extraordinario.
2. Para que la persona justa enseñe la manera correcta de dirigirse al Eterno; ya que no toda
palabra ni todo gesto que se eleva a Dios son apropiados. El justo, por sus cualidades
personales y especialmente por sus estudios, es más conocedor de lo que es pertinente y qué
no lo es. Y es más apto para reconocer qué vale la pena ser pedido en cierto momento, y qué es
accesorio.
3. Para que el tzadik sirva de guía e inspiración personal. El tzadik es un ser humano común y
corriente, solamente que ha alcanzado un alto grado de espiritualidad por medio de la práctica
de los preceptos y el esmerado estudio de Torá. Por lo cual, cada persona que recurre al tzadik
debería hacerlo con el objetivo de aprender del maestro que todos y cada uno de nosotros
podemos superarnos, trascender nuestras limitaciones, crecer en pos de la eternidad. Relea el
pedido que le hicieran al profeta (en lo que citamos un poco más arriba) y descubrirá que este
es el objetivo de pedir un rezo al tzadik.

Por lo explicado, el rezo a solicitud por parte del tzadik sirve para que los que hicieron el ruego
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reconozcan que: "conforme a todo aquello para lo cual el Eterno tu Elokim te envíe a nosotros,
así haremos." (Irmiá / Jeremías 42:5). Y así aprendan a estar más próximos al Eterno, es decir, a
ser mejores personas a través del cumplimiento de los mandamientos.

En el caso de un tzadik fallecido, la cuestión es semejante. Se le reza a Dios, y sólo a Él. Pero, se
tiene presente al tzadik, ya que para los que así hacen, se espera que la memoria del difunto
maestro justo sirva como modelo y aliciente para el esfuerzo de autosuperación y crecimiento a
través de las sendas de la Torá. Pues, si el maestro vivió una vida de dignidad y justicia, su
muerte también las posee; y sigue sirviendo como ejemplo para sus continuadores.

Tomado de: http://serjudio.com/rap1501_1550/rap1512.htm

Los judíos creían y creen en la intercesión de los santos (tzadik); lo podemos reafirmar con los
siguientes pasajes: “Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama
sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Algunos de los que estaban
allí decían, al oírlo: A Elías llama éste. Y al instante, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, y la
empapó de vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber. Pero los otros decían: Deja, veamos si
viene Elías a librarle.” Mt 27:46-49

Ellos pensaron que Jesús le estaba pidiendo la intercesión a Elías para que lo salvara de la cruz. No se
dice de ningún judío que dijera a Jesús: “¡Blasfemo, estás pidiendo la intercesión de alguien muerto!!!”

Más detalles al tema


Sabemos que Jesús es Dios, y si Él es estrictamente el único mediador entre Dios y los hombres, ¿para
qué mediaría Jesús ya en la Santísima Trinidad ante sí mismo?, eso no sería una mediación.

No es lógico pensar que aquellos que murieron en santidad (que tenían el Espíritu Santo), después de
muertos dejaron de tenerlo. Sus almas se separaron de sus cuerpos, pero esto no afecta en nada al
Espíritu Santo.

“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni
lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar
del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” Rom 8:38-39

Los santos son ejemplos de santidad y debemos seguir el consejo de Pablo: “Porque para mí el vivir es
Cristo, y el morir es ganancia.” Fil 1:21 y “Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se
conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros.” Fil 3:17.

De acuerdo a la Real Academia Española, venerar es: Respetar en sumo grado a alguien por su
santidad, dignidad o grandes virtudes, o a algo por lo que representa o recuerda. O sea, venerar es
reconocer las cosas que alguien ha hecho bien; es lo que Ornán hizo con el rey David: “Y viniendo
David a Ornán, miró Ornán, y vio a David; y saliendo de la era, se postró en tierra ante David.” 1 Cr
21:21. La veneración es un acto de amor (interno) con el que contemplamos la grandeza de esos
defensores de la Fe, a quienes llamamos santos. Los actos externos son las formas propias que cada

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pueblo tiene para demostrar este amor interno.

Existen tres clases de cultos sagrados:

1. Latría (o adoración): Es exclusivo de Dios (Ex 20:3; Dt 6:13).


2. Hiperdulía (o veneración especial): que se le rinde a la Virgen María (Lc 1:28,42,48).
3. Dulía (o veneración): que se le rinde a los santos (97:11-12; Prov 10:7).

Algunos ejemplos de veneración que aparecen en la Biblia son los que se le hacían a los ángeles: son
espíritus que desde un inicio se mantuvieron fieles a Dios y siguen estándolo (Tob 5:4; Mt 1,20; Lc
1:26; Hech 8:26; etc) por lo que merecen un honor especial. Veámoslo en un ejemplo concreto:
“Estando Josué cerca de Jericó, alzó sus ojos y vio un varón que estaba delante de él, el cual tenía una
espada desenvainada en su mano. Y Josué, yendo hacia él, le dijo: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros
enemigos? El respondió: No; más como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora. Entonces
Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró; y le dijo: ¿Qué dice mi Señor a su siervo? Y el
Príncipe del ejército de Jehová respondió a Josué: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde
estás es santo. Y Josué así lo hizo.” Josué 5:13-15; esto es venerar.

La veneración a los santos es el honor que se les rinde. Ellos, por su intercesión, su ejemplo y su unión
con Dios en el cielo, ministran la santificación de los fieles en la tierra, ayudándoles a crecer en virtud
cristiana. La veneración a los santos en ningún modo detrae de la gloria dada a Dios ya que de Él
procede todo el bien que ellos poseen. Los santos reflejan las perfecciones divinas y sus cualidades
sobrenaturales son gracias que recibieron por los méritos de Cristo ganados en la Cruz. En la liturgia de
la Iglesia, los santos son venerados como santuarios de la Trinidad, hijos adoptivos del Padre, hermanos
de Cristo, fieles miembros de su Cuerpo Místico y templos del Espíritu Santo.

¿Cómo cooperamos nosotros y los santos en esa mediación?

La Iglesia es una familia, si los hermanos se ayudan unos a otros, ¿sería eso ofender la autoridad del
padre? Sabemos que todo viene de Dios, aún la gracia necesaria para orar por otros.

En el Cuerpo Místico todos estamos unidos a Cristo y con Su poder nos ayudamos mutuamente.

Pablo nos enfatiza en la unidad entre Cristo y el cristiano: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y
ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios,
el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” Gálatas 2:20.

Cuando Pablo u otro santo sana o hace milagros, solamente puede ser por la única mediación de
Cristo que vive en Él.

Cristo lo puede todo por si solo pero ha deseado valerse de sus santos para continuar su enseñanza y su
obra. “El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me desecha; y el que me
desecha a mí, desecha al que me envió.” Lucas 10:16

Jesús enseña que los suyos son mediadores para que otros crean y sean uno:

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de
ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en
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nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que
sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad,
para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has
amado.” Juan 17:20-23.

Muchas veces decimos “San Gerardo me hizo el milagro de...” pero es igual que en nuestra vida
cotidiana, a veces decimos “mi amigo me hizo el favor de...” aunque en realidad “mi amigo me hizo el
favor gracias a Dios de...”; no se trata de otra mediación sino de la única de Jesús que se manifiesta en
los santos gracias a que son uno con Él y forman un solo Cuerpo.

Veamos algunos ejemplos de la Biblia: Jesús manda a sus Apóstoles a sanar enfermos, a resucitar
muertos, a limpiar leprosos y echar demonios (Mt 10:8); Pedro y Juan, en nombre de Jesús, sanan a un
hombre tullido (Hech 3:1-10); en el pueblo de Tróada, el apóstol Pablo devuelve la vida a un joven
accidentado (Hech 20:7-11); cuando el apóstol Pedro pasaba por la calle, la gente sacaba a los enfermos
y los ponía en camillas para que, al pasar Pedro, por lo menos su sombra cayera sobre algunos de ellos,
y todos eran sanados (Heh 5:15-16); Dios hacía grandes milagros por medio de Pablo, tanto que hasta
los pañuelos o las ropas que habían sido tocados por su cuerpo eran llevadas a los enfermos y los
espíritus malos salían de éstos (Hech 19:11-12). Todos estos textos nos dicen que Jesucristo hacía
milagros por medio de sus discípulos, y nadie pensaba que ellos se estaban robando el honor que sólo a
Jesús o a Dios les corresponde.

Igual en el caso de los ángeles; estos realizan una función mediadora: “Otro ángel vino y se paró
delante del altar de los perfumes con un incensario de oro. Se le dieron muchos perfumes: las
oraciones de todos los santos que iba a ofrecer en el altar de oro colocado delante del trono. Y la
nube de perfumes, con las oraciones de los santos, se elevó de las manos del ángel hasta la presencia
de Dios.” (Ap 8, 3-4). Jesús mismo nos dijo acerca de no ofender los niños pequeños, pues sus ángeles
guardianes tienen acceso garantizado al Padre para intercesión: “Cuídense, no desprecien a ninguno de
estos pequeños. Pues yo se lo digo: sus ángeles en el Cielo contemplan sin cesar la cara de mi Padre
del Cielo” (Mt 18, 10) No por ser Jesús el único mediador entre Dios y los hombres no podamos contar
con nuestros ángeles para mediar.

EL CONTEXTO

Muchos me han dicho como última herramienta para contradecir la intercesión de los Santos con el
pasaje de I de Timoteo, que esa mediación de Jesús es también para la oración porque todo el capítulo
es una instrucción sobre la oración. Pero, no se necesita saber mucho de literatura para saber que en
todo texto existen lo que se puede llamar cuñas para enfatizar otra cosa en un tema.

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2:1 Exhorto ante todo, a que se hagan
rogativas, oraciones, peticiones y acciones de
gracias, por todos los hombres; 2:2 por los
reyes y por todos los que están en eminencia,
para que vivamos quieta y reposadamente en Exhorta a los cristianos a que se hagan
toda piedad y honestidad. 2:3 Porque esto es oraciones por todo el mundo.
bueno y agradable delante de Dios nuestro
Salvador, 2:4 el cual quiere que todos los
hombres sean salvos y vengan al conocimiento
de la verdad. 2:5 Porque hay un solo Dios, y
un solo mediador entre Dios y los hombres, Esto confiados en que Jesús nos reconcilió
Jesucristo hombre, 2:6 el cual se dio a sí con Dios por medio de su sacrificio
mismo en rescate por todos, de lo cual se dio (humano), y así tenemos un mejor acceso al
testimonio a su debido tiempo. 2:7 Para esto Padre. Habiendo realizado su definitiva
yo fui constituido predicador y apóstol (digo alianza con los hombres.
verdad en Cristo, no miento), y maestro de los
gentiles en fe y verdad. 2:8 Quiero, pues, que Y para que hasta los gentiles se unan al
los hombres oren en todo lugar, levantando antiguo pueblo de Dios y configuremos su
manos santas, sin ira ni contienda. 2:9 Cuerpo Místico.
Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa Cerrando el capítulo insistiendo en la
decorosa, con pudor y modestia; no con oración por todos y para todos.
peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos
costosos, 2:10 sino con buenas obras, como

¿Qué más nos dicen las Sagradas Escrituras?

1 Corintios 12:12-13,26-27 “Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos
los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Porque por un solo
Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos
se nos dio a beber de un mismo Espíritu. [...] De manera que si un miembro padece, todos los
miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan.
Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular.” Por nuestra unidad como
miembros del Cuerpo de Cristo, tenemos el deber de mostrar preocupación unos por otros, esto debe de
seguir aún cuando ya hayamos ingresado al cielo: “Porque en parte conocemos, y en parte
profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará. Cuando yo era
niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo
que era de niño. Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora
conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido.” 1 Co 13:9-12

Lucas 20:37-38 "Pero en cuanto a que los muertos han de resucitar, aun Moisés lo enseñó en el
pasaje de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Porque
Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven." Jesús testifica que todos están
vivos para Dios y quienes están vivos en Su presencia pueden y deben mostrar amor por los demás. Los
santos lo hacen intercediendo en nuestro favor, a petición de nuestras oraciones.

Lucas 9:30-31 (Durante la transfiguración) “Y he aquí dos varones que hablaban con él, los cuales
eran Moisés y Elías; quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su partida, que iba Jesús
a cumplir en Jerusalén.” Moisés y Elías, aunque ya no estaban físicamente vivos en la tierra, estaban
envueltos e interesados ante el proceso por el cual Jesús salvaría a la humanidad.
19
Jn 11:25-26 “Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto,
vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” Todos coincidirán de
que Jesús ha derrotado a la muerte y que por sus méritos, también hemos (tiempo presente) alcanzado
la victoria; y que si la muerte ya no existe, estamos vivos en la tierra y en el cielo.

Efesios 3:14-18 “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de
quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de
su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo
por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente
capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la
altura” Por el amor de Dios, los creyentes en Jesucristo están unidos tanto en el cielo como en la
tierra. Por lo tanto “toda familia”, angelical y humana, debe su origen y existencia a Dios Padre, esto
significa que Dios es el Padre común de los hombres y de los ángeles, creados todos por Él, para
constituir su familia en los cielos (Ef 2:19 “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino
conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” “toda familia en los cielos y en la
tierra”).

Hebreos 12:1 “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de
testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera
que tenemos por delante” ¿Quiénes son estos testigos que tenemos? A los que inmediatamente se
refería Pablo los encontramos en Hebreos 11:4-5,7-9,11,20-21,23,31-32 sin menospreciar a todos los
demás justos que llegaron a la presencia del Señor.

Hebreos 12:22-24 “sino que os habéis acercado (tiempo presente) al monte de Sión, a la ciudad del
Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de
los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos
hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto...” La Iglesia existe tanto en la tierra como en el
cielo, unidos por medio del amor de Cristo. Las expresiones monte de Sión, ciudad de Dios vivo,
Jerusalén la celestial, etc., significan lo mismo: la nueva obra glorificada, plasmada en la Iglesia (cf.
Ga 4:26). Estos “primogénitos” constituirían a los cristianos en general que han llegado al cielo y que
recibieron la dignidad y los derechos igual a los primogénitos de las familias de los patriarcas (cf. Hbr
9:15; 11:40; 12:16-17). Tampoco extrañaría el término de Jerusalén “celestial” ya que se refiere a la
Iglesia, lugar del nuevo culto tanto en la tierra como en el cielo a la misma vez.

Santiago 5:16 “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis
sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.” La intercesión de los santos, que han vuelto
perfectamente justos, es de gran valor para los que deseen su ayuda para la oración.

Hechos 9:33-35 “Y halló allí a uno que se llamaba Eneas, que hacía ocho años que estaba en cama,
pues era paralítico. Y le dijo Pedro: Eneas, Jesucristo te sana; levántate, y haz tu cama. Y en seguida
se levantó. Y le vieron todos los que habitaban en Lida y en Sarón, los cuales se convirtieron al Señor.”
Es Jesucristo el que realiza el milagro por medio de sus intercesores, nadie puede realizarlos si no es en
Jesucristo.

2 Mac 15:11-16 “Armó a cada uno de ellos, no tanto con la seguridad de los escudos y las lanzas,
como con la confianza de sus buenas palabras. Les refirió además un sueño digno de crédito, una
especie de visión, que alegró a todos. Su visión fue tal como sigue: Onías, que había sido sumo
sacerdote, hombre bueno y bondadoso, afable, de suaves maneras, distinguido en su conversación,
20
preocupado desde la niñez por la práctica de la virtud, suplicaba con las manos tendidas por toda la
comunidad de los judíos. Luego se apareció también un hombre que se distinguía por sus blancos
cabellos y su dignidad, rodeado de admirable y majestuosa soberanía. Onías había dicho: «Este es el
que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo y por la ciudad santa, Jeremías, el profeta de
Dios. Jeremías, tendiendo su diestra, había entregado a Judas una espada de oro, y al dársela había
pronunciado estas palabras: «Recibe, como regalo de parte de Dios, esta espada sagrada, con la que
destrozarás a los enemigos.»” Compáralo con Jer 15:1 “Y me dijo Yahveh: Aunque se me pongan
Moisés y Samuel por delante, no estará mi alma por este pueblo. Echales de mi presencia y que
salgan.”

Cuando pedimos la intercesión de algún santo, damos gloria a Dios Padre. Un padre no va a regañar a
su hijo menor por pedirle al hijo mayor que interceda por él para pedirle algo al padre. No lo
reprendería diciéndole ¿por qué no viniste directamente a mí? No, el padre estaría contento de que sus
hijos se ayudan. Igual cuando Jairo pidió por su hija no le reprendió para que ella fuera la que hiciera la
petición. Al honrar a los santos, estamos honrando a muchos seres queridos que ya están en la gloria
con Dios.

LA IGLESIA PRIMITIVA

Hermas [80 D.C.] “[El Pastor dijo:] “Pero aquellos que son perezosos e indolentes en la oración,
dudan pedir cualquier cosa del Señor; pero el Señor está lleno de compasión, y da sin falta a todos
aquellos que le piden. Pero tú, [Hermas,] habiendo sido fortalecido por el santo ángel [que viste], y
habiendo obtenido de él tal intercesión, y no siendo indolente, por qué no le pides al Señor
entendimiento, y lo recibes de Él?” (El Pastor 3: 5:4).

En el Martirio de San Policarpo [escrito hacia el año 156 D.C.] se dice: “Porque a Cristo le
adoramos como a Hijo de Dios que es; mas a los mártires les tributamos con toda justicia el homenaje
de nuestro afecto como a discípulos e imitadores del Señor, por el amor insuperable que mostraron a
su Rey y Maestro. ¡Y pluguiera a Dios que también nosotros llegáramos a participar de su suerte y ser
condiscípulos suyos!” XVII, 3.

San Cipriano [253 D.C.] nos dice: “Cuando muramos entraremos a través de la muerte en la
inmortalidad, y no puede seguir la vida eterna si antes no se nos ha concedido partir de aquí abajo.
Esto no es ninguna desaparición para siempre, sino sólo un paso y un tránsito hacia la eternidad
después de haber transcurrido la vida temporal. ¿Quién no se apresurará hacia lo mejor? y ¿quién no
deseará ser transformado y transfigurado lo antes posible a imagen de Cristo y de la gloria de la
gracia celestial,, como dice el Apóstol Pablo? Que tendremos esas propiedades lo promete con Él y
podamos alegrarnos con Él en la morada eterna y en el reino celestial. Quien quiera llegar a la sede
de Cristo, a la gloria del reino celestial no puede entristecerse y lamentarse, sino que tiene que
manifestar sólo alegría en razón de la promesa del Señor y en razón de su fe en la verdad de este su
viaje y traslación” Sobre la inmortalidad, núm. 22.

Clemente de Alejandría “De modo que él [el verdadero cristiano] es siempre puro para la oración. El
también ora en la sociedad de los ángeles, siendo ya de rango angélico, no está nunca sin sus santos
cuidados; y aunque ora solo, tiene el coro de los santos permanentemente [orando] con él”
21
(Misceláneas 7: 12 [208 D.C.]).

Orígenes “Pero el sacerdote máximo [Cristo] no ora solitario por aquellos que oran sinceramente, sino
que también lo hacen los ángeles… lo mismo las almas de los santos que ya se han dormido” (Oración
11 [233 D.C.])

Anónimos:

“Atico, duerme en paz, seguro en tu salvación, ora ansiosamente por nuestros pecados”
(inscripción funeraria cerca de Santa Sabina en Roma [300 D.C.])

“Ora por tus padres, Matronata Matrona. Ella vivió un año, cincuenta y dos días” (ibid.).

“Madre de Dios, [escucha] mis peticiones; no nos abandones en la adversidad, sino que
rescátanos del peligro” (Papiro Ryland 3 [350 D.C.]).

Cirilo de Jerusalén [350 D.C.] “Entonces [durante la plegaria Eucarística] hacemos mención
también de aquellos que ya se han dormido; primero, los patriarcas, profetas, apóstoles y mártires,
que a través de sus oraciones y súplicas Dios pueda recibir nuestras peticiones…” (Conferencias
Catequéticas 23: 9)

22
Lo que dice oficialmente la Iglesia Católica
Del “Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia”:

Capítulo VI
LA VENERACIÓN A LOS SANTOS Y BEATOS

Algunos principios

208. Con sus raíces en la Sagrada Escritura (cfr. Hech 7,54-60; Ap 6,9-11; 7,9-17) y atestiguado con
certeza desde la primera mitad del siglo II, el culto de los Santos, en especial de los mártires, es un
hecho eclesial antiquísimo. La Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, siempre ha venerado a los
Santos...

209. La Constitución Sacrosanctum Concilium, en el capítulo dedicado al Año litúrgico, explica


claramente el hecho eclesial y el significado de la veneración de los Santos y Beatos: "la Iglesia
introdujo en el círculo anual el recuerdo de los Mártires y de los demás Santos, que llegados a la
perfección por la multiforme gracia de Dios y habiendo ya alcanzado la salvación eterna, cantan la
perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros. Porque al celebrar el tránsito de los
santos de este mundo al cielo, la Iglesia proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que sufrieron y
fueron glorificados con Cristo, propone a los fieles sus ejemplos, los cuales atraen a todos por Cristo al
Padre y por los méritos de los mismos implora los beneficios divinos".

210. Una comprensión adecuada de la doctrina de la Iglesia sobre los Santos sólo es posible dentro del
ámbito más amplio de los artículos de la fe relacionados con dicha doctrina:

- La "Iglesia, una, santa, católica y apostólica", santa por la presencia en ella de "Jesucristo, el cual, con
el Padre y el Espíritu Santo es proclamado el solo santo"; por la actuación incesante del Espíritu de
santidad; porque está dotada de medios de santificación. La Iglesia, pues, aunque comprende en sí a
pecadores, está "ya en la tierra adornada de una verdadera, si bien imperfecta, santidad"; es el "pueblo
santo de Dios", cuyos miembros, según el testimonio de las Escrituras son llamados "santos" (cfr. Hech
9.13; 1 Cor 6,1; 16,1)

- La "comunión de los santos", por la que la Iglesia del cielo, la que tiende a la purificación final "en el
estado llamado Purgatorio" y la que peregrina sobre la tierra, están en comunión "en la misma caridad
de Dios y del prójimo"; de hecho, todos los que son de Cristo, al tener su Espíritu, forman una sola
Iglesia y están unidos en Él.

- La doctrina de la única mediación de Cristo (cfr. 1 Tim 2,5), que no excluye otras mediaciones
subordinadas, las cuales se realizan y ejercen dentro de la absoluta mediación de Cristo.

211. La doctrina de la Iglesia y su Liturgia proponen a los Santos y Beatos, que contemplan ya
"claramente a Dios uno y trino" como:

- Testigos históricos de la vocación universal a la santidad; ellos, fruto eminente de la redención de


Cristo, son prueba y testimonio de que Dios, en todos los tiempos y de todos los pueblos, en las más
variadas condiciones socio-culturales y en los diversos estados de vida, llama a sus hijos a alcanzar la
plenitud de la madurez en Cristo (cfr. Ef 4,13; Col 1,28);

23
- Discípulos insignes del Señor y, por tanto, modelos de vida evangélica; en los procesos de
canonización la Iglesia reconoce la heroicidad de sus virtudes y consiguientemente los propone como
modelos a imitar;

- Ciudadanos de la Jerusalén del cielo, que cantan sin cesar la gloria y la misericordia de Dios; en ellos
ya se ha cumplido el paso pascual de este mundo al Padre;

- Intercesores y amigos de los fieles todavía peregrinos en la tierra, porque los Santos, aunque
participan de la bienaventuranza de Dios, conocen los afanes de sus hermanos y hermanas y
acompañan su camino con la oración y protección;

- Patronos de Iglesias locales, de las cuales con frecuencia fueron fundadores (san Eusebio de Vercelli)
o Pastores ilustres (san Ambrosio de Milán); de naciones: apóstoles de su conversión a la fe cristiana
(santo Tomás y san Bartolomé para la India), o expresión de su identidad nacional (san Patricio para
Irlanda); de agrupaciones profesionales (san Omobono para los sastres); en circunstancias especiales –
en el momento del parto (santa Ana, san Ramón Nonato), de la muerte (san José) – y para obtener
gracias específicas (santa Lucía para la conservación de la vista), etc.

Todo esto la Iglesia lo confiesa cuando, con agradecimiento a Dios Padre, proclama: "Nos ofreces el
ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino".

212. Finalmente, es preciso recordar que el objetivo último de la veneración a los Santos es la gloria de
Dios y la santificación del hombre, mediante una vida plenamente conforme a la voluntad divina y la
imitación de las virtudes de aquellos que fueron discípulos eminentes del Señor.

Por esto, en la catequesis y en otros momentos de transmisión de la doctrina se debe enseñar a los fieles
que: nuestra relación con los Santos hay que entenderla a la luz de la fe, no debe oscurecer: "el culto
latréutico, dado a Dios Padre mediante Cristo en el Espíritu, sino que lo intensifica"; "el auténtico culto
a los santos no consiste tanto en la multiplicidad de los actos exteriores cuanto en la intensidad de un
amor práctico", que se traduce en un compromiso de vida cristiana.

El culto tributado a Santos y Beatos

226. El influjo recíproco entre Liturgia y piedad popular resulta particularmente intenso en las
manifestaciones de culto tributadas a los Santos y a los Beatos. Por lo tanto, parece oportuno recordar,
de manera sintética, las principales formas de veneración que la Iglesia rinde a los Santos en la
Liturgia: estas deben iluminar y guiar la piedad popular.

La celebración de los Santos

227. La celebración de una fiesta en honor de un Santo – a los Beatos se les aplica, servatis servandis,
lo que se dice de los Santos - es sin duda una expresión eminente del culto que les tributa la comunidad
eclesial: conlleva, en muchos casos, la celebración de la Eucaristía. La fijación del "día de la fiesta" es
un hecho cultual relevante, a veces complejo, porque concurren factores históricos, litúrgicos y
culturales, no siempre fáciles de armonizar.

En la Iglesia de Roma, y en otras Iglesias locales, las celebraciones de las memorias de los mártires en
el aniversario del día de su pasión, esto es, de su máxima asimilación a Cristo y de su nacimiento para
24
el cielo, más tarde también la celebración del conditor Ecclesiae, de los Obispos que la habían regido y
de otros insignes confesores de la fe, así como el aniversario de la dedicación de la iglesia catedral,
dieron lugar a la formación paulatina de calendarios locales, donde se registraban el lugar y la fecha de
la muerte de cada uno de los Santos o bien de grupos de ellos.

De los calendarios particulares surgieron pronto los martirologios generales, como el Martirologio
siríaco (siglo V), el Martyrologium Hieronymianum (siglo VI), el de San Beda (siglo VIII), de Lyon
(siglo IX), de Usuardo (siglo IX), de Adón (siglo IX).

228. La historia del Calendario Romano, que indica el día y el grado de las celebraciones en honor de
los Santos está estrechamente vinculada con la historia del Martirologio.

Actualmente el Calendario Romano General solamente contiene, conforme a la norma indicada por el
Concilio Vaticano II, las memorias de "Santos de importancia realmente universal", dejando a los
calendarios particulares, sean nacionales, regionales, diocesanos, de familias religiosas, la indicación de
las memorias de otros Santos.

Es conveniente recordar la razón de la reducción del número de las celebraciones de los Santos y
tenerla presente oportunamente en la praxis pastoral: se han reducido para que "las fiestas de los
santos no prevalezcan sobre los misterios de la salvación". A lo largo de los siglos, "por el aumento
de las vigilias, de las fiestas religiosas, de sus celebraciones durante octavas y de las diversas
inserciones dentro del Año litúrgico, los fieles han puesto en práctica, algunas veces, peculiares
ejercicios de piedad de tal modo que sus mentes se han visto apartadas en cierta manera de los
principales misterios de la divina Redención".

229. Desde la reflexión sobre los hechos que han determinado el origen, desarrollo y las diversas
revisiones del Calendario Romano General, se siguen algunas indicaciones de indudable utilidad
pastoral:

- Es necesario instruir a los fieles sobre la relación entre las fiestas de los Santos y la celebración del
misterio de Cristo. Las fiestas de los Santos, reconducidas a su razón de ser más profunda, iluminan
realizaciones concretas del designio salvífico de Dios y "proclaman las maravillas de Cristo en sus
servidores"; las fiestas de los miembros, los Santos, son en definitiva fiestas de la Cabeza, Cristo;

- Es conveniente que los fieles se acostumbren a discernir el valor y el significado de las fiestas de los
Santos y Santas que han tenido una misión especial en la historia de la salvación y una relación peculiar
con el Señor Jesús...

El día de la fiesta

230. El día de la fiesta del Santo tiene una gran importancia, tanto desde el punto de vista de la Liturgia
como de la piedad popular. En un breve e idéntico espacio de tiempo, concurren numerosas expresiones
culturales, tanto litúrgicas como populares...

231. Es necesario que la fiesta del Santo se prepare y se celebre con atención y cuidado, desde el punto
de vista litúrgico y pastoral.

Esto conlleva, ante todo, una presentación correcta de la finalidad pastoral del culto a los Santos, es
decir, la glorificación de Dios, "admirable en sus Santos", y el compromiso de llevar una vida
25
conforme a la enseñanza y ejemplo de Cristo, de cuyo cuerpo místico los Santos son miembros
eminentes.

233. Sin embargo, no son pocos los elementos que amenazan la autenticidad de la "fiesta del Santo"
tanto desde el punto de vista religioso como antropológico.

Desde el punto de vista religioso, la "fiesta del Santo" o "fiesta patronal" de una parroquia, donde se ha
vaciado del contenido específicamente cristiano que tenía en su origen - el honor dado a Cristo en
uno de sus miembros - se convierte en una manifestación meramente social o folklórica y, en el mejor
de los casos, en una ocasión propicia de encuentro y diálogo entre los miembros de una misma
comunidad.

Desde un punto de vista antropológico hay que notar que no raras veces sucede que individuos o
grupos, creyendo que "hacen fiesta", en realidad, por los comportamientos que adoptan se alejan de su
auténtico significado. La fiesta, ante todo, es la participación del hombre en el dominio de Dios
sobre la creación y sobre su activo "reposo", no ocio estéril; es manifestación de una alegría
sencilla y comunicativa, no sed desmesurada de placer egoísta; es expresión de verdadera
libertad, no búsqueda de formas de diversión ambiguas, que dan lugar a nuevas y sutiles formas
de esclavitud. Se puede afirmar con seguridad: la trasgresión de la norma ética no solo
contradice la ley del Señor, sino que daña la base antropológica de la fiesta.

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Conclusión
La Iglesia Católica nunca ha exigido la veneración a los Santos; no obliga a nadie a invocar y tener
devoción a los santos, únicamente los propone como modelos para ser imitados. La intercesión de los
santos es real y realmente fuerte ya que ellos viven la gloria de estar con Jesucristo en el Cielo, y
seguimos a Pablo cuando dice: “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y
acciones de gracias, por todos los hombres” 1 Tim 2:1.

Los católicos honran y veneran a los santos, pero no los adoran. Tener esculturas e imágenes en su
honor no es más idolatría que tener fotografías de nuestros seres queridos. Rezarles y pedir su ayuda no
es más idolatría que la práctica de una viuda o un viudo que hablan en voz alta con su cónyuge
fallecido al pie de su tumba. Esa “tal nube de testigos” son ejemplos de inspiración para nuestras vidas
y seguir en nuestra lucha por conseguir la santidad: “...imitadores de aquellos que por la fe y la
paciencia heredan las promesas.” Hbr 6:12.

Amén

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