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Diferencias Semejanzas Entre Etica Moral

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07/07/2015

Universidad de Chile Facultad de Filosofía y Humanidades Departamento de Filosofía

Ética y Moral Conceptos preliminares

A. Implicancias etimológicas La palabra «ética» proviene del griego éthike, un adjetivo que deriva del nombre êthos: «carácter», «modo de ser» y «morada», «habitación»1. El término êthos (con "η": êta o "ê" prolongada) designa originariamente «el lugar donde se habita», la patria o morada donde se vive. De allí pasa a significar el «lugar interior», la morada que el hombre porta en sí mismo. Ello será, entonces, el principio del que brotan los actos humanos, la disposición que el hombre asume ante sí mismo, ante los otros y ante la naturaleza. Desde aquí se llega al significado de êthos como «carácter», «modo de ser» y «forma de vida» de la que el ser humano se va apropiando a lo largo de su existencia. Este carácter se manifiesta en su «comportamiento». Es decir, en el modo como se «porta», como se lleva a sí mismo consigo o se tiene a sí mismo (la morada interior). Ello implica libertad y referencia a otros, porque sólo es libre quien se tiene a sí mismo; y quien se «porta» debe atenerse a otros seres que también se tienen a sí mismos, también se «portan»; esto define, además, una dimensión política puesto que la convivencia con esos otros se da en el ámbito de la pólis. El carácter es así algo tan íntimo que define nuestro modo de ser y queda impreso en nuestro comportamiento como su fuente inequívoca. Éste es el significado habitual de la palabra «ética» para Aristóteles. Por eso, «virtudes éticas» quiere decir «virtudes del carácter». Pero, Aristóteles asocia además el uso de la palabra «ética» a éthos, (con "ε": epsilon o "é" breve) «costumbre», «hábito», nombre a partir del cual habría sido formado el primero, por una ligera modificación [EN II 1103 a 1117].

1

Cfr. Aranguren, José Luis. «Ética». Biblioteca Nueva. Madrid. 1997. Págs. 19 a 29.

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Ahora, la vinculación lingüística entre los conceptos de carácter y costumbre es signo de una vinculación real; en particular, de una relación de causalidad, pues el carácter se forma a partir de la costumbre, de modo que es ésta (y no el azar ni la naturaleza) el principio del cual procede aquél. En consecuencia, ambos sentidos son complementarios en relación con la comprensión del hecho ético. Cuando los latinos se ven forzados a traducir esa palabra a su lenguaje propio utilizan el vocablo moralitas, que a su vez se origina de la raíz mos, o mores que significaba simultáneamente: costumbres y maneras permanentes de actuar o comportarse. Al no disponer el latín de dos palabras para referirse a los dos conceptos que el griego podía diferenciar, muy pronto "moralitas" sustituye a éthos y êthos, y por lo tanto, en adelante una sola palabra va a significar tanto el modo de ser o la predisposición propia de cada uno en lo que tiene que ver con lo bueno, como las conductas acostumbradas o "de hecho". En relación con este significado, por ejemplo, Kant escribió su Metafísica de las costumbres, y asimismo, en el código legal se habla como una sola cosa de «la moral y las buenas costumbres». Ahora, si traducimos éthos por «costumbre» no estamos entendiendo simplemente una rutina exterior y mecánica, como sería, por ejemplo, la de lavarse los dientes. «Hábito» parece un mejor término para entender aquello que se tiene de un modo tan radical que nos constituye en lo que somos, lo que se tiene de tal modo que se es aquello; por ejemplo: tener el hábito de la veracidad es ser veraz, y el de la mentira es ser mentiroso. El «hábito» es una disposición firme y estable [héxis] para comportarnos de un determinado modo. Destacar la conexión del carácter con el hábito (costumbre) permite descubrir lo que está en los extremos de uno y otro término: la acción [praxis o enérgeia]. En efecto, la repetición de actos semejantes da lugar a los hábitos, de los cuales procede la disposición del carácter, que, a su vez, es la fuente de los actos humanos, que son semejantes en cuanto llevan impreso el sello de tal carácter.

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B. Acepciones terminológicas Usualmente se entiende a la ética como la ciencia, o disciplina filosófica que desarrolla el análisis del lenguaje moral y que ha elaborado diferentes teorías o maneras de justificar las pretensiones de validez de las proposiciones morales. Como parte de la filosofía, la ética es un tipo de saber que intenta construirse racionalmente, utilizando para ello el rigor conceptual y los métodos de análisis y explicación propios de la filosofía. Como reflexión sobre las cuestiones morales, la ética pretende desplegar los conceptos y argumentos que permitan comprender la dimensión moral de la persona humana como tal dimensión moral; es decir, sin reducirla a sus componentes psicológicos, sociológicos, económicos o de cualquier otro tipo (aunque, por cierto, sin olvidar que tales factores condicionan el mundo moral). Una vez desplegados los conceptos y argumentos pertinentes, se puede decir que la ética, la filosofía moral, habrá conseguido dar razón del fenómeno moral, dar cuenta racionalmente de la dimensión moral humana. La moral, en cambio, pertenece al mundo de la vida (Lebenswelt); está compuesta de valoraciones, actitudes y normas que orientan o regulan el obrar humano. Y de ella se pueden dar varias acepciones o sentidos diversos, tales como los siguientes: a. El término «moral» se usa a veces como sustantivo («la moral», con minúscula y artículo determinado), para referirse a un conjunto de principios, preceptos, mandatos, prohibiciones, permisos, patrones de conducta, valores e ideales de vida buena que, en su conjunto, conforman un sistema, más o menos coherente, propio de un colectivo humano concreto en una determinada época histórica. En este uso del término, la moral es un sistema de contenidos que refleja una determinada forma de vida, aunque tal modo de vida puede no coincidir totalmente (y ello suele ocurrir) con las convicciones y hábitos de todos y cada uno de los miembros de la sociedad tomados aisladamente. La moral es, pues, en esta acepción del término, un determinado modelo ideal de buena conducta socialmente establecido. b. El término «moral» también puede ser usado como sustantivo, para hacer referencia al código de conducta personal de alguien; como cuando decimos, por ejemplo, que una persona posee una moral muy estricta, o que carece de moral, y estamos queriendo referirnos con ello al código moral que guía sus actos a los largo de su vida.

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En este sentido, se trata del conjunto de convicciones y pautas de conducta que suelen conformar un sistema más o menos coherente y sirve de base para los juicios morales que cada cual hace sobre los demás y sobre sí mismo. Ahora bien, aunque la mayor parte de los contenidos morales del código moral personal coincide con los del código moral social, no es forzoso que así ocurra. De hecho, los grandes reformadores morales de la humanidad, como Buda, Confucio, Jesucristo o Sócrates, fueron, en cierta medida, rebeldes al código moral vigente en su mundo social. Tanto la moral socialmente establecida como la moral personal son realidades que corresponden a lo que Aranguren llamó «moral vivida», para contraponerla a la «moral pensada». c. Por otra parte, también se usa el término «Moral» (con mayúscula), empleado como sustantivo, para referirse a una ciencia que trata del bien en general, y de las acciones humanas en orden a su bondad o malicia, según como lo define el diccionario de la lengua española. No obstante, esta supuesta «ciencia del bien», en realidad, no existe. Lo que sí existe es una variedad de doctrinas morales («moral católica», «moral protestante», «moral comunista», «moral anarquista», etc.) y una disciplina filosófica, la Filosofía moral o Ética, que, a su vez, contiene una variedad de teorías éticas diferentes e incluso contrapuestas entre sí («ética socrática», «ética aristotélica», «ética kantiana», «ética utilitarista», etc.) En todo caso, tanto las doctrinas morales como las teorías éticas serían modos de expresar lo que Aranguren llama «moral pensada», frente a los códigos morales personales y sociales realmente asumidos por las personas, que constituirían la «moral vivida». d. Existe otro uso de la palabra «moral» que es aquél que se emplea, por ejemplo, cuando se habla de estar con la moral en alto, o de estar desmoralizado. Aquí «moral» es sinónimo de «buena o mala disposición de ánimo», «fuerza, coraje, o debilidad, para enfrentar los retos que plantea la vida». Así como lo ha planteado Ortega, aquí la moral no es un simple saber, o un puro deber, sino una actitud y un carácter, una disposición de la persona entera, que abarca lo cognitivo y lo emotivo, las creencias y los sentimientos, la razón y la pasión; en definitiva, una disposición de ánimo (individual o comunitaria) que surge del carácter que se haya forjado previamente. En alguna medida, al menos, este uso del término sería el que está implicado en la descripción que elabora Nietzsche en algunas de sus obras (Genealogía de la moral,

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Más allá del bien y del mal) para distinguir las características constitutivas, y contrapuestas entre sí, de la moral noble (activa y rozagante de vida) y de la moral esclava (decadente y enfermiza). Cabe la posibilidad, por último, de que utilicemos el término «moral» como sustantivo en género neutro: «lo moral». De esta manera nos estamos refiriendo a una dimensión de la vida humana: la dimensión moral; es decir, esa faceta compartida por todos, que consiste en la necesidad inevitable de tomar decisiones y llevar a cabo acciones de las que tenemos que responder ante nosotros mismos y ante los demás, necesidad que nos impulsa a buscar orientaciones en los valores, principios y preceptos que constituyen la moral en el sentido expuesto con anterioridad. CUADRO RESUMEN

a) Modelo de conducta socialmente establecido en una sociedad concreta («la moral vigente») b) Conjunto de convicciones morales personales («tal persona posee una moral muy rígida») c.1) Doctrinas morales concretas («Moral católica», USOS DEL TÉRMINO c) Tratados sistemáticos etc.) «MORAL» COMO acerca de las cuestiones SUSTANTIVO morales («Moral») c.2) Teorías éticas («Moral (ética) aristotélica». etc., d) Disposición de ánimo producida por el carácter y actitudes adquiridos por una persona o grupo («estar alto de moral», etc.) e) Dimensión de la vida humana por la cual nos vemos obligados a tomar decisiones y a dar razón de ellas («lo moral»)

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Ahora bien, también el término «moral» se emplea como adjetivo; como, por ejemplo, cuando se habla de «Filosofía moral», o «código moral», o «doctrinas morales», o «comportamiento moral». En principio, el adjetivo «moral» tiene sentidos distintos. a. «Moral» como opuesto a «inmoral». Por ejemplo, se dice que tal o cual comportamiento ha sido inmoral, mientras que otro ha sido realmente moral. En este sentido es usado como término valorativo, y significa que tal conducta es aprobada o reprobada. Aquí se está usando «moral» e «inmoral» como sinónimo de «moralmente correcto» y «moralmente incorrecto». Esto presupone la existencia de algún código moral que sirve de referencia para emitir el correspondiente juicio moral. Así, por ejemplo, se puede emitir el juicio «la venganza es una acto inmoral» y comprender que semejante juicio presupone la adopción de un código moral concreto para el que esta afirmación resulta válida, como sería, por ejemplo, el del cristianismo («poner la otra mejilla»). No obstante, otros códigos morales ─los que, por ejemplo, aceptan la Ley del Talión─ no la considerarían válida. b. «Moral» como opuesto a «amoral». Por ejemplo, la conducta de los animales es amoral; esto es, no tiene relación alguna con la moralidad, puesto que se supone que los animales no son responsables de sus actos. Menos aún los vegetales, los minerales o los astros del firmamento. Los términos «moral» y «amoral», así entendidos, no evalúan, sino que describen una situación: expresan que una conducta es, o no es, susceptible de calificación moral porque reúne, o no reúne, los requisitos indispensables para ser puesta en relación con las orientaciones morales (normas, valores, consejos, etc.)

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B. Dimensión crítica Pero, hay otra manera distinta de diferenciar y definir los términos «ética» y «moral», y que tiene su origen en la crítica de Hegel a la ética de Kant. Para poder considerar esta crítica de Hegel a Kant debemos remitirnos, necesariamente, a la reivindicación que el propio Hegel hace de la filosofía política de Aristóteles, como asidero para estructurar la argumentación que esgrime frente a Kant. Ciertamente, Hegel había encontrado que la filosofía práctica aristotélica era a la vez ética y política, y únicamente en cuanto tal unidad era también la filosofía que se ocupaba de todo lo que atañe al hombre. Si para Aristóteles el hombre sólo puede realizarse a sí mismo en cuanto ser ético, esa realización era para él impensable fuera de la atmósfera sustancial de la polis con sus instituciones sociales objetivas, con sus costumbres y con sus tradiciones. El estagirita concebía a la ley como algo muy distinto a un puro principio jurídico abstracto, válido por sí mismo, que tiene a la polis con sus instituciones sólo como un objeto a regular. En otras palabras, la polis, en tanto comunidad social, es el presupuesto y el fundamento de las leyes. Sólo bajo este esquema, diría Aristóteles, puede el ciudadano reencontrarse a sí mismo en su vida política y ser capaz de realizar su naturaleza ética en ella. De ello se desprende, según Hegel, que para esta concepción, el individuo particular sólo se sabe y se realiza a sí mismo como individuo en cuanto miembro identificado con el espíritu sustancial de su pueblo, espíritu que se manifiesta y vive objetivamente en las instituciones sociales, en las costumbres y tradiciones populares. Esta unidad de ética y política, típica de la filosofía práctica aristotélica, aparece nítidamente expresada en aquel texto verdaderamente lúcido de la Filosofía del Derecho de Hegel: "Lo que el hombre tiene que hacer, cuáles son las obligaciones con las que tiene que cumplir para ser virtuoso, es fácil de decir en una comunidad social ética (in einem sittlichen Gemeinwesen): no tiene nada más que hacer que lo que le es conocido, expresado y señalado en las relaciones reales de esa comunidad".

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La misma idea aparece plásticamente expresada en este otro texto: "Un pitagórico dio la siguiente respuesta a un padre que le preguntaba acerca de la mejor manera de educar éticamente (sittlich) a su hijo: hazle ciudadano de un Estado de leyes buenas". El espíritu sustancial de la polis griega era sin embargo un espíritu particular, circunscrito a instituciones sociales, costumbres y tradiciones determinadas: a las instituciones, costumbres y tradiciones griegas. Los individuos (griegos) sólo se sentían realizados en su esencia humana y en su libertad en cuanto miembros de esa determinada comunidad social que era la polis griega. Por eso para ellos sólo los ciudadanos eran libres o, dicho con palabras de Hegel "los griegos, igual que los romanos, sólo sabían que algunos son libres, no que lo es el hombre en cuanto tal. Esto no lo supieron ni Platón ni Aristóteles". Por eso, en esa forma de vida, los griegos no habían alcanzado todavía el grado más avanzado de reflexión sobre una libertad basada en la subjetividad del individuo en cuanto tal, independientemente de todo condicionamiento natural de nacimiento, raza, religión o educación. Este último grado de reflexión comienza históricamente para Hegel con el Cristianismo, y llega a hacerse realidad en los tiempos modernos: con el nacimiento de la sociedad industrial y con la Revolución Francesa. Y aquí es en donde Hegel otorga a la distinción kantiana entre legalidad y moralidad un lugar privilegiado en la historia de la filosofía política. Kant tuvo el gran mérito, según Hegel, de haber proclamado irrevocablemente esa subjetividad del individuo en cuanto tal, su autonomía moral interna como el fundamento último de su libertad. La dicotomía legalidad/moralidad viene precisamente a distinguir las actuaciones externas de los hombres de la intención íntima, del motivo subjetivo, de la conciencia moral, de toda esa interioridad que no puede aprehenderse en categorías sociales ni jurídicas y en la que se asienta en definitiva el fundamento último de la libertad: el hombre sólo es verdaderamente libre cuando puede querer "que él mismo esté en todo lo que hace". Ésta es para Hegel la gran idea que la filosofía de Kant ha traído a luz, con el punto de vista de la moralidad, y lo que constituye "el lado grandioso y sublime" de esa filosofía,

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lo que ha hecho de ella "el fundamento y el punto de partida de la nueva Filosofía alemana". Con el punto de vista kantiano de la moralidad llegó a proclamarse como principio universal que la libertad del individuo en cuanto tal, en su más íntima subjetividad, "es el gozne básico sobre el que se mueve el hombre, lo más excelso, que no puede doblegarse ante nada, y que por lo tanto el hombre no puede ya reconocer ninguna autoridad que atente contra esa libertad". Lo que en Grecia fue sólo un comienzo llega aquí a encontrar su verdadera plenitud: el reconocimiento del principio universal "de la libertad subjetiva [que] constituye el punto medio y de flexión en la diferencia entre la Antigüedad y la Modernidad". Los hombres de la Edad Moderna saben ya que todos los hombres son libres y, desde entonces, esa conciencia ha de subyacer necesariamente, como su substancia, a todas las instituciones y a todas las leyes, en una palabra, al mismo Estado moderno. Pero si Hegel, por un lado, reconoce así a Kant como el filósofo paladín de la Modernidad, por otro lado le critica haber separado en una forma radical y absoluta la moralidad de la legalidad, la ética del derecho, la intención moral (incomprensible por ninguna actuación externa) de la realidad de las acciones humanas, rompiendo así la unidad esencial que liga la interioridad subjetiva moral con la realidad externa social y política. Kant, en medio de su genialidad, disuelve así para Hegel, el punto de vista de la Sittlichkeit (ética) griega, para la cual la ética y la política formaban una unidad sustancial y en la que el deber moral era inseparable de la realidad histórica y social. Si los griegos fueron para Hegel hombres éticos (sittliche Menschen) pero no morales (moralische Menschen), el hombre moderno de Kant es un hombre moral pero no ético. Hegel intentará entonces recuperar aquella unidad de ética y política típica de la eticidad griega, pero bajo las condiciones de la Modernidad, bajo las condiciones de un concepto de libertad públicamente concientizado según el cual todos los hombres sólo en cuanto tales (y no en cuanto incardinados éticamente en las instituciones de la comunidad política) son libres, es decir, bajo el concepto de libertad expresado filosóficamente por Kant. Hegel busca un hombre moderno que sea a la vez un hombre moral y ético porque la separación radical y absoluta entre moralidad y legalidad recluye la actividad moral del individuo a su pura interioridad, a ese santuario inalcanzable por ninguna realidad externa.

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Dicha escisión desplaza, además, la realización de la moralidad a un mundo ideal, irrealizable social y políticamente en la historia, y pone la universalidad que empapa a los individuos particulares exclusivamente en el deber moral que se impone de manera imperativa a sus voluntades como motivo de actuación. Frente a ello, Hegel intentó recuperar la dimensión de la Sittlichkeit (eticidad) griega bajo las condiciones de la moralidad moderna kantiana. Hegel insistirá en que la libertad subjetiva del individuo y su moralidad sólo pueden desarrollarse y realizarse dentro de un Estado formado por instituciones sociales y políticas que correspondan a la naturaleza de ese individuo moral y libre. Mientras que a su vez esas instituciones sociales y, políticas sólo pueden sostenerse sobre el fundamento de unos individuos que están verdaderamente dispuestos a vivir la moralidad. Según Hegel, la moralidad que no puede realizarse objetivamente, adentrarse de forma efectiva en la vida social y política, es como un soplo sin sustancia. Las instituciones sociales y políticas que no tienen en definitiva su realidad en los individuos, dispuestos a vivir su verdadera libertad, son como cáscaras vacías. Es así como Hegel pretende eliminar la individualidad moral del hombre nouménico kantiano, porque el individuo es libre y se realiza sólo en cuanto que participa en la vida del Geist. En resumen, se ve, entonces, que Hegel caracterizaba a la «moralidad» (Moralität) ─por contraposición a la «eticidad» (Sittlichkeit)─ como la reflexión de la conciencia sobre la ley moral y el deber, al modo de una exigencia ideal, contrapuesta a lo real. Éste es el punto de vista de la ética kantiana, que, para alcanzar la pureza de la buena voluntad y la universalidad de la ley moral cree necesario abstraerse de todos los fines, intereses, sentimientos del individuo, así como de la diversidad de situaciones particulares de la acción. Con esto la moralidad queda vaciada de todo contenido y solamente puede formular un principio meramente formal. Las objeciones fundamentales de Hegel a la ética de Kant se resumen en lo siguiente: a. excesivo formalismo, que priva a la moral de todo contenido. b. universalismo abstracto, que no tiene en cuenta la naturaleza sensible del ser humano.

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c. impotencia del puro deber, que es consecuencia del dualismo de lo interior y lo exterior, de lo ideal y lo real, y de la abstracción de los fines y los móviles de la acción. d. rigorismo de la pura convicción, que no tiene en cuenta las circunstancias y las posibles consecuencias de una aplicación descontextualizada de los principios morales. A la moral así concebida, opone Hegel la «ética» o «eticidad», que es la que corresponde a la orientación de la filosofía práctica clásica de los griegos y que ha tenido su expresión paradigmática en Aristóteles. Aquí ya no se concibe a la razón pura como la fuente de los principios morales, sino que se busca el sentido moral de la vida buena a partir de los ejemplos y de las virtudes, valores y actitudes encarnados en la forma de vida que consideramos más valiosa y en el éthos de la comunidad.

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C. Clasificación de teorías Teniendo en cuenta lo anterior se podrían apuntar ahora a la descripción de algunas importantes distinciones clasificatorias, establecidas por el análisis filosófico, para la configuración del ámbito de la ética. Una posibilidad es la siguiente: 1. Éticas materiales y éticas formales La distinción entre éticas materiales y éticas formales, se refiere al hecho de que, las primeras, afirman que el criterio de moralidad para enjuiciar cuando nos hallamos ante acciones o normas morales, puede explicitarse mediante enunciados con contenido, ya que estas éticas suponen que hay un bien, un fin o un valor determinado a la base de la moral. Ya sea que se trate de un bien ontológico, teológico, psicológico o sociológico, lo primero que una ética de este tipo debe emprender es la tarea de descubrir el bien, fin o valor supremo, definiéndolos en su contenido. A partir de ello es posible extraer criterios de moralidad con contenido. Las éticas formales, en cambio, no hacen depender el bien moral de un contenido, sino de la forma de unos mandatos. Aquellas normas que revistan una determinada forma son las que deben ser realizadas, porque tienen la forma de la razón. En el caso de Kant, la forma racional de las normas se descubre cuando adoptamos la perspectiva de la igualdad (en un mundo de personas empíricamente desiguales) y de la universalidad (en un mundo de individuos dotados de preferencias subjetivas). 2. Éticas procedimentales y éticas sustancialistas Las éticas procedimentales se consideran, en general, como herederas del formalismo kantiano, aunque sustituyen algunas de sus ideas más vulnerables ─como, por ejemplo, la insistencia en que la conciencia individual es el lugar privilegiado de la experiencia moral─ por nuevos elementos teóricos que pudieran salvar las dificultades a que debió enfrentarse la ética de Kant. El procedimiento buscado ha de expresar la racionalidad práctica en el sentido kantiano, es decir, el punto de vista de una voluntad racional entendida como lo que todos podrían querer. Esto significa que aquello que la razón proponga como moralmente obligatorio no puede identificarse sólo con lo que de hecho deseamos o con lo que subjetivamente nos conviene, sino más bien con lo que cualquier persona desearía si adoptase la perspectiva de igualdad y universalidad aludida anteriormente.

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Las éticas sustancialistas, por su parte, afirman que es imposible hablar acerca de la corrección de las normas si no es sobre el trasfondo de alguna concepción compartida de la vida buena. Frente a los procedimentalistas, quienes defienden las posiciones sustancialistas ─tanto aristotélicos como neohegelianos─ coinciden en concebir lo moral como un ámbito en el que lo principal no es el discurso sobre las normas justas, sino el de los fines, los bienes y las virtudes comunitariamente vividos en un contexto vital concreto. 3. Éticas teleológicas y éticas deontológicas La distinción entre éticas teleológicas y deontológicas no es unívoca. En principio, se entendería por teoría teleológica aquella para la que la corrección o incorrección de las acciones está siempre determinada por su tendencia a producir ciertas consecuencias que son intrínsecamente buenas o malas, mientras que la teoría deontológica consideraría que una acción sería siempre correcta o incorrecta en tales circunstancias, fueran cuales fueran las consecuencias. El fundamento de la distinción estaría dado, pues, por la atención a las consecuencias. Serían éticas teleológicas aquellas que se ocupan en discernir qué es el bien no moral antes de determinar el deber, y consideran como moralmente buena la maximización del bien no moral. Serían éticas deontológicas las que marcan el ámbito del deber antes de ocuparse del bien y sólo consideran bueno (o correcto) lo adecuado al deber.

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