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Efecto Mariposa - Rita Dusk (Español)

Xander Atwood lleva toda la vida preparándose para este momento. Su sueño dorado está más cerca que nunca y no piensa dejar que nada ni nadie se interponga entre el podio y él. O al menos, eso creía. Ya que cuando una sirena de cabellos de fuego y sonrisa hipnótica aparece de repente y lo embauca con su canto, Xander se plantea seriamente si no habrá algo que brille más que un oro olímpico. Como su amor…

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Efecto Mariposa - Rita Dusk (Español)

Xander Atwood lleva toda la vida preparándose para este momento. Su sueño dorado está más cerca que nunca y no piensa dejar que nada ni nadie se interponga entre el podio y él. O al menos, eso creía. Ya que cuando una sirena de cabellos de fuego y sonrisa hipnótica aparece de repente y lo embauca con su canto, Xander se plantea seriamente si no habrá algo que brille más que un oro olímpico. Como su amor…

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EFECTO

MARIPOSA
HIJOS DEL OLIMPO VOL.1

RITA DUSK

Copyright © 2025 Rita Dusk

Todos los derechos reservados.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier


medio, ya sea electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros, sin
autorización previa y por escrito de la autora.

ISBN: 9798294292799
Depósito legal: CU 188-2025

Primera edición: Septiembre del 2025

Autopublicado en Amazon KDP

Diseño de portada: Katie Cooper


(@katiec_designs)
AVISO DE CONTENIDO

Efecto Mariposa es una novela oscura autoconclusiva que contiene escenas


que podrían resultar ofensivas y perturbadoras, por lo que te animo a que
compruebes los temas que se tratan antes de empezar a leer:

Acoso
Descripción de escenas sexuales y violentas explícitas
Consumo de alcohol y drogas
Lenguaje obsceno
Mención a agresiones sexuales
Traumas psicológicos
Tratamiento de enfermedades oncológicas
Obsesiones

Si crees que puedes soportarlo, pasa la página y disfruta de la lectura.


LISTA DE REPRODUCCIÓN
Hall of Fame – The Script, Will.i.am

Swim – Chase Atlantic

Nothing Breaks Like a Heart – Miley Cyrus

Butterfly Effect – Travis Scott

I Feel Like I’m Drowning – Two Feet

Kiss Me Goodbye – Fordo

Let Her Go – Passenger

Demons – Imagine Dragons

Can’t Hold Us – Macklemore, Ryan Lewis

The Nights – Avicii

Timeless – The Weeknd, Playboy Carti

Only Girl (In The World) – Rihanna


Si el suave aleteo de una mariposa puede causar un huracán, imagina
lo que puedes lograr con todo tu potencial
CAPÍTULO 1
Xander

—¡Venga, Jo, que te pesa el culo! —Por el rabillo del ojo veo cómo mi
hermana se limpia el sudor de la frente con el antebrazo y se ajusta la cola
de caballo medio deshecha por el vaivén frenético de la carrera.
—¡Cállate! —la oigo jadear a mi espalda—. Estoy siguiendo tu ritmo de
abuelo reumatoide, nada más.
—Ya, y por eso vas ahogada todo el camino.
No dice nada, entre otras cosas porque sabe que tengo razón y prefiere no
dejar a sus pobres pulmones sin aire para replicar.
—¿Pulsaciones?
—Ciento cincuenta.
—Bájalas, te estás acercando al umbral.
—Estoy bien… —empieza, pero mi pulsómetro pita cuando detecta el
enfado que me ha disparado la frecuencia cardíaca.
Me paro en seco y Jo choca contra mi hombro.
—¿Qué haces, por qué te paras? —protesta doblándose por la mitad y
respirando con dificultad. Se lleva una mano al costado y se lo pellizca con
fuerza para mitigar las punzadas de dolor que le está dando el bazo. Lo
sabía, es que lo sabía—. He dicho… que… estaba… bien.
—¿Ahora podrías decirlo sin jadear? —Me paso las manos por el pelo
sudado—. Maldita sea, Jo, no quiero presentarme a cenar con tu cadáver.
—Por Dios, qué exagerado.
—¿Exagerado? —Doy un paso hacia ella y le atrapo la muñeca cuando
intenta retroceder. Sus ojos verde lima refulgen airados desde abajo cuando
descubro la mentira—. Esto marca que has llevado un ritmo anaeróbico
durante ocho kilómetros como si en lugar de estar corriendo por el parque
hubiéramos subido el jodido Pikes Peak.
—Xander, déjame.
—¿Cuándo ibas a decirme que no podías más?
—Sí que podía.
—¿Cuándo? —insisto.
—No es asunto tuyo, aún estoy en periodo de recuperación.
—Y una mierda.
Me quita la cara, como cuando éramos pequeños y no quería que viera
cómo le temblaba el labio inferior momentos antes de echarse a llorar, pero
le cazo la barbilla entre el índice y el pulgar y la obligo a mirarme a los
ojos. En esas preciosas y redondas esferas de jade que ha heredado de
nuestra bellísima madre, Linda Atwood, veo reflejada mi propia
preocupación, pero antes de que pueda lanzarme a consolarla en un abrazo
se revuelve como un basilisco y me aparta de un manotazo.
—¡No me toques!
Creo que un puñetazo me hubiera dolido menos.
—¿En serio? Soy tu puto hermano.
—Ya lo sé, pero necesito tiempo y no me lo estás dando.
—Lo que necesitas es superarlo de una vez.
Me arrepiento en cuanto esas palabras salen de mi boca, pero ya es
demasiado tarde. El daño está hecho. Joanna Atwood forma una «O»
perfecta con los labios antes de fruncirlos en una línea mientras las lágrimas
se le mezclan en las mejillas con las gotas de sudor que le caen desde las
puntas del flequillo oscuro y desfilado.
—Como se nota que no te pasó a ti.
Se da la vuelta con los puños apretados y los ojos hinchados, dispuesta a
emprender el camino de vuelta sola, pero la intercepto. A veces me
sorprende lo rápido que soy para medir metro noventa.
—Aparta.
—Escucha, lo siento. No quería decir eso, de verdad.
—Claro que querías, lo llevas pensando todo el verano. Te lo he visto en
la mirada, estás harto de mí.
—No, no, no, eso no es para nada…
—Nos vemos en casa.
—He sido un completo gilipollas, ¿vale? Perdóname.
Perdóname. ¿Cuántas veces habré pedido perdón en toda mi vida?
Muchas menos de las que debería, eso seguro.
Jo se echa a temblar como una hoja cuando recorto la distancia que nos
separa y alargo el brazo muy despacio en su dirección. Sé que no debería
tocarla. Aún no. Pero estoy cansado de acercarme a ella de puntillas como
si en vez de mi hermana pequeña se tratara de una tigresa de bengala. La
veo tragar saliva con dificultad ante el inminente contacto físico, pero,
increíblemente, en lugar de gritarme y retroceder asustada como los últimos
meses, cierra los ojos y me deja envolverla en un abrazo pegajoso. Entierro
la nariz en su pelo enmarañado e inhalo su aroma a sándalo y a hogar.
Joder, cómo la quiero.
—Shhh, shhh, ya está. —Le acaricio la coronilla y me la pego al pecho
con más fuerza cuando empieza a convulsionar por el llanto—. Lo siento
muchísimo, soy un hermano de mierda.
Pero por lo visto no ha sido mi poco tacto o mi falta de empatía lo que la
ha hecho romperse así porque musita entre hipidos:
—No voy a ser capaz de clasificarme, Xander.
—¿Qué has dicho?
—No puedo correr ni cien metros sin cansarme, es como si la cabeza me
pesara horrores y las piernas se me durmieran y… y… —Jo patalea y me
aporrea el pecho con los puños de pura impotencia. No sé si prefiero su
versión triste o la furiosa—. ¡Qué puta mierda todo, joder!
—Tranquila, Jo, estoy contigo.
La dejo llorar en silencio sin parar de acariciarla en ningún momento.
Unas cuantas parejas que pasean de la mano nos miran con ojos curiosos e
incluso una anciana se acerca para tenderle un pañuelo a mi hermana con el
que se suena los mocos con fuerza. Su coleta negra como la tea me hace
cosquillas en el antebrazo cuando se despega de mi cuerpo y levanta la
cabeza para mirarme avergonzada.
—Sé que no debo llorar delante de ti o de papá porque pensáis que soy
una tía dura de cojones y puedo con todo, pero lo necesitaba.
—Eso no es verdad, puedes llorar siempre que quieras.
—Pero tú nunca lloras —reflexiona cuando echamos a andar el resto del
camino. La camiseta se me pega a los pectorales gracias a sus fluidos
nasales y lacrimales, pero me abstengo de comentarlo—. La última vez que
te vi llorar fue cuando teníamos doce años y perdiste aquella estúpida
competición escolar porque mamá y yo no fuimos a animarte. Estuviste sin
hablarnos una semana entera. ¡Una semana!
—Sois mi amuleto —replico encogiéndome de hombros.
—Ya, pero aun así…
Se mordisquea el labio e intuyo la pregunta que le baila samba en esa
cabecita morena suya.
—¿Qué pasa?
—¿Tú crees que soy débil?
—Puede que seas todos los adjetivos del mundo, como mimada, celosa,
pesada, ruidosa… —Me hunde el codo entre la tercera y cuarta costilla y no
puedo por menos que echarme a reír—, pero ese en concreto no.
—¿Aunque no me clasifique?
—Aunque no te clasifiques. —Y añado—: Que lo harás.
Agacha la vista hacia la puntera de sus deportivas rojo sangre y exhala un
largo suspiro que me encoge el corazón en el pecho.
—Ojalá yo tuviera una pizca de tu convicción.
Despego los labios para explicarle que a veces yo también pienso que no
lo conseguiré cuando nuestra abuela, Cora Atwood, nos saluda alegre con la
mano desde detrás de su puestecito de limonada. El icónico abuelo Jay
Atwood aparece instantes después con un barreño lleno de agua hasta al
borde del que sobresalen varias manzanas verdes y amarillas, y le planta un
beso en la mejilla a su mujer. No sé cuántas décadas llevan juntos, pero lo
que tengo muy claro es que, si yo no tengo un amor así en el futuro, tan real
y duradero, entonces no quiero nada.
Jo sale disparada como una flecha de mi lado para agarrar el vaso que le
tiende mi abuela y hace desaparecer el contenido de un trago.
—Para dejarme sin limonada sí que corres, ¿eh?
Me saca el dedo medio mientras se relame.
—¿Cómo ha ido el entreno, mis niños?
—¡Genial! —miente con voz chillona Jo.
—Tú hubieras ido más rápido que ella con tu bastón, abuela.
—Chivato…
Me granjeo una mirada furtiva de la susodicha y los ojillos marrones de
Cora, a juego con su media melena castaña que tiñe cada semana para
ocultar las canas, me agujerean con reprobación. Joanna siempre será su
favorita, la hija que nunca tuvo, mientras que yo soy el ojito derecho de mi
abuelo y el que heredará el basto campo de maíz por el que niños de todas
las edades están correteando hoy.
—¿Cómo va la tarde, abuelo? —exclamo pasándole un brazo por el
hombro y calándole hasta los ojos el sombrero de paja raído que se empeña
en llevar, aunque tiene como veinte nuevos e impecables en el armario—.
¿Has conseguido vaciar muchas vejigas?
—¡Qué va! —refunfuña pesaroso—. Tu abuela no me deja, dice que ya
estoy muy mayor para esas cosas, que a ver si me voy a romper algo. Así
que aquí me tiene, vigilando que ningún crío se ahogue con su propia
lengua mientras pesca manzanas con la boca.
Mis abuelos son los dueños de la granja Atwood y los que se encargan de
organizar el Harvest Fest todos los años durante la primera semana de
septiembre en la pequeña ciudad de Seward, la cual se engalana con los
colores del otoño y acoge a decenas de comerciantes que se dejan caer por
sus tierras para vender sus productos artesanales. La idea del laberinto de
maíz surgió un verano de lo más soporífero en el que Jo y yo, cansados de
atrapar saltamontes y lagartijas para matar el tiempo, nos hinchamos a ver
películas de terror en la televisión en blanco y negro de Jay. Ella acabó
traumatizada, pero a mí me sirvió como inspiración para crear la atracción
más esperada de todo el año en el estado de Nebraska.
—¿Por qué no os dais una ducha y vais poniendo la mesa? —sugiere mi
abuela arrugando la nariz cuando repara en mi camiseta llena de mocos y
lágrimas de Jo—. El pollo está en el horno y solo falta aliñar la ensalada.
Nosotros iremos en cuanto nos aseguremos de que nadie se queda a pasar la
noche al raso.
—Eso estaría divertido —apunta su marido.
—¡Jay, no! Ya pasó una vez y no fue agradable darle explicaciones a la
señora Bennet sobre por qué su hijo casi entra en estado catatónico.
—Cómo le castañeaban los dientes cuando lo encontré.
—Recuerdo que solo quería estar enterrado entre los pechos de Joanna
para entrar en calor. ¡Menudo espabilado! —me carcajeo, pero la risa se me
corta de golpe cuando a mi hermana le cambia la cara y mi abuelo me da
una colleja bien merecida. Joder, no paro de cagarla.
En esto que a lo lejos vislumbro a un grupito de chicas que se acerca por
el final del camino y que suponen mi salvación. Las amigas de Jo. Esta trota
a su encuentro y yo me apresuro a deshacerme de la camiseta húmeda; no
por nada, sino porque no me apetece que vean a un futuro campeón
olímpico de la natación embadurnado de mocos. Sin embargo, no puedo
evitar tensar los abdominales cuando una rubia con los ojos de un azul
turquesa reluciente se desliga del corrillo y viene dando saltitos hasta mí.
—Hola, Xander.
—Hola.
—¿Te gustaría hacer el laberinto conmigo? —pregunta resuelta Sarah, ¿o
es Sasha? No recuerdo su nombre y eso que Jo la trajo a cenar ayer.
—Esto, yo… no… —Mi reloj inteligente la salva de ganarse un rechazo
monumental cuando empieza a pitar descontrolado—. Perdona, es mi padre.
Tengo que cogerlo.
—Claro.
Sarah, o Sasha, abre unos labios perfilados de rosa chicle para añadir
algo más, pero ya me he dado la vuelta y me estoy alejando de ella a paso
ligero. Aunque no me vuelvo en ningún momento, siento sus piedras de
aguamarina clavadas en mi nuca, ofendidas. No es que la chica sea fea, todo
lo contrario, pero no me apetece que le cuente a mi hermana cuánto me
mide durante una pijamada. Las amigas de Jo están vetadas para mí.
El sudor me enfría la piel desnuda y bronceada por el sol implacable de
esta tierra árida, erizándomela, y me arrepiento de haberme deshecho antes
de la camiseta. Los últimos rayos de la tarde se filtran a través de las
espigas y crean un espectáculo de luces tenues y sombras alargadas digno
de película de Viernes 13 que me incita a embutirme en el disfraz de
espantapájaros que tenemos en el garaje y adentrarme en la oscuridad para
provocar infartos de miocardio a chicas en minifalda que no sean amigas de
mi hermana, pero desecho la idea y le doy al botón verde para aceptar la
llamada.
—¡Xander, hijo! —truena mi padre desde la Costa Amalfitana—. ¿Cómo
va todo? ¿Ya tienes la maleta hecha para mañana?
Mañana.
Mañana se acaba el verano y, por ende, mi libertad. Mañana cambiaré los
polos de fresa por soja texturizada y los macarrones con queso de mi
abuela, por pasta integral con AOVE y pimienta molida. Mañana volveré al
Zenith Elite, el elitista y prestigioso centro de alto rendimiento que está
perdido entre las montañas de Pikes Peak y Mueller State Park, en el estado
de Colorado, y en el que ya llevo cuatro años formándome para convertirme
en el siguiente medallista olímpico en la modalidad de 100 metros
mariposa.
Y, aunque cada día que pasa estoy más cerca de rozar mi sueño dorado
con las puntas de los dedos, mañana volveré a sentir que no soy suficiente.
Que nada de lo que haga será nunca suficiente.
—Sí, papá, ya lo tengo todo listo.
—¿Y tú estás listo, hijo?
—Nací listo —contesto con un aplomo que no siento.
—Bien. —La nota de orgullo es patente en la voz profunda y grave de
Ian Atwood, más conocido como Ian Atboom por sus triples desde el medio
de la cancha o sus mates explosivos. A veces preferiría que mi padre fuera
un simple empresario y no una estrella mundial del baloncesto—. ¿Y Jo?
—¿Qué pasa con ella? —inquiero demasiado rápido.
—¿Crees que pasará el Selectivo?
Ni de coña, pienso sin querer.
Por mucho que me duela reconocerlo, Jo está mal. Física y mentalmente.
Las vacaciones solo le han servido para que disocie más a menudo y se
aísle del mundo en el pequeño rincón seguro de su cabeza del que intento
sacarla a la fuerza todos los días. Mi hermana ya no es la liebre veloz que
me dejaba atrás de dos zancadas, no, ahora es un cervatillo renqueante que
se tambalea con el viento. Pero en lugar de soltarle todo eso, suspiro:
—Llama a Price.
Se hace el silencio en la otra línea.
—Entiendo.
—Me sabe muy mal decir esto, pero yo no puedo estar pendiente de ella
durante la temporada. Ya he hecho bastante de canguro este verano.
—Entiendo —repite despacio.
—Price la vigilará en todo momento y la pondrá a dar vueltas en la pista
hasta que el dolor físico sea más acuciante que el mental.
—¿Y si no es suficiente?
—En ese caso creo que lo mejor es que…
La brisa de principios de otoño trae consigo una risa suave y cristalina
que me obliga a interrumpirme a media frase para girarme en busca de ese
canto de sirena que me acaba de hechizar. Y entonces la veo. Junto a la
morena de cabellos rizados y piel canela que creo reconocer como la hija
mayor del pastor Remington se encuentra una joven pelirroja que sostiene
en una mano un vaso de limonada mientras se pasa la otra por esa melena
rojo fuego con reflejos centelleantes que no puedo dejar de mirar con la
boca seca.
La tosecilla impaciente de mi padre me devuelve a la realidad.
—¿Xander, hijo, sigues conmigo?
—Eh, sí. ¿Qué decías?
—Decía que… —Pero de nuevo me vuelvo a quedar embelesado
contemplando el movimiento ascendente y descendente de su garganta
cuando apura la bebida de un trago y no puedo evitar imaginarme otro
líquido más caliente y espeso desbordándose de entre sus labios—. Necesito
que este año tu hermana y tú os… un gran orgullo y…
Mi padre sigue con su soliloquio, aunque yo he dejado de escucharlo en
el preciso momento en que la dueña de esa melena ardiente y risa melodiosa
ha desaparecido por el flanco derecho del laberinto, levantando una
pequeña nube de polvo a su paso e impregnando el aire a canela.
—Papá, lo siento, pero el abuelo quiere que lo ayude con una cosa —lo
interrumpo a sabiendas de que no hay cosa que más rabia le dé en el mundo
que lo dejen con la palabra en la boca—. Os llamo mañana en cuanto
aterricemos. Dale un beso a mamá de nuestra parte. ¡Os queremos!
Cuelgo antes de que pueda añadir nada más y me quedo contemplando
mi propio reflejo oscuro en la pantalla del teléfono.
No entiendo qué me pasa.
La cabeza me da vueltas a una velocidad vertiginosa y me pitan los
oídos. Tengo la boca seca y toda la sangre se me ha bajado a una zona muy,
muy concreta, ocasionándome una erección de lo más dolorosa. Trato de
controlar la respiración, que se ha vuelto superficial, ante el solo
pensamiento de su pelo cobrizo enroscado en mi antebrazo mientras la hago
gemir en todas las posiciones y… ¡No! Por el amor de Dios, no la conozco
de nada y yo no soy de esa clase de enfermos que se obsesionan con una
mujer hasta el punto de perseguirla por un laberinto de maíz en medio de la
oscuridad y poseerla sin piedad contra el suelo. Sin embargo, no puedo
dejar de pensar que esta es mi última noche de libertad y que me apetece
despedirla por todo lo alto antes de volverme un monje shaolin que solo
piensa en entrenar, comer, dormir y volver a entrenar. Nada de tetas. Tetas
prohibidas.
Además, ella no podía ser rubia o morena para evitarme la tentación, ni
siquiera castaña. No, señor, tenía que ser pelirroja.
P-e-l-i-r-r-o-j-a.
Mi puto fetiche.
CAPÍTULO 2
May

Siempre me ha gustado esta época del año en la que el campo se tiñe de los
colores del otoño y los tops cortos se ven sustituidos por jerséis gorditos y
esponjosos en los que hacerte un ovillo mientras lees Orgullo y Prejuicio
por sexta vez junto al fuego de la chimenea. No obstante, admito que echaré
de menos la acidez extremadamente fría que me resbala por la garganta en
estos precisos momentos y que me recuerda tanto a mi infancia, a Page, al
laberinto de maíz que completamos juntas todos los años desde que
aprendimos a gatear y a la posterior película de terror que vemos en su casa
abrazadas a Troy, su Golden Retriever.
—¿Este año también lo vamos a hacer?
Parpadeo confusa.
—¿El qué?
—Pues lo de todos los años, divertirnos.
—¿Por qué no íbamos a hacerlo?
Sus ojos grandes y almendrados me contemplan con un brillo apagado,
casi exangüe. Son marrones, como los míos, y aunque siempre se ha
burlado de mí diciendo que los tengo del color de la caca de su perro
cuando tiene diarrea, sé que en el fondo envidia las motitas doradas que me
ribetean los anillos más concéntricos y que a la luz del sol lanzan destellos
acaramelados.
O eso dice mi madre.
—Ya sabes, porque estás vieja y esas cosas.
La limonada que hemos comprado en el adorable puestecito de los
Atwood se me va por mal lado y tengo que toser.
—Page, ya te lo he dicho antes, he cumplido treinta no sesenta.
—Encima mañana te vas —me reprocha con un puchero.
—¡A trabajar a otro estado no al cementerio! —río sin poder evitarlo—.
Así que deja de mirarme como si me fuera a morir, so dramática.
—¿No es lo mismo?
Mi mejor amiga, Page Remington, no supera de ninguna de las maneras
que vaya a abandonarla, como no se cansa de decir. Lleva todo el verano
echándome en cara que ya no me gusta trabajar con ella en la librería
religiosa de su padre Jesús te quiere y hasta llegó a preguntarme si había
encontrado a otra mejor amiga con lágrimas en los ojos. Sí, hasta ese punto
hemos llegado. Y por mucho que le he explicado por activa y por pasiva
que necesito ampliar mi currículum con algo más que vendedora del mes en
McDonald’s, paseadora de Troy a tiempo parcial o asesora de iconografía
religiosa, parece que no lo entiende.
—Seguro que ya ni te apetece jugar a ver quién encuentra la salida del
laberinto antes. —Un rizo negro y espeso se le sale de la trenza y va a
caerle sobre una frente estrecha e impoluta—. ¿Qué me dices, vieja pelleja?
Te apuesto cincuenta dólares a que tu Alzheimer prematuro te impide
orientarte ahí dentro y te acabas haciendo pipí en el pañal.
—Oye, no te pases que en unos meses los cumples tú.
—Ya, bueno, pero hasta entonces aprovecharé para reírme de ti y de tus
pechos caídos todo lo que quiera y más.
—¡Yo no tengo los pechos caídos!
Se me escapa una carcajada del pecho porque con Page es así, puedes
tener un día de mierda y ella te lo iluminará con sus santas gilipolleces.
Apuro la limonada de un trago y ella me imita.
—Tú por la izquierda, yo por la derecha.
—¡¿En serio?! —chilla cuando entiende a qué me refiero.
—Ya puedes ir despidiéndote de ese billete porque se va a convertir en
una pila de discos de Avicii.
—Solo prométeme una cosa.
—¿El qué?
Su sonrisa brilla tanto como la luna que ya asoma entre las nubes.
—Prométeme que nunca dejaremos de estar juntas, aunque te enamores
de un Brad Pitt 2.0 y acabes en otro estado pariendo niños rubitos y con los
ojos azules como una coneja.
—Creo que prefiero a un Johnny Deep 2.0 de joven, pero vale. Te juro
que pase lo que pase nunca dejaremos de liarla juntas.
—¡Esa es mi zorra favorita!
Page me da un azote en el culo antes de salir como una flecha hacia el
camino terroso de la izquierda mientras mis Vans levantan una polvareda
cuando echo a correr en dirección contraria.
Las últimas luces de la tarde se entrelazan con las sombras de las espigas
y crean formas que a veces confundo con presencias monstruosas a mis
espaldas, lo que alimenta mi adrenalina y hace que apriete el paso. Hasta en
dos ocasiones me veo sobresaltada cuando una bandada de grajos alza el
vuelo a escasos centímetros de mi cabeza y tengo que llevarme una mano al
corazón, que late desbocado, para tranquilizarlo. Los pulmones también me
arden y me siento como si me acabara de tomar una pastillita de éxtasis.
Feliz, exultante e hiperactiva. ¿Que cómo sé qué se siente cuando estás de
viaje astral? Bueno, digamos que en la universidad no solo me dedicaba a
analizar perfiles psicológicos de psicópatas famosos con el objetivo de
poder reconocerlos si alguna vez me cruzaba con uno.
Qué curioso, pienso mientras corro, giro, corro, corro, me paro para
coger aire y vuelvo a correr, me encanta pasar miedo, pero solo si sé que en
el fondo estoy segura.
Vuelvo a virar a la derecha en el siguiente recodo porque como todo el
mundo sabe esa es la única formar de salir de los laberintos, aunque este
parece estar hecho para que los listillos como yo se den un baño de
humildad. Al cabo de un rato, con los pulmones a punto de estallar por el
esfuerzo y bañada en mi propio sudor, asumo mi derrota.
Me he perdido.
Alzo la mirada y busco el sol para orientarme, pero no hay ni rastro de él
en el horizonte. Ni una franja azafranada que me indique por dónde se ha
escondido. Nada. Me pongo de puntillas y doy saltitos nerviosos en un
intento fútil de ver más allá del follaje oscuro, pero los casi dos metros de
las espigas se ríen de mi escaso metro sesenta y siete. Encima, la noche ha
caído sobre Seward como un manto de terciopelo y en breves no seré capaz
de ver más allá de mis narices.
Mierda, tengo que encontrar la salida o Page se reirá de mí por lo siglos
de los siglos. Amén.
En esto que algo se mueve sutilmente a mi izquierda y mi cuerpo entra en
modo alerta. ¿Qué ha sido eso?
—¿Hola? —tanteo en la oscuridad—. ¿Señor Atwood? Si es usted me
encantaría que me acompañara amablemente a la salida porque creo que me
he perdido. Sí, como aquella vez.
Hace muchos años, Page y yo vagamos durante horas por la parcela hasta
que el señor Atwood apareció con su característico sombrero de paja calado
hasta las cejas y nos guio hasta la salida sin dejar de criticar nuestro pésimo
sentido de la orientación. Este año se suponía que había carteles que te
indicaban la salida, yo todavía no había visto ninguno.
—¿Señor Atwood?
Pero el señor Atwood no hace acto de presencia y ese algo vuelve a
deslizarse entre las sombras. No me lo pienso dos veces y echo a correr
como alma que lleva el diablo pese a que no veo un pimiento. Me muevo a
ciegas, con el pulso latiéndome en los oídos e impidiéndome captar el resto
de las cacofonías que me rodean. Bum, bum, bum. Doblo una esquina y mis
huesos dan contra una superficie marmolea. ¿Será la dichosa señal de
salida? Bum, bum, bum. Me tambaleo y pierdo el equilibro, pero unas
manos fuertes y tan grandes como mi cabeza me sujetan por la cintura y me
mantienen en un ángulo casi perpendicular al suelo. Mi mente aturullada
tarda unos segundos en procesar que esas manos están adheridas a unos
brazos llenos de venas que se han hinchado por el esfuerzo de sostenerme.
Ah, y que está desnudo de cintura para arriba a excepción de un saco que le
cubre la cabeza.
—Vaya, sí que han mejorado el decorado este año —ronroneo,
palpándole el bíceps inflado sin disimulo.
El espantapájaros sin camiseta que me sujeta en silencio hunde los dedos
en mi carne por toda respuesta. Huele a testosterona y a sudor y, contra todo
pronóstico, ese aroma despierta algo oscuro y sinuoso en lo más recóndito
de mis entrañas. Estoy enferma, lo sé, pero a mi pituitaria siempre le ha
fascinado esa nota acre e intensa que exuda virilidad.
—¿Te importaría ayudarme a encontrar la salida, espantapájaros sexy?
Creo que me he perdido y tengo que volver a casa a ponerle la lata de atún a
mi gato si no quiero que me saque los ojos mientras duermo.
Pero el tipo sigue sin reaccionar.
—En serio, el disfraz está super bien conseguido y si no me hubiera visto
todas las películas de Expediente Warren ahora mismo estaría cagada, pero
te agradecería mucho si…
—Corre —murmura envuelto en un gruñido. Un puto gruñido animal que
me revoluciona las terminaciones nerviosas.
—¿Qué… qué has dicho?
A través del saco de cáñamo que lleva atado al cuello con un cordel
negro solo puedo ver los dos pozos sin fondo que son sus ojos. Sin
embargo, y a pesar de la negrura que los envuelve, me parece reconocer un
mortífero tono azul ártico. ¿O es azul ceniciento? Tan concentrada estoy
debatiendo si sus iris son más cerúleos que grisáceos que cuando sus manos
se sueltan del anclaje de mis caderas por poco no aterrizo de culo sobre la
gravilla.
—Corre —repite con voz cavernosa.
Y eso hago.
En lugar de volver por donde he venido, me abro paso entre la maleza y
corro campo a través, lo que me reporta varios cortes en cara y brazos. No
me detengo en ningún momento porque noto su presencia colosal y
opresiva a mi espalda, engulléndome, haciéndome sentir más pequeña de lo
que ya soy. Corro y corro y no dejo de correr. No obstante, por algún
retorcido motivo que se me escapa, hay una vocecilla en mi cabeza que no
se calla y que me pide a gritos que me detenga para que este enmascarado
me atrape y me asfixie con sus brazos de acero hasta dejarme inconsciente y
luego... ¿Pero qué coño estoy diciendo? Si a mí me da miedo el dolor. Me
aterroriza, de hecho. Bastante bien está soportando mi algofobia las
punzadas agudas en los costados y la piel abierta de las mejillas.
El granero de los Atwood se materializa ante mí como un oasis en medio
del desierto y me lanzo en su dirección.
Mi salvación o mi condena.
Sea como sea, me dirijo hasta allí con la lengua fuera y la ropa adherida a
la piel por el sudor. Una mano me agarra por el cogote y me pega la cara a
la madera carcomida antes de que pueda poner un pie en su interior.
—No… —jadeo, no sé si asustada o excitada—. No me hagas daño.
—No tenía intención.
Mierda, una simple voz no debería ponerme así.
—¿Entonces, qué vas a hacerme?
—Nada que tú no quieras.
Muy lentamente, como dejándome tiempo para procesar lo que está a
punto de ocurrir y reaccionar en caso de que me niegue, me abre las piernas
con las suyas y sus dedos trepan por el interior de mis muslos hasta lo que
el borde del vaquero se lo permite. Se supone que este es el momento en el
que lo aparto con todas mis fuerzas y salgo corriendo entre lágrimas, no en
el que lo invito a profanarme echando la cadera hacia atrás y restregándome
como una gata en celo contra la barra de acero que pugna por escapar de sus
pantalones y empalarme aquí mismo.
No sé en qué lugar me deja esto como mujer, lo que sí tengo claro es que
ni bañándome con agua bendita durante tres semanas conseguiré borrar
tanto pecado de mi piel. Pero es que no puedo más. Tantos meses de sequía
le han pasado factura a mi cuerpo, que se contonea ahora como el de una
serpiente de cascabel al ritmo de una melodía hipnótica.
El espantapájaros gruñe y pega su pecho a mi espalda sudada cuando se
da cuenta de lo que le estoy diciendo sin abrir la boca:
Estoy empapada y lista para ti.
Grito cuando de un empujón brusco pero medido me mete en el granero y
cierra con una coz el portón a nuestras espaldas, sumiendo el gran espacio
en la más completa oscuridad. Es entonces cuando mis dos únicas neuronas
por fin conectan entre sí y me doy cuenta de la gravedad de la situación.
No conozco de nada a este tío y por muy cachonda que esté no puedo
permitir que haga lo que quiera conmigo. ¿Y si después de follarme me
descuartiza y alimenta a sus gallinas con mis sesos? O peor, ¿y si me mata
directamente sin haberme dado ni un poquito de placer antes?
Retrocedo en un intento de poner distancia entre ambos, pero mis pies
se hacen un lío y voy a caer sobre un montón de paja.
—¡Espera, espera un momento! —Levanto una barrera de brazos antes
de que se me eche encima, como si eso fuera a servir de algo—. Prométeme
que no eres ningún psicópata y que mi nombre no aparecerá mañana en las
esquelas del periódico. Aunque bueno, teniendo en cuenta que me has
acechado por un campo de maíz, de noche, y con un saco de patatas en la
cabeza, no creo que tus intenciones sean buenas.
—No, no lo son.
—Pero has dicho que no me harás nada que yo no quiera.
—Así es.
Poco a poco, mis pupilas se van acostumbrando a la penumbra y distingo
la silueta oscura que me observa desde arriba a través de sus agujeros
negros desprovistos de humanidad. Es enorme. Una bestia. Un dios de la
muerte. Y yo solo quiero que reclame mis lágrimas, sangre, sudor y
orgasmos.
En lo que dura una exhalación, su cuerpo cae sobre el mío y de un solo
movimiento me coloca bocabajo. Me inmoviliza montándose a horcajadas
sobre mi cintura y, en lugar de ofrecer resistencia, mi cuerpo traicionero se
retuerce en busca de una mínima fricción que aplaque este incendio forestal
que acaba de desatar sobre mi piel.
Joder, se suponía que había estudiado psicología para evitar a este tipo
de dementes, no para tirármelos.
A continuación, unos dedos largos y hábiles se enganchan en las presillas
de mis vaqueros y tiran con tanta fuerza que se llevan consigo mi tanga rosa
fucsia. No me da tiempo a sentir vergüenza, ni siquiera el azote gélido del
viento en mis partes íntimas, porque de que me quiero dar cuenta ha colado
dos dedos en mi interior.
Hostia. Puta.
Todo esto está tan mal, pero se siente tan bien…
Me muerdo el labio con tanta fuerza para no gemir que la sangre me llena
la boca. Sus acometidas erráticas me llevan a un estado salvaje en el que
cualquier roce es nimio, insignificante. Y eso que solo me está masturbando
con los dedos, no me quiero ni imaginar cómo se sentirá cuando me embista
con el bulto enorme que choca contra la parte trasera de mis muslos y que
me está arrancando gemidos de lo más patéticos.
—Fóllame. —Se me escapa entre dientes.
El espantapájaros se queda quieto de repente y creo percibir cómo toda
su musculatura se tensa sobre la mía. Los dedos que no me está metiendo y
que me mantienen adherida al suelo se crispan una vez, dos.
—¿Estás sana?
—¿Qué? Ah… —Comprendo al momento—. Sí, me hice unos análisis el
otro día. Estoy sana y fresca como una lechuga. —Deja de decir
gilipolleces que pareces Page, me reprendo. Pero es que estoy tan nerviosa
que no controlo mi propia lengua—. Tranquilo, no voy a pegarte nada y
espero que tú a mí tampoco. Una vez tuve infección de orina y fue horrible,
casi se me sube a los riñones y... A todo esto, ¿tienes condón?
Pero por toda respuesta me saca los dedos de un tirón y los sustituye por
la punta húmeda y caliente de su enorme miembro. Madre mía, voy a follar
con un completo desconocido en una propiedad privada y sin condón.
Feliz cumpleaños, May, supongo.
—Espera, no me has respondido a la… —Me penetra con tanta fuerza
que los ojos me hacen chiribitas y me quedo sin respiración—. Pregunta.
La tiene tan grande como todo su ser y me está desgarrando desde dentro
hacia afuera. ¡Dios, cómo duele!
—Respira.
—No puedo… es… demasiado.
Músculos, tendones y tejidos se esfuerzan al máximo por darle la
bienvenida y amoldarse a él, pero ni siquiera mi vibrador más grande hace
justicia a su tamaño. Gracias al Señor no se mueve de inmediato, sino que
espera pacientemente a que me acostumbre a él antes de romperme entera,
porque lo hace, y para entonces el dolor ha sido remplazado por el placer
más dulce y deleznable. Ni siquiera sé si es rubio o moreno, con barba o sin
ella, mayor o más joven que yo; lo único que sé es que quiero que me haga
olvidarme de todos mis problemas por un momento.
El enmascarado se mueve en mi interior con una pericia que me hace
enroscar los dedos de los pies dentro de las Vans y creo que voy a estallar
en cualquier momento. Me penetra con una rabia desmedida, como un
hombre al que lo han privado de los placeres de la carne durante mucho
tiempo, y siento su corazón bombeando contra mis omóplatos en un intento
de romperle las costillas. ¿O es el mío? No lo sé, poco importa.
—Más fuerte —me gruñe en el oído—. Gime más fuerte.
Me agarra del pelo en un puño y tira de mi cabeza hacia atrás hasta que
siento que me la va a arrancar de las cervicales.
—No pares, estoy a punto.
—¿Te gusta cómo te follo, eh? —Su risita burlona me quema en las
mejillas y en la entrepierna—. Te gusta que un extraño te la meta hasta el
fondo mientras te dice guarradas al oído.
—Ay, joder…
Intento prolongar esta sensación todo lo que puedo, pero el golpeteo
rítmico de la carne contra la carne, mis gemidos y sus respiraciones
entrecortadas me ponen la piel de gallina y hacen que me precipite sin
remedio hacia el mejor orgasmo de mi vida. Me deshago sobre su polla
mientras sus dedos se aferran a mis mechones casi con desesperación.
—Eso es, qué buena chica.
Empuja un par de veces más y entonces un goteo caliente me rocía las
lumbares cuando eyacula sobre mí. Por el rabillo del ojo veo cómo se sirve
de su mano y de mis nalgas para exprimir hasta la última gota de semen, lo
que me parece la escena más puto erótica del mundo. Eso sin mencionar la
forma en que todo su hercúleo cuerpo se contrae en cada respiración o la
dureza de sus abdominales, tensos y marcados a fuego por el esfuerzo, que
me invitan a pasar la mano por ellos para comprobar que son reales.
¿En serio acabo de montármelo con este dios griego?
No es que yo sea fea, más bien del montón, con mis curvitas suaves pero
sinuosas y un pecho inexistente que me permite llevar tops sin sujetador.
Ah, y mi pelo. Esa es la joya de la corona. Sin embargo, nunca nadie en
treinta años me había follado con tal vehemencia y veneración.
—¿Qué haces?
—Quieta —me ordena con esa voz guturalmente impostada cuando estiro
el cuello para ver por encima del hombro cómo me limpia con delicadeza
con mis propias bragas el rastrojo blanco y espeso de la espalda.
—No hace falta, iba a darme una ducha luego.
De agua fría, además.
El espantapájaros sigue a lo suyo y cuando acaba, en lugar de deshacerse
de mis braguitas sucias y apestosas, se las guarda cual trofeo en el bolsillo
del pantalón corto de deporte y se yergue sobre mí como un titán. Me
remuevo sobre la paja ante la expectación de una segunda ronda de sexo
febril y salvaje, pero, cuál no es mi sorpresa cuando se da la vuelta sin decir
nada y sale del granero con zancadas furiosas.
—¡Ey, espera! —lo llamo, pero no se detiene.
A tientas, me subo los vaqueros y llego a la puerta dando tumbos. El frío
nocturno de finales de verano me azota las pantorrillas cuando atravieso el
portón y mis ojos escudriñan la oscuridad.
—¡Soy May, May Crawford! —le grito a la noche, no sé muy bien por
qué—. ¡Por si algún día te apetece quitarte la máscara y tomar un café como
las personas normales y corrientes!
—¿May?
Doy un respingo cuando una sombra más pequeña y menos voluminosa
de lo que esperaba se abalanza sobre mí y me priva de aire.
—¿Page?
—¿Dónde coño estabas, tía? —me chilla directamente en el oído—.
Estaba preocupadísima. ¿Tú sabes el tiempo que llevo esperándote fuera?
Casi dos horas. Menos mal que el señor Atwood se ha ofrecido a buscarte
porque ya estaba pensando qué poner en el epitafio de tu tumba.
A su lado se materializa un hombre mayor con un sombrero de paja un
tanto raído por el paso del tiempo y una sonrisa cansada.
El señor Atwood.
—Lo siento muchísimo —balbuceo, avergonzada.
—No pasa nada, chica. —El propietario del granero en el que acabo de
tener el mejor sexo de mi vida me tiende una botella de agua que
desenrosco con dedos temblorosos—. Al menos te hemos encontrado sana y
salva.
Eso es cuestionable.
Los ojillos castaños de Page me escanean de arriba abajo y se detienen en
mi pelo, enmarañado por el revolcón y los estirones.
—¿Por qué tienes paja en el pelo?
—Esto… yo… me he caído en un montón ahí dentro. —A ver, mentira
no es—. ¿Podemos irnos ya? Creo que estoy pillando frío.
—Sí, y yo quiero cenar —rezonga el señor Atwood.
Me disculpo de nuevo por hacer esperar a su estómago y con un sutil
gesto de cabeza nos insta a ponernos en marcha. Page no para de parlotear
durante todo el camino de vuelta, aunque no escucho ni una palabra ni
media porque mis sentidos están puestos en cierto espantapájaros que se
desliza sigiloso a nuestro lado. No puedo verlo, pero sí sentirlo. Es más, si
me concentro mucho creo que todavía puedo captar su aroma a sudor y a
algo más que no sé identificar flotando en el ambiente.
¿Cloro de piscina, tal vez? Ni idea.
—¿A quién le decías que se tomara un café contigo?
—¿Eh?
—¿No estarías revolcándote con alguien ahí dentro? —Page me mira de
hito en hito cuando no respondo enseguida y mi piel adquiere la tonalidad
de mi pelo—. May Liliana Crawford, no me digas que…
—Solo estaba hablando en alto para espantar el miedo —la corto antes de
que nos escuche el señor Atwood—. Ya sabes, como en las películas.
—Deberías saber que eso solo atrae a los psicópatas, boba.
Si tú supieras que eso era justo lo que quería conseguir...
—Es verdad, qué tonta soy. —Fuerzo una sonrisa tirante y me apresuro a
cambiar de tema—. Por cierto, te debo cincuenta pavos.
—Nah, quédatelos, creo que prefiero que me presentes a uno de tus
alumnos buenorros cuando vaya de visita al... ¿Cómo decías que se llamaba
el centro deportivo ese? Siempre se me olvida.
Solo de pensar en el largo viaje de nueve horas que me espera mañana
hasta las montañas de Colorado me da dolor de cabeza.
—El Zenith Elite.
CAPÍTULO 3
Xander

Cuando me suena la alarma del móvil a las 06:30 de la mañana me apetece


pegarme un tiro en las pelotas. Solo llevo dos días aquí y ya me duelen
hasta las uñas de los pies, si eso es científicamente posible. Y todo por el
maldito Anthony Weismuller, que en cuanto puse un pie en el Zenith Elite
me cogió por banda y me arrojó a la piscina con ropa y todo. Desde
entonces apenas me ha dejado respirar, literal y figuradamente, puesto que
paso gran parte de mi día sumergido como las belugas.
Salgo de la cama arrastrando los pies y me quito las legañas de camino al
complejo de natación al aire libre que se encuentra a siete minutos exactos a
pie de mi residencia y que me sirve de calentamiento para el calvario que
me espera. Me hace gracia que la directora White se empeñara en construir
dos edificios de ladrillo rojo en puntos opuestos del campus con el único
objetivo de poner distancia entre ambos sexos para que nos centrásemos
única y exclusivamente en la competición, como si un par de metros fuera a
refrenar nuestras hormonas revolucionadas…
A diferencia de lo que muchos creen, el Zenith Elite no es solo un centro
de alto rendimiento, sino una masiva ciudad deportiva en la que podrías
vivir el resto de tu vida. Cuenta con servicios e instalaciones optimizadas al
máximo con el único propósito de crear leyendas, desde centros de
biomecánica y análisis del movimiento hasta cámaras hiperbáricas para la
recuperación del cuerpo. Eso sin mencionar a todo el equipo de
profesionales que tenemos a nuestra completa disposición todos los días del
año, de lunes a domingo, desde que sale el sol hasta que se pone.
¿Que necesitas un masaje? Lo tienes.
¿Que quieres un plan dietético personalizado? Te lo hacen.
¿Que no traes de casa a tu propio entrenador? Se te busca uno, y no uno
cualquiera, el mejor. Así conocí yo a Anthony.
De aquí han salido medallistas de todas las nacionalidades y disciplinas.
Aunque, las cosas como son, la desorbitada cuota que se paga al mes te
invita a ello. Y es que el único modo de recuperar tu inversión es ganando
un metal en los Juegos. En resumen, tú pagas y ellos te forman, y si resultas
ganador se te devuelve la pasta porque la propaganda que le estás haciendo
al centro vale el doble. En cambio, si no consigues brillar en la pista, o en
mi caso en la piscina, el Zenith Elite se queda con los ahorros de tu vida por
las molestias y te manda a tu casa con una palmadita en la espalda. Jo y yo
no tenemos esa presión económica porque nuestro padre respira dinero y la
familia de nuestra madre es una de las más adineradas de todo el país. Sin
embargo, otros atletas no pueden decir lo mismo, de ahí la extrema
rivalidad.
Cuando dejo caer mi mochila de nailon en el poyete de piedra con un
suspiro, Anthony me mira por encima de esas gafas de sol que no se quita
ni para dormir y acto seguido se señala la muñeca.
—¿Se te ha alargado la paja esta mañana?
—Ya te gustaría —bostezo mientras me paso la sudadera por la cabeza y
se la tiro a la cara—. Mi voto de castidad sigue en pie.
Mi entrenador personal la atrapa al vuelo con una sonrisa llena de dientes
blanco nuclear y la deposita a su lado. Este exmarine y tres veces medallista
en estilo libre, dos de plata y una de oro, es como un segundo padre para
mí. Me lo asignaron cuando llegué aquí hace ya cuatro años y desde
entonces nos hemos vuelto uña y carne. A veces se pone modo sargento de
las SS y me da tanta caña que al acabar siento los brazos de goma, pero se
lo agradezco porque así no me duermo en los laurales.
—¿Qué te hace tanta gracia? —bramo. No me gusta una mierda
madrugar y menos aún que se rían de mí.
—Nada, nada.
Muevo los hombros en círculos sin quitarle ojo.
—No crees que pueda cumplir mi promesa, ¿es eso?
Después del polvo espectacular con esa joven pelirroja en el granero de
mis abuelos me había quedado más que satisfecho para toda la temporada.
Ahora tocaba centrarse en el deporte y dar lo mejor de mí en el agua, sin
distracciones, sin excusas.
—Solo creo que lo estás llevando un poco al extremo.
—Pues como todo lo que me propongo.
Se cruza de brazos y su pecho se amplía varias pulgadas. Estará retirado,
pero el cabrón sigue en forma.
—¿Sabes qué? Cuando yo estaba en tu lugar no me privaba de nada y
nunca me fue mal. Así que si quieres follar, folla. Si quieres pegarte una
fiesta histórica una noche con tus amigos en Cripple Peak, pégatela. Si te
apetece una pizza con extra de pepperoni, cómetela. Ahora bien, solo te voy
a pedir una cosa, Xander. —Sus rasgos caucásicos se endurecen y su mirada
fría se vuelve gélida—. Que cumplas con tus obligaciones.
—Lo haré.
—Bien. —Me da una palmadita en el bíceps y me señala el agua
congelada con su prominente mentón—. Ocho kilómetros y eres libre hasta
la hora del almuerzo. Empieza.
Una hora después y con un plátano en una mano y un yogur con nueces
en la otra estoy de camino a mi primera clase. Siempre nado un poco en
ayunas para empezar el día con energía, pero hoy solo me apetece volverme
a la cama y seguir durmiendo. Todos los años me pasa lo mismo. Las
primeras semanas después del verano se me hacen insufribles y me cuesta
coger el ritmo. Es una batalla encarnizada conmigo mismo que no sé hasta
cuándo podré librar sin que mi salud mental se vea perjudicada en el
proceso. Y es que quien crea que la vida de un deportista es un camino de
rosas le presto mis zapatillas un rato para que lo recorra.
—¡Cuidado, que voy sin frenos!
Unos chavales pasan a toda velocidad por el carril bici riendo y gritando
y uno de ellos casi se choca contra una papelera. Sonrío porque me
recuerdan a mí y a mis amigos haciendo cabrioladas con las bicicletas
eléctricas que facilita el campus para moverse de un recinto a otro el primer
día. Amigos a los que he estado evitando a toda costa desde que llegué, por
cierto. Pero es que el día no tiene horas materiales para socializar, joder.
O, al menos, no mi día.
Si no estoy nadando hasta la inconsciencia, estoy recuperando fuerzas y,
si no, nutrientes. Mi vida durante la temporada se resume en esos tres actos
vitales. Justamente por eso había decidido matricularme en la optativa de
Artes Plásticas este último curso antes de las Olimpiadas de París, para
despejarme un poco de la competición y no volverme un ermitaño. Aunque
en cuanto me planto en el Aula 08 y echo un vistazo en su interior, los
músculos que la ducha de agua hirviendo había conseguido dejar como un
flan se me tensan al reconocer a mis amigos en primera fila.
Y luego dicen que el karma no existe…
—¿Qué hacéis vosotros aquí? —Se me escapa en un bufido.
—Vaya, nosotros también te hemos echado de menos, Xander. —Lev
Petrov me da un puñetazo en el dolorido bíceps a modo de saludo que yo le
devuelvo en las pelotas—. ¿No te alegras de vernos o qué?
—Me cogí esta asignatura para disfrutar de un poco de calma y paz
interior. Así que no, no mucho.
El ruso se saca una piruleta roja de la boca y hace ademán de tocarme la
cara con ella, pero la esquivo y me lanzo a retorcerle el brazo. No obstante,
él es mucho más rápido y en lo que dura un parpadeo me ha hecho una de
sus llaves de judo y tengo la cara pegada al pupitre.
—Veo que te has recuperado en tiempo récord de la lesión —mascullo
con la mejilla contra la madera labrada.
—Qué puedo decir, no hay nada que las sopas de la mamushka no puedan
solucionar. —Me libera de su abrazo y chocamos los puños como los
buenos amigos que somos a fin de cuentas, aunque a veces me apetezca
tirarlo por la ventana—. ¿Y tú qué, que llevas aquí desde el sábado y no nos
has dicho nada? Eso no se hace.
—He estado entrenando —replico sin más.
—Como debe ser.
Derek Hall se planta al lado de Lev, al que le saca media cabeza, y le
pasa una mano por el pelo rubio platino recién teñido con una sonrisa
perversa. Tanto él como yo sabemos lo mucho que nuestro amigo odia que
estropeen su sofisticada imagen. Lev se revuelve y lo encara.
—Ten huevos a hacerlo otra vez y te dejaré el ojo azul tan negro como el
otro, gilipollas.
—Me encantaría ver cómo lo intentas, aunque yo creo que vas a tener
que saltar para llegarme a la cara.
—¿Acabas de llamarme enano?
—Parece que lo vas pillando.
—Ven aquí que te voy a…
Mis mejores amigos son como el día y la noche. Mientras Lev está hiper
musculado por su obsesión con tumbar a sus rivales en el tatami de un
ippon, Derek luce un cuerpo espigado y fibroso como el arquero letal que
es. Además, el primero viste atuendos vivos y refinados que contrastan con
las mortajas oscuras que Derek luce a modo de segunda piel. Es más, creo
que nunca lo he visto con otro color que no sea el negro. Todo eso sin
mencionar el pelo. Mientras el ruso se lo corta y tiñe cada semana, el de
Houston lleva unas greñas dignas de estrella del rock que no sé cómo
consigue que no se le metan en esos ojos de husky siberiano que tiene
durante la competición.
—¿Qué pasa, Ojo de Halcón? ¿Cómo estamos? —lo saludo con un
sonoro entrechoque de pechos cuando Lev deja de lanzarle bocados.
—Estamos.
—¿Tu padre bien?
Se sube las gafas de pasta negra por el puente de la nariz antes de gruñir
una especie de asentimiento.
—Sí, bien.
—Me alegro.
Derek es un tipo al que hay que sacarle las palabras a punta de pistola, o
más bien de flecha. Es el introvertido del grupo y el más impredecible de
todos porque nunca sabes qué está maquinando. Lo que nos costó hacernos
amigos suyos el primer año es digno de hazaña hercúlea porque el muy
capullo nos rehuía como la peste y solo quería estar solo leyendo y
escuchando Aerosmith a tope en un rincón.
—¡A mis brazos, Atwood! —me llega la voz de Crystal McNally.
Su intenso perfume a magnolias me envuelve por entero antes de que lo
hagan sus tonificados brazos de pertiguista.
—¿Tú también estás en Artes Plásticas, Crys?
—¡Sí! Jo me convenció —asiente alegre y los bucles dorados de su
coleta rebotan con gracia—. Al principio iba a cogerme Gestión de la
Marca Personal, pero para eso ya tengo a mi madre que me hace de
mánager así que dije, vamos a colorear un poco.
—Si dices que mi hermana te convenció, ¿dónde está?
Todos los ojos están puestos en algún punto a mi espalda y no necesito
girarme para saber que la réplica a pequeña escala de mi madre está justo
detrás de mí, alumbrando el mundo con su sonrisa.
—Justo aquí.
—¡Jo! —claman todos al unísono.
Lev se adelanta para estrecharla entre sus brazos, pero mi mano cae sobre
su hombro como una garra de acero, clavándolo en el sitio. Ese gesto es
suficiente para que pille la advertencia: mi hermana no se toca.
—No me digáis que todos estamos en esta clase —exclama jovial la niña
de mis ojos. Asiento, y su sonrisa se extiende por toda su cara ovalada. Qué
guapa está cuando sonríe y qué poco lo hace últimamente—. ¡Ay, genial!
Nos lo vamos a pasar super bien, he oído que la profesora es un amor.
—¿Y no has oído que está como un tren? —suelta el pervertido de Lev,
que solo piensa en culos y tetas.
—Uf, siempre igual —bufa Crys.
—Por algo me he cogido esta asignatura a las putas ocho de la mañana. A
ver si creéis que lo hago por amor al arte teniendo que entrenar luego con el
Sensei. Amor al arte. ¿Lo pilláis?
—¿Tú sabes que está prohibido ligar con los profesores, no?
—Hasta donde yo sé, mirar es gratis —le rebate a nuestra amiga.
Joanna se tensa de forma imperceptible a mi lado, así que decido desviar
la conversación por otros derroteros.
—Pues yo creo que estás aquí para ver a Sadie White.
Toda sonrisa bobalicona se borra de golpe de sus labios malvados y sus
facciones, de por sí duras, se vuelven graníticas.
—¿A la friki? —ladra sin miramientos—. No, la verdad es que no. Antes
prefiero ver un parto en directo.
—Córtate, idiota, que puede oírte —lo reprende Derek.
—Esa es la intención.
Todos volvemos sutilmente la cabeza en dirección a la pequeña emo con
mechas rojas que intenta pasar desapercibida en una esquina. Cuando nota
nuestras miradas, en especial la más oscura y llena de odio, gira la cara y se
pone a mirar por la ventana para ocultar su incomodidad. Por algún motivo
que desconocemos, Lev detesta a la única hija de la directora White.
Siempre se está metiendo con ella y aprovecha la mínima oportunidad para
ridiculizarla delante de todos. Crystal opina que en el fondo le gusta y que
la trata así porque se avergüenza de sus sentimientos, pero a saber.
—Va, sentaos, que la clase está a punto de empezar.
—A sus órdenes, capitán —me hace burla el ruso.
Hastiado a más no poder y eso que el día acaba de empezar, me dejo caer
en un asiento de la primera fila con los ojos en blanco. Derek se coloca a mi
derecha y Lev a mi izquierda, mientras que las chicas dejan sus cosas en el
en los pupitres más apartados de los nuestros con el pretexto de que quieren
rendir más. Yo creo que simplemente les damos vergüenza ajena.
—Xander, mira ahí —me susurra Derek.
—¿El qué?
Cuando resigo la dirección de sus esferas de ónix y cobalto me topo de
lleno con mi rival en la vida y en el agua.
—No me jodas…
Para variar, Caleb Thorn está rodeado de chicas que le hacen ojitos y se
ríen histriónicas de cada palabra que suelta por esa boca llena de dientes
blancos que contrasta con su piel oscura como la noche y que me muero por
patear. Su mejor tiempo está a tan solo una décima del mío, lo que me
asegura el liderazgo, pero ¿ por cuánto tiempo? Caleb es como una morena
que acecha entre las rocas esperando a que bajes la guardia y cometas la
imprudencia de acercarte demasiado para… ¡ZAS!
Como si el muy imbécil me hubiera leído el pensamiento, levanta una
cabeza llena de rizos negros e hirsutos y me guiña un ojo color café.
—¿Y tú qué coño miras? —le escupe Lev, que es tan leal que mis
enemigos son también los suyos.
—A ti, guapo.
Caleb le manda un beso y el ruso ya está preparado para saltar sobre él
cuando Derek le pone una mano en el hombro malo y lo hunde para abajo.
—Compórtate de una vez que no estamos en tu país.
—¡Ay, cabrón, que todavía duele!
—Entonces es que no está curado del todo —asumo.
Lev empalidece varios tonos y, para mi sorpresa, se calla. Los demás
parecen tomar nota de su mutismo porque los murmullos cesan de golpe y
todas las cabezas se giran parar mirar a la joven que ha entrado sin hacer
ruido y camina casi de puntillas hacia la mesa del profesor. Mi corazón se
salta un latido cuando lo primero que percibe de ella al pasar, aparte de un
culo perfecto, es una melena cobriza que le cae sobre un top verde aceituna.
—Joder, está buenísima —murmura Lev en mi oído.
—No está mal —reconoce Derek.
—Necesito su rutina de sentadillas —sigue babeando el judoka.
—¿Tú qué opinas, Xander? —me consulta el arquero. Pero soy incapaz
de articular palabra, sobre todo porque cuando por fin se pone de medio
lado me parece reconocer unos rasgos dulces y angelicales que deformé
hace dos noches a base de empentones salvajes.
Rompo a sudar pese a estar helado y el tic nervioso de mi pierna
izquierda cobra vida solo. No puede ser ella. ¿No? Quiero decir, hay miles
de pelirrojas con sonrisas adorables y cuerpos que quitan el hipo en Estados
Unidos. Por no hablar de que la probabilidad de tirarte a una desconocida
en el laberinto de maíz de tus abuelos y encontrarla a los dos días en un
centro de entrenamiento deportivo perdido entre las montañas de Colorado
convertida en tu profesora de Artes Plásticas es de un 0,01%. Y aun así…
Sus ojos ambarinos colisionan con los míos cuando hace un barrido
visual de la clase y mi metro noventa se encoge dentro de la sudadera.
Cuando pasa de mí no sé muy bien si sentirme aliviado o decepcionado.
Puede que no sea ella después de todo, me digo esperanzado, puede que
solo se le parezca un poco y yo esté demasiado obsesionado.
Su piel es de un bonito tono marfileño, nariz corta y pómulos sonrojados
que, para mi salud, no están espolvoreados de pecas porque eso hubiera
sido el colmo de lo comestible.
—¿Cuántos años creéis que tiene? —consigo pronunciar.
—Los suficientes para no ir a la cárcel por hacerla gritar contra la
pizarra.
—Eso no tiene gracia, Lev.
Derek lo fulmina con sus ojos bicolor.
—Pues no te rías.
Un carraspeo suave capta nuestra atención.
—Buenos días, chicos —empieza con una vocecilla que hace que las
costuras de mi pantalón de chándal se vuelvan lijas—. ¿Qué tal?
¿Nerviosos? Yo un poquito también —confiesa dándole vueltas distraída a
lo que parece un anillo de… ¿bodas? No me jodas—. Yo seré vuestra
profesora de Arte durante todo el año y aunque comprendo que estaréis
muy agobiados porque se acercan los Juegos y algunos no podréis venir
mucho a clase, solo espero que podamos aprovechar estas pocas horas
durante la semana para desconectar y pasarlo bien. ¿Qué me decís?
Varias cabezas asienten entusiasmadas a la vez, entre ellas la de Lev, que
ya sé yo que no se va a perder ni una.
—Os pido disculpas si los primeros días os confundo —prosigue con una
sonrisa avergonzada—, tardaré un poco en aprenderme todos vuestros
nombres porque sois muchísimos y mi memoria no es precisamente mi
mejor atributo... —No lo jures—, pero aquí tenéis el mío.
Para satisfacción del ruso y de unos cuantos más que la contemplan con
ojos golosos, se gira y empieza a rasguñar con una tiza amarillenta la
superficie plana de la pizarra contra la que me encantaría estamparla.
Entonces se aparta y el mundo se me viene encima cuando leo su nombre
escrito con una caligrafía tan delicada y pequeña como ella.
May Liliana Crawford.
CAPÍTULO 4
Xander

El pollo marinado con arroz blanco se me hace una pelota en la boca que
me cuesta horrores tragar. Las conversaciones se desarrollan a mi alrededor
con normalidad, pero yo soy incapaz de prestar atención a ninguna. Solo
puedo pensar que May está aquí, la desconocida con la que tuve el mejor
sexo de mi vida y cuyo tanga manchado con mi semen atesoro en el cajón
de mis gayumbos cual medalla de oro olímpica está aquí, pinchando trozos
de brócoli en la otra punta del comedor y arrugando la naricilla cada vez
que se ríe de las gracietas del señor O’Connor, el profesor de Economía.
—Tierra llamando a Xander… —Una mano enjoyada y llena de cayos
acaba con mi viaje astral—. ¿Xander?
—¿Qué quieres, pesado?
Lev enarca una ceja negra y espesa.
—Menudos humos gastamos por la mañana.
—Estamos planificando la recepción de bienvenida a nuevos alumnos,
que este año nos toca a nosotros organizar algo —salta Crys en cuanto nota
la poca paciencia que tengo esta mañana y las ganas de joder de Lev—.
¿Alguna sugerencia, Atwood?
—No contéis conmigo, estaré entrenando.
—Ni conmigo —apostilla Derek.
Me lo quedo mirando y no puedo evitar sentir cierta pizca de orgullo. Al
igual que yo, es un tío centrado y comprometido con el deporte. Nunca lo
he visto borracho ni con un piti en la mano, a diferencia de Lev, que un día
se va a ahogar en su propio vómito. Lo cierto es que cada uno de los que
están sentados a la mesa son mis amigos por una razón muy simple:
Tienen algo que me hace respetarlos.
Lev, por ejemplo, es un capullo integral donde los haya, pero su lealtad
no conoce límites. Crystal es la típica rubia prejuiciosa que se preocupa más
por ir conjuntada con sus ojos azul zafiro que por el hambre en el mundo;
no obstante, es la mamá oso del grupo y la más responsable. Luego está
Derek, que solo habla para soltar verdades como puños y estamparle a
alguno en el mentón a Lev cuando se pasa de la raya. Y, finalmente, mi
hermana, la bondad en persona y la mujer por la que daría mi vida sin
dudarlo.
—¿No queréis echarle un ojillo al mercado? —insiste Lev.
—Sí, a tu hermana de diecisiete años.
Su puño me roza la parte superior del cartílago.
—A Nadia ni la miréis, pedazo de buitres.
—Es un poco difícil no mirarla cuando se va paseando por ahí con el
culo al aire —masculla Derek con la boca llena de carne y puré de patata.
—Mi hermana no… Es igual. Pero como yo me entere de que alguno de
vosotros le pone un dedo encima… —Nos señala alternativamente a Derek
y a mí con el tenedor—, os cortaré el prepucio y se lo echaré de comer a los
cerditos vietnamitas del refugio.
—Un poquito de por favor, que estamos comiendo —se queja Crys.
—Lo digo en serio, chavales, mi hermana se ha esforzado lo que no está
escrito para clasificarse para los Juegos de Invierno y no voy a permitir que
nada ni nadie le arrebate su sueño dorado. ¿Estamos?
—¿Ya estás hablando de mí, kotyonok? —Si las mariposas pudieran
hablar sonarían exactamente como Nadia Petrova, dulces pero imperiosas.
La última matrioshka que encierra el conjunto de muñecas rusas sacude
su larga melena plateada a dos palmos de mi nariz y casi me mete las puntas
níveas en el plato. Es tan menuda y diminuta que dan ganas de cogerla en
brazos y achucharla cual peluche esponjoso, aunque su sonrisilla maliciosa
me advierte que de niña buena solo tiene el aspecto.
—Te he dicho mil veces que no me llames así en público.
—¿O qué?
—O te mandaré a un gulag de una patada en el culo.
—Amenazas, amenazas…
El maillot añil de pedrería Swarovski que combina con sus iris y que se
adhiere a su cuerpo como una segunda piel lanza destellos cegadores que
me obligan a cerrar los ojos. El que no aparta la mirada de ese rostro
cincelado a conciencia es Derek, que en cuanto se sabe observado tensa los
trapecios y devuelve toda su atención al entrecot. Parece… molesto, y eso
que Derek es el más imperturbable del grupo.
—Chicos, esta es la mujer a la que tenéis prohibido mirar bajo pena de
muerte. —Le pasa un brazo por el delicado cuello de cisne y aprieta hasta
que sus mejillas pálidas adquieren una tonalidad púrpura. A mi lado, Derek
se remueve pero no dice nada—. Nadia es mía y de nadie más.
—¡No soy tuya, hombre de las cavernas!
La patinadora le hunde las uñas de gel en la carne del antebrazo con saña
y el psicópata de Lev se troncha de risa. Jo se agita incómoda en su asiento
ante el despliegue de dominación no consensuada y ya tengo la boca abierta
para intervenir cuando alguien se me adelanta.
—¿Y entonces de quién eres?
A todos en la mesa se nos olvida cómo respirar por un momento cuando
muy, muy despacio, como haría un felino al que acaban de joderle la siesta,
Derek despega la vista del plato y la fija en Nadia.
—Tuya desde luego que no —escupe despectivo su carcelero.
—Eso es porque no quiero.
—¿Cómo has dicho?
—Lo has oído perfectamente.
—Siento decepcionarte, Ojo de Halcón, pero mi hermana nunca se fijaría
en alguien que no sabe lo que es un peine. ¿Verdad, Nadia?
—Yo nunca juzgo un libro por su portada —replica esta, mordaz.
—Su interior no es mejor que su cubierta, te lo puedo asegurar. Además,
la vuestra sería una historia avocada al fracaso.
La patinadora se cruza de brazos y fulmina a su hermano mayor con sus
lagunas congeladas desde abajo.
—Y eso por qué, a ver.
—Muy fácil, porque Derek no sabe amar y tú nunca te has dejado. Si ni
siquiera soportas que te abracen después de las competiciones.
—Eso no es… —empieza ella, con las mejillas incandescentes—. Puedo
ser cariñosa cuando quiero, es solo que… Yo…
Nadia se queda callada y Lev alza el mentón, ufano.
—Pues eso, que eres más fría que la Estepa rusa y ningún tío va a
soportar tus cambios de humor ni tus manías tanto como yo. Por eso yo soy
el hombre de tu vida y tú la mujer de la mía. Fin.
—¿Y qué hay de Sadie White? —La pequeña demonia curva una
comisura hacia arriba en una sonrisa aviesa cuando Lev pierde la suya—.
Tenía entendido que cuando empapelabas tu habitación con la cara de
alguien era por algo. Supongo que estaba equivocada.
—¡Cállate, mentirosa!
—¿Una mentirosa tendría pruebas de lo que dice? —ronronea agitando
su iPhone 15 en las narices de su hermano.
Lev procede a ponerse rojo hasta la raíz del pelo y a farfullar cosas en
ruso, presumiblemente insultos, mientras intenta arrebatarle el móvil a una
Nadia que lo esquiva con una facilidad pasmosa. Crystal, Jo y yo rompemos
a reír a la vez ante la escena tan surrealista que se está desarrollando a
nuestro alrededor en tanto que Derek niega con la cabeza como para sí
mismo y vuelve a centrarse en el entrecot.
—Qué infantil… —me parece oírlo mascullar.
La muñequita rodea la mesa y va a escudarse tras la espalda de Derek, un
error teniendo la mía al lado, pero bueno. El arquero reacciona contrayendo
toda su musculatura ante el contacto inesperado y el tenedor con el que
estaba pinchando el filete se le cae de la mano.
—Si ya te has cansado de dar por culo te sugiero que nos dejes en paz de
una vez y te vayas a jugar a las casitas con tus amigas.
—Eres un borde, kotyonok.
—Y tú una zorra mala.
—Gracias.
De pronto, Nadia emite un gemidito agudo y se lleva una mano al pecho
como si le doliera algo. En lo que dura un parpadeo, Lev se planta a su lado
y la toma por los codos cuando le fallan las piernas.
—¿Dónde están? —le urge con el rostro lívido.
—Estoy bien, déjame —jadea, y con las pocas fuerzas que le quedan se
zafa de las garras de Lev para caer en otras que le acomodan más.
—¿Oye, qué te pasa? —Derek le aparta con sumo cuidado un mechón
blanquecino de la cara—. ¿Nadia? ¿Me oyes?
—Necesita sus pastillas, la muy tonta ha debido de olvidar tomárselas.
—¿Pastillas?
—No hay tiempo, te lo explico luego. Cógela y sígueme.
Sin rechistar, Derek carga con su cuerpecito y se lo pega al pecho antes
de salir corriendo detrás del ruso. Las articulaciones le cuelgan laxas a los
lados y ahora sí que parece una auténtica muñequita, pero de trapo.
—Espero que esté bien —musita Jo.
—Seguro que sí —la tranquiliza Crystal—. Mi hermano también padece
de corazón y no hay semana que no nos dé un pequeño susto. Solo necesita
descansar un poco y tomarse la medicación.
—No sabemos qué le ha pasado, tal vez haya sido una bajada de tensión.
Sus ojos azules me escrutan, retadores.
—Xander, cariño, nadie boquea y se lleva una mano al pecho cuando le
está dando una baja de azúcar. Eso es de primero de atleta.
—Si tiene alguna enfermedad cardíaca reconocida, entonces es imposible
que la hayan dejado entrar en el Zenith —le rebato.
Crys se encoge de hombros con indiferencia.
—Habrá que preguntarle a Lev cuando vuelva.
Quiero insistir, pero entonces una sombra enorme engulle la mesa.
—¡Hombre, ya era hora! —Me levanto como un resorte y mi caja
torácica se resiente antera ante el potente entrechocar de pechos con el que
recibo a Zach Price, el mejor amigo de mi padre y nuevo entrenador de Jo,
aunque eso ella todavía no lo sabe—. ¿Qué tal? ¿Has tenido un buen viaje?
—No me puedo quejar, después del vientre de mi madre el jet de tu padre
es el mejor sitio en el que he dormido.
Su risa profunda y alegre consigue reducir un poco el nudo de nervios de
mi estómago y por un momento se me olvida que May está a escasos
metros de nosotros, seguramente contemplando al recién llegado con una
baba hasta el suelo. Y es que no es para menos, pues la piel oscura de Zach
y su barba más oscura aún junto con un cuerpo robusto y equilibrado lo
hacen parecer un gladiador de la Antigua Roma.
—¡Zach! —exclama Jo, saludándolo con una sonrisa enorme porque el
contacto físico está descartado—. ¿Cómo tú por aquí?
—¿No te lo ha dicho tu hermano?
—¿Decirme qué?
Jo posa sus inquisitivas esferas de jade en mí y me creo morir.
—Esto… —Joder me va a odiar. El corazón me retumba en el pecho y
me cuesta tragar—. Zach es tu nuevo entrenador, Jo.
—¿Cómo?
Mi hermana hunde las uñas en la madera.
—Tranquilízate, Zach es como de la familia y…
—¡Me la habéis jugado! —chilla con voz aguda y me señala con
lágrimas en los ojos—. ¡Papá y tú habéis planeado todo esto a mis espaldas!
—Escucha, puedo explicarlo.
—No teníais ningún derecho a decidir por mí. ¡Ninguno!
—Lo sé, pero no te queda más remedio si quieres pasar el Selectivo.
—¡Pues a la mierda el Selectivo!
Se levanta como un resorte, derramando zumo de arándanos por toda la
mesa, y sale del comedor con zancadas fúricas. Ya estoy despegando un pie
del suelo para ir tras ella cuando el hombre que mi padre quiere y respeta
como un hermano me pone una mano en el hombro.
—Ya me encargo yo.
—No creo que sea buena idea, su antiguo entrenador…
—Estoy al tanto —me corta. El azul cristalino de sus ojos se ensombrece
ante la mención del abuso y tensa la mandíbula—. Confía en mí, Xander.
Joanna está en buenas manos conmigo.
—A mí no es al que tienes que convencer.
—No te preocupes, tengo experiencia domando fieras.
Dicho lo cual, sale del comedor y yo me dejo caer de nuevo en el asiento
con un suspiro de resignación. Sabía de sobra que esto podía pasar, pero eso
no ayuda a que me sienta mejor. La culpa me roe los intestinos y cuando
levanto la vista y me topo de frente con unas joyas doradas que me miran
fijamente desde el fondo del comedor no puedo aguantarlo más.
—Me piro.
—¿A dónde vas, Atwood? —Crystal señala mi plato lleno con sus cejas
perfectamente perfiladas—. No has terminado, así que siéntate y cómete el
pollo como un niño bueno.
—No tengo más hambre.
—Has hecho lo que tenías que hacer, no te martirices.
Aprieto los puños y hago uso de todo mi autocontrol para no escupirle
todo el veneno que estoy acumulando en la lengua. Qué coño sabrá ella de
cómo debería sentirme. Le he hecho daño a la mujer más importante de mi
vida y no hay nada que me apetezca más ahora mismo que martirizarme.
Sin embargo, antes de descargar mi ira sobre mi amiga y montar el
espectáculo delante de May, me doy la vuelta y exclamo:
—Nos vemos luego.
Me parece escuchar su voz llamándome entre el gentío, pero yo ya he
cruzado medio campus y no me detengo hasta llegar a mi templo, mi lugar
seguro, mi remanso de paz.
La piscina.
El fuerte olor a cloro se cuela en mi organismo y poco a poco va
reduciendo mis niveles de ansiedad, aunque lo que me acaba de relajar del
todo es el contacto con el agua cuando me zambullo de cabeza sin salpicar
y buceo un largo entero. Me recreo en el viraje y me impulso con todas mis
fuerzas en la pared cuando llego al final. Seis largos después me noto la
cabeza más fría y menos abotargada.
Linda Atwood ya sabía que su hijo sería un deportista de élite en cuanto
abandoné su matriz. Decía que las patadas que le daba desde que se me
formaron los pies no eran normales y que a veces sentía que estaba jugando
un partido de fútbol con sus riñones. Por eso, cuando accidentalmente a los
dos años me caí en la piscina de mis abuelos y eché a nadar como un
renacuajo, nadie se sorprendió. Tampoco se sorprendieron cuando a los seis
años gané mi primera competición escolar y a los doce ya estaba en el
equipo regional de natación. Solo quería nadar, nadar y nadar.
Un verano, mientras veía los dibujos animados con Jo en el regazo del
abuelo Jay, le di sin querer a un botón que sustituyó a Tom&Jerry por
hombres de espaldas anchas y gorritos de colores que braceaban como si les
fuera la vida en ello. Desde ese momento lo supe. Yo quería que mi nombre
apareciera grafiado al lado del de todos mis ídolos en el Olimpo de la
natación: Mark Spitz, Ian Thorpe, Michael Phelps…
Cada brazada me arrastraba como la marea hasta mi objetivo y no iba a
dejar que nada ni nadie me desviara de mi senda dorada. Ni mis padres. Ni
mis amigos. Ni Jo. Ni siquiera la pelirroja despampanante que se pasea
desnuda por mi cabeza a todas horas.
Mierda, ahí está otra vez.
Acuchillo el agua y pateo rabioso para espantar el recuerdo de su
precioso y redondo culo revotándome sin piedad en las pelotas. Sin éxito.
He de decir que jamás la hubiera instado a huir si no hubiera percibido en
esos ojos color caramelo una súplica silenciosa para que la persiguiera.
Quería que la atrapara, que la tomara, que la rompiera. Quería aquello casi
tanto como yo y la humedad que le resbalaba por los muslos y que me
pringó los dedos sin necesidad de metérselos así me lo confirmaba. Por eso,
cuando terminé sobre la inmaculada piel de su espalda no me sentí mal por
lo que acababa de hacer con esa desconocida. No, me sentí mal porque
sabía que nunca más volvería a tirar de ese pelo suave y sedoso mientras le
llenaba el cuello de besos y el coño de mi semen.
No obstante, aquí está. Al alcance de mi mano, y de mi polla.
Y yo no sé qué hacer.
Por un lado quiero reclamarla y hacerla mía contra la pizarra delante de
toda la maldita clase para que los simios de Lev y Caleb dejen de mirarla
con hambre. Pero, por otro lado, me da pánico mover ficha por si me
rechaza. Sí, un tío de metro noventa con ojos azules y un físico espectacular
también puede sentirse inseguro. ¿Y qué pasa?
—¡Suficiente por hoy!
Las suaves ondas de la piscina me traen la voz amortiguada de mi
entrenador y por fin obligo a mi cuerpo a detenerse. A veces, cuando las
emociones me sobrepasan, soy capaz de nadar durante horas como un
auténtico esquizofrénico sin darme cuenta.
—¿Estabas pensando en Thorn?
—¿Qué?
—Que si estabas pensando en masacrar a Caleb en el agua para nadar a
ese ritmo asesino —repite dando golpecitos con el pie.
—No, no estaba pensando en él. ¿Por qué lo dices?
—¿Estás seguro?
Me pone el cronómetro en las narices y tengo que parpadear varias veces
para comprobar que el tiempo que marca no es fruto de mi imaginación.
51,60 segundos.
Hostia puta, eso significa que…
—No sé en quién o en qué estarías pensando, pero si haces este tiempo
en las eliminatorias estás dentro. —Su palmadita en el cogote se siente
como el abrazo de un padre—. Sigue así, Xander. Vas por buen camino.
—Gracias, aunque creo que estoy a punto de salirme de él.
—¿Qué quieres decir con eso, chico?
Pero yo ya me he sumergido de nuevo.
CAPÍTULO 5
May

Si alguien me hubiera dicho que en dos semanas me adaptaría a mi nueva


vida en un complejo deportivo aislado de la civilización, rodeada de
jóvenes hiper musculados que se alimentan a base de pollo a la plancha y
frutos secos y que encima me acabaría gustando, no lo hubiera creído. Pero
así es, el Zenith Elite ha conseguido que me sienta como en casa en tiempo
récord y todo gracias a mis maravillosos alumnos, que me traen barritas de
chocolate entre semana y me invitan a sus competiciones los sábados.
Ya me he enamorado de seis jugadores de baloncesto y tres de rugby,
¡pero es que es inevitable no fijarse en esos abdominales trabajados a
conciencia cuando se quitan la camiseta después del partido!
De camino al Aula 08 paso al lado de un grupito de chicas esbeltas y con
cinturas de avispa que charlan animadamente y una de ellas me saluda con
la mano. ¿Será Crystal o Joanna? A pesar de no tener ni idea de quién es, le
devuelvo la sonrisa a la rubia de ojos claros y melena de león mientras sigo
esquivando espaldas anchas y hombros cuadrados por el pasillo.
Nota mental: Aprenderme los nombres de mis alumnos de una vez para
no meter la pata en clase.
Aunque ya me voy haciendo una ligera idea de quién es quién, todavía
me cuesta asignarles nombres porque todos los días llegan caras nuevas con
ganas de desconectar de la sobrecarga física y emocional que les supone ser
atletas de élite. Pobrecitos, yo no podría. Si a la mínima que me gritara algo
el entrenador me echaría a llorar.
Un escalofrío me sube y me baja por la espina dorsal cuando me planto
frente al aula y visualizo todo lo que podría salir mal hoy. Sé que no debería
ser tan negativa, puesto que el resto de las clases durante estas dos semanas
han ido como la seda, pero es que por mucho que lucho contra mi síndrome
del impostor este siempre se acaba imponiendo.
No tienes ningún síndrome, ¡eres una impostora de verdad!
Sacudo la cabeza para deshacerme de los pensamientos intrusivos y
respiro hondo hasta tres veces antes de girar el pomo y enfrentar un nuevo
día con una sonrisa tan falsa como mis conocimientos artísticos.
—¡Buenos días, chicos! —Mi sonrisa se tambalea un poco cuando topa
con rostros medio adormilados y bocas abiertas en una clara señal de
somnolencia, o peor, de aburrimiento—. Uy, qué caritas… ¿No habéis
dormido bien esta noche o qué os pasa?
—Yo siempre duermo bien, señorita Crawford —salta Lev Petrov, alias
Lev Payasov como he decidido bautizarlo, desde la primera fila.
—Me alegro mucho.
—¿Quiere saber por qué? Porque usted protagoniza mis sueños.
El calor me sube a las mejillas por la vergüenza y el chico de pelo oscuro
y gafas de pasta negra que siempre se sienta a su lado, Derek Hall, si no me
equivoco, le da un capón con los nudillos.
—¡Oye, que no he dicho que fueran húmedos!
Los disparejos e inquietantes ojos de Derek se clavan en los míos y me
transmiten una disculpa muda por el comportamiento de su amigo. En
cambio, el otro joven de metro noventa y bucles color cacao que lo flanquea
no despega la vista de su teléfono, ignorándome olímpicamente. He llegado
a la conclusión de que no le caigo bien porque apenas me presta atención en
clase y siempre que paso por su lado el tic nervioso en su pierna izquierda
se descontrola en una clara señal de incomodidad.
—Bueno, ya conocéis la dinámica —carraspeo para infundirme valor a
mí misma. Nunca es fácil ejercer de algo de lo que no se tiene ni idea—, así
que tomad papel y boli y escribid en una línea cómo os sentís hoy.
Mientras dejo mis cosas en la mesa y me acomodo en la silla de
terciopelo verde, los treinta y cuatro pares de ojos que me contemplaron
inquisitivos el primer día y me hicieron sentir pequeña se ponen manos a la
obra. Me deleito con el trajín de los papeles y, posteriormente, con el
murmullo de sus carísimas deportivas sobre la tarima cuando se van
acercando para depositar sus sentimientos en una bolsita de tela uno a uno.
Esta forma que ideé para romper el hielo y conocerlos un poco mejor no
les hizo mucha gracia al principio, más que nada porque no creo que
ninguno de ellos estuviera acostumbrado a compartir sus inseguridades e
inquietudes con el resto ya que eso es de mariquitas, como aseveró Lev
cuando propuse la actividad. Sin embargo, dos semanas después, he
conseguido que se abran y que hablen de sus sentimientos sin pudor.
—¿Puedo ser yo la mano inocente? —pregunta la misma chica rubia de
rizos espesos y ojos azules que me había saludado en el pasillo.
—Claro, Crystal. Adelante.
Asiente, y sé que he acertado su nombre.
Menos mal.
Cuando mete una mano llena de callos y durezas que no combina con el
resto de su estética perfecta me digo que su deporte debe de ser
quiropráctico y muy, muy sacrificado. Saca un papel y lo desdobla con
cuidado, luego se aclara la garganta con un carraspeo.
—Siento que no soy suficiente —lee en voz alta, y varias chicas y chicos
se remueven en los asientos del final.
Los sentimientos son anónimos, eso por descontado, pero no únicos ni
exclusivos. Por lo visto este es uno muy recurrente entre los atletas y
reconozco que hasta yo misma lo he experimentado varias veces.
Una descarga eléctrica me atraviesa el pecho justo cuando el amigo de
Lev y Derek levanta la mirada de la pantalla y posa los dos nubarrones que
tiene por ojos en mí con intensidad. No sé por qué, pero por un momento
me retrotraigo a esa noche que se me antoja ya tan lejana, hace justo dos
semanas, en la que otros ojos gris tormenta me abrasaron igual.
—¿Suficiente para qué? ¿O mejor dicho, para quién? —lanzo la pregunta
al aire, sin mirar a nadie en concreto—. ¿Suficiente para vuestros padres,
profesores, amigos…? ¿Quizá para vuestra pareja? ¿Vuestros fans?
Me consta que más de uno supera el millón de seguidores en Instagram.
—Para tu madre, por ejemplo.
Me giro hacia la voz gruesa y desenfadada que ha hablado y cuál no es
mi sorpresa cuando me encuentro a Lev con medio cuerpo echado hacia
delante y las pupilas dilatadas de puro interés.
Vaya, vaya con el duro de la clase…
—¿Le has preguntado a ella si eres suficiente, Lev?
Se rasca la coronilla plateada antes de responder.
—No, la verdad es que no.
—¿Por miedo? —indago con suavidad, no quiero que nadie se sienta mal
en mi clase. Esto es un espacio seguro.
—No lo sé, puede ser —admite a regañadientes.
—¿Y cuál crees que sería su respuesta si se lo preguntases?
—Creo que mi madre me cruzaría la cara y luego me bañaría en sus
propias lágrimas por haber puesto en duda su orgullo hacia mí y mi
hermana.
—No sabía que tenías una hermana.
—Se llama Nadia y es la futura estrella del patinaje artístico —me cuenta
con la voz cargada de orgullo—. La mamushka nos crio sola, ¿sabe, profe?
—Ah, ¿sí?
De nuevo, siento esos pozos brumosos muy fijos en mí, logrando que me
sienta extraña en mi propia piel. ¿Por qué demonios ese chico que prefiere
centrar toda su atención en su móvil antes que en mi clase me intimida tanto
cuando por fin lo hace? No lo entiendo.
—Consiguió sacarnos a duras penas de Rusia cuando estaba embarazada
de seis meses. Estuvimos cuatro días metidos en la bodega de un pesquero
apestando a sardina podrida y cuando llegamos Estados Unidos la cosa no
mejoró. Casi no teníamos ni para comer y… —Se interrumpe para fulminar
con la mirada a sus dos amigos, que se han puesto a cuchichear y reír por lo
bajo—. ¡A ver si los nutrientes os faltaron a vosotros al nacer, gilipollas!
Hay que ver, siempre igual. Uno no puede ponerse sentimental.
—Era una broma, mira que tienes la mecha corta —lo chincha Derek.
—¿Quieres ver la otra mecha que no tengo precisamente corta?
—Me encantaría.
Cuando empiezan a intercambiar insultos y algún que otro manotazo me
agobio y no sé qué hacer. Para ser licenciada en Psicología Conductual no
soy muy buena solucionando conflictos que se diga. Ya me estoy haciendo
una bolita debajo de la mesa en esto que un golpe seco y un gruñido de
advertencia acallan toda discusión. Tanto Derek como Lev obedecen a su
Alfa de ojos grises y agachan la cabeza en señal de total sumisión.
Joder, eso ha sido muy… ¿sexy?
—Gracias —musito sin mirarlo para que no vea el efecto que ese gesto
cargado de poder ha causado en mí—. Venga, sigamos. ¿Alguien más
quiere dar su opinión? —Una mano se alza al fondo—. ¿Sí, Joanna?
—En mi caso creo que por mucho que entrene nunca llegaré a ser
suficiente para mi padre o para mi hermano.
—¡Jo, no!
No sé qué me hace pegar un bote en el sitio, si el ímpetu de la orden o la
cadencia grave de esa voz que me recuerda tanto a una que me susurró
obscenidades en el oído mientras me follaba contra la paja.
—Sabes que tengo razón, papá y tú…
—Este no es ni el lugar ni el momento para hablar de ello —la acalla.
No sabía que Joanna y ojos grises eran hermanos, pero ahora que me fijo
me doy cuenta de que, aparte de compartir el mismo tono oscuro de pelo, la
postura altiva de mandíbula tensa y ceño fruncido es hereditaria.
—El caso es que… —prosigo elevando el tono—, como veis, todos nos
hemos sentido así alguna vez y es lo más normal del mundo, pero dejadme
deciros una cosa. El miedo, las inseguridades, o incluso la ansiedad, son
viejos amigos con los que se acaba aprendiendo a convivir porque siempre
van a estar ahí. El hecho de que sintamos que no somos suficientes no
significa que no lo seamos, significa que estamos cegados por nuestra
hambre de más, por nuestras expectativas o las de los demás, y que por eso
no nos hemos parado a pensar en todo lo que ya hemos logrado.
—¡Qué bien habla, señorita Crawford!
Lev se enjuga unas lágrimas invisibles y trato de tomármelo como un
cumplido y no como una burla, aunque con este chico nunca se sabe.
—Gracias, Lev. Y ahora, para concluir, me gustaría que empleaseis el
resto de la hora en plasmar el recuerdo más feliz que tengáis de este verano,
a poder ser que no esté relacionado con el deporte.
Todos sacan la caja de colores que les repartí el primer día y se ponen a
dibujar, todos menos uno. Ignoro por completo su mirada candente y busco
la maldita lista de clase para ponerle nombre a ese capullo que no para de
registrar mis movimientos cual cámara de vigilancia.
Justo cuando doy con ella, una mano blanquecina con las uñas pintadas
de negro mate aterriza sobre mi mesa.
—Vaya, Sadie, qué rápida. ¿No habrás hecho trampas y has estado
dibujando mientras hablaba con tus compañeros?
—No, señorita Crawford.
Aunque la hija de la directora y única alumna del centro que no es
deportista de élite no participa nunca en los debates emocionales, sé de
sobra que los escucha atentamente desde el rincón más aislado de la clase.
Me tiende su dibujo y lo contemplo alucinada.
—¡Madre mía, es precioso! —Trazado desde una perspectiva cenital, el
dibujo muestra una sala llena de ordenadores en cuyas pantallas se
desarrollan distintos escenarios salpicados de sangre, armas y polvo. Joder,
si su recuerdo más feliz del verano ha sido pasar varias horas metida en una
sala llena de tíos que apestan a hormonas y sudor no me quiero imaginar
cuál ha sido el peor—. Tienes mucho talento, ¿te lo han dicho alguna vez?
—Lo cierto es que no.
—Pues lo tienes, que no te quepa duda.
—Gracias.
El piercing del labio le tiembla cuando fuerza una sonrisa que, aunque lo
intente, no le llega a unos ojos pardos enmarcados por una buena capa de
kohl. Sadie White es diminuta, apenas rozará el metro sesenta y el único
color que resalta en ella es el que tiñe los mechones decolorados de granate
y que le enmarcan el rostro redondeado. El resto de la melena que hoy lleva
recogida en un moño malhecho a la altura de la nuca es negra como el
carbón con reflejos azulados cual pluma de cuervo.
Cuando Sadie se ajusta el tirante caído de la camiseta oscura y
desgastada de Nirvana, dejando al descubierto una sinuosidad oscura que
trepa por su clavícula, no puedo evitar señalar y exclamar:
—Bonito tatuaje.
—¿Qué? Ah… —Se toca distraída la cabeza del ofidio que lleva grabado
en el hombro, como si la acariciase—. Sí, sí que lo es.
—Yo también tengo uno, pero es muy pequeñito. ¿Lo quieres ver?
—Claro.
Me subo la manga para revelar la psi que adorna mi antebrazo.
—Me hice la letra griega que simboliza la psicología cuando terminé la
carrera y, te vas a reír, pero me desmayé tres veces en diez minutos porque
no soporto el dolor. Mi mejor amiga me grabó gritando y berreando con la
cara llena de mocos y lo subió a Internet. No hace falta que diga que me
hice viral en cuestión de horas. Maldita Page…
—A mí me gusta —repone en un tono enigmático que me hace dudar de
si seguimos hablando de tatuajes.
No puedo seguir indagando porque otra mano mucho más grande y
enjoyada me pone en las narices su dibujo, tapando el de Sadie.
—Ya he terminado, profe.
El dibujo del ruso consta de un yate enorme y de una morena montada a
horcajadas sobre el propio Lev, que sujeta un daiquiri de fresa en una mano
y una teta polioperada en la otra. Sadie pone los ojos en blanco y estoy muy
tentada de imitarla, pero debo ser profesional. ¿Quién se ha creído este crío
que es para tratar así a los demás? Si hay algo que tolero menos que el dolor
es ver cómo lo infligen a otros sin ningún motivo.
—¿Celosa, friki?
—Más bien asqueada —resopla la interpelada.
—Vuelve a tu sitio, Lev —digo chirriando los dientes.
—¿No va a comentar nada de mi dibujo, profe?
—No, me ha dejado sin palabras.
¿Quién se ha creído este crío que es para tratar así a los demás? Si hay
algo que tolero menos que el dolor es ver cómo lo infligen a otros sin
ningún motivo. Lev abre esa boca sucia para añadir algo más, pero,
milagrosamente, su amigo aparece por detrás y lo apresa del pescuezo como
a un cachorro recién nacido para llevárselo lejos de mi vista.
Nota mental: ponerle un diez a Derek Hall.
Sadie también vuelve a su sitio, coge su bandolera llena de pines de
Metallica y sale de la clase en silencio. Me da una pena terrible y quiero ir
tras ella porque algo me dice que los tatuajes no son la única forma que
tiene de adornarse la piel. No obstante, la cola avanza y un gigante de ébano
abarca todo mi campo de visión. Madre mía, debería ser ilegal estar tan
bueno.
Consulto la lista de refilón para buscar su nombre.
Ahí estás.
—¿Caleb Thorn, verdad?
—El mismo.
Los dos hoyuelos que le nacen en las mejillas cuando esboza una sonrisa
tímida sustituyen el regusto amargo que el payaso de Lev me ha dejado en
la boca del estómago. Le sonrío de vuelta.
—Por ahí se comenta que vas a ser el próximo oro en la modalidad de
mariposa en los Juegos de París.
—Bueno… sí, yo… —empieza, pero otra voz sepulta la suya.
—Entonces estarían hablando de mí.
El amigo de Lev y Derek, ese que no ha abierto el pico en dos semanas
nada más que para ladrar órdenes, aparta al moreno de mi mesa con un para
nada sutil toquecito en el hombro y ocupa su lugar.
—Mmm… ¿Xaden Atkins? —tanteo. La risita mal disimulada de Caleb
me confirma que me he equivocado estrepitosamente.
—Es Xander Atwood —me corrige este con suficiencia.
¿Atwood? ¿De qué me suena ese apellido?
—Lo siento, es que sois muchos y algunos nombres aún me bailan.
—No se preocupe, el mío ya no se le va a olvidar.
Con esos malditos orbes tormentosos clavados en mis labios, me tiende
su dibujo y cuando agacho la vista poco me falta para gritar.
En él aparecen dos figuras tendidas en un suelo de paja, una encima de la
otra en una posición muy poco decorosa, casi sin ropa. Pero lo que más me
impacta de la escena es que la cabeza del hombre está cubierta por un saco
de cáñamo con dos orificios oscuros a modo de ojos y sus manos se pierden
en una melena del color del fuego como la…
Como la mía.
Muy despacio, levanto la cabeza para toparme con esos pozos sin fondo
que me contemplan desde arriba con diversión. No hay duda. Es él. Xander
Atwood es el espantapájaros sexy que me hizo sentirme sucia y más viva
que nunca a la vez. ¿Pero, cómo es posible? El anillo que solo me quito
para ducharme se me escapa del pulgar de las vueltas frenéticas y
desesperadas que le estoy dando sin darme cuenta y Xander se agacha para
recogerlo debajo de la mesa. ¡Oh, no! Aprieto los muslos cuando noto que
sus dedos me rozan el tobillo y el calor me sube a las orejas.
—Sal de ahí —siseo entre dientes.
Su risita mal disimulada me retumba en la entrepierna, la cual se niega a
abandonar. Le propino un puntapié en el pecho y por fin se incorpora.
—¿Está casada, señorita Crawford? —Su voz se ha vuelto más oscura y
grave si cabe y su mirada ha adquirido un brillo letal, casi primigenio, como
si estuviera… ¿celoso?
—Devuélveme el anillo, ya.
—¿Sabe su marido lo que hace en graneros ajenos?
Xander se pasa la alianza plateada de una mano a otra, sopesándola.
Frunzo los labios en una fina línea y barajo si decir la verdad o continuar
con la farsa para quitármelo de encima. Tal vez si digo que estoy casada me
dejará en paz, o tal vez eso me haga más apetecible a sus ojos.
Finalmente opto por la primera opción.
—No, no estoy casada. —Xander parpadea hasta tres veces y veo la duda
reflejada en sus iris cenicientos—. Y ahora, ¿crees que serías tan amable de
devolverme el dichoso anillo? Gracias.
Parece considerar la veracidad de mis palabras, así como mi petición,
pero acaba depositando la joya en la palma de la mano que le tiendo.
Cuando se inclina sobre mí y me habla al oído su aliento mentolado me
hace cosquillas en el cuello y en otras zonas más tiernas.
—Me alegro de que no esté casada, señorita Crawford, porque, aunque
no soy ningún asesino, me hubiera cargado a su marido con gusto.
Por un momento me quedo boqueando en el sitio, incapaz de decidir si
me siento horrorizada o tremendamente excitada. Me remuevo en el asiento
sin querer, presa de un calor insoportable, y ese gesto parece no pasarle
desapercibido a Xander porque eleva una comisura hacia arriba y desliza
esa mirada lasciva una última vez por mis curvas antes de darse la vuelta
para reunirse con sus amigos en la puerta.
—Ah, casi lo olvido. —Se gira a medio camino y habla por encima del
hombro sin importar quién pueda escucharnos—: Aceptó ese café, y esta
vez sin máscaras de por medio.
CAPÍTULO 6
May

No tenía pensado acudir a la fiesta de recepción de nuevos alumnos, pero


después de lo de esta mañana quiero respuestas y no me voy a esperar a ese
maldito café. Me enfundo en un vestido negro de la temporada pasada que
me abraza las curvas de la cadera y me resalta el poco pecho que tengo
mientras no paro de darle vueltas al hecho de que el espantapájaros de mis
sueños (o de mis pesadillas, según se mire) sea ni más ni menos que un
golden boy, una promesa de la natación olímpica, una estrella y… Ah, sí, mi
vecino.
Eso te pasa por abrirte de piernas sin preguntar, me castiga mi
conciencia, y da gracias que fuera un joven guapo y ricachón y no Freddy
Warhold, el hijo del lechero con labio leporino.
En mi defensa diré que nunca lo había visto por Seward, solo había oído
rumores sobre sus impresionantes espaldas y sonrisa encantadora. ¡Joder, si
creía que era una maldita leyenda urbana! Pero no. Al parecer, tanto Joanna
como Xander se pasaban los meses previos a la temporada en el rancho de
sus abuelos; meses en los que yo estaba haciendo de niñera en Francia o
recorriendo Europa con una mochila y un pack de seis latas de atún. De ahí
que no hubiéramos coincidido antes.
Abandono mi habitación y avanzo por el campus con una seguridad que
no tengo en dirección al salón de actos en el que tendrá lugar la recepción y
donde la directora White pronunciará unas palabras vacuas y pomposas
para dar la bienvenida a las nuevas promesas del deporte, esas que
sacrificarán mente, cuerpo y alma por un poco de gloria que tal vez no
llegue nunca.
El viento gélido que sopla a esta altitud se me mete por debajo de la falda
y me obliga a arrebujarme en la bómber de cuero desgastado que completa
el outfit. Mis botas de ante repiquetean contra el entarimado y procuro
hacer el menor ruido posible para pasar desapercibida cuando atravieso las
puertas acristaladas. Gracias a Dios, la música retumba atronadora y todos
parecen estar ocupados en mover el esqueleto en vez de fijarse en mí.
No me gusta ser el centro de atención, ni que me miren, ni que hablen de
mí. Lo llevo muy mal. Sobre todo cuando tengo la sensación de llevar
escrito en la frente: ¡Me he tirado a un alumno! Si ya tenía un secreto
inconfesable que guardar, lo de esta mañana ha sido la guinda del pastel. Es
por eso por lo que estoy esta noche aquí, para dejarle bien clarito a Xander
que me debo única y exclusivamente a mi trabajo y no a mis hormonas.
—Bienvenida, señorita Crawford, esta fiesta también va por usted.
Estoy tan nerviosa que no me he percatado de que el señor O’Connor, el
profesor de Economía Avanzada II, se ha plantado a mi lado con la
chaqueta de tweed verde oliva en una mano y un zumo de naranja en la otra.
Me lo tiende y no sé muy bien qué hacer con él.
—Gracias, señor O’Connor —sonrío aceptando su dulce obsequio.
—Lo que sea por la única joven que se ríe de las gracietas de este
anciano decrépito durante las comidas, aunque sea por compromiso.
El señor O’Connor compite en edad con The President, la secuoya del
Parque Nacional de Secuoyas de California que visité con el colegio cuando
estaba en primaria.
—No diga eso, adoro su humor. Es muy… perspicaz.
—Y yo adoro que haya espíritus tan puros como el suyo en un mundo tan
corrompido como el que habitamos.
Vaya, qué nihilista.
El señor O’Connor nota mi incomodidad y levanta una mano para llamar
la atención de alguien entre el gentío. Una excusa muy ingeniosa para hacer
bomba de humo, me la apunto.
—La señora Dubois me está haciendo ojitos, voy a ver si la saco a bailar.
Disfrute de la velada, señorita Crawford. Nos vemos.
—Igualmente.
La coronilla pelada como una almendra del señor O’Connor se fusiona
con la multitud y vuelvo a encontrarme sola y desubicada.
La gran estancia está decorada con globos y serpentinas de los colores
oficiales del Zenith Elite. Azul marino y dorado. Y cuando alzo la vista no
puedo evitar compadecerme del pobre desgraciado que le ha tocado pasarse
la tarde cubriendo el techo de estrellitas fluorescentes que lanzan destellos
cegadores. Además, junto al emblema del centro que consiste en una Z
gigante enmarcada por dos ramas de laurel a los lados que simbolizan la
gloria eterna y la conexión directa con el dios Apolo, hay una frase en latín
que se repite bordada en oro en todos los estandartes de las paredes:
AD ASTRA PER ASPERA.
—Significa hasta las estrellas por el camino más difícil.
Una voz tan agradable como varonil me sobresalta por segunda vez en lo
que llevamos de noche y provoca que me derrame un poco de zumo sobre
el escote. ¿Puedo ser más ridícula? Yo digo no.
—Mierda, lo siento mucho, no pretendía asustarla. —El tipo se saca un
pañuelo de tela del bolsillo y alarga un brazo moreno y velludo en dirección
a mis pechos casi inexistentes—. Deje que la…
Me aparto sutilmente y el pañuelo queda colgado en el aire.
—No se preocupe, de todas formas tenía que echarlo a lavar.
El hombre que vi en la cafetería el otro día con los Atwood me
contempla risueño antes de asentir y retroceder para devolverme mi
espacio.
—Hace bien en cuidarse de extraños, señorita...
—Crawford.
Su sonrisa se me antoja como un verano en la costa siciliana, entrañable
y difícil de olvidar. No tendrá muchos más años que yo, diez a lo sumo,
pero si los tiene debo reconocer que se conserva aún mejor que el señor
O’Connor y eso ya es decir.
—Mucho gusto, yo soy Zach Price, el nuevo entrenador de Joanna.
—Qué casualidad, yo soy su profesora de Artes Plásticas.
—Sí, lo sé, me ha hablado de usted.
—¿Pero bien o mal? —río nerviosa.
—Dice que las suyas no son clases de dibujo al uso, que hablan de cómo
se sienten e intentan reflejarlo a través del arte. Me parece un enfoque de lo
más práctico e innovador.
Me quedo callada por toda respuesta con el zumo en la mano sin saber
qué o decir o hacer. Cada vez que alguien alaba mis dotes didácticas me dan
ganas de gritarle que no tengo ni idea de cómo gestionar una clase y que
solo estoy aquí por enchufismo puro y duro.
Di algo, May, por el amor de Dios.
—Gracias, un vídeo de YouTube me dio la idea.
Vale, mejor cierra el pico.
Pero Zach echa la cabeza hacia atrás y rompe a reír como si le hubieran
contado el mejor chiste de su vida. La nuez le sube y la baja con
movimientos hipnóticos y tengo que obligarme a bajar la vista al suelo
porque fijarla en su pecho o en su abdomen marcado a través de la camiseta
blanca no es una opción. Zach Price es un tío la mar de atractivo y mis
ovarios poliquísticos lo saben demasiado bien.
—Pionera o no, lo que quería decir es que su trabajo está ayudando a más
gente de la que cree, sobre todo a personas como Joanna que necesitan un
trato, digamos, más especial.
—Jo es una chica estupenda.
—Desde luego —conviene, borrando todo gesto alegre de su rostro
bronceado y adoptando un semblante adusto—. No se merece lo que ese
cabrón de mierda le hizo, ni ella ni ninguna otra mujer.
El zumo, al que por fin me había dignado a dar un sorbo, se me va por
mal lado y tengo que toser. ¿No estará hablando de…? No, no puede ser. En
el Zenith hay miles de atletas, mucha casualidad sería que la dulce hermana
de Xander fuera una de esas chicas que… Oh, Dios.
—¿Se encuentra bien, señorita Crawford?
—No, bueno, sí. —Sus ojos azules me escudriñan inquisitivos—. Es que
estoy un poco cansada y me ha bajado la regla.
—Menudo cóctel Molotov.
—Ni que lo diga.
—En fin, señorita Crawford, un placer. —Me da un apretoncito cariñoso
en el hombro con una mano mientras con la otra se ajusta la gorra negra de
los Chicago Bulls—. Tengo que echarle un ojo a la pantera, pero espero que
se pase un día por la pista y trotemos los tres juntos.
—¿A la pantera?
—Joanna.
Y, sin más, se da la vuelta y desaparece entre la marea de espaldas
tonificadas y brazos de acero que nos rodea, dejándome con un regusto a
bilis en la lengua y un pitido insoportable en los oídos.
¿De verdad Joanna había sido víctima de esas manos callosas que un día
me habían prometido el mundo?Hasta el momento nunca había hecho
alusión de ningún abuso en clase pero, claro, ¿a quién le apetece contar
delante del resto que su entrenador la forzó durante meses?
Joder, me falta el aire.
Necesito salir de aquí. Ya.
Trastabillando y casi sin ver, atravieso las puertas dobles de cristal. Sin
embargo, no llego muy lejos porque colisiono con unos pectorales de
granito que me terminan de bañar en zumo de naranja. Pierdo el pie de
apoyo y me tambaleo hacia atrás, pero unos brazos tatuados me impiden
besar el suelo.
—¿Señorita Crawford?
—Derek —jadeo, aferrándome a sus bíceps.
—Perdone, no la había visto. ¿Está bien?
El taimado amigo de Xander me contempla desde arriba con el ceño
fruncido y la boca entreabierta. A pesar del ambiente lujoso que se respira
en esta fiesta, Derek Hall va ataviado con unos simples vaqueros cargo y
una térmica negra que se le pega al cuerpo como una segunda piel.
—No te preocupes, ha sido culpa mía. Cualquiera diría que voy borracha
y solo me he tomado un zumo de naranja. —Derek continua impasible y yo
cada vez me siento más ridícula—. ¿Por cierto, has visto a Xander?
—En la piscina.
—¿Cuál de todas?
Que haya varias instalaciones de lo mismo no facilita mi búsqueda, que si
piscina al aire libre al lado del campo de rugby para los meses de verano,
que si piscina cubierta y climatizada en el extremo izquierdo del campus
para el invierno, que si piscina de uso exclusivo para el resto de meses…
—La climatizada —contesta—. ¿Sabes dónde está?
—Creo que sí.
Ya estoy esperando la pregunta indiscreta de por qué querría ver yo a su
amigo a medianoche cuando Derek gruñe una especie de despedida, me
rodea y desaparece en la fiesta. De camino a las instalaciones acuáticas no
me detengo a pensar si su indiferencia se debe a que Xander ya le ha puesto
al orrientee lo que hicimos en aquel pajar o a que en realidad no le importa
lo más mínimo lo que hace o deja de hacer cada uno con su vida. Creo que
me decanto más por la segunda opción. No conozco mucho a este chico
callado y desgreñado, pero algo me dice que es de fiar.
La bofetada de calor que me constriñe los pulmones cuando me cuelo en
el interior del masivo complejo de piscinas olímpicas me desestabiliza por
un momento y tengo que obligarme a respirar. Siento que se me está
corriendo el maquillaje y que se me está encrespando el pelo por la
humedad, así que me prometo a mí misma que después de dejarle claro que
no quiero nada al muchacho que nada a estilo mariposa como un tiburón
blanco en la calle cinco, no volveré a pisar este infierno acuático por nada
del mundo.
Es que ni de coña, vaya.
Como no deseo interrumpir su rutina nocturna me siento a esperar en el
muro de piedra a que acabe. Tengo que admitir que es fascinante la
curvatura que adopta su cuerpo en cada brazada y la tensión férrea de sus
músculos en cada patada, pero lo más impresionante de todo es que apenas
saca la cabeza para respirar, como si de un delfín se tratara, uno con una
capacidad pulmonar de la hostia, por cierto.
—Primero dejas que un completo extraño enmascarado te persiga por un
campo de maíz y te folle sin condón en un granero y luego espías a un
chaval de veinticuatro años semidesnudo... —Chasque la lengua con sorna
—. Estoy empezando a pensar que eres un poco pervertida, May Crawford.
Tan ensimismada estaba chapoteando en mis pensamientos más
calenturientos que no me he percatado de que Xander ha buceado hasta mí
y se ha acodado en el bordillo.
—No te estaba espiando.
—Ah, ¿no? —Tiene los ojos neblinosos clavados en el bajo de mi vestido
y su sonrisa canina me produce escalofríos—. ¿Y cómo llamarías tú a mirar
fijamente a alguien desde las sombras sin su consentimiento?
Se arranca las gafas y el gorro y sacude la melena chocolate intenso
como haría Troy, el perro de Page, salpicándome por entero.
Me levanto como un resorte y voy hacia él.
—¿Por qué lo hiciste? —le espeto furiosa. Xander se limita a arquear una
ceja oscura y a elevar una comisura.
—¿Por qué dejaste que lo hiciera?
Tiene razón, salta la inoportuna de mi conciencia, por si no lo recuerdas
te dejaste perseguir, apresar, tocar, acariciar y follar.
—Y yo qué sé, acababa de cumplir los treinta y quería cometer alguna
locura antes de que me salieran canas y me entrara la menopausia. Además,
era mi último día en Seward antes de cambiar por completo de vida y dije,
por qué no. Lo que no me imaginaba ni por asomo es que la locura acabaría
sentándose delante de mí todos los lunes y viernes durante el resto del año y
mirándome como si quisiera comerme viva.
—Lo dices como si no te gustara la idea.
—Y no me gusta.
—Ya veremos si tu coño dice lo mismo que tu boca cuando lo devore
debajo de la mesa.
Un flujo caliente me baja por la pantorrilla y siento el cerebro tan licuado
como el zumo de naranja que me acabo de tomar.
—¿Qué… qué acabas de decir? —digo con voz aguda.
—Lo has escuchado perfectamente.
—Las relaciones entre alumno y profesor están prohibidas.
—¿Y?
Las ganas que tengo de hundirle la punta de la bota en el ojo a este
imbécil crecen y crecen y no paran de crecer.
—¿Cómo que «Y»? —Me cruzo de brazos para sentirme algo más
resguardada de esa mirada depredadora—. Pues que si mal no recuerdo tú
quieres ir a las Olimpiadas y a mí me encantaría conservar mi trabajo.
—Ya, pero también te quiero a ti.
—Que me quieres a mí… —repito, incrédula—. ¿Estás loco? Pero si no
me conoces de nada.
—Bueno, eso tiene fácil solución.
El corazón me late en la garganta y las piernas no me sostienen.
—Mira, me voy. Nunca debería haber cometido semejante estupidez.
—¡Espera!
Muy digna, pese a que por dentro estoy como un flan, me doy la vuelta y
levanto un pie del suelo cuando algo con la fuerza de un titán tira del bajo
de mi falda y al segundo siguiente no puedo respirar. ¿Qué? Pataleo y agito
los brazos en un intento baldío de ascender a la superficie. Joder, qué
muerte más estúpida, ya me estoy imaginando el epitafio de mi tumba:
D.E.P. May Crawford, mala psicóloga y peor nadadora. Entonces un
tentáculo me rodea la cintura. No, un brazo. Hundo las uñas en su carne
mientras las luces fluorescentes del techo van cobrando intensidad a medida
que ascendemos y toso con fuerza cuando mis pulmones por fin reciben
oxígeno.
—Sabía que eras toda una fiera —ríe el muy cabrón cerca de mis labios,
acariciándose la piel del cuello que le he dejado en carne viva.
—¡¿Por qué coño me has tirado al agua?!
—Me has insultado.
—¡No he hecho tal cosa! —protesto, furiosa.
—Has dicho que lo que pasó entre nosotros fue una estupidez.
—¿Y no lo fue?
Como no dejo de patalear, angustiada porque siento el cuerpo como un
yunque imposible de mantener a flote, Xander me coge los muslos por
detrás y los entrelaza con su cadera. Se me escapa un gemido que achaco al
frío y no al bulto duro que noto cobrando vida en su bañador oscuro.
—Yo no llamaría estupidez al mejor polvo de mi vida. —Sus labios me
acarician la parte superior del cartílago cuando se inclina sobre mí y añade
en un susurro—: Y por la forma en que te retorcías y me retenías en tu
interior para que no terminara nunca de follarte, creo que el tuyo también lo
fue.
Me ahogo, literal y figuradamente.
—No sabía que eras tú.
—¿Y ahora que lo sabes, te arrepientes? —Guardo silencio y sus dedos
me apartan el flequillo mojado de la cara—. Ya, eso es lo que suponía.
—Que no me arrepienta no significa que quiera repetir.
—¿No quieres?
—¿Puedes dejar de responderme con otra pregunta? —gruño exasperada.
Su sonrisa pecaminosa se ensancha.
—Podría, pero me gusta cuando te pones del color de tu pelo. Eres
adorable, May Crawford, ¿lo sabías?
—¿Y tú sabías que eres un lunático?
—¿Quién está respondiendo con más preguntas a quién?
Me aprieta contra su pecho y su erección se me clava entre los muslos.
La parte más primitiva de mi ser me pide que se la acaricie mientras que la
lógica lucha por abrirse paso entre el amasijo de nervios y deseo en el que
se ha convertido mi cuerpo.
—¡Uf! No te aguanto.
—Pues vete acostumbrando porque a partir de ahora te quiero en la
piscina todas las noches, es inadmisible que mi sirenita no sepa nadar —
dice en un tono que no admite réplica.
—¿Cómo me has llamado?
Definitivamente está loco.
—Si no tienes bañador pide uno en conserjería —prosigue, ignorándome
por completo—, del resto me encargo yo.
—Xander, no pienso pasar tiempo contigo a solas.
—¿Por qué? —Sus manos ascienden por mis muslos, posesivas, y me
rozan el final del vestido que se me ha subido hasta medio glúteo—. ¿Te da
miedo que acabemos como la última vez?
—No voy a nadar contigo, y punto.
—Muy bien, entonces todo el Zenith verá lo que hicimos en el granero de
mis abuelos hace dos semanas.
—¿Qué?
El corazón se me sube a la garganta y me cuesta respirar.
—Tranquila, solo yo tengo el vídeo. —Y añade—: De momento.
—No había cámaras en el granero, estoy segura de ello.
Su risa oscura se me mete debajo de la piel.
—Vaya, me sorprende que pudieras ver algo con esos ojos que no
parabas de poner en blanco. —Abro y cierro la boca varias veces, tan
cachonda como furiosa—. Si quieres correr el riesgo, allá tú, pero te diré
que pusimos cámaras por toda la finca después de que el hijo de los Bennet
casi muriera de hipotermia por no encontrar la salida del laberinto. —
Mierda, recuerdo esa historia—. Tal vez no haya ninguna dentro del
granero, pero te aseguro que las de fuera captaron a la perfección esa carita
tuya ávida de mi polla.
—¿Me estás chantajeando?
—Yo lo llamaría más, incitándote a tomar la decisión correcta.
—La decisión que más te conviene a ti, quieres decir.
—Cuestión de semántica.
La bómber de cuero me pesa como un muerto sobre los hombros cuando
Xander me acerca a la escalera y me ayuda a salir del agua, pero al menos
oculta mis pezones enhiestos. Algo es algo. El silencio se acopla entre
nosotros como una tercera persona y mi mirada se desliza sola por ese
cuerpo del pecado que ya me poseyó una vez y que, por mucho que me joda
reconocerlo, me encantó. Cada uno de sus músculos parece haber sido
cincelado con precisión por el mismísimo Miguel Ángel y las venas gruesas
e hinchadas de sus brazos me roban la poca cordura que me queda.
De que me quiero dar cuenta estoy salivando.
—¿Te gusta lo que ves?
—No —miento.
—Podría ser todo tuyo si quisieras.
—He dicho que no.
Xander se cuadra de hombros y alza el mentón, ofendido.
—Bueno, ¿entonces a qué hora te viene bien?
—¿El qué?
—Nuestras citas acuáticas —repone altivo—. ¿Qué tal después de cenar
los martes y jueves?
—¡Xander, que te he dicho que no!
—Vale, pues que sean los lunes y viernes. —Abro la boca para protestar,
pero una toalla me aterriza en la cara—. ¡Nos vemos el lunes, sirenita!
Disfruta de tu libertad mientras puedas, la vas a echar de menos.
CAPÍTULO 7
May

No me puedo creer que esté otra vez aquí. El fin de semana se me ha pasado
volando tan solo de imaginarme las formas en que voy a perecer hoy:
Número uno, de un corte de digestión porque acabo de engullir una pizza
cuatro quesos que se me está agriando en el estómago.
Número dos, infartada en cuanto Xander me ponga las manos encima o
diga cualquiera de sus guarradas. Y es que si pensaba que Lev tiene la boca
sucia, su amigo se lleva la palma.
Número tres, extenuada por el esfuerzo al que este señor de la guerra va a
someter a mis pobres músculos.
—¿Te vas a desnudar o estás esperando que lo haga yo? —me espeta con
sorna cuando me ve ahí plantada y envuelta en una bata de seda gris. Ah, se
me olvidaba la forma número cuatro, que es mortalmente avergonzada por
mi bañador improvisado. Muy despacio, me deshago de la prenda y Xander
abre mucho los ojos—. ¿Pero qué cojones…?
—Antes de que preguntes te diré que los de Amazon no reparten los fines
de semana y no iba a pedir un bañador en conserjería.
—Y por eso has preferido plantarte en bragas y sujetador.
Al menos he elegido un conjunto liso y sin transparencias para la
tranquilidad de su polla, aunque ya la estoy viendo crecer bajo del agua. En
serio, ¿qué es lo que ve este chico en mí que tanto le gusta?
—¿Te molesta?
—No, si lo digo por tu bien.
—¿Mi bien? —río estupefacta.
—Cualquiera diría que te me estás ofreciendo…
—¡Jesús, María y José! —gruño—. Te acabo de decir que no me ha
quedado más remedio que venir con estas pintas. Bueno, en realidad no me
ha quedado más remedio que venir, a secas. —Xander ladea la cabeza,
confuso, así que añado—: Prométeme que después de esto borrarás toda
prueba gráfica de nosotros… Ya sabes.
—Follando.
La mirada furtiva que le echa al vértice entre mis piernas me deja clavada
en el sitio. Luego vuelve a concentrarse en mi cara, deteniéndose más de la
cuenta en mis pechos.
—Prométemelo o me iré.
Cuando no responde de inmediato me doy la vuelta, pero su voz grave y
profunda me detiene a medio camino.
—Está bien, lo borraré todo.
—¿Cómo sé que dices la verdad?
—No lo sabes. —Lo fulmino con la mirada, pero Xander se limita a colar
agua entre los dedos con total despreocupación—. Supongo que vas a tener
que confiar en mi palabra.
—Tu palabra no vale nada para mí.
Ahora es él el que intenta reducirme a cenizas.
—¿Quieres un aliciente? Pues ahí va. Si no he publicado ese vídeo ya es
porque no quiero que nadie más vea la carita que pones cuando te corres
con mi polla dentro. Ese privilegio solo me corresponde a mí.
No sé en qué momento me he acercado tanto al agua, pero aquí estoy, al
borde del precipicio. Literal y figuradamente.
Sin embargo, las suaves ondas de la piscina rompen el hechizo cuando
me devuelven el reflejo titilante de mi propio cuerpo. De pronto tengo
ganas de taparme. El negro me queda bien, me hace parecer más delgada,
aunque también resalta mi tez pálida. Por no hablar de mi celulitis…
Deja de hablarte de esa forma, me reprendo a mí misma.
Lo malo de vivir en un lugar plagado de deportistas es que tus complejos
se magnifican y tu mente empieza a compararse hasta con las farolas. Esa
ha sido otra de las razones por las que no he pedido un bañador en
conserjería. Aparte de para no levantar sospechas, no quería que me miraran
con lástima cuando solicitara una talla M. Seguro que lo más grande que
tenían era una XS. Como si me estuviera leyendo el pensamiento, Xander
sale del agua con una facilidad pasmosa y me rodea para colocarse a mis
espaldas. No me toca, pero siento el calor que emana de su pecho en mi
columna vertebral y tengo que admitir que es… reconfortante.
—¿Qué haces? —exclamo con voz de pito.
Pero no obtengo respuesta alguna.
A través del reflejo veo cómo sus manos suben por mi figura sin llegar a
rozarme, dibujándomela, hasta llegar a las caderas donde por fin las posa
con delicadeza. Nuestros ojos se encuentran en el agua y me transmiten una
seguridad férrea que yo jamás tendré. Cuando se inclina sobre mi cuello y
su aliento cálido y mentolado me hace cosquillas en la oreja, arqueo
inconscientemente la espalda y exhalo un jadeo.
—Si te sirve de consuelo los chicos piensan que tienes el mejor culo que
se ha meneado por el Zenith en mucho tiempo —ronronea en mi oído. Con
los chicos entiendo que se refiere a Lev y Derek.
—¿Y tú qué opinas?
Algo pesado y puntiagudo me aguijonea la boca del estómago cuando se
queda callado. No me gusta esta sensación. Nunca he buscado la aprobación
de un hombre y no quiero empezar a hacerlo ahora.
—Te lo diré después de la clase.
Acto seguido, me levanta del suelo y me lanza lejos.
Todo se vuelve negro a mi alrededor y no me puedo creer que este cretino
me haya tirado a la piscina por segunda vez, pero no tengo tiempo de
acordarme de él y de su maldita familia porque, de nuevo, los azulejos del
fondo me están atrayendo con una furia implacable.
¡Nada, mujer, que no eres un fardo de coca!
Dos metros después y con los pulmones gritando por un átomo de
oxígeno, mis pies dan contra el suelo y me impulso con todas mis fuerzas
en un intento desesperado de llegar a la superficie.
Contra todo pronóstico, lo consigo.
—¡¿A qué estabas esperando para intervenir, idiota?! —farfullo entre
toses mientras me agarro a su cuello como un koala a su rama de eucalipto
favorita—. ¡Me podía haber ahogado!
—A que perdieras el conocimiento para hacerte el boca a boca —replica
tranquilo—, y quién sabe qué más cosas.
Abro mucho los ojos y por un momento dejo que el miedo se apodere de
mí. Al fin y al cabo estamos solos y él es mucho más fuerte que yo. Podría
someterme si quisiera, hacerme daño… No, nada de eso. No después de lo
que ha sufrido su hermana a la que quiere con locura.
—No te atreverías —digo al fin—, no eres de esos.
—¿Y cómo lo sabes si apenas me conoces?
—Te conozco más de lo que crees.
—Es verdad —conviene con una sonrisa—. Conoces a mis abuelos y el
tamaño exacto de mi miembro. Felicidades, ni mi madre sabe tanto de mí.
De un solo movimiento se coloca de espaldas y me vuelca sobre su
amplio pecho, como si él fuera la tabla del Titanic y yo la zorra de Rose. Sí,
soy de las que piensan que había hueco para ambos. No comprendo cómo
puede flotar en esta posición con el bulto de cincuenta y cuatro kilos extra
que es mi persona, pero lo hace sin problema y comienza a remar.
—Para tu información, los debates emocionales y los dibujos me ayudan
a componer un perfil psicológico muy preciso de cada uno de vosotros.
—¿Ah, sí? Cuéntame más, Freud.
—¿Te estás burlando de mí otra vez?
Su abdomen sube y baja tranquilo contra el mío mientras rema de
espaldas con un ritmo suave. Si no fuera porque mi clítoris está clamando
por un poco de atención me echaría la siesta sobre su pecho.
—No, lo cierto es que me interesa lo que tengas que decir de mí y de mis
amigos ya que en un futuro serás parte del grupo.
—¿Perdón?
—Ya me has oído. Y ahora háblame de Lev y de por qué crees tú que es
un bruto sin remedio.
—Oye, sin faltar, que todos tenemos nuestros defectos.
—Yo no.
—Tú sobre todo —lo corrijo.
Xander resopla y vira los ojos al techo. Seguro que esperaba alguna
respuesta más elaborada de mi parte, pero resulta que no quiero cabrear a
mi salvavidas y que me deje a la deriva.
—Lev —me recuerda hosco.
—¡Ah, sí! Bueno, a ver, no te enfades, pero pienso que tu amiguito es el
típico que oculta sus inseguridades y baja autoestima tras una máscara de
agresividad e hipersexualización y que prefiere que lo teman a que lo amen.
—¿Algo más?
—Y que se burla de los que más admira para degradarlos a su nivel.
—Veo que te lo tenías preparado —replica serio. Entonces recuerdo que
me acabo de saltar a la torera el código deontológico de los psicólogos de
no revelar nunca la información personal del paciente. Dios mío, me siento
fatal—. ¿Todo eso lo has averiguado por cuatro rayas de colores?
—En realidad no debería haber dicho nada —musito avergonzada—. Por
el secreto profesional y esas cosas.
—Entre tú y yo no hay secretos, sirenita. Háblame ahora de Derek.
—En serio, Xander, no debería… —Sus orbes cenicientos me advierten
de que no termine esa frase si quiero seguir respirando—. Joder, vale. Derek
es un estoico de manual. ¿Contento?
—Desarrolla —me ordena.
—Casi nunca muestra lo que siente porque sus emociones son tan fuertes
que podría perder el control sobre ellas y entonces todos dejaríais de verlo
como el héroe gris que es.
Arquea una ceja.
—¿Héroe gris?
—Simplemente creo que Derek aprendió a ser el mediador y no el
hostigador por el entorno caótico en el que se debió de criar, por eso
también odia la violencia y es el encargado de pararle los pies a Lev cuando
se pasa de la raya —sigo envalentonada—. Es más, esa soledad
autoimpuesta en la que se refugia me recuerda al comportamiento de los
niños que han sufrido maltrato doméstico. ¿Tú sabes si…?
—Lo siento, May. —Aunque ha hablado tranquilo me ha parecido notar
su pulso acelerándose bajo el mío—. Eso es algo muy privado de su vida y
no me corresponde a mí contártelo.
—Tienes toda la razón, perdona.
¿Pero qué clase de psicóloga de pacotilla soy?
—Continúa con Crys.
Por algún motivo que desconozco me molesta que la haya llamado así,
con un mote cariñoso, como si tuvieran una relación más estrecha de la que
dejan traslucir en clase. Nos acercamos al final de la piscina y me pregunto
cómo se las apañará para darnos la vuelta.
—Mmm, Crystal es un tanto compleja. —Me muerdo el labio y Xander
resigue el movimiento con mirada ardiente—. A primera vista parece una
mujer segura y arrogante, pero en realidad creo que se siente atrapada en un
conflicto interno que no comparte con nadie.
Asiente, pero no hace ningún comentario al respecto.
—¿Y Jo?
—¿Tu hermana? —La voz me sale temblorosa.
—¿Conoces a otra Joanna?
—Es que… No sé si estás preparado para escucharlo.
—¿Por qué no? —gruñe a la defensiva—. Di lo que tengas que decir.
—Vale, pero no te lo tomes a mal, por favor —empiezo nerviosa. Hablar
de estos temas no es fácil. Tomo aire—. Creo que tu hermana está en una
especie de shock constante, como traumatizada.
La expresión de Xander es glacial.
—¿Qué más?
—La siento receptiva al cambio cuando participa en los debates e intenta
abrirse, pero hay algo que no la deja del todo.
—¿Tú sabes lo que le pasó?
Trago saliva.
—Algo he oído…
Puede que un día le cuente a Xander la relación que me unía al agresor de
su hermana, pero definitivamente no será hoy.
—Agárrate fuerte y cierra la boca —me conmina.
—¿Qué, por qu…?
Pero cuando todo mi cuerpo se pone a centrifugar y el cloro se me mete
hasta en los higadillos entiendo el porqué. Acabamos de virar.
—Gracias por avisar, eh.
—Te he dicho que cerraras la boca. —Se encoge de hombros y sus iris
nublados refulgen con maldad cuando añade—: Espero que seas más
obediente cuando te pida que la abras.
Nadamos un largo más y esta vez sigo sus instrucciones al pie de la letra
cuando me abraza la cintura y siento el tirón del estómago al dar una vuelta
completa de campana en el agua.
—¿Y yo? —pregunta al cabo de un rato.
Mierda, se ha dado cuenta.
—¿Tú qué? —me hago la loca.
—Venga, analízame. Dime que soy perfecto.
—¿Quieres que me base en lo que pasó en el granero de tus abuelos o en
tus cualidades artísticas?
—Como veas.
Si quiero quitarme a Xander de encima, o más bien de debajo, esta es una
oportunidad de oro para ello. Basta con que diga algo que hiera su henchido
orgullo masculino para que me dé la patada y se olvide de mí.
—Creo que tienes atiquifobia —le suelto sin más.
—Si eso significa tener la polla grande, entonces sí.
Me ruborizo por… No sé, he perdido la cuenta.
—Atiquifobia significa miedo extremo al fracaso —prosigo, ignorando
por completo sus palabras y el bulto que presiona contra mi estómago—.
Por lo que he podido ver de ti, no te gusta participar en nada que ponga en
juego tu imagen, salvo en el agua. También creo que, a veces, mientras
esperas el pitido de salida, ahí también te dan ganas de salir corriendo.
Xander detiene las brazadas y nos hundimos un poquito.
—Yo no huyo.
—No, pero te gustaría.
—¿Qué sabrás tú de mí y mis reacciones?
Se desliza a un lado y me deja caer al agua, donde chapoteo y boqueo en
busca de aire. Trato de llegar hasta su cuello, pero el muy imbécil se
sumerge para esquivar mis garras. Me aferro a la corchera como a un clavo
ardiendo y observo cómo su sombra repta por el fondo hasta llegar a la
escalera.
¿No pretenderá dejarme aquí, verdad?
—¡Ves como sí que huyes, cobarde! —le grito cuando sale de la piscina y
se dirige a los vestuarios. Sin mí—. ¡Te jode que te digan lo que no quieres
escuchar porque eres un niño de papá! ¡Un puto niñato consentido!
—Hasta el viernes, sirenita.
Y desaparece por el túnel de vestuarios.
—¡Xander, vuelve! Si esto es una broma no tiene gracia.
Pero pasan los minutos y Xander no vuelve.
La piel de los dedos se me empieza a arrugar y el pelo mojado me
produce una sensación de frío insoportable. Cuando asumo que nadie va a
venir a por mí, aprieto los dientes y me sirvo de la cuerda con corchos a la
que estoy agarrada para llegar al final de la piscina.
Tardo unos diez minutos en salir del agua y una hora de reloj intentando
entrar en calor bajo el chorro de la ducha. Sin éxito. Cuando cierro el grifo
y me encamino completamente desnuda al banquito donde he dejado mi
ropa mojada y mi muda, cuál no es mi sorpresa al no hallar por ningún lado
mis braguitas de algodón. Ni siquiera el tanga negro que he usado a modo
de bikini está tirado en el suelo tal y como lo había dejado. ¿Pero qué…?
El móvil me vibra en el bolsillo interno de la mochila con un mensaje
entrante y por poco no me da un infarto cuando leo:

Xander <3:
¿Buscas esto?

Adjunta una foto de mi brasileña negra y mis braguitas lilas colgadas de


la pared junto al tanga rosa fucsia que creía perdido.

¡¡¡Me has robado las bragas!!!

Xander <3:
Y lo seguiré haciendo ;)

¿Cómo has conseguido mi número?

Aunque teniendo en cuenta que ha estado rebuscando en mi mochila y se


ha llevado mi ropa interior, supongo que solo le habrá llevado unos pocos
minutos más añadir su contacto en mi móvil.

Xander <3:
Eso da igual, lo que importa es que ahora me podrás dar los
buenos días con nudes.

No te voy a mandar una mierda después de que me


hayas dejado sola ahí fuera.
¡Podría haber muerto, joder!

Xander <3:
Te estaba vigilando en todo momento.

¿Se supone que tengo que creérmelo?

Xander <3:
Puedes creer lo que quieras, pero me gusta cuidar de lo que es mío.

Suya dice… Este flipa.


Dejo el móvil a un lado y sigo vistiéndome con el resto de ropa que ha
tenido la delicadeza de dejarme. La tela del vaquero me roza lo indecible
ahí abajo y, cuando echo a andar, el dolor poco a poco se va transformando
en un dulce escozor que activa mis terminaciones nerviosas y que me anima
a jugar un rato más con el Diablo.

Oye, al final no me has dicho qué pensabas de mi culo…

Cuando meto la llave en mi habitación de la tercera planta, la 307,


todavía no he obtenido respuesta ni creo que lo haga. Lanzo el móvil con
rabia sobre la colcha y me meto en el baño para pelear con mi pelo,
enmarañado a más no poder y reseco por el cloro de la piscina. En esto que
mi oído supersónico cree captar una vibración a través del tabique.

Xander <3:
¿Alguna vez te han hecho un anal?

No pienso responder a eso.

Xander <3:
Eso es un no, pero no te preocupes. Ya te demostraré cuánto me
gusta tu culo cuando estés preparada.
Buenas noches, sirenita ♥
CAPÍTULO 8
Xander

Nunca me ha gustado ir a clase, me aburría sobremanera y a los diez años


me planté frente a mi madre y le dije que iba a dejar el colegio. Como es
lógico y normal, no me dejó, pero llegué a un acuerdo con ella que consistía
en que, si en algún momento tenía que elegir entre la piscina o las aulas,
que no llorase cuando me viera con el bañador puesto.
Y hablando de bañadores…
Más le vale a la mujer que tengo delante, roja hasta decir basta, que
acuda esta noche con un burka a la piscina o de lo contrario mi polla y su
coño van a tener una conversación de lo más acalorada en los vestuarios.
—Ayer tuviste examen de Procesal, ¿no? —le digo al tipo que tengo al
lado para ocupar la mente en otra cosa que no sea en todas las formas en las
que voy a subyugar a mi sirenita.
—Sí.
—¿Y cómo te fue?
—Un diez —responde Derek distraído, como si sacar un putísimo
sobresaliente en Derecho fuera como sacarse la chorra y mear.
—¿Era este año cuando acababas?
—Si el capullo de Constitucional no quiere joderme, sí.
Derek es el único del grupo que estudia un grado universitario por la
mañana y perfora la diana por las tardes. La verdad es que si este tío no
fuera una especie de psicópata encubierto sería el prototipo de hombre con
el que querría ver a mi hermana. Reservado, educado, inteligente y con un
cuerpo que te quita el hipo. Solo le falta el dinero, pero eso ya lo pone mi
familia.
—¿Tú retomaste Fisioterapia? —Se interesa.
—Que va, este año solo puedo pensar en nadar, nadar y nadar.
Y en May.
—Bueno, también está bien. —Se sube las gafas de pasta con el pulgar y
un músculo le palpita en la mandíbula—. Tienes todo el tiempo del mundo
para sacarte algo de estudios cuando pasen los Juegos.
Aunque no lo dice, pillo al vuelo la indirecta.
Cada día que pasa sin convertirse en abogado es un día más que su padre
tiene que seguir respirando entre los barrotes de una cárcel de Texas, su
estado natal. Y es que May no iba nada desencaminada cuando dijo que
Derek había tenido una infancia difícil, tan difícil que tuvo que presenciar la
muerte de su madre a manos de su padre cuando contaba con la friolera de
catorce años. Nunca hemos hablado del tema, aunque todos le hemos
dejado claro que estamos ahí para él siempre que nos necesite. El problema
es que Derek no necesita a nadie, es como una isla desierta a la que es
imposible de arribar.
—¿Ya están todos los papeles? —El dulce canto de mi sirena me
devuelve a la realidad—. ¿Alguna mano inocente?
—¡Yo, yo!
Mientras una chica morena de primero que juega al hockey sobre hierba
mete la mano en la bolsa y Lev me susurra todas las guarrerías que le haría
en la cama, yo soy incapaz de apartar la vista de May.
Qué guapa está con esa falda maxi negra de girasoles y el top corto
blanco que le transparenta las aureolas de los pezones. Aunque creo que
después de clase le sugeriré que no vuelva a llevarlo porque no me gusta
una mierda compartir y el idiota de Caleb la está devorando con la mirada.
Hoy lleva el pelo recogido en una coleta baja y el flequillo abierto, cosa
que no suele hacer porque algo me dice que su frente la acompleja bastante.
Sí, ella no es la única que sabe leer a las personas, yo tengo un máster en
detectar las debilidades y fortalezas de la gente y sé que su aspecto físico es
su talón de Aquiles. ¿Por qué? Ni puta idea, porque mi polla pega brincos
dentro de los pantalones cada vez que la ve.
—Hoy me siento con ganas de foll… —May se interrumpe a media frase
y todos estallamos en carcajadas, incluido yo, que soy el que lo ha escrito y
sabe cómo acaba—. Para el próximo día os sugiero que vengáis todos
aseados, desayunados y follados. Gracias —dice en tono firme, pero con las
mejillas prendidas en fuego.
A.D.O.R.A.B.L.E.
Sus ojos, del color de las manzanas de caramelo que degustaba con mis
abuelos en el porche en invierno, tratan de reducirme a cenizas, pero lo que
no sabe es que ese gesto solo está provocándome más.
Desde que reuní el valor para confesarle quién era, he necesitado
contenerme con todas mis fuerzas para no saltar sobre su cuerpo menudo y
hacerla mía sobre el escritorio. O en el agua. Joder, si hasta he considerado
pillarme un cilicio por Internet que aplaque a la bestia que llevo dentro y
que se desata cada vez que la tengo cerca.
—Creo que hoy vamos a cambiar la dinámica de la clase para que
conozcáis mejor a vuestros compañeros —continúa—. El ejercicio
consistirá en decir algo bueno del otro, no importa si no sabéis a ciencia
cierta en qué es buena esa persona, solo intuidlo. De esta manera todos
empezaremos el día con un comentario positivo.
—¡Qué buena idea, profe! —salta Lev, que no hace más que lamerle el
culo. Si supiera que será mi lengua la que lo haga…
—¿Sí, verdad? Pues tú vas con Sadie.
Hasta Derek a mi derecha sofoca una risita.
—No tengo nada bueno que decir de ella —protesta el ruso.
—¿Seguro que no es al revés?
Toda la clase corea un Uuuu y la sonrisa victoriosa de May me la pone
tan dura que me la tengo que recolocar. Mi sirenita no solo tiene un sentido
del humor agudo y sarcástico como el mío, sino que tampoco tolera la
injusticia humana. Esa es mi chica.
—Derek Hall con Joanna Atwood —prosigue con la lista en la mano,
haciendo caso omiso de las quejas en todos los idiomas que profiere Lev—.
Crystal McNally con Rose Adams, Caleb Thorn… con Xander Atwood.
Aprieto los puños por debajo de la mesa, pero no dejo que mi expresión
refleje la mala hostia que me corroe por dentro en estos momentos. Si esta
es su venganza por haberla dejado tirada en la piscina y ser el responsable
de que el cajón de sus braguitas vaya menguando poco a poco reconozco
que es de lo más ingeniosa, pero que se prepare por su osadía esta noche.
—Derek, ¿te importaría empezar?
—Claro. —El arquero se ajusta las gafas y busca a mi hermana entre el
resto de cabecitas morenas—. Creo que Jo es una persona a la que se le da
genial escuchar los problemas de los demás.
Así es.
—Genial, Derek. Gracias. —La sonrisa de oreja a oreja que le dedica a
mi amigo me agría el desayuno en el estómago—. ¿Jo?
—Pienso que Derek es el mejor guardaespaldas que se puede tener, a su
lado te vuelves intocable. —Mi hermana se mesa las puntas de la coleta tal
y como hace cuando está nerviosa—. Derek es fortaleza, refugio.
—Uy, estos… —bisbisea Lev en mi oído como haría el propio Lucifer, y
es que a veces se llevan poco.
—Mi hermana no es la que está por Derek, pringado.
—¿Insinúas que la mía sí?
—No sé, habría que preguntarle a ella —sonrío con intención.
May da unas palmaditas.
—Gracias, chicos, han sido unas palabras preciosas por parte de ambos.
Turno de Lev y Sadie, ¿quién quiere empezar?
La tensión crepita en el ambiente.
—Yo mismo.
Por el rabillo del ojo veo cómo Sadie White hace honor a su apellido y su
piel adquiere el color de la pared. Y es que no es para menos, creo que Lev
no ha dicho una cosa buena en su vida, ni a su madre, así que no sé qué
espera conseguir May de esta pareja. ¿Una tregua de paz, quizá? Aunque yo
voto más bien por un fuego a discreción.
—Creo que Sadie la chupa de puta madre.
—Joder…
Derek y yo somos los únicos que no nos unimos a la chanza, no porque
quiera impresionar a May ni nada de eso, sino porque eso ha sido de muy
mal gusto y ya nos encargaremos de darle un buen rapapolvo a nuestro
amigo cuando salgamos de aquí.
—¿Quieres que te abra un expediente disciplinario, Lev?
Se acabaron las risas.
—No he dicho nada malo. No todas las mujeres saben darle placer a un
hombre, creía que era un piropo.
—A la vista está que no. Discúlpate ahora mismo.
—Pero, profe…
—¡Que pidas perdón, hostias! —le gruño muy cerca de la cara.
Lev da un respingo y noto las piedras de ámbar de May fijas en mí,
evaluándome de arriba abajo tal y como yo hago con ella.
—Lo siento —masculla finalmente el judoka entre dientes.
—Conmigo no es con quien te tienes que disculpar.
Pero cuando se gira para señalar a Sadie, ya no está.
Se ha ido sin que nos diéramos cuenta y siento una punzada de pena por
esa muchacha que se ha acostumbrado a ser el fantasma de la clase. Derek
debe de pensar lo mismo porque abre y cierra los puños hasta cuatro veces
en un intento de contenerse para no estampárselos a Lev en el ojo.
—Ya hablaremos de esto los tres un día —repone con frialdad mi sirenita
mientras se abstrae del enfado mirando la lista—. Caleb y Xander, vuestro
turno. Y recordad que solo se admiten comentarios positivos.
Caleb carraspea unas filas más allá, pero yo sigo con la vista clavada en
May cuando se dirige a mí con ese tono petulante de mierda que vuelve
locas a las mujeres y que a mí solo me produce dolor de cabeza.
—Opino que Xander tiene una técnica envidiable en el agua y sus
tiempos son imbatibles.
Una sonrisa ufana aflora en mis labios, aunque no me dura mucho porque
en las mejillas de May se instaura un leve rubor rosado y yo soy el único
que puede causar ese efecto en ella.
El único, joder.
—Vaya, Caleb, eso son dos cosas buenas en vez de una —dice con esa
voz de terciopelo que pone cuando está cachonda.
—Qué puedo decir, soy un hombre honesto.
Cuando May asiente y compone una sonrisilla tímida no me contengo y
exploto como una supernova, qué digo, como un puto agujero negro,
consiguiendo que Derek se sobresalte en la silla.
—¡Lo que eres es un perdedor! —bramo. Por fin me giro para mirarlo y
casi desearía no haberlo hecho porque el pecho que se le marca a través de
la camiseta blanca es más amplio que el mío y no puedo evitar pensar que
estoy en desventaja ante su superioridad racial—. ¿Cuánto hace que no te
cuelgas una medalla al cuello, eh?
—Xander… —me advierte May.
—He estado lesionado del hombro —se excusa en tono aburrido.
—¿Y qué? Lev se partió la clavícula hace unos meses y sigue de los
primeros en el ranking, cosa que tú no puedes decir.
Entonces una mano con un anillo plateado en el pulgar choca con fuerza
contra mi mesa. Su respiración entrecortada por la rabia me saca poco a
poco del pozo de ira en el que me estaba deslizando sin querer y cuando
levanto la cabeza me encuentro con un brillo fúrico en sus ojos.
—Se acabó la clase, todo el mundo fuera. —Me levanto como un resorte,
pero May menea la cabeza—. Todos menos tú, Xander.
—Suerte —murmura Derek al pasar por mi lado.
—Échale huevos, tío. —Lev me da un puñetazo en el hombro.
Cuando todo el mundo se ha marchado y quedamos May y yo, barajo la
opción de echar el pestillo y pedirle perdón utilizando la lengua de otra
forma, pero por la forma en que frunce el ceño y guarda sus cosas con
violencia en el bolso de ante me parece que esa opción tendrá que esperar
hasta que hayamos hablado.
—Una actuación muy creíble, todos se piensan que me vas a echar una
regañina cuando lo que vamos a echar es un buen…
—¡Cállate!
No sé por qué, pero obedezco.
Distingo una nota triste en su expresión y aunque lo achaco al numerito
que acabo de montar, intuyo que se trata de algo más, algo que yo mismo he
alimentado sin darme cuenta.
—No vuelvas a hacer eso en mi clase, te lo advierto.
—¿Hacer el qué?
—Comportarte como un niñato mimado y celoso que piensa que todo lo
que ve y toca es suyo y puede ir diciéndole a la gente lo que tiene que hacer
porque las cosas no funcionan para nada así —suelta de corrido, como si lo
trajera preparado de casa, como si lo pensara de verdad.
Salto la fila de mesas que nos separa y me yergo frente a ella, que se
encoge, pero no se achanta. Su perfume a otoño y canela me embarga las
fosas nasales y ansío esnifar su piel.
—Le has sonreído —siseo con la voz gruesa.
—¿A quién?
—Al puto Caleb Thorn.
—¿Ya no puede una ir regalando sonrisas por ahí?
—A mí todas las que quieras... —La cojo del cuello y la obligo a ponerse
de puntillas para que mis labios solo les hablen a los suyos—, al resto de
hombres de la faz de la tierra, ni se te ocurra. Solo compartiré ese privilegio
con tu padre, y tampoco le sonrías más que a mí o tendremos un problema.
—Tranquilo, mi padre queda descartado de la ecuación.
Noto cómo su cuerpo reacciona al mío de una manera que me vuelve
loco. Sus pezones duros se me hincan en el esternón y siento su pulso
librando una carrera de caballos rampante bajo las yemas de mis dedos.
Me desea, lo sé.
Igual que yo la deseo a ella, pero hay algo que no deja que sus impulsos
más atávicos tomen las riendas, esos impulsos que desató conmigo en el
granero y que me muero por despertar para repetir aquel momento una y
otra vez. Y otra vez. Y otra vez.
—En serio, deja de ser amable con mi enemigo.
—¿Tu enemigo? —Se le escapa en una carcajada—. Por favor, Xander,
madura un poco. Un enemigo es Darth Vader o Sauron, no el pobre Caleb
que tiene el hombro echo polvo.
—No te atrevas a compadecerte de él.
—Y tú deja de ladrarme órdenes, no has hecho otra cosa desde que nos
conocemos y lo odio.
—Pues yo juraría que te pone a gotear.
Se muerde el labio sin darse cuenta y toda la sangre se me baja de golpe a
un punto muy concreto. La mano que tengo libre se pasea por su cuerpo y
se desliza despacio por debajo del top hasta rozarle el nacimiento de los
senos. Gime cuando le acaricio con la yema la punta del pezón y me lo
tomo como una invitación para retorcérselo.
—Para… —jadea—. Podría entrar alguien.
—¿No te gustaría tener público?
Las mejillas se le colorean de un rojo intenso y se pega más contra mí,
buscando puntos de fricción. Le amaso el pecho, que me cabe perfecto en la
mano, y echa la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados.
Mierda, no sé si voy a poder contenerme.
—Dime lo que quiero escuchar, May —susurro en su oído,
asegurándome de besarle el cartílago en el proceso—. Dime que no tienes
ojos para nadie más que no sea yo.
Suelta una risita nasal por la nariz.
—Se me olvidó decirte algo en la piscina cuando te analicé.
—¿El qué?
—Que tienes un complejo narcisista que no puedes con él.
Mis dedos se crispan en torno a su cuello de cisne y el color granate que
adorna su cara nada tiene que ver con la excitación. La muy cabezota no es
capaz de reconocer la conexión que hay entre nosotros y se empeña en
tirarme por tierra con sus comentarios de mierda. Sí, eso es justo lo que
pretende. Desencantarme. Que deje de verla como un sugus de fresa al que
me encantaría morder, lamer y chupar, y me deshaga de ella. Pero eso no va
a pasar, no después de haber probado su sabor dulce como la miel y de que
sus gemidos se hayan convertido en mi puta sinfonía favorita.
May es mía, le guste o no.
—Cuida esa boca o te pondré de rodillas y te obligaré a usarla mientas
me pides perdón.
—Eso si no sales huyendo primero —sonríe con malicia. Su boca está tan
cerca de la mía que si me inclinara un poco más podría devorarla,
consumirla, engullirla por completo.
Le pellizco el pezón con fuerza para, acto seguido, aliviárselo con
caricias suaves. Sus ojos se empañan por la anticipación.
—Joder, May, te juro que te voy a…
Me planta las manos en el pecho y me aparta de golpe cuando la puerta al
fondo se abre despacio y la cabecita morena de Jo asoma con cautela.
—¿Xander, vienes a correr conmigo?
—¿Tiene que ser ahora? —jadeo envuelto en un gruñido.
Se me había olvidado por completo que le había prometido el día anterior
que entrenaríamos juntos un rato después de la clase para la competición
del fin de semana en el que se lo juega todo.
—No… bueno, no…
—Espérame fuera, ahora salgo —la corto. Sé que pasar tiempo conmigo
es lo único que la calma cuando está nerviosa, pero, joder, qué oportuna.
Jo asiente y vuelve a cerrar.
—Tengo que irme, Jo me necesita para liberar tensiones. —Vuelvo a
estar encima de ella y le coloco un mechón cobrizo detrás de la oreja,
recreándome en el suave tacto de su pelo—. Te veo esta noche.
Me cuelgo la mochila al hombro y ya estoy casi en la puerta cuando sus
palabras me obligan a volverme.
—Xander, no voy a ir a la piscina.
—¿Por qué?
—Esto... —Se señala a ella y luego a mí—. Esto no está bien.
—Está de puta madre.
Niega con la cabeza y me dan ganas de volver a su lado para demostrarle
lo bien que encajamos, en todos los sentidos.
—Cada uno tiene sus propias metas y no podemos dejar que lo que pasó
entre nosotros una noche lo arruine.
—Bueno, por lo menos ya no lo llamas estupidez o error o locura, parece
que vamos avanzando —escupo con amargura.
—Lo siento, Xander, pero es lo mejor para los dos.
¿Lo mejor?
No he nadado más rápido en mi puta vida. No me he despertado con
tantas ganas de empezar un nuevo día en mucho tiempo. No he entrenado
tanto y con esta determinación nunca. Y todo por ella. Ella me motiva a ser
cada día un poco mejor, a convertirme en el hombre que espera de mí.
Sé que me ve como un niño caprichoso que se ha fijado en ella y que no
va a parar hasta que la tenga sentadita en la balda de mis trofeos. Por un
lado, no se equivoca. May es el premio que más ansío colocar en mi
estantería; bueno, más bien en mi cama, aunque eso es otro tema. Pero, por
otro lado, desconoce los verdaderos motivos que me atraen inevitablemente
hacia ella.
Cree que esto es sexual, que me pone montármelo con una mujer seis
años mayor y que encima es mi profesora, pero la realidad es que supe que
quería que fuera mía sin tan siquiera saber su nombre.
Y eso es justo lo que quiero que entienda de una jodida vez, que no
puede escapar de mí porque ya me pertenece.
—Si no vienes esta noche habrá consecuencias —murmuro al cabo de un
silencio interminable.
—Las asumiré —responde dándole vueltas al anillo.
—Muy bien, avisada quedas.
Y me marcho dando un portazo.
CAPÍTULO 9
May

Lorraine Crawford tarda cuatro tonos en cogerme el teléfono, algo poco


común en ella porque vive mirando el móvil por si su hija del alma se digna
a llamarla. Lo hago una vez a la semana, aunque creo que voy a empezar a
pasarle revista diaria porque el rostro pecoso que aparece en pantalla ha
perdido toda la luz que lo caracterizaba. Es como si una extraña con los
mismos ojos color miel, la nariz chata y la boca grande de mi madre le
hubiera robado el móvil y me hubiera hecho una videollamada. Boca que se
fuerza en estirar en una sonrisa que a mí no me engaña. Aquí pasa algo.
—¡Hola, cariño! Uy, qué madrugadora, ¿no? Con lo que te gustaba a ti
quedarte en la cama los sábados hasta tarde de pequeña.
—Y me sigue gustando, pero esta mañana compite una alumna mía en
una carrera de atletismo y estoy yendo para animarla.
—Qué buena eres, tesoro.
—Bueno era Jesucristo, que dio su vida por nosotros, yo solo he hecho el
esfuerzo de sacar el culo fuera de la cama.
—Lo digo en serio, May, el mundo no te merece. —Otra como el señor
O’Connor—. Eres luz y todos los que te rodeamos lo vemos.
—Por favor, mamá, no seas dramática.
Se pasa una mano por la melena de fuego que he heredado de ella y pone
cara rara cuando se sacude unas cuantas hebras cobrizas. Abro la boca para
preguntar qué demonios le pasa, pero se me adelanta.
—¿Bueno, y qué tal te va todo? Las clases, las comidas, la gente…
—¿Y a ti?
Mi madre vuelve a componer esa cara que pondría alguien que en la cola
del supermercado se da cuenta de que se ha dejado la cartera en casa pero
que ya ha puesto todos los artículos en la cinta.
—Cheeto y yo estamos muy bien —canturrea—. Te echamos de menos,
claro, pero bien al fin y al cabo.
—¿Le estás dando su lata de atún cada tres días?
—Cariño, tengo anemia, no Alzheimer. ¡Pues claro que estoy cebando y
mimando a nuestro gato en tu ausencia!
Gorgoritea una especia de risa, pero hasta eso me suena diferente hoy.
—¿Oye, fuiste al médico esta semana, no?
—Ajá.
—¿Y qué te dijeron?
Diviso un hueco libre en la última fila de las gradas y allá que me dirijo
repartiendo codazos y disculpas a partes iguales.
—Lo de siempre —repone demasiado rápido—. El dichoso hierro lo sigo
teniendo bajo pero por lo demás todo bien.
La silla de plástico azul índigo cruje bajo mi peso cuando me dejo caer
en la séptima fila de gradas con un suspiro.
—Me alegro, luego me mandas una foto del informe.
—¿Por qué? —Esa pregunta hace saltar todas mis alarmas.
—Quiero echarle un ojo al resto de parámetros, nada más.
—¿Ahora eres médica? —Se da cuenta de lo cortante que ha sonado eso
y añade con una sonrisa—: Tesoro, te he dicho que los resultados están
dentro de lo razonable. Tal vez los triglicéridos un pelín más altos de lo
normal, pero es que ya sabes que me pirran los rebozados.
—Mamá, creo que hay algo que no me estás…
—¿May, me escuchas? Hay muchísimo ruido de fondo —me grita en la
cara—. Te voy a dejar, ¿vale? Hablamos otro día. Pásalo bien y suerte para
tu alumna. ¡Te quiero!
Su rostro ajado por la edad y el viento árido de Nebraska se desvanece de
la pantalla de mi móvil, dejándome con un regusto amargo a bilis en la
boca. Si no había ido antes a visitarla era porque lo veía demasiado pronto
teniendo en cuenta que solo llevaba un mes aquí y que Colorado no está
precisamente al lado. Unas ocho horas largas me separan de mi hogar en
Seward y, aunque me traje la furgoneta al campus por si necesitaba escapar
de él las primeras semanas, no creía que tendría que utilizarla para ver con
mis propios ojos eso que mi madre se empeña en ocultar.
Suspiro e intento centrarme en la pista de atletismo de 400 metros que se
extiende ante mí como una llanura de tierra batida. La pista está preparada
para acoger otras muchas disciplinas más como el salto de vallas, el de
altura o el de longitud; eso sin contar el lanzamiento de peso o el de jabalina
que se celebra en su círculo interior.
—¿Puedo sentarme?
Los ojos con los que esperaba encontrarme cuando levanto la cabeza no
son de un azul polar ártico. Bueno, uno de ellos sí, el otro es negro como la
noche y me infunde terror.
—Claro, Derek, siéntate.
—Gracias.
Se deja caer con gracilidad a mi lado, como una hoja marchita que se
desprende del árbol sin hacer ruido. Como es habitual en él, va vestido todo
de negro y el silencio es su mejor complemento.
—¿Quiere?
Me tiende una bolsa de gominolas.
—Eh, no, gracias. Es que tengo los dientes sensibles.
Encoge los hombros dentro de la sudadera y procede a echarse un par de
fresitas con azúcar en el gaznate.
—¿Cómo es que no estás con Xander y los demás?
—Desde aquí las vistas son mejores.
Al principio no entiendo a qué se refiere, pero cuando resigo su mirada e
identifico al grupito de patinaje artístico dos filas más abajo se me escapa
una sonrisilla. Una de ellas, la de la coleta larga y plateada, se vuelve hacia
nosotros y nos saluda con la mano, pero Derek se limita a tensar la
mandíbula y apartar la vista. Qué interesante.
Las ocho galgas entran en ese momento en la pista y ocupan sus
respectivas calles. Diviso el flequillo oscuro de Joanna, que hoy lleva
pegado a las sienes con gomina, en la calle cuatro. No para de sacudirse las
manos en un intento de eliminar el sudor que le baña las palmas y sus ojos
verdosos se disparan solos a un lateral de la pista donde debe de estar Zach
Price.
—¡Vamos, Jo! ¡Tú puedes!
Los gritos de Crystal me ayudan a localizarla en la grada de enfrente. No
está sola. Xander y Lev la flanquean como perros guardianes y cuando mis
ojos buscan los del primero, estos ya están clavados en mí. Anoche no fui a
la piscina, tal y como le prometí que haría, y tal vez por eso me está
mirando de esa forma tan… nefaria.
La carrera da comienzo y el tiempo de reacción de Jo es bueno porque se
coloca en cabeza en los primeros metros. No obstante, en la prueba de 800
metros lisos ya se sabe que no importa tanto la velocidad como la
resistencia.
—Mierda… —farfulla mi compañero.
—¿Qué pasa?
Derek menea la cabeza con pesadumbre cuando su amiga empieza a
perder fuelle y acaba cuarta en la fila india que han formado el resto de las
corredoras. La liebre es una chica de piel de ébano con las patas más largas
que he visto en mi vida y por mucho que algunas intentan quitarle el puesto
en la cabecera acaban rezagadas por el esfuerzo detrás de Jo.
—Necesita quedar entre las cuatro primeras si quiere pasar de ronda.
—Bueno, de momento estaría dentro.
—Sí, de momento.
Completada la primera vuelta, tuerzo disimuladamente el cuello para ver
cuál es la reacción de su hermano. Aunque en cuanto mis ojos lo localizan
con un brazo por encima de los hombros de Crystal en una actitud de lo más
cariñosa los aparto enseguida. No debería sentir nada y, aun así, reconozco
las punzadas agudas que me están perforando el estómago como celos.
¿Por qué estoy celosa de un tipo que no es mi novio?
Como la buena masoquista que soy, vuelvo a rodar los ojos en su
dirección y Xander sonríe cuando me pilla. ¡Mierda!
—Oye, Derek… —Tengo que toser para que mi voz no suene aflautada e
infantil por los nervios—. ¿Tú sabes si Crystal y Xander tienen algo?
—Se acostaron un par de veces el primer año pero luego Xander le dio la
patada —responde en tono aburrido—. ¿Por qué lo preguntas?
—Pura curiosidad.
Ojo de loca no se equivoca.
Mientras Jo lucha por escalar puestos en la carrera, el idiota de su
hermano se la pasa toquiteando a su amiga, la cual resulta que es también su
ex. Que si ahora te rozo la pierna, que si te aparto el pelo de la cara, que si
me recuesto en tu pecho… Y aunque estaré rodeada fácilmente de casi mil
personas, mis oídos ultrasensibles solo pueden captar sus voces.
Las corredoras llegan a la recta final con los pulmones en la mano y el
corazón en la garganta, pero yo no me quedo para ver quién atraviesa la
línea de meta primero. Estoy harta, me voy. El bueno de Derek solo me
mira pero no dice nada cuando me levanto de un salto y me marcho de la
pista como los ladrones, en silencio y a todo correr.
Utilizo las escaleras traseras para salir del complejo al aire libre sin
molestar a nadie y tan concentrada estoy en no vomitar por lo que acabo de
ver que me tropiezo en el último escalón y voy a caer entre unos brazos
fuertes que evitan que me llene la boca de césped.
—Vaya, vaya, mira quién es la que está huyendo ahora.
—¡Suéltame! —gruño asqueada. Y pensar que estas manos estaban hace
unos minutos sobre otra mujer… PUAJ.
—Ayer no viniste a la piscina —dice Xander sin soltarme.
—Ya te dije que no lo haría.
—Y yo te dije que habría consecuencias.
En lo que dura un parpadeo me arrastra hasta una especie de cuarto de
contadores y me pega contra la pared. Cierra la puerta de una patada y el
calor abrasador que emana de su cuerpo se fusiona con el mío cuando se
inclina sobre mí y me roza la parte superior del cartílago con los dientes.
—No es el granero de mis abuelos, pero tendrá que servir.
—¿Servir para qué?
Forcejeo para liberarme de sus poderosas manos que están ancladas en
mis caderas. Sin éxito.
—Para castigarte por desobedecerme —ronronea en mi oído.
—No soy tu perro para que me des órdenes, Xander.
—Ahí es cuando te equivocas. —Me mete una mano fría por debajo de la
camiseta y me pellizca un pezón con fuerza mientras la otra se enrosca en
mi cuello y aprieta. Gimo—. ¿Has visto cómo te gusta tu nuevo collar? Eres
una perra muy, muy mala.
Jadeo y me refroto contra su bulto hinchado, que ya me está torturando
desde atrás, pero entonces recuerdo lo que acabo de presenciar en las gradas
y la lívido se me baja de golpe.
—¿Por qué no te vas a adiestrar a Crystal?
—Ah, veo que nuestra actuación ha dado sus frutos. —Me roza la línea
de la mandíbula con los labios en cada palabra—. No sabes lo mucho que
disfruto poniéndote colorada, ya bien sea por excitación, enfado o celos.
—¡No estoy celosa!
A esto mi profesor de psicología lo llamaría mitomanía.
—Ya, permíteme que lo dude.
—Tú y yo no somos nada, Xander. Creía que te lo había dejado muy
claro ayer cuando te dije que no quería saber nada de ti. Así que, adelante,
fóllate a Crystal o a la que quieras. No me importa.
—Pero a mí sí que me importa porque solo me gustas tú.
La fuerza invisible que me pegaba a la pared de metacrilato desaparece
para bajarme los pantalones de un tirón hasta la rodilla y abrirme las piernas
con las suyas.
—Xander, por favor… —gimo, no sé si para pedirle que me deje en paz
de una vez o me parta por la mitad.
—Mírate, si estás chorreando.
—No es verdad.
Pero cuando agacho la vista me encuentro con, efectivamente, una balsa
de humedad que ha calado la tela de mis vaqueros y que me sigue
resbalando por los muslos, ahora descubiertos. Xander gruñe y me hace el
tanga a un lado para pasearme un dedo por la abertura empapada de mis
fluidos. Luego se lo lleva a la boca y lo lame con lascivia bajo mi atenta
mirada, asegurándose de recoger con la lengua hasta la última gota de mi
deseo.
Ay, joder.
—¿Dedos o lengua?
—¿Qué? —La cabeza me da vueltas y la piel me arde.
—Elige.
—Lengua —suelto sin pensar.
—Perfecto. Que sean dedos, entonces. —No me ha dado tiempo a
procesar nada de esto cuando me mete dos hasta el fondo que me cortan el
aliento y me nublan la visión—. Te dije que esto era un castigo, sirenita. No
tienes derecho a decidir cómo te vas a correr, aunque… —Los saca enteros
para volver a introducirlos sin piedad—, si te portas bien puede que me lo
piense. Dime, ¿vas a volver a desacatar mis órdenes?
—Por supuesto.
—Respuesta incorrecta.
Sus dedos alcanzan ese punto tierno en mi interior que me vuelve loca y
un gemido bronco escapa de mi garganta.
Madre mía, si alguien nos pilla ahora…
—Basta, por favor —jadeo, muerta de placer.
—¿Basta? Pero si acabamos de empezar.
Echo la cabeza hacia atrás y la apoyo sobre su hombro para no
desmadejarme ahí mismo. El corazón le late con fuerza contra mi espalda y
cuando nuestros ojos se encuentran veo que el gris ha sido sustituido por un
negro abisal y el brillo pícaro, por uno casi asesino. Trato de llegar hasta su
boca, pero me la niega, y eso rompe la magia del momento.
—Tal vez te deje besarme cuando reconozcas lo que hay entre nosotros.
—No hay… nada.
—Pues estás a punto de deshacerte en mi mano, yo a eso no lo llamaría
precisamente nada.
Me pongo de puntillas para sentirlo mejor y la sonrisilla cruel que asoma
a sus labios me devasta. Quiero besarlo. Probablemente los besos sean mi
parte favorita del sexo y que me los esté negando hace que una furia
irracional se adueñe de mí. Gimo más fuerte y la mano que tenía enroscada
en mi cuello va a presionarme los labios.
—Shhh, si no quieres que nos pillen tienes que estarte calladita.
—Yo no te he pedido que me metieras los dedos —siseo.
—No, de hecho, querías mi lengua.
Solo de imaginarme el calor húmedo de su saliva impregnando el vértice
entre mis piernas y el roce suave de su lengua trazando círculos cada vez
más concéntricos sobre mi clítoris hinchado hace que las columnas de fuego
que se arremolinan en mi interior empiecen a chisporrotear y a lanzar
corrientes eléctricas que acaban todas en el mismo sitio.
—¡Oh, Dios! Me voy a… —Pero las palabras mueren en mi boca, junto
con mi orgasmo, cuando sale de mí y se cruza de brazos sobre el pecho con
una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Qué haces? ¿Por qué paras ahora? Estaba a
punto, joder —protesto, todavía con las manos en la pared y el culo al aire.
—Ahí está la gracia del castigo.
—¿De verdad me vas a retener un orgasmo?
El pelo oscuro le cae desordenado por la frente y me dan ganas de
apartárselo. Así, despeinado, sudoroso, y con los abdominales subiéndole y
bajándole en frecuencias cortas, parece un dios de la guerra que acabara de
volver victorioso de una batalla. Xander se pasa una mano por los bucles
apelmazados mientras se recoloca el bulto en sus pantalones que me
anuncia que yo no soy la única afectada.
Pero qué le den a su placer, yo quiero el mío.
Me llevo una mano entre las piernas pero no soy demasiado rápida
porque Xander me la atrapa al vuelo y me la retuerce sobre la espalda.
—Nada de eso. Te correrás cuando yo diga, no cuando tú quieras.
—A mí nadie me deja a medias —bufo.
—Entonces ven el lunes a la piscina y ajustaremos cuentas.
Su gruñido me reverbera en la columna.
—¿Vas a seguir emboscándome cada día que no me presente?
—Es posible —dice encogiéndose de hombros.
—Joder, estás fatal. Mira que encapricharte de mí teniendo todo un
campus de tías buenas a tu disposición…
—Muy simple, a mis ojos tú eres la que mejor está.
Me ruborizo sin remedio y el calor que se instaura en mi pecho ya no
tiene que ver con la excitación, sino con algo más… personal.
No conozco a este chico lo suficiente como para determinar siquiera cuál
es su signo del zodiaco, aunque por la chulería que gasta y su espíritu líder
debe de ser un signo de fuego. Leo, quizás. De lo que no me cabe la menor
duda es que si promete algo, lo cumple sin pestañear.
—Vale —murmuro al fin—. Pero se acabó lo de tirarme a la piscina para
activar mi instinto de supervivencia.
—Hecho. ¿Algo más, sirenita?
—Sí, que dejes de llamarme eso.
—Denegado.
—Es super cutre.
—Es adorable —me corrige con suficiencia.
—En fin… —suspiro con los ojos en blanco cuando comprendo que no
hay nada que pueda hacer o decir para que cambie de opinión—. Tendré
que conformarme con no morir ahogada, solo enrabietada.
Entonces, cuando ya me creo salvada por el trato primitivo que acabamos
de firmar, agarra mis braguitas rojas en un puño y me las arranca de un
tirón.
—Y esto me lo quedo como muestra de tu buena voluntad.
—Eres un salvaje… —siseo, volviéndome a mojar entera.
—Tú despiertas a la bestia que llevo dentro.
Acto seguido, sale del cuarto de contadores con mis bragas en una mano
y un trocito de mi alma en la otra.
CAPÍTULO 10
May

Casi nueve horas después, con los ojos picosos y los hombros más tensos
que los de Derek cuando uno de sus amigos dice una tontería, las ruedas de
mi Citroën Berlingo gris del 2001 enfilan las calles de Seward. Después de
la llamada con mi madre y del encuentro íntimo con Xander en el cuarto de
contadores no me lo pensé mucho y puse pies en polvorosa.
O debería decir neumáticos en carretera.
No importa, el caso es que necesitaba escapar de allí. Necesitaba cambiar
de aires. Pensar. Contarle a mi madre por lo que estaba pasando y escuchar
su opinión. Lorraine Crawford siempre sabía qué hacer, así que si me
sugería que dejase el puesto al minuto siguiente estaría llamando a la
directora White para presentarle mi dimisión. Lo que no tenía tan claro es
qué haría si me decía que afrontase mis problemas como la adulta que se
suponía que era y continuase viendo a Xander todos los días como si nada.
¿Quién es la que huye ahora?, me parece escuchar su voz en mi cabeza.
No estoy huyendo, solo voy a visitar a mi madre.
Querrás decir a esconderte bajo sus faldas…
¡Vete a la mierda!
Justo cuando estoy pasando por la extensa finca de los Atwood, un hada
camuflada de mariposa cebra pasa volando por el retrovisor. Sí, soy de las
que creen en la magia y de las que piensan que esta se esconde a plena
vista, como en los animales, en las plantas… Cierro los ojos mientras me
toco la punta de la nariz con el índice y pido un deseo.
Siempre pido el mismo, pero nunca se cumple.
Aunque supongo que una mariposa, por mucho que oculte a un ente
mágico en su interior, es incapaz de solucionarme la vida con su aleteo.
Bueno, ahora que lo pienso, existe una teoría que afirma que las ráfagas de
aire que genera dicho insecto con sus finas membranas de colores en algún
lugar del mundo podrían llegar a causar un huracán en la otra punta del
mapa; lo que se conoce comúnmente como efecto mariposa. Básicamente,
esta teoría caótica sugiere que pequeñas acciones pueden propiciar grandes
consecuencias en el futuro, tanto positivas como negativas, por lo que me
planteo seriamente si la tormenta de ceniza que azota mi vida en estos
momentos no fue provocada por un lepidóptero en Pakistán.
Qué ironía, si no me hubieran importado los comentario de Page sobre mi
vejez prematura y no hubiera aceptado su reto para demostrarle que se
equivocaba no me habría topado con el espantapájaros sexy que resultó ser
el nieto de los Atwood ni me lo habría follado para probarme a mí misma
que todavía era una joven alocada y, por consiguiente, ahora no tendría que
estar preocupándome porque me echen del trabajo cada vez que Xander
decide que quiere provocarme un orgasmo.
Visto así, me cago en el efecto mariposa.
—Malditos críos —resoplo cuando aparco en la puerta de casa y veo el
coche de mi madre, un Opel Vectra negro del 92 con un cartel en letras
rojas que reza SE VENDE—. ¿No tienen otro entretenimiento o qué?
Se lo quito de un tirón y entro en casa con él para enseñarle a mi madre a
lo que se dedican los niños del barrio mientras ella ve su programa favorito
repantigada en el sofá en el que dos gemelos se dedican a remodelar casas
que yo nunca me podré permitir con mi suelto estándar.
No es que el Zenith Elite pague mal, que no lo hace en absoluto y encima
me cubre las dietas, el alojamiento, y me da una clase de yoga gratis al mes;
el problema es que mi contrato es temporal y cuando llegue el verano
volveré a estar sin blanca. En fin, la May del futuro ya se preocupará de
eso.
Meto la llave que siempre dejamos bajo la regadera del porche en caso de
emergencias en la cerradura y la puerta cede con un crujido.
—¿Mamá? —la llamo cuando no escucho el ruido atronador de la tele de
fondo. Tal vez esté preparando la cena—. Mamá, soy yo. ¡Sorpresa!
Pero tampoco está en la cocina. Qué raro.
Una bolita colorada y rechoncha se me enreda en los pies pidiendo
mimos y por poco no me caigo de boca.
—¡Amor, cómo te he echado de menos! —Atrapo a mi macho tabby
entre los brazos y le lleno la cabecita peluda de besos rápidos y seguidos.
Cheeto ronronea satisfecho—. ¿Dónde está mami?
Como si me hubiera entendido, Cheeto salta de mis brazos y enfila muy
digno la escalera que lleva a las habitaciones en el segundo piso con el rabo
y las orejas erguidas. Es el dueño de la casa y lo sabe, por eso se pasea
como si fuera un rey y entra en cualquier estancia sin preguntar.
—¿Ya está dormida? —le pregunto en un susurro cuando se para delante
del dormitorio de mi madre y me mira con esos ojazos azules que me
recuerdan a las playas de Mallorca en las que veraneé con mi padre una vez.
Esto sí que es extraño.
Mi madre nunca se acuesta tan temprano. Es más, soy yo la que se tiene
que levantar de madrugada para apagar la televisión y acompañarla medio
zombi hasta la cama.
—¿Mamá?
Me asomo con cuidado y distingo su silueta recortada entre las sombras,
con la boca abierta y el pelo sobre la cara. Parece cansada y no quiero
despertarla, pero al mismo tiempo no he hecho un trayecto de nueve horas
para nada. Decido dejarla dormir un rato más mientras me preparo un
sándwich vegetal y le peino la tripita a Cheeto, que es lo que más le gusta
en el mundo.
En el piso de abajo, la cocina está impoluta y no hay ni un cacharro en la
pila. ¿Tampoco ha cenado? La culebrilla de la preocupación se retuerce en
mi estómago. Intento hacerle caso omiso y me dirijo a la nevera para
prepararme… Nada de nada. Joder, si hasta una anoréxica tendría más cosas
aparte de un triste paquete de yogures, una coliflor y cuatro cebollas un
poco pochas. Ignoro mis punzadas de hambre y me lanzo a buscar eso por
lo que me he destrozado las cervicales y los nervios.
El informe médico.
Abro y cierro cajones por toda la casa sin hacer ruido para no despertarla
porque ahora no me interesa que me reciba con los brazos abiertos. Yo tenía
razón y es evidente que aquí hay gato encerrado, y no es Cheeto.
Finalmente lo encuentro en la cómoda del salón, junto al televisor, y
reconozco que me tiemblan un poco los dedos cuando lo desdoblo para
leerlo.
—Venga, que seguro que no es nada —me infundo valor a mí misma—.
Lo más probable es que tu madre solo quiera ocultarte un tercer pezón, o un
embarazo psicológico como los perros o un…
Cáncer.
Suelto el informe como si quemara y retrocedo a gatas por la alfombra.
Mi madre tiene cáncer. ¿Desde cuándo?, ¿de qué?, ¿por qué no me lo ha
dicho antes?, ¿ya ha empezado el tratamiento? Todo eso me pasa por la
cabeza a la velocidad del rayo. Entonces doy con la pregunta decisiva.
¿Y cuánto le queda?
No soy doctora, pero tampoco soy imbécil. Sé que esta es una
enfermedad de la que muy pocos consiguen salir victoriosos. Todo depende
del estadio en el que se encuentre, la zona a la que el tumor esté afectando,
las ganas de luchar que tenga mi madre… Dios, esto es demasiado.
—¿May, eres tú?
Mi madre sofoca una exclamación cuando enciende la luz del salón y me
encuentra en el suelo, arrodillada y con el informe médico emborronado por
mis lágrimas en la mano. Da un paso en mi dirección, pero levanto el brazo
como si la apuntara con una pistola y ella se detiene en el umbral.
—¿Cuándo se supone que ibas a contármelo? —No reconozco mi propia
voz de lo ronca y congestionada que suena por el dolor.
—Cariño, no te preocupes, estoy…
—Como vuelvas a decir que estás bien seré yo la que deje de estarlo.
Un sollozo me trepa por el pecho y soy incapaz de contenerlo.
—Oh, May…
—Dime desde cuándo lo sabes —le exhorto—, desde cuándo sabes que
te estás muriendo. ¡Dímelo, mamá!
—Desde antes de que te fueras —confiesa en un murmullo.
Eso es… mucho tiempo.
—Me lo ocultaste para que no rechazara el trabajo y me fuera tranquila a
otro puto estado sin saber si volvería a verte. ¿Cómo pudiste, mamá?
El alud de emociones me sobrepasa y me rompo sin remedio.
Lorraine Crawford cae despacio a mi lado y me pasa un brazo por los
hombros. Todavía tiene la marca del catéter y del esparadrapo a la altura del
codo que se asegura de que el líquido abrasivo de la quimio le entre directo
en las venas, endureciéndoselas.
—Creo que me voy a desmayar…
—Mi amor, respira, por favor —me arrulla.
¿Pero cómo voy a respirar si me están quitando a la única persona que
me insufla aire en el mundo, la mujer más dura que conozco y que me sacó
adelante cuando su marido (y mi padre) nos abandonó y se fue al estado de
Oregón para cuidar de la furcia y de los mellizos que había engendrado
durante uno de sus vuelos comerciales?
No, no, no, esto no puede estar pasando.
Mi madre no se puede estar muriendo.
Hay mucha gente mala por ahí que se merece este destino, pero no ella.
No la mujer que se quita para darme a mí. No la estrella más brillante de mi
galaxia. No una parte de mi corazón. No mi madre.
—Quería contártelo cuando acabara el tercer ciclo —musita,
apartándome el flequillo mojado de la cara y limpiándome con el pulgar las
lágrimas de las mejillas—. El cáncer de ovarios es muy agresivo y su
detección temprana, casi imposible, pero no quiero que te alteres, ¿vale?
Todo tiene solución y los médicos ya están haciendo todo lo que pueden.
Cáncer de ovarios. Agresivo. Imposible.
Es todo lo que escucho.
—¿Qué significa que están haciendo todo lo que pueden?
—Significa lo que significa, May.
—Que no están haciendo una mierda, vaya.
Cuando me coge la cara entre las manos para que la mire a los ojos las
siento frías, congeladas, como si ya estuviera muerta.
—Son médicos, tesoro, no magos, y la enfermedad ya se ha diseminado
hacia los ganglios linfáticos más cercanos, así que están intentando
contenerla mediante sesiones de quimio coadyuvantes antes de
intervenirme. Sé que todo esto es demasiado impactante, pero…
—¿Por qué no te operan directamente? —pienso en voz alta.
Mi madre frunce los labios y agacha la cabeza.
—Es una operación un tanto… delicada. —De vida o muerte, entiendo.
Pero se lo calla—. No consideran que pueda soportarla de buenas a
primeras como una persona joven por lo que hemos decidido intentar esto
primero para preparar el cuerpo.
—¡Por el amor de Dios, solo tienes cincuenta y seis años, tu cuerpo
puede aguantarlo de sobra!
Menea la melena cobriza de lado a lado y me fijo en que ya no hay brillo
en ella y que las hebras de fuego se han vuelto tan finas y descoloridas
como el humo. La realidad me golpea a bocajarro en la boca del estómago y
me retumba hasta en los huesos.
No sé por qué, pero siento la necesidad imperiosa de llamar a Xander.
Quiero contarle el infierno que estoy pasando. Quiero escuchar su risita
burlona y su voz aterciopelada diciéndome que mi madre tiene razón y que
soy una exagerada, que todo va a salir bien.
Respiro hondo e intento calmar mi mente.
—¿Por eso estaba ese cartel en el coche? —Señalo el trozo de cartón
tirado a mis pies con letras rojas y sangrantes, como mi corazón—. ¿Estás
vendiendo el Opel para pagar la quimio?
—No es solo la quimio, también se me acumulan las facturas de los
análisis, las ecográficas, las biopsias…
—¿Cuánto?
El nudo de nervios se constriñe en mi pecho.
—May…
—¿¡Cuánto!?
—Cincuenta mil. —Y añade con voz trémula—: Por ahora.
Joder. Cincuenta mil dólares. Eso era toda una vida trabajando en el
Zenith Elite y cuatro en la librería de los Remington.
—Pero no te preocupes, de verdad. —Fuerza una sonrisa tan falsa como
las últimas que me ha dedicado por FaceTime—. Ya me las apañaré,
siempre lo hago. Recuerda que te crie limpiando casas y poniendo copas en
un bar, no hay nada que Lorraine Crawford no pueda hacer.
—Deberías habérmelo dicho.
—Lo sé, mi niña, lo sé y lo siento.
Nos quedamos así un buen rato, abrazadas y en silencio con Cheeto
enroscado en mi regazo. Ella me acaricia el pelo y yo no paro de llorar.
Es tan injusto…
—¿Y papá? —recuerdo de pronto.
—¿Qué pasa con él?
—¿Lo sabe?
—No.
—Y tampoco se lo vas a decir, supongo —suspiro, abatida.
—Nos abandonó cuando se suponía que éramos una familia feliz, no va a
volver ahora para cuidar de su ex enferma de cáncer.
—Podría cuidar de tus facturas.
Alzo la cara para encontrarme con la suya y la determinación que leo en
sus ojos tostados es inapelable. No va a recurrir a él.
Al contrario que mi madre, yo nunca me he considerado una persona
orgullosa. Si tengo que ceder por algo que considero justo o beneficioso,
cedo. Y la cartera de mi padre es lo más beneficioso del mundo mundial.
—Ni lo necesito a él ni a su dinero —replica con fuerza.
—Pero…
—Pero nada, tiraré de ahorros y pediré un préstamo.
Le acaricio el dorso de la mano con el pulgar para calmar su agitado
corazón, que se ha revolucionado con tan solo nombrar a mi padre.
—Yo te ayudaré a pagar las facturas.
—De eso nada, tu dinero es tuyo.
—Mi dinero es de las dos —atajo—. Fin de la conversación.
Cuando por fin me tranquilizo, nos acostamos los tres juntos y no nos
despegamos en toda la noche como el equipo pelirrojo que somos.
Seis horas después, los primeros rayos de luz despuntan en el horizonte y
la estrujo contra mi pecho con fuerza como si el sol me la fuera a arrebatar.
Ahora que soy consciente de todo, a través de sus pómulos marcados y su
mandíbula afilada puedo ver a la perfección que mi madre ha perdido peso
en el último mes. Todavía cuenta con su preciosa melena roja, pero cada
vez encuentro más pelos suyos por toda la casa y entre las sábanas.
Anoche no quise preguntarle por el tiempo que me queda a su lado. En
realidad, no lo quiero saber. Todos podemos desvanecernos de un día para
otro, independientemente de si estamos enfermos o no.
Su cuerpecillo se remueve y gruñe, incómoda. Ya está despierta.
Me mira con esos ojos grandes color melaza que me recuerdan a la
cerveza Guiness y me echa el aliento en la cara cuando bosteza.
—Buenos días, mi niña.
—Buenos días, mamá. ¿Has dormido bien?
—Sí, bien. —Vuelve a bostezar—. ¿A qué hora te tienes que ir?
—No te preocupes por eso, todavía nos queda tiempo.
—No hay nada para desayunar —dice con la voz pastosa.
—Ya me di cuenta anoche.
Mi hunde un dedo huesudo en el esternón.
—No me hables con esa suficiencia, jovencita, que la quimio me quita el
hambre y el dinero.
—Te invito a desayunar churros con chocolate en el Billy’s.
Por primera vez desde hace un mes, soy testigo de cómo se le ilumina la
cara y sonríe de verdad. Se me saltan las lágrimas, pero me apresuro a
limpiármelas con la sábana antes de que mi madre las vea.
Nos ponemos de punta en blanco, pero en lugar de seguir al grupito que
se dirige a la iglesia, nos desviamos y acabamos en la terraza del Billy’s, la
cafetería mugrienta donde he pasado infinidad de tardes provocándome una
diabetes con Page. Nos pedimos más churros de los que podemos comer y
un chocolate caliente para compartir.
—Cariño, se te hace tarde —gruñe con la boca llena—. No quiero que te
regañen en el centro ese por mi culpa.
—No sufras, hasta mañana por la mañana nadie me echará en falta.
Bueno, tal vez una persona.
—¿Estás contenta con tus alumnos? ¿Se portan bien? —Le señalo la
barbilla en la que se le ha quedado azúcar—. Oh, gracias.
—Sí, son todos muy simpáticos y me han acogido a las mil maravillas.
Además, me encanta ayudarlos en la medida de lo posible con su estrés
crónico y su ansiedad camuflada de hiperactividad.
—¿Y no hay ningún chico guapo que…?
—¡Mamá, no!
—Vale, vale, solo quería saber si me vas a hacer abuela pronto, ya sabes
que no me puedo morir sin acunar a un pelirrojo entre mis brazos.
El churro me sabe a ceniza en la boca.
—Ya veremos.
Volvemos a casa con la tripa llena y el corazón caliente, pero en cuanto
nos despedimos siento que esta será la última vez que aspire su
característico perfume a nenúfares. El abrazo devastador en el que nos
fundimos me mantiene llorando a moco tendido hasta que atravieso la
frontera.
No obstante, las cuatro horas y media siguientes hasta Colorado me dan
para pensar largo y tendido sobre mi nueva situación. Si quería ayudar a mi
madre a pagar las facturas tenía que conservar el puesto en el Zenith, y eso
implicaba poner distancia entre mi alma y esos magnéticos ojos grises que
la atraían como una polilla a la luz. Esto era lo que había deseado desde el
primer momento, entonces, ¿por qué la sola idea de acabar con lo que sea
que tengamos me quema en las entrañas?
Ahora que por fin había empezado a acostumbrarme a sus pullitas
sexuales y al suave roce de sus manos sobre mi piel, alejarme de todo eso se
me antojaba un verdadero desafío. Un desafío que el propio Xander no me
iba a poner para nada fácil cuando se enterara de mi decisión.
CAPÍTULO 11
Xander

Por algún motivo que se me escapa, mi sirenita está triste. Se lo noto en los
ojos que hoy no lanzan destellos almibarados y en la falta de colores en los
párpados que siempre lleva a juego con su atuendo. Y, al igual que me
ocurre cuando veo decaídas a mi hermana o a mi madre, solo quiero
pulverizar con mis propios puños la causa de su tristeza.
—¿Algún voluntario? —exclama sin esa energía alegre que tanto me
gusta ver en ella. Levanto la mano, pero, tal y como lleva haciendo desde
que ha entrado por la puerta, me ignora.
En su lugar, May se acerca a la mesa de Caleb y le tiende la bolsa de tela
con una sonrisa amable pintada en los labios. Una. Puta. Sonrisa. Le dije
que no volviera a sonreírle nunca más a ese cabrón.
—Gracias, Caleb.
Sí, gracias, Caleb, por fin voy a averiguar qué se siente cuando matas a
alguien y tiras su cadáver al río Colorado.
El suave vaivén de sus caderas en esa falda vaquera que me muero por
levantar me hipnotizan y necesito que Derek me hunda el codo en las
costillas para espabilarme.
—Está rara —me suelta sin más.
—Sí, yo también me he dado cuenta.
—Seguro que le ha bajado el tomate —apostilla Lev a mi otro lado. A
veces me siento como si tuviera a un ángel oscuro sobre un hombro,
llámese Derek, y al dueño del Averno sobre el otro.
—¿Puedes dejar de ser tan cínico?
—Pero si ahora no he dicho nada.
—Métete con quien quieras menos con ella. ¿Estamos?
Lev arquea una ceja, insolente.
—¿Qué mosca te ha picado, tío?
—¿Estamos? —repito con tanta fuerza que atraemos varias miradas,
entre ellas la de May.
—¿Todo bien por ahí, chicos?
—Los tengo controlados —asiente Derek.
May desdobla los sentimientos de alguien con cuidado y toma una
bocanada de aire antes de recitarlos. La veo empalidecer a medida que sus
ojos ruedan por el papel y tiene que apoyarse con una mano en el borde de
la mesa para no caerse. Ya me estoy levantando de la silla para cogerla en
brazos cuando se recompone y pasea la vista por todos nosotros, buscando
algo.
O a alguien.
—¿Cuántos de vosotros habéis pensado alguna vez en acabar con todo?
—pregunta al aire con la voz tomada. Dios mío, ¿eso es lo que pone en el
papel? ¿Alguien se quiere suicidar?
Automáticamente, mi mirada recae en Jo.
Cuando mi hermana nota mis alfileres en la nuca, se gira y niega dos
veces con la cabeza. El alivio que me invade no puede compararse con una
sensación más satisfactoria; bueno sí, tal vez el sexo con May, pero eso no
viene al caso. Esto es serio. El cuarto puesto con el que se tuvo que
conformar el sábado pasado fue un varapalo, pero al menos se clasificó para
la siguiente fase. Algo es algo. Y así se lo hizo saber Price llevándosela a
comer helado de pistacho al pueblo de al lado para celebrarlo.
Varias manos se alzan por las filas de pupitres y aprieto los puños dentro
de la sudadera cuando la persona que tengo al lado se suma a la larga lista
de tendencias lesivas. Lev y yo compartimos una mirada de circunstancia,
pero ninguno de los dos decimos nada porque los dos sabemos que debe ser
él el que nos pida ayuda cuando la quiera.
—Sea quien sea la persona que ha escrito esto hoy… —prosigue May
agitando el papelito en el aire—, quiero que vea que no está sola y que
todos, en algún momento oscuro de nuestras vidas, también nos hemos
sentido así.
Le tiembla el labio y no para de darle vueltas al anillo de plata. Joder, me
muero por ir a consolarla, pero sé que eso solo la enfurecería.
—No me hago ni una mínima idea de lo que ocurre en vuestras vidas, así
que hablaré desde mi experiencia personal y si alguien quiere compartir sus
pensamientos ya sabe que es libre de hacerlo. —Se sienta sobre la mesa y
cruza las piernas a lo Sharon Stone en Instinto básico. La tela vaquera de la
falda se tensa tanto como mi polla—. Veréis, hace poco me enteré de que
alguien de mi entorno está enfermo. —Y añade con una sonrisa
compungida que me duele en el alma—: Muy enfermo.
—Joder… —gruño por lo bajo.
—El caso es que me sorprendió que esa persona fuera capaz de reír y de
hacer bromas en su estado a pesar de todo cuando yo no podía para de llorar
y maldecir al universo. Era como si fuera consciente de que se le escapaba
el tiempo entre los dedos y quisiera aprovecharlo al máximo.
El silencio es tan denso que puedo escuchar el corazón de Lev
martilleándole en el pecho. ¿O es el mío?
—Con todo esto solo quiero decir que deberíamos valorar lo que tenemos
cuando lo tenemos porque no sabemos cuándo podemos perderlo. Amigos,
familia, pareja, salud, e incluso la vida. —Se enjuga una lagrimilla y por el
rabillo del ojo veo que otras tantas personas la imitan—. A veces la vida
puede ser una puta mierda, lo sé, pero siempre hay que seguir adelante ya
que no sabes lo bueno que todavía tiene por ofrecerte.
—¿Y si estás harta de esperar?
Todos nos giramos hacia la vocecilla que proviene del rincón más aislado
de la clase. Entre las sombras, Sadie White juguetea con un lápiz mientras
sus ojos pardos están clavados en los de May, que se ha quedado muda. Al
momento siguiente los desvía en nuestra dirección y la rabia contenida que
distingo en ellos es sobrecogedora, casi asfixiante.
—La muerte no arregla nada, Sadie —contesta mi sirenita en tono
conciliador—. Además, piensa en todas esas personas que te quieren y a las
que dejarías desoladas. ¿Te gustaría hacerles sentir culpables?
—Pues la verdad es que sí.
—Yo creo que no. —May se alisa la falda despacio y compone una
media sonrisa tan tierna como ella entera—. Yo creo que nadie quiere ver
sufrir a sus seres queridos, por muy mal que los hayan tratado en primer
lugar.
—¿Y si nadie te quiere?
Derek tensa los trapecios como un bulldog enfadado.
—Yo te quiero —salta May. Madre mía, definitivamente no merezco a
esta chica—. Os quiero a todos y por eso me preocupo por el bienestar de
cada uno de vosotros, así que antes de acabar con todo piensa que…
—¡No he sido yo la que ha escrito eso! —la interrumpe la pequeña emo
dando un golpe en la mesa—. Si quisiera suicidarme no lo iría pregonando
por ahí, lo haría y punto porque razones no me faltan.
El silencio envuelve la clase.
Nadie se atreve ni a respirar, excepto Lev, que exclama:
—¿Pues si tantas razones dices que tienes, qué es lo que te detiene?
Un puño lleno de tinta negra se adelanta al mío e impacta de lleno en la
nariz del ruso, fracturándosela en el acto. Todo a nuestro alrededor se tiñe
de rojo y Derek empalidece varios tonos cuando se mira las manos y las ve
llenas de sangre. El de Texas jadea y cierra los ojos con fuerza. No soporta
la sangre y, aun así, se ha embadurnado de ella para defender a Sadie.
—Vas a pagar por esto —brama el agraviado con voz nasal.
Intervengo cuando ambos se yerguen en sus asientos.
—Eres tú el que tiene pagar por tu comportamiento de mierda, Lev.
—¿En serio lo vas a defender a él? Me ha roto la puta nariz.
—Y tú le has dicho a una persona que se suicide.
—No he hecho tal cosa.
Derek vuelve a alzar el puño, pero yo soy más rápido y lo atrapo por los
hombros, duros como piedras. Noto cómo la ira le reverbera en el pecho
cuando me lo llevo fuera de clase y trato de tranquilizarlo. Tiene los
nudillos blancos de la tensión y respira con dificultad.
Nunca lo había visto así.
—Te juro que lo voy a matar un día de estos, Xander. Te lo juro —jadea
con las pupilas dilatas.
—Pasa de él, es idiota.
—¡Acaba de decirle a la pobre Sadie que se corte las venas, joder!
¿Cómo cojones quieres que pase de él? Estoy harto de ser testigo de cómo
la marchita a diario con sus comentarios de machirulo.
—No le ha dicho eso, pero entiendo a qué te refieres.
Derek echa la cabeza hacia atrás y suspira con hastío. Su ojo oscuro se ha
vuelto negro abisal mientras el azul refulge incandescente de ira. Sadie y él
son amigos, o al menos los he visto hablar un par de veces por los pasillos,
lo que no sabía era lo mucho que se preocupaba por ella.
—¿Le gusta hacer daño a las mujeres, no? —Levanto la cabeza ante la
frialdad de su voz—. Bien, pues yo se lo haré a la suya.
—¿De qué hablas?
Pero justo cuando va a responder, una avalancha de espaldas anchas y
hombros cuadrados sale en tromba al pasillo por el cambio de clase y Derek
se escabulle entre el gentío. No importa, ya lo buscaré luego.
De mientras, espero apoyado en la pared a que una cabellera rubio pollo
aparezca por la puerta para darle su merecido. No obstante, pasan los
minutos y el desequilibrado de Lev no sale. Me lanzo contra la puerta
cuando empiezo a temer lo peor, pero esta no cede. Alguien ha echado el
pestillo desde dentro. Un sudor frío me cae a cuentagotas por la columna y
necesito aunar todo mi autocontrol para no tirar la puta puerta abajo.
Quiero creer que May está bien y que Lev nunca le haría nada, que solo
es un perfecto cabrón con Sadie porque en el fondo se la pone dura y eso le
jode, pero no soporto no saber lo que está pasando ahí dentro.
¿Y si se la ha subido a la mesa y le está metiendo mano por debajo de la
falda? ¿Y si la ha besado contra su voluntad? ¿Y si…?
—¡¿Qué mierdas estabais haciendo ahí dentro?!
Lo cojo de la pechera del caro jersey de Lacoste en cuanto pone un pie en
el pasillo y lo estrello contra la pared. De la hemorragia nasal sigue
manando sangre negruzca, aunque el ruso parece alterado por otra cosa.
Joder, como la haya tocado lo voy a matar.
—¿Y a ti qué cojones te importa?
—Que me lo digas.
—Cualquiera diría que estás celoso… —La sangre se le mete en la boca
y le tiñe la sonrisa de escarlata—. ¿Te pone la profe, Xander? Ya me
extrañaba a mí que fueras el único inmune a sus encantos.
—Te lo diré si tu admites que estás loco por Sadie.
—¿Qué dices? No la tocaría ni con un palo —me escupe, literalmente.
—Ah, ¿no? Pues se comenta por ahí que en la recepción de nuevos
alumnos pasaste más rato en el baño que en la pista de baile. ¿Se puede
saber haciendo qué y con quién? —Hasta el goteo sangrante de la nariz se
le corta de golpe—. Pues eso, que te calles la puta boca de una vez y dejes
de darnos problemas, sobre todo a Derek.
—A lo mejor es a él al que le pone esa friki de mierda.
La ironía de la vida me hace curvar una comisura hacia arriba.
—Ay, Lev, si no estuvieras tan concentrado en ser un capullo integral te
habrías dado cuenta de quién es la chica en la que piensa antes de dormir, y
no es precisamente Sadie. ¿Te doy otra pista? Es una muñequita tan frágil y
bonita que te dan ganas de romperla, y no en el buen sentido.
Abre los ojos como platos.
—Es imposible que Nadia se fije en él —sisea.
—Me temo que ya es un poco tarde para eso.
Lo suelto de mala gana y le sacudo las hombreras del jersey antes de
dejarlo marchar, no sin antes dedicarle una mirada muda de advertencia que
espero que se tome en serio si no quiere quedarse solo y sin amigos.
Cuando lo he perdido de vista es entonces que me aventuro en el interior
del Aula 08 y echo el pestillo a mis espaldas. May se da la vuelta,
sobresaltada, y el pañuelo con el que se estaba sonando los mocos planea
hasta el suelo.
—¿Xander?
—¿Estás llorando?
Todas mis alarmas ululan a la vez.
—Desaparece ahora mismo —gime con voz chillona.
—Dime primero por qué estás llorando. ¿Lev te ha dicho o hecho algo?
—Por favor, vete. Estoy esperando a alguien y…
Avanzo hacia ella como un jaguar. Decidido y hambriento.
Por cado paso que doy, ella retrocede dos hasta que da con sus generosos
muslos en la mesa y se da cuenta de que no tiene escapatoria. Dios mío, está
tan guapa cuando se altera y todo su cuerpo adquiere la tonalidad de su pelo
que necesito hacer un esfuerzo titánico para no saltar sobre ella y devorarla
ahí mismo sobre la pila de dibujos con los que nos psicoanaliza.
—¿Qué estabas haciendo con Lev y la puerta cerrada?
—¿Estás de broma? —bufa arisca. Bien, la prefiero enfadada que triste.
—Responde, May.
—Me lo estaba follando. —Pone los ojos en blanco—. ¿Pues tú que crees
que estaba haciendo? Echándole la bronca.
Pero yo me he quedado en la primera parte de la frase.
Recorto la distancia que nos separa y pega un grito cuando la aúpo sobre
la madera y encajo mis caderas contra las suyas. Solo de pensar que Lev la
haya tenido en esta misma postura me dan ganas de castigarla con mi polla
hasta el desmayo. O el suyo o el mío.
—Así que tienes un fetiche con los jovencitos…
Abre y cierra la boca muchas veces, perpleja.
—¿De verdad crees que me gusta Lev?
—No sé, ya que le pones ojitos a todo el puto mundo y sigues
sonriéndole al tío que peor me cae del universo pues, sinceramente, tengo
mis dudas. Así que dímelo tú, May. ¿Te gusta Lev?
—Xander, no tengo tiempo para esto.
Me amarro su trenza al antebrazo y le echo la cabeza hacia atrás.
Su cuerpo reacciona de inmediato arqueándose y pegándose al mío. Eso
es, así es justo como tenemos que estar siempre. Unidos. Mis ojos
colisionan con los suyos, brillantes por el deseo, pero con un matiz
melancólico, como si hubiera empezado a creerse sus propias palabras y ya
no quisiera esto.
Mis manos sobre su piel.
Mi aliento sobre sus labios.
Mi cuerpo cubriendo el suyo.
—¿Por qué estabas tan triste hoy? —le suelto de golpe.
—No estaba triste, estaba bien.
—Sí, ya, y yo me voy a casar con Crys después de los Juegos—me burlo.
La mención de la rubia hace que su piel escale varios tonos de granate y que
el pulso se le dispare en la yugular—. Desembucha. ¿Qué te pasa?
—Déjalo.
—¿Es por lo que has contado antes de tu familiar, ese que está enfermo?
—Me aparta la cara y siento que estoy a esto de perder el control—. Joder,
May, háblame. Solo quiero ayudarte.
—¿Quieres ayudarme? Perfecto, pues aléjate de mí.
—Ni aunque me cortaran las piernas me mantendrían alejado de ti.
Con la mano libre le acaricio el labio inferior y se lo abro. Tiembla bajo
mi peso y no me hace falta tocarla ahí abajo para saber que está más que
preparada para recibirme.
—Xander, no…
—¿No te das cuenta de que somos el uno para el otro?
—¿Y tú no te das cuenta de que no quiero saber nada de ti?
Sus palabras se me clavan en el pecho como puñales, pero, en lugar de
dejar que lo note, me inclino más sobre ella.
—No es verdad, me deseas.
—¡No y mil veces no! —Su aroma a canela me embota los sentidos y no
puedo pensar con claridad—. Ya no sé cómo decirte que eres mi alumno y
nada más, que no quiero nada contigo.
Durante un microsegundo estoy tentado de ceder a sus deseos y
rendirme, pero eso no va conmigo. Yo soy Xander Atwood. Un ganador
nato. Un conquistador. Le acaricio la yugular muy despacio antes de
estrujársela sin piedad como a ella le gusta. Gime y se le ponen los ojos
vidriosos.
—O sea que no quieres esto… —Totalmente inmovilizada, poso mis
labios sobre la piel caliente de su cuello y succiono con cuidado de no
dejarle ninguna marca. Jadea en mí oído y se me pone tan dura que me
duele—. O esto... —Desplazo los besos en un periplo ascendente por la
columna de su cuello hasta llegar a la mandíbula. Se la araño con los
dientes y empieza a mover las caderas en ochos contras las mías—. O quizá
esto…
Le lleno la carita de besos, pero sin acercarme a sus labios para
castigarla. Por fin utiliza las manos y las engarza en mi pelo. Joder, sí. Ni en
el jodido Infierno estaría pasando más calor del que tengo ahora. Me pica el
cuerpo y me sobra toda la ropa.
—Pídemelo —gruño como un animal. Ya he tomado mucho de ella sin su
permiso, así que ahora quiero que ruegue por ello.
—Vete… —exhala con los labios entreabiertos para recibir los míos. Eso
no era lo que quería escuchar—. Nos van a pillar.
—¿Y qué si lo hacen?
—No puedo permitírmelo, yo… mi madre…
—A la mierda.
No pienso, solo actúo.
Presiono mis labios contra los suyos en un beso suave pero apasionado y
sus excusas rebotan en mi paladar, seguidas de una exclamación ahogada y
de un gemido de sorpresa. Me siento un idiota por no haberla besado antes,
pero es que su basorexia tenía que pagar por el descaro que gasta. La
saboreo solo con los labios, abriéndoselos una y otra vez con los míos y,
para mi grata sorpresa, me devuelve el beso. Al principio con timidez y
luego con énfasis. Sus labios son tan suaves y aterciopelados como la
cachemira, tan delicados y fríos como el cristal de Murano y tan exquisitos
como el primer sorbo de agua después de un entreno agotador en el
desierto.
May se agarra a mi sudadera y sofoca un jadeo cuando deslizo la lengua
en su interior y acaricio la suya con curiosidad y exigencia. ¿He dicho ya
que es deliciosa? Sin embargo, como en las putas películas malas de los
domingos por la tarde, unos nudillos tocan a la puerta.
—¿Señorita Crawford?
May gime contra mi boca, ahora aterrorizada.
—¿Quién es? —susurro.
—La señora White.
—¿La directora? —pregunto ojiplático.
—Corre, escóndete.
Me aparta con las dos manos y se baja de la mesa de un salto. Se alisa la
falda y se recoloca la trenza, ahora un poco deshecha, en su sitio. Tiene los
ojos muy abiertos y exuda miedo. ¿O es excitación?
—Pues ya me dirás dónde, mido casi dos metros.
—Detrás de mi mesa. ¡Ya!
—¿Señorita Crawford? —llama la madre de Sadie con más insistencia.
Joder, ¿pero esta qué coño hace aquí?—. Abra, sé que está ahí, puedo oírla.
¿Señorita Crawford?
Mi sirenita está a punto de echarse a llorar y eso no me gusta. Me mira
como un corderito degollado y luego al escritorio. Asiento con resignación
y justo cuando consigo plegar todo mi cuerpo en un cuatro, se abre la puerta
y el repiqueteo de los tacones de Vittoria White me taladra los oídos. Lev
odia a la directora tanto o más que a su hija y Derek dice que por donde pisa
con sus caros botines de Prada ya no vuelve a crecer la hierba, como Atila,
el rey de los hunos. Yo solo sé que me acaba de joder el polvo.
—¿Por qué estaba con el pestillo echado, señorita Crawford?
—Estaba meditando un poco.
—¿Meditando?
—Sí, es que después de clase tengo por costumbre reflexionar sobre lo
acontecido y quemar malas energías.
—Mmm, ya… Entiendo.
Desde aquí no puedo ver nada, pero me imagino la cara de rancia que esa
zorra le estoy poniendo a mi May y me llevan los demonios.
—Bueno, en fin —carraspea—, me alegra que me haya hecho venir
porque lo cierto es que yo también quería hablar con usted.
—Ah, ¿sí? ¿De qué?
—No se haga la tonta, jovencita. —Y hace una pausa dramática antes de
añadir—: Lo sé todo.
CAPÍTULO 12
May

Si estoy aquí otra vez, de madrugada y embutida en un bañador azul celeste


que resalta mi piel pálida y el pequeño flotador de mi vientre bajo que no
desaparece ni con cien sesiones de spinning no es para ajustar cuentas con
Xander, sino para cortar con él. Bien es cierto que podría haberle puesto un
mensaje de despedida, pero le estaba tan agradecida por haberse escondido
esa misma mañana tras mi escritorio sin rechistar cuando la directora White
había estado a punto de pillarnos que había decidido tener nuestra última
conversación en su lugar seguro. La piscina.
—Admito que me gustaba más tu antiguo traje de baño, aunque este
también te hace un cuerpazo.
No puedo evitar ruborizarme, y es que este chico siempre se las apaña
para quitarme de un plumazo cualquier complejo. Es una verdadera lástima
que nos hayamos conocido en estas circunstancias porque estoy segura de
que habría sido el novio perfecto.
Xander sale de la piscina valiéndose de sus escandalosos y torneados
brazos y por la forma en que da toquecitos inquietos con el pie izquierdo
sobre las baldosas de cerámica sé que está deseando tocarme, pero se
abstiene.
—No tuve más remedio que comprarme uno nuevo cuando me robaste la
parte de abajo del otro.
—Robar es una palabra fuerte y además siempre puedes entrar a mi
habitación a buscarla, aunque… —Me repasa de arriba abajo con la mirada
y se humedece los labios—. Tal vez no te deje salir.
—No puedes retenerme en contra de mi voluntad.
—No —me concede—, pero mi lengua y yo ya nos aseguraríamos de que
quisieras quedarte.
Se me seca la boca y me arde el cuello.
Aún no sabía de lo que esa lengua era capaz, pero si la utilizaba igual de
bien que el resto de su fisonomía estaba muy, pero que muy jodida.
Mentiría si dijera que no había rememorado una y otra vez durante el día
ese maldito beso que había roto mis esquemas y lo había complicado todo.
Aún más, quiero decir. Si ni siquiera había podido concentrarme en la
conversación que mantuve con la directora en su sobrio despacho lleno de
diplomas y reconocimientos porque la suavidad de sus labios se colaba por
las grietas de mi cerebro de mosquito y hacía que me removiera incómoda
en la silla.
—¿May?
—Eh, sí, perdona. —Sacudo la cabeza—. ¿Qué decías?
—Decía que hoy vas a nadar tú solita —me anuncia mientras se cruza de
brazos para evitar tocarme. Las gotitas de agua se le acumulan entre las
hendiduras de sus abdominales y me dan ganas de ponerme de rodillas y…
—¿No hay ninguna piscina en este lugar en la que haga pie? Una infantil
o algo así —resoplo acalorada.
—Sí, el jacuzzi de mi habitación, pero creo que todavía no estás lista para
esa conversación. —Sonríe de lado y yo me creo morir—. Ven, sígueme.
Lo acompaño hasta un cuartillo claustrofóbico en el que ya creo que me
va a meter para follarme sin piedad cuando se da la vuelta y me tiende unos
manguitos de Peppa Pig. Si no me doy la vuelta y me marcho hecha una
furia es porque tengo una misión que cumplir.
—Estás de coña, ¿no?
—¿Los prefieres de Frozen? Creo que tenemos un par.
Noto cómo la ira y la vergüenza se mezclan en mi estómago como un
cóctel Molotov. Yo sé que el de arriba da sus peores batallas a sus mejores
soldados pero es que esto ya es demasiado.
—No me voy a poner eso ni loca, Xander. No soy un bebé.
—Acabas de preguntarme por una piscina infantil, yo creo que un poco
bebé sí que eres.
—Te recuerdo que te saco seis años.
—Ahí es donde te equivocas. —Me da un toquecito tierno en la punta de
la nariz que me desestabiliza tanto física como emocionalmente—. Según
mis cálculos nos llevamos cinco años, once meses y seis días.
—¡Sabía que eras Leo!
—¿Tienes algún problema con los Leo?
—Sí, que son unos ególatras y unos mandones de mierda.
—¿Y no tienes nada que decir de nuestra tremenda belleza? —Me sacude
los manguitos en la cara con impaciencia—. Elige, que no tenemos toda la
noche. ¿Frozen o Peppa Pig?
—Lo que yo decía, un mandón de mierda. —Aparto de un manotazo los
trozos de corcho y Xander frunce el ceño—. Si voy a morir que sea con un
poco de dignidad.
—No vas a morir, jamás lo permitiría.
—Vaya por Dios, y yo que creía que la muerte sería la única forma de
librarme de ti.
—Nop, ni por esas.
Me interno en el cuartucho que huele a cloro y plástico y rebusco entre
las baldas hasta que mis dedos dan con lo que buscan.
—¿Qué tal esto?
—Vale, puede funcionar. —Asiente cuando le enseño la tabla de
gomaespuma de 50x30cm—. Pero que no se te escape o me veré obligado a
rescatarte y ya sabes lo que viene después.
—Tranquilo, no pensaba soltarla.
Me apresuro a salir del cuarto antes de que cambie de idea y me aplaste
contra la pared y de camino al agua siento sus ojos clavados en mi culo sin
ningún tipo de disimulo. Nunca admitiré que me gusta que me mire con ese
deseo lujurioso, pero así es. Por regla general soy de las que intenta pasar
desapercibida y no llamar la atención de los hombres, pero últimamente a
mi ego le sienta muy bien este despliegue de interés.
Cuando llego al borde de la piscina mis dedos juguetean con el agua sin
atreverse a dar el siguiente paso. Xander se coloca a mi lado y me acaricia
las costillas con el dorso de la mano. No es un gesto lascivo ni sexual, más
bien tranquilizador, hasta que abre esa boca sucia y lo estropea todo.
—O te metes o te la meto.
—¿Siempre eres así de directo?
—Sabes que sí.
Trago saliva con fuerza y aparto la mirada con dificultad del hombre al
que he venido a dejar, no a admirar.
Suspiro y me siento en el bordillo. Ni de coña voy a saltar.
Sin soltar la tabla en ningún momento y con los carrillos llenos de aire
por si acaso, hundo las piernas hasta las rodillas primero y deslizo mi
cuerpo poco a poco por los azulejos después. Solo me permito relajarme en
el agua cuando compruebo que, milagrosamente, floto. Xander por su parte
se lanza de cabeza y bucea un largo entero antes de volver a mi lado y
dedicarme esa sonrisa socarrona que tanto detesto.
—Si estás tratando de impresionarme, siento decirte que vas a tener que
esforzarte más —comento burlona.
—¿Y para qué iba a impresionarte si ya te he conquistado?
Ups, pillada.
Ruedo los ojos hasta los focos del techo y la carcajada de Xander me
hace cosquillas en la boca del estómago. Sin previo aviso, acorta la
distancia que nos separa de dos brazadas para ponerse a mi lado y me
coloca una mano grande en el vientre mientras con la otra me eleva las
piernas y me tumba boca abajo sobre la tabla.
—Mantén esta posición con los brazos estirados mientras pataleas y
respiras con normalidad al mismo tiempo —me explica serio.
—Gracias, pero la teoría ya me la sé.
—Pues ponla en práctica.
—No puedo, mis kilos de más me lo impiden.
Un brillo fúrico atraviesa sus iris cenicientos.
—Como vuelvas a hablar así de tu físico seré yo mismo el que te arrastre
hasta el fondo y te obligue a chupármela debajo del agua como castigo.
Me mojo más de lo que ya estoy y por un momento hasta me olvido de
mi nombre. ¿Por qué eso no me parece un castigo para nada?
—Hablas demasiado.
—Y tú me tientas demasiado, así que haz lo que te he dicho y con suerte
te dejaré en paz el resto de la noche.
—¡Qué bendición!
—May…
—Ya voy, ya voy.
Obedezco de mala gana y me pongo a agitar los pies en el sitio, creando
un enorme geiser y echando media piscina fuera hasta que Xander me dice
que es suficiente con un cachete en la nalga izquierda.
—¡Eh!
—Lo siento, no he podido evitarlo. —Señala con la cabeza el final de la
piscina—. ¿Te ves capaz de llegar hasta allí tú sola?
—¿Por quién me tomas? Pues claro que puedo —gruño ofendida, aunque
cuando retira sus manos de mis caderas me hundo un poco.
—Esa es mi chica.
No me da tiempo a protestar que yo no soy su nada porque los pulmones
se me encharcan de agua cuando me impulsa desde atrás.
—Xander, espera… —Mi voz suena tan angustiada que me compadezco
de mí misma—. No te vayas, no me dejes… Por favor. Me da miedo el
dolor y las piernas me están ardiendo del esfuerzo.
—No te preocupes, sirenita, estaré a tu lado en todo momento.
Se pone boca arriba como las nutrias y empieza a nadar de espaldas con
una lentitud digna de carrera de caracol sin quitarme ojo.
—¿Cuál es tu color favorito? —me suelta de sopetón.
—¿Qué?
—Te he preguntado cuál es tu color favorito.
—Por si no te has dado cuenta estoy intentando no perecer en una
maldita piscina olímpica, ¿te importaría guardarte las preguntas para
después?
No llevo ni diez metros recorridos cuando los deltoides me empiezan a
picar y mi sistema respiratorio se pregunta qué narices estoy haciendo que
le insuflo más hidrógeno que oxígeno.
—¿Eres consciente de todo el aliento que has gastado en esa parrafada
inútil con lo fácil que hubiera sido decir verde? —lo oigo reír a mi lado.
—¿Cómo sabes eso?
—Sé muchas cosas de ti.
Giro el cuello para mirarlo, pero ese es mi decimocuarto error del día
porque pierdo el ritmo y me atoro.
—El mío es el rojo, por si te lo estabas preguntando.
—No, no me lo estaba preguntando —digo con los labios apretados para
que no me entre más líquido clorhídrico en la boca.
—¿Oye, y cómo es que nunca te he visto por Seward en verano?
¿Este tío nunca se calla o qué?
—Porque no estaba.
—¿Y dónde estabas?
—Viajando —repongo entre jadeos.
—¿Tú sola?
—A veces con Page, mi padre… —Joder, no puedo hablar.
—¿Tu padre? Pensaba que estaba muerto o algo así, como dijiste que no
tenía que preocuparme por él.
—Divorciados.
—Ah, entiendo. Mis padres casi se divorcian cuando era muy pequeño,
mi madre no soportaba el carácter dominante de mi padre.
—¡No sabes cuánto la entiendo! —Xander me hunde un dedo en las
costillas y me desestabiliza por completo—. ¡Estate quieto!
—¿Y los tuyos?
Me planteo si decirle la verdad. No es que me avergüence contarlo, pero
el objetivo de esta cita acuática era cortar lazos, no estrecharlos hablando de
nuestras respectivas vidas privadas.
—Cuernos —digo al fin.
—Déjame adivinarlo, le hizo un hijo a otra.
—Dos, para ser más exactos. Y antes de que me lo preguntes la respuesta
es no, no tengo contacto con ellos.
—¿Y tu madre?
—¿Qué pasa con ella?
—¿Tiene contacto con tu padre?
—No, no quiere saber nada de él. —Porque es demasiado orgullosa y
prefiere morirse de cáncer antes que pedirle dinero, pero me lo callo
porque ya he hablado más de la cuenta.
Sobrepasamos la marca roja que anuncia que hemos recorrido veinticinco
metros, séase la mitad de la piscina olímpica, y mis maltratados músculos
me exigen que me detenga.
—¿May?
—¿Hum?
—¿De qué quería hablar contigo la directora?
—Ah, eso… —Se me revuelve el estómago solo de recordar la charla de
esta mañana con la madre de Sadie.
Menos mal que había conseguido arrastrarla a su despacho para que
Xander no saliera en mi defensa cuando me despidiera por incumplir el
código de conducta, pero cuál no ha sido mi sorpresa cuando en lugar de
acusarme de fornicar en zonas públicas con un alumno del centro se ha
sacado de un bolso de Gucci mi CV y me lo ha deslizado por la mesa con
un mohín tan asqueado como los que Lev le dedica a su hija.
En ese instante he sentido que se me caía el techo encima.
Y es que resulta que Vittoria White no estaba al tanto de mis amoríos con
Xander, pero sí del que mantuve con el capullo que abusó de varias
deportistas el año pasado: Trevor Duncan.
El rubio de treinta y cuatro años con el que hice match en Tinder y con el
que me mensajeé durante cuatro meses y medio, fue el que dejó mi
currículum sore la mesa de la directora porque sabía lo desesperada que
estaba por encontrar trabajo. No se lo había contado a nadie, ni siquiera a
mi madre, porque, aunque me encantaba el puesto que me habían asignado
en el Zenith, me avergonzaba terriblemente cómo lo había conseguido.
Nuestra relación fue breve e intensa, ya que él era un preparador físico de
renombre y siempre estaba ocupado. A veces se dejaba caer por Seward con
un ramo de petunias y una caja de bombones rancios, pero nada más. Yo me
conformaba con poco y él no tenía ni tiempo ni ganas para más. Por eso,
cuando para principios de primavera dejó de contestarme a los mensajes
supuse que se había cansado de mí.
Sin embargo, a los pocos días recibí una llamada. No era suya, sino de su
abogado explicándome que Trevor estaba en la cárcel por un malentendido
y que necesitaba a alguien que testificara a su favor. No tenía ni idea de lo
que se le acusaba y su letrado tampoco me dio muchos detalles, así que me
lancé yo misma a buscar su caso en Google y por poco no se me cayeron
los ojos de las cuencas cuando leí: «Famoso entrenador de atletismo
presuntamente acusado de abusar sexualmente de ocho deportistas».
Tras vomitar varias veces, borré su número y me desentendí de él para
siempre. No quería saber nada de un violador, por mucho que al mes y poco
me contactaran del Zenith Elite para ofrecerme el trabajo de mi vida.
—Solo quería saber cómo le iba a su hija —miento en parte.
Después de clase había llamado a la directora porque quería hablar de los
comportamientos que había observado en Sadie durante este tiempo, pero al
parecer ya estaba al tanto y no le dio ninguna importancia. En lo que sí hizo
hincapié fue en que no admitiría ni una falta de comportamiento por mi
parte si quería seguir recibiendo la nómina en el banco.
—Es evidente que esa chica tiene problemas.
—¿Y quién no los tiene? —Ahora, díselo ahora—. En mi caso…
—Pues yo desde que te conozco no tengo ninguno. —Sus ojos claros se
encuentran con los míos en el agua y me transmiten un calor abrasador. Lo
dice de verdad—. Mis marcas han mejorado considerablemente, me siento
de mejor humor y me levanto con más energía por las mañanas, sobre todo
los lunes y viernes porque sé que te veré. Nunca he conocido a nadie que
me inspire tanto como tú, May. Ni mi padre, ni mi entrenador. Solo tú.
Siento que me falta el aire y mi corazón amenaza con dejarme tirada en
cualquier momento. Todas mis preocupaciones acuden a mí como
pececillos hambrientos y el nudo de ansiedad de mi estómago alcanza el
tamaño de una pelota de baloncesto. El informe médico de mi madre se
materializa en mi mente, así como el semblante despectivo de la directora
mientras me amenazaba con despedirme. Xander también se pasea por mi
cabeza y me hace poner los ojos en blanco con sus tonterías. Sin embargo,
consigue que deje de pensar en todo lo malo por un momento y me centre
en su risa.
Esa risa que me exaspera y me calienta el corazón a partes iguales…
Joder, no quiero dejar de escucharla nunca.
—¿May, qué pasa? —Su voz me llega amortiguada—. ¿Por qué te paras?
Miles de puntitos negros me van emborronando poco a poco la visión y
dejo de ser dueña de mi propio cuerpo.
—¿Sirenita?
La tabla se me escurre entre los dedos y todo se funde a negro.
Es el instante más beatífico que he experimentado en los últimos meses y
creo que empiezo a entender un poco a Sadie. La vida duele, los problemas
duelen, el dolor duele. Pero ahora, ahora no siento nada. Me rindo a esta
dulce sensación y hasta juraría que la boca se me estira sola en una sonrisa.
Qué paz, qué tranquilidad.
No obstante, ese espejismo de felicidad se desvanece como la niebla en
cuanto el rostro de mi madre se presenta ante mí. Lloroso y devastado por
mi muerte. Los ojillos marrones de Page también me escudriñan acu-
sadores, preguntando en silencio por qué la he abandonado. Esta vez para
siempre. Pataleo y me desgañito gritando sin voz, pero es como si nadie me
escuchara.
Estoy sola. Es el fin.
De repente, dos nubarrones cargados de preocupación invaden todo mi
campo de visión y su voz me atraviesa como un rayo.
—¡May, vuelve!
Me doblo sobre mí misma para vomitar lo que se me antojan dos litros de
agua clorada cuando el peso de un elefante me cae sobre el esternón.
—Mmm… —gimoteo, incapaz de moverme o abrir los ojos.
Unos brazos me envuelven con delicadeza en lo que creo que es una
toalla y me pegan a una superficie cálida. Su pecho.
—¿Qué ha pasado, sirenita? —A mis treinta años recién cumplidos, me
dejo arrullar como un neonato y busco el hueco entre su cuello y el hombro
para esconder la cara—. Estabas haciéndolo genial y de buenas a primeras
has dejado de moverte. Me has dado un susto de muerte.
—No vuelvas a hacer eso —murmuro.
—¿El qué?
Me aleja un poco de él para poder mirarme a los ojos, pero los mantengo
fuertemente cerrados porque sé que, si los abro, entonces caeré en sus redes
y me dejaré envolver en la seda dorada con la que teje sus encantos.
—¿El qué no puedo volver a hacer?
—Decir cosas que me hagan querer enamorarme de ti.
—¿Quieres enamorarte de mí? —pregunta, incrédulo.
Mierda, ¿lo he dicho en voz alta?
—Se me ha escapado.
—May, mírame. —Siento sus labios sobre los párpados, tan suaves como
el aleteo de una mariposa—. Mírame, por favor.
Pero en su lugar, ruedo de su regazo y me doy de bruces contra la
superficie áspera de la cerámica. Me tambaleo un poco cuando me pongo en
pie, aunque en cuanto el mareo inicial remite corro a los vestuarios, agarro
mis pertenencias y salgo por la puerta trasera.
Descalza, semidesnuda y con el corazón encogido, llego a mi habitación
en la tercera planta y, tras forcejear con la cerradura, me dejo caer en el
suelo donde me hago un ovillo y rompo a llorar.
La vibración de mi móvil sobre la moqueta interrumpe mi descarga
emocional. Aunque la retomo al leer:

Xander <3:
¿May, estás bien?

No, no estoy bien. Nada bien.

Xander <3:
No voy a poder dormir si no me dices si estás bien.
Por favor, May…

¿Cómo es posible que me duela así el pecho? Aunque supongo que los
golpes de la reanimación han tenido que ver. Sí, definitivamente no es
porque sienta algo por Xander ni nada de eso. Así que, con todo el dolor de
mi corazón, tomo una gran bocanada de aire y tecleo un escueto Sí que lee
al segundo antes de dirigirme a la libreta de contactos y hacer lo que
debería haber hecho desde el primer momento: Bloquearlo de mi móvil y de
mi vida.
CAPÍTULO 13
Xander

Ni uno. Mi sirenita no me había contestado ni un puto mensaje de los


cientos y miles que le había mandado desde el lunes de madrugada y yo ya
estaba empezando a cortocircuitar. No entendía qué había hecho mal.
Bueno sí, que de alguna forma le había provocado una crisis de ansiedad.
Tal vez había ido demasiado lejos con ella. Tal vez debería dejarla en paz
tal y como no para de sugerirme y limitarme a ser su alumno, pero es que
no puedo. Se me haría más fácil nadar durante diez días seguidos que
alejarme de mi sirenita. Solo de pensarlo me vuelvo loco.
Menos mal que hoy es viernes y por fin voy a poder verla con mis
propios ojos. Sin embargo, cuando me persono frente al Aula 08 con los
músculos agarrotados por el entreno matutino y las mariposas de mi
estómago revueltas de la anticipación se me cae el alma a los pies al
encontrarla cerrada.
—¿Qué cojones? —le mascullo al cuello de mi sudadera.
Una idea muy fea empieza a tomar forma en mi cabeza. ¿Y si May había
renunciado al puesto a causa de mis tenaces encerronas para conquistarla?
O peor, ¿y si la directora nos había descubierto y la habían echado por mi
culpa? Me saco el móvil y tecleo:
¿Dónde estáis?

Mi hermana es la primera en responder por el grupo que tenemos todos y


que bautizamos el primer año como Hijos del Olimpo. Un poco pretencioso
por nuestra parte, lo reconozco, pero así somos.

Jo:
Donde siempreeeee :)

¿Por qué hoy no hay clase?

Espero unos segundos, pero no obtengo más respuesta. Supongo que ni


ellos mismos lo sabrán, aunque eso no aplaca mi ira. Me guardo el teléfono
en el bolsillo y avanzo como un autómata por los pasillos hasta el comedor
principal. Los diviso sin problema porque el vasto pabellón que acoge a casi
tres mil personas en hora punta se encuentra ahora vacío. Están comiendo
tostadas de pan integral, huevos revueltos y manzanas Golden sin pelar
mientras ríen y bromean como si nada cuando yo solo quiero destrozarme
los nudillos en la cara de alguien.
Ojalá Lev se ofrezca voluntario.
—¿Y May? —ladro a modo de saludo.
—Ni idea, tío, pero tenemos dos horas libres —responde Lev con la boca
llena de tortitas de avena.
—¿Alguien sabe lo que le pasa?
—Seguro que está enferma o algo así —comenta Crystal, que hoy se ha
planchado el pelo y parece un Pomerania recién salido de la peluquería.
—O que no quería verle la cara a Lev. —Derek le guiña el ojo azul.
—¿Qué le pasa a mi cara, capullo?
—Uf, ya estamos otra vez…
Los dos llevan insultándose toda la semana y ya se me están empezando
a inflar los cojones.
—Será que la tuya es más bonita.
—Pues a tu hermana le gusta.
—¿Cómo has dicho?
Crystal les lanza un trozo de brócoli hervido a cada uno, acallando todo
inicio de discusión. Yo me dejo caer al lado de Joanna, que me mira con
esos ojazos verdes de serpiente que podrían hipnotizar a cualquiera.
—¿Todo bien, pececillo? —me susurra en el oído. Sonrío ante el apodo
que me puso con seis años y que solo emplea cuando estamos solos y
necesitamos un abrazo.
—Claro —miento—. ¿Por qué no iba a estarlo?
—No sé, te noto tenso. ¿Hay algún problema en la piscina?
—No, Jo, todo está bien.
Nada está bien.
Jo arruga la nariz y se toca el pelo distraída.
—¿Sabes que puedes contarme lo que quieras, verdad?
—¿Lo que quiera, hasta el color de la mierda que he…?
—No, eso no. —Y añade en un bufido—: Cochino.
—Perdona, no sabía que eras tan delicada.
Mi hermana es el mayor tesoro que me ha dado la vida, nos llevamos un
año de diferencia, pero es como si hubiéramos salido de la mano del vientre
de mi madre. Ella es la luz al final del túnel, la alegría de la casa, el punto
de unión en nuestra caótica familia. Y por eso necesito matar con mis
propias manos al hijo de puta que se llevó parte de su luz.
—Tú también puedes contarme lo que quieras, ¿lo sabes, no? —Asiente,
no muy convencida, así que cambio de tema—. Por cierto, ¿qué tal todo con
Zach? ¿Te está tratando bien? Más le vale que así sea porque si no…
Solo ha sido un instante, pero he notado cómo le cambiaba el color de las
mejillas en cuanto he pronunciado el nombre de su entrenador y no puedo
evitar pensar que ha ocurrido lo peor. Me tenso por completo y Jo se
apresura a acariciarme la espalda con las uñas para tranquilizarme. Es la
primera vez que me toca sin ningún reparo, pero ella no parece haberse
dado cuenta así que yo tampoco se lo recuerdo.
—No tienes nada de qué preocuparte, Zach me trata más que bien. —Una
sonrisa apaciguadora se extiende por sus labios color cereza—. Admito que
me mete caña en la pista pero respeta mis tiempos y siempre tiene una
buena palabra para mí, aunque lo haya hecho de pena. Al principio no creía
que pudiera confiar en él, pero… —Se enrolla un mechón oscuro en el
índice y tira—, creo que gracias a Zach estoy volviendo a enamorarme del
deporte.
—¡Eso es fantástico!
—Sí, sí que lo es.
—No sabes cómo me alegro.
—Ya, y yo —suspira mirando para otro lado.
Noto una vibración en el bolsillo y todos mis órganos internos dan un
vuelco esperando que el nombre de mi sirena aparezca en pantalla, pero
solo es un mensaje de Anthony recordándome que tengo entreno después.
Me cago en mi vida entera.
Dejo el móvil bocarriba sobre la mesa e intento concentrarme en las
conversaciones que se desarrollan a mi alrededor mientras Jo no deja de
trazar círculos en mi espalda por encima de la ropa con las garras. Cuando
percibe mi tic nervioso en la pierna izquierda, me mete la mano por dentro
de la sudadera y araña con más fuerza.
—¿Oye, no os da pena Sadie? —oigo que dice Derek.
—¿Pena de qué? —Lev enarca una ceja.
—Pues que siempre está sola, podríamos decirle que se siente con
nosotros a comer un día.
—Por mí no hay problema —mastica Crystal.
—Ni por mí —la secunda mi hermana.
—¿Estáis seguras de que es buena idea? No tiene que ser agradable
presenciar como apuñalan a alguien en el ojo con un tenedor —argumento.
—Lev nunca haría algo así.
—Ay, Jo, qué inocente eres —canturreo, ganándome un pellizco por su
parte. Me dirijo ahora al otro lado de la mesa—. ¿Tú qué dices, hombre de
cromañón, la invitamos a sentarse con nosotros?
Lev da un trago largo a su zumo de piña antes de hablar.
—Tal vez el día en que se congele el Infierno.
Derek deja el tenedor en el plato y se ajusta las gafas. Los músculos
dentro de la térmica negra de Under Armour se le hinchan y endurecen.
—En serio, ¿qué problema tienes con ella? La pobre chica no te ha hecho
nada y tú la tratas peor que a la mierda de tu zapato.
—Cierra el pico, Ojo de Halcón —sisea el ruso con una calma que nos
cristaliza a todos la sangre en las venas—. No hables de lo que no sabes y,
sobre todo, no te metas en mis asuntos si no quieres recibir el mismo trato
que ella. Además, si tanta pena te inspira, ¿por qué no te vas a hacerle
compañía y a ser frikis juntos?
Silencio sepulcral.
Jo me hunde las uñas en la carne en un aviso silencioso de que no
intervenga y Crystal mantiene sus zafiros fijos en el salmón ahumado con
verduritas. El ambiente se ha vuelto tan denso que cuesta respirar y, como
en una guerra fría, los dos oponentes se observan sin apenas pestañear, a la
espera de que sea el otro el que dé el primer paso y active la bomba que
hará saltar nuestra bonita amistad por los aires.
—Lo haría con gusto, pero no sé si tu pobre corazón podría resistir un
ataque de celos de ese calibre.
Y… BUM.
Justo cuando Lev se levanta del banco para cometer su primer homicidio
premeditado y con alevosía, una manita blanca lo agarra de su monstruoso
bíceps y lo vuelve a sentar.
—Siempre liándola, kotyonok.
—Mierda, Nadia, te he dicho un millón de veces que no me llames así en
público, que no soy tu puto gatito —gruñe el coloso soviético con las orejas
rojas, arrancando risitas por toda la mesa.
—Gatito… —ronronea Derek con maldad—. Te pega.
—El que te voy a pegar voy a ser yo como no te calles.
La muñequita se enzarza en un duelo de miradas asesinas con su
hermano que, sorprendentemente, acaba ganando la primera porque esos
iris cerúleos son difíciles de mirar durante mucho tiempo a riesgo de perder
el alma.
Hoy ha cambiado el ajustado maillot de pedrería por un vestido azul
pastel que se le ajusta a los pechos y a la cintura de avispa y que deja al
descubierto unas piernas largas y fibrosas que Derek no para de mirar.
Lev hace ademán de abalanzarse sobre su hermana pequeña por haberlo
ridiculizado en plena batalla campal cuando el resto de muñecas rusas de la
matrioshka salen de su espalda y la rodean. Deben de ser sus compañeras
de equipo porque todas llevan sus cabecitas perfectamente engominadas y
se aprecian restos de purpurina en los párpados.
—No te cortes por mis amigas, kotyonok. Tengo entendido que te gusta
que te miren mientras sometes a una mujer indefensa.
—De indefensa tienes poco, lisichka.
—¿Lisichka? —murmura Jo—. Ese adjetivo es nuevo.
—Significa pequeña zorra en ruso.
Todas las miradas recaen en la persona que ha hablado. En la boquita de
Nadia se forma una pequeña sonrisa.
—¿Desde cuándo sabes ruso, Ojo de Halcón?
—Pocas cosas hay en este mundo que no sepa —dice aburrido.
Lev lo mira con desdén.
—A mantener la lengua en su sitio, por ejemplo.
—¿Te refieres dentro del coño de…? —Le tapo la boca con la mano
antes de que se forme aquí la Tercera Guerra Mundial.
—¿De quién?
—De Nadia, quiero decir… de nadie —me corrijo al momento.
Con las mejillas incandescentes y los ojos llenos de diversión, Nadia
les hace un gesto de cejas a sus acólitas para que empiecen a repartir sobres
de colores por toda la mesa.
—¿Y esto? —Crys le da vueltas en la mano al envoltorio verde.
—Celebro mi dieciocho cumpleaños esta noche y me gustaría invitaros a
todos a una fiesta de disfraces. —Una chica de tez morena y ojos terrosos
me pone entre las manos un sobre rojo—. Dentro encontraréis las normas y
el código de vestimenta, pero os adelanto que el requisito principal es llevar
el rostro oculto. Así será mucho más divertido. —Esto último lo dice con la
mirada clavada en la del arquero.
—¡Ay, qué guay! Me apunto —exclama ilusionada la pertiguista.
—¡Y yo! —exclama mi hermana.
—Ni de puta coña.
Lev nos arranca las invitaciones de la mano y cuando llega a Derek, este
esquiva sus garras con maestría y se guarda la invitación en el bolsillo
trasero de los vaqueros negros.
—Dame eso.
—¿O qué? —lo reta.
—O te cortaré los testículos y te obligaré a comértelos.
—Si lo sé no te invito, kotyonok —resopla Nadia con fastidio.
—Que sepas que voy a llamar a mamá ahora mismo y le voy a contar tus
planes de borracha. Ya verás qué poco tarda en plantarse aquí con el jet.
Nadia dibuja una sonrisilla diabólica que me pone la piel de gallina. Esta
niña no tiene un pelo de tonta, ni de buena tampoco.
—Hermanito, ella es la que pone el vodka.
Dicho lo cual, me sacude la melena rubia en la cara y se da la vuelta con
sus amigas rodeándola y moviendo las caderas en una sincronización
perfecta como en una coreografía de K-Pop. Por el rabillo del ojo veo cómo
Lev aprieta la mandíbula cuando la misma morena que me ha dado la
invitación le tiende un sobre púrpura a Sadie cuando pasa por su lado.
Después se gira y nos señala acusador con el dedo.
—Como vea alguna de vuestras horrendas caras en esa fiesta os haré una
de mis llaves maestras y cuando despertéis estaréis en un camión frigorífico
de camino a Rusia donde os pondrán a picar hielo de por vida.
—Siento comunicarte que no vas a reconocer a nadie porque en eso
consiste precisamente una fiesta de disfraces —apunta Crys.
—Entonces iré levantando máscaras hasta que dé con vosotros.
—Venga, tío, no seas así. Imagina todos esos modelitos cortos de
enfermera sexy que llevarán algunas.
—O de monjas —me echa una mano la rubia.
Ese argumento parece satisfacer a nuestro amigo, que gruñe algo en ruso
y se vuelve a sentar. Derek, por su parte, recoge su bandeja y se pone en
pie.
—¿Dónde vas tú ahora?
—A practicar la puntería para esta noche —replica con una sonrisilla.
Lev parpadea confuso.
—¿Qué demonios significa eso?
—Digamos que hay cierta presa que quiere probar mis flechas.
Jo se tapa la boca con la mano para ocultar la sonrisa traviesa que nos ha
aflorado a todos mientras Lev trata de descifrar el mensaje subliminal. En lo
que a mí se refiere, vuelvo a consultar el móvil por septuagésima quinta vez
en el día por si a May le ha dado por dejar de ignorarme. Se ve que no.
—¿Estás intentando hacerlo gravitar o qué, Xander? —canturrea el ruso.
Como ni Derek ni Sadie están cerca para tocarles las narices me ha tocado a
mí—. No paras de mirar el móvil fijamente desde que has llegado.
—A ti sí que te voy a poner a gravitar, pero de un guantazo.
—¡Cómo estamos hoy con las amenazas!
Crystal emite un chillido de exasperación.
—Dios, no os aguanto más. Me voy a entrenar, ¿vienes, Jo?
—Sí, vamos.
—Yo también me voy —anuncio.
Como no me hable en todo el puto día me planto esta noche en su cuarto,
me digo de camino a la piscina.
Cuando pongo un pie en el complejo acuático, Anthony Weismuller ya
me está esperando con las gafas de sol puestas pese a que estamos en un
sitio cerrado y el silbato entre los labios.
—¿Y esa cara de acelga? —me saluda.
—Hola a ti también —gruño de vuelta.
Me acuclillo en el bordillo y con las manos en forma de cuenco me
salpico agua por el pecho y hombros para entrar en calor.
—Se acercan las eliminatorias, Xander.
—Dime algo que no sepa.
—Muy bien, entonces te diré que si continúas con esa actitud que llevo
viendo toda la semana no vas a clasificarte.
Lo miro desde abajo con una frialdad que horrorizaría hasta a mi propia
madre. ¿Por qué cojones me suelta eso ahora? He estado un poco espeso
esta semana por el tema de May, sí, pero tampoco es que se me haya
olvidado cómo se nada de repente. Las eliminatorias no son más que
barridos de principiantes y nadadores con lesiones. Y yo no soy nada de
eso.
—Estoy bien, Anthony. —La voz me sale tensa y acerada—. Pero lo que
no pienso hacer es matarme a entrenar semanas antes para acabar lesionado
por unas pruebas de tres al cuarto.
—¿Eso es lo que son para ti?
Suelto el aire por la nariz con indignación.
—Las pasaré, joder, pero déjame respirar un poco. Tengo muchas cosas
en la cabeza y tú susurrándome al oído que soy un vago y un inútil no me
va a ayudar a gestionarlas mejor.
—Xander. —Cuando pronuncia mi nombre con ese acento duro y alemán
me dan ganas de fusionarme con los azulejos del fondo—. Quiero que sepas
que no solo soy el cabrón que te hace sudar en el agua, también estoy aquí
para escucharte y ayudarte en todo lo que pueda, por mucho que pienses
que los alemanes estamos hechos de hierro fundido y no sentimos ni
padecemos.
—¿Lo hacéis?
Anthony sonríe un poco y se sienta a mi lado en el bordillo.
—Una cosa que yo aprendí muy tarde… —empieza, metiendo las piernas
en el agua hasta las rodillas—, es que el deporte no lo es todo en la vida.
¿Es nuestra pasión? Sí. ¿Nuestro trabajo? También. Pero no dura para
siempre. La trayectoria profesional de un deportista es tan bonita como
corta, por eso es primordial que cultivemos otras áreas de nuestra vida a las
que nos podamos dedicar plenamente cuando esto se acabe, porque se
acabará.
—¿Qué me quieres decir con esto, Sócrates?
—Quiero decir que arregles lo que sea que te pasa con esa chica.
Me quedo tan quieto como las estatuas de cera del Madame Tussauds.
—¿Cómo has dicho?
—Sé que todo esto es por culpa de una mujer —ríe al ver mi cara—, hace
falta ser ciego para no darse cuenta.
—Yo…
— No sé quién es ni me importa —me corta, ahora serio—, pero supongo
que a estas alturas ya te habrás dado cuenta de que ella es tu fortaleza y tu
debilidad, así que, o la agarras con fuerza o la dejas ir. No hay más.
Los ojos color miel de May se deslizan por las grietas de mi coraza
gélida y pestañean risueños. Joder, cómo la echo de menos.
—¿Y si ella no se quiere dejar agarrar?
—Ah, entonces es una mujer de armas tomar como la mía.
—Efectivamente.
Conocía el carácter de Madeleine Kraft de buena mano, cinco minutos
fueron suficientes para que esa mujer rubia y regordeta de metro cincuenta
me hiciera sentir indigno de respirar cerca suya.
—Esas son las mejores, aunque también las más duras de roer. Mírame a
mí, que tardé dos años en conseguir que me hablara.
—¿Por qué será que no me extraña?
—Odiaba todo lo que tenía que ver con el deporte y no quería que tuviera
otras prioridades aparte de ella —me explica.
—¿Y qué hiciste?
—Tomé una decisión.
—¿Dejaste la natación? —inquiero incrédulo.
—No. Fui a por todo y lo conseguí. —Y añade con una sonrisa tan
grande como el sol—: Ese mismo año me proclamé medallista olímpico en
estilo libre y me casé con la mujer de mis sueños que, sin saberlo, ya
llevaba en su vientre a nuestro pequeño Oliver.
—Los hay con suerte, supongo.
—Fortuna audaces iuvat.
—¿Ahora también sabes latín?
Se encoge de hombros.
—Lo único que sé es que la suerte premia a los valientes que se atreven a
tentarla, no a los cobardes que se quedan a esperar a el milagro.
—¡Yo no soy un cobarde! —Ya era la segunda persona que me llamaba
así en cuestión de días y eso me hacía plantearme si no tendrían razón al fin
y al cabo—. Soy precavido, que es muy distinto. Solo me gusta jugar si sé
que tengo las de ganar.
—Mira, Xander, yo también pensaba como tú cuando era joven, pero el
día en que sostuve a mi hijo en brazos comprendí que no hay medalla de
oro que rivalice con la sensación de querer y que te quieran de vuelta. —Mi
corazón profiere un quejido lastimero—. El amor es el premio que más
brilla, hijo, tenlo en cuenta cuando tomes la decisión.
Me pongo en pie y me sacudo el agua y la emoción antes de ponerme las
gafas y lanzarme a la piscina.
—Lo haré.
CAPÍTULO 14
May

Me dan ganas de vomitar cuando me levanto de la cama por primera vez en


el día para abrirle a la persona que no deja de aporrear la puerta con
insistencia. ¿Qué hora es? El servicio nunca viene tan tarde a traerme la
cena y además he dicho que hoy no quería nada.
—Ya va, ya va —digo con la voz rasposa de llevar tantos días sin usarla.
Las anginas casi no me dejan tragar, mucho menos hablar.
Llevo desde el lunes postrada en la cama con fiebre y aunque los dolores
musculares han empezado a remitir todavía me siento muy débil. De nuevo,
el dichoso efecto mariposa había hecho de las suyas y me había castigado
con una amigdalitis aguda por acudir a la piscina arrastrada por unos
sentimientos inexistentes hacia…
—¿Xander? —balbuceo. Nunca me he sentido tan pequeña ante su
inmensa figura—. ¿Qué haces aquí? No puedes estar aquí.
—Tenía que verte. —La voz le sale más fría que su mirada, si es que eso
es posible.
Por algún motivo del que me arrepentiré terriblemente luego, lo agarro de
la pechera y lo meto para dentro antes de que alguien lo vea plantado frente
a mi puerta de madrugada.
El movimiento me produce náuseas y la fiebre aprieta. Me apoyo contra
la puerta cuando la cierro a mis espaldas.
—¿Por qué me has estado ignorando?
—A la vista está que estoy enferma —digo entre toses.
—¿Y esa enfermedad de la que hablas ha hecho que se te caigan los
dedos de las manos para no contestarme o algo así?
Pequeñas gotitas de agua le caen de las puntas de los mechones chocolate
y le empapan el cuello y los hombros. Ha estado nadando, como siempre
que necesita desconectar del mundo. La dureza de sus facciones, junto con
la mirada acerada que me dedica, me indica que está muy enfadado.
Trago saliva.
Deja caer la mochila de entreno en el suelo con un golpe seco y cuando
localiza mi móvil tirado en la cama se lanza a por él como una pantera
hambrienta. No me molesto en impedírselo porque no tengo fuerzas ni
como para tenerme en pie, así que presencio con un nudo en la garganta
cómo toda la musculatura de la espalda se le va tensando a medida que
desliza el pulgar por la lista de mis contactos. Cuando llega a la X, no hay
nada.
—No solo me bloqueaste, sino que también eliminaste mi número.
—Porque nunca debí tenerlo en primer lugar.
El silencio que se hace entre nosotros es ensordecedor.
Suelta una especie de gruñido sordo y se pone a trajinar de espaldas con
mi móvil, seguramente espiando mis conversaciones para asegurarse de que
no lo he remplazado por Lev o algo así. Cuando se da por satisfecho tira el
dispositivo sobre las sábanas y me señala la cama con la mandíbula.
—Siéntate.
—Xander, vete, por favor —le imploro—. Me vas a buscar un problema
y de los gordos si alguien te encuentra aquí.
—He dicho que te sientes —repite, impasible.
Sin más remedio que ceder ante ese tono férreo que no admite réplica,
arrastro los pies descalzos hasta la cama y me dejo caer con un suspiro
teatral. Entonces reparo en que estoy casi desnuda, a excepción de una
camiseta ancha y unos pantaloncitos de pijama que apenas me tapan medio
culo. Por no hablar de mi aspecto desaliñado que debe de rivalizar con el de
una rata de cloaca despeluchada. Qué desastre.
—¿Has comido? —gruñe mientras abre la mochila y empieza a sacar
envoltorios de papel albal.
—No tengo hambre.
Desenvuelve uno del que emana un rico aroma a cebolla caramelizada y
queso de cabra. Una hamburguesa. Me la tiende.
—Come.
—He dicho que no tengo hambre y encima soy…
—Vegetariana —me corta—. Lo sé. Es de lentejas.
Me lo quedo mirando sin pestañear.
—¿Lo sabes? ¿Cómo?
—Te observé durante las primeras semanas —dice encogiendo sus
anchos hombros en la sudadera beige con capucha. Me la vuelve a ofrecer y
esta vez no la rechazo—. Come.
Se me saltan las lágrimas con el primer bocado de lo exquisita que está,
aunque el dolor agudo en la garganta al tragar también tiene mucho que ver.
La comida de este lugar es lo mejor que he probado nunca, después del
estofado de carne de caza de mi madre, claro. Eso es insuperable.
Un minuto después, la hamburguesa descansa en mi estómago a la espera
de que los jugos gástricos hagan su trabajo.
—Gracias —musito verdaderamente agradecida.
—¿Ya no quieres nada más?
—¿Hay sushi?
Se me queda mirando con la cabeza ladeada como los perros y un asomo
de sonrisa le titubea en los labios.
—Eso no es muy vegetariano por tu parte.
—A veces me gusta pecar un poco… —le confieso con las mejillas
incandescentes.
—Anda, como conmigo.
El tono de mi piel y de mi pelo se diferencian entre poco y nada en estos
momentos. Sin previo aviso, su cuerpo se echa sobre el mío en la cama y
me pasa una mano por las corvas y otra por las axilas para alzarme sin
esfuerzo como a un recién nacido.
—¡Para! —me quejo sin voz—. ¿Qué haces?
—Siento decirte que necesitas un baño urgente, sirenita.
—¿Tan mal huelo?
—Terrible.
Ahogo un gemido lastimero y Xander por fin se relaja lo suficiente como
para dejar aflorar esa sonrisa torcida que tanto me gusta. No tiene hoyuelos
como la de Caleb, y menos mal, porque si ya me resulta difícil apartar la
mirada de este hombre, si contara con esas hendiduras adorables en las
comisuras sería mi perdición. Cuando me deja sentada en la tapa del váter y
se da la vuelta para preparar el baño estoy tentada de huir.
¿A dónde? Ni idea, pero necesito escapar de esta situación.
Sin embargo, sus movimientos de lince son hipnóticos y de que me
quiero dar cuenta la bañera ya rebosa de un agua perfumada e hirviente.
Entonces Xander me mira por encima del hombro y sé que ha llegado mi
turno de mover ficha, pero estoy clavada en el sitio.
Estoy petrificada.
—Desnúdate. —Esta vez la orden viene acompañada de un ronroneo que
me hormiguea en la cabeza—. O lo haré yo, lo que prefieras.
—Date la vuelta.
Enarca una ceja negra y gruesa.
—¿Ahora te da vergüenza que te vea desnuda?
—Un poco…
Avanza con pasos firmes y letales hacia mí y se cuela entre mis piernas
abiertas, dejándome una panorámica perfecta de lo que está ocurriendo
dentro del pantalón de chándal. Madre. Mía.
—Te recuerdo que ya he estado dentro de ti, May.
—Eso no cambia nada.
—Al contrario, eso lo cambia todo, porque desde el momento en que te
corriste sobre mi polla pasaste a ser de mi propiedad. Solo mía. M-Í-A. —
El vértice entre mis piernas recibe esa declaración con tanto entusiasmo que
me remuevo sobre la porcelana del retrete. Xander lo nota y aprovecha para
inclinarse más sobre mí—. No hay momento del día en que mi cuerpo no
eche de menos al tuyo, así que no se te ocurra privarme de él o entonces
tendremos un problema serio.
Engancha sus dedos en el bajo de mi camiseta y me la sube despacio por
el abdomen y los pechos para, a continuación, pasármela por la cabeza y
lanzarla a un rincón. El cambio de temperatura me eriza los pezones
desnudos y el deseo febril que distingo en los iris de Xander hace que me
los intente cubrir, pero me lo impide.
—¿Qué es lo que te acabo de decir? —pronuncia en un gañido—. No te
escondas de mí. Nunca. Y ahora ponte de pie.
Cuando lo hago, la punta de mi nariz le roza el esternón. La diferencia de
altura es bastante notable y eso que yo tampoco soy un minion que
digamos. Sus ojos recaen en mi cintura y me adelanto a sus órdenes
deshaciéndome la lazada del pantalón. Procuro que los dedos no me
tiemblen cuando me deslizo la tela de seda por los muslos junto con el fino
hilo del tanga. La nuez le sube y le baja cuando traga con dificultad y eso
me anima a seguir.
No me explico la excitación que provoco en él, pero la adoro.
Nunca unos ojos me han mirado con la misma necesidad que los suyos,
fascinados, ávidos de cada trozo de mi piel.
Camino sola hasta el borde de la bañera y tomo la mano que me ofrece
para sumergirme. Está tan caliente como el agua perfumada que me va
envolviendo poco a poco las curvas y un quejido de satisfacción se escapa
de mi garganta cuando me siento.
—¿Está a tu gusto?
—Está perfecta —exhalo con los ojos cerrados. No me puedo creer que
se me haya olvidado bañarme en una semana—. Gracias.
—No me las des.
Cuando me llega el frufrú de la tela contra la piel y el posterior roce
contra las baldosas al caer, abro los ojos y reprimo un chillido ante lo que
me encuentro. No es que sea la primera vez que lo veo sin camiseta, pero en
la piscina es lo normal; sin embargo aquí… Me deslizo por el fondo de
mármol blanco hasta que solo se me ven los ojos, como los cocodrilos de
los documentales cuando acechan a los ñus que se hidratan en un río de
aguas marrones, totalmente ajenos al peligro.
—Tranquila, no me voy a meter —me aclara—. Solo es para no mojarme
mientras te enjabono ese coñito dulce que te empeñas en negarme.
Jesús, María y José.
—No hace falta que me laves, puedo sola.
—Ya lo sé, pero quiero tener una excusa para tocarte.
Agarra mi gel de vainilla y canela y echa un buen chorro de oro líquido
sobre la esponja morada. Acto seguido, se arrodilla a mi lado y los nudillos
se le ponen blancos de la fuerza con la que se aferra al borde marmoleo. No
hace ademán de meter el brazo en el agua y entiendo que está esperando a
que le dé permiso, así que saco una pierna y se la ofrezco.
Empieza a frotar.
Me lava en silencio, con una concentración y minuciosidad digna de
artificiero, mientras yo no aparto la vista de su expresión para no perderme
ninguno de los mohines serios que se le escapan cada vez que se acerca
demasiado a una zona roja. Por mucho que haya fardado antes de hombría,
cuando entierra la esponja entre mis muslos me sorprende que sean sus
músculos los que están tensos a más no poder.
Va de dóberman, pero en realidad es un Yorkshire rabioso.
—¿Por qué sonríes?
—Por nada —musito sonrojada.
Intento no gemir cuando el roce áspero del material me sobre estimula la
vulva y Xander levanta la cabeza para penetrarme con la mirada. Nos
miramos durante un segundo que se me antoja eterno hasta que finalmente
aleja la esponja y profiere un gruñido que me sabe a gloria en las entrañas.
—No vamos a hacer esto ahora.
—¿Por qué no? —Casi me falta echarme a llorar.
—No quiero que digas que me aproveché de tu enfermedad.
Y sin más, saca el brazo del agua y se yergue cuan alto es.
Se da la vuelta para buscar una toalla con la que envolverme y algo en mi
interior se resquebraja con un sonoro crac que no sé cómo el propio Xander
no oye cuando le veo la espalda llena de arañazos. Será cabrón… ¿Cómo
tiene la desfachatez de plantarse en mi habitación y cuidar de mí después de
haber estado con otra? ¿Habrá sido Crystal? Cierro los ojos e intento que no
me afecte, pero la verdad es que sí lo hace. Más de lo que quisiera. Y eso
me jode el doble, porque se supone que no debería sentir nada por él.
—Sal.
Estoy tan enfadada que esta vez no siento ninguna vergüenza cuando me
levanto y me quedo como Dios me trajo al mundo en sus narices. Le
arranco la toalla de las manos y me seco con ella para volver a lanzársela a
la cara y caminar desnuda hasta mi cama. Noto cómo Xander me come con
los ojos desde el baño y sonrío para mis adentros.
Mira lo que has perdido, imbécil.
—Buenas noches —escupo con una calma fría que no siento.
Me deslizo entre las sábanas y apago la luz, esperando que ese gesto sea
suficiente para invitarlo a marcharse, pero en cuanto el final del colchón se
hunde y el peso de cien mil elefantes cae sobre mis lumbares me doy cuenta
de que lo he invitado a otra cosa.
—Sabía que valdría la pena perderme la fiesta de cumpleaños de la
muñequita por venir aquí —me ronronea en el oído.
—¡Xander, te exijo que…! —Sus dedos trazando círculos sobre mi
espalda contracturada acallan todo reproche—. Ah, joder.
—¿Qué es lo que me exiges, sirenita?
—Que sigas —jadeo contra la almohada.
Su calor se fusiona con el mío y por un momento pienso que no es sangre
lo que me corre por las venas, sino puro fuego.
La fina lámina de tela que me cubre de cintura para abajo se me antoja de
repente una manta de terciopelo asfixiante. Joder, ni en el Infierno tendría
tanto calor. Quiero pensar que las ganas que tengo de restregarme contra él
se deben a la fiebre, que me hace delirar, así que me obligo a estarme
quietecita y a morderme el labio para no gemir.
—Relájate, estás muy tensa.
—¿Y cómo quieres que esté contigo encima? —bufo.
—Si lo prefieres puedo ponerme debajo. —Sus pulgares me deshacen un
nudo de nervios a la altura de la cuarta costilla y poco me falta para no tener
un orgasmo—. O de lado…
—¡Basta!
—¿Cuál es tu postura favorita? —insiste el muy canalla.
Como no respondo, choca sus caderas con las mías y la punta de su
miembro erecto me golpea la vagina, consiguiendo que suelte un jadeo
entrecortado. Lo necesito. Aquí y ahora.
—Responde o tendré que follarte en todas las posturas hasta que
compruebe con cuál te corres más rápido.
Dios mío, una amenaza nunca había sonado tan bien.
—Así… —musito al fin. Aunque no puede verme la cara sabe que estoy
más roja que un pimiento—. Tal y como estamos ahora y como lo hicimos
en el granero, yo tumbada boca abajo y tú encima.
—Ajá.
—¿Y la tuya?
—Me sirve cualquiera en la que pueda ver cómo pones los ojos en blanco
mientras te destrozo con mi polla —responde con toda la naturalidad del
mundo mientras a mí me va a dar un infarto.
—Si algún día dejas la natación, que sepas que tienes futuro como
fisioterapeuta —cambio rápido de tema.
—Me lo dicen bastante, sí.
—¿Sueles dar muchos masajes a chicas desnudas?
A Crystal seguro que le dio unos cuantos, me pincha mi conciencia.
—¿Celosa, sirenita?
—Para nada.
—Te reto a que lo digas sin gruñir.
—No. Estoy. Celosa —marco cada palabra, airada—. ¿Contento?
—Mmm, eso ha sonado peor todavía.
—Uf, qué te den.
La cadencia ronca de su risa me cala hasta los huesos.
—He dado masajes a otras chicas, sí —empieza, moviendo los pulgares
por mis deltoides—, pero ahora te lo estoy dando a ti, así que disfrútalo.
—¿Y qué es lo que me garantiza que mañana no estarás metido en la
cama de Crystal haciendo justo lo mismo?
Me arrepiento en cuanto la última palabra sale de mi boca.
—Muy simple, porque en la única cama en la que tengo pensado
meterme todas las noches a partir de ahora es la tuya. ¿Y qué pinta Crys en
todo esto?
Como la vuelva a llamar así le corto la lengua…
—Derek me contó que tú y ella tuvisteis algo hace tiempo.
—¿Y?
—O sea que es cierto.
La bilis se me sube a la garganta.
—Follamos un par de veces durante el primer año y poco más. Para mí
nunca supuso nada más allá de lo que fue: puro entretenimiento.
—¿Eso es lo que soy para ti?
Xander deja las manos quietas durante un momento y casi puedo oír los
engranajes de su cabeza funcionando a toda máquina para elaborar una
excusa de mierda. A continuación, su pecho de granito cae contra mi
espalda y rodamos juntos hasta que quedo sobre él. Me da la vuelta como a
un bistec para quedar frente a frente y mis pezo-nes se le clavan en el
abdomen.
—¿De verdad quieres saber lo que eres para mí, sirenita?
—No —miento—, me da absolutamente igual.
—Eres la chica más jodidamente espectacular que he conocido en toda
mi vida y el hecho de que me rechaces sin parar solo te hace más atractiva.
—He dicho que no quería saberlo —gruño acalorada.
—También eres muy divertida e inteligente.
—¡Para!
—Me encanta cómo tratas a los demás y cómo intentas que todo el
mundo se sienta a gusto a tu lado. Eres tan pura que me va a dar mucha
pena cuando te mancille, pero lo haré igualmente porque así soy, rompo
todo lo que toco.
El corazón me late tan rápido que creo que se me va a escapar del pecho
en cualquier momento. ¿Por qué me dice esas cosas si no las piensa?
—¿De quién son los arañazos de la espalda? —cambio de tema antes de
que cometa la imprudencia de lanzarme a sus labios.
—¿Eh?
—El discurso ha estado muy bien, pero me pregunto si no le habrás dicho
lo mismo a la que te ha marcado así la espalda.
—¿Ahora estás celosa de mi hermana?
Parpadeo hasta tres veces, confusa a más no poder.
—Espera, ¿Jo te ha hecho eso? —No entiendo nada—. ¿Por qué?
—Es lo único que me relaja cuando estoy nervioso y esta semana he
estado taquicárdico.
—Por mi culpa —asumo con la voz rota.
—No por tu culpa, sino por ti. —Su aliento me hace cosquillas en los
labios y trepo un poco sobre su pecho para estar más cerca de su boca—.
Me dejaste muy preocupado y quería saber cómo estabas, pero me
ignorabas todo el tiempo y yo ya no sabía qué hacer. Cuando esta mañana
me he encontrado la puerta del aula cerrada me he temido lo peor.
—Creías que había dejado el trabajo.
—Sí.
El dolor que me crece en el lado izquierdo del pecho soterra el escozor de
la garganta y los pinchazos en las sienes. ¿Cómo he podido jugar así con
sus sentimientos sabiendo lo mal que se pasa cuando una persona te
abandona de la noche a la mañana?
—Lo siento mucho.
Ha debido de notar mis lágrimas bañándole el pecho porque me palpa la
cara y me limpia los surcos líquidos con el pulgar. Acto seguido me pasa los
brazos por la cintura y me abraza con un cariño que me derrite mientras yo
no puedo dejar de decirme a mí misma que soy una mierda de persona.
—¿Por qué te desmayaste en el agua? —dice con suavidad.
Cientos de explicaciones a cuál más absurda y enrevesada se me
arremolinan en la lengua, pero acabo soltando:
—Mi madre tiene cáncer.
—Mierda.
—Sí, mierda. —Sus brazos me aprietan con más fuerza y percibo el
cambio de ritmo en su corazón—. Me enteré el fin de semana pasado
cuando fui a verla y fue… Horrible.
—Lo siento muchísimo, May —murmura en mi hombro—. ¿Es grave?
Quiero decir, todos los cánceres lo son, pero este en concreto…
Asiento para ahorrarle el mal trago.
—El cáncer de ovarios es de los más agresivos que hay pero mi madre
parece estar tranquila al respecto, lo que más le preocupa ahora son las
facturas que se acumulan y que no sabe cómo pagar. Encima la muy
cabezota no quiere pedirle prestado dinero a mi padre y nuestra única fuente
de ingresos en estos momentos es mi trabajo; ya sabes, ese trabajo que
puedo perder si alguien se entera de esto.
—Si eso llegara a pasar mi familia os ayudaría económicamente.
—No quiero tu dinero, Xander —atajo derramando nuevas lágrimas. Que
se ofrezca a pagar el tratamiento de mi madre creo que es lo más bonito que
nunca hará nadie por mí—. No sabes lo mucho que valoro y agradezco tu
intención, pero ni mi madre ni yo podemos aceptar tu dinero. Lo siento.
—¿Por qué no?
—Simplemente no podemos.
—Bobadas —protesta airado.
—Xander. —Ahora soy yo la que le palpa la cara y le dibuja la forma de
los labios con las yemas—. El lunes fui a la piscina para despedirme de ti
porque se suponía que era la última vez que nos veríamos fuera de clase. No
puedo poner en riesgo mi futuro y el de mi madre por una relación que está
avocada al fracaso.
—¡Eso lo dirás tú!
De un movimiento me vuelca sobre el colchón y vuelve a estar sobre mí,
con sus caderas encajadas con las mías.
—¿Joder, Xander, de verdad no vas a dejarme en paz después de lo que te
acabo de contar? Creía que lo entenderías.
—May.
—Creía que harías lo correcto y te alejarías de mí por un bien mayor,
pero al parecer solo te importa tu placer.
—May —repite calmado.
—¡¿QUÉ?!
—No pienso alejarme de ti ahora que necesitas más que nunca un
hombro sobre el que llorar.
Me quedo muda. Y blanca.
Y mi corazón amenaza con dejarme tirada en cualquier momento.
—Te dije que no hicieras eso…
—¿El qué?
—Enamorarme.
Uno mis labios a los suyos en la oscuridad en un beso voraz y salvaje que
me devuelve con la misma intensidad. En mi piel se desata un incendio
forestal cuando desliza su lengua bajo la mía y me la acaricia con pericia.
Uno de los dos emite un gemido gutural que se pierde en la boca del otro y
mordisqueo su labio inferior mientras sus manos no dejan de recorrerme
entera, aferrándose a mis nalgas y abriéndome las piernas para embestirme
despacio con los pantalones puestos. Necesito bajárselos con los dientes y
sentir el calor de su piel cauterizando la mía. Lo necesito dentro de mí. Ya.
De repente, justo cuando yo también empezaba a explorar en un camino
descendente, me agarra las dos muñecas con una mano grande y me las
pega al pecho. Respira en intervalos de frecuencia cortos, como yo, pero se
las apaña para ponernos a ambos de lado y acurrucarme en el perfecto
hueco que forman sus abdominales sin soltar mis manos en ningún
momento.
—En esta postura me duele un poco —comento.
—¿Para dormir también?
—¿Dormir?
Lo miro por encima del hombro.
—Antes te he dicho que no me aprovecho de enfermas y no voy a
empezar ahora. —Me pasa un brazo por debajo de la cabeza mientras el
otro se enrosca en mi cintura y me cubre un pecho con la mano. El tacto
calloso en esa zona hipersensible me hace jadear—. Además, necesitas un
escarmiento por haberme ignorado toda la semana.
—Era por una buena razón.
—Me da igual.
—Xander, por favor…
—A callar y a dormir, que es tarde.
La excitación da paso a un cabreo monumental.
—Deja de darme órdenes —siseo como un basilisco.
—Y tú aprende a obedecerlas si quieres que te folle.
Me pega la espalda a su pecho y entierra la nariz en mi cuello. Por mucho
que me refroto contra su dureza, Xander no reacciona y al cabo de unos
minutos me rindo con un gruñido de frustración.
—Xander Atwood, ya van dos veces que me dejas con las ganas y te juro
por lo que más quieras que no habrá una tercera.
A lo que el susodicho responde con una risita nasal y un beso en la
coronilla que me sabe a tocino de cielo.
CAPÍTULO 15
May

Necesito otra semana de cama y baños calientes para combatir la


amigdalitis y la posterior otitis que me produce. Nunca había
experimentado acúfenos y no se lo deseo ni a mi peor enemigo, por no
hablar del líquido purulento que me manaba del pabellón auditivo cada vez
que estornudaba.
En este tiempo Xander no ha vuelto a llamar a mi puerta, aunque no lo ha
necesitado para estar presente. Todos los días me despierto con un tierno
mensaje suyo de Buenos días, sirenita (sí, volvió a agregar su número y esta
vez no lo he borrado), y por las noches se dedica a mandarme repartidores
de comida a domicilio para hacer las delicias de mi estómago. Ya he
probado el mejor ramen del país, la pizza margarita más reputada de todo
Nápoles, los chocolates más gourmet de Francia… Incluso me hizo llegar
un barquito lleno de nigiris, makis, uramakis y oshis del que no quedó por
qué preguntar.
Así que cuando llaman a la puerta esta noche no sé qué delicatesen me
voy a encontrar esta vez. Salgo de la cama de un brinco y le abro la puerta a
un repartidor de rasgos claramente indios que me tiende una gran bolsa de
papel de la que brota un aroma tan intenso a especias que casi me marea.
Aun así, la recojo con una sonrisa y regreso a la cama.
¿Tú sabes lo que engorda el curry por la noche?

Dejo el móvil apartado sobre la colcha y me dispongo a engullir el arroz


blanco con verduritas cuando vibra con un nuevo mensaje entrante.

Xander <3:
¿Pero y qué me dices de lo bueno que está?
Casi tanto como yo.

Empiezo a pensar que quieres cebarme para que ningún hombre


me mire nunca más.

Xander <3:
¿Por qué querrías la atención de otros teniendo la mía?

Me tengo que reír.


Es que me tengo que reír de las ocurrencias de este hombre porque no sé
cómo se las apaña para subirme la autoestima en un momento. Con la tripita
llena y el corazón caliente, me doy mi baño de sales de rigor y cuando
vuelvo a la cama me tumbo mirando el techo.
Ojalá Xander llamara a mi puerta, pienso sin querer.
Tan solo necesitaba pedírselo y en menos que canta un gallo lo tendría
entre mis brazos o, mejor dicho, entre mis piernas. ¡No, no, no! No podía
pensar así. Si quería desintoxicarme de esos ojos grises que prendían la
yesca en mi interior cada vez que lo que veía tenía que ser fuerte y resistir.
Ay, pero la tentación nunca ha sabido tan bien.
Mi cuerpo se calienta solo ante el recuerdo de su lengua acariciando la
mía y de la avidez con la que recorría mis curvas, como si se las quisiera
aprender de memoria. Me muerdo el labio y deslizo una mano entre la carne
y la seda del pantalón. Justo cuando estoy tanteando el punto exacto para
presionar, el móvil se ilumina.

Xander <3:
¿Qué haces?

A ver cómo le explico que pensando en él...

Nada, aquí aburrida. ¿Por?

Cuando aparecen los puntitos de Escribiendo, cruzo los dedos para que
su respuesta sea algo así como: Estoy de camino o No te preocupes, ya voy
yo a entretenerte. Desgraciadamente, no dice nada de eso.

Xander <3:
¿Por qué no ves una película?

Porque no hay nada que me guste y no estoy suscrita a ninguna


plataforma.
Mi madre y yo teníamos una cuenta compartida en Netflix, pero cuando
nos enteramos de que teníamos que ahorrar hasta el último centavo del café
la cancelamos. En fin, qué dura es la vida de los pobres. Suspiro y retomo el
contacto con el nudo de nervios hinchado y tirante entre mis piernas. Ya
noto cómo el orgasmo me sobreviene en esto que una avalancha de pitidos
y vibraciones me corta todo el rollo y tengo que parar.
Me lanzo sobre la pantalla con un gruñido animal y al principio no
comprendo nada hasta que caigo en lo que son todas esas letras y números.
—No te creo…
Xander se acaba de dejar una pasta gansa en suscripciones premium con
el único objetivo de que cuando introduzca la contraseña, mis dedos tecleen
lo siguiente: May&Xander05.

Xander <3:
Si necesitas alguna más me dices :)

¿Más? Joder, Xander, te has pasado. En fin, ya te devolveré el


dinero cuando pueda, séase cuando reciba mi herencia :/

Xander <3:
No quiero que me devuelvas nada, tonta. Tú solo disfruta, que te lo
has ganado.

Intento obviar la sensación, pero un calorcito de lo más satisfactorio y


embriagador se extiende por mi pecho.

¿Por qué 05 y no otro número?

Xander <3:
Porque es nuestro día.

Mmm, querrás decir el día en que tuve una crisis existencial y


acabamos haciéndolo en el granero de tus abuelos.

Xander <3:
Lo mismo da que da lo mismo.
Solo las parejas tienen un día especial.

Xander <3:
Claro, y por eso nosotros tenemos uno, porque eres mi novia desde
el día en que te reventé :D

A pesar de lo obsceno, tal declaración hace que las mariposas de mi


estómago revoloteen borrachas de felicidad cuando deberían estar dormidas
dentro de sus capullos de seda.
Salgo del chat antes de cometer una imprudencia, como la aceptar ser su
novia, y descargo todas las plataformas de la lista. Cuando las tengo todas,
busco la peli de mi infancia y la que veo siempre que tengo un virus
estomacal, esa en la que durante un viaje en coche por todo Japón con sus
padres una niña encuentra un lugar que cobra vida por la noche y que te
convierte en cerdo si pruebas algo de su gastronomía.

Xander <3:
¿Oye, qué vas a ver al final?

Una peli de animación, no creo que te interese.

Xander <3:
Eso lo decido yo. Dime cómo se llama.

¿Te suena El Viaje de Chihiro?

Pero no obtengo más respuesta de su parte, así que le doy al Play y dejo
que la dulce y aflautada melodía del Studio Ghibli me adormezca los
sentidos. Cuando llego a la parte en la que Chihiro tiene que atravesar el
puente sin respirar para que el resto de animalejos raros que viven allí no
detecten su olor como humana, tomo aire y compruebo si mis clases con
Xander me servirían para superar la prueba. Ya está llegando al final sin
respirar, y yo con ella, cuando un nuevo mensaje me hace expulsar todo el
aire de golpe.
—¡Joder, estaba a punto de conseguirlo!

Número desconocido:
¿Me has echado de menos?

Paro la película y leo el mensaje varias veces, confusa a más no poder.


¿Se habrá quedado Xander sin batería en su móvil y habrá cogido el de sus
amigos para hablar conmigo? Si es así lo voy a matar.

Pero si hemos hablado hace un rato…

Número desconocido:
¿Te lo estás pasando bien gracias a mí?

¿Me quieres dejar ver la peli tranquila?

Número desconocido:
Nunca te dejaré tranquila.

Y yo nunca voy a estar contigo, chúpate esa.

Con una sonrisa triunfal, dejo el móvil sobre la mesita y cierro los ojos
con intención de dormirme. Ya me terminaré la película mañana, si total,
me la sé de memoria. En esto que el dispositivo vuelve a pitar.

Xander <3:
Qué bonita, llevaba sin llorar desde los doce años… Espero que
Haku cumpla su promesa y sean felices y coman cerdo agridulce
para siempre.

Me extraña que te la hayas visto entera si te has tirado un buen


rato molestándome.

Xander <3:
¿De qué hablas?

Estoy tan conmocionada que no soy capaz de valorar el hecho de que


Xander Atwood, futuro medallista olímpico y el terror de las nenas, se haya
visto una película de anime por mí y le haya gustado. Pero si él no me
estaba escribiendo desde otro número. ¿Entonces quién ha sido?
La semilla de una idea atroz germina en mi cabeza.
—¡Page! —chillo cuando mi amiga descuelga adormilada al noveno
toque. Ya creía que no me lo iba a coger.
—¿Te conozco?
—Idiota, soy May.
—¿Sabes? Yo tenía una amiga hace mucho tiempo que se llamaba como
tú, pero un día se fue a trabajar a otro estado y nunca más supe de ella.
Pongo los ojos en blanco.
—Lo siento, ¿vale? Siento no haberte llamado en dos meses, pero es que
he estado muy liada con las clases, de verdad.
—Excusas, excusas…
—Escúchame, necesito que hagas algo por mí. —Trago saliva y trato de
no sonar aterrada. No quiero tener razón, no quiero pensar que ese número
pertenece a alguien que no debería disponer de un teléfono móvil—.
Necesito que compruebes que Trevor sigue haciéndose pis encima en su
celda de 2x2 en el estado de Texas.
Se hace el silencio y por un momento creo que me ha colgado.
Jamás le pediría esto si no fuera importante porque Page lleva muy en
secreto su pequeña habilidad de hackear sistemas de seguridad e infiltrarse
en sitios webs de lo más confidenciales para robar datos aún más
confidenciales, como el registro de todos los presos actuales del centro
penitenciario de Houston, y venderlos por ahí para sacarse una paga extra.
—May, sabes de sobra que no… —empieza, pero la corto.
—Por favor, Page. Es importante.
Ni siquiera mi madre conoce la breve e infructuosa relación que mantuve
con Trevor, solo Page, y gracias a Dios porque no me hubiera gustado
presentarle a un pervertido en la cena de Acción de Gracias.
—Prométeme que me buscarás una cama de tamaño king que venga con
un rubio de ojos azules que juegue al baloncesto en tu centro de deporte si
me pillan y tengo que dejar Seward cagando leches.
A pesar de la situación de estrés que me está atenazando los pulmones y
produciéndome cefalea, se me escapa la risa.
—Te lo prometo.
—Vale, dame un momento. —Y cuelga.
El tiempo pasa y la llamada de mi amiga no llega. ¿Y si el FBI se ha
plantado en su casa en tiempo récord y están confiscando los crucifijos de
oro que el pastor Remington colecciona en el sótano? Me muerdo las uñas
de una mano y cuando procedo a convertir en muñones los dedos de la otra,
su nombre aparece en pantalla.
Descuelgo con el corazón en la garganta.
—¿Y bien?
—A ver cómo te cuento esto… —Me llega el soniquete de sus dedos de
pianista tecleando códigos supersecretos en su ordenador—. Tengo una
noticia buena y otra mala. ¿Cuál quieres escuchar primero?
—La mala.
—Qué fatalista, hija, no cambias. —Si pudiera introducir el puño por el
móvil y pegarle en el ojo, lo haría sin dudar—. Verás, Trevor tuvo un juicio
la semana pasada en el que se dictaminó que las pruebas contra él eran
insuficientes e inconcluyentes.
—¿Y?
—Pues que no les quedó más remedio que ponerlo en libertad con
cargos. Lo siento, May, Trevor Duncan está fuera.
El tiempo se para.
—¡Pero eso no puede ser! —Salto de la cama impulsada por la ira y doy
vueltas por la habitación como un puma enjaulado—. Las chicas
testificaron en su contra y se le acusó de agresión sexual y violación. ¿Qué
más putas pruebas quieren? No entiendo nada.
—May, cálmate.
—¿Y la buena? —recuerdo—. ¿Cuál es la buena noticia?
—La buena noticia es que tiene una orden de alejamiento y no puede
acercarse al Zenith a menos de cincuenta kilómetros a la redonda.
Vale, eso me tranquiliza un poco, pero no lo suficiente.
—Una última cosa, ¿si te doy un número podrías rastrearlo?
—¡Ay, Dios! —la oigo jurar en su cuarto de papel rosa—. No me digas
que te ha contactado nada más salir de la cárcel.
—No estoy segura, pero puede ser —confieso dándole vueltas al anillo
como hago cada vez que voy a explotar.
—Dame el número.
Se lo doy y ella suelta una especie de gruñido por la otra línea. Ya sé lo
que me va a decir antes de despegar los labios.
—Qué cabrón…
—Usó uno de prepago, ¿verdad?
—Sip —suspira con resignación—. Pero bueno, ahí estás a salvo, así que
no salgas del campus bajo ninguna circunstancia hasta que lo localice o la
denuncia falsa que estoy redactando dé sus frutos.
—Tal vez solo quiera asustarme.
—Tal vez. —Y añade en tono lúgubre—: O tal vez quiera vengarse de ti
por haberlo dejado tirado durante el juicio.
Me encantaría decir que Trevor Duncan solo es un violador de mierda y
no un asesino en serie, pero la realidad es que nunca llegué a conocerlo del
todo y no sé de qué es capaz.
—Page, tengo que colgarte y procesar todo esto. Gracias por el hackeo
exprés y perdón por no llamar.
—No te preocupes por Trevor, aplastaré a ese gusano antes de que pueda
llegar reptando hasta a ti. Y en cuanto a lo otro… Ejem, ejem… Ya sabes
cómo recompensarme.
—Mañana mismo iniciaré la búsqueda de tu príncipe azul.
—Con que sea bueno en la cama me conformo.
—O sea que después de preguntarle cómo se llama, le saco una regla y le
digo que me indique cuánto le mide, ¿no?
—Veo que lo has entendido. —Su risa estridente es como un bálsamo
para el dolor—. Te quiero, May. Nos vemos pronto.
—Y yo a ti, Page. Buenas noches.
La oigo sonarse los mocos con teatralidad antes de colgar y no puedo
evitar echarla de menos.
Puf, qué bien me vendría un abrazo ahora mismo...
Por un momento me planteo mandarlo todo a la mierda y pedirle a
Xander que venga. Sé que no se lo pensaría dos veces, pero ya es tarde y
mañana se levanta a las seis para entrenar, por lo que, muy a mi pesar,
abrazo la almohada en su lugar y me digo que todo va a estar bien.
Aunque nada lo esté.
CAPÍTULO 16
May

Siento unos ojos clavados en mi nuca de camino a las abarrotadas gradas de


la pista de atletismo. No obstante, cada vez que me giro no hallo a ningún
depredador sexual con sed de venganza porque no declaré en su juicio, sino
deportistas de todas las tallas y colores apostando risueños por quién volará
más alto esta mañana. Por lo que me parece escuchar, la balanza se inclina
por Crystal McNally, aunque otros tantos afirman que una tal Tara Lewis
puede quitarle el liderato fácilmente.
El salto con pértiga no me apasiona en absoluto, pero necesitaba vigilar
las expresiones de cierto moreno cuando Ricitos de Oro hiciera su entrada
triunfal en la pista con un top corto y un pantalón aún más corto todavía.
Así que por eso estoy aquí, con una tos de perros y los músculos flácidos
por todos esos días en cama, pero dispuesta a descubrir los verdaderos
sentimientos de mi hombre. Espera. ¿He dicho mi hombre? Uf…
Cuando el teléfono me empieza a vibrar en el bolsillo del culo temo que
sea él. Trevor. No ha vuelto a ponerse en contacto conmigo desde aquellos
mensajes raros y no sé si eso es bueno o malo, no he visto suficientes
películas de ex acosadores como para formular una hipótesis.
Se me escapa un suspiro cuando veo que no es un número desconocido,
aunque el alivio me dura poco porque el hombre que aguarda en la otra
línea también está en mi lista negra de cabrones.
—¡Hola, May! —La nota barítona de mi padre me revuelve el estómago
y me produce náuseas. Y pensar que un día me gustó que me leyera cuentos
en la cama con esa voz…—. Me sorprendió mucho tu mensaje pidiéndome
que te llamara. ¿Va todo bien?
—La verdad es que no. —Voy directa al grano.
—¿Qué ocurre?
Deja de fingir que te preocupas por mí, lo haces fatal.
—A mamá le han detectado un cáncer de ovarios y no tenemos con qué
pagar las facturas, así que me preguntaba si podrías echar una mano.
Silencio.
Por mucho que Rogger Miller trabaje como piloto comercial para una
famosa aerolínea americana y sus más de diez mil horas entre las nubes le
aseguren una nómina mucho más alta que la de cualquier médico de este
país, el hombre del que ya no me queda ni el apellido es la reencarnación
contemporánea del señor Scrooge, aquel personaje que salió de la pluma de
Charles Dickens y que odiaba con toda su alma la Navidad y la felicidad de
las personas. Por eso no me sorprende cuando empieza con remilgos.
—Siento mucho escuchar eso —dice sin sentirlo una mierda—. Nunca os
deseé ningún mal ni a tu madre ni a ti, pero ahora mismo me pillas en un
mal momento económico porque nos hemos comprado una casa nueva y a
Sheila le hemos puesto un aparato en la boca y a Jonathan…
—No me cuentes tu vida —lo corto seca—. ¿Nos vas a ayudar o no? La
respuesta es bien sencilla.
—Verás… yo…
—A la mierda. —Y cuelgo.
La ira me burbujea bajo la piel. ¿Cómo puede haber personas tan ruines
en este mundo? Definitivamente él es el que se tendría que estar muriendo
de cáncer y no mi madre.
Me aferro a la barandilla de las gradas con fuerza y obligo a mis
pulmones a alojar aire porque en algún momento de la conversación han
dejado de hacerlo. Menos mal que hacía años que había abierto los ojos y
me había desentendido de ese tío que intentaba comprar mi amor con ropa
cara y viajes a la otra punta del mundo porque vaya tela. Si hubiera un
premio al padre más desvergonzado del año se lo llevaría él, sin duda.
—¿Señorita Crawford?
Unas mechas rojo pasión se cuelan en mi campo de visión por la derecha
y mi cabreo se evapora cuando reconozco a su dueña.
—¡Hola, Sadie, qué alegría verte!
—¿Sí? —inquiere perpleja.
La pista de atletismo es el último lugar del campus en el que me esperaba
encontrarla, pero no hay duda, es ella. Las cuentas de sus orejas que brillan
como carámbanos al sol, las medias de rejilla hechas jirones y la sudadera
XXL negra que le sirve de vestido así me lo confirman.
—No sé si te lo he dicho alguna vez, pero me encanta tu estilo. Es tan…
Único. Eso sin mencionar el pulso de cirujano que debes de tener para que
te salga un eyeliner kilométrico así de perfecto. El mío siempre parece una
serpiente bailando la conga.
Sadie echa la cabeza hacia atrás y el sonido de su risa hace que me olvide
de todo. Me fijo en que tiene un colmillo torcido y eso hace que su sonrisa
sea aún más auténtica y salvaje.
—He oído que ha estado enferma, ¿se encuentra mejor?
—Oh, sí, mucho mejor. Gracias por preguntar. —Apunto con el dedo a
una fila vacía—. ¿Nos sentamos juntas?
—¡Claro!
Sus botas militares retumban contra el cemento y los aritos de las orejas
tintinean a cada paso que da. Me siento como una pastora que guía a su
oveja descarriada hasta el redil. Nos sentamos en dos butacas de plástico, la
una al lado de la otra, y mientras Sadie deja su bandolera negra con
tachuelas a un lado yo me dedico a estudiarla con disimulo.
Es la primera vez que estamos a solas y tengo muchas preguntas, aunque
no sé por dónde empezar porque no quiero asustarla. Sadie es tan pequeña
como un átomo de polvo y la ropa ancha con la que se disfraza solo
contribuye a reducir su figura menuda.
—¿Le gusta el salto con pértiga?
—Prefiero ver otros deportes en los que el riesgo de lesión medular sea
menor o inexistente. Si te soy sincera, no me gustaría presenciar cómo
alguien se parte el cuello en directo.
—Ya, a mí tampoco, pero por suerte en el Zenith Elite nunca ha ocurrido
una desgracia así. Todo está preparado al detalle.
—¿Vienes mucho a ver competir a tus compañeros?
—A veces —asiente distraída.
La prueba dará comienzo en diez minutos y necesito aprovechar ese
valiosísimo tiempo para preguntarle cómo le ha ido con Lev en mi ausencia
y si mi plan de hacerles pasar tiempo juntos está funcionando. Justo cuando
despego los labios para hablar, Sadie se me adelanta y me señala la cúpula
de un edificio blanco que asoma al fondo entre las montañas.
—Hace años yo también fui una de ellos —empieza, con la voz
estrangulada y la mirada perdida en ese punto.
—¿Eras gimnasta?
Me reprendo a mí misma por haber sonado tan sorprendida.
—Bueno, se intentaba. No era la mejor del equipo, pero supongo que mi
corta estatura me otorgaba una gran ventaja en potro y en barra de
equilibrio, aunque mi aparato favorito eran las asimétricas.
Sinceramente no era capaz de imaginarme a esta chica gótica y llena de
tinta embutida en un maillot rosa fucsia dando dobles mortales escarpados.
Supongo que las apariencias engañan.
—¿Y qué pasó? ¿Por qué lo dejaste?
—Me fracturé la meseta tibial izquierda durante la recepción de un salto
y, aunque me operaron hasta tres veces, mi rodilla nunca terminó de soldar
del todo bien. —A través de las medias distingo una fina y larga incisión
blanquecina en la que no me había fijado antes, no sé ni cómo porque es
enorme—. Por culpa de la rehabilitación estuve tanto tiempo retirada de la
competición que cuando quise volver apenas podía hacer un Yurchenko sin
partirme la crisma. Era… vergonzoso. Así que tuve que despedirme de la
gimnasia para no entorpecer al equipo.
Las lágrimas se me acumulan en el rabillo del ojo y me dan ganas de
estrecharla entre mis brazos.
—No sé qué decir, Sadie, salvo que lo siento mucho.
—No se preocupe, estoy bien.
Pero yo sé que no lo está. Nadie en su lugar lo estaría.
—Tal vez podrías volver a retomar el contacto con la gimnasia poco a
poco, sin competir, solo por puro placer —sugiero.
—Sí, podría… —Empieza a arrancarse la pielecilla de los dedos hasta
que se hace sangre—. Definitivamente, a mi madre le gustaría. No ha vuelto
a mirarme igual desde que decidí colgar las puntas.
—¿No?
Sacude la melena azabache en negativa.
—Supongo que no tiene que ser agradable que tu única hija sea una
fracasada cuando tú encabezas la lista de Forbes de Mujeres más exitosas de
la última década.
—No digas eso, tú no eres una fracasada.
—Gracias, señorita Crawford, pero ya lo tengo más que asumido.
Me clavo las uñas en la palma de la mano de la impotencia. Odio cuando
la gente dice esas cosas de sí misma. En mi opinión todo el mundo vale
para algo, el problema es que la mayoría del tiempo tardamos en
descubrirlo.
—Sadie, me gustaría preguntarte algo.
—¿Hum?
—¿Alguna vez…? —Me interrumpo al darme cuenta de que no me está
prestando atención porque todos sus sentidos están puestos en cierta mole
de músculos y cabellos rubio platino que se acerca hacia nosotras con las
manos enterradas en los bolsillos y un brillo oscuro en la mirada.
No está solo. Derek camina unos pasos más atrás, con sus ojos disparejos
revoloteando entre las gradas como si buscara a alguien mientras hace que
escucha el parloteo incesante de Jo y asiente de vez en cuando con la
cabeza. Por el flanco izquierdo asoman también unos rizos morenos cuyo
dueño me ha estado alimentando y mimando durante estas dos semanas.
Xander.
El ambiente crepita cuando nuestras miradas se encuentran y atisbo una
especie de destello alegre cruzándole los iris que se esfuma tan rápido que
creo que me lo he imaginado. Antes de que el grupo llegue a nuestra altura,
Sadie murmura una especie de disculpa y se levanta como si alguien le
hubiera prendido fuego al asiento.
—Puedes quedarte donde estás.
El tono áspero e iracundo del ruso la frena en seco y parece que por un
momento considera hacerle caso, pero Sadie menea la cabeza como para sí
misma y se escabulle entre el gentío.
Qué pena me da esta chica, de verdad.
—¿Podemos sentarnos con usted, señorita Crawford? —Derek se acerca
cauteloso—. Si no es molestia, claro. El resto de asientos ya están
ocupados.
—Bueno, si me lo pides así de educado…
Derek compone una sonrisa cálida que yo le devuelvo de inmediato. Sin
embargo, el gesto me dura poco en la cara cuando me topo con el semblante
adusto de Xander, duro como una piedra, y sus palabras me retumban en la
memoria: Solo puedes sonreírme a mí, maldita sea. Doy gracias a Dios en
silencio cuando Lev ocupa el lugar que ha dejado libre Sadie mientras
Derek se coloca a mi otro costado, obligando a Xander a mantenerse lejos
de mí. Aquí no hay cámara del beso como en la Super Bowl, pero por algún
motivo no quiero que nos vean juntos.
—¿A usted también le incomoda mi presencia?
—¿Qué? —Los ojos negros con motitas plateadas de Lev están puestos
en mí, interrogantes—. ¡No! ¿Por qué dices eso?
—No para de darle vueltas al anillo —apunta con recelo.
—Es que estoy nerviosa por Crystal, nada más.
—¿Segura? Mire que me puedo cambiar de sitio.
—No te preocupes, eso no será nece…
—¡Eh, Xander!
—¿Hum? —gruñe el interpelado desde el extremo de la fila.
—Cámbiame el sitio, que a la profe le caigo mal.
No sé qué es lo que me provoca más calor, si las miradas curiosas de
Joanna y Derek, el cabreo que siento conmigo misma por haber dejado
entrever la poca confianza que me inspira este chico, o el roce de hombros
cuando Xander se deja caer a mi lado sin mirarme.
—Hola.
—Qué hay —replica seco. ¿Cómo que qué hay? ¿Acaso me ha visto con
cara de camionera barbuda para saludarme así? Yo flipo.
Las saltadoras salen del túnel de vestuarios con sus pértigas en ristre cual
caballero medieval y me abstraigo de todo lo que me rodea cuando se ponen
a calentar brincando en el sitio. No sabía que me fascinaba tanto el deporte
hasta que he llegado al Zenith Elite, pero es que es inevitable no quedarte
con la mandíbula desencajada cuando una chica de piel oscura y trenzas
hasta las lumbares sobrevuela el listón a cuatro metros de altura y cae de
espaldas sobre una colchoneta que amortigua un golpe que sería mortal.
Rueda sobre su propio eje y antes de caer en el plástico ya está de pie.
Joder, qué increíble.
—La puta Tara Lewis… —oigo ladrar a Lev desde la distancia—. Si no
le fueran los coños más que a un tonto un lápiz ya me la hubiera tirado hace
mucho tiempo. ¡La de posturas que haríamos con esa flexibilidad!
Tuerzo el gesto ante el comentario y lo fulmino con la mirada.
Xander me hunde el codo con suavidad en las costillas y las crisálidas de
mi estómago se revolución como si en lugar de recibir un toquecito les
hubiera caído una bomba nuclear encima.
—Para que luego digas que no te incomoda.
—Solo cuando dice esas cosas.
—Séase, todo el tiempo.
Aunque me habla, no me mira, y eso me irrita. Es como si él tampoco
quisiera que nadie nos viera interactuar. Por un lado debería agradecer esa
deferencia, pero por otro lado no soporto que esos ojos grises estén fijos en
los cuerpos de las saltadoras que se retuercen y contonean para rebasar un
listón que cada vez está más alto.
4,10. 4,40. 4,60, 4,70.
¿A qué está esperando Crystal para saltar? Es la única que todavía no ha
surcado los despejados cielos del Zenith esta mañana. Como si me hubiera
leído el pensamiento, la barbie de metro setenta y largo da un paso al frente
cuando el listón alcanza la altura de un pino joven.
—¿Sabes por qué no ha saltado antes? —me susurra Xander.
—¿Por qué?
—Porque Crys considera que hasta los cinco metros es como saltar un
bordillo, cosa de niños.
La ira se me solidifica en las venas ante la nota de orgullo que detecto en
su voz y la posterior sonrisa animosa que le dedica a su amiga.
—Deja de hacer eso —me reprende serio.
—¿El qué?
Muy lentamente rueda los ojos hacia mí y los clava en mis labios.
—Compararte con el resto y pensar que tú no eres digna de mirar. —Su
aliento me hace cosquillas en el pelo cuando se inclina sobre mi hombro y
me habla al oído—. Creo que voy a tener que empezar a demostrarte más a
menudo cuánto me gustas, sirenita.
—¿Cómo? —quiero saber con las mejillas y el cuello ardiendo.
—No sé, tal vez te secuestre en mi habitación y no te deje salir hasta que
tus cuerdas vocales se rompan de tanto gritar mi nombre.
Entierra la nariz en mi clavícula y sus labios me saborean muy despacio.
Ahogo un gritito y Derek me mira de reojo. Cualquiera que nos vea pensará
que solo me está susurrando algo al oído, pero si se fijan bien en mi cara de
éxtasis adivinarán sin problema lo que pasa.
—Xander, estamos rodeados de gente —siseo entre dientes.
—¿Eres preciosa o no?
Como no respondo, succiona con fuerza y el jadeo que escapa de mis
labios es incontenible. Me remuevo incómoda en la silla y esta vez la
miradita que me gano por parte del arquero no es curiosa, sino divertida.
¿Sabe lo que estamos haciendo? Ay, Dios.
—Di que eres preciosa o hago que te corras delante de todo el campus
ahora mismo, May —gruñe contra mi piel.
—Soy preciosa.
—Con más convicción, coño.
—¡Soy preciosa!
Joanna se inclina sobre el asiento para mirarme preocupada y yo me creo
morir. Derek apenas puede contener la carcajada y Lev no se ha enterado de
nada. Tanto mejor.
—Te voy a matar —escupo furibunda cuando se separa de mí.
—Espero que sea a polvos.
Me guiña un ojo y ya tengo el puño preparado para estampárselo cuando,
de repente, todo el mundo se pone en pie con las manos en la cabeza.
—¡NOOOOOO!
—Mierda, mierda, mierda.
No sé qué ha pasado, pero ha debido de ser muy grave porque Joanna
sale disparada de su asiento y a punto está de brincar la barandilla que
separa las gradas del foso de atletismo cuando unos brazos fuertes y
bronceados la atrapan por la cintura.
—¡Suéltame, Zach! —grita y patalea la hermana del tipo que me estaba
comiendo el cuello mientras a Crystal se le ha roto la pértiga en pleno vuelo
y yace en el suelo, inconsciente—. ¡Necesito ir con ella! Suéltame.
Pero Zach no afloja el agarre.
—Está bien, no se ha cortado con ninguna fibra de vidrio, solo está
aturdida por el golpe —escucho que trata de tranquilizarla su entrenador.
—¿Aturdida? ¡Está inconsciente, joder!
Finalmente consigue deshacerse de su abrazo de oso y aterriza junto al
cuerpo de su amiga que alguien ha colocado de lado para que no se ahogue
con su propio vómito en caso de que haya sufrido una conmoción cerebral y
tenga náuseas. El equipo médico aparece corriendo por un lateral y Lev y
Derek se ponen en pie, dispuestos a ayudar en lo que puedan.
—¿Vienes, Xander?
—Adelantaos, ahora voy.
—Te vemos en la enfermería —le confirma Lev.
—Allí estaré.
Cuando sus dos amigos han desaparecido entre el tumulto me giro hacia
él hecha una furia y le hundo un dedo en el bíceps.
—¿Qué crees que haces? Vete con ellos ahora mismo.
—No sin antes darte algo.
Ya estoy pensando que se va a sacar una cajita de terciopelo con un anillo
de compromiso del bolsillo de la sudadera cuando me tiende una hoja de
papel doblada por la mitad.
—¿Qué es esto?
La curiosidad me impide rechazar el obsequio.
—Como esta semana no voy a poder ir a clase porque tengo que entrenar
para la competición del próximo sábado y no quiero ir retrasado con la tarea
he pensado en adelantarla.
—Mmm, creo que no te sigo.
Me señala el papel con el mentón antes de levantarse.
—En caso de que quieras saber cuál es nuestro plan ideal para relajarnos
después de un día duro, ahí tienes mi respuesta.
Una hora después y con una carga emocional que amenaza con dejarme
tirada en la cama un mes, me encierro en mi habitación y me santiguo
varias veces antes de desdoblar el dibujo. Si no lo abrí antes en la pista fue
porque me aterrorizaba lo que pudiera encontrar en él. Sin embargo, la
exclamación que ahogo ahora no es de asco, ni de rabia, ni siquiera de
frustración, sino de pura sorpresa. No me lo puedo creer…
Las lágrimas que llevo una hora conteniendo brotan sin control cuando
reconozco nuestros cuerpos desnudos tendidos en la cama, con mi culo
ocupando el primer plano y mi boca bien abierta, lista para recibir de sus
palillos un nigiri de atún, mientras en la pantalla del ordenador se suceden
subtítulos japoneses y un dragón de escamas plateadas surca los cielos de
Tokio.
Ojalá estuviéramos así ahora mismo, reza la dedicatoria.
Y la verdad es que no puedo estar más de acuerdo.
CAPÍTULO 17
May

Cuando me ofrecieron este trabajo como profesora de Artes Plásticas en un


centro deportivo de alto rendimiento oculto entre las montañas de Colorado
nunca pensé que me fuera a enamorar de él. Y es que aunque soy licenciada
en psicología y mi sueño es abrir mi propia consulta algún día en el futuro,
creo firmemente que este lugar me ha ayudado a descubrir una forma ideal
para analizar la vida de la gente sin que se sienta cohibida o juzgada.
A través del arte es cómo he averiguado que Joanna Atwood ama a su
familia por encima de todo, que Lev Petrov se siente tan solo que tiene que
rellenar ese vacío con excesos, que Derek Hall no es el chico tranquilo y
pacífico que todo el mundo piensa, que detrás de la fachada inquebrantable
y segura de sí misma de Crystal McNally se esconde una niña con carencias
afectivas y que Xander lleva tanto tiempo ocultando sus sentimientos hasta
parecer que no tiene ninguno que cuando explota no sabe cómo
controlarlos.
Y hablando del rey de Roma….
Llevo sin verlo desde el sábado pasado durante la fatídica competición de
Crystal, a la que, dicho sea de paso, dejaron repetir el salto y ha conseguido
batir su propia marca personal con un asombroso 5,02 metros.
En ese tiempo hemos intercambiado un par de mensajes por la noche, ya
que es el único momento del día en el que no está a remojo preparándose
para su propia eliminatoria y debo confesar que lo echo de menos.
Sí, echo de menos a Xander Atwood. ¿Y qué pasa?
No hay momento del día en que no piense en sus labios, o en sus manos,
o en su voz de ron añejo, o en lo extremadamente bien que me hace sentir
entre sus brazos. Por eso he salido a caminar un poco por las faldas del
Pikes Peak, porque necesito que el viento que sopla entre los árboles me
arranque de la cabeza al hombre que está intentando meterse en mi corazón.
A medida que voy conquistando altura y nuevas panorámicas verdes se
desbloquean ante mis ojos, me maldigo a mí misma y a mi pereza extrema
por no haberme calzado las deportivas antes.
¿Y si organizo una acampada?, se me ocurre.
La directora White me mataría si alguno de sus preciados atletas
apareciera al día siguiente con una torcedura de tobillo o con un sarpullido
en el trasero por orinar encima de una ortiga.
¡Pero sería tan divertido y ayudaría tanto a estrechar lazos!
Cuando la luz que se filtra entre las púas de los pinos se vuelve cada vez
más débil me digo que ya es hora de volver. Solo de pensar que esta noche
sirven revuelto de setas y queso parmesano hace que apriete el paso para
recorrer los tres kilómetros de vuelta más rápido. Sin embargo, un crujido
seco a mis espaldas hace que hunda los talones en el terreno desigual y me
pare a escuchar. ¿Qué ha sido eso? Ahora que lo pienso, esta es la hora del
día en la que los depredadores abandonan sus agujeros para cazar alimañas
indefensas como yo. La hora crepuscular. Mierda. Encima había un cartel al
inicio del camino que advertía de osos pardos en la zona.
Por el rabillo del ojo veo una sombra enorme que se desliza justo detrás
de mí y me maldigo por no haberme detenido a leer qué cojones se supone
que hay que hacer cuando un monstruo te atrapa entre sus garras y te
arrastra fuera del camino. Porque eso es justamente lo que está pasando.
—¡No, no, no, no!
La bestia parda que tira de mí con la fuerza de un ciclón profiere
gruñidos roncos que me retumban en la espalda y el calor que emana de su
pecho anima a mi vejiga a vaciarse. Ay, Dios, voy a morir. Trato de
aferrarme al tronco de un pino, pero solo consigo desollarme las manos en
el proceso y que mi algofobia se dispare. Aúllo de dolor a través de la
mordaza de piel y huesos que me cubre la boca y que huele a jabón y...
Cloro.
¡Será hijo de puta!
Dejo de luchar y me cruzo de brazos.
—No pares, me gusta cuando se me resisten —me ronronea en el oído
con esa voz guturalmente impostada que utilizó en nuestro primer
encuentro pero no estoy de humor para juegos de rol.
—¡No tiene ni puta gracia, Xander! Creía que eras un oso.
—¿Xander?
Vuelvo a tensarme ante la duda de que no sea él. Pero no puede ser otra
persona. ¿Verdad? Solo hay un demente en este campus tan obsesionado
conmigo como para seguirme durante todo el camino y emboscarme en la
oscuridad. A no ser que Trevor se haya pasado por el forro de los cojones la
orden de alejamiento y haya conseguido burlar la seguridad para llegar
hasta mí porque en ese caso…
—Arrodíllate —me espeta.
Luego tira un bulto negro a mis pies. Una mochila.
Sus manos grandes se enroscan en mi coleta malhecha y tira con urgencia
hacia abajo, obligándome a doblar las rodillas. ¡Ah, no, eso sí que no! No
pienso tropezar dos veces con la misma piedra y hacerle una mamada al
extraño que me observa desde arriba con el rostro oculto tras un
pasamontañas. Ya he aprendido la lección y me niego.
—No sé quién coño eres, pero ya puedes ir matándome porque no te la
voy a chupar —siseo con los ojos brillantes por la rabia.
Contra todo pronóstico, rompe a reír.
—Así me gusta, nena. —Se arranca la balaclava y se pasa una mano por
los bucles oscuros—. Que me seas fiel aunque pienses que no somos nada.
Si no tuviera los maxilares bien soldados a los temporales se me habría
caído la mandíbula al suelo de la sorpresa. Estoy que no doy crédito. ¿Pero
cómo se atreve a hacer algo así? Podría haber sufrido un ictus, o peor,
podría haber titubeado el nombre del violador de su hermana y entonces
habría tenido que dar muchas explicaciones.
Lo voy a matar. Juro que lo voy a matar.
—¡¿Tú estás loco o qué?! —Intento ponerme en pie, pero sus dedos se
enredan aún más en mi pelo para mantenerme en el sitio—. ¡Suéltame ahora
mismo, joder!
—Shhh, ahorra toda esa saliva que estás gastando.
—¡Xander, no!
—No me gusta ese tono de zorrita creída que estas empleando, creo que
voy a tener que castigarte.
—No he hecho nada para que me castigues.
—Claro que sí, el lunes no te presentaste en la piscina.
—¡Dijiste que estarías ocupado toda la semana! —protesto.
—Dije que no iría a tus clases porque justo me coincidía con el entreno,
pero nadie dijo que tú no pudieras venir a las mías.
—¿De verdad me vas a castigar por un malentendido?
—No, te voy a castigar por todas las veces que has usado esa boca para
negar lo nuestro y tratar de alejarme de ti —gruñe con las pupilas dilatadas
y los músculos hinchados—. Voy a hacer que te atragantes con mi semen
para que la próxima vez que te mientas a ti misma recuerdes a qué sabe ser
la puta novia de Xander Atwood. Vamos, abre la boca.
Disiento con la cabeza como una loca pero cuando se mete la mano libre
en los pantalones oscuros de chándal y libera al monstruo con el que tantas
noches he soñado que me desgarraba desde dentro hacia fuera, no puedo ni
respirar, mucho menos protestar.
—Te ha echado de menos… —murmura envuelto en un gruñido ronco
mientras me pasea la punta húmeda por los labios, embadurnándomelos con
el líquido preseminal—. ¿Y tú a ella?
Mi centro de placer palpita dentro de las mayas y mi lengua se muere por
enrollarse en ese miembro grueso y venoso que me da golpecitos
impacientes en los labios para abrírmelos. Pero eso no va a suceder. Estoy
harta de acatar órdenes y ser la perra sumisa de nadie, así que aprieto los
labios con determinación férrea y Xander gruñe a modo de advertencia.
Sonrío para enfurecerlo aún más. ¿No le gustan tanto los castigos al
señorito? Pues que se joda y pruebe de su propia medicina.
—Abre la boca, May —me exhorta con la voz ronca.
Clavo mis ojos en los suyos y procedo a negar con la cabeza.
Qué te den, le transmito con la mirada.
Aun así, logra que me moje entera gracias a la perspectiva inmejorable
que me ofrecen sus abdominales marcados a fuego a través de la térmica y
las líneas duras de su expresión por el enfado que se le acrecienta con cada
una de mis negaciones. Por no hablar del gris de sus iris que ha dado paso al
negro de sus pupilas, convirtiendo sus preciosos ojos en dos agujeros de
deseo calamitoso que me están devorando.
Dios, qué poderosa me siento.
—Que sepas que hay otros labios que me muero por destrozar si no me
ofreces estos, aunque te advierto que no tendré piedad con ninguno de ellos,
así que elige sabiamente.
Gimo ante semejante promesa y me humedezco los labios sin querer. Se
empieza a masturbar en mi cara con violencia, como si se la quisiera
arrancar, y yo no puedo por menos que contemplar hipnotizada ese
espectáculo erótico que me está regalando. Mi corazón late al ritmo de sus
embestidas y mi clítoris clama por un poco de atención. No he estado tan
cachonda en mi vida y todo mi cuerpo vibra de puro deseo. Vibra por él.
Sin pensarlo mucho, porque si lo pensara tendría que visitar a un colega
mío de profesión, atrapo la punta de su miembro con los labios y empiezo a
lamer mientras Xander suelta toda una amplia gama de maldiciones con la
cabeza echada hacia atrás.
—Hostia puta, May…
Es tan grande que tengo que desafiar a mis maxilares para metérmela
entera en la boca, pero lo intento con ganas. El efecto nauseoso me salta las
lágrimas y una arcada me sacude por entero.
—Respira, lo estás haciendo genial, nena.
Sus gañidos de placer me animan a pasar la lengua por su hendidura y
succionar despacio las primeras gotas de salinidad. Mis manos rozan las
suyas y no necesita más para apartarlas y dejarme hacer. Lo masturbo con la
misma intensidad feroz que ha empleado él hace un momento, desde la base
hasta la punta, en tanto que no dejo de chupar, lamer y besar. Sisea y me tira
del pelo con fuerza cuando le rozo el glande con los dientes.
Xander pone los ojos en blanco y yo tengo mi primer orgasmo
contemplando cómo semejante dios oscuro se deshace ante mí.
—No dejes de hacer eso —jadea. Muerdo un poco y noto que su
miembro me crece en la boca—. Joder, joder, joder… ¿Vas a ser una chica
buena y te vas a tragar hasta la última gota?
Asiento y me la mete hasta el fondo.
Me folla la boca tal y como me ha prometido, sin compasión, y las
lágrimas me brotan solas ante la sensación de ahogo. Con dos embestidas
más me explota en la lengua y tengo que respirar por la nariz mientras el
líquido caliente me abrasa la garganta. A continuación, me alza de un tirón
como a una muñeca de trapo y choca sus labios con los míos con hambre.
Se desliza dentro de mí y sofoca un gruñido cuando saborea su propia
esencia.
—Te lo has tragado —musita impresionado cuando su lengua le da una
tregua a la mía y se separa para mirarme a la cara.
—Creo que no me quedaba mucha más opción…
—Conmigo siempre tienes opción, aunque no te lo parezca.
Y la verdad es que… tiene razón.
Si se la he acabado chupando de rodillas en un bosque oscuro ha sido
porque yo he querido, no porque él me haya obligado. Bueno, técnicamente
sí. Pero podía elegir qué parte sensible de mi cuerpo iba a profanar así que
supongo que cuenta como decisión propia.
Así pensándolo, me doy cuenta de que yo siempre he tenido la última
palabra en lo que al sexo respecta. Como cuando lo metí en mi cuarto de un
tirón el mes pasado y le supliqué que me follara o cuando me dejé
masturbar en el cuarto de contadores o cuando me abrí de piernas para él
(sin saber que era él) en el granero de sus abuelos.
—Date la vuelta.
—Siempre dando órdenes… —suspiro—. ¿Y ahora qué?
—Creo en el castigo, pero también creo en la recompensa, y tú te has
ganado volver al campus dolorida.
—¿Qué clase de recompensa es esa? —exclamo horrorizada—. ¿Te he
dicho alguna vez que tengo algofobia y el mero hecho de ver una aguja
hace que me caiga redonda?
—Pues la última vez aguantaste muy bien mi inyección.
—No acabas de decir eso.
—Venga, date la vuelta —insiste con una sonrisa aviesa, pero cuando ve
que no me muevo me coge por la cintura y me gira como una peonza hasta
que la corteza me roza los pezones hipersensibles.
—¿Me vas a follar?
No, si te parece te ha puesto contra un árbol porque vais a jugar al
escondite y tú eres la que cuenta, me bufa mi conciencia.
—¿Eso es lo que quieres? —ronronea en mi oído.
—¿Y si te digo que no?
Un azote me cae de la nada sobre la nalga izquierda y chillo de la
impresión. ¡Que no me gusta el dolor, cojones! Aunque mi clítoris no
piensa lo mismo porque aplaude la acción.
—Para… —jadeo, más excitada que cabreada muy a mi pesar.
—Se me acaban los castigos para hacerte entrar en razón, May. Tal vez
tenga que recurrir pronto al mayor de todos.
Los dedos que jugueteaban con la goma elástica de mi cintura rasgan la
tela y me dejan con el culo al aire.
—¡Mis mayas!
—No sufras, te compraré otras. —El frío muerde, pero los dientes de
Xander se hunden en la carne tierna de mi cuello con más ímpetu. Me
duele, claro que me duele, pero algo oscuro en mis entrañas lo encuentra de
lo más placentero. ¿Pero qué me pasa?—. Además, es tu culpa por ponerte
cosas que me piden a gritos que te las arranque.
—Estás loco, joder.
—¿Loco por ti? Exacto. Y ahora… —La sonrisa malvada en su voz me
eriza el vello de los brazos—. ¿Fuerte o suave?
Me quedo muy quieta, sin saber qué hacer o decir.
—¿Puedo confiar en ti?
—¿Te he dado motivos para la contrario?
—No… —confieso.
—¿Cuál es tu elección, pues?
El objetivo de abandonar Seward era vivir nuevas experiencias, crecer
como persona, hacer nuevos amigos… No sé si tener sexo salvaje con uno
de mis alumnos cuenta como experiencia enriquecedora, pero engancho mi
mano en su cuello desde atrás mientras planto la otra en el tronco.
Esto me va a doler.
Nos miramos a los ojos durante un instante y Xander nota el temblor de
mi labio inferior porque me lo acaricia con ternura con los suyos. Ese leve
gesto hace que termine de decidirme.
—Haz que mañana me acuerde de ti cuando me siente.
—Esa es mi chica.
Sus manos dibujan mi silueta con fervor, mientras coloca la punta en mi
entrada y la restriega varias veces de arriba abajo para prepararme.
—Grita mariposa si es demasiado, ¿vale?
Y sin dejarme asimilarlo, se hunde en mí de una estocada.
El dolor es instantáneo porque con semejante tamaño nunca se está lo
suficientemente lubricada. Me arqueo para sentirlo mejor y busco su boca
como agua en el desierto. Al principio me la niega a modo de castigo pero
acabamos fundidos en un beso lento mientras entra y sale despacio de mí.
Desliza una mano por debajo de mi top deportivo y me agarra un pecho
con exigencia, amasándolo y tironeando de un pezón ultrasensible que
manda descargas eléctricas por todo mi cuerpo. Sus caderas entrechocan
contra mis muslos cada vez más rápido y siento cómo el segundo orgasmo
se arremolina en mi vientre bajo.
—Di mi nombre —truena a mis espaldas.
Me levanta una pierna con una mano y viro los ojos al cielo cuando la
penetración se vuelve más profunda. Xander me estimula con todos sus
miembros corporales táctiles y no sé cuál me gusta más. Mentira, sí que lo
sé. Cada vez que une sus labios a los míos y jadea en mi boca, la burbuja de
placer está más cerca de explotar.
—May, di mi nombre. —Y añade en un gemido—: Por favor.
Creo que desde que lo conozco no me ha pedido nada por favor, solo ha
exigido y tomado sin permiso, así que esas dos simples palabras me llevan
al éxtasis más absoluto. El ritmo de sus sacudidas se vuelve más dramático
mientras yo grito su nombre y sus dedos se hunden con tanta fuerza en la
carne de mis muslos y mi abdomen cuando alcanza el orgasmo que estoy
segura de que me dejarán unas bonitas y violáceas huellas dactilares
mañana. Pero, extrañamente, no me importa.
—Anthony me va a matar cuando se entere de la cantidad de testosterona
que he gastado en un momento —exhala casi sin aliento sobre mi hombro,
aún dentro de mí.
—¿Le vas a contar a tu entrenador lo que hemos hecho?
—No hará falta, mañana se dará cuenta en la primera brazada.
—¿Él sabe que tú y yo…?
—No —me corta muy serio—. Ni él ni nadie, te lo juro.
—Gracias —digo, no sé bien por qué.
Me la saca despacio y se la guarda en los pantalones sin deshacer esta
especie de abrazo de oso que nos une.
—Antes de que te lo preguntes siquiera, que sepas que no me arrepiento
de nada. Necesitaba esto. Te necesitaba a ti.
Con su pecho pegado a mi espalda como una manta polar ártica, consigo
darme la vuelta y quedar cara a cara. Su expresión es la de un dios oscuro
satisfecho, con los labios carnosos entreabiertos, los ojos relucientes y la
línea de la mandíbula destensada. Cuelo una mano entre nuestros pechos y
le quito una ramita del pelo.
—Yo tampoco me arrepiento de esto, aunque debería.
Durante el sexo no he pensado en nada ni en nadie más.
Solo éramos Xander y yo.
Labios y lenguas. Pieles ardiendo. Corazones rampantes.
No obstante, ahora que el halo etéreo e intemporal que nos amparaba se
ha desvanecido, me acuerdo de pronto de la directora White amenazándome
con encontrar cualquier excusa para echarme, de mi madre en su sesión de
quimioterapia preguntándose cómo la va a pagar y de mi exnovio psicópata
ideando un plan macabro para vengarse de mí.
—¿May, estás bien?
Por toda respuesta planto las palmas en su pecho y lo hago retroceder.
Cabizbaja y con las mayas rasgadas, echo a andar entre la maleza y solo me
detengo cuando de dos zancadas se pone a mi lado y me tiende una
sudadera negra de los American Eagles que debía de llevar en la mochila
que me ha hecho de cojín para la mamada.
Retomamos el camino de vuelta en un silencio incómodo que se ve
opacado por mis gemidos de dolor a causa de los pinchazos mortales que
siento en la entrepierna a cada paso. Al cabo de diez minutos y cansado de
escuchar mis quejidos lastimeros, Xander carga conmigo sin que se lo pida
los tres kilómetros que nos quedan hasta llegar al campus. Cuando estamos
lo suficientemente cerca le doy unos toquecitos para que me baje.
—Ya puedo yo sola. —La realidad es que no quiero que nadie nos vea
llegar juntos, pero Xander hace oídos sordos y sigue andando—. ¿Me has
oído? He dicho que ya puedo yo sola.
—No, no puedes —gruñe tajante—. Si te preguntan dirás que te torciste
el tobillo en medio de la senda y que yo pasaba por allí y te recogí.
—¿Y qué digo si me preguntan por qué tengo tu sudadera?
—Pues que tenías frío y te la presté —responde cruzando el césped que
lleva a mi residencia—. Eso sí, si te preguntan por los chupetones que te he
dejado en el cuello quiero que digas mi nombre.
—¡¿Que me has dejado qué?!
Nos cruzamos con un grupito de limpiadores que se pone a cuchichear en
cuanto les damos la espalda. Genial. Mañana vamos a ser la comidilla de
todo el jodido Zenith Elite.
—Estoy harto de que nadie sepa que eres mía por tus miedos e
inseguridades de mierda, así que te he marcado.
—Mis miedos e inseguridades se llaman necesito el dinero para pagar
las facturas de mi madre —bufo en voz baja para que el conserje de la
garita no nos escuche—. ¡Y yo no soy ni de ti ni de nadie!
En lugar de coger el ascensor para llegar a la tercera planta como
cualquier persona normal haría en este caso, el muy capullo sube por las
escaleras para estar más rato conmigo en brazos y encima me lo confiesa.
Me deja con sumo cuidado en la puerta de mi habitación y cuando ya me
creo salvada me planta un morreo de película que me deja seca.
—Te veo mañana en clase, sirenita.
—¿No decías que tenías que entrenar?
—Sí, pero no hay mejor chute de confianza que ver la cara de dolor que
pones cada vez que te mueves y saber que es gracias a mí.
Abro y cierro la boca varias veces, estupefacta.
—Eres… eres… —No me salen ni los insultos. Me guiña un ojo y esta
vez sí que usa el ascensor para bajar—. ¡Un desgraciado!
CAPÍTULO 18
Xander

Cuando entro en su clase a la mañana siguiente, lo primero que ven mis


ojos es una sonrisa resplandeciente en esos labios de fresa que ayer tenía
rodeándome la polla. Sin embargo, sé que no va dirigida a mí. Ella nunca
me sonríe así. Sin pudor. Como si temiera que a través de esa expresión tan
banal la gente pudiera adivinar lo mucho que le chorrea el coño cuando me
tiene cerca. En cambio, al que sí que le sonríe abiertamente pese a mis
advertencias es al puto Caleb Thorn.
¿Acaso quiere provocarme?
En cuanto su mirada de ágata recae en mí, May pega un brinco en el
asiento y se pone recta, lo que le reporta un pinchazo agudo en el bajo
vientre que no deja traslucir. Ah, pero yo tengo un doctorado en la
fisionomía de esta chica y sé cuándo algo le gusta, le disgusta, le asquea, le
aterra, le fascina o la excita; por eso también sé que nuestro pequeño
encuentro nocturno sigue haciendo mella en cada fibra de su precioso
cuerpo.
¿Qué coño haces con mi chica?, me dan ganas de soltarle al muy idiota
cuando se gira en mi dirección, pero me abstengo por respeto a mi sirenita,
que me está implorando con la mirada que no la cague.
—¡Hombre, Atwood! —me saluda con ese ligero acento latino que me
produce arcadas—. No esperaba verte en clase.
—¿Y eso por qué?
Dejo la mochila en mi mesa con un golpe seco.
Caleb se acerca hasta mí con los hombros echados hacia atrás y el pecho
henchido cual pavo real en época de apareamiento. Una pena que no se
vaya a comer ni un rosco porque le voy a dejar la cara hecha un cuadro de
los de la madre de Lev como se pase de listo.
—Es que se comenta por ahí que últimamente no estás rindiendo mucho
en el agua, así que imaginaba que estarías con Anthony recuperando todas
esas horas que pasas entre las piernas de alguna.
—Sí, entre las de tu puta madre.
May ahoga un chillido a nuestras espaldas y por el rabillo del ojo veo que
Derek y Lev ya se están acercando por la derecha.
—Ten cuidado con esa prepotencia que gastas, Atwood. —Los granos de
café intenso que son sus ojos se ensombrecen—. Todo lo que sube acaba
bajando, y la hostia desde la cima debe de ser mortal.
Doy un paso hacia él y nuestras frentes se tocan.
—¡Xander, Caleb, parad! —oigo la vocecilla angustiada de mi sirenita de
fondo, pero la ignoro.
—¿Qué dices, negrata de mierda? Desde aquí arriba no te oigo bien.
—Vaya, y yo que creía que tenías esas orejas de Dumbo para algo.
Se me escapa la risa floja. Nunca nadie se había metido con mis orejas,
supongo que siempre hay una primera vez para todo.
—La hostia te la vas a llevar tú en toda la boca mañana cuando te quedes
fuera de la clasificación. —Doy un paso más, amenazante—. Que sepas que
he contratado a todo un equipo de camarógrafos para que capten el
momento exacto en el que te das cuenta de que eres un puto fracasado.
—Entonces diles que también fotografíen el abrazo de consolación que
me dará la señorita Crawford y que le dejará la camiseta tan mojada que no
me importará haber perdido con tal de haberle visto las tetas.
Clic.
Levanto el puño, dudando qué hueso craneal partirle primero porque se
los pienso crujir todos, cuando una mano tatuada me caza la bola de
demolición en el aire y me obliga a bajarla.
—Machácalo en el agua, no aquí.
Derek sacude la cabeza en negativa cuando le ruego en silencio que me
deje acabar con este cabrón, pero no cede ni un ápice. Es como un padre
riguroso que no le tolera ni una a sus retoños. Así que resoplo y me vuelvo
a mi sitio con treinta y cuatro pares de ojos fijos en mí.
—¿Qué coño miráis todos? —Mi rugido atronador hace que encuentren
de lo más interesante las telarañas del techo.
Suspiro y me dejo caer en el asiento.
—Hostia, Atwood, ¿nos hemos intercambiado los papeles y no me he
enterado? —Lev se sienta a mi lado—. ¿A qué ha venido eso?
—Ha venido a que me tiene hasta la polla.
—¡Pero si lo has provocado tú! Caleb estaba hablando con la profe y has
entrado a por él como un basilisco.
Normal, estaba haciendo de reír a mi novia.
—Estoy un poco alterado por la competición de mañana, ¿vale? Así que
dejadme en paz si no queréis llevaros su puñetazo.
Nunca me he considerado un tío celoso, aunque tampoco es que haya
tenido nada serio con una chica más allá de un polvo de una noche como
para poner a prueba mis sentimientos. En teoría, May iba a convertirse justo
en eso, en otro polvo. Uno espectacular, las cosas como son, pero un polvo
al fin y al cabo. Sin embargo, el destino es caprichoso y la ha cruzado en mi
camino de esta forma tan peculiar para que me obsesione con ella y no sea
capaz de pensar en otra cosa que no sea mi polla entrando y saliendo de su
coñito apretado mientras gime mi nombre.
Solo de pensarlo me empalmo como un adolescente.
No entiendo de dónde nace esta obsesión por ella, lo que tengo muy claro
es que si alguien la toca o se atreve a mirarla más de diez segundos, en ese
momento dejaré de ser el niño bueno que todo el mundo admira para
convertirme en un demonio castigador de puños de acero y mirada
recalcitrante.
May es mía. Y punto.
A todo esto, la causante de mi locura se pone en pie con cuidado de no
demostrar lo dolorida que está y pasea la mirada con severidad entre Caleb
y yo antes de aclararse la garganta y hablar.
—Si los gallos del corral han guardado sus espolones, me gustaría que
empezáramos la clase con una pequeña variante de la pregunta que siempre
os hago, y es que hoy quiero saber cómo os gustaría sentiros, que no es lo
mismo que cómo os sentís.
Con la rabia del momento todavía hirviéndome a borbotones en las
venas, escribo: Me gustaría sentirme deseado por la mujer a la que le doy
todo y no me devuelve nada. Lo doblo y se lo doy a Derek justo cuando se
levanta para entregar el suyo. A May no le pasa desapercibido el hecho de
que no quiero acercarme a ella, pero me da igual.
O eso creo.
No obstante, en cuanto se pone a remover los treinta y cuatro papelitos
me arrepiento terriblemente de lo que he escrito. Estaba cabreado con ella y
conmigo mismo. En realidad no pienso eso. Bueno, tal vez sí. ¿Un poco?
Aun así, preferiría decírselo en otro momento y con otras palabras.
—Me gustaría sentirme un poco más tranquila respecto a mi futuro
profesional, ya que cuando deje la competición dentro de unos años no sé
qué será de mi vida —lee en voz alta.
Uf, salvado.
—Miedo colectivo desbloqueado —ríe nerviosa Crys.
—Ya ves —corea mi hermana.
—Pues estudiad un poco, gandulas. —Lev apresa el cuello de Derek y lo
agita como un zumo—. Mirad a este cabrón de aquí, va a salir del Zenith
con una medalla y un birrete. ¡Por cierto, chicas, está soltero!
—Eso que tú sepas —farfulla quitándoselo de encima.
—¿Qué quieres decir?
—Me alegra comprobar que es un tema que os interesa —interviene
rápidamente May, que ya ha aprendido a detectar los picos de tensión que se
producen entre nosotros—. Aunque siento deciros que esta vez vais a salir
de clase con más preguntas que respuestas.
—¿Y eso, señorita Crawford?
—Verás, Jo, el futuro es algo… incierto. Nunca sabes qué es lo que tiene
preparado para ti o por dónde te va a llevar, solo puedes confiar en que el
resultado te va a gustar.
—¿Y si no me gusta? —salta Lev por mi izquierda.
—Entonces significa que todavía no has llegado a tu destino.
—Pues vaya…
—Yo por ejemplo estudié Psicología en la Universidad de York y he
acabado como profesora de Arte en un lugar que ni sabía que existía entre
las montañas de Colorado. —Y añade con las mejillas arreboladas—: ¡Pero
no me quejo, eh! Os adoro y no puedo estar más feliz de estar aquí.
—¡Ooooh! —canturrea la clase.
—Sin embargo, cuando me ofrecieron este puesto estuve a punto de
rechazarlo porque no veía cómo podría sentirme realizada en él.
Derek, a mi otro lado, frunce el ceño y sé que está pensando lo mismo
que yo. En el Zenith Elite no entra cualquiera, así que si May no ha llegado
aquí por méritos propios eso significa que alguien la ha ayudado a entrar.
Nota mental: preguntarle quién la ha enchufado.
—En resumen, vuestra carrera deportiva se acabará más tarde o más
temprano, no así el mundo —prosigue—. Debéis confiar en que el tiempo
siempre pone a cada uno en su lugar y que nunca es tarde para descubrir
una nueva pasión. Por ejemplo, Sadie tuvo que apartarse de la competición
hace un par de años por una lesión y ahora está esperando a que le concedan
una beca super prestigiosa para irse a estudiar Diseño Gráfico a Nueva
Jersey el año que viene. ¿No es genial?
—Toma ya, si la vas a tener más cerca de casa y todo para que la sigas
acosando —le susurro a Lev, que se ha quedado como petrificado.
Lev vive con su madre y la muñequita en un dúplex en la gran manzana
de Nueva York. Nunca he estado en su casa porque prefiero pasar el verano
en Seward, pero Derek me ha enseñado fotos de cuando estuvo unos días el
año pasado y es la hostia.
—A ver si lo he entendido bien, profe —salta Lev, chirriando los dientes
a más no poder—. ¿Se supone que tenemos que dejar que la vida nos haga
pensar que algo no es para nosotros solo porque es difícil de conseguir?
May cambia el peso de un pie a otro y se le empiezan a formar unas
manchitas de sudor bajo las axilas del vestidito lila de cuello alto con el que
intenta ocultar las marcas que le dejé anoche.
—Emmm… No, yo… A ver, lo que quería decir era que… —empieza,
visiblemente agobiada, pero el judoka no la deja hablar.
—Sí, que nos inventemos un sueño que ni siquiera es nuestro para que no
nos sintamos unos perdedores. Lo hemos entendido.
Derek y yo intercambiamos una mirada de estupor.
—¿Qué sabrás tú de los sueños de Sadie? —intervengo—. Deja que cada
uno haga lo que quiera con su vida que para eso es suya.
—¿Y si se la está jodiendo?
—¿Por querer dibujar? —río incrédulo—. No lo creo.
—Tío, tu madre es una artista de renombre y tiene una Galería de Arte en
Nueva York —arguye Derek en tono abrasivo—. ¿También crees que lo
suyo es una gilipollez para matar el tiempo? Porque por lo que tengo
entendido es lo que os salvó a ti y a tu hermana de morir de inanición.
—¡Cállate! Tú no sabes nada de nosotros.
—Es que no entiendo por qué cojones dices esas cosas solo por fastidiar
cuando está claro no las piensas.
—Solo estoy intentando ayudar.
—Pues siento decirte que lo haces de pena.
Sin previo aviso, recoge sus cosas de mala manera y abandona la clase
como el energúmeno que es, farfullando en ruso y dándole patadas a todo lo
que pilla a su paso. Uf, está puto loco.
—Lo siento, Sadie —se disculpa en un suspiro mi pobre May.
—No —exclamo—. Nosotros lo sentimos.
Sadie abre mucho los ojos, impresionada de que le haya dirigido la
palabra por primera vez en los cuatro años que llevamos cruzándonos por
los pasillos. Acepta mis disculpas con un asentimiento de cabeza y
momentos después ella también abandona el aula.
—En fin, ¿qué tal si pasamos a los dibujos ahora que no hay riesgo de
que Lev le clave un lápiz en el ojo a alguien? —La clase prorrumpe en
carcajadas ante el humor tan perspicaz de mi sirenita y yo le dedico una
sonrisa cuando mira hacia aquí—. Hoy me gustaría que hicierais un
ejercicio de introspección y plasmaseis en un anverso cuál creéis que es
vuestra mayor fuente de ansiedad y, en el reverso, qué o quién es lo que la
alivia.
—Tengo tan claro lo que hubiera dibujado Lev… —río por lo bajo.
—Lo que no sé es dónde la hubiera colocado —repone Derek.
Abro el estuche y rebusco hasta encontrar el bicolor.
—¿Oye, tú por qué crees que la odia tanto?
—No sé, dicen que los que se pelean se desean.
Por el rabillo del ojo sigo el trazo de su lápiz negro. Siempre usa el
negro. Aunque esté coloreando un puto arcoíris. Esta vez son una manos
grandes y nudosas aferradas a los barrotes de una cárcel de Texas. No sé si
le tranquiliza o le perturba que su padre lleve encerrado diez años, pero yo
desde luego que no querría ver al asesino de mi madre suelto.
—¿Derek?
—¿Hum?
—¿Puedo preguntarte algo?
—Ya lo estás haciendo.
—¿Tú y la muñequita…?
—Se llama Nadia —me corta, serio de golpe—, y no sigas por ahí.
—Lev lo acabará sabiendo igual —insisto, implacable—. ¿No crees que
sería mejor que se lo contaras tú? Nos ahorraríamos muchos problemas.
Me lanza una mirada más punzante que sus flechas.
—Lo mismo te digo con la directora White.
—¿Cómo dices? —Me señala con un movimiento de cejas a la pelirroja
que está haciendo orbitar su alianza en el pulgar—. ¿Qué sabes?
—¿Debería saber algo?
—No, nada en absoluto —gruño sulfurado.
—Ya, eso pensaba.
Me pregunto en qué momento este capullo maquiavélico se percató de lo
nuestro. Entonces me viene el recuerdo de la competición de Crystal en la
que le comí el cuello delante de todo el campus y de los gemiditos tan
dulces que emitía. Eso debió de darle una pista muy sutil. Joder, si May se
entera de esto estoy frito. No me puedo permitir que Derek se vaya de la
lengua y lo arruine todo ahora que por fin estaba empezando a encontrar
grietas por las que colarme en ese muro que la muy cabezota se empeña en
rearmar piedra por piedra cada vez que la hago de reír o… de gemir.
—No se lo cuentes a nadie, por favor —murmuro al fin. Derek se queda
un momento quieto, casi sin respirar, asumiendo el significado que
encierran mis palabras. Luego retoma la tarea.
—Descuida, no tenía pensado hacerlo.
Un destello azabache capta mi atención y veo a Jo caminando resuelta
hacia la mesa de May con su dibujo en la mano.
Desde aquí casi no puedo escuchar lo que dicen, mucho menos distinguir
los garabatos de mi hermana, pero por la expresión de horror en la cara de
May no me hace falta saber cuál es su fuente de ansiedad. Menos mal que
aún no se ha enterado de que han puesto al jodido Trevor Duncan en
libertad con cargos porque lo último que necesita es una crisis de ansiedad
antes de la próxima eliminatoria que no tardará en celebrarse.
Siguen charlando y cuando por fin le da la vuelta al papel, cuatro piedras
preciosas, dos de ámbar y dos de jade, ruedan en mi dirección. Comprendo
al segundo que me ha dibujado a mí y, sin pensar en que estoy rompiendo
un recuerdo maravilloso entre futuras cuñadas, me acerco hacia ellas y
envuelvo a Jo en un abrazo que, para mi sorpresa, me devuelve enseguida.
—Estás haciendo como con mamá —le riño con cariño.
—¿El qué?
—Acaparando toda su atención. —Señalo a una May que nos observa
con los ojos como platos y las mejillas rubicundas.
—Ay, es verdad. Perdón.
—Tranquilidad, que hay May para todos.
Mi hermana vuelve a su sitio dando saltitos alegres y yo me inclino sobre
la madera para que nadie nos escuche cuando le susurro:
—Espero que para unos más que para otros.
—Aquí no —bufa azorada.
—Lo sé, no te preocupes.
Le deslizo mi dibujo con una sonrisa conciliadora y me reprendo a mí
mismo por no haber dejado el móvil grabando en mi sitio para ver en bucle
su reacción más tarde porque no tiene desperdicio. May abre y cierra la
boca varias veces, arruga la nariz y frunce los labios.
—No me queda claro cuál te da jaqueca y cuál confort.
—¿No? —Una corriente eléctrica me recorre por entero cuando nuestros
dedos se rozan—. En los dos dibujos hay una piscina, pero solo en uno de
ellos hay una pelirroja en las gradas que me observa. Aunque ahora que lo
pienso me he dejado un detalle muy importante. ¿Me permites? —Le
arrebato el lápiz de la mano y me dibujo a mí mismo subido en un podio
olímpico justo a su lado—. ¿Ahora ya sí o tampoco?
Se le ponen los ojos brillantes de la emoción.
—¿De verdad soy tan importante para ti?
—No te haces una idea, sirenita. Por eso me gustaría verte mañana en la
competición. Solo pasamos tres y aunque sé de sobra que yo seré uno de
ellos… No sé, me encantaría celebrarlo contigo luego.
—¿Celebrarlo cómo, con un morreo de película?
—Por ejemplo —bromeo. Pero la sonrisa me dura poco al ver su cara de
exasperación—. Era broma, perdona. Solo quiero que estés allí y sentir tu
apoyo. Nada más. A no ser que prefieras animar a otro, porque entonces te
puedes quedar en tu habitación.
May enarca una ceja cobriza y sé que la acabo de cagar. Otra vez.
—En ese caso puede que lo haga.
—¿El qué, animar a otro o no acudir? —No me responde y la ira y la
frustración empiezan a tomar el control de mi persona—. Joder, May, ¿qué
coño quieres de mí, en serio?
—Podría preguntarte lo mismo —replica seca.
—Solo te estaba pidiendo muy amablemente que vinieras a verme nadar
mañana, no creo que sea ningún disparate.
—Lo intentaré.
—¿Lo intentarás? —repito entre incrédulo y furioso.
¿Pero qué le pasa? Hace unas horas me la estaba follando contra un árbol
y ahora le falta vomitarme encima.
—Ejem, ejem… —Caleb aparece de sopetón por mi izquierda y nos mira
con curiosidad—. ¿Interrumpo algo?
—Sí —gruño.
—¡No! —ataja May—. Xander y yo ya hemos acabado.
—Pero además de verdad.
Hago una pelota con el dibujo y lo encanasto en la papelera más cercana.
Mis amigos me aplauden mientras May no para de darle vueltas al anillo.
Seguramente esté pensando en el castigo que le espera por haberse portado
como una zorra conmigo sin motivo, lo que no puede ni imaginar es que no
será nada en comparación al que recibirá si mañana no la veo sentadita en
primera fila con un cartel gigante con mi nombre.
Es una promesa.
CAPÍTULO 19
May

Nueve horas después y con una sensación amarga en la boca del estómago
estoy tumbada panza arriba sobre la cama de mi mejor amiga.
—En serio, Page, necesitas un polvo urgente.
—Joder, y tanto —me secunda.
—O comprarte un satisfayer con diez velocidades, aunque no sé si eso tu
padre lo consideraría pecado.
Page hace la croqueta en la cama sin parar de reír.
—Si mi padre encuentra un manubrio rosa fucsia en el cajón de mis
bragas llamará corriendo a San Pedro para que me ponga la última en la
cola para entrar al Cielo.
—Bueno, en el Infierno dicen que se está muy calentito.
—Y que Lucifer tiene un rabo que…
—¡Page! —la reprendo con una carcajada.
—¿Qué pasa? Estaba hablando del que utiliza para matar moscas cuando
se aburre, pervertida. —Pero por el brillo oscuro en sus ojos color cacao sé
que miente. Me hunde un dedo entre las costillas y me contorsiono—. ¿No
serás tú la que necesite un polvo urgente, eh?
—Pues no, la verdad que no.
Page suelta un chillido tan agudo que ha debido de alertar a mi madre en
la otra calle. A estas horas estará viendo el programa de cocina ese en el
que tratan mal a los concursantes y les sueltan cosas como que el vómito de
su perro tiene mejor textura que el risotto con trufa y bogavante que han
preparado. Si no estoy ahora mismo con ella partiéndome de risa es porque
mañana es su quincuagésimo séptimo cumpleaños y quería darle una
sorpresa, de ahí que vaya a pasar la noche oculta en casa de los Remington.
Me da un poco de pena no asistir a la competición de mañana de Xander,
pero más pena me da pensar que este pueda ser el último cumpleaños que
celebremos mi madre y yo juntas.
—¡Necesito foto de ese dios griego que ha conseguido que la siesa de mi
amiga se abra de piernas!
—¡Shhh, baja la voz! —Compartimos tabique con el pastor y su mujer y
no quiero que mañana me confiese durante el desayuno con la boca llena de
huevos con beicon—. No hay ningún dios griego en mi vida y tampoco soy
una siesa, solo me he vuelto más selectiva desde lo que pasó.
—Cariño, no eras capaz de estar cerca de un hombre en un radio de cinco
kilómetros a la redonda. Eso no es ser selectiva, eso se llama falofobia.
Me atraganto con mi propia saliva y tengo que toser.
—¿Falo qué?
—Que te daban miedo las pollas, vaya.
—Eso no es verdad.
Vale, un poquitín de miedo les había cogido, lo reconozco, pero es que
sentía genuino asco por el sexo opuesto hasta que un espantapájaros sin
camiseta y con la tableta de chocolate más definida que he visto en mi vida
me persiguió por el laberinto de maíz y reavivó mi lívido.
—Venga, enséñame una foto de él.
—No tengo fotos suyas.
—¡Así que hay alguien! —chilla triunfante—. ¡Lo sabía, lo sabía! Si es
que soy una detective de la hostia.
—No te confundas, yo soy la pésima mentirosa.
—Enséñamelo ya o esta noche duermes en la cama de Troy.
El Golden Retriever yergue la cabeza de bucles oscuros al oír su nombre
y nos mira con los ojillos entrecerrados desde el rincón.
—Hecho. Seguro que él no ronca tanto como tú —me burlo.
—¡Yo no ronco, perra! —Y refuerza el insulto tirándome un cojín rosa a
la cara que me acierta de lleno.
—Ahora verás.
Empezamos una guerra de almohadas como las de los viejos tiempos y
no nos detenemos hasta que escuchamos el puño furioso de su padre
aporreando el tabique como si quisiera echarlo abajo.
Me duele la tripa de la risa y me ahogo con mis propias carcajadas.
¿Cuánto hacía que no me sentía tan libre? ¿Tan yo? En el Zenith soy una
persona totalmente diferente. Allí todos me conocen como la formal
señorita Crawford, la profesora de Arte, mientras que aquí solo soy... May.
Page se limpia las lágrimas con la manga del pijama de Winnie de Poh
amarillo y vuelve a la carga.
—Bueno, pues si no me vas a enseñar una foto al menos quiero que me
lo presentes cuando vaya a visitarte.
—Ya veremos.
—De eso nada. Es un nuevo mandamiento: Presentarás a tu nuevo novio
para que le dé el visto bueno por encima de todas las cosas —entona
solemne como Moisés en el desierto.
—Sigue soñando.
Decidimos que ya es hora de dormir y cada una ocupa su posición en la
cama, ella en la cabecera y yo a los pies.
—Oye, May —oigo que me llama al rato.
—¿Qué?
—¿Trevor ha vuelto a ponerse en contacto contigo?
—Gracias a Dios, no.
—Menos mal —exhala en un suspiro.
—¿Tú crees que quiere hacerme daño?
—Creo que solo quería acojonarte un poco. —Mueve el pie y casi me lo
mete en la boca—. Igualmente avísame si vuelve a intentar un nuevo
acercamiento. Hace unos días me descargué un programa mega potente
capaz de descifrar llamadas en oculto.
—¿Y si no utiliza un móvil esta vez?
—¿A qué te refieres?
Me remuevo y pateo la manta porque de repente estoy sudando.
—¿Y si se presenta allí, en el Zenith? Sería como matar dos pájaros de un
tiro, se venga de mí por no testificar a su favor en el juicio y de las chicas
que lo denunciaron.
—Ya te dije que tenía una orden de alejamiento.
—Sí, bueno, pero eso y nada es lo mismo. Podría saltársela y ni siquiera
nos enteraríamos.
—Que no… —bosteza cansada—, que las cosas no funcionan así. Ese tío
no va a poner un pie allí, lo sabe Jesucristo.
—Pues no sé cómo puede estar tan seguro.
Page pone los ojos en blanco.
—Deja de imaginarte escenarios apocalípticos y duérmete de una vez,
que mañana no quiero que tu madre me acuse de tus ojeras.
—¿Tengo ojeras?
—Ajá. Y patas de gallo.
Ahora la patada se la lleva ella en todas las costillas. Protesta y nos
insultamos un poquito antes de cerrar los ojos por fin.
A los pocos minutos me llegan sus ronquidos suaves, pero yo soy incapaz
de conciliar el sueño porque solo puedo pensar en la cara que se le va a
quedar a Xander cuando mañana por la mañana llegue a la piscina y no me
encuentre entre el público. Se enfadará, por supuesto que se enfadará. Y
mucho. Pero también confío en que entienda que era el cumpleaños de mi
madre, posiblemente el último, y que quería pasarlo con ella sí o sí.
Además, lo que le dije esta mañana era cierto. De ninguna manera podría
haberme acercado a él después de la competición y felicitarlo como a
ambos nos gustaría. Hasta que no dejemos de ser profesora y alumno no
podremos ser nada más. Y ni siquiera entonces sé si la cosa funcionaría. En
fin, no tiene importancia porque mañana todo cambiará entre nosotros.
Sueño durante toda la noche con Xander y sus mensajes coléricos
preguntándome dónde estoy y advirtiéndome del castigo que me espera por
no obedecer sus órdenes, por eso cuando el móvil me vibra sobre la mesita
de noche con una llamada entrante suya creo que sigo soñando. El mensaje
que me manda a continuación me termina de despertar:

Xander <3:
Espero verte allí, eres mi amuleto…

Siento el peso de la culpa en el estómago y me apetece llorar, pero Page


me agarra del gemelo y me saca de la cama.
—Mi madre acaba de sacar la tarta de queso de la nevera—me chilla en
la oreja—. Vamos, vístete y la ayudamos a poner las velas.
—Voy, voy…
Arrastro los pies hasta el baño y me lavo la cara a conciencia, pero la
expresión de culpabilidad no desaparece. Mi teléfono vuelve a vibrar en el
lavabo. Me está llamando. Mierda. Lo dejo sonar hasta que cuelga después
de una eternidad porque ahora mismo preferiría que me clavaran un
cuchillo en las tripas antes que escuchar su voz rota por mi culpa.
—¡Buenos días, May! —me saluda la madre de Page desde la cocina
mientras bajo la escalera—. ¿Has dormido bien?
—Muy bien, señora Remington. —Me siento a la mesa con las hermanas
pequeñas de Page, que me miran con recelo y hasta yo diría que con
desprecio—. Gracias otra vez por acogerme en su casa esta noche.
—La felicidad de Page es nuestra felicidad y tú la vuelves loca de
contenta, así que en todo caso las gracias te las damos nosotros a ti.
Page me da una patada suave por debajo de la mesa y me hace un guiño
que viene a significar: quédate en Seward y no vuelvas nunca más con ese
dios griego que no me quieres enseñar.
El café me cae como una piedra en el estómago y apenas soy capaz de
tragar cuando el teléfono vuelve a sonar.
—¿Por qué no lo coges? —Page me mira inquisitiva.
—No es nadie.
—Alguien será, si no no te estaría llamando.
—No, de verdad que no es…
—¿Es Trevor? —No me da tiempo a atrapar el móvil antes de que lo
haga ella primero y responda—: ¡Deja a mi amiga tranquila, pedazo de
mierda! Como la vuelvas a molestar te cortaré los huevos.
—¡NO!
—¡Por el amor de Dios, Page! —clama su madre haciéndose la señal de
la Santa Cruz—. ¡Esa boca sucia!
—Trae aquí el teléfono.
Pero para cuando se lo arranco de las manos ya no hay nadie al otro lado
de la línea. ¡Mierda, joder! Me levanto de la mesa y enfilo el pasillo hasta
encontrar un cuarto vacío para llamar.
—Cógelo, cógelo, por favor —suplico en silencio. Cuando salta el buzón
de voz lo vuelvo a intentar. Una y otra y otra vez. Pero nada.
Vuelvo hecha una fiera a la cocina y Page me observa cual cervatillo
deslumbrado por los faros de un coche.
—¿No era Trevor?
—¡No, tía, no era el puto Trevor! —La señora Remington está a punto de
sufrir un infarto de miocardio ante semejante despliegue de maldiciones—.
Era Xander.
—¿Xander, como Xander Atwood?
—El mismo.
Abre mucho los ojos cuando encaja las piezas del puzle.
—¡Hostias, te estás tirando al nieto de los Atwood!
—Page Judith Remington, te prometo que como vuelvas a decir una sola
palabrota más te lavaré la boca con agua bendita —la amenaza su madre
mientras coloca las velas en la tarta para la mía.
—Espera, deja que lo llame y me disculpe.
—No me coge el teléfono.
Page rodea la isla de la cocina y me envuelve entre sus brazos. Huele a
limón y a incienso, como siempre. La abrazo con fuerza y dejo que algunas
lágrimas se derramen sobre su hombro.
—Lo arreglaremos, ¿vale? —me susurra bajito.
—No lo entiendes, me va a odiar.
—Nadie puede odiarte, May. Eres como la primera florecilla de la
primavera, la cosa más tierna y adorable del mundo.
—Me merezco que me pise —sollozo.
—Ni se te ocurra decir eso. Mírame. —Me coge la cara entre las manos y
me limpia el rímel corrido con el pulgar—. Ese tío no te va a dejar por esto
y, si lo hace, ahora que sé dónde vive cumpliré mi promesa y le cortaré los
huevos para dárselos de comer a las gallinas.
—No me cabe duda.
—Y ahora apaga el móvil y disfruta del día con tu madre. Ya pensaremos
esta noche cómo lidiar con el dios griego.
Asiento triste pero acabo silenciando mis problemas.
—Vale.
En cuanto ponemos un pie en el recibidor de mi casa, el aroma a galletas
de jengibre recién horneadas nos envuelve en un abrazo cálido. Qué bien se
siente estar en casa. Los maullidos delatores de Cheeto advierten de nuestra
presencia y, al segundo después, Lorraine Crawford aparece en la escalera
con un pañuelo añil anudado a la cabeza y una sonrisa radiante.
—¡Chicas, qué sorpresa!
—¡Feliz cumpleaños, mami!
—Feliz cumpleaños, señora Crawford —canta Page meneando la tarta de
queso—. Cada día que pasa está usted más guapa.
—Ay, gracias, Page, qué cosas me dices. —Nos da un abrazo a cada una
y cuando repara en la tarta empieza a salivar. Ahora ya sé de dónde me
viene la glotonería extrema—. ¿Todo eso es para mí?
—A ver, a mí me gustaría coger un cachito —declara Page.
Las tres nos echamos a reír con ganas y marchamos con Cheeto en brazos
a la sala de estar para encender las velas y dar buena cuenta del pastel.
—Pide un deseo, mamá —digo cuando las cincuenta y siete velas están
prendidas y titilantes.
—Me gustaría… —empieza, pero Page la corta.
—¡No lo diga en alto, que se gafa!
—Es igual —rezonga. Entonces clava sus ojos avellanados en los míos y
sé que lo que está a punto de decir me va a destrozar—. Mi deseo es que mi
May sea muy feliz cuando yo ya no esté.
—No digas eso, siempre vamos a estar juntas.
—Nada dura para siempre, cariño.
Cuando me echo a llorar en los brazos de mi madre como una niña, Page
agacha la cabeza y se mira las manos, incómoda a más no poder. No quería
llorar. Había prometido no llorar, pero mis emociones amenazan con
pudrirse en mi interior y generar gangrena si no las saco fuera.
—Te quiero mucho —lloro a moco tendido.
—Y yo a ti, mi niña, pero tienes que dejar de llorar porque hoy es un día
feliz. —Me retira el flequillo de la cara—. Hoy estamos celebrando la vida.
—Tienes razón, lo siento. Te… te he traído algo. —Recuerdo de pronto
cuando la esquina del marco se me clava en las costillas por debajo del
jersey de punto—. Es una tontería, pero me hacía ilusión dártelo.
Había dibujado al equipo pelirrojo que formábamos Cheeto, mi madre y
yo y lo había enmarcado. Era una mierda de regalo para una madre que se
estaba muriendo, pero no estaba la economía para tirar cohetes.
—¿No te parece suficiente regalo los diez mil dólares que me has
ingresado esta mañana a primera hora en la cuenta?
Page y yo cruzamos una mirada de confusión.
—¿Cómo dices?
—Espera, ¿no has sido tú?
Seguro que a mi padre le visitaron anoche los espíritus de las navidades
pasadas, presentes y futuras y le ablandaron el corazón para que nos
ayudara un poco, pero mi madre se moriría si supiera que ese dinero
pertenece al hombre que le rompió el corazón hace quince años.
—Ah, sí, he sido yo —me apresuro a mentir—. Programé la transferencia
hace unas semanas para que te llegara hoy y ya no me acordaba.
—¡Cuánto vales, hija mía!
El resto de la tarde se pasa volando entre tés y juegos de mesa en los que
Page jura y perjura que no ha hecho trampa, pero yo misma la he visto
dándole la vuelta al dado cuando creía que nadie miraba. Estoy feliz. Muy
feliz. Sin embargo, no puedo parar de pensar en Xander y en si habrá
logrado clasificarse. Espero que así sea porque es un chico genial y se
merece todo lo bueno que le pase, séase, yo no.
Cuando cae la noche y Page por fin se marcha después de ganarnos tres
veces al parchís y dos a la oca y nos quedamos solas, mi madre suelta un
largo y sonoro bostezo que se me pega.
Uf, qué día más agotador.
—¿Qué vas a hacer ahora, mamá?
—Lo de siempre —rezonga—, me pondré algo en la televisión hasta que
me pesen los párpados y me acostaré.
—Dirás que yo cargaré contigo hasta la cama.
—Esa es tu obligación como hija.
—Qué morro tienes. —Le rodeo la cintura con un brazo y le estampo un
beso en la frente—. Si no te importa yo también me voy. Estoy reventada y
mañana me esperan nueve horas en la carretera.
—Claro, cielo. Descansa.
La dejo arropada en el sofá con un programa de jardinería y con Cheeto
enroscado en sus pies antes de encaminarme al piso de arriba sin parar de
bostezar. Madre mía, qué sueño tengo.
A media escalera me da por encender el móvil y hacer frente a un Xander
colérico, pero cuál no es mi sorpresa cuando no recibo ningún mensaje suyo
diciéndome que soy lo peor que le ha pasado y que no desea verme nunca
más. De hecho, no recibo nada de nada.
Qué raro.
Casi que prefiero sus insultos a su silencio.
Sigo ascendiendo con la sensación de que algo no va bien y consulto los
resultados de la competición con dedos temblorosos. Mi corazón se salta un
latido cuando no lee su nombre en el primer puesto, ni en el segundo, sino
en el tercero. No es su mejor marca y ahora mismo él y su ego tienen que
estar subiéndose por las paredes, pero al menos ha pasado la primera fase
eliminatoria así que me trago la vergüenza y le escribo:

Acabo de ver que te has clasificado.


¡¡¡Enhorabuena!!!
Cierro la puerta de mi habitación a mis espaldas y no me molesto en
encender la luz para desnudarme. Suspiro de placer cuando me meto por fin
entre las sábanas limpias y me hago una bolita de calor, pero el alivio me
dura poco cuando por el rabillo del ojo capto una sombra gigantesca
deslizándose por la pared del fondo. ¿Qué coño? Entonces la sombra habla
con la voz ronca y aterciopelada de Xander y yo me creo desfallecer.
—Sí, aunque no ha sido gracias a ti.
CAPÍTULO 20
May

—¿Xander? —gimo. No puedo ni respirar.


¿Qué diablos hace él aquí? Debería estar celebrando su tercer puesto con
sus amigotes en un pub caro de Cripple Peak rodeado de mujeres bonitas y
botellas de Chardonnay. ¿Y cómo se ha colado en mi casa? Entonces reparo
en mi completa desnudez y me cubro el pecho con las sábanas, pero me las
arranca de un tirón y acaban desperdigadas por el suelo de la habitación.
—Te dije que no te escondieras de mí.
Aterrada, salto de la cama y trato de llegar desnuda hasta la puerta,
aunque no llego muy lejos. Con una mano gigante me aplasta la cabeza
contra la madera mientras la otra se aferra a mis caderas con tanta fuerza
que podría llegarme hasta el hueso. Jadeo y me retuerzo, pero Xander pega
su pecho a mi espalda y noto tanto su ira como su erección clavándoseme
en la piel.
—¿Qué haces aquí? —consigo balbucear.
—La pregunta no es qué hago yo aquí, sino por qué no estabas tú allí.
—Xander, esto es allanamiento de morada…
—Lo sumaré a la lista de delitos que pienso cometer esta noche.
El calor que desprende a través de la sudadera es sofocante.
—Lo siento, ¿vale? Siento no haber estado en el Zenith pero era el
cumpleaños de mi madre y quería verla.
—Entonces le habrá gustado mi regalo —sisea en mi oído.
—¿Qué regalo?
Su risita amarga me quema en el pecho.
—¿No creerás que el banco premia a sus mejores clientes con diez mil
dólares en su cumpleaños, verdad?
—Has sido tú… —Ahogo un sollozo—. ¿Por qué?
—Estaba desesperado por llamar tu atención. No respondías a mis
mensajes ni a mis llamadas. Tampoco estabas en el campus y ya no sabía
qué coño más hacer para localizarte.
—Lo siento muchísimo.
—Ya, y más que lo vas a sentir.
Sin previo aviso, cuela dos dedos en mi abertura húmeda y me los hunde
hasta el fondo. Se me corta el aliento de la impresión y tengo que obligar a
mis pulmones a insuflar aire.
—Espera —gimoteo contra la puerta—… hablemos primero.
—Se acabó el tiempo de hablar.
—No quiero hacer esto enfadados.
—¿Quién está enfadado? Yo desde luego que no. —Pero la rabia aciaga
en su voz lo delata. No está enfadado, está furioso.
Me empieza a follar con los dedos sin ningún tipo de cariño ni de
suavidad mientras yo gimo y me contoneo para complacerlo. Me pongo de
puntillas para capear mejor la explosión de calor y dolor entre los muslos y
trato de ignorar la toxicidad de la situación introduciendo una mano
temblorosa entre nuestros cuerpos, pero la caza y me la pone a la espalda.
—Déjame tocarte.
Me clava los dientes en la clavícula por toda respuesta y viro los ojos al
techo al notar que el orgasmo va tomando forma. Cuando se me tensan los
músculos de la cara interna de los muslos y le aprieto los dedos con las
paredes uterinas para retenerlos ahí, Xander emite una risa ronca.
—Mírate, a punto de correrte en mi mano como la buena zorra pervertida
que eres. —Me pellizca el clítoris con los dedos—. ¿Quieres que pare?
—No, por favor.
Echo la cabeza sobre su hombro y me estiro para llegar a sus labios. No
hay nada en el mundo que me apetezca más que beber de él, pero entonces
sale de mí y retrocede un paso.
—¿Qué…? —jadeo confusa—. Te he dicho que no parases.
—Y yo te dije que vinieras a mi puta competición, supongo que no
siempre se puede tener todo en la vida.
A pesar de la oscuridad que nos envuelve, el brillo peligroso en sus ojos
me advierte de que el Xander dulce y atento que me mandó sushi a la
habitación cuando estaba enferma y que se vio mi película favorita para
tener algo de qué hablar conmigo ya no está.
Simplemente ha desaparecido.
Y yo soy la culpable.
En un abrir y cerrar de ojos, me coge del cuello con una mano férrea y
venosa y me hace levitar hasta el centro de mi propia habitación, donde me
deja caer con desprecio sobre la moqueta gris en la que a Cheeto le encanta
retozar por las mañanas.
—Abre las piernas.
—Por favor, Xander, no hagas esto.
—No pienso repetírtelo, May —gruñe—. Abre. Las. Putas. Piernas.
—Estás empezando a asustarme, este no eres tú.
Pero hace caso omiso a mis súplicas jadeantes y se me sube encima,
montándome desde atrás como a una yegua salvaje. Noto un líquido
caliente goteándome en las lumbares y al asomarme por encima del hombro
veo su músculo duro y desenfundado, listo para hacerme gritar.
Desesperada por recuperar el control de la situación, golpeo la superficie
mullida con los puños y me retuerzo bajo su peso pero, de nuevo, una mano
me inmoviliza mientras la otra guía el glande hasta mi entrada y juguetea
con ella.
—Para…
—¿Sabes una cosa? Estoy harto de hacerlo todo bien contigo —murmura
como para sí mismo mientras me dibuja la forma de la vagina con la punta
una y otra vez—. Tal vez me harías más caso si fuera un cabrón de esos que
te follan bonito y te joden la vida. ¿Qué opinas?
—Entiendo que estés enfadado pero hablemos las cosas como dos
adultos racionales, por favor.
—Ah, claro, porque yo estoy siendo un niñato de mierda al colarme en tu
casa por la noche pero tú eres super madura eludiendo llamadas y dejando
que tus amiguitas contesten por ti.
—Page me quitó el móvil, yo no…
Un azote acalla toda explicación.
Cada vez que intento abrir la boca para decir algo me fustiga más fuerte y
seguido, poniéndome los cachetes en carne viva. Se me saltan las lágrimas
y mi cuerpo traidor reacciona elevando las caderas.
—¿Ves? Eres una puta falsa —me escupe con desdén desde arriba—. Te
gusta ir por ahí alardeando de ser una chica buena pero lo que de verdad te
pone es que te levanten la falda después de clase y te la metan hasta el
fondo.
—¡Basta!
—Me mandas señales contradictorias todo el maldito tiempo y me haces
creer que tengo una oportunidad contigo para al minuto siguiente darme una
patada en el culo como a los perros. —Agarra en un puño mi pelo y me tira
de la cabeza hacia atrás—. ¿Te avergüenzas de mí, es eso?
—En absoluto.
De nuevo, me ignora.
—Creo que lo que pasa es que no soportas que la gente piense que tienes
algo con un crío porque ya deberías estar casada con un hombre hecho y
derecho que traiga el pan a casa y te haga un bombo cada nueve meses.
—¡No es verdad, no es verdad! —chillo frenética—. Yo…
—¿Tú qué?
Quiero explicarle que lo deseo con todo mi ser y que nada me haría más
feliz que ser la señora Atwood, pero no me salen las palabras.
—Xander, por favor, mi madre está justo debajo.
—Ya, y yo estoy aquí arriba. —Me abre los labios inferiores con la punta
y jadeo por la anticipación—. Y ahora, dentro.
Se entierra en mí de una estocada y me vacía todo el aire de los
pulmones. ¡Dios, cómo duele! No espera como las otras veces a que mi
cuerpo se estire y se amolde a él, no. Xander tiene hambre y lo demuestra
devorándome entera, succionándome hasta el alma y dejándome seca.
Me agarra de las caderas mientras entra y sale de mí con un ritmo salvaje
y yo solo puedo hundir los dedos en la moqueta y cerrar los ojos para
capear la tormenta que acabo de desatar. En un momento dado, reduce la
intensidad de las embestidas mortales para agarrar un cojín de mi cama y
ponérmelo debajo del vientre para hacer la penetración más profunda.
—Despacio, por favor —aúllo con los dientes apretados cuando me da en
ese maldito punto tierno que hace que todo mi sistema nervioso
cortocircuite—. Dijiste que no me harías daño…
—¿Y qué hay del daño que me has hecho tú?
—¡No es lo mismo!
Me la saca de golpe y me da la vuelta como a un bistec a la plancha. Me
duele la cabeza y tardo un poco en comprender que hemos cambiado de
postura y ahora tengo al demonio mirándome directamente a los ojos.
—A ti te podrá doler el coño, pero a mí me duele aquí. —Se aporrea el
lado izquierdo del pecho como los gorilas—. Me has roto el puto corazón,
May. No hay agonía en el mundo comparada con eso.
—Lo siento, de verdad.
—Sabía que no tenía que acercarme a ti, sabía que me acabarías jodiendo
vivo, pero… Mierda. Eres el veneno más dulce que he probado y solo
puedo pensar en emborracharme de ti hasta la muerte.
—Nunca quise tu atención, fuiste tú quien la reclamó.
—Lo sé. —Cierra los ojos con tanta fuerza que una vena le palpita en la
sien—. Y maldita la hora en que lo hice.
No hablo, solo soy capaz de derramar lágrimas.
Esta vez no son de dolor mezclado con placer, qué ojalá, sino de genuina
pena. Trato de cogerle la cara entre las manos para calmarlo pero él es más
rápido y me atrapa las muñecas para colocármelas sobre la cabeza.
—No tienes derecho a tocarme.
Mirándonos a los ojos, me la vuelve a clavar hasta lo que mi pobre útero
da de sí y apenas puedo contener un sollozo de puro éxtasis. Joder, esto es
justo lo que quiero para el resto de mi vida: sentir su calor húmedo por todo
mi cuerpo y ahogarme en ese aroma a piscina que lleva adherido a la piel.
Quiero levantarme por las mañanas y que sus ojos grises sean lo primero
que inunde mi visión, que me bese en los labios y hagamos el amor antes y
después de desayunar. Quiero acompañarlo a los entrenos y no perderme ni
una de sus competiciones. Quiero apoyarlo en todo porque eso es justo lo
que ha hecho él conmigo desde que nos conocemos.
—Te quie…
—¿Por qué eres tan mala, May? —me corta, llevándose uno de mis
pezones a la boca y mordisqueándolo con saña.
—No soy mala, solo deja que me explique.
—¿Para qué? —Pasa a masacrar mi otro pezón—. Ya he escuchado
suficientes mentiras. Es más, estoy empezando a pensar que tus gemidos ni
siquiera son reales. Todo en ti es falso.
—Xander, yo te…
Se frena en seco y me mira a través de dos rendijas.
—¿Tú me, qué?
—Yo te… yo… creo que… —Pero me ahogo con mis propias lágrimas y
no soy capaz de decir la puta frase completa.
—Espera que te ayudo. —Me embiste con tanto ímpetu que me extraña
que no me la saque por la boca—. Tú me tratas como una mierda y te ríes
de mí todo lo que quieres y más cuando lo único que hago es tratarte como
a una princesa. —Embestida—. Tú me das una de cal y otra de arena para
tenerme comiendo de tu mano. —Embestida—. Tú me estás destrozando la
puta vida y ni siquiera te importa.
—¡Claro que me importa! —grito contra la moqueta. A estas alturas me
da igual que mi madre entre por la puerta y nos descubra—. ¡Por eso quiero
apartarte de mi vida, joder, porque la mía es un pozo de oscuridad y la tuya
brilla como el oro! ¿No te das cuenta de que lo nuestro no va a ningún sitio?
¿No te das cuenta de que no encajamos?
—Mira lo bien que encajamos, May —gruñe tan cerca de mi boca que
creo reconocer un ligero aroma a alcohol.
—¿Estás borracho?
—Ojalá estarlo, así podría olvidarme de ti durante un maldito segundo.
Pero no, no hay droga en el mundo más fuerte que tus labios y por
desgracia yo me he vuelto adicto a ellos.
Sale de mí y justo cuando voy a echarle los brazos al cuello para tratar de
calmar a la bestia, me pone de rodillas y me planta las dos manos en el
piecero de la cama. Un sudor frío me recorre la columna.
—¿Qué vamos a hacer? —titubeo cuando lo veo sacarse mi lubricante
efecto calor del bolsillo.
—Te advertí de que si no te portabas bien tendría que recurrir al mayor
castigo de todos. —Se coloca a mi espalda y me pasa una mano por la
cintura para llegar hasta mi clítoris hinchado, donde empieza a trazar
círculos cada vez más concéntricos para llevarme al límite—. Quería que
este momento fuera especial. Bueno, siempre he querido que todos los
momentos contigo lo fueran, pero no me has dejado más opción.
—Xander, espera.
Lucho contra su poderoso brazo, pero es inútil. Me pega aún más la
espalda a su pecho y chillo cuando siento el capullo de su miembro
juguetear con un agujero que no debería ser explorado.
—Quieta —me conmina.
—¡Es demasiado, no voy a soportarlo! —Tengo todos los músculos del
cuerpo agarrotados y me cuesta respirar—. Por favor, por favor, haré lo que
me pidas, pero esto no. Así no.
—Pues habértelo pensado mejor antes de ser una zorra.
Pese a la rudeza de sus palabras, sus movimientos se han vuelto suaves y
medidos, como si en el fondo no quisiera hacerme daño. Me masajea el
clítoris en círculos sirviéndose de mi humedad y del líquido viscoso del
lubricante para que me relaje mientras me va abriendo poco a poco por
detrás. Cuando posa sus labios en mi cuello y me besa por primera vez, es
entonces que me calmo lo suficiente para aflojar la resistencia.
—Eso es, cariño, déjame entrar.
—Me duele —lloriqueo.
—Lo sé, iré con cuidado.
Xander jadea sobre mi hombro y se va deslizando poco a poco en mí sin
dejar de masturbarme por delante y venerarme la piel del cuello y las
clavículas con los labios.
—Joder, nena, qué bien me recibe tu culo. —Escucharlo así de excitado
me anima a soltar una mano del piecero para enroscarla en su nuca—. Estás
hecha para mí, May Crawford. Solo tú podrías soportar mi polla y correrte
sobre ella, porque eso es justo lo que vas a hacer.
—Sí…
—Vas a dejar que te monte por detrás y lo vas a disfrutar.
—Joder, sí.
Con una lentitud exasperante comienza a meterla y a sacarla entera, muy
atento a todas mis reacciones. Me siento tan llena que me cuesta alojar un
átomo de oxígeno más en mi cuerpo por miedo a implosionar y pintar las
paredes de mi cuerpo con tanto pecado.
—¿Bien?
—Más que bien —logro jadear.
La forma en que Xander me estimula desde varios puntos a la vez
amenaza con volverme loca y entiendo que ningún otro hombre podrá
darme lo que este de aquí me ofrece a manos llenas. Cuando mi estrechez se
amolda por fin a la monstruosidad de Xander y encontramos un ritmo
cómodo, las sacudidas se vuelven más firmes y certeras.
Él gruñe y yo gimo al notar el orgasmo cada vez más cerca.
—No pares ahora, por favor —le ruego con los ojos en blanco y el
flequillo pegado a la frente por el sudor—. Te juro por Dios que si paras
ahora me iré del país y no me volverás a ver.
Su carcajada me retumba en la espalda.
—Tranquila, no tenía pensado parar.
Es imposible que mi madre no esté escuchando el golpeteo de la cama de
forja contra la pared y nuestros gritos de pasión.
—Ah, estoy a punto…
—Dime qué es lo que quieres, May. —La nota de angustia y
desesperación en su voz me quiebra por completo—. Porque yo quiero estar
contigo pero no sé si voy a poder esperarte mucho más.
Me muerdo el labio con tanta fuerza que me hago sangre. Este es mi
momento para alejarlo o atarlo a mí para siempre. Me lo está poniendo en
bandeja de plata y yo no sé qué coño hacer. Por un lado debería sacarlo de
mi vida para que pueda centrarse en el deporte y cumplir sus sueños, pero,
por otro lado, me apetece ser egoísta y quedármelo todo para mí.
—Te quiero a ti. —Se me cae de los labios—. Solo a ti.
—¿De verdad?
—No he tenido… algo más claro… en mi vida.
El orgasmo me inunda por sorpresa y Xander tiene que taparme la boca
con una mano embadurnada de mis fluidos para acallar mis alaridos de
placer. Cuando acabo de correrme le lamo los dedos uno por uno para
saborear mi propio deseo mezclado con el suyo.
Es exquisito, sublime, y deliciosamente prohibido.
Nos quedamos así unos segundos interminables, yo tratando de
recomponerme y él enfriándome el sudor de la espalda con su respiración
agitada. Sin duda ha sido el mejor orgasmo de mi vida y en cuanto arregle
las cosas con Xander voy a ir corriendo a contárselo a Page.
—¿Qué tal? —tanteo con un hilo de voz. Enredo una mano en sus suaves
rizos y tiro despacio de ellos para instarle a contestar, pero Xander guarda
un inquietante silencio—. ¿Xander?
—¿Hum? —gruñe al fin.
—¿Estás bien?
—Nunca había sentido nada igual por nadie —empieza con la voz ronca
por el dolor que contiene. No sé a qué viene esto ahora pero no me atrevo a
girarme para mirarlo—: Podría estar con la modelo del último número del
Vogue, follarme a todo un equipo de animadoras y correrme en las tetas de
una actriz porno, pero, en su lugar, he decidido enamorarme de una mujer
que solo me alimenta a base de migajas, que recibe y luego no da, que
quiere caricias y las paga con arañazos.
—Eso no es cierto.
—¿No? —resopla burlón.
—Sabes que mi situación es muy complicada y que no puedo estar
contigo sin arriesgarme a perderlo todo.
—¿Y qué hay de perderme a mí?
Como no respondo, se pone en pie a la velocidad del rayo y me perfora
desde arriba con sus dos témpanos de hielo.
—Muy bien, supongo que ya has elegido.
—¿Qué significa eso?
—Significa que me voy, de tu casa y de tu vida.
Dicho lo cual, sale de la habitación dando un portazo monumental que
hace retumbar los cuadros de toda la casa. Estoy tan conmocionada por todo
lo que acaba de pasar que cuando reparo en que mi madre está en el piso de
abajo y que lo va a ver pasar de camino a la puerta principal ya es tarde.
Su grito se filtra a través de las paredes.
—¡May Liliana Crawford!
Dando traspiés, bajo corriendo envuelta en una toalla tan sucia como yo
justo cuando Xander sale de mi propiedad y se monta en un gran
todoterreno negro que no reconozco. Quiero ir tras él y traerlo de vuelta
para presentarle a la causante de todo este revuelo, mi madre. Tal vez ella
con sus galletas de jengibre y su paciencia infinita puedan hacerlo entrar en
razón.
—May Liliana Crawford —repite esta con la mirada encendida.
—Mamá, no te enfades, puedo explicarlo.
—¿Se puede saber quién era ese guapetón de metro noventa con la
mandíbula más perfecta que he visto en mi vida?
—¿Cómo?
Vale, definitivamente no me esperaba esa reacción.
Mi madre descruza los brazos para señalar la sábana que cubre mi cuerpo
sudoroso y extenuado por la sesión intensa de cardio.
—¿Es tu novio? Dime que sí.
—Pues… —Echo un vistazo rápido por la ventana pero el Jeep negro ha
desaparecido en la noche—. Creo que ya no.
CAPÍTULO 21
Xander

Me meto en el coche dando un portazo y ganándome una mirada asesina


por parte del dueño del Jeep negro metalizado.
—Arranca.
—¡Xander, capullo! —La voz con ligero acento ruso que sale del asiento
trasero me pone de más mala hostia aún—. Que me has volado el piti que
me estaba liando.
—Tu corazón me lo agradecerá algún día —bufo de vuelta.
—Mi corazón no te va a agradecer una mierda porque me voy a liar otro
ahora mismo.
—¿Qué ha pasado? —Quiere saber Derek con expresión circunspecta.
—Eso —apostilla Lev—. ¿Todo bien con tus abuelos?
—Sí, de maravilla. Vámonos.
—Pues no parece que…
—¡He dicho que nos vamos! —Cuando me doy cuenta de que acabo de
gritarles a las dos personas que se han ofrecido a conducir durante nueve
horas hasta aquí sin ninguna explicación me siento como la basura que soy.
Me paso una mano por la cara y suavizo el tono cuando añado—: Perdonad,
chicos, pero hoy ha sido un día de puta mierda y me apetece meterme en la
cama de una vez. ¿Podemos irnos, por favor?
Derek enciende el motor como respuesta y el todoterreno ruge por las
desiertas calles de Seward en dirección oeste para incorporarnos a la I-76
W. Apenas hemos salido del pueblo cuando un mensaje de May me salta en
pantalla y poco me falta para tirar el móvil por la ventana.

Mi sirenita <3:
Mi madre dice que puedes quedarte a dormir. Mañana
hablaremos de esto con unos churros y un chocolate caliente en el
Billy’s, pero ahora necesito que vuelvas.

A buenas horas, chirrío los dientes.


Por la ambigüedad de la respuesta que me dio en clase suponía que no se
presentaría esta mañana en la competición, pero mi pobre corazón, ese
músculo que debería limitarse a bombear sangre y no a albergar esperanzas,
creía que acabaría apareciendo. No fue así. May no acudió a la piscina y a
mí casi me cuesta cuatro años de preparación. Cuatro. Malditos. Años.
Durante los escasos minutos que duró la prueba yo solo podía pensar en
lo mucho que me pesaba su ausencia. Cada brazada se sentía como si
estuviera arrastrando un ancla con el cuello y el único destello rojizo que
captaba cada vez que sacaba la cabeza para respirar era el jodido gorro de
Caleb adelantándome por la calle cuatro. Casi abandono la competición
motu proprio cuando al plantar las palmas en la pared y buscar mi nombre
en el ranking digital de la pared, respirando fuego y con la cabeza
martilleándome, lo hallé en un ridículo tercer puesto. Joder, qué puta
vergüenza. Menos mal que mis padres no habían volado desde el Cuerno de
África para apoyarme, aunque ganas no les habían faltado, sobre todo a mi
madre.
Sinceramente, me quería morir.
Estaba devastado, vacío, impotente. No tanto por el tercer puesto, que
también, sino porque el único favor que le había pedido casi de rodillas lo
había ignorado completamente. Después de todo lo que había hecho yo por
ella me había dejado en la estacada cuando más la necesitaba y ni siquiera
había tenido el valor de explicarme el porqué. Con lo fácil que hubiera sido
decirme que mi competición coincidía justo con el cumpleaños de su madre
y que quería pasarlo con ella en Seward… Lo hubiera entendido, de verdad
que sí, e incluso puede que me hubiera unido a la fiesta después. Pero no, la
muy cabezota se había largado sin decir nada a nadie y cuando la había
llamado hasta tres veces le había pedido a esa pequeña zorra de los
Remington que me mandara muy amablemente al Infierno. ¡Qué madura!
—Trae eso aquí.
Me giro en el asiento de cuero del copiloto y le arranco el piti de la mano
a Lev, que se queda tan sorprendido como yo.
—¿Qué coño haces, tío? Si tú no fumas.
—Pues ahora sí.
Me llevo el cigarrillo natural a los labios y aspiro con fuerza. Una tos
incontenible me sacude todo el cuerpo cuando el humo se desliza raudo por
mi sistema respiratorio y los ojos me pican. ¿Por qué mierda le gusta fumar
a la gente? Es asqueroso.
—Dejad de haceros los chulos, dais pena. —Derek me quita el cigarro y
cuál no es mi sorpresa cuando en lugar de espachurrarlo en el cenicero se lo
apoya en la comisura y paladea el alquitrán.
—¿Fumas? —exclamamos Lev y yo a la vez.
La máquina de vapor se encoge de hombros en su jersey de licra negro
mientras expele una columna de humo.
—¡Eh, mirad! Parece una fiesta. —Lev señala por la ventana una especie
de cabaña al final del puente que estamos cruzando de la que sale música y
luces estroboscópicas—. ¿Nos acercamos?
—No estamos invitados.
—Nosotros no necesitamos invitación, Ojo de Halcón.
—Ah, ¿no?
—Somos estrellas del deporte y entramos donde queremos.
—Solo dime una cosa primero. —Los disparejos ojos del arquero buscan
los oscuros del judoka en el retrovisor—. ¿Pensarás en Sadie cuando te
estés tirando a una rubia en su primer año de farmacia ahí dentro?
Lev gruñe en ruso y le pasa un brazo por detrás en un intento de
asfixiarlo a pesar de que es el maldito conductor y que nuestras vidas
dependen de él.
—¿Xander, tú qué dices? —Derek me consulta de reojo—. ¿Te apetece
celebrar que estás un paso más cerca de ser olímpico?
Lo que me apetece es dar la vuelta y volver con May.
—Podemos parar un rato —asiento finalmente.
No sé por qué he dicho eso. No quiero beber alcohol ni bailar con otras
mujeres que no sean la mía, pero estoy tan enfadado que no paro de cometer
imprudencias. Veremos a ver cuál es la siguiente.
—Perfecto.
Derek pone el intermitente y gira a la derecha para internarse en un
camino de tierra que nos lleva hasta la típica cabaña rústica de madera con
barbacoa en el jardín y pista de pádel acristalada a unos pocos metros en la
que veranearían familias como la mía.
Un grupito de chicas en bikini y con vasos de plástico de varios colores
en la mano se queda mirando el Jeep con la boca abierta y las mejillas
encendidas por el alcohol. Cuando nos bajamos del coche unas cuantas
corretean en fila a recibirnos mientras otras se dispersan para dar la voz de
alarma al resto de la colonia cual hormigas exploradoras que han detectado
un caramelo chupado en el suelo y necesitan refuerzos para devorarlo.
—Me pido la del tatuaje en el muslo —me susurra Lev en el oído cuando
cuatro de ellas se acercan a nosotros.
Son preciosas, las cosas como son, y si no estuviera con May me
plantearía hacer algo con alguna. Acabas de dejarla, me recuerda mi
vocecilla interior, demuéstrale lo que se ha perdido tirándote a una de estas
y paseando de la mano con ella por el campus.
—¡Hey! —saluda la que Lev se ha agenciado como suya. Tiene el pelo
rubio cenizo corto y escalonado, los ojos verde selva y unas tetas como dos
balones de playa—. Encantada, soy la cumpleañera. Me llamo Amanda,
pero todo el mundo me llama Mandy.
—Yo soy Lev, y me puedes llamar cuando quieras.
Las demás ríen y se reparten codazos mal disimulados entre ellas
mientras Derek y yo ponemos los ojos en blanco a la vez.
—No sé quiénes sois, no recuerdo haberos visto por la facultad de
Arquitectura, pero bienvenidos a mi fiesta —continúa Mandy, repasando
con la mirada a nuestro amigo—. Bebed y fumad todo lo que queráis, invita
la casa. Ah, y hay condones en la entrada.
Joder, empezamos fuerte.
—Explícales lo de los vasos, Mandy —comenta una morena con la piel
de ébano y caderas de infarto.
—¿Habéis estado en fiestas del semáforo? —Los tres negamos con la
cabeza—. Vale, a ver, el vaso rojo significa que no quieres tema con nadie;
el azul que eres tímido pero estás abierto a lo que surja; y el blanco que te
follarías hasta a un ladrillo.
—Genial, dadnos uno blanco a cada uno —se adelanta Lev.
—No —exclamamos Derek y yo al unísono.
Las chicas se miran entre ellas divertidas y una de ellas, esta vez de pelo
negro y ojos pizarra, nos tiende dos vasos azules.
—El mío que sea rojo, por favor. —Derek agarra su vaso que indica que
no quiere cuentas con nadie esta noche. Luego cruzamos una mirada de lo
más elocuente—. ¿Y el tuyo, Xander?
Dudo.
Una parte de mí quiere castigar a May mandándole un vídeo de cómo me
follo a otra en la misma postura que a ella le gusta, y a poder ser que
también sea pelirroja. Quiero que sufra, y que llore, y que se lamente por
haber sido una estirada de mierda. Quiero ser capaz de olvidarme de ella en
otros brazos, besar otros labios, tocar otro cuerpo. Quiero demostrarme a mí
mismo que esa chica no me importa tanto como creo. Sin embargo, otra
parte de mí solo quiere pedirle las llaves del Jeep a Derek y conducir de
vuelta a Seward para acurrucarme a su lado en la cama.
—Rojo —bramo al fin con la voz ronca.
La de los ojos grises me tiende un vaso colorado.
—Perdonad a mis amigos, chicas. Son unos putos muermos, pero aquí
hay Lev Petrov para todas.
—¿Lev Petrov? —murmura una cascada de rizos castaños y ojos azules
que lo miran con hambre. Intento no fijarme mucho en su bikini de
leopardo, pero es que es diminuto—. ¿Por casualidad tu madre no será
Ivanka Petrova? ¡Tengo dos cuadros suyos en mi casa!
—Y más que vas a tener si te vienes conmigo un rato al lago.
—¿No querías a la rubia? —bisbiseo.
—La verdad es que me vale cualquiera —replica tendiéndole un brazo a
la morena del bikini inexistente—. Pasadlo bien, chicos. Yo lo haré.
—Eso será si se te levanta —ríe el arquero por lo bajo.
—¿Qué?
Lo miro sin comprender, pero sacude la cabeza y me hace un gesto hacia
el interior de la casa. La bofetada de calor que nos recibe nada más poner
un pie en la entrada me hace querer volver al coche y dormir hasta que
salga el sol. Huele a sudor, sexo y marihuana, y por las pupilas dilatas de
muchos chicos adivino que esa no es la única droga que está rulando por
aquí. La música está tan alta que me cuesta escuchar mis propios
pensamientos y la sensación de angustia no mejora cuando se nos acerca
una chica pelirroja de nuestra edad y nos ofrece una cerveza.
Derek la acepta con una sonrisa escueta y a mí se me cierra la puta
garganta cuando sus ojos color miel me escanean de arriba abajo. Me
recuerda muchísimo a mi May, aunque su sonrisa no es tan radiante ni sus
curvas tan pronunciadas. En realidad no hay nadie mejor que ella.
—Mia —se presenta ella sola.
Venga ya, si se llaman prácticamente igual.
—Derek. —Cuando mi amigo ve que no respondo me pasa un brazo por
el hombro y me atrae contra él—. Y este de aquí es Xander Atwood, futuro
tiburón de la natación.
—Orca —lo corrijo.
—Encantada. —Sus pestañas me hacen cosquillas en la mejilla cuando se
pone de puntillas para darme un beso en la mejilla—. Cualquier cosa que
necesitéis me buscáis. Estaré por el lago.
—No hará falta, tenemos los vasos rojos —apunta mi amigo, agitando en
el aire los recipientes de plástico.
Mia suelta una risita burlona.
—Ya, y ese de ahí la tiene dura.
Efectivamente, cuando bajo la vista me encuentro con que tengo la polla
semi erecta a través de la tela del pantalón. Una oleada de rabia y vergüenza
me arrasa por entero y tiro el vaso sobre una mesa llena de colillas y
papeles con contenido dudoso antes de salir de la casa como una
apisonadora.
Aire. Necesito aire.
Corro tan rápido como puedo, pero mis demonios son más rápidos.
¿Por qué cojones me acabo de empalmar con una tía que no conozco de
nada cuando acabo de tener el mejor sexo del mundo con la mía? ¿Y si en
verdad no siento nada por ella y es pura atracción física que podría
satisfacer con cualquier pelirroja? Siempre he sido consciente de mi extraño
fetiche por las mujeres con el pelo color rojo sangre pero pensaba que con
May era diferente. Que no me gustaba solo por eso, sino por su sonrisa
cálida y sus palabras dulces, por su culo respingón y sus tetas pequeñas que
me caben perfectas en la mano, por su gran corazón y su sentido del
humor…
Mierda, siento que me ahogo.
—¡Xander, para! —Oigo que me llama Derek por detrás, pero lo ignoro y
sigo adentrándome entre la arboleda. De repente, algo impacta contra mi
hombro derecho y me detengo para comprobar qué ha sido—. Estate quieto
si no quieres que te tire una piedra más grande.
—¿Acabas de apedrearme?
—Te hubiera lanzado una flecha, pero me he dejado el carcaj en el
campus —contesta encogiéndose de hombros.
—Déjame, quiero estar solo un momento.
—No, lo que quieres es estar con ella.
Avanza hacia mí con paso tranquilo con las manos enterradas en uno de
sus muchos bolsillos del cargo negro como si estuviera de paseo por el
campo oliendo las flores en lugar de acercándose a un animal herido que
puede saltarle a la yugular si dice algo que no debe.
—Te lo advierto, no estoy de humor. Vete.
Pero ahora es él el que hace caso omiso a mis palabras y sigue recortando
distancia entre ambos. Cuando llega a mi altura, hace algo que me deja
clavado en el sitio. Me agarra la polla por encima del pantalón y la estruja
hasta que empieza a bombear en su mano.
—¿Qué… qué haces?
—Esto no es por esa chica insulsa de ahí dentro, sino por May. —Me la
frota de arriba abajo mientras nos miramos a los ojos sin parpadear—. Te
pone tanto que te empalmas solo de pensar en ella, ¿a que sí? —Asiento con
la cabeza sin saber muy bien qué está pasando—. Normal, tío, normal. Yo
también habría fantaseado con destrozar su coño si no tuviera ya el mío.
—Para —jadeo, pero me ignora.
—La casa de la que has salido no era la de tus abuelos, sino la suya. Has
estado con May esta noche. En su cama. Dentro de ella.
Muy despacio, hurga en mis pantalones y me rodea el capullo entre el
índice y el pulgar con la tensión justa para que cierre los ojos.
—¿Cómo… lo… sabes?
—Bueno, es un poco raro que tu abuela se esté muriendo y Jo no venga
para despedirse de ella. Por no hablar de que nadie entra a una casa de un
familiar por la ventana trasera —ronronea muy cerca de mis labios mientras
su mano sube y baja por mi tronco venoso y caliente—. Y ahora sé sincero.
¿Te la has follado sí o no?
—Sí.
Contento con la respuesta, me masturba con más ganas.
—Cuéntame cómo.
—Primero le he metido los dedos hasta el fondo… —Se me escapa en un
gruñido. Me aferro a su hombro para no temblar—. Estaba empapada y no
paraba de frotarse contra mi mano.
—¿Y qué más?
—Luego…
Con el lugar me acaricia el glande cada vez que sube y aprieto los dientes
para no gemir.
—¿Sí? —me insta con una sonrisa diabólica.
—Luego me la he follado en el suelo como un animal.
—Muy bien. —Me atrapa el labio inferior con los dientes y tironea de él,
mordisqueándolo—. ¿Le ha gustado?
—Sí, joder, le ha encantado.
—Mmm, qué buena chica.
—Sí, muy buena —corroboro—… cuando quiere. Por su culpa casi me
quedo fuera de la clasificación.
—Lo sé.
—Esta noche quería castigarla, quería hacerle daño.
—También lo sé —asiente. Se me tensan los músculos del abdomen y
Derek debe de notar que estoy apunto porque aumenta el ritmo y me chupa
el cuello—. ¿Y se lo has hecho?
—Ya te digo, no va a poder sentarse en una semana.
Derek abre mucho los ojos y yo cierro los míos porque el recuerdo de su
culo rebotando sobre mi polla mientras la montaba desde atrás hace que me
corra en su mano con fuerza. Qué puta vergüenza. Cuando acabo se saca la
mano pringosa de mis pantalones y se la limpia en los suyos.
—O sea que me has hecho conducir novecientos kilómetros para entrarle
por el garaje a nuestra profesora de Arte… —silba impresionado.
—Lo siento. —No puedo decir otra cosa.
—¿Y con qué cara se supone que la vamos a mirar el lunes?
—La pregunta es con qué cara te voy a mirar yo a ti a partir de ahora.
¡Maldita sea, Derek, me has hecho una paja!
—La necesitabas.
—¿Qué va a decir la muñequita de esto?
—Nada porque solo te estaba echando una mano.
—Echar una mano… —bufo entre dientes—. Buen eufemismo.
Se sube las gafas de pasta con la mano limpia y se encoge de hombros
mientras a mí me arde la cara y el cuello. Había oído rumores de que Derek
no era del todo hetero pero nunca le había preguntado, lo que hiciera en sus
ratos libres no era de mi incumbencia. Sin embargo, me veo en la necesidad
de aclararle que yo no comparto sus mismos gustos antes de que esto derive
en un malentendido y sea incapaz de mirarlo a la cara para siempre.
—Que conste que no me gustan los hombres.
—A mí tampoco —replica serio.
—Ah, ¿no?
—No.
—Pero la gente dice…
—La gente siempre habla sin saber —me ataja.
—Ahí te doy la razón, pero bueno, que no me importa lo que tú seas, el
caso es que yo soy completamente hetero y si me he corrido en tu mano ha
sido porque estaba pensando en ella en todo momento.
Derek suelta una risita nasal.
—Ese era el objetivo, Xander.
Me da una palmadita en el hombro y echa a andar por el sendero hacia el
coche sin esperarme. Después de un momento de duda, lo sigo. Si él no le
da ninguna importancia a lo que acaba de pasar, entonces yo tampoco.
—Respondiendo a tu pregunta —carraspeo—, no pienso mirar a May de
ninguna forma porque no voy a volver a sus clases.
Se queda parado en medio del camino y me obliga a ladear medio cuerpo
para mirarlo. Tiene la misma cara de sorpresa que yo cuando me ha
empezado a tocar por debajo de la ropa.
—¿Por qué harías tal cosa si se supone que lo habéis arreglado? —Y
añade en tono burlón—: ¿Tan mal follas?
—Creo que lo mejor es que me aparte de ella por un tiempo.
Arquea una ceja.
—¿Cuánto es un tiempo para ti?
—El que necesite para volver a ser yo mismo.
—No estoy de acuerdo, si quieres algo tienes que ir a por ello.
—El problema es que ya no sé qué es lo que quiero.
—Mientes.
—Además, esto es justo lo que ella quería desde que empezamos, que la
dejase en paz. —Aprieto los puños dentro de la sudadera—. Ni siquiera
debería haberme obsesionado tanto con ella en primer lugar, en realidad
todo ha sido por mi culpa. Me lo merezco.
—¿Por qué? —insiste.
—¿Que por qué me obsesioné con ella?
—No, eso es obvio. Digo que por qué te rechaza si eres un partidazo.
—Cuidado, Hall, voy a empezar a pensar que te gusto. —Derek echa la
cabeza hacia atrás cuando se ríe y me alivia comprobar que no hay ninguna
tensión rara entre ambos—. Verás, resulta que su madre tiene cáncer y
necesita dinero para pagarle el tratamiento. Por eso no quiere estar
conmigo, porque no quiere que la echen por salir con un alumno.
Me siento fatal por haberle revelado ese detalle tan privado de la vida de
May a Derek, pero si hay alguien a quien puedo contarle mis más oscuros
secretos es a él. Más que nada porque los suyos son peores.
—¿Sabe que eres rico?
—Lo sabe —asiento abatido—, y por eso me rechaza aún más, porque
piensa que si coge mi dinero es como si estuviera aceptando casarse
conmigo o algo así. No hay quien entienda a las mujeres.
Cuando llegamos al coche Lev, ya nos está esperando arrebujado en una
manta vieja en el asiento trasero como un bebé.
—Pues sí que le ha durado poco la diversión a este —río por lo bajo.
Estoy a punto de entrar al Jeep en esto que Derek me agarra del bíceps y
me obliga a mirarlo a los ojos. El azul refulge con un brillo siniestro a la luz
de la luna mientras que el oscuro parece absorberlo todo como un agujero
negro y ya creo que me va a besar otra vez, pero entonces dice:
—Si quieres mi consejo, no la dejes escapar. Esa chica tiene algo especial
que no vas a encontrar en ninguna más.
Mi corazón quiere darle la razón, pero mi cabeza se niega a ceder. May
es pasado y de ahora en adelante solo pensaré en el futuro.
—Gracias, pero no la he dejado escapar, la he espantado yo.
CAPÍTULO 22
May

Llevaba sin ver a Xander un mes entero. Había dejado de venir a mis clases
y yo no había tenido los ovarios de presentarme en la piscina por miedo a su
reacción. Los primeros días lo avasallé a patéticos mensajes de disculpa que
no se dignó a leer, así que decidí borrarlos. Lo echaba mucho de menos y
quería arreglar las cosas, pero también había comprendido que esta
distancia autoimpuesta era lo mejor que nos podía pasar a ambos puesto que
él por fin podría centrarse en el deporte y yo…
Bueno, yo podía ponerme bragas sin temor a perderlas.
Cuando llamé a Page para planificar su visita al campus en unas semanas
me notó alicaída y se lo tuve que contar todo, desde el principio hasta el fin.
Porque sí, por mucho que me costase asumirlo, lo mío con Xander se había
acabado. Mi amiga chilló mientras le relataba cómo nos conocimos aquel
día en el laberinto, rio cuando le detallé los orgasmos que me había robado,
y lloró al enterarse de lo que había hecho por mí aquella semana que me
pasé tosiendo en la cama sin poder mover ni un músculo.
El karma es como un sesenta y nueve, me dijo muy seria antes de colgar,
recibes lo que das. Y no podía tener más razón la muy zorra.
Pincho un trozo de coliflor con desgana y justo cuando me lo estoy
llevando a la boca lo veo entrar con su grupo de amigos por la puerta del
comedor con bandejas repletas de arroz integral y pollo y ocupar su mesa
habitual al fondo. Se me seca la boca y se duele el pecho al respirar.
Qué guapo está, pienso sin querer.
Xander había modificado su horario de comidas solo para no cruzarse
conmigo y ahora lo tenía justo en frente. Por un momento en mi corazón se
prende una chispa de esperanza. ¿A qué viene este cambio tan repentino?
¿Acaso es una señal de tregua? ¿Ya no me odia? Entonces Derek le susurra
algo en el oído y nuestros ojos se enredan.
El huracán de emociones que se desata en mi estómago amenaza con
hacerme correr hasta el baño más cercano para echar mi primera papilla. No
comprendo el efecto que este chico tiene en mí, tan arrebatador, tan
magnético, como si él fuera una planta carnívora y yo la mosca que
revolotea sin cuidado a su alrededor porque confío en mis alas para que me
saquen de sus fauces si me acerco demasiado.
Sin embargo, Xander no debe de alegrarse tanto de verme porque se sube
la capucha de la sudadera gris para escapar de mi escrutinio. Suspiro y hago
un intento fútil de centrarme de nuevo en la coliflor con besamel, que ya se
me ha quedado fría en el plato, en esto que el móvil me vibra en el culo. Mi
corazón da un doble mortal hacia atrás cuando veo a Xander con el suyo en
la mano y me lanzo a responderle con dedos ávidos. Pero cuando
desbloqueo el teléfono y leo el mensaje por encima me quedo de piedra.

Número desconocido:
¿Ya creías que me había olvidado de ti?
Por cierto, estás muy guapa.

Vale, ahora sí que quiero vomitar. Mis ojos ruedan por todo el comedor
buscando una cabecita rubia oscura rapada al uno, con barba bien cuidada y
unos ojos castaños que me nublaron la razón hace un año.

¿Dónde estás?

Número desconocido:
Cerca…

Me doy cuenta de que en algún momento de la conversación he dejado de


respirar cuando los pulmones me empiezan a doler. Él no está aquí. No
puede estar aquí. Tiene una orden de alejamiento. No me está viendo. Solo
está intentando asustarme con frases banales y sin contexto.

Número desconocido:
Veo que sigues haciendo lo del anillo.

Dejo de darle vueltas como una posesa a la alianza de mis padres y


agarro el vaso de agua con manos temblorosas para ocuparlas en otra cosa.
Entonces noto el peso de una mano enorme sobre mi hombro y el cristal va
a precipitarse a mis pies, estallando en mil pedazos.
—Ya van dos veces que la asusto sin querer. Espero que no le haya
saltado ninguna esquirla. Perdóneme, por favor.
Zach Price, el entrenador personal de Jo, me sonríe avergonzado desde su
largo metro ochenta y poco a poco comienzo a respirar.
—Estoy bien, no me ha saltado nada.
—Espere que la ayudo.
Cae a mi lado cuando me agacho para recoger los pedazos rotos y
nuestras manos se rozan como en las películas.
—Tutéame, por favor.
—¿Si lo hago dejaré de infundirle terror?
—Sí, pero no prometo nada, eres sigiloso de cojones y siempre apareces
en mis picos de estrés.
—¿Ha pasado algo?
Sus ojos, dos tonos más oscuros que los de Xander, me interrogan en
silencio pero sacudo la cabeza para restarle importancia. Empiezo a recoger
las esquirlas más grandes con la mano desnuda, con tan mala suerte que un
trozo con las aristas más afiladas que los dientes de un tiburón blanco me
abre la yema del dedo gordo y siseo al ver la sangre manar.
Zach frunce el ceño.
—Déjame ver el corte.
—No te preocupes, no es profundo.
Pero me coge el dedo magullado sin que me dé tiempo a reaccionar y se
lo lleva a la boca ante mi estupefacta mirada. Succiona con fuerza y pasa la
lengua con pericia varias veces por el tajo para cerciorarse de que la saliva
permea en la herida mientras yo solo puedo pensar en qué magia no hará
esa lengua en otras zonas.
No, May, no sigas por ahí.
Se aparta de golpe cuando comprende que esto es raro cuanto menos y
que hay demasiados ojos puestos en nosotros, entre ellos los de Xander.
—Lo siento, es la costumbre con la pequeñaja.
—¿Tienes una hija?
—Se llama Simone —asiente con un brillo ilusionado centelleando en el
mar de sus ojos—, tiene tres años y no para de rasparse las rodillas. Dice
que le gusta correr como a su papá.
—Debe de echarte mucho de menos ahora que estás aquí.
—Está acostumbrada a no verme mucho. —Y añade cuando parpadeo
confusa—: Estoy divorciado.
—Ah, lo siento.
—¿Por qué? No fue contigo con quien engañé a mi mujer.
El caballeroso Zach Price se me cae del pedestal en el que lo tenía subido
con esa declaración. Bueno, supongo que nadie es perfecto.
—Vaya, no te imaginaba…En fin, ya sabes...
—¿Siendo un infiel de mierda? —ríe con amargura mientras me limpia la
sangre del dedo con una servilleta—. Ya, yo tampoco. Pero a veces uno
comete errores que desembocan en consecuencias trágicas.
—¿Te arrepientes?
Sé que me estoy pasando de preguntona, pero es la primera vez en un
mes que mantengo una conversación tan larga con alguien.
—Todos los días y a todas horas —asiente ceñudo—. Aunque, por otro
lado, creo que todo pasa por algo y que si no la hubiera cagado con mi
mujer ahora mismo no estaría aquí entrenando a Joanna o hablando contigo.
—El efecto mariposa —musito sin querer.
—¿El efecto qué?
—El efecto mariposa. —Zach me contempla como si tuviera delante a un
alienígena, así que me apresuro a explicar—: En resumidas cuentas, es un
fenómeno comprobado que dice que cualquier mínimo cambio en una
rutina puede desencadenar consecuencias fatales.
—¿O sea que, si un día salgo a correr a las siete de la mañana en vez de a
las ocho, me puede caer un árbol encima?
—Mmm, no funciona del todo así, pero sí —sonrío tímida.
Mientras capeo como puedo las punzadas de dolor que me da la tela al
contacto con la herida siento otros alfileres perforándome la nuca desde el
fondo. Trago saliva con esfuerzo y cuando reúno el valor para girar el
cuello en su dirección, los hermanos Atwood nos están mirando fijamente
como un león del Serengueti miraría a una gacela.
—¿May?
—¿Sí? —respondo distraída.
—Te preguntaba si tú has sido infiel alguna vez.
—No, pero me lo han sido y te aseguro que no es plato de buen gusto.
—Los hombres somos lo peor, ¿eh?
—Digamos que tenéis cierta tendencia patológica a pensar más con lo
que meáis que con la cabeza, pero bueno, las mujeres también sabemos
hacer daño cuando nos lo proponemos.
—Lo sé de buena mano —suspira enigmático. El móvil vuelve a requerir
de mi atención pero decido ignorarlo por mi salud mental.
—¿Puedo preguntar cómo se enteró tu mujer?
—Se lo conté yo.
—Al menos eres honesto, eso me gusta.
—Sé reconocer mis errores. —Se encoge de hombros y mira para otro
lado, concretamente a la mesa del fondo—. Además, mi conciencia no me
dejaba realizar mis funciones vitales con normalidad, así que, o se lo decía
o implosionaba.
—¿Y qué pasó después? Quiero decir, si intentaste volver con ella por
Simone o la diste por perdida y te marchaste o… —me interrumpo ante el
leve gesto de pesadumbre en su expresión—. Perdón, si cualquiera de mis
profesores de la Universidad estuviera aquí y me viera avasallar a alguien a
preguntas indiscretas me ganaría un cero bien redondo.
—No pasa nada.
—Sí, sí que pasa. Te he hecho sentir incómodo y lo siento.
Sacude una mano para restarle importancia.
—Joanna me dijo que eras psicóloga, así que entiendo tu interés. No
todos los días aparece un sujeto tan contradictorio para analizar.
—¡No te estaba analizando! —miento con las mejillas rojas.
—Oh, no, claro que no —ríe con ganas.
La vergüenza me mordisquea las tripas, haciéndome sentir la peor
persona y psicóloga del mundo, así que cambio de tema.
—¿Oye, Zach, te importaría que me uniera a vosotros esta tarde en la
pista para estirar un poco las piernas?
Se rasca el mentón, pensativo.
—En principio tenía pensado trotar un poco por el Pikes Peak.
—¿Tú solo?
—Joanna tiene planes con su hermano.
—Bueno, pues si aceptas a una corredora con la capacidad pulmonar de
un asmático estaré encantada de acompañarte.
Me quedo hipnotizada viendo como la nuez le sube y le baja por el
poderoso tronco del cuello en un carcajada genuina.
—¿Vas a seguir psicoanalizándome?
—Es posible —confieso tímida.
—Vale, pero luego quiero leer ese informe.
—Lo siento, es confidencial —le sigo la broma.
Una mano velluda y bronceada me cae sobre el muslo en un gesto de lo
más espontáneo y de la mesa del fondo brota un rugido al que ninguno de
los dos prestamos atención.
—Qué graciosa eres, May. —Su risa me tiembla en el estómago y me
hace sonreír—. Me caes bien, realmente bien.
—Gracias, gracias… —Me noto las orejas y el cuello ardiendo, aunque
gran parte de ese calor proviene de los rayos láser que me están
achicharrando la espalda—. Pero volviendo a lo de esta tarde, me gustaría
dejar una cosa clara antes de que tú y yo…
—Puedes estar tranquila, no voy a saltar sobre ti para hincarte el diente
detrás de un abedul.
—Eso no es… —empiezo—. Vale, sí. Eso es justo lo que quería
comentarte, es que algo me dice que uno de los Atwood me despedazaría si
nos viera juntos de esa manera.
—A Joanna no le haría mucha gracia, no —me concede con una risita
perspicaz—. Es una pantera muy territorial.
Me quedo un tanto cohibida porque yo estaba pensando más en el otro
Atwood. Espera, ¿Joanna y Zach…? No, es imposible, al menos no después
de lo que le pasó con su antiguo entrenador.
—Bueno, entonces… —carraspeo—. ¿Nos vemos a las siete?
—Mejor a las seis, que quiero enseñarte algo.
—¿El qué?
—Ya lo verás, trae agua y calzado cómodo.
Me guiña un ojo antes de enderezarse y abandonar el comedor sin hacer
ruido, como si en lugar de unas carísimas Solomon llevara almohadillas
gatunas en los pies. A los pocos segundos otro miembro de la familia de los
felinos se levanta y va tras él.
Una pantera.
CAPÍTULO 23
May

Zach corre a mi lado sin despeinarse mientras yo procuro que no me pete un


pulmón a media cuesta y juro y perjuro que después de esto empezaré a
ponerme en forma porque lo que no puede ser es que con treinta años
necesite una máscara de oxígeno para respirar.
—¡Vamos, que ya queda poco! —me azuza.
—¿Para qué, exactamente? —gruño, más roja que un tomate y con gotas
de sudor resbalándome por los costados desde las axilas.
—Para lo que quería enseñarte.
—¿Y eso es…?
—Unos metros más adelante está el mirador con las mejores vistas al
campus. Te encantará.
—¿Hay para sentarse? —Pero por la risita que deja escapar entre dientes
entiendo que eso es un no.
En los interminables veintidós minutos que llevamos de subida, Zach me
ha contado su vida entera mientras yo solo he podido rezongar el nombre de
mi gato, y porque tiene dos sílabas, que si no, ni eso.
Vaya mierda de condición física tengo.
Así es como me he enterado de que nació y creció en una granja en
Galena, un pueblo precioso en Illinois, de que tiene dos caballos alazanes,
uno blanco y otro negro que se llaman Bob y Marley por su amor al artista.
Además, toca el bajo en sus ratos libres y no soporta el pepinillo en las
hamburguesas, pero sí en las ensaladas.
También me ha narrado con todo lujo de detalles cómo descubrió su
pasión por el atletismo, y es que a su hermana pequeña le robaron una
muñeca a los seis años y el tío, ni corto ni perezoso, persiguió a los
abusones sin parar durante dos horas de reloj por todo el pueblo hasta que
por fin se rindieron y se la devolvieron.
—La historia que conmovió a Steven Spielberg —me burlo.
—¿Y tú cómo averiguaste qué es lo que querías hacer en la vida?
—Todavía no lo he descubierto.
—Pues yo creo que sí —afirma con tal rotundidad que me obliga a girar
la cara para mirarlo—. Ayudas a la gente a que no se tire de un puente, eso
es una proeza digna de alabar.
—A ver, eso no es exactamente así. No me… considero tan buena como
para… arreglarle la vida a nadie.
Me agacho para esquivar una rama que por poco no me saca un ojo.
—No, claro que no, solo Dios podría hacer tal cosa. A lo que me refiero
es que a través de tus clases consigues canalizar una energía positiva que
cala hondo en tus estudiantes —suelta de corrido sin resollar.
—¿Eso te ha dicho Jo?
—Sí, bueno, más o menos. Ahora está enfadada conmigo y no me habla,
pero la última vez que salió el tema me confesó que gracias a ti se sentía
más arropada, menos sola.
El corazón se me encoge en el pecho y me pican los ojos.
—No sé qué decir.
—No hace falta que digas nada, solo acepta el cumplido.
Se levanta la gorra de los Chicago Bulls para pasarse una mano por los
apelmazados mechones que se le han pegado a la frente por el sudor.
—¿Por qué Jo no te habla?
—Digamos que no le gusta que cuestionen sus métodos.
—Creo que eso es cosa de familia —sonrío para mis adentros.
—Y tanto que es cosa de familia. Ian y Xander son iguales, no te atrevas
a llevarles la contraria si no quieres que tu cadáver aparezca flotando a los
pocos días en el río Mississippi.
—A mí me lo vas a contar… —El recuerdo de la autoritaria voz de
Xander ordenándome que me abriera de piernas para él me hace sudar más
que cualquier pendiente—. Mas de una vez he tenido que bajarle los humos
en clase. Se lo tiene muy creído.
—Mucho.
Los músculos del pecho se le contraen en cada respiración y el sudor le
brilla en la piel bronceada de cuello y brazos. De pronto, soy muy
consciente de sus jadeos pausados y sus gruñidos roncos por el esfuerzo y
me imagino que es Xander el que está corriendo a mi lado. Dios, cómo lo
echo de menos. Mi cuerpo también lo extraña sobremanera porque no para
de pedirme que me toque pensando en él y se excita ante la mera mención
de su nombre.
Pero Xander es agua pasada.
No puedo seguir encoñada de él, necesito pasar página.
Tan obnubilada estoy intentando luchar contra esos pensamientos que no
me doy cuenta de la pareja que tenemos delante hasta que colisiono
frontalmente con un pecho de mármol y unos brazos me sujetan con
firmeza por la cintura. Un aroma a piscina y sudor me inunda las fosas
nasales.
—Ay, perdón, iba mirando al suelo —balbuceo azorada, pero cuando
levanto la vista poco a poco y me encuentro con el bello rostro de Xander a
apenas unos centímetros del mío, perlado de sudor y con los labios
entreabiertos, me apetece morirme aquí mismo.
Me suelta tan rápido como me había cogido y a mí corazón ese gesto se
le antoja como una cuchillada en la aurícula derecha.
—¡Pero si son los Atwood! —los saluda Zach con excesiva efusividad
mientras yo no sé dónde meterme.
—Price —le corresponde Xander en tono desdeñoso.
—Qué casualidad, justo estábamos hablando de vosotros.
—Ah, ¿sí? —Sus témpanos de hielo me repasan de arriba abajo antes de
volver a recaer en Zach—. ¿Y qué decíais, si se puede saber?
—Que a los dos os vendría bien un rapapolvo de vez en cuando.
A tomar por culo.
—¿Cómo dices?
Xander da un paso al frente, desafiante, y Zach se cruza de brazos
mientras Jo y yo solo podemos hacer que contemplarlos con la boca abierta.
¿Qué mosca les ha picado a estos dos?
—La señorita Crawford me estaba contando que le das problemas en
clase porque no paras de intentar ser el Alfa.
—Eso no es ver… —intento intervenir, pero la voz grave y aterciopelada
de Xander soterra la mía, débil y aflautada.
—No intento ser el Alfa, soy el Alfa.
—Lo que eres es un niñato engreído que cree que todo el mundo debería
besar el suelo que pisas y no es así.
—¡Zach, basta!
Jo está temblando como una hoja y sus joyas verde salvia brillan con
intensidad. Tiene las mejillas tan rojas como sus deportivas de montaña y
no para de tocarse el pelo como si tuviera piojos.
—Mantente al margen, Jo —le ladra su hermano.
Pero esta se despega de su lado y va a posicionarse junto a su entrenador,
al que intenta cubrir con su cuerpo menudo. No lo consigue porque Zach es
muy grande, pero al menos deja claro de qué lado está.
—¿Va en serio?
—Déjame hablar con él un momento, Xander, por favor.
La tensión crepita en el ambiente.
—Un minuto —gruñe Xander por lo bajo.
—Cinco.
—Tres.
Jo no pierde el tiempo discutiendo con su hermano, más que nada porque
sabe que es inútil y su última oferta es la más generosa que va a recibir, así
que coge a Zach del brazo y lo arrastra hasta la linde del camino, lo
suficientemente cerca para que Xander pueda plantarse de dos zancadas a
su lado si la cosa se pone fea, pero lo suficientemente lejos para que no
podamos escuchar su conversación.
Me doy cuenta de que esta es la primera vez que me quedo a solas con
Xander en un mes y no sé si eso me alegra o me aterra. Su mirada
penetrante hace que me sienta incómoda en mi propia piel y no me salen las
palabras. Xander da un paso fiero en mi dirección.
—He visto cómo lo mirabas.
—¿Qué? —jadeo, retrocediendo un paso de forma inconsciente. El dolor
por el rechazo se refleja en sus esferas grises—. ¿A quién?
—Os he visto esta mañana tonteando en el comedor y ahora te encuentro
devorándolo con los ojos. ¿Se puede saber de qué vas, May?
Todo mi temor e inseguridad iniciales se ven remplazados rápidamente
por la rabia ante semejante desfachatez.
—¿De qué voy yo? —Se me escapa en una carcajada seca—. De qué vas
tú, que llevas un mes entero sin dirigirme la palabra ni aparecer por clase.
Además, hasta donde yo sé, mirar es gratis.
Su pecho roza el mío cuando invade mi espacio personal y me toma por
la barbilla. Echo un vistazo rápido a la pareja de al lado, pero está
enfrascada en su propia discusión.
—¿Te lo has tirado?
—No te importa.
—No, lo cierto es que no. —Su aliento me hace cosquillas en los labios y
me los muerdo—. Porque ambos sabemos que por mucho que busques por
ahí, no vas a encontrar a nadie que te folle mejor que yo.
Me flaquean las piernas y contengo el impulso de echarme a sus brazos.
¿De dónde saca esa confianza tan arrolladora? Lo odio.
—Zach tiene razón, eres un maldito creído.
—Zach me chupa la polla —escupe—, y deja de llamarlo por su nombre.
No soporto que menciones a otros hombres.
—Creía que te daba igual lo que me trajera con él… —lo pico.
Aprieta los puños a los costados, conteniéndose.
—Dime que no te lo has tirado. —Guardo silencio por toda respuesta y
Xander enloquece—. ¡Voy a matar a ese hijo de puta!
Ya se está echando sobre él cuando le corto el paso poniéndole las palmas
en el pecho y empujándolo con todas mis fuerzas hacia atrás. El gris de sus
ojos anuncia tormenta eléctrica y no puedo evitar reprimir una sonrisa de
pura satisfacción. Todavía le importo.
—¿De qué hostias te ríes, May?
Está jadeando y tiene todos los músculos en tensión.
—De ti. Eres adorable cuando te pones celoso.
—Vete a la mierda.
Alargo el brazo para tocarle la mejilla, pero me lo aparta. Lo intento una
vez más y vuelvo a obtener el mismo resultado. No desisto en mi empeño
hasta que por fin me deja rozarle el pómulo con los nudillos.
—No me he acostado con él ni con nadie, Xander, pero no debería
importarte si así fuera porque te recuerdo que ya no somos nada.
—Según tú nunca lo fuimos —bufa con rencor.
Quiero decirle que sí que lo fuimos, no sé el qué exactamente, pero lo
fuimos. Sin embargo, unas pisadas nos obligan a cerrar la boca y romper el
contacto. Jo está más roja si cabe que antes y la mirada de desprecio que me
dedica me deja en el sitio.
—Vámonos, Xander.
—Sigamos, May.
Zach me engancha del brazo y cuando echo la cabeza hacia atrás veo a
los hermanos Atwood discutir en voz baja.
No me da mucho tiempo a procesar qué acaba de pasar porque el
Ironman que tengo al lado aprieta el ritmo y mis cuádriceps chillan de dolor
intentando llegar a su altura. ¿Qué demonios ha pasado entre ellos?
Al cabo de cinco minutos Zach rompe el silencio.
—¿Sabes por qué acepté entrenar a Joanna después de todo? —Su voz
bien podría ser un trueno en la distancia.
—¿Por qué?
—Porque creí que podría ayudarla, creí que podría sacarla del pozo pero
resulta que ella me está arrastrando a mí.
—Creo que no te sigo —resuello.
—No importa, déjalo.
—A ver, es que no debe de ser fácil volver a confiar en un hombre
después de… —Me callo porque no sé cómo continuar.
—No, no lo es, pero yo no soy él y estoy harto de repetírselo. Sé que lo
sabe, aunque a veces se le olvida y tenemos que empezar de nuevo. —
Suelta un gruñido de desesperación—. Es muy frustrante, May.
—Lo siento.
¿Qué más podía decir? De haber sabido que Trevor abusaba de sus
alumnas después de hablar conmigo por teléfono para contarme cómo le
había ido el día lo hubiera denunciado directamente a la policía, pero en
realidad yo también fui una víctima más de sus trucos sucios.
—¿Sabe que Trevor está en la calle?
Zach frunce el ceño y acelera el paso.
—No, y mejor que no lo sepa.
—¿Crees que intentaría hacerle daño? Quiero decir, más.
—Por su bien es mejor que no lo intente.
Una gota de agua helada me cae en la frente, espabilándome, y de que me
quiero dar cuenta tenemos el diluvio universal encima.
—Qué faena, me da que tendré que enseñarte el mirador otro día.
—No hace falta, creo que podré vivir sin ello.
Echamos a correr cuesta abajo y sin frenos, saltando charcos y aullando
como niños pequeños. El pelo se me mete en la boca y en los ojos pero no
me importa. Por un momento todo deja de importar. De repente ya no me
preocupa que mi ex me esté acosando, ni que la directora me amenace con
echarme, ni que el rata de mi padre no nos haya mandado ni un centavo
para el tratamiento de mi madre, ni que me esté pringando entera de barro.
Solo me importa hacer las paces con Xander y correr bajo la lluvia de su
mano.
Ay, qué simple es la vida y cómo nos gusta complicarla…
Cuando llegamos al campus me duelen las rodillas por la sobrecarga a la
que las acabo de someter, pero más me duele la mandíbula y la tripa de
tanto reír por el camino. Zach comenta algo de que parezco un chihuahua
mojado por mi temblequera incontenible y, de nuevo, estallamos en
carcajadas. Sin embargo, la risa se nos corta de golpe cuando atisbamos
bajo el porche a dos hermanos con problemas de ira observándonos con
cara de pocos amigos. ¿Qué hacen ahí plantados? Si han debido de llegar
como hace quince minutos. ¿Acaso nos estaban esperando?
—Parece que nuestro público quiere más.
—¿A qué te refieres?
Jo aprieta los puños a cada lado de los costados cuando Zach se inclina
sobre mí y me habla en el oído.
—Creen que estamos liados —me susurra. Sus labios gruesos y calientes
me rozan el lóbulo y me estremezco.
—¿Por salir a correr juntos? Qué tontería. Además, no sé qué les importa
lo que hagamos con nuestra vida.
—Pues eso mismo digo yo.
La ira, la decepción y la angustia acumuladas en este último mes se
suman al nido de víboras que habita mi pecho y me incitan entre siseos a
castigar a un Xander que no aparta la mirada de la mía.
—Tal vez deberíamos demostrarles lo libres que somos.
Le guiño un ojo para que me siga el juego.
—¿En qué estás pensando, May?
Pego mi pecho al suyo por toda respuesta y le rozo la punta de la nariz
con la mía con intención. Zach jadea sorprendido y yo sonrío sin quitarle la
vista de encima a mi objetivo, que ni parpadea. ¿Qué estará pensando? ¿Le
dolerá verme en los brazos de otro? Sinceramente, espero que sí.
Entonces Zach me coge la cara entre sus enormes manos y, sin previo
aviso, posa sus labios sobre los míos con delicadeza. Gimo de la impresión
y Zach intensifica el beso. Aunque sus labios son suaves y saben a crema
solar, no me producen los mismos fuegos artificiales en el estómago que los
de Xander. Es como ir de vacaciones al lago, está bien, pero no hay nada
comparado con bañarte en pelotas en una playa de las Maldivas.
El beso me ha pillado tan de sopetón, que de que me quiero alejar, ya es
tarde. Joanna ha desaparecido y Xander sacude la cabeza dos veces antes de
rodear el edificio e ir en busca de su hermana.
—¡¿Por qué has tenido que besarme?! —lo acuso a sabiendas de que he
sido yo la que ha iniciado toda esta farsa—. Solo estábamos fingiendo para
cabrearlos, no hacía falta hacerlo tan realista.
—Así los hemos cabreado del todo.
—Me la has jugado, Zach.
—¿Yo? Tú me has puesto las tetas en la cara primero —alega.
—¡Porque estábamos f-i-n-g-i-e-n-d-o!
—Se les pasará, ¿vale? Hablaré con Joanna para que su hermano no te dé
mucho por culo en clase.
—No hará falta, puedo ocuparme yo sola de Xander.
Tengo un plan.
CAPÍTULO 24
May

El bochorno que se respira en este lugar hace que me escuezan las mejillas
mientras avanzo por la cerámica con un aplomo que no siento. La camiseta
blanca se me pega al pecho por la humedad y una gota de sudor se me
acumula en el labio superior, la recojo con la lengua y saboreo mi propio
miedo.
Joder, estoy cagada.
Le he dado mil vueltas a lo que estoy a punto de hacer y he llegado a la
conclusión de que, si esto no funciona, nada lo hará.
Lo diviso solo, como siempre, acuchillando el agua con sus poderosos
brazos en la calle cinco. Avanzo un par de pasos y me detengo a una
distancia prudencial. Saca la cabeza cada tres brazadas para respirar sobre
su hombro derecho con una sincronización perfecta. Cuando atraviesa la
línea negra que anuncia que está cerca del final, se repliega sobre sí mismo
y vira impulsándose con las plantas de los pies en la pared. Se desliza casi
diez metros con lo que él llama la patada de delfín antes de salir a la
superficie, aunque sé que podría bucear hasta la mitad de la piscina si
quisiera. Mientras lo observo remar, la culpa me corroe al recordar que casi
no pasa de ronda por mi culpa y me apetece llorar.
Xander se merece ir a las Olimpiadas y que todo el mundo coree su
nombre. Se merece entrar en el palmarés de la natación y fundar su propio
Zenith Elite en el futuro. Se merece todo lo que yo no puedo darle, y es ese
pensamiento el que hace que me dé la vuelta con intención de marcharme.
Eres tonta, no deberías haber venido, me riño a mí misma, pero entonces
su voz me detiene en seco.
—¿May?
Casi me da miedo voltear a mirarlo y encontrar odio o asco en sus
hermosas facciones porque, sinceramente, creo que no podría soportarlo.
No obstante, cuando me giro Xander ya me está contemplando con los
mismos ojos golosos que el primer día que me presenté en ropa interior.
—¿Qué haces aquí? —Aunque áspera, no distingo enfado en su voz y eso
me anima a dar un paso hacia el borde.
—Hoy es lunes —musito, deshaciéndome de la chupa negra de cuero y
dejándola en el poyete de piedra—. Y dado que tú ya no vienes por mis
clases he decidido pasarme yo por las tuyas.
Él único signo de que me ha escuchado es un parpadeo lento, porque por
lo demás permanece inmóvil en medio del carril, abrazado a la corchera y
con expresión indescifrable. Me quito las Vans de un puntapié y camino
descalza hasta el bordillo, donde jugueteo un poco con el agua para
comprobar su temperatura. Me sorprende encontrarla helada, o tal vez soy
yo que estoy demasiado caliente. Sea como sea, pinzo el bajo del top con
los dedos y me lo paso por la cabeza sin romper el contacto visual con
Xander, que ha dado dos brazadas en mi dirección, curioso.
—No deberías estar aquí —gruñe su orgullo.
—Si quieres que me vaya solo tienes que decirlo.
Pero el silencio solo se ve opacado por el rasgueo suave de mi cremallera
al bajar, seguido del roce que produce la tela vaquera contra la carne. Dejo
caer mis vaqueros sobre la camiseta en el suelo y ladeo la cabeza. Siento un
hormigueo ahí donde sus ojos me tocan y tengo que tomar una gran
bocanada de aire para mantener los nervios a raya.
—¿Nada todavía? —canturreo—. Vale, pues en ese caso…
Bracea un poco más cerca cuando libero mis pechos de esa cosa del
demonio que llaman sujetador y se le escapa un jadeo cuando me paso la
mano por ellos para estimularlos. Mi tanga de encaje azul cielo cae en el
mismo montón de ropa un segundo después. Ya no hay vuelta atrás.
Sin pensar en los casi veinticinco metros que nos separan ni en que
apenas sé nadar, me lanzo de cabeza con la mayor elegancia posible como
hacía Pamela Anderson en Los vigilantes de la playa, y voy liberando
burbujitas de aire por la nariz a medida que pateo con todas mis fuerzas
para llegar hasta él. Ya creo que no lo conseguiré cuando unas manos
fuertes se ciernen sobre mi cintura y me sacan a la superficie.
—Uf, gracias —toso un poco.
—¿Dónde has aprendido a nadar así? —gruñe muy cerca de mis labios,
más enfadado que sorprendido.
—¿Qué?
—¿Has dado clases con otro? Déjame adivinarlo, ¿con Caleb? ¿Tal vez
con Zach? Dame un nombre ahora mismo.
Me agarro a su cuello en un intento de recuperar el aliento.
—No…no me ha enseñado nadie… —jadeo. Nuestros pechos suben y
bajan con fuerza—. Solo quería llegar hasta a ti.
La expresión se le suaviza un poco y me parece atisbar en sus anillos
grises la batalla interna que está librando consigo mismo por apartarme o
pegarme aún más contra él. Me adelanto a cualquiera que sea su decisión y
le engancho las piernas en la cadera, encerrándolo con mi propio cuerpo.
Algo se retuerce en mi estómago cuando no me corresponde pasándome las
manos por debajo de los muslos ni abrazándome por la cintura.
¿Así se sentía cuando yo no le devolvía las caricias?
—Te he echado de menos, Xander.
Me duelen los pezones por la necesidad y ni el agua del Ártico podría
bajarme la temperatura cuando noto la punta de su miembro rozándome la
vagina a través de la licra del bañador.
—Pues yo a ti no. —Vale, tal vez esas cinco palabras hayan conseguido
bajarme la lívido de un plumazo—. ¿Qué pasa, que como ya te has aburrido
de Zach has vuelto a marearme a mí?
—Ya te dije que no tenía nada con Zach.
—¡Pero si os vi besándoos bajo la lluvia, joder!
—Admito que el paripé se nos fue un poco de las manos.
—¿Paripé?
—Zach quería molestar a tu hermana y yo quería llamar tu atención, así
que pensamos que podríamos matar dos pájaros de un tiro. Y, joder…
Ahora que me estoy escuchando sueno de lo más vil y rastrera. Lo siento.
Xander me mira a través de dos rendijas recelosas.
—Podrías haber llamado mi atención de cualquier otra forma.
—Pues ya me dirás cómo porque no parabas de ignorarme y ni siquiera
leíste mis mensajes de disculpa.
—Sí que los leí. —Sus ojos recaen en mis labios por un breve instante,
prendiéndolos en llamas—. Los leí todos y cada uno de ellos, pero ya había
tomado una decisión.
—¿Y esa decisión consistía en…?
—Dicho muy amablemente, mandarte a la mierda.
Mi corazón se contrae dolorosamente en el pecho y ya noto la primera
lágrima acumulándoseme en el rabillo del ojo y rebasándomelo. Me trago el
llanto porque no quiero que piense que esta es otra estratagema para darle
pena y que me perdone.
—No lo hagas, por favor. —Me avergüenza lo débil que sueno.
—¿Hacer qué?
—Dejarme.
—¿Por qué no? Es lo que te mereces.
—Pues porque… porque… —Me atoro y no me salen las palabras. Joder,
si las había repetido veinte mil veces frente el espejo. Cierro los ojos y
respiro hondo—. Porque me gusta cómo me cuidas y no creo que encuentre
un mejor hogar en el mundo que tus brazos. —Xander despega los labios,
no sé si sorprendido o dispuesto a cortarme, pero le pongo un dedo para que
me deje hablar ahora que he cogido carrerilla y no sé cuánto me durará este
arranque de valentía—. Porque me siento más yo cuando estoy contigo y mi
risa suena diferente cuando eres tú el que la provoca, porque me animas a
superar mis complejos y besas con dulzura mis cicatrices. Por eso.
—¿Entonces por qué me apartas todo el tiempo?
—¡Porque también siento que no encajo en tu mundo!
—Eso no es cierto.
Por fin sus dedos acarician mi piel, al principio con cautela y luego con
firmeza, mandando descargas eléctricas que me suben y me bajan por la
columna vertebral como una montaña rusa.
—Tú mismo lo dijiste, podrías estar con cualquiera mejor.
—Con cualquiera sí, mejor que tú no —repone en un gañido ronco que
me palpita en la entrepierna—, pero si me sigues tratando así no voy a tener
más remedio que buscarme a otra que me valore de verdad, por mucho que
cuando me la esté follando piense en ti. ¿Eso es lo que quieres, May?
—No…
—No te oigo.
Instintivamente lo agarro del cuello con una mano y le hundo las uñas a
la altura de la yugular mientras me inclino sobre su boca para sisearle:
—He dicho que no quiero que otra te caliente la puta cama ni te vaya a
ver a las competiciones porque ese puesto solo me corresponde a mí.
—¿Y qué más?
—Te la voy a chupar antes y después de cada entreno y vamos a dormir
abrazados todas las noches, me da igual si aquí o en Dubái porque te pienso
seguir a todas partes.
—Sigue —me jadea en los labios y hundo las uñas un poco más.
—Te prometo que vas a estar tan jodidamente enamorado de mí que no
podrás respirar si no me tienes cerca.
—Vas a tener que esforzarte mucho para que me crea todo eso.
—Lo sé, y lo haré.
Le doy un toquecito en la nariz con la mía para reforzar mis palabras y
enredo los dedos en sus mechones oscuros. Xander suspira del gusto.
—No sabes lo mucho que me gustaría odiarte, sirenita. Nunca he sentido
esta debilidad por nadie y me aterra que me la vuelvas a jugar, por eso no
puedo confiar del todo en ti, espero que lo entiendas.
—Lo entiendo.
—Me hiciste mucho daño.
—Lo siento, de verdad —se me escapa en un sollozo.
—Mierda… —Une su frente a la mía y cierra los ojos con el dolor
marcado en todas sus líneas de expresión—. Quiero esa medalla pero
también te quiero a ti y, joder, no sé qué va a acabar conmigo antes.
Sus brazos me estrechan con más fuerza y nos quedamos así abrazados
un par de minutos hasta que vuelve a abrir esas preciosas gemas color
pizarra y las mariposas de mi estómago se revolucionan sobremanera.
Mi hombre. Xander Atwood es mi hombre.
—Necesito que me prometas por todo lo que más quieras en el mundo
que no me arrepentiré de darte otra oportunidad.
—No lo harás —exclamo, ilusionada a más no poder.
—No voy a pasarte ni una, ni una mirada cómplice con Zach ni una
sonrisa amistosa con Caleb. Nada. Eres mía, May Crawford. Repítelo.
—Soy tuya.
—Otra vez.
—Soy tuya, solo tuya.
—Exacto. Y si todo sale bien, dentro de un año serás la señora Atwood y
llevarás en tu vientre a un hijo mío.
Me lanzo a su boca con una desesperación que me avergüenza un poco,
pero es que no hay labios más suaves que los de Xander ni lengua más
traviesa que la suya. Necesito sentirla deslizándose por mi boca y
conquistando cada poro de mi piel. Sin embargo, nada de eso llega a ocurrir
porque Xander me hace una cobra maravillosa y la poca dignidad que me
quedaba se va por el desagüe.
—Mmm, creía que lo acabábamos de arreglar.
—¿Y te ha parecido bien sellarlo con el beso de la paz? —Tuerce una
comisura hacia arriba en una sonrisa burlona que me vuelve loca.
—¿Qué hay de malo en eso?
—Nada, pero he supuesto que no te gustaría tener público.
Sofoco un chillido cuando me doy la vuelta y reconozco al imponente
entrenador de Xander, Anthony Weismuller, sentado en el poyete con las
piernas abiertas y los brazos cruzados sobre el pecho en actitud
despreocupada. ¡Mierda! ¿Cuánto tiempo lleva ahí?
—No te preocupes, no dirá nada. Es de fiar —me susurra en el oído con
dulzura mientras nos arrastra a ambos hasta la escalera.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque Anthony es como un padre, severo pero comprensivo. —
Bracea conmigo colgada a su cuello como un koala—. Mañana me infligirá
una sesión doble como castigo y a la salida me tirará un puñado de
condones, como si no lo conociera.
Él sale primero y vuelve con una toalla para envolverme, pero es
imposible que esas cámaras de movimiento que son los ojos claros del
alemán no capten mis pezones enhiestos a través de los mechones mojados.
Menos mal que voy depilada.
Xander me cubre con mimo y procede a escurrirme el pelo como si a
unos pocos metros no tuviéramos a la mismísima Esfinge vigilando todos
nuestros gestos. El corazón me revolotea con fuerza dentro de las costillas y
yo solo quiero fundirme con las baldosas cuando Anthony Weismuller por
fin se levanta y avanza hacia nosotros con pasos tranquilos y medidos.
—Lo siento, me he caído a la piscina —balbuceo tontamente.
—¿Y le ha dado tiempo a quitarse la ropa en el aire? Increíble, le diré a la
directora White que lo considere una nueva modalidad de salto para las
próximas Olimpiadas.
No sé qué me estremece más, si la mención de la mujer que puede
joderme la vida o el tono acerado del alemán.
—¿Qué haces aquí, Anthony? —le espeta Xander. Pero su entrenador
tiene toda la atención puesta en mí y ni el mismísimo Elvis Presley saliendo
de su tumba podría distraerlo.
—Así que usted es la responsable de que mi chico casi echara a perder
cuatro años de preparación. Interesante.
El interpelado se interpone entre ambos y le enseña los dientes.
—May no tiene la culpa de nada, si ese día nadé como el culo la
responsabilidad es solo mía.
—Tranquilo, hijo, nadie está inculpando a nadie, solo estoy tratando de
encajar las piezas del puzle. —Anthony me escanea de arriba abajo como si
nunca hubiéramos coincidido en el comedor y me aferro con más ahínco a
la toalla. Tras un minuto largo de inspección, asiente y le da un palmetazo a
su pupilo en la espalda—. Es una causa muy bonita la tuya, ahora entiendo
muchas cosas. Felicidades.
La burbuja de tensión estalla de golpe y Xander se relaja a mi lado.
—¿Verdad que sí?
—Por favor, no se lo cuente a nadie —salto histérica.
Ambos me miran como si acabara de hablar en chino mandarín y, a
continuación, comparten una carcajada. ¿Qué coño les pasa? Esto no tiene
ninguna gracia. Los dos tenemos mucho que perder.
—No tenía pensado hacer tal cosa, señorita Crawford, pero déjeme
decirle una cosa. —Anthony da un paso en mi dirección y Xander tensa los
hombros—. Si noto que mi chico rinde menos en la piscina o viene a
entrenar con cara de kartoffel como lleva haciendo el último mes, el castigo
de la directora White le parecerá una bendición en comparación con el
martirio al que yo la someteré.
—Tampoco te pases, Tony.
—Sabes que yo no amenazo en vano.
El ario nos despacha con un movimiento de cabeza y yo no me lo pienso
dos veces antes de correr hasta mi ropa, abarcarla con un brazo mientras
con el otro me sujeto la toalla, y salir disparada a los vestuarios.
Me meto bajo el chorro de agua caliente y trato de calmar mi respiración,
pero la sombra que se proyecta a mis espaldas me corta el aliento.
—¡Aquí no! —gimo cuando me lo encuentro apoyado en el marco de la
puerta, con el torso desnudo y una toalla atada con precariedad a la cadera,
mostrando a todo el que las quiera ver las marcadas líneas oblicuas que se
pierden más abajo de la tela negra—. Anthony está fuera.
—Solo he venido a traerte esto.
Mece en el aire mis braguitas azules y yo me creo morir.
—Puedes quedártelas si quieres.
—No, no tiene tanta gracia si no te las arranco.
No me da tiempo a procesar sus sucias palabras porque se mete en la
ducha conmigo y coloca ambos brazos a cada lado de mi cabeza,
encerrándome. Su erección se me clava a la altura del ombligo.
—¿Qué estás… haciendo?
—Necesito estar dentro de ti como el aire para respirar, May, pero
también necesito que me demuestres que vas en serio conmigo, así que si
quieres esto… —Me acaricia el nacimiento del pecho con el pulgar y me
muerdo el interior del carrillo para no gemir—. O esto… —Pasea sus labios
húmedos por mi cuello con una lentitud que me desespera. Me arqueo
contra su pecho pidiendo más, pero justo se separa de mí—. Entonces ya
sabes lo que tienes que hacer.
—Seré buena —prometo con la voz ronca de deseo.
—Yo nunca doy segundas oportunidades, quiero que lo sepas.
—Tranquilo, no te arrepentirás.
Sus ojos se deslizan raudos por mis curvas una última vez antes de
dibujar una sonrisa compungida y encaminarse a la puerta con los músculos
de la espalda marcados a fuego.
—Ya lo estoy haciendo.
CAPÍTULO 25
Xander

Ahora entiendo cómo se sentía Goku en la puta nube, y es que sin ningún
atisbo de duda puedo decir que estos cuatro días han sido los más felices del
mes. May no solo me responde al instante todos los mensajes, sino que los
acompaña de corazones y caritas dulces que me hacen sonreírle como un
idiota a la pantalla. Hablamos de todo y de nada al mismo tiempo, de cómo
nos ha ido al día o de que a la lasaña vegetal de por la mañana le faltaba una
pizca de sal. Por las noches siempre se queda despierta hasta tarde para
charlar conmigo porque es el único momento del día en el que no estoy a
remojo preparándome para la siguiente fase eliminatoria. Aún no le he
dicho nada al respecto porque me da miedo que me dé largas y se repitan
patrones, pero la fecha se acerca peligrosamente y en algún momento
tendremos que dejar de posponer esta conversación.
Pero hoy no. Y puede que mañana tampoco.
Hoy solo quiero verla revolotear por la clase con su falda de vuelo verde
prado y su jersey de rejilla color crema que la hace más pequeña y adorable
de lo que ya es. Me recoloco el pantalón con disimulo para que Derek a mi
lado no se dé cuenta de mi enorme erección.
La charla emocional de hoy va sobre los miedos, o eso es lo que me ha
parecido escuchar en el segundo en el que he dejado de mirarle el culo. Por
lo visto alguien ha escrito que el miedo no le deja disfrutar de las cosas
porque la mayoría del tiempo le impide hacerlas, a lo que Lev, por primera
vez en su vida, ha reaccionado bajando la vista y guardando silencio.
Derek me da un codazo y me señala lo que yo ya estoy viendo, a nuestro
ruso favorito con problemas de autocontrol más callado que en misa.
¿Qué demonios le pasa?
Lev siempre se jacta de que él hace lo que quiere dónde, cómo, cuándo y
con quien quiere, por eso me extraña que no se ponga a alardear de ello. Ya
estoy inclinándome sobre su hombro para prender la mecha y disfrutar de
los fuegos artificiales cuando veo que May se acerca a la primera fila en la
que estamos sentados los tres y la maldad que fuera a salir de mi boca se me
deshace en el paladar.
—En mi caso… —empieza con la misma vocecilla dulce y aflautada que
pone cuando me gime en el oído—, por culpa del miedo casi pierdo a la
única persona que me ha querido de verdad en mucho tiempo.
Te quiero. Te quiero. Te quiero.
Sus ojos ambarinos se encuentran con los míos y siento cómo el corazón
se me hincha en el pecho hasta que no hay caja torácica que pueda
contenerlo. Necesito cogerla en volandas y llevármela a la sala más cercana,
tumbarla sobre un escritorio y hundirme en ella hasta que no sepa dónde
empieza su cuerpo y dónde acaba el mío. Derek me da un toquecito con el
pie debajo de la mesa y yo tengo que morderme el carrillo para no dejar
aflorar la sonrisa de pura felicidad que me embarga en estos momentos.
—¿Y qué hizo? —Ambos nos giramos hacia la voz con una mezcla de
sorpresa y curiosidad—. Quiero decir, ¿cómo consiguió recuperar a esa
persona después de todo?
—Muy buena pregunta, Lev.
Nuestro amigo está más serio que nunca. Casi parece un chico bueno de
Princeton con su jersey azul marino de cuello redondo y sus chinos beige.
—¿Este es el mismo Lev Petrov que acosa a la hija de la directora y fuma
porros sin THC a escondidas de su Sensei o nos lo han cambiado?
—Yo creo que el de esta mañana sí que llevaba un poco, por eso está así
de relajado —puntualizo.
Lev nos fulmina con la mirada.
—Que os estoy oyendo, subnormales.
—Uf, menos mal, sigue diciendo tacos.
Mientras tanto, May aguarda pacientemente a que dejemos de hacer el
indio para volver a hablar.
—Pues si os digo la verdad, tuve que arrastrarme un poco y mendigar su
perdón porque lo había defraudado bastante.
—No veo cómo un ser tan dulce y puro como usted puede defraudar a
nadie, señorita Crawford.
Me lo quedo mirando con el ceño fruncido porque no sé si eso ha sido un
piropo o una mera declaración objetiva.
—Todos cometemos errores en la vida, Lev, independientemente de si
somos seres de luz o de oscuridad.
—Porque somos humanos —masculla Derek.
—Exacto. —May hace amago de sonreírle, pero se lo piensa dos veces y
se limita a asentir—. Porque somos humanos y eso es lo que nos permite
fallar tantas veces como sea necesario hasta aprender la lección.
—Pero sin utilizarlo como excusa para dañar a los demás y salir
indemnes de la situación —señalo.
—Muy bien dicho, Xander. —Me guiña un ojo con picardía y mi polla
brinca ilusionada en los pantalones—. Las oportunidades no se regalan, se
ganan. Sin embargo, creo que nunca es tarde para arreglar las cosas, por
muy embrolladas que parezca que están. A veces es tan sencillo como
lanzarte a la piscina y pedir perdón.
Dios, te quiero muchísimo.
—¿Derek? —lo llamo en un susurro.
—¿Sí?
—Lo siento, pero me da que mañana no voy a ir a verte disparar.
—¿Y eso?
—Resulta que yo también tengo una diana que perforar.
—Qué cabrón —suelta en una risita.
Sin previo aviso se levanta de la silla y cuando Lev a mi otro lado
también lo imita no entiendo nada.
—¿Qué hacéis cambiándoos de sitio?
—Es que no te has duchado después de la piscina —se burla el ruso.
—Han pasado muchas cosas en tu ausencia, Xander. —Derek me señala
las parejas que se están formando en cada mesa mientras May reparte folios
para los dibujos y acto seguido procede a limpiarse los cristales de las gafas
con el bajo de su camiseta negra—. Los lunes trabajamos individualmente,
pero los viernes tenemos un compañero asignado con el que elaboramos
una especie de cuaderno de bitácora.
—¿Tú con quién estas?
—Con Jo.
Mi hermana se gira en la silla para saludarnos con la mano.
—¿Y tú, Lev?
—¿No lo adivinas?
—Con Sadie —asumo—. ¿Fue May quien te puso con ella?
No se me ocurre otra opción viable, la verdad, por eso abro tanto los ojos
y busco la cámara con la que me están grabando cuando dice:
—No, la elegí yo.
Y sin más, agarra sus cosas y va con ella.
Agobiado porque me veo más solo que la una para la actividad, busco a
Crys entre el gentío pero hasta ella ya tiene pareja. La diviso seis filas más
allá hablando y riendo con Caleb Thorn, el cual no deja de mirar a mi amiga
como si fuera un pastel de fresa y él estuviera a dieta.
Ya me estoy levantando para irme cuando capto un dulce aroma a canela
y otoño justo detrás de mí.
—¿Te importa que yo sea tu pareja?
Mi sirenita ocupa el sitio de Derek a mi derecha y nuestras rodillas se
rozan cuando se acomoda y deposita una cajita de colores entre los dos.
—No —contesto con la voz ronca por la excitación que me provoca su
cercanía y el doble sentido de sus palabras—. En absoluto.
—Bien, porque no te queda mucha más opción.
—Como si la quisiera… —May se queda inmóvil cuando la agarro de la
muñeca y entierro la nariz en su pelo—. Te elegiría una y mil veces como
mi pareja, ya bien sea para colorear o procrear.
Se le escapa un jadeo que me la pone durísima y le suelto la mano antes
de que la arrastre al cuarto de la limpieza.
—A ver, el ejercicio de hoy consiste en hacer un dibujo guiado a ciegas.
Esto quiere decir que mientras uno tiene los ojos cerrados, el otro le va
dictando los trazos que tiene que seguir para componer una forma más o
menos reconocible. ¿Lo pillas?
—Sí.
—Genial, ¿quieres empezar tú dibujando?
—Me gusta más dar las órdenes, pero supongo que podemos
intercambiar los roles por una vez —sonrío granuja.
Las mejillas se le encienden como a un gusiluz y tengo que contenerme
para no comérmela enterita. Qué adorable es, joder.
—Vale, cierra los ojos —me pide en un susurro—. ¿Los tienes bien
cerrados? No vale hacer trampas.
—Que sí, dale.
El corazón me late en la garganta cuando me coge la mano con
delicadeza y me la guía hasta la esquina del papel. Su tacto me sabe a gloria
y su esencia a canela me invita a devorarla aquí mismo.
—Haz una línea recta hacia la derecha. Ahora otra hacia abajo y luego a
la izquierda. —Obedezco e intento visualizar qué es lo que estoy dibujando,
pero no tengo ni idea. Forma de corazón no tiene, eso desde luego—.
Abajo, derecha, arriba y derecha.
—¿Qué es esto, May?
—Confía en mí, vas muy bien. —Noto la sonrisa en su voz y solo por eso
le pongo todo mi empeño al garabato—. Vale, para. Yo creo que ya está,
abre los ojos y dime qué ves.
Despego los párpados y un revoltijo de rectas ascendentes y descendentes
se presenta ante mí como una especie de laberinto que… Espera. Un
laberinto. Como el de mis abuelos. Como en el que nos conocimos. Como
en el que la perseguí hasta que acabamos retozando sobre la paja. Como al
que me quiero teletransportar ahora mismo.
—Joder, es que te quiero.
Me arrepiento al momento de mi confesión ante la expresión horrorizada
en su cara. Mierda. May boquea como un pez fuera del agua y no sabe
dónde poner los ojos, así que le paso un dedo por debajo de la barbilla y la
obligo a mirarme a mí. Tiene las pupilas dilatadas y las vetas doradas de sus
anillos más concéntricos refulgen con intensidad.
—Xander, yo…
—No necesito una respuesta de vuelta ahora, solo quería que lo supieras
para que no te quedasen dudas.
El pecho le sube y le baja debajo del jersey con fuerza. Parece una niña
pequeña a la que han pillado robando una manzana en el mercado y no sabe
muy bien cómo lidiar con la situación. Entreabre los labios para decir algo,
pero entonces el móvil le suena en el regazo y se apresura a colgar.
—¿Quién era?
—Mi compañía telefónica —contesta demasiado rápido.
—Ni siquiera has mirado el número.
—Es que… siempre me llaman a esta hora.
Intenta disimular su nerviosismo con una sonrisa tirante que no me creo
en absoluto. Aquí pasa algo.
La pantalla se ilumina de nuevo.
—Cógelo —le exhorto.
Sacude la cabeza y aleja el móvil de mi alcance cuando lee en mi
musculatura lo que pretendía hacer.
—Coge la puta llamada o lo haré yo.
—No puedo.
—¿Qué me estás ocultando, May? —chirrío los dientes.
—¡Nada!
—¿Entonces por qué no lo coges?
—Estoy en horario lectivo, no puedo responder llamadas.
—¿Y cómo sabes que no es del hospital de tu madre para darte noticias
sobre su estado de salud?
Hunde los incisivos en su labio inferior mientras los ojos se le anegan de
lágrimas. Una idea empieza a cocerse en mi interior.
—¿Es un amante?
—¡Por Dios, no! —La determinación con la que lo niega hace que suelte
todo el aire de los pulmones. Va a añadir algo más, pero el móvil vuelve a
sonar y se levanta como un resorte—. Espera aquí.
Sale de la clase y yo no me lo pienso dos veces antes de seguirla.
No la veo cuando salgo al pasillo, aunque sus susurros entrecortados me
llevan directamente a los servicios femeninos. Entro en el cubículo como un
elefante en una cacharrería en lugar de poner la oreja como toda persona
cabal haría si quisiera espiar una conversación ajena y May pega un chillo
de puro terror. Está al borde de un ataque de pánico y no para de temblar.
—Tranquila, soy yo.
Me acerco y la envuelvo entre mis brazos para calmarla.
—Lo… lo siento. Creía que eras otra persona —solloza.
—¿Quién?
—Es igual, déjalo.
—¿Quién creías que era? Dímelo. —Sacude la cabeza y entierra la cara
entre las manos—. ¿Qué ocurre, May? Me estás asustando.
Me la pego al pecho y la acuno en silencio. No para de temblar y se le
escapan hipidos contra mi esternón. Le hundo la mano en el pelo y se lo
acaricio despacio mientras le lleno la frente de besitos.
—¿Creías que era la misma persona que te estaba llamando en clase?
Asiente.
El repiqueteo del timbre indica que hay cambio de clase y que
probablemente alguna chica con incontinencia nos interrumpa en los
próximos minutos, así que debo darme prisa.
—¿Cuánto tiempo llevas recibiendo esas llamadas?
—Aquí no, Xander —musita agobiada.
—May…
—Esta noche —me ataja—. Ven esta noche a mi habitación y te lo
contaré todo. Te lo prometo.
No nos da tiempo a más porque la puerta se abre de golpe y Crystal
McNally aparece en el umbral. Nos separamos de golpe y May choca contra
su hombro al salir por la prisa.
—¿Qué haces en los baños de chicas, Atwood? —me increpa la rubia.
—Se había acabado el jabón en el de los chicos.
—Ya, y no será que querrías verle el culo a la señorita Crawford…
—Me has pillado.
Ignoro su mohín airado y salgo al pasillo, donde se ha formado un buen
tapón de estudiantes altos y fornidos que me impide atisbar una melena
roja. Cierro los ojos y exhalo un suspiro de frustración. Al parecer me va a
tocar esperar hasta esta noche para averiguar qué o quién está atormentando
a mi sirenita. Y, sobre todo, por qué.
La puerta de los servicios femeninos me impacta con fuerza en el bíceps
al abrirse de nuevo y ahogo un quejido.
—Joder, Crys, ten cuidado.
—Perdón.
Pero cuando me giro para fulminar a mi amiga no son azules los ojos con
los que me topo, sino marrones con vetas verdes. Espera, si ella acaba de
salir del baño y no la he visto entrar eso significa que… Sadie se encoge
dentro de la cazadora vaquera de tachuelas y gimotea cuando la agarro de
las solapas y la arrastro a la primera aula que encuentro vacía.
La lanzo dentro y echo el pestillo.
—¡¿Qué has oído?!
Sadie retrocede a medida que yo avanzo. Es tan pequeña y frágil que un
solo puñetazo mío la pulverizaría.
—Lo suficiente, pero no diré nada. Lo juro.
—¿Por qué? —resoplo como los toros bravos antes de embestir—. ¿Qué
ganas tú con guardarnos el secreto? ¿Nos vas a chantajear?
—¡No!
La arrincono contra un mapa de todos los ríos de América y la encierro
entre mis brazos. Su aroma a lavanda me hormiguea en la nariz.
—¿Quieres dinero, es eso?
—Tengo más dinero del que jamás gastaré —me escupe enseñándome los
dientes. Vaya, por lo visto la culebrilla sabe morder.
—¿Entonces qué coño quieres?
Se queda pensativa un momento hasta que al final suelta:
—Un favor.
—Un favor… —repito incrédulo—. ¿Cuál?
—Ya te lo pediré cuando lo necesite.
Sadie aprovecha mi momento de confusión para reptar despacio por la
pared, escabullirse de mi cárcel de músculos, y correr hasta la puerta. Justo
cuando tiene la mano en el pomo la llamo y, para mi sorpresa, se detiene y
me mira a través de sus greñas oscuras y desfiladas.
—Espero que cumplas tu palabra y no le hables de esto a nadie porque de
lo contrario tendré que romper el juguete favorito de mi amigo.
Una sonrisa triste asoma a sus labios perforados.
—Yo ya soy una muñeca rota, Xander.
Y sale sin hacer ruido.
CAPÍTULO 26
May

Pego un grito cuando unos nudillos golpean la madera. Ya está aquí. Con el
pulso latiéndome entre las piernas, salto de la cama y voy corriendo a abrir.
Afuera está cayendo el diluvio universal y creo que no hay mejor sensación
que la de quedarte dormida entre los brazos de tu amado con el sonido de la
lluvia repiqueteando contra el cristal de fondo. Pero cuando me asomo al
pasillo me lo encuentro desierto y el felpudo de mi puerta, empapado.
¿Qué narices?
Resigo con la mirada los pequeños charquitos de agua que unas botas se
han encargado de dejar hasta el ascensor y que brillan con la tenue luz que
emite el cartel de emergencias. Me agarro fuerte al marco y asomo un poco
más la cabeza, pero mis ojos no distinguen más que sombras al fondo.
Aun así, tengo la certeza de que algo o alguien me está devolviendo la
mirada desde la oscuridad.
Me sudan las manos y tengo ganas de vomitar.
Quiero pensar que se trata de Xander y su humor de mierda intentando
asustarme como en el bosque. Aunque no tiene sentido, jamás se arriesgaría
tanto a que lo descubrieran por hacerme pasar un poco de miedo.
Un chillido se me queda atascado en la garganta cuando el clásico pitido
del ascensor anuncia que ha llegado a su destino, séase mi planta. Ya estoy
poniendo un pie descalzo en el parquet de suelo radiante para entretener a
quien sea que salga por esas puertas de latón y darle tiempo a Xander para
escabullirse por las escaleras cuando mi propio reflejo me frena en seco.
—¿Pero qué…? —Si el ascensor está vacío significa que alguien ha
tenido que llamarlo, y por consiguiente, hay alguien más conmigo aquí.
El sudor me corre entre los pechos y empiezo a retroceder sin darle la
espalda a la caja acristalada que parece estar burlándose de mí a través de
sus espejos. En uno de ellos capto movimiento a mis espaldas una fracción
de segundo antes de que mis omóplatos den contra una superficie plana que
me tapa la boca y me arrastra al interior de mi propia habitación.
¡No, no, no!
Mi secuestrador cierra la puerta de una patada sin soltarme y ambos
caemos sobre mi cama en un amasijo de brazos y piernas. Es enorme y no
tengo nada que hacer contra él, aun así, me revuelvo y trato de morderle la
palma de la mano. Cuando me da la vuelta de un tirón y sus ojos grises
chocan con los míos dejo de luchar.
—¡Mierda, Xander! Un día de estos me vas a matar de un susto.
—¿Qué hacías ahí fuera? —me susurra en los labios.
Gotitas de agua se le acumulan en la punta de los mechones y me rocían
la frente y las mejillas.
—Pues esperándote —digo intentando acompasar la respiración.
—¿Así vestida?
—¿No te gusta que lleve tu ropa?
La sudadera negra de los Eagles con la que me tapó aquella noche en el
bosque me cubre en estos momentos hasta los muslos.
—Eso me flipa, lo que no me gusta un pelo es que cualquiera pueda ver
estas piernas del pecado —ronronea, deslizándome una mano por debajo de
la tela y ascendiendo por la cara interior de mis muslos. Jadea cuando topa
con mi sexo desnudo—. ¿Por qué no llevas ropa interior, May?
—Ya te he dicho que te estaba esperando.
—Joder, y yo que creía que solo íbamos a hablar…
—Luego.
Le atrapo el labio inferior con los dientes y tiro y mordisqueo hasta que
abre la boca muy a regañadientes y cuelo mi lengua en su interior. Sabe a
yogur de fresa y dentífrico, por lo que lo devoro con más ganas. Xander se
recoloca entre mis piernas sin dejar de acariciarme por aquí y por allá y le
paso las manos por los cabellos húmedos mientras él me toma de la nuca y
profundiza el beso, fustigando mi lengua una y otra vez con la suya en un
beso salvaje y despiadado.
Un mes.
Nuestros cuerpos se han perdido un mes entero de tocarse, besarse y
saborearse por culpa de nuestros egos desmedidos. Pero no me preocupa
porque pienso ajustar cuentas esta noche y reclamarle todos los orgasmos
que me debe, que no son pocos.
—Me vuelves loco, sirenita… —profiere en un gruñido que se pierde en
mi boca mientras la punta de los dedos corazón y anular tontea con mi
entrada—. No te haces una idea de lo mucho que voy a presumir de
mujercita en los Juegos. Ya puedes ir aprendiendo a negar en francés porque
se te van a echar encima cuando yo no esté mirando, y con razón. Eres
espectacular.
—Cállate y tócame de una vez.
—Creo que primero me debes una explicación.
—Xander, por favor.
Su pulgar halla el camino hasta mi clítoris y ahí se acopla, trazando
círculos perezosos que me estiran y me nublan la razón.
—¿Quién te estaba llamando esta mañana, nena?
Como si lo hubiera invocado, mi móvil empieza a vibrar sobre la colcha
con una llamada entrante y todo mi cuerpo se tensa dolorosamente. Antes
de que pueda evitarlo, Xander estira el cuello para leer el nombre del
contacto y casi se me escapa un suspiro de alivio cuando anuncia:
—Es tu madre.
—¿Mi madre? —Y entonces lo recuerdo—. Joder, le dije que la llamaría
esta noche y se me ha pasado por completo. Soy una hija terrible.
—Cógeselo.
Me mordisqueo el labio, indecisa.
—Pero es una videollamada y tú y yo estamos… —No me deja terminar
la frase. Con el dedo con el que me estaba dando placer pulsa el botón
verde y el rostro afable de mi madre aparece en pantalla.
—¿Tú sabes que tienes madre, verdad?
—Ho…hola, mami —la saludo de vuelta, intentando que la voz no
denote que tengo una cabecita morena y malvada entre las piernas—.
Perdón por no llamar antes, estaba ocupada.
Intento cerrar las piernas, pero Xander me las bloquea con los antebrazos
y disiente con una sonrisilla traviesa bailándole en los labios.
No pretenderá…
Lucho por quitármelo de encima plantándole los dos pies en el pecho y
empujando, pero mi fuerza no es rival para la suya. Me abre las piernas del
todo de un tirón y con un brazo me envuelve la cintura, anclándome al
colchón. Ni de puta coña, le transmito por osmosis. A lo que el muy cabrón
me responde con una lamida lánguida en el bulto de carne hinchado y
palpitante que me deja tiritando. Acto seguido, lo envuelve con los labios y
su humedad se fusiona con la mía. Ay, Dios.
—¿May, me escuchas?
—Esto… eh, sí… ¿Qué decías, mamá?
Su lengua de terciopelo me da toquecitos ansiosos en el punto exacto y
me aferro a las sábanas con la mano libre.
—Decía que espero que estuvieras ocupada intentando hacerme abuela.
Xander levanta la cabeza y enarca una ceja, burlona.
—Mmm, no exactamente.
—May Liliana Crawford, sabes de sobra que no hay cosa que más ilusión
me haga en este mundo que irme de él habiendo tenido en brazos a mi nieto
pelirrojo, así que, ¿qué haces que no te pones manos a la obra?
Eso, parece decirme Xander con la mirada.
Sofoco un gemidito cuando su lengua se enrosca en mi centro de placer y
chupa y succiona hasta transportarme a otra galaxia. Me contoneo contra su
boca pidiéndole más y su respuesta no tarda en llegar pasándome las manos
por debajo de las caderas y aupándome para tener un mejor acceso a su
snack nocturno.
—Todavía es muy pronto para eso, mamá.
—Tienes treinta años, se te va a pasar el arroz —suspira irritada—. Al
menos dime que has hecho las paces con el adonis que se coló en casa.
—Estoy… en ello.
Noto como el orgasmo toma forma y me tensa los músculos del
abdomen. Joder, creo que correrme delante de mi madre por videollamada
supera con creces a tener sexo anal sobre su cabeza. La felpa suave de la
sudadera se vuelve papel de lija sobre mis pezones, endureciéndolos, y
cuando Xander me introduce de golpe dos dedos hasta el fondo tengo que
cerrar los ojos para que mi pobre madre no vea que los he puesto en blanco.
—¿Estás bien, hija? Te noto rara.
—Solo estoy un poco… ¡Cansada! —chillo cuando sus dientes masacran
mis partes íntimas—. Lo siento, hoy ha sido un día duro.
Xander desliza la mano libre por debajo de la sudadera y me agarra un
pecho a modo de provocación. Gruño y le tiro del pelo para que pare, pero
eso solo lo excita más porque aumenta el ritmo de la penetración.
Lo voy a matar.
—No te preocupes, cielo, hablamos otro día. Buenas noches, descansa.
Acerca los labios a la pantalla y se oye un sonoro muac.
—¡Mamá, espera! ¿Tú qué tal es…?
Pero ya ha colgado.
Lanzo el móvil fuera de la cama para que Mark Zuckerberg no vea cómo
asesino en directo a un Xander que se atreve a sonreír con los labios
relucientes por mi humedad cuando me avalanzo sobre él.
—¡Eres un cerdo! Casi haces que me corra delante de ella.
—Estoy seguro de que si le hubieras enseñado el motivo no se habría
enfadado. Tu madre me adora.
—Serás…
Lo atrapo por los cordones de la sudadera gris cuando intenta esquivar mi
ataque y rodamos por mi cama de metro y medio hasta que quedo montada
a horcajadas sobre él. Sus manos se acoplan en el hueco de mis caderas y
me inclino sobre su pecho para besarle los labios, esta vez sin prisa pero sin
pausa. Dios, cómo lo echaba de menos. Su excitación se me clava
impaciente entre los muslos a través de la ropa y me restriego contra ella
como una gata en celo, manchándole el pantalón con mis fluidos.
—¿Le damos ese nieto a tu madre? —bromea entre besos.
—Tomo la píldora.
—Pues deja de tomarla.
Me pasa su propia sudadera por la cabeza y se lleva uno de mis pezones a
la boca en tanto que sus manos no dejan de acariciarme.
—Por si todavía no te has dado cuenta, no tengo dinero para mantenerme
a mí misma como para sacar adelante a un crío.
—¿Acaso crees que lo harías sola?
Me encojo de hombros con los ojos picosos.
—Eres una superestrella y tienes un futuro prometedor, no sé por qué
tendrías que arruinarlo conmigo.
—¿Arruinarlo? May, me importa una mierda que no provengas de una
familia acomodada y te apellides Crawford en vez de Rockefeller porque el
día que te preñe, que no será tarde, te convertirás en una Atwood y nadarás
en la puta abundancia. Y nuestro hijo no tendrá que preocuparse nunca por
nada, excepto por tener contenta a su bellísima madre.
—¿Y tus padres, qué dirán ellos?
—Me suda los cojones lo que digan mis padres porque yo siempre hago
lo que quiero. —Me toma del cuello y sus labios actúan de ventosa sobre él,
marcándolo a fuego—. Soy un jodido Atwood, nena, y eso significa que no
pido perdón, mucho menos permiso.
—Esto no puede salir bien…
—Ya verás como sí. —Me besa en la frente y se desliza en mí con tanta
suavidad que estoy a punto de correrme solo con eso. Xander me aparta el
pelo de la oreja y me susurra sin parar de follarme—: ¿Recuerdas cuando te
dije que conmigo siempre tenías opción? Bueno, pues en esto no. Vas a ser
mi mujer y te voy a llenar el vientre de hijos míos.
Joder, sí.
—¿Y si no quiero?
—Claro que quieres, mira cómo tu coño me ordeña la polla.
Cuelo la mirada entre nuestros cuerpos sudados y anhelantes y contemplo
extasiada cómo me la clava desde la punta hasta la base, llegando cada vez
más adentro. Esa imagen hace que el orgasmo me arrase entera y gima su
nombre con los ojos en blanco. Entonces Xander se arranca la sudadera y
en lo que dura un pestañeo me rodea la cintura con un brazo y nos rueda a
ambos sobre el colchón sin romper nuestra conexión carnal.
—¿Vas a dejar de tomar esa puta mierda de pastillas?
—Sí…
—¿Vas a dejar que te haga gemelos hasta que salgan impares?
—Uf, sí.
El cabecero contra la pared rivaliza con el repiqueteo de la lluvia en los
cristales y le doy gracias a Dios en silencio porque el primer día se me
ocurriera pegar la cama al tabique que no da a ninguna habitación.
—¿Por qué yo? —Se me escapa en un gemido—. ¿Qué es lo que ves en
mí para estar tan seguro de… esto?
Me gira la cabeza con delicadeza y el espejo de cuerpo entero en la pared
me devuelve una imagen tan erótica de nosotros mismos, desnudos y
acalorados, que tengo que apretar las piernas para no volver a correrme.
—Eso es justo lo que veo cada vez que te miro, sirenita —me ronronea
en los labios—. A ti. A mí. Juntos. Para siempre. Desnudos o con ropa, de
pie o tumbados, alegres o enfadados, pero unidos.
—¿No preferirías estar con otra mejor que yo?
—Ya te dije que no había ninguna mejor que tú. —Me reparte besitos por
la mandíbula mientras entra y sale de mí tan despacio que creo que podría
volverme loca—. Tú eres tu propia competencia, no lo olvides nunca. Ojalá
te vieras como yo te veo.
Sus labios acarician los míos con un cariño que no me merezco y siento
las lágrimas correr por mis mejillas. Xander las recoge una a una con la
lengua mientras se derrama en mi interior con un gruñido ronco que me
hace desear quedarme embarazada esta misma noche.
Lo amo.
Sé que es el hombre de mi vida, pero por mucho que diga lo contrario, yo
todavía no estoy segura de ser la mujer de la suya.
Cuando termina, se tumba a mi lado en la cama y me acomoda sobre su
pecho. El corazón le zumba en las costillas como el aleteo de un colibrí y la
nota a cloro en su piel, combinada con el sudor, me hace desearlo otra vez.
—No sé qué somos, pero quiero seguir siéndolo —musito.
—Tú eres mía y yo soy tuyo, eso es lo único que importa.
Sus brazos se estrechan con más fuerza en torno a mi cintura y me apoya
el mentón sobre la coronilla.
—¿Qué te hizo fijarte en mí aquel día? —pienso de pronto.
Xander se toma su minuto largo para contestar mientras me acaricia el
pelo hasta las puntas, consiguiendo que me estremezca cada vez que sus
dedos me rozan el cuero cabelludo.
—¿Quieres la versión larga o la corta? —dice finalmente.
—La corta, que tengo sueño.
—Verás, de pequeño mi película favorita era la Sirenita y…
—¡Ay, Dios, te gustan las mujeres con cola!
—Mmm, no exactamente, lo decía más por el pelo.
Su pecho se contrae al ritmo de una carcajada y no hay nada que me haga
más feliz ahora mismo que ver a Xander así de relajado, de juguetón, como
si por un instante efímero la competición y el resto de los problemas que
nos envuelven hubieran desaparecido y solo estuviéramos él y yo.
—O sea que lo que más te llamó la atención de mí fue mi pelo.
—Y tu sonrisa, y tu culo —añade—. En ese orden.
—¿Si me tiño me dejarás en paz?
—Nunca.
—¿Hay algo que pueda hacer para huir de ti? —me burlo. Lo cierto es
que no quiero separarme de este hombre nunca más.
—Nada de nada —niega serio—. Pero, por favor, no te tiñas el pelo.
El estómago me tiembla de la risa y me acurruco contra su pecho como
un recién nacido. Qué calentito está y qué bien huele. Entonces reparo en
los círculos abultados y amoratados que le cubren los hombros y parte de
los trapecios y me aparto de él como si quemara.
—¿Eso te lo he hecho yo? Dios mío, dime que no.
—¿El qué? Ah, esto… —Se gira en la cama para mostrarme una espalda
llena de hematomas con pinta de doler—. Es por la ventosaterapia.
Alargo el brazo para tocarlas, pero me abstengo.
—¿Te duelen?
—No realmente, además ya estoy acostumbrado.
—¿Anthony te ha hecho esto como castigo? —murmuro con un hilo de
voz. Joder, no me creo que no le duelan.
—No, cariño, la ventosaterapia es una especie de tratamiento alternativo
y natural que introduce calor en el organismo y mejora la circulación
sanguínea para que rinda más en el agua.
—¿De verdad que no te duele?
—Te lo juro.
Con las yemas de los dedos para no incidir mucha presión le acaricio la
maltratada espalda, zigzagueando entre los bultos púrpuras y contando los
lunares que le salpican la epidermis. Once, como mi número favorito. Mis
dedos continúan su exploración por las hendiduras de su abdomen, las
montañas tumultuosas de sus pectorales y las lagunas de sus clavículas,
hasta llegar a sus labios carnosos donde me detengo a repasarlos como si
fuera a olvidarlos en cuanto salga por esa puerta.
—Te prometo que no volveré a perderme otra competición —murmuro
con la voz tomada—. No creía que fuera tan importante para ti que estu-
viera ahí. Lo siento mucho.
—No le des más vueltas, eso ya pasó. —Me pasa el pulgar por la mejilla
para limpiarme una lágrima que no sabía que se me había caído—. Aunque
si te apetece redimirte un poco te diré que la siguiente eliminatoria es dentro
de nada y solo se clasifica uno de los tres.
—Lo vas a conseguir, yo creo en ti.
—Entonces no necesito más. —Sus labios me rozan la sien—. Y ahora,
¿qué peli te apetece ver, El Castillo Ambulante o La Princesa Mononoke?
CAPÍTULO 27
May

No sé qué me despierta primero, si el grifo de la ducha o el toc-toc de la


puerta. Me incorporo en la cama con el corazón latiéndome en la garganta y
el pelo apelmazado por haber usado el pecho de Xander como almohada
durante toda la noche. No duramos mucho viendo El Castillo Ambulante
porque Xander no paraba de mirarme de reojo cada vez que aparecía Howl
en pantalla con su pelo rubio ondeando al viento y su sonrisa enigmática,
hasta que se cansó de que le prestara más atención a la película que a él y
apagó el portátil. Celoso de un dibujo. ¿Sí, por?
Los golpes en la puerta se repiten y por un momento temo que el idiota
que intentó asustarme haya vuelto a por más, o tal vez la propia directora
White haya venido en persona a traerme el finiquito en mano por la
contaminación acústica de anoche, lo cual no sé qué es peor.
—¡May! —me llama Xander desde el baño—. ¿Puedes abrir? Es el
desayuno. ¡Pero tápate, eh!
¿El desayuno?
Me pongo su sudadera gris que encuentro tirada por el suelo y unos
pantaloncitos cortos de seda antes de abrirle la puerta al rostro enjuto de una
mujer de mediana edad con coleta tirante y gafas de culo de vaso que me
sonríe mientras me tiende una bandeja de churros con chocolate.
—Disculpe, pero yo no he pedido…
—Gracias, Lizzy. —Su voz grave me anuncia de su presencia a mis
espaldas antes de que el calor humeante que emana de su pecho me traspase
la ropa—. Toma, para que los gemelos se suban a la noria esta noche.
Extiende ante mí un billete de cincuenta dólares como propina y cuando
me giro con los ojos como platos para empujarlo dentro y que nadie lo vea
en mi habitación me lo encuentro… desnudo.
La toalla diminuta que lleva anudada con precariedad más abajo de la
cinturilla y que revela el camino de vello oscuro hasta su ombligo amenaza
con desatarse en cualquier momento y hacer las fantasías de la mujer que lo
está devorando con los ojos, así que le arrebato el billete y se lo meto en el
bolsillo del delantal para, acto seguido, arrebatarle la bandeja y cerrarle la
puerta en las narices.
—¿Chocolate con churros, en serio?
—¿Qué pasa? Tenía pensado despertarte con otro churro, pero después de
lo de anoche he supuesto que estarías un poco dolorida.
—Vaya, qué considerado.
Le dedico una mueca burlona y me encamino a la cama con el estómago
rugiéndome a más no poder.
Xander utiliza la toalla que tenía amarrada a la cadera para secarse el
pelo y las vistas que me ofrece se me antojan mucho más apetitosas. Sin
embargo, me obligo a apartar la mirada y a centrarme en el manjar que
tengo delante. Al rato se deja caer a mi lado en la cama con el pelo revuelto
y los hombros relajados. Al menos ha tenido la decencia de ponerse
pantalones para dejarme comer tranquila... Xander me observa darle rienda
suelta a mi apetito voraz con una sonrisa de oreja a oreja, pero él no prueba
bocado a pesar del gasto calórico de anoche.
—¿Por qué no comes? —digo lamiéndome el chocolate de los labios.
—Tengo que cuidar mi alimentación.
El estómago se me cierra de golpe y aparto la bandeja.
—Gracias por llamarme gorda e insalubre, supongo.
—¿Estás tonta? ¿Acaso crees que he hecho venir a la mejor repostera de
Cripple Peak a las ocho de la mañana un sábado para hacerte sentir mal?
—Tú mismo acabas de decir que no puedes comerte esto —balanceo un
churro grasiento en el aire—, porque es una bomba calórica.
—¿Y? Sé que disfrutas comiendo y a mí me hace feliz verte feliz, así que
no sé cuál es el problema.
—El problema está en que jamás voy a conseguir un cuerpo de infarto si
me sigues atiborrando con tanta mierda.
Se me echa encima y me lame los labios en los que la esencia del cacao
todavía perdura. Todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se activan
de pronto al sentir su proximidad y el aroma de mi propio champú a canela
en su pelo me vuelve loca.
—Sirenita, tu cuerpo ya me produce taquicardias cada vez que lo veo, así
que, por favor te pido, no quieras matarme de una embolia mejorándolo ni
un poquito. Todavía soy demasiado joven para morir.
Sale de mí y se incorpora sobre los codos en el colchón sin dejar de
repasarme de arriba abajo pese a que estoy cubierta.
—May. —Mi nombre truena en sus labios—. Eres consciente de que al
final no hablamos de lo que teníamos que hablar, ¿verdad?
—Teníamos cosas más importantes que hacer —arguyo.
—Desde luego, pero ahora necesito saber quién es el cabrón que te está
molestando y por qué.
—¿Cómo sabes que es un tío?
—¿No lo son todos los que te llaman en las películas de terror para
respirarte en la oreja?
Le doy vueltas al anillo en el pulgar y barajo las miles de versiones de la
historia que he preparado para este momento. Soy una pésima mentirosa y
además no me gusta hacer daño a los demás, por mucho que Xander piense
lo contrario, por lo que me dejo de tapujos y exhalo sin más:
—Es mi ex.
Nos quedamos en silencio durante lo que a mí se me antoja una eternidad
y temo parpadear por si me pierdo el arranque de ira de Xander, pero para
mi sorpresa permanece tranquilo y respirando con aparente normalidad pese
a que tiene la mandíbula tensa a más no poder.
—Así que has tenido pareja antes…
—¿Te extraña?
—No, me cabrea.
Reprimo una sonrisita.
—¿Por qué?
—¿Como que por qué? Pues porque no soporto la idea de que mis manos
no hayan sido las primeras en tocarte.
—¡Serás hipócrita, como si a ti no te hubieran tocado otras manos y
besado otros labios! —le rebato.
—No es lo mismo.
—¡Claro que lo es! —La ira me burbujea bajo la piel—. Yo no he sido tu
primera vez en nada mientras que contigo tuve sexo…
—Por el culo —termina por mí con una risotada seca. Le lanzo a la cara
una almohada y la esquiva por poco—. Y en eso te equivocas, sí que has
sido mi primera vez en algo.
Me lo quedo mirando con los ojos entrecerrados.
—¿En qué?
—Nunca lo había hecho sin protección.
Conque por eso quería saber si estaba sana, para no arriesgar su carrera
profesional por un polvo con una extraña.
—¡Ey, no, no, no! Nada de eso. —Me coge por los hombros y me sienta
en la cama cuando me lanzo a besarlo—. Sé lo que intentas y no voy a dejar
que me engatuses con tu lengua malvada otra vez. Tenemos que hablar.
—Pero es que esa declaración me ha puesto muy cachonda.
—May…
—Vaaaaaale —resoplo dándome por vencida—. ¿Qué quieres saber?
—¿Por qué tu ex te está molestando?
—Digamos que me guarda rencor por dejarlo y ahora quiere
atormentarme con mensajes de lo más escalofriantes.
—Enséñamelos.
—Los he borrado —me apresuro a mentir.
No sé por qué no le cuento la pura verdad y ya está, que el tío que abusó
de su hermana es el mismo que conocí en Tinder y con el que tuve un
amorío exprés pero que dejé en cuanto supe de sus actividades para nada
lícitas y que ahora me está acosando. Pero es que no puedo. No puedo
romper de un martillazo lo que con tanto esfuerzo estamos construyendo.
Además, técnicamente, todo lo que he dicho hasta ahora es cierto.
—Voy a necesitar su nombre completo, sus datos personales y su
dirección si la tienes —dice de pronto.
—¿Para qué?
Frunce el ceño y me mira con gravedad.
—¿Tú que crees?
—No me digas que le vas a mandar unos sicarios.
—Puede.
—Xander, no —acoto sus ideas perversas—. Te prohíbo que le hagas
daño, ya se le pasará la obsesión conmigo.
—A mí no se me pasó.
Touché.
Gateo hasta él por la cama y me acomodo en su regazo, con las piernas a
cada lado de las suyas, montándolo. Sus manos me toman por las nalgas y
me las amasa con ganas, incluso deja caer algún azote.
—De verdad, Xander, no le hagas nada. —Y añado poniendo los mismos
ojos que el gato con botas de Shrek—: Por favor.
—No me gusta que hagan llorar a mi sirenita.
—Estoy bien, lo prometo.
—Si vuelvo a verte triste, nerviosa o llorosa por culpa de ese gilipollas
no prometo no mancharme las manos con su sangre.
Lo beso y mis manos encuentran el camino hasta su nuca, donde se
acoplan y juguetean con el nacimiento revoltoso de su pelo oscuro.
—Tranquilo, te avisaré si vuelve a contactarme.
—Más te vale, porque si no pensaré que me estás poniendo los cuernos y
yo las infidelidades no las soporto.
—Yo tampoco —sonrío dibujándole la forma de los labios con la punta
de la lengua. Joder, lo necesito dentro otra vez.
Pero entonces se incorpora y me deja caer en el colchón con delicadeza.
Enarco una ceja en una pregunta muda y el muy cerdo se parte de risa. Si no
fuera porque el bulto en sus pantalones revela sus verdaderos deseos juraría
que me está tomando el pelo.
—Tengo que irme ya si quiero ver disparar a Ojo de Halcón.
—¿Ojo de Halcón, el de los Vengadores?
—Derek —me aclara—. Y sí, el apodo viene de ahí.
Xander me quita la sudadera que llevo puesta y me come con los ojos
antes de pasársela por la cabeza y ajustarse la capucha. En esta postura, con
las piernas encogidas a un lado y el pelo enmarañado cubriéndome los
senos sí que parezco una sirena sobre una roca. Eso es justo lo que debe de
estar pensando el muy enfermo cuando mira la hora y resopla con fastidio.
—No tenemos tiempo… —le leo la mente.
—Por desgracia, pero esta noche no te escapas.
—¿Qué pasa esta noche?
—Que te vienes con nosotros a la feria anual de Cripple Peak. Ah, y por
si te lo estás preguntando, no es negociable.
—Pero…
—He dicho que no es negociable. —Xander acaba de vestirse y me mira
desde su metro noventa con un hambre tan feroz que asusta—. Primero, te
conseguiré un puto peluche en las anillas como el buen novio que soy,
aunque seguramente acabaré sobornando a Derek para que lo haga él.
Luego te meteré mano en la noria y más tarde comprobaré si la montaña
rusa te hace chillar más que yo.
—¡¿Hay montaña rusa?! —exclamo ilusionada. Asiente.
—Estate lista sobre las ocho—dice de camino hacia la puerta—. Te
pasaremos a buscar con el Jeep. Y no te pongas demasiado guapa, no quiero
saltarle un ojo a nadie que te mire de más.
Me despierto del sueño de hadas con tutús y purpurina en el que me
había sumido cuando caigo de pronto en que nadie puede vernos paseando
de la mano, ni comiendo algodón de azúcar, ni mucho menos metiéndonos
mano en la noria por mucho que me apetezca el plan.
¿Cómo he podido ser tan idiota?
—Id sin mí.
Xander se detiene con la mano en el pomo y ladea media cara.
—¿Qué parte de no es negociable no entiendes?
—No podemos dejar que nadie nos vea juntos —argumento.
—Tonterías, vienes conmigo y no hay más que hablar.
—De verdad que no puedo.
—¿No puedes o no quieres? —Pego un respingo ante la brusquedad de la
pregunta, aunque al momento lo suaviza diciendo—: Perdona, nena, pero es
que es muy importante para mí que vengas conmigo y mis amigos.
—¿Por qué?
—Me gustaría… yo… —Se detiene a tomar aire—. Es solo que me
gustaría pasarlo bien esta noche con las personas que más quiero.
Joder, no sé qué decir.
Agradezco en silencio al acosador de Trevor por salvarme de contestar
cuando el móvil empieza a sonar en mi mesita, aunque no recuerdo haberle
puesto una carcajada malvada de bruja como tono predeterminado.
Ese privilegio solo le corresponde a…
—¡PAGE! —Salto de la cama y termino de vestirme con lo primero que
pillo del cesto de la ropa sucia—. ¡Mierda, mierda, mierda! Me va a matar.
—¿Qué ocurre?
Xander me observa revolotear por el cuarto sin dar crédito.
—¿Te acuerdas de la chica que te insultó desde mi móvil?
—Cómo olvidarlo —bufa.
—Bueno, pues viene a pasar unos días y se supone que tendría que estar
recogiéndola ahora mismo del aeropuerto.
—Anda, ya tienes la tapadera perfecta para venir con nosotros a la feria.
Lo fulmino con la mirada mientras me calzo las zapatillas saltando a la
pata coja y me tiro del pelo con los dedos para alisarlo.
—Ella lo sabe. Todo. Y por mucho que sea mi mejor amiga y la quiera
con todo mi corazón, a veces es un poco gilipollas y suelta lo primero que
se le pasa por la cabeza, así que no me apetece que agarre un megáfono y le
cuente a toda la feria que me estoy tirando al jodido Xander Atwood.
—Eso sería una faena, sí.
Palpo las sábanas revueltas en busca de las llaves de mi Citroën Berlingo
pero no las hallo por ningún lado. ¿Dónde coño están?
—¿Buscas esto? —Xander menea las llaves de mi coche en mi cara y
cuando alargo el brazo las retira—. Promete que vendrás.
—¡Xander!
—Prométemelo o te vas al aeropuerto a recoger a esa pequeña zorra en
taxi —dice encogiéndose de hombros.
—No la llames así, Page no es ninguna zorra.
—Si estamos hablando de la misma Page Remington de Seward que yo
conozco, déjame decirte que de beata no tiene un pelo.
—¿Os conocéis? —Me arden el cuello y las mejillas—. Quiero decir, ella
te conoce a ti, ¿pero tú a ella?
—La pregunta es quién no la conoce...
—Espera, ¿te la has tirado?
Page me lo habría contado de ser así. ¿No? Sin embargo, el silencio y la
sonrisa aviesa que esboza me ponen el estómago del revés.
—Venga, prométeme que dejarás que te dé por detrás en los coches de
choque o no hay llaves.
—Eres lo peor.
—Eso no es lo que quiero escuchar.
—¡Que sí, que vale, que iré a la feria de los huevos! Y ahora dámelas.
Me pone las llaves en la mano y las escondo rápidamente en el bolso
antes de que cambie de idea y me haga rogarle de otras formas.
—Hay que ver qué boca tan sucia tienes para lo adorable que eres.
Y procede a devorármela.
—¡Quita! —río apartándolo sin muchas ganas. La verdad es que solo me
apetece volver a la cama—. Vamos a llegar los dos tarde y nuestros amigos
se van a cabrear con nosotros.
—Tienes razón, lo siento.
No me da tiempo a procesar que por una vez Xander no me ha impuesto
su voluntad, sino que ha cedido a mi lógica aplastante y encima se ha
disculpado, porque cuando abro la puerta me topo de frente con un rostro
barbudo y una sonrisa afable que se desvanece en cuanto nos ve juntos.
—¿Zach?
—¿Xander? —replica el interpelado.
—¿Qué coño haces aquí?
—Mmm, creo que podría preguntarte lo mismo. Solo venía a proponerle
a May sudar un poco, pero veo que ya te has encargado tú de eso.
—¿Y tienes algo que decir al respecto?
Xander da un paso adelante, dominante, mientras yo solo quiero correr a
esconderme debajo de la cama.
—Nada, excepto que espero que me invitéis a la boda.
Zach me guiña un ojo azul celeste y siento que el aire me vuelve a entrar
en los pulmones, pero entonces Xander se gira hacia mí con la culpa
pintada en la cara y me agarro a su bíceps por si me toca desmayarme.
—¿Qué ocurre?
—Cariño, creo que este es un buen momento para comentarte que Sadie
y Derek también lo saben.
CAPÍTULO 28
May

Tengo los nervios a flor de piel y no precisamente porque mi mejor amiga


de la infancia esté intentando ligar con el camarero de la carpa después de
haberlo intentado con el equipo de vóley al completo horas antes mientras
le hacía un tour guiado por el campus, sino porque ya he perdido la cuenta
de las personas que están al tanto de mi vida amorosa.
Page, Anthony, Zach, Sadie y Derek.
Demasiadas lenguas que pueden largar nuestro secreto. Aun así, Xander
me ha jurado y perjurado que puedo estar tranquila, que nadie nos va a
delatar porque entonces sus trapos más sucios aparecerán en la portada del
New York Times del día siguiente.
—¿Te pido otra?
Los bucles oscuros de Page entran en mi campo de visión con dos jarras
de cerveza tan grandes como mi cabeza.
—¿Para qué preguntas si ya las traes en la mano? —bufo con la voz un
poco pastosa. No estoy acostumbrada a beber y esta ya es la tercera que me
tomo esta noche.
—Pura cortesía.
—Pura tontería, más bien.
—¡Ey, relaja la raja! —Sus ojos castaños me escrutan como si me
hubiera salido una espinilla gigante en toda la frente—. ¿Qué demonios te
pasa? Estás muy tensa. ¿No seguirás pensando que me acosté con Xan…?
—No digas su nombre —la interrumpo con brusquedad.
Page enarca una ceja.
—¿Ahora es Voldemort?
—La mitad del Zenith está aquí y podrían oírnos. Además, ese tema no
me preocupa en absoluto. No eres su tipo.
—¡Yo soy el tipo de cualquiera, bonita! A que me lo ligo —me chincha.
—Ten valor.
Ambas estallamos en una carcajada y a mí se me va la cerveza por mal
lado y tengo que toser, lo cual nos reporta nuevas risas por el cante que
estamos dando. Menudas adultas.
—Bueno, ¿pues qué te pasa? —insiste, dándole un bocado a su smash
búrguer con doble de queso. La mía es de garbanzos y sabe a rayos, pero
todo sea por el planeta.
—Ya sabes, lo de siempre.
—¿Tre…? —Le tiro un trozo de lechuga con mayonesa que se le escurre
por todo el escote para que se calle.
—Vamos a ponerles nombres en clave como cuando éramos pequeñas,
¿vale? Xander será X y Trevor, Y.
—Vale, pues… ¿X ha vuelto a contactarte?
—Es Y —la corrijo.
—¿Qué?
—Joder, olvidaba que eres disléxica.
Una patata me aterriza en toda la nariz y me la llena de kétchup.
Si Xander estuviera aquí me la limpiaría con la lengua, pienso sin
querer. Compruebo las notificaciones por si nuestras carcajadas estridentes
me han impedido escuchar el chapoteo que le he asignado como tono
predeterminado, pero nada. ¿Por qué no me ha hablado en todo el día?
El alcohol hace mella de golpe en esa zona del cerebro que se ocupa de
las dichosas emociones y en un segundo paso de mearme de risa a querer
llorar desconsoladamente. ¿Y si no me responde porque está ocupado
consiguiendo un oso panda de peluche para otra chica? ¿Y si se ha cansado
de mí y mis inseguridades? ¿Y si…?
—¿May?
—Sí, perdona —musito sorbiéndome los mocos—. Ahora sí que estaba
pensando en X. Lleva todo el día sin contestar a mis mensajes y empiezo a
estar un poco preocupada. Pero solo un poco, ¿eh?
Page se recoloca el top amarillo canario que le acentúa la piel canela y
me mira de lado, como los gatos desconfiados.
—¿Por qué no lo llamas a ver dónde está?
—Porque estará con sus amigos y no quiero molestarlo.
—Bobadas, seguro que está deseando estar contigo.
—Que no.
—Que sí. —Se bebe media jarra de un trago y me señala con dedo
acusador—. Me apuesto lo que sea a que te está buscando hasta en la Casa
de los Horrores, a la que, por cierto, vamos a pasar cuando vayamos
borrachas. ¡Ya verás qué divertido!
—La verdad es que me apetece volver al campus…
La euforia bailando por mis venas se ha visto remplazada por el etanol y
solo quiero meterme en la cama a llorar.
—Lo que te apetece es pillarte una buena cogorza y olvidarte de esos tíos
que entre unas cosas y otras te están volviendo loca.
—Y me llamó ayer. —Se me cae de los labios.
—¿Cómo?
—Que Trevor me… —repito, arrastrando las palabras.
—Ya, ya, lo he pillado a la primera, tonta. —Otra patata me acierta en la
barbilla—. Lo que no entiendo es por qué no me avisaste, podría haber
pinchado la llamada y averiguado su localización.
—Estaba… bloqueada.
—¿Y qué te dijo?
—Me dijo que si no volvía con él y lo ayudaba con el próximo juicio me
haría la vida imposible.
—¡Qué hijo de puta!
Sonrío a pesar de que estoy hecha mierda porque si su madre la oyera se
santiguaría mil veces, pero cuando Page está fuera del alcance de sus
progenitores su boca sucia rivaliza con la de Xander, y eso ya es decir.
—Y luego por la noche pasó algo raro —continúo—. Menos mal que X
se quedó a dormir conmigo.
—¿El qué?
—No estoy segura de que fuera Y porque estaba esperando a X, pero
creo que Y llamó a la puerta de mi habitación y…
—A ver, me estoy perdiendo. Xander fue anoche a tu habitación, ¿no?
—Correcto.
—Y te lo follaste en todas las posiciones.
—¡Page, céntrate, por favor!
—Vale, perdón.
—Puede que fueran imaginaciones mías y Trevor no estuviera ahí, pero
no sé. Todo esto me da muy mala espina. —Entierro la cara entre las manos
y suspiro cansada. Este asunto me está empezando a sobrepasar—. Si solo
pudiéramos comprobar las cámaras de seguridad…
—Podemos.
—¿Podemos?
Page se saca un iPad rosa chicle del bolso.
—Podemos —afirma, con sus dedos largos revoloteando ya por la
pantalla y los códigos reflejándose en sus iris oscuros.
—Espera, ¿vas a hackear el Zenith Elite?
—Shhh, baja la voz.
La agarro de la muñeca y la obligo a mirarme.
—No lo hagas, podrían echarme si te pillan.
—Asúmelo, tu futuro está vendiendo catecismos conmigo.
—Y una mierda.
No es la primera vez que Page hace algo así, cuando se aburre se dedica a
infiltrarse en todo tipo de servidores para ver lo que está ocurriendo al otro
lado de la pantalla. Ella me asegura que es mejor que Netflix y que encima
no paga suscripción, yo tengo mis dudas.
Como si estuviera resolviendo un puzle infantil en lugar de conectarse al
sistema de videovigilancia de un edificio entero, Page picotea patatas
mientras yo estoy a esto de echar la hamburguesa.
Joder, me encuentro fatal.
—Madre mía, no tiene cifrado WPA3 —exclama sonriente.
—¿Qué quiere decir eso?
—Pues que la seguridad del Zenith es como tu autoestima, tan baja e
inestable que todo el mundo podría romperla. —Le hundo el codo entre las
costillas y pega un bote en el asiento—. Perdón, perdón, es que cuando
bebo me vuelvo de lo más ingeniosa.
—Y asquerosa…
—Gracias al Raspberry Pi que siempre llevo conmigo y que he dejado en
tu cuarto puedo conectarme como si estuviera en el edificio —me explica
sin que se lo pregunte—. El firmware que usan es una basura y hasta un
bebé en pañales podría abrir un canal RTSP sin autenticación y acceder a…
Voilà! Estamos dentro.
—Joder, eres increíble, Page.
—Gracias, pero prefiero que me pagues la fianza de la cárcel si nos
descubren —dice dándole un trago a mi cerveza.
—¿Pueden pillarnos?
—A ver, por poder pueden, pero nuestra conexión está cifrada y si
alguien la rastreara le llevaría a una cafetería en Bangkok.
Los vídeos de todas las cámaras del edificio en el que resido se
despliegan ante nuestros ojos y Page va deslizando hasta llegar a los de mi
planta.
—Ahí —le señalo el pasillo de mi habitación.
—¿Recuerdas la hora más o menos?
—Como a medianoche o un poco más tarde.
Page pincha en la grabación que le indico y la rebobina hasta ayer por la
noche. Los nervios me roen el estómago y rezo para mis adentros para que
se tratara de Xander gastándome una broma de mal gusto y no del psicópata
de mi ex intentando secuestrarme o algo así.
—Vale, lo tengo.
Ambas pegamos la nariz a la pantalla del iPad cuando una figura
encapuchada de complexión alta y estrecha sale de entre las sombras y se
para frente a mi puerta. No sabría decir si es Xander o no porque la calidad
no es buena y todo está muy oscuro. Entonces alza el puño y lo estampa dos
veces contra la madera antes de correr hacia el ascensor, justo donde está
colocada la cámara. Mi silueta aparece en pantalla cinco segundos después.
—Tú y el instinto de supervivencia no os lleváis bien, ¿verdad?
—¿Qué querías que hiciera? Pensaba que era Xander.
—¿Y tenías que recibirlo desnuda?
—Creo que llevas mucho tiempo sin ir al oculista porque ahí se ve
perfectamente que llevo una sudadera.
—¿Y debajo? —Mi piel adquiere la tonalidad de mi pelo y Page sonríe
de lado—. Ya, lo suponía.
Como es una grabación no podemos manipular la cámara y rotarla para
enfocar su punto ciego, que es justo donde se ha ocultado la sombra. A
continuación, se aprecia el tintineo del ascensor y el posterior rumor de las
puertas metálicas revelándome su interior vacío. Page congela la imagen en
ese momento exacto y ya creo que va a hacer algún comentario de mierda
de los suyos cuando gime y se tapa la boca.
—¿Qué pasa? —inquiero agobiada.
—¿No lo ves? Justo detrás de ti.
Achico los ojos y entonces distingo la nueva sombra de ojos grises y
hombros anchos que emerge desde las escaleras, no desde el ascensor, y me
sorprende por la espalda.
—Hay que avisar a la policía —anuncia Page.
—No me puedo creer que haya sido tan estúpido de saltarse la orden de
alejamiento y poner en juego su libertad.
—Tenemos que enseñarle esto a la directora y… Espera. —El vídeo
continúa y revela el inequívoco rostro de Xander cuando se le baja la
capucha durante nuestro forcejeo—. Vale, tal vez habría que hacerle unos
retoquitos antes de presentar la prueba ante el juez.
—Joder, creo que voy a vomitar.
Page guarda el iPad a toda prisa cuando una tercera persona se sienta a
nuestro lado y su olor a piscina nos envuelve por entero.
—¿Disfrutando de la feria, señorita Crawford?
Giro el cuello muy lentamente, esperando toparme con unas esferas
aceradas, pero son del color del chocolate y hacen juego con su piel.
—Caleb —suspiro, aliviada—. ¿Qué tal lo estás pasando?
Lleva unos vaqueros negros y una camisa blanca que se le ciñe al cuerpo
y resalta su tez morena, por no hablar de esos pectorales macizos que mi
amiga no para de mirar. Si estuviéramos a solas ya me hubiera dicho lo
mucho que le gustaría echarse una siesta sobre ellos.
—Un poco aburrido, la verdad. Mis amigos se han ido ya, pero yo quiero
aprovechar un poco más mi único día libre a la semana.
—Puedes quedarte con nosotras si quieres. —Caleb repara entonces en
mi amiga y su sonrisa hoyada se ensancha por momentos—. Soy Page, una
amiga de May que ha venido a pasar unos días al Zenith.
—Encantado, Page. Yo soy Caleb Thorn.
Se miran con tanta intensidad que ellos solos podrían caldear la carpa si
se lo propusieran. Ya me extrañaba a mí que Page acabara la noche sola.
—¿Os apetece tomar algo? —sugiere al fin Caleb—. Invita la casa.
—No te preocupes, estamos servidas.
—Habla por ti, yo estoy sedienta. —Page se coge del fornido brazo de mi
alumno y comienza a trazarle círculos sobre el dorso de la mano con el
índice sin pudor—. Por cierto, aparte de sedienta también estoy soltera.
—Y salida —grazno por lo bajo.
—Tú calla y vete a buscar a X.
El enemigo número uno de Xander salta la mirada de una a otra. Se debe
de pensar que su profesora de Arte va hasta arriba, pero la realidad es que
con todo lo de Trevor hace rato que se me ha pasado el colocón.
—Voy a pagar —informo cuando los dos se sumergen en una especie de
cortejo raro que consiste en aletear las pestañas y tocarse el pelo.
La tarjeta de crédito me quema entre los dedos a medida que me acerco a
la barra y, aunque el importe no será mucho, solo puedo pensar en que mi
madre y sus facturas lo necesitan más.
—¿Estaba en la mesa trece, señorita? —me pregunta un chico rubio de
ojos castaños y nariz aguileña.
—Mmm, sí, creo que sí.
—Entonces no se preocupe por la cuenta, ya está pagada.
—Pero yo no he pagado nada y mi amiga tampoco.
—Alguien ha cubierto sus gastos por ustedes, pueden irse tranquilas.
—¿Podría decirme quién…?
Y entonces lo veo.
Flanqueado por los anchos hombros de Lev y la fibrosa espalda de
Derek, Xander me sonríe y se atreve a levantar una jarra en mi dirección.
La sangre me hierve a borbotones y aprieto los puños a los costados aunque
lo único que me apetece ahora mismo es correr a estampárselos en el ojo.
¿Por qué ha tenido que pagar mi cena y la de Page? ¿Acaso cree que soy
tan pobre que no me puedo permitir invitar a mi amiga a cenar una noche
una triste hamburguesa? Odio su caridad y él lo sabe, pero por si se le ha
olvidado se lo voy a recordar.
—Page, Caleb, venid conmigo —les ladro cuando paso por su mesa.
—¿A dónde? —pregunta esta con los ojos brillantes y los labios
hinchados de mordisqueárselos por el deseo.
—A pasarlo bien.
CAPÍTULO 29
Xander

Mi sirenita no pregunta si puede sentarse con nosotros, simplemente deja


caer su perfecto y redondo trasero en el banco opuesto y me mira desafiante
como si quisiera arrancarme las pelotas con sus propias manos.
Me encanta verla así, tan confiada y dueña de sí misma. Aunque esa ira
fría tenga como objetivo mi persona.
Sabía que no le gustaría ni un pelo que le pagara la cena, así es ella de
orgullosa, pero mucho me temo que va a tener que ir acostumbrándose
porque esto será lo más barato que le pague.
A mi mujer nunca le faltará de nada. Y punto.
Se me hincha la polla dentro del pantalón cuando sacude esa melena de
leona que tanto me gusta agarrar en un puño en mi cara y se acoda en la
mesa, ofreciéndome una vista espectacular de sus pechos pequeños y duros
que me la pone aún más tiesa.
—Buenas noches, señorita Crawford —ronroneo burlón. Las mejillas se
le calientan y tiene los ojos vidriosos. ¿Estará borracha? Ojalá lo esté, los
orgasmos en ese estado son mucho más intensos—. ¿Tiene papel y lápiz por
ahí? Me encantaría dibujarle la atracción más oscura del parque.
May no habla, solo se limita a observarme a través de dos rendijas
ahumadas que resaltan las motitas doradas de sus ojos. Reconozco que me
gusta más sin maquillaje porque mi sirenita no necesita polvos ni purpurina
para brillar, pero las sombras que siempre se hace en los párpados a juego
con la ropa que lleva ese día me fascinan. Esta noche se los ha perfilado a
tono con un vestido vaquero corto que le abraza las curvas de las caderas
con ansia y que me muero por arrancarle con los dientes. Está tan guapa que
ni me fijo en la pareja de peleles que tiene detrás hasta que los invita a
sentarse.
—Sentaos —les ordena seria.
—Eso será si yo les dejo.
Caleb y Page Remington, la hija del pastor de Seward que trató de
comerme la boca hace años durante una fiesta en su casa, se remueven
inquietos sin saber muy bien a quién obedecer.
—He dicho que os sentéis —repite sin quitarme la mirada ni parpadear.
Alguien se está ganando unos azotes esta noche…
—Va, déjalos que se tomen una con nosotros, Xander —comenta Lev
desde la otra punta del banco en el que nos encontramos él, Derek y yo, en
ese orden—. Por cierto, yo soy Lev. Mucho gusto —dice extendiéndole una
mano callosa a la nueva incorporación.
—Page, igualmente.
Se la estrecha y entonces los ojillos pequeños y castaños de Page recaen
en el arquero, esperando un gesto de su parte que no llega. Derek se limita a
asentir con la cabeza y a apurar su cerveza.
No sé cuántas lleva ya.
—Él es Derek Hall y también está encantado de conocerte, aunque no lo
diga —sale al paso Lev—. Perdónalo, es que hoy no es su día.
Page se queda cortada ante el mutismo de mi amigo pero lo disimula con
una sonrisa llena de dientes blancos que su piel achocolatada se encarga de
destacar. Cuando le toca saludarme a mí, esta echa un rápido vistazo a May,
como pidiéndole permiso, y mi sirenita resopla con hastío.
¿Estará celosa? Sí, por favor.
A Caleb nadie le dirige ni un solo cabeceo a modo de saludo y lo cierto
es que siento un poco de pena por él. Pero qué se joda, por intentar hacerme
sombra en el agua. Sin embargo, no parece importarle porque se acomoda al
lado de la zorrita de los Remington y ambos empiezan a conversar de la
vida en general. En un momento dado me parece escuchar a esa chihuahua
molesta decir que es informática y por poco no me caigo del banco. ¡Si esa
chica es una inútil! Mucho es si sabe cómo encender un ordenador.
—¿Os apetece jugar al Yo Nunca? —salta mi sirenita. Sus ojos se posan
en mi jarra de agua y luego en mí.
¿Me quieres emborrachar?, le transmito en un parpadeo.
Tal vez, parece que me responde con su sonrisa ladina.
—¡Sí! —Caleb y Page exclaman a la vez.
—Entrar en la Casa de los Horrores borracho tiene que ser la puta hostia
—contribuye Lev—. Así que yo también me apunto.
—Genial, pues cerveza para todos. —May se saca una cartera de piel de
caimán sintética del bolso y la lanza al centro de la mesa. Ya veo por dónde
va. Está haciendo esto a modo de venganza por invitarla a cenar. Joder, y yo
que creía que eso les gustaba a las mujeres… Definitivamente la psicología
femenina no es mi fuerte—. Que alguien vaya a pedir otra ronda para todos,
el pin de la tarjeta es 0834.
Agarro a Derek de la manga cuando se levanta para hacer la comanda y
este me regala una mirada de pura impaciencia.
—A mí no me pidas nada.
—La profe ha dicho que cerveza para todos.
Me guiña el ojo oscuro y se aleja hacia la barra de la carpa.
—Bueno, May… —La interpelada da un respingo cuando oye su nombre
de mis labios—. Entiendo que puedo llamarte por tu nombre de pila, ya que
no estamos en clase y pretendes emborracharnos a todos.
—¿Yo también puedo tutearla, profe? —inquiere Lev.
—Claro, por qué no. Ahora soy una más.
No sé por qué, pero esa declaración me hace cosquillas en el pecho.
Derek vuelve a los diez minutos con dos cervezas en cada mano y las
pupilas dilatadas, como si en lugar de ir a la barra a pedir se hubiera metido
una raya de crack en el baño. Aunque después de lo de esta mañana no me
extrañaría en absoluto. Aún estamos pendientes de la resolución del
Comité, pero… no tiene muy buena pinta. Apuntar entre el público con el
arco cargado durante la competición no ha sido su mejor idea, pero así es
Derek, tan volátil e inflamable como el queroseno.
—Mirad a quién me he encontrado en la barra —exclama con un poco de
entusiasmo por primera vez en toda la noche y un manchurrón negro con
mechas rojas asoma a su espalda con las cervezas que faltaban.
—¿Qué hay? —saluda Sadie White con un hilillo de voz.
—¿Os importa que se una?
Todos negamos con la cabeza a la vez. Todos menos Lev, que se queda
quieto como una estatua y achica los ojos.
—¿Qué crees que estás haciendo? —Le señala el vidrío con el mentón y
Sadie da un respingo—. No puedes beber. Trae eso aquí.
—Deja a la chica que beba lo que quiera —bramo. Nunca me ha gustado
que la trate así, pero desde que estoy en deuda con ella, menos.
—Eso, que ya es mayorcita. —Page, el animal más social del zoo por lo
que se ve, da palmaditas en la madera para invitarla a sentarse—. Tú debes
de ser Sadie, la hija de la bruj… quiero decir, de la directora. May me ha
hablado mucho de ti. Yo soy Page Remington, su mejor amiga.
—Y una cotorra de categoría…
May me da una patada por debajo de la mesa.
—Sadie White, mucho gusto —cabecea ocupando el lugar que le ofrece.
—Sadie, cielo —la llama May en un tono más dulce que la miel—.
Íbamos a jugar al Yo Nunca. ¿Te apuntas?
—Sí, claro.
—Cuidado, friki —vuelve a la carga el ruso mientras remueve su cerveza
con un dedo para, acto seguido, llevárselo a la boca y sacarlo con un sonoro
pop—. Tus secretos más oscuros podrían salir a la luz.
Sadie se agita incómoda en su atuendo de vampiresa que consiste en una
sudadera negra hasta las rodillas con letras blancas a la altura del pecho que
rezan Big ass, bigger heart, unas medias de rejilla tan rotas como su alma y
unas Doctor Martens con punta de acero. Todo eso rematado por una
gargantilla de terciopelo que Lev no para de mirar.
—¿Bueno, jugamos o qué?
—Eso —me secunda Caleb.
Page levanta la jarra de oro líquido.
—¿Puedo empezar yo?
—Uy, miedo me das… —ríe May con las mejillas encendidas.
—¡Yo nunca lo he hecho en un sitio público!
Todos nos llevamos el cristal a los labios y damos un trago largo.
Él único que no hace ademán de beber es mi enemigo acérrimo, que al
parecer le va hacer el misionero con la luz apagada una vez al mes.
Reprimo una arcada cuando la cebada fermentada me arde en el esófago y
no puedo evitar preguntarme si esto es lo que siente May cuando se traga
mi semen. Como si me hubiera leído el pensamiento, mi sirenita esboza una
sonrisilla traviesa que se le corta de golpe cuando trato de atraparle el muslo
por debajo de la mesa, pero no llego.
—¿Nunca te la han chupado en los baños del Zenith? —El trueno de Lev
hace que dos personas en concreto den un brinco en el asiento.
Caleb sonríe para ocultar su incomodidad.
—¿A ti sí?
—Ajá. —Y añade inflando el pecho—: Varias veces.
—O sea que los rumores eran ciertos.
La desfachatez del ruso se volatiliza en un segundo.
—¿Qué rumores?
—¿Estás seguro de que quieres que lo mencione aquí?
Los ojos oscuros del afro se desvían durante un segundo al otro lado de la
mesa, donde la pequeña White no para de arrancarse pielecillas muertas del
labio con los dientes. A mis oídos también han llegado esos rumores, pero
no sabría determinar hasta qué punto son ciertos. Lev y Sadie se odian
como nunca he visto a nadie odiarse, aunque últimamente parece que han
firmado una tregua de paz y digamos que más o menos se toleran.
Caleb y Lev siguen fulminándose con la mirada, dándole forma a la bola
de veneno que escupirán de un momento a otro y que podría desencadenar
una lluvia de confesiones en la que May y yo saldríamos inevitablemente a
colación, así que tomo una gran bocanada de aire y exclamo:
—¡Yo nunca he tenido sexo por detrás!
El angelical rostro de mi May empalidece varios tonos hasta adquirir un
matiz marfileño. La obligo a beber con la mirada cuando se queda quieta y
en sus ojos veo reflejada la lucha interna contra su propia vergüenza.
Finalmente posa esos labios color cereza en el vidrio y bebe.
Buena chica.
—Joder con la profe —silba Lev, que ya se ha olvidado del cabreo.
—¿Y qué tal, te gustó? —Derek se arrellana en el asiento y disfruta de la
gama de colores que está adoptando su tez. Antes estaba lívida como un
fantasma y ahora roja como un semáforo.
—Mmm, prefiero —duda—… otras posturas.
—¿Como cuáles? Si no es mucha la indiscreción.
—Yo… esto…
—Ya te digo yo las que le gustan, las que la dejan sin poder sentarse una
semana —responde su amiga por ella.
—¡PAGE!
—¿Qué pasa? Creía que en este juego había que ser sinceros.
—No estamos jugando a Prueba o Verdad.
—Cierto, perdonad a mi dislexia —se carcajea ella sola.
—¡Yo nunca me he arrepentido de un polvo!
Todas las miradas recaen en la tímida voz que ha hablado.
—Uf, esa es dura —comenta Page—. Yo sí. —Y bebe.
Por el rabillo del ojo veo cómo Lev le da vueltas a la cerveza en la jarra
pero no se decide a beber mientras que May se llena el gaznate.
Enarco una ceja en una pregunta muda y ella se encoge de hombros. ¿Lo
dice por mí? ¿Se arrepiente de haberse acostado conmigo? Algo se retuerce
en mi estómago pero lo asocio al asco que me produce esta bebida del
demonio. Sí, va a ser eso. Tiene que ser eso.
La voz con ligero acento francés por parte de madre se abre camino entre
la bruma espesa de mis pensamientos.
—¡Yo nunca he amado a dos personas a la vez!
—Qué buena, Caleb —le aplaude May.
Pero el entusiasmo le dura poco cuando levanto la jarra sin dejar de
mirarla a los ojos y bebo despacio. May frunce los labios y no me hace falta
tener rayos X para saber que le está dando vueltas al anillo por debajo de la
mesa como una posesa.
Hala, jódete.
—¿Crees en el poliamor, Atwood? —Lev me da una palmada en la
espalda que se siente como un balazo. Qué fuerza tiene el cabrón.
—Puede —miento—. ¿Y tú?
Suelta una carcajada desde lo más hondo de su ser.
—Si me cuesta querer a una, imagínate a dos.
Lo cierto es que he bebido porque la pregunta era de lo más ambigua y
mi corazón tiene tres compartimentos bien definidos para las tres mujeres
de mi vida: mi madre, mi hermana y May. Si la pelirroja que trata de
reducirme a cenizas en el asiento de enfrente reúne el valor para
preguntarme al respecto algún día se lo contaré, pero, por el momento, me
gusta jugar con su cabecita. ¿No es eso lo que intenta hacer ella conmigo?
Derek carraspea para llamar la atención de la mesa y alza la jarra como si
fuera a pronunciar un brindis.
—¡Yo nunca he fantaseado con tirarme a alguien de aquí!
—¿De esta mesa te refieres? —inquiere Sadie.
—Así es.
El silencio se ve únicamente opacado por el gorgoteo de siete tráqueas
pasando líquido. Todos bebemos, sin excepción.
Entonces mis ojos chocan con los suyos, dos brasas de puro anhelo que
me calientan el pecho y me enturbian la razón. Alargo una pierna por
debajo de la mesa para darle un toquecito juguetón en el tobillo que le
transmita lo mucho que me apetece cumplir mis fantasías con ella, pero en
cuanto nota mi contacto se aparta como asqueada. No me preocupa que esté
molesta, ya le quitaré el enfado después, los polvos de reconciliación son
mis favoritos. Lo que me preocupa de verdad es que algún simio de estos
haya bebido por ella. Eso sí que me cabrea.
—¡Yo nunca me lo he montado con un enmascarado!
Page sofoca una risita ante la confesión implícita de su amiga y murmura
algo de que es su sección más vista en PornHub. Para mi sorpresa, Sadie,
Lev y Derek beben a la vez mientras Caleb y yo ponemos cara de gilipollas,
él más que yo porque la trae de fábrica, claro.
—Ahora me arrepiento de no haber ido al cumpleaños de la muñequita,
está claro que ahí pasó algo —me lamento.
El texano, que me ha escuchado, se encoge de hombros.
—Lev, eres el último —apunta May.
—No nos defraudes, tío.
—Eso, suelta lo más indecente que puedas.
Lev se frota las manos y tuerce una comisura en una sonrisa que ni el
mismísimo Diablo podría imitar. Sus iris, ya de por sí oscuros, se funden
con las pupilas en una mirada perversa que clava en la persona que tiene en
frente y que se ha echado a temblar ante la detonación inminente. Little Boy,
la bomba que cayó sobre Hiroshima durante la Segunda Guerra Mundial, es
un petardo comparado con el obús que está a punto de soltar.
—Yo nunca me he corrido en la boca de ninguno de los presentes.
Envalentonada por el alcohol, May levanta la jarra y toso con fuerza para
captar su atención y negar sutilmente con la cabeza. Mi sirenita pone los
ojos como platos cuando se da cuenta de la que podría haber liado si
hubiera bebido y baja la jarra a cámara lenta.
—Pues no, pero me gustaría —arguye Page.
—La verdad es que a mí también.
Caleb y la hija del pastor Remington comparten una sonrisa cómplice.
—Hacednos el favor a todos e idos a un hotel.
—¿Celoso, Atwood? —me pica el muy imbécil.
—Uy, sí, no veas cuánto.
Derek me da un codazo para que me fije en la escena que se está
desarrollando al otro lado de la mesa, donde las canicas de obsidiana de
nuestro amigo están puestas en la hija de la directora White, a la que le
tiembla el piercing del labio y cuyos tatuajes han perdido color.
Entonces Lev se acoda en la mesa, que se vence un poco bajo su coloso
peso, y apura su jarra de un trago sin quitarle los ojos de encima.
—Tu turno.
—Eres un desgraciado —sisea Sadie, como la víbora que lleva impresa
en el hombro.
—Puede, pero eso no cambia que te hayas atragantado con mi polla.
A May se le escapa un chillido de… ¿ilusión?
—Me das asco y lo sabes.
—También te he dado los mejores orgasmos de tu vida.
La poca cerveza que le quedaba en el vaso acaba en la cara e inmaculada
camisa de lino de Lev, echándosela a perder en el acto. Sin embargo, este ni
se inmuta. Hasta parece que le hace gracia.
—¡Bien hecho, reina! —vitorea Page, que se suma a bañar a Lev en
espuma blanca y hacerle una peineta.
—Lo siento, pero te lo has ganado.
Derek también le vacía el contenido por la nuca y se marcha de la mesa
dando largas zancadas. Lev abre los brazos y nos mira desafiante al resto.
—¿Alguno más?
—Pues ya que lo sugieres…
Le hago un gesto a May con el mentón y ambos le arrojamos la bebida al
pecho a la vez. El ruso asiente satisfecho.
—Vamos, moreno, te toca.
Caleb reniega.
—Paso, no creo en la violencia.
May me coge del brazo y tira de mí para ponerme en pie cuando el resto
abandona la carpa tras Sadie, que se ha ido corriendo con el maquillaje todo
estropeado, pero yo no sé qué hacer. No quiero dejar a Lev solo y
empapado, aunque tal vez necesita su espacio para reflexionar. ¿Sobre qué?
Ni idea. Hay veces que pienso que Lev no conoce el verbo arrepentirse y
todo se la trae al pairo. La verdad es que me da mucha pena. Cuando lo
conocí no era para nada así, pero desde que se lesionó el hombro la
temporada pasada se ha vuelto un gilipollas de los pies a la cabeza con todo
el mundo.
—¡May, espera!
Persigo sus caderas de infarto esquivando mesas y a tipos borrachos que
me insultan al pasar, pero yo solo pienso en llegar hasta ella.
Salgo de la carpa y me la encuentro esperándome, con el viento gélido
agitándole el cabello y arañándole las mejillas. Dios, qué preciosidad. Sin
pensar mucho en lo que hago, me subo la capucha y me cercioro de que no
hay moros en la costa antes de inclinarme sobre su minúsculo cuerpo y
cubrir sus labios con los míos. Están helados, así que presiono con más
ímpetu y le paso la lengua para ayudarlos a entrar en calor.
—¿Tú estás loco o qué? —jadea mientras me aparta de un empujón en el
pecho. Rueda los ojos varias veces a ambos lados y suspira cuando no ve a
nadie—. ¡Podrían habernos pillado, idiota!
—Tranquila, he asegurado el perímetro.
—Vale, James Bond, pero no vuelvas a hacerlo. Nunca.
—¿Nunca? —Cuelo una mano por debajo del vestido vaquero que lleva
atormentándome toda la noche—. Eso es mucho tiempo.
Le pellizco el moflete izquierdo y noto cómo se moja entera para mí.
Joder, si tuviera aquí el Mustang me la llevaría al hotel más caro de la zona
y me la follaría en una puta cama de cinco estrellas como se merece.
—¿Te arrepientes de algo conmigo, sirenita? —cambio el tono por uno
tan serio como el que emplea mi padre conmigo.
—¿Y tú me estás engañando con otra?
—Respondemos juntos a la de 3, 2, 1…
—No —decimos a la vez.
Por fin se relaja entre mis brazos y se pega un poco más contra mi pecho
en busca de calor ahora que sabe que no soy un mujeriego.
—Estaba pensando en mi ex —me confiesa tímida.
—Yo en mi madre y en mi hermana.
Le resigo la mandíbula con besos tiernos mientras sus manos se deslizan
por el interior de mi sudadera y sus yemas me muerden la piel. Sus manos
me dibujan los abdominales y dejo escapar un gruñido grave cuando
empieza a juguetear con la goma del pantalón.
—No tenías que haberme pagado la cena —me reprocha con un mohín.
—Y tú no tenías que haber tratado de emborracharme.
—¿Por qué no?
—Porque pierdo el poco autocontrol que tengo cuando se trata de ti. Me
vuelves loco, joder, May.
Entonces se pone de puntillas y me devuelve el beso con ganas, lamiendo
y mordisqueando para terminar de desquiciarme del todo. Estoy a punto de
echarme a llorar cuando se despega de mis labios y me mira a los ojos con
ese brillo juguetón que no augura nada bueno.
—¿Eres alérgico a los vaqueros? —dice de pronto.
—¿Qué?
—Siempre vas en chándal.
—¿Tienes algún problema con mi ropa, cariño?
—No, pero… Es raro, no sé. Si eres tan rico como dices que eres podrías
vestir con marcas de alta costura como Lev.
—Me gusta ir cómodo.
—Ah.
—Por cierto, yo sí que tengo un problema con la tuya.
Parpadea entre confusa y preocupada.
—¿El qué?
—Que es demasiado bonita para desgarrarla tal y como me gustaría
hacer. —La punta de mis dedos le roza el encaje del tanga y se estremece
—. Cuando seas mi mujer te voy a prohibir que lleves esto, necesito tener
acceso a tu coño siempre que quiera.
—No voy a ser tu mujer.
—Error. —Le doy un ligero azote en el culo y la muy guarra reacciona
gimiendo. Fuerte—. ¿Quieres que te castigue, nena?
—Eso será si consigues pillarme.
Sin verlo venir, me da un rodillazo en los huevos que me obliga a soltarla
y a doblarme en dos para recuperar el aire que me acaba de robar. Sale
corriendo hacia la Casa de los Horrores y la polla me palpita cuando la veo
internarse por la puerta trasera.
Conque esas tenemos…
Me enderezo y me crujo el cuello con parsimonia, como si tuviera todo el
tiempo del mundo, antes de ir tras ella. Quiero darle algo de ventaja porque
la va a necesitar. Y mucho.
—Ay, sirenita, cómo vas a desear no haber hecho eso.
CAPÍTULO 30
May

La adrenalina me hormiguea bajo la piel y se me acumula entre las piernas.


¿De verdad acabo de provocar así al Diablo? Ahora mismo no tengo tiempo
para pensar en eso porque ya noto su aliento en mi nuca y su sombra
gigantesca engulléndome. Los pies me arrastran solos hasta la puerta trasera
de la Casa de los Horrores y me cuelo entre dos tablones sueltos por los que
los trabajadores deben de salirse a fumar entre susto y susto y que me
arañan la piel. Los gritos de auténtico terror se filtran a través de los finos
tabiques de pladur y me ayudan a orientarme por la atracción, que es mucho
más grande y profunda de lo que parece por fuera y los pasillos oscuros se
prolongan hasta donde me alcanza la vista.
Huele a humo artificial, sudor y miedo, una combinación que me eriza el
vello y me anima a continuar corriendo.
Todo está decorado con cadenas y telas de araña falsas que se me quedan
pegadas al pelo y a la ropa al pasar, por no hablar de la pintura roja de las
paredes que trata de emular la sangre fresca y que me ha echado a perder el
vestido cuando me he apoyado un segundo a descansar. De fondo se oyen
motosierras cortando el aire con sus característicos rugidos y lo que parecen
ser grandes eslabones metálicos siendo arrastrados por el suelo. Reprimo
una sonrisilla imaginando lo bien que me lo pasaría con Page aquí dentro,
aunque mi instinto me dice que me lo voy a pasar aún mejor con el tipo que
enfila el pasillo con un bate de beisbol apoyado al hombro como Negan en
The Walking Dead y la cara cubierta por un pasamontañas.
Aúllo de diversión mientras salgo pitando por el pasillo que se estrecha
más y más a medida que llegas a una escalera de cuerda pensada para que
un trabajador te coja del tobillo justo cuando ya veías la luz al final del
túnel. La soga de esparto me quema en las palmas de las manos cuando la
agarro con fuerza e intento desenredarla para empezar a subir.
—Vamos, vamos, vamos —me urjo a mí misma.
Xander avanza hacia mí con pasos lentos pero firmes, haciendo
entrechocar el bate contra el barandado de la atracción y creándome una
balsa de humedad en las braguitas imposible de contener. Que me guste
sentirme perseguida por mi pareja que finge ser un asesino en serie es
preocupante.
Atino a poner el pie en el primer escalón, pero la escalera se bambolea y
me cuesta horrores desenganchar el pie para meterlo en el siguiente tablón.
El enmascarado está cada vez más cerca y yo soy incapaz de poner
distancia entre ambos. Pero… ¿Acaso quiero? En esto que por los altavoces
empieza a sonar una melodía inquietante que me pone los pelillos de punta
e insta a mi pobre corazón a que se me salga por la boca.
Cuando llega a mi lado blande el bate en el aire, preparado para golpear,
y yo grito sin poder contener la risa, ni la excitación.
—¡Aléjate de mí! Das puto miedo, en serio. —Pero Xander no hace
ademán de quitarse el pasamontañas como aquella vez en el bosque ni bajar
el arma—. ¿Si te la chupo voluntariamente me libraré del castigo?
Algo parecido a un gruñido sarcástico emana del fondo de su pecho antes
de plantarse ante mí de dos zancadas y reventarme los dedos con el bate. Un
crujido muy desagradable llena el ambiente y no sé si pertenece a mis
falanges o a mi columna vertebral cuando me precipito de espaldas sobre el
entarimado. El impacto me saca todo el aire de los pulmones.
—¡Ayyyy!
Me duele la cabeza y el costado, pero no parece que me haya roto nada o
de lo contrario mi algofobia ya se habría disparado hasta alcanzar niveles
estratosféricos. De momento solo me dan pinchacitos cada vez que respiro,
creo que puedo aguantarlo.
—¿Eres idiota o qué? Me has hecho daño.
Xander no responde, se limita a agarrarme de la bota y a barrer el suelo
del pasillo que acabamos de recorrer con mi vestido nuevo, que al final de
la noche acabará en la basura.
Eso si consigo sobrevivir a su castigo primero, me digo.
Grito y protesto, pero el muy cerdo ignora olímpicamente mis quejas a
pesar de que juraría que estoy sangrando por algún lado, ya que voy
dejando un rastro bermejo a mi paso. Hay algo que no me termina de cua-
drar en todo esto. Xander nunca me haría daño, al menos no de esta forma.
Solo me trata mal durante el sexo y siempre me mima después para
compensarlo.
¿Y si no es él?, caigo de pronto.
Esto no es el laberinto de maíz de sus abuelos, esto es una maldita
atracción de feria a la que cualquiera puede pasar con la cara cubierta o
destapada con el fin de pasar un buen rato, ya bien sea asustando o
dejándose asustar.
Y yo ahora mismo estoy cagada.
—Mariposa… —jadeo, recordando la palabra de emergencia que me dio
aquel día en el bosque. El enmascarado ni se inmuta y sigue arrastrándome
como un saco de patatas.
Ay, Dios. No es él. Definitivamente no es Xander.
Clavo las uñas en la madera, astillándomelas, mientras pataleo con todas
mis fuerzas en un intento desesperado de acertarle en los riñones. Su agarre
se vuelve de acero, como si en lugar de dedos tuviera cascanueces, y la
articulación de mi tobillo se resiente. ¡Qué dolor! No paro de luchar hasta
que consigo que se vuelva y entonces le hundo la bota en la boca del
estómago. No me suelta, pero afloja un poco la presión, lo suficiente para
que pueda tomar impulso y repetir la acción, esta vez más abajo.
—¡Zorra! —gruñe abarcándose las pelotas con la mano.
—Ojalá te quedes estéril, cabronazo.
Me zafo de él y consigo levantarme a duras penas.
Desorientada, trastabillo por la oscuridad mientras me llegan sus gañidos
de dolor cada vez más amortiguados. Puede que simplemente fuera un
pobre trabajador que estaba interpretando su papel, pero me ha hecho daño
y casi me meo encima. Dos cosas que odio.
Cuando mis pupilas por fin se acostumbran a la penumbra que reina en
este lugar, acelero el ritmo y avanzo por el pasillo con una mano pegada a la
pared a modo de guía y otra estirada por si me choco contra algo. Pero el
obstáculo no llega de frente, ni siquiera desde un lateral o del techo, sino
desde el mismísimo suelo cuando unas manos enormes salen de la trampilla
que se acaba de abrir a mis pies y me apresan por los tobillos.
¿Por qué no habré huido al maldito parque de bolas?
Con medio cuerpo colgando en el vacío y los bíceps ardiéndome por el
esfuerzo de sostenerme, me acuerdo de todas esas veces que Page me
sugirió entrenar el tren superior y no machacar tanto la prensa guiada.
Ahora me arrepiento un poco de no haber trabajado un poco más los brazos,
pero, qué quería que hiciera, este culazo no se mantiene solo. De pronto, los
tirones cesan y mis piernas encuentran una columna de granito en la
oscuridad para enredarse y recuperar el aliento. Espera, que yo sepa las
columnas no tienen manos y estas me están subiendo el bajo del vestido y…
—¡Eh! —Me retuerzo como un hurón enfadado cuando empiezo a sentir
una ráfaga de aire caliente a la altura del coño—. ¡No lo hagas, por favor!
Tengo novio y… y te va a matar como me pongas la mano encima.
Su risita burlona me palpita en el clítoris y me tapo la boca con la mano
para sofocar un gemido cuando sus dedos rasgan la tela verde de mi tanga.
—¡NO, PARA!
—Adelante, grita todo lo que quieras. —La voz grave y profunda que
sale de su pecho me recuerda a la de Xander, pero no podría jurarlo—. Aquí
nadie te va a escuchar.
Sin previo aviso, su lengua se cuela entre mis pliegues, abriéndolos, y
mi cuerpo parece reconocerla porque se arquea pidiendo más. Jadeo y me
hunde los dedos en la carne tierna de los muslos para que me esté quietecita
mientras su lengua se desliza arriba y abajo. Ay, qué gusto, joder. Nunca he
sido muy fan de recibir sexo oral porque me avergonzaba no estar lavada o
depilada, pero desde que cierto hombre se metió en mis bragas y me
saboreó entera durante una videollamada con mi madre he cambiado de
opinión. Por eso me permito relajarme del todo cuando cubre mi centro de
placer con los labios y succiona despacio, porque solo él conseguiría borrar
mis inseguridades de un plumazo (o más bien de un lengüetazo) y hacerme
sentir así de cómoda con mi propio cuerpo.
—Por favor…
—¿Por favor, qué?
—Haz que me corra —gimo, restregándole las caderas en la cara como
una perra en celo—. Por favor.
En lugar de eso, me llega un bramido gutural seguido de un tirón que por
poco no me arranca la piel de los muslos y del vientre en mi descenso
brusco a los Infiernos. Acabo en una especie de sótano con cajas
polvorientas de las que rebosan máscaras y todo tipo de armas de plástico
que supongo que será el almacén de la atracción. ¿El bate también sería de
plástico? Lo dudo, porque dolía como su puta madre.
La trampilla se cierra con estrépito, sumiéndonos a ambos en la más
completa oscuridad, y las pinzas callosas que me sujetan por la cintura me
dan la vuelta y quedo cara a cara con un hombre que no necesita de disfraz
para infundir un miedo atroz.
—¿De verdad ibas a correrte en la boca de un cualquiera?
Aunque no veo nada, sé la cara que está poniendo Xander ahora mismo,
esa en la que tensa la mandíbula y frunce el ceño a más no poder.
—En la de un cualquiera no, en la tuya —respondo con calma.
—¿Y cómo demonios sabías que era yo, May?
Su enfado me pone tan duros los pezones que duele.
—Porque mi cuerpo no reacciona así con nadie más.
Salvo la distancia que nos separa en la oscuridad y me pongo de puntillas
para llegar mejor hasta su boca, que sabe a cebada y a mi propia excitación.
Le atrapo el labio inferior con los dientes y mi lengua le da toquecitos
traviesos a la suya hasta que al final cede.
—Te quiero, gruñón.
Interrumpe el beso parar mirarme a los ojos, jadeando.
—¿Qué has dicho?
—No voy a repetirlo, haber estado atento.
—May. —Mi nombre reverberando en su pecho en ese tono grave y
peligroso me funde la última neurona que me quedaba y doy un salto para
engancharme a su cuello como un koala a su rama favorita. Xander me pega
la espalda a la pared y le envuelvo las caderas con los muslos—. Dilo otra
vez, por favor. Y seré tuyo para siempre.
—Ya lo eres.
—Joder, sí, pero dilo.
—Te… —Estiro hacia abajo de la goma del pantalón negro de deporte e
introduzco una mano en sus calzoncillos de Armani—, quie… —Xander
me gime en la boca y me siento invencible—… ro.
—Otra vez.
—Te quiero.
Le acaricio su dureza aterciopelada de arriba abajo. Fuerte, como a él le
gusta, mientras me sirvo de sus gotitas preseminales que ya le brotan del
capullo para lubricarlo y ponerlo a cien. El hombre que puede nadar en
aguas árticas sin inmutarse tiembla bajo mis yemas y siento que la
anticipación nos está matando a ambos, así que guío su miembro hasta mi
entrada mojada y me la sumerjo hasta el final.
—¡Joder, May!
—¿Te gusta? —ronroneo, moviéndome para acoplarla en mi interior sin
parar de besarlo. Un par de botas corren sobre nuestras cabezas y me excito
aún más.
—Me encanta. Me encanta verte así.
—¿Así cómo?
Rota las caderas para darme en ese punto que me hace poner los ojos en
blanco y suelto un chillido placentero. Total, aquí nadie se va a extrañar de
oír a una mujer gritar.
—Salvaje y atrevida, llena de vida —gruñe en mi oído mientras bombea
dentro de mí. Me marca el cuello con labios y dientes y mi orgasmo se
retuerce en mi vientre bajo—. Adoro cuando te sueltas la melena, nena.
Eres puro fuego y nunca he disfrutado más quemándome.
—Te quiero, te quiero, te quiero… —No puedo parar de gemir esas dos
palabras en tanto que su cuerpo se estremece sobre el mío y sus manos me
abren las piernas para llegar más hondo.
Nunca en mis treinta años me he sentido tan viva y con tantas ganas de
comerme el mundo. Y todo gracias al aleteo de esa mariposa en la otra
punta del continente que provocó un huracán en mi tediosa e insípida
existencia.
Un huracán llamado Xander Atwood.
Resopla y sus embestidas se vuelven más frenéticas y descontroladas.
Está a punto. Sin embargo, aprieta los dientes para no correrse porque yo
todavía no he llegado al clímax. Sonrío con malicia contra su boca y le
estrangulo la polla con mis paredes uterinas.
—No hagas eso, joder.
—¿O qué?
—Pf, no puedo más.
—Córrete, amor. —Le mordisqueo el lóbulo—. Vamos.
—Tú primero… —Chasqueo la lengua y gimo más fuerte en su oído para
provocarlo—. Ah, May… Dios… No puedo más, me voy a…
—Eso es, lléname.
En la siguiente embestida se vacía en mí con un gañido bronco que me
cosquillea en el cerebro y hasta en las uñas de los pies. Sus labios buscan
los míos con desesperación y me besa como si quisiera llevarse mi alma, lo
que no sabe es que ya lo ha hecho.
—Perdón —musita avergonzado cuando acaba, con la nariz enterrada en
mi pelo y los ojos cerrados.
—No se te ocurra disculparte por hacerme feliz, nunca.
—Se supone que un hombre de verdad siempre deja que su chica termine
primero. Dios, qué vergüenza.
Le cojo la cara, pero me la gira.
—Cariño, no te haces una idea de lo mucho que disfrutamos las mujeres
viendo cómo nuestros hombres pierden el control —murmuro llenándole la
cara de besitos, pero sigue mohíno—. Es más, yo casi que prefiero dar
placer que recibirlo. Es más… excitante.
—¿En serio?
—Palabrita del Niño Jesús.
Por fin abre los ojos y el brillo ilusionado que veo en ellos por poco no
me derrite. Sonríe y me deja en el suelo con delicadeza, como si fuera un
jarrón carísimo de la dinastía Ming, mientras noto su semilla resbalándome
entre los muslos. Xander se da cuenta y me recoge la gota de semen con un
dedo que me acerca a los labios para que la lama. Su sabor me explota en la
lengua y lo paladeo como si de un sugus de fresa se tratara.
A continuación, me coge de la mano y me guía por el laberinto que es la
Casa de los Horrores con pericia. No le pregunto cómo conoce los
entresijos de esta atracción porque algo me dice que yo no he sido la
primera a la que se ha tirado aquí mientras el payaso de IT perseguía a un
grupo de adolescentes al otro lado. Ese pensamiento me pinza el estómago.
—El año pasado, Lev, Derek y yo tuvimos que peinar toda la casa para
encontrar a las tontas de mi hermana y Crys porque se perdieron y no
sabían salir —me explica como si me hubiera leído la mente—. Estaban tan
asustadas que no se atrevían a mover ni un músculo y nos las encontramos
debajo de una camilla en la enfermería del Doctor Mengele en la cuarta
planta, abrazadas y con los pantalones mojados. Dijeron que les habían
tirado agua, pero yo creo que se mearon encima.
—¿De verdad?
—¡Y tan de verdad! —ríe a carcajada limpia mientras aparta un plástico
con salpicaduras rojas y negras para que pase—. Mi hermana es una cagona
de manual y Crys no se queda atrás con todo lo que presume de ser una tía
dura de cojones. Vaya par de dos.
—Yo también estuve a esto de hacerme pipí encima este verano cuando
un espantapájaros me persiguió por un laberinto de maíz.
—Eso se llama squirt, cariño, y son dos líquidos diferentes.
—¡Ya lo sé, imbécil! —Le hundo el codo en el costado—. No hace falta
que me des clase de sexología, tengo un máster.
—Entonces yo tengo un doctorado.
Ruedo los ojos al techo y Xander me da un cachete en el culo mientras la
niña del exorcista vomita jugo de manzana sobre los pies de una pareja.
Puaj, qué asco. En esto que su móvil le empieza a sonar en los pantalones
de chándal, pero Xander no hace ademán de comprobar quién es.
—Te están llamando.
—Ya, debe de ser el pesado de Anthony recordándome que mañana
tenemos doble sesión de entreno para quemar la cerveza que me he tomado
antes. El muy capullo siempre se entera de todo lo que hago.
Ahogo una exclamación.
—Mierda, no me acordaba de que el finde que viene compites. Lo siento,
no debería haberte obligado a beber.
—Tranquila, ha estado divertido.
Me pasa un brazo por el hombro y me pega a él. Aún más.
—¿Necesitas quedar el primero sí o sí para clasificarte?
—Eso, o nadar por debajo de la marca A.
—¿Marca A?
—El tiempo mínimo que establece el World Aquatics en una modalidad
que permite la clasificación directa a los Juegos.
Salimos al exterior y las luces estroboscópicas de las demás atracciones
me perforan la retina.
—¿Y crees que puedes hacerlo? Nadar por debajo de la marca A, digo.
—Claro que sí, ya lo hice una vez. —Me mira de reojo y las mariposas
de mi estómago revolotean inquietas. Nunca me acostumbraré a esa mirada
tempestuosa—. ¿Quieres saber en qué estaba pensando?
—¿En mí? —tanteo esperanzada.
—No, en el plato de arroz integral con pollo a la plancha que me iba a
comer luego. —Mi pecho se desinfla como un patito de goma defectuoso y
Xander me pellizca la mejilla—. Pues claro que estaba pensando en ti,
tonta. ¿Quién si no me motivaría tanto para romper mi propio récord? Así
que ya lo sabes, solo necesito que estés el sábado que viene ahí para
transformarme en una orca devoradora de foquitas y proclamarme
campeón.
—¿Por qué no en un tiburón blanco? En un documental de fauna marina
decían que ese era el rey del mar.
—Porque los tiburones blancos huyen de las orcas, sirenita. —Y añade
guiñándome un ojo—: Y yo no huyo de nada ni de nadie.
El móvil no para de sonarle y empiezo a pensar que hay algún tipo de
emergencia, sobre todo cuando una leona y una pantera se nos echan
encima y nos zarandean entre sus garras.
—¡¿En qué estabas pensando, Xander?! —ladra Jo con los ojos rojos y el
rostro descompuesto.
—¿Se te ha ido la cabeza o qué? —vocifera Crys a su lado. Ambas
respiran con dificultad y están lívidas.
Xander y yo cruzamos una mirada de total y absoluta incomprensión, así
que Crystal se apresura a plantarnos la pantalla de su móvil en las narices y
casi me caigo redonda ahí mismo.
—Decidme que no sois vosotros.
Pero sí que lo somos.
Se ve que alguien nos fotografió a la salida de la carpa cuando Xander
me metió mano y le ha parecido gracioso publicarlo para que todo el mundo
lo vea. A pesar de que está demasiado oscuro y la foto no es de calidad, mi
pelo rojo fuego ondea al aire, desafiante, y solo un ciego no reconocería mi
nariz respingona o mi culo de revista.
—¡La está compartiendo todo el mundo! —llora su hermana con la mano
en la boca—. Si alguien te reconoce en esa foto se acabó. ¿Lo entiendes? Se
acabó tu sueño olímpico y tu carrera, Xander. ¡Todo! Madre mía, papá se va
a volver loco cuando vea esto.
Por toda respuesta, Xander entrelaza sus dedos con los míos y me da un
beso tranquilizador en la sien.
—No te preocupes, sirenita, lo arreglaré —me dice colocándome un
mechón detrás de la oreja.
—¿Sirenita? —repite burlona la pertiguista, pero la ignoro.
—¿Cómo?
—Tengo un plan, pero ahora necesito que busques a Page y volváis las
dos juntas al campus.
—¿Me van a echar? —El labio inferior me tiembla.
—No si yo puedo evitarlo, y ahora vete.
—Xander…
Pero su hermana y Crystal ya lo están arrastrando hasta la salida.
Me saco el móvil de la cazadora y hojeo todas las notificaciones que he
recibido en apenas un par de minutos. Doscientas catorce y subiendo. Con
dedos temblorosos, busco el origen de todo este caos, pero, tal y como
esperaba, es una cuenta falsa. Como un autómata, echo andar en busca de
Page, que seguramente esté pegada a la boca de Caleb o a otras zonas más
duras de su anatomía, pero un nuevo bip de mi teléfono me detiene en seco.

Directora White:
Señorita Crawford, quiero verla mañana en mi despacho.
CAPÍTULO 31
May

No paro de darle vueltas al anillo por debajo de la mesa mientras la


directora White tamborilea sus largas uñas sobre el escritorio lacrado y me
escudriña a través de unas gafas cuya montura blanca cuesta lo mismo que
mi coche. Sus ojos son de un azul claro y desgastado, y están repasados con
un lápiz del mismo color que los resalta. Lleva un traje de dos piezas
compuesto por un chaleco amarillo pastel con líneas verticales marrones
sobre una camisa blanca con las mangas fruncidas y un pantalón a juego
con la parte de arriba. El pelo negro azabache recogido en una coleta baja.
—¿Sabe por qué la he hecho llamar, señorita Crawford?
Su voz me recuerda a la nota amarga del cacao puro en la lengua e
inconscientemente pongo una mueca de disgusto.
—Lo cierto es que no —miento. Si algo he aprendido de las películas es
que uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario y que todo lo que
diga puede ser utilizado en mi contra.
Vittoria White parpadea despacio.
—¿Recuerda la primera cláusula de su contrato, esa que mencionaba que
estaba prohibido mantener relaciones amorosas con estudiantes del centro?
—La recuerdo —asiento.
—Entonces dígame por qué ha decidido incumplirla.
Se reclina sobre su silla de cuero negro y abre un cajón del que saca un
paquete de tabaco. Me ofrece uno, pero declino la oferta con un sutil
movimiento de cabeza.
—Con el debido respeto, no sé de qué me habla, directora White. —Se lo
prende con calma y exhala una bocanada de humo sin mirarme—. Yo no he
incumplido nada.
—Ah, ¿no?
Xander me había escrito a primera hora de la mañana para infundirme
ánimos y pedirme que lo negara todo puesto que mi trabajo y su carrera
profesional dependían de ello, pero resultaba un poco complicado cuando
todo el campus estaba hablando del gran parecido que había entre la
pelirroja de la foto y su profesora de Artes Plásticas.
—¿Quién es el afortunado? O debería decir el desgraciado, ya que ambos
van a dormir esta noche fuera de mi centro —pregunta tranquila,
escupiendo el humo entre dientes.
Me sudan las manos y el corazón me late con tanta fuerza en la garganta
que estoy bastante segura de que puede olfatear mi miedo como un sabueso
bien entrenado, así que intento mantener la calma irguiendo la columna en
el respaldo y siguiendo el consejo de Page, que consiste en estarme calladita
como la puta que soy.
—Lo siento, pero no sé quién es.
Un tic se le despierta en el párpado izquierdo.
—¿Me está diciendo que permitió que un extraño le metiera mano?
—Estaba borracha —suelto sin más. Vittoria exhala el humo de golpe,
hastiada y sin creerse una mierda mis palabras.
—Mire, señorita Crawford, agradezco todo el trabajo que ha realizado
con sus estudiantes y la atención que les ha prestado a todos y cada uno de
ellos, en especial a mi hija, pero el primer día le advertí de su precaria
situación en este centro y de que no toleraría ninguna falta por su parte.
—Lo sé, pero…
—Lo siento —me corta rápidamente—, no puedo permitir que se repitan
antiguos patrones. Está despedida.
—¿Antiguos patrones? —replico incrédula.
—Ya sabe a lo que me refiero.
¿En serio cree que estoy abusando sexualmente de un alumno o algo así?
Me dan ganas de abofetearla.
—Le aseguro que no he hecho nada malo.
—Dígame entonces de quién son las manos que tiene bajo su falda y tal
vez me replantee su futuro.
Me muerdo el interior del carrillo mientras niego despacio con la cabeza,
asumiendo mi destino, pero, de algún modo, aliviada porque Xander pueda
seguir remando hacia su sueño dorado. Vittoria da un golpe en la superficie
de su mesa con la mano abierta. Las gafas le tiemblan sobre su nariz chata y
la ira va comiéndole terreno a sus angulosas facciones, deformándoselas.
—Muy bien, en ese caso está usted oficialmente desp…
—¿Puedo pasar?
Un vozarrón a mis espaldas me saca del trance en el que mi estrés me
había sumido y me giro hacia la puerta como un latigazo.
—¿Señor Price? —sisea la directora como las culebras, clavando su
perfecta manicura en el cuero del reposabrazos—. Si tiene algún problema
espere fuera, por favor. Le atenderé enseguida, en cuanto haya acabado con
la señorita Crawford.
En el sentido estricto y literal de la palabra.
Zach da un paso al interior del despacho y se coloca la famosa gorra de
los Chicago Bulls con la visera echada hacia atrás. Acto seguido, coge una
silla y se acomoda a mi lado como quien no quiere la cosa.
—En realidad sí que tengo un problema, y es que no me gusta que hablen
de mí a mis espaldas.
Vittoria y yo lo miramos igual de sorprendidas.
—¿Perdone?
Entonces Zach entrelaza sus dedos con los míos y me da un beso en el
dorso de la mano. ¿Pero qué está haciendo?
—El hombre de la foto soy yo —anuncia con una seguridad que me eriza
el vello de los brazos—. No entiendo a qué viene tanto revuelo, solo somos
dos profesores enamorados. ¿Verdad, cielo?
Me he quedado tan en shock que me cuesta reaccionar.
—Eh… Sí, sí. Mucho.
Tengo las mejillas del color de mi pelo y no paro de sudar. Si este era el
plan de Xander desde el principio ya me lo podría haber comunicado antes.
A este paso no voy a cumplir los treinta y uno de tantos disgustos seguidos.
Los ojos avispados de Vittoria saltan de uno a otro, persiguiendo la mentira.
—¿Desde cuándo?
—Finales de noviembre, aunque yo me fijé en ella desde que puse un pie
en el Zenith. —Zach se adelanta a contestar.
—¿Como es que nunca los he visto juntos?
—Hemos tenido cuidado.
—Hasta ahora —apostillo con una sonrisa tímida.
Vittoria White se retrae en su asiento con los labios fruncidos. Sabe que
la declaración de Zach cambia las cosas y ya no puede despedirme tan a la
ligera, aun así, intuyo que solo me ha dejado ganar una batalla, no la guerra.
—Está bien, marchaos —suspira al fin.
¿Y ya está? ¿Así de sencillo?
Zach tira de mi mano cuando ve que no hago ademán de despegar el culo
del asiento, pero es que no me puedo creer que nos hayamos librado de esta
sin más. Ya tengo un pie fuera del despacho cuando Vittoria carraspea desde
su mesa y nos obliga a detenernos.
—Ni una más, señorita Crawford. Ni. Una. Más.
Trago saliva con dificultad, asintiendo.
En cuanto la puerta de ébano se cierra a nuestras espaldas me derrumbo
en la primera silla que encuentro. Joder, estoy exhausta. Pero Zach me coge
por los codos y me arrastra pasillo adelante.
—Aquí no, May.
—Es que no puedo más… —musito con los ojos preñados de lágrimas y
la voz rota—. Necesito este trabajo, Zach.
—Lo sé, Xander me ha puesto al día de tu situación.
Dejamos atrás el ala burocrática del Zenith para llegar a una especie de
sala de descanso con pufs de colores desperdigados sobre un césped
artificial y varias máquinas expendedoras. Me acomoda con delicadeza en
uno rojo vino y sonríe cuando abro mucho los ojos al hundirme.
—¿Quieres algo? Estás pálida, te traeré algo con azúcar.
—No hace falta.
—Espera aquí, ahora vuelvo.
Al rato regresa con un refresco de cola y una barrita de nueces y
chocolate para mí y una botella de agua para él. Hago ademán de sacar la
cartera, pero Zach me mira como si le hubiera apuntado con una pistola.
—Muchas gracias —resoplo avergonzada por… todo.
—Se dice muchas veces.
Zach se deja caer a mi lado y me atraganto con el líquido efervescente
cuando lo veo luchar contra el puf para arrellanarse, pero es que su coloso
cuerpo sobresale por todos lados. Gruñe, y finalmente decide sentarse sobre
el césped con las piernas cruzadas como los indios.
—Bueno, Superman… —empiezo, dándole mordisquitos a la barrita
proteica. Qué rica está—. ¿Por qué has hecho eso?
—¿El qué?
—Salvarme el culo.
—¿No es eso lo que hacen los amigos?
—¿Somos amigos? —Se me escurre de los labios.
—Hombre, yo creo que compartir un beso bajo la lluvia para hacer de
rabiar a los Atwood estrecha lazos.
—Tienes razón —río por lo bajo.
—Además, Joanna me mataría si supiera que ha estado en mi mano
proteger a su futura cuñada y no he movido ni un dedo.
Una nuez se me va por mal lado y tengo que toser. Zach va a añadir algo
pero me adelanto y cambio de tema.
—Por cierto, ¿cómo está?
—¿Joanna? Bastante bien, hemos avanzado mucho desde la última vez
que hablamos. Estoy muy orgulloso de ella.
—¿Sigue sin saber lo de Trevor?
Asiente con gravedad.
—Sí, pero no sé por cuánto tiempo. La gente habla.
—¿No ha recibido llamadas raras últimamente?
—No. —Entrecierra los ojos—. ¿Tú sí?
Los trozos de nuez me raspan la garganta al pasar de lo seca que la tengo.
Le doy un trago largo al refresco, entre otras cosas para ocultarme un
segundo del azul glacial de su mirada que está intentando hacerme un
boquete en la frente. Dudo si contárselo o no.
—Uf, a ver, como has evitado que me convierta en una sintecho voy a ser
sincera contigo —exhalo al final.
—Habla.
—Solo prométeme que no me juzgarás.
—Tú no lo hiciste cuando yo te conté lo mío.
—Bueno, un poco sí —admito—. El caso es que… —Procedo a relatarle
la historia de principio a fin, sin dejarme nada en el tintero y, cuando acabo,
su piel bronceada ha adquirido un tono marfileño. Entiendo su reacción, no
es fácil escuchar que el hombre que abusó hace poco menos de un año de su
pupila es el mismo que me consiguió el trabajo en este centro de élite y que
ahora está intentando hacer que me echen porque si él no puede recuperar
su libertad del todo, entonces se quedará con la mía—. En fin, eso es todo.
¿Qué te parece? Del uno al diez cómo de despreciable soy.
Zach cabecea unos segundos antes de hablar, rumiando la información
con el ceño fruncido y los músculos en tensión.
—¿Xander lo sabe?
Sacudo la cabeza y el nudo en mi estómago se constriñe.
—Todavía no he encontrado el valor para contárselo.
—¿Y eso? —Me lo quedo mirando como si tuviera delante un marciano.
Joder, ¿no es obvio?—. Quiero decir, ese hijo de puta anda suelto y por lo
que me has contado quiere haceros daño a ti y a su hermana. Yo creo que
tiene todo el derecho del mundo a saberlo, May.
—Es que no quiero que me odie.
—¿Por haberle dado match a un tío que no sabías que era un puto
violador? Permíteme que lo dude. —Zach arrastra su torneado trasero hasta
mí y me coge la mano—. En todo caso se enfadará porque se lo hayas
ocultado tanto tiempo, pero no creas ni por un segundo que Xander te
apartará de su lado. He visto cómo te mira y los ojos no engañan. Te quiere.
El cúmulo de emociones en tan poco tiempo que he intentado guardar en
un cofre con llave estalla en forma de lágrimas de fuego que me arrasan las
mejillas y el cuello. Dios, me siento fatal. Zach me estrecha entre sus brazos
y me deja llorar sobre su hombro todo lo que quiero y más.
—Ojalá Vittoria baje a por un café y nos vea así, reforzaría nuestra
imagen de parejita en crisis —río sorbiéndome los mocos.
Algo me vibra en el culo y desenfundo el móvil pensando que es Xander
para preguntarme cómo me ha ido con la directora, pero nada más lejos de
la realidad. Me echo a temblar.
—Mierda, es él.
—¿Trevor? Dame el móvil.
Creo que estoy teniendo un déjà vu.
—¡No, es peor si lo cabreamos!
—Te juro que voy a matar a ese capullo con mis propias manos. Déjame
responder la llamada, por favor. —Pero yo meneo la cabeza de lado a lado,
lívida—. ¡Ese tío te hizo una foto comprometida anoche y está intentando
joderte la vida, espabila de una vez!
—¿Y qué quieres que haga?
El móvil me quema en las manos y ya siento el inevitable ataque de
ansiedad arremolinándose en mi pecho.
—Vale, vamos a hacer lo siguiente. —Chasquea los dedos en mi cara
para llamar mi atención—. Vas a descolgar y le vas a proponer veros en un
lugar público, como en el…
—¿Estás loco?
—Déjame terminar —me acalla—, como en el Old Bourbon, en Cripple
Peak. No estarás sola porque te acompañaré y me camuflaré entre el gentío,
pero él pensará que sí.
—¿Y después? —titubeo.
—¿Alguna vez le has dado una paliza a alguien y has tirado su cadáver al
río? —Me estremezco y Zach me da una palmadita en el deltoides—. Es
broma, al menos la parte final. Y ahora contesta.
Respiro hondo y aprieto el botón verde para aceptar la dichosa llamada.
Sinceramente, ahora mismo preferiría estar haciendo puenting sin cuerda.
—¿Hola? —jadeo.
—He visto la foto. —La voz chirriante al otro lado de la línea me
produce mal cuerpo—. ¿Te han despedido ya?
—Lo siento, pero tus dotes fotográficas no son demasiado buenas. La
próxima vez que te metan en la cárcel apúntate a algún curso de reinserción
laboral en el que te enseñen a enfocar y poner el flash.
—Muy agudo, pero yo no tomé esa foto porque te estaba esperando en la
Casa de los Horrores para molerte a palos.
—Mientes, nadie más es tan ruin como para hacer eso.
—Piensa lo que quieras, pero al parecer no soy el único que no aprueba
que tu coño sea ahora del chico Atwood —ríe socarrón—. Me pregunto si
folla tan rico como su hermana.
Zach aprieta los puños de la rabia y le pongo una mano en el pecho para
que se calme y no diga nada. El altavoz está activado.
—Dime lo que quieres de mí y acabemos con esto, Trevor.
—Lo mismo que la última vez. —De fondo se oyen voces y entrechocar
de metales como si estuviera en un bar o… en el comedor del propio Zenith
—. Quiero que vuelvas a ser mi putita y me ayudes con el juicio.
—¿Quieres también que te baje la luna?
Casi puedo visualizar cómo pone los ojos castaño claro en blanco y
sonríe de medio lado en una mueca grotesca.
—Cuidado, May, a ver si tanta bravuconería le pasa factura a tu nuevo
novio. —La mera mención de Xander me prende fuego en las venas—. He
oído que tiene una competición este fin de semana en la que se determinará
su futuro. Sería una verdadera lástima que estuviera distraído porque a su
profesora le ha pasado algo…
Abro la boca para mandarlo a la mierda pero Zach escribe algo en el bloc
de notas de su móvil y me lo pone en las narices: Cíñete al plan.
Suspiro.
—Vale, pero si finalmente acepto ayudarte quiero discutir los términos y
condiciones de nuestro acuerdo en persona.
—Parece que empezamos a hablar el mismo idioma. ¿Ves como no era
tan difícil? —canturrea como el lunático que es—. Te espero el viernes por
la noche en el bosque, huelga decir que vengas sola.
—No pienso quedar contigo en un lugar oscuro y aislado, nos vemos en
el Old Bourbon, en Cripple Peak.
Se hace el silencio en la otra línea y ya creo que va a rechazar mi
sugerencia cuando se oye un gruñido de confirmación.
—Allí te espero.
Y cuelga.
Me hundo todavía más en el puf y entierro la cara entre las manos. Estoy
temblando y la ropa se me pega al cuerpo por el sudor.
—Lo has hecho fantásticamente bien —Zach me pone una mano grande
y morena sobre mi hombro tembloroso.
—¿Tú crees?
—Vamos a emboscar a ese hijo de puta y luego...
—No me lo recuerdes —lo corto.
—Si se te ocurre una forma mejor de deshacernos de él soy todo oídos.
—¿Y si simplemente avisamos a la policía?
—¿Y que sean otros los que se lo pasen bien apaleándolo? Ni hablar.
—Joder, cómo odio a los hombres —exhalo desde lo más profundo de mi
alma con la vista clavada en el techo.
¿En serio, por qué siempre me complican tanto la vida? Y todavía me
queda contárselo a Xander… Aunque me da que eso va a tener que esperar
porque primero tengo que lidiar con mi primer asesinato.
CAPÍTULO 32
May

Me siento como una mujer con el oficio más antiguo del mundo con este
atuendo, si se puede llamar así al trozo de látex que apenas me cubre los
pechos y los muslos, que Zach me ha obligado a ponerme para mi
encuentro con el psicópata de Trevor.
Necesitas distraerlo todo lo que puedas para que no sospeche que nos
traemos algo entre manos, me había dicho mientras me subía la cremallera
del vestido y me masajeaba los hombros, tensos a más no poder.
El plan era simple, solo tenía que pasearle las tetas por la cara, alimentar
su insaciable ego y arrancarle una confesión que presentar ante el juez. Eso,
junto con las cámaras de seguridad del Zenith en las que se aprecia cómo
infringe la orden de alejamiento, debería bastar para enchironarlo de por
vida. En teoría está todo controlado por Zach, apostado en su Camaro color
mandarina ahí fuera y un bate de beisbol en el maletero por si acaso. Sin
embargo, el nudo de nervios de mi estómago no para de gritarme que algo
va a salir mal, para variar. Solo tenía que pronunciar la palabra de seguridad
mariposa si las cosas se ponían feas y él entraría a por mí como una
exhalación, el problema es que no sé si me daría tiempo a decirla siquiera.
—Deja de tocarte el pelo —me gruñe en el oído, donde llevo metido un
pinganillo hasta el fondo—, creas interferencia.
—Perdón.
—Y tampoco hables sola, es de primero de espía.
Me muerdo la lengua para no soltarle la sarta de insultos que tengo
acumulados en el paladar desde que se ha plantado en mi cuarto hace una
hora con una sonrisa aviesa y un lencero dos tallas más pequeño. Joder, si
es que casi no puedo respirar. Quiero chillarle que no soy ninguna espía y
mucho menos un cebo jugoso con el que atraer al caimán de Trevor, pero
todo sea por capturar a ese hijo de puta y devolverlo al agujero al que
pertenece.
La pantalla de mi móvil se ilumina con un tenue brillo azul en mi regazo
y me lanzo a leer el mensaje como una loca, esperando que sea Trevor
cancelando nuestra cita, pero no es él.
Xander <3:
Nena, estoy algo nervioso por lo de mañana y me preguntaba si
querrías ver una peli conmigo.
Te echo de menos :(

El Martini seco que me he pedido antes para combatir la ansiedad se me


agría en el estómago. Habíamos estado manteniendo las distancias durante
toda la semana porque la madre de Sadie nos acechaba cual cernícalo
hambriento a un ratón de campo, por lo que nos habíamos visto limitados a
los mensajes de texto y a alguna que otra videollamada breve.

Esta noche no puedo, es que estoy muy cansada…

Le doy un trago largo a la copa para ahogar la vocecilla que no para de


repetirme lo mala persona que soy.

Xander <3:
No quiero sexo ni nada, solo que me abraces un rato y me digas
que todo va a salir bien.

Todo va a salir bien, de verdad.


Yo confío en ti.

No me da tiempo a escribir nada más porque una sombra de hombros


anchos y cabeza rapada eclipsa toda la mesa. Con el deseo ardiente de
llamar a la policía, apago el móvil y lo guardo en el bolso.
Levanto la cabeza y sonrío sin ganas.
—Trevor, hola.
—¿No vas a saludarme como Dios manda?
Enarca una ceja de un rubio oscuro, a juego con la pelusilla de su cabeza,
y toma asiento frente a mí.
—Dejemos a Dios fuera de esta conversación, ¿quieres? No creo que al
tipo al que le vendiste tu alma le gustase.
—¡El plan es camelarlo, no insultarlo! —me recuerda Zach por si se me
ha olvidado, pero es que no soporto mirar a este cerdo a la cara y no querer
escupirle entre los ojos—. Dórale la píldora un poco.
La bilis me sube a la garganta cuando se arremanga la camisa azul bebé y
deja al descubierto unos antebrazos tatuados con runas nórdicas y rosas
rojas que en su día me fascinaron y ahora me parecen de lo más hortera. Y
pensar que los tatuajes fueron lo que me hizo deslizar hacia la derecha y no
hacia la izquierda en Tinder… Si es que soy subnormal.
Trevor se acaricia la barba dorada de tres días mientras me da un repaso
de los buenos con esos ojos color avellana que me muero por hincar en un
tenedor. Lo odio. Lo odio. Lo odio.
—¿Te has puesto así de espectacular para mí, May? —gruñe con la voz
gruesa y hambrienta.
—No te creas, ha sido lo primero que he pillado del armario.
—Joder, si te has vuelto sarcástica y todo —sonríe y el pequeño hoyuelo
de la barbilla se le marca aún más—. ¿Dime, ha sido ese chico Atwood el
que te ha enseñado a usar la lengua para decir esas cosas? Me muero de
ganas de ver qué más te ha enseñado a hacer en este tiempo porque, todo
hay que decirlo, eras una jodida monja de convento.
—¿Por eso abusaste de todas esas chicas, porque yo no era lo
suficientemente buena en la cama?
Se encoge de hombros y la ira me hierve en el pecho.
—Tal vez.
—Vas a ir al Infierno, espero que lo sepas.
—Sí, estoy al tanto, pero tú me acompañarás. —Levanta la mano y le
hace un gesto a la camarera para que sirva otra ronda. Cuando la rubia deja
dos cócteles sobre la mesa, Trevor detiene la mirada en sus largas piernas
durante demasiado rato—. Gracias, preciosa.
—Bueno… —carraspeo, asqueada—, ¿qué quieres?
—A ti.
Se moja los labios con la copa y se los relame con la mirada clavada en
mi escote en forma de corazón. El sudor hace que el látex se me pegue al
cuerpo, aún más, y me pique todo. Me echo el pelo por encima del hombro
en un intento de cubrirme, pero ni por esas aparta la mirada.
—Eso no va a poder ser, no colaboro con delincuentes.
—Ay, May, me haces daño. —Se lleva una mano al pecho con teatralidad
—. Primero me dejas en la estacada, luego no vienes a calentarme las
sábanas a la cárcel y ahora esto… ¡Qué mala!
—Qué te jodan, Trevor.
En un visto y no visto se echa sobre la mesa y me engancha del cuello
con una mano mientras desliza la otra por debajo de la mesa y me abre los
muslos. Forcejeamos y al fin consigo cerrarlos con fuerza y apartarlo de mi
cuerpo, que se ha echado a temblar. Trevor profiere una carcajada que me
hiela la sangre en las venas y procede a lamerse con lascivia los dedos que
ha estado a punto de introducirme.
—Estás chorreando, nena.
—¡Es sudor, gilipollas! Preferiría cometer zoofilia con mi gato antes que
ponerte un dedo encima.
Un brillo perverso se apodera de su mirada cuando pronuncio la última
palabra. ¿Acaso le acabo de dar una nueva idea para abusar de sus
víctimas? Dios mío, espero que no. Trevor se reclina en el asiento
metalizado y le da un buen trago a su copa con expresión triunfal.
Ojalá te atragantes con la aceituna, cabrón.
Me extraña que nadie se haya dado cuenta de lo que acaba de pasar
teniendo en cuenta que el lugar está atestado de gente, pero así son los
ricos. Solo se alteran si el punto de su filete de wagyu no es el correcto o la
mesa tiene una miga del anterior comensal.
—¿Por qué me estás mirando así? —estallo cuando ya no puedo más.
—Verás, es que has dicho algo muy gracioso.
Intento reprimir una mueca de asco, sin éxito.
—¿El qué?
—Es sobre tu gato.
—¿Qué pasa con él? —La voz me sale aflautada.
Trevor juguetea con una enredadera artificial que cuelga del techo sobre
nuestras cabezas y me veo fantaseando con la idea de enroscarla en su
cuello y estrangularlo con ella.
—Bueno, digamos que me he dado una vuelta por ese pueblo árido en el
que vivías justo antes de que te tocara la lotería gracias a mí y pasaras a
vivir en un puto resort de cinco estrellas.
—¿Has estado en Seward?
Asiente.
—Más concretamente, en tu casa. —El alma se me cae a los pies. No es
verdad, no puede ser verdad—. Tu madre es una mujer muy agradable, por
cierto. Y guapa, no tanto como tú, pero también le daría un buen meneo.
—Serás…
La voz cálida y reconfortante de Zach me acaricia el tímpano.
—Tranquila, te está provocando.
—Como le hayas hecho algo a mi madre no vas a salir vivo de este local.
Te aviso desde ya.
—A tu madre no. —Remueve la aceituna dentro del cóctel con una
sonrisa cruel bailándole en los labios—. Pero a ese gato gordo y seboso…
—¡Es mentira!
Me aferro al borde de la mesa alta para no caerme redonda ahí mismo. Sé
que Zach tiene razón y va de farol porque ayer hablé con mi madre y no me
comentó nada de ninguna visita masculina, mucho menos de algún
problema con nuestro peludo. Aun así, no puedo dejar de pensar que este
enfermo se ha hecho una alfombrilla para el coche con el pelaje esponjoso y
atigrado de mi gato.
Cheeto…
—No pienso caer en tus sucias mentiras otra vez —pronuncio con los
ojos acuosos y la voz tomada—. Mi madre está bien, mi gato está bien y tú
vas a volver al lugar del que no tendrías que haber salido jamás.
—Si tan segura estás, por qué no la llamas y lo compruebas.
Su confianza demoledora, acompañada de una sonrisa digna de asesino
en serie, me desmorona como un castillo de naipes y me levanto de la mesa
dispuesta a cumplir sus deseos. El vozarrón de Zach me retumba en la tapa
de los sesos gritándome desesperada que me detenga, que no desaparezca
del campo de visión de los únicos testigos que podrían impedir que Trevor
desatara su lado más psicótico conmigo, pero yo ya estoy corriendo hacia
los baños mientras marco el número de Lorraine Crawford y rezo en
silencio para que me lo coja a la primera.
—Vamos, mamá, por favor —gimoteo, presa del pánico.
La cabeza me hormiguea y no puedo pensar con claridad. Los ojos se me
llenan de lágrimas de culpabilidad solo de pensar que les ha pasado algo.
Los tonos se suceden y mi madre no coge el teléfono. ¿Por qué no
responde? Debería de estar despierta viendo ese programa de jardinería que
tanto le gusta, joder. No son ni las diez. A no ser que la última quimio la
haya dejado tan fatigada que se haya acostado temprano.
—¡May, vuelve ahora mismo dentro con todo el mundo!
—Ese hijo de puta le ha hecho algo a mi gato —lloro frente al espejo.
—¡Sal de ahí!
—Primero tengo que…
Y entonces lo veo.
Tan disociada estaba imaginando todas las formas en las que ha podido
hacerle daño a Cheeto que no me he dado cuenta de que no estaba sola en el
baño hasta que no he levantado la cabeza de la pantalla.
—Así que llevas un micro en ese vestido prieto.
—No, yo no…
De dos zancadas se planta frente a mí y me arranca el móvil de las manos
para estrellarlo contra el suelo blanco nacarado del baño.
—Tenía pensado desnudarte igual, pero ahora voy a hacerlo con un buen
motivo. —Me desgarra la tela del escote, liberando mis pechos pequeños y
duros. Trata de acariciarme uno, pero lo aparto de un manotazo y le enseño
los dientes, a lo que Trevor responde echando la cabeza hacia atrás con una
maldita sonrisa de satisfacción como si se la estuviera chupando—. May,
May, May… Mi cosita pequeña y salvaje, no sabes lo dura que me la ha
puesto este arrebato de valentía.
—No se te ocurra tocarme, desgraciado —ladro rabiosa.
—Ni que alguna vez hubiera necesitado permiso.
Acto seguido, me atrapa las muñecas con una sola mano y me las
inmoviliza a un lado del cuerpo. Me retuerzo y contoneo como una
serpiente para librarme de su peso e hincarle los colmillos donde pueda,
pero es imposible, su altura rivaliza con la de Xander y su peso, con el de
Lev. Es un monstruo, en todos los sentidos de la palabra. Me vence sobre el
lavabo de mármol sin esfuerzo y el reflejo que me devuelve el espejo de mí
misma por poco no me hace vomitar. Estoy doblada por la mitad, con los
pechos al aire y su miembro erecto entre mis muslos, presionándolos. No
me quiero ni imaginar lo que debieron de sentir Jo y las demás chicas de las
que abusó durante un año entero, yo no lo hubiera soportado ni un solo día.
Zach, ven a por mí, por favor.
Trevor me abre las piernas con la rodilla e introduce una mano bajo mi
vestido con la que empieza a palparme en busca del micro.
—¿Vas a ser una chica buena de una vez y me vas a ayudar a que retiren
todos los cargos contra mí?
—Antes muerta.
Me clava los dientes en el cuello y grito.
—Harás lo que yo te diga o te preparé una boloñesa con tu gato después
de haberte follado hasta la saciedad.
—¡Soy vegetariana, idiota! Lo ponía en mi descripción de Tinder.
—Lo siento, nena, solo me fijé en tu culo.
—La policía está de camino —entono la típica frase de las películas por
si cuela—. Vete ahora si no quieres que te esposen.
—A ti sí que te voy a esposar, pero a mi cama.
Me estira del pelo y me obliga a mirar en el espejo como me cubre un
pecho con la mano y lo amasa con fuerza.
—¡Para!
—¿El chico Atwood nos está escuchando? —ronronea sobre mi hombro
con la mirada oscurecida y una sonrisa demoniaca.
—El chico Atwood te va a matar cuando se entere de esto.
—No si yo lo mato primero a él.
Las ganas de luchar en mi interior se apagan ante semejante declaración.
No puedo permitir que le haga más daño del que ya le ha hecho a esa pobre
familia, así que si dejar que me viole contra el mármol frío del lavabo es la
única solución, lo haré encantada. Me retraeré al recoveco más oscuro y
aislado de mi cabeza y dejaré que haga lo que quiera con mi cuerpo si eso
satisface sus ganas de abusar de otras personas.
De repente, su peso se vence sobre mi espalda con un grito seco,
sacándome todo el aire de los pulmones y haciéndome gritar con él. No sé
qué ha pasado porque en esta postura no puedo ver nada, aunque sus brazos
yacen lánguidos a los lados de mis caderas y su respiración es casi
inexistente. ¿Se ha desmayado? Ojalá le haya dado un puto infarto.
—¡Qué poco aguantas el dolor para lo mucho que disfrutas infligiéndolo,
pedazo de mierda!
La voz de Zach se me antoja como un tablón en medio del océano y me
aferro a ella con desesperación. Salvada. Estoy salvada. Su aroma a pino me
envuelve por entero cuando me quita el pesado cuerpo de Trevor de encima
y me estrecha entre sus brazos.
—Has tardado demasiado.
—Lo sé, lo siento. He perdido la conexión.
—No pasa nada, Superman —jadeo entre hipidos—. Lo que importa es
que me has salvado. Otra vez. —Y entonces recuerdo cuál era el objetivo
principal de la misión—. ¿Tienes la confesión?
—La tengo.
Zach ruge cuando se percata de mi aspecto semidesnudo y desaliñado y
se apresura a pasarse su jersey de lana beige por la cabeza a toda prisa sin
dejar de mirarme a los ojos. No entiendo cómo pudo serle infiel a su mujer
si luego es todo un caballero.
—¿Te ha hecho daño?
—No más del que ya me hizo en su día —suspiro con amargura.
—Joder, lo voy a matar. —La rabia le reverbera en la caja torácica y me
abraza con más fuerza—. Le voy a cortar los dedos uno a uno y se los voy a
dar de comer a los cerditos vietnamitas del refugio. —Sí, el Zenith cuenta
con un refugio de animales a modo de terapia contra el estrés—. Ese hijo de
puta no volverá a tocar a ninguna mujer nunca más.
Me encantaría quedarme así más tiempo, respirando su aroma hasta que
adormezca mis sentidos y su calor derrita las imágenes truculentas que no
paran de sucederse en mi retina, pero tenemos que movernos. Alguien
podría entrar en cualquier momento y la cosa se complicaría.
—¿Puedes ayudarme a cargarlo?
—Claro.
Zach coge a Trevor por una axila y yo me esfuerzo por hacer lo mismo
con la contra. Pesa un quintal y tengo los músculos tan agarrotados por el
forcejeo que entorpezco más que alivio la carga, así que Zach hace todo el
trabajo y yo me ocupo de abrir la puerta.
—Vale, allá vamos.
Varias cabecitas recién salidas de la peluquería se giran a mirarnos con
ojos curiosos, pero nadie nos corta el paso. Menos mal. Se deben de pensar
que es un amigo nuestro al que el alcohol le ha afectado de más esta noche
y que nos lo llevamos a dormir la mona.
Ya estamos casi fuera del local cuando la camarera rubia que nos había
servido antes a Trevor y a mí nos intercepta.
—¿Todo bien por aquí?
—Sí, sí, mi novio está un poco borracho. Nada grave.
Le regalo la mejor de mis sonrisas para endulzar la mentira, pero sus ojos
claros escudriñan el rostro pálido de Trevor.
—¿Quieren que llame a una ambulancia? Parece inconsciente.
—No será necesario —interviene Zach—. Mi hermano solo necesita una
ducha fría y unas doce horitas de sueño, no es la primera vez que le pasa.
—¿Son hermanos? Vaya, no se parecen en nada.
—Solo por parte de padre.
La camarera por fin se hace a un lado, reticente. Sin embargo, Trevor
empieza a recobrar el conocimiento y a gimotear cosas inconexas, llamando
aún más la atención de la gente. Zach se da cuenta a tiempo y le propina un
ligero cabezazo que lo vuelve a dejar K.O.
¿Qué haría yo sin este hombre?
Los diez metros que nos separan de la puerta se me hacen interminables.
Solo quiero meter a este despojo humano en el maletero del Chevrolet
Camaro de Zach, poner a Avicii a todo trapo en el coche y emborracharme
en mi habitación mientras el hombre que camina a mi lado cambia por una
noche su trabajo de entrenador por el de enterrador.
—Creo que Trevor le ha hecho algo a mi gato —musito triste.
—Sí, lo he oído.
—No podemos matarlo hasta que no nos diga dónde ha tirado su cadáver
o, en su defecto, mi madre me llame para decirme que está bien y…
Mierda, mi móvil. Se me ha roto cuando Trevor me ha atacado.
De nuevo, ahí está esa sonrisa perenne y llena de dientes que me
transmite más paz que un baño caliente.
—Tranquila, se me ocurren unas cuantas formas para hacerlo hablar y
ninguna es agradable. Respecto a tu madre, ya encontraremos la manera de
que hables con ella, pero seguro que está bien.
Suspiro con resignación.
—¿De verdad vamos a hacer esto?
—¿El qué?
—Ya sabes… —La puerta está cada vez más cerca y la gente ha dejado
de prestarnos atención—. Cargarnos a un tío.
—¿Te gustaría?
—Mmm, no estoy segura. Por un lado se lo merece, pero por otro creo
que no somos nadie para jugar a ser Dios.
—O sea que no —asume.
—A ver, si tú decides hacerlo yo no voy a decir nada.
—¿Sabes que a eso se le llama ser cómplice de asesinato y que está
penado igual por la ley, verdad?
Empujo la puerta de cristal con el hombro mientras Zach enumera los
años que podrían caerme tanto si coopero como si no y la risa se me escapa
de los labios ante lo absurdo de la situación. ¿Cómo es que estamos
bromeando con un tema tan serio? No me reconozco.
La brisa nocturna se siente como un polo de fresa a cuarenta grados bajo
el sol y la ansiedad y la tensión abandonan poco a poco mi sistema
nervioso.
—Hostias… —farfulla Zach, serio de repente.
—¿Qué pasa?
—May, no te gires.
Pero ya es tarde.
Vestidos de negro de los pies a la cabeza, con los brazos cruzados sobre
un pecho amplio y encapuchados hasta las cejas, hay tres tipos a cuál más
imponente apoyados sobre el capó del Camaro naranja de Zach. ¿Serán los
refuerzos de Trevor? Si es así, estamos jodidos.
—¿Quiénes…? —empiezo, pero cuando uno de ellos, el más alto, se baja
la capucha y revela una mata de bucles oscuros y unos ojos que anuncian
tormenta eléctrica casi que hubiera preferido que fueran los refuerzos.
—Conque cansada, ¿eh?
CAPÍTULO 33
Xander

Derek me pone una mano en el hombro para que no salte encima de la


mujer que me mira con los ojos abiertos de par en par cual cervatillo
deslumbrado y la tez tan blanca como la luna, pero me suelto de su agarre y
avanzo hacia ella como un velocirraptor. Se encoge dentro de un jersey de
punto que claramente no le pertenece y levanta las manos para ocultarse de
mi furia.
—Sube al coche. —La ira me bulle detrás de las córneas y me hace ver
todo un páramo rojo de sangre y destrucción—. Ya.
—Primero tengo que… —titubea—, Zach y yo tenemos que…
—¿Que qué?
Pero cuando resigo la dirección de sus ojos hinchados y vidriosos, cuál
no es mi sorpresa cuando me encuentro a Trevor Duncan, ex entrenador de
mi hermana y el hombre que puebla sus pesadillas día y noche, colgando
inconsciente del hombro de Zach Price. Abro y cierro los puños varias
veces para no perder el ápice de autocontrol que me queda, pero ni por esas.
La boca me sabe a sangre y todo mi cuerpo reclama la de ese cabrón.
—Métete en el coche —repito chirriando los dientes.
—Espera, puedo explicarlo.
—No soy idiota, May. Sé sumar dos más dos. —Le tiembla el labio
inferior y no para de removerse, inquieta. Que Zach la haya utilizado de
cebo para atraer a semejante depredador sexual sin mi permiso me está
volviendo loco, pero más loco me termino de volver cuando el viento le
agita el cabello y deja al descubierto su cuello amoratado—. ¿Pero qué
cojones…? —Ahora sí que voy a matar a alguien, joder—. ¡¿Quién te ha
hecho eso?! Dime quién se ha atrevido a tocarte.
Aunque ya conozco la respuesta.
—Escucha, Xander, cálmate —interviene Zach. Va a añadir algo más,
pero me adelanto y le doy un empujón en el pecho.
—Mi chica tiene pinta de haber escapado de un antro de prostitución y tú
me estás pidiendo que me calme. ¿Eres idiota o qué?
—¿Su chica? —oigo que interroga Lev a Derek por detrás.
—Que te lo cuente él luego —le bisbisea de vuelta.
Doy un paso más y nuestros pectorales chocan con violencia. Le enseño
los dientes y le regalo mi mejor mueca de odio, pero ni se inmuta.
—La has echado a los putos leones…
—No, se ha metido ella solita.
—¿Te estás quedando conmigo, Price? Porque si es así, por mucho que
seas el mejor amigo de mi padre no tendré piedad contigo.
Entonces unos brazos suaves y cálidos que saben a hogar me envuelven
por la espalda justo cuando estoy a punto de saltarle el tabique de un
puñetazo a este idiota y su aroma a canela y otoño me destensa poco a poco
los músculos del cuello.
—Parad, por favor. —Sus lágrimas saladas me pegan la tela a los
omóplatos—. Te lo explicaré todo, pero estaos quietos de una vez.
Suspiro y miro al cielo.
—Está bien —cedo al fin con un gruñido. No me gusta verla así y mucho
menos si yo soy el culpable. Señalo con el mentón al muñeco de trapo que
es Trevor en estos momentos y mis amigos captan el mensaje—. Lleváoslo
de aquí y haced con él lo que queráis, pero no dejéis huellas.
El ruso se cruje los nudillos ante la promesa de sangre.
—¡La hostia!
—Voy con vosotros —anuncia Zach, tirándome las llaves de su
Chevrolet Camaro y arrastrando el cuerpo inconsciente de Trevor hasta el
maletero del Jeep de Derek, donde lo echa como un saco de patatas después
de atarlo de pies y manos con unas bridas que encontramos en la guantera.
El grito de May me reverbera en la columna.
—¡No! Entregádselo a la policía, pero no le hagáis daño.
Me zafo de su abrazo y la encaro.
—¿Lo estás defendiendo?
—No, es solo que no quiero que te acusen de nada ilegal.
—Ah, qué mona, ahora te importa mi bienestar.
—¡Siempre me ha importado! —asevera con el rímel todo corrido. Su
mano me sube por el pecho en un intento de hacer las paces, pero la aparto
de mala manera y me doy la vuelta, lleno de ira—. Xander, por favor…
—No pienso repetírtelo, May. Sube.Al.Puto.Coche.
May trastabilla cuando retrocede, pero, por una vez en la vida, hace lo
que le pido y se mete en el asiento del copiloto sin rechistar. Antes de
seguirla, respiro hondo y trato de poner orden en mi mente confusa. No
quiero sacar conclusiones precipitadas pero todo esto me huele mal. Muy
mal.
Derek, quien en los últimos meses se ha convertido en mi mano derecha
y en mi confidente, se coloca a mi lado y me mira de reojo a través de los
cristales de sus gafas de pasta.
—Te pondré un mensaje cuando acabemos con él.
—Mejor no me digas nada, no quiero saberlo.
—Como quieras. —Apunta con las cejas a la pelirroja que se muerde las
uñas distraída en el coche de Zach y pregunta lo que yo mismo llevo un rato
largo rumiando—: ¿Y qué vas a hacer con ella?
—Todavía no lo he decidido —confieso en un suspiro.
—Tu primero escucha lo que tenga que decirte, ¿vale? Seguro que hay
una explicación plausible para todo esto.
—Vale.
Me da una palmada en el bíceps antes de ocupar el asiento del conductor
de su Jeep negro metalizado y cerrar de un portazo.
—Te veo mañana, Atwood.
Lev me hace el saludo militar a través de la ventanilla y Zach me dedica
un asentimiento de cabeza desde el asiento trasero. Las ruedas chirrían
sobre la gravilla cuando acelera, levantando una columna de polvo, y
mientras los veo desaparecer por el camino de tierra en dirección contraria
al campus me pregunto qué tortura china habrá ideado el arquero para
Trevor. Lo cierto es que tampoco me importa, solo quiero que sufra tanto
como esas chicas a las que sometió a su crueldad durante meses.
Un minuto después vuelvo arrastrando los pies hasta el vehículo de Zach
con las últimas palabras de Derek reverberándome en los sesos.
¿Y qué vas a hacer con ella?
Mañana a primera hora de la mañana me juego mi pase de oro a los
Juegos Olímpicos. Mi futuro. Todo el esfuerzo y la pasión que le he puesto
al deporte en estos cuatro años. Mi vida entera, joder. Ahora mismo debería
estar dándome un masaje o un baño de sales en el jacuzzi para relajarme tal
y como me había sugerido Anthony. Sin embargo, aquí estoy, plantado en
medio de la noche en el pueblo de al lado y con un cabreo monumental.
Y todo por una mujer.
Aunque no cualquier mujer. Mi mujer.
En cuanto ha dejado de contestarme a los mensajes he intuido que pasaba
algo, algo malo, así que he llamado a Page para que la localizara. ¿No decía
que era informática? Pues que la hackeara. Al rato he recibido su ubicación
en el teléfono acompañado de un audio kilométrico que, en pocas palabras,
me urgía a ir acompañado y a darme mucha prisa. Eso ha hecho saltar las
pocas alarmas que todavía no estaban ululando en mi interior.
—Quítate eso —le espeto deshaciéndome de mi sudadera con capucha
negra y tirándosela al regazo cuando entro en el coche.
—¿Por qué?
—La única ropa de hombre que puedes llevar es la mía.
Temblorosa, se quita el jersey beige que intuyo que es de Zach y por
poco no me llevan los demonios. Está desnuda. D-e-s-n-u-d-a. Alguien le
ha desgarrado el escote de un vestido de látex al más puro estilo conejita de
Playboy y no he sido yo. Me cago en todo. Se cubre con mi sudadera a toda
prisa ante la intensidad hirviente de mi mirada y comienza a frotarse las
manos entre los muslos, no sé si por frío o por nerviosismo, pero enciendo
la calefacción por si acaso.
—¿Qué ha pasado ahí dentro?
—No tengo ganas de hablar, Xander —musita con la mirada perdida en
algún punto del salpicadero.
—Genial, pues no nos vamos a mover de aquí hasta que me lo cuentes.
Total, hasta mañana a las diez tenemos tiempo.
Por fin ladea medio cuerpo hacia mí y se atreve a mirarme. Es tan
pequeña y adorable que me duele en el alma. Quiero abrazarla y llenarle esa
frente que dice que tiene demasiado grande de besitos dulces hasta que
proteste y me aparte aporreándome el pecho con sus puñitos, pero esta
noche la ha cagado y exijo respuestas.
—Creo que Trevor le ha hecho algo a Cheeto. —Nuevas lágrimas brotan
de sus ojos y tengo que hacer un esfuerzo titánico para no limpiárselas con
los pulgares—. Cheeto es mi gato —me aclara cuando no digo nada.
—Ya lo sé, lo vi cuando estuve en tu casa.
—Oh.
—¿Por qué demonios el violador de mi hermana le haría algo a tu gato si
no te conoce de nada?
—Porque… —Se muerde el labio, indecisa—. En realidad sí que me
conoce. De hecho, me conoce demasiado.
—¿Qué coño significa eso?
Se me han puesto los nudillos blancos de la fuerza con la que aprieto el
volante y estoy tan nervioso que el corazón me va a mil por hora y me
hormiguea todo el cuerpo.
—Te lo diré si prometes no volverte loco.
—¡De puta madre! —río histérico por la nariz—. Ahora es cuando me
dices que fue tu novio del instituto o algo así.
Cuando May no responde y se lleva las manos a la boca para ahogar un
sollozo, me pongo a buscar la cámara oculta en la luna del coche y los
retrovisores porque esto tiene que ser una puta broma.
—Por favor, no te enfades.
—¡¿Has salido con Trevor Duncan?! —May llora más fuerte—. ¿Cómo?
¿Cuándo? ¿Por qué? ¡Habla, May, por el amor de Dios!
—¡El año pasado nos dimos match en Tinder y empezamos a salir, pero
él era de un estado y yo de otro y tampoco encajábamos del todo, así que lo
acabamos dejando a los pocos meses cuando me enteré de lo que le había
hecho a tu hermana y a tantas otras! —me suelta de corrido—. Te juro que
yo no sabía nada hasta que me llamó su abogado y me pidió que testificará
a su favor, cosa a la que me negué.
Necesito unos pocos segundos para procesar la información y llegar a
una conclusión que, por más evidente que resulta, no deja de quemarme en
el lado izquierdo del pecho.
—¿Él te consiguió el trabajo en el Zenith, verdad? —Gime acongojada y
me lo tomo como un sí—. Me cago en todo… ¡JODER!
Aporreo al centro del volante y el claxon desgarra la quietud de la noche.
Repito la operación hasta que noto la piel de las palmas en carne viva y las
ampollas creciendo unas encima de otras.
—¡Lo siento, lo siento! —solloza desconosolada—. Quise contártelo, de
verdad que sí, pero no se me ocurría cómo.
—¿Qué te parece algo así como: oye, cariño, mi ex y el tipo que abusó de
todas esas chicas, incluyendo tu hermana, es el mismo hombre que me está
acosando?
—No es tan fácil y lo sabes.
—¿Lo amaste? —rujo de pronto.
—¿Qué?
Me echo sobre ella y le rodeo el cuello con una mano, notando su pulso
acelerado bajo las yemas. No ejerzo presión porque ya lo tiene bastante
maltratado, pero me aseguro de que sienta toda la vorágine de sentimientos,
a cuál más negativo, que me está comiendo vivo desde dentro.
—He dicho que si lo amaste, joder.
—Apenas nos vimos en persona en esos meses y él pasaba
olímpicamente de mí. Todo era a través de una pantalla y…
—Me suda los cojones, May —la corto furioso—. ¿Lo amaste o no? La
respuesta es muy sencilla.
—Pues claro que no.
Una vocecilla insegura en mi cabeza me grita que no la crea, que es una
mentirosa fabulosa y que, a día de hoy, todavía se corre pensando en él con
mi polla dentro. Empiezo a hiperventilar. Me pesa el cuerpo como si llevara
nadando tres días sin parar y no soy capaz de tomar aire por la nariz y
soltarlo por la boca. Creo que…
—No puedo respirar.
—Xander, tranquilo. Mírame. —Sus manos frías me cubren las mejillas y
acerca sus labios a los míos. Aspiro su aroma como si me fuera la vida en
ello—. Mírame, amor. Concéntrate en mí, está todo bien. Respira conmigo.
Inhala… —Me ahogo en mis propios pensamientos oscuros y retorcidos y,
aunque braceo y pataleo con todas mis fuerzas, no consigo llegar a la
superficie. Me hundo—. Exhala. Inhala… Vamos, cielo.
Cuando ve que soy incapaz de insuflar aire con normalidad y de retenerlo
en los pulmones por mí mismo, sus labios se encuentran con los míos y por
un momento todo el caos atronador desaparece a mi alrededor. Me los abre
con delicadeza una y otra vez, al ritmo de sus respiraciones profundas y
pausadas, y su lengua se entrelaza con la mía en un vals lento de saliva y
emociones de lo más contradictorias. Se me escapa una exclamación
cuando desliza una mano helada por debajo de mi camiseta de algodón y
clava las uñas en mi espalda como hace Jo cuando necesito que me
devuelvan a la realidad. Eso parece calmarme un poco.
—Nunca quise a ese hombre como te quiero a ti, Xander —me susurra en
los labios—. Nunca lo vi como el futuro padre de mis hijos.
Me estremezco ante semejante declaración y tengo que cerrar los ojos un
segundo para que no vea que se me han puesto brillantes de la emoción.
Cuando me siento más calmado, los abro y escaneo los destrozos que ese
hijo de puta ha dejado en su piel de porcelana. Mierda, debería haber sido lo
primero en que me fijara antes de explotar como una bomba de relojería.
Tiene el cuello amoratado y el escote rasgado, así que puedo hacerme una
idea de lo que ha pasado. Seguro que la ha arrastrado hasta el baño y le ha
metido mano por no ceder a sus chantajes.
—¿Por qué no me lo dijiste antes, nena?
—Sinceramente, me aterrorizaba tu reacción —me confiesa
apesadumbrada mientras me acaricia la espalda.
—Creías que te dejaría.
—Así es.
—Todavía puedo hacerlo. —¿Podía?
Como aceptando su destino, agacha la cabeza y ese gesto me derrite por
dentro. No quiero alejarme de ella ni por un instante, pero el universo no
para de mandarme señales para que la mande a paseo y tal vez sea lo que
deba hacer. Me jode lo que no está escrito porque May es mi ancla cuando
navego a la deriva, mi faro en medio de la noche más oscura, mi sirena
cantándome en el oído promesas de amor… ¿Pero, hay algo más fácil de
romper que una promesa? Sí, un corazón. El mío.
Con ese pensamiento retumbándome en las sienes me despego despacio
de su cuerpo caliente y vuelvo al cuero frío de mi asiento, que cruje bajo mi
peso. May nota el cambio repentino y me escruta con sus enormes ojos
dorados, pero yo doy el contacto sin mirarla y meto primera. Abandonamos
el pueblo de Cripple Peak en completo silencio y al cabo de diez minutos
no puedo soportarlo más y pongo la radio. Nothing breaks like a heart, de
Miley Cyrus, empieza a sonar.
—Vaya por Dios…
—¿Qué pasa? —Su voz suena estrangulada.
—Nada.
—¿Estás enfadado?
Por el rabillo del ojo veo cómo le da vueltas al anillo argentado entre sus
muslos y caigo de pronto en que nunca le pregunté de quién es o por qué lo
lleva después de saber que no estaba casada, así que como no me apetece
explicarle que no estoy enfadado, sino furioso, cambio su pregunta por otra.
—¿Qué significa eso para ti?
—¿El anillo? —titubea nerviosa. Asiento—. Era de mis padres, bueno en
realidad es de mi madre… —empieza, rozando el metal con lo que se me
antoja ternura—. Cuando mi padre nos abandonó, mi madre estaba tan rota
que tiró su anillo de compromiso a la basura y yo lo rescaté. No me parecía
bien que algo tan bonito acabara en un sitio tan asqueroso. Lo he llevado
desde aquel día porque me ayuda a recordar que el amor no siempre es
perfecto, a veces duele y otras tantas se rompe.
A veces duele y otras tantas se rompe, qué gran razón.
—¡Pero también puede reconstruirse! —se apresura a añadir. Su mano se
apoya sobre la mía en el cambio de marchas y acaricia mis nudillos
inflamados—. Creo que todo en esta vida tiene arreglo menos la muerte, así
que con mucho esfuerzo y dedicación…
—Se necesita más que eso, May —atajo en un gruñido.
¿De verdad cree que el amor es un puto cuento de hadas en el que todo se
perdona con un polvo mágico? Ni de coña. El amor es como una peonía a la
que le tienes que echar agua todos los días mientras le tarareas la Pequeña
Serenata Nocturna de Mozart y le acaricias las hojas con mimo, no un
cactus del que te despreocupas porque esperas que encuentre los nutrientes
de la tierra él solito para sobrevivir.
El resto del camino nos lo pasamos inmersos en nuestros propios
pensamientos. El coche huele a otoño y rollitos de canela, y por muy bueno
que sea con la apnea, no puedo aguantar la respiración durante cuarenta
minutos, así que meto quinta y acelero.
La verja del recinto se abre sola cuando detecta la matrícula de Zach y
nos da acceso al complejo, que está oscuro y desolado a estas horas de la
noche. Aparco en la plaza que tiene asignada Price en la segunda planta del
aparcamiento, la 202, maniobrando con cuidado para no rozar la carrocería
del caro Porsche que hay a su lado. Cuando el suave ronroneo del Camaro
cesa, noto unas piedras de ámbar puestas en mí.
—Bueno, ¿te sigue apeteciendo esa peli en mi cama?
—¿Estás de coña?
—Es verdad, es demasiado tarde y mañana madrugas. Si quieres
podemos simplemente dormir abrazados.
Joder, lo que hubiera dado por recibir esa oferta antes.
—No.
—¿Por qué no? —Cuando no respondo, May gatea hasta mi regazo y se
acomoda en él—. ¿Por qué no, amor?
—Porque ya no soy tu amor —replico seco.
—¿Có…cómo?
—Te di algo que nunca le había concedido a nadie antes, May, una
oportunidad. ¿Lo recuerdas?
—Y la he aprovechado para hacer las cosas bien.
—¿Tú crees?
Dos lagrimones le resbalan por la mejilla e instintivamente se los recojo
con el pulgar. Odio verla llorar.
—A ver, sé que debería haber sido sincera contigo desde el principio,
pero compréndeme tú a mí, no era algo agradable de contar y… Tenía
miedo de todo y de todos.
—Y sin embargo decidiste confiar en Zach antes que en mí.
—Tenías una competición que ganar y de ninguna manera iba a cargarte
con este muerto, no después de haberte jodido la primera prueba. Y si ideé
todo esto con Zach es porque él también tenía sus razones personales para
vengarse de Trevor. —Cierro los ojos y suspiro apesadumbrado. No me
creo nada—. Xander, necesito que entiendas por qué lo hice, por favor.
—Y yo necesito que entiendas que tu bienestar y el de Jo siempre estarán
por encima de cualquier clasificación de mierda. —De sus canicas doradas
brotan lágrimas a raudales—. Necesito que entiendas que me has fallado de
lo lindo poniéndote en peligro de esa manera y que no puedo confiar más en
ti. ¿O crees que mañana hubiera nadado como si nada sabiendo que estabas
secuestrada, muerta u hospitalizada? —La tomo de la nuca y la acerco para
inhalar su aroma una última vez—. ¿Crees que el deporte es lo único que
me importa en esta vida? Puede que antes hubiera dicho que sí, pero ya no.
Ahora me importas más tú.
—Tú también me importas como nada en este mundo.
Se lanza a besarme, pero la esquivo.
—Nada de besos, no te los mereces.
—Pero tú mismo has dicho que…
—Sé perfectamente lo que he dicho —la corto con un nudo gigante en la
garganta que me impide tragar. Puede que esto sea lo más difícil que he
hecho y haré en toda mi vida. Joder, no quiero perderla, pero si no lo hago,
si no la alejo ahora, puede que el que se acabe perdiendo sea yo—. Hemos
terminado. Se acabó, no quiero saber nada más de ti.
La boca me sabe a ceniza y me pican los ojos.
Es lo mejor, me repito mentalmente como un mantra.
—¿Qué quieres decir con que se acabó?
—Mañana no vengas a verme competir, no te quiero allí.
—No entiendo nada, Xander —gruñe frustrada—. Perdóname por todo,
por favor, por favor… Yo solo quería ayudarte.
—Adiós, May.
—¡No, espera!
Salgo del coche dando un portazo de los míos y sus sollozos retumbando
por todo el aparcamiento me truenan en los oídos. Me arrepiento en el
preciso instante en que su perfume abandona mi sistema nervioso y tengo
que luchar conmigo mismo para no volver ahí dentro, aceptar sus disculpas
y estrecharla entre mis brazos como me gustaría.
Te ha mentido, me recuerdo, te prometió que no volvería a mentirte y lo
ha hecho en tu cara. ¿Cómo vas a estar con una persona así?
Me cuesta respirar y el corazón me martillea en las sienes como un pájaro
carpintero. Quiero llorar. Necesito llorar. A pesar de que soy el primero en
burlarse de los hombres que muestran sus sentimientos no hay nada que me
apetezca más en estos momentos que vaciar toda la pena que albergo en
forma de lágrimas saladas. Pero es que este es el poder destructor que tiene
May sobre mí, por eso tengo que alejarme nadando de ella si no quiero
acabar flotando a la deriva en el mar de sus mentiras.
Por eso tengo que huir de ella.
CAPÍTULO 34
May

No he dormido nada en toda la noche. De mis lacrimales no paraba de


manar agua y ahora tengo los ojos hinchados y pegados por unas legañas
lechosas que ni las toallitas de bebés pueden eliminar. Me seco el pelo con
una toalla y trato de arreglar esta cara de mierda con sus últimas palabras
repitiéndose en mi cabeza como un disco rayado.
Se acabó, no quiero saber nada más de ti, mañana no vengas a verme, no
te quiero allí… Pero por supuesto que iba a ir a verlo. ¿No había
desobedecido sus órdenes todos estos meses? Pues eso.
Después de darle vueltas y vueltas al asunto, había llegado a la
conclusión de que Xander tenía razón. Le había fallado, otra vez. Si hubiera
sido sincera del todo con él y le hubiera contado lo que ocurría cuando me
dio esa segunda oportunidad en la piscina nada de esto hubiera pasado.
Había sido una cobarde y me merecía su castigo, en eso estábamos de
acuerdo.
El problema es que no pensaba aceptarlo así como así.
No había arriesgado mi puesto de trabajo y la salud de mi madre para que
ahora el señorito me mandara a paseo e hiciera como si no existiera por una
rabieta de las suyas. Oh, no. Nada de eso.
Y es por eso por lo que, en lugar de hacerme una pelota entre las sábanas
y comerme una tarrina de helado entera yo sola mientras veo por tercera vez
Sexo en Nueva York, me estoy embutiendo en un vestido de flores de manga
larga que no pega con el tiempo invernal de ahí fuera y aplicándome una
generosa capa de maquillaje para ocultar las ojeras y las amoratadas huellas
dactilares que me dejó Trevor anoche. Soy la mujer de Xander Atwood y
tengo que estar presentable para ver ganar a mi futuro marido.
—Vamos, May —me doy ánimos a mí misma en el espejo cuando
termino de repasarme la raya del ojo. No me ha quedado tan fina ni
estilizada como la de Sadie, pero estoy bastante orgullosa—. Ve a por tu
hombre.
Y a por él que voy.
Sin embargo, el arrebato de valentía me dura lo que tardo en poner el pie
en la piscina cubierta donde hemos compartido tantos momentos especiales.
Las gradas están ahora abarrotadas y el barullo, combinado con la humedad
que se respira, me marea y hace que mis piernas no me sostengan. Quiero
irme de aquí. De hecho, ni siquiera debería haber venido en primer lugar.
Ya me estoy dando la vuelta cuando alguien me toca el hombro.
Que no sea él, por favor, que no sea…
—No esperaba verte aquí.
Cuando me giro en redondo para enfrentar la voz suave y fría a mis
espaldas no sé si sentirme aliviada o tremendamente avergonzada. Derek
está plantado frente a mí, imponente con su metro ochenta y largo y vestido
de negro de los pies a la cabeza como es usual en él. Sus ojos de husky
reparan en mi cuello primero y en la hinchazón de mi cara después. En
contraste, su rostro parece de lo más descansado, como si no hubiera estado
enterrando un cadáver hasta hace una hora.
—¿Y por qué no iba a estarlo? —suelto resuelta.
—Según he oído, el mamón de mi amigo no solo te dejó en medio de un
aparcamiento oscuro en lugar de llevarte a la cama y curar tus heridas, sino
que también te prohibió que vinieras a verlo.
—Si, bueno, así es Xander.
—No —truena de pronto—. Xander no es así, aunque últimamente esté
comportándose como un idiota. Pero eso es lo que hace el amor, ¿sabes? Te
convierte en un animal salvaje que no mide las consecuencias de nada, por
eso yo tengo por norma no enamorarme de nadie.
Ambos nos quedamos en silencio tanto tiempo que la situación se vuelve
de lo más incómoda, así que decido cambiar de tema.
—¿Qué hicisteis con Trevor?
—Ahora no —replica serio—. Ahora es momento de apoyar a nuestro
cavernícola favorito y pasar un buen rato entre amigos. Ven conmigo.
—Prefiero verlo desde aquí.
Pero Derek me coge del codo y me arrastra por las escaleras que suben a
las gradas a pesar de mis protestas y pataleos.
—¡Espera! Joanna y Crystal me odian, no me gustaría incomodarlas con
mi presencia —alego, pero hace oídos sordos y sigue apartando gente hasta
que llegamos a un lugar privilegiado con unas vistas del agua inmejorables.
Desde aquí Xander me va a ver fijo—. ¡Derek, por favor!
—Las chicas no te odian, solo están rabiosas.
—¿Rabiosas, por qué?
—A nadie le gusta que le quiten lo que cree que es suyo.
El corazón me late desbocado cuando todo el grupo repara en mí. Tal y
como había esperado, las chicas me dedican una mirada ponzoñosa que me
llega hasta el alma antes de devolver toda su atención al agua. Lev, por su
parte, me guiña un ojo con una sonrisa escueta y Zach se me acerca para
envolverme en un abrazado fraternal, lo que hace que la mirada de Jo pase
de gélida a abrasadora.
—Hola, Superman —murmuro contra su pecho.
—¿Cómo estás, pequeña?
En otras circunstancias jamás hubiera dejado que nadie me llamara así,
pero después de lo que este grandullón y yo hemos vivido juntos incluso
podríamos hacermos un tatuaje de la amistad.
—He estado mejor.
—Ya me he enterado de… vuestra pequeña bronca.
—Ojalá hubiera sido pequeña.
—No te preocupes, se le pasará. Los Atwood son muy temperamentales.
—Cuando dice esto último, sus orbes azul cobalto se deslizan hasta el otro
extremo de la barandilla, donde cierta pantera yace apoyada—. Xander, solo
necesita clasificarse hoy para verlo todo con más claridad.
—Si tú lo dices.
Tan sumida estoy en mis propios pensamientos negativos que Zach tiene
que darme un toquecito en el hombro para que levante la vista de la punta
de mis pies y la fije en los tres nadadores que ya asoman de los vestuarios.
Solo uno pasará a formar parte del equipo de natación que nos representará
en los Juegos Olímpicos de este verano en la capital francesa y la tensión se
palpa en el ambiente. Por lo visto, del Zenith siempre salen seis o siete
nadadores, pero este año los tiempos están muy reñidos y otros centros de
alto rendimiento ya han conseguido colar a varios de sus deportistas, así que
las plazas libres escasean y nadie quiere quedarse fuera.
—¿Quién es ese? —murmuro por lo bajo cuando un vikingo de piel
dorada y bañador rosa fucsia irrumpe en la piscina levantando una oleada
de aplausos y vítores a su paso.
—Andrew Dupuy. —La voz del arquero es tan rápida como sus flechas al
contestar—. Veintiséis años, mitad belga mitad estadounidense, tiene una
salida explosiva, pero se cansa a media piscina. Si consiguió quedar
primero en la eliminatoria pasada es porque Caleb todavía se resentía del
hombro y Xander no paraba de pensar en ti.
Zach y yo lo miramos con la boca abierta.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Hay que conocer al enemigo —replica como si fuera obvio.
El tal Andrew se acuclilla al borde de la piscina y empieza a salpicarse
agua en un pecho amplio y perfectamente depilado para entrar en calor, o
para robarle el momento de fama al segundo nadador que ya asoma por los
vestuarios, según se mire.
Caleb Thorn hace su entrada triunfal con la cabeza bien alta y una sonrisa
seductora imposible de ignorar. Lleva el bañador y el gorro a juego con su
piel oscura y varias chicas le lanzan ramos de flores y hasta un sujetador de
encaje que el propio Caleb atrapa en el aire y se lleva a la nariz. La dueña
de la prenda, una rubia con el pelo a la altura del mentón, chilla emocionada
y ya está bajándose las bragas para lanzárselas también pero Caleb se da la
vuelta y saluda en nuestra dirección.
—No sabía que Caleb levantaba tantas pasiones —bromeo.
—Por algo lo llaman la Belleza de Ébano —apunta Derek.
—¿Belleza de Ébano?
Se encoge de hombros con guasa.
—No fui yo quien se lo puse.
Alguien le tira un peluche de un tigre que me recuerda demasiado a mi
gato presuntamente fallecido y estoy a esto de echarme a llorar.
—¿Zach, podrías dejarme tu teléfono un momento? Necesito llamar a mi
madre para preguntarle por…
—Puedes ahorrártela, Cheeto está bien.
—¿Cómo lo sabes?
Se cala la gorra de los Chicago Bulls hasta las cejas y me señala con un
mentón cubierto de barba oscura al dios griego que ya emerge del túnel de
vestuarios, arrancando a su paso una nueva oleada de vítores mucho más
fuerte que las anteriores.
Mi dios griego.
—Xander le pidió a sus abuelos que se pasaran por tu casa esta mañana
para ver si el gato estaba por allí —continúa Zach. Me tiemblan las tripas y
me cosquillea el corazón. Que Xander se haya preocupado de mi gato
después de todo dice mucho de él—. Al parecer, lo han visto tomando el sol
en tu ventana y han dicho que lo tienes que poner a dieta.
—¡Mi bebé no está gordo, solo ligeramente redondeado!
Nuestras risas captan la atención de los demás, en especial la de Jo, que
se asoma por encima de la barandilla para fulminarnos con sus esmeraldas.
Menos mal que Crystal le da un codazo en las costillas y la insta a ayudarla
a desplegar una pancarta gigante con el nombre de su hermano. Me parece
que Caleb hunde un poco los hombros cuando descubre que las muestras de
apoyo no le van dedicadas, pero, ¿qué esperaba?
—¡Nadadores, a sus puestos! —clama una voz femenina por los
altavoces y Andrew, Caleb y Xander toman posición en sus respectivas
calles. Me fijo en que Xander ocupa la calle cinco y quiero pensar que es
mera coincidencia y que no la ha elegido porque, según él, es nuestro día.
Los tres se suben al bloque de hierro, se ajustan el gorro y se bajan las
gafas de buceo con una sincronización perfecta. Entonces Xander desvía la
mirada durante un segundo fugaz hacia este lado de las gradas y nuestros
ojos colisionan con ferocidad. No sabría definir qué veo en ellos y eso me
produce ansiedad. ¿Estará enfadado o aliviado de verme?
El bullicio de las gradas se desvanece poco a poco, sustituido por un
silencio denso que flota sobre el agua y me truena en los oídos. Los focos
brillan sobre la superficie lisa de la piscina y el mundo entero contiene el
aliento. Joder, estoy taquicárdica. Los tres se colocan con precisión
mecánica: pies paralelos, músculos tensos como muelles listos para saltar,
torsos de infarto inclinados hacia delante y dedos agarrando el borde
delantero.
Te quiero, le transmito en un parpadeo.
El pitido largo que anuncia la salida me pilla desprevenida, pero no a
Xander, que sale disparado hacia el agua como una bala en un movimiento
preciso y letal. Creo que ni en mil vidas aprendería a sumergirme con tanta
elegancia y sofisticación como él, sin casi salpicar. En lo que dura un
pestañeo, su cuerpo está serpenteando bajo la superficie y en el siguiente ya
lleva recorrida media piscina con sus poderosas brazadas de mariposa.
—¡Qué gran salida, joder! —Lev estampa el puño contra la barra de
acero que nos separa de la piscina.
—Lleva un ritmo que te cagas —coincide Derek.
—¡Mirad ahí! —Jo señala la enorme tele de plasma del techo en la que
están retransmitiendo la competición a tiempo real—. ¡Va muy bien!
Todos empiezan a corear su nombre a voces y eso parece darle ánimos de
algún modo porque sus piernas baten con más fuerza y sus brazos abarcan
más recorrido. Caleb tampoco se queda atrás y aumenta el ritmo, aunque
sus expresiones de dolor cada vez que asoma la cabeza para respirar son
bien evidentes. Se está destrozando el hombro, pero no le importa porque él
también está nadando por debajo de la marca A, o eso me explica Zach. El
único que ha dejado de suponer un problema es Andrew que, como auguró
Derek, ha perdido fuelle y patalea varios centímetros por detrás.
Los cien metros mariposa es la prueba más rápida y emocionante que he
presenciado nunca. Todo pasa en cuestión de un minuto escaso y hasta la
última milésima puede ser decisiva para el futuro de los competidores, por
eso me fuerzo en no parpadear cuando Xander y Caleb llegan casi a la vez
al final, con unos veintidós y veintitrés segundos respectivamente.
—Mierda, está perdiendo el ritmo —maldice Jo.
—El segundo largo siempre es más lento porque el cansancio empieza a
hacer mella. —Asiente Derek con la mandíbula apretada.
—Igualmente va el primero —aporto con timidez.
—Por poco tiempo.
Aunque creo que va contra las normas, Anthony corre con las chanclas
en la mano por un lateral de la piscina mientras grita el nombre de su
pupilo, cuyos movimientos se han ralentizado hasta sincronizarse con los de
Caleb y ahora nadan a la par.
—No… —gimo al recordar que solo uno cumplirá hoy su sueño dorado.
Caleb me cae bien y le deseo lo mejor, pero mi hombre necesita colgarse
esa medalla al pecho, así que me precipito hacia delante y chillo con medio
cuerpo fuera—: ¡VAMOS, XANDER!
—¡Tú puedes, Atwood! —se suman los demás.
—¡Xaaaaander, Xaaaaaander!
—¡Demuéstrale quién la tiene más grande! —brama Lev.
No creo que pueda oírnos, aun así yo sigo gritando su nombre hasta que
siento la garganta en carne viva.
Tanto el uno como el otro continúan acuchillando el agua a un ritmo que
devastaría a cualquiera, pero para ellos solo es un pequeño acelerón, un
empujoncito extra que los llevará a la gloria. Gracias a Dios, Xander sigue
por debajo de la marca A, aunque tiene que darse prisa y rascarle al
cronómetro las máximas milésimas posibles para no quedarse fuera.
Mis gritos se vuelven alaridos.
—¡Vamos, mi amor! —A estas alturas de la vida ya me da igual que el
mundo sepa por quién late mi corazón—. ¡Ya casi lo tienes!
Veinticinco metros.
Quince metros.
Los segundos pasan a la velocidad del rayo.
Diez metros.
Caleb se acerca más y más.
Cinco metros.
Sobrepasan la línea negra a la vez. Solo quedan tres metros y tienen que
apoyar las dos manos en la pared para que el resultado sea válido. Me tapo
la cara con las manos y me la encuentro mojada por las lágrimas que no
sabía que estaba derramando. Joder, esto es horrible.
De repente, el júbilo estalla a mi alrededor y me da pánico abrir los ojos
por si no es su nombre el que aparece en pantalla como futuro olímpico. Se
oyen gritos y llantos, pero no sabría reconocer si son de pena o de alegría.
Alguien me zarandea por los hombros y por fin abro los ojos con el terror
royéndome los intestinos.
—Madre mía, creo que voy a vomitar —oigo llorar a Jo.
—Nunca olvidaré este día —ríe Derek.
—Ha sido brutal, me he puesto cachondo y todo —silba Lev mientras a
mí me cuesta focalizar de lo angustiada que estoy.
¿Quién ha ganado al final? ¿Por qué está todo el mundo así de pletórico
pero aún no he oído mencionar en ningún momento el maldito nombre que
nos importa a todos? Atrapo el bíceps de Zach a tientas justo cuando creo
que iba a abrazar a Jo por la espalda.
—¿Qué ha pasado?
—¿Me estás diciendo que no lo has visto? —Me zarandea para
espabilarme—. ¡Se han clasificado los dos, ha sido una auténtica locura!
—¿Acaso es eso posible? —balbuceo. Me avergüenza lo poco que sé de
este mundo en el que me va a tocar vivir si consigo ganarme el perdón de
Xander—. ¿Cómo? Creía que solo pasaba uno.
—Es que Caleb y Xander han nadado por debajo de los 51,5 segundos.
—Ah…
—¡Corre, vamos a celebrarlo con él!
Sin embargo, me quedo muy quieta en el sitio mientras todos salen
disparados a abrazar a su amigo, que ha tirado a Anthony al agua y lo están
celebrando juntos como dos niños pequeños en un parque de bolas.
Lev, Derek, Crys, Jo e incluso Zach no tardan en unírseles en la piscina y
chapotear entre gritos de alegría.
Me duele el pecho y no sé por qué.
Bueno, en realidad sí que lo sé. Yo también querría saltar al agua con el
ganador, pero algo me dice que ni a él ni a la directora White les haría
mucha gracia, así que me aliso el vestido y empiezo a bajar las escaleras
para salir cuanto antes de esta olla a presión.
Por el rabillo del ojo veo cómo las cámaras giran como locas intentando
enfocar a los dos ganadores que se estrechan la mano en el agua e
intercambian algún tipo de broma interna porque sonríen cómplices. Me
alegra que Caleb también haya pasado, se lo merece. Es un buen tipo.
—¡May! —Derek alza un brazo en el agua cuando me ve huir—. ¡Tírate
o te tiramos! Somos ocho contra uno, tú verás.
Xander clava su mirada penetrante en mí y me encojo dentro del vestido
que, de repente, se me antoja ridículo. La ansiedad se apodera de mi voz y
me veo obligada a negar con la cabeza.
—Vamos, profe, no sea moñas —me salpica Lev.
—Te…tengo que irme, de verdad. —Las lágrimas se me agolpan en los
párpados y me cuesta respirar—. Otro día será.
Ya me estoy dando la vuelta cuando Xander sale del agua con una
agilidad pasmosa y se planta frente a mí, semidesnudo y mojado. El vértice
entre mis piernas se contrae y palpita con fuerza cuando, sin previo aviso,
me alza en volandas y me pega a su pecho empapado con todos los flashes
de las cámaras apuntando en nuestra dirección.
—¿Qué haces? —jadeo conmocionada.
—No voy a clasificarme para los Juegos otro día, amor.
Dicho lo cual, me besa con tanta pasión que no me queda más remedio
que rendirme a sus labios y encoger los dedos de los pies dentro de las
botas. Sin dejar de besarme en ningún momento, coge carrerilla y salta en
bomba mientras los demás aplauden y vitorean.
—¡Sí, sí, sí, nos vamos a París! —cantan aporreando el agua en un corro
improvisado con nosotros en todo el medio.
—Te he oído, ¿sabes? —me susurra.
—¿Qué?
—En el agua, te he oído gritar mi nombre.
—Todo el mundo estaba gritando tu nombre.
—No. —Me cubre la parte trasera de la cabeza con una mano y pega su
frente a la mía—. Reconocería el canto de mi sirena en cualquier lado.
Gracias por no hacerme caso y venir.
—Gracias a ti por preocuparte por mi gato.
—Nuestro gato —me corrige recalcando el posesivo. Lo abrazo con más
fuerza y bajo la voz para que ninguno de nuestros amigos nos oiga, aunque
están ocupados salpicándose y haciéndose aguadillas.
—Lo siento por absolutamente todo, ahora me doy cuenta de que debería
haber hecho las cosas de otra forma. Fui una cobarde y una egoísta. Te
quería todo para mí y me daba miedo perderte si te contaba la verdad.
—Yo también podría haber sido más comprensivo contigo.
Me aparta un mechón de la mejilla con ternura.
—Te quiero, Xander.
—Yo a ti más, sirenita.
No sé cómo, pero Derek y Lev se las apañan para romper el momento
creando una ola que nos engulle por entero y me hace toser agua clorada.
—Seréis…
—¡Va, díselo ya, Xander!
—Callaos, imbéciles. —El interpelado se pone serio de golpe y algo se
retuerce en mi estómago. Más secretos no, por favor.
—¿Decirme qué?
—No les hagas caso, tú solo preocúpate de estar radiante esta noche.
—¿Qué pasa esta noche?
—Ya lo descubrirás. —Me atrapa el labio inferior con los dientes y tira
despacio de él—. La limusina te recogerá a las ocho.
—Xander, yo… no sé qué decir.
Su sonrisa eclipsa todas mis preocupaciones.
—Tú solo di que sí.
CAPÍTULO 35
Xander

Me sudan las manos y siento las costuras del traje como cuchillas de afeitar.
Creo que la última vez que llevé uno de estos fue en el funeral de mi tío
abuelo Angus, hace como nueve años. Odio la ropa que no sea de felpa o
algodón. Sin embargo, no me parecía apropiado pedirle matrimonio a mi
chica vestido con la equipación del Zenith Elite, así que he mandado hacer
un traje negro de Armani a medida para esta noche y por el que he pagado
casi veinte mil dólares, pero todo sea por mi sirenita.
—Xander, la limusina ya está abajo —me anuncia Derek con el hombro
apoyado en el marco de la puerta de mi cuarto.
—Dile a los demás que vayan bajando, ahora voy.
No se mueve ni tampoco habla, sino que se dedica a mirarme de medio
lado con una sonrisilla burlona en los labios. Lleva la misma ropa que esta
mañana y juraría que ni siquiera se ha peinado a pesar de que vamos a
celebrar mi victoria (y mi compromiso) en el local más prestigioso y elitista
de todo Colorado Springs, de cuyo precio no me quiero acordar.
—¿Qué miras? —le gruño desde el espejo.
—Estás nervioso, se te nota.
—¿Me vas a hacer una paja para relajarme? —bromeo.
Derek suelta un bufido irónico y da un paso hacia el interior.
—Podría perfectamente y lo sabes, pero no creo que a la futura novia le
hiciera mucha gracia. —Se coloca a mi espalda y nuestras miradas chocan
en el cristal. Soy mucho más alto e intimidante que él, pero su aura oscura
me hace sentir pequeño—. No te preocupes, te va a decir que sí.
—¿Tú crees?
La cajita de terciopelo verde me quema en el bolsillo interior de la
chaqueta y solo puedo pensar en que tendría que haber escogido un
pedrusco más grande en la joyería. Mi sirenita se merece una jodida veta
minera entera y no una triste esmeralda encastada.
—Los ojos no mienten y los suyos solo te miran a ti, así que sí, estoy
bastante seguro de su respuesta.
—Ya, pero la nuestra es una relación complicada.
—¿No lo son todas?
Me ajusta las hombreras y el cuello de la camisa sin dejar de mirarme a
los ojos, como si pudiera leer en ellos todo lo que callo.
Mis amigos y mi familia son lo mejor que tengo y nada me haría más
feliz ahora mismo que May encajase en ambos grupos. Con los primeros ya
lo ha hecho, aunque Crys y Jo siguen un poco reticentes a aceptar a otra
hembra en el equipo. En cuanto a mis padres, no me cabe duda de que la
adorarán, sobre todo mi madre, que es el ser más dulce y angelical de la
tierra. Mi padre tampoco pondrá mucho problema en lo que a nuestra unión
se refiere, siempre me ha dejado elegir mi camino y apoyado en todas y
cada una de mis decisiones, por mucho que anticipara que me iba a
estampar con alguna de ellas. Sin embargo, esa vocecilla interna que no
para de intentar sabotearme me susurra que algo va a salir mal.
—Te vas a reír, pero me da miedo no ser suficiente. —Sí, fui yo quien
escribió eso mismo hace ya varios meses en clase de May—. Me aterra que
se dé cuenta de que no soy tan perfecto como presumo ser.
—Descuida, ya lo sabe.
Le doy un pisotón y el muy canalla ni se inmuta.
—A lo que me refiero es que no quiero decepcionarla, quiero ser el
hombre de sus sueños y el padre ideal para sus hijos, pero algo me dice que
no voy a estar a la altura.
—Xander. —El tono férreo con el que pronuncia mi nombre hace que se
me erice el vello de los brazos—. No seremos amigos de toda la vida, pero
por la forma en que hablas de tu madre y cuidas de Jo, sé que vas a ser el
mejor marido de la historia. May debería sentirse muy afortunada de estar
con alguien como tú, aunque a veces seas un poco cabrón, impulsivo, chulo
y un narcisista de mierda.
—No soy narcisista, solo me doy el valor que tengo.
—Si tú lo dices…
Como un gato, se despega sigiloso de mi lado y avanza hacia la puerta
sin hacer ruido. Lo detengo antes de que ponga un pie fuera.
—¿Derek?
—¿Sí?
—Gracias.
—¿Por qué? —dice sin mirarme.
—Ya sabes por qué.
Odio ponerme moñas con alguien que no sea May, así que espero que
capte el mensaje y valore lo que este encierra porque no pienso explicarme.
—Quiero ser vuestro padrino de bodas —suelta de golpe.
Me pongo rígido y creo haber oído mal.
—¿Qué?
—Consideraré la deuda saldada cuando acompañe a May al altar y me
asegure de que has jurado amarla y respetarla para toda la vida.
—Hecho —exhalo emocionado.
Derek asiente con la cabeza una vez y por fin me deja solo. Sé que los
demás me están esperando abajo con sus mejores galas y que Crys
seguramente me echará una bronca monumental por hacerla esperar cinco
minutos (tiene cronopatía), pero yo todavía tengo algo que hacer.
Todo el mundo me saluda y me felicita de camino al edificio de ladrillo
rojo donde se hospedan profesores, entrenadores, nutricionistas y demás
parte del staff, pero yo estoy tan concentrado en no cagarme encima que ni
les presto atención. Joder, estoy aterrorizado.
Cálmate, todo va a salir bien.
Mis padres me llamaron hace dos horas para darme la enhorabuena y
debieron de extrañarse mucho cuando no se lo cogí, pero lo cierto es que
tengo una muy buena razón para ello. Pienso hacerles una videollamada con
mi preciosa prometida cuando me diga que sí para presentársela. Aunque,
bueno… A estas alturas el mundo entero ya sabe quién es May Crawford.
Nuestro beso se ha viralizado y ocupa portadas y titulares de revista, cosa
que a mi sirenita no creo que le haga mucha gracia, pero, ¡¿qué más da?!
Estoy clasificado para los Juegos y la zorra de la directora White ya no nos
puede decir nada. Me voy a follar a mi mujer en su campus todas las veces
que quiera y voy a pasear con ella de la mano en sus narices.
Qué le jodan.
Cuando atravieso las puertas de cristal de su residencia me cruzo con
unos hombres pequeños y barrigudos cargados de cajas de mudanza que
asienten con la cabeza al verme. Si ya de por sí mi imponente altura llama
la atención, el perfume de Yves Saint Laurent con el que me he rociado
entero y los destellos azules y dorados que lanza mi Rolex Deepsea hacen
que todas las cabezas de la recepción volteen a mirarme. Me gusta ser el
centro de atención, siempre he disfrutado de generar envidia, pero creo que
me va a gustar más cuando baje con May cogida de mi brazo y engalanada
en el vestido de corte de sirena verde esmeralda que he mandado
confeccionar para ella justo después de la competición.
Me meto en el ascensor y los espejos me devuelven una imagen confiada
de mí mismo que no se corresponde en absoluto con la realidad. Ni siquiera
durante la prueba de esta mañana estaba tan nervioso como ahora. Las
dudas del último momento me asaltan a la vez y tengo que obligarme a
respirar. ¿Y si me dice que no? ¿Y si para ella solo era un entretenimiento?
¿Y si no me quiere de verdad? ¿Y si…? El ascensor se detiene con una
ligera sacudida en la tercera planta.
—Esas cajas por allí, aquellas otras podéis tirarlas.
—¡Sí, señora White!
—La profesora que ocupará esta habitación los próximos seis meses llega
mañana a primera hora y para entonces no quiero que quede ningún efecto
personal de la otra. ¿Entendido?
Cuatro hombres ataviados con la misma camiseta gris con el logo rojo
que llevaban los operarios de mudanzas que me he topado antes en la puerta
asienten y se ponen manos a la obra. Uno de ellos me choca el hombro al
pasar con una caja llena de toallas, mascarillas, cremas y botecitos de
canela que impregnan el pasillo con su olor a otoño y canela.
—Mis disculpas, caballero —se lamenta el tipo con un suave acento
español. Perfecto, mi primer entrenador era de Barcelona y me enseñó lo
mínimo para comunicarme.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunto en su idioma para que la
directora White no nos entienda.
—Me parece que han despedido a la chica que vivía en esa habitación y
la estamos desalojando.
—¿Despedir? —Mi español está un poco oxidado.
—Fuera, a la calle, sin trabajo.
—Mierda —maldigo en inglés, aunque rápidamente vuelvo a cambiar de
código—. ¿Cuándo despedir a la chica?
La rabia me consume por dentro. Apenas habían pasado un par de horas
de nuestro beso mediático y May ya estaba de camino a Seward.
—No lo sé, a nosotros nos han llamado de urgencia esta tarde y al llegar
la habitación ya estaba vacía.
Dejo que el hombre moreno y sudoroso siga su camino mientras me
esfuerzo en no saltarle a la yugular a la mujer de pelo negro y sonrisa
pérfida que tengo delante. ¿Sadie se enfadará si la dejo huérfana? Apuesto a
que no, de hecho, creo que le estaría haciendo un favor.
—¡Ah, Xander! —me saluda en tono despreocupado, como si no supiera
que estoy pensando en descuartizarla—. Todavía no han vaciado el cajón de
su ropa interior, por si quieres un souvenir.
—¿De qué va todo esto?
Intento mantener la calma todo lo posible pero una bruma escarlata me
nubla la vista cuando se me acerca haciendo repiquetear los tacones y su
perfume a madreselva me inunda las fosas nasales.
—Va de que hay una norma en el reglamento de conducta del centro que
implica que las relaciones entre alumno y profesor se mantendrán
estrictamente profesionales y vosotros dos la habéis hecho saltar por los
aires.
—No le veo el problema a una relación consentida entre dos adultos,
directora White. Es más, debería estar más preocupada por aquellas que se
desarrollan bajo su techo sin el permiso de una de las partes.
Mi dardo venenoso le acierta entre los ojos porque frunce el ceño.
—Siento en el alma lo que ocurrió con tu hermana, pero…
—Ahórreselo —la atajo. Vittoria White parpadea furiosa a través de sus
gafas blancas de diseño—. Lo que ocurrió el año pasado fue por su culpa y
si de verdad lo sintiera un mínimo hubiera hecho algo para que las víctimas
estuvieran más protegidas esta temporada.
No pienso contarle que Trevor se paseó por su campus y amenazó a May
de muerte. Todavía no. Más que nada porque no sé en qué ciénaga descansa
su cuerpo. Eso es algo que quería hablar con los chicos en la fiesta.
—Y es justamente por eso que no voy a tomar represalias contigo esta
vez, Atwood —prosigue con una calma fría que solo consigue incitarme a
perder el control—. Tu familia ya ha sufrido bastante y no me gustaría
revocarte tu pase a las Olimpiadas.
Estampo el puño en la pared a unos escasos dos centímetros de su lóbulo
izquierdo y Vittoria suelta un gritito agudo. Me muero por reventarle el
cráneo y dibujar con su masa cerebral en la alfombra.
—No vuelva a hablar de mi familia si no quiere que yo hable de la suya.
Y sí, por si se lo está preguntando, es una amenaza.
—¿Qué sabrás tú de mi familia, niñato de mierda?
—Lo suficiente como para no desear formar parte de ella.
Me hunde el tacón de aguja en el mocasín, entre el dedo gordo del pie y
el índice, pero solo es un pinchacito en comparación con la herida abierta
de mi pecho de la que mana más sangre negruzca a cada minuto que paso
alejado de May. Ni siquiera le ha dado tiempo a recoger todas sus cosas o a
despedirse de sus amigos, joder. De mí.
—Quiero que sepa que mi padre tomará cartas en el asunto si no llama a
la señorita Crawford ahora mismo y la trae de vuelta.
Levanta la mano en el aire y la dirige a mi rostro con las uñas esmaltadas
de un suave verde pistacho desenfundadas y listas para sacarme los ojos,
pero entonces otras garras morenas y peludas le apresan la muñeca y se la
pegan a la pared mientras se la retuercen.
—¿No hay ninguna norma en su reglamento de los cojones que prohíba
el maltrato físico a los alumnos?
Zach ejerce presión y Vittoria abre mucho los ojos y jadea.
—Su… suéltame.
—¿O qué? —gruñe muy cerca de su cara—. ¿Me va a despedir?
—¡Eso es justo lo que debería haber hecho! Tú y esa zorra pelirroja me
engañasteis de lo lindo.
Ante el insulto, Zach le pega el dorso de la mano al antebrazo y la
directora chilla como los cerditos vietnamitas del refugio.
—Devuélvale su trabajo.
—No —jadea con el pelo pegado a la cara por el sudor.
—Entonces no se sorprenda si algún día se encuentra a su hija con las
venas abiertas en la bañera de su casa —hablo con una frialdad que me
asusta hasta mí, pero lo peor de todo es que tengo razón—. May era su
única confidente y la que más la entendía. Se apreciaban.
Parece pensárselo durante unos segundos, pero vuelve a negar.
—Mi hija no la necesita, Sadie no necesita a nadie —escupe.
—Todos necesitamos de alguien.
Con estas últimas palabras, Zach le suelta la fina muñeca y se limpia una
mota de polvo inexistente de la solapa. Él también se ha vestido para una
fiesta que ya no va a tener lugar. No sin ella. May ha calado hondo en todos
y cada uno de nosotros y, sinceramente, no sé cómo vamos a afrontar los
lunes y viernes sin su sonrisa resplandeciente o sus mejillas sonrosadas.
—Fuera, ya ha hecho bastante aquí —la despacha Price.
—¡Esto no quedará así! —La directora se masajea la articulación
mientras retrocede hasta el ascensor sin darnos la espalda—. Voy a abriros a
cada uno un expediente disciplinario y… —Me quito un zapato y se lo tiro
a la cabeza para acallarla. Desgraciadamente, fallo.
Solo me permito relajar un poco los trapecios cuando las puertas
acristaladas del ascensor se la tragan, pero su aroma emponzoñado se ha
colado bajo mi piel y no puedo dejar de pensar en que me la ha quitado. Esa
malnacida me ha arrebatado lo que más quiero y pagará por ello. Vaya que
sí lo hará. Mañana a primera hora convocaré una rueda de prensa para que
el país entero se entere de la mierda que se cuece a fuego lento aquí dentro.
A mi lado, Zach me estudia con ojos preocupados.
—¿Xander?
—¿Hum? —emito distraído. Estoy pensando en todas las formas en que
voy a hundir a la familia White en la miseria.
—May me pasó esto por debajo de la puerta antes de irse.
Tardo unos segundos en procesar que me está tendiendo algo. Un papel.
Se me encoge el corazón en el pecho.
—¿Qué es esto?
—Pues teniendo en cuenta las circunstancias y que anoche se quedó sin
móvil, yo diría que es una carta de despedida.
Estoy tentado de arrugar el papel y hacerlo trizas porque sé que va a
volver, por mis santos cojones que va a volver y voy a escuchar de sus
labios lo que sea que tenga que decirme. Sin embargo, en estos momentos
es lo único que tengo de ella y me da miedo que se convierta en lo último.
Hostia puta, ¿en qué momento se habían torcido tanto las cosas?
—Oye, Xander. —Zach me da una palmada en el hombro y me dedica
una sonrisa que no le llega a los ojos—. Encontraremos la manera de traerla
de vuelta, ¿vale?
—No sé cómo, la verdad.
—Ian lo arreglará —asevera.
—Mi padre no es Dios y no va a mover un dedo por una desconocida.
—Yo no llamaría desconocida a mi futura nuera.
Gruño una especie de asentimiento y Zach capta al vuelo que quiero estar
solo porque desaparece por las escaleras segundos después.
Los de la mudanza siguen sacando cajas de la habitación 307 en la que
tantas risas y orgasmos hemos compartido juntos como si nada. Cuando uno
de ellos farfulla algo de sus tetas y lo veo manosear un sujetador de encaje
negro por poco no le arranco la cabeza.
—¡Fuera de aquí todo el mundo! ¡YA!
Los operarios huyen despavoridos y me cuesta horrores no ir tras ellos
para descargar mi ira. Han dejado su ropa toda desperdigada por el colchón,
ahora desnudo, y cuando pinzo entre los dedos el top verde aceituna con las
mangas abullonadas que llevó de los primeros días de clase y me lo llevo a
la nariz me embarga una nostalgia que amenaza con quebrarme de dentro
hacia fuera. Huele tanto a ella que me arden los ojos.
Mierda…
La emprendo a puñetazos con lo primero que pillo, séase su armario, y no
paro hasta que vuelan astillas y trozos de piel. Ya me da igual destrozarme
las manos, si no puedo tocar a mi mujer no me sirven para nada. Solo
cuando el hueso empieza a asomar entre la carne, me detengo y contemplo
la pira de madera en la que se ha convertido su guardarropa.
Su carta yace a mis pies hecha un guiñapo, como mis esperanzas, y me
agacho a recogerla con cuidado de no mancharla de sangre. El maldito
papel también está impregnado con su olor y me produce congoja.
Reprimo un sollozo y me dejo caer sobre la cama antes de leerla.
Dice así:
No sé muy bien cómo empezar esta despedida. La directora me está
metiendo prisa para que recoja mis cosas y son demasiados los
sentimientos que debo encajar a presión en la maleta. Aun así, quiero
decirte que no me arrepiento de nada, que todo lo que ha pasado entre
nosotros ha sido real y que lo guardaré en mi corazón como mi mayor
tesoro.
Siempre pensaré en ti como el hombre que peleó a capa y espada contra
mis demonios y me ayudó a convertirme en una mujer fuerte e
independiente, que besó mis cicatrices y se aseguró de hacerme sentir
bonita hasta recién levantada. Quiero agradecerte también el no haberte
rendido conmigo cuando yo misma me consideraba una batalla perdida y,
sobre todo, quiero darte la gracias por haber creído en nosotros.
No me busques y no intentes contactar conmigo.

Te amo y te deseo lo mejor,


Tu sirenita <3

No me había dado cuenta de que había roto a llorar hasta que una lágrima
cae sobre la perfecta caligrafía de May y la emborrona. Me seco los ojos
con los puños, llenándome la cara de sangre. ¿Por qué habla como si no nos
fuéramos a volver a ver en la vida? Soy de Florida, pero mis abuelos viven
en Seward y adoro ese lugar, no me supondría ningún problema mudarme
con ella después de las Olimpiadas. De hecho, podría hablar con Anthony y
con mi padre y organizar algo cerca de allí para poder seguir entrenando. Si
total, qué más daba ya. Había conseguido clasificarme y nada me ataba a
este Infierno camuflado de Paraíso. ¡Qué le jodan a Vittoria y a su campus
de mierda! Podía buscarme otro perfectamente. Ahora que era un Olímpico
nadie podría decidir por mí. Yo elegiría mi horario de entreno, mis dietas,
mis descansos… Y, en especial, a quién amo.
En esto estoy pensando cuando mi móvil empieza a vibrar amortiguado
desde algún lugar de la habitación.
Lo encuentro tirado debajo de la cama y cuando veo quién me está
llamado me lo tomo como un milagro divino, casi providencial.
Acepto la llamada y las caras rebosantes de felicidad de mis dos
progenitores aparecen en pantalla.
—¡Xander, hijo! —Mi padre yace recostado en una tumbona con el sol
del Caribe incidiéndole directamente sobre los abdominales y una sonrisa
llena de orgullo y satisfacción—. ¡Enhorabuena!
—Gracias, papá.
Mi madre aparece por detrás un segundo después, embutida en un bikini
rojo pasión que le queda como un guante y que mi padre no deja de mirar
de reojo. Le tiende una piña colada a su marido y se sienta a su lado. Si no
han podido venir a verme esta mañana es porque les han cancelado el vuelo
por una tormenta eléctrica, aunque no parecen muy apesadumbrados.
—Estamos muy orgullosos de ti, cariño. Ojalá haber estado allí para
celebrarlo, nos sentimos fatal —apostilla mi madre con los ojos brillantes.
—Pero menos mal que una adorable pelirroja pasaba por ahí para darle
todo el amor que nosotros no podíamos, ¿no crees, Linda?
Mi padre me guiña un ojo azul eléctrico y no puedo evitar sonreír.
—¡Eso, eso! Cuéntanoslo todo. —Llevaba sin ver a mi madre así de
ilusionada desde que gané mi primera medalla escolar de natación—.
¿Cómo os conocisteis? ¿Cuánto lleváis? ¿Cuándo la vas a traer a casa para
que la conozcamos? ¿Quiere hijos? Ay, ojalá que sí. ¡Y pregúntale cuál es
su rutina para mantenerse así de estupenda!
—Tú ya estás estupenda, mi vida.
Ian Atwood le aparta un mechón largo azabache del hombro para darle
un beso y tengo que apartar la mirada por la envidia que se me asienta en el
estómago. Siempre los he visto compartiendo muestras de amor en casa y
me muero por seguir con la tradición con May delante de nuestros hijos.
—¿Por cierto, dónde está la afortunada? —arguye mi padre.
Trago saliva con dificultad.
—Sí, bueno… de eso justo os quería hablar.
CAPÍTULO 36
May

Los días en Seward discurren jodidamente inexorables, sin nada que hacer y
mucho en que pensar. No me puedo creer que solo haya pasado un mes
desde que abandoné en medio de la noche el Zenith Elite para volver a casa
con mi madre cuando a mí se me antoja una eternidad. Me había largado de
allí sin poder despedirme de nadie y eso me tenía el corazón en un puño.
Derek, Sadie, Lev, Caleb, Crystal, Jo, Zach… Con ellos por fin había
encontrado un hogar, un lugar en el que reír y llorar, un prado verde en el
que ser yo misma sin miedo a sentirme juzgada o rechazada, pero hasta eso
lo había perdido.
Y luego está Xander.
Solo de pensar en él y en que, tal y como le pedí que hiciera en la carta,
no ha intentado llamarme, hace que me escuezan los ojos.
Puede que esto suene un poco egoísta, pero los primeros días de destierro
mi corazón albergaba esperanzas de verlo llegar en su avión privado cual
príncipe azul en su corcel para rescatarme de mi torre de ladrillo y cumplir
con su promesa de hacerme su mujer. Cosa que no pasó y que a estas alturas
no creo que pase. Me reafirmo, no va a pasar.
Seguro que ya se ha olvidado de ti, se pasea por mi mente el pensamiento
intrusivo de siempre.
No sería de extrañar, soy lo más banal y remplazable del mundo.
Además, Xander tiene otras cosas más importantes en las que pensar, como
el color del bañador con el que debutará en los Juegos de este verano en
París o el gesto que le dedicará a la cámara cuando pose con su medalla de
oro. Ya me lo imagino en sus ratos libres paseando de la mano de una
pelirroja despampanante por las calles de la capital francesa por la mañana
y haciéndole el amor en un hotel de lujo con vistas a la Torre Eiffel por la
noche mientras yo estoy aquí mirando el techo, muerta del asco.
No, tenía que dejar el tema de una vez.
Por un lado me reconforta que haya alguien en esta historia que vaya a
conseguir su sueño dorado, pero por otro no paro de pensar en el mío
frustrado y en lo diferente que sería todo si hubiera actuado de otra manera.
Puto efecto mariposa.
La incertidumbre de lo que podría haber sido y ya nunca será me está
privando de la mitad de las comidas y de un aseo asiduo. Tengo que volver
a retomar el control de mi vida. Nunca he olido tan mal y me ha importado
menos, pero Page tiene razón, hay que aceptar la realidad y huir de las
personas y lugares de los que la vida te está sacando a patadas.
Por mucho que duela.
—Estás muy seria, cariño. —La voz dulce como la miel de Lorraine
Crawford en el asiento del copiloto me saca del pozo de oscuridad en el que
me estaba sumiendo—. ¿Te preocupa la operación?
Esa es otra. A mi madre por fin le han dado luz verde para someterse a
una intervención quirúrgica para extraer el tumor sin riesgo, lo que indica
que las interminables sesiones de quimio han dado sus frutos y han
conseguido preparar su cuerpo para un proceso mucho más intrusivo.
—No —miento deprisa—. Todo va a salir bien, eso es lo que no paran de
decir los médicos.
—Entonces es por el nieto de los Atwood —concluye.
—Tampoco.
Entro en la glorieta en tercera y tengo que reducir a toda prisa para no
hacer la rotonda recta. A mi lado, mi madre no dice ni pío, pero siento sus
ojos marrones escudriñándome el rostro en busca de algún mohín delator.
—Sí, definitivamente es por él. —Guardo silencio por toda respuesta.
Cómo me jode ser tan transparente. Mi madre suspira y apoya una mano
blanca y delgada sobre mi muslo—. ¿Por qué no lo llamas? Seguro que él
también lo está pasando muy mal. Podrías invitarlo a pasar unos días con el
equipo pelirrojo y…
—No, mamá —atajo, seria—, no creo ni que recuerde mi nombre como
para estar llorando por mí, así que no, no lo voy a llamar.
—Qué cabezota eres, hija mía.
—A alguien le habré salido.
Mi madre se ajusta el pañuelo de flores en el retrovisor antes de salir del
coche y se pellizca las mejillas pálidas en busca de un poco de color. El
cáncer no ha conseguido mermar su belleza, pero sí su brillo, por lo que
ahora siempre se viste con tonos vivos y utiliza más maquillaje para ocultar
las ojeras y el cansancio.
—No sé si te lo he dicho ya, pero estás preciosa hoy.
—¿No lo estoy siempre? —Lorraine Crawford me saca la lengua como
una colegiala—. En cambio, tú pareces una pobre huérfana con esa
sudadera enorme y andrajosa que no te quitas ni a la de tres.
—Es cómoda y tampoco tengo que impresionar a nadie. —Y su olor me
ayuda a dormir por las noches, pienso.
—Pues el hijo de los Warhold siempre me pregunta por ti cuando voy a
comprar leche a la tienda.
—Me da igual.
Mi madre tuerce el morro y arruga la nariz. No sé si por mi olor o por mi
contestación cortante.
—May Liliana Crawford, no me gusta tu actitud.
—Es la única que puedo tener dadas las circunstancias —suspiro
mientras la ayudo a sacar del maletero las bolsas del supermercado.
Cargo con ellas hasta el porche de la entrada porque mi madre todavía
está muy débil y no puede sostener mucho peso, aunque tampoco es que
hayamos comprado gran cosa que digamos. No faltaba nada en la nevera,
pero Lorraine Crawford tenía antojo de fresas con nata y quién soy yo para
negarle eso a una mujer enferma.
—May, cielo, espera un momento —empieza, pero ya sé lo que me va a
decir y hoy no tengo el día para sermones emocionales.
Giro la llave y entro en casa.
—¡Cheeto! —lo llamo nada más entrar para tener una excusa con la que
ignorar a mi madre, pero nuestro gato regordete y atigrado no acude a
olfatear la mercancía como de costumbre—. ¿Cheeto?
—Estará en la ventana de tu habitación tomando el sol.
—Está nublado, mamá.
Que Cheeto no aparezca a recibirnos con el rabo en alto y las orejas en
punta me extraña, pero que mi madre se ruborice y sonría como si la
acabaran de descubrir en plena fechoría me inquieta. Desde que Trevor
amenazó con destripar a mi mejor amigo de cuatro patas y hacer rollitos de
primavera con sus intestinos solo puedo pensar en que algo terrible le ha
ocurrido cada vez que tarda más de la cuenta en bajar de su castillo para
recibirme.
Avanzo sigilosa hasta la cocina y dejo las bolsas en el mármol sin dejar
de mirar a mi espalda, esperando que en cualquier momento el enmascarado
de Ghostface me salte encima y me ensarte con una mandolina. Sin
embargo, la cocina está en calma y nada parece fuera de lugar.
—¡Cheeto! —Agito su pienso para hacerle reclamo, pero nada.
¿Dónde se habrá metido el maldito gato?
Ya estoy enfilando las escaleras de mi habitación cuando por el rabillo
del ojo capto una figura repantingada en el sofá del salón con un bulto
naranja y ronroneante en su regazo. No es posible… Agarro lo primero que
pillo, que resulta ser un paraguas verde con pollitos amarillos, y lo blando
contra el extraño que me observa fijamente con una media sonrisa que me
resulta un tanto familiar.
Es moreno y tiene la piel por debajo del traje de raya diplomática
bronceada, como si acabara de volver de una reunión de negocios en Bali.
Los ojos con los que me estudia son de un azul eléctrico mortífero y, a pesar
de estar sentado, calculo que rozará los dos metros sin problema por la
longitud de sus piernas estiradas. Tendrá cuarenta y largos muy bien
llevados y la barba oscura recién arreglada le da un toque formal, pero
desenfadado.
—¿Quién es usted? —chillo con la voz demasiado aguda. En mi cabeza
sonaba más confiada.—. ¡Suelte a mi gato y váyase de mi casa ahora mismo
o llamo a la policía! — Pero el tipo continúa acariciando a mi felino como
los villanos de las películas, impávido, así que vuelvo a azuzarlo con el
paraguas—. ¿Está sordo? Fuera de aquí. ¡Mamá!
La oigo trajinar en la cocina y al momento su aroma dulce y almizclado
me envuelve por detrás.
—¿Qué pasa, cielo?
—Llama a la policía, hay un extraño en el salón.
—Yo no lo llamaría extraño —canturrea risueña.
Acto seguido, pasa por mi lado y se adentra en la instancia con una
bandeja de té negro y galletas de jengibre que deposita en la mesita de
cristal frente al hombre, que se lo agradece con una sonrisa afable. Mi
madre se dejar caer a su lado en el sofá, casi con familiaridad, y por un
momento me temo que esto haya sido una encerrona para presentarme a su
nuevo novio, cosa que no me molestaría pero…
—¿Por qué no bajas el arma, May?
La voz ronca y dominante del hombre me produce un latigazo en la
espina dorsal que me invita a obedecer.
—¿Se está tirando a mi madre? —suelto sin más. Después del divorcio
mi madre coqueteó con varios hombres durante un tiempo pero nunca llegó
más allá con ninguno de ellos—. Porque si es así, quiero advertirle de que
no pienso llamarlo papá ni me voy a sentar en sus rodillas para que me lea
un cuento por la noche antes de dormir.
Ambos se miran y rompen a reír mientras mi enfado no para de crecer.
—Mi hijo tenía razón, eres una cosita preciosa y adorable.
—¿Su hijo?
El corazón me late en la garganta cuando las piezas del puzle empiezan a
encajar y el paraguas se me cae de entre los dedos. No quiero creerlo, pero
ese aspecto físico imponente, la grandeza que rezuma de sus poros y el tono
autoritario de sus palabras solo pueden pertenecer a una persona.
Mi madre oculta su sonrisilla con las dos manos.
—¿No me diga que usted es…?
—Ian Atwood, el padre de Xander —me confirma cuando mi lengua se
hace un lío—. Un placer, May. Y ahora toma asiento, hay muchas cosas de
las que me gustaría hablarte.
—¿Él está aquí?
Me tiemblan las rodillas y tengo la boca seca.
—Luego —me exhorta lacónico mientras me señala la silla que queda
justo enfrente con su prominente mentón. Me gustaría decir que no corro a
sentarme para que esto acabe cuanto antes y pueda encontrarme con
Xander, pero la realidad es que por poco no derrapo—. Bueno, May… —
carraspea e inclina la mitad de su portentoso cuerpo hacia delante—. Estoy
al tanto de todo lo acontecido en los últimos meses y del papel tan decisivo
que desempeñaste en el rendimiento de mi hijo durante la competición, así
que lo primero que me gustaría hacer es darte las gracias por absolutamente
todo en mi nombre y en el de mi mujer, que no ha podido acompañarme
hoy por motivos personales. Linda es una mujer muy comprometida con su
trabajo y hoy tenía una gala benéfica a la que no podía faltar.
Asiento, no sé muy bien por qué.
—En realidad yo no tuve nada que ver con la clasificación de su hijo,
señor Atwood, fue todo mérito suyo —musito con un hilo de voz sin parar
de darle vueltas al anillo. Estoy tan nerviosa que podría mearme encima, es
más, creo que se me han escapado unas gotitas.
—¡Qué modesta! Por supuesto que tuviste que ver, ahora eres su amuleto
más valioso y todos te queremos de vuelta en las gradas.
El calor me sube a las orejas y tengo ganas de llorar. Me trago las
lágrimas junto con el nudo de nervios de la tráquea antes de confesar:
—No puedo volver al Zenith, la directora White me despidió.
—Ah, sí, esa es la segunda cosa que quería abordar… —Me desliza por
la mesa de cristal un documento que atrapo con manos temblorosas y que
agradezco que me explique verbalmente su contenido porque soy incapaz
de leer nada por la película acuosa que me nubla la vista—. Vittoria se
arrepiente de lo que pasó entre vosotras y ha decidido enmendar sus errores
para que su nadador estrella no se busque otro centro patrocinador.
—¿Xander iba a cambiarse centro?
Asiente.
—Mi hijo la amenazó con marcharse del Zenith si no volvías.
Abro mucho los ojos, incrédula.
—¿En serio? A ver, no me extraña lo más mínimo viniendo de él porque
siempre ha sido muy espontáneo y temperamental, pero poner en riesgo su
carrera por mí… No sé, no tengo palabras.
—Mi Xander quemaría el mundo por la mujer que ama, en eso ha salido
idéntico a mí —entona con la voz cargada de orgullo—. Me sorprende que
no te hayas enterado de que él y sus amigos consiguieron arrastrar a medio
campus a la querella contra la directora, incluso a su propia hija.
¿Eso habían hecho por mí? Dios, quiero llorar.
—Parece que no solo has conquistado el corazón de cierto dios griego,
cariño. —Mi madre me guiña un ojo y yo me creo morir. Sin embargo, si
Ian se ha dado cuenta del ridículo apodo que le hemos asignado a su hijo no
dice nada y prosigue.
—Mi abogado se ha leído el reglamente del centro y, efectivamente, este
no permite vuestra relación en calidad de profesora y alumno, por lo que no
puedes recuperar tu puesto, pero sí visitar a Xander siempre que quieras.
Se me cae el alma a los pies.
—Creía que Vittoria había accedido a dejarme volver —musito.
—Y eso ha hecho, pero no como profesora.
—¿Entonces? —La angustia se adueña de mi voz—. ¿De qué se supone
que mi madre y yo vamos a comer? Y no me venga con su caridad cristiana
porque no la queremos.
—May, deja hablar al señor Atwood —me riñe la aludida.
Ian Atwood se ajusta la corbata y se saca una estilográfica del bolsillo
interior de la chaqueta que me tiende con expresión solemne.
—Mi hijo me ha hablado de tus objetivos en la vida y juntos hemos
llegado a la conclusión de que ya es hora de que cumplas el mayor de todos.
—No le sigo —gruño recelosa.
—¿Qué te parecería abrir tu propia consulta, May?
—Mi propia consulta… —masco las palabras—. ¿Como un local donde
pudiera recibir y atender a mis pacientes? ¿Se refiere a eso?
—Exacto.
—¿Dónde?
—Donde tú quisieras, aunque he pensado que Cripple Peak sería un buen
lugar para asentarte. Está cerca del campus y con los incentivos adecuados
la directora White podría ofrecer un servicio de autobuses que llevara a sus
alumnos a tu consulta una o dos veces por semana.
Cheeto salta del regazo de Ian para encaramarse al mío en cuanto percibe
mi desazón. Esto es justo lo que he deseado desde que me gradué. Montar
mi propio negocio y ayudar en la medida de lo posible a que la gente se
sienta mejor en su propia piel es un sueño para mí. Y, sin embargo, no lo
siento real. No siento que haya hecho nada para merecérmelo.
Es demasiado bueno para ser verdad.
Mi madre abandona su lugar en el sofá para envolverme en un abrazo.
—Por fin vas a poder ejercer de psicóloga, cielo.
—Sí…
—¿Estás contenta? —insiste con los ojos brillantes.
—Mucho, pero… —Mi mirada se cruza con unos zafiros tan azules
como el mar más bravo—. Hasta el momento solo he oído los beneficios de
este acuerdo, ¿y la parte mala?
Ian sonríe y se cruza de brazos.
—No hay parte mala, a no ser que consideres que acompañar a mi hijo a
las Olimpiadas y hacerlo feliz es un inconveniente.
—En absoluto.
—En ese caso, firma.
La pluma se vuelve ligera entre mis yemas cuando la deslizo por el papel
trazando mi nombre completo. Joder, esto es real. Voy a tener mi propia
consulta. Debería estar acojonada por este nuevo comienzo, pero solo estoy
exultante y pletórica.
—Ya está —exhalo casi sin aliento—. Le prometo que le devolveré hasta
el último centavo, señor Atwood.
—Mi mujer y yo nos conformamos con que nos haga abuelos muy
pronto, echamos de menos la risa de un bebé en casa. —Dobla mi futuro
con una sonrisa de oreja a oreja y se lo guarda en el bolsillo interior de la
chaqueta mientras yo solo puedo pestañear hipnotizada. Entonces alza la
vista al techo y proyecta la voz cuando exclama—: ¡Xander, baja!
¿Xander ha estado en el piso de arriba todo el tiempo?
El corazón se me desboca en el pecho y estoy a punto de vomitar. Me
sudan las manos y me tiembla todo el cuerpo. Joder, debería haberme
peinado un poco esta mañana, o tan siquiera haberme duchado, o haberme
pasado una toallita por los sobacos…
Mierda, mierda, mierda.
Las pisadas aceleradas sobre mi cabeza hacen que Cheeto salga volando
cuando me levanto como un resorte para ir a su encuentro.
Lo siento, gordito. Ya te daré una lata luego.
En lo que llego al pie de la escalera, Xander ya está plantado ante mí con
un brillo ilusionado en la mirada y una sonrisa tan grande o más que la mía.
Quiero lanzarme a su cuello y comérmelo a besos, qué digo comérmelo,
quiero devorarlo, pero levanta una mano para que me quede donde estoy y
entonces hace algo que me deja más muerta de lo que ya estoy.
Hinca rondilla en la moqueta.
—Ay, Dios.
Sus iris cenicientos centellean como arroyos de plata fundida y sus bucles
lucen alborotados, como si se hubiera pasado la mano por ellos cien veces
mientras su padre y yo llegábamos a un acuerdo. Está tan guapo como
siempre y yo solo puedo pensar en arrastrarlo de vuelta al piso de arriba y
encerrarlo entre mis sábanas hasta que mi cuerpo colapse y mi clítoris
desfallezca. Sí, es un buen plan.
—May Liliana Crawford… —empieza con la voz ronca.
—¡Sí, sí, sí y mil veces sí!
—Espera, no sabes lo que te voy a proponer. —Se pone serio de repente
y me mira con fervor—. Iba a pedirte que vinieras al parque de atracciones
conmigo porque me dan miedo las alturas y necesito que alguien me coja de
la mano en el Dragón Volador.
Se me escapa una carcajada.
—Solo si después pasamos a la Casa de los Horrores.
—Dalo por hecho.
Salto a sus brazos y nos fundimos en un beso largo y profundo que me
derrite las entrañas y me palpita en la entrepierna mientras nuestros padres
contemplan la escena desde el salón con las cejas enarcadas y una sonrisa
burlona. Sus labios se reafirman sobre los míos sin parar, mordiendo y
saboreando, transmitiéndome todos los sentimientos que ambos hemos
encapsulado en este fatídico mes.
—Te quiero, sirenita —me jadea en los labios.
—Dilo otra vez.
Me lo repite entre caricias y besos que me reparte por la comisura y el
cuello y yo estoy a punto de explotar de felicidad. Xander interrumpe el
beso y me coge la mano izquierda para deslizarme el anillo en el anular.
—¡Dios mío, Xander, esto ha debido de costarte una fortuna!
—Nada comparado con tu valor. —Engastados sobre una banda de oro
blanco, una hilera sutil de diamantes escolta la enorme gema verde y refleja
la tenue luz de la mañana con un brillo sofisticado—. ¿Bien? ¿Te aprieta?
—Está perfecto.
—¿Bueno, entonces qué? —Me guiña un ojo gris tormenta que hace que
mi temperatura se dispare—. ¿Te apetece amarme y respetarme el resto de
tu vida? Te advierto que a veces ronco.
—Solo si tu prometes recordarme cada día lo bonita que soy y lo mucho
que me deseas.
—Joder, esa es fácil.
Me aprieta contra su pecho y siento su corazón martilleando al mismo
ritmo feroz que el mío. Lo cierto es que no puedo parar de sonreír como los
tontos y me duele la cabeza de tanta emoción.
—¿De verdad vamos a hacer esto? —río entre lágrimas.
—¿Ser felices? —Me estampa un dulce beso en la frente por el que
vendería mi alma al Diablo para que durase para siempre—. Pues claro que
sí, nos lo hemos ganado.
EPÍLOGO 1
Xander

Siete meses después (agosto)


París, Francia
—¡A sus puestos! —La voz metálica que advierte del comienzo de la
prueba truena por encima del clamor que inunda la piscina cubierta y los
ocho nadadores nos aupamos en el bloque de nuestras respectivas calles.
Como no podía ser de otra forma, la mía es la cinco.
Entre gorras de colores y banderines de diferentes países, diviso a mis
chicas en la sexta fila a la derecha cogidas de la mano y con el miedo y la
ansiedad reflejado en sus etéreos rostros. No entiendo por qué, si voy a
volver a casa con un metal colgado al cuello. Al que no veo por ningún lado
es a mi padre, y eso que no es bajito que se diga. Seguro que ha ido a por
algo de beber para mis amuletos de la suerte, no me gustaría que se
deshidrataran gritando mi nombre y él lo sabe.
Justo a mi lado, en la calle cuatro, está Caleb Thorn, mi eterno rival y
nuevo integrante de los Hijos del Olimpo muy a mi pesar. De reojo lo veo
ajustarse la goma de las gafas en la nuca y trazar círculos rápidos con el
hombro malo para hacerlo entrar en calor. Según él, ya está completamente
recuperado de su lesión, pero por experiencia sé que tu cuerpo puede
quebrarse de nuevo en cualquier momento del proceso. Por suerte, el mío
está mejor que nunca y no he subido de los cincuenta y dos segundos desde
que me clasifiqué. Y todo gracias a mi sirenita, la cual no se ha separado de
mi lado en todos estos meses.
Su negocio en Cripple Peak funciona a las mil maravillas y la mitad del
Zenith acude a ella en lugar de al resto de profesionales con los que cuenta
el campus porque es la mejor. Estoy muy orgulloso de mi mujer y no paro
de hacérselo saber agasajándola con todo tipo de lujos y comidas exóticas.
El otro día la llevé a un restaurante vegano que hizo las delicias de su
paladar y del que ambos salimos rodando. Malditas hamburguesas de
coliflor, qué buenas estaban. Después de ese día tuve que doblar el
entrenamiento y reducir la ingesta calórica, pero mereció la pena por verla
sonreír.
A mi otro lado está el canadiense Ryan Tremblay, que viene de llevarse el
oro en relevos y el bronce en 400 m libres. De aquí es el único que puede
suponerme un problema, aunque espero que esté lo suficientemente cansado
como para que me ceda el primer puesto en esta prueba.
Una mano recae en mis costillas y no me hace falta levantar la cabeza
para saber que mi otro pilar está justo a mi lado. Anthony.
—¿Preparado para brillar, hijo?
—Como una puta supernova.
—Bien, demuéstrale al mundo de lo que estás hecho.
El chapoteo de sus chanclas se aleja por un lateral y procedo a colocarme
en la posición de salida, con los pies paralelos y las rodillas flexionadas
para lanzarme al agua en cuanto el pitido largo rasgue el aire.
Solo el chino, Tai Ling, tiene una salida más explosiva que la mía,
aunque su corta estatura lo hace estar en desventaja con el resto. También
he analizado a Carlo Verino, el italiano que nada en la primera calle y que
no para de mirarme como si quisiera apuñalarme, y a Lachlan Campbell,
doble medallista australiano en los pasados Juegos. Por eso sé que pueden
resultar un problema en la última recta porque los muy cabrones saben
cómo distribuirse las brazadas para no desfondarse nunca.
—¡Vamos, Xander! —oigo rugir a mis leonas desde la grada.
Asiento con la cabeza para hacerles saber que las he oído y un segundo
después los ocho nos lanzamos al agua cuando el pitido da comienzo a la
lucha encarnizada por el oro.
El primer contacto con la superficie me resulta orgásmico, casi catártico.
Inmediatamente me impulso con la patada de delfín desde el fondo,
ganando metros bajo el agua antes de asomar la cabeza para respirar. Bato
las piernas al compás del aleteo de una mariposa, fuerte y constante, sin
permitir que la fatiga se adueñe de mi cuerpo en el primer largo y en un
visto y no visto los ocho llegamos a la pared del final con una diferencia de
milésimas. El mundo se transforma en una acuarela borrosa de colores
durante el viraje y tengo que concentrarme en uno muy concreto si no
quiero perder el rumbo.
Rojo. Siempre rojo.
Los gritos de May atraviesan el agua y me dan fuerzas para seguir
remando como un auténtico maníaco. De pronto, el gorrito blanco y rojo del
canadiense se cuela en mi campo de visión y aprieto los dientes. ¿Qué
mierdas llevará ese sirope de arce que toman en su país que les da tanta
potencia? Pero es que Caleb no se queda atrás y su gorro azul marino y rojo
con estrellitas blancas, a juego con el mío, me flanquea por la derecha.
¡Mierda!
No sé quién encabeza la competición, ni tampoco es que me importe
porque todo puede cambiar en los últimos metros.
Carlo y Lachlan recortan la poca distancia que nos separaba de dos
brazadas y los cinco enfilamos la recta final como un ejército de mariposas
furiosas. Dios, no puedo más. Los bíceps me aguijonean y apenas siento las
piernas, pero me fuerzo a ir más allá. Por May, por Anthony, por mis
amigos, por mis padres… Tengo que conseguirlo, maldita sea.
Un latigazo me azota la zona subacromial y todo el aire se me escapa de
los pulmones. Mi cuádriceps también chilla de dolor y el ácido láctico me
quema por dentro, pero no me permito rendirme a él.
Necesito esa medalla.
Necesito demostrarle al mundo que soy un campeón.
Necesito hacer sentir orgullosa a mi mujer como yo lo estoy de ella.
Nece…
El esqueleto entero se me resiente por el impacto cuando planto las dos
manos en la pared y me arranco del cráneo las gafas de buceo para mirar la
clasificación. Joder, no veo. Estoy tan cansado que el mareo se apodera de
mí y me hace chiribitas en los ojos.
Me los froto con fuerza y creo atisbar mi nombre en lo más alto.
Aunque no en la cúspide.
El puto canadiense de los cojones me ha arrebatado el oro por cuestión de
milésimas y yo me cago en la puta. Entonces algo cae sobre mi pobre
hombro como un peso muerto y me quita el gorro para revolverme los rizos.
Si no le meto la cabeza en el desagüe al gilipollas de Caleb es porque le he
prometido a May que no montaría el numerito si perdía.
—¿Qué confianzas son esas, Thorn? —le gruño sin poder ocultar la
sonrisa. Él ha quedado tercero.
—¡Somos olímpicos, tío!
—Sí, joder.
—Ese capullo de Tremblay… —Aporrea el agua mientras lo fulmina con
sus ojos terrosos—. Tú te merecías mucho más ese oro.
—Bah, que se lo quede, yo ya tengo algo que brilla mucho más.
—¿El qué?
Señalo a la pelirroja con el vientre hinchado de dos meses que no para de
gritar y de dar saltitos entusiasmados a pesar de que le tengo prohibido que
haga esfuerzos físicos en su estado y le lanzo un beso que atrapa al vuelo y
se lo pone en la barriga. Recuerdo como si fuera ayer la mañana en que
llegó al campus temblando como una hoja y me dijo entre sollozos
desconsolados que estaba embarazada.
Embarazada…
Ese fue el momento más feliz de mi vida, lo juro, aunque me quedara en
shock y no supiera cómo reaccionar. Me sentí fatal luego porque ella creyó
que no deseaba aquel bebé, pero es que ese mes había sido un puto infierno
por toda la preparación previa a los Juegos y no esperaba semejante regalo
divino. Incluso a día de hoy, cuando las hormonas deciden hacer de las
suyas, May me recrimina que no me hace ninguna ilusión ser padre, pero lo
cierto es que no quepo en mí de gozo.
¡Cómo no voy a querer ser el hombre más feliz del mundo!
Todavía no sabemos el sexo del bebé porque es demasiado pronto para
determinarlo, aunque yo confío plenamente en que va a ser una niña con las
cejitas rubias y los cabellos de fuego como su mamá. Es más, ya tengo
pensado su nombre y la abuela Atwood lo está bordando en todos los
vestiditos viejos de Jo sin que May lo sepa y que encierra un significado
muy especial para ambos por su relación con las mariposas: Cynthia.
Me doy cuenta de que Caleb sigue esperando mi respuesta, así que por si
todavía le quedaban dudas de qué es lo que más brilla en mi vida en estos
momentos, exhalo en un suspiro:
—Mi familia.
EPÍLOGO 2
May

Cinco años después (septiembre)


Seward, Nebraska
Paso las garras de plástico entre las gruesas vainas foliares de las plantas de
maíz y distingo a la hermana pequeña de Page, Annabelle Remington, y su
grupo de amigas sopesando en un claro qué dirección tomar. La luz tenue y
anaranjada del crepúsculo incide sobre sus cabezas trenzadas pero proyecta
sombras sobre la mía, ocultándome a plena vista.
—Yo digo que vayamos por la izquierda —sugiere un rostro pálido y
sudoroso que creo reconocer como la hija de los Donovan, que viven dos
calles más allá de la nuestra.
—No, mejor por la derecha —salta otra.
Mi vejiga empieza a resentirse por llevar tanto rato agazapada y cambio
muy despacio de posición para aliviar los pinchazos.
—¡Esperad! —Yo también me quedo quieta. Los ojillos almendrados y
oscuros de Annabelle se cruzan con los míos, pero no me ve—. Creo… creo
que he oído algo. Ahí, entre las sombras.
Mierda, me han pillado.
La pintura blanca del maquillaje se mezcla con el sudor que me resbala
de la frente por culpa del sombrero de ante que no puede ser más incómodo
y reprimo el impulso de limpiarme con el antebrazo.
—¿Tú crees, Anni? Yo no he oído nada.
—Os digo que sí, ahí hay algo.
La anticipación anida en mi estómago y me cuesta horrores no saltar
sobre ellas y blandir mis garras en sus rostros desencajados, pero necesito
que se acerquen más. Solo un poco más. Las cinco tienen la vista clavada
en mi dirección, sin ver, pero sus instintos más primarios les advierten de
que hay un depredador cerca. Chicas listas.
Una de ellas no para de morderse las uñas y me digo que esa será a la que
agarre por detrás y separe del grupo para infundirle más terror todavía. Si
no me equivoco se trata de Blake Jones, la hija de la peluquera que
confeccionó una estupenda peluca para mi madre cuando perdió todo el
pelo por la quimio, por lo que no debería pasarme mucho con ella.
No obstante, algo, o debería decir alguien, se me adelanta y se apunta un
nuevo susto al recuento que hemos establecido esta noche.
Huelga decir que yo voy perdiendo, para variar.
El oído de la pequeña Remington capta el movimiento imperceptible
entre la maleza un segundo antes de que una sombra gigantesca las engulla
desde el otro lado del sembrado y las cinco chillan y huyen despavoridas
como pollos sin cabeza, aunque el espantapájaros es más rápido y atrapa a
Blake por el tobillo. Para mi sorpresa, esta no gime ni ruega clemencia, sino
que le arrea un pisotón en el antebrazo y consigue desasirse de su atacante
en tiempo récord. Vaya, menos mal que no he ido a por ella, no me hubiera
gustado recibir semejante rapapolvo.
—¡Oye, que el mes que viene compito! —gruñe el espantapájaros
masajeándose la zona dolorida—. ¡Maldita cría!
A salvo en mi escondite, me muerdo el labio para no sonreír.
—Eso te pasa por joderme el susto.
Xander levanta la cabeza y mira en todas direcciones, buscándome.
—¿May?
Salgo despacio de entre la hojarasca y su musculatura se relaja en cuanto
me reconoce. De su torso desnudo y definido al máximo resbalan gotitas de
sudor que atrapan mi atención y que en otras circunstancias le recogería de
rodillas con la lengua, pero hoy no. Aquí no. Todavía hay niños correteando
en busca de la salida del laberinto.
—No sabía que estabas ahí, nena. Perdona.
—No pasa nada, ha sido divertido ver cómo una niña casi te rebana el
brazo de un pisotón —me río con ganas.
—Podría haber sido mucho peor… —Xander clava sus pozos de
oscuridad en mis caderas y los va deslizando hacia arriba hasta llegar a mi
cara. Se demora demasiado en una zona sensible y abultada que
últimamente le gusta llevarse a la boca y mi sexo palpita, ansioso—. Podría
haberme pisado otra extensión de mi cuerpo que necesito más.
—No caigo en cuál puede ser —ronroneo juguetona.
—¿No? Pues esta mañana no eras capaz de soltarla.
El calor me explota en las mejillas.
Cinco años.
Han pasado cinco años desde aquella noche de septiembre en la que
Xander me marcó como suya en este mismo maizal y donde yo perdí la
cabeza por él, y las bragas. Han pasado cinco años desde que nos dimos el
sí, quiero rodeados de nuestros más allegados en la pequeña pero íntima
iglesia de Seward con el padre de Page dándonos la bendición. Han pasado
cinco años desde que somos marido y mujer, uña y carne, desde que somos
uno. Y, sin embargo, su mirada tormentosa sigue despertando a la bestia
hambrienta que hay en mí con tan solo enfocar la vista en mis labios.
Como no respondo, da un paso en mi dirección con la máscara todavía
puesta y el vértice entre mis piernas se tensa sin remedio.
—¿Te gusta lo que ves, sirenita?
—¿Y a ti?
—A mí me flipa.
Cuando su pecho amplio y duro como el granito choca contra el mío,
mucho más blando y sensible, y sus brazos me envuelven por detrás en un
candado de músculos y piel me siento a merced de un apuesto demonio
capaz de llevarme al mismísimo Cielo. O al Infierno, según se mire. La nota
acre a sudor que lo envuelve revoluciona primero a mi pituitaria y luego a
mis hormonas, ya de por sí alteradas por el postparto, así que le deslizo las
garras de plástico desde el nacimiento del cuero cabelludo hasta la goma del
pantalón para dejarle claras mis intenciones.
—¿Te has colado en muchas pesadillas hoy, Kruger? —ronronea en mi
oído a través de la tela del saco.
—No en tantas como me gustaría, pero ha estado bien. Jay y Cora
estarían muy orgullosos de nosotros.
Xander hunde un poco los hombros con la mención de los abuelos, los
cuales fallecieron el verano pasado casi a la vez. Fue un golpe muy duro
para todos y hoy en día su ausencia todavía nos pesa.La primera en
marcharse fue Cora, de una neumonía que se acabó complicando. El abuelo
Jay fue incapaz de soportar la pérdida de su compañera de toda una vida y
no tardó en seguirla al otro lado.
Xander estaba tan abatido que canceló todas sus competiciones esa
temporada y ni los abrazos de nuestros gemelos River y Kai conseguían
arrancarlo de su pena. Solo la llegada de la princesa, como la llamamos en
casa, unos meses después hizo que Xander recuperara poco a poco la
sonrisa. Lo cierto es que la pequeña Cynthia nos ha devuelto la alegría a
todos, menos a los gemelos, los cuales alegan entre berridos enrabietados
que ya no los queremos porque ya no les prestamos tantísima atención. En
fin, han salido igual de dramáticos y posesivos como su padre. Por eso
cuando Xander me dijo que quería pasar el verano en Seward para reformar
la propiedad de los Atwood, sembrar los campos de maíz y continuar con la
tradición familiar del Harvest Fest, a mí y a mi madre nos pareció una gran
idea, sobre todo a esta última, que desde que se mudó a Colorado para
cuidar de los gemelos y para tener más controlada su enfermedad apenas ha
pisado Nebraska.
Afortunadamente, el cáncer desapareció de su organismo tras tres años de
mucha lucha e incertidumbre y ahora Lorraine Crawford es toda una
trotamundos que disfruta de la vida. Sin embargo, el miedo a que nos digan
en la próxima revisión que un nuevo tumor se ha apropiado de algunos de
sus órganos me quita el sueño muchas noches.
—¿Tú has asustado a muchos niños, mi amor? —me apresuro a cambiar
de tema antes de que ambos nos echemos a llorar.
—Ya lo creo que sí, una chica me ha perforado el tímpano con sus gritos
de terror. —Se lleva una mano a la oreja—. Joder, todavía me duele.
—¿Seguro que eran de terror? —resoplo burlona.
Me aprieta las nalgas por encima del pantalón ajustado negro y mi coño
reacciona mojándose entero para él.
—¿Está celosa, señora Atwood?
Ay, mierda, me encanta cuando me llama así.
—En absoluto. —Me restriego contra su dureza como una gata en celo
mientras le resigo los músculos de la espalda con las cuchillas del disfraz
improvisado. Xander tiembla bajo mi contacto y contrae los abdominales
para satisfacción de mi ego—. Ellas no llevan cinco años felizmente
casadas con un oro olímpico. —Porque sí, Xander consiguió resarcirse en
los últimos Juegos y coronar el podio—. Ni de sus matrices han salido tres
criaturas hermosas y perfectas.
—Y más que van a salir dentro de nueve meses porque te voy a follar tan
duro esta noche que vas a desear no haber llamado la atención de este
monstruo tal día como hoy hace cinco años.
El pulso se me acelera en la garganta.
—¿Tres hijos no te parecen suficientes que quieres más? Si Cynthia no
ha dejado de tomar el pecho todavía.
—Creo que con cinco podríamos plantarnos.
—¡¿Cinco?! —exclamo horrorizada—. ¡Cómo se nota que no los tienes
que parir tú! Me niego.
—Pero es nuestro número…
—¡Y mi útero! —protesto sin parar de reír.
Entonces se da cuenta del calostro que mancha mi top de rayas rojas y
negras y se deshace de la barrera que le impide llevarse un pezón húmedo a
la boca y succionar. Jadeo. Los tengo tan doloridos e hinchados por la
lactancia que cualquier roce me hace ver las estrellas y el muy cabrón lo
sabe porque su lengua no para de provocarme descargas eléctricas que me
llegan directamente a la entrepierna.
—Ah, joder, Xander… —Echo la cabeza hacia atrás cuando mordisquea
despacio—. Para, podrían vernos.
—Que nos vean, eso me hará rendir mejor.
—Al menos llévame al granero, ¿no?
—Los deseos de mi sirenita son órdenes.
Chillo cuando me carga sobre su fuerte hombro como un saco de patatas
y me arrastra al lugar en el que empezó todo. De camino, una mariposa con
las alas de un azul cobalto pálido pasa volando grácil frente a mis ojos y
esta vez no me llevo el índice a la nariz para pedir un deseo, sino que le doy
las gracias en silencio al hada camuflada de lepidóptero que me concedió
aquel que con tanta insistencia le pedí hace ya cinco años: encontrar el amor
de mi vida y formar una familia con él.
AGRADECIMIENTOS
Y como es de bien nacido ser agradecido, quiero darles las gracias a todas
las personas que han hecho esto posible. Empezando por Marcos, mi pilar
fundamental y el amor de mi vida, que me ha escuchado divagar durante
meses y me ha dado un masaje en los riñones después de pasarme horas y
horas pegada al ordenador con nuestra pequeña bola de pelo anaranjada en
el regazo, Mango, mi supervisor ronroneante y la alegría de nuestras vidas.

También quiero agradecer el tiempo dedicado y el apoyo brindado a mis


lectoras beta y amigas del alma, María y Sofía. No sé cuántas veces hubiera
mandado al cuerno esta historia si no hubierais estado vosotras para
recordarme que cuando se persigue un sueño, siempre se puede parar a
descansar un rato, pero nunca, jamás, bajo ningún concepto, hay que
rendirse.

Finalmente, quiero darte las gracias a ti, lectora. Gracias por haber llegado
hasta aquí. Gracias por haberte sumergido entre las páginas de este libro en
concreto cuando seguramente tengas una TBR infinita. Gracias por
haberme dado la oportunidad y confiar en mi historia. Gracias por todo esto
y por lo que vendrá, porque sí, el Zenith Elite no dice adiós, sino hasta
pronto…

Para no perderte ninguna novedad sobre la serie Hijos del Olimpo, sígueme
en mis redes sociales (@ritadusk_author en Instagram y en Tik Tok) y no te
olvides de dejar una reseña en Amazon. UNA VEZ MÁS, GRACIAS.

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