Miguel Luque
Lenguaje y creación II
Maestría en Creación Literaria
Universidad Central
Apostando al botones
Aldo era nuevo en la recepción del pequeño y apartado hotel, un lugar sombrío, de bajo
presupuesto y con un solo botones. En su primer día ya sabía por qué pasó al trabajo sin
tener ni siquiera una entrevista; se preguntaba quién le iba a pagar, pero bueno, doña
Rubina era de palabra: siempre le pagaba a su madre para que le arreglara los caros
vestidos y le limpiara una que otra mancha de sangre. En fin, el trabajo tampoco estaba
siendo tan complicado y solo tendrían que pasar unas cuatro horas más para poder ir a
su casa.
Aldo miraba aburrido el ascensor enfrente, hasta que apareció doña Rubina. Una
señora con traje de pantalón negro, camisa y corbata, toda una empresaria del bajo
mundo; sus ojos eran castaños, pero solo conocían el dinero.
—Aldo, ven aquí. Necesitamos una opinión totalmente imparcial. Por favor, no seas tan
imbécil de decir que trabajas para mí y que este hotel es mío. Muévete y ven a la bodega
de atrás, la que no te mostré. La llave es la que no tiene habitación —dijo doña Rubina.
—Pero la recepción se va a quedar sola, ¿no hay… ningún problema? —dijo Aldo.
—Me da igual, esto es más importante. Te estoy dando una orden, muévete rápido.
Aldo salió corriendo; sintió en la voz de doña Rubina balas de pistola pasando por el
lado de su cabeza. Entró en la bodega y llegó a un sótano oculto con gran espacio, olor
a whisky, cigarrillo, perfumes de dama caros y una leve humedad. En el centro había
una mesa de póker y unas figuras similares a las que estaban hospedadas en el hotel.
—Bueno, queridos invitados, he traído a un imparcial botones para resolver este asunto.
Verás, botones, empatamos y algunos creen que hay algún tipo de trampa en esta
situación. Como en esta mesa nadie empata, queremos que tú resuelvas nuestra disputa
—explicó doña Rubina mientras tomaba su lugar en la mesa.
El pobre Aldo no tenía ni idea; además, entre más se fijaba en lo extrañas y peligrosas
que se veían estas personas, más pensaba en huir de las profundidades.
—Podrían jugar otra ronda y el que gana… se lleva lo de esta ronda también —dijo
Aldo con la poca valentía que le quedaba, pues sus piernas no dejaban de temblar y el
sudor ya estaba recubriendo su cuerpo.
—¡Maldita sea! Trajiste a un completo imbécil. ¿Es que quieres jugarte la vida,
muchacho? ¿Cómo te vas a reír de nosotros de esa manera? Yo ya gané y quiero que se
resuelva esta situación, ya mismo —dijo Calimbo, uno de los hombres de la mesa,
combinado con los gruñidos y las miradas decepcionadas de los presentes.
—Está bien, eh… para… mi… creo que debería ganar doña Rubina, digo… esa señora
—dijo Aldo, señalando a doña Rubina con la mano temblando mientras notaba algunas
caras llenas de odio.
Todos desenfundaron diferentes tipos de armas apuntándole al chico.
—Caballeros, damas, les pido que conserven la mesura. El joven es tonto y no sabe lo
que dice, pero sería muy triste que se perdiera un alma así. Aunque dudan de mi justicia
a la hora de repartir las cartas, tengo una propuesta para resolver esta disputa: en vez de
matar a este, ¿qué tal si lo apuestan en una segunda partida sin ver la mano? Entonces,
joven, ¿qué prefieres, morir ahora o servir a alguno de estos honorables caballeros e
importantes damas? —dijo el dealer de la partida, un hombre que sale de las tinieblas
para poner el nombre de Aldo en un contrato con cualquiera de estos demonios; él
tomó la baraja de cartas y empezó a revolverla como si supiera que todos aceptarían.
—¡Sí, sí! Lo que ustedes digan —afirmó Aldo. En el momento que acepta, se vuelve
pequeño y queda encerrado en una botella con un puncho de whisky, ubicada en el
centro de la mesa. ¿En qué manos quedará el destino del desgraciado de Aldo?
—Ahora solo falta que acepten ustedes y les repartiré las cartas. El que no quiera
perderá el botín anterior —mencionó el dealer mientras juntaba el botín con Aldo.
La primera en la mesa era doña Rubina, una mujer seria, con un traje blanco pulcro,
ninguna joya por lo menos a la vista y una voz a la que no puedes negarle nada. “Ese
chico va a ser muy útil para mantener ambos negocios, además ya no podría renunciar.
Lo puedo mantener en la recepción para siempre y dejar de preocuparme por este lugar,
bueno, por lo menos hasta que él se haga viejo y ya no me sirva, pero tener un
trabajador sin paga vale la pena el riesgo”, pensó doña Rubina. Sacó un bolígrafo y
firmó en el pergamino que fue pasando uno a uno.
Al lado de ella estaba sentado Mauricio Ramírez, un maleante con más tinta que piel.
Parece una calavera al verle la cara, sus cuencos profundos y una mandíbula ansiosa que
marca la canción de la muerte, todo eso combinado con sus pintorescas camisas floridas
amigas y yo necesitamos su juventud, necesitamos usarlo y sacarle hasta el último año
que vaya a vivir. Igual, ¿qué más delicioso que deleitarse con tres hermosas brujas? Pocas
personas podrían experimentar algo así; la corrupción de nuestra eterna juventud será
su último día de placer”, pensó Coroza mientras daba un beso a la hoja, dejando la
marca de su labial morado oscuro.
El siguiente, el general Bolívar, un militar entrenado internacionalmente, musculatura
comparable con la de un gorila, ropas militares con un montón de chapas de
compañeros muertos, cicatrices en la cara y los brazos equiparables a un niño pequeño
haciendo rayones aleatorios. “Carne de cañón, se lo presentaré a los muchachos que
están investigando en la habitación del último piso. Sí que sí, necesitaba ya un nuevo
recluta que nadie sepa su nombre, que nadie me pregunte si se murió o si vivió. Qué
genial, un estúpido, pero sin identidad. Cómo no disfrutar de llenar de mierda un
espíritu vacío; este muchacho puede ser el soldado perfecto, no tiene que pensar, solo
tiene que matar. Necesito a ese maldito, su hogar será la guerra y su servicio mi legado”,
pensó Bolívar mientras tomó su puro para firmar con la ceniza de este.
La penúltima en la mesa, La señora Sandra Fernández, la esposa del narco Marco
Cervantes. Aunque viene sola, pareciera que las sombras la acompañan; su cabello
moreno arremolinado hace contraste con sus ideas. Llevaba una copa de vino que
parecía nunca agotarse y un porte de elegancia con aretes de plata que se alineaban con
su mirada gris y calculadora. “Un esbirro más para mi séquito. Seguiré reuniendo mi
propia banda en este hotelucho; mi esposo no va a esperar que lo traicione y me quede
con su imperio, menos los va a buscar en este lugar. Si tengo un hombre tan fiel como
este que no me podrá traicionar, aunque quiera hacerlo, podré moverme más rápido y
llevar a cabo mi golpe final a Marco. Qué bendición, llegará a mí el perro fiel de la
venganza”, pensó Sandra mientras su sombra firmó con la oscuridad.
Finalmente, llegó a manos de Gregorio Holguín, un anciano apostador: camisa ocre
con un traje amarillo irradiando felicidad, lleno de arrugas por sus expresiones
sonrientes, sin un solo pelo que no esté blanco en su cabeza o en su barba. Su retiro
estaba más que anunciado, pero no podía dejar de apostar, y qué mejor lugar para
culminar su vida de apuestas que este sótano aparentaba normalidad, hasta que sabes
que el dealer es el gran demonio Astaroth. “Este muchacho tiene que ser libre, dejar de
trabajar, que viaje y ya. Así como yo, que termine en una habitación en este hotel solo
por venir a jugar. Ese muchacho introvertido y poco inteligente necesita vivir, necesita
no tener un sueño, necesita un sin sentido en su vida. Al final lo liberaré, pero usaré el
contrato para obligarlo a pensar en sí mismo y que sonría toda la vida; si no es para
estar feliz, el tiempo es un desperdicio”, pensó Gregorio mientras firmaba con una de
sus canas sueltas.
El pergamino se envolvió solo y voló a las manos de Astaroth; el demoníaco anfitrión
sonrió y dejó el contrato al lado de la botella y el anterior botín. Tomó las oscuras cartas
y las repartió; todos estaban ansiosos por ver quién se llevaría ese hombre.
Se destapó el juego y ganó…