San Roman
San Roman
Comisión Directiva
Gustavo Vicuña Salas (Presidente)
Augusto Bruna Vargas
Ximena Cruzat Amunátegui
José Ignacio González Leiva
Manuel Ravest Mora
Rafael Sagredo Baeza (Secretario)
Comité Editorial
Ximena Cruzat Amunátegui
Nicolás Cruz Barros
Fernando Jabalquinto López
Rafael Sagredo Baeza
Ana Tironi
Editor General
Rafael Sagredo Baeza
Editor
Marcelo Rojas Vásquez
Biblioteca digital
Ignacio Muñoz Delaunoy
I.M.D. Consultores y asesores Limitada
Gestión administrativa
Cámara Chilena de la Construcción
Diseño de portada
Txomin Arrieta
PRESENTACIÓN
-v-
Imagen de la portada
Paisaje del desierto de Atacama
DESIERTO Y CORDILLERAS
DE
ATACAMA
Santiago de Chile
2012
La vida y obra
de Francisco San Román en Copiapó
U n hombre cuya obra principal va a estar relacionada con el espacio y las cor
dilleras del desierto de Atacama, no pudo tener mejor cuna, que la ciudad de
Copiapó. El viejo poblado colonial se constituyó en una localidad crucial para la
actividad minera y en asiento de todas las expediciones hacia el desierto de Ata
cama en el siglo xix. Lo había sido ya bajo el dominio hispano.
Francisco Javier San Román San Román nació en Copiapó en 1838, en el seno
del matrimonio conformado por Francisco San Román Navarro y Presentación San
Román, ambos originarios de Argentina, donde el padre de nuestro autor había sido
gobernador de la provincia de San Juan en 18251. Al igual que otros argentinos, el
progenitor encontró asilo en Chile huyendo de la dictadura de Juan Manuel de Rosas.
Creció en un ambiente cargado de remembranzas trasandinas, dado que su
padre vino acompañado de su hermano Julián San Román, y que la presencia ar
gentina era constante. Así, por ejemplo, la provincia de Atacama, de acuerdo con
el censo de 1854, contaba con una significativa presencia de argentinos –8.389
individuos de 9.682 extranjeros– en el marco de un total de 50.690 habitantes en
la región, representando aproximadamente el 15% de la población2.
Al momento de nacer, Copiapó pertenecía a la provincia de Coquimbo con
capital La Serena, la que había sido sancionada por el Congreso Nacional el 29 de
María Angélica Apey, “Un siglo de minería en Atacama y su impacto regional: 1830-1930”, p.
2
68. No podemos dejar de mencionar la labor de un viejo amigo, ya desaparecido, Oriel Álvarez Gó-
mez, que brindó un panorama de la veta minera como de la contribución intelectual de las tierras de la
provincia de Atacama a la cultura y vida económica del país en su obra Atacama de Plata, no olvidando
la fuerte presencia trasandina como tampoco a Francisco Javier San Román. Cf. Oriel Álvarez Gómez,
Atacama de Plata, pp. 105, 122, 178-179.
-ix-
3
Hernán Edwards-Patricio Gross, “Desarrollo urbano y arquitectónico de Copiapó”, pp. 137-190.
4
La importancia de Chañarcillo en el impulso de Copiapó fue enorme. Carlos María Sayago,
Historia de Copiapó, le destinó el capítulo xvii al mineral.
5
Cf. Claudio Canut de Bon-Antonio Carvajal, “Domeyko en La Serena (1838-1846)”.
6
Edmundo Pérez Z., “Notas para una monografía de la Escuela de Minas de Copiapó”. La ense-
ñanza de las ingenierías en aquel tiempo, mediados del siglo xix, pudo recibir su profesionalización
por la Universidad de Chile, gracias a Ignacio Domeyko, en 1853. Como acota Sol Serrano, Universidad
y nación. Chile en el siglo xix, pp. 208-209: “El nuevo programa comprendía los títulos de ingeniero
geógrafo (que reemplazaba al de agrimensor), ingeniero de minas, ingeniero de puentes y caminos,
ensayador general y arquitecto”. En 1865 el título de ensayador general fue reemplazado por el de
ingeniero de minas.
7
Augusto Millán, La minería metálica en Chile en el siglo xix, p. 67.
-x-
En las páginas del volumen indicado, hizo un elogio merecido a los hombres
y a las instituciones de las tierras de su provincia. Los cateadores merecen todo
su reconocimiento. A uno de ellos, que sembró fama en el desierto de Atacama,
Diego de Almeida, le dedicó páginas de honor:
8
Comisión de Redacción, “Francisco San Román”, p. 197. Es muy probable que el obituario haya
sido redactado por Luis Riso Patrón, en aquel tiempo ocupado de la demarcación de límites con Boli-
via, para lo cual –se desprende del artículo– conoció los papeles de Francisco San Román y alternó con
él en sus últimos meses de vida.
9
Sayago, op. cit., pp.395-397. Esta leyenda, de la cual se hizo eco Manuel Concha, en su Crónica
de La Serena, con asidero en la realidad, sigue presente entre los habitantes nortinos de la costa. Para
los antofagastinos, el famoso derrotero de “Naranjo o de la caleta” podría ubicarse en las cercanías del
cerro Coloso, al sur de la ciudad de Antofagasta, cuyo primer poblador fue el copiapino Juan López,
en 1866.
10
Francisco J. San Román, Reseña industrial e histórica de la minería i metalurjia de Chile. Escrita
por encargo de la Comisión Directiva de la Exposición de Mineria i Metalurjia, p. 39.
-xi-
Salinas Punta Lobos. Después de la tronadura. I Región. Colección Archivo Fotográfico, Museo Histó-
rico, Santiago de Chile.
La figura del llamado “loco Almeyda” trascendió en el tiempo. Entre otras razones
porque ayudó a orientarse al alemán Rodulfo A. Philippi, cuando emprendió su
viaje al desierto de Atacama en el verano de 1853-185412.
A otro hijo de Copiapó, José Antonio Moreno, lo rescata del olvido de haber
contribuido a la transformación de la parte meridional del desierto de Atacama. Y
escribe con pesadumbre sobre su hazaña:
“La época de prosperidad que abrió las puertas del desierto de Atacama a la po
blación y a la actividad industrial por el año 1853, constituye la parte culminante
de la historia minera del cobre en la provincia de Atacama. En el mismo terreno
donde se vio tanta animación y de donde surgieron tantos valores para el acrecen
tamiento de la fortuna pública de Chile, yacen hoy los restos inanimados de aquella
vida industrial que fue fatal y abandonada de manera prematura en el primer
debilitamiento de su vigorosa actividad. Durante la época de mayor prosperidad
de la minería del cobre en Chile, un inteligente y progresista industrial y minero de
Copiapó, José Antonio Moreno, llevó a cabo con sus propios recursos y con éxito
favorable la atrevida empresa de explorar y poblar el entonces árido territorio de
Atacama. Fundó un pueblo en la bahía de Taltal, otro en Paposo y un tercero en
11
San Román, Reseña..., op. cit., p. 334.
12
Remito a Rodulfo Amando Philippi, Viaje al desierto de Atacama, pp. xxiii-xxiv.
-xii-
“Son los más notables o únicos trabajos estadísticos sobre minería los que inició y
llevó por algún tiempo a cabo la antigua ‘Junta de Minería’ de Copiapó (en mala
hora suprimida) bajo la dirección de don Juan José Gormaz. Este primer ensayo
dio por resultado la publicación de un importante volumen de 351 páginas en folio,
en que se comprendía toda la estadística minera de la provincia de Atacama desde
1843 a 1873, considerada en todos sus ramos. En 1877, bajo la administración del
intendente de la provincia don Guillermo Matta, la publicación de la ‘Estadística
Minera’ fue reemplazada por otra que llevó por título ‘Anales de la Junta de Minería’
de Copiapó, destinada al mismo objeto de llevar nota del movimiento minero a
la vez que a estimular la afición a los estudios mineros, científicos e industriales, y
ofrecer un órgano de publicidad a los informes periciales y documentos de interés
concernientes a la minería y metalurgia”14.
Op. cit., p. 40. Su mayor elogio lo consignó en su obra mayor, Desiertos y cordilleras de Atacama,
14
cuando hizo el parangón entre la Sociedad Nacional de Minería y la Junta de Minería de Copiapó.
Escribe: “Otra pomposa institución, la Sociedad Nacional de Minería, podría ser muy buena, pero au-
xiliada de otras cooperativas como las ‘Juntas de Minería’ provinciales, calcadas sobre el modelo de lo
que por tantos i prósperos años funcionó en Copiapó i a cuya iniciativa se debieron colegios, escuelas,
hospitales, caminos, estadística, policía i administración: todo por las minas i para las minas. Institución
respetabilísima que no costaba ni un céntimo de sacrificio al erario público i gozó de crédito i respeto en
todos los tiempos hasta que la política tomó cartas en ella i la disolvió dejando desde entonces en ruinas
i abandono las benéficas obras del civismo i espíritu público del gremio de mineros que por tantos años
fue fecunda de bienes i recursos para la minería”. Véase más adelante p. 134 .
-xiii-
“su mayor grado de perfección bajo la dirección técnica del decano de los bene
ficiadores copiapinos Telésforo Mandiola y sus discípulos, entre los cuales, séame
permitido nombrar a don Santiago Muruaga, distinguido ingeniero, a don Néstor
Ramos y don Benito Soto, de quienes más directamente doy los datos de propia
experiencia”16.
De su propio Colegio de Minas, destaca a:
“don Samuel Valdés, distinguido ingeniero de minas que desde su cátedra del Co
legio de Minería de Copiapó pasó, con su adecuada preparación teórica, a la es
cuela práctica del beneficiador. Fue otro innovador de aquellos tiempos, 1865, y
el procedimiento que lleva su nombre se extendió a las naciones vecinas a donde
todavía está establecido, con más o menos modificaciones”17.
17
Op. cit., p. 304.
18
Op. cit., p. 290. El trapiche evolucionó desde la Colonia “un tosco madero vertical, mal ajustado
y bamboleante entre sus enclenques soportes; un codo de lo mismo e igualmente desvencijado, para
empujar la mal torneada voladora de piedra que rodaba sobre sí misma y en torno del árbol, compri-
miendo con todo su peso el mineral que se arrojaba a pala sobre la solera o fondo de la taza, hecho
también de piedra –hasta ser exhibido en la Exposición de Chicago, hacia fines del siglo xix– impo-
nente aparato de dobles y enormes voladoras de acero, con soleras formadas de una serie de anillos
concéntricos del mismo duro metal y movido por fuerza de vapor o hidráulica”.
-xiv-
“Así Denver, fundada por un grupo de mineros posee cientos de millas de canales
de irrigación y gran número de pozos artesianos e infinitos pozos comunes, con
sus indispensables molinos de vientos. Qué decir del grado adquirido en bienestar
social, en las amenidades de la cultura intelectual que hace agradable la vida, en
el estudio de las ciencias y el cultivo de las artes. ¡He ahí una ciudad minera digna
de ejemplo¡ ¡He ahí la metrópolis nacida de las minas, fomentada por la industria
minera bien entendida y bien aplicada, al pié de los Andes de la América del
Norte y en pleno desierto del Colorado¡ ¡Copiapó! ¡Copiapó! –se repetía para sus
adentros el delegado de Chile– ¡que pudieras haber aprovechado siquiera una
sombra de tus malogradas riquezas!”19.
19
Francisco San Román, “Misión a los Estados Unidos. Viajes de Estudio”, pp. 420-421.
20
Archivo Central Diocesano de Copiapó, Obispado de Copiapó, parroquia de Nuestra Señora
del Rosario, libro N° 31, p. 327. Agradezco la gentileza a la encargada del archivo, Srta. Lissett Hidalgo.
21
La información nos ha sido proporcionada por una bisnieta de nuestro biografiado, doña María
Mercedes Zaldívar San Román, académica de la Universidad de Chile, quien, además, nos ha facilitado
las fotografías de Francisco San Román, a quien agradecemos su fina atención en brindarnos noticias de
su ilustre antepasado. Del hijo, Horacio San Román, se encuentra información en Empresa Periodística
Chile, Diccionario biográfico de Chile, p. 591.
22
Sobre ambos conflictos, véase Benjamín Vicuña Mackenna, Historia de los diez años de la adminis-
tración de Montt y Sergio Villalobos, Pedro León Gallo. Minería y política.
-xv-
El ingeniero Enrique Kaempffer, que trabajó con él, refiere que poseía “un
carácter afable, era justiciero” y, al parecer, sus ideas políticas no las ventiló más
allá del círculo familiar y de amistades23. Sus convicciones en política económica
se inclinaron, según refiere Enrique Kaempffer, hacia la “nacionalización de la
Industria Salitrera”24. Manifestó ideas liberales y fue crítico de la influencia clerical
23
Enrique Kaempffer, La industria del salitre i del yodo, p. 151.
24
Op. cit., p. 152.
-xvi-
en la vida nacional, como lo dejó traslucir en su principal obra. Una excepción fue
su conducta durante la guerra civil de 1891.
La actividad ferroviaria le atrajo sobremanera. No escapó al embrujo de que
el primer ferrocarril chileno fuese el de Copiapó a Caldera –inaugurado el 25 de
diciembre de 1851–, y que uniera los nombres de Guillermo Wheelwright y de la
copiapina Candelaria Goyenechea de Gallo25. A Francisco San Román se le ve vin-
culado a la Compañía Ferrocarril de Copiapó en 1873, cuya rentabilidad ese año
se vio afectada por dos factores: el precio del carbón de piedra, que gravitó en los
gastos de explotación de dicho transporte, y el descubrimiento del nuevo mineral
de plata La Florida en Chañaral, que incidió en la merma del flujo demográfico
minero. Aspectos muy sensibles tanto para el comercio de Copiapó, que llegó a
estar paralizado durante julio-octubre de 1873, como por el abandono de las minas
del departamento de Copiapó, todo lo cual hizo disminuir de modo significativo el
tráfico del ferrocarril. Su gestión, en todo caso, dejó utilidades equivalentes al 7%
sobre el capital26. No desmayó su confianza en el transporte ferroviario y durante
la administración de Federico Errázuriz logró el apoyo institucional tanto de la mu-
nicipalidad de Copiapó como de la Junta de Minería de la ciudad, para empren-
der, con mucha visión, una iniciativa que debía unir todo el centro de Argentina
con el ferrocarril de Copiapó y Caldera, o sea, un corredor bioceánico. Para ello,
logró obtener en la nación de José de San Martín la concesión del “proyecto de
ferrocarril trasandino por el norte, vía de San Francisco” y con ella presentó ante
el presidente de la República de Chile su ofrecimiento:
Ian Thomson y Dietrich Angerstein, Historia del ferrocarril en Chile, pp. 25-29.
25
Noticias sobre esto, se encuentra en Francisco San Román, Informe relativo a los negocios de la
26
-xvii-
La crisis que afectaba al sector minero exigía el concurso del aval del Estado,
“para procurarse mediante su garantía los capitales que de otra manera no con-
seguirían”, y para ello exhibía la estadística del posible intercambio entre ambos
países: maíz, cebada, pasto aprensado, tabaco, frutas secas, charqui, quesos, jabón,
carbón vegetal y leña se agregaban al movimiento de ganado mayor –cuarenta mil
cabezas por año–, a los que había que sumar todo el ramo de metales y sales mi-
nerales, siendo el rubro más significativo el de los pasajeros –calculado en ochenta
mil al año– todo lo cual arrojaría un ingreso anual de $410.000. El ferrocarril sería
de una sola vía,
“un metro de ancho, con rieles cuyo peso no baje de 25 kilógramos por metro, so
bre durmientes de madera, y todo el material y tren rodante de buena clase”28.
27
Francisco San Román, Proyecto de Ferrocarril trasandino por el Norte para comunicar el Gran Central
Arjentino con el de Copiapó i Caldera, pp.1-2. Presumiblemente fue editado entre los años 1874 o 1875.
28
San Román, Proyecto..., op. cit., p. 4.
29
Véase, Luis Ortega Martínez, Chile en la ruta al capitalismo. Cambio, euforia y depresión 1850-1880,
“Una coyuntura difícil, 1875-1879”, pp. 403-428.
30
Julio Pinto Vallejos y Luis Ortega Martínez, Expansión minera y desarrollo industrial: un caso de
crecimiento asociado (Chile 1850-1914), p. 82.
-xviii-
31
Francisco J. San Roman, Informe al Gobierno de Mendoza sobre las minas de la Choica i del cajón de la
Fortuna, en la misma Provincia, p. 3. No deja de ser importante la relación habida entre Francisco San
Román y los más experimentados mineros de Copiapó. Uno de ellos, Tomás Bobadilla, “chileno, anti-
guo y experimentado minero de Copiapó” organizó una compañía de cateo en el verano de 1874-1875
hacia las montañas andinas del sur de Mendoza, descubriendo en “el arroyo de la Choica, Cajon de la
Fortuna, la mina llamada Descubridora, cuyo pedimento fue presentado y proveído en Mendoza ante la
Diputación de Minas de la provincia a los pocos días después”. Y anota que, además de la razón de las
distancias que hacen preferible la vía de Chile para la venta y exportación de los metales, “hay también
a favor de los mineros de la Choica, la circunstancia de ser aplicable para ellos la ley que exime de
derechos de exportación a las pastas procedentes de minerales importados del extranjero”, San Román
Roman, Informe al Gobierno..., op. cit., p. 15.
32
Comisión de Redacción, op. cit., p. 197.
-xix-
33
Cf. José Antonio González Pizarro, “Chile y Bolivia (1810-2000)”, en especial el apartado “El
valor de un despoblado y la herencia de unos títulos”, pp. 341-354.
-xx-
viajeros y científicos por el paisaje del desierto implicó la dualidad de apreciar éste
desde dos niveles perceptuales:
a) lo visto y vivenciado y su comparación con el paisaje del cual provenían
éstos;
b) la descripción del paisaje en orden a su utilidad para el ser humano, sus
rasgos de inhabitabilidad y los criterios de ideal de lo observado.
El cúmulo de informaciones nos revela no sólo el trasfondo de sus periplos
sino el paradigma científico en boga. Va a constituir la diferencia de categorías en
cuanto a la certeza, entre aquellos viajeros que jamás vieron el páramo en su ple-
nitud, el hinterland, de los que tuvieron la experiencia de vivenciarlo y atravesaron
el yermo legando sus relatos. De igual modo, los fines que animan a explorar el
desierto afectan la intencionalidad del relato. Esto se extrema cuando se asiste a un
conocimiento atingente al territorio, como ser los ingenieros de fines del siglo xix
y sus instrumentos, de uno que es un mero registro circunstancial, el diario de un
soldado de la Guerra del Pacífico. Todo esto conjuga la construcción de un discur-
so implícito sobre la naturaleza y cultura del territorio que comentamos.
Las percepciones que pueden inferirse del tráfico de caravanas entre la costa
y la precordillera, estableciendo rutas y señalando, a través de geoglifos y petro-
glifos, el significado de tales senderos, nos refieren a un espacio abordado desde la
complementariedad de pisos ecológicos que es, a su vez, indisociable de la confi-
guración de lo cósmico, parte de la Madre Tierra, la Pachamama. Con ello se inau
gura la visión genésica que se estrellará con la traída por los ingenieros chilenos, o
los europeos como Aquinas Ried o Johann Jakob von Tschudi. Es la visión donde
lo cósmico y lo hierático acompaña el paso de los pueblos y de las culturas prehis-
pánicas, reputadas en el siglo del “progreso” como expresiones de supersticiones,
leyendas, ejemplo de la ignorancia de la mentalidad primitiva.
Lo epistemológico en cuanto a esta relación hombre/naturaleza nos conduce
a establecer lo que Klaus Eder ha señalado como la construcción social de la tri-
dimensionalidad de la naturaleza cognitiva, normativa o simbólica34. La señalada
relación implica distinguir tres fases en la evolución de la reflexión/hacer del hom-
bre con el espacio:
1. La dimensión cósmico-sagrada, propia de los pueblos y culturas prehispánicas,
o culturas originarias, donde situamos a los atacameños y aimaras, que
cuidaron el equilibrio del uso del suelo en su acepción ecológica, pues el
desierto formaba parte de un orden mayor, el cosmos.
2. La dimensión naturalista-determinista, que aglutinó tanto a los primeros es
critos que versaron sobre el páramo, los cronistas hispanos, por ejemplo,
Gerónimo de Vivar, como a los científicos de la alborada republicana, ma
nifestada en la obra de Rodulfo A. Philippi, que en su lectura de la relación
en comento, observaron en general la “negatividad” del desierto, adverso
para la vida humana, dejando abierta, sin embargo, que la eventualidad
34
Remito a lo expuesto por Klaus Eder, The Social Construction of Nature: A Sociology of Ecological
Enlightenment.
-xxi-
“Hay en este valle de Atacama infinita plata y cobre y mucho estaño y plomo, y
gran cantidad de sal transparente. Hay mucho alabastro. Hay en sí mismo, muchos
y muy infinitas colores, colorado y azul, dacle ultramarino, que allá se nombra en
Castilla. Hay yodo excelentísimo. De la otra sal que se cría para bastimento co
mún, hay en gran cantidad de salitrales y azufre”36.
Pedro Mariño de Lobera en su Crónica del reino de Chile alude a la dureza del
desierto de Atacama,
“cuya travesía es de ciento y veinte leguas, donde pasaron trabajos excesivos, por
ser muy estéril y sin género de yerba, ni agua, ni otro pasto para los caballos. Son
35
Cf. Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia general de las Indias, p. 147; Pedro de Valdivia, “Car-
tas que trata del descubrimiento y conquista de Chile”, p. 26.
36
Seguimos la versión de Gerónimo de Bibar, Crónica y relación copiosa y verdadera de los reinos de
Chile, tomo 2. Importa tener presente de esta imagen primigenia –y más totalizante– del yermo, ex-
puesta por Gerónimo Bibar, los comentarios de Mario Orellana, La crónica de Gerónimo de Vivar y los
primeros años de la conquista de Chile y el interesante análisis de Sarissa Carreiro, “La crónica de Jerónimo
de Vivar y el sujeto colonial”, pp.31-55.
-xxii-
tan ásperos y fríos los vientos de los más lugares de este despoblado, que acontece
arrimarse el caminante a una peña y quedarse helado y yerto en pie por muchos
años, que parece estar vivo, y así se saca aquí carne momia en abundancia”37.
37
Pedro Mariño de Lobera, Crónica del reino de Chile, pp. 249-250.
38
Bente Bittmann, El Programa Cobija: Investigaciones Antropológico-multidisciplinarias en la Costa Cen-
tro Sur Andina: Notas Etnohistóricas, pp. 104-106.
39
La principal fuente jurídica del Derecho Indiano, Magestad Católica del Rey don Carlos II,
Recopilación de Leyes de los reinos Indias, estableció en su libro ii, título xv, en la ley 5, que la Audiencia
de Lima “tenga por distrito la Costa que hay desde dicha ciudad hasta el Reino de Chile exclusive, y
hasta el puerto de Paita inclusive y por la tierra adentro hasta el Collao exclusive por los términos que
se señalan a la Real Audiencia de la Plata”. Aun más, el Morro Moreno situado en la bahía de San Jorge
–donde se ubica Antofagasta– estaba bajo la jurisdicción en el siglo xviii del corregimiento de Copiapó,
refería Antonio Alcedo, Diccionario geográfico e histórico de América. También, Miguel Luis Amunátegui,
La cuestión de límites entre Chile y Bolivia, pp. 57-60; Miguel Hurtado Guerrero, Memoria sobre el límite
septentrional de la República de Chile, pp. 34-35.
40
Véase. Rafael Sagredo Baeza y José Ignacio González Leiva, La expedición Malaspina en la frontera
austral del imperio español.
-xxiii-
41
Amadeo Frezier, Relation du voyage de la mer du sud aux cotes du Chily et du Perou, fait pendant les
années 1712, 1713, 1714, registró la existencia del puerto de Santa María de Magdalena –Cobija– en 1712,
pero no lo visitó, y ésa fue su experiencia con el desierto de Atacama. Véase Amadeo Frezier, Relación
del viaje por el mar del sur.
42
La expedición de los hermanos Cristino y Conrado Heuland hacia el desierto de Atacama, en-
tre abril y junio de 1798, partiendo desde Copiapó hasta San Pedro de Atacama y de allí hacia Potosí,
fue una de las más importantes en cuanto a la recolección mineralógica con destino hacia Madrid. Cf.
Juan Carlos Arias Divito, Expedición científica de los hermanos Heuland 1795-1800. Preparamos un estu-
dio de la expedición Heuland en el desierto de Atacama, sobre la base de la documentación inédita
española.
43
Véase Francisco O’Connor, “Observaciones hechas por el Coronel Francisco Burdett O’Connor
en el reconocimiento que ha practicado de orden del Excmo. Sr. General en Jefe, Gran Mariscal de
-xxiv-
Ayacucho, en la provincia de Atacama, los puertos de mar que comprende y el camino desde el punto
de Cobija hasta la capital de Potosí”.
44
Remito a Alcides D’Orbigny, Viajes y viajeros: viajes por América del Sur.
45
El científico inglés apostilló en sus observaciones que después de Paposo, “viene el gran desierto
de Atacama, barrera más infranqueable que el mar más terrible”. Cf. Charles Darwin, Viaje de un na-
turalista alrededor del mundo, p. 416, se adentró en el desierto de Atacama hasta el salar de Maricunga
y sus anotaciones de los alrededores de Copiapó, todavía suscitan controversias. Cf. Edgardo Sánchez
Mansilla, “Andanzas de Charles Darwin por el Desierto de Atacama”, pp. 6-16.
46
Véase William Lofstrom, “Cobija y el litoral boliviano”, pp. 15-65. Además, da a conocer los
despachos consulares de Lewis Joel (1858-1866) y lo escrito por el médico Henry Willis Baxley sobre
Tocopilla y Cobija en 1861. El diplomático boliviano Jorge Gumucio Granier, ha dado cuenta de los
distintos oficios e informes norteamericanos relativos al litoral boliviano, en su libro Estados Unidos y el
mar boliviano. Testimonios para la historia.
47
Dr. Aquinas Ried, “A description of Chiu Chiu”, p. 115.
48
Véase Johann Jakob von Tschudi, “Viaje por las cordilleras de los Andes de Sudamérica, de
Córdoba a Cobija, en el año 1858”. El citado autor hizo una donación literaria a la Biblioteca Nacio-
nal, lo que mereció del rector de la Universidad de Chile, Andrés Bello, proponerlo como “miembro
corresponsal de la Facultad de Matemáticas”, además de hacerle llegar, por intermedio de Ignacio
Domeyko, la obra de Claudio Gay y los Anales..., entre otras producciones nacionales. Véase “Boletín
de Instrucción Pública, Sesión de 4 de septiembre de 1858”, p. 125.
-xxv-
progresos inmensos que las ciencias naturales han hecho en los últimos años, podrá
cambiar en algo la triste condición del desierto? ¿Se pueden utilizar las aguadas
para formar alrededor de ellas chacras, alfalfales, pequeños pueblos? Los pozos
artesianos quizá darán un medio de regar y de establecer siembras y prados. He
visto que muchas personas esperaban un gran éxito de ellos. Desgraciadamente no
hay ninguna esperanza de poder obtener estos pozos en el desierto. Ahora, no hay
ningún pasto que el hombre cultiva para los animales, ninguna hortaliza que crezca
en tal clima y por eso creo que no se puede sacar provecho de ellas. Me parece
inútil demostrar que es muy difícil, por no decir imposible, construir ferrocarriles
o telégrafos eléctricos por el Desierto”.
No se modificó mucho la imagen del desierto en los registros llevados por los
miembros de la Comisión Científica Española al Pacífico de 1863-1864. Manuel
Almagro, el encargado de recolectar los antecedentes antropológicos y etnográfi-
cos, nos ha dejado su impresión:
“Anduvo parte del inmenso arenal que, empezando en la costa termina cien leguas
tierra adentro. Al amanecer llegó a la posta de Culupso, descansó allí algunas horas,
y concluyó la jornada en una choza arruinada e inhabitada llamada Chancansi,
donde tuvo que permanecer todo el siguiente día, por haberse extraviado una mula.
Al viento ardiente del desierto se unía la carencia de agua, pues el riachuelo que
por allí pasaba la traía tan salobre y desagradable como la de Loeches. El 25 (abril
de 1864) llegó hasta la posta de Huacate, también sobre el desierto, inhabitado, con
la misma calidad de agua; el 26 llegó al pueblecito de Calama, donde pudo saciar
su sed; el 27 siguió al caserío de Chiu-Chiu distante 45 leguas de Cobija. Practicó
allí muchas excavaciones, de las cuales tuvo el placer de sacar numerosas momias,
que con mucho trabajo han podido ser conducidas hasta Madrid”50.
49
Philippi, op. cit., pp. 131-132.
50
Manuel Almagro, Breve descripción de los viajes hechos en América por la Comisión Científica enviada
por el Gobierno de S.M.C. durante los años 1862 a 1866 .Acompañada de dos mapas y de la enumeración de
las colecciones que forman la exposición pública, p. 75.
Una visión del desierto entre los restantes miembros de la Comisión, se encuentra en nuestros
estudios: La Comisión científica española al Pacífico en Chile (1862-1865). Diario de Francisco Martínez y Sáez
(Transcripción, estudio preliminar y notas de José Antonio González Pizarro); “Los artículos de Rafael Castro y
Ordoñez en El Museo Universal (1863-1864) sobre la Comisión de Naturalistas Españoles en América”;
“La Comisión Científica del Pacífico en Chile, 1863-1864.
-xxvi-
gran páramo. Los valiosos antecedentes aportados por Rodulfo A. Philippi para
el estudio mineralógico del desierto de Atacama, fueron examinados por Ignacio
Domeyko al concluir su viaje el sabio alemán51. También se ocupó, en lo relativo al
desierto, el importante volumen del teniente James M. Gilliss, The US. Naval Astro-
nomical Expedition to the Southern Hemisphere during the years 1849- 50- 52, publicado
en Washington en 185552.
Un avance en el conocimiento del Despoblado significó el viaje del francés
Amado Pissis que, por orden del gobierno, reunió varios antecedentes del desierto
de Atacama, toda vez que ya se había descubierto salitre53. La atención hacia lo
físico, lo superficial de lo observado hasta entonces fue corroborado por Amado
Pissis quien, en su Informe sobre el desierto de Atacama, su jeología i sus productos mine-
rales presentado al gobierno chileno en 1877, escribió:
51
A título de muestra, Ignacio Domeyko, “Examen i análisis de las sales que se hallan esparcidas
en la superficie del suelo en el Desierto de Atacama”, pp. 262-264.
52
Ignacio Domeyko, “Jeografía. Estudios geográficos sobre Chile”, pp. 18-61. En este texto alude
a que James M. Gillis, indica que el “ancho del territorio, contado del este al oeste, la (sic) da 97 millas
a la latitud de 34, i solamente 80 en la latitud de 24. Menos exacta i sin duda errónea es la aserción del
autor sobre que el gran cordón de los Andes ocupa las dos terceras partes de la República”, p. 23. En
cuanto a la aseveración de James M. Gillis, “muy poco se sabe tanto de las cordilleras del Norte como
del Sur de Chile”, Ignacio Domeyko cuestionará ese apresuramiento de pasar de un asunto a otras
cuestiones, p. 30, nota 2.
53
Sobre la contribución de Amado Pissis al conocimiento cartográfico, véase José Ignacio Gonzá-
lez Leiva, “Primeros levantamientos cartográficos generales de Chile con base científica: los mapas de
Claudio Gay y Amado Pissis”, pp. 21-44.
54
Citado en José Antonio González Pizarro, “Imaginarios contrapuestos: el desierto de Atacama
percibido desde la región y mirado desde la nación”, pp. 91-116. Cita en pp. 101-102.
55
“Para esto en febrero de 1879, hizo imprimir una segunda edición de la Jeografía Náutica de Boli-
via, acompañándola de un plano de la parte del desierto de Atacama, comprendida entre los paralelos
22° y 26°. En el siguiente mes se completó el trabajo anterior con la publicación de las “Noticias del
desierto i sus recursos”, pp. v-vi.
La difusión de los aportes de Francisco Vidal Gormaz, como el primero de Alejandro Bertrand so-
bre el desierto de Atacama, discurrió a través del Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile, dependiente
-xxvii-
-xxviii-
60
Remito a mi estudio, “La provincia de Antofagasta. Creación y consolidación de un territorio
nuevo en el Estado chileno: 1888-1933”.
61
Cf. José Antonio González Pizarro, “Espacio y política en Antofagasta en el ciclo salitrero. La
percepción del desierto y el sentimiento regionalista, 1880-1930”, pp. 251-290.
-xxix-
“el estudio orográfico de la alta región que determina el divorcio de las aguas y
separa a Chile de la república Argentina, precisándose así, científicamente, la línea
de los límites internacionales”64.
64
Oscar Bermúdez Miral, “Las exploraciones del Desierto de Atacama dirigidas por el ingeniero
don Francisco J. San Román”, p. 314.
-xxx-
65
Véase más adelante p. 143
66
Véase más adelante p. 145.
67
Véase más adelante p. 160.
-xxxi-
Lo que avizoró Francisco San Román de esta nueva dependencia, más trabas que
apoyo, se cumplió a la letra.
La estructuración de la nueva dependencia con su consiguiente presupuesto,
afectó al financiamiento de la Comisión y a sus actividades en el año 1888, mas no
cejó de retornar al desierto, ahora, acompañado del ingeniero geógrafo Enrique
Barraza, para examinar, además, la costa al sur de Caldera. En abril avanzó desde
la extremidad austral del yermo hasta el río Loa. El año 1889 retomó los estudios
hidrológicos del desierto de Atacama. La carta topográfica del Desierto y cordilleras
de Atacama fue concluida en 1890, para lo cual contó, desde 1888, con el apoyo de
una comisión presidida por el astrónomo Huber Alberto Obrecht, cuya tarea fue
“la comprobación, por medio de los procedimientos geodésicos, de la exactitud
de los trabajos realizados por la Comisión Exploradora”69. En la segunda mitad de
1890, se concentró en el estudio petrográfico de las colecciones mineralógicas para
después emprender la confección de la carta geológica-minera que, por último,
debió dejar, pues fue nombrado delegado ante el V Congreso Internacional de
Geología en 1891.
68
Oscar Bermúdez Miral, “Las exploraciones...”, op. cit., p. 317. Dicho traslado administrativo
molestó a Francisco San Román, por ser fruto meramente burocrático y no de una reflexión metódica
en cuanto su finalidad, lo que le llevó a consignar sobre el punto: “Porque no hemos entrado todavía
en este terreno de ilustrarnos a nosotros mismos o ilustrar a los demás en el conocimiento de nuestros
recursos y de las circunstancias naturales e industriales que le acompañan. Nuestros ingenieros y mi-
neros no tienen tiempo que ocupar en estos trabajos de interés general y los que el gobierno destina al
servicio de la minería no lo hacen tampoco, porque no hay plan ni concierto, reglamentación ni orden,
ideas ni dirección, y podría agregarse que ni interés ni conocimiento de las necesidades e importancia
de estudios y trabajos razonados para auxilio de una industria difícil en su ejercicio y que tanto necesita
de los ejemplo de la experiencia. Una sección de minas anexa a la Dirección de Obras Públicas es
un absurdo administrativo, pero sin personal y sin elementos para hacerla servir a sus objetos, es una
suprema inutilidad”. Cf. Véase más adelante p. 134.
69
Bermúdez Miral, “Las exploraciones...”, op. cit., p. 319.
-xxxii-
70
Francisco San Román, “Desierto de Atacama. Informe pasado al gobierno por la comisión ex-
ploradora”, pp. 275-280, cita en p. 275. Véase más adelante pp. 30-32.
71
Francisco J. San Román, “Exploración Científica del Desierto de Atacama. Informe al gobierno
por la comisión exploradora, Copiapó, 26 de setiembre de 1884. Al Señor Ministro del Interior”, pp.
363-370, cita en p. 363. Véase más adelante pp. 74-80.
-xxxiii-
72
Véase más adelante pp. 194-199.
73
San Román, Reseña..., op. cit., pp. 319-320. En esta obra alude que su composición es “un mero
extracto, en su mayor parte, de los manuscritos que desde años ha estoy preparando para la publicación
de las obras que por comisión especial fui encargado de redactar”, aludiendo a la Comisión Explora-
dora del Desierto, p. 1.
La importancia de Huanchaca ha sido puesta de relieve por María Teresa Ahumada, Huanchaca,
perfil de la expresión patrimonial y tecnológica de una época. El complejo Huanchaca cerró al despuntar el
siglo xx, por la inundación de las minas de Pulacayo de Simón Patiño, y fue declarado monumento
nacional por decreto 0009 de 1974, quedando al cuidado de la Universidad Católica del Norte. En la
actualidad, la asociación entre el casino Enjoy y el hotel del Desierto con la Universidad Católica del
-xxxiv-
Escribe:
“En la industria salitrera, desde la inspección de los terrenos, los métodos de explo
tación del caliche hasta la elaboración en las oficinas y tratamiento de las aguas
viejas por yodo, todo lo han inspeccionado con brillante atención en Antofagasta,
debido al señor don W. Carvallo”75.
-xxxv-
76
Cf. Boletín de Instrucción Pública. Consejo de Instrucción Pública, sesión de 7 de enero de 1902.
Luego, gracias al tesón del ingeniero Augusto Bruna se fundará en 1918 la escuela industrial, que
bajo la dirección del ingeniero Horacio Meléndez, dio forma a la escuela industrial de Minas y Salitres,
para finalmente, en 1929, ser conocida como Escuela de Minas de Antofagasta. De sus aulas salieron
generaciones de técnicos mineros habilitados para proseguir estudios ingenieriles universitarios. Las
diversas prácticas en establecimientos industriales y en especial en las diversas oficinas salitreras, puso
en tela de juicio en la década de 1920 la formación ingenieril de la Universidad de Chile, en el ámbito
salitrero. Véase Juan Panadés Vargas, “Antofagasta y los inicios de la educación técnica”; Alberto Lete-
lier, “Los ingenieros y la industria salitrera”.
77
Cf. Diego A. Torres, “Organización de la enseñanza técnica en armonía con los demás órdenes
de la enseñanza especial”, pp. 299-300.
78
Hemos estudiado esto en “Tecnología y ciencia en la industria del salitre durante el ciclo Shanks. La
búsqueda de un programa de investigaciones”. El gran laboratorio salitrero que funcionó hasta 1931, crea-
do por la Asociación de Productores de Salitres, el laboratorio Chorrillos estuvo ubicado... en Valparaíso.
-xxxvi-
79
Sobre la materia, remito a Ernesto Greve, Informe sobre la demarcación de los paralelos de los grados
23 y 24 de latitud meridional, elevado a la Superintendencia del Salitre.
80
José Ricardo Morales, Arquitectónica. Sobre la idea y el sentido de la arquitectura, p. 177.
-xxxvii-
Haciendo justicia a los hombres que habían escrito sobre algún punto de su
geografía o, bien, se habían internado en el yermo, en procura de fortuna, de ins-
peccionar y cotejar su riqueza mineralógica, de levantar los estudios planimétricos,
de catalogar su flora y fauna, etc., propuso al gobierno designar diversos cordones,
con los nombres de cordillera Darwin, Domeyko, Claudio Gay y D’Orbigny, en
lo que atañe a los extranjeros más notables; sierra Gorbea y altiplanicie Philippi,
monte Pissis, sierra de Almeyda, sierra Vicuña Mackenna, cerro Vidal Gormaz,
volcán Lastarria y sierra Barros Arana, para todos los nacionales, destacándose las
designaciones de los hombres públicos más relevantes del pensamiento liberal82.
Importa destacar la vinculación del nombre de Guillermo Wheelwright –vol-
cán Wheelwright– con la ruta por donde los ingenieros “que obedecían a las órde-
nes del gran empresario sudamericano, trazaron las primeras líneas de un proyecto
de ferrocarril trasandino”. El nevado Jotabeche, en recuerdo a “la fama de don
José Joaquín Vallejo, hijo distinguido de Copiapó, literato, industrial y minero”; el
río Astaburuaga, en reconocimiento a Francisco S. Astaburuaga, meritorio autor
del Diccionario geográfico de Chile.
“habitaba aquel ser humano un hueco entre dos piedras, desnudo de todo objeto de
comodidad, como si lo habitara un reptil; los peones levantaban nuestra carpa de
limpia lona coronada con un gallardete tricolor que ondeaba alegre y vistosamente
Véase más adelante pp. 335-339, las nominaciones y sus fundamentos, tanto de nacionales
82
como extranjeros.
-xxxviii-
en aquellos aires donde jamás había flotado emblema alguno de idea patriótica,
profana o sagrada”83.
“dejando por lo demás, a los indígenas favorecidos con este necesario pero mera
mente teórico o platónico servicio, tan brutos y degradados, tan inútiles e infelices
como antes”85.
“Basta llegar a los indígenas de Aiquina, Caspana y otras de nuestro itinerario del
salado y sus afluentes para recordar las análogas famosas construcciones de los
habitantes de las laderas y precipicios de montañas en México y Estados Unidos.
Aquí como allí, las habitaciones son en lo esencial de piedras, defendidas por
si solas en sus alturas inaccesibles al borde de paredes verticales o parapetadas
dentro de reductos y fortalezas. No porque aquellas razas primitivas vivieran ex
clusivamente en condiciones de guerra sino porque, de entre las poblaciones que
eran esencialmente agrícolas como las de los ríos y praderas, no queda hoy sino
restos aislados e imperceptibles que es necesario buscar con cierta prolijidad para
apercibirse de su existencia. En cuanto a la forma de aquellas construcciones y
materiales en suspensión, como nidos de águilas en lo más escarpado de los ba
rrancos, se ven reproducidas las mismas figuras en rectángulos, paralelogramos,
círculos y las almerías, parapetos y torres, están construidas con cierto esmero,
probablemente también destinadas a sacrificios u otros servicios del culto religioso
83
Véase más adelante p. 161.
84
Para esto, remito a José Antonio González Pizarro, El catolicismo en el desierto de Atacama. Iglesia
Sociedad Cultura, 1557-1987, el apartado El Vicariato Apostólico y la acción pastoral y cultural en el te-
rritorio precordillerano, pp. 57-66; “Comunidad, espíritu y mundo entre las faenas mineras y el bullicio
urbano costero”.
85
Véase más adelante p 157. En otro lugar, va a considerar que la pobreza de los indígenas ha
sido el resultado de los funcionarios de las contribuciones, y de la “otra plaga” la de las visitas anuales
del cura, p. 255. Cabe hacer notar que tales observaciones refieren –aunque no lo señala– al período
boliviano, donde el tributo colonial indígena fue suprimido por las fuerzas militares chilenas.
-xxxix-
Su reflexión sobre los pueblos indígenas del desierto de Atacama, desliza una
mirada humanitaria hacia la infelicidad de éstos y, a la vez, una crítica sobre el
papel eclesial en la redención de los mismos, al puntualizar:
86
Véase más adelante p. 149.
87
Véase más adelante p. 146.
88
Véase más adelante p. 148. Aprovecha de señalar que en el museo de Historia Natural de Berna
se encuentran restos de las “extinguidas razas de la costa del Pacífico”.
89
Véase más adelante p. 157. Para una inserción del discurso de Francisco San Román en el ima
ginario nacional y el contexto entre el pueblo atacameño y el Estado chileno, remito a José Luis Martí-
nez”, Relaciones y negociaciones entre la sociedad indígena de la región atacameña y la sociedad y el
estado chilenos”; Nelson Martínez, José Luis Martínez y Viviana Gallardo, “Presencia y representación
de los indios en la construcción de nuevos imaginarios nacionales (Argentina, Bolivia, Chile y Perú,
1880-1920)”.
-xl-
90
Francisco J. San Román, La lengua cunza de los naturales de Atacama, 1890. También fue publicado en
la Revista de la Dirección de Obras Públicas, y reproducido por la Revista Chilena de Historia y Geografía. Fue ree-
ditado por Mario Bahamonde, en la revista Ancora. Francisco J. San Román remitió la publicación hecha en
la Imprenta Gutenberg al Instituto de Ingenieros de Chile, que fue acogida en la sesión extraordinaria del
11 de noviembre de 1890. Una deferencia de su parte al Instituto, al cual, sin embargo, nunca perteneció.
91
Greve, Historia..., p. 156. Refiere Oscar Bermúdez, en su Historia del salitre, desde sus orígenes hasta
la Guerra del Pacífico, p. 361, nota 1 señala que Francisco San Román levantó un “plano general de la
región salitrera comprendida en este territorio”, o sea, de la región del Toco, en 1886.
-xli-
“debí dar cuenta de mis actos y de mis obras como exjefe de la Comisión Explo
radora de Atacama y de la Sección de Minas y Geografía de la Dirección General
de Obras Pública. Mi demanda por devolución del puesto que ocupé en la ad
ministración pública y del cual fui despojado por los procedimientos de calum
nia y sorpresa que ya he denunciado, al ser atendida con la altura y equidad que
distingue a nuestros hombres de Estado, ha debido producir en los autores del
despojo la inquietud de una severa reacción del interés público perjudicado”94.
92
Véase más adelante p. 211.
93
Francisco J. San Román, “El calor y su conversión en trabajo”, pp. 389-406. En su texto afirma:
“Entre los frutos que nos brinda el generoso suelo, los de origen minero, que nos han enriquecido tan
rápidamente, realizando en medio siglo de existencia las grandezas de una civilización que no habría-
mos alcanzado aun, sin ese recurso extraordinario, son los que más necesitan del auxilio de aquellas
transformaciones del progreso, para poder restituir con la economía, lo que se pierde por el empobre-
cimiento de la riqueza fácil y espontánea de las minas en el primer periodo de su existencia”, p. 389.
94
Francisco J. San Román, Los estudios del desierto y cordilleras de Atacama. Nota del señor Ministro de
Obras Públicas y su contestación por Francisco J. San Román, pp. 1 y 5. El asunto apuntaba a que los libros,
-xlii-
Una de las inquietudes que le atrajo de la vida política, y que expresó en rei
teradas ocasiones, fue la situación de la demarcación limítrofe de Chile con los
países vecinos. Las manifestó a través de la prensa, en el diario La Unión, en abril
de 1893, El Constitucional, en enero de 1895 y La Unión, en febrero de 1895, siendo
muy crítico del entendimiento de los mapas que habían configurado nuestras re-
laciones exteriores95. Refiere Enrique Kaempfer que Francisco San Román, junto
con él, se opuso en 1896 a entregar la puna de Atacama a Argentina.
Atento a las nuevas corrientes ideológicas y a los sucesos dominantes en la es
cena mundial, escribía en 1895 que había una tendencia a la paz y concordia entre
las naciones, como también a
“mejorar las condiciones de las clases obreras, multiplicar los dones de la caridad,
difundir los conocimientos, morigerar las costumbres, velar por la salud pública y
facilitar en lo posible las dificultades de la vida”96.
En tal sentido admiró la filantropía privada de los estadounidense para aliviar las
necesidades y luchar contra el flagelo del alcoholismo.
Invitado por la Comisión Directiva de la Exposición Nacional de Minería y
Metalurgia, redactó en 1894 el extenso volumen titulado Reseña industrial e histórica
de la minería i metalurjia de Chile. Dos años después, en 1896, se editaban los dos
primeros tomos de su principal obra, Desierto y cordilleras de Atacama97
En 1898 fue nombrado ingeniero en jefe de la Comisión encargada del estudio
del ferrocarril longitudinal que, escribe Enrique Kaempfer, “cruzando el desierto
archivos, muestras geológicas, reunidos por la Comisión no estaban disponibles en la sección de Geo-
grafía y Minas de la Dirección de Obras Públicas, según había denunciado el nuevo jefe, con fecha 30
de agosto de 1892. El Ministro consideraba que todo ese material era propiedad del Estado. Con fecha,
28 de octubre de 1892, desde Puno, Francisco San Román hizo los descargos.
95
En su artículo, “El orijen de las dificultades en la cuestión de límites chileno-arjentino”, afirma
con autorizada palabra: “Se diría que toda nación aspirante a figurar en línea de nivel con las más
civilizadas del mundo o, por lo menos, colocada en puesto culminante en cualquier parte del globo de-
bería, en primer lugar, conocer el propio suelo que pisan sus habitantes, darse cuenta de su extensión,
de sus recursos y exactos límites con relación a los vecinos que la rodean. Hemos celebrado tratados
internacionales en que se designan los nombres y situaciones geográficas al revés, tomando el ocaso
por el levante y dando a la ubicación del límite, por no saber como trazarlo, el carácter de giratorio con
que se distinguen los pedimentos de mineros que no saben por donde va la veta; y así tenemos mapas
que suprimen valles extensos y poblados o figuran otros que no existen; en que se dibujan montañas
sobre plena llanura, etc. No se puede defender, gobernar, ni administrar así convenientemente un país
que tiene cuestiones internacionales con sus vecinos”. Ofreció su ayuda –un deber en su concepto– al
gobierno para la demarcación limítrofe en la cordillera de San Francisco. Cf. Francisco J. San Román,
“La cuestión internacional de límites i el mojón de San Francisco. Todos estos artículos y otros los
reunió bajo el título Estudios i datos prácticos sobre las cuestiones internacionales de límites entre Chile, Bolivia i
República Arjentina, citas en pp.57-58. Posteriormente, esta serie de artículos lo incorporó en el tomo ii de
Desierto y cordilleras de Atacama, agrupados bajo el epígrafe “Transcripción sobre cuestiones jeográficas
aplicables a los límites internacionales”.
96
“El arbitraje internacional”, p .65.
97
Véase p. 5 en adelante.
-xliii-
“El contenido científico que ella encierra, el tratarse de trabajos hechos por primera
vez en forma completa, enriqueciendo con ello nuestros conocimientos geográficos,
y sobre todo, su gran belleza descriptiva, dan a esa obra valor perdurable”101.
“El señor San Román poseía varios idiomas y profesaba un verdadero culto por la
ciencia y a ella dedicó sus mejores años. Era también un artista, su alma vibraba
con las armonías musicales, e interpretaba con acierto a los grandes clásicos. La
ciencia, pierde en el señor San Román a uno de sus más fervorosos adoradores, el
arte uno de sus hijos, y la patria un gran carácter, una clara inteligencia, uno de los
hombres que más han luchado por su engrandecimiento. El Instituto de Ingenieros
de Chile ha visto desaparecer a uno de los más distinguidos ingenieros del país”102.
98
Kaempfer, op. cit., p. 51.
99
Lorenzo Sundt, “Introducción”, p. vi.
100
Algunos de sus apuntes de archivos –las carpetas– del período de la Comisión Exploradora,
probablemente destinados a dar forma a los tomos iv y v del Desierto y cordilleras de Atacama, fueron
reunidos por el diligente ingeniero de minas Lorenzo Sundt, y publicados en 1911 (véase nota 99),
advirtiendo: “no fueron destinados los apuntes del señor San Román a ser publicados en esta forma,
sino después de los estudios de oficina y del perfeccionamiento del mapa y de los perfiles geológicos...
las observaciones geológicas tuvieron para él que ser de un interés secundario. Consecuencia de esto es
que la denominación dada a las diversas rocas ha sido completamente provisoria y hasta algunas veces
errónea”. Cf. Lorenzo Sundt, Estudios jeolójicos i mineralójicos del desierto i cordillera de Atacama por
Francisco J. San Román, injeniero de minas, jefe de la Comisión Esploradora del Desierto de Atacama.
Publicados bajo la vigilancia de la Sociedad Nacional de Minería, p. v. En el artículo necrológico de
los Anales del Instituto de Ingenieros, el redactor afirma: “Preparaba un cuarto volumen, sobre la jeolojía
del Desierto cuando le sorprendió la muerte. Hemos tenido oportunidad de ver aquella obra en prepa-
ración, llena de observaciones hechas con claridad de criterio, que dan idea exacta de su preparación
técnica”, op. cit., p. 198.
101
Bermúdez Miral, “Las exploraciones...”, op. cit., p. 323.
102
Comisión de Redacción, op. cit., p. 198.
-xliv-
La nueva edición
El nombre de Francisco San Román está unido a los tres tomos de Desierto y
cordilleras de Atacama. Una obra densa tanto en su calidad científica como por su
extensión. Nunca hubo una segunda edición de esta obra, publicada, como hemos
señalado, entre 1896 y 1902.
Hemos considerado para esta edición los dos
primeros tomos. Del primero, la parte correspon-
diente al itinerario de las exploraciones, donde el
estilo del autor es, a la vez, conciso y bello en de-
leitarnos con los días de campamento y las distintas
vicisitudes de un viaje que se extendió por cerca de
ocho años. Su lenguaje nos introduce en la inmen-
sidad del paisaje desértico, donde la soledad es una
fiel acompañante. También ofrece las descripciones
respecto de los poblados precordilleranos transi-
tados y, por cierto, todos los informes evacuados
por la Comisión. Del segundo, referido a la Geo-
grafía General, se contiene toda la información de
la provincia de Antofagasta, creada en 1888, que
el volumen reseña con prolijidad, con noticias de
interés variado; los antecedentes sobre el levanta-
Francisco J. San Román junto a su miento del mapa geográfico, con los datos técnicos,
padre.
que toma en cuenta lo trazado por Rodulfo A. Phi-
lippi y fundamentalmente la justipreciación científica de lo obrado por Alejandro
Bertrand, con todas las bases de medidas levantadas por la Comisión dirigida por
Francisco San Román. En esta selección de su obra el lector podrá apreciar los fun-
damentos de sus propuestas –aceptadas por el gobierno– para designar diversos
accidentes geográficos y las notas de agradecimientos de familiares y, en algunos
casos, de los mismos personajes que habían sido reconocidos en vida por él. Tam-
bién se ha seleccionado lo relativo a la Orografía, para concluir con un apartado
sobre la Hidrografía del desierto de Atacama. Cabe indicar que el espacio del
despoblado posee un número significativo de hoyas hidrográficas.
El arduo trabajo de campo llevado a cabo por Francisco San Román, con su
competencia técnica, se mantiene vigente en lo relativo a la descripción geográfica
de la antigua provincia de Antofagasta, actual Región de Antofagasta, “Capital
minera de Chile”, con mucha propiedad. A través de su lectura se podrá apreciar
el seco paisaje, con sus peculiares elementos climáticos, que nuestro autor nos re-
lata con objetividad y a la vez empatía. Se apreciará también la proeza humana de
conquistar, vivir y morir en el espacio, tal vez, más árido del mundo. Una empresa
que todavía sigue animando a muchos chilenos, a los cuales esta obra les ofrece
una sucesión de continuidad que redoblará sus esfuerzos.
-xlv-
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-liii-
E l largo trecho de territorio chileno que corre desde el agreste valle del Huasco
hasta las pampas salitrosas por donde corre el río Loa, comprendiéndose entre
ambos límites extremos todo lo ancho de Chile que se extiende desde las costas
del Pacífico hasta la cresta de los Andes, constituye lo que propiamente se tomaba
por desierto de Atacama hasta principios del presente siglo.
Ha venido restringiéndose esta denominación más y más hacia el norte a me-
dida que el progreso general y los descubrimientos mineros poblaban o hacían
accesibles a la exploración aquellos territorios, fundándose pueblos y creándose
industrias en ellos; mas, como mero título geográfico y sobre todo como significa-
ción de una zona de aridez y de producciones exclusivamente debidas al reino mi-
neral, la tradición y la costumbre conservan aún aquella denominación para toda
esa comarca que hoy abraza dos provincias chilenas, Atacama y Antofagasta.
La configuración general de Chile, con su valle longitudinal recostado sobre la
falda occidental de los Andes y limitado hacia el lado del Pacífico por la cordillera
marítima que se interrumpe de trecho en trecho en su encadenamiento para dar
paso a los ríos y valles que lo surcan atravesándolo, se reproduce en el desierto
de Atacama después de haber desaparecido en las provincias de Aconcagua y
Coquimbo, donde los brazos desprendidos de una y otra cordillera, cruzándose y
entrelazándose en potentes macizos transversales, dan allí al territorio el aspecto
de una serie de zonas o cintos montañosos que lo ciñen de oriente a poniente.
Comienza aquél y termina este último carácter físico del país precisamente en
la línea de división administrativa entre las provincias de Coquimbo y Atacama,
que sigue las alturas por donde se separan a sus respectivos cauces las aguas co-
rrespondientes a las hoyas hidrográficas de Elqui y el Huasco, más o menos según
el paralelo de 29º y desde la bahía de Chañaral hasta la cordillera de Doña Ana.
Desde aquel nuevo punto de partida, reproduciéndose la configuración de las
dos cordilleras paralelas y el valle central intermedio, continúa éste sin más inte-
rrupción de importancia hasta el Loa y las pampas del Tamarugal.
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Tales caracteres salientes del aspecto físico del desierto de Atacama determi-
nan diferencias de clima y de condiciones hidrológicas, definen las zonas de com-
posición geológica y los grandes accidentes genésicos, señalan la distribución de
las especies mineralógicas y marcan líneas de orientación al explorador minero.
La desnudez de toda vegetación aprovechable en el suelo, una atmósfera siem-
pre despejada y seca cuando no es en la orilla del mar, y un terreno en todas partes
desnudo y a todas profundidades apto para las explotaciones mineras, son otras
tantas condiciones naturales de la constitución geológica y fisonomía física del de-
sierto que imprimen un carácter especial y determinan propias y privativas peculia-
ridades así a sus producciones mismas como a las industrias que de ellas derivan.
El aspecto físico de un territorio interesa tan vivamente al estudio del investi-
gador científico como al mero explorador industrial, que sólo busca bienes mate-
riales y fuente de trabajo en sus afanes de observar y descubrir.
Las cadenas de montañas, con su composición, su orientación y sus accidentes,
revelan a la ciencia del uno el orden de los misterios de la creación, tanto como
señalan a la sagacidad del otro los secretos del yacimiento y distribución de los
metales.
Los fenómenos meteorológicos, que en medio de aquella naturaleza austera
del desierto ofrecen los aspectos del cielo estrellado, que riega las tierras con el ro
cío, de las noches brumosas y de las mañanas que el sol despoja de sus velos nebu
losos llenando de luz y calor el espacio, no despiertan en el buscador de fortuna
menos útiles enseñanzas para guiarse en sus indagaciones de descubrir, que en el
sabio ideas y reflexiones sobre las ciencias meteorológicas. Porque sabe aquél, por
su experiencia en el arte de interrogar a la esquiva naturaleza de sus desiertos, que
aquellos fenómenos determinan el régimen de las aguas, exteriores o subterráneas,
y con esta clave define los contornos y busca con razonada diligencia los depósitos
de salitre, descubre la salvación y los recursos, encontrando el agua invisible en el
subsuelo, la persigue en las profundidades o la toma como guía en las “humeda-
des” para él reveladoras que se le presentan en el laborío del filón, en el fondo de
la mina.
Los aspectos naturales le son también familiares y lo guían en su inteligente y
fecunda perseverancia de buscar y encontrar la riqueza que impulsa el progreso,
multiplica las fuerzas y labra la felicidad humana.
En la estructura y composición de la montaña indaga el “panizo” revelador,
busca la roca “pintadora”, y no es siempre necesario que el crestón de plata refleje
sus destellos al sol para que la luz de su experiencia lo guíe hacia el lugar del ya-
cimiento.
La profusión y la trascendental importancia de tantos hallazgos así debidos,
en todo el desierto de Atacama, a la sola y espontánea iniciativa particular, con
inmenso beneficio de la riqueza pública que adquiría con ellos nuevos mercados
para todos los frutos, trabajo y remuneración para todas las clases sociales, actividad
comercial, fuerza y poderío para el país y tantos otros bienes, hubieron al fin de
estimular a las autoridades administrativas, al gobierno de la nación, a decretar el
estudio y razonada exploración de aquel territorio, destinando al efecto algo de los
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He acordado y decreto:
Art. 1.º Una comisión exploradora del desierto de Atacama compuesta de un
ingeniero en jefe que la presidirá, de dos ingenieros segundos, de los cuales uno
será geólogo y el otro geógrafo, de dos ingenieros ayudantes y de un ecónomo,
procederá a hacer los estudios de que se trata en el presente decreto.
Art. 2.º Se levantará la carta topográfica del desierto con los detalles de su
orografía e hidrografía, demarcación de las aguadas naturales y de los puntos en
que éstas pueden ser abiertas.
Art. 3.º Se clasificarán geológicamente los terrenos, habida consideración a
su importancia mineralógica, y se reunirán colecciones completas de sus rocas y
piedras minerales, detallándose con la precisión posible las corridas y localidades
de formación metalífera.
Art. 4.º Se estudiarán y describirán las minas metálicas y yacimientos salinos,
los ingenios metalúrgicos y los tratamientos empleados en ellos.
Art. 5.º Se trazarán en la carta topográfica los caminos que faciliten las comuni
caciones del desierto y que mejor se adapten a su fomento y prosperidad industrial.
Art. 6.º Se tomarán, en general, todos los datos que el estudio mismo del de
sierto ofrezca al interés de la industria y a la posibilidad de plantearla con ventaja
para las empresas particulares.
Santa María
J.M. Balmaceda
He acordado y decreto:
La Comisión Exploradora del desierto de Atacama se compondrá del inge
niero en jefe don Francisco J. San Román, del ingeniero geógrafo don Alejandro
Chadwick y del geólogo don Lorenzo Sundt.
Tómese razón y comuníquese.
Santa María
José M. Balmaceda
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Los ferrocarriles definen y acentúan más estas condiciones locales de tales pun
tos, llevando hacia ellos, con gran beneficio público, sin duda, pero con perjuicio
de ciertos detalles, toda la savia y toda la animación del tráfico y los negocios que
antes se repartían en otras direcciones.
Así quedó, por entonces, desde 1871 en que fue inaugurada la línea férrea de
Puquios, abandonado y desierto el antiguo camino que conducía a Tres Puntas por
vía del Chulo, quebrada de Llampos y portezuelo del Inca, vía que anteriormente
había sido explorada y estudiada para internar por allí el ferrocarril al desierto.
Siempre han sido las aguadas, la posesión preciosa de una gota de agua, la cau-
sa determinante de las obras del capital en el árido territorio de Atacama, y no fue
sino por las vegas de Puquios y el pequeñísimo manantial de agua corriente que de
ellas surge que se dio la preferencia a Puquios sobre el Chulo y el Inca, cuestión
que hoy mismo es de actualidad otra vez, con motivo de la necesaria prolonga
ción del ferrocarril de Copiapó al norte.
Aquellas vegas sirvieron de base a la construcción de un importante estableci
miento de beneficio de metales de plata para la opulenta mina Buena Esperanza,
y aquel centro industrial debió decidir la cuestión de preferencia entre las vías ri-
vales, más la expectativa del proyecto de ferrocarril trasandino por San Francisco,
el trabajo de las minas de carbón de la Ternera y la explotación de las borateras de
Maricunga, las minas de plata de la Coipa y otras.
Importante es, además, aquel punto en sí mismo como asiento de minas de
cobre, entre otras la Dulcinea, uno de los más poderosos criaderos del mundo.
El nombre de Quebrada de Puquios se da a una simple grieta tortuosa, de tres
kilómetros de extensión, altísimas paredes y en partes sin el necesario ancho para
dejar cruzarse dos carretas.
En su parte más espaciosa se ha conseguido construir el establecimiento de
amalgamación que antes fue trapiche para oro y que don Bertoldo Kröhnke trans-
formó para plata con aplicación del famoso procedimiento metalúrgico que lleva
su nombre.
Mientras se tomaba razón de todos estos hechos, los ingenieros Chadwick y
Muñoz medían una base en las inmediaciones de aquella localidad, sobre la nive-
lada llanura de Ñangarí o llano de Varas y daban principio a la triangulación del
desierto.
El geólogo señor Sundt se dedicaba a su especialidad, y al instalar el campa
mento en Tres Puntas se dio comienzo al acondicionamiento y formación del re-
gistro de las colecciones de rocas y minerales.
A principios de agosto se avanzaba paulatinamente hacia el norte destinando
la necesaria atención a Inca de Oro e inmediaciones, hasta llegar a la Finca de
Chañaral, pequeño plantío de árboles frutales que asume las proporciones de un
paraíso en medio de aquella esterilidad y ante aquel contraste del intenso verde del
follaje contra el rojizo matiz de los pórfidos y granitos.
Comenzaba el desierto a tomar posesión de sus viajeros: no más pueblos ni vi
viendas ni recurso alguno después de aquel oasis reparador, presintiéndose ya las
impresiones de la soledad y cierto curioso deseo de penetrar aún más en ella, como
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una aspiración del espíritu y una necesidad física de moverse, de medir el espacio
infinito y recorrerlo.
Hasta entonces era grata la animación del pequeño campamento nómade con
sus carpas, su carreta y animales, sus bagajes y la bulliciosa colmena de su per-
sonal: ingenieros, guías, peones y arrieros, que constituían un centro social y un
medio de vida y actividad, pero llegaba la necesidad de separarse, de distribuirse
las tareas y aislarse los unos de los otros en el silencio de aquella naturaleza muerta,
donde empezábamos a sentirnos en la verdadera situación del explorador que se
aventura en el desierto.
El plan trazado para las operaciones de la triangulación se reducía a continuar
avanzando al norte sin abandonar la región central, o sea, el valle longitudinal del
desierto, apoyando la red de triángulos en las cúspides más características del cor-
dón de cerros del lado de la costa y en las que por el lado de la cordillera determi
naban los contornos orientales del valle.
Así quedaban ya ligados entre sí y con la base provisoria del Llano de Varas
los cerros centrales de Puquios y Tres Puntas, que interceptan en esos dos puntos
la continuación del valle longitudinal subdividiéndolo, y las cadenas de la costa y
de las antecordilleras que corren respectivamente por Cachiyuyo y el cordón del
Chivato las primeras, y por San Andrés, Valiente y cerro de Vicuña las segundas.
A otra aguada, sin árboles y sin la frondosa vegetación de La Finca; con un
mero ensayo de hortaliza y entre barrancos desnudos y terrosos, blanquecinos y
salitrosos, fue trasladado el lugar del campamento a mediados del mes de agosto.
Era Pueblo Hundido.
Lo que en algún tiempo pudo dar pretexto para suponer un pueblo en aquel
lugar, aplicándole después el calificativo de hundido para explicar su total desapa-
rición, no tendría más razón que la relativa importancia de haber existido algún
ser viviente al borde de aquel manantial y haber posteriormente desaparecido él
mismo o su vivienda por la acción del tiempo o de alguna avenida torrentosa que
acabó con todo, hundiéndolo en el fango de aquellas colinas arcillosas.
No se justifica por ningún indicio geológico ni admisible revelación que allí exis-
tiera el “pueblo” de la tradición, con su río y los numerosos rebaños que pastaban
en sus valles, todo sumergido en los escombros de una espantosa convulsión de la
tierra.
Lo único cierto es que Pueblo Hundido conserva el prestigio de su bien mere
cida fama dando agua dulce al sediento en aquellas sequedades de sal y salitre,
refrescando la mirada y el alma con un destello de verdor y dando todavía lugar
a las faenas de un establecimiento de fundición que allí habría prosperado largo
tiempo si el abatimiento general de los negocios mineros y las dificultades del tráfi-
co, sin caminos ni socorro alguno, no se hubieran combinado para aplastarlo todo
y ahogar hasta la esperanza misma de un porvenir que los recursos minerales de
aquella región prometen próspero y lucrativo.
Es sabido que el ideal constante de los moradores del departamento de Chaña-
ral consiste en la prolongación del ferrocarril de Chañaral al Salado hasta Pueblo
Hundido.
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Señor Ministro:
He llegado a este punto a donde me había precedido el ingeniero Chadwick
para ligar los trabajos topográficos con la estación del ferrocarril, lo que dejamos ya
terminado.
El ingeniero Muñoz ha avanzado hasta el mineral de La Florida, al norte, y
en Pueblo Hundido y sus inmediaciones quedan Sundt y García ocupados en sus
respectivas tareas.
En lo avanzado hasta la fecha hemos tenido ya ocasión de rectificar los nu
merosos errores de los mapas que hasta ahora han sido publicados para figurar la
geografía del desierto.
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Puntos tan importantes como la Finca de Chañaral y Pueblo Hundido, así como
los distritos minerales más interesantes, quedan determinados y fijados en su verdadera
posición geográfica, y detalles indispensables como las quebradas de Chañaral Alto
hasta la cordillera de Vicuña y otras, así como la fijación de los caminos, aguadas y
la orientación de las cadenas de montañas, son, como todo lo demás, objeto de la
observación y del tiempo necesario para que el trabajo que se nos ha confiado sirva
en cuanto sea posible a los fines industriales y científicos que más convengan.
La geología y mineralogía de la región explorada están representadas por
colecciones de rocas, fósiles y minerales que figuran en número de más de 500
muestras descritas y catalogadas con la prolijidad que es posible en estos viajes y
por tales desiertos.
Las observaciones meteorológicas se siguen registrando con la regularidad
que nuestros pocos y deficientes elementos permiten, y para no descuidar nada
de lo que pueda importar una utilidad o un progreso para la ciencia, dedicamos
también alguna atención a la formación de un herbario de la flora atacamense que
promete ser interesante en la entrante primavera.
Me abstengo, por ahora, de entrar en apreciaciones respecto del porvenir
industrial de la minería en esta parte del desierto que sólo comprende la región
central desde Tres Puntas hasta el paralelo 26, que corresponde a Pueblo Hundido.
Contraído a otras atenciones, no he dedicado aún el tiempo bastante a la inspección
de las minas, lo que haré en breve, pero, a lo menos, puedo anticipar a V.S. que, en
los recursos minerales, el cobre y el oro son los metales que con más profusión se
ofrecerán a las especulaciones del porvenir.
Concluidos los trabajos que nos han traído a este punto, como dije a V.S. más
arriba, volveremos al interior a reunirnos al resto de la comisión y emprender
camino al norte y al oriente.
En cuanto a facilidades para las excursiones y cateos, mucho será posible hacer
y con muy poco sacrificio. El desierto ofrece, en la parte que llevamos explorada,
muchos puntos favorables para la perforación de pozos surgientes y algunos otros
adaptables a pequeñas extensiones de cultivo y plantaciones que serían de una
utilidad infinita en medio de esta interminable esterilidad y desolación.
Seguiré, pues, aglomerando todos estos datos para poder presentar a V.S., en
una exposición razonada, los medios de satisfacer a una de las exigencias más aten
dibles de los viajeros y de los infatigables cateadores, agentes del progreso en estos
páramos.
La necesidad del agua no se limita tan sólo a mantener la vida de hombres y
bestias; es también necesaria como elemento industrial; desde este punto de vista
es indudable que todo sacrificio sería ampliamente remunerado con los frutos de la
actividad y constancia del minero.
Dios guarde a V.S.
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hasta ahora haya podido saberse de ellos algo más que su resultado final y positivo:
el fracaso, lo cual es muy poco saber.
El fracaso puede tener, y tiene, en realidad, infinitas causas, y quizá la razón de
todos esos desengaños y desastres está en ignorarlas, induciendo a cada cual a en-
sayar y plantear procedimientos que se abstendría de aplicar o modificaría conve-
nientemente si la experiencia de otros le mostrara sus resultados y se los explicara.
Si el mal éxito consiste en las máquinas o en el modo de aplicarlas, en inade-
cuadas circunstancias, en falta de capital o en su mala administración, son materias
que deberían ser objeto del mayor interés y deber de los encargados del velar por
los intereses de la minería, ya que la pasada Exposición Nacional de Minería y
Metalurgia, por dejarnos el recuerdo de brillantes espectáculos, nada nos dejó en
este sentido.
El caso de Carrizalillo y de Las Bombas, juzgado exteriormente y sin más da
tos, habiendo dado lugar al aprovechamiento de considerables existencias de mi-
nerales de ínfima ley que han sido tratados por la concentración y llevados a la
fundición, deja la impresión de resultados satisfactorios en cuanto a los procedi-
mientos, los que serán dados a conocer en el respectivo lugar de esta obra.
Mientras tanto, en estas indagaciones y otras, se hizo urgente aprovechar el
refresco de los animales y tener en cuenta lo angustiado de los recursos disponibles
para aventurarse más adentro del desierto.
Carrizalillo y Las Bombas nos habían desviado un poco del itinerario adopta-
do, acercándonos al mar, pero antes de contramarchar al oriente quedaba cons-
tancia de un hecho que merecía atención y debía quedar marcado con la precisión
necesaria para lo sucesivo.
El interés de seguir atentamente las líneas de distribución de los minerales
exigía el trabajo de seguir especialmente, en razón de su particular importancia, el
curso de las formaciones calcáreas y margosas características de Chañarcillo que
se sucedían con manifestaciones de riqueza por Ladrillos, Tres Puntas y La Florida;
y convergiendo desde este último punto al noroeste, se veía continuar aquellos
panizos en esporádicas y pequeñas manifestaciones por Las Bombas al norte, hasta
tomar magnífico y poderoso desarrollo en un alto cerro que los guías designaban
vagamente con los nombres de Cachina, Vaca Muerta y otros.
No se había ocultado a algunos mineros que los estudios de la comisión explo-
radora, con la oportunidad de sus viajes y cruzadas por partes aisladas y descono-
cidas del desierto, llegarían a acertar en descubrir algo importante, y al efecto, una
caravana organizada y de cuando en cuando algunos dispersos, seguían las huellas
o acampaban al lado de la nómade Comisión.
La internación de ésta al oriente, aparte de hacer más difícil para esos busca-
dores de fortuna la tarea de seguirnos, no tenía por entonces las expectativas que
ofrecía la vía del norte hacia Vaca Muerta, cuyos caracteres de formación y estruc-
tura les fueron señalados y recomendados como prometedores signos de algún
importante hallazgo. Pocos días más tarde, en efecto, fue espléndido el éxito de tan
fundadas conjeturas, resultando de ellas el famoso descubrimiento del mineral de
Esmeralda que todavía sigue produciendo importantes valores.
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atajos desagradables y obstáculos con frecuencia insalvables para el viajero que las
recorre en su sentido longitudinal de sur a norte.
Atrás, hacia el sur, habíamos dejado el Salado, a cuya orilla está Pueblo Hun-
dido, después, siguiendo al norte, Doña Inés, El Carrizo y ahora El Juncal, en cuya
margen derecha estábamos a inmediaciones de la aguada de La Brea, a donde
era necesario bajar a refrescar, al mismo tiempo que a buscar salida para la opuesta
margen del mismo barranco, que no habíamos explorado aún.
Son, estos accidentes del suelo, profundas aberturas cuyo fondo corre hasta
cien, doscientos y más metros abajo de la superficie del terreno, como lo que en
México y Estados Unidos llaman cañones, de los cuales hay tan portentosos y co
losales ejemplos, como el del río Colorado, que abre en las altas llanuras de las
montañas Rocallosas en condiciones análogas a las de nuestro desierto, pero en tal
escala de majestad y grandeza, que allí se encuentran abismos que caen vertical
mente hasta dos mil metros de profundidad.
Tales accidentes, aunque en proporciones relativamente diminutas, son en al-
gunas partes insalvables por los caminos ordinarios en aquella sección del desierto
de Atacama, la única en que tales obstáculos se presentan y que han sido sólo a
medias removidos por el caminero para dar paso a las carretas del tráfico.
Al tratar de bajar nuestro único vehículo de esa categoría destinado al acarreo
de forraje, su conductor, taita Higuera, había anticipado ciertos temores respec-
to del “macho tordillo” que siempre se complacía en atormentarlo escogiendo las
ocasiones difíciles y los casos de conflicto para desplegar sus bríos de indómito y
bellaco.
Lo fatigoso de la tarea de un carretero, que hace hasta cierto punto disculpable
su ordinaria intemperancia de carácter, con sus propias maneras y la característica
expresión de su lenguaje, no era para taita Higuera motivo de mal humor y desa-
grado fuera de lo admisible y justo, siendo más bien bondadoso y resignado, y de
tal manera útil y servicial que no era posible exponerlo a un accidente peligroso sin
una suprema necesidad y sólo dejándolo libremente a su propio juicio y voluntad.
Se decidió el buen hombre por la bajada al precipicio después de un atento
examen de cada vuelta del caracoleado camino, no sin nuevas y repetidas protes-
tas de cargarlo todo a cuenta de alguna importuna bellaquería del macho tordillo
si por casualidad ocurría una catástrofe.
Dicho, y empezando a bajar, se le vio rodar, en efecto, en vertiginoso viaje ba
rranco abajo, aprovechándose de cada enderezada del cuerpo que conseguía afian
zar en la caída, para gritar a sus espectadores de arriba que había corcoveado el ma-
cho; y todo en medio del torbellino de la carreta tumbándose, de las bestias rodando
y de una lluvia de piedras, fardos y equipajes, todos envueltos en una nube de polvo.
Tales son los percances del desierto por donde se acarrean las provisiones y se
transportan los metales de las minas.
Taita Higuera salvó ileso, de puro diestro y precavido, pero dos animales muer
tos, incluso el macho tordillo autor de la avería, y otros perjuicios deplorables en
lugares a donde no hay medio posible de reparación de daños, fueron contratiem-
pos de grave trascendencia en semejantes circunstancias.
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En todo caso, encontrar allí, a lo menos, refresco para las agotadas bestias y
agua en abundancia; poder carnear una oveja, y por ventura regalarse también
con una cazuela de gallina, huevos frescos, leche y quesillos, no deja de ser cosa de
maravilla y encantamiento en el desierto de Atacama.
Uno de los más honrados y meritorios extranjeros que habitaron el norte de
Chile en aquellos tiempos de grandes empresas y descubrimientos en el desierto,
don Arturo Siewerts, comerciante de Caldera, había emprendido en aquellas apar-
tadas localidades el trabajo de un poderoso filón de cobre, fundando la mina que
se llamó Exploradora, de antigua fama y de no interrumpida riqueza hasta el día
presente, en que todavía luchan con las adversidades de la época y las dificultades
del desierto sus actuales dueños, los señores Piedra Hermanos.
Es éste uno de los más interesantes casos de correlación geológica en las afini-
dades de ciertos minerales por determinadas rocas que les sirven de criadero.
La fuente de toda la antigua riqueza cuprera de Chile de la cual aprovecha
mos todavía los restos, se redujo siempre a los cerros y rocas verdes y grises de
diversos tonos, tan conocidas bajo el nombre de dioritas a lo largo de toda la costa
del Pacífico desde Coquimbo al norte.
Pero suele la diorita hacer sus incursiones al interior del desierto, y donde quie
ra que asoma, entre pórfidos o traquitas, en la llanura o en el enjambre de las cor
dilleras, aislada o rodeada de cualquier otro medio geológico y en la vecindad de
cualesquiera otras especies mineralógicas características de tales regiones, siempre
se la encontrará, como es el caso en la mina Exploradora, asociada a las especies
puras del cobre: atacamitas, carbonatos y óxidos; bronces y cobres piritosos amari
llos y limpios de toda impureza arsenical o antimonial; a veces también con plata
en hojas que tapiza las caras donde quiebra la masa cobriza y con filigrana que
rellena las oquedades.
Fuera de esta excepción, lo general en aquella región del desierto, en riqueza
minera, corresponde a minerales básicos y complejos en composición, como es
más propio de las formaciones metalíferas de las cordilleras.
Pero así, por excepción también, donde abren criaderos de plata dentro de las
zonas calcáreo-jurásicas que por allí corran, los minerales son igualmente puros en
especies del metal blanco, como aconteció en la mina San Carlos.
Abunda especialmente el plomo, naturalmente en estado de galena, pero tam-
bién en las especies oxigenadas, carbonatos y sulfatos, sin ser raros los yoduros,
oxicloruros y combinaciones de éstos entre sí.
El asiento minero del Juncal, descubierto por aquellos tiempos de 1883, se
presentaba con caracteres halagadores para la especulación industrial, y de tal
manera que, en ningún otro país de la tierra que no fuera el desprovisto y abando
nado desierto de Atacama, aquello sería hoy centro importante de movimiento y
producción.
Desde la Encantada hasta el Juncal, todo el terreno comprendido es de forma
ción mineral, abundando gran variedad de especies pertenecientes al hierro, al
plomo, al cobre, a la plata y al oro, y todavía al lado del poniente, en el llano cen
tral, al salitre, al parecer en no escasas condiciones de abundancia y pureza.
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un prodigioso fenómeno, no era idea que podía ocurrir a nuestro arriero; mas su
ignorancia había presentido, con el mero instinto, mejor que la nuestra con sus re
flexiones, la causa fundamental del estupendo espectáculo.
El día 6 de octubre caminábamos hacia el cerro de Incaguasi, siguiendo el cur-
so del famoso camino del Inca que hasta allí había podido ser satisfactoriamente
trazado de jornada en jornada, recorriéndolo donde era posible, buscándolo don-
de se ocultaba a la vista por los accidentes del terreno o desaparecía borrado por la
consistencia del suelo o la acción del tiempo, y de todas maneras cerciorándonos
de su existencia y de su curso para poder trazarlo, si era posible, palmo a palmo
en toda su extensión.
Tales instrucciones eran comunes a todos los miembros de la Comisión a fin
de no perder un detalle de esta importante e histórica vía de los tiempos incásicos,
tan notable por la rigurosa exactitud de su orientación y por tantos motivos inte-
resante, digna de ser descrita en sus detalles y trazada en los mapas para perpetua
recordación, arrancándola al olvido y a los estragos del tiempo.
No es éste el lugar para ocuparse de ella, sino la mera ocasión de recordarla
como incidente de viaje en esta rápida relación de los principales itinerarios, o
más bien dicho, del itinerario general seguido en el plan trazado a los trabajos de
la comisión exploradora. El camino del Inca arranca de los Tambillos, en Copiapó,
y sigue rumbo general y constante de 22º al E del meridiano astronómico hasta el
pie del Licancabur, a 580 kilómetros de distancia.
El nuevo campamento al pie de Incaguasi sería el centro de excursiones que
abrazaban, como antes, las vertientes de la antecordillera occidental, que más tar-
de llevaría el nombre de Domeyko, y parte del valle central que llevábamos a
nuestra izquierda en el constante rumbo de avance hacia el norte.
Por un lado eran las asperezas, alturas y profundidades de un terreno mon
tañoso, con sus recursos de agua y combustible para las más apremiantes nece-
sidades de la subsistencia y, por el otro, el desierto llano y uniforme, pero des
provisto de todo auxilio y perpetuamente árido y seco, con su cascajo terroso
penetrado de guijarros y angulosos fragmentos de roca, sus costras de sal y sulfa-
tos alcalinos, sus caliches y riquezas invisibles bajo un suelo de reflejos rojizos y
fantásticos mirajes.
Dejando el Incaguasi, el camino ofrece siempre el interés de algunas minas que
se encuentran en el tránsito hacia el Chaco, como las de la Ceniza, cuyo descu
brimiento fue debido al infatigable don José Díaz Gana, cuyo recuerdo se conserva
en el desierto a cada paso en toda su extensión de norte a sur.
Aquel mismo día, 9 de octubre, se cruzaban las grandes vegas del Chaco que
nacen del grueso macizo de este nombre en la cordillera Domeyko, nombre histó
rico entre la gente de cateos, porque por allí pasaron los misteriosos aragoneses
de la leyenda minera que más románticos sucesos refiere y más extraordinarias
riquezas revela.
Apenas salidos de estas vegas los hermanos Leite de la famosa historia, parece
que descubrieron los ricos metales que llevaron a la república Argentina y allí
sepultaron, ofreciéndolos más tarde en canje de la vida al pundonoroso general
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Belgrano que antes habría arrostrado el hambre antes que conmutar por plata la
pena capital del delito de espía y traición a la patria que recayó sobre los misterio-
sos mineros españoles.
De este hecho, agregado a sus descubrimientos en el cerro de Famatina y otras
hazañas de gran renombre realizadas por ellos, se desprendieron las ideas de cateo
y las mil supercherías de Aliste por aquellas regiones en que dejaron su dinero y
sus desengaños tantos mineros copiapinos.
En comentarios e indagaciones al respecto y que más adelante habrá ocasión
de relatar, trascurrió aquel día hasta llegar al grupo de minas llamado del Chaco y
también de Vaquillas, siendo la principal de entre ellas la Buena Esperanza, enton
ces en activa explotación por cuenta del inteligente industrial don Manuel J. Vicuña.
¿No sería probable que los aragoneses, cruzando por aquel cerrillo en direc-
ción al Chaco, descubrieran en él la famosa riqueza de la leyenda?
Examinadas las minas de Sandón, a inmediaciones de las del Chaco, se caía
por los barrancos coronados de grandes bancos de tufo traquítico hasta el fondo
de una grieta con vegas y un filamento de agua cristalina, como son todas las de
análogo origen en esas cordilleras, aunque no sean siempre puras o potables.
Esa coronación de traquitas, vista desde el profundo fondo con sus suaves co
lores de carne y sus inmensos fragmentos prismáticos, forma que conservan aun
cuando la denudación los ha labrado en esas u otras formas caprichosas pero ordi-
nariamente geométricas, según su natural modo de fractura, se presenta allí, como
en la Encantada, Juncal, Chaco y donde quiera que el terreno ofrece una fractura,
con especiales atractivos de interés y belleza.
Sea que la formación del terreno sobre el que descansa aquel manto de roca
friable conste de estratificaciones más o menos onduladas u horizontales, inclina-
das o trastornadas en todos sentidos por las fuerzas interiores o presiones laterales
que las dislocaron dejando una superficie áspera y profundamente surcada de va-
lles o erizada de alturas, en todo ello se descubre siempre que el papel de los tufos
traquíticos y cenizas volcánicas fue constantemente nivelador, rellenando como
un elemento líquido todos los huecos y emparejando todas las desigualdades hasta
quedarse tranquilo y a nivel como la superficie de un mar sólido.
En vano trata el geólogo de investigar allí la composición y estructura del sub-
suelo: por doquiera lo encontrará oculto bajo potente capa de materiales volcáni
cos directamente desprendidos de sus cráteres como en las inmediaciones del
Chaco o arrastrados y transportados de uno u otro modo por las aguas, por los
vientos, por todos los medios de acción de la naturaleza, siéndole necesario buscar
las grietas y barrancos para averiguar en sus paredes y precipicios las nociones de
lo que interesa a sus estudios.
Y no sufrirá decepciones el observador, porque en el curso de la quebrada de
Vaquillas abajo encontrará cómo investigar aisladamente y relacionar entre sí di
versos horizontes geológicos, comenzando por los de origen volcánico reciente en
todas sus fases y siguiendo por las calcáreas jurásicas, neocomianas o cretáceas; los
tufos porfídicos de todos aspectos y estructuras, rocas arenáceas, silíceas y jaspea-
das como el ágata, con cintas rojas, grises, verdes y de todos colores; los recientes
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Señor Ministro:
Dejamos terminados los trabajos de exploración y mensura de la región del
desierto, que corre entre las cordilleras de la costa y el primer cordón andino que
forma la vertiente occidental de la gran altiplanicie atacameña.
El resumen de las operaciones se reduce a lo siguiente:
185 vértices de triángulos, casi todos ellos centros de estación.
6 bases medidas directamente.
22 determinaciones de latitud.
68 puntos fijados con azimut magnéticos.
7 determinaciones de la declinación magnética.
142 observaciones meteorológicas completas.
28 minas visitadas y estudiadas.
9 delineaciones de caminos y quebradas importantes.
1.600 rocas, minerales y fósiles catalogados.
75 ejemplares de plantas coleccionadas.
Tiempo ocupado en todo este trabajo, tres y medio meses.
En la triangulación de este territorio se han observado cuidadosamente todas
las condiciones que exige todo trabajo de importancia. La regularidad de los trián
gulos, las repetidas comprobaciones y verificación de las observaciones, así como
el perfecto estado de conservación de los instrumentos de precisión, garantizan
suficientemente la exactitud apetecible para la construcción de la carta geográfica.
La comisión no posee más que un solo instrumento de gran precisión, un teodolito
de Throuhton comprado a Schwalb Hermanos y otro prestado.
Para los detalles hemos hecho uso de la brújula prismática, del anteojo
Rochon, del telémetro de reflexión y del pedómetro.
Las observaciones astronómicas han debido reducirse, por la falta de cronómetros,
a la determinación de alturas meridianas, sea con el círculo de reflexión o con el
teodolito de tránsitos.
La falta de aquellos instrumentos indispensables no ha sido, sin embargo, tan
necesaria, porque expresamente he combinado su carencia ahora con su posesión
para más tarde, de suerte que, oportunamente y sin desandar camino, los aprove
charemos para determinar las longitudes geográficas que no sean convenientes.
En todo cordón de montañas de alguna importancia, ya por su potencia como
por sus recursos minerales, siempre hemos fijado, a lo menos, el punto culminante,
pero más generalmente además de éste, un segundo y un tercer punto en ambas
extremidades, determinando así con precisión la verdadera orientación de la corri
da montañosa.
La línea anticlinal y de las más altas cumbres del cordón occidental de los
Andes está determinada en sus puntos más notables, no sólo por las señales natura
les que pueden aprovecharse como puntos de mira, sino también por los linderos
mandados construir expresamente para encadenar esta triangulación central con
la otra que llevaremos por sobre las mesetas andinas.
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S i cada cual pusiera a favor del servicio público y de la economía fiscal todo cuan
to en el ejercicio y experiencia de los negocios del país aprende y descubre, y,
naturalmente, si los directores de la administración pública oyeran y juzgaran, hi
cieran caso siquiera y tomaran nota para reparar los daños y prevenir su repetición
y acrecentamiento, ¡cuántos gastos se ahorrarían y cuánto provecho se ganaría!
Exhortaciones continuas y razonadas demostraciones en este sentido eran fre-
cuente materia de argumentos por escrito y de viva voz en aquellos años con mo-
tivo de la exploración del desierto y cordilleras de Atacama.
Meses enteros y hasta la cuarta parte de un año en tramitar la entrega de una
suma de dinero en tesorería; ingenieros que esperaban, peones en forzado ocio
que ganaban salario y animales ocasionando gastos sin remuneración y todo a
pura pérdida; tiempo indefinidamente transcurrido en órdenes superiores que los
cambios de la política y la renovación de los ministros de Estado dejaban sin efecto
y se aplazaban mientras que la caravana exploradora bogaba y remaba sin alientos
en el desierto: todo trabajo perdido, abandonándose el terreno porque la estación
propicia expiraba, la gente desertaba y las bestias perecían; paciencia y memoria
que se gastan, esperando la oficina de labor para estampar los recuerdos recientes,
coordinar las ideas todavía frescas y tener a la vista la reproducción del camino
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creyó dejarlo ciego y aturdido por la espantosa detonación que lo dejó sordo para
oír los clamores de su compañero, no acertaba a darse cuenta de sí mismo y saber
si su cabeza ardía o su cuerpo se achicharraba, tal era el olor a cacho quemado que
sentía exhalarse de todo su ser.
Indudablemente, el pobre Custodio, arrojado en tierra, sufrió el efecto de ful-
guritas que el rayo le habría formado en el cuerpo, produciéndole la impresión
de quemantes picaduras, mientras que a Pedro León le habría chamuscado todos
los pelos, de la cabeza a los pies, dejando al uno y al otro, después del percance,
bastante felices y alegres para volver a deleitar a sus compañeros, a la luz y lum-
bre del campamento, con la relación de los sorprendentes detalles de su curioso
accidente.
Y en verdad, nunca se contará de fenómenos del rayo que no sean de infinita
variedad en sus formas y caprichoso resultado en sus efectos.
La siguiente nota fue remitida desde el campamento de La Guardia al señor
ministro del Interior:
Señor Ministro:
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para el minero descubridor, pero debería prestar también atención muy preferente
a la siguiente materia:
Sobre los medios de conceder la propiedad minera para estimular la acumulación de
capitales al trabajo de las minas y demás industrias que de ellas derivan.
Dios guarde a U. S.
Contestación debida
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“La minería necesita, señor Ministro, para su salvación de una decadencia alar
mante y para su subsistencia como industria permanente y regular, descansar sobre
la ancha base del estímulo a la asociación que constituye el capital, y sobre la
seguridad inconmovible de la propiedad minera contra los eventos a que, lo difícil
de su ejercicio y lo precario de su existencia, la tienen constantemente expuesta.
La concesión de la propiedad minera en pequeñas extensiones de forma geométrica
con sus líneas rectas imaginarias, y con más los peligros contra su conservación y
dominio, no está calculada para favorecer la acumulación de los capitales, único
medio de fundar la minería industrial, el trabajo económico, el sistema razonado y
científico de trabajar las minas”.
Francisco Gandarillas
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Todos los afluentes del río de Copiapó nacen de allí directamente, siendo de-
talle notable de este sistema hidrográfico que su brazo central tiene sus orígenes
en las cumbres y faldas del cerro del Potro, desde cuyo macizo arranca el desvío
de los Andes hacia el NE y comienzan a dibujarse los rasgos orográficos que más
adelante forman la puna de Atacama y después se resuelven en la gran altiplanicie
del continente, o sea, la meseta boliviana.
Era del mayor interés y oportunidad comenzar desde entonces a trazar con
exactitud y precisión aquella cadena de montañas, clara y netamente definible
y que ya empezaba a ser, no obstante, objeto de absurdas y antojadizas teorías o
falsos conceptos, como si se quisiera más bien desfigurar la verdad y perturbar el
criterio público acerca de la significación inconmovible del tratado Chileno-Ar
gentino de 1881, en vez de ilustrarlo con la verdad geográfica definiendo la línea
de separación de las aguas como límite fronterizo entre ambas repúblicas, única
traducción práctica de aquel documento.
El Peñasco de Diego, gran bloque de conglomerado volcánico desprendido de los
barrancos y que encontró descanso y perpetuo equilibrio en medio del arroyo de Pir-
cas Negras deriva su nombre, según algunos, de D. Diego de Almagro, quien a su som-
bra o a su abrigo dormiría su primer sueño en tierra de Chile, conforme a la versión
de los que sostienen el hecho de haber sido por allí y no por San Francisco y Paipote
el camino de su última y desastrosa jornada antes de llegar a estos valles de salvación.
A una hora de allí está el paso de Pircas Negras, en la línea anticlinal de los
Andes y divisoria de las aguas continentales, a cuyo punto se trasladó el día 28 de
enero de 1884 todo el personal de la comisión exploradora con sus instrumentos
de observación para fijar su posición astronómica y ligarlo al mismo tiempo al cá
nevas geodésico.
Así quedó averiguada la posición geográfica y marcado con un mojón de pie-
dra en el terreno el primer punto de la línea de sus altas cumbres que divide las
aguas chilenas de las argentinas en la cordillera de los Andes.
Hay interés en recorrer todos los afluentes y rincones de aquella localidad, por
que interesan a la hidrología, a los proyectos de vías trasandinas férreas o carrete
ras, a la minería, a la geología y a la cuestión internacional de límites.
Todas las esperanzas del mejoramiento agrícola de Copiapó derivan de aque-
llos nacimientos de arroyos y ojos de agua; allí también la minería cuenta con
tradiciones de tesoros no descubiertos aún; la orografía tiene su interés especial; la
geología, el no menos atrayente de sus importantes revelaciones sobre la constitu-
ción de los Andes y, por último, el comercio y la industria tienen ya su principio de
historia en la famosa expedición de D. Indalecio Castro, viejo residente argentino
en Copiapó, emigrado de los tiempos de la tiranía de Rosas, como tantos otros.
Restablecido el orden constitucional en su patria, Castro intentó de los prime-
ros la vuelta a su país natal de San Juan, llevándose, con su gratitud hacia el pueblo
en que gozó cariñosa hospitalidad, sus materiales de negocio y trabajo, consisten-
tes en un tren de carros con todos sus aperos, mulas y gente de servicio, propo-
niéndose cruzar con todo ello la cordillera, abrir el tráfico entre sus dos pueblos
queridos, Copiapó y San Juan, y fomentar entre ambos el intercambio comercial.
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desdeñando el uso del rifle o del revólver. Cuando se le ofrecía alguno de estos
medios de defensa, llevaba instintivamente la mano al mango de su daga y la aca-
riciaba con amor, dejando entender que allí estaban su seguridad y su confianza.
Habíamos trasmontado los portezuelos de Maricunga y Santa Rosa y el 26 de
marzo nos instalábamos en las casas abandonadas del establecimiento de explota-
ción de borato de cal llamado Bórax de Maricunga.
Se exploraban aquellos pantanos salobres y se coleccionaba la interesante va-
riedad de las especies mineralógicas que contienen el ácido bórico y demás ma-
terias salinas de aquellos importantes y valiosos depósitos; se disponía el cánevas
de la triangulación y se distribuían los ingenieros y la gente de servicio en sus res-
pectivas atribuciones, correspondiendo a Calabacero lo más activo de las tareas en
señalar los caminos, indicar los recursos con que podía contarse en las excursiones,
manejando sus perros de caza para proveernos de carne, rondando el campo para
cuidar de los animales, enseñándonos el nombre de los cerros, aguadas, ríos, minas
y pasos de las cordilleras, etcétera.
Guiados por su exacto conocimiento de aquellas alturas, avanzábamos hacia
el sur en busca de los puntos que en las exploraciones de los anteriores meses de
enero y febrero habían sido ya fijados y se plantaban un día las tiendas al pie del
volcán Azufre y orillas de la laguna del Negro Francisco, siendo aquella región una
de las más desoladas y desconocidas.
Había en todo el contorno interesantes materias de observación, pero el tiem-
po de residencia en tales lugares no podía tardar muchos días y el momento de la
partida debía ser aconsejado por el agotamiento de los víveres hasta el consumo
de la última galleta.
Juan Calabacero, que tenía orden de campear y reunir los animales a la madru-
gada del siguiente día a fin de partir sin más demora, había desaparecido. Todos
los emisarios enviados en averiguación de noticias suyas y de los animales volvían
a oscuras acerca de lo acontecido; la fuga de las bestias, percance que de ordina-
rio acontece a los viajeros en tales ocasiones, no era admisible, sabiéndose que
todas las precauciones acostumbradas: la yegua madrina con cencerro y manea,
los caballos igualmente bien maneados y las mulas acollaradas, etc., habían sido
cuidadosamente tomadas. Con este percance, avanzando el día, los estómagos de la
gente no contaban con más auxilio que el de las oportunas precauciones del tenien-
te Lynch, acostumbrado a rancho de marineros y convertido entonces en maestro
de víveres que todavía podían ser habidos rebuscando en el fondo de cajones y
petacas, sacudiendo los sacos de harina y volviendo al revés las vacías alforjas.
Hacia la puesta del Sol, volviéndose sombría la situación como la noche que se
acercaba, una noticia, un dato revelador, llegaron al campamento traídos por un
arriero, “cuyano al cabo” como dijo uno de los nuestros, que rastreando las huellas
de los animales, encontró una que no pertenecía a ninguno de los nuestros: “uña
grande”, con “herradura nueva”, “de caballo braceador”, “pelo negro”...
“¡El de Vicente Caballero!” –exclamaron a una todos los arrieros.
Éramos otra vez víctimas del bandido ¡y en qué circunstancias! Ahora eran 18
animales los robados y 10 personas las que se quedaban a pie, sin alimentos y con
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El ecónomo experimenta con malos resultados para su cabeza los efectos del
coñac sobre la puna.
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Salgo con Lynch y Carabantes, Calabacero y Torres por guías, entrando por río
Colorado; atravesamos el campo de piedra pómez y salimos a la cuenca de Laguna
Verde en dirección a San Francisco. Se nos hizo de noche sin llegar a ésta y acam
pamos con frío de 16º bajo cero, sin carpas ni abrigo ni fuego. Los animales sin
agua, amarrados con toda seguridad.
Abril 1
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Abril 3
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En el portezuelo de Tres Quebradas, punto anticlinal de los Andes al sur del cerro
los Patos.
Se toman la altura, la latitud y otros datos.
Volvemos a Toro Muerto.
Abril 7
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Salimos de Vizcachas hasta caer a la hoya del Paton y pasar por el portezuelo de
Santa Rosa hasta el río Coipas y Maricunga.
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Abril 15
Abril 16
Mando a Custodio con correspondencia a Puquios y para traer víveres. Sale Car
melo en busca de Calabacero y animales.
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Abril 18
Siempre confinados en Maricunga al abrigo de las casas, pero sin la suficiente nu
trición para el estómago.
Temporal: la situación no es del todo alegre; pero nadie decae de espíritu.
En la tarde llega Calabacero con una oveja y un guanaco: ¡nos salvamos del
hambre!
Señor Ministro:
La quincena que acaba de transcurrir ha sido fecunda en trabajos de impor
tancia.
El 31 del pasado mes de marzo distribuí la comisión en dos secciones, destinando
al norte a los ingenieros Chadwick y Muñoz, para avanzar las exploraciones de esta
altiplanicie de las lagunas y ligarlas con las de la región central del desierto ya co
nocida, mientras que yo me internaba con el resto del personal al interior de las
cordilleras, a fin de descubrir y fijar, en su complicada estructura, el límite de los
territorios de la República y con él el de nuestras indagaciones y estudios.
Hemos aglomerado materiales de importancia para la geografía, datos de al
guna novedad para la geología y observaciones de algún interés para la industria
minera.
Era problema del más vivo interés geográfico la averiguación del punto don
de la cordillera de los Andes, dejando de ser un cordón único que neta y visi
blemente nos divide con la República Argentina, pasaba a ser un tejido de sistemas
montañosos que en sus intersecciones y rumbos divergentes hacia el norte encierran
estas cuencas incrustadas de materias preciosas para la industria, y dilatan las altas
planicies que conducen hasta la gran meseta boliviana en que parece resolverse la
estructura orográfica de esta sección de los Andes.
El cordón único de la cordillera austral termina por el paralelo de 28º en un
morro prominente, a cuyo frente se interrumpe a su vez el gran macizo transversal
del Cadillal y Nevado chileno, pasando al territorio argentino al nivel de la segunda
altiplanicie, donde arranca como punto de partida, en una montaña colosal y ma
jestuosa, con nieves perpetuas, el potente cordón de San Francisco, que uniéndose
al del Bonete, forman el sistema culminante de esta región de los Andes.
A cierta distancia más al norte continúa el cordón chileno interrumpido por
este accidente, dejando las montañas entre sus flancos, que miran a todos los rum
bos, una profunda cuenca hidrográfica de donde nace un abundante río que en
su curso al norte arroja su precioso caudal, sin fruto y sin destino, en el insaciable
resumidero de Maricunga.
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Era interesante por aquel tiempo el estado de las minas de la Coipa, que traba-
jaba una sociedad anónima formada en Valparaíso entre mineros de Copiapó, de
aquel puerto y de Santiago.
A un día de camino desde Maricunga, entraba dentro del radio de movimien-
tos de aquella excursión y era necesario hacer una visita a aquel punto.
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Estas excursiones daban por resultado, aparte del objeto esencial del estudio
minero, aumentar los datos para los detalles geográficos y enriquecer las coleccio-
nes.
No se podría repetir, en esta relación concisa y comprensiva de los más impor-
tantes incidentes de un viaje, lo que se obtuvo y se hizo en tan diversas ocasiones
análogas, y baste con referir, para ejemplo, alguno que otro caso.
Delinear a brújula los caminos andados, midiendo las distancias con el reloj y
el paso del animal, del troqueámetro o perambulador, no era siempre lo bastante.
Cada importante asiento de minas o minas aisladas, cuando había oportuni-
dad, se fijaba por medio de azimuts magnéticos o referencias angulares a diferentes
puntos ya conocidos y fijados por medio de la triangulación.
Para verificar esto en la Coipa, donde las minas ocupaban la falda y fondo de
una quebrada profunda sin vista al horizonte en ninguna dirección, hube de ascen
der un cerro alto de 5.200 metros, desde cuya cúspide se ofrecían a la vista, en
un extensísimo radio, numerosos puntos ya determinados y cuyas señales demar
cadoras, hitos o mojones de piedra se manifestaban al alcance de los anteojos de
mano o del teodolito.
Correspondía esta cumbre a un punto de la cordillera Domeyko, y fue relacio
nado con otro muy culminante de la misma en el cerro de Tronquitos, muy carac
terística y de tal modo que el minero o viajero que desde allí desee orientarse
y buscar la situación de puntos que interesen a su objeto, puede guiarse por los
siguientes datos:
Dirección magnética de Coipa a Tronquitos S 9º O
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Cajón núm. 38
Cajón núm. 37
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tiempo que para una rápida investigación y una ojeada de paso hasta poder encon-
trarlas otra vez más adelante volviendo a la altiplanicie, camino al norte.
El día 30 de abril de ese mismo año de 1884 habíamos pasado de la cuenca de
Maricunga a su inmediata al norte, la llamada de Pedernales, llevando a nuestra
izquierda la cordillera que encierra este alto valle por el oeste, destinada ya a tener
el nombre de Domeyko y que más tarde, ¡quién lo hubiera sospechado entonces!,
habría de ser señalada por geógrafos argentinos como el macizo o encadenamiento
principal de la gran cordillera de los Andes.
Maricunga pertenece al sistema hidrográfico del río Copiapó, y Pedernales al
del Salado, que desemboca en el Pacífico por donde está el puerto de Chañaral de
las Ánimas.
Tenemos a la derecha el cerro de la Sal, que ocupa precisamente el dorso
en que se dividen ambas hoyas hidrográficas, y con razón así llamado porque el
indispensable mineral de las cocinas y de tantas otras aplicaciones existe allí en
bancos considerables de donde la explotan para las necesidades de una gran parte
del departamento de Copiapó.
Se hace necesario detenerse al pie del cerro Bravo, a orillas del arroyo Pastos
Largos, para esperar allí al tuerto Salvatierra, con perdón del aludido, pues por
aquellos valles es corriente aplicar algún adjetivo calificativo a los apellidos de per-
sona, y el mismo así llamado solía creer que se trataba de algún homónimo suyo
cuando no se le nombraba con el indispensable apodo.
Salvatierra, oriundo de Fiambalá, y argentino de Catamarca, por lo tanto, ha-
bía crecido y llegado a viejo en la puna de Atacama, vagando allí, por costumbre
o por sus negocios, como nómade, con todos sus bienes y numerosa familia; pero
por entonces estaba radicado en las vegas de Río Grande.
Siquiera la tienda del nómade árabe o beduino es de lona, de un trapo cualquie
ra; pero la de aquellos vagabundos de cordilleras no tienen más envoltura que la
del aire libre, cuando viajan, y la de algún hueco entre las piedras, como el hombre
primitivo de las cavernas, cuando asienta sus reales.
Beduino del Sahara o boliviano de la puna da lo mismo como costumbre y
género de vida; la misma desnudez y la misma inmundicia; el fogón humeante, la
olla asquerosa y en torno figuras negras y enjutas como momias vivientes.
Salvatierra, sin pertenecer a esa casta hacía esa vida; fue nuestro proveedor y
guía; tenía la práctica de los negocios y los hábitos de la caza, tan diestro en lo uno
como en lo otro; discutía las cuentas con nuestro ecónomo, éste con sus números y
apuntes y aquél con una memoria y retentiva que casi siempre acababa por triun-
far contra la partida doble de nuestro contador inglés don Pablo E. Smith.
Explorador o viajero por aquellas soledades altísimas y heladas, nadie se aven-
tura sin Salvatiera; el mismo Calabacero, metido en aquellas gargantas o cruzando
esos páramos de sal y yeso, no llegaba a buen puerto sino por instinto.
Para Salvatierra todo es allí conocido; y cada cumbre, cada piedra, cada vuelta
del camino, todo tiene su nombre y sobre todo da noticias, reales o fantásticas; en
“aquella altura” sabe que están los tres cogotes de guanaco llenos de oro y que un
genio defiende; en “aquella cueva” las luces nocturnas y los brujos de la salamanca;
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sobre “aquel peñasco”, el buitre funesto que causa la muerte a quien lo descubre, y
en “la laguna”, la garza cantora que anuncia fortuna al que la oye.
Salvatierra era el guía para la exploración del río de la Ola, del Leoncito y el
Juncalito, que se internan en profundos pliegues de la cordillera mostrando cauda-
les de agua que despiertan el vivo deseo de recogerlos en sus cascadas, arrebatán-
dolos a los pantanos que los dispersan y a las arenas que los absorben.
Agradable alojamiento fue el de la noche del 4 de mayo con un tiempo hermo-
sísimo en aquellos cajones abrigados, donde se oye el arrullo grave, el canto triste de
la torcaza. El Juncalito se precipitaba con monótono bullicio en una cascadita de 10
metros de altura; la luna formaba sombras profundas alternando con claros de luz
blanco-azulada, y la lumbre de la abundante leña parecía más alegre ante la expectati-
va de dos magníficas pisacas prontas para la olla, que oscilaba como péndulo colgada
de un trípode de hierro.
La pisaca o perdiz de cordillera tiene la cualidad particular de una carne jugosa
del más exquisito sabor, extraordinaria de tamaño, a veces mayor que el de una
gallina, y cuyos huevos, de un morado hermosísimo, son de sabor exquisito.
Aquella noche hermosa y grata a los fatigados viajeros fue súbitamente interrum
pida en su silencio y quietud por un ruido espantoso y aterrador seguido de violen-
tas y rápidas oscilaciones del suelo, lluvia de piedras, desprendimientos de gruesos
peñascos desde lo alto de las escarpadas faldas de la montaña y densa polvareda
seguida de siniestra oscuridad.
El terror de los animales y el clamor de la gente pidiendo, ¡misericordia!, agre-
gaba no poco pavor al natural que en toda organización humana produce un fenó
meno en que parece desquiciarse el mundo y como si los abismos se abriesen para
tragárselo todo.
Especialmente en aquellas gargantas que se vuelven horcas caudinas bajo la
acción de las fuerzas de la naturaleza irritada, el peligro es inminente por los aludes
de piedras y polvo, y el efecto es más aterrador por las repercusiones y prolonga-
dos ecos del ruido.
Si la teoría de las posiciones astronómicas de Falb es exacta para la producción
de los temblores, su aplicación al territorio de nuestros desiertos y cordilleras del
norte tendría que admitir una excepción para cada día de los que no están com
prendidos dentro de sus cálculos, siendo un hecho averiguado que la tierra tiembla
constantemente en circunscripciones de corto radio y a veces tan local y reducido
a tan pequeña extensión, que sorprende, como nos sucedió con el de la noche del
Juncalito, el que algunos de los nuestros, dispersos en las inmediaciones a pocas
leguas, no lo notaron o lo sintieron con poca intensidad.
El hecho orográfico que nos proponíamos resolver pude verlo al siguiente día
dejando el Juncalito y pasando por detrás del cordón que desde frente a Maricunga
se ve correr entre el portezuelo de las Tres Cruces a Colorados, Leoncito y Panteón
de Aliste.
Este cordón resulta no ser continuo, abriéndose para dejar pasar al Juncalito
y deprimiéndose en otros puntos por donde desaguan algunas cuencas interiores
como La Salina y quizá también la Laguna Brava.
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¿Será que están en la falda de un cerro y nuestras gentes allí escalonadas, cada
cual con su fuego? ¡Será grato llegar, abrigarse, cenar buena sopa y dormirse satis-
fecho en medio de tanta fogata!
“Señor”, me dice Torres, “aquello parece casa grande, y hasta faroles se ven!”.
Luego un destello rojo, otro azul, verde, violado, amarillo...! ¿Era una fiesta
veneciana?
Un rato más y veo que los faroles de Torres eran lámparas: de dos, tres, cuatro
luces, y hasta los bronces se veían ya brillar colgando de los techos, a través de los
cristales y vidrios de colores.
¡Persianas, transparentes, cortinajes!
Las mulas, medio muertas, se vuelven ágiles corceles al olfato del forraje, y de
un solo lance nos ponen al pie de elegante escalinata con acceso a los balcones y
vestíbulo de un magnífico chalet suizo iluminado, ¡a giorno!
El teniente Lynch había dispuesto una fiesta espléndida y hacía los honores de
dueño de casa como en noche de gran sarao.
Todas las chimeneas con lumbre, la mesa con su vajilla, las camas en marque-
sas de jacarandá, espejos y porcelanas, muebles a discreción y todo lo necesario
en el tocador.
Sólo el menú de la cena, valdiviano en pura agua y carne de guanaco, desdecía
de aquella esplendidez oriental que en el riñón de la cordillera y en aquellas cir
cunstancias aparecía a nuestra vista asombrada, como cosa de encantamiento y
cuento de hadas.
Aquella residencia había sido construida por un inglés a expensas de la casa
Escobar y Ossa de Copiapó, que explotaba las ricas borateras de Pedernales.
Los ingleses merecen siempre estas comodidades a que los criollos no estamos
acostumbrados, y parece haber sido el caso, según la tradición o el cuento, que el
negocio, muy bueno para el administrador pero muy malo para los empresarios,
hubo de ser desistido y abandonado algunos años antes que venciera el plazo del
contrato que aquél se había asegurado.
Pero el inglés se aferraba a su escritura y a su derecho de seguir viviendo en la
cordillera con todos sus sueldos y prerrogativas, mientras que la casa bancaria de
Copiapó no se resignaba a tolerar aquella condición a un administrador que tan
poco afortunado había sido en el manejo del negocio que se le confiara.
Se estableció esta disyuntiva: o renuncia buenamente el inglés mediante razo
nable compensación o se apela a procedimientos que tiendan a ese resultado.
En este punto las cosas, ocurrió una noche en el establecimiento de Pedernales
un desorden entre la gente de servicio que comenzó con las apariencias de un tu
multo agresivo; bien pronto continuó con las proporciones de un ataque a mano
armada contra la casa habitación del administrador, haciendo demostraciones y
amenazas furiosas de muerte contra el inglés y de prender fuego al edificio.
El así amenazado, poseído de terror, se lanzó afuera por la única puerta de es-
cape milagrosamente dejada libre por los asaltantes, y acertando a dar con un buen
caballo ensillado que con rara oportunidad le ponía allí la Providencia, montó en
él, y, sin ser perseguido ni molestado, llegó a salvo al puerto de Chañaral a dar
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cuenta a la justicia del grave suceso ocurrido, jurando no volver más a la cordillera
y ofreciendo su dimisión del acariciado negocio zorzalino de Pedernales.
El autor de esta ingeniosa estratagema es actualmente intendente de provincia,
y su peregrino procedimiento ha pasado a la historia de las tradiciones mineras.
La permanencia en la cómoda y elegante mansión de Perdenales fue aprove-
chada en una serie de observaciones y salidas por los alrededores, avanzándose
mucho en los trabajos de triangulación.
Casi todas las cumbres de una y otra cordillera quedaban ya relacionadas entre
sí y con el desierto del valle central anteriormente explorado entre Copiapó y Tal-
tal, siguiendo siempre el mismo cuidado de fijar con señales o mojones de piedra
las cumbres que servían de vértices o puntos de observación y procurando que
éstos fueran en los ejes y alturas culminantes de los cordones montañosos, a fin de
descubrir y poder trazar después con precisión los sistemas orográficos.
Asimismo, se destinaba toda la prolijidad que era posible, en aquellos penosos
y siempre apurados viajes, al trazado de los sistemas hidrográficos.
Las colecciones aumentaban sucesivamente suministrando una idea bastante
clara y suficientemente exacta de la distribución geológica de los terrenos, confor
me a una clasificación mineralógica que más o menos se refería a las grandes divi
siones siguientes:
Rocas cristalinas eruptivas.
Rocas cristalinas esquistosas.
Rocas volcánicas.
Rocas sedimentarias no cristalinas.
Rocas sedimentarias metamórficas.
Rocas en diques y vetas.
Dada la gran dificultad que los geólogos han encontrado para arribar a una
clasificación sistematizada y de precisión siquiera satisfactoria para no vacilar en
puntos muy fundamentales de origen, estructura y composición, lo más acertado y
prudente sería referirse a los tipos principales de rocas dominantes en la localidad
que se estudia, antes que aventurarse a darles su lugar correspondiente en la escala
general de las correlaciones del globo.
El carácter cristalino no hace más que establecer una neta separación de aque-
llas rocas con las estrictamente sedimentarias, distinguiendo entre éstas, a su vez,
las que han pasado a estructura cristalina más o menos pronunciada por medio del
metamorfismo.
El origen volcánico, que introduce tan extraordinaria variedad de rocas, ofrece
una de las más difíciles y embrolladas cuestiones petrográficas, pero a lo menos,
para nuestro provisorio objeto y para introducir alguna fijeza en nuestra clasifica-
ción, convenía agrupar granitos y dioritas con traquitas, porfiritas y andesitas, sepa-
rándolas de las volcánicas vítreas, obsidianas, pómez, etc., y de aquellos productos
excepcionales como tufos, cenizas, lavas, etcétera.
Alguna composición de lugar o método, bueno o malo, pero que sirva proviso
riamente, es por lo menos recomendable y necesario cuando no se puede lo me-
jor.
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Rumbo al Morado S 6º E
Rumbo al Moradito S 15½º E
Rumbo al San Juan S 37¾º E
Rumbo al Chivato S 70½º E
Rumbo al Portezuelo de Varillas S 54½º E
Rumbo al Volcán Azufre S 68½º E
Rumbo al Ternera S 53º E
Rumbo al cerro Bravo N 85½º E
Rumbo a Mina Limbo, del Salado N 38½º E
Rumbo al Doña Inés N 57º E
Rumbo a la cumbre al sur de Chañaral (lindero) N 63½º O
Rumbo al Pingo, de San José N 1º O
Rumbo a la cumbre del Salado N 38º E
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bre que compró también las minas de este antiguo minero del desierto, situadas en
el mineral de Las Ánimas.
El puerto de Chañaral, en 1850, cuando apenas se iniciaba el trabajo de las
minas de cobre, era un caserío de 100 a 200 habitantes, llegando pocos años des-
pués a tener 2.000 y 3.000 y merecer los honores de un ferrocarril que suspendió
su movimiento con motivo de la baja del precio del cobre, mas no por agotamiento
de las minas.
Ese ferrocarril es hoy propiedad del Estado y todas las esperanzas de aquel de-
partamento están cifradas en su prolongación hacia el interior hasta Pueblo Hun-
dido, y en su unión con el ferrocarril de Copiapó que se trata de prolongar desde
Puquios hasta Tres Puntas e Inca de Oro.
La costa de Chañaral hasta el islote de Pan de Azúcar fue también objeto de
una breve excursión para reconocer sus caracteres geológicos, descubriendo que la
zona granítica se desarrolla bastante por allí, caracterizando la composición de la
costa y asociándosele también la sienita, con la misma costra esquistosa de Taltal.
Un arbusto interesante que abunda mucho en esta costa y que da la idea de
que pudiera ser objeto de explotación por el abundantísimo jugo de euforbia que
destila, es el llamado lechero, o sea, la Euphorbia lactiflua del doctor Philippi.
El vapor Mendoza nos condujo a Caldera el día 29 de mayo.
Días de rápida decadencia en todo sentido y de sensible postración de los nego
cios mineros habían sobrevenido en aquel pequeño pueblo, tan floreciente antes y
que de tanta prosperidad gozó desde su reciente fundación en 1850 con motivo de
haber llegado a ser el punto de partida del primer ferrocarril construido en Amé-
rica del Sur; asiento de importantes establecimientos de fundición suspendidos y
fracasados, no tampoco, como el ferrocarril de Chañaral por el agotamiento de sus
minas sino por el mal crónico de la falta de capitales, de la falta de caminos y de la
falta de todo en nuestro abandonado desierto, sólo digno de recuerdo y atención
cuando sus riquezas se brindan fáciles y espontáneas.
Bajo estas penosas impresiones entraríamos pronto a explorar sus abandona-
das inmediaciones, pero antes necesitábamos de unos días de reposo en Copiapó y
de tramitaciones ante la tesorería fiscal para ver modo de volver al trabajo, termi-
nando así esta segunda etapa de las exploraciones del desierto de Atacama.
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L a situación de Copiapó, por entonces, sin ser la más satisfactoria, era aceptable
como una tregua de la decadencia; el descubrimiento de la sierra Esmeralda
había reanimado los espíritus y el movimiento general de los negocios mineros,
juzgado por las entradas y dividendos del ferrocarril como el mejor barómetro in
dicador, no daba todavía pulsaciones de muerte.
Mientras dure en aquellos pobladores del desierto la expectativa de la cuarta
zona de riqueza en Chañarcillo, de la resolución de un problema minero en Tres
Puntas y en Lomas Bayas y mientras tengan la certidumbre de que el oro les reser
va también sus riquezas y la realidad de que el cobre es base permanente de re
cursos, sus fuerzas y constancia no cederán ante las dificultades de un presente de
escasez y desconfianzas, de descrédito y abandono.
La falta de los capitales que del norte fueron retirados para venir a buscar en
el centro del país otras colocaciones; la corriente emigratoria que fue consecuen-
cia natural de este desbande de los afortunados de la minería; la esquivez actual
del crédito para acordar sus beneficios a las industrias mineras, acordándolo, en
cambio, a las especulaciones del agio que más han contribuido a ultimarla, y, por
último, la actual emigración de nuestra gente minera en pos de los ilusorios sala-
rios de la opulencia salitrera de Tarapacá han sido las causas provocadoras de la
decadencia de Atacama y de la postración de sus negocios mineros, antes que el
broceo superficial de las minas, de los pretendidos peligros de su trabajo, como
especulación industrial, y del prematuro anuncio de un agotamiento que está aún
muy remoto de sobrevenir a la gran mayoría de los asientos mineros de todo el
norte de Chile.
¿En qué país donde hay capital para trabajos industriales de minería se deten
dría la prosecución del reconocimiento de Chañarcillo, abandonado a los 600 me-
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tros de hondura en plena promesa y aún a la vista de una nueva era de su jamás
desmentida opulencia?
¿Dónde sino en países que han perdido la noción del trabajo de la tierra por la
pasión del juego a los papeles han podido quedar inexplotadas sus minas porque
un trecho de desierto las aísla, como sucede con la mina Exploradora, de la Encan-
tada; o porque un simple banco de arena las sustrae al acceso de la carreta, como
es el caso para el Algarrobo y el Morado de Caldera; o porque el salto de Puquios,
pequeño e insignificante tropiezo, no deja expedito el paso a las locomotoras hasta
Cachiyuyo, Tres Puntas y el Inca de Oro?
Es un dolor y una desgracia para Chile que ni siquiera la capital de Atacama,
donde tanta juventud inteligente se educa en la práctica de nuestra más poderosa
industria y se inspira en los abnegados y generosos sentimientos de las tradiciones
de aquel pueblo nacido del trabajo y siempre dispuesto al sacrificio, haya escapado,
sin haberse hecho algo por evitarlo, a una decadencia que la despuebla y aniquila.
Copiapó conserva su liceo repleto de estudiantes; sus escuelas prácticas, donde
se hace la verdadera profesión del trabajo; no ha perdido sus hábitos de altivez,
de defensa de sus derechos, de civismo en el servicio patrio y de actividad en el
progreso público, pero no es justo dejarle relegado a mero criadero de fuerzas e
inteligencias para ser repartidas a todos los vientos de Chile, sino que es necesario
prestar atención a sus propios recursos naturales y devolverlos a la vida y energía
de trabajo que tan poderosa palanca fue en otro tiempo para prosperidad de la
nación entera.
La rehabilitación de la producción minera de Atacama es una esperanza hala-
gadora después de tan largo período de decadencia por la fuga de sus capitales, el
despueble y la baja del valor de los metales; con más razón ahora que restablecido
el equilibrio de los precios con los medios más activos y económicos de explotación
y tratamiento de los minerales, se han restablecido también y quizá con ventaja las
condiciones favorables de la minería que pueden hacerla próspera y lucrativa, y
sin duda alguna más oportuna y salvadora que nunca para auxiliar con sus valores
al país en las presentes angustiosas circunstancias económicas que atraviesa.
La oportunidad llegará, en el curso de esta obra tantas veces interrumpida
–quiero decir, de este pobre libro por tantos años impedido– para insistir en la de
mostración práctica de los hechos que tales reflexiones despiertan.
Las inmediaciones de Copiapó, hacia el lado de la costa y al norte, entrando
por Chamonate, ofrecen el interés de estudios orográficos que definen el sistema
de la llamada cordillera de la Costa, descubriéndose el hecho de que esta cadena
se dispersa y fragmenta al sur del río de Copiapó y continúa al norte del mismo,
formado por un macizo granítico y diorítico desde cuya cumbre culminante, en
Ustaris, se contempla el árido panorama de las arenas viajeras que avanzan del
mar y del enjambre de serranías que parecen correr sin orden ni concierto en todas
direcciones.
El surco de valles secos y cauces que señalan el curso que las aguas siguieron
en remotos tiempos, forman de un lado y otro de la cumbre anticlinal delgados fila
mentos serpenteados que se reúnen, se suman y multiplican aumentando en número
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y dimensiones hasta formar conjuntos de venas y arterias que semejan al del sistema
nervioso humano.
La quebrada de Paipote se divisa así, al oriente, recibiendo el concurso inmen-
so de ríos y canales que al unirse a ella debieron formar un ancho brazo fluvial al
cual se agregaba como mero afluente principal el actual río de Copiapó.
Por el otro lado, en la diminuta extensión de una cuenca que baja de los fal-
deos de Ustaris, reuniéndose las corrientes en la estrecha zona de una legua de
anchura y en un curso de apenas diez leguas hasta el mar, ¡cómo pudieron cavarse
esos hondos cauces que llegan hasta la bahía de Caldera, sin que épocas diluvianas
y lluvias torrenciales hayan precedido hace quizá no largo tiempo al actual aspecto
de absoluta sequedad y pavorosa desolación de esa comarca!
Ascender a otros cerros más altos de los que rodean a Copiapó, a Jesús María, de
donde se abarca gran distancia al sur y norte, o a Ladrillos, desde donde se domina
todo el panorama de la costa, del centro y de la cordillera, es como instalarse en el me-
jor observatorio posible para formarse una idea general de la fisiografía del desierto.
Pero es necesario no dejarse engañar por la deformación aparente de los acci
dentes del terreno ni desorientarse por las líneas de la perspectiva que tiene por
centro el ojo del observador, si su interés no se limita al mero objeto de recibir
impresiones y gozar efectos de óptica, sino también al de descifrar en la confusión
y las apariencias, el orden de simetría y las leyes que han presidido y determinado
la definitiva estructura del terreno.
El efecto de la elevación del observador hace aparecer como deprimidos los
objetos, aplanándose las alturas y ondulaciones más suaves; el colorido amarillento
y en partes rojizo bajo los rayos de la luz intensísima del mediodía cayendo a plomo
no contribuye menos a la ilusión, uniformando el aspecto general, que los tintes
vagos y sombras de la tarde a acentuar falsos efectos y engañadoras apariencias.
Esparcidas al azar en grupos o en líneas las alturas, como puntas agudas y co-
nos truncados; cruzándose los ejes de dirección en la superficie sin orden aparente
y acumulándose las cadenas de montañas en el horizonte unas contra otras y como
endentándose sus cúspides y sus claros, respectivamente, el aspecto alrededor es
el de un inmenso circo que aparece sembrado de tiendas de campaña o como
cubierto de una inmensa tela levantada en alto aquí y allí por puntas y cabezas a
diversas alturas, circundado este recinto a lo lejos por altísimas murallas y com-
prendido todo dentro de un caos indescriptible de altos y bajos, protuberancias y
depresiones, huecos y planicies, luces y sombras que a medida del descenso del sol
cambian la decoración, y lo refunden todo en una masa gris azulada y rojiza, con
franjas de oro y de fuego hacia el poniente, haciéndose más grandioso y solemne
el desolado aspecto de aquellas tierras.
Y así contempladas, la primera impresión la recibe el ojo como espectáculo de
espacios nuevos que se nos desarrollan todavía hasta el mismo Copiapó, después
de larga peregrinación, agrandando la idea del desierto y como invadiendo el al
ma de angustia con la afirmación visible de la desoladora realidad que nos acom-
paña hasta las puertas mismas de aquel centro de los negocios y sueños de prospe-
ridad y fortuna; porque el valle regado por el río, serpenteando en la aridez como
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cinta de verde esmaltado, no aparece sino como oasis de salvación y refresco allá
a lo lejos, como ilusión de espejismo y apenas perceptible en el fondo del desierto.
¡Qué raro que el ilustre Darwin, haciendo aquella travesía, sediento y ansioso
de alcanzar la frescura del agreste valle de Copiapó, llegara hasta deplorar que el
Sol gastara sus luces en alumbrar aquellas soledades sin objeto ni destino!
Esto no prueba sino la larga distancia a que el sabio se encontraba, embebido
en las altas concepciones de la ciencia pura, de concebir el valor industrial y la
fuente de riquezas útiles contenidas en aquellas tierras que el sol ha seguido alum-
brando, no obstante, para fortuna de Chile y provecho del mundo entero.
El mes de julio hubo de transcurrir en análogas excursiones a los cerros y mi
nas de la región de la costa, avanzando los trabajos de triangulación y trazando
los detalles geográficos, en lucha contra los médanos que por allí son el principal
obstáculo para la prosperidad de las ricas minas de cobre.
Partiendo desde el mismo Copiapó o entrando por Piedra Colgada y por Mon-
te Amargo, fueron visitados el importante asiento minero del Algarrobo, Lechuzas,
San José, Galleguillos, Morado y Moradito, con la excepcional mina Solitaria que
produjo rico mineral de plata en plena formación diorítica, caso inusitado y raro
para los mineros de Atacama.
Por otro lado, fue necesario recorrer el campo al norte siguiendo por el pie
oriental del cordón de Ustaris y al oeste de Cachiyuyo de Oro, donde se encuentra
el caso de la mina Ema, característico y rico depósito de minerales de cobre perte-
neciente a la corrida de los placeres en masas irregulares y excepcionales.
Siguiendo por allí al oeste se estudiaban las serranías y quebradas de la costa
entre las caletas de Flamenco, Obispo, etc., hasta Caldera, volviendo a encontrar
por allí la zona de los esquistos de Chañaral en relación con los granitos y sienitas.
Trascurrieron algunos días en estos viajes y se destinó todo el tiempo en iguales
excursiones hasta principios de agosto.
La tarea de la triangulación sufría sus lentitudes a causa del mortal enemigo de los
geógrafos, el mal tiempo, o en su defecto las ordinarias neblinas de la costa marítima
que envuelven en densa nube los cerros o interrumpen la transparencia de la atmós-
fera, impidiendo al anteojo de los teodolitos descubrir las señales trigonométricas.
Correspondía esta sección de la costa al ingeniero Chadwick y hubimos de
permanecer ambos una serie de días en Caldera y sus inmediaciones en acecho
de tiempo despejado. Éste se presentó un día; mas, cuando habíamos llegado cada
cual a su puesto, un denso cortinaje de niebla se interpuso entre ambos para frus-
trar una vez más nuestros planes.
Aquí era el caso de los consejos e instrucciones que el almirantazgo británico
da a los jefes de comisiones hidrográficas en tales circunstancias.
“No desalentarse por ninguna contrariedad”, dicen los nobles lores:
“sufrir el hambre, la sed y el frío con espíritu alegre y mente despejada, para conservar
en todos los casos superioridad sobre sus subordinados y constancia en la disciplina”.
¡Muy bien!, señores almirantes: al pie del cerro del Obispo, salpicado de no-
che por las olas del mar y en acecho todo el día a media falda de la resbaladiza
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Base Obispo-Moradito
Base Obispo-Ánimas
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Rumbos magnéticos
Señor Ministro:
Puedo dar ya por terminado en todas sus partes, salvo algunos detalles que no
importan o que conviene postergar, la exploración y estudio de la primera sección
del desierto de Atacama, comprendida entre los valles de Copiapó y Taltal.
Desde que di aviso a U.S. de haber enviado a los ingenieros a esa capital para
emprender el trabajo de cálculos y otras operaciones de oficina, yo proseguí todavía
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Geografía
Aparte de lo que concierne a los caracteres físicos generales, como las posiciones as
tronómicas, la climatología, el aspecto del terreno, la estructura de las montañas, la
hidrografía, etc., materias todas que envuelven el más vivo interés en aquellos terri
torios, la geografía del desierto debe ser dada a conocer también en detalles de muy
especial importancia para el explorador minero y para las industrias que derivan
directamente de la minería.
Las relaciones tan interesantes como sorprendentes entre la dirección de las
líneas orográficas y la distribución y naturaleza de los depósitos minerales; las ana
logías de composición y estructura que parecen descubrirse entre las montañas
favorables a ciertas producciones metalíferas; los datos relativos a la existencia de
las aguas subterráneas y su aprovechamiento para las empresas mineras; el conoci
miento de las vías más convenientes para dirigirse en las indagaciones y viajes con
motivo de especulación minera, así como noticias especiales y detalles de interés
local para ciertos propósitos industriales, son materias de utilidad positiva que de
bemos consignar y señalar con especial cuidado y circunspección.
Para llenar estos objetos, la carta geográfica del territorio, de mar a cordillera,
deberá ser exacta en todo lo posible, y calculada para prestar los servicios de un
verdadero Guía del desierto.
En cuanto a lo de más general y universal interés de esta parte de los traba
jos, sabe ya U.S. cuánta atención hemos prestado a la geografía descriptiva de las
cordilleras para su mejor conocimiento orográfico y para las soluciones internacio
nales.
Una red topográfica de más de trescientos triángulos y multitud de delinea
ciones, perfiles y planos de algunos distritos mineros importantes, constituyen el
material aglomerado para el trabajo geográfico.
Desde que lo anuncié a U.S., las operaciones de organización de registros y
cálculos matemáticos se prosiguen con actividad en el local de que hemos podido
disponer en la Oficina Hidrográfica mediante la bondadosa acogida que nos dis
pensa su distinguido director.
Geología y mineralogía
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Minería
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reproducirse en otras tantas veces las remesas de kilogramos de oro que la máquina
Atacama envía mes a mes a la amonedación.
He citado tres ejemplos de especulación industrial minera en condiciones de
riqueza ínfima, a saber: metales de plata de 5, 10 o 15 marcos; metales de cobre
de 2 a 4%; metales de oro de 2 a 5 onzas por cajón; ejemplos de otros tantos casos
de actividad comercial, de abundancia de trabajo y circulación de valores; ajenos
a las especulaciones violentas del agio que desacredita a las minas y corrompe
al minero; ejemplos que demuestran cómo la minería, fruto también del suelo
como la agricultura, pero arrancado con más trabajo y mayor inteligencia, puede
también prestarse al desarrollo tranquilo y reproductivo de las demás industrias, sin
renunciar por eso a los halagos de imprevista y opulenta transformación de que es
siempre susceptible.
El mal éxito de las empresas mineras, de que nos quejamos en Chile, es un
mal muy general en todos los países en que se trabajan minas, pero que aquí, como
en el resto del mundo, no es, en manera alguna, un peligro fatalmente ligado a
este género de industria. Es un mal que deriva más directamente, y muchas veces
exclusivamente, de las condiciones morales de los especuladores y negociantes en
general y de las operaciones en las bolsas de comercio, siendo un hecho de diaria
comprobación que se gana o pierde más dinero en el juego de acciones y en la
exageración de los alcances o broceos que en la verdadera explotación de las minas.
Sentado ya como un hecho establecido que las minas no permanezcan mucho
tiempo en el estado de riqueza fácil y espontánea y que sólo los recursos del capital,
las franquicias y las facilidades de todo género pueden hacerla prosperar por
mucho tiempo, ha llegado la ocasión de dictar estas medidas y todas las demás que
estén en la facultad y en los medios del legislador y de la administración.
Una amplia y general liberación de derechos de internación a todos los ar
tículos de minas y a las maquinarias para su explotación y tratamiento de sus mi
nerales es una medida de urgente necesidad.
Artículos como la pólvora y el aceite, que son la fuerza y la luz, o sea, la vida
misma de las minas, están fuertemente recargados como pretexto de protección a
la industria nacional, pero con gran perjuicio del minero, que, no por consumir el
fabricante chileno, obtiene más barato ni de mejor clase la mercadería.
En maquinaria acaba de pagar la Compañía inglesa de minas como 1.500 a
2.000 pesos por internación de una simple máquina de vapor para una mina de
cobre, recargo que ha acobardado a su gerente para repetir estos pedidos salva
dores de la industria.
En este orden de ideas, nuestros esfuerzos en el ramo de minería industrial
se extienden, aparte del estudio de las minas en sí mismas, a la indagación de las
causas que han determinado su abandono, que dificultan su rehabilitación y que
desacreditan y entorpecen las especulaciones a que podrían dar lugar.
Metalurgia
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En resumen, señor ministro, las exploraciones de Atacama nos han dejado, con
los materiales para un trabajo de bastante consideración, la impresión satisfactoria
de que hay mucho que esperar de los recursos que pueden probarse para plantear
industrias y desarrollar las riquezas del desierto. Pero la tarea es considerable y no
hemos hecho más que recoger los primeros datos y adquirir la experiencia de los
métodos que la exploración de aquellos territorios exigen y el conocimiento de las
materias más dignas de preocupación y estudio.
En la parte económica, las inversiones han sido hechas y apuntadas conforme
a los procedimientos comerciales, en libros donde se han consignado los más mí
nimos detalles.
Las cuentas de gastos, debidamente documentadas, los libros de cuentas y caja,
planillas y todo comprobante, han sido oportunamente enviados a la Contaduría
Mayor por conducto de la Intendencia de Copiapó, dejando allí previamente copia
certificada de todo para prevenir los casos de extravío.
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como las antiguas de Pampa Larga y San Félix que tuvieron sus gloriosos tiempos des
de antes y después de Chañarcillo.
Se había establecido un horno de manga para fundir los metales de la mina
Alacrán, que eran de arsénico platoso, pero el arsénico nativo en masa, testéceo,
escoriáceo y de todas las variedades; también con rejalgar y oropimente, con anti
monio, etc., y, por lo tanto, un foco venenoso capaz de haber matado todo lo vi
viente que allí existiera si otra cosa hubiera que rocas desnudas, tierra y cascajo.
Algunos burros y cabras se ofrecían no obstante como víctimas frecuentes del
ácido arsenioso volatilizado de aquella chimenea mortífera que condensaba sus
humos metálicos a la distancia, cubriendo las piedras y las raquíticas plantas de
polvos y sublimaciones de arsénico que las pobres bestias lamían, deleitándose con
su sabor azucarado. La modestia de aquel establecimiento metalúrgico no permitía
la construcción de cámaras de condensación.
Más adelante se llegaba al establecimiento de los Marayes, construido para
beneficio de los metales de oro de la mina Remolinos, criadero en forma de placer
y verdadero remolino de guías, vetillas y cruceros que dieron por resultado un
depósito de mineral aurífero de cierta importancia efectiva, pero al cual la fiebre
amarilla del deslumbrante metal dio en un tiempo proporciones de fabulosa exa-
geración.
La roca encajante es sienita y granito, en partes protogina, y a la vez que el oro
en granos y en hojillas o lentejuelas constituía un beneficio de provecho, la idea de
exagerada abundancia creció en la imaginación de sus dueños con la presencia
del cobre amarillo y las engañadoras láminas de la mica, también amarilla, y del
talco, también dorado.
No era el caso de una de Aliste; sus honrados dueños, viejos mineros que po-
dían engañarse con las falaces apariencias de lo que brilla como el oro, sin serlo,
no pensaban ni en vender ni en inducir a nadie a negocios o transacciones sobre
un tesoro que querían explotar y gozar solos.
No era de ellos la culpa, por lo tanto, si otros se contagiaban del mismo mal,
viendo, con la fiebre del oro, brillar como el rey de los metales lo que no era en su
mayor parte sino piritas y marmaja.
Es curioso el estudio del minero afectado de tal enfermedad contagiosa.
Era en los días de la efímera fama de Remolinos: nos dirigíamos allí –¡hará de
esto treinta y tantos años!– siguiendo la romería de exaltados y curiosos que iban,
y, topándonos con los que volvían, mohínos algunos y dudosos otros por no haber
sido admitidos en la feria, pues no había espacio para admitir a todo el mundo;
pero dimos también con muchos más, maravillados, porque, “¡lo habían visto!”.
Era de estos últimos, que de allí volvía don Antonio Quijada, no sólo minero sino
minero de oro, quien nos indujo, con aire de consejo, a que no siguiéramos adelante.
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Y don Antonio, que mientras aquello decía, tomaba largo resuello para em-
prender su relación de “lo visto” y cruzaba una pierna sobre la cruz de su mula
para asumir mejor actitud de reposo y conciencia, no encontró en su sincera y
verídica emoción palabras con que expresarse, y, renunciando a dar más detalles
y bajando su pierna en disposición de volver a ponerse en marcha, exclamó de un
solo suspiro; “¡aquello es para visto, no para contado!”.
Algunos días después se bajaban, entre mucho acompañamiento y fuerte cus-
todia, 24 cargas de metal de oro de Remolinos a la máquina de Punta del Cobre,
cuyo dueño y beneficiador, minero de sangre fría y de la escuela de Santo Tomás
el incrédulo, no creyó prudente arrostrar la responsabilidad de aquella confianza
encargándose de tan valioso tesoro antes de tomarse todas las precauciones del
caso. Al efecto, a cada costal vaciado, una poruñada en el llampo y una lavada en
la tina le iban revelando sucesivamente la realidad de lo contenido en el metal.
– “¡Señores! –exclamó por fin– yo no me hago cargo de este depósito sin que us
tedes mismos lo custodien y presencien el beneficio”.
– “Pero, señor don Julián ¡Ud. es el hombre de toda nuestra confianza!”.
– “Sí, pero... pero es que el metal no deja rabo... es decir... el rabo es de marmaja!”.
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Los puntos así destacados en tan hermoso y suave fondo de proyección y au-
mentados todavía en sus dimensiones como por un efecto de refracción, invitaban
a la prueba de los ángulos, ¡pero imposible!... Empañados los vidrios por el aliento
que se condensaba en nubes y agujas sobre los lentes y micrómetros; pegada la
aguja con porfiada obstinación al vidrio fuertemente electrizado y estremeciéndose
todo, piernas humanas y piernas de teodolito en fuertes y agitadas vibraciones, no
era posible ni siquiera una aproximada precisión. Pero probemos la última tentativa.
“¡Firme don Lorenzo... ya tengo el punto!... Nevado de Jotabeche... 288º30’...
volcán Azufre... 343º40’’... Dos Hermanas... imposible!”.
Desprendidos de la caravana que llevaba los recursos, hubimos de pernoctar
en la Lagunilla, introduciéndonos en nuestra carpa, rendidos por la fatiga y entu-
mecidos por un frío que no teníamos cómo combatir ni atenuar. El desayuno de
ese día había sido a las siete de la mañana y nos encontrábamos a las siete de la
noche en el mismo estado de nutrición, habiéndosenos pasado por alto el almuer-
zo y encontrándonos sin fuego ni alimento para la cena.
El resto de una botella de oporto parecía próximo a congelarse, y el sobrante
de otro poco de espíritu de vino en el anafe, venían muy al caso para confortarnos
con un trago de ponche caliente.
¡Qué ponche y qué trago aquél! El vino había hervido hasta consistencia de
jarabe, conteniendo en cada gota tal dosis de energía y fuerzas vivas que nuestro
helado organismo recibía sin reparo ni conciencia de lo que podía convenirle.
Al cabo de poco rato hablábamos demasiado, desde nuestras respectivas ca-
mas, y entrábamos en un grado de calor de que no nos apercibíamos, animándose
nuestra conversación hasta el punto de desabrigarnos y aun hasta ponernos de pie,
sin necesidad alguna para la libre manifestación de nuestras ideas, en el estrecho
recinto de un hueco de lona que apenas daba cabida para estarnos tendidos.
En tal estado de animación, nuestras ideas y concepción científica sobre la edad
de las areniscas rojas o la significación orográfica de Vidal Gormaz, que habíamos
empezado a discutir tranquilamente, entraban a confundirse y ser comentadas en
sentido de no poder entendernos, hasta quedarnos, por último, sumidos en pro-
fundo silencio.
Al venir del siguiente día nos mirábamos con asombro y extrañeza, tratando
de recordar lo que con tanto calor habíamos discutido durante la noche, sin dedu-
cir de ello otra conclusión que la de los efectos de un oporto demasiado hervido.
Siguiendo nuestro camino de exploraciones al norte, buscábamos el medio
de reconocer los contornos de Vidal Gormaz y faldear al mismo tiempo el cerro
Pissis, mientras que los arrieros nos saldrían al encuentro por otro lado, cayendo
a las vegas de Barros Negros, y de allí directamente al antiguo y conocido aloja-
dero del río Lamas, punto de partida que el jefe se reservaba para partir desde él
la exploración de la parte de puna de Atacama que comienza al norte del cordón
Wheelwright y Juncalito.
Era para él mismo ya desde antes conocida la vía que parte de aquel río hasta
el portezuelo de San Francisco y no teniendo nada de nuevo que ir a ver por aque-
llos lados, comisionó al señor Sundt para que reconociera todo el lado oriental de
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ilustrar más tarde, había ya enarbolado bandera de auxilio en un alto peñón, cami
no a Río Grande.
Camino también a Copiapó, hubo de continuar el jefe, en plena derrota y se-
guido del ecónomo Smith, para ver modo de rehacer y reparar el desastre.
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L a nueva campaña partiría ahora desde el puerto de Taltal, por cuyas latitudes
más o menos correspondía, en las cordilleras, el campo de las exploraciones sus
pendidas en la anterior jornada.
De Taltal, por el ferrocarril hasta Refresco; y de aquí, por las ya conocidas pam
pas salitreras hasta el portezuelo de Vaquillas, ya nombrado también y que perte
nece a la cordillera Domeyko, el viaje se hacía, como se comprende, a lomo de mula.
El panorama es aquí de los más interesantes que se contemplan en las cordille
ras de Atacama.
A sus espaldas ha dejado el viajero el desierto estéril y seco que debe toda la
riqueza de que está impregnado su suelo precisamente a esas mismas condiciones
ingratas que lo hacen inhabitable y refractario a toda idea de civilización, comercio
e industria; a sus pies tiene el alto valle cordillerano, con los últimos restos de las
abundantes fuentes que en pasadas épocas eran lagos alimentados por torrentosos
ríos y abundantes nieves, dando origen su desagüe a los cauces y zanjas que surca-
ron profundamente de oriente a poniente el valle de abajo y vaciaban sus aguas en
el mar; y, asimismo, también en toda su extensión, por doquiera al sur y al norte,
se contemplan los restos de aquella época húmeda, quizá risueña y hermosa que
gozaron los colosales mamíferos de aquellos tiempos: épocas geológicas tan carac-
terísticas por el desarrollo prodigioso de los seres vivientes que sustentaron como
por haber comenzado con ellas la extraordinaria variedad y multiplicación de los
actuales pobladores de la tierra.
En un fondo de lago desecado, que todavía conserva sus residuos de sal y que
acusa en sus otras incrustaciones salinas una serie de fenómenos contemporáneos
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– “¡Hay hombres que son una chululera, señor!” –dijo en golpeado catamarqueño
el flemático arriero, tan pronto como hubo terminado sus arreglos para seguir
adelante y alejarnos de aquel purgatorio de cuatro horas mortales.
– “¡No seais bárbaro oh...!” –le replicó Demetrio con cara de asombro y aire de
profunda ingenuidad y candor.
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dor, cuyo sombrero y traje quedan bonitamente agujereados y pintados con salpi
caduras rojas y amarillas.
Algunos de los orificios de escape, en forma de grietas estucadas con lustroso
barniz amarillo jaspeado de rojo, remedan la boca ondulada de esas hermosas con
chas de gastrópodos que abundan en los mares tropicales.
Subiendo al cráter, los pies se hunden en un polvo fino alcalino y caliente,
compuesto en gran parte de sales aluminosas y también alumbre puro y cristali-
zado, y para bajar al fondo conviene marchar con cuidado para evitar el azufre
fundido que corre entre las rocas. De forma elíptica, como de cien metros de
largo en su eje mayor, el cráter lateral, que mira al poniente, despierta irresistible
interés de inspeccionarlo en sus detalles recorriendo las numerosas bocas por
donde se escapan blancos penachos. Fácilmente se llega hasta una cavidad cen-
tral que permanece apagada y tranquila, dando la idea de poder llegar hasta allí
y arrojar una ojeada al fondo del misterioso abismo que se contemplaría desde
sus orillas.
¡Intento vano!, a lo menos por entonces, pues parece que la forma y dimen-
siones de aquellas aberturas circulares, lejos de ser permanentes, deben cambiar
y modificarse constantemente en aquel frágil y deleznable suelo semifundido y
corroído por los ácidos.
Mis pies vacilaban a medida que me acercaba al borde del orificio, y el arriero,
mi único acompañante en esta excursión, me gritaba desde lo alto del cráter que
el suelo era muy delgado, que no avanzara más, o que me tendería su lazo para
amarrarme.
Era, en efecto, pavorosa la idea de que aquella débil costra de azufre sobre la
cual marchaba podría romperse bajo mi propio peso y llevarme a satisfacer en el
fondo del espantoso abismo la irresistible curiosidad de mirar demasiado adentro
en los antros de un volcán que todavía respira.
Al salir de aquel recinto caliente y de aquella atmósfera ácida al espacio libre,
la sensación era de infinita calma y dulzura ante el espectáculo siempre nuevo y
eternamente atrayente de aquellos crepúsculos de mágicos efectos en las altas cor
dilleras.
El Sol, rojo y enorme, bajaba hasta el ras de la tierra y se encogía replegándose
sobre sí mismo, como si se suspendiera indeciso antes de sepultarse en el vacío
oscuro.
El hielo penetrante de la atmósfera no había congelado el agua en la laguna:
se sentía en partes tibia, como que bañaba los pies de una montaña en ignición,
y su colorido era delicioso en medio de las montañas que iluminaban los últimos
resplandores del día.
El itinerario trazado me llevaba ahora al norte clavado, derecho al Llullaillaco,
cuyas faldas occidentales debía reconocer y en uno de cuyos valles encontraría el
campamento de mis compañeros y de toda mi gente.
Cortando así a través de estorbos y ramificaciones de cerros desprendidos del
gran macizo de la cordillera, la travesía sería lenta y molesta con sus subidas y ba
jadas, pero interesante por sus variados aspectos, por sus paisajes severos y por su
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sobre la gran meseta atacameña y en las orillas donde termina, al sur, el mar de sal
y de borato de cal que se llama Salar de Atacama.
El panorama de Tilomonte al oeste, abrazando toda aquella extensa superficie,
es de los más desolados por su esterilidad, a la vez que grandiosos por su impo-
nente solemnidad y espantable magnificencia, si pudiera así decirse. Siempre los
tintes pardo-rojizos y amarillentos, con el blanco deslumbrante de los campos de
sal, como si los cubriera la nieve; en parte los fatigosos médanos terribles donde
reverbera el Sol, hiriendo la vista con sus reflejos en el cuarzo y el talco de las are-
nas, y calcinando las carnes del viajero con un calor de 40 grados en la sombra de
la media tarde, para congelarlas enseguida con la brusca transición del frío de la
noche que baja hasta varios grados bajo cero.
Inmediata, al oriente, la cordillera de los Andes, como una muralla colosal eri-
zada de conos y chimeneas, con sus colores oscuros o rojizos y sus orlas de nieve;
y al occidente, a lo lejos, en los horizontes límpidos, de infinita profundidad, los
perfiles de las montañas del desierto central y de la remota región marítima, entre-
lazadas y superpuestas, con los contornos secos y duros que les da la aridez de su
superficie, y que la transparencia de aquella atmósfera deja ver y presentir en toda
la realidad de su absoluta desnudez.
Y en verdad, desde esos parajes se divisan las alturas de Limón Verde y Ca-
racoles, y se creería haber podido ver brillar en ellos sus crestones metálicos y
reventones de plata, antes que el pico del cateador los entregara a la voracidad de
la explotación minera: tal se divisan de claros y perceptibles los detalles en aquella
atmósfera tan intensamente iluminada.
Los días de campamento en Tilomonte, como era de costumbre, se ocupaban
en las observaciones astronómicas de longitud y latitud, en los de declinación mag-
nética, de temperatura, etc., pero en esta ocasión comenzaron también a extender-
se a algunas indagaciones filológicas, tarea en que tuve por auxiliar de aquella pri-
mera tentativa al ingeniero Pizarro, que recogió algunas voces de boca del anciano
patriarca de aquel lugar, don Juan Matías Silvestre, entonces de 98 años de edad.
La longevidad ofrece casos muy extraordinarios en aquellas localidades de
vida patriarcal, y sólo entre los ancianos de más o menos un siglo de edad se con-
serva la posesión del idioma indígena de aquella región que se circunscribe a la
cuenca geográfica de Atacama propiamente dicha.
Tuve siempre gran interés, ya que se emprendía el estudio industrial y geográ
fico de aquel territorio, en agregar también todo lo que me fuera posible sobre
el idioma y costumbres de los indígenas que lo poblaron y de los cuales quedan
aún tipos puros que bien pronto habrían de desaparecer sin dejar vestigio de su
pasado.
A fin de salvar y conservar algo de esta reliquia de la filología americana, repetí
mis indagaciones en Peine, lugarejo inmediato y de mucha mayor importancia que
Tilomonte, sirviéndome del anciano Manuel Pachao, que se decía tener 120 años
de edad y que conservaba fresco no sólo el recuerdo de las campanas de Belgrano
sino que, también, se remontaba hasta acontecimientos vecinos a la creación del
virreinato de Perú.
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nato de Perú instituido por Carlos V en 1542, y por último, en 1776, al virreinato
de Buenos Aires e intendencia de Potosí.
Constituida la nacionalidad boliviana en 1825, Atacama pasó a ser parte inte
grante de la nueva república, junto con toda la altiplanicie o puna oriental de An
tofagasta y Pastos Grandes.
A la fecha de nuestra primera arribada al pueblo de Atacama, ya dentro del ré-
gimen instituido por el pacto de tregua chileno-boliviano de 4 de abril de 1884, era
subdelegado del departamento don Juan Santelices, para quien todos los que por
allí han pasado en comisiones públicas, han tenido palabras de encomio y gratitud
por sus oficiosos y desinteresados servicios. Para nosotros no será ésta la última vez
que tengamos ocasión de retribuírselos, siquiera con el mero tributo de público re
conocimiento y en homenaje de justicia a un celoso servidor de la nación.
Por lo demás, no siendo de este lugar lo pertinente a los recursos naturales o
industriales de las localidades recorridas en nuestro largo itinerario de explorado-
res, dejaremos, por ahora, todo lo demás concerniente a la capital atacameña, para
otras páginas de este libro.
Después de breves días en Atacama, dedicados a la exploración de los alrede-
dores, y a reparar los desastres de las últimas jornadas, que nos habían reducido
a reemplazar nuestros animales mulares con burros y llamas, y habiendo toma-
do todas las observaciones de costumbre, astronómicas y meteorológicas, llegó la
oportunidad de dirigirnos río adentro de Atacama hasta el establecimiento minero
y minas de barrilla de cobre de San Bartolo.
El viaje se encuentra interesante, con sólo la diferencia que va de un paisaje
relativamente agreste y florido a los de campos medanosos o cubiertos de sal que
acabábamos de recorrer con tantos trabajos y fatigas.
No abundaba en los campos la flora vistosa y pintada de vivos colores, pero
esmaltaban agradablemente el suelo la brillantez del verde de la brea y el blanco
plateado del cachiyuyo, algunas florecillas alegres y la olorosa rica-rica para em-
balsamar el aire ambiente.
A los grupos naturales de algarrobos y chañares se unen algunos perales e hi-
gueras, alfalfares y trigales, que acaban por halagar la vista y tranquilizar el espíritu
del viajero que logra verse, al fin, como en una tierra prometida donde a lo menos
no faltará el agua ni lo más indispensable para la subsistencia.
Es objeto digno de visita el fuerte o reducto de defensa donde se dice que los
naturales se defendieron contra los invasores españoles; lugar verdaderamente de-
fendido conforme a la estrategia acostumbrada, con abruptas y verticales paredes
naturales difíciles de asaltar y tomar de frente o por los flancos, y sin más posible
medio de invadir que por su largo rodeo a retaguardia.
Figúrese el lector el famoso Morro de Arica, enorme peñón que cae a pique
sobre la playa desde considerable altura y se defiende a sí mismo por sus costados,
siendo sólo vulnerable a mano armada y corazón sin miedo por la meseta desde
donde los soldados chilenos lo asaltaron el 7 de junio de 1880.
Tal es el sistema o modelo de defensas que usaban los antiguos pobladores de
América y de cuyo mismo tipo se ven numerosos ejemplos por doquiera, extrañán
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dose el viajero de ver todavía poblaciones habitadas, como Caspana, en las inme-
diaciones del Loa, así edificadas sobre precipicios casi inabordables.
Es el mismo sistema de construcciones que en el país de los calchaquíes se lla-
ma pucará, como colgadas de los barrancos y altas laderas, y lo mismo, exactamen-
te como las he visto en el antiguo México, ahora estados de Arizona y Colorado
de Estados Unidos de Norteamérica, donde los turistas y hombres de estudio las
visitan con extraordinaria curiosidad y científico interés.
El fuerte de Atacama no es ahora sino un hacinamiento de pequeñas construc
ciones en ruina: murallas de circunvalación de las que apenas quedan restos, to
rreones de forma circular y construcciones cuadrangulares sin orden ni concierto
aparente, todo sobre terreno de lavas y riolitas con sus reflejos rojo amarillentos.
Río adentro, al camino deja el valle donde éste se encajona y estrecha, para
subir sobre los barrancos desde cuyas alturas todo el aspecto es el de una superfi-
cie indefinidamente cubierta de iguales deyecciones volcánicas, alternándose así
los aspectos del paisaje siniestro de rocas áridas y calcinadas por el fuego, con la
refrescante y alegre vista del campo verde surcado por el arado y las canaletas de
regadío.
Donde termina una dilatación espaciosa del valle y empiezan angostas gargan-
tas emparedadas entre altísimas murallas de areniscas rojas, allí mismo comienza
la formación de los depósitos de barrilla de cobre.
Esta extensísima zona de idénticos caracteres geológicos por doquiera, con sus
sedimentos de arenisca cobriza y a veces también con hermosas concreciones de
plata nativa, es la misma donde tiene su asiento característico el antiguo y famoso
Corocoro, de Bolivia.
En la fecha de nuestra visita, 8 de junio de 1885, el establecimiento de adminis-
tración, el trapiche y todas sus rudimentarias máquinas de concentración, existían
en ruinas, y ni un solo habitante había allí de quien tomar informaciones y a quien
aprovechar como guía para dirigirse en la inspección de las minas.
Éstas, por otra parte, habían sufrido las consecuencias de una crecida extraor-
dinaria del río que las inundó, inhabilitando por completo sus labores.
Manifestaciones de la presencia del cobre se descubrían a cada paso en el
examen de los estratos teñidos de verde cardenillo y en la frecuente existencia de
la barrilla de cobre metálico en granos, racimos, placas y concreciones, así como
del oxídulo de cobre y la domeykita, aparte del muy significativo signo del intenso
color verde y azul de los filamentos de agua que filtran de entre los estratos y que
van a contaminar todavía con sulfato y cloruro de cobre las saladas aguas del río
Atacama.
Aquellas gargantas estrechas y obstruidas por los inmensos escombros caídos
que apenas dan paso saltando por sobre ellos y rozándose contra sus ásperos can-
tos, ofrecen vistas verdaderamente imponentes por la majestad de las proporciones
y por las extrañas formas de una arquitectura verdaderamente portentosa. Los co-
lores oscuros de las areniscas pardas y moradas resaltan por el contraste con el de
la bóveda azul que el cielo forma sobre aquella gran galería natural, y se disuelven
en sombras que afectan formas colosales al venir la semiluz de las horas de la tarde.
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La mirada penetra por entre claros y abismos en que se dibujan los relieves
de gigantescas obras construidas con enormes bloques de piedra superpuestos en
atrevida sucesión de figuras arquitectónicas del característico estilo que se eleva al
cielo en pirámides y agujas, pugnando por excederse en altura y majestad las unas
sobre las otras.
Pórticos y peristilos por donde penetran los rayos del sol dorando los contor-
nos; puertas y ventanas que dejan entrar raudales de luz; basamentos y pedestales
que soportan un tronco de columna, un bosquejo de estatua y otras caprichosas y
fantásticas esculturas, se modifican y transfiguran, aumentando todo en solemni-
dad y misterio, cuando el fondo de aquella gran construcción de la naturaleza se
baña en el tinte violado del crepúsculo y comienzan a encenderse una a una las
estrellas en la bóveda azul que la cubre como espléndida techumbre.
El viaje a San Bartolo completaba por aquel lado las exploraciones de la puna
occidental, permitiendo ligar la triangulación con las últimas cumbres que la limi-
tan por el oeste hacia el valle longitudinal del desierto y por el norte con las caídas
a los ríos Loa y Salado.
Para los aficionados y viajeros observadores, y recordando aquí el interés con
que en estos tiempos se habla y discute sobre la puna de Atacama y sus cordilleras,
daremos algunos rumbos de orientación a algunos de los más notables puntos de
referencia.
El panorama es interesante desde cualquier punto arriba de los barrancos, so-
bre las alturas del bordo de Atacama, que es como se llama el cordón de alturas y
eminencias en que empieza la planicie que se extiende al oeste del pueblo.
Desde allí se presenta en espléndido desarrollo la vista de la gran cordillera: al
frente, mirando al este, destacándose como un cono geométrico, por la regularidad
de sus líneas, el Licancabur, la atalaya del pueblo; al sur, el Quimal, con su doble
cúspide y como baluarte o reducto extremo donde termina bruscamente el cordón
continuo de la cordillera Domeyko.
A lo lejos, al norte, los imponentes nevados de San Pedro y San Pablo; más
acá el humeante volcán Machuca, con su cráter pintarrajeado de pinceladas amari
llas, rojas y blancas; el Hécar, el Laskar, también con sus penachos de vapor en
lo alto; y al extremo opuesto el Pular, con su diadema de reina, el Socompa y el
Llullaillaco.
En el fondo, la extensa sábana de deslumbrante sal, tendida como inmenso
sudario sobre aquella naturaleza muerta que no vive sino en el fuego interno de
sus volcanes extinguidos y en los escasos manantiales y pequeñas praderas que
desde lejos parecen como constelaciones de esmeraldas, dejadas como recuerdo y
testimonio de lo que antes fue quizá continua y dilatada alfombra de vistosas flores
y perenne verdor.
Si el viajero parte de Calama, por la vía de San Bartolo, y se detiene un mo-
mento sobre la pirámide allí levantada como punto de observación, precisamente
sobre el establecimiento minero, tomará, mirando al Quimal, rumbo al S 37º O
y con esta base encontrará, midiendo los ángulos correspondientes, los siguientes
puntos:
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están de esa materia, al mismo tiempo que de cierta proporción de sulfato de cal-
cio, adquieren al sol y al aire una dureza relativa y solidez que las convierte en un
verdadero conglomerado salino, haciéndolas ásperas y cortantes; agregándose a
los aspectos extraños y fantásticos que de estas circunstancias resultan, un laberinto
inextricable de luces y sombras, de ángulos entrantes y salientes, alturas y precipi-
cios, columnas, pirámides y túmulos de aspecto funerario, a cuyo espectáculo, en
pleno silencio de muerte, se reúne el continuo estallido seco y a veces alarmante
de las decrepitaciones de la sal.
Entrando por entre el claro de estas construcciones que enfilan la entrada de
la gruta, mi sirviente Demetrio y yo, sólo los dos, en medio de solemne quietud y
antes que el Sol comenzara su acción sobre el agua higrométrica de la sal, yo escri-
bía en mi cartera mientras que mi acompañante miraba con recelo aquellas figuras
y aparentaba poca disposición para aventurarse adentro de lo que él tomaba por
siniestra cueva de duendes y brujos.
Una fuerte y repentina decrepitación, brevísima y seca como el estallido de la
chispa eléctrica, no produjo más efecto que agrandar desmesuradamente la órbita
de sus ojos, pero otra detonación más, y otras, sucediéndose en número y aumen-
tando en intensidad de estampido, acabaron por dejarme solo, huyendo el espanta-
do muchacho a lo lejos con el terror del que ha visto al diablo o presiente estarse a
las puertas del infierno.
No tenía medios de satisfacer el interés de buscar restos fósiles en el piso de
la caverna, lo que bien pudiera haber revelado algún interés arqueológico por lo
menos; lo poco que pude hacer no dio resultado alguno.
A distancia de unos cincuenta pasos de la entrada el cielo de la gruta se ha
desplomado hasta el sol, formándose como una gran claraboya por donde entran
torrentes de luz y de agua de las lluvias que en breve modificarán el actual aspecto
en aquel punto que aún ofrece algo de importante a la vista, con sus estalactitas e
incrustaciones salinas de inmaculada blancura.
La inclinación de los estratos entre los cuales está oprimida la sal es bastante
fuerte para poder andar a pie, a lo menos en aquellos trechos donde su separación,
determinando una anchura como la de una galería ordinaria de minas, da espacio
bastante; mas al bifurcarse el cañón principal y estrecharse las paredes, no es posi-
ble seguir cómodamente la exploración y llega entonces el caso de dejarse oprimir,
arrastrarse y vencer todo obstáculo hasta conseguir avanzar algunos cientos de me
tros en vueltas y revueltas, subidas y bajadas.
Se descubren entonces algunas cámaras, pequeñas y más o menos espaciosas
y altas donde las estalactitas y estalacmitas se corresponden ofreciendo aquel as-
pecto hermosísimo de columnas en embrión empezando a construir por sus dos
extremos, formándose la coronación y la base antes del fuste; otras en que toda la
construcción está terminada, figurando pequeñas salas con intercolumnios, deco-
radas y alfombradas de sal, en agradable contraste de colores con el rojo oscuro
de las murallas.
¡Cuándo se aprovechará la industria de aquellas inmensidades de sal depurada
hasta el estado de química pureza y en cantidad suficiente para abastecer al mun-
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do entero! Sin más trabajo que el de levantarla de las orillas del gran salar donde
yace cristalizada en cubos enormes, trasparentes como el cristal de roca, sólo sería
cuestión de hacer llegar el ferrocarril que debe partir de sierra Gorda a Caracoles,
prolongándolo hasta San Pedro de Atacama.
Con sobrada razón, pues, se designa a estas serranías también con el nombre
de sierra de la Sal.
Una vez sobre el bordo y la llanura, la monotonía del espectáculo hace cesar
pronto el interés de observación, con el espacio infinito en todas direcciones, libre
el espíritu para entregarse a abstractas reflexiones o sumergirse en la vulgar y coti-
diana preocupación de las materialidades de la vida.
Errantes y presurosos para matar el tiempo en aquella cruzada de la “pacien-
cia”, que así llaman los viajeros aquellas travesías sin variedad ni tregua, no con-
siguen sino fatigarse la vista en aquellos tintes indecisos y neutros del pleno día o
distraerse en los efectos fantásticos del miraje, hasta que les llegue la hora mágica
de los juegos de luz y espléndidas decoraciones del crepúsculo.
Las líneas endentadas de la cresta de los cerros, a lo lejos, en fondo rojo y ana
ranjado, que se dibujan puras como el trazo del buril sobre planchas de cobre y de
oro, empiezan a aliviarnos de la nostalgia del ruido, del bullicio, de las comodida-
des y expansiones de la vida civilizada.
A lo menos, detrás de aquellos perfiles iluminados por el Sol poniente, presen-
tíamos para la siguiente noche a Caracoles, con la idea confortadora del descanso,
de la charla social, de los periódicos noticiosos; del estrado tibio y animado, del
lecho blando y abrigado, de la mesa con cristales y vajilla.
Terminaría entonces con esta jornada la serie de noches dormidas bajo el cielo
estrellado, al aire libre y helado de la puna, y dejamos una vez más transcurrir las ho-
ras al calor desigual de la lumbre del campamento que sofoca y ahoga, al fresco del
rocío que moja y se escarcha en el rostro, al rumor de la invariable jerga parlera de
los arrieros en torno del fuego, y a la vista de las espirales de humo blanco que suben
al cielo de intenso azul oscuro hasta confundirse con las claridades de la luz zodiacal.
La helada había cubierto el suelo, las piedras y todos los objetos, incluidas
nuestras cabezas, de pequeños cristalitos que destellaban colores de iris al sol obli-
cuo de la mañana; pero es privilegio de estas latitudes y alturas, con su sequedad
y la extraordinaria transparencia de su atmósfera, y cuando el aire está tranquilo,
que el frío vigoriza, entona, y bien pronto el calor devuelve con usura al organismo
todo su bienestar y energía.
En tales condiciones dejábamos el alojadero de la Posta, sobre el bordo de
Atacama, para pasar la cuesta a temprana hora y descansarnos un poco y almorzar
lo mejor posible en la posada de Aguas Dulces, primera fuente de refresco que los
primitivos pobladores de Caracoles encontraron cavando al pie de aquella sierra,
con tanta fortuna para los descubridores como contento para toda la gente busca-
dora de plata en aquellos tiempos.
Seguir viaje recto al cerro de la Deseada, con el ardiente sol del meridiano en
la cabeza; anotar, de paso, la magnífica recta de un ramal del camino del Inca que
se dirige a Calama; tomar visuales a los cerros del contorno, al Quimal, dejado
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atrás, a Chuschul, a las minas de Moctezuma, a Limón Verde, etc., y entrar, caída
la tarde, a las hospitalarias habitaciones de la mina Deseada, fue la obra del resto
de aquel día, 16 de junio de 1885.
Visitas a las minas y excursiones por los alrededores del extenso asiento mi-
nero bajo la benévola dirección del ingeniero don José Tomás Cortés, el más
constante y estudioso trabajador de Caracoles, debieron ocuparnos algunos días
mientras que, como de ordinario, se alinderaba la región en contorno colocando
señales trigonométricas en el cerro de la Deseada, Limón Verde, Centinela, Isla,
etc., volviendo otra vez, desde la puna y la gran cordillera, a encadenar la red de
triángulos con el desierto central y la cordillera de la Costa.
En los días 17 y 18 se logró tener expedita la línea telegráfica, como en San Pe-
dro de Atacama, para cambiar señales simultáneas de tiempo con el o bservatorio
astronómico y con Caldera, repitiendo numerosas observaciones de alturas sola-
res, de declinación magnética, meteorológica, etcétera.
Largo tiempo hubo de ser dedicado, con don Lorenzo Sundt, al arreglo de las
colecciones de las anteriores jornadas y de las interesantes muestras minerales que
nuestra permanencia en Caracoles nos prometía reunir.
La tertulia de las noches, a veces agradablemente prolongada hasta avanzadas
horas, versaba siempre sobre Caracoles: su descubrimiento, su fabulosa riqueza
de los primeros tiempos, las infinitas anécdotas de sus brillantes días, las teorías
relativas a su formación geológica, al carácter y naturaleza de sus depósitos, a los
extraños y oscuros problemas geognósticos que suscitaban, a sus diferencias y ana-
logías con Chañarcillo, Tres Puntas y Agua Amarga.
Servía de importante base de discusión una interesante colección del mineral
de Tunas, que allí había sido llevada por don Nicolás Naranjo para estudiar las
analogías petrográficas y geognósicas de ambas formaciones.
¡Cuánta revelación importante y cuánta materia digna de consideración en el
estudio comparado, tan interesante como fecundo, de las rocas, gangas, minerales,
estructura de las vetas o depósitos, influencia de los terrenos encajantes, de su com-
posición mineralógica, de los accidentes que sufren y analogías guiadoras que tanto
enseñan y tan nutrida experiencia infunden en el minero observador y estudioso!
¿Son los panizos o zonas productivas de los terrenos estratificados, vehículos
seguros que basta penetrar con la veta en mano para contar sobre ellas beneficio
constante, homogéneo, seguro? ¿O entran otros factores, conocidos, indispensa-
bles y sin los cuales el panizo característico no responde a las esperanzas del mine-
ro? ¿O no hay tales factores influyentes o necesarios a la condensación del mineral
y éste se reparte caprichosa y antojadizamente en zonas o columnas verticales u
oblicuas, sin ley ni regla determinada?
No sabemos qué se haya hecho para formar colecciones ilustrativas y razona
das que guíen y aconsejen en estas materias; qué libros se hayan escrito para con-
signar las enseñanzas de la experiencia minera de nuestros ingenieros o prácti-
cos en el ramo; qué estímulo oficial y qué procedimientos universitarios se hayan
puesto al servicio de los estudios e indagaciones en el terreno, al aprovechamiento
de tanta práctica y tanta laboriosa e inteligente sagacidad gastada por nuestros
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–“Por aquí fue –me decía mi acompañante– donde Méndez divisó las panizadas
de la Deseada y desde allí se destacó el arriero Reyes que tropezó con el primer
rodado de plata”.
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A principios de julio del mismo año de 1885 nos encontrábamos así retirados a
cuarteles de invierno, más por la falta de recursos para continuar adelante que
por la necesidad de descanso o aglomeración de trabajo para la oficina.
Si siquiera para esto último hubiera tenido la comisión exploradora medios
de instalación en oficina propia, con los elementos necesarios para el arreglo y
estudio de las colecciones, para sus reconocimientos mineralógicos, dibujos, etc.,
hace mucho tiempo habría sido aprovechado y muchos de los trabajos realizados
habrían podido ser dados a luz oportunamente.
Nada había podido ser satisfecho; todo lo previsto y deseado para el más pron-
to y económico desempeño en las tareas se subordinaba a aquella preferente aten-
ción que merecen los intereses de la política y después de ella las obras materiales
que se traducen en más inmediata y visible utilidad. Las obras de estudio y de
trabajo, que a nadie interesan directamente, rara vez cuentan con oficiosa coope-
ración y espontánea iniciativa.
La comisión exploradora, a quien tan ancho y dilatado campo de acción se le
tenía señalado en la naturaleza, con la inmensidad de las cordilleras y del desierto
a su disposición, no tenía en la capital de la república un rincón de oficina, un
sobrante de materiales de dibujo y escritorio; el jefe, en su pieza del hotel que lo
hospedaba; los ayudantes, en sus propios domicilios; el ecónomo, con sus libros y
sus cuentas en cualquier parte, y todos en dispersión, debían, no obstante, reunirse
y emprender el trabajo sin tregua de los cálculos, de los trazados y primeros ensayos
de la construcción del mapa geográfico.
Mientras tanto, mucho quedaba aún por inspeccionar e inquirir en otras diver-
sas materias, y esto se haría sin personal de ayudantes que no había cómo costear,
sin servidumbre que no se podría pagar y sólo con el mero interés personal de
hacer lo más posible con el menos dinero disponible.
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Y pasemos de largo por ellas, sin más observación, hasta que en otras páginas
podamos destinarles, en otros términos y con otras demostraciones, la atención
que les corresponde.
Continuando estas agradables excursiones, que tanto interesaban por la satis-
facción de hacerlas en servicio público, para bien y aprovechamiento de la pode-
rosa industria minera y con la esperanza de verlas traducirse en disposiciones útiles
para el país, de verlas aprovechadas en servir de base a medidas de protección y
fomento, llegó su turno al mineral de los Bordos.
Grande fue la excitación y cuantiosos los intereses que se pusieron al servicio
de este ruidoso descubrimiento por los años de 1856 a 59, disputándose el terreno
en porfiados y ruidosos pleitos y litigios judiciales.
La plata blanca, alba, en hermosísimas placas azogadas, hacía presentir gran-
des aglomeraciones de maciza riqueza que no correspondieron, por entonces, a
maravillosas y deslumbrantes expectativas de improvisadas fortunas, pero que es-
tablecieron una era de producción sostenida y de una importancia industrial que
ha valido activa prosperidad y cuantiosos bienes al departamento de Copiapó.
Río adentro, a la vista y a orillas del mismo valle donde su aspecto es más
agreste, aquella fuente de constante producción nada sería, de nada habría servido
–como no servirán tantas otras de igual importancia– si el feliz acaso no la hubiera
colocado en aquella situación privilegiada donde las facilidades se brindaban por
sí solas.
Es donde se desarrolla en potente consistencia la formación de los conglome-
rados porfídicos: éstos han tomado el color rojo purpúreo y violáceo, formando a
veces macizos de terreno con pórfidos rojos sin estratificación. En concordancia
con esta sedimentación general asoma sus anchos crestones una gran capa de roca
blanca de aspecto traquítico sobre cuyos planos de contacto, así en la caja del piso
como en la del cielo de la grieta que rellena, las arcillas resultantes de los pórfidos
que yacen por debajo de ella, así como los estratos margosos de la formación es-
tratificada jurásica que descansan sobre la misma, se han impregnado de cloruros
y cloro-bromuros de plata en delgadas hojillas y de placas y granos de plata blanca
mercurial.
Grandes masas de mineral arcilloso, penetradas de plata hasta alcanzar una ley
de 15 diez milésimos, han podido ser explotadas económicamente por medio de
importantes instalaciones de maquinarias capaces de una producción de 400 y más
quintales métricos diariamente, dando animación y movimiento a dos estableci
mientos metalúrgicos de amalgamación.
Accidentes y alternativas de dificultades y desaliento han sobrevenido de tiem-
po en tiempo, felizmente sin hacer desmayar a los poseedores de esa fortuna y
dando saludable e instructivo ejemplo de lo que puede y vale la constancia en el
trabajo de las minas cuando se les destina el capital y la inteligencia que requieren.
El inteligente ingeniero que por entonces, a fines de agosto, administraba el
gran establecimiento metalúrgico de Edwards y Cía. en Tierra Amarilla, don Jorge
Espoz, tuvo la bondad de proponer y acompañarme a una excursión tan agradable
como útil.
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mado, la sombría vida del minero que sólo respira pólvora y antimonia en el fondo
de sus subterráneos.
Aquellas praderas son, por fortuna, de libre uso y aprovechamiento para todos,
y no pocas veces ha intentado la codicia apoderarse de ellas para explotar con
tributos y servidumbres al pobre que libremente las disfruta para su subsistencia,
para socorro y recreo del viajero y para proveer de frescos alimentos a las minas
inmediatas.
Siendo intendente de Atacama don Juan Vicente de Mira, se le presentó una
solicitud capciosa que envolvía la posesión y disfrute de los campos de la Travesía
mediante obligación de dotarla de aguas de regadío y trasformarla en fincas culti-
vadas.
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sería el punto y coma del descanso ortográfico si viviéramos en otro país de más
constancia y más recursos para industria tan noble y poderosa como la minería.
En la cumbre de Garín Viejo, donde se levanta el lindero de triangulación, se
ofrece un punto importante de observación y referencia para orientarse y que los mi-
neros y viajeros pueden aprovechar con facilidad dirigiéndose desde la próxima mina
Descubridora hacia el cerro alto del SE.
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Viajar entre paisajes muertos en que nada se mueve, nada respira, nada vuela,
ni nada suena, y entrar de súbito bajo una bóveda de arbustos que se entrelazan
para darnos sombra y abrigo, donde destila una gota de agua y verdea el suelo, es
sensación que sólo conoce el explorador de áridos desiertos.
Un descanso así, en aquella aguadita de Sandon, sirvió además, con tan ins-
tructiva y grata compañía, para orientar mejor el plan de la exploración y anotar
algunos útiles datos geográficos y mineros.
Si tan benéficos lugares de recreo y refugio se reprodujeran artificialmente si
quiera en aquellos puntos de mayor desolación del desierto y donde más necesaria
es su existencia para auxilio de los trabajos mineros, la transformación de las con-
diciones actuales se verificaría con una eficacia y facilidad que serán discutidas en
su oportunidad en el curso de esta obra.
No se ha dado a esta materia toda la importancia que le corresponde y no ha
de extrañarse que insistamos en ella cada vez y a medida que las fatigas del ex
plorador encuentran, como en la aguadita de Sandon, grato lugar de refresco y
saludable restauración de las fuerzas y del espíritu.
Por la quebrada del Romero y después por la de San Miguel, el terreno es inva-
dido por las gruesas aglomeraciones de brechas y pórfidos traquíticos, por donde
corre de norte a sur la potente zona del granito azulado que en partes se presenta
como un conglomerado granítico de bellísimo aspecto en el cual abren los anti-
guos filones auríferos que se beneficiaban en un trapiche y son todavía objeto de
alguna explotación.
Más adelante, las vegas de Monroy, que dejan la ilusión de un vasto potrero
alfalfado y, por último, la laguna Seca sobre la falda de la cordillera que encajona
por el oeste el valle de Jorquera, a inmediaciones del Gato; cordillera a la cual he
mos dado el nombre de Darwin y que se enlaza más al norte, en Tronquito, con la
de Domeyko, la cual no es sino la prolongación de la anterior desde el punto en
que más netamente se define como anticordillera de los Andes.
Por aquella misma pendiente, en el Salitral, se ve cruzar una faja de zona cal
cárea que parece no haber sido nunca cateada por plata y cuyas indicaciones ca
racterísticas llaman la atención.
Una ojeada desde aquellas alturas, al norte, hace observar las ranuras y surcos
profundos que los torrentes desprendidos de esta avanzada de la cordillera han
abierto desde el cerro de Alcota siguiendo por Cañas hacia el Venado y por Agua
Amarga que baja desde el potente cerro de la Ternera y, por último, las numerosas
ramificaciones que se desprenden de esta última formando las nutridas vegas de
este nombre.
Más al oriente, o sea, transmontando el cordón detrás del cual va el valle por
donde corre el río de Copiapó, no teníamos terreno desconocido que explorar, lo
cual nos señalaba como itinerario la molestísima vía al sur, cruzando por sobre las
alturas y descendiendo a las profundidades de las quebradas que se nos interpo-
nían al través.
De San Miguel se cae así al Romero, nombre que se aplica a la quebrada y
también al potente cordón que arranca de la Ternera y Tronquitos formando una
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bullicio se multiplica con las órdenes a gritos del capataz y las interjecciones del
carretero a las mulas para reducirlas a la obediencia. Al fin todo está listo y los
fuegos chisporrotean con la última ceba de leña levantándose en alto las llamara-
das que ondean como flamígeras; los restos del asado ya no chirrean más sobre
las brasas y se apuran el último bocado, de pie, y el último trago al partir; estallan
los chasquidos del látigo sobre la mula que no arranca con brío y se oye por largo
rato desvanecerse poco a poco el golpe disparejo y seco de la rueda que choca y
cae. Por último, los fuegos se apagan y los humos se enrarecen, se adelgazan, se
extinguen; la soledad y el silencio recuperan su imperio y el desierto vuelve a toda
la plenitud de su soberanía en la grandiosidad y la muerte.
Aun cuando se está entre pliegues y repliegues de las altas serranías del Rome
ro, del Gato y los Leones, se puede referir la aguada del Durazno a puntos tan
conocidos de la triangulación como el lindero del cerro de Carrizalillo, que se
destaca al S 54º O; su fijación se aseguraba también con el macizo del Tolar, al S
64º E, punto culminante de la sierra del Romero, siendo ésta atravesada en estas
inmediaciones por la quebrada del mismo nombre que la separa del cordón Gato-
Leones de la cordillera Darwin. Allí se determina de esta manera, en el portezuelo
del Tolar, la separación entre las grandes hoyas hidrográficas de Garín, que vamos
a dejar, y la de Carrizalillo, que tiene en aquel mismo punto su más boreal naci
miento bajo el nombre de quebrada de las Chauchas.
El viajero agradecerá estos detalles para poder dirigirse entre aquellos rincones
de cordillera y podrá contraerse a útiles indagaciones geológicas observando la
situación de las estratificaciones porfídicas multicolores y las cumbres graníticas,
corriendo la formación oolítico-cretácea, en trechos dispersos por las faldas.
Ahora bien, dejando nuestro alojamiento del Durazno, tan animado pocas ho-
ras antes por la nómade población leñadora, para pasar la quebrada del Romero,
y otra más y la de Cepones, al pie de San Miguelito que nos hace ascender por
las faldas del Romero, caemos desde allí a Carrizalillo, cerca de la finca, lugar que
ya nos es conocido en anterior itinerario y adonde arribamos, no para reandar el
camino anterior sino para seguir curso al sur rebanando alturas y quebradas, o sea,
tomando al través todas las caídas de la cordillera Darwin, reconociendo los oríge
nes y distribuciones de los sistemas hidrográficos y montañas conforme al plan
primitivamente establecido.
Bajando a la represa del Sauce y a las canchas del apostadero de carretas leña
doras, llama otra vez la atención el interés geológico que despierta la abertura
de aquella estrecha grieta a través de rocas felsíticas y al pie del gran macizo del
Carrizalillo, y buscando más abajo una salida en dirección a nuestro objeto, la en
contramos en la desembocadura de la quebrada de Serna.
Alegre arroyuelo de agua clara corre por ella saltando entre las rocas, produ-
ciendo un trecho de vega y sembrando de brea y cachiyuyos el trayecto de toda
la cañada que pronto dejamos junto con sus pórfidos y conglomerados, entrando
otra vez en la zona granítica de San Miguel y con ella en la continuación de la sie-
rra del Romero al sur, que parece seguir el eje direccional de este notable detalle
geológico.
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Estas minas tenían cierta importancia por entonces y se fundaban muy buenas
expectativas en ellas. Las dificultades de la localidad, a gran y empinada altura so-
bre el nivel del valle, serían vencidas con la construcción de un camino y con ello
podrían emprenderse los necesarios trabajos interiores en las minas.
En Tres Chañares, llegando ya a la cumbre más inmediata al río de Copiapó,
debía cesar el objeto de la anterior excursión y no quedaba más que bajar el valle,
lo cual se hizo tomando cerro abajo en rápido descenso, unos 1.340 metros hasta el
plan y volver por el curso del río hasta la confluencia del río Jorquera con el Pulido
y el Manflas, en el lugar llamado las Juntas; y desde aquí, nada nuevo había ya
de que tomar nota hasta llegar a Amolanas, donde se había construido el estable
cimiento de concentración de minerales, para el servicio de la mina Descubridora,
que lleva el nombre de Lautaro y que pasaremos por alto para ocuparnos de él en
el lugar correspondiente.
De vuelta a Copiapó, tomando notas al vuelo desde el vagón de un tren de
ferrocarril, medio de observación que siempre deja algo útil para la cartera, refi-
riendo al kilometraje de la vía ciertos detalles geográficos, cambios geológicos, etc.,
terminaba ya el mes de octubre de 1885.
Ninguna probabilidad había de poder reorganizar la comisión para una nueva
campaña; los ingenieros continuaban sus lentos trabajos de oficina en la capital; los
sirvientes y arrieros continuaban dispersos, y sólo al jefe correspondía la intermi-
nable tarea de las exploraciones parciales y de detalle, en todos sentidos y a todas
partes, tocándole ahora su turno a la cumbre de Jesús María y sus famosas minas
de oro; a Chamonate, a Chanchoquín, Capis, Ladrillos, etcétera.
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En viaje a Puquios, por el lento y parsimonioso tren de subida por esa vía, la
ocasión era propicia para pasar rápida revista y refrescar la memoria de los aspec-
tos geológicos y geográficos de aquel despoblado, relacionando entre sí los puntos
ya conocidos, anotando nuevos datos y encontrando siempre algún interés de de-
talle, algún punto olvidado, un hecho descuidado, una circunstancia imprevista;
alguna revelación inesperada, un error que se rectifica, una nueva duda y tantos
incidentes como ocurren en la interminable tarea de observar la naturaleza, tan
variada, y a veces tan complicada y aparentemente contradictoria en sus obras.
Ideas ajustadas a la existencia de un hecho visible, deducciones fundadas en
una realidad evidente y conclusiones sancionadas por la más atenta observación,
sufrirán siempre modificación en algún otro hecho diferente; se limitarán las de-
ducciones ante otra realidad negativa de la primera y aún quedarán sin efecto
aquellas conclusiones que estudios posteriores hayan venido a debilitar y poner en
duda, acabando con las prematuras tendencias a generalizar y sentenciar.
Es lo que ha sucedido con los geólogos que tan someramente han estudiado
nuestro territorio, engañándose con el ejemplo de casos aislados, con hechos sin co-
nexión respecto de otros semejantes y con vacíos y deficiencias en el conocimiento
de las correlaciones geológicas.
Basta recorrer esa abierta y desnuda quebrada, su despoblado de Paipote y
examinar las complicaciones de su estratigrafía, donde las capas de areniscas y
conglomerados han sido arrolladas y replegadas sobre sí mismas como materia plá
stica, formando como cilindros de capas concéntricas; dispersadas en todas direc-
ciones como los segmentos de un abanico o trastornadas e invertidas, volviendo al
sol lo que yacía abajo y dislocándolo todo en revuelta confusión imposible de res-
tablecer con la imaginación en el orden armonioso que primitivamente ocuparon.
Corrientes de materia introductiva se abrieron paso a lo largo de los meridianos
terrestres, distribuyendo ramificaciones laterales a todos los vientos del horizonte;
y verdaderos mares de roca fundida invadieron la costra terrestre arrancándole
jirones y trozos del tamaño de un templo que flotaron como témpanos de hielo y
quedaron incrustados, para recuerdo y testimonio de las actividades plutónicas del
planeta, en las negras masas de basaltos y porfiditas.
La teoría del progresivo y lento solevantamiento de las tierras tiene una de sus
excepciones locales más notables en las profundas convulsiones y evidentísimas
erupciones de que ha sido teatro el lugar de San Felipe de Puquios y alrededores.
Una visita a las minas de oro de Cachiyuyo de Llampos y algunos otros traba
jos terminaron esta jornada, volviendo enseguida a Copiapó, a fines del mes de
noviembre.
Terminaba así el año de 1885 y empezaba lo mismo el de 1886: agotado el anti
guo presupuesto y esperando el nuevo.
Si los creadores de esta gran obra de la vida y de los progresos de la nación
supieran todo lo que ignoran de ella y todo lo que de ella habría que aprender, es-
tudiándola con atención, ¡cuántos ahorros, cuántas reformas útiles y cuántas medi-
das saludables a la moral pública, a la economía y al buen servicio administrativo
se introduciría en ese desgreñado índice de las inversiones fiscales de cada año!
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puntos del departamento de Copiapó posee poderosas minas y que desde hace tres
cuartos de siglo las explota con provechosos dividendos, no haya extendido sus
capitales y su influencia a mayor radio de acción o aplicado sus recursos a mejor y
más completa inversión, industrial y económica.
Verdadera paradoja, en realidad, que ha subsistido por largos años con perjui-
cio propio y con estériles o nulos efectos para el progreso público.
En éste, como en tantos otros casos en que nuestra riqueza mineral ha sido
conocida por el extranjero, estudiada, palpada y aprovechada, nada debemos a la
propaganda razonada y oficiosa, al poder ilustrativo y universalmente provechoso
de la publicidad, dentro y fuera del país.
Quizá se publican y propalan demasiado los casos adversos en que la desorde-
nada especulación, el lujo ostentoso de recursos mal aplicados y peor administra-
dos, debieran descargar sus ruinosas consecuencias sobre los negociadores, y no
sobre las minas negociadas. Éstas, por lo general, no son objeto de los reconoci-
mientos y preparación que requieren para entrar a ser reproductivas: la inversión
del capital que les fue destinado se disipó en anexos innecesarios, en imprevisión o
en manejos de dudosa conveniencia.
En todo evento, la luz rara vez se hace en cuanto a la materia misma del nego-
cio: cómo se pintó la mina y cómo resultó en realidad; cómo se ofreció reconocerla
y en qué forma y con qué criterio al fin y al cabo fue reconocida.
Esto es lo que no se publica, no se ilustra y nunca se sabe, quedándonos sólo
la fama de que nuestras minas y las condiciones industriales de nuestro país son un
abismo para los capitales que en ellas se invierten.
Cuales sean las razones, cuales las causas o las conveniencias de un sistema que
constantemente nos deja en la oscuridad y en la ignorancia de nuestros verdaderos
recursos mineros ante el extranjero, no es materia que tiene su oportunidad en este
lugar ni que deba preocuparnos más que las razones de nuestra propia ineptitud o
indolencia para darnos a conocer por nosotros mismos.
Ráfagas de entusiasmo, momentos de reflexión y lances de decisión nos han
impulsado alguna vez a estudiar o hacer estudiar nuestra naturaleza o nuestras mi
nas publicando sus resultados y divulgándolos por el mundo con ilustraciones de
mostrativas para hacerlas conocer y juzgar; mas, en el carácter nacional chileno y
sus aficiones más predilectas –observaba nuestro locuaz turista con una verbosidad
que lo llevaba hasta invadir el terreno de nuestras susceptibilidades más acaricia-
das– no insistimos lo bastante ni dejamos madurar ni nos preocupamos de saber
más, después de nombrado el sujeto y decretado el gasto, acerca de los frutos que
deberíamos esperar y recoger de tales iniciativas y disposiciones en fomento de
nuestros progresos y de la fortuna pública.
Iba todavía a provocarnos nuestro viajero a otras consideraciones aludiendo
a la Sociedad Nacional de Minería y obras en fomento de la industria; a la bri-
llante Exposición de Minería y Metalurgia y otros hechos elocuentes de la muni-
ficencia con que nuestros poderes públicos gastan los millones del erario nacional
siempre que se trata del desarrollo de nuestra producción minera... pero hubimos
de llamarle la atención a los nuevos aspectos geológicos y panizos minerales que
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– “¡Oh! ¿y por qué no tienen Uds. trazadas sobre una hoja de papel, relacionadas entre
sí y dibujadas en su situación y rumbos todas estas diversas circunstancias en que se
distribuyen los depósitos minerales y los accidentes o fenómenos que los producen?”.
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“Al norte, deslinda con el departamento de Chañaral por una línea que parte desde
la cumbre de Merceditas hasta la cumbre de Valientes...”.
Con esta definición y siendo los citados cerros de Merceditas y Valientes pun-
tos pertenecientes a la línea hidrográfica del Salado, no había razón ni pretexto, es-
tando sancionado como límite entre los departamentos esa misma línea de alturas
que determina la hoya hidrográfica del Salado, para interpretar y hacer adoptar en
su lugar la línea recta imaginaria que une las dos citadas cumbres de Merceditas y
Valientes, en vez de la línea natural y sinuosa que corre entre estas mismas, según
su significado geográfico y legal.
Estando todavía sin solución definitiva esta materia en cuanto a la reforma de
la ley de deslinde departamental entre Copiapó y Chañaral, hay interés en insistir
en ello y conviene esclarecer y recordar ciertos antecedentes.
En un principio se atribuyó equivocadamente al jefe de la comisión explorado-
ra el haber sugerido la idea del límite según la línea hidrográfica, pero aun después
de desconocida por él mismo la supuesta paternidad, subsistía cierta confusión
nacida del error de tomar por opinión suya favorable a aquella disposición admi-
nistrativa, lo que no era sino la traducción geográfica de dicho límite tal como la
había deducido del terreno mismo, recorrido en toda su extensión y tal como la
había vertido gráficamente en el mapa.
Se había elevado con tal motivo una solicitud de la municipalidad de Chañaral
al Excmo. Presidente de la República; se preocupó el público y comentó la prensa
el asunto en tales términos que dieron lugar a escritos y polémicas.
Mientras tanto, nada ha sido resuelto hasta la fecha; los juicios contenciosos
entre particulares siguen su curso por cuestiones de jurisdicción y los municipios y
autoridades judiciales continúan en querella por recíprocas invasiones de respecti-
vos derechos y percepción de impuestos.
He aquí dos documentos al respecto:
SSEE de El desierto:
Ha circulado en esta ciudad una hoja suelta “Al público”, con un escrito titulado
“Límites entre los departamentos de Copiapó y Chañaral”, enviado como colabora
ción a El desierto.
En el mismo carácter, y puesto que se ventila una cuestión de interés público y
de importancia local para Chañaral, envío a ustedes mi contestación a aquel escrito
anónimo.
Si el que suscribe tuviera el conocimiento de que siquiera uno solo de los mu
chos ilustrados y honorables vecinos de ese pueblo industrioso figura entre los au
tores de ese escrito, habría tenido el más vivo interés en sincerarse de cargos que le
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Excmo. Señor:
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Excmo. Señor.
Ruperto Álvarez
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Como se ve, se trataba, hace de esto diez años, de reformar una ley sobre lí
mites interdepartamentales y se sigue hasta la fecha insistiendo en lo mismo sin
arribar a resultado alguno todavía.
Un viaje a Santiago, en febrero de aquel mismo año de 1886, siempre por razo-
nes de escasez y diligencias de tesorería para emprender nuevas campañas de tierra
adentro y por las alturas de cordilleras; también por avanzar algo más en nuestras
aspiraciones a obtener una oficina y útiles de dibujo, instrumentos y recursos para
estudios mineralógicos, que ya nos eran indispensables y también por atender a
ciertos trabajos relacionados con intereses salitreros dentro del terreno de las explo-
raciones de la comisión y que se ventilaban por cuenta del Ministerio de Hacienda.
Tales diligencias obligaban, por lo pronto, a tomar pasaje directo a Tocopilla.
Viajes por mar a lo largo de nuestras costas, para quien se ocupa de trabajos
geográficos, tienen siempre su interés y sus especiales objetos y conveniencias.
En los itinerarios terrestres no se descuidaba el trazado y reconocimiento de
las orillas del océano para relacionar los detalles de su orografía y constitución
topográfica con las indicaciones prolijas de las cartas marinas, y para ello hemos
podido siempre contar con la benevolencia y conocimientos especiales de los capi
tanes y oficialidad de los vapores del cabotaje.
Algunos de ellos, por su parte, conocen nuestras señales o hitos de triangula
ción en la costa y no dejará de interesarles el poseer un ejemplar del mapa del
desierto a bordo para completar con el conocimiento de la geografía de tierra
adentro lo que tan familiar es para ellos en el litoral marítimo.
Más de una vez ha aspirado el jefe de estos estudios a poder disponer de alguna
pequeña embarcación de nuestra marina nacional para excursiones por la costa con
el objeto de reconocer la constitución geológica y tomar detalles topográficos de
algunos trechos que son inaccesibles por tierra; que permanecen, por lo tanto, com-
pletamente desconocidos y que sería de interés poder abordar antes de la completa
terminación del mapa geológico que ha de acompañar al presente trabajo.
Si desde estas páginas, anticipadas a la definitiva conclusión y publicidad del
presente trabajo, consiguiera hacerse oír el autor, se podría todavía agregar un
punto más de interés y utilidad a una obra tantas veces contrariada, interrumpida
e impedida de alcanzar su completo desarrollo conforme al primitivo plan de ma-
terias y fines a que fue destinada.
El viaje a la región salitrera del Toco, con motivo de los intereses que allí posee
el fisco, tuvo lugar al mes siguiente, a principios de marzo, destinando de paso
algunos días a nuevas excursiones por el desierto entre Taltal y Antofagasta.
El viaje marítimo desde este puerto hasta Tocopilla permite tomar interesantes
anotaciones geográficas y mineras, siendo una continua revista de minas de cobre
lo que el viajero va observando en las orillas del mar y falda de las montañas hasta
llegar a Tocopilla.
La teoría de los sucesivos levantamientos de la costa del Pacífico, nacida de la
observación de esas graderías en anfiteatro tan notables por su regularidad y su nú-
mero con sus restos de conchas recientes y contemporáneas como si ayer no más,
dentro del período histórico de nuestra humanidad, hubieran surgido esas tierras
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del fondo del océano, ofrece por allí, desde la bahía Constitución hasta Mejillones,
uno de sus ejemplos de comprobación más interesantes y característicos.
Los geólogos han emitido opuestas opiniones en cuanto al origen de este ex-
traordinario fenómeno que se produjo y sigue produciéndose en una extensión de
más de dos mil millas geográficas de nuestras costas y las de Perú, hasta la ciudad
de Lima, atribuyéndolo unos a fuerzas súbitas y violentas capaces de haber ele-
vado muchos metros el continente a la altura de los respectivos tramos que ahora
contemplamos con asombro, y dándole por razón los otros un movimiento de as
censión lento y gradual, pero sin perjuicio, por otra parte, de eventuales épocas de
rápido levantamiento.
En el Museo Nacional el Dr. Philippi se complace en mostrar una enorme
ostra de los mares actuales que le fue obsequiada por el distinguido marino y geó-
grafo don Francisco Vidal Gormaz, encontrada por éste en lo alto del Morro de
Mejillones, a cien metros más o menos de altura sobre la actual playa;
“hecho que aquí declaro constatado –agrega nuestro ilustre sabio, haciendo honor
a la palabra del obsequiante– pues, sin esta seguridad, nada diría de ello”.
Allí es, precisamente, como en el caso análogo del Morro de Arica, donde el
viajero puede constatar hechos de la mayor importancia para el estudio de esta
cuestión, verificándose en este último histórico peñasco que las conchas adheridas
a la roca disminuyen en antigüedad desde la altura hacia la base, favoreciendo así
la idea del lento solevantamiento, en oposición al hallazgo del señor Vidal Gormaz
que demostraría lo contrario.
No obstante, contra este último ejemplo excepcional, son numerosas las prue-
bas, también biológicas y de otros caracteres, que confirman la opinión de los
partidarios de la gradual y lenta ascensión de nuestras costas.
También ofrecen, la geología minera y la estratigrafía, motivos de observación
y datos para su cartera al viajero que navega por aquellas latitudes auxiliándose de
sus gemelos y abordando la tierra firme en los puertos de estadía.
Cerros fajados de zonas paralelas y pintadas con todos los colores, desde el
verdinegro hasta el verde manzana; el blanco y sus matices amarillentos, bayos o
grises; el rojo de ocre y de chocolate, el violado, etc., representando cada uno de
ellos capas o estratos de rocas diferentes que no pueden significar ni transmitir otra
idea geológica sino la de formaciones características de origen sedimentario. Pero
examinadas de cerca, se diría que aquella forma estratificada es mera apariencia
y que las zonas paralelas de diversos colores son más bien el resultado de fenó-
menos físicos, tal es la homogeneidad general y la uniformidad de composición y
estructura de aquellas rocas tomadas en conjunto y que pasan las unas a las otras
sin más transición que la de sus respectivos colores o meras diferencias en su estado
cristalino y jaspoideo.
La idea del metamorfismo se impone en aquellas formaciones de materiales si-
licatados en que tan pronto se ven los signos de rocas eruptivas como los caracteres
inequívocos del origen sedimentario.
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miento y vandalaje que cayó como azote de la guerra y del desgobierno sobre bienes
y obras del trabajo que pudieron haber sido protegidos y salvados oportunamente.
Los ochenta kilómetros de camino desde Tocopilla al Toco, después del inte
rés que ofrecen las minas de cobre, exhiben el mismo aspecto de desolación y
esterilidad que es común a todo el desierto, siendo necesario llegar al campo de
los trabajos de elaboración del salitre y especialmente a las riberas del Loa, que
por allí corre encajonado dentro de honda grieta entre paredes de sal y yeso, para
gozar un cambio de panorama y de más variadas impresiones.
No obstante, aquella naturaleza verde, escondida en el fondo de sinuoso y pro-
fundo cauce y alimentada por caudal que le suministra perpetua frescura y relativa
lozanía, no interrumpe en nada la persistente sequedad del eterno panorama de
desolación, sólo interrumpido por las alternativas de los mirajes azules, las auroras
resplandecientes y los mágicos efectos de luz en los crepúsculos.
El silencio solemne del día y el calor sofocante de un sol que parece infiltrarse
todo entero en un suelo que lo recibe con avidez, como si lo necesitara para las
evoluciones de las materias que en su seno se anidan y transforman perpetuamen-
te, dejan tal impresión de muerte y convicción de inutilidad de aquellas tierras, que
no se modifica sino al caer de la tarde y entrar la noche, en la idea y convicción
innata de que nada hay perdido e inútil en las obras de la creación y ante los fe
nómenos que se producen.
No se necesitaría estar en presencia de los humos y chimeneas de la industria
y en medio del movimiento de una oficina de elaboración de salitre para sentir la
impresión de que aquellas tierras de apariencia ingrata ocultan tesoros o almace-
nan materias útiles al hombre.
La decrepitación nocturna, con sus estallidos ruidosos y nutridas detonaciones
que a veces llegan a producir inquietud en el viajero no familiarizado con el hecho,
es el único rumor que interrumpe el absoluto silencio del desierto, anunciando un
fenómeno de vida y actividad interna bastante para hacer presumir que alguna
materia útil y quizá susceptible de fácil aprovechamiento se oculta en el seno de
aquella naturaleza muerta.
Remeda los chasquidos de la leña que arde, como en la hoguera de un incen
dio, sucediéndose las detonaciones a intervalos irregulares y disminuyendo en fre-
cuencia la intensidad a medida que el frío restablece la uniformidad de una tempe-
ratura desequilibrada violentamente en la transición del día a la noche.
Si las partículas de todos los cuerpos están en constante movimiento, como lo
asevera la más moderna teoría sobre la producción del calor, y la naturaleza y can-
tidad de este movimiento dependen del estado físico de los cuerpos, no se podría
dejar de reconocer un ejemplo natural de la más apropiada aplicación en el caso
de las detonaciones nocturnas del caliche; fenómeno en que la idea científica de las
vibraciones moleculares se aviene en muy buena armonía con la de las fuerzas ex-
ternas que obran sobre aquel suelo y la materia de que consta, para producir, por
las expansiones y contracciones sucesivas, el requerido y necesario desequilibrio
que las moléculas deben sufrir en los cuerpos sólidos para excitar el movimiento
y engendrar calor.
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A principios del mes de abril del mismo año de 1886 la comisión exploradora
emprendía una nueva campaña partiendo desde el pueblo de Calama hacia
el interior de las cordilleras hasta la puna de Atacama.
No era propicia la época, empezando la estación de invierno, pero no éramos
nosotros sino la acostumbrada marcha de las gestiones administrativas lo que así
disponía de la suerte de nuestras personas y del éxito de los servicios que les esta-
ban encomendados.
Calama, puerto interior de tránsito para el comercio con Bolivia, lugar que
poco antes tuvo el privilegio de ser el primer campo de batalla con que se inició la
campaña del Pacífico, era ya, en los días de nuestra visita, estación del ferrocarril
de Antofagasta a Pulacayo y Oruro.
De caserío insignificante, esparcido en un mar de vegas saladas y pantanos in-
salubres, iba pasando a pueblo donde humeaban chimeneas de fábricas, rodaban
carretas y se levantaban edificios para negocios y escuelas.
Las operaciones topográficas se redujeron allí a ligar el pueblo y sus inmedia
ciones con la red de triángulos que por entonces terminaba en las cumbres de
Chuschul, Caracoles, Limón Verde y sierra Gorda, avanzándola hasta las cumbres
nevadas de San Pedro y San Pablo, Linzor, etc.; a trazar el curso del río Loa, fijar
los asientos de minas y describir la topografía general.
En lo demás, las excursiones geológicas, visitas mineras, indagaciones hidrográ
ficas y demás materias del plan de estudios, fueron iniciadas conforme a las prácti-
cas y según el orden anteriormente acostumbrado.
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Dejando los respectivos detalles de cada materia para otras páginas, continua-
remos con nuestro itinerario, abreviándolo en lo posible y relatando, como hasta
ahora, lo indispensable para conocimiento del tiempo ocupado en las exploracio
nes y su distribución, de los incidentes más notables del viaje y de todo lo que
merezca descripción y el trabajo de ser constatado.
El verde prado de las vegas y potreros de Calama sigue ofreciendo al ojo del
viajero su agradable vista hasta la confluencia del río Loa con el Salado, cuyas
aguas, de origen termal y composición altamente mineral, dañan por completo la
buena calidad de las del primero.
El paisaje es más o menos agreste, ofreciéndose, desde algunos puntos del
tránsito, majestuosos aspectos de la cordillera y vastos panoramas del desierto en
todas direcciones.
Así, desde las alturas de Ceres, se despierta en el viajero un vivo interés por
orientarse en medio de aquel inmenso escenario de montañas de nombre descono-
cido y también ignoradas en cuanto al papel que les corresponde en la distribución
orográfica del sistema de los Andes.
Por el sur se ven deprimidas, pero levantándose como vigías y señales promi-
nentes del árido desierto, las cumbres de Caracoles y Aguas Dulces, que muestran
el punto de las riquezas que de allí surgieron; hacia el sureste se encumbran las
alturas de la puna atacameña y se levantan como agujas los conos del Licancabur
y Purilanjti y como tenues nubecillas los humos de los volcanes andinos; a corta
distancia al este desfilan los precipicios y profundos barrancos del Loa pintados
de todos colores, y en el fondo de la decoración las cúpulas nevadas y las moles
enormes de la cordillera andina.
He aquí algunos azimuts magnéticos para servir de guía:
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a una abertura del terreno cuyas paredes han conservado su posición vertical sin
más que mantenerse separadas respectivamente a cierta distancia, con sus planos
paralelos y capas del terreno correspondientes a la misma altura, sin señales de
hundimientos ni dislocaciones.
Es una regularidad y un orden de simetría que impresiona más como modelo
de arquitectura natural que como espectáculo imponente, a menos que el obser-
vador quiera tomarse el trabajo de medir las proporciones y buscar un punto que
puede encontrar a unos veinte o más metros de profundidad desde donde poder
apreciar la relativa majestad de aquel escenario, que a veces se desarrolla en plena
luz del Sol y también se modifica entre semisombras y casi entre oscuridades sub-
terráneas en algunas partes donde el cajón es tortuoso y las paredes altas.
Interesa sobre todo la vista de estas escenas de la naturaleza a los que han
podido contemplarlas en los ejemplos de mayor grandeza que se ofrecen sobre la
superficie del globo, como en aquellas prodigiosas regiones del Colorado, sobre
las altiplanicies de las montañas Rocallosas de Estados Unidos de Norteamérica;
y les interesan y gozan mucho más desde que aprenden a observarlas, dándose
cuenta de las circunstancias y de los diversos factores que concurren a formar en la
mente la exacta y apropiada concepción de los cuadros naturales. La innata fanta-
sía humana puede imaginarlos muy grandes y muy bellos, pero sólo la tranquila y
reflexiva observación puede revestirlos con su efectiva magnificencia y hermosura.
En grado diferente que en el Salado, el viajero admira los abismos que se pre-
cipitan a gran profundidad desde el famoso puente del Añil, sobre el río Loa, el
de mayor altura que hasta hoy haya cruzado ferrocarril alguno del mundo, pero,
sin darse cuenta de las razones que concurren a sugerirle ideas de más grandiosa
apariencia en un caso que en el otro, su imaginación divaga y sus impresiones se
amoldan a meras concepciones de su propia mente.
¡Tan cierto es que debemos primero estudiar las cosas y después entenderlas
para sólo entonces poder apreciarlas!
Viajeros que han recorrido medio mundo y realizado sacrificios para satisfacer
el deseo y gozar la realidad del espectáculo más portentoso de la creación, dirigién
dose al gran Cañón del Colorado, han llegado allí, a sus orillas, al borde de sus
abismos vertiginosos de dos mil metros de profundidad y en medio de las gigantes-
cas arquitecturas de Punta Sublime, para sufrir un desencanto, casi una decepción
en un estado de inconsciente perplejidad, en vez del entusiasmo espontáneo que
despierta la confirmación de un hecho que de lleno se presenta en toda su realidad.
Pero la falsa noción preconcebida, la falta de un concepto fiel y los mirajes de la
caprichosa fantasía empiezan poco a poco a ceder ante esa realidad no siempre
apreciable de las augustas construcciones de la naturaleza, y entrando a apreciar
los detalles en su exacta magnitud y las proporciones del todo en su armónico con-
junto, nos sucede lo que tan a menudo se dice del visitante que por primera vez
entra a San Pedro de Roma.
Nuestros ejemplos son relativamente pequeños: no tenemos extensión bastante
entre nuestros Andes y la costa del Pacífico para dar cabida a tan inmenso escena-
rio de maravillas de la creación como el que se desarrolla sobre las altas planicies
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de América del Norte, donde se ofrece en un solo corte natural del terreno el úni
co caso en que sea dado al hombre abrazar de una sola mirada el conjunto casi
completo de todos los terrenos geológicos que se han sucedido en la formación de
la corteza del globo, desde la base fundamental de rocas cristalinas primitivas y la
serie de las estratificaciones paleozoicas, secundarias y terciarias, hasta nuestros
días. No podemos aquí, en reducido escenario, contemplar como allí, en tan vasta
extensión, el resultado de todas las fuerzas terrestres obrando sin cesar durante
la eternidad de las edades geológicas para construir y demoler alternativamente,
modelando siempre y edificando colosales esculturas sobre las proporciones mis-
mas del continente, tomado éste en toda su extensión y altura, a medida de su lento
crecimiento y definitiva consolidación; no se desarrolla así la naturaleza en la an-
gosta faja de tierra que nosotros ocupamos; pero dentro de sus propias magnitudes,
las proporciones se armonizan y las construcciones ofrecen relativa grandeza sin
perjuicio de la estética que todo lo reviste de gracia y atractivos.
Los cañones del Loa son, así, bastante atrayentes e instructivos para transmitir
ideas de grandeza escultural y revelaciones sobre nuestra historia geológica, como
también lo son los cajones por donde corre silencioso y oculto el Salado, ofrecien-
do ambos, con la simetría y regularidad de sus modestas construcciones, modelos
de provechoso estudio y útil observación.
Siguiendo el curso del Salado arriba, por las vegas y caseríos de Paniri y Aiqui-
na e internándose por algunas de sus ramificaciones, como la de Agua Dulce, se
encuentran repetidas ocasiones de constatar analogías arqueológicas y etnográficas
de notable importancia en relación con otras de nuestra propia América y la del
norte.
Las costas marítimas del desierto de Atacama comprenden algunos puntos, co
mo en Caldera, Paposo y otros de donde han sido exhumados numerosos restos
de seres humanos acompañados de abundantes utensilios, armas e instrumentos de
pesca, del mayor interés por su variedad y formas.
¿Cómo no sorprenderse e interesarse vivamente por estos objetos cuando ines-
peradamente volvemos a dar con ellos, iguales e idénticos en otras apartadas y casi
opuestas regiones extremas del globo?
Por ejemplo, en el Museo de Historia Natural de Berna se creería estar en pre
sencia de nuestros propios restos de las extinguidas razas de la costa del Pacífico,
de nuestros changos, al examinar las colecciones de reliquias neolíticas de las anti-
guas habitaciones lacustres de Suiza.
Iguales o más idénticas semejanzas ofrecen las construcciones de nuestros anti-
guos pobladores de la puna atacameña y de la región de los calchaquíes al oriente
de esta altiplanicie, desde Catamarca a Tucumán y Salta.
Basta llegar a los lugarejos de Aiquina, Caspana y otros de nuestro itinerario
del Salado y sus afluentes para recordar las análogas famosas construcciones de los
habitantes de las laderas o precipicios de montañas en México y Estados Unidos.
Aquí como allí, las habitaciones son esencialmente de piedra, defendidas por sí
solas en sus alturas inaccesibles al borde de paredes verticales o parapetadas den-
tro de reductos y fortalezas. No porque aquellas razas primitivas vivieran exclusi
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vamente en condiciones de guerra sino porque, de entre las poblaciones que eran
esencialmente agrícolas como las de los ríos y praderas, no quedan hoy sino restos
aislados e imperceptibles que es necesario buscar con cierta prolijidad para aper-
cibirse de su existencia.
En cuanto a la forma de aquellas construcciones, mantenidas en suspensión,
como nidos de águila en lo más escarpado de los barrancos, se ven reproducidas
las mismas figuras en rectángulos, paralelogramos y círculos; las almenas, parape-
tos y torres, éstas construidas con cierto esmero y probablemente también destina-
das a sacrificios u otros servicios del culto religioso; los mismos utensilios, armas,
instrumentos y las indispensables puntas de flechas o arpones hechos de cuarzo,
sílex y obsidiana u otras rocas duras y cortantes.
Por caminos laterales y de circunvalación para evitar las gargantas inaccesibles
del río Salado, se llega con poca dificultad y en menos de dos días a sus orígenes vol-
cánicos al pie de la cordillera de Tatio en los flancos y base de la gran cadena real.
En algunos puntos del trayecto ha podido ya sospecharse el carácter eminen
temente termal de estas aguas, circunstancia que se comprueba en pequeños sur
gidores de donde se escapan burbujas de gas y agua a borbotones, como en ebu
llición. Se forma una prolongada planicie dirigida de norte a sur y que baja con
suave declive al oeste hasta dar con un cordón de alturas que se abre para dar paso
a todos los torrentes y pequeños arroyos calientes que se reúnen en un solo cauce
formando el río Salado.
Columnas de vapor de agua que se levantan a diferentes alturas y largos regue-
ros señalados en la primeras horas de la mañana por listas continuas y sinuosas de
blanca neblina que se arrastra, indican netamente, desde la distancia, una región
de aguas calientes, volcanes hidrotermales y géiseres.
Se anda sobre un suelo de traquitas, lavas, riolitas y concreciones silíceas deja-
das como sedimentos por las aguas termales.
El terreno ofrece, alrededor de los pequeños cráteres o bocas por donde sur-
gen las aguas, la vista pintoresca y agradable de los colores vivos, como esmalta-
dos, característico de estas formaciones interesantes y hermosas.
Toda la actividad volcánica de los tiempos terciarios se puede constatar allí, en
la topografía del terreno que rodea los efectos de la acción dinámica, y en las rocas
características correspondientes, como las andesitas básicas, en gran parte desa
parecidas más tarde por la aparición de las riolitas, obsidianas, brechas y conglo
merados volcánicos.
Las evidencias del calor subterráneo y de la energía hidrotermal, los efectos de
erosión por un lado y reconstitución del terreno por otro, el aspecto de los bellísi-
mos surgidores del vapor y del agua hirviente, de las fuentes que reflejan profundo
azul de mar y de los horribles huecos en que hierve espeso baño de barros fétidos,
constituyen un conjunto de atractivos y ocasiones de estudio que invitan a quedar-
se allí largos días.
No era esto posible: los recursos de la comisión exploradora no suministraban
a su jefe los medios de contraerse a tales investigaciones y su interés o curiosidad
debían darse por satisfechos con arrojar una ojeada casi siempre sin apearse, y re
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duciéndolo todo a las impresiones que pueden quedar constatadas en una hoja de
cartera escrita a pulso o sobre el lomo inquieto de la mula.
Las bocas o respiraderos por donde se escapa el agua en extraordinario esta-
do de agitación lanzando grandes ampollas hirvientes que estallan desprendiendo
columnas de vapor, están repartidas en una extensión de algunos kilómetros y se
puede llegar hasta ellas tomando algunas precauciones para no romper la costra de
precipitado químico que en algunos puntos es delgada. Un accidente de esta natu-
raleza podría ocasionar a veces más de un intempestivo baño caliente si se acierta
a dar con huecos invisibles donde el agua es demasiado profunda.
La temperatura de las aguas surgentes es tan alta como puede serlo en estos
casos, 60 a 80º centígrados; su sabor es igual al del agua marina; su color refleja un
verde claro hermosísimo; y las concreciones y sedimentos son más generalmente
silíceas que calcáreas.
La forma de los cráteres o surgidores afecta la característica variedad de dimen-
siones y figuras que es propia de estas interesantes obras de la naturaleza; por lo
general es un cono de más o menos variadas curvaturas, un cilindro, un embudo, a
veces completo y entero o en parte destruido, en cuyo caso el agua se desparrama
tranquila o a borbotones, pero sin arrojar a lo alto esas columnas de vapor conti-
nuas o intermitentes y en diferentes grados de fuerza, volumen y altura que son los
atributos de belleza que los hacen más o menos imponentes y majestuosos.
Si se juzgara de la composición de las aguas de estos géiseres de Copacoya por
lo que sabemos de los otros puntos de la tierra y dada la gran analogía y exactos
caracteres que los asemejan, no habría por qué dudar de la composición de los
sedimentos que acumulan y de la razón de los vivos e irisados colores que exhiben.
El verde, amarillo, blanco y rojo que jaspean los bordes y alrededores de las
fuentes y surgidores termales se atribuiría entonces al arseniato de hierro, de cuya
descomposición resultaría la limonita de colores rojos, ocres o amarillos, entreve-
rándose con el blanco de la sílice.
Pero hay otro origen del color verde, debido a la existencia de algas en tales
aguas, y el cual, por la profusión y característica forma en que se presenta en otros
puntos de la cordillera, como en los géiseres de la Hoyada, se tomaría por induda-
ble que su origen procede también de las mismas materias orgánicas.
Otra forma de estos fenómenos, que se presenta también en Copacoya, es el
de las fuentes cenagosas en el fondo y con sus aguas profundamente azules, como
disolución de sulfato de cobre, tranquilas o en agitación y exhalando fuertes can
tidades de hidrógeno sulfurado que impregna todo el aire a la redonda con su ca
racterístico desagradable olor.
Por último, entre los volcanes de barro hay en Copacoya ejemplos de alguno de
ellos en forma de un embudo por cuyo orificio se escapan con intermitencia variable
enormes burbujas de gas que levantan el pesado lodo proyectándolo con fuerza con-
tra las paredes y hasta fuera del receptáculo donde hierve y se agita incesantemente.
Nuestro destino era llegar cuanto antes a San Pedro de Atacama, hacia donde
tenían instrucciones de dirigirse todos los miembros de la comisión exploradora
siguiendo cada uno su respectivo itinerario.
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El del jefe estaba trazado a lo largo de la gran cordillera, por su pie occiden-
tal, a fin de reconocer, con el más liviano equipaje posible, con un solo peón por
guía, con la montura por cama y una provisión de café y charqui por bastimento,
todo cuanto fuera posible en aquellos desiertos escabrosos y desprovistos de todo
recurso natural o humano.
Una tentativa de ascensión al cráter del volcán Putana o Machuca, que arroja
abundantes humos o vapores por sus varias fumarolas y que interesaba en alto grado
realizar, quedó frustrada por el lastimoso estado de mi única cabalgadura disponible.
Algunas incursiones dentro de terreno demasiado áspero o escabroso eran
igualmente desistidas por iguales o parecidas razones.
Desde el portezuelo o altura que separa el río Salado de los nacimientos del Pu
tana, se podía visiblemente trazar la línea de separación de las aguas entre la gran
cuenca hidrográfica del Loa y la del río Atacama, cuyo curso baja desde allí por
entre gargantas de gran profundidad y en una serie interminable de esos aspectos
de arquitectura natural de tan bellas y grandiosas proporciones que ofrecen los
sedimentos de las areniscas rojas acumulados y dispuestos en bancos que abrazan
miles de metros de espesor.
Raras veces es posible caminar por el fondo de estos precipicios, y a despecho
de los vértigos y del real peligro de deslizarse a lomo de bestia por aquellos sende-
ros colgados en el espacio, forzoso era largarse por ellos y seguir adelante.
Nada de verde; escasas y dispersas plantas de hojas cenicientas y florecillas in
visibles no alcanzan a introducir un detalle perceptible dentro de aquellas inmen
sidades de rocas, sobrepuestas en interminable sucesión de pilares en hileras y gra-
derías de anfiteatro que se elevan a uno y otro lado desde el fondo de un abismo,
hasta juntarse en las alturas dejando apenas una angosta cinta del cielo azul a la
vista; todo es lujo de decoración geológica y curiosidades gigantescas; todo rojo a
la luz del mediodía, todo fuego con resplandores de incendio cuando las nubes se
tiñen de grana a la puesta del Sol.
De pronto, en una encrucijada, donde una falla, una dislocación o un salto del
terreno han hecho surgir las aguas subterráneas, el aspecto se cambia en agreste;
el suelo se alfombra de verde y pequeños lagunajos que allí afectan proporciones
de lagos reflejan las altísimas murallas rojas y el cielo celeste multiplicando los her
mosos efectos del escenario.
Así se recorren los caminos que llevan a San Pedro de Atacama, interesándose
siempre el viajero por las frecuentes manifestaciones de los extraños criaderos de
cobre en forma de barrilla de que ya hicimos mención, respecto de las minas e
ingenios de San Bartolo, en páginas anteriores y con motivo de nuestro primer
viaje por aquellos parajes.
A fines de abril dejábamos el pueblo de Atacama después de varios contra-
tiempos más o menos sensibles o desagradables y propios de viajes que se empren
den sin contar con todos los elementos y recursos necesarios; entre otros, el muy
lamentable de haberse malogrado todas las planchas fotográficas usadas en el tra-
yecto desde Calama y que reproducían las interesantes vistas del Salado y de la
región de los volcanes de agua de Copacoya y Tatio.
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Por fin, desprovisto de este utilísimo recurso, mal montados y peor equipados,
la cordillera nos abría paso con buen tiempo y pudimos tomar algunas anotaciones
y recorrer otros puntos que antes no hubo ocasión de visitar.
Encontrando otra vez en Soncor al anciano Juan Silvestre, de quien obtuve
las primeras nociones acerca de la lengua cunza de los atacameños, pude agregar
al glosario de voces algunos nombres geográficos de las últimas regiones explora-
das.
Así resultó que la cordillera de Tátio derivaba su nombre del hecho de ser esta
voz equivalente a ‘horno’, lo cual coincide con la existencia de los conos volcá-
nicos que tienen efectivamente esa forma. El cerro Onar o más bien, aspirando,
Hônar, muy nombrado en la cuestión internacional, pero que desfiguran en Jonal,
significa ‘quemado’.
Los numerosos nombres de ríos que llevan antepuesta la voz puri, agua, expli-
caban que purilanjti es ‘agua corriente’; puripica es ‘agua dulce y potable’; puricújter,
‘agua gruesa o salobre’; puritama, ‘agua caliente’; purilari, ‘agua colorada’; etc.; y
si se pospone la voz se modifica el sentido, como en chucumpuri, ‘agua o río de los
mosquitos’.
Llegaba un viajero de Chajnántur, lugar donde hay algarrobos y se prepara
una bebida que equivale a “aloja dulce”; el volcán que teníamos al frente era el
Láskar, que significa ‘lengua’, coincidiendo esta palabra con la forma algo alargada
y angosta del referido cerro; el Léjia, ‘pelado’, lleva también apropiadamente su
nombre porque en sus flancos verticales y su cumbre, lisa y como pulimentada, no
alcanza a detenerse la nieve y aparece siempre pelado o desnudo.
Es propio de todos los nombres indígenas de lugares que siempre se traducen
en expresiones que describen su forma y aspectos, sus caracteres y rasgos más pro
minentes.
El punto de aquellas latitudes por donde se transmonta la gran cordillera real
de los Andes que como cordón más continuo y culminante se prolonga desde el Li-
cancabur al sur, se presenta en un portezuelo que se alcanza subiendo suavemente,
sin cuesta elevada y casi sin necesidad de hacer un zigzag para llegar hasta él en la
cresta, línea de mayor altura o de división de las aguas.
Su altura sobre el nivel del mar es de 3.980 metros y su situación es al sur del
volcán Láscar y al pie del Tumisa, correspondiendo su latitud geográfica al para-
lelo de 23º30’’ y su longitud 67º51’ O de Greenwich. Desde este punto de la línea
anticlinal de la cordillera que llamamos real de los Andes, el viajero deja de ver las
planicies del salar y cuenca de Atacama y se despide de ellas para bajar al territorio
que impropiamente se ha llamado puna de Atacama, comprendido entre la cordi
llera que acabamos de señalar y la que corre paralelamente a ella a distancia de
uno y medio grados de longitud más al oriente, sirviendo de límite internacional
entre las repúblicas de Bolivia y Argentina.
Entre una y otra cordillera corren otras paralelas y ligadas entre sí por sus
respectivos contrafuertes o ramificaciones laterales, resultando, de los cruzamien-
tos consiguientes, una red o tejido de cordones montañosos entre cuyas intersec-
ciones se forman correspondientes espacios cerrados que son otras tantas cuen-
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cas hidrográficas, con sus fondos u hondonadas todavía ocupados por el agua o
reemplazada ésta por los sedimentos salinos o limo arcilloso que resultó de su
desecación.
Atravesar algunos de estos campos de desolación cuando los cubre la nieve es
ocasión poco propicia para el viajero y segura oportunidad de probar las penurias
y molestias de semejantes excursiones en una de sus fases más desagradables.
En estas condiciones bajábamos el portezuelo de Tumisa en dirección y a tra-
vés de la laguna de Léjia, con las sendas ocultas bajo capa de un metro de nieve,
dejándolas a cada tranco para caer en bajos y zanjas de donde no se salía sin gran
fatiga de cabalgador y cabalgadura; a veces dejando allí toda resignación y pacien-
cia para optar por seguir a pie o esperar mejor día para salir de aquel atascadero
helado y desesperante.
Dormir enseguida, cansado el cuerpo y abatido el espíritu en una atmósfera
de 17º bajo cero pero dentro de abrigada carpa y bien confortado el estómago, no
es para despertarse quejoso de la suerte; al contrario, las pasajeras contrariedades
dejan la satisfacción del conocimiento adquirido o por lo menos el provecho de la
experiencia ganada.
A altas horas de aquella noche siberiana, despertóme el eco lastimero de una
voz que parecía querer infundir ánimo a otros sin poder él mismo con su propia
humanidad.
– “¡Es un hombre que va arriando ganado, señor!” –exclamó mi arriero.
La idea de que un hombre sufría y era fácil auxiliarlo ofreciéndole un momen-
to de abrigo y todo cuanto se pudiera para restaurar sus fuerzas debilitadas por
larga y penosa marcha a pie, arriando bueyes a tal hora y en tales circunstancias,
era sentimiento que venía al espíritu al mismo tiempo que al corazón, como natu-
ral impulso hacia el bien.
– “¡Hazlo entrar, pronto; enciende el fuego, pon agua a calentar, etc..!”.
Momentos después asoma por la abertura de mi tienda una cabeza humana,
cubierto el rostro barbudo con una máscara de hielo.
– “¿Y cuánto me va a cobrar por el café y el vino, señor? –¿Cuánto vale, se-
ñor?”.
¡De qué egoísmo no es capaz el hombre que así juzga a los demás!
Estábamos en plena puna de Atacama, en medio de aquella raza indígena de
generada, uraña a todo contacto con el hombre social; envilecida por la humilla-
ción; embrutecida por una ignorancia que excluye toda noción de cultura y lleva
cada día más y más a esas pobres gentes al divorcio con toda idea de civilización.
El “cuánto me va a cobrar, señor” no era sino la franca e ingenua manifesta-
ción de natural egoísmo y mal comprimido rencor del indio de la puna contra el
extranjero que llega hasta sus lares, no siempre –en verdad sea dicho– para favo-
recerlo.
La negativa a toda interrogación, pedido o mera insinuación, es de orden sa-
cramental en el indio. –“No hay, ¡señor!” –es la segura respuesta a todo; y quien,
ante la imperiosa necesidad de proveerse, exige y amenaza, habrá de llevar a cabo
en todo lo necesario el uso de la fuerza para ser servido.
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abigarrados y hasta los colores verdes característicos de los minerales cobrizos con
que se tiñen algunos estratos de la formación de barrilla de cobre.
No hay signos visibles de existir estos depósitos minerales en la vertiente orien-
tal del cordón de Puntas Negras a Guaitiquina y en los valles y quebradas de aque-
llos parajes donde se desarrolla extensamente la formación de areniscas; lo que lla-
ma la atención del viajero es su reaparición allí, en simétrica disposición respecto
de igual formación en San Bartolo de Atacama y en la prolongación longitudinal
de la misma en el Cobrizo, de Bolivia, donde se presenta con todos sus caracteres
y riqueza mineral, siendo la barrilla, además, rica en plata y oro.
Son localidades adonde la investigación minera tiene extenso campo virgen
para sus exploraciones.
Desde ellas se asciende a otras lomadas o alturas siguiendo siempre nuestro
camino al E y SE, y desde allí se dominan los valles pastosos de Catua, nombre
que deriva del lugarejo así llamado y que se levanta sobre risueño prado verde.
Una docena de casas de adobe, esparcidas al azar, desmanteladas y sin más
halagos que el abrigo de su techo y sus cuatro paredes, valen, relativamente, por
todo un pueblo con sus atractivos y seducciones, en aquellas soledades de la puna.
Cómoda estación fue ésta por algunos días para el campamento de la comi-
sión, lográndose relacionar toda la extensión de esta parte de la puna, por medio
de no interrumpida triangulación, con las cumbres de la cordillera real del Lican-
cabur al Llullaillaco, trabajo en que seguían con su incansable y acostumbrado
interés los ingenieros Muñoz y Pizarro.
La geología ofrecía también el interés de la extensa formación estratificada de
areniscas, brechas y jaspes, con sus fenómenos de dislocaciones y contorsiones
desarrollados en gran escala y poderosas formas.
Los lavaderos auríferos, explotados subterráneamente buscando las circas de
los antiguos depósitos, ofrecían también su especial interés a los exploradores.
Desde Catua al oriente corre un cordón longitudinal de montañas que se des-
prenden desde la cabecera boreal de la puna y se ligan por el sur con los grandes
macizos del centro de la misma en Antofalla, punto de la mayor elevación de este
detalle físico del continente.
Entre este cordón y el que sigue, siempre al naciente, siendo éste el límite
oriental de la puna, donde se dividen Bolivia y la república Argentina, corre un
valle de norte a sur, ancho de 4 a 5 kilómetros, que determina otro carácter físico
de importancia, tanto por su continua y regular extensión como por sus considera-
bles y valiosos depósitos minerales. Éstos constan de materias salinas que cubren
casi toda su superficie baja con sus concreciones y costras blancas, así como de
minerales metálicos contenidos en vetas o lavaderos.
Las condiciones de la vida se ensanchan y se ofrecen también más gratas en aque-
lla zona oriental de la puna, con sus praderas pobladas de vegetación herbácea y de
arbustos que suministran a lo menos combustible en abundancia, que es cuanto pu-
diera pedirse a la naturaleza en aquella altura de 4.300 metros sobre el nivel del mar.
Los primeros días del mes de mayo nos tomaban en la región de este valle que
enfrenta al puerto seco de Chorrillos en la República Argentina, provincia de Sal-
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ta, por donde a la sazón se hacía todo el tráfico de entrada y salida a las borateras
de Siberia, nombre que se había dado por los industriales al lugar de las concesio-
nes mineras donde se explotaba el borato de cal.
Lo desierto, árido y frígido de aquellas tierras saladas y pantanosas había traí-
do a la memoria de sus primeros pobladores el recuerdo fatídico de los famosos
páramos de la Rusia asiática.
El descubrimiento de aquellas riquezas, o a lo menos su pública notoriedad, pa-
rece que fue debida en 1876 al joven copiapino don Rafael Torreblanca, de familia
de mineros, asociado a don Ángel C. Roco, chileno también y avecindado desde
largos años como industrial en la provincia de Salta, con residencia en Chorrillos.
La firma de Boden y Cía. había adquirido concesión minera para explotar
aquellos depósitos sobre cuya nacionalidad pretendían introducir confusión y du-
das algunos agentes oficiosos del gobierno de Salta, llegando hasta intentar actos
de dominio estableciendo autoridades y apoyándolas con algún aparato de fuerza
armada.
Lo injustificable de aquella pretensión, tratándose de un territorio reconocida
mente boliviano que acababa de ser entregado a la jurisdicción chilena mediante
un pacto internacional, dio bien pronto lugar a gestiones que restablecieron la le-
galidad en los procedimientos administrativos y judiciales, resolviéndose nuestras
autoridades a ocupar de hecho toda la extensión de esos territorios que acababan
de serle adjudicados por su propio dueño y señor.
Las concesiones mineras anteriormente obtenidas de funcionarios argentinos
en Salta, cometiéndose con este acto de antojadiza autoridad un atentado que den-
tro del anterior régimen no se había jamás cometido, ni dentro del nuevo podía ser
tolerable, hubieron de ser revalidadas en Chile, acto que se apresuraron a formali-
zar Boden y Cía., comerciantes alemanes, establecidos en Salta, así como todos los
demás comerciantes de Siberia y Pastos Grandes.
En cuanto al interés de las concesiones en sí mismas, ellas valían la pena de
ser bien y legalmente adquiridas; merecían la atención de que eran objeto y pro-
metían por entonces tal desarrollo de la industria boratera que no fue desmentida
más tarde por las proporciones que alcanzó, pero tampoco fomentada en las pro-
porciones y con los recursos que requería.
Por lo demás, y aun cuando figuraban mineros chilenos en el ejercicio de aque-
lla industria, desarrollada a tal distancia de nuestros centros y a inmediaciones de
pueblos argentinos, las vías naturales y las conveniencias todas hacían de aquellos
parajes una región naturalmente tributaria de la república Argentina para todos los
efectos del comercio y las transacciones.
La extensión de aquellos depósitos salinos en que más o menos abunda el ácido
bórico al estado de borato de cal y otras variedades mineralógicas abraza casi toda
la puna de Atacama, extendiéndose lo más útil y más fácilmente aprovechable en
la mitad oriental de ella, es decir, en la parte limítrofe con la república Argentina.
En todos los casos, la existencia del borato dista mucho de ser uniforme, no so-
lamente considerada en su forma de distribución geográfica, por cuencas u hoyas,
sino en sus yacimientos locales.
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igual transcurso de tiempo; la boca orlada de un anillo verde de coca masticada; los
ojos cubiertos con un tejido amarillento de materia indefinible; las tetas colgantes
en forma de bolsas alargadas hasta el ombligo; y la piel toda, de pies a cabeza,
cubierta de hojuelas duras y relucientes como escamas de pescado.
Cerca de la morada donde habitaba aquel ser humano, un hueco entre dos
piedras, desnudo de todo objeto de comodidad, como si lo habitara un reptil, los
peones levantaban nuestra carpa de limpia lona coronada con un gallardete trico-
lor que ondeaba alegre y vistosamente en aquellos aires donde jamás había flotado
emblema alguno de idea patriótica, profana o sagrada.
Nos rodean curiosos espectadores: mujeres, hombres y niños, que nos miran
y observan nuestros aprestos de instalación con interés y negligencia a la vez, con
reserva y desconfianza.
Los que tendrían algo que dar o vender han desaparecido: no quieren saber
nada con los forasteros; todo recurso ha sido puesto en lugar seguro para no ser
visto ni siquiera sospechado; pero nuestra gente lo sabe y ha tomado sus medidas
distribuyéndose indiferentes por el campo, para volver el uno con una gallina des-
plumada y el otro con un cordero degollado, y tras de ellos unos cuantos dueños
salidos de improviso sin saberse de dónde, protestando en tono lastimero que era
lo único que había y merecía buena paga.
El grupo de nuestros espectadores aumentaba a medida que la confianza vol-
vía a los espíritus, pues tales visitas, como las de los delegados de las autoridades
bolivianas, únicas que de tiempo en tiempo los honran, no son para llevarles cosa
de provecho sino para arrancarles, a guisa de contribución e impuesto, todo lo que
les sobra y lo que no tienen. Más que recolectores de rentas públicas y comisiones
de gobierno, se habla de aquellas visitas como de meros actos de merodeo y de
violento despojo.
A la par de éstos, reciben también las visitas anuales del cura: otra plaga, pero
que al fin y al cabo reciben los pobladores de buena voluntad, contentos de cam-
biar sus pocos bienes terrenales por las infinitas y eternas dichas que sin tasa ni
medida las ofrecen para el otro mundo.
La más breve reflexión hace deplorar que a la vez de estos beneficios espiri
tuales no extienda también el sacerdote su acción, ya que de tanta autoridad y
ascendiente goza entre los indígenas, al mejoramiento material e intelectual que
tanto contribuiría a mejorar las condiciones de la vida entre ellos, haciéndoles
menos salvaje y degradante la existencia, con beneficio propio y de la comunidad
humana.
Mientras tanto, satisfecha la curiosidad de nuestros espectadores, gozándose
las mujeres y los niños en penetrar dentro de la carpa, gesticulando a la vista de un
instrumento y comentando sobre los más usuales objetos de servicio en términos
que el intérprete nos traducía con solemne circunspección, hubo de llegar al fin la
hora de dejarnos en paz y con ella gozar los efectos e impresiones de una natura-
leza nueva en medio de una calma y abandono absolutos.
Era lo más inaccesible de un territorio también casi inaccesible, encumbrado
sobre los hombros de los Andes, cruzado de montañas que interceptan el horizon-
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te en todos los rumbos y surcado de profundidades por donde corren aguas hu-
meantes brotando del seno de una tierra muerta en apariencia, pero que conserva
reconcentrado y oculto el germen de pasadas energías y agitada actividad quizá
sólo momentáneamente adormecidas.
No es, a pesar de todo, el aspecto geológico, inquietante en el sentido de una
posible resurrección de convulsiones, sino más bien, al contrario, tranquilizador,
si se repara en que todos los signos exteriores y aspectos físicos del terreno acu-
san remota antigüedad de los fenómenos hidrotermales y sucesiva disminución de
intensidad en las erupciones volcánicas; todo como una naturaleza en que viene
sucediéndose la calma y agotándose las fuerzas, lentísima y paulatinamente en el
transcurso de los tiempos, como tendencia al reposo absoluto.
La sucesiva deposición y consolidación de los terrenos que resultan de la preci-
pitación de la sílice y demás materias que contienen las aguas termales induce, en
razón de la potencia y extensión de tales depósitos, por muy poco que se medite
acerca del tiempo requerido para formar tales acumulaciones, a imaginar períodos
que se remontan en el pasado hasta dejar como sucesos de ayer los más lejanos in-
dicios de los recuerdos históricos de la humanidad.
La estabilidad actual y la presente configuración física del globo terrestre trans-
mite en aquellos parajes, a la mente del observador, fechas que acusan, respecto de
tales épocas de actividad genética, edades demasiado lejanas para preocuparnos
mucho por el temor de eventuales y posibles convulsiones contemporáneas de
carácter general y transformador del actual estado de equilibrio, por más que vea-
mos los efectos del calor interno que despide ruidosos escapes de vapor, humos de
azufre y torrentes de lava.
En cada región del globo donde se presentan estos fenómenos y donde quiera
que se contemplen cuadros de la naturaleza, se observarán diferencias de aspecto
y cierta fisonomía particular para cada caso, pero en medio de tales caracteres que
transmiten tantas ideas de variedad y riqueza en las obras de la creación, siempre
se descubren semejanzas de forma y analogías que acusan iguales causas e identi-
dad de circunstancias.
En medio de aquel valle estrecho, emparedado entre montañas que limitan
sus horizontes y suprimen las horas del crepúsculo y la aurora reduciendo su
transición del día a la noche a casi repentinos eclipses y súbitas reapariciones de
la luz, las semejanzas son, no obstante, casi idénticas a las de otras apartadas re-
giones de nuestros Andes y a las mucho más remotas aún de las del Yellow Stone
Park y otros de América del Norte que transmiten iguales impresiones y dejan
iguales convicciones en el espíritu, así en sus causas y origen como en sus efectos
y consecuencias.
Es incomparable la transparencia del cielo de Estados Unidos en las alturas
de las montañas Rocallosas: los astros nos parecen más grandes, más luminosos
y la vista descubre mayor número de ellos en las agrupaciones estelares; pero no
sabríamos decir si aquella noche pasada en lo más recóndito e ignorado de la puna
de Atacama, viendo apagarse súbitamente la luz del sol, y encenderse instantá-
neamente las estrellas, a la vez en todos los puntos del cielo, apareciéndosenos el
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ambos brazos extendidos hacia adelante como si hubiera tratado de nadar en aquel
mar sólido para ganar la orilla donde yacía inerte el otro pobre niño.
Así cerrada la cordillera, hubo de cesar nuestra campaña, pues estábamos ya
en pleno junio.
Mis inquietudes aumentaron por la suerte del ingeniero don Lorenzo Sundt,
quien tenía instrucciones de reunírseme por aquellos días entrando por el pueblo
de Socaire.
Por fortuna, un percance de viaje, de aquellos que siempre nos ocurrían por
nuestra pobreza de recursos y mal provisto bagaje, había obligado al señor Sundt a
demorarse en aquel lugarejo, ocurriendo el temporal durante aquellos días.
El ingeniero Pizarro, que había hecho, a la par de Muñoz, rudas jornadas, re
sultó con el dedo de un pie quemado, accidente leve, pero lo bastante grave como
para requerir los servicios de la ambulancia y retirarse prudentemente a cuarteles.
Vueltos a San Pedro de Atacama, allí no había más tarea que la del ecónomo:
arreglar cuentas, rematar los animales inservibles y procurarse otros para volver a
Calama, aprovechándonos siempre, en estas tareas, de la oficiosa cooperación del
subdelegado don Juan Santelices, cuyos oportunos servicios en todas partes de su
jurisdicción, acompañándonos en nuestros fatigosos viajes y auxiliándonos con su
autoridad sobre sus gobernados, fueron siempre un servicio público que es deber
nuestro reconocer y constatar.
Al dejar Atacama y subir el bordo para desaparecer detrás de él entre sus on
dulaciones y profundas quebraduras de las estratificaciones de arenisca con sal y
yeso, nadie se despide sin detenerse a contemplar con una última mirada el pano-
rama del campo verde del bosque atacameño sobre el fondo rojo de sus arcillas
ferruginosas; el serpenteo de su río turbio y salado que se agota fertilizando las
tierras; el salar inmenso que devuelve al espacio en deslumbrantes reflejos toda la
luz del Sol; las manchas y sombras oscuras, cenicientas, azuladas y rojizas que se
suceden alternándose sobre la vasta base de deyecciones volcánicas donde forman
en tan formidable línea de batalla los colosos de los Andes; todo inundado de luz
y esmaltado de colores.
Hundirse enseguida entre los pliegues del bordo y volver a desfilar por entre
las columnas y relieves de la arquitectura geológica de las areniscas socavadas y
carcomidas por la erosión sería intentar de nuevo descripciones que ya hemos tra
tado de bosquejar anteriormente.
Saliendo a la llanura, larga, fatigosa, de aquéllas a que los viajeros han dado
por nombre Llanos de la Paciencia, se repiten las escenas de iluminación intensa,
los seductores espejismos, los contornos armónicos y las crestas endentadas de los
cerros del occidente que ya nos son familiares, que hemos ligado y encadenado
entre sí con las visuales del teodolito y que se nos presentan doradas por el Sol
poniente sobre el azul verdoso del cielo en los últimos momentos del día.
El desierto mudo, solemne, grandioso, es el mismo, y el horizonte vago, azula-
do, envuelto entre brumas, se limita por el frente con una zona de color verdoso:
es el campo húmedo de las mismas vegas de Calama de donde habíamos partido
hace tres meses.
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Una tarde más entre las magnificencias luminosas del desierto, sumergidos
en la penumbra de las montañas del oeste al resplandor de las cumbres del na-
ciente que el Sol alumbra con fuegos de Bengala; la última noche de esta jornada,
tendidos sobre la arena adormecedora, tibia todavía después de un día ardiente;
la última cena al aire libre, alumbrados por la luz zodiacal que tarda horas en
extinguirse, y la última velada bajo cielo estrellado. Entra la noche y se mata el
tiempo a la luz del campamento y calor del fuego que alternativamente se anima
en llamaradas de incendio y se apoya en brasas y espirales de humo; al rumor de
la charla de los arrieros con sus interminables historias y del perpetuo rumiar de
las bestias que consumen su última ración de paja.
Al sol de la siguiente mañana el villorrio de Calama se nos aparece con las
proporciones de una metrópoli bañada en luz, deslumbrantes los techos de lata,
humeando las chimeneas y vibrando en los aires el eco de los pitos de vapor.
Llegar, por fin, al hotel y volver a los hábitos de la vida civilizada es anhelo y
sensación que domina a los exploradores de las cordilleras en un grado de impa-
ciencia y satisfacción solo de ellos conocido.
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L a segunda mitad del año de 1886 trascurriría sin nuevas campañas de explo
ración en conjunto, reemplazándolas con frecuentes excursiones parciales a
diferentes puntos del extenso territorio ya encadenado a la triangulación y desti
nando el resto del tiempo a trabajos de oficina.
En el territorio de Antofagasta fueron objeto de inspección todos sus principa
les centros mineros y establecimientos metalúrgicos, las salitreras y oficinas de
elaboración del salitre, combinando en estas diligencias el interés especial de los
ramos de minería y metalurgia con las excursiones geológicas y anotación de de-
talles geográficos.
En Santiago, siempre desheredados, sin oficina propia y sin elementos para
el trabajo; todos los materiales de estudio permanecían acopiados y sin un lugar
seguro de refugio.
Nada de todo aquello que necesita de los recursos de un gabinete, de un la-
boratorio y de los indispensables instrumentos, pudo continuar ocupando a los
miembros de la comisión exploradora; pero todo cuanto pudo hacerse con una
regla, un compás y una tabla de logaritmos tuvo su respectiva aplicación hasta lle-
gar a traducirse en líneas y resolverse en números todos los elementos del trabajo
geográfico.
A fines de aquel mismo año de 1886 el jefe pudo entonces disponer de una
autorización para volver al lugar de su residencia, Buenos Aires, después de tres
años de ausencia, llevando además de su gobierno la misión privada de hacer valer
el conocimiento geográfico de las regiones de la puna de Atacama y la exactitud
con que habían sido determinados los límites internacionales conforme al pacto
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de tregua con Bolivia que nos dejaba directamente colindantes con la república
Argentina en todo el contorno oriental de aquella alta región andina.
Una nueva campaña faltaba aún por llevar a cabo en las cordilleras de la puna de
Atacama para terminar las exploraciones de esta altiplanicie, y para ello se esperaba
que el Congreso insertara una vez más en sus gastos variables, conforme a la pernicio-
sa y antieconómica práctica establecida, la pequeña e insuficiente suma de cada año.
Votada a tiempo, en oportunidad y conforme a las condiciones y especialida-
des de tales estudios y exploraciones, esa misma deficiente suma habría sido mejor
y más completamente aprovechada; mas en la situación de expectativa y espera,
en la pérdida de tiempo que ocasionaba la tardía aprobación de los presupuestos
públicos y en la todavía mayor demora para gestionar y obtener la percepción del
dinero en tesorería, se malograba la ocasión propicia, se invertía el orden conve-
niente para la buena distribución del tiempo y se ajustaba todo a la inconsciente o
fatal disposición del manejo administrativo antes que a la necesaria ejecución de
un plan meditado y de una organización económica.
Así se ha visto, en la relación de nuestros itinerarios durante los pasados años,
que las exploraciones coincidían, como iban a coincidir también ahora, con los
meses más crudos y peligrosos del invierno, cuando las nieves cubrían las altas
cumbres de montañas a donde necesitábamos ascender con el teodolito a cuestas;
cuando los caminos eran más intransitables, los animales se agotaban por el frío y
el hambre, los hombres se resistían al trabajo y todo se dificultaba y encarecía más.
La obra emprendida era muy superior a las fuerzas disponibles, y así sucedió
que la comisión exploradora del desierto y cordilleras de Atacama, compuesta en
su principio de un personal de cinco ingenieros y un ecónomo, fue sucesivamente
reduciéndose hasta llegar a la más simple expresión posible: jefe y ayudante.
En estas condiciones esperábamos, a principios de 1887, en Buenos Aires el
telegrama que nos anunciara el momento de partir, de acuerdo con el plan de la
nueva campaña que consistiría en reunirnos, jefe y ayudante, en el riñón de la cor
dillera, penetrando aquél por el lado argentino y éste por el chileno para encon-
trarnos, llegando por rumbos opuestos, en Antofagasta de la Sierra.
Se realizó el plan sin contrariedad alguna, verificándose la convenida reunión
en aquel punto el día 2 de abril de 1887.
Renunciaremos a describir el itinerario de 28 días de viaje desde la ciudad de
Buenos Aires, por Catamarca y Belén hasta penetrar por el portezuelo llamado
Pasto de Venturas en la puna de Atacama.
La entrada por el territorio argentino tenía el interés del estudio geológico de
las cordilleras por aquel lado y se relacionaba con otras observaciones de carácter
geográfico y minero que tendrán su oportunidad en el lugar correspondiente.
La fisonomía general de aquel territorio es de carácter volcánico, apenas do
minada en parte por la base fundamental de los esquistos cristalinos que asoman
en la cordillera limítrofe y la del Peñón, al oeste, y por extensiones en que exhiben
su color rojo característico y sus incrustaciones de sal y yeso, los estratos de la
formación de areniscas que por estas alturas aparece con análogos caracteres mi
neralógicos que en el bordo de Atacama, Guaitiquina, Cauchari y otros puntos.
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Desde grandes distancias al oriente, viniendo de las pampas argentinas por terri-
torio de la provincia de Catamarca, comienza a hacerse notar la presencia de la piedra
pómez en la composición de las arenas del suelo, aumentando en número y tamaño
los fragmentos a medida que nos acercábamos más y más a la región de cordillera.
El carácter de las erupciones más modernas parece haber sido casi exclusiva-
mente silíceo en aquellas localidades, abundando las deyecciones ácidas, vidriosas,
con extraordinaria abundancia de obsidianas y piedra pómez, siendo esta última
sobre todo, por su porosa y liviana consistencia, la que más fácilmente ha sido
arrastrada y llevada en suspensión por las aguas hasta grandes distancias.
Ejemplo imponente de esta naturaleza es el que se ofrece, desde aquella llanu
ra del peñón, mirando hacia el sur por las pendientes que bajan de las alturas de
Curuto, en forma de un colosal ventisquero, inmensa aglomeración de aquella cla
se de rocas volcánicas allí transportadas y súbitamente detenidas en su curso como
un río de espuma petrificada.
Sobre el seno blanquecino y arenoso de aquella alta planicie que se extiende al
sur y oeste por Carachapampa, se destacan como puntos negros y manchas de tin-
ta los cráteres de numerosos volcanes extintos circundados en su base por negras
corrientes de lava que destellan brillo metálico.
Entre éstos, el llamado volcán Alumbrera, porque su cráter es una verdadera
mina de alumbre de donde se surten las tintorerías de la provincia de Catamarca,
se presenta rodeado de un lecho todo cubierto de lavas escorificadas y ramosas,
entre cuyos claros era necesario serpentear para llegar hasta los costados del cono
y ascenderlo.
Como punto a propósito para orientarse y observar la topografía de la región,
reuniendo además la circunstancia de estar esta cumbre en las inmediaciones del
camino más frecuentado por los viajeros y de no ser difícil llegar a caballo hasta el
cráter, no carecen de interés los siguientes datos.
Estando el caserío de Antofagasta a 3.500 metros de altura más o menos y la
cumbre del volcán a 3.700, el esfuerzo para ascenderla no se reduce a mucho tre-
cho, pudiéndose dejar las cabalgaduras bastante cerca de los fragmentos calcinados
y escoriáceos que circundan como un anillo, de 120 metros de circunferencia, la
boca de un embudo perfectamente regular cuyo orificio se encuentra obstruido por
los escombros.
No poca dificultad presentaban estos restos de peñascos tumbados y estratos dis-
locados para poder instalar sobre ellos con alguna firmeza y seguridad el teodolito
de cuyas indicaciones sólo daremos los azimuts magnéticos fáciles de constatar.
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Pasando desde las vegas de Cueros de Puruya al lado opuesto del cordón de
Achi, remontando por el río de Aguas Blancas, abandonábamos la hoya de Anto
fagasta para entrar al prolongado y profundo valle o cajón que constituye el salar
de Antofalla.
En toda esta región se descubren caracteres minerales del mayor interés pro-
ducidos por la abundancia de los pórfidos verdes y sus transiciones a diorita y
variedades andesíticas en relación con toda la cantidad de rocas cristalinas y la ex
traordinaria profusión de las aguas minerales y toda clase de fenómenos volcánicos.
Por encima de las paredes del salar, al poniente, sobre la base de altas planicies
que son una inmensa aglomeración de deyecciones volcánicas, se levantan los
altos picos majestuosos de Los Colorados y multitud de otros cuyos nombres ha
sido imposible averiguar y que seguramente no los tienen, a causa de lo desolado
y escabroso de una región por donde jamás ha sido abierta una senda de tráfico.
Por el lado del sur, en el angosto y profundo golfo en que se desvanece el salar
de Antofalla, y formando como una pirámide terminal, demarcadora del extremo
austral de aquel notable accidente físico de las cordilleras, se divisa el más esbelto
entre todos, de cuantos cerros volcánicos se levantan sobre la puna de Atacama: es
el famoso Peinado, así llamado por los viajeros en razón de sus empinadas paredes
con su pulida superficie y contornos de un verdadero cono geométrico.
Su situación estrictamente simétrica en medio del plano inclinado que ascien-
de desde el término extremo del salar; con dos profundas lagunas a sus pies para
mirarse constantemente en ellas; con sus declives empinados en la mayor inclina-
ción que el equilibrio de las fuerzas consiente, y con su cúspide apenas rebanada
en un pequeño segmento a la altura de 600 metros sobre su base, aquella montaña
ofrece el caso de la más excepcional regularidad posible entre las construcciones
de la arquitectura natural.
Éstos y tantos otros motivos de interés y distracción en aquellos lugares donde
los paisajes cambian y se multiplican recreando la vista o asombrándola, me ha-
bían detenido más del tiempo necesario para alcanzar oportunamente, en la jorna-
da de aquel día, el lugar del alojamiento que fue designado en Agua Escondida.
Entre los vericuetos e infinitas entradas y salidas de las laderas que oprimen
aquella grieta emparedada como un canal abierto en viva roca, había perdido de
vista la senda seguida por mi gente y hube de tomar a la suerte por entre precipi
cios y escabrosidades, aumentándose a lo desagradable del percance el peligro de
la noche que empezaba a envolverme en profunda oscuridad y de la nieve que caía
en abundancia.
Es experiencia de todo viajero que la mula se guía por instinto o por olfato con
más seguridad que el hombre para acertar con el lugar del alojadero, para reunirse
a la recua y para acertar ella sola con los caminos, siempre que se le deje en com
pleta libertad.
Apelando a este último recurso y entregándome en absoluto al instinto del
animal crucé abismos y salvé precipicios que me habría abstenido de arriesgar en
pleno día a la vista de tantos peligros y con la conciencia de lo temerario de seme
jante arrojo.
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Nuestro itinerario debía seguir desde allí la falda oriental del cordón de Catua,
o sea, la orilla poniente del salar de Caurchari y Siberia, cuyo término o cabecera
al norte nos queda frente a la quebrada de Olaroz Chico, terminándose en una
laguna, pero continuando la pendiente de la cuenca al norte hasta el pie del Tocol,
que es el principio en que tocamos con la gran cadena del Coyaguaimas.
En Olaroz Chico, como en Catua y tantos otros lugares al sur y en la prolon-
gación de la extensa formación siberiana de esquistos arcillosos y cristalinos, nos
encontramos con lavaderos de oro que se prolongan al norte sin interrupción hasta
los confines de la puna, todos los cuales han sido objeto de más o menos activa y
paciente explotación según los más primitivos procedimientos y míseros recursos.
Las vetas o criaderos de cuarzo de donde ha derivado el oro corren a la vista
por interminables distancias y por doquiera aparecen vírgenes de toda tentativa
de explotación.
Por este punto, socorrido con abundante agua y combustible de tola y varilla,
buenos pastos y abrigados cajones, pasa un camino muy traficado para San Pedro
de Atacama, cayendo a Léber, lugar de buenas vegas en medio del Campo Negro
y dando contra la falda del cordón de Puripica, entre otros.
Siguiendo nuestra excursión al norte damos con el río Olaco, continuándose
siempre la misma formación geológica con sus caracteres auríferos hasta el Toro,
lugar inundado por las lavas del Coyaguaimas, reapareciendo así los terrenos vol-
cánicos que por algunos días habíamos cesado de cruzar.
Estamos en otra cuenca, siendo el Toro un valle que viene de los cerros de Li
na, al oeste, y desagua hacia el Rosario.
Nuevos lavaderos de oro aquí y en Pairiques hasta el Rosario, pueblo numero-
so que se formó exclusivamente de la gente minera que se dedicó a remover todo
el relleno de un valle completamente aurífero.
Grandes escombros, profundos tajos en el fondo de las quebradas y largos ca
nales trazados en la falda de la montaña, y con todo esto los restos de un pueblo de
numerosas rancherías y casas todavía habitables, pero completamente desiertas,
prueban que allí se desarrolló en grande la explotación del oro.
Desde las alturas del Rosario se desarrolla completo el panorama de este límite
boreal de la puna de Atacama.
Orientándose el viajero, para definir la configuración topográfica, según la
prolongación del salar de Caurchari y Siberia, con el cordón del Morado a Bávaro
que lo limita por el oriente y el de Catua a Lina, que lo encierra por el oeste, se
apercibirá que ambos cordones de montañas, que desarrollan alturas más y más
potentes a medida que avanzan hacia este núcleo de conjunción, van a reunirse en
el hermoso cerro de Granadas que desde aquí aparece en forma de media luna y
que probablemente, mirado del naciente, deja ver otros picos que pueden darle la
apariencia que su nombre expresa.
El centro de la cumbre de Granadas queda al N 18º E y la del Coyaguaimas
al N 74º E.
Dejando aquellas alturas para continuar explorando hacia el poniente se tiene
la ocasión de admirar el desarrollo de las deyecciones traquíticas en la más pode-
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en Guacate, las minas de Alcaparrosa y sierra Gorda, era todo lo que nos faltaba
por aquel lado para los fines del levantamiento geográfico.
A mediados de julio dejábamos el puerto de Antofagasta, quedándose el jefe
en Taltal para empezar nuevas excursiones hacia el norte de este departamento.
Las minas de oro del Guanaco estaban en toda su opulencia y su interés crecía
a medida que se desarrollaba el campo de su explotación, circunstancia que hacía
presentir, aun a los menos optimistas y menos confiados en la persistencia de los
criaderos de oro, que se tratara ahora de una excepción a la regla general.
Jamás se había visto, en efecto, un conjunto de caracteres y de hechos positivos
más prometedores de estabilidad y duración como los que ofrecían las minas del
Guanaco al principio de su descubrimiento y aun hasta dos años después de prue-
ba y satisfactoria confirmación de las primeras promesas.
Todo descubrimiento tiene su leyenda y la del Guanaco no carece de interés.
Era el año 1884 cuando la comisión exploradora tenía su campamento en el
desierto central y recorría la región salitrera de Taltal hasta las minas de Cachinal.
El guía don Pablo Torres fue encargado de construir un lindero o serial en la
cumbre de un cerro aislado en media pampa al norte de la Aguada de Cachinal.
Al volver de su comisión y cumpliendo con la consigna acostumbrada de que-
brar rocas y traerme muestras de ellas, me dio cuenta de su viaje y depositó su car-
ga al costado de mi carpa agregando con desdeñosa indiferencia: “Vienen piedras
buenas para oro”.
Hasta esa fecha los cateadores atacameños tenían profundo desdén por las
minas de oro: de ordinario mezquinas, inconstantes, precarias, jamás hicieron la
fortuna de un minero y con seguridad casi siempre lo arruinaron, y con semejante
experiencia, Pablo Torres no quería nada con ellas.
Por lo demás, entrada la noche, no tuve yo ocasión ni estaba presente don Lo-
renzo Sundt para examinar las piedras, según era la diaria costumbre, y el ecóno-
mo, por su cuenta y riesgo, poniéndoles el número de orden, se había apresurado
a encajonarlas.
Dos años más tarde la producción de oro del Guanaco era un gran acontecimien
to; la Estrella de Venus figuraba como la más brillante de las minas por su riqueza,
y era ya historia corriente que su pozo de ordenanza coincidía precisamente con
el crestón de veta de donde los emisarios de la comisión exploradora tomaron las
piedras para formar con ellas el lindero de triangulación del territorio.
Cuando el interés y la curiosidad de constatar el hecho me indujeron a buscar,
en el laberinto de cajones que contenían las colecciones de nuestros estudios con
tanto sacrificio formadas y tan desdeñosamente tratadas –el número de orden del
cajón correspondiente–, trabajo costó dar con él en la peregrinación de estos po-
bres bultos desde el uno hasta el otro de los depósitos fiscales de Santiago; pero al
fin apareció el número 22, datado en el campamento de Pique Germania, bajo el
núm. 5: rocas, y minerales auríferos del lindero del Guanaco.
En efecto, algunos trozos de traquita y riolitas, rocas felspáticas y cuarzos te
ñidos de verde cobrizo y de ocre ferruginoso correspondían exactamente al carác
ter del cerro en la Estrella de Venus; examinando un poco más se reconocía en
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ellas el sulfato de barita y el cuarzo blanco opaco que contiene oro finísimo in-
visible, y aplicando el lente de aumento se descubrían en el acto constelaciones
hermosísimas de estrellitas de oro sobre fondo de hermosa atacamita.
No fue el ojo escrutador de Pablo Torres lo que falló: “Cada piedra tiene su
dueño”, según la máxima minera.
Llegado una hora antes al campamento, cuando de seguro, a la luz del día
nuestros lentes habrían escudriñado minuciosamente las piedras por él traídas co
mo “buenas para oro”; o menos impaciente el ecónomo Smith para acondicionar-
las esa misma noche impidiéndonos la oportunidad de examinarlas a la mañana
siguiente: ¡y Pablo Torres habría sido el millonario del Guanaco!
El digno industrial y minero don Camilo Ocaña, dichoso dueño de la Estrella
de Venus, hizo pallaquear el famoso lindero extrayéndole lo que contenía de apro-
vechable, y reconstruyéndolo en el acto sobre más sólida base quedó para siempre
bautizado con el título de: El lindero de la Comisión Exploradora.
Por lo demás, el Guanaco era conocido como asiento de minas de plata, y por
tal metal, que también existía, en efecto, en algunos filones, eran vendidos los mi
nerales de otras minas que daban puro oro, siendo causa del error la pequeñez del
botoncillo metálico que resulta del ensaye en la copela y que no permitía fijar la
atención en sus característicos reflejos amarillos.
Al fin, así, como tantas veces va el cántaro al agua, se rompió un día el misterio
de la plata amarilla del Guanaco por algún imprevisto accidente de ensayador y
resultó descubierta la gran riqueza.
Como resultado de las bonanzas del Guanaco, las exploraciones mineras se
extendían en contorno hasta largas distancias a la redonda, buscando la reproduc-
ción de los mismos panizos y caracteres, de todo lo cual fue necesario tomar nota
y era digno de ser constatado.
Se levantó el plano del distrito mismo del Guanaco y Guanaquito y se siguie-
ron las excursiones mineras al norte, hasta Paposo, por la costa y por los diversos
grupos mineros de aquella importantísima región.
Lo mucho que podría referirse de estos viajes de detalle, con sus accidentes y
percances, sus panoramas, impresiones y realidades, puede ser fácilmente imagi
nado y lo pasaremos por alto, dejando para otras páginas la cuenta de lo que co-
rresponde a los datos industriales, mineros y geológicos.
Bástenos con dejar aquí constancia de que todo el resto del año de 1887, des-
pués de haber destinado un mes en Santiago a los trabajos de oficina, fue ocupado
por el jefe en excursiones mineras y geológicas, con la lentitud y escasez de recursos
acostumbrada, solo y sin auxiliar alguno para repartir las cargas del trabajo, pero
con perseverancia y resignación para llegar hasta el fin impuesto y aceptado.
La importancia del estudio hidrológico del desierto, para el cual tan deficientes
medios y tan escasos datos de observación se ofrecen, hubo de llevarse todos los me
ses restantes del verano hasta que, llegado el nuevo año de 1888, fue necesario volver
al sur con motivo de nuevas atenciones por este lado.
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Tarapacá y también al sur abrazando toda la región minera de la república hasta los
confines de Coquimbo; lo que, sin duda alguna, se habría realizado así si no hubieran
intervenido las dificultades de organización material e instalación de las demás ofici-
nas de la Dirección General que se absorbían todo el tiempo y todo el presupuesto.
Así transcurrió casi todo el año de 1888, mientras se agujereaba y se remenda-
ban los altos del edificio del Congreso Nacional, donde se instalaría la Dirección
General sin alcanzarse a disponer, en este reparto general de comodidades para
todo los demás, un local conveniente para la colocación y estudio de los materiales
de la comisión exploradora, ya demasiado numerosos y variados para necesitar de
algún espacio para sus colecciones, de un laboratorio mineralógico, de oficina para
dibujo y escritorio, muebles, instrumentos, etcétera.
No obstante, y mientras se esperaba, se pudo volver al terreno a terminar con
todo lo que faltaba de más importante extendiendo los estudios por la costa ma-
rítima al sur de Caldera, a la travesía entre el río de Copiapó y Carrizal, que fue
recorrida en todos sentidos hasta la cordillera de los Sapos, Rosilla y cerro Blanco,
sirviéndonos de inteligente auxiliar en estas nuevas campañas el distinguido inge-
niero geógrafo don Enrique Barraza.
Hasta entonces no había habido ocasión de emprender una serie de observacio
nes astronómicas de precisión para comprobar con procedimientos de rigor geodé-
sico la situación geográfica de nuestra principal base de triangulación en Copiapó
y en algunos otros puntos como en Caldera y Antofagasta. Gracias a la coopera-
ción del entonces director del Observatorio Astronómico don J.I. Vergara, a quien
siempre debí franco y decidido auxilio, esto pudo al fin ser llevado a buen término.
Fue comisionado al efecto el distinguido astrónomo don Alberto Obrecht con
dos ayudantes, quienes instalaron su observatorio en un punto inmediato al extre-
mo oriental de la base principal, en Copiapó, repitiendo después análogas opera-
ciones en Caldera y Antofagasta, consiguiéndose con esto comprobar la satisfacto-
ria exactitud de nuestros trabajos.
Los procedimientos y resultados de estas operaciones fueron dados a luz pos-
teriormente en la Revista de la Dirección General de Obras Públicas junto con la expo
sición completa de todos los detalles y elementos de cálculo de la triangulación
general.
Mientras tanto, por orden superior se me había ordenado extender los trabajos
más al sur del límite primitivamente señalado, incluyendo los departamentos de
Vallenar y Freirina hasta el río del Huasco.
Pudo ser emprendida esta campaña y llevada a término, a lo menos en parte,
mediante los auxilios y benevolencia del señor don Aniceto Izaga, cuyos recursos
materiales para facilitarnos todo movimiento fueron puestos a nuestra disposición,
y junto con ellos los mucho más estimables y valiosos de la personal compañía del
mismo señor Izaga para ilustrarnos con su experiencia y cabal conocimiento de
los negocios y condiciones naturales de una región que tantos bienes le debe y le
es tan perfectamente conocida.
Durante estas nuevas excursiones, además del ya citado ingeniero Barraza, ha-
bía ingresado también a la 4ª sección de Obras Públicas el ingeniero de minas don
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hasta el del Huasco y algo de la región de cordillera en los orígenes del río de este
nombre.
Quedaba al jefe la tarea de una inspección general de toda la extensión abraza-
da por las exploraciones tan frecuentemente interrumpidas durante los años tras-
curridos desde 1883.
Unir los puntos dispersos, por trazos continuos, y ligar entre sí los hechos que
se relacionan y clasifican naturalmente por sus analogías, es operación que se im-
pone como una condición final indispensable para deducir las leyes o principios
generales a que obedecen los hechos en la naturaleza.
Para un solo hombre era excesiva tarea que no podía ser sino lenta, careciendo
de elementos de viaje y medios cómodos, seguros y expeditos para lanzarse en los
áridos y desolados puntos del desierto que expresamente habían sido reservados
para los últimos días.
Apenas terminadas, a fines de marzo, las excursiones por el Huasco y estando
así en la extremidad austral del territorio explorado en diferentes épocas y por
diferentes puntos, según las necesidades y exigencias de una situación que siempre
fue precaria o incierta, hubo de ser iniciada el 1 de abril la excursión a lo largo del
desierto, siguiendo su eje longitudinal y sin interrupción hasta llegar a las márge-
nes del Loa.
Esta excursión serviría también para describir el trazo continuo de la línea cen-
tral del desierto y destruir o rectificar las falsas ideas que acerca de sus condiciones
topográficas abrigaban muchos hombres públicos de Chile, que opusieron tenaz y
sitemática resistencia, en nombre de supuestas dificultades y tremendos obstáculos
imaginarios, a la idea de un ferrocarril a lo largo del desierto hasta Tarapacá, obra
que sería salvadora de las industrias que más han contribuido al progreso material
del país, a la vez que protectora de su defensa e integridad.
Las huellas de mi vehículo parambulador han quedado marcadas, para testi
monio material de la natural continuidad de un terreno sin obstáculos ni insalva-
bles atajos, en toda la travesía del Huasco hasta Copiapó; desde aquí hasta Tres
Puntas, el Incay Pueblo Hundido; desde este punto hasta lugares por donde se po-
día salvar los profundos zanjones que cruzan a nivel la llanura en el Salado, Doña
Inés y Juncal y que un ferrocarril ahorraría en parte o cruzaría con viaductos de
poca importancia; entrando desde aquí en una región constantemente salitrera y
llana en todo el departamento de Taltal sin interrupción por Aguas Blancas; desde
aquí sin tropiezo alguno a Cuevitas u otro punto de estación del ferrocarril de An-
tofagasta a Bolivia; por Salinas y por las pampas que van de allí al Loa, recorriendo
las planicies salitrosas de sus márgenes hasta el Toco, y desde aquí a través del río
por cualquier parte hasta penetrar en Tarapacá: todo llano o ligeramente ondula-
do, todo fácil o poco costoso y todo rico.
Total desarrollo de una vía férrea, mil kilómetros; y costo de su construcción,
estimado a la gruesa ventura y por exceso, un millón de libras esterlinas.
Algunas extensiones de esta larga travesía del desierto atacameño ofrecen ac-
tualmente un aspecto de inutilidad y desolación que puede cambiarse, con las fa
cilidades del ferrocarril, en realidades de trabajo y actividad industrial.
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Desde Taltal a Aguas Blancas, por ejemplo, la región salitrera tiene apariencias
favorables a la existencia del nitrato de sodio en muchos puntos hasta hoy poco
explorados o completamente desconocidos.
Los caracteres geológicos indicativos de la presencia de los metales, los pa-
nizos acariciados de los mineros y hasta la evidencia misma de algunos mine-
rales descubiertos, parece que hubieran hecho vislumbrar a los pocos atrevidos
exploradores tiempos de prosperidad que no esperaban para ellos, a causa de la
lejana probabilidad de ver habilitadas para el trabajo aquellas regiones; y como
si se consolaran siquiera de la idea de una tierra prometida para la generación que
los sucediera en su posesión, apelaban a las tradiciones bíblicas y designaban las
sierras de su predicción con los nombres de Profeta, Milagro, Providencia, Pascua,
Palestina, Calvario, etcétera.
Describir los panoramas de esta región sería repetir lo que ya hemos tratado de
dar a conocer en páginas anteriores.
Los mismos efectos de la abudantísima luz del Sol como si polvo de oro flotara
en la atmósfera multiplicando con sus destellos la espléndida iluminación del ple-
no día; las mismas horas azules del mágico miraje que reproduce el cielo sobre la
tierra o la baña con reflejos del océano; los mismos juegos deliciosos de los colores
del iris en las claridades de la aurora y las semisombras del crepúsculo; los mismos
misterios de la soledad y el silencio...
Seducidos por la atracción irresistible de las cumbres, desde donde se divisan
los paisajes, se dibujan los panoramas, se descubre la estructura y se ven los múscu
los y articulaciones de la costra terrestre, hemos de invitar todavía una vez más
al lector y al viajero a treparse con nosotros a otra altura desde donde podamos
tomar rumbos de orientación y los puntos del horizonte que más interesan por su
significación natural o sus realidades materiales.
Las primeras salitreras de Aguas Blancas que comienzan, como es caracterís-
tico de las formaciones del caliche, recostándose contra la suave pendiente de la
base de los cerros, se encuentran hacia la extremidad sur, por donde está la Flo-
rencia, contorneando una cadena de colinas que van poco a poco elevándose hasta
enlazarse por la extremidad naciente del nudo del cerro de las Tetas.
Esta doble cumbre así llamada con razón porque desde largas distancias a la
redonda se divisa terminada en dos puntillas gemelas como ubres de ternera, sirve
de excelente punto de observación para abrazar de una sola ojeada las líneas sa-
lientes y puntos culminantes que dibujan la orografía del desierto central.
Extensas llanuras de colores claros, salpicadas de manchas oscuras deprimidas
o protuberantes y como esparcidas al acaso, pero en realidad alineadas en la direc-
ción general de un meridiano conforme a la orientación característica de nuestros
sistemas de montañas, allí entrecortadas y caprichosamente interrumpidas éstas en
su curso, con profundas ensenadas, canales, golfos y estrechos, ofrecen en conjunto
el aspecto de un verdadero archipiélago en tierra firme.
Pero el verdadero mar también se ve a lo lejos, en el horizonte brumoso contra
los negros contornos de Morro Moreno, y así ensanchado el campo de vista, el ob-
servador contempla de una sola ojeada una extensión que abraza fecunda región
de recursos aprovechable al presente y que se disfrutará mejor en el porvenir.
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El cerro de Palestina, con sus minas de plomo y plata se destaca como una isla;
San Cristóbal con sus filones de oro; el Centinela de Caracoles; Pascua por otro
lado, y las interminables minas de cobre de la sierra Vicuña Mackenna, Reventón,
Paposo y el Cobre por el sur y oeste; y en medio de todo esto el campo calichoso
y los puquios de frescas y abundantes aguas.
– ¡El agua!–: al amparo de cada gota se levanta algún establecimiento de la in
dustria en toda la extensión del desierto; en Cuevitas, un ingenio para beneficio de
metales de oro; en Cachinal, una gran máquina de amalgamación, en el Juncal, en
Pueblo Hundido, en el Inca, en Cachiyuyo, o Puquios, por todas partes, las oficinas
salitreras son otros tantos centros de actividad y producción de riquezas cuya exis-
tencia es debida a sólo una gota de agua que surge por sí sola o arranca el hombre
con sus brazos.
¡Oh, los beneficios que el agua puede producir en aquellos abandonados de-
siertos y los medios que pudieran conducir a su multiplicación y aprovechamiento,
no han merecido ser objeto de la predilección de nuestros gobiernos!
El segundo semestre de 1888 transcurría en Santiago esperando que llegara el
turno de las obras de carpintería a nuestra oficina en los altos del Congreso donde
ya estaban instaladas las demás, y por lo tanto, nada más que en tarea de cálculos,
dibujo y redacción se podía avanzar, compartiendo todavía estas atenciones con
otras que las especialidades y atribuciones de la sección de Minas obligaban a ser
vir y atender.
En tal situación y con semejantes obligaciones, con una enorme acumulación
de materiales que darían a la obra descriptiva un excesivo desarrollo y con las
expectativas de un trabajo que convenía y se deseaba extender a toda la región
minera de la república, la tarea de estos trabajos había dejado de ser transitoria o
temporal para pasar a ser de estable y permanente labor.
Esto se habría continuado según un plan de trazado provisorio de la carta geo
gráfica en gran escala, de 1/250.000 o de 1/200.000, dividida en hojas que abra
zarían un grado de latitud cada una y grabándolas en cobre para ir sucesivamente
corrigiendo y aumentando detalles en ellas, completándolas por partes y perfeccio-
nándolas hasta su definitiva terminación.
El figurado de los contornos geológicos y de las indicaciones mineras o distri-
bución de los minerales se habría verificado poco a poco con la posible precisión
y a medida que el estudio y clasificación de las colecciones de rocas y minerales
hubiera ido suministrando las indicaciones necesarias.
Conforme a este plan, comenzaban a dibujarse las grandes hojas del mapa pro-
visorio y se preparaba la redacción definitiva de las diversas materias del estudio
que empezaba por la minería y la metalurgia, dejando la geología y ramos anexos
para después de la definitiva terminación de los trabajos geográficos.
En tal estado de proyectos y promesas, y cargando con todo ello como bagaje
de ilusiones, el autor pudo disponer de dos meses de licencia con permiso de ir a
Buenos Aires a arrancar de allí sus raíces de algunos años y volver a arraigarlas en
la grata tierra de su patria.
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Desde el día 7 del presente, fecha en que salí de Valparaíso en compañía de los
jóvenes estudiantes de la universidad, hasta el día de hoy, el programa de trabajos
y estudios ha sido cumplido sin entorpecimiento alguno.
En la creencia de que la forma de diario usado en viajes para llevar la relación
exacta de los hechos informará mejor a U.S., a la vez que servirá más fácilmente
para constatar el trabajo realizado por los jóvenes, así como para responder a otros
diversos fines, me permito usarla precediéndola de una breve observación.
Al aceptar la grata misión de instruir a estos aventajados estudiantes en el
conocimiento práctico de las aplicaciones que los estudios a que se contraen reciben
en el ejercicio de las industrias mineras en nuestro país, no podía imponerme, como
tuve el honor de exponerlo verbalmente a U.S., un itinerario de viajes adaptado a
un plan metódico de estudios prácticos.
Mi único plan estaba forzosamente trazado por la obligación de cumplir con
las incumbencias del puesto que me está confiado y la conveniencia de acumular
nuevos y más numerosos datos acerca de la naturaleza y condiciones industriales
de este desamparado desierto, llenando así con la actividad de los trabajos prácticos
en el terreno, el vacío que me rodea en la oficina pública donde la acumulación de
tantos materiales de estudio contrasta en desalentadora proporción con los medios
e llevarlo a cabo y los recursos para darlo a luz.
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Febrero 8 a 11
Febrero 12
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Febrero 13
Febrero 14
Febrero 15
Febrero 16
Febrero 17
Febrero 18
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Febrero 19
Febrero 20
Al aclarar el día se comienza a trazar el itinerario del camino y a las tres de la tarde
estábamos de regreso en Antofagasta.
Febrero 21
Se ocupan los jóvenes en redactar sus apuntes de cartera y calcular los datos del
plano de cerro Gordo.
Febrero 22
Febrero 23
Día domingo
En las atenciones y servicios recibidos, nuestra primera gratitud es hacia el
intendente, señor don Enrique Villegas.
En la dirección del ferrocarril el gerente, señor Sim, y el ingeniero señor Martí
nez Gálvez, nos prestan, en sus respectivas atribuciones, las más oportunas atenciones.
Al señor Eleazar Miranda, en la expedición a cerro Gordo y a don Emilio
Neves en Mejillones, debemos asimismo toda clase de auxilios y facilidades.
Y en cuanto a los jóvenes estudiantes, señor ministro, guardan disciplina en
las horas del deber y observan en todos los casos irreprochable conducta.
Dios guarde a U.S.
Señor Ministro:
Me es grato dirigirme por segunda vez a U.S. con motivo del viaje de instruc
ción que los jóvenes estudiantes de la universidad emprenden en mi compañía a lo
largo y a través de estos desiertos.
Numerosas ocasiones de observación y estudios prácticos se han presentado a
estos aspirantes a ingenieros durante el mes trascurrido desde mi última nota a U.S.
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Aquéllas son las raras y casuales excepciones; éstos, son la regla general, la
extensión y la prodigalidad por doquiera en los desiertos de Atacama y Tarapacá.
En el diario que a continuación transcribo, encontrará quizá el señor ministro
la ocasión de juzgar que en el breve espacio de un mes puedan haber visto los estu
diantes algo nuevo para ellos, y oído en la sociedad de los hombres de experiencia
con quienes procuro siempre ponerlos en último contacto, lo bastante para fundar
sus propias apreciaciones.
Febrero 26
Febrero 27
Febrero 28
Divido a los alumnos en dos grupos por no aglomerar demasiadas personas en las
pequeñas faenas de las minas de San Cristóbal.
En este distrito de minas de oro, en actual prosperidad y estado de bonanza,
ocupo a los alumnos Martínez y Fritis en el levantamiento del plano interior de la mi
na Bolaco por medio de la brújula de suspensión, además de otros trabajos exteriores.
Se informan de las condiciones económicas del trabajo de minas en la loca
lidad, siendo el precio del agua variable entre 80 a 120 centavos la medida de un
barril de arroba.
Hay probabilidad de que un pozo profundo en las inmediaciones del cerro
daría agua potable favoreciendo el desarrollo de numerosos trabajos mineros.
Marzo 1 a 5
Dejo a los alumnos ocupados entre San Cristóbal y el mineral de cobre de Lomas
Bayas mientras me interno al desierto en compañía del ingeniero Barraza a verificar
trabajos geográficos y visita al cerro de Palestina y otros.
Marzo 6
Los estudiantes han verificado todos sus trabajos durante los días de mi ausencia y han
sido esmeradamente atendidos en la mina San Jorge, de los señores Barnett Hnos.
Marzo 7
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Marzo 8
Llegados por la mañana, se distribuyen los jóvenes entre las minas Deseada y Calameña.
Se inspeccionan las máquinas de ambas minas y se ocupan todo el día en ob
servaciones exteriores.
Marzo 9
Marzo 10
Marzo 11
Marzo 12 a 13
Marzo 14 a 18
Marzo 19
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Marzo 20
Marzo 21
El antiguo y opulento cerro despierta vivo interés en los estudiantes por la novedad
de sus minerales y sus analogías con otras formaciones mineras que acababan de
conocer.
El ejercicio en los métodos de observación los va familiarizando con el co
nocimiento de las rocas y los variados caracteres de las vetas.
Ya no necesito recomendarles el uso del martillo de geólogo: este elemental
instrumento es ahora el compañero inseparable en sus excursiones de estudio.
El señor Díaz Gana nos permite visitar interiormente la mina Margarita.
Marzo 22
Marzo 23
Marzo 24
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Marzo 25
Se ocupa todo el día en la inspección de las calicheras llegando hasta las oficinas
del Abra y Puntunchara, donde el inteligente ingeniero señor Pattinson nos acom
paña hasta las minas y gruta natural que los jóvenes examinan con el mayor inte
rés.
Marzo 26
Marzo 27
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Señor decano:
En dos ocasiones anteriores, con fecha 22 de febrero, en Antofagasta, la pri
mera, y a bordo del vapor Laja, volviendo de Iquique a Antofagasta, la segunda,
me he dirigido, en ausencia del señor decano, al señor ministro de Instrucción
Pública con motivo del viaje que los jóvenes estudiantes de la universidad han
hecho en mi compañía siguiéndome constantemente en el itinerario de mis excur
siones por el norte de la República.
Volviendo ahora ante la autoridad correspondiente a quien debo mis infor
maciones, ruego al señor decano se sirva acoger las referidas notas, publicadas
ambas en el Diario Oficial, y aceptarlas, para sus efectos, en el mismo carácter de la
presente que tengo el honor de dirigir directamente al señor decano.
Coincidiendo con los días de feriado de la Semana Santa que empezaba en
los momentos de nuestra vuelta de Tarapacá a Antofagasta, la feliz oportunidad
de poder conducir a los practicantes en pocas horas y sin gravamen alguno hasta
las minas de Pulacayo y establecimiento metalúrgico de Huanchaca, no vacilé en
aceptar la oportuna ocasión que me ofrecía el bondadoso favor del señor don
David Sims, administrador del ferrocarril de Antofagasta a Bolivia y la cooperación
tantas veces útil y servicial del señor intendente de aquella provincia, don Enrique
Villegas.
Una vez en aquel centro de tan considerables trabajos y fecunda actividad
industrial, su digno gerente, el señor don Guillermo Leiton, puso a mi disposición
todos los medios y facilidades conducentes a hacer provechoso y fructífero el viaje
que nos llevaba hasta aquellas altas y apartadas regiones.
En el curso del diario de que doy cuenta a U.S. para que conste la distribución
y uso del tiempo así como el trabajo útil realizado por los alumnos, expondré a
U.S. los detalles importantes del viaje, pero séame permitido antes repetir aquí el
público testimonio de gratitud debido a personas que tan en alto grado estiman y
acogen los propósitos del supremo gobierno y Universidad de Chile en favor de
nuestra estudiosa juventud, contribuyendo a ello con su ilustrada cooperación y sus
recursos.
Igual manifestación debo hacer, por su cariñosa hospitalidad e instructiva en
señanza, hacia el señor don Luis Darapsky, el distinguido profesor que hoy dirige
importantes operaciones industriales en Taltal, y hacia nuestros jóvenes ingenieros
don Pedro L. Escribar y don Enrique Cavada, quienes en Tierra Amarilla, activo
centro de fundiciones metalúrgicas, y en Bordos, mina de plata montada a la altura
de los adelantos modernos, han favorecido a los estudiantes con el concurso de su
experiencia profesional a la vez que con sus personales atenciones.
El resultado de tres meses de instrucción práctica ha de influir indudablemente
con cierta eficacia en preparar el criterio industrial y despertar en la joven inteli
gencia de los estudiantes las ideas de aplicación de los estudios teóricos al ejercicio
de las operaciones que en la vida profesional del ingeniero constituyen su más ac
tiva labor y fecunda consagración.
Infundirles el interés por los estudios geográficos del territorio en que se ex
tiende el campo de sus aplicaciones; habituarlos a la atenta observación de los ca
racteres geológicos para el cateo razonado del terreno; recomendarles la práctica
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Falta tan sólo que los excursionistas exhiban ante U.S. y ante sus maestros en
las aulas, la prueba escrita en que deben constar los trabajos a que se han contraído.
Saluda a U.S.
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República de Chile
Ministerio de Relaciones Exteriores
Núm. 3.636.
Decreto:
Se autoriza al ingeniero don Francisco J. San Román, Delegado del Gobierno
de Chile en el Congreso Geológico de Washington, para que contrate en el extran
jero la impresión de dos mil ejemplares del mapa general ilustrado de la región
comprendida entre Coquimbo y Pisagua, en la forma indicada en la nota adjunta.
El señor San Román deberá proceder en el desempeño de esta comisión, de
acuerdo con el Ministerio de Chile acreditado en la nación en que se contrate el
trabajo.
Tómese razón y comuníquese.
Balmaceda.
M.M. Aldunate”.
Guillermo V. Rivera C.
Al ingeniero don F.J. San Román, delegado del gobierno de Chile en el Congreso
Geológico de Washington.
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Límites
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del Cobre, Trancas, cerro Negro, portezuelo de Chorrillos, Capilla, Ciénaga Grande,
Jueregrande, cerro Blanco, cerro Gordo, Aguas Calientes, Diamante o Mecara,
portezuelo de Vicuñorco y nevado de Laguna Blanca, hasta el portezuelo de Pasto
de Ventura; al sur continúa por la misma cordillera, que desde aquí toma rumbo
al poniente, y va por las cumbres de Curuto, Azul, Robledo, San Buenaventura y
Chucula hasta el cerro de Dos Conos, desde cuya cumbre el límite sigue el contorno
de la puna, que es común con la provincia de Atacama, y se dirige al Juncalito y
Piedra Parada, hasta las alturas frente a Lagunas Bravas, y la continuación de este
cordón hasta entroncar con la gran cordillera en Aguas Calientes, por el portezuelo
del camino a Taltal frente a la Laguna Amarga, que es el punto por donde arranca
el límite austral de Antofagasta con Atacama entre los respectivos departamentos
de Taltal y Chañaral. Este límite sur parte, pues, desde dicho punto cruzando obli
cuamente al Chaco, cuya dirección coincide casi en todo su trayecto con el camino
de Antofaya a Taltal, coincidiendo, además, con el dorso de la cuenca de Puntas
Negras o Rio Frío, la cual se abre paso a través de la sierra de Gorbea por su mitad,
entre ambas cordilleras, y por lo tanto no es esta sierra prolongada hasta el volcán
Lastarria, como se ha creído antes, la expresión del límite administrativo entre los
departamentos de Taltal y Chañaral, sino desde la altura de la cordillera limítrofe
entre los salares de Laguna Amarga y la Isla.
El resto del límite austral de Antofagasta y Atacama parte del Chaco, siguiendo
la línea de cumbres del dorso derecho de la hoya de Juncal y Pan de Azúcar, que
va por el cerro del Agua de la Piedra, Juncal, Pólvora, Guanaco, sierra Overa, San
Cristóbal, Carmen y Bombas hasta la punta Cachina, en el Pacífico.
Población y subdivisiones
Este vasto territorio de la provincia de Antofagasta, tal como fue creada por ley de
12 de julio de 1888, se subdivide en tres departamentos:
Tocopilla, al norte, limitado por el Loa hasta Miscante y de allí a lo largo de la
pampa hasta el cerro Solitario, al sur.
Antofagasta, al centro, abrazando todas las cordilleras y la puna de Atacama.
Taltal, al sur, desde punta Dos Reyes, en el Pacífico, hasta la de Cachina.
Todos reunidos, es decir, la provincia, comprende 33.636 habitantes, correspon
diendo respectivamente a Tocopilla 4.664, a Antofagasta 16.549 y a Taltal 12.423;
y si de toda esta población se tienen en cuenta los indígenas de la puna y cordille-
ras, resulta que la proporción de los que saben leer y escribir es de un 50%.
El departamento de Tocopilla se subdivide en las subdelegaciones de Peñaflor,
Duende, Toco y Cobija, con dos circunscripciones del Registro Civil en Tocopilla
y Cobija y una municipalidad en la capital: Tocopilla.
El departamento de Antofagasta se subdivide en 9 subdelegaciones: Chimba,
Comercio, Prat, Maipú, Sierra Gorda, Caracoles, Calama, Ascotan y San Pedro de
Atacama, con parroquias, circunscripciones del Registro Civil y municipalidades
en Antofagasta, Calama, Caracoles y Atacama.
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Límites
La provincia de Atacama deslinda por el norte por las líneas que ya hemos definido;
por el oriente reconoce la cordillera de San Francisco hasta Tres Cruces, y desde
este macizo, también anticlinal respecto de las respectivas pendientes al Pacífico y al
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Atlántico, por la continuación de la cordillera de los Andes, que sigue por la cuesta
Colorada, Patos y Tres Quebradas (portezuelo). Dos Hermanas, Pissis, quebrada Seca
y Pircas Negras (portezuelos); Come Caballo, Peña Negra (portezuelo), Cacerones,
Potro y portezuelo de las Yeguas, a donde suspenderemos nuestra relación por ser
el término austral de nuestros trabajos, siguiéndose para éstos, desde allí, el río del
Huasco hasta el Pacífico. El resto de la provincia se completa hasta la cordillera de
Doña Ana y desde allí hacia el oeste hasta la punta del Apolillado en el océano.
Población y subdivisiones
Esta provincia fue creada por ley el 31 de octubre de 1843 y se subdivide actual
mente en cuatro departamentos:
Chañaral, al norte.
Copiapó, al centro.
Freirina, al suroeste.
Vallenar, al sureste.
Entre todos comprenden 64.000 habitantes, distribuidos respectivamente en
5.500 para Chañaral, 30.000 para Copiapó, 13.000 para Freirina y 15.500 para
Vallenar.
Departamento de Chañaral: se subdivide en las subdelegaciones de Chañaral
Norte y Sur, Ánimas, Salado y Pan de Azúcar, con una sola municipalidad y una
sola circunscripción civil.
Departamento de Copiapó: se subdivide en las subdelegaciones de Caldera y
Ramadilla al oeste; las urbanas de Bodega, Chimba, San Francisco, Arturo Prat y
Hospital; las rurales de San Fernando, Tierra Amarilla, Totoralillo, Pabellón, Bor-
dos, Loros y San Antonio a lo largo del río; y las mineras de Lomas Bayas, Cerro
Blanco, Chañarcillo, Garín, Puquios y Bulnes; con seis municipalidades y circuns-
cripciones del registro civil en Copiapó, Caldera, Tierra Amarilla, San Antonio,
Chañarcillo y Puquios.
Departamento de Freirina: se subdivide en Freirina, Huasco Bajo, Puerto, San
Juan, Chañaral, Carrizal Alto y Carrizal Bajo, con municipalidades y registro civil
en Freirina, Huasco y Carrizal.
Departamento de Vallenar: se subdivide en O’Higgins, Comercio, Frontera,
Camarones, Carmen, San Félix, Tránsito, Pampa, Agua Amarga y Jarilla, con mu-
nicipalidades y registro civil en Vallenar, San Félix y Tránsito.
Chañaral de las Ánimas, uno de los más antiguos embarcaderos de cobres para la
exportación, en latitud 26°23’ sur, puerto sin abrigo y detestable desembarcadero.
El desarrollo de sus minas de cobre y establecimientos de fundición lo han hecho
prosperar hasta mantener una población de 2.600 habitantes.
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a muy poca cosa por haber disminuido los trabajos. Más adentro, en el Juncal y
Exploradora, la minería ocupa unos 500 habitantes, y por el centro, en la Florida
y cerro Negro, apenas quedan las ruinas de otro tiempo.
En las inmediaciones del puerto de Chañaral, el asiento minero de Las Ánimas
mantiene cierta actividad con su base de población que alcanza a 300 habitantes.
El Salado, término del ferrocarril y placilla de ese asiento minero, ha quedado
casi desierto.
Pueblo Hundido sólo consta de los cuidadores de la Aguada; la Finca, famoso
y salvador oasis del desierto, no brilla sino por su grupo de higueras y perales; y
las minas de Remolinos, Isla e Inca de Oro, no son por lo pronto sino promesas
de futura prosperidad.
En el departamento de Copiapó, la capital minera del desierto y el antiguo cen
tro de activo comercio, de movimiento industrial y cuantiosas transacciones mineras
en otro tiempo, conserva aún, dentro de su recinto urbano, unos 10.000 habitantes.
Su movimiento en valores de exportación e importación es de 1.700.000 pesos,
más o menos.
Su situación geográfica, tomada en el pilar del observatorio construido en la
estación del ferrocarril, desde donde fue medida la base de partida con la que se
calculó toda la triangulación del desierto y cordilleras de Atacama, corresponde a
las siguientes coordenadas geográficas:
Latitud sur, 27°21’33”50.
Longitud oeste, de Greenwich, 70°21’22”50.
El largo de la base, medida directamente, fue de 2 mil metros.
La dirección magnética, norte 48°14’37”50
Declinación magnética, 12°35’3 este, en 1888.
Inclinación magnética, 28°52’ sur, en 1888.
A continuación de la ciudad de Copiapó sigue el pueblo de San Fernando y
río adentro el pueblo de Tierra Amarilla, con 1.500 habitantes; Nantoco, con 400;
Pabellón, con 400; Bordos, asiento minero y estación de ferrocarril, con 900; Lo-
ros, con 350 y San Antonio, con 800; además de otros muchos pequeños centros
agrícolas distribuidos a lo largo del mismo valle.
Como asientos mineros se cuentan: Punta del cobre y Ojancos, con 500 habitan-
tes; Chañarcillo, el famoso mineral de plata, descubierto en 1832, y su pueblo de Juan
Godoy, nombre del descubridor, fundado en 1847, con más o menos 2,000 habitantes;
Cerro Blanco, mineral de cobre, con 400; Lomas Bayas, de plata; Cabeza de Vaca,
Pampa Larga, Zapallar, Checo, Ladrillos y Jesús María, inmediato a Copiapó, etcétera.
Al norte, la estación de Puquios y sus minerales de cobre, a lo sumo unos 1.000
habitantes; Cachiyuyo de Oro y los ingenios adyacentes, y por fin Tres Puntas y el
Chimbero, etcétera.
Su descripción detallada, industrial y minera, junto con la del resto de los terri-
torios explorados, será materia de necesario desarrollo en otro libro.
Departamento de Freirina: su pueblo capital lleva el mismo nombre, compues-
to con el del ilustre general Freire, contiene más de 2.000 habitantes y está situada
en un pintoresco local sobre el margen izquierdo del río Huasco.
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Carrizal Alto, arriba del puerto de Carrizal Bajo y por el mismo valle, es el
famoso asiento de minas de cobre que por algunos años mantuvieron considera-
ble producción y la sostiene todavía en regular escala. Está ligada por ramales de
ferrocarril al puerto y a otros importantes distritos minerales como Astillas, Man-
ganeso, Jarilla, Sapos, Rosilla y Cerro Blanco. Consta de 1.500 habitantes
El movimiento de exportación e importación por el puerto de Carrizal Bajo es
de 1.500.000 pesos por año.
Por el sur del río, frente a caleta Peña Blanca, existen los distritos mineros de
Fragüita, Labrar y Sauce, con unos 2.700 habitantes en total.
También el Morado, riquísimo lugar de minas, unido a Peña Blanca por un
ferrocarril de sangre.
Departamento de Vallenar: su capital es un pueblo importante de 5.500 habi-
tantes, en medio de toda la riqueza agrícola del valle del Huasco y de las transac-
ciones mineras del departamento.
Hacia el interior siguen las pequeñas poblaciones del Carmen, San Félix y
Tránsito, y fuera del valle los importantes asientos mineros de Agua Amarga, Tu-
nas, Viscachas, Jarilla, Camarones, etcétera.
Las generalidades geográficas que anteceden bastan como datos preliminares
para tener una idea del territorio abarcado en los estudios de la comisión explora-
dora, el cual habría que tener en cuenta para el levantamiento del mapa geográfico
según el orden y plan de trabajos que serán descritos en el capítulo siguiente.
Los ríos, montañas, etc., y en general todo lo que pertenece a la geografía físi-
ca meteorología, etc., será desarrollado a continuación en capítulos por separado
para cada materia.
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Plan general de los trabajos. Para la historia. Documentos geográficos. Objeto prin
cipal y de aplicación. Medición de la base de partida. Sistema de triangulación
adoptado. Los instrumentos usados. Cálculo de los triángulos. Observaciones astro
nómicas. Otras posiciones geográficas. Cálculos de las coordenadas geográficas.
Registro de coordenadas rectilíneas. Latitudes y longitudes. Detalles topográficos.
Alturas sobre el nivel del mar. Declinación y azimutes magnéticos. Enlace del ma
pa del desierto con la carta general de la república. Trazado del mapa. Los contor
nos geológicos. Sistemas orográficos. Designación de nombres propios.
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como lo establece el historiador don Diego Barros Arana, o por Pircas Negras al
río de Copiapó, como lo presumen algunos escritores que han hecho estudios his
tórico-geográficos sobre el norte de Chile.
En el pueblo argentino de Tinogasta hay al respecto algunas tradiciones, dán-
dose por punto de su itinerario ese mismo pueblo y el curso del río adentro, pe-
netrando por la Troya, cruzando el Majiaco y siguiendo el camino a Copiapó por
la Estanzuela y paso de Pircas Negras, a cuyo pie, cayendo a Chile, se encuentra
el tradicional Peñasco de Diego, que se supone lleva ese nombre en recuerdo del
lugar donde el conquistador descansó por primera vez en tierra chilena.
Un siglo más tarde, en 1646, el sacerdote chileno Alonso de Ovalle, de la
Compañía de Jesús, acompañaba a su famosa Historia de Chile el conocido mapa
que de tanta popularidad gozó en su tiempo.
Este curioso documento apenas alcanza a penetrar en Atacama, pues termina
en un supuesto río cuya situación correspondería al extremo sur del gran Morro
de Copiapó, por donde desemboca al mar un profundo zanjón seco que tiene su
origen en las barrancas terciarias inmediatas a la costa.
Allí coloca, errando por más de dos grados geográficos, el paralelo 25°, sobre
el cual está escrito lo siguiente: Peruani et chilensis regni Conpinia.
Medio grado más al sur figura la desembocadura del río de Copiapó, hacia
donde llama la atención con insistencia, porque las olas del mar arrojan sobre las
playas cantidades de aromático ámbar.
Entre Copiapó y Huasco figuran terrenos húmedos y campo cubierto de bos-
que, sin duda correspondientes a las vegas del Totoral y Carrizal, de las que aún
quedan restos, y con una inscripción en el intermedio que dice: hic lapides protiosi
turquese.
Otro siglo después, según dice el señor Medina en la obra ya citada, el presi-
dente don Manuel de Amat había enviado al Rey, con carta del 8 de mayo de 1757,
el trabajo de un fraile dominico, Ignacio de León Garavito, maestro en sagrada
teología y catedrático de Matemáticas en la Real Universidad de San Felipe, un
mapa que contenía multitud de datos del mayor interés.
Debo al favor del mismo señor Medina la ocasión de haber podido consultar
sus manuscritos del derrotero y de la obra que el mismo Amat envió a su soberano,
con datos curiosísimos y del mayor interés histórico para nuestra región atacameña.
Figura un largo catálogo de puntos de la costa marítima y del interior del de
sierto, siguiendo al naciente por sobre la altiplanicie andina, que considera de un
grado de ancho en longitud, dentro de los paralelos 24° y 27°, y pasa hasta la pro
vincia del Tucumán.
El derrotero de la costa comienza en puerto Betas, probablemente correspon-
diente, por la latitud que le asigna, a la Caleta de Blanco Encalada o al puerto del
Cobre.
Las longitudes parece que tienen el origen de su meridiano en algunas de las
islas Canarias y el sentido en que las cuenta es de oeste a este, contrario, por con-
siguiente, al hoy acostumbrado, pero conforme con las decisiones del Congreso
Astronómico de Washington que ha dispuesto lo mismo.
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Latitud Longitud
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valer con tanto tesón, según el grado en que respectivamente favorecía a las partes
contendientes, la importancia de los rasgos geográficos y las líneas de demarcación
política y administrativa que de ese imperfecto documento se pretenden deducir.
Después de estos trabajos históricos, siquiera bien intencionados y fundados
en observaciones propias de sus autores, vienen los mapas de especulación y de
mera fantasía, entre los cuales, uno muy en boga por algún tiempo, publicado en
Londres el año 1843 bajo la firma de Arrowsmith, ha quedado con razón relegado
al olvido y a una absoluta prescindencia.
Felizmente para las ciencias y el progreso de Chile, el ilustre Claudio Gay
adelantaba ya, a la sazón, en el trabajo de su magna obra, y aun cuando sus bene
ficios no alcanzaban hasta nuestras latitudes del norte, el camino, sin embargo,
comenzaba a abrirse en aquella dirección, y en 1848, el gobierno contrataba, con
el geólogo don Amado Pissis, el levantamiento del único mapa de la república
que hasta ahora poseemos, el cual alcanzó a pasar de Copiapó hacia el norte y fue
continuado después hasta deslindarnos con Bolivia.
No es extraño que después de ese vigoroso ensayo, trabajo de aliento para la
época en que fue emprendido, nos hayamos quedado estacionados sin dar un paso
más durante veinte años, pero es inadmisible que ahora, en pleno desarrollo del pro-
greso material y de una prosperidad fiscal que permite la multiplicación de las vías de
tráfico por mar y tierra y alienta a realizar la red de ferrocarriles en todo el ancho y
largo de la república, no veamos emprenderse con nuevo vigor aquel mismo trabajo
indispensable para esas mismas obras y para las múltiples necesidades de la agricultu-
ra, la minería, las industrias diversas y también para integridad del territorio nacional.
La gran carta geográfica de Pissis, que no pudo ser ni perfecta, ni siquiera satis-
factoriamente adecuada a los fines que debería llenar, ha llegado a ser hoy desde
todo punto de vista insuficiente, como lo prueban las diarias necesidades y las con-
tinuas dificultades con que los progresos del país luchan a cada paso para suplir la
falta de una representación gráfica del territorio, siquiera en un grado aproximado
a una mediana exactitud.
¡Con cuánta razón preveía estos hechos la experiencia y sabiduría de Gay!
En una carta a don Manuel Montt, que oportunamente trascribe el señor Me-
dina en su Mapoteca, decía el ilustre naturalista:
“...Sin duda vale mucho más alcanzar la perfección en todo; pero respecto de las
ciencias de observación es tan difícil que sólo a la larga podrá llegarse a ella, si es
que se llega. Así, persuádase usted que la carta de Mr. Pissis, necesariamente mucho
más exacta que la mía, correrá la misma suerte cuando más tarde se quiera hacer
levantar otra verdaderamente topográfica y susceptible de servir a las diferentes
combinaciones del Gobierno”.
El desierto de Atacama, que por su aridez y sus peligros no alcanzó a ser ob-
jeto de aquellos trabajos geográficos sino en grado de exactitud muy inferior al
del resto de la república, fue, no obstante, favorecido por la sabiduría del ilustre
naturalista, que el país conserva todavía, para fortuna de su progreso científico, al
cuidado del Museo Nacional.
-234-
Pero la obra clásica del doctor Philippi, tan valiosa y estimable por su mérito
científico, no nos dejó sino un rasgo del maestro en la vaga fisonomía geográfica
del desierto y cordilleras atacameñas.
El distinguido geógrafo don Alejandro Bertrand hace, en su libro titulado Me-
moria sobre las cordilleras del desierto de Atacama un completo y razonado examen del
mapa que acompaña a la referida obra, y encontrándolo de interés y oportunidad,
nos permitiremos reproducirlo:
“El mapa del desierto de Atacama que acompaña al libro del doctor Philippi ha sido
construido por el ingeniero geómetra don Guillermo Döll, quien fue encargado
de la parte geográfica de la exploración. Este mapa, que fue publicado antes de la
aparición de la obra en los Geographische Mittheilungen del Instituto de Gotha, el año
1856, es el que ha servido de base durante más de veinte años para todos los que
comprendían esa región. Se han propagado así los notables errores que contienen,
y es de extrañar que nadie hasta hoy notara que algunos están en discordancia con
los datos originales del mismo doctor Philippi. Entre éstos enumeraremos:
1° La orientación de la gran salina de Atacama, desde su extremo norte a Tilo
monte, es, en el mapa del que se trata norte, 30° oeste. Puede verse en nuestra
minuta que esa orientación es norte 5° oeste, es decir, casi norte-sur. Si el señor
Döll hubiese utilizado para formar su plano el panorama que el doctor Phi
lippi dibujó en Tilopozo no podría haber cometido ese error, pues según los
rumbos que en él se marcan, el volcán Licancaur (de Atacama) queda al norte
18° este de Tilopozo en vez de norte 8° oeste, como resulta del mapa.
2° Igual cosa sucede en la colocación de Rio Frío, desde cuyo punto se arrumba
el volcán Llullaillaco, según la página 78 del Viaje al desierto, a los 41½° de la
brújula, o sea, al norte 53° este y, según el mapa, al norte 30° este.
3° De las latitudes enumeradas en el capítulo 7° de la obra del señor Philippi,
sólo aparece el origen de una de ellas, la de Tilopozo, que según dice el autor,
descansa en ‘una excelente altura de luna calculada por el doctor Moesta’,
director entonces del Observatorio de Santiago. Esta latitud resulta ser según
ese dato 23°19’, siendo así que la que obtenemos por los rumbos del panora
ma al que hemos aludido no puede bajar de 23°46’, valor que más bien nos
inclinaríamos a aumentar en un minuto o dos, por los datos itinerarios a Peine
y Tilomonte, cuyas latitudes hemos determinado con exactitud.
En cuanto a las latitudes de los otros puntos que menciona la lista del doctor
Philippi, adolecen también de notables errores como se ve en el cuadro siguiente:
1
La latitud de este punto la hallé inscrita en un cuadrante solar colocado en el establecimiento y
concuerda con mis resultados.
-235-
Puede decirse que todos los puntos enumerados están situados en el mapa del
Viaje al desierto algo más de ½° en latitud, o sea, unas trece leguas más al norte del pa
ralelo que realmente ocupan.
Los errores en longitud son también notables, pero esto no es de extrañar por
la falta de instrumentos apropiados en esa exploración:
Se ve, pues, que los puntos están señalados al poniente de su verdadera situa-
ción y el error aumenta a medida que se va al norte, de manera que Atacama está
colocado en el meridiano que ocupa realmente Caracoles.
A pesar de estos errores, y no considerando la situación absoluta de cada pun-
to, el mapa de la obra de Philippi es un buen guía itinerario, y las distancias a vuelo
de pájaro de uno a otro de los puntos recorridos son bastante exactas:
Una circunstancia digna de mención es que la topografía del desierto está mu-
cho mejor representada en la reducción del mapa de Philippi que aparece en los
Geographische Mittheilungen de 1856 que en el mapa grande que acompaña al libro.
El doctor Philippi ha deducido de alturas barométricas observadas con un ins
trumento imperfecto la altitud de 2.404 metros sobre el mar para Atacama, valor
que se acerca mucho al que hemos obtenido con quince días de buenas obser
vaciones. No hemos dejado de notar que la edición alemana del doctor Philippi
asigna a la salina de Atacama la altitud de 6.928 pies franceses, o sea, 2.307 metros,
valor muy inferior al que hemos obtenido.
En suma, hemos podido utilizar el mapa del libro del doctor Philippi para
figurar en el nuestro la topografía de la falda occidental de la cordillera, entre el
cerro de Doña Inés, Imilac y Puquios, rectificando la posición del Llullaillaco, la
de Rio Frío y otras aguadas con datos posteriores.
Más tarde, después de los últimos trabajos de don A. Pissis, y fundándose en
un bosquejo de triangulación del desierto que tenia más de imaginario que de real,
don Augusto Villanueva trazó un mapa abundante en detalles y rectificaciones que
pudo introducir con motivo de exploraciones mineras e industriales que el supre-
mo gobierno confió a la competencia del distinguido ingeniero.
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Este trabajo sirvió, por algún tiempo, de único guía del desierto, prestando
muy oportunos y útiles servicios.
Finalmente, don Alejandro Bertrand trazó, con mano diestra y erudición de
geógrafo, los itinerarios de una interesante excursión, en la que determinó, con
notable exactitud, algunos contornos de la altiplanicie boliviana.
Hay que agradecer al autor de este importante trabajo un mérito que lo realza
y recomienda todavía más. La honradez científica al exhibir las pruebas de lo que
se afirma y suministrar los elementos con que se construye, es como la cartera
abierta del ingeniero, que nada oculta ni disfraza, o como los elementos del trián-
gulo que no admiten más solución que la verdad.
En el procedimiento usado por el señor Bertrand, que debería ser de uso co-
rriente en trabajos de tal naturaleza, la duda no encuentra asilo, y bueno o malo el
resultado, basta el sello de la verdad que refleja para ser estimado en todo su valor
y merecida confianza.
La Memoria de don Juan del Pino Manrique, fechada en 1787, muy importante
e ilustrativa para las regiones del sur de Bolivia y norte de la república Argenti-
na, abraza hasta el partido de Atacama como extremo occidental y austral de la
provincia de Potosí, deslindándola al norte con Tarapacá y Lipes, por el sur con el
reino de Chile, por el este con la provincia de Tucumán y por el oeste con la costa
del Pacífico, que entonces se llamaba mar del sur.
Al referir este autor los caracteres geográficos del partido de Atacama, dice
que los lugarejos de Peine y Susques están en “situación inmediata a la cordillera
de Chile”, dato que el lector interesado en el estudio de la cuestión internacional
puede aprovechar inspeccionando, en nuestro mapa de aquellas regiones, la alu-
dida situación de esos puntos con respecto a una y otra cordillera, tanto la que
corresponde a la inmediación de Susques como la que se relaciona con Socaire.
Agrega que Peine tiene un temperamento “más benigno por la mayor cerca-
nía a la costa”, como si entendiera el autor, por esta circunstancia, que la llamada
cordillera de Chile existiría bastante apartada al oriente de aquel caserío, en cuyo
caso no sería la del Lincacaur-Llullaillaco sino probablemente la de Antofaya, o
la que deslindaba entonces, como ahora, al partido de Atacama con Tucumán y
Salta.
Refiriéndose al centro aurífero de Incahuasi, cuya situación, respecto de la
cordillera de Antofaya, y aún la de Mojones, es al oriente, dice que este lugar de
minas de oro está hacia los confines de la provincia de Salta, es decir, que quedaría
al occidente de la cordillera de Chile, lo que con más claridad señala como tal la
limítrofe del partido de Atacama en Salta y Tucumán.
Este importante documento deja vaguedad e incertidumbre acerca de lo que
llama cordillera de Chile, pero confirma con toda la plenitud de la evidencia la
inexistencia de un título de la república Argentina respecto de un solo palmo de
terreno en la puna de Atacama, dentro de la cual se comprenden los territorios de
Susques, Pastos Grandes y Antofagasta.
Otra memoria de gran notoriedad fue la que muchos años después, en 1851,
publicó don José María Dalence con motivo de estudios estadísticos sobre Bolivia.
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Como mapa geográfico, el trabajo del doctor Burmeister nada aclara o más
bien, al contrario, confunde más y no corrige nada de las incertidumbres y vague
dades de antaño, conservando solamente el inestimable valor geológico de sus
sabias y profundas observaciones.
El gran atlas de Mr. Martin Monssy que acompaña a su luminosa obra sobre
la república Argentina, trabajo oficial que prestó a aquella nación en su tiempo,
como sucedió con el mapa de Pissis entre nosotros, el gran servicio de ser lo prime-
ro como bosquejo geográfico de los respectivos países, no avanza tampoco nada
para nuestro objeto, pero suministra datos interesantes en relación con la orografía
general de los Andes, a sus cortes y perfiles, descartando todo lo que contiene de
pura imaginación y mera fantasía del dibujante.
Enseguida vienen los diversos trabajos parciales o de detalle que con motivo
de exploraciones mineras, de indagaciones sobre guanos y salitres, de expedicio-
nes militares y de trazado de ferrocarriles, habían aumentado considerablemente
el conocimiento de la parte más septentrional del desierto de Atacama, quedando
el resto, desde el reciente puerto de Antofagasta y el distrito minero de Caracoles
al sur, siempre totalmente a oscuras y desconocido en sus regiones interiores.
Emprender la conexión de todos estos trabajos entre sí habría sido tarea fati-
gosa e inútil, tratándose de emprender un levantamiento general y sistematizado
como el que iniciaba por entonces la comisión exploradora de Atacama, abarcan-
do con sus excursiones y estudios, en conjunto y según un plan determinado, toda
la extensión del vasto territorio del desierto y de las altiplanicies andinas, desde la
costa marítima hasta la última cordillera del oriente por donde serpentea, en las
nevadas alturas, la frontera anticlinal que limita nuestra soberanía nacional.
Habría que fijar con las líneas de la red trigonométrica esa raya fronteriza y
sería necesario dejarla señalada con los hitos materiales o los puntos de mira carac-
terísticos y netamente definibles, habría que definir el dorso continental que separa
nuestras vertientes que vienen al Pacífico de las opuestas que corren al Atlántico:
tarea demasiado vasta para ser acometida con exiguos recursos e insuficiente per-
sonal, pero que pudo continuar avanzando y logró al fin verse terminada, ofrecién-
dose al fallo de la opinión que juzga y a la sanción benévola del país que debía
aprovecharla.
Difícil, si no imposible, es trazar marcadas líneas de separación entre los méto
dos y los medios que respectivamente corresponden a los diversos ramos de las
ciencias que tratan de la medida del espacio.
Desde los estrechos horizontes de la topografía, que acumula los detalles, hasta
la geodesia, que liga entre sí a las naciones y los continentes, y desde ésta hasta
la astronomía, que nos señala el punto céntrico del universo, de dónde derivan la
fuerza, la luz y el calor que engendran la vida sobre este planeta, hay graduaciones
y tintas intermedias que no permiten decidir donde cesa la una para dar lugar al
dominio de la otra, variando así el grado de perfección en los procedimientos y
aumentando el rigor de la exactitud matemática, desde la plancheta al teodolito y
al anteojo meridiano, como aumenta de esplendidez el sol desde los albores del
horizonte hasta la plena luz del mediodía.
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La cabeza de los postes estaba protegida por una plancha de hierro sólidamen-
te afianzada y, sobre ellas, quedaron marcados por la intersección de dos líneas
trazadas con buril los dos puntos extremos que determinaron la exacta dimen-
sión de 2.000 metros, medida tres veces consecutivamente dentro de un límite de
aproximación menor de un milímetro.
Comprobada con los teodolitos la perfecta alineación del riel, determinada su
inclinación al horizonte y verificada su superficie continua, según un mismo plano,
se escogieron para la medida tres reglas de madera cuidadosamente rectificadas,
terminados sus extremos en planchas de bronce y bien dispuestas para que en sus
contactos se adhirieran lo mejor posible.
No siendo el caso de medir estos contactos con nonios, ni de apreciar dilatacio
nes, estando, por otra parte, demostrado y admitido por los geómetras que las
reglas de madera aceitadas y barnizadas no sufren alteración apreciable en sus lon
gitudes por los efectos ordinarios de temperatura, hubo de aceptarse como de bas
tante y satisfactoria exactitud el error menor de un milímetro que dio por resultado
la medición de la base.
No habiendo línea quebrada tampoco se hizo necesaria la reducción a un mis-
mo arco de círculo máximo.
Todavía, ni aun la reducción de la base al horizonte de uno de sus extremos
entraba en la necesidad de ser considerada.
He aquí, para comprobación, los datos de este elemento de cálculo:
B−b = 2 sen2 12 a
Siendo d, ángulo de inclinación = 0° 26’ 50”
B = base medida
b = base reducida al horizonte del extremo oriental
log. 2 = 0.3010300
log. B = 3.3010300
2 log. sen 12 a = 5.1827392
log. B−b = 8.7847992
B−b = 0.0609 metros
B = 2000
B—b = 0.0609
b = 1999.9391
Para la reducción de esta magnitud al nivel del mar, dada la mejor altura cono-
cida de Copiapó 369m, la fórmula:
) Rh − Rh h3 − h4
)
2
B−b=B + + .......
2
R3 R4
log. B = 3.3010167
log. h = 2.5489787
log. Bh = 5.8499954
log. R = 6.8050086
-241-
B−b = 0.11091
B = 1999.93910
−(B−b) = 0.11091
b = 1999.82819
-242-
ingeniero, a la vez que con la destreza y sagacidad de ojo adquirido por los ayu
dantes auxiliares para la estimación aproximada de las distancias y de la amplitud
de los ángulos, ha consistido en distribuir los puntos de primer orden según los ejes
de las montañas que corren de sur a norte y los de cordones transversales que las
ligan entre sí.
Las cumbres más altas han sido siempre las elegidas, por inaccesibles que pare
cieran y, en todos los casos, además de llenar las prescripciones relativas a la forma
conveniente de los triángulos, se procuró en todo lo posible distribuir los puntos
accesorios o de segundo orden por donde mejor respondían al propósito de solu-
cionar el problema orográfico de la orientación de los sistemas de montañas.
Conviene tener esto en cuenta al examinar el cánevas así trazado, para explicar
se así la razón de lo que pudiera parecer irregular o poco simétrico en cuanto a la
uniformidad de los órdenes de triángulos y a su encadenamiento.
Tan cierto es que el geógrafo no se hace en las aulas de la universidad como
que todavía no es bastante tampoco para hacerlo el campo de experiencia en don-
de se forma el agrimensor.
La percepción de las magnitudes y de la disposición relativa de los objetos en
los cuadros de la naturaleza es un hábito que sólo se adquiere en el teatro mismo de
aquellas grandes realidades. Allí donde los efectos engañosos de la visión porfían
obstinadamente en dar las proporciones de lo culminante y principal a lo que ape-
nas es mediano y secundario, y viceversa, es donde se aprende a percibir y a juzgar
las verdaderas proporciones del paisaje. En los desiertos es donde se acostumbra la
vista a distinguir entre la realidad y los efectos perturbadores de la refracción, entre
la verdad desnuda y los falsos halagos del miraje, entre las apariencias que adul-
teran el relieve topográfico del terreno y la percepción geométrica que aprecia las
salientes aristas y pendientes abruptas de una montaña piramidal donde la visión,
al contrario, percibe declives y contornos redondeados.
La desnudez del terreno, por otro lado, la esterilidad por doquier, la extensa
superficie desierta, lo escabroso y empinado de las cumbres y los obstáculos y
privaciones, han dificultado pero no impedido que al fin quedaran, como testigos
irrechazables del trabajo y como instrumentos fieles para su comprobación o rec
tificación, las modestas señales que el tiempo destruirá pero que el cálculo y el
teodolito sabrán en cualquiera ocasión descubrir y comprobar.
El método de triangulación adoptado ha consistido en procurar el encadena-
miento de todos los puntos culminantes y términos o extremidades de los cordones
de montañas para determinar sus ejes de dirección y la manera como se distribu-
yen y enlazan entre sí, tanto desde el punto de vista del problema orográfico como
del de interés y atención que merecía el de los contornos geológicos.
De esta manera, los vértices de triángulos de la cadena de la costa marítima
se ligan con los de la cordillera occidental de los Andes, los de ésta con los de la
cordillera Real y los de esta última, a su vez, con los de la cordillera oriental donde
limita por aquel viento la altiplanicie atacameña, y todos éstos entre sí y con los de
cordones transversales y contrafuertes que corren en sus respectivas direcciones o
empalman y entrelazan con los ejes principales, forman una simétrica red de líneas
-243-
geodesias que dibujan con exactitud los caracteres más salientes del esqueleto ro-
calloso de aquel gran detalle de nuestro continente.
Más de quinientos triángulos son los que se encadenan en esta red, y si su
forma no es tan regular y armónica como las que muy fácilmente se trazan con la
imaginación en el papel, llenan no obstante la prescripción de las convenciones
topográficas y satisfacen al rigor de las exigencias del cálculo así como a las conve-
niencias del trazado gráfico.
Los instrumentos usados para la medición de los ángulos han sido dos magnífi-
cos teodolitos de la acreditada casa de Schwalb Hnos., de Valparaíso, construcción
de Throughton, sistema concéntrico y con aproximación de 20” en ambos limbos
azimutal y vertical.
De construcción sólida, hasta el punto de haber resistido estos exactos instru-
mentos las más duras y destructoras pruebas, viajando largas distancias a lomo de
mula, no sufrieron jamás otro deterioro que el desgaste natural e indispensable del
eje vertical después de constante uso en cuatro años de servicio.
Anteojo astronómico con retículo provisto de cinco hilos verticales y uno ho-
rizontal, formando cuerpo rígido con el limbo zenital.
Su peso total, en su caja, de cincuenta kilogramos más o menos, permitía el uso
portátil sobre su trípode de madera.
Con finísima división en plata, excelentes niveles y microscopios para la lec-
tura en ambos limbos, no era necesario más que para las condiciones del trabajo
que iba a emprenderse.
Para la estación del instrumento en los vértices se ha prescindido del error
de excentricidad, cuidando de disminuir todavía más su pequeñez, con la conve-
niente colocación del teodolito respecto de los puntos visados y la limitación de su
distancia al centro de estación a no más de un metro, por lo general.
Para la lectura de los ángulos ha sido necesario conformarse con las circunstan
cias generales del trabajo, como en todo lo demás. Los huracanes, el hielo excesi-
vo, la premura del tiempo, la inestabilidad del suelo, la vibración del trípode del
instrumento y el estado de agitación natural del observador en medio de condicio-
nes difíciles y en el corto tiempo disponible, no podían permitir la multiplicidad
de lecturas, ni por la repetición ni por el excelente sistema de reiteraciones, pero
las anotaciones se han hecho siempre con cuidado, con atenta observación y con
el detenimiento necesario para no incurrir en equivocaciones injustificables, sino a
lo sumo en los errores consiguientes y dentro de los límites permitidos y aceptados.
Y así ha sucedido que la suma de los ángulos se ha verificado muchas veces en
el rigor de los 180°, en otras se ha mantenido inferior a la suma de los errores de
20” para cada ángulo, es decir, a una o dos divisiones del nonio, y en muy raras
ocasiones el error ha excedido del maximum de 1’.
En los ángulos verticales o de inclinación se ha tenido el mismo cuidado de
observación, pero la mucho mayor significación de los errores en este sentido no
ha podido, necesariamente, dar para las alturas de los puntos sino resultados de
menor exactitud aunque de importancia y utilidad, como datos de comprobación,
para el conocimiento de esas magnitudes adquirido por otros medios.
-244-
Ejemplo:
Base C D = 1.360 m: estación en C: en Llano
de Varas, frente a máquina Atacama, distancia
119 m al sur 53°45’ este.
-247-
Con los datos así anotados se han calculado los lados de los triángulos y con
éstos las coordenadas rectilíneas.
Partiendo de la base de Copiapó, comienza la red topográfica con los elemen-
tos siguientes:
Y H
Ángulo en A = 58°26’20”
Ángulo en B = 92° 4’20”
Ángulo en I = 29°29’20”
A−B sen. 87º55’40”
sen. 29º29’20”
-248-
360
311 45 20
58 26 20
— 48 14 40
direc = 10º 11’ 40”
Seno Coseno
3.608,5560 3.608,5560
+ 9.247,9470 + 9.993,0890
2.886,5030 3.601,6450
Nº 718,63 Nº 3996,18
x = H sen D y = H cos. D
3.301,0300 3.211,6498 3.211,6498
+ 9.851,8304 9.928,0515 9.725,1518
13.152,8604 3.139,7013 2.936,8016
− 9.941,2106
log. A−4 = 3.211,6498 N° 1.374,43 N° 864,57
− x = 1379,43 para 4
− y = 864,57 desde A
-249-
Ángulo 4 = 30°18’40”
Ángulo 1 = 59°52’00”
Ángulo 6 = 87°49’20”
dirección 4−6 desde 4 = 55°39’40”
4−1 sen. 59º52’00”
4–6 =
sen. 87º49’20”
3.723,7960
+ 9.936,9456 seno coseno
13.660,7416 3.661,0554 3.661,0554
− 9.999,6862 + 9.916,8305 + 9.751,3458
log 4−6 = 3.661,0554 3.577,8859 3.412,4012
+x = 3.783,43 mts para 6 N° 3.783,mts43 N° 2.584,mts65
+y = 2.584,65 desde 4
-250-
Acostumbrar el espíritu a admitir que el sol pasaría por las horas mayores antes
que por las menores, es decir, por el meridiano de dos horas antes de culminar
en el de una hora, o sea, considerarlo por los meridianos de 20 horas en el Río de
la Plata, antes de tenerlo sobre los de 16 horas de nuestras costas del Pacífico, es
someterlo a una mortificación tan inútil como inconducente.
Por tales razones, y por seguir también la práctica adoptada todavía por los
marinos chilenos, la graduación de las longitudes, en el mapa de que tratamos, se
ha hecho partiendo del meridiano de Greenwich y en el sentido acostumbrado de
oriente a occidente.
La determinación de la longitud geográfica de Copiapó, de donde arranca la
base principal de la triangulación y en cuyo extremo oriental fue decidido el ori-
gen de las coordenadas relativas, ha sido objeto de repetidas pruebas y numerosas
observaciones, ya que la imperfección de los instrumentos y la dificultad de los me-
dios disponibles así lo ameritaban. Y sólo después de tanteos y verificaciones diver-
sas se ha logrado al fin tener, con la seguridad de los procedimientos astronómicos,
el punto de partida bien definido y los medios de comprobación bien establecidos.
Para las observaciones se ha hecho uso de un círculo de reflexión de Pístor y
Martins con horizonte de mercurio; de un teodolito de los mismos constructores, de
apreciación de 10” y de un sextante de igual aproximación, perteneciente al oficial
de marina don Carlos Porter W., con la valiosísima cooperación de ese ilustrado pro-
fesor, cuya prematura muerte, acaecida poco tiempo más tarde, ha sido una pérdida
muy sensible para la marina nacional; dos cronómetros de bolsillo Dent, números
30.567 y 40.587, que jamás justificaron, por su marcha irregular, la fama de su autor,
y uno excelente de Jewit número 1.150 perteneciente al mismo señor Porter.
Latitudes
La del señor Pissis está indudablemente equivocada por exceso, la del almiran-
te Cloué del Atalanta se refieren a la semáfora del puerto y la última es la latitud
del faro.
El señor Porter tenia varias observaciones, pero con motivo de estos estudios
del desierto verificó una interesante serie de alturas de sol durante 30 días consecu-
tivos, dando el promedio de todos los cálculos: 27°02’34” de latitud sur.
-251-
27°04’05” 9
Comparada esta latitud con la del marino Porter W., la diferencia asciende a
1’31” 9, pero teniendo en cuenta la distancia de norte a sur que separa a ambos
puntos de observación, los resultados se aproximan hasta no exceder esa diferen-
cia de 50°.
Comparando ahora con la latitud que resulta de la triangulación, la diferencia
es mucho menor:
Obrecht 27°04’05” 90
Cúspide de la torre
Com. Exploradora 27°04’17” 67
Diferencia 11” 77
Siendo tan admisible un error de esta magnitud se dio por aceptada la diferen-
cia, la que, seguramente, resulta de un desplazamiento en el ángulo de la dirección
astronómica aceptada para la base e introducida en el cálculo del primer azimut
de un lado.
Ahora, por lo que respecta a la ciudad de Copiapó, el mismo señor Pissis y
el astrónomo americano Gillis son los únicos autores que habían determinado su
latitud antes de los presentes estudios:
Pissis 27°22’30”
Gillis 27°22’23”
El capitán de marina don A.C. Lynch, que por algún tiempo estuvo agregado
a la comisión exploradora, obtuvo como promedio de una serie de observaciones
meridianas de sol:
Lynch 27°19’36,6
cuyo valor introducido como elemento en los cálculos de longitud y en las com
probaciones de la triangulación resultó ser una cifra un tanto baja.
La siguiente observación, el 23 de julio de 1885, vino a restablecer la mayor
proximidad de la verdad al resultado de Gillis:
-252-
He aquí el tipo de cálculo aceptado para esta última (véase cuadro en página
siguiente).
Aceptando esta última latitud como la que mejor comprobaba, comparándola
con la latitud Porter para Caldera, la diferencia de paralelos Copiapó-Caldera con
la diferencia de ordenadas de la triangulación, previa corrección de las distancias
entre los lugares de observación, no se creyó necesario proceder a nuevas deter-
minaciones de este elemento mientras no se pudiera disponer de más perfectos
instrumentos y medios más adecuados.
Llegado, por fin, este caso, mediante el envío de la comisión del observatorio,
el señor Obrecht instaló sus trabajos en un punto inmediato al extremo oriental A
de nuestra base fundamental, y relacionando a este mismo punto, según la dispo-
sición que explica la figura, obtuvo por latitud: 27°21’33” 5 sur.
El cálculo de la ordenada del campanario de la iglesia parroquial de Caldera
da, transformándola en arco de meridiano, para latitud de aquel punto, como ya se
ha dicho antes, 27°04’17” 67. Agregando a este valor el valor de la ordenada
+y = 31.969
metros reducidos a arco de meridiano, o sea, 17’18”, según la fórmula 10.800 para
el minuto de las diferencias en latitud:
-253-
1.ª h. Den. 5.h 32.m 7.s 5 Intervalo 7.m 47s 1.ª alt. v. 36°33’53”
Dif. 0°49’7”
2.ª h. Den. 5. 39 54 5 = 1°56’45” 2.ª alt. v. 37. 23. 00
72. 2. 0
H. ª media 5. 36. 1. 0 S 73°56’53”
1
Est° ab Dent −2. 23. 385 S 36°58’26” 5
2
H. Gr. 3. 12. 22. 5 Declin N° 20°24’27” 4
= 3h 206 Variac. en 3h 206−1’33” 9
-254-
Decl. N con 20°22’53” 5
Cálculos
desierto y cordilleras de atacama
Dif. alts. sen × R18.154,940 Ang. ectl. cos −9.957,689 Ang. ecuatl. cos 9.657,689
Interv. sen − 8.530,899 Declin. sen × R 19.541,905 Alt. ecuatl. cos 9.704,833
Ángulo ecuat. sen 9.624,041 I sen 9.584,216 Latitude sen. 9.662,522
Ángulo ecuatl. = 24°52’59” I. −22°34’31” Latitud
1
2S 36 58 26,5 27°22’16”
Alt. ecuatl. 59°32’57”,5
26-09-12 13:20
levantamiento del mapa geográfico
Comparación
Ya queda dicho que esta diferencia debe tener su origen en la pequeña abertu-
ra o amplitud del ángulo adoptado en la orientación de la base para el cálculo del
1
primer azimut de un lado. Este error, en la mayor escala de 250.000 es sensible a un
milímetro, pero dados los usos a que está destinado el mapa del desierto y cordi-
1
lleras de Atacama, si hubiera de construirse en escala de 500.000 el error sería pres-
1
cindible, y nulo en el caso y escala de 1.000.000 , que será, dada la extensión del terri-
torio que comprende, la que convenga al uso manual e industrial a que debe servir
especialmente el mapa.
Sin embargo, debe observarse aquí que este error es el más considerable que
aparece en todo el cánevas y no se repite para los mismos puntos de Copiapó y
Caldera en el sentido de la distancia en longitud, porque nuestros resultados, para
esta magnitud, arrojan un error totalmente nulo respecto de los obtenidos por los
astrónomos, como se verá más adelante.
-255-
Longitudes
4h 43m 12s 98
1 19
Long. de Caldera 4h 43m 14s 17
-256-
-257-
Parte propcl 9s 45 latitud 27º2’30’’,0 com. cos 0,050280
8 41 39 S 25º52’15’’,7
S2 62º56’7’’,8 cos 9,658004
Diferencia p. 1h = 1.061 S alt. verd. 31º33’38’’,8 sen 9,718837
2
8,91
1.061 2 sen P
2
19,461648
9549 sen P 9,730824
2
levantamiento del mapa geográfico
8488
9,45351
712
112|24
4,666
Caldera, hora verdadera 4h 20m 24s 67 Ducon TVIII
Greenwich hora verdadera 9h 03m 37s 65
Longitud de Caldera 4h 43m 12s 98
Longitud de Santiago 4h 42m 42s 40
Diferencia de longitud 30s 58
26-09-12 13:20
desierto y cordilleras de atacama
-258-
Corregida entonces la longitud encontrada para Caldera del mismo error que
afectaba al meridiano adoptado para Santiago, aquella se reduce así a:
Obrecht 70°50’09”
dif. 11”
Pissis 70°49’58”
dif. 15”
Porter San Román 70°49’43”
Como se ve, la longitud del señor Pissis, bastante aproximada a la verdad, di-
fería sólo en 11” con la determinada últimamente por la comisión del observatorio,
pero como en el tiempo de nuestros trabajos se carecía de este medio de referen-
cia, se hizo necesario repetir frecuentes operaciones, especialmente en el sentido
de determinar la diferencia de tiempo entre Copiapó y Caldera.
Para el cálculo de las coordenadas geográficas de todos los vértices de la triangu-
lación, se había tomado una longitud no comprobada y se hacia indispensable descu-
brir el error que ese elemento iba a introducir en los laboriosos cálculos de cánevas.
Había razón para desconfiar de las antiguas longitudes determinadas para la
ciudad de Copiapó y las únicas dos conocidas se apartaban bastante una de otra.
En efecto:
-259-
37, atrasado; y procediendo a los cambios de hora, resultaron bastante felices para
que en una serie de diez señales, sólo en una faltó la rigorosa igualdad en las uni-
dades de segundo.
Apuntemos a continuación los datos y el cálculo usado, advirtiendo que la me
jor latitud de Copiapó que entonces se disponía era la resultante de la latitud Porter
para Caldera, aumentada en el valor de la ordenada de la triangulación reducida
a arco.
Una serie de observaciones posteriores dio lo siguiente el 22 de marzo de 1885:
-260-
(
R = a e − 3 e2 cos 2
(
2
4 4
a = 6.378,393 metros
e2 = 0,0068395
Se calcula:
R = 6.348,453 metros
1. 857”2
Y se encuentra para D:
Diferencia = 48 metros
-261-
Latitud sur
Longitud O de Gr.
Copiapó: extremo oriental
A de la base 70°21’22” 50
Caldera: cruz del campanario
de la iglesia matriz 70°50’09” 00 70°49’58” 04 10s,96
-262-
Entre las latitudes, las que más se aproximan en cifras son también, lógicamen
te, las que corresponden a lugares menos separados. Así resulta como la más aus-
tral de todos la de la comisión exploradora, en el Faro, siguiéndole un 1’4” más
al norte la de la comisión de la Pilcomayo, que corresponde a la aduana situada en
efecto más al norte, aunque no a tanta distancia lineal como el valor de 1’.
El resultado de los marinos ha sido obtenido directamente con todos los recur
sos y medios que se disponen a bordo; el de los exploradores del desierto lo ha
sido mediante la larga cadena de triángulos que liga, cubriéndolo con su red, todo
el territorio que media entre Copiapó y Antofagasta, como queda dicho.
Las latitudes de la Pilcomayo y de Obrecht tienen menos razón de separarse un
cuarto, estando los lugares de observación distantes entre sí por más del ancho de
una calle.
La de Bertrand, la más baja, coincide bien con el lugar que le corresponde en
el establecimiento de la Compañía de Salitres.
Por último, la de las cartas marinas que se refieren a un punto del fondeadero
a una altura un poco menor que la del faro, coincidiría casi exactamente con la de
la comisión exploradora.
En cuanto a las longitudes del mismo puerto de Antofagasta, razón tiene tam-
bién de ser más occidental que todas las otras de la comisión exploradora, por que
el faro, sobre las rocas mar afuera, dista bastante trecho más al oeste de los demás
puntos de observación.
Por esta misma circunstancia concuerda muy bien nuestra longitud, para ese
punto, con las de las costas marinas que la dan en el fondeadero.
Mucho más discrepan entre sí Obrecht con Bertrand y Vidal Gormaz, y mu-
chísimo más todavía Obrecht con la Comisión de la Pilcomayo.
Lo que llama, pues, la atención en estas comparaciones de las coordenadas de
Antofagasta, es la notable coincidencia que dan las coordenadas de la triangula-
ción respecto de las de las cartas marinas.
En Caracoles, nuestras diferencias en latitud como en longitud, con el señor
Bertrand, casi no exceden el límite de error dentro del cual este ingeniero se supo
ne fluctúa.
Un poco mayores, pero siempre aceptables, son las diferencias en San Pedro
de Atacama, donde con sobrada razón los errores aumentan con las dificultades
de observación.
También hay aproximaciones muy notables y que se repiten con frecuencia
en los puntos observados en el interesante itinerario del señor Bertrand en 1884.
Por ejemplo:
-263-
Tilomonte (Altiplanicie)
Latitud S 26°20’57” 87
Longitud O de Gr 70°38’55” 74
-264-
Siendo para el mismo puerto las coordenadas que dan las cartas marinas:
Latitud S 26°21’05”
Longitud O de Gr 70°40’25”
Las diferencias resultan aún en este caso muy aceptables, llegando en la latitud
a solo 7” y en longitud a 1’29”.
Tomando puntos de tierra adentro, como Pueblo Hundido, ha sucedido que
su construcción por medio de las coordenadas geográficas ha correspondido den-
1
tro del error inapreciable en la escala de 250000 al construirlo gráficamente con los
recientes datos de la delineación de un trazado de ferrocarril, llevado a ese punto
desde la estación del Salado, término del ferrocarril de Chañaral, habiendo sido a
su vez el Salado enlazado por medio de una base al vértice más cercano del cáne-
vas general, en el cerro del mismo nombre, con muy satisfactoria aproximación.
No ha sucedido igual cosa con otros extremos y puntos intermedios de ferroca
rriles, cuando se ha querido hacer el enlace construyendo la figura semejante del
trazado, deduciéndola de los planos de esas líneas.
Debido a una defectuosa orientación de éstos y a errores de la reproducción
de las curvas en el papel, ha sido imposible hacer la conexión, como en la estación
del ferrocarril de Juan Godoy, que ha sido necesario relacionar directamente con
el vértice inmediato en el Morro de Chañarcillo, y modificar en conformidad el
trazado de la figura para adaptarlo a las verdaderas formas.
Hacemos la más encarecida recomendación a los ingenieros de caminos respecto
de la conveniencia de orientar sus trazados con todo el rigor posible al verdadero
meridiano o de rectificar cuidadosamente sus brújulas magnéticas, determinando su
variación en cuantas ocasiones lo requieran la extensión y dirección de sus líneas.
La posición geográfica de todos los vértices de triángulos se ha hecho en fun-
ción de las coordenadas rectangulares topográficas referidas al meridiano y per-
pendicular que se cruzan en el origen A, extremo oriental de la base de Copiapó
según el procedimiento ordinario que queda ya explicado.
Las fórmulas de A. Germain adoptadas como las más cómodamente aplicables
al caso son:
1 1
y
sen. 1’’ ’ sen. 1’’
donde y ’ son respectivamente el radio de curvatura del meridiano en un punto
de cierta latitud aproximada y ’ la normal en el mismo. Los logaritmos de estos
valores los dan las tablas anexas al libro de dicho autor.
Los valores de y ’
a (−1e2) a
= ’=
(1−e sen.2 L) 32 (1−e sen.2 L) 12
-265-
x i
M’−M = .
’ sen. 1’’ L’cos.
Punto A de partida:
Latitud L = 27° 22’ Sur, Longitud M = 70°35
x = 718,63 E
Punto 1 y = 3996,18 N
x
Y sen 1’’
( )
2
Fór.: L’−L = − tanj. L. para la latitud
sen 1’’ 2 sen 1’’
Latitud Longitud
x I
Fór.: M’−M =
log. y = 3.601,6363 sen 1’’ cos L’
1
log. = + 8.511,7348 log. x = 2.856,5053
sen 1’’
y 1
log. = 2.1133711 log. = 8.509,4070
sen 1’’ ’ sen 1’’
x
N.° 129” 89 = 2’ 9” 89 log. = 1.365,9123
’ sen 1’’
-266-
Latitud Longitud
log. y = 2.936,8002 log. x = 3.139,6902
1 1
log. = 8.511,7348 log. = 8.509,4070
sen 1’’ ’ sen 1’’
y x
log. = 1.448,3550 log. = 1.549,0972
sen 1’’ ’ sen 1’’
N.° 28” 08 Ct. log. cos L’ = 0,0516725
L = 27° 22’ log. (M’ – M) = 1,7010697
L’ = 27° 22’ 28” 08
N° 50” 24
M = 70°35’
Coordenadas para el punto 4 M’ = 70°35’50” 24
Latitud = 27°22’28” 08
Longitud = 70°35’50” 24
+ x = 2.404,08
Punto 6....
+ y = 1.720,13
Latitud Longitud
log. y = 3.235,5537 log. x = 3.380,9345
1 1
log. = 8.511,7348 log. = 8.509,4070
sen 1’’ ’ sen 1’’
y x
log. = 1.747,2885 log. = 1.890,3415
sen 1’’ ’ sen 1’’
N° 55” 88 Ct. log. cos. L’ = 0,0514811
log. (M’ - M) = 1.941,8226
N° 87” 46 = 1’27” 46
Coordenadas para el punto 6 M = 70°35’00”
Latitud =27°21’ 4” 12 1’27” 46
Longitud =70°33’32” 54 M’ = 70°33’32” 54
-267-
El registro de todos los puntos ligados por la red de triángulos, cuyo número
excede de quinientos, comprendía lo siguiente:
En la primera columna el número de orden de los vértices o puntos diversos
del cánevas y en la última los nombres propios de los mismos, introduciéndose la
palabra lindero en cada uno de ellos donde se ha construido señal geodesia.
En la segunda se anotan las designaciones geométricas de los lados de los
triángulos.
En la tercera el valor de estos lados en metros.
En la cuarta las direcciones astronómicas de los lados para la determinación de
las distancias a la perpendicular y el meridiano.
En la quinta, dividida en 3 columnas, van los tres vértices de cada triángulo.
En la sexta están calculadas las coordenadas parciales de cada punto.
En la séptima se anotan las abcisas y ordenadas referidas al punto origen en el
extremo oriental A de la base fundamental.
En la octava y novena figura el cálculo de las latitudes y longitudes geográficas
sur del Ecuador y oeste Greenwich.
En la décima se expresan las longitudes con relación al meridiano astronómico
que pasa por el punto A, extremo de la base, por cuanto esos datos son de interés
para los exploradores y mineros que viajan por el desierto.
Omitiremos la reproducción íntegra del anterior registro tal como ya fue publi-
cada en la Revista de la Dirección de Obras Públicas en enero de 1890, reduciéndolo a
los datos esenciales que pueden servir en la práctica y que se reducen a las colum-
nas 1a, 7a, 8a, 9a y 10a.
-268-
Base medida en Copiapó sobre los rieles del Ferrocarril (A B) = 2.000 metros. Dirección de A B desde A astronómica = 311º45’22’’5
Dirección magnética = N. 48º14’37’’5 O
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
metros metros
-271-
6 + 2.404,08 + 1.720,13 Lindero minas de Chanchoquín.
7 + 12.269,97 − 5.554,06 27º24’33’’75 70º13’55’’82 0º07’26’’65 E Lindero Ladrillos.
8 + 4.558,71 − 9.492,05 27º26’41’’77 70º18’36’’51 0º02’45’’99 E Lindero Cantera.
10 − 4.720,28 − 10.325,52 27º27’08’’98 70º24’14’’39 0º02’51’’89 O Lindero Jesús María.
12 + 3.478,74 + 2.482,98 27º20’12’’84 70º19’15’’96 0º02’06’’54 E Lindero alto de Chanchoquín.
13 + 25.348,72 − 17.499,00 27º31’01’’20 70º05’58’’86 0º15’23’’64 E Lindero cerro Checo.
14 + 7.328,82 − 1.870,47 27º22’34’’20 70º16’15’’80 0º04’26’’70 E Lindero cerro Capiz.
levantamiento del mapa geográfico
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
metros metros
-272-
39 + 80.457,16 − 14.886,99 27º29’28’’69 69º32’31’’53 0º48’50’’97 E Lindero cerro Salitrosa de San Miguel.
40 + 76.019,26 − 25.579,18 27º35’16’’98 69º35’10’’76 0º46’11’’74 E Lindero cerro Gato o Ponchito.
42 + 91.705,51 − 47.778,08 27º47’14’’77 69º25’32’’57 0º55’49’’93 E Lindero cerro Cadillal.
46 + 120.064,02 + 5.228,86 27º19’02’’50 69º08’35’’58 1º12’46’’92 E Lindero cerro del Azufre.
49 + 100.253,36 − 16.616,03 27º30’20’’18 69º20’29’’90 1º00’52’’60 E Lindero cerro Paredones.
desierto y cordilleras de atacama
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
-273-
74 + 123.317,54 + 40.682,17 26º59’51’’68 69º06’50’’06 1º14’32’’44 E Casa de Borateras Maricunga.
76 + 72.229,57 + 66.472,34 26º45’40’’67 69º37’48’’35 0º43’34’’15 E Lindero cerro Pingo.
77 + 75.855,00 + 84.971,08 26º35’40’’36 69º35’41’’16 0º45’41’’33 E Lindero cerro Vicuña.
78 + 92.889,80 + 71.851,18 26º42’50’’39 69º25’22’’04 0º56’00’’46 E Lindero cerro Valiente.
81 + 133.557,62 − 18.462,64 27º31’09’’98 69º00’15’’89 1º21’06’’61 E Lindero cerro Dos Hermanas.
83 + 121.590,77 − 28.213,84 27º36’30’’79 69º07’28’’35 1º13’54’’15 E Cerro Bayo al E. laguna Negro Franco.
86 + 115.822,42 + 73.833,87 26º41’52’’14 69º11’33’’01 1º09’49’’49 E Lindero al E. en cerro Bravo.
levantamiento del mapa geográfico
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
metros metros
-274-
113 + 46.014,72 − 300,89 27º21’40’’50 69º58’28’’21 0º27’54’’29 E Garín Viejo.
114 + 41.107,72 + 4.223,27 27º19’18’’51 09º56’25’’11 0º24’57’’39 E Garín Nuevo.
115 − 39.396,62 + 49.285,50 Buena Esperanza del Chimbero.
116 − 8.761,05 + 50.622,67 26º54’08’’89 70º26’39’’97 0º05’17’’47 O Lindero cerro Morado.
117 − 20.453,57 + 35.329,98 27º02’26’’10 70º33’44’’59 0º12’22’’09 O Lindero cerro Algarrobo.
desierto y cordilleras de atacama
118 − 35.212,78 + 22.442,10 27º09’25’’99 70º42’41’’40 0º21’18’’90 O Lindero cerro mineral de Roco.
119 − 40.802,48 + 34.302,90 27º03’01’’10 70º46’04’’00 0º24’41’’50 O Lindero cerro morrito al N. de Caldera.
120 − 47.270,98 + 31.968,90 27º04’17’’77 70º49’58’’04 0º28’35’’54 O Iglesia de Caldera.
121 − 50.206,38 + 33.834,30 07º03’17’’54 70º51’44’’29 0º30’21’’79 O Faro de Caldera.
122 + 26.839,45 + 7.985,47 26º46’35’’67 70º05’11’’59 0º16’10’’91 E Lindero cerro del Chivato.
123 + 37.604,14 + 56.983,37 26º50’44’’00 69º58’40’’52 0º22’41’’98 E Lindero cerro Tres Puntas.
124 + 6.723,74 + 55.812,06 26º51’20’’26 70º17’18’’95 0º04’03’’55 E Lindero cerro de San Juan.
125 + 50.285,74 + 72.647,27 26º42’16’’53 69º51’03’’47 0º30’10’’03 E Lindero cerro 2 de Finca.
126 + 35.648,01 + 82.437,75 26º36’56’’79 69º59’53’’98 0º21’28’’52 E Lindero cerro Angostura.
127 + 13.873,25 + 110.219,17 26º21’52’’78 70º13’02’’14 0º08’20’’36 E Lindero cerro del Carmen.
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
128 − 11.811,85 + 94.146,17 26º30’34’’91 70º28’29’’05 0º07’06’’55 O Lindero cerro Las Ánimas.
129 + 50.387,35 + 91.782,47 26º31’54’’83 69º51’02’’55 0º30’19’’95 E Lindero cerro Caballo Muerto Sur.
130 − 47.436,61 + 81.096,06 26º37’41’’66 69º52’47’’69 0º28’34’’81 E Lindero cerro Finca Chañaral.
131 + 866,15 + 70.846,41 26º43’11’’73 70º20’51’’17 0º00’31’’33 E Lindero cerro Salitrosa.
132 + 26.509,23 + 94.840,87 26º30’13’’08 70º05’25’’24 0º15’57’’26 E Lindero cerro Chañarcito.
133 − 15.633,15 + 55.837,47 26º51’19’’69 70º30’48’’76 0º09’26’’26 O Lindero cerro Moradito.
134 − 14.042,91 + 116.346,07 26º18’33’’73 70º29’48’’74 0º08’26’’24 O Lindero cerro Portezuelos Blancos.
135 − 28.087,85 + 107.624,07 26º23’17’’87 70º38’15’’74 0º16’53’’26 O Lindero cerro Paso Malo.
136 − 34.858,70 + 76.775,62 26º40’00’’70 70º42’23’’05 0º21’00’’55 O Lindero cerro Obispo.
-275-
137 − 9.679,65 + 137.065,57 26º07’20’’42 70º27’10’’89 0º05’48’’38 O Lindero cerro Minillas.
138 + 41.278,06 + 92.042,47 26º31’45’’31 69º56’31’’60 0º24’50’’90 E Lindero cerro Islote.
139 + 29.820,76 + 100.467,23 26º27’10’’53 70º03’26’’14 0º17’56’’36 E Lindero cerro Santo Domingo.
140 + 32.945,05 + 107.020,71 26º23’37’’87 70º01’33’’98 0º19’48’’52 E Bandera al N. del Pueblo Hundido.
141 + 30.816,36 + 113.922,20 26º19’53’’46 70º02’51’’37 0º18’31’’13 E Lindero N. del Manto Tres Gracias.
142 + 13.226,35 + 125.657,41 26º13’32’’18 70º13’26’’04 0º07’56’’46 E Lindero S. de la Florida.
143 + 16.414,41 + 132.056,91 26º10’03’’38 70º11’31’’49 0º09’51’’01 E Lindero N. de la Florida.
levantamiento del mapa geográfico
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
Metros Metros
-276-
159 + 43.068,20 + 161.972,41 25º53’53’’52 69º53’35’’36 0º25’47’’14 E Lindero cerro Negro al este del 158.
160 + 28.935,75 + 158.350,35 25º55’49’’86 70º04’02’’76 0º17’19’’74 E Malacate mina Colmos.
161 + 45.686,53 + 175.125,61 25º46’46’’48 69º54’02’’95 0º27’19’’55 E Lindero en cerro Pardo al O. del 168.
162 + 53.756,14 + 169.878,67 25º49’38’’00 69º49’12’’58 0º32’09’’92 E Lindero bajo en cerro Huanaco.
163 + 46.611,39 + 156.141,47 25º57’03’’37 69º53’27’’33 0º27’55’’17 E Lindero cerro del Toro.
desierto y cordilleras de atacama
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
175 + 85.679,95 + 160.208,37 25º54’58’’01 69º30’04’’14 0º51’18’’36 E Lindero cerro Agua del Carrizo.
176 + 79.763,55 + 123.167,57 26º15’00’’17 69º33’28’’52 0º47’53’’98 E Lindero cerro Indio Muerto.
177 + 76.033,91 + 133.597,57 26º09’20’’54 69º35’45’’13 0º45’37’’37 E Lindero sierra Miranda.
178 + 111.632,59 + 187.811,30 25º40’07’’91 69º14’40’’06 1º06’42’’44 E Lindero cerro Agua de la Piedra.
179 + 89.666,57 + 208.118,47 25º29’02’’36 69º27’52’’58 0º53’29’’92 E Lindero al O. de Santa Ana.
180 + 110.479,39 + 197.859,27 25º34’41’’12 69º15’24’’41 1º05’58’’09 E Lindero al N. del 178.
181 + 100.838,94 + 199.948,27 25º33’30’’59 69º21’10’’39 1º00’12’’11 E Lindero Morro Inca-Huasi.
182 + 105.134,19 + 206.598,27 25º29’55’’69 69º18’38’’40 1º02’44’’10 E Lindero minas Inca-Huasi.
183 + 94.294,04 + 189.491,84 25º39’08’’64 69º25’02’’18 0º56’20’’32 E Lindero N. mineral Juncal.
-277-
184 + 124.442,29 + 174.187,60 25º47’34’’50 69º06’56’’13 1º14’26’’37 E Lindero cerro Bolzón.
185 + 126.901,99 + 196.318,88 25º35’36’’28 69º05’35’’47 1º15’47’’03 E Lindero anticlinal entre 184 y 186.
186 + 130.080,79 + 211.928,40 25º27’10’’20 69º03’47’’02 1º17’35’’48 E Lindero nacimiento Chaco.
187 + 98.612,48 + 217.430,00 25º24’02’’03 69º22’34’’77 0º58’47’’73 E Lindero al O. de mina Buena Esperanza.
188 + 83.517,90 + 236.833,47 25º13’28’’02 69º31’39’’11 0º49’43’’39 E Lindero cerro Las Pilas.
189 + 110.956,06 + 243.152,57 25º10’09’’70 69º15’20’’76 1º06’01’’74 E Lindero Los Sapos.
190 + 61.172,90 + 229.251,97 25º17’30’’11 69º44’56’’10 0º36’26’’40 E Lindero La Ballena.
levantamiento del mapa geográfico
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
metros metros
-278-
208 + 202.945,18 + 125.638,07 26º14’24’’06 68º19’30’’77 2º01’51’’73 E Cerro cónico al S. del 211.
209 + 168.531,62 + 103.139,07 26º26’19’’76 68º40’00’’19 1º41’22’’31 E Lindero cerro Plomizo al S. del 206.
210 + 188.049,38 + 102.964,97 26º26’34’’54 68º28’15’’55 1º53’06’’95 E Lindero cerro Colorado al N. del 203.
211 + 195.596,08 + 130.373,37 26º11’47’’84 68º23’58’’17 1º57’24’’33 E Lindero cerro Los Colorados.
212 + 177.782,98 + 149.191,97 26º01’27’’73 68º34’40’’13 1º46’33’’37 E Lindero cerro Colorado O. vega. León Muerto.
desierto y cordilleras de atacama
213 + 211.736,18 + 189.687,67 25º39’49’’36 68º14’51’’29 2º06’31’’21 E Lindero cerro Quebrada Honda.
214 + 244.706,58 + 194.370,27 25º37’36’’93 67º55’11’’94 2º26’10’’56 E Lindero cerro Volcán de Antofaya.
215 + 226.770,68 + 209.610,97 25º29’10’’69 68º06’04’’32 2º15’18’’18 E Lindero cerro Achibarca.
216 + 177.813,18 + 210.588,97 25º28’12’’97 68º35’17’’80 1º46’04’’70 E Lindero cerro nevado al O. Ag. Caliente.
217 + 278.951,88 + 171.495,57 25º50’23’’61 67º34’26’’63 2º46’55’’87 E Lindero cerro Hachi.
218 + 255.333,08 + 207.055,97 25º30’51’’75 67º48’59’’68 2º32’22’’82 E Lindero cerro de Onas.
219 + 310.677,98 + 188.987,27 25º41’19’’82 67º15’41’’67 3º05’40’’83 E Puntita alta con nieve cerro Mojones.
221 + 271.421,48 + 199.633,89 25º35’03’’98 67º39’17’’91 2º42’04’’59 E Puntita S. cerro Agua Negra.
216’ + 177.137,06 + 214.707,57 Lindero al N. del Agua caliente.
222 + 183.556,96 + 291.922,97 24º44’14’’18 68º32’31’’49 1º48’51’’01 E Punta Alta cerro Llullaillaco.
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
223 + 125.778,36 + 253.495,95 25º04’38’’25 69º06’34’’91 1º14’47’’59 E Lindero barranca Rio Frío.
224 + 132.049,66 + 212.124,07 25º27’04’’53 69º02’36’’62 1º18’45’’88 E Punta alta cerro Chaco.
225 + 147.448,06 + 219.426,77 25º23’12’’89 68º53’28’’35 1º27’54’’15 E Cerro N.E. del 224.
226 + 160.451,96 + 230.447,47 25º17’20’’18 68º45’47’’85 1º35’34’’65 E Cerro al N.E. del 225.
227 + 181.896,26 + 227.522,87 25º19’04’’73 68º32’59’’87 1º48’22’’63 E Cerro Bayo al S. del 228.
228 + 185.117,76 + 255.035,07 25º04’12’’40 68º31’18’’15 1º50’04’’35 E Cerro Volcán Lastarria.
229 + 124.667,26 + 275.836,77 24º52’32’’04 69º07’21’’84 1º14’00’’66 E Lindero S. sierra Varas.
230 + 120.468,61 + 289.763,77 24º44’58’’22 69º09’55’’04 1º11’27’’46 E Lindero N. sierra Varas.
231 + 179.802,21 + 301.337,67 24º39’04’’51 68º34’49’’47 1º46’33’’03 E Lindero cerro Chuculai.
-279-
232 + 99.941,66 + 290.266,77 24º44’35’’94 69º22’06’’38 0º59’16’’12 E Lindero cerro La Chilca.
233 + 26.570,46 + 351.132,17 24º11’26’’32 70º05’41’’21 0º15’41’’29 E Punta S. cerro Aguas Blancas.
234 + 170.707,56 + 334.817,97 24º20’53’’57 68º40’27’’46 1º40’55’’04 E Lindero cerro Pajonales.
235 + 143.119,96 + 353.354,07 24º10’40’’03 68º56’52’’80 1º24’29’’70 E Lindero cerro Imilac.
236 + 208.872,46 + 323.570,77 24º27’17’’97 68º17’47’’44 2º03’35’’06 E Punta alta cerro Socompa.
237 + 222.095,16 + 340.942,57 24º18’01’’01 68º10’07’’70 2º11’14’’80 E Punta alta cerro Pajonales N. del 236.
238 + 259.746,36 + 387.109,07 23º53’24’’87 67º48’22’’15 2º33’00’’35 E Punta cónica cerro Miniques.
levantamiento del mapa geográfico
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
metros metros
-280-
257 + 217.939,37 + 493.005,77 22°55’38”18 68°13’55”59 2°07’26”91 E Lindero barranca río Vilama.
258 + 212.869,82 + 488.211,16 22°58’11”11 68°16’51”13 2°04’31”37 E Lindero barranca río Vilama San Pedro.
259 + 216.229,38 + 488.385,03 22°58’07”34 68°14’53”28 2°06’29”22 E Bandera cuartel de San Pedro de A.
260 + 235.325,17 + 457.319,87 23°15’07”91 68°03’25”59 2°17’56”91 E Iglesia pueblo de Toconao.
261 + 248.527,28 + 496.225,25 23°54’12”26 67°56’03”89 2°25’18”61 E Volcán Licancaur.
desierto y cordilleras de atacama
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
-281-
281 + 331.560,68 + 456.428,51 23°16’48”34 67°06’58”33 3°14’24”17 E Punta alta al sur de Chajnantor.
282 + 305.216,88 + 506.513,26 22°49’19”14 67°23’01”56 2°58’20”94 E Lindero cerro nacimiento río Chajnantor.
283 + 337.973,88 + 513.585,10 22°45’56”97 67°03’57”98 3°17’24”52 E Nevado de Tinte.
284 + 342.044,68 + 482.609,52 23°02’46”99 67°01’10”49 3°20’12”01 E Nevado de San Pedro.
285 + 333.992,78 + 472.729,12 23°08’00”87 67°05’45”65 3°15’36”85 E Nevado de Poquis.
286 + 248.856,18 + 496.211,17 22°54’12”95 67°55’52”33 2°25’30”17 E Medio de cráter cerro Licancaur.
287 + 320.395,58 + 496.549,00 22°54’55”31 67°14’01”68 3°07’20”82 E Lindero cerro al O. de Sapaleri.
levantamiento del mapa geográfico
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
metros metros
-282-
305 + 404.482,98 + 499.004,76 22°54’55”37 66°24’51”53 3°56’30”97 E Cerro Cavalonga.
306 + 362.970,84 + 531.257,76 22°36’45”75 66°49’36”15 3°31’46”35 E Cerro del Queñual.
307 + 409.846,58 + 474.464,16 23°08’18”39 66°21’19”54 4°00’02”96 E Cerro Incahuasi, Morait o Coranzol 1.ª punta.
308 + 408.220,78 + 472.624,56 23°09’16”42 66°22’14”95 3°59’07”55 E Cerro N. Incahuasi, Morait o Coranzol 2.ª punta.
309 + 352.716,26 + 470.315,86 23°09’36”11 66°54’45”23 3°26’37”26 E Lindero cerro Lina.
desierto y cordilleras de atacama
310 + 389.005,36 + 442.782,06 23°25’05”94 66°33’03”19 3°48’19”31 E Lindero cerro Lares o Bávaro.
311 + 376.427,26 + 406.044,46 23°44’46”91 66°39’52”97 3°41’29”53 E Lindero cerro Hornillos.
312 + 402.812,26 + 399.490,46 23°48’46”78 66°24’14”18 3°57’08”32 E Lindero cerro Trancas.
313 + 413.266,86 + 432.864,64 23°30’53”64 66°18’38”13 4°02’44”37 E Lindero cerro Púcas.
314 + 397.705,85 + 352.239,96 24°14’16”56 66°26’28”03 3°54’54”47 E Lindero cerro Negro.
315 + 409.092,26 + 407.581,76 23°44’30”57 66°20’40”26 4°00’42”24 E Punta N. C.º S. Antonio de los Cobres.
316 + 331.408,36 + 429.237,49 23°31’31”63 67°06’42”06 3°14’40”44 E Puntita S. cerro al O. de Olaroz.
317 + 394.171,26 + 390.637,96 23°53’25”37 66°29’11”08 3°52’11”42 E Lindero cerro Pastos Chicos.
318 + 386.995,27 + 357.416,66 24°11’17”37 66°32’52”95 3°48’29”55 E Lindero cerro Tuzler.
319 + 372.935,76 + 361.067,56 24°09’04”76 66°41’14”84 3°40’07”66 E Lindero cerro Morado.
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
320 + 341.142,36 + 383.541,46 23°56’24”85 67°00’20”66 3°21’01”84 E Lindero cerro cerca de Catua.
321 + 264.967,87 + 442.644,57 23°23’24”15 67°45’53”32 2°35’29”18 E Lindero en cordón de Tumbres.
322 + 277.938,27 + 433.455,23 23°28’31”92 67°38’10”32 2°43’12”18 E Lindero en punta S. alta, C.º R. Negro.
323 + 299.626,17 + 422.621,03 23°34’40”33 67°25’18”01 2°56’04”49 E Lindero en cerro cónico de Chamaca.
324 + 267.419,08 + 438.051,73 23°25’55”07 67°44’24”03 2°36’58”47 E Punta S. aguda de cerro al N. 266.
325 + 265.233,04 + 414.158,17 23°38’49”84 67°45’25”73 2°35’56”77 E Punta alta E. del cerro Légia.
326 + 269.088,34 + 411.876,77 23°40’06”65 67°43’08”17 2°38’14”33 E Punta alta cerro A. Calientes, al E. del 273.
327 + 298.264,37 + 472.930,17 23°07’24”75 67°26’41”97 2°54’40”53 E Cumbre del cerro nevado Rosario.
328 + 320.469,27 + 496.774,47 22°54’48”04 67°13’59”26 3°07’23”24 E P. Negra cerro nevado al N. del 323.
-283-
329 + 323.703,87 + 345.289,93 24°16’52”44 67°10’06”71 3°11’15”79 E Lindero en cerro Tultul.
330 + 281.226,47 + 395.184,13 23°49’17”74 67°35’48”22 2°45’34”28 E Lindero en cerro Puntas Negras.
331 + 306.105,82 + 438.333,23 23°26’14”98 67°21’41”05 2°59’41”46 E P. delgada en barranca al N.del 323.
332 + 280.868,97 + 444.009,53 23°22’51”16 67°36’34”14 2°44’48”36 E P. alta del cordón ant. al E. de Arakar.
333 + 294.846,12 + 392.403,03 23°50’58”37 67°27’44”87 2°53’37”63 E P. alta E. cordón A. Calientes C. Laco.
334 + 298.770,62 + 376.670,33 22°59’32”58 67°25’14”53 2°56’07”97 E P. rojiza al S.E. de cordón Ags. C.
335 + 280.547,17 + 395.372,43 23°49’11”12 67°36’12”36 2°45’10”14 E Punta en costado O. de P. Negras.
levantamiento del mapa geográfico
336 + 272.298,47 + 403.128,33 23°44’53”17 67°41’09”04 2°40’13”46 E Punta del cordón anterior.
337 + 260.053,27 + 415.734,23 23°37’55”06 67°48’29”52 2°32’52”98 E Cumbre del cerro Socaire.
338 + 379.071,97 + 491.817,63 22°58’22”79 66°39’37”39 3°41’45”11 E Punta de cerro nevado.
339 + 380.634,47 + 429.391,70 23°32’12”54 66°37’45”94 3°43’36”56 E Punta del nevado al S. del anterior.
340 + 381.250,47 + 483.893,93 23°02’42”40 66°38’13”78 3°43’08”72 E Cumbre del cerro al S. del 339.
341 + 331.860,07 + 456.641,33 23°16’41”69 67°06’47”96 3°14’34”54 E Punta alta cerro cónico.
342 + 289.223,00 + 428.828,03 23°31’10”64 67°31’29”33 2°49’53”17 E Lindero en cerro Chamaca.
343 + 356.266,07 + 321.244,53 24°30’23”32 66°50’29”79 3°30’52”71 E Lindero cerro Azufre Pastos Grandes.
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
metros metros
-284-
353 + 392.831,57 + 271.738,93 24°57’46”95 66°27’59”87 3°53’22”63 E Cumbre cerro Ciénega Grande.
354 + 393.864,07 + 260.624,53 25°03’49”13 66°27’11”56 3°54’10”94 E Puntanevada de Cachi.
355 + 372.791,37 + 261.247,93 25°03’07”71 66°39’44”56 3°41’37”94 E Lindero cerro Jueregrande.
356 + 298.942,57 + 233.810,13 25°16’54”17 67°23’18”75 2°58’03”75 E Lindero cerro Las Cortaderas.
357 + 270.569,97 + 220.551,73 25°23’43”76 67°40’03”65 2°41’18”85 E Punta central cerros de Navarros.
desierto y cordilleras de atacama
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
368 + 151.106,63 + 474.489,37 23°05’07”47 68°52’54”36 1°28’28”14 E P. alta de c.º Ags. Dulces de Caracoles.
369 + 136.609,13 + 557.981,77 22°19’49”37 69°01’50”03 1°19’32”47 E P. aguada cerro del Inca.
370 + 198.181,63 + 600.961,97 21°56’59”99 68°26’17”65 1°55’04”85 E P. alta volcán San Pedro.
371 + 203.797,33 + 602.095,97 21°56’26”07 68°23’02”46 1°58’20”04 E P. alta volcán San Pablo.
372 + 155.087,53 + 585.749,97 22°04’54”24 68°51’14”07 1°30’08”43 E P. alta cerro grande al E. del 369.
373 + 126.924,63 + 462.487,67 23°11’28”58 69°07’00”31 1°14’22”19 E Lindero cerro del Centinela.
374 + 134.921,21 + 474.201,67 23°05’10”75 69°02’22”90 1°18’59”60 E Lindero cerro Deseada de Caracoles.
375 + 98.536,03 + 492.353,67 22°55’09”86 69°23’54”34 0°57’37”16 E Lindero S. cerro sierra Gorda.
376 + 67.019,43 + 454.893,27 23°15’20”10 69°42’05”22 0°39’17”28 E Lindero al S. de Salinas.
-285-
377 + 72.976,59 + 473.990,17 23°05’00”75 69°38’38”98 0°42’43”52 E Lindero al N. de Pampa Central.
378 + 26.182,73 + 437.845,77 23°24’28”98 70°06’00”53 0°15’21”97 E Lindero en c.º negro al N.O. de Carmen Alto.
379 + 26.592,14 + 412.563,87 23°38’10”41 70°05’44”47 0°15’38”03 E Lindero al S. de Mantos Blancos.
380 + 26.544,63 + 510.744,37 22°45’00”57 70°05’52”34 0°15’30”16 E Punta N. del cerro frente a Chacaya.
381 + 36.208,43 + 543.605,77 22°27’13”71 70°00’16”43 0°21’06”07 E Punta aguda al N. del 380.
382 + 31.162,53 + 473.960,97 23°04’55”99 70°03’07”84 0°18’14”66 E Punta aguda al S. del 384.
383 + 79.846,83 + 493.199,57 22°54’38”02 69°34’41”24 0°46’41”26 E Lindero cerro Solitario.
levantamiento del mapa geográfico
384 + 25.367,03 + 508.489,27 22°46’13”75 70°06’33”47 0°14’49”03 E Punta S. cerro alto frente a Chacaya.
385 + 59.625,16 + 424.555,27 23°31’44”54 69°46’20”98 0°35’01”52 E Punta O. cordón al S. del 376.
386 + 43.194,13 + 369.062,97 24°01’45”25 69°51’54”22 0°25’28”28 E Punta cerro San Cristóbal.
387 + 59.748,13 + 458.957,53 23°13’06”85 69°46’21”56 0°35’00”94 E Lindero cerro bajo N.O. Carmen Alto.
388 + 78.531,23 + 466.681,77 23°08’59”29 69°35’22”50 0°46’00”00 E Bandera en Pampa Central.
389 − 15.724,57 + 388.323,47 23°51’17”37 70°30’38”11 0°09’15”61 O Lindero cerro Wolfin.
390 − 25.374,17 + 429.393,07 23°29’03”56 70°36’16”53 0°14’54”07 O Lindero Morro Moreno.
391 − 17.621,28 + 392.380,87 23°49’05”62 70°31’44”95 0°10’22”45 O Lindero cerro Jorgillo.
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
metros metros
-286-
401 + 346.960,22 + 187.708,23 25°24’32”62 66°53’58”49 3°27’44”01 E Cerro Gordo.
402 + 309.662,62 + 139.555,23 26°08’05”10 67°15’36”02 3°05’46”48 E Lindero cerro Ilanco.
403 + 337.097,99 + 154.644,73 26°00’18”01 66°59’21”90 3°22’00”60 E Nevado del Diamante o Mecara.
404 + 289.751,32 + 130.719,75 26°12’36”44 67°27’26”00 2°53’56”50 E Lindero en volcán Alumbrera.
405 + 280.247,60 + 95.605,75 26°31’30”18 67°32’40”76 2°48’41”74 E Lindero en volcán Carachapampa.
desierto y cordilleras de atacama
406 + 245.273,90 + 87.659,91 26°35’24”27 67°53’38”89 2°27’43”61 E Lindero cerro Cueros de Poruya.
407 + 245.548,42 + 132.462,37 26°11’08”83 67°53’59”98 2°27’22”52 E Lindero cerro Cueros de Oire.
408 + 293.545,20 + 61.499,15 26°50’08”29 67°24’11”59 2°57’10”91 E Lindero cerro Cueros. Curuto.
409 + 226.546,82 + 65.078,75 26°47’26”34 68°04’41”22 2°16’41”28 E Extremo N. cerro San Buena Ventura.
410 + 317.733,62 + 87.318,15 26°36’28”81 67°09’58”57 3°11’23”93 E Lindero cerro Laguna Blanca.
411 + 246.847,90 + 65.119,45 26°47’37”61 67°52’26”04 2°28’56”46 E Cerro Robledo.
412 + 253.643,70 + 61.239,45 26°49’48”13 67°48’17”09 2°33’05”41 E Portezuelo Robledo.
413 + 288.817,72 + 139.834,84 26°07’39”44 67°28’14”29 2°53’08”21 E Pco. en pblo. Antofagasta de la Sierra.
414 − 15.595,18 − 40.528,22 27°43’29”92 70°30’51”83 0°09’29”33 O Lindero cerro Guías.
415 + 22.400,57 − 74.482,85 28°01’52”76 70°07’42”42 0°13’40”08 E Lindero en Punta Plata de cerro Blanco.
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
416 − 29.057,46 − 73.195,29 28°01’10”48 70°39’06”17 0°17’63”47 O Lindero cerro del Paico.
417 − 53.674,88 − 54.514,12 27°51’00”87 70°54’04”25 0°32’41”75 O Lindero cerro del Veladero.
418 − 42.040,45 − 50.982,59 27°49’07”59 70°46’58”58 0°25’36”08 O Lindero cerro Cuestecillas.
419 − 52.780,69 − 78.681,93 28°04’06”19 70°53’35”47 0°32’12”97 O Lindero al N.E. de Carrizal Alto.
420 − 59.343,66 − 77.784,65 28°03’36”08 70°57’35”66 0°36’13”16 O Lindero cerro Cachina Grande.
421 − 31.657,58 − 49.062,67 27°48’06”21 70°40’39”03 0°19’16”53 O Cerro aislado al N.E. del 418.
422 − 26.809,51 − 53.293,69 27°50’24”05 70°37’42”26 0°16’19”76 O Cerro aislado al N. del Bayo Grande.
423 − 54.255,93 − 104.220,40 28°17’55”72 70°54’32”68 0°33’10”18 O Lindero cerro mina Cielo.
424 − 28.189,49 − 93.809,08 28°12’20”27 70°38’36”20 0°17’13”70 O Lindero cerro Jaula.
-287-
425 − 56.503,94 − 67.677,75 27°58’08”14 70°55’49”92 0°34’27”42 O Lindero cerro Montosa.
426 − 47.019,40 − 61.447,25 27°54’47”00 70°50’02”00 0°28’39”50 O Piques de las Norias.
427 − 48.293,83 − 64.987,69 27°56’41”87 70°50’49”12 0°29’26”62 O Lindero al sur del 426.
428 − 55.508,00 − 59.721,10 27°53’49”78 70°55’12”13 0°33’49”63 O Punta al E. del Totoral.
429 − 58.228,37 − 84.240,52 28°07’06”00 70°56’55”97 0°35’33”47 O Lindero cerro Pan de Azúcar.
430 − 51.752,65 − 113.408,06 28°22’54”58 70°53’03”39 0°31’40”89 O Lindero cerro al O. del Manganeso.
431 − 19.546,78 − 121.489,80 28°27’20”15 70°33’20”96 0°11’58”46 O Cerro Chehueque.
levantamiento del mapa geográfico
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
metros metros
-288-
449 − 19.762,39 − 83.286,61 28°06’38”92 70°33’26”53 0°12’04”03 O Lindero cerro Chuschampe.
450 − 71.700,33 − 82.803,45 28°06’17”02 71°05’09”25 0°43’46”75 O Lindero cerro del Carrizo.
451 + 5.589,21 − 116.464,63 28°24’37”34 70°17’57”15 0°03’25”35 E Lindero cerro del Cobre.
452 − 11.577,46 − 123.230,63 28°28’17”04 70°28’28”10 0°07’05”60 O Cerro Grandón.
453 − 3.601,66 − 106.660,25 28°19’18”83 70°53’34”71 0°02’12”21 O Cerro del Jote.
desierto y cordilleras de atacama
26-09-12 13:20
Coordenadas generales
respecto al punto A, Copiapó
Latitud sur Longitud al O Longitud Observaciones
Vértices
Longitudes Latitudes de Greenwich referida a Copiapó
x y
-289-
473 + 281.056,57 + 365.374,23 24º05’26’’16 67º35’34’’41 2º45’48’’09 E P. E. al S. E. de Puntas N. cº Incahuasi.
474 + 368.046,67 + 314.893,12 24º34’09’’19 66º43’25’’20 3º37’57’’30 E Lindero en morr. N. de iglesia P. Grands.
475 + 389.872,77 + 332.938,63 24º24’35’’57 66º30’46’’90 3º50’35’’60 E Punta S. del cordón de Gallo Muerto.
476 + 386.368,27 + 272.945,52 24º57’01’’16 66º41’51’’70 3º49’30’’80 E Farellón cerrit. cón. en línea anticlinal.
levantamiento del mapa geográfico
26-09-12 13:20
desierto y cordilleras de atacama
-290-
Triángulo 8
Triángulo - -34
= 13°55’ 2.823,8392
= 148° 2’ + 9.723,8051 sen 148º2’
34 =
34 = 18° 3’ 12.547,6443 sen 18º13’
— 9.491,1471
log 34 = 3.056,4972
-293-
Después se resolvió el triángulo (8 34) en el que se conoce los lados ( 8)y ( 34)
y el ángulo comprendido = 60°40’.
Por la fórmula tanj. 12 (34 8) = 13 02 19 97 86 39 cot. 30º20’se determinaron los otros
dos ángulos, y enseguida por la fórmula de los senos se determinó el lado (8 34),
de la manera siguiente:
1ª fórmula
= 60°40’00” 3.008,5277
8 = 31°48’34” +0.232,7450 1.0119,83
tan. 12 (34 8) = cot. 30º20
34 = 87°31’26” 3.241,2727 3.297,69
13.274,6140
− 3.518,2099
log tan 12 (34 8) = 9.723,0628, cuyo ángulo = 27°51’ 26
2ª fórmula
3.334,2049
+ 9.940,4091 −8 sen 60º40’
8 34 =
sen 87º31’26’’
13.274,6140
− 9.999,5943
log (8 34) = 3.275,0197
lado (8 34) = 1.883,73 metros
Este mismo lado (8 34) fue determinado por la triangulación general de la ma
nera siguiente:
Tenemos, pues, para el lado Iglesia Deseada un valor de 1.883,73 metros con la
base directa de Caracoles, mientras que para este mismo lado con la triangulación
general es de 1.858,91 metros, cuya diferencia asciende a 24,82 metros, lo que da
para la base medida directamente de 666,56 metros, un error de 8,6 metros.
Ahora, tomemos otro ejemplo en plena cordillera.
-294-
Para el lado (258 257) = lindero Barranca río San Pedro y lindero barranca río Vilama, se
obtuvo por la triangulación general un valor de 6.977,65 metros.
Este mismo lado se calculó con la base A B medida directamente de 2007 metros, de
la manera siguiente:
Triángulo A B 258
A = 92°35’40”
B = 64°21’20” 3.302,5474
258 = 23°03’00” + 9.954,9643 A B sen 64º21’20’’
A 258 =
13.257,5117 sen 23º3’
− 9.592,7698
log (A 258) = 3.664,7419
A = 83°20’00” 3.664,7419
258 = 55°00’30” + 9.997,0535
A 258 sen 83º20’
257 = 41°39’30” 13.661,7954 258 257 =
sen 41º39’30’’
− 9.822,6173
log (258 257) = 3.839,1781
lado (258 257) = 6.905,23 metros
Tenemos para el lado (258 257), por la triangulación general, un valor de 6.977,65
metros, y por la base de comprobación 6.905,23 metros, cuya diferencia asciende a
72,24 metros, dando para la base medida un error de 21 metros y para una distancia
de 666,56 metros (base medida de Caracoles) un error de 6,97 metros.
De estos resultados deduce el ingeniero Torres la siguiente conclusión:
Alturas
-295-
-296-
Apreciación Apreciación
Alturas sobre el nivel del mar del barómetro del hipsómetro
Este cuadro demuestra que hasta los 4.000 la división más pequeña del baró
metro de mercurio aprecia más que la del hipsómetro, pero desde esa misma altura
para arriba, la más pequeña división del hipsómetro aprecia más que la del baró
metro.
Por otra parte, las variaciones del hipsómetro en las grandes alturas son casi
insensibles hasta permanecer como fijo, a cuya ventaja se agrega la de ser tan có-
modo y portátil su uso, dando a la vez una notable aproximación a la exactitud.
Así se deduce también de sus comparaciones con las alturas según el procedi-
miento trigonométrico.
Dadas las poco favorables condiciones de observación de las alturas, no se ha
estimado necesario corregir las de este último origen, de los errores de disminu
ción que producen la esfericidad y la refracción y, a lo más, sólo se ha hecho apre-
ciar prudentemente esta causa de inexactitud en los casos importantes.
Las anotaciones de Gay-Lussac, no disponiéndose de comparaciones simultá-
neas, tampoco merecía el rigor de las fórmulas de gran aproximación.
En cambio, las temperaturas de la ebullición del agua, corregidas del grado ter
mométrico del aire-ambiente, han sido calculadas empírica o analíticamente con
el cuidado posible.
Procediendo así, y tomando el promedio de los diferentes resultados admisi-
bles para cada punto, se ha llegado a formar el siguiente cuadro de alturas.
En este cuadro aparecen 66 cumbres mayores de 5.000 metros dentro de una exten-
sión de 4°44’18” en latitud, pero se puede estimar, agregando las cúspides no medidas,
que esas alturas no son menos de cien, lo que basta para tener una idea de la potencia
de una cordillera que a cada 5 kilómetros lanza al cielo una cumbre de 5 a 6.000 metros
El cuadro fue formado por el ingeniero primero don Santiago Muñoz, quien lo
precedió de las siguientes observaciones para acompañar a esta descripción cuan
do empezó a ser publicada en la Revista de Obras Públicas.
-297-
Alturas
Cumbres sobre el mar Latitudes
-298-
Alturas
Cumbres sobre el mar Latitudes
Para dar alguna idea del relieve del territorio se han distribuido las alturas cla-
sificándolas por su elevación sucesiva sobre el nivel del mar, de 100 en 100 metros.
-299-
No figuran las alturas menores de 100 metros y muchas otras en puntos desier
tos, sin nombre y que no tienen más interés ni más objeto que el de servir a la for
mación de perfiles transversales del terreno.
Estos perfiles han podido ser trazados con alguna aproximación a la altura de
diversas latitudes, como en el paralelo de 28°, correspondiendo más o menos a
la quebrada de Carrizal Bajo, siguiendo al interior según la línea del ferrocarril a
cerro Blanco y cruzando el río de Manflas hasta terminar en la cordillera limítrofe,
siempre por el mismo paralelo.
Un segundo perfil en la desembocadura del río de Copiapó, continuando tam-
bién el mismo paralelo hasta los Andes.
Un tercero por Pan de Azúcar, otro por Taltal, etcétera.
Rebanado así el terreno por planos verticales, perpendiculares al meridiano,
los cortes demostrarán la configuración exacta del terreno en razón del curso en
que corren todos los ejes de montañas, siempre de Norte a Sur.
Pero no es aquí sino en la descripción orográfica y en el libro sobre geología
correspondiente a esta obra, donde se tratará de este importante detalle.
He aquí el cuadro de alturas sobre el nivel del mar que damos, para muchos de
los puntos indicados, con la natural desconfianza de la imperfección de los métodos
y de los instrumentos y sólo como aproximados dentro de la tolerable aceptación.
100 a 200
Metros
100 Kilómetros 3 (F.C. de Taltal).
100 Kilómetro 12 (F.C. de Caldera a Copiapó).
120 Kilómetro 9 del F.C. de Mejillones.
129 Alto del Fraile (F.C. de Caldera a Copiapó).
132 Carpa núm. 2 del F.C. de Copiapó.
134 Barraquillas (F.C. de Carrizal).
135 Kilómetro 12 del F.C. de Mejillones.
137 Monte Amargo (F.C. de Caldera a Copiapó).
157 Portezuelo Burro Muerto (entre Caldera y Algarrobo).
200 a 300
*
Vértice de triángulos.
-300-
Metros
290 Toledo (F.C. de Copiapó).
*
292 Cerro de Montevideo, llanos de Caldera.
295 Loncomilla (F.C. Huasco a Vallenar).
300 a 400
400 a 500
500 a 600
*
Vértice de triángulos.
-301-
Metros
562 Aguada de Marañón.
579 Cerrillos (F.C. Copiapó).
592 Cerro Negro, Llanos de Caldera.
595 Llano de los Lirios.
597 Estación, camino a Quillagua (F.C. de Antofagasta).
600 a 700
700 a 800
*
Vértice de triángulos.
-302-
Metros
790 Pueblo Hundido, Chañaral.
799 Hornito (F.C. de Copiapó).
800 a 900
900 a 1.000
1.000 a 1.100
*
Vértice de triángulos.
-303-
Metros
1023 Cerro de Chanchoquín, Copiapó.
*
1035 Mineral del Carrizalillo
1040 Las Canchas (F.C. de Taltal).
1040 Frente a linderito al sur de Colmos.
1050 Toco, salitreras Buena Esperanza.
*
1052 Lindero cerro Perales (Taltal), inmediato al pueblo.
1.100 a 1.200
1.200 a 1.300
1.300 a 1.400
*
Vértice de triángulos.
-304-
Metros
*
1338 Cumbre de Jesús María.
1364 Molle Alto (F.C. de Copiapó).
1365 Juntas (Copiapó).
*
1368 Cerro del Pingo (Taltal).
1375 Central (F.C. de Tocopilla).
*
1382 Pampa Central (Antofagasta).
1.400 a 1.500
1.500 a 1.600
*
Vértice de triángulos.
-305-
1.600 a 1.700
Metros
1600 Mineral cerro Negro.
1600 Quebrada de Caballo Muerto.
1612 Mineral Inca de Oro, en la llanura.
*
1615 Sierra Gorda (F.C. de Antofagasta).
1615 Máquina de Puquios.
1638 Llano del Inca.
1640 Portezuelo del manto Hediondo, Puquios de Copiapó.
1646 Barranca (quebrada Chañaral, frente a Finca).
1648 San Andrés, confusión de las quebradas San Andrés y Paipote.
1658 Máquina Atacama, llano de Varas, Copiapó.
1650 Cerro del Carmen.
1.700 a 1.800
1.800 a 1.900
*
Vértice de triángulos.
-306-
Metros
1890 Mina Reventón de Paposo.
1890 Pique Reyes Martínez.
1.900 a 2.000
2.000 a 2.100
2.100 a 2.200
*
2100 Mina Altamira.
2115 Portezuelo del Inca de Oro en la mina Buena Suerte.
2116 Cerro de los Frailes.
2133 Aguada (Finca Buena Esperanza del Chimbero).
2135 Casas de Jorquera.
*
2140 Mina Reventón del Paposo.
2140 Refresco Seco (Camino a mineral Juncal).
2144 Cerritos Bayos (F.C. de Antofagasta).
1250 Tapiales (Maricunga).
2164 Catalina del Norte, salitreras de Taltal.
2180 Mina Principio.
2199 Cortes Blancos (F.C. de Antofagasta).
*
Vértice de triángulos.
-307-
2.200 a 2.300
Metros
2220 Finca de Carrizalillito.
2240 Abajo de Oficina J.A. Moreno (camino a Reventón).
2250 Casa de San Andrés.
2253 Vega de Tilopozo.
2255 Mina Armonía de Iscuña.
2255 Puente de Calama (F.C. de Antofagasta)
2263 Resguardo de Ramadas, río Copiapó.
2265 Estación de Calama (F.C. de Antofagasta).
*
2265 Pueblo de Calama.
*
2265 Sierra Overa.
2271 Morro Bajo de Cachiyuyo, frente a Máquina Atacama.
2287 Nacimiento quebrada de Carrizo.
2290 Mina Amolanas.
2.300 a 2.400
2.400 a 2.300
*
Vértice de triángulos.
-308-
2,500 a 2,600
Metros
*
2503 Lindero en cerro Tres Puntas.
2510 Portezuelo de El Dorado y Amarillos.
2529 Aguada de Cachinal (F.C. de Taltal).
*
2539 Pueblo de Toconao.
*
2540 Cerro de la Descubridora del Reventón (Paposo).
*
2543 Morro del Panteón (Tres Puntas).
2555 Aguada de Cachinal al pie de sierra Argomedo.
2579 Embocadura del río Potro.
2580 Salitrera Sudamérica.
*
2581 Morro estratificado al NE del Panteón.
2590 Resguardo de Jorquera.
*
2597 Farellón en cerro Tres Puntas.
2.600 a 2.700
*
2602 Punta del Medio en cerro Tres Puntas (M.).
2608 Vado de la Lucha (río Salado del Loa).
2620 Agua de la Encantada.
2630 Vegas del Toro (río Manilas).
*
2632 Cerro de Buenos Aires.
*
2642 Punta P. de las Tres Puntas.
2643 Estación de Cere (Antofagasta)
2649 Portezuelo para caer a río Manflas.
*
2651 Cerro Juana del Norte (E)
*
2660 Lindero bajo de Guanaco.
2660 Establecimiento nuevo Juncal.
2670 Pie del Castaño, río de Copiapó.
2670 Última guardia (cerrillo entre Caracoles y Calama = 2600).
2689 Ceres (F.C. de Antofagasta).
2695 Aiquina.
*
2698 Cachinal de la Sierra.
2.700 a 2.800
*
Vértice de triángulos.
-309-
Metros
2760 Mina Arturo Prat, Cachinal.
*
2767 Morro Alto (C. de la Dulcinea de Puquios).
2770 Ingenio Mercedes (F.C. de Taltal).
2790 La Guardia, río de Copiapó.
2.800 a 2.900
2.900 a 3.000
3.000 a 3.100
*
Vértice de triángulos.
-310-
Metros
3025 Finca de San Bartolo
3028 Agua de la Cruz.
3030 Vegas de Mostazal.
*
3045 Lindero cerro alto (4 leguas al S de Iscuña).
3056 Valle Maricunga.
*
3057 Lindero al M. de Guanaco.
3065 Río Guanchatoco, confluencia con Salado.
*
3066 Cumbre del cerro Deseada de Caracoles.
3072 Agua de Incahuasi.
3075 Portezuelo de San Guillermo, cordillera Domeyko, camino
carretero de Cachinal al Salar de Puntas Negras.
3085 Estación 2, cañería agua Arturo Prat.
3.100 a 3.200
3.200 a 3.300
*
Vértice de triángulos.
-311-
3.300 a 3.400
Metros
3307 Pueblo de Socaire.
3309 Vega de Onas.
3330 Aguadas Dulces, de Caracoles.
3333 Confluencia río Piuquenes con Nevado.
3350 Vegas del Caulón.
3355 Cueros de Poruña (entrada F.C. de Antofagasta).
3360 Obispito (valle de Copiapó).
3377 Puerto de Piuquenes.
3391 Cueros de Poruña (salida F.C. de Antofagasta).
3398 Tronquitos, de río Manflas.
3.400 a 3.500
3.500 a 3.600
*
Vértice de triángulos.
-312-
Metros
3570 Vegas de Puntas Negras.
3575 Vegas del Chaco.
*
3588 Vegas del Rio Frío.
3597 Vega del cerro Bravo.
3.600 a 3.700
3.700 a 3.800
*
Vértice de triángulos.
-315-
3.800 a 3.900
Metros
3800 Laguna Maricunga.
3800 Alojamiento de Pircas Negras.
3803 Carcote, estación F.C. de Antofagasta.
3805 Casa administración de la cañería de Sapos, Taltal.
3810 Cascada en río Juncal hacia Leoncitos.
3811 Vega de Quirón.
3812 Pueblo del Rosario (altiplanicie Atacameña).
3827 Puquio, alojamiento en camino a Tiloposo.
3830 Vega Tola.
3838 Vega de Macón.
3840 Aguas minerales en quebrada Gallina.
3848 Vega de Caurchari.
3850 Mina Exploradora.
3857 Vega del Tolar Chico.
3859 Cerca de Laguna Minique.
*
3860 Laguna de Maricunga.
3860 Portezuelo de Vicuña, cayendo a Mocoví.
3863 Vega de Potrero Grande.
3870 Río Lamas.
3871 Segundo alojamiento, río Gallina.
3877 Ciénega Redonda, al pie del Azufre.
3882 Vega, Falda Ciénega al sur de Catua.
3883 Vega de Pastos Chicos.
3895 Laguna de Lejía.
3.900 a 4.000
*
Vértice de triángulos.
-316-
4.000 a 4.100
4.100 a 4.200
-317-
Metros
4168 Vegas de Olaroz Grande.
4171 Vega de Barros Negros.
4175 Quebrada del Salin.
4177 Laguna del Negro Francisco.
4178 Vega de León Muerto.
*
4187 Lindero Morrito al N del pueblo de Pastos Grandes.
4190 Portezuelo de Maricunga, cordillera Domeyko.
4193 Vega alojamiento de Toro.
4190 Las Heladas, río Ramadas.
4197 Alojamiento cerca de laguna Negro Francisco.
4.200 a 4.300
4.300 a 4.400
*
Vértice de triángulos.
-318-
4.400 a 4.500
Metros
4400 Lagunas de Montosa.
4432 Valle al pie de Vidal Gormaz.
4450 Portezuelo del Cajón.
4450 Lindero en Punta N del cerro Coyaguaima.
4470 Cuevas del río Aguas Calientes, al S de Ratones.
4477 Vega de la Panilla cerca de Mojones.
4477 Agua de las Perdices.
4478 Vega del Agua Delgada.
4497 Vega de Los Colorados, al N de Potrero Grande.
4.500 a 4.600
4.600 a 4.700
4.700 a 4.800
-319-
4.800 a 4.900
Metros
4800 Pie E. cerro de Licancaur.
4819 Lindero cerro Gemelas.
4837 Portezuelo de Tres Quebradas (línea).
4870 San Francisco (Copiapó) F.C.T. vía Puquios.
4.900 a 5.000
5.000 a 5.100
5.100 a 5.200
5.200 a 5.300
5.300 a 5.400
-320-
Metros
5303 Lindero cerro cónico de Chamaca.
5309 Lindero cordón Tumbres.
5313 Portezuelo de Pastos Grandes con Selto Pujio.
5322 Cumbre cerro Pili.
5322 Lindero cerro Pocitas.
5339 Lindero cerro Toco.
5343 Lindero cerro Cuero de Poruya.
5360 Lindero cerro Panteón de Aliste.
5379 Punta sur, cordón Gallo Muerto.
5386 Lindero cerro Ilanco.
5.400 a 5.500
5.500 a 5.600
5.600 a 5.700
5.700 a 5.800
5.800 a 5.900
-321-
5.900 a 6.000
Metros
5903 Puntitas O de Puntas Negras.
5925 Lindero cerro Mojones.
5928 Lindero cerro Aguas Calientes, al O del Cajón.
5954 Punta cerro Aguas Calientes.
5992 Lindero cerro Azufre de Pastos Grandes.
5997 Cerro Licancaur.
6.000 y más
-322-
Declinación
Inclinación
Fuerza horizontal
-323-
Rumbos magnéticos
El uso de los azimutes magnéticos, a pesar de la poca exactitud de las lecturas, las
variaciones imprevistas, las perturbaciones locales y tantas otras causas de error,
son siempre útiles y prestan oportunos servicios al viajero y al explorador minero
sobre todo, que usa siempre la brújula como único medio de guía y orientación.
Del siguiente cuadro se podrá aprovechar un gran número de direcciones
magnéticas, habiéndose escogido para formarlo aquellos puntos o lugares pobla-
dos o de minas que más interesan al minero u otros que, por el vasto horizonte
que abrazan, ofrecen ventajosos puntos de mira y orientación. Si el viajero lleva
consigo el mapa se ahorrará este trabajo, pero a falta de él bastará llevar en cartera
los datos que contiene este escrito.
No figuran en el mismo cuadro la latitud, longitud y altura, porque en los cua-
dros correspondientes se encuentran ya expresados estos elementos.
-324-
Estación en El Obispo
(cerro de la costa inmediato al puerto Obispito)
Estación en Minillas
Estación en Algarrobo
(Caldera, lindero)
Estación en El Toco
(cerrito de la Casualidad)
Estación Ballena
-325-
Estación Coipa
(lindero)
Tronquitos (lindero) S 9° O
Pingo (lindero) S 88° ¾ O
San Andrés (lindero) S 63° ½ O
Tres Cruces S 67° E
Nevados de Jotabeche S 13° E
Monte Pissis S 78° ¼ E
Volcán Copiapó S 22° E
Estación Barranca
(San Bartolo)
Cerro Blanco
(cumbre de la Plata)
-326-
Alto de Pajonales
(Chañarcillo)
Lindero en Chicarras N 4° E
Lindero Normilla (lindero) O
Punta N de Hornillos (lindero) S 70° E
Cumbre de Pinuño S 20° O
Lindero de cerro Fritis S 40° E
Cumbre de Loma Grande S 30° E
Cerro Tajado N 15° E
-327-
Estación en lagunillas
(cordillera del Nevado)
Estación en Ustaris
(Copiapó)
Estación de Botijuelas
(cordillera de Antofaya)
-328-
-329-
Lindero Pocitas S 3° E
Lindero Pastos Grandes S 13° ¾ E
Cumbre culminante de Pastos Grandes S 19° E
Cumbre al NE del anterior S 34° ¾ E
San Antonio de los Cobres S 65° ½ E
Punta más oriental del gran cordón Nevado N 1° ¼ E
Punta Coyaguaimas N
Abra del Toro N 2° O
Punta de Olaroz N 9° E
Llullaillaco N 80° E
Punta del Viento S 20° E
Puntilla sierra Áspera S 28° O
Cerro de Aguas Blancas N 45° O
No ha sido posible procurarse los elementos necesarios para ligar estos traba-
jos con los de la gran carta geográfica de Chile del señor Pissis.
En operaciones de esta naturaleza los datos de construcción son indispensa-
bles, ya que sin tales elementos científicos para la verificación e indagación de los
puntos nada se puede comprobar. Tampoco han quedado las señales materiales en
el terreno.
Si, no obstante, las hojas de ese mapa hubieran sido esmeradamente construi-
das, siempre servirían para los fines de comprobación y referencia requeridos, pero
es por desgracia evidente que la gran carta del señor Pissis ha sido desfigurada, sea
por los dibujantes o sea por los litógrafos, pues los cálculos del distinguido geógrafo,
que hay razón para suponer perfectos o exactos, no concuerdan con las indicacio-
nes figuradas en el papel, sucediendo así que entre las indicaciones del mapa, para
la situación geográfica de los puntos y los resultados del cálculo en sus registros o
cuadros de latitudes y longitudes, se descubren notables y chocantes contrariedades.
Tómense como ejemplos los puntos más cercanos a la ciudad de Copiapó.
-330-
Se observa en este cuadro que las latitudes de Pissis son todas, a excepción de
las de Copiapó y Pintadas, inferior a las nuestras, afectadas de errores por defecto,
al paso que las longitudes del mismo, al contrario, están excedidas o afectadas de
errores por exceso sobre las de la comisión exploradora.
Las aproximaciones satisfactorias que resultan para algunos de los puntos se-
ñalados no se comprueban, como dejamos dicho al principio, para las coordena-
das del señor Pissis, con las indicaciones gráficas de las mismas en el mapa.
Deduciendo las diferencias que resultan del anterior cuadro, aparecen éstas
como siguen:
Nombres Diferencias
En latitud En longitud
Tomando ahora las distancias correspondientes sobre el mapa resultan las si-
guientes inaceptables discordancias:
-331-
Se observa que todas las distancias de Pissis están excedidas, menos las dos
últimas, lo que parece resultar de un error tipográfico que ha cambiado los nom-
bres de dos puntos, invirtiéndolos, pero aun cuando así desaparece la enormidad,
siempre subsisten para los mismos puntos los chocantes errores que afectan a los
demás.
Estableciendo estas comparaciones para otros lugares más distantes de Copia-
pó, al norte, los errores son aun mucho más considerables, llegando muy a menudo
a 10, 20, 50 y más kilómetros de magnitud, pero como no se trataba sino de ligar un
mapa con otro por el extremo sur, no se considera de interés ni necesidad el consig-
nar las demostraciones de tales diferencias, bastando con lo dicho para evitar que
en el futuro se reproduzcan tales enormes errores y saber que debe prescindirse
en absoluto de consultar una carta en que todo está desfigurado, tanto los grandes
rasgos geográficos como los de detalle, la situación de los pueblos, minas, etcétera.
En la necesidad de que las extensiones de la superficie del globo que se desea
figurar en el papel no sufran alteración en cuanto sea posible, ni en los ángulos,
ni en las dimensiones lineales, ni en el área comprendida, buscando al efecto el
medio de hacer desarrollable la forma esférica como se desarrolla un cono o un
cilindro, se ha consultado, entre los numerosos medios de proyección imaginados
por los geógrafos, aquel que más conviniera a esas necesarias condiciones, procu-
rando a la vez atender al objeto, a la naturaleza y a los usos para los cuales el mapa
en cuestión está destinado.
El mapa geográfico del desierto y cordilleras de Atacama, encerrando la ex-
tensión de superficie terrestre comprendida entre los paralelos de 21°30’ a 28°30’
S, queda dentro de las alturas meridionales donde sin inconveniente se puede re-
presentar un cuadrilátero cualquiera del esferoide terrestre por un paralelogramo
rectilíneo equivalente, sin alterar sensiblemente las superficies ni las direcciones ni
las distancias.
Entre los diversos sistemas de proyección conducentes a este fin, que es el con-
veniente a una carta destinada a usos prácticos e industriales, a guía de viajeros y
exploraciones mineras, a usos vulgares a la vez que a indagaciones científicas, el de
las cartas reducidas de Mercator o del cilindro recto de Lambert, que reproducen
las coordenadas geográficas en latitud y longitud por medio de rectas perpendicu-
lares entre sí, son las que mejor responden a tales fines.
Las proyecciones cilíndricas, aun cuando no tienen como las cónicas la ventaja
de figurar las distancias medidas sobre los paralelos en su verdadera magnitud, en
relación a sus respectivas latitudes, ofrecen, no obstante, la posibilidad de guardar
la exactitud de las longitudes en el paralelo medio, sirviéndose del cilindro secante
en este círculo, dando lugar a muy poca desfiguración en las longitudes extremas
de una carta como la presente, que teniendo su media en 25° sólo se extiende hasta
4° hacia sus extremos N y S.
En cambio, las distancias contadas sobre el meridiano guardan su verdadera
magnitud, igualándose la proyección con el desarrollo del arco correspondiente en
la esfera, correspondiendo así para cada grado en longitud, en función del radio
del paralelo y del coseno de su latitud, el valor
-332-
2 a’ cos. l
360
En consecuencia, tomando 100.925 metros por valor del grado de paralelo me
dio en 25° de latitud, la magnitud del minuto de longitud corresponde a 1.682 metros
constantes, al paso que la del minuto de latitud poco o nada se aparta de 1.846 metros.
1
En la escala adoptada de 250.000 las dimensiones están así representadas por
7.384 milímetros para el minuto de meridiano y 6.728mm milímetros para el mi-
mm
-333-
-334-
Buscando, asimismo, las zonas geológicas que están en relación con la produc-
ción del cobre, se encuentra también la íntima conexión de los depósitos de este
metal con el cordón montañoso que bordea las orillas del Pacífico, abriendo sus
criaderos en la diorita o en el granito que corona las cumbres, desparramándose el
mineral por sus planos y por doquier en sus diversas modificaciones, pero siempre
dentro de un paralelismo constante con la dirección de las grandes líneas orográ-
ficas de rocas eruptivas.
Esto determina hechos característicos que la representación geográfica pone
de manifiesto, despertando el interés del estudio y de la deducción de las leyes im
portantes a las que obedecen.
Por ejemplo, la serie de los depósitos de hierro especular cobrizo en mantos,
placeres y rebosaderos, que parecen preceder a toda formación estratificada neo
zóica o del grupo terciario, por cuanto las rocas porfídicas, diabasas y dientas en
que abren pertenecen a las edades del jura y van hasta el cretáceo, corresponden
al pie oriental de la cadena de la costa y se ven distribuidos según una línea que
arranca al sur de Astillas, en el departamento de Freirina, y sigue según una zona
que abraza como 30 kilómetros de ancho con rumbo al N magnético, encerrando
dentro de sus términos o límites los grandes rebosaderos y filones ferruginosos
de Castillo, Restaudora y Chañarcillito; San José Lechuzas y Galleguillos; Ema,
Salitrosa, Salado, California, Limbo y Tres Gracias; cerro Negro, Carrizalillo, Are-
nillas y Colmo; se prolonga más adelante esta misma zona en dirección siempre
constante, y coincidiendo con la región salitrera, hasta reaparecer en sierra Gorda
de Antofagasta y desaparecer otra vez dejando el campo al dominio exclusivo de
las pampas calicheras hasta más allá del Loa.
Los criaderos, en forma de grandes filones, de donde procede la producción
cobrera de Chile, obedecen también a arrumbamientos definidos siguiendo las
cumbres y contrafuertes de ambos lados de la cordillera marítima.
Allí están Carrizal Bajo, Quebrada Seca, Algarrobo y el Morado al NE de
Caldera; Las Animas en Chañaral; Canchas en Taltal; Paposo, El Cobre, Cerro
Gordo y toda la serie de minas que sigue hacia Cobija y continua hasta Tocopilla.
¿Y las minas de plomo argentífero, galenas o carbonatos obedecen a una ma-
nera distinta de distribución que la de los criaderos de las especies puras de plata?
He aquí que, en el curso demostrado por el mapa, para las importantes minas de
La Galena en Carrizal y Caballo Muerto en Chañaral, la línea que las une aparece
como el límite occidental de otra zona que se extiende desde esa línea hacia la
falda de los Andes, comprendiendo en su centro otra corrida notable, señalada por
las minas más características del Pingo, Juncal, Ceniza, Árbol, etcétera.
Acercándonos al moderno período de erupciones volcánicas, ¿qué minerales
parecen haber surgido en conexión con este gran fenómeno geológico? También
las líneas de distribución minera del mapa los señalan en los cobres grises argentí-
feros y auríferos de Cerro Blanco y La Coipa.
Y por fin, si en vez de buscar la distribución de los minerales según su naturale
za mineralógica, se persigue la relación de éstos con ciertos panizos o rocas de
determinada composición, como las felsitas, los pórfidos cuarcíferos, o si se sospe-
-337-
cha que cierta forma de criaderos obedece también a ciertas leyes de distribución,
¿cómo describirlo?
Veamos todavía en el mapa una indicación que guíe en la investigación, y a la
vez, consultemos las colecciones que están en relación con esas indicaciones y se
encontrará, por ejemplo: mina Amodanas: en el contacto de la formación calcárea
con las psamitas ferruginosas, criadero de cobre acerado salpicado en un gran
dique de pórfido cuarcífero: igual formación a 75 kilómetros más adelante en río
Figueroa, y un tercer caso análogo en las del Azufre, todavía más al norte, a 30
kilómetros más o menos y en la misma línea de los dos primeros.
También hay puntos de una interesante formación carbonífera, conocida hasta
ahora en dos puntos del desierto, y cuya disposición, ligándose estas localidades
con otras análogas de la república Argentina, darán puntos de relación del mayor
interés científico. En efecto, las formaciones carboníferas de la Ternera y de Amo-
lanas, de gran celebridad e interés para nosotros, esta última por haber sido visita-
da por el ilustre Darwin, equivalen, al parecer, punto por punto, a las de Rioja, San
Juan y Mendoza, bien caracterizadas como pertenecientes a la formación rhética.
Así, los trabajos geográficos, combinados con la indagación minera y el estu-
dio geológico, indican, en el descubrimiento de ciertas vaguedades sobre la mane-
ra de existencia de los minerales, que prometen, con más atentas y multiplicadas
ocasiones de observación, llegar a resolverse en realidades que traerían acierto y
más segura retribución en esta oscura, difícil y penosísima ciencia del minero que
indaga con sagacidad penetrante y busca sin tregua los indispensables metales en
que tiene su origen todo el progreso material del mundo.
Es sabido cuántas dificultades se oponen a la determinación siquiera aproxima
da de los contornos geológicos de un territorio y cuánta sagaz y minuciosa investi-
gación, tiempo y fatiga exigen semejantes estudios.
No es posible, por lo tanto, prometer gran cosa a este respecto en nuestro ma
pa, pero a lo menos todo en ello será nuevo, y si no exacto en los detalles, será fiel
y verdadero en los grandes rasgos.
Mr. Pissis ha atribuido importancia práctica a la teoría de Mr. Elie de Beau-
mont, que define la dirección de un sistema montañoso como equivalente a la
dirección del gran círculo máximo que mejor coincide en situación y orientación
con el promedio de los accidentes paralelos cuyo conjunto constituye el sistema.
Este círculo queda determinado por la latitud y por el ángulo que hace, en un
lugar dado, el círculo máximo con el meridiano del mismo lugar.
Pero el geólogo, que tanto ha estudiado la orografía andina, ha podido incurrir
en los errores consiguientes al desconocimiento de la verdadera dirección de los ejes
de las montañas en la parte más complicada y extensa del desierto atacameño y alti-
planicies inmediatas donde el rigor de las direcciones de un mismo cordón sufre inte-
rrupciones y cambios bruscos, así como también sucede que en sistemas de una mis-
ma orientación hay diferencias muy marcadas en sus respectivas edades geológicas.
Si se admite que la costra terrestre ha sido de composición regularmente homo
génea, la idea de sus dislocaciones y rupturas, según contornos geométricos como
el de un polígono pentagonal, se impone sin gran resistencia al espíritu.
-338-
-339-
la puna de Atacama y que necesita también llevar un digno nombre que la defina
y caracterice.
El sabio que primero enseñó la mineralogía en Sudamérica, iniciándonos a la
vez en los rudimentos de la ciencia geológica que él dedujo de aquellas mismas
cordilleras y, que durante cuarenta años de sacerdocio científico se consagró ex-
clusivamente a Chile, es el que debe subsistir para siempre, recordado en aquel
rasgo notable de la geografía patria que proponemos llamar cordillera Domeyko.
Su situación queda determinada por el cerro de Tronquitos, en latitud
27°14’11”63, y el cerro del Quimal, que bruscamente la termina sobre la llanura
que bordea por el oeste la gran salina de Atacama, en latitud 23°9’0”9 y longitud
68°43’19”8, recorriendo, así, en su curso por las cumbres intermedias de Maricun-
ga, Codocedo, Cerro Bravo, Doña Inés, Bolsón, Chaca, Los Sapos, Varas e Imilac,
550 kilómetros de distancia.
Otros sabios extranjeros, a quienes la gratitud nacional y la ciencia universal
están obligadas por sus trabajos en aquellas mismas cordilleras y desiertos, deben
también quedar allí perpetuados con sus ilustres nombres.
Altiplanicie Philippi llamamos a la región que el director de nuestro Museo
Nacional ilustró con los estudios de su científica especialidad y reprodujo con los
dibujos tan exactos de la característica fisonomía de aquella solemne naturaleza.
Corre, esta alta llanura, entre la cordillera de Domeyko y la codillera Real de los
Andes, limitando al sur por el borde que la separa del salar de Infieles y hacia el
norte por la salina de Atacama.
Cordillera D’Orbigny es el gran lazo de unión, que cerrando por el norte toda
la región atacameña, liga la cordillera Real desde el Licancaur con la cordillera
oriental en el cerro de Granadas.
Cordillera Claudio Gay habíamos llamado al trecho de cordón montañoso
que corre en los 95 kilómetros de largo que corresponden a la interrupción de la
cordillera Real, entre los picos de Tres Cruces y Juncalito, pero que hoy prolonga-
mos a mayor extensión al norte para simplificar descripciones que haremos más
adelante.
Sierra de Gorbea, en nombre del insigne matemático que enseñó primero la
mecánica razonada en Chile, es un cordón transversal que establece la interrup-
ción más pronunciada que se interpone en la continuidad de la altiplanicie ataca-
meña, por el oeste, pero con profundas depresiones al centro.
Monte Pissis, en recuerdo y honor del geógrafo y geólogo que varias veces he-
mos debido nombrar, es una potente montaña que determina un punto notable de
la cordillera Real, en el límite argentino, sin nombre hasta ahora conocido y que se
encumbra terminando en cúspide de forma cuadrangular en el paralelo 27°45’20”
y longitud 68°41’17”.
Posteriormente, el naturalista argentino don Francisco B. Moreno, comentan-
do nuestras descripciones de la orografía andina dice que este cerro debe corres-
ponder con el llamado Pabellón de la Laguna. En tantas veces de andar por allí
y de consultar a diversos guías o viajeros, nunca habíamos oído citar ese nombre
geográfico, pero si él existe, lo que es muy probable, es seguro que no corresponde
-340-
al cerro que lo lleva, con el que nosotros señalamos con sus coordenadas geográfi-
cas bajo el nombre de Pissis.
Volcán Wheelwright, en latitud 26°49’14”8 y longitud 68°44’44”5, llamamos
a un cerro volcánico situado en el mismo trayecto por donde los ingenieros, que
obedecían a las órdenes del gran empresario sudamericano, trazaron las primeras
líneas de un proyecto de ferrocarril trasandino.
Entre los geógrafos nacionales y escritores que han trabajado en la difusión
de los estudios de la geografía patria, el nombre ilustre de don José Victorino
Lastarria, autor de un texto en que han aprendido las generaciones, debe quedar
para siempre esculpido en alguna de las cumbres humeantes de esos Andes que él
describió con magistral maestría y que parecen señalar desde lo alto los derroteros
que el ardoroso minero-abogado buscó en persecución de noble ideal y generosos
fines.
Volcán Lastarria, en la cordillera Real, latitud 25°04’12”3 y longitud 68°31’18”15.
El historiador profundo y concienzudo, bibliófilo y sabio enciclopedista, a
quien la instrucción pública de Chile debe, entre tantas otras obras, un estimable
tratado sobre Geografía Física, será igualmente recordado por la posteridad en la
sierra de Barros Arana, continuación de la interrumpida cordillera Domeyko al
norte del Quimal, cordón de montañas que limita y separa la cuenca del río San
Bartolo en la meseta atacameña, de la del Salado, afluente del Loa.
La sierra Barros Arana, levantándose insensiblemente sobre la planicie del
Bordo de Atacama, gira al NE por las alturas de Chuscbul hasta entroncar con la
cordillera Real, sobre los flancos de Tatio, donde dividen las hoyas del Salado y
Atacama. La altura culminante en el pico de Chuschul está en latitud 22°39’33”6
y longitud 68°18’10”7.
Lleva el nombre de Río Astaburuaga un arroyo de origen antes enteramente
desconocido, al que se le reúnen pequeños anuentes de las faldas del monte Pissis
y corre por profundo cauce a formar las vegas de Barros Negros, frente al volcán
Copiapó, y continúa hasta desembocar en la laguna de Maricunga.
Es sabido que don Francisco S. Astaburuaga es autor del importante Dicciona-
rio geográfico de Chile, trabajo de mérito y de gran utilidad, que ha sido reproducido
por su autor en una segunda edición considerablemente aumentada.
Al tiempo de emprender estos estudios del desierto y cordilleras de Atacama,
la comisión exploradora debió útiles servicios y oportuna cooperación al distingui-
do hidrógrafo, director de la Oficina Hidrográfica, don Francisco Vidal Gormaz,
y la gratitud de sus miembros lo recordó en los primeros momentos del trabajo,
dando su nombre al cerro en que se define un interesante detalle geográfico.
Cerro Vidal Gormaz: latitud 27°45’0”, longitud 68°58’56”.
La fama de don José Joaquín Vallejo, hijo distinguido de Copiapó, literato, in
dustrial y minero, quedará recordada con su célebre seudónimo en el Nevado de
Jotabeche, punto culminante de la cordillera Darwin, en latitud 27°42’0” y longitud
69°13’33”.
La sierra de Almeida, en mérito del esforzado minero y célebre explorador
del desierto, don Diego de Almeida, el guía y compañero del señor Philippi, es un
-341-
-342-
Hernán Domeyko
Casimiro Domeyko
Mi estimado señor:
Nada más grato para mi corazón, que aceptar el delicado recuerdo que el
Instituto de Ingenieros hace a la memoria de “Benjamin”.
Ruego a Ud. se sirva manifestar a dicha Institución mis agradecimientos muy
sinceros, que a la vez, tengo el honor de trasmitir a Ud.
Aprovecho esta oportunidad para saludar a Ud. atentamente.
Victoria Subercaseaux de Vicuña M.
Estimado amigo:
Octubre 18 y viernes
Estimado señor:
-343-
F.S. Astaburuaga
-344-
-347-
nuestras líneas a las magnitudes del globo terrestre, ni buscar en éste la coinciden-
cia, de sus arrugas o fracturas, con determinados círculos máximos de la esfera que
permitan clasificar aquellas líneas entre los sistemas de la red pentagonal de Mr.
de Beaumont u otros de poco más o menos ingeniosa concepción, pero debemos
considerar lo que conviene al establecimiento de los rasgos fundamentales de la
orografía atacameña, en sus situaciones absolutas, y con relación a sus partes com-
ponentes y conexiones entre sí.
Los caracteres generales del relieve que afectan a los continentes han sido expre
sados por Dana en la simple definición de costas montañosas, correspondiendo las
más elevadas de éstas al más vasto océano que baña sus pies, y con un interior de-
primido compuesto de una o muchas cuencas separadas entre sí por cadenas inter-
mediarias. Modificando Lapparent esta comprensiva definición para generalizarla
más, establece que los pliegues disimétricos de la superficie del globo se producen
presentando siempre una vertiente abrupta, la cual forma la ribera de un mar o la
go en el cual se sumerge, guardando relación la importancia del pliegue, o cadena
montañosa formada, con la del lago o depresión oceánica que sirve de margen.
Es de interés, además, observar que este hecho, de un flanco abrupto mirando
siempre a una depresión, se produce también en el perfil de las montañas, resul-
tando de esto que la disimetría se verifica, en todo caso, no sólo en cuanto a la
posición geográfica de las líneas de relieve, sino en cuanto a las faldas opuestas de
cada especial o determinado cordón de montañas, cuyas pendientes respectivas
son siempre diferentes en inclinación.
Reproduciendo estas leyes generales de orografía en nuestras latitudes de Ata-
cama, tanto en el conjunto como en los detalles, se puede definir este territorio
como formado por una serie de serranías que corren de norte a sur con más o me-
nos intermitencias de continuidad, alternadas con valles o llanuras longitudinales
que van sucediéndose como graderías o tramos de una escala, que empieza en el
nivel del mar y asciende hasta las majares alturas de los Andes, mirando siempre
las pendientes abruptas hacia el inmenso océano y cayendo suavemente las caras
opuestas como planos inclinados hacia el interior del continente.
Sin incluir los cráteres aislados o grupos de volcanes, que tienen su origen y
forma especial, ni aquellas alturas o serranías que deben su configuración más a
los efectos de los agentes exteriores que a las causas interiores que dan su estructu
ra propia a las cadenas de montañas, propiamente dichas, se puede establecer
que el desierto de Atacama, comprendiendo la puna del mismo nombre, satisface,
en conjunto y en los detalles, a aquella definición general. Definición que cuadra
con una clasificación orográfica de distribución lineal y paralela, sin perjuicio de
suaves curvaturas en la dirección y de ramificaciones oblicuas y transversales que
no determinan rasgos importantes de la fisonomía general, sino que contribuyen,
junto con la discontinuidad de las serranías secundarias, a complicar y confundir
con sus discrepancias de detalle, la simetría o regularidad general de las grandes
líneas directrices del conjunto.
El abuso que de la simetría se hace, con mucha frecuencia, para ajustar a ellas
las partes salientes de una región geográfica, no se consentiría tampoco, sin des-
-348-
Cordillera Marítima,
Costa o Litoral
llamada también serranía de la
Después de la interrupción producida por el río del Huasco, arranca la primera sec
ción de la cordillera Marítima o serranía de la Costa, entre los pueblos de Freirina y
Vallenar, con su altura culminante en el cerro del Sauce, y continúa con su línea de
cumbres paralelamente a la orilla del mar, a una distancia de 25 kilómetros, hasta
terminar bruscamente en la de Cuestecillas, sobre las llanuras de la Bahía Salada,
a los 80 kilómetros de su curso, el cual se conserva en dirección del meridiano
con muy pequeño desvío al oriente. Sufre antes una interrupción para dar paso
a la quebrada de Carrizal y otra para la del Totoral, pero correspondiéndose sus
alturas y su continuidad en una misma línea de dirección, que va por las cumbres
del Sauce, Aguilar, Ciclo, Chinches (quebrada Carrizal), Pan de Azúcar, Cachina
grande, Montoso (quebrada del Totoral), Veladero y cerros de Palmita, doblando
allí un poco al naciente como para seguir el contorno austral de la Bahía Salada,
hasta Cuestecillas.
-349-
-350-
-351-
tos que se relacionan con los grandes diques de sienita, corren en dirección per-
pendicular, respectivamente, a cada uno de los extremos de aquel accidente geo-
gráfico. Uno de ellos está visible en el brusco desvío que sufre el río de Montosa,
en la quebrada Áspera, al pie de los Andes, y el otro, más al norte, era el cañón
del río Pulido, repitiéndose todavía otros que pudieran corresponder al término de
este desvío de la cadena entre Cachiyuyo y Tres Puntas.
Los hechos, mientras tanto, reproducen al norte del río de Copiapó la continua-
ción de las mismas orientaciones: en el eje central de la cordillera Marítima, desde
Jesús María, por Ustaris, hasta enfrentar a Cachiyuyo; y en el cordón de la costa,
desde Totoralillo, por Punta de las Vacas, cerro Negro de Plaza, Pastene, Algarrobo,
Morado y Moradito, hasta Salitrosa, en el margen austral de la quebrada de Flamen-
co; mientras que por las playas mismas del océano se continúan, también al norte,
las llanuras arenosas de Bahía Salada, por los llanos de Caldera, con sus mismas
areniscas terciarias y conglomerados de conchas contemporáneas y sus análogos
cerros aislados y dispersos, como restos de antiguo archipiélago, en Alto del Fraile,
Roco, Montevideo, etcétera. Por último, hundiéndose en el océano y formando
valla abrupta al continente, comienza a dibujarse, en los riscos de la serrezuela de
Halcones, contigua al característico Morro de Copiapó, y saltando de allí al cerro
Negro de Cabeza de Vaca y al del Obispo, hasta interrumpirse en Flamenco, la alta
muralla o escarpa de áspero declive, que más adelante ofrece el aspecto de potente
cordón montañoso y que en realidad no es sino como el talud del paramento o base
sobre la cual se eleva el valle longitudinal del desierto, formando el primer escalón
de la gradería que remonta hasta las grandes alturas del continente.
Dejamos, así, establecida una tercera sección de la cordillera Marítima que
no haremos comenzar en la cumbre de Jesús María, dejando esta altura anticlinal
como término de la segunda sección, correspondiente a las costas de Bahía Salada,
para contarla desde el margen opuesto, al otro lado del río de Copiapó, en las
alturas de Chanchoquín, a cuyo pie se extiende el centro de la ciudad cabecera de
la provincia de Atacama.
Arrancando, así, del cerro de Chanchoquín, la línea anticlinal de la serranía
Marítima, corre siempre en la misma orientación, de unos pocos grados al nacien-
te, como la costa, pasando por su altura culminante en Ustaris, para ir a desapare-
cer en las caídas que bajan a la ancha llanura y quebraba de Flamenco, contra el
cerro Medanoso, al oeste, de donde se desprende el cordón a Galleguillos, hacia
la costa, y caen en el mismo sentido las corrientes de la quebrada del Corralillo.
En aquella misma conjunción está el portezuelo del Gato, y entre éste y el
Medanoso se prolonga la extremidad en que termina esta tercera sección de la cor-
dillera litoral. Contra el mismo Medanoso, al naciente, con el portezuelo del Inca
de por medio, corre el cerro de Cachiyuyo, y más al oriente aun, el de Puquios,
segregados lateralmente del cordón principal, pero conservando con él el general
paralelismo orográfico.
Quizá, más bien se diría que este cordón de Puquios, por su situación, su es-
tructura y composición geológica en sus flancos orientales, que caen del lado de
Paipote, adhiere más bien a las serranías de cordillera, aunque por sus rocas diorí-
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Comienza esta nueva orientación de serranía con la misma dirección del meri
diano astronómico y corresponde su punto de arranque al norte, enfrentando al
cordón de Tres Puntas por el oriente, con la línea transversal divisoria de las aguas
entre la hoyada Flamenco y la del Salado o Chañaral.
Su extensión, entonces, queda determinada por la distancia de 52 kilómetros, que
media entre estas dos vaguadas secas; su distancia al mar es de 70 kilómetros y sus fal-
das orientales y brazos, de corta extensión, con algunos trozos dispersos de serranías
que corren a lo largo de su base por este lado, caen al valle longitudinal, aquí ancho y
despejado, sólo cubierto de islotes después de interceptado por el cordón transversal
de Tres Puntas. Estos islotes son los pequeños cerros donde abren los numerosos filo-
nes de cobre aurífero que hacen la bien merecida fama del mineral del Inca.
El cordón de Tres Puntas, el Humito y los cerrillos dispersos del Inca están,
orográficamente, en el mismo caso que apuntamos por Cachiyuyo y Puquios, y
con mayor razón exceptuados de ser comprendidos como pertenecientes al siste-
ma de la cordillera Marítima.
Volvemos entonces a la línea anticlinal de ésta que comenzamos en la extremi-
dad sur de la sierra del Chivato, la cual continúa por el punto culminante de ésta,
que lleva el mismo nombre, y sigue por Chañarcitos, haciendo allí un corto desvío
al oeste hasta San Jerónimo, que prolonga sus brazos al norte, cayendo a la ancha
quebrada del Salado, para continuar al otro lado por Luján y el Carmen hasta los
cerros de la Florida, donde corresponde la otra línea de separación de las aguas
entre la anterior hoya del Salado y la siguiente de Pan de Azúcar.
Así, de dorso a dorso, la cadena sigue bien definida en una ostensión de 76 ki
lómetros de largo y 45 de distancia a la costa, por término medio.
Tomemos ahora el ya citado cerro de San Juan y anotemos en su prolongación
al norte los de Salitrosa y Merceditas, que se enlazan con el San Jerónimo y no son
sino respectivas alturas culminantes de brazos desprendidos del Chivato; viene
enseguida, siguiendo el lado sur del río Salado, una depresión en frente de la cual,
por la estación del Salado, siguen el macizo de este mismo nombre y la sierra Ás-
pera, llegando ambas sierras a interrumpirse a las mismas alturas de la Florida, que
corresponden al dorso que dejamos explicado y caracterizan esta sección cuarta
de la cordillera Marítima.
En línea más al oeste, y siguiendo la prolongación que terminamos en Mora-
dito, de la tercera sección, se enfilan, al otro lado de la quebrada de Flamenco, los
dos gruesos macizos costaneros de San Carlos y las Ánimas, uno y otro asientos
importantes de la minería del cobre y que respectivamente caen al mar por sus
extremidades en Punta Brava y Paso Malo, lugar característico, este último, por su
precipitosa caída, sus interesantes ejemplos geológicos y su prominente papel en
la hidrografía marítima.
Saltando desde Paso Malo a través de la ancha desembocadura del Salado, que
forma la bahía de Chañaral, entra a dibujarse el relieve característico de la costa
que aludimos antes, en forma de una muralla abrupta bañada en su base por las
olas del océano y que sólo veremos interrumpida más adelante en las desemboca-
duras de Pan de Azúcar, de Taltal y en la península de Mejillones.
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Como alturas más centrales, y en relación con las de San Carlos y Ánimas, si
guen al otro lado del Salado, en esta misma sección, las de Portezuelos Blancos y
el Peralillo hasta el cerro de Minillas, que con toda precisión se levantan en la línea
divisoria de las cuencas del Salado y Pan de Azúcar, que determinan los extremos
de esta cuarta sección.
Entramos a la quinta sección en que también se determina, con caracteres de
uniformidad, el cordón marítimo, extendiéndose desde el dorso de la hoya hidrográ-
fica de Pan de Azúcar o Juncal en la Florida, hasta el dorso de la hoya de la Cachina
en la extremidad de sierra Overa, en una extensión de 45 kilómetros y a 50 kilóme-
tros de la costa. De los portezuelos y bajas de la Florida (lugar del famoso asiento
de minas de plata de ese nombre), el cordón anticlinal sufre pequeñas inflexiones e
irregularidades hasta resolverse, otra vez, regular y característico, en el cerro Negro
(mineral de cobre), siguiendo por la sierra de Pastene hasta la punta de este nombre,
donde sufre otra interrupción más para dejar pasar la anchurosa vaguada de Juncal
al puerto de Pan de Azúcar. Crucemos este corto espacio con un ligero desvío al
NE y encontraremos la característica punta de San Cristóbal, que seguiremos sin
interrupción por sierra Amarilla y sierra Overa, donde encontramos las vaguadas y
ancho paso de la quebrada de la Cachina y, por lo tanto, la línea divisoria de aguas
de ésta con la anterior del Juncal o Pan de Azúcar, terminando aquí para seguir, más
complicado en adelante, la quinta sección de la cordillera Marítima.
En cuanto a la estructura montañosa de esta quinta sección, en su parte costa-
nera hasta el océano, sólo habría de notarse el cerro mineral del Salado, la sierra
Áspera, que corre corta distancia hasta la altura de la Florida, y las ramificaciones
que se desprenden del cerro Negro, al oeste, por donde existe la gran mina de Ca-
rrizalillo y que se tocan con las serranías del lado del mar en el cerrito de Minillas.
Del lado opuesto, sólo hay de notable en esta zona el cordón de Bombas hasta
llegar a la Cachina, contra la sierra del Difunto.
Entremos a la sexta sección partiendo de la extremidad de sierra Overa y sal-
vando el ancho de la vaguada de la Cachina hasta tomar el cordón de cerro Negro,
que se enlaza, por medio de cadenas bajas y depresiones, al cerro extremo de la
Peineta, que determina un punto característico y culminante en la orilla occidental
del valle longitudinal que por estas latitudes se constituye en plena región salitrera,
al mismo tiempo que por el oeste da origen a los nacimientos de la quebrada del
Pingo, tributaria de la de Cifunchos, que a su turno nace del cerro Negro.
Llevamos hasta allí la línea de cumbres anticlinales de la cordillera Marítima,
porque en toda esta sección satisface también a la regla de distribución de las aguas
directamente tributarias del Pacífico que hemos aplicado a nuestro sistema de dis-
tribución orográfica, siguiendo en ésta el curso regular y simétrico de la cadena
litoral en su papel de distribuir, así, las aguas oceánicas por sus vertientes del oeste
y de formar con las opuestas del oriente la pared continua del gran valle longitu-
dinal; sólo interrumpida aquélla por los ríos o quebradas secas que nacen de las
regiones andinas, y que se abren paso atravesándola, lo cual le quita su carácter de
divortium aquarum continental —o regional para el desierto de Atacama— que en el
caso de no ser atravesada así le correspondería.
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cumbres, que por término medio se eleva a más de 1.000 metros y arranca de las
inmediaciones de Antofagasta en el Agua de la Negra, sigue por el Farol, la Fortu-
na, Naguayan, Medanoso, Chacaya, Colupo, Gálico, Tocopilla, etcétera.
Como excepción de esta regularidad y sencillez de la orografía marítima en
la sección boreal del desierto de Atacama, sólo se ofrece la referida península de
Mejillones, que se deprime en la ancha quebrada Medanosa y desprende al oeste
la baja llanura que fue canal de comunicación entre las colinas de Antofagasta y
Mejillones y avanza al mar el característico morro Moreno, con su extremidad sur
en Punta Tetas; el morro de Mejillones que termina al norte en la histórica punta
Angamos y, entre ambos, las playas escalonadas como anfiteatro, señalando los
sucesivos levantamientos del continente que acabaron por dejar en seco el antiguo
canal de comunicación interior. La quebrada de la Medanosa, que abre al de punta
Chacaya, podría determinar una sección especial, cortada desde la de Mateo, pero
no es de bastante importancia su curso al interior.
En resumen, considerada en toda su longitud y en su disposición más regular
y acentuada, la cordillera Marítima, Litoral o de la Costa se distribuye en todo
su curso desde el Huasco al Loa, en diversos trozos o segmentos que guardan
constante paralelismo con las playas oceánicas y forman otros tantos cordones
montañosos que se corresponden a través de las interrupciones que los separan
entre sí, conservando caracteres de composición y estructura que le son comunes
y dan a su conjunto las condiciones de continuidad y proporciones de relieve que
corresponden a un bien definido sistema orográfico.
Reasumiendo lo dicho, éste resulta dividido, en secciones, como sigue:
Primera
Desde el río del Huasco, entre Freirina y Vallenar, comenzando desde el cerro del
Sauce y continuando por Aguilar, Cielo, Molle, Chinches, Pan de Azúcar, Cachina
grande, Montoso, Veladero y Cuestecillas, donde termina bruscamente sobre las
llanuras de Bahía Salada. Largo de la cadena, 8o kilómetros y distancia media al
mar, 25 kilómetros.
Segunda
Desde Cuestecillas, a través de las llanuras de la travesía con desvío al NE, serie
de serranías interrumpidas hasta dar contra el cordón de Jesús María. Largo, 55
kilómetros, contra 50 kilómetros de distancia al mar en el extremo norte.
Tercera
De Jesús María, por las alturas que desde allí caen al río de Copiapó y se corres
ponden con las del margen opuesto en Chanchoquín, siguiendo por Ustaris hasta
terminar con las serranías de la Medanosa. Largo 52 kilómetros y distancia a la
costa 50 kilómetros. Interrupción a lo largo de la llanura del Inca, 20 kilómetros.
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Cuarta
Desde punta del Chivato, siguiendo este recto cordón por la altura culminante del
mismo nombre hasta Chañarcitos y San Jerónimo, cuya base cae al Salado frente
al cerro Luján, siguiendo por Carmen hasta las alturas de la Florida, que miran al
llano longitudinal por donde se establece el divorcio de las aguas de la anterior
hoya del Salado con la siguiente de Pan de Azúcar o Juncal.
Esta sección, de dorso a dorso del Salado, tiene 76 kilómetros de largo y por
término medio 45 kilómetros de distancia al mar.
Quinta
Desde la Florida, en el dorso del Salado, Pan de Azúcar hasta el siguiente divorcio
de las aguas en el dorso Pan de Azúcar, Cachina: por cerro Negro (mineral de
cobre) y sierra Pastene; desde aquí a través de la vaguada de Pan de Azúcar al cerro
de San Cristóbal y su prolongación por sierra Overa, abrazando 45 kilómetros de
largo por 50 de distancia a la costa.
Sexta
Séptima
Octava
El valle longitudinal
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van escalonando sobre sucesivas graderías hasta hacer perder en el viajero, que
poco a poco las asciende, la noción de las alturas relativas en que se encuentra,
tomando en absoluto las proporciones del medio que lo rodea y viendo, además,
deprimidas las cumbres y crestas de las montañas, en razón de sus flancos más sua-
ves y formas más redondeadas y planas, debidas a sus rocas arenosas y fácilmente
desagregables.
No obstante, cuando Doña Inés está de novia, como dicen los mineros, es decir,
ataviada de su diadema y velos de nieve, y que todas las demás alturas, a ambos
lados de esas pampas salpicadas de islas dispersas, como un archipiélago en tierra
firme, entonces la estética ayuda a los efectos del relieve orográfico y se dibujan
mejor los aspectos físicos.
Por otra parte, el Dr. Philippi no tenía por qué conocer con alguna precisión la
orografía del desierto en aquellos tiempos en que nada medianamente aproxima-
do a la verdad se había aún dibujado sobre el papel.
La clasificación de las diferentes secciones en que está dividido el valle o llanu
ra longitudinal de Atacama, se determina por sí sola en las alturas transversales
donde se divorcian las aguas hacia sus respectivas hoyas hidrográficas, pudiéndose
comenzar por establecer que en ninguna de ellas se comprenden cuencas u hon-
donadas sin salida, o que no tengan directo o continuo desagüe al mar. Comienza
la primera del Huasco a Carrizal, o sea, la Travesía enfilada al norte astronómico
entre sus bien definidos márgenes formados al oeste por las caídas orientales de la
serranía Marítima, desde Vallenar, por puntas Marañón, Varilla, Chorrillos, Yerba
Buena y Pajaritos, que ya hemos descrito, y al oriente por el cordón del Toro a
Grandón, Chehueque, Jaula y Punta de Díaz, comprendiendo, por término medio,
25 kilómetros de ancho.
El cerro de Pajaritos y su inmediato, el Paico, no hacen más que interponerse
como islotes y corresponder con la divisoria de aguas entre Carrizal y Totoral, al
paso que, del lado oriental, la llanura se extiende y ensancha más, pasando de
punta Díaz, siendo apenas sensible o, más bien, nula la altura de la línea divisoria
de las aguas, produciéndose a simple vista el efecto de continuar la llanura sin
interrupción hacia el norte, abriéndose al oeste hasta las playas de Bahía Salada,
siguiéndose el límite oriental por el cordón transversal de las Atlánticas, que se
liga con cerro Negro, etcétera, en dirección a Chañarcillo, sembrado el campo con
alturas aisladas, como el Diablo, Picanas, sierra de Fritis y otros más al poniente,
como Castillo y los otros que ya hemos nombrado en la descripción orográfica de
esta sección. Así llegamos a los cerros que encajonan el río de Copiapó, por el sur,
y que interceptan la prolongación del llano enfrente de esta ciudad, con los cerros
de Jesús María y Chicharras, ya conocidos también.
En esta disposición, flanqueando a Jesús María por el oriente, frente al porte
zuelo de los Cardones, continua por allí un ancho dorso que constituye el porte
zuelo de la Viñita, oblicuando la dirección al NE como la costa Marítima y corres
pondiendo, al otro lado del río, al despoblado de Paipote, entre los estribos de la
cordillera del litoral que se desprenden de Chanchoquín y Ustaris, y los del cordón
de Ladrillos al oriente.
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Entre ambas corridas de cerros, que dejan entre sí un espacio de unos 10 kiló-
metros como representación del valle longitudinal, se levanta más adelante, frente
a la estación del Venado, la extremidad sur de la sierra de Puquios, que lo divide
longitudinalmente, y más al oeste de ésta se levanta otra, la de Cachiyuyo, que
produce otra subdivisión contra el ya conocido cerro de Medanosa, que termina
el cordón de Ustaris.
Así, subdividido el valle del despoblado en tres gargantas, su continuidad des-
aparece a la vista, sobre todo en la más oriental o de Puquios, que sigue la línea
férrea hasta el áspero tajo, del mismo nombre, que la comunica al norte con el gran
llano de Varas; desaparece también en los del medio, que también se subdivide
entre los cordones de Puquios, frente a la mina Dulcinea y de Cachiyuyo, al pie de
las minas de oro de este mismo nombre y, por último, se continúa en forma de un
llano regularmente abierto y parejo, por el portezuelo del Inca, entre Cachiyuyo
y Medanosa, continuándose más abierto al norte, siguiendo la pendiente de las
aguas hacia la quebrada de Flamenco, como ya quedó explicado en su lugar. Este
llano se separa del de Varas bruscamente por el áspero cerro de Cachiyuyo, pero
se unen ambos por lomadas bajas, más adelante, antes del Chimbero y Tres Pun-
tas, produciendo, este último cordón transversal, una nueva interrupción, hasta
estrecharse contra el cordón del Chivato por el oeste, según la línea de altura del
divorcio de las aguas, entre la hoya del Salado, con la del despoblado de Paipote o
Copiapó, por el dicho llano de Varas.
En esta disposición, la continuidad del llano longitudinal, considerado en su
tercera sección desde el portezuelo de la Viruta hasta el tajo de Puquios, el porte-
zuelo de Cachiyuyo o de Llampos, y el del Inca, abraza hasta allí 45 kilómetros de
largo y entra, así distribuido, a una cuarta sección, donde se extiende más despeja-
do y característico, abrazando como 40 kilómetros de ancho desde los despuntes
de la serranía Marítima hasta el pie de la serranía de San Andrés, que forma el
primer contrafuerte del sistema andino por aquellas latitudes.
Al mismo tiempo, la llanura longitudinal ha ido aumentando en altura: desde
el Huasco hasta el dorso del Totoral, entre 350 y 400 más o menos, y desde allí,
más rápidamente hasta el portezuelo de la Víñita, a 850; bajando de aquí al río
Copiapó, el despoblado entra con 440 metros y se eleva, según un plano inclinado
continuo, hasta 1.250 en la entrada de la quebrada Puquios, y 1.660 por Cachiyuyo
y 1.530 por el Inca.
Arriba del Llano de Varas, la altura continúa subiendo desde 1.640 más o me-
nos hasta 2.000 al pie del cordón transversal de Tres Puntas y un poco menos por
el lado oriental de éste, contra las faldas del Humito.
Entrando la quinta sección con las alturas de la hoya del Salado, el valle se
extiende por el campo llamado del Inca y de la isla, donde están las importantes
minas de oro, dilatándose con más o menos ondulaciones y cerrillos o colinas dis
persas, en unos 30 kilómetros de ancho, desde las faldas del Chivato hasta la sierra
de Varas y llano más oriental del mismo nombre, pero hacia este mismo lado se
levanta la serranía de la Finca de Chañaral, que lo estrecha, dejando al oeste el
campo llamado Llano de San Pedro, el cual, a su turno, y en la parte norte de la
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Calleja, que siguen hasta el otro lado de Santa Luisa; y por el centro, en la Lautaro,
arranca el cordón longitudinal que separa las pampas de Sudamérica de las de
Lautaro, Atacama y José Antonio Moreno, verificándose, un poco más al norte,
por los Amarillos y el cerro de las Tórtolas, el divorcio de las aguas de Taltal y
Aguas Blancas, que por el oriente dejamos en el portezuelo Mercedes.
Es de 95 kilómetros la distancia de esta región salitrera que, así, corre desde los
portezuelos de sierra Overa y Altamira hacia el norte, abrazando la llanura, más
o menos cruzada de cerrillos y cortas serranías, unos 50 kilómetros de ancho por
término medio.
Sigue, a continuación, desde los puntos que dejamos anotados, la extensa sec-
ción de Aguas Blancas, que desagua por la quebrada de Mateo, reuniéndose con
los de Limón Verde y Caracoles, también tributarias de Antofagasta.
Entre la cordillera Domeyko, por las cumbres de Punta del Viento, Varas, San
Guillermo e Imilac, hasta rematar en el Quinal, y la cordillera marítima que se
enfila por el cordón Vicuña Mackenna, entroncando en un solo macizo montaño
so, con las alturas de la costa, corre la superficie que podemos tomar por valle
longitudinal en toda su anchura de 70 kilómetros, más o menos. Por su costado
oriental corren, más bien estribos o brazos desprendidos de la cordillera Domey
ko, serranías longitudinales que se tocan o escalonan paralelamente, como las de
Argomedo o Profeta con Providencia y, más adelante Pascua, el Árbol, Palestina
y la Ballena, San Cristóbal y el Buitre y los cordones diversos al sur de Caracoles,
sin nombres conocidos, y a continuación prolongados por el Centinela, Deseada y
Limón Verde, etcétera.
Aquí se cierra la extensa hoya y se limita el horizonte de sus llanuras al norte,
uniéndose las vertientes occidentales de Limón Verde con las serranías de donde
se desprenden las caídas al Loa, como las de Reyes y Guacate, prolongándose al
SO por sierra Gorda, el Solitario y otras dispersas alturas hasta estrecharse contra
la serranía marítima por los paralelos de Naguayán y cerro Gordo de Mejillones.
Vastos salares, serranías onduladas y campos cubiertos de caliche, con más
cerros impregnados de vetas y depósitos metalíferos de todos los metales nobles
y útiles, dan a esta hoya hidrográfica gran interés industrial al mismo tiempo que
el interés geográfico consiguiente a su considerable extensión y complicada topo-
grafía.
Por fin, pasando de este último límite al norte, el llano central se extiende
sin obstáculos hasta los márgenes del Loa, que cambia bruscamente su curso al
poniente, para seguir por su eje longitudinal en la región del Toco hasta volver a
recobrar, en Quillagua, su dirección hacia la costa, por el paralelo de 21½ grados.
Suelo arenoso, impregnado de sales alcalinas, costras visibles del caliche por
doquier, soledad, silencio y absoluta esterilidad, son los caracteres de esta región
en que termina, a los siete grados geográficos de latitud, contados desde la línea de
partida, la gran llanura central o calle longitudinal del desierto de Atacama.
Reasumiendo, para reunir sus diversas secciones conforme a la constitución
física del territorio, se forma el siguiente cuadro:
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Primera sección
Río del Huasco a hoya de Totoral: campo abierto, en forma de un verdadero valle,
parcialmente interceptado al norte por los cerros aislados de Paico y Pajaritos, sin
producir disconformidad en el curso de la llanura. Altura media de 420 metros
sobre el mar.
Segunda sección
Tercera sección
Hoya de Copiapó a hoya Flamenco y cerros de Puquios: entra por la quebrada del
Despoblado y se ramifica al oeste por el portezuelo del Inca, donde se divorcian
las aguas de Copiapó y Flamenco, tomando otro ramo central por Cachiyuyo hasta
los portezuelos del llano de Varas, y el tercero al NE, siguiendo la quebrada de
Paipote, por donde corre el ferrocarril de Puquios hasta el tajo del mismo nombre
por donde se penetra al llano de Varas. La altura asciende uniformemente desde
440 metros, a la entrada del Despoblado, hasta 1.200, 1.500 y 1.600 por el otro
extremo, hasta ascender al llano de Varas.
Cuarta sección
Quinta sección
Desde Tres Puntas o divorcio de las hoyas Flamenco y Copiapó con la del Salado,
hasta la divisoria de las de ésta con Pan de Azúcar: comprende, por el naciente y
centro las llanuras del Inca de Oro, a Pueblo Hundido, y, por el poniente, las del
llano San Pedro y Chañarcitos hacia el mismo punto, prolongándose la llanura
a través de la vaguada de Chañaral Alto, o finca de Chañaral, hasta más allá del
cauce del río Salado, donde insensiblemente se dividen las aguas para Pan de
Azúcar, en plena superficie igual y continua. En el Inca de Oro, la inclinación es
fuerte hacia el oeste, desde 1.500 hasta 850 metros, quedando por término medio
en 1.000 metros hacia Pueblo Hundido y los márgenes del Salado. Aquí está el
principio de la región salitrera hacia el norte.
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Sexta sección
Hoya del Salado a hoya de la Cachina, abrazando ambas vertientes de la del Juncal
y Pan de Azúcar: llanura abierta, surcada por profundos zanjones o cañones de
oriente a poniente; ascendiendo la altura sobre el nivel del mar entre 1.100 a 1.800
metros; terreno calichoso en toda su extensión.
Séptima sección
Desde las caídas a la Cachina, sin interrupción por las salitreras de Taltal hasta el
dorso donde se divorcian las aguas de Taltal y las de Aguas Blancas y Antofagasta:
extensión que abraza también, como las anteriores, desde el Salado, todo el ancho
comprendido entre los despuntes de la serranía litoral hasta el pie de los de la
cordillera Domeyko, surcada de norte a sur por serranías longitudinales de poca
duración y corta corrida. Es el centro de la formación y explotación del salitre,
siempre a la misma altura de 1.800 a 2.000 metros como término medio.
Octava sección
De hoya Taltal en la divisoria con Aguas Blancas y Antofagasta, a hoya del Loa:
la misma configuración de la anterior, más extendida la llanura hacia el oeste, por
donde se recoge la cordillera Marítima: siempre el terreno calichoso de antes. Des
ciende la altura media, por Aguas Blancas, a 1.000 metros, más o menos, por el
costado occidental, pero asciende al naciente por el plano inclinado general del de
sierto y se corresponde con las pampas calichosas de Salinas y Pampa Alta a alturas
hasta de 1.800 y 2.000 metros.
Novena sección
Por último, desde el divorcio de las aguas de Antofagasta, por las caídas al Loa,
hasta el margen izquierdo de este río: siempre terreno calichoso, campo abierto al
norte a través de las fatigosas travesías del Llano de la Paciencia, Colupo y las pam
pas del Toco hasta deslindar con Tarapacá por el cauce del Loa. La altura media
desciende, por estas pampas del Toco, a más o menos 1.000 metros.
Dada esta configuración topográfica del desierto de Atacama, será fácil al lec-
tor darse cuenta de las facilidades que un terreno, así dispuesto, ofrece para las
comunicaciones, por medio de caminos, carreteras o ferrocarriles.
El suelo natural, el piso de cascajo y tierras alcalinas ha sido el único camino, la
única vía que la industria minera ha podido aprovechar en el desierto de Atacama
para sus acarreos y tráfico de viajeros. Algunas huellas de carreta existen, como
también existen ferrocarriles, debidos únicamente al capital privado del industrial
minero y a donde éste no ha podido llegar, allí está la mina descubierta o el venero
por descubrir, abandonado por lo inaccesible e improductivo a causa de esa falta
inexorable de medios para el acarreo.
Esto es materia que desarrollaremos más adelante con sus necesarios detalles.
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Secciones: resumen
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macizo del Potro, y por el alto cordón al poniente que desde Colimai continúa por
el portezuelo del Gaucho, Chillón, Vaca Seca, Bolsito, Panilla, Tres Morros, la For
tuna, el Gallo, y desde aquí a la Papela, ya nombrada como arranque de la sierra
Miguel a Cuñas, formándose desde este mismo Cuñas al norte, la sierra de los
Sapos. En esta garganta, así formada, decimos, se encajona el río de Manflas, con
su curso recto al norte, y se define con claridad y evidencia el sistema orográfico.
Las extremidades de esta primera sección andina, terminando en el Potro y
la Papela, determinan una línea oblicua dirigida al NO, según la dirección que es
común, a importantes fracturas y fallas del terreno, y sobre las cuales hemos ya
llamado la atención con motivo de ciertos cambios de dirección en la costa del mar
y la serranía Marítima correspondiente que le sigue paralelamente, ofreciendo al
mismo tiempo aquellas dos extremidades los puntos de arranque de una nueva
orientación del sistema orográfico de los Andes.
Para la necesaria claridad y método de nuestra descripción, dividiremos tam-
bién ahora el terreno, como hemos hecho para la serranía Marítima y el Llano
Longitudinal, en secciones que correspondan a relieves notables de la topografía,
a caracteres físicos salientes o hechos importantes de origen geológico, abrazando
en cada sección, a lo ancho, toda la ostensión montañosa que se desprende de la
alta cordillera anticlinal del continente o se liga de cualquier modo con ella hasta
donde llega a morir o terminar sus puntos avanzados, al oeste, formando la pared
oriental del valle longitudinal.
De esta manera, y teniendo nuestro mapa a la vista, podrá el lector seguir y
deslindar netamente esta segunda sección, que es de gran importancia en la oro-
grafía andina y que empezamos a contar desde el Potro, cruzando los valles de
Montosa y Manflas hasta la Papela. Desde aquí continúa por la quebrada de Yerba
Buena hasta aproximarse a Punta de Díaz, envolviendo las pequeñas sierras que
se ligan al cerro Negro y despuntando las extremidades de las que se continúan, al
norte, como estribos o remates que se desprenden desde las vertientes o paredes
que encajonan el río de Copiapó. Esas puntas o remates son los contornos y orilla
naciente del valle longitudinal, en su segunda sección, que terminamos en el por-
tezuelo Viñita.
Estas extremidades, con sus ángulos entrantes y salientes, y sus fragmentos
dispersos, no son sino los arranques australes de un sistema de cordones que se
han levantado al impulso del dislocamiento característico que desde el macizo
del Potro y sus inmediaciones se dibuja en profundas fracturas, la principal de las
cuales arranca por la grieta de Pulido y continúa por el mismo valle Copiapó, con
rumbo al NO, hasta llegar al valle longitudinal frente al citado portezuelo Viñita,
en la desembocadura del despoblado de Paipote. Sigamos esta quebrada, con su
rumbo al NE, perpendicular al anterior; doblemos con ella al E por la Puerta
hasta la cuesta de Maricunga y desde allí por sobre la altiplanicie hasta el pie del
macizo de Tres Cruces, de la gran cordillera limítrofe que dejamos en el Potro, y
tendremos completado el circuito en nuestra segunda sección de orografía andina.
En sus rasgos generales, el contorno de esta sección se representaría por un
rectángulo, cuya base sería el valle de Copiapó, desde el Potro hasta el despoblado,
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saliente al este, determinado por las cumbres de Curuto y Pasto de Ventura situadas
en el ángulo que la cordillera oriental de la puna de Atacama forma para dirigirse al
norte; pero si trazamos la dirección hacia el macizo de Tres Cruces en derechura, por
las prolongaciones de quebrada Seca a Dos Hermanas, entonces ese ángulo se redu-
ce a más o menos 45°, siempre dentro de la orientación general que afectan las que-
bradas longitudinales y los ejes de montañas dentro de la sección que describimos.
Este arrumbamiento al NE es el que sigue en estricto paralelismo a la cordille-
ra el profundo valle por donde corre el río Jorquera, prolongado por el Figueroa,
hasta sus nacimientos en las arroyadas que bajan del Azufre, y por su parte, el
Jorquera, al recibir al Figueroa, toma al naciente con el nombre de Turbio y Piu-
quenes hasta su origen andino en Pircas Negras, abriéndose también como grieta o
tajo transversal que arranca perpendicularmente a la dirección NE y, por lo tanto,
corre al NO, en paralelismo con el río Copiapó, desde las Juntas, o más bien, desde
su origen en el Potro, hasta el despoblado.
He aquí, con tales cruzamientos de fallas y quebraduras, la aparente confusión
de los cordones montañosos que aparecen, como siguiendo indistintamente una u
otra de las direcciones fundamentales o de las intermedias, pero que en realidad se
distribuyen en líneas más o menos paralelas al eje de la gran cordillera anticlinal,
las mismas seguidas por las corrientes de rocas eruptivas, por las plegaduras del
terreno, la orientación de las estratificaciones dislocadas y el rumbo general de los
diques y de los filones minerales.
Los cordones transversales, que determinan divorcio de aguas entre hoyas par-
ciales de un mismo sistema hidrográfico, pueden afectar cierta importancia, como
el que, desde Come Caballo va por Pulido, Plaza y Vizcachas, forma la abrupta
vertiente de Piuquenes y Turbio por el norte, y las caídas de los numerosos afluen-
tes del Ramada por el sur; pero, si se trazan los ejes generales del sistema montaño-
so, se encuentra que aquellas alturas culminantes corresponden, con más o menos
precisión y exactitud, a aquellas líneas de dirección NE.
No se diga, por lo tanto, como puede decirse del cordón de Colimai a la Pape-
la, tan característico, que la serie de alturas que corre por uno y otro margen del
río Copiapó son cordones o series de alturas que obedecen a un eje determinado
de dirección, sino, al contrario, tengan en cuenta que el valle copiapino es cruzado
transversalmente, casi en dirección perpendicular a su curso NO, por una serie de
alturas y a veces bien definidas cadenas de cerros importantes que corren al NE.
Comenzando por el más inmediato a la cordillera, puede citarse uno de poca
importancia que sirve de contrafuerte a la gran cadena anticlinal fronteriza, y
arranca de Pircas Negras, saltando la quebrada Seca, para ir a formar cajón, por
el oriente, a la quebrada y río de la Gallina y se enlaza por medio del cerro Bayo,
frente a la laguna del Negro Francisco, al cordón de las Lajitas, y éste al de la Cié-
nega Redonda y a continuación al de Tres Cruces, no el de las grandes cumbres
nevadas de la cordillera limítrofe, sino un grupo de cerros bajos inmediatos al por
tezuelo de este mismo, de donde aquellas derivan el suyo.
A continuación, siempre en avance al oeste, y amarrado al Potro por medio de
uno de los potentes brazos radiados que este macizo desprende, se levanta el cerro
-372-
-373-
La primera de estas cadenas, que sigue el río por su margen izquierdo, enfila
las cumbres de Mulas y Vizcachas de Jorquera, saltando el río Turbio, para conti-
nuar el Figueroa contra el Cadillal hasta Paredones y Monardes, que circundan la
laguna del Negro Francisco por el oeste, y por fin hasta el ya nombrado macizo de
Santa Rosa, tocándose antes con el cono volcánico del Azufre o volcán Copiapó,
que por allí se levanta aislado y sin conexión aparente con los elementos orográfi-
cos que describimos.
La segunda cadena, que arranca del alto de Vizcachas en el ángulo agudo que
forma el Jorquera con el Copiapó, es la que hemos designado con el nombre de
cordillera Darwin, y corre desde allí por Tres Chañares y los altos picos de Leones,
Cárdenas, Gato, San Miguel y Tronquitos, en latitud, este último, de 27°14’11” 68
por 69°25’31” 63 de longitud O de Greenwich.
El resto de esta sección del sistema andino, con su característica orientación
general al NE, se define, también, con relieves que obedecen a igual disposición
de los ejes montañosos. Los arranques de éstos parten de alturas más o menos
pronunciadas sobre el margen izquierdo del río Copiapó, a veces tan prominentes
como cerro Blanco o cerro de la Plata, que forma como clavillo de distribución,
enlazándose con la Papela por el sur y con todos los demás cordones del cuadran-
te desde el NO al NE. Las brechas y demás rocas características de su formación
geológica se prolongan al norte según las alturas de la cordillera Darwin, como en
Leones, y pudiera aquel cerro ser considerado como el verdadero punto de arran
que de esta cadena.
Desprendiéndose de cerro Blanco al NO, siguiendo el margen del valle Copia
pó, las alturas de la Dichosa, Yerba Buena y cerro de los Frailes, se observa que
estas pueden relacionarse, desde Dichosa al noreste, con el bien definido cordón
del Romero, que desde el cerro de Calquis, inmediato al pueblo de San Antonio,
sigue por el Romero de Cabeza de Vaca, San Miguelito, el Tobar y Monroy hasta
enlazarse con Tronquitos por su costado poniente.
Otra cadena que se ve alineada en la misma dirección y parece corresponder a
eslabones que forman continuidad orográfica, a pesar de profundas interrupciones
en el sentido transversal, es la que arranca del referido Yerba Buena y se dirige al
otro lado del valle Copiapó por Lomas Bayas, Carrizalillo y los Azules hasta el
gran macizo de la Ternera, hermoso y robusto cerro de doble cumbre que se eleva
hasta 4.000 metros sobre el nivel del mar.
El morro de Chañarcillo es otra eminencia importante, que corre al norte clavado
y se relaciona geológica y orográficamente con Ladrillos, mientras que, a media dis-
tancia entre ambos, se levanta el cerro de las Pintadas, correspondiéndose al NE con
el Checo, Potrillo y el Gigante de Garín hasta estrellarse por Alcota contra la Ternera.
A continuación, siempre al oeste, ya no tenemos sino la quebrada del despo-
blado de Paipote, y su continuación, por la Puerta hasta Maricunga y desde aquí
por el valle cordillerano hasta Tres Cruces, por donde hemos limitado esta segun-
da sección del sistema montañoso andino de Atacama.
Empezamos la cuarta sección en Puquios, término de la línea del ramal del fe
rrocarril y frente al rajo que antes tomamos por límite oriental de la serranía Marí
-374-
tima y de las del sistema andino, siguiendo como base y línea de partida austral la
misma quebrada que desde allí continúa por la Puerta hasta Maricunga, en exacta
dirección al naciente.
El ramo principal de esta gran quebrada de Paipote es, sin duda, el que se diri-
ge al NE por San Andrés hasta cerro Bravo; mas, tanto la cordillera de los Andes,
en su prolongación al norte, más allá de Tres Cruces, como la cordillera Domeyko,
desde su arranque en Tronquitos, recobran el rumbo general de norte a sur, como
lo recobra también, por las mismas latitudes, desde el puerto de Chañaral, la costa
del Pacífico.
Estando, ahora, sobre el primer alto valle longitudinal al pie de la gran cordille-
ra, es oportunidad de repetir lo que en otras ocasiones hemos dicho acerca de la oro-
grafía de estas regiones, con motivo de la cuestión internacional chileno-argentina.
Siguiendo ambas márgenes del río Jorquera-Figueroa, va la cordillera Darwin,
que termina en Tronquitos, por el poniente, y la otra cadena, del margen opuesto,
va por el naciente, terminando en Santa Rosa, entre cuyas dos alturas cierran ese
valle por su cabecera boreal y caen sus pendientes que miran al norte, a la llanura
de Maricunga, formando, a su turno, respecto de ésta, su cabecera austral.
Entre esta cadena de montañas y los Andes limítrofes de aquellas latitudes, se
levantan algunas cumbres notables que los errores de los mapas y las incompletas
observaciones de los viajeros científicos han colocado fuera de su lugar, equivocan-
do las situaciones y las circunstancias orográficas.
Así ha sucedido que el majestuoso cerro que se levanta más al oriente, el Ne-
vado de Jotabeche, ha podido equivocarlos con los destellos de su nieve eterna,
pero su situación es tan evidentemente chilena como la nacionalidad del autor de
“Los artículos” de J.B. Ch.
Asimismo, los ha equivocado El Azufre o Volcán de Copiapó de todos los mapas,
que el doctor Burmeister coloca al oriente de los Andes, en territorios argentinos, y
Pissis figura en muy falsa situación también. Este esbelto cono volcánico, perfecto
tipo de la estructura ígnea estratificada, se ha levantado posteriormente a la forma-
ción de los cordones andinos ya descritos: el oriental, que determina netamente el
límite argentino y el divortium aquarum del continente, hasta el punto que más adelan-
te se explicará, y el occidental, de la cordillera Darwin desde Cárdenas a Tronquitos.
Esta característica altura, El Azufre, ha de llamar, como un faro, la atención
de las comisiones internacionales de límites en la oscuridad aparente del sistema
orográfico, y conviene, por lo tanto, explicar el papel que hace en la cuestión.
La posición geográfica exacta de su aguda cumbre corresponde al meridiano
69°8’35”58, en la latitud 27°19’2”50; su prolongación al sur termina, a corto tre-
cho, en el borde septentrional de la Lagunas del Negro Francisco, y su extensión
al norte no va más allá del borde meridional de la laguna de Maricunga; por su
contrafuerte transversal, al oeste, se liga con Tronquitos, y por el este se liga invisi-
blemente, a través de un valle al parecer continuo, con el cordón andino oriental,
en el macizo correspondiente a la doble cumbre de Dos Hermanas. El dorso re-
sultante de este hecho no salta a la vista ni se encuentra si no se busca, pero existe
como línea de separación de las aguas del río Astaburuaga, que corre al sur hacia
-375-
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saliente al este, su brazo izquierdo por Vidal Gormaz y Jarilla, Nevado y cerro
Bayo, donde termina, y su derecha, que va casi recta a Dos Hermanas, encierran
una cuenca desde cuyos flancos parten los nacimientos del río Astaburuaga, que
se escapa de allí por entre los pies de cerro Bayo y Dos Hermanas, para dirigirse
al norte contra la falda oriental de El Azufre, donde es sustituido por el de Barros
Negros, que entra a ser tributario de la laguna de Maricunga.
Queda, entonces, determinada la línea austral de cumbres de ésta, es decir,
de su cuenca hidrográfica, mediante el cordón que oblicuamente se dirige desde
Monte Pissis, en la cordillera real anticlinal, por Vidal Gormaz, Jarilla, Nevado, ce-
rro Bayo, Azufre y Santa Rosa, e inmediato este último a Tronquitos, término de la
cordillera Darwin y principio, al mismo tiempo, desde aquel punto al norte, de la
antecordillera o cordillera occidental, que por este rumbo determina el borde tam-
bién occidental de la altiplanicie andina y a la cual, interpretando un sentimiento
de gratitud en todos los chilenos, he dado el nombre de Domeyko.
Y ya que estamos en ella, prolonguemos este límite occidental de la hoya de
Maricunga, siguiendo de Tronquitos, por Portezuelo de Mandinga, Ojo de Mari-
cunga, Codocedo, Coipa y cerro Bravo, desde cuya cumbre baja un contrafuerte
al SE, que muere en la altiplanicie y se liga por una baja protuberancia al cerro de
La Sal, y por éste al cordón Claudio Gay en el cerro Colorado.
Y ya que tenemos también datos y cálculos de precisión para demostrar la ver-
dad y exactitud de los puntos que nos sirven de referencia, digamos que las coor-
denadas geográficas de estos puntos principales son: para Tronquitos, longitud
69°25’31”63 y latitud 27°14’11”68; para cerro Bravo, longitud 69°15’26”65 y lati-
tud 26°40’17”98; y para cerro Colorado, longitud 68°57’27”44 y latitud 26°58’15”8.
Aquí desaparece la regularidad de las líneas y se presenta un caso algo compli-
cado y que merece discusión.
Se trata de cerrar la hoya de Maricunga por el oriente, y nos encontramos con
los puntos extremos: Colorado al norte, que acaba de ser citado, y Dos Herma-
nas2 al sur, que ya conocemos, colocados ambos casi en un mismo meridiano y
en un mismo cordón que corre contiguo a la cordillera real anticlinal, desde Dos
Hermanas hasta el macizo de Tres Cruces, interrumpiéndose allí para dar paso al
río Lamas y continuando enseguida hasta Colorado, principio del cordón Claudio
Gay, que se continúa al norte.
Este cordón, que así está cortado por el río Lamas y que corre en sus dos seg-
mentos a uno y otro lado de este río, perpendicularmente a su curso, el cual corre
de E a O, no es la cordillera anticlinal. Pero los orígenes del Lamas no están sino
a una muy corta distancia más al E y NE, al pie del macizo de Tres Cruces, el cual
consta de tres cumbres alineadas de norte a sur, arrancando la primera en la real
cordillera, que hasta allí ha venido regular y única desde Dos Hermanas, por Tres
Quebradas, Patos y Puesta Colorada, y en sentido opuesto al norte, donde a muy
corto trecho se abate bruscamente para dar paso a la prolongación del valle seco,
2
Para conformarse a mayor precisión en la descripción detallada, dígase más bien, en lugar de Dos
Hermanas, cerro Bayo y su prolongación al sur, como antes ha sido ya definido.
-377-
que ha sustituido al río Lamas, y reconstituirse después por pequeñas alturas, di-
vidiéndose en dos brazos que toman, el del oeste por el Campo de Piedra Pómez,
y el del este por Barrancas Blancas, hasta corresponder con el cerro volcánico de
Wheelwright.
He aquí otro segmento o rama de la cordillera de los Andes, o a lo menos de
su prolongación orográfica, desde Tres Cruces a Wheelwright. Por entre ambos
macizos, el viajero que sigue el suave ascenso de la prolongación del valle seco de
Lamas en su curso al NE, no ve detrás de las sierras que va dejando a su izquierda
los nacimientos de otro río, el Juncalito, que va a desaguar por el norte a la hoya
de Pedernales, que es la que sigue, después de la de la Maricunga.
Mientras tanto, la prolongación de la cordillera de los Andes, que desde Tres
Cruces a Wheelwright no ha dejado de ser tal, pero ha dejado de ser netamente an-
ticlinal entre el Pacífico y el Atlántico, entre ambas repúblicas, chilena y argentina,
divisoria de las aguas divortium aquarium, etcétera, ha sufrido la misma interrupción
que la de las Tres Cruces a Colorado, por interposición de la misma ensenada que
se interna al Oriente hasta sus orígenes en San Francisco.
El volcán Wheelwright levanta su más aguda cúspide en la enrarecida atmós-
fera de aquellas alturas, a los 68°44’44”54 de longitud y 26°49’14”88 de latitud, y
para seguir y terminar este detalle del curso de los Andes, digamos que éstos, desde
Wheelwright, toman dirección al este hasta tocar el gran cordón de San Francisco,
que pronto describiremos, formando allí un agudo ángulo, para retroceder al oeste
y colocarse otra vez en su antigua dirección meridiana contra el segmento Claudio
Gay en la cumbre del Juncalito, dejando pasar al través de profundo tajo abierto,
en aquel punto, el torrentoso río del mismo nombre cuyo origen dejamos señalado.
Dejaremos aquí a nuestros Andes, porque ya se alejan de la cuestión que me
propongo esclarecer y porque no nos ofrecerá más depresiones, tajos o quebradu-
ras profundas de aquellas que tanta desazón produce a los geógrafos de la diploma
cia.
Desde Juncalito sigue la real y bien definida cordillera de los Andes, por Piedra
Parada, Laguna Brava, Nevados de Aguas Calientes, Volcán Lastarria, Llullaillaco,
Socompa, Miñiques, etcétera, hasta el piramidal Licancaur, baluarte y atalaya de
los aborígenes de Atacama, con su cúspide de escorias, su cráter lleno de hielo y
los restos misteriosos de la existencia del hombre, allí, sobre un peñasco de vidrio
volcánico con nieve eterna, a 6.000 metros sobre el mar.
Y descansemos aquí, ante el espectáculo colosal de aquellos gigantes de la
naturaleza alineados en batalla, como dispuestos a sacudir sus melenas de hielo y
volver a arrojar al espacio, en torno de todo un meridiano terrestre, los resplando-
res de luz que en la época de su antigua actividad debieron dar a nuestro globo el
aspecto de un mundo circundado de brillante aureola.
Detengámonos a considerar cómo se distribuyen las corrugaciones de la altipla
nicie andina resultantes de las fuerzas de compresión interior, y veamos cómo he-
mos de acomodarlas para que nos definan, entre las indicaciones de buena fe de
los tratados internacionales y las direcciones de fuerza a los que los geógrafos de
imaginación y gabinete quisieran ajustarlas.
-378-
Entramos en esta materia con el conocimiento del terreno en sus rasgos generales,
en cuanto a la distribución orográfica de las montañas, en plena seguridad con
relación al curso de las líneas hidrográficas y con los datos hipsométricos bastantes
para darnos cuenta de la exacta solución en la interpretación del tratado de límites,
sobre la base de las más elevadas cumbres que dividen las aguas y según la línea
que va por entre vertientes que se separan a un lado y otro.
Quedamos en la cumbre más austral de las Tres Cruces, punto de donde una
gran ramificación de la cordillera se desprende al este para doblar en seguida, otra
vez, al norte, formando el poderoso macizo de San Francisco, que va, después de cor
to trecho, a entroncar con el extremo oriental del cordón Wheelwright, en el ángulo
agudo que éste forma, allí, para volver al oeste, como ya quedó explicado más arriba.
Volviendo ahora al río Lamas, en sus nacimientos, para continuar al NE, por
el campo de Tres Cruces y de la Piedra Pómez, hasta ascender la depresión de los
Andes en las bajas lomadas frente a Wheelwright, se desciende al cajón de Barran-
cas Blancas y se asciende otra vez, suavemente, a las orillas de la Laguna Verde,
cavidad profunda, especie de Mar Muerto que semeja una inmensa esmeralda en
gastada en oscuras lavas y relucientes andesitas.
Pocos paisajes más adustos y solemnes por el silencio, la desolación, el colori-
do, la salvaje arquitectura de las montañas de escoria y los huesos dispersos en un
reguero de muerte, que el viajero, misteriosamente impresionado, anhela seguir
rápido, sin mirar atrás y sin detenerse ante espectáculos que no hay tiempo de
contemplar con espíritu tranquilo.
Es necesario ir allí con el interés del geógrafo, animado de la curiosidad inda
gadora del explorador, y quedarse allí en el mediodía cuando deslumbran los des-
tellos del cristal en la roca ignea, y en la medianoche, cuando la oscuridad del caos
o los reflejos de la luna arrancarían ideas de pavor y misterio al Dante y rasgos de
inspiración al lápiz de Gavarni.
Los viajeros que de allí avanzan al oriente, divisan como una estrella de espe-
ranza la cumbre nevada del majestuoso San Francisco, que cierra por el fondo el
imponente escenario y les promete sus generosas y reparadoras filtraciones en las
alegres vegas del mismo nombre. Es necesario avanzar aún, ascender la pendiente,
tramontar los 4.870 metros del portezuelo y llegar, al fin, como a tierra prometida,
a aquel paraje de restauración de las fuerzas y la vida, en plena e indisputable tierra
argentina.
No se estimularía, seguramente, en esta travesía, el egoísmo patriótico del emi-
nente y afable doctor Irigoyen por la teoría de las más altas cumbres, para echarlas
siempre de nuestro lado, ni se interesaría el brillante doctor Zeballos por hacer
cubrir con el tesoro de su patria la garantía de los kilómetros del ferrocarril que
algún día pudiera correr por allí.
-381-
Hay, pues, por lo que queda descrito, la evidencia de dos hechos concretos:
1° que la real cordillera de los Andes, al deprimirse profundamente al pie de las
Tres Cruces, sigue, no obstante, su curso continuo, aunque irregular, por San
Francisco, Wheelwright, o, más bien, directamente hacia el Juncalito, etcétera,
o según una cadena más prominente que se dirige al Colorado, etcétera y
2° que desde el mismo macizo de Tres Cruces, se desprende perpendicular
mente, al curso de los Andes, un brazo colosal que en seguida busca,
volviendo como herradura, su entroncamiento con aquélla.
Este brazo sigue determinando, para la república Argentina, la línea anticlinal
de cumbres y vertientes de las aguas que, inexorablemente, le pertenecen en su
curso desde allá hasta el Atlántico, cuyo visible hecho sigue produciéndose por la
prolongación de la misma cordillera San Francisco, según otro rápido o brusco
desvío al este por B. Ventura, Curuto, etcétera. Ésta ya deja de ser, sin duda alguna,
la cordillera real, pero sigue siendo, para la república Argentina, su línea anticlinal
y de vertientes orientales.
¿Cual es, entonces, la nacionalidad de la cuenca hidrográfica que media entre
Tres Cruces, Weelwright y San Francisco y cuya línea sinclinal está ocupada por la
profunda Laguna Verde?
Por las apariencias, yo la he tomado, durante mis primeros viajes con motivo
de un proyecto de ferrocarril trasandino y, hasta mucho después, por argentina.
Por los hechos, después de haber levantado la carta geográfica del territorio y
estudiado sobre ella, cuidadosamente trazada, la distribución de los sistemas oro-
gráficos, la tengo por chilena.
Por la teoría de las más altas cumbres, la Laguna Verde quedada tan chilena
como la de Aculeo.
¡Pero cuidado con las más altas cumbres de aquí en adelante!
Las encontraremos en cada intersección y por todos los lados o contornos de
las mesetas, cuencas u hoyas en que, a la manera de un tablero de damas, como
dejo dicho, aunque de casillas muy irregulares por la forma, está dividida la altipla-
nicie andina, a uno y otro lado de la cordillera real.
Dejamos de tenerla ahora con la república Argentina, salvo que la diplomacia ha
ya dispuesto otra cosa.
Entramos en un territorio limitado por líneas definidas y evidentes como los
lados de un rectángulo: con la cordillera real de los Andes, que lo recorre longitu-
dinalmente, más cerca del lado occidental, y de las respectivas cordilleras paralelas
que sostienen como muros de fortificación la ancha base que la levanta al cielo.
La que, así, le sirve de apoyo por el oeste, es la cordillera Domeyko, que des-
de Tronquitos a cerro Bravo, ya citados, sigue su curso por Pedernales, la esbelta
Doña Inés y Las Gemelas, Bolsón, Chaco, Los Sapos, Imilac y cumbre del Quimal,
donde termina bruscamente sobre la nivelada planicie de Atacama y su inmensa
sábana de sal gema.
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3
No tiene relación con lo que en Bolivia se llama también cordillera real.
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“una línea recta que parta de Sapalegui desde la intersección con el deslinde que los
separa (a los territorios cedidos) de la República Argentina hasta el volcán Licancaur”.
Tenemos, pues, en el texto del pacto, una línea continua que pasa por Lican-
caur y por Sapaleri, y cuya prolongación se intersecta con el deslinde argentino.
La verdad geográfica no hace más que poner las cosas en su exacta colocación
y permitir explicar al derecho lo que el documento internacional explica al revés.
Ya hemos dado la situación astronómica del Licancaur; la de Sapalari, que es
como pronuncian los naturales, en vez de Sapalegui, es de 67°10’59”69 de longi-
tud por 22°49’36”70 de latitud, y la prolongación de esta recta se intersecta con el
deslinde argentino en un punto cuya situación no habríamos podido fijar material-
mente, como se comprende, para determinarla con precisión, pero sus coordena-
das, en longitud y latitud, muy aproximadamente deducidas, son 67°32’ y 26°46’.
Y por casualidad, y para más clara inteligencia, resulta que esa misma línea
recta pasa también por una tercera cumbre característica, el cerro Bayo, y además
por uno de los pasos más frecuentados en el tráfico comercial entre bolivianos y
argentinos, el portezuelo de Mojones.
Pero todavía hay algo más que robustece la idea del claro discernimiento con
que los negociadores bolivianos, conocedores y prácticos del territorio de su pa-
tria, pero sin los medios gráficos para describirlo con precisión, firmaron el docu-
mento de paz indefinida. Porque, en efecto, la línea recta Licancaur Sapaleri hasta
su intersección con el deslinde argentino, casi coincide con la línea de cumbres de
la cordillera D’Orbigny, que arranca del licancaur y sigue en un cordón continuo
por Guaiyaques, Chajnantor, Nacimiento de Sapaleri y Queñual hasta granada,
donde entronca con el deslinde argentino en punto inmediato al referido portezue-
lo de mojones, donde cae la recta imaginaria del pacto de tregua.
Así deslindada y encerrada la altiplanicie oriental, natural y diplomáticamente,
por su extremidad boreal, nadie se dará cuenta de cómo ha podido nuestra canci-
llería, si es verdad lo que se dice y se afirma, desconocer el legítimo y solemne de-
recho de Chile a la conservación de ese territorio donde a la sombra de su bandera
y al amparo de sus leyes se desarrollan intereses de chilenos.
-384-
-385-
memoria y mis recuerdos puedan poner por figurado y por escrito en lo que se
refiera a los territorios que les serán adjudicados.
Las anteriores digresiones nos ahorran el repetir los rasgos generales que des-
criben la región cordillerana y sólo haremos referencia a ellos para relacionarlos
con las serranías que les están subordinadas, siguiendo el mismo método descrip-
tivo desde un principio adoptado.
El relieve de más importante consideración es el que resultó del levantamiento
de la cordillera que hemos llamado Claudio Gay y que introduce un elemento in-
dispensable de discusión en la orografía de los Andes, propiamente dichos, porque
se eleva sobre la misma base, se orienta en sus mismas prolongaciones y se com-
bina en su curso al norte con otros caracteres que aumentan su interés geográfico;
mas no forma, con toda evidencia, en la línea fronteriza divisoria de las aguas, cuyo
curso ya hemos definido, pues la cordillera Claudio Gay está flanqueada por el na-
ciente en gran parte de su curso, por el río Juncalito, y es atravesada por el mismo,
faltando así, con este solo hecho, a una condición fundamental de hidrografía.
Además, esta sierra corresponde muy bien en su prolongación orográfica y
composición geológica con la que antes hemos descrito como primer contrafuer-
te de los Andes fronterizos, desde Pircas Negras, saltando la quebrada Seca, y
continuando al naciente de la Gallina por cerro Bayo, Lajitas, sierra Redonda y
portezuelo Tres Cruces, que hemos prevenido no confundir con el alto macizo del
mismo nombre.
Pasado el río Juncalito, la cordillera Gay se prolonga con el nombre de cor-
dillera de La Ola, nombre que preferimos conservar por su antigüedad y por el
papel que hace en la historia de los descubrimientos mineros; mas, sin perjuicio
de esto, extendemos ahora el nombre del sabio naturalista e historiador de Chile a
todo el resto de esa sierra que se prolonga por las cumbres de Panteón y Colorado,
donde desprende brazos por Agua Helada a Doña Inés y Las Gemelas, cerrando
el Salar y borateras de Pedernales por el norte y de Infieles por el sur, uniéndose
por el oriente con la gran cordillera de Piedra Parada y Lagunas Bravas a Aguas
Calientes, etcétera, y prolongándose todavía al norte un poco y en seguida oblicua-
mente al N. O., cerrando por aquel lado la cuenca de Infieles hasta entroncar con
la cordillera Domeyko en la cumbre del Bolsón.
Así, sin perjuicio de considerarla dividida en dos segmentos, que llevarán los
nombres de Juncalito y La Ola, la cordillera Claudio Gay se considerará prolonga-
da sin interrupción desde el río Lamas al cerro Bolsón.
No tomamos en consideración ahora, por su poca importancia, la pequeña ele-
vación que separa, con los despuntes del cerro transversal de la Sal, las cuencas de
Maricunga y Pedernales que, respectivamente, corresponden a las grandes hoyas
hidrográficas de Copiapó y el Salado, haciendo de ambas cuencas, salares y bora-
teras andinas, una sección para nuestro plan descriptivo de la orografía.
Dejando, pues, el alto valle cordillerano en su límite occidental, determinado
por la cordillera Domeyko, desde Tronquitos al Bolsón, situado este último en la-
titud 25°47’34”5, no tenemos más rasgo característico que la continuación, desde
Puquios al NE del cordón que forma la pared o límite occidental de la quebrada
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San Andrés, siguiendo dicho cordón por Fraga y San Andrés hasta Valiente, donde
entronca con el cerro Bravo. Entre este cordón, la quebrada de Maricunga y la par-
te de la cordillera Domeyko hasta dicho cerro Bravo se forma, como se comprende
por las respectivas orientaciones, un triángulo rectángulo, dentro de cuyos lados se
levanta la sierra transversal, que corre en confusas estribaciones, pero dividiendo
netamente las caídas a las respectivas hoyas de San Andrés y Maricunga, y contra el
lado de la cordillera un pliegue del terreno que forma con las despedazadas estratas
de las calcáreas jurásicas, como un contrafuerte que se prolonga desde las Juntas de
Maricunga, por el cerro de la Guanaca, y saltando la quebrada San Andrés por la
Coipa hasta cerro Bravo. Lo demás no son sino las estribaciones que se prolongan,
de uno y otro lado, rellenando el resto de este recinto de forma triangular.
Desde cerro Bravo al norte se levantan las ya conocidas cumbres entre las cua
les descuella la elegante Doña Inés de Suárez, mediando desde aquella primera
cumbre que desempeña el papel importante de dividir las aguas entre Copiapó y
Chañaral y el Bolsón, unos 95 kilómetros.
Al pie occidental de esta distancia corre también un contrafuerte de montañas
caracterizadas por la constante serie de las estratas jurásicas que corren en la mis-
ma dirección y que, en algunos puntos, han justificado su fama como criaderos de
la plata, donde están en directo contacto con rocas eruptivas. Así se ven correr,
desde Valiente por el Hueso, Potrerillos y Las Tablas, donde saltan la quebrada del
Salado, para continuar hacia el norte hasta la quebrada de Doña Inés y, a través
de ésta, volver a destacarse en un cordón más definido y más distinto al pie de la
cordillera: tal es el Doña Inés Chica, que a su turno se interrumpe en el profundo
tajo o cañón del Carrizo, continuando en seguida por los cerros de la importante
mina Exploradora, del mineral de este nombre y hasta el Agua de la Piedra, por
donde se enlaza con las estribaciones del Bolsón y a corto trecho más al norte de
las del culminante cerro del Chaco.
Entre esta interrumpida serie y la llanura central del desierto, donde más espa
cio libre se abre, y partiendo otra vez desde la altura de Valiente, a ambos lados
de la quebrada del salto de Chañaral, no tenemos sino el Pingo, que se prolonga al
otro lado de esta quebrada en el importante macizo de Vicuña, que se desvanece
bruscamente sobre la meseta que se levanta entre el salto de Chañaral y el Salado,
ofreciendo un notable detalle de las serranías andinas en aquellas latitudes que
median entre los correspondientes paralelos de los puntos marítimos de Flamenco
y Chañaral y del cerro Bravo por la cordillera.
Potente y culminante como es, este macizo del desierto, sus estribaciones avan-
zan hacia el oriente hasta los altos de la Finca de Chañaral, dejando algún espacio
libre como llano longitudinal, por donde corre el camino del Inca, entre ellas y la
sierra de Caballo Muerto frente a Pueblo Hundido.
Más al norte, siguiendo el eje de Vicuña, ya no se cuentan sino como islas en
la llanura las sierras de Indio Muerto y de Miranda4.
4
Nota del autor. Observaremos aquí, ya que hemos nombrado a Vicuña e Indio Muerto, entre
cuyas moles se abre paso el río Salado, la ninguna razón y el provocador antojo de los cartógrafos de
-387-
Buenos Aires, que han trazado un mapa en el cual hacen figurar esas dos alturas como puntos de la
cordillera de los Andes, haciendo llegar todavía hasta ellos el límite occidental de la puna de Atacama
y también la soberanía argentina, invocándola con gruesos caracteres rojos en una inscripción que dice:
“Territorio argentino según tratado de límites con Bolivia, de 10 de marzo de 1893”.
Esta hoja de papel dibujado lleva fecha de 1896 y se dice que es copia del “mapa general que se
edita destinado al uso de la Guardia Nacional de la República Argentina”.
No siendo éste el lugar para refutar errores, efectivos o simulados, queremos, a lo menos, dejar
constancia de protesta en contra de procedimientos que introducen informalidades y chanzas en do-
cumentos destinados a ilustrar y enseñar, en vez de embrollar y engañar, como si los publicadores de
tales patrañas vivieran en un país donde impunemente se sacrifican a negocios de libreros o litógrafos
los respetos que a sí mismas se deben las oficinas públicas de información.
Antes de ver el sello oficial en ese mapa que se dice destinado al uso de la Guardia Nacional
Argentina –con el divortio de las aguas, la puna de Atacama y la soberanía argentina en las cumbres
de Vicuña e Indio Muerto– seguiremos creyendo que esa hoja de papel es escandalosamente apócrifa.
-388-
bién abierto espacio al oriente, por Agua Delgada y Choscha, resultando de esta
disposición una forma de península.
El volcán Socompa lanza, también, una cadena más angosta, pero más prolon-
gada que se dirige sin intermisión hasta la cumbre de Lila y se interna largo trecho
dentro del salar de Atacama, separando un golfo de éste hacia el pie de la cordillera
Domeyko. Hasta aquí constituye lo que hemos llamado sierra de Almeida, en mé-
rito de lo ya explicado antes; pero más adelante, pasado gran trecho de la salina, se
corresponde en dirección con el cordón de la Sal, que forma la orilla occidental de
aquel mar alcalino, hasta San Pedro de Atacama y se continúa siempre al norte con
el río del mismo nombre hasta San Bartolo, Machuca y Putaña, terminando por fin
contra la prolongación de Chuschul a Tatio, donde se divide la hoya de Atacama,
con los nacimientos del Salado, y termina el alto valle longitudinal andino.
Volviendo al Socompa, la gran cordillera se alinea siempre al NE, por otro
corto trecho que enlaza las reales alturas del Púlar, Coranzoque y Meniques, para
recobrar desde aquí la dirección del meridiano por Miscanti, Léjia, Laskar, Pótor,
etcétera, hasta el característico Licancaur y, a continuación de éste, por Puritama,
Machuca y Chaxar hasta Tatio.
La estructura de la cordillera en estas latitudes del territorio atacameño, como
puede juzgarse, no es de una continua uniformidad ni tampoco de tales desarreglos
o irregularidades que la hagan perder su carácter de cadena principal y culminante.
En su más notable irregularidad, al sufrir el término de su continuidad la línea
directriz, desviándose al oriente desde el macizo de Tres Cruces para levantarse
más potente y culminante en el de San Francisco, no se interrumpe ni se aísla sino
que se levanta más y define más netamente su carácter de dividir las aguas intero-
ceánicas, para volver, después de este mero desvío en su dirección, a replegarse
sobre sí misma y distribuirse sobre la ancha y alta base de la puna en sus condicio-
nes ordinarias de estructura y arrumbamiento.
Verificándose esta distribución más al norte de San Francisco, desde el cerro
de doble cumbre al que se ha dado el nombre de Dos Conos, la prolongación del
dorso continental sigue su arrumbamiento ordinario, con sus caracteres de conti-
nuidad y potencia en dirección a la gran mole de Los Colorados, pero sus estriba-
ciones desprendidas al oeste se ligan por este lado con el segmento de cordillera
Claudio Gay, desde el cerro de Juncalito a la Piedra Parada, formando el contorno
occidental del territorio propiamente dicho de la puna de Atacama. Desde la Pie-
dra Parada, al norte, esta sierra se continúa con pequeñas inflexiones frente a la
cuenca de las Lagunas Bravas, juntándose a la gran cordillera que se desarrolla
poderosa por Aguas Calientes hasta el macizo colosal del Llullaillaco.
Aquí se quiebra y se disloca lateralmente la real cadena por su flanco oriental,
y como fatigadas las fuerzas interiores de tan supremo esfuerzo, emprendieron
nuevo empuje levantando a su lado el Socompa y continuando la gigantesca mu-
ralla al norte.
Más adelante, entre Meniques y Miscanti, en el abra de Socaire en Tumisa, et
cétera, hasta el Cajón, al pie del Licancaur, no son sino cuellos o depresiones más
o menos importantes los hechos que la afectan.
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reales del lago de Atacama, o sea, desde donde termina el cordón del nevado de
Jotabeche hasta donde desprende sus brazos volcánicos el Licancaur, 4½ grados de
latitud, es decir, más o menos, 500 kilómetros.
Bajando, ahora por las alturas del Chaco a la llanura longitudinal del desierto,
entramos en plenas pampas de caliche y bien poco nos queda para terminar con
las serranías paralelas o estribaciones de la cordillera Domeyko, que terminan el
sistema de montañas de los Andes por el occidente.
Frente a Vaquillas y los Sapos, dejando un ancho espacio plano intermedio, se
levanta el cerro de las Pailas, por el sur y el norte, entre las vaguadas que respecti-
vamente bajan de esas alturas de la cordillera.
A continuación de los Sapos, el pequeño islote aurífero del Guanaco, rodeado
de colinas andesíticas, también todas de carácter aurífero.
Más allá Cachinal, cordón que desprende algunas alturas interrumpidas hacia
el norte, en la dirección de las corrientes a Aguas Blancas, que se separan de las de
Taltal entre el Guanaco y Cachinal. Entre este último, que contiene las famosas mi-
nas de plata y las cumbres de Varas, se levanta la rugosa sierra de Argomedo o del
Profeta, en forma de tres cuerpos paralelos que se tocan lateralmente, avanzando
el más oriental hasta la Providencia, sin tocarse con la cordillera.
Aquí la gran vaguada, que nace de ésta en San Guillermo, frente al salar de
Puntas Negras, interrumpe en largos trechos la continuidad de estos contrafuertes,
por donde sigue su curso la misma zona de rocas calcáreas jurásicas que venimos
observando desde el Huasco y que en diversos puntos ha continuado manifestan-
do sus riquezas minerales, precursoras de las grandes aglomeraciones de plata que
más adelante exhibe en Caracoles.
Estos contrafuertes se apartan en partes hacia el centro del desierto, formando
sierras como el Árbol, Pascua y otras muy vagamente designadas con varios nom-
bres contradictorios, pero todos ellos limitados en su curso por las interposiciones
de anchos espacios abiertos, sólo estrechados en forma de angostos valles o gar-
gantas al recostarse contra la cordillera Domeyko. Contra ésta siguen, así, algunas
líneas de relieve que se pronuncian al poniente del Quimal, en los cerros de Aguas
Dulces, y oirás por donde corre más pronunciada la zona calcárea que se recuesta
a lo largo del cordón del Centinela y se desarrolla al pie de los cerros que consti-
tuyen el mineral de Caracoles.
A continuación los Mellizos, Limón Verde, Cerrillos Bayos y sierra de Cuáca-
te, acaban, junto con el desierto de Atacama hasta el río Loa, todo cuanto podemos
citar como rasgos o detalles importantes del sistema orográfico de los Andes en sus
más avanzadas líneas hacia el occidente.
El resumen descriptivo del sistema montañoso de los Andes, en el desierto de Ata-
cama, queda reducido, como se comprende, a breves y bien definidas conclusiones.
Primera sección
Desde la línea divisoria hidrográfica entre las hoyas Huasco y Copiapó, la cordillera
limítrofe de los Andes corre hacia el norte, según su curso general hasta el macizo
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Segunda sección
Desde el macizo del Potro, la cordillera de los Andes toma rumbo al NE hasta Tres
Cruces, por cuyo pie corre la ensenada o recodo de San Francisco, extendiéndose
al oeste las alturas que por los mismos paralelos determinan el arranque sur de la
cuenca de Maricunga, y siguiéndose por la quebrada de este mismo nombre el
límite boreal de esta sección hasta Puquios; desde aquí, la misma quebrada, con
el nombre de Paipote, establece el limite por el NO, y a partir del río Copiapó,
las alturas de su margen izquierdo lo establecen por el SO hasta el Potro otra vez.
Dentro de estos límites, los relieves orográficos se subordinan a la dirección
general de la cordillera hacia el NE; así, el contrafuerte de la Gallina adhiere a ella
por todo su pie occidental hasta el portezuelo de las Tres Cruces; a continuación,
el cordón del Nevado de Jotabeche afecta la misma dirección, el que, partiendo
de la Estancilla, forma la pared izquierda del río Jorquera-Figueroa hasta la altura
de Santa Rosa; el que desde Vizcacha forma la pared opuesta, o sea, la cordillera
Darwin hasta Tronquitos; y así sucesivamente los que tienen su base de arranques
en el margen izquierdo o sur occidental del río Copiapó y continúan siempre al
NE, como el cordón del Romero, que se relaciona al sur con los Frailes y Yerbas
Buenas; de Yerbas Buenas a Lomas Bayas y Ternera, etcétera.
Tercera sección
El límite occidental de esta sección se prolonga siempre, según el arrumbamiento
al NE, por el cordón de San Andrés hasta el cerro Bravo, pero en la alta región
cordillerana de Maricunga, desde Tres Cruces y Santa Rosa, en que limitamos la
anterior sección, los relieves orográficos vuelven a recuperar su general dirección
al norte, a excepción de la gran cordillera, que hace un considerable desvío al
oriente hasta San Francisco, sección que describimos por separado.
Continúa como prolongación simétrica de la gran cordillera, al norte, la cadena
que hemos llamado Claudio Gay; arranca de Tronquitos la antecordillera Domeyko
hasta cerro Bravo, y de aquí por Doña Inés y Bolsón hasta el Chaco, recobrando tam-
bién, todo por el oeste, en la llanura central, el rumbo del meridiano astronómico.
Cuarta sección
Por último, esta sección abraza la prolongación de la altiplanicie entre ambas cor
dilleras, Real de los Andes y antecordillera Domeyko, terminando ésta netamente
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La puna de Atacama
Se ha dado por extensión el nombre de puna de Atacama al alto territorio que, co
mo meseta cerrada y sin desagües directos o fácilmente determinables, se levanta
a espaldas de la gran cordillera de los Andes, que hemos descrito y se apoya sobre
otra que le es paralela por el oriente. Desde la línea de cumbres, de una y otra
cordillera, se desprenden las aguas sin intermisión, por las respectivas vertientes
del continente hasta el Pacífico y el Atlántico, quedando sin salida y sin línea de
distribución regular, las que se recogen sin orden ni sistema dentro de la región
intermedia, o sea, la referida puna, la que también tiene, por sus extremidades del
sur y del norte, límites infranqueables al curso de las aguas que se distribuyen en
todos los sentidos dentro de este territorio completamente mediterráneo.
Ya se ha visto que, de estos límites extremos, el boreal es la llamada cordillera
de D’Orbigny, que arranca como un brazo del Licancaur, encerrando por el norte
la cuenca de Laguna Verde y siguiendo al oriente por las cumbres de Guaiyaquis y
Chajnantor, los nacimientos del río Sapalari, el cerro de Tinte, Queñoal y Grana-
da, donde se intersecta con la cordillera Oriental y límite de la puna por ese lado.
En cuanto al límite por el sur, arrancando éste del Juncalito al naciente, con
un cordón que limita, por el norte, la hoya de los nacimientos del río así llamado,
y pasando por cerros de nombres desconocidos, que en nuestro registro de coor
denadas se llaman Colorado y Negro, y enlazándose con brazos de otras serra-
nías que parten del norte del portezuelo de San Francisco, como del Ermitaño a
Wheelwright y otros hasta formar el nudo de Dos Conos o Chucula, al norte de
dicho portezuelo, nudo muy característico como altura anticlinal del continente a
la vez que como punto de partida de importantes cadenas longitudinales, se sigue
el límite por el portezuelo de Chucula al Negro Muerto hasta San Buenaventura,
Robledo y Curuto, doblando desde allí con rumbo al norte para formar la cadena
oriental de la puna hasta Granadas, como está ya explicado.
Para preferir otro curso más directo de la real cordillera de los Andes desde
San Francisco o más bien desde su prolongación en el clavillo de Dos Conos o
Chucula, se puede tomar por línea directriz la que pasa por el gran macizo de los
Colorados, dejando la cuenca de Lagunas Bravas al occidente y prolongándose
por León Muerto a formar un solo tramo, casi en el mismo paralelo 26° o un poco
al sur, con el segmento cordillera de Aguas Calientes donde ya lo hemos descrito.
Ésta es la misma dirección que antes habíamos tomado como más concordante
con los caracteres arcifinios, regularidad y potencia de la cordillera de los Andes,
siendo ésta la misma que le dimos al trazar la primera edición del mapa en escala
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de semicírculo por el este, envolviendo el cerro de Chamaca con las vegas y salar
del mismo nombre, para ir a entroncar también con la cordillera en el grupo de
volcanes inmediatos al Hécar.
Así termina la orografía del territorio de la puna, partiendo del nudo de Dos
Conos a Colorado.
La vertiente oriental de esta sierra forma un rápido plano inclinado que baja
hasta el profundo tajo que ocupan las aguas, vegas y salares de Antofaya. Serían
necesarios algunos meses de residencia en aquellos lugares para definir el intrin-
cado laberinto del detalle montañoso, trazando sus espacios abiertos, gargantas y
alturas diseminadas, al parecer, sin orden ni concierto.
De las alturas de Chucula y Negro Muerto, al oriente de San Francisco, y por
lo tanto en la divisoria entre territorios argentinos y la puna atacameña, baja, tam-
bién, un plano inclinado que se combina con el anterior formando el declive, don-
de se levanta el hermosísimo cono volcánico del Peinado, jamás con nieve en su
erguida cumbre, porque no la consiente la rápida caída de sus flancos. Más abajo y
más al norte del Peinado, y estrechándose más el espacio contra la empinada falda
del cordón oriental, empiezan algunas lagunillas hasta el profundo lecho donde se
extiende, casi indefinidamente hacia el norte, el interesante espectáculo del salar
de Antofaya: verdadero río de sal que serpentea con deslumbrantes reflejos en el
fondo oscuro de rocas lávicas y traquíticas.
Emparedado por el poniente, como ya está explicado, por los planos inclina-
dos y barrancos que bajan del Colorado y de las moles de Antofaya, lo encajona
también por el naciente, una cadena que parte de las prolongaciones orientales de
la Chucula y Negro Muerto, en dirección del cordón San Buenaventura, formando
muralla al gran espacio plano de Carachampa y Antofagasta de la sierra y teniendo
como más altas cumbres las de Cueros de Poruya, Oiré y el cordón de Colalaste,
que avanza una estribación al norte por donde gira el salar al NE, y enlazándose
dicho cordón lateralmente con el encumbrado cerro de Mojones, de cuya unión
nace el río de Antofagasta; desde aquí, más abatido, al NE, bordeando el ancho
salar de Ratones por el O hasta enfrentar a Cortaderas, dando término a sus pies
al prolongado salar de Antofaya, en cuyo punto también se distribuyen tres ramas
principales: el de Cortaderas a Macón, ya descrito arriba; uno intermedio que
deja entre el mismo y el anterior el Salar alargado de Pocitas, siguiendo con este
rumbo al NE, por el Ojo de Colorado, que endereza después al N, clavado hasta
quebrada Honda, desde cuya altura converge otra vez al NE, se levanta más alto
en el Azufre y se desarrolla en el poderoso macizo del Nevado de Pastos Grandes,
el más conspicuo grupo montañoso de la puna de Atacama después de Antofaya.
En cuanto a la tercera ramificación, ésta se desprende más directamente en
prolongación del cordón de Mojones, siguiendo el salar de Ratones hasta cerro
Gallego y prosigue al NE por el Tolar, Belquebil y la sierra de Copalaya, que se
anuda con el Jueregrande de la cordillera oriental limítrofe de la puna con Argen-
tina, frente al alto macizo salteño de Cachi.
Definiendo con más concisión y trayendo otra vez esta cadena de alturas desde
su origen en las vecindades de San Francisco, arrancándola de la Chucula y San
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Conclusión
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2. Hoya de Carrizal
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Superficies Superficies
parciales totales
al norte. Sus nacimientos no derivan desde las cor en hectáreas en km2
dilleras, sino de la misma llanura de la falda occi
dental del cordón de la Jaula al Chehueque, que la
limita por el naciente.
Esta misma distancia es su límite este y cierra
por el norte desde la Jaula, atravesando la llanura
al noroeste hasta el cerro del Chañar y de aquí por
las alturas que divorcian sus aguas con las del Toto-
ral: portezuelo de Carrizal Alto, Cachinar Grande,
Panul, Algodones, Carrizo y Punta Matamoros, al
norte de Carrizal Bajo, en el Pacífico. El límite por
el sur es el ya descrito y común con la parte de la
hoya del Huasco que consideramos.
Esta cuenca consta de un suelo arenoso muy
permeable, de origen marino, y donde el terreno ba
ja con cierto declive al oeste al estrecharse contra
los cerros de la quebrada, en tres Chorrillos y Cha-
ñar, alumbra el agua a la superficie formando ojos
y vegas de alguna extensión, como las de Canto del
Agua, Perales, Chorrillos, Chamar, Algodones, Zan
jón y Yerbas Buenas.
Entre las quebradas laterales que desembocan
en ella, la más notable por su extensión es la que
del sur se desprende del portezuelo de Taisana y
desemboca frente a Barranquillas.
Carrizal: encierra su superficie 129.099
Siendo la punta marítima de Matamoros el pun
to más culminante de la costa, a donde se determi-
na más netamente la separación entre las hoyas de
Carrizal y Totoral, corresponden a la primera las si-
guientes pequeñas cuencas costaneras que se siguen
de sur a norte:
Higuera: cae de las faldas del Panul y tiene de
superficie 14.570
Quebrada Honda: nace también de las estri-
baciones del Panul al norte 4.715 1.483,89
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Superficies Superficies
parciales totales
Matamoros, al norte de la cual está la caleta de este en hectáreas en km2
nombre, con buen fondeadero y desembarcadero.
Matamoros: la cuenca a la que pertenece mide 2.056
Los Burros: con aguada en la quebrada, mide 2.552
Quebrada Mala: deslinda en punta del Totoral
con la caleta y desembocadura de este mismo nom-
bre, que lo lleva toda la hoya total. La superficie de
quebrada Mala es 2.766
Totoral: el límite sur comienza en la costa con
el contiguo de quebrada Mala, por Pedregoso, y la
de Carrizal hasta la Jaula y Chehueque; desde aquí
continúa por Grandón, Toro, Placetón y Colimai, y
toma su límite al este por el cordón que la separa
del río Manflas, desde Colimai a la Papela, abra-
zando todos los derrames de la Jarilla, siguiendo
por los portezuelos de Antivillaco y la Era, cum-
bre de cerro Blanco y Dichosa (que arrojan todas
sus aguas por la gran quebrada de Yerba Buena a
Punta Díaz), los Frailes, el Alto del Molle y Morro
de Chañarcillo hasta portezuelos Blancos; empie-
za, desde aquí, su límite por el noroeste y norte,
pasando a la cumbre de sierra de Fritis a cerro de
Castillo, Palo Negro, Cuestecillas, Veladero y cor-
dón a la costa hasta cerrar por el norte la caleta de
Totoral Bajo.
El terreno es análogo y de igual origen que el
de la hoya Carrizal. El agua buscada en el subsuelo
se encuentra a una profundidad de muy pocos me
tros, como en el pique del Algarrobal, estación del
ferrocarril.
No tiene, tampoco, sus nacimientos en la cordi-
llera de los Andes, como se ha visto, sino que bajan
éstos de las alturas que forman el margen izquierdo
del río Copiapó, abrazando el ancho espacio por
donde desaguan importantes quebradas como las
de la Jarilla, Sapos y Yerba Buena, que se reúnen
para penetrar al Boquerón, por entre los cerros de
Rincones Blancos y cordón de la Noria, mientras
que por el lado norte de este mismo le entran las
corrientes que nacen del Alto del Molle, Pajonales
o Chañarcillo, todas las cuales embocan en la an-
gosta grieta de Totoral Bajo, formando, antes, ex
-405-
Superficies Superficies
parciales totales
tensas y pastosas vegas, abundando, en ciertas oca- en hectáreas en km2
siones, el agua lo bastante como para aprovecharla
en cultivos de hortaliza.
Es, también, abundante el agua en diversos
cañadones de la Jarilla, en la quebrada de los Sa-
pos, en la de Yerba Buena y sus afluentes, en la de
Pajonales y la famosa Agua de Urbina, inmediata
a Juan Godoy, etcétera. La caleta de Totoral Bajo,
receptáculo común de este ancho sistema hidrográ-
fico, contiene en sus playas estanques con agua de
carácter litoral o almajares, y tanto por esta facili-
dad de recursos como por su proximidad al mine-
ral de Chañarcillo, muy a menudo servía de auxilio
a los contrabandistas y cangalleros para sus fraudu-
lentos negocios.
En cuanto a la caleta misma, como fondeadero
y lugar de desembarque, es de lo peor posible.
La superficie de la hoya de Totoral es 554.785 5.621,60
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Superficies Superficies
parciales totales
del Veladero, frente a Pajonales, y otra más en la en hectáreas en km2
costa, bahía del Medio.
Barranquillas: está separada de bahía Blanca
por las alturas aisladas del Chascón, sierra Grande
y Normilla, hasta estrecharse más adentro contra
Petacas y faldas de Chañarcillo. Su superficie es de 35.150 2.274,82
En la costa marítima que abraza estas hoyas,
desde punta Totoral a Punta Lomas, es notable por
su forma característica la de Pajonales, vista desde
el mar, apareciendo aislada en las extensas playas
bajas; su fondeadero es excelente y ofrece fácil des-
embarco.
Sigue la punta Cachos, tan conocida, no sólo de
los marinos, sino de los viajeros que desde a bordo
observan sus dos puntas en forma de verdaderos
cuernos.
Desde aquí abre la gran Bahía, con desvío de
la costa al NE, comprendiendo la caleta Chascón,
muy peligrosa por sus arrecifes y bajo fondo, pero
muy bonita. En seguida, la bahía del Medio, es se-
gura, abrigada al sur, pero abierta al norte, por lo
general.
La punta del Salado ofrece a la vista cerros
muy escarpados.
Barranquillas no presenta seguridad alguna; el
mar bate contra las rocas furiosamente.
Por último, punta Dallas, principio de la hoya
copiapina.
5. Hoya de Copiapó
Por el sur tenemos ya definido el límite desde punta Dallas y Lomas hasta los
nacimientos del río Manflas, desde el Alto de las Yeguas en la cordillera de los
Andes; por el naciente, ya hemos definido, también, el curso continuo de ésta
hasta el macizo de Tres Cruces y desde allí al oriente hasta San Francisco y vuelta
al occidente por Dos Conos y Ermitaño, con estribaciones hasta Wheelwright,
y por el dorso de donde se desprende el Juncalito, al cerro Colorado de la cor
dillera Claudio Gay y, por ésta, en dirección oblicua al cerro Bravo de la cordillera
Domeyko, según el dorso que divorcia las aguas de aquellas alturas entre Maricunga
y Pedernales, y, por extensión, entre las hoyas de Copiapó y el Salado. Desde
cerro Bravo, conocemos también la línea de alturas que baja por Valiente y San
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Superficies Superficies
parciales totales
La descripción hidrográfica de esta extensa ho en hectáreas en km2
ya nos tomaría demasiado espacio en esta breve
enumeración, y mereciendo alguna prolijidad por
su importancia general y agrícola, la reservaremos
para otro lugar más adelante.
Mientras tanto, entremos a definir y deslindar
sus subdivisiones en la sección de sus nacimientos,
dentro de la región andina al pie de la frontera inter-
nacional, comenzando por la más alta y distante al
oriente, en el famoso portezuelo de San Francisco.
San Francisco: siguiendo los contornos ya co-
nocidos por el sur, este y norte, sólo observaremos
que ella se cierra por una línea que prolonga las es-
tribaciones de Tres Cruces hasta enfrentar a las de
Wheelwright. No se encontraría región más desola-
da y estéril; todo en ella es adusto y silencioso y todo
calcinado y muerto por el fuego de las deyecciones
volcánicas. En un profundo embudo o depresión,
emparedado entre altos barrancos de escorias y la-
vas, la vista descansa sobre un fondo de verde esme-
ralda, que forman las aguas densas y muertas de la
Laguna, con un pequeño río salado que la alimenta
por el lado del noroeste. Sus dimensiones se extien-
den de este a oeste unos 6 a 7 kilómetros y su altura
sobre el nivel del mar es de 4.550 metros.
La superficie de esta cuenca abraza
Maricunga: esta cuenca recibe el importante cau- 187.655
dal de diversos arroyos que allí parecen ríos, como el
Lamas y el Colorado, que le entran por el naciente y
los de Ciénaga Redonda, Pastillos, Pastillitos y Santa
Rosa, que le penetran por su cabecera sur.
Ya sabemos como está circundada esta intere
sante hoya, cuyos escasos caudales de agua son mo
tivo de permanente preocupación en los habitantes
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Superficies Superficies
parciales totales
de Copiapó, que quisieran verlos precipitarse cor en hectáreas en km2
dillera abajo hasta sus sedientos campos, y no me
nos por sus depósitos salinos y de borato de cal,
etcétera. Su extensión, cubierta por aguas o panta-
nos, comprende 26 kilómetros de largo de norte a
sur, por 8 de ancho. Su altura es de 3.800 metros.
Su superficie es de
Astaburuaga: desprende sus nacimientos de las 161.212
caídas occidentales de monte Pissis e inmediacio-
nes, formándose un arroyo que, al abrirse paso al
pie del doble pico Dos Hermanas, se distribuye va-
gamente en el valle que corre contra el cordón del
volcán Copiapó o Azufre, distribuyéndose hacia
el norte por Barros Negros y Ciénaga Redonda a
Maricunga y por el opuesto hacia Negro Francisco.
Otro pequeño arroyo se le agrega procedente de la
quebrada de las Lajitas.
Su superficie es
Negro Francisco: encerrada entre las estribacio- 171.463
nes del Nevado de Jotabeche y del Azufre y las de
la cordillera y cordón de Monardes y Paredones
por el oeste, recibe pequeños contingentes de agua
que bajan del Azufre y cuyo aprovechamiento, por
canalización y desvío hacia el río Figueroa, ha sido
también uno de los recursos que se han intentado
para aumentar las aguas del río Copiapó.
Las aguas de la laguna, que son de profundidad
muy somera, depositan incrustaciones salinas que
las hacen impotables, como acontece con todas las
que en iguales condiciones existen en aquellas re-
giones. Su largo ocupado por el agua es de unos 8 a
10 kilómetros por 4 a 6 de ancho y su altura sobre
el nivel del mar 4.200 metros.
Superficie de la cuenca
Copiapó: la hoya propiamente dicha de Copia- 57.655
pó, que comprende el sistema de sus tres ríos Mani-
las, Pulido y Jorquera, que corren, respectivamen-
te, del sur, del naciente y del norte para reunirse en
las Juntas, recibe, además, dos grandes quebradas
secas que se le reúnen más abajo: la de Carrizalillo,
frente a la estación de Cerrillos, y la de Paipote en
la estación del despoblado.
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Superficies Superficies
parciales totales
Reunidas todas ellas y el resto de su curso hasta en hectáreas en km2
la desembocadura del río Copiapó en el mar, for-
ma una superficie de 1.779.050
Caldera: deslindando esta hoya con la de Copiapó, según el límite descrito des-
de el cerro de Ustaris hasta la isla Grande y tomando desde Ustaris mismo al norte
hasta la Medanosa, el límite septentrional se define, también, muy claro, volviendo
por el portezuelo del Gato y el cordón transversal que vuelve al oeste y la limita
por el norte hasta Galleguillos, el Algarrobo y de aquí por cerro Negro a punta
Cabeza de Vaca, que cierra por el norte la bahía de Caldera.
Queda comprendida dentro de estos límites la quebrada del Corralillo, que
recoge todas las laterales de uno y otro cordón transversal y desemboca en plena
llanura de Caldera a distancia de 25 kilómetros del mar, frente al cerro de Roco,
que se eleva como un islote en medio de otro mar de arena que avanza sus dunas
viajeras como olas que se estrellan contra aquellos cerros de cobre, dejándolos
inaccesibles al trabajo y a la especulación industrial minera.
Tenemos, ahora, la costa marítima desde punta Dallas hasta Cabeza de Vaca
para abrazar la hoya entera de Copiapó con el antiguo puerto Viejo de Copiapó,
situado al sur de la desembocadura del río, caleta rodeada de arrecifes y todo lo
peor posible como apostadero para naves. Por allí está la roca Anacachi, bien
conocida de los marinos; Caja Grande y Caja Chica, peligrosas rocas ocultas, y la
Isla Grande.
El famoso morro de Copiapó, que cae con sus murallas a pique sobre el mar,
que los marinos ven desde 35 millas de distancia. A continuación el puerto In
glés, larga playa arenosa, que encierra muchos caletones con buen desembarca
dero.
El puerto de Caldera, hermosa y bien abrigada bahía, protegida hasta del vien-
to norte por la punta Cabeza de Vaca.
Superficies Superficies
parciales totales
en hectáreas en km2
Caldera fue fundado con motivo de la construc-
ción del ferrocarril de Copiapó en 1850, en plena
aridez del desierto; tuvo sus tiempos de prosperi-
dad cuando se trabajaban las minas del Algarrobo,
hoy abandonadas a causa de la ruina general de la
minería, ocasionada por el agotamiento de la rique-
za superficial y la falta de capitales para trabajarlas
en profundidad.
Superficie total de la hoya de Caldera
188.075 25.451,12
-410-
Superficies Superficies
parciales totales
6. Hoya de Flamenco en hectáreas en km2
-411-
Superficies Superficies
parciales totales
se prolonga hasta el mar, levantando la altura del en hectáreas en km2
cerro del Obispo. Su superficie abraza 84.725
Potrero: con el mismo rumbo general que siguen
estas hoyas, del sureste al noroeste, corre también
la del Potrero, como igualmente de las faldas de
Galleguillos y portezuelo de San Juan. Es abundan-
te en vegas, contiene algún pasto, brea y pajonales,
a lo cual debe su nombre.
Su superficie comprende 35.967
Flamenco: abraza en su parte oriental todo el
circuito que hemos descrito, desde el portezuelo
del Inca y Cachiyuyo por Tres Puntas a Chivato y
Chañarcito, encerrando Guamanga, subiendo a las
Ánimas y, desde esta cumbre, por una estribación
importante que va a rematar al mar en Punta Bra
va. Abraza, pues, toda la llanura del Inca y de la
mina Emma, entre los cerros de San Juan y Cachi
yuyo de Oro hasta Chimbero; recibe las caídas del
volcán y de toda la cuenca de Tres Puntas que van
a reunirse entre el término austral del cordón Chi-
vato y el boreal de San Juan.
Comienza a formarse allí la quebrada de Flamenco, recibiendo las caídas del
mineral de oro de la Salitrosa, por el norte, y del llano de las Piedras de Fuego por
el sur. Más abajo recibe la importante quebrada de San Agustín, que arroja todas
las corrientes o arroyadas secas de la hoya tributaria de Merceditas y Varilla.
-412-
Superficies Superficies
parciales totales
Las Ánimas: ésta es la única cuenca marítima en hectáreas en km2
que se cuenta al norte de Flamenco; abre entre la
punta Brava y la de Infieles, nace de los flancos del
cerro del mismo nombre, era el antiguo embarca-
dero de sus cobres. Superficie 16.675
Recorriendo ahora el límite marítimo, o del
oeste, encontramos en la caleta de Totoralillo una
costa pedregosa y en Obispito otra más abordable
para embarcaciones y carguío. El Obispo no es me-
jor que la anterior, pero, en cambio, Flamenco, que
sigue a continuación, es bien abrigada contra los
vientos del sur y mejor aún contra los del norte.
Las Ánimas es rocosa y de difícil desembarcadero.
La superficie total de la hoya de Flamenco es 4.282,96
-413-
Superficies Superficies
parciales totales
que no hay allí altura característica que lo determi- en hectáreas en km2
ne o por un olvido bastante disculpable y que de-
masiado se explica con tan numerosas atenciones y
con la suma escasez de recursos y personal con que
aquellas exploraciones se hacían, a veces tan preci-
pitadamente y en condiciones tan apremiantes y en
todo sentido adversas.
No obstante, se puede estimar que ese punto
está, tal vez, exactamente a media distancia entre
la cumbre de Pedernales y el cerro de Doña Inés.
De aquí, pues, arrancamos el límite norte de la
hoya del Salado en su divisoria con la de Pan de
Azúcar; tomando al oeste por la cumbre de Indio
Muerto y atravesando la llanura del valle longitu-
dinal, penetra por la Florida, siguiendo sus alturas
por cerro Negro y Minillas a los nacimientos del
Agua Salada hasta el Pacífico frente a la isla de Pan
de Azúcar.
Las subdivisiones de esta extensa hoya comien
zan, por la costa, con dos pequeñitas cuencas a con-
tinuación de su arranque desde la punta Infieles.
Chañarala: corre esta cuenca por el pie de Paso
Malo, al sur, áspera y empinada y sólo notable por
la aguada que contiene.
Toro: más pequeña aún que la anterior, corre al
lado norte de Paso Malo.
Ambas cuencas suman una superficie de 8.122
Chañaral o Salado: dentro de los límites ya
descritos, se ha visto que esta hoya comprende la
cuenca de Pedernales y del río Juncalito, al oriente
de la cordillera Domeyko.
El río nace entre las arenas lávicas y andesíti-
cas de la alta región volcánica de la Laguna Verde
y del cordón Wheelwright; forma, en sus naci-
mientos, alegres veguitas, que son un refugio sal-
vador después de la penosa travesía de San Fran-
cisco, servicio que el autor mismo recibió de ellas
en las peligrosas circunstancias que en otra parte
ha descrito. Precipitándose del sur al norte, dobla
bruscamente al pie del encumbrado y agudo cerro
del Juncalito, donde se le reúne un afluente que
baja de la Piedra Parada, forma extensas vegas y
-414-
Superficies Superficies
parciales totales
sábanas de agua que favorecen la evaporación de en hectáreas en km2
su considerable caudal, mayor que el del río de
Copiapó.
De algo más al sur, por las faldas de la cumbre
de Leoncito, de la cordillera Claudio Gay, se des-
prende el río de la Ola, también abundante, que
engendra vegas y pantanos y va, como el Juncalito,
a vaciar sus sobrantes a la laguna de Pedernales,
por infiltración en gran parte de su curso.
Por último, de las vertientes del cerro Bravo y
Pastos Largos, también se desprenden arroyos que
forman vegas pastosas y contribuyen a los recursos
y facilidades del viajero y nómades pobladores de
aquellas alturas.
Comencemos la estimación de las superficies
parciales de toda la hoya del Salado por estas cuen-
cas de cordillera.
Pedernales: dentro de los límites ya descritos,
incluyendo los nacimientos del Juncalito, ríos de
la Ola, Pastos Largos, etcétera, su superficie es de 424.071
De esta total extensión corresponde a la super-
ficie húmeda de la laguna, comprendiendo sus ori-
llas de sal, yeso y borato de yeso, no menos de unas
30.000 hectáreas.
Infieles: adhiere esta cuenca a la anterior, por
el norte. Se extiende en el mismo sentido en árida
y frígida planicie alta. Es importante por sus ricos
boratos y sales, que ocupan unas 2.500 hectáreas.
Comprende su superficie 52.981
Piedra Parada: según el límite que hemos dado
a la hoya y el curso que sigue la gran cordillera,
desde Juncalito y Piedra Parada, por el poniente de
las Lagunas Bravas, resulta incluido también este
salar, notable por sus incrustaciones de yeso con
agrupaciones de enormes cristales de selenita.
La superficie es de 67.578
Bajando, ahora, del alto valle andino al valle central del desierto, la hoya del
Salado nos ofrece el primer ejemplo de una constitución hidrográfica especial y
característica.
La llanura central ha dejado de ser una zona más o menos alargada y tortuosa,
cortada transversalmente por estribaciones de ambas cordilleras, que se acercan,
-415-
-416-
cerro de Tres Gracias, primera roca de la cordillera litoral, que determina su curso
directo al mar.
Le caen diversas huellas de arroyadas secas, que bajan de los barrancos de
Pueblo Hundido y de las faldas de Caballo Muerto, y más largas y profundas del
alto macizo de Vicuña; pero su afluente más considerable es el que le cae más aba-
jo de Tres Gracias, por el pie de Chañarcitos, donde se reúnen los desagües de la
cuenca del Inca de Oro con los de la extensa hoya de Chañaral Alto.
La primera se reduce al espacio de las llanuras de San Pedro, Inca e Isla, pero
la segunda abraza un sistema hidrográfico más importante, que nace en el por
tezuelo de Mocobí, que liga la sierra del cerro Bravo y Caliente con el macizo
de Vicuña, y del portezuelo del Pingo, que divide con la hoya de Copiapó por el
llano de Varas. Entre ambos nacen pequeñitas corrientes de agua dulce que, junto
con sus pastos y vegas, forman un tesoro de recursos, como las vegas de Valiente,
Mostazal, Cajoncito y el Salto, perdiéndose allí toda humedad debajo del álveo de
la quebrada para ir a alumbrar en la angostura de la Finca de Chañaral, el lugar
encantado del desierto.
Sigue desde la Finca, abajo, el cañadón seco que va a reunirse, al pie de Cha-
ñarcitos, con el del Inca, que allí toma aquel nombre, y continúa abierta, plana y
espaciosa, la quebrada del Salado, sin recibir más afluentes de importancia que su
embocadura al pie del cerro Vetado, por donde le caen las corrientes o arroyadas
secas de la Florida. En el resto de su curso, hasta el mar, en la desabrigada bahía
de Chañaral, sólo recibe la contribución de las Ánimas.
El río Salado suele tener sus avenidas periódicas, volviéndose su cauce seco e
incrustado de sales, verdadero río impetuoso, como acontece en todos los desiertos
de tiempo en tiempo.
Superficies Superficies
parciales totales
La superficie de la hoya del Salado abraza en hectáreas en km2
A continuación, al norte, siguen las de: 696.532
Agua Hedionda: pequeña cuenca y aguada de-
trás de la punta de Chañaral
Peralillo: todos los cauces secos que nacen de 4.062
las faldas occidentales de la Florida, cerro Negro,
extremidad sur de Pastene y más abajo de Minillas,
se reúnen al pie del cerro de Portezuelos Blancos
para precipitarse al mar por un salto que allí forma
la serranía de la costa, muy empinada y compacta,
como se sabe.
Superficie 63.250
Castillo: inmediata al salto de Peralillo, com-
prende una pequeña quebrada fragosa.
Superficie 1.875
Coquimbo: lleva este nombre, el mismo de la ca-
leta en que desemboca la hoya que nace, como la
-417-
Superficies Superficies
parciales totales
anterior, del mismo cordón costanero y desemboca en hectáreas en km2
al pie de la punta que termina en el islote de Pan de
Azúcar, uno de los más característicos derroteros
de estas costas.
Superficie 5.312
Sumando ahora, tenemos que la total superficie
de la hoya del Salado, que en su límite por el Pacífico
abraza desde punta Infieles hasta Pan de Azúcar y
comprendidas las cuencas de la región andina, es de 13.237,83
Nada bueno hay que decir de las condiciones
marítimas de la costa de Chañaral: el puerto de este
nombre ofrece uno de los más molestos desembar-
caderos de la costa.
-418-
Superficies Superficies
parciales totales
en hectáreas en km2
Bolsón: contra la falda oriental de esta sección
de la cordillera Domeyko, comprendida entre el
Bolsón y el Chaco, se levanta una protuberancia
en forma de meseta, que se inclina al SE y termina,
allí, en un rincón de la gran cordillera frente a las
vegas de Colorados, difícil de explorar por lo es-
condido y apartado de toda vía de tráfico y por la
extremada aridez del suelo.
Toda esta región, meseta y salar, sin nombre
conocido, abraza una superficie de 301.999
La Isla: al norte del anterior salar, recostado
también al pie oriental de la gran cordillera, cono-
cida por sus ricos boratos. Su límite boreal deslinda
con la laguna Amarga, determinando con él el de-
partamento de Taltal.
Su superficie mojada o salinosa tiene unas 3.800
hectáreas y su superficie total
Pasando ahora a las hoyas de la costa, encon-
tramos la primera pequeña cuenca de: 22.141
Agua Salada: que desemboca en la misma que-
brada de Pan de Azúcar, a inmediaciones del puer-
to, con superficie de 10.017
Pan de Azúcar: dentro de los ya señalados lími
tes por el norte y por el sur, cierra por el naciente
con la cordillera Domeyko, que va hasta el Chaco
en sus declives australes. Nacen, así, de los flancos
sudoccidentales al sur de este alto cerro, las arroya-
das más o menos pastosas y húmedas que bajan por
el Agua de la Piedra y se reúnen más abajo con las
que bajan directamente del Bolsón y también de la
Exploradora, formando en su conjunción el Juncal.
El Juncal consiste, ya desde aquel punto, en la
profunda grieta o cañón de paredes verticales que
se ha cavado debajo del nivel de la llanura longitu-
dinal y continúa su curso, al oeste, con alternativas
de completa sequedad y pequeñas manifestaciones
de humedad. Estas son más abundantes en el Jun-
cal, donde el agua corre en pequeños arroyuelos;
se manifiestan en pequeñitas vegas por la Pólvora
y en la Brea, para desaparecer en seguida por com-
pleto; un poco más abajo de esta misma aguada de
-419-
Superficies Superficies
parciales totales
la Brea le cae la llamada quebrada del Carrizo: otro en hectáreas en km2
zanjón profundo, cavado hasta 100 y 150 o más me-
tros verticales.
El Carrizo tiene también sus nacimientos en los
flancos sudoccidentales del Bolsón y, al estrechar-
se contra la extremidad norte del cordón de Doña
Inés Chica, forma las importantes vegas de la Cruz
y recibe algún tributo de la misma serranía Inés
Chica.
Juncal y Carrizo corren juntos por ancho cau-
ce, bajando a las tierras donde entran a nivelarse
con la superficie, por el frente de la mina Arenillas,
donde se les reúne el otro gran cañón de Doña Inés
Chica, que nace directamente del volcán de Doña
Inés, formando en sus inmediaciones las famosas
vegas de la Encantada, de Vicuña, del Salitral y
Acerillos, y más abajo, al despuntar por el sur el
cordón de Doña Inés Chica, las abundantes, tam-
bién de este mismo nombre, y donde están las mi-
nas de oro Áureo y otras.
Todo este sistema de arterias hidrográficas va,
pues, a reunirse en la sola quebrada ancha de Pan
de Azúcar, pasando al pie de sierra Pastene, que, allí
termina, y continúa completamente seca hasta que,
en el salto de las Bombas, vuelve a reaparecer el
agua en las abundantes vegas que allí se aprovechan
para la concentración de metales de Carrizalillo.
Más abajo las vegas de Quinchihue y, por últi-
mo, las áridas playas del mar.
La superficie de la hoya Pan de Azúcar, propia-
mente dicha, abraza 626.706
En la pequeña extensión de límite occidental,
que corresponde a esta hoya por el mar, no hay
nada de interés que anotar o que no esté ya en otra
parte descrito.
La superficie total de toda la hoya comprende 9.608,63
9. Hoya de la Cachina
-420-
Superficies Superficies
parciales totales
cordilleras; pero, con todo, de extensión bastante en hectáreas en km2
para ser descrita por separado y clasificada como
hoya independiente.
Desemboca por medio de un gran salto, como
ocurre con la del Peralillo y otras de esta costa, que
se levanta abrupta y como una muralla desde las
playas, tal como ha sido ya explicado.
Su límite por el sur es el mismo de Pan de Azú-
car hasta el Juncal, desde el cual, hasta el Incahuasi
al norte, se forma su límite por el este, y desde aquí,
cruzando la pampa calichera de la Rosario del Lla-
no en dirección al cerro Negro, frente a sierra Ove-
ra, sigue el límite hacia el norte, por el cordón San
José del Pingo, Cifuncho y sierra Esmeralda, pro-
longada hasta Punta Ballena en el Pacífico.
Cachina: No reúne otras hoyas y quebradas
importantes sino pequeñas quebradas que le caen
del lado del Pingo, del lado del Difunto y las Bom-
bas y del de Esmeralda, hasta precipitarse al mar
por el Salto, como queda dicho.
Sus aguadas son importantes por los eficaces
servicios que prestan a la minería, especialmente
al importante mineral de Esmeralda. Consisten és-
tas en las pantanosas vegas de la Cachina, lugar de
majadas, cerca del Salto, y en los abundantes pozos
o piques frente a Esmeralda, de la mina Carlota y
otros.
Su superficie consta de 203.160
Guanillos: a continuación del Salto viene la ca-
leta Esmeralda, desembocadura de la hoya costa
nera de Guanillos, que en un tiempo estuvo habili
tada para cargar de metales de plata y que, en los
pliegues y escabrosidades de sus altos cerros, con-
tiene abundantes aguadas.
Su superficie es de 4.950
Tigrillo: tiene sus nacimientos, como la ante-
rior, en las caídas de Guanillos y Esmeralda, y por
el norte, Cifunchos. Tiene aguada y desemboca en
la caleta del mismo nombre.
Superficie 8.075
Total de la hoya Cachina 2.161,85
-421-
Superficies Superficies
parciales totales
10. Hoya de Cifunchos en hectáreas en km2
Su límite austral, desde punta San Pedro, es común con Cifuncho hasta la Peineta:
desde aquí por Rosario del Llano, en las pampas salitreras, el cerro del Chicoteado,
el llano de Refresco Seco al sur hasta el cerro Juncal, el Agua de la Piedra y la
-422-
cordillera Domeyko en las cumbres del Chaco; empieza con esto el límite por
el este, siguiendo la cordillera Domeyko hasta la cumbre de los Sapos y Pastos
Largos, cuyas estribaciones, prolongadas a través de la llanura por portezuelo
Mercedes, producen el divorcio de aguas con la gran hoya de Aguas Blancas, si
guiéndose esta línea por el cerro del Relincho, salitrera Sur América, alturas de
Lautaro y José Antonio Moreno, por la Gorra y el Toro, girando al oeste por los
Amarillos y las alturas que siguen en el mismo rumbo hasta caer en la costa en
punta Grande, que cierra la bahía de Nuestra Señora por el norte, así como San
Pedro la cierra por el sur.
Superficies Superficies
parciales totales
Infieles: entre éstas y otras pequeñas rincona- en hectáreas en km2
das, que bajan directamente al mar al lado norte de
la punta San Pedro, comprendiéndose la quebrada
de los Changos, se entera una superficie de 9.200
Taltal: desde la punta del semáfora y por las
alturas que rodean al pueblo de Taltal por el sur, de-
jando aparte la quebrada de los Changos y toman-
do por el cerro de la Argolla, la hoya se ensancha,
desde aquí hacia el sur, por una llanura, buscando
la altura de Velásquez para seguir, desde aquí, el
mismo límite boreal de Cifunchos hasta la Peineta
y, desde aquí, al de la Cachina hasta el Chaco.
Entre este volcán apagado y el Juncal, se le-
vanta el pequeño cerro característico del Incahuasi,
que distribuye algunas corrientes y pequeñas vegas
que van a juntarse más abajo a la quebrada del Cha-
co, la cual tiene sus abundantes nacimientos en las
faldas del mismo. Esta es del mismo carácter de la
Encantada y otras que ya hemos citado en la hoya
de Pan de Azúcar, y corre ancha y emparedada por
barrancos que van disminuyendo de altura hasta
nivelarse con la llanura en las pampas salitreras.
Se le reúne, por aquí mismo y en las mismas
condiciones la quebrada de Vaquillas, que se forma
de la de Sandón y la de los Sapos, despuntando,
reunidas, el cerro de las Pailas por el sur, al mismo
tiempo que, por el lado opuesto de este mismo ce-
rro, que se levanta aislado en plena pampa, pasan
otras vaguadas que nacen en parte también de los
Sapos y de Pastos Largos, y forman las quebradas
de la Aguada, que a su turno recibe, entre el Gua-
naco y Guanaquito, la vaguada que baja del porte-
zuelo Mercedes, en el divorcio con Cachinal. Estas
-423-
Superficies Superficies
parciales totales
reunidas, siguiendo al oeste hasta la parte baja de en hectáreas en km2
las pampas, entre Refresco y Dos Amigos, forman
juntas el cauce de Taltal, que baja hasta el mar reci-
biendo el contingente de la Brea y otras vaguadas
menores hasta su desembocadura.
Encierra todo esto una superficie de 512.195
Todos los nacimientos de quebradas principa-
les o tributarias de esta hoya, contienen vegas y
agua aprovechable que la industria salitrera aplica
a sus elaboraciones, conduciéndola por medio de
cañerías de fierro.
El subsuelo, en toda la región de las pampas,
contiene agua potable, a mayor o menor hondura,
que llega hasta 90 metros en algunos puntos.
Como más adelante detallaremos estos hechos,
no daremos aquí mayores informaciones al respecto.
Potrero: húmeda y relativamente pintorezca, esta
hoya desemboca como una estrechísima grieta en la
playa de Hueso Parado, derivando sus nacimientos
en la serranía que separa la quebrada de Taltal de
la de Santa Luisa por las faldas de Canchas, Brea y
San Ramón.
Superficie 25.375
Cascabeles: desemboca por otra grieta en la
caleta del mismo nombre por donde se hacía, o se
hace aún, algún tráfico de carguío para las oficinas
salitreras de Santa Luisa que están repartidas en
toda la extensión de esta hoya, ofreciendo este caso
el ejemplo único de importantes depósitos de sali-
tre a tan corta distancia de la costa, circunstancia
que tendrá su explicación al tratarse de tan impor-
tante materia, en el curso de esta obra.
Reúne esta hoya la quebrada de Perrito Muerto,
con vegas, y otras de poca importancia que le caen des-
de sus nacimientos en terreno de la oficina Atacama.
Otra vaguada baja de las pampas al sudoeste de
la Lautaro y se reúne con otras más abajo del Pique
VIII.
Su límite por el norte termina en punta Ban
durrias y su superficie comprende 175.500
Bundurrias: esta trae su origen desde el cerro
del Toro a inmediaciones de la oficina J.A. Moreno
-424-
Superficies Superficies
parciales totales
y se precipita en el océano por un salto profundo en hectáreas en km2
cerca de Estancia Vieja.
Tunas: sigue de la anterior, pero nace de corta
distancia en las serranías de la costa
Quebrada Grande: última cuenca de las que se
comprenden dentro de la bahía de Nuestra Señora.
Entre estas últimas suman una superficie de 39.275
En algunas costas marinas se ve el nombre de
Paposo enfrente de isla Blanca, en la ensenada de
San Pedro, en razón de tradiciones de una ciudad
que por allí se decía existir y que con afán buscaron
los tripulantes de la Beagle.
Total de la hoya de Taltal 7.615,45
-425-
Superficies Superficies
parciales totales
Izcuña, de este nombre que viene a desembocar en hectáreas en km2
frente a las salitreras de San Pedro, en la vaguada
transversal que baja de Ratones y más abajo, desde
la mina Abundancia, comienza a recibir las quebra
das húmedas que bajan de Matancillas y más abajo
la de Perales, que con su huerto de árboles frutales
hace la delicia de los viajeros. Su desembocadura
en la caleta de Paposo se produce también por me-
dio de un gran salto.
Paposo: su superficie encierra 158.975
Rinconada: muy pequeñita, sigue detrás de la pun
ta Rincón. Superficie 2.550
Leoncitos: al lado opuesto de la misma punta Rin
cón 3.675
Médanos y Cañas: contiguas y de muy corta ex
tensión adentro de la serranía 8.800
Panul y Cordón Quemado: nacen directamente de
Parañare y desembocan entre punta Panul y Punta
de Plata 3.171
La Plata y Colorada: nacen de las rugosidades
del cerro costanero, formándose la quebrada de la
Plata, con aguada y la Colorada; en su desembo-
cadura existe la aguada submarina de la Follanca 13.675
Izcuña: abraza su desembocadura al mar hasta
la Punta Tragagente y por las alturas hasta Batea,
como queda dicho; comprende las minas de plata y
cobre del mismo nombre, apenas accesibles por el
altísimo camino de innumerables vueltas y revueltas
que suben desde la playa en la aguada de Botijas.
Su superficie se extiende hasta 101.525
Termina esta escabrosa sección de la costa, des
de Paposo en punta Tragagente, sumando todas estas
pequeñas cuencas, junto con la de Paposo, un total de 2.923,71
El agua abunda en las quebradas de la costa,
pero el resto es desesperantemente seco en esta re-
gión. Paposo es una rada sin abrigo, pero tiene un
regular desembarcadero.
-426-
pinada como una muralla, que corre desde punta Tragagente hasta Punta Coloso,
donde empieza la bahía de Antofagasta, es una serie de pequeñas hoyas, quebradas
o pliegues, más o menos profundos, que internan corta distancia tierra adentro.
Superficies Superficies
parciales totales
Remiendos: su límite sur es el que corresponde en hectáreas en km2
al norte de Izcuña desde Tragagente a Bateas, desde
donde vuelve al oeste por las alturas del cordón trans-
versal de Remiendos, que constituye su deslinde por
el norte hasta punta Chascón en el mar, pero la cum-
bre del cordón costanero sigue desprendiendo, en su
curso hasta Coloso, las numerosas quebradas precipi-
tosas y ásperas, como se dijo arriba, mientras que para
el lado opuesto a la costa las desprende más suaves y
prolongadas en busca de las vaguadas de Antofagasta.
Su superficie es de
Lobo Muerto: termina por el norte con la punta 51.862
de Agua Salada, que encierra la linda caleta del Co-
bre, la mayor de todas las de la costa, antes frecuen-
tada por embarcaciones que iban a cargar metales
y hoy en completa paralización de todo.
Bolfín y Agua Dulce: comprendidas entre la ante 18.662
rior punta Salada y la de Jerjillo, envuelven una serie
de ásperas e inaccesibles rinconadas en la montaña y
ofrecen desde el mar el aspecto de una muralla con
tinua que corre en línea recta por un grado entero
de latitud.
En toda esta región el agua escasea y no es bue-
na, excepción hecha de Agua Dulce, que es el úni
co punto de recursos para la vida en medio de la
desolada aridez de aquellas tierras.
Históricos derroterros de oro, tradiciones de gran
des criaderos de cobre y depósitos de guano han
preocupado siempre a los mineros, subsistiendo aún
la duda de su efectividad por no haberse consegui-
do nunca organizar por allí una expedición formal.
Superficie
23.700 942,24
-427-
Superficies Superficies
parciales totales
de Mejillones, encerrando la gran bahía Moreno o en hectáreas en km2
Playa Brava y la bahía de San Jorge en la ensenada
que forma el morro Moreno, a sus pies por el S. E.,
dominándolo todo con su respetable altura de 1.750
metros; pero su extensión mediterránea es vastísima,
extendiéndose al naciente hasta las cordilleras y
encerrando gran trecho de las altiplanicies hacia el
sur, a lo largo de todo el departamento de Taltal y
parte de Chañaral, con río Frío y los nacimientos de
la gran laguna del Volcán.
Comencemos con la primera hoya marítima que
nace en las vertientes del morro Jorjillo, también de
respetable potencia con sus 1.700 metros de altura.
Jorjillo: desemboca al pie norte del Coloso y
su dirección viene del sur y SE, reuniendo algunas
quebradas tributarias de poca importancia.
Su superficie es 27.437
Antofagasta: para definirla en todo su contor-
no total, arrancando del Coloso, por el sur, siga-
mos sus irregulares límites volviendo con ellos por
Jorjillo, los altos del Cobre, cordón de Remiendo,
portezuelo Bateas, Vicuña Mackenna, el Muerto,
Ratones, Tórtolas, Amarillos, Toro, Sudamérica (sa-
litrera), Relincho, portezuelo de Cachinal y porte-
zuelo Mercedes hasta las cumbres de Pastos Largos
y Sapos en la cordillera Domeyko, continuando por
la línea de cumbres de ésta hasta el Chaco y sus es-
tribaciones al SE, que se prolongan por lomadas y
los cerros que después separan los salares de la isla
y laguna Amarga hasta entroncar con la gran cor-
dillera frente al salar y las termas de Aguas Calien-
tes. Por el este sigue el gran contorno con esta real
cordillera hasta el volcán Lastarria y el Llullaillaco,
y la prolongación de un estribo de éste al NO por
Guanaqueros y Pajonales, borde de Imilse y cerro
del mismo nombre en la cordillera Domeyko, que
se continúa hasta el Quisnal; y de aquí por Aguas
Dulces, Limón Verde, sierra Gorda, Pampa Central,
cerro Negro, portezuelo del Farol y alturas de este
cordón costanero al cerro Gordo, en plena penínsu-
la de Mejillones, al alto de las Yeseras, al morro de
Bandurrias y, por último, de aquí a punta Lagarto.
-428-
Superficies Superficies
parciales totales
Las subdivisiones de esta considerable exten- en hectáreas en km2
sión, comenzando por sus orígenes en la altiplani-
cie cordillerana, son también por sí solas de gran-
des proporciones.
Pajonal o Laguna Amarga: comprende las rinco
nadas que quedan entre la gran cordillera y las
estribaciones del volcán Lastarria al SO donde se
contiene un salar de poca extensión, el cual se co-
munica, según detalles vagamente conocidos, con
el de Laguna Amarga o Pajonal y las prolongacio-
nes de éste al NO según la larga cuenca de la lagu-
na del Volcán, que forma la hondonada central que
se abre paso a través de la sierra Gorbea y comien-
za a formar la altiplanicie Philippi.
La superficie ocupada por estos contornos es de 146.905
Puntas Negras y Rio Frío: prolongándose la alti-
planicie al norte, a continuación de la laguna del
Volcán y contra las faldas del Chaco y Vaquillas, Sa-
pos y Punta del Viento, de la cordillera Domeyko,
abre la grieta dirigida de sur a norte por donde corre
el arroyo llamado Río Frío, que se infiltra en lecho
arenoso después de un curso de 5 kilómetros, hasta
desembocar más abajo en el salar de Puntas Negras,
al mismo tiempo que por el lado opuesto, contra
la cordillera real, se forman al pie otros salares y
lagunillas, arroyos y riachuelos que se alimentan del
Llullaico y corren, también, de naciente a poniente,
a desembocar en el mismo salar de Puntas Negras.
Éste es, por lo tanto, el receptáculo central de
esta gran cuenca andina, cuyo desagüe correspon-
de a la mayor depresión que la cordillera Domey
ko forma por aquellas latitudes en el portezuelo de
San Guillermo.
Sucede, en efecto, que la cordillera Domeyko
va declinando de altura hacia el norte hasta nive-
larse casi en un mismo plano horizontal con la su-
perficie del salar, cuyas aguas desbordarían por di-
cho portezuelo hacia la Providencia, y desde aquí,
despuntando el Profeta y corriendo por la boca de
la sierra de Argomedo, irían a reunirse a las vagua-
das de Cachinal, con declive a Aguas Blancas hasta
la quebrada de la Negra y Antofagasta.
-429-
Superficies Superficies
parciales totales
Así limitada, esta gran cuenca andina tiene de en hectáreas en km2
superficie 689.723
El salar de Puntas Negras, por sí solo, abraza
una superficie de 45.000 a 50.000 hectáreas, siendo
su forma alargada como de 50 kilómetros de largo
por 15 a 20 de ancho y a una altura de 3.400 metros.
En su margen del sur se cavan pozos que dan
agua potable, siendo saladas las que corren por la
superficie.
Sus incrustaciones salinas son principalmente
de sal común.
Por el lado naciente y noreste, los arroyos que
le envía el Llullaico son de agua potable, como
el Tocomar, que es el mayor y, sucesivamente al
norte, el Llullaillaco, el Salado, Guanaqueros, Las
Zorras, muy abundante este último pero de buena
clase, el pajonal y otros.
Guanaqueros: entre dos estribaciones del Chu-
culai, se prolonga hasta las puntas de Pajonales y
comprende los referidos arroyos de las Zorras de
Guanaqueros
Superficie 13.000
Imilac: ocupa la cabecera norte de la gran cuen-
ca, dividiendo con el salar de Atacama; limita con
la cordillera Domeyko por el poniente y las sierras
de Puquios y Pajonales por el naciente; superficie 45.730
Bajando a la llanura central, ya hemos descrito
que los nacimientos de Aguas Blancas bajan de Ca-
chinal (mineral de plata Arturo Prat) y de los porte-
zuelos inmediatos, del de Mercedes y caídas de la
cordillera Domeyko por Pastos Largos, Punta del
Viento y Varas hasta el portezuelo del Loro, desde
cuyo trecho se desprenden como abanico las agua-
das, vegas y aguadas importantes que sucesivamen-
te llevan los nombres de Mulas, Chascón, Punta
del Viento, Quemado, Chépica, Vizcachas, Profeta
o Monigotes, Fariñas, Varas y el Loro; muchas de
ellas bastante abundantes, han aumentado su cau-
dal por medio de arenagas y han sido aprovecha-
das conduciendo sus aguas por medio de cañerías.
Al pie de Argomedo, al oeste, está el agua de la
Cebada, y en la extremidad norte de ésta y el Pro-
-430-
Superficies Superficies
parciales totales
feta, la aguada de la Providencia. Bajan, pues, to- en hectáreas en km2
das estas vaguadas, al norte, reuniéndoseles las de
Pascua, más abajo, y numerosas otras que cruzan
el árido campo hasta reunirse en Aguas Blancas,
donde existen las abundantes, de excelente agua,
que sirven para los trabajos de la industria salitrera
en aquella región, y marchan por el pie de Cuevi-
tas, formando un estrecho cauce que las conduce
hacia los salares enfrente y al sur del Carmen, jun-
tándosele por allí otra vaguada importante que se
desprende en contornos del cerro de Tetas, a cuyo
pie se labró el pozo de Barazarte, que da excelente
y abundante agua.
Cerca de la quebrada de la Negra se reúnen al
mismo álveo las vaguadas de la región norte, con pro
cedencia de Lomas Bayas y Palestina, que desembo
can por San Jorge, de Caracoles y Limón Verde.
Reunido todo este sistema de arterias, que en los
días de humedad y tiempos torrenciales se abrieron
paso, socavando una profunda grieta en la quebrada
de la Negra, se precipita al oeste hasta desembocar
en la gran bahía por el punto llamado Playa Blanca,
donde hoy se levanta el más grande de los estableci-
mientos metalúrgicos de Sudamérica.
La superficie comprendida mide 2.951,887
Bahía Jorge: comprende la caleta Chimba al SE
y la Constitución al norte del morro Moreno, reu-
niendo, en dirección a ambos, todas las diferentes
arroyadas secas, que desde la parte media y austral
de la península y caídas de la serranía de la costa,
se recogen hacia el mar. Comprende 67.125
Reasumiendo los totales parciales, tenemos:
-431-
Superficies Superficies
parciales totales
precauciones, según la recomendación de los mari en hectáreas en km2
nos, por las muchas rocas encubiertas y arrecifes
que se extienden hasta tres cables de la playa, los
cuales, no obstante, dan lugar a una poza de regu
lar desembarcadero y dentro de la cual pueden
abrigarse buques menores.
La Chimba es mucho mejor puerto, capaz de
abrigar algunos buques y servir en todo tiempo.
La bahía Constitución, distante 6 millas de
punta Tetas, es pequeña, pero de excelente fondea-
dero y utilizable para carenar buques, sin los incon-
venientes de la fuerte marejada que en todos los
puertos de esta costa impiden esa clase de repara
ciones.
Hay al sur de Constitución, otra pequeña cale-
tita muy abrigada y llamada Errázuriz.
-432-
Superficies Superficies
parciales totales
podemos tomar como extremo opuesto de la hoya en hectáreas en km2
de Mejillones.
Hoya de Mejillones: así limitada por la costa y ex-
tendida al oriente hasta las cumbres de la prolonga-
ción del cordón litoral por la Fortuna y Naguayán,
su superficie es de 166.565
Chacava: encierra de superficie 52.725
Panizos Blancos: más pequeña y menos profun-
da, inmediata a los Hornos y otros lugares de anti-
gua producción cobrera 24.050
Leoncito: inmediata a la caleta de Gualaguala,
que antes sirvió también de punto de embarque
para grandes cantidades de cobre 18.012
Cobija, Támes y Gótico: otras tantas caletas y que-
bradas del mismo nombre, socorridas por aguadas
naturales y agua de pozos, suman una superficie to
tal de 125.575
Tocopilla a Loa: bajo el nombre de bahía Algo-
dones, entran tres caletas: Bella Vista, Tocopilla
y Duendes; en seguida vienen Mamilla, Paquica,
Lautaro y Huelén, hasta el Loa 152.720
Total de las hoyas marítimas 5.396,47
-433-
Superficies Superficies
parciales totales
tremo de la cordillera Domeyko, cerrándose desde en hectáreas en km2
aquí el contorno por Limón Verde, según el curso
ya descrito, por sierra Gorda hasta el punto de par
tida en cerro Negro.
El límite asignado a los trabajos de la comisión
exploradora fue el río Loa, y aunque las explora-
ciones no alcanzaron a seguir este río hasta sus orí-
genes, abrazaron, en cambio, un poco al norte de
su margen derecho por la región central, regulari-
zando la figura por medio del paralelo 22°, desde
el paso del Toco, en el río mismo hasta el referido
cajón en la cordillera.
Meseta del Quimal: comprende el rincón de al-
tiplanicie que baja hacia Aguas Dulces, Caracoles
y Limón Verde por el poniente, abrazando una su-
perficie de 156.625
Todo el resto de superficie constituye una parte
integrante del Loa, como el río Salado, que baja
desde la región termal de la cordillera de Tatio y
de Copacoya, al pie del Litizón, recibiendo como
afluente el río Caspana, cuyas buenas aguas se ma-
logran al mezclarse con las muy amargas del Sa-
lado; más abajo, con las vegas de Aiquina, se le
reúne el Huiculuncho, que le cae del NE desde sus
nacimientos en el Paniri.
El Salado termina en las inmediaciones del
pueblo de Chiuchiu, cayéndole y atravesándole el
caudaloso Loa, cuyo curso procede desde las fal-
das del Miño, en la dirección del meridiano astro-
nómico, recibiendo a la altura del paralelo 22° el
afluente San Pedro, que tiene su origen en el Cajón
y recibe numerosos contingentes de los volcanes
San Pedro, San Pablo y otros.
Las aguas dulces del Loa se vician también, en
la confluencia de Chiuchiu, con las aguas comple-
tamente minerales del Salado, y se aumenta aún
más el daño con las salitrosas vegas de Calama que
dan nacimiento al río San Salvador, que se vacía al
cauce común en los barrancos de Chacance.
Comprendiendo, pues, toda la hoya del Salado
y la parte de la del Loa, que rebana el paralelo 22°
hasta el paso del Toco, y abrazando también la rin-
-434-
Superficies Superficies
parciales totales
conada que va hasta Quillagua por el poniente del en hectáreas en km2
río, la superficie de la hoya abraza 2.157,804 23.144,29
El curso del Loa, naciendo de las faldas del volcán Miño, por las inmediacio-
nes del paralelo 21°20’ y precipitándose al sur astronómico sobre el Salado, para
seguir con éste al poniente, según el paralelo 22°30’ y volver otra vez al norte
astronómico en demanda de las latitudes de su origen, para arrojarse nuevamente
al oeste hasta el Pacífico, forma una verdadera U, cuyo largo total suma 365 kiló-
metros.
Es, por lo tanto, el río más largo de Chile.
Podría decirse que esta es la región relativamente fértil y agrícola del desierto
de Atacama, aun cuando sus cultivos ocupan una extensión tan pequeña y sean tan
poco variadas las producciones que el suelo, el clima y la naturaleza de las aguas
permite.
Fuera de los ríos, la región seca es muy escasa de aguadas, pero se cuentan la
de Ceres, al noreste de Calama, que sirve a la estación del ferrocarril de ese nom-
bre y la de Chug chug, en plena llanura central al norte de Chacanal y oriente del
Toco.
Las necesidades industriales de la minería han hecho apelar a los pozos y a la
destilación solar que condensa el vapor de agua dentro de cajas de vidriera, donde
no alcanza el carbón un precio soportable para su destilación en calderos.
Se ha pensado en desviar el curso del río Salado, pero más fácil y más comer-
cial se ha encontrado la conducción del agua potable por una cañería de fierro,
que la empresa del ferrocarril ha realizado a gran costo y con fortuna, dotándose
ampliamente de agua para sus propios usos y los de la ciudad de Antofagasta.
-435-
-436-
Superficies Superficies
parciales totales
1. Hoya de Laguna Verde en hectáreas en km2
Al pie oriental del Licancaur, en una honda de
presión rodeada de altas cumbres, como Juriques
al sur, Puritama al norte y Guaillaquis al este, por
cuyo rumbo la rodea también el cordón de Aguas
Calientes, que desprende un arroyo de agua termal
tributario de la laguna, cuyo contenido de sales au
menta constantemente en ella. Su extensión en su
perficie se reparte como sigue:
Sección chilena 25.000
Sección boliviana 368.750 3.937,50
3. Hoya de Sapaleri
El nombre que lleva esta cuenca, hecho ya famo
so en la historia de los tratados y discusiones inter
nacionales, se aplica cuatro veces al cerro, al valle,
al río y al lugarejo de Sapalegui o Zapalegui de los
mapas antiguos, pero que los naturales pronuncian
clara y distintamente Sapaleri.
Sus contornos son: el ancho y morrudo cerro de
Sapaleri, que por el sur se liga al cordón de Chajnan
tor que termina en la entrada occidental de la hoya,
y por el norte se prolonga largo trecho, formando
también la pared occidental de un valle que se in-
terna como una manga hacia la provincia de Lipes.
En el rincón que forma el nacimiento de este valle
se levantan altos picos nevados, de donde se des-
prende una estribación que forma su pared oriental
y contiene la alta cumbre de Tinte, que se prolonga
-437-
Superficies Superficies
parciales totales
larga distancia al sur por el cerro y portezuelo de en hectáreas en km2
San Pedro y termina con el Póquis, en plena llanura.
Así, desde sus nacimientos en latitudes próxi-
mas al paralelo de 22°30’, corre el angosto valle
de Sapaleri recto al sur astronómico y con él su río
de igual nombre, unos 50 kilómetros hasta salir al
campo abierto, donde se extiende en vegas y sába-
nas de agua como el anterior de Chajnantor.
Además de sus nacimientos principales, el río
Sapaleri, que es caudaloso, recibe otros afluentes
principales de excelentes aguas, que le bajan de los
macizos de Tinte y San Pedro.
Su superficie comprende, considerada en su ex
tensión orográfica:
Sección chilena 92.636
Sección boliviana 22.450 1.150,86
4. Hoya X
Ha quedado sin ser determinada con la necesaria
precisión una corta extensión de terreno compren
dida entre los cerros Chajnantor y Sapaleri, cuya
ma yor depresión está ocupada por una extensa
laguna que el límite internacional rebana por su
extremidad sur. Parece que ésta desagua hacia el
norte, a terreno boliviano, pero en todo caso, tan
to por el hecho hidrográfico como por el lado del
deslinde internacional, la solución es aceptable ad
judicando a la puna nada más que la pequeña su
perficie que la línea divisoria del pacto de tregua
deja bajo la jurisdicción de Chile.
Esta superficie sólo abraza 9.375 93,75
-438-
Superficies Superficies
parciales totales
Su interior ha permanecido inexplorada, pero en hectáreas en km2
estando bien determinados sus contornos, la esti-
mación de su superficie resulta exacta como sigue:
Sección chilena 63.762
Sección boliviana 66.250 1.300,12
-439-
Superficies Superficies
parciales totales
8. Hoyas de Lina en hectáreas en km2
Deslindando con éstas por el poniente, se extiende
al naciente hasta la cordillera de Achibarca a Olaróz
y Lina, el mismo campo abierto y estériles páramos
del Toco, en terreno ondulado, que comprende tres
hoyas que se suceden desde el norte, arrancando de
Lina, San Pedro y Poquis hasta las alturas de Catua.
Su superficie total comprende 134.336 1.343,39
9. Hoyas de Caurchari
Esta hoya es importante por sus recursos minerales:
cobre, plata y oro en filones; numerosos lavaderos
de oro y ricos placeres auríferos; grandes depósitos
de borato de cal, etcétera, arroyos de agua dulce y
fuentes termales; pastos y alguna vegetación que
suministra buen combustible.
Su forma es la de un valle muy alargado, cuya
cabecera norte arranca de vertientes del cordón de
San Pedro a Lucho y Coyaguaima, encajonándose
allí el río del Rosario que baja hasta el salar, des-
pués de recoger en su curso los afluentes del Toro,
que baja de Lina y el Pairique Chico, que nace del
nevado de San Pedro.
El salar de Caurchari corre al sur como 80 kiló-
metros, con un ancho medio de 10 kilómetros y por
aquel término opuesto recibe del naciente —proce-
dentes directamente de la cordillera Argentina, por
las alturas de Gallo Muerto—, las arroyadas que for-
man el río de Tocomar, cuya desembocadura da al
punto de las vegas y antigua pascana, propiamente
dicha, de Caurchari.
Según esta configuración hidrográfica, la hoya
de Caurchari hace un martillo en su extremidad
austral, limitada sin interrupción por el oeste con
la cordillera que arranca desde el nevado de Pas-
tos Grandes hasta el nevado de San Pedro; por
el oriente con el cordón que de Coyaguaima se
prolonga al sur separando la hoya de Susques y
siguiendo por Toco, Bávaro o Lares, Hornillos y
Morado, haciéndole aquí el codo al naciente para
entroncar con la cordillera Argentina hasta Gallo
-440-
Superficies Superficies
parciales totales
Muerto, uniéndose este cerro por Catay a Pastos en hectáreas en km2
Grandes para cerrar la hoya por el sur.
Las explotaciones de borato de cal han dado lu-
gar a la formación de un pequeño grupo de pobla
ción a la que se le ha dado el nombre de Siberia,
situado en la orilla poniente del salar.
Por este mismo lado se desprenden otros pe-
queños arroyos como Achibarca, con su cacerío,
las Pailas con sus termas y Olaróz Grande y Chico
con sus lavaderos de oro.
La superficie total de la hoya es de 543.003 5.430,03
Las alturas sobre el nivel del mar andan por
los 4.300 en la cabecera norte del salar y 4.000 en
el salar.
-441-
Superficies Superficies
parciales totales
las alturas de Caurchari. Volvamos entonces otro en hectáreas en km2
tramo al sur contra la gran cordillera, deslindando
con esta misma, hoy de Río Negro y Chamaca, y
encontramos la
-442-
Superficies Superficies
parciales totales
Pastos Grandes por Azufre, Pocitas, Tultul, Rincón en hectáreas en km2
y altos de Lari y hasta el portezuelo de las Perdices.
Ahora, cerrándose por el norte con los bordos
y ondulaciones de los campos de Lina ya citados, la
hoya se cierra por el naciente con el cordón de Ca
tua, al sur, que vuelve al punto común de partida,
el gran nevado de Pastos Grandes, desprendiéndo-
se riachuelos y vegas como los de Catua, los de Fal
da Ciénaga y otros.
El salar de Rincón, propiamente dicho, tiene
unos 46 kilómetros de largo por 16 de ancho, con
una superficie mojada de 46.078 hectáreas.
La superficie total de la hoya encierra 325.627 3.256,27
Con la extremidad sur de esta hoya estamos
en las mismas latitudes en que termina la hoya de
Caurchari hasta la cordillera Argentina.
-443-
Superficies Superficies
parciales totales
El detalle más importante de esta hoya consiste en hectáreas en km2
en el salar de Incahuasi, que existe en su cabecera
norte y que es lugar de aguas potables, de buenas
vegas y asiento de lamberías; en seguida son nota-
bles algunos arroyos de agua dulce y vegas de gran
utilidad, como Cavi, Cori y Samenta por el ponien-
te; Cortaderas, Laregrande, Olajaca y Chachas, que
corren, en parte, longitudinalmente por el costado
naciente, sin llegar siempre el agua hasta las orillas
del gran lago de sal; en el contorno del mismo y en
sus mismos márgenes, pero con preferencia en las
del naciente, hay otras vegas importantes, como las
del Juncal, Tolar grande y las Burras.
Por último, aparte de la cuenca central y hacia
la cordillera, corre desde los pies del volcán So-
compa al sur, por espacio de 15 a 20 kilómetros,
un arroyo con numerosas vegas y que se extiende
formando una laguna y salar del mismo nombre
La superficie total de la hoya de Arizaro es de 1.026,492 10.264,92
-444-
Superficies Superficies
parciales totales
como límite de la hoya Caurchari. Desde Gallo en hectáreas en km2
Muerto, la cordillera Argentina va por la cumbre
de Capilla, Ciénaga Grande y Jueregrande, desde
donde se desprende una estribación al oeste que
cierra la hoya por el sur hasta la sierra de Copalayo.
Pastos Grandes constituye una hoya de impor-
tancia, con su indispensable cuenca o cavidad cu-
bierta de sal y, también aquí, con abundante borato
de calcio como Caurchari. El salar mide unos 30
kilómetros de largo por 15 de ancho.
De Gallo Muerto se desprenden arroyadas, frías
y termales, que se reúnen para formar el río de Pas-
tos Grandes que da lugar a lagunas de alguna impor
tancia por su profundidad y extensión.
Por el ángulo NO de esta hoya, cuya forma es
casi cuadrada, hay las vegas y laguna Colorada y
las de Quiron.
Su altura llega a los 4.000 metros en la parte
plana donde está el pueblo de Pastos Grandes
Superficie de la hoya 313.937 3.139,37
-445-
Superficies Superficies
parciales totales
interés despierta en los moradores de la puna para en hectáreas en km2
aventurarse en ella.
Está deslindada al oeste, por la gran cordille-
ra, desde el macizo de Aguas Calientes por el vol-
cán Lastarria hasta el Llullaillaco; desde allí sigue
el deslinde sur de Amaro y éste del mismo hasta
Achibarca, cuya cumbre se liga hacia el oeste con
el mismo Aguas Calientes
Superficie 481.744 4.817,44
-446-
Superficies Superficies
parciales totales
llaco por Aguas Calientes, conforme lo hemos ya en hectáreas en km2
descrito en la orografía.
Sin embargo, así deslindada por el sur, desde el
Juncalito al entroncamiento de las prolongaciones
de San Francisco al norte, forma parte integrante
de la puna y ocupa su ángulo o rincón del SO.
Comprende cuatro lagunas de aguas saladas que
se comunican entre sí, formando figuras y contornos
muy irregulares.
Su altura es de 4.000 metros y su superficie 157.118 1.571,18
A esta hoya podemos agregar la alta meseta
que se extiende al naciente hasta deslindar con An-
tofaya y que arranca desde el sur en los nacimien-
tos limítrofes con la vega de San Francisco 194.346 1.943,46
-447-
Superficies Superficies
parciales totales
de río, vegas extensas y aguas excelentes, hacen ha- en hectáreas en km2
bitable aquel paraje no sólo para transeúntes, sino
también para moradores permanentes que allí vi-
ven de la crianza de ganados, de la caza de vicuñas
y de algunos cultivos.
Superficie 63.295 632,95
-448-
Superficies Superficies
parciales totales
que forman vegas y pastales extensos en sus márge- en hectáreas en km2
nes de uno y otro lado. Así se encuentran, primero
por el oriente, comenzando por el sur, el río Agua
Dulce, la Brea, las abundantes vegas de Loroguasi,
Quinoa y Botijuelas, con lozanos pastos y arbus-
tos; el río de Antofaya que baja del gran macizo
volcánico, Cuevitas, Onas, Puntas Negras, etcétera,
y por el este, comenzando también por el sur, son
importantes el río de las Minas, Agua Escondida,
río Colorado y Cortaderitas, etcétera y, por último,
la quebrada del Diablo, hecha famosa en mapas
erróneos e incompletos que le han dado un carác-
ter de importancia geográfica y notable punto de
demarcación natural que no tiene absolutamente
y ha servido, así, como referencia necesaria en las
cuestiones internacionales.
Superficie 460.135 4.601,35
Al pie del gran macizo del volcán se extiende
hacia el sur una altiplanicie estéril y completamen-
te volcánica, ocupando una superficie de 20.892 208,92
-449-
Superficies Superficies
parciales totales
norte y a la orilla occidental sur del salar, que son en hectáreas en km2
las de mejores recursos y abrigo.
Como río importante figura el de los Patos, que
tiene sus nacimientos cordillera adentro, en territo-
rio argentino, el cual recibe las aguas termales del
Aguas Calientes, cuyos orígenes nacen en el Dia-
mante, con dos afluentes principales: el Ojo Gran-
de y el Ojo Chico, donde se encuentran las termas.
Al pie del Diamante hay una laguna pequeña
que lleva el mismo nombre, alimentada por un
arroyo de agua dulce.
El salar es de forma cuadrada y mide por sí solo
88.600 hectáreas, siendo de 4.260 metros su altura
sobre el nivel del mar.
Superficie total de la hoya 405.076 4.050,76
-450-
Superficies Superficies
parciales totales
en corroboración de sus derechos al feudo de Anto- en hectáreas en km2
fagasta, que llevara ese mismo nombre el flamante
puerto que hoy es asiento de numerosa población y
considerable movimiento comercial e industrial.
Deslinda al norte con la hoya de Ratones y al
este con las sierras de Hombre Muerto, Cancha
Argolla, e Ilanco; al sur corre por estribaciones y
pequeñas alturas que de esta cumbre se dirigen al
volcán Alumbrera, encerrando la laguna y pueblo
de Antofagasta hasta el cerrito la Falda, y desde allí
hasta las alturas al sur del portezuelo del Diablo;
por el oriente la cordillera de Calalaste.
De las alturas que la limitan por el norte se
desprenden arroyadas de abundantes y excelentes
aguas, como las que nacen de Ilanco, formando el
arroyo de Putas, con curso al oeste hasta el mismo
pueblo donde se reúne el río principal; las que deri-
van del Niriguasa, que desemboca por el arroyo de
este nombre en el Trapiche; las que vienen desde el
Toconque y Cancha Argolla y se juntan en Chorri-
llos con los de la Panilla.
Por otro lado, hacia el oeste, los nevados de
Mojones dan origen a otro riachuelo que se aumen-
ta con pequeños afluentes que bajan de Calalaste,
dando lugar a grandes vegas que son criadero de
ganados y a la laguna Colorada.
El arroyo y vegas de la Falda y, por último, los
extensos campos cubiertos de pastos y su grande y
hermosa laguna al pie de los bancos de lava, comple-
tan un paisaje pintoresco y una región cordillerana
capaz de dar asiento a una población de regular im-
portancia y a transacciones de alguna consideración.
Se da bien la alfalfa; se logra el maíz y el trigo,
la hortaliza se cultiva sin inconveniente y la papa
común encuentra allí su propio clima y suelo.
Superficie 249.541 2.495,41
-451-
Superficies Superficies
parciales totales
SO y sur hasta las estribaciones del gran nevado en hectáreas en km2
de San Francisco, al norte, en la Chucula, Negro
Muerto y Buenaventura. Por allí parte su límite
occidental según el cordón de Antofaya al naciente,
donde se extienden las vegas de Cortaderas, Inca
huasi, Aguas Blancas, Cuevas de Poruya y diversos
salares y lagunajos.
Semejante al volcán Alumbrera, hay también
en su centro el Carachapampa, igualmente apaga-
do y que no es sino uno más en la constelación de
conos volcánicos de reciente data que cubren toda
esta alta región de los Andes.
Del norte y NE bajan hacia este punto central
del volcán y de las grandes vegas de Carachapam-
pa los ríos del Peñón, el Jote y Colorado.
Superficie 625.110 6.257,10
Resumen general
con indicación de la hoya principal y de las que le son anexas
Superficies Superficies
parciales en hectáreas totales en km2
-452-
Superficies Superficies
parciales en hectáreas totales en km2
6. Hoyas de Flamenco:
Totoralillo 15.637
Morado 84.725
Potrero 35.967
Flamenco 275.292
Las Ánimas 16.675 4.282,96
7. Hoyas de Chañaral o del Salado:
Chañaral y Toro 8.122
Pedernales 424.071
Infieles 51.981
Piedra Parada 67.578
Salado 696.532
Agua Hedionda 4.062
Peralillo 63.250
Castillo 1.875
Coquimbo 5.312 13.237,83
8. Hoya de Pan de Azúcar:
Bosón 301.999
La Isla 22.141
Agua Salada 10.017
Pan de Azúcar 626.706 9.608,63
9. Hoyas de la Cachina:
Cachina 203.160
Guanillos 4.950
Triguillos 8.075 2.161,85
10. Hoyas de Cifunchos:
Leoncito 6.704
Cifunchos 231.718
Gritón 4.115 2.425,37
11. Hoyas de Taltal:
Infieles 9.200
Taltal 512.195
Potrero 25.375
Cascabeles 175.500
Bandurrias, Tunas y Quebrada Grande 39.275 7.615,45
12. Hoyas de Paposo:
Paposo 158.975
Rinconada 2.550
Leoncitos 3.675
Médanos y Cañas 8.800
Panul y Cordón Quemado 3.171
La Plata y Colorada 13.675
Izcuña 101.525 2.923,71
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Superficies Superficies
parciales en hectáreas totales en km2
-454-
Superficies Superficies
parciales en hectáreas totales en km2
Resumen general
Las partes de hoyas hidrográficas que la línea del pacto de tregua con Bolivia
deja fuera de la jurisdicción chilena, y que están incluidas dentro del gran total
anterior, suman una superficie de 2.262,45 kilómetros cuadrados.
-455-
Presentación v
Francisco San Román y su obra por José Antonio González Pizarro ix
EL DESIERTO Y CORDILLERAS DE ATACAMA 3
Itinerario de las exploraciones
I Junio a diciembre de 1883. En Copiapó. Preliminares y leyendas. Pu-
quios. Entrada en campaña. Pueblo Hundido. El desierto. Nota al Mi-
nisterio del Interior. La Florida. Carrizalillo: minas, establecimientos,
etc. Plan de cateo. El agua. Descubrimiento de Esmeralda. Barranca-
les: percance. Poesía de mineros. Minas: Exploradora y Juncal. Fenó-
meno luminoso. Camino del Inca. Los aragoneses Leite. Geología. Apre-
mio. Jornada nocturna. Calicheras de Taltal. Etnología en las cumbres.
¡El mar! Nota al Ministerio del Interior. 9
II Enero a junio de 1884. Obstáculos. De Copiapó a San Antonio. Dar-
win: geología. La electricidad en las cumbres: accidente. Notas. En los
Andes: el primer hito internacional. La primera carretera trasandina:
Indalecio Castro. Aspectos: fenómenos meteorológicos. Cambio de iti-
nerario: rumores peligrosos. De Maricunga al Azufre: se confirman los
rumores. El diario de viaje. Cumbre de la Coipa: orientaciones. La ta-
rea de las colecciones. El sistema oolítico: reflexiones geológicas que
despierta. El guía Salvatierra. Terremoto. La Piedra Parada. Salinas y
yeseras. Lagunas Bravas. El Panteón de Aliste. Palacio encantado. Cla-
sificación de las rocas. Clasificación petrográfica. De Pedernales aba-
jo. El agua: pique de la Buena Esperanza. De Tres Puntas a Las Áni-
mas. Caracteres geológicos de la costa en Chañaral. En Chañaral: vuel-
ta a Caldera. 33
III De julio a diciembre 31 de 1884. Decadencia y esperanzas. Aspectos
orográficos. Excursiones al norte de Copiapó y Caldera. Percances de
la triangulación. Orientaciones. Siempre por la costa al norte. Nota al
ministro del Interior. Fin de la tercera campaña. 69
IV De enero a abril de 1885. La cuarta campaña. Industria mortífera. La
ilusión de Remolinos. La quebrada de Carrizalillo. En la cumbre del
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GEOGRAFÍA GENERAL
Geografía general 215
LEVANTAMIENTO DEL MAPA GEOGRÁFICO
Levantamiento del mapa geográfico 229
OROGRAFÍA
Orografía 347
HIDROGRAFÍA
Hidrografía 403
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