PARROQUIA DE SAN MATEO APÓSTOL
Chignautla, Puebla
Significado Bíblico de la Ceniza
1. Oración inicial
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera
2. Catequesis
Cada año, el Miércoles de Ceniza, la Iglesia da inicio a la Cuaresma, con la imposición
de la ceniza en la frente dentro de la celebración de la Santa Misa.
Y ¿qué es la ceniza? ¿Qué significado tiene el ritual de imposición de la ceniza?
La Ceniza no es un rito mágico, ni de protección especial -como muchos podrían
considerarlo- la ceniza simboliza a la vez el pecado y la fragilidad del hombre.
Veamos lo que es la ceniza y el polvo en la Sagrada Escritura. Isaías habla del
idólatra como “un hombre que se alimenta de cenizas” (Is. 44, 20).
La idolatría, el gran pecado de los tiempos antiguos, pero también de ahora, porque
cada civilización se crea sus propios ídolos, a los que el Libro de la Sabiduría
denomina “invenciones engañosas de los hombres” (Sab. 15, 4).
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Hoy en día tenemos también nuestros propios inventos, nuestros propios ídolos. Así
que el término de idólatra también se refiere a nosotros.
Y he aquí lo que nos dice el Señor sobre los idólatras: “Su corazón es cenizas, su
esperanza es más vil que el polvo, su vida más miserable que la greda, porque
desconoce al que lo formó y le infundió un alma capaz de actuar y un espíritu de
vida” (Sab. 15, 10).
Dios, por boca del Profeta Ezequiel, anunciando la destrucción de la ciudad de Tiro,
dice así de sus habitantes, expertos en navegación y comercio, pero pecadores
porque imbuidos en su riqueza material, no tenían en cuenta a Dios: “se cubrirán la
cabeza de polvo y se revolcarán en ceniza” (Ez. 27, 30).
Y el Señor, a través del mismo Profeta Ezequiel, nos hace ver que el resultado del
pecado no puede ser sino la ceniza, cuando se refiere al Rey de Tiro: “Te he
reducido a cenizas” (Ez. 28, 18).
Así que para reconocer ante los demás y para convencerse a sí mismos que
realmente eran “polvo y ceniza”, algunos personajes de la Biblia se sientan sobre
ceniza o se cubren la cabeza de ceniza: Job (Job, 42, 6); el Rey de Nínive, ante la
predicación de Jonás (Jonás 3, 6).
Jesús mismo menciona la costumbre de revestirse de ceniza al referirse a dos
ciudades que no habían acogido su mensaje de salvación (Mt. 11, 20-24).
Al saber de los desmanes que Holofernes, jefe del ejército de Nabucodonosor, había
hecho en los pueblos vecinos, los israelitas, recién regresados del exilio en Babilonia,
se asustan, por lo que “todos los habitantes de Jerusalén ... se cubrieron la
cabeza con cenizas” (Judit, 4, 11).
En Abraham, nuestro padre en la fe, modelo de humildad, docilidad y entrega a Dios,
la ceniza tiene su verdadero sentido, cuando orando se reconoce nada ante el
Creador: “Sé que a lo mejor es un atrevimiento hablar a mi Señor, yo que soy
polvo y ceniza” (Gn. 19, 27).
Cubrirse de cenizas significa, entonces, el realizar en forma visible un reconocimiento
público, por el cual nos declaramos frágiles, incapaces, pecadores, en busca de la
misericordia de Dios.
Al que reconoce y realmente cree que es nada, al que se sabe necesitado de la
misericordia divina y de la salvación que nos trajo Jesucristo, El cambia la tristeza en
alegría y la ceniza en corona, cuando nos promete por boca del Profeta Isaías “una
corona en vez de ceniza” (Is. 61, 3).
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El Ritual de la Imposición de la Ceniza nos lleva, entonces, a recordar nuestra nada.
Las palabras de una de las fórmulas de imposición de la ceniza nos recuerdan lo que
somos: “Polvo eres y al polvo volverás”. Es decir, nada somos ante Dios.
Somos tan poca cosa como ese poquito de ceniza, ese polvillo, que se vuela con un
soplido de brisa, o que desaparece con tan sólo tocarlo. Eso somos ante Dios: muy
poca cosa ... como es ese resto proveniente de ramos o palmas benditas quemados
con anterioridad, que es la ceniza.
Y los hombres y mujeres de hoy necesitamos ¡tanto! darnos cuenta de nuestra
realidad:
Nos creemos tan grandes ... y somos ¡tan pequeños!
Nos creemos capaces de cualquier cosa ... y somos ¡tan insuficientes!
Nos creemos capaces de valernos sin Dios o a espaldas de El... y somos ¡tan
dependientes de El!
El fruto más importante de un Miércoles de Ceniza bien comprendido es
la conversión. Precisamente las palabras que posiblemente serán pronunciadas en el
momento de la Imposición de la Ceniza son las siguientes: “Conviértete y cree en el
Evangelio”. Es importante tomar en cuenta estas palabras.
El Ritual de la Imposición de la Ceniza tiene por fin, entonces, llevarnos a la
conversión. Y ¿qué es convertirse? Nos lo explica la Primera Lectura del Profeta
Joel: “Vuélvanse a Mi de todo corazón ...... Vuélvanse al Señor Dios nuestro,
porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en clemencia”.
Convertirse es volverse a Dios: regresar a Dios o acercarse más a Él. ¿Cuánto tiempo
toma convertirse? La conversión es un programa de toda la vida. Todos -sin
excepción- necesitamos convertirnos: hasta el más santo puede todavía ser más
santo aún.
Y la conversión debe ser verdadera, no aparente. Por eso nos dice Joel: “enluten su
corazón, no sus vestidos”. Es decir: el cambio debe ser interior, en el corazón. El
cambio no puede ser la ceniza en la frente sin un verdadero regreso (si es que
estamos de espaldas a Dios) o un verdadero acercamiento (si es que estamos de
frente a Dios).
En esto consiste el verdadero arrepentimiento de las faltas, pecados, vicios, etc. Cada
uno, en el interior de su corazón sabe cuál es aquella falta que el Señor desea que
deje. Y la Cuaresma es el tiempo propicio para ese arrepentimiento. Y el
arrepentimiento es una gracia que el Señor nos concede si realmente lo deseamos, si
verdaderamente lo buscamos.
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“Pues bien”, nos dice San Pablo en la Segunda Lectura, “ahora es el tiempo
favorable; ahora es el día de la salvación”. El Señor, que siempre está abierto a
perdonar a quien desee arrepentirse, el Señor que siempre está dispuesto a ayudar a
quien desee ser mejor, está especialmente pendiente en este día de penitencia en que
nos humillamos reconociéndonos “polvo”, y también en este tiempo de gracia llamado
Cuaresma.
El verdadero espíritu de la Cuaresma, la cual se inicia el Miércoles de Ceniza, está en
estas palabras: conversión, arrepentimiento y humildad.
¿Cómo llegar a este espíritu cuaresmal? Jesucristo nos indica en el Evangelio los
medios especiales para ser humildes, para arrepentirnos y para convertirnos. Son la
oración, la penitencia o el ayuno, y la limosna.
Durante estos cuarenta días que nos preparan para la Semana Santa, intensifiquemos
nuestra oración.
¿No rezas nada? Comienza por rezar un Padre Nuestro, una Ave María y un Gloria.
¿Ya haces esto? Trata de rezar una decena del Rosario, ven a hacer una visita a
Jesús, que está presente en el Sagrario.
¿No vas a Misa los Domingos? Ven, a partir de hoy, todos los Domingos a Misa. ¿Ya
haces esto? ¿Por qué no venir algún día o varios días durante la Semana, a Misa y a
comulgar?
¿Necesitas confesarte para aliviar esa culpabilidad que pesa y que molesta y que,
además, ofende al Señor? ¿Qué mejor tiempo que éste, que es tiempo de
arrepentimiento y conversión?
El ayuno, que puede ser más estricto o menos estricto, según se pueda, es un
ingrediente importante dentro del espíritu cuaresmal y es un sacrificio agradable a
Dios. Negarse algo que a uno le gusta es un buen ejercicio espiritual.
Puede ayunarse no sólo de alimentos y de bebidas. Puede ayunarse de cigarrillo,
televisión, música, teléfono, etc. ¡Qué bien nos haría personalmente y qué bien
haríamos dedicando parte del tiempo que pasamos ante el celular, en orar en familia,
en leer o estudiar la Biblia o en hacer alguna obra buena en favor de alguien
necesitado de una enseñanza, de un consejo o de una ayuda cualquiera!
La limosna a los necesitados se refiere a todas las obras de misericordia, tanto
materiales como espirituales: dar de comer al hambriento de pan ... o al hambriento de
conocimiento de Dios. La práctica de las obras de misericordia, cuando se realiza con
recta intención, es decir, con el sincero deseo de agradar a Dios y de ayudar, es
fuente de muchas gracias.
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Pero recordemos: oración, penitencia y obras de caridad, realizadas siempre
en humildad, como muy expresamente nos pide el Señor en el Evangelio. Quien haga
estas cosas para ser reconocido o alabado, no sólo se pierde de sus frutos y de
practicar un verdadero espíritu cuaresmal, sino que comete ese pecado escondido de
falta de rectitud de intención, de impureza de corazón.
La oración y la penitencia son medios para regresar a Dios y para acercarnos más a
Él. Las obras de caridad son el fruto de esa conversión. De eso se trata la Imposición
de la Ceniza, de eso se trata la Cuaresma.
Entrar en Cuaresma es inaugurar un tiempo fuerte de penitencia y conversión...
aprovecha la oportunidad. Entrar en Cuaresma es una llamada a salir de nosotros, de
nuestras casas, de nuestros prejuicios, de nuestros intereses, gustos y comodidades...
sal de ti y ves hacia el otro. Entrar en Cuaresma es afrontar la realidad personal y
dejarse juzgar por la Palabra de Dios... descúbrete, acéptate, conviértete.
Entrar en Cuaresma es dejar poner nuestro corazón en la sintonía del corazón de
Dios... practicar la compasión que hace hermanos. Entrar en Cuaresma es vaciar
nuestras manos, saber renunciar a nuestras seguridades, a aquello que nos
esclaviza... libérate para poder abrazar. Entrar en Cuaresma es saber caminar con
otros creyentes que buscan a Dios siguiendo a Jesús en Espíritu y en Verdad... ¡Buen
camino!
3. Oración final
Padre bueno, nos ponemos en tus manos al inicio de esta Cuaresma, para que hagas
de nosotros lo que tú quieras porque tú sabes lo que más nos conviene y
necesitamos; sea lo que sea, te damos las gracias por este tiempo cargado de
oportunidades, de posibilidades de liberación, de misericordia y de perdón, por este
tiempo de llamadas de atención y de proyectos.
Queremos aceptar todo lo que venga de ti con tal de que se cumpla en cada uno de
nosotros, en nuestras familias y en todas tus criaturas, tu voluntad. No deseamos
nada más, Padre. Te confiamos nuestro corazón y nuestras manos y nos
comprometemos a ayunar de nuestros excesos que nos hacen tan insolidarios; a orar
para poder mirar la vida y las cosas más allá de nosotros mismos; a hacer limosna, es
decir, a gritar que nada es “mío” porque lo nuestro es la fraternidad.
Padre, nos ponemos en tus manos sin medida, con infinita confianza: llévanos al
desierto, acompaña nuestro discernimiento, cólmanos de esperanza, muéstranos tu
misericordia y acógenos sin reservas porque Tú eres nuestro Padre. Amén