ESPACIO DOMÉSTICO. ESPACIO PÚBLICO.
VIDA PRIVADA
Francoise Collin
Por una nueva urbanidad
No soy una persona competente en materia de urbanismo y arquitectura, pero
dado que me interesa el tema del espacio en calidad de filósofa y de feminista,
desarrollaré mi reflexión sin cuestionar demasiado cómo esta puede producir
efectos en la práctica, lo que concierne a urbanistas o arquitectos. De todas
formas, me parece importante que las mujeres comiencen a pensar y organizar el
espacio, a imaginar su articulación, cuando hasta ahora no han podido ocupar
más que el espacio que otros habían destinado para ellas o a pesar de ellas.
Antes de reflexionar sobre la organización cualitativa del espacio, deberíamos
hacernos una pregunta previa: ¿cuánto espacio hay y cómo se reparte entre ricos
y pobres, entre hombres y mujeres? Pensemos en el hábitat, pero también en los
espacios públicos, políticos, comerciales, culturales y de transporte, sin olvidar el
espacio sonoro, visual, táctil u olfativo. No se trata solo de preguntarnos cómo
habita una mujer o un hombre, sino qué es lo que habitan. Para abordar esta
reflexión parto de la oposición entre espacio público y espacio privado, inscrita
tanto en la organización social como en la urbanística. Esta oposición, sustentada
por la teoría feminista y la obra de Hannah Arendt, distingue entre oïkos (casa) y
agóra (lugar público y político). Sin embargo, estos conceptos me han parecido
siempre dudosos o al menos confusos.
El elemento espacial
Antes de abordar este tema en relación con la diferencia de sexos, quisiera hacer
una observación. No existe una idea urbanística o arquitectónica ideal que
corresponda al ser humano en general, bajo cualquier latitud y en cualquier época.
Tampoco existe una arquitectura o un urbanismo adecuado específicamente para
las mujeres. Es cierto que las arquitectas o urbanistas pueden percibir y organizar
el espacio de forma diferente, porque están situadas de otra manera en el mundo,
pero esta diferencia no es exclusivamente femenina. La organización del espacio
por parte de una mujer puede ser universal e innovadora para todos, del mismo
modo que la de un hombre.
El espacio no es una entidad preexistente, sino que se define a través de la
habitabilidad. “El espacio es intuición pura", pero en el acto de habitarlo, le damos
una nueva experiencia. Sin embargo, quien dispone del espacio y lo organiza no
es neutro; responde a condiciones históricas y sociales. No creo en una
arquitectura o un urbanismo que partan de una "tabla rasa", ya que esta idea es
uno de los fantasmas más peligrosos de la disciplina.
Dentro/Fuera
La arquitectura, como arte del edificio, concreta los límites con la ayuda de muros.
¿Es la arquitectura el arte de alzar y distribuir muros? Si es así, la cuestión sería
en qué medida los muros diferencian a los sexos. ¿Cómo reparte la arquitectura a
los hombres y a las mujeres entre sus muros? ¿Cómo determina o sostiene sus
circulaciones y sus lugares? La arquitectura no solo separa el dentro del fuera,
sino que también estructura los umbrales y los pasajes. La calle, con sus
fachadas, construye el fuera con respecto a la casa, pero también el dentro con
respecto a los barrios más lejanos.
Privado/Público
Si miramos la imagen de las ciudades tradicionales, lo cerrado está ligado a las
mujeres y lo abierto a los hombres. Las mujeres permanecen encerradas en la
casa, rodeadas de paredes, que en el mejor de los casos tienen ventanas con
rejas. Si salen, siguen rodeadas de paredes a través de su vestimenta o su
comportamiento. Los hombres, en cambio, ocupan la calle, los bares y la plaza
pública.
Podríamos concluir que el espacio está "justamente" repartido: para las mujeres,
el dentro; para los hombres, el fuera. Para las mujeres, lo cerrado; para los
hombres, lo abierto. Y si aceptamos esta asimilación, para las mujeres lo privado y
para los hombres lo público. Pero esta visión es engañosa. Las mujeres no están
"en casa" en la calle, pero tampoco en la casa. Diría esquemáticamente que están
privadas tanto de lo privado como de lo público, mientras que los hombres tienen
derecho a ambos espacios.
El espacio doméstico
El espacio doméstico no garantiza a las mujeres una verdadera privacidad.
Aunque tradicionalmente han estado ligadas a la casa, esta no es su "reino" ni el
lugar donde pueden ser ellas mismas. La casa está concebida en relación con la
familia, y dentro de ella las mujeres no tienen un espacio propio. La cocina puede
parecer un refugio, pero es un espacio de servicio. Virginia Woolf ya reclamaba
"una habitación propia" para las mujeres.
El espacio público
El espacio público tampoco es un espacio donde las mujeres se sientan "en casa".
Aunque en nuestras sociedades modernas pueden circular libremente, sigue
existiendo un control implícito que condiciona su presencia. Los edificios públicos,
los monumentos, los espacios de ocio y deporte están marcados por una
estructura simbólica masculina. Además, la amenaza de la violencia sexual
refuerza la limitación de su acceso a ciertos espacios y tiempos.
Por una nueva urbanidad
Las mujeres no tienen asegurada la privacidad ni en el espacio doméstico ni en el
público. Se encuentran privadas de su propio espacio. Una nueva concepción del
espacio debe garantizar privacidad sin encierro, asegurando la intersección entre
dentro y fuera. La arquitectura debe contribuir a la creación de espacios accesibles
y acogedores para mujeres y hombres, asegurando el encuentro y la vida
comunitaria sin que las mujeres sean relegadas.
"Habitar" es "estar en un lugar protegido", como escribía Heidegger. Este lugar no
tiene que ser necesariamente cerrado. La arquitectura debe modelar un espacio
que permita tanto la privacidad como la relación, sin excluir a las mujeres de la
vida urbana. Se trata de asegurar la circulación y la interacción entre los individuos
sin que estas reproduzcan las desigualdades de género.