El Brujo
El Brujo
EL BRUJO
UNA HISTORIA REAL
EPÍGRAFES
UNO
EL PUEBLO
En una república tropical de la zona tórrida, a lo largo de muchos años de colonia, se
fue perfilando un caserío que más tarde sería llamado Hondaima de la Cruz. Una
sección amplia y plana del gran valle del Río Magdalena vino a ser el asentamiento
de ese pueblo que, con el pasar de los tiempos, se convirtió en lugar de recreo y
veraneo para muchos de los habitantes de las partes altas del país.
Había un no sé qué en esa región tan hermosa, que producía una fuerza de atracción
sumamente especial. Se llamó departamento del Tolima. Llegaron colonos de
muchas partes, pero más, de un departamento considerado como hermano: el Huila.
Más tarde, se le conoció a ese enclave como el Tolima Grande.
Precisamente, hacia el nordeste del departamento, se estableció el pueblo de
Hondaima de la Cruz. Con el tiempo se convirtió en una atrayente ciudad con dos
ríos atravesándola: el Gualí y el Magdalena. Por ese motivo, se construyeron más de
10 puentes, necesarios para comunicar las diferentes secciones de la ciudad. Varios
de ellos son verdaderas obras de excelente ingeniería y buen gusto. Son famosos el
puente Agudelo, el puente López, el puente Pearson y el puente Luis Ignacio
Andrade. Todos ellos se encuentran actualmente en servicio y son verdaderos
atractivos turísticos.
Hondaima se ha distinguido por ser una ciudad de paz y tranquilidad donde el fervor
católico ha sido una de sus características principales. Dos iglesias, de hermosa
arquitectura, cual gigantescas guardianas de las gentes creyentes, no pasan
inadvertidas para los viajeros que llegan a la ciudad. Son las Iglesias del Alto del
Rosario y la Iglesia del Carmen. Un presbítero de la Iglesia del Alto del Rosario, el
cura Pedro Nel Manrique, es uno de los protagonistas de esta historia que envuelve
al brujo Adolfo Ávila y a otros personajes muy reconocidos en el pueblo.
-Argemiro, necesito que me investigue todo lo que pueda sobre el tal brujo ese que
anda alborotando a mis parroquianos.-dijo el cura Pedro Nel.
-Como ordene su reverencia. Ya salgo a ver qué averiguo.- respondió servilmente el
subordinado.
Se caló el sombrero y se despidió.
-¿Cómo está, doña Lucinda?-le dijo, sonriendo, a la vez que mostraba su dispareja
dentadura.
-Bien, don Argemiro. ¿Qué le sirvo?-ofreció doña Lucinda, mirándolo curiosamente.
Las personas que conocían al sacristán percibían en su trato algunos rasgos que lo
hacían lucir desagradable. Por ejemplo, no miraba a su interlocutor de frente sino que
mantenía la cabeza siempre girando hacia otro lado. Además, pretendía lucir
elegante usando un vestido raído que vio mejores épocas, unas botas de vaquero ya
deterioradas que nunca lustraba y un pañuelo rabo de gallo anudado al cuello.
Remataba su indumentaria con el sombrero típico de los vaqueros tolimenses,
ladeado a la izquierda, como retando siempre a su interlocutor. Sí, daba la impresión
de creer ser alguien de otra estirpe, lo cual caía mal entre las personas que lo
trataban.
Argemiro empezó a degustar su salpicón, con fruición vulgar, masticando los pedazos
de fruta produciendo sonidos que parecían chasquidos. Suspendió la masticadera
para decir:
Doña Lucinda miró hacia todos lados y agachó la cabeza para responder, como si no
quisiera ser escuchada por la gente que caminaba por esa sección de la plaza.
-Es que aseguran que él tiene más de 100 años de edad y nada que se envejece.-
-Y, ¿qué más?-quiso saber el sacristán.
-Pues, que vuela por las noches y en tierra se convierte en un chupacabras -dijo
Lucinda.
.En ese momento, Argemiro dejó de masticar las frutas, tocó su sombrero y mostró un
interés desmedido por saber más sobre el brujo.
-Él vive a las afueras de la ciudad, sobre la salida a la Hacienda El Triunfo. Mucha
gente lo visita para que les haga “trabajos”.-dijo la frutera.
-Es fácil. Vaya a la Calle de Carrasquilla, cerca al Colegio Santander, y ahí le dicen.-
afirmó doña Lucinda.
Argemiro le dio las gracias, pagó el salpicón y se despidió. Se dirigió hacia la Avenida
Doce de Octubre y caminó hasta coger la llamada Calle Nueva, que lo llevaría hasta
el Colegio Santander. Continuó a lo largo de Calle Nueva hasta llegar a un cruce,
determinado por una cuesta empedrada que más parecía un sendero de otras
épocas. Se llamaba Callejón de los Toros. El sacristán empezó a subir la cuesta que
serpenteaba en su recorrido.
La señora abrió la nevera de madera, dentro de la cual enfriaba las bebidas poniendo
bloques de hielo cubierto con afrecho del arroz que procesaban en las trilladoras que
abundaban en el pueblo. Sacó una gaseosa helada, la destapó y se la pasó al
sacristán.
Argemiro tomó con ansia varias bocanadas del líquido frío. Se quitó el sombrero y se
secó el sudor con el pañuelo que anudaba en su cuello. Miró hacia los lados, como
dudando en hacer la pregunta que se asomaba en su boca. Se resolvió, y musitó en
voz baja:
-Perdone, me podría decir ¿cómo llego a la casa del que llaman El Brujo?-
El hombre se detuvo, miró hacia dentro del local y se devolvió unos pasos, hasta
quedar frente a la tendera. La miró con algo de desdén y le dijo:
-Cómo le parece que sí. Argemiro Pérez, a sus órdenes.-
Argemiro aceptó la invitación y se sentó en una de las sillas de mimbre que había
para la clientela. Luisa salió de detrás del mostrador y tomó otra silla.
-¿Le provoca otra gaseosa?- sugirió.
Los veranos se hacían sentir más calientes cada año que pasaba. Los balnearios que
se habían organizado a las afueras del pueblo se llenaban con turistas de otras
localidades. La restaurada iglesia del Carmen conglomeraba a muchos fieles de la
Virgen del mismo nombre. Además, los recién inaugurados puentes sobre el río
Gualí, con sillas cómodas para disfrutar de la brisa del anochecer, eran lo más
apreciado por los caminantes que deambulaban por las calles de Hondaima, mirando
vitrinas y degustando el famoso “raspado” que se había convertido en golosina
refrescante muy apreciada.
Luisa Benavides decidió contarle a Argemiro lo que ella había oído decir acerca del
personaje, de quien se hablaban cosas no muy creíbles. Por supuesto que lo poco de
real que hubiera acerca de ese hombre se había aumentado con las supersticiones y
las vagas creencias de la gente de esos barrios.
-El Brujo se llama Adolfo Ávila, primero que todo.- dijo Luisa.
-Pues, algunas personas juran que él vuela y que se convierte en lo que quiera.-
describió Luisa, con aire un poco dramático.
-Pues, que saca oro de las piedras y que resucita gente y animales. También juran
que no le entran las balas porque está “rezado” por el ánima sola.-dijo Luisa, con
genuino miedo en la voz.
-Siga derecho, por esta calle que es cerrada. Es la última casa a la izquierda.-dijo
Luisa.
DOS
ACOTACIONES
Tuve la oportunidad de conocer personalmente a Adolfo Ávila, a quien todos en
Hondaima llamaban el BRUJO. En el año 1951, yo era un adolescente de 11 años y
vivía con mi madre en la casa de la Calle Carrasquilla, en el número 7-15. Un poco
en diagonal, por la acera de enfrente, se hallaba la entrada a la vivienda de los Ávila.
Precisamente, uno de mis compañeros de juegos era Bonifacio Santos Ávila, el único
hijo de Adolfo.
Hoy, a mis 81 años de edad, todavía conservo los recuerdos vívidos de mis
encuentros con el BRUJO. La primera vez que lo tuve cara a cara fue para mí como
un suceso extraordinario.
Era uno de esos veranos de tierra caliente. El sol empezaba a meterse por los
resquicios de las casas y los solares, iluminando a diestra y siniestra todos los
recovecos y, a la vez, daba ese toque ardiente característico del clima de Hondaima.
Yo calculo que serían cerca de las 9 de la mañana, pues no tenía aún mi primer reloj
de pulsera.
Aquella mañana, estábamos los jugadores justos, pero faltaba Bonifacio. Eso era un
poco raro porque él era de los primeros en aparecer. Yo tomé la iniciativa y le dije a
mi hermano Jairo que iría a buscarlo. Crucé la calle y me acerqué al portón de
entrada de la casa donde vivía Bonifacio con su papá.
-¡Buenos días!- dije en voz alta y esperé un poco, pero nadie vino a abrir el portón.
Después de unos minutos, decidí volver para integrarme al grupo. Ya había dado
unos pasos, cuando oí una voz clara a mis espaldas que dijo:
-Mucho gusto, don Adolfo. Yo soy Carlos.- dije, como respuesta inmediata.
-Es que tuve que mandar a Bonifacio a hacerme una diligencia al centro de la ciudad
y no está en este momento.- me explicó Adolfo.
-Ah, bueno, gracias.- dije un poco sorprendido. -Entonces, será para después. Hasta
luego.- Y, volví sobre mis pasos.
-Yo le digo a Bonifacio que usted vino a buscarlo.-dijo Adolfo, cuando yo ya me iba.
Me retiré un poco impresionado de ver la presencia de aquel hombre. Era de alta
estatura, piel oscura, cabello lacio y negro, ojos profundos y muy vivaces, pómulos
salientes, boca de labios delgados y lucía una chivera de esas que llaman de
candado. Vestía de forma sencilla y hablaba con tono tan grave que sus palabras
quedaban resonando en los oídos. Era algo impresionante ver y escuchar a ese
señor. Aquel fue mi primer encuentro con El Brujo.
Como si fuera la primera vez, el sacristán deseaba que la cosas que se aproximaban a su
vida fueran lo menos dolorosas para su ser. Él, como un humano estándar normal, sentía
que tenía el derecho a escoger lo mejor para su existencia, aunque ello no fuera del todo
posible. Pero, la idea solamente, le daba una especie de libertad para elaborar su propia
felicidad que él sentía era cada vez más esquiva.
El Padre Pedro Nel no pensaba lo mismo. Para alguien perteneciente al “clero de pueblo”, la
mirada se centraba principalmente en obtener la aceptación de los habitantes y,
consecuentemente, manipular al máximo a quienes eran más próximos a su poder, como el
sacristán.
No es fácil imaginar cómo una persona, cuya imagen tiene una ínfima y frágil representación
de Dios en la Tierra, fuera alguien tan ordinario y falaz. Pero, la cruda realidad casi siempre
está cubierta por ese manto espeso de la mentira elaborada cuidadosamente y adornada con
la verborrea barata que el cura del pueblo generalmente usa para enmascarar su verdadera
naturaleza. Sí, el Padre Pedro Nel menospreciaba y manipulaba la torpe ingenuidad de
Argemiro para obtener sus fines de poder omnímodo sobre aquel pueblo, ahora luciente
como ciudad turística, donde la fama y el renombre de un extraño estaba en camino de
desbancar la débil aceptación de que gozaba el cura entre sus feligreses.
Pensó en la indicación que Luisa le dio para localizar la casa del BRUJO y se propuso seguir
adelante con el encargo que le acababa de dar el cura. Realmente, no sabía cómo iba a
actuar en esa clase de situación, pues era la primera vez que se enfrentaba con un caso
como ese.
Empezó, pues, a caminar por la calle bautizada como Carrasquilla. Era una vía más bien
amplia, con árboles a lado y lado que no habían talado para llevar a cabo una pavimentación
que el municipio había prometido ya hacía algunos años. Por eso, el piso era polvoriento y
sólo se podía ver manchas de césped, que allá llamaban genéricamente pasto, al frente de
una que otra vivienda. A lo largo de esa calle, Argemiro contó dos tiendas más, una casa
donde hacían trabajos de modistería, cuatro o cinco viviendas hechas de madera y poca
gente afuera.
A medida que se iba aproximando a la parte cerrada de la vía, el sacristán quería estar
seguro de que iba a golpear en la puerta adecuada, es decir, la casa donde vivía el BRUJO.
Algo que llamó su atención fue un pedrusco grande que se levantaba en medio de la calle,
casi al frente de una de las tiendas, la de Don Hermelindo Gutiérrez, persona conocida por su
buen trato y su generosidad. El calor hizo que Argemiro sintiera sed de nuevo. Entró a la
tienda y golpeó sobre el mostrador.
Pronto, hizo acto de presencia un hombre alto, robusto y de tez sonrosada que vestía una
camiseta blanca y portaba una toalla mediana sobre su hombro izquierdo que usaba para
enjugarse el sudor ocasionado por el clima caliente de Hondaima. Su sonrisa era natural e
invitaba al saludo.
-Buenas tardes, ¿me hace el favor de darme una gaseosa?- dijo Argemiro.
-Claro. Usted me parece conocido.- dijo el tendero, pasándole una crema-soda helada.
Luego, agregó: -No es usted Argemiro, el sacristán de El Alto del Rosario?
-Hermelindo Gutiérrez. Bienvenido.- respondió el tendero, con una amplia sonrisa en todo su
rostro.
Argemiro se sintió complacido con esa persona tan amable. Lo miró sin prevención de
ninguna clase y le preguntó: -¿Usted ha oído hablar de Adolfo Ávila?-
Hermelindo se limpió el sudor con la toalla, miró alrededor, como guardando cautela, y dijo:
-Es que parece que tiene poderes del otro mundo y hasta es capaz de salarle a uno la vida, si
hay motivo para eso.- respondió Hermelindo.
Hasta ese preciso momento, Argemiro había oído solo rumores y habladurías que le
retrataban al BRUJO como un hombre de indefinidos rasgos personales y quien, a la larga,
podría resultar alguien común y corriente. Pero, cuando escuchó las palabras de Hermelindo,
con tanta seguridad, se puso a prueba su conclusión inicial.
El tendero era tenido como una persona seria en sus conceptos. Alguien sencillo, honesto y
poco amigo de chismes. Por esa razón Argemiro se atrevió a preguntarle:
-Tengo mis razones.- dijo Hermelindo, enderezándose y dando unos pasos hacia el estante
de los enlatados. Parecía que no deseaba ahondar más en ese tema.
Argemiro decidió seguir adelante con su pesquisa, aprovechando que el sol había sido
cubierto por unos nubarrones en ese instante. Era una “escurana” momentánea que había
que aprovechar para no sudar tanto por el calor. Pagó su consumo y se despidió. Salió de la
tienda y miró en ambas direcciones de la Calle de Carrasquilla. Se encaminó con rumbo a la
salida hacia la Hacienda El triunfo. Como la calle no estaba pavimentada, una suave brisa
levantó polvo, que resultaba incómodo para caminar. El hombre se tapó la cara
instintivamente, esperó un instante mientras pasaba el polvero y siguió avanzando. Miró su
reloj de pulsera. Ya eran las 5 de la tarde.
Como yo, que contaba con 11 años de edad, estaba sentado sobre el sardinel que rodeaba
mi casa, divisé la figura de Argemiro aproximándose al lugar donde vivía Adolfo, el papá de
mi amigo Bonifacio. Yo lo conocía desde antes porque de la escuela nos llevaban a misa a la
iglesia del Alto del Rosario, y él acompañaba al cura Pedro Nel en las labores de la misa.
Poco a poco se fue aproximando y, cuando me divisó, cruzó la calle y vino hacia mí.
-Mire, joven, puede decirme ¿cuál es la casa del BRUJO?- dijo con tono plano e impersonal.
A mí no me llamó mucho la atención esa escena. Era común que la gente pidiera
indicaciones para llegar a algún destino. En esa época, para un muchacho como yo, no era
nada rara esa acción. Hoy pienso en las connotaciones que pudo haber tenido esa visita,
pues los acontecimientos que sucedieron después me han dado en qué pensar.
A la larga, lo que Argemiro estaba haciendo no tenía relevancia mayor. Él solo estaba
llevando a cabo un encargo que le había dado el cura Pedro Nel y, como todo subordinado,
no se le había ocurrido pensar las razones que tuvo el cura para ordenarle eso.
Una vez estuvo al frente de una pequeña puerta de broche, llamó en voz alta:
-¡Buenas tardes!-
Esperó unos minutos a que alguien respondiera o se mostrara. Como no hubo respuesta,
insistió.
Argemiro estaba tan embelesado con aquel paisaje que no detectó la persona que lo
observaba, con una sonrisa en el rostro, desde una distancia de unos cuatro metros. Era
Adolfo Ávila, el personaje a quien todos conocían como EL BRUJO.
Esa escena más parecía de mentiras que de la vida real. Todo un jardín, repleto de plantas
verdes en floración, sombras refrescantes proyectadas por los abundantes árboles, vida
animal silvestre y un ambiente de calma tal, que a Argemiro se le antojó, por un instante y
para sus adentros, pensar en el paraíso terrenal descrito en la Biblia que todos los días
limpiaba y ponía abierta sobre un atril que al cura Pedro Nel se le antojó llamar “bibliario”.
La calma del momento se rompió cuando Adolfo avanzó unos pasos sigilosos que el
sacristán finalmente detectó, y vio acercarse a un hombre que le dijo con voz grave y
profunda:
La imagen de esa persona impresionó tanto a Argemiro que no pudo articular palabra por la
sorpresa. Ante él estaba un hombre de estatura promedio, vistiendo unos pantalones de dril y
una camisa blanca de manga larga. Sus pies calzaban botas de vaquero, con espuelas de
amansador de potros cerriles. No estaba usando sombrero en ese momento. Su tez era algo
morena y miraba con ojos profundos y brillantes. Tenía nariz aguileña y la boca de labios
delgados estaba enmarcada por una corta barba negra, muy bien cuidada. Lucía un peinado
tradicional, con partida al lado izquierdo. No aparentaba más de 30 años, pero todos decían
que tenía más de 80. Algo que llamaba la atención de manera inmediata eran sus manos que
él movía con ademanes muy bien medidos. Se acercó más y le extendió la derecha al
sacristán.
-Soy Adolfo Ávila, y usted es el sacristán del Alto del Rosario, ¿no es cierto?- le dijo
sonriendo.
-Por supuesto que sí, y me excuso por haber entrado sin avisar.-dijo Argemiro.
-No se preocupe por eso. Tengo ese portón de broche para que las personas que me
necesitan puedan seguir, sin perder tiempo. Como lo ha hecho usted. Pero, avance para más
adentro y le muestro la casa y un corral.-invitó el dueño de casa.
Inmediatamente, los dos hombres caminaron por un sendero que pasaba por el frente de la
casa y se adentraba en una especie de bosque a cuyo fondo se veía un corral dentro del que
corrían y relinchaban una media docena de potros, de pieles relucientes y llenos de energía.
-Eso ya es un secreto.-respondió Adolfo, soltando una carcajada. Luego continuó: -Yo soy
domador de potros cerriles.-
Ahora sí entendía el sacristán el por qué de las botas con espuelas. Continuaron andando
unos cuantos metros más y, sorpresivamente, Argemiro sintió una corriente de aire helado
que pasó a través de él. No vio ningún ventilador o abanico cerca, y menos un
acondicionador de aire que, para esa época era un lujo bastante caro. No dijo nada al
respecto, pero estaba bastante asustado. El fenómeno se repitió y esta vez el sacristán
decidió salir de allí, lo más rápido posible.
-Lo siento, pero tengo que irme porque se me hace tarde para la misa.-dijo con afán.
Con pasos largos y casi a la carrera, Argemiro abandonó la casa de Adolfo. Pensó que aquel
lugar no era de este mundo y que posiblemente, algo malo le iba a pasar.
Ya eran alrededor de las 8 de la noche en Hondaima de la Cruz. Una suave brisa descendía
desde los cerros tutelares y refrescaba un poco aquella tarde tan marcadamente ardiente. No
se podía decir que la estación caliente había llegado. En aquel pueblo el verano era eterno y
los días se sentían más pesados por el embotellamiento del terreno. A comienzos del siglo
XIX, un sismo sacudió la ciudad y una sección de ella se hundió, literalmente. A partir de ahí,
se empezó a llamar “Hondaima”, pues su nombre original era Villa de San Bartolomé de las
Palmas. Desde ahí en adelante, las dos secciones de la ciudad se comunicaron por medio de
callejones y cuestas inclinadas que vinieron a caracterizar el pueblo.
La casa del BRUJO estaba localizada en la parte alta, pero en ese mes del año, durante el
día, no corría brisa y no se movía la rama de un árbol. Por eso, cuando Argemiro sintió que
una corriente de aire gélido pasó a través de él, allá en la casa de Adolfo (el BRUJO), se
aterrorizó tanto, que allí olvidó su sombrero y la libreta donde había escrito sus notas
personales. Cuando cayó en la cuenta de su olvido, ya se encontraba a tres cuadras de la
Casa Cural. Allí pernoctaba en un cuarto auxiliar, cerca de las oficinas. Su misión era la de
vigilar ese recinto porque el cura Pedro Nel dormía en la casa de su hermano Florián, en un
barrio alejado del Alto del Rosario.
-Qué va, es que estaba distraído, no más.-respondió Argemiro, secándose el sudor con el
pañuelo.
-Que estuve donde el BRUJO Adolfo Ávila, y allá me pasaron cosas raras.-expuso el
sacristán.
Comentaron un buen rato las peripecias del día y después de media hora, se despidieron.
Eusebio siguió con su ronda y Argemiro entró a la Casa Cural.
Esa noche fue de desvelo para el sacristán. No lograba comprender qué le estaba
ocurriendo en realidad. Lo primero que se vino a su mente fue la posibilidad de que
Adolfo le hubiera hecho algún rezo o algo por el estilo. Era tanta la prevención hacia
esa persona, que cualquier cosa relacionada con él siempre resultaba en hechizo o
brujería.
Así son los devenires de las gentes en esos pueblos. Aunque Hondaima había
evolucionado a un nivel de ciudad turística, no cesaban las habladurías con respecto
a casos como el del BRUJO.
Ya en la mañana, con sueño atrasado y agotado por las andanzas del día anterior,
Argemiro se encontró con el padre Pedro Nel que acababa de arribar a la Iglesia. Era
un cura de 62 años de edad, de cara regordeta, nariz ancha, orejas grandes y una
calvicie incipiente que le permitía cruzarse el pelo de un lado al otro de la cabeza,
dando la ilusión de que no le faltaba cabello. Un metro con setenta de estatura y peso
de 85 kilogramos. Mostraba ademanes ágiles que, para su edad, daban la idea de
alguien energético y sano. En realidad lo era. De fácil palabra e ideas prontas, que le
permitían mantener un buen nivel de aceptación por la mayoría de sus feligreses.
Como rasgo personal, no usaba sotana fuera del templo.
Había llegado hacía ya 11 años a esta parroquia del Tolima. Tuvo que lidiar con
asuntos relacionados con aventureros y “magos” que le dieron fama en toda la
región. Todo ello atrajo las gentes de esa región, quienes invirtieron en el desarrollo
de Hondaima de la Cruz.
-Pues, no mucho. Logré saber dónde vive el BRUJO y…-Argemiro se detuvo al ver el
ademán del cura, haciendo que se callara.
-¡Aquí no se nombra ese personaje de esa manera!-Susurró con fuerza el Padre.
-Se llama Adolfo Ávila y vive por los lados de la Calle Carrasquilla, cerca al Colegio
Santander.
En ese momento, Argemiro vaciló y se iba poniendo pálido. El Padre Pedro Nel agitó
su brazo derecho en el aire y subió el volumen de la voz: -¡Dígame de una vez por
todas cuál fue el asunto!-exclamó.
-Que, un ánima pasó a través de mi cuerpo. Eso fue lo que sentí, cuando estaba
hablando con ese señor. Y no fue una, sino dos veces.-remarcó Argemiro, exaltado.
-¡No me salga con esos cuentos, hombre!-lo reconvino el cura.
En ese instante entró la secretaria de la Casa Cural al despacho del Padre Pedro Nel
y dijo:
-Perdone reverencia, pero alguien lo necesita urgentemente. Está en la sala de
espera.-
-¿Es alguien que yo tenga en mi agenda?-preguntó el cura.
TRES
EL ENCUENTRO
El Padre Pedro Nel identificó el nombre que le dio su secretaria al momento. Lo que
no comprendió fue el posible motivo de la visita de aquel personaje a la iglesia.
-Y, ¿de qué elementos se trata?- quiso saber el Padre, frunciendo un poco el ceño.
-Un sombrero y una libreta de notas. Los traje tal y como los dejó.-dijo Adolfo.
-O sea, que no abrió la libreta ni se enteró de lo escrito allí.-dijo el cura.
-No creo necesario aclarar eso, Padre. Yo soy un hombre respetuoso de la propiedad
ajena.-puntualizó Adolfo.
El cura cayó en cuenta de que se había extralimitado un poco en sus apreciaciones.
Por eso, trató de suavizar el asunto.
-No quise ofenderlo, señor Ávila.- dijo el cura sonriendo, a la vez que recibía las
cosas.
-No siendo otro mi propósito, creo que me iré ya.-dijo Adolfo, poniéndose de pie.
En ese momento, el Padre Pedro Nel pensó que no debería perder la oportunidad de
conocer algo más de la personalidad y de las andanzas de quien llamaban EL
BRUJO.
Adolfo miró a los ojos al cura y, sin mostrar ningún gesto de desagrado, le respondió:
-Eso habría que preguntárselo a quienes lo hacen, Padre. Y, de paso, me gustaría
aclararle que yo vivo mi vida sin molestar a nadie. Por lo cual, le agradecería que me
explicara su interés en eso, si no es molestia.-dijo calmadamente Adolfo.
El Padre Pedro Nel comprendió que aquel sería un hueso duro de roer. Se frotó las
manos y respondió a la observación de Adolfo, también de manera normal.
Bueno, Padre, si se le ofrece algo en que yo le pueda servir, ya conoce dónde vivo.-
dijo Adolfo y se despidió.
El cura vio cómo salía Adolfo de la Casa Cural, dando grandes zancadas y haciendo
sonar sus botas vaqueras que al caminar hacía repicar las espuelas. Sin pensarlo
dos veces, llamó al sacristán.
-Ojalá no vuelva a dejar botadas sus cosas en cualquier parte. Y, mire a ver si puede
averiguar algo serio sobre Adolfo, pues ya me di cuenta de que ese hombre se trae
algo raro entre manos y puede resultar peligroso para la Iglesia.-
-Entonces, ¿qué me sugiere su reverencia?-dijo Argemiro, con mirada de impotencia.
-Dígale a Eusebio, el vigilante, que lo acompañe y salen de inmediato detrás de
Adolfo. Esta vez necesito que me desenmascaren al BRUJO ese.-ordenó el Padre
Pedro Nel.
-Como lo ordena su reverencia, así lo haremos. Pero, hay algo que quiero contarle.-
casi susurró Argemiro, acercándose más al cura.
-Señor cura, allá en a casa del BRUJO pasan cosas del otro mundo y muy malignas.-
empezó a decir el sacristán. Miró la cara del cura y vio que puso gesto de curiosidad.
Se decidió, pues, a continuar. –Es que allá en esa casa hay espíritus del mal y yo
miso los sentí.-
-¿Cómo así?-
-Yo estaba parado, hablando con el BRUJO, y de pronto vi como una nube en forma
de diablo que se me acercó. Era horrible y helada.-relató el sacristán.
-Y, ¿qué más paso?-indagó el Padre Pedro Nel.
-Y, entonces, ¿qué haremos con el Brujo ese?-quiso saber Argemiro, con ganas de
que el Padre planeara algo contra Adolfo.
Argemiro parecía haber ganado más aprecio por parte del Padre, cosa que
necesitaba, pues sus fallas anteriores lo habían desacreditado. El cura salió del
despacho y, sin mirar al sacristán, le ordenó mientras caminaba: -Bueno, ¡váyase ya!
Eran ya casi las 2 de la tarde en Hondaima de la Cruz. Extrañamente, ese día se
había presentado con muchas nubes en el cielo, algunas de ellas nubarrones negros
que hicieron oscurecer un poco el ambiente. Por las calles de la ciudad se veía a la
gente correr porque presagiaban que llovería torrencialmente, como sucedía cuando
el día se ponía así, y no se querían empapar.
Argemiro salió a la puerta de la Casa Cural, miró hacia los dos lados de la calle y no
vio al vigilante Eusebio, su amigo de la infancia en ese momento. Ya se había calado
las botas y el sombrero. Salió y empezó a caminar por la acera, buscando a quien
sería esta vez su compañero de pesquisas. Miró hacia los cerros y se extrañó de
verlos cubiertos por nubarrones oscuros. El sol no se veía y el calor cotidiano que se
producía se había convertido en una especie de mezcla extraña de calor y frío.
Continuó caminando y se detuvo súbitamente al ver un relámpago diurno y escuchar
el retumbar del trueno. Definitivamente, aquel día estaba resultando atípico en
Hondaima, sobre todo porque no era época lluviosa sino más bien lo contrario. A ese
primer rayo siguieron otros que lo hicieron pensar en una “tormenta seca de verano”,
como los meteorólogos llamaban a ese fenómeno climático.
Tras unos quince minutos de marcha, Argemiro divisó a una cuadra de distancia la
silueta de su amigo Eusebio. Ya había pensado en la manera de convencerlo para
que lo acompañara a cumplir con el encargo del Padre Pedro Nel. Como su paga
estaba a cargo de la iglesia, no habría problema en hacerlo mover hacia otra sección
de la ciudad, en horas de trabajo. Algo que le atraía de esta parte del encargo del
cura era que Eusebio portaba un arma de dotación y que podría portarla cuando
fueran a la zona de Carrasquilla, a visitar a Adolfo.
-¡Eusebio!-
El hombre volteó a mirar al oír el llamado y enseguida se detuvo. Miró a ver quién lo
requería. Al reconocer a su amigo, se detuvo y lo esperó.
-Qué hubo, mijo, ¿cómo andan las cosas?-preguntó Eusebio, con curiosidad.
Los dos amigos se miraron, fruncieron los hombros y empezaron a caminar. Eusebio
torció la boca y murmuró: -Bueno, allá él.-
Como si el día presagiara algo maligno, otro rayo iluminó la oscuridad de la tarde y el
trueno casi ensordeció a los dos caminantes. Subieron por la cuesta del 12 de
octubre, caminaron por Calle Nueva y desembocaron casi al frente del Colegio
Santander. Luego tomaron rumbo por la calle de Carrasquilla. Su objetivo era la
última casa de la izquierda, antes de quedar cerrada la vía.
Para muchos de los habitantes de Hondaima, ese pueblo era como una especie de
oasis de paz que se había escapado de muchas arremetidas de la violencia que, por
varios años, había sembrado de víctimas y sepulcros los cementerios de las ciudades
de toda esa zona. Pero, aquella tarde gris que se estaba llenando de nubes oscuras y
rayos en pleno día, no era como las demás. Aún no empezaba a llover y lo extraño
era que el calor cotidiano que incomodaba a los más veteranos de esas tierras
ardientes, se había convertido en una especie de brisa congelante que
desconcertaba a casi todos los habitantes.
Las luces de las calles se encendieron, como si ya fuera a anochecer. Los perros
aullaban en vez de ladrar y las gallinas confundieron su rutina: se acomodaron en sus
gallineros para dormir. Súbitamente, una detonación ensordecedora se escuchó en
toda la zona de Carrasquilla. Todos los que estaban al tanto de los pasos de
Argemiro y Eusebio, que estaban asomados a las ventanas de sus casas o parados
al frente de sus puertas, vieron como segundos antes de esa explosión un rayo cayó
sobre el lote donde Adolfo vivía.
Pero, casi inmediatamente después, el cielo se destapó, los arreboles de la tarde se
manifestaron, los perros reanudaron sus andares sin rumbo a lo largo de la calle y
pareció que el pueblo había revivido. Ahí sí fue cierto que las leyendas tejidas sobre
la persona de Adolfo Ávila se aumentaron y ya todos hablaban de que un demonio se
podría haber apoderado de él.
Argemiro y Eusebio siguieron caminando calle abajo, llenos de un ciego temor que no
podían explicar. Sentían más pesados los pies a medida que se aproximaban a la
casa del Brujo.
-Oiga, compa. ¿No sería mejor que dejáramos este encargo para otro día?-propuso
Eusebio.
-Nada de eso, hombre. Ya casi llegamos y no vamos a perder la venida, ¿oyó?- le
replicó el sacristán, lanzándole una mirada recriminadora.
Los dos hombres estaban tan concentrados en su plan, que no detectaron el grupo
de vecinos que los iba siguiendo a cierta distancia. Algunos iban armados con
perreros, otros con palas y los demás con piedras que habían recogido de la calle.
Parecía que estaban decididos a defender a Adolfo, en caso de que fuera necesario.
Unos de los que marchaban eran Hermelindo Guriérrez y la dueña de la tienda donde
Argemiro había parado a descansar, la primera vez que fue por allí.
Tuvo que huir para no perder la vida, después de que un ejército invasor asoló la
región de su pueblo, asesinando a toda su familia. Por azares del destino, vino a
parar a Hondaima de la Cruz, donde sus maestros ocultistas le dijeron que había un
portal inter-dimensional. Tuvo que investigar durante varios años para encontrar el
lugar exacto donde “todo era posible”, le habían dicho sus gurús. Por eso él vivía en
esa casa.
Cuando Argemiro y Eusebio se hallaron al frente de la puerta de broche, a la entrada de la
propiedad de Adolfo, sólo querían entrar, de modo que empujaron con fuerza el portón. Tan
pronto dieron un paso adentro, se dieron de manos a boca con una manada de perros
gigantescos que se abalanzaron sobre ellos. Para evitar ser mordidos, salieron en
desbandada y tan pronto estuvieron en la calle, se encontraron con la turba que los
esperaba.
Ellos sólo querían escapar de una posible tunda de “perrerazos”, pero Eusebio creyó que
sacando la pistola iba a evitar que eso sucediera. Tan pronto mandó la mano a la funda se le
vinieron encima algunos de los miembros del grupo. Ya era casi de noche y la iluminación allí
era de muy baja intensidad. Se produjo momentáneamente un tumulto desordenado,
rodeando al sacristán y al vigilante. Súbitamente, se oyó un disparo que retumbó en esa
parte de la calle. Fue tan determinante ese sonido, que por un instante se detuvo el devenir
de los hechos, factor que me dio la oportunidad de examinar con detenimiento lo que pudo
haber pasado, en realidad.
Parecía que los elementos del destino se habían conjurado para que esa especie de
instantánea temporal se hubiera dado tal y como ocurrió. La tarde oscura, la tormenta seca,
el cambio impactante de la temperatura en el ambiente, la jauría que apareció de la nada, el
crescendo del sentimiento defensivo de la gente y el sonido del disparo fueron, en un
momento dado, el conjunto de factores que delineó lo que ocurrió más adelante.
-Yo estoy bien.- respondió. –Pero, ¡a Eusebio no lo veo moverse!- agregó, con mucho temor.
Acercaron la luz de una lámpara de kerosene y ampliaron el espacio donde yacía Eusebio,
quien aún sostenía la pistola en su mano izquierda. Sorpresivamente, notaron que una
persona más se unió al grupo. Era Adolfo quien, con determinación y seguridad, dijo:
Hubo voluntarios, Argemiro entre ellos, que levantaron al vigilante y lo movieron hacia dentro
de la casa. Pasaron por el portón de broche y se fueron directamente a la alcoba del Brujo.
Acomodaron al herido en la cama y, ya con buena iluminación, algunos comentaron:
-Qué raro, pero yo no veo ningún perro de esos que los atacaron a ustedes.- le dijo una
vecina a Argemiro, quien prefirió no responder.
Mientras tanto, Adolfo limpió la herida de Eusebio y le realizó una curación de emergencia. Le
hizo tomar un medicamento y, poniendo su mano derecha sobre la cabeza del vigilante, rezó
una oración en lengua desconocida. Los asistentes quedaron más que sorprendidos al ver y
oír todo aquello.
-Tengan la amabilidad de salir y dejarnos solos a mis amigos Argemiro, Eusebio y a mí.-pidió
cortésmente Adolfo.
Los vecinos fueron saliendo lentamente de la estancia, comentando en voz baja todo ese
conjunto de hechos extraños que estaban ocurriendo. Ya, sin testigos, Eusebio habló, en
medio del dolor:
Adolfo se quedó mirándolos fijamente, sin rencor en su mirada. Dio unos pasos alrededor de
la cama y les dijo:
-Comprendo que ustedes están siguiendo órdenes, probablemente del cura. Pero, no
entiendo a qué se debe esa animadversión que él ha mostrado contra mí.-
-Lo que pasa es que el Padre quiere investigar todo ese cúmulo de leyendas que la gente ha
tejido con respecto a usted y a lo que hace.- trató de explicar Argemiro.
-Si es sólo eso, ¿por qué vienen a mi casa con un arma de fuego?- les preguntó, mostrando
la pistola de dotación de Eusebio.
Argemiro respondió, diciendo: -Ese ha sido un inmenso error de nuestra parte. Sólo
queríamos asustarlo para que nos hablara de su vida y las cosas que trajina.-
-Ustedes a mí no meten miedo con eso, en primer lugar. Y, en segundo, no tienen ningún
derecho a interrogarme.-expuso, con seguridad, Adolfo.
Los dos hombres sintieron miedo ante esas palabras y no pudieron disimularlo. Se dieron
cuenta de que estaban al frente de alguien que no era una persona ordinaria. Por ello,
advirtieron que se habían chocado con una especie de muro de hormigón, contra el que no
podrían hacer nada, por el momento. Querían únicamente salir de allí y reorganizar sus
ideas.
-Creo que sí. Casi no me duele el hombro y no hay problema. Puedo salir caminando a mi
casa que queda en este mismo barrio. Argemiro me acompañará.-dijo Eusebio.
Los dos, no tan gratos visitantes, pidieron disculpas a Adolfo y se despidieron. Él los
acompañó hasta el portón y les dijo:
Adolfo les devolvió la pistola, a la cual le había extraído el cargador y la bala de la recámara.
Los vio alejarse a lo largo de la calle polvorienta. También vio mil ojos observando lo que
estaba pasando en ese momento.
Hay una serie de elementos que juegan papeles determinantes en las vidas de las personas.
Muchas veces, no son tomados en cuenta porque son difícilmente detectables por los
mismos actores de los acontecimientos. Un caso de esos es el relacionado con la reacción
colectiva ante ciertos hechos que proyectan una idea de injusticia hacia alguien.
Adolfo era apreciado, respetado y posiblemente temido por quienes lo conocían o habían
recibido su influencia por medio de rezos, pócimas, encantamientos y brujerías, como
afirmaban algunos. No era necesario hacer una encuesta para saberlo. La prueba se empezó
a dar cuando se produjo el tumulto que terminó con la herida de Eusebio. Ya se empezaba a
ver una especie de acuerdo tácito para tomar parte en la defensa de aquel personaje que
estaba causando una rebelión con contra de quienes lo estaban persiguiendo.
Luisa Benavides, la dueña de una de las dos tiendas de la Calle Carrasquilla, y Hermelindo
Gutiérrez, el otro propietario de la tienda que yo visitaba cuando era niño, se constituyeron en
líderes de los residentes de toda esa zona de Hondaima de la Cruz, decididos a averiguar las
verdaderas razones que tenían Argemiro y Eusebio para llegar a amenazar a Adolfo en su
propia casa.
-Ya sabemos que el sacristán y su amigo no vinieron solamente a visitar al Brujo. Hay algo
detrás de todo eso, que debemos aclarar.-les dijo Luisa.
-Estoy de acuerdo en que otras personas deben estar tramando algo más grande.-replicó
Eliseo.
Don Darío De la Torre, sub-jefe de mantenimiento del acueducto, levantó la mano para
intervenir. Hermelindo lo vio y le indicó con un movimiento del brazo derecho que hablara. A
la vez, los asistentes intercambiaban ideas y se sentía un murmullo de voces.
-Por favor, hagamos silencio para escuchar a Don Darío.- sugirió Hermelindo.
El vecino nombrado, se pasó al frente de los demás y se quitó el sombrero. Era un hombre
curtido por largas caminatas bajo el aire cálido de aquellas tierras tropicales. Sus pocas
palabras no le impidieron expresar algo que puso a todos a pensar.
-Por todo lo que oído y he visto, estoy casi seguro de que lo que hemos visto suceder es idea
del cura Pedro Nel.- dijo pausadamente y con suficiente claridad.
-¿Están de acuerdo en que vayamos, en orden y con calma, al Alto del Rosario?- preguntó
Hermelindo Gutiérrez.
Hermelindo, Luisa y Eliseo decidieron entrar. Saludaron a la secretaria que era conocida por
casi todos.
-Buenos días, don Hermelindo.- respondió ella, sonriendo. -¿Qué se les ofrece?- agregó.
-¿Toda la gente que está en el parque, viene con ustedes?-preguntó Beatriz, mirando hacia
afuera.
-Sí, claro. Venimos a exponer unas inquietudes al Padre, en nombre de todos ellos.- dijo
Hermelindo.
-Buenos días Señor Cura. Lo queremos invitar a que salga unos minutos para hablar con un
grupo de sus feligreses.- expuso Hermelindo, calmadamente y en tono tranquilo.
-Yo no salgo a hablar con turbas ignorantes. Si necesitan algo, hablemos aquí mismo.- casi
ordenó.
Eliseo se asomó a la puerta y les dijo en voz alta: -El Padre no sale a hablar con ustedes.-
Lo que no habían visto los vecinos estacionados en el parque era algo que pondría en peligro
su seguridad. La secretaria había llamado por teléfono al cuartel del ejército, dando a
entender que una asonada se estaba produciendo en el parque de la Iglesia.
Tan pronto las autoridades recibieron el aviso, inmediatamente enviaron dos contingentes
armados con fusiles para copar las vías que daban salida al parque. Cuando menos lo
pensaron, los vecinos se vieron rodeados totalmente por soldados que les apuntaban con sus
armas. Eran tiempos de “conmoción interna”.
CUATRO
COMPLICACIONES
Hay situaciones que se complican inesperadamente y pierden los esperados desenlaces que,
aunque parezcan lógicos, se desvían por caminos muchas veces trágicos. Cuando se nos
antoja analizar lo sucedido, es cuando podemos vislumbrar los caminos fáciles que
podríamos haber tomado inicialmente. A veces nos ponemos a pensar si no fuera posible
tener esa visión futurista antes de que las cosas se den.
Pero, así no funciona el mundo en que vivimos. Por ejemplo, una simple petición de diálogo
no concedida, puede llegar a convertirse en toda una tragedia. Como pasó en el parque del
Alto del Rosario, frente a la iglesia del mismo nombre, cuando los soldados vieron la
oportunidad de mostrar lo poderosos que eran.
-¡Orjuela!-llamó a su segundo.
-Mande a sus soldados de confianza para que taponen las salidas del parque y que esperen
mis órdenes.-ordenó el oficial.
Ya habían transcurrido tres meses desde que el gobierno había decretado la “Conmoción
Interna”, que permitía poner bajo control militar ciudades y pueblos cuya situación de orden
público estaba en discusión. Hacía tres semanas que el teniente Gamboa había sido
nombrado por el Gobernador ALCALDE ENCARGADO.
Los soldados encargados de las comunicaciones cargaban con los pesados radioteléfonos
que el ejército había adquirido y que representaban lo más avanzado en ese campo en los
años 50. El raido-operador del grupo cercano al teniente Gamboa se acercó a él, tendiéndole
un auricular.
-¡Aló!, ¿quién es?-dijo casi a gritos. La muela lo estaba torturando en ese momento.
-Teniente, soy Argemiro, el sacristán. El Padre Pedro Nel quiere hablar con usted.-
-Teniente, las cosas se están poniendo feas aquí, frente a la iglesia. Mire a ver si me colabora
con ese problemita.-casi ordenó el cura.
-Cuente con su bonificación extra este fin de semana, teniente.-Hubo una corta pausa y luego
el Padre Pedro Nel colgó.
El teniente Gamboa llamó a su subalterno inmediato para darle instrucciones, sin pensar en
las posibles consecuencias de lo que iba a decir. Le importaba más su tortura molar del
momento.
-Mire, Orjuela, váyase con un pelotón y cojan a los organizadores de la asonada. Cuando los
demás vean que la cosa es seria, se van a calmar y se irán para sus casas.-
-¡A sus órdenes, mi teniente!- dijo el sargento, y salió de prisa a ejecutar lo mandado.
El sargento Orjuela era de los más sumisos y obedientes. A veces ejecutaba las órdenes con
demasiada pasión y luego había que “desenredar entuertos”, como decía el Padre Pedro Nel.
Un grupo de 20 hombres armados con fusiles salieron al trote y se dirigieron al centro del
parque. Como ya habían hecho inteligencia sobre los vecinos perfilados como líderes, sabían
a quiénes tendrían que detener.
Orjuela iba al frente del pelotón, con una hoja de papel en la mano derecha y su pistola en la
izquierda. En la hoja tenía las fotos y los nombres de quienes había que poner en orden. Una
vez llegaron al frente de la iglesia, el sargento gritó:
Lo mismo sucedió con las otras personas que dirigían a los demás. Pronto, la multitud vio con
impotencia que sus amigos fueron detenidos y trasladados en un camión hacia un lugar
desconocido.
No tuvieron más remedio que retirarse a sus casas y, de paso, contarle a Adolfo lo que había
pasado con quienes los habían representado en su petición ante el cura Pedro Nel.
Tan pronto le refirieron los hechos y los nombres de quienes actuaron en contra de sus
amigos, Adolfo se quedó un instante pensativo, los miró con tranquilidad y les dijo:
-Oye, Teodulfo, ¿no se le hace raro que dentro del solar del brujo no se siente el calor?-
indagaba Luisa Benavides, la dueña de la otra tienda de la cuadra.
En ese momento, se acercó Lucinda, la dueña de uno de los puestos de venta de salpicones
en la plaza y les dijo susurrando:
-Ya les oí lo que dijeron, y yo también me había dado cuenta de ese detalle. Pero, no se
puede negar que ahí adentro uno se siente raro, como en paz, ¿no es cierto?-
Ya era de noche y no había mucha esperanza de que del cuartel salieran los buenos amigos
de la cuadra de Carrasquilla, que habían sido detenidos bajo el cargo de asonada.
Precisamente, el teniente Gamboa, ejerciendo sus dotes de Alcalde Encargado, estaba
interrogándolos en una sala que habían acondicionado en el cuartel para esos fines. Había
un selecto grupo de ciudadanos muy apreciados por su afán de servicio y defensa de la
comunidad, catalogados por el abogado de la Alcaldía como “líderes sediciosos” por hallarse
al frente del grupo que deseaba dialogar con el Padre Pedro Nel.
Aunque ahora tengo más de 80 años de edad, alcanzo a recordar un hecho que guarda
mucha semejanza con lo sucedido esa tarde. Fue algo que ocurrió unos 40 años después,
cuando llegó a Hondaima un personaje dotado de especiales poderes y que ilusionó a las
gentes del pueblo de una manera especial. Se hacía llamar “EL MAGO CRISTÓBAL”, y era
alguien que manejaba un excelente carisma entre los habitantes. Fue tanta la simpatía que
despertó entre ellos, que muchos dejaron de ir a misa y muy pocos asistían a las
celebraciones patronales del Cerro de la Cruz. Como consecuencia, “la iglesia tenía que
defender sus principios”, dijo el Padre Ángel Torres. Fue cuando decidieron tenderle una
trampa al mago para encarcelarlo.
Como gran coincidencia, el cura del pueblo era hermano del alcalde y así controlaban la
economía de la ciudad. En esa ocasión, no hubo detenidos del pueblo. Decidieron encerrar
en la cárcel al Mago Cristóbal. Por ese motivo, ahí sí se armó una asonada tan poderosa que
tuvieron que liberar al prisionero. Más adelante, se enteraron que el tal Mago era en realidad
un demonio, lo cual condujo a la aplicación de un exorcismo por parte del cura y un rabino
ortodoxo llamado Martiniano Cañizares.
La deferencia entre esos dos acontecimientos que he comparado estriba en que los
detenidos son los simpatizantes del personaje carismático y él tendrá la misión de sacarlos
de ese atolladero.
Cuando ya había caído la noche, Adolfo se preparó para salir hacia el cuartel del ejército. De
pie, en su alcoba, iluminada por suaves resplandores que se desprendían del cielo raso, él se
encontraba al frente de un espejo reluciente de cuerpo entero. Dijo una oración en una
lengua desconocida y enseguida se abrió un portal al frente suyo, en el espejo. Avanzó hacia
esa entrada y penetró en un ambiente que no era de este mundo. Siguió caminando por un
sendero que lo llevó directamente a una hermosa residencia. Entró, sin llamar a la puerta, y
allí se reunió con una hermosa dama, vestida con brillantes sedas que ondeaban
suavemente. Lucía una corona refulgente y sus facciones eran perfectas. Allí se desarrolló el
siguiente diálogo:
ADOLFO: -Gracias, Su Majestad.- dijo EL BRUJO, bajando su cabeza e hincando una rodilla
en el piso.
ADOLFO: -Mi Reina, le pido licencia para alterar el tiempo y el espacio en el mundo paralelo
del cual provengo.-
ADOLFO: -Mis más profundos respetos.- Murmuró Adolfo, retirándose sin dar la espalda.
Súbitamente, Adolfo emergió del espejo que le proporcionó la entrada a aquel universo,
escondido a los ojos de los mortales de este planeta. Ya se encontraba de nuevo en
Hondaima de la Cruz, ciudad donde muy pronto sucederían cosas fantásticas.
CINCO
COSAS FANTÁSTICAS
Casi todos los pueblos de tierra caliente tienen orígenes muy lejanos en el tiempo. Fueron
evolucionando lentamente a lo largo de los años y, a la vez que se producían cambios físicos
en la tierra, los ríos y el paisaje, también variaban las maneras de ver el mundo por parte de
sus habitantes. Eran y aún son gentes sencillas, de mentes poco abiertas pero muy
sensibles. Cualquier evento que pareciera fantástico, o no explicable de manera superficial,
era interpretado por ellos como algo que sucedía con la colaboración de seres etéricos,
brujas o espantos, con los cuales había que estar en paz.
Todo aquello era perfectamente conocido por el Padre Pedro Nel, quien se guardaba bien de
no hacerle conocer a su sacristán la realidad de cada cosa extraña que ocurriera en el
pueblo. Ese cura sabía cómo explotar la ignorancia y la ingenuidad de los Hondaimunos. Él
muy bien sabía que podría explotar esas características en su propio interés. Limosnas,
contribuciones extras para proyectos inflados que, en el fondo, no exigían mucho dinero, y el
manejo dominante de las mentes y los destinos de quienes eran sus feligreses que, por
respeto o miedo, le obedecían sin pensarlo dos veces.
Se había aliado con el alcalde encargado, el teniente Gamboa, que, como todo militar de
rango medio, es atrabancado y de poco análisis. En esta nueva circunstancia, tal persona era
peligrosa por tratar siempre de mostrar su poder y su absolutismo. Precisamente, ya estaba
pensando en someter a los detenidos de la asonada, como él llamó a la reunión de los
vecinos de Carrasquilla en el parque, a “interrogatorios especiales”. Nunca antes había
sucedido algo como lo que acababa de pasar, por el simple hecho de querer dialogar con el
cura del pueblo.
Cerca de la media noche, ningún encargado se había presentado ante ellos. Tenían hambre y
sed. Empezaron, pues a exigir un mejor trato.
-Tenemos sed, por favor se necesita agua aquí.- dijo en voz alta Luisa, pero nada.
Daba la impresión de que ni siquiera había guardia pendiente de ellos. Todos se alborotaron
y golpearon la puerta de barrotes que los separaba del resto de estancias. La mezcla de sus
voces parecía un lenguaje extraño, para oídos sordos.
Súbitamente, todos sintieron un aire fresco en aquel cuarto, pero no se veía que el viento
soplara o que una brisa se estuviera manifestando. Desde allí, alcanzaron a oír la voz de
Adolfo pronunciando unas palabras que sonaron como una orden.
El soldado se encaminó como un autómata hacia el lugar de detención, abrió la puerta y les
dijo a los presentes allí:
Aunque la sorpresa fue grande para los vecinos de Carrasquilla, ellos no lo pensaron dos
veces y salieron de prisa de allí. A su paso no hubo nadie que les dijera nada y solo vieron a
dos soldados parados a la entrada del cuartel, mirando fijamente a lo lejos.
Todos se miraban entre sí y no lograba comprender qué fue lo que pasó allá, en el cuartel.
Pensaron que probablemente el teniente Gamboa había tomado la decisión de liberarlos,
pues recordaron que el soldado de guardia dijo “Sí, mi teniente”, pero la voz que ellos oyeron
dando la orden fue la de Adolfo Ávila. Cada uno se fue muy pensativo para su casa.
A la mañana siguiente, el teniente Gamboa estaba a punto del colapso al ver que sus
subalternos juraban que él, en persona, les dio la orden de liberar a los detenidos.
-Usted mismo vino y nos dijo que los dejáramos libres, mi teniente.-dijo un soldado.
El teniente, con atribuciones de alcalde, podía mandar a detener sin causa a cualquiera. Eran
tiempos de “Estado de Conmoción Interna”, que era igual al Estado de Sitio.
Lo cierto es que por su mente pasó la idea de que EL BRUJO tuvo que ver con la salida de
los presos del cuartel.
-Reúna un pelotón de 20 soldados profesionales y se van ya para la casa del brujo ese.
Sáquenlo a rastras si es necesario, pero ¡tráiganmelo aquí mismo!- gritó el teniente Gamboa,
frotándose la mejilla inflamada, a la vez que lanzaba un insulto.
Ese oficial era alguien pocas veces visto en traje de civil, pues para él, parte del poder y la
proyección del mando estaban en el uniforme, que muy cuidadosamente le lavaba y le
aplanchaba mi tía-abuela Mónica, la madre de mi tío Eustasio.
Mi tía era una matrona iletrada, pero llena de sabiduría y amabilidad con todo el mundo. En
su pequeña y siempre aseada casa uno veía personas de todos los estratos, seguramente
porque su oficio de lavandera profesional la ponía en contacto con muchas personas,
especialmente varones, como el dueño de la Hacienda El Triunfo, Mr. Howard Hughes, los
capataces, los vaqueros y los trabajadores, en general.
Allí, precisamente, yo pude ver de cerca al teniente Gamboa, cuando llegaba a cambiarse de
ropa. A mí, un chico de 11 años, no me impresionaba mucho que digamos. Una mañana de
sábado, él salía de la casa de mi tía y yo me encontraba caminando descalzo sobre la grama
húmeda que cubría el frente de la casa donde vivíamos, y que antes pertenecía a mi abuelo
Eugenio, hermano de mi tía. El teniente se quedó mirándome, dio unos pasos hacia mí y dijo:
-¿No le da miedo que de pronto haya por ahí un bicho entre la grama y le pique los pies?-
-No creo, porque la grama está bajita y no alcanza para esconder culebras o alacranes.-
-Y, ¿por qué le gusta meter los pies entre la grama mojada?- me preguntó.
-Con este calor de aquí, es bueno refrescarse uno.- le respondí, mientras él se sonreía y se
alejaba.
Yo recuerdo ahora que, en el fondo, el teniente Gamboa no era tan rudo como aparentaba.
Posaba de gritón y de mandón para impresionar a sus subalternos y a la gente, pero nada
más. A quien sí habría que temer era al sargento Alcides Orjuela, pues su pasión por
agradarle a su superior, ahora alcalde, lo impulsaba a cometer acciones, muchas veces
imprudentes, de las cuales el teniente tendría que responder. Pero no tenía otra opción, pues
los demás suboficiales no eran de fiar.
El día siguiente a la puesta en libertad de los líderes de Carrasquilla, en las horas de la tarde,
se empezó a oír por las calles el rugir de los motores de las dos antiguas camionetas que
llevaban a los 20 soldados que el teniente ordenó desplegar para capturar a Adolfo, EL
BRUJO.
La gente se asomaba por las ventanas con el fin de ver pasar los vehículos que tuvieron que
forzar sus viejas máquinas para ascender por las cuestas que conducían hacia la parte alta
de Hondaima, donde se hallaba situado el Barrio Carrasquilla, que más tarde se rebautizaría
con el nombre de Barrio El Triunfo. Ya hacía calor fuerte y los termómetros marcaban los
36°, a la sombra. Los hombres dentro de las camionetas empezaban a sudar copiosamente,
pues no tenían aire acondicionado.
Uno de los soldados comentó: -¿No es como exagerada la cantidad de gente para capturar a
un solo hombre?-
Como las vías no estaban totalmente pavimentadas, el polvo que levantaban los vehículos al
marchar era molesto para quienes iban caminando por esas calles. No faltaron los
transeúntes que les gritaban a su paso, “¡Cuidado con el BRUJO!”, y gente que se reía de ver
tantos soldados para someter a una sola persona.
-Adolfo no parece ser de este mundo,- decía Hermelindo Gutiérrez, metiendo hielo dentro de
la nevera de madera, localizada en un rincón de la tienda que poseía.
-Algo raro debe haber por ahí, de todas maneras.- replicaba Lucinda.
Estaban en esas charlas, cuando de repente aparecieron las camionetas marchando a alta
velocidad. Como no era común que se desplazaran por esos lados de la ciudad, no sabían de
la gran piedra que había en la mitad de la vía, casi al frente de la tienda de Hermelindo. El
carro de adelante la esquivó, pero el conductor del que venía detrás no pudo ver la roca
debido a la polvareda que se levantó. La camioneta golpeó el obstáculo con su lado
izquierdo, se levantó en el aire y finalmente se volcó. Cuatro soldados resultaron golpeados
pero sin fracturas. Los demás salieron ilesos del accidente. Quienes venían en la cabina
sufrieron menos el golpe. El único que pareció sufrir una contusión fue el sargento Orjuela,
pues se le produjo una herida algo profunda en la frente y sangraba mucho. Todos estaban
desconcertados con lo ocurrido y no se dieron cuenta de que alguien caminaba hacia ellos,
con pasos resueltos. Se acercó al herido y lo atendió solícitamente. La hemorragia paró y el
dolor de cabeza desapareció, después de que Adolfo impuso sus manos sobre Orjuela. Éste,
le dijo inmediatamente al BRUJO, con voz serena:
-Veníamos por usted y mire lo que nos ha pasado. ¿No le parece eso irónico?-
-Yo no creo en las mal llamadas ironías del destino.- Adolfo lo miró, y continuó: - Era algo que
tenía que suceder para equilibrar la dosis de injusticia que se había fraguado con
anterioridad. De todas maneras, aquí estoy para que usted cumpla con sus órdenes.-
Mientras tanto, ya en la casa cural de la iglesia del Alto del Rosario se habían enterado del
accidente que los soldados habían tenido. El Padre Pedro Nel hablaba con el sacristán sobre
ese asunto, que ya se les estaba saliendo de las manos.
-Reverencia, supe que una camioneta se volcó y que el sargento Orjuela salió herido, pero
dicen que el BRUJO lo curó.- respondió el sacristán.
-En definitiva, como que no han hecho nada con ese embaucador.- dijo el cura, dando pasos
impacientes y sacudiendo los brazos.
-Pues, que yo sepa, hasta ahora no le han echado mano.-confirmó Argemiro, con cierto
desdén.
-Como que me va a tocar darle una visita personal al Barrio Carrasquilla para hacerme cargo
de lo que me interesa.- afirmó el Padre.
-Necesito que el tal Adolfo Ávila me confiese qué es exactamente lo que está haciendo o
trama hacer. No es natural que una persona así, logre tanta popularidad y hasta respaldo de
toda esa gentuza que vimos ayer en el parque.-explicó el Padre Pedro Nel, con seria
preocupación.
-Si su reverencia lo decide, podemos salir para allá inmediatamente.- dijo solícito Argemiro.
-No, prefiero ir solo a hacer esa diligencia. Yo puedo ir en el jeep de la iglesia, sin problema.
Más bien, usted hágase cargo de lo que hay que hacer aquí.- ordenó el Padre Pedro Nel.
Al decir esto, el cura se encaminó al despacho. Cogió una biblia y una pistola que mantenía
guardada para su protección personal, y el papel de la licencia correspondiente. Se encaminó
hacia el garaje donde el vehículo se hallaba parqueado. Se subió con poca agilidad porque
su obesidad ya le estaba cobrando réditos. Chequeó el nivel del diesel y las luces delanteras
y traseras. Ya eran casi las 5 y media de la tarde y no se sabía nada de la diligencia de la
detención de Adolfo.
En el área del accidente, la gente se había arremolinado, con la curiosidad al tope. Querían
ver qué les había pasado a los soldados. Uno de los curiosos, Estanislao Sánchez, estaba
muy interesado por saber los resultados del accidente. Él mismo ayudó a enderezar la
camioneta y a conseguirles agua a los soldados, pues a casi todos se les regó la que
llevaban. De paso, preguntaba por un soldado en especial, de nombre Juan Sánchez. Como
ya estaba cayendo la tarde, el calor que se sentía era menos fuerte.
-Es que él es mi sobrino y quiero saber si le pasó algo.-respondió en voz baja Estanislao.
Con el aparato en la mano derecha, Estanislao se fue caminando directamente hacia la casa
de Adolfo, quien se hallaba recostado en uno de los parales del portón de entrada a su
residencia. Una vez allí, le entregó el cilindro. En ese instante, una tenue luz se encendió.
Como ya era de noche, se pudo observar la especie de rayo que salía por uno de los
extremos del artefacto. Aquello parecía una especie de reconocimiento o identificación
positiva. Al ver eso, Estanislao se retiró con naturalidad de aquel lugar. Parecía que ya había
cumplido con su misión de ángel mensajero.
Ya era de noche y las calles de Hondaima se empezaron a iluminar con las luces de los
postes que la compañía de electricidad había instalado recientemente. En algunos barrios no
se sintió esa dotación de bombillas, pues hasta esos lugares no alcanzaba a llegar la luz con
suficiente intensidad. Por esa razón, la calle de Carrasquilla, en las noches, siempre lucia
como en penumbras.
Ya iban a dar las 7 en la torre de la Iglesia del Alto y el cura Pedro Nel salía en ese instante
del garaje de la Casa Cural. Iba conduciendo el jeep de antiguo modelo, reserva de la
Segunda Guerra Mundial, que el Embajador de USA había obsequiado a todas las casas
curales del Departamento del Tolima. Era una manera de desembarazarse de esa especie da
basura mecánica y a la vez, ganar puntos en la diplomacia, afirmaban en los pasillos de la
Embajada.
Parecía que EL BRUJO se había desvanecido en el aire, sin dejar rastro. Lo que nadie sabía,
excepto algunas personas como Hermelindo y Estanislao, era que Adolfo se podía hacer
invisible a los ojos de quien él quisiera. Por eso, los soldados no lo vieron más.
Yo me encontraba en la casa de mi tía Mónica cuando el Padre Pedro Nel cuadró el jeep al
frente. Se apeó con dificultad, se sacudió la ropa y se dirigió a la entrada, donde mi tía se
encontraba sentada en un taburete de cuero, cosiendo el cuello de una camisa blanca.
Mi tía era una anciana de más de 80 años ya. Sin embargo, su labor de arreglo de ropa, que
ella hacía todos los días, la mantenía en muy buen estado de salud y lucidez. Yo miraba al
cura desde un rincón de la salita y desde allí pude distinguir la pistola que él llevaba en el
bolsillo trasero del bluyín. Él sólo me dirigió la mirada y se sonrió, sin decirme nada.
Esa noche fue la primera vez que yo me sentí un poco ansioso e intranquilo. Ver al cura
armado por allí me daba mala espina.
-Es que me han dicho que por estos lados como que se practica la brujería, y alguien
sospechoso de eso es Adolfo, al que por alguna razón lo llaman EL BRUJO.- puntualizó el
Padre.
El Padre Pedro Nel trataba con cierta familiaridad a mi tía Mónica porque la conocía desde
hacía más de 10 años, cuando ella tenía menos edad y le colaboraba en la iglesia como
“Dama de la Congregación Mariana”. También, porque hasta hacía dos años, ella era quien le
arreglaba la ropa de diario. Desde que Argemiro entró a servir de sacristán en la Iglesia del
Alto, su hermana se hizo cargo de esa tarea y mi tía dejó de hacerla.
A mí, desde mi visión como adolescente en esos momentos, el cura no me caía bien. Yo
siempre había creído que un Padre no gritaba ni trataba mal a la gente con insultos. Pero,
desde que lo pillé usando malas palabras, el respeto que le tenía se me fue desvaneciendo
con el tiempo. Una era la imagen que él mostraba cuando oficiaba la misa, y otra, cuando
salía de la iglesia y hablaba con la gente. En la escuela, donde yo cursaba cuarto de
primaria, decían que había que tener cuidado porque el cura se encerraba en la casa cural a
explicar el catecismo a un grupo de muchachos seleccionados por él. Yo pensaba que había
que tenerle miedo porque era bravo y gritón, pero más tarde me explicaron que el asunto era
otro, mucho más serio.
Por esas razones, en algunas familias empezaron a recelar de él y a retirarse de los ritos
católicos, visitando el templo de los evangélicos. Otras, decidieron frecuentar la casa de
Adolfo, EL BRUJO, porque allí se sentían escuchados y muchas veces socorridos en caso de
gran necesidad. De ahí que el cura Pedro Nel no estaba dispuesto a darle tregua a Adolfo,
así tuviera que usar medios poco convencionales.
Como mi tía Mónica era una persona justa y cauta, decidió no entrar en discusión con el cura
y más bien tratar de disuadirlo a que no entrara a la casa del BRUJO.
-Bueno, Doña Mónica. Creo que me caería muy bien a esta hora.-respondió el Padre.
Mi tía se retiró un momento para traer lo ofrecido. Yo seguía en mi rincón mirando al cura de
cara regordeta. No entendía, cómo se podía llevar una cadena con un Cristo sobre el pecho y
una pistola en el bolsillo de atrás del pantalón. En poco tiempo, mi tía regresó con un pocillo
humeante, desprendiendo el aroma rico del café, y se lo entregó en la mano. El Padre lo
recibió y dijo:
Mi tía no pudo aguantar más su concepto acerca de lo que había pasado en sólo dos días,
con respecto a una persona que ni siquiera salía de su casa con frecuencia y que no le hacía
mal a nadie. Se paró al frente del cura y le dijo:
-Mire, Padre. En menos de una semana, han ocurrido hechos peligrosos en este pueblo, y
todo porque la forma de vida del vecino no les parece bien ni al alcalde, ni a usted, ni al
sacristán. ¿Puedo hacerle una pregunta?-
-¿Por qué, de una vez por todas, no dejan en paz a esa persona?- se aventuró a expresar mi
tía.
El Padre Pedro Nel la miró fijamente, puso el pocillo en la mesa y le habló a mi tía, como si
ella no comprendiera de qué le estaba hablando.
-¡Porque ese hombre es un demonio!- exclamó con rabia contenida, a la vez que salía de la
casa.
Cruzó a grandes zancadas la calle y se cuadró al frente de la puerta de broche que daba
entrada a la casa de Adolfo.
Era una noche estrellada y la luna llena ya estaba despuntando por el lado oriental de
Hondaima. Con la luz que se recibía desde el espacio era posible ver bien y distinguir a las
personas. Precisamente, en el instante en que el cura empujó el portón para entrar, se
encontró de manos a boca con EL BRUJO, que lo miraba con mucha tranquilidad.
-Buenas noches, Padre Pedro Nel. ¿En qué le puedo servir?- dijo Adolfo.
Fue tan grande la sorpresa del cura, que no atinó a responder inmediatamente. Era tal
la tranquilidad que mostraba Adolfo cuando hablaba que, casi de inmediato, desarmaba a cualquiera
que mostrara ánimo negativo o violento. Esa era la segunda vez que el Padre Pedro Nel se hallaba
frente a frente del personaje que, según él, estaba desordenando las ideas de sus feligreses con una
forma de actuar tal, que más parecía un ser de otro mundo, asemejándose a una especie de demonio,
según les decía en privado a quienes iban a contarle chismes acerca de aquel hombre.
Por eso, como autoridad eclesiástica de Hondaima, estaba dispuesto a dar la pelea por la
buena moral de la sociedad hondaimuna, no importando el precio que hubiera qué pagar.
Estaba pensando en las palabras para responder a la pregunta de EL BRUJO, cuando se
esclareció todo el ambiente de la casa de Adolfo. Suaves aromas se expandieron por esos
espacios y el piso se mostró cubierto de una fina grama verde que se extendía hacia adentro
formando un sendero. Las flores de aquel vasto jardín mostraron sus cálices y corolas
multicolores. El cura, apaciguó su ánimo, por el momento. Miró con tranquilidad al BRUJO y
le respondió:
Lo que el cura no sabía era que allí se encontraba un portal inter-dimensional, por donde se
podía tener comunicación con otros universos y la puerta de entrada era aquel espejo
especial.
Era la primera vez que EL BRUJO se dirigía al cura de esa manera, lo cual halagó al invitado.
Ya dentro de la sala, los dos se sentaron en sendos sillones de cuero que se hallaban
dispuestos en semicírculo alrededor de una mesa ovalada. Adolfo se incorporó, se acercó a
una jarra de cristal que contenía agua fría que sirvió en un vaso. Se acercó al Padre y lo puso
al frente de él.
-Por si tiene sed y quiere refrescarse.- le dijo Adolfo. Luego, agregó: -Para que se sienta más
cómodo, ¿por qué no deja el arma sobre la mesita del rincón? Yo soy hombre de paz.-
El cura no tuvo más remedio que hacer lo que el BRUJO le sugirió. Una vez que puso la
pistola en ese lugar, volvió sobre sus pasos y se sentó de nuevo.
-Gracias.-respondió el Padre Pedro Nel, algo sorprendido por la amabilidad de aquella
persona.
-Señor Ávila, el motivo de mi visita es, más que todo, el secretismo que se ha tejido alrededor
de su forma de vida, y que ha incomodado a mucha gente.-
-Pero, ¿cuál es el problema con eso? Yo no le hago mal a nadie y más bien ayudo al que lo
necesita.-argumentó Adolfo.
El Padre Pedro Nel no hallaba la manera de incriminar a aquel hombre, sin echar mano de la
tesis de que él era una persona que practicaba la brujería, y por lo tanto, tenía algún pacto
con el diablo. Entonces, pensó en una acción más arriesgada y en su mente urdió el plan de
hacerlo entrar a un recinto sagrado como la iglesia. Según los cánones católicos, si era un
demonio o un ser maligno, no entraría allí y lo podría someter usando el agua bendita.
-¿Cuál sería?-
-Yo mismo hablaré en el sermón sobre su calidad humana y la bondad de su espíritu, para
que se terminen todas las habladurías sobre su vida.-ofreció el Padre.
Ninguno de los dos se logró percatar de la presencia de alguien que escuchaba atenta y
sigilosamente afuera de la sala, oculto por las matas del jardín. Tan pronto oyó que el padre
Pedro Nel se estaba despidiendo, se apresuró a salir en silencio y se acomodó en el jeep que
el cura había parqueado al frente de la casa de Doña Mónica, sin seguro en las puertas.
Cuando el Padre salió de la casa del BRUJO y se entró a su vehículo, lo primero que vio fue
la presencia del Teniente Gamboa, acomodándose el quepis.
-Vine a averiguar qué había pasado con mis hombres y también a brindarle seguridad a su
reverencia. Usted sabe que estos barrios son de cuidado.-explicó.
El Teniente Gamboa ya no tenía la mejilla inflamada y se veía menos inquieto que en los días
anteriores. La muela que lo estaba torturando le fue extraída por el Dr. Troncoso, el
odontólogo del ejército acampado en Hondaima. Había estado elucubrando por unos días
sobre la situación que casi se convierte en un problema de orden público, cuando los vecinos
de Carrasquilla estuvieron a punto de la rebelión en el parque del Alto del Rosario. Pensó que
había sido un error el hecho de haber enviado al Sargento Orjuela con ese pelotón de 20
hombres a detener al BRUJO. Casi termina en tragedia esa misión y, viéndolo bien, se decía
él, ese hombre no estaba representando ningún peligro para la comunidad. Por ese motivo,
decidió esperar al cura en el jeep para hablar sobre lo que había planeado.
Ya iban de camino hacia la Casa Cural, y eran las 7:30 de la noche. El ambiente se había
refrescado muy rápidamente, pues la temperatura se había bajado de 36°C hasta 20°C. Ello
no era usual en aquel pueblo de clima ardiente, donde las noches había que pasarlas con el
ventilador prendido y darse más de dos duchas a lo largo del día. Había una brisa con aroma
picante e inexplicable en la atmósfera, que hacía pensar en que algo inminente y extraño
estaba por ocurrir.
A medida que avanzaba el vehículo del cura a lo largo de las calles pavimentadas, los
viajantes se extrañaron de no oír el ladrido de los perros callejeros, persiguiendo el jeep,
como siempre lo hacían consuetudinariamente. Otro detalle que les llamó la atención, fue lo
que vieron arriba del Cerro de la Cruz. Era una gran nube brillante que se movía en el
espacio, con el impulso de la brisa que la hacía desplazar hacia el occidente de la ciudad,
para detenerse a unos 20 metros sobre la casa de Adolfo Ávila, el BRUJO.
Aquel fenómeno provocó un cambio de dirección en el jeep del cura Pedro Nel. Les pareció
tan inusual aquello que estaban viendo, que decidieron volver a Carrasquilla para seguir más
de cerca lo que estaba pasando. Cuando llegaron al área del acontecimiento, el cura parqueó
el vehículo frente de la tienda de Hermelindo Gutiérrez, apearse y caminar desde allí hasta el
frente de la casa de Adolfo.
Se bajaron del jeep con un miedo muy extraño. No temían por sus vidas de forma inmediata,
pero había algo dentro de sus espíritus que les estaba advirtiendo sobre un hecho fuera de lo
común.
-No entiendo nada de todo esto. Para mí que eso es cosa del demonio.-dijo el cura, lleno de
temor.
Se acercaron más al lugar donde la nube se había estacionado y concentraron sus miradas
tratando de descifrar aquel enigma que ya los estaba intranquilizando, pero no vieron nada
raro. Lo que sí les extrañó fue el hecho de no ver a ninguno de los vecinos en la calle. Eso no
era lógico tratándose de algo tan extraño.
-¡Ave María Purísima! ¡Sin pecado concebida!- era la letanía que repetía el padre a media
voz.
No habían pasado más de tres minutos, cuando sorpresivamente, vieron elevarse la figura de
Adolfo Ávila, por encima de sus cabezas, batiendo sus grandes alas y produciendo un sonido
envolvente, que se oía como un coro lejano de muchas voces. Su figura fue ascendiendo
hasta perderse en las entrañas de la brillante nube que se había posado sobre la casa de
Adolfo.
Después de ocurrir ese hecho tan extraño e indescriptible, la nube se disolvió en el espacio y
el calor retornó a Hondaima, tal y como había sucedido siempre.
Los perros empezaron a ladrar de nuevo, la gente que se había silenciado durante el evento,
volvió a vociferar y a charlar sobre lo que el cura y el alcalde habían visto. Pero lo hacían con
risas y burlas, como si esas personas supieran de qué se trataba el asunto.
El Padre Pedro Nel y el teniente Gamboa no atinaban a comentar nada sobre el episodio
vivido y se subieron al jeep. Recorrieron la distancia hasta la Casa Cural, sin decir una
palabra.
En la vecindad de Carrasquilla los vecinos habían salido de sus casas con mucha
tranquilidad, como si supieran de qué se trataba aquello que había acaecido y que
perturbaba las mentes de otras personas, como el alcalde y el cura.
Hermelindo le comentaba a Lucinda: -Mire lo que es ignorar los poderes del destino-.
-Bueno, ahora esperemos a ver cómo van a reaccionar los que nos han perseguido tanto.-
dijo Eliseo.
SEIS
PRIMERA REALIDAD
Dicen los científicos que hay que sospechar siempre que tengamos la noción de algo que se
llame hecho real. Lo que percibimos con nuestros sentidos pueden ser meramente
elaboraciones circunstanciales que el cerebro aprueba como existentes. Todo aquello que se
relaciona con la esfera de la vida de cada uno, debería tomarse como un elemento parcial de
lo que verdaderamente pueda contener. En otras palabras, lo que se detecta no es definitivo
y puede estar sujeto a variaciones, unas perceptibles y otras, no tanto.
Creemos que habitamos un lugar en el cosmos y que el planeta sobre el cual vivimos,
evolucionamos y perecemos es lo que llamamos nuestra realidad. Ni siquiera es necesario
moverse en el espacio circundante para ampliar la cobertura de lo existente. Hay infinidad de
universos coexistiendo con el nuestro, en los que pululan otras formas de existencia. Como
por ejemplo, los enmarcados en las dimensiones 5, 6, 7 y más, que dan cabida, se podría
decir, a seres verdaderamente etéreos llenos de cualidades y posibilidades que nosotros
ignoramos, y que poseen una multiplicidad de maneras de existir.
Es común que se produzcan traslapes y cruces inter-dimensionales desde los altos niveles
hacia los inferiores que, sin interferir directamente, llevan a cabo misiones de aceleración de
procesos de lenta ocurrencia o saltos evolutivos necesarios para hacer ajustes en la marcha
cósmica. Esa marcha de hechos se facilita cuando son usados los llamados atajos
comunicantes – cuerdas, agujeros de gusano, agujeros negros y portales – que permiten que
el tiempo y el espacio no sean variables determinantes.
Nuestro planeta, como todos los demás, ha sido equipado con algunos de esos elementos
nombrados arriba. Por ejemplo, lugares expuestos como ciudades o pueblos donde ciertas
locaciones han sido usadas para esos intercambios interestelares. Uno de ellos es Hondaima
de la Cruz, más precisamente, el lugar de residencia de Adolfo Ávila quien, en unión de otros
personajes, ha estado llevando a cabo una intervención especial. Precisamente, Hermelindo,
Eliseo, Lucinda, y Teodulfo son algunas de esas entidades. Por eso, siempre estuvieron
pendientes de lo que sucediera con Adolfo, no para protegerlo, porque esos seres no son
factibles de ser dañados de ninguna manera terrenal, sino para salvaguardar la marcha
evolutiva de los habitantes. Todos ellos, adoptaron una alternativa presencial: el carácter
llamado ANGÉLICO, pasivamente aceptado por los creyentes de algunas religiones como la
católica, la judía y la musulmana.
Todo lo que ahora sabemos, no ha estado al alcance de personas como el Padre Pedro Nel,
el sacristán Argemiro, el teniente Gamboa o el vigilante Eusebio. Quizás debido ello a
sentimientos como el egoísmo, la retaliación, la deshonestidad o la insolidaridad.
Tan pronto salieron de Carrasquilla, el cura y el alcalde sólo tenían en mente la manera de
acusar a Adolfo y sus seguidores de un crimen religioso: brujería.
-Reverencia, ¿qué piensa usted de lo que pasó en la casa del BRUJO?-dijo el teniente
Gamboa, bajándose del jeep que los había llevado a él y al padre Pedro Nel hasta la casa
cural.
-Yo no pienso nada. Yo estoy seguro de que todo eso fue una jugada satánica del tal Adolfo.-
respondió el cura.
-Muy fácil, detengamos a los amigotes del BRUJO ese y los hacemos hablar.-propuso el
padre.
-Ya sé. Vamos a practicarle el exorcismo a la casa de Adolfo Ávila. Así, podremos demostrar
que él y sus seguidores son enemigos de la iglesia y de los feligreses.-
-¿Cree usted que lograremos recuperar la fe de los habitantes de Hondaima por ese medio?-
indagó el alcalde.
El Padre fijó sus ojos sobre la figura uniformada del teniente Gamboa. La cara regordeta del
prelado se endureció cuando sentenció:
-No se le olvide que usted es la autoridad aquí. Nadie le va a chistar nada sabiendo que
estamos en estado de sitio y lo militar prima sobre lo civil.-
-Bueno, Padre. Yo le voy a colaborar en este negocio pero no me voy a hacer cargo de las
consecuencias. ¿Está claro?- se defendió el alcalde.
Los dos conspiradores estaban seguros de que nadie los estaba escuchando. Pero, Argemiro
tenía el oído pegado a la puerta del despacho parroquial y se enteró de todo. En ese instante
se le cruzó por la mente que esos dos personajes lo que querían era adueñarse del pueblo y
sacar provecho de la ignorancia de la gente. Él nunca había confiado en el cura ni en nadie
de la iglesia. Por eso, allí vio la oportunidad de vengarse de los maltratos sufridos durante el
tiempo que había servido como sacristán. Tomó, pues, la resolución de formar un grupo de
oposición con los allegados del BRUJO, antes de que los pusieran presos.
Se fue a su dormitorio, se tendió en la cama, y allí se puso a pensar en cuál estrategia usar
para sus propósitos. Divagando en eso, se durmió. A la mañana siguiente, después de
asearse y cambiarse de ropa, y sin que el padre se diera cuenta, salió de la casa cural.
Lo primero que hizo el sacristán fue encaminarse a la casa de su hermana Clemencia para
desahogarse y lograr un poco de tranquilidad. Ella era una mujer de principios muy claros en
cuanto a justicia y a honestidad se refiere. Con su hermano, tuvieron que abrirse camino
desde muy jóvenes, pues la violencia de esos tiempos se encargó de dejarlos huérfanos de
manera inesperada. Cualquier noche, los bandoleros secuestraron a sus padres y no los
volvieron a ver ni a tener noticias de ellos hasta después de tres meses, cuando se enteraron
de que los habían asesinado miserablemente.
Clemencia es 6 años mayor que Argemiro. Por eso, ella jugó el papel de mamá durante los
primeros cinco años de orfandad, trabajando en la ocupación de arreglar ropas ajenas, oficio
que desempeñó hasta cuando logró emplearse. Luego, al terminar sus estudios de
secundaria, ella se empleó en el Hospital de Hondaima como recepcionista y, temporalmente,
se encargó del arreglo de la ropa del cura, motivo por el cual él ya no era cliente de mi Tía
Mónica.
Una vez llegó donde su hermana, Argemiro le refirió lo que se estaba tramando desde la
misma alcaldía. Estaban sentados en el comedor, saboreando un café recién hecho cuando
él exclamó, como para sí mismo.
-¿Qué tal las andanzas de este cura?- dijo Argemiro, con el ánimo de ganarse la solidaridad
de su hermana.
-¿De qué habla usted, Argemiro?- quiso saber ella.
-Pues, por todo eso que pasó allá en Carrasquilla, el cura quiere armar un exorcismo en la
casa del BRUJO y además de eso, poner presos a sus amigos íntimos.-
-Se lo voy a explicar.-dijo Argemiro, y luego, continuó.-lo que pasa es que estamos en Estado
de Sitio.-
-Que el teniente-alcalde puede hacerlo legalmente, así vaya contra los derechos de la gente.-
finalizó Argemiro.
Como ese día era domingo, Clemencia no tenía que cumplir horario en la recepción del
Hospital. Además, Argemiro le había pedido al favor al sacristán suplente para que lo
reemplazara en las misas de ese día, en que el Padre Rozo, se haría cargo de las eucaristías
del Alto del Rosario. Eso quería decir que el Padre Pedro Nel estaba libre.
Eliseo y Lucinda se apertrecharon con los códices antiguos de los Esenios. Hermelindo y
Teodulfo se ataron los tefililin en sus frentes y en sus brazos izquierdos. Había que conjurar
aquel exorcismo que, como ellos ya lo sabían, el cura Pedro Nel era experto en realizar.
Es importante anotar que religión o dogma que incorpore entre sus elementos de fe a
Satanás o, en general, a un demonio, posee rituales cuasi-secretos para exorcizar. Si se
sospecha que un ser humano tiene contacto con el mundo de lo subyacente en los espíritus
malignos, puede llegar a INFESTAR el lugar donde habita o pasa la mayor parte de su
tiempo. Ese era el caso que el cura de Hondaima le estaba granjeando a Adolfo Ávila. (“Cabe
destacar que cualquier sacerdote puede exorcizar lugares y objetos, mientras que sólo los exorcistas
autorizados por su obispo, pueden exorcizar personas”.)
Por esa razón, desde el día en que mucha gente presenció el ascenso físico del BRUJO
hacia lo alto, hasta perderse entre las nubes, imaginaron que en ese lugar tendría que haber
algo sobrenatural. También es importante saber que para un exorcismo se puede ejercer un
contra-exorcismo, o sea la potestad de endemoniar o satanizar una persona o un lugar. Sin
embargo, en los Códices Esenios se habla de la confusión constante entre un lugar cubierto
por la divina presencia de un ángel con la huella que deja un demonio al manifestarse allí de
alguna manera.
Se cree que ciertas oraciones del rito judaico, usadas en contra de falsos exorcismos
católicos, tienen un poder oculto que no deja que el lugar arropado por un espíritu angélico
llegue a sufrir alguna clase de contaminación maligna. Precisamente, aquel día, el Padre
Pedro Nel pretendía llevar a cabo un exorcismo en la casa de Adolfo Ávila. Siendo este
personaje un ángel humanizado, aquella influencia que el cura realizaría no tendría la fuerza
suficiente para hacer que una presencia satánica se manifestara, siempre que alguien rezara
la oración judaica conveniente.
Para esos casos, quien jugara ese papel necesitaría cumplir tres condiciones: una, ser judío
no convertido. Dos, manejar ciertos conjuros de la cábala. Tres, equipado con los tefilin, ser
capaz de pronunciar las palabras en idioma arameo.
También es de anotar que Eliseo y Lucinda practicaban los rituales de los antiguos esenios y
para ello usaban los códices que daban poder a quienes los supieran leer entren líneas.
Cuando Clemencia y Argemiro arribaron a Carrasquilla, se encontraron con que las personas
que iban a buscar ya estaba listas para entrar en acción, cuando fuera necesario. Lo que
Hermelindo, Teodufo, Lucinda y Eliseo no sabían era que con el cura venían el teniente-
alcalde Gamboa y un piquete de soldados armados.
-Y ahora, ¿Cómo haremos para que esos militares no se los lleven detenidos?- dijo Argemiro,
con gran preocupación y temor, mientras se tomaban una gaseosa en la tienda de
Hermelindo.
-No se preocupen por eso. Nosotros sabremos qué hacer.-replicó Teodulfo, sonriendo y
mirando de reojo a Eliseo.
Ninguno de los dos criptojudíos estaba usando ya los tefilin. Se los pusieron temprano en la
mañana para realizar el rito que les ordena el Shulján Aruj..
Pronto tendrían que poner en práctica gran parte de lo que habían aprendido en sus estudios
secretos de la cábala.
Las horas pasaron lentamente, como corre el tiempo en los lugares de tierra caliente. Casi
todo el mundo en esa zona de la ciudad pensaba que la casa de Adolfo estaría inmersa en la
soledad, desde que supieron de la salida del BRUJO. Lo que no podían constatar era la
presencia, invisible para los humanos, de la verdadera personalidad de Adolfo. No se podría
garantizar que en aquel lugar no ocurriría nada violento ni destructivo, máxime sabiendo
algunos de la naturaleza angélica de Adolfo.
Pero, hay que recordar que la diferencia entre un ángel y un demonio es muy sutil. Dice la
Biblia que en los momentos de la ira y la rebelión celestial, el ángel Luzbel se convirtió en una
temida personificación de Satanás.
Antes de continuar con esta narración, es conveniente hacer una semblanza comprensible de
lo que se ha venido a llamar el “Mundo Angélico”, concepto adherido, por culto o por
tradición, a las vidas de los seguidores o creyentes de las religiones Católica, Judía e
Islámica.
En el Catolicismo, los libros en los que se basan esos conceptos tienen completos tratados
con definiciones, descripciones, naturalezas, jerarquías, funciones y nombres de los ángeles
más conocidos tradicionalmente a través de relatos atribuidos a personajes cuya existencia
terrenal ha sido puesta en duda por muchos historiadores.
Según el cristianismo, los ángeles son seres espirituales creados por Dios y se establece la diferencia
entre ángeles buenos y ángeles malvados o demonios. Aunque la Biblia menciona repetidas veces la
actividad de ángeles y demonios, no explica lo que son. Solo da por sentadas su existencia y actividad.
Lo anterior llevó a suponer que si eran seres espirituales, había que idear una imagen
adecuada para mostrar lo que se imaginaban acerca de esos entes. De ahí surgió la
personificación más tradicional: un ser de rasgos humanos, con alas adosadas a su espalda.
No tenían manera de clasificarlos porque no sabían si eran hombres o mujeres. Quienes
ayudaron a sobrellevar esa duda fueron los artistas, pintores y escultores, que produjeron
infinidad de obras representándolos en escenas generalmente relacionadas con pasajes de
los libros sagrados, en las cuales los rasgos físicos probaron ser entidades andróginas, de
hermosura inmensa.
Una anécdota histórica de los tiempos del Imperio Bizantino cuenta que los hombres se
pasaban días enteros debatiendo sobre la identidad sexual de los ángeles, sin llegar jamás a
un acuerdo. Más adelante, se decidió darles una presencia masculina.
Los Serafines
No tienen una forma física humana y se le representa en forma de bola de fuego donde se trasluce un rostro con
tres pares de alas. Son muy cercanos a Dios y están en el primer orden del ejército del Todopoderoso.
Los Querubines
Se les representa con cuatro alas y su nombre se traduce como “la plenitud del conocimiento”, algo que poseen
por tener la labor de sostener al Señor en su agudeza intelectual. Se les representa con un tono azulado y dotada
de pies y manos. Hay versiones que estos soldados de Dios tienen dos caras y que sus alas están llenas de ojos
por su incontenible conocimiento de todo.
Los Tronos
En este grupo se encuentran Los Tronos. Como su propio nombre lo dice, sirven de escaño o asiento celestial a
Dios, adquieren una curiosa forma de rueda, pudiendo conducir el carro divino. Están además poblados de ojos y
son de color rojo.
Dominaciones
El segundo grupo lo conforman las Dominaciones, y pueden aparecer decorados con estrellas, corona o caso y
cetro o espada.
Virtudes
Son los encargados de hacer que los milagros se cumplan. Aparecen vestidos como diáconos y portan una rama
de lis. Es común verles con una espada y el Libro Sagrado. Además, pueden representarse con un tarro de
perfume como símbolo de oración, y balanzas, trompetas o rayos simbolizando su papel en el Juicio Final.
Potestades
Su labor es proteger al ser humano. Se cree que ayudan a resolver problemas y situaciones desagradables, y a
trasmutar lo negativo.
Principados:
Ellos conforman el tercer grupo jerárquico y son quienes vigilan el mundo y ejercen de imitadores de Dios al
representar el “principio” de todo.
Arcángeles
Son los más importantes en la representación bíblica y por eso los más complicados de definir, ya que desde la
llegada de la religión cristiana a Sudamérica, el mezclarse sus creencias paganas con la fe monoteísta, dio lugar
al surgimiento de cientos de arcángeles o los llamados arcabuceros.
Lo más llamativo de sus nombres es que todos terminan en “el”: Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel, Samael, Jeliel.
En nuestros tiempos, aunque lo anterior era tomado como dogma, se empezó a desarrollar la
investigación con tecnologías avanzadas acerca de los ángeles. Las leyes de la Física
Cuántica, la Relatividad y los descubrimientos inherentes a la esencia de la materia, el
espacio y el tiempo, han llevado a formular la existencia de universos paralelos donde los
ángeles tienen mucha posibilidad de existir.
SIETE
SEGUNDA REALIDAD
Lo que estoy relatando aquí puede ser considerado como una mezcla de realidad y ficción,
según sea quien lea estas crónicas. Yo las llamo crónicas porque, desde mi punto de visión,
no son piezas de narraciones ficticias, dado que yo mismo fui testigo de lo que estoy
refiriendo en estas líneas. A mis 11 años de edad, es posible que los lectores consideren la
posibilidad de que yo esté fantaseando o que tenga en acción una mente calenturienta,
propia de un adolescente.
Cuando escribo estas líneas, no pienso en que alguien las lea. Permítanme parafrasear las
palabras de un afamado escritor de novelas históricas, cuando decía, en labios de uno de sus
personajes, “Yo no escribo para los dioses, ni para los reyes, ni para el porvenir, ni por
esperanza. Escribo para mí mismo.” Ese escritor era el finlandés Mika Waltari, autor de
“Sinuhé, el egipcio”, “El etrusco”, “El aventurero”, “Marco el romano”, y otras obras
novelescas.
Por eso, me aferro a mis recuerdos que, aunque hayan pasado muchos años, siguen latentes
e invariables, como si esos hechos sobre los que escribo hubieran acaecido ayer.
Ese día en que Argemiro y Clemencia habían decidido formar parte del grupo de los
ciudadanos justos y honestos de Hondaima de la Cruz, densos nubarrones se estaban
arremolinando desde las cimas de las cerros tutelares hasta los espacios que cubrían la
ciudad. De vez en cuando, un relámpago cruzaba el cielo plomizo, seguido por el retumbar
del trueno. Ya se había expandido el rumor de que en Carrasquilla irían a pasar cosas
extrañas y posiblemente terribles, debido a que en la casa del BRUJO muchos hechos
inexplicables estaban sucediendo desde hacía un buen tiempo.
Recuerdo que esa tarde yo estaba recostado al poste de la luz que habían enterrado al frente
de una de las esquinas de nuestra casa. Era de madera dura y sobre él alguien había pegado
un trozo rectangular de papel con el siguiente escrito:
Parecía un anuncio de que tarde o temprano los habitantes serían testigos de hechos
inesperados. Precisamente, Argemiro y Clemencia, su hermana, ya llevaban como diez
minutos parados al frente del portón de broche a la entrada del predio de Adolfo. Yo alcancé
a oír lo que conversaban.
-Me imagino que el cura y el teniente no han llegado.- dijo Clemencia.
-Pues, así es mejor. Pero, allí veo que se aproximan cuatro personas.-afirmó el sacristán.
Con cierta prisa, caminaban Eliseo, Teodulfo, Lucinda y Hermelindo. Llegaron hasta el lugar
donde se hallaban los hermanos, a los que ya habían visto en la tienda de Hermelindo.
-No, como diez minutos, nada más. ¿Por qué?-quiso saber Argemiro.
-Es que tendremos que entrar aquí antes que el cura y el teniente lo hagan.-apremió Lucinda.
-Pues, ¿a qué esperamos?- invitó Hermelindo, empujando el portón que cedió fácilmente. Yo
estaba agazapado detrás de unas matas y aproveché para entrar también.
Súbitamente, las puertas de la casa se abrieron y quedó al descubierto un gran espejo que
lanzaba ondas de luces rojizas y amarillentas. De repente, apareció la figura de Adolfo, de
más estatura que como lo conocíamos. Estaba cubierto con un traje plateado y sobre su
espalda llevaba una especie de aparato del que asomaban dos alas comprimidas. Al terminar
de salir del espejo, sus alas se desplegaron y su rostro se iluminó. Habló a los presentes con
un murmullo suave de muchas voces en coro.
-Les recomiendo no estar presentes en este lugar. Hechos inexplicables van a ocurrir dentro
de poco tiempo y no deseo que sufran consecuencias. Gracias por su apoyo.-
Tan pronto finalizó de hablar, todos salimos de la propiedad, sin decir palabra, y yo el primero.
Nos vinimos hacia el frente de mi casa, precisamente al frente del poste del aviso, pero un
poco dentro del solar de mi casa. Recuerdo que mi mamá estaba un poco asustada y me dijo
que entrara del todo. Yo le obedecí y me acomodé cerca de una de las ventanas que daban a
la calle. Desde allí, pude observar la llegada del camión con los soldados y el teniente
Gamboa, quien fue el primero en saltar al piso.
En ese momento, descendió de la cabina del camión el padre Pedro Nel. Traía la estola
morada puesta alrededor del cuello, en la mano derecha un libro grande, y en la izquierda, un
frasco de agua que bendijo haciendo la señal de la cruz y hablando en latín. Se dirigió hacia
el portón de entrada y se paró al frente, como a unos dos metros. Abrió el libro y leyó en voz
alta unas palabras en idioma arameo, a la luz de la lámpara del poste que iluminaba casi toda
la calle y que tenía pegado el aviso referente al BRUJO. Luego hizo lo mismo, pero hablando
en español y esparciendo agua de la botella que había “bendecido”.
Mucha gente se había arremolinado en ambos extremos de la calle, pues los soldados no
permitían el paso de nadie, hacia la casa de Adolfo.
De pronto, una especie de rugido, acompañado de un viento huracanado, se expandió desde
la casa del BRUJO.
Afuera, todos estaban paralizados por las manifestaciones que se estaban dando en ese
momento, incluyendo los soldados que habían rodeado la casa. Todos miraban hacia lo alto,
como queriendo encontrar allá, en los espacios etéreos que consideraban llenos de misterios,
la causa de los fuertes vientos y los ruidos que oían y que asemejaban a ensordecedores
coros de voces que no expresaban sonidos musicales sino palabras en otras lenguas que
sonaban amenazantes. Se parecían a los grupos corales que acompañaban con sus réplicas
y murmullos las presentaciones de las antiguas tragedias griegas que usaban para
impresionar a la audiencia.
Yo no comprendía qué podría estar pasando, pero algo muy dentro de mí me decía que no
era nada bueno. Aquel remolino de aleteos y voces, que se movían a gran velocidad, fue
percibido por casi todo el pueblo, ya que esos extraños efectos no se redujeron solo a la zona
de Carrasquilla. Todo el espacio que envolvía a Hondaima mostró aquel fenómeno que
aterrorizó a todos por igual.
El Padre Pedro Nel y el teniente Gamboa ya estaban en el lugar cuando empezó semejante
borrasca estruendosa. El cura, confiado en que sus mantras y oraciones habrían de hacer
que parara todo aquello, perdió su tiempo y su voz quedaba ahogada dentro de aquel
torbellino de ruidos y voces ininteligibles.
-¡Espíritu del mal que está presente! ¡Manifiéstese y diga su nombre!- exclamaba el cura,
moviéndose con una especie de vaivén, entre la borrasca que casi lo levantaba del suelo.
-¡Diga su nombre, ente maligno! ¡En el nombre de Dios, hágase presente!- gritaba el Padre
Pedro Nel, agitando un crucifijo que sostenía en su mano derecha, sin respuesta alguna.
Los aleteos de muchos seres cruzaban por el frente de los dos hombres que confiaban en
que su poder exorcista y el arma amenazadora apaciguarían el estruendo que se oía muy
fuertemente en kilómetros a la redonda. Súbitamente, el crucifijo fue arrebatado de la mano
del cura por un poderoso hálito invisible. El teniente también soltó el arma. Definitivamente,
allí estaba actuando un poder mucho mayor de lo esperado.
La calle empezó a poblarse de vecinos que se habían metido a sus casas por el temor de ser
tocados por aquellas muestras de un poder extraño. Los perros callejeros salieron de sus
escondites y empezaron a caminar por la calle de Carrasquilla, algunos bostezando de
hambre y otros mostrando su pereza.
Quienes no se asustaron por todo lo sucedido fueron los cuatro amigos de Adolfo que,
advertidos por él mismo, invocaron a los seres angélicos para que los daños que se
produjeran fueran menores. Rezaron oraciones secretas en lenguas extrañas, pidiendo al
BRUJO, cuyo nombre real era Uriel, que tuviera misericordia con las gentes de Hondaima.
Ellos sí sabían que Adolfo, alias el BRUJO, era un ángel que se atrevió a usar el portal
localizado en su casa para llegar a esta dimensión y llevar a cabo una misión de ayuda y
misericordia, la cual le había sido encomendada por el Concejo Angélico de rangos
superiores. Ese secreto les daba ciertos poderes que ellos estaban usando con fines aún
desconocidos por los demás.
Cuando todo el barullo pasó, yo salí de mi lugar de protección en mi casa para ver
personalmente qué había pasado. Salí a frente y caminé descalzo sobre la grama que se
estaba empezando a humedecer. Miré hacia la casa del BRUJO y me pareció que todo
estaba sin novedad. Ya no llovía y la luna llena dejaba caer su carga de luz a través de las
pocas nubes que el cielo lucía a esa hora de la noche. Me dio por pensar que lo que se había
producido, y de lo cual yo fui testigo, había sido producto de un micro sueño o de mi
imaginación, simplemente.
Estaba pensando en eso cuando frente a mí cruzaron las cuatro personas que yo había visto
reunidas antes del evento. Reconocí a Hermelindo, a Lucinda, a Eliseo y a Teodulfo. Noté
que dos de ellos voltearon hacia mí mientras andaban y me halagaron con una sonrisa. Yo
les devolví el gesto, sin ponerle misterio a ese detalle. Más adelante, quince años después,
me vine a enterar de que hay seres especiales conviviendo con nosotros.
-Creo que estamos lidiando con un ente que no es de este mundo, pero que tampoco es un
demonio.- dijo el cura, murmurando.
-Pues que si la cosa hubiera sido satánica no estaríamos aquí contando el cuento.-explicó el
Padre.
El Padre Pedro Nel se quedó mirando fijamente al teniente y le respondió con la paciencia de
alguien que tiene a un retrasado al frente de sí: -Cálmese y vámonos para la casa cural. Allí
le explico.-
Uno de los problemas que surge al tratar de explicar esos hechos tan llenos de interrogantes
es ver que, lo poco que se ha explicado al respecto, está plagado de incertidumbres, mitos y
leyendas que a su vez dificultan enfrentar esos casos con la rigidez del método científico.*
Muchas veces, las cosas se complican aún más, debido a la injerencia de la mirada religiosa
de quienes toman parte en el desenvolvimiento de tales sucesos. En este caso particular, el
cura Pedro Nel, con su sesgado modo de ver las cosas, lo que ha logrado es complicar más
la maraña de las explicaciones a lo ocurrido en el Portal de Carrasquilla. Además, los
intereses personales nunca permiten equilibrar la balanza de los conocimientos para poder
ver claros algunos de los elementos involucrados en los fenómenos.
En resumen, lo más que había era murmullos, habladurías y chismes sobre Adolfo Ávila, EL
BRUJO, que se estaban convirtiendo en parte del folclor cotidiano de aquella región. Pero, la
realidad parecía ser más complicada que esa manera simple de ver las cosas.
Había algo casi ciento por ciento aceptado: Adolfo no era un ser de este mundo. O, mejor
dicho, de este planeta. Si era un ángel, como muchos aceptaban en el pueblo, bien podría
pensarse que poseía “poderes” que lo hacían volar, levitar, ser invisible, mostrar poder sobre
el viento y la luz, producir milagros y hasta crear cosas materiales a la vista de quienes
fueran testigos. También se podría pensar que él era un ser alienígena, proveniente de otro
universo. (Hondaima era un portal inter-dimensional.) Hasta el momento, nadie ha probado
que los ángeles no son seres provenientes de otros planetas.
-Señor alcalde, como autoridades de la ciudad tenemos que tomar cartas en este asunto.-
afirmó el Padre Pedro Nel.
-Pues, que debemos manejar esta situación, antes de que se nos produzca un problema de
orden público.-explicó el cura.
Se podía notar que el teniente Gamboa no daba la talla para dirigir la ciudad de Hondaima,
como alcalde militar, pues él no poseía experiencia administrativa de ninguna clase. Por ese
detalle, el cura Pedro Nel estaba tomando ventaja para hacer que los hechos se dieran a su
favor.
El teniente Gamboa, alcalde nombrado por el gobernador Anselmo Ramírez, había recibido
una llamada telefónica de su superior, el coronel Pedro Alvarado, la noche anterior.
-No se preocupe, mi coronel. Como alcalde, yo tengo cierto poder especial, por ser ésta una
región en estado de sitio. Ya veremos quién manda aquí, si soy yo, o el cura ese que me
quiere usar para sus motivos personales.-dijo resueltamente el teniente Gamboa.
Aquella mañana, en la casa cural se veía más movimiento que de costumbre. Mientras
desayunaban, el teniente y el cura seguían intercambiando ideas sobre el caso de EL
BRUJO. Sin previo aviso, entró a través del Despacho Parroquial Argemiro el sacristán, con
cara espantada.
Los dos hombres se pararon de sus asientos y miraron fijamente a Argemiro, quien no
acertaba a decir nada más. Por eso, apremiaron al sacristán para que hablara.
-Cuando regresaba desde donde mi hermana, decidí subir por la cuesta de San Francisco, la
que es tan empinada, y ya llegando a la cima, vi un grupo de gente que se movía de manera
inquieta. Me acerqué y pude distinguir el cuerpo de Eusebio.- narró Argemiro, haciendo
pausas cortas.
-Sí.-dijo secamente el sacristán. –Pude ver que le habían dado un balazo en la cabeza.-
complementó.
-Vi solamente dos policías que apartaban a la gente, pero nadie del juzgado.
-Perdóneme Padre, pero tengo que salir ya, pues hay mucho que hacer al respecto de este
asunto.- dijo el teniente.
Gracias, reverencia. Hasta luego.- dijo el teniente Gamboa y se dirigió a la salida del
despacho parroquial.
-Téngame al corriente de las cosas, señor alcalde.- dijo el padre Pedro Nel.
Un asesinato en plena vía pública, de alguien conocido como ese vigilante, era un hecho muy
fuera de lo común en aquel pueblo. Además, encontrándose la región en “estado de sitio”, no
era tan factible que hechos de violencia se siguieran dando así, sobre todo si había
patrullajes continuos del ejército.
Las personas transitaban a pie por las vías de Hondaima, esquivando los huecos en las
aceras. Quienes iban en parejas, pasaban comentando sobre el asunto de la muerte de
Eusebio.
-Imagínese mija, ahora, ¿quién verá por la mamá de ese muchacho?- decía Isaura Martínez,
dueña de la peluquería “La mejor”, situada cerca de Carrasquilla.
-Ese es uno de los problemas de ser hijo único y vivir pagando arriendo.-contestaba Helena
Álvarez, una modista.
-Pero, ¿quién le querría hacer daño a alguien como Eusebio?- preguntaba Helena.
Ya eran como las 11 de la mañana y el sol empezaba a calentar bastante. Los paraguas y los
parasoles se empezaban a abrir para lograr así un poco de protección de ese calor tan fuerte
que se sentía en aquella ciudad. Quienes no tenían esa herramienta tan necesaria en los
pueblos de tierra caliente, se acomodaban transitoriamente bajo las sombras de los
matarratones y de los guácimos que abundaban a lo largo de las aceras. Las calles
polvorientas no atraían a los caminantes a esas horas del mediodía. Hasta los perros
callejeros se echaban a dormir.
Para el teniente Gamboa, no era fácil lidiar con aquel caso de muerte violenta en la ciudad
donde él era la primera autoridad. Hacía pocos días se había enterado de que el único Juez
de Circuito, que debería llevar a cabo el levantamiento del cadáver, era el mismo odontólogo
que lo había atendido cuando una muela infectada no le daba tregua ni para comer ni dormir,
dado el dolor tan agudo que le producía. Era el Dr. Avelino Collazos.
El alcalde ordenó al sargento Orjuela, su segundo, que llamara al consultorio del odontólogo
y que le dijera al DR. Collazos que lo necesitaba con urgencia para un caso especial. El sub-
oficial se retiró y al cabo de cinco minutos, regresó.
Gamboa desconocía casi todo lo relacionado con administrar una alcaldía, pues esa era su
primera vez. Había logrado ese puesto por la influencia que su tío rico tenía sobre el
gobernador. No se había casado aún, pero pronto lo haría, según lo había anunciado en una
fiesta patronal a sus seguidores.
Pronto, apareció en la esquina el Jeep Willys del Juez, conducido por su escolta personal, el
cabo Juan Díaz, nombrado para ese encargo por el mismo alcalde. Traía las luces delanteras
encendidas, cosa inusual para circular de día en la ciudad. El carro, en muy buen estado, se
detuvo al frente de la Alcaldía. Se apeó el Dr. Collazos y se encaminó a la oficina del alcalde.
-Me alegra verlo de nuevo, teniente Gamboa. ¿Cómo sigue de la muela?-dijo el Doctor.
Caminaron sólo unos pasos y entraron al despacho muy bien amoblado. Cada uno ocupó
una de las sillas dispuestas allí alrededor de la mesa ovalada, destinada para las reuniones.
Sentados frente a frente, el Dr. Collazos dijo:
-Como ya debe haberse enterado, hoy amanecimos con un caso de muerte violenta de uno
de los servidores de la parroquia del Alto del Rosario. Se trata del vigilante más frecuente, un
muchacho llamado Eusebio Barón, a quien la iglesia le pagaba su salario por hacer rondas
por ese barrio.- dijo el teniente Gamboa.
-Usted lo ha dicho, Doctor Collazos. Le sugiero que nos afanemos porque el occiso está
arriba de la Cuesta de San Francisco. ¿Vamos en su carro, o en el mío?-
-En el suyo, teniente. Es más amplio y podemos ir con los escoltas.-afirmó el Dr. Collazos.
Salieron hacia el lugar mencionado, dando un rodeo por el cuartel para recoger cuatro
soldados profesionales que los acompañarían en la diligencia.
El vehículo fue forzado por su conductor a subir por la cuesta de San Francisco, y lo hizo sin
problema, pues era un carro militar de buena potencia, llamado MRAP blindado.
Ese vehículo fue adquirido recientemente por la Brigada 14, centrada en Hondaima de la
Cruz.
Cuando llegaron al lugar del suceso, dos agentes de la policía se encontraban allí de guardia.
Habían cubierto el cuerpo de Eusebio con una sábana blanca, para evitar las miradas
curiosas de quienes se acercaban hasta el área delimitada por la cinta amarilla de
demarcación que habían puesto los agentes del orden.
Se apearon del MRAP, bajo las miradas curiosas de algunos transeúntes. Los agentes fueron
relevados por los soldados profesionales que llegaron con el alcalde y el juez.
El teniente Gamboa y el Dr. Collazos pidieron a los curiosos que se retiraran, pues se iba a
realizar una diligencia especial y sin testigos.
La morgue estaba situada en uno de los sótanos del Hospital San Juan de Dios, que era el
ente oficial designado para esos casos. Allí estaba de servicio el Dr. Rafael Matos, quien
llevaría a cabo la autopsia de rigor a la mañana siguiente. Hicieron el papeleo
correspondiente y todos se retiraron a descansar.
Pronto cayó la noche y en el transcurso del día, ningún familiar se había acercado a
reconocer el cadáver de aquel joven que resultó víctima de criminales que acabaron con su
vida. Se presumía que él había sido blanco de un asalto con robo, pues su arma de dotación
no apareció, y tampoco el dinero que había recibido como pago de su salario. Como era
necesario un “reconocimiento del cadáver”, su amigo Argemiro, el sacristán, aceptó pasar a
la morgue a hacerlo, antes de que el Dr. Matos empezara su labor de la necropsia.
Pronto, los jardines que rodeaban la casa del BRUJO volvieron a florecer y todo aquel predio,
que se mantuvo unos días abandonado, volvió a cobrar vida y actividad. Los “clientes” de
Adolfo se duplicaron, los animales “recuperados” llenaron los corrales y la casa se iluminó de
nuevo. Parecía que esa parte de la vida cotidiana de la gente de aquel sector de la ciudad,
volvió a llenarse con la presencia del BRUJO, cuyo magnetismo mantenía vivo el espíritu de
aquellas personas.
Argemiro salió de la casa donde vivía con su hermana, después de tomarse un pocillo de
tinto recién colado. Eran las 6:45 de la mañana, hora adecuada para recorrer la distancia que
separaba su casa del Hospital. En el entretanto, pensaba en lo cruel que puede ser la vida a
veces, pues en cualquier momento se podía perder, sin previo aviso. Recordó los muchos
ratos que compartió con su amigo Eusebio, las caminatas que hacían por los puentes de la
ciudad y las charlas que sostenían con sus amigas en las frescas tardes de la temporada de
menor calor.
Había acordado con el Dr. Matos, encontrarse con él a la entrada de la morgue a las 7:00 en
punto. Cuando arribó a su destino, el galeno ya estaba allí, esperándolo.
-Hola, joven, ¿cómo me le va?- dijo el médico, a guisa de saludo. Luego, sacó la llave de la
puerta de aquel sótano y abrió la puerta.
NUEVE
EL HALLAZGO
Al descubrir que no había cuerpo en el compartimento etiquetado con el nombre de
EUSEBIO, Argemiro inmediatamente pensó en algo sobrenatural. Él no era muy analítico y
más bien achacaba lo extraño o inusual a seres fantásticos, de forma inmediata. Retrocedió
asustado y dijo de manera lúgubre:
-Mire, Argemiro, yo creo que hay varias explicaciones para este suceso.- analizó el médico,
retirándose pausadamente y mirando con atención aquel recinto.
-¿Como qué se le ocurre que pasó aquí?- inquirió el sacristán, casi temblando por el miedo.
-Uno, que nunca trajeron aquí el cuerpo. Dos, que lo metieron en otra urna. Tres,
posiblemente, el occiso no estaba tan muerto como parecía, y se fue de aquí. Cuatro, que
usted posiblemente tenga la razón: algo extraño pudo haber sucedido al respecto.- expuso el
Dr. Matos, con cabeza fría.
Argemiro se detuvo en seco y, señalando con el dedo índice hacia el galeno, dijo:
-Y, ¿quién cree usted que pudo haber llevado a cabo algo tan sobrenatural?-dijo el médico
legista, haciendo un gesto de burla casi imperceptible.
-No hay sino una persona capaz de hacer algo como eso.- respondió Argemiro, como
hablando para sí mismo.
A la vez que hablaban, los dos personajes se desplazaron hacia la puerta de salida de
aquella sala húmeda y poco iluminada, llena de aroma de formol. Pasaron frente a la sala de
necropsias y no vieron que otro médico legista estuviera en esa tarea. Hablaron con un
médico auxiliar acerca del extraño hecho ocurrido y él no dio ninguna explicación para la
ausencia del cadáver levantado ese día.
Quizás, por ese motivo el caso del BRUJO de Carrasquilla encajaba dentro de toda esa
parafernalia de seres del más allá. Es posible que él haya tenido tantos seguidores debido a
esa tendencia de la gente común de encajar y admirar lo “inexplicable”.
Argemiro se despidió del Dr. Matos y se encaminó hacia la casa cural. No hubo ninguna
diligencia de reconocimiento del cadáver de Eusebio, por ausencia de ese elemento tan
esencial. A medida que se iba acercando a la iglesia, empezó a ver grupos de ciudadanos
que entraban y salían de las instalaciones del despacho parroquial. No era usual que hubiera
tanta gente allí a esa hora tan temprana. Mientras caminaba se encontró de frente con
Hermelindo Gutiérrez y Eliseo Casasbuenas.
-Entonces, ¿qué creen que pudo haber pasado?-insistió Eliseo, con gesto de saber la
respuesta a esa pregunta.
-Hasta el momento no hay razón que convenza. Pero, yo sí creo tener idea de qué pudo
haber pasado.-dijo con certeza Argemiro, mirando a lo lejos.
Allí las personas murmuraban y se movían en todas direcciones. La inquietud general era
palpable, pues no se había dado ninguna noticia sobre el asesinato de Eusebio, persona muy
estimada por quienes se acercaron allí a averiguar sobre el hecho que era vox pópuli en ese
momento.
Argemiro se abrió paso entre la gente y entró a la oficina del Padre Pedro Nel. Allí estaba él
en compañía del teniente Gamboa, discutiendo la manera de caerle por sorpresa al BRUJO
esa noche. Ya habían oído las noticias de que probablemente había regresado del escondrijo
donde se había metido para eludir el cerco en que aquella noche se les logró escapar.
-Pues, ojalá no le pase lo de antes, teniente. Esta vez no podemos fallar.- sentenció el cura.
-¿Qué es lo que usted sugiere que hagamos exactamente, señor cura?- se aventuró a
proponer el teniente Gamboa, haciendo un gesto casi imperceptible de impaciencia.
Parecía que las ideas de los dos personajes, que encarnaban la autoridad del pueblo, no
estaban muy claras del todo. Había una cierta confusión en los fines que perseguían con
respecto a quien se había convertido en todo un símbolo de lo inexplicable en esas tierras tan
llenas de expectativas por lo sobrenatural.
Cualquier suceso que mostrara complejidad para ser comprendido por las gentes sencillas y
tradicionales de Hondaima, pasaba inmediatamente a formar parte del conjunto de mitos
populares que se expandían de boca en boca a lo largo y ancho de la región. Desde los
cerros que rodeaban el pueblo, donde se habían establecido varias haciendas de uno que
otro terrateniente extranjero, como Mr. Hughes, hasta el mismo centro del comercio
hondaimuno, con numerosos almacenes, cacharrerías, papelerías y distribuidoras de
insumos agrícolas, el tema de conversación era EL BRUJO.
Daba la impresión de que todo el mundo allí se sentía orgulloso de tener un ser especial que
evidenciaba poderes nunca vistos y que, sin llenar la plaza pública con discursos de falsas
expectativas, atraía la atención, el respeto y la admiración de todos los que ya habían tenido
contacto con él.
La sencillez, el trato pacífico, la bondad sin límites y la honestidad eran las características
esenciales de Adolfo Ávila, un hombre de menuda presencia, que no quería ser notado por
los demás. Quizás por esa razón, muchos habitantes de Hondaima lo visitaban. Algunos,
pidiéndole una ayuda material para resolver sus problemas económicos. Otros, queriendo
recibir un consejo para empezar un cultivo que resultara exitoso. Y, los más, deseando por su
intermedio, lograr influir en sus destinos para cambiar la “mala suerte” que estaban
acarreando en esos momentos. De otras comarcas también llegaban gentes a conocer ese
ser tan extraordinario que, una vez que entraban en contacto con él, ya no seguirían
sintiendo ser los mismos. En resumen, Adolfo Ávila, alias EL BRUJO, ya era toda una
leyenda.
Cuando el teniente Gamboa, alcalde militar de Hondaima, le hizo la pregunta directa al Padre
Pedro Nel sobre qué era lo que deseaba que se hiciera con respecto a Adolfo Ávila, lo que
realmente estaba sugiriendo era que le diera más claridad para emprender alguna acción
concreta. Él no se sentía como un elemento directamente relacionado con esos tejemanejes
que la iglesia llevaba a cabo en contra de ciertos ciudadanos que, en criterio del cura, eran
peligrosos para los intereses de la iglesia.
Como el Padre Pedro Nel no le dio una respuesta inmediata a su pregunta, el teniente
Gamboa se acomodó su quepis, se ajustó el cinturón de donde pendía su pistola y se puso
de pie. Mirando al desgaire a través de la ventana, caminó hacia la puerta de salida del
despacho parroquial y dijo:
El padre Pedro Nel no supo qué contestar de inmediato. Sólo atinó a responder: -Hasta
luego, teniente.-
Ya habían transcurrido más de dos horas, desde el momento en que Argemiro arribó a la
casa cural y el instante en que el teniente Gamboa salió de allí. Se había cansado de
esperar para hablar con su superior, el Padre Pedro Nel. Por esa razón, decidió salir a
caminar. Bajó por la Cuesta de San Francisco y siguió a lo largo de la Calle de las Trampas,
una antigua vía colonial empedrada y angosta, con caserones de muros gruesos y pórticos
de piedra a las entradas. Quería un poco de paz y de sosiego en medio de tantos ires y
venires relacionados con las intrigas que el alcalde Gamboa y el padre Pedro Nel habían
urdido alrededor del caso de EL BRUJO. De cierta manera, ya estaba cansado de aquella
situación que lo estaba desgastando mucho. Al pasar frente de la cafetería LA MEJOR,
decidió entrar para degustar un tinto fresco. Ya eran casi las diez de la mañana de aquel día
tan atípico para él. Nunca pensó que, además de sus funciones de sacristán, estaría
involucrado en situaciones tan extrañas como las que había que tenido que afrontar.
-Buenos días, Doña Ernestina, ¿cómo está usted hoy?- saludó a la dueña del negocio.
-Hola Don Argemiro. ¿Y ese milagro de verlo por estos lados?- indagó la señora.
-Pasaba por aquí y quise saludarla. Además, no se me olvida que su tinto es muy sabroso.-
respondió el sacristán, sonriendo amablemente.
-Pues, usted siempre es bienvenido, Don Argemiro.- dijo la señora, mientras servía el pedido.
Se tomó el tiempo necesario y replicó: -Aquí lo tiene. Buen provecho.-
--¿No se ha encontrado hoy con su amigo Eusebio? Es que pasó esta mañana por aquí,
recién yo había abierto y me preguntó por usted.-
El sacristán casi deja caer el pocillo del tinto por la sorpresa que le causaron las palabras de
la dama. Le pareció haber oído mal y quiso una reafirmación de sus palabras. Se volvió hacia
ella y le dijo:
-Pues sepa que a Eusebio lo mataron ayer, allí en la cima de la cuesta de San Francisco.
Seguramente usted se equivocó, Doña Ernestina.- expuso el sacristán.
-Mire, yo no estoy loca. Si quiere le repito las palabras que él me dijo.-ofreció la señora.
-Cuando pasó por aquí, yo estaba aseando el frente de la cafetería. Él venía caminando y se
detuvo al frente de mí. Miró en las dos direcciones de la calle y luego me dijo: “Si ve a
Argemiro, por favor dígale que Eusebio lo está buscando.”
El sacristán no dijo nada más. Pagó su consumo y abandonó la cafetería, sin despedirse.
Empezó a caminar de nuevo hacia la cuesta de San Francisco y empezó a subir lentamente.
Ya se acercaba el medio día y el sol empezaba a hacerse sentir. Fue ascendiendo por la
acera oriental, donde había uno que otro matarratón dando sombra. Hizo tres escalas en su
ascenso y finalmente llegó a la cima, desembocando en el parque del Rosario, situado al
frente de la iglesia y de la casa cural. No quería encontrarse con el Padre Pedro Nel, pues su
plan inicial consistía en llegar a la casa de mi tía Mónica, a quien conocía por acompañar al
cura en las visitas que él le hacía. Pensó en tener una charla con la anciana acerca de lo que
pasaba en la casa del frente.
Muy adentro de su mente, Argemiro sospechaba que debía existir alguna conexión entre el
BRUJO y lo que estaba pasando en esos momentos con referencia a Eusebio. Ya tenía
conocimiento de que Adolfo Ávila había hecho cosas inexplicables cuando liberó a los
notables de Carrasquilla la vez que el Teniente Gamboa dio orden de detenerlos. Comenzó a
pensar que sería mejor tener al BRUJO de amigo y no de enemigo.
Al cabo de media hora de ir caminando por Calle Nueva y luego de subir por la cuesta de Los
Toros, desembocó en la Calle de Carrasquilla. Miró hacia el fondo de esa vía cerrada y no vio
ningún vehículo transitando. Como ya era casi mediodía, se detuvo ante la tienda de
Hermelindo Gutiérrez y avanzó hacia dentro. El día se había nublado de repente y parecía
que fueran las 6 de la tarde. El interior de la tienda estaba iluminado por una bombilla de baja
intensidad. Más adentro, en el patio de la casa de Hermelindo, las gallinas ya estaban
buscando los palos para subirse, seguramente imaginando instintivamente que se acercaba
la hora de dormir. De un momento a otro, un rayo cruzó el espacio y el trueno retumbó
fuertemente. En ese instante, apareció Hermelindo.
-Hola, señor sacristán. Y eso, ¿qué lo trae por aquí?-dijo con viveza.
-Nada especial, Hermelindo. Sólo pasaba por estos lados y entré a tomarme una gaseosa.-
Otro trueno se dejó oír y enseguida empezó a llover fuertemente. En esa época eran
comunes esos cambios de ambiente y había que ir preparado para no mojarse uno. Iba a ser
la 1 de la tarde, pero parecía que fuera de noche. Era un día extraño que auguraba algo fuera
de lo común. El tendero lo miró de frente, él parado y Argemiro sentado. Hermelindo se veía
muy alto y corpulento, detalle que intimidaba un poco al sacristán. De repente, dijo:
-Es que Eusebio lo ha estado buscando urgentemente. Por aquí pasó y me lo preguntó.-
Estaban en medio del aguacero y no era posible salir sin pegarse la empapada. Hermelindo
notó que Argemiro quería salir, pero no se atrevía. Entró a sus aposentos y en minutos
regresó con un paraguas en la mano. Lo tendió hacia el sacristán y le dijo:
Argemiro le pagó la gaseosa, recibió el paraguas y se despidió. Dio unos pasos bajo la lluvia,
tratando de capotear los charcos que se habían formado. Sus zapatos se mojaron y granos
de arena se iban metiendo en ellos. Se detuvo al frente de la casa de Doña Mónica y, al ver
la puerta abierta, decidió entrar a la sala. De pronto, oyó la voz de mi tía que le decía:
El sacristán aceptó la invitación y entró hasta la cocina, donde mi tía ya le estaba sirviendo un
humeante pocillo de tinto.
-Tómese este tintico recién hecho. Le caerá bien con este clima.-le dijo con amabilidad.
Argemiro lo empezó a degustar y mientras tanto miró hacia un caidizo, pegado a la cocina.
Sobre un camastro rústico, alguien se encontraba acostado, dando la espalda.
-Ése es Eusebio, que llegó cansado y me pidió el favor de dejarlo dormir un rato.-dijo mi tía.
Argemiro se resistía a creer lo que había oído de labios de mi tía Mónica. Y fue en ese
preciso instante cuando la persona se volteó y se incorporó. Sí, era Eusebio en carne y
hueso. Dio unos pocos pasos y se dio de manos a boca con su amigo, el sacristán.
-¿Y, usted qué hace por aquí a estas horas?- le preguntó con plena normalidad a Argemiro.
-Ni que yo fuera un fantasma o algo parecido. ¡Claro que soy yo mismo!- exclamó Eusebio.
-Casi me mata de un ataque cardiaco.- replicó Argemiro. -¡Yo mismo estuve en el
levantamiento de su cadáver! ¿Podría explicarme qué es lo que ha sucedido?-
Eusebio se acercó más a su amigo y le dio un abrazo. Sintió que estaba temblando como
consecuencia de la inmensa sorpresa que acababa de recibir. Lo invitó a que se sentaran
porque lo que le iba a referir tomaría un buen lapso de tiempo. Ya sentados en dos taburetes,
que mi tía les ofreció, ella les dijo: -Tómense otro tintico para que se calmen.-
Eusebio: -Le voy a contar qué fue lo que pasó, después de “mi asesinato”.- dijo, remarcando
las últimas dos palabras.
-Eusebio: -¿Se imagina por qué estoy aquí, donde Doña Mónica?-
Por la mente de Argemiro cruzó una idea, aparentemente, descabellada. En ese instante solo
se le ocurrió que EL BRUJO tendría algo que ver con lo sucedido, y dijo: -Sería porque el
vecino del frente jugó su parte especial?-
Eusebio: -Se ve que lo que ha investigado de algo le ha servido, mi amigo.- dijo sonriendo.
Eusebio: -Es que sin la ayuda de él, yo no estaría aquí, hablando con usted.-
Argemiro: -Pero, usted estaba muerto. ¡Yo lo vi con mis propios ojos!- repetía incrédulo.
Eusebio: -Adolfo Ávila es alguien que no es de este mundo. Trate de entender lo que le estoy
diciendo.-
Eusebio: -Es un arcángel llamado Uriel, con poderes sobre la vida y la muerte.- explicó el
amigo.
Ahora sí se sorprendió Argemiro, al darse cuenta de que sus sospechas de que EL BRUJO
tenía alguna relación con cosas del otro mundo eran ciertas. Recordó cómo lo detectó,
literalmente volando, una de las noches en que estaba obedeciendo las órdenes del cura
Pedro Nel. También rememoró la vez en que vio dentro de la sala de su casa una especie de
puerta brillante, con forma de espejo grande, desde donde apareció de repente.
Argemiro se fue calmando poco a poco ante la realidad de los hechos y expuso en dos frases
la situación acontecida:
-Eusebio, lo que yo estoy viendo es un verdadero milagro. Usted realmente murió por un
ataque con arma de fuego. Ahora lo veo delante de mí, como si nada hubiera pasado. La
única explicación es que usted haya resucitado.-
Eusebio tomó las palabras de su amigo seriamente y, finalmente, le expresó sin rodeos.
-Adolfo Ávila sacó mi cuerpo de la bandeja de la morgue la noche anterior a su cita con el Dr.
Matos. Me trajo a su casa y, según él me contó, usó su poder por medio de rituales que
nosotros nunca comprenderemos y me retornó a la vida.-
-Varias personas de este pueblo. El asunto es explicar cómo pudo ocurrir eso, sin echar
mano del milagro de mi resurrección.-dijo pausada y tranquilamente Eusebio.
En ese momento entró mi tía Mónica y, sin querer, oyó las palabras de Eusebio. Se le acercó
y le dijo: -Mire, mijo, basta con que diga que le dispararon con una escopeta de fogueo y que
por eso se desmayó durante un largo tiempo. Luego se despertó y salió de allá donde lo
tenían listo para la autopsia. Y, eso es todo. Así no tendrá que dar más explicaciones.- Luego
se retiró a la cocina.
Los dos hombres se quedaron pensando en las palabras de Doña Mónica y concluyeron que
ella tenía razón. No había para qué ponerle complicaciones al hecho de que Eusebio
estuviera vivo, después del evento que todo el mundo ya conocía. Tarde o temprano tendría
que saberse la verdadera razón de todo aquello, pero no era el momento, todavía. Eusebio
debía mantenerse fuera de la vista de la gente, mientras pasaban unos días más. Como ya
era de noche, decidieron desplazarse hacia la casa de Eusebio, tratando de no llamar la
atención sobre ellos. El “resucitado” se puso un sombrero alón de paja que mi tía Mónica le
prestó y unas gafas oscuras que Argemiro cargaba en su cartera para protegerse los ojos en
los días muy soleados.
Salieron de Carrasquilla y caminaron por las aceras, a paso ligero, hasta llegar a la calle del
Palomar, donde se asentaba la casa donde Eusebio vivía. Entraron rápidamente y avanzaron
hacia la salita del apartamento que el vigilante había rentado hacía ya tres años. Para suerte
de los recién llegados, la otra dependencia de la casa se hallaba vacía debido a que los
arrendados se habían marchado a pasar una temporada fuera de la ciudad.
-Vamos a armar una historia no tan fantástica de todo lo que ha pasado, ¿le parece?- dijo
Argemiro, sentándose en un taburete que había allí.
-OK, me parece que es lo más seguro para alejar habladurías y preguntas innecesarias.-
respondió Eusebio, con semblante de preocupación.
Eran ya las 8 y media de la noche de aquel lunes de septiembre del año 1949. Yo acababa
de cumplir los 10 años ya hacía un mes. Recuerdo que me iba impresionando bastante por
todo lo que estaba sucediendo en Carrasquilla, y de lo cual yo fui testigo, de cierta manera.
Volviendo al caso de Eusebio, tengo que decir que a mí siempre me llamó la atención todo lo
que se relacionaba con Adolfo Ávila, a quien llamaban EL BRUJO. Más adelante pude
comprender que su comportamiento y relación con la gente que lo rodeaba tenía mucho que
ver con su naturaleza, tan extraña para muchos, pero tan apreciada por unos pocos.
Confieso que yo no fui testigo presencial de ninguna de las actuaciones “especiales” que él
llevó a cabo. Sin embargo, cuando mi tía se refería a él y a sus andanzas, lo hacía como con
cierta reverencia y respeto devocional que me impresionaban. Desde ahí en adelante
empecé a pensar en que Adolfo encarnaba a alguien que no era lo que él mostraba
directamente. Más adelante, me vine a enterar de que él era un ángel y que tenía una misión
determinada.
Para el común de las gentes llamar a Adolfo, ÁNGEL, BRUJO o DEMONIO era casi lo
mismo, pues según ellos, no había una distinción muy precisa entre lo que se aceptaba como
bueno o malo. Dependía del estado de ánimo o del clima el hecho de amar u odiar a Adolfo.
Sólo aquellos considerados como iniciados eran capaces de comprender los misterios que lo
acompañaban. Es ahí donde Hermelindo, Eliseo y Teodulfo jugaron papeles y acciones
especiales que, más adelante, evitaron tragedias que pudieron ocurrir en Hondaima de la
Cruz.
El trío de personajes malévolos cuyo plan era someter a los habitantes de Hondaima a un
régimen de privación de derechos y abusos, ya se había convertido en un dúo. Ahora eran
sólo el cura Pedro Nel y el teniente Gamboa. El primero, como autoridad religiosa y el
segundo, como autoridad política, dadas las prerrogativas que poseía como alcalde en época
de Estado de Sitio. Ya Argemiro se había desligado de esos individuos tan pronto vislumbró
el alcance de los planes malignos que tenían. Seguiría con sus funciones de sacristán de la
Parroquia del Alto del Rosario, pero nada más.
-Yo me encargo de escribir una crónica sobre todo lo que le ha acontecido a usted,
acomodando los hechos siguiendo la idea de Doña Mónica.- dijo Argemiro, mirando a su
amigo.
-Perfecto. Pero, ¿cómo vamos a hacer para que toda la gente se entere de eso?- inquirió
Eusebio.
-Ya lo pensé. Le pediremos a Hermelindo que publique la noticia en su periódico local “Ondas
del Gualí” y le pagaremos para que lo distribuya gratis.- apuntó Argemiro.
-Esa es una buena idea, mi amigo. ¿De a cuánto nos toca?- quiso saber Eusebio.
Los dos amigos se entretuvieron otros 15 minutos charlando sobre los detalles de la crónica
que se publicaría. Comieron un sándwich con gaseosa y luego de eso, Argemiro salió hacia
el taller que Hermelindo tenía en la parte posterior de su tienda. Llegó allí después de
caminar media hora. Para su suerte, Hermelindo aún tenía abierto su local.
Cando Argemiro se asomó a la entrada de la tienda, Hermelindo lo saludó de una manera
diferente a la que siempre usaba hacia él. Como él sabía de las andanzas del sacristán por
los encargos del cura, se refería a él de forma irónica y a veces burlesca. Pero esa noche se
notó la diferencia.
-Me agrada verlo por aquí, Argemiro. Siga para más adentro.- invitó Hermelindo.
-Muchas gracias.- dijo el sacristán, y avanzó hasta la trastienda, donde había una tipografía.
-Vengo a rogarle un favor con respecto al caso de Eusebio, del que estoy seguro usted ya
tiene noticia.- expuso Argemiro, con cierta seguridad.
Hermelindo se quedó mirando fijamente a Argemiro, como queriendo eliminar toda duda
sobre la nueva manera de ver el mundo de parte del sacristán. Se puso de pie, dio unos
pasos y afirmó:
-Sí, yo sé a qué viene usted y también conozco los detalles de lo que pasó en la casa del
BRUJO.-
Esas palabras del cripto-judío Hermelindo Gutiérrez dejaron perplejo a Argemiro, quien ya
había pasado por la experiencia de ver a su amigo Eusebio transcurrir por el proceso de
morir y volver a la vida. En ese momento, sintió una especie de vértigo combinado con
náuseas, lo que preocupó a Hermelindo, pues no se imaginó el shock que el sacristán iba a
sufrir al oír sus expresiones.
Rápidamente le trajo una bebida azucarada y lo hizo sentar más cómodamente en un sofá
que tenía en su taller tipográfico. Pronto, Argemiro se fue recobrando y se quedó a la
expectativa, esperando que Hermelindo le explicara todo ese barullo que se le había armado
en la mente. Casi enseguida, este último empezó a hablar muy pausadamente y con tono
tranquilizador. Se caló las gafas, extrajo de su biblioteca una especie de pergamino enrollado
que descansaba sobre la base del estante donde guardaba libros sobre criptojudaísmo,
filosofía hermética y cábala.
Hermelindo provenía de otras latitudes y se había cambiado el nombre para no despertar curiosidades
innecesarias entre sus amigos y vecinos en Hondaima. Precisamente, Eliseo y Teodulfo coincidieron
con el primero para identificarse y seguir adelante, practicando en secreto un judaísmo de corte
jasídico (primigenio) que los ha mantenido vigentes como guardianes de muchos secretos
relacionados con el hermetismo, la magia, los conjuros y el origen de la humanidad. Ellos sabían de
las tareas que Adolfo tenía asignadas por la máxima deidad de todos los tiempos, de quien ellos
sabían se hallaba morando en un lejano planeta, de donde todos ellos provenían.
No, en vano, investigadores del saber profundo como Zeharia Sitchin habían descubierto que el origen
del mundo que habitamos no era tal y como se relataba en libros “sagrados”, por ejemplo, la Biblia.
Quizás, quien más se ha acercado a esa realidad ha sido Alecsandr Ivánovich Oparin, biólogo y
bioquímico soviético que realizó importantes avances conceptuales sobre el origen de la vida en el
planeta Tierra. Él propuso la Teoría de la Panspermia.
Hermelindo se dio cuenta de que ya era el momento de agrandar el grupo con alguien confiable y
honesto. Parecía que Argemiro había madurado conceptualmente de manera suficiente y se le podrían
confiar una cuantas verdades que hacían de Hondaima de la Cruz un lugar que permitía mantener el
contacto permanente entre este planeta y el sistema que regía todo lo visible e invisible. Por eso, aquel
pueblo del Tolima se había constituido en la ventana crucial para realizar toda clase de intercambios
entre la Tierra y aquel otro universo al cual se podía acceder a través de un “agujero de gusano”, uno
de cuyos extremos desembocaba en la sala de la casa del BRUJO, Adolfo Ávila.
-¿Usted desearía ingresar a un grupo de adeptos cuyos fines son los de servir a la gente?- preguntó
Hermelindo.
Sin pensarlo dos veces, Argemiro respondió: -¡Por supuesto que sí!-. Luego agregó: -Muchas gracias
por darme ese honor.-
-Entonces, prepare su mente para lo que va a oír.- advirtió Hermelindo.-Si desea una aclaración, sólo
déjemelo saber.-
-Antes de hacerle una visita a Adolfo, déjeme darle unos antecedentes que servirán para poner en
contexto todo lo que le voy a referir.
-Soy todo oÍdos.-dijo Argemiro, bromeando un poco, mostrando así que se había repuesto de su
pequeño “surmenage”.
Ya Hermelindo se había ataviado con su Talit, la kipá, sus tefilin y el Sidur, que sostenía en la mano
derecha. Murmuró en voz muy baja una oración en idioma Hebreo antiguo, pidiéndole a la Máxima
Deidad que ponga las palabras adecuadas en su boca. Enseguida escribo la oración, usando la
transcripción fonética.
Baruj atá, Adonáy, mélej haolám, ashér bajár bánu micól haamím, venatán lánu et torato. Baruj
atá, Adonáy, notén haTorá.
Hermelindo terminó de orar y se despojó del tefilin que se anudaba en el brazo derecho, dado que él
era zurdo. Guardó el sidur, se quito el talit y se sentó mirando de frente a Argemiro, que ya se estaba
empezando a poner nervioso, pues nada de lo que estaba viendo u oyendo le era familiar, teniendo en
cuenta que su orientación religiosa es la católica.
-¿Qué quiere decir?- indagó Argemiro, con mucha curiosidad en sus ojos.
- Bueno, creo que es el momento de que lo ponga en contacto con la realidad de los acontecimientos
que han estado sucediendo en Hondaima, especialmente en este sector de Carrasquilla.-dijo
Hermelindo, sin mostrar la más mínima emoción en su voz.
El sacristán sentía que algo no común le iba a ser comunicado, dada la introducción usada por
Hermelindo. Se dispuso, pues a poner mente muy abierta al respecto.
-Primero que todo, yo y mis amigos Eliseo y Teodulfo no somos originarios de la Tierra. Venimos de
otra galaxia que se desestabilizó y nuestro planeta, que llamamos NIBIRU, se empezó a desplazar por
el espacio de manera que fuimos atraídos por la gravedad del Sistema Solar. En este momento, somos
el doceavo planeta, invisible para los telescopios por causa de una vibración especial.- explicó
didácticamente Hermelindo.
-O sea que, ¿ustedes son extraterrestres?- interrogó Argemiro, mirando a su amigo con cierto temor.
-Sí. Nos llamaron ANNUNAKIS. Llegamos a la Tierra hace miles de años y, con base en nuestra
avanzada ingeniería genética, dimos origen a la raza humana.-afirmó Hermelindo.
-Sí. Podemos decir que somos inmortales y dominamos el poder sobre la vida y la muerte. Además,
conocemos muchos secretos relacionados con la marcha de la humanidad.- dijo Hermelindo, sin
emoción en su voz.
En ese momento, Argemiro empezó a comprender lo ocurrido con Eusebio. Sin embargo, había algo
que no encajaba en su análisis. Por eso, le lanzó a Hermelindo la pregunta clave:
-¡Ah! Ahora sé quiénes tomaron el cuerpo de Eusebio del anfiteatro. ¿Estoy en lo cierto?-
-Por supuesto que fuimos nosotros, los del grupo. Trasladamos el cuerpo de su amigo a la casa de
Adolfo y allí él se encargó del resto de la operación.- aclaró Hermelindo.
-Él es de un nivel más alto que nosotros y es quien se desplaza a Nibiru a discreción.- dijo Hermelindo
-Allí hay un portal que abre un agujero de gusano.- explicó Hermelindo.- El tiempo y el espacio dejan
de funcionar como los entendemos normalmente-
Fue ahí cuando Argemiro sintió que las explicaciones de Hermelindo estaban desbordando su
conocimiento científico y su comprensión. Sabía que a ese nivel se le dificultaba entender lo que había
estado pasando con Adolfo y su casa. Vio que los hechos extraños asociados con él, dieron pie para
que las gentes comunes interpretaran de la manera más sencilla todo aquello. Adolfo era un BRUJO,
un ÁNGEL o un DEMONIO, y eso era todo.
Argemiro se frotaba la cabeza tratando de ver claras las explicaciones de Hermelindo, pero había
muchos interrogantes que le martillaban el cerebro. No le cabía en la imaginación el hecho de que
esos cuatro seres fueran inmortales.
-Un año nibiruano, que llamamos un SHAR, equivale a 3.600 años de su calendario, por los
tejemanejes del espacio-tiempo.- dijo Hermelindo, sonriendo.
-Es muy fácil. Un año de su edad equivale a 3.600 años de mi edad.- dijo el anunnaki.
-O sea que, ¿usted ya lleva 180.000 años viviendo? Exclamó Argemiro, con los ojos abiertos como
platos por la sorpresa.
-Y creo que existiré unos 100 SHARS más, que es el promedio de nuestras existencias visibles.-
explicó el anunnaki, muy calmadamente.
¿Me quiere decir que Eliseo y Teodulfo son como usted?- inquirió Argemiro, tratando de asimilar toda
esa información de la mejor manera.
-Claro que sí. Vinimos del mismo sistema planetario.- corroboró Hermelindo. Luego agregó: -Es que
nuestra técnica de de desplazamiento intergaláctico se hace por utilizando de los agujeros de gusano y
sólo precisamos de un traje especial. No precisamos naves ni algo por el estilo.-
-¿Será que lograré comprender las cosas de su especial naturaleza?- indagó Argemiro.
Hermelindo se paró y dio unos pasos, acercándose aún más hacia el sacristán que se hallaba
maravillado por todo lo que acababa de oír. Lo miró con aprecio en sus ojos y le expresó otro secreto.
-Mire, Argemiro, nosotros somos seres de energía auto-controlada. Podemos personificar cualquier ser
humano, levitar, desplazarnos a la velocidad de la luz y dominar la materia. También tenemos poder
sobre la vida y la muerte. Somos lo que en la Tierra comúnmente llaman ángeles, fantasmas,
apariciones, genios, dioses, o demonios.-
Argemiro tenía ante él a una entidad cuyas características se acomodaban más a la idea que la gente
tenía sobre Dios. Como persona dedicada a las cosas del culto religioso veía cómo muchas de las
creencias y rituales que se manejaban podrían ser afectadas, si se llegara a saber que entes muy
poderosos se hallaban entre la gente. Decidió, pues, guardar aquel gran secreto y dejar que las cosas
siguieran su curso normal y rutinario. Concluyó, para sí mismo, que era mucho más lo que se ganaría
con la presencia de los anunnakis entre los habitantes de Hondaima. Por esa razón, se arriesgó a
formular la pregunta clave.
-Vinimos porque se nos ordenó hacerlo. Estamos aquí como constructores y vigilantes del desarrollo
de esta sociedad. Cuando es menester, intervenimos como entes de control. Otras veces, aceleramos
el proceso y mejoramos las cosas. Y, cuando es necesario, solo observamos. Siempre seremos justos
y tendiendo a beneficiar el desarrollo de la civilización.- explicó Hermelindo.
Argemiro prometió no exponer de ninguna manera a quienes estaban cumpliendo un deber evolutivo,
para el cual fueron creados. Decidió dejar que las cosas siguieran su curso como se estaban dando: el
cura Pedro Nel con su tendencia a entrometerse en las vidas de los demás; el teniente Gamboa y sus
militares tratando de mostrar un poder innecesario; y Adolfo Ávila, ejerciendo de EL BRUJO, para
facilitar la tarea de los enviados a Hondaima de la Cruz.
Eso sí, evitando al máximo que las vidas de sus habitantes se pudieran ver lesionadas de alguna
manera.
FIN