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La Llave Perdida

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La llave perdida

En un rincón olvidado de la ciudad, había una vieja librería que casi nadie visitaba. Su dueño, un
hombre mayor con cabello gris y ojos llenos de secretos, siempre se encontraba detrás del
mostrador, absorto en los libros que llenaban las estanterías. La librería, a pesar de su estado
polvoriento y algo descuidado, tenía una magia especial: cada libro que tocabas parecía susurrar
historias de mundos lejanos y épocas olvidadas.
Una tarde, una joven llamada Clara entró por primera vez en la librería. Había escuchado rumores
sobre un libro raro que solo podía encontrarse allí, un libro que prometía revelar el más profundo
deseo de quien lo leyera. Clara, escéptica pero intrigada, decidió que iba a buscarlo.
Caminó entre las estanterías, pasando sus dedos por los lomos de los libros. La luz suave del sol
entraba por las ventanas, iluminando el polvo en el aire, creando una atmósfera casi mágica. De
repente, algo llamó su atención: un pequeño cajón de madera, oculto bajo una estantería vieja. Se
acercó y, con curiosidad, lo abrió. Dentro, encontró una pequeña llave oxidada.
“¿Qué será esto?”, pensó Clara, y al instante, algo en su interior le dijo que esa llave era importante.
Decidió guardarla en su bolsillo y continuar buscando el libro.
Pasaron horas y horas. La librería parecía interminable, con estantes que se extendían hasta donde
alcanzaba la vista. Clara comenzó a sentirse perdida, como si cada vez estuviera más adentrada en
un laberinto sin salida. Finalmente, al fondo, vio una puerta pequeña, casi invisible, que parecía
estar esperando por ella. La llave en su bolsillo comenzó a pesarle más de lo habitual. Sin pensarlo
mucho, se acercó a la puerta y, para su sorpresa, la llave encajó perfectamente en la cerradura.
Con un leve giro, la puerta se abrió.
Al otro lado, Clara encontró una habitación secreta llena de libros antiguos y polvorientos. En el
centro de la habitación, sobre un pedestal, descansaba un libro grueso, con el lomo dorado y una
portada que parecía brillar con luz propia. Clara se acercó y, sin pensarlo, lo abrió.
Las palabras en las páginas comenzaban a moverse, a cambiar, como si la historia se estuviera
escribiendo en ese mismo instante. Clara comenzó a leer, y a medida que lo hacía, las palabras se
conectaban con sus propios pensamientos y sentimientos. El libro no solo revelaba su más profundo
deseo, sino que, de alguna manera, lo estaba creando.
Al terminar de leer, Clara levantó la vista y vio que la habitación comenzaba a desvanecerse. El
libro, ahora cerrado, volvió a su pedestal, y la pequeña puerta secreta desapareció como si nunca
hubiera existido.
Clara regresó a la librería, pero el dueño ya no estaba. La tienda, ahora vacía y silenciosa, parecía
tan antigua y olvidada como siempre, como si el tiempo nunca hubiera pasado.
Con la llave aún en su mano, Clara comprendió que el verdadero poder del libro no estaba en lo que
revelaba, sino en lo que podía crear en el corazón de quien lo leía.

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