ROMAN CE  DE LOS  RECORTES

Érase una vez que se era un reino loco y sin norte, reino asaz atolondrado, desde la plebe a la corte. Sus jerarcas sin mesura gastaban a troche y moche mientras todos jaleaban el despilfarro y derroche. Tal como tiernos infantes babeaban día y noche, agradecidos y mansos. Sin censuras ni controles alzaban templos y casas, mil palacios de deportes, parques y aeropuertos incluso en medio del monte. Ninguno osa protestar, ninguno mesura pone, nadie se atreve a cesar el despropósito torpe. En los años de bonanza, algunos el lujo acogen sin acordarse que el tiempo en las locuras pone orden. Muchos jerarcas y acólitos llenan sus maletas y odres, saqueando el bien ajeno y cubriéndose de podre. Mas llegan las vacas flacas y la gota colma el borde: quienes antes derrochaban comienzan con los recortes. "Habéis sido manirrotos, caprichosos y glotones; merecéis un buen castigo", dicen con encono enorme. Mientras los jerarcas sabios a muy buen recaudo ponen salarios, rentas y ahorros, la paz del pueblo se rompe. Ya no hay trabajo, ni viajes; no más casitas ni coches. Tras largos días de playa, les llega una negra noche. Mucho dinero gastaron, pero más necesita la corte, pues empeñaron sin tino hasta el sueño de su prole. Es triste de ver ahora aquel reino de alto porte arrastrado por los pelos, sin nadie que lo conforte. En desbandada sus jefes huyen raudos cual hurones, otros, altivos mendaces, al juez sus hurtos esconden; capaces son de negar dádivas, lujo y derroche, aunque repletos de alhajas vayan hijos y consortes. Las pobres gentes de a pie viven llenas de temores y lloran con gran dolor, medrosas de que les roben lo poco que les dejaron esa panda de ladrones. Sus médicos han perdido, escuelas sin profesores, asilos abandonados, víctimas de los recortes. Y mientras, allí en lo alto, envueltos en su cohorte, se ríen de todo ellos preparando un nuevo golpe.

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