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 El otro
@tonisolano
M
e cuesta acostumbrarme a copiar apuntes al dictado. Es una sensación rara, como de hormigueo por los nervios de la mano. El momento de arrancar a escribir resulta motivador y me hace sentir orgullosa de una habilidad tantas veces ensayada en la intimidad: el trazo ligero, el arabesco, levantar y volver a apoyar la pluma y la mancha de tinta digital en la superficie mate de la tableta. En el silencio del aula se escucha la explicación del profesor y por debajo de ella el débil punteo de cientos de plumas que se mueven al compás de un baile sincronizado. Pero, después de tres horas, ese repiqueteo se torna caótico y algunos compañeros levantan la mirada y dejan de escribir, reemplazando el modo apunte por el modo grabación. No es que esté prohibido, pero en los últimos años resulta una falta de educación utilizar los implantes de grabación en clase a no ser con motivos justificados. El profesor continúa sus explicaciones. Creo que se da cuenta de que quedamos pocos prestando atención a su lección. A menudo me cuesta desentrañar el alcance de sus percepciones. No es como nosotros. Su mirada fija, casi vacía en muchos momentos, su posición hierática, la rigidez de sus articulaciones, la tensión de su rostro serio. Nunca vacila, nunca se equivoca, nunca sonríe. Es una pieza de otro mundo. A mi lado, Haly se revuelve molesta. Su módulo de comunicación se ha activado inopinadamente y un breve destello asoma bajo la malla que cubre su muñeca. Inclina la tableta y abre la interfaz de vídeo. La cara de Mark asoma en un ángulo. No puedo saber de qué hablan porque pasan enseguida al modo incógnito. Vuelvo de nuevo la vista hacia el profesor, que continúa desgranando su lección en una letanía de datos, causas y efectos.  Al acabar la clase, plegamos las tabletas y salimos a un pasillo ruidoso. Muchos compañeros están ocupando los enchufes de datos, cargando sus equipos, charlando en red. Otros caminan intercambiando gestos y voces. Las exigencias del rectorado en cuanto a comunicaciones en abierto se han hecho notar. Cuentan que no hace mucho, la universidad era un espacio silencioso y un tanto lúgubre, en el que las conversaciones virtuales nos habían llevado a una distancia física insalvable y a un aislamiento casi monacal. Fueron años fríos en los que la oralidad cayó en desuso; años en los que la relación entre el hombre y las máquinas provouna desconfianza ante la palabra hablada, como si un tono inconsciente de la voz pudiera delatar el bajo linaje del interlocutor. Dicen que incluso los profesores habían dejado de charlar entre ellos, aunque todos intuían que existía una conexión imperceptible que les permitía comunicarse sin palabras.Estoy en el umbral del aula, buscando entre el gentío a Haly para recriminarle su comportamiento en clase. En cierta manera somos algo parecido a hermanas. Mientras activo el rastreador de identidades, noto un empujón por la espalda y siento un roce extraño en mi mano. Me doy la vuelta y veo que el profesor intenta abrirse paso por la puerta; su mano ha rozado la mía y he notado un escalofrío que nos ha sacudido a ambos. Las miradas se han tocado también, la suya algo menos fría de lo habitual. -Disculpe, señorita Logan.-¡Oh! Disculpe usted, profesor Hertz; ha sido culpa mía por quedarme bloqueando la entrada.El profesor lleva un uniforme ceñido que hace destacar un torso anguloso y unas piernas torneadas que dan a su figura un aire esbelto, quizá demasiado para su edad, aunque, por otro lado, ¿de qué edad podemos hablar? Su perfil destaca entre las siluetas mucho más
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