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Reflexión Del Suicidio

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Reflexión del suicidio…

Un fenómeno estudiado desde una perspectiva científica, fría, poco humana. Datos, razones,
ninguna empatía.
Me parece importante reflexionar sobre el suicidio. Es un fenómeno que fue estudiado seriamente
por primera vez por el sociólogo francés Durkheim. Pero lo hizo desde una perspectiva científica, fría,
poco humana. Datos, razones, ninguna empatía. Señaló el problema, categorizando sus causas
sociales, pero no dio respuestas para resolverlo. Describió el problema desde la sociología, más no
desde la psicología; menos abordó la moral o la ética. Es por eso que creo que este fenómeno, sobre
todo en estos tiempos de pandemia y aislamiento, debe ser tratado desde estas últimas perspectivas.

Actualmente abundan datos y estudios sobre el suicidio, pero es probable que muchos de los
especialistas que realizaron tales indagaciones académicas no hayan experimentado nunca el deseo
de terminar con sus vidas a causa de algún trastorno depresivo mayor o una fuerte emoción
negativa. Este servidor, que no es perito en estos asuntos de índole científica y psicológica, tiene
para escribir esto la ventaja de haber pasado por periodos emocionales críticos desde la niñez, lo
cual le permite abordar el asunto no tanto desde una arista científica o académica pero sí empírica.

Creo que en esto del suicidio, la formación ética (religiosa) juega un papel positivamente relevante.
Pues son la ética y la religión, contrariamente a lo que el liberalismo y el progresismo creen, las que
fijan en la consciencia individual y colectiva ciertos límites que, en el caso de la prevención del
suicidio y otros más, son benévolos. Pienso que una educación laica, en comparación con una
confesional, es más deficiente porque excluye algunos parámetros que hacen que la vida humana se
enmarque en conductas civilizadas que precautelan la convivencia humana, empática y aun fraterna.
De este modo, me parece que el asunto del suicidio no debe ser tratado tanto desde la legislación
(ya en la Antigua Grecia estaba penalizado: privaba a los suicidas de un entierro o una lápida
sepulcral; cosas que ya no tienen ninguna relevancia hoy) cuanto desde la formación ética y humana
que recibimos desde pequeños.

Desde mi experiencia, puedo decir que la rigurosa (y en algunos aspectos conservadora) formación
ética que recibí en el colegio La Salle y en el hogar fue en muchos casos beneficiosa. Cuando pasé
por depresión o experimenté pasiones violentas en la adolescencia y la juventud, por ejemplo, fueron
aquellos códigos éticos —que se almacenan en el subconsciente— los que pusieron freno a mis
impulsos.

Me parecen excelentes iniciativas las de las unidades o centros de prevención del acoso sexual o la
violencia de género que están implementando algunas instituciones educativas (como la UCB). Pero
creo que también se le debería prestar atención al problema del suicidio. Las autoridades deberían
implementar unidades o centros para prevenirlo, pues ello hace parte de la formación integral de la
que hacen gala muchas instituciones educativas en el país. Las últimas investigaciones señalan que
el 90 por ciento de los suicidas presentan signos como alcoholismo, tabaquismo, consumo de
drogas, actitudes violentas, bipolaridad, etc., antes de cometer el acto; es decir, el suicida anuncia la
eliminación de su vida. Ergo, el problema se podría prevenir.

Desde mi experiencia, puedo decir que ni la psicología ni los tratamientos médicos pudieron
ayudarme tanto como el tratamiento espiritual. Dado que el espíritu es más fuerte que lo físico, el
meollo del asunto podría estar, más que en una razón corporal, en una razón del espíritu, la cual se
expresa en una posible carencia de ética y moral. En resumidas cuentas, para mí, en ausencia de
Dios.
Hospedar la muerte voluntaria

Cuando alguien se da muerte hay una pregunta inevitable: ¿Por qué el espacio conjunto no es vivible
para todos? Cuando el otro decide morir su muerte nos enfrenta a la herida del narcisismo, a la
soledad, a la propia posibilidad de morir, pues su muerte hace que nos preguntemos si queremos
vivir.
El suicidio está vetado: no matarás, ni siquiera a ti mismo, dice el quinto mandamiento del catecismo
de la Iglesia católica. El suicidio es considerado una ofensa grave al amor de Dios, sólo el
arrepentimiento —que puede suceder por algún “extraño milagro” después de la muerte— puede
generar la salvación del suicida. Pero al muerto poco le importa: decidió morir antes que obedecer el
mandato eclesiástico. La cultura tiende en la tumba del suicida una cortina de humo: esconde el acto
como si se tratara de un pecado, una enfermedad o un delito. Frecuentemente la comunidad de
creyentes excluye el duelo de sus discursos, sus ceremonias y su memoria colectiva.

Hay un tabú para hablar sobre el suicidio: se vela la decisión de aquel que ha decidido morir y en
ocasiones se inventan otros motivos para explicar su muerte; se evita el ritual funerario o se sepulta
al muerto en una tumba separada de los “salvados”; se propaga una publicidad sobre el “valor de la
vida” sin reflexionar seriamente sobre los motivos de aquel que ya no quiere vivir y se juzga la muerte
voluntaria con la etiqueta de “falsa salida”…

Suicidio es una derivación de la palabra homicidio. Homicidium está compuesto de dos


términos: homo, hombre; cidium, acto de dar muerte. En la palabra suicidio se sustituye el
término homo (hombre) por sui que significa sí mismo. Sin embargo, es una equivocación hacer una
analogía entre el acto de darse muerte y el acto de matar a otro: aquel que elige morir no daña a
nadie, sólo decide por su propia vida. Por eso Francisco Pereña propone hablar de muerte
voluntaria y no de suicidio, para evitar así un sesgo religioso o médico.

En nuestra cultura se evita reflexionar sobre la muerte voluntaria, prohibiendo o desaconsejando el


acto de inmediato. En el primer ensayo de Tótem y tabú Freud dice que el fundamento del tabú es un
obrar prohibido para el que hay una intensa inclinación en el inconsciente. Si la cultura tiende sobre
el acto suicida una censura es porque los seres humanos estamos inclinados a la muerte más de lo
que estamos dispuestos a admitir. Freud destaca que no sólo el suicidio es un problema clínico, es
necesario preguntarnos también por qué decidimos vivir en vez de morir. Aquel que muere por
voluntad propia interroga gravemente a los vivos.

En El mito de Sísifo Camus dice que el suicidio es el verdadero problema filosófico del ser humano.
No hay mortal que no haya pensado en él: en el momento en que el hombre comprende que va a
morir puede preguntarse si prefiere la muerte o la vida. Aquellos que voluntariamente terminan con
su vida han decidido sobre la cuestión: la existencia es un absurdo o simplemente no vale la pena
vivirla.

En el parágrafo 44 de Ser y tiempo Heidegger dice que no hay realmente un escéptico que ―en la
desesperación― no se dé muerte a sí mismo: todo es mentira, una farsa banal, y por eso no hay
algo verdadero por lo cual vivir. Cuando la cultura rechaza el acto suicida o discrimina el duelo por
aquellos que se han suicidado —condenándolos, ocultándolos u olvidándolos— está defendiendo
sus fábulas y su falso entusiasmo por la vida —deniegan el dolor y la duda de vivir—. Con este
proceder el grupo social pretende defender el sistema de creencias que le otorga sentido a su
existencia. Con la censura la cultura rechaza el acto suicida; el mundo continúa como si nada hubiera
sucedido.

Sloterdijk (2011) comprende el ser–para–la–muerte como la circunstancia de que todo mortal ha de


abandonar alguna vez el habitad en el que está relacionado con otros, en una fuerte alianza con los
demás. En Esferas I la muerte significa dejar un espacio vinculado. Aquel que voluntariamente elige
morir está decidiendo desvincularse: abandona este espacio por propia convicción. Este acto
irreversible pone en cuestión a los demás: el espacio y las alianzas que se han creado son
despreciables o simplemente no son suficientes para soportar la vida, por eso la comunidad
experimenta el suicidio como una afrenta.

La muerte voluntaria es un problema para los vivos, no para los muertos. A pesar de los intereses
del biopoder o de las creencias religiosas, en un Estado laico todo ser humano debe conservar la
posibilidad de decidir sobre su propia vida. Aunque la muerte voluntaria de alguien amado interroga
sobre el amor mismo. Aquí nos hacemos esta pregunta: ¿Cómo enfrentar un acto suicida sin juicio y
sin indiferencia, con el respeto profundo a aquel a quien se ha querido y aun así prefiere morir por
voluntad propia? Sostengo que respetar el acto suicida no es elogiar el suicidio sino hacer un
esfuerzo por hacer del mundo un espacio habitable y respetuoso. El mundo existe por el cuidado
cotidiano, pero también por la memoria a los muertos, la consideración al otro y el gesto de
bienvenida a los que aún no están vivos. Cuando alguien se da muerte hay una pregunta inevitable:
¿Por qué el espacio conjunto no es vivible para todos?

Cuando el otro decide morir su muerte nos enfrenta a la herida del narcisismo (nuestro vínculo no fue
suficiente para que la persona amada viva), a la soledad (ya no estamos con el ser querido que ha
decidido ya no estar en el mundo), a la propia posibilidad de morir (su muerte hace que nos
preguntemos si queremos vivir). ¿Cómo sobreponerse a esto?

No toda muerte crea duelo. Sólo hay duelo cuando hay amor. Lévinas dice que el mayor temor del
ser humano no es la muerte propia sino la del amado. La anticipación a la propia muerte genera una
situación de angustia, pero no una afectación —un muerto ya no siente—. La muerte de un ser
querido sí afecta: duele. Amar a alguien significa que su muerte nos afecta más que la propia
(Lévinas, 2008).

Derrida (2006: 97) dice que entre hospitalidad y duelo hay cierta afinidad. El ser humano es un
anfitrión que debe acoger lo infinito más allá de su capacidad de acogida. Este infinito es la muerte
misma, no sólo la propia sino la del otro. La muerte del amado se acoge como un visitante extranjero
que no se espera y no se quiere. Es imprevisible e insuperable. No esperábamos su visita, su
irrupción. Ni tan siquiera estábamos preparados para aceptarla. El huésped absoluto (la muerte) que
se hospeda no es aquel que queremos recibir, sino que aparece de improvisto, sin aviso alguno. No
hay invitación, llega inesperadamente.

Hospedar el acto suicida no sólo es hospedar la muerte del otro, sino su decisión de ya no estar en el
espacio de conexión y alianza. Hospedar es no esconder al muerto ni su decisión de morir por
voluntad propia. Hospedar es hacer memoria, dignamente, de la decisión de morir del ser querido.
Hospedar es aceptar dolorosamente que el mundo no es deseable para todos, es respetar un acto
íntimo, singular y solitario de aquel a quien amamos. Hospedar el suicidio nos enfrenta como cultura
al respeto a la alteridad y a la verdad de la muerte.
Para reflexionar sobre el suicidio es necesario que la psiquiatría y la psicología se aproximen a la
filosofía. Las campañas de prevención del suicidio son panfletos de mal gusto alentados por la
hipocresía del clero: dicen que están a favor de la vida pero alientan el martirio silencioso, el sacrificio
obediente, el aniquilamiento paulatino propio de la ascética cristiana. Después de La genealogía de
la moral de Nietzsche no se puede seguir sosteniendo la farsa impositiva de los “valores universales”.
Hospedar el acto suicida es aceptar que el “yo vivo” no es un valor universal, no lo fue así para quien
decidió darse muerte a sí mismo. Es necesario replantear el problema de la muerte voluntaria y
hablar evitando el tabú religioso. Desde esta perspectiva cabe preguntarse si una vida vivible puede
ser una vida esclavizada a la obligación de vivir.

Con el suicidio el duelo es aún más difícil: además de aceptar la muerte hay que aceptar que el ser
querido ya no quiso estar con nosotros. Nunca se está preparado para acoger la voluntad del otro de
morir; sin embargo, no puede haber mundo habitable si no hay hospitalidad hasta para aquellos que
han decidido ya no estar aquí.
Sara Green tenía 17 años cuando fue internada en una unidad especial de salud mental en
Inglaterra. Mientras estaba allí se suicidó. La joven tenía un largo historial de problemas de salud
mental, que comenzaron cuando tenía 11 años. Pero le encantaba escribir y en sus diarios
relató cómo fue la lucha que estaba viviendo.

Autolesiones
Antes de ser internada había sido víctima de acoso en el colegio e, igual que muchos adolescentes,
se autolesionaba para mitigar su sufrimiento.
"No me aceptan en la escuela. Hay un límite en el número de insultos que una persona puede
soportar. Me odian por lo que soy, pero lo cierto es que me odio a mí misma. No entiendo cómo he
dejado que me afecte tanto lo que me hacen".
También había desarrollado trastorno obsesivo compulsivo.

A pesar de ello, logró resultados excelentes en sus exámenes y esperaba ir a la universidad.

"Me acuerdo del día que fui a la cocina por un cuchillo para cortarme las venas": el drama de las
enfermedades mentales en América Latina

En 2011, tres años antes de morir, tomó una sobredosis de antidepresivos. Su familia la descubrió a
tiempo y fue referida a una unidad de terapia para jóvenes como paciente voluntaria.
Eventualmente fue dada de alta. Pero sus problemas no habían cesado.
"Quiero decirles la verdad sobre cómo han empeorado las cosas. No estoy bien. Por dentro estoy
destrozada".

Tal como cuenta Insight, una organización independiente de ayuda legal que está asesorando a la
familia Green, Sara siguió autolesionándose y en 2013 tomó otra sobredosis. Entonces fue internada
en una unidad para adultos en una clínica privada a 160 kilómetros de distancia de su casa.

Se esperaba que estuviera allí por un corto período de tiempo, pero permaneció nueve meses.

En su diario Sara describe lo mucho que extrañaba a su familia y el dolor de estar tan lejos de su
casa.
"Quiero irme a casa. Sólo espero el momento en que mamá y Stacey puedan visitarme porque no
poder verlas me ha hecho sentir mucho peor".

A pesar de los esfuerzos del sistema de salud mental, no fue posible encontrar un lugar para Sara en
una clínica más cerca de su casa.

Y sus obsesiones empeoraron aún más.


"Lo que ha pasado es que ahora pienso mucho más en el suicidio que cuando llegué a este lugar. Y
en este momento estos (pensamientos) son cada vez peores".

En un mes Sara trató de estrangularse en ocho ocasiones.


En marzo de 2014 Sara fue encontrada en el suelo de su habitación, con un alambre utilizado para
encuadernar libretas en el cuello.
Pese a los intentos del personal y de los servicios de emergencia no fue posible revivirla.

“Quiero decirles la verdad sobre cómo han empeorado las cosas. No estoy bien. Por dentro estoy
destrozada”

La investigación oficial sobre las causas de su muerte, realizada en abril de 2015, fue muy crítica de
la forma como la clínica manejó su caso. El médico forense concluyó que Sara no tenía la intención
de morir. Declaró que no había sido un suicidio sino una autolesión provocada por el empeoramiento
de sus ansiedades debido al prolongado período que pasó en una clínica para adultos y tan lejos de
su casa.

La clínica aseguró que cambiaría sus procedimientos y aprendería las lecciones.


"Sara estaba asustada porque sabía lo que estaba ocurriendo.", le dijo la madre de Sara a la BBC.
"Por eso esto tan difícil, porque ella sabía que no podía hacer nada al respecto. Y nadie pudo hacer
nada al respecto".
Relato sobre el suicidio

“C” se levantó aquel día sabiendo que sería el último. Llevaba tiempo pensando en ello y ya había
tomado la decisión. La vida se le hacía cada vez más pesada y no encontraba salida. Pensaba en su
desesperación y ya no podía soportar más la energía que le suponía cada despertar hacer frente al
nuevo día. Había buscado información sobre distintas maneras de llevarlo a cabo y finalmente,
cuando encontró la que consideraba que sería capaz, decidió el día y lugar. Antes intentó despedirse
de la poca gente que realmente quería. La tecnología ayudaba en ello. Instantes antes de hacerlo
pensó que sería todo muy rápido pero el tiempo juega malas pasadas y se le estaba haciendo muy
largo… Tuvo ganas de llamar a su amigo, pero estaba convencido de que estaría en clase y no lo
hizo, le envió una nota de voz para que la escuchase al salir de la uni. A quien sí llamó fue a su
hermana, era la última voz que quería escuchar, pero solo la oyó por aquel mensaje de voz que le
ayudó a grabar para el contestador de su móvil… Se sentía solo y así es como se fue…

“D” era muy amigo de “C”. Llevaba días preocupado porque lo veía mal y estaba enfadado con él, no
podía ser que cada dos por tres estuviera tan amargado de la vida. Cuando pasó lo de “C” estaba en
época de exámenes. Nunca olvidó en su vida el día que al salir de la uni escuchó la nota de voz de
“C”. Supo que se había ido para siempre y de su garganta salió un grito de dolor que se convirtió en
un alarido y se escuchó en varias manzanas de donde estaba. La gente se acercó a él y encontraron
a un joven caído de rodillas en el suelo llorando. Algunos de sus amigos se acercaron y le ayudaron
a levantarse. Esa muerte a “D” le cambió la vida. Tardó tiempo en volver a sentir la vida con la
despreocupación que tenía antes y no porque no hubiera tenido problemas a lo largo de su historia,
pero la soledad de “C” se apoderaba de él, en parte se sentía culpable por las broncas que habían
tenido los últimos días y porque pensaba que igual si él hubiese actuado diferente “C” aún estaría
aquí… O no…

La hermana de “C” nunca superó la muerte de su hermano. Se pasó muchos meses escuchando el
mensaje de voz que le había enviado y no podía parar de llorar. A pesar de que los profesionales que
la llevaban le aconsejaron no hacerlo, en aquel entonces era lo único que consideraba le conectaba
con los últimos momentos de su hermano. Le costó sentir que había otros recuerdos muy
importantes de la vida que habían compartido juntos. Lentamente volvió a retomar su vida, pero
había un trozo de su corazón que había muerto con su hermano. A lo largo de su vida siempre le
acompañó la duda de que si hubiese estado más atenta podría haberlo evitado… O no…

Los padres de “C” tampoco pudieron superar esta prueba que les puso la vida, estas eran las
palabras que utilizaba su madre. Ella se encerró en su mundo y para protegerse decidió culpar al
carácter de su hijo, que para ella era difícil y complicado. No entendía con todo lo que había luchado
ella que él se lo pagase de esta manera, bastantes problemas había tenido en su vida para añadirle
otro más, además la gente no hacía más que mirarla con aquellos ojos y se ponía mala, no quería
relacionarse con nadie. De hecho, decidió que lo mejor era mudarse a otro sitio que no tuviera nada
que ver. En cambio, su padre se volcó en su trabajo y su vida empezó a girar única y exclusivamente
en trabajar y de vez en cuando beber… Ninguno de los dos se planteó conscientemente si podrían
haberlo evitado… o no…

Algunos compañeros de trabajo de “C” se sintieron muy afectados por la noticia. “C” era un chico
muy trabajador y divertido, de hecho, más de uno pensaba que llegaría lejos porque se le veían
cualidades…, en cambio él nunca se había percatado de ello. Hubo compañeros que a raíz de su
muerte decidieron hacer un cambio de vida. Se plantearon muchas cosas. Era muy duro vivir de
cerca la muerte inesperada de un compañero y más de esta manera. Esta experiencia les hizo
cambiar su visión de la vida y decidirse a tomar las riendas de la suya.

Reflexión sobre el suicidio

La muerte siempre es dura y más cuando es por decisión personal. Socialmente está muy
estigmatizado y no se hace más que enjuiciar al que lo hace y a su entorno. Lo que fomenta una
doble herida y soledad.

Detrás de cada suicidio hay una persona que como mínimo se ha sentido muy sola y desesperada
como para tomar esa decisión tan radical y extremadamente dura.

Detrás de cada persona que se suicida hay un entorno familiar y amigos más íntimos o menos que
les cambia la vida generalmente para sentirse tristes, solos, rabiosos, vacíos, ¿culpables?, etc, etc,
etc., y tener que afrontar en su día a día esta herida que les quedará para toda su vida y de ellos
dependerá si aprenden a cicatrizarla o no.

También detrás de cada suicidio quedan compañeros, conocidos, a los que este drama no les será
indiferente.

Es trabajo de todos conseguir que las personas que viven una situación así se sientan menos solas y
juzgadas y más acompañadas por el entorno en el que viven cada día del resto de sus vidas.
Relato de Vida: La Historia de Laura
Laura siempre había sido una persona llena de sueños y aspiraciones. A los 32 años, había
construido una carrera exitosa como diseñadora gráfica en una agencia de publicidad de renombre.
Sus amigos y familiares la describían como una mujer talentosa y amable, alguien que parecía
tenerlo todo bajo control. Sin embargo, detrás de esa fachada de éxito, Laura estaba luchando una
batalla silenciosa.
Inicio del Problema
La vida de Laura comenzó a cambiar después de la muerte inesperada de su madre hace dos años.
Su madre, quien había sido su principal fuente de apoyo y alegría, falleció repentinamente debido a
una enfermedad que Laura ni siquiera sabía que era grave. La pérdida de su madre dejó un vacío
inmenso en su vida, y Laura comenzó a experimentar una profunda tristeza y una sensación de
desolación.
Aumento de la Carga
A medida que el tiempo pasaba, Laura trató de seguir adelante con su vida profesional, pero el dolor
de su pérdida nunca desapareció. El trabajo, que alguna vez había sido una fuente de satisfacción,
se convirtió en una carga abrumadora. El estrés y la presión de cumplir con plazos cada vez más
ajustados empezaron a afectar su salud mental. Laura comenzó a sentir que no podía soportar la
presión y que estaba fallando en su trabajo.
Desesperanza y Aislamiento
A pesar de los esfuerzos por mantener una apariencia de normalidad, Laura comenzó a alejarse de
sus amigos y familiares. La culpa y la tristeza por no poder estar a la altura de las expectativas
sociales la llevaron a aislarse. Sus amigos notaron que estaba más distante, pero Laura evitaba
hablar sobre su dolor, temerosa de ser una carga o de ser incomprendida.
En su vida personal, Laura se encontraba en una relación complicada con su pareja. Su pareja,
aunque bien intencionada, no entendía la magnitud de su dolor y no sabía cómo ofrecer el apoyo que
Laura necesitaba. Esto creó una brecha emocional entre ellos y aumentó el sentimiento de soledad
de Laura.
El Punto Crítico
Un día, después de una jornada especialmente agotadora en el trabajo, Laura llegó a casa y se sintió
completamente derrotada. La presión laboral había alcanzado un punto crítico, y el recuerdo
constante de su madre la abrumaba. Laura empezó a tener pensamientos oscuros sobre la
imposibilidad de seguir adelante. Se sintió atrapada en un ciclo interminable de dolor y fracaso.
Aquel día, Laura tomó una decisión inquietante: escribir una carta. En la carta, expresó su dolor, su
desesperanza y su amor por las personas cercanas a ella. La escribió con la intención de explicar por
qué se sentía incapaz de seguir viviendo. La carta era un reflejo de su profundo sentimiento de
desolación y su lucha interna.
La Intervención
Mientras escribía, algo dentro de Laura cambió. Se dio cuenta de que, a pesar de su dolor, el acto de
escribir le permitió articular sus sentimientos de una manera que nunca había hecho antes. Con
lágrimas en los ojos, Laura leyó la carta y, en lugar de enviarla, decidió buscar ayuda. Llamó a una
línea de ayuda en crisis y, finalmente, accedió a asistir a una sesión de terapia.
Proceso de Recuperación
El proceso de recuperación no fue fácil, pero fue el inicio de una nueva etapa en la vida de Laura. La
terapia le permitió explorar y procesar su dolor, y comenzó a construir una red de apoyo más sólida.
Aunque aún enfrenta desafíos, Laura empezó a encontrar maneras de sobrellevar su tristeza y a
reconectar con las personas que se preocupaban por ella. Su pareja también se involucró en el
proceso de terapia, aprendiendo a entender mejor y apoyar a Laura.
Reflexión Final
La historia de Laura es un testimonio de la complejidad del sufrimiento emocional y la importancia de
buscar ayuda. A menudo, las personas que están al borde del suicidio sienten que no hay salida,
pero el acto de buscar apoyo puede ser un primer paso crucial hacia la recuperación. La empatía, la
comprensión y el apoyo de los seres queridos, junto con la ayuda profesional, pueden marcar una
diferencia significativa en la vida de alguien que enfrenta pensamientos suicidas.

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