Víctor Vargas Libro Completo Marzo 2022
Víctor Vargas Libro Completo Marzo 2022
En este libro se recogen los trazados de saberes de un trabajo de campo etnográfico que se
realizó entre los años 2015 y 2017 en las comunidades mapuche del Alto Valle rionegrino
pasando posteriormente a un proceso de escritura que finalizó en el año 2020. En esos
paisajes patagónicos comencé a escuchar al Longko Vicente Huayquimil, quien me enseñó
que el mapuche interactúa con los ancestros a través de las señales del clima, trazando un
mundo más allá del humano que nos permite re-habitar y re-comunalizar practicas
primordiales del mundo mapuche. A pesar del recuerdo de las campañas militares entre los
años 1879-1885 sufridas y vividas por numerosas comunidades mapuche, hoy se encuentran
organizadas en diferentes kiñe mapu (identidades territoriales) siendo un eje transversal para
este libro “los procesos de (re)comunalización” en nuevos contextos vivientes.
Al darle las gracias públicamente al Longko, sus palabras quedan en este libro como un
mensaje de su propio piuke (corazón), una especie de reposicionamiento que me quita el rol
de autor, y que afianza aún más su co-autoría. También a Berta Ríos, Inal longko de la gente
de Fiske, quien con su mágica sabiduría me enseñó sobre la ñuke mapu (madre tierra) y su
espiritualidad sencilla y honesta, que se ilustra en nuestro ser mapuche cotidiano, como me
señaló: “ofrendar a la ñuke mapu eso es de mapuche”. En el tiempo que pasé en su ruka (casa)
se fue armando este libro, que contiene corazón, caminos, saberes, nervios y viajes de una
localidad a otra para escuchar lo que les mapuche llaman “quimun” que en su significado al
castellano quiere decir “conocimiento”. Bajo este concepto me pregunté: ¿de qué forma el
antropólogo conoce y escucha durante el trabajo de campo? En primera instancia, en ese
conocer, me estaba conociendo, me dijo una ñaña. Y también estaba aprendiendo a conocer
más allá de mi mundo cotidiano, para insertarme en la naturaleza cotidiana mapuche y a una
escucha etnográfica que busca abrirnos a lo inesperado y a preguntar lo “impensable”.
Mi deseo es agradecerle a cada une que me transmitió el zungun (lenguaje) y ayudó a que
este estudio etnográfico crezca. Un libro que da cuenta de una antropología mapuche, escrita
desde mi identidad como mapuche urbano, que hace un tiempo por timidez prefería “callar”
en los espacios académicos, pero que a viva voz, en los encuentros íntimos familiares, se
sumergía para sintonizar con mi pueblo mapuche para aprender a decir “soy mapuche”.
Como dijo un peñi en Viedma: “sos un peñi mapuche, eso va primero”.
En ese co-habitar temporalidades, antes de viajar para el Alto Valle conversé con la
antropóloga Carolina Alvarez Avila, quien gentilmente me guió en este camino de trabajo de
campo a quien estoy sumamente agradecido por sus consejos de rutas y apuntes para pensar
y reflexionar sobre el ser mapuche en la urbanidad, ser warrianche. Esto implicó encontrar
nuevas maneras de orientar y escribir el trabajo de campo en el Alto Valle.
Esta clase de desafíos de escritura no son asuntos exclusivamente humanos, en ese guiño le
debo mucho a mi ñuke, a mi madre Alicia Inostroza Antupangui, que me brindó fuerza para
caminar en los paisajes del entendimiento y no acelerarme a los tiempos otros y a las
naturalezas de la vida cotidiana de les mapuche. Y, de hecho, mi apellido-linaje mapuche es
Antupangui, que significa “león del sol”. Tal vez, al dar con el significado y su espiritualidad
fue el comienzo para fortalecer perspectivas que integren los mundos que habito y los
distintos tipos de mundos que se fueron desacelerando en este libro. Y, por supuesto, les debo
el agradecimiento a la mayoría de los miembros de mi familia, Marcela, Eduardo, Gonzalo y
especialmente a mi padre Victor Vargas Vidal, quien, en su oficio de Ingeniero Forestal
seguramente todavía no se pregunta, parafraseando a Eduardo Kohn, ¿cómo piensan los
bosques? O capaz sí -no lo sé-, por lo mismo nos debemos un diálogo inter-disciplinario.
Espero que todo lo aprendido con las comunidades mapuche pueda continuar creciendo en
este libro y encontrar la fortaleza para pensar “más allá del humano” (Blaser 2009) en un
contexto de producción de alteridad (Briones 1998) que se dan en los constantes procesos de
formación de los estados nacionales y provinciales (Delrio 2005), que sin duda desarticuló
todo un sistema de vida “otro” en pos de “matar al indio y salvar al hombre” (De la Cadena
2020: 289). Este libro a pesar de su transversalidad de temas no deja de mencionar la
violencia del Estado hacia el pueblo mapuche en ambos lados de la cordillera (Chile y
Argentina), y el desconocimiento de este y su forma de habitar la vida misma.
Les debo muchísimo a la gente de Fiske, especialmente a la Longko Fermina Pichumil, quien
en cada conversación que tuvimos en su ruka sonaba despacito su memoria, entre aprender
su lengua a escondidas de los militares, a ser una propulsora de la enseñanza del
mapuchezungun (lengua de la gente de la tierra) en el Valle. Apelo también a las historias
que se entre-cruzan en cada capítulo que se abonó del newen (energía) de la familia
Nahuelñir, quienes de a poco me recibieron en su ruka y me confiaron cada recuerdo de sus
padres y el ser mapuche en la ciudad. Aquí queda registrado “que todavía estamos vivos”. A
modo de anécdota, en mi más reciente viaje en abril del 2021, con la intención de entregar la
tesis que es la base de este libro, la Longko Ana María Nahuelñir, me preguntó: ¿tuviste algún
inconveniente al estar en las comunidades? Pregunta que me llenó de asombro y quietud, ya
que el estar con y entre mapuche siempre es una incomodidad, ya que te convidan a sintonizar
desde muchos puntos de vista y efectuar giros para pensar con otros seres.
Seguramente quedan paisajes y personas sin nombrar, pero menciono a la abogada del
Consejo de Desarrollo de Comunidades Indígena, Nora Aravena y a Edgardo Curaqueo,
quienes me brindaron los permisos para realizar las entrevistas a las comunidades y hacer
trabajo de campo con claridad y respecto. También, gentilmente me recibieron en su ruka en
Carmen de Patagones. En ese paisaje, conocí a Ignacio Prafil, a él va dedicado el espíritu de
este libro, ya que en sus constantes “retos” me enseñó a pensar de y desde el saber mapuche.
En el aquí y ahora de esta escritura tengo el agrado de estar acompañado de quien ha sido el
mayor apoyo para estas palabras y a quien le dedico este libro, a mi compañera pedagoga
Belén Arbelo Almada, por sus palabras y escuchas generosas para que pueda atreverme a dar
este gran paso en este libro, que impulsa al crecimiento de una variedad de públicos y
espíritus.
A pesar de que esta tesis, ahora libro, se presentó en formato virtual en octubre del año 2020,
dado el contexto de Pandemia; las devoluciones y el diálogo con el jurado, integrado por
Fabiola Heredia, Lucas Palladino y Francisco Pazzarelli fue una instancia ritual gestada por
la directora de la Licenciatura en Antropología de la Universidad Nacional de Córdoba,
Bernarda Marconetto, instancia sumamente enriquecedora para mi oficio de antropólogo. Sus
voces también están presentes en este libro. Gracias por tanto quimun. Agradezco a mis
docentes de la Universidad Nacional de Córdoba, sin sus enseñanzas no podría anidar
lecturas a este libro.
En esta fotografía se puede visualizar la camioneta del Longko Vicente Huayquimil de la
comunidad mapuche urbana Fiske Menuco Newen. Fue en este automóvil donde se gestó la
mayoría de los viajes de campo desde el año 2015 hasta la fecha. De fondo su ruka (casa).
Foto de mi autoría.
General Roca-Fiske Menuco. Provincia de río Negro.
Prólogo
¿Y por qué es esto relevante? En primer lugar, porque la idea de adscribir mapuche y
reagruparse en la ciudad conlleva múltiples desafíos y contribuye a deconstruir criterios
etnológicos que aun operan en agencias y actores hegemónicos, encadenando ideas de
comunidad a territorio, autoctonía y otros diacríticos esencializados. En una primera lectura,
se puede ubicar la nevada –y todas las experiencias y políticas de reconocimiento conectadas
a ella–, lejos de donde les interlocutores de Víctor habitan. Estas zonas urbanas no son las
que más perjudicadas se vieron, pero aun así las memorias y reflexiones sobre el proceso de
comunalización de estas lofche se conectan con todo lo sucedido. Esto dispara dos
reflexiones. La primera, y como se leerá en este trabajo, les interlocutores reafirman la lucha
mapuche y mapuche-tehuelche por visibilizar y denunciar los procesos de desplazamientos
forzados y masivos, desalojos y despojos iniciados en las campañas militares para incorporar
los territorios pampeano-patagónicos al Estado nación argentino, que afectaron a las zonas
rurales y también explican las migraciones a las ciudades de muchos mapuche. Y, como
segunda cuestión, porque estas reflexiones propias de las lofche inscriben el proceso de re-
organización como parte de algo que es mucho más amplio que el lugar donde viven, es la
pertenencia al Pueblo Mapuche y al wallmapu. Restaurar el mundo mapuche, el kume felen,
es una tarea donde convergen las lofche urbanas, las comunidades rurales, diversas
organizaciones y, como ya dijimos, también no humanos, como los ancestros, los ngen y las
fuerzas del entorno. Aquí también el trabajo de Víctor aporta a desromantizar estos procesos:
la ciudad es un contexto que se percibe adverso y levantar los saberes de los antiguos o
ancestros se traduce en prácticas y reflexividad permanentes por parte de los integrantes de
estas lofche. Aprender a ser mapuche desde que nos levantamos hasta el sueño condensa
parte de estos desafíos.
En segundo lugar, el trabajo es un gran aporte porque tal como señalan Briones y
Ramos (2020) permite entrever diferentes tipos de historicidad conviviendo: del parentesco,
de la subordinación y de los existentes. Las autoras describen cómo, en el último tiempo,
vocabularios, lenguajes e ideas sobre modos de relacionarse, comunicarse y agenciar de
humanos y fuerzas del entorno se han desplazado cada vez más de ámbitos más privados o
íntimos a espacios públicos. Pero sobre todo cómo se visibiliza la activación política de esas
experiencias, afectos y lenguajes de relacionalidad (2020:32), renovando los lenguajes de
contienda y permitiendo atender a la historicidad de los existentes. Si bien el foco de este
análisis está puesto en procesos de recuperación de tierras, apostamos a que estos
desplazamientos y visiblizaciones también podrán renovar el modo en que pensamos y
reflexionamos acerca de comunidades y grupidades indígenas, y contribuir a debatir y
disputar así políticas de reconocimiento y derechos que, en Argentina, operan central y
hegemónicamente sobre la figura de las primeras.
Chaltumay (agradecimientos)
Prologo
Introducción:
Consideraciones finales:
Anexos:
Glosario
Foto-etnografías
Autorización CODECI
Bibliografía:
Vuelven
en primavera
el paso inmortal
de mis abuelos.
en el país de mi infancia
me enseñaba la ruta
A veces lágrimas
al enseñarme a descifrar
en su idioma infinito
a mi vestido digo:
es el fogón
en medio de la ruka
donde arde
la historia de mi pueblo.
El río Negro, localidad de Paso Córdova, provincia de Río Negro, Argentina. Cerca de la comunidad mapuche
rural Leufuche (gente del río1).
Foto de mi autoría
1
Entre paréntesis, realizaré traducciones aproximadas de palabras y expresiones de origen mapuche. De
todas formas, vale la aclaración de que, para algunos términos, no existen traducciones acabadas o únicas.
2
Se respeta en los siguientes párrafos y capítulos la escritura del etnónimo mapuche (que hace referencia
tanto a lo singular como al plural), y de la morfología de esta lengua. A su vez, se respetan la forma de escribir
en Mapuchezungun que utilizan las comunidades mapuche urbanas y los nombres geográficos que registré
Estos procesos de (re)comunalizaciones se relacionan con factores y señales del clima, que
incluyen entrecruzamientos de relaciones entre humanos y no humanos. Concretamente en
el caso estudiado, estos procesos giran en torno a los mensajes y la presencia de espíritus
ancestrales catalizados por la gran nevada de 1984 acaecida en gran parte de Patagonia.
durante el TdC. Las categorías, expresiones y palabras nativas irán en cursiva y la traducción al castellano irá
entre paréntesis. Las categorías analíticas irán en cursiva y entrecomillas. También es importante señalar a lo
largo del texto, se podrá abrir sentidos y familiarizarnos con el lenguaje inclusivo con un carácter multi-situado,
ético y ancestral, que oriente y refleje, las diferentes formas de hacer mundos en la escritura como una forma
de visibilizar identidades y reconocer derechos.
empresarios, empleados municipales, diputados provinciales, militantes políticos, obispos y
evangelistas.
Consideré que el Alto Valle era un lugar propicio para pensar y poner en perspectiva
los patrones de acción3 que se promueven en los “procesos de (re)comunalización” en las
comunidades mapuche urbanas. La incorporación del prefijo “re” a la noción de
comunalización de Brow, refiere a un aspecto que me fue marcado en muchas ocasiones
durante las entrevistas y conversaciones cotidianas por diferentes personas: “Volver a ser
comunidad como lo hacían los abuelos”. Este enfoque también busca incorporar en mi
análisis la presencia de actores no humanos (De la Cadena 2020:278) que durante mi
investigación fueron apareciendo de múltiples modos, pero con ciertos protocolos espaciales,
temporales y como conceptos vivos. Así, el concepto de “comunidad” se expande para incluir
a no humanos (animales, montañas, espíritus, nevadas) y su vínculo con las demandas por el
acceso al territorio en la arena política de nuestros días.
3
La página web del gobierno provincial rionegrino hace referencia a que “la provincia de Río Negro
puede ser considerada desde su diversidad geográfica como una provincia continente; la mayor parte presenta
clima templado árido; el territorio puede dividirse en cuatro zonas destacables, Zona Andina, Zona Atlántica,
Zona de Estepa, Zona de Valles”. Recuperado de la página www.rionegro.gov.ar.
En otras palabras, el nombre de este libro, Aprender a ser mapuche desde que nos
levantamos hasta el sueño nos permite dar cuenta de cómo los procesos de comunalización
en el Alto Valle implican la articulación de los saberes de los antiguos y el sistema de vida
mapuche, kume felen en mapuchezungun (lengua de la gente de la tierra), en un contexto
urbano, que explicare en profundidad más adelante. Vale aclarar, que este proceso conlleva
una serie de reflexiones y acciones que disputan las formas de ser en el mundo, y cómo se
entiende el territorio mapuche tras ser incorporado al estado nación argentino (Delrio, 2005)
y las diferentes políticas, leyes y organizaciones de activismo mapuche.
“En estos contextos de memoria social, la reflexión sobre el pasado monitorea y orienta los sentidos de
pertenencia en el devenir de la comunidad”
(Ramos, 2010:129).
En efecto, la zona del Alto Valle de la Provincia de río Negro fue uno de los lugares
principales donde emergieron las demandas de las comunidades indígenas a partir de la
emergencia social que desencadenó una nevada ocurrida durante el invierno de 1984 en los
paisajes patagónicos. A partir de este suceso, tuvieron lugar una serie de “políticas
indigenistas” (Lenton, 2009), inéditas tanto en la provincia de Río Negro como a nivel
nacional, cuyo hito principal fue la creación de la Ley integral indígena 2287/88. Esta ley se
promovió con la intención de establecer un marco general para las relaciones entre indígenas
y no indígenas, funcionando como un dispositivo regulador de las demandas de las
comunidades mapuche y de sus reclamos históricos.
Indudablemente, en los últimos años se han multiplicado los trabajos que estudian la
emergencia de estos grupos en contextos urbanos (Lazzari, 2010; Escolar, 2007; Saldi, 2012;
Bompadre, 2014; Kropff, 2005; Szulc 2004; de Jong, 2004; Palladino, 2010). Estos trabajos
etnográficos coinciden en que, a pesar de los patrones de invisibilización y
desterritorialización, los grupos étnicos disputan espacios de interacción con diferentes
agencias que buscan “obtener el control de la comunalización” (Saldi, 2012: 141). Es así que
uno de los cuestionamientos más importantes que realizan estos trabajos tiene que ver con el
discurso hegemónico, que no reconoce los procesos históricos por los que pasaron los grupos
indígenas. En todos los casos señalados, los procesos de des- y re-territorialización están
vinculados a las formas con que el Estado nacional y los provinciales se relacionaron con las
poblaciones subalternas y alterizadas a lo largo del tiempo y de las distintas coyunturas socio-
políticas y económicas (Saldi, 2012:147).
Para profundizar, la antropóloga argentina Claudia Briones advierte que los procesos
de formación de grupos involucran mucho más que una mera reunión de individuos, en tanto
entramados sociales que resultan de la incidencia de múltiples factores para organizar la
diferencia (1998: 15). En el caso mapuche en la PRN, su proceso de formación implicó
establecer criterios propios de control de la comunalización, incluyendo demandas por
tenencia de tierra, desalojos y revertir sospechas de falta de autenticidad. De este modo, los
multiples “procesos de (re)comunalización” se unificaron en pos de recuperar la identidad
mapuche, enraizada en saberes territoriales, de modo que, abrió la posibilidad de disputar
espacios sagrados que fueron apropiados por agentes externos en una provincia que negaba
la presencia étnica aludiendo su devenir cordillerano chileno. Discurso que se mantiene hoy
en día, en Argentina, por la connotada muerte de Santiago Maldonado, y Rafael Nahuel y el
imaginario terrorista que diseño el Gobierno Chileno de Sebastián Piñera por la muerte de
Camilo Catrillanca, asesinado por el comando jungla en el año 2018.
Entendiendo que la (re)comunalización es una práctica plural que implica para las
comunidades mapuche agruparse, discutir, marchar, contar memorias, realizar rogativas en
el territorio y estar atento a sus señales, pude articular una serie de preguntas vinculadas entre
sí tanto por un interés antropológico como personal; ¿Qué prácticas sostienen una
comunidad? ¿Qué aflicciones y afecciones las moldean? ¿En qué consisten sus sentidos de
pertenencia? ¿Qué sentidos primordiales se comparten en la comunidad? ¿Cómo se
actualizan las prácticas y el devenir comunidad? ¿Cómo es la relación con el Estado nacional
y provincial? ¿De qué forma incide lo no humano en la organización de la comunidad? ¿Cuál
es vínculo entre el ngen, tuwun, kupalme, zungungen, zungungenpire y los “proceso de
(re)comunalización” en el Alto Valle?
Siguiendo estas preguntas y para adelantar lo que vendrá, me percaté de que muchos
miembrxs de las comunidades mapuche entienden ciertos fenómenos atmosféricos como
acontecimientos que consideran “más allá del humano” (Blaser, 2009). En efecto, las kuymi
(señales-fenómenos atmosféricos) tienen una gran importancia hacia adentro de los aspectos
organizativos de las comunidades, ya que no siempre son exclusivamente las acciones
humanas las que inauguran los procesos de cambio o transformación. El rayo, la lluvia, el
trueno, el relámpago, el granizo y la nevada son percibidas como señales de espíritus y
divinidades múltiples, que se canalizan a través del medio ambiente para transmitir los
designios de los ancestros mapuche. Así mismo, no tardé en darme cuenta, que la gran nevada
del año 1984 representa tanto el recuerdo de una tragedia-señal como, también el puntapié
inicial para la reorganización política de las comunidades mapuche del Valle.
La nevada, al igual que otras manifestaciones climáticas, “son sujetos que inciden en
el accionar cosmopolita de un pueblo indígena, ellos deben ser tomados en cuenta” (Medrano
y Tola, 2016). Testimonios como los de Isabel causaron mucha impresión al estudiante
“demasiado cartesiano” que era durante la etapa de trabajo de campo. Esto me llevó a
entender la importancia de incluir en mi investigación a los diferentes actores que inciden en
los “procesos de (re)comunalización” y “alterar el discurso” (De la Cadena, 2020:283) al
entender que el espacio no se limita a lo humano.
Mi interés sobre “los procesos de formación de grupos” (Briones, 1998) y los sentidos
que adquieren las prácticas en torno al ser mapuche en un contexto urbano, proporcionó un
abanico de dimensiones a tener en cuenta en “todos los niveles de vida” (Brow, 1990:1). Este
interés me llevó a tejer una serie de redes que se me fueron presentando en cada palabra que
escuché, al estar compartiendo el cotidiano del “estar ahí”4 (Malinowski, 1972; Guber, 2010),
que implico lazos de confianza y una gran cantidad de días conversando sobre el ser
mapuche. Con el paso de los días noté que el trabajo de campo fue re-animar el fuego de las
memorias fundacionales (Ramos, 2010) de la comunidad.
Como punto de partida, en diciembre del año 2015, viajé 1200 km durante 19 horas
en autobús por la ruta N°6 desde el centro de la ciudad de Córdoba hasta Alto Valle del Río
Negro. En la foto que abre este capítulo, se aprecia el paisaje donde realicé mayormente el
trabajo de campo, con sus verdes colores, regado por las aguas devenidas de la confluencia
de los ríos Limay y Neuquén. Estas aguas se decantan en el río Negro y desembocan en la
capital de la provincia, Viedma. Esta región se caracteriza por su fruticultura y horticultura
(Grasso, 2006). Actualmente, la zona cuenta con 13 departamentos, con una población
estimada de 120.000 habitantes.
Es importante partir del contexto geográfico, visual y jurídico (Lois, 2010) en el que
se desarrolló esta investigación, concretamente en una de las 6 provincias del territorio
nacional argentino que compone la Patagonia. Como mencioné en la introducción, la región
del valle es una de las cuatro geo-referencias por zonas o regiones que componen la PRN
donde también se incluye la línea sur, zona andina y atlántica.
4
Rosana Guber (2001) señala que el acto de participar cubre un amplio espectro que va desde "estar
allí" como un testigo mudo de los hechos, hasta integrar una o varias actividades de distinta magnitud y con
distintos grados de involucramiento.
con la estación de verano por el Valle, un paisaje cambiante entre la lluvia, el viento y el
calor. En ese Valle fértil fui agendando semejanzas, diferencias y recorridos en los tiempos
de la comunidad y su organización en el día a día.
Al encontrarme con los ngen ruka (dueños de casa) no quería molestar ya que ambos
trabajan de forma independiente en diferentes rubros (plomería, limpieza, mecánica,
albañilería). A pesar de su acotado tiempo, me brindaron su quimun (conocimiento) sobre el
proceso de volver formarse en comunidad, tal y como lo hacían sus ancestros. También pude
acompañarles en sus tareas cotidianas de trabajo. En más de una ocasión, en estas ocasiones
fue donde más –anoté- saberes otros y sobre todo aprender que significa ser mapuche.
Durante mi estadía, muchas veces salimos a caminar con Vicente, y fueron esos
primeros pasos los que me permitieron apreciar una ciudad con dinámicas pueblerinas,
siempre bañadas de una fragancia rural nostálgica de arrieros y gauderio (gauchos o
cuidadores de ganado). A paso lento, une puede caminar por un centro comercial de no más
de 10 cuadras. Durante el recorrido, se fusionan aspectos de lo viejo de reparar zapatos,
comprar leche (de vaca o de cabra), con negocios de venta de artículos para navegar el río
Negro, o anuncios de accesorios para autos: “Baterías mapuche duran más”. Acompañaba
esta slogan el dibujo de un “indio” con una lanza5.
5
Véase en Anexo “Fotografías: Paisajes, reuniones, humanos y no humanos”.
El paisaje patagónico cuenta con un río que acuña el nombre de la provincia: el río
Negro. Durante mi trabajo de campo fue frecuente oír que las comunidades mapuche urbanas
lo llaman, en mapuchezungun, Curru Leufu. El Curru Leufu –me señaló Berta– es el “abuelo
testigo”, un pariente que enseña, canta, silencia, castiga y riega los árboles de manzana con
aroma a lúpulo. Este río es el lugar donde la mayoría de las comunidades mapuche del Alto
Valle realiza sus ceremonias (nguillatun, por ejemplo), por su vínculo primordial con el
ngenko (espíritu cuidador del agua). También se encontraba a pasos de la Ruka (casa) de
Vicente y Berta, por lo que fue grato poder apreciar cotidianamente rogativas al espíritu del
agua.
Roca cuenta también con un diario muy importante llamado “Río Negro” que se edita
en papel y circula como lectura diaria de todos los rionegrinos. En las oficinas de este medio
conocí a Teresa, quien gentilmente me otorgó la posibilidad de acceder a un registro
documental asombroso (fotografías, informes, archivos, notas) de la situación indígena en la
región patagónica desde los inicios del diario (1912). En una de mis visitas, al salir del lugar,
descubriría que por la avenida Corrientes existe un gran monumento a la manzana que se alza
como símbolo de prosperidad y modernidad en un paisaje atravesado por los nuevos
emprendimientos mineros, frutícolas, inmobiliarios y ganaderos (Grasso, 2016). A metros de
este monumento, se encuentra la vieja estación de trenes que lleva por nombre General Roca,
que en la actualidad funciona como un centro cultural y sede de algunas dependencias de la
oficina de cultura de la Municipalidad.
Localidad de General Roca-Fiske Menuco
Foto de mi autoría
— Acá no quedan mapuches, y los que hay son truchos. Ya no son como los de antes.
Siguiendo lo señalado más arriba, visité nuevamente las mencionadas oficinas que se
ubican con vistas a la Plaza San Martín en el centro de Roca, al costado del Colegio María
Auxiliadora inaugurado en el año 1879 y frente a una iglesia católica. Fue así que, en más de
una ocasión, iba desde la Villa hacia las oficinas de la municipalidad de Roca, buscando
información sobre comunidades mapuche. Recuerdo que constantemente me decían: “Ven
mañana, tal funcionario te puede ayudar”. Al ir día de por medio durante un mes, toqué la
puerta de la mayoría de los agentes de la municipalidad que “supuestamente” podrían
ayudarme, sintiendo de alguna manera que mi presencia y mis preguntas sobre lo mapuche
les incomodaba. Finalmente, desistí, pensando que no conseguiría mucha información.
6
Luisa Calcumil es una referente folclórica del canto mapuche.
Luego de observar este silencio/ausencia durante varias visitas, decidí cambiar la
pregunta. Un día, fui con intención de indagar en torno de ciertas políticas públicas culturales
que se realizaban en co-gestión entre comunidades mapuche y el gobierno municipal. Ese
mismo día me dijo una persona en la entrada del municipio de Roca: “Puedes hablar con el
encargado de cultura de la Municipalidad”. Seguí las indicaciones y busqué la oficina de
dicha área, hablé con un funcionario que allí estaba presente y le pregunté sobre alguna
comunidad mapuche de la zona, encontrando la misma respuesta de antes, pero con un tono
fuerte: “acá no hay mapuche”, me dijo.
Vale aclarar que en este libro no pretendo realizar un estudio en su totalidad sobre
marcaciones de alteridad (Briones, 1998). Básicamente, exploro algunos “procesos de re-
comunalización” en el espacio urbano y la persistencia de “vivir como mapuche”. Sostengo
que los procesos de formación en comunidad están atravesados por las formas que sus
miembrxs han construido esos espacios y discursos sobre el vivir mapuche (Vergara, 2016).
Por eso considero importante las trayectorias de formación del “ser mapuche en la ciudad” y
los usos del pasado en un contexto de producción de hegemonía, memoria indígena y
espacios de disputa y controversias (De Jong, 2004). En esta dirección que marca el análisis,
considero dos “momentos” étnicos cruciales para comprender los procesos de
(re)comunalización mapuche en la ciudad.
Dos momentos étnicos: la (des) y (re) comunalización
Resulta clave realizar nuevamente una lectura sobre los procesos que desarticularon
los modos de vivir de las comunidades mapuche antes, durante y post campaña del desierto
(1879-1885). Como señala Lorena Cañuqueo (2015), la imagen del “desierto” fue crucial
para definir tropos de “civilización y progreso” en oposición a la “barbarie”. También, en
tanto dispositivo, el “desierto” tuvo un impacto profundo en la organización del espacio, así
como en la implementación de prácticas de ciudadanía diferenciadas. Estos discursos
otorgaron sostuvieron y legitimaron las prácticas de persecución a las comunidades
indígenas, así como los destierros y el confinamiento en campos de concentración a lo largo
del río Negro. En esta dirección, resulta apropiada la sugerencia de Walter Delrio:
Fermina es una de las fundadoras del Centro mapuche urbano Amutay taiñ peñi,
primera organización mapuche en Roca desde el año 1985 al 1987. Este primer centro urbano
fue un momento significativo para empezar a reconocerse mapuche en la ciudad y dejar los
espacios domésticos de sociabilización. El nombre traducido al castellano significa “estar
juntos”. Durante estos dos años, me comentaron que esta fue una etapa que implicó salir de
la clandestinidad y empezar a realizar actividades de manera visible. A partir de esto, peñis
y lagmien del Valle empezaron a contarse los relatos de vivencias familiares, volver hablar
la lengua, habitar lugares ceremoniales y proponerse volver a reunirse como lo hacían los
abuelos, en comunidad, o traducido en mapuchezungun, Lofche. Es por el motivo señalado
que pasan de ser centro urbano a comunidad en un corto periodo de tiempo.
Cuando Fermina contaba sobre el paso de centro a comunidad, también resaltó que
actualmente es integrante de la gente de Fiske, Longko de la Lof mapuche urbana Elelquimun
(“el conocimiento que nos dejaron”). También enseña mapuchezungun en una de las
secretarías que integra la Coordinadora del Parlamento Mapuche-Tewelche –órgano ejecutor
de la Ley Integral indígena 2287/88–, en el marco del programa de Educación Intercultural
Bilingüe (de ahora en más, E.I.B) 7.
7
Ver capítulo dos: “Narrativas de una gran nevada”.
Este fue un momento muy significativo para esta etnografía. En primer lugar,
comprender que no es lo mismo pensar sólo en una/su familia sino situar la profundidad de
los linajes mapuche en el tiempo y en el espacio, donde no solo los abuelos y abuelas forman
parte de un linaje, sino también los ancestros, los kwifike che (Ramos, 2010). Y, en segundo
lugar, percibir que los linajes se relacionan con el paisaje.
Al intuir que parte de su trayectoria tenía que ver con ese primer momento de
campañas militares y que Fermina tenía mucho para contar al respecto, nos sentamos, cebé
los mates y el grabador comenzó a registrar el recuerdo de las vivencias de la campaña militar
que afectó a la “generación de sus abuelos” (Ramos y Delrio, 2011). En palabras de Fermina:
Según Ramos, “el linaje es una narrativa sobre vínculos sociales que se reconstruyen
en contextos de dispersión” (2010: 17). Estas narrativas van describiendo los motivos de
desplazamiento y dispersión hacia la ciudad, y que, como Fermina advierte, no fueron por
voluntad o elección propia. Las constantes persecuciones de la policía fronteriza, el despojo
de sus tierras y los cambios laborales es un tópico que se repite en el recuerdo de Fermina:
“No podíamos decir que éramos mapuche, decíamos que éramos paisano”. El “ser paisano”
en el contexto público u oficial se configuró como una estrategia de subsistencia, a su vez
también para preservar el saber mapuche puertas adentro, en espacios más íntimos y privados.
Fermina, como también otras personas entrevistadas, me comentaron que al interior del hogar
siguieron hablando la lengua: “En la casa de mis padres solo se hablaba chezungun, allá en
la línea sur”. Mencionó también que los relatos de la campaña militar permanecieron en sus
hogares por el traspaso de “vivencias”, “reflexiones”, “angustias”, “luchas”, y “trayectos” de
sus abuelos y padres. En este sentido, estos mismos “relatos” reponen “marcos de
interpretación en contextos de desplazamiento” (Ramos y Delrio, 2011).
La importancia que cobran los relatos de las y los abuelos sentó las bases para
aprehender lo que en mapuchezungun nominan el ngitran, que en su traducción al castellano
hace referencia a “contadas”. Me explicó Fermina:
— Víctor, cuando los mapuche te cuentan sobre estas vivencias del piuke, dolorosas
de recordar, también hay cosas bonitas y malas, le llamamos ngitran, g, se resalta la g,
ngitran.
Estas ngitran, estas contadas, cobran relevancia para el ser mapuche que vive en la
ciudad, ya que apuntan a las memorias vividas, compartidas y experimentadas en el territorio,
que cobran un sentido compartido de pertenencias. Por ejemplo: ser de ciudad y no contar
con el territorio. Tal como señala María Relmuan en relación con el ngitran, “el carácter
ceremonial de traspaso de conocimiento es altamente valorado por el pueblo mapuche, factor
primordial como lazo cohesionador del conocimiento, esencialmente oral” (1997: 2).
También en un sentido opuesto a los imaginarios del ser nacional, en palabras de Cañuqueo
(2014), se nos sugiere cómo a través de los ngïtram se construyen sentidos de devenir pueblo
mapuche, donde la trayectoria emprendida en el pasado por los antiguos no se corta con la
migración hacia las ciudades. Por el contrario, dichas movilizaciones se enmarcan en una
lógica histórica. Para aclarar estos procesos coyunturales que son atravesados por la memoria
oral del ser mapuche, Delrio subraya que:
La memoria oral a través de las narrativas de origen nos permite distinguir, por un
lado, la compleja trama de la representación política indígena (…) Por otro lado, las
mismas narrativas señalan la desestructuración y la recomposición sociológica de los
grupos a los cuales pertenecían los antepasados (2005: 47).
Siguiendo el análisis que realiza Ramos, los ngitran de Fermina son un precedente
“comunalizador” para impugnar narraciones oficiales que ponen en duda, entre otras cosas,
“la autenticidad de reconocerse mapuche en la warria” (Ramos, 2010). En este sentido, el
“ser mapuche” habitante de la ciudad tensiona las “políticas de identidad” (Segato, 2007) o,
como señala Valentina Stella, “cualquier forma de presencia que no se acomode a los criterios
oficiales corre el peligro de caer en la sospecha de inautenticidad y en la invalidación de los
derechos proclamados” (2016: 217). Por otro lado, la presencia/ausencia (Gordillo & Hirsch,
2010) configura una similitud de relatos de “silencios”, “persecuciones”, “ocultamientos”
que apuntan a la campaña militar como la causa que despojó forzadamente las dimensiones
espirituales, sociales, económicas, entre otras, que subyacen al territorio. Como señalé
anteriormente, ser mapuche en la ciudad entrelaza narrativas de persecución y de
reestructuración familiar bajo procesos de desposesión de sus territorios. Como me contó
Fermina al visitarla:
Tal como señalan Delrio (2005) y Ramos (2010), entre otros autores, al preguntarnos
por la noción de “desierto”, se abren pliegues de lugares de sometimientos y movilidades
forzadas de esos grupos mapuche-tehuelche que vivían en diferentes puntos de la Patagonia
(zonas costeras, rurales, cordillera) e incluso del otro lado de la cordillera, en Chile.
Comprender los sentidos que giran en torno a los procesos de desterritorialización en el que
subyace la desarticulación de un sistema de vida es el puntapié para indagar los motivos que
llevaron a un grupo de personas que se autoadscribe mapuche a re-comunalizarse en la
ciudad. El ser mapuche en la ciudad pone de manifiesto que las memorias fundacionales del
formarse en comunidad están bajo los efectos de los procesos de descomunalización y
desterritorialización. Como me señaló Fermina: “Los saberes se resguardaron para que el
wingka no se entere”.
El mito del origen nacional argentino postula que su población es masivamente blanca
y culturalmente europea (Escolar, 2007) y con fórmulas específicas de borramiento (Ramos,
2010). En este contexto, la última dictadura militar (1976-1983) representó un intento de
constituir nuevamente la visión hegemónica de la barbarie indígena, entre ellas las de las
“campaña del desierto” (Gordillo y Hirsch, 2010: 27). Esto último no puede sino entenderse
a la luz de los dispositivos y procesos llevados adelante para argentinizar, ciudadanizar y
homogenizar a la población de Pampa-Patagonia una vez finalizadas las campañas militares.
Como bien señala Escolar, “la dispersión, la evasión al control estatal y los intereses
territoriales de las elites locales parecen haber contribuido a las imágenes del despoblamiento
indígena” (2007: 23). Esta imagen se subvierte, como marca Cañuqueo (2008), en la década
de los 80, cuando la coyuntura política posterior a la dictadura militar genera un marco para
que la cuestión de los derechos humanos y de las minorías marginales (dentro de las que se
incluye a los indígenas) adquieran un lugar central en la arena pública y política. Este proceso
lentamente habilitó el surgimiento de nuevas formas de militancia entre grupos originarios,
que fueron ganando visibilidad al cuestionar la construcción de tipos de “otros internos”
(Briones, 1998: 19) generando una “disputa metacultural por definir su propio status de
aboriginalidad” (Kropff, 2004). En este escenario, se abrió la discusión sobre el estatus
jurídico de los pueblos indígenas. Simultáneamente, se comenzaron a registrar la
(re)aparición de identidades étnicas en el sentido de (re)emergencias indígenas, en el que
“marcadores étnicos asumidos por mucho tiempo como desaparecidos” han sido
“reapropiados por un número creciente de colectivos sociales” (Gordillo y Hirsch, 2010: 18).
Siguiendo les planteos de Briones (2005) en cuanto al modo en que se efectúan estas
“formaciones provinciales de alteridad”, resulta significativo para los “procesos de
(re)comunalización” en el Valle dar cuenta de ciertas estrategias que cuestionan la
construcción de su “propio status de aboriginalidad”, y sobre todo de revertir la producción
de alteridad específica que históricamente ha sitiado la imagen del mapuche a un otro del
pasado como fórmulas de borramiento. Al encontrarse en un contexto de sometimiento
mediante relatos hegemónicos que inauguran los “componentes indígenas” asociados a la
ruralidad y al andar “vestido como indio”, es significativo mencionar que el ser mapuche
empieza a cuestionarse su posición subalterna, reconfigurando un contexto provincial y
nacional donde se reponen “marcos históricos alternativos donde el entramado social del
pueblo mapuche vuelva a quedar en un primer plano” (Ramos, 2010: 35). En este sentido, la
ciudad empezó a ser el espacio de encuentro de las familias mapuche, aspecto que conllevó
el aprendizaje de la organización en un territorio wingka, tal y como me dijo Vicente:
“Nos asentamos en las periferias de las ciudades que han creado los wingkas”.
(Cañuqueo, 2015: 17).
Después de la “gran nevada de 1984”8 que cayó en gran parte de la Patagonia, al año
siguiente en General Roca comienzan a reunirse, en la casa de Vicente y Berta, la familia
Nahuelñir, Juan Antipan, Valeria Romero y Fermina Pichumilla, para organizar un Centro
mapuche llamado Amutay taiñ peñi (“Vamos juntos, hermanos”). Este grupo fue gestando
con el apoyo de la Confederación Mapuche Neuquina que, en palabras de Berta, representó
un “empujón para lo que vendría después”. Los silencios de antaño se transformaron en
palabras, señalando “soy mapuche” y configurando un proceso de (re)conocerse
públicamente, que implicó desmarcarse de adscripciones forzadas (como son argentino,
8
Ver capítulo “Epu” (dos): “Narrativas de una gran nevada”.
chileno, evangélico o criollo) y dejar los clivajes de la “antítesis del progreso” (Cañuqueo,
2015: 15).
En este camino, Berta evidenció: “Nosotros no somos del campo, somos de la ciudad,
nuestra realidad es distinta a la gente del campo, todos vivíamos por aquí cerca, en la Villa,
ahora todos viven en barrios diferentes” (Roca, marzo de 2016). Las palabras de Berta en
referencia a ser warrianche (mapuche de ciudad) contiene un “fuerte poder comunalizador”
(Brow, 1990), que refuerza los sentidos de pertenencia a la “urbanidad mapuche” como un
proceso que abarcó el abandono de la vergüenza, el miedo o la timidez a decir: “Soy
mapuche”. Además, disuelve en menor grado la alteridad que se promovió en la construcción
9
Los procesos en formación de lof y lofche darán cuenta de revitalizar nombres en mapuchezungun en
un vínculo primordial con el paisaje y el linaje ancestral del ser mapuche (explicaré más adelante).
hegemónica de producción de sentidos a nivel provincial y pone en cuestionamiento los
“estándares culturales de autenticidad” (Briones, 1998). El decir, el “soy mapuche”
enunciado solo en ámbitos privados y domésticos, se fue revirtiendo paulatinamente a partir
de la gran nevada de 1984, que configuró el proceso de identificación mapuche en un
contexto urbano.
Comunidad mapuche urbana “Lof Nahuelñir” ubicada en el Alto Valle. En la imagen aparece la werken Isabel
Nahuelñir y la lagmien Camila Nahuelñir PRN.
Foto de mi autoría
A través de la poesía del poeta mapuche David Añiñir Guilitraro, podemos identificar
las pautas del ser mapuche habitante de la urbanidad, haciendo uso del sinónimo de cemento
por hormigón, que nos posibilita pensar los procesos de ser desplazado de su territorio
ancestral.
Somos mapuche de hormigón
En este capítulo, me centraré en describir y analizar los sentidos que giran en torno a
un evento climático conocido y recordado por las comunidades mapuche en gran parte de la
Patagonia como “la gran nevada de 1984”. Este evento representa para muchos autores
(Cañuqueo et al 2005) un argumento de suma importancia para rastrear los procesos de
formación de las comunidades mapuche urbanas y el mapeo de las heterogeneidades y
disputas que re-significan las “emergencias indígenas” en la Patagonia (Escolar, 2007). Mi
propósito aquí es dar cuenta cómo este proceso fue “subvirtiendo las representaciones
hegemónicas de concebir la identidad étnica” (Álvarez Ávila, 2014: 11) que
permanentemente asocia les mapuche a contextos rurales, y/o los acusa de aloctonía por
provenir de Chile.
La nevada de 1984 (la nevada, en adelante) permitió visibilizar diversos modos de ser
mapuche en un marco de relaciones de sociabilidad con los parientes que habitan en el
paisaje. Pero también permitió que se fueran revitalizando una serie de nociones y prácticas,
cuyos significados se irán desarrollando a lo largo de este capítulo. Algunas de ellas son: Lof
(tronco familiar), Lofche (comunidad o varios troncos familiares), Kupal o Kupalme
(ancestros), Tuwun (lugar de origen) y Ngen (elemental del paisaje), que están estrechamente
vinculados a las “narrativas de la nieve”. En este sentido, uno de esos modos resulta clave
para considerar desde una mirada más amplia las diferencias ontológicas de concebir al
mundo, es decir, los modos de concebir la naturaleza en clave mapuche que no la reducen a
su relación con los humanos. Es decir, el escenario que se abre a partir de la nevada, permitió
que los diversos modos de ser mapuche se visibilizaran públicamente a partir de los
significados que se les atribuyeron a las señales que envían los ancestros a través del clima,
que ponen acento primordial en las formas de “ser en el mundo” (Blaser, 2008: 2) y que van
más allá de definir una única realidad “allá afuera” (Álvarez Ávila, 2014: 10) que configuran
las relaciones entre las personas y la naturaleza, entre otras cuestiones.
— Fueron nuestros ancestros que nos llamaron, hay que leer lo que dicen les
parientes; es un llamado de Fta chao (gran espíritu) a volver a revitalizar el kume felen.
Según ella, al plantear esta vinculación con sus quehaceres, les mapuche urbanos
generaron suspicacias en “las múltiples intervenciones estatales” producto de la nevada,
cuando también se sospechaba de la autenticidad mapuche. Estas sospechas y pujas por el
sentido de la nevada y el quehacer mapuche, se pusieron de manifiesto en una asamblea
convocada en 1984, en la que participaron una multiplicidad de actores: desde obispos y
campesinos, hasta agentes del gobierno y militantes, entre otros. La asamblea tuvo como
principal objetivo generar un plan de ayuda a los afectados de las zonas rurales, pero a su vez
terminó por “descartar los reclamos indígenas” (Vicente Huayquimil, Roca, marzo de 2016)
y profundizar las representaciones hegemónicas que concebían al paisaje de una manera
“externa y objetiva” (Salazar, 2017: 252) y al mapuche como un “objeto de referencia negado
en el discurso político y en el sentido común” (Lenton, 2009).
En el segundo eje, profundizaré sobre cómo la nevada permitió que los diversos
modos de ser mapuche se visibilizaran públicamente a partir de los significados que se le
atribuyen, “que indicaban toda una red de reciprocidad entre humanos y no humanos”
(Blaser, 2013). Esta misma red devino en la re-construcción del vínculo con otras fuerzas de
la naturaleza, que hacen a los “procesos de (re)comunalización” de la gente de Fiske un
evento primordial para “generar pertenencias, pero también agendas y demandas” (Briones
y Ramos, 2010: 61).
“Pues bien. Fue a partir de ese momento que se aceleró la “emergencia” de comunidades indígenas que
estaban sumergidas por varias razones: porque les habían enseñado a no decir más que eran indígenas o les
habían enseñado a decir que ya no eran más indígenas; porque habían sido puestas en una licuadora político-
religiosa, una moledora cultural que había mezclado etnias, lenguas, pueblos, regiones y religiones, para
producir una masa homogénea capaz de servir de “población”, esto es, de sujeto (en el sentido de súbdito) del
estado”
(Viveiros de Castro, 2013: 103-104).
“En otras palabras, si el activismo indígena le disputó a los contadores de historias la facultad autorizada de
definir los membretes de la indigeneidad, en muchas ocasiones usurpó esas posiciones aprovechando su
condición subalterna para enarbolar una crítica al/del relato monocultural, pero subiéndose al podio de
autoridad consagrada, como el único contador de historias “verdaderas”
(Bompadre, 2014:213).
“Las cosas se complican cuando intentamos ver un poco más de cerca los mecanismos que vinculan al clima y
la humanidad”
(Boia, 2004).
Fue recurrente durante mi estadía en la Villa tomar mate a la mañana con Vicente y
Berta. En una de estas mañanas, mencionaron que, a inicios de la década de 1980, sucedió
una gran sequía que afectó a los productores de lana ovina, a los propietarios estancieros y a
las comunidades mapuche rurales, “las comunidades más viejitas”. Seguidamente, escuché
que la sequía sucede cuando el werken (mensajero) del cielo azul solicita préstamos de agua
para llevar a otros paisajes de climas secos o cuando está por venir una gran nevada –aquí
realmente estaba realizando un “inventario de tipo de seres y sus relaciones posibles” (Blaser,
2009)–.
10
Siguiendo la línea temporal de los relatos de la gente de Fiske y a pesar de que me distancian 37 años
desde la realización de la asamblea y mi trabajo de campo, pude reconstruir cómo se fue armando la asamblea,
qué agentes participaron y cómo configuraron el discurso dominante sobre qué tipo de persona mapuche
necesitaba recibir la ayuda, esto es, cómo se conformaron los criterios de autenticidad sobre el ser mapuche.
A partir de ese momento, empezaron a contarme de la nevada. La nevada conllevó
que se organice una asamblea para salvaguardar a les afectados de la Línea Sur, ya que esta
región se caracteriza por tener una economía ganadera a gran escala, diferente a las otras
economías regionales de la PRN que se vinculan en su mayoría a la producción frutícola y
turística (Grasso 2008). La gente de Fiske, al encontrarse en Ingeniero Jacobacci entregando
la ayuda a les damnificados (ver acápite “Del fta trawun a la Villa”), se hospedaron en la
casa de una familia mapuche a la cual conocí en 2016. Fue en esa misma casa que, en el
invierno de 1984, escucharon por radio acerca de una asamblea que estaba organizando el
obispado de Viedma para ir en ayuda de les damnificados. Según me comentó Vicente, la
asamblea fue organizada por Miguel Hesayne, nombrado obispo de Viedma en el año 1975.
Hesayne fijó como propuesta convocar a las diferentes organizaciones que brindaron ayuda
a les afectados, y también sugirió hacer un catastro de la situación indígena en las zonas
rurales.
El proceso de asistencia que se inició por la nevada implicó generar redes de ayuda a
les afectados, compuestas por una gran diversidad de actores sociales y agencias:
organizaciones religiosas (Iglesia católica y evangélicas), gauchos, criollos, partidos políticos
(Partido Radical UCR, agrupaciones peronistas, Partido Intransigente), sindicatos (docente,
camioneros, agrícolas), cooperativas y corporaciones ganaderas y centros mapuche urbanos.
A pesar de que la nevada arreció y afectó por sobre todo al amplio territorio de la Línea Sur,
trascendió ese contexto alcanzando múltiples espacios de lucha y generando un mapa de
demandas de corte étnico en términos de “exigir al Estado y decirle a la sociedad: estamos
vivos” (Ignacio Prafil, entrevista en Viedma, marzo de 2017). Además, los mismos agentes
involucrados en la “gestión de la diversidad” (Briones, 2005: 10) –obispado, pastores
evangélicos, militantes wingkas y sectores políticos– promovieron unificar las demandas a
partir de un plan denominado “Una oveja para un hermano” (Plan, en adelante)
implementado en co-gestión con el gobierno provincial y del cual, no existe ningún informe
oficial. Según Cañuqueo, Kropff, Rodríguez y Vivaldi:
Los indígenas son definidos en los documentos oficiales por su influencia negativa
sobre el ser nacional-provincial y, por oposición a los inmigrantes, como gente que
carece de ‘cultura’ y conocimientos generales para aplicar las tecnologías que los
inmigrantes sí supieron aplicar. De esta manera, se demuestra que son agentes de su
propia marginación, así como lo fueron de su reclusión en reservas. La presencia de
los extranjeros deseables en las zonas más productivas, como el valle y la cordillera,
y la circunscripción de los indígenas a las tierras más pobres y marginadas, aparece
solamente enunciada y nunca cuestionada o explicada en esos materiales. Los
burócratas no problematizan que en la zona sur sea ‘todo oveja… toda polvareda’ ni
relacionan esto con la política nacional de reemplazar a los ‘indígenas bárbaros’ por
‘inmigrantes trabajadores’. En esta operación, los indígenas son homogeneizados y
‘blanqueados’ (Briones, 1998a) en una amalgama que liga mestizaje y marginalidad
(‘todos viven parecido’) mientras que los europeos son caracterizados a partir de la
diversidad (2005:133).
En esta dirección, se puso de manifiesto la distinción entre las demandas del campo
rural-ganadero, que tuteló los discursos sobre “cubrir y saldar” el ganado perdido como una
prioridad a resolver y afectó silenciando las reivindicaciones de los mapuche que se
trasladaron desde los contextos urbanos. Al mismo tiempo, este Plan tuvo como objetivo no
sólo ayudar a les campesinos a recuperar el ganado perdido sino también mejorar las
condiciones de las cooperativas y corporaciones ganaderas en un contexto puntual como era
la Línea Sur11. Estas mejorías incluyen medidas para optimizar la comercialización de la lana,
mejorar el acopio, clasificación, acondicionamiento, enfarde y la calidad del producto
ganadero, específicamente en los parajes de Maquinchao, Menucos, Chaiful, Comicó y
11
Un dato interesante de esta relación Línea sur-oveja se encuentra en el relato que hace Cañuqueo al
visitar La casa de Rio Negro en Buenos Aires. Al preguntar por la línea sur, le responden: “No, ahí no hay nada.
Todo oveja. Es una zona de clima hostil, mucho calor en verano y mucho frio de noche, cambia mucho el clima
y en invierno te congelas, es muy seco, toda polvareda” (…) lo que hay para hacer en esa zona es tomar La
trochita que es un tren histórico de trocha angosta. Inclusive viene gente de Europa para hacer el recorrido. Es
muy pintoresco, atraviesa toda la zona sur” (Cañuqueo et al. 2005:113).
Jacobacci. Cabe destacar que la Asamblea convocada por el obispo Hesayne se realizó en co-
gestión con el obispo de Neuquén, Jaime de Nevares12, quien participó en la formación de
una de las primeras organizaciones mapuche urbanas de Neuquén, con el nombre de Nehuen
Mapu (fuerza de la tierra) en el año 1982 (Valverde, 2005: 173). De esta manera, para el
Obispado de Viedma esta acción significó promover un discurso de adhesión que “gestionó
la diversidad” a través de un Plan. En similar dirección al Obispado de Río Negro, Fernando
Aiziczon (2014) hace referencia a la tutela eclesial del obispado de Neuquén:
En este caso, la tensión que se generó a partir de las personas que se autoadscribían
mapuche en contextos urbanos que participaron en la asamblea, relataron un conflicto de
intereses que se generó entre quienes acudieron para “pedir beneficios” y “quienes se
organizaron para revitalizar la espiritualidad mapuche”:
12
El apoyo dado por la Iglesia católica provincial, y en particular por Jaime De Nevares, como hemos
visto, no fue desdeñable. Según Sebastián Valverde, esta organización fue controlada políticamente por el
partido gobernante a través del clientelismo político ya que la política oficialista provincial apuntaba a cooptar
diferentes líderes mapuche. Esto hizo que desde la Confederación se impusiera una ideología etnicista que ponía
especial énfasis en las reivindicaciones culturales y postergaba las socio-económicas y políticas (Valverde
2005: 173).
mapuche, quiero hacer ceremonias. Nosotros los de Fiske hablamos lo contrario
(Entrevista a Vicente Huayquimil, Roca, marzo de 2016).
Efectivamente, una de las características del CAI fue que les miembrxs eran
“militantes wingkas” (Vicente, entrevista en Roca, marzo de 2016), es decir, miembrxs de
partidos políticos, especialmente afiliados al peronismo y al comunismo. El CAI se formó a
partir de la gestión del Obispo Hesayne, en conjunto con una organización alemana de
nombre Miserius que sería la encargada de subsidiarlos económicamente para que brindaran
ayuda a les afectados. Así, el CAI “representa a los pequeños productores y está
estrechamente vinculada al Obispo Hesayne” (Mombello 1991, en Cañuqueo 2008). Con este
propósito, las políticas étnicas del “deber ser” y de “medir el nivel de autenticidad” mapuche
estarían a cargo del CAI, Miserius, el Obispado de Viedma y Neuquén. Todo esto es muy
importante porque, al reponer otras visiones sobre la nevada, mis interlocutores dieron cuenta
de cómo, durante la asamblea, acaecieron ciertas sospechas sobre los relatos y opiniones de
les mapuche que viven en contextos urbanos y, en algunos otros casos, también rurales.
Específicamente mis interlocutores hablan de una administración de lo indígena
“dependiendo de la cantidad de ovejas y hectáreas que tenían en sus campos. Si tenías más
ovejas y campo, eras campesino; si tenías un par de chivitos, eras indio” (Vicente, Roca,
marzo de 2017). Además, varios mapuche hicieron las siguientes críticas: “Los wingkas no
tienen que venir asesorar como uno tiene que ser indio”; “El obispado busca feligreses”; “El
CAI es una organización social, no representa la cultura nuestra” y “los hermanos estaban
huérfanos de guía espiritual, producto de la evangelización”.
Es importante remarcar que los discursos del obispado de Viedma en relación con los
oficiales de la provincia contribuyen a negar la presencia mapuche señalando, en más de una
ocasión, que la mayoría de los habitantes rionegrinos son campesinos y fuerinos (crianceros,
estancieros, extranjeros-migrantes de Europa). En palabras de Alicia Barabas –siguiendo a
Alcida Ramos (1988: 207)–: “Los indios siempre han sido una reserva inagotable de
imágenes manipulables y el imaginario que trata sobre ellos es tan rico como contradictorio,
que puede concebirlos como hijos del paraíso o como salvajes culpables del subdesarrollo
nacional” (Barabas, 2000: 1). Además, me atrevería a afirmar que estos contextos de
construcción de aboriginalidad (Briones 1998) fueron el resultado de una política de
educación cívica consciente (Lenton, 2009: 57) que generó un discurso de alteridad que
influyó en las formas “locales de producción de sentidos hegemónicos” (Briones, 2008) de
tipo: “Les mapuche urbanos hablan en wingka; vienen a entregar ayuda para sacar provecho”.
No resultó ajeno, entonces, que agentes del Estado y la Iglesia durante la asamblea marcaran
una cierta ausencia de lo mapuche a través de la utilización de categorías tales como
“campesino” y “paisano”. A los fines de “deducir” y “homogeneizar” la membresía de los
asistentes damnificados, se fue legitimando el discurso sobre lo ocurrido como una
“catástrofe natural”, y reproduciendo ideas tales como “ausencia indígena en la zona” y
“mapuche chileno”. Fermina Pichumil al referirse a estas disputas sostuvo que los agentes
respondieron a interés por fuera de la Asamblea, por ejemplo:
Los curas eran los intelectuales, nosotros aportábamos, el CAI trabajaba con la iglesia
católica, tenían beneficios, el ruso era el presidente, en el campo eran comunidad, en
la ciudad centro, en otra ocasión hubo una reunión en la iglesia católica del padre
Paco. La intención era salir a los parajes a buscar mapuches para afiliar (Entrevista a
Fermina, Roca, marzo de 2017).
Vicente recuerda que hubo discusiones donde les mapuche de la ciudad reclamaron
en un tono –no muy grato– al Obispo Hesayne, al CAI y a los militantes wingkas que el
objetivo primordial de la asamblea era “buscar feligreses”. También apuntaron que se
priorizó una reparación económica y material para los grandes productores rurales afectados
por las pérdidas. Estas prioridades serían aceptadas, generando un silenciamiento de los
sentidos mapuche sobre su situación territorial, sobre la nevada e invisibilizando otras
políticas de corte étnico que eran demandadas. Siguiendo este plano, la gente de Fiske le
señaló al representante del CAI: “Nosotros no somos indígenas, somos mapuche”. Ese
momento asambleario de señalar y dejar en claro que eran mapuche apuntaba a las dinámicas
de alteridad que ejerce el Obispado en su constante ingreso a lo “más íntimo” de las
comunidades, para tutelar, desprestigiar y estigmatizar la manera que tienen de socialización
al “interior”, que implica desmantelar sus quehaceres, la cosmovisión y filosofía mapuche.
Después de escuchar los relatos sobre la asamblea, fui a las oficinas del diario “Río
Negro”. Hablé nuevamente con Teresa para saber si me podía mostrar los archivos
periodísticos sobre la nevada. Aquella tarde, tomé la fotografía que abre este capítulo con
fecha de 24 de junio de 1984, fecha importante además para el pueblo mapuche ya que desde
el 21 al 24 de junio se realiza la ceremonia del wiñoy tripantu (año nuevo mapuche).
La imagen del periódico hace mención que la “catástrofe natural” fue un anticiclón:
“Se aguarda la influencia de una corriente anticiclónica proveniente del pacífico que podría
hacer variar la situación (…) y poner en peligro una cantidad de vidas”. Teresa me hizo
percatar que la mayoría de la información sobre la catástrofe y de la asamblea no se registró,
pero que el Obispado de Roca sí tenía conocimiento. Justamente, el edificio del Obispado se
encontraba a 200 metros del diario, así que fui a preguntar. En mesa de entrada me dijeron
que eso había sido hace muchos años, que no volviese a preguntar. Con esta respuesta retorné
al diario y tomé registro fotográfico de la cobertura de la nevada, donde además aparecen
diferentes sentidos de las instituciones con respecto a esta, que coincidían en que fue la
nevada más grande de la que se tenga registro. Ya en la Villa, en casa de Vicente y Berta, les
mostré alrededor de 30 fotografías, ante lo que mencionaron: “El wingka solo ve las pérdidas
materiales, la parte espiritual no la ve”.
Imagen del diario “Río Negro” (Diario “Río Negro”, oficina de Teresa, 2016)
Foto de mi autoría
Segundo eje: re-uniendo relatos de la nevada de 1984: “Más allá de la nevada”
“De tanto en tanto, una buena tormenta o una inundación catastrófica nos dan una lección de modestia y nos
recuerda que le pertenecemos aun a la madre naturaleza”
(Boia, 2004: 1).
Al llegar, me encontré con un paraje que abrigaba del frío a representantes de más de
120 comunidades mapuche: Longko (jefe de la comunidad), Inal longko (segundo jefe),
Werken (mensajero), Pillankuse, (abuela sabia), entre otros. Al encontrarme a la espera de
13
Reconstruí(mos) con los peñis y lagmien que se mencionan en este acápite estos relatos a partir de
notas de campo, entrevistas puntuales sobre el tema, y conversaciones espontáneas.
que comience el Fta trawun, me invitaron a pasar al gimnasio de una Iglesia, lugar donde se
realiza, desde el año 1997, el parlamento mapuche.
En un momento del primer día, fui al patio de la Iglesia a fumar un cigarro, en donde
ya se sentía el frío de marzo. Se me acercó un peñi de nombre José Collueque para saber –de
curioso– quién era yo. Durante nuestra conversación, aproveché para preguntarle sobre la
nevada. Me dijo: “Estás preguntando mal, preguntá por los ngenpire”. Quise saber cómo se
pronunciaba y qué significaba lo que me estaba diciendo, a lo que respondió:
— Se dice ñen, son los cuidadores de los elementos, la lengua del agua es un viaje
del agua, familia del ñenko, dueño del agua, pire, pullun, nevada.
Este relato fue un punto de inflexión para mi investigación. Me percaté que había otro
discurso y otro sentido acerca de la nevada. Me asombró que me dijera “preguntá bien”,
siendo un momento importante que marcaría la capacidad de preguntar por “lo impensable”
(Blaser y De la Cadena, 2009). Según Ramos (2016), los sentidos afectivos que tienen para
las personas las experiencias de relacionarse con los seres que habitan el territorio (en, abajo
o sobre este) y con los ancestros (cuando se expresan a través del entorno o de los sueños),
permite comprender la centralidad de estas prácticas en los procesos políticos y ontológicos
que vienen realizando las organizaciones mapuche.
Tal fue el caso de lo que estaba ocurriendo con el relato de José sobre la nevada. Este
y otros relatos se enmarcaron posteriormente en una puesta en escena de transmitir el
quimunngen (saber del paisaje), que nos invita a pensar “el trabajo de la memoria como un
trabajo de restauración” (Ramos, 2016). Durante la mañana siguiente del mate cocido en el
Fta Trawun, nuevamente me encontré con José, quien me presentó a una ñaña (reservo su
nombre), una abuela de muchos años que vivió en los parajes de Jacobacci. Parecía que el
peñi estaba interesado también él en aprender más sobre la nevada.
La complejidad de las señales radica justamente en que, en algunos casos, son sucesos
o momentos más o menos “estandarizados” o pautados y se leen, interpretan y aceptan
de manera (casi) unánime. En otros casos, al ser consideradas “excepcionales”,
sorprenden, generan preocupación o perplejidad y deben ser procesadas y
reflexionadas. Muchas veces quedan latentes hasta que eventos posteriores permiten
comprender su significado (2017: 158).
— Ahora nos damos cuenta que la nevada nos juntó, algo estábamos haciendo mal
los mapuche, teníamos que volver a ser mapuche.
En esta dirección, las señales nos exigen pensar fuera de lo familiar, comprender que
existe un “sistema de comunicaciones de significados y valores que relaciona al pasado de
les ancestros con el presente y el futuro de la comunidad” (Álvarez Ávila, 2014: 2). De hecho,
el silbido del viento y la nevada fueron conectados por José y la ñaña con la zungungenpire,
remitiendo así a ese entramado de comunicación entre humanos y no humanos, que de alguna
manera “desconcierta nuestra manera usual de pensar” (Blaser y De la Cadena, 2009).
La ñaña también me contó que las señales transmitidas por sus mayores eran de suma
importancia. Esto coincidía como una “puesta en orden” que “habilita pensar modos de
comunicarse con Ftachao, con les diversos espíritus “dueños” y protectores de la naturaleza
(ngen), ancestros y antepasados” (Álvarez Ávila, 2017:158-159). Resulta importante
considerar entonces que no todas las nevadas son consideradas de manera negativa, siendo
el valor afectivo y de pertenencia un sentido compartido entre las comunidades mapuche,
que coinciden en que la de 1984 fue un llamado de les ancestros a “(re)comunalizarse”.
Vivir entre mundos nunca es simple, nunca es solamente energía, nunca es solamente
positivo. Te das cuenta de muchas cosas que de otra manera no te das. Eso sí. Es
como si fueras una mosca con muchos ojos, y estás mirando…, miras mucho, mucho
que de otra manera no te das cuenta porque no sabes que existe. Pero toma mucho
tiempo también (2018: 162-163).
— José, es un buen augurio del pukun (invierno) que no es menor desde el ser
mapuche, al ser la primera estación que comunica cómo viene el año.
En ese mismo momento, José miraba al cielo nublado diciendo “Feley ñaña, Feley…”
(“De acuerdo, abuela, de acuerdo”). José y la ñaña estaban recordando nuevamente aquel
evento que sucedió hace tantos años, dejando en claro que la agencia del zungungenpire no
puede ser reducida a una sola realidad. En sus relatos e intercambios, cobraba otro matiz la
comunicación entre “les mayores” y les ngen. Esto significaba estar acompañado por un kume
newen (buena energía) pero con ciertas precauciones. Al preguntar por la zungungenpire,
estaba llamando a les ngen de la nieve, por lo que la ñaña me sugirió tener cuidado en no
despertar a les ngen, habitantes de la mapu (territorio).
En cuanto al reto del “preguntá bien”, lo fui comprendiendo también en otro sentido.
Por un lado, fue el puntapié inicial para reparar en las formas propias de mi mundo wingka y
abrirme a otras realidades asociadas a la nevada. Pero el reto también apuntaba a mi ansiedad
en querer aprovechar y preguntar constantemente sobre la nevada porque tenía poco tiempo;
la ñaña me hizo ver que era necesario tener cuidado en la comunicación y conversación sobre
los no humanos y los sentidos asociados a estos. Por esto, al mismo tiempo que José y la
ñaña me hablaban sobre “cuidar a les ngen”, estaban involucrando(me) en el “quehacer”
mapuche y su relación con la lengua del paisaje. En esta dirección, Ramos sintetiza la
importancia de la presencia de otros seres y la comunicación:
Levantar las palabras antiguas es un modo de concebir la memoria diferente al de las
epistemologías modernas, puesto que la práctica de “levantar” tiene una función
performativa de restauración que le es inherente. Se trata de recuperar la capacidad
personal y colectiva de intercambiar experiencias entre seres humanos, pero también
entre estos y otros seres no humanos (montañas, lagos, animales). En ese mundo de
palabras (dungu), las montañas, los lagos o los animales –entre otros elementos del
entorno– también se involucran en conversaciones con los humanos –por medio de
señales, visiones, sueños o intercambios rituales–. Para que esas palabras vuelvan a
levantarse, el trabajo de la memoria también exige un compromiso vinculante con las
formas ancestrales y apropiadas de hablar. La habilidad de “hablar bien” o “con
buenas palabras” refiere a la competencia lingüística y epistémica que ciertas
personas especiales poseen para interactuar como lo hacían los antiguos con otras
personas y con el entorno, pero, sobre todo, es el medio privilegiado para traer al
presente –sostener o producir– ese mundo que tanto es un pasado en deterioro como
un futuro anhelado (2018: 27).
Siguiendo lo señalado por Ramos, levantar las palabras mapuche, en este caso, el
quimun (conocimiento) sobre la nevada de la ñaña, me permitió por momentos estar dentro
de la sociabilidad de los mundos mapuche, ya que en todo momento se me reiteró “esto me
lo decían mis mayores”, dejando reverberando los “marcos de interpretación heredados”
(Ramos, 2018: 29). Es así como esta “puesta en práctica” de la ñaña y José dejó a simple
vista el papel fundacional que cumplen las experiencias no humanas como es el caso del
wurwunun, que son parte del movimiento (Ingold, 2018) de las relaciones de sociabilidad
con los tipos de seres no humanos en los quehaceres de la vida mapuche.
El wurwunun es un silbido de tipo “cartero”, que lleva el mensaje a las regiones del
oeste, ngulu (en Chile), siendo su objetivo principal poder conversar con los ngen peñupurran
(espíritus de los Andes) y comunicarles su preocupación y pedirles a les ancestros que puedan
enviar una fta kuymi (gran señal). Una de esas grandes señales fue la gran nevada del 84 en
el puel mapu (territorio del este), ya que se resalta que una kuymi (señal) de estas
características, se compone de diversas fuerzas de la naturaleza “que ejercen acciones
performativas que inciden en las acciones de los humanos” (Ramos, 2016:140). Como se ha
mencionado previamente, el silbido del viento no es un ngen que habita la Cordillera de los
Andes y, por tanto, en su carácter de visitante, los seres cuidadores de los Andes que habitan
la minchemapu (tierra de abajo) resguardan al newen del territorio de todo tipo de señales
que vienen de otros paisajes. Esto implica que el silbido tendría que pedir permiso para cruzar
la cordillera. Es, en este sentido de la sociabilidad, que los seres cuidadores de los Andes
conversan con el silbido del viento: éste le pide si puede comunicarse con los ngen que viven
en la puel mapu (tierra del este).
Mientras escuchaba este relato, la ñaña señaló la importancia de pedir los permisos
adecuados para movilizarse en los territorios que no pertenecen al ngen, ya que podría
ocasionar algún malestar de las az che mapu (identidades territoriales). Al continuar el relato
del silbido, al obtener los permisos, pide hablar con las fuerzas del territorio. De esta manera,
podemos ver que en un vínculo de afinidad pide hablar con la pire mawida (nieve de
montaña) para avisarle a los ngen mawida (seres de la montaña), al ngen lemu (bosque), al
ngen winkul (cerro) para que dialoguen con el werken del cielo de nombre ollol para generar
la tramupire (nube de nieve) y la tranglin (la helada). Cumplidos los acuerdos, con permiso
del ngen peñupurran, el ko (agua) toma forma física, de nombre llapud (nieve), quien sería
el ancestro que vino a comunicarse con cada linaje para equilibrar la fuerza negativa del
dawun (mala energía) con el fin de restaurar el quehacer del mundo mapuche. Este silbido
para la ñaña significó un aviso, una señal:
Seguido de este relato que explica el origen de una de las nevadas más grandes que
se conoce en Patagonia, José y la ñaña nuevamente hicieron referencia a que también les
ancestros estaban conversando entre nosotros y que el sentido de las señales estaba
revelándose nuevamente: “La nevada nos volvió a juntar con nuestro tuwun, no vino así no
ma’”. Además, una de las cosas que mencionó José fue que la nevada vino a “despertar el
tuwun del ser mapuche”. En palabras de Ramos:
El tuwun es el sitio concreto donde uno nació, y en muchos casos, donde se enterró
su placenta. A partir de enterrar la placenta el recién nacido es presentado al
ngenmapu (cuidador del lugar) como un nuevo integrante de ese lofmapu (lugar de
pertenecía comunitaria) (2016: 133).
Cuando sus antepasados vivían “por acá”, conversaban entre ellos y con los espíritus.
Cuando vino el winka –“otra gente a sacar la tierra”–, los antiguos decían que vino
también un “espíritu mentiroso” y que este era el “arma del winka”. Los espíritus de
la montaña avisaron a los mapuche que el winka “venía con mentiras” y con el
propósito de “arrebatar la tierra”. También anunciaron que para lograr ese objetivo
iban a traer a los curas (…) Los antiguos enseñaron “a respetar, a no hablar malas
cosas”, a hacer rogativas y a “hablar bien cuando entraban a un lugar”, por ejemplo,
a hacer “rogativa si vamos a cortar leña” (…) En oposición al “hablar bien“, el winka
trae la mentira y las relaciones irrespetuosas, representadas en la ideas de “jugar” con
la montaña o con los lagos, como equivalente a no considerar seriamente las reglas
de los lugares por los que se transita (2018: 28-29).
Después de finalizar la conversación con José y la ñaña, me quedé en silencio hasta
que volvimos a entrar a la Iglesia donde se realizaba el Fta trawun. Me senté en un rincón
para anotar cada detalle del relato del zungungenpire. En la medida que iba anotando, y
también luego (des)grabando el relato de la ñaña, me revelaron que esta kuymi kupal (señal
de los ancestros) se comunica con el newen (fuerza) de cada ngen (elemento territorial):
“Gracias a esa señal estamos en este fta trawun”.
“Los ‘antiguos’ constituyen la fuente principal de autoridad sobre la verdad en el presente. La cultura
mapuche, entonces, es comprendida y experimentada como un modelo heredado de conductas apropiadas”
(Ramos, 2010: 128).
— Te acordás, peñi, no se veía nada, peñi, tuvimos que bajarnos, caminábamos por
los alambres, para no perdernos.:
— Fue allí, peñi, que nos dimos cuenta que era una señal de Fta chao, acá nos
conocemos todos, cuando fuimos a llevar la ayuda desde el valle, nos encontramos caras
conocidas y caras de cultrún— acotó Vicente. (Entrevista en Roca, marzo de 2016).
Berta, Juan y Vicente consideraron que la señal de Fta chao (gran padre) se les
presentó por varios motivos. Uno de elles fue un llamado de atención: que les mapuche
estaban practicando la cultura del “hombre blanco occidental”, a la que llaman wingka. Otro
motivo era que necesitaban juntarse a revitalizar el kume felen (sistema de vida mapuche).
Fermina, por su parte, resaltó que la nevada es una señal de los ancestros para liberarse de
las malas energías, que en mapuchezungun se dice dawun. Esta aclaración fue fundacional
para hacer una lectura sobre los “patrones de acción” (Brow, 1900) y estrategias de
comunalización en torno a los significados de las kuymi (señales) de la nevada, es decir, los
mensajes que enviaron los ancestros a través del clima.
En varias oportunidades escuché que las “malas energías” les impedían decir “somos
mapuche”. Esta misma “mala energía” se encuentra presente en las constantes disputas de
fuerzas espirituales con el kume newen (buena energía), tensionando las relaciones de
sociabilidad humana y no humana. Valeria, integrante de la comunidad mapuche urbana de
Allen dijo con respecto a las fuerzas espirituales y sus señalas a las personas, “estábamos
awingkándonos les mapuche, teníamos que recuperar el kiñe rakizuam” (Roca, marzo de
2016). Pregunté qué significaban ambos conceptos y me explicó en mapuchezungun:
“Los paisajes se tejen dentro de la vida, y las vidas se tejen dentro del paisaje, en un proceso continuo de flujo
y contraflujo de materiales que nunca tiene fin”
(Ingold, 2011: 47).
“Tal vez sea cuestión de buscar la dimensión humana de lo meteorológico en lugares insospechados para
nuestro pensamiento moderno, pero ciertamente lógicos para otras composiciones de mundo”
(Marconetto y Bussi, 2018: 326).
En el día a día en la Villa, el volver a ser mapuche para la gente de Fiske era recordar
cómo vivían sus abueles e incluso un poco antes: “Nosotros sabemos dónde está nuestro
tuwun, nuestro Lof, ahora viven les wingkas ahí y lo tienen alambrado, nosotros no vivíamos
así”. Ahora bien, resulta importante para la comunalización mapuche en un contexto urbano
compartir y dimensionar los quehaceres de los significados de las señales de la nevada y la
relación con los ngen. Con este interés en mente, pude percatarme de que existen diferencias
en cómo se interpreta aquello que sucedió y que, concretamente para la gente de Fiske de
aquella época, lo primordial era “volver a ser che, como lo hacían los abuelos”, Esto reside
en parte en re-establecer las prácticas mapuche que los conecten con los elementos que
componen al newen del paisaje (cerros, árboles, manantiales, vientos, remolinos, piedras,
fuego, ceniza, entre otros). Para profundizar este análisis, María Ester Grebe vincula los
fenómenos ambientales y atmosféricos generados por los ngen (espíritu que tiene cada
elemento de la naturaleza):
Dios ha puesto un ngen en cada cosa para que esa cosa no termine. Sin ngen, el agua
se secaría, el viento no saldría, el bosque se secaría, el fuego se apagaría, el cerro se
bajaría, el viento se emparejaría, la piedra se partiría. Y, así, la tierra desaparecería-
El ngen ánima estas cosas, da vida a cada cosa. Esa vida lo hace seguir viviendo para
siempre (1986: 151).
Para la gente de Fiske, estas prácticas de transmisión de quimun (saberes) por parte
de les mayores a les jóvenes abarcan, como señala María Relmuan, “el carácter ceremonial
de traspaso de conocimiento” (1997: 3). Este traspaso de saberes se aprende con todos los
elementos territoriales que componen el territorio, que en lengua mapuche se llama
zungungen (lenguaje del paisaje). Según Fermina, el “lenguaje del paisaje” es una
conversación entre los ancestros y les pu peñis y pu lagmien que contengan el elemento
territorial que les mapuche llaman ngen. Por ejemplo, ser de linaje del agua, permite dialogar
con ese ngen, traducir el mensaje y comunicarlo a sus mayores. Por otro lado, cuando algunos
de mis interlocutores mapuche plantearon que las señales que emite el paisaje son un mensaje
de sociabilidad entre los humanos y ngen (espíritus de la naturaleza) para estar alerta a las
fuerzas negativas que están sucediendo en la ñuke mapu (madre tierra), me repitieron lo
siguiente: “les molesta escucharnos hablar de nuestra espiritualidad”.
Fue así que, en las conversaciones de sobremesa con Vicente, Berta, Isabel y
Santiago, se comentó que ngen es sinónimo de espíritus, paisaje, clima, ambiente, y
naturaleza, pero que, en esos sustantivos hegemónicos para el wingka se definen
identificaciones, clasificaciones, criterios/normas, como meros objetos ajenos al sistema
mapuche de vida, el kume felen. Vicente dijo: “Por eso desconfían de nuestros relatos”. Cabe
destacar una conversación con otro peñi que no pertenece a la gente de Fiske, Ignacio Prafil,
werken del Fta Trawun (parlamento) mapuche-tehuelche, quien gentilmente me concibió una
entrevista en Viedma, durante el año 2017.quien me aclaró lo siguiente:
Aquel mundo minimizado es a lo que éstos se refieren con la seca. Bajo su dominio,
no son sólo las cantidades de agua circulando en el ambiente lo que se reduce, sino
que son innumerables elementos del mundo los que se van tendiendo a cero
(Marconetto y Bussi, 2018: 324).
Estos innumerables elementos del mundo que van tendiendo a cero es lo que a la
gente de Fiske, desde larga data de sometimiento, vivencia como disminución. Esto significó
en reiteradas ocasiones no poder decir “somos mapuche, esta es nuestra espiritualidad, es
nuestro sistema de vida”. En este entramado de procesos de invisibilización en el devenir
otros mundos que “no son exclusivamente del humano” (Blaser, 2009), la nevada puso en
discusión el poder “aceptar que estamos rodeados de fines de mundo inconclusos”
(Marconetto y Bussi, 2018: 327). Ahora, estos sentidos en torno a la nevada, silenciados en
la asamblea del ´84, fueron un factor determinante para re-afirmar, sostener y vislumbrar
“patrones de acción” (Brow, 1990) y nuevos modos de “territorialización” (Pacheco de
Oliveira, 2004) que dieron lugar a “(re)comunalizaciones” también en las ciudades. De ahí
que, en la (re)creación del mundo mapuche, al vínculo entre humano y ngen no humano se
le atribuye un sentido primordial para la revitalización del kume felen. Para ilustrar mejor
este punto, retomo nuevamente a Grebe, más precisamente en su trabajo de campo sobre la
importancia del ngen en la región de la Gulu Mapu (Araucanía, Chile):
Teniendo en cuenta que los ngen “hacen uso de las potencias benéficas”, en mis ratos
a solas empecé a reflexionar que la nieve es un ancestro mapuche y que en todo momento
predominó la señal de “unirse”, que se traduce no sólo a estar junto entre los humanos, sino
también en normas de reciprocidad e interacción con los no humanos y la
naturaleza/quehacer. Bajo estas coordenadas, los relatos reunidos del zungungenpire, se
enmarcan –como dijo la ñaña, José y la gente de Fiske– en un lenguaje compuesto de señales
que apunta a un significado de sociabilidad con los “espíritus-ancestros” que componen a la
mapu (tierra). Estos mismos cumplen la función de “poner en orden” la relación del ser
mapuche con los componentes del kume felen que se manifiestan en: vientos, aguaceros,
escarcha, lluvia, silbidos, tornados, remolinos, entre otros; y en las estrategias de pertenencia
para la comunalización como hacer el reyma (genealogía familiar), saber el tuwun (lugar de
origen) de cada quien, el kempen (canto colectivo del Lof) y el tayel (canto individual del
che).
14
En un interesante planteo Viveiros de Castro (2013), se señala que el problema de la época, muy al
contrario de cualquier “emergencia”, era la submergencia de las etnias de aquellos colectivos que estaban
siguiendo, por fuerza de las circunstancias (estoy siendo irónico), una trayectoria histórica de alejamiento de
sus referencias indígenas, y de quienes, con ese pretexto, el gobierno quería librarse: “Estas personas ya no son
indios, nos lavamos las manos. No tenemos nada que ver con eso. Libérense sus tierras para el mercado; dejen
que ellos negocien su fuerza de trabajo en el mercado”.
Castro, 2013) las narrativas oficiales que han definido la (no) relación de las personas en
contextos más allá de lo humano. Este punto es central para comprender que las relaciones
que se establecen con los ngen abarcan una serie de dimensiones integradoras (espirituales,
sociales, culturales, rituales, etc.) que regulan las condiciones de existencia con el territorio.
En este sentido, lo que estaba ocurriendo con el zungungenpire “fue un llamado a juntarnos
a pesar de no tener un territorio para reunirnos, acá todas las comunidades sueñan con hacer
su ruka y hablar de nuestras cosas que nos enseñaron los abuelos” (Libreta de campo, Roca,
marzo de 2016).
Foto del diario “Rio Negro”, artículo sobre la “gran nevada del ´84”, donde se señala la caída de cantidades
inusuales de nieve. Foto de mi autoría.
La gente de Fiske eligiendo al candidato a consejero por el Alto Valle (marzo de 2016).
Foto de mi autoría
te encarcelan en represas.
FUXALEUFU
el LAFQUENMAPU
Hombres extranjeros
en tus aguas.
En este capítulo, tercer y último del libro, pretendo indagar las condiciones
provinciales y nacionales de los “procesos de (re)comunalización” que encaró la gente de
Fiske e integrantes de otras comunidades mapuche después de la nevada de 1984. Este punto
es central para abordar las relaciones entre el ser che (persona) y los kwifike che (ancestros)
en su forma de percibir y experimentar el paisaje en un contexto de políticas indigenistas
particulares (Lenton 2010) y conflictos con agencias y agentes estatales. Es importante
considerar que el proceso de revitalizar el kume felen (sistema de vida mapuche) en la PRN
reside en los procesos de recuperación de los saberes que se fundan en el Lof (hasta donde
llega mi mirada, paisaje, territorio) y Lofche (comunidad).
Por otro lado, tal como Ana Ramos (2010) postula, la experiencia de ser miembro de
un linaje también incluye prácticas heterogéneas por medio de las cuales las personas
mapuche llegan a relacionarse con sus antepasados. Es importante situar estas prácticas
heterogéneas en un contexto de etnización del escenario político local (Imilan, 2006) y en un
contexto histórico de administración de la etnicidad y reclamos indígenas. Como se afirmó
en el párrafo anterior, este proceso –que se inaugura en la década del 80 en la PRN, también
a nivel nacional– abarcó una serie de demandas y reivindicaciones en términos étnicos que
incluyen tanto a humanos como a no humanos, y que atiende a los sentidos y relaciones con
la naturaleza, políticas étnicas y reparaciones históricas a sectores subordinados de la
sociedad argentina (Mombello, 1991). En este sentido, los surgimientos de nuevos
movimientos indígenas que actuaron como formadores de subjetividades y alteridades, se
vinculan con una “etapa de juridización” (Briones, 2005:9) donde el derecho indígena pasa
a formar parte de los derechos humanos. Se produce, entonces, el pasaje de los indígenas de
objetos a sujetos del derecho, como así también de minorías a pueblos con especialidad
histórica y prácticas propias. Estas formas de operacionalización de políticas indigenistas han
sido traducidas e incorporadas en la vida cotidiana de las comunidades mapuche urbanas,
que profundizaron su relación con los ancestros y con instancias jurídicas, lo que, según ellos,
se vio reflejado también en la promulgación en la Ley Integral Indígena 2287/88 (LII, en
adelante) sancionada el 15 de diciembre de 1988 –por decreto M 2964/1988 del 22/12/1988,
publicada en el Boletín oficial N 2628 del 02/01/1989 en la página 1 a 3.
15
“La globalización articula a escala global, regional y nacional diversas zonas de contacto, entendidas
como un conjunto de contextos históricos, geográficos, y sociales cuyo análisis permite ver cómo los procesos
globales se sedimentan en prácticas locales – conjunto de contextos cuyo análisis requiere considerar desde la
naturaleza cultural del capitalismo y las tensiones entre modernidad y tradición, hasta el campo internacional
dentro del cual circulan las ideas que afectan las construcciones de identidades nacionales e indígenas” (Briones,
2005:11).
Como los anteriores capítulos, este también estará compuesto por diferentes
momentos, esta vez tres: el primer momento consiste en el abordaje de políticas indigenistas
a nivel nacional y provincial, en un escenario de nuevos activismos mapuche que pone el
foco en la creación de la LII. En el segundo momento se analiza la implementación de la LII
en un contexto de tensiones entre el CODECI, CAI y las “formas mapuche de hacer política”.
En el tercer momento, por último, se pone en el centro del análisis a la gente de Fiske y se da
cuenta del vínculo primordial con los ancestros como principio fundacional de pertenencia a
las prácticas que sostienen la “(re)comunalización” en el Alto Valle.
“partían de la naturaleza del mestizaje como forma progresiva de extinción de los indígenas”
(Cañuqueo, 2005: 120).
En marzo de 2017, decidí viajar desde Córdoba a Viedma. Allí me recibirían Nora
Aravena y Edgardo Curaqueo. Conocí a ambos en el Alto Valle, en casa de Isabel Nahuelñir
en septiembre de 2016. Tenía la intención de realizar trabajo de campo en Viedma para
conocer las oficinas del CODECI, órgano de cogestión de la LII. También estaba invitado
por la gente de Fiske a participar de una marcha por la posible modificación de la Ley de
Tierra de la provincia de Río Negro.
16
A partir de esta ley, se creó el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), “como entidad
descentralizada con participación indígena, que dependerá en forma directa del Ministerio de Salud y Acción
Social” (Art. 5). (Bompadre, 2015: 208).
Esta Ley 23.203 de 1985, y su reglamentación en 1989, en tanto dispositivo de
administración de la etnicidad, instrumentaliza una “economía política de la diversidad que
etniciza y/o racializa selectivamente distintos colectivos sociales, fijando así marcas y
umbrales de uniformidad y alteridad” (Briones, 2004:74). Es decir, la Ley 23.302 no habla
de la propiedad comunitaria indígena, sino que fomenta para los indígenas el acceso a la
propiedad privada, derecho individual, como “la” condición para su participación en el
proceso socioeconómico y cultural de la nación, aunque paradójicamente declama que
respeta “…sus propios valores y modalidades”. Esta ley es incompatible con la preservación
de la cultura e identidad étnica, fomenta la fragmentación en pequeñas unidades y conspira
contra el desarrollo de las autonomías indígenas y el principio de la plurinacionalidad y
pluriculturalidad y claramente razonable pues le atribuye un derecho individual –la propiedad
privada- a un sujeto colectivo- un pueblo o una comunidad-. (Kosovsky, 2015:176).
Es decir, el contexto nacional fue un factor que determinó una serie de movilizaciones
provinciales, pero también se vincularon a otros actores que incidieron en la etnificación de
nuevos escenarios y espacios políticos que permiten trazar pertenencias y autoadscripciones
con mayor visibilidad desde la década de los 80 en adelante. Como ya vimos, la Iglesia y las
ONG internacionales fueron importantes en este proceso en la PRN.
Dentro de este marco histórico de disputas políticas, se puede plantear la pregunta por
el cómo, por las formas de “ser en comunidad”. En palabras de Briones: “¿Cómo incide la
política indigenista en la conformación de comunidades?” (2016: 54). Con este cometido,
señala:
El estado provincial, y la creación de la LII: “Era importante estar juntos para hacer la
ley”
La mayoría de los mencionados coinciden en que por el año 1970, los mayores
empezaron a visitar a caballo las rukas que se encontraban en las cercanías y a largas
distancias, con la intención de conversar con las reservas y comunidades ubicadas en los
parajes, en su mayoría en la PRN, como también en Neuquén y Chubut: “Nuestros mayores
visitaron lo que serían las reservas, para empezar, hablar sobre el resguardo territorial”. En
el año 1976 se realiza un Fta trawun (gran parlamento) en Ingeniero Jacobacci, que reunió a
las autoridades mayores del pueblo mapuche, donde se empezó a plantear que era
“fundamental el resguardo territorial y cómo se iba a garantizar que no seamos corridos de
los territorios” (palabras del Choike, Córdoba, septiembre de 2019).
Por aquella época, eran conscientes que no contaban con suficiente logística para
reunirse con la mayoría de las comunidades o familias que se reconocían mapuche, las cuales
vivían en sectores muy alejados y de difícil acceso. Pasó el tiempo después de aquel Fta
Trawun, y en el año 1981 se volvieron a congregar los mayores y los jóvenes para manifestar
una estrategia política, con un pensamiento autónomo, con intencionalidad, capacidad de
acción y movilización, alejados de cualquier dawun (mala energía) del wingka, en un
contexto que se aproximaba al final de la dictadura militar. Luego de la vuelta a la
democracia, como ya dijimos, hubo una mayor movilización y visibilización de los pueblos
indígenas apoyados por los movimientos de los derechos humanos (Gordillo y Hirsch, 2010).
De forma similar, estaba ocurriendo en el wenumapu (tierra de arriba o territorio de los cielos)
cuando en el año 1984 fue la gran nevada, descrita en el capítulo epu (dos) como una reunión
de los ancestros con la intención de que los mapuche se vuelvan a “(re)comunalizar”.
Para ese entonces, el contexto de post dictadura cívico-militar, abrió una puerta de
diálogo con el gobierno rionegrino. Se organizó la elección de delegados para conversar
sobre una ley que tenga en cuenta al indígena, tal como me señalaron las comunidades. Como
se mencionó en el capítulo epu (dos), por la intensa nevada de junio y julio de 1984 y durante
el posterior deshielo, se declaró el estado de emergencia. Esto permitió que se visibilice una
problemática de larga duración de explotación, donde “el terrateniente mediano y grande
acostumbraba a usar al mapuche sin remunerarlo en forma proporcional al trabajo que
realizaba” (Mombello, 1991:55), así como también se visibilizó un Estado provincial con
gran capacidad de administrar y modificar diversas “prácticas de sujeción” (Briones, 2016:
60) que poseía un marcado sesgo paternalista y asistencialista. Al respecto, me comentó el
Choike:
Empezaron las reuniones a fines del 84, 85 en adelante, pero pasaba que nosotros
veíamos que como muchos de nuestros mayores no sabíamos formular una ley. Para
eso el obispado puso un par de personas de confianza venidos de la iglesia que nos
asesoraron en eso. Esos asesorares estaban en las regiones sur, Atlántica, Valle, con
toda la estructura que eso lleva, logística con movilidad, con sueldo. Se empezó a
discutir la ley, con muchas cosas para decirnos (Córdoba, agosto de 2019).
Al empezar a discutirse una ley que hable del “indígena rionegrino”, la gente de Fiske
coincide en que, por aquella época, comienza la politización, etnificación y denuncias de
abuso de poder en la mayoría de los espacios de sociabilidad para con el mapuche (centro de
la ciudad de Roca, Viedma, Bariloche, Valcheta, etc.). En este sentido, destacan que la
estrategia, al compartir espacios públicos con otros agentes del gobierno, fue llevar adelante
un cierto control y no permitir que ningún agente externo interviniera en la toma de
decisiones “en los caminos de pertenencia” (Briones, 2016: 60). También significó hacer de
la presencia mapuche algo más que ser calificados de “brujos”, “pobres”, “chilenos”, y/o
“salvajes”. De esta manera, los comienzos de la planificación de la ley integral indígena
2287/88 fue significativa en las principales urbes de la PRN donde los peñis y lagmien
comenzaron a reunirse y compartir sentidos que promovieron la “(re)comunalización” del
ser mapuche, como señaló Doris Cañumil: “Fue aprender a salir a la calle con pancartas y
poner ‘somos mapuche’”.
— Los mapuches que somos de la warria ninguno tiene su territorio, todos alquilamos
nuestras rukas (entrevista en Allen, septiembre de 2016).
Este testimonio de avasallamiento es central para los avances en términos jurídicos,
ya que son compartidos los atropellos sufridos desde hace décadas y que no atañe solo a las
familias mapuche con las que tuve la oportunidad de dialogar. En este sentido, apostar por la
vía jurídica contó con la fuerza de los ancestros para contrarrestar los dispositivos de
administración en diferentes espacios públicos, ya que vivenciaron persecuciones de sectores
de grandes terratenientes al momento de instalar el debate legislativo de la LII al demandar
la usurpación de sus territorios pos campaña del desierto hasta la actualidad (Delrio, 2005).
— Los curas estaban preocupados de que los indios vayamos a la iglesia, que las
corporaciones recuperen el ganado perdido y que el gobierno nos alambre el territorio, por
eso la ley fue un alambre judicial, tuvieron que mirar que habían mapuche reclamando que
estamos antes que la nación (Roca, marzo de 2016).
Por esta razón, fue importante “contar el sufrimiento y el saber mapuche” que
devinieron desde la campaña del desierto y se resguardaron en los relatos de los hogares,
pero que muy tristemente, al ser comentado aquel recuerdo vívido a los delegados
provinciales, éstos les dijeron: “Ustedes paisanos vinieron de Chile, reclamen allá”.
Bajo la lupa de este ejemplo, se puede presenciar que esta sumatoria de malas
experiencias y de llamados ancestrales fue un factor que los fortaleció. Esto permitió “trazar
conexiones de memoria, parentesco y política en las relacionalidades” (Briones, 2016: 66),
siendo uno de los momentos más significativos que promovieron la comunalización de las
comunidades mapuche y comenzaran acciones performativas del “estar en lucha” (Ramos
2010: 170). Estas diferentes formas de luchar, afianzaron las narrativas de cada familia, Pu
Lof (tronco familiar) y comunidad, para decir: “A nuestro Lof le pasó lo mismo”, al dar cuenta
de los procesos de (des)territorialización, desplazamientos forzados, descomunalización,
torturas, deportaciones, muertes e invisibilización de “los catalogados como pobladores
dispersos” (Briones, 2016: 60).
En este contexto fue que surgieron interrogantes entre los integrantes de las
comunidades al notar que no todos manejaban términos políticos y jurídicos, términos que
permitía apreciar “quiénes sabían cómo transitar el entorno de la política estatal y quiénes
sabían cómo relacionarse en el entorno de las fuerzas no humanas que confluyen en el
territorio” (Ramos, 2016: 139). Sobre aquel momento, me contaba la presidenta del Consejo
de Desarrollo de Comunidades Indígena (CODECI), Doris Cañumil:
— Todo ese conocimiento nosotros lo teníamos. Ahora, ¿cómo hacíamos para hacerlo
una ley en el 85 si nadie miraba al sur, y que nuestros hermanos comprendieran la parte
espiritual del mapuche, cuando decíamos “son nuestros ancestros”? Nos trataban de locos
(Viedma, marzo de 2017).
Venimos citando reflexiones de este tipo desde los primeros capítulos, extraídas en
su mayoría de las conversaciones con la gente de Fiske sobre el ser mapuche, como la
siguiente: “Qué difícil es ser mapuche sin un pedazo de tierra, más en una ciudad que nos
mira como bicho raro”. Aquí vuelve a surgir el vínculo de la identidad con el territorio, que
se aproxima a lo que Prafil y Curaqueo me señalaron: “El territorio hace a la identidad, pero
el wingka no entiende nuestra manera de vivir en Lof, ahí está el problema, ellos ven solo
recursos, nosotros vemos a nuestros mayores”.
Viene al caso detenerme aquí y señalar que les peñis y lagmien sintieron que no se
los tuvo en cuenta cuando pusieron énfasis en la importancia de pensar con el paisaje, que
sitúa al kume felen en la práctica del quehacer mapuche cotidiano y tampoco consideraron
que haya comunidades y centros mapuche en la ciudad. Bajo este lineamiento, Cañuqueo
señala:
En el punto “sobre la presencia mapuche en otras zonas” cuando les peñis y lagmien
hablaron del territorio en la LII nombrándola como Lof y también mencionando a los seres
que viven en esos espacios, que en mapuchezungun quiere decir Itrofel Mogen (todos los
seres que viven en la naturaleza). En efecto, el Choike al referirse de igual manera al Itrofel
Mogen, enfatizó sobre la demanda que vienen realizando frente a la opinión pública en cuanto
a que el “wingka ha puesto fronteras a sus parientes”. Es decir, guiados por una visión
arbitraria que asocia zonas geográficas con la (no) presencia étnica y circunscribe a una zona
específica la presencia mapuche para negar su presencia en la ciudad. En consecuencia, la
cosmovisión mapuche afirma con toda claridad que en el kume felen los paisajes no se pueden
pensar como fronteras impuestas, sino como fronteras naturales que en definitiva son los
parientes.
Es necesario precisar, asumiendo el riesgo de ser reiterativo, que una de las críticas
frecuentes que escuché acerca del discurso oficial es que el ser mapuche no se puede
circunscribir a una zona específica y que en el fondo la narrativa hegemónica contiene toda
una política de invisibilización. En efecto, el interés mapuche por contrarrestar al mundo
wingka es por la causa del “resguardo territorial”, clave para entretejer y actualizar una
política más amplia en diferentes contextos de amenaza (Ramos, 2010: 90), y de ese modo,
posibilitar que la agencia indígena cuestione los requisitos estatalmente impuestos para dar a
conocer su visión integradora, no fragmentada del territorio. Este fue un factor primordial ya
que conllevó a la creación de la LII, acompañado de la fuerza de los ancestros.
Segundo momento: activismo mapuche, el CAI y el CODECI: “Ahora tenemos ley, hay
que aplicarla”
“por su parte los pueblos indígenas del mundo han salido históricamente a defender sus territorios de la
expansión capitalista de occidente”
(Mombello, 2002: 8)
En este acápite describiré de manera más detallada los procesos que llevaron a la
promulgación de la LII en 1988, proceso de suma importancia en cuanto a su activismo
político tal como me señalaron mis interlocutores en Fiske y otros peñi y lagmien. Asimismo,
después de los relatos que llevaron a la creación de la LII y de las intensas reuniones desde
el año 1976 y la nevada del 84, como resultado de casi tres años de movilizaciones y
discusiones con el Estado provincial, el pueblo mapuche logró la sanción de la ley,
expresando que su propósito es la reparación histórica y el resguardo territorial como le
señalaron “sus mayores”. Es decir, la provincia de Río Negro se caracteriza por ser uno de
los primeros estados provinciales en sancionar una ley para la población indígena y en crear
un organismo de cogestión de políticas públicas indigenistas. Esa ley es el resultado de una
de las más importantes y significativas movilizaciones indígenas generadas en la década de
1980. “Esta movilización marca, en sí misma, un hito dentro del proceso de demandas
indígenas en la Argentina” (2020: 246). Para este contexto señalan Cañuqueo y Wallace:
Sin embargo, en 1987 el Poder Ejecutivo Provincial dio a conocer el proyecto que
desconocía la representatividad indígena al crear unilateralmente una Dirección de
Asuntos Indígenas. El CAI rechazó el proyecto y comenzó una etapa de
movilizaciones que derivó en articulaciones con otras organizaciones y contó con el
apoyo de partidos políticos. Finalmente, en 1988, la Legislatura de la Provincia
aprobó de forma unánime la Ley Integral del Indígena 2.287. La ley entró en vigencia
el 22 de diciembre de ese año a través del Decreto 2.924 firmado por el gobernador
de entonces, Osvaldo Álvarez Guerrero. Sin embargo, para que se concretara la
promulgación de la ley hizo falta nuevamente la movilización de la población
indígena nucleada en el CAI (2020: 249).
Tal como señalan les autores, el activismo mapuche rionegrino comienza una etapa
que apuntó a la promulgación y visibilización de la LII, permitiendo así entender que “ante
la demanda y la presión política, el gobierno provincial responde con un proyecto de ley para
regular la situación de la población indígena” (Cañuqueo, 2005: 124). Fernando Kosovsky,
en cuanto a la participación mapuche frente a las terribles condiciones económicas, sociales,
políticas y étnicas de aquel momento, recoge el testimonio de une de los fundadores del CAI,
Chacho Liempe, quien acotó con respecto a los primeros momentos de discusión sobre ley:
“[lo] Consideramos un hecho histórico porque era la primera vez que nosotros íbamos a estar
enfrente al Estado y podemos decir lo que pensábamos” (2015: 178). Es decir, como señala
Cañuqueo et al.:
El estado rionegrino reconoce por primera vez que tiene población indígena en el año
1987, cuando sanciona la “Ley integral del Indígena” N° 2287, cuyo objetivo central
es la regulación de la propiedad de la tierra, educación y cultura, seguridad social,
trabajo, salud, vivienda y comunicación social (2005: 122).
La LII fue sancionada el 15 de diciembre de 1988. Así la PRN se convirtió en uno de
los primeros Estados provinciales en reconocer derechos a los pueblos indígenas. Dos fueron
los antecedentes retomados por esta norma: la mencionada ley nacional N°23.302 17 y el
Artículo 42 de la Constitución provincial de Río Negro que señala:
La forma de poder visualizar esta ley fue instalarlo en los medios de comunicación
donde realizamos distintos talleres donde hablamos de una Ley Integral del Indígena,
porque no solamente era puntualizar sobre el reconocimiento del territorio, sino
también en la educación, salud, viviendas, producción y caminos, para exigir todos
17
Fernando Kosovsky señala: “Se plasmó en un sistema de reconocimiento estatal de la tierra y del
territorio del pueblo mapuche superador del paradigma de la integración y asimilación que regía entonces en la
ley n° 23.302 y en cuya vigencia al momento de la sanción de la norma rionegrina explica algunos de sus
conceptos tomados de aquella que, justamente por corresponder a un paradigma de opresión y sometimiento de
los pueblos indígenas, hoy evidentemente inconstitucional, deberán derogarse y actualizarse” (2015: 179-180).
estos derechos es que realizamos una gran movilización a Viedma en el 87, que es la
capital de la provincia de Rio Negro. Durante tres días caminamos por la calle de
Viedma con una presencia de 250 personas, acompañados por centros de estudiantes,
sindicatos y trabajadores de los distintos barrios. También aprovechamos la venida
del Papa Juan Pablo II que vino a Viedma en el 87; ahí también instalamos el
reconocimiento de la Ley Integral del Indígenas en Río Negro, donde en un artículo
se genera la creación del Consejo de Desarrollo de las Comunidades Indígenas cuyos
consejeros son elegidos en asamblea por las comunidades en Parlamento (Viedma,
marzo de 2017).
Para entrar en detalle sobre la LII entre los “frenos” y “marchas”, reproduzco las
palabras del Choike, que me señaló:
Una vez aprobada la Ley Integral del Indígena en la Provincia de Río Negro se tuvo
que elegir consejeros que eran tres, porque así está estipulado en la ley para echar
andar el CODECI. Esos primeros consejeros estuvieron cumpliendo funciones hasta
el año 1991 porque el CAI sufre una gran fractura de los que estaban al frente y desde
ese año, hasta el año 1997 volvimos a reencontrarnos para fijar metas y objetivos en
pos de las unidades de las comunidades, del resguardo territorial y dejar en claro,
cuáles son nuestras políticas mapuche-chewelche en Rio Negro. Es aquí donde nace
la Coordinadora del Parlamento del Pueblo Mapuche-Chewelche que es el organismo
de aplicación de la Ley integral del Indígenas 2287 así echar andar en el CODECI.
En esta ocasión los consejeros son elegidos en parlamento por las comunidades
presentes. En su inicio eran tres consejeros, uno de las comunidades, uno por el C.A.I
y otro por los Centros Mapuche que se encuentran en las ciudades” (Viedma, marzo
de 2017).
De esta manera, desde 199018 hasta 199619, frente a las tensiones entre las distintas
representatividades del pueblo mapuche, la aplicación de la LII a cargo del CAI, ingresa a
ciertos tiempos de poca actividad, y rupturas al interior de la organización. Desde esa
complejidad y frente a la ausencia del órgano de aplicación de la ley 2287 se convocó a que
se re-unan les mapuche entre los años 1995 y 1996 en diferentes localidades, parajes, lof y
lofche, para “echar andar la LII” con el objetivo de continuar la aplicación de la ley y el
“resguardo territorial”. A este respecto, me comentó el Choike:
18
Importante dato menciona el Choike: “Entonces, en plena reforma constitucional no teníamos
representatividad, fuimos con nuestros propios medios a tratar de abordar el tema candente ¿cómo el estado
reconocía el derecho fundamental de los pueblos en argentina? Tuvimos como un mes en Santa Fe, durmiendo
en el ejército, tratando de comer salteado, y bueno, tratando de ver como se aplica esa ley, si bien el pueblo
mapuche esperaba algo más en la constitución, como un capítulo, donde el estado debería reconocer el
genocidio, etnocidio y reconocer que cometió delitos de lesa humanidad con nosotros” (Córdoba, septiembre
de 2019).
19
Señala Bompadre: “Para el caso argentino, el reconocimiento de la preexistencia étnica en la reforma
constitucional de 1994 y la sanción de la Ley nacional 24.071 que pone en vigencia el Convenio 169 de la OIT,
implicaron procesos de reterritorializacion de diferentes grupos indígenas y la visibilización de varios de ellos
declarados por el Estado y la academia como extintos” (2014:208).
juntamos? ¿Tanta mezquindad tenemos? ¿Tan yo podemos ser? ¿No podemos romper
esa barrera del yo y que armemos algo? Empezamos a armar las regionales, fuimos
rompiendo esa barrera, por supuesto, ya nos conocemos, nos conocemos la medida
que tiene cada uno. Pero dijimos algo: por qué no hacemos algo que sea legitimado
por las propias comunidades, pero haciendo hincapié que lo central es que las
comunidades bajen el lineamiento político, filosófico, espiritual, educacional y
vivienda (Córdoba, septiembre de 2019).
Inicialmente tras re-unirse entre les peñis y lamgien de diferentes sectores de la PRN,
la gente de Fiske, comunidades mapuche de Viedma, Línea Sur, Valcheta, la meseta de
somuncura y autoridades mayores mapuche (longkos, pillankuse, werken), decidieron
movilizarse a la capital rionegrina de Viedma “para echar andar el CODECI”. Me
comentaron las comunidades que utilizaron de forma estratégica el capítulo dos, artículo 7
de la LII, para que se tenga en cuenta una institucionalidad representativa del pueblo
mapuche. A través del decreto 310/97, el Poder Ejecutivo Provincial sanciona que el
CODECI sea reconocido como órgano de aplicación de la ley y la Coordinadora del
parlamento mapuche-tehuelche como “instancia máxima de representatividad de las
organizaciones indígenas de la provincia de Río Negro” (Cañuqueo, 2005: 129), de carácter
consultivo y resolutivo. La aprobación de este decreto representó el motor que alimentó las
intensas movilizaciones estratégicas a Viedma, ocupando espacios públicos de mucha
visibilidad como la plaza de la capital y las afueras de las instituciones representativas del
gobierno. El peñi Edgardo Curaqueo recuerda aquellos tiempos de movilizarse a la casa de
Gobierno en Viedma:
Por otro lado, empiezan a surgir nuevamente las tensiones sobre la representatividad
mapuche, especialmente con el CAI, como bien mencionó el Choike:
Veíamos que ese consejo asesor indígena le faltaba el rol y la función de nuestras
autoridades originarias, no tenían los términos adecuados para hablar de las
cuestiones del territorio y tampoco de cómo nos ordenamos los mapuche con la
cuestión de la az mapu, az quimun, az mogen, kume felen.
Foto de mi autoría.
A la mañana siguiente de esa charla con Nora, crucé en bote desde Carmen de
Patagones a Viedma. Nora fue el contacto para entrevistar a Doris Cañumil, presidenta del
CODECI. Al llegar a la oficina, me encontré con que el frontis de la dependencia tenía la
bandera mapuche, la wenufoye -que en su aproximación al castellano significa “canelo del
cielo”. Toqué el timbre, me encontré con Doris quien me besó en ambos lados de la mejilla
y me dijo: “Viste, está nuestra bandera”. Luego me invitó a pasar a su oficina. Allí
conversamos sobre la LII. Muy gentilmente, reiteró que los abogados wingkas en aquella
época no querían abordar el hecho de “que se respete nuestras tradiciones, creencias, y
actuales formas de vida” (Artículo 1). Doris Cañumil enfatizó:
— Era necesario que el mundo wingka conociera que no somos salvajes como nos
pinta la historia.
Me señaló muy emocionada ese proceso de la LII, al tiempo que recordaba a todos lo
que lucharon para que el pueblo mapuche tenga una representación en una provincia que los
miraba como si estuvieran a punto de la extinción. Pasados varios mates, le pregunté sobre
algunos pasajes de la LII que nos aproxima a comprender los procesos de
(re)comunalización, no solamente para la gente de Fiske, sino también para ampliar nuevos
activismos mapuche, en un escenario de tensiones, negociaciones y complejidades con
agentes y agencias provinciales. En este contexto, podemos analizar que “la 2287”, como le
llaman les mapuche, es un logro jurídico que permitió la inserción dinámica y participativa
de las comunidades en la vida política, espiritual y económica de la provincia, pero también,
en palabras de Kosovsky, “ha incentivado múltiples reclamos hacia el Estado que en la
práctica [se] los desconoce sistemáticamente” (2015:175).
La gente de Fiske en el territorio de la comunidad mapuche Leufuche (la gente del río) Alto Valle.
Foto de mi autoría.
En este acápite, doy cuenta de los sentidos que llevaron a la gente de Fiske a establecer
nuevos lazos de solidaridad y de pertenencia en su vinculación permanente con los ancestros
en el Alto Valle. Mi análisis procede de haber conocido que, cuando las comunidades se
reunían para formular la LII, se comenzaron a compartir experiencias individuales y
colectivas del ser mapuche, que a su vez dieron forma a la reunión y organización en tanto
comunidad y Lof, sosteniendo diferentes prácticas en el presente y el pasado, es decir,
“diferentes caminos de enraizamiento a la mapu” (Briones, 2016). En resumidas palabras, la
gente de Fiske otorga sus propias particularidades a las dinámicas y estrategias de
comunalización, partiendo de la idea de que “el sentido de comunidad se realiza a partir de
la selección, reinterpretación y olvidos del pasado. Estas elecciones se hacen sobre la base
de experiencias vividas” (Briones, 1994: 112). En función de estas experiencias, voy a
abordar las prácticas entre consensos y disensos que forman parte del proceso de re-
comunalización desde un análisis que incluya la valoración de la mirada que hay acerca de
los ancestros en la ejecución y actualización de los sentidos de pertenencia. Esto permitirá,
particularmente, examinar cómo es la relación de las comunidades con el CODECI, en tanto
nexo entre la comunidad y otras agencias, incluida la estatal. Desde esta perspectiva es que
nos aproximamos a ciertos datos importantes para los “proceso de (re)comunalización” de la
gente de Fiske y el vínculo primordial con los ancestros.
“Nosotros no mapuchizamos, no vamos a las casas a decirles hay un dios todo poderoso”
(Gente de Fiske, 2016)
“No podés esperar que el wingka te diga las cosas que hay que hacer”
(Longko Huayquimil, 2016)
Este concepto de Lof no sólo permitió un proceso colectivo de juntarse con diferentes
familias a ser parte de la gente de Fiske, sino también fue un patrón para que las familias
indaguen sobre su tronco familiar, sus experiencias vividas y relatos compartidos entre los
mayores para reconstruir el Reyma (genealogía). De allí también deviene el concepto de
Lofche, que significa “diversos troncos familiares juntos”; en términos locales, se aproxima
al concepto de comunidad.
Al notar que era un concepto importante, empecé a prestarle más atención a todo lo
concerniente a este concepto. Pude notar que para las familias del Alto Valle representaba un
concepto muy importante, pero en el momento del trabajo de campo no asimilé su significado
ni la importancia para el “proceso de (re)comunalización” de la gente de Fiske. Más adelante,
a partir de una serie de entrevistas y conversaciones en confianza, comprendí que la relación
entre el Lof y Tuwun es inherente al lugar de origen territorial y ancestral “promovidas y
experimentadas como si poseyesen una inevitabilidad originaria y natural” (Brow, 1990: 3).
Sobre estos últimos conceptos, Ramos y Cañuqueo señalan que el ser mapuche “presupone
la naturaleza agentiva de la tierra ancestral que sigue moldeando las trayectorias en marcha
de una persona. Tener un tuwun implica una predisposición a actuar en relación con las
fuerzas que lo formaron en el territorio” (2018:34).
— Nos quitaron nuestro territorio, nuestro Lof y ahora dicen que somos chilenos,
brujos y cuando les conviene argentinos. Nosotros somos parientes del agua, del cerro, de la
piedra.
Vincular estos conceptos guías para el ser che, adquiere una relevancia en función de
que “la agencia indígena pudiese disputar otras condiciones de existencia y auto
identificación” (Briones, 2016: 60) y sostener ciertos niveles de comunalización que
posibiliten vincular el tuwun, lof y kupalme –que para mis interlocutores mapuche significaría
Lofche.
Como vengo sosteniendo, más allá de que existen numerosas familias que no cuentan
con el territorio de los antiguos, como es el caso de la gente de Fiske, el espacio vivido
cotidianamente incluye prácticas de sociabilización que sostiene el ser mapuche, que hacen
a los sentidos de pertenencia afectivos y cognitivos (Brow, 1990). También me interesa
puntualizar que no es fácil contar con un territorio, tal como compartieron mis interlocutores.
Estos sentidos que se vivencian al no contar con un territorio son complejos, es un trabajo
arduo revitalizar el quimun (saber) que le dejaron los mayores, que se cobijan en el kiñe
rakizuam (un solo pensamiento). Este trabajo es al mismo tiempo un desafío que se desarrolla
a partir de diferentes prácticas: juntarse a hablar de sus abuelos y abuelas, saber su tuwun,
recuperar palabras en chezungun, hacer un witral (telar), juntarse en un nguillatun
(ceremonia) a renovar el newen (energía) en la itrofelmogen (biodiversidad de elementos),
contarse e interpretar los pewma (sueños), kuymi (señal) o zungungen (lenguaje del paisaje).
Desde esta perspectiva, les mapuche señalan que desde “tiempos inmemoriales” (Brow
1990), las fuerzas, los ngen cumplen la función de guiar todas las vidas en la tierra, lo que
llaman Nor Mogen (normas para vivir bien) que delinea las pertenencias para que el kume
felen se encuentre en equilibrio y poder así contrarrestar cualquier fuerza negativa. Como
dijo Fermina: “Necesitábamos encontrarnos con el saber de nuestros ancestros para resistir
al poder del wingka” (Roca, marzo de 2016). Con esto quiero decir que la gente de Fiske
enmarca sus trayectorias de vida a las nor mogen que contiene una relación cotidiana con la
ancestralidad, recurrente a través de los “rezos” o “palabras al viento”, para lograr ser
escuchados por los ngen que habitan en el paisaje: “Así nosotros nos cuidamos”. Esto es un
factor primordial de la re- comunalización en Fiske.
Como ya anticipé, cada vez que se juntaron en la casa del Longko Huayquimil,
especialmente los sábados, surgieron largas conversaciones en las que se hizo mención acerca
de las restricciones en el “quehacer cotidiano” del Lof, impuestas por otros agentes (Iglesia,
Estado, gauchos) desde la “campaña del desierto”, y cómo éstas se repiten en la actualidad,
incluso viviendo en la urbanidad. Restricciones que afectaron, como ellos mismos
mencionaron, la posibilidad de aprender los nombres en mapuchezungun de todo lo que
conforma el quehacer que los rodea, como herencia de los antiguos: rukas (casas), winkul
(cerro), mamul (bosques), por nombrar algunos parientes de la mapu (territorio). Esos seres
de la naturaleza habitan un apego a las kiñe mapu (identidades territoriales) que conforman
un vínculo de reciprocidad con las fuerzas y los espíritus de sus elementos. En la misma
dirección, Ramos señala que “la experiencia ancestral se incorpora a las experiencias
cotidianas y presentes a través de aquellas prácticas sociales que vinculan el conocimiento
resguardado por la tradición, con sus usos ideológicos y sociales en el mundo de la vida”
(2010: 140). En una de estas reuniones, durante una ronda de la palabra, Fermina e Isabel
recordaron cómo era esa vida sin restricciones, en tiempos en que con sus abuelos salían a
recolectar lawen (remedios) en el territorio, o cuando los abuelos y abuelas cruzaban a caballo
la cordillera de los Andes para visitar familiares en gulumapu (Chile). Es decir, “es en este
marco que adquieren sentidos espaciales los recuerdos sobre las formas en que las personas
antiguas se vinculaban entre sí mientras se movían aún con cierta autonomía” (Ramos y
Cañuqueo, 2018: 35).
Hasta aquí busqué demostrar que las experiencias de cada integrante de la gente de
Fiske se puede enmarcar en revitalizar y aclarar conceptos que se incorporan a las
experiencias cotidianas y que se sociabilizan en estos diversos caminos de pertenencia
“en(tre) mundanizaciones” (Álvarez Ávila, 2014). Estos sentidos que adquieren
protagonismos en un contexto de subordinación y de alteridades históricas, dejó un clivaje
de diversas mundanizaciones que pueden anidarse, como es el caso del proceso de formación
de la gente de Fiske, en términos de comunidad y en términos familiares –Lof, como, por
ejemplo, el proceso de formación de la Lof Nahuelñir en la década de los 80.
En los variados caminos de pertenencias que habitan en cada integrante que paso a
paso fue revitalizando su conexión con el ser en la mapu, pude atender al hecho de que existen
formas de “deshabilitar pertenencias” (Briones, 2016: 66) a ciertas creencias. Tal y como me
lo planteó Berta: “Los ancestros estaban reunidos enviándonos señales para resistir a las
prácticas del wingka; no podíamos seguir rezándole a Ftachao20 en castellano, porque no nos
iba a entender”. Como ya vimos, esta vinculación cotidiana con los ancestros es una de las
particularidades de la gente de Fiske. Paso a comentar un ejemplo de esta sociabilización
cotidiana con los ancestros.
20
En varias conversaciones con la gente de Fiske, se nombró que Fta chao es la traducción cristiana en
referencia a “gran padre”, pero que esa forma de deidad no representa la espiritualidad mapuche. Asimismo,
para tal caso, me mencionaron que a la gran fuerza que cuida las normas del universo le llaman ngenechen.
Una de las mañanas de clima frío en la Villa, Vicente preparó mate con azúcar. Tomó
el primer sorbo, salió al patio a guillatear –una manera de saludar– a la ñukemapu (madre
tierra), y le dijo: “Buen día, mamita”. Así comprendí la importancia de saludar cuando
comenzaba el día, de establecer un diálogo con el zungungen (lenguaje del paisaje), con esos
diferentes seres del mundo para ver qué estaban diciendo. Pensé en las palabras de Fermina,
cuando dijo: “Algunas veces los ancestros vienen a chusmear, no más”. Este tipo de acciones
me llevan a reflexionar acerca de las kuymi (señales), presentes en cada movimiento, palabra,
música, ceremonia, comida, aroma, viento, lluvia, nevada, sueños y malos augurios.
Fue así que, en cada visita a la gente de Fiske, noté que los ancestros tenían algo para
contar(me), que en las prácticas de les peñi y lagmien para volver a restaurar relaciones de
reciprocidad con el entorno sin que se “traicione” su forma mapuche de ser en el mundo,
como una especie de reposicionamiento humano con el paisaje. Es decir, muchas de las
actividades que promueven la (re)comunalización en este contexto urbano, están enfocadas
en que el ser mapuche piensa con la naturaleza (cielos, lagos, ríos, mar, montañas, bosques),
en sus quehaceres cotidianos, como puede ser el sembrar el tuwun (la placenta) es
acompañado de rogativas con los ngen para fortalecer sus pertenencias y protegerse del
dawun (mala energía) o malos augurios.
Todas estas prácticas que vinculan el mundo de los vivos con el de los muertos han
marcado las pertenencias a los territorios y se vinculan de algún modo con las inquietudes y
relaciones con la agencia indígena del CODECI, en el marco de un Estado nacional.
Después de la “gran nevada del 84”, tanto en Roca como en otras ciudades de la PRN,
los “procesos de (re)comunalización” reflejaron cómo se modificó el discurso político
argentino y provincial de alteridad que “regulaba no sólo la política interétnica, sino la
política social más amplia” (Lenton, 2009: 64). Más aún, el evidente despliegue de autoridad
y legitimación desplegada por el Estado a través de “políticas indigenistas” (Lenton, 2009)
sostuvo “variables de comunalización” en el sentido de inclusión/exclusión de los “indios
permitidos” (Hale, 2004) que no responde a las condiciones de vida de gran parte de la
población mapuche y de la mayoría de “pueblos indígenas”. Esta afirmación confluye con la
mayoría de los relatos mapuche de la Patagonia en cuanto al resguardo y la autonomía del
territorio y sobre una legislación que “legitime el derecho de uso y administración de los
recursos naturales que hubiera en sus territorios y la declaración de la centralidad de la
participación de los pueblos indígenas en los asuntos que los afecten” (Mombello 2002: 9).
La participación que se consiguió a través de la LII y el decreto 310/97 para cada una
de las zonas que compone a la PRN (Valle, Andina, Atlántica y Línea Sur) da cuenta de una
especificidad de las demandas territoriales, educacionales, lingüísticas como sagradas, y un
tipo particular de “comunidad y formas de hacer política” (Cañuqueo, 2015:19). En esta
zonificación para la agencia mapuche, uno de los desafíos fue que las comunidades sean las
que “bajen” el lineamiento de la política mapuche dentro del Estado, pero atendiendo a la
autodeterminación como una “causa a seguir”, promovida desde el año 1997. Este desafío
adquirió dinamismo cuando la Coordinadora, estratégicamente, logró configurar un
programa de elecciones de sus autoridades originarias representadas en trawunche (reunión
de las comunidades) con la participación de las cuatro zonas que componen la provincia. Una
de las autocríticas que se mencionó durante mi trabajo de campo fue que, desde la creación
y aplicación de la LII, no hubo un accionar inmediato y coordinado. De hecho, pasaron
alrededor de siete años de repercusiones, tensiones y silencios. Estos factores representaron
una gran desventaja para la coordinación del accionar de las comunidades. En palabras de un
integrante del CODECI: “El wingka aprovechó de ese silencio en alambrarnos los territorios.
Nosotros estábamos en la de cada uno”.
Después de esos siete años, la mayoría de las Lofche que participaron en el proceso
de creación de la ley, pudieron ver los frutos de las movilizaciones del 80 y poner por segunda
vez en marcha la LII con su órgano de aplicación CODECI (considerada como el ente o mesa
ejecutiva) basada en los lineamientos de la Coordinadora (mesa chica). Pero, en este proceso,
¿cuál fue la participación de la gente de Fiske?
Desde el año 1997 se realiza el Fta Trawun en Huahuel Niyeu Mapu Mew (Ing.
Jacobacci) con la intención de elegir a sus consejeros/autoridades originarias. Cada zona
participa con el propósito de hablar sobre sus demandas y tensiones que surgen en el
cotidiano de vivir en la urbanidad. Durante 2016, me encontré con la gente de Fiske reunida
en la casa del Longko Huayquimil e Inal Longko Berta, quienes tenían el propósito de
organizar el programa político a cargo de cada integrante que compone a la comunidad, con
el propósito de elegir quién sería el candidato de la región Valle por uno o dos años, como
señala la LII.
En la presentación de cada Lof, que para este contexto se traduce como “familia”,
noté que el interés en “común” era trabajar la parte espiritual y el resguardo territorial que se
fundamentan en los principios del tuwun. Tal como señalé anteriormente, el tuwun moldea
las trayectorias en marcha de una persona, contraponiéndose con otras formas de hacer
política en el mundo mapuche, como las que hacen foco en lo material (“Existen peñis que
negocian con petroleras”), o la perpetuación de prácticas que se aproximan a las del wingka,
como las de un mapuche que se encuentra “awingkándose” (ser mapuche, pero con prácticas
occidentales). Este enraizamiento al territorio a través del tuwun re-significa estar en
zungungen (conversación con el territorio), siendo una fuente de newen para todo proceso de
la política mapuche. Por estos motivos, en todo momento de escuchar a cada peñi y lagmien
que representa a su Lof, comencé a darme cuenta que su afinidad y pertenencia es mantener
los relatos de las trayectorias familiares como una pauta a seguir. En esa dirección, muchos
acotaron: “De espiritualidad se dice, pero no se vive, nosotros vamos por lo espiritual al Fta
Trawun”.
Finalizada esta reunión, acompañé a Vicente Huayquimil en sus visitas a las familias
mapuche que contaban con un mayor grado de afinidad “para contar con el apoyo para ser
consejero”. Este momento representó uno de los mayores desafíos de mi trabajo de campo,
que fue el de escuchar las tensiones, estrategias y kume newen (buena energía) de un mundo
urbano ajeno a las particularidades que escucharía de otras regiones. Después de visitar cada
familia durante una semana y considerar el voto de respaldo en términos de adhesión a
Vicente, le pregunté al él sobre la posición de la gente de Fiske sobre estas elecciones. Él con
firmeza expresó:
Esta tensión que me manifestó fue importante para comprender, durante la elección
de consejero en el parlamento, cómo era el funcionamiento de las “manos alzadas” para votar
por el Longko Huayquimil y cómo era la dinámica de la otra lista. Esta última ganó por un
voto la representación de la zona del Alto Valle. Después de finalizado el Fta Trawun, nos
volvimos al Valle y seguí visitando a las familias que integran el Lofche. Noté su
preocupación por esta “derrota” de la representatividad en la zona, pero también, como ya
hemos visto y narrado, el ser mapuche no pasa solamente por decir “soy mapuche”: el ser
che implica estar fortalecidos por la “causa” que es el resguardo territorial que implica
proteger al tuwun y al kupalme a pesar de las condiciones materiales adversas de ser
warrianche (gente de la ciudad).
Foto de mi autoría
Observaciones finales
En la imagen aparece una matra, kutlrum, ñorquinco, trarilongo. Cuando los miraba, me dijo una lagmien:
“algunos lo ven como objetos, pero son nuestros parientes”.
Foto de mi autoría
Transitar esos caminos de reconocerme mapuche y ser re-afirmado por les peñis y
lagmien, permitió la escritura de esta investigación, ahora en formato libro. Fue un desafío
para todos ellos y para mí pensar en estos procesos, los “retos” y las “exigencias” de escribir
sobre los conceptos en su sentido más próximo al ser che (persona) estuvieron siempre
presentes. Tampoco hubiese podido sembrar esto sin el apoyo incondicional de Carolina
Álvarez, la guía de este wengamen (abrir caminos). Indagar sobre una de las nevadas más
grandes ocurridas en Patagonia fue escuchar, sentir, (no) entender, sentir frustraciones,
silencios, y conocer numerosos relatos de experiencias similares con los ngen o como le
llamaron José y la Ñaña, zungungenpire –el lenguaje de los elementales de la nieve.
Asimismo, mi recorrido etnográfico fue a través de “equivocaciones” y “aciertos”,
aprendiendo a preguntar cuando tenía dudas, escuchar sin interrumpir la palabra y
comprender que cuando se habla de los ngen, los puedes despertar, se pueden enojar o
enviarte alguna señal. Fue así que, detenidamente, me fui amoldando a la temporalidad
espacial de la gente de Fiske y de mi pueblo.
Cuando pregunté específicamente por la zungungenpire escuché relatos y memorias
muy generosas de una serie de acciones que les peñis y lagmien realizaron para volver a
sociabilizar con sus elementos enraizados en el territorio a pesar de tantos años de silencio,
“Más que nada por miedo”. En este contexto, fueron “aprendiendo a estar juntos”, práctica
que Brow (1990) define como “comunalización”. Este concepto refiere a la convicción de
que lo que une a un grupo de gente no es solamente un pasado compartido, sino un origen en
común y a los presentes inmediatos para fortalecer, obtener y alcanzar la “recuperación y el
resguardo territorial”. Este origen en común se define como cualquier patrón de acción que
promueva ese sentido de pertenencia mapuche en la warria y el ser mapuche en ambos lados
de la cordillera.
Durante el paso de los días estando en el Valle, una inquietud tomó forma de pregunta:
¿en qué prácticas se sostienen los “procesos de (re)comunalización”? Esta fue una pregunta
clave para todos mis registros de campo, entrevistas, recuerdos y anotaciones en mi libreta.
Elegí como título para este libro “Aprender a ser mapuche desde que nos levantamos hasta
el sueño” ya que condensa parte de lo que aprendí con la gente de Fiske: que aprender a ser
mapuche y la “(re)comunalización” ocurre en todo momento, incluso cuando se sueña. En
este camino de palabras, silencios y escuchas, fui cruzando y respondiendo la pregunta-guía
que me orientó, y en mi recorrido se fueron tejiendo en cada zungun (palabra) del che
(persona) cuestiones que van más allá de la política moderna: “Volver a vivir como lo hacían
los mayores” como me dijo Ana María Nahuelñir, siendo un marco primordial para indagar
las prácticas que sostienen los “procesos de (re)comunalización” mapuche en la warria.
— Estamos vivos, nunca nos mataron, esto no es un desierto, acá viven nuestro ngen,
somos la tercera generación de la campaña del desierto.
Curru Leufu
Fiske Menuco
Lof Nahuelñir
Lof Elelquimun
José Collueque: Es uno de los longkos más conocido de la Patagonia, también por su linaje
Collueque que deviene de defender el territorio frente a la campaña del desierto 1879-1885.
El longko José, fue quien me enseño sobre los espiritus de la naturaleza, que, en nombre
mapuche, le llaman “ngen”. Asimismo, profundizo en enseñarme los procesos de formarse
en comunidad a través de señales del clima y sus multiples significados para el ser mapuche.
El longko es fundamental para el pueblo mapuche y que, en este libro, aparece en el capítulo
Epu (dos) describiendo las señales de la nevada de 1984.
Teresa: La encargada de sección histórica del Diario Rio Negro, ubicado en la Localidad de
General Roca. Parte fundamental para el registro histórico y fotografías de la época con
respecto a temáticas indígenas.
Ignacio Prafil: Lo conocí en el año 2017 en Viedma, se presentó como Choike, que significa
al castellano “avestruz”, me dijo: “ese es mi nombre mapuche que tengo”. El choike, en
aquella época era el werken del Fta trawun mapuche (parlamento) y fue quien me brindo la
mayor parte de datos etnográficos para este libro. Actualmente cumple un cargo en el
Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI). El Choike, pertenece a la comunidad rural
Anecon grande, una de las más antiguas de la Patagonia, todos hablantes de mapuchezungun.
En su territorio se realiza diferentes tipos de ceremonia, p.e: nguillatun, wiñoy tripantu.
GLOSARIO
Wallmapu: El territorio mapuche se compone de meli witran mapu, cuatro puntos: Pikun (norte),
Willi (sur), Puel (Este) y Gulu(Oeste). Les mapuche le llaman Wallmapu, que bien se puede traducir
como Nación Mapuche.
Kume felen: Sistema de vida de la gente de la tierra, guiado por la nor mogen.
Lof: Hasta donde llega mi mirada. Sinónimo de Territorio, y ubicación territorial de la familia.
Mapuche: Che: Gente, persona; Mapu: Tierra, quiere decir “Gente de la Tierra”.
Ngen: En su traducción puede significar; no humano, espíritu cuidador de la itrofelmogen (todas las
partes de la vida) se encuentra en la mayoría de los territorios. Les peñis y lagmien cuentan que son
los protectores y que se le pide permiso al cuidador para estar en el territorio.
Tayel: Canto individual al ngen, este se comunica con el tuwun (raíz familiar).
Kempen: Canto colectivo al ngen (espíritu del territorio). Por ejemplo: pu winkul (el cerro).
Weney: Amigos
Peñi: Hermano
Lagmien: Hermana
Nor mogen: Reglas de la vida
Wingka: En su traducción; win: otra; ka: costumbre, otra costumbre, también se le asigna a la
modernidad del hombre blanco. También hace referencia al estado, empresas, cultura occidental.
Zungungen: Lenguaje del paisaje. Como señalan las comunidades “El paisaje conversa
cotidianamente”.
Pullu: Espíritu.
Tuwun: Raíz, siembra, cordón umbilical. Esta ceremonia consiste en sembrar el cordón umbilical en
el territorio, así poder comunicarse con sus ancestros y el lenguaje del territorio.
Pukun: Invierno.
+
Rogativa al ngenko (espíritu cuidador del agua). Dijo, Santiago Lefipan: hace mucho no llueve, esta aguada es
gracias al ngen del agua, ellos nos avisan del clima como vendrá, uno a veces queda mirando las nubes,
esperando que caiga algo pa´ acá.
Ciudad de Roca, la Villa. Ruka warria (casa de ciudad) de Vicente y Berta. En la imagen sale la camioneta
celeste, esta misma, fue la oficina de la gente de Fiske en los viajes que realizamos por el Valle hacia otros
parajes.
En la imagen: Ana María Nahuelñir, longko de la Lof Nahuelñir. Luisa Calcumil, cantora mapuche, Isabel
Nahuelñir, werken de la Lof Nahuelñir. Integrantes de la gente de Fiske. De fondo el witral, dijeron: en el
witral están escritas nuestras memorias buenas y malas.
Isabel Nahuelñir, me dijo: nosotros siempre hemos sido un pueblo en los dos lados de la cordillera. Aquí en la
foto sale mi hermana mayor Ana María, con su abuela que vino de Chile, para armarnos el rehue en la Isla,
así fuimos siempre, eso le molesta al wingka, vernos hacer nuestras ceremonias, tener nuestros remedios,
conversar con nuestros ancestros. (El lof Nahuelñir, fue tomado por la fuerza por los empresarios del rubro del
caballo año 1986). Imagen tomada por la familia Nahuelñir.
En la actualidad la persecución al pueblo mapuche en ambos lados de la cordillera es una
continuidad a cargo del Sr. Presidente de Chile Sebastián Piñera y lo que fue el Gobierno en Argentina
de Mauricio Macri y la entonces Ministra de Seguridad, Patricia Bullrich (nieta de Adolfo Bullrich
responsable de la campaña del desierto) promoviendo un plan en conjunto, ambos gobiernos, a través
del Comando Jungla, que dejó la muerte de Camilo Catrillanca, Santiago Maldonado y Rafael Nahuel.
Hoy en las calles y en las revueltas latinoamericanas, por subvertir la codicia de la derecha
reaccionaria la wenufuche bandera mapuche es un símbolo de fuerza ancestral para la resistencia y
subversión de los pueblos de este lado del continente.
Imagen del estallido social del 18 de octubre del año 2019 en Chile. La bandera mapuche acompaño
este proceso de estar en lucha con autonomía y autodeterminación.
Autorización CODECI
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