09MAR2020
01 - El Buscador
La luz siempre ha estado ahí, todo el tiempo.
Aquella que en la tierna infancia era vista claramente, como una luciérnaga volando dentro
de una burbuja de jabón, se me fue perdiendo de vista, la fui quizá cubriendo con trapos
sucios, quizá en alguna pesadilla diurna la oculté detrás de mis libros de filosofía y de
historia.
A veces pienso que ese sol, pequeñito, del tamaño de una arveja era un espejito que no me
gustaba ver. En algún sueño metí mi luz en una caja y la abandoné en un sótano. Todos
tenemos uno de esos, aquel sitio donde vamos a dejar aquello que no podemos tirar pero
creemos no necesitar, aquel sitio del «para después», aquel donde amontonamos lo que no
nos gusta tener a la vista en nuestra linda sala.
Fuera de mi vista, la lucecita dejó de molestarme, y así me sentí cómodo con los bailes de
máscaras que solía hacer frente a otros. Esas máscaras eran llamativas y a la vez me
protegían y me hacían sentir seguro, nadie podía ver mi ceño fruncido ni mi tristeza,
después de un tiempo ni yo mismo podía, cuando delante había una sonrisa diseñada para
sostenerme. Aprendí a fingir la felicidad, porque todos queremos ser felices. Mis máscaras
tenían un problema: se tragaban la luz de los otros, no tenían luz propia, eran vampiros de
la claridad.
Los días pueden estar llenos de luz, pero inevitablemente llegaba la noche a mi rostro. El
día fue solo noche. Esa oscuridad me volvió loco. Dejé de reconocerme a mí mismo, a mi
realidad, ya no sabía quién era. Los días luminosos me lastimaban. Así debían sentir los
vampiros pensé. Solía decirme ¿cómo podía salir el sol si yo vivo en la oscuridad?
Emprendí un viaje, un viaje largo, uno que comenzó en la miseria del daño al que contribuí,
incendiando todas las máscaras. Un viaje en donde buscaba algo, algo que aún no tenía
nombre, pero que era yo. Hice una escala con un médico de almas, con quien pude bajar a
mi sótano inundado, comencé a drenarlo, a rescatar cajas de objetos y fotos. Encontré los
bosquejos de mis primeras máscaras, encontré cajas llenas de agujas, no pude meter las
manos ahí. No se me ocurrió siquiera buscar la caja de la arvejita de luz, no recordaba que
en un sueño la había ido a abandonar allí. Habían cajas también con burbujas de muchos
colores.
Con ese médico pude airear y ordenar y subir al primer nivel de la casa tantas cosas que ya
no me servían, empujé duro ese montón de basura fuera de la casa. Llegó diciembre.
Llegó diciembre, con su frío, con mi cumpleaños y con el recuerdo de la muerte y la
incertidumbre, fechas selladas. Mi viaje seguía su curso y ahora hacía una escala al sitio
más inhóspito al que jamás pensé ir: las profundidades de mi conciencia. Habían otros
viajeros en la expedición, almas que llevaban puñales adentro, gentes con fuego en las
tripas, con oscuridad en la mirada, con una montaña de angustia subida en el pecho, y yo
con la culpa anclada en la nuca. La travesía empezó a tornarse surreal y el común era que
todos estábamos jodidos, parecía ésta, condición indispensable. Para crecer primero hay
que estar roto.
Algunos que han experimentado la muerte de cerca, dicen haber visto una luz al final del
túnel. Lo que no dicen es que el túnel es un pozo y que las llaves de entrada están en
aquellas cajas llenas de agujas del sótano. Por esa luz al final del túnel hay un precio, bajar
al pozo de nuestra conciencia va arrancando algo de nosotros, yo mismo debí ir entregando
una a una mis heridas, verlas era reposicionarme y vivirlas. También las fui entregando a
unos personajes tan humanos como yo, quizá estuvieron tan jodidos como yo o más, pero
estas personas no son unos médicos de almas, a mi se me antojaron más como magos,
hechiceros de la conciencia, filósofos del cuerpo. En cada nivel se necesitaba levantar la
costra de las heridas y sacar los gusanos que las infectaban, era necesario ver esa
gusanera, sentir su nauseabundo tacto, tocar los nervios expuestos de nuestras más tiernas
emociones siendo mordidas por esos pequeños monstruos que nos inyectan su veneno.
Cuando llegué al sótano 99, los hechiceros me prepararon para ser testigo presencial de
cómo funcionaba mi corazón en su tierna infancia y en cómo me lo rompieron. Fui uno con
mi pasado, fui uno con el niño en pañales, fui uno con el fuego que ardió de rabia y tristeza.
El resplandor de mi ira alumbró las paredes de la habitación en la que me encontraba y me
permitió ver las paredes llenas de rostros deformados, de monstruos, de anzuelos, de cómo
todos los rostros se desprendían de la pared y quedaban tirados en el suelo. Fui testigo de
cómo yo fui pintando esos rostros con colores bonitos y ocultando su fealdad. Me fui
probando esas otras caras, finalmente supe de dónde habían salidos mis máscaras, de
donde provenía la furia de mis pensamientos, el ácido de mi lengua, la lujuria de mi sexo, mi
gula académica, la mezquindad de mi egoísmo, la falta de empatía y una parte de mi vida,
vivida desde la herida infectada. Los magos nos enseñaron sobre la sabiduría del cuerpo,
nos guiaron con paciencia y cuidado, ellos sabían a dónde nos iban a meter, ya habían
estado allí. Me dejé llevar por las posiciones de dolor, por el pavor de no querer ver aquello
que consideramos como lo más doloroso. “La muerte es el camino a lo reverencial”. A cada
escala de la expedición fuimos colectando herramientas valiosas, vitales.
Llegado el final del pozo, de esa luz dolorosa de nuestra verdad, llegó el momento de dar la
vuelta y emprender la salida, en búsqueda de otro tipo de luz, aquella que quizá por su
inconmensurabilidad o su infinidad nos da aún más miedo imaginar o querer tocar. Recibir
ternura cuando creí merecer desprecio fue más doloroso que las bofetada que merecía.
Emprendimos todos, cada quien dentro de su pozo, fuimos reconociendo nuestras fuerzas,
nuestras habilidades y sus colores. Cada quien se fue dejando llevar por aquellas cosas que
también nos habitan y que nos hacen sobrevivientes, que nos hacen personas buenas.
Aquellas cualidades que hacen de este mundo un bosque lluvioso, un atardecer en silencio,
un libro habitado por pájaros, frutas llenas de suspiros, un abrazo con dos mil amaneceres,
unas manos que reciben las mías, una mesa compartida en familia, una olla de caldo
humeante, una biblioteca llena de futuro y una jardín de posibilidades. Aprendí a ver a otros
y yo también estaba en otros, y ellos en mí, la luz fuera del pozo se fue convirtiendo en
arcoiris, en algo que ya se podía nombrar. El poder de la palabra está en decirla en voz alta,
por eso se ex-presan (se sacan de la prisión), las palabras hay que meterlas en una aguja y
coserlas al presente y la palabra tiene una voz, la mía, la tuya, con su ritmo y su carisma. La
luz habita debajo de nuestro ombligo y es propia, no de nadie más.
Los magos, filósofos puros, sabios de los recovecos de la conciencia, fueron pintando
flechitas amarillas en todo el camino, fueron siendo las voces de aliento, o de ira, o de
energía, fueron la compañía de un empujoncito para los que no deseábamos tirarnos a
nuestra luz. Ellos sabían bien que debían entrenarnos en la oscuridad, en nuestras propias
sombras, porque entendían que solo así podríamos reconocer nuestra luz, la propia y
valorarla. Y la búsqueda daba como resultado que hay no una sino dos pequeños soles de
agua que nos acompañan desde siempre: el manantial.
La luz ha estado ahí, todo el tiempo.
Ha brillado sin que lo supiera y sobre todo cuando más la he necesitado, era que no sabía
donde buscar, no sabía dónde ver. Yo buscaba con los ojos abiertos, pero ya lo decía el
Principito: solo se ve bien con los ojos del corazón, lo esencial es invisible a los ojos.
Cuando estuve por primera vez frente a mi pozo de agua clara, aquella agua que daban
ganas de beber y compartir; mi vivencia y mi historia se me revelaron como en un libro leído
por segunda vez. El espejo ya no me hizo cara de asco y volví a encontrarme con la burbuja
de jabón que lleva dentro dos luciérnagas que buscan como lo hacen los girasoles:
siguiendo al sol.
Cada día es parte del viaje, cada día yo decido donde quisiera estar mañana y cada
mañana es alumbrada con la dignidad que solo ofrece un corazón en búsqueda de paz.