TEMA 1. LA POESÍA A PRINCIPIOS DE SIGLO.
PRINCIPALES MOVIMIENTOS POÉTICOS. MODERNISMO
Y 98. RUBÉN DARÍO Y ANTONIO MACHADO.
A principios del siglo XX aparecen en Europa una serie de manifestaciones
estéticas de carácter renovador que se oponen a las tendencias artísticas hasta entonces
vigentes. De fondo, se encuentra una crisis de valores burgueses (se denuncia el
mercantilismo y el utilitarismo, se pierde la confianza en la ciencia y la técnica para
conseguir la felicidad, se rechaza el conservadurismo moral y se debilitan las creencias
religiosas tradicionales, aparecen los bohemios y los dandis que huyen de lo mediocre y
del conformismo; ahora las preocupaciones de los intelectuales giran en torno a lo
subjetivo, la voluntad, la intuición, el dolor, lo irracional…).
En el Realismo, la novela había sido el género literario predominante mientras
que el modelo poético realista representado por Campoamor y Núñez de Arce y
caracterizado como poco original, moralizante y retórico apenas despuntó.
Ahora en cambio, la poesía española de principios del siglo XX va a estar
marcadas de un espíritu de rebeldía y de una voluntad renovadora. En esta línea se
inscribe el Modernismo, con Rubén Darío y Antonio Machado.
El Modernismo
El Modernismo poético nació en Hispanoamérica en un período marcado por el
rechazo al imperialismo burgués de Europa y de Estados Unidos. Se trata de un
movimiento integrador, influido por varias escuelas posrománticas europeas,
fundamentalmente el Parnasianismo y el Simbolismo franceses. Del Parnasianismo se
imita el obsesivo empeño de perfección formal (selección de un léxico elegante, empleo
de una métrica rigurosa), la evasión a un pasado idealizado (la Grecia clásica, la Francia
dieciochesca) o a culturas exóticas (Oriente) y la aproximación de la poesía al
cromatismo de la pintura y a la belleza intemporal de la escultura.
Del Simbolismo procede la sensualidad y la musicalidad del poema, la
atmósfera de misterio y el gusto por lo esotérico (el mundo oculto de la magia, el
espiritismo…), así como la suposición de que existe un sentido profundo de la realidad
que la poesía permite desentrañar mediante la utilización de símbolos (como plantean
autores como Baudelaire, Rimbaud o Verlaine).
Cuando la poesía modernista llegó a España de la mano de Rubén Darío, en la
última década del siglo XIX, las características señaladas se mezclaron con los últimos
ecos del Romanticismo español, en particular con el intimismo melancólico de Bécquer.
Temas, motivos, formas y recursos
El Modernismo pretendió renovar el lenguaje poético, de modo que este fuera
una creación única y sorprendente.
Bajo esta premisa, los temas habituales en la poesía modernista fueron el
contraste entre el amor idealizado y el erotismo, la vida cosmopolita encarnada en la
ciudad de París, el descontento con el mundo actual expresado a través de la fuga a
mundos imaginarios o inaccesibles…todos ellos son manifestaciones de la
imposibilidad de encontrar un sentido a la vida (tedio o hastío vital).
Hay asimismo un conjunto de motivos recurrentes, muchos de los cuales
funcionan como símbolos: el cisne (símbolo de la elegancia, el erotismo o lo
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enigmático), el sauce (tristeza), el camino (vida), el color azul (belleza), el jardín, la
luna, las flores, los objetos lujosos y raros, los dioses y seres mitológicos…
En el plano formal, el esteticismo modernista se traduce en un buen número de
novedades métricas. El intenso influjo francés trae la moda de los versos alejandrinos,
dodecasílabos y eneasílabos, aunque se siguen también cultivando el octosílabo y el
endecasílabo. Entre los poemas predilectos están el soneto, a menudo compuesto en
alejandrinos, y la silva.
El gusto por los efectos sensoriales hace que se potencien recursos estilísticos
de carácter fónico: aliteraciones (“bajo el ala aleve del leve abanico”), palabras insólitas
y eufónicas (“unicornio”, “gobelino”, “ebúrneo”, “hiperestesia”, “hiperbóreo” …),
versos compuestos de pies acentuales (“Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania
fecunda”), adjetivaciones cromáticas… Son muy frecuentes las sinestesias, mediante las
cuales se asocia una sensación o una percepción a un sentido que no le corresponde
(“risa de oro”, “sol sonoro”, “el dulce aroma del piano”, “truenos dorados” …).
Rubén Darío (1867-1916)
Muchas de las innovaciones del Modernismo se deben al poeta nicaragüense, así
como el dar a conocer esta corriente poética en España.
Nacido como Félix Rubén García Sarmiento, su vida transcurrió entre viajes por
Europa e Hispanoamérica debido a sus ocupaciones como periodista, diplomático y
escritor.
Sus primeros libros están caracterizados por un preciosismo formal en el que
persigue la belleza por encima de todo. Así, en Azul (1888), escrito en prosa y verso,
crea un mundo de hadas, princesas, cisnes y fuentes con un lenguaje poblado de objetos
exóticos, de ritmos marcados y de un tono provocador.
Su siguiente libro, Prosas profanas y otros poemas (1896) continúa la línea de
evasión de la realidad (por ejemplo, la “Sonatina”), pero al mismo tiempo Darío
reflexiona sobre temas más trascendentes como el arte, la muerte, la religión o la
creación poética. Ahora bien, el tema por excelencia de este libro es el placer erótico.
En su última gran obra, Cantos de vida y esperanza (1905) se percibe una
evolución hacia las reivindicaciones sociales y la angustia existencial. En estos poemas
habla de las civilizaciones precolombinas y del presente americano. Mira con temor
hacia EEUU y se niega a admitir que su civilización sea superior a la hispana. Frente a
ella, propone la unión de los pueblos americanos. Algunas composiciones expresan la
situación de cansancio y amargura del poeta ante la vida transcurrida, como se puede
percibir en el poema “Lo fatal” que cierra el libro.
Darío transformó la lengua poética en nuestro idioma y se convirtió en un punto
de referencia para los poetas españoles de su tiempo. Se le conoce como el “Príncipe de
las Letras Castellanas”.
El Modernismo español y la Generación del 98
Marcados por el pesimismo generado tras el desastre del 98 (pérdida de las
últimas colonias), los modernistas españoles no siguen la estela elegante y sonora de
Darío; no se centraron en los temas mitológicos y orientales y tampoco desarrollaron
una poesía tan fuertemente descriptiva y sensorial como la del Modernismo
hispanoamericano.
Autores como Francisco Villaespesa, Salvador Rueda, Eduardo Marquina o
Manuel Machado, dieron a su poesía un carácter más intimista e introspectivo donde
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abordan sentimientos y preocupaciones universales como el sentido de la vida o la
profunda soledad del ser humano, y también buscan la esencia o el alma de España en la
historia o en el paisaje castellano. En este sentido, entroncaron con los intereses de la
llamada Generación del 98, un grupo de escritores coincidentes en el tiempo y con los
que compartieron vivencias y experiencias comunes.
El denominado “desastre del 98” se convirtió en el detonante de una literatura
crítica que pretendía reflexionar sobre el atraso, la incultura, el caciquismo las clases
dirigentes y la influencia de la Iglesia en la educación para denunciar su descomposición
social y moral, además de mostrar un propósito regeneracionista.
Entre sus principales representantes figuran Baroja, Unamuno, Azorín, Maeztu,
Antonio Machado y Valle-Inclán.
Los temas principales que abordan son la angustia existencial y, de forma
especial, el problema de España. Se centran en recuperar los rasgos de la identidad y de la
esencia españolas y los encuentran en Castilla, en su paisaje, en su gente…, poseedores de
valores como la austeridad, la nobleza o la entereza de ánimo ante la adversidad. Por
contra, el cainismo, la pereza, la envidia o la religiosidad tradicional deben ser
erradicadas. En relación con todo ello están su interés en la recuperación del vocabulario
tradicional y en la influencia de las manifestaciones medievales de la literatura (el Cid o el
Romancero).
Aunque este movimiento se desarrolló fundamentalmente en novela y ensayo,
alguno de sus miembros destacó como poeta, como Miguel de Unamuno. En sus versos
aparecen los mismos temas que en la novela o el ensayo: el afán de inmortalidad, el
sentimiento religioso… Despunta su poema El Cristo de Velázquez (1920) en el que
durante más de dos mil versos reflexiona sobre los atributos humanos y divinos de
Jesucristo, a partir de la contemplación del famoso cuadro de Velázquez.
Hoy día, Modernismo y Generación del 98 se perciben como dos
manifestaciones complementarias con rasgos compartidos del espíritu de fin de siglo.
Por último, no se puede olvidar que hay autores que se acogen al Modernismo en
sus inicios y que participan de esta reflexión noventayochista, pero que luego
evolucionarán hacia posturas poéticas más singulares como Valle-Inclán, Juan Ramón
Jiménez y otro de los protagonistas de este tema: Antonio Machado.
Antonio Machado (1875-1939)
Nacido en Sevilla en 1875, fue hijo de un estimable folclorista. De niño, su
familia se traslada a Madrid y, junto a sus hermanos, estudia en la Institución Libre de
Enseñanza. Con su hermano Manuel viaja a París donde trabaja como traductor y
entabla contacto con Rubén Darío.
En 1907 obtiene la cátedra de Francés en el Instituto de Soria. Allí conoce a
Leonor Izquierdo con quien se casa, pero ella enfermará de tuberculosis y morirá en
poco tiempo. Machado, desesperado, se traslada a Baeza (Jaén) y, más tarde, a Segovia.
Conoce por entonces a Pilar Valderrama, la Guiomar de sus últimos poemas amorosos.
Cuando estalla la guerra civil, Machado, firme partidario de la República,
emprende el exilio junto a su madre. Muy enfermos, morirán en Colliure con tres días
de diferencia en 1939.
Machado fue un hombre bueno humilde y austero (cualidades que él mismo
destaca en su “Retrato”). Su ideología evolucionó desde un liberalismo reformista
aprendido en la Institución Libre de Enseñanza a una actitud más radical fruto del
contacto con las desigualdades sociales de Andalucía y su simpatía por los movimientos
obreros.
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Su concepción de la poesía la resumió en la siguiente frase: “La poesía es la
palabra esencial en el tiempo” (trata de captar la esencia de las cosas, a la vez que su
fluir temporal). Sus poemas siempre parten de experiencias concretas, pero Machado no
se queda en la simple anécdota, sino que extrae de ella un sentimiento universal con el
que los lectores nos podemos identificar y emocionar.
Su trayectoria poética se divide en tres etapas:
1) Corresponde a los años de militancia modernista (1900-1907). Los poemas de
esta etapa se recogen en Soledades, galerías y otros poemas (1907), que es una
selección y ampliación de Soledades (1903), su primer libro.
Machado, según sus palabras, trata de captar los “universales del sentimiento”
(el tiempo, la muerte y Dios), concretados en el problema del destino del hombre, los
recuerdos nostálgicos de la infancia, las evocaciones del paisaje castellano… Los
resultados de esta introspección son soledad, melancolía o angustia.
De esta etapa, la crítica ha destacado su carga simbólica y el empleo de versos
dodecasílabos y alejandrinos junto a pies acentuales. Respecto a los símbolos (una
realidad para expresar otra más profunda), para Machado, el camino es un reflejo de la
existencia humana entendida como un recorrido lineal que conduce a un final incierto;
la tarde representa desilusión o presentimiento de la muerte; el río simboliza el fluir del
tiempo; el mar nos hace conscientes de la muerte; la noria o la fuente representan el
eterno retorno o monótono volver a empezar al que están sometidos el día y la noche,
las estaciones del año o la propia existencia humana; los espejos son las ilusiones y los
sueños frustrados…
En todo caso, ya se observa una depuración estilística que le llevará hacia la
consecución de una voz poética propia.
“Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?”
2) Son los años de su toma de conciencia crítica (1907-1917). En esta época
compone Campos de Castilla (1912) en el que mantiene sus preocupaciones
existenciales con un tono intimista, aunque añade nuevos temas:
El paisaje castellano, tratado subjetivamente, destacando aquello que sugiere
soledad, fugacidad y muerte. Añadió emocionados recuerdos desde Baeza, tanto
a Castilla como a su esposa muerta.
La preocupación patriótica, que lo conecta con los postulados de la Generación
del 98: Machado se incorpora al grupo de escritores que, denunciando la
pobreza, la incultura y el atraso de España, luchan por su regeneración, que solo
se conseguirá con un trabajo colectivo basado en la educación. En poemas como
“Del pasado efímero” o “Una España joven”, Machado muestra su repulsa hacia
esa “España de charanga y pandereta” y su confianza en una España nueva (“la
España de la rabia y de la idea”).
Incluye también un extenso poema narrativo en romance titulado La tierra de
Alvargonzález en el que aborda el tema de la codicia.
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Destaca la serie “Proverbios y cantares”, poemas brevísimos inspirados por las
coplas populares con contenido emotivo o filosófico.
“Señor, ya me arrancaste lo que más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar”.
3) Esta etapa (1917-1936) se caracteriza por el cultivo destacado del cantar
popular, a través del cual se acentúa el contenido filosófico (Nuevas canciones, 1924), y
de la prosa ensayística (De un cancionero apócrifo, Juan de Mairena…), en donde
aborda cuestiones relacionadas con el arte y con la ética utilizando un “alter ego” u
“otro yo”.
Cuando estalla la guerra, Machado se propone ser el poeta de la España
republicana. Surgen así sus Poesías de la guerra, poemas dedicados a la defensa de
Madrid o la desgarradora elegía a Lorca “El crimen fue en Granada”.
En definitiva, en Machado sobresale su hondura al abordar graves problemas
humanos, al tiempo que se le considera un gran ejemplo de la identificación de un poeta
con una tierra. No sólo gozó del respeto de la Generación del 27, sino que también que
fue tomado como un maestro para los poetas de posguerra.
Como conclusión, podemos afirmar que la renovación poética que supuso el
Modernismo, junto a la labor de Darío y Machado, fue un eslabón fundamental para
manifestaciones creativas posteriores.