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A Living Education en Español

Un espacio para la Educación en casa al estilo Charlotte Mason

1° Volumen «Educación en el hogar»

Título de la obra original: Home Education Series – Volume 1 Home Education, escrita por Charlotte Mason,
publicada originalmente en Inglaterra en 1886.

Traducción y edición de esta versión preliminar realizadas por María Elena Ortiz
(https://alivingeducationenespanol.com/) y Johanna Pérez Ray (https://charlottemasonespanol.org/) ©
2022. Versión protegida por el derecho internacional de derechos de autor, y no puede ser publicada ni
copiada sin la autorización expresa de las traductoras. Extractos y citas tomados de esta versión pueden
compartirse dando el debido crédito a las traductoras, y usando un enlace apropiado y específico hacia el
contenido original.

La publicación de esta obra en formato impreso está prevista para fines del año 2022.

INDICE

Prefacio a la cuarta edición

Prólogo a la cuarta edición

Parte I. ALGUNAS CONSIDERACIONES PRELIMINARES

I. Método educativo

II. La condición del niño

III. Ofender a los niños

IV. Menospreciar a los niños

V. Impedir a los niños

VI. Condiciones para una actividad cerebral saludable

VII. «La supremacía de la ley» en la educación

Parte II. LA VIDA AL AIRE LIBRE DE LOS NIÑOS

I. Tiempo de crecimiento
II. Exploración del entorno

III. «Pintar cuadros»

IV. Las flores y los árboles

V. Las criaturas vivientes

VI. El conocimiento de la naturaleza y los libros de naturalistas

VII. El niño adquiere conocimiento por medio de los sentidos

VIII. Se debe familiarizar al niño con los objetos naturales

IX. La geografía al aire libre

X. El niño y la madre naturaleza

XI. Los juegos al aire libre, etc.

XII. Las salidas en mal tiempo

XIII. Entrenamiento al «estilo indígena«

XIV. Los niños necesitan el aire del campo

Parte III. ‘EL HÁBITO EQUIVALE A DIEZ NATURALEZAS’

I. Educación basada en la ley natural

II. Los niños carecen de la facultad de la autoimposición

III. ¿Qué es la “naturaleza”?

IV. El hábito puede suplantar la “naturaleza”

V. Establecimiento de líneas de hábito

VI. La fisiolgía del hábito

VII. La formación del hábito: ‘cierra la puerta al salir’

VIII. Hábitos de la primera infancia

IX. El ejercicio físico

Parte IV. CIERTOS HÁBITOS MENTALES MORALES

I. El hábito de la atención

II. Los hábitos de esmero, etc.


III. El hábito de pensar

IV. El hábito de imaginar

V. El hábito de recordar

VI. El hábito de la perfecta ejecución

VII. Algunos hábitos morales: la obediencia

VIII. La veracidad

Parte V. LAS LECCIONES COMO INSTRUMENTOS EDUCATIVOS

I. Sobre el contenido y método de las lecciones

II. El Kindergarten en tanto lugar de aprendizaje

III. Otras consideraciones sobre el jardín infantil

IV. La lectura

V. La primera lección de lectura

VI. Aprender a leer a través de la vista y el sonido

VII. La recitación

VIII. La leer a los niños mayores

IX. El arte de narrar

X. La escritura

XI. La transcripción

XII. La ortografía y el dictado

XIII. La composición

XIV. Las lecciones bíblicas

XV. La aritmética

XVI. Ciencias naturales

XVII. Geografía

XVIII. Historia

XIX. Gramática
XX. Lengua extranjera

XXI. Arte pictórico

Parte VI. LA VOLUNTAD, LA CONCIENCIA, LA VIDA DIVINA EN EL NIÑO

I. La voluntad

II. La conciencia

III. La vida divina en el niño

Prefacio a la Cuarta edición

El panorama educativo se ve bastante nebuloso y deprimente tanto en casa [se refiere a


Inglaterra, alrededor de 1880] como en el extranjero. Muchas son las necesidades que se
escuchan desde el campo educativo: que la ciencia debe ser un elemento básico de la
educación; que debe reformarse la enseñanza del latín, de las lenguas modernas, de las
matemáticas; que la naturaleza y las manualidades debieran usarse para entrenar tanto el
ojo como la mano; que los niños y niñas deben aprender a escribir en su idioma materno y,
por lo tanto, que deben saber algo de historia y de literatura, y que la educación debiera
hacerse más técnica y utilitaria. No obstante, no contamos con un principio unificador, ni
un objetivo definitivo; de hecho, no contamos con ninguna filosofía de la educación. Así
como un arroyo no puede elevarse más que la fuente de donde nace, así también es poco
probable que una iniciativa educativa pueda desprenderse de todo el pensamiento que le
ha dado nacimiento; y tal vez, ésta sea la razón de todos los tropiezos, las iniciativas
perdidas, los fracasos y las decepciones que han marcado nuestros esfuerzos educativos.

Quienes hemos pasado muchos años en pos de la benigna y esquiva visión de la


educación, percibimos que sus enfoques están regulados por una ley que aún no es
completamente clara; podemos discernir sus contornos, pero nada más; sabemos que está
presente en todo lugar, pues no hay espacio de la vida hogareña o escolar de un niño en
que la ley no penetre. Es iluminadora también, pues muestra el sistema de valores
escondido detrás de los sistemas educativos; pero no es sólo una luz, sino también una
medida, un estándar a través del cual se prueban todas las cosas, tanto pequeñas como
grandes, relativas al esfuerzo educativo. Esta ley tiene apertura de carácter, pues acoge
todas las cosas verdaderas, sinceras y de buen nombre, y no impone límites u obstáculos
salvo cuando el exceso podría ser perjudicial. El camino que indica esta ley es continuo y
progresivo, y carece de transición desde la cuna a la tumba, exceptuando cuando la
madurez asume la dirección natural después de que la instrucción ha disipado la
inmadurez. Cuando comprendamos la ley en toda su plenitud, sin duda encontraremos
que ciertos pensadores alemanes como Kant, Herbart, Lotze, Froebel estaban en lo
correcto cuando declararon que “es necesario” creer en Dios; que, por lo tanto, el
conocimiento de Dios es el principal conocimiento y el fin principal de la educación Hay
conocimiento de Dios es el principal conocimiento y el fin principal de la educación. Hay
un elemento más por el cual reconoceremos esta ley perfecta de la libertad educacional,
cuando el tal se haga evidente: se ha dicho que “la idea más precisa que se puede formar
de la verdad absoluta es que, al ponerla a prueba, está en condiciones de cumplir con
todas las condiciones impuestas”. Tal es la realidad que podemos esperar de nuestra ley:
que cumplirá con todas las pruebas

experimentales y todas las pruebas de la investigación racional que se le impongan.

Como no hemos recibido las tablas de nuestra ley, recurrimos a Froebel o a Herbart; o, si
pertenecemos a otra escuela educativa, a Locke o Spencer, pero aún no nos sentimos
satisfechos. Hay un descontento, ¿será un descontento divino quizás?; y sin lugar a dudas
daríamos la bienvenida a una viable y efectiva filosofía de la educación que nos libere de
tanta incertidumbre. No obstante, antes de lograr tal liberación, es probable que se
intenten muchas iniciativas, que contengan más o menos las características de una
filosofía; especialmente poseedoras de una idea central, un cuerpo de pensamiento que
incluya varios elementos unidos en vital armonía.

Tal teoría de la educación, que no debiera llamarse un sistema de psicología, debe estar en
armonía con las corrientes de pensamiento de los tiempos actuales, debe considerar la
educación no como un compartimiento cerrado en sí mismo, sino como parte de la vida
misma, tales como el nacimiento o el crecimiento, el matrimonio o el trabajo; y debe
conectar al estudiante con el mundo a través de varios puntos de contacto. Es cierto que
los expertos en educación están ansiosos por establecer este tipo de contacto en varias
direcciones, pero sus esfuerzos descansan sobre un axioma aquí y una idea allá, sin una
vasta base unificadora de pensamiento que sustente el todo.

Es verdad que, como dice el dicho inglés, «Los necios se lanzan adonde los ángeles temen
pisar»; pero la esperanza de que surjan iniciativas tentativas hacia una filosofía de la
educación, y que todas ellas nos acerquen más al magnum opus, la obra maestra, me
anima a mí a intentarlo también. El pensamiento central, o más bien el conjunto de
pensamientos sobre el cual me baso, es el hecho bastante obvio de que el niño es una
persona que cuenta ya con todas las posibilidades y capacidades propias de la
personalidad. Algunas de las nociones resultantes de este pensamiento han sido expuestas
ocasionalmente por pensadores del ámbito educativo, y existen vagamente en el sentido
común general. Una tesis que quizás es nueva es que la Educación es la ciencia de las
relaciones, lo cual me parece que resuelve la cuestión de un currículo, pues indica que el
objeto de la educación es poner a un niño en contacto vivo con lo mayor posible de la vida
de la naturaleza y del pensamiento. Si a esto añadimos una o dos claves para el
conocimiento de sí mismo, el joven así educado está en capacidad de salir al mundo con
una comprensión inicial de cómo controlarse a sí mismo, con algunas habilidades
prácticas, y muchos intereses vitales. La excusa que tengo para atreverme a ofrecer una
solución, aunque tentativa y temporal, al problema de la educación es de doble arista: he
trabajado sin pausa entre 30 a 40 años para establecer una teoría educativa tanto filosófica
como pragmática, y, en segundo lugar, cada artículo de fe educativa que propongo es el
resultado de procesos inductivos; y, creo, ha sido verificada por una larga y amplia serie
de experimentos. Sin embargo, es con sincera vacilación que me atrevo a ofrecer los
resultados de esta extensa labor porque sé que en este campo hay muchos obreros
resultados de esta extensa labor, porque sé que en este campo hay muchos obreros
muchísimo más capaces y expertos que yo. Es por eso que los ángeles temen pisar aquí,
¡esta área del conocimiento puede ser tan incierta!

No obstante, aunque sea para animar a otros, añadiré una breve sinopsis de la teoría
educativa que se describe en los volúmenes de esta Serie educativa.

La estructura no es metódica, sino incidental; aquí se presenta una idea, allí se añade otra;
así me pareció que podría satisfacer mejor las necesidades de padres y maestros. Debiera
añadir que estos ensayos se prepararon a lo largo de varios años para el uso de la
asociación educativa nacional de padres Parents National Educational Union (en adelante,
PNEU) con la esperanza de que dicha comunidad pudiera contar con un cuerpo de
pensamiento educativo más o menos coherente [aquí hay una versión actualizada y
explicada de los principios (https://charlottemasonespanol.org/charlotte-mason/20-
principios/)]:

1. Los niños nacen siendo personas.


2. No nacen siendo buenos o malos, sino con potencial para el bien y para el mal.
3. Los principios de autoridad, por un lado, y de obediencia por el otro, son naturales,
necesarios y fundamentales; no obstante,
4. Dichos principios se ven limitados por el debido respeto a la personalidad de los niños,
la cual no debe infringirse ya sea por el miedo o el amor, las insinuaciones o la
influencia, o la manipulación indebida de un deseo natural.
5. Por lo tanto, nos vemos limitados a tres instrumentos educativos: la atmósfera del
entorno, la disciplina del hábito, y la presentación de ideas vivientes.
6. Cuando decimos que «la educación es atmósfera», no queremos decir que un niño
debiera estar aislado en lo que se conoce como «ambiente infantil» especialmente
adaptado y preparado para el niño, sino que debiéramos considerar el valor educativo
de la atmósfera hogareña natural, tanto en cuanto a personas como a cosas, y que se le
debería dejar vivir libremente en sus propias condiciones. Atrofia a los niños reducir el
mundo a su nivel.
7. Por «educación es disciplina», entendemos la disciplina de los hábitos formados
definitiva y cuidadosamente, ya sean mentales o corporales. La fisiología nos habla de
la maleabilidad de las estructuras cerebrales a líneas habituales de pensamiento, es
decir, a nuestros hábitos.
8. Que «la educación es vida» implica la necesidad de sustento intelectual y moral, igual
que de sustento físico. La mente se alimenta de ideas y, por lo tanto, los niños deben
contar con un plan de estudios abundante.
9. Pero la mente no es un mero receptáculo en donde se ponen las ideas, formando
grupos de pensamientos unidos, como lo expuso Herbart.
10. Por el contrario, la mente del niño no es un mero depósito de ideas, sino que podemos
usar la figura de un organismo espiritual que tiene apetito por la totalidad del
conocimiento, el cual es su dieta adecuada y con la cual está listo para lidiar, y que
puede digerir y asimilar tal como el cuerpo digiere el alimento.
11. Este aspecto no es un detalle menor. La doctrina de Herbart relega el peso de la
educación (la preparación del conocimiento en bocados tentadores debidamente
ordenados) sobre el maestro. Los niños instruidos con este principio están en peligro
de recibir mucha instrucción y poco conocimiento; y el axioma del maestro es ‘lo que
de recibir mucha instrucción y poco conocimiento; y el axioma del maestro es, lo que
el niño aprende importa menos que cómo lo aprende’.
12. Pero nosotros, creyendo que el niño normal tiene capacidades mentales que lo
capacitan para lidiar con todo el conocimiento apropiado para él, le damos acceso a un
currículum completo y abundante; poniendo cuidado solo de que todo el conocimiento
que se le ofrezca sea vital, es decir, que los hechos no se presenten sin las ideas que los
sustentan. A partir de esta concepción surge nuestro principio de que:
13. «La educación es la ciencia de las relaciones»; es decir, que un niño se relaciona
naturalmente con una gran cantidad de cosas y pensamientos: por ello lo instruimos
en ejercicios físicos, el conocimiento de la naturaleza, los trabajos manuales, la ciencia y
el arte, usando muchos libros vivientes, porque sabemos que nuestra tarea no es
enseñarle todo sobre todas las cosas, sino ayudarlo a validar todo lo que pueda de:
«Aquellas afinidades primogénitas
Que moldean nuestra nueva existencia a las cosas ya existentes».
14. También existen dos directrices que se pueden impartir a los niños para una gestión
propia tanto moral como intelectual, que llamamos ‘ la vía de la voluntad’ y ‘la vía de
la razón’.
15. La vía de la voluntad: a los niños se les debe enseñar: (a) Que distingan entre ‘quiero’ y
‘debo’. (b) Que la forma de llegar a hacer en forma efectiva es apartar nuestros
pensamientos de lo que deseamos, pero no queremos hacer. (c) Que la mejor manera
de cambiar nuestros pensamientos es pensar o hacer algo bien diferente, algo
entretenido o interesante. (d) Que después de un poco de descanso de esta manera, la
voluntad vuelve a su trabajo con renovado vigor (Este complemento de la voluntad lo
conocemos como distracción, y su rol es librarnos por un tiempo de hacer un esfuerzo,
para que podamos ‘volver a querer hacer’ con mayor ímpetu. El uso de la insinuación,
inclusive la auto sugestión, como ayuda a la voluntad debe eliminarse, ya que tiende a
aturdir y a estereotipar el carácter. Pensamos que la espontaneidad es una condición
del desarrollo, y que la naturaleza humana necesita la disciplina del fracaso tanto
como la del éxito).
16. La vía de la razón: Deberíamos enseñar a los niños a no ‘poner (demasiada) confianza
en su propio entendimiento’; porque la función de la razón es proporcionar una
prueba lógica de: a) la verdad matemática, b) una idea inicial que la voluntad acepta.
En el primer caso, la razón es, prácticamente, una guía infalible, pero en el segundo
caso, no es siempre así, en cuyo caso, la razón confirmará con pruebas irrefutables si
una idea está bien o mal.
17. Por lo tanto, a los niños se les debe instruir, a medida que lleguen a la madurez
suficiente para comprender tal enseñanza, que la principal responsabilidad que recae
sobre ellos como personas es aceptar o rechazar ideas.
Para ayudarlos en esta elección les damos principios de conducta, y una amplia gama
de conocimiento apropiado para ellos.
Dichos principios (15, 16 y 17) librarán a los niños de pensamientos ilógicos y de
acciones imprudentes que causan que la mayoría de nosotros viva en un nivel inferior
al que debiéramos vivir.
18. No debiéramos permitir que surja ninguna separación entre la vida intelectual y
‘espiritual’ de los niños, sino que debiéramos enseñarles que el Espíritu de Dios tiene
acceso constante a sus espíritus, y es su Ayudador permanente en todos los intereses,
deberes y alegrías de la vida
deberes y alegrías de la vida.


La serie educativa en su versión original en inglés se titula Home Education (educación en el
hogar) por el título del primer volumen, y no porque se trate en su totalidad o principalmente sobre
la educación en el hogar en oposición a la educación en la escuela.

Próxima Lectura el Martes 30 Enero.

Prólogo a la Cuarta Edición


Ciencia de la educación, reaprender de la madre para enseñar, plasmar conocimientos la fisiología del hábito en nosotros y los niños.

En este volumen intento presentar a los padres y maestros un método educativo que se
basa en la ley natural; y, en dicho contexto, referirme a los deberes de la madre hacia sus
hijos. Me atrevo a hablar sobre este tema con el más sincero respeto hacia las madres,
creyendo que, tal como lo dijera un sabio maestro de hombres: «la mujer recibe del
Espíritu de Dios mismo la capacidad de intuir el carácter del niño, de apreciar sus
fortalezas y sus debilidades, la facultad de propiciar unas y sostener las otras, en lo cual se
haya el misterio de la educación, aparte de la cual todas las medidas y regulaciones
educativas propias resultan absolutamente vanas e ineficaces ». Pero sólo en la medida
que una madre cuente con esta percepción peculiar sobre sus propios hijos, sentirá,
pienso, la necesidad de conocer los principios generales de la educación, basados en la
naturaleza y las necesidades de todos los niños. Este conocimiento de la ciencia de la
educación, ni siquiera las mejores madres recibirán de lo alto, ya que con frecuencia no se
recibe como regalo lo que podemos obtener por nuestro propio esfuerzo.

Me atrevo a suponer que los maestros de niños pequeños también encontrarán útil este
volumen. Estamos hablando del periodo de la vida del niño entre los seis y nueve años,
cuando se debería asentar las bases de una educación rica y variada, así como el hábito de
lectura con miras a la instrucción. Durante estos años el niño debería entrar al mundo del
conocimiento, desde distintas direcciones, de una manera reposada y consecutiva, lo cual
no se logra a través de las lecciones orales, muy comunes hoy en día. Espero que los
maestros puedan descubrir que esta perspectiva (desde un nuevo punto de vista) hacia las
resabidas «materias de instrucción» apropiadas para niños, sea interesante y estimulante,
y que los métodos que aporta esta nueva mirada puedan ser inspiradores y útiles.

El objetivo particular de este volumen como parte de la serie educativa Charlotte Mason
(Home Education Series), es demostrar el efecto de la fisiología del hábito en la educación;
por qué ciertos hábitos físicos, intelectuales y morales son valiosos para un niño, y qué se
puede hacer para la formación de tales hábitos. Tengo una deuda impagable a Fisiología
mental del Dr. Carpenter por su instrucción invaluable sobre los hábitos que contienen
dos o más capítulos de esa obra. También agradezco a los expertos en medicina que han
hecho una cuidadosa y competente revisión de las partes de esta obra que descansan
sobre una base fisiológica.
Debiera añadir que hace unos veinte años (1885) la mayor parte de este volumen fue parte
de una serie de «Conferencias para señoras», y se publicaron de esa forma originalmente
en 1886 con el título que aún mantienen hoy.

Las conferencias VII y VIII y el apéndice del volumen original se han traspuesto a otros
volúmenes de la serie. Todo se ha revisado muy cuidadosamente, y se ha añadido mucho
nuevo contenido, especialmente en la Parte V «Las lecciones como instrumentos de la
educación», la cual ahora entrega una introducción bastante completa a los métodos para
la enseñanza de materias aptas para niños entre los seis y los nueve años.

El resto del volumen intenta abordar la totalidad de la educación desde la infancia hasta el
noveno año de vida.

C. M. MASON.
Scale How, Ambleside (Inglaterra)
1905

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los
derechos reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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PARTE I. ALGUNAS CONSIDERACIONES PRELIMINARES

Sin duda una evidencia significativa del mejorado estatus de las mujeres lo constituye el
creciente deseo de trabajar de las mujeres educadas; el mundo lo desea, y en la medida
que la educación sea más accesible, veremos que todas las mujeres capaces de trabajar se
convertirán en mujeres trabajadoras, con tareas definidas, horas fijas y un salario, o
trabajando por el placer y el honor de hacer un trabajo útil si no tuvieran la necesidad de
ganar dinero.

Los niños son un bien público. Ahora bien, el trabajo de mayor importancia para la
sociedad es la crianza e instrucción de los niños—en la escuela, no hay duda, pero lo es
mucho más en el hogar, porque son las influencias que moldean al niño en el hogar las
que determinarán el carácter y la carrera del futuro hombre o la futura mujer. Por ello, ser
padres es algo grande: no hay nada más elevado a lo que se pueda aspirar, ni hay algo
más digno que se le compare; incluso los padres de un solo hijo pueden regocijarse en lo
que será una bendición para el mundo. No obstante, al recibir tal responsabilidad, los
padres no tienen la libertad de decir: «Puedo hacer lo que quiera con lo mío». En realidad,
los niños debieran considerarse menos como propiedad personal y más como un bien
público que ha sido puesto en manos de los padres para que logren lo mejor de ellos para
el bien de la sociedad. Tal responsabilidad no se divide equitativamente entre los padres:
es en las madres del presente que depende el futuro del mundo, en un mayor grado que
en los padres, porque son las madres quien ejercen más dirección durante los primeros
años, los años de mayor impresionabilidad de los niños. Esta es la razón por la que
escuchamos con tanta frecuencia de grandes hombres que han tenido buenas madres, es
decir, madres que criaron a sus hijos ellas mismas, y que no cedieron su más solemne
deber a personas indiferentes.

Las madres deben un «amor reflexivo» a sus hijos. Pestalozzi nos dice: «La madre está
calificada por el Creador mismo, para convertirse en el principal agente del desarrollo de
su hijo… y lo que a ella se le exige es un amor que reflexiona… Dios le ha dado al niño
todas las facultades propias de nuestra naturaleza, pero el punto crucial permanece
incierto: ¿Cómo deben emplearse este corazón, esta mente, estas manos? ¿Al servicio de
quién se dedicarán? Responder esto implica un futuro de felicidad o desdicha para una
vida tan querida para usted. Es por esto que el amor maternal es el primer agente en la
educación».

Estamos despertando a nuestros deberes y en la medida en que las madres adquieran


niveles más avanzados de educación y eficiencia, sin duda se sentirán más convencidas de
que la educación de sus hijos durante los primeros seis años de vida es una empresa que
casi no puede dejarse en otras manos que no sean las propias; por eso, la asumirán como
su profesión, es decir, con la diligencia, la regularidad y la puntualidad de una labor
profesional [en el original de principios del siglo XX: que los hombres otorgan a sus
labores profesionales].

Con el fin de comprender mejor el rol que ellas tienen en la crianza de sus hijos, las
madres debieran contar con algo más que un vago conocimiento teórico de la educación,
así como con una comprensión profunda de la naturaleza del niño sobre la cual se basan
tales teorías.

La instrucción de los niños «excesivamente defectuosa». «La formación de los niños,


tanto física, moral como intelectual es terriblemente defectuosa», dice el Sr. Herbert
Spencer [filósofo, biólogo, antropólogo y sociólogo inglés (1820-1903)]; y «en gran medida
es así, debido a que los padres carecen de aquel conocimiento que es vital para ser guiados
correctamente en la formación en estas áreas. Pero, ¿Qué se puede esperar cuando uno de
los problemas más complejos es abordado por quienes han reflexionado tan
deficientemente sobre el principio del cual depende su solución? Sabemos que para
fabricar zapatos o construir casas, para manejar un barco o una locomotora, es necesario
primero un largo aprendizaje práctico como aprendiz. ¿Podemos asumir, entonces, que el
desarrollo del cuerpo y mente de un ser humano es un proceso comparativamente tan
simple, que cualquiera puede dirigirlo y regularlo sin preparación alguna? Si, por el
contrario, el proceso es (con una excepción) más complejo que cualquier otro en la
naturaleza, y la tarea de suplir para el mismo es de una dificultad magnánima, ¿no es una
locura no prepararse para tal tarea? Es mejor sacrificar logros que omitir esta instrucción
esencial… Conocer algo de los principios básicos de la fisiología y las verdades
elementales de la sicología es indispensable para la crianza adecuada de los niños… Estos
son los hechos indiscutibles: que el desarrollo mental y físico de los niños obedece a
ciertas leyes; que a menos que los padres se adapten en algún grado a dichas leyes, la
muerte es inevitable; que, a menos que se conformen a ellas en gran manera, y solo
cuando esta conformidad ocurre en su totalidad, solo entonces se puede alcanzar un
grado completo de madurez. Juzguemos, pues, si todos los que algún día serán padres no
debieran buscar con diligencia aprender cuáles son estas leyes». (Herbert
Spencer, Education)

El proceder común de los padres. Instintivamente, al principio los padres conciben a sus
hijos como una hoja en blanco, y hacen grandes resoluciones sobre lo que escribirán en
ella. No pasa mucho tiempo sin que surjan características de la disposición del niño con
sus modos propios de actuar; y al principio, cada nueva muestra de personalidad propia
es una encantadora sorpresa. Siempre nos maravillará que el niño muestre placer al ver a
su padre, y que su carita muestre tanto cariño por su madre; pero el asombro se acaba y
los padres ya no se maravillan cuando el niño se muestra como un ser humano completo
igual que ellos, con afectos, deseos y capacidades; un niño que ama su libro, quizás, como
un pato ama el agua, o los juegos que lo convertirán en un hombre. La noción primera de
los padres de hacer todo por el niño, desaparece gradualmente, y tan pronto el niño
muestra que puede hacer cosas por sí mismo, se le anima a que lo haga. El mayor deleite
de la madre y el padre es observar la individualidad de su hijo tal como se despliega una
flor. Pero Otelo pierde su trabajo. Cuanto más el niño define su propio rumbo, menos
tienen por hacer los padres, excepto alimentarlo con la comida y la bebida convenientes,
ya sea afectiva, intelectual o, física: aquí podemos notar que el rol de los padres es solo
suplir, pues el niño sabe muy bien cómo apropiarse de lo que recibe. La preocupación
principal de los padres es entregar algo que sea sano y nutritivo, ya sea en cuanto a libros
ilustrados, clases, compañeros de juego, pan y leche, o el amor de la madre. Ésta es la
educación tal como la entiende la mayoría de los padres, con mayor cantidad de carne,
mayor cantidad de amor, mayor cantidad de cultura, todo según su tipo y medida; y dejan
a sus hijos tranquilos, los dejan ser, permitiendo que la naturaleza humana se desarrolle
por sí misma, y vaya siendo modificada por el ambiente y la herencia.

Así tal cual, esta «inactividad magistral» es lo mejor para el niño; está bien que se le deje
crecer y que se le ayude a crecer de acuerdo a su naturaleza; y mientras los padres no
intervengan para malcriarlo, da buenos resultados y no se ve evidencia de ningún daño.
Sin embargo, esta filosofía de «dejarlo ser» solo abarca la parte menos importante del
llamado de los padres; y no aborda los extenuantes y continuos esfuerzos que se deben
hacer en obediencia a la ley que producirá un ser humano en toda su excelencia.

Nada de lo que concierne a un niño es trivial; sus palabras y acciones aparentemente sin
sentido están llenas de significado para los sabios. Es en lo infinitamente pequeño que
debemos estudiar lo infinitamente grande; y las vastas posibilidades y la dirección
correcta de la educación, se indican en el libro abierto que son los pensamientos del niño.

Una generación atrás, un gran maestro nuestro nunca cesó de reiterar que en el plan
divino «la familia es la unidad de la nación»: no el individuo, sino la familia. Hay mucho
que se puede aprender en esta frase, pero en la superficie entendemos que el todo es más
que su parte, que el todo contiene la parte, posee la parte, ordena la parte; y que al ser esto
así, los niños pertenecen a la nación, son educados para la nación de la forma que a ella le
es más beneficiosa, y no de acuerdo con el capricho individual de los padres. La ley existe
para castigar a los malhechores, y para alabar a los que hacen el bien; por tanto, en forma
práctica, los padres tienen completa libertad de acción; pero deberíamos hacer bien en
recordar que los niños son un bien nacional cuya crianza nos concierne a todos, incluso a
aquellas personas solteras o sin hijos, que tienen el bastante sombrío rol de solo
«observar».

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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I. El método educativo

Los métodos educativos tradicionales. Hoy es más necesario que nunca que los padres
enfrenten por sí mismos el asunto de la educación en todos sus aspectos. Hasta ahora, se
ha criado a los niños principalmente con métodos tradicionales; la experiencia de nuestros
antepasados sigue presente en una gran cantidad de fórmulas educativas que se
transmiten de boca en boca; y pocas o muchas de dichas fórmulas componen el código
educativo de cada hogar.

Sin embargo, entendemos muy poco la gigantesca revolución que está causando la ciencia
en la teoría de la educación. Las tradiciones de los antepasados se han probado y han sido
halladas insuficientes; tomará mucho tiempo para que los axiomas de la nueva escuela
pasen a circulación común; y, mientras tanto, los padres están obligados a utilizar sus
propios recursos, y por fuerza deben sopesar los principios, y adoptar un método de
educación por sí mismos.

Por ejemplo, según el código pasado, una madre podría usar su zapatilla de vez en
cuando [claramente la autora alude al conocido castigo de los niños], con buenos
resultados y sin ninguna culpa; pero ahora, la persona del niño se considera sagrada, y sea
esta opinión correcta o incorrecta, infligir dolor con fines morales es algo que se rechaza en
forma bastante generalizada.

Otro ejemplo es la antigua regla de la mesa de los niños que decía: “cuanto más simple
mejor, y el hambre es el mejor aderezo”; ahora, la dieta de los niños debe ser al menos tan
nutritiva y tan variada como la de sus mayores; y el apetito, el deseo por cierto tipos de
alimentos, hasta ahora una tendencia viciosa que debía ser reprimida, es hoy, en el marco
de ciertas limitaciones, la guía más confiable que siguen los padres para organizar una
dieta para sus hijos.

Un principio del antiguo régimen, era que los niños debían instruirse para que soportaran
las dificultades. “Nunca podré ser un marinero si no puedo enfrentar el viento y la lluvia”,
dijo un pequeño de cinco años que una noche invernal fue sacado para ver una procesión
de antorchas; y, aunque temblaba de frío, no quiso refugiarse del mismo. Hoy en día, el
refugio lo es todo; no se debe permitir que los niños sufran fatiga o pasen tiempo a la
intemperie.
La antigua teoría podía resumirse en que los niños hicieran lo que se les pidiera, que se
preocuparan de sus libros [estudiaran] y que disfrutaran del juego cuando ya habían
cumplido sus deberes. Hoy, el placer de los niños tiene más importancia que los deberes.

Antiguamente, fueron criados en sujeción; ahora, los ancianos ceden su lugar, y el mundo
se modifica para los niños.

Los ingleses rara vez llegan a extremos como los padres de aquella historia en la
revista French Home Life, que llegaron una hora tarde a una cena, porque su hija de tres
años había querido que se pusieran la ropa de dormir y se fueran a la cama cuando ella lo
hizo, y solo pudieron salir cuando la niña estaba dormida. Es verdad que no llegamos tan
lejos, pero esa es la dirección hacia la que nos encaminamos; por ello, hasta qué punto las
nuevas teorías educativas son sabias y humanas, y el resultado del conocimiento científico
y psicológico, y hasta qué punto están al servicio de la idolatría de los niños a la cual todos
estamos sucumbiendo, no es una cuestión que se debiera decidir livianamente.

En todo caso, no es muy exagerado declarar que los padres que no siguen razonablemente
un método de educación, estudiado en su totalidad, fallan hoy—más que nunca—en
cumplir con las obligaciones que deben a sus hijos.

El método como un camino hacia un fin. El método implica dos cosas: es un medio para
lograr un fin, y es también el paso a paso en tal dirección; en otras palabras, seguir un
método implica una idea, una imagen mental del fin u objetivo al que se quiere llegar.
¿Qué se propone usted que sea el efecto que ejerza la educación en su hijo, y para
beneficio de él? Reiteramos que el método es natural; fácil, flexible, discreto, simple como
lo es la naturaleza misma; sin embargo, es vigilante, cuidadoso, influye en todo, y afecta
todas las cosas. El método, cuando tiene como fin la educación, toma para su servicio los
asuntos más improbables para ese fin; y lo hace de una manera tan natural como lo hace el
sol cuando solo al brillar hace que soplen los vientos y que fluyan las aguas. La madre y el
padre que pueden y están dispuestos—en otras palabras, la fuerza exacta del método—a
educar a sus hijos, usarán todas las circunstancias de la vida del niño casi sin que se lo
propongan; así de fácil y espontáneo es un método educativo basado en la ley de la
naturaleza. Ya sea cuando el niño coma o beba; venga, vaya o juegue todo el tiempo, se
está educando, aunque es igual de inconsciente de ello como lo es de respirar. Sin
embargo, siempre existe el peligro de que un método confiable se degenere y se convierta
en un mero sistema. Por ejemplo, el método del kindergarten o jardín de infantes, merece el
nombre de método, ya que fue concebido y perfeccionado por educadores de gran
corazón con el fin de contribuir a la evolución multifacética del más complejo ser humano
viviente y en crecimiento, pero que, en manos de practicantes ignorantes se convierte en
¡un miserable sistema duro como un trozo de madera!

El sistema es más fácil que el método. Un “sistema educativo”, es una atractiva quimera,
y lo es aún más, en algunos aspectos, que un método, porque el sistema se debe a
resultados medibles y definidos. Por medio de un sistema, se puede lograr un cierto
progreso, siguiendo reglas determinadas; por ejemplo, aprender la taquigrafía [hoy en día
se podría reemplazar esto con aprender a tipear], danzar, cómo aprobar exámenes, cómo
convertirse en un buen contador, o llegar a ser una mujer que se maneja socialmente, son
todos aprendizajes que se pueden lograr usando sistemas.

El sistema—es decir, seguir reglas hasta que se afiance el hábito de hacer ciertas cosas, y
de comportarse de ciertas maneras, y, por lo tanto, hasta que la habilidad sea adquirida—
logra tan buenos resultados precisos que no es de extrañar que se intente infinitamente
restringir todo el campo de la educación a los límites de un sistema.

Si un ser humano fuera una máquina, la educación solo lograría hacerlo actuar de la
manera prescrita, y el trabajo del educador sería simplemente adoptar un buen sistema de
trabajo o un conjunto de sistemas.

No obstante, el educador lidia con un ser que actúa y se desarrolla por sí mismo, y su afán
es guiar y ayudar a que se produzca el bien latente en dicho ser, se disipe el mal latente,
preparar al niño para que asuma su lugar en el mundo dando lo mejor de él, y con todas las
capacidades para el bien que están en él totalmente desarrolladas y convertidas en el
poder de hacer.

Aunque el sistema es muy útil como instrumento de la educación, un “sistema educativo”


es perjudicial ya que produce solo una acción mecánica en lugar de producir el
crecimiento y movimiento vitales de un ser vivo.

Vale la pena señalar en qué difieren un sistema y un método porque muchas veces los
padres se dejan llevar por algún meritorio “sistema” cuyo objetivo es generar desarrollo
en una dirección—ya sea de los músculos, de la memoria, o de la facultad del
razonamiento—y ya están satisfechos, como si ese desarrollo representara una educación
completa. Esta satisfacción fácil surge de la pereza de la naturaleza humana, a la cual le
agrada más un plan definido que la vigilia constante y la acción no prevista que se
necesitan cuando la totalidad de la existencia de un niño se debe usar como el medio para
su educación. ¿Pero quién tiene todo lo necesario para realizar una educación tan
exhaustiva e incesante? Los padres pueden estar dispuestos a realizar cualquier iniciativa
definida por el bien de sus hijos; pero estar siempre proveyendo para su bienestar,
siempre ingeniándoselas para que las circunstancias que los rodean le sean favorables, ¡es
propio de un dios, y no de un ser humano! Ésta es una objeción bastante razonable, si uno
considera la educación como una serie interminable de esfuerzos independientes, que se
piensan uno a uno, y se realizan sin planificación; pero el hecho es que algunos principios
esenciales generales cubren todo el campo, y una vez que éstos se entienden por completo,
actuar en función de ellos es tan fácil y natural como cuando actuamos en función de
nuestro conocimiento de datos como que el fuego quema y el agua fluye. Mi esfuerzo en
éste y en los capítulos subsiguientes será presentarles dichos principios fundamentales en
su sentido práctico. Mientras tanto, consideremos una o dos preguntas preliminares.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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II. La condición del niño

El niño en medio. Primero, consideremos al niño que ha sido encomendado a sus padres
humanos: ¿Dónde está y qué es el pequeño ser? ¿Acaso una hoja en blanco en la que se
escribirá, o una rama que se doblará, o una masa que se moldeará? Quizás sea todo ello,
pero es mucho más: es un ser que pertenece a un rango completamente más alto que el
nuestro; o, por así decirlo, un príncipe al cuidado de unos campesinos. Escuchemos cómo
estima Wordsworth la condición del niño:

“Nuestro nacimiento no es más que un sueño y un olvido:


El alma que se eleva con nosotros, nuestra estrella de la vida,
Ha tenido en otra parte su escenario,
Y viene de lejos;
No en completo olvido,
Tampoco en completa desnudez,
Mas persiguiendo nubes de gloria venimos
De Dios, que es nuestro hogar:¡Rodeados del cielo en nuestra edad más temprana!

******************

Tú, cuyo semblante exterior esconde


La inmensidad de tu alma;
Tú, filósofo por excelencia, que aún mantienes
Tu herencia, tu vista entre los ciegos,
Que, sordo y silencioso, lees la profundidad eterna,
Perseguido por siempre por la mente eterna,
¡Poderoso profeta! ¡Vidente bendito!
En quien estas verdades descansan,
Y que nosotros luchamos toda la vida por encontrar;
Tú, sobre quien tu inmortalidad
Se obsesiona como un día, cual amo sobre su esclavo,
Una presencia que a resguardo no se debe dejar;
Tú, niño, pequeño, pero glorioso en el poder
De la libertad proveniente del cielo dispuesta en la estatura de tu ser”.

Continúa así sucesivamente toda esa gran oda [se trata de “Atisbos de la inmortalidad en
los recuerdos de la primera infancia” de Wordsworth, aquí en su versión original
(https://www.poetryfoundation.org/poems/45536/ode-intimations-of-immortality-
from-recollections-of-early-childhood)], que, después de la Biblia, otorga la comprensión
más profunda de los niños en términos de su naturaleza y condición. “De los tales es el
reino de los cielos”. “A menos que seáis como niños pequeños, no entraréis en el reino de
los cielos”. “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?” “Y llamó a un niño y lo puso en
medio de ellos”. He aquí la valoración divina de la condición del niño. Vale la pena que
los padres reflexionen cada enunciado de los Evangelios sobre los niños, despojándose de
la noción de que estos dichos son atingentes, en primer lugar, a las personas adultas que se
han convertido en niños pequeños. No cabe aquí discutir lo que estos profundos dichos
son, ni lo que significan; solo que parece que abarcan mucho más de lo que Wordsworth
declara que son los niños en su expresión sublime: ”Persiguiendo nubes de gloria venimos
De Dios, que es nuestro hogar”.

Código de educación en los evangelios. Es posible que los padres que no han prestado
mucha atención al tema se sorprendan al descubrir también un código de educación en los
Evangelios, expresamente establecido por Cristo. Se resume en tres mandamientos, los
tres en voz negativa, como si lo principal que deben hacer las personas adultas es no
causar ningún daño a los niños: Mirad que no OFENDÁIS, no MENOSPRECIÉIS, no
TROPECÉIS a ninguno estos pequeños. Así son las tres leyes educativas del Nuevo
Testamento, las cuales, al examinarse por separado, me parece que abarcan toda la ayuda
que podemos dar a los niños y todo el daño que les podemos evitar, es decir, todo lo que
se incluye al instruir al niño en su camino. Consideremos estas tres grandes leyes como
prohibitivas, con el fin de despejar el terreno y llegar a la consideración de un método
educativo, ya que, si dejamos resuelto desde ahora lo que no debiéramos hacer, será de
gran ayuda para ver lo que sí podemos hacer, y debemos hacer, aunque, de hecho, lo
positivo está incluido en lo negativo, es decir, lo que estamos obligados a hacer por el niño
está incluido en lo que no debemos hacer porque le causa daño.

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III. Ofender a los niños

Ofensas. El primero y el segundo de los edictos divinos parecen incluir nuestros pecados
de comisión y omisión contra los niños: los ofendemos, cuando hacemos por ellos lo que
no debimos haber hecho; los despreciamos, cuando dejamos de hacer esas cosas que, por
su bien, deberíamos haber hecho. Sabemos que una ofensa es literalmente un obstáculo, lo
que hace tropezar al caminante y lo hace caer. Las madres saben lo que es despejar el piso
de los obstáculos cuando un bebé da sus primeros pasos vacilantes de silla en silla, o de
un par de brazos amorosos a otro. La pata de la mesa, el juguete en el suelo, lo que sea que
ha provocado una caída y un llanto, es algo lamentable; ¿por qué alguien no lo quitó para
que el bebé no tropezara? Pero así va el niño pequeño saliendo al mundo con pasos
vacilantes e inciertos en muchas direcciones; allí hay causas de tropiezo que no son tan
fáciles de eliminar como un taburete ofensivo; ¡y ay del que haga tropezar al niño!

Los niños nacen con el sentido de obediencia a la ley. “¡Qué malo bebé!” dice la madre;
el niño baja los ojos, y un rubor surge en su cuello y semblante, “qué gracioso” piensan
algunas personas y dicen: “¡Qué malo bebé!” cuando el bebé está jugando dulcemente,
para divertirse al ver que el alma infantil se eleva visiblemente ante sus ojos. Pero, ¿Qué
significa esta muestra de sentimiento, de conciencia, en el niño, previa a toda enseñanza
humana recibida? Nada menos que esto: que ha nacido como un ser respetuoso de la ley,
con un sentido de lo que se debe y lo que no se debe, de lo correcto y lo incorrecto. Así es
como los niños han sido enviados al mundo, con esta advertencia: “Mirad que no
menospreciéis a uno de estos pequeños”. A pesar de esta verdad, ¿Quién no ha conocido a
niñas y niños grandes, hijos de padres sensatos, pero que aún no saben lo que
significa debo, que no han aprendido a cumplir sus obligaciones, y cuyos corazones no
sienten el solemne llamado del deber, sino que la única regla que saben es “quiero” y “no
quiero” o “me gusta” y “no me gusta”? ¡Qué el cielo ayude a los padres y a los niños
cuando han llegado a tal realidad! Pero, ¿cómo se ha llegado a que el bebé, con su agudo
sentido de lo correcto y lo incorrecto incluso cuando poco entiende el habla humana,
llegue a convertirse en un niño o niña que ya demuestra “la maldición del corazón sin
ley”? Pues, lenta y gradualmente, aquí un poco y allá otro poco, y en la medida que todo
lo bueno o lo malo del carácter llega a ponerse en práctica. ¡Malo! dice la madre,
nuevamente, cuando una pequeña mano se mete en las galletas; y un par de ojos pícaros
la buscan furtivamente, para medir hasta dónde puede llegar el pequeño ladronzuelo. Es
muy divertido; la madre “no puede más que reírse”; y deja pasar la pequeña falta: pero lo
que la pobre madre no ha pensado es que una causa de tropiezo, una ofensa, ha sido
arrojada en el camino de su hijo de dos años. Él ahora ya sabe que lo que es ‘malo’ se
puede hacer igual y con algo de impunidad, y continuará mejorando ese conocimiento.
No es necesario continuar; todo el mundo sabe los pasos por los cuales se ignora el “no”
de la madre, y su negativa se convierte en consentimiento. El niño ha aprendido a creer
que no tiene nada que superar más que la oposición de su madre; si ella elige permitirle
hacer esto y aquello, entonces no hay razón por la que ella se oponga; él puede hacer que
ella elija permitirle hacer lo prohibido, y entonces podrá hacerlo. El siguiente paso del
argumento no es muy positivo para el ingenio infantil: si la madre hace lo que ella quiere,
por supuesto él también hará lo que quiera, si fuera posible, y a partir de entonces, la vida
del niño es una lucha constante para salirse con la suya; una lucha en la cual los padres
pueden estar seguros de salir perdiendo, considerando que ellos tienen muchas
responsabilidades en las que pensar, mientras que su hijo piensa sin cesar en el asunto que
le interesa.

Los niños deben percibir que sus autoridades se rigen por la ley. ¿Cuál es el origen de
esta compleja situación que mancha las vidas de padres e hijos por igual? En esto: que la
madre comenzó su tarea sin suficiente sentido del deber; se creía libre de permitir y
prohibir; de decir y desdecirse a su gusto, como si el niño fuera suyo para hacer lo que ella
quisiera. El niño nunca descubrió un telón basado en el deber tras las decisiones de su
madre; él no sabe que ella no debe dejar que él rompa los juguetes de su hermana, comer
pastel sin límite, ni estropear el placer de otras personas, porque estas cosas no son
correctas. Pero si el niño percibe que sus padres están obligados por la ley tanto como él,
que simplemente no pueden permitirle que haga las cosas que le han sido prohibidas, y se
someterá con la dulce mansedumbre propia de su edad. Por lo general, razonar con un
niño para que obedezca está fuera de lugar y puede implicar sacrificar la dignidad de los
padres; pero el niño es lo suficientemente listo como para atisbar el “deber” que rige a su
madre, en su cara, en sus modales, y en el hecho de que ella no cambiará de resolución
cuando se trate de hacer lo bueno o lo malo.
leer desde aqui, hasta la página 23
Los padres pueden ofender a sus hijos haciendo caso omiso de las leyes sanitarias. Esto
de permitirle hacer lo malo, es solo una de las muchas formas en que la madre amorosa
puede ofender a su hijo, pero la ignorancia o la obstinación, que es peor, pueden no solo
permitirle hacer lo malo, sino también hacerle mal. Ella misma puede hacerle tropezar en
su vida física al darle comida no saludable, dejarlo dormir y vivir en habitaciones mal
ventiladas, al ignorar cualquiera o todas las evidentes leyes sanitarias, ignorancia que casi
no se puede justificar considerando los grandes esfuerzos hechos de la comunidad
científica por poner dicho necesario conocimiento al alcance de todos.

Sobre la vida intelectual. Bastante parecida es la forma en que la vida intelectual del niño
puede destruirse desde su origen gracias a una serie de clases tediosas y lentas en las
cuales lo menos que se logra o se espera es un progreso definitivo, y que, lejos de educar
en un sentido verdadero, aturde el ingenio de una manera que nunca se supera. Muchas
niñas pequeñas, especialmente, abandonan el aula de la escuela con una aversión hacia
todo tipo de aprendizaje, una aversión al esfuerzo mental, que dura toda su vida, y es por
eso que cuando crecen, leen poco y novelas de mala calidad, y se dedican a hablar todo el
día sobre su ropa.

Sobre la vida moral. ¿Cómo se abordan los afectos del niño, aquellas expresiones del
corazón tierno que nada esconde? Hay pocas madres que no se esfuerzan por apreciar los
afectos familiares; pero cuando el niño llega a relacionarse con aquellos fuera de su círculo
familiar, ¿acaso no es verdad que los adagios y motivos del mundo destruyen las
incipientes muestras de amor infantil? Algo mucho peor sucede cuando el amor del niño
no se encuentra correspondido en su propio hogar: cuando una niña no es la bonita de la
familia o un niño es el aburrido de la familia, y allí se queda como abandonado en el frío,
mientras el afecto de los padres se prodiga sobre el resto de la prole. Por supuesto que la
niña no ama a sus hermanos y hermanas, quienes monopolizan lo que también debería
haber sido suyo. ¿Y cómo va a amar a sus padres? Nadie conoce la verdadera angustia
que muchos infantes sufren por esta causa, ni cuántas vidas se han amargado y arruinado
por la supresión de estas afecciones infantiles. “Tuve una infancia miserable”, me dijo una
señora hace un tiempo, “por el cariño preferente de mi madre hacia mi hermano pequeño;
no había un día en que no me sintiera miserable cuando ella entraba en la guardería para
abrazarlo a él y jugar con él, mientras que para mí no había ni una palabra, ni una mirada,
ni una sonrisa, como si yo no hubiera estado presente en la habitación. Nunca lo he
superado; ahora ella es muy amable conmigo, pero no logro sentirme completamente
cómoda con ella. ¿Y cuánto nos hubiéramos querido como debiéramos, mi hermano y yo,
si hubiéramos crecido juntos bajo el mismo afecto cuando éramos chiquitos?”

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IV. Menospreciar a los niños


La madre debiera ofrecer a sus niños lo mejor de ella. Supongamos que una
madre pudiera ofender a su hijo, ¿Cómo es posible que lo menospreciara de tal forma? El
diccionario define menospreciar como desestimar y tener en poco; y, de hecho, por mucho
que nos deleitemos en los niños, los adultos tenemos una opinión demasiado baja de ellos.
Si la madre no mirara en menos a su hijo, ¿lo dejaría acaso en compañía de una persona
sin preparación durante sus primeros años de vida, cuando toda su naturaleza, tal como el
lente sensible del fotógrafo, está recibiendo impresiones indelebles a cada momento? Pero
esta persona que lo cuida trata bien al niño; además, puede que no sea muy adecuado que
las personas educadas tengan a sus hijos siempre cerca; acaso la compañía constante de
los padres estimule demasiado al niño; y, por último, el intercambio de ideas y la
influencia de otras personas son importantes para que la madre se encuentre más
refrescada para tratar con sus hijos. Sin embargo, los niños deberían recibir lo mejor de su
madre, sus horas de mayor energía y entusiasmo; al mismo tiempo que ella pone cuidado
en elegir sabiamente a quién cuidará a su hijo, capacitar a esta persona cuidadosamente y
vigilar todo lo que sucede en la guardería (Nota: A fines del siglo XIX e inicios del siglo
XX, era común en las clases acomodadas de Inglaterra contar con una habitación
especialmente dedicada a los niños de la casa, en la cual había una o más niñeras que
cuidaban y educaban a los niños hasta la edad de 9 años. Esta sección se refiere a tal lugar,
aunque bien podría aplicarse hoy en cierta medida a la guardería, aunque difiere ésta
última en que reúne a niños de diversas familias).

La persona que cuida a los niños. Las meras faltas de educación y descomedimientos de
la cuidadora causan un daño que puede durar mucho en los tiernos niños; así, muchos de
ellos dejan la guardería con la conciencia moral embotada, y en una condición de
aislamiento de su Padre celestial que podría durarles toda la vida. El sentido moral del
niño es extremadamente rápido; sus ojos y oídos están en total alerta al más mínimo acto o
palabra de injusticia, engaño o falsedad. Su cuidadora dice: “No te acuso, si te portas
bien”; y el niño aprende que es posible ocultar cosas de su madre, quien para él debiera ser
como Dios, sabiendo todo el bien y el mal que él hace. Y no es que el niño tome nota de las
malas decisiones de sus mayores con aversión; es verdad que él sabe lo que está mal pero
ya no confiará en sus propias intuiciones, sino que moldeará su vida a partir de cualquier
otro patrón de conducta que se presente ante él, y gracias al tinte fatal de la naturaleza
humana ya presente en él, estará más dispuesto a imitar un patrón malo que uno bueno.
Dé al niño entonces una cuidadora que sea tosca, violenta y deshonesta, y antes de que el
niño pueda hablar claramente ya habrá adquirido tales disposiciones de carácter.

Las faltas de los niños deben tomarse en serio. Una de las muchas maneras en que los
padres tienden a tener una opinión demasiado baja de sus hijos es en relación con sus
faltas. Un pequeño da muestra de un feo rasgo del carácter: es codicioso, y devora la
porción de golosinas de su hermana, así como la suya; es vengativo, y está listo para
morder o luchar contra la mano que lo ofende; dice una mentira tal como “que no tocó la
bolsa de golosinas ni el tarro de las galletas”; y la madre pospone el día malo, ella sabe
que en algún momento debe lidiar con el niño por esas ofensas, pero mientras tanto dice:
“Bueno, no importa por esta vez; es muy pequeño y ya aprenderá a portarse mejor”. Pero
no se da a la situación la importancia que debiera tener. ¡Qué días felices garantizaría la
madre tanto para ella como para sus hijos, si ella misma se apostara como un vigía en el
grifo que da rienda suelta a las aguas! Si la madre resolviera estar consciente de que el
niño siempre comete el mal estando en conocimiento de su mal comportamiento, entonces
verá que él no es demasiado pequeño para corregir o prevenir su falta. Lidie con el niño
en su primera falta, una mirada seria es suficiente para condenar al pequeño transgresor;
pero déjelo continuar hasta que se forme un hábito de hacer el mal, y la cura será lenta; en
cuyo caso la madre no tendrá ninguna posibilidad hasta que haya formado en él un hábito
contrario correcto. Reírse de los malos temperamentos y dejarlos pasar porque los niños
son pequeños equivale a sembrar al viento.

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V. Impedir a los niños

La relación del niño con Dios todopoderoso. La forma más fatal de menospreciar a los
niños se encuentra en la tercera ley educativa de los Evangelios, y consiste en pasar por
alto y tomar a la ligera la relación natural del niño con Dios todopoderoso. “Dejad a los
niños venid a mí”, dice el Salvador, como si fuera algo natural para los niños, lo que ellos
hacen cuando sus mayores no se lo impiden. Quizás no sea algo tan inimaginable creer en
este mundo redimido, que, tal como el infante se torna hacia su madre aún sin las
facultades para decir su nombre, y las flores se vuelven hacia el sol, así también los
corazones de los niños se tornan a su Salvador y Dios, con inconsciente deleite y
confianza.

Teología infantil. Ahora escuche lo que sucede en muchas guarderías: “¡Dios no te ama,
niño travieso y malvado!” o “Dios te enviará al infierno”, y así sucesivamente, ¡y esta es
toda la enseñanza práctica que recibe el niño sobre cómo actúa su Dios amoroso! Nunca
una palabra en todo el día sobre cómo Dios ama y aprecia a los pequeños, y llena sus
horas de deleites; agregue a esto oraciones superficiales e insípidas, conversaciones
improductivas sobre cosas divinas en su presencia, uso trivial de palabras santas, escasas
señas que indiquen al niño que para sus padres las cosas de Dios son más importantes que
cualquier otra cosa del mundo, y así se es impedimento para el niño, en forma tácita se le
ha prohibido el “venir a Mí”. Todo esto ocurre, a menudo, con padres cuyos corazones, en
lo más profundo, solo desean que Dios sea lo más deseado. ¿En dónde radica el daño? En
el mismo fatuo menosprecio de los niños; en la noción de que la vida espiritual los niños
solo empieza cuando se les antoja a sus mayores producirla.

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VI. Las condiciones para una actividad cerebral saludable

Después de haber abordado el extenso campo de las prohibiciones, estamos preparados


para considerar qué es, definitiva y certeramente, lo que la madre le debe a su hijo en el
nombre de la Educación.

Todo esfuerzo mental implica desgaste del cerebro. Para comenzar, las facultades más
educables del niño, es decir, su inteligencia, su voluntad, y sus sentidos morales, se
asientan en el cerebro; esto significa que, así como el ojo es el órgano de la vista, así el
cerebro, o una parte de él, es el órgano del pensamiento y la voluntad, del amor y la
adoración. Los expertos difieren en cuanto a hasta qué punto es posible delimitar las
funciones del cerebro; pero lo que parece bastante claro al menos es que todas las
funciones mentales se realizan implicando una actividad real en la masa de materia
nerviosa blanca y gris denominada “cerebro”. Esto no es un asunto que incumbe solo al
fisiólogo, sino a cada madre y padre de familia, porque si queremos que este maravilloso
cerebro, por medio del cual podemos pensar, actúe de manera saludable y en armonía con
el actuar saludable de sus miembros, debiera hacerlo solo en un contexto de ejercicio,
descanso y nutrición similar al que de todas las demás partes del cuerpo para que
funcionen óptimamente.

Ejercicio. La mayoría de nosotros ha conocido unas pocas personas excéntricas y a


bastantes personas insensatas, por lo que nos preguntamos si acaso estas personas
nacieron con menos facultad cerebral que las demás. Probablemente no; pero si se les
permitió crecer sin el hábito diario del esfuerzo moral y mental apropiado, si se les
permitió holgazanear durante la juventud sin hacer un trabajo mental o volitivo frecuente
y sostenido, el resultado sería el mismo, y el cerebro que debería haberse robustecido
gracias a ese ejercicio diario, se ha vuelto flácido y débil, tal como lo estaría un brazo sano
después de haber sido llevado por años amarrado en una escayola. El cerebro activo de
gran tamaño no se contenta con la ociosidad total; traza líneas por sí mismo y funciona a
ratos, y el hombre o la mujer se vuelven excéntricos, porque el esfuerzo mental benéfico,
igual que el moral, debe llevarse a cabo en sometimiento a la disciplina de las reglas. Un
sagaz escritor ha dicho que la indolencia mental puede haber sido algo de la causa de esos
lamentables ataques de depresión y trastorno que sufrió el pobre poeta William Cowper;
la creación de bellos versos cuando “le picaba el bicho” no era suficiente esfuerzo mental
para alcanzar el bienestar.

Por tanto, la consecuencia es que no se debe dejar que los niños pasen ni un día sin
esfuerzos específicos, tanto intelectuales, como morales, y volitivos; que se esfuercen por
entender; que se obliguen a sí mismos a hacer y soportar; y que hagan lo correcto
sacrificando la comodidad y el placer: y esto por muchas razones más sublimes, de las
cuales la más básica es que el mismo órgano físico de la mente y la voluntad pueda crecer
vigoroso gracias al esfuerzo.
El descanso. La misma importancia radica en el suficiente descanso del cerebro; es decir,
que descanse y trabaje en forma alternada. Aquí entran en juego dos consideraciones. En
primer lugar, cuando el cerebro está trabajando activamente, ocurre lo mismo que en
cualquier otro órgano del cuerpo en las mismas circunstancias; es decir, un gran
suministro adicional de sangre llega a la cabeza para nutrir el órgano que se desgasta con
el esfuerzo. Atención, que en los vasos sanguíneos no hay una cantidad indefinida de lo
que por el momento llamaremos sangre excedente, sino que el suministro está regulado
según el principio de que solo un conjunto de órganos debiera estar en actividad excesiva
a la vez—una vez las extremidades, otra vez los órganos digestivos, después el cerebro;
así, toda la sangre que no sea vital en otras funciones va a apoyar aquellos órganos que
trabajan en un determinado momento.

El descanso después de las comidas. El niño acaba de almorzar (que es la comida del día
que provoca el mayor esfuerzo en sus órganos digestivos) y durante dos o tres horas
después de comer, estos órganos están realizando mucho trabajo, y la sangre que no es
vital en otras funciones, está allí presente para ayudar. Si usted envía al niño a dar un
largo paseo inmediatamente después de la comida, hará que la sangre vaya a las
extremidades que se mueven, y que la comida quede a medio digerir; si el niño se
costumbra a comer y después a a moverse, terminará con problemas crónicos de
digestión. Lo mismo si se le envía a trabajar en sus clases después de una comida pesada;
la sangre que debería haber estado ayudando en la digestión de la comida se va al cerebro
que trabaja.

En consecuencia, las horas de clases debieran elegirse cuidadosamente, después de


períodos de descanso mental (como dormir o jugar, por ejemplo), y cuando ninguna otra
parte del sistema está realizando una actividad excesiva. Por ello, la mañana, después del
desayuno (cuya digestión no es una tarea de envergadura dado que se trata de una
comida liviana) es el mejor momento para las lecciones y todo tipo de esfuerzo mental; si
no se puede dedicar toda la tarde a la recreación al aire libre, entonces ese es el momento
para realizar tareas mecánicas, como costuras, dibujo, o la práctica de un instrumento. La
mente de los niños está suficientemente despierta en la tarde, pero el inconveniente del
trabajo al final del día es que el cerebro, una vez incitado a la acción, se inclina a continuar
su trabajo más allá de la hora de acostarse, lo que provoca los sueños, el insomnio y el
sueño intranquilo del pobre niño que ha estado trabajando hasta el último minuto. Si no
se puede evitar que los niños mayores trabajen por la tarde, debieran por lo menos
disfrutar una o dos horas de amena actividad social antes de acostarse; pero, sin duda, por
el bien de los niños debiéramos abolir las “tareas” vespertinas.

Cambio de ocupación. Según Huxley [biólogo y antropólogo británico, en su obra


Lessons in Elementary Physiology, publicada en 1915, cuando no existía todavía la
elevada tecnología actual en esta área], “No existe ninguna prueba satisfactoria en este
momento, de que la manifestación de ningún tipo particular de facultad mental esté
especialmente asignada o conectada con la actividad de un área particular o los
hemisferios cerebrales”, dictamen que contradice la frenología [antigua doctrina
psicológica según la cual las facultades psíquicas están localizadas en zonas precisas del
cerebro y en correspondencia con relieves del cráneo.], pero que nos llega desde un
expertizaje que es imposible poner en duda. Así, entendemos que no es posible
determinar la localización de las ‘facultades’—decir que se es cauteloso con esta fracción
del cerebro y que se ama la música con otra parte; pero una cosa sí es cierta, y muy
importante para el educador: que el cerebro, o alguna parte del cerebro, se agota cuando
ha estado realizando una función determinada durante demasiado tiempo. El niño que ha
estado haciendo sumas un largo rato inexplicablemente no puede pensar, por tanto, que
lea algo de historia, y verás que su mente vuelve a estar activa. Lo que ha pasado es que la
imaginación, que no se ocupa para hacer sumas, ha entrado en acción durante la clase de
historia, y el niño despierta una facultad viva e inagotable para realizar su nuevo trabajo.
Los horarios de la escuela generalmente se elaboran con miras a darle al cerebro del niño
un trabajo variado, pero el secreto del cansancio que a menudo se ve en los niños durante
sus clases es que no se ha usado dicha sabia alternación entre las lecciones.

Alimento. Repetimos que el cerebro no puede hacer su trabajo a menos que esté nutrido
abundante y adecuadamente. Alguien calculó cuántos gramos del cerebro se usaron en la
producción de, por ejemplo, El paraíso perdido; cuántos gramos en esto otro, etc., pero sin
entrar en cálculos aritméticos de esta naturaleza, podemos decir con seguridad que todo
tipo de actividad intelectual implica un desgaste de los tejidos cerebrales; una red de
vasos sanguíneos suministra una enorme cantidad de sangre a este órgano para
compensar por dicho desgaste de materia; y es por ello que el vigor y la salud del cerebro
dependen de la calidad y cantidad del suministro de sangre.

Algunas cosas que afectan la calidad de la sangre. Pues bien, la calidad de la sangre se ve
afectada por tres o cuatro cosas. En primer lugar, la sangre es elaborada a partir de la
comida; por lo que mientras más nutritivos y fáciles de digerir sean los alimentos, más
vitales serán las propiedades de la sangre. La comida también debiera ser variada,
consistir en una dieta mixta, porque se necesitan diferentes ingredientes para compensar
los diversos desgastes en los tejidos. El desgaste en los niños es impactante con sus idas y
venidas interminables, su constante movimiento, su energía, incluso el movimiento de la
lengua, todo implica un desgaste de la materia tangible: la pérdida no se puede apreciar,
pero algo pierden con cada salida in promptu, ya sea al aire libre o al interior. No hay
duda de que la ganancia en facultades que genera el ejercicio es más que compensación
por la pérdida de materia tangible; pero, de todos modos, esta pérdida debe repararse
rápidamente. Pero no es solo el cuerpo del niño más activo en proporción con el del
hombre, sino que, en comparación con el hombre, el cerebro del niño está en esfuerzo y
movimiento permanentes. Se calcula que, aunque el cerebro de un hombre no pesa más
que una cuadragésima parte de su cuerpo, un quinto o un sexto de todo su complemento
sanguíneo se destina a nutrir este delicado e intensamente activo órgano; pero, en el caso
del niño, una proporción considerablemente mayor de su sangre se destina al sustento de
su cerebro. Y todo el tiempo, además de estas excesivas demandas que pesan sobre él, ¡el
niño tiene que crecer! no solo para compensar por la pérdida ocurrida, sino para producir
nueva materia cerebral y corporal.

Acerca de las comidas. La conclusión obvia es que el niño debe estar bien alimentado. La
mitad de las personas de baja vitalidad que conocemos han sido víctimas de una
deficiente alimentación durante su infancia; con más frecuencia debido a que sus padres
no estaban conscientes de su deber al respecto, que debido a no hubieran estado en
condiciones de proporcionar a sus hijos la dieta necesaria para su pleno desarrollo físico y
mental. Las comidas regulares a intervalos continuos, por regla general—almuerzo, nunca
a más de cinco horas después del desayuno; colación de la tarde, innecesaria; alimentos
animales, una vez al día, y si fueran ligeros, dos veces al día—son las sugerencias de
sentido común que se siguen en la mayoría de los hogares bien controlados. Pero no es la
comida que se come, sino la comida la que se digiere, lo que nutre el cuerpo y el cerebro, y
es aquí donde hay tanto que es urgente por considerar, que solo podemos abordar dos o
tres aspectos más obvios. Todo el mundo sabe que los niños no deben comer pasteles, ni
carne de cerdo, ni carnes fritas, ni queso, ni alimentos pesados ni muy saborizados no
importa lo que sean; que la pimienta, la mostaza y el vinagre, las salsas y las especias
deberían estar prohibidas, así como el pan nuevo [¿pan caliente recién horneado?], las
tortas y las mermeladas pesadas, como ciruela o grosella espinosa, en las que se conserva
la cáscara de la fruta; que la leche [obviamente, en su tiempo, se trataba de leche de vaca
original sin pasteurizar), o la leche y el agua no demasiado calientes, o el cacao, es la mejor
bebida para los niños, y que se les debe instruir que no beban nada hasta que hayan
terminado de comer; que la fruta fresca en el desayuno es invaluable; y cumpliendo el
mismo objetivo, las sopas de avena y melaza, y la grasa del tocino tostado, son valiosos
alimentos para el desayuno; y que también, un vaso de agua tomado al final de la noche y
uno al principio de la mañana, es útil para promover esos hábitos regulares de los que
depende gran parte la comodidad de la vida.

La conversación durante las comidas. No es necesario recomendar todo esto, y mucho


más de lo mismo; pero, permítaseme insistir que son los alimentos digeridos los que
nutren el sistema, y las personas tienden a olvidar hasta qué punto las condiciones
mentales y morales afectan los procesos de digestión. El hecho es que los jugos gástricos
que actúan como solventes para las viandas solo se secretan libremente cuando la mente
está alegre y contenta. Si al niño no le gusta su cena, la come, pero la digestión de esa
comida desagradable es un proceso laborioso y muy difícil. Lo mismo ocurre si se come en
silencio: sin el solaz de una conversación agradable, el niño pierde gran parte de lo
“bueno” de su cena. Por lo tanto, no se trata en absoluto de mimos, sino que se trata de
salud, de nutrición adecuada, se trata de que los niños disfruten su comida, y que coman
sus comidas con alegría; aunque, por cierto, la alegre agitación es tan dañina como su
opuesto ya que destruye ese tenor alegre y balanceado que favorece los procesos de
digestión. No se deben escatimar esfuerzos para que el tiempo en que la familia se
convoca en la mesa familiar sean las horas más felices del día, suponiendo que se les
permita a los niños sentarse en la misma mesa con sus padres; y, ¡si fuera posible!, que
puedan hacerlo en todas las comidas, ya que la ventaja para los pequeños es incalculable,
excepto cuando se trata de un almuerzo tarde. Esta es la oportunidad para que los padres
instruyan a sus niños en cuanto a modales y a la moral, para consolidar el amor familiar, y
para que los niños se familiaricen con hábitos como el de la masticación minuciosa, por
ejemplo, tan importante para la salud y también para los buenos modales.

La variedad en las comidas. Sin embargo, las exigencias de estas personitas no se


cumplen por completo solo brindando un entorno agradable y una excelente comida
porque, aunque sea una comida simple, debe ser variada. Carne de cordero todos los
martes, el miércoles la misma carne, pero fría, y el jueves, picada, puede que sea muy
buena comida; pero el niño que recibe esta dieta semana tras semana estará mal
alimentado, simplemente porque está cansado de la misma cosa. La madre debe crear una
rotación de comidas para los niños, de por lo menos una quincena en que no se repita la
misma cena dos veces. El pescado, especialmente si no hay carne en la cena de los niños,
es excelente para un cambio, más aún debido a que es rico en fósforo, que es un valioso
alimento para el cerebro. Los postres de los niños merecen bastante consideración, porque
en general no les gustan las comidas de alto contenido graso, sino que prefieren obtener
calor para el cuerpo a partir del almidón y el azúcar de los postres; por ello,
proporcióneles una rica variedad, y que no siempre sea la “infinita tapioca”. Incluso para
el té y el desayuno, la sabia madre no dice: “Siempre les doy a mis hijos” esto y esto,
porque no deberían tener nada “siempre” sino que cada comida debiera tener alguna
pequeña sorpresa ¿Pero quizás así los haríamos pensar demasiado en lo que comerán y
beberán? Por el contrario, son los niños mal alimentados los que quieren más y más de
algo, y a quienes no se puede confiar ninguna exquisitez extraordinaria.

El aire es tan importante como la comida. La calidad de la sangre depende tanto del aire
que respiramos como de los alimentos que consumimos; en el transcurso de cada dos o
tres minutos, toda la sangre del cuerpo pasa a través de las ramificaciones infinitas de los
pulmones, con el único fin de que, en ese transcurso, actúe sobre ella el oxígeno en el aire
que entra a los pulmones durante la respiración. Pero, ¿Qué le puede ocurrir a la sangre
en el curso de un evento de tan corta duración? Solo esto: que toda su naturaleza, hasta su
propio color cambia; ingresa a los pulmones en mal estado, sin ser capaz de dar vida; y los
abandona convertida en un fluido puro y esencial para la vida. Observe ahora dos cosas:
que la sangre solo se oxigena por completo cuando el aire contiene el máximo de oxígeno,
y que cada respiración y cada llama de fuego extrae algo de oxígeno de la atmósfera de
una habitación. De ahí la importancia de procurar que los niños respiren diariamente aire
fresco y que ejerciten abundantemente sus extremidades y pulmones en un aire no viciado
ni empobrecido.

Los niños salen a caminar todos los días. “Los niños salen a caminar todos los días;
nunca están fuera menos de una hora cuando hace buen tiempo”. Eso es mejor que nada;
pero también lo es la siguiente ilustración: una maestra en una escuela de un área
empobrecida de Londres percibe la pálida apariencia de una de sus mejores estudiantes.
“¿Almorzaste, Nellie?” “Mmm sí” (vacilando). “¿Qué comiste?” “Mi madre nos dio a
Jessie y a mí medio penique para almorzar, y compramos muchos caramelos de anís—es
que rinden más que el pan” responde con la esperanza en los ojos de que no se le
censurara por tal extravagancia. Los niños no se desarrollan de la mejor forma comiendo
dulces de anís para la cena, ni con una hora de la consabida caminata diaria. Quizás la
ciencia nos confirmará cada vez más el hecho de que la vida animal, confinada al interior,
se sustenta en condiciones artificiales, equivalente a la vida vegetal cultivada en una casa
de vidrio. Es a este respecto que la mayoría de las naciones continentales tienen ventaja
sobre nosotros ya que mantienen siempre el hábito de la vida al aire libre; y como
consecuencia, la persona francesa, alemana, italiana y búlgara promedio es más alegre,
más sencilla y más robusta que la persona inglesa promedio. ¿Qué del clima? ¿Acaso
Carlos II—y él lo sabía—no se declaró a favor del clima de Inglaterra porque allí se puede
estar afuera “más horas en el día y más días en el año” que “en cualquier otro país”?
Perdemos de vista el hecho de que no somos como ese personaje histórico que “solo vivió
de comida y bebida”. Pero a la persona incapacitada que no puede comer le decimos “¡No
se puede vivir solo de aire!” Es verdad, no podemos vivir solo de aire, pero, si debiéramos
elegir entre los tres factores que prolongan la vida, el aire nos sostendrá por mayor
tiempo. Todo esto lo sabemos y estamos ya cansadísimos de oír del tema; deje que el
rabillo de su ojo capte la palabra “oxigenación” en una página, y éste, bien entrenado, se
saltará ese párrafo. No necesitamos decirle incluso a los escolares cómo la sangre del
cuerpo es transportada hacia los pulmones y desde allí se distribuye por una gran
cantidad de innumerables “canales” que reciben momentáneamente oxígeno; cómo el aire
actúa sobre la sangre por la acción de la respiración; cómo el aire penetra en las paredes
muy delgadas de esos canales; y luego, cómo sucede una mágica (o química)
transformación; las aguas residuales del sistema se convierten al instante en el rico fluido
vivificante cuya función es construir los tejidos musculares y nerviosos. Y [aludiendo a la
obra La Tempestad de Shakespeare], ¿Cuál es el Próspero que lleva la capa? Su nombre es
Oxígeno; y la maravilla que produce dentro de nosotros unas quince veces en el
transcurso de un minuto, posiblemente no tiene paralelo en toda la serie de maravillas
relacionadas con la vida y con las que nos “topamos” con familiaridad, estableciendo “la
vida” y acarreando ¡nada menos que un secreto de gran valor!

La oxigenación tiene limitaciones. Aunque sepamos todo a este respecto, talvez


olvidemos que incluso el oxígeno tiene sus limitaciones; considerando que nada puede
ocurrir excepto donde se está, y esto también se aplica a este gas vital, así como a otras
materias. El fuego, las lámparas y los seres que respiran, todos son consumidores del
oxígeno que los mantiene con vida. ¿Cuál es la consecuencia? Pues, que este elemento, que
existe en una proporción de veintitrés partes por cada cien en el aire puro, está sujeto a un
enorme agotamiento dentro de las cuatro paredes de una casa, donde el aire se mantiene
más o menos estacionario. No me refiero al aire viciado sino solo al agotamiento que sufre
este elemento vital. ¡Piense una vez más en el extremo agotamiento del oxígeno al
mantener vivos los diferentes fuegos, así como los muchos seres que respiran en una gran
ciudad! Una pregunta de vital importancia es: “¿Cuál es la consecuencia?” El hombre
puede disfrutar la totalidad de una vigorosa y gozosa existencia posible solo cuando su
sangre está completamente aireada; y esto ocurre cuando el aire que inhala contiene todo
el oxígeno necesario. ¿Es acaso una exageración aseverar que la vitalidad se reduce en
aquellas personas que habitan en viviendas en contraste con aquellas que viven al aire
libre? El aire empobrecido mantiene la vida a un nivel bajo y débil; así vemos que, en las
grandes ciudades, la estatura disminuye, la caja torácica se contrae, los hombres apenas
llegan a vivir para ver a los hijos de sus hijos. Es verdad que necesitamos casas para
refugiarnos del clima durante el día y para descansar en la noche, pero en la medida que
desistamos de hacer nuestras casas más “cómodas” y las consideremos meramente
refugios necesarios para cuando no podamos estar afuera, entonces gozaremos a
cabalidad la vigorosa vitalidad que nos es posible.

Aire viciado. Padres de pálidos niños de la ciudad: ¡pensad en esto! En este asunto en
particular, los niños de la calle que se alimentan de lo que encuentran están en mejor
situación (y se ven más saludables) que sus niños preciados porque los primeros tienen a
su alcance mayor cantidad de la esencia primordial de la vida, es decir, el aire. Incluso en
los barrios bajos de la ciudad, hay un poco de circulación de aire, y el niño que pasa sus
días en las calles recibe más oxígeno que aquel que pasa la mayor parte de sus horas
respirando el aire detenido de una amplia habitación. Sin embargo, no es el aire de las
calles lo que requieren los niños, sino el delicioso aire vivificante del campo. Los niños,
mucho más que los adultos, se mantienen en constante movimiento y, al mismo tiempo,
están en proceso de desarrollar músculo, todo esto a expensas de un grandísimo desgaste
de tejido, y es la sangre la que transporta el material necesario para suplir tal pérdida: el
niño debe crecer, cada una de sus partes lo debe hacer, y es la sangre la que suple el
material para generar nuevos tejidos. Ya sabemos que el cerebro es, en total desproporción
con su tamaño, el gran consumidor del suministro de sangre, pero es el cerebro infantil el
que presenta demandas insaciables, tanto por su afanosa actividad como por el
crecimiento por partida doble que le afecta. L E E R H A S T A A Q U I

«Caldo de vacuno para Alicia». “Yo alimento a Alicia con caldo de vacuno, aceite de
bacalao y todo tipo de comidas nutritivas; pero me siento desalentada porque, ¡la niña no
gana peso!” Es probable que Alicia respira 22 de las 24 horas del día un aire empobrecido
y algo viciado que se ha acumulado dentro de las cuatro paredes de la casa. La niña está
prácticamente muerta de hambre ya que la comida recibida está siendo inadecuada e
imperfectamente transformada en sangre oxigenada para alimentar los tejidos de su
cuerpo.

Si sufre de inanición física, ¿Qué es de la mente ávida, activa, curiosa y anhelante de la


niña? “Bueno, ella tiene sus clases todos los días como siempre”. Puede que sí, pero las
lecciones que solo abordan palabras, solo los signos de las cosas, no son lo que la niña
requiere. No existe un conocimiento más apropiado durante los primeros años de un niño
como lo es saber el nombre, la apariencia y el comportamiento in situ de cada objeto
natural que pueda llegar a conocer, como lo corrobora el Salmo 111:4: «Él ha hecho
memorables sus maravillas».

«En tres años creció al sol y en la lluvia,


Entonces la naturaleza dijo, “Una flor más preciosa
Que nunca fuera sembrada en la tierra:
Esta niña para mí la tomaré:
Ella será mía, y yo la haré
Una dama de mi propiedad».

***

«Será juguetona como el cervatillo


Indómita y feliz ya en la campiña
O en los manantiales de la montaña;
Y suyo será el bálsamo del aliento,
Y suyo el silencio y la calma
De las cosas mudas e insensatas».

***

«Las estrellas de medianoche serán especiales


Para ella; y apoyará su oído
En muchos lugares secretos
Donde los riachuelos danzan en sus recorridos
Y la belleza que nace del sonido susurrante
Pasará hacia su rostro».

[Extractos del poema Three Years She Grew in Sun and Shower (En tres años creció al sol y en
la lluvia) del poeta inglés William Wordsworth]

Aireación al interior. Con respecto de la aireación al aire libre ya tendremos ocasión de


hablar más adelante; pero la aireación al interior es realmente importante, porque si los
tejidos se alimentan con sangre impura durante todas las horas que el niño pasa en la casa,
el daño no se reparará en los intervalos más breves que se pasan al aire libre. Ponga dos o
tres cuerpos que respiran, así como fuego y gas en una habitación, y es increíble lo pronto
que el aire se vicia a menos que se renueve constantemente; es decir, a menos que la
habitación esté bien ventilada. Todos sabemos lo que es entrar a una habitación después
de estar al aire fresco, y sentirla irrespirable; pero siéntese unos minutos allí y se
acostumbrará al sofoco; los sentidos han dejado de ser guías confiables.

Ventilación. Por lo tanto, se deben tomar medidas frecuentes para ventilar las
habitaciones, independientemente de los sentimientos de sus ocupantes: al menos una
pulgada de una ventana abierta en la parte superior, día y noche, hace que una habitación
esté en bastantes buenas condiciones, ya que permite el escape del aire viciado, que, al ser
liviano, asciende, dejando espacio para la entrada del aire más frío y fresco por las
hendijas en puertas y pisos. Una chimenea abierta es un ventilador útil, aunque no
suficiente; no hace falta decir que tapar las chimeneas en los dormitorios es una acción
suicida. Es de particular importancia acostumbrar a los niños a dormir con una pulgada o
dos, o unas más, de aberturas en las ventanas durante todo el año, y todo lo que se quiera
en el verano.

El saludable aire nocturno. Es popular la idea de que el aire nocturno no es saludable;


pero si pensamos en que el aire sano es aquel que contiene oxígeno en su mayor parte, y
no más de una muy pequeña cantidad de dióxido de carbono, y que todos los objetos
quemantes, es decir, el fuego, el horno, la lámpara a gas, emiten este dióxido y consumen
oxígeno, usted verá que el aire nocturno es, en circunstancias normales, más saludable que
el aire diurno, simplemente porque hay un desgaste menos exhaustivo del mismo.
Cuando los niños están fuera de la habitación que ocupan normalmente, ya sea el lugar de
juegos o la sala, esa es la oportunidad de airear dicha habitación completamente abriendo
las ventanas y puertas de par en par para dejar pasar una considerable corriente de aire.

Luz solar. Pero no es solo el aire, esto es, aire puro, lo que los niños deben recibir para que
su sangre sea de una “excelente calidad”, como dicen los anuncios. La sangre saludable es
muy rica en diminutos organismos en forma de discos rojos, conocidos como glóbulos
rojos, lo cuales, en circunstancias favorables, se producen libremente en la misma sangre.
Ahora bien, es cierto que las personas que pasan mucho tiempo al sol tienen un semblante
rubicundo, es decir, en su sangre hay muchos de estos glóbulos rojos; mientras que las
pobres almas que viven en bodegas y callejones oscuros tienen una piel del color del papel
marrón pálido. La conclusión es que la luz y el sol favorecen la producción de glóbulos
rojos en la sangre; y que, por lo tanto, (aquí la madre debe tomar este paso) las
habitaciones de los niños debieran estar en el lado soleado de la casa, en dirección al sur
en lo posible. De hecho, toda la casa debiera mantenerse iluminada y luminosa por el bien
de los niños; y los árboles y edificios exteriores que obstruyen la luz del sol hacia las
habitaciones de los niños debieran eliminarse sin vacilación.

Libre transpiración. Existe atender otro punto que debemos abordar para asegurarnos de
que el cerebro se alimente de sangre saludable. La sangre recibe y elimina el desgaste de
los tejidos, y uno de los agentes más importantes por medio del cual hace este necesario
trabajo de limpieza es la piel. Millones de poros invisibles perforan la piel, y cada uno es
la boca de un diminuto tubo de varios dobleces que están en constante actividad, cuando
el cuerpo sano descarga la transpiración—es decir, el desgaste de los tejidos—sobre la piel.

La transpiración inconsciente. Cuando la descarga de transpiración es excesiva, notamos


la humedad sobre la piel; pero, estemos consciente de ello o no, la descarga está
sucediendo continuamente; aún, si ésta se detuviera, o si se cubriera una porción
considerable de la piel con alguna capa que la hiciera impenetrable, se produciría la
muerte. Esta es la razón por la cual fallecen las personas como consecuencia de
abrasamientos y quemaduras que lesionan una amplia superficie de la piel, incluso
cuando ningún órgano vital esté comprometido ya que multitudes de tubos diminutos
que deberían expulsar las materias nocivas de la sangre están cerrados, y, aunque la
superficie restante de la piel y otros órganos excretores asumen un esfuerzo adicional de
trabajo, es imposible reparar la pérdida ocurrido al eficiente drenaje de un área
considerable. Por ello, para que el cerebro esté debidamente alimentado, es importante
mantener toda la superficie de la piel en condiciones tales que se puedan eliminar
libremente las deposiciones de la sangre.

El baño diario y la ropa permeable. A continuación, se presentan dos consideraciones, de


las cuales la primera, la necesidad del baño diario, seguido de un vigoroso frote de la piel,
no hace falta decir nada aquí. No obstante, quizás no se conozca bien la segunda
consideración, aquella de que los niños debieran usar ropa permeable que permita el paso
instantáneo de la exhalación de la piel. ¿Por qué las mujeres delicadas se desmayaban o,
“sentían que se iban a desmayar” cuando era costumbre ir a la iglesia con abrigos de piel
de foca? ¿Por qué las personas que duermen bajo edredones de seda o algodón, con
frecuencia se levantan sin sentirse descansadas? La causa es que tales cobertores y abrigos
impiden el paso de la transpiración inconsciente, por lo que la piel no ha podido cumplir
su función de limpiar la sangre de sus impurezas. Es sorprendente ver cuánta pérdida
constante de vitalidad experimentan muchas personas por ninguna otra causa que una
vestimenta inadecuada. La mejor vestimenta para los niños consiste en holgadas prendas
de lana, franelas y de tejidos como la sarga, de diferentes grosores para el verano y el
invierno. Las lanas tienen otras ventajas sobre el algodón y el lino, además de ser
permeables o porosas: al ser la lana un mal conductor, no deja escapar demasiado el calor
animal; y, además de ser absorbente, no deja la piel pegajosa después de transpirar.
Estaríamos mucho mejor si decidiéramos dormir usando prendas de lana, desechando el
lino o el algodón y optando por sábanas hechas de algún tejido liviano de lana.
Mucho podríamos decir sobre este asunto de la nutrición adecuada del cerebro de la cual
depende la posibilidad de una educación saludable, pero habremos logrado algo si
quedan claras las razones de dos o tres reglas sanitarias prácticas de tal manera que no se
puedan evadir sin sentir que se está violando alguna ley.

Me temo que el lector pueda pensar que estoy dirigiendo su atención en gran parte a unos
pocos asuntos fisiológicos—el escalón inferior de la escala educativa. Es posible que sí sea
inferior, pero es la base necesaria para todo el resto, ya que no exageramos al decir que, en
nuestro actual estado, el progreso intelectual, moral e incluso espiritual depende en gran
medida de las condiciones físicas. Esto no quiere decir que el poseedor de admirable
constitución física sea necesariamente un hombre bueno e inteligente; sino que el hombre
bueno e inteligente requiere de mucha materia animal para compensar el desgaste de
tejido producido en el ejercicio de su virtud y su intelecto. Por ejemplo, ¿es más fácil ser
amigable, amable, sincero, con o sin un dolor de cabeza o un ataque de neuralgia?

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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VII. «La supremacía de la ley» en la educación

El sentido común y las buenas intenciones. Es importante considerar que, aunque dicho
cultivo físico del cerebro sea solo el fundamento de la educación, el método de tal cultivo
es una indicación de lo que debiera ser el método de toda educación; en otras palabras, el
progreso hecho en forma ordenada y regulada según la pauta de una Ley. La razón por la
cual la educación causa mucho menos impacto de lo que debiera, es simplemente que en
nueve de diez casos, buenos y sensatos padres dejan demasiado a merced de su sentido
común y sus buenas intenciones, olvidando que el sentido común debe instruirse en
cuanto a los aspectos naturales de lo que sea el caso, y que los esfuerzos bien
intencionados no logran mucho si no se llevan a cabo en obediencia a las leyes divinas,
que en gran parte se leen, no en la Biblia, sino en los hechos de la vida.

La vida sometida a la Ley tiende a ser más intachable que la vida piadosa. Para
vergüenza de las personas creyentes, muchos que dicen no saber y, por tanto, no creer,
llevan vidas más intachables, con menos arranques de mal genio, más libres del vicio del
egoísmo, que muchas personas que llevan sinceras vidas religiosas. He aquí un hecho que
el niño llegará a confrontar bien pronto, y uno que será necesario explicar; y, aún más, es
un hecho que tendrá más peso que toda la enseñanza doctrinal que hayan recibido en sus
vidas, especialmente si lo notan en una persona que estiman y quieren. A mí me parece
que aquí yace el peligro que amenaza a aquellas confesiones de dependencia y lealtad a
Dios todopoderoso que reconocemos como la religión—no la maldad, sino lo bueno de una
escuela que rehúsa admitir tal dependencia y lealtad.
Es la percepción de este peligro la razón por la cual ofrezco lo poco que tengo que decir
sobre el tema de la educación; pero también lo es la seguridad que siento de que no es un
peligro tan grande después de todo, porque los padres instruidos están en capacidad de
enfrentarlo, y son ellos mismos precisamente las únicas personas que pueden hacerlo.

La mente y la materia son gobernados por igual por la Ley. En cuanto a esta superior
moralidad de algunos no creyentes, suponiendo que hagamos tal concesión, solo significa
que el universo de la mente, tal como el universo de lo físico, se rige por las leyes no
escritas de Dios; que el niño no puede jugar con pompas de jabón o pensar sus
pensamientos revoltosos si no fuera en obediencia a las leyes divinas; que toda seguridad,
progreso y éxito en la vida proviene de la obediencia a la ley, a las leyes de las ciencias
mentales, morales o físicas, o a aquella ciencia espiritual que la Biblia presenta; que es
posible comprender las leyes y obedecer las leyes sin reconocer al Dador de la ley, y que
quienes comprenden y obedecen cualquier ley divina heredan la bendición que procede de
la obediencia, independientemente de su actitud hacia el Dador de la ley, igual que el
hombre se abriga al calor del sol abrazador, aunque cierre sus ojos y se niegue a mirar el
sol. En contraste, que aquellos que no se esfuerzan por estudiar los principios que rigen la
acción y el pensamiento humanos no reciben las bendiciones de la obediencia a ciertas
leyes, aunque reciban por herencia las mejores bendiciones que provienen de una relación
reconocida con el Dador de la ley.

Antagonismo por la ley que muestran algunas personas religiosas. Estas bendiciones
mencionadas último son tan indescriptiblemente satisfactorias que muchas veces el
creyente que las disfruta no quiere más: abre la boca y aspira y se deleita en la ley, es
cierto; pero se trata de la ley de la vida espiritual solamente, porque en cuanto a las otras
leyes de Dios que gobiernan el universo, a veces adopta una actitud de antagonismo, casi
de resistencia, digna de un impío.

Para tal persona no significa nada ser una creación formidable y maravillosa; no quiere
saber cómo funciona el cerebro, ni cómo el elemento fundamental más sutil que llamamos
mente, evoluciona y se desarrolla en obediencia a ciertas leyes. Hay mentes piadosas para
quienes explorar estas cosas tiene sabor a falta de fe, como si deshonrara al Todopoderoso
percibir que Él realiza sus obras formidables a través de gloriosas Leyes, y, por tanto, no
quieren saber de ninguna ley excepto de las leyes del reino de la gracia. Mientras tanto, el
no creyente, que no anda en búsqueda del auxilio sobrenatural, se propone descubrir y
obedecer todas las leyes que regulan la vida natural, ya sea física, mental y moral; de
hecho, todas las leyes de Dios, exceptuando las de la vida espiritual que el creyente
considera como su herencia propia. No obstante, estas otras leyes que recibe Esaú también
son leyes de Dios, y la sujeción a ellas produce tales bendiciones, que los hijos de los
creyentes dicen: “Mirad, ¿cómo es que éstos que no reconocen que la Ley proviene de
Dios son mejores personas que nosotros que sí lo reconocemos?

Los padres deben familiarizarse con los principios de la fisiología y la moral. Ahora
bien, los padres creyentes no tienen derecho a poner esta crucial dificultad en el camino de
sus hijos. Por ejemplo, no tienen derecho a pedir a Dios que haga que sus hijos sean
sinceros, diligentes, y rectos, si no se familiarizan con los principios de la moral que los
guiará a la veracidad, la diligencia y la rectitud de carácter. Esto también es la ley de Dios.
Observe que ni el conocimiento mental ni moral nos llevan al conocimiento de Dios, que
es lo más valioso en la vida, pero lo que defiendo es que estas ciencias tienen su papel en
la educación de la raza humana, y que los padres no pueden ignorarlas impunemente. Mi
esfuerzo en éste y en los siguientes volúmenes de la serie será esbozar a grandes rasgos un
método educativo que, basándose en el fundamento de la ley natural, pueda esperar, sin
jactancia, heredar la bendición divina. Cualquier borrador que yo pueda ofrecer en esta
breve brújula está obligado a ser muy imperfecto y muy incompleto; pero un trazado por
aquí y otro por allá pueden ser suficientes para dar a los padres inteligentes líneas de
pensamiento provechosas en relación con la educación de sus hijos.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los
derechos reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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PARTE II. LA VIDA AL AIRE LIBRE DE LOS


NIÑOS

I. Un tiempo de crecimiento

Comidas al aire libre. Las personas que viven en el campo conocen muy bien el valor del
aire fresco, y sus hijos viven afuera, solo pasando intervalos adentro para dormir y comer;
no obstante, en cuanto a las comidas, incluso la gente del campo no aprovecha al máximo
sus oportunidades, ya que en los días buenos cuando está suficientemente cálido para
sentarse afuera con un cobertor, ¿por qué no servir al aire libre el desayuno y el té, o más,
todas las comidas, excepto cuando se trate de una cena caliente? Particularmente debido a
que somos una generación agitada, con los nervios de punta; y todas las horas que se
pasen al aire libre son una ganancia evidente, que contribuye a aumentar la facultad
cerebral y el vigor corporal, y a extender la vida misma. Aquellos que saben lo que es
tener la piel afiebrada y el cerebro a punto de explotar y sentir el delicioso alivio del aire
frío, tienden a crear una nueva regla de vida: «Nunca estar adentro cuando no hay
problema para estar afuera». Además de ganar una o dos horas al aire libre, hay otra
ganancia que debe considerase: las comidas tomadas al fresco suelen ser alegres, y la
alegría es el elemento ideal para convertir la carne y la bebida en sangre y tejidos sanos.
Todo ese tiempo, los niños también están almacenando recuerdos de una infancia feliz.
Dentro de cincuenta años verán las sombras de las ramas haciendo dibujos sobre el mantel
blanco; y el sol, la risa de los niños, el zumbido de las abejas y el aroma de las flores habrá
sido almacenado como una brisa de refresco para los días futuros.
Una palabra a los habitantes de las ciudades y los suburbios. No obstante, solo las
personas que viven, por así decirlo, en sus propios jardines, son quienes pueden darles a
sus hijos el té al aire libre de manera habitual. Para el resto de nosotros, y la mayoría de
nosotros, que vivimos en ciudades o en los suburbios de las ciudades, esta sugerencia está
incluida en la pregunta más amplia: ¿Cuánto tiempo al aire libre deben tener los niños, y
cómo es posible garantizar dicho tiempo libre? En este tiempo de extraordinaria presión,
tanto educativa como social, quizás el primer deber de una madre para con sus hijos es
garantizarles un tiempo de crecimiento tranquilo, seis años completos de una vida
receptiva pasiva, cuyas horas despiertos sean en su mayoría pasadas al aire libre, y no solo
con el fin de beneficiar la salud corporal, sino que tanto el cuerpo como el alma, el corazón
y la mente, también se nutren del alimento conveniente para ellos cuando a los niños se
les deja tranquilos, se les deja vivir sin fricciones y sin estímulos, rodeados por influencias
felices que los inspiran a inclinarse por lo bueno.

Las posibilidades de un día al aire libre. Una juiciosa madre dice que envía sin falta a
sus hijos afuera, si el clima lo permite, durante una hora diaria en invierno y dos horas
diarias en los meses de verano, lo cual está bien, pero no es suficiente. En primer lugar, no
los envíe; si fuera en absoluto posible, llévelos; ya que, aunque se debiera dejar a los niños
solos en gran medida, hay mucho que hacer y mucho que prevenir durante esas largas
horas al aire libre, porque largas horas debieran ser; pero no dos, sino cuatro, cinco o seis
horas son el tiempo que deberían pasar afuera cada día tolerablemente bueno, de abril a
octubre [algo así como septiembre a marzo, en el hemisferio sur]. «¡Eso es imposible!» dice
una madre que se siente sobrepasada esforzándose porque sus hijos pasen no más de una
hora diaria más o menos en el pavimento de las plazas comunitarias de Londres. Reitero
que las sugerencias que me atrevo a dar no se basan en lo que es posible en todos los
hogares, sino en lo que me parece que es lo absolutamente mejor para los niños; y eso es
porque creo que las madres hacen maravillas cuando están convencidas de que maravillas
deben hacer. Un viaje de veinte minutos en tren u ómnibus, y una canasta con el
almuerzo, posibilitan un día en el campo para la mayoría de los habitantes de la ciudad; y
si fuera un día, ¿por qué no muchos, o todos los días que fueran posibles? Suponiendo
entonces que contamos con tales días al aire libre, ¿qué se debe hacer con estas preciosas
horas, para que todos se deleiten en ellas? Deben pasarse en sujeción a algún método, o la
madre se agotará y los niños se aburrirán. Hay mucho que se puede lograr en esta gran
porción del día de los niños; ellos deberán estar en un modo gozoso todo el tiempo, o no
ganarán todo el fortalecimiento y la restauración que les puede proveer el maravilloso
aire. Se les debería dejar tranquilos, que jueguen mucho independientemente para que
absorban lo que puedan de la belleza de la tierra y de los cielos; pues de todos los males
de la educación moderna hay pocos que son peores que esto: el perpetuo graznido de sus
mayores que no deja al pobre niño ni un momento, ni una pulgada de espacio, en el cual
asombrarse—y crecer. Al mismo tiempo, ésta es la oportunidad de la madre para entrenar
el ojo observador y el oído oidor, y de esparcir semillas de verdad en la expandida alma
del niño, las cuales germinarán, florecerán y darán fruto, sin más ayuda ni conocimiento
de parte de ella. Así pues, mucho se obtiene de posarse en un árbol o acurrucarse en un
arbusto, pero el desarrollo muscular se produce de maneras más activas, y una hora o dos
deben pasarse jugando vigorosamente; y, en último caso, ciertamente lo menos
importante, es dar una o dos lecciones.
Nada de libros de cuentos. Supongamos que la madre y los niños llegan a un agradable
lugar donde pasar un bello rato juntos. En primer lugar, la madre no tiene por qué
entretener a los pequeños: no debiera haber libros de cuentos, ni contarse cuentos; se
debiera hablar lo menos posible, solo con algún propósito específico. ¿A quién se le
ocurriría divertir a los niños con un cuento o ponerse a hablar estando en un circo o una
obra de títeres? Y en la naturaleza, ¿acaso no se manifiesta algo infinitamente mayor para
el deleite de los niños? Esta sabia madre, al llegar, envía a los niños a desahogarse
salvajemente con gritos, cantos y alborotos, todas las extravagancias que les venga a la
cabeza les son permitidas; no hay distinción entre grandes y pequeños; a estos últimos les
encanta seguir el son de los niños mayores y, tanto en las lecciones como en el juego,
hacen lo que pueden según sus pequeñas capacidades. En cuanto al bebé, está
absolutamente feliz: despojado de sus prendas, patea y gatea, agarra la hierba, ríe con su
risita suave de infante, y absorbe su pequeño conocimiento sobre las formas y las
propiedades en su manera maravillosa que le es propia, vestido con una túnica amplia y
suelta de lana, muy apropiada para la ocasión y para el uso que se le dará.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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II. Exploración del entorno

No pasa mucho tiempo sin que los demás vuelvan donde está la madre y, ahora que la
mente se ha refrescado y los ojos se disponen a observar, ella los envía a hacer una
expedición de exploración, con preguntas como: ¿Quién puede ver lo más posible, y
contarle lo más que se pueda sobre aquel montículo o arroyo, ese seto o tal bosquecillo?
He aquí un ejercicio que deleita a los niños, y que se puede hacer de muchas diferentes
formas, a la manera de un juego, pero con la exactitud y el cuidado de una clase.

Cómo ver. Descubran todo lo que puedan sobre esa cabaña al pie de la colina; pero no se
acerquen demasiado. Pronto están de vuelta, y hay una multitud de rostros emocionados,
y un alboroto de lenguas, y observaciones varias con alientos entrecortados que se lanzan
al oído de la madre: «Hay colmenas de abejas». «Vimos muchas abejas juntas». «Hay un
jardín grande». «Sí, y hay girasoles en el jardín», «y margaritas y pensamientos». «Y hay
muchas hermosas flores azules con hojas ásperas; madre, ¿qué piensas que es?» «Borraja
para las abejas, muy probablemente; les gusta mucho» «Oh, y hay manzanos, perales y
ciruelos a un lado; hay un pequeño camino en el medio». «¿A qué lado están los árboles
frutales?» «A la derecha— no, a la izquierda; déjame ver, ¿con qué mano escribo? Sí, es el
lado derecho. Y hay papas y coles, y menta y cosas al otro lado» «¿Dónde están las flores,
entonces?» «Oh, están solo en las orillas, a cada lado del camino». «Pero no le hemos
contado a mamá sobre el maravilloso manzano; ¡creo que tiene un millón de manzanas,
todas maduras y rosadas!» «¿Un millón, Fanny?» «Bueno, muchas, madre; no sé cuántas».
Y así sucesiva e indefinidamente; la madre obtiene poco a poco una descripción completa
de la cabaña y su jardín.

Usos educativos del reconocimiento de lugares. Todo esto es un juego para los niños,
pero la madre está llevando a cabo un trabajo invaluable; ella está entrenando las
facultades infantiles de observación y expresión, aumentando su vocabulario y su rango
de ideas al enseñarles el nombre y los usos de un objeto en el momento correcto, por
ejemplo, cuando preguntan, «¿qué es?» y «¿para qué es esto?». Ella está instruyendo a sus
hijos en hábitos de veracidad, ayudándolos a ser cuidadosos de ver el hecho y exponerlo
con precisión, sin omisión ni exageración. El niño que describe: «Un árbol alto, que llega a
cierta altura, que tiene hojas bastante redondeadas; que no es un árbol agradable para dar
sombra porque todas las ramas suben», merece aprender el nombre del árbol, y cualquier
cosa que su madre tenga que decirle al respecto. Pero el niño distraído, que no deja en
claro si está describiendo un olmo o una haya, no debería recibir adulaciones; su madre no
debería mover ni un pie para ver dicho árbol, nada la debería convencer de hablar de tal
árbol, hasta que, sintiéndose desesperado, vaya el niño y vuelva con algo de información
más certera—que si la corteza es áspera o suave, las hojas son ásperas o lisas—y solo
entonces, la madre puede considerar, dar su pronunciamiento, y él, lleno de alegría, la
lleva para que lo vea por sí misma.

La observación inteligente. Gradualmente, los niños aprenderán de manera


inteligente todas las características de los paisajes con los que están familiarizados; y qué
posesión tan deleitosa para la vejez y la mediana edad será contar con una serie de
imágenes formadas, con todos sus elementos, en el soleado resplandor de la mente
infantil. Lo lamentable de los recuerdos infantiles de la mayoría de las personas es que
están borrosos, distorsionados, incompletos, tanto así que son tan desagradables de ver
como lo es una copa fracturada o una prenda rota; y la razón no es que se hayan olvidado
las escenas del pasado, sino que nunca se vieron en realidad. Al momento de verlas, solo se
grabó una borrosa impresión de que tales y tales objetos estaban presentes y,
naturalmente, después de años, rara vez pueden recordarse los elementos de los cuales el
niño no estuvo consciente cuando los tuvo delante de él.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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III. «Pintar cuadros»

El método. Tan satisfactoria es la facultad de tomar fotografías mentales, imágenes


exactas, de las bellezas de la naturaleza que recorremos el mundo para verlas y sentirnos
renovados, que vale la pena que nuestros hijos se ejerciten de otra manera más, siempre
con este objetivo en mente. Se debe tomar en cuenta, no obstante, que los niños ven lo que
está cerca y los detalles, por lo que será necesario un esfuerzo para que miren de manera
más amplia y más lejos. Haga que los niños miren bien una parte del paisaje, y que luego
cierren los ojos y evoquen la imagen; si algo de ella está borrosa, que miren de nuevo.
Cuando logren una imagen perfecta ante sus ojos, que expresen lo que ven de esta
manera: «Veo un estanque; es poco profundo en este lado, pero más profundo en el otro;
los árboles llegan al borde del agua en ese lado, y puedo ver las hojas y las ramas verdes
tan claramente en el agua que pensaría que hay un bosque debajo. Casi tocando los
árboles en el agua hay un poco de cielo azul con una suave nube blanca; y cuando miras
hacia arriba ves la misma pequeña nube, pero con mucho cielo en lugar de solo un poco,
porque allí no hay árboles. Hay hermosos nenúfares amarillos alrededor del borde más
alejado del estanque, y dos o tres grandes hojas redondas levantadas como velas. Cerca de
donde estoy parado, tres vacas han venido a beber, y una se ha metido al fondo del agua,
casi hasta el cuello», etc.

Esfuerzo de la atención. Este ejercicio también es deleitable para los niños, pero, dado que
exige algo de esfuerzo de la atención, es cansador y solo debiera emplearse de vez en
cuando. Sin embargo, vale la pena instruir a los niños en el hábito de memorizar un poco
de paisaje de esta forma, porque es el esfuerzo de recordar y reproducir lo que cansa;
mientras que el placentero acto de ver, en totalidad y en detalle, se repetirá
inconscientemente hasta convertirse en un hábito del niño al que se le pide de vez en
cuando que reproduzca lo que ve. NOS QUEDAMOS AQUI

Ver en totalidad y en detalle. Al principio, los niños necesitarán un poco de ayuda en el


arte de ver. La madre puede decir: «¡Mira el reflejo de los árboles! Quizás hay leña debajo
del agua, ¿Te recuerdan algo esas hojas erguidas?» y otros comentarios así, hasta que los
niños hayan notado los aspectos destacados de la escena que se despliega frente a ellos.
Incluso ella misma puede aprenderse dos o tres imágenes, y describirlas con los ojos
cerrados para entretener a los niños; ellos, gracias a que imitan todo, y a su gran empatía,
copiarán y harán variaciones en sus propias descripciones a partir de lo que han
escuchado decir a su madre.

Los niños se deleitarán con este juego de pintar cuadros aún más si la madre lo presenta
describiendo alguna grandiosa galería de imágenes que haya visto—ya sea imágenes
montañosas, páramos, mares tormentosos, campos arados, niños pequeños jugando, una
anciana tejiendo—añadiendo que, aunque ella no pinta sus cuadros en lienzo y no los
enmarca en la pared, lleva consigo galerías de imágenes de esta forma; porque cada vez
que ve algo encantador o interesante, lo mira hasta que tiene la imagen en el ojo de su
mente; y luego se la lleva, y es suya para siempre, y la puede volver a mirar cuando ella
quiera.

Un medio para el solaz y el descanso. Sería difícil sobrevalorar como un medio de solaz y
descanso este hábito de ver y guardar. Hasta quienes estamos más ocupados tenemos
vacaciones cuando nos liberamos del yugo y nos encontramos cara a cara con la
naturaleza, para ser sanados y bendecidos por:
«El bálsamo que respira
El silencio y la calma
De las cosas insensibles y mudas».

[Extracto del poema Three Years She Grew in Sun and Shower poeta inglés William
Wordsworth.]

Este descanso inmediato está disponible para todos según su medida; pero es un error
suponer que todos pueden llevarse una imagen refrescante de lo que les deleita. Solo unos
pocos pueden expresar las escenas visitadas como Wordsworth [en Lines Composed a Few
Miles above Tintern Abbey, On Revisiting the Banks of the Wye during a Tour. July 13, 1798]:

«Aunque ausente por mucho tiempo,


Estas formas de belleza han sido para mí
Como es un paisaje para los ojos de un ciego;
Pero a menudo, en habitaciones solitarias, y en medio del estruendo
De pueblos y ciudades, les debo,
En horas de cansancio, sensaciones dulces,
Sentidas en la sangre y en el corazón;
Que pasan incluso hacia mi más pura mente,
Con una tranquila restauración».

Sin embargo, este no es un elevado regalo poético que el resto de nosotros debiéramos
contentarnos con admirar, sino una recompensa común por el esfuerzo de ver, y que los
padres deberían esforzarse mucho para traspasar a sus hijos.

La madre debiera estar alerta de no estropear la simplicidad, el carácter objetivo del


disfrute del niño, tratando sus pequeñas descripciones como proezas de inteligencia que
se deban repetir al padre o a los visitantes; de hecho, será mejor que haga un voto de
reprimirse, de «no decir nada a nadie» en presencia del niño, aunque el niño demuestre
ser un poeta nato.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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IV. Las flores y los árboles

Los niños debieran conocer los cultivos locales. En el curso de estos ejercicios de
imágenes mentales, se presentarán oportunidades para que los niños se familiaricen con
los objetos y las ocupaciones rurales. Si hay tierras de cultivo a su alcance, deben conocer
sobre las praderas, los pastos y tierras para pastar, el trébol, y los cultivos de nabos y maíz,
en todos sus aspectos, desde el arado de la tierra hasta la obtención de los cultivos.
Las flores de campo y la historia de vida de las plantas. Los niños debieran conocer cada
una de las flores silvestres que crecen donde ellos viven y en sus alrededores; debieran
poder describir la hoja—su forma, tamaño, si crece desde la raíz o desde el tallo; la forma
en que florece—, una cabeza de varias flores [o inflorescencia], una sola flor, o una espiga,
etc. Después de haber conocido a una flor silvestre, para que nunca puedan olvidarla o
confundirla, se debe examinar el lugar donde la encontró, para que sepa en el futuro en
qué tipo de terreno buscar tal y cual flor. «¡Aquí deberíamos encontrar un tomillo salvaje!»
«Oh, éste es un lugar muy apropiado para las margaritas; debemos venir aquí en la
primavera». Si la madre no es una gran botánica, encontrará que un libro de referencia de
alta calidad le será útil, con sus paletas de colores para identificar las flores, nombres
comunes, y agradables hechos y datos divertidos sobre las plantas que los niños
disfrutarán mucho [referencia original es hacia la obra Wild Flowers de Ann Pratt]. Para
coleccionar flores silvestres durante varios meses, presiónelas y colóquelas
cuidadosamente en cuadrados de papel grueso, con el nombre, su hábitat y la fecha de
hallazgo de cada una, lo cual ofrece una tarea bastante entretenida, y, al mismo tiempo,
una capacitación muy útil y mejor aún, que es acostumbrar a los niños a hacer dibujos con
pincel de las flores que les interesan, y de la planta completa, si fuera posible.

El estudio de los árboles. A los niños se les debería familiarizar íntimamente con los
árboles a temprana edad; deberían elegir seis árboles, ya sea roble, olmo, fresno, haya, en
su desnudez invernal, y que se conviertan en sus amigos todo el año. En el invierno,
observarán los ligeros bucles del abedul, los brazos nudosos del roble, el crecimiento
robusto del sicómoro. Se puede esperar para aprender los nombres de los árboles hasta
que lleguen las hojas. Poco a poco, a medida que avanza la primavera, contemple la
rigidez generalizada y la vida que se puede ver en las ramas aún desnudas; la vida se
siente en el hermoso misterio de las yemas de las hojas, un nido de delicadas hojas nuevas
yaciendo en calidez dentro de muchas envolturas impermeables; el roble y olmo, el haya y
el abedul, cada uno tiene su propia forma de desplegar y embalar sus follaje; observe los
capullos púrpura del limón verde y los fresnos con su bonito pie de ciervo, no verde sino
negro,

Seguimiento de las estaciones. Es difícil mantener el ritmo de las maravillas que ocurren
«en la temporada de abundancia». Están las candelillas o amentos colgantes y las
florecillas de color rubí del avellano—ambos, racimos de flores, dos tipos en un solo árbol;
igual que las suaves y robustas ramas del sauce; y la festiva aparición del hermoso follaje
de todos los árboles; el aprendizaje de los patrones de las hojas a medida que surgen, y el
nombre de los árboles a partir de diversas señales. Luego vienen las flores, cada una
encerrada herméticamente en la delicada urna que llamamos brote, tan astutamente
envueltas como las hojas en sus brotes, pero menos cuidadosamente protegidas, porque
estos «dulces viveros» retrasan su llegada en su mayoría hasta que la tierra tenga una
cama caliente para ofrecerle, y el sol le dé una amable bienvenida.

Leigh Hunt sobre las flores. «Supongamos», dice Leigh Hunt, «¡supongamos que las
flores en sí mismas fueran nuevas! Supongamos que acabaran de llegar al mundo, una
dulce recompensa por alguna nueva bondad… Imagine lo que sentiríamos cuando vemos
el primer tallo lateral saliendo del principal, y desplegando una hoja. Cómo miraríamos la
hoja que despliega gradualmente su pequeña mano elegante; luego otra, y luego otra;
entonces el tallo principal se eleva y produce más; ¡luego uno de ellos da indicaciones de
la sorprendente novedad: ¡un brote! Este misterioso capullo se despliega gradualmente
como la hoja, asombrándonos, encantándonos, casi alarmándonos de deleite, como si no
supiéramos que encanto viene a continuación, hasta que, por fin, en toda su belleza de
hada, y voluptuosidad olorosa, y misteriosa elaboración de escultura tierna y viva, brilla
la flor sonrojada». Las flores, es cierto, no son nuevas; pero los niños lo son; y es culpa de
sus mayores si cada nueva flor que encuentran no es para ellos una Picciola, un misterio
de belleza que se observa día a día con asombro y deleite indescriptibles. [Picciola es el
nombre de una flor, y en la novela homónima de Joseph-Xavier Boniface publicada en
1836, un reo sobrevive la prisión gracias a dicha flor en su celda.]

Mientras tanto, hemos perdido de vista esa media docena de árboles del bosque con los
que los niños han establecido una especie de camaradería durante el año. Ahora ya tienen
el placer de descubrir que los grandes árboles también tienen flores, muy a menudo flores
del mismo tono que sus hojas, y que algunos árboles posponen sus hojas hasta que se
vayan las flores. Poco a poco llega el fruto, y con él, el descubrimiento de que cada
árbol —con excepciones que aún no necesitan aprender—da su propio fruto, «fruto y
semilla según su especie». Todo esto es conocimiento común para las personas mayores,
pero uno de los secretos del educador es no presentar nada como conocimiento obsoleto,
sino ponerse en la posición del niño, y maravillarse y admirarse con él; pues, cada milagro
común que el niño ve con sus propios ojos hace de él otro Newton en un determinado
momento.

Calendarios. Es una tarea de gran importancia que los niños mantengan un calendario
con información sobre dónde vieron y cuándo la primera hoja de roble, el primer
renacuajo, el primer resbalón, la primera candelilla, las primeras moras maduras. El
próximo año sabrán cuándo y dónde buscar sus favoritos y, cada año, estarán en
condiciones de agregar nuevas observaciones. Piense en el entusiasmo y el interés,
el objetivo que tal práctica dará a las caminatas diarias y pequeñas excursiones. No habrá
un día en que el niño no espere que uno de sus tantos amigos de la naturaleza realice algo
por primera vez en este ambiente tan familiar para él.

Diarios de la naturaleza. Tan pronto como pueda mantenerlo, un diario de la naturaleza


es una fuente de deleite para un niño. Cada día que camina le da algo para registrar: tres
ardillas en un alerce, un arrendajo volando sobre un determinado campo, una oruga
trepando por una ortiga, un caracol comiendo una hoja de col, una araña que cae
repentinamente al suelo, dónde ha encontrado una hiedra, y ésta cómo estaba creciendo,
qué plantas estaban creciendo con ella, y cómo la enredadera y la hiedra son trepadoras. A
al niño curioso se le ocurren innumerables asuntos para registrar. Si bien es bastante joven
(cinco o seis años), debería comenzar a ilustrar sus notas libremente con dibujos a pincel;
al principio, debería tener un poco de ayuda para mezclar colores, pero se le debería
enseñar los principios, no darle instrucciones. No se le debería decir que use esto y ahora
aquello, sino que «conseguiremos el morado al mezclar esto y lo otro», y luego se le debe
dejar solo para que obtenga el tinte correcto. En cuanto al dibujo, la instrucción tiene, sin
duda, su tiempo y lugar; pero su diario de naturaleza debería entregarse a la propia
iniciativa infantil. Un niño de seis años producirá un diente de león, una amapola, una
margarita con sus hojas, impulsado por el deseo de representar lo que ve, con
sorprendente vigor y corrección. Un libro de ejercicios con cubiertas rígidas sirve para un
diario de la naturaleza, pero es necesario tener cuidado al elegir un papel que sirva tanto
para escribir como para dibujar con pincel.

«No puedo dejar de pensar». «Pero no puedo dejar de pensar; ¡no puedo hacer que mi
mente se detenga!» ¡Pobre niña! Todos los niños deben agradecer a sus mayores por dar
voz a sus pequeños problemas sin sentido; y nosotros, los adultos, tenemos tan poca
imaginación que enviamos a un niño pequeño con un cerebro demasiado activo a jugar
solo en el jardín para escapar de la neblina de las lecciones. ¡Qué poco sabemos cómo la
gente en el cerebro corre a toda prisa!

«El (cerebro) humano es como una piedra de molino, gira que gira;
Si nada más tiene por moler, molerse a sí mismo es lo que hará».

Dele al niño un trabajo definido, claro que sí, y dele algo a lo cual dedicarse; pero le ruego,
hágalo trabajar con los objetos y no con los símbolos, es decir, las cosas de la naturaleza
como están en sus propios lugares, praderas y setos, bosques y playas.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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V. «Las criaturas vivientes»

Un campo de estudios que es fuente de interés y deleite. En cuanto a las «criaturas


vivientes», he aquí un campo de interés y deleite ilimitados: los animales domesticados no
demoran en llegar a ser muy queridos por los niños. Es el caso de quienes viven
demasiado lejos del «campo real» como para que las ardillas y los conejos salvajes sean
más que un sueño de posibles delicias. Pero con seguridad hay un estanque al alcance—ya
sea yendo en automóvil o ferrocarril— donde puedan atrapar renacuajos y luego llevarlos
a casa en una botella, alimentarlos y observarlos a través de todos sus cambios en que las
aletas desaparecen, las colas se vuelven cada vez más cortas, hasta que finalmente no hay
cola en absoluto, y una pequeña rana bastante perturbadora te mira a la cara. Levante
cualquier piedra, y encontrará una colonia de hormigas. Siempre se nos ha enseñado a
considerar cómo hacen y ser sabios como ellas; pero ahora, piense en todo lo que Lord
Avebury [experto en la materia] nos ha compartido sobre esa conocida hormiga de doce
años que ya conocemos tan bien. Luego están las abejas. Es posible que algunos de
nosotros hayamos escuchado al difunto Dean Farrar describir esa clase en la que estuvo
presente, sobre «¿Cómo trabaja la trabajadora abejita?»: el maestro brillante, pero no hay
respuesta de parte de los niños, no estaban en absoluto interesados en las trabajadoras
abejitas. Él sospechaba la razón, y al interrogar a la clase, descubrió que nadie de los
presentes había visto una abeja. «¡No haber visto nunca una abeja! Piense por un
momento, lo que eso implica» dijo él, y acto seguido nos conmovió con una elocuente
imagen de la triste vida infantil de la cual se han excluido las abejas, los pájaros y las
flores. ¡Cuántos niños que no viven en los barrios pobres de Londres, y que, sin embargo,
no pueden distinguir una abeja de una avispa, o ni siquiera un abejorro de una abeja!

Se debe alentar a los niños a que miren. Se debe alentar a los niños a mirar, paciente y
silenciosamente, hasta que aprendan algo sobre los hábitos y la historia de las abejas, las
hormigas, las avispas, las arañas, las peludas orugas, las libélulas, y todo lo que
encuentren de mayor tamaño. «¡Los animalitos nunca tienen ningún hábito cuando estoy
mirando!» se queja una niñita por ahí en un libro de cuentos; pero la culpa es de ella
porque los ávidos y despiertos ojos con los que los niños han sido bendecidos fueron
hechos para ver y para observar en detalle lo que hacen las cosas creadas demasiado
pequeñas para que las personas mayores puedan observarlas sin ayuda. Las hormigas
pueden observarse en el hogar de la siguiente manera: obtenga dos piezas de vidrio de un
pie cuadrado, tres piezas de vidrio de once y media pulgadas de largo y una pieza de once
pulgadas de largo, todas de un cuarto de pulgada de ancho. El vidrio debe cortarse
cuidadosamente para que encaje con exactitud. Coloque las cuatro piezas de vidrio sobre
una de las láminas de vidrio y fíjelas en un cuadrado exacto, dejando una abertura de
media pulgada, con goma o cualquier buen fijador. Obtenga de un hormiguero unas doce
hormigas (las hormigas amarillas son las mejores, ya que las rojas tienen una tendencia a
la riña), algunos huevos y una reina. La reina tendrá el doble de tamaño que una hormiga
común, por lo que se puede ver fácilmente. Tome un poco de la tierra del hormiguero.
Coloque la tierra con las hormigas y los huevos sobre la lámina de vidrio y fije la otra
lámina arriba, dejando solo el pequeño agujero en una esquina, hecho por la pieza más
corta, que debe taparse con un poco de algodón. Las hormigas estarán inquietas durante
unas cuarenta y ocho horas, pero luego comenzarán a asentarse y a organizar la tierra.
Retire el tapón de lana una vez a la semana y vuélvalo a poner empapado en dos o tres
gotas de miel. Una vez cada tres semanas, retire el tapón para colocar unas diez gotas de
agua con una jeringa; no es necesario hacer esto en el invierno mientras las hormigas
duermen. Un «nido» así durará años.

Con respecto al horror que algunos niños muestran ante el escarabajo, la araña, y el
gusano, eso se aprende generalmente de los adultos. Los hijos de Charles Kingsley corrían
tras su papá con un «delicioso gusano», un «sapo encantador», un «tierno escarabajo» que
acarreaban con ternura en ambas manos. Existen, no obstante, verdaderos miedos que no
se pueden superar, como el horror por las arañas que tenía el mismo Kingsley; pero los
niños que están acostumbrados a sostener y admirar orugas y escarabajos desde su
infancia no darán paso a esos temores. El niño que pasa una hora observando las formas
de un nuevo «gusano» que ha encontrado, será un hombre que dejará huella. Que todo lo
que descubra al respecto sea ingresado en su diario—que escriba su madre, si aún le
cuesta escribir: dónde lo encontró, qué está haciendo o parece estar haciendo; el color, la
forma, las patas. Algún día se encontrará nuevamente con la criatura y reconocerá la
descripción de un viejo amigo.

La influencia de la opinión pública en el hogar. Algunos niños nacen naturalistas, con


una inclinación heredada, quizás, de un ancestro desconocido; pero cada niño tiene un
interés natural por los seres vivos, lo cual corresponde a los padres alentar, ya que pocos
niños son capaces de mantener su postura frente a la opinión pública; y si ven que las
cosas que les interesan son indiferentes o desagradables para los adultos, su placer en ellas
desaparece, y ese capítulo del libro de la naturaleza se habrá cerrado para ellos. Es
probable que el libro La historia natural de Selborne [obra publicada originalmente en
1789, es un relato de la vida del campo, escrito por un apasionado de los clásicos, la poesía
y los pájaros y es tenido como uno de los mejores libros de historia natural que se hayan
escrito] nunca hubiera existido si no hubiera sido porque el padre del autor solía llevar a
sus hijos a expediciones diarias de búsqueda donde ninguna cosa en movimiento o
crecimiento, ninguna piedrecilla ni roca gigante a millas alrededor de Selborne se
escapaba de sus atentas observaciones. De la misma forma, Audubon, el ornitólogo
estadounidense, es otro ejemplo de lo que provoca este tipo de instrucción a temprana
edad. «Apenas había aprendido a caminar y a articular las primeras palabras siempre tan
entrañables para los padres, cuando me mostraron lo que producía la naturaleza,
disponible en abundancia a mi alrededor… Mi padre generalmente acompañaba mis
pasos, me buscaba pájaros y flores, y me señalaba los elegantes movimientos del ave, la
belleza y la suavidad de su plumaje, cómo manifestaban su contentamiento o su sensación
de peligro, y las siempre perfectas formas y espléndido atuendo de las flores. Hablaba él
de la partida y el regreso de los pájaros con las estaciones, describía sus guaridas y, lo más
maravilloso que todo, el cambio de su plumaje, motivándome así a estudiarlos y elevar mi
mente hacia su gran Creador».

Qué pueden hacer los niños de la ciudad. Los niños de la ciudad pueden disfrutar mucho
mirando a los gorriones—inteligentes pajaritos, y fácilmente amansados a cambio de
puñado de migas de pan—, quienes serán sus nuevos amigos afuera. Pero se puede hacer
mucho con los gorriones. Un amigo escribe así: «¿Has visto al hombre en los jardines de
Tuileries que alimenta y habla con docenas de ellos? Se sientan en su sombrero, en sus
manos y se alimentan de sus dedos. Cuando levanta los brazos, todos revolotean y luego
nuevamente se acomodan sobre él y lo rodean. Lo vi llamar a un gorrión desde la
distancia por su nombre y no darle la migaja a ninguno más hasta que «petit choul», un
gorrión de varios colores, llegó a buscar su porción destinada, pero no pude notar
ninguna característica distintiva; y la multitud de gorriones en el camino, en bancos y
barandillas, formaron una audiencia muy atenta a la brillante conversación en francés que
los mantuvo en constante movimiento, ya que estaban, aquí y allá, invitados a venir a
cambio de un bocado tentador. ¡Toda una representación de San Francisco y los pájaros!»
[en referencia a la obra de Giotto «San Francisco predicando a los pájaros» (1300)].

El niño que no conoce la complexión corpulenta y el pecho manchado del tordo, el


elegante vuelo de la golondrina, el pico amarillo del mirlo, el sonido de la canción que la
alondra vierte desde lo alto, es digno de lástima casi tanto como aquellos niños de
Londres que «nunca habían visto una abeja». Un encantador conocido que es fácil de
reconocer es la peluda oruga. El momento propicio para apoderarse de ella es cuando se la
ve arrastrando los pies por el suelo con mucha prisa en búsqueda de un lugar tranquilo
donde poder recostarse: póngala en una caja y cubra la caja con una red para que pueda
observar sus actividades. La comida no es importante—ella tiene otras cosas en las cuales
pensar. Muy pronto habrá tejido una especie de carpa o hamaca blanca, en la que se
esconde, y a través de la cual se puede mirar la oruga, y hasta ver quizás el momento
mismo en que su piel se divide, convirtiéndola durante meses en una masa en forma de
huevo sin ningún signo de vida. Por fin, el ser vivo dentro se escapa de ese envoltorio, y
ahí está, la hermosa polilla tigre, agitando sus débiles alas contra la red. La mayoría de los
niños de seis años han probado esta experiencia de naturalista, y vale la pena mencionarla
solo porque, en lugar de ser simplemente una diversión inofensiva, es un valioso trozo de
educación, más útil para el niño que la lectura de todo un libro de historia natural, o
mucha geografía y latín. El mal de esto radica en que los niños obtienen su conocimiento
de la historia natural, igual que todo su conocimiento, de segunda mano; están tan
saciados de maravillas que nada los sorprende; y están tan poco acostumbrados a ver por
sí mismos que nada les interesa. La cura para esta afección del hastío es dejarlos tranquilos
un poco y luego comenzar de nuevo en forma distinta. Pobres niños, no es culpa suya si
no son como debían ser, es decir, almitas curiosas y ávidas, todas anhelantes por explorar
tanto de este maravilloso mundo como les sea posible, tal como la ocupación prioritaria de
la vida.

«Ora mejor quien ama más


Todas las cosas grandes y pequeñas;
Porque el Dios amante que nos ama,
Él las hizo y las ama todas».

El conocimiento de la naturaleza es lo más importante para los niños pequeños. Sería


bueno si todas las personas en posición de autoridad, los padres y todos los que actuamos
a nombre de los padres, pudiéramos ponernos de acuerdo en que no hay ningún tipo de
conocimiento que se pueda obtener en estos primeros años tan valioso para los niños
como el que obtienen por sí mismos del mundo en el que viven. Que se pongan en
contacto con la naturaleza una vez, y se formará un hábito que será una fuente de deleite
durante toda la vida. Todos hemos sido destinados a ser naturalistas, cada uno en su
propia medida, y no hay excusa válida para vivir en un mundo tan lleno de prodigios de
la vida animal y vegetal y no interesarse por nada de ello.

El entrenamiento mental del niño naturalista. Consideremos también, cuán inigualable


es el entrenamiento mental que está obteniendo el niño naturalista para cualquier estudio
o vocación que existe bajo el sol: la facultad de la atención, de discriminación, de la
búsqueda paciente, y que al aumentar a medida que él mismo crece, ¡le serán de utilidad
para una infinidad de áreas! Por otro lado, la vida es tan interesante para él, que no tendrá
tiempo para incurrir en las faltas de mal genio que generalmente tienen su origen en
el tedio. Ya no hay razón por la que debiera sentirse irritable, malhumorado u obstinado
con tal pasatiempo constante.

Las actividades en la naturaleza son especialmente valiosas para las niñas. Me refiero a
«él» por la fuerza de la costumbre, como hablando del sexo representativo, pero en verdad
el hecho de que ella debiera estar igual de familiarizada con la naturaleza es un asunto de
infinita mayor importancia para la niñita, puesto que es ella la que está más tentada a caer
en el mal temperamento (en tanto niña como mujer) cuando el tiempo le sobra; ella cuyos
hábitos mentales más ociosos y desordenados requieren el estímulo y el gobierno de una
ocupación absorbente y dedicada; cuya salud más débil requiere el fortalecimiento que
otorga la vida al aire libre llena de emociones saludables. Por lo demás, es para las niñas,
pequeñas y grandes, una verdadera cortesía sacarlas del ensimismamiento y de los
consabidos mezquinos intereses y rivalidades personales con las que con demasiada
frecuencia se ven rodeadas; y finalmente, ¿con quién sino con las niñas descansa el
modelamiento de las generaciones que están aún por nacer?

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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VI. El conocimiento de la naturaleza y las obras de


naturalistas

Reverencia por la vida. ¿Es aconsejable, entonces, enseñar a los niños los elementos de las
ciencias naturales, de la biología, la botánica y la zoología? En general, no: la disección
incluso de una flor es dolorosa para un niño sensible y, durante los primeros seis u ocho
años de vida, no se les debería enseñar ninguna botánica que requiera arrancar las flores y
romperlas en pedazos; mucho menos permitirles dañar o destruir cualquier forma
(indefensa) de vida animal. La reverencia por la vida, en tanto maravilloso y terrible
regalo, que un niño despiadado puede destruir, pero nunca restaurar, es una lección de
primera importancia para el niño:

«Que el conocimiento vaya siempre en aumento;


Y que mayor reverencia habite en nosotros».

El niño que ve a su madre llevar reverentemente una gota de nieve a sus labios, aprende
una lección de mayor valía que la que le enseña «la letra impresa». Años después, cuando
los niños tengan la edad suficiente para comprender que la ciencia en sí misma es en cierto
sentido sagrada y exige algunos sacrificios, toda la «información común» que hayan
reunido hasta entonces, y los hábitos de observación que hayan adquirido serán el
fundamento más importante para su educación científica. Mientras tanto,
que consideren los lirios del campo y las aves del aire.

Clasificación aproximada de primera mano. Para realizar mejores descripciones, debieran


poder nombrar y distinguir pétalos, sépalos, etc. y se les debiera animar a que hagan
clasificaciones tan aproximadas como puedan con su poco conocimiento de las formas
animales y vegetales: plantas con hojas en forma de corazón o de cuchara, con hojas
enteras o divididas; hojas con venas entrecruzadas y hojas con venas rectas; flores en
forma de campana y flores en forma de cruz; flores con tres pétalos, con cuatro o con
cinco; árboles que mantienen sus hojas todo el año, y árboles que las pierden en otoño;
criaturas con y sin columna vertebral; criaturas que comen hierba y criaturas que comen
carne, y así sucesivamente. Hacer colecciones de hojas y flores prensadas y montadas, y
ordenarlas de acuerdo con su forma, ofrece mucho placer y, lo que es mejor, una
formación valiosa para notar diferencias y semejanzas. Es posible encontrar los patrones
para este tipo de clasificación de hojas y flores en todos los libros de botánica elemental.
El poder de clasificar, discriminar, distinguir entre cosas que difieren, se encuentra entre
las facultades más altas del intelecto humano, y no se debe dejar escapar ninguna
oportunidad de cultivarlo; pero una clasificación sacada de los libros, que el niño no hace
por sí mismo y que no puede verificar por sí mismo, no cultiva ninguna otra facultad que
la memoria verbal, lo cual se puede conseguir también aprendiendo una o dos frases en
«tamil» u otra lengua desconocida.

Usos de los libros de «naturalistas». En esta etapa, el uso real de los libros de los
naturalistas es dar al niño visiones encantadoras del mundo de las maravillas en las que
vive, revelar el tipo de cosas que pueden ver los ojos curiosos y llenarlo de deseo de hacer
descubrimientos por sí mismo. Hay muchas opciones de obras así, todas de lectura
agradable, muchas de ellas escritas por científicos, y que, sin embargo, requieren poco o
ningún conocimiento científico para disfrutarlas.

Las madres y los maestros deben saber sobre la naturaleza. La madre debería dedicarse a
este tipo de lectura, no solo para que pueda leerles a sus hijos algo sobre los asuntos con
los que se encuentran, sino también para responder sus preguntas y dirigir su
observación. No solo la madre debiera hacer esto, sino cualquier persona que pase una o
dos horas en la compañía de los niños, debería apropiarse de este tipo de información; los
niños le apreciarán enormemente por saber lo que ellos quieren saber, y quizás también
pueda llegar a ser de inspiración para alguna mente joven destinada a hacer grandes cosas
por el mundo.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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VII. El niño adquiere el conocimiento por medio de sus


sentidos

La enseñanza de la naturaleza. Observe a un niño mirando fijamente algo nuevo, y verá


que está tan naturalmente ocupado como un bebé en el pecho; él está, de hecho, comiendo
la comida intelectual que en ese momento requiere la facultad intelectual de su cerebro. En
sus primeros años el niño es todo ojos; él observa, o más bien, percibe, valiéndose de la
vista, el tacto, el gusto, el olfato y la audición, para aprender todo lo que pueda sobre
todas las cosas nuevas con las que se llega a encontrar. Todo el mundo sabe cómo un bebé
hace para llevarse los pequeños y suaves deditos a la boca, y cómo golpea la cuchara o la
muñeca para hacer ruido, que le entregaron adultos desdeñosos para que «se quedara
tranquilo». Ahí está el niño en sus clases, aprendiendo todo a un ritmo increíblemente
rápido según el fisiólogo, quien considera lo mucho que implica, por ejemplo, el acto de
«ver»: para un bebé, tal como para un adulto que acaba de recobrar la vista, al principio
no hay diferencia entre un objeto plano y un cuerpo redondo, es decir, que las ideas de
forma y solidez no se obtienen a través de la vista, sino que se obtienen a partir de la
experiencia.

Luego, piense en ese pequeño puño que se alza al aire con movimientos algo temblantes
para lograr coger algo, y verá también cómo aprende el paradero de las cosas, aún sin
tener idea de la dirección. ¿Y por qué llora por la luna? ¿Por qué anhela de la misma forma
un caballo o un insecto para jugar? Porque lejos y cerca, grande y pequeño son ideas que
aún no llega a comprender. El niño tiene mucho que hacer antes de estar en condiciones
de «creer en sus propios ojos»; pero la naturaleza enseña tan gentilmente, tan
gradualmente, tan persistentemente, que nunca lo deja exhausto, sino que, al contrario, él
no deja nunca de acumular pequeñas reservas de conocimiento sobre lo que llega a
conocer.

Y este es el proceso que el niño debe continuar durante los primeros años de su vida; éste
es el tiempo que debe usarse en familiarizar al niño con todo lo que le rodea. Poco a poco
tendrá que concebir cosas que nunca ha visto: y ¿cómo puede hacer tal cosa, excepto en
comparación con las cosas que ya ha visto y que conoce? Poco a poco se le pedirá que
reflexione, comprenda y razone; ¿con qué material contará para ello, a menos que cuente
con una reserva de hechos a partir de los cuales empezar? El niño al que se le ha hecho
observar cuán alto está el sol en el cielo al mediodía en un día de verano, y qué tan bajo
está al mediodía a mediados de invierno, puede concebir el gran calor de los trópicos bajo
un sol vertical, y de entender que el clima de un lugar depende en gran medida de la altura
media que alcanza el sol sobre el horizonte.

Demasiada presión. Últimamente se ha dicho mucho sobre el peligro de la presión en


demasía, de exigir demasiado trabajo mental a un niño en sus años tiernos. El peligro
existe; pero radica, no en darle demasiado al niño, sino en darle lo que no debería hacer, es
decir, el tipo de trabajo que no puede realizar porque su desarrollo mental no se lo
permite. ¿Quién espera que un niño en sus primeros años levante 100 kilos? Pero dele al
niño el trabajo que por naturaleza es para él, y la cantidad que puede superar con
facilidad es prácticamente ilimitada. ¿Quién ha visto a un niño cansado de ver, de
examinar a su manera las cosas desconocidas? Este es el tipo de alimento mental para él
por el cual tiene un apetito ilimitado, ya que ese es el alimento de la mente que, en el
momento presente, lo hará crecer.

Lecciones objetivas. Ahora bien, ¿hasta qué punto se satisface este deseo por el sustento
natural? En las escuelas para menores de 5 años y hasta el Kindergarten, se satisface a
través de la clase dada en torno a objetos, lo cual es bueno si no hay nada más, pero a
veces es como ese único grano al día con el cual ese francés alimentaba a su caballo en la
historia que conocemos. El niño en casa tiene más cosas para observar, aunque menos
método. Sin embargo, ni en casa ni en la escuela se hace un gran esfuerzo para presentarle
al niño el abundante «banquete de los ojos» que él requiere y necesita.

Un niño aprende de las «cosas». Las personas mayores, debido en parte a nuestro
intelecto más maduro, y en parte a nuestra educación defectuosa, obtenemos la mayoría
de nuestro conocimiento a través de las palabras, y queremos que el niño aprenda de la
misma manera, pero encontramos que no entiende y que se le hace difícil. ¿Por qué?
Porque son solo unas pocas palabras que usa comúnmente con las cuales asocia un
significado definido; todo lo demás no son para él más que los vocablos de una lengua
extranjera. Pero colóquelo cara a cara con una cosa, y él es veinte veces más rápido que
usted en saberlo todo; el conocimiento de las cosas llega volando a la mente de un niño tal
como las limaduras de acero vuelan hacia un imán. Al mismo tiempo que adquiere su
conocimiento de las cosas, su vocabulario aumenta, ya que es una ley de la mente el que
luchemos por expresar lo que sabemos. Este hecho explica muchas de las preguntas
aparentemente sin sentido de los niños; ellos están en la búsqueda, no de conocimiento,
sino de palabras para expresar el conocimiento que tienen. Ahora bien, considere qué
desperdicio de energía intelectual es encerrar dentro de las cuatro paredes de una casa, o
en las tristes calles de una ciudad a un niño bendecido con esta capacidad desmesurada
de ver y conocer; tampoco es mejor dejarlo vagar libre en el campo donde hay mucho que
ver, puesto que es casi igual de dañino dejar que esa gran facultad del niño se disipe en
observaciones arbitrarias por falta de método y dirección.

El sentido de la belleza proviene del contacto temprano con la naturaleza. Los niños
pueden aprender una ilimitada cantidad de cosas que nunca olvidarán incluso antes de
comenzar la escuela. El niño que espontáneamente puede decir dónde encontrar la media
docena de abedules más elegantes, o los tres o cuatro mejores fresnos en el vecindario de
su casa, tiene mayores posibilidades en la vida en comparación con aquel niño que no
diferencia un olmo de un roble. No se trata solo de posibilidades de éxito, sino también
posibilidades de una vida más amplia y feliz, porque es interesante cómo ciertos
sentimientos están vinculados con la mera observación de la naturaleza y los objetos
naturales. «El sentido estético, de lo bello, de lo sublime, de lo armonioso parece que se
conecta en su forma más elemental directamente con las percepciones que surgen del
contacto de la mente con la naturaleza externa», indica el Dr. Carpenter al mismo tiempo
que cita al Dr. Morell, quien declara bien efectivamente que «todas las personas que han
demostrado una apreciación acentuada de las formas y de la belleza, dicen que sus
primeras impresiones datan de un período muy anterior al tiempo de las ideas definidas o
de la instrucción verbal».

La mayoría de los hombres adultos pierden el hábito de observación. Por lo tanto,


somos algo deudores del señor Evans por llevar con él a su pequeña hija Mary Anne en
sus largos viajes de negocios por los agradables caminos de Warwickshire; en las rodillas
de su padre, la niña veía mucho y decía poco; y el resultado fueron las escenas de la vida
rural descritas en Adam Bede y en The Mill on the Floss [obras de la escritora realista inglesa
George Eliot, seudónimo de Mary Ann Evans]. Wordsworth, por su parte, fue criado en
las montañas, y llegó a ser un profeta de la naturaleza; mientras que Tennyson dibujaba
imágenes interminables de los condados orientales donde creció. Dickens, por su parte,
hace que su héroe hable de una sólida filosofía y de una afable lógica cuando escribe que
el pequeño David Copperfield era «un niño muy observador», quien en sus propias
palabras decía: «creo que el recuerdo de la mayoría de nosotros puede remontarse mucho
más lejos de lo que muchos suponemos; así como creo que el poder de la observación en
muchos niños pequeños es muy maravilloso por su fidelidad y su precisión. De hecho,
creo que se puede decir que no es que la mayoría de los hombres adultos que se destacan
a este respecto hayan adquirido esta facultad de observación, sino que en realidad nunca
la han perdido; esto dado que observo generalmente que tales hombres conservan una
cierta frescura, gentileza y capacidad de satisfacción, que también son una herencia
conservada de su infancia».

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VIII. Se debe familiarizar al niño con los objetos naturales

A un niño observador se le debe llevar hacia las cosas que vale la pena observar. Pero,
¿de qué sirve ser «un niño muy observador», si no lo colocamos frente a cosas que vale la
pena observar? Aquí radica la diferencia entre las calles de una ciudad y las vistas y
sonidos del campo, ya que hay mucho que ver en una ciudad, y los niños acostumbrados
a las calles se vuelven lo suficientemente alertas e inteligentes, pero los fragmentos de
información que recogen en una ciudad son fragmentos aislados; no se relacionan con
nada más, ni llegan a algún lado; es posible que la información sea conveniente, pero
nadie aumenta en sabiduría por saber de qué lado de la calle está Smith’s y qué desvío hay
que tomar para ir a la tienda de Thompson.

Todo objeto natural es miembro de una serie de objetos. Ahora tome un objeto natural,
cualquiera sea, y estará estudiando un elemento de un grupo, un objeto en una serie de
varios; por tanto, el conocimiento que se obtenga sobre él se aplica también a la ciencia que
incluye a todos los de su tipo. Rompa una rama más vieja en la primavera y notará un
anillo que rodea el centro de un meollo, he ahí a simple vista una característica distintiva
de una gran división del mundo vegetal. Recoja una piedra, y note sus bordes
perfectamente lisos y redondeados, la razón es que la desgastó el agua, y la desgastó el
tiempo. Este pequeño guijarro nos enfrenta cara a cara con el hecho de la desintegración, la
fuerza a la que debemos, más que a ninguna otra, aquellos aspectos del mundo que
llamamos pintorescos, ya sea la cañada, el barranco, el valle, la colina. No es necesario que
se le diga al niño nada sobre la desintegración o sobre las dicotiledóneas, sino que solo
hay que dejarlo que observe la madera y el meollo en la ramita del avellano, la agradable
redondez de la piedrecilla; pronto aprenderá los fundamentos de los hechos con los que
ya está familiarizado—lo cual es muy distinto de aprender la causa de hechos que nunca
ni siquiera ha percibido en su vida.

El poder pasará, cada vez más, a las manos de hombres científicos. Vale la pena que la
madre se esfuerce todos los días día para asegurarse, en primer lugar, de que sus hijos
pasen horas al día entre objetos rurales y naturales; y, en segundo lugar, de infundir en
ellos, o más bien, causar que atesoren, el amor por la investigación. «En forma deliberada
lo digo», dice Kingsley, «como estudiante de la sociedad y de la historia, que el poder
pasará cada vez más a manos de hombres científicos que gobernarán y se pondrán en
acción—con cautela, esperamos, y con modestia y caritativamente—ya que al aprender el
verdadero conocimiento habrán aprendido también sobre su propia ignorancia, y la
inmensidad, la complejidad, el misterio de la naturaleza. No obstante, también podrán
gobernar, podrán ponerse en acción, porque se han tomado la molestia de aprender los
hechos y las leyes de la naturaleza».

La intimidad con la naturaleza contribuye al bienestar personal. Pero facultarlos para


que naden con la corriente es el menor de los beneficios que esta instrucción temprana
confiere a los niños; es más, el amor por la naturaleza, implantado tan temprano que les
parecerá a ellos que nacieron con él, enriquecerá sus vidas con intereses puros, y será la
fuente de actividades, salud y buen humor. Dice el mismo escritor, «He visto al joven de
fieras pasiones y audacia incontrolable usar sanamente esa energía que lo amenazaba con
hundirlo en la imprudencia o el mismo pecado, cazando y coleccionando, a través de
rocas y pantanos, nieve y tempestad, todas las aves y los huevos del bosque cercano… He
visto a la bella joven de Londres, entre toda la agitación y la tentación del lujo y la
adulación, poseedora de un corazón puro y una mente ocupada en un gabinete lleno de
conchas y fósiles, flores y algas, manteniéndose libre de mancha del mundo, considerando
los lirios del campo, cómo crecen».

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IX. La geografía al aire libre

Grandes enseñanzas a partir de las pequeñas cosas. Después de extendernos


sobremanera sobre el tema anterior con el propósito de que las madres comprendan la
suprema importancia de despertar en sus hijos un amor por la naturaleza y los objetos
naturales—manantial profundo del cual emanan aguas puras que llegan a los lugares más
secos de los últimos años de la vida—debemos regresar a la madre, a quien hemos dejado
afuera todo este tiempo, esperando para saber qué hará a continuación. No vamos a
ignorar a nuestra tierra encantadora en la educación al aire libre de los niños, como fue el
siguiente caso: «¿Cómo tienes tiempo para hacer tanto?» «Oh, dejo de lado temas sin valor
educativo; no enseño geografía, por ejemplo», dijo un avanzado joven teórico que poseía
todo tipo de diplomas.

La geografía pictórica. Pero la madre, que sabe más, encontrará cientos de oportunidades
para enseñar geografía: un estanque de patos equivale a un lago o un mar interior;
cualquier arroyo servirá para ilustrar los grandes ríos del mundo; un montículo se
convierte en una montaña o un sistema alpino; un grupo de avellanos da una idea de los
grandes bosques del Amazonas; un pantano cubierto de juncos, los arrozales de China;
una pradera, las praderas sin fin del Oeste; las lindas flores púrpura de la malva común se
convierten en un lenguaje en el cual se describen los campos de algodón de los estados del
sur: de hecho, todo el campo de la geografía pictórica—los mapas pueden esperar—puede
estudiarse de esta manera.

La posición del sol. Y no solo esto: a los niños se les debe enseñar a observar la posición
del sol en el cielo desde una hora a la otra y, gracias a su posición, decir la hora del día.
Por supuesto, querrán saber por qué el sol nunca deja de viajar, y así se cuenta una
historia maravillosa, que es bueno que aprendan en el «tiempo de fe», de los tamaños
relativos del sol y la tierra, y de la naturaleza y los movimientos de la última.

Nubes, lluvia, nieve y granizo. «Las nubes y la lluvia, la nieve y el granizo, el viento y el
vapor que ejecuta su palabra» son todos misterios cotidianos que la madre deberá explicar
con precisión, aunque sea de manera simple. Hay ciertas ideas que los niños debieran
obtener dentro de un radio a pie de su propia casa para contar con una comprensión real
de los mapas y de los términos geográficos.

Por ejemplo, la distancia es uno de dichos términos; y la primera idea que debe abordarse
sobre ella será por medio de algo que los niños consideran un deleitable procedimiento y
que consiste en que un niño camine a su ritmo habitual; que alguien mida y le diga la
longitud de su paso, y que él mida los pasos de sus hermanos y hermanas. Así con una
determinada caminata, una determinada distancia, por aquí y por allá, se miden
solemnemente los pasos, y una pequeña suma sigue—tantas pulgadas o tantos
centímetros abarcados con cada paso es igual a tantos metros en total. Varias distancias
cortas por la casa del niño se miden de esta manera; y cuando la idea de abarcar una
distancia está completamente establecida, se introduce la idea del tiempo como una
herramienta de medición. Se anota el tiempo necesario que se demoró en caminar cien
yardas. Después de descubrir que se necesitan dos minutos para caminar cien yardas, los
niños podrán dar el siguiente paso: que, si han caminado durante treinta minutos, la
caminata debería medir mil quinientas yardas; que en treinta y cinco minutos deberían
haber caminado una milla, o mil setecientos cincuenta yardas, y luego podrían agregar las
diez yardas más para completar una milla. Cuanto más largas sean las piernas, más largo
será el paso, y la mayoría de los adultos pueden caminar una milla en veinte minutos.

La dirección. Cuando se hayan familiarizado un poco con la idea de la distancia, se


debería presentar la de dirección. El primer paso consiste en que los niños se conviertan en
observadores del progreso del sol, ya que el niño que observa el sol durante un año y
anota por sí mismo (o que dicta) el tiempo y el punto en que éste sale y se pone durante la
mayor parte del año, contará con el fundamento de mucho conocimiento concreto. Dicha
observación debería incluir el reflejo de la luz del sol, la luz del atardecer reflejada por las
ventanas al lado este, la luz de la mañana por las ventanas del lado oeste; la variada
longitud e intensidad de las sombras y la causa de éstas, lo cual se aprende situando una
figura situada entre una cortina y una vela y observando la sombra proyectada. El niño
también debiera asociar las horas calurosas del día con el sol en lo alto, y las horas frescas
de la mañana y la tarde con el sol bajo; y se le debiera recordar que, si se pone justo frente
al fuego, siente más calor que si se pusiera en un rincón de la habitación. Cuando se le ha
preparado con una pequeña observación del curso del sol, estará listo para adquirir la idea
de la dirección, la cual depende completamente del sol.
Este y oeste. Por supuesto, las dos primeras ideas son que el sol sale por el este y se pone
por el oeste; a partir de tal hecho, podrá determinar la dirección en la que se encuentran
los lugares cercanos a su hogar o las calles de su propio pueblo. Dígale que se ponga de
pie de manera que su lado derecho esté hacia el este, donde sale el sol, y su izquierda
hacia el oeste, donde se pone el sol: estará mirando hacia el norte y dará la espalda al sur.
Todas las casas, calles y pueblos a su derecha están al este de él, los de la izquierda están al
oeste. Los lugares a los que se debe caminar hacia adelante para llegar están al norte de él,
y los lugares detrás de él están al sur. Si se encuentra en un lugar nuevo para él donde
nunca ha visto salir o ponerse el sol y quiere saber en qué dirección corre un determinado
camino, debe notar en qué dirección cae su propia sombra a las doce en punto, porque al
mediodía la sombra de todos los objetos cae hacia el norte. Entonces, si está mirando al
norte, tiene, igual que antes, el sur a su espalda, el este a su mano derecha, el oeste a su
izquierda; o si está mirando al sol al mediodía, entonces está en dirección al sur.

Práctica para discernir la dirección. En este punto el niño aprenderá algo interesante
sobre los nombres de nuestros grandes ferrocarriles [en Inglaterra los nombres de las
líneas de ferrocarril son los puntos cardinales y sus variaciones]. Con un poco de práctica,
el niño puede estar listo para identificar las direcciones de los lugares; que observe cómo
cada una de las ventanas de su salón de clase están ubicadas, o las ventanas de cada una
de las habitaciones de su hogar; las hileras de casas que pasa en sus paseos, y cuáles son
los lados norte, sur, este y oeste de las iglesias que conoce. Pronto estará preparado para
notar la dirección del viento al considerar el humo de las chimeneas, el movimiento de las
ramas, del maíz, de la hierba, etc. Si sopla viento norte, tendremos nieve. Si sopla un
viento del oeste, esperamos lluvia. Se debe poner atención en esta etapa de dejarle claro al
niño que el viento lleva el nombre de la dirección de donde proviene, y no desde el punto
hacia el cual sopla—tal como su nacionalidad es determinada por el país en que nació, y
no por el país al que va de visita. Las ideas de la distancia y la dirección ahora se pueden
combinar. Por ejemplo, tal edificio está a doscientos metros al este del pórtico, tal pueblo
está a dos millas hacia el oeste. Pronto el niño se encontrará con la dificultad de que un
lugar no está exactamente al este o el oeste, o al norte o al sur. Está bien dejarlo que dé, de
una forma inexacta, la dirección de los lugares como: «más al este que al oeste», «muy
cerca del este, pero no del todo», «justo en la mitad entre el este y el oeste». De esta forma,
el niño valorará aún más los medios exactos de expresión por haber sentido la necesidad
de ellos.

Más tarde, se le debería presentar las maravillas de la brújula del marinero, debiera tener
su propia pequeña brújula de bolsillo, y observar los cuatro puntos cardinales y todos los
demás puntos. Estos recursos le proporcionarán los nombres de las direcciones que le ha
resultado difícil describir.

Ejercicios de manejo de la brújula. Al contar con una brújula, el niño debería hacer
ciertos ejercicios de esta manera: dígale que sostenga el N de la brújula hacia el norte diga
algo así: «Ahora, con la brújula en la mano, gira hacia el este, y verás algo notable; la
pequeña aguja se mueve también, pero por sí sola en la dirección contraria. Gira hacia el
oeste, y nuevamente la aguja se mueve en la dirección opuesta a la que te mueves. Tú
giras solo un poco, y la pequeña aguja sigue tu movimiento. Y la miras, preguntándote
cómo la pequeña cosa podría percibir que te habías movido, cuando apenas lo notaste tú
mismo. Camina derecho en cualquier dirección, y la aguja permanece un poco estable;
solo un poco estable, porque estás seguro de que, sin querer, te moviste un poco hacia la
derecha o hacia la izquierda. Gira muy lentamente, un poco a la vez, comenzando en el
norte y girando hacia el este, y harás que la aguja también se mueva en círculo, esta vez en
la dirección opuesta a la tuya, ya que está tratando de regresar al norte desde el cual tú
estás girando».

Los límites. Una vez que los niños posean la idea de la dirección, será bien fácil introducir
la idea de los límites, como: tal y tal campo de nabos está delimitado por la carretera en el
sur, por una cosecha de trigo en el sureste, un seto en el noreste, y así sucesivamente. De
esta manera, los niños obtienen gradualmente la idea de que los límites de un espacio
dado equivalen simplemente a aquello que lo toca en cada lado; es por esto que un cultivo
puede tocar a otro sin ninguna línea divisoria, por tanto, un cultivo limita al otro. Es
bueno que los niños obtengan nociones claras sobre este tema o, más adelante, estarán
confundidos cuando se enteren de que tal condado está «delimitado» por tal y tal. En
relación con los espacios delimitados, ya sean aldeas, pueblos, estanques, campos, o lo que
sea, a los niños se les debiera dirigir para que noten los diversos cultivos que se
encuentran en el distrito, el porqué de los pastos y el porqué de los campos de maíz, qué
tipos de rocas se encuentran allí, y cuántos tipos de árboles crecen en el vecindario. De
cada campo u otro espacio que se examine, que dibujen un plano sencillo en la arena,
comunicando su forma general, y escribiendo las direcciones N, S, E, O, etc.

Planos. Cuando hayan aprendido a dibujar planos al interior, ocasionalmente recorrerán


la longitud de un campo y dibujarán su plano a escala, usando una pulgada como
equivalencia de cinco o diez yardas. Después se puede continuar con planos del jardín, de
los establos, de la casa, etc.

La geografía local. Es probable que el vecindario le dé al niño la oportunidad de aprender


el significado de colina y valle, estanque y arroyo, cuenca, corriente, lecho, bancos,
afluentes de un arroyo, las posiciones relativas de pueblos y ciudades; y que toda esta
geografía local él pueda dibujar aproximadamente en un plano hecho con tiza sobre una
roca, o con el palo con el que camina dibujando en la grava, percibiendo las distancias y
situaciones relativas de los lugares que identifica.

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X. El niño y la madre naturaleza

La madre debe abstenerse de hablar demasiado. ¿Un plan tan ambicioso suena
abrumador para la madre? ¿Quizás se imagina a sí misma teniendo que hablar durante
todas esas cinco o seis horas, y a pesar de ello, no abarcar ni un décimo de lo que debiera
enseñar? Pero lo opuesto es la realidad porque cuanto menos diga ella, mejor; y en cuanto
a la cantidad de trabajo educativo que se debiera realizar, he aquí se presenta de nuevo la
fábula del péndulo de la angustia [quizás se refiera a la obra El pozo y el péndulo de
Edgar Allan Poe que trata de la terrorífica experiencia de la tortura que llena de angustia y
horrores al que la sufre] ya que es cierto que hay innumerables cosas que hacer, pero
siempre habrá un segundo de tiempo para hacer algo, y solo una cosa que hacer en un
determinado segundo.

Un nuevo conocido. Los pequeños rápidamente habrán jugado, ya sea a «explorar el


entorno» o a «pintar cuadros» en un cuarto de hora o algo así; ahora para el estudio de los
objetos naturales, un ocasional «¡Mira!» de la madre, su examinación atenta del objeto y el
nombre que ella dé, un comentario (de no más de 12 palabras largas) que exprese en el
momento adecuado, será para los niños el comienzo de una nueva amistad que ellos
profundizarán por sí mismos; y que no más de una o dos de estas presentaciones ocurran
en un solo día.

¡Qué atisbo del tiempo libre que le queda a la madre! La verdadera dificultad de la madre,
por el contrario, será evitar hablar mucho con los niños, y evitar que se entretengan con
ella. Pocas cosas son más dulces y más preciadas para los niños que juguetear con su
madre; pero una cosa es mejor y esa es la comunión con la madre más vasta, para lo cual
se debe dejar a los niños solos con ella. Es verdaderamente un deleite observar cuando la
madre está leyendo su libro o tejiendo, alerta a cualquier intento por que hable; se ve al
niño mirar arriba hacia un árbol, o abajo a una flor, sin hacer nada, sin pensar en nada; o
cual pájaro recorrer las ramas de un árbol, o quedarse inmóvil en un éxtasis sin rumbo—
haciendo cosas bastante sin sentido o irracionales, pero, todo el tiempo, algo está
ocurriendo: la naturaleza está haciendo la parte de ella, con el voto expresado por
Wordsworth:

«Esta niña para mí la tomaré:


Ella será mía, yo la haré
Una dama de mi propiedad».

Dos cosas que la madre puede hacer. Una cosa la madre se permitirá hacer como
intérprete entre la naturaleza y el niño, pero no más que una vez a la semana o una vez al
mes, y a través de una mirada y un gesto de deleite en lugar de un flujo de palabras
instructivas, al señalar al niño algún toque de belleza especial en un color o en una
determinada presentación del paisaje o del cielo. La otra cosa que ella puede hacer, pero
muy raramente, y con una tierna reverencia filial (lo más probable es que diga sus
oraciones y hable de ellas en voz alta, porque tocar este terreno con
palabras duras equivale a herir el alma del niño), es decir, ella señalará una encantadora
flor o un agraciado árbol, no solo como una hermosa obra, sino como un
hermoso pensamiento de Dios, en el cual podemos creer que Él encuentra un continuo
placer, y que al ver que sus hijos se regocijan por él, eso le complace a Él. Tal semilla del
apego al pensamiento divino que se siembra en el corazón del niño vale muchos de los
sermones que el hombre escuchará después de ese momento, y gran parte de «divinidad»
sobre la cual llegue a leer.
© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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XI. Los Juegos al aire libre, etc.

Las horas de mayor alerta mental pasan rapidísimo; y todavía queda por lo menos una
clase en el programa, por no hablar de una o dos horas para jugar en la tarde. No dan
ganas de pensar en una clase después de hablar de muchas cosas que son más interesantes
y, verdaderamente, más importantes; pero tiene que ser solo una breve clase, de diez
minutos de duración, y tanto el ligero momento de descanso como el esfuerzo de la
atención darán un nuevo sabor al tiempo de ocio y relajo que vienen después.

La clase de idioma extranjero. La clase diaria de idioma extranjero es la clase que no


debiera omitirse. Más adelante abordaremos aspectos como que los niños aprendan el
idioma extranjero oralmente, escuchando y repitiendo palabras y frases en el idioma
extranjero; que comiencen tan jóvenes que no experimenten un acento diferente, sino que
repitan la nueva palabra en el idioma extranjero tal como hacen con su idioma materno y
que la usen con la misma libertad; que aprendan unas cuantas —dos o tres, cinco o seis—
palabras nuevas en el idioma extranjero diariamente, y que, al mismo tiempo, las palabras
ya conocidas se mantengan, entre otros temas. Por ahora, es muy importante mantener la
lengua y el oído familiarizados con los vocablos en el idioma extranjero, y que no se omita
ninguna clase. Esta clase del idioma extranjero puede adaptarse, sin embargo, a las demás
ocupaciones al aire libre; o sea, la media docena de palabras pueden ser las partes de un
árbol—las hojas, las ramas, la corteza, el tronco de un árbol, o los colores de las flores, o
los movimientos de los pájaros, las nubes, los corderos, los niños. De hecho, las nuevas
palabras en el idioma extranjero deberían ser simplemente otra forma de expresión para
las ideas que llenan la mente del niño en un momento dado. [Esta sección se titula
originalmente «La clase de francés» dado que en el tiempo de la Inglaterra victoriana el
francés era el idioma extranjero por excelencia que se aprendía en las escuelas.]

Los juegos ruidosos. Los juegos de la tarde, después de un almuerzo liviano, son una
parte importante de las actividades del día para los niños mayores, aunque es probable
que los más pequeños ya se hayan agotado a estas alturas del día con la incesante
agitación que usa la Naturaleza para propiciar el debido desarrollo de su tejido muscular;
déjelos dormir al aire y que despierten refrescados. Mientras tanto, los más grandes
juegan; cuanto más corren, gritan y mueven los brazos, más saludable es el juego; y esta es
una de las razones por las cuales las madres deberían llevar a sus hijos a lugares solitarios,
donde puedan usar sus pulmones todo cuanto quieran sin correr el riesgo de molestar a
alguien. No se da suficiente consideración a la estructura muscular de los órganos de la
voz; pero a los niños les encanta gritar y dar alaridos; y este juego «rudo» y «ruidoso» que
sus mayores no quieren aceptar mucho, no es más que la forma en que la Naturaleza
provee para el debido ejercicio de los órganos, de cuya capacidad de funcionamiento
dependen en gran medida la salud y la felicidad futuras del niño. La gente habla de
«pulmones débiles», «pecho débil», «garganta débil» pero quizás nadie piensa que los
pulmones fuertes y la garganta fuerte se suelen conseguir en las mismas condiciones que
se consigue un brazo o una muñeca fuertes, es decir, gracias al ejercicio, el
entrenamiento, el uso, y el trabajo. Aun así, si los niños pudieran «vociferar»
musicalmente, y con más ritmo al escuchar sus propias voces, tanto mejor. A este respecto,
los niños franceses están en mejor posición que los ingleses ya que bailan y cantan cientos
de rondas de juegos, juegos que, sin duda, imitan los casamientos y entierros que los niños
de antaño jugaban en el mercado de Jerusalén.

«Las rondas». Antes de que las innovaciones puritanas nos convirtieran en una gente seria
y circunspecta, los muchachos y las muchachas inglesas de todas las edades bailaban
pequeños dramas en la plaza del pueblo, acompañándose con las palabras y aires de
rondas como los niños franceses cantan hoy. Todavía quedan algunos de ellos que se
pueden escuchar, tanto en las reuniones especiales de la escuela dominical como de otros
clubes de niños, y que vale la pena preservar, como: «There came three dukes a-riding, a-
riding, a-riding (https://youtu.be/TYrRaktgRAk)», «Oranges and lemons, say the bells of St.
Clement’s (https://youtu.be/9Y1dttyp8LI)», «Here we come gathering nuts in May
(https://youtu.be/JwM1QRCtUNM)», «What has my poor prisoner done
(https://youtu.be/BAOjRjbQJUs)?» [no hemos traducido estas rondas para que el lector
pueda conocer los ritmos de las canciones mencionadas; la última es un párrafo de London
Bridge] y muchas canciones más, todas creadas con atractivos ritmos que los pequeños
pies siguen alegremente, lo cual es acentuado por la agradable estimulación del sonido de
las palabras, ¿quién no podría cantar la melodía de tales ideas?

Los promotores del sistema del jardín de infantes han hecho mucho para introducir juegos
de este tipo, o más bien de un tipo que es más educativo; pero ¿acaso no es un hecho que
los juegos musicales del jardín de infantes podrían calificarse como algo zonzos?
Igualmente, es dudoso cuánto cautivarán a los niños los lindísimos juegos que aprenden
en la escuela y de parte de un maestro, en comparación con los juegos que se han
transmitido de una generación a otra a través de una cadena infinita de niños, y que no se
encuentran en ningún libro impreso.

Saltar la cuerda y bádminton. El cricket, el tenis y las rondas son los juegos por excelencia si
los niños tienen la edad suficiente para jugarlos, tanto porque promueven el movimiento
libre y armonioso de los músculos, y también porque sirven al más alto propósito moral
de los juegos que es someter a los niños a la disciplina de las reglas; no obstante, la
pequeña familia que tenemos a la vista, todos ellos menores de nueve años, difícilmente
estarán a la altura de juegos de precisión. Las carreras y las persecuciones, «jugar a la
pesca», «seguir al líder», y cualquier otro juego divertido que puedan inventar será más
conveniente para la mente de ellos; pero aún mejor son el aro, la pelota, el bádminton, y la
preciada cuerda de saltar. Para la cuerda, el mejor uso es que cada niño salte con la suya,
tirándola hacia atrás en lugar de hacia adelante, de modo que la tendencia del movimiento
contribuya a expandir el pecho. El bádminton es un buen juego, que ofrece posibilidades
de ambición y emulación. La biografía de la señorita Austen incluye importante
mencionar que ella podía apuntar con éxito más de cien veces en bádminton, ante lo cual
se ganaba la admiración de sus sobrinos y sobrinas; de la misma manera, cualquier
hazaña en el juego debe darse dentro de un evento familiar, para que los niños puedan
llenarse a tal punto de la ambición de sobresalir en un juego que permite jugar graciosa y
vigorosamente a casi todos los músculos de la parte superior del cuerpo, y con esta gran
recomendación, que se pueda jugar tanto dentro como afuera de la casa. Sin embargo, la
mejor jugada es mantener el volante en el aire con una raqueta en cada mano, para que los
músculos de ambos lados se pongan igualmente en juego. Con todo, «dar órdenes» sobre
juegos infantiles es gastar palabras, porque en este caso la moda es tan suprema y
arbitraria como lo es en cuanto a boina o crinolina.

Hacer escalada. Escalar es una diversión que no es muy favorecida por las madres; se
trata de prendas desgarradas, rodillas sangrientas y zapatos con las puntas convertidas en
agujeros, por no hablar de riesgos más serios, da pie a una sólida argumentación contra
este tipo de deleite. Pero, en verdad que este ejercicio es tan admirable—el cuerpo se ve
forzado a infinitas elegantes posturas en que todos los músculos se ven en juego—y el
entrenamiento en despliegue, arranque e ingenio en recursos es tan invaluable que es una
pena que se prohíban los árboles, los acantilados y los obstáculos incluso para niñas
pequeñas. La madre puede lograr mucho para evitar graves accidentes al acostumbrar a
los niños más pequeños a hacer simples hazañas de salto y escalada, para que aprendan al
mismo tiempo de sus propias experiencias la valentía y la precaución, tengan menos
probabilidades de seguir el ejemplo de compañeros de juego demasiado atrevidos. Más
tarde, la madre debe decidir sobre compartir los sentimientos de la gallina que incubó una
cría de patitos, recordando que un grito agudo y repentino «¡Baja al instante! ¡Tommy, te
romperás el cuello!» le dará un shock nervioso al niño, y es probable que cause la caída
que se suponía que iba a prevenir, al asustar a Tommy de tal forma que ocasionó su caída.
Incluso navegar y nadar no están fuera del alcance de los niños criados en la ciudad,
cuando todo el mundo va en el verano al mar o a otros cuerpos de aguas naturales; e
incluso sin tener esa opción, en la mayoría de las ciudades existen las piscinas. Sería
bueno que a la mayoría de los niños de siete años se les enseñara a nadar, no solo por la
posible utilidad de tal saber, sino también como un medio adicional de movimiento y, por
lo tanto, de deleite.

La vestimenta. La ropa no tiene por qué causar gran caos si los niños están vestidos
apropiadamente para sus pequeñas excursiones, como deberían estarlo, en prendas
sencillas de un material de lana tejido suelto, ya sea sarga o franela. La lana tiene muchas
ventajas como material de vestir, en comparación con el algodón, y más aún con el lino;
principalmente, porque es un mal conductor; es decir, no permite que el calor del cuerpo
salga muy libremente, ni que el calor del sol entre muy libremente. Por ello, el niño
vestido en ropas de lana, que ha entrado en calor durante el juego, no recibe frío por la
pérdida repentina de este calor, como pasa con el niño con ropa de lino; y además se siente
más fresco a la luz del sol y más cálido a la sombra.

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XII. Las salidas en mal tiempo

Los paseos de invierno son tan necesarios como los de verano. Todo lo que hemos dicho
hasta ahora se aplica al clima de verano, que es, lamentablemente para nosotros, muy
limitado e incierto en nuestra parte del mundo, pero de mayor importancia es la cuestión
del ejercicio al aire libre en invierno y en clima húmedo, porque si se puede pasar tiempo
afuera en el verano, ¿por qué no hacerlo? Por tanto, si queremos que los niños tengan lo
que es verdaderamente mejor para ellos, debieran pasar dos o tres horas diarias al aire
libre todo el invierno, digamos una hora y media por la mañana, y una hora y media en la
tarde.

Deleites de la escarcha y la nieve. Cuando el suelo está cubierto de escarcha y nieve, los
niños pasan momentos muy alegres jugando ya sea deslizándose por la nieve,
construyendo con ella o tirando bolas de nieve; pero incluso en aquellos frecuentes días
cuando hay barro y el cielo está oscuro, se debiera mantener a los niños interesados ​y
alertas, para que el corazón pueda hacer su trabajo alegremente, y se mantenga un brillo
de agradecimiento en todo el cuerpo a pesar de las nubes y el frío.

Observaciones invernales. Todo lo que ya se ha dicho sobre la «exploración del entorno»


y la «pintura de cuadros», la pequeña conversación en idioma extranjero, y las
observaciones por anotar en el diario familiar, se aplica tanto al clima invernal como al
veraniego; y no falta qué ver y anotar. El grupo llega cerca de un gran árbol que estima
ser, según su constitución, un roble—se anota esto en el diario; y cuando las hojas broten,
los niños volverán a ver si tenían razón. Muchas aves se pueden ver mucho mejor cuando
hace frío cuando salen en busca de alimento. [A continuación, ejemplos de poesía sobre lo
que ocurre en el período invernal]

«El ganado se lamenta en rincones protegidos por la cerca».

«El sol, con rojizo orbe


Asciende, enciende el horizonte».

«Cada hierba y cada hoja curva del pasto


Extiende una longitud sombría sobre el campo».

«Los gorriones se asoman furtivos, y abandonan los aleros protectores.

«El zorzal canta todavía, pero está satisfecho


Con delicados trinos, más de la mitad sofocados;
Satisfecho con su soledad, y la luz que se aleja
De gota en gota, donde quiera que descansa él sacude
De muchas ramas las gotas colgantes de hielo
Que tintinean en las bajas marchitas hojas».
No hay razón para que la caminata invernal del niño no sea tan fructífera en
observaciones como la del poeta; de hecho, de una manera, es posible ver más en invierno,
porque las cosas que se ven no se esconden unas tras otras.

El hábito de la atención. Las caminatas en invierno, tanto en la ciudad como en el campo,


brindan grandes oportunidades para cultivar el hábito de la atención. Por ejemplo, el
famoso mago, Robert Houdini, cuenta en su autobiografía que él y su hijo pasaban
rápidamente frente a la vitrina de una juguetería, mirándola atentamente. Después, cada
uno sacaba papel y lápiz del bolsillo, e intentaba enumerar la mayor cantidad de objetos
que habían visto momentáneamente al pasar. El hijo sorprendió al padre con la rapidez en
que aprehendía los objetos, ya que a menudo podía registrar cuarenta objetos, mientras
que el padre apenas podía llegar a treinta; y cuando regresaban para verificar las
anotaciones, rara vez descubrieron que el hijo había cometido un error. He aquí una idea
de actividad lúdica muy educativa para muchas caminatas invernales.

Chapotear en días lluviosos. Ahora, ¿qué hay de los días mojados? El hecho es que, a
menos que menos que sea del tipo torrencial, la lluvia no hace daño a los niños si están
vestidos adecuadamente. Para ello, debiera eliminarse todo tipo de prenda impermeable,
ya que al no permitir el paso de la lluvia tampoco permite el escape de la transpiración
inconsciente, y un secreto de salud para las personas que no tienen alguna enfermedad es
deshacerse rápidamente de las materias dañinas y degradadas que elimina la piel.

Prendas para el exterior. Los niños debieran usar ropa de lluvia que sea hecha de lana—
de grueso tejido sarga, por ejemplo—y cambiársela apenas vuelvan de una caminata, y así
no corran el riesgo de resfriarse; en eso radica el sentido común del asunto. Al enfermo
con fiebre se le ponen paños mojados en la cabeza; y de a poco los paños se secan y se
mojan de nuevo: ¿qué ha sido del agua? Se ha evaporado y, al evaporarse, se ha llevado
mucho calor de la cabeza febril. Ahora, lo que alivia a la piel acalorada por la fiebre es lo
único que debe evitarse en circunstancias normales. Que un niño se moje la piel no le
puede hacer más daño que un baño, siempre que la ropa mojada no se le seque en el
cuerpo, es decir, que el agua no se evapore, eliminando así demasiado calor del cuerpo en
el proceso. Es la pérdida de calor animal la que resulta en «resfriados», y no la «humedad»
que las madres son tan rápidas en deplorar. Mantenga a un niño activo y feliz bajo la
lluvia, y solo cosechará beneficios de su caminata; otro es el caso si el niño ya está
resfriado; entonces el ejercicio activo puede aumentar cualquier inflamación ya existente.

No sé si es solo una linda fantasía de Richter [un poeta inglés], cuando dijo que una lluvia
de primavera es una especie de baño eléctrico y un medio muy potente de salud; es cierto
que la lluvia despeja la atmósfera, lo cual es un hecho de considerable importancia en las
grandes ciudades. Para nuestro propósito, sin embargo, es suficiente demostrar que la
lluvia no hace daño; porque el abundante ejercicio diario al aire libre es de tan grande
importancia para los niños, que en realidad nada más que la enfermedad debiera
mantenerlos adentro de la casa. Un poco de chapoteo provee suficiente alegría en un día
húmedo, ya que, con buen humor, hasta el golpeteo de la lluvia es estimulante. Las
«carreras» de los escolares, es decir, el trote a un ritmo constante, que de vez en torna en
carrera, es un ejercicio de primer orden; pero se deben tener en cuenta las capacidades de
los niños, a quienes no se debe exigir más de lo que puedan hacer.
Precauciones. Al mismo tiempo, a los niños nunca se les debe permitir sentarse con ropa
húmeda o quedarse con la ropa húmeda puesta; cuando sea el caso, por ejemplo, en viajes
cortos a la iglesia, a la escuela, o a la casa de un vecino, donde no pueden cambiarse de
ropa, se debe usar rebozos impermeables para que puedan permanecer secos.

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XIII. Entrenamiento «al estilo indígena»

La exploración. El librito de Baden Powell sobre el reconocimiento y la exploración nos ha


puesto en una nueva senda; ahora cientos de familias realizan alegres expediciones a la
naturaleza, mucho más educativas de lo que esperaban, en las que la exploración es la
actividad por excelencia.

Una actividad que puede servir de ejemplo consiste en que cuatro personas o más estén
emboscadas en un lugar que sea el mejor para tal fin, y que haya sido escogido después de
mucha consideración. El enemigo hace un reconocimiento del lugar; primero encuentra la
emboscada, y segundo, su habilidad queda al descubierto cuando se acerca a sus
enemigos sin ser descubierto. Pienso que cada familia debiera tener una copia
de Reconocimiento y exploración en el caso de que se vea enfrentada a pelear al estilo
indígena. El problema de la vida cómoda y planificada que llevamos, es que no
discernimos las señales de los tiempos; pero es muy valioso poseer la habilidad del
pensamiento alerta en cuanto a lo que ocurre en el mundo al aire libre, y, aunque
simpatizamos profundamente con el esfuerzo por reducir la actividad de la búsqueda de
nidos de aves, si no ponemos cuidado, perderemos lo poco que aún está a nuestro alcance
de lo que llamamos entrenamiento en destrezas «al estilo indígena».

Observación de aves. Mucho más emocionante y deleitoso que buscar nidos de aves es
«observar» las aves, por llamarlo así, para lo cual se usan todas las habilidades de un buen
explorador. Pensemos en lo emocionante que es arrastrarse en pies y manos
silenciosamente como sombras detrás de los arbustos de la ribera del río sin siquiera tocar
una ramita o un guijarro hasta encontrarse a una yarda de un par de aves, y luego,
recostarse para observar sus pequeñas y delicadas carreras, sus lindos movimientos de
cabeza y cola, y escuchar la música de su canto. He aquí la verdadera alegría de observar
aves. Si en los meses de invierno los niños se han familiarizado bastante con los trinos de
nuestras aves locales, a principios del verano podrán «observar» con un propósito
definido. Los trinos y los cantos de junio son bastante difíciles de distinguir, pero el plan
es identificar a aquellas aves que se reconozcan con seguridad, y luego seguir con las
demás. La clave para conocer las aves radica en conocer sus cantos, y la única forma de
alcanzar esto es siguiendo cualquier trino que no se conozca con certeza. La alegría de
rastrear un canto o un trino hasta su origen se iguala a la alegría de un «hallazgo», una
posesión de por vida.

Pero observar aves solo debe hacerse en ciertas condiciones; no solo se debe estar
«silencioso como una tumba», sino también ni dejar que los pensamientos susurren,
porque si uno se permite pensar en otra cosa, la visión completamente encantadora de la
vida de los pájaros se nos pasará desapercibida; es más, ni escucharemos los trinos de los
pájaros.

A continuación, dos paseos para observar pájaros de un amante de las aves [no hemos
traducido el nombre de todas las aves dado que muchas de ellas no existen en nuestro
continente; queda pendiente una investigación naturalista al respecto]:
«Escuchamos un canto de algo así como un chaffinch [pinzón común], solo
que más lento, y miramos hacia arriba en las ramas del árbol para tratar de
rastrear al pájaro por el repentino movimiento de una ramita aquí, y otra,
allá. Encontramos un camino empinado y rocoso que nos llevó casi a la
altura de las copas de los árboles, y luego tuvimos una buena vista para
observar el tímido willow wren ocupado buscando comida. Otro trino vino
del árbol al lado, como un canto que burbujeaba nos hizo acercarnos aún
más, y ahí encontramos un wood wren y lo observamos mientras él con la
cabeza levantada y la garganta burbujeante pronunciaba su trino».

«El alegre estallido de una canción vino de un arbusto cercano, y nos


arrastramos sigilosamente, para encontrar una blackcap warbler con la
cresta levantada girando con entusiasmo en el éxtasis de la canción.
Esperamos y lo seguimos hasta su próxima parada gracias a su ligero toque
en las ramas. Un ronco chillido de otro árbol anunció un green-
finch [jilguero], y tuvimos que seguirlo por largo rato para echarle un
vistazo; pero llegó a una ramita sobresaliente, y pudimos escuchar su bonita
canción, que nunca habría imaginado que era suya si no lo hubiéramos
visto. Un pequeño trino chirriante nos hizo observar los troncos de los
árboles, y, efectivamente, había un tree-creeper [agateador] que corría
alrededor de un fresno, sin dejar de pronunciar sus trinos».

«Otro día nos escondimos detrás de una pared para poder examinar un
campo que se encontraba al lado del lago. Allí estaba el green
plover [chorlito verde] con su cresta alegre, corriendo y picoteando, y,
cuando picoteó, vimos el destello rosado debajo de su cola. Esperamos un
poco, para ver más, porque los chorlitos se quedan tan quietos que se
pierden en el entorno. Pero alguien tosió, y volaron los chorlitos, como una
docena, casi quejándose: “¿Por qué no nos dejan tranquilos?” Su malestar
agitó a otras aves, y vimos un snipe [gallinago] elevarse desde el borde del
agua, un lugar pantanoso, con un rápido vuelo en zigzag; hizo una larga
vuelta y se instaló no mucho más allá de donde se levantó.
Los sandpipers [zarapito o playero pectoral] se elevaron también, dos
volando cerca de la orilla del agua, silbando todo el tiempo. Al lado de un
pequeño barranco vimos un wagtail [aguzanieves o lavandera], y un giro en
la luz del sol nos mostró el pecho amarillo del wagtail amarillo. Un fuerte
ruidito cerca nuestro nos hizo mirar la pared, y allí estaba
un wagtail bicolor con el pico lleno, esperando deshacerse de nosotros antes
de visitar su nido en la pared. Nos escabullimos y nos refugiamos detrás de
un árbol, y después de esperar unos minutos, lo vimos entrar en su agujero.
Un ruido de enojo cerca (¡como cuando se pasa una escoba por persianas
venecianas!) nos llevó a mirar a un pequeño wren morrón en la pared con la
cola levantada, pero en un minuto desapareció como un ratón por el lado».

Lo siguiente es de otro amante de las aves:

«Ahora, ellos (los niños) están comenzando a preocuparse más por las aves que por los huevos, y
su primera pregunta, en lugar de ser: “¿Cómo es el huevo?” es usualmente: “¿Cómo es el
pájaro?”. Hacemos una buena búsqueda por Morris’s British Birds [guía de referencia de las
aves de Gran Bretaña] para identificar los pájaros que hemos visto y para quedar seguros en los
aspectos que tenemos dudas».

«Pero ahora hablemos de los pájaros. Los Stonechats [tarabillas] abundan en los páramos. Me
pinché hasta las rodillas cuando estuve sobre un arbusto lleno de espinas, mirando y escuchando
lo primero que encontré, pero mi recompensa fue muy buena cuando vi al menos cuatro pares a
la vez ¿Conoces a los pájaros? Los cock-birds son tan guapos, con su cabeza y cara negras, el
cuello blanco, pecho café rojizo y la espalda gris oscuro o marrón. Su canto es lindo, más largo
que el de un chaffinch [pinzón], además del grito cuando se les molesta; no hacen un vuelo largo
y flotan en el aire como un atrapamoscas. El sandmartin [avión zapador] hace numerosos
agujeros en los peñascos. Intentamos ver qué tan profundo habían excavado para construir sus
nidos, pero, aunque puse mi brazo hasta los codos en varios agujeros desiertos, no pude llegar al
final. Creo que mis favoritos son los reed-warblers [carriceros]. Conozco al menos cuatro pares,
y cuando pude lograr que ambos niños dejaran de hablar durante unos minutos, pudimos verlos
saltar audazmente por las cañas y cantar a plena vista nuestra».

Este es el tipo de cosas con las que se encuentran los observadores de pájaros—una
pérdida que sufren aquellos niños a quienes no se les enseña el gentil arte en el cual el ojo
está satisfecho de ver, y donde no está presente ni la codicia de coleccionar ni el instinto de
matar del cazador, y, sin embargo, existe la alegría de la posesión que dura toda la vida.

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XIV. Los niños necesitan el aire del campo

La proporción esencial de oxígeno. Todo el mundo sabe que la condición esencial para
una vida vigorosa y un físico excelente consiste en respirar aire que no haya perdido
mucho de su debida proporción de oxígeno; también que todo lo que produce calor, ya sea
calor animal o calor del fuego, de la vela, de la lámpara de gas, produce dicho calor a
expensas del oxígeno contenido en la atmósfera—un banco del cual extraen todos los
objetos que respiran y que se queman; que en situaciones donde hay mucha respiración y
combustión, ocurre una gran salida de este gas vital; que tal salida puede ser tan excesiva
que no haya suficiente oxígeno en el aire para mantener la vida animal, y que se produzca
la muerte; pero que en los casos en que la salida sea significativa pero no excesiva la vida
animal todavía puede mantenerse, aunque las personas llevarán una vida débil y decaída
en un constante estado de baja vitalidad.

Exceso de dióxido de carbono. Además, sabemos que todas las respiraciones y todos los
objetos en combustión expulsan un gas dañino, el ácido carbónico [dióxido de carbono, en
otras palabras]. Una proporción muy pequeña de este gas está presente en el aire
atmosférico más puro, y esa pequeña proporción es saludable; pero si aumenta esa
cantidad debido a la acción de las estufas, los incendios, los seres vivos, las lámparas de
gas, el aire se vuelve nocivo, en justa proporción a la cantidad de dióxido de carbono
superfluo que contenga. Si la cantidad es excesiva—como cuando muchas personas se
apiñan en una pequeña habitación sin ventilación—el resultado es la muerte fulminante
por asfixia.

Aire fresco, no empobrecido. Por tales razones, no es posible disfrutar la plenitud de la


vida en una ciudad. Para las personas adultas, el estímulo de la vida en la ciudad
compensa en algo la impureza del aire; y, por el otro lado, la gente del campo con
demasiada frecuencia desaprovecha sus ventajas por caer en el hábito de la flojera mental.
No obstante, para los niños—que no solo respiran, sino que crecen; que requieren,
proporcionalmente, más oxígeno del que necesitan los adultos para sus procesos vitales—
es una absoluta crueldad no ofrecerles con mucha frecuencia, o lo que es mejor,
diariamente, el tipo de aire fresco no empobrecido que solo se puede obtener lejos de las
ciudades.

Luz solar. En relación con lo anterior, esta es solo una de las razones por las que, aunque
solo sea por beneficio a la salud, es prioritario que los niños pasen largos días afuera en el
campo; ellos requieren luz, es decir, la luz solar, igual como requieren el aire. La gente del
campo se ve más saludable que la gente del pueblo; por el contrario, los mineros son
pálidos, igual que la gente que pasa todo su tiempo en habitaciones subterráneas o
quienes viven en los valles donde no alumbra el sol. La razón consiste en que, para lograr
el radiante aspecto rubicundo de la salud perfecta, deben producirse ciertos cambios en la
sangre creados por la producción libre de glóbulos rojos—la naturaleza de dichos cambios
tomaría demasiado tiempo explicar aquí—y que parecen ocurrir más favorablemente
cuando se recibe la influencia de la luz solar en abundancia. Además de esto, la
comunidad científica está comenzando a sospechar que no son solo los rayos de luz
visible que proporcionan luz, sino también los rayos infrarrojos que proporcionan calor y
los rayos ultravioletas, los que proveen para la vitalidad de maneras que aún no se
comprenden completamente.

El físico ideal para los niños. Hace un tiempo apareció una imagen encantadora
en Punch [revista británica ilustrada de mediados del siglo XIX], de dos niños bromeando
en francés con la nueva criada de su madre; se trataba de dos nobles pequeñines, cada uno
recto como un dardo, sin carne superflua, los ojos bien abiertos, la cabeza erguida, el
pecho dilatado, todo el cuerpo lleno de energía incluso en estado de reposo. Era un gusto
mirar la imagen, aunque fuera solo para indicar el tipo de físico que nos encanta ver en un
niño. No hay duda de que el niño en la herencia de sus mayores radica el mayor
porcentaje de lo que él es a este aspecto, como a otros; pero a continuación es lo que la
crianza puede generar, con algunas limitaciones: el niño nace con ciertas tendencias
naturales y, según su crianza, cada una de esas tendencias puede resultar siendo un
defecto personal o del carácter, o una gallardía en ambos. Por lo tanto, vale la pena poseer
por lo menos un ideal físico del hijo de uno; para no, por ejemplo, dejarse llevar por la
noción de que un niño obeso es necesariamente un niño en buena condición (física).
Fácilmente se puede lograr que un niño sea obeso, pero la mirada brillante y honesta, el
paso ágil; los tonos de voz claros como una campana; los movimientos ágiles y graciosos
que caracterizan al niño criado bien, son el resultado, no del bienestar del cuerpo
solamente, sino de «la mente y el alma bien armonizadas», de una entrenada y rápida
inteligencia, y de una naturaleza moral que está habituada al «gozo que proviene del
dominio propio».

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PARTE III. ‘EL HÁBITO EQUIVALE A DIEZ


NATURALEZAS’

I. Educación basada en la ley natural

Cerebro sano. Lo que deseo presentar al lector es un método educativo basado en la ley
natural. En primer lugar, ya hemos considerado algunas de las condiciones que deben
cumplirse con el fin de mantener el cerebro en buen funcionamiento, ya que la posibilidad
de una educación sólida depende de un cerebro activo y debidamente alimentado.

Vida al aire libre. En el desarrollo de un método educativo, en segundo lugar está la


consideración de la vida al aire libre, debido a que mi objetivo es mostrar que la función
principal del niño—su objetivo en el mundo durante los primeros seis o siete años de su
vida—es descubrir todo lo que pueda de todo lo que le llame la atención, usando sus cinco
sentidos; que él tiene un apetito insaciable por el conocimiento que se obtiene de esa
manera; y que, por lo tanto, la ocupación de sus padres es ponerlo allí donde pueda
familiarizarse de manera libre con la naturaleza y los objetos naturales; que, de hecho, la
educación intelectual del niño pequeño debiera basarse en el ejercicio libre de la facultad
de percepción, porque las primeras etapas del esfuerzo mental están marcadas por la
actividad extrema de dicha facultad; y la sabiduría del educador es seguir la guía dada
por la naturaleza en la evolución del ser humano completo.

El siguiente tema por considerar—un tema psicofisiológico bastante árido—me parece, de


todos modos, muy digno de atención en tanto que es clave fundamental de un apropiado
método educativo.

Hábitos como instrumento en manos de los padres. «¡El hábito equivale a diez
naturalezas!» Si tan solo pudiera hacer que otros vean con mis ojos lo mucho que este
dicho debería significar para el educador; cómo el hábito, en manos de la madre, es como
la rueda del torno para el alfarero, el cuchillo para el tallador, y, para ella, el instrumento
por medio del cual ella crea el diseño que concibió en su mente. Observe que el material
con el cual empezar ya está ahí; la rueda del alfarero no faculta al alfarero para producir
una taza de porcelana a partir de la áspera arcilla; pero el instrumento es tan necesario
como lo es el material o el diseño. Es penoso hablar de uno mismo, pero si el lector me lo
permite, me gustaría mencionar los pasos que me han llevado a considerar el hábito como
el medio por el cual el padre puede hacer de su hijo casi cualquier cosa que elija. Aquello
que se ha convertido en la idea dominante de la vida de una persona, si se lanzara
repentinamente a otra, no lleva consigo una gran profundidad o peso de significado para
la segunda persona; por tanto, lo ideal es llegar a la idea gradualmente, para ver los pasos
por los cuales el primero ha viajado. Por esta razón, me aventuraré a mostrar cómo llegué
a mi postura actual, es decir, desde uno de los tres puntos de vista posibles: la formación
de hábitos es educación y la educación es formación de hábitos.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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II. Los niños carecen de la facultad de la autoimposición

Un callejón educativo sin salida. Hace algunos años escuchaba del púlpito al menos un
domingo al mes: «El hábito equivale a DIEZ naturalezas». En ese tiempo, yo recién había
comenzado a enseñar, y era joven y apasionada por mi trabajo. Para mí era una gran cosa
ser maestra; yo creía que era inevitable que el maestro dejara su huella en los niños; y que,
si algo salía mal, si algún niño iba mal en la escuela o fuera de ella, era la culpa del
maestro. Mi entusiasmo juvenil superaba todas las responsabilidades a mi haber; pero, a
pesar de todo este celo, lo decepcionante fue que no sucedió nada extraordinario. Los
niños se portaban bien en términos generales porque eran hijos de padres que habían sido
criados con cierto esmero; pero estaba claro que se comportaban de acuerdo con «lo que
era parte de su naturaleza». Las falencias que tenían, las mantenían; las virtudes que
poseían las ponían en práctica tan irregularmente como antes. La niñita buena y humilde
seguía diciendo mentirillas; el niño inteligente y generoso seguía siendo un ocioso
incurable. Sucedía lo mismo durante las clases; el niño que perdía el tiempo seguía
perdiendo el tiempo, y el niño apático no incrementaba su interés por aprender. Fue muy
decepcionante. Los niños, sin duda «avanzaron» un poco, pero cada uno de ellos tenía el
potencial de un carácter noble y de una mente inteligente; pero ¿dónde estaba la palanca
para despertar cada uno de estos pequeños mundos? Porque debe existir tal palanca. Esta
rutinaria ronda de geografía y francés, historia y sumas, no era más que jugar a la
educación; ¿quién recuerda los retazos de conocimiento sobre los que se esforzó de niño?
y, ¿acaso aplicarse unas pocas horas en la vida posterior no causaría mayor efecto que un
año de monotonía en cualquier materia aprendida en la infancia? Si la educación tiene
como objetivo garantizar el progreso paso a paso del individuo y la raza, debe significar
algo más que el diario esfuerzo invertido en tareas triviales que hoy se conocen como
educación.

El amor, la ley y la religión como fuerzas educativas. Durante mi búsqueda de literatura


sobre educación, aprendí mucho de varias fuentes, aunque no pude encontrar lo que me
pareció una guía completa, es decir, alguna obra cuyo pensamiento abarcase las
posibilidades contenidas en la naturaleza humana de un niño, y, que, al mismo tiempo,
midiera el alcance de la educación. Reconocí cómo la enseñanza religiosa ayudaba a los
niños, les daba facultades y motivos para el esfuerzo continuo y elevaba sus deseos hacia
las mejores cosas. Vi hasta qué punto la ley restringía del mal y el amor impulsaba hacia el
bien. Pero con estas grandes ayudas desde afuera y desde arriba, existía todavía la
deprimente sensación de estar trabajando en educación a oscuras; el avance realizado por
la juventud en las facultades morales, e incluso intelectuales, era como el de una puerta
sostenida con bisagras— hoy una oscilación hacia adelante y mañana de vuelta adonde
estaba, con poco progreso notorio de un año al otro aparte de poder hacer sumas más
difíciles y leer libros más complejos.

La razón de que los niños sean incapaces del esfuerzo constante. La reflexión dejó en
evidencia el porqué del fracaso, y es que había un cálido resplandor de rectitud en el
corazón de cada uno de los niños, pero todos ellos eran incapaces de hacer un esfuerzo
constante, porque no tenían fuerza de voluntad, ninguna facultad para obligarse a hacer
lo que sabían que debían hacer. En este punto, sin duda, son atingentes las funciones de
los padres y los maestros; quienes deberían ser capaces de hacer que el niño haga lo que el
niño no puede obligarse a realizar. No obstante, es un entrenamiento deficiente requerir
que el niño se haga dependiente de la influencia personal. Por el contrario, le corresponde
a la educación encontrar alguna forma de suplementar esa debilidad de la voluntad que es
la ruina de la mayoría de nosotros, así como de los niños.

A los niños se les debiera evitar el esfuerzo de la decisión. Ya desde el púlpito se ha


dicho que el esfuerzo de la decisión es el esfuerzo más agotador de la vida; y si eso es aún
cierto en cuanto a nosotros mismos, incluso cuando la decisión sea sobre cuestiones
insignificantes de salidas aquí o allá, de comprar o no comprar, con toda seguridad no es
justo dejar a los niños todo el trabajo del esfuerzo de la voluntad cada vez que tengan que
elegir entre lo correcto y lo incorrecto.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.
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III. ¿Qué es «la naturaleza»?

«El hábito es equivalente a diez naturalezas» se siguió proclamando en mis oídos, y por
fin lo entendí como un dicho profundo que podría contener el «¡Ábrete sésamo!»
educativo que yo estaba buscando. En primer lugar, ¿qué es la naturaleza y qué es,
precisamente, el hábito?

Es algo impresionante cuando consideramos lo que es el niño, independientemente de su


raza, país o parentesco, simplemente por nacer como ser humano.

Todas las personas nacen con los mismos deseos primarios. Estamos dispuestos a
aceptar que todos tenemos los mismos instintos y apetitos; pero nos impacta un poco que
los principios de acción que gobiernan a todos los hombres en todas partes sean en gran
medida los mismos; en otras palabras, que en el pecho tanto de la persona cultivada como
de la inculta laten los mismos deseos; que el deseo de conocimiento, que se ve en la
curiosidad del niño por las cosas y en sus ojos siempre inquisitivos, está activo de igual
forma en todas partes; que el deseo de socializar, que se puede ver en dos bebés que recién
se conocen el uno al otro y que disfrutan el gozo y la amistad, es la causa de las aldeas en
las tribus alejadas del mundo, así como del encuentro filosófico de los eruditos; que en
todas partes se siente el deseo de la estima, que es un poder maravilloso en manos del
educador, y que convierte a una palabra de elogio o de culpabilidad en un motivo más
poderoso que todo miedo o expectativa de castigo o recompensa.

Y los afectos. No solo se trata de los mismos deseos; sino que todas las personas, en todas
partes, tienen los mismos afectos y pasiones que actúan de la misma manera bajo una
similar provocación; ya sean, la alegría y el dolor, el amor y el resentimiento, la
benevolencia, la simpatía, el miedo y mucho más, son comunes a todos nosotros. Lo
mismo cabe a la conciencia, el sentido del deber.

Contenido de la noción más elemental de la naturaleza humana. El Dr. Livingstone [el


explorador David Livingstone] menciona que la única adición que debió hacer al código
moral de algunas de las tribus de Zambesi (por muy poco que hayan obedecido su propia
ley) fue que un hombre no debería tener más de una esposa. Esta gente sin conocimiento
del mundo europeo ni ninguna enseñanza cristiana sabían que «hablar maldad, mentir,
odiar, desobedecer a los padres, y descuidarlos» eran pecado. Así, no solo el sentido del
deber es común a toda la humanidad, sino también la conciencia más profunda de Dios,
por muy vaga que pueda ser. Todo esto y mucho más conforma la noción más elemental
de la naturaleza humana.

La naturaleza más la herencia. Aquí hace su entrada la herencia, y es en este punto, si se


me permite, donde se hayan las diez naturalezas, ya que ¿quién trata con el niño que es
resentido, terco o imprudente, porque nació con la naturaleza de su madre o la de su
abuelo? Piense en el ojo que mira de tal manera, la acción de la mano, repetida del padre
al hijo; la forma particular de la escritura, que puede reconocerse, como nos dice Miss
Power Cobbe, en el caso de su familia a lo largo de cinco generaciones; el temperamento
artístico, el gusto por la música o el dibujo, que hay en algunas familias: he aquí la
naturaleza y sus peculiaridades, confirmada, sellada, remachada, absolutamente
defendida, se diría, contra cualquier intento de alterarla o modificarla.

Se añaden las condiciones físicas. Una vez más, las condiciones físicas se presentan ante
nuestros ojos. El niño débil y enclenque, y el robusto travieso que nunca se enferma, son
por obligación diferentes entre sí en cuanto a la fuerza de sus deseos y emociones.

La naturaleza humana es la suma de ciertos atributos. ¿Entonces, qué de los deseos,


afectos y emociones naturales comunes a toda la raza, qué de las tendencias con que cada
familia lidia por descendencia, y aquellas peculiaridades que el individuo debe a su
propia constitución física y cerebral? La suma de todo esto, es decir, la naturaleza humana
presenta un caso sólido; tanto así, que nos sentimos inclinados a pensar que lo mejor que
se puede hacer es dejarla en paz, dejar que cada niño se desarrolle sin obstáculos de
acuerdo con los elementos de carácter y de disposición que hay en él.

No se debe abandonar al niño a su naturaleza humana. Esto es precisamente lo que la


mitad de los padres en el mundo y las tres cuartas partes de los educadores se conforman
con hacer; ¿y cuál es la consecuencia? Que el mundo avanza, pero que el progreso ocurre,
en su mayor parte, con los pocos niños cuyos padres han tomado muy seriamente el
control de la educación; mientras que el resto, a los que se les ha permitido quedarse como
estaban, y no llegar a ser más o mejores de lo que la naturaleza los hizo, se convierten en
una pesada carga: porque, ciertamente, el hecho es que no se quedan como ellos eran; la
verdad inmutable es que el niño que no está siendo constantemente elevado a un nivel
cada vez más alta se hundirá a un nivel cada vez más bajo. Por consiguiente, es tanto el
deber de los padres educar a sus hijos en fortaleza y propósito moral y actividad
intelectual, así como alimentarlo y vestirlo; y eso, a pesar de su naturaleza, si fuera
necesario. Es cierto que existen circunstancias arbitrarias que intervienen y «convierten en
un hombre» al niño cuyos padres no le enseñaron disciplina; pero esta es una ayuda
fortuita con la cual el educador no tiene ninguna garantía de recibir.

Estaba empezando a ver mi camino—sin salir aún de la dificultad psicológica que, en lo


que a mí respecta, bloqueaba el camino a toda educación real; pero ahora podía ya
identificar el lugar, y eso ya era algo. En resumen:

La voluntad del niño es lastimosamente débil, más débil en los hijos de los débiles, y más
fuerte en los hijos de los fuertes, con la que casi nunca se puede contar como facultad en la
educación.

La naturaleza del niño—su naturaleza humana—al ser la suma de lo que él es como ser
humano, y de lo que le corresponde por su origen, y lo que él es como resultado de su
propia constitución física y mental—tal naturaleza es incalculablemente fuerte.
El problema que enfrenta el educador. El problema para el educador es dar al niño
control sobre su propia naturaleza, prepararlo para que este pueda manejarse con respecto
a los rasgos que llamamos buenos como a los que llamamos malos, ya que hay muchos
hombres que naufragan sobre la roca de lo que creían que era su virtud característica, por
ejemplo, su generosidad.

La gracia divina trabaja sobre las líneas del esfuerzo humano. Al buscar una solución a
este problema, no subestimo la gracia divina, ¡por el contrario! Pero no siempre
comprendemos suficientemente el hecho de que la gracia divina causa efecto sobre las
líneas del cultivado esfuerzo humano; por ejemplo, que el padre que se toma la molestia
de comprender de qué se trata educar a su hijo, merece y con seguridad recibe apoyo de lo
alto; y que Rebeca, por decir, no tenía derecho a criar a su hijo para que fuera «tú, gusano
de Jacob», al confiar que la gracia divina, diciéndolo con reverencia, lo ayudaría a salir
adelante. A pesar de ser un hombre piadoso, hijo de padres piadosos, salió adelante, pero
sus días, se queja al final, fueron «pocos y malos» [en palabras de Jacob cuando se
encuentra con Faraón de Egipto].

La confianza de los padres no debe ser letárgica. De hecho, ésta es la expectativa de


muchos padres cristianos; dejan que el niño crezca libre como la zarza silvestre,
produciendo sin control lo que hay en él, ya sean espinas, flores ásperas, frutas insípidas—
confiando, ellos dirán, que la gracia de Dios podará, arreglará la tierra, y arreglará las
ramas rebeldes que yacen por todos lados. Y su confianza no siempre está fuera de lugar;
pero el pobre hombre sufre angustia, se desgarra en el proceso de recuperación que sus
padres podrían haberle evitado si hubieran entrenado los primeros brotes que pronto se
convertirían en el carácter de su hijo.

La naturaleza, por tanto, aunque es fuerte, no es invencible; y, en el mejor de los casos, no


se le debe permitir a la naturaleza una cabalgata desenfrenada. Bocado y brida, mano y
voz, lograrán lo mejor posible de la naturaleza si se toma el control de su entrenamiento a
tiempo; pero deje que la naturaleza haga lo que quiera hacer, tal como los ponis salvajes, y
ni la espuela ni el látigo lo amansarán.

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IV. El hábito puede suplantar «la naturaleza»

«El hábito es equivalente a diez naturalezas». Si eso es cierto, por fuerte que sea la
naturaleza, el hábito no solo es tan fuerte, sino diez veces más fuerte. Aquí entonces,
tenemos alguien más fuerte que ella, capaz de vencer a este hombre fuerte armado.
El hábito seguirá el curso de la naturaleza. Pero el hábito progresa sobre el curso
impuesto por la naturaleza: el niño cobarde miente en forma habitual para escapar de la
culpa; el niño amoroso tiene cientos de hábitos para hacerse querer; el niño bondadoso
tiene la costumbre de dar; el niño egoísta, el hábito de retener. El hábito, que funciona de
acuerdo con la naturaleza, es simplemente la naturaleza en acción, que se fortalece cada
vez más con el ejercicio.

Pero el hábito debería ser una palanca. Pero el hábito, para ser la palanca que impulsa al
niño, debe funcionar en contra de la naturaleza, o independientemente de ella.

Inmediatamente comenzamos a poner atención en el funcionamiento del hábito a este


respecto, y los múltiples ejemplos son claros: existen los niños entrenados en hábitos de
cuidado que nunca manchan su ropa; aquellos entrenados en hábitos reticentes, que
nunca hablan de lo que se hace en casa y responden a preguntas indiscretas con un «no
sé»; están los niños criados en hábitos corteses, que ceden el paso a los ancianos con gentil
gracia, y más con la pobre mujer con la canasta que con la dama bien vestida; y hay niños
entrenados en hábitos de las malas ganas, que nunca ceden, van o hacen.

La madre forma involuntariamente los hábitos de sus hijos. ¿Son naturales en los niños
los hábitos como éstos, ya sean buenos, malos o neutros? No, pero éstos son los hábitos
que la madre ha establecido con la crianza; y, de hecho, no hay nada que una madre no
pueda establecer en sus hijos a través de la crianza, y casi no existe madre en ningún lugar
que no tenga al menos dos o tres—a veces en la forma de reglas y otras veces en la forma
de principios—que sus hijos nunca violan. Por tanto, llegamos a esto: que una madre con
opiniones liberales sobre el tema de la educación, simplemente no puede evitar que sus
propias opiniones influencien los hábitos de sus hijos; y que una madre cuya pregunta
final es: «¿Qué dirá la gente? ¿Qué pensará la gente? ¿Cómo se verá?», hará que sus hijos
crezcan con hábitos de guardar las apariencias, y no de ser algo; se contentarán con estar
bien vestidos, bien educados y bien intencionados hacia los extraños, pero ejercerán muy
poco esfuerzo en torno a la belleza, el orden y la bondad en el hogar y hacia los demás.

El hábito obliga a la naturaleza a irse por nuevas vías. El extraordinario poder del hábito
para forzar la naturaleza hacia nuevas vías casi no es necesario explicar; solo tenemos que
ver a un niño pequeño en un circo montando dos ponis con un pie en la parte posterior de
cada uno, o un hada pantomima bailando en el aire, o un payaso que se comporta como
una bola de caucho indio, o cualquiera de las miles de hazañas de habilidad y destreza
por la que pagamos nuestros chelines para disfrutar,—hazañas mentales y corporales,
aunque, felizmente, estas son las más raras—para estar convencidos de que se puede
lograr exactamente cualquier cosa mediante el entrenamiento, es decir, el cultivo de
hábitos persistentes. Y el poder del hábito no se ve solo en los seres humanos. La gata va
en busca de su cena siempre a la misma hora y al mismo lugar, es decir, si es habitual
alimentarla en un lugar. De hecho, el hábito del lugar, es tanto para el gato, que a menudo
preferirá morir de hambre que abandonar la casa a la que está acostumbrado. En cuanto al
perro, es un mayor «conjunto de hábitos» que su dueño. Esparza las migajas para los
gorriones a las nueve en punto todas las mañanas, y a las nueve vendrán a desayunar,
haya o no migajas. Darwin se inclina a pensar que el terror y la evasión mostrados hacia el
hombre por las aves silvestres y los animales menores es simplemente una cuestión de
hábito transmitido; nos cuenta cómo aterrizó en ciertas islas del Pacífico donde los pájaros
nunca habían visto al hombre antes, y se abalanzaron sobre él y volaron a su alrededor
con total valentía. Para hablar sobre algo más familiar al hogar, qué evidencia del dominio
del hábito es más triste y abrumadora que los hábitos del borracho, por ejemplo, en el cual
persiste, a pesar de la razón, la conciencia, el propósito, y la religión, motivos que, ¿acaso
no deberían influir en un ser pensante?

Los padres y los maestros deben establecer vías de hábito. Nada de esto es nuevo;
siempre hemos sabido que «el uso es una segunda naturaleza» y que «el hombre es un
conjunto de hábitos». No fue el hecho, sino la aplicación del hecho, y la fisiología del
hábito, las ideas novedosas y extremadamente valiosas para mí, y espero que puedan ser
de alguna utilidad para el lector. Por ejemplo, para mí fue novedad concebir que
corresponde a los padres y a los maestros establecer líneas de hábito sobre las cuales la
vida del niño puede correr de aquí en adelante con pequeñas sacudidas o fracasos
involuntarios, y pueda avanzar en la dirección correcta con el mínimo de esfuerzo.

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V. Establecimiento de líneas de hábito

«¡Comience algo, y lo habrá terminado!» es infaliblemente cierto para cada hábito mental
y moral: terminarlo, no sobre las líneas que usted prevé e intenta, sino sobre las líneas
apropiadas y necesarias para cada hábito en particular. En la frase «pensar inconsciente»
nos enfrentamos con el hecho de que, sea cual sea la semilla de pensamiento o sentimiento
que se implante en un niño—ya sea a través de la herencia o la instrucción temprana—
crece, se completa y engendra otras de su mismo tipo, tal como lo hace un organismo
corporal. Es hermoso y maravilloso percibir una idea cuando la idea en sí misma es
buena, verla desarrollándose dentro de usted por sí sola, verse escribiendo oraciones cuya
secuencia lógica nos deleita, pero de cuya concepción no hemos tenido parte consciente.
Cuando el escritor experimentado «fluye» de esta manera, sabe que en lo que respecta al
surgimiento de las palabras, el orden de las ideas, su trabajo no necesitará revisión. Tan
increíble es este proceso, que ha dado pie a la persistente falacia de que la razón es
infalible. El filósofo, que disfruta observando los caminos de su propia mente, es un
pensador de pensamientos elevados, y es capaz de olvidar que el pensamiento que
contamina al hombre se comporta exactamente de la misma manera que el que purifica: el
uno, igual que el otro, se desarrolla, madura y aumenta de acuerdo a su mismo tipo.

Pensamos, como estamos acostumbrados a pensar. ¿Cómo influye esto en el trabajo


práctico de criar a los niños? De esta manera: pensamos, como estamos acostumbrados a
pensar; las ideas van y vienen en incesante movimiento en el surco—por llamarlo así—que
usted ha creado para ellas en la misma sustancia nerviosa del cerebro. Usted no pretende
deliberadamente pensar esos pensamientos; de hecho, usted puede oponerse
vehementemente al hilo por donde van yendo (¡dos «hilos» de pensamiento a la vez y al
mismo tiempo!) y así, quizás bloquear el camino, incluso poner «calle cerrada» en grandes
letras, y obligar a la ocupada población del mundo cerebral a tomar otra ruta. ¿Pero quién
puede hacer estas cosas? No el niño, inmaduro en cuanto a su voluntad, débil en sus
facultades morales, y desacostumbrado a las armas de la guerra espiritual. Él depende de
sus padres; les corresponde a ellos instruirle en los pensamientos que tendrá, los deseos
que atesorará, y los sentimientos que aprobará. Solo iniciar; no se les permite más; pero de
esta iniciación resultarán los hábitos de pensamiento y sentimiento que gobiernan al
hombre, es decir, su carácter. Pero, ¿no es esto suponer demasiado, ya que, para resumir
aproximadamente todo lo que entendemos por herencia, un niño nace con el futuro en sus
manos? Sí, es indudable que el niño nace con las tendencias que deberían dar forma a su
futuro; pero cada tendencia tiene sus caminos secundarios, un resultado bueno o malo; y
poner al niño en el camino correcto para que se cumplan las posibilidades inherentes en él,
esa es la vocación de los padres.

La dirección de las líneas de hábito. Esta relación del hábito con la vida humana—tal
como los rieles sobre los que se moviliza una locomotora—es quizás la más sugerente y
útil para el educador; porque, así como es en general más fácil para la locomotora seguir
su camino en los rieles que escapar de ellos y generar un desastre, también es más fácil
para el niño seguir líneas de hábitos cuidadosamente establecidas que salir
peligrosamente de esas líneas. De ello se deduce que este asunto de establecer líneas hacia
el deshabitado país del futuro del niño es un asunto muy serio y de gran responsabilidad
para los padres. Le corresponde a ellos considerar bien los rieles por las cuales el niño
debe viajar con provecho y placer; y, a través de estos rieles, establecer líneas tan
atractivamente suaves y fáciles que el pequeño viajero las siga a toda velocidad sin
detenerse para considerar si elige o no ir por ese camino.

El hábito y el libre albedrío. Sin embargo—suponiendo que realizar una determinada


acción múltiples veces en forma ininterrumpida forma un hábito que puede ser fácil de
seguir o no; y que, si se persiste aún más en el hábito sin interrupciones, se convierte en una
reacción instintiva que es bastante difícil de quitar; continúe en ello aún más, durante
años, y el hábito posee la fuerza de diez naturalezas, y no se puede dejar excepto
haciéndose violencia a uno mismo. Considere todo esto, y también el hecho de que es
posible formar en el niño el hábito de hacer y decir, incluso de pensar y sentir, todo lo que
es deseable que él haga o diga, piense o sienta, ¿y quizás no le está quitando el libre
albedrío al niño, y lo convierte en una simple máquina gracias a este excesivo cultivo al
que se le somete?

El hábito rige el noventa por ciento de nuestros pensamientos y actos. En primer lugar,
ya sea que usted elija o no tomarse la molestia de formar hábitos, es el hábito el que regirá
el noventa por ciento de la vida del niño, por tanto, él es aquel autómata que se acaba de
describir. Que el niño se convierta en una criatura de hábitos, es un hecho que no lo
determinan los padres, ya que todos somos meras criaturas de hábitos; pensamos nuestros
pensamientos habituales, charlamos sobre las mismas cosas habituales, hacemos los
mismos recorridos triviales, las tareas ordinarias, sin ningún esfuerzo auto determinante
de la voluntad en absoluto. Si así no fuera—si tuviéramos que pensar, deliberar, sobre
cada tarea del baño o la mesa—la vida sería insoportable; nos desgastaría el esfuerzo de la
decisión repetido a perpetuidad. Agradezcamos, por lo tanto, que la vida no sea tan
laboriosa; cientos de veces actuamos o pensamos sin necesidad de elegir y determinar más
que una sola vez. Por su parte, las pequeñas emergencias que hacen obligatorio un acto de
la voluntad, ocurrirán en la vida de los niños casi con tanta frecuencia como en las de los
adultos. No les podemos evitar estas situaciones, y tampoco es deseable que lo hagamos.
Lo que sí podemos hacer por ellos es asegurarnos de que tengan hábitos que los guíen por
las sendas del orden, de lo apropiado y de la virtud, en lugar de dejar que las ruedas de su
vida dejen feos surcos en lugares pantanosos.

El hábito es poderoso incluso en casos en que la voluntad toma las decisiones. Luego
entonces, incluso en las emergencias, en cada inesperada dificultad y tentación que
requiera un acto de la voluntad, pues, la conducta todavía puede seguir las líneas del
hábito que le es familiar. El niño que se ha acostumbrado a encontrar tanto beneficio como
placer en sus libros, no cae fácilmente en la ociosidad porque se sienta atraído por un
compañero ocioso. La niña que ha sido cuidadosamente entrenada para decir la verdad
exacta, simplemente no piensa en una mentira como un medio inmediato para salir de un
aprieto, por muy cobarde que sea.

Pero esta doctrina del hábito, ¿es, después de todo, algo más que un tratamiento empírico
de los síntomas del niño? ¿Por qué realizar un acto o pensar un pensamiento, por ejemplo,
una gran cantidad de veces consecutivas, algo tiende a convertir la realización de ese acto
o el pensamiento de ese pensamiento en una parte de la naturaleza del niño? Podemos
aceptar la doctrina como un acto de fe que descansa en la experiencia; pero si pudiéramos
descubrir la razón de ser de esta enorme fuerza del hábito, sería posible trabajar en el
establecimiento de hábitos contando con un propósito y método reales.

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VI. La fisiología del hábito

Una obra del Dr. Carpenter fue quizás la primera en darme la pista que estaba buscando.
En su Fisiología mental—una obra muy interesante, por cierto— él investiga la analogía
entre la actividad física y mental, y muestra que ambas se relacionan en cuanto a que el
efecto de una es la causa de la otra.

Los tejidos en crecimiento se forman en función de los modos de acción. Una


descripción aproximada de la doctrina que propugna la escuela que representa el Dr.
Carpenter consiste en que los tejidos, tales como el tejido muscular, por ejemplo, sufren de
un constante desgaste y de igual constante reparación. Incluso esos modos de acción
muscular que consideramos naturales como caminar y estar erguido, son en realidad el
resultado de una laboriosa educación, al igual que muchos modos de acción que
adquirimos conscientemente, como escribir o bailar, que se vuelven perfectamente fáciles
y naturales. ¿Por qué? Porque la ley de los tejidos en constante crecimiento es que se
formen de acuerdo con los modos de acción que se les exija realizar. Es el caso del cerebro
que envía repetidamente a los músculos, sometidos al control nervioso, el mensaje de que
realicen una determinada acción, tal acción se vuelve automática en el centro inferior, y la
más leve sugerencia del exterior la producirá sin ninguna intervención del cerebro. Por lo
tanto, las articulaciones y los músculos de la mano del niño se adaptan muy pronto al
modo de acción requerido para sostener y guiar el bolígrafo. Observe que no se trata de
que el niño aprenda mentalmente cómo usar su pluma, a pesar de sus músculos; sino que
los músculos nuevos en crecimiento asumen su forma de acuerdo con la acción que se
requiere de ellos. He aquí la explicación de todas las hazañas del saltimbanqui [artista que
realiza acrobacias y saltos en público]que parecen simplemente imposibles para los
espectadores no entrenados: le son imposibles porque sus articulaciones y músculos no
tienen las mismas facultades que se han producido en el saltimbanqui gracias al proceso
del entrenamiento temprano.

Por lo tanto, los niños debieran aprender a bailar, nadar, etc., a una edad temprana.
Actividades que no son meramente corporales, vale la pena decir. Aquí tenemos la razón
por la cual los niños deberían aprender a bailar, montar a caballo, nadar, hacer gimnasia,
toda forma de actividad que requiera entrenamiento de los músculos, a una edad
temprana: ésta radica en el hecho de que los músculos y las articulaciones no tienen que
conformarse simplemente a sus nuevos usos, sino también desarrollarse según un patrón
modificado; y este crecimiento y adaptación ocurren con mayor facilidad a una tierna
edad. Por supuesto, quien posee músculos que han mantenido el hábito de adaptarse
adquirirá nuevos juegos, nuevos ejercicios musculares, sin gran esfuerzo. Pero si le
enseñas a escribir a un granjero que maneja el arado, verás la enorme dificultad física que
se ve en los músculos no acostumbrados a desarrollar algún tipo de esfuerzo diferente.
Aquí vemos cuán importante es vigilar los hábitos de enunciación, el porte de la cabeza,
etc., que el niño está formando a cada hora. El dedo en la nariz, la mala postura de la
espalda, la frase ininteligible, no son una simple costumbre que se pueda dejar para
«cuando sea mayor y sepa mejor», porque que todo el tiempo ello se está convirtiendo en
parte de él, al quedar registrado en la sustancia misma de su médula espinal. La parte de
su sistema nervioso donde reside la conciencia (el cerebro) hace tiempo que dio una orden
permanente, y tales son las complicaciones de la administración, que recordar la orden
significaría la reestructuración absoluta de las partes involucradas. Y para corregir los
malos hábitos de hablar, por ejemplo, no será suficiente que el niño tenga la intención de
hablar con claridad y tratar de hablar con claridad; no podrá hacerlo habitualmente hasta
que se haya producido un nuevo crecimiento en los órganos de la voz mientras hace
esfuerzos para formar el nuevo hábito.

Los hábitos morales y mentales dejan su huella en los tejidos físicos. Pero,
prácticamente, todos saben que el cuerpo, y cada una de sus partes, se adapta muy
fácilmente a los usos que se le dan: sabemos que, si un niño se acostumbra a pararse sobre
un pie, empujando así un hombro hacia arriba, el hábito probablemente terminará en la
curvatura de la columna vertebral; que permitir hombros caídos y, en consecuencia, un
pectoral contraído, es preparar el camino para la enfermedad pulmonar. Las
consecuencias físicas de los malos hábitos de este tipo son tan evidentes que no podemos
cegarnos a la relación de causa y efecto. Y estamos menos preparados para admitir que los
hábitos que no parecen ser en ningún sentido físicos—hábitos de la impertinencia, de la
veracidad, del orden—también deberían dejar su huella en un tejido físico, y ese efecto físico
probablemente se deba a la enorme fuerza del hábito. Sin embargo, cuando consideramos
que el cerebro, el cerebro físico, es el órgano extremadamente delicado mediante el cual
pensamos, sentimos, deseamos, amamos, odiamos y adoramos, no es sorprendente que
esté siendo modificado por el trabajo que debe realizar. Para decirlo de manera pintoresca,
es como si cada tren de pensamiento frecuente hiciera un surco en la sustancia nerviosa
del cerebro en la que los pensamientos corren ligeramente por su propia voluntad, y estos
solo pueden salirse de los rieles con un esfuerzo extremo de nuestra voluntad.

Hilos de pensamiento persistentes. Por lo tanto, la dueña de la casa sabe que cuando sus
pensamientos son libres de seguir su propio curso, se van a los cuidados de la casa o a la
despensa, a la cena de mañana o a la ropa para el invierno; es decir, el pensamiento corre
por el surco que, por así decirlo, ya se ha usado al repetirlo constantemente. Los
pensamientos de la madre se centran en sus hijos, del pintor en las imágenes, del poeta en
la poesía; los del ansioso jefe de hogar puede ser en el dinero ocasionalmente, hasta que en
momentos de presión inusual sus pensamientos golpeen una y otra vez esos surcos
gastados por el uso, y se nieguen a correr por otro surco, hasta que el pobre hombre pierde
la razón, simplemente porque no puede sacar sus pensamientos del surco creado en la
sustancia de su cerebro. De hecho, «allí radica la locura» para cada uno de nosotros, en el
persistente acoso de cualquier hilo de pensamiento sobre el tejido cerebral. El orgullo, el
resentimiento, los celos, una invención en la que ha trabajado un hombre, una opinión que
ha concebido, cualquier línea de pensamiento sobre la cual él ya no tenga el poder parar
desviar, pondrá en peligro la cordura de un hombre.

Regeneración incesante del tejido cerebral. Si amamos, odiamos, pensamos, sentimos,


adoramos, a expensas del esfuerzo físico real del cerebro y el consiguiente desperdicio del
tejido, cuán enorme debe ser el trabajo de ese órgano con el que nosotros, de hecho,
hacemos todo, ¡incluso muchos de esos actos cuya ejecución final recae en las manos o los
pies! Es cierto: y para reparar este desgaste excesivo, el cerebro consume la mayor parte de
los nutrientes proporcionados por el cuerpo. Como ya hemos visto, un sexto o un quinto
de toda la sangre en el cuerpo va a reparar los desgastes en la casa del rey; en otras
palabras, se está formando constantemente tejido cerebral nuevo a un ritmo
sorprendentemente rápido que uno se pregunta a qué edad el niño ya no tiene parte del
cerebro con el que nació.

El nuevo tejido repite el viejo, pero no con exactitud. Así como un nuevo crecimiento
muscular se adapta a cualquier ejercicio nuevo que se requiera, el nuevo tejido cerebral se
supone que «crece y se adapta» a cualquier hábito de pensamiento vigente durante el
tiempo de tal crecimiento—con el término «pensamiento», incluimos por supuesto, todo
ejercicio de la mente y del alma. «El cerebro del hombre crece y se adapta a los modos de
pensamiento que ejercita habitualmente», dice un fisiólogo de experiencia; o, en palabras
del Dr. Carpenter, «cualquier secuencia de acción mental que se haya repetido con
frecuencia tiende a perpetuarse; de esa manera nos encontramos automáticamente prontos
a pensar, sentir o hacer lo que hemos estado acostumbrados a pensar, sentir o hacer, en
circunstancias similares, sin ningún propósito o anticipación de resultados conscientemente
concebidos. Debido a que no hay razón para considerar el cerebro como una excepción al
principio general, que, si bien cada parte del organismo tiende a formarse a sí mismo de
acuerdo con el modo en que se ejercita habitualmente, esta tendencia será especialmente
fuerte en el aparato nervioso, en virtud de esa regeneración incesante que es la condición
misma de su actividad funcional. De hecho, casi no hay duda de que cada estado de
conciencia ideacional que sea o muy fuerte o que se repita habitualmente, deja una impresión
orgánica en el cerebro, en virtud del cual el mismo estado puede reproducirse en
cualquier momento futuro al momento que algo suficientemente adecuado lo provoque».

Se pueden adquirir actos reflejos artificiales. En otras palabras, podemos usar lo que dice
Thomas Huxley y exponer el caso [en Elementos de fisiología e higiene] así:

«Con ayuda del cerebro podemos contraer una infinidad de hábitos que llegan a ser otros
tantos actos reflejos. Es decir, que un acto puede requerir toda nuestra atención y la
intervención de la voluntad la primera, segunda y tercera vez que se practica; pero al cabo
de frecuentes repeticiones, llegar a ser en cierto modo como parte de nuestra organización,
y ocurre ya sin intervención de la voluntad y aun sin que tengamos de él noticia o
consciencia.

Todo el mundo sabe que se emplea largo tiempo en la instrucción de los reclutas, hasta
que a fuerza de ejercicio se consigue que obedezcan una voz de mando, la de “firmes” por
ejemplo, en el mismo instante de oírla, y llega a suceder que al sonido de la voz sigue
inmediatamente la acción, sin necesidad de que el soldado piense en lo que hace. A este
propósito hay un cuento, que podrá no ser verdad, pero que es muy verosímil, de un
chistoso que viendo venir por la calle a un veterano cargado con su merienda, gritó
repentinamente “Firmes” y que el pobre soldado, sin saber lo que hacía, se cuadró y llevó
las manos a la costura del pantalón echando a rodar la carne y las patatas que llevaba. El
ejercicio militar había llegado a incorporarse en la estructura nerviosa de aquel hombre.

La posibilidad de toda educación (de la que el ejercicio militar es solo una forma
particular) se funda en la existencia de esta facultad que posee el sistema nervioso de
convertir los actos voluntarios en operaciones maquinales o reflejas. Puede muy bien
establecerse como regla que siempre que se provoquen dos estados mentales cualesquiera,
ya juntos, ya en determinada sucesión, y que esto se repita con la necesaria frecuencia y
con suficiente viveza; en adelante bastará producir uno de ellos para que irremisiblemente
acuda el otro, sea ese o no sea nuestro deseo»

Educación intelectual y moral. «El objeto de la educación intelectual es precisamente


crear esas asociaciones indisolubles de nuestras ideas sobre las cosas en el mismo orden y
relación en que nos las ofrece la naturaleza; el de la educación moral es unir con la mayor
fijeza las ideas de acciones criminales con las de castigo y degradación, y las de las buenas
acciones con las de contento y de gloria».

Pero es la conexión íntima de la mente y la materia lo que tiene una importancia más
directa para el educador, es decir, la idea que hemos abordado en forma generalizada
usando la figura (de ninguna manera científicamente precisa) de un surco o riel. Dado que
la dirección constante de los pensamientos produce una cierta línea en los tejidos del
cerebro, esta línea es el primer rastro del surco o riel, la línea de menor resistencia, a lo
largo de la cual la misma impresión, hecha en otro momento, encontrará más fácil seguir
que tomar otro camino. Así surge un derecho de paso para cualquier hábito de
pensamiento o de acción.

El carácter se ve afectado por la modificación adquirida que recibe el tejido cerebral. De


lo anterior procede que la alineación real del cerebro del niño depende de los hábitos que
los padres permitan o fomenten; y que los hábitos del niño producen el carácter del
hombre, porque una vez que ciertas costumbres mentales se han establecido, está en su
naturaleza continuar para siempre a menos que sean desplazados por otros hábitos. Aquí
termina la filosofía fácil del «no importa», «oh, ya crecerá», «ya aprenderá a hacer lo
bueno», «es tan pequeñito, ¿por qué no esperar mejor?» entre otras justificaciones. Todos
los días, cada hora, los padres están formando pasiva o activamente aquellos hábitos en
sus hijos de los cuales dependen, más que de cualquier otra cosa, el carácter y la conducta
futuros.

La influencia externa. Consideremos ahora la influencia externa. El noventa por ciento del
tiempo comenzamos a hacer algo porque hemos visto a otra persona hacerlo; lo seguimos
haciendo y, ¡allí surge el hábito! Si es tan fácil para nosotros adoptar un nuevo hábito, es
diez veces más fácil para los niños; y aquí radica la verdadera dificultad en cuanto a la
educación en hábitos. Es necesario que la madre esté siempre alerta para cortar de raíz el
mal hábito que sus hijos puedan estar adquiriendo de otros adultos en el hogar o de otros
niños.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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VII. La formación del hábito: ‘cierra la puerta al salir’

«Haced la cosa siguiente».

«Lo que no se haga hoy no se hará mañana;


así que, no perdamos ni un solo día en la vacilación».

dice Marlowe, quien, como muchos de nosotros, conocía la miseria de la indolencia


intelectual que no logra «hacer lo siguiente». Ningún asunto sobre la crianza de los hijos
es trivial, pero esto de la dilación es muy importante. El esfuerzo de decisión, como hemos
visto, es el mayor esfuerzo de la vida; no el hacer la cosa sino el esfuerzo de decidir qué
hacer primero. Es comúnmente este tipo de indolencia mental, nacida de la indecisión, lo
que conduce a los hábitos dilatorios [de hacer todo tan lentamente que se pierde el tiempo
irremediablemente]. ¿Cómo se cura al niño remolón? ¿Lo curará el tiempo? ¿Aprenderá
cuando crezca? En lo absoluto, será más bien su historia algo así como «No se hará
mañana», a excepción de momentos ocasionales de acción. ¿Qué de los castigos? No; una
persona procrastinadora es fatalista, y dice: «Se debe soportar lo que no se puede curar», y
claro que se soportará, sin hacer ningún esfuerzo para curarse. ¿Recompensas? Tampoco;
para él, una recompensa es un castigo presentado con un aspecto diferente: la posible
recompensa él la asume como real, a su alcance, por así decirlo, pero al renunciar a ella
[por su mal hábito] se le castiga, y él soporta el castigo. ¿Qué queda por intentar cuando ni
el tiempo, ni la recompensa ni el castigo son efectivos? La panacea del educador: «Una
costumbre vence sobre otra». El hábito enraizado de perder el tiempo solo debe
suplantarse por el hábito contrario, y la madre debe dedicarse por unas semanas a esta
cura de una manera tan constante e incansable como cuidaría de un hijo que tiene
sarampión. Después de decirle en pocas palabras—cuanto menos mejor—y señalarle las
consecuencias que pueden surgir de esta falta, así como el deber de superarla, y después
de haberse ganado la voluntad (tristemente débil) del niño de hacer lo correcto, ella
simplemente vigila que durante varias semanas la falta no se repita. La pequeña va a
vestirse para dar una caminata; y sueña despierta con los cordones de sus botas, los dedos
quedan en el aire, pero su conciencia está despierta; se siente obligada a levantar su
mirada, y allí encuentra la mirada de su madre sobre ella, esperanzada y expectante. La niña
responde a la rienda y prosigue su tarea; a mitad de camino lidiando con el cordón de la
segunda bota, hay otra pausa, esta vez más corta; otra vez mira ella hacia arriba, y otra
vez prosigue lo que está haciendo. Las pausas van disminuyendo día a día, los esfuerzos
son más constantes, se fortalece la joven e inmadura voluntad y se adquiere el hábito de
una acción rápida. Después de esa primera charla, lo mejor es que la madre se abstenga de
una palabra más sobre el tema; tanto su mirada (expectante, no reprochadora) como un
toque lo más ligero posible cuando la pequeña nuevamente se distraiga, serán los únicos
instrumentos efectivos. Muy pronto, «¿Crees que puedes prepararte en cinco minutos hoy
sin mí?» «Oh, sí, madre». «No digas que “sí” a menos que estés completamente segura»,
«Lo intentaré». Y la pequeña lo intenta, y tiene éxito. En este momento, la madre se sentirá
tentada a relajar sus esfuerzos, pasar por alto un poco de dilación porque la querida
pequeña se ha estado esforzando tanto. Hacer esto es absolutamente fatal. El hecho es que
el hábito de dilatar y perder el tiempo ha generado un registro considerable en la
sustancia misma del cerebro del niño. Durante las semanas de curación, el nuevo
crecimiento ha estado borrando el surco anterior, y ya se está formando el surco de un
nuevo hábito. Permitir que se revierta al mal hábito anterior es botar todo lo que se ha
ganado. Formar un buen hábito se logra en unas pocas semanas; pero protegerlo es un
trabajo incesante, aunque para nada afanoso. Una palabra más: la acción rápida de parte
del niño debiera lograr la recompensa de total tiempo libre, un tiempo para hacer
exactamente lo que quiera, que no se otorgue como un favor, sino que se vaya
acumulando (sin palabras) como un derecho adquirido.

El hábito es un deleite en sí mismo. Excepto por este inconveniente, la formación de


hábitos en los niños no es una tarea laboriosa, ya que la recompensa va de la mano con el
esfuerzo. Debido a que un hábito es deleite en sí mismo; la pobre naturaleza humana está
consciente de lo fácil que es repetir cualquier cosa sin esfuerzo; y, por lo tanto, formar un
hábito, disminuir gradualmente la sensación de esfuerzo en un acto dado, es placentera.
Esta es una de las rocas que, a veces, divide a las madres: pierden de vista el hecho de que
un hábito, incluso un buen hábito, se convierte en un verdadero placer; y cuando el niño
realmente ha formado el hábito de hacer cierta cosa, su madre imagina que el esfuerzo es
tan grande para él como al principio, que la virtud en él es lo que lo hace continuar este
esfuerzo y que, por cierto, se merece de recompensas, y un poco de relajación—entonces
lo dejará interrumpir el nuevo hábito unas cuantas veces y luego continuará de nuevo.
Pero ya no continuará como lo hacía; continuará de nuevo, pero enfrentando obstáculos.
La «pequeña relajación» que ella permitió a su hijo significó la formación de otro hábito
contrario, que debe superarse antes de que el niño regrese a donde estaba antes.

De hecho, lo único que esta compasión mal encaminada por parte de las madres es lo que
hace difícil entrenar a un niño en buenos hábitos; ya que está en la naturaleza del niño
adoptar hábitos tan amablemente, como el bebé toma la leche de su madre.

Tacto, vigilancia y persistencia. Por poner como ejemplo un hábito sin mayor
importancia excepto en cuanto a la consideración hacia los demás: la madre desea que su
hijo adquiera el hábito de cerrar la puerta cuando él entra o sale de la casa o de una
habitación. Tacto, vigilancia y persistencia son las cualidades que debe cultivar en sí
misma; y, con estos, se sorprenderá de la disposición con la que el niño adquiere el nuevo
hábito.

Etapas en la formación de un hábito. «Juanito»—dice ella con voz alegre y amable,


«quiero que recuerdes algo con todas tus fuerzas: nunca entres o salgas de una habitación
en la que alguien se encuentra sin cerrar la puerta».

«¿Pero, y si lo olvido, madre?»

«Yo intentaré recordártelo».

«Pero tal vez yo tenga mucha prisa».

«Siempre debes hacer el tiempo para hacerlo».

«¿Pero, por qué, madre?»

«Porque no es cortés incomodar las personas que se encuentran en la habitación».

«¿Pero si vuelvo a salir inmediatamente?»

«Aun así, cierra la puerta cuando entres; puedes abrirla nuevamente al salir. ¿Crees que
puedes recordarlo?»

«Lo intentaré, madre».

«Muy bien; yo observaré cuántos pocos “olvidos” tienes».

Juanito recuerda dos o tres veces; y luego, sale de la habitación como un tiro de escopeta y
está a mitad de camino de bajar la escalera cuando su madre alcanza a llamarlo. Ella no
grita: «¡Juanito, vuelve y cierra la puerta!», porque sabe que una llamada de ese tipo es
exasperante para grandes o pequeños. Ella va hacia la puerta y llama amablemente:
«¡Juanito!» Juanito se ha olvidado por completo de la puerta; se pregunta qué quiere su
madre y, vuelve curioso, para encontrarla sentada y ocupada como antes. Ella levanta la
vista, mira hacia la puerta y dice: «Dije que trataría de recordártelo». «Oh, se me olvidó»,
dice Juanito, su honor malherido; y cierra la puerta esa vez, y la siguiente, y la siguiente.

Pero en realidad el niño no tiene mucha facultad para recordar, y la madre tendrá que
adoptar varios pequeños dispositivos para recordarle; pero de dos cosas ella tendrá
cuidado—que él nunca se escape sin cerrar la puerta, y que ella nunca permita que el
asunto sea una causa de fricción entre ella y el niño, tomando la posición de su aliado
amigable para ayudarlo contra ese mal recuerdo. Muy pronto, después de quizás veinte
cierres de la puerta sin omisión alguna, el hábito comienza a formarse; Juanito cierra la
puerta como si nada, y su madre lo mira con alegría entrar en una habitación, cerrar la
puerta, sacar algo de la mesa y salir, cerrando la puerta nuevamente.

Un escenario peligroso. Ahora que Juanito siempre cierra la puerta, la alegría y el triunfo
de su madre comienzan a mezclarse con una lástima irrazonable. «Pobre niño», se dice a sí
misma, «es muy bueno de su parte tomarse tantas molestias por algo tan sencillo, ¡solo
porque se le pide!» Ella piensa que, todo el tiempo, el niño está haciendo un esfuerzo por
ella; perdiendo de vista el hecho de que el hábito se ha vuelto fácil y natural, que, de hecho,
Juanito cierra la puerta sin saber que lo hace. Ahora llega el momento crítico. Un día
cualquiera, Juanito está tan entusiasmado con un nuevo deleite, que el hábito que aún no
está completamente formado, lo olvida, y está a medio camino por las escaleras antes de
pensar en la puerta. Piensa en ella, con un pequeño toque de la conciencia, lo
suficientemente fuerte como para no enviarlo de regreso, pero para hacer que se detenga
un momento para ver si su madre lo llamará de regreso. Ella se ha dado cuenta de la
omisión y se dice a sí misma: «Pobrecito, se ha portado tan bien con este hábito durante
tanto tiempo; lo dejaré pasar una vez». Él, afuera, no escucha la llamada de su madre, y se
dice a sí mismo (¡qué fatal veredicto!): «Bueno, no importa», ¡y se va!

La próxima vez deja la puerta abierta, pero no es un «olvido». Su madre lo llama


débilmente. Su oído rápido capta la debilidad en su tono y, sin volver, implora: «Oh,
madre, tengo tanta prisa», y ella no dice nada más, y lo deja ir. Nuevamente entra él
apurado, dejando la puerta abierta. «¡Juanito!» dice la madre, advirtiéndole. «Voy a salir
de nuevo en un minuto, madre», y después de diez minutos hurgando, él sale y se olvida
de cerrar la puerta. La relajación en mal momento de la madre la ha hecho perder todo el
terreno ganado.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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VIII. Hábitos de la primera infancia


El niño recibe pasivamente todas sus tendencias y hábitos, mitad físicos y mitad morales,
de los que dependen el disfrute y la comodidad de la vida cotidiana; es decir, él hace muy
poco para formar estos hábitos por sí mismo, pero su cerebro recibe impresiones de lo que
él ve sobre sí mismo; y estas impresiones toman la forma de sus propios hábitos más
fuertes y duraderos.

Algunas ramas de la educación infantil. La limpieza, el orden, la pulcritud, la


regularidad y la puntualidad son todas «ramas» de la educación de la primera infancia; para
el niño, debieran ser como el aire que respira, y adquirirlas inconscientemente. No hay
que decir nada sobre la necesidad de que una limpieza delicada en las habitaciones donde
están los pequeñitos; los bebés reciben sus baños, y limpiezas ilimitadas en su nombre;
pero, de hecho, a pesar de que las madres de la clase culta sean tan escrupulosas como
fueren, mucho depende de las personas que cuidan los niños, y una supervisión
cuidadosa es necesaria para garantizar que no ningún tipo de olor en el bebé o en
cualquier cosa que le pertenezca, y que las guarderías se mantengan frescas y
completamente ventiladas. Una de las grandes dificultades radica en que todavía hay
algunas personas cuidadoras que pertenecen a una clase en la que una ventana abierta es
una abominación; y otra gran dificultad es que no conocen el significado de los olores: no
pueden ver “un olor” y, por tanto, no es fácil persuadirlas de que el olor es materia,
partículas microscópicas que el niño ingiere con cada inhalación de su respiración.

Un olfato sensible. Por cierto, una parte muy importante de la educación física para un
niño es entrenar en él un olfato sensible, en otras palabras, fosas nasales que huelan la
menor “congestión” en una habitación, o el olor más leve de la ropa o los muebles. Parece
que el sentido del olfato nos ha sido dado no solo como una vía de placer, sino como una
especie de señal de peligro para advertirnos de la presencia de asuntos nocivos. Sin
embargo, muchas personas parecen atravesar el mundo sin una nariz en absoluto; y los
hechos tienden a mostrar que un olfato rápido es cuestión de educación y hábito. El hábito
se forma fácilmente: aliente a los niños a notar si la habitación en la que entran “huele”
bastante fresca cuando retornan del aire libre, a observar la diferencia entre el aire de la
ciudad y el aire más fresco fuera de ella; y entrenarlos para percibir el más mínimo rastro
de olores agradables o inofensivos.

Los infantes son ubicuos. Volvamos a los niños de corta edad. Sería muy importante que
a las personas cuidadoras se les comunicara que el bebé es ubicuo [que la RAE define
como: alguien que todo lo quiere presenciar y vive en continuo movimiento], y que no
solo ve y sabe todo, sino que también guardará por toda la vida, todo lo que ha visto [a
continuación, un extracto del poema On The Late Captain Grose’s Peregrinations Thro’
Scotland del poeta Robert Burns]:

«Si un agujero hay en tu abrigo,


Párchalo, te lo ruego;
Hay un pequeño observando con atención,
Y así lo aprenderá, con seguridad»:
«lo aprenderá» en su propio cerebro activo, como un modelo para sus hábitos futuros. Que
la persona cuidadora posea esta noción podría lograr algo a favor de garantizar la
limpieza que sobrepasa aquella de delantales limpios. Uno o dos pequeños detalles sobre
la limpieza que las personas cuidadoras realizan, no recomendamos en cuanto a la
limpieza: uno es hacer las camas infantiles a primera hora de la mañana, y el otro es
doblar las prendas de los niños cuando se las quitan por la noche. Es bueno poner un
cordel en la noche en donde duermen los niños, y allí colgar las pequeñas prendas para
que se ventilen y salga la transpiración imperceptible que han recibido durante el día. Por
la misma razón, las camas y las sábanas deberían airearse durante un par de horas antes
de que se hagan.

La limpieza personal como un hábito temprano. La mesa donde se alimentan los niños,
si la hubiera, debe mantenerse tan escrupulosamente agradable como la del comedor. El
niño que se sienta sobre un mantel arrugado o manchado, o usa una cuchara de metal
descolorida, está siendo degradado por tal hecho. A los niños también se les debe alentar
a mantener un buen aseo personal de sí mismos. Todos hemos visto la delicada manito
que extiende el bebé para que se la laven; tiene una mancha y al niño no le gusta. ¡Que
sean así de meticulosos cuando sean lo suficientemente grandes como para lavarse por sí
mismos! No se trata de que estén siempre limpios y presentables; a los niños les encanta
«ensuciarse» y deberían tener grandes delantales para ese propósito. Todos son como ese
pequeño príncipe francés que despreciaba sus regalos de cumpleaños y suplicaba que se le
permitiera hacer pequeños pasteles de barro con el niño pobre. Déjelos que hagan sus
tartas de barro con toda libertad; pero una vez que hayan terminado, deberían estar
impacientes por eliminar todo rastro de tierra, y deberían hacerlo ellos mismos. A los niños
pequeños se les puede enseñar a limpiarse las uñas, y a limpiarse los ojos [¿de lagañas?], y
las orejas. En cuanto a sentarse a la mesa con las manos sin lavar y el pelo sin cepillar, eso,
por supuesto, no se le permite a ningún niño decente. A los niños se les debiera dar
tempranamente sus propios materiales de lavado, y acostumbrarse a encontrar un
verdadero placer en el baño y en el cuidado de sí mismos. No hay razón por la que un
niño de cinco o seis años no se lave completamente a sí mismo sin someterlo a la tortura
del jabón en los ojos, y las maniobras de parte de los adultos que los niños odian, y con
justificada razón. Además, el niño no adquiere el hábito del baño diario sino hasta que
pueda tomarlo por sí mismo, y es importante que este hábito se forme antes de que
comience la era temeraria de la vida escolar.

Modestia y pureza. Las acciones relativas al baño le brindan a la madre oportunidades


para entregar la enseñanza y la capacitación necesarias en hábitos de decencia y un
sentido de la modestia. Dejar que su hijo pequeño viva y crezca en una simplicidad como
la del Edén es, quizás, el curso más tentador y natural para la madre. ¡Pero, ay! no vivimos
en el huerto, y es bueno que el niño sea entrenado desde el principio en las condiciones en
que debe vivir. Tanto para el niño más pequeño como para nuestros primeros padres,
existe aquello que está prohibido. En la temporada de la obediencia incuestionable, hágale
saber que Dios Todopoderoso no le permite hablar, pensar, exhibir, y manejar su cuerpo
excepto cuando se trate de la limpieza. Esto será más fácil para la madre si habla del
corazón, los pulmones, etc., que, también no se nos permite mirar ni manipular, pero que
están tan encerrados en paredes de carne y hueso que no podemos alcanzarlos. Lo que
queda disponible a nosotros está allí, tal como el árbol en el Jardín del Edén, para probar
nuestra obediencia; y en ambos casos, la desobediencia genera una pérdida y ruina
seguras.

El hábito de la obediencia y el sentido del honor. El sentido de la prohibición, del pecado


en la desobediencia, será una maravillosa protección contra el conocimiento del mal para
el niño criado en hábitos de obediencia; y aún más efectivo será el sentido del honor y del
deber—el mismo motivo de los mandamientos apostólicos sobre este tema. Deje que la
madre renueve este cargo con seriedad en la víspera, por ejemplo, de cada cumpleaños,
permitiendo al niño que sienta que al obedecer en este asunto puede glorificar a Dios
con su cuerpo; enseñándole a vigilar cada acercamiento del mal; rezar diariamente para
que cada uno de sus hijos se mantengan en pureza ese día. Ignorar las posibilidades del mal
en esta área, es exponer al niño a riesgos terribles. Al mismo tiempo, recuerde que las
palabras destinadas a obstaculizar pueden ser la causa del mal, y que una vida llena de
intereses y actividades saludables es una de las medidas preventivas más seguras del vicio
secreto.

El orden es esencial. Lo que se ha dicho sobre la limpieza se aplica también al orden tanto
orden en las habitaciones de los niños pequeños como en los hábitos de orden de quienes
los cuidan. Una cosa es de importancia en este sentido: que la habitación de los niños no
debiera convertirse en la bodega de muebles en desuso o desgastados de la casa; o tazas
resquebrajadas, platos descascarados, jarras y las teteras con boquillas rotas no deben
estar allí. A los niños se les debe criar para que piensen que una vez que un artículo se
vuelve antiestético por el uso o una rotura, ya no se puede usar, y se debe conseguir otro;
esta regla resultará bien económica porque cuando los niños y los criados descubren que
las cosas ya no «sirven», después de causar daño por un descuido, aprenden a tener
cuidado. Pero, en todo caso, es un verdadero detrimento para los niños crecer usando
cosas imperfectas y antiestéticas por falta de algo mejor.

El placer que las personas adultas sienten al hacer todo por los niños es realmente una
fuente fructífera de mal comportamiento; por ejemplo, en cuanto a esto del hábito del
orden. ¿Quién no ha visto el desorden que los niños dejan para otros limpien una docena
de veces al día, en sus habitaciones, el jardín, el salón, a donde sea que los llevan sus
inquietos y pequeños piececitos? Somos un poco sentimentales con respecto a juguetes
dispersos y ramilletes desteñidos de flores, y todas las señas de la presencia de los niños;
pero el hecho es que no se debe permitir que el hábito sin control de dejar desórdenes se
implante en los niños. Todos reprueban a la madre de familia por el caos en los cajones de
su ropa, o por sus posesiones arrojadas sin cuidado; pero al menos parte de la culpa
debería colocarse en su propia madre, porque no se trata de que la mujer haya adquirido
accidentalmente un hábito miserable que destruye la comodidad y la felicidad de su
hogar; sino que se le permitió crecer en el hábito del desorden cuando era niña, y parte de
su culpa es que no ha logrado curarse.

El niño de dos años debe guardar sus juguetes. Al niño de dos años se le debe enseñar a
sacar y devolver sus juguetes a su lugar. Comience a corta edad. Que sea un placer para él,
que sea parte de un juego, abrir su armario y volver a colocar la muñeca o el caballo en su
lugar. Que siempre guarde sus cosas como una parte normal de su día, y será sorprendente
lo pronto que se forma un hábito de orden, entonces guardar sus juguetes será algo
agradable, y le irritará ver las cosas en un lugar que no corresponde. Si los padres
pudieran ver la moralidad que radica en el orden, que ese orden en las habitaciones de los
niños se convierte en escrupulosidad en la vida posterior, y que la instrucción necesaria
para formar el hábito no es mayor que, en comparación, la cuerda ocasional de un reloj,
que marca el tiempo por sí mismo y sin obligarse a sí mismo, entonces mayores esfuerzos
se harían para cultivar este importante hábito.

La pulcritud es similar al orden. La pulcritud es similar al orden, pero no es exactamente


lo mismo: implica no solo “un lugar para todo y todo en su lugar”, sino todo en un lugar
adecuado, con el fin de producir un buen efecto; de hecho, el gusto entra en juego. La niña
no solo debe poner sus flores en agua, sino también colocarlas con delicadeza, y no se le
debe ofender pasándole alguna fea taza o jarra de la cocina, o un horrible jarrón rosa, sino
que debiera acceder a un vaso o jarrón elegante y armonioso en el tono, aunque sea un
poco barato. Del mismo modo, todo en las habitaciones de los niños debiera ser «pulcro»,
es decir, agradable y adecuado; y se debe alentar a que los niños guarden pulcra y
efectivamente lo que posean. No debe admitirse nada vulgar en cuanto a impresión, libro
ilustrado o juguete— nada que vicie el gusto de un niño o aliente el gusto por lo común en
su naturaleza. Por otro lado, sería difícil estimar la influencia refinadora y elevadora de
una o dos obras de arte bien elegidas, por muy barata que sea su reproducción.

Regularidad. La importancia de la regularidad en la educación infantil está comenzando a


reconocerse en general. La joven madre sabe que debe acostar a su bebé en el momento
adecuado, independientemente de sus llantos, incluso si lo deja llorar dos o tres veces,
para que, por el resto de la vida de su bebé, él pueda dormirse solo dulcemente en la
oscuridad sin protestar. Mucho se dice que no tiene sentido sobre la razón de los llantos
del niño: se supone que quiere a su madre, su niñera, su biberón, la luz, y que es «un niño
que sabe», según su niñera, ya que, de hecho, si llora por tales cosas, las consigue. [Aquí la
Srta. Mason refleja las prácticas de cuidado del bebé de la época victoriana, que ya no
recomiendan los expertos en cuidado infantil.]

Hábitos de tiempo y lugar. El hecho es que el niño ya ha formado un hábito de vigilia o


de alimentación en momentos inadecuados, y está tan incómodo con sus hábitos como el
gato está en una casa diferente; pero cuando se somete felizmente a la nueva regulación,
es porque se ha formado el nuevo hábito y es, a su vez, la fuente de su satisfacción. Según
el Dr. Carpenter, «La regularidad debería iniciarse incluso con la vida del bebé, en cuanto a
los tiempos de alimentación, descanso, etc. El hábito corporal así formado ayuda
enormemente a moldear el hábito mental en un período posterior. Por otro lado, nada
tiende a generar más un hábito de autocomplacencia que alimentar a un niño, o permitirle
que permanezca fuera de la cama, en momentos que no son los adecuados, simplemente
porque llora. Es maravilloso lo pronto que las acciones de un bebé pequeño (como las de
un perro o caballo joven) entran en armonía con el “entrenamiento” sistemático ejercido
juiciosamente». El hábito de la regularidad es tan atractivo para los niños mayores como
para el bebé. Los días en que la planificación habitual no se lleva a cabo, sabemos que son
los días en que los niños tienden a tener un mal comportamiento.
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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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IX. El ejercicio físico

Importancia del ejercicio cotidiano. Ya abordamos en abundancia el tema del


entrenamiento natural del ojo y de los músculos en la sección anterior «la vida al aire
libre», a lo cual solo agregaré una cosa: que el placer del niño en el movimiento ligero y
fácil—como el deleite del buen jinete en el manejo de su propio cuerpo cuando monta su
caballo—, ya sea bailando, haciendo ejercicios de repetición, o gimnasia, algún tipo de
ejercicio físico juicioso, debiera ser parte de la rutina diaria de todo niño.
La gimnasia sueca [Swedish Drill, en inglés] es de especial valor, y muchos de los ejercicios
son adecuados para los niños más pequeños. Ciertas cualidades morales entran en juego
en los movimientos alertas, la atención del ojo, las respuestas rápidas e inteligentes; pero a
menudo sucede que los niños bien comportados fallan en estos puntos por falta de
entrenamiento físico.

Ejercicios en buenos modales. Que los niños repitan los buenos modales: que ensayen
pequeñas obras jugando: María es la dama que pregunta cuál es el camino al mercado;
Harry es el chico que la dirige, y así sucesivamente. Que hagan un ejercicio de postura: los
ojos al frente, las manos quietas, la cabeza alta. Que inventen un centenar de situaciones
con su comportamiento propio, atesorando sugerencias que se les dé para que se guíen;
pero este tipo de ejercicio debe intentarse cuando los niños son pequeños, antes de que la
tiranía de la vergüenza ajena se establezca. Aliéntelos a admirar y enorgullecerse en los
movimientos ágiles y ligeros, y que eviten el paso burdo y el movimiento hacia el exterior
de las extremidades al caminar.

Entrenamiento del oído y la voz. El entrenamiento del oído y la voz es una parte
extremadamente importante de la cultura física. Que los niños se ejerciten en los sonidos
puros de las vocales, en la enunciación de las consonantes finales; no les permitan que
omiten partes de las palabras o las deformen [ejemplos pertinentes en español podrían
ser: veniste en vez de viniste, haiga en vez de haya, dentrar en vez de entrar, fuistes en vez
de fuiste, pescao en vez de pescado, andó en vez de anduvo, decir: cómo estai, lah
palabrah, etc]. Hágalos pronunciar palabras difíciles como: imperturbabilidad,
anticlericalismo, impermeabilidad, con gran precisión después de escucharlas una sola
vez. El francés [o cualquier otro idioma extranjero], al ser enseñado oralmente, es de
inmenso valor ya que entrena tanto el oído como la voz.

El hábito de la música. En cuanto al entrenamiento musical, es difícil decir cuánto de lo


que se denomina gusto y habilidad musicales heredadas son el resultado de escuchar y
producir sonidos musicales constantemente, el hábito de la música, que ocurre en las
familias musicales y con lo cual crece el niño. El Sr. Hullah sostuvo que el arte de cantar es
un hábito formado—el cual se puede, y se debe dar a todos los niños. Por supuesto, el
hábito transmitido debe tenerse en cuenta. Es una pena que la instrucción musical que
recibe la mayoría de los niños sea aleatoria; que no se les capacite, por ejemplo, a través de
ejercicios cuidadosamente graduados de oído y voz, con el fin de producir y distinguir los
tonos y los intervalos musicales.

Dejemos a los niños tranquilos. En conclusión, permítanme decir que la educación de los
hábitos es exitosa en la medida que le permite a la madre dejar a sus hijos tranquilos, sin
irritarlos con órdenes y direcciones perpetuas, un barrido continuo de «haz esto» y «no
hagas eso»; sino dejándolos tomar su propio camino y crecer, habiéndose asegurado
primero que tomarán el camino correcto y crecerán con un propósito fructífero. El
jardinero, es cierto, «cava y poda», atiende su árbol de duraznos y le pone un tutor, pero
eso solo ocupa una pequeña fracción de la existencia del árbol porque el resto del tiempo,
el jardinero deja que el aire fresco, el sol y la lluvia hagan su trabajo. El resultado son
jugosos duraznos. Pero ay del jardinero que no haga su parte, porque sus duraznos no
serán mejores que un fruto amargo e inapetecible.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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Parte IV. Ciertos hábitos mentales morales

Una ciencia de la educación. Me permito reiterar que me atrevo a escribir sobre temas
relacionados con la educación en el hogar con la mayor deferencia hacia las madres; con la
certeza de que, en virtud de su peculiar comprensión de las disposiciones de sus propios
hijos, se les ha bendecido tanto con el conocimiento como con la capacidad para
manejarlos, y que quienes le rodean pueden solo observar de lejos. No obstante, existe lo
que denominamos ciencia de la educación, la cual no proviene de la intuición, cuyo
conocimiento permite criar a un niño completamente de acuerdo con la ley natural, que
también es la ley divina, y que en seguirla radica una gran recompensa.

La educación en hábitos permite una vida fácil. Ya hemos visto por qué el hábito, por
ejemplo, es una fuerza tan maravillosa en la vida humana. Esta perspectiva del hábito me
parece muy alentadora, al proporcionar una razonabilidad científica a las conclusiones ya
alcanzadas por la experiencia común. Es agradable saber que, incluso en la madurez de la
vida, es posible mediante un pequeño esfuerzo persistente adquirir un hábito deseable.
También es bueno, y también agradable, saber con qué facilidad fatal podemos caer en
malos hábitos. Pero lo más satisfactorio en esta visión del hábito es que encaja con nuestro
amor natural por una vida llevadera. Al principio, no somos reacios a esforzarnos
teniendo la seguridad de que pronto las cosas irán mejor; y esto exactamente es lo que el
hábito, en un grado extraordinario, promete generar. La madre que hace grandes
esfuerzos por dotar a sus hijos de buenos hábitos se garantiza a sí misma días tranquilos y
fáciles; mientras que la que deja que los hábitos se produzcan por sí solos tendrá una
cansadora vida de fricción interminable con los niños. Todo el día estará gritando a los
niños: «¡haz esto!» y no lo hacen; «¡haz eso!» y hacen lo otro. «Pero», usted puede decir, «si
el hábito es tan poderoso, ya sea para obstaculizar o ayudar al niño, es fatigante pensar en
todos los hábitos a los que la pobre madre debe estar atenta, ¿acaso ella nunca tendrá un
momento de sosiego con sus hijos?»

El entrenamiento en hábitos se convierte en un hábito. Otra vez vemos una ilustración


de esa fábula del péndulo ansioso, abrumado con la idea de la cantidad de «tictacs» que
debe marcar; pero los tictacs se hacen uno a uno, y siempre habrá un segundo entre cada
uno de ellos. De igual forma, la madre se dedica a la formación de un hábito a la vez, y
solo vigila aquellos que ya se han formado. Si se pusiera ansiosa al pensar en el mucho
trabajo, que limite la cantidad de buenos hábitos que se propone formar. El niño que
comienza la vida con, digamos, veinte buenos hábitos, comienza con un cierto capital del
cual obtendrá infinitas ganancias a medida que pasen los años. La madre que desconfía de
su propia capacidad del esfuerzo constante bien puede consolarse con dos hechos. En
primer lugar, ella misma adquiere el hábito de entrenar a sus hijos en un hábito
determinado, que pronto se convierte, no solo en ningún problema, sino en un placer para
ella. En segundo lugar, los hábitos más dominantes y permanentes del niño son aquellos
que la madre no ha desarrollado, sino que el niño adquiere por sí mismo a través de la
observación cercana de todo lo que se dice, se hace, se siente y se piensa en su casa.

Hábitos inspirados por la atmósfera hogareña. Ya hemos considerado un grupo de


hábitos cuasi físicos (orden, regularidad, pulcritud) que el niño absorbe, por así decirlo, de
la manera recién mencionada, pero no son los únicos: los hábitos de gentileza, cortesía,
amabilidad, franqueza, respeto por otras personas, u otros hábitos así, son en el niño tal
como es la atmósfera de su hogar, es decir, el aire en el que vive y en el que crece.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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I. El hábito de la atención

Pasemos a considerar, ahora, un grupo de hábitos mentales que se ven influenciados por
el entrenamiento directo y no por el ejemplo.

Primero, ponemos el hábito de la atención, porque el valor de los dones intelectuales más
altos dependen de la medida en el cual su dueño haya cultivado el hábito de la atención.
Para explicar por qué este hábito es de suma importancia, debemos considerar el
funcionamiento de una o dos de las leyes del pensamiento. Recuerde, mientras tanto, cuán
fija es la atención con la que el profesional capacitado—el abogado, el médico, el letrado—
escucha una larga historia, desecha lo trivial, toma los hechos, ve la importancia de cada
una de las circunstancias, y expone el caso con una nueva claridad y método; ahora
contraste esto con el ojo errante y las respuestas aleatorias de quienes no tienen formación
—y verá que diferenciar a las personas según su poder de atención se convierte en una
prueba legítima.

Una mente a merced de las asociaciones. Consideraremos, entonces, la naturaleza y las


funciones de la atención. La mente—con la posible excepción del estado de coma—nunca
está inactiva; las ideas siempre pasan por el cerebro, de día y de noche, durmiendo o
despertando, estemos locos o cuerdos. Nos elevamos demasiado a nosotros mismos
cuando suponemos que nosotros somos los autores y quienes proponemos los
pensamientos que tenemos, porque lo máximo que podemos hacer es dar dirección a estos
hilos de pensamiento en los comparativamente pocos momentos en
que sí estamos regulando los pensamientos de nuestro corazón. Vemos en sueños—aquella
rápida danza de ideas por el cerebro durante el sueño más ligero—cómo las ideas siguen a
otras ideas de una manera general. En los merodeos del delirio, en las fantasías de los sin
juicio, en el parloteo inconsecuente del niño y el balbuceo del anciano, vemos lo mismo, es
decir, la ley de las ideas que pasan por la mente cuando se les permite hacerlo. Háblele a
un niño sobre el vidrio, deseando provocar una curiosidad adecuada sobre cómo se hace
el vidrio y cuáles son sus usos; nada de eso le interesa, sino que se va a la zapatilla de
cristal de la Cenicienta; luego cuenta acerca de su madrina que le dio un bote; luego sobre
el barco en el que el tío Enrique fue a América; luego quiere saber por qué usted no usas
gafas, haciéndole a usted pensar que quizás el tío Enrique usa gafas. No obstante, las
divagaciones del niño no son caprichosas; siguen una ley, la ley de asociación de ideas,
por la cual cualquier idea presentada a la mente recuerda alguna otra idea que se haya
asociado en algún momento con ella, como el vidrio y la zapatilla de la Cenicienta; y a
partir de ella, a alguna otra idea asociada. Ahora, esta ley de la asociación de ideas es
buena servidora, pero una mala ama, ya que contar con esta ayuda para recordar los
eventos del pasado, y los compromisos del presente, es una bendición infinita; pero estar a
merced de las asociaciones, no tener la capacidad para pensar en lo que queremos cuando
queramos, y que «algo aparezca en nuestra cabeza», no es más que estar fuera de sus
cabales.

Una atención errabunda. Un vigoroso esfuerzo de la voluntad debería permitirnos en


cualquier momento fijar nuestros pensamientos. Sí, así es, pero la voluntad vigorosa y que
se impone a sí misma es la flor de un carácter desarrollado; y mientras el niño no tenga un
carácter desarrollado, sino solo disposiciones naturales, ¿quién mantendrá el juguete
favorito fuera de la clase de geografía, o la muñeca fuera de la clase de francés? He aquí el
secreto del tedio del aula escolar en casa—los niños están pensando todo el tiempo en algo
distinto de sus clases; o, más bien, están a merced de las mil fantasías que revolotean por
sus cerebros, una por una siguiendo el hilo de la anterior. «Oh, señorita Smith», dijo una
niña a su institutriz, «¡hay muchas cosas más interesantes que las lecciones para pensar!»

¿En qué radica el daño? En esto: no solo en que los niños están perdiendo el tiempo, que
es una pena desde ya; sino que además están formando un hábito mental indisciplinado y
reduciendo su propia capacidad de esfuerzo mental.
El hábito de la atención se debe cultivar desde los primeros años. La ayuda, entonces, no
radica en la voluntad del niño sino en el hábito de la atención, hábito que debe cultivarse
incluso en el bebé, el cual, a pesar de sus maravillosas facultades de observación, no tiene
la facultad de la atención; en un minuto, el codiciado juguete cae de los pequeños dedos
sin energía, y la mirada errante se despierta con un nuevo objeto de placer. Incluso en esta
etapa, no obstante, se puede entrenar el hábito de la atención: el juguete desechado se
levanta y, con un «¡Qué lindo!» y gestos llamativos, la madre mantiene los ojos fijos del
bebé durante un par de minutos—y esta es su primera lección en atención. Más tarde,
como hemos visto, el niño está ansioso por ver y tocar cada objeto que se cruce en su
camino, pero obsérvelo en sus investigaciones: se mueve de una cosa a otra con menos
propósito que una mariposa entre las flores, sin quedarse con nada el suficiente tiempo
como para sacarle provecho. Le corresponde a la madre complementar la capacidad de
observación rápida del niño con el hábito de la atención. Ella es quien debe asegurarse de
que él no salte de esto a aquello, sino que se fije lo suficiente en una cosa como para
conocerla realmente.

¿La pequeña Margaret está mirando fijamente una margarita que ha arrancado? En un
segundo, la margarita perderá toda importancia, y un guijarro u otra florcita encantarán a
la pequeña, pero la madre aprovecha el momento feliz y hace que Margaret vea que la
margarita (daisy, en inglés) es un ojo amarillo intenso con pestañas blancas alrededor; que
todo el día yace allí en la hierba y mira hacia el gran sol, sin parpadear como Margaret lo
haría, pero con los ojos bien abiertos, y que se llama así porque daisy es «day’s eye» [ojo del
día, en inglés], porque su ojo siempre está mirando al sol que crea el día. ¿Y qué piensa
Margaret que hace de noche, cuando no hay sol? Hace lo que hacen los niños y las niñas;
simplemente cierra su ojo con sus pestañas blancas con punta rosadas y se duerme hasta
que el sol vuelve a salir por la mañana. Para entonces, la margarita se ha vuelto
interesante para Margaret; la mira con ojos grandes después de que su madre ha
terminado de hablar, y luego es muy probable que la abrace en su pecho o le dé un besito
suave. Así, la madre encontrará las formas de que cada objeto en el mundo del niño sea de
interés y deleite.

Atención en las «cosas»; las palabras son un tedio. Pero el tira y afloja comienza con las
clases en el aula escolar. Incluso el niño que ha adquirido el hábito de prestar atención a
las cosas, considera que las palabras son un tedio. Este es un punto de inflexión en la vida
del niño, y un momento en que se requiere tacto y vigilancia de parte de la madre. En
primer lugar, nunca deje que el niño se distraiga cuando está haciendo su copiado o
aritmética, o que se ponga a soñar sentado con su libro en frente. Cuando un niño pierde
su enfoque mental durante una clase, es hora de terminarla. Déjelo que haga otra clase
que sea lo más diferente posible de la última, y luego regrese con su mente refrescada a lo
que había dejado incompleto. Si la madre o la maestra no ha prestado suficiente atención y
ha dejado que el niño «se vaya a la luna» durante una lección, deberá ingeniárselas para
ayudarlo a continuar; la lección debe hacerse, por supuesto, pero debe ser llamativa y
placentera para el niño.

Lecciones atrayentes. El maestro debiera tener algún conocimiento de los principios de la


educación; debiera saber qué asignaturas son las más adecuadas para el niño según su
edad, y cómo hacer que estas materias sean interesantes; también debe saber cómo variar
las lecciones, de manera que cada facultad mental del niño descanse después de un
esfuerzo, y que otra capacidad se ponga en juego. Debiera saber cómo incitar al niño al
esfuerzo usando su deseo de aprobación, de sobresalir, de progresar, su deseo por el
conocimiento, su amor por los padres, su sentido del deber, de tal manera que sus
motivaciones no sean aquellas que denuestan el carácter del niño. El peligro al que el
maestro debe estar especialmente alerta, no obstante, es que algún otro deseo natural
sustituya el deseo por el conocimiento, que es igualmente natural, y que es adecuado para
todos los propósitos de la educación.

El horario; un trabajo definido dentro de un tiempo dado. Más adelante tendré la


oportunidad de abordar algunos de estos puntos; mientras tanto, echemos un vistazo a un
aula de la casa, administrada con buenos principios. En primer lugar, hay un horario,
escrito claramente, para que el niño sepa lo que tiene que hacer y cuánto durará cada
lección. Esta idea de un trabajo definitivo que debe hacerse dentro de un tiempo dado es
valiosa para el niño, no solo como entrenamiento en hábitos de orden, sino también en
diligencia; así aprende que un momento no es «igual que otro»; que no queda ningún
momento adecuado para hacer lo que no se hizo en su debido momento; y este
conocimiento por sí solo es suficiente para asegurar la atención del niño en su trabajo.
Reitero, las clases son cortas, rara vez duran más de veinte minutos para los niños
menores de ocho años; y esto, por dos o tres razones. La sensación de que no hay mucho
tiempo para hacer matemáticas o para su lectura, mantiene alerta el ingenio del niño y le
ayuda a fijar su atención; tiene tiempo para aprender de una asignatura exactamente lo
que es bueno para que aprenda de una vez: y si las lecciones se alternan juiciosamente—
matemáticas primero, por ejemplo, cuando el cerebro está bastante despierto; luego
escribir o leer (algún ejercicio más o menos mecánico, a modo de descanso); y así
sucesivamente, y haciendo que el programa varíe un poco de un día al otro, pero
siguiendo el mismo principio en todo momento, es decir, una lección que requiere
«pensar» primero y una lección «de trabajo minucioso» después, y el niño termina sus
clases matutinas sin ningún signo de cansancio.

Incluso usando lecciones regulares y lecciones cortas, ocasionalmente puede ser necesario
un estímulo adicional para capturar la atención del niño. Su deseo de aprobación puede
dar causa para el estímulo de no solo una palabra de elogio, sino de algo en forma de
recompensa para garantizar que haga el mayor esfuerzo. Dichas recompensas debieran
impartirse al niño en concordancia con el principio de que las recompensas
son las consecuencias naturales de su buena conducta.

Las recompensas naturales. ¿Cuál es la consecuencia natural del trabajo hecho bien y
rápido? ¿No es acaso disfrutar más tiempo libre? Si se espera que el niño haga dos sumas
correctas en veinte minutos y las termina en diez minutos; entonces los diez minutos
restantes son suyos, bien ganados, en los que es libre de salir a recorrer el jardín, o
disfrutar cualquier deleite que elija. Si su tarea de escritura consiste en producir seis “m”
perfectas, pero escribe seis líneas con solo una buena m en cada línea, y se acaba el tiempo
de la lección, no tiene nada de tiempo libre para sí mismo; o, por el contrario, si muestra
seis buenas “m” en su primera línea, tiene el resto del tiempo para dibujar barcos de vapor
y trenes ferroviarios. Esta posibilidad de dejar que los niños se ocupen de manera variada
en los pocos minutos que pueden ganar al final de cada lección, es una compensación que
otorga el aula en el hogar a cambio del placer que normalmente se espera que otorguen al
trabajo escolar el gusto por los primeros lugares y la emulación.

Le emulación. En cuanto a la emulación, un medio muy potente para estimular y


mantener la atención de los niños [en tanto “Deseo intenso de imitar e incluso superar las
acciones ajenas” como lo define la RAE (https://dle.rae.es/emulaci%C3%B3n?m=form)],
una objeción que ésta recibe a menudo es que el deseo de sobresalir, de hacer algo mejor
que los demás, implica un temperamento inclemente, el cual el educador debiera reprimir
en lugar de cultivar. Las buenas calificaciones (de cualquier tipo que sean) suelen ser las
recompensas de aquellos que hacen lo mejor, y se ha argumentado que dichas buenas
notas son a menudo la causa de injustas rivalidades. Ahora, el hecho es que los niños
están siendo entrenados para vivir en el mundo, y en el mundo todos sí recibimos buenas
calificaciones de algún tipo, ya sea premios o elogios, o ambos, cuando superamos a otros,
ya sea en el fútbol o el tenis, pintando cuadros o escribiendo poemas. Existe la envidia y la
angustia entre aquellos en segundo lugar; así ha sido desde el principio, y sin duda lo será
hasta el final. Si el niño va a salir a un mundo émulo, quizás sea bueno que se eduque en
una escuela emuladora; pero es aquí donde es necesario el trabajo de la madre. Ella puede
enseñarle a su hijo a ser el primero sin vanidad, y a ser el último sin amargura; es decir,
ella puede criarlo en un flujo tan cordial de amor y compasión que la alegría por el éxito
de su hermano le quita el aguijón de su propio fracaso, y la contrición por el fracaso de su
hermano no deja lugar a la glorificación de sí mismo. Reitero, si se tuviera que utilizar un
sistema de calificación como estímulo para la atención y el esfuerzo, las buenas
calificaciones deben otorgarse por la conducta en lugar de la inteligencia, es decir, deben
estar al alcance de todos: cada niño puede obtener su calificación por puntualidad, orden,
atención, diligencia, obediencia, gentileza; y, por lo tanto, se pueden dar calificaciones de
este tipo sin peligro de dejar una sensación de injusticia en el pecho del niño que falla. La
emulación se torna suicida cuando se usa como incentivo para el esfuerzo intelectual,
porque el deseo por el conocimiento disminuye en proporción a la medida que el deseo de
sobresalir se vuelve activo. De hecho, las calificaciones de cualquier tipo, incluso por
conducta, distraen la atención de los niños hacia un trabajo bien hecho, lo cual en sí
mismo es lo suficientemente interesante como para garantizar tanto el buen
comportamiento como la atención.

El afecto como motivo. El que deba trabajar duro para complacer a sus padres que hacen
tanto por él, es un apropiado motivo que se le puede presentar al niño de vez en cuando,
pero no con demasiada frecuencia: si la madre negocia con los sentimientos de su hijo, si
dijera, por ejemplo: «Haz esto o aquello para complacer a tu madre», «no aflijas a tu pobre
madre», etc., con demasiada frecuencia como la razón para que él haga lo correcto,
entonces se establece una relación sentimental que avergonzará tanto a la madre como al
niño, los verdaderos motivos de la acción perderán su preeminencia, y el niño, no
queriendo parecer indiferente, terminará cometiendo una falsedad.

El atractivo del conocimiento. Por supuesto, el medio más obvio de acelerar y mantener
la atención de los niños radica en el atractivo del conocimiento mismo y en el verdadero
apetito por el conocimiento con el que están dotados. Pero cuán exitosos son los maestros
defectuosos en curar a los niños de cualquier deseo de saber, se puede ver en muchas
aulas. Más adelante tendré la oportunidad de decir algunas palabras sobre este tema.

¿Qué es la atención? Es evidente que la atención no es una «facultad» de la mente; de


hecho, es muy dudoso hasta qué punto las diversas operaciones de la mente deberían
describirse como “facultades” en absoluto. De hecho, la atención casi no es una operación
mental, sino simplemente el acto por el cual toda la fuerza mental es aplicada al tema en
cuestión. Este acto de hacer que la mente actúe, puede entrenarse para que se convierta en
un hábito a merced del padre o del maestro, quien atrae y mantiene la atención del niño
usando un motivo adecuado.

Imposición de la voluntad propia. A medida que el niño crece, se le enseña a ejercitar


su propia voluntad; a obligarse a poner atención a pesar de las sugerencias más atractivas del
exterior. Se le debería enseñar a sentir un cierto triunfo en obligarse a sí mismo a fijar sus
pensamientos. Hágale saber cuál es la verdadera dificultad, que la naturaleza de su mente
es pensar incesantemente, pero cómo los pensamientos, si se dejan solos, siempre se irán
de una cosa a otra, y que la lucha y la victoria que él debe alcanzar es fijar sus
pensamientos en la tarea que está a la mano. «Cumpliste con tu deber», si se lo dice la
madre con una mirada cariñosa, es una recompensa para el niño que ha hecho este
esfuerzo gracias a la fortaleza de su voluntad en aumento. Pero no debemos olvidarnos
que la atención es, en gran medida, el producto de una mente educada; es decir, uno solo
puede poner atención en proporción a la capacidad intelectual para profundizar en un
asunto.

Es imposible exagerar la importancia de este hábito de la atención. Está, citando palabras


de peso, «al alcance de todos, y debiera ser el objeto principal de toda disciplina mental»;
ya que, sean cuales sean los dones naturales del niño, es solo en la medida en que se
cultive en él el hábito de la atención, que podrá hacer uso de ellos.

El secreto de la sobrepresión. Si solo fuera para evitar el cansancio y el tedioso «estira y


encoje» entre el deber y las inclinaciones, vale la pena que la madre se asegure de que su
hijo nunca haga una lección sin poner todo su corazón en ella, lo cual no es difícil porque
la cuestión es estar alerta desde el principio contra la formación del hábito contrario de
la falta de atención. Ya se ha dicho bastante en cuanto a la sobrepresión, y hemos
examinado rápidamente una o dos de las causas cuyos efectos se conocen con este
nombre. Pero realmente, una de las causas más fértiles de un cerebro bajo presión, es fallar
en el hábito de la atención. Supongo que todos estamos listos para admitir que no son las
cosas que hacemos, sino las cosas que no hacemos, lo que nos fatiga, con la sensación de
haberlas omitido, o con la preocupación de apurarnos en cumplirlas todas. Y esta es casi la
única causa del fracaso en el trabajo en el caso de un niño o una niña sana: mentes
distraídas impiden que una lección se asimile por completo en el momento adecuado; esa
lección se convierte en una pesadilla, continuamente queriendo avanzar, pero nunca
terminándola; y la sensación de pérdida afecta al joven estudiante más que la recepción
atenta de una docena de las mismas lecciones.
El trabajo escolar en casa. En cuanto a las tareas para la casa, los padres pueden ser de
gran utilidad para sus niños y niñas después de que éstos comienzan a ir a la escuela; no
ayudándoles a hacerlas, lo cual no debería ser necesario; sino en el caso como el siguiente:
«La pobre Anita no termina sus lecciones hasta las nueve y media, realmente tiene tanto
que hacer»; «el pobre Tom está con sus libros hasta las diez en punto; nunca vemos a los
niños en la noche», dicen los padres angustiados; y dejan que sus hijos sigan un curso que
es absolutamente ruinoso tanto para la salud corporal como para la capacidad del cerebro.

Saludable tratamiento en el hogar contra soñar despierto. Ahora, frecuentemente la


culpa de lo anterior no la tienen las lecciones, sino los niños, que sueñan despiertos cuando
están con sus libros, pero un pequeño tratamiento saludable en el hogar debería curarlos
de esa dolencia. Permítales, como máximo, una hora y media para sus tareas; trátelos
implícitamente como en falta si no aparecen al final de ese tiempo; no se traicione con una
palabra o mirada compasiva; y en el momento en que termine el tiempo señalado para la
escuela, que comience un juego encantador o un libro de cuentos en el otro salón. Pronto
se darán cuenta de que es posible terminar las lecciones a tiempo para que tengan una
agradable tarde después, y las lecciones estarán mucho mejor hechas por el hecho de que
se les ha otorgado una atención concentrada. Al mismo tiempo, la costumbre de dar tarea
para la casa, por lo menos a niños menores de catorce años, debiera evitarse tajantemente;
los niños no reciben ninguna ganancia de la combinación de vida hogareña y vida escolar;
y un programa muy completo de trabajo escolar puede llevarse a cabo en las horas de la
mañana.

Las recompensas y los castigos deben ser consecuencias naturales del comportamiento.
Al considerar los medios para lograr la atención, ha sido necesario referirse a la disciplina
—la entrega de recompensas y castigos—un tema que toda persona a cargo de los niños o
una educadora en el hogar novicia se siente competente para manejar. Pero esto también
tiene su aspecto científico: hay una ley por la cual se deben regular todas las recompensas
y los castigos, es decir, éstos deben ser las consecuencias naturales o, por lo menos,
las consecuencias relativas de la conducta; debieran imitar, lo más que se pueda sin causarle
daño al niño, el tratamiento que ésta y aquella conducta merece y recibe durante la vida
posterior. Miss Edgeworth, en su historia de Rosamond and the Purple Jar
(http://amblesideonline.org/PR/PR00p000PurpleJar.shtml), trata sobre el principio
correcto, aunque el incidente es bastante extravagante porque las niñitas no suelen soñar
con tarros de color púrpura en las vidrieras de las farmacias, pero que debamos sufrir por
hacer nuestra voluntad en conseguir lo que es innecesario gracias a carecer de lo que es
necesario es precisamente una de las lecciones de la vida que todos debemos aprender, y,
por lo tanto, es el tipo de lección que se debe enseñar a los niños.

Consecuencias naturales y electivas. Es evidente que entregar recompensas y castigos en


virtud de dicho principio requiere paciente consideración y determinación constante por
parte de la madre; ella debe considerar para sí misma cuál es la falta de disposición de la
cual se deriva el mal comportamiento del niño; ella debe apuntar su castigo hacia esa falta,
y debe prepararse para ver a su hijo sufrir ahora a favor de una ganancia duradera. De
hecho, muy poco castigo real es necesario cuando los niños son criados con cuidado. Pero
esto sucede continuamente—el niño que ha hecho bien gana alguna recompensa natural
(como esos diez minutos en el jardín), que pierde cuando no hace suficientemente bien; y
la madre debe prepararse a sí misma y a su hijo para soportar dicha pérdida; si ella tratara
a dos niños de igual manera, comete un grave error, no contra el niño que lo ha hecho
bien, sino contra el que comete la falta, a quien anima deliberadamente a que repita su mal
hacer. Al someter a su hijo a la disciplina de las consecuencias, la madre debe usar mucho
tacto y discreción. En muchos casos, la consecuencia natural de la culpa del niño es
precisamente lo que le corresponde a ella evitar, mientras que, al mismo tiempo, busca
alguna consecuencia relacionada con la falta y que ejerza una influencia educativa en el
niño: por ejemplo, si un niño descuida sus estudios, la consecuencia natural es que
permanece ignorante; pero permitirle hacerlo eso sería una negligencia de marca mayor
por parte de los padres.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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II. Los hábitos de esmero, etc.

Esfuerzo mental rápido. Los hábitos de actividad mental y de aplicación se adiestran por
los mismos medios empleados para cultivar el hábito de la atención. El niño
que progresa diligentemente en su trabajo puede ser entrenado en el esfuerzo
mental rápido. La maestra misma debe estar alerta, debe esperar respuestas instantáneas,
pensamiento rápido, trabajo rápido. La tortuga quedará atrás de la liebre, pero la tortuga
debe estar entrenada para moverse, cada día, un poco más rápido. Plantee el objetivo fijo
de rapidez en la percepción y la ejecución, y así será posible lograrlo.

El entusiasmo debe estimularse. Lo mismo con el esfuerzo. No se le debe permitir al niño


entrar al estado de ánimo que dice: «oh, estoy tan cansado de las sumas» o «de historia».
Su entusiasmo debe ser estimulado; que siempre haya una vista agradable frente a él; y el
esmero constante e incansable por el trabajo debe considerarse como honorable, mientras
se desecha la atención dispersa y el esfuerzo intermitente.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

III. El hábito de pensar

Operaciones incluidas al pensar: «un león». El trabajo real del cerebro es conocido entre
los sicólogos con varios nombres y se divide en varias funciones, pero nosotros lo
llamaremos pensar, porque es lo suficientemente exacto para fines educativos; pero, por
«pensar», vamos a querer decir el verdadero esfuerzo consciente de la mente, y no todas
aquellas ideas arbitrarias y sin esfuerzo que pasan por el cerebro. Tomemos el ejemplo
citado por el arzobispo Thompson en su obra Laws of Thought (leyes del pensamiento), el
cual es un ejemplo tan admirable dado por un psicólogo muy capaz, que me atrevo a
citarlo más de una vez, y que dice: «cuando el capitán Head estaba viajando por las
pampas de América del Sur, de repente un día su guía lo detuvo y, señalando hacia el aire,
gritó: «¡un león!». Sorprendido por tal exclamación acompañada de tal acción, levantó los
ojos y, con dificultad, percibió, a una altura inmensurable, cóndores en vuelo circular en
un lugar en particular. Bajo este lugar, muy lejos de su propia vista o de la del guía, yacía
un caballo muerto, y sobre su carcasa se encontraba, como bien sabía el guía, un león, a
quien los cóndores miraban con envidia desde su altura. La señal de los pájaros era para él
lo que la vista del león habría sido para el viajero: una garantía total de su existencia.

He aquí un acto de pensamiento que no le costó nada al pensador, que fue tan fácil para él
como mirar hacia arriba, pero que, para nosotros, no acostumbrados al tema, requeriría
muchos pasos y algo de esfuerzo. La vista de los cóndores lo convenció de que había un
animal muerto o algo similar; pero mientras seguían volando alrededor muy por encima
de él, en lugar de descender a su festín, supuso que alguna bestia los había anticipado.
¿Sería un perro o un chacal? No; los cóndores no habrían temido ahuyentar tales animales,
o compartir con ellos tampoco: debía ser una bestia grande, y como había leones en el
vecindario, concluyó que había uno allí. Y todos esos pasos de pensamiento se resumían
con las palabras «un león».

Este es el tipo de cosas por las que los niños deberían practicar, más o menos, en cada
lección: trazar del efecto a la causa o de la causa del efecto; comparar cosas para descubrir
en qué se parecen y en qué difieren; concluir sobre las causas o las consecuencias de
ciertas premisas.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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IV. El hábito de imaginar

El sentido de lo incongruente. En todas sus clases habrá algo de espacio para un ejercicio
ligero de la facultad de pensar de los niños, algunas más y otras menos, y deberán
alternarse juiciosamente para que después de un esfuerzo mecánico se haga uno más
estrictamente intelectual, y para que el ejercicio placentero de la imaginación sea seguido
por un esfuerzo de la razón. Por cierto, es una pena cuando el sentido de lo descabellado
se cultiva en los libros para niños a expensas de cosas mejores. Alicia en el país de las
maravillas es un delicioso banquete de absurdos, que ninguno de nosotros, viejos o
jóvenes, deberíamos perdernos; pero es dudoso que el niño que lee esa obra, tenga las
imaginaciones encantadoras, la comprensión de lo desconocido que alcanzan cuando leen
«La familia Robinson».
Vale la pena considerar este punto en relación con los libros de regalo de navidad para los
pequeños. Los libros «humorísticos» no cultivan ninguna facultad excepto el sentido de lo
incongruente; y aunque la vida es más divertida cuando se posee tal sentido, cuando se
cultiva en exceso suele mostrarse como un hábito poco serio. Un libro como Diogenes and
the Naughty Boys of Troy [Diógenes y los niños traviesos de Troya] puede ser irresistible,
pero no es el tipo de cosa que los niños vivirán una y otra vez, y a la que «jugarán» por
horas, como lo hemos hecho imitando a Robinson Crusoe encontrando huellas. Deben
tener «libros divertidos», pero no les dé a los niños demasiadas lecturas sin sentido.

Cuentos comunes e historias imaginativas. Las historias, reiteramos, de las vacaciones de


navidad, de George y Lucy, de las diversiones, debilidades y virtudes de los niños en su
vida propia, no dejan nada a la imaginación. Los niños saben tan bien sobre todo eso, que
nunca se les ocurriría jugar a las situaciones de ninguno de esos cuentos, ni menos leerlos
dos veces. Pero los cuentos de la imaginación, las escenas ambientadas en otras tierras y
en otras épocas, las aventuras heroicas, los escapes fortuitos, los deliciosos cuentos de
hadas en los que lo imposible nunca los detiene bruscamente—incluso en donde todo es
imposible y lo saben y, sin embargo, lo creen.

La imaginación y las concepciones de gran magnitud. Lo ya dicho no es solo para que se


diviertan los niños, ya que es posible que la posteridad dé luz a una generación con poca
imaginación y, por ello, menos capaz de concebir grandezas y esfuerzos heroicos, porque
es solo cuando permitimos que una persona o una causa llene todo nuestro escenario
mental que dejamos de ocuparnos de nosotros mismos y somos capaces de acciones de
gran corazón en nombre de dicha persona o causa. Nuestros novelistas dicen que no
queda nada por imaginar; y que, por lo tanto, una descripción realista de las cosas tal
como son es todo lo que está disponible para ellos, pero la imaginación es eminentemente
creativa, a menos que vea, no solo lo que es aparente, sino lo que es concebible y lo que es
poéticamente adecuado en determinadas circunstancias.

La imaginación crece. Pues la imaginación no desciende, ya totalmente formada, a tomar


posesión de una casa vacía, sino como cualquier otra facultad de la mente, es solo el
germen de una capacidad con la cual se inicia, y crece con lo que obtiene; y es la infancia,
la edad de la fe, el momento de alimentarla. Los niños deberían tener el gozo de vivir en
tierras lejanas, en otras personas, en otros tiempos—una grata doble existencia; y dicha
alegría la encontrarán, en su mayor parte, en sus libros de cuentos. Sus lecciones, también,
de historia y de geografía, deberían cultivar sus poderes de concepción mental. Si el niño
no viviera en los tiempos dados en su clase de historia, si no se familiarizara con los
climas que describe su libro de geografía, pues dichas clases no cumplirán su propósito.
Aún en las mejores condiciones de las clases, si el niño no encontrara el camino hacia los
reinos de la fantasía, la galería de imágenes de la imaginación quedará pobremente
habitada.

El pensar viene por la práctica. Más adelante consideraremos cómo se debieran manejar
las diversas lecciones de los niños para inducir hábitos de pensar; pero por el momento
diremos que pensar, igual que escribir o patinar, viene por la práctica. El niño que nunca
ha pensado, nunca piensa, y probablemente nunca pensará; porque ¿acaso no hay
suficientes personas que atraviesan el mundo sin ningún ejercicio deliberado de su propio
ingenio? El niño debe pensar, llegar a la razón de las cosas por sí mismo, todos los días de
su vida, y cada día más que el día anterior. Tanto los niños como los padres tienden a
invertir este proceso educativo. El niño pregunta «¿por qué?» y el padre responde,
bastante orgulloso de esta evidencia de pensamiento en su hijo. Hay una ligera muestra de
especulación incluso al preguntarse «¿por qué?», ​pero se trata del esfuerzo más leve y
superficial que produce el cerebro pensante. Pero que el padre pregunte «¿por qué?» y el
niño produzca la respuesta, si puede. Después de que ha dado vueltas al asunto una y
otra vez en su mente, no tiene nada de malo en darle el por qué—y lo recordará. Cada
caminata debiera ofrecer un problema peliagudo sobre el cual piensen los niños: «¿por
qué esa hoja flota en el agua y esta piedra se hunde?», entre otros.

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V. El hábito de recordar

Recordando y evocando. La memoria es el almacén de cualquier conocimiento que


poseamos; y es gracias a los acopios alojados en la memoria que somos considerados seres
inteligentes. Los niños aprenden para que puedan recordar. Mucho de lo que hemos
aprendido y experimentado en la infancia, y posteriormente, no lo podemos reproducir y,
sin embargo, ha formado la base del conocimiento posterior; las nociones y las opiniones
posteriores surgen de lo que aprendimos y supimos en el pasado. Ese es nuestro capital
acumulado, a partir del cual disfrutamos nuestros intereses, aunque no nos demos cuenta.
Reitero, mucho de lo que hemos aprendido y experimentado no solo se conserva en el
almacén de la memoria, sino que es nuestro capital disponible, el cual podemos
reproducir, recordar cuando queremos. Esta memoria de la cual podemos extraer gracias al
acto de la evocación es nuestra más valiosa dotación.

Una memoria «falsa». Hay un tercer tipo de memoria (falsa), es decir, son los hechos e
ideas que flotan en el cerebro y que aún no forman parte de él, y que se eliminan con un
solo esfuerzo; como cuando un abogado presenta todo su conocimiento de un caso en su
escrito y luego olvida hablar de ello; o cuando el colegial «apiña conocimiento» para un
examen, escribe lo que ha aprendido así, y he aquí, desaparece de su vista para siempre:
como lo dice Ruskin, «apiñan conocimiento para pasar, y no para saber; y sí pasan, y no lo
aprenden». Para el abogado o el médico que así puede desestimar el caso en el que ha
dejado de estar ocupado, para el editor que deja el libro que ha rechazado, esto es algo
bueno; de hecho, este arte de olvidar no está exento de utilidad, pero ¿qué del escolar que
poco ha ganado después de un año de trabajo aparte de un lugar en una lista de clase?

La memoria deja un registro en el tejido cerebral. Es imposible decir aquí algo adecuado
sobre el tema de la memoria; pero tratemos de responder dos o tres preguntas que surgen
sobre la superficie. ¿Cómo es que llegamos a «recordar»? ¿Cómo obtenemos la capacidad
de utilizar hechos recordados, es decir, evocar? Y, ¿en qué condiciones se adquiere el
conocimiento que no aporta al crecimiento del cerebro y de la mente, que no está
disponible para utilizarse, sino que se aloja ligeramente en el cerebro durante un breve
período y luego desaparece de un solo tiro? Nos interesa un invento maravilloso—un
instrumento que registra las palabras habladas y que, por ejemplo, en cien años más, dará
un discurso o una conferencia en las mismas palabras y tonos del hablante. Ese
instrumento es la función del cerebro llamada memoria, por la cual las impresiones
recibidas por el cerebro se registran mecánicamente—al menos, esa es la teoría en términos
bastantes generales que emiten los fisiólogos. Es decir, la mente toma conocimiento de
ciertos hechos, y el tejido nervioso del cerebro registra ese conocimiento.

Condiciones aptas. Ahora, surgen las preguntas: ¿En qué condiciones se hace tal
impresión del hecho o del evento en el tejido cerebral? ¿Es tal registro permanente? ¿Es
capaz el cerebro de recibir un número indefinido de tales impresiones? Al parecer, tanto
por experiencia común como por un número infinito de ejemplos citados por psicólogos,
todo objeto o idea que se considere con atención produce el tipo de impresión en el cerebro
que se dice que lo fija en la memoria. En otras palabras, preste total atención por un
instante a cualquier cosa, y recordará esa cosa. Al describir este efecto, la expresión común
es precisa más de lo que era la intención cuando decimos: «tal vista o sonido o sensación,
me causó una fuerte impresión», y eso es justamente lo que ha sucedido: al detener
la atención sobre cualquier hecho o incidente, y tal hecho o incidente se recuerda; está
impreso, grabado en el tejido cerebral. La deducción es clara: ¿usted quiere que el niño
recuerde? Entonces, consiga toda su atención, que ponga la mirada fija de su mente, por
así decirlo, en el hecho que se desea recordar; entonces lo conseguirá: mediante una
especie de proceso fotográfico (!), el hecho o idea es «tomado» por el cerebro, y cuando sea
un hombre viejo, tal vez, el recuerdo de ello surgirá ante él.

El recuerdo y la ley de la asociación. Pero no basta con que un recuerdo surja por
casualidad; queremos tener el poder de recordar a voluntad, y para ello es necesario algo
más que un acto ocasional de atención que produzca una impresión solitaria. Suponiendo,
por ejemplo, que con una buena enseñanza se asegura la atención del niño hacia el
verbo avoir, él lo recordará; en otras palabras, un crecimiento infinitamente leve de tejido
cerebral registrará y retendrá ese verbo francés. Pero un verbo no es nada; usted quiere que
el niño aprenda francés, y para ello no sólo usted debe lograr que él fije su atención en
cada nueva lección, sino que cada una debe estar ligada de tal manara a la anterior, que le
sea imposible recordar una sin que la otra surja. El efecto físico de tal método parece ser
que cada nuevo crecimiento de tejido cerebral es, por así decirlo, colocado sobre el último;
es decir, para decirlo en sentido figurado, una determinada línea del cerebro puede
concebirse como superpuesta con francés. Así se hace un uso práctico de esa ley de la
asociación de ideas de la cual uno no participaría voluntariamente; pero cuyo descuido
invalida mucha buena enseñanza. El maestro se contenta con producir una impresión
solitaria que sólo se evoca gracias a una sugerencia casual; cuando en su lugar, debería
forjar los eslabones de una cadena para sacar el balde del pozo. Quizás el lector haya leído
al Dr. Pick, u oído hablar de él, quien basó un sistema de mnemotecnia [procedimiento de
asociación mental para facilitar el recuerdo de algo, según la RAE
(https://dle.rae.es/mnemotecnia#PRfWIUG)] realmente filosófico sobre estos dos
principios de la atención y la asociación. Independientemente de lo que pensemos de la
aplicación que él hace de ello, el principio que afirmó es el correcto.

Cada lección debe evocar la última. Que cada lección atraiga toda la atención del niño, y
que cada nueva lección esté tan entrelazada con la última que una evoque la otra
obligatoriamente; y que esa, reiteramos, evoque la anterior, y así sucesivamente hasta
llegar al principio.

No hay límite para el poder de registro del cerebro. No obstante, la mera memoria
verbal, como quien dice: «lo que llega fácil, fácil se va», no sigue las reglas mencionadas.
El niño aprende su ejercicio «de memoria», lo repite como un loro, y he aquí, desaparece;
no queda ningún registro de ello en el cerebro. Por ello, para garantizar que tal registro
ocurra, el tiempo es vital; tiempo para aquella mirada plena de la mente que llamamos la
atención, y también para el crecimiento del tejido cerebral en torno a la nueva idea. En estas
condiciones, parece no haber límite de la cantidad para la capacidad de registrar del
cerebro. Exceptuando esta manera: una niña aprende francés y lo habla bastante bien; pero
para cuando es abuela lo ha olvidado por completo, no se acuerda de ninguna palabra, en
cuyo caso, su francés quedó en desuso; no tuvo el hábito de leer, oír o hablar francés desde
la juventud hasta la ancianidad. Es evidente, por tanto, que, para garantizar el acceso a ese
registro de francés impreso en su cerebro, el camino debería haberse mantenido accesible
a través de frecuentes idas y venidas.

Los vínculos que realizan la asociación son una condición para evocar. Es prácticamente
inútil adquirir algún conocimiento o capacidad, y luego dejar que se oxide en un rincón
descuidado del cerebro. Donde no haya una cadena de asociación para sacar el balde del
pozo, es igual a no haber agua allí. En cuanto a cómo formar estos vínculos, cada
asignatura necesita un método adecuado. Por ejemplo, el niño tiene una lección sobre
Suiza hoy, y una sobre Holanda mañana, y la una está ligada a la otra por el hecho mismo
de que ambos países apenas tienen nada en común; lo que uno tiene, el otro no.
Reiteramos, la asociación será de similitud y no de contraste. En nuestra propia experiencia,
descubrimos que los colores, los lugares, los sonidos, y los olores evocan a personas o
eventos; pero los vínculos de este orden sensorial difícilmente pueden emplearse en
educación. El vínculo entre dos cosas, cualquieras sean, debe encontrarse en la naturaleza
de las cosas asociadas.

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VI. El hábito de la perfecta ejecución


El hábito de entregar un trabajo imperfecto: «Busca la perfección en todo lo que hagas»
es un consejo con el que se puede criar a una familia y recibir grandes ventajas. Los
ingleses, como nación, pensamos demasiado de las personas y muy poco de las cosas, el
trabajo, el desempeño. A nuestros niños se les permite hacer las cifras, o las letras, las
puntadas, la ropa de las muñecas, la pequeña carpintería, de cualquier forma, pensando
que con el tiempo lo harán mejor. Otras naciones—los alemanes y los franceses, por
ejemplo—abordan la cuestión filosóficamente y saben que si los niños adquieren
el hábito de realizar trabajos imperfectos, los hombres y las mujeres indudablemente
mantendrán tal hábito. Recuerdo haber estar encantada con el trabajo de una clase de
unos cuarenta niños, de seis y siete años, en una escuela primaria en Heidelberg. Estaban
realizando una lección de escritura, acompañada de mucha enseñanza oral de parte de un
maestro, que escribía cada palabra en la pizarra. Pronto aparecieron las pizarras, y allí no
observé ni una sola letra defectuosa o irregular en las cuarenta pizarras. El mismo principio
de «perfección» se vio en una reciente exposición de trabajos escolares celebrada en toda
Francia, donde no había ningún trabajo defectuoso, con la excusa del argumento de que
era un trabajo de niños.

Un niño debiera desempeñar su trabajo a la perfección. No se debiera dar ningún trabajo


a un niño que él no pueda ejecutar a la perfección, y a partir de allí, se le debe exigir
perfección como algo natural. Por ejemplo, se le pide que copie unos trazos, y se le
permite llenar una pizarra completa con todo tipo de curvas y espacios irregulares; su
sentido moral se ha viciado, su ojo ha sido herido. Pero pídale que copie seis trazos, en vez
de una pizarra completa, seis trazos perfectos, con distancias y declives regulares. Si
produce un par defectuoso, pídale que señale la falla y persevere hasta que haya realizado
su tarea; si no lo hace hoy, que siga mañana y el día siguiente, y cuando aparezcan los seis
trazos perfectos, que sea una ocasión de triunfo. Lo mismo con las pequeñas tareas de
pintar, dibujar o construir que él mismo se propone, que todo lo que haga esté bien hecho.
Un castillo inestable de naipes es algo de lo cual avergonzarse. Estrechamente relacionado
con este hábito del ‘trabajo bien hecho’, es el de terminar todo lo que se tiene entre manos.
Rara vez se debe permitir que el niño ponga su mano en un nuevo trabajo hasta que haya
terminado el último.

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VII. Algunos hábitos morales: obediencia

Es decepcionante que debamos abordar de una manera ligera e inadecuada aquellos


hábitos morales que la madre debe, por obligación a sus hijos, cultivar en ellos, pero lo
crucial que se debe tener en cuenta es que todo lo que ya se ha dicho sobre el cultivo
del hábito se aplica con la mayor fuerza posible a todos y a cada uno de los hábitos.
El deber cabal de un niño. En primer lugar, e infinitamente de primera importancia, es el
hábito de la obediencia. De hecho, la obediencia es el deber cabal del niño, y por esta razón,
todos los demás deberes del niño se cumplen en la obediencia a los padres. Aún más: la
obediencia es el deber cabal del hombre; es decir, obediencia a la conciencia, a la ley, a la
dirección divina.

Hemos escuchado que cada una de las tres tentaciones registradas de nuestro Señor en el
desierto indica no un acto de pecado manifiesto, sino un acto de obstinación, aquel estado
directamente opuesto a la obediencia, y del cual brota toda esa necedad que está ligada al
corazón de un niño.

La obediencia no es un deber accidental. Ahora bien, si los padres se dieran cuenta de


que la obediencia no es un mero deber accidental, cuyo cumplimiento es un asunto entre
ellos y el niño, sino que ellos son los agentes designados para instruir al niño en aquella
obediencia inteligente del ser humano que se impone a sí mismo su propia voluntad y que
respeta las leyes, verán que no tienen derecho a renunciar a la obediencia de su hijo, y que
todo acto de desobediencia del hijo es una condenación directa de los padres. También
verán que el motivo de la obediencia del niño no es el motivo arbitrario de «hagan esto o
aquello, porque lo digo yo», sino el motivo del mandamiento apostólico, «hijos, obedeced
en el señor a vuestros padres, porque esto es lo correcto». [Efesios 6:1 Nueva Traducción
Viviente]

Los niños deben tener el deseo de obedecer. Es sólo en la medida que la voluntad del
niño está presente en el acto de obediencia, y obedece porque su sentido de lo correcto lo
hace desear obedecer a pesar de las tentaciones de desobediencia— no por obligación sino
de buena gana— que se ha formado el hábito que, en lo sucesivo, permitirá al niño usar la
fuerza de su voluntad contra sus inclinaciones cuando éstas lo inciten a tomar un camino
incorrecto. Se dice que los hijos de padres que son más estrictos a la hora de exigir
obediencia suelen terminar mal; y que los huérfanos y otros pobres niños abandonados
que han sido criados bajo una estricta disciplina solo esperan la oportunidad para hacer lo
que quieran. Y así es exactamente, porque, en esos casos, no hay un entrenamiento
gradual del niño en el hábito de la obediencia; no existe ningún llamamiento gradual de
su voluntad a unirse a un dulce servicio ni un ofrecimiento voluntario de sumisión a la ley
más sublime; por el contrario, a los pobres niños simplemente se les intimida para que se
sometan a la voluntad, más bien, a la obstinación, de otra persona; y para nada, «porque
es lo correcto», sino solo porque es conveniente.

Espere obediencia. El deber más sagrado de la madre es instruir a su bebé en la


obediencia instantánea, lo cual no es una tarea difícil, ya que el niño todavía está
«arrastrando nubes de la gloria…de Dios, que es su hogar»; el principio de la obediencia
está dentro de él, esperando ser llamado para ejercitarse. No es necesario ayudarlo a
decidir, ni amenazarlo, ni utilizar ningún tipo de violencia, porque los padres
están investidos de una autoridad que el niño reconoce intuitivamente. Es suficiente decir,
«haz esto», en un tono tranquilo y autoritario, y esperar que se haga. La madre suele perder
la influencia sobre sus hijos porque detectan en el tono de su voz que ella no espera que
obedezcan sus órdenes; ella no considera con seriedad su puesto; no tiene suficiente
confianza en su propia autoridad. La gran fortaleza de la madre es el hábito de la
obediencia. Si ella comenzara exigiendo que sus hijos siempre la obedezcan, pues, siempre
lo harán como algo natural; pero basta que una vez logren lo contrario, que descubran que
pueden hacer otra cosa en vez de obedecer, y comenzará una desesperada lucha, que
comúnmente termina en los niños haciendo lo que es correcto en su propia opinión.

Este es el tipo de situación fatal: los niños están en el salón y se anuncia la llegada de
alguien. «Suban las escaleras ahora». «Oh, madre querida, déjanos quedarnos en la
esquina de la habitación, ¡estaremos tan tranquilos como unos ratones!» La madre se
siente casi orgullosa de los bonitos modales de sus hijos, y los deja quedarse. Por
supuesto, no se quedan tranquilos; pero ese es el menor de los males; han logrado hacer lo
que querían y no lo que se les pidió, y no volverán a poner el cuello bajo el yugo sin
entablar una lucha. Es en los asuntos de poca importancia donde una madre pierde.
«¡Hora de dormir, Guillermito!» «Oh, mamá, solo déjame terminar esto»; y la madre cede,
olvidando que el caso a la mano no tiene importancia; lo que importa es que el niño
debiera estar confirmando diariamente el hábito de la obediencia mediante la repetición
ininterrumpida de actos de obediencia. Es asombroso lo inteligente que es el niño para
encontrar formas de evadir el espíritu mientras obedece la letra. «María, ven». «Sí,
mamá»; pero la madre llama cuatro veces antes de que llegue María. «Guarda los
juguetes»; y dedos lentos y reacios guardan los juguetes. «Siempre debes lavarte las manos
cuando escuches el primer timbre». El niño obedece por esta vez, pero no lo hace más.

Para evitar estas demostraciones de obstinación, la madre deberá insistir desde el


principio en una obediencia que es pronta, alegre y duradera—salvo por lapsus de la
memoria en el niño. Casi no vale la pena la obediencia tardía, de malas ganas y ocasional;
y es mucho más fácil darle al niño el hábito de la obediencia perfecta al no permitirle
nunca nada más, que lograr esta mera obediencia formal gracias a un constante ejercicio
de la autoridad. Pronto, y cuando tenga la edad suficiente, haga una confidencia en el niño
y dígale cuán noble es que pueda obligarse a hacer algo, en un minuto y con alegría,
aquello justamente que preferiría no hacer. Para lograr este hábito de obediencia, la madre
debe ejercer un gran dominio de sí misma; nunca debe dar una orden que no tenga la
intención de ver realizada en su totalidad; tampoco debe ella imponer sobre sus hijos
cargas penosas de llevar, dando órdenes infinitamente.

La ley garantiza la libertad. A los niños que han sido educados en la obediencia perfecta
se les puede dar una gran cantidad de libertad: reciben algunas instrucciones que saben
que no deben desobedecer; y por lo demás, se les permite aprender a dirigir sus propias
acciones, incluso a costa de pequeños errores; y no son importunados con la perpetua
repetición de «¡haz esto!» y «¡no hagas eso!»

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VIII. La veracidad
No necesitamos decir nada sobre el deber de la veracidad; pero la instrucción del niño en
el hábito de la veracidad estricta es otro asunto que requiere una atención y
escrupulosidad delicadas por parte de la madre.

Tres causas de la mentira—todas viciosas. El vicio de la mentira surge de tres causas:


descuido en comprobar la verdad, descuido en establecer la verdad y una intención
deliberada de engañar. Que los tres son viciosos, es evidente por el hecho de que el
carácter de un hombre puede arruinarse por lo que no es más que un error descuidado
por parte de otro: el hablante repite un comentario perjudicial sin tomarse la molestia de
examinarlo cuidadosamente; o repite lo que ha escuchado o visto con tan poca atención
por decir la verdad que su declaración no llega a ser mejor que una mentira.

Solo una es la causa de problemas para los niños. Ahora, de las tres, solo la tercera se
aborda severamente con el niño; a la primera y a la segunda se les permite la entrada. Él
dice que ha visto «muchos» perros moteados en la ciudad, pero realmente ha visto dos;
dice que «todos los chicos» están coleccionando escudos, pero él conoce solo a tres que lo
están haciendo; dice que «todo el mundo» piensa que Jones es «un soplón», pero el hecho
es que solo se lo escuchó decir a Brown. Estas desviaciones de la veracidad estricta se dan
en cuestiones de tan poca importancia que la madre tiende a dejarlas pasar como «cosas
de niños», pero, de hecho, cada lapsus de este tipo es perjudicial para el sentido de la
veracidad del niño, una cuchilla que fácilmente pierde la agudeza de su filo.

La exactitud de los enunciados. La madre que instruye a su hijo en la exactitud estricta de


los enunciados sobre cosas pequeñas y grandes lo fortalece contra las tentaciones de caer
en las formas más absolutas de la mentira; él no exagerará sin más una historia para su
propio beneficio, no suprimirá hechos, ni dará ideas erróneas sobre algo, cuando el
enunciado de un simple hecho se ha convertido en un hábito vinculante, y cuando no se le
ha permitido formar el hábito vicioso contrario de ser descuidado con las palabras.

La exageración y los adornos absurdos. Dos formas de evasión, muy tentadoras para el
niño, requieren gran vigilancia por parte de la madre, que son exagerar y adornar una
historia con absurdos. Por muy graciosa que pueda ser una circunstancia que describe el
niño, la madre implacable debe despojar la historia de todo lo que no sea la verdad
desnuda, ya que sabemos que la reputación de burlón y mentiroso se consigue caramente
a cambio de la pérdida de esa dignidad de carácter, en el niño o el hombre, que acompaña
al hábito de la veracidad estricta; pero felizmente, es posible ser gracioso sin sacrificar la
verdad.

Reverencia, etc. En cuanto a la reverencia, la consideración por los demás, el respeto por las
personas y la propiedad, sólo puedo insistir en la importancia de un cultivo diligente de
estas cualidades morales—las marcas distintivas de una naturaleza refinada—hasta que se
conviertan en los hábitos diarios de la vida del niño; especialmente porque el
temperamento creído, agresivo y egoísta es demasiado característico de los tiempos en
que vivimos.
El temperamento—nace con el niño. Sin embargo, estoy ansiosa por decir algunas
palabras sobre el hábito del temperamento dulce. Es muy habitual considerar el
temperamento como parte de la naturaleza propia de una persona, aquello con lo que se
nace y que no se ayuda ni se obstaculiza. «Oh, es una niña de tan buen temperamento,
¡nada la molesta!» «Oh, tiene el temperamento de su padre; lo mínimo que lo contraría le
provoca unos enojos», son el tipo de comentarios que escuchamos constantemente.

No es temperamento, sino tendencias. Sin duda es cierto que los hijos heredan cierta
tendencia a la irascibilidad o la amabilidad, a la irritabilidad, el descontento, el malhumor,
la aspereza, la murmuración y la impaciencia; o a la alegría, la confianza, el buen humor,
la paciencia y la humildad. También es cierto que de la preponderancia de cualquiera de
estas cualidades—es decir, del temperamento—depende la felicidad o la miseria del niño y
del hombre, así como la comodidad o la miseria de las personas que viven con él. Todos
conocemos personas íntegras y de muchas virtudes excelentes que se vuelve intolerable
estar con ellas. La raíz del mal no es que estas personas hayan nacido malhumoradas,
hoscas o envidiosas (eso podría haberse mejorado), sino que se les permitió crecer en estas
disposiciones. En estos casos, más que en otros, el poder del hábito es de un valor
incalculable: corresponde a los padres corregir la desviación original, más aún si es de
ellos que el niño lo obtuvo, y enviar a su hijo al mundo bendecido con un temperamento
uniforme y feliz, inclinado a ver siempre lo mejor de las cosas, a mirar el lado bueno, a
imputar los mejores y más amables motivos a los demás, y a no hacer afirmaciones
extravagantes por cuenta propia—fuente fértil del mal genio. Todo esto, dado que el niño
nace solo con ciertas tendencias.

Los padres deben corregir las tendencias con un nuevo hábito de temperamento. Es
gracias a la fuerza del hábito que una tendencia se convierte en temperamento; y
corresponde a la madre impedir que se forme el mal genio, y forzar el buen carácter.
Tampoco es difícil hacer esto cuando el rostro del niño es como un libro abierto para su
madre, y ella lee los pensamientos de su corazón antes que él mismo se dé cuenta de ellos.
Recordando que cada pensamiento envidioso, murmurador y descontento deja un rastro
en el tejido mismo del cerebro del niño para que tales pensamientos pasen por allí una y
otra vez—y que ese riel, esa huella, por así decirlo, se ensancha y profundiza
constantemente con el tráfico de pensamientos desagradables—la madre pone atención en
obstaculizar desde el principio la formación de tales huellas. Ella mira en el alma de su
hijo, y ve el mal genio en el acto de levantarse: he ahí su oportunidad de acción.

Cambie los pensamientos del niño. Que la madre cambie los pensamientos del niño antes de
que el mal genio tenga tiempo de convertirse en un sentimiento consciente, y mucho
menos en una acción: sáquelo al aire libre, envíelo a buscar o llevar algo, dígale o
muéstrele algo de interés—en una palabra, dele algo diferente en qué pensar; pero todo de
forma natural, y sin que el niño perciba que se le está instruyendo. Así como todo ataque
de mal humor deja lugar disponible en la mente del niño para otro ataque de mal humor,
así cada uno de esos ataques evitados gracias al tacto de la madre tiende a borrar las
huellas malignas de los temperamentos hoscos pasados. Al mismo tiempo, la madre se
encarga de trazar una ruta para el paso libre de todo pensamiento y sentimiento dulce y
afable.
He estado ofreciendo sugerencias, no para un curso de formación intelectual y moral, sino
sólo para la formación de ciertos hábitos que deberían ser, por así decirlo, las
manifestaciones del carácter. Con este limitado programa, no he mencionado muchos
asuntos tan importantes como los que se abordaron, pero ante tantísima riqueza, ha sido
necesario adoptar un principio de selección; y he pensado que sería bueno abordar
asuntos que no me parecen depender por completo en padres educados, sino sobre
aquellos asuntos que toda persona reflexiva reconoce que puede ejercer una influencia.

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Parte V. Las lecciones como instrumento educativo

I. Sobre el contenido y el método de las lecciones

Me parece que vivimos en una era de la pedagogía; que quienes formamos parte de la
profesión docente tendemos a responsabilizarnos por demasiadas cosas, y que los padres
están dispuestos a ceder a otros la responsabilidad de la dirección, así como de la
instrucción real, más de lo que es saludable para los hijos.

Los padres deben reflexionar en el programa de instrucción. Me gustaría llamar la


atención a un tema que los padres están acostumbrados a dejar en manos del maestro de
escuela o de la institutriz [es decir, la persona contratada para educar en el hogar] cuando
no instruyen ellos mismos a sus hijos: me refiero a la elección de las asignaturas de la
instrucción, y las formas en que se manejan dichas asignaturas. Los maestros son las
personas que, más que los demás, se han dedicado a considerar lo que un niño debe
aprender y cómo debe aprenderlo; pero los padres también deberían pensar en este tema,
e incluso cuando no profesan ellos mismos enseñar a sus hijos, deberían contar con
opiniones propias cuidadosamente formadas sobre el tema y el método que se usará en su
educación intelectual, tanto para favorecer al docente como a los niños. No hay nada que
aporte más vitalidad y propósito al trabajo del maestro que la certeza de que los padres de
sus alumnos le acompañan en su profesión.

Incluso cuando los niños asisten a escuelas cuyos docentes son personas calificadas para
tal efecto, cuando los padres y las madres cuentan con cierto conocimiento del trabajo
docente pueden impedir que el maestro caiga en rutinas de la profesión, como es, por
ejemplo, valorar una aptitud en alguna materia por el valor que tiene en sí misma, y no en
cuanto afecta a los niños. Pero en el comienzo de la educación escolar en casa [cuando en
Inglaterra los niños se educaban normalmente en el hogar desde los 6 hasta los 9 años], es
una afrenta dejar a la joven institutriz con escasas calificaciones fuera de su francés o
alemán nativo, o un inglés pobre, para que diseñe un plan escolar para ella y sus alumnos.
Que los niños pierdan el tiempo es el menor de los males que se acumulan ya que lo peor
es que están formando hábitos inservibles contra el esfuerzo intelectual; y cuando llegue el
momento de ir a la escuela, no comprenderán las lecciones, el trabajo por hacer se les
escapa de los dedos, y sus capacidades de resistencia pasiva desconciertan a los maestros
más esforzados.

El hogar, el mejor lugar para el crecimiento de los niños pequeños. Lo mismo se aplica
al Kindergarten o cualquier otra escuela para los más pequeños: la escuela en el hogar es
siempre el mejor lugar para su crecimiento. Sería indudablemente así en el caso de la
madre que tiene la libertad de dedicarse a la instrucción de sus hijos; pero rara vez es libre
para hacerlo. Si vive en una ciudad, puede enviarlos a la escuela cuando tengan seis años;
si está en el campo, debe contar con una institutriz; y la dificultad radica en encontrar una
mujer que no sólo esté familiarizada con las materias que se propone enseñar, sino
también que comprenda en cierta medida tanto la naturaleza del niño como el arte de
enseñar y las metas educativas; una mujer que sea capaz de sacar el máximo partido a los
niños sin malgastar en cuanto a aptitudes ni a tiempo. No es frecuente que tal
extraordinaria persona llegue en respuesta a un anuncio; y, a falta de una maestra
capacitada, la madre se ve obligada a instruir a la institutriz, es decir, puede complementar
con sus propios aportes el escaso conocimiento y experiencia de la joven maestra, por
ejemplo: ‘Me gustaría que a los niños se les enseñe a leer, así y así, porque…’; o, ‘que
aprendan historia de tal manera que las lecciones puedan tenga tal o cual efecto’. Una
media hora de conversación de este tipo con una institutriz sensata avalará un mes
completo de trabajo para los niños, tan bien dirigido que mucho se hace en poco tiempo, y
se garantiza el mayor margen posible para el juego y el ejercicio al aire libre.

Tres preguntas para la madre. Si queremos que la madre inculque sus puntos de vista en
la institutriz sobre la enseñanza de la escritura, idioma extranjero, geografía, la madre
misma debe poseer puntos de vista definidos; y debe preguntarse seriamente: ¿por
qué deben aprender los niños? ¿Qué deberían aprender? Y, ¿cómo deberían aprenderlo? Si
ella se toma la molestia de encontrar una respuesta definitiva y reflexiva a cada una de
estas tres preguntas, estará en condiciones de dirigir los estudios de sus hijos; y, al mismo
tiempo, se descubrirá con sorpresa que las tres cuartas partes del tiempo y el trabajo que
normalmente dedica el niño a sus lecciones es tiempo perdido y energía desperdiciada. 1

Los niños aprenden para crecer. ¿Por qué debe aprender el niño? ¿Por qué comemos?
¿No es para que el cuerpo viva y crezca y pueda cumplir sus funciones? Precisamente así
debe sostenerse y desarrollarse la mente mediante el alimento que le conviene, el pábulo
mental del conocimiento asimilado. Una vez más, el cuerpo se desarrolla no sólo por
medio de un sustento adecuado, sino por el ejercicio apropiado de cada uno de sus
miembros. Una joven madre me comentó el otro día que antes de su matrimonio tenía
unos brazos tan delgados que nunca le gustaba exhibirlos; pero un bebé fuerte de cinco
meses la había curado de eso porque al poder moverlo y levantarlo con facilidad, ahora no
le daba pudor mostrar unos brazos bien formados. De igual forma, así como las
extremidades físicas se fortalecen con el ejercicio, así también una determinada capacidad
mental se hace efectiva gracias al esfuerzo intelectual ejercido sobre ella. La gente tiende a
pasar por alto el hecho de que la mente debe alimentarse—aprendemos para saber, y no
para crecer; de allí proviene la repetición de las lecciones como un loro, la adquisición y
acumulación de hechos mal digeridos para los exámenes, y todas aquellas formas de
adquirir conocimiento que la mente no asimila.

Alteración del material del saber. Los especialistas, por otra parte, tienden a conceder
demasiada importancia al variado ejercicio de las “facultades” mentales. Nos encontramos
con libros de enseñanza que contienen lecciones preparadas en gran detalle, en las que se
asigna cierto trabajo a las facultades de análisis, otro trabajo a la imaginación, al juicio, etc.
No obstante, la doctrina de las facultades, la cual se basa en una falsa analogía entre la
mente y el cuerpo, va en camino al limbo donde los ‘baches’ en el camino de la frenología
[el estudio del tamaño y forma de la cabeza para descubrir sobre el carácter y habilidades
de la persona] hoy descansan en paz. La mente parece en realidad ser un todo indivisible
y estar dotada de múltiples poderes; y el tipo de alteración del material del saber ya
mencionado es innecesario para el niño sano, cuya mente es capaz de dirigirse a sí misma,
y de dedicarse al trabajo que le es propio en torno a la porción de conocimiento que se
entregue. Casi todos los temas que el sentido común dice que son adecuados para la
instrucción de los niños permitirán el ejercicio de todas sus facultades, si se presenta
adecuadamente.

Los niños aprenden para obtener ideas. El niño debe aprender, en segundo lugar, para
que se siembren ideas libremente en la tierra fértil de su mente. El diccionario define idea
como ‘la imagen o el cuadro que la mente forma de toda cosa externa, ya sea a partir de
los sentidos o espiritual’; por lo tanto, si la tarea de la enseñanza es proporcionar ideas al
niño, toda enseñanza que no le dé posesión de una nueva imagen mental, por tal razón no
ha cumplido su objetivo. Piense ahora en la apatía que a menudo se ve en los niños a
duras penas realizando lecturas, las tablas, la geografía y las sumas, y verá cuán poco
común es que alguna parte de una lección sea lo suficientemente vívida como para dejar
en ellos una imagen mental. No exageramos al decir que una mañana en la que un niño no
ha recibido ninguna idea nueva es una mañana perdida, por muy cercano a sus libros que
se haya mantenido al pequeño estudiante.

Las ideas crecen y se reproducen según su tipo. A mí me parece que el diccionario no


logra llegar a la verdad en su definición del término ‘idea’. Una idea es más que una
imagen o un cuadro; es, por así decirlo, un germen espiritual dotado de fuerza vital, y que
tiene el poder de crecer y producir según su especie. De hecho, la naturaleza misma de las
ideas es crecer: así como el germen vegetal secreta lo necesario para vivir, de la misma
forma, basta implantar una idea en la mente infantil, para que secrete su propio alimento,
crezca y dé fruto en forma de una sucesión de ideas afines. Sabemos por nuestra propia
experiencia que, si fijamos nuestra atención en algún personaje público, o en alguna teoría
sorprendente, durante varios días después vamos a estar continuamente escuchando o
leyendo alguna cosa que se relacione con este tema, como si todo el mundo estuviera
pensando en lo que ocupa nuestros pensamientos. Esto sucede porque la nueva idea que
hemos recibido está en proceso de crecimiento, y está buscando su alimento apropiado.
Este proceso de alimentación prosigue con peculiar avidez en la niñez, y el crecimiento de
una idea en el niño es relativamente rápido.
Scott y Stephenson trabajaron con ideas. Scott tuvo una idea, todo un conjunto de ideas,
de los cuentos y baladas de Border, el folclore del campo, del que se nutrió su infancia: sus
ideas crecieron y se desarrollaron, y las novelas de Waverley son el fruto que produjeron.
George Stephenson hizo pequeñas locomotoras de arcilla con su compañero de juegos,
Thomas Tholoway; y cuando fue maquinista, siempre estaba mirando su motor,
limpiándolo, estudiándolo; un motor era su idea dominante, y se convirtió en nada menos
que la locomotora.

El valor de las ideas dominantes. Pero ¿cómo influye en la educación del niño esta teoría
del carácter vital y fecundo de las ideas? Así: dé a un niño una sola idea valiosa y habrá
hecho más a favor de su educación que si hubiera puesto sobre su mente la carga de un
tonel de información; porque el niño que crece con algunas ideas dominantes tiene
garantizada su autoeducación, y su camino profesional ya trazado.

Las lecciones deben suministrar ideas. Para que una idea pueda ser recibida, la mente
debe estar en una actitud de completa atención, y ya hemos abordado cómo lograr ese
estado mental. Otra cosa: una sola idea puede ser una posesión tan preciosa en sí misma,
tan fructífera, que los padres no pueden permitir con toda razón que la selección de las
ideas para el niño sea una cuestión dejada al azar; por el contrario, son sus lecciones las que
debieran proporcionarle aquellas ideas que lo encaminarán en su educación posterior.

Los niños aprenden para adquirir conocimiento. Pero el objetivo de que el niño aprenda
no radica solo en garantizar el debido crecimiento intelectual y suministrar ideas a la
mente, sino también es verdad la noción común de aprender con el fin de adquirir
conocimiento, tanto así que no hay conocimiento más valioso que el adquirido en la
infancia, ningún conocimiento adquirido más tarde queda tan claramente registrado en el
cerebro, ni es tan útil en tanto base del conocimiento por venir. Al mismo tiempo, la
capacidad de conocimiento del niño es muy limitada; su mente es, a este respecto al
menos, solo un pequeño frasco con un estrecho cuello; y, por lo tanto, les corresponde a
los padres o al maestro verter en él solo lo mejor.

Conocimiento diluido. Pero, pobres niños, con demasiada frecuencia sus mejores amigos
los decepcionan en cuanto al conocimiento que les entregan; las personas adultas que no
son madres, en sus esfuerzos por acercarse a la mente infantil, hablan y piensan de una
manera mucho más infantil que el niño. Si un niño habla soserías, es porque sus mayores
tienen la costumbre de hablarle soserías; déjelo solo, y sus comentarios son sabios y
sensatos en proporción a la guía que recibe de su pequeña experiencia. Las madres rara
vez hablan a sus hijos como si ellos fueran menos inteligentes, porque conocen demasiado
íntimamente a los pequeños y, por lo tanto, tienen demasiado respeto por ellos: pero los
maestros profesionales, ya sean los escritores de libros o los que imparten lecciones,
tienden demasiado a dar un solo grano de conocimiento puro dentro de todo un galón de
oratoria, obligando al niño a esforzarse por discernir el grano y de extraerlo del torrente
pueril.

El conocimiento del Dr. Arnold en su niñez. En general, los niños que crecen con sus
mayores y que no acceden a lo que se conoce como libros infantiles, ganan más en cuanto
a lo que pueden obtener por sí mismos de la literatura de los adultos. Así se cuenta del Dr.
Arnold, que cuando tenía tres años recibió como regalo de su padre «Historia de
Inglaterra» de Smollett como recompensa por la precisión con la que relató las historias
relacionadas con las descripciones y las imágenes de los sucesivos reinados—una
diversión que probablemente sentó las bases de el gran amor por la historia que lo
distinguiera más adelante en su vida. Cuando ocupaba la cátedra de profesor en Oxford,
se cuenta que citaba Lectures on History del Dr. Priestley—citas verbalmente exactas,
creemos así, porque ese era el hábito de su mente; además, un niño no tiene mucha
habilidad para reformular un asunto—y eso, aunque no había tenido el libro en sus manos
desde que tenía ocho años. Sin duda había sido un niño excepcional; y lo único que
propugno es que, si sus lecturas hubieran sido el tipo de sosería diluida que comúnmente
se les da a los niños, habría sido imposible para él citar pasajes después de una semana,
mucho menos unos veinte años, de haberlos leído.

Literatura adecuada para niños. Dicho tipo de literatura débil para los niños, tanto en los
cuentos como en los libros escolares, es el resultado de un proceso reaccionario. No hace
mucho, la impresión en boga era que los niños comprendían poco, pero tenían una
memoria prodigiosa para datos; que las fechas, los números, las reglas, los catecismos de
conocimiento, mucha información en pequeñas porciones, se suponía que era el material
adecuado para la educación infantil. Hemos cambiado todo eso, y hemos puesto en las
manos de los niños libros de lecciones con bonitos dibujos y lenguaje fácil, casi tan lindos
como los libros de cuentos; pero no nos damos cuenta de que, después de todo, les
estamos dando las mismas pequeñas píldoras de conocimiento en la forma de un
diluyente débil y copioso. Los maestros, e incluso los padres, que están lo suficientemente
atentos a la dieta de sus hijos, son tan imprudente en cuanto al tipo de alimento mental
que se les da, que estoy sumamente ansiosa de que consideremos este asunto sobre las
lecciones y la literatura propia para los pequeños.

Cuatro filtros para las clases para niños. Vemos, por tanto, que las lecciones de los niños
debieran proporcionar el material necesario para su crecimiento mental, debieran ejercitar
las diversas facultades mentales, debieran suministrarles ideas fructíferas, y
proporcionarles conocimiento, realmente valioso por sí mismo, preciso, e interesante, del
tipo que el niño pueda recordar como un hombre con provecho y placer. Antes de medir
con estos filtros las diversas asignaturas en las que se instruye habitualmente a los niños,
me gustaría reiterar dos o tres puntos que me he esforzado por establecer en las páginas
anteriores:

Resumen de los seis puntos ya considerados:

(a) Que el conocimiento más valioso para el niño es el que obtiene con sus propios ojos,
oídos y dedos (con una guía externa) al aire libre.

(b) Que no se debe permitir que las obligaciones de la sala de clases usurpen el derecho
del niño a pasar largas horas al día dedicadas al ejercicio y a la investigación.

(c) Que se debe llevar al niño todos los días, si fuera posible, a paisajes como un páramo o
una pradera, un parque, o al mar, donde pueda encontrar cosas nuevas para examinar, y
así aumente su reserva de conocimiento real. Que la observación del niño debiera llevarse
a una flor o un peñasco, un pájaro o un árbol; que, de hecho, él mismo debiera reunir la
información común que es la base del conocimiento científico.

(d) Que el juego, vigoroso y saludable, es, a su vez, tan importante tanto como lo son las
lecciones, en lo que respecta tanto a la salud corporal como a la capacidad intelectual.

(e) Que, aunque esté siendo supervisado, se debe dejar mucho solo al niño, tanto para que
pueda trabajar a su manera en las ideas que reciba, como para que esté más abierto a las
influencias naturales.

(f) Que la felicidad del niño es la condición para que progrese; por tanto, que sus lecciones
deben ser alegres y que deben evitarse las ocasiones de fricción en el aula.

A la vista de tales premisas, consideremos ahora lo que el niño debe aprender y cómo se le
debe enseñar.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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II. El Kindergarten en tanto lugar de aprendizaje

La madre, la mejor «jardinera» del Jardín infantil. No es realmente necesario discutir


aquí los méritos del Kindergarten [del alemán, «jardín de niños»; y que usualmente se
conoce también como: jardín de infantes, jardín infantil, o educación inicial, entre otros]
pero el éxito de tal escuela depende de unas cualidades poco comunes de quien enseña,
tales como: un elevado cultivo personal, algo de conocimiento de psicología y del arte de
la educación; una intensa simpatía por los niños, mucho tacto, mucho sentido común,
mucha información del saber común, de naturaleza muy alegre y con amplia capacidad
para gobernar. En suma, el método del Kindergarten está muy bien diseñado para que el
niño entre en relación con una inteligencia superior. El jardín infantil es hermoso al contar
con un ser tan excelente a la cabeza, ‘como un pequeño cielo en la tierra’; pero ponga a
una mujer común y corriente a cargo de esta escuela, y todos los dones, las ocupaciones y
los juegos bellamente diseñados se convierten en instrumentos educativos rígidos. Si la
esencia misma del método del kindergarten es la influencia que ejerce una persona, una
especie de magnetismo espiritual, la conclusión natural es que la madre es de por sí la
mejor encargada del jardín infantil; porque ¿quién más que ella tiene tanto tacto, simpatía,
sentido común, y el cultivo personal que son necesarios?

Por tanto, la guardería del hogar no tiene por qué ser un Kindergarten. Aunque toda
madre debiera ser una jardinera [maestra del Kindergarten], en el sentido que Froebel
aplica al término, eso no quiere decir que toda guardería deba ser
un Kindergarten organizado y regulado como tal. De hecho, la maquinaria del jardín
infantil no es más que un dispositivo que permite asegurar el cumplimiento de
ciertos principios educativos, y algunos de éstos corresponde a la madre abordar y trabajar
de acuerdo con los métodos de Froebel, o los de ella misma. Por ejemplo, en el jardín
infantil los sentidos del niño se entrenan cuidadosa y progresivamente: él mira, escucha,
aprende con el tacto; obtiene ideas sobre tamaños, colores, formas, números; se le enseña a
copiar fielmente, y a expresarse con precisión. En esta capacitación de los sentidos, el niño
sigue el método que el infante ha configurado por sí mismo en sus primeros estudios de la
pelota o del aro.

Un campo de conocimientos demasiado circunscrito. Es posible, no obstante, que se dé


poco valor al maravilloso poder que tiene el niño de obtener conocimiento por medio de
sus sentidos; que el campo de estudio pueda estar demasiado limitado; y que, durante los
primeros seis o siete años en los que pudo haberse familiarizado íntimamente con las
propiedades y la historia de todos los objetos naturales a su alcance, haya obtenido
ideas exactas, es verdad—que pueda distinguir un rombo de un pentágono, un color
primario de un color secundario, haya aprendido con total certeza que puede copiar los
dobleces de un papel o un tejido en fibra—pero que esto haya ocurrido a expensas de gran
parte de aquel conocimiento real del mundo externo que solo en este momento de su vida
está tan capacitado para adquirir. Por lo tanto, a pesar de que la formación exacta bien
graduada del jardín infantil puede ser valiosa, la madre se esforzará por entregarla en
forma accesoria, y sin que de ninguna manera reemplace la formación más cabal de los
sentidos, la cual es un deber primordial de ella hacia sus hijos.

Reitero que las tareas que el niño en Kindergarten debe realizar son solo aquellas que él
está capacitado para hacer, a la perfección. He visto a un niño de cuatro años avergonzarse
y parecer que se condenara a sí mismo, porque había doblado un trozo de papel de
manera irregular, como si se le hubiera atrapado mintiendo. Pero la madre o la cuidadora
de la guardería se asegurará de que las pequeñas responsabilidades del niño se ejecuten a
la perfección, y, poniendo atención en este importante aspecto: sin esa tensión sutil que
surge de la ansiedad angustiosa que se observa en los niños que trabajan para complacer a
ese sonriente ser divino que es su maestra del jardín.

Entrenamiento del ojo exacto y la mano fidedigna. Las ‘actividades’ del Kindergarten son
oportunidades para instruir en este tipo de fidelidad; pero en el hogar se dan mil
oportunidades de este tipo; aunque sólo sea en nimiedades como enderezar un mantel o
un cuadro, colgar una toalla, envolver un paquete; la madre reflexiva inventará múltiples
formas de educar a sus hijos en el ojo exacto y la mano fidedigna. No obstante, como una
forma de instruir metódicamente y de pasar el tiempo felizmente, se puede introducir
algunos de los juegos y ocupaciones del jardín infantil en la guardería del hogar, siempre
que la madre no dependa de ellos, sino que haga que todas las ocupaciones del niño sirvan
para el propósito de su educación.

‘Dulzura y luz’ en el Kindergarten. El niño respira una atmósfera de ‘dulzura y luz’ en el


jardín infantil. Se ve al pequeño fortachón de cinco años que yergue la espalda y se niega a
ser un sapo saltarín, y la maestra del jardín se acerca con una serena gentileza, lo toma de
la mano y lo saca del círculo—no se le trata como un malhechor, sino que al elegir no
hacer lo que hacen los demás, ya no puede estar allí: la próxima vez, estará bien contento
de ser un sapo. He ahí el principio de la disciplina para la guardería, igualmente: no trate
con demasiada seriedad la pequeña porfía del niño; no asuma que está siendo maldadoso,
simplemente que no participe cuando no esté preparado para actuar en armonía con los
demás. Evite la fricción; y, sobre todo, no lo deje que perturbe el clima moral; con toda
gentileza y serenidad, aléjelo de la compañía de los demás, cuando se esté comportando
de una manera fastidiosa.

Reitero que el jardín infantil profesa tomar en consideración la alegría de la naturaleza


infantil, es decir, permitirle al niño la expresión plena y libre del regocijo que hay en él, sin
el ‘alboroto’ que resulta al dejarlo que encuentre por sí mismo una forma de expresar su
vida exuberante. Esta unión entre la alegría y la gentileza es el temperamento adecuado
que se debe cultivar en la guardería. El comportamiento bullicioso y desordenado que a
veces se les permite a los niños es innecesario, en los ambientes cerrados, por lo menos—
pero incluso una ausencia momentánea de luz solar en los rostros de sus hijos será una
causa más grave de malestar para la madre. En general, podemos decir que algunos de
los principios que debieran regir la instrucción en el Kindergarten son precisamente aquellos
en los cuales toda madre razonable se esfuerza por educar a su familia; mientras que
las prácticas del jardín de infantes son innecesarias porque son sólo medios (entre otras
cosas) para llevar a cabo dichos principios, y son propensas a volverse inflexibles y
rígidas, aunque pueden adoptarse en la medida en que encajen convenientemente en el
esquema general que la madre ha preparado para la educación de su familia.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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III. Otras consideraciones sobre el jardín infantil

La infancia de Tolstoi. Quizás no exista ningún campo conocido de investigación en el


que se haya realizado tan poco trabajo disponible al público como ocurre con el campo
investigativo que abarca a los niños, y aunque el ‘terreno de estudio’ está ante nuestros
propios ojos, quien quiera mapearlo debe marcar como ‘inexploradas’ vastas extensiones
de él. Hay personas reflexivas que comienzan a sospechar que los errores que cometemos
por causa de esta ignorancia son deplorables y dañinos. Por ejemplo, ¿acaso no se basan
todos nuestros esquemas educativos en la presunción de que la mente infantil—el
«hombre pensante y emotivo» que es en sí mismo—comienza «muy pequeño» y crece
junto con el cuerpo? Pero no sabemos esto con certeza; los niños no se revelan a sí mismos
en forma general, a pesar de sus modos encantadores y honestas confidencias; pero si, por
casualidad, un niño se revela a uno de nosotros, nos sorprendemos al descubrir que el
niño tiene, definitivamente la inteligencia más aguda, los pensamientos más sabios y el
alma más grande. Cuando el genio personal puede levantar el velo y mostrarnos al niño,
nos entrega un servicio que, en nuestro estado de reflexión actual, a duras penas podemos
estimar; y cuando, ya sea el genio o la simplicidad, o ambos, nos hayan proporcionado
suficientes estudios de este tipo sobre los cuales poder generalizar, reconsideraremos, sin
duda, el tema a cabalidad, y estaremos abatidos por haber desestimado de tal forma a los
niños en nombre de la educación. El conde Tolstoi nos da en «Infancia, adolescencia,
juventud», un inconfundible retrato de los niños, una semblanza en la que una madre
puede ver a su niño y reconocer lo que se le parece, y cuánto se le parece, como lo expresa
la obra también:

«Como nuestra propia querida madre»

escribe el pequeño en los versos que inventa para el cumpleaños de su abuela; y luego,
cuando llega el momento de leerlos, ¡ah! qué humillación sufre su alma, y cuán seguro
está de que su padre y su abuela descubrirán su hipocresía, y se dice: «¿Por qué escribí
esto? Ella (su madre) no está aquí, y no era necesario mencionarla; es verdad que amo a la
abuela; la reverencio, pero eso no la convierte en la misma persona. ¿Por qué lo escribí?
¿Por qué mentí?» Esto es lo que hay en los niños; lo reconocemos cuando lo leemos, y
recordamos los borrosos días infantiles en los que también nosotros teníamos un «órgano
de la verdad» tan exquisitamente delicado; y el recuerdo de ello debiera avivar nuestra
reverencia por la tierna conciencia de los niños.

«La historia de un niño». A propósito de este tema, me gustaría mencionar otro libro que
contiene la revelación que un niño hace de sí mismo, quien, fuera del oscuro abismo del
tiempo, nos dio su testimonio. Es el tipo de estudio de un niño que es realmente precioso,
porque solo se recibe al remontarnos a nuestra propia infancia, vivificándola,
reproduciéndola, gracias a la mera fuerza del poder imaginativo. He aquí la única
absoluta manera de llegar a simpatizar con un niño, porque los niños, con todas sus
honestas confidencias y su facilidad de conversar, son personitas bastante inescrutables,
que nunca le cuentan a nadie el tipo de cosas que leemos en esta ‘historia’; cosas que no es
necesario decir a otros niños, porque ellos las saben, y, en cuanto a contarles a los adultos,
los niños están completamente convencidos de que ningún adulto podría comprender, ni
siquiera su madre. Quizás lo comprenda Otto, así que el perro recibirá confidencias al
oído, que la madre se esfuerza en vano por conocer.

«En su esfera oculta de alegría o aflicción,


Moran, y viven separados nuestros espíritus anacoretas,
Nuestros ojos miran todo en penumbra o resplandor—
En matices propios, recientemente tomados del corazón».

Así ocurre especialmente más con los niños que con nosotros mismos; es una ley natural
contra la cual no vale la pena luchar en absoluto, siendo la facultad de recuperar nuestra
propia infancia el único medio de verdadera y profunda relación con un niño —una
facultad que solemos ignorar como si no fuera de vital importancia. Esto mismo es lo que
la señorita Margaret Deland nos ayuda a hacer: reconocemos a nuestro antiguo yo en
Ellen, con solo una diferencia; nuestros propios impulsos de hace tanto tiempo eran
iguales de irracionales, inconsecuentes, amorosos y heroicos, y generalmente tediosos
para el mundo de los adultos, que hoy, en retrospectiva, observamos con ternura, pero
rara vez con satisfacción. Por ello, si después de leer The Story of a Child [o La historia de
un niño, en español], nos levantamos un poco más humildes, un poco más reservados,
dispuestos a creer más de lo que vemos, pues, no nos hará ningún daño, y será de
bendición y ayuda para los niños. Diferimos solo en una cosa con la autora: la señorita
Deland piensa que puede ser moralmente correcto para los mayores entender mejor a los
niños, pero ella piensa que, en cuanto a los niños, pues, que la mayoría de nosotros
crecemos maravillosamente bien a pesar de dificultades así, y otras. En cierto sentido, eso
es verdad, pero, en otro sentido, una de las cosas más tristes de la vida es ver a un niño
con espléndido potencial llegar a un estado de madurez ordinario e insulso, del tipo que
no afecta al mundo ni para mejor ni para peor.

Tanto la infancia de Tolstoi como de la pequeña heroína de la señorita Deland parecen


diferir totalmente de lo esperado en el «Kindergarten»; pero, de hecho, ambas revelaciones
sobre el ser de los niños confirman nuestro argumento.

Hemos escuchado que, «ayer, sin más, en la Universidad de Edimburgo, la figura más
grande de la Facultad era Sir James Simpson, el descubridor del cloroformo, pero el otro
día, el bibliotecario de la Universidad le pidió a su sucesor y sobrino, el profesor Simpson,
que fuera a la biblioteca y escogiera los libros sobre su trabajo que ya no fueran necesarios,
a lo que respondió: «Tome todos los libros de texto que tengan más de diez años y
póngalos en la bodega». En la medida que la educación es una ciencia, lo que era verdad
hace diez años (o aún más, hace cien años), ya no es la verdad integral de hoy.

«Pensamientos más altos que sus pensamientos recibieron aquellos grandes videntes»;

y, en proporción con la urgencia con que nos presionan nuestras iniciativas educativas, así
también será el brío con que apreciamos aquellas verdades (y la vivacidad con que las
usemos) que nos han regalado los grandes pioneros, Froebel y los demás, gracias a nada
menos que su capacidad de visión a futuro. Pero, ¡ay de los antojos de la naturaleza
humana perezosa! No podemos tornar la vista hacia un papa educativo, sino que tenemos
que pensar nosotros mismos, además de resolver, todo aquello que corresponde a la
crianza perfecta de nuestros hijos.

Nuestra deuda con Froebel. Reverenciamos a Froebel; muchos de sus grandes


pensamientos compartimos, pero no podemos decir que los tomamos prestados de él
porque algunos de ellos, como las relaciones del niño con el universo, son tan antiguos
como Platón; otros pertenecen a la práctica y la experiencia universales, lo cual demuestra
su exactitud psicológica. Froebel reunió difusos pensamientos y prácticas dentro de un
sistema, pero hizo algo aún mayor al erigir un altar hacia el entusiasmo por la infancia
cuya llama nunca se ha apagado. La verdadera maestra del Kindergarten es la artista de los
maestros; la inspiración por su trabajo llena todo su ser, y probablemente la mayoría de
los maestros sinceros han captado de ella algo de su fervor, cierto sentido de la belleza de
la infancia y del fascinante deleite del trabajo verdaderamente educativo.

Requisitos de una persona. No obstante, debo introducir aquí una advertencia. Lo


primero a lo que debemos prestar atención es a preservar la individualidad de los niños,
dejar libre su personalidad. Sabemos que las personas no crecen en un jardín y mucho
menos en un invernadero; estar en condiciones adaptadas en demasía a sus necesidades
otorga dudosos beneficios a una persona, pero el sol y la sombra, la poda y el tutelaje
proporcionados con exactitud son buenos para una planta cuyo uso está supeditado, por
así decirlo, a las necesidades y deseos de su dueño. Pero tanto la persona, que posee otros
usos en el mundo, como la madre o maestra que se considera a ella misma como la
jardinera [maestra del jardín infantil] y al niño como una planta, solo se salvarán de
cometer errores graves gracias a la fuerza de la naturaleza humana presente en ella misma
y en el niño.

La naturaleza como educadora. La idea de suplementar [añadirle algo para hacerla


íntegra o perfecta] a la naturaleza desde la cuna es peligrosa. Ella nos pide aportar un
poco de guía, un poco de refrenamiento, mucha observación reverente; pero aparte de eso,
los padres sabios deben dejar a sus hijos tanto como sea posible en manos de la
Naturaleza y de «un Poder superior a la Naturaleza misma».

Peligro de subvalorar la inteligencia infantil. Aquellos de nosotros que hemos visto a un


pilluelo de siete años dando volteretas a todo lo largo de una calle, o a un grupo de niñas
bailando al son de un órgano, o a niños y niñas en el escalón de una puerta «alimentando»
a sus bebés, o una niña pequeña cuya madre la ha enviado a hacer cuatro compras con
una cantidad definida de dinero y volver con el cambio—no podemos creer que el
desarrollo físico, mental y moral espera, por así decirlo, la enseñanza del jardín de
infancia. De hecho, me inclino a cuestionar si, en aras de llevar a cabo un sistema, la
encantadora maestra del Kindergarten no corre a veces el peligro de subestimar en gran
medida la inteligencia de sus niños. Conozco a una persona de tres a quien una visita
encontró sola en el salón; era primavera, y la persona visitante pensó en divertirse
hablando sobre los bonitos ‘baa-corderos’. Pero un par de grandes ojos azules se fijaron en
el visitante y una persona solemne expresó un comentario solemne: «¿Cherto que es un
hogor ver cómo matan a un cerrdo?» Esperamos que nunca haya visto ni oído hablar de la
matanza de un cerdo, pero su protesta contra las zoncerías fue tan eficaz como lo
expresaría una mujer de sociedad. Boers y kopjes, rusos y japoneses [la guerra Boer], La
isla del tesoro, Robinson Crusoe y su hombre Viernes, la Batalla de las Termópilas, Ulises
y los pretendientes—tales son las cosas a las que los niños juegan juntos todo un mes;
incluso los pequeñines de tres y cuatro años mantienen un valiente comportamiento con
sus hermanos y hermanas. Si los pequeños tuvieran la costumbre de decir cómo se
sienten, quizás sabríamos que están bastante aburridos de los lindos juegos en los que
retozan como corderos, aletean y giran los dedos cual mariposas.

A todos nos gusta que se nos complazca. El lector dice: «¡Pero en el Kindergarten los niños
hacen todo eso de una forma tan placentera y feliz!» La naturaleza humana es muy
curiosa considerando que a todos nos gusta que nos manejen personas que se toman la
molestia de hacer uso de lo que nos complace. Incluso a un perro se le puede volver
sentimental hasta niveles inauditos; y, si los mayores tenemos nuestras debilidades de este
tipo, no es de extrañar que a los niños se les pueda persuadir a que hagan cualquier cosa
por personas que los tratan siempre en forma placentera. Es cierto que ‘WV’, la niña que
todo el mundo ha aprendido a amar [del libro ‘The Invisible Playmate‘], cantaba sus
canciones de jardín de infancia con las manitas ondeando en ‘¡el aire tan azul!’ pero lo
hacía para deleitar e ilusionar a los mayores cuando llegaba la hora de dormir, porque el
resto del tiempo, ‘WV’ pensaba en cosas mucho más importantes.
Los profesores median demasiado. Quizás todavía existan jardines de infancia donde hay
mucha sosería en canciones y cuentos, donde la maestra tiene la idea de que cumplir su
función al máximo consiste en crear ella misma poesías para los niños y componer
melodías para cantar y hacer dibujos para ser admirados. Puede que los niños hagan eco
de la queja de Wordsworth sobre «el mundo» y digan: la maestra está demasiado con
nosotros, no hay un momento en que no esté. Todo está dirigido, esperado, sugerido;
ninguna otra persona, ya sea de un libro, de una imagen o de una canción, no, ni siquiera
la misma naturaleza, puede llegar a los niños sin la mediación del maestro. No hay
espacio para la espontaneidad o la iniciativa personal de parte de los niños.

Peligro del magnetismo personal. A la mayoría de nosotros nos engañan nuestras


virtudes, y, en ese sentido, todo el celo y el entusiasmo de la maestra del Kindergarten es
quizás también su piedra de tropiezo. «¡Pero los niños son tan felices y se portan tan
bien!» Precisamente; el lugar en casa donde están los niños no es de ninguna manera un
escenario de paz, pero me atrevo a pensar que es un mejor lugar para crecer. Me alegra ver
que un eminente froebeliano protesta contra el elemento del magnetismo personal en el
maestro; pero hay, o ha habido, mucho de este elemento en el niño exitoso que asiste
al Kindergarten, y todos sabemos cómo se pierde el vigor y la individualidad al someterse a
este tipo de influencia. Incluso aparte de este elemento del encanto personal, dudo que sea
bueno para los niños aquella propiedad de la vida en el Kindergarten que radica en la
adaptación de la persona.

La falsa analogía del ‘Kindergarten‘. El mundo sufrió la mañana en que el feliz nombre de
‘Kindergarten‘ se le ocurrió al más grande de los ‘padres’ de la educación. Sin duda que en
el contexto de su intención original de significar una vida de jardín al aire libre para los
niños era una palabra simple y adecuada; pero las falsas analogías han entorpecido o dado
fin a más de un sistema filosófico, y, en este caso, el niño se convirtió en una planta en un
bien ordenado jardín. Tal analogía apeló a la científica y ordenada mente alemana, la cual
no aprueba mucho de ningún tipo de movimiento espontáneo e irregular. El cultivo
personal, el debido estímulo, la dulzura y la luz, se convirtieron en los rasgos principales
de un gran código educativo. Desde el cobertizo donde se siembra la semilla en macetas
hasta el marco del jardín y de allí al macizo que forman las flores agrupadas, la plantita
obtiene en debida proporción lo que es bueno para ella; crece de manera apropiada, en
filas ordenadas; y a su tiempo florece.

Ahora bien, es peligroso y engañoso usar una analogía para representar a


una persona porque en la naturaleza no hay nada en común con una persona. El hecho de
que la analogía de la planta en un jardín sea tan encantadora la hace aún más falaz; por
ejemplo, la manifestación del propósito de una planta es algo maravilloso y deleitable,
pero una manifestación de este tipo en una persona es algo simplemente normal. El
resultado de todo pensamiento está necesariamente moldeado por tal pensamiento, y que
un jardín cultivado sea el plan fundamental de nuestro pensamiento educativo, o implica
nada en absoluto, y suponer tal cosa sería insultar al Maestro, o implica una interferencia
indebida en el desarrollo espontáneo de un ser humano.
Los «juegos maternos» son demasiado agotadores para un niño. Empezaremos por los
«juegos maternos», una dulce idea, creada con mucho cariño. Pero consideremos lo
siguiente: el bebé está consciente de una manera exquisita de todos los estados de ánimo
de su madre, su carita se nubla de pena o se ilumina de alegría en respuesta a la expresión
de ella. Cuando ambos están solos, juegan de una manera poco común: él salta y tira, ríe y
hace sonidos llenos de felicidad, gatea, patea y tararea de alegría; y, entre todo el juego, se
le enseña lo que no puede hacer. Las manos y los pies, las piernas y los brazos, los dedos
de las manos y de los pies están en continuo movimiento cuando está despierto; la boca,
los ojos y los oídos muestran una curiosidad llena de entusiasmo. Todo es juego sin
intención, y la madre juega con el bebé igual de contenta que él. La naturaleza se sienta
por ahí y se encarga de que todo el juego sea realmente trabajo; durante los primeros dos
años de vida se está produciendo todo tipo de desarrollo a un ritmo mayor que en
cualquier otro período similar de la vida posterior: lo suficiente y no en demasía, eso sí, ya
que el bebé duerme por muchas horas. Entonces entra el educador y ofrece un poco más;
los nuevos juegos son tan bonitos y atrayentes que ese bebé bien podría jugando con ellos
en vez de jugar con sus propios saltos y palmaditas torpes y sin sentido. Pero se le está
imponiendo al niño un esfuerzo real en adición al trabajo de dos años más pesado que
conocerá en su vida. La afinidad que siente por su madre es tan aguda que percibe algo
extenuante en el nuevo juego, a pesar de todas las sonrisas y las lindas palabras; él
responde con un esfuerzo mayor, un esfuerzo grande en proporción con cuán pequeño es
él. Se ha puesto demasiada carga sobre sus centros nerviosos y su capacidad cerebral, se le
ha robado algo de la alegría de vivir, y aunque su respuesta de bebé frente a la educación
directa es muy encantadora, posee menos poder latente para las futuras peticiones de la
vida.

La compañía de los pares es demasiado estimulante para un niño. Sigamos a este


pequeñín hasta el Kindergarten, donde tiene el estímulo de compañeritos de su edad. No
hay duda de que es algo estimulante. Para nosotros, ninguna otra socialización es tan
estimulante como es aquella con varias personas de nuestra edad y estatus; he ahí la gran
alegría de la vida universitaria; una alegría saludable para todos los jóvenes por un
tiempo limitado. Pero las personas de veinte años tienen, o deberían tener, algún dominio
sobre sus centros de control inhibitorio [la capacidad para inhibir o controlar las
respuestas impulsivas]. No deberían permitir que la energía nerviosa causada por
demasiado estímulo social se disipe; sin embargo, incluso las personas de veinte años no
siempre están en capacidad de auto dominarse en circunstancias exultantes. Entonces,
¿qué se puede esperar de personas de dos, tres, cuatro, cinco años? El hecho de que la
personita parezca impasible no es garantía de que no existe una excitación interna. El
choque y la vivacidad con que nos encontramos con nuestros iguales de vez en cuando
reaviva nuestra salud; pero para la vida cotidiana, relacionarnos en forma mixta con
personas mayores, jóvenes y pares, como se da en una familia, aporta además el mayor
reposo y el mayor espacio para el desarrollo individual. Todos nos hemos quedado
sorprendidos por el buen sentido, la razonabilidad, la gracia y el ingenio que muestra un
niño en su propia casa en comparación con el mismo niño en la vida escolar.

El peligro de suplantar a la naturaleza. El peligro acecha en el Kindergarten, en igual


proporción a la integridad y la belleza de su organización. Es posible suplementar la
Naturaleza con tanta habilidad que corremos el riesgo de suplantarla, privándola del
espacio y el tiempo para que haga su propio trabajo a su manera. «Ve a ver qué está
haciendo Tommy y dile que no lo haga” no es una sana doctrina. Tommy debería tener la
libertad de hacer lo que quiera con sus miembros y su mente durante todas las horas del
día en que no está bien sentado durante las comidas. Debería correr y saltar, brincar y caer,
tirarse de cara al suelo mirando un gusano o de espaldas mirando las abejas en un tilo. La
naturaleza lo cuidará y le impulsará para que quiera saber muchas cosas—y alguien debe
decirle lo que él quiera saber; y debiera hacer muchas cosas—y alguien debería estar cerca
solo para ponerlo en el camino de lo que busca; y debiera ser de todo, tanto travieso como
bueno—y alguien debería decirle en qué dirección ir.

Importancia de la iniciativa personal. Aquí llegamos al verdadero meollo del problema


del Kindergarten. La ocupada madre dice que no le alcanza el tiempo para ser tal persona,
así que el niño hará lo que quiera y adquirirá malos hábitos; pero no debemos convertir al
hábito en un fetiche; la educación es vida, tanto como es una disciplina. La salud, la fuerza
y la agilidad, los ojos brillantes y el movimiento alerta provienen de una vida libre, al aire
libre, de ser posible, y en cuanto a los hábitos, no hay ningún otro hábito ni capacidad tan
útil para el hombre o la mujer como la iniciativa personal. El ingenio que permite a los
niños de una familia inventar sus propios juegos y ocupaciones a lo largo de un día de
verano vale más en la vida adulta que una gran cantidad de conocimiento sobre cubos y
hexágonos, y esto no se debe a una intervención continua de parte de la madre, sino de
mucha inactividad de índole magistral.

Padres y maestros deben sembrar oportunidades. El error educativo de nuestros días es


que creemos demasiado en los mediadores. Por el contrario, la naturaleza es mediadora
de sí misma, ella sola se propone buscar trabajo para los ojos y los oídos, el gusto y el
tacto; ella aportará al cerebro los problemas y al corazón los sentimientos; y el rol de la
madre o la maestra en los primeros años (de hecho, durante toda la vida) es sembrar
oportunidades, y luego quedarse en un segundo plano, lista para dar una mano de guía o
de restricción solo cuando sea muy necesario. Las madres eluden su trabajo y lo ponen,
como dirían ellas, en mejores manos que las suyas, porque no reconocen que lo más
importante que se les pide es la sabiduría de dejarlos ser, ya que toda madre tiene en la
naturaleza una más que suficiente sirvienta, que ordena el debido trabajo y el debido
descanso de la mente, los músculos y los sentidos.

En cierto modo, los hijos de los pobres tienen mejores oportunidades que los de los ricos.
Los niños pobres obtienen su educación a partir de las costumbres del hogar; pero mucho
se puede enseñar en una guardería ordenada sabiamente, y tanto las personitas como las
posesiones que la ocupan deberían, como he dicho, permitir mucho entrenamiento al tipo
del «Kindergarten» a la pequeña familia en el hogar. A los seis o siete años, se deben
comenzar lecciones definidas, que no es necesario diluir ni servir con mermelada para las
agudas inteligencias que llegarán a influenciar de tal forma.

Niños ‘solos’. Pero ¿qué pasa con los niños únicos, o el niño demasiado mayor para jugar
con su hermanito? ¡Seguramente el Kindergarten es una gran bendición para ellos! Quizás
lo sea; pero mejor sería tener un niño vecino por compañero [con quien juegue de manera
frecuente], o una joven niñera vivaz. Un niño terminará por enseñarse a sí mismo a pintar,
pegar, cortar papel, tejer a palillo, tejer a telar, martillar y aserrar, hacer cosas encantadoras
con barro y arena, construir castillos con sus ladrillos; y hasta se enseñará a sí mismo a
leer, escribir y sumar, además de adquirir un sinfín de conocimientos y conceptos sobre el
mundo en que vive, para cuando tenga seis o siete años. Lo que yo sostengo es que él hará
estas cosas porque él lo elige (siempre que el estándar de perfección se mantenga frente a
él cuando haga sus pequeñas obras).

Al niño se le debe permitir que ordene cierta parte de su vida. Los detalles de la vida
familiar le darán el reposo de una vida ordenada; pero, en cuanto a lo demás, debería
tener más tiempo para el crecimiento libre del que es posible realizar en la más
encantadora escuela. El hecho de que las lecciones parezcan un juego no es un factor de
alabanza: los niños solo quieren la libertad del juego y el sentido de ordenar por sí mismos
que se da en el juego. La mayoría de nosotros no tiene oportunidades suficientes para
ordenar nuestra propia vida, por lo que es bueno aprovechar los años en que se les puede
dar a los niños esta gozosa experiencia.

Helen Keller. Creo que lo que he dicho sobre el desarrollo natural en oposición a todo
sistema organizado con demasiado cuidado está respaldado por una contribución
reciente, de un valor único, a la ciencia de la educación; me refiero a la autobiografía de
Helen Keller.

Cuando tenía diecinueve meses, Helen sufrió una grave enfermedad que le provocó
perder la vista y el oído y, en consecuencia, el habla. Nunca recuperó los sentidos perdidos
y así se encontró, como diríamos, un alma sellada de manera casi irrevocable, a la cual no
se podía alcanzar sino a través del solo sentido del tacto. Sin embargo, el libro que escribió
esta dama, escrito con sus propias manos sin ayuda (utilizó una máquina de escribir), y
sin apenas revisión, debe catalogarse como un clásico por la pureza y riqueza del estilo,
independientemente del interés vital que reviste el tema que aborda. ¿Cómo se logró tal
milagro? La propia Helen dice de su infancia que, salvo unas pocas sensaciones,
invariablemente estuvo rodeada por «las sombras de la prisión». Pero las rosas siempre
estaban allí, y ella tenía el sentido del olfato; y había amor, aunque ella no amaba
entonces. Cuando tenía siete años, la señorita Sullivan vino a ella; ella misma había sido
no vidente por varios años, y había estado en Perkins Institute, fundado por el Dr. Howe,
quien también dio libertad a la inteligencia de Laura Bridgman. Pero la señorita Sullivan
no era un mero producto de alguna institución, sino una persona de elevada cordura y
condición moral, que confiaba en su iniciativa personal y consciente desde el principio de
que su trabajo era dar libertad a la personalidad de su pequeña alumna y de ningún modo
superponer la suya. «Así salí de Egipto», dice la señorita Keller sobre la llegada de su
maestra, y la voz que escuchó del Sinaí dijo: «El conocimiento es amor, luz y visión»; y
luego prosigue la asombrosa y fascinante epopeya que cuenta cómo ocurrió todo, cómo la
palabra agua fue la llave que abrió las puertas de la mente de la niña, y la palabra amor
abrió aquellas del cerrado corazón. A partir de entonces, muchas palabras nuevas llegaron
cada día trayendo consigo una multitud de ideas; y no es exagerado decir que esta niña
encarcelada y desolada entró en posesión de una herencia de pensamiento y
conocimiento, de alegría y de visión, tan enorme, que pocos de nosotros que podemos ver
y oír, alcanzamos. El instrumento utilizado en esta gran liberación no fue más que el
conocido alfabeto manual, seguido en el transcurso del tiempo por libros en relieve y
«Braille».
Opinión de la Señorita Sullivan sobre los sistemas educativos. Al igual que todos los
grandes descubrimientos, este descubrimiento de un alma estuvo marcado, en todos sus
pasos, por la simplicidad. La señorita Sullivan sentía poco amor por los psicólogos y todas
sus costumbres; decidió no realizar experimentos; y no iba a permitir que se tratara a su
alumna como un fenómeno, sino como a una persona. «No», dijo ella, «no quiero más
materiales de Kindergarten… Estoy empezando a sospechar de todos los sistemas de
educación complicados y especiales. Me parece que están construidos sobre la suposición
de que cada niño sufre una especie de trastorno mental y que hay que enseñarle a pensar,
mientras que, si se deja al niño solo, pensará más y mejor, aunque lo muestre menos.
Déjelo ir y venir libremente, que toque cosas reales y que combine sus sensaciones por sí
mismo, en lugar de sentarse al interior en una pequeña mesa redonda, mientras que una
maestra de voz dulce sugiere que construya un muro de piedra con sus bloques de
madera, o haga un arco iris con tiras de papel de colores, o que plante árboles de paja en
macetas hechas de cuentas. Una enseñanza así llena la mente de asociaciones artificiales
que deben eliminarse antes de que el niño pueda desarrollar ideas independientes a partir
de experiencias reales». Es algo magnífico tener un estudio de la educación, por así
decirlo, de novo, en el que vemos el triunfo de la mente, no sólo sobre obstáculos naturales
en apariencia insuperables, sino sobre el cerrado muro de la educación sistematizada, que
es un obstáculo más insuperable para cualquier pobre niño de lo que sus graves carencias
fueron para Helen Keller.

El Kindergarten en los Estados Unidos. Este asunto del jardín de infancia en tanto lugar
adecuado para la educación de los niños pequeños, es tan importante que quisiera
recomendar a los padres y maestros que revisen este tema en los Informes Especiales
publicados por la Junta de Educación.

Debemos ir a los Estados Unidos para presenciar la apoteosis de una teoría educativa;
digo teoría en vez de práctica, porque la mente estadounidense, como la francesa, me
parece en extremo lógica e impulsiva en abundancia. Llega una teoría, se le da muchísima
atención, y se pone en práctica con todas las conformidades de rigor a una escala
magnífica para que haga lo debe hacer a favor de la educación de un gran pueblo. En otras
palabras, la ciencia educativa en Estados Unidos parece ser deductiva en lugar de
inductiva; las teorías se traducen en experimentos con un celo y una generosidad
verdaderamente imponentes. Por el contrario, para llegar a una teoría inductiva de la
educación se debe hacerlo a través de experimentos largos, lentos, variados y laboriosos
que revelan, de poco en poco, la verdad universal. Los estadounidenses han elegido,
quizás, el camino más fácil y, al final, ellos también experimentan su teoría. El sistema
del Kindergarten ilustra lo que quiero decir; porque a pesar de su nombre alemán, el jardín
de infancia no es un producto común en la patria alemana; pero es en Estados Unidos
donde las ideas de Froebel han recibido su mayor desarrollo, donde el Kindergarten se ha
convertido en una religión y la gran maestra en un profeta. A pesar de ello, el impulso se
acabó; y ahora está en proceso de debilitarse.

El Sr. Thistleton Mark sobre el Kindergarten. Según el Sr. Thistleton Mark—cuyo hábil
ensayo sobre ‘La educación moral en las escuelas estadounidenses’ ofrece material para
una reflexión muy provechosa—«Incluso un froebeliano estacionario se ve impulsado a
tener algo mejor de qué sostenerse que del ipse dixit [del latín y significa “ya lo dijo él
mismo”] del gran reformador. La palabra Kindergarten ya no es un nombre propio que
significa siempre y en todas partes la cosa sola, única, original e idéntica. Es un nombre
común y, como tal, tiene asegurado un lugar más permanente en el habla
estadounidense». Es decir, el pensamiento educativo en Estados Unidos tiende hacia la
concepción amplia y natural expresada en la frase ‘la educación es vida’. Pero yo desearía
que los educadores renunciaran al nombre Kindergarten. No puedo evitar pensar que para
las mentes concienzudas es un esfuerzo hacer que la doctrina y la práctica froebelianas
abarquen las concepciones más amplias y vivas que existen hoy en el exterior. Incluso la
práctica reestructurada del jardín de infancia se ve obligada a sufrir la memoria y el hábito
en torno a las debilidades que señala el Dr. Stanley Hall en las siguientes palabras:

El Dr. Stanley Hall sobre el Kindergarten. «La nueva divergencia intelectual más
decadente de los froebelianos estadounidenses es el énfasis que ahora se pone en los
juegos maternales como la cúspide de la sabiduría del jardín de infancia, que incluyen
poemas muy toscos, y música e imágenes de mala calidad, que ilustran ciertos incidentes
de la vida infantil que se cree que tienen un significado fundamental y esencial. Los he
leído en alemán y en inglés, he rasgueado la música y he dado una breve serie de
conferencias como simpatizante, tratando de infundirles todo el vino nuevo de significado
que pude pensar, pero he llegado a la conclusión de que, si no son completamente
malsanos y dañinos para el niño, y producen en el maestro hábitos intelectuales
anticientíficos y poco filosóficos, de todas maneras, deberían reemplazarse por las cosas
mucho mejores que están disponibles ahora».

«Otro error cardinal del jardín de infancia es la intensidad de su devoción por los dones y
las ocupaciones. Froebel mostró una gran sagacidad al idearlos; pero al salir de sus
propias manos, se convirtieron en una expresión muy inadecuada de sus ideas educativas,
incluso para su época. Él pensó que se trataba de una gramática perfecta del juego y un
alfabeto de las industrias de trabajo; pero estaba completamente equivocado. El juego y la
industria estaban entonces relativamente subdesarrollados; y aunque sus dispositivos
eran beneficiosos para los niños campesinos del país, para los niños de la ciudad moderna,
tenían una vida muy pálida e irreal». Con estas importantes declaraciones debo concluir
este superficial examen de la importante pregunta sobre si el Kindergarten es el mejor lugar
de instrucción para el niño.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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IV. La lectura

[Nos hemos tomado bastantes libertades en la traducción de este apartado, ya que nos
pareció importante adaptarlo al español, siempre manteniendo vivo el sincero deseo de
apegarnos fielmente a los principios de Charlotte Mason.]
¿Cuándo enseñar a leer? Una pregunta abierta. Leer es la primera de las lecciones que
servirán como instrumentos de la educación, aunque es discutible si el niño debiera
adquirir el arte inconscientemente, desde la primera infancia en adelante, o si el esfuerzo
debiera aplazarse hasta que el niño tenga entre seis o siete años, y de allí realizarlo con
vigor. En una valiosa carta de la madre de los Wesley a su hijo John, vemos la forma de
enseñar a leer que adoptó aquella madre modelo:

El plan de lectura de la señora Wesley. «A ninguno de ellos se le enseñó a leer sino hasta
los cinco años, excepto a Kezzy, en cuyo caso no primó mi decisión; y ella pasó
aprendiendo más años en comparación con los demás que demoraron solo meses. La
enseñanza se daba de la siguiente forma: el día antes de que el niño comenzara su
aprendizaje, la casa se ponía en orden, se asignaba el trabajo a cada persona, y se daba la
orden de que nadie entrara en la sala de nueve a doce, o de dos a cinco, que eran nuestros
horarios de escuela. Se dedicaba un día a que el niño en la habitación aprendiera las letras;
y todos aprendían en dicho lapso todas las letras, mayúsculas y minúsculas, excepto
Molly y Nancy, que demoraron un día y medio en aprenderlas perfectamente, razón por la
cual las consideré muy lentas; pero pensé así únicamente porque el resto de tus hermanos
las aprendieron con tanta facilidad; y tu hermano Samuel, que fue el primer niño al que
enseñé, aprendió el alfabeto en unas pocas horas. Tenía cinco años el 10 de febrero; y al día
siguiente comenzó su aprendizaje; tan pronto como aprendió las letras, comenzó a leer el
primer capítulo del Génesis. Aprendió a deletrear el primer versículo y luego a leerlo una
y otra vez hasta que pudo leerlo fácilmente sin vacilar; así mismo el segundo versículo,
etc., hasta que trabajó en diez versículos para la lección, lo que logró hacer rápidamente.
La Pascua ese año fue temprana, y por Pentecostés [alrededor de 50 días] ya podía leer
muy bien un capítulo, ya que leía continuamente, y tenía una memoria tan prodigiosa,
que no recuerdo haberle dicho la misma palabra dos veces. Lo que era aún más extraño, es
que cualquier palabra que había aprendido en su lección la conocía dondequiera que la
viera, ya sea en su Biblia o en cualquier otro libro, por lo que aprendió muy pronto a leer
bien a los escritores ingleses».

Es muy deseable que las madres reflexivas pudieran registrar más seguido los métodos
que emplean con sus hijos, añadiendo algún comentario definido sobre el éxito de tal o
cual plan.

Muchas personas consideran que aprender a leer un idioma tan lleno de anomalías y
dificultades como el nuestro [se refiere al inglés] es una tarea que no debiera imponerse
demasiado pronto sobre la mente infantil; pero, de hecho, pocos de nosotros podemos
recordar cómo o cuándo aprendimos a leer: lo único que sabemos es que ocurrió en forma
natural, como lo es correr; y no solo eso, sino que muchas veces las madres de las clases
educadas no saben cómo sus hijos aprendieron a leer. «Oh, aprendió solo», es todo lo que
su madre puede explicar sobre la destreza del pequeño Danielito. Es evidente, por tanto,
que esta noción de la extrema dificultad de aprender a leer es engendrada por los mayores
y no por los niños. No existirían libritos titulados Reading without tears [Leer sin lágrimas,
por el título en inglés], si algunas veces no se derramaran lágrimas en la lección de lectura;
pero, realmente, cuando ese es el caso, es la culpa del maestro.
El alfabeto. En cuanto a las letras, el niño generalmente las aprende por sí solo, jugando
con las mismas: escoge «p» para pudín, «m» para mamá, «c» para caballo, tanto
mayúsculas como minúsculas, y las conoce a todas. No obstante, el aprendizaje del
alfabeto debería convertirse en un medio para cultivar la observación del niño, es decir,
debería pedírsele que vea lo que está mirando. Que haga una B mayúscula en el aire y que
la nombre; luego que haga una O redonda, y el giro de la S, y T por Tomás, y usted va
nombrando las letras a medida que el pequeño dedito las forma en el aire. Formar las
letras minúsculas así de memoria es un esfuerzo que requiere un poco más de destreza, y
una observación más cuidadosa de parte del niño. Una bandeja de arena es útil en esta
etapa; allí el niño dibuja resueltamente con su dedo en la arena, y le pone la columna a la
‘d’; he aquí su primer intento de línea recta y curva. Pero son infinitas las estrategias para
que el aprendizaje de ‘A B C’ sea interesante. No queda espacio para apurar al niño: que
aprenda una letra a la vez, y que la conozca tan bien que pueda identificar las ‘d’, por
ejemplo, mayúscula y minúscula, en una página impresa a letras grandes. Que diga ‘­p’ de
pato, perro, pájaro, así: P-ato, P-erro, prolongando el sonido de la consonante inicial, y al
final suena la p sola, no pe, sino p, el puro sonido de la consonante separada lo más lejos
que sea posible de la vocal que le sigue.

Deje en paz al niño y aprenderá el alfabeto por sí mismo: son pocas las madres que
pueden resistir el placer de enseñarlo; aunque no hay razón para que lo hagan, porque
este tipo de aprendizaje es solo un juego para él, y si al niño se le enseña el alfabeto, se
deberá cultivar la apreciación tanto de la forma como el sonido. ¿Cuándo se debería
comenzar? Cuando sea que su caja de letras de juguete le empiece a interesar. El bebé de
dos años a menudo podrá nombrar media docena de letras; y no hay nada de malo en eso,
siempre y cuando encontrar y nombrar las letras sea un juego para él; pero no se le debe
presionar, no se le debe pedir que muestre lo que sabe, ni molestarlo para que encuentre
las letras cuando su corazón está dedicado a otro tipo de juego.

Creación de palabras. Los primeros ejercicios para formar palabras serán igual de
placenteros para el niño. En vez de comenzar con oraciones reales, será mejor hacerlo con
ejercicios considerados como juegos que enseñen, de todas formas, lo que las letras
pueden hacer. Por ejemplo, tome dos de sus letras de juguete y forme la sílaba «ma», y
dígale que es la sílaba que aparece en mamá. Luego usemos más letras para formar otras
palabras cortas y sencillas como «­ ma-no», «ma-má». Luego podemos introducir un nuevo
sonido si intercambiemos la letra inicial por la «r» formando una palabra nueva: «rama»;
continuamos intercambiando, y usamos la «c» formando la palabra nueva “cama”; con
la «d» se formará “dama”, etc. Primero, deje que el niño diga en qué se convierte la
palabra con cada consonante inicial. Que todas las sílabas sean parte de palabras reales
que él conozca. Ponga las palabras en una fila y que él las lea. Haga esto con todos los
sonidos de vocales en combinación con cada una de las consonantes, y sin esfuerzo el niño
aprenderá a leer decenas de palabras de tres y cuatro letras, y dominará los sonidos de las
vocales con las consonantes iniciales y finales. En poco tiempo él hará la lección por sí
mismo. “¿Cuántas palabras puedes crear con «ma» más otras letras, o con «pa» más otras
letras? etc. No lo apure.
Ortografía inicial. Que se acostumbre desde el principio a cerrar los ojos y deletrear la
palabra que ha formado. Es importante esto. Leer no es deletrear, ni es necesario deletrear
para leer bien; pero quien deletrea bien tiene un ojo lo bastante rápido para captar las
letras que componen la palabra, en el mismo acto de leerla; y éste es un hábito que debe
adquirirse desde el principio: habitúelo a ver las letras en la palabra, y lo hará sin esfuerzo.

Lectura por vista. La maestra debe estar satisfecha con un avance muy lento,
asegurándose de que el fundamento sea bien puesto a medida que avanza. Puede decir
que:

«Arroz con leche,


me quiero casar
con una señorita
de la capital».

será la primera lección; solo esas primeras líneas. Lea el pasaje para el niño, muy despacio,
con dulzura, con una expresión justa, para que le resulte agradable al escuchar; vaya
indicando cada palabra al leerla. Luego señale las palabras «arroz», «leche», «casar»,
«capital», y que el niño pronuncie cada palabra en el verso tomada de manera aleatoria.
Luego, cuando demuestre que conoce cada palabra por sí misma, y no antes, permita que
lea las líneas con una enunciación y expresión clara: insista desde el principio en una
lectura clara y hermosa, y no deje que el niño caiga en un tono monótono y lúgubre, poco
placentero para él igual que para su oyente. Por supuesto, en este momento es capaz de
decir las líneas; y que las diga clara y bellamente. En sus lecciones posteriores, aprenderá
el resto del pequeño poema.

La lectura de prosa. En esta etapa, sus clases de lectura deben avanzar tan lentamente
que bien podría aprender sus ejercicios de lectura, en prosa y poesía, como clases de
recitación. Será fácil encontrar pequeños poemas que pueden aprenderse de esta manera;
pero quizás la prosa sea mejor, en general, ya que ofrece más palabras de uso cotidiano.
Fábulas breves y prosa sencilla y elegante como Las fábulas de Samaniego, o los poemas
en prosa de los cuentos de hadas de Gabriela Mistral, son material muy adecuado. Para
sus primeras lecciones de lectura inclusive, es innecesario poner soserías en manos de los
niños.

Pero aún no hemos terminado la clase de lectura sobre «Arroz con leche»: el niño debiera
buscar en dos o tres páginas compuestas de letra clara las palabras «arroz», «quiero»,
«señorita», «capital», de hecho, cada una de las palabras que ha aprendido, hasta que la
palabra que conoce lo mire a la cara como el rostro de un amigo en una multitud de
personas extrañas, y que él sea capaz de encontrarla en cualquier lugar. Para que el niño
no se canse de la búsqueda, la maestra debe guiarlo, sin que el niño lo note, a la línea o el
párrafo donde aparece la palabra deseada. El niño ya ha acumulado un poco de capital;
conoce ocho o diez palabras tan bien que las reconocerá en cualquier lugar, y la lección ha
tomado diez minutos probablemente.

La próxima lección de «lectura por vista» comenzará con una búsqueda de las palabras
familiares y luego:
«Que sepa coser,
que sepa bordar,
que sepa abrir la puerta
para ir a jugar».

se realizará de la misma manera. Como deletrear es simplemente el arte de ver—ver las


letras en una palabra tal como vemos los rasgos de un rostro—dígale al niño: «¿Puedes
deletrear ‘sepa’?», o cualquiera de las palabras más cortas. Aquí se pone en prueba su
entereza, y si falla esta vez, asegúrese de que pueda deletrear la palabra la próxima vez
que le pregunte; pero no le permita que aprenda a deletrear ni a decir las letras en voz alta
mirando la palabra.

En cuanto a la comprensión de lo que leen, los niños estarán llenos de comentarios y


preguntas inteligentes y vivaces, y tomarán esta parte de la lección en sus propias manos;
de hecho, la maestra tendrá que estar en guardia para que no la desvíen del tema.

Pronunciación cuidadosa. Se deberá ayudar a los pequeños en cuanto a la pronunciación.


Deben reproducir «con una», «señorita», «de la» con delicada precisión; ya que sin duda
querrán apurarse y decir «couna» o «siñita», pero aquí hay otra ventaja del progreso lento
y constante: decir cada palabra recibe la debida atención, y se entrena al niño en el hábito
de la enunciación cuidadosa. Cada día aumenta el número de palabras que puede leer a
primera vista, y cuantas más palabras sepa, más extenderá su clase de lectura para lograr
las diez o doce palabras nuevas que debe dominar todos los días.

Un año de trabajo. «¡Pero qué progreso de caracol!» usted está tentada a decir. Aunque no
es tan lento, después de todo, ya que así aprenderá un niño, sin un esfuerzo apreciable,
desde dos a tres mil palabras en el curso de un año; en otras palabras, aprenderá a leer,
porque el dominio de este número de palabras le permitirá el uso cómodo de la mayoría
de los libros con los que se encuentre en el camino.

El método tradicional. Ahora, compare el firme progreso y el constante interés, y la


vivacidad de tales lecciones con el agotamiento mortal de la lección común de lectura. El
niño avanza torpemente y sin cuidado por una página o dos usando un pavoroso tono
monótono e inexpresivo y una enunciación imperfecta. Se encuentra con una palabra que
no conoce y la deletrea, pero eso no le ayuda en nada; ​se le dice la palabra: él la repite,
pero como no ha hecho ningún esfuerzo mental para aprender la palabra, la próxima vez
que se encuentra con ella, ocurre el mismo proceso. La lección de lectura de ese día llega a
su fin; el estudiante se ha aburrido lamentablemente y no ha aprendido ninguna palabra
nueva. Con el tiempo, aprende a leer, de alguna manera, simplemente a fuerza de
repetición; pero considere usted el abuso a su inteligencia de un sistema de enseñanza que
le hace sufrir un trabajo diario con poco o ningún resultado, y que le produce aversión por
los libros antes de haber aprendido a usarlos.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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V. La primera lección de lectura

Es tan importante que se enseñe a los niños a leer de una manera racional, que presento
dos artículos, escritos por la autora, que se han publicado en Parents’ Review, con la
esperanza de que dejen bastante claro el método sugerido.

A continuación, la transcripción de una conversación entre dos madres:

«¿Seguro no estás queriendo decir que le darás a palabras de tres o cuatro sílabas antes de
que el niño sepa las letras?»

«Es posible leer palabras sin conocer el alfabeto, así como se puedes conocer un rostro sin
distinguir sus rasgos; pero aprendemos no solo los nombres, sino también los sonidos de
las letras antes de comenzar a leer palabras».

«Nuestros niños aprenden las letras sin que les enseñemos. Siempre tenemos a la mano un
cajón no muy profundo, con media pulgada de arena. Antes de los dos años, los bebés
forman con los deditos una O redonda, una S torcida, una T para Tomás, y así
sucesivamente. Los niños mayores enseñan a los pequeños a modo de juego».

«¡La arena es esencial! Tenemos varios recursos, pero ninguno tan bueno como ese; a los
niños les encanta trabajarla. Las líneas divertidas y trémulas del dedito en la arena serán
diez veces más interesantes que las formas que ve el ojo».

«¡Pero la lectura! No puedo entender lo de las tres sílabas en la primera lección. ¡Es como
enseñar a un niño de un año a bailar el vals!»

«Dices eso porque olvidamos que un grupo de letras no es más que el signo de una
palabra, mientras que una palabra es solo el signo vocal de una cosa o un hecho. Así
aprende el niño. Primero, obtiene la noción de la mesa; ve varias mesas; descubre que
tienen patas por las que se puede trepar; muy a menudo tienen manteles que se pueden
quitar; sobre los cuales hay muchas cosas, buenas y agradables que un bebé puede
disfrutar; y qué agradable es también, a veces, jalar esas cosas de la mesa para que se
caigan con un estruendo. La gente adulta llama «mesa» a esta cosa agradable que tiene
cosas muy interesantes, y, poco a poco, el bebé también dice «mesa»; y la palabra «mesa»
viene a significar, de manera vaga, todo ello para él. «Una mesa redonda», «sobre la
mesa», etc., forman parte de la idea de «mesa» para él. De la misma manera, el bebé
interviene cuando su madre canta. Ella dice: «Cariño, canta» y, poco a poco, las nociones
de «cantar», «besar», «amar», se forman en su cerebro».

«¡Sí, qué encantadores! y es sorprendente cuántas palabras sabe un niño incluso antes de
poder pronunciarlas; pronto «puerta», «gatito», «juguetes», «auto», les transmiten
interesantes ideas».
«Y eso es todo; que el niño se interese en la cosa, y pronto aprenderá el signo fonético de
ella, es decir, su nombre. De todas maneras, sostengo que, cuando sea un poco mayor,
aprenda el signo gráfico, es decir, la palabra impresa, usando el mismo principio. Es mucho
más fácil para un niño leer «pájaro» que leer «pa – pe – pi», porque «pájaro» transmite una
idea mucho más interesante».

«Es posible que tengas razón, solo cuando se enfrenta a palabras de tres o cuatro sílabas.
Pero, ¿qué harías cuando se enfrenta a palabras de una sílaba o, de hecho, de dos o tres
letras?»

«Nunca lo haría trabajar con palabras de una sola sílaba porque cuanto más grande es la
palabra, más llamativa se ve y, por tanto, más fácil es de leer, siempre que la idea que se
transmita sea interesante para él. Es triste ver a un niño inteligente esforzándose tanto en
una lección de lectura infinitamente inferior a su capacidad —ma, me, mi, mo, mu—o, en
el mejor de los casos «El gato está sentado en el sillón». ¿Acaso nos gustaría empezar a
leer alemán, por ejemplo, esforzándonos por aprender todas las combinaciones
imaginables de letras, ordenadas sin ningún principio en común, aparte de parecerse en el
sonido? O, peor aún, ¿que nuestras lecturas se clasifiquen según el número de letras que
contiene cada palabra? Estaríamos perdidos en una desesperante neblina ante una página
de palabras de tres letras todas iguales entre sí y sin rasgos distintivos que permitan al ojo
absorberlas, ¿y qué del niño, entonces? “Pues, bueno, los niños son diferentes; ¡sin duda es
bueno que el niño haga un trabajo tedioso como este!” ¡Pero esta es solo una de las
muchas formas en que los niños son oprimidos en forma cruel y sin necesidad!

«¡Qué moral elevada estás escogiendo! De todos modos, no creo que esté convencida. Es
mucho más fácil para un niño deletrear ‘con’, ‘de’, ‘para’, que deletrear ‘pájaro’».

«Pero deletrear y leer son dos cosas distintas. Tienes que aprender a deletrear
para escribir palabras, no para leerlas. Un niño está trabajando con monotonía en una
lección de lectura, y deletrea hacha; tú dices “huevo”, y el niño repite. A fuerza de
repetición, aprende por fin a asociar el aspecto de la palabra con el sonido y dice “huevo”
sin deletrearlo; y tú crees que llegó a la palabra “huevo” usando h u e v o, pero no hay
nada de eso, porque ¡ha deletreado g u e b o!»

«Sí; pero “huevo” tiene una h silenciosa y una v que se puede confundir con b, ahí está la
dificultad, lo reconozco. Si tan solo no hubiera letras mudas, y si todas las letras tuvieran
siempre el mismo sonido y se escribieran todas iguales, la lectura sería fácil. La gente
inclinada a la fonética tiene algo de ventaja sobre los demás».

Sugerencias de principios para las lecciones iniciales:

Realizar la primera lección en el 6° cumpleaños del niño, como parte de la celebración.


«Creo que es un buen plan comenzar un nuevo estudio con el niño en su cumpleaños,
o en un gran día; pues, comienza pensando que el nuevo estudio es un privilegio».
«El niño aprende las letras jugando antes de la primera clase, así que se empieza la
lección uniendo los sonidos de cada consonante con la sílaba de una palabra usada en
un texto interesante, no sílabas ni palabras sueltas».
«La clase no dura más de 10 minutos al principio, y puede alargarse hasta 20 minutos
más adelante. La idea es que el niño pueda leer un párrafo breve completo por sí solo,
solo con la ayuda fonética de cada letra que ya conoce. Quizás necesite ayuda en forma
posterior con los sonidos más extravagantes, como qu- de quiero, queso, etc; gu- de
guirnalda, etc.»
«Con muy poca presión, y sin hacerlo sentir que los errores que cometa son
irremediables, se pasa un buen momento juntos escuchando al niño leer lentamente y
sin apurarlo. Una clase así se repite cada día con otro párrafo interesante de la misma
historia, hasta que se termine, y se comienza otra, con niveles de dificultad en ascenso.
Muy pronto puede leer las Escrituras sin problema, y otros libros de diferente
complejidad».

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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VI. Aprender a leer a través de la vista y el sonido

Aprender a leer requiere esfuerzo. Probablemente ese vago todo que denominamos
«educación» no contenga una tarea más difícil y tediosa que aquella a la que todo niño
pequeño está (o debería estar) destinado, es decir, la tarea de aprender a leer. Nos damos
cuenta del esfuerzo que conlleva cuando un hombre adulto hace un esfuerzo heroico para
remediar tal vergonzosa ignorancia, pero olvidamos cuán contrario a la naturaleza es que
un niño pequeño se ocupe de tristes jeroglíficos—¡todos tan terriblemente parecidos!—
cuando el mundo está rebosante de objetos interesantes que él está ansioso por conocer.
Pero no podemos disculpar a nuestro volátil Tomacito, ni es bueno para él que lo
hagamos. Es muy necesario que sepa leer; y no sólo eso: la disciplina de la tarea es del
todo saludable para el hombrecito. Al mismo tiempo, reconozcamos que aprender a leer
es para muchos niños un gran esfuerzo, y hagamos lo posible para que la tarea sea fácil y
atractiva.

Conocimiento de los sonidos. En primer lugar, tengamos presente que la lectura no es


una ciencia ni un arte. Incluso si lo fuera, los niños deben ser la primera consideración del
educador; pero no lo es. Aprender a leer no es más que captar, cómo podemos, un
conocimiento de ciertos símbolos arbitrarios de objetos e ideas. No hay absolutamente
ningún “paso” correcto y necesario para la lectura, cada uno de los cuales conduce al
siguiente; no hay un verdadero principio, medio o final.

En definitiva, ¿Qué es lo que proponemos al enseñar a un niño a leer? Que aprenda diez
palabras nuevas al día, para que en veinte semanas pueda leer un texto que contenga
palabras de variada longitud. La segunda parte de nuestra tarea es enseñarle al niño los
sonidos de las letras y ayudarlo a hacer combinaciones con ellas.
Lo que queremos es un puente entre los intereses naturales del niño y los sonidos de las
letras.

Material interesante. El niño está más interesado en las cosas que en las palabras; su
capacidad analítica es muy pequeña, pero su facultad de observación es extremadamente
rápida y entusiasta; nada es demasiado pequeño para él que hasta puede espiar el ojo de
una mosca; nada es demasiado confuso, y se deleita con los rompecabezas. Pero las cosas
que aprende a conocer por vista son las que le interesan. Aquí tenemos la clave para leer.
No se le deben presentar combinaciones de letras sin sentido, como cla, cle, cli, clo, clu…
más bien, se le debería enseñar al niño desde el principio a considerar la palabra impresa
como él ya considera la palabra hablada, como ese símbolo de un hecho o idea que atrae el
interés. Qué fácil es leer «petirrojo, «ranúnculos y margaritas»; el número de letras de las
palabras no importa; las palabras mismas transmiten ideas tan interesantes que la forma
general y el aspecto de las mismas se fija en el cerebro del niño por la misma ley de
asociación de ideas que hace que sea fácil acoplar los objetos con sus nombres hablados.
Una vez fijada una palabra en la clavija segura de la idea que transmite, el niño utilizará
su conocimiento de los sonidos de las letras para inventar con gran interés otras palabras
que contengan los mismos elementos. Cuando sabe “rezar”, está listo para crear “regar”
cambiando la z por una g.

La primera lección de Tomacito. Pero un ejemplo es mejor que un precepto y es más


convincente que el razonamiento más sólido. He aquí el tipo de lección de lectura que
tenemos en mente: Tomacito conoce las letras por su nombre y sonido, pero nada más.
Hoy se verá lanzado directo a la lectura, no habrá ningún “paso” en absoluto, porque la
lectura no es un arte ni una ciencia, y, probablemente, no tiene comienzo. Hoy Tomacito
aprenderá a leer:

«Debajo de un botón, ton, ton,


Que encontró Martín, tin, tin».

y conocerá estas seis palabras tan bien que podrá leerlas dondequiera que aparezcan de
ahora en adelante y para siempre.

[La rima completa usada aquí es la siguiente:

Debajo de un botón, ton, ton,


que encontró Martín, tin, tin,
había un ratón, ton, ton,
¡ ay, qué chiquitín, tin, tin!

¡Ay, qué chiquitín, tin, tin !


Era aquel ratón, ton, ton,
que encontró Martín, tin, tin,
debajo de un botón, ton, ton.

Es tan juguetón, ton, ton,


juguetón Martín, tin, tin
que metió el ratón, ton, ton,
en un calcetín, tin, tin.

En un calcetín, tin, tin,


vive aquel ratón, ton, ton,
lo metió Martín, tin, tin,
porque es juguetón, ton, ton.]

Pasos. Ahora comenzamos. Materiales: la caja de letras sueltas de Tomacito, una caja con
las palabras impresas de la canción «Debajo de un botón…» recortadas una por una, un
lápiz y papel, o mejor aún, una pizarra y tiza. Escribimos en buena letra y grande la
palabra «botón». El niño observa con interés: conoce las letras y probablemente las dice
mientras usted escribe. Además, está preparado para el gran acontecimiento de su vida; él
sabe que va a empezar a aprender a leer hoy. Pero aún no le pedimos nada de su
conocimiento previo; simplemente le decimos que la palabra es «botón»; y él se interesa de
inmediato; ya conoce lo que eso significa, y el símbolo escrito es agradable a sus ojos
porque está asociado con una idea existente en su mente. Se le pide que mire la palabra
«botón» hasta que esté seguro de que la reconocerá cuando la vuelva a ver. Entonces
forma la palabra «botón» de memoria con sus propias letras de juguete. Luego, usamos las
palabras ya recortadas de las dos primeras líneas del verso, y encuentra por sí mismo la
palabra «botón»; y, por último, se le muestra la hojita con el texto impreso completo, y allí
encuentra la palabra «botón», pero aún no se le permite descubrir la lectura completa del
texto. El mismo ejercicio realiza con las palabras restantes «había un ratón, ton, ton, ay,
qué chiquitín, tin, tin», y esto toma menos tiempo del que gastamos describiendo la
lección. Cada vez que se aprende una palabra nueva, Tomacito hace una columna en la
pizarra con las palabras ya aprendidas, y las lee de arriba abajo, y en forma aleatoria.

Lectura de oraciones. El niño sabe palabras, pero aún no saber leer las oraciones. El
objetivo ahora será lograr el placer de leer. Dictamos la primera línea de la cancioncita,
mientras el estudiante encuentra entre sus palabras sueltas aquellas que vamos
mencionando, y las coloca en el orden que las escucha, una tras otra, y luego lee la frase
«Debajo de un botón». ¡Qué gozo siente, como de quien ha encontrado un nuevo planeta!
Y Tomacito ha encontrado, de hecho, un nuevo poeta. Luego, se pueden combinar las
palabras en nuevas frases “Que–encontró–Martín”, “Había–un–ratón”, “Ay–qué–
chiquitín”, y así sucesivamente se van formando nuevas frases. Si la rima se puede
mantener en secreto hasta que se resuelva todo, tanto mejor. Crear los versos él mismo con
sus propias palabras sueltas hará que Tomacito adquiera la deliciosa noción de que el
conocimiento es poder, que pocas ocasiones en su vida posterior le darán. Pues bien, la
lectura es para él un placer de ahora en adelante, y solo una muy mala gestión podría
hacerlo que deteste la lectura.

La segunda lección de Tomacito. Tomacito se promete a sí mismo otra lección de lectura


mañana, pero en su lugar tiene una lección de ortografía, conducida de una manera
similar a la siguiente: el niño inicia haciendo de memoria con sus letras la palabra «botón»
si puede, y si no pudiera, que lo haga con las palabras recortadas. Saque «bo» y ¿qué
queda? Pues «tón», entonces que añada al frente «ra» y ahora tiene «ratón». Pídale que
cree otras palabras: «¿Cómo harías la palabra «bas-tón»? y otras palabras, las cuales irá
escribiendo en una columna en el pizarrón. El niño conoce los sonidos de las letras y dice
cada palabra fácilmente. Ha creado un grupo de palabras con las letras que conoce, y así
quedan en la pizarra:

bo-tón
ra-tón
ju-gue-tón
bas-tón
pi-so-tón
ton-tón
pi-men-tón
me-lo-co-tón
a-pre-tón

Lee la columna de palabras de arriba abajo y en forma aleatoria, y cada palabra tiene un
significado y contiene una idea. Entonces, se sacan las palabras sueltas que conoce, y se
usan dictando nuevas oraciones, que él ordena: «Debajo de un pimentón», «metió el
bastón», «había un melocotón», y así sucesivamente, formando las nuevas palabras con las
letras sueltas.

Palabras desconocidas. Ahora nos enfrentamos a una nueva experiencia: dictamos una
palabra desconocida y ¡consternación! Tomacito no la sabe. «Deja un espacio para las
palabras que no conoces, porque quizás pronto aparezcan en nuestras lecciones», y así
Tomacito ya tiene un deseo y una necesidad, en otras palabras, un apetito por aprender.

Se sigue trabajando toda la rima, y se van añadiendo las palabras nuevas además de
aquellas que suenen parecido, y a estas alturas, ya posee al menos dieciocho palabras
nuevas en la pizarra con las cuales puede crear nuevas oraciones. En lo que debemos
poner atención es en que las frases tengan sentido. Él crea las nuevas frases sin pensarlas
mucho, y se escriben en su «cuaderno» en letra impresa, para que pueda saber cuántas
palabras tiene en su posesión.

Instrucción moral en las lecciones de lectura. Al día siguiente trabajamos en las dos
últimas líneas de la primera estrofa, como se hiciera al principio. Estas líneas
proporcionan poco material para una lección de ortografía, por lo que en nuestra próxima
lección continuamos con el segundo párrafo. Pero el almacén de palabras del niño está
aumentando; ya es capaz, a medida que avanza, de crear un número casi ilimitado de
pequeñas oraciones, y si tiene que dejar espacios de vez en cuando, bueno pues, eso solo
abre su apetito por el conocimiento. Cuando Tomacito termina «Debajo de un botón»,
posee una gran cantidad de palabras; tiene una capacidad considerable para trabajar con
nuevas palabras que tengan sonidos familiares; y lo que es aún mejor es que ha logrado
algo; tiene la valentía de enfrentar todo «aprendizaje», y posee la noción de que los
resultados placenteros están a su alcance. Además, aprende a leer de una forma que le
otorga una cierta formación moral, ya que no hay tropiezos ni vacilaciones desde el
principio, sino una atención dedicada y un logro perfecto. Su lección de lectura es una
delicia, de la que se ve privado si abordara la lección en un estado de ánimo perezoso y
sin ganas. Se insiste en una enunciación y una precisión a la perfección, y cuando llega a
ordenar toda la pequeña rima con las palabras sueltas y la lee (que es la lección más
placentera que todas), su lectura debe ser una recitación perfecta y refinada. Creo que esta
es una forma práctica y de sentido común para enseñar a leer.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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VII. La recitación

«El arte de los niños».

Sobre este tema, no puedo hacer nada mejor que remitir al lector a la obra Recitation del Sr.
Arthur Burrell, considerada un manual para maestros de escuelas primarias. Yo desearía
que dichos maestros lo utilizaran ampliamente, y que también se convirtiera en un
manual familiar (aunque muchas de las lecciones no sean necesarias en los hogares
educados). No creo que exista otra «asignatura» tan educativa y tan elevada como la que
el Sr. Burrell describe tan felizmente como «el arte de los niños». Todos los niños tienen la
capacidad de recitar; es un regalo en cautividad que está esperando la libertad, tal como
fue liberado Ariel del hueco de un pino [en la obra La tempestad, de Shakespeare]. En la
obra tan reflexiva y metódica de Burrell encontramos los encantamientos apropiados que,
de usarse como es debido, y del niño más carente de gracia surgirá el niño artista, el
delicado ser mágico que le hará a usted reír y llorar. ¿No se cuenta acaso [en la
obra Marjorie Fleming, de John Brown] del gran Sir Walter Scott que “se mecía de un lado a
otro, hasta derramar todas sus lágrimas», cuando su pequeña «Pet» recitaba [de El rey
Juan, de Shakespeare]:

«Pues estoy enferma y soy accesible a los terrores,


Agobiada de desgracias y, por tanto, llena de miedos;
Una viuda, privada del auxilio de su esposo, sujeta al temor;
Una mujer nacida, naturalmente, para el temor».

Marjorie Fleming era, sin duda, una niña genio; pero en este libro aprendemos cuáles son
los pasos cuidadosamente graduados que un niño que no es un genio ni siquiera ha
nacido de padres cultos, puede tomar para aprender el arte de la hermosa y perfecta
oratoria; siendo ese solo el primer paso en la adquisición de «el arte de los niños». El niño
debiera expresar pensamientos hermosos de una manera tan agraciada, con una
interpretación tan delicada de cada matiz de significado, que se convierta para el oyente en
el intérprete del pensamiento del autor. Ahora, considere usted lo que esto implica en
cuanto a apreciación, conformidad y capacidad de expresión, y reconocerá que «el arte de
los niños» es, como dijo Steele sobre la compañía de su esposa, «una educación liberal en
sí misma». La objeción de que «los niños son unos loros; dicen algo tal como lo escucharon
decir, pero no tienen ni un ápice de interés en “apreciar” e “interpretar”», es muy cierta de
otros estilos de recitación tradicional, pero a lo largo del volumen del Sr Burrell se induce
a que el niño encuentre por sí mismo la expresión exacta del pensamiento; nunca se le
permite al pobre maestro establecer un patrón tal como «diga esto como yo lo digo». Se
mantienen las ideas al alcance del niño, y la expresión es la suya propia; su astucia lo
atrapa, utiliza hasta su propia picardía, encuentra una docena de maneras de decir «no lo
haré», se le conduce astutamente hasta el punto de expresarse por sí mismo, y lo hace,
para su propia sorpresa y deleite. Las piezas que se dan en este caso para recitar son un
tesoro de nuevas alegrías, como «Mariposa del aire» de Federico García Lorca, «La
mariposa y el niño» de Rafael Pombo, y «Los sueños» de Antonio Machado, las que
estimularían a cualquier niño a recitar. Pruebe una sola pieza con la puntuación y
sugerencias del autor, y verá que hay tanta diferencia entre el resultado y la lectura normal
en voz alta como lo hay en una composición musical interpretada con y sin las marcas de
expresión del compositor. Espero que mis lectores enseñen a sus hijos el arte de la
recitación; en los próximos días, incluso más que en el nuestro, será necesario que todo
hombre y mujer educados sean capaz de hablar con eficacia en público; y, al aprender a
recitar, se aprende a hablar.

Memorización. Recitar y memorizar no son necesariamente lo mismo, y es bueno colmar


la memoria de un niño con una buena cantidad de poesía aprendida sin esfuerzo. Hace
algunos años por casualidad hice una visita a una dueña de casa que mantenía unas
nociones educativas únicas y que estaba criando a una sobrina; me recibió con un gran
pliego de papel donde estaban escritos títulos de poemas, algunos de ellos largos y
difíciles como Tintern Abbey. Me dijo que su sobrina podía repetirme cualquiera de esos
poemas si me placía pedírselo, y que nunca en su vida se había aprendido un solo verso
de memoria. La niña repitió varios de los poemas de la lista, de manera bastante hermosa
y sin titubear; y luego la dama reveló su secreto. Ella pensó que había hecho un
descubrimiento, y yo también lo pensé. Le leía un poema a su sobrina. y, al día siguiente,
mientras la niña confeccionaba un vestido de muñeca, quizás lo volvía a leer; una vez más
el día después, mientras cepillaba el cabello de la niña. Hizo unas seis o más lecturas,
dependiendo de la longitud del poema, en momentos extraños e inesperados, y al final su
sobrina podía decir el poema que nunca había repasado por sí sola.

Desde entonces, he probado dicho plan con regularidad y lo he encontrado eficaz. El niño
no tiene que tratar de recordar o de recitarse a sí mismo el versículo, sino, en la medida de
lo posible, tener una mente abierta para recibir una impresión literaria de interés. Media
docena de repeticiones deberían hacer que los niños lleguen a la posesión de poemas
como: «A Margarita Debayle» de Rubén Darío, entre otros. Los beneficios de un método
de aprendizaje así radican en que la capacidad de disfrute del niño no desaparece con
aquellas fatigosas repeticiones verso a verso y, también, que el hábito de hacer imágenes
mentales se forma inconscientemente.

Recuerdo haber conversado una vez sobre este tema con la difunta señorita Anna
Swanwick [escritora inglesa], creo, en relación con Browning, cuando un incidente muy
curioso surgió durante la conversación. Una señora, sobrina de la señorita Swanwick, dijo
que después de una larga enfermedad, durante la cual no podía hacer nada, leyó
«Lycidas» [poema de John Milton] a modo de primer consuelo como convaleciente. Se
sorprendió al encontrarse al día siguiente repitiéndose a sí misma largos pasajes. Entonces
abordó todo el poema y descubrió que podía repetirlo, resultado de esta única lectura, ya
que antes de su enfermedad no había aprendido el poema, ni lo había leído con especial
atención. Estaba muy eufórica por el tesoro que había encontrado y, para poner a prueba
sus poderes, leyó todo «­ El paraíso perdido» [también de John Milton], libro por libro, y
con el mismo resultado—¡podía repetirlo libro por libro después de una única lectura! Se
enriqueció a sí misma adquiriendo otros tesoros durante su convalecencia; pero cuando
recuperó la salud y su mente se dedicó a muchos intereses, descubrió que ya no poseía
esta asombrosa capacidad. Es posible que la mente despejada de un niño sea tan libre para
obtener (y tan fuerte para retener) bellas imágenes vestidas con hermosas palabras como
lo fue la de esta dama durante su convalecencia. Pero, valga la pena reiterarlo, todo
esfuerzo de este tipo, por inconsciente que sea, implica un desgaste cerebral, por ello, deje
que el niño quede sin cultivo hasta los seis años, y luego, en cuanto a este asunto de
memorizar, al igual que en otros, intente sólo un poco, y que los poemas que el niño
aprenda sean simples y estén dentro del alcance de su propio pensamiento e imaginación.
Al mismo tiempo, ¡es una lástima que, considerando que hay tanta poesía noble a su
alcance, se le permita al niño aprender soserías!

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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VIII. Leer a los niños mayores

En la enseñanza de la lectura, tanto como en otras materias, es el primer paso el que


cuenta. El niño al que se le ha enseñado a leer con cuidado y dedicación hasta que ha
dominado las palabras de un vocabulario limitado, normalmente hace el resto por sí
mismo. La atención de sus maestros debe fijarse en dos puntos: que adquiera el hábito de
leer y que no caiga en hábitos descuidados de lectura.

El hábito de leer. El defecto más común y monstruoso en la educación de hoy día es que
los niños no adquieren el hábito de leer. El conocimiento se les transmite mediante
lecciones y charlas, pero no adquieren el hábito aplicado de utilizar los libros como
herramienta del interés ni del deleite. Este hábito debe iniciarse temprano; tan pronto
como el niño pueda leer, debe leer por él mismo y para sí mismo, ya sea en historia,
leyendas, cuentos de hadas, y otros materiales adecuados. Debe instruírsele desde el
principio para que piense que una lectura en sus lecciones es suficiente para que pueda
narrar lo que ha leído, y, de esa forma, adquiera el hábito de una lectura lenta, atenta,
inteligente incluso cuando ocurre en silencio, porque lee con atención al significado
completo de cada oración.

Lectura en voz alta. También debería practicar la lectura en voz alta, en gran parte, de los
libros que está usando para el trabajo del trimestre, los cuales deberían incluir una gran
cantidad de poesía, para que se acostumbre a la delicada interpretación de matices de
significado, y especialmente para que sea consciente de que las palabras son hermosas en
sí mismas, que son una fuente de placer, y que son dignas de nuestro honor; que una
hermosa palabra merece ser bellamente dicha, con una cierta sonoridad de tono y una
precisión en la expresión. Los niños bien pequeños reciben este tipo de enseñanza cuando
es transmitida, no usando una lección, sino a través de una palabra de vez en cuando.

Restricción. En relación con lo dicho, la maestra no debe establecerse como la versión que
los niños deban imitar, quienes pueden remedar con bastante facilidad, captando trucos
de énfasis y de acción para la diversión de todos, pero estos trucos no son nada más que
eso, una imitación de la inteligencia. Por el contrario, el niño debe expresar lo que él siente
que es el significado del autor; y este tipo de lectura inteligente surge solo del hábito de
leer con comprensión.

Leer a los niños. A las personas mayores les encanta leer en voz alta a los niños, pero esto
debe ser sólo un placer y un capricho que se dé en forma ocasional, por ejemplo, antes de
acostarse. No debemos olvidar la apatía natural de la mente de un niño; si obtiene el
hábito de que le lean, eludirá constantemente el esfuerzo de leer por sí mismo; de hecho, a
todos nos gusta que nos den con cuchara nuestra carne intelectual, cuando, en vez de leer
y pensar más por nosotros mismos, somos siempre asistentes a una conferencia tras otra.

Preguntas sobre el tema tratado. Cuando un niño está leyendo, no se le debe molestar con
preguntas sobre el significado de lo que acaba de leer, o el significado de alguna palabra;
eso es molesto tanto para los adultos como para los niños. Además, no es importante que
el niño entienda la definición de cada palabra que lee, porque un vocabulario amplio y
correcto se consigue de a poco como un efecto secundario natural de una lectura variada.
En forma inconsciente, un niño obtiene a partir del contexto el significado de las nuevas
palabras, y si no lo adquiere la primera vez que se encuentre con ella, entonces lo logrará
la segunda o la tercera vez. Si no conoce el significado de esta manera, entonces descubrirá
lo que significan ciertas expresiones porque tendrá el deseo de saberlo. Hacer preguntas
directas al niño para descubrir si comprendió es siempre un error; en vez de ello, pídale
que narre y que le cuente a usted lo que leyó, o por lo menos alguna parte de lo que leyó.
Los niños disfrutan recordar las cosas en orden, pero no les gustan las preguntas que
parecen acertijos. Si debe haber acertijos, entonces deje que sea él quien los haga, y que la
maestra sea quien responda. Es admisible hacer preguntas que conduzcan a un tema
secundario o a una opinión personal cuando les interese a los niños, como: «¿Qué
hubieras hecho tú en su lugar?»

Libros escolares. Un niño ha comenzado verdaderamente su educación cuando ha


adquirido el hábito de leer libros al nivel intelectual que le es propio, y cuando los lee con
interés y placer. Me refiero ahora a los libros para las lecciones, que, con frecuencia, están
escritos en un estilo de insufrible sosería, probablemente porque están escritos por
personas que nunca han tenido la oportunidad de conocer a un niño, dado que todos los
que conocen a los niños saben que no hablan soserías y tampoco les gusta tal simpleza,
sino que prefieren aquello por lo cual su intelecto se siente atraído. Sus libros escolares
deben contar con material de lectura, ya sea para leer en voz alta o para lectura personal;
por lo cual deben estar escritos con capacidad literaria. En cuanto al tema de dichos libros,
recordemos que los niños pueden absorber ideas y principios, sean estos últimos morales
o mecánicos, tan rápida y claramente como nosotros (o quizás más); pero los procesos
detallados, las listas y los resúmenes embotan los contornos de la delicada mente infantil.
Por ello, la selección de los primeros libros escolares de los niños es una cuestión de suma
importancia, porque ellos serán los que den a los niños la idea de que el conocimiento es
sumamente atractivo y que la lectura es un placer. Una vez que se ha establecido el hábito
de leer los libros escolares con deleite, la educación del niño no está completa, pero está
asegurada; a partir de allí, él continuará por sí mismo a pesar de los obstáculos que, con
demasiada frecuencia, le pondrá la escuela en el camino.

Hábitos negligentes; falta de atención. Ya me he referido a la importancia de una sola


lectura. Si el niño no es capaz de narrar lo que ha leído una vez, no permita que el niño
crea que puede, o que debe leer de nuevo. Una mirada de leve pesar por la brecha en su
conocimiento será suficiente para que sienta el peso de su falta. El niño al cual se le
permite vagar mentalmente durante la clase, no logrará la capacidad de leer con perfecta
atención. Es por esta razón que las lecciones de lectura deben ser breves; diez minutos o
un cuarto de hora de atención fija es suficiente para los niños de las edades que
abordamos aquí [6 a 9 años, aproximadamente], y una lección de tal duración permitirá
que un niño abarque dos o tres páginas de su libro. Se aplica la misma regla de duración
de una lección a los niños que no leen aún por sí mismos, sino que alguien les lee sus
libros.

Enunciación descuidada. Es importante que, al leer en voz alta, los niños hagan el uso
debido de los órganos vocales, por lo cual una lección de lectura debe iniciarse con dos o
tres ejercicios sencillos de respiración, como una larga inhalación con los labios cerrados y
una exhalación lenta con la boca abierta. Si un niño lee por la nariz, es bueno consultar con
un médico en el caso de que sea necesaria una operación de adenoides, que rara vez es
problemática, y que debe realizarse cuando los niños son pequeños. Debe evitarse la
pronunciación local marcada y la enunciación descuidada. La práctica de los sonidos
vocálicos puros, y el respeto por las palabras que permitirá que se pronuncien mal por el
apuro, deberían ser la cura de los defectos mencionados. Por cierto, niños muy pequeños
enuncian maravillosamente en general, porque una palabra grande es una nueva
adquisición que les da placer y que aprovechan al máximo; en ese sentido, nuestros
esfuerzos deben estar dirigidos a que los niños mayores consideren las palabras en alta
estima igual que los pequeñuelos.

El hábito de «poner atención en las pausas» proviene de la lectura inteligente; de hecho,


cuando el niño entiende el pasaje, naturalmente hará las pausas correctamente.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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IX. El arte de narrar


Los niños narran por naturaleza. La narración es un arte, como crear poesía o pintar,
porque está allí, en la mente de todos los niños, esperando ser descubierta; no es el
resultado de ningún proceso educativo disciplinario. Un decreto creativo le ordena
mostrarse. «Que narre»; y el niño narra, con fluidez, ampliamente, en secuencia ordenada,
con ajuste y detalles gráficos, con solo una selección de palabras, sin verbosidad ni
redundancia, tan pronto como pueda hablar con facilidad. Esta sorprendente habilidad se
encuentra en cada niño, sin embargo, rara vez se utiliza para su educación. Robertito
volverá a casa con una narración heroica de una pelea que ha visto entre «Duque» y un
perro en la calle. Es maravilloso, lo ha visto todo y lo cuenta todo con espléndido vigor al
más estilo épico; pero ¡nuestra indiferencia por los niños está tan arraigada que no vemos
nada en esta actividad excepto el simple comportamiento infantil de Robertito! Pero frente
a nosotros, si tenemos ojos para ver y gracia para edificar, se encuentra el fundamento de
su educación.

Hasta que cumpla seis años, que Robertito solo narre cuando y lo que quiera; que no se le
pida que cuente nada. ¿Será este el secreto de las largas y extrañas conversaciones que
observamos divertidos entre criaturas de dos, cuatro y cinco años? ¿Es posible que narren
cuando todavía no son capaces de expresarse bien, y que la otra persona de iguales
características lo entienda todo? Nos cuentan algo, y nosotros los pobres adultos,
respondemos «Sí», «¡En serio!», «¿De verdad?» al balbuceo cuyo significado no
conocemos. Sea como fuere, ¡no sabemos nada de lo que sucede en la región oscura de
«los menores de dos años»! Pero espere hasta que el pequeñuelo posea palabras y él
«contará» todo sin parar, a cualquiera que desee escuchar la historia, aunque su
preferencia será contarla a sus amiguitos.

Esta capacidad debiera utilizarse en su educación. Aprovechemos lo que la naturaleza ha


provisto; y cuando el niño tenga seis años, no antes, que narre el cuento de hadas que se le
ha leído, episodio por episodio, después de escucharlo una sola vez; las historias bíblicas
leídas en las propias palabras de la Biblia; las historias de animales bien escritas; o todo
acerca de otras tierras de libros como The World At Home
(https://archive.org/details/worldathomeorpi00greggoog) [quizás una buena opción en
español sería El Mundo de los niños disponible en este enlace
(https://elmundodelosninos.org/portada/ninos-de-todo-el-mundo/)]. El niño de siete años habrá
empezado a leer por sí mismo, pero debe obtener la mayor parte de su nutrición
intelectual, de oídas, es seguro, pero de lecturas recibidas en voz alta. La geografía,
bocetos de historia antigua, Robinson Crusoe, El progreso del peregrino, Cuentos de
Tanglewood, Héroes de Asgard y otras obras del mismo calibre, lo tendrán ocupado hasta
que tenga ocho años. Los objetivos que se deben tener en cuenta son que el niño no
debiera tener ningún libro que no sea un clásico para niños; y que, cuando se trate del
libro correcto, no debe diluirse con charlas o interrumpirse con preguntas, sino se debe
entregar al niño en proporciones adecuadas tal como carne saludable para su mente, con
la plena confianza de que la mente de un niño es capaz de lidiar con la comida que le
conviene.

El niño de ocho o nueve años es capaz de abordar material literario más serio; pero por el
momento nuestro enfoque es hacia lo que los niños menores de nueve años pueden narrar.
Método de la lección. En cada caso de lectura de un libro bien elegido, ésta debe ser
consecutiva; y antes de que comience la lectura del día, la maestra debe hablar un poco (y
hacer que los niños hablen) sobre la última lección, añadiendo unas pocas palabras sobre
lo que se leerá, para generar expectativa en los niños; poniendo cuidado de no explicar
mucho, y, especialmente, de no anticiparse a la narrativa. Luego, puede leer dos o tres
páginas, lo suficiente para abarcar un episodio; y después de eso, puede pedir a los niños
que narren—por turnos, si hay varios de ellos. Ellos lo harán con ánimo y precisión,
logrando captar el estilo del autor. No es prudente molestarlos con correcciones; pueden
comenzar con una cadena interminable de «y», pero, pronto lo superarán, ¡y sus
narraciones se vuelven lo suficientemente buenas en estilo y composición como para
ponerlas en un «libro impreso»!

Este tipo de lección de narración no debería ocupar más de un cuarto de hora.

El libro siempre debe ser profundamente interesante, y cuando se termina de narrar,


debiera haber una pequeña charla para destacar las moralejas, ver imágenes que ilustran
la lección, o dibujar diagramas en la pizarra. Apenas los niños puedan leer con facilidad y
fluidez, deben leer su propia lección, en voz alta o en silencio, con vistas a la narración;
pero en las obras en que es necesario hacer omisiones, como en las narraciones del
Antiguo Testamento y de las Vidas de Plutarco, por ejemplo, es mejor que la maestra
siempre lea la lección por narrar.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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X. La escritura

Ejecución perfecta. Solo puedo ofrecer unas pocas sugerencias sobre la enseñanza de
la escritura, aunque podría decirse mucho. Primero, que el niño logre hacer
algo perfectamente en cada lección, ya sea un trazo, un gancho, una letra. Que la lección de
escritura sea breve; no debiera durar más de cinco o diez minutos. La facilidad para
escribir viene con la práctica; pero eso se logrará más tarde; mientras tanto, lo que debe
evitarse es el hábito del trabajo descuidado— «m» que son jorobadas, «o» que son
angulares.

Escribir en letra de molde. Pero el niño necesita práctica con las letras en versión
imprenta antes de comenzar a escribir. Para ello, que empiece por escribir las letras
mayúsculas más simples que contienen curvas simples y líneas rectas. Cuando pueda
escribir las letras grandes y mayúsculas con cierta firmeza y decisión, podría pasar a las
letras más pequeñas—siempre «en imprenta» como del tipo que llamamos «itálicas», sólo
que en dirección vertical—y de la forma más simple posible, y en gran tamaño.
Pasos en la enseñanza. Lo primero que se debe aprender es el trazo, luego el gancho; más
adelante se aprenden las letras en que aparece el gancho, como n, m, v, w, r, h, p; y luego la
letra o, y las letras en que se usa la línea curva como a, c, g, e, x, s, q; y luego las letras
irregulares y en bucle como b, l, f, t, etc. El niño debería formar de manera perfecta una
letra en un día, y, al día siguiente, repetir las mismas formas elementales en otra letra,
hasta que las formas le sean familiares. Pronto llega a copiar tres o cuatro de las letras que
ha aprendido, ahora asociadas en una palabra, como: «mano», «antes»; siendo el objetivo
de la lección producir la palabra escrita una vez sin ni un solo defecto en ninguna letra. En
esta etapa, la tiza y la pizarra son mejores que el bolígrafo y el papel, ya que es bueno que
el niño borre y borre hasta que su propio ojo esté satisfecho con la palabra o letra que ha
escrito.

En las etapas posteriores, no es necesario decir mucho. Asegúrese de que el


niño comience por hacer letras perfectas y que nunca se le permita hacer letras defectuosas,
y el resto lo hará él por sí solo; en cuanto a «buena letra», no lo apresure; su «caligrafía»
mejorará poco a poco según el carácter que él posee; aunque, estrictamente hablando,
como tal, no se puede decir que el niño posea un carácter aún.

Que el niño cuente con buenos modelos para copiar, y asegúrese de que imite su modelo
concienzudamente. En esencia, la lección de escritura no consiste en copiar un número
determinado de líneas, o «copiar»—escribir una página entera, por ejemplo— sino más
bien escribir una sola línea que sea una copia tan exacta como sea posible de los caracteres
por trabajar. Es posible que el niño tenga que escribir varias líneas antes de lograr esto.

Modelo de escritura a mano. Si el niño usa libros con intricados encabezados (que, en
general, debieran evitarse), se deben escoger discriminadamente porque en muchos de
ellos la escritura es atroz y las letras están adornadas con florituras que aumentan el
esfuerzo del estudiante, pero que de ninguna manera mejoran su estilo. Otra cosa más; no
apresure al niño para que escriba en «letra pequeña»; de hecho, no es necesario que trabaje
mucho en lo que se llama «letra grande», sino más bien en «letra de molde», de tamaño
mediano, debiera continuarse hasta que el niño haga las letras con facilidad. Es mucho
más fácil para el niño acostumbrarse a los trazos irregulares cuando hace la «letra
pequeña», que dejar ese mal hábito. En este caso, como en todo lo demás, el educador
debe vigilar no solo la formación de buenos hábitos, sino también a la prevención de los
malos hábitos.

La caligrafía «New Handwriting». Hace algunos años supe de una señora que estaba
elaborando, mediante el estudio de antiguos manuscritos italianos, entre otros, un
«sistema de hermosa caligrafía» que podía enseñarse a los niños. He esperado
pacientemente, aunque no sin cierta urgencia, la producción de este nuevo tipo de «libro
de copia»; la necesidad de un recurso así era muy grande, dado que la escritura común
que se enseña a partir de los libros de copia que ya existen, por minuciosa y legible que
sea, no puede dejar de tener un efecto bastante vulgarizador tanto en quien escribe como
en quien lee dicho manuscrito. Por fin, la dama, la señora Monica Bridges, esposa del
poeta Robert Bridges, ha finalizado su tediosa y difícil empresa, y este libro para
profesores permitirá enseñar a los estudiantes un estilo de escritura que es agradable
adquirir porque es hermoso de contemplar [ver ejemplos de esta caligrafía en la página de
AmblesideOnline (https://www.amblesideonline.org/new-handwriting)]. Cuán
sorprendente es la rapidez con la que los niños pequeños, incluso los que se caracterizan
por tener una «fea» escritura, adoptan esta «nueva caligrafía».

Pero el propósito de la Sra. Bridges en su libro A New Handwriting puede entenderse mejor
gracias a algunos pasajes citados, con su permiso, de su prefacio: “Las diez láminas que
acompañan esta obra están destinadas principalmente a aquellos que enseñan a escribir: y
para presentarlas necesito expresar unas pocas palabras, tanto de justificación como de
explicación. Siempre me ha interesado la escritura a mano, y después de conocer el gótico
italianizado del siglo XVI, hice el esfuerzo de modificar mi escritura a mano para que se
asemejara a sus formas y carácter generalizados. Muchas personas lo encontraban muy
placentero y, a menudo, me pedían que hiciera alfabetos y copias, y maestros
profesionales me rogaban que imprimiera un libro como este, para que pudieran usarlo en
sus escuelas. Es muy difícil estar completamente satisfecho al crear modelos para que
otros copien, pero estas láminas son en gran medida lo que yo pretendía, aunque, debido
a mi inexperiencia, la reproducción de algunas de ellas no ha sido exitosa…

Un niño debe aprender primero a controlar su mano y hacerla que obedezca al ojo; en esta
primera etapa, todas las formas simples servirán para este propósito; y, por tanto, también
se podría argumentar que al ser las formas indiferentes, el dominio total de la mano puede
lograrse copiando modelos malos y buenos; pero eso no es así porque los cuadernos
comunes de modelos de copiado, cuyo objetivo parece ser economizar las partes que
componen las letras, no pueden entrenar la mano como lo haría el uso de formas variadas;
y, de igual manera, la uniformidad que en ellos existe, carente de belleza, no ofrece un
buen adiestramiento para la vista. Además, debo decir que la variedad y la belleza de las
formas son atractivas incluso para los niños pequeños, y que intentar crear algo que les
interese, los alegra y corona sus estupendos esfuerzos con un placer que es imposible
hallar en la tarea de copiar formas monótonas. Pero no sabría decir si una escritura como
la que se muestra aquí contribuya más al desarrollo de una cursiva rápida y útil que el
mero modelo uniforme; considerando que las degradaciones, inevitables en el hábito de la
escritura rápida, puedan producir algo de desorden, lo cual es casi el peor reproche en
caligrafía. Algunas de las mejores escrituras a mano de hoy en Inglaterra consisten en una
rápida cursiva que es tan aceptable como se desea, conteniendo aspectos de pura belleza;
pero tales escrituras son extraordinarias, y solo corresponden a quienes tienen, como
decimos, carácter; lo que probablemente significa que quien escribe lo habría hecho bien
en virtud de cualquier sistema: mientras que las escrituras promedio, que son el resultado
natural de la vieja escritura del cuaderno de modelo de copiado, degradadas por la prisa,
parecen deber su fealdad común del tipo de letra mezquino del que surgieron; y tales
escritores, cuando tienen ocasión de escribir bien, descubren que poco pueden mejorar, y
solo demuestran que la prisa no fue la verdadera causa de su mala escritura».

Cómo usar este recurso. El método para usar el libro de la Sra. Bridges que nos parece
más eficaz, es practicar cada forma de la lámina en la pizarra y luego usar lápiz grafito, y
más tarde pluma y tinta. Con el tiempo, los niños podrán llegar a transcribir pequeños
poemas, y así sucesivamente, en este estilo tan placentero. Se deben evitar los encabezados
ya formulados [porque quizás contienen múltiples y complejas formas y adornos], ya que
los niños no utilizan dichos formatos en su escritura diaria. A veces se objeta que esta
escritura bastante elaborada y hermosa puede interferir con la «escritura a mano»
característica de alguien, pero a mí me parece que es una gran ganancia tener un
fundamento hermoso para la escritura a mano, en vez de un fundamento común.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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XI. La transcripción

El valor de la transcripción. La primera práctica de la escritura adecuada para niños de


siete u ocho años debería ser, no la escritura de letras ni el dictado, sino la transcripción, el
trabajo lento y hermoso para el cual es preferible usar el libro New Handwriting aunque tal
vez pueden omitirse algunos de los caracteres más ornamentados.

La transcripción debiera ser una introducción a la ortografía. Se debe alentar a los niños a
que miren la palabra, vean una imagen de ella con los ojos cerrados y luego escriban de
memoria.

Transcripción de pasajes favoritos. Al ejercicio de deletrear se puede agregar un cierto


sentido de posesión y deleite si a los niños se les permite elegir un verso favorito de un
poema y otro para transcribir, lo cual es mejor que escribir un poema completo, ejercicio
que a menudo genera en los niños desinterés antes de que terminen. Un libro propio
compuesto por los versos que ellos mismos han elegido debería ser una delicia.

Fina escritura a mano; líneas de renglón doble. Las líneas de dos renglones para escribir
texto pequeño debe usarse al principio, ya que los niños están ansiosos por escribir en
«letra pequeña» muy diminuta, y una vez que han adquirido este hábito, no es fácil lograr
una buena escritura. En esta etapa de su trabajo, el sentido de la belleza tanto en la
escritura como en las líneas que copian debería inspirarlos y darles placer. No deben
dedicarse más de diez minutos o un cuarto de hora a las primeras lecciones de escritura,
porque si demoran más tiempo, los niños se cansan y se descuidan.

Posición para escribir. Para escribir, los niños deben sentarse de modo que la luz les
llegue desde la izquierda, con el escritorio o la mesa a una altura cómoda [nos
imaginamos que el reverso es lo normal para niños que escriben con la mano izquierda].

Sería un gran beneficio si a los niños se les enseñara desde el principio a sostener el
bolígrafo entre el dedo índice y el dedo medio, sujetándolo con el pulgar, ya que esta
posición evita la tensión incómoda en los músculos que se produce habitualmente—una
tensión que causa calambres a quien, en días futuros, tendrá mucho que escribir. El
bolígrafo debe sostenerse en una posición cómoda, bastante cerca de la punta, con los
dedos y el pulgar algo doblados y la mano descansando en el papel. El escritor también
debería poder apoyarse a sí mismo con la mano izquierda sobre el papel, escribiendo en
una posición relajada, la cabeza inclinada, pero sin inclinarse él mismo. Es innecesario
decir que, si los niños no tuvieran ese don feliz de hacer marcas de araña con la punta
sostenida de lado, debe usarse la parte plana de la pluma estilográfica. En todas las
lecciones de escritura, tanto el profesor como los niños debieran usar libremente la pizarra
para modelar y practicar.

Escritorios. Los mejores escritorios que conozco son los recomendados por el Dr. Roth,
que son escritorios individuales que pueden elevarse o bajar, mover hacia atrás o hacia
adelante, y que incluyen asiento, un respaldo blando, y apoyo para los pies. Puede que
haya otros tan buenos como los mencionados, o incluso mejores en el mercado, pero éstos
parecen satisfacer todos los propósitos pertinentes.

Mesa para niños. Para los niños pequeños es un buen plan tener una mesa de una altura
adecuada fabricada por el carpintero de la casa, cuya parte superior (la cubierta) conste de
dos hojas con bisagras que se abran en el medio y revelen una especie de caja en el espacio
interior para los libros, materiales de escritura, etc. y que los niños mantienen ordenado
por sí mismos más fácilmente que un cajón o una caja comunes.

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hogar/#cmvol1_indice)Volver al índice

XII. La ortografía y el dictado

De todos los ejercicios traviesos en los que los niños pasan sus horas escolares, el dictado,
como se practica comúnmente, es quizás el más perjudicial; y esto, porque la gente tarda
en comprender que no hay ninguna parte del trabajo escolar de un niño en la que no
exista subyacente algún principio filosófico.

Fértil causa de la mala ortografía. La práctica común es que el maestro dicte un pasaje,
cláusula por cláusula, repitiendo cada cláusula, unas tres o cuatro veces, mientras recibe
una lluvia de preguntas por parte de los escritores. Cada línea puede que tenga uno o
múltiples errores de ortografía. El maestro concienzudo marca con grafito bajo los errores,
o los subraya solemnemente con tinta roja. Los niños corrigen de diversas maneras; a
veces intercambian sus cuadernos, corrigiendo cada uno los errores del otro, y copiando la
palabra desde el libro o el pizarrón. Algunos maestros indoctos todavía hacen que los
niños copien su propio error junto con la corrección, escribiendo esta última tres o cuatro
veces, se aprende, y se deletrea para el maestro, quien queda atónito ante la pura vileza
que causa que los mismos errores se repitan una y otra vez, a pesar de todos estos
minuciosos esfuerzos.
La fundamentación de la ortografía. No obstante, el hecho es que el don de deletrear
correctamente depende de la capacidad que posee el ojo para «tomar» (en un sentido
fotográfico) una imagen detallada de una palabra; una capacidad y un hábito que debe
cultivarse en los niños desde el principio. Cuando hayan leído «gato», se les debe animar a
que vean la palabra con los ojos cerrados, y el mismo hábito les permitirá imaginarse la
palabra «Termópilas». Esta forma de generar imágenes de palabras en la retina parece ser el
único camino de primera hacia la correcta ortografía; pues, un error, una vez cometido y
corregido, genera dudas terribles por el resto de la vida, sobre cuál será el camino
equivocado y cuál, el correcto. A la mayoría de nosotros nos persigue la duda de si
«decisión», por ejemplo, lleva primero la «s» o la «c»; y la duda nació de una corrección
realizada. Una vez que el ojo ve una palabra mal escrita, esa imagen permanece; y si
también existe la imagen de la palabra correctamente escrita, nos quedamos perplejos en
cuanto a cuál es cuál. Ahora comprendemos por qué no hay una forma más ingeniosa de
provocar una mala ortografía que el «dictado», como se enseña comúnmente. Cada
palabra mal escrita ha formado una imagen en el cerebro del niño, la cual no se borra
gracias a la ortografía correcta. Por lo tanto, le corresponde la maestra evitar la ortografía
incorrecta, y, si se ha cometido un error, ocultarlo, por así decirlo, para que no se forme
una impresión del mismo.

Los pasos de la lección de dictado. Las lecciones de dictado, realizadas de manera similar
a la siguiente, generalmente resultan en una buena ortografía. Un niño de ocho o nueve
años prepara un párrafo; los niños mayores, de una a tres páginas. Dicha preparación la
realiza el niño solo, mirando la palabra que le genera dudas, y luego viéndola con los ojos
cerrados. Antes de comenzar el dictado, la maestra pregunta al niño qué palabras cree que
necesitarán atención, lo cual el niño generalmente sabe, pero ella puede señalar cualquier
palabra que pueda causar tropiezos. Le avisa a la maestra cuando está listo. La maestra se
asegura si hubiera palabras que generen dudas, las cuales pone, una por una, en la
pizarra, dejando que el niño mire hasta que tenga una imagen de ellas, y luego las borra.
Si alguien todavía tiene dudas, se le pide que escriba la palabra de la que no está seguro
en la pizarra, y la maestra observa para borrar la palabra apenas comience a aparecer una
letra incorrecta, y nuevamente ayuda al niño a hacerse una imagen mental. Luego, la
maestra hace el dictado, cláusula por cláusula, cada una repetida una vez; ella dicta
considerando la puntuación, que los niños pondrán mientras escriben; pero sin decirles
«coma», «punto y coma», etc. Después del tipo de preparación que he descrito, que lleva
diez minutos o menos, rara vez hay errores de ortografía. Si así fuera, por el contrario,
vale la pena que la maestra esté alerta con tiras de cinta autoadhesiva para cubrir la
palabra equivocada, para que se borre su imagen en la medida de lo posible. Al final de la
lección, el niño debe volver a estudiar la palabra incorrecta en su libro hasta que diga que
está seguro de ella, y debe escribirla correctamente sobre la cinta.

Una lección de este tipo garantiza la cooperación cordial de los niños, quienes sienten que
participan en ella; y también los prepara para la segunda condición de una buena
ortografía, que es mucha lectura combinada con el hábito de imaginar las palabras a
medida que se leen.

La ortografía defectuosa suele ser un signo de escasa lectura; pero, a veces, de lectura
apresurada carente del hábito de ver las palabras que se ojean.
La ortografía no debe perderse de vista en los otros estudios de los niños, aunque no se les
debe molestar para que deletreen. Está bien escribir en la pizarra un nombre propio difícil,
por ejemplo, en el curso de las lecturas de historia o geografía, borrando la palabra
cuando los niños dicen que pueden visualizarla. El secreto de la ortografía radica en el
hábito de visualizar las palabras de memoria, y a los niños se debe instruir para que
visualicen mientras leen, quienes disfrutan esta manera de aprender a deletrear.

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XIII. La composición

El ensayo de George Osborne. «¡Qué persona tan erudita y encantadora que es el


reverendo Lawrence Veal, el maestro de George! “Lo sabe todo“, dijo Amelia. “Dice que
Georgy puede aspirar a cualquier puesto en la abogacía o la política. Mira.” Se acercó al
cajón del piano y sacó una redacción escrita por George. Este gran esfuerzo de genio,
todavía en posesión de la madre de George, dice lo siguiente:

«Sobre el egoísmo. De todos los vicios que degradan el carácter humano, el egoísmo es el más
odioso y despreciable. Un excesivo amor del yo conduce a los crímenes más monstruosos. En
ocasiones a las mayores desgracias, tanto en los Estados como en las familias. Igual que un
hombre egoísta empobrecerá a su familia y la llevará a la ruina, un rey egoísta atraerá la ruina
sobre su pueblo y a menudo lo conducirá a la guerra. Ejemplo: el egoísmo de Aquiles,
comentado por el poeta Homero, causó miles de penalidades a los griegos—[aquí una frase en
griego de La Ilíada de Homero, Il. 2]. El egoísmo del difunto Napoleón Bonaparte causó un
sinfín de conflictos en Europa y lo llevó a morir en una isla miserable, la de Santa Elena, en el
océano Atlántico.

«Vemos por estos ejemplos que no debemos seguir solo nuestro propio interés y ambición, sino
que debemos considerar los intereses de los demás, junto con los nuestros.

GEORGE S. OSBORNE
Athenè House, 24 de abril de 1827».

«“Imagíneselo (George tenía 10 años) escribiendo con una letra así, y citando también en
griego, a su edad”, exclamó la encantada madre».

Y con mucha razón debía estar encantada la señora de George Sedley, porque ¿acaso
muchas madres triunfarían hoy en semejante esfuerzo literario? ¿Entonces, de qué se
puede reír Thackeray? [el autor de la obra, Feria de las vanidades, cuyo extracto se ha
citado] ¿O, en realidad, quizás nos presenta esta pequeña «redacción» como toda una
hazaña?
Una futilidad educativa. Creo que este gran maestro de altos valores morales lanza un
desafío frente a una futilidad educativa que se practica, y a una falacia educativa que se
acepta, inclusive en el siglo XX. Dicha futilidad consiste en exigir composiciones originales
de las y los estudiantes. La función adecuada de la mente del joven estudiante es recopilar
material para las generalizaciones que usará en el futuro, pero si a un niño se le pide que
generalice, es decir, que escriba un ensayo sobre algún tema abstracto, se comete una
doble falta contra él. Se la ha puesto frente a un muro de piedra al pedirle que haga algo
que es imposible, lo cual es desalentador; pero un daño moral peor se le ha causado en el
sentido de que, al no tener un pensamiento propio que ofrecer sobre el tema, recopila
trozos de pensamientos comunes con los que se cruzado en el camino y ofrece el conjunto
como su «composición», esfuerzo que mancha su conciencia al mismo tiempo que
alimenta su vanidad. En estos días, los maestros no intervienen conscientemente el trabajo
de sus alumnos como lo hizo ese maestro tan «erudito y encantador» que educó a George
Osborne. Pero, quizás sin saberlo, proveen las ideas de las que se apodera el escolar
perspicaz para «pegarlas» al «ensayo» que detesta. A veces los maestros hacen más que
esto, enseñando deliberadamente a los niños cómo «construir una oración» y cómo «unir
oraciones».

Lecciones de composición. Aquí hay una serie de ejercicios preliminares (o más bien
parte de una serie de 40 ejercicios) destinados a ayudar a un niño a escribir un ensayo
sobre «Un paraguas», de un libro procedente de una de las mejores editoriales:

«Paso I.

«1. ¿Qué eres tú?


«2. ¿Cómo obtuviste tu nombre?
«3. ¿Quién te usa?
«4. ¿Qué fuiste en el pasado?
«5. ¿Cómo eras entonces?
«6. ¿Dónde te obtuvieron o te encontraron?
«7. ¿De qué cosas o materiales estás hecho?
«8. ¿De qué fuentes provienes?
«9. ¿Cuáles son tus partes?
«10. ¿Te hicieron, te cultivaron, o te ensamblaron?

«Paso II.

«Soy un paraguas y me utilizan muchas personas, tanto jóvenes como mayores.


«Recibo mi nombre de una palabra que significa sombra.
«Mi bastón quizás vino de América, y es bastante liso, uniforme y pulido, para que el
anillo de metal pueda deslizarse fácilmente hacia arriba y hacia abajo del palo.
«Mis piezas son un marco y una funda. Mi marco consta de un palo de aproximadamente
un metro de largo, cables y una banda de metal deslizante. En el extremo inferior del palo
hay una férula o anillo de acero, lo cual evita que el final se desgaste cuando me usan para
caminar.

«Paso III.
«Ahora utilice es, son y era, en lugar de yo, tengo, mi, y soy.

«Ejercicio.

«Ahora escribe tu propia descripción del objeto».

Dicha enseñanza es un peligro público. ¡Y este es un trabajo destinado a estudiantes de


los estándares VI y VII! [Quizás, alrededor de los 12 o 13 años, respectivamente.] Es decir,
¡este tipo de cosas es el último esfuerzo literario que se obtendrá de los niños en nuestras
escuelas primarias!

Los dos volúmenes (cito de alrededor del final del segundo y más avanzado volumen) no
deben descalificarse como excepcionalmente malos. Hace unos años se hizo el terrible
descubrimiento de que, tanto en las escuelas secundarias como en las primarias, la
«composición» era terriblemente defectuosa y, por lo tanto, mal enseñada. Desde entonces
se han producido muchos volúmenes, más o menos siguiendo el estilo de la cita
mencionada, y los distinguidos editores no han percibido que (con el beneplácito de su
nombre) es una ofensa contra la sociedad ofrecer al público obras de este carácter
esterilizante y nocivo. El cuerpo de un niño es sagrado a los ojos de la ley, pero sus
poderes intelectuales pueden ser aniquilados con una dieta de hambre como esta, ¡y no se
dice nada sobre ellos! Lo peor es que tanto los autores como los editores en todos los casos
actúan en virtud de la falacia de que el esfuerzo bien intencionado siempre admite excusa,
o aún más, digno de elogio. No perciben que ningún esfuerzo es permisible cuando se
hace hacia la educación de los niños y carece de una concepción inteligente, tanto de los
niños, como de lo que se entiende por educación.

La «composición» surge naturalmente. De hecho, las lecciones sobre «composición»


deberían seguir el modelo de ese famoso ensayo sobre «Las serpientes en Irlanda»—«No
existen». Para los niños menores de nueve años, la cuestión de la composición se resuelve
por sí misma con la narración, que varía, por ejemplo, haciendo un ejercicio tan simple
como escribir una parte y narrar otra parte, o escribir todo un relato sobre un paseo que
han realizado, una lección que han estudiado, o de algún simple asunto que conozcan.
Antes de los diez años, los niños que han tenido el hábito de usar libros escribirán en un
inglés bueno y vigoroso con facilidad y libertad; es decir, si no se han visto obstaculizados
por instrucciones. Es bueno que ni siquiera aprendan las reglas de puntuación y de
mayúsculas hasta que se den cuenta de cómo ocurren estas cosas en sus libros. Nuestra
responsabilidad es proporcionar a los niños material para sus lecciones y dejar que ellos
mismos manejen dicho material. Podemos realmente creer que la composición es tan natural
como saltar y correr para los niños que han hecho el debido uso de los libros. Debieran
narrar en primer lugar, y luego a su debido tiempo harán composiciones; pero no es
necesario enseñarles «composición».

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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XIV. Las lecciones bíblicas

Los niños disfrutan la Biblia. Tendemos a creer que los niños no pueden estar interesados
​en la Biblia a menos que sus páginas sean simplificadas, adaptadas al lenguaje casual que
se prefiere para ellos. A continuación, hay una sugerente anécdota de la infancia de la Sra.
Harrison, una de las dos pequeñas doncellas cuáqueras que conocimos en la Autobiography
of Mary Howitt, la más conocida de las hermanas. «Un día se encontró en la sala donde se
guardaba el mobiliario en desuso, donde vio una Biblia vieja, y al recorrer sus hojas
amarillentas, se encontró con palabras que no había escuchado en las usuales lecturas de
la mañana, los capítulos iniciales de San Lucas—que su padre se oponía a leer en voz alta
—así como el capítulo final de Apocalipsis. La exquisita imagen del nacimiento del Gran
Niño en un capítulo, y la belleza de la descripción de la Nueva Jerusalén en el otro, los
absorbió la ávida niña de seis años con un éxtasis que, solía decir ella, ninguna novela
produjo en los años posteriores».

Y aquí se menciona a un niño de cinco años: «Los pequeños leen todos los días los eventos
de la Semana Santa conmigo, y es inexpresable la fascinación que irradia Z en su profundo
y reverente interés, que casi llega a frenesí».

Con toda probabilidad no somos capaces de medir la receptividad religiosa de los niños.
Sin embargo, su aptitud para aprehender las cosas profundas de Dios es un hecho que
estamos llamados a «manejar con prudencia» y también con reverencia; esto debido a que
la actitud del pensamiento y del sentimiento en la que usted coloca a un niño es el factor
vital en su educación, como puede apreciar la persona «darwiniana» más que nadie.

Conocimiento del texto bíblico. Los niños entre las edades de seis y nueve deben obtener
un conocimiento considerable del texto de la Biblia. A los nueve años, deberían haber
leído porciones narrativas que sean simples (y adecuadas) del Antiguo Testamento y,
quizás, dos de los evangelios.

El Antiguo Testamento se debe leer a los niños, por varias razones; pero las historias de los
Evangelios ellos pueden leerlas por sí mismos tan pronto puedan hacerlo con hermosura.
Es un error usar paráfrasis del texto; el fino rollo del lenguaje de la Biblia atrae a los niños
con una música irresistible, y probablemente retendrán de por vida la primera concepción
que hayan recibido de las escenas bíblicas y, también, las palabras en las que se
representan dichas escenas. Esta es una gran posesión. La mitad de las palabras engañosas
que se escucha hoy, y la mitad del desasosiego que subyace dichas palabras, son el
resultado de la ignorancia total y completa del texto de la Biblia. Los puntos de asalto se
presentan a las mentes humanas desnudos y disparejos, carentes de atmósfera,
perspectiva, proporción, hasta que la Biblia solo llega a significar para muchos el burro
hablante de Balaam o el sol quedándose quieto a pedido de Josué.
Pero cuando la imaginación de los niños se colma de imágenes, sus mentes se nutren de
las palabras, de la historia gradual de las Escrituras, llegan ante un amplio horizonte
dentro del cual las personas y los eventos toman forma en su debido lugar y en debida
proporción. Poco a poco, verán que el mundo es un escenario en el cual la bondad de Dios
está de continuo luchando con la voluntad del hombre; que algunos hombres heroicos se
ponen del lado de Dios; y que otros, necios y testarudos, se oponen a él. El fuego del
entusiasmo se encenderá en sus pechos, y los niños, también, se pondrán de su lado, sin
necesitar mucha exhortación, ni con algún pensamiento o charla sobre una experiencia
espiritual.

La verdad esencial y la verdad accidental. En cuanto a si tal narrativa es un mito, una


parábola o una circunstancia que realmente ocurrió, son preguntas que no afectan la
mente sincera del niño, porque no tienen nada que ver con los asuntos principales. Es
totalmente aceptable presentar a los niños, durante sus lecturas de la Biblia, cualquier
nuevo conocimiento que la investigación moderna ponga a nuestro alcance; de hecho,
cuanto más podamos ayudarlos de esta manera, más vívida y real será la enseñanza de la
Biblia para ellos. Pero hay otra gracia que los niños pueden recibir directamente de
nuestras manos, y es que no deben ser importunados con cuestiones de autenticidad en
sus lecturas bíblicas, como tampoco lo hacemos en sus lecturas de historia. Que escuchen
la historia del Jardín del Edén, por ejemplo, tal como está; de igual forma recibirán la
historia del hombre que fue a pescar y encontró una perla muy costosa; y esto, porque lo
que importa en ambas historias son las verdades esenciales que encarnan, y no los meros
accidentes de tiempo y lugar. Es concebible que la «perla de gran precio» fuera un tema de
conversación actual en aquel tiempo; un «hecho», por así decirlo, que nuestro Señor usó
como vehículo de una verdad esencial. Si lo creemos, las mentes de los niños están,
quizás, más preparadas que las nuestras para apropiarse de la verdad y lidiar con ella.
Poco a poco percibirán y descartarán, si es necesario, las circunstancias accidentales con
las que se viste la verdad; pero seamos muy cautelosos de nuestra propia acción.
Recordemos que ni nosotros ni los niños podemos soportar la blanca luz de la verdad
desnuda; y que si, por ejemplo, logramos destruir las ropas con que se viste la historia de
la primera caída—el árbol y su fruto, la serpiente tentadora, la mujer que cede—no
tenemos otra ropa a mano para las verdades fundamentales de responsabilidad, tentación,
pecado; las cuales, una vez descubiertas, y sin contar con ninguna prenda a la cual poder
aferrarnos, con seguridad las verdades mismas dejarán de estar a nuestro alcance.

Cuando enseñamos las narrativas bíblicas a los niños no necesitamos esforzarnos por
discriminar entre la verdad esencial y la verdad accidental, sino la verdad que interpreta
nuestras propias vidas y la que se refiere solo al tiempo, el lugar y las circunstancias
propias de la historia que está siendo leída. Los niños mismos discernirán y guardarán con
interés lo esencial, mientras que lo meramente accidental se escapará de su memoria tanto
como de la nuestra. Por lo tanto, que las mentes de los niños pequeños estén colmadas de
las hermosas narrativas del Antiguo Testamento y de los evangelios; poniendo especial
atención para que estas historias sean siempre frescas y placenteras para ellos, de manera
que la enseñanza de la Biblia no se torne en algo difícil de digerir mentalmente. Los niños
tienen mayor facilidad que nosotros de aburrirse, y muchas rebeliones se han generado
por el indebido uso y abuso de la Biblia, a tiempo y fuera de tiempo, incluso en las edades
tempranas infantiles. Pero no nos referimos aquí a la vida religiosa de los niños, sino su
educación a través de lecciones escolares; y sus lecciones escolares bíblicas deberían
ayudarles a darse cuenta desde el principio que el conocimiento de Dios es el
conocimiento principal y, por lo tanto, que sus lecciones bíblicas son sus principales
lecciones.

Método de las lecciones bíblicas. El método de dichas lecciones es muy simple. Lea en
voz alta a los niños algunos versículos que abarquen, si es posible, un episodio; lea con
reverencia, cuidado y con la expresión adecuada. Luego pida a los niños que narren lo que
hayan escuchado usando lo más que puedan las palabras de la Biblia; es curioso cuán
fácilmente ellos captan el ritmo de la majestuosa y sencilla Biblia. Luego, hable sobre la
narrativa con ellos a la luz de la investigación y la crítica. Que la enseñanza tanto moral
como espiritual llegue a ellos sin mucha aplicación personal. No conozco ninguna ayuda
mejor en la enseñanza de niños pequeños que la que se encuentra en la Bible for the Young
(https://www.amblesideonline.org/PatersonSmythBibleSchoolHome.shtml) (Biblia para la
juventud) de Canon Paterson Smyth. El Sr. Smyth incluye la crítica y la investigación
modernas, de modo que los niños que aprenden con estos pequeños manuales no se
sorprenderán cuando escuchen más tarde que el mundo no se hizo en seis días; y, al
mismo tiempo, tendrán plena seguridad de que el mundo fue hecho por Dios. La
enseñanza moral y espiritual en estos manuales es comprehensiva y convincente; es un
buen plan leer ocasionalmente en voz alta la lección del Sr. Smyth sobre el tema tratado,
después de que el pasaje de la Biblia haya sido narrado. Los niños están más preparados
para apropiarse de lecciones que no se han adaptado a ellos directamente; al mismo
tiempo que la maestra hace suya la enseñanza por el interés con el que lee, por las
imágenes y otras ilustraciones que muestra, y por sus comentarios durante la
conversación.

Ilustraciones visuales. Las imágenes en el Illustrated New Testament (Nuevo Testamento


ilustrado) son reverentes y reales al mismo tiempo, lo cual es una combinación inusual, y
los niños las disfrutan enormemente. Es bueno que tengan una copia no costosa del
evangelio que están leyendo, pero quizás debería protegerse (y honrarse) poniéndole una
buena cubierta bordada. Una Biblia maltratada y rotosa no es un espectáculo saludable
para los niños. La obra The Holy Gospels with Illustrations from the Old Masters [Los Santos
evangelios con ilustraciones de los antiguos maestros de la pintura] publicado por el S.P.C.K., es
admirable. El estudio de imágenes como están éstas reproducidas debería ser una parte
valiosa de la educación de un niño; no es poca cosa darse cuenta de cómo la Natividad y
la visita de los Reyes magos llenaron la imaginación de los antiguos maestros de la
pintura, y con qué reverencia y deleite sublimes se centraron en cada detalle de la historia
sagrada. Este tipo de impresión no se recibe con imágenes o ilustraciones modernas; y el
niño que recibe la impresión descrita al principio de su vida, tendrá un sustrato de
sentimiento reverente sobre el cual hará descansar su fe. Pero es bueno dejar que las
imágenes cuenten su propia historia. Los niños deben estudiar una imagen en silencio
durante unos minutos; y luego, cuando se quita la imagen, que digan lo que han visto en
ella. Se descubrirá que no han olvidado los detalles reverentes o emocionantes que el
artista incluyó en su obra.
[En español, es posible encontrar diversas biblias en buen lenguaje como Reina Valera de
1960, aunque quizás sea necesario encontrar material aparte para complementar la lectura
con imágenes reverentes.]

Las diversas publicaciones R.T.S. de la serie Bypaths of Bible Knowledge serán muy útiles
para el maestro, ya que ilustran la investigación moderna; en particular, Fresh Light from
Ancient Monuments, del profesor Sayce, y Dwellers on the Nile de Budge.

Recitaciones bíblicas. El aprendizaje de memoria de los pasajes bíblicos debe comenzar


cuando los niños son bastante pequeños, a los seis o siete años. Es una delicia tener la
memoria colmada de pasajes hermosos, reconfortantes e inspiradores, y no podemos decir
cuándo y cómo esta clase de semilla puede brotar, crecer y dar fruto; pero el aprendizaje
de la parábola del hijo pródigo, por ejemplo, no debe imponerse a los niños como una
carga. Se les debería leer toda la parábola de tal forma que se resalte su belleza y ternura; y
después, día a día, el maestro puede recitar un breve pasaje, tal vez dos o tres versículos,
repitiéndolo unas tres o cuatro veces hasta que los niños piensen que lo saben. Solo
entonces, y no antes, pueden recitar el pasaje. Al día siguiente, los niños recitarán lo que
ya se han aprendido, y así sucesivamente, hasta que puedan decir toda la parábola.

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XV. Aritmética

Valor educativo de la aritmética. Entre todas las áreas de estudios iniciales del niño, la
aritmética es quizás la más importante para él como un medio para la educación. El hecho
de que haga sumas tiene una importancia comparativamente pequeña; porque usar
aquellas funciones vitales para «sumar» es donde radica la gran parte de la educación;
tanto es así, que los promotores de las matemáticas y del lenguaje como instrumentos
educativos se han apropiado del campo equitativamente, hasta hace poco.

El valor práctico de la aritmética para las personas de todas las clases de vida es evidente;
pero donde menos se utiliza su estudio es en la vida práctica. El valor principal de la
aritmética, así como el de las matemáticas más avanzadas, radica en la instrucción de las
facultades de razonamiento y en los hábitos de perspicacia, prontitud, precisión y
veracidad intelectual que engendra. No hay ninguna otra asignatura en la que la buena
enseñanza impacte más, ni en la que la enseñanza descuidada produzca resultados más
dañinos. La multiplicación no produce la «respuesta correcta», por lo que el niño intenta
la división; que nuevamente falla, pero la resta puede sacarlo del pantano. Para él no
existe el debe ser; no logra ver que un proceso, y un solo proceso es el que puede darle el
resultado que necesita. Ahora bien, un niño que no sabe qué regla aplicar a un problema
simple intelectualmente a su alcance, se le ha enseñado mal desde el principio, aunque
pueda producir una serie de multiplicaciones o divisiones largas correctas.

Problemas al alcance del niño. ¿Cómo se logra dicho ejercicio de las facultades de
razonamiento, dicha percepción? Que el niño trabaje en pequeños problemas
comprensibles para él desde el principio, en lugar de operaciones ya creadas. La joven
institutriz se deleita en crear una noble «división larga»—953.783.465 ÷ 873—que llenará la
pizarra del niño y lo mantendrá ocupado durante una buena media hora; y cuando se
acaba el tiempo, y se acaba el niño también, hastiado del esfuerzo inútil, la operación no
está correcta después de todo: las dos últimas cifras del cociente son incorrectas y el resto
es erróneo. Pero él no puede volver a hacer la transacción, porque no se le debe desanimar
diciéndole que está mal; entonces, el veredicto es «casi correcto», un juicio inadmisible en
aritmética. Por el contrario, en lugar de esta laboriosa tarea, que no da lugar a ningún
esfuerzo mental, y durante la cual finalmente se pone a viajar por las nubes por pura falta
de atención, dígale:

«El señor Jones envió seiscientas siete manzanas y el señor Stevens ochocientas diecinueve
manzanas para repartirlas entre los veintisiete chicos de la escuela el lunes. ¿Cuántas
manzanas consiguió cada uno?»

Ante esta problemática, el niño debe hacerse ciertas preguntas: «¿Cuántas manzanas en
total? ¿Cómo lo sabré? Tendré que dividir las manzanas en veintisiete montones para
averiguar cuánto recibió cada niño». En otras palabras, el niño percibe qué reglas debe
aplicar para obtener la información requerida. Él está interesado; el trabajo avanza
rápidamente: la suma se realiza en poco tiempo, y probablemente sea correcta, porque la
atención del niño se ha concentrado en su trabajo. Se debe tener cuidado de dar al niño los
problemas que pueda abordar, pero que sean lo suficientemente difíciles como para se vea
obligado a realizar un pequeño esfuerzo mental.

Demuestre. Lo siguiente es demostrar todo lo que sea demostrable. El niño puede


aprender las tablas de multiplicar y hacer sustracciones sin tener ninguna percepción sobre
la lógica de ninguna de las dos; incluso puede llegar a ser un buen matemático, aplicando
adecuadamente las reglas, pero sin ver la razón de ellas, pero la aritmética se convierte en
un entrenamiento matemático elemental sólo en la medida en que el niño tenga clara la
razón detrás de cada proceso. 2+2=4, es un hecho evidente que admite poca demostración;
pero 4×7=28 puede comprobarse.

Ejemplo: El niño tiene una bolsa de frijoles; crea cuatro filas con siete frijoles uno al lado
del otro; suma las filas, así: 7 y 7 son 14, y 7 son 21, y 7 son 28; ¿cuántos sietes hay en 28? 4.
Por lo tanto, es correcto decir 4×7=28; y el niño ve que la multiplicación es solo una forma
corta de realizar adición.

En todas las primeras lecciones de aritmética debiera usarse una bolsa de frijoles, botones
o fichas, que el niño puede utilizar libremente para sus ejercicios; inclusive debiera sumar,
restar, multiplicar y dividir mentalmente, sin la ayuda de botones o frijoles, antes de «haga
sumas» por escrito en su pizarra.

É
Él puede organizar una tabla de adición con sus frijoles, así:

00 0 = 3 frijoles

00 00 =4“

00 000 =5“

y ejercitarse con ella hasta que pueda decir, primero sin contar, y luego sin mirar los
frijoles, que 2+7=9, etc.

Lo mismo, con 3, 4, 5 y cada uno de los dígitos: a medida que aprende cada línea de su
tabla de adición, ejercita con objetos imaginarios, como: «4 manzanas más 9 manzanas»,
«4 nueces más 6 nueces», etc.; y, por último, con números abstractos: 6+5, 6+8.

Se trabaja una tabla de sustracción simultáneamente en la tabla de adición. A medida que


calcula cada línea de sumas, usa los mismos recursos, solo quitando un frijol, o dos
frijoles, en lugar de sumar, hasta que pueda responder con bastante facilidad, ¿cuánto es 7
menos 2? ¿5 menos 2? Después de trabajar sobre cada línea de suma o resta, puede
escribirla en su pizarra con los signos adecuados, si es que ya ha aprendido a escribir las
cifras. Se verá que se requiere un esfuerzo mental mucho mayor de parte del niño para
captar la idea de la resta que de la suma, y la maestra deberá contentarse con ir
lentamente: cuatro dedos menos uno, tres nueces menos una, y así sucesivamente, hasta
que comprenda lo que se le pide.

Cuando el niño puede sumar y restar números con bastante libertad hasta el veinte, las
tablas de multiplicación y división se pueden resolver con frijoles, hasta 6×12; o sea, «dos
veces 6 son 12» se calcula mediante dos filas de frijoles, con seis frijoles en cada una.

Cuando el niño puede decir fácilmente, y sin siquiera mirar sus frijoles, 2×8=16, 2×7=14,
etc., tomará 4, 6, 8, 10, 12 frijoles y los dividirá en grupos de dos: entonces, ¿cuántos 2 hay
en el 10, el 12, el 20? Y así sucesivamente con cada línea de la tabla de multiplicar que esté
calculando.

Problemas. Ahora el niño está listo para abordar problemas más ambiciosos como: «Un
niño tenía el doble de diez manzanas; ¿cuántos montones de 4 puede hacer?» Podrá
trabajar con números variados, como 7+5-3. Si debe usar los frijoles para obtener la
respuesta, que lo haga; pero anímelo a trabajar con frijoles imaginarios, como un paso hacia
el cálculo con números abstractos. La enseñanza cuidadosamente graduada y el esfuerzo
mental diario por parte del niño en esta etapa temprana pueden ser los medios para
desarrollar el poder matemático real y ciertamente promoverán los hábitos de
concentración y esfuerzo de la mente.

Notación matemática. Cuando el niño sea capaz de trabajar con bastante libertad con los
números pequeños, debe enfrentar una seria dificultad, de cuyo total dominio dependerá
su comprensión de la aritmética como ciencia; es decir, dependerá el valor educativo de
todas las operaciones que pueda hacer en adelante. Deberá comprender el sistema de
notación. En este punto, tanto como en los anteriores, es mejor empezar con lo concreto:
que el niño comprenda la idea de diez unidades en una decena después de que haya
dominado la idea más fácilmente demostrable de doce peniques en un chelín [o de doce
huevos en una caja de docena].

[A continuación, se ha traducido con la lógica del dinero inglés de principios del siglo XX,
pero usted puede aplicar la lógica del dinero de su país manteniendo los conceptos
descritos.] Con un montón de unas cincuenta monedas de diez centavos, señale el
inconveniente de llevar un dinero tan pesado a las tiendas cuando se puede llevar dinero
más ligero, o sea, chelines [que valían 20 centavos]. ¿Cuántos centavos vale un chelín?
Entonces, ¿cuántos chelines tendría por sus cincuenta centavos? Los divide en montones
de doce y descubre que tiene cuatro montones iguales, y dos centavos de más; es decir,
cincuenta peniques son (o valen) cuatro chelines y dos peniques. Yo puedo comprar diez
libras de galletas a cinco peniques la libra; cuestan cincuenta peniques, pero el tendero me
cobra 4 chelines, y 2 peniques; enséñele al niño cómo escribirlo: los centavos, que valen
menos, a la derecha; los chelines, que valen más, a la izquierda.

Cuando el niño sea capaz de trabajar libremente con chelines y peniques, y comprenda
que 2 en la columna de la derecha es peniques, y 2 en la columna de la izquierda es
chelines, preséntele la noción de las decenas y las unidades, avanzando muy
gradualmente. Cuéntele de los pueblos primitivos que sólo pueden contar hasta cinco,
quienes dicen «cinco-cinco bestias en el bosque», «cinco-cinco peces en el río», cuando
desean expresar un número inmenso. Pero podemos contar tanto que podríamos contar
todo el día durante años sin llegar al final de los números que pueden nombrarse; aunque,
después de todo, tenemos muy pocos números con los cuales contar y muy pocos dígitos
con los cuales expresarlos. Tenemos sólo nueve dígitos y un cero: tomamos el primer
dígito y el cero para expresar otro número, el diez; pero después de eso debemos
comenzar de nuevo hasta que obtengamos dos decenas, y hacemos lo mismo,
nuevamente, hasta llegar a tres decenas, y así sucesivamente. A las dos decenas las
denominamos veinte; a las tres decenas, treinta, porque «ta» significa diez. Pero si miro la
cifra 4, ¿cómo puedo saber si significa cuatro decenas o cuatro unidades? De una manera
muy simple. Las decenas tienen un lugar propio; si ve la cifra 6 en el lugar de las decenas,
sabrá que significa sesenta. Las decenas siempre se colocan detrás [a la izquierda] de las
unidades: cuando vea dos cifras una al lado de la otra, así: «55», la cifra de la izquierda
representa las decenas; en otras palabras, el segundo 5 representa diez veces lo que
representa el primero.

Que el niño trabaje con decenas y unidades hasta que haya dominado la idea del valor
que equivale a diez veces la segunda cifra de la izquierda, y se reirá de la locura de
escribir 7 en la segunda columna, sabiendo que así se convierte en setenta. Solo entonces
está listo para el mismo tipo de ejercicio en centenas, captando la nueva idea fácilmente si
ha comprendido claramente el principio de que cada remoción a la izquierda significa un
aumento de diez veces en el valor de un número. Mientras tanto, no lo ponga a hacer
operaciones; que tampoco trabaje nunca con cifras cuya notación no conozca, y cuando
llegue a «llevar» en una suma o multiplicación, no diga que lleva «dos» o «tres», sino «dos
​decenas», o «trescientos», según sea el caso.
Pesar y medir. Si el niño no consigue consolidar el fundamento en esta etapa, su trabajo en
aritmética seguirá adelante basado en generalidades. Siguiendo el mismo principio, déjelo
aprender los «pesos y medidas» midiendo y pesando; que tenga balanzas y pesos, arena o
arroz, papel y cordeles, y que haga paquetes en forma perfecta, en onzas, en libras, etc.
[kilos, etc] , y los pese. Los paquetes, aunque no son aritméticos, son educativos, y permiten
un considerable ejercicio de juicio, así como de pulcritud, destreza y rapidez. De la misma
manera, que el niño trabaje con reglas y cintas o huinchas para medir pies y yardas
[centímetros, metros, etc.], y que prepare sus propias tablas de medidas. Que no sólo mida
y pese todo lo que tenga a mano y que pueda medirse, sino que también utilice su juicio
en cuestiones de medida y peso. ¿Cuántas yardas mide el mantel? ¿Cuántos pies de largo
y ancho mide un mapa o una imagen? ¿Cuánto supone él que pesa un libro que se enviará
por correo postal? El tipo de preparación que se obtiene así tiene valor en los asuntos de la
vida y debe cultivarse en el niño, aunque fuera esa la única razón. Mientras él se dedica a
medir y pesar cantidades concretas, el estudiante está preparado para asimilar su primera
idea de una «fracción», media libra, un cuarto de yarda, etc.

La aritmética como medio de instrucción. La aritmética es valiosa como medio para


educar a los niños en hábitos de estricta precisión, pero es digna de admiración la
inventiva en que consiste esta ciencia exacta y que tiende a fomentar hábitos mentales
descuidados, un desprecio de la verdad y la honestidad común a las personas. Todo lo que
se permite en la lección de aritmética y que un mal maestro utiliza como copiar, inducir,
decir, ayudar ante las dificultades, trabajar con vista hacia la respuesta que el niño conoce,
todo esto es suficiente para viciar a cualquier niño; e igual de dañino es el hábito de
permitir que una suma esté casi correcta, decir que solo hay dos dígitos incorrectos, etc, y
dejar que el niño haga el ejercicio de nuevo. Una operación debe
pronunciarse correcta o incorrecta, es imposible que pueda ser algo intermedio. Lo que
está incorrecto debe permanecer incorrecto: que el niño no adquiera la idea de que lo
incorrecto puede resolverse y llegar a ser correcto. El niño tiene la esperanza del futuro
frente a él: quizás la próxima operación la haga bien, y la maestra sabia se encargará de
asegurarse de así ocurra, y de que comience con una nueva esperanza. Pero la operación
incorrecta debe abandonarse. En consecuencia, su progreso debe graduarse con mucho
cuidado; pero no otra asignatura en la que la maestra se deleite más sabiendo que día a
día extrae una nueva facultad en el niño. No le ofrezca una muleta: él debe avanzar con
sus propias facultades. Déle operaciones breves, en palabras más que en cifras, y
provoque en él el entusiasmo producido por la atención concentrada y el trabajo rápido;
que la lección de aritmética sea para el niño un ejercicio diario de pensamiento claro y
ejecución rápida y cuidadosa, y su crecimiento mental será tan obvio como el brote de las
plántulas en primavera.

El método de ABC Arithmetic. En lugar de profundizar en el tema de la enseñanza de la


aritmética elemental, quisiera remitir al lector al ABC Arithmetic de Sonnenschein & Nesbit
(https://iiif.lib.harvard.edu/manifests/view/drs:420092062$5i). Los autores encontraron
su método a partir del siguiente pasaje de la obra Sistema de lógica de John Stuart Mill:

«Las verdades fundamentales de esta ciencia (del número) reposan todas sobre el
testimonio de los sentidos. Se las prueba haciendo ver y tocar que un número dado de
objetos, diez bolas por ejemplo, pueden, separadas y arregladas diversamente, ofrecer a
nuestros sentidos todos los grupos de números cuyo total es igual a diez. Todos los
métodos perfeccionados de la enseñanza de la aritmética a los niños proceden del
conocimiento de este hecho. Cuando se desea hoy poner el espíritu del niño en
condiciones de aprender la aritmética, todo el que desee enseñar números y no meras
cifras, enseña, por la evidencia de los sentidos, en la forma que hemos descrito».

Aquí es donde quizás podamos descubrir una única fuente de debilidad en un manual de
gran excelencia. Es muy cierto que todas las verdades fundamentales de la ciencia de los
números descansan en la evidencia de los sentidos; pero, después de haber usado los ojos
y los dedos en diez o veinte bolas, en diez nueces, u hojas, u ovejas, o lo que fuera, el niño
ha formado la asociación de un número dado con objetos, y es capaz de concebir la
asociación de varios otros números con objetos. De hecho, comienza a pensar en números y
no en objetos, es decir, comienza las matemáticas. Por lo tanto, me inclino a pensar que un
elaborado sistema de tablillas, cubos, etc., en lugar de decenas, centenas, y miles, yerra al
obstruir la mente del niño con demasiada enseñanza, y al hacer que la ilustración
adquiera un lugar más prominente que la cosa ilustrada.

Por el contrario, frijoles, dominó, figuras gráficas dibujadas en el pizarrón, etc., son útiles
para el niño cuando le sea necesario concebir un gran número con uno pequeño; pero ver
el símbolo de los grandes números y trabajar con dicho símbolo son cosas completamente
diferentes.

Con la insignificante excepción mencionada, que no interfiere en absoluto con el uso de


los libros, nada puede ser más placentero que el análisis cuidadoso de los números y la
hermosa graduación del esfuerzo, «introduciendo mentalmente solo una dificultad a la
vez». Solo escritores que simpatizaran con los niños podrían haber inventado tales
ejemplos y pequeños problemas. Aconsejo a quienes estén interesados en la enseñanza de
la aritmética que consulten el artículo del Sr. Sonnenschein sobre «La enseñanza de la
aritmética en las escuelas primarias
(https://archive.org/details/scienceandartar00sonngoog/page/n14/mode/2up)», en
uno de los volúmenes publicados por la Junta de Educación.

Preparación para las matemáticas. En los años cuarenta y cincuenta [del siglo XIX],
comúnmente se sostenía que al exponer a los niños de forma continua los signos externos
y visibles (las formas y las figuras geométricas) engendraría la gracia interior y espiritual
del genio matemático o, por lo menos, una inclinación a las matemáticas. Pero cuando los
pedagogos de entonces daban a los niños cajas de «formas» y de cubos, hexágonos,
pentágonos, etc, usando cada espacio disponible del aula, olvidaban la inmensa capacidad
de aburrimiento que nos es común a todos, y que está mucho más desarrollada en los
niños que en las personas adultas. En este sentido, los objetos que nos aburren, o las
personas que nos aburren, parecen ocupar un lugar insípido en la mente, y el pensamiento
se aparta de ellos con enfermiza aversión. Dickens nos demuestra tal pathos en el aula de
los pequeños Gradgrind, que contenía una abundante cantidad de objetos de contorno
inflexible, pero Ruskin expone la falacia con mayor genio. Sin duda, las formas
geométricas abundan—armazones cuyas cubiertas son la belleza viva, tanto en contorno y
en gesto, que se encuentra en las colinas y en las plantas; armazón que es hermosa y
maravillosa para la mente cuando ésta ya ha entrado en los portales de la geometría, pero
a los niños no se les debe presentar el armazón, sino las formas vivientes que visten al
armazón. Además, ¿acaso familiarizar el ojo del niño con patrones hechos por el compás
con la esperanza de que la forma engendre la idea no es un método inverso? Para la
persona novata, quizás la regla sea que la idea debe engendrar la forma, pero solo los
iniciados reciben sugerencias de ideas a partir de una forma. Por el contrario, no creo que
una preparación directa para las matemáticas sea deseable. Aquel niño al que se le ha
permitido pensar y al que no se le ha obligado a abarrotarse de conocimiento, recibe con
deleite el nuevo estudio cuando llega el momento oportuno para el mismo. La razón por
la que las matemáticas son una gran área de estudio es porque existe en la mente normal
una afinidad y una capacidad para este estudio; y cuando se la trabaja en demasía, ya sea
en cuanto a enseñanza o a preparación, se tiende, creo, a borrar el impacto de esta forma
de interés intelectual.

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XVI. Ciencias naturales

Un fundamento en hechos. En lo que concierne a la enseñanza de las ciencias naturales


[o filosofía natural, en el original], sólo recordaré al lector lo que se dijo en un capítulo
anterior: la parte más importante de la educación de un niño consiste en que él mismo, a
través de la observación propia que él haga, establezca un amplio fundamento
de datos que enriquezcan el conocimiento científico del futuro. Por esto, cada día él
debiera pasar horas al aire libre y, en la medida de lo posible, en el campo; mirando,
tocando y escuchando; tener la capacidad de observar, conscientemente, cada
peculiaridad de hábito o estructura, en las bestias, los pájaros o los insectos; cómo crece y
fructifica cada planta. Debe estar acostumbrado a preguntar por qué: ¿por qué sopla el
viento? ¿por qué fluye el río? ¿por qué es pegajoso el brote de una hoja? No se apresure
usted a responder sus preguntas, sino déjelo que piense en las dificultades que encuentra
hasta donde lo lleve su pequeña experiencia. Sobre todo, cuando usted venga a su rescate,
que no sea en la típica fórmula «directo al meollo» como lo haría un libro de texto sin
valor; sino dele toda la información disponible, y descubrirá que en muchas cuestiones
científicas el niño puede llegar de inmediato al nivel del pensamiento moderno. No lo
avergüence dándole demasiada nomenclatura científica. Si él descubre por sí mismo
(ayudado, quizás, por una o dos preguntas guías), al comparar a una ostra con su gato,
que algunos animales tienen columna vertebral y otros no, es de menor importancia que
aprenda los términos vertebrado e invertebrado en relación con que pueda clasificar en
función esta diferencia los animales que conoce.

Ojos y sin ojos. El método de este tipo de instrucción se ha ilustrado en Evenings at


Home [revista creada por John Aiken, hermano de la escritora Anna Barbauld], en la cual
se cuenta que «Ojos y Sin-ojos» salen a caminar [historia original disponible en línea
(https://www.gutenberg.org/files/63850/63850-h/63850-h.htm)]. Sin-ojos vuelve a casa
aburrido; no ha visto nada, no le ha interesado nada. Por el contrario, Ojos está ansioso
por conversar sobre un centenar de cosas que ha encontrado interesantes. Tal como ya lo
he señalado, está en la naturaleza del niño obtener este tipo de instrucción por sí mismo; la
tarea de los padres es brindarle abundantes y variadas oportunidades, y dirigir sus
observaciones, de modo que, conociendo poco de los principios de la clasificación
científica, está inconscientemente apropiándose de los materiales para tal clasificación. Es
innecesario repetir lo que ya se ha dicho sobre este tema; pero, de hecho, el futuro del
hombre o de la mujer depende en gran medida del acervo de conocimiento real
acumulado y de los hábitos de observación inteligente adquiridos por el niño. Herbert
Spencer pregunta: «¿Usted cree que la roca redondeada marcada de rayas paralelas evoca
tanta poesía en una mente ignorante como en la mente del geólogo, que sabe que sobre
esta roca se deslizó un glaciar hace un millón de años? La verdad es que aquellos que
nunca han emprendido un camino científico están ciegos a la mayor parte de la poesía que
los rodea. Quien en su juventud no recolectó plantas e insectos, no conoce ni la mitad del
halo de interés que pueden llegar a poseer los caminos y los vallados».

Principios. A este respecto, me gustaría recomendar The Sciences


(https://archive.org/details/sciencesreadingb00holdrich), de Edward Holden, un libro
escolar de mi preferencia y por el cual Estados Unidos sienta precedente. The Sciences [las
ciencias] es un título imponente, pero desde la era de Scientific Dialogues
(https://archive.org/details/scientificdialog00joyc/mode/2up) [diálogos científicos] de
Jeremiah Joyce no me he encontrado con nada similar que tenga un acercamiento tan
apropiado a la mente sensible e inteligente de un niño. The Sciences es lo que podemos
llamar un libro de «primera mano»: el conocimiento se ha adquirido por supuesto en su
totalidad; pero luego se ha asimilado, y el Sr. Holden escribe libremente a partir de su
propio conocimiento tanto del tema en cuestión como de sus lectores. La obra adopta la
forma de las conversaciones entre niños—conversaciones sencillas sin relleno. Se tratan
unos trescientos temas, como las dunas de arena, los glaciares, la ciudad Herculano, los
arrastres, los huracanes, los ecos, el prisma, la campana de inmersión (en buceo), la Vía
Láctea, entre muchísimos otros por mencionar. Pero la asombrosa habilidad del autor se
demuestra en el hecho de que no hay nada rudimentario ni apresurado al abordar ningún
tema, sino que cada uno se acomoda natural y fácilmente a un principio que se demuestra.
Se incluyen muchos experimentos sencillos, que el autor insiste en que realicen los propios
niños. Me atrevo a citar del singularmente sabio prefacio, una especie de manual para los
maestros:

«El objeto del presente volumen es presentar capítulos para la lectura en la escuela o en el
hogar que ampliarán considerablemente la perspectiva de los escolares estadounidenses
en el dominio de la ciencia y de las aplicaciones de la ciencia a las artes y a la vida diaria.
En ningún sentido es un libro de texto, aunque en él se establezcan los principios
fundamentales que subyacen a las ciencias abordadas; por el contrario, su principal
objetivo es ayudar al niño a comprender el mundo material que lo rodea».

Que los niños lo comprendan. «Todos los fenómenos naturales están ordenados; se rigen
por una ley; no son mágicos. Alguien los comprende; ¿por qué no podría el niño mismo?
No es posible explicar cada detalle de una locomotora a un joven alumno, pero es
perfectamente factible explicar sus principios para que esta máquina, como otras, se
convierta en un mero caso especial de ciertas leyes generales bien entendidas. El plan
general del libro es despertar la imaginación; transmitir conocimientos útiles; abrir las
puertas hacia la sabiduría. Su objetivo especial es estimular la observación y despertar un
interés vivo y duradero en el mundo que se encuentra a nuestro alrededor».

«Las ciencias de la astronomía, la física, la química, la meteorología y la geografía física se


abordan de manera tan completa y profunda como lo permiten las condiciones; y las
lecciones que ellas enseñan se refuerzan con ejemplos tomados de cosas familiares e
importantes. En astronomía, por ejemplo, se hace hincapié en los fenómenos que el niño
puede observar por sí mismo, y se le instruye cómo hacerlo. Se explica con palabras
sencillas la aparición y desaparición de las estrellas, las fases de la luna, los usos del
telescopio. El misterio de estos y otros temas no es mágico, como supone el niño en un
principio; se dirige su atención a misterios más profundos ante estos hechos, y los meros
fenómenos se tratan como casos especiales de leyes muy generales. Se sigue el mismo
proceso al exponer las demás ciencias».

«Los fenómenos familiares, como los del vapor, de las sombras, del reflejo de la luz, de los
instrumentos musicales, de los ecos, etc., se redirigen hacia sus causas fundamentales.
Para cuando se desee realizar experimentos sencillos, éstos se describen e ilustran
completamente, y todos pueden repetirse en el aula sin problema… El volumen es el
resultado de una creencia sincera de que se puede hacer mucho para ayudar a los niños
pequeños a comprender el mundo material en el que viven, y del deseo de participar en
un trabajo tan valioso».

No puedo dejar de citar tampoco a este respecto un artículo del reverendo H. H. Moore
[en Parents Review, abril 1904]
(https://www.amblesideonline.org/PR/PR15p000ForgottenPioneer.shtml) que trata
sobre un pionero olvidado de la educación racional y su experimento. Este pionero fue el
reverendo Richard Dawes, en un tiempo rector de la parroquia de Kings Somborne,
Hampshire, quien, en 1841, resolvió el problema de la educación racional en una aldea
agrícola, donde descrubió una población inusualmente ignorante y degradada. Toda la
historia es de gran interés, pero lo que nos concierne es la cuestión de la filosofía natural,
el elemento principal de la enseñanza impartida en esta escuela.

Enseñanza en una escuela rural. El Sr. Dawes explicó así su objetivo: «Me propuse
enseñar lo que sería provechoso e interesante para personas en la posición de vida a la
cual probablemente los niños llegarían a estar en el futuro. Me propuse que aprendieran lo
que podría llamarse la filosofía de las cosas comunes de la vida cotidiana; se les mostró
cuánto hay de interesante, y qué les beneficia conocer, en relación con los objetos naturales
con los cuales están familiarizados; se les explicó y se familiarizaron con los principios de
una variedad de fenómenos naturales, así como con los principios y la construcción de
varios instrumentos de utilidad. Se le dio un giro práctico a todo; nunca se perdieron de
vista los usos y frutos de los conocimientos que iban adquiriendo». Una lista de algunos
de los temas incluidos en este tipo de enseñanza será el mejor comentario sobre el plan del
Sr. Dawes:
«Algunas de las propiedades del aire, explicando cómo su presión les permite bombear
agua, divertirse con chorros y pistolas, aspirar agua con una pajita; explicando también los
principios y la construcción de un barómetro, la bomba común, la campana de buceo, un
par de fuelles. El aire se expande por el calor, lo que se demuestra colocando una vejiga
medio inflada cerca del fuego, cuando desaparecen las arrugas. Por qué el humo de la
chimenea a veces se eleva fácilmente en el aire, y a veces no. Por qué hay una corriente de
aire por la chimenea, y debajo de la puerta, y hacia el fuego. El aire como vehículo de
sonido, y por qué se ve el destello de un arma distante disparada antes de que se escuche
la descarga; cómo calcular la distancia de una tormenta eléctrica; la diferencia en la
velocidad a la que diferentes materiales conducen el sonido. El agua y sus propiedades, su
estado sólido, fluido y vaporoso; por qué las tuberías de agua se revientan con la escarcha;
por qué el hielo se forma y flota en la superficie de los estanques y no en el fondo; por qué
salta la tapa de la tetera cuando el agua está hirviendo en el fuego; los usos de la energía
del vapor; la evolución gradual de la máquina de vapor, mostrada por modelos y
diagramas; cómo se seca la ropa y por qué sienten frío cuando están sentados con ropa
húmeda; por qué una cama húmeda es tan peligrosa; por qué un cuerpo flota en el agua y
otro se hunde; las diferentes densidades del agua de mar y del agua dulce; por qué, al
entrar en la escuela en una mañana fría, a veces ven una cantidad de agua en el vidrio de
la ventana, y por qué está por dentro y no por fuera; por qué, en un día helado, se puede
ver el aliento como vapor; las sustancias que el agua retiene en solución y cómo el agua
potable se ve afectada por el tipo de suelo a través del cual ha pasado. El rocío, su valor y
las condiciones necesarias para su formación; colocando porciones iguales de lana seca
sobre grava, vidrio y hierba, y pesándolas a la mañana siguiente. El calor y sus
propiedades; cómo es que el herrero puede colocar aros de hierro tan firmemente en las
ruedas de carretas y carretillas; qué precauciones deben tomarse al colocar los rieles de
hierro de los ferrocarriles y al construir puentes de hierro, etc.; qué materiales son buenos
conductores del calor y cuáles son malos; por qué a la misma temperatura algunos se
sienten más fríos a nuestro tacto que otros; por qué un vaso a veces se rompe cuando se
vierte agua caliente en él, y si es más propenso a romperse el vidrio grueso o el delgado;
por qué se puede hacer hervir agua en un vaso de papel o en una cáscara de huevo sin
que se queme. Los metales, sus fuentes, propiedades y usos; modo de separación de los
minerales. La luz y sus propiedades, luz ilustrada por prismas, etc.; adaptación del ojo;
causas de la miopía y la hipermetropía. Los principios mecánicos de las herramientas más
utilizadas como la pala, el arado, el hacha, la palanca, etc.»

«Puede sorprender a algunos de quienes lean atentamente la lista previa que tales
materias se hayan enseñado a niños de una escuela primaria rural, pero es un hecho
innegable que así se enseñaron en la escuela Kings Somborne, y con tanto éxito que los
niños se interesaron y se beneficiaron de la enseñanza. El Sr. Dawes, en respuesta a la
objeción de que tales temas están fuera de la comprensión de los niños, declaró: “La marca
distintiva de las leyes de la Naturaleza es su extrema simplicidad. Sin duda, puede que se
requiera de un intelecto elevado para descubrir estas leyes; sin embargo, una vez
desarrollado el mismo, un niño puede comprenderlas; en resumen, los principios de la
filosofía natural son los principios del sentido común, y si se enseñan de una manera
sencilla y con sentido común, los niños los comprenderán rápidamente y los aprenderán
con entusiasmo; y se descubrirá que incluso con alumnos de diez a doce años de edad se
puede hacer mucho para formar hábitos de observación e indagación”. Tal hecho, creo,
indica algunas lecciones prácticas valiosas para aquellos que tienen la responsabilidad de
decidir qué materias incluir en un sistema educativo para niños».

Al leer acerca de este notable experimento, sentimos que debemos encontrar de inmediato
un hombre, bien informado como el difunto Dean Dawes, para que enseñe a nuestro
propio Pedrito y Anita; pero vale la pena darnos cuenta de lo que nuestros pequeños
deberían saber, y, a este respecto, el Sr. Holden ha hecho mucho por nosotros. Algunos de
los capítulos de The Sciences pueden ser incomprensibles para niños menores de nueve
años, pero una buena parte de la obra podrán llegar a dominar. Una cosa hay que tener en
cuenta: nada debe hacerse sin su debido experimento. Por cierto, nuestro viejo
amigo, Scientific Dialogues de Joyce, si es que todavía está disponible, describe una gran
cantidad de experimentos fáciles e interesantes que los niños pueden hacer por sí mismos.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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XVII. Geografía

Creo que la geografía es una asignatura de gran valor educativo; aunque no sea gracias a
proveer medios para una formación científica. Claro está que la geografía presenta sus
problemas de lo más interesantes, y proporciona materiales para la clasificación; pero es
sólo la geografía física la que se puede definir como ciencia, e incluso ella es más bien un
compendio de los resultados de varias ciencias más que una ciencia misma. Así, el
peculiar valor de la geografía radica en lo apta que es para nutrir la mente con ideas y
proporcionar imágenes a la imaginación, allí radica el valor educativo de la geografía.

Cómo se enseña comúnmente. Ahora bien, ¿cómo se enseña comúnmente esta


asignatura? El niño aprende los nombres de las capitales de Europa, o de los ríos de
Inglaterra, o de las cumbres de las montañas de Escocia, a partir de algún lamentable libro
de texto, considerando la longitud en millas, la altura en pies, y aprende de la población
ya sea encontrando los nombres en su mapa o no, según su maestra esté más o menos a la
altura de su trabajo. ¡Pobrecito! La lección es un gran esfuerzo para el pequeño; pero en lo
que respecta a educación—es decir, el desarrollo de las capacidades, el equipamiento de la
mente—el niño estaría mejor ocupado si estuviera observando el progreso de una mosca a
través del cristal de la ventana. Pero, algunos dirán que la geografía tiene otro uso que
sobrepasa aquél estrictamente educativo; todos desean el tipo de información que puede
entregar la lección de geografía. Eso es cierto, y debe tenerse en cuenta en el aula; la
lección de geografía del niño debe proporcionar exactamente el tipo de información que
las personas adultas quieren poseer. Ahora, le ruego reflexionar cuán irrazonables somos
en torno a este tema; nada nos convencerá de leer un libro de viajes a menos que sea
interesante, gráfico, adornado con alguna aventura personal. Incluso cuando estamos
usando Murray [reconocidas guías de viaje de la época victoriana], nos saltamos los datos
y las cifras y leemos los atractivos fragmentos pictóricos; porque este es el tipo de cosas
que nos gusta saber y recordar con facilidad. Pero la educación tradicional se preocupa de
que el niño no reciba nada de esta agradable comida de refuerzo; que no vaya a acceder a
pequeñas frases gráficas con las que pueda soñar; por el contrario, se le da datos, nombres
y cifras: ¡éstos son el pábulo con que tristemente se le alimenta!

La geografía debería ser interesante. Pero, usted dice, este tipo de conocimiento, aunque
cueste al niño un esfuerzo adquirirlo, es útil en la vida futura. Nada de ello lo es; y por
esta razón es que nunca lo ha recibido el cerebro en realidad; nunca ha ido más allá de la
nebulosa flotante que es la mera memoria verbal que ya he mencionado antes. La mayoría
de nosotros hemos pasado por bastante laboriosidad penosa durante lo que se entiende
como lecciones de «geografía», pero ¿cuánto recordamos? Solo los fragmentos agradables
que escuchamos de amigos que han viajado, sobre el Rin, París o Venecia, o fragmentos de
«Los viajes del capitán Cook», u otras historias amenas de viajes y aventuras. Aquí
empezamos a ver los lineamientos que debemos seguir al enseñar geografía: para los
propósitos educativos, el niño debe aprender tal geografía, y de tal manera, que su mente
se llene de ideas, su imaginación de imágenes; a efectos prácticos, debe aprender la
geografía sólo en la medida en que, considerando la naturaleza de su mente, pueda
recordar; en otras palabras, debe aprender lo que le interesa. Lo educativo y lo práctico van
a la par, y la lección de geografía se convierte en la ocupación más encantadora del día del
niño.

Cómo empezar. Pero, ¿cómo empezar? En primer lugar, el niño adquiere sus nociones
rudimentarias de geografía tal como adquiere sus primeras nociones de ciencias naturales,
en esas largas horas al aire libre cuya importancia ya hemos abordado. Un estanque que se
ha formado por una simple hendidura en los campos explicará la naturaleza de un lago,
llevará al niño a los hermosos lagos de los Alpes, al gran lago africano de Livingstone, en
el que se deleitó al ver a sus hijos remando. Así surgirá una abundante y amena charla
sobre lugares, una «geografía pictórica», hasta que el niño conozca por nombre y
naturaleza los grandes ríos y montañas, desiertos y llanuras, las ciudades y países del
mundo. Al mismo tiempo, adquiere las primeras nociones de un mapa a partir de un
burdo boceto, unas pocas líneas y puntos, en lápiz y papel, o, mejor aún, con un palo en la
arena o la grava. Se puede decir, por ejemplo: «Esta línea torcida es el Rin; pero debes
imaginar las balsas, y la isla con la Torre del Ratón, y la Isla de las Monjas, y lo demás.
Aquí están los cerros, con sus castillos en ruinas—ahora por este lado, y ahora por el otro.
Este punto es la ciudad de Colonia». Especialmente, tenga estas conversaciones sobre
todos los paisajes e intereses con los que usted esté familiarizado, de modo que, poco a
poco, cuando el niño mire el mapa de su país, encuentre una veintena de nombres
familiares que le sugieren paisajes —lugares donde «mi madre ha estado»— los islotes
boscosos y floridos de algún río; las suaves colinas de un condado, excelentes para correr
y revolcarse, con esa suave alfombra de hierba y campanillas que se balancean; los
páramos de una región determinada, con arándanos y brezos —no olvidando siempre
darle un bosquejo aproximado de la ruta que tomaron en un viaje determinado.
Pasos siguientes. A continuación, dele un conocimiento íntimo, con los detalles más
completos, de cualquier país o región del mundo, de un condado o distrito de su propio
país. No es necesario que aprenda en esta etapa lo que se denomina la «geografía» de los
países del continente, de los continentes del mundo; todo lo cual constituye, en su mayor
parte, meras listas de nombres: puede aprenderlos, pero con bastante seguridad no los
recordará. No obstante, que el niño se sienta en casa en cualquier región determinada; que
él vea, con el ojo de su imaginación, a la gente en su trabajo y en sus aficiones, las flores y
los frutos en sus estaciones, los animales, cada uno en su hábitat; con una mirada compasiva
y afín, es decir, que siga las aventuras de un viajero; de esta manera, sabrá más, y estará
mejor dotado de ideas que si hubiera aprendido todos los nombres de todos los mapas
que existen. El «cómo» de este tipo de enseñanza es muy simple y obvio; léale
directamente, o lea usted para contarle a él después; leyendo de a poco, y narre lo que
usted lee, obras como The Tropical World
(https://archive.org/details/in.ernet.dli.2015.222395/mode/2up) de Hartwig, The Polar
World (https://archive.org/details/polarworldpopula00hart) del mismo autor, Missionary
Travels and Researches in South Africa
(https://archive.org/details/in.ernet.dli.2015.70792/page/n17/mode/2up) [Viajes y
exploraciones en el África del Sur] del misionero David Livingstone, Unbeaten Tracks in
Japan (https://archive.org/details/unbeatentracksin00bird) de la señora Bishop; en suma,
cualquier libro de viajes que sea interesante y esté bien escrito. Puede que sea necesario
dejar mucho de lado, pero cada anécdota ilustrativa, y cada descripción, son muy
importantes para la educación del niño. Aquí, como en otros lugares, la pregunta no es
cuántas cosas sabe, sino cuánto sabe acerca de cada cosa.

[Otras obras interesantes en español para las clases de geografía podrían ser: De Bogotá al
Atlántico de Santiago Pérez Triana; los diarios de residencia en Chile de María Graham;
Breviario del Nuevo Mundo de Alejandro de Humboldt (Colombia, Ecuador, Perú y
México); y Geografía del mundo de un niño de V.M Hillyer, entre otros]

Mapas. Los mapas deben utilizarse con cuidado en este tipo de trabajos, estamos
hablando del boceto de un mapa de la jornada de un viajero, que se compare al final con
un mapa completo de la región; donde el maestro logre conseguir una descripción de tal
ciudad o tal distrito marcado en el mapa, a modo de prueba y confirmación del
conocimiento exacto del niño. De esta forma obtiene, además, nociones inteligentes de
geografía física; en el transcurso de sus lecturas se encuentra con la descripción de un
volcán, un glaciar, un cañón, un huracán; escucha todo, pregunta y aprende el cómo y el
porqué de tales fenómenos en el momento justo en que se despierta su interés. En otras
palabras, el niño aprende igual como aprenden sus mayores, aunque éstos últimos
raramente permiten a los niños que pasen por senderos tan placenteros.

El conocimiento general que debiera poseer un niño de nueve años. Suponiendo que
entre los seis y los nueves años, se ha leído de esta manera con el niño una media docena
de libros de viajes bien elegidos, él ya ha adquirido ideas claras sobre los alrededores, los
trabajos de producción y las características de la gente de todas las grandes regiones del
mundo; ha acumulado una reserva de conocimiento valioso y confiable que le durará toda
su vida; y, además, se ha esforzado y ha logrado adquirir el gusto por los libros y el hábito
de leer. Deben evitarse libros como Voyage in the Sunbeam de Lady Brassey, ya que cubren
demasiado terreno y es probable que generen cierta confusión de ideas.

El conocimiento particular que debiera poseer un niño de nueve años. Pero


considerando las lecciones escolares como «instrumentos educativos»; el tipo de
conocimiento del mundo que acabamos de indicar se transmitirá no durante las lecciones
sino más bien usando las lecturas hechas en la «hora de los niños» [en la época victoriana,
las familias acomodadas no pasaban todo el día con los niños menores de 9 años, sino en
general, estaban al cuidado de sirvientes en la casa; y pasaban una hora al día con sus
padres], y en otros momentos del día. Como material para lecciones, no conozco nada tan
bueno como el antiguo World at Home
(https://archive.org/details/worldathomeorpic00kirb) de Mary y Elizabeth Kirby para
niños de entre seis y siete años. Mientras escuchan, se preguntan, admiran, imaginan e
incluso pueden «jugar» a que les ocurren cientos de situaciones diversas. Las primeras
ideas de geografía, las lecciones sobre el lugar, que debieran hacer que un niño observe la
geografía local, las características de su propio vecindario, sus alturas y hondonadas, y sus
tierras llanas, sus arroyos y estanques, deben adquirirse, como hemos dicho visto, al aire
libre, y deberían prepararlo para ser capaz de hacer algunas generalizaciones, es decir,
debería ser capaz de descubrir las definiciones de río, isla, lago, etc., y debería hacerlas por
sí mismo en una bandeja de arena, o dibujarlos en la pizarra.

Definiciones. Pero las definiciones deberían surgir a través del proceso de registrar las
experiencias vividas, entonces antes de que se le enseñe al niño lo que es un río, él mismo
debiera haber visto un arroyo y observado que fluye; y así sucesivamente con lo demás.

Los niños pueden con facilidad simular que poseen el conocimiento de algo, y en este
punto el maestro deberá tener cuidado de que nada de lo que el niño reciba sea mera
palabrería, sino que cada generalización se elabore de alguna manera de la manera
siguiente: el niño observa un dato, por ejemplo, una amplia extensión de terreno llano; lo
cual el maestro amplifica. El niño lee sobre las pampas, los países llanos del noroeste de
Europa, la Holanda de nuestra propia costa oriental, y, poco a poco, se prepara para
recibir la idea de una llanura y mostrar cómo es en su bandeja de arena.

Ideas fundamentales. Para cuando tiene siete años, o antes, el niño encuentra que necesita
mayor conocimiento. Ha leído sobre países cálidos y países fríos, ha observado las
estaciones y la salida y puesta del sol, se ha dicho a sí mismo:

«Estrellita, ¿dónde estás?


Me pregunto, ¿qué serás?»

Sabe algo sobre el océano y el mar, ha visto subir y bajar la marea, ha visto hacer muchos
mapas en borrador y ha hecho algunos por sí mismo y, sin duda, ha notado las líneas
entrecruzadas en un mapa «real»; es decir, su mente está preparada para el conocimiento
en varias direcciones; ya posee el interés por una serie de cosas relacionadas con la
geografía.
Ideas fundamentales de geografía son la forma y los movimientos de la tierra,
independientemente de lo difícil que es comprenderlas, pero la dificultad es de un tipo
que aumenta con los años.

El principio en cada caso es bastante simple, y un niño no se preocupa, como lo hacen sus
mayores, de cuán enorme es la magnitud de la escala en la que ocurren los asuntos en el
espacio. Es probable que la vívida imaginación de un niño lo ponga al mismo nivel que el
matemático al abordar el sistema planetario, el comportamiento y el carácter del planeta
Tierra, las causas de las estaciones, y mucho más.

Significado de un mapa. Reitero que debiera aprenderse geografía a partir de mapas,


principalmente. Las charlas y las lecturas con imágenes introducen al niño al tema, pero
tan pronto como sus lecciones de geografía adquieren mayor exactitud, deben aprenderse,
en primer lugar, a partir de los mapas. Este es un principio importante a tener en cuenta.
El niño que no capta ninguna idea cuando estudia un mapa, digamos de Italia o de Rusia,
no tiene conocimiento de geografía, por más que pueda mencionar muchos datos sobre el
lugar. Por ello, el niño debe comenzar a estudiar la geografía aprendiendo el significado
de un mapa y cómo usarlo; debe aprender a trazar un plano de su aula, etc., a escala,
pasar al plano de un campo, considerar cómo hacer el plano de su ciudad, y gradualmente
avanzar desde la idea de un plano a la de un mapa; siempre comenzando de la manera en
que lo haría un explorador que encuentra tierra y la mide, y por medio del sol y las
estrellas, es capaz de registrar exactamente dónde está ubicada en la superficie de la tierra,
al este o al oeste, al norte o al sur.

Aquí llegará al significado de las líneas de latitud y longitud; aprenderá cómo se


muestran el mar y la tierra en un mapa, cómo se representan los ríos y las montañas; y
habiendo aprendido los puntos cardinales y el uso de su brújula, y sabiendo que los
mapas siempre se hacen como si el espectador estuviera mirando hacia el norte, podrá
describir bien sobre la ubicación, la dirección, y cosas por el estilo, al inicio de sus
estudios. Las ideas fundamentales de la geografía y el significado de un mapa son temas
muy apropiados para constituirse en una atrayente introducción al estudio de la
geografía, e incluso debieran despertar el placentero interés que nace en la mente de un
niño hacia lo maravilloso, lo incomprensible, mientras que las lecciones sobre los
mapas deberían conducir a esfuerzos mecánicos igualmente deleitosos. Es solo cuando al
niño se le presentan los datos por primera vez en forma de conocimiento rancio y
conclusiones anticipadas, que los datos enseñados en dichas lecciones le parecen sin vida
y repulsivos; por ello debería hacerse un esfuerzo por tratar el tema con el tipo de
vivacidad e interés emotivo que atraen a los niños hacia un nuevo estudio.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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XVIII. Historia
Un depósito de ideas. Mucho de lo que se ha dicho acerca de la geografía se aplica
también a la historia, otra asignatura que también debiera ser para el niño un depósito
inagotable de ideas, que debiera enriquecer las habitaciones de su «bella morada» con mil
cuadros, tanto trágicos como heroicos, y que debiera formar en él, sin que él lo note,
aquellos principios por los cuales juzgará en lo sucesivo la conducta de las naciones, y
regirá su propia conducta como se rige una nación. Todo esto es lo que el estudio de la
historia debiera producir en el niño; mas, ¿Qué puede conseguir a partir de la mísera
pequeña crónica de enemistades, batallas y muertes que se le presenta como «un reinado»,
tanto más repelente al amedrentar con fechas? Éstas el niño no las puede recordar
adecuadamente; lo logra con las cifras de uno o dos dígitos, pero los siglos se le
confunden; y ¿Cómo puede decir cuáles eventos corresponden a qué reinado, cuando,
para él, los reyes son solo diferentes en número, y un período difiere de otro solo en la
fecha? Pero avanza a tropezones de todas maneras; en su amigable y parlanchín librito de
historia, lee sobre todos los reinados de todos los reyes, desde Guillermo el Conquistador
hasta Guillermo IV, y de vuelta hacia los sombríos días cuando reinaban los bretones. ¿Y
cuál es el resultado? Que quizás no existe ninguna otra forma de torcer el juicio del niño,
de llenarlo de nociones toscas, de prejuicios estrechos, que tenga mayor éxito que la de
hacerlo tomar algún curso de historia inglesa como lo que se ha mencionado; y tanto más
si su librillo de texto mantiene un tono moral o religioso, y trata de señalar la moraleja al
mismo tiempo que registra los hechos. La enseñanza moral cabe, por cierto, dentro del
ámbito de la historia; pero el pequeño volumen que usa el niño no da cabida a la discusión
justa y razonable sobre la cual deben basarse las decisiones morales, ni el niño tiene la
edad suficiente para que asuma la actitud judicial que tal decisión supone.

Los «esquemas» son perjudiciales. El error fatal radica en la noción de que el niño debe
aprender «resúmenes», o una edición infantil de toda la historia de Inglaterra o de Roma,
del mismo modo que debe cubrir la geografía de todo el mundo. No, por el contrario, que
se entretenga placenteramente en la historia de un solo personaje, de un breve período,
hasta que piense los pensamientos de tal persona, y conozca bien las características de
dicho período. Aunque está leyendo y pensando sobre el transcurso de vida de un solo
personaje, en realidad se está familiarizando íntimamente con la historia de toda una
nación durante toda una era. Que pase un año de feliz intimidad con el rey Alfredo, «el
que dice la verdad», con Guillermo el Conquistador, con Ricardo y Saladino, o con
Enrique V —el Enrique V de Shakespeare— y su ejército victorioso. Que conozca de la
gente magna y de la gente común, de la corte y de la calle. Que sepa lo que otras naciones
estaban haciendo mientras nosotros en nuestro país hacíamos esto y aquello. Si llegara a
pensar que la gente de otro tiempo era más sincera, más compasiva, de mente más sencilla
que nosotros, o que la gente de alguna otra tierra fue, en el pasado, en todo caso, mejor
que nosotros, más beneficioso será para él.

Perjudicial es también la mayoría de los libros de historia escritos para niños. Con el fin
de lograr esta inteligente enseñanza de la historia, evite, en primer lugar, casi todos los
libros de historia escritos expresamente para niños; y, en segundo lugar, todos los
compendios, esquemas, y resúmenes. [Hoy existen libros de historia para niños que
cumplen los requisitos de libros vivientes, por tanto, es posible usarlos ya que cumplen
con los criterios de “dadores de vida” que recomendó Miss Mason.] En cuanto a los
resúmenes, considerando el papel que el estudio de la historia debe desempeñar en la
educación del niño, nada se puede decir en su favor; y en cuanto a los llamados libros
para niños, los hijos de padres educados son capaces de comprender la historia escrita con
poder literario, y no se sienten atraídos por la cháchara de los libritos de historia de
lenguaje simplificado. Al leer tales libros, la madre omite empleando el discernimiento,
parafraseando bastante tal como las madres suelen hacer tan fácilmente, y los niños
pueden pasar por los primeros volúmenes de una historia del país que esté bien escrita e
ilustrada, digamos hasta la edad media [en el original: en cuanto a la historia de
Inglaterra, hasta los Tudor, alrededor de los años 1600]. Durante el curso de tal lectura,
será necesario hacer muchas preguntas a ellos y que ellos hagan muchas preguntas, tanto
para asegurar que pongan atención como para fijar los datos. Esto es lo mínimo que se
debiera hacer; pero mejor sería contar con información más completa, más detalles
gráficos sobre dos o tres épocas iniciales.

Lo más adecuado para los niños es la historia inicial de una nación. Para el estudio
realizado por los niños, la historia temprana de una nación es mucho más adecuada que
los registros posteriores, porque la narrativa histórica transcurre a lo largo de unas pocas
líneas generales y simples; mientras que los gobiernos, cuando existen, no son más que las
iniciativas de una mente ingeniosa para enfrentar las circunstancias dadas. [A
continuación, información sobre un autor inglés] Mr. Freeman ha proporcionado una
interesante historia inglesa temprana para niños; pero, en general, ¿no es mejor llevarlos
directamente al manantial, cuando sea posible? En estos primeros años, mientras no haya
exámenes por delante, y los niños todavía avancen tranquilamente y a su paso, que
obtengan el espíritu de la historia leyendo, por lo menos, una antigua Crónica escrita por
un hombre que vio y supo algo sobre lo cual escribió, y que no recibió de segunda mano.
Tales libros antiguos son una lectura más fácil y placentera que la mayoría de las obras
modernas sobre historia, porque los autores no se inmiscuyen mucho en la «dignidad de
la historia»; sino que avanzan con placer como lo haría un arroyo del bosque, nos cuentan
«todo al respecto» de algo, conmueven el corazón con la historia de un gran evento, nos
divierten con festivales y espectáculos, nos otorgan íntimo conocimiento de la gente
grandiosa, y nos hacen mirar amistosamente a los humildes. Dichas obras son lo más
perfecto para los niños cuyas almas ansiosas quieren alcanzar las personas vivas detrás de
las palabras del libro de historia, y a quienes no les importa nada en absoluto el progreso,
o los estatutos, o cualquier otra cosa que no sean las personas, gracias a cuya acción, la
historia no es más que un conveniente escenario, para la mente infantil. Un niño al que se
ha llevado a través de un solo cronista antiguo de esta manera tiene una mejor base para
todo tipo de formación histórica que si supiera todas las fechas, nombres y hechos
aprendidos alguna vez para un examen.

Algunas crónicas antiguas. [A continuación, es necesario recordar a los educadores la


necesidad de encontrar crónicas propias de Latinoamérica o del país donde vivimos,
aunque si se desea hurgar en un pasado aún más lejano, crónicas de España sería lo más
adecuado.] La primera crónica en orden cronológico, y colmada de las lecturas más
fascinantes, es la Ecclesiastical History of England
(https://www.gutenberg.org/ebooks/38326) by the Venerable Bede [o “Historia
eclesiástica de Inglaterra”, escrita alrededor del año 731 DC por Beda el Venerable], quien
se refiere a sí mismo ya en el siglo VII, cuando dice: «Para mí siempre fue una dulzura
aprender, enseñar y escribir». El profesor Morley dice sobre él: «Nos ha dejado una
historia de los primeros años de Inglaterra, sucinta, pero casi siempre llena de vida; de
tono profesional, pero infantil también; tanto práctica como espiritual, justo a la medida,
siendo la obra de un verdadero erudito que respira amor por Dios y por el hombre. Solo a
Beda debemos el conocimiento de mucho de lo más interesante de nuestra historia
temprana». Guillermo de Malmesbury (siglo XII) dice de Beda: «Que casi todo el
conocimiento de eventos pasados ​se fue a la tumba con él»; y Malmesbury no es un mal
juez, pues en sus Chronicles of the Kings of England
(https://archive.org/details/williamofmalmesb1847will) [o “Crónicas de los reyes de
Inglaterra”] se considera que él mismo llevó a la perfección el arte de escribir crónicas.
Malmesbury proporciona en particular una descripción vívida y gráfica de los
acontecimientos contemporáneos, como la historia de la triste guerra civil entre Stephen y
Matilda. Mientras tanto, está Asser, que escribe Life of King Alfred
(https://archive.org/details/asserslifeofking00asseiala) [o “La vida de Alfred”, escrita no
más tarde que el año 974], amigo y compañero de trabajo de Malmesbury. «Me parece
adecuado», dice Asser, «explicar un poco más en detalle lo que he oído acerca de mi señor
Alfred»; y nos cuenta cómo, «cuando llegué a su presencia en la villa real, llamada
Leonaford, me recibió honorablemente, y permanecí ese tiempo con él en su corte
alrededor de ocho meses, durante los cuales le leí todos los libros que deseaba y los que
tenía en su poder; porque esta es su costumbre más común, tanto de día como de noche,
entre sus muchas otras ocupaciones de mente y cuerpo, ya fuera que él mismo leyera o
escuchara leer a otras personas». Cuando no estuvo presente para ver por sí mismo lo que
describe, como en la batalla de Ashdown, Asser se esfuerza por obtener el testimonio de
testigos presenciales. «Pero Alfredo, como nos han dicho los que estaban presentes
quienes no mentirían, marchó rápidamente con sus hombres para darles batalla; porque el
rey Ethelred permaneció mucho tiempo en su tienda en oración». Luego están
las Chronicles of the Crusades
(https://archive.org/details/chroniclescrusa01joingoog/page/n6/mode/2up) [Crónicas
de las cruzadas], narraciones del tiempo de las cruzadas de Ricardo Corazón de León,
escritas por Richard of Devizes y Geoffrey de Vinsany, y sobre la cruzada de San Luis,
escrita por Lord John de Joinville.

No hace falta ampliar la lista; una de estas antiguas crónicas leídas en un año, o los
fragmentos apropiados de una de esas crónicas, y la imaginación del niño resplandece, su
mente rebosa de ideas; ha tenido acceso al habla de aquellos que han visto y oído por sí
mismos: y la forma práctica en que los viejos monjes cuentan sus historias es exactamente
lo que prefieren los niños. Más adelante, usted puede poner esquemas aburridos en sus
manos, y ellos realizarán solos la historia.

La época mítica. Pero toda nación tiene su época heroica antes de que comience la historia
auténtica: había gigantes en la tierra en esos días, y el niño quiere saber sobre ellos. Tiene
todo el derecho a deleitarse en los mitos clásicos que poseemos como nación; pero ponerlo
junto a un grupo de bárbaros pintados al presentarle por primera vez su gente, es un poco
difícil; es hacer que su visión del pasado sea tosca y desnuda como una pintura china.
Entonces, ¿qué se puede hacer? Si alguna vez tuvimos una época homérica, hemos
perdido todo registro de ella, siendo el pueblo práctico que somos. He aquí otra deuda
que tenemos con aquellos antiguos cronistas monacales: los ecos de un oscuro y rico
pasado llegaron, por lo menos, al siglo XII, a los oídos de un sacerdote galés, un tal
Geoffrey de Monmouth; y mientras Guillermo de Malmesbury escribía su
admirable History of the Kings of England, Geoffrey aprovecha de entretejer las tradiciones
del pueblo en una ordenada History of the British Kings
(https://en.wikisource.org/wiki/Six_Old_English_Chronicles/Geoffrey%27s_British_His
tory) [o Historia de los reyes británicos], que retrocede hasta el rey Brutus, el nieto de
Eneas. Cómo Geoffrey llegó a saber acerca de reyes de los que ningún otro historiador
había oído hablar, es un asunto sobre el que guarda un poco de picardía; él dice que lo
sacó todo de «ese libro en lengua británica que Walter, archidiácono de Oxford, trajo de
Bretaña». Sea como fuere, en su obra leemos sobre Gorboduc, el rey Lear, Merlín, Uther
Pendragon y, lo mejor de todo, sobre el rey Arturo, donde el escritor hace que «el dedo
meñique de su Arturo sea más fuerte que la espalda de Alejandro Magno». Aquí tenemos,
en efecto, un tesoro del que los niños deberían disfrutar libremente diez años antes de que
lleguen a leer Idylls of the King (https://archive.org/details/idyllsofking00tenn_0) [o
“Idilios del Rey” sobre el Rey Arturo]. Sin embargo, debe mantenerse cierta precaución al
leer a Geoffrey de Monmouth; sus cuentos de maravillas son deleitables; pero cuando
abandona lo maravilloso e inventa libremente sobre hechos y personajes históricos, se
convierte en un guía confuso. Muchas de estas «crónicas», escritas en latín por los monjes,
deben leerse en un inglés legible; con la única precaución de que la madre pase la vista
por las páginas antes de leerlas en voz alta.

Froissart (https://archive.org/details/chroniclesoffroi00froiuoft) es el más encantador de


los cronistas, él mismo «domesticado» en la corte de la reina Philippa, cuando eligió estar
en Inglaterra, ¿y de quién más podría aprender el niño la historia de las guerras francesas?
Y así de todo lo demás para lo que haya tiempo; según el principio de que, siempre que
sea posible, el niño debiera obtener sus primeras nociones de un período dado, no de un
historiador, el comentarista o crítico modernos, sino de las fuentes originales de la
historia, los escritos de los contemporáneos del tiempo estudiado. Sin embargo, la madre
debe emplear discriminación al escoger las primeras «Crónicas», ya que no todas son
igualmente confiables.

Las «vidas paralelas» de Plutarco. Del mismo modo, las lecturas de las Vidas paralelas de
Plutarco (https://archive.org/details/lasvidasparalel05romagoog) brindarán la mejor
preparación para el estudio de la historia griega o romana. Alejandro Magno es algo más
que un nombre para el niño que lee este tipo de cosas:

«Un día el tesalio Filonico trajo el caballo Bucéfalo para vendérselo a Filipo por trece
talentos [quizás es conveniente clarificar al niño a qué cantidad se refiere en moneda local];
bajaron a la llanura para probarlo y el animal se mostró rebelde y de todo punto intratable, no
permitía que lo montasen ni toleraba la voz de ninguno de los escuderos de Filipo, sino que se
encabritaba contra todos. Filipo, irritado, mandó que se lo llevaran por considerarlo completamente
salvaje e indomable, pero Alejandro se presentó diciendo: «¡Qué caballo están desperdiciando, todo
por no poder manejarlo debido a su inexperiencia y a su falta de energía!».
Al principio Filipo guardaba silencio, pero como Alejandro seguía hablando entre dientes y se
mostraba desconsolado, dijo: «Ya que les haces reproches a personas de más edad que tú, ¿es que
acaso consideras que sabes más que ellos o que puedes manejar mejor el caballo?».

Alejandro respondió: «Al menos éste lo manejaría mejor que otro».

«Y si no lo consigues, ¿qué castigo estás dispuesto a aceptar por tu temeridad?».

«Por Zeus», dijo Alejandro, «pagaré el precio del caballo».

Hubo risas y enseguida quedó formalizada la apuesta entre ambos. Al punto corrió Alejandro hacia
el caballo, cogió las bridas y le volvió de cara al sol pues, según parece, se había percatado de que el
animal se inquietaba al ver su propia sombra que se proyectaba agitándose delante de él. Durante
unos instantes estuvo caminando junto a él y acariciándolo, mientras lo vio furioso y jadeante, y
desprendiéndose tranquilamente de su clámide, de un salto quedó firmemente montado sobre su
grupa. Tirando un poco del freno con las bridas consiguió sofrenarlo sin golpearle ni desgarrarle la
boca; cuando vio que el caballo deponía su actitud amenazante y que estaba deseoso de correr, aflojó
las riendas y se lanzó a la carrera con un grito ya más atrevido y espoleándole con el pie.

Al principio Filipo y los suyos estaban mudos de inquietud, pero cuando giró y volvió hacia ellos
con soltura, ufano y contento, todos prorrumpieron en vítores; y se dice que su padre lloró de
alegría y que, al desmontar su hijo, le besó en la frente y le dijo: «Hijo mío, búscate un reino a tu
medida, pues Macedonia es demasiado pequeña para ti».».

Aquí, nuevamente, en la traducción mencionada [de Jorge Bergua Cavero, Salvador Bueno
Morillo y Juan Manuel Guzmán Hermida, Editorial Gredos], obtenemos el tipo de vívida
presentación gráfica que hace que la «Historia» sea tan real para el niño como lo son las
aventuras de Robinson Crusoe.

En resumen, para los niños, saber todo lo que puedan acerca de un período breve es
mucho mejor que conocer los «esquemas» de toda la historia. En segundo lugar, los niños
son bastante capaces de captar ideas inteligentes en un lenguaje inteligente, y de ninguna
manera deberían quedar excluidos de lo mejor que se ha escrito sobre el período que
estudian.

Libros de historia. No es nada fácil elegir los libros de historia adecuados para los niños.
Como hemos visto, deben evitarse los meros resúmenes de los hechos; y debemos ser
igualmente cuidadosos de evitar generalizaciones.

La función natural de la mente, en los primeros años de la vida, es reunir el material del
conocimiento con miras a ese mismo esfuerzo de generalización que es propio de la mente
adulta; una labor que todos deberíamos llevar a cabo en cierta medida por nosotros
mismos.

No obstante, tal como están las cosas, nuestra mente está tan mal provista que aceptamos
sin reparos las conclusiones que otros nos presentan; pero podemos, por lo menos, evitar
dar a los niños opiniones ya establecidas sobre el curso de la historia mientras sean aún
jóvenes. Lo que ellos quieren son los detalles gráficos de eventos y personas sobre los
cuales la imaginación se pone a trabajar; y las opiniones tienden a formarse lentamente a
medida que aumenta el conocimiento.

El Sr. York Powell, quizás más que otros, ha encontrado la forma adecuada de enseñar a
los niños pequeños a quienes me refiero. En el prefacio de su Old Stories from British
History (https://archive.org/details/oldstoriesfromb03powegoog) [o “Antiguas historias
de la historia británica”], dice: «El escritor ha elegido las historias que pensó que
divertirían y complacerían a sus lectores, y les darían al mismo tiempo algún
conocimiento de las vidas y pensamientos de sus antepasados. Con este fin, no ha escrito
únicamente sobre grandes gentes —reyes, reinas y generales—, sino también sobre
personas sencillas y niños, así es, y también sobre pájaros y bestias»; así tenemos la
historia del Rey Lear y de Cuculain, y del Rey Canuto y el poeta Otter, de Havelock y
Ubba, y muchas más, todas historias valientes y gloriosas; de hecho, el señor York Powell
nos brinda un tesoro oculto perfecto en sus dos pequeños volúmenes de Old
Stories y Sketches from British History
(https://www.google.com/books/edition/Sketches_from_British_History/cd4yAQAAM
AAJ?hl=en), que son mejores para nuestro propósito, porque los niños pueden leerlos por
sí mismos tan pronto como son capaces de leer. Estos cuentos, escritos en un inglés bueno
y sencillo, y con cierto encanto de estilo, se prestan admirablemente para la narración.

De hecho, es muy interesante escuchar a los niños de siete u ocho años contar una historia
larga sin perder un detalle, poniendo cada evento en el orden correcto. Estas narraciones
nunca son una reproducción servil del original. La individualidad de un niño juega con lo
que disfruta, y la historia sale de sus labios, no precisamente como la cuenta el autor, sino
con cierto espíritu y colorido que expresa el narrador. Por cierto, es muy importante que
se permita a los niños narrar a su manera, y que no se les presione ni se les ayude con
palabras y expresiones del texto.

Una narración debe ser original en tanto proviene del niño, es decir, su propia mente
debiera haber actuado sobre el tema que ha recibido.

Las narraciones que son meras proezas de la memoria no tienen ningún valor.

Ya he hablado de los tipos de crónicas antiguas de las que deben nutrirse los niños; pero
estas a menudo son demasiado difusas para ofrecer un buen material para la narración, y
es bueno tener cuentos cortos apropiados especialmente para este propósito.

Quisiera mencionar otros dos tomos en los que se deleitan los niños, que alimentan el
sentimiento patriótico y sientan una amplia base para el conocimiento histórico. Me
refiero a Tales from St Paul’s Cathedral y Tales from Westminster Abbey de Mrs Frewen Lord
(https://www.gatewaytotheclassics.com/browse/authors_browse_one.php?
author=lord). Es algo hermoso y deleitoso llevar a los niños que han leído estos cuentos a
la Abadía o a St Paul, y que identifiquen por sí mismos los lugares consagrados a sus
héroes. Saben tanto y están tan llenos de vivo interés que instruyen e inspiran a sus
mayores. Hay, sin duda, una multitud de cuentos históricos y diarios para niños, y
algunos de ellos, como los Prisoners of the Tower of London
(https://archive.org/details/prisonersoftower00broo) [o Los prisioneros de la torre de
Londres] de Brooke Hunt, son ​muy buenos; pero que la madre tenga cuidado: no hay
nada que requiera un tacto más delicado y una simpatía comprensiva con los niños que
esta cuestión aparentemente sencilla de elegir sus libros escolares, y especialmente, quizás,
sus libros escolares de historia.

Muchos niños de ocho o nueve años estarán listos para leer con placer A History of England
(https://archive.org/details/cu31924027971716) [o Una historia de Inglaterra], de H. O.
Arnold Forster, quien hace mucho tiempo se ganó una reputación excelente en el campo
de la literatura educativa. Tanto en esta literatura, como en asuntos de política más
inmediata, el señor Arnold Forster tiene el don de ver el defecto y el remedio, una omisión
y los medios para suplirla. Vio que los niños ingleses crecían sin ningún conocimiento de
las condiciones en que viven y de las leyes que los gobiernan; pero, desde la aparición
de The Citizen Reader (https://archive.org/details/citizenreader0000unse) [o El lector
ciudadano] y The Laws of Every-day Life, [o Las leyes de la vida cotidiana], hemos cambiado
todo eso.

La History of England, o, como la llaman los niños, solo History, ignorando el hecho de que
hay otras historias además de la de Inglaterra, hasta ahora ha sido presentada a los
jóvenes como «esquemas de fechas y hechos, o como colecciones de historias románticas,
que contienen poca coherencia, y mínimos resultados sobre la suerte del país». El Sr.
Arnold Forster dice en su prefacio que él «es reacio a presentar su libro con un título tan
repelente como «Resumen» o «Esquema de la historia inglesa». Tales títulos parecen
implicar llanamente que están excluidos el elemento de interés y el romance que son
inseparables de la vida y los hechos de los individuos, y que una tabla cronológica
ampliada cumplirá el deber de la historia. Pero leer la historia inglesa y no darse cuenta de
que está colmada del interés, salpicada de eventos importantes, y abundante en incidentes
dramáticos, es perder todo el placer y la mayor parte de la instrucción que su estudio, si se
lleva a cabo adecuadamente, puede brindar». El autor cumple su promesa implícita, y su
obra es, me atrevo a decir, tan «colmada del interés, salpicada de eventos importantes, y
abundante en incidentes dramáticos» como es posible, considerando las limitaciones que
le imponen los hechos que él escribe para lectores sin educación, y nos ofrece un
panorama de toda la historia inglesa en un volumen agradable, copiosamente y
sabiamente ilustrado de unas ochocientas páginas. Por ejemplo, qué revelador y lúcido es
lo siguiente, y cómo desearíamos todos habernos topado con un párrafo así en nuestros
primeros estudios de arquitectura: «En la página 23 tenemos imágenes de dos ventanas.
Una de ellas es lo que se llama una ventana puntiaguda; todos sus arcos ascienden en
punta, y se construyó mucho antes del periodo Tudor. La otra se construyó en la época de
la reina Isabel. En ella, el eje vertical, o parteluz, de la ventana asciende directamente hasta
la parte superior sin formar un arco. Este estilo de construcción de ventanas se llama estilo
perpendicular, porque los parteluces de la ventana son “perpendiculares”. Algunos de los
edificios más famosos de Inglaterra que se construyeron en la época Tudor, y en estilo
perpendicular, son la capilla de King’s College, en Cambridge, y Hatfield House, la
residencia del marqués de Salisbury, en Hertfordshire». En este volumen, el Sr. Arnold
Forster ha hecho para los niños y los analfabetos lo que el Profesor Green hizo en
su Shorter History of England para estudiantes un poco más avanzados, despertando a
muchos hacia el hecho de que la historia es un tema fascinante de estudio. He aquí una
verdadera introducción a la verdadera historia. Las descripciones de personajes son en
especial una valiosa característica de la obra.

Fechas. A fin de dar precisión a lo que pronto puede convertirse en un conocimiento


bastante amplio de la historia, tome una hoja larga de papel o cartulina y divídala en
veinte columnas, dejando que el primer siglo de la era cristiana quede en la mitad, y que
cada columna restante represente un siglo antes de Cristo o después de Cristo, según sea
el caso.

Luego, que el niño mismo agregue, en la medida que pueda, los nombres de las personas
con las que se encuentra en el debido orden, en su siglo apropiado.

No necesitamos preocuparnos por ahora en fechas más exactas, con esta simple tabla de
los siglos, la mente del niño armará un panorama gráfico, con el cual verá los eventos en
su orden temporal.

Idea de imagen disponible en


AmlesideOnline: https://www.amblesideonline.org/CM/images/centurytable.JPG
(https://www.amblesideonline.org/CM/images/centurytable.JPG)

Ilustraciones hechas por los niños. Las lecturas de historia proporcionan un material
admirable para la narración, y los niños disfrutan narrando lo que han leído u oído.
También les encanta hacer ilustraciones. A los niños que habían estado leyendo Julio
César (y también Vidas paralelas de Plutarco), se les pidió que hicieran un dibujo de su
escena favorita, y los resultados mostraron el extraordinario poder de visualización que
ellos poseen. Está demás decir que lo que visualizan o imaginan claramente, lo saben; se
ha convertido en una posesión de por vida.

Los dibujos de los niños en cuestión son interesantes desde el punto de vista psicológico,
ya que muestran qué diverso, y a veces desconocido, es lo atrayente para la mente infantil;
y también, que los niños tienen el mismo placer intelectual que las personas de mente
cultivada al desarrollar nuevas observaciones y sugerencias. Los dibujos, dicho sea de
paso, dejan mucho que desear, pero tienen esto en común con el arte de los pueblos
primitivos: cuentan la historia de manera directa y vívida. Una niña de nueve años y
medio representa a Julio César conquistando Gran Bretaña. Viaja en un carro montado
sobre guadañas, está vestido de azul, y trozos de cielo azul aquí y allá le dan el color
complementario. A lo lejos, un soldado planta la insignia con el águila romana, negra
sobre fondo rosa. En primer plano, hay un combate cuerpo a cuerpo entre romanos y
británicos, cada uno con una espada de enorme longitud. Otras figuras aparecen haciendo
diversas cosas.

Otro dibujo nos muestra a Antonio «pronunciando su discurso después de la muerte de


César». Esta niña, que es mayor, proporciona arquitectura; uno mira a través de un arco
que conduce a una calle lateral y, en primer plano, Antonio está de pie sobre una
plataforma al final de un tramo de escalones de mármol. La actitud de Antonio expresa
indignación y desprecio. Abajo, hay una multitud de romanos ataviados con la toga, cuyas
actitudes muestran diversos matices de abatimiento y consternación. Detrás, está el
sirviente de Antonio en uniforme, sujetando el caballo de su amo; y en la plataforma, en la
parte trasera de Antonio, yace César, con la púrpura real arrojada sobre él. El principal
valor del dibujo, en tanto dibujo, es que cuenta la historia.

Otra niña dibuja a Calpurnia rogándole a César que no vaya al Senado. César está armado
y perturbado, mientras Calpurnia sostiene la mano extendida de él con las suyas mientras
se arrodilla ante él, con el rostro levantado en súplica; su camisón azul suelto y su larga
cabellera dorada aportan color al cuadro. Este artista tiene catorce años, y el dibujo se
encuentra mejor elaborado.

Otro artista presenta a Bruto y Porcia en el huerto con un «muro meridional» de ladrillo
rojo, espalderas y dos dignificadas figuras que apenas cuentan su historia.

Otro niño nos muestra la escena en el tribunal, con César sentado en púrpura real, Bruto
arrodillado ante él, y Casca de pie detrás de su silla con la mano extendida sosteniendo
una daga, diciendo «Por mí las manos hablen», mientras César dice: «¿No está Bruto
inútilmente de rodillas?»

Nuevamente, tenemos a Lucio tocando para Bruto en la tienda. Bruto, armado de pies a
cabeza, sentado en un taburete, intenta en vano leer, mientras Lucio, una apuesta figura,
sentado frente a él, toca el arpa. Los dos centinelas, también completamente armados,
están tendidos en el suelo profundamente dormidos.

Otro, nos presenta a Claudio vestido de mujer en el festival de mujeres: las damas con ojos
notables y cada una con una antorcha encendida.

Otra imagen representa, con mucho espíritu, a César leyendo su historia a los galos
conquistados, que se paran en filas en la ladera de la colina escuchando al gran hombre
con una paciencia ejemplar.

En estas ilustraciones originales (varias de ellas realizadas por niños mayores que aquellos
a que nos referimos en esta obra), tenemos un ejemplo de las diversas imágenes que
surgen en la mente de los niños durante la lectura de una gran obra; y un simple vistazo a
la mente de un niño nos convence de la importancia de sustentar esa mente con carne
sustanciosa. La imaginación no despierta ante la sugerencia de cosas débiles y bien
diluidas que con demasiada frecuencia se ponen en manos de los niños.

«Jugar a» la historia. Los niños tienen otras formas de expresar las concepciones que les
nacen cuando están debidamente alimentados. Juegan a sus lecciones de historia, se
disfrazan, hacen cuadros, representan escenas; o tienen un escenario, y sus muñecos
actúan, mientras pintan la escenografía y pronuncian los discursos. Los modos de
expresión que encuentran los niños no tienen fin cuando ellos tienen algo que expresar.

El error que cometemos es suponer que la imaginación es alimentada por la naturaleza, o


que ella labora a partir la insípida dieta de los cuentos infantiles.
Deje que el niño obtenga aquella carne que él necesita gracias a sus lecturas de historia y
en la literatura que naturalmente se recopila en torno a dicha historia, y la imaginación se
activará sin ninguna ayuda nuestra; el niño vivirá en todo detalle mil escenas sirviéndose
de la más mínima insinuación de las mismas que llegue a captar.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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XIX. Gramática

El estudio de la gramática es difícil. Diré muy poco en este apartado sobre


la gramática propiamente tal del latín y de nuestro idioma materno. En primer lugar, al ser
la gramática un estudio de las palabras y no de las cosas, no es para nada atrayente para el
niño, y no debería haber premura en que inicie su estudio. La gramática inglesa, en
particular, en tanto depende de la posición y la conexión lógica de las palabras, es difícil
de entender para él. A este respecto, la gramática latina es más fácil, ya que el cambio de
forma de una palabra para denotar el caso es lo que un niño puede percibir con su ojo
físico, y por lo tanto le queda más claro que las ideas abstractas de caso nominativo y
objetivo que existen en inglés. Por lo tanto, si solo aprendiera en esta etapa temprana
[hasta los 9 años] las declinaciones y uno o dos verbos, está bien, aunque solo sea para
ayudarle a reconocer como se comporta la gramática inglesa cuando se refiere a un cambio
en caso o modo sin mostrar ningún cambio en la forma de la palabra.

[La gramática española tiene características propias que pueden estudiarse en la obra de
acceso público Manual de la nueva gramática de la lengua española
(https://archive.org/details/RAEManualDeLaNuevaGramaticaDeLaLenguaEspanola) de
la Real Academia Española, o este curso en línea (https://latinonline.es/gramatica-
latina/).]

Gramática latina. En cuanto a la enseñanza de la gramática latina, creo que lo mejor que
puedo hacer es mencionar un libro para principiantes que realmente aporta. A los niños
de ocho y nueve años les gusta bastante A First Latin Course
(https://archive.org/details/firstlatincourse00scotuoft) (de Scott y Jones), y es de gran
importancia empezar a estudiar algo con placer. La pregunta queda abierta, sin embargo,
si es deseable comenzar el latín a una edad tan temprana.

La gramática inglesa es un estudio lógico. Debido a que la gramática inglesa es un


estudio lógico y se ocupa de las oraciones y las posiciones que las palabras ocupan en ellas,
en lugar de solo las palabras y lo que son en sí mismas, es mejor que el niño comience con
la oración, y no con las partes de la oración; es decir, que aprenda un poco de lo que se
llama análisis de oraciones antes de aprender a analizar sintácticamente cada palabra y
cláusula; que aprenda a dividir oraciones simples en cuanto a la cosa de la que se habla y
lo que se habla al respecto de ella: «El gato– se sienta en la chimenea» antes de perderse en
la niebla de la persona, el modo y la parte del discurso.

«Así que tomé el siguiente libro, que era de gramática. Decía cosas extraordinarias sobre
los sustantivos y los verbos y las partículas y los pronombres, y los participios pasados ​y
los casos objetivos y los modos subjuntivos. “¿Qué son todas estas cosas?” preguntó el
Rey. “No lo sé, Su Majestad”, y la Reina no sabía, pero dijo que sería muy adecuado para
que lo leyeran los niños. “Los mantendrá tranquilos”.» (tomado de: «Palace Tales
(https://archive.org/details/palacetales00fielgoog)» de H. Fielding)

Es tan importante que los niños no estén desconcertados como lo estuvieron este Rey y
esta Reina, que añado un par de lecciones introductorias de gramática; como un solo
ejemplo, a menudo más útil que muchos preceptos.

LECCIÓN I

Las palabras que se ponen juntas para que tengan sentido es lo que se denomina una
oración.

«Silla de avena de cebada realmente buena y cereza» no es una oración, porque no tiene
sentido.

«Tom ha dicho su lección» es una oración.

Es una oración porque nos dice algo sobre Tom.

Toda oración habla de alguien o de algo, y nos dice algo sobre lo cual habla.

Entonces una oración tiene dos partes:

(1) La cosa sobre la que hablamos;

(2) Lo que decimos sobre tal cosa.

En nuestra oración, hablamos de «Tom».

Decimos de él que «ha aprendido la lección».

La cosa de la que hablamos a menudo se llama el SUJETO, que simplemente significa


aquello de lo que hablamos.

La gente a veces dice «el tema de conversación era tal y tal», que es otra forma de decir «lo
que estábamos hablando era tal y tal».

Para aprender:

Las palabras que se ponen juntas para que tengan sentido forman una oración.
Una oración tiene dos partes: aquello de lo que hablamos y lo que decimos al respecto.
Aquello de lo que hablamos es el SUJETO.
© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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XX. Lengua extranjera

[En el original, esta sección se refiere al aprendizaje del idioma francés en tanto lengua
extranjera primordial para el angloparlante, pero no necesariamente para el
hispanohablante, por lo cual nos hemos tomado la libertad de adaptarla y, de esa forma,
ampliar el aprendizaje a cualquier lengua extranjera que escoja el educador de habla
castellana.]

El idioma extranjero debe aprenderse como la lengua materna, no a través de la gramática


sino del habla viva. Entrenar tanto el oído para que distinga los vocablos extranjeros, así
como los labios para que los produzcan, es una parte valiosa de la educación de los
sentidos, parte que debiera iniciarse lo más pronto posible. Reitero que todas las personas
educadas deberían poder hablar un idioma extranjero. No creo que exista otra nación
civilizada tan torpe en adquirir lenguas extranjeras como lo somos nosotros los ingleses
del tiempo actual; pero, probablemente, la culpa radica más en la forma en que nos
dedicamos al estudio que en una incapacidad natural para los idiomas.

Por ejemplo, en lo que respecta al francés [lo cual se aplica a cualquier otro idioma
extranjero], nuestras dificultades son dobles: la falta de vocabulario y lo que nos cuesta
producir los sonidos desconocidos. Es evidente que estos dos obstáculos debieran
eliminarse en la primera infancia, es decir, el niño nunca debiera ver palabras impresas del
idioma extranjero hasta que haya aprendido a decirlas con tanta facilidad y rapidez como
si se tratara de su lengua materna. La verdadera causa de nuestra dificultad nacional para
pronunciar el idioma extranjero radica en el deseo de aplicar sonidos de nuestro idioma
materno a combinaciones impresas de letras en la lengua extranjera. Reitero que el
vocabulario del niño debe aumentar constantemente, por ejemplo, a razón de media
docena de palabras por día. ¡Piense en mil quinientas palabras en un año! El niño que
tiene esa cantidad de palabras y sabe cómo aplicarlas, puede hablar el idioma extranjero.
Por supuesto, su maestra se encargará de proporcionarle palabras y también expresiones,
y a medida que aprenda nuevas palabras, debe ponerlas en oraciones y usarlas diariamente.
Esta tarea se verá facilitada para el maestro utilizando una libreta en la que se registren las
palabras y las oraciones nuevas que adquiere el niño. El niño pequeño no se avergüenza
de decir palabras en el idioma extranjero; él las pronuncia con tanta sencillez como si
fueran en su lengua materna.

Sin embargo, es muy importante que adquiera un acento sin tacha desde el principio.
Puede no ser muy aconsejable dejar a los niños pequeños en manos de una institutriz o
una niñera que hable la lengua extranjera, pero quizás es posible que media docena de
familias contrate a una dama que hable el idioma extranjero que dé media hora diaria a
cada familia.

Método de M. Gouin. Un serio esfuerzo por abordar el estudio de las lenguas extranjeras
de manera racional y científica está en marcha hoy. No tengo ninguna duda en declarar
que la obra de M. Gouin (The Art of Teaching and Studying Languages
(https://archive.org/details/artofteachingstu00gouirich)) es el intento más importante
que se ha hecho hasta ahora [inicios del siglo XX] para que el estudio de las lenguas entre
al ámbito de la educación práctica. De hecho, la gran reforma en nuestros métodos de
enseñanza de idiomas modernos debe su origen a este notable trabajo. La idea primaria,
de adquirir un nuevo idioma, así como un niño adquiere su lengua materna, es
absolutamente correcta, ya sea correcto o no el paso siguiente de analizar un idioma en un
cierto número, digamos quince, de «series» exhaustivas. Podemos reiterar que es
indiscutible que el oído, y no el ojo, es el órgano físico para aprehender una lengua, tan
cierto como que es por la boca, y no por el oído, que nos apropiamos del alimento. Ya al
establecer únicamente estos dos puntos, el libro de M. Gouin es una valiosa contribución
al pensamiento educativo. De igual importancia es su tercera postura, la cual dice que el
verbo es la clave de la oración, y es más, que es el puente viviente entre el pensamiento y
el acto. Sostiene, también, que el niño piensa en oraciones, no en palabras; que sus
oraciones tienen una secuencia lógica; que dicha secuencia es temporal—siendo el orden
de las operaciones en, por ejemplo, el crecimiento de una planta, o la molienda de maíz en
un molino; que, tal como el niño percibe las operaciones, así tiene absoluta necesidad de
expresarlas; que su oído solicita las palabras que expresan lo que él piensa, su memoria
atesora tales palabras, y que su lengua las reproduce.

Sin duda, el método de M. Gouin debería tener más éxito que cualquier otro para
sumergir al estudiante (niño o adulto) en el pensamiento expresado en la lengua
extranjera. Por ejemplo, si se está todo el día tratando de elaborar una «serie» en francés,
llegas a pensar en francés, a «soñar en francés», a hablar francés. Además, uno tiene la
deliciosa sensación de que por fin se nos aclara el camino para llevar a cabo toda la
enseñanza en el idioma de estudio. Contamos con la «Serie de arte» y la «Serie de la abeja»
y el «Río» y la «Serie de personajes» y la «Serie de poeta», y cualquier serie que nos guste.
Pensamos en las cosas en su orden temporal y en su secuencia natural; obtenemos los
correctos verbos, sustantivos y adjetivos que necesitamos, actuamos con ellos, y en
sorprendentemente pocas oraciones, oraciones muy cortas también, conectadas por «y»,
has dicho todo lo que es esencial para el tema. Todo es una sorpresa constante, como el
juego de los niños que desentierra lo más extraordinario y fuera de lo común que se pueda
imaginar a través de una docena de preguntas.

La «Serie». De tal forma, un lenguaje que se aprende con el método de M. Gouin es «una
educación liberal en sí misma». Aprendemos cuán pocas y simples son, después de todo,
las concepciones que conoce la mente humana, y cuán pocas y simples, dejando de lado la
mera palabrería, son las palabras necesarias para expresarlas.

Realmente usted aprende a pensar en el nuevo idioma, porque no tiene más que vagas
impresiones sobre estos actos o hechos en su lengua materna.
Usted ordena sus pensamientos en el nuevo idioma y, habiéndolo hecho, las palabras que
los expresan se convierten en una posesión inalienable.

Aquí hay un ejemplo de una «serie» elemental, que muestra cómo «el sirviente enciende el
fuego»:

«El sirviente toma una caja de fósforos, (toma)

Abre la caja de fósforos, (abre)

Saca un fósforo, (saca)

Cierra la caja de fósforos, (cerrar)

Enciende el fósforo, (enciende)

El fósforo humea, (humea)

El fósforo se quema, (quema)

Y esparce olor a quemado por la cocina, (esparce)

Mira el fuego (mira)

Y guarda la caja de fosfóros en su lugar (guardar)»

Este ejemplo citado no logra dar satisfactoriamente la idea de la importante obra de M.


Gouin.

¿Cómo aprende el niño? Lo que sea que se diga sobre los métodos del señor Gouin, los
pasos para llegar a tales métodos son indudablemente científicos. De un niño, él aprende
lo siguiente:

«Desgraciadamente, el niño ha permanecido hasta el presente como un consabido enigma, que


nunca nos hemos tomado la molestia suficiente de descifrar o examinar…

El niño pequeño, que a la edad de dos años no emite más que exclamaciones sin sentido, a la edad de
tres se encuentra en posesión de un lenguaje completo. ¿Cómo logra esto? Y ¿existe una
explicación para este milagro o no? ¿Es un problema que tiene posibilidad de ser desvelado? … El
órgano del lenguaje —pregúntele al niño— no es el ojo: es el oído. El ojo está hecho para los colores,
y no para los sonidos y las palabras. … Esta tensión, continua y contraria a la naturaleza, del
órgano de la vista, esa forzada precipitación en que incurre el acto visual, produjo lo que había de
producir, una enfermedad de la vista».

Esto se refiere a los esfuerzos hercúleos de M. Gouin intentando aprender alemán.


Conocía el «método» de todos, se aprendió todo el diccionario, y al final descubrió que no
sabía ni una palabra de alemán «tal como se habla».
Regresó a Francia, después de una ausencia de diez meses, y descubrió que su sobrino
pequeño –a quien había dejado siendo un niño de dos años y medio, aún sin poder hablar
—que en el mismo lapso había logrado lo que su tío no había podido alcanzar. «’¡Qué es
esto!’ Pensé yo; ‘Este niño y yo hemos estado trabajando al mismo tiempo, cada uno en un
idioma. Él, jugando alrededor de su madre, corriendo tras las flores, las mariposas y los
pájaros, sin cansancio, sin esfuerzo aparente, sin siquiera estar consciente de su trabajo, es
capaz de decir todo lo que piensa, expresar todo lo que ve, comprender todo lo que oye; y
cuando comenzó su trabajo, su inteligencia era todavía un futuro, un destello, una
esperanza. Y yo, versado en ciencias, versado en filosofía, armado de una voluntad
poderosa, dotado de una memoria poderosa… ¡a nada he llegado, o a prácticamente a
nada!»

«La ciencia lingüística de la universidad me ha engañado, me ha guiado mal. El método


clásico, con su gramática, su diccionario y sus traducciones, es una ilusión». «Para
descubrir el secreto de la naturaleza, debo observar a este niño».

El señor Gouin observa al niño; y la obra en cuestión es el resultado de sus observaciones.

El método de enseñanza puede ser variado, en parte porque el recomendado por M.


Gouin requiere un dominio perfecto de la lengua francesa, y los maestros que no se
sienten seguros en su manejo de la lengua extranjera encuentran que un método
conversacional basado en libros e imágenes es más fácil de trabajar y quizás igual de
eficaz–más éficaz, piensan algunas personas; pero, sea como fuere, es a M. Gouin a quien
debemos la idea fundamental.

Es satisfactorio encontrar principios, que nosotros hemos promovido continuamente,


enunciados en esta obra tan reflexiva. Por ejemplo: «Si uno aprende francés sin saber
leerlo —como lo hace el niño— ya no habrá mucha mayor dificultad para pronunciarlo
que para pronunciar palabras en el idioma materno. ‘¿Qué hay de la ortografía?’,
preguntará usted. ¿La ortografía? Se aprenderá como lo aprenden los niños pequeños
franceses, como usted mismo ha aprendido la ortografía de su lengua materna, que es
diez veces más difícil que la francesa; y esto sin dejar que el estudio de la ortografía
estropee la ya adquirida pronunciación. Además, la ortografía es algo que se puede
reformar, lo cual es difícilmente el caso de la pronunciación. Debemos elegir entre los dos
males». M. Gouin habla de la posibilidad de que un niño aprenda otra lengua, incluso el
chino, de una cuidadora china; y sus palabras me recuerdan un ejemplo extraordinario de
la facilidad de un niño para aprender idiomas. En una ocasión en que hablé en público
sobre tres niños pequeños, todos de tres años, pero de familias diferentes, cuyos padres
eran inglés y alemán, dije que estos tres niños conocidos míos podían decir cada uno todo
lo que tenían que decir, expresar toda la gama de sus ideas, con igual soltura y fluidez en
los dos idiomas. Al final de la reunión, un caballero presente se adelantó y respaldó mis
comentarios. Dijo que tenía un hijo cuya esposa era una dama alemana y que ahora era
misionera en Bagdad. Tienen un hijo de tres años, y su hijo habla tres idiomas con perfecta
fluidez: ¡inglés, alemán y árabe! Sin duda, el niño olvidará dos de los tres, y esto no es un
argumento para enseñar lenguas extranjeras a los bebés, pero sin duda es una prueba de
que la adquisición de una lengua extranjera no tiene por qué presentar dificultades
insuperables para ninguno de nosotros.
© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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XXI. Arte pictórico

El estudio de cuadros. La formación artística de los niños debe proceder en dos carriles. El
niño de seis años debe comenzar tanto a expresarse como a apreciar, y su apreciación debe
estar muy por delante de su capacidad para expresar lo que ve o imagina. Por lo tanto, es
lamentable cuando la apreciación de los niños solo se ejercita frente a las impresiones en
color de sus libros ilustrados o de revistas especializadas. Pero el lector dirá: «Un niño
pequeño no puede apreciar el arte; es sólo el color y el sentimiento de un cuadro lo que lo
toca. Una presentación vívidamente coloreada del cumpleaños de Bobbie, o de la muñeca
rota de Bárbara, es lo que llegará directamente a su «mente y corazón». «Por lo tanto»,
dice el lector, «la naturaleza indica cuál es el tipo de arte apropiado para los ¡niños!» Sin
embargo, de hecho, las mentes de los niños y de sus mayores se adaptan por igual a lo que
se les pone al frente; y si los niños aprecian lo vulgar y sentimental en el arte, es porque
esa es la forma de arte a la que se han habituado. A un niño de unos nueve años (junto con
muchos otros) se le entregaron reproducciones de media docena de cuadros de Jean
François Millet para estudiar durante un período escolar. Al final, se pidió a los niños que
describieran cuál de esas imágenes les gustaba más. Por supuesto que lo hicieron, y lo
hicieron bien. Esto es lo que dice el niño que mencioné: «Me gustó más El sembrador
(https://www.wikiart.org/en/jean-francois-millet/the-sower-1850). El sembrador está
sembrando semillas; el cuadro está todo oscuro excepto en lo alto del lado derecho donde
hay un hombre arando el campo. Mientras está arando el campo, el sembrador siembra;
tiene una bolsa en su mano izquierda y está sembrando con su mano derecha. Tiene
zuecos de madera. Está sembrando a eso de las seis de la mañana. Se puede ver su cabeza
mejor que sus piernas y cuerpo, porque está a contraluz».

Una niña de siete años prefiere El ángelus


(https://en.wikipedia.org/wiki/The_Angelus_%28painting%29) y dice: —«La imagen es
de gente en el campo, un hombre y una mujer. Junto a la mujer hay una cesta con algo
dentro; detrás de ella hay una carretilla. Ellos están orando; el hombre se quita el
sombrero en la mano. Se nota que es de noche, porque la carretilla y la cesta están
cargadas».

Debe ser habitual. Cuando los niños han comenzado sus lecciones regulares (es decir,
cuando tienen seis años), este tipo de estudio de las imágenes no debe dejarse al azar, sino
que deben tomar un artista tras otro, todos los trimestres, y en quietud estudiar media
docena de reproducciones de su obra en el transcurso de un trimestre.
Los pequeños esbozos memorizados que he citado demuestran que algo claro queda con
el niño después de sus estudios; pero esta es la menor de las ganancias. No podemos
medir la influencia que uno u otro artista tiene sobre el sentido de la belleza del niño,
sobre su capacidad de ver, como en un cuadro, las vistas comunes de la vida; él se
enriquece más de lo que sabemos al haber mirado realmente incluso una sola imagen. Es
un error pensar que el color es necesario para los niños en sus estudios de arte.
Encuentran color en muchos lugares y están satisfechos, por el momento, con la forma y el
sentimiento de sus cuadros. Por cierto, para la decoración de las aulas, no conozco nada
mejor que los cuadros de Fitzroy (https://www.google.com/search?
q=Fitzroy+engraved+by+James+Akerman&newwindow=1&client=firefox-b-1-
d&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=2ahUKEwiesa6s3MH4AhXkkOAKHVF9DaIQ_A
UoAXoECAEQAw&biw=991&bih=803&dpr=1.09), especialmente de cada una de las
cuatro estaciones, de donde se obtiene belleza, tanto en cuanto a líneas como a color, y
también pasión poética. También me gustaría citar el consejo de Ruskin de que los niños
ingleses debieran conocer de pequeños los libros infantiles ilustrados de Jean Richter
(https://www.alamy.com/stock-photo/wood-engraving-by-ludwig-richter.html), Unser
Vater
(https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Vater_Unser_in_Bildern_MET_MM4685.jpg),
Sontag y los demás.

Adjunto notas de una clase en apreciación pictórica dada a niños de ocho y nueve años,
para mostrar cómo se puede dar este tipo de lección.

Lección de arte pictórico

Objetivos:

1. Continuar con la serie de pinturas de Landseer


(https://en.wikipedia.org/wiki/Edwin_Landseer) que los niños están estudiando en
la escuela.
2. Incrementar su interés por las obras de Landseer.
3. Mostrar la importancia del conocimiento que tenía Landseer sobre los animales.
4. Ayudarlos a leer verdaderamente una imagen.
5. Incrementar su capacidad de atención y observación.

Paso I. Preguntar a los niños si recuerdan cuál fue su última lección de arte pictórico, y
quién era el artista famoso que pintaba animales. Dígales que Landseer estuvo
familiarizado con los animales desde que era muy joven: tenía perros como mascotas y,
como los amaba, los estudió a ellos y a sus hábitos—de esa manera fue capaz de pintarlos.

Paso II. Entregarles la imagen «Alejandro y Diógenes»


(https://www.wikiart.org/en/edwin-henry-landseer/alexander-and-diogenes) para que
la miren, y pídales que inquieran todo lo que puedan sobre ella, y que piensen acerca de la
idea que tenía el artista en mente y qué idea o ideas quiso expresar o transmitirnos en esta
imagen que él creó.
Paso III. Después de tres o cuatro minutos, retire la imagen y escuche lo que los niños han
notado. Luego pregúnteles qué les indican los diferentes perros: la fuerza del mastín que
representa a Alejandro; la dignidad y majestuosidad de los sabuesos a sus espaldas; la
mirada del sabio consejero en el rostro del setter [una variedad de perro]; la mirada
bastante despectiva del terrier de pelo áspero en la bañera. Pregunte a los niños si han
notado algo en la imagen que muestre la hora del día: por ejemplo, las herramientas
dispuestas al costado de la canasta del trabajador sugiriendo que es el tiempo de la
comida del mediodía; así como la brillante luz del sol sobre los perros que proyectan una
sombra sobre la bañera, demuestra que debe ser alrededor del mediodía.

Paso IV. Que los niños lean el título y cuenten cualquier hecho que sepan acerca de
Alejandro y Diógenes; luego dígales que Alejandro fue un gran conquistador que vivió
A.C. 356-323, y que fue famoso por las batallas que ganó contra Persia, India y a lo largo
de la costa del Mediterráneo. Era muy orgulloso, fuerte y jactancioso. Diógenes fue un
filósofo cínico. Explique lo que significa cínico, a partir de la leyenda de Alejandro y
Diógenes; y averigüe qué perro representa a Alejandro y cuál a Diógenes.

Paso V. Deje que los niños dibujen las líneas principales del dibujo, en cinco minutos, con
lápiz y papel.

Ilustraciones originales. Me he referido, de vez en cuando, a las ilustraciones originales


dibujadas por los niños. Puede ser útil adjuntar notas de una lección que demuestren el
tipo de ayuda ocasional que un maestro puede brindar en este tipo de trabajo; pero en
general es mejor dejar a los niños solos.

Objetivos

1. Ayudar a los niños a crear imágenes mentales claras a partir de una descripción y
reproducirlas a través de una pintura.
2. Aumentar su poder de imaginación.
3. Ayudarles en sus ideas sobre la forma y el color.
4. Aumentar su interés por la historia de Beowulf permitiéndoles ilustrar una escena del
libro que están leyendo.
5. Sacar a relucir su idea de una criatura desconocida (por ejemplo, Grendel).

Pasos

Paso I. Indagar lo que saben los niños acerca del poema «Beowulf» y del héroe mismo.

Paso II. Aportar cualquier punto que puedan pasar por alto en la historia, hasta donde
hayan leído (es decir, hasta la muerte de Grendel).

Paso III. Leer la descripción de la forma de vestir en aquella época, y el relato de la muerte
de Grendel (incluyendo tres posibles imágenes).

Paso IV. Indagar de los niños cuáles son las imágenes mentales que se han formado, y
volver a leer el pasaje.
Paso V. Permitirles producir con pincel y pintura la imagen mental que poseen.

Paso VI. Mostrarles la «ilustración original» de George Morrow de Beowulf en Heroes of


Chivalry and Romance
(https://archive.org/details/heroesofchivalry00chur_0/page/56/mode/2up)».

Lecciones de dibujo. Pero «para sus verdaderas lecciones de dibujo», dice el lector,
«¿supongo que se usa pintura prefigurada?» (es decir, salpicaduras de pintura hechas con
la parte plana del pincel, que toman una forma oval). Creo que este método tiene un uso,
que es dar cierta libertad en el uso del color, de lo contrario, me parece una especie de
aparato artístico que el niño adquiere con mucho esfuerzo y que, al combinar varios para
crear flores, u otras cosas, permite al niño producir efectos superiores a su legítima
capacidad artística, que, sin embargo, realiza sin una partícula de emoción por el objeto
natural donde radica el alma misma del arte. La capacidad de la creación efectiva
utilizando una especie de truco ingenioso mutila los delicados sentidos que posee la
naturaleza infantil y a través de los cuales el niño aprehende el arte.

Ruskin dijo: «Deje que el ojo descanse sobre la áspera fracción de una rama que tenga una
forma curiosa durante la conversación con un amigo, que descanse, aunque sea
inconscientemente, y aunque la conversación se olvide, aunque se pierda de la memoria
todas las circunstancias relacionadas como si no hubieran existido, pero el ojo, durante
toda la vida posterior, obtendrá un cierto placer en tales ramas que nunca antes tuvo, un
placer tan leve, un rastro tan delicado de emoción, que nos dejará completamente
inconscientes de su peculiar poder, indestructible ante cualquier razonamiento, y
convertido en una parte nuestra desde ahora hasta el fin».

Esto es lo que deseamos que los niños logren cuando les enseñamos a dibujar: que el ojo
descanse, no inconscientemente, sino conscientemente, en algún objeto de belleza que
dejará en sus mentes una imagen deleitable para toda la vida. Los niños de seis y siete
años dibujan ramitas en ciernes de roble y fresno, haya y alerce, con tal tierna fidelidad al
color, al tono y al gesto, que los toscos dibujitos son en sí mismos unas bellezas.

Los niños poseen «el arte» dentro de sí. Con el arte, así como con tantas otras cosas en un
niño, debemos creer que está ahí, o nunca lo encontraremos. Una vez más, aquí hay un
delicado Ariel a quien nos corresponde liberar de sus ataduras. Por ello, ponemos una
ramita o una flor que crece delante de un niño y dejamos que se ocupe de ella como
quiera. Encontrará su propia forma de dar forma y color, y nuestra ayuda puede muy bien
limitarse al principio a cuestiones técnicas como la mezcla de colores y cosas por el estilo.
Para que no impidamos la libertad del niño o estorbemos la liberación del arte que está en
él, debemos tener cuidado de no ofrecer ninguna ayuda en forma de guías, puntos y otras
muletas; y, además, debiera trabajar en el medio más fácil, esto es, con pincel o con
carboncillo, y no con lápiz de mina negra. Se deben evitar las cajas de colores baratos. Los
niños son dignos de lo mejor, y media docena de tubos de acuarela de muy buenos colores
durarán mucho tiempo, y satisfarán la vista de los pequeños artistas.
Modelado en arcilla. Al referirnos a la formación artística de los niños, puede ser bueno
mencionar el modelado en arcilla. Los bien hechos niditos de pájaros, cestas de huevos,
etc., no sirven para el desarrollo artístico y bien pronto dejan de ser divertidos. Por el
contrario, lo principal que el maestro debe hacer es mostrar al niño cómo preparar su
arcilla para expulsar las burbujas de aire, y darle la idea de hacer una pequeña plataforma
para su trabajo, para que desde el principio tenga un efecto artístico. Luego, se debe poner
a su alcance una manzana, un plátano, un coquito de Brasil, o algo similar; y que él no
tome un trozo de arcilla y lo apriete hasta darle forma, sino que construya la forma que
desea pieza por pieza. Su propia percepción artística se apropia de la abolladura de la
manzana, la arruga en el zapato del niño, las pequeñas notas de expresión en el objeto que
rompen la uniformidad y se constituyen en arte.

El piano y el canto. Debo concluir con la decepcionante sensación de que se han dejado de
lado temas de importancia en la educación del niño, y que ninguno de ellos ha sido
abordado adecuadamente.

Sobre ciertos temas de peculiar valor educativo, como la música, por ejemplo, no he dicho
nada, en parte por falta de espacio, y en parte porque si la madre no posee la claridad que
tuvo Sir Joshua Reynolds [pintor británico que supo reconocer su genio para la pintura],
las sugerencias de un extraño no producirán el sentimiento artístico que es la condición
del éxito en este tipo de enseñanza. Si fuera posible, que los niños aprendan desde el
principio con artistas, amantes de su trabajo: es un grave error dejar que el niño ponga las
bases de lo que sea que haga en el futuro bajo la tutela de maestros mal calificados y
mecánicos, que no encienden en él nada de entusiasmo en el cual consiste la vida del arte.
Me gustaría, en relación con el canto, mencionar los admirables efectos educativos del
método Solfeo (https://steemit.com/spanish/@bassrog/cual-es-la-importancia-del-
solfeo).

A través del solfeo, los niños aprenden de una manera mágica a producir los signos de
cada sonido, y los sonidos de cada signo, entonces pueden leer música, y también escribir
las notas o hacer los signos adecuados para las notas de un pasaje que se les cante. El oído
y la voz se cultivan simultáneamente y por igual.

El método presente en la obra Child Pianist


(https://archive.org/details/teachersguidecur00curwuoft) de Curwen se produce, con
minucioso cuidado, a lo largo de las mismas líneas; es decir, el conocimiento del niño de la
teoría de la música y su entrenamiento auditivo van a la par con su capacidad de
ejecución, y parecen acabar con la monotonía mortal de «practicar la música».

Manualidades y ejercicios físicos. No podemos mencionar más que dos asignaturas


importantes, como son los trabajos manuales y los ejercicios físicos, los cuales debieran
formar parte habitual de la vida diaria de un niño. Para el entrenamiento físico nada es tan
bueno como la Gimnasia sueca (http://historiaefi.blogspot.com/2008/06/la-gimnasia-
sueca_25.html) [en inglés, Swedish Drill] de Ling, y algunos de los primeros ejercicios
pueden hacer los niños menores de nueve años. El baile y los diversos ejercicios musicales
permiten generar la gracia en el movimiento y dan más placer, aunque menos
entrenamiento científico, a los pequeños.
Me parece que los trabajos manuales que mejor se adaptan a los niños menores de nueve
años son el armado de sillas de caña o mimbre, trabajos con cartón, cestería, alfombras
tejidas (http://archipelago7.blogspot.com/2016/08/charlotte-mason-and-handicraft-
of.html) [otras ideas aquí (https://www.pequeocio.com/5-alfombras-infantiles-
caseras/)], cortinas japonesas (https://valenteshop.ru/es/kak-sshit-shtory-svoimi-
rukami-poshagovaya-instrukciya-6-foto/), tallado en corcho
(https://www.chinaartlover.com/chinese-cork-carving-history-value), muestrario de
variadas puntadas hechas en lienzo basto [como esto
(https://www.needlenthread.com/2012/07/on-random-stitch-samplers.html)], costuras
fáciles, tejido de punto (con agujas grandes y lana), etc. Lo que se debe mantener presente
es que las manualidades de los niños cumplan los siguientes lineamientos: (a) que no se
ocupen en hacer futilidades como trabajos con guisantes y palos, tiritas de papel, y cosas
similares; (b) que se les enseñe lenta y cuidadosamente lo que deben hacer; c) que no se
permita el trabajo descuidado; (d) y que, por lo tanto, el trabajo de los niños se mantenga
dentro del alcance de sus capacidades.

Es mi esperanza que, al concluir esta breve reseña de las asignaturas apropiadas de la


educación intelectual infantil, se haya dicho lo suficiente para demostrar cuán necesario es
que la madre reflexione seriamente antes de permitir que cualquier librito de lecciones
llegue a manos de sus hijos, o que personas mal calificadas experimenten en sus hijos
métodos de su propia invención.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray

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Parte VI. La voluntad, la conciencia, la vida divina en el


niño

I. La voluntad

[Nota: Es posible que Charlotte Mason haya utilizado en esta sección la alegoría creada
por John Bunyan (autor del Progreso del Peregrino) en su obra La guerra santa
(https://www.amazon.com/Guerra-Santa-resistencia-pecado-
alegor%C3%ADa/dp/1629463159), donde se describe a Almahumana como una ciudad
asediada que resiste tal como resiste al pecado el creyente en Cristo Jesús, y por tanto,
donde se libra la batalla la voluntad del ser humano, en su interior.]
Gobierno de Almahumana. Consideremos ahora un tema de indecible importancia para
todos los seres a los cuales se le ha dado una vida de raciocinio aquí, y que poseen la
esperanza de una vida más plena en el más allá; me refiero al gobierno del reino de
Almahumana. Todo niño que ha vivido lo suficiente en el mundo ha sido investido,
gradualmente, con esta alta función, y les corresponde a sus padres instruirlo en cuanto a
sus deberes, y perfeccionarlo en la ejecución de sus tareas. Ahora bien, el gobierno de este
reino de Almahumana, igual que el de algunos estados bien ordenados, se lleva a cabo en
tres cámaras, donde cada cámara cuenta con sus propias funciones, ejercidas, no por una
multitud de consejeros, sino por un solo ministro.

El poder ejecutivo reside en la voluntad. En la cámara externa se encuentra Voluntad. Al


igual que el centurión romano, Voluntad tiene soldados a su cargo: le dice a este hombre:
Ve, y él va; a otro: Ven, y él viene; a un tercero: Haz esto, y lo hace. En otras palabras,
el poder ejecutivo recae en la voluntad. Si la voluntad tiene el hábito de estar sujeto a la
autoridad, si emite sus mandatos en el tono que requiere obediencia, el reino está, de tal
manera, en unidad consigo mismo. Si la voluntad es débil, da consejos inciertos, pobre
Almahumana es destruida por el desorden y la rebelión.

¿Qué es la voluntad? No sé lo que es la voluntad; parece ser que no tener definición es un


hecho final, pero son pocos los asuntos acerca de los cuales quienes tienen la educación de
los niños en sus manos cometen los errores más perjudiciales; y, por lo tanto, vale la pena
considerar, como nos sea posible, cuáles son las funciones de la voluntad, y cuáles son sus
limitaciones.

Hay personas que pueden pasar toda la vida sin ejercer un acto deliberado de la
voluntad. En primer lugar, la voluntad no está involucrada necesariamente en ninguno de
los aspectos en que hemos considerado hasta ahora al niño. Puede reflexionar e imaginar;
ser motivado por el deseo de conocimiento, de poder, de distinción; puede amar y estimar;
puede formar hábitos de atención, de obediencia, de diligencia, de
pereza, involuntariamente, es decir, sin pretenderlo, sin proponerse, sin querer estas cosas él
mismo. Hasta tal punto es esto cierto, que hay personas que viven su vida sin realizar
ningún acto de voluntad deliberada: algunas personas amables y fáciles de llevar, por una
parte, que han vivido protegidas por circunstancias favorables; y, otras pobres almas, que,
por el contrario, no las han resguardado las circunstancias, que se han deshecho de sus
amarras que las establecían, y que apenas pueden nombrar aquellos a quienes pertenecen.
Las grandes capacidades intelectuales no implican en absoluto una voluntad en capacidad
de control; ya vemos cómo a Coleridge había que cuidarlo, porque tenía muy poca
capacidad de voluntad. Sus pensamientos estaban tan poco sometidos a su propia volición
como sus acciones, y la charla refinada que la gente iba a escuchar no era más que un
sinfín de ideas conectadas por ningún otro vínculo que el de la asociación; que, siendo su
mente tan superior, sus ideas fluían metódicamente, como por su propia voluntad.

El carácter es el resultado de una conducta regulada por la voluntad. Es innecesario decir


ni una palabra sobre la dignidad y la fuerza del carácter que una voluntad que ha sido
confirmada proporciona a sus poseedores. De hecho, el carácter es el resultado de una
conducta regulada por la voluntad. Decimos: Fulano tiene mucho carácter, mengano no
tiene carácter; y podríamos expresar lo mismo diciendo: Fulano tiene una voluntad
vigorosa, mengano no tiene fuerza de voluntad. Todos conocemos vidas que son ricas en
dones y gracias, pero que han naufragado por la falta de una voluntad determinante.

Tres funciones de la voluntad. La voluntad es quien controla las pasiones y las


emociones, quien dirige los deseos, quien gobierna los apetitos. Pero observe que las
pasiones, los deseos y los apetitos ya existen de antemano, y que la voluntad sólo adquiere
fuerza y vigor en la medida que se ejercita en la represión y la dirección de los mismos;
pues, aunque la voluntad parece ser de naturaleza puramente espiritual, se comporta
como cualquier miembro del cuerpo en este punto: que adquiere vigor y capacidad en
proporción al debido alimento y su uso adecuado.

Limitación de la voluntad que es ignorada por ciertos novelistas. Es verdad que el


villano de una novela es, o más bien solía ser, una persona interesante, porque siempre
estaba dotado de una voluntad poderosa, que actuaba, no controlando sus pasiones
violentas, sino ayudándolas e instigándolas, dando como resultado un ser diabólico fuera
de lo común y natural. Y no es de extrañar, ya que, según la ley natural, el miembro que
no cumple con sus propias funciones es castigado con la pérdida de la capacidad de
actuar; si no deja de ser, existe como si no existiera; así la voluntad, al estar en autoridad,
no es capaz de movilizar sus efectivos hacia la turba: la confusión sería horrible; lo mismo
sucede cuando los poderes ejecutivos de un estado son tomados por una turba alborotada,
y hay tiroteos en las carreteras y ahorcamientos en los faroles, y la confusión es infinita por
todas partes.

Los padres cometen tal error metafísico. Me interesa mucho presentar a ustedes dicha
limitación de la voluntad sobre el ejercicio de sus debidas funciones, porque con bastante
frecuencia los padres cometen el mismo error metafísico que hemos visto en el escritor de
novelas. Admiran una voluntad vigorosa, y con razón; saben que, si su hijo espera dejar
su huella en el mundo, debe ser por la fuerza de la voluntad. ¿Qué sucede después? El
bebé grita para conseguir un juguete prohibido, y la madre dice: «Tiene una voluntad tan
fuerte». El pequeño de tres años se pone a rugir en la calle, y no quiere moverse a pedido
de su cuidadora, porque «tiene una voluntad tan fuerte». Dominará a voluntad los juguetes
de la guardería, monopolizará a voluntad los juegos de sus hermanas, todo por su «fuerte
voluntad». En este punto se nos presenta una divergencia de opiniones: por un lado, los
padres deciden que, sean cuales sean las consecuencias, la voluntad del niño no debe ser
quebrantada, por lo que todos sus caprichos deben proseguir sin control; y, por otro lado,
se decide que la voluntad del niño debe ser quebrantada a toda costa, y el pobre ser es
sometido a una triste ronda de castigos y represión.

La voluntariedad indica carencia de fuerza de voluntad. Pero todo este tiempo, nadie
percibe que el problema del niño es la mera falta de voluntad. Él está en un estado de total
«voluntariedad», como se llama al estado en que la voluntad no tiene capacidad de
control [el Diccionario de la RAE describe voluntariedad como: Determinación de la
propia voluntad por mero antojo y sin otra razón para lo que se resuelve], aunque
involuntariedad, si existiera tal palabra, describiría mejor dicho estado. Ahora bien, esta
confusión entre el estado de voluntariedad y el de ser dominado por la voluntad, conduce
a resultados perversos incluso cuando la voluntariedad no ha sido fomentada ni cuando el
niño ha sido reprimido indebidamente: provoca descuidar el debido cultivo y
entrenamiento de la voluntad, esa posesión casi divina, de cuyo uso depende el valor de
todos los demás dones, ya sean belleza o genio, fuerza o habilidad.

¿Qué es la voluntariedad? Si la voluntariedad no es un ejercicio propio de la voluntad,


¿qué es, entonces? Es simplemente esto: quitad el freno y la brida –es decir, el control de la
voluntad— a los apetitos, a los deseos, a las emociones, y el niño que se ha apropiado de
una afición, ya sea resentimiento, celos, deseo de poder, o deseo de poseer, es
otro Mazeppa (https://www.criticadelibros.com/personajes/mazeppa/), llevado sin
dirección con la velocidad del veloz y la fuerza del fuerte, y sin ninguna capacidad para
ayudarse a sí mismo. No existe un límite al poder y a la persistencia de los apetitos y las
pasiones si se elimina el freno previsto; y es este ímpetu del apetito o de la pasión, esta
aparente determinación de ir en una dirección y no en otra, lo que se llama voluntariedad
y se confunde con un ejercicio de la voluntad. A pesar de que la determinación es lo único
aparente; el niño, de hecho, está siendo llevado velozmente y sin resistencia, porque
aquella fuerza opuesta que debería dar equilibrio a su carácter no está desarrollada ni
entrenada.

La voluntad tiene funciones superiores e inferiores. La voluntad tiene unas funciones


superiores y unas funciones inferiores, que pueden llamarse funciones morales y
mecánicas; y aquella voluntad que, por falta de práctica, se ha vuelto flácida y débil en el
ejercicio de sus funciones superiores, puede, sin embargo, ser capaz de ordenar asuntos
tales como ir o venir, sentarse o levantarse, hablar o abstenerse de hablar.

La voluntad no es una facultad moral. Reitero que, aunque es imposible alcanzar la


excelencia moral del carácter sin la acción de una voluntad vigorosa, la voluntad en sí
misma no es una facultad moral, por lo tanto, una persona puede alcanzar una gran
fuerza de voluntad como consecuencia de esfuerzos continuos en la represión o dirección
de sus apetitos o deseos, y sin embargo, ser una persona indigna; es decir, puede
mantenerse en orden por motivos indignos, por el bien de las apariencias, por interés
propio, o incluso por el perjuicio de otra persona.

Una voluntad disciplinada es necesaria para el carácter cristiano heroico. Vale la pena
reiterar que, aunque una voluntad disciplinada no es una condición necesaria de la vida
cristiana, es necesaria para desarrollar el carácter cristiano heroico. Gordon, Havelock,
Florence Nightingale, el apóstol Pablo, son personas de vigorosa voluntad. En este
aspecto, como en todos los demás, el cristianismo alcanza las almas más débiles. Hay una
maravillosa pintura de Guido Reni titulada Magdalen
(https://www.wga.hu/art/r/reni/2/magdalen.jpg) en el Louvre, cuya boca claramente
nunca ha hecho ninguna resolución ni para bien ni para mal, la parte inferior del rostro
moldeada por la obediencia impotente a la inclinación del momento; pero usted mira a los
ojos, que se levantan para encontrar la mirada de otros ojos que no se muestran en el
cuadro, y el semblante se transfigura, todo el rostro se enciende con una pasión de
servicio, amor y entrega. Todo esto puede lograrlo la gracia divina en almas débiles y
reticentes, y entonces harán lo que puedan hacer; pero su poder de servicio está limitado
por su pasado. No ocurre así con el hijo de la madre cristiana, cuyo mayor deseo es
capacitarlo para la vida cristiana. Cuando él despierte a la conciencia de a quién él le
pertenece y a quién él sirve, ella lo tendrá listo para tal sublime servicio, habiendo
entrenado todas sus facultades—un hombre de guerra desde su juventud; pero, por sobre
todo, poseedor de una voluntad efectiva, para querer y para hacer la buena voluntad de
Dios.

La única facultad práctica del hombre. Antes de considerar cómo entrenar esta «única
facultad práctica del hombre», debemos saber cómo opera la voluntad, cómo maneja y
ordena todo lo que se hace y piensa en el reino de Almahumana. «¿No puedes obligarte a
hacer lo que deseas hacer?», dice Guy, en Heir of Redclyffe, al pobre Charlie Edmonston,
que nunca ha tenido el hábito de obligarse a hacer nada. Por supuesto que existen
aquellos que ni siquiera han llegado a desear hacer lo que debieran hacer, aunque la
mayoría de nosotros lo deseamos; pero lo que queremos saber es cómo obligarnos a hacer
lo que deseamos hacer. Y aquí está la línea que divide a las personas eficaces de las que no
lo son, a los grandes de los pequeños, a los buenos de los bien intencionados y respetables:
es en proporción a la capacidad de una persona de controlarse a sí misma, de obligarse a sí
misma, que es capaz de hacer, incluso a expensas de su propio placer; que puede
depender de sí mismo, y estar seguro de su propia acción en los acontecimientos
inesperados.

Cómo actúa la voluntad. Ahora bien, ¿cómo se comporta este autócrata interior? ¿Es con
un severo «tú deberás», «tú no deberás», que el hombre en sujeción es coaccionado a la
obediencia? De ninguna manera. ¿Es mediante una demostración plausible de razones,
una recolección de motivos? Tampoco. Desde que el John Stuart Mill nos enseñó que
«todo lo que el hombre hace, o puede hacer, con la materia» es «acercar o alejar una cosa
de otra», no debemos sorprendernos de que se produzcan grandes resultados morales por
medios que parecen inadecuados; y un poco de experiencia en la guardería infantil será
una muestra mucho mejor que una abundante charla lo que es posible para la voluntad.
Un bebé se cae, se da un fuerte golpe y llora lastimosamente; la cuidadora experimentada
no «besa el lugar para curarlo», ni muestra ninguna compasión por el problema del niño
lo cual empeoraría las cosas; cuanto más se compadece ella, él más solloza. Ella, por el
contrario, se apresura a «cambiar los pensamientos del niño», según dice; y lo lleva a la
ventana para que vea los caballos, le da su libro ilustrado favorito, su juguete más
querido, y el niño se endereza en la mitad de un sollozo, aunque está realmente
malherido. Ahora bien, lo que hace la cuidadora experimentada es precisamente el papel
que juega la voluntad en el hombre: es por la fuerza de la voluntad que un hombre puede
«cambiar sus pensamientos», transferir su atención de un tema a otro, y ello con una
descarga de fuerza mental que no percibe conscientemente. Y esto es suficiente para salvar
a un hombre y para convertir en hombre a un hombre, es decir, la capacidad de obligarse a
pensar sólo en aquellas cosas que él ha decidido de antemano que es bueno pensar.

El camino de la voluntad: los incentivos. Sus pensamientos vagan por el placer


prohibido, en detrimento de su trabajo; se endereza y fija deliberadamente su atención en
los incentivos que tienen más poder para hacerle trabajar, como el momento de ocio y de
placer después de la labor honesta, el deber que le obliga a cumplir su tarea. Sus
pensamientos discurren por el cauce que él quiere que discurran, y el trabajo deja de ser
un esfuerzo.
Distracción. De nuevo, una pequeña afrenta ha provocado un torrente de resentimiento, y
decimos: «fulano no debería haber hecho tal cosa, no tenía derecho, fue grosero», y la lista
sigue de todas las cosas severas que estamos dispuestos a decir en el corazón contra quien
ofende nuestro amor propio. Pero el hombre bajo el control de su propia voluntad no
permite continuar con lista, y no lucha consigo mismo, diciendo: «Está muy mal que yo
haga esto. Después de todo, fulano no tiene toda la culpa». Todavía no está preparado
para eso, sino que se obliga a pensar en otra cosa: el último libro que ha leído, la próxima
carta que debe escribir, cualquier cosa lo suficientemente interesante como para desviar
sus pensamientos. Cuando se permite volver a la causa de la ofensa, he aquí que todo el
rencor desaparece, y es capaz de mirar el asunto con la frialdad de una tercera persona. Y
esto es cierto, no sólo de los brotes de resentimiento, sino de toda tentación que acosa la
carne y el espíritu.

Cambiar de pensamiento. Lo mismo sucede cuando la uniformidad de los deberes, el


cansancio de hacer lo mismo una y otra vez, llenan a la persona de disgusto y abatimiento,
por tanto, deja de esforzarse; no así el hombre bajo el poder de su propia voluntad, quien
sencillamente no se permite el descontento en la ociosidad; porque siempre está a su
alcance algo agradable que pueda darse a sí mismo, algo externo de sí, en qué pensar, y así
lo hace; lo cual provoca lo que llamamos un «estado dichoso de ánimo», en el cual ningún
trabajo es algo penoso.

El camino de la voluntad debe enseñarse a los niños. Es bueno saber qué hacer con
nosotros mismos cuando estamos en problemas, y conocer el camino de la voluntad ya
mencionado es hasta tal punto el secreto de una vida feliz, que bien vale la pena
impartirlo a los niños. ¿Estás en problemas? Cambia tus pensamientos. ¿Estás cansado de
intentarlo? Cambia tus pensamientos. ¿Estás deseando cosas que no debes tener? Cambia
tus pensamientos; hay un poder dentro de ti, tu propia voluntad, que te permitirá desviar
tu atención de pensamientos que te hacen infeliz y estar errado, hacia pensamientos que te
hacen feliz y estar en lo correcto. Y ésta es la manera sumamente sencilla en que actúa la
voluntad; éste es el único secreto del poder sobre sí mismo que ejerce el hombre fuerte:
puede obligarse a pensar en lo que elige, y no se permitirá por propia voluntad pensar en lo
que engendra una maldad.

El poder de la voluntad implica poder de atención. Pero percibimos que, aunque la


voluntad es todopoderosa dentro de ciertos límites, se trata solo de límites angostos,
después de todo. Hay mucho que debe preceder y acompañar a una voluntad vigorosa
para que se constituya en un poder para gobernar la conducta. Por ejemplo, el hombre
debe haber adquirido el hábito de la atención, cuya gran importancia ya hemos
considerado. Hay personas con atención de pajarito, que no tienen la capacidad de pensar
en forma conectada durante cinco minutos bajo alguna presión interna o externa. Si nunca
han sido entrenados para aplicar la totalidad de sus facultades mentales a un tema
determinado, pues, ninguna energía de la voluntad, suponiendo que la tuvieran, lo cual es
imposible, les podría hacer pensar de manera fija pensamientos de su propia elección o de
alguna otra persona. He aquí cómo encajan las partes del tejido intelectual: el poder de la
voluntad implica el poder de la atención; y antes de que los padres puedan empezar a
entrenar la voluntad del niño, deben haber empezado a formar en él el hábito de la
atención.
El hábito puede frustrar la voluntad. Ya hemos considerado la fatal disposición hacia el
mal, y el impulso hacia el bien, que otorga el hábito. El hábito es el aliado o el oponente, y
con demasiada frecuencia quien obstaculiza a la voluntad. El infeliz borracho quiere hacer
su voluntad con toda la fuerza que hay en él; aparta los ojos de su mente para no
contemplar la trampa que lo acecha; se afana en otros pensamientos; pero,
desgraciadamente, sus pensamientos sólo correrán en el surco acostumbrado del deseo,
y el hábito es demasiado fuerte para su débil voluntad. Todos sabemos algo de esta lucha
entre el hábito y la voluntad en asuntos menos vitales. ¿Quién no tiene algún hábito,
bastante fastidioso, de retrasar, o procrastinar, que lucha casi diariamente con la voluntad
corregida? Pero ya he dicho tanto sobre el deber de los padres de facilitar el camino de sus
hijos estableciendo para ellos los surcos de hábitos útiles, que es innecesario decir aquí
una palabra más sobre el hábito como aliado o entorpecedor de la voluntad.

Uso razonable de un instrumento tan eficaz. Vemos aquí, una vez más, que sólo el
hombre de razonamiento cultivado es capaz de ser gobernado por una voluntad bien
dirigida. Si su entendimiento no da prueba de una buena razón de por qué él debiera realizar
una lectura sustancial todos los días, por qué debiera aferrarse a la fe de sus padres, por
qué debiera asumir sus deberes como ciudadano, pues, entonces, el movimiento de su
voluntad será débil y fluctuante, y muy estéril en cuanto a resultados. De hecho, puede
ocurrir algo peor: puede adoptar una idea equivocada, o incluso viciosa, y hacer mucho
daño mediante lo que él considera es un esfuerzo virtuoso de la voluntad. Los padres
pueden arriesgarse a poner en manos de sus hijos el poder de la voluntad sólo en la
medida que los entrenan para que hagan un uso razonable de tan eficaz instrumento.

Cómo fortalecer la voluntad. Consideraremos otra limitación de la voluntad, pero


suponiendo que los padres se esfuerzan en que el niño esté en condiciones de usar su
voluntad, ¿cómo fortalecerán tal voluntad, de modo que el niño pueda emplearla para
controlar su propia vida? Ya hemos hablado de la importancia de educar al niño en el
hábito de la obediencia. Ahora bien, la obediencia sólo es valiosa en la medida en que
ayuda al niño a obligarse a sí mismo a hacer lo que sabe que debe hacer. Todo esfuerzo de
obediencia que no le dé al niño un sentido de conquista sobre sus propias inclinaciones,
ayuda a esclavizarlo, resintiendo él la pérdida de su libertad y corriendo al desenfreno
apenas pueda. He ahí el secreto del malogramiento de muchos niños educados
estrictamente. Pero que él coopere; que, de todo corazón, pueda tener la intención y el
propósito de hacer lo que se le pide, entonces será su propia voluntad la que le obligue, y
no la de los padres; él comienza así el mayor esfuerzo, el más alto logro de la vida
humana, que es, el obligarse a sí mismo a hacer algo. Que él sepa lo que está haciendo,
que disfrute de la sensación de triunfo, y de las felicitaciones de sus padres, cada vez que
lleve sus pensamientos de vuelta a esa fastidiosa operación matemática, cada vez que
haga que sus manos terminen lo que han empezado, cada vez que despida de sí al perro
negro que lo agobia, y produzca una sonrisa en el rostro sombrío.

El hábito del manejo de sí mismo. Entonces, como se dijo previamente, que él conozca el
secreto de la volición; que sepa que, mediante un esfuerzo de la voluntad, él puede dirigir
sus pensamientos hacia lo que quiere pensar, ya sean sus lecciones, sus oraciones, su
trabajo, y alejarlos de las cosas en las que no debería pensar. Que, de hecho, puede ser un
niño tan fuerte y valiente, que puede obligarse a pensar en lo que le gusta; y que pruebe
esto con pequeños experimentos. Que, si consigue una vez que sus pensamientos vayan en
la vía correcta, el resto sucederá por sí solo, y la próxima vez seguro que hará lo correcto.
Que, si siente que le asaltan pensamientos malos, el plan es pensar enérgicamente en otra
cosa, en algo bonito: en su próximo cumpleaños, en lo que quiere hacer cuando sea adulto.
No todo esto a la vez, por supuesto; sino surco tras surco, precepto tras precepto, un poco
aquí y otro poco allá, según se dé la oportunidad. Que se acostumbre a manejarse a sí
mismo, a controlarse, y es sorprendente el poder de obligarse a sí mismo que exhibe un
niño tan pequeño. «Refrénate, Tommy», oí decir una vez a una sabia tía a un niño de
cuatro años, y Tommy se contuvo, aunque estaba haciendo un terrible alboroto por un
pequeño problema.

La educación de la voluntad es más importante que la del intelecto. Durante todo este
tiempo, la voluntad del niño está siendo entrenada y fortalecida; él está aprendiendo
cómo y cuándo usar su voluntad, y ésta cada día se vuelve más vigorosa y capaz.
Permítanme añadir uno o dos sabios pensamientos de Introduction to Mental Philosophy
(https://archive.org/details/in.ernet.dli.2015.188182) [Introducción a la filosofía mental]
del Dr. Morell: «La educación de la voluntad, como formadora del destino del individuo,
tiene en realidad mucha mayor importancia que la del intelecto… Ni la teoría ni la
doctrina, o la inculcación de leyes y propuestas, nunca conducirán por sí mismas al hábito
uniforme de la acción correcta. Es a través del hacer, que aprendemos a hacer; venciendo,
que aprendemos a vencer; y cada acto correcto que hacemos brotar a partir de principios
puros, ya sea utilizando la autoridad, el precepto o el ejemplo, tendrá mayor peso en la
formación del carácter que toda la teoría del mundo».

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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Índice

Prefacio a la cuarta edición (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol0_0)

Prólogo a la cuarta edición (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol0_1)

Parte I. ALGUNAS CONSIDERACIONES PRELIMINARES


(https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-educacion-
hogar/#cmvol1_0)

I. Método educativo (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol1_1)
II. La condición del niño (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-
educacion-hogar/#cmvol1_2)

III. Ofender a los niños (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol1_3)

IV. Menospreciar a los niños (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol1_4)

V. Impedir a los niños (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol1_5)

VI. Condiciones para una actividad cerebral saludable


(https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-educacion-
hogar/#cmvol1_6)

VII. «La supremacía de la ley» en la educación (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol1_7)

Parte II. LA VIDA AL AIRE LIBRE DE LOS NIÑOS


(https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-educacion-
hogar/#cmvol2_0)

I. Tiempo de crecimiento (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-


1-educacion-hogar/#cmvol2_1)

II. Exploración del entorno (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol2_2)

III. Pintura de cuadros (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol2_3)

IV. Las flores y los árboles (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-


1-educacion-hogar/#cmvol2_4)

V. Las criaturas vivientes (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-


1-educacion-hogar/#cmvol2_5)

VI. El conocimiento de la naturaleza y los libros de naturalistas


(https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-educacion-
hogar/#cmvol2_6)

VII. El niño adquiere conocimiento por medio de los sentidos


(https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-educacion-
hogar/#cmvol2_7)

VIII. Se debe familiarizar al niño con los objetos naturales


(https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-educacion-
hogar/#cmvol2_8)
IX. La geografía al aire libre (https://charlottemasonespanol.org/obra-
magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol2_9)

X. El niño y la madre naturaleza (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol2_10)

XI. Los juegos al aire libre, etc. (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol2_11)

XII. Las salidas en mal tiempo (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol2_12)

XIII. Entrenamiento al estilo ‘indígena’ (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol2_13)

XIV. Los niños necesitan el aire del campo (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol2_14)

Parte III. ‘EL HÁBITO EQUIVALE A DIEZ NATURALEZAS’


(https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-educacion-
hogar/#cmvol3_0)

I. Educación basada en la ley natural (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol3_1)

II. Los niños carecen de la facultad de la autoimposición


(https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-educacion-
hogar/#cmvol3_2)

III. ¿Qué es la “naturaleza”? (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol3_3)

IV. El hábito puede suplantar la “naturaleza” (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol3_4)

V. Establecimiento de líneas de hábito (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol3_5)

VI. El aspecto fisiológico del hábito (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol3_6)

VII. La formación del hábito: ‘cierra la puerta al salir’


(https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-educacion-
hogar/#cmvol3_7)

VIII. Hábitos de la primera infancia (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol3_8)
IX. El ejercicio físico (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-
educacion-hogar/#cmvol3_9)

Parte IV. CIERTOS HÁBITOS MENTALES MORALES


(https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-educacion-
hogar/#cmvol4_0)

I. El hábito de la atención (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-


1-educacion-hogar/#cmvol4_1)

II. Los hábitos de esmero, etc. (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol4_2)

III. El hábito de pensar (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol4_3)

IV. El hábito de imaginar (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-


1-educacion-hogar/#cmvol4_4)

V. El hábito de recordar (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol4_5)

VI. El hábito de la perfecta ejecución (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol4_6)

VII. Otros hábitos morales: la obediencia (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol4_7)

VIII. La veracidad (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol4_8)

Parte V. LAS LECCIONES COMO INSTRUMENTOS EDUCATIVOS


(https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-educacion-
hogar/#cmvol5_0)

I. Sobre las lecciones y su método (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol5_1)

II. El Kindergarten en tanto lugar de aprendizaje


(https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-educacion-
hogar/#cmvol5_2)

III. Otras consideraciones sobre el Kindergarten (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol5_3)

IV. La lectura (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-educacion-


hogar/#cmvol5_4)
V. La primera lección de lectura (https://charlottemasonespanol.org/obra-
magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol5_5)

VI. Aprender a leer a través de la vista y el sonido


(https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-educacion-
hogar/#cmvol5_6)

VII. La recitación (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol5_7)

VIII. La lectura para los niños mayores (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol5_8)

IX. El arte de narrar (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol5_9)

X. La escritura (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-
educacion-hogar/#cmvol5_10)

XI. La transcripción (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol5_11)

XII. La ortografía y el dictado (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol5_12)

XIII. La composición (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol5_13)

XIV. Las lecciones bíblicas (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-


1-educacion-hogar/#cmvol5_14)

XV. La aritmética (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol5_15)

XVI. Ciencias naturales (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol5_16)

XVII. La geografía (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol5_17)

XVIII. La historia (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol5_18)

XIX. La gramática (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol5_19)

XX. Lengua extranjera (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol5_20)
XXI. El arte pictórico (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-
educacion-hogar/#cmvol5_21)

Parte VI. LA VOLUNTAD, LA CONCIENCIA, LA VIDA DIVINA EN EL NIÑO


(https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-educacion-
hogar/#cmvol6_0)

I. La voluntad (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-
educacion-hogar/#cmvol6_1)

II. La conciencia (https://charlottemasonespanol.org/obra-magistral/volumen-1-


educacion-hogar/#cmvol6_2)

III. La vida divina en el niño (https://charlottemasonespanol.org/obra-


magistral/volumen-1-educacion-hogar/#cmvol6_3)

Prefacio a la Cuarta edición

El panorama educativo se ve bastante nebuloso y deprimente tanto en casa [se refiere a


Inglaterra, alrededor de 1880] como en el extranjero. Muchas son las necesidades que se
escuchan desde el campo educativo: que la ciencia debe ser un elemento básico de la
educación; que debe reformarse la enseñanza del latín, de las lenguas modernas, de las
matemáticas; que la naturaleza y las manualidades debieran usarse para entrenar tanto el
ojo como la mano; que los niños y niñas deben aprender a escribir en su idioma materno y,
por lo tanto, que deben saber algo de historia y de literatura, y que la educación debiera
hacerse más técnica y utilitaria. No obstante, no contamos con un principio unificador, ni
un objetivo definitivo; de hecho, no contamos con ninguna filosofía de la educación. Así
como un arroyo no puede elevarse más que la fuente de donde nace, así también es poco
probable que una iniciativa educativa pueda desprenderse de todo el pensamiento que le
ha dado nacimiento; y tal vez, ésta sea la razón de todos los tropiezos, las iniciativas
perdidas, los fracasos y las decepciones que han marcado nuestros esfuerzos educativos.

Quienes hemos pasado muchos años en pos de la benigna y esquiva visión de la


educación, percibimos que sus enfoques están regulados por una ley que aún no es
completamente clara; podemos discernir sus contornos, pero nada más; sabemos que está
presente en todo lugar, pues no hay espacio de la vida hogareña o escolar de un niño en
que la ley no penetre. Es iluminadora también, pues muestra el sistema de valores
escondido detrás de los sistemas educativos; pero no es sólo una luz, sino también una
medida, un estándar a través del cual se prueban todas las cosas, tanto pequeñas como
grandes, relativas al esfuerzo educativo. Esta ley tiene apertura de carácter, pues acoge
todas las cosas verdaderas, sinceras y de buen nombre, y no impone límites u obstáculos
salvo cuando el exceso podría ser perjudicial. El camino que indica esta ley es continuo y
progresivo, y carece de transición desde la cuna a la tumba, exceptuando cuando la
madurez asume la dirección natural después de que la instrucción ha disipado la
inmadurez. Cuando comprendamos la ley en toda su plenitud, sin duda encontraremos
que ciertos pensadores alemanes como Kant, Herbart, Lotze, Froebel estaban en lo
correcto cuando declararon que “es necesario” creer en Dios; que, por lo tanto, el
conocimiento de Dios es el principal conocimiento y el fin principal de la educación. Hay
un elemento más por el cual reconoceremos esta ley perfecta de la libertad educacional,
cuando el tal se haga evidente: se ha dicho que “la idea más precisa que se puede formar
de la verdad absoluta es que, al ponerla a prueba, está en condiciones de cumplir con
todas las condiciones impuestas”. Tal es la realidad que podemos esperar de nuestra ley:
que cumplirá con todas las pruebas experimentales y todas las pruebas de la investigación
racional que se le impongan.

Como no hemos recibido las tablas de nuestra ley, recurrimos a Froebel o a Herbart; o, si
pertenecemos a otra escuela educativa, a Locke o Spencer, pero aún no nos sentimos
satisfechos. Hay un descontento, ¿será un descontento divino quizás?; y sin lugar a dudas
daríamos la bienvenida a una viable y efectiva filosofía de la educación que nos libere de
tanta incertidumbre. No obstante, antes de lograr tal liberación, es probable que se
intenten muchas iniciativas, que contengan más o menos las características de una
filosofía; especialmente poseedoras de una idea central, un cuerpo de pensamiento que
incluya varios elementos unidos en vital armonía.

Tal teoría de la educación, que no debiera llamarse un sistema de psicología, debe estar en
armonía con las corrientes de pensamiento de los tiempos actuales, debe considerar la
educación no como un compartimiento cerrado en sí mismo, sino como parte de la vida
misma, tales como el nacimiento o el crecimiento, el matrimonio o el trabajo; y debe
conectar al estudiante con el mundo a través de varios puntos de contacto. Es cierto que
los expertos en educación están ansiosos por establecer este tipo de contacto en varias
direcciones, pero sus esfuerzos descansan sobre un axioma aquí y una idea allá, sin una
vasta base unificadora de pensamiento que sustente el todo.

Es verdad que, como dice el dicho inglés, «Los necios se lanzan adonde los ángeles temen
pisar»; pero la esperanza de que surjan iniciativas tentativas hacia una filosofía de la
educación, y que todas ellas nos acerquen más al magnum opus, la obra maestra, me
anima a mí a intentarlo también. El pensamiento central, o más bien el conjunto de
pensamientos sobre el cual me baso, es el hecho bastante obvio de que el niño es una
persona que cuenta ya con todas las posibilidades y capacidades propias de la
personalidad. Algunas de las nociones resultantes de este pensamiento han sido expuestas
ocasionalmente por pensadores del ámbito educativo, y existen vagamente en el sentido
común general. Una tesis que quizás es nueva es que la Educación es la ciencia de las
relaciones, lo cual me parece que resuelve la cuestión de un currículo, pues indica que el
objeto de la educación es poner a un niño en contacto vivo con lo mayor posible de la vida
de la naturaleza y del pensamiento. Si a esto añadimos una o dos claves para el
conocimiento de sí mismo, el joven así educado está en capacidad de salir al mundo con
una comprensión inicial de cómo controlarse a sí mismo, con algunas habilidades
prácticas, y muchos intereses vitales. La excusa que tengo para atreverme a ofrecer una
solución, aunque tentativa y temporal, al problema de la educación es de doble arista: he
trabajado sin pausa entre 30 a 40 años para establecer una teoría educativa tanto filosófica
como pragmática, y, en segundo lugar, cada artículo de fe educativa que propongo es el
resultado de procesos inductivos; y, creo, ha sido verificada por una larga y amplia serie
de experimentos. Sin embargo, es con sincera vacilación que me atrevo a ofrecer los
resultados de esta extensa labor, porque sé que en este campo hay muchos obreros
muchísimo más capaces y expertos que yo. Es por eso que los ángeles temen pisar aquí,
¡esta área del conocimiento puede ser tan incierta!

No obstante, aunque sea para animar a otros, añadiré una breve sinopsis de la teoría
educativa que se describe en los volúmenes de esta Serie educativa.

La estructura no es metódica, sino incidental; aquí se presenta una idea, allí se añade otra;
así me pareció que podría satisfacer mejor las necesidades de padres y maestros. Debiera
añadir que estos ensayos se prepararon a lo largo de varios años para el uso de la
asociación educativa nacional de padres Parents National Educational Union (en adelante,
PNEU) con la esperanza de que dicha comunidad pudiera contar con un cuerpo de
pensamiento educativo más o menos coherente [aquí hay una versión actualizada y
explicada de los principios (https://charlottemasonespanol.org/charlotte-mason/20-
principios/)]:

1. Los niños nacen siendo personas.


2. No nacen siendo buenos o malos, sino con potencial para el bien y para el mal.
3. Los principios de autoridad, por un lado, y de obediencia por el otro, son naturales,
necesarios y fundamentales; no obstante,
4. Dichos principios se ven limitados por el debido respeto a la personalidad de los niños,
la cual no debe infringirse ya sea por el miedo o el amor, las insinuaciones o la
influencia, o la manipulación indebida de un deseo natural.
5. Por lo tanto, nos vemos limitados a tres instrumentos educativos: la atmósfera del
entorno, la disciplina del hábito, y la presentación de ideas vivientes.
6. Cuando decimos que «la educación es atmósfera», no queremos decir que un niño
debiera estar aislado en lo que se conoce como «ambiente infantil» especialmente
adaptado y preparado para el niño, sino que debiéramos considerar el valor educativo
de la atmósfera hogareña natural, tanto en cuanto a personas como a cosas, y que se le
debería dejar vivir libremente en sus propias condiciones. Atrofia a los niños reducir el
mundo a su nivel.
7. Por «educación es disciplina», entendemos la disciplina de los hábitos formados
definitiva y cuidadosamente, ya sean mentales o corporales. La fisiología nos habla de
la maleabilidad de las estructuras cerebrales a líneas habituales de pensamiento, es
decir, a nuestros hábitos.
8. Que «la educación es vida» implica la necesidad de sustento intelectual y moral, igual
que de sustento físico. La mente se alimenta de ideas y, por lo tanto, los niños deben
contar con un plan de estudios abundante.
9. Pero la mente no es un mero receptáculo en donde se ponen las ideas, formando
grupos de pensamientos unidos, como lo expuso Herbart.
10. Por el contrario, la mente del niño no es un mero depósito de ideas, sino que podemos
usar la figura de un organismo espiritual que tiene apetito por la totalidad del
conocimiento, el cual es su dieta adecuada y con la cual está listo para lidiar, y que
puede digerir y asimilar tal como el cuerpo digiere el alimento.
11. Este aspecto no es un detalle menor. La doctrina de Herbart relega el peso de la
educación (la preparación del conocimiento en bocados tentadores debidamente
ordenados) sobre el maestro. Los niños instruidos con este principio están en peligro
de recibir mucha instrucción y poco conocimiento; y el axioma del maestro es, ‘lo que
el niño aprende importa menos que cómo lo aprende’.
12. Pero nosotros, creyendo que el niño normal tiene capacidades mentales que lo
capacitan para lidiar con todo el conocimiento apropiado para él, le damos acceso a un
currículum completo y abundante; poniendo cuidado solo de que todo el conocimiento
que se le ofrezca sea vital, es decir, que los hechos no se presenten sin las ideas que los
sustentan. A partir de esta concepción surge nuestro principio de que:
13. «La educación es la ciencia de las relaciones»; es decir, que un niño se relaciona
naturalmente con una gran cantidad de cosas y pensamientos: por ello lo instruimos
en ejercicios físicos, el conocimiento de la naturaleza, los trabajos manuales, la ciencia y
el arte, usando muchos libros vivientes, porque sabemos que nuestra tarea no es
enseñarle todo sobre todas las cosas, sino ayudarlo a validar todo lo que pueda de:
«Aquellas afinidades primogénitas
Que moldean nuestra nueva existencia a las cosas ya existentes».
14. También existen dos directrices que se pueden impartir a los niños para una gestión
propia tanto moral como intelectual, que llamamos ‘ la vía de la voluntad’ y ‘la vía de
la razón’.
15. La vía de la voluntad: a los niños se les debe enseñar: (a) Que distingan entre ‘quiero’ y
‘debo’. (b) Que la forma de llegar a hacer en forma efectiva es apartar nuestros
pensamientos de lo que deseamos, pero no queremos hacer. (c) Que la mejor manera
de cambiar nuestros pensamientos es pensar o hacer algo bien diferente, algo
entretenido o interesante. (d) Que después de un poco de descanso de esta manera, la
voluntad vuelve a su trabajo con renovado vigor (Este complemento de la voluntad lo
conocemos como distracción, y su rol es librarnos por un tiempo de hacer un esfuerzo,
para que podamos ‘volver a querer hacer’ con mayor ímpetu. El uso de la insinuación,
inclusive la auto sugestión, como ayuda a la voluntad debe eliminarse, ya que tiende a
aturdir y a estereotipar el carácter. Pensamos que la espontaneidad es una condición
del desarrollo, y que la naturaleza humana necesita la disciplina del fracaso tanto
como la del éxito).
16. La vía de la razón: Deberíamos enseñar a los niños a no ‘poner (demasiada) confianza
en su propio entendimiento’; porque la función de la razón es proporcionar una
prueba lógica de: a) la verdad matemática, b) una idea inicial que la voluntad acepta.
En el primer caso, la razón es, prácticamente, una guía infalible, pero en el segundo
caso, no es siempre así, en cuyo caso, la razón confirmará con pruebas irrefutables si
una idea está bien o mal.
17. Por lo tanto, a los niños se les debe instruir, a medida que lleguen a la madurez
suficiente para comprender tal enseñanza, que la principal responsabilidad que recae
sobre ellos como personas es aceptar o rechazar ideas.
Para ayudarlos en esta elección les damos principios de conducta, y una amplia gama
de conocimiento apropiado para ellos.
Dichos principios (15, 16 y 17) librarán a los niños de pensamientos ilógicos y de
acciones imprudentes que causan que la mayoría de nosotros viva en un nivel inferior
al que debiéramos vivir.
18. No debiéramos permitir que surja ninguna separación entre la vida intelectual y
‘espiritual’ de los niños, sino que debiéramos enseñarles que el Espíritu de Dios tiene
acceso constante a sus espíritus, y es su Ayudador permanente en todos los intereses,
deberes y alegrías de la vida.


La serie educativa en su versión original en inglés se titula Home Education (educación en el
hogar) por el título del primer volumen, y no porque se trate en su totalidad o principalmente sobre
la educación en el hogar en oposición a la educación en la escuela.

Prólogo a la Cuarta Edición

En este volumen intento presentar a los padres y maestros un método educativo que se
basa en la ley natural; y, en dicho contexto, referirme a los deberes de la madre hacia sus
hijos. Me atrevo a hablar sobre este tema con el más sincero respeto hacia las madres,
creyendo que, tal como lo dijera un sabio maestro de hombres: «la mujer recibe del
Espíritu de Dios mismo la capacidad de intuir el carácter del niño, de apreciar sus
fortalezas y sus debilidades, la facultad de propiciar unas y sostener las otras, en lo cual se
haya el misterio de la educación, aparte de la cual todas las medidas y regulaciones
educativas propias resultan absolutamente vanas e ineficaces ». Pero sólo en la medida
que una madre cuente con esta percepción peculiar sobre sus propios hijos, sentirá,
pienso, la necesidad de conocer los principios generales de la educación, basados en la
naturaleza y las necesidades de todos los niños. Este conocimiento de la ciencia de la
educación, ni siquiera las mejores madres recibirán de lo alto, ya que con frecuencia no se
recibe como regalo lo que podemos obtener por nuestro propio esfuerzo.

Me atrevo a suponer que los maestros de niños pequeños también encontrarán útil este
volumen. Estamos hablando del periodo de la vida del niño entre los seis y nueve años,
cuando se debería asentar las bases de una educación rica y variada, así como el hábito de
lectura con miras a la instrucción. Durante estos años el niño debería entrar al mundo del
conocimiento, desde distintas direcciones, de una manera reposada y consecutiva, lo cual
no se logra a través de las lecciones orales, muy comunes hoy en día. Espero que los
maestros puedan descubrir que esta perspectiva (desde un nuevo punto de vista) hacia las
resabidas «materias de instrucción» apropiadas para niños, sea interesante y estimulante,
y que los métodos que aporta esta nueva mirada puedan ser inspiradores y útiles.

El objetivo particular de este volumen como parte de la serie educativa Charlotte Mason
(Home Education Series), es demostrar el efecto de la fisiología del hábito en la educación;
por qué ciertos hábitos físicos, intelectuales y morales son valiosos para un niño, y qué se
puede hacer para la formación de tales hábitos. Tengo una deuda impagable a Fisiología
mental del Dr. Carpenter por su instrucción invaluable sobre los hábitos que contienen
dos o más capítulos de esa obra. También agradezco a los expertos en medicina que han
hecho una cuidadosa y competente revisión de las partes de esta obra que descansan
sobre una base fisiológica.
Debiera añadir que hace unos veinte años (1885) la mayor parte de este volumen fue parte
de una serie de «Conferencias para señoras», y se publicaron de esa forma originalmente
en 1886 con el título que aún mantienen hoy.

Las conferencias VII y VIII y el apéndice del volumen original se han traspuesto a otros
volúmenes de la serie. Todo se ha revisado muy cuidadosamente, y se ha añadido mucho
nuevo contenido, especialmente en la Parte V «Las lecciones como instrumentos de la
educación», la cual ahora entrega una introducción bastante completa a los métodos para
la enseñanza de materias aptas para niños entre los seis y los nueve años.

El resto del volumen intenta abordar la totalidad de la educación desde la infancia hasta el
noveno año de vida.

C. M. MASON.
Scale How, Ambleside (Inglaterra)
1905

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los
derechos reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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PARTE I. ALGUNAS CONSIDERACIONES PRELIMINARES

Sin duda una evidencia significativa del mejorado estatus de las mujeres lo constituye el
creciente deseo de trabajar de las mujeres educadas; el mundo lo desea, y en la medida
que la educación sea más accesible, veremos que todas las mujeres capaces de trabajar se
convertirán en mujeres trabajadoras, con tareas definidas, horas fijas y un salario, o
trabajando por el placer y el honor de hacer un trabajo útil si no tuvieran la necesidad de
ganar dinero.

Los niños son un bien público. Ahora bien, el trabajo de mayor importancia para la
sociedad es la crianza e instrucción de los niños—en la escuela, no hay duda, pero lo es
mucho más en el hogar, porque son las influencias que moldean al niño en el hogar las
que determinarán el carácter y la carrera del futuro hombre o la futura mujer. Por ello, ser
padres es algo grande: no hay nada más elevado a lo que se pueda aspirar, ni hay algo
más digno que se le compare; incluso los padres de un solo hijo pueden regocijarse en lo
que será una bendición para el mundo. No obstante, al recibir tal responsabilidad, los
padres no tienen la libertad de decir: «Puedo hacer lo que quiera con lo mío». En realidad,
los niños debieran considerarse menos como propiedad personal y más como un bien
público que ha sido puesto en manos de los padres para que logren lo mejor de ellos para
el bien de la sociedad. Tal responsabilidad no se divide equitativamente entre los padres:
es en las madres del presente que depende el futuro del mundo, en un mayor grado que
en los padres, porque son las madres quien ejercen más dirección durante los primeros
años, los años de mayor impresionabilidad de los niños. Esta es la razón por la que
escuchamos con tanta frecuencia de grandes hombres que han tenido buenas madres, es
decir, madres que criaron a sus hijos ellas mismas, y que no cedieron su más solemne
deber a personas indiferentes.

Las madres deben un «amor reflexivo» a sus hijos. Pestalozzi nos dice: «La madre está
calificada por el Creador mismo, para convertirse en el principal agente del desarrollo de
su hijo… y lo que a ella se le exige es un amor que reflexiona… Dios le ha dado al niño
todas las facultades propias de nuestra naturaleza, pero el punto crucial permanece
incierto: ¿cómo deben emplearse este corazón, esta mente, estas manos? ¿Al servicio de
quién se dedicarán? Responder esto implica un futuro de felicidad o desdicha para una
vida tan querida para usted. Es por esto que el amor maternal es el primer agente en la
educación».

Estamos despertando a nuestros deberes y en la medida en que las madres adquieran


niveles más avanzados de educación y eficiencia, sin duda se sentirán más convencidas de
que la educación de sus hijos durante los primeros seis años de vida es una empresa que
casi no puede dejarse en otras manos que no sean las propias; por eso, la asumirán como
su profesión, es decir, con la diligencia, la regularidad y la puntualidad de una labor
profesional [en el original de principios del siglo XX: que los hombres otorgan a sus
labores profesionales].

Con el fin de comprender mejor el rol que ellas tienen en la crianza de sus hijos, las
madres debieran contar con algo más que un vago conocimiento teórico de la educación,
así como con una comprensión profunda de la naturaleza del niño sobre la cual se basan
tales teorías.

La instrucción de los niños «excesivamente defectuosa». «La formación de los niños,


tanto física, moral como intelectual es terriblemente defectuosa», dice el Sr. Herbert
Spencer [filósofo, biólogo, antropólogo y sociólogo inglés (1820-1903)]; y «en gran medida
es así, debido a que los padres carecen de aquel conocimiento que es vital para ser guiados
correctamente en la formación en estas áreas. Pero, ¿qué se puede esperar cuando uno de
los problemas más complejos es abordado por quienes han reflexionado tan
deficientemente sobre el principio del cual depende su solución? Sabemos que para
fabricar zapatos o construir casas, para manejar un barco o una locomotora, es necesario
primero un largo aprendizaje práctico como aprendiz. ¿Podemos asumir, entonces, que el
desarrollo del cuerpo y mente de un ser humano es un proceso comparativamente tan
simple, que cualquiera puede dirigirlo y regularlo sin preparación alguna? Si, por el
contrario, el proceso es (con una excepción) más complejo que cualquier otro en la
naturaleza, y la tarea de suplir para el mismo es de una dificultad magnánima, ¿no es una
locura no prepararse para tal tarea? Es mejor sacrificar logros que omitir esta instrucción
esencial… Conocer algo de los principios básicos de la fisiología y las verdades
elementales de la sicología es indispensable para la crianza adecuada de los niños… Estos
son los hechos indiscutibles: que el desarrollo mental y físico de los niños obedece a
ciertas leyes; que a menos que los padres se adapten en algún grado a dichas leyes, la
muerte es inevitable; que, a menos que se conformen a ellas en gran manera, y solo
cuando esta conformidad ocurre en su totalidad, solo entonces se puede alcanzar un
grado completo de madurez. Juzguemos, pues, si todos los que algún día serán padres no
debieran buscar con diligencia aprender cuáles son estas leyes». (Herbert
Spencer, Education)

El proceder común de los padres. Instintivamente, al principio los padres conciben a sus
hijos como una hoja en blanco, y hacen grandes resoluciones sobre lo que escribirán en
ella. No pasa mucho tiempo sin que surjan características de la disposición del niño con
sus modos propios de actuar; y al principio, cada nueva muestra de personalidad propia
es una encantadora sorpresa. Siempre nos maravillará que el niño muestre placer al ver a
su padre, y que su carita muestre tanto cariño por su madre; pero el asombro se acaba y
los padres ya no se maravillan cuando el niño se muestra como un ser humano completo
igual que ellos, con afectos, deseos y capacidades; un niño que ama su libro, quizás, como
un pato ama el agua, o los juegos que lo convertirán en un hombre. La noción primera de
los padres de hacer todo por el niño, desaparece gradualmente, y tan pronto el niño
muestra que puede hacer cosas por sí mismo, se le anima a que lo haga. El mayor deleite
de la madre y el padre es observar la individualidad de su hijo tal como se despliega una
flor. Pero Otelo pierde su trabajo. Cuanto más el niño define su propio rumbo, menos
tienen por hacer los padres, excepto alimentarlo con la comida y la bebida convenientes,
ya sea afectiva, intelectual o, física: aquí podemos notar que el rol de los padres es solo
suplir, pues el niño sabe muy bien cómo apropiarse de lo que recibe. La preocupación
principal de los padres es entregar algo que sea sano y nutritivo, ya sea en cuanto a libros
ilustrados, clases, compañeros de juego, pan y leche, o el amor de la madre. Ésta es la
educación tal como la entiende la mayoría de los padres, con mayor cantidad de carne,
mayor cantidad de amor, mayor cantidad de cultura, todo según su tipo y medida; y dejan
a sus hijos tranquilos, los dejan ser, permitiendo que la naturaleza humana se desarrolle
por sí misma, y vaya siendo modificada por el ambiente y la herencia.

Así tal cual, esta «inactividad magistral» es lo mejor para el niño; está bien que se le deje
crecer y que se le ayude a crecer de acuerdo a su naturaleza; y mientras los padres no
intervengan para malcriarlo, da buenos resultados y no se ve evidencia de ningún daño.
Sin embargo, esta filosofía de «dejarlo ser» solo abarca la parte menos importante del
llamado de los padres; y no aborda los extenuantes y continuos esfuerzos que se deben
hacer en obediencia a la ley que producirá un ser humano en toda su excelencia.

Nada de lo que concierne a un niño es trivial; sus palabras y acciones aparentemente sin
sentido están llenas de significado para los sabios. Es en lo infinitamente pequeño que
debemos estudiar lo infinitamente grande; y las vastas posibilidades y la dirección
correcta de la educación, se indican en el libro abierto que son los pensamientos del niño.

Una generación atrás, un gran maestro nuestro nunca cesó de reiterar que en el plan
divino «la familia es la unidad de la nación»: no el individuo, sino la familia. Hay mucho
que se puede aprender en esta frase, pero en la superficie entendemos que el todo es más
que su parte, que el todo contiene la parte, posee la parte, ordena la parte; y que al ser esto
así, los niños pertenecen a la nación, son educados para la nación de la forma que a ella le
es más beneficiosa, y no de acuerdo con el capricho individual de los padres. La ley existe
para castigar a los malhechores, y para alabar a los que hacen el bien; por tanto, en forma
práctica, los padres tienen completa libertad de acción; pero deberíamos hacer bien en
recordar que los niños son un bien nacional cuya crianza nos concierne a todos, incluso a
aquellas personas solteras o sin hijos, que tienen el bastante sombrío rol de solo
«observar».

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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I. El método educativo

Los métodos educativos tradicionales. Hoy es más necesario que nunca que los padres
enfrenten por sí mismos el asunto de la educación en todos sus aspectos. Hasta ahora, se
ha criado a los niños principalmente con métodos tradicionales; la experiencia de nuestros
antepasados sigue presente en una gran cantidad de fórmulas educativas que se
transmiten de boca en boca; y pocas o muchas de dichas fórmulas componen el código
educativo de cada hogar.

Sin embargo, entendemos muy poco la gigantesca revolución que está causando la ciencia
en la teoría de la educación. Las tradiciones de los antepasados se han probado y han sido
halladas insuficientes; tomará mucho tiempo para que los axiomas de la nueva escuela
pasen a circulación común; y, mientras tanto, los padres están obligados a utilizar sus
propios recursos, y por fuerza deben sopesar los principios, y adoptar un método de
educación por sí mismos.

Por ejemplo, según el código pasado, una madre podría usar su zapatilla de vez en
cuando [claramente la autora alude al conocido castigo de los niños], con buenos
resultados y sin ninguna culpa; pero ahora, la persona del niño se considera sagrada, y sea
esta opinión correcta o incorrecta, infligir dolor con fines morales es algo que se rechaza en
forma bastante generalizada.

Otro ejemplo es la antigua regla de la mesa de los niños que decía: “cuanto más simple
mejor, y el hambre es el mejor aderezo”; ahora, la dieta de los niños debe ser al menos tan
nutritiva y tan variada como la de sus mayores; y el apetito, el deseo por cierto tipos de
alimentos, hasta ahora una tendencia viciosa que debía ser reprimida, es hoy, en el marco
de ciertas limitaciones, la guía más confiable que siguen los padres para organizar una
dieta para sus hijos.

Un principio del antiguo régimen, era que los niños debían instruirse para que soportaran
las dificultades. “Nunca podré ser un marinero si no puedo enfrentar el viento y la lluvia”,
dijo un pequeño de cinco años que una noche invernal fue sacado para ver una procesión
de antorchas; y, aunque temblaba de frío, no quiso refugiarse del mismo. Hoy en día, el
refugio lo es todo; no se debe permitir que los niños sufran fatiga o pasen tiempo a la
intemperie.
La antigua teoría podía resumirse en que los niños hicieran lo que se les pidiera, que se
preocuparan de sus libros [estudiaran] y que disfrutaran del juego cuando ya habían
cumplido sus deberes. Hoy, el placer de los niños tiene más importancia que los deberes.

Antiguamente, fueron criados en sujeción; ahora, los ancianos ceden su lugar, y el mundo
se modifica para los niños.

Los ingleses rara vez llegan a extremos como los padres de aquella historia en la
revista French Home Life, que llegaron una hora tarde a una cena, porque su hija de tres
años había querido que se pusieran la ropa de dormir y se fueran a la cama cuando ella lo
hizo, y solo pudieron salir cuando la niña estaba dormida. Es verdad que no llegamos tan
lejos, pero esa es la dirección hacia la que nos encaminamos; por ello, hasta qué punto las
nuevas teorías educativas son sabias y humanas, y el resultado del conocimiento científico
y psicológico, y hasta qué punto están al servicio de la idolatría de los niños a la cual todos
estamos sucumbiendo, no es una cuestión que se debiera decidir livianamente.

En todo caso, no es muy exagerado declarar que los padres que no siguen razonablemente
un método de educación, estudiado en su totalidad, fallan hoy—más que nunca—en
cumplir con las obligaciones que deben a sus hijos.

El método como un camino hacia un fin. El método implica dos cosas: es un medio para
lograr un fin, y es también el paso a paso en tal dirección; en otras palabras, seguir un
método implica una idea, una imagen mental del fin u objetivo al que se quiere llegar.
¿Qué se propone usted que sea el efecto que ejerza la educación en su hijo, y para
beneficio de él? Reiteramos que el método es natural; fácil, flexible, discreto, simple como
lo es la naturaleza misma; sin embargo, es vigilante, cuidadoso, influye en todo, y afecta
todas las cosas. El método, cuando tiene como fin la educación, toma para su servicio los
asuntos más improbables para ese fin; y lo hace de una manera tan natural como lo hace el
sol cuando solo al brillar hace que soplen los vientos y que fluyan las aguas. La madre y el
padre que pueden y están dispuestos—en otras palabras, la fuerza exacta del método—a
educar a sus hijos, usarán todas las circunstancias de la vida del niño casi sin que se lo
propongan; así de fácil y espontáneo es un método educativo basado en la ley de la
naturaleza. Ya sea cuando el niño coma o beba; venga, vaya o juegue todo el tiempo, se
está educando, aunque es igual de inconsciente de ello como lo es de respirar. Sin
embargo, siempre existe el peligro de que un método confiable se degenere y se convierta
en un mero sistema. Por ejemplo, el método del kindergarten o jardín de infantes, merece el
nombre de método, ya que fue concebido y perfeccionado por educadores de gran
corazón con el fin de contribuir a la evolución multifacética del más complejo ser humano
viviente y en crecimiento, pero que, en manos de practicantes ignorantes se convierte en
¡un miserable sistema duro como un trozo de madera!

El sistema es más fácil que el método. Un “sistema educativo”, es una atractiva quimera,
y lo es aún más, en algunos aspectos, que un método, porque el sistema se debe a
resultados medibles y definidos. Por medio de un sistema, se puede lograr un cierto
progreso, siguiendo reglas determinadas; por ejemplo, aprender la taquigrafía [hoy en día
se podría reemplazar esto con aprender a tipear], danzar, cómo aprobar exámenes, cómo
convertirse en un buen contador, o llegar a ser una mujer que se maneja socialmente, son
todos aprendizajes que se pueden lograr usando sistemas.

El sistema—es decir, seguir reglas hasta que se afiance el hábito de hacer ciertas cosas, y
de comportarse de ciertas maneras, y, por lo tanto, hasta que la habilidad sea adquirida—
logra tan buenos resultados precisos que no es de extrañar que se intente infinitamente
restringir todo el campo de la educación a los límites de un sistema.

Si un ser humano fuera una máquina, la educación solo lograría hacerlo actuar de la
manera prescrita, y el trabajo del educador sería simplemente adoptar un buen sistema de
trabajo o un conjunto de sistemas.

No obstante, el educador lidia con un ser que actúa y se desarrolla por sí mismo, y su afán
es guiar y ayudar a que se produzca el bien latente en dicho ser, se disipe el mal latente,
preparar al niño para que asuma su lugar en el mundo dando lo mejor de él, y con todas las
capacidades para el bien que están en él totalmente desarrolladas y convertidas en el
poder de hacer.

Aunque el sistema es muy útil como instrumento de la educación, un “sistema educativo”


es perjudicial ya que produce solo una acción mecánica en lugar de producir el
crecimiento y movimiento vitales de un ser vivo.

Vale la pena señalar en qué difieren un sistema y un método porque muchas veces los
padres se dejan llevar por algún meritorio “sistema” cuyo objetivo es generar desarrollo
en una dirección—ya sea de los músculos, de la memoria, o de la facultad del
razonamiento—y ya están satisfechos, como si ese desarrollo representara una educación
completa. Esta satisfacción fácil surge de la pereza de la naturaleza humana, a la cual le
agrada más un plan definido que la vigilia constante y la acción no prevista que se
necesitan cuando la totalidad de la existencia de un niño se debe usar como el medio para
su educación. ¿Pero quién tiene todo lo necesario para realizar una educación tan
exhaustiva e incesante? Los padres pueden estar dispuestos a realizar cualquier iniciativa
definida por el bien de sus hijos; pero estar siempre proveyendo para su bienestar,
siempre ingeniándoselas para que las circunstancias que los rodean le sean favorables, ¡es
propio de un dios, y no de un ser humano! Ésta es una objeción bastante razonable, si uno
considera la educación como una serie interminable de esfuerzos independientes, que se
piensan uno a uno, y se realizan sin planificación; pero el hecho es que algunos principios
esenciales generales cubren todo el campo, y una vez que éstos se entienden por completo,
actuar en función de ellos es tan fácil y natural como cuando actuamos en función de
nuestro conocimiento de datos como que el fuego quema y el agua fluye. Mi esfuerzo en
éste y en los capítulos subsiguientes será presentarles dichos principios fundamentales en
su sentido práctico. Mientras tanto, consideremos una o dos preguntas preliminares.

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II. La condición del niño

El niño en medio. Primero, consideremos al niño que ha sido encomendado a sus padres
humanos: ¿dónde está y qué es el pequeño ser? ¿Acaso una hoja en blanco en la que se
escribirá, o una rama que se doblará, o una masa que se moldeará? Quizás sea todo ello,
pero es mucho más: es un ser que pertenece a un rango completamente más alto que el
nuestro; o, por así decirlo, un príncipe al cuidado de unos campesinos. Escuchemos cómo
estima Wordsworth la condición del niño:

“Nuestro nacimiento no es más que un sueño y un olvido:


El alma que se eleva con nosotros, nuestra estrella de la vida,
Ha tenido en otra parte su escenario,
Y viene de lejos;
No en completo olvido,
Tampoco en completa desnudez,
Mas persiguiendo nubes de gloria venimos
De Dios, que es nuestro hogar:¡Rodeados del cielo en nuestra edad más temprana!

******************

Tú, cuyo semblante exterior esconde


La inmensidad de tu alma;
Tú, filósofo por excelencia, que aún mantienes
Tu herencia, tu vista entre los ciegos,
Que, sordo y silencioso, lees la profundidad eterna,
Perseguido por siempre por la mente eterna,
¡Poderoso profeta! ¡Vidente bendito!
En quien estas verdades descansan,
Y que nosotros luchamos toda la vida por encontrar;
Tú, sobre quien tu inmortalidad
Se obsesiona como un día, cual amo sobre su esclavo,
Una presencia que a resguardo no se debe dejar;
Tú, niño, pequeño, pero glorioso en el poder
De la libertad proveniente del cielo dispuesta en la estatura de tu ser”.

Continúa así sucesivamente toda esa gran oda [se trata de “Atisbos de la inmortalidad en
los recuerdos de la primera infancia” de Wordsworth, aquí en su versión original
(https://www.poetryfoundation.org/poems/45536/ode-intimations-of-immortality-
from-recollections-of-early-childhood)], que, después de la Biblia, otorga la comprensión
más profunda de los niños en términos de su naturaleza y condición. “De los tales es el
reino de los cielos”. “A menos que seáis como niños pequeños, no entraréis en el reino de
los cielos”. “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?” “Y llamó a un niño y lo puso en
medio de ellos”. He aquí la valoración divina de la condición del niño. Vale la pena que
los padres reflexionen cada enunciado de los Evangelios sobre los niños, despojándose de
la noción de que estos dichos son atingentes, en primer lugar, a las personas adultas que se
han convertido en niños pequeños. No cabe aquí discutir lo que estos profundos dichos
son, ni lo que significan; solo que parece que abarcan mucho más de lo que Wordsworth
declara que son los niños en su expresión sublime:”Persiguiendo nubes de gloria
venimosDe Dios, que es nuestro hogar”.

Código de educación en los evangelios. Es posible que los padres que no han prestado
mucha atención al tema se sorprendan al descubrir también un código de educación en los
Evangelios, expresamente establecido por Cristo. Se resume en tres mandamientos, los
tres en voz negativa, como si lo principal que deben hacer las personas adultas es no
causar ningún daño a los niños: Mirad que no OFENDÁIS, no MENOSPRECIÉIS, no
TROPECÉIS a ninguno estos pequeños.Así son las tres leyes educativas del Nuevo
Testamento, las cuales, al examinarse por separado, me parece que abarcan toda la ayuda
que podemos dar a los niños y todo el daño que les podemos evitar, es decir, todo lo que
se incluye al instruir al niño en su camino. Consideremos estas tres grandes leyes como
prohibitivas, con el fin de despejar el terreno y llegar a la consideración de un método
educativo, ya que, si dejamos resuelto desde ahora lo que no debiéramos hacer, será de
gran ayuda para ver lo que sí podemos hacer, y debemos hacer, aunque, de hecho, lo
positivo está incluido en lo negativo, es decir, lo que estamos obligados a hacer por el niño
está incluido en lo que no debemos hacer porque le causa daño.

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III. Ofender a los niños

Ofensas. El primero y el segundo de los edictos divinos parecen incluir nuestros pecados
de comisión y omisión contra los niños: los ofendemos, cuando hacemos por ellos lo que
no debimos haber hecho; los despreciamos, cuando dejamos de hacer esas cosas que, por
su bien, deberíamos haber hecho. Sabemos que una ofensa es literalmente un obstáculo, lo
que hace tropezar al caminante y lo hace caer.Las madres saben lo que es despejar el piso
de los obstáculos cuando un bebé da sus primeros pasos vacilantes de silla en silla, o de
un par de brazos amorosos a otro. La pata de la mesa, el juguete en el suelo, lo que sea que
ha provocado una caída y un llanto, es algo lamentable; ¿por qué alguien no lo quitó para
que el bebé no tropezara? Pero así va el niño pequeño saliendo al mundo con pasos
vacilantes e inciertos en muchas direcciones; allí hay causas de tropiezo que no son tan
fáciles de eliminar como un taburete ofensivo; ¡y ay del que haga tropezar al niño!

Los niños nacen con el sentido de obediencia a la ley. “¡Qué malo bebé!” dice la madre;
el niño baja los ojos, y un rubor surge en su cuello y semblante, “qué gracioso” piensan
algunas personas y dicen: “¡Qué malo bebé!” cuando el bebé está jugando dulcemente,
para divertirse al ver que el alma infantil se eleva visiblemente ante sus ojos. Pero, ¿qué
significa esta muestra de sentimiento, de conciencia, en el niño, previa a toda enseñanza
humana recibida? Nada menos que esto: que ha nacido como un ser respetuoso de la ley,
con un sentido de lo que se debe y lo que no se debe, de lo correcto y lo incorrecto. Así es
como los niños han sido enviados al mundo, con esta advertencia: “Mirad que no
menospreciéis a uno de estos pequeños”. A pesar de esta verdad, ¿quién no ha conocido a
niñas y niños grandes, hijos de padres sensatos, pero que aún no saben lo que
significa debo, que no han aprendido a cumplir sus obligaciones, y cuyos corazones no
sienten el solemne llamado del deber, sino que la única regla que saben es “quiero” y “no
quiero” o “me gusta” y “no me gusta”? ¡Qué el cielo ayude a los padres y a los niños
cuando han llegado a tal realidad! Pero, ¿cómo se ha llegado a que el bebé, con su agudo
sentido de lo correcto y lo incorrecto incluso cuando poco entiende el habla humana,
llegue a convertirse en un niño o niña que ya demuestra “la maldición del corazón sin
ley”? Pues, lenta y gradualmente, aquí un poco y allá otro poco, y en la medida que todo
lo bueno o lo malo del carácter llega a ponerse en práctica. ¡Malo! dice la madre,
nuevamente, cuando una pequeña mano se mete en las galletas; y un par de ojos pícaros
la buscan furtivamente, para medir hasta dónde puede llegar el pequeño ladronzuelo. Es
muy divertido; la madre “no puede más que reírse”; y deja pasar la pequeña falta: pero lo
que la pobre madre no ha pensado es que una causa de tropiezo, una ofensa, ha sido
arrojada en el camino de su hijo de dos años. Él ahora ya sabe que lo que es ‘malo’ se
puede hacer igual y con algo de impunidad, y continuará mejorando ese conocimiento.
No es necesario continuar; todo el mundo sabe los pasos por los cuales se ignora el “no”
de la madre, y su negativa se convierte en consentimiento. El niño ha aprendido a creer
que no tiene nada que superar más que la oposición de su madre; si ella elige permitirle
hacer esto y aquello, entonces no hay razón por la que ella se oponga; él puede hacer que
ella elija permitirle hacer lo prohibido, y entonces podrá hacerlo. El siguiente paso del
argumento no es muy positivo para el ingenio infantil: si la madre hace lo que ella quiere,
por supuesto él también hará lo que quiera, si fuera posible, y a partir de entonces, la vida
del niño es una lucha constante para salirse con la suya; una lucha en la cual los padres
pueden estar seguros de salir perdiendo, considerando que ellos tienen muchas
responsabilidades en las que pensar, mientras que su hijo piensa sin cesar en el asunto que
le interesa.

Los niños deben percibir que sus autoridades se rigen por la ley. ¿Cuál es el origen de
esta compleja situación que mancha las vidas de padres e hijos por igual? En esto: que la
madre comenzó su tarea sin suficiente sentido del deber; se creía libre de permitir y
prohibir; de decir y desdecirse a su gusto, como si el niño fuera suyo para hacer lo que ella
quisiera. El niño nunca descubrió un telón basado en el deber tras las decisiones de su
madre; él no sabe que ella no debe dejar que él rompa los juguetes de su hermana, comer
pastel sin límite, ni estropear el placer de otras personas, porque estas cosas no son
correctas. Pero si el niño percibe que sus padres están obligados por la ley tanto como él,
que simplemente no pueden permitirle que haga las cosas que le han sido prohibidas, y se
someterá con la dulce mansedumbre propia de su edad. Por lo general, razonar con un
niño para que obedezca está fuera de lugar y puede implicar sacrificar la dignidad de los
padres; pero el niño es lo suficientemente listo como para atisbar el “deber” que rige a su
madre, en su cara, en sus modales, y en el hecho de que ella no cambiará de resolución
cuando se trate de hacer lo bueno o lo malo.

Los padres pueden ofender a sus hijos haciendo caso omiso de las leyes sanitarias. Esto
de permitirle hacer lo malo, es solo una de las muchas formas en que la madre amorosa
puede ofender a su hijo, pero la ignorancia o la obstinación, que es peor, pueden no solo
permitirle hacer lo malo, sino también hacerle mal. Ella misma puede hacerle tropezar en
su vida física al darle comida no saludable, dejarlo dormir y vivir en habitaciones mal
ventiladas, al ignorar cualquiera o todas las evidentes leyes sanitarias, ignorancia que casi
no se puede justificar considerando los grandes esfuerzos hechos de la comunidad
científica por poner dicho necesario conocimiento al alcance de todos.

Sobre la vida intelectual. Bastante parecida es la forma en que la vida intelectual del niño
puede destruirse desde su origen gracias a una serie de clases tediosas y lentas en las
cuales lo menos que se logra o se espera es un progreso definitivo, y que, lejos de educar
en un sentido verdadero, aturde el ingenio de una manera que nunca se supera. Muchas
niñas pequeñas, especialmente, abandonan el aula de la escuela con una aversión hacia
todo tipo de aprendizaje, una aversión al esfuerzo mental, que dura toda su vida, y es por
eso que cuando crecen, leen poco y novelas de mala calidad, y se dedican a hablar todo el
día sobre su ropa.

Sobre la vida moral. ¿Cómo se abordan los afectos del niño, aquellas expresiones del
corazón tierno que nada esconde? Hay pocas madres que no se esfuerzan por apreciar los
afectos familiares; pero cuando el niño llega a relacionarse con aquellos fuera de su círculo
familiar, ¿acaso no es verdad que los adagios y motivos del mundo destruyen las
incipientes muestras de amor infantil? Algo mucho peor sucede cuando el amor del niño
no se encuentra correspondido en su propio hogar: cuando una niña no es la bonita de la
familia o un niño es el aburrido de la familia, y allí se queda como abandonado en el frío,
mientras el afecto de los padres se prodiga sobre el resto de la prole. Por supuesto que la
niña no ama a sus hermanos y hermanas, quienes monopolizan lo que también debería
haber sido suyo. ¿Y cómo va a amar a sus padres? Nadie conoce la verdadera angustia
que muchos infantes sufren por esta causa, ni cuántas vidas se han amargado y arruinado
por la supresión de estas afecciones infantiles. “Tuve una infancia miserable”, me dijo una
señora hace un tiempo, “por el cariño preferente de mi madre hacia mi hermano pequeño;
no había un día en que no me sintiera miserable cuando ella entraba en la guardería para
abrazarlo a él y jugar con él, mientras que para mí no había ni una palabra, ni una mirada,
ni una sonrisa, como si yo no hubiera estado presente en la habitación. Nunca lo he
superado; ahora ella es muy amable conmigo, pero no logro sentirme completamente
cómoda con ella. ¿Y cuánto nos hubiéramos querido como debiéramos, mi hermano y yo,
si hubiéramos crecido juntos bajo el mismo afecto cuando éramos chiquitos?”

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IV. Menospreciar a los niños

La madre debiera ofrecer a sus niños lo mejor de ella. Supongamos que una
madre pudiera ofender a su hijo, ¿cómo es posible que lo menospreciara de tal forma? El
diccionario define menospreciar como desestimar y tener en poco; y, de hecho, por mucho
que nos deleitemos en los niños, los adultos tenemos una opinión demasiado baja de ellos.
Si la madre no mirara en menos a su hijo, ¿lo dejaría acaso en compañía de una persona
sin preparación durante sus primeros años de vida, cuando toda su naturaleza, tal como el
lente sensible del fotógrafo, está recibiendo impresiones indelebles a cada momento? Pero
esta persona que lo cuida trata bien al niño; además, puede que no sea muy adecuado que
las personas educadas tengan a sus hijos siempre cerca; acaso la compañía constante de
los padres estimule demasiado al niño; y, por último, el intercambio de ideas y la
influencia de otras personas son importantes para que la madre se encuentre más
refrescada para tratar con sus hijos. Sin embargo, los niños deberían recibir lo mejor de su
madre, sus horas de mayor energía y entusiasmo; al mismo tiempo que ella pone cuidado
en elegir sabiamente a quién cuidará a su hijo, capacitar a esta persona cuidadosamente y
vigilar todo lo que sucede en la guardería (Nota: A fines del siglo XIX e inicios del siglo
XX, era común en las clases acomodadas de Inglaterra contar con una habitación
especialmente dedicada a los niños de la casa, en la cual había una o más niñeras que
cuidaban y educaban a los niños hasta la edad de 9 años. Esta sección se refiere a tal lugar,
aunque bien podría aplicarse hoy en cierta medida a la guardería, aunque difiere ésta
última en que reúne a niños de diversas familias).

La persona que cuida a los niños. Las meras faltas de educación y descomedimientos de
la cuidadora causan un daño que puede durar mucho en los tiernos niños; así, muchos de
ellos dejan la guardería con la conciencia moral embotada, y en una condición de
aislamiento de su Padre celestial que podría durarles toda la vida. El sentido moral del
niño es extremadamente rápido; sus ojos y oídos están en total alerta al más mínimo acto o
palabra de injusticia, engaño o falsedad. Su cuidadora dice: “No te acuso, si te portas
bien”; y el niño aprende que es posible ocultar cosas de su madre, quien para él debiera ser
como Dios, sabiendo todo el bien y el mal que él hace. Y no es que el niño tome nota de las
malas decisiones de sus mayores con aversión; es verdad que él sabe lo que está mal pero
ya no confiará en sus propias intuiciones, sino que moldeará su vida a partir de cualquier
otro patrón de conducta que se presente ante él, y gracias al tinte fatal de la naturaleza
humana ya presente en él, estará más dispuesto a imitar un patrón malo que uno bueno.
Dé al niño entonces una cuidadora que sea tosca, violenta y deshonesta, y antes de que el
niño pueda hablar claramente ya habrá adquirido tales disposiciones de carácter.

Las faltas de los niños deben tomarse en serio. Una de las muchas maneras en que los
padres tienden a tener una opinión demasiado baja de sus hijos es en relación con sus
faltas. Un pequeño da muestra de un feo rasgo del carácter: es codicioso, y devora la
porción de golosinas de su hermana, así como la suya; es vengativo, y está listo para
morder o luchar contra la mano que lo ofende; dice una mentira tal como “que no tocó la
bolsa de golosinas ni el tarro de las galletas”; y la madre pospone el día malo, ella sabe
que en algún momento debe lidiar con el niño por esas ofensas, pero mientras tanto dice:
“Bueno, no importa por esta vez; es muy pequeño y ya aprenderá a portarse mejor”. Pero
no se da a la situación la importancia que debiera tener. ¡Qué días felices garantizaría la
madre tanto para ella como para sus hijos, si ella misma se apostara como un vigía en el
grifo que da rienda suelta a las aguas! Si la madre resolviera estar consciente de que el
niño siempre comete el mal estando en conocimiento de su mal comportamiento, entonces
verá que él no es demasiado pequeño para corregir o prevenir su falta. Lidie con el niño
en su primera falta, una mirada seria es suficiente para condenar al pequeño transgresor;
pero déjelo continuar hasta que se forme un hábito de hacer el mal, y la cura será lenta; en
cuyo caso la madre no tendrá ninguna posibilidad hasta que haya formado en él un hábito
contrario correcto. Reírse de los malos temperamentos y dejarlos pasar porque los niños
son pequeños equivale a sembrar al viento.

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V. Impedir a los niños

La relación del niño con Dios todopoderoso. La forma más fatal de menospreciar a los
niños se encuentra en la tercera ley educativa de los Evangelios, y consiste en pasar por
alto y tomar a la ligera la relación natural del niño con Dios todopoderoso. “Dejad a los
niños venid a mí”, dice el Salvador, como si fuera algo natural para los niños, lo que ellos
hacen cuando sus mayores no se lo impiden. Quizás no sea algo tan inimaginable creer en
este mundo redimido, que, tal como el infante se torna hacia su madre aún sin las
facultades para decir su nombre, y las flores se vuelven hacia el sol, así también los
corazones de los niños se tornan a su Salvador y Dios, con inconsciente deleite y
confianza.

Teología infantil. Ahora escuche lo que sucede en muchas guarderías: “¡Dios no te ama,
niño travieso y malvado!” o “Dios te enviará al infierno”, y así sucesivamente, ¡y esta es
toda la enseñanza práctica que recibe el niño sobre cómo actúa su Dios amoroso! Nunca
una palabra en todo el día sobre cómo Dios ama y aprecia a los pequeños, y llena sus
horas de deleites; agregue a esto oraciones superficiales e insípidas, conversaciones
improductivas sobre cosas divinas en su presencia, uso trivial de palabras santas, escasas
señas que indiquen al niño que para sus padres las cosas de Dios son más importantes que
cualquier otra cosa del mundo, y así se es impedimento para el niño, en forma tácita se le
ha prohibido el “venir a Mí”. Todo esto ocurre, a menudo, con padres cuyos corazones, en
lo más profundo, solo desean que Dios sea lo más deseado. ¿En dónde radica el daño? En
el mismo fatuo menosprecio de los niños; en la noción de que la vida espiritual los niños
solo empieza cuando se les antoja a sus mayores producirla.
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VI. Las condiciones para una actividad cerebral saludable

Después de haber abordado el extenso campo de las prohibiciones, estamos preparados


para considerar qué es, definitiva y certeramente, lo que la madre le debe a su hijo en el
nombre de la Educación.

Todo esfuerzo mental implica desgaste del cerebro. Para comenzar, las facultades más
educables del niño, es decir, su inteligencia, su voluntad, y sus sentidos morales, se
asientan en el cerebro; esto significa que, así como el ojo es el órgano de la vista, así el
cerebro, o una parte de él, es el órgano del pensamiento y la voluntad, del amor y la
adoración. Los expertos difieren en cuanto a hasta qué punto es posible delimitar las
funciones del cerebro; pero lo que parece bastante claro al menos es que todas las
funciones mentales se realizan implicando una actividad real en la masa de materia
nerviosa blanca y gris denominada “cerebro”. Esto no es un asunto que incumbe solo al
fisiólogo, sino a cada madre y padre de familia, porque si queremos que este maravilloso
cerebro, por medio del cual podemos pensar, actúe de manera saludable y en armonía con
el actuar saludable de sus miembros, debiera hacerlo solo en un contexto de ejercicio,
descanso y nutrición similar al que de todas las demás partes del cuerpo para que
funcionen óptimamente.

Ejercicio. La mayoría de nosotros ha conocido unas pocas personas excéntricas y a


bastantes personas insensatas, por lo que nos preguntamos si acaso estas personas
nacieron con menos facultad cerebral que las demás. Probablemente no; pero si se les
permitió crecer sin el hábito diario del esfuerzo moral y mental apropiado, si se les
permitió holgazanear durante la juventud sin hacer un trabajo mental o volitivo frecuente
y sostenido, el resultado sería el mismo, y el cerebro que debería haberse robustecido
gracias a ese ejercicio diario, se ha vuelto flácido y débil, tal como lo estaría un brazo sano
después de haber sido llevado por años amarrado en una escayola. El cerebro activo de
gran tamaño no se contenta con la ociosidad total; traza líneas por sí mismo y funciona a
ratos, y el hombre o la mujer se vuelven excéntricos, porque el esfuerzo mental benéfico,
igual que el moral, debe llevarse a cabo en sometimiento a la disciplina de las reglas. Un
sagaz escritor ha dicho que la indolencia mental puede haber sido algo de la causa de esos
lamentables ataques de depresión y trastorno que sufrió el pobre poeta William Cowper;
la creación de bellos versos cuando “le picaba el bicho” no era suficiente esfuerzo mental
para alcanzar el bienestar.
Por tanto, la consecuencia es que no se debe dejar que los niños pasen ni un día sin
esfuerzos específicos, tanto intelectuales, como morales, y volitivos; que se esfuercen por
entender; que se obliguen a sí mismos a hacer y soportar; y que hagan lo correcto
sacrificando la comodidad y el placer: y esto por muchas razones más sublimes, de las
cuales la más básica es que el mismo órgano físico de la mente y la voluntad pueda crecer
vigoroso gracias al esfuerzo.

El descanso. La misma importancia radica en el suficiente descanso del cerebro; es decir,


que descanse y trabaje en forma alternada. Aquí entran en juego dos consideraciones. En
primer lugar, cuando el cerebro está trabajando activamente, ocurre lo mismo que en
cualquier otro órgano del cuerpo en las mismas circunstancias; es decir, un gran
suministro adicional de sangre llega a la cabeza para nutrir el órgano que se desgasta con
el esfuerzo. Atención, que en los vasos sanguíneos no hay una cantidad indefinida de lo
que por el momento llamaremos sangre excedente, sino que el suministro está regulado
según el principio de que solo un conjunto de órganos debiera estar en actividad excesiva
a la vez—una vez las extremidades, otra vez los órganos digestivos, después el cerebro;
así, toda la sangre que no sea vital en otras funciones va a apoyar aquellos órganos que
trabajan en un determinado momento.

El descanso después de las comidas. El niño acaba de almorzar (que es la comida del día
que provoca el mayor esfuerzo en sus órganos digestivos) y durante dos o tres horas
después de comer, estos órganos están realizando mucho trabajo, y la sangre que no es
vital en otras funciones, está allí presente para ayudar. Si usted envía al niño a dar un
largo paseo inmediatamente después de la comida, hará que la sangre vaya a las
extremidades que se mueven, y que la comida quede a medio digerir; si el niño se
costumbra a comer y después a a moverse, terminará con problemas crónicos de
digestión. Lo mismo si se le envía a trabajar en sus clases después de una comida pesada;
la sangre que debería haber estado ayudando en la digestión de la comida se va al cerebro
que trabaja.

En consecuencia, las horas de clases debieran elegirse cuidadosamente, después de


períodos de descanso mental (como dormir o jugar, por ejemplo), y cuando ninguna otra
parte del sistema está realizando una actividad excesiva. Por ello, la mañana, después del
desayuno (cuya digestión no es una tarea de envergadura dado que se trata de una
comida liviana) es el mejor momento para las lecciones y todo tipo de esfuerzo mental; si
no se puede dedicar toda la tarde a la recreación al aire libre, entonces ese es el momento
para realizar tareas mecánicas, como costuras, dibujo, o la práctica de un instrumento. La
mente de los niños está suficientemente despierta en la tarde, pero el inconveniente del
trabajo al final del día es que el cerebro, una vez incitado a la acción, se inclina a continuar
su trabajo más allá de la hora de acostarse, lo que provoca los sueños, el insomnio y el
sueño intranquilo del pobre niño que ha estado trabajando hasta el último minuto. Si no
se puede evitar que los niños mayores trabajen por la tarde, debieran por lo menos
disfrutar una o dos horas de amena actividad social antes de acostarse; pero, sin duda, por
el bien de los niños debiéramos abolir las “tareas” vespertinas.
Cambio de ocupación. Según Huxley [biólogo y antropólogo británico, en su obra
Lessons in Elementary Physiology, publicada en 1915, cuando no existía todavía la
elevada tecnología actual en esta área], “No existe ninguna prueba satisfactoria en este
momento, de que la manifestación de ningún tipo particular de facultad mental esté
especialmente asignada o conectada con la actividad de un área particular o los
hemisferios cerebrales”, dictamen que contradice la frenología [antigua doctrina
psicológica según la cual las facultades psíquicas están localizadas en zonas precisas del
cerebro y en correspondencia con relieves del cráneo.], pero que nos llega desde un
expertizaje que es imposible poner en duda. Así, entendemos que no es posible
determinar la localización de las ‘facultades’—decir que se es cauteloso con esta fracción
del cerebro y que se ama la música con otra parte; pero una cosa sí es cierta, y muy
importante para el educador: que el cerebro, o alguna parte del cerebro, se agota cuando
ha estado realizando una función determinada durante demasiado tiempo. El niño que ha
estado haciendo sumas un largo rato inexplicablemente no puede pensar, por tanto, que
lea algo de historia, y verás que su mente vuelve a estar activa. Lo que ha pasado es que la
imaginación, que no se ocupa para hacer sumas, ha entrado en acción durante la clase de
historia, y el niño despierta una facultad viva e inagotable para realizar su nuevo trabajo.
Los horarios de la escuela generalmente se elaboran con miras a darle al cerebro del niño
un trabajo variado, pero el secreto del cansancio que a menudo se ve en los niños durante
sus clases es que no se ha usado dicha sabia alternación entre las lecciones.

Alimento. Repetimos que el cerebro no puede hacer su trabajo a menos que esté nutrido
abundante y adecuadamente. Alguien calculó cuántos gramos del cerebro se usaron en la
producción de, por ejemplo, El paraíso perdido; cuántos gramos en esto otro, etc., pero sin
entrar en cálculos aritméticos de esta naturaleza, podemos decir con seguridad que todo
tipo de actividad intelectual implica un desgaste de los tejidos cerebrales; una red de
vasos sanguíneos suministra una enorme cantidad de sangre a este órgano para
compensar por dicho desgaste de materia; y es por ello que el vigor y la salud del cerebro
dependen de la calidad y cantidad del suministro de sangre.

Algunas cosas que afectan la calidad de la sangre. Pues bien, la calidad de la sangre se ve
afectada por tres o cuatro cosas. En primer lugar, la sangre es elaborada a partir de la
comida; por lo que mientras más nutritivos y fáciles de digerir sean los alimentos, más
vitales serán las propiedades de la sangre. La comida también debiera ser variada,
consistir en una dieta mixta, porque se necesitan diferentes ingredientes para compensar
los diversos desgastes en los tejidos. El desgaste en los niños es impactante con sus idas y
venidas interminables, su constante movimiento, su energía, incluso el movimiento de la
lengua, todo implica un desgaste de la materia tangible: la pérdida no se puede apreciar,
pero algo pierden con cada salida in promptu, ya sea al aire libre o al interior. No hay
duda de que la ganancia en facultades que genera el ejercicio es más que compensación
por la pérdida de materia tangible; pero, de todos modos, esta pérdida debe repararse
rápidamente. Pero no es solo el cuerpo del niño más activo en proporción con el del
hombre, sino que, en comparación con el hombre, el cerebro del niño está en esfuerzo y
movimiento permanentes. Se calcula que, aunque el cerebro de un hombre no pesa más
que una cuadragésima parte de su cuerpo, un quinto o un sexto de todo su complemento
sanguíneo se destina a nutrir este delicado e intensamente activo órgano; pero, en el caso
del niño, una proporción considerablemente mayor de su sangre se destina al sustento de
su cerebro. Y todo el tiempo, además de estas excesivas demandas que pesan sobre él, ¡el
niño tiene que crecer! no solo para compensar por la pérdida ocurrida, sino para producir
nueva materia cerebral y corporal.

Acerca de las comidas. La conclusión obvia es que el niño debe estar bien alimentado. La
mitad de las personas de baja vitalidad que conocemos han sido víctimas de una
deficiente alimentación durante su infancia; con más frecuencia debido a que sus padres
no estaban conscientes de su deber al respecto, que debido a no hubieran estado en
condiciones de proporcionar a sus hijos la dieta necesaria para su pleno desarrollo físico y
mental. Las comidas regulares a intervalos continuos, por regla general—almuerzo, nunca
a más de cinco horas después del desayuno; colación de la tarde, innecesaria; alimentos
animales, una vez al día, y si fueran ligeros, dos veces al día—son las sugerencias de
sentido común que se siguen en la mayoría de los hogares bien controlados. Pero no es la
comida que se come, sino la comida la que se digiere, lo que nutre el cuerpo y el cerebro, y
es aquí donde hay tanto que es urgente por considerar, que solo podemos abordar dos o
tres aspectos más obvios. Todo el mundo sabe que los niños no deben comer pasteles, ni
carne de cerdo, ni carnes fritas, ni queso, ni alimentos pesados ni muy saborizados no
importa lo que sean; que la pimienta, la mostaza y el vinagre, las salsas y las especias
deberían estar prohibidas, así como el pan nuevo [¿pan caliente recién horneado?], las
tortas y las mermeladas pesadas, como ciruela o grosella espinosa, en las que se conserva
la cáscara de la fruta; que la leche [obviamente, en su tiempo, se trataba de leche de vaca
original sin pasteurizar), o la leche y el agua no demasiado calientes, o el cacao, es la mejor
bebida para los niños, y que se les debe instruir que no beban nada hasta que hayan
terminado de comer; que la fruta fresca en el desayuno es invaluable; y cumpliendo el
mismo objetivo, las sopas de avena y melaza, y la grasa del tocino tostado, son valiosos
alimentos para el desayuno; y que también, un vaso de agua tomado al final de la noche y
uno al principio de la mañana, es útil para promover esos hábitos regulares de los que
depende gran parte la comodidad de la vida.

La conversación durante las comidas. No es necesario recomendar todo esto, y mucho


más de lo mismo; pero, permítaseme insistir que son los alimentos digeridos los que
nutren el sistema, y las personas tienden a olvidar hasta qué punto las condiciones
mentales y morales afectan los procesos de digestión. El hecho es que los jugos gástricos
que actúan como solventes para las viandas solo se secretan libremente cuando la mente
está alegre y contenta. Si al niño no le gusta su cena, la come, pero la digestión de esa
comida desagradable es un proceso laborioso y muy difícil. Lo mismo ocurre si se come en
silencio: sin el solaz de una conversación agradable, el niño pierde gran parte de lo
“bueno” de su cena. Por lo tanto, no se trata en absoluto de mimos, sino que se trata de
salud, de nutrición adecuada, se trata de que los niños disfruten su comida, y que coman
sus comidas con alegría; aunque, por cierto, la alegre agitación es tan dañina como su
opuesto ya que destruye ese tenor alegre y balanceado que favorece los procesos de
digestión. No se deben escatimar esfuerzos para que el tiempo en que la familia se
convoca en la mesa familiar sean las horas más felices del día, suponiendo que se les
permita a los niños sentarse en la misma mesa con sus padres; y, ¡si fuera posible!, que
puedan hacerlo en todas las comidas, ya que la ventaja para los pequeños es incalculable,
excepto cuando se trata de un almuerzo tarde. Esta es la oportunidad para que los padres
instruyan a sus niños en cuanto a modales y a la moral, para consolidar el amor familiar, y
para que los niños se familiaricen con hábitos como el de la masticación minuciosa, por
ejemplo, tan importante para la salud y también para los buenos modales.

La variedad en las comidas. Sin embargo, las exigencias de estas personitas no se


cumplen por completo solo brindando un entorno agradable y una excelente comida
porque, aunque sea una comida simple, debe ser variada. Carne de cordero todos los
martes, el miércoles la misma carne, pero fría, y el jueves, picada, puede que sea muy
buena comida; pero el niño que recibe esta dieta semana tras semana estará mal
alimentado, simplemente porque está cansado de la misma cosa. La madre debe crear una
rotación de comidas para los niños, de por lo menos una quincena en que no se repita la
misma cena dos veces. El pescado, especialmente si no hay carne en la cena de los niños,
es excelente para un cambio, más aún debido a que es rico en fósforo, que es un valioso
alimento para el cerebro. Los postres de los niños merecen bastante consideración, porque
en general no les gustan las comidas de alto contenido graso, sino que prefieren obtener
calor para el cuerpo a partir del almidón y el azúcar de los postres; por ello,
proporcióneles una rica variedad, y que no siempre sea la “infinita tapioca”. Incluso para
el té y el desayuno, la sabia madre no dice: “Siempre les doy a mis hijos” esto y esto,
porque no deberían tener nada “siempre” sino que cada comida debiera tener alguna
pequeña sorpresa ¿Pero quizás así los haríamos pensar demasiado en lo que comerán y
beberán? Por el contrario, son los niños mal alimentados los que quieren más y más de
algo, y a quienes no se puede confiar ninguna exquisitez extraordinaria.

El aire es tan importante como la comida. La calidad de la sangre depende tanto del aire
que respiramos como de los alimentos que consumimos; en el transcurso de cada dos o
tres minutos, toda la sangre del cuerpo pasa a través de las ramificaciones infinitas de los
pulmones, con el único fin de que, en ese transcurso, actúe sobre ella el oxígeno en el aire
que entra a los pulmones durante la respiración. Pero, ¿qué le puede ocurrir a la sangre en
el curso de un evento de tan corta duración? Solo esto: que toda su naturaleza, hasta su
propio color cambia; ingresa a los pulmones en mal estado, sin ser capaz de dar vida; y los
abandona convertida en un fluido puro y esencial para la vida. Observe ahora dos cosas:
que la sangre solo se oxigena por completo cuando el aire contiene el máximo de oxígeno,
y que cada respiración y cada llama de fuego extrae algo de oxígeno de la atmósfera de
una habitación. De ahí la importancia de procurar que los niños respiren diariamente aire
fresco y que ejerciten abundantemente sus extremidades y pulmones en un aire no viciado
ni empobrecido.

Los niños salen a caminar todos los días. “Los niños salen a caminar todos los días;
nunca están fuera menos de una hora cuando hace buen tiempo”. Eso es mejor que nada;
pero también lo es la siguiente ilustración: una maestra en una escuela de un área
empobrecida de Londres percibe la pálida apariencia de una de sus mejores estudiantes.
“¿Almorzaste, Nellie?” “Mmm sí” (vacilando). “¿Qué comiste?” “Mi madre nos dio a
Jessie y a mí medio penique para almorzar, y compramos muchos caramelos de anís—es
que rinden más que el pan” responde con la esperanza en los ojos de que no se le
censurara por tal extravagancia. Los niños no se desarrollan de la mejor forma comiendo
dulces de anís para la cena, ni con una hora de la consabida caminata diaria. Quizás la
ciencia nos confirmará cada vez más el hecho de que la vida animal, confinada al interior,
se sustenta en condiciones artificiales, equivalente a la vida vegetal cultivada en una casa
de vidrio. Es a este respecto que la mayoría de las naciones continentales tienen ventaja
sobre nosotros ya que mantienen siempre el hábito de la vida al aire libre; y como
consecuencia, la persona francesa, alemana, italiana y búlgara promedio es más alegre,
más sencilla y más robusta que la persona inglesa promedio. ¿Qué del clima? ¿Acaso
Carlos II—y él lo sabía—no se declaró a favor del clima de Inglaterra porque allí se puede
estar afuera “más horas en el día y más días en el año” que “en cualquier otro país”?
Perdemos de vista el hecho de que no somos como ese personaje histórico que “solo vivió
de comida y bebida”. Pero a la persona incapacitada que no puede comer le decimos “¡No
se puede vivir solo de aire!” Es verdad, no podemos vivir solo de aire, pero, si debiéramos
elegir entre los tres factores que prolongan la vida, el aire nos sostendrá por mayor
tiempo. Todo esto lo sabemos y estamos ya cansadísimos de oír del tema; deje que el
rabillo de su ojo capte la palabra “oxigenación” en una página, y éste, bien entrenado, se
saltará ese párrafo. No necesitamos decirle incluso a los escolares cómo la sangre del
cuerpo es transportada hacia los pulmones y desde allí se distribuye por una gran
cantidad de innumerables “canales” que reciben momentáneamente oxígeno; cómo el aire
actúa sobre la sangre por la acción de la respiración; cómo el aire penetra en las paredes
muy delgadas de esos canales; y luego, cómo sucede una mágica (o química)
transformación; las aguas residuales del sistema se convierten al instante en el rico fluido
vivificante cuya función es construir los tejidos musculares y nerviosos. Y [aludiendo a la
obra La Tempestad de Shakespeare], ¿cuál es el Próspero que lleva la capa? Su nombre es
Oxígeno; y la maravilla que produce dentro de nosotros unas quince veces en el
transcurso de un minuto, posiblemente no tiene paralelo en toda la serie de maravillas
relacionadas con la vida y con las que nos “topamos” con familiaridad, estableciendo “la
vida” y acarreando ¡nada menos que un secreto de gran valor!

La oxigenación tiene limitaciones. Aunque sepamos todo a este respecto, talvez


olvidemos que incluso el oxígeno tiene sus limitaciones; considerando que nada puede
ocurrir excepto donde se está, y esto también se aplica a este gas vital, así como a otras
materias. El fuego, las lámparas y los seres que respiran, todos son consumidores del
oxígeno que los mantiene con vida. ¿Cuál es la consecuencia? Pues, que este elemento, que
existe en una proporción de veintitrés partes por cada cien en el aire puro, está sujeto a un
enorme agotamiento dentro de las cuatro paredes de una casa, donde el aire se mantiene
más o menos estacionario. No me refiero al aire viciado sino solo al agotamiento que sufre
este elemento vital. ¡Piense una vez más en el extremo agotamiento del oxígeno al
mantener vivos los diferentes fuegos, así como los muchos seres que respiran en una gran
ciudad! Una pregunta de vital importancia es: “¿Cuál es la consecuencia?” El hombre
puede disfrutar la totalidad de una vigorosa y gozosa existencia posible solo cuando su
sangre está completamente aireada; y esto ocurre cuando el aire que inhala contiene todo
el oxígeno necesario. ¿Es acaso una exageración aseverar que la vitalidad se reduce en
aquellas personas que habitan en viviendas en contraste con aquellas que viven al aire
libre? El aire empobrecido mantiene la vida a un nivel bajo y débil; así vemos que, en las
grandes ciudades, la estatura disminuye, la caja torácica se contrae, los hombres apenas
llegan a vivir para ver a los hijos de sus hijos. Es verdad que necesitamos casas para
refugiarnos del clima durante el día y para descansar en la noche, pero en la medida que
desistamos de hacer nuestras casas más “cómodas” y las consideremos meramente
refugios necesarios para cuando no podamos estar afuera, entonces gozaremos a
cabalidad la vigorosa vitalidad que nos es posible.

Aire viciado. Padres de pálidos niños de la ciudad: ¡pensad en esto! En este asunto en
particular, los niños de la calle que se alimentan de lo que encuentran están en mejor
situación (y se ven más saludables) que sus niños preciados porque los primeros tienen a
su alcance mayor cantidad de la esencia primordial de la vida, es decir, el aire. Incluso en
los barrios bajos de la ciudad, hay un poco de circulación de aire, y el niño que pasa sus
días en las calles recibe más oxígeno que aquel que pasa la mayor parte de sus horas
respirando el aire detenido de una amplia habitación. Sin embargo, no es el aire de las
calles lo que requieren los niños, sino el delicioso aire vivificante del campo. Los niños,
mucho más que los adultos, se mantienen en constante movimiento y, al mismo tiempo,
están en proceso de desarrollar músculo, todo esto a expensas de un grandísimo desgaste
de tejido, y es la sangre la que transporta el material necesario para suplir tal pérdida: el
niño debe crecer, cada una de sus partes lo debe hacer, y es la sangre la que suple el
material para generar nuevos tejidos. Ya sabemos que el cerebro es, en total desproporción
con su tamaño, el gran consumidor del suministro de sangre, pero es el cerebro infantil el
que presenta demandas insaciables, tanto por su afanosa actividad como por el
crecimiento por partida doble que le afecta.

«Caldo de vacuno para Alicia». “Yo alimento a Alicia con caldo de vacuno, aceite de
bacalao y todo tipo de comidas nutritivas; pero me siento desalentada porque, ¡la niña no
gana peso!” Es probable que Alicia respira 22 de las 24 horas del día un aire empobrecido
y algo viciado que se ha acumulado dentro de las cuatro paredes de la casa. La niña está
prácticamente muerta de hambre ya que la comida recibida está siendo inadecuada e
imperfectamente transformada en sangre oxigenada para alimentar los tejidos de su
cuerpo.

Si sufre de inanición física, ¿qué es de la mente ávida, activa, curiosa y anhelante de la


niña? “Bueno, ella tiene sus clases todos los días como siempre”. Puede que sí, pero las
lecciones que solo abordan palabras, solo los signos de las cosas, no son lo que la niña
requiere. No existe un conocimiento más apropiado durante los primeros años de un niño
como lo es saber el nombre, la apariencia y el comportamiento in situ de cada objeto
natural que pueda llegar a conocer, como lo corrobora el Salmo 111:4: «Él ha hecho
memorables sus maravillas».

«En tres años creció al sol y en la lluvia,


Entonces la naturaleza dijo, “Una flor más preciosa
Que nunca fuera sembrada en la tierra:
Esta niña para mí la tomaré:
Ella será mía, y yo la haré
Una dama de mi propiedad».

***
«Será juguetona como el cervatillo
Indómita y feliz ya en la campiña
O en los manantiales de la montaña;
Y suyo será el bálsamo del aliento,
Y suyo el silencio y la calma
De las cosas mudas e insensatas».

***

«Las estrellas de medianoche serán especiales


Para ella; y apoyará su oído
En muchos lugares secretos
Donde los riachuelos danzan en sus recorridos
Y la belleza que nace del sonido susurrante
Pasará hacia su rostro».

[Extractos del poema Three Years She Grew in Sun and Shower (En tres años creció al sol y en
la lluvia) del poeta inglés William Wordsworth]

Aireación al interior. Con respecto de la aireación al aire libre ya tendremos ocasión de


hablar más adelante; pero la aireación al interior es realmente importante, porque si los
tejidos se alimentan con sangre impura durante todas las horas que el niño pasa en la casa,
el daño no se reparará en los intervalos más breves que se pasan al aire libre. Ponga dos o
tres cuerpos que respiran, así como fuego y gas en una habitación, y es increíble lo pronto
que el aire se vicia a menos que se renueve constantemente; es decir, a menos que la
habitación esté bien ventilada. Todos sabemos lo que es entrar a una habitación después
de estar al aire fresco, y sentirla irrespirable; pero siéntese unos minutos allí y se
acostumbrará al sofoco; los sentidos han dejado de ser guías confiables.

Ventilación. Por lo tanto, se deben tomar medidas frecuentes para ventilar las
habitaciones, independientemente de los sentimientos de sus ocupantes: al menos una
pulgada de una ventana abierta en la parte superior, día y noche, hace que una habitación
esté en bastantes buenas condiciones, ya que permite el escape del aire viciado, que, al ser
liviano, asciende, dejando espacio para la entrada del aire más frío y fresco por las
hendijas en puertas y pisos. Una chimenea abierta es un ventilador útil, aunque no
suficiente; no hace falta decir que tapar las chimeneas en los dormitorios es una acción
suicida. Es de particular importancia acostumbrar a los niños a dormir con una pulgada o
dos, o unas más, de aberturas en las ventanas durante todo el año, y todo lo que se quiera
en el verano.

El saludable aire nocturno. Es popular la idea de que el aire nocturno no es saludable;


pero si pensamos en que el aire sano es aquel que contiene oxígeno en su mayor parte, y
no más de una muy pequeña cantidad de dióxido de carbono, y que todos los objetos
quemantes, es decir, el fuego, el horno, la lámpara a gas, emiten este dióxido y consumen
oxígeno, usted verá que el aire nocturno es, en circunstancias normales, más saludable que
el aire diurno, simplemente porque hay un desgaste menos exhaustivo del mismo.
Cuando los niños están fuera de la habitación que ocupan normalmente, ya sea el lugar de
juegos o la sala, esa es la oportunidad de airear dicha habitación completamente abriendo
las ventanas y puertas de par en par para dejar pasar una considerable corriente de aire.

Luz solar. Pero no es solo el aire, esto es, aire puro, lo que los niños deben recibir para que
su sangre sea de una “excelente calidad”, como dicen los anuncios. La sangre saludable es
muy rica en diminutos organismos en forma de discos rojos, conocidos como glóbulos
rojos, lo cuales, en circunstancias favorables, se producen libremente en la misma sangre.
Ahora bien, es cierto que las personas que pasan mucho tiempo al sol tienen un semblante
rubicundo, es decir, en su sangre hay muchos de estos glóbulos rojos; mientras que las
pobres almas que viven en bodegas y callejones oscuros tienen una piel del color del papel
marrón pálido. La conclusión es que la luz y el sol favorecen la producción de glóbulos
rojos en la sangre; y que, por lo tanto, (aquí la madre debe tomar este paso) las
habitaciones de los niños debieran estar en el lado soleado de la casa, en dirección al sur
en lo posible. De hecho, toda la casa debiera mantenerse iluminada y luminosa por el bien
de los niños; y los árboles y edificios exteriores que obstruyen la luz del sol hacia las
habitaciones de los niños debieran eliminarse sin vacilación.

Libre transpiración. Existe atender otro punto que debemos abordar para asegurarnos de
que el cerebro se alimente de sangre saludable. La sangre recibe y elimina el desgaste de
los tejidos, y uno de los agentes más importantes por medio del cual hace este necesario
trabajo de limpieza es la piel. Millones de poros invisibles perforan la piel, y cada uno es
la boca de un diminuto tubo de varios dobleces que están en constante actividad, cuando
el cuerpo sano descarga la transpiración—es decir, el desgaste de los tejidos—sobre la piel.

La transpiración inconsciente. Cuando la descarga de transpiración es excesiva, notamos


la humedad sobre la piel; pero, estemos consciente de ello o no, la descarga está
sucediendo continuamente; aún, si ésta se detuviera, o si se cubriera una porción
considerable de la piel con alguna capa que la hiciera impenetrable, se produciría la
muerte. Esta es la razón por la cual fallecen las personas como consecuencia de
abrasamientos y quemaduras que lesionan una amplia superficie de la piel, incluso
cuando ningún órgano vital esté comprometido ya que multitudes de tubos diminutos
que deberían expulsar las materias nocivas de la sangre están cerrados, y, aunque la
superficie restante de la piel y otros órganos excretores asumen un esfuerzo adicional de
trabajo, es imposible reparar la pérdida ocurrido al eficiente drenaje de un área
considerable. Por ello, para que el cerebro esté debidamente alimentado, es importante
mantener toda la superficie de la piel en condiciones tales que se puedan eliminar
libremente las deposiciones de la sangre.

El baño diario y la ropa permeable. A continuación, se presentan dos consideraciones, de


las cuales la primera, la necesidad del baño diario, seguido de un vigoroso frote de la piel,
no hace falta decir nada aquí. No obstante, quizás no se conozca bien la segunda
consideración, aquella de que los niños debieran usar ropa permeable que permita el paso
instantáneo de la exhalación de la piel. ¿Por qué las mujeres delicadas se desmayaban o,
“sentían que se iban a desmayar” cuando era costumbre ir a la iglesia con abrigos de piel
de foca? ¿Por qué las personas que duermen bajo edredones de seda o algodón, con
frecuencia se levantan sin sentirse descansadas? La causa es que tales cobertores y abrigos
impiden el paso de la transpiración inconsciente, por lo que la piel no ha podido cumplir
su función de limpiar la sangre de sus impurezas. Es sorprendente ver cuánta pérdida
constante de vitalidad experimentan muchas personas por ninguna otra causa que una
vestimenta inadecuada. La mejor vestimenta para los niños consiste en holgadas prendas
de lana, franelas y de tejidos como la sarga, de diferentes grosores para el verano y el
invierno. Las lanas tienen otras ventajas sobre el algodón y el lino, además de ser
permeables o porosas: al ser la lana un mal conductor, no deja escapar demasiado el calor
animal; y, además de ser absorbente, no deja la piel pegajosa después de transpirar.
Estaríamos mucho mejor si decidiéramos dormir usando prendas de lana, desechando el
lino o el algodón y optando por sábanas hechas de algún tejido liviano de lana.

Mucho podríamos decir sobre este asunto de la nutrición adecuada del cerebro de la cual
depende la posibilidad de una educación saludable, pero habremos logrado algo si
quedan claras las razones de dos o tres reglas sanitarias prácticas de tal manera que no se
puedan evadir sin sentir que se está violando alguna ley.

Me temo que el lector pueda pensar que estoy dirigiendo su atención en gran parte a unos
pocos asuntos fisiológicos—el escalón inferior de la escala educativa. Es posible que sí sea
inferior, pero es la base necesaria para todo el resto, ya que no exageramos al decir que, en
nuestro actual estado, el progreso intelectual, moral e incluso espiritual depende en gran
medida de las condiciones físicas. Esto no quiere decir que el poseedor de admirable
constitución física sea necesariamente un hombre bueno e inteligente; sino que el hombre
bueno e inteligente requiere de mucha materia animal para compensar el desgaste de
tejido producido en el ejercicio de su virtud y su intelecto. Por ejemplo, ¿es más fácil ser
amigable, amable, sincero, con o sin un dolor de cabeza o un ataque de neuralgia?

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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VII. «La supremacía de la ley» en la educación

El sentido común y las buenas intenciones. Es importante considerar que, aunque dicho
cultivo físico del cerebro sea solo el fundamento de la educación, el método de tal cultivo
es una indicación de lo que debiera ser el método de toda educación; en otras palabras, el
progreso hecho en forma ordenada y regulada según la pauta de una Ley. La razón por la
cual la educación causa mucho menos impacto de lo que debiera, es simplemente que en
nueve de diez casos, buenos y sensatos padres dejan demasiado a merced de su sentido
común y sus buenas intenciones, olvidando que el sentido común debe instruirse en
cuanto a los aspectos naturales de lo que sea el caso, y que los esfuerzos bien
intencionados no logran mucho si no se llevan a cabo en obediencia a las leyes divinas,
que en gran parte se leen, no en la Biblia, sino en los hechos de la vida.
La vida sometida a la Ley tiende a ser más intachable que la vida piadosa. Para
vergüenza de las personas creyentes, muchos que dicen no saber y, por tanto, no creer,
llevan vidas más intachables, con menos arranques de mal genio, más libres del vicio del
egoísmo, que muchas personas que llevan sinceras vidas religiosas. He aquí un hecho que
el niño llegará a confrontar bien pronto, y uno que será necesario explicar; y, aún más, es
un hecho que tendrá más peso que toda la enseñanza doctrinal que hayan recibido en sus
vidas, especialmente si lo notan en una persona que estiman y quieren. A mí me parece
que aquí yace el peligro que amenaza a aquellas confesiones de dependencia y lealtad a
Dios todopoderoso que reconocemos como la religión—no la maldad, sino lo bueno de una
escuela que rehúsa admitir tal dependencia y lealtad.

Es la percepción de este peligro la razón por la cual ofrezco lo poco que tengo que decir
sobre el tema de la educación; pero también lo es la seguridad que siento de que no es un
peligro tan grande después de todo, porque los padres instruidos están en capacidad de
enfrentarlo, y son ellos mismos precisamente las únicas personas que pueden hacerlo.

La mente y la materia son gobernados por igual por la Ley. En cuanto a esta superior
moralidad de algunos no creyentes, suponiendo que hagamos tal concesión, solo significa
que el universo de la mente, tal como el universo de lo físico, se rige por las leyes no
escritas de Dios; que el niño no puede jugar con pompas de jabón o pensar sus
pensamientos revoltosos si no fuera en obediencia a las leyes divinas; que toda seguridad,
progreso y éxito en la vida proviene de la obediencia a la ley, a las leyes de las ciencias
mentales, morales o físicas, o a aquella ciencia espiritual que la Biblia presenta; que es
posible comprender las leyes y obedecer las leyes sin reconocer al Dador de la ley, y que
quienes comprenden y obedecen cualquier ley divina heredan la bendición que procede de
la obediencia, independientemente de su actitud hacia el Dador de la ley, igual que el
hombre se abriga al calor del sol abrazador, aunque cierre sus ojos y se niegue a mirar el
sol. En contraste, que aquellos que no se esfuerzan por estudiar los principios que rigen la
acción y el pensamiento humanos no reciben las bendiciones de la obediencia a ciertas
leyes, aunque reciban por herencia las mejores bendiciones que provienen de una relación
reconocida con el Dador de la ley.

Antagonismo por la ley que muestran algunas personas religiosas. Estas bendiciones
mencionadas último son tan indescriptiblemente satisfactorias que muchas veces el
creyente que las disfruta no quiere más: abre la boca y aspira y se deleita en la ley, es
cierto; pero se trata de la ley de la vida espiritual solamente, porque en cuanto a las otras
leyes de Dios que gobiernan el universo, a veces adopta una actitud de antagonismo, casi
de resistencia, digna de un impío.

Para tal persona no significa nada ser una creación formidable y maravillosa; no quiere
saber cómo funciona el cerebro, ni cómo el elemento fundamental más sutil que llamamos
mente, evoluciona y se desarrolla en obediencia a ciertas leyes. Hay mentes piadosas para
quienes explorar estas cosas tiene sabor a falta de fe, como si deshonrara al Todopoderoso
percibir que Él realiza sus obras formidables a través de gloriosas Leyes, y, por tanto, no
quieren saber de ninguna ley excepto de las leyes del reino de la gracia. Mientras tanto, el
no creyente, que no anda en búsqueda del auxilio sobrenatural, se propone descubrir y
obedecer todas las leyes que regulan la vida natural, ya sea física, mental y moral; de
hecho, todas las leyes de Dios, exceptuando las de la vida espiritual que el creyente
considera como su herencia propia. No obstante, estas otras leyes que recibe Esaú también
son leyes de Dios, y la sujeción a ellas produce tales bendiciones, que los hijos de los
creyentes dicen: “Mirad, ¿cómo es que éstos que no reconocen que la Ley proviene de
Dios son mejores personas que nosotros que sí lo reconocemos?

Los padres deben familiarizarse con los principios de la fisiología y la moral. Ahora
bien, los padres creyentes no tienen derecho a poner esta crucial dificultad en el camino de
sus hijos. Por ejemplo, no tienen derecho a pedir a Dios que haga que sus hijos sean
sinceros, diligentes, y rectos, si no se familiarizan con los principios de la moral que los
guiará a la veracidad, la diligencia y la rectitud de carácter. Esto también es la ley de Dios.
Observe que ni el conocimiento mental ni moral nos llevan al conocimiento de Dios, que
es lo más valioso en la vida, pero lo que defiendo es que estas ciencias tienen su papel en
la educación de la raza humana, y que los padres no pueden ignorarlas impunemente. Mi
esfuerzo en éste y en los siguientes volúmenes de la serie será esbozar a grandes rasgos un
método educativo que, basándose en el fundamento de la ley natural, pueda esperar, sin
jactancia, heredar la bendición divina. Cualquier borrador que yo pueda ofrecer en esta
breve brújula está obligado a ser muy imperfecto y muy incompleto; pero un trazado por
aquí y otro por allá pueden ser suficientes para dar a los padres inteligentes líneas de
pensamiento provechosas en relación con la educación de sus hijos.

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derechos reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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PARTE II. LA VIDA AL AIRE LIBRE DE LOS


NIÑOS

I. Un tiempo de crecimiento

Comidas al aire libre. Las personas que viven en el campo conocen muy bien el valor del
aire fresco, y sus hijos viven afuera, solo pasando intervalos adentro para dormir y comer;
no obstante, en cuanto a las comidas, incluso la gente del campo no aprovecha al máximo
sus oportunidades, ya que en los días buenos cuando está suficientemente cálido para
sentarse afuera con un cobertor, ¿por qué no servir al aire libre el desayuno y el té, o más,
todas las comidas, excepto cuando se trate de una cena caliente? Particularmente debido a
que somos una generación agitada, con los nervios de punta; y todas las horas que se
pasen al aire libre son una ganancia evidente, que contribuye a aumentar la facultad
cerebral y el vigor corporal, y a extender la vida misma. Aquellos que saben lo que es
tener la piel afiebrada y el cerebro a punto de explotar y sentir el delicioso alivio del aire
frío, tienden a crear una nueva regla de vida: «Nunca estar adentro cuando no hay
problema para estar afuera». Además de ganar una o dos horas al aire libre, hay otra
ganancia que debe considerase: las comidas tomadas al fresco suelen ser alegres, y la
alegría es el elemento ideal para convertir la carne y la bebida en sangre y tejidos sanos.
Todo ese tiempo, los niños también están almacenando recuerdos de una infancia feliz.
Dentro de cincuenta años verán las sombras de las ramas haciendo dibujos sobre el mantel
blanco; y el sol, la risa de los niños, el zumbido de las abejas y el aroma de las flores habrá
sido almacenado como una brisa de refresco para los días futuros.

Una palabra a los habitantes de las ciudades y los suburbios. No obstante, solo las
personas que viven, por así decirlo, en sus propios jardines, son quienes pueden darles a
sus hijos el té al aire libre de manera habitual. Para el resto de nosotros, y la mayoría de
nosotros, que vivimos en ciudades o en los suburbios de las ciudades, esta sugerencia está
incluida en la pregunta más amplia: ¿Cuánto tiempo al aire libre deben tener los niños, y
cómo es posible garantizar dicho tiempo libre? En este tiempo de extraordinaria presión,
tanto educativa como social, quizás el primer deber de una madre para con sus hijos es
garantizarles un tiempo de crecimiento tranquilo, seis años completos de una vida
receptiva pasiva, cuyas horas despiertos sean en su mayoría pasadas al aire libre, y no solo
con el fin de beneficiar la salud corporal, sino que tanto el cuerpo como el alma, el corazón
y la mente, también se nutren del alimento conveniente para ellos cuando a los niños se
les deja tranquilos, se les deja vivir sin fricciones y sin estímulos, rodeados por influencias
felices que los inspiran a inclinarse por lo bueno.

Las posibilidades de un día al aire libre. Una juiciosa madre dice que envía sin falta a
sus hijos afuera, si el clima lo permite, durante una hora diaria en invierno y dos horas
diarias en los meses de verano, lo cual está bien, pero no es suficiente. En primer lugar, no
los envíe; si fuera en absoluto posible, llévelos; ya que, aunque se debiera dejar a los niños
solos en gran medida, hay mucho que hacer y mucho que prevenir durante esas largas
horas al aire libre, porque largas horas debieran ser; pero no dos, sino cuatro, cinco o seis
horas son el tiempo que deberían pasar afuera cada día tolerablemente bueno, de abril a
octubre [algo así como septiembre a marzo, en el hemisferio sur]. «¡Eso es imposible!» dice
una madre que se siente sobrepasada esforzándose porque sus hijos pasen no más de una
hora diaria más o menos en el pavimento de las plazas comunitarias de Londres. Reitero
que las sugerencias que me atrevo a dar no se basan en lo que es posible en todos los
hogares, sino en lo que me parece que es lo absolutamente mejor para los niños; y eso es
porque creo que las madres hacen maravillas cuando están convencidas de que maravillas
deben hacer. Un viaje de veinte minutos en tren u ómnibus, y una canasta con el
almuerzo, posibilitan un día en el campo para la mayoría de los habitantes de la ciudad; y
si fuera un día, ¿por qué no muchos, o todos los días que fueran posibles? Suponiendo
entonces que contamos con tales días al aire libre, ¿qué se debe hacer con estas preciosas
horas, para que todos se deleiten en ellas? Deben pasarse en sujeción a algún método, o la
madre se agotará y los niños se aburrirán. Hay mucho que se puede lograr en esta gran
porción del día de los niños; ellos deberán estar en un modo gozoso todo el tiempo, o no
ganarán todo el fortalecimiento y la restauración que les puede proveer el maravilloso
aire. Se les debería dejar tranquilos, que jueguen mucho independientemente para que
absorban lo que puedan de la belleza de la tierra y de los cielos; pues de todos los males
de la educación moderna hay pocos que son peores que esto: el perpetuo graznido de sus
mayores que no deja al pobre niño ni un momento, ni una pulgada de espacio, en el cual
asombrarse—y crecer. Al mismo tiempo, ésta es la oportunidad de la madre para entrenar
el ojo observador y el oído oidor, y de esparcir semillas de verdad en la expandida alma
del niño, las cuales germinarán, florecerán y darán fruto, sin más ayuda ni conocimiento
de parte de ella. Así pues, mucho se obtiene de posarse en un árbol o acurrucarse en un
arbusto, pero el desarrollo muscular se produce de maneras más activas, y una hora o dos
deben pasarse jugando vigorosamente; y, en último caso, ciertamente lo menos
importante, es dar una o dos lecciones.

Nada de libros de cuentos. Supongamos que la madre y los niños llegan a un agradable
lugar donde pasar un bello rato juntos. En primer lugar, la madre no tiene por qué
entretener a los pequeños: no debiera haber libros de cuentos, ni contarse cuentos; se
debiera hablar lo menos posible, solo con algún propósito específico. ¿A quién se le
ocurriría divertir a los niños con un cuento o ponerse a hablar estando en un circo o una
obra de títeres? Y en la naturaleza, ¿acaso no se manifiesta algo infinitamente mayor para
el deleite de los niños? Esta sabia madre, al llegar, envía a los niños a desahogarse
salvajemente con gritos, cantos y alborotos, todas las extravagancias que les venga a la
cabeza les son permitidas; no hay distinción entre grandes y pequeños; a estos últimos les
encanta seguir el son de los niños mayores y, tanto en las lecciones como en el juego,
hacen lo que pueden según sus pequeñas capacidades. En cuanto al bebé, está
absolutamente feliz: despojado de sus prendas, patea y gatea, agarra la hierba, ríe con su
risita suave de infante, y absorbe su pequeño conocimiento sobre las formas y las
propiedades en su manera maravillosa que le es propia, vestido con una túnica amplia y
suelta de lana, muy apropiada para la ocasión y para el uso que se le dará.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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II. Exploración del entorno

No pasa mucho tiempo sin que los demás vuelvan donde está la madre y, ahora que la
mente se ha refrescado y los ojos se disponen a observar, ella los envía a hacer una
expedición de exploración, con preguntas como: ¿Quién puede ver lo más posible, y
contarle lo más que se pueda sobre aquel montículo o arroyo, ese seto o tal bosquecillo?
He aquí un ejercicio que deleita a los niños, y que se puede hacer de muchas diferentes
formas, a la manera de un juego, pero con la exactitud y el cuidado de una clase.

Cómo ver. Descubran todo lo que puedan sobre esa cabaña al pie de la colina; pero no se
acerquen demasiado. Pronto están de vuelta, y hay una multitud de rostros emocionados,
y un alboroto de lenguas, y observaciones varias con alientos entrecortados que se lanzan
al oído de la madre: «Hay colmenas de abejas». «Vimos muchas abejas juntas». «Hay un
jardín grande». «Sí, y hay girasoles en el jardín», «y margaritas y pensamientos». «Y hay
muchas hermosas flores azules con hojas ásperas; madre, ¿qué piensas que es?» «Borraja
para las abejas, muy probablemente; les gusta mucho» «Oh, y hay manzanos, perales y
ciruelos a un lado; hay un pequeño camino en el medio». «¿A qué lado están los árboles
frutales?» «A la derecha— no, a la izquierda; déjame ver, ¿con qué mano escribo? Sí, es el
lado derecho. Y hay papas y coles, y menta y cosas al otro lado» «¿Dónde están las flores,
entonces?» «Oh, están solo en las orillas, a cada lado del camino». «Pero no le hemos
contado a mamá sobre el maravilloso manzano; ¡creo que tiene un millón de manzanas,
todas maduras y rosadas!» «¿Un millón, Fanny?» «Bueno, muchas, madre; no sé cuántas».
Y así sucesiva e indefinidamente; la madre obtiene poco a poco una descripción completa
de la cabaña y su jardín.

Usos educativos del reconocimiento de lugares. Todo esto es un juego para los niños,
pero la madre está llevando a cabo un trabajo invaluable; ella está entrenando las
facultades infantiles de observación y expresión, aumentando su vocabulario y su rango
de ideas al enseñarles el nombre y los usos de un objeto en el momento correcto, por
ejemplo, cuando preguntan, «¿qué es?» y «¿para qué es esto?». Ella está instruyendo a sus
hijos en hábitos de veracidad, ayudándolos a ser cuidadosos de ver el hecho y exponerlo
con precisión, sin omisión ni exageración. El niño que describe: «Un árbol alto, que llega a
cierta altura, que tiene hojas bastante redondeadas; que no es un árbol agradable para dar
sombra porque todas las ramas suben», merece aprender el nombre del árbol, y cualquier
cosa que su madre tenga que decirle al respecto. Pero el niño distraído, que no deja en
claro si está describiendo un olmo o una haya, no debería recibir adulaciones; su madre no
debería mover ni un pie para ver dicho árbol, nada la debería convencer de hablar de tal
árbol, hasta que, sintiéndose desesperado, vaya el niño y vuelva con algo de información
más certera—que si la corteza es áspera o suave, las hojas son ásperas o lisas—y solo
entonces, la madre puede considerar, dar su pronunciamiento, y él, lleno de alegría, la
lleva para que lo vea por sí misma.

La observación inteligente. Gradualmente, los niños aprenderán de manera


inteligente todas las características de los paisajes con los que están familiarizados; y qué
posesión tan deleitosa para la vejez y la mediana edad será contar con una serie de
imágenes formadas, con todos sus elementos, en el soleado resplandor de la mente
infantil. Lo lamentable de los recuerdos infantiles de la mayoría de las personas es que
están borrosos, distorsionados, incompletos, tanto así que son tan desagradables de ver
como lo es una copa fracturada o una prenda rota; y la razón no es que se hayan olvidado
las escenas del pasado, sino que nunca se vieron en realidad. Al momento de verlas, solo se
grabó una borrosa impresión de que tales y tales objetos estaban presentes y,
naturalmente, después de años, rara vez pueden recordarse los elementos de los cuales el
niño no estuvo consciente cuando los tuvo delante de él.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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III. «Pintar cuadros»

El método. Tan satisfactoria es la facultad de tomar fotografías mentales, imágenes


exactas, de las bellezas de la naturaleza que recorremos el mundo para verlas y sentirnos
renovados, que vale la pena que nuestros hijos se ejerciten de otra manera más, siempre
con este objetivo en mente. Se debe tomar en cuenta, no obstante, que los niños ven lo que
está cerca y los detalles, por lo que será necesario un esfuerzo para que miren de manera
más amplia y más lejos. Haga que los niños miren bien una parte del paisaje, y que luego
cierren los ojos y evoquen la imagen; si algo de ella está borrosa, que miren de nuevo.
Cuando logren una imagen perfecta ante sus ojos, que expresen lo que ven de esta
manera: «Veo un estanque; es poco profundo en este lado, pero más profundo en el otro;
los árboles llegan al borde del agua en ese lado, y puedo ver las hojas y las ramas verdes
tan claramente en el agua que pensaría que hay un bosque debajo. Casi tocando los
árboles en el agua hay un poco de cielo azul con una suave nube blanca; y cuando miras
hacia arriba ves la misma pequeña nube, pero con mucho cielo en lugar de solo un poco,
porque allí no hay árboles. Hay hermosos nenúfares amarillos alrededor del borde más
alejado del estanque, y dos o tres grandes hojas redondas levantadas como velas. Cerca de
donde estoy parado, tres vacas han venido a beber, y una se ha metido al fondo del agua,
casi hasta el cuello», etc.

Esfuerzo de la atención. Este ejercicio también es deleitable para los niños, pero, dado que
exige algo de esfuerzo de la atención, es cansador y solo debiera emplearse de vez en
cuando. Sin embargo, vale la pena instruir a los niños en el hábito de memorizar un poco
de paisaje de esta forma, porque es el esfuerzo de recordar y reproducir lo que cansa;
mientras que el placentero acto de ver, en totalidad y en detalle, se repetirá
inconscientemente hasta convertirse en un hábito del niño al que se le pide de vez en
cuando que reproduzca lo que ve.

Ver en totalidad y en detalle. Al principio, los niños necesitarán un poco de ayuda en el


arte de ver. La madre puede decir: «¡Mira el reflejo de los árboles! Quizás hay leña debajo
del agua, ¿Te recuerdan algo esas hojas erguidas?» y otros comentarios así, hasta que los
niños hayan notado los aspectos destacados de la escena que se despliega frente a ellos.
Incluso ella misma puede aprenderse dos o tres imágenes, y describirlas con los ojos
cerrados para entretener a los niños; ellos, gracias a que imitan todo, y a su gran empatía,
copiarán y harán variaciones en sus propias descripciones a partir de lo que han
escuchado decir a su madre.

Los niños se deleitarán con este juego de pintar cuadros aún más si la madre lo presenta
describiendo alguna grandiosa galería de imágenes que haya visto—ya sea imágenes
montañosas, páramos, mares tormentosos, campos arados, niños pequeños jugando, una
anciana tejiendo—añadiendo que, aunque ella no pinta sus cuadros en lienzo y no los
enmarca en la pared, lleva consigo galerías de imágenes de esta forma; porque cada vez
que ve algo encantador o interesante, lo mira hasta que tiene la imagen en el ojo de su
mente; y luego se la lleva, y es suya para siempre, y la puede volver a mirar cuando ella
quiera.

Un medio para el solaz y el descanso. Sería difícil sobrevalorar como un medio de solaz y
descanso este hábito de ver y guardar. Hasta quienes estamos más ocupados tenemos
vacaciones cuando nos liberamos del yugo y nos encontramos cara a cara con la
naturaleza, para ser sanados y bendecidos por:

«El bálsamo que respira


El silencio y la calma
De las cosas insensibles y mudas».

[Extracto del poema Three Years She Grew in Sun and Shower poeta inglés William
Wordsworth.]

Este descanso inmediato está disponible para todos según su medida; pero es un error
suponer que todos pueden llevarse una imagen refrescante de lo que les deleita. Solo unos
pocos pueden expresar las escenas visitadas como Wordsworth [en Lines Composed a Few
Miles above Tintern Abbey, On Revisiting the Banks of the Wye during a Tour. July 13, 1798]:

«Aunque ausente por mucho tiempo,


Estas formas de belleza han sido para mí
Como es un paisaje para los ojos de un ciego;
Pero a menudo, en habitaciones solitarias, y en medio del estruendo
De pueblos y ciudades, les debo,
En horas de cansancio, sensaciones dulces,
Sentidas en la sangre y en el corazón;
Que pasan incluso hacia mi más pura mente,
Con una tranquila restauración».

Sin embargo, este no es un elevado regalo poético que el resto de nosotros debiéramos
contentarnos con admirar, sino una recompensa común por el esfuerzo de ver, y que los
padres deberían esforzarse mucho para traspasar a sus hijos.

La madre debiera estar alerta de no estropear la simplicidad, el carácter objetivo del


disfrute del niño, tratando sus pequeñas descripciones como proezas de inteligencia que
se deban repetir al padre o a los visitantes; de hecho, será mejor que haga un voto de
reprimirse, de «no decir nada a nadie» en presencia del niño, aunque el niño demuestre
ser un poeta nato.

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IV. Las flores y los árboles

Los niños debieran conocer los cultivos locales. En el curso de estos ejercicios de
imágenes mentales, se presentarán oportunidades para que los niños se familiaricen con
los objetos y las ocupaciones rurales. Si hay tierras de cultivo a su alcance, deben conocer
sobre las praderas, los pastos y tierras para pastar, el trébol, y los cultivos de nabos y maíz,
en todos sus aspectos, desde el arado de la tierra hasta la obtención de los cultivos.

Las flores de campo y la historia de vida de las plantas. Los niños debieran conocer cada
una de las flores silvestres que crecen donde ellos viven y en sus alrededores; debieran
poder describir la hoja—su forma, tamaño, si crece desde la raíz o desde el tallo; la forma
en que florece—, una cabeza de varias flores [o inflorescencia], una sola flor, o una espiga,
etc. Después de haber conocido a una flor silvestre, para que nunca puedan olvidarla o
confundirla, se debe examinar el lugar donde la encontró, para que sepa en el futuro en
qué tipo de terreno buscar tal y cual flor. «¡Aquí deberíamos encontrar un tomillo salvaje!»
«Oh, éste es un lugar muy apropiado para las margaritas; debemos venir aquí en la
primavera». Si la madre no es una gran botánica, encontrará que un libro de referencia de
alta calidad le será útil, con sus paletas de colores para identificar las flores, nombres
comunes, y agradables hechos y datos divertidos sobre las plantas que los niños
disfrutarán mucho [referencia original es hacia la obra Wild Flowers de Ann Pratt]. Para
coleccionar flores silvestres durante varios meses, presiónelas y colóquelas
cuidadosamente en cuadrados de papel grueso, con el nombre, su hábitat y la fecha de
hallazgo de cada una, lo cual ofrece una tarea bastante entretenida, y, al mismo tiempo,
una capacitación muy útil y mejor aún, que es acostumbrar a los niños a hacer dibujos con
pincel de las flores que les interesan, y de la planta completa, si fuera posible.

El estudio de los árboles. A los niños se les debería familiarizar íntimamente con los
árboles a temprana edad; deberían elegir seis árboles, ya sea roble, olmo, fresno, haya, en
su desnudez invernal, y que se conviertan en sus amigos todo el año. En el invierno,
observarán los ligeros bucles del abedul, los brazos nudosos del roble, el crecimiento
robusto del sicómoro. Se puede esperar para aprender los nombres de los árboles hasta
que lleguen las hojas. Poco a poco, a medida que avanza la primavera, contemple la
rigidez generalizada y la vida que se puede ver en las ramas aún desnudas; la vida se
siente en el hermoso misterio de las yemas de las hojas, un nido de delicadas hojas nuevas
yaciendo en calidez dentro de muchas envolturas impermeables; el roble y olmo, el haya y
el abedul, cada uno tiene su propia forma de desplegar y embalar sus follaje; observe los
capullos púrpura del limón verde y los fresnos con su bonito pie de ciervo, no verde sino
negro,

Seguimiento de las estaciones. Es difícil mantener el ritmo de las maravillas que ocurren
«en la temporada de abundancia». Están las candelillas o amentos colgantes y las
florecillas de color rubí del avellano—ambos, racimos de flores, dos tipos en un solo árbol;
igual que las suaves y robustas ramas del sauce; y la festiva aparición del hermoso follaje
de todos los árboles; el aprendizaje de los patrones de las hojas a medida que surgen, y el
nombre de los árboles a partir de diversas señales. Luego vienen las flores, cada una
encerrada herméticamente en la delicada urna que llamamos brote, tan astutamente
envueltas como las hojas en sus brotes, pero menos cuidadosamente protegidas, porque
estos «dulces viveros» retrasan su llegada en su mayoría hasta que la tierra tenga una
cama caliente para ofrecerle, y el sol le dé una amable bienvenida.

Leigh Hunt sobre las flores. «Supongamos», dice Leigh Hunt, «¡supongamos que las
flores en sí mismas fueran nuevas! Supongamos que acabaran de llegar al mundo, una
dulce recompensa por alguna nueva bondad… Imagine lo que sentiríamos cuando vemos
el primer tallo lateral saliendo del principal, y desplegando una hoja. Cómo miraríamos la
hoja que despliega gradualmente su pequeña mano elegante; luego otra, y luego otra;
entonces el tallo principal se eleva y produce más; ¡luego uno de ellos da indicaciones de
la sorprendente novedad: ¡un brote! Este misterioso capullo se despliega gradualmente
como la hoja, asombrándonos, encantándonos, casi alarmándonos de deleite, como si no
supiéramos que encanto viene a continuación, hasta que, por fin, en toda su belleza de
hada, y voluptuosidad olorosa, y misteriosa elaboración de escultura tierna y viva, brilla
la flor sonrojada». Las flores, es cierto, no son nuevas; pero los niños lo son; y es culpa de
sus mayores si cada nueva flor que encuentran no es para ellos una Picciola, un misterio
de belleza que se observa día a día con asombro y deleite indescriptibles. [Picciola es el
nombre de una flor, y en la novela homónima de Joseph-Xavier Boniface publicada en
1836, un reo sobrevive la prisión gracias a dicha flor en su celda.]

Mientras tanto, hemos perdido de vista esa media docena de árboles del bosque con los
que los niños han establecido una especie de camaradería durante el año. Ahora ya tienen
el placer de descubrir que los grandes árboles también tienen flores, muy a menudo flores
del mismo tono que sus hojas, y que algunos árboles posponen sus hojas hasta que se
vayan las flores. Poco a poco llega el fruto, y con él, el descubrimiento de que cada
árbol —con excepciones que aún no necesitan aprender—da su propio fruto, «fruto y
semilla según su especie». Todo esto es conocimiento común para las personas mayores,
pero uno de los secretos del educador es no presentar nada como conocimiento obsoleto,
sino ponerse en la posición del niño, y maravillarse y admirarse con él; pues, cada milagro
común que el niño ve con sus propios ojos hace de él otro Newton en un determinado
momento.

Calendarios. Es una tarea de gran importancia que los niños mantengan un calendario
con información sobre dónde vieron y cuándo la primera hoja de roble, el primer
renacuajo, el primer resbalón, la primera candelilla, las primeras moras maduras. El
próximo año sabrán cuándo y dónde buscar sus favoritos y, cada año, estarán en
condiciones de agregar nuevas observaciones. Piense en el entusiasmo y el interés,
el objetivo que tal práctica dará a las caminatas diarias y pequeñas excursiones. No habrá
un día en que el niño no espere que uno de sus tantos amigos de la naturaleza realice algo
por primera vez en este ambiente tan familiar para él.

Diarios de la naturaleza. Tan pronto como pueda mantenerlo, un diario de la naturaleza


es una fuente de deleite para un niño. Cada día que camina le da algo para registrar: tres
ardillas en un alerce, un arrendajo volando sobre un determinado campo, una oruga
trepando por una ortiga, un caracol comiendo una hoja de col, una araña que cae
repentinamente al suelo, dónde ha encontrado una hiedra, y ésta cómo estaba creciendo,
qué plantas estaban creciendo con ella, y cómo la enredadera y la hiedra son trepadoras. A
al niño curioso se le ocurren innumerables asuntos para registrar. Si bien es bastante joven
(cinco o seis años), debería comenzar a ilustrar sus notas libremente con dibujos a pincel;
al principio, debería tener un poco de ayuda para mezclar colores, pero se le debería
enseñar los principios, no darle instrucciones. No se le debería decir que use esto y ahora
aquello, sino que «conseguiremos el morado al mezclar esto y lo otro», y luego se le debe
dejar solo para que obtenga el tinte correcto. En cuanto al dibujo, la instrucción tiene, sin
duda, su tiempo y lugar; pero su diario de naturaleza debería entregarse a la propia
iniciativa infantil. Un niño de seis años producirá un diente de león, una amapola, una
margarita con sus hojas, impulsado por el deseo de representar lo que ve, con
sorprendente vigor y corrección. Un libro de ejercicios con cubiertas rígidas sirve para un
diario de la naturaleza, pero es necesario tener cuidado al elegir un papel que sirva tanto
para escribir como para dibujar con pincel.

«No puedo dejar de pensar». «Pero no puedo dejar de pensar; ¡no puedo hacer que mi
mente se detenga!» ¡Pobre niña! Todos los niños deben agradecer a sus mayores por dar
voz a sus pequeños problemas sin sentido; y nosotros, los adultos, tenemos tan poca
imaginación que enviamos a un niño pequeño con un cerebro demasiado activo a jugar
solo en el jardín para escapar de la neblina de las lecciones. ¡Qué poco sabemos cómo la
gente en el cerebro corre a toda prisa!

«El (cerebro) humano es como una piedra de molino, gira que gira;
Si nada más tiene por moler, molerse a sí mismo es lo que hará».

Dele al niño un trabajo definido, claro que sí, y dele algo a lo cual dedicarse; pero le ruego,
hágalo trabajar con los objetos y no con los símbolos, es decir, las cosas de la naturaleza
como están en sus propios lugares, praderas y setos, bosques y playas.

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V. «Las creaturas vivientes»

Un campo de estudios que es fuente de interés y deleite. En cuanto a las «criaturas


vivientes», he aquí un campo de interés y deleite ilimitados: los animales domesticados no
demoran en llegar a ser muy queridos por los niños. Es el caso de quienes viven
demasiado lejos del «campo real» como para que las ardillas y los conejos salvajes sean
más que un sueño de posibles delicias. Pero con seguridad hay un estanque al alcance—ya
sea yendo en automóvil o ferrocarril— donde puedan atrapar renacuajos y luego llevarlos
a casa en una botella, alimentarlos y observarlos a través de todos sus cambios en que las
aletas desaparecen, las colas se vuelven cada vez más cortas, hasta que finalmente no hay
cola en absoluto, y una pequeña rana bastante perturbadora te mira a la cara. Levante
cualquier piedra, y encontrará una colonia de hormigas. Siempre se nos ha enseñado a
considerar cómo hacen y ser sabios como ellas; pero ahora, piense en todo lo que Lord
Avebury [experto en la materia] nos ha compartido sobre esa conocida hormiga de doce
años que ya conocemos tan bien. Luego están las abejas. Es posible que algunos de
nosotros hayamos escuchado al difunto Dean Farrar describir esa clase en la que estuvo
presente, sobre «¿Cómo trabaja la trabajadora abejita?»: el maestro brillante, pero no hay
respuesta de parte de los niños, no estaban en absoluto interesados en las trabajadoras
abejitas. Él sospechaba la razón, y al interrogar a la clase, descubrió que nadie de los
presentes había visto una abeja. «¡No haber visto nunca una abeja! Piense por un
momento, lo que eso implica» dijo él, y acto seguido nos conmovió con una elocuente
imagen de la triste vida infantil de la cual se han excluido las abejas, los pájaros y las
flores. ¡Cuántos niños que no viven en los barrios pobres de Londres, y que, sin embargo,
no pueden distinguir una abeja de una avispa, o ni siquiera un abejorro de una abeja!

Se debe alentar a los niños a que miren. Se debe alentar a los niños a mirar, paciente y
silenciosamente, hasta que aprendan algo sobre los hábitos y la historia de las abejas, las
hormigas, las avispas, las arañas, las peludas orugas, las libélulas, y todo lo que
encuentren de mayor tamaño. «¡Los animalitos nunca tienen ningún hábito cuando estoy
mirando!» se queja una niñita por ahí en un libro de cuentos; pero la culpa es de ella
porque los ávidos y despiertos ojos con los que los niños han sido bendecidos fueron
hechos para ver y para observar en detalle lo que hacen las cosas creadas demasiado
pequeñas para que las personas mayores puedan observarlas sin ayuda. Las hormigas
pueden observarse en el hogar de la siguiente manera: obtenga dos piezas de vidrio de un
pie cuadrado, tres piezas de vidrio de once y media pulgadas de largo y una pieza de once
pulgadas de largo, todas de un cuarto de pulgada de ancho. El vidrio debe cortarse
cuidadosamente para que encaje con exactitud. Coloque las cuatro piezas de vidrio sobre
una de las láminas de vidrio y fíjelas en un cuadrado exacto, dejando una abertura de
media pulgada, con goma o cualquier buen fijador. Obtenga de un hormiguero unas doce
hormigas (las hormigas amarillas son las mejores, ya que las rojas tienen una tendencia a
la riña), algunos huevos y una reina. La reina tendrá el doble de tamaño que una hormiga
común, por lo que se puede ver fácilmente. Tome un poco de la tierra del hormiguero.
Coloque la tierra con las hormigas y los huevos sobre la lámina de vidrio y fije la otra
lámina arriba, dejando solo el pequeño agujero en una esquina, hecho por la pieza más
corta, que debe taparse con un poco de algodón. Las hormigas estarán inquietas durante
unas cuarenta y ocho horas, pero luego comenzarán a asentarse y a organizar la tierra.
Retire el tapón de lana una vez a la semana y vuélvalo a poner empapado en dos o tres
gotas de miel. Una vez cada tres semanas, retire el tapón para colocar unas diez gotas de
agua con una jeringa; no es necesario hacer esto en el invierno mientras las hormigas
duermen. Un «nido» así durará años.

Con respecto al horror que algunos niños muestran ante el escarabajo, la araña, y el
gusano, eso se aprende generalmente de los adultos. Los hijos de Charles Kingsley corrían
tras su papá con un «delicioso gusano», un «sapo encantador», un «tierno escarabajo» que
acarreaban con ternura en ambas manos. Existen, no obstante, verdaderos miedos que no
se pueden superar, como el horror por las arañas que tenía el mismo Kingsley; pero los
niños que están acostumbrados a sostener y admirar orugas y escarabajos desde su
infancia no darán paso a esos temores. El niño que pasa una hora observando las formas
de un nuevo «gusano» que ha encontrado, será un hombre que dejará huella. Que todo lo
que descubra al respecto sea ingresado en su diario—que escriba su madre, si aún le
cuesta escribir: dónde lo encontró, qué está haciendo o parece estar haciendo; el color, la
forma, las patas. Algún día se encontrará nuevamente con la criatura y reconocerá la
descripción de un viejo amigo.

La influencia de la opinión pública en el hogar. Algunos niños nacen naturalistas, con


una inclinación heredada, quizás, de un ancestro desconocido; pero cada niño tiene un
interés natural por los seres vivos, lo cual corresponde a los padres alentar, ya que pocos
niños son capaces de mantener su postura frente a la opinión pública; y si ven que las
cosas que les interesan son indiferentes o desagradables para los adultos, su placer en ellas
desaparece, y ese capítulo del libro de la naturaleza se habrá cerrado para ellos. Es
probable que el libro La historia natural de Selborne [obra publicada originalmente en
1789, es un relato de la vida del campo, escrito por un apasionado de los clásicos, la poesía
y los pájaros y es tenido como uno de los mejores libros de historia natural que se hayan
escrito] nunca hubiera existido si no hubiera sido porque el padre del autor solía llevar a
sus hijos a expediciones diarias de búsqueda donde ninguna cosa en movimiento o
crecimiento, ninguna piedrecilla ni roca gigante a millas alrededor de Selborne se
escapaba de sus atentas observaciones. De la misma forma, Audubon, el ornitólogo
estadounidense, es otro ejemplo de lo que provoca este tipo de instrucción a temprana
edad. «Apenas había aprendido a caminar y a articular las primeras palabras siempre tan
entrañables para los padres, cuando me mostraron lo que producía la naturaleza,
disponible en abundancia a mi alrededor… Mi padre generalmente acompañaba mis
pasos, me buscaba pájaros y flores, y me señalaba los elegantes movimientos del ave, la
belleza y la suavidad de su plumaje, cómo manifestaban su contentamiento o su sensación
de peligro, y las siempre perfectas formas y espléndido atuendo de las flores. Hablaba él
de la partida y el regreso de los pájaros con las estaciones, describía sus guaridas y, lo más
maravilloso que todo, el cambio de su plumaje, motivándome así a estudiarlos y elevar mi
mente hacia su gran Creador».

Qué pueden hacer los niños de la ciudad. Los niños de la ciudad pueden disfrutar mucho
mirando a los gorriones—inteligentes pajaritos, y fácilmente amansados a cambio de
puñado de migas de pan—, quienes serán sus nuevos amigos afuera. Pero se puede hacer
mucho con los gorriones. Un amigo escribe así: «¿Has visto al hombre en los jardines de
Tuileries que alimenta y habla con docenas de ellos? Se sientan en su sombrero, en sus
manos y se alimentan de sus dedos. Cuando levanta los brazos, todos revolotean y luego
nuevamente se acomodan sobre él y lo rodean. Lo vi llamar a un gorrión desde la
distancia por su nombre y no darle la migaja a ninguno más hasta que «petit choul», un
gorrión de varios colores, llegó a buscar su porción destinada, pero no pude notar
ninguna característica distintiva; y la multitud de gorriones en el camino, en bancos y
barandillas, formaron una audiencia muy atenta a la brillante conversación en francés que
los mantuvo en constante movimiento, ya que estaban, aquí y allá, invitados a venir a
cambio de un bocado tentador. ¡Toda una representación de San Francisco y los pájaros!»
[en referencia a la obra de Giotto «San Francisco predicando a los pájaros» (1300)].
El niño que no conoce la complexión corpulenta y el pecho manchado del tordo, el
elegante vuelo de la golondrina, el pico amarillo del mirlo, el sonido de la canción que la
alondra vierte desde lo alto, es digno de lástima casi tanto como aquellos niños de
Londres que «nunca habían visto una abeja». Un encantador conocido que es fácil de
reconocer es la peluda oruga. El momento propicio para apoderarse de ella es cuando se la
ve arrastrando los pies por el suelo con mucha prisa en búsqueda de un lugar tranquilo
donde poder recostarse: póngala en una caja y cubra la caja con una red para que pueda
observar sus actividades. La comida no es importante—ella tiene otras cosas en las cuales
pensar. Muy pronto habrá tejido una especie de carpa o hamaca blanca, en la que se
esconde, y a través de la cual se puede mirar la oruga, y hasta ver quizás el momento
mismo en que su piel se divide, convirtiéndola durante meses en una masa en forma de
huevo sin ningún signo de vida. Por fin, el ser vivo dentro se escapa de ese envoltorio, y
ahí está, la hermosa polilla tigre, agitando sus débiles alas contra la red. La mayoría de los
niños de seis años han probado esta experiencia de naturalista, y vale la pena mencionarla
solo porque, en lugar de ser simplemente una diversión inofensiva, es un valioso trozo de
educación, más útil para el niño que la lectura de todo un libro de historia natural, o
mucha geografía y latín. El mal de esto radica en que los niños obtienen su conocimiento
de la historia natural, igual que todo su conocimiento, de segunda mano; están tan
saciados de maravillas que nada los sorprende; y están tan poco acostumbrados a ver por
sí mismos que nada les interesa. La cura para esta afección del hastío es dejarlos tranquilos
un poco y luego comenzar de nuevo en forma distinta. Pobres niños, no es culpa suya si
no son como debían ser, es decir, almitas curiosas y ávidas, todas anhelantes por explorar
tanto de este maravilloso mundo como les sea posible, tal como la ocupación prioritaria de
la vida.

«Ora mejor quien ama más


Todas las cosas grandes y pequeñas;
Porque el Dios amante que nos ama,
Él las hizo y las ama todas».

El conocimiento de la naturaleza es lo más importante para los niños pequeños. Sería


bueno si todas las personas en posición de autoridad, los padres y todos los que actuamos
a nombre de los padres, pudiéramos ponernos de acuerdo en que no hay ningún tipo de
conocimiento que se pueda obtener en estos primeros años tan valioso para los niños
como el que obtienen por sí mismos del mundo en el que viven. Que se pongan en
contacto con la naturaleza una vez, y se formará un hábito que será una fuente de deleite
durante toda la vida. Todos hemos sido destinados a ser naturalistas, cada uno en su
propia medida, y no hay excusa válida para vivir en un mundo tan lleno de prodigios de
la vida animal y vegetal y no interesarse por nada de ello.

El entrenamiento mental del niño naturalista. Consideremos también, cuán inigualable


es el entrenamiento mental que está obteniendo el niño naturalista para cualquier estudio
o vocación que existe bajo el sol: la facultad de la atención, de discriminación, de la
búsqueda paciente, y que al aumentar a medida que él mismo crece, ¡le serán de utilidad
para una infinidad de áreas! Por otro lado, la vida es tan interesante para él, que no tendrá
tiempo para incurrir en las faltas de mal genio que generalmente tienen su origen en
el tedio. Ya no hay razón por la que debiera sentirse irritable, malhumorado u obstinado
con tal pasatiempo constante.

Las actividades en la naturaleza son especialmente valiosas para las niñas. Me refiero a
«él» por la fuerza de la costumbre, como hablando del sexo representativo, pero en verdad
el hecho de que ella debiera estar igual de familiarizada con la naturaleza es un asunto de
infinita mayor importancia para la niñita, puesto que es ella la que está más tentada a caer
en el mal temperamento (en tanto niña como mujer) cuando el tiempo le sobra; ella cuyos
hábitos mentales más ociosos y desordenados requieren el estímulo y el gobierno de una
ocupación absorbente y dedicada; cuya salud más débil requiere el fortalecimiento que
otorga la vida al aire libre llena de emociones saludables. Por lo demás, es para las niñas,
pequeñas y grandes, una verdadera cortesía sacarlas del ensimismamiento y de los
consabidos mezquinos intereses y rivalidades personales con las que con demasiada
frecuencia se ven rodeadas; y finalmente, ¿con quién sino con las niñas descansa el
modelamiento de las generaciones que están aún por nacer?

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VI. El conocimiento de la naturaleza y las obras de


naturalistas

Reverencia por la vida. ¿Es aconsejable, entonces, enseñar a los niños los elementos de las
ciencias naturales, de la biología, la botánica y la zoología? En general, no: la disección
incluso de una flor es dolorosa para un niño sensible y, durante los primeros seis u ocho
años de vida, no se les debería enseñar ninguna botánica que requiera arrancar las flores y
romperlas en pedazos; mucho menos permitirles dañar o destruir cualquier forma
(indefensa) de vida animal. La reverencia por la vida, en tanto maravilloso y terrible
regalo, que un niño despiadado puede destruir, pero nunca restaurar, es una lección de
primera importancia para el niño:

«Que el conocimiento vaya siempre en aumento;


Y que mayor reverencia habite en nosotros».

El niño que ve a su madre llevar reverentemente una gota de nieve a sus labios, aprende
una lección de mayor valía que la que le enseña «la letra impresa». Años después, cuando
los niños tengan la edad suficiente para comprender que la ciencia en sí misma es en cierto
sentido sagrada y exige algunos sacrificios, toda la «información común» que hayan
reunido hasta entonces, y los hábitos de observación que hayan adquirido serán el
fundamento más importante para su educación científica. Mientras tanto,
que consideren los lirios del campo y las aves del aire.

Clasificación aproximada de primera mano. Para realizar mejores descripciones, debieran


poder nombrar y distinguir pétalos, sépalos, etc. y se les debiera animar a que hagan
clasificaciones tan aproximadas como puedan con su poco conocimiento de las formas
animales y vegetales: plantas con hojas en forma de corazón o de cuchara, con hojas
enteras o divididas; hojas con venas entrecruzadas y hojas con venas rectas; flores en
forma de campana y flores en forma de cruz; flores con tres pétalos, con cuatro o con
cinco; árboles que mantienen sus hojas todo el año, y árboles que las pierden en otoño;
criaturas con y sin columna vertebral; criaturas que comen hierba y criaturas que comen
carne, y así sucesivamente. Hacer colecciones de hojas y flores prensadas y montadas, y
ordenarlas de acuerdo con su forma, ofrece mucho placer y, lo que es mejor, una
formación valiosa para notar diferencias y semejanzas. Es posible encontrar los patrones
para este tipo de clasificación de hojas y flores en todos los libros de botánica elemental.

El poder de clasificar, discriminar, distinguir entre cosas que difieren, se encuentra entre
las facultades más altas del intelecto humano, y no se debe dejar escapar ninguna
oportunidad de cultivarlo; pero una clasificación sacada de los libros, que el niño no hace
por sí mismo y que no puede verificar por sí mismo, no cultiva ninguna otra facultad que
la memoria verbal, lo cual se puede conseguir también aprendiendo una o dos frases en
«tamil» u otra lengua desconocida.

Usos de los libros de «naturalistas». En esta etapa, el uso real de los libros de los
naturalistas es dar al niño visiones encantadoras del mundo de las maravillas en las que
vive, revelar el tipo de cosas que pueden ver los ojos curiosos y llenarlo de deseo de hacer
descubrimientos por sí mismo. Hay muchas opciones de obras así, todas de lectura
agradable, muchas de ellas escritas por científicos, y que, sin embargo, requieren poco o
ningún conocimiento científico para disfrutarlas.

Las madres y los maestros deben saber sobre la naturaleza. La madre debería dedicarse a
este tipo de lectura, no solo para que pueda leerles a sus hijos algo sobre los asuntos con
los que se encuentran, sino también para responder sus preguntas y dirigir su
observación. No solo la madre debiera hacer esto, sino cualquier persona que pase una o
dos horas en la compañía de los niños, debería apropiarse de este tipo de información; los
niños le apreciarán enormemente por saber lo que ellos quieren saber, y quizás también
pueda llegar a ser de inspiración para alguna mente joven destinada a hacer grandes cosas
por el mundo.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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VII. El niño adquiere el conocimiento por medio de sus
sentidos

La enseñanza de la naturaleza. Observe a un niño mirando fijamente algo nuevo, y verá


que está tan naturalmente ocupado como un bebé en el pecho; él está, de hecho, comiendo
la comida intelectual que en ese momento requiere la facultad intelectual de su cerebro. En
sus primeros años el niño es todo ojos; él observa, o más bien, percibe, valiéndose de la
vista, el tacto, el gusto, el olfato y la audición, para aprender todo lo que pueda sobre
todas las cosas nuevas con las que se llega a encontrar. Todo el mundo sabe cómo un bebé
hace para llevarse los pequeños y suaves deditos a la boca, y cómo golpea la cuchara o la
muñeca para hacer ruido, que le entregaron adultos desdeñosos para que «se quedara
tranquilo». Ahí está el niño en sus clases, aprendiendo todo a un ritmo increíblemente
rápido según el fisiólogo, quien considera lo mucho que implica, por ejemplo, el acto de
«ver»: para un bebé, tal como para un adulto que acaba de recobrar la vista, al principio
no hay diferencia entre un objeto plano y un cuerpo redondo, es decir, que las ideas de
forma y solidez no se obtienen a través de la vista, sino que se obtienen a partir de la
experiencia.

Luego, piense en ese pequeño puño que se alza al aire con movimientos algo temblantes
para lograr coger algo, y verá también cómo aprende el paradero de las cosas, aún sin
tener idea de la dirección. ¿Y por qué llora por la luna? ¿Por qué anhela de la misma forma
un caballo o un insecto para jugar? Porque lejos y cerca, grande y pequeño son ideas que
aún no llega a comprender. El niño tiene mucho que hacer antes de estar en condiciones
de «creer en sus propios ojos»; pero la naturaleza enseña tan gentilmente, tan
gradualmente, tan persistentemente, que nunca lo deja exhausto, sino que, al contrario, él
no deja nunca de acumular pequeñas reservas de conocimiento sobre lo que llega a
conocer.

Y este es el proceso que el niño debe continuar durante los primeros años de su vida; éste
es el tiempo que debe usarse en familiarizar al niño con todo lo que le rodea. Poco a poco
tendrá que concebir cosas que nunca ha visto: y ¿cómo puede hacer tal cosa, excepto en
comparación con las cosas que ya ha visto y que conoce? Poco a poco se le pedirá que
reflexione, comprenda y razone; ¿con qué material contará para ello, a menos que cuente
con una reserva de hechos a partir de los cuales empezar? El niño al que se le ha hecho
observar cuán alto está el sol en el cielo al mediodía en un día de verano, y qué tan bajo
está al mediodía a mediados de invierno, puede concebir el gran calor de los trópicos bajo
un sol vertical, y de entender que el clima de un lugar depende en gran medida de la altura
media que alcanza el sol sobre el horizonte.

Demasiada presión. Últimamente se ha dicho mucho sobre el peligro de la presión en


demasía, de exigir demasiado trabajo mental a un niño en sus años tiernos. El peligro
existe; pero radica, no en darle demasiado al niño, sino en darle lo que no debería hacer, es
decir, el tipo de trabajo que no puede realizar porque su desarrollo mental no se lo
permite. ¿Quién espera que un niño en sus primeros años levante 100 kilos? Pero dele al
niño el trabajo que por naturaleza es para él, y la cantidad que puede superar con
facilidad es prácticamente ilimitada. ¿Quién ha visto a un niño cansado de ver, de
examinar a su manera las cosas desconocidas? Este es el tipo de alimento mental para él
por el cual tiene un apetito ilimitado, ya que ese es el alimento de la mente que, en el
momento presente, lo hará crecer.

Lecciones objetivas. Ahora bien, ¿hasta qué punto se satisface este deseo por el sustento
natural? En las escuelas para menores de 5 años y hasta el Kindergarten, se satisface a
través de la clase dada en torno a objetos, lo cual es bueno si no hay nada más, pero a
veces es como ese único grano al día con el cual ese francés alimentaba a su caballo en la
historia que conocemos. El niño en casa tiene más cosas para observar, aunque menos
método. Sin embargo, ni en casa ni en la escuela se hace un gran esfuerzo para presentarle
al niño el abundante «banquete de los ojos» que él requiere y necesita.

Un niño aprende de las «cosas». Las personas mayores, debido en parte a nuestro
intelecto más maduro, y en parte a nuestra educación defectuosa, obtenemos la mayoría
de nuestro conocimiento a través de las palabras, y queremos que el niño aprenda de la
misma manera, pero encontramos que no entiende y que se le hace difícil. ¿Por qué?
Porque son solo unas pocas palabras que usa comúnmente con las cuales asocia un
significado definido; todo lo demás no son para él más que los vocablos de una lengua
extranjera. Pero colóquelo cara a cara con una cosa, y él es veinte veces más rápido que
usted en saberlo todo; el conocimiento de las cosas llega volando a la mente de un niño tal
como las limaduras de acero vuelan hacia un imán. Al mismo tiempo que adquiere su
conocimiento de las cosas, su vocabulario aumenta, ya que es una ley de la mente el que
luchemos por expresar lo que sabemos. Este hecho explica muchas de las preguntas
aparentemente sin sentido de los niños; ellos están en la búsqueda, no de conocimiento,
sino de palabras para expresar el conocimiento que tienen. Ahora bien, considere qué
desperdicio de energía intelectual es encerrar dentro de las cuatro paredes de una casa, o
en las tristes calles de una ciudad a un niño bendecido con esta capacidad desmesurada
de ver y conocer; tampoco es mejor dejarlo vagar libre en el campo donde hay mucho que
ver, puesto que es casi igual de dañino dejar que esa gran facultad del niño se disipe en
observaciones arbitrarias por falta de método y dirección.

El sentido de la belleza proviene del contacto temprano con la naturaleza. Los niños
pueden aprender una ilimitada cantidad de cosas que nunca olvidarán incluso antes de
comenzar la escuela. El niño que espontáneamente puede decir dónde encontrar la media
docena de abedules más elegantes, o los tres o cuatro mejores fresnos en el vecindario de
su casa, tiene mayores posibilidades en la vida en comparación con aquel niño que no
diferencia un olmo de un roble. No se trata solo de posibilidades de éxito, sino también
posibilidades de una vida más amplia y feliz, porque es interesante cómo ciertos
sentimientos están vinculados con la mera observación de la naturaleza y los objetos
naturales. «El sentido estético, de lo bello, de lo sublime, de lo armonioso parece que se
conecta en su forma más elemental directamente con las percepciones que surgen del
contacto de la mente con la naturaleza externa», indica el Dr. Carpenter al mismo tiempo
que cita al Dr. Morell, quien declara bien efectivamente que «todas las personas que han
demostrado una apreciación acentuada de las formas y de la belleza, dicen que sus
primeras impresiones datan de un período muy anterior al tiempo de las ideas definidas o
de la instrucción verbal».

La mayoría de los hombres adultos pierden el hábito de observación. Por lo tanto,


somos algo deudores del señor Evans por llevar con él a su pequeña hija Mary Anne en
sus largos viajes de negocios por los agradables caminos de Warwickshire; en las rodillas
de su padre, la niña veía mucho y decía poco; y el resultado fueron las escenas de la vida
rural descritas en Adam Bede y en The Mill on the Floss [obras de la escritora realista inglesa
George Eliot, seudónimo de Mary Ann Evans]. Wordsworth, por su parte, fue criado en
las montañas, y llegó a ser un profeta de la naturaleza; mientras que Tennyson dibujaba
imágenes interminables de los condados orientales donde creció. Dickens, por su parte,
hace que su héroe hable de una sólida filosofía y de una afable lógica cuando escribe que
el pequeño David Copperfield era «un niño muy observador», quien en sus propias
palabras decía: «creo que el recuerdo de la mayoría de nosotros puede remontarse mucho
más lejos de lo que muchos suponemos; así como creo que el poder de la observación en
muchos niños pequeños es muy maravilloso por su fidelidad y su precisión. De hecho,
creo que se puede decir que no es que la mayoría de los hombres adultos que se destacan
a este respecto hayan adquirido esta facultad de observación, sino que en realidad nunca
la han perdido; esto dado que observo generalmente que tales hombres conservan una
cierta frescura, gentileza y capacidad de satisfacción, que también son una herencia
conservada de su infancia».

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VIII. Se debe familiarizar al niño con los objetos naturales

A un niño observador se le debe llevar hacia las cosas que vale la pena observar. Pero,
¿de qué sirve ser «un niño muy observador», si no lo colocamos frente a cosas que vale la
pena observar? Aquí radica la diferencia entre las calles de una ciudad y las vistas y
sonidos del campo, ya que hay mucho que ver en una ciudad, y los niños acostumbrados
a las calles se vuelven lo suficientemente alertas e inteligentes, pero los fragmentos de
información que recogen en una ciudad son fragmentos aislados; no se relacionan con
nada más, ni llegan a algún lado; es posible que la información sea conveniente, pero
nadie aumenta en sabiduría por saber de qué lado de la calle está Smith’s y qué desvío hay
que tomar para ir a la tienda de Thompson.

Todo objeto natural es miembro de una serie de objetos. Ahora tome un objeto natural,
cualquiera sea, y estará estudiando un elemento de un grupo, un objeto en una serie de
varios; por tanto, el conocimiento que se obtenga sobre él se aplica también a la ciencia que
incluye a todos los de su tipo. Rompa una rama más vieja en la primavera y notará un
anillo que rodea el centro de un meollo, he ahí a simple vista una característica distintiva
de una gran división del mundo vegetal. Recoja una piedra, y note sus bordes
perfectamente lisos y redondeados, la razón es que la desgastó el agua, y la desgastó el
tiempo. Este pequeño guijarro nos enfrenta cara a cara con el hecho de la desintegración, la
fuerza a la que debemos, más que a ninguna otra, aquellos aspectos del mundo que
llamamos pintorescos, ya sea la cañada, el barranco, el valle, la colina. No es necesario que
se le diga al niño nada sobre la desintegración o sobre las dicotiledóneas, sino que solo
hay que dejarlo que observe la madera y el meollo en la ramita del avellano, la agradable
redondez de la piedrecilla; pronto aprenderá los fundamentos de los hechos con los que
ya está familiarizado—lo cual es muy distinto de aprender la causa de hechos que nunca
ni siquiera ha percibido en su vida.

El poder pasará, cada vez más, a las manos de hombres científicos. Vale la pena que la
madre se esfuerce todos los días día para asegurarse, en primer lugar, de que sus hijos
pasen horas al día entre objetos rurales y naturales; y, en segundo lugar, de infundir en
ellos, o más bien, causar que atesoren, el amor por la investigación. «En forma deliberada
lo digo», dice Kingsley, «como estudiante de la sociedad y de la historia, que el poder
pasará cada vez más a manos de hombres científicos que gobernarán y se pondrán en
acción—con cautela, esperamos, y con modestia y caritativamente—ya que al aprender el
verdadero conocimiento habrán aprendido también sobre su propia ignorancia, y la
inmensidad, la complejidad, el misterio de la naturaleza. No obstante, también podrán
gobernar, podrán ponerse en acción, porque se han tomado la molestia de aprender los
hechos y las leyes de la naturaleza».

La intimidad con la naturaleza contribuye al bienestar personal. Pero facultarlos para


que naden con la corriente es el menor de los beneficios que esta instrucción temprana
confiere a los niños; es más, el amor por la naturaleza, implantado tan temprano que les
parecerá a ellos que nacieron con él, enriquecerá sus vidas con intereses puros, y será la
fuente de actividades, salud y buen humor. Dice el mismo escritor, «He visto al joven de
fieras pasiones y audacia incontrolable usar sanamente esa energía que lo amenazaba con
hundirlo en la imprudencia o el mismo pecado, cazando y coleccionando, a través de
rocas y pantanos, nieve y tempestad, todas las aves y los huevos del bosque cercano… He
visto a la bella joven de Londres, entre toda la agitación y la tentación del lujo y la
adulación, poseedora de un corazón puro y una mente ocupada en un gabinete lleno de
conchas y fósiles, flores y algas, manteniéndose libre de mancha del mundo, considerando
los lirios del campo, cómo crecen».

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IX. La geografía al aire libre


Grandes enseñanzas a partir de las pequeñas cosas. Después de extendernos
sobremanera sobre el tema anterior con el propósito de que las madres comprendan la
suprema importancia de despertar en sus hijos un amor por la naturaleza y los objetos
naturales—manantial profundo del cual emanan aguas puras que llegan a los lugares más
secos de los últimos años de la vida—debemos regresar a la madre, a quien hemos dejado
afuera todo este tiempo, esperando para saber qué hará a continuación. No vamos a
ignorar a nuestra tierra encantadora en la educación al aire libre de los niños, como fue el
siguiente caso: «¿Cómo tienes tiempo para hacer tanto?» «Oh, dejo de lado temas sin valor
educativo; no enseño geografía, por ejemplo», dijo un avanzado joven teórico que poseía
todo tipo de diplomas.

La geografía pictórica. Pero la madre, que sabe más, encontrará cientos de oportunidades
para enseñar geografía: un estanque de patos equivale a un lago o un mar interior;
cualquier arroyo servirá para ilustrar los grandes ríos del mundo; un montículo se
convierte en una montaña o un sistema alpino; un grupo de avellanos da una idea de los
grandes bosques del Amazonas; un pantano cubierto de juncos, los arrozales de China;
una pradera, las praderas sin fin del Oeste; las lindas flores púrpura de la malva común se
convierten en un lenguaje en el cual se describen los campos de algodón de los estados del
sur: de hecho, todo el campo de la geografía pictórica—los mapas pueden esperar—puede
estudiarse de esta manera.

La posición del sol. Y no solo esto: a los niños se les debe enseñar a observar la posición
del sol en el cielo desde una hora a la otra y, gracias a su posición, decir la hora del día.
Por supuesto, querrán saber por qué el sol nunca deja de viajar, y así se cuenta una
historia maravillosa, que es bueno que aprendan en el «tiempo de fe», de los tamaños
relativos del sol y la tierra, y de la naturaleza y los movimientos de la última.

Nubes, lluvia, nieve y granizo. «Las nubes y la lluvia, la nieve y el granizo, el viento y el
vapor que ejecuta su palabra» son todos misterios cotidianos que la madre deberá explicar
con precisión, aunque sea de manera simple. Hay ciertas ideas que los niños debieran
obtener dentro de un radio a pie de su propia casa para contar con una comprensión real
de los mapas y de los términos geográficos.

Por ejemplo, la distancia es uno de dichos términos; y la primera idea que debe abordarse
sobre ella será por medio de algo que los niños consideran un deleitable procedimiento y
que consiste en que un niño camine a su ritmo habitual; que alguien mida y le diga la
longitud de su paso, y que él mida los pasos de sus hermanos y hermanas. Así con una
determinada caminata, una determinada distancia, por aquí y por allá, se miden
solemnemente los pasos, y una pequeña suma sigue—tantas pulgadas o tantos
centímetros abarcados con cada paso es igual a tantos metros en total. Varias distancias
cortas por la casa del niño se miden de esta manera; y cuando la idea de abarcar una
distancia está completamente establecida, se introduce la idea del tiempo como una
herramienta de medición. Se anota el tiempo necesario que se demoró en caminar cien
yardas. Después de descubrir que se necesitan dos minutos para caminar cien yardas, los
niños podrán dar el siguiente paso: que, si han caminado durante treinta minutos, la
caminata debería medir mil quinientas yardas; que en treinta y cinco minutos deberían
haber caminado una milla, o mil setecientos cincuenta yardas, y luego podrían agregar las
diez yardas más para completar una milla. Cuanto más largas sean las piernas, más largo
será el paso, y la mayoría de los adultos pueden caminar una milla en veinte minutos.

La dirección. Cuando se hayan familiarizado un poco con la idea de la distancia, se


debería presentar la de dirección. El primer paso consiste en que los niños se conviertan en
observadores del progreso del sol, ya que el niño que observa el sol durante un año y
anota por sí mismo (o que dicta) el tiempo y el punto en que éste sale y se pone durante la
mayor parte del año, contará con el fundamento de mucho conocimiento concreto. Dicha
observación debería incluir el reflejo de la luz del sol, la luz del atardecer reflejada por las
ventanas al lado este, la luz de la mañana por las ventanas del lado oeste; la variada
longitud e intensidad de las sombras y la causa de éstas, lo cual se aprende situando una
figura situada entre una cortina y una vela y observando la sombra proyectada. El niño
también debiera asociar las horas calurosas del día con el sol en lo alto, y las horas frescas
de la mañana y la tarde con el sol bajo; y se le debiera recordar que, si se pone justo frente
al fuego, siente más calor que si se pusiera en un rincón de la habitación. Cuando se le ha
preparado con una pequeña observación del curso del sol, estará listo para adquirir la idea
de la dirección, la cual depende completamente del sol.

Este y oeste. Por supuesto, las dos primeras ideas son que el sol sale por el este y se pone
por el oeste; a partir de tal hecho, podrá determinar la dirección en la que se encuentran
los lugares cercanos a su hogar o las calles de su propio pueblo. Dígale que se ponga de
pie de manera que su lado derecho esté hacia el este, donde sale el sol, y su izquierda
hacia el oeste, donde se pone el sol: estará mirando hacia el norte y dará la espalda al sur.
Todas las casas, calles y pueblos a su derecha están al este de él, los de la izquierda están al
oeste. Los lugares a los que se debe caminar hacia adelante para llegar están al norte de él,
y los lugares detrás de él están al sur. Si se encuentra en un lugar nuevo para él donde
nunca ha visto salir o ponerse el sol y quiere saber en qué dirección corre un determinado
camino, debe notar en qué dirección cae su propia sombra a las doce en punto, porque al
mediodía la sombra de todos los objetos cae hacia el norte. Entonces, si está mirando al
norte, tiene, igual que antes, el sur a su espalda, el este a su mano derecha, el oeste a su
izquierda; o si está mirando al sol al mediodía, entonces está en dirección al sur.

Práctica para discernir la dirección. En este punto el niño aprenderá algo interesante
sobre los nombres de nuestros grandes ferrocarriles [en Inglaterra los nombres de las
líneas de ferrocarril son los puntos cardinales y sus variaciones]. Con un poco de práctica,
el niño puede estar listo para identificar las direcciones de los lugares; que observe cómo
cada una de las ventanas de su salón de clase están ubicadas, o las ventanas de cada una
de las habitaciones de su hogar; las hileras de casas que pasa en sus paseos, y cuáles son
los lados norte, sur, este y oeste de las iglesias que conoce. Pronto estará preparado para
notar la dirección del viento al considerar el humo de las chimeneas, el movimiento de las
ramas, del maíz, de la hierba, etc. Si sopla viento norte, tendremos nieve. Si sopla un
viento del oeste, esperamos lluvia. Se debe poner atención en esta etapa de dejarle claro al
niño que el viento lleva el nombre de la dirección de donde proviene, y no desde el punto
hacia el cual sopla—tal como su nacionalidad es determinada por el país en que nació, y
no por el país al que va de visita. Las ideas de la distancia y la dirección ahora se pueden
combinar. Por ejemplo, tal edificio está a doscientos metros al este del pórtico, tal pueblo
está a dos millas hacia el oeste. Pronto el niño se encontrará con la dificultad de que un
lugar no está exactamente al este o el oeste, o al norte o al sur. Está bien dejarlo que dé, de
una forma inexacta, la dirección de los lugares como: «más al este que al oeste», «muy
cerca del este, pero no del todo», «justo en la mitad entre el este y el oeste». De esta forma,
el niño valorará aún más los medios exactos de expresión por haber sentido la necesidad
de ellos.

Más tarde, se le debería presentar las maravillas de la brújula del marinero, debiera tener
su propia pequeña brújula de bolsillo, y observar los cuatro puntos cardinales y todos los
demás puntos. Estos recursos le proporcionarán los nombres de las direcciones que le ha
resultado difícil describir.

Ejercicios de manejo de la brújula. Al contar con una brújula, el niño debería hacer
ciertos ejercicios de esta manera: dígale que sostenga el N de la brújula hacia el norte diga
algo así: «Ahora, con la brújula en la mano, gira hacia el este, y verás algo notable; la
pequeña aguja se mueve también, pero por sí sola en la dirección contraria. Gira hacia el
oeste, y nuevamente la aguja se mueve en la dirección opuesta a la que te mueves. Tú
giras solo un poco, y la pequeña aguja sigue tu movimiento. Y la miras, preguntándote
cómo la pequeña cosa podría percibir que te habías movido, cuando apenas lo notaste tú
mismo. Camina derecho en cualquier dirección, y la aguja permanece un poco estable;
solo un poco estable, porque estás seguro de que, sin querer, te moviste un poco hacia la
derecha o hacia la izquierda. Gira muy lentamente, un poco a la vez, comenzando en el
norte y girando hacia el este, y harás que la aguja también se mueva en círculo, esta vez en
la dirección opuesta a la tuya, ya que está tratando de regresar al norte desde el cual tú
estás girando».

Los límites. Una vez que los niños posean la idea de la dirección, será bien fácil introducir
la idea de los límites, como: tal y tal campo de nabos está delimitado por la carretera en el
sur, por una cosecha de trigo en el sureste, un seto en el noreste, y así sucesivamente. De
esta manera, los niños obtienen gradualmente la idea de que los límites de un espacio
dado equivalen simplemente a aquello que lo toca en cada lado; es por esto que un cultivo
puede tocar a otro sin ninguna línea divisoria, por tanto, un cultivo limita al otro. Es
bueno que los niños obtengan nociones claras sobre este tema o, más adelante, estarán
confundidos cuando se enteren de que tal condado está «delimitado» por tal y tal. En
relación con los espacios delimitados, ya sean aldeas, pueblos, estanques, campos, o lo que
sea, a los niños se les debiera dirigir para que noten los diversos cultivos que se
encuentran en el distrito, el porqué de los pastos y el porqué de los campos de maíz, qué
tipos de rocas se encuentran allí, y cuántos tipos de árboles crecen en el vecindario. De
cada campo u otro espacio que se examine, que dibujen un plano sencillo en la arena,
comunicando su forma general, y escribiendo las direcciones N, S, E, O, etc.

Planos. Cuando hayan aprendido a dibujar planos al interior, ocasionalmente recorrerán


la longitud de un campo y dibujarán su plano a escala, usando una pulgada como
equivalencia de cinco o diez yardas. Después se puede continuar con planos del jardín, de
los establos, de la casa, etc.
La geografía local. Es probable que el vecindario le dé al niño la oportunidad de aprender
el significado de colina y valle, estanque y arroyo, cuenca, corriente, lecho, bancos,
afluentes de un arroyo, las posiciones relativas de pueblos y ciudades; y que toda esta
geografía local él pueda dibujar aproximadamente en un plano hecho con tiza sobre una
roca, o con el palo con el que camina dibujando en la grava, percibiendo las distancias y
situaciones relativas de los lugares que identifica.

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X. El niño y la madre naturaleza

La madre debe abstenerse de hablar demasiado. ¿Un plan tan ambicioso suena
abrumador para la madre? ¿Quizás se imagina a sí misma teniendo que hablar durante
todas esas cinco o seis horas, y a pesar de ello, no abarcar ni un décimo de lo que debiera
enseñar? Pero lo opuesto es la realidad porque cuanto menos diga ella, mejor; y en cuanto
a la cantidad de trabajo educativo que se debiera realizar, he aquí se presenta de nuevo la
fábula del péndulo de la angustia [quizás se refiera a la obra El pozo y el péndulo de
Edgar Allan Poe que trata de la terrorífica experiencia de la tortura que llena de angustia y
horrores al que la sufre] ya que es cierto que hay innumerables cosas que hacer, pero
siempre habrá un segundo de tiempo para hacer algo, y solo una cosa que hacer en un
determinado segundo.

Un nuevo conocido. Los pequeños rápidamente habrán jugado, ya sea a «explorar el


entorno» o a «pintar cuadros» en un cuarto de hora o algo así; ahora para el estudio de los
objetos naturales, un ocasional «¡Mira!» de la madre, su examinación atenta del objeto y el
nombre que ella dé, un comentario (de no más de 12 palabras largas) que exprese en el
momento adecuado, será para los niños el comienzo de una nueva amistad que ellos
profundizarán por sí mismos; y que no más de una o dos de estas presentaciones ocurran
en un solo día.

¡Qué atisbo del tiempo libre que le queda a la madre! La verdadera dificultad de la madre,
por el contrario, será evitar hablar mucho con los niños, y evitar que se entretengan con
ella. Pocas cosas son más dulces y más preciadas para los niños que juguetear con su
madre; pero una cosa es mejor y esa es la comunión con la madre más vasta, para lo cual
se debe dejar a los niños solos con ella. Es verdaderamente un deleite observar cuando la
madre está leyendo su libro o tejiendo, alerta a cualquier intento por que hable; se ve al
niño mirar arriba hacia un árbol, o abajo a una flor, sin hacer nada, sin pensar en nada; o
cual pájaro recorrer las ramas de un árbol, o quedarse inmóvil en un éxtasis sin rumbo—
haciendo cosas bastante sin sentido o irracionales, pero, todo el tiempo, algo está
ocurriendo: la naturaleza está haciendo la parte de ella, con el voto expresado por
Wordsworth:

«Esta niña para mí la tomaré:


Ella será mía, yo la haré
Una dama de mi propiedad».

Dos cosas que la madre puede hacer. Una cosa la madre se permitirá hacer como
intérprete entre la naturaleza y el niño, pero no más que una vez a la semana o una vez al
mes, y a través de una mirada y un gesto de deleite en lugar de un flujo de palabras
instructivas, al señalar al niño algún toque de belleza especial en un color o en una
determinada presentación del paisaje o del cielo. La otra cosa que ella puede hacer, pero
muy raramente, y con una tierna reverencia filial (lo más probable es que diga sus
oraciones y hable de ellas en voz alta, porque tocar este terreno con
palabras duras equivale a herir el alma del niño), es decir, ella señalará una encantadora
flor o un agraciado árbol, no solo como una hermosa obra, sino como un
hermoso pensamiento de Dios, en el cual podemos creer que Él encuentra un continuo
placer, y que al ver que sus hijos se regocijan por él, eso le complace a Él. Tal semilla del
apego al pensamiento divino que se siembra en el corazón del niño vale muchos de los
sermones que el hombre escuchará después de ese momento, y gran parte de «divinidad»
sobre la cual llegue a leer.

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XI. Juegos al aire libre, etc.

Las horas de mayor alerta mental pasan rapidísimo; y todavía queda por lo menos una
clase en el programa, por no hablar de una o dos horas para jugar en la tarde. No dan
ganas de pensar en una clase después de hablar de muchas cosas que son más interesantes
y, verdaderamente, más importantes; pero tiene que ser solo una breve clase, de diez
minutos de duración, y tanto el ligero momento de descanso como el esfuerzo de la
atención darán un nuevo sabor al tiempo de ocio y relajo que vienen después.

La clase de idioma extranjero. La clase diaria de idioma extranjero es la clase que no


debiera omitirse. Más adelante abordaremos aspectos como que los niños aprendan el
idioma extranjero oralmente, escuchando y repitiendo palabras y frases en el idioma
extranjero; que comiencen tan jóvenes que no experimenten un acento diferente, sino que
repitan la nueva palabra en el idioma extranjero tal como hacen con su idioma materno y
que la usen con la misma libertad; que aprendan unas cuantas —dos o tres, cinco o seis—
palabras nuevas en el idioma extranjero diariamente, y que, al mismo tiempo, las palabras
ya conocidas se mantengan, entre otros temas. Por ahora, es muy importante mantener la
lengua y el oído familiarizados con los vocablos en el idioma extranjero, y que no se omita
ninguna clase. Esta clase del idioma extranjero puede adaptarse, sin embargo, a las demás
ocupaciones al aire libre; o sea, la media docena de palabras pueden ser las partes de un
árbol—las hojas, las ramas, la corteza, el tronco de un árbol, o los colores de las flores, o
los movimientos de los pájaros, las nubes, los corderos, los niños. De hecho, las nuevas
palabras en el idioma extranjero deberían ser simplemente otra forma de expresión para
las ideas que llenan la mente del niño en un momento dado. [Esta sección se titula
originalmente «La clase de francés» dado que en el tiempo de la Inglaterra victoriana el
francés era el idioma extranjero por excelencia que se aprendía en las escuelas.]

Los juegos ruidosos. Los juegos de la tarde, después de un almuerzo liviano, son una
parte importante de las actividades del día para los niños mayores, aunque es probable
que los más pequeños ya se hayan agotado a estas alturas del día con la incesante
agitación que usa la Naturaleza para propiciar el debido desarrollo de su tejido muscular;
déjelos dormir al aire y que despierten refrescados. Mientras tanto, los más grandes
juegan; cuanto más corren, gritan y mueven los brazos, más saludable es el juego; y esta es
una de las razones por las cuales las madres deberían llevar a sus hijos a lugares solitarios,
donde puedan usar sus pulmones todo cuanto quieran sin correr el riesgo de molestar a
alguien. No se da suficiente consideración a la estructura muscular de los órganos de la
voz; pero a los niños les encanta gritar y dar alaridos; y este juego «rudo» y «ruidoso» que
sus mayores no quieren aceptar mucho, no es más que la forma en que la Naturaleza
provee para el debido ejercicio de los órganos, de cuya capacidad de funcionamiento
dependen en gran medida la salud y la felicidad futuras del niño. La gente habla de
«pulmones débiles», «pecho débil», «garganta débil» pero quizás nadie piensa que los
pulmones fuertes y la garganta fuerte se suelen conseguir en las mismas condiciones que
se consigue un brazo o una muñeca fuertes, es decir, gracias al ejercicio, el
entrenamiento, el uso, y el trabajo. Aun así, si los niños pudieran «vociferar»
musicalmente, y con más ritmo al escuchar sus propias voces, tanto mejor. A este respecto,
los niños franceses están en mejor posición que los ingleses ya que bailan y cantan cientos
de rondas de juegos, juegos que, sin duda, imitan los casamientos y entierros que los niños
de antaño jugaban en el mercado de Jerusalén.

«Las rondas». Antes de que las innovaciones puritanas nos convirtieran en una gente seria
y circunspecta, los muchachos y las muchachas inglesas de todas las edades bailaban
pequeños dramas en la plaza del pueblo, acompañándose con las palabras y aires de
rondas como los niños franceses cantan hoy. Todavía quedan algunos de ellos que se
pueden escuchar, tanto en las reuniones especiales de la escuela dominical como de otros
clubes de niños, y que vale la pena preservar, como: «There came three dukes a-riding, a-
riding, a-riding (https://youtu.be/TYrRaktgRAk)», «Oranges and lemons, say the bells of St.
Clement’s (https://youtu.be/9Y1dttyp8LI)», «Here we come gathering nuts in May
(https://youtu.be/JwM1QRCtUNM)», «What has my poor prisoner done
(https://youtu.be/BAOjRjbQJUs)?» [no hemos traducido estas rondas para que el lector
pueda conocer los ritmos de las canciones mencionadas; la última es un párrafo de London
Bridge] y muchas canciones más, todas creadas con atractivos ritmos que los pequeños
pies siguen alegremente, lo cual es acentuado por la agradable estimulación del sonido de
las palabras, ¿quién no podría cantar la melodía de tales ideas?

Los promotores del sistema del jardín de infantes han hecho mucho para introducir juegos
de este tipo, o más bien de un tipo que es más educativo; pero ¿acaso no es un hecho que
los juegos musicales del jardín de infantes podrían calificarse como algo zonzos?
Igualmente, es dudoso cuánto cautivarán a los niños los lindísimos juegos que aprenden
en la escuela y de parte de un maestro, en comparación con los juegos que se han
transmitido de una generación a otra a través de una cadena infinita de niños, y que no se
encuentran en ningún libro impreso.

Saltar la cuerda y bádminton. El cricket, el tenis y las rondas son los juegos por excelencia si
los niños tienen la edad suficiente para jugarlos, tanto porque promueven el movimiento
libre y armonioso de los músculos, y también porque sirven al más alto propósito moral
de los juegos que es someter a los niños a la disciplina de las reglas; no obstante, la
pequeña familia que tenemos a la vista, todos ellos menores de nueve años, difícilmente
estarán a la altura de juegos de precisión. Las carreras y las persecuciones, «jugar a la
pesca», «seguir al líder», y cualquier otro juego divertido que puedan inventar será más
conveniente para la mente de ellos; pero aún mejor son el aro, la pelota, el bádminton, y la
preciada cuerda de saltar. Para la cuerda, el mejor uso es que cada niño salte con la suya,
tirándola hacia atrás en lugar de hacia adelante, de modo que la tendencia del movimiento
contribuya a expandir el pecho. El bádminton es un buen juego, que ofrece posibilidades
de ambición y emulación. La biografía de la señorita Austen incluye importante
mencionar que ella podía apuntar con éxito más de cien veces en bádminton, ante lo cual
se ganaba la admiración de sus sobrinos y sobrinas; de la misma manera, cualquier
hazaña en el juego debe darse dentro de un evento familiar, para que los niños puedan
llenarse a tal punto de la ambición de sobresalir en un juego que permite jugar graciosa y
vigorosamente a casi todos los músculos de la parte superior del cuerpo, y con esta gran
recomendación, que se pueda jugar tanto dentro como afuera de la casa. Sin embargo, la
mejor jugada es mantener el volante en el aire con una raqueta en cada mano, para que los
músculos de ambos lados se pongan igualmente en juego. Con todo, «dar órdenes» sobre
juegos infantiles es gastar palabras, porque en este caso la moda es tan suprema y
arbitraria como lo es en cuanto a boina o crinolina.

Hacer escalada. Escalar es una diversión que no es muy favorecida por las madres; se
trata de prendas desgarradas, rodillas sangrientas y zapatos con las puntas convertidas en
agujeros, por no hablar de riesgos más serios, da pie a una sólida argumentación contra
este tipo de deleite. Pero, en verdad que este ejercicio es tan admirable—el cuerpo se ve
forzado a infinitas elegantes posturas en que todos los músculos se ven en juego—y el
entrenamiento en despliegue, arranque e ingenio en recursos es tan invaluable que es una
pena que se prohíban los árboles, los acantilados y los obstáculos incluso para niñas
pequeñas. La madre puede lograr mucho para evitar graves accidentes al acostumbrar a
los niños más pequeños a hacer simples hazañas de salto y escalada, para que aprendan al
mismo tiempo de sus propias experiencias la valentía y la precaución, tengan menos
probabilidades de seguir el ejemplo de compañeros de juego demasiado atrevidos. Más
tarde, la madre debe decidir sobre compartir los sentimientos de la gallina que incubó una
cría de patitos, recordando que un grito agudo y repentino «¡Baja al instante! ¡Tommy, te
romperás el cuello!» le dará un shock nervioso al niño, y es probable que cause la caída
que se suponía que iba a prevenir, al asustar a Tommy de tal forma que ocasionó su caída.
Incluso navegar y nadar no están fuera del alcance de los niños criados en la ciudad,
cuando todo el mundo va en el verano al mar o a otros cuerpos de aguas naturales; e
incluso sin tener esa opción, en la mayoría de las ciudades existen las piscinas. Sería
bueno que a la mayoría de los niños de siete años se les enseñara a nadar, no solo por la
posible utilidad de tal saber, sino también como un medio adicional de movimiento y, por
lo tanto, de deleite.

La vestimenta. La ropa no tiene por qué causar gran caos si los niños están vestidos
apropiadamente para sus pequeñas excursiones, como deberían estarlo, en prendas
sencillas de un material de lana tejido suelto, ya sea sarga o franela. La lana tiene muchas
ventajas como material de vestir, en comparación con el algodón, y más aún con el lino;
principalmente, porque es un mal conductor; es decir, no permite que el calor del cuerpo
salga muy libremente, ni que el calor del sol entre muy libremente. Por ello, el niño
vestido en ropas de lana, que ha entrado en calor durante el juego, no recibe frío por la
pérdida repentina de este calor, como pasa con el niño con ropa de lino; y además se siente
más fresco a la luz del sol y más cálido a la sombra.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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XII. Las salidas en mal tiempo

Los paseos de invierno son tan necesarios como los de verano. Todo lo que hemos dicho
hasta ahora se aplica al clima de verano, que es, lamentablemente para nosotros, muy
limitado e incierto en nuestra parte del mundo, pero de mayor importancia es la cuestión
del ejercicio al aire libre en invierno y en clima húmedo, porque si se puede pasar tiempo
afuera en el verano, ¿por qué no hacerlo? Por tanto, si queremos que los niños tengan lo
que es verdaderamente mejor para ellos, debieran pasar dos o tres horas diarias al aire
libre todo el invierno, digamos una hora y media por la mañana, y una hora y media en la
tarde.

Deleites de la escarcha y la nieve. Cuando el suelo está cubierto de escarcha y nieve, los
niños pasan momentos muy alegres jugando ya sea deslizándose por la nieve,
construyendo con ella o tirando bolas de nieve; pero incluso en aquellos frecuentes días
cuando hay barro y el cielo está oscuro, se debiera mantener a los niños interesados ​y
alertas, para que el corazón pueda hacer su trabajo alegremente, y se mantenga un brillo
de agradecimiento en todo el cuerpo a pesar de las nubes y el frío.
Observaciones invernales. Todo lo que ya se ha dicho sobre la «exploración del entorno»
y la «pintura de cuadros», la pequeña conversación en idioma extranjero, y las
observaciones por anotar en el diario familiar, se aplica tanto al clima invernal como al
veraniego; y no falta qué ver y anotar. El grupo llega cerca de un gran árbol que estima
ser, según su constitución, un roble—se anota esto en el diario; y cuando las hojas broten,
los niños volverán a ver si tenían razón. Muchas aves se pueden ver mucho mejor cuando
hace frío cuando salen en busca de alimento. [A continuación, ejemplos de poesía sobre lo
que ocurre en el período invernal]

«El ganado se lamenta en rincones protegidos por la cerca».

«El sol, con rojizo orbe


Asciende, enciende el horizonte».

«Cada hierba y cada hoja curva del pasto


Extiende una longitud sombría sobre el campo».

«Los gorriones se asoman furtivos, y abandonan los aleros protectores.

«El zorzal canta todavía, pero está satisfecho


Con delicados trinos, más de la mitad sofocados;
Satisfecho con su soledad, y la luz que se aleja
De gota en gota, donde quiera que descansa él sacude
De muchas ramas las gotas colgantes de hielo
Que tintinean en las bajas marchitas hojas».

No hay razón para que la caminata invernal del niño no sea tan fructífera en
observaciones como la del poeta; de hecho, de una manera, es posible ver más en invierno,
porque las cosas que se ven no se esconden unas tras otras.

El hábito de la atención. Las caminatas en invierno, tanto en la ciudad como en el campo,


brindan grandes oportunidades para cultivar el hábito de la atención. Por ejemplo, el
famoso mago, Robert Houdini, cuenta en su autobiografía que él y su hijo pasaban
rápidamente frente a la vitrina de una juguetería, mirándola atentamente. Después, cada
uno sacaba papel y lápiz del bolsillo, e intentaba enumerar la mayor cantidad de objetos
que habían visto momentáneamente al pasar. El hijo sorprendió al padre con la rapidez en
que aprehendía los objetos, ya que a menudo podía registrar cuarenta objetos, mientras
que el padre apenas podía llegar a treinta; y cuando regresaban para verificar las
anotaciones, rara vez descubrieron que el hijo había cometido un error. He aquí una idea
de actividad lúdica muy educativa para muchas caminatas invernales.

Chapotear en días lluviosos. Ahora, ¿qué hay de los días mojados? El hecho es que, a
menos que menos que sea del tipo torrencial, la lluvia no hace daño a los niños si están
vestidos adecuadamente. Para ello, debiera eliminarse todo tipo de prenda impermeable,
ya que al no permitir el paso de la lluvia tampoco permite el escape de la transpiración
inconsciente, y un secreto de salud para las personas que no tienen alguna enfermedad es
deshacerse rápidamente de las materias dañinas y degradadas que elimina la piel.
Prendas para el exterior. Los niños debieran usar ropa de lluvia que sea hecha de lana—
de grueso tejido sarga, por ejemplo—y cambiársela apenas vuelvan de una caminata, y así
no corran el riesgo de resfriarse; en eso radica el sentido común del asunto. Al enfermo
con fiebre se le ponen paños mojados en la cabeza; y de a poco los paños se secan y se
mojan de nuevo: ¿qué ha sido del agua? Se ha evaporado y, al evaporarse, se ha llevado
mucho calor de la cabeza febril. Ahora, lo que alivia a la piel acalorada por la fiebre es lo
único que debe evitarse en circunstancias normales. Que un niño se moje la piel no le
puede hacer más daño que un baño, siempre que la ropa mojada no se le seque en el
cuerpo, es decir, que el agua no se evapore, eliminando así demasiado calor del cuerpo en
el proceso. Es la pérdida de calor animal la que resulta en «resfriados», y no la «humedad»
que las madres son tan rápidas en deplorar. Mantenga a un niño activo y feliz bajo la
lluvia, y solo cosechará beneficios de su caminata; otro es el caso si el niño ya está
resfriado; entonces el ejercicio activo puede aumentar cualquier inflamación ya existente.

No sé si es solo una linda fantasía de Richter [un poeta inglés], cuando dijo que una lluvia
de primavera es una especie de baño eléctrico y un medio muy potente de salud; es cierto
que la lluvia despeja la atmósfera, lo cual es un hecho de considerable importancia en las
grandes ciudades. Para nuestro propósito, sin embargo, es suficiente demostrar que la
lluvia no hace daño; porque el abundante ejercicio diario al aire libre es de tan grande
importancia para los niños, que en realidad nada más que la enfermedad debiera
mantenerlos adentro de la casa. Un poco de chapoteo provee suficiente alegría en un día
húmedo, ya que, con buen humor, hasta el golpeteo de la lluvia es estimulante. Las
«carreras» de los escolares, es decir, el trote a un ritmo constante, que de vez en torna en
carrera, es un ejercicio de primer orden; pero se deben tener en cuenta las capacidades de
los niños, a quienes no se debe exigir más de lo que puedan hacer.

Precauciones. Al mismo tiempo, a los niños nunca se les debe permitir sentarse con ropa
húmeda o quedarse con la ropa húmeda puesta; cuando sea el caso, por ejemplo, en viajes
cortos a la iglesia, a la escuela, o a la casa de un vecino, donde no pueden cambiarse de
ropa, se debe usar rebozos impermeables para que puedan permanecer secos.

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XIII. Entrenamiento «al estilo indígena»

La exploración. El librito de Baden Powell sobre el reconocimiento y la exploración nos ha


puesto en una nueva senda; ahora cientos de familias realizan alegres expediciones a la
naturaleza, mucho más educativas de lo que esperaban, en las que la exploración es la
actividad por excelencia.
Una actividad que puede servir de ejemplo consiste en que cuatro personas o más estén
emboscadas en un lugar que sea el mejor para tal fin, y que haya sido escogido después de
mucha consideración. El enemigo hace un reconocimiento del lugar; primero encuentra la
emboscada, y segundo, su habilidad queda al descubierto cuando se acerca a sus
enemigos sin ser descubierto. Pienso que cada familia debiera tener una copia
de Reconocimiento y exploración en el caso de que se vea enfrentada a pelear al estilo
indígena. El problema de la vida cómoda y planificada que llevamos, es que no
discernimos las señales de los tiempos; pero es muy valioso poseer la habilidad del
pensamiento alerta en cuanto a lo que ocurre en el mundo al aire libre, y, aunque
simpatizamos profundamente con el esfuerzo por reducir la actividad de la búsqueda de
nidos de aves, si no ponemos cuidado, perderemos lo poco que aún está a nuestro alcance
de lo que llamamos entrenamiento en destrezas «al estilo indígena».

Observación de aves. Mucho más emocionante y deleitoso que buscar nidos de aves es
«observar» las aves, por llamarlo así, para lo cual se usan todas las habilidades de un buen
explorador. Pensemos en lo emocionante que es arrastrarse en pies y manos
silenciosamente como sombras detrás de los arbustos de la ribera del río sin siquiera tocar
una ramita o un guijarro hasta encontrarse a una yarda de un par de aves, y luego,
recostarse para observar sus pequeñas y delicadas carreras, sus lindos movimientos de
cabeza y cola, y escuchar la música de su canto. He aquí la verdadera alegría de observar
aves. Si en los meses de invierno los niños se han familiarizado bastante con los trinos de
nuestras aves locales, a principios del verano podrán «observar» con un propósito
definido. Los trinos y los cantos de junio son bastante difíciles de distinguir, pero el plan
es identificar a aquellas aves que se reconozcan con seguridad, y luego seguir con las
demás. La clave para conocer las aves radica en conocer sus cantos, y la única forma de
alcanzar esto es siguiendo cualquier trino que no se conozca con certeza. La alegría de
rastrear un canto o un trino hasta su origen se iguala a la alegría de un «hallazgo», una
posesión de por vida.

Pero observar aves solo debe hacerse en ciertas condiciones; no solo se debe estar
«silencioso como una tumba», sino también ni dejar que los pensamientos susurren,
porque si uno se permite pensar en otra cosa, la visión completamente encantadora de la
vida de los pájaros se nos pasará desapercibida; es más, ni escucharemos los trinos de los
pájaros.

A continuación, dos paseos para observar pájaros de un amante de las aves [no hemos
traducido el nombre de todas las aves dado que muchas de ellas no existen en nuestro
continente; queda pendiente una investigación naturalista al respecto]:
«Escuchamos un canto de algo así como un chaffinch [pinzón común], solo que más lento, y
miramos hacia arriba en las ramas del árbol para tratar de rastrear al pájaro por el repentino
movimiento de una ramita aquí, y otra, allá. Encontramos un camino empinado y rocoso que
nos llevó casi a la altura de las copas de los árboles, y luego tuvimos una buena vista para
observar el tímido willow wren ocupado buscando comida. Otro trino vino del árbol al lado,
como un canto que burbujeaba nos hizo acercarnos aún más, y ahí encontramos un wood
wren y lo observamos mientras él con la cabeza levantada y la garganta burbujeante
pronunciaba su trino».

«El alegre estallido de una canción vino de un arbusto cercano, y nos arrastramos
sigilosamente, para encontrar una blackcap warbler con la cresta levantada girando con
entusiasmo en el éxtasis de la canción. Esperamos y lo seguimos hasta su próxima parada
gracias a su ligero toque en las ramas. Un ronco chillido de otro árbol anunció un green-
finch [jilguero], y tuvimos que seguirlo por largo rato para echarle un vistazo; pero llegó a una
ramita sobresaliente, y pudimos escuchar su bonita canción, que nunca habría imaginado que
era suya si no lo hubiéramos visto. Un pequeño trino chirriante nos hizo observar los troncos de
los árboles, y, efectivamente, había un tree-creeper [agateador] que corría alrededor de un fresno,
sin dejar de pronunciar sus trinos».

«Otro día nos escondimos detrás de una pared para poder examinar un campo que se
encontraba al lado del lago. Allí estaba el green plover [chorlito verde] con su cresta alegre,
corriendo y picoteando, y, cuando picoteó, vimos el destello rosado debajo de su cola. Esperamos
un poco, para ver más, porque los chorlitos se quedan tan quietos que se pierden en el entorno.
Pero alguien tosió, y volaron los chorlitos, como una docena, casi quejándose: “¿Por qué no nos
dejan tranquilos?” Su malestar agitó a otras aves, y vimos un snipe [gallinago] elevarse desde
el borde del agua, un lugar pantanoso, con un rápido vuelo en zigzag; hizo una larga vuelta y se
instaló no mucho más allá de donde se levantó. Los sandpipers [zarapito o playero pectoral] se
elevaron también, dos volando cerca de la orilla del agua, silbando todo el tiempo. Al lado de un
pequeño barranco vimos un wagtail [aguzanieves o lavandera], y un giro en la luz del sol nos
mostró el pecho amarillo del wagtail amarillo. Un fuerte ruidito cerca nuestro nos hizo mirar la
pared, y allí estaba un wagtail bicolor con el pico lleno, esperando deshacerse de nosotros antes
de visitar su nido en la pared. Nos escabullimos y nos refugiamos detrás de un árbol, y después
de esperar unos minutos, lo vimos entrar en su agujero. Un ruido de enojo cerca (¡como cuando
se pasa una escoba por persianas venecianas!) nos llevó a mirar a un pequeño wren morrón en
la pared con la cola levantada, pero en un minuto desapareció como un ratón por el lado».

Lo siguiente es de otro amante de las aves:


«Ahora, ellos (los niños) están comenzando a preocuparse más por las aves que por los huevos, y
su primera pregunta, en lugar de ser: “¿Cómo es el huevo?” es usualmente: “¿Cómo es el
pájaro?”. Hacemos una buena búsqueda por Morris’s British Birds [guía de referencia de las
aves de Gran Bretaña] para identificar los pájaros que hemos visto y para quedar seguros en los
aspectos que tenemos dudas».

«Pero ahora hablemos de los pájaros. Los Stonechats [tarabillas] abundan en los páramos. Me
pinché hasta las rodillas cuando estuve sobre un arbusto lleno de espinas, mirando y escuchando
lo primero que encontré, pero mi recompensa fue muy buena cuando vi al menos cuatro pares a
la vez ¿Conoces a los pájaros? Los cock-birds son tan guapos, con su cabeza y cara negras, el
cuello blanco, pecho café rojizo y la espalda gris oscuro o marrón. Su canto es lindo, más largo
que el de un chaffinch [pinzón], además del grito cuando se les molesta; no hacen un vuelo largo
y flotan en el aire como un atrapamoscas. El sandmartin [avión zapador] hace numerosos
agujeros en los peñascos. Intentamos ver qué tan profundo habían excavado para construir sus
nidos, pero, aunque puse mi brazo hasta los codos en varios agujeros desiertos, no pude llegar al
final. Creo que mis favoritos son los reed-warblers [carriceros]. Conozco al menos cuatro pares,
y cuando pude lograr que ambos niños dejaran de hablar durante unos minutos, pudimos verlos
saltar audazmente por las cañas y cantar a plena vista nuestra».

Este es el tipo de cosas con las que se encuentran los observadores de pájaros—una
pérdida que sufren aquellos niños a quienes no se les enseña el gentil arte en el cual el ojo
está satisfecho de ver, y donde no está presente ni la codicia de coleccionar ni el instinto de
matar del cazador, y, sin embargo, existe la alegría de la posesión que dura toda la vida.

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XIV. Los niños necesitan el aire del campo

La proporción esencial de oxígeno. Todo el mundo sabe que la condición esencial para
una vida vigorosa y un físico excelente consiste en respirar aire que no haya perdido
mucho de su debida proporción de oxígeno; también que todo lo que produce calor, ya sea
calor animal o calor del fuego, de la vela, de la lámpara de gas, produce dicho calor a
expensas del oxígeno contenido en la atmósfera—un banco del cual extraen todos los
objetos que respiran y que se queman; que en situaciones donde hay mucha respiración y
combustión, ocurre una gran salida de este gas vital; que tal salida puede ser tan excesiva
que no haya suficiente oxígeno en el aire para mantener la vida animal, y que se produzca
la muerte; pero que en los casos en que la salida sea significativa pero no excesiva la vida
animal todavía puede mantenerse, aunque las personas llevarán una vida débil y decaída
en un constante estado de baja vitalidad.
Exceso de dióxido de carbono. Además, sabemos que todas las respiraciones y todos los
objetos en combustión expulsan un gas dañino, el ácido carbónico [dióxido de carbono, en
otras palabras]. Una proporción muy pequeña de este gas está presente en el aire
atmosférico más puro, y esa pequeña proporción es saludable; pero si aumenta esa
cantidad debido a la acción de las estufas, los incendios, los seres vivos, las lámparas de
gas, el aire se vuelve nocivo, en justa proporción a la cantidad de dióxido de carbono
superfluo que contenga. Si la cantidad es excesiva—como cuando muchas personas se
apiñan en una pequeña habitación sin ventilación—el resultado es la muerte fulminante
por asfixia.

Aire fresco, no empobrecido. Por tales razones, no es posible disfrutar la plenitud de la


vida en una ciudad. Para las personas adultas, el estímulo de la vida en la ciudad
compensa en algo la impureza del aire; y, por el otro lado, la gente del campo con
demasiada frecuencia desaprovecha sus ventajas por caer en el hábito de la flojera mental.
No obstante, para los niños—que no solo respiran, sino que crecen; que requieren,
proporcionalmente, más oxígeno del que necesitan los adultos para sus procesos vitales—
es una absoluta crueldad no ofrecerles con mucha frecuencia, o lo que es mejor,
diariamente, el tipo de aire fresco no empobrecido que solo se puede obtener lejos de las
ciudades.

Luz solar. En relación con lo anterior, esta es solo una de las razones por las que, aunque
solo sea por beneficio a la salud, es prioritario que los niños pasen largos días afuera en el
campo; ellos requieren luz, es decir, la luz solar, igual como requieren el aire. La gente del
campo se ve más saludable que la gente del pueblo; por el contrario, los mineros son
pálidos, igual que la gente que pasa todo su tiempo en habitaciones subterráneas o
quienes viven en los valles donde no alumbra el sol. La razón consiste en que, para lograr
el radiante aspecto rubicundo de la salud perfecta, deben producirse ciertos cambios en la
sangre creados por la producción libre de glóbulos rojos—la naturaleza de dichos cambios
tomaría demasiado tiempo explicar aquí—y que parecen ocurrir más favorablemente
cuando se recibe la influencia de la luz solar en abundancia. Además de esto, la
comunidad científica está comenzando a sospechar que no son solo los rayos de luz
visible que proporcionan luz, sino también los rayos infrarrojos que proporcionan calor y
los rayos ultravioletas, los que proveen para la vitalidad de maneras que aún no se
comprenden completamente.

El físico ideal para los niños. Hace un tiempo apareció una imagen encantadora
en Punch [revista británica ilustrada de mediados del siglo XIX], de dos niños bromeando
en francés con la nueva criada de su madre; se trataba de dos nobles pequeñines, cada uno
recto como un dardo, sin carne superflua, los ojos bien abiertos, la cabeza erguida, el
pecho dilatado, todo el cuerpo lleno de energía incluso en estado de reposo. Era un gusto
mirar la imagen, aunque fuera solo para indicar el tipo de físico que nos encanta ver en un
niño. No hay duda de que el niño en la herencia de sus mayores radica el mayor
porcentaje de lo que él es a este aspecto, como a otros; pero a continuación es lo que la
crianza puede generar, con algunas limitaciones: el niño nace con ciertas tendencias
naturales y, según su crianza, cada una de esas tendencias puede resultar siendo un
defecto personal o del carácter, o una gallardía en ambos. Por lo tanto, vale la pena poseer
por lo menos un ideal físico del hijo de uno; para no, por ejemplo, dejarse llevar por la
noción de que un niño obeso es necesariamente un niño en buena condición (física).
Fácilmente se puede lograr que un niño sea obeso, pero la mirada brillante y honesta, el
paso ágil; los tonos de voz claros como una campana; los movimientos ágiles y graciosos
que caracterizan al niño criado bien, son el resultado, no del bienestar del cuerpo
solamente, sino de «la mente y el alma bien armonizadas», de una entrenada y rápida
inteligencia, y de una naturaleza moral que está habituada al «gozo que proviene del
dominio propio».

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PARTE III. ‘EL HÁBITO EQUIVALE A DIEZ


NATURALEZAS’

I. Educación basada en la ley natural

Cerebro sano. Lo que deseo presentar al lector es un método educativo basado en la ley
natural. En primer lugar, ya hemos considerado algunas de las condiciones que deben
cumplirse con el fin de mantener el cerebro en buen funcionamiento, ya que la posibilidad
de una educación sólida depende de un cerebro activo y debidamente alimentado.

Vida al aire libre. En el desarrollo de un método educativo, en segundo lugar está la


consideración de la vida al aire libre, debido a que mi objetivo es mostrar que la función
principal del niño—su objetivo en el mundo durante los primeros seis o siete años de su
vida—es descubrir todo lo que pueda de todo lo que le llame la atención, usando sus cinco
sentidos; que él tiene un apetito insaciable por el conocimiento que se obtiene de esa
manera; y que, por lo tanto, la ocupación de sus padres es ponerlo allí donde pueda
familiarizarse de manera libre con la naturaleza y los objetos naturales; que, de hecho, la
educación intelectual del niño pequeño debiera basarse en el ejercicio libre de la facultad
de percepción, porque las primeras etapas del esfuerzo mental están marcadas por la
actividad extrema de dicha facultad; y la sabiduría del educador es seguir la guía dada
por la naturaleza en la evolución del ser humano completo.

El siguiente tema por considerar—un tema psicofisiológico bastante árido—me parece, de


todos modos, muy digno de atención en tanto que es clave fundamental de un apropiado
método educativo.
Hábitos como instrumento en manos de los padres. «¡El hábito equivale a diez
naturalezas!» Si tan solo pudiera hacer que otros vean con mis ojos lo mucho que este
dicho debería significar para el educador; cómo el hábito, en manos de la madre, es como
la rueda del torno para el alfarero, el cuchillo para el tallador, y, para ella, el instrumento
por medio del cual ella crea el diseño que concibió en su mente. Observe que el material
con el cual empezar ya está ahí; la rueda del alfarero no faculta al alfarero para producir
una taza de porcelana a partir de la áspera arcilla; pero el instrumento es tan necesario
como lo es el material o el diseño. Es penoso hablar de uno mismo, pero si el lector me lo
permite, me gustaría mencionar los pasos que me han llevado a considerar el hábito como
el medio por el cual el padre puede hacer de su hijo casi cualquier cosa que elija. Aquello
que se ha convertido en la idea dominante de la vida de una persona, si se lanzara
repentinamente a otra, no lleva consigo una gran profundidad o peso de significado para
la segunda persona; por tanto, lo ideal es llegar a la idea gradualmente, para ver los pasos
por los cuales el primero ha viajado. Por esta razón, me aventuraré a mostrar cómo llegué
a mi postura actual, es decir, desde uno de los tres puntos de vista posibles: la formación
de hábitos es educación y la educación es formación de hábitos.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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II. Los niños carecen de la facultad de la autoimposición

Un callejón educativo sin salida. Hace algunos años escuchaba del púlpito al menos un
domingo al mes: «El hábito equivale a DIEZ naturalezas». En ese tiempo, yo recién había
comenzado a enseñar, y era joven y apasionada por mi trabajo. Para mí era una gran cosa
ser maestra; yo creía que era inevitable que el maestro dejara su huella en los niños; y que,
si algo salía mal, si algún niño iba mal en la escuela o fuera de ella, era la culpa del
maestro. Mi entusiasmo juvenil superaba todas las responsabilidades a mi haber; pero, a
pesar de todo este celo, lo decepcionante fue que no sucedió nada extraordinario. Los
niños se portaban bien en términos generales porque eran hijos de padres que habían sido
criados con cierto esmero; pero estaba claro que se comportaban de acuerdo con «lo que
era parte de su naturaleza». Las falencias que tenían, las mantenían; las virtudes que
poseían las ponían en práctica tan irregularmente como antes. La niñita buena y humilde
seguía diciendo mentirillas; el niño inteligente y generoso seguía siendo un ocioso
incurable. Sucedía lo mismo durante las clases; el niño que perdía el tiempo seguía
perdiendo el tiempo, y el niño apático no incrementaba su interés por aprender. Fue muy
decepcionante. Los niños, sin duda «avanzaron» un poco, pero cada uno de ellos tenía el
potencial de un carácter noble y de una mente inteligente; pero ¿dónde estaba la palanca
para despertar cada uno de estos pequeños mundos? Porque debe existir tal palanca. Esta
rutinaria ronda de geografía y francés, historia y sumas, no era más que jugar a la
educación; ¿quién recuerda los retazos de conocimiento sobre los que se esforzó de niño?
y, ¿acaso aplicarse unas pocas horas en la vida posterior no causaría mayor efecto que un
año de monotonía en cualquier materia aprendida en la infancia? Si la educación tiene
como objetivo garantizar el progreso paso a paso del individuo y la raza, debe significar
algo más que el diario esfuerzo invertido en tareas triviales que hoy se conocen como
educación.

El amor, la ley y la religión como fuerzas educativas. Durante mi búsqueda de literatura


sobre educación, aprendí mucho de varias fuentes, aunque no pude encontrar lo que me
pareció una guía completa, es decir, alguna obra cuyo pensamiento abarcase las
posibilidades contenidas en la naturaleza humana de un niño, y, que, al mismo tiempo,
midiera el alcance de la educación. Reconocí cómo la enseñanza religiosa ayudaba a los
niños, les daba facultades y motivos para el esfuerzo continuo y elevaba sus deseos hacia
las mejores cosas. Vi hasta qué punto la ley restringía del mal y el amor impulsaba hacia el
bien. Pero con estas grandes ayudas desde afuera y desde arriba, existía todavía la
deprimente sensación de estar trabajando en educación a oscuras; el avance realizado por
la juventud en las facultades morales, e incluso intelectuales, era como el de una puerta
sostenida con bisagras— hoy una oscilación hacia adelante y mañana de vuelta adonde
estaba, con poco progreso notorio de un año al otro aparte de poder hacer sumas más
difíciles y leer libros más complejos.

La razón de que los niños sean incapaces del esfuerzo constante. La reflexión dejó en
evidencia el porqué del fracaso, y es que había un cálido resplandor de rectitud en el
corazón de cada uno de los niños, pero todos ellos eran incapaces de hacer un esfuerzo
constante, porque no tenían fuerza de voluntad, ninguna facultad para obligarse a hacer
lo que sabían que debían hacer. En este punto, sin duda, son atingentes las funciones de
los padres y los maestros; quienes deberían ser capaces de hacer que el niño haga lo que el
niño no puede obligarse a realizar. No obstante, es un entrenamiento deficiente requerir
que el niño se haga dependiente de la influencia personal. Por el contrario, le corresponde
a la educación encontrar alguna forma de suplementar esa debilidad de la voluntad que es
la ruina de la mayoría de nosotros, así como de los niños.

A los niños se les debiera evitar el esfuerzo de la decisión. Ya desde el púlpito se ha


dicho que el esfuerzo de la decisión es el esfuerzo más agotador de la vida; y si eso es aún
cierto en cuanto a nosotros mismos, incluso cuando la decisión sea sobre cuestiones
insignificantes de salidas aquí o allá, de comprar o no comprar, con toda seguridad no es
justo dejar a los niños todo el trabajo del esfuerzo de la voluntad cada vez que tengan que
elegir entre lo correcto y lo incorrecto.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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III. ¿Qué es «la naturaleza»?


«El hábito es equivalente a diez naturalezas» se siguió proclamando en mis oídos, y por
fin lo entendí como un dicho profundo que podría contener el «¡Ábrete sésamo!»
educativo que yo estaba buscando. En primer lugar, ¿qué es la naturaleza y qué es,
precisamente, el hábito?

Es algo impresionante cuando consideramos lo que es el niño, independientemente de su


raza, país o parentesco, simplemente por nacer como ser humano.

Todas las personas nacen con los mismos deseos primarios. Estamos dispuestos a
aceptar que todos tenemos los mismos instintos y apetitos; pero nos impacta un poco que
los principios de acción que gobiernan a todos los hombres en todas partes sean en gran
medida los mismos; en otras palabras, que en el pecho tanto de la persona cultivada como
de la inculta laten los mismos deseos; que el deseo de conocimiento, que se ve en la
curiosidad del niño por las cosas y en sus ojos siempre inquisitivos, está activo de igual
forma en todas partes; que el deseo de socializar, que se puede ver en dos bebés que recién
se conocen el uno al otro y que disfrutan el gozo y la amistad, es la causa de las aldeas en
las tribus alejadas del mundo, así como del encuentro filosófico de los eruditos; que en
todas partes se siente el deseo de la estima, que es un poder maravilloso en manos del
educador, y que convierte a una palabra de elogio o de culpabilidad en un motivo más
poderoso que todo miedo o expectativa de castigo o recompensa.

Y los afectos. No solo se trata de los mismos deseos; sino que todas las personas, en todas
partes, tienen los mismos afectos y pasiones que actúan de la misma manera bajo una
similar provocación; ya sean, la alegría y el dolor, el amor y el resentimiento, la
benevolencia, la simpatía, el miedo y mucho más, son comunes a todos nosotros. Lo
mismo cabe a la conciencia, el sentido del deber.

Contenido de la noción más elemental de la naturaleza humana. El Dr. Livingstone [el


explorador David Livingstone] menciona que la única adición que debió hacer al código
moral de algunas de las tribus de Zambesi (por muy poco que hayan obedecido su propia
ley) fue que un hombre no debería tener más de una esposa. Esta gente sin conocimiento
del mundo europeo ni ninguna enseñanza cristiana sabían que «hablar maldad, mentir,
odiar, desobedecer a los padres, y descuidarlos» eran pecado. Así, no solo el sentido del
deber es común a toda la humanidad, sino también la conciencia más profunda de Dios,
por muy vaga que pueda ser. Todo esto y mucho más conforma la noción más elemental
de la naturaleza humana.

La naturaleza más la herencia. Aquí hace su entrada la herencia, y es en este punto, si se


me permite, donde se hayan las diez naturalezas, ya que ¿quién trata con el niño que es
resentido, terco o imprudente, porque nació con la naturaleza de su madre o la de su
abuelo? Piense en el ojo que mira de tal manera, la acción de la mano, repetida del padre
al hijo; la forma particular de la escritura, que puede reconocerse, como nos dice Miss
Power Cobbe, en el caso de su familia a lo largo de cinco generaciones; el temperamento
artístico, el gusto por la música o el dibujo, que hay en algunas familias: he aquí la
naturaleza y sus peculiaridades, confirmada, sellada, remachada, absolutamente
defendida, se diría, contra cualquier intento de alterarla o modificarla.
Se añaden las condiciones físicas. Una vez más, las condiciones físicas se presentan ante
nuestros ojos. El niño débil y enclenque, y el robusto travieso que nunca se enferma, son
por obligación diferentes entre sí en cuanto a la fuerza de sus deseos y emociones.

La naturaleza humana es la suma de ciertos atributos. ¿Entonces, qué de los deseos,


afectos y emociones naturales comunes a toda la raza, qué de las tendencias con que cada
familia lidia por descendencia, y aquellas peculiaridades que el individuo debe a su
propia constitución física y cerebral? La suma de todo esto, es decir, la naturaleza humana
presenta un caso sólido; tanto así, que nos sentimos inclinados a pensar que lo mejor que
se puede hacer es dejarla en paz, dejar que cada niño se desarrolle sin obstáculos de
acuerdo con los elementos de carácter y de disposición que hay en él.

No se debe abandonar al niño a su naturaleza humana. Esto es precisamente lo que la


mitad de los padres en el mundo y las tres cuartas partes de los educadores se conforman
con hacer; ¿y cuál es la consecuencia? Que el mundo avanza, pero que el progreso ocurre,
en su mayor parte, con los pocos niños cuyos padres han tomado muy seriamente el
control de la educación; mientras que el resto, a los que se les ha permitido quedarse como
estaban, y no llegar a ser más o mejores de lo que la naturaleza los hizo, se convierten en
una pesada carga: porque, ciertamente, el hecho es que no se quedan como ellos eran; la
verdad inmutable es que el niño que no está siendo constantemente elevado a un nivel
cada vez más alta se hundirá a un nivel cada vez más bajo. Por consiguiente, es tanto el
deber de los padres educar a sus hijos en fortaleza y propósito moral y actividad
intelectual, así como alimentarlo y vestirlo; y eso, a pesar de su naturaleza, si fuera
necesario. Es cierto que existen circunstancias arbitrarias que intervienen y «convierten en
un hombre» al niño cuyos padres no le enseñaron disciplina; pero esta es una ayuda
fortuita con la cual el educador no tiene ninguna garantía de recibir.

Estaba empezando a ver mi camino—sin salir aún de la dificultad psicológica que, en lo


que a mí respecta, bloqueaba el camino a toda educación real; pero ahora podía ya
identificar el lugar, y eso ya era algo. En resumen:

La voluntad del niño es lastimosamente débil, más débil en los hijos de los débiles, y más
fuerte en los hijos de los fuertes, con la que casi nunca se puede contar como facultad en la
educación.

La naturaleza del niño—su naturaleza humana—al ser la suma de lo que él es como ser
humano, y de lo que le corresponde por su origen, y lo que él es como resultado de su
propia constitución física y mental—tal naturaleza es incalculablemente fuerte.

El problema que enfrenta el educador. El problema para el educador es dar al niño


control sobre su propia naturaleza, prepararlo para que este pueda manejarse con respecto
a los rasgos que llamamos buenos como a los que llamamos malos, ya que hay muchos
hombres que naufragan sobre la roca de lo que creían que era su virtud característica, por
ejemplo, su generosidad.

La gracia divina trabaja sobre las líneas del esfuerzo humano. Al buscar una solución a
este problema, no subestimo la gracia divina, ¡por el contrario! Pero no siempre
comprendemos suficientemente el hecho de que la gracia divina causa efecto sobre las
líneas del cultivado esfuerzo humano; por ejemplo, que el padre que se toma la molestia
de comprender de qué se trata educar a su hijo, merece y con seguridad recibe apoyo de lo
alto; y que Rebeca, por decir, no tenía derecho a criar a su hijo para que fuera «tú, gusano
de Jacob», al confiar que la gracia divina, diciéndolo con reverencia, lo ayudaría a salir
adelante. A pesar de ser un hombre piadoso, hijo de padres piadosos, salió adelante, pero
sus días, se queja al final, fueron «pocos y malos» [en palabras de Jacob cuando se
encuentra con Faraón de Egipto].

La confianza de los padres no debe ser letárgica. De hecho, ésta es la expectativa de


muchos padres cristianos; dejan que el niño crezca libre como la zarza silvestre,
produciendo sin control lo que hay en él, ya sean espinas, flores ásperas, frutas insípidas—
confiando, ellos dirán, que la gracia de Dios podará, arreglará la tierra, y arreglará las
ramas rebeldes que yacen por todos lados. Y su confianza no siempre está fuera de lugar;
pero el pobre hombre sufre angustia, se desgarra en el proceso de recuperación que sus
padres podrían haberle evitado si hubieran entrenado los primeros brotes que pronto se
convertirían en el carácter de su hijo.

La naturaleza, por tanto, aunque es fuerte, no es invencible; y, en el mejor de los casos, no


se le debe permitir a la naturaleza una cabalgata desenfrenada. Bocado y brida, mano y
voz, lograrán lo mejor posible de la naturaleza si se toma el control de su entrenamiento a
tiempo; pero deje que la naturaleza haga lo que quiera hacer, tal como los ponis salvajes, y
ni la espuela ni el látigo lo amansarán.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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IV. El hábito puede suplantar «la naturaleza»

«El hábito es equivalente a diez naturalezas». Si eso es cierto, por fuerte que sea la
naturaleza, el hábito no solo es tan fuerte, sino diez veces más fuerte. Aquí entonces,
tenemos alguien más fuerte que ella, capaz de vencer a este hombre fuerte armado.

El hábito seguirá el curso de la naturaleza. Pero el hábito progresa sobre el curso


impuesto por la naturaleza: el niño cobarde miente en forma habitual para escapar de la
culpa; el niño amoroso tiene cientos de hábitos para hacerse querer; el niño bondadoso
tiene la costumbre de dar; el niño egoísta, el hábito de retener. El hábito, que funciona de
acuerdo con la naturaleza, es simplemente la naturaleza en acción, que se fortalece cada
vez más con el ejercicio.

Pero el hábito debería ser una palanca. Pero el hábito, para ser la palanca que impulsa al
niño, debe funcionar en contra de la naturaleza, o independientemente de ella.
Inmediatamente comenzamos a poner atención en el funcionamiento del hábito a este
respecto, y los múltiples ejemplos son claros: existen los niños entrenados en hábitos de
cuidado que nunca manchan su ropa; aquellos entrenados en hábitos reticentes, que
nunca hablan de lo que se hace en casa y responden a preguntas indiscretas con un «no
sé»; están los niños criados en hábitos corteses, que ceden el paso a los ancianos con gentil
gracia, y más con la pobre mujer con la canasta que con la dama bien vestida; y hay niños
entrenados en hábitos de las malas ganas, que nunca ceden, van o hacen.

La madre forma involuntariamente los hábitos de sus hijos. ¿Son naturales en los niños
los hábitos como éstos, ya sean buenos, malos o neutros? No, pero éstos son los hábitos
que la madre ha establecido con la crianza; y, de hecho, no hay nada que una madre no
pueda establecer en sus hijos a través de la crianza, y casi no existe madre en ningún lugar
que no tenga al menos dos o tres—a veces en la forma de reglas y otras veces en la forma
de principios—que sus hijos nunca violan. Por tanto, llegamos a esto: que una madre con
opiniones liberales sobre el tema de la educación, simplemente no puede evitar que sus
propias opiniones influencien los hábitos de sus hijos; y que una madre cuya pregunta
final es: «¿Qué dirá la gente? ¿Qué pensará la gente? ¿Cómo se verá?», hará que sus hijos
crezcan con hábitos de guardar las apariencias, y no de ser algo; se contentarán con estar
bien vestidos, bien educados y bien intencionados hacia los extraños, pero ejercerán muy
poco esfuerzo en torno a la belleza, el orden y la bondad en el hogar y hacia los demás.

El hábito obliga a la naturaleza a irse por nuevas vías. El extraordinario poder del hábito
para forzar la naturaleza hacia nuevas vías casi no es necesario explicar; solo tenemos que
ver a un niño pequeño en un circo montando dos ponis con un pie en la parte posterior de
cada uno, o un hada pantomima bailando en el aire, o un payaso que se comporta como
una bola de caucho indio, o cualquiera de las miles de hazañas de habilidad y destreza
por la que pagamos nuestros chelines para disfrutar,—hazañas mentales y corporales,
aunque, felizmente, estas son las más raras—para estar convencidos de que se puede
lograr exactamente cualquier cosa mediante el entrenamiento, es decir, el cultivo de
hábitos persistentes. Y el poder del hábito no se ve solo en los seres humanos. La gata va
en busca de su cena siempre a la misma hora y al mismo lugar, es decir, si es habitual
alimentarla en un lugar. De hecho, el hábito del lugar, es tanto para el gato, que a menudo
preferirá morir de hambre que abandonar la casa a la que está acostumbrado. En cuanto al
perro, es un mayor «conjunto de hábitos» que su dueño. Esparza las migajas para los
gorriones a las nueve en punto todas las mañanas, y a las nueve vendrán a desayunar,
haya o no migajas. Darwin se inclina a pensar que el terror y la evasión mostrados hacia el
hombre por las aves silvestres y los animales menores es simplemente una cuestión de
hábito transmitido; nos cuenta cómo aterrizó en ciertas islas del Pacífico donde los pájaros
nunca habían visto al hombre antes, y se abalanzaron sobre él y volaron a su alrededor
con total valentía. Para hablar sobre algo más familiar al hogar, qué evidencia del dominio
del hábito es más triste y abrumadora que los hábitos del borracho, por ejemplo, en el cual
persiste, a pesar de la razón, la conciencia, el propósito, y la religión, motivos que, ¿acaso
no deberían influir en un ser pensante?

Los padres y los maestros deben establecer vías de hábito. Nada de esto es nuevo;
siempre hemos sabido que «el uso es una segunda naturaleza» y que «el hombre es un
conjunto de hábitos». No fue el hecho, sino la aplicación del hecho, y la fisiología del
hábito, las ideas novedosas y extremadamente valiosas para mí, y espero que puedan ser
de alguna utilidad para el lector. Por ejemplo, para mí fue novedad concebir que
corresponde a los padres y a los maestros establecer líneas de hábito sobre las cuales la
vida del niño puede correr de aquí en adelante con pequeñas sacudidas o fracasos
involuntarios, y pueda avanzar en la dirección correcta con el mínimo de esfuerzo.

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V. Establecimiento de líneas de hábito

«¡Comience algo, y lo habrá terminado!» es infaliblemente cierto para cada hábito mental
y moral: terminarlo, no sobre las líneas que usted prevé e intenta, sino sobre las líneas
apropiadas y necesarias para cada hábito en particular. En la frase «pensar inconsciente»
nos enfrentamos con el hecho de que, sea cual sea la semilla de pensamiento o sentimiento
que se implante en un niño—ya sea a través de la herencia o la instrucción temprana—
crece, se completa y engendra otras de su mismo tipo, tal como lo hace un organismo
corporal. Es hermoso y maravilloso percibir una idea cuando la idea en sí misma es
buena, verla desarrollándose dentro de usted por sí sola, verse escribiendo oraciones cuya
secuencia lógica nos deleita, pero de cuya concepción no hemos tenido parte consciente.
Cuando el escritor experimentado «fluye» de esta manera, sabe que en lo que respecta al
surgimiento de las palabras, el orden de las ideas, su trabajo no necesitará revisión. Tan
increíble es este proceso, que ha dado pie a la persistente falacia de que la razón es
infalible. El filósofo, que disfruta observando los caminos de su propia mente, es un
pensador de pensamientos elevados, y es capaz de olvidar que el pensamiento que
contamina al hombre se comporta exactamente de la misma manera que el que purifica: el
uno, igual que el otro, se desarrolla, madura y aumenta de acuerdo a su mismo tipo.

Pensamos, como estamos acostumbrados a pensar. ¿Cómo influye esto en el trabajo


práctico de criar a los niños? De esta manera: pensamos, como estamos acostumbrados a
pensar; las ideas van y vienen en incesante movimiento en el surco—por llamarlo así—que
usted ha creado para ellas en la misma sustancia nerviosa del cerebro. Usted no pretende
deliberadamente pensar esos pensamientos; de hecho, usted puede oponerse
vehementemente al hilo por donde van yendo (¡dos «hilos» de pensamiento a la vez y al
mismo tiempo!) y así, quizás bloquear el camino, incluso poner «calle cerrada» en grandes
letras, y obligar a la ocupada población del mundo cerebral a tomar otra ruta. ¿Pero quién
puede hacer estas cosas? No el niño, inmaduro en cuanto a su voluntad, débil en sus
facultades morales, y desacostumbrado a las armas de la guerra espiritual. Él depende de
sus padres; les corresponde a ellos instruirle en los pensamientos que tendrá, los deseos
que atesorará, y los sentimientos que aprobará. Solo iniciar; no se les permite más; pero de
esta iniciación resultarán los hábitos de pensamiento y sentimiento que gobiernan al
hombre, es decir, su carácter. Pero, ¿no es esto suponer demasiado, ya que, para resumir
aproximadamente todo lo que entendemos por herencia, un niño nace con el futuro en sus
manos? Sí, es indudable que el niño nace con las tendencias que deberían dar forma a su
futuro; pero cada tendencia tiene sus caminos secundarios, un resultado bueno o malo; y
poner al niño en el camino correcto para que se cumplan las posibilidades inherentes en él,
esa es la vocación de los padres.

La dirección de las líneas de hábito. Esta relación del hábito con la vida humana—tal
como los rieles sobre los que se moviliza una locomotora—es quizás la más sugerente y
útil para el educador; porque, así como es en general más fácil para la locomotora seguir
su camino en los rieles que escapar de ellos y generar un desastre, también es más fácil
para el niño seguir líneas de hábitos cuidadosamente establecidas que salir
peligrosamente de esas líneas. De ello se deduce que este asunto de establecer líneas hacia
el deshabitado país del futuro del niño es un asunto muy serio y de gran responsabilidad
para los padres. Le corresponde a ellos considerar bien los rieles por las cuales el niño
debe viajar con provecho y placer; y, a través de estos rieles, establecer líneas tan
atractivamente suaves y fáciles que el pequeño viajero las siga a toda velocidad sin
detenerse para considerar si elige o no ir por ese camino.

El hábito y el libre albedrío. Sin embargo—suponiendo que realizar una determinada


acción múltiples veces en forma ininterrumpida forma un hábito que puede ser fácil de
seguir o no; y que, si se persiste aún más en el hábito sin interrupciones, se convierte en una
reacción instintiva que es bastante difícil de quitar; continúe en ello aún más, durante
años, y el hábito posee la fuerza de diez naturalezas, y no se puede dejar excepto
haciéndose violencia a uno mismo. Considere todo esto, y también el hecho de que es
posible formar en el niño el hábito de hacer y decir, incluso de pensar y sentir, todo lo que
es deseable que él haga o diga, piense o sienta, ¿y quizás no le está quitando el libre
albedrío al niño, y lo convierte en una simple máquina gracias a este excesivo cultivo al
que se le somete?

El hábito rige el noventa por ciento de nuestros pensamientos y actos. En primer lugar,
ya sea que usted elija o no tomarse la molestia de formar hábitos, es el hábito el que regirá
el noventa por ciento de la vida del niño, por tanto, él es aquel autómata que se acaba de
describir. Que el niño se convierta en una criatura de hábitos, es un hecho que no lo
determinan los padres, ya que todos somos meras criaturas de hábitos; pensamos nuestros
pensamientos habituales, charlamos sobre las mismas cosas habituales, hacemos los
mismos recorridos triviales, las tareas ordinarias, sin ningún esfuerzo auto determinante
de la voluntad en absoluto. Si así no fuera—si tuviéramos que pensar, deliberar, sobre
cada tarea del baño o la mesa—la vida sería insoportable; nos desgastaría el esfuerzo de la
decisión repetido a perpetuidad. Agradezcamos, por lo tanto, que la vida no sea tan
laboriosa; cientos de veces actuamos o pensamos sin necesidad de elegir y determinar más
que una sola vez. Por su parte, las pequeñas emergencias que hacen obligatorio un acto de
la voluntad, ocurrirán en la vida de los niños casi con tanta frecuencia como en las de los
adultos. No les podemos evitar estas situaciones, y tampoco es deseable que lo hagamos.
Lo que sí podemos hacer por ellos es asegurarnos de que tengan hábitos que los guíen por
las sendas del orden, de lo apropiado y de la virtud, en lugar de dejar que las ruedas de su
vida dejen feos surcos en lugares pantanosos.
El hábito es poderoso incluso en casos en que la voluntad toma las decisiones. Luego
entonces, incluso en las emergencias, en cada inesperada dificultad y tentación que
requiera un acto de la voluntad, pues, la conducta todavía puede seguir las líneas del
hábito que le es familiar. El niño que se ha acostumbrado a encontrar tanto beneficio como
placer en sus libros, no cae fácilmente en la ociosidad porque se sienta atraído por un
compañero ocioso. La niña que ha sido cuidadosamente entrenada para decir la verdad
exacta, simplemente no piensa en una mentira como un medio inmediato para salir de un
aprieto, por muy cobarde que sea.

Pero esta doctrina del hábito, ¿es, después de todo, algo más que un tratamiento empírico
de los síntomas del niño? ¿Por qué realizar un acto o pensar un pensamiento, por ejemplo,
una gran cantidad de veces consecutivas, algo tiende a convertir la realización de ese acto
o el pensamiento de ese pensamiento en una parte de la naturaleza del niño? Podemos
aceptar la doctrina como un acto de fe que descansa en la experiencia; pero si pudiéramos
descubrir la razón de ser de esta enorme fuerza del hábito, sería posible trabajar en el
establecimiento de hábitos contando con un propósito y método reales.

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VI. La fisiología del hábito

Una obra del Dr. Carpenter fue quizás la primera en darme la pista que estaba buscando.
En su Fisiología mental—una obra muy interesante, por cierto— él investiga la analogía
entre la actividad física y mental, y muestra que ambas se relacionan en cuanto a que el
efecto de una es la causa de la otra.

Los tejidos en crecimiento se forman en función de los modos de acción. Una


descripción aproximada de la doctrina que propugna la escuela que representa el Dr.
Carpenter consiste en que los tejidos, tales como el tejido muscular, por ejemplo, sufren de
un constante desgaste y de igual constante reparación. Incluso esos modos de acción
muscular que consideramos naturales como caminar y estar erguido, son en realidad el
resultado de una laboriosa educación, al igual que muchos modos de acción que
adquirimos conscientemente, como escribir o bailar, que se vuelven perfectamente fáciles
y naturales. ¿Por qué? Porque la ley de los tejidos en constante crecimiento es que se
formen de acuerdo con los modos de acción que se les exija realizar. Es el caso del cerebro
que envía repetidamente a los músculos, sometidos al control nervioso, el mensaje de que
realicen una determinada acción, tal acción se vuelve automática en el centro inferior, y la
más leve sugerencia del exterior la producirá sin ninguna intervención del cerebro. Por lo
tanto, las articulaciones y los músculos de la mano del niño se adaptan muy pronto al
modo de acción requerido para sostener y guiar el bolígrafo. Observe que no se trata de
que el niño aprenda mentalmente cómo usar su pluma, a pesar de sus músculos; sino que
los músculos nuevos en crecimiento asumen su forma de acuerdo con la acción que se
requiere de ellos. He aquí la explicación de todas las hazañas del saltimbanqui [artista que
realiza acrobacias y saltos en público]que parecen simplemente imposibles para los
espectadores no entrenados: le son imposibles porque sus articulaciones y músculos no
tienen las mismas facultades que se han producido en el saltimbanqui gracias al proceso
del entrenamiento temprano.

Por lo tanto, los niños debieran aprender a bailar, nadar, etc., a una edad temprana.
Actividades que no son meramente corporales, vale la pena decir. Aquí tenemos la razón
por la cual los niños deberían aprender a bailar, montar a caballo, nadar, hacer gimnasia,
toda forma de actividad que requiera entrenamiento de los músculos, a una edad
temprana: ésta radica en el hecho de que los músculos y las articulaciones no tienen que
conformarse simplemente a sus nuevos usos, sino también desarrollarse según un patrón
modificado; y este crecimiento y adaptación ocurren con mayor facilidad a una tierna
edad. Por supuesto, quien posee músculos que han mantenido el hábito de adaptarse
adquirirá nuevos juegos, nuevos ejercicios musculares, sin gran esfuerzo. Pero si le
enseñas a escribir a un granjero que maneja el arado, verás la enorme dificultad física que
se ve en los músculos no acostumbrados a desarrollar algún tipo de esfuerzo diferente.
Aquí vemos cuán importante es vigilar los hábitos de enunciación, el porte de la cabeza,
etc., que el niño está formando a cada hora. El dedo en la nariz, la mala postura de la
espalda, la frase ininteligible, no son una simple costumbre que se pueda dejar para
«cuando sea mayor y sepa mejor», porque que todo el tiempo ello se está convirtiendo en
parte de él, al quedar registrado en la sustancia misma de su médula espinal. La parte de
su sistema nervioso donde reside la conciencia (el cerebro) hace tiempo que dio una orden
permanente, y tales son las complicaciones de la administración, que recordar la orden
significaría la reestructuración absoluta de las partes involucradas. Y para corregir los
malos hábitos de hablar, por ejemplo, no será suficiente que el niño tenga la intención de
hablar con claridad y tratar de hablar con claridad; no podrá hacerlo habitualmente hasta
que se haya producido un nuevo crecimiento en los órganos de la voz mientras hace
esfuerzos para formar el nuevo hábito.

Los hábitos morales y mentales dejan su huella en los tejidos físicos. Pero,
prácticamente, todos saben que el cuerpo, y cada una de sus partes, se adapta muy
fácilmente a los usos que se le dan: sabemos que, si un niño se acostumbra a pararse sobre
un pie, empujando así un hombro hacia arriba, el hábito probablemente terminará en la
curvatura de la columna vertebral; que permitir hombros caídos y, en consecuencia, un
pectoral contraído, es preparar el camino para la enfermedad pulmonar. Las
consecuencias físicas de los malos hábitos de este tipo son tan evidentes que no podemos
cegarnos a la relación de causa y efecto. Y estamos menos preparados para admitir que los
hábitos que no parecen ser en ningún sentido físicos—hábitos de la impertinencia, de la
veracidad, del orden—también deberían dejar su huella en un tejido físico, y ese efecto físico
probablemente se deba a la enorme fuerza del hábito. Sin embargo, cuando consideramos
que el cerebro, el cerebro físico, es el órgano extremadamente delicado mediante el cual
pensamos, sentimos, deseamos, amamos, odiamos y adoramos, no es sorprendente que
esté siendo modificado por el trabajo que debe realizar. Para decirlo de manera pintoresca,
es como si cada tren de pensamiento frecuente hiciera un surco en la sustancia nerviosa
del cerebro en la que los pensamientos corren ligeramente por su propia voluntad, y estos
solo pueden salirse de los rieles con un esfuerzo extremo de nuestra voluntad.

Hilos de pensamiento persistentes. Por lo tanto, la dueña de la casa sabe que cuando sus
pensamientos son libres de seguir su propio curso, se van a los cuidados de la casa o a la
despensa, a la cena de mañana o a la ropa para el invierno; es decir, el pensamiento corre
por el surco que, por así decirlo, ya se ha usado al repetirlo constantemente. Los
pensamientos de la madre se centran en sus hijos, del pintor en las imágenes, del poeta en
la poesía; los del ansioso jefe de hogar puede ser en el dinero ocasionalmente, hasta que en
momentos de presión inusual sus pensamientos golpeen una y otra vez esos surcos
gastados por el uso, y se nieguen a correr por otro surco, hasta que el pobre hombre pierde
la razón, simplemente porque no puede sacar sus pensamientos del surco creado en la
sustancia de su cerebro. De hecho, «allí radica la locura» para cada uno de nosotros, en el
persistente acoso de cualquier hilo de pensamiento sobre el tejido cerebral. El orgullo, el
resentimiento, los celos, una invención en la que ha trabajado un hombre, una opinión que
ha concebido, cualquier línea de pensamiento sobre la cual él ya no tenga el poder parar
desviar, pondrá en peligro la cordura de un hombre.

Regeneración incesante del tejido cerebral. Si amamos, odiamos, pensamos, sentimos,


adoramos, a expensas del esfuerzo físico real del cerebro y el consiguiente desperdicio del
tejido, cuán enorme debe ser el trabajo de ese órgano con el que nosotros, de hecho,
hacemos todo, ¡incluso muchos de esos actos cuya ejecución final recae en las manos o los
pies! Es cierto: y para reparar este desgaste excesivo, el cerebro consume la mayor parte de
los nutrientes proporcionados por el cuerpo. Como ya hemos visto, un sexto o un quinto
de toda la sangre en el cuerpo va a reparar los desgastes en la casa del rey; en otras
palabras, se está formando constantemente tejido cerebral nuevo a un ritmo
sorprendentemente rápido que uno se pregunta a qué edad el niño ya no tiene parte del
cerebro con el que nació.

El nuevo tejido repite el viejo, pero no con exactitud. Así como un nuevo crecimiento
muscular se adapta a cualquier ejercicio nuevo que se requiera, el nuevo tejido cerebral se
supone que «crece y se adapta» a cualquier hábito de pensamiento vigente durante el
tiempo de tal crecimiento—con el término «pensamiento», incluimos por supuesto, todo
ejercidio de la mente y del alma. «El cerebro del hombre crece y se adapta a los modos de
pensamiento que ejercita habitualmente», dice un fisiólogo de experiencia; o, en palabras
del Dr. Carpenter, «cualquier secuencia de acción mental que se haya repetido con
frecuencia tiende a perpetuarse; de esa manera nos encontramos automáticamente prontos
a pensar, sentir o hacer lo que hemos estado acostumbrados a pensar, sentir o hacer, en
circunstancias similares, sin ningún propósito o anticipación de resultados conscientemente
concebidos. Debido a que no hay razón para considerar el cerebro como una excepción al
principio general, que, si bien cada parte del organismo tiende a formarse a sí mismo de
acuerdo con el modo en que se ejercita habitualmente, esta tendencia será especialmente
fuerte en el aparato nervioso, en virtud de esa regeneración incesante que es la condición
misma de su actividad funcional. De hecho, casi no hay duda de que cada estado de
conciencia ideacional que sea o muy fuerte o que se repita habitualmente, deja una impresión
orgánica en el cerebro, en virtud del cual el mismo estado puede reproducirse en
cualquier momento futuro al momento que algo suficientemente adecuado lo provoque».

Se pueden adquirir actos reflejos artificiales. En otras palabras, podemos usar lo que dice
Thomas Huxley y exponer el caso [en Elementos de fisiología e higiene] así:

«Con ayuda del cerebro podemos contraer una infinidad de hábitos que llegan a ser otros
tantos actos reflejos. Es decir, que un acto puede requerir toda nuestra atención y la
intervención de la voluntad la primera, segunda y tercera vez que se practica; pero al cabo
de frecuentes repeticiones, llegar a ser en cierto modo como parte de nuestra organización,
y ocurre ya sin intervención de la voluntad y aun sin que tengamos de él noticia o
consciencia.

Todo el mundo sabe que se emplea largo tiempo en la instrucción de los reclutas, hasta
que a fuerza de ejercicio se consigue que obedezcan una voz de mando, la de “firmes” por
ejemplo, en el mismo instante de oírla, y llega a suceder que al sonido de la voz sigue
inmediatamente la acción, sin necesidad de que el soldado piense en lo que hace. A este
propósito hay un cuento, que podrá no ser verdad, pero que es muy verosímil, de un
chistoso que viendo venir por la calle a un veterano cargado con su merienda, gritó
repentinamente “Firmes” y que el pobre soldado, sin saber lo que hacía, se cuadró y llevó
las manos a la costura del pantalón echando a rodar la carne y las patatas que llevaba. El
ejercicio militar había llegado a incorporarse en la estructura nerviosa de aquel hombre.

La posibilidad de toda educación (de la que el ejercicio militar es solo una forma
particular) se funda en la existencia de esta facultad que posee el sistema nervioso de
convertir los actos voluntarios en operaciones maquinales o reflejas. Puede muy bien
establecerse como regla que siempre que se provoquen dos estados mentales cualesquiera,
ya juntos, ya en determinada sucesión, y que esto se repita con la necesaria frecuencia y
con suficiente viveza; en adelante bastará producir uno de ellos para que irremisiblemente
acuda el otro, sea ese o no sea nuestro deseo»

Educación intelectual y moral. «El objeto de la educación intelectual es precisamente


crear esas asociaciones indisolubles de nuestras ideas sobre las cosas en el mismo orden y
relación en que nos las ofrece la naturaleza; el de la educación moral es unir con la mayor
fijeza las ideas de acciones criminales con las de castigo y degradación, y las de las buenas
acciones con las de contento y de gloria».

Pero es la conexión íntima de la mente y la materia lo que tiene una importancia más
directa para el educador, es decir, la idea que hemos abordado en forma generalizada
usando la figura (de ninguna manera científicamente precisa) de un surco o riel. Dado que
la dirección constante de los pensamientos produce una cierta línea en los tejidos del
cerebro, esta línea es el primer rastro del surco o riel, la línea de menor resistencia, a lo
largo de la cual la misma impresión, hecha en otro momento, encontrará más fácil seguir
que tomar otro camino. Así surge un derecho de paso para cualquier hábito de
pensamiento o de acción.
El carácter se ve afectado por la modificación adquirida que recibe el tejido cerebral. De
lo anterior procede que la alineación real del cerebro del niño depende de los hábitos que
los padres permitan o fomenten; y que los hábitos del niño producen el carácter del
hombre, porque una vez que ciertas costumbres mentales se han establecido, está en su
naturaleza continuar para siempre a menos que sean desplazados por otros hábitos. Aquí
termina la filosofía fácil del «no importa», «oh, ya crecerá», «ya aprenderá a hacer lo
bueno», «es tan pequeñito, ¿por qué no esperar mejor?» entre otras justificaciones. Todos
los días, cada hora, los padres están formando pasiva o activamente aquellos hábitos en
sus hijos de los cuales dependen, más que de cualquier otra cosa, el carácter y la conducta
futuros.

La influencia externa. Consideremos ahora la influencia externa. El noventa por ciento del
tiempo comenzamos a hacer algo porque hemos visto a otra persona hacerlo; lo seguimos
haciendo y, ¡allí surge el hábito! Si es tan fácil para nosotros adoptar un nuevo hábito, es
diez veces más fácil para los niños; y aquí radica la verdadera dificultad en cuanto a la
educación en hábitos. Es necesario que la madre esté siempre alerta para cortar de raíz el
mal hábito que sus hijos puedan estar adquiriendo de otros adultos en el hogar o de otros
niños.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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VII. La formación del hábito: ‘cierra la puerta al salir’

«Haced la cosa siguiente».

«Lo que no se haga hoy no se hará mañana;


así que, no perdamos ni un solo día en la vacilación».

dice Marlowe, quien, como muchos de nosotros, conocía la miseria de la indolencia


intelectual que no logra «hacer lo siguiente». Ningún asunto sobre la crianza de los hijos
es trivial, pero esto de la dilación es muy importante. El esfuerzo de decisión, como hemos
visto, es el mayor esfuerzo de la vida; no el hacer la cosa sino el esfuerzo de decidir qué
hacer primero. Es comúnmente este tipo de indolencia mental, nacida de la indecisión, lo
que conduce a los hábitos dilatorios [de hacer todo tan lentamente que se pierde el tiempo
irremediablemente]. ¿Cómo se cura al niño remolón? ¿Lo curará el tiempo? ¿Aprenderá
cuando crezca? En lo absoluto, será más bien su historia algo así como «No se hará
mañana», a excepción de momentos ocasionales de acción. ¿Qué de los castigos? No; una
persona procrastinadora es fatalista, y dice: «Se debe soportar lo que no se puede curar», y
claro que se soportará, sin hacer ningún esfuerzo para curarse. ¿Recompensas? Tampoco;
para él, una recompensa es un castigo presentado con un aspecto diferente: la posible
recompensa él la asume como real, a su alcance, por así decirlo, pero al renunciar a ella
[por su mal hábito] se le castiga, y él soporta el castigo. ¿Qué queda por intentar cuando ni
el tiempo, ni la recompensa ni el castigo son efectivos? La panacea del educador: «Una
costumbre vence sobre otra». El hábito enraizado de perder el tiempo solo debe
suplantarse por el hábito contrario, y la madre debe dedicarse por unas semanas a esta
cura de una manera tan constante e incansable como cuidaría de un hijo que tiene
sarampión. Después de decirle en pocas palabras—cuanto menos mejor—y señalarle las
consecuencias que pueden surgir de esta falta, así como el deber de superarla, y después
de haberse ganado la voluntad (tristemente débil) del niño de hacer lo correcto, ella
simplemente vigila que durante varias semanas la falta no se repita. La pequeña va a
vestirse para dar una caminata; y sueña despierta con los cordones de sus botas, los dedos
quedan en el aire, pero su conciencia está despierta; se siente obligada a levantar su
mirada, y allí encuentra la mirada de su madre sobre ella, esperanzada y expectante. La niña
responde a la rienda y prosigue su tarea; a mitad de camino lidiando con el cordón de la
segunda bota, hay otra pausa, esta vez más corta; otra vez mira ella hacia arriba, y otra
vez prosigue lo que está haciendo. Las pausas van disminuyendo día a día, los esfuerzos
son más constantes, se fortalece la joven e inmadura voluntad y se adquiere el hábito de
una acción rápida. Después de esa primera charla, lo mejor es que la madre se abstenga de
una palabra más sobre el tema; tanto su mirada (expectante, no reprochadora) como un
toque lo más ligero posible cuando la pequeña nuevamente se distraiga, serán los únicos
instrumentos efectivos. Muy pronto, «¿Crees que puedes prepararte en cinco minutos hoy
sin mí?» «Oh, sí, madre». «No digas que “sí” a menos que estés completamente segura»,
«Lo intentaré». Y la pequeña lo intenta, y tiene éxito. En este momento, la madre se sentirá
tentada a relajar sus esfuerzos, pasar por alto un poco de dilación porque la querida
pequeña se ha estado esforzando tanto. Hacer esto es absolutamente fatal. El hecho es que
el hábito de dilatar y perder el tiempo ha generado un registro considerable en la
sustancia misma del cerebro del niño. Durante las semanas de curación, el nuevo
crecimiento ha estado borrando el surco anterior, y ya se está formando el surco de un
nuevo hábito. Permitir que se revierta al mal hábito anterior es botar todo lo que se ha
ganado. Formar un buen hábito se logra en unas pocas semanas; pero protegerlo es un
trabajo incesante, aunque para nada afanoso. Una palabra más: la acción rápida de parte
del niño debiera lograr la recompensa de total tiempo libre, un tiempo para hacer
exactamente lo que quiera, que no se otorgue como un favor, sino que se vaya
acumulando (sin palabras) como un derecho adquirido.

El hábito es un deleite en sí mismo. Excepto por este inconveniente, la formación de


hábitos en los niños no es una tarea laboriosa, ya que la recompensa va de la mano con el
esfuerzo. Debido a que un hábito es deleite en sí mismo; la pobre naturaleza humana está
consciente de lo fácil que es repetir cualquier cosa sin esfuerzo; y, por lo tanto, formar un
hábito, disminuir gradualmente la sensación de esfuerzo en un acto dado, es placentera.
Esta es una de las rocas que, a veces, divide a las madres: pierden de vista el hecho de que
un hábito, incluso un buen hábito, se convierte en un verdadero placer; y cuando el niño
realmente ha formado el hábito de hacer cierta cosa, su madre imagina que el esfuerzo es
tan grande para él como al principio, que la virtud en él es lo que lo hace continuar este
esfuerzo y que, por cierto, se merece de recompensas, y un poco de relajación—entonces
lo dejará interrumpir el nuevo hábito unas cuantas veces y luego continuará de nuevo.
Pero ya no continuará como lo hacía; continuará de nuevo, pero enfrentando obstáculos.
La «pequeña relajación» que ella permitió a su hijo significó la formación de otro hábito
contrario, que debe superarse antes de que el niño regrese a donde estaba antes.

De hecho, lo único que esta compasión mal encaminada por parte de las madres es lo que
hace difícil entrenar a un niño en buenos hábitos; ya que está en la naturaleza del niño
adoptar hábitos tan amablemente, como el bebé toma la leche de su madre.

Tacto, vigilancia y persistencia. Por poner como ejemplo un hábito sin mayor
importancia excepto en cuanto a la consideración hacia los demás: la madre desea que su
hijo adquiera el hábito de cerrar la puerta cuando él entra o sale de la casa o de una
habitación. Tacto, vigilancia y persistencia son las cualidades que debe cultivar en sí
misma; y, con estos, se sorprenderá de la disposición con la que el niño adquiere el nuevo
hábito.

Etapas en la formación de un hábito. «Juanito»—dice ella con voz alegre y amable,


«quiero que recuerdes algo con todas tus fuerzas: nunca entres o salgas de una habitación
en la que alguien se encuentra sin cerrar la puerta».

«¿Pero, y si lo olvido, madre?»

«Yo intentaré recordártelo».

«Pero tal vez yo tenga mucha prisa».

«Siempre debes hacer el tiempo para hacerlo».

«¿Pero, por qué, madre?»

«Porque no es cortés incomodar las personas que se encuentran en la habitación».

«¿Pero si vuelvo a salir inmediatamente?»

«Aun así, cierra la puerta cuando entres; puedes abrirla nuevamente al salir. ¿Crees que
puedes recordarlo?»

«Lo intentaré, madre».

«Muy bien; yo observaré cuántos pocos “olvidos” tienes».

Juanito recuerda dos o tres veces; y luego, sale de la habitación como un tiro de escopeta y
está a mitad de camino de bajar la escalera cuando su madre alcanza a llamarlo. Ella no
grita: «¡Juanito, vuelve y cierra la puerta!», porque sabe que una llamada de ese tipo es
exasperante para grandes o pequeños. Ella va hacia la puerta y llama amablemente:
«¡Juanito!» Juanito se ha olvidado por completo de la puerta; se pregunta qué quiere su
madre y, vuelve curioso, para encontrarla sentada y ocupada como antes. Ella levanta la
vista, mira hacia la puerta y dice: «Dije que trataría de recordártelo». «Oh, se me olvidó»,
dice Juanito, su honor malherido; y cierra la puerta esa vez, y la siguiente, y la siguiente.
Pero en realidad el niño no tiene mucha facultad para recordar, y la madre tendrá que
adoptar varios pequeños dispositivos para recordarle; pero de dos cosas ella tendrá
cuidado—que él nunca se escape sin cerrar la puerta, y que ella nunca permita que el
asunto sea una causa de fricción entre ella y el niño, tomando la posición de su aliado
amigable para ayudarlo contra ese mal recuerdo. Muy pronto, después de quizás veinte
cierres de la puerta sin omisión alguna, el hábito comienza a formarse; Juanito cierra la
puerta como si nada, y su madre lo mira con alegría entrar en una habitación, cerrar la
puerta, sacar algo de la mesa y salir, cerrando la puerta nuevamente.

Un escenario peligroso. Ahora que Juanito siempre cierra la puerta, la alegría y el triunfo
de su madre comienzan a mezclarse con una lástima irrazonable. «Pobre niño», se dice a sí
misma, «es muy bueno de su parte tomarse tantas molestias por algo tan sencillo, ¡solo
porque se le pide!» Ella piensa que, todo el tiempo, el niño está haciendo un esfuerzo por
ella; perdiendo de vista el hecho de que el hábito se ha vuelto fácil y natural, que, de hecho,
Juanito cierra la puerta sin saber que lo hace. Ahora llega el momento crítico. Un día
cualquiera, Juanito está tan entusiasmado con un nuevo deleite, que el hábito que aún no
está completamente formado, lo olvida, y está a medio camino por las escaleras antes de
pensar en la puerta. Piensa en ella, con un pequeño toque de la conciencia, lo
suficientemente fuerte como para no enviarlo de regreso, pero para hacer que se detenga
un momento para ver si su madre lo llamará de regreso. Ella se ha dado cuenta de la
omisión y se dice a sí misma: «Pobrecito, se ha portado tan bien con este hábito durante
tanto tiempo; lo dejaré pasar una vez». Él, afuera, no escucha la llamada de su madre, y se
dice a sí mismo (¡qué fatal veredicto!): «Bueno, no importa», ¡y se va!

La próxima vez deja la puerta abierta, pero no es un «olvido». Su madre lo llama


débilmente. Su oído rápido capta la debilidad en su tono y, sin volver, implora: «Oh,
madre, tengo tanta prisa», y ella no dice nada más, y lo deja ir. Nuevamente entra él
apurado, dejando la puerta abierta. «¡Juanito!» dice la madre, advirtiéndole. «Voy a salir
de nuevo en un minuto, madre», y después de diez minutos hurgando, él sale y se olvida
de cerrar la puerta. La relajación en mal momento de la madre la ha hecho perder todo el
terreno ganado.

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VIII. Hábitos de la primera infancia

El niño recibe pasivamente todas sus tendencias y hábitos, mitad físicos y mitad morales,
de los que dependen el disfrute y la comodidad de la vida cotidiana; es decir, él hace muy
poco para formar estos hábitos por sí mismo, pero su cerebro recibe impresiones de lo que
él ve sobre sí mismo; y estas impresiones toman la forma de sus propios hábitos más
fuertes y duraderos.

Algunas ramas de la educación infantil. La limpieza, el orden, la pulcritud, la


regularidad y la puntualidad son todas «ramas» de la educación de la primera infancia; para
el niño, debieran ser como el aire que respira, y adquirirlas inconscientemente. No hay
que decir nada sobre la necesidad de que una limpieza delicada en las habitaciones donde
están los pequeñitos; los bebés reciben sus baños, y limpiezas ilimitadas en su nombre;
pero, de hecho, a pesar de que las madres de la clase culta sean tan escrupulosas como
fueren, mucho depende de las personas que cuidan los niños, y una supervisión
cuidadosa es necesaria para garantizar que no ningún tipo de olor en el bebé o en
cualquier cosa que le pertenezca, y que las guarderías se mantengan frescas y
completamente ventiladas. Una de las grandes dificultades radica en que todavía hay
algunas personas cuidadoras que pertenecen a una clase en la que una ventana abierta es
una abominación; y otra gran dificultad es que no conocen el significado de los olores: no
pueden ver “un olor” y, por tanto, no es fácil persuadirlas de que el olor es materia,
partículas microscópicas que el niño ingiere con cada inhalación de su respiración.

Un olfato sensible. Por cierto, una parte muy importante de la educación física para un
niño es entrenar en él un olfato sensible, en otras palabras, fosas nasales que huelan la
menor “congestión” en una habitación, o el olor más leve de la ropa o los muebles. Parece
que el sentido del olfato nos ha sido dado no solo como una vía de placer, sino como una
especie de señal de peligro para advertirnos de la presencia de asuntos nocivos. Sin
embargo, muchas personas parecen atravesar el mundo sin una nariz en absoluto; y los
hechos tienden a mostrar que un olfato rápido es cuestión de educación y hábito. El hábito
se forma fácilmente: aliente a los niños a notar si la habitación en la que entran “huele”
bastante fresca cuando retornan del aire libre, a observar la diferencia entre el aire de la
ciudad y el aire más fresco fuera de ella; y entrenarlos para percibir el más mínimo rastro
de olores agradables o inofensivos.

Los infantes son ubicuos. Volvamos a los niños de corta edad. Sería muy importante que
a las personas cuidadoras se les comunicara que el bebé es ubicuo [que la RAE define
como: alguien que todo lo quiere presenciar y vive en continuo movimiento], y que no
solo ve y sabe todo, sino que también guardará por toda la vida, todo lo que ha visto [a
continuación, un extracto del poema On The Late Captain Grose’s Peregrinations Thro’
Scotland del poeta Robert Burns]:

«Si un agujero hay en tu abrigo,


Párchalo, te lo ruego;
Hay un pequeño observando con atención,
Y así lo aprenderá, con seguridad»:

«lo aprenderá» en su propio cerebro activo, como un modelo para sus hábitos futuros. Que
la persona cuidadora posea esta noción podría lograr algo a favor de garantizar la
limpieza que sobrepasa aquella de delantales limpios. Uno o dos pequeños detalles sobre
la limpieza que las personas cuidadoras realizan, no recomendamos en cuanto a la
limpieza: uno es hacer las camas infantiles a primera hora de la mañana, y el otro es
doblar las prendas de los niños cuando se las quitan por la noche. Es bueno poner un
cordel en la noche en donde duermen los niños, y allí colgar las pequeñas prendas para
que se ventilen y salga la transpiración imperceptible que han recibido durante el día. Por
la misma razón, las camas y las sábanas deberían airearse durante un par de horas antes
de que se hagan.

La limpieza personal como un hábito temprano. La mesa donde se alimentan los niños,
si la hubiera, debe mantenerse tan escrupulosamente agradable como la del comedor. El
niño que se sienta sobre un mantel arrugado o manchado, o usa una cuchara de metal
descolorida, está siendo degradado por tal hecho. A los niños también se les debe alentar
a mantener un buen aseo personal de sí mismos. Todos hemos visto la delicada manito
que extiende el bebé para que se la laven; tiene una mancha y al niño no le gusta. ¡Que
sean así de meticulosos cuando sean lo suficientemente grandes como para lavarse por sí
mismos! No se trata de que estén siempre limpios y presentables; a los niños les encanta
«ensuciarse» y deberían tener grandes delantales para ese propósito. Todos son como ese
pequeño príncipe francés que despreciaba sus regalos de cumpleaños y suplicaba que se le
permitiera hacer pequeños pasteles de barro con el niño pobre. Déjelos que hagan sus
tartas de barro con toda libertad; pero una vez que hayan terminado, deberían estar
impacientes por eliminar todo rastro de tierra, y deberían hacerlo ellos mismos. A los niños
pequeños se les puede enseñar a limpiarse las uñas, y a limpiarse los ojos [¿de lagañas?], y
las orejas. En cuanto a sentarse a la mesa con las manos sin lavar y el pelo sin cepillar, eso,
por supuesto, no se le permite a ningún niño decente. A los niños se les debiera dar
tempranamente sus propios materiales de lavado, y acostumbrarse a encontrar un
verdadero placer en el baño y en el cuidado de sí mismos. No hay razón por la que un
niño de cinco o seis años no se lave completamente a sí mismo sin someterlo a la tortura
del jabón en los ojos, y las maniobras de parte de los adultos que los niños odian, y con
justificada razón. Además, el niño no adquiere el hábito del baño diario sino hasta que
pueda tomarlo por sí mismo, y es importante que este hábito se forme antes de que
comience la era temeraria de la vida escolar.

Modestia y pureza. Las acciones relativas al baño le brindan a la madre oportunidades


para entregar la enseñanza y la capacitación necesarias en hábitos de decencia y un
sentido de la modestia. Dejar que su hijo pequeño viva y crezca en una simplicidad como
la del Edén es, quizás, el curso más tentador y natural para la madre. ¡Pero, ay! no vivimos
en el huerto, y es bueno que el niño sea entrenado desde el principio en las condiciones en
que debe vivir. Tanto para el niño más pequeño como para nuestros primeros padres,
existe aquello que está prohibido. En la temporada de la obediencia incuestionable, hágale
saber que Dios Todopoderoso no le permite hablar, pensar, exhibir, y manejar su cuerpo
excepto cuando se trate de la limpieza. Esto será más fácil para la madre si habla del
corazón, los pulmones, etc., que, también no se nos permite mirar ni manipular, pero que
están tan encerrados en paredes de carne y hueso que no podemos alcanzarlos. Lo que
queda disponible a nosotros está allí, tal como el árbol en el Jardín del Edén, para probar
nuestra obediencia; y en ambos casos, la desobediencia genera una pérdida y ruina
seguras.
El hábito de la obediencia y el sentido del honor. El sentido de la prohibición, del pecado
en la desobediencia, será una maravillosa protección contra el conocimiento del mal para
el niño criado en hábitos de obediencia; y aún más efectivo será el sentido del honor y del
deber—el mismo motivo de los mandamientos apostólicos sobre este tema. Deje que la
madre renueve este cargo con seriedad en la víspera, por ejemplo, de cada cumpleaños,
permitiendo al niño que sienta que al obedecer en este asunto puede glorificar a Dios
con su cuerpo; enseñándole a vigilar cada acercamiento del mal; rezar diariamente para
que cada uno de sus hijos se mantengan en pureza ese día. Ignorar las posibilidades del mal
en esta área, es exponer al niño a riesgos terribles. Al mismo tiempo, recuerde que las
palabras destinadas a obstaculizar pueden ser la causa del mal, y que una vida llena de
intereses y actividades saludables es una de las medidas preventivas más seguras del vicio
secreto.

El orden es esencial. Lo que se ha dicho sobre la limpieza se aplica también al orden tanto
orden en las habitaciones de los niños pequeños como en los hábitos de orden de quienes
los cuidan. Una cosa es de importancia en este sentido: que la habitación de los niños no
debiera convertirse en la bodega de muebles en desuso o desgastados de la casa; o tazas
resquebrajadas, platos descascarados, jarras y las teteras con boquillas rotas no deben
estar allí. A los niños se les debe criar para que piensen que una vez que un artículo se
vuelve antiestético por el uso o una rotura, ya no se puede usar, y se debe conseguir otro;
esta regla resultará bien económica porque cuando los niños y los criados descubren que
las cosas ya no «sirven», después de causar daño por un descuido, aprenden a tener
cuidado. Pero, en todo caso, es un verdadero detrimento para los niños crecer usando
cosas imperfectas y antiestéticas por falta de algo mejor.

El placer que las personas adultas sienten al hacer todo por los niños es realmente una
fuente fructífera de mal comportamiento; por ejemplo, en cuanto a esto del hábito del
orden. ¿Quién no ha visto el desorden que los niños dejan para otros limpien una docena
de veces al día, en sus habitaciones, el jardín, el salón, a donde sea que los llevan sus
inquietos y pequeños piececitos? Somos un poco sentimentales con respecto a juguetes
dispersos y ramilletes desteñidos de flores, y todas las señas de la presencia de los niños;
pero el hecho es que no se debe permitir que el hábito sin control de dejar desórdenes se
implante en los niños. Todos reprueban a la madre de familia por el caos en los cajones de
su ropa, o por sus posesiones arrojadas sin cuidado; pero al menos parte de la culpa
debería colocarse en su propia madre, porque no se trata de que la mujer haya adquirido
accidentalmente un hábito miserable que destruye la comodidad y la felicidad de su
hogar; sino que se le permitió crecer en el hábito del desorden cuando era niña, y parte de
su culpa es que no ha logrado curarse.

El niño de dos años debe guardar sus juguetes. Al niño de dos años se le debe enseñar a
sacar y devolver sus juguetes a su lugar. Comience a corta edad. Que sea un placer para él,
que sea parte de un juego, abrir su armario y volver a colocar la muñeca o el caballo en su
lugar. Que siempre guarde sus cosas como una parte normal de su día, y será sorprendente
lo pronto que se forma un hábito de orden, entonces guardar sus juguetes será algo
agradable, y le irritará ver las cosas en un lugar que no corresponde. Si los padres
pudieran ver la moralidad que radica en el orden, que ese orden en las habitaciones de los
niños se convierte en escrupulosidad en la vida posterior, y que la instrucción necesaria
para formar el hábito no es mayor que, en comparación, la cuerda ocasional de un reloj,
que marca el tiempo por sí mismo y sin obligarse a sí mismo, entonces mayores esfuerzos
se harían para cultivar este importante hábito.

La pulcritud es similar al orden. La pulcritud es similar al orden, pero no es exactamente


lo mismo: implica no solo “un lugar para todo y todo en su lugar”, sino todo en un lugar
adecuado, con el fin de producir un buen efecto; de hecho, el gusto entra en juego. La niña
no solo debe poner sus flores en agua, sino también colocarlas con delicadeza, y no se le
debe ofender pasándole alguna fea taza o jarra de la cocina, o un horrible jarrón rosa, sino
que debiera acceder a un vaso o jarrón elegante y armonioso en el tono, aunque sea un
poco barato. Del mismo modo, todo en las habitaciones de los niños debiera ser «pulcro»,
es decir, agradable y adecuado; y se debe alentar a que los niños guarden pulcra y
efectivamente lo que posean. No debe admitirse nada vulgar en cuanto a impresión, libro
ilustrado o juguete— nada que vicie el gusto de un niño o aliente el gusto por lo común en
su naturaleza. Por otro lado, sería difícil estimar la influencia refinadora y elevadora de
una o dos obras de arte bien elegidas, por muy barata que sea su reproducción.

Regularidad. La importancia de la regularidad en la educación infantil está comenzando a


reconocerse en general. La joven madre sabe que debe acostar a su bebé en el momento
adecuado, independientemente de sus llantos, incluso si lo deja llorar dos o tres veces,
para que, por el resto de la vida de su bebé, él pueda dormirse solo dulcemente en la
oscuridad sin protestar. Mucho se dice que no tiene sentido sobre la razón de los llantos
del niño: se supone que quiere a su madre, su niñera, su biberón, la luz, y que es «un niño
que sabe», según su niñera, ya que, de hecho, si llora por tales cosas, las consigue. [Aquí la
Srta. Mason refleja las prácticas de cuidado del bebé de la época victoriana, que ya no
recomiendan los expertos en cuidado infantil.]

Hábitos de tiempo y lugar. El hecho es que el niño ya ha formado un hábito de vigilia o


de alimentación en momentos inadecuados, y está tan incómodo con sus hábitos como el
gato está en una casa diferente; pero cuando se somete felizmente a la nueva regulación,
es porque se ha formado el nuevo hábito y es, a su vez, la fuente de su satisfacción. Según
el Dr. Carpenter, «La regularidad debería iniciarse incluso con la vida del bebé, en cuanto a
los tiempos de alimentación, descanso, etc. El hábito corporal así formado ayuda
enormemente a moldear el hábito mental en un período posterior. Por otro lado, nada
tiende a generar más un hábito de autocomplacencia que alimentar a un niño, o permitirle
que permanezca fuera de la cama, en momentos que no son los adecuados, simplemente
porque llora. Es maravilloso lo pronto que las acciones de un bebé pequeño (como las de
un perro o caballo joven) entran en armonía con el “entrenamiento” sistemático ejercido
juiciosamente». El hábito de la regularidad es tan atractivo para los niños mayores como
para el bebé. Los días en que la planificación habitual no se lleva a cabo, sabemos que son
los días en que los niños tienden a tener un mal comportamiento.

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IX. El ejercicio físico

Importancia del ejercicio cotidiano. Ya abordamos en abundancia el tema del


entrenamiento natural del ojo y de los músculos en la sección anterior «la vida al aire
libre», a lo cual solo agregaré una cosa: que el placer del niño en el movimiento ligero y
fácil—como el deleite del buen jinete en el manejo de su propio cuerpo cuando monta su
caballo—, ya sea bailando, haciendo ejercicios de repetición, o gimnasia, algún tipo de
ejercicio físico juicioso, debiera ser parte de la rutina diaria de todo niño.
La gimnasia sueca [Swedish Drill, en inglés] es de especial valor, y muchos de los ejercicios
son adecuados para los niños más pequeños. Ciertas cualidades morales entran en juego
en los movimientos alertas, la atención del ojo, las respuestas rápidas e inteligentes; pero a
menudo sucede que los niños bien comportados fallan en estos puntos por falta de
entrenamiento físico.

Ejercicios en buenos modales. Que los niños repitan los buenos modales: que ensayen
pequeñas obras jugando: María es la dama que pregunta cuál es el camino al mercado;
Harry es el chico que la dirige, y así sucesivamente. Que hagan un ejercicio de postura: los
ojos al frente, las manos quietas, la cabeza alta. Que inventen un centenar de situaciones
con su comportamiento propio, atesorando sugerencias que se les dé para que se guíen;
pero este tipo de ejercicio debe intentarse cuando los niños son pequeños, antes de que la
tiranía de la vergüenza ajena se establezca. Aliéntelos a admirar y enorgullecerse en los
movimientos ágiles y ligeros, y que eviten el paso burdo y el movimiento hacia el exterior
de las extremidades al caminar.

Entrenamiento del oído y la voz. El entrenamiento del oído y la voz es una parte
extremadamente importante de la cultura física. Que los niños se ejerciten en los sonidos
puros de las vocales, en la enunciación de las consonantes finales; no les permitan que
omiten partes de las palabras o las deformen [ejemplos pertinentes en español podrían
ser: veniste en vez de viniste, haiga en vez de haya, dentrar en vez de entrar, fuistes en vez
de fuiste, pescao en vez de pescado, andó en vez de anduvo, decir: cómo estai, lah
palabrah, etc]. Hágalos pronunciar palabras difíciles como: imperturbabilidad,
anticlericalismo, impermeabilidad, con gran precisión después de escucharlas una sola
vez. El francés [o cualquier otro idioma extranjero], al ser enseñado oralmente, es de
inmenso valor ya que entrena tanto el oído como la voz.

El hábito de la música. En cuanto al entrenamiento musical, es difícil decir cuánto de lo


que se denomina gusto y habilidad musicales heredadas son el resultado de escuchar y
producir sonidos musicales constantemente, el hábito de la música, que ocurre en las
familias musicales y con lo cual crece el niño. El Sr. Hullah sostuvo que el arte de cantar es
un hábito formado—el cual se puede, y se debe dar a todos los niños. Por supuesto, el
hábito transmitido debe tenerse en cuenta. Es una pena que la instrucción musical que
recibe la mayoría de los niños sea aleatoria; que no se les capacite, por ejemplo, a través de
ejercicios cuidadosamente graduados de oído y voz, con el fin de producir y distinguir los
tonos y los intervalos musicales.
Dejemos a los niños tranquilos. En conclusión, permítanme decir que la educación de los
hábitos es exitosa en la medida que le permite a la madre dejar a sus hijos tranquilos, sin
irritarlos con órdenes y direcciones perpetuas, un barrido continuo de «haz esto» y «no
hagas eso»; sino dejándolos tomar su propio camino y crecer, habiéndose asegurado
primero que tomarán el camino correcto y crecerán con un propósito fructífero. El
jardinero, es cierto, «cava y poda», atiende su árbol de duraznos y le pone un tutor, pero
eso solo ocupa una pequeña fracción de la existencia del árbol porque el resto del tiempo,
el jardinero deja que el aire fresco, el sol y la lluvia hagan su trabajo. El resultado son
jugosos duraznos. Pero ay del jardinero que no haga su parte, porque sus duraznos no
serán mejores que un fruto amargo e inapetecible.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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Parte IV. Ciertos hábitos mentales morales

Una ciencia de la educación. Me permito reiterar que me atrevo a escribir sobre temas
relacionados con la educación en el hogar con la mayor deferencia hacia las madres; con la
certeza de que, en virtud de su peculiar comprensión de las disposiciones de sus propios
hijos, se les ha bendecido tanto con el conocimiento como con la capacidad para
manejarlos, y que quienes le rodean pueden solo observar de lejos. No obstante, existe lo
que denominamos ciencia de la educación, la cual no proviene de la intuición, cuyo
conocimiento permite criar a un niño completamente de acuerdo con la ley natural, que
también es la ley divina, y que en seguirla radica una gran recompensa.

La educación en hábitos permite una vida fácil. Ya hemos visto por qué el hábito, por
ejemplo, es una fuerza tan maravillosa en la vida humana. Esta perspectiva del hábito me
parece muy alentadora, al proporcionar una razonabilidad científica a las conclusiones ya
alcanzadas por la experiencia común. Es agradable saber que, incluso en la madurez de la
vida, es posible mediante un pequeño esfuerzo persistente adquirir un hábito deseable.
También es bueno, y también agradable, saber con qué facilidad fatal podemos caer en
malos hábitos. Pero lo más satisfactorio en esta visión del hábito es que encaja con nuestro
amor natural por una vida llevadera. Al principio, no somos reacios a esforzarnos
teniendo la seguridad de que pronto las cosas irán mejor; y esto exactamente es lo que el
hábito, en un grado extraordinario, promete generar. La madre que hace grandes
esfuerzos por dotar a sus hijos de buenos hábitos se garantiza a sí misma días tranquilos y
fáciles; mientras que la que deja que los hábitos se produzcan por sí solos tendrá una
cansadora vida de fricción interminable con los niños. Todo el día estará gritando a los
niños: «¡haz esto!» y no lo hacen; «¡haz eso!» y hacen lo otro. «Pero», usted puede decir, «si
el hábito es tan poderoso, ya sea para obstaculizar o ayudar al niño, es fatigante pensar en
todos los hábitos a los que la pobre madre debe estar atenta, ¿acaso ella nunca tendrá un
momento de sosiego con sus hijos?»

El entrenamiento en hábitos se convierte en un hábito. Otra vez vemos una ilustración


de esa fábula del péndulo ansioso, abrumado con la idea de la cantidad de «tictacs» que
debe marcar; pero los tictacs se hacen uno a uno, y siempre habrá un segundo entre cada
uno de ellos. De igual forma, la madre se dedica a la formación de un hábito a la vez, y
solo vigila aquellos que ya se han formado. Si se pusiera ansiosa al pensar en el mucho
trabajo, que limite la cantidad de buenos hábitos que se propone formar. El niño que
comienza la vida con, digamos, veinte buenos hábitos, comienza con un cierto capital del
cual obtendrá infinitas ganancias a medida que pasen los años. La madre que desconfía de
su propia capacidad del esfuerzo constante bien puede consolarse con dos hechos. En
primer lugar, ella misma adquiere el hábito de entrenar a sus hijos en un hábito
determinado, que pronto se convierte, no solo en ningún problema, sino en un placer para
ella. En segundo lugar, los hábitos más dominantes y permanentes del niño son aquellos
que la madre no ha desarrollado, sino que el niño adquiere por sí mismo a través de la
observación cercana de todo lo que se dice, se hace, se siente y se piensa en su casa.

Hábitos inspirados por la atmósfera hogareña. Ya hemos considerado un grupo de


hábitos cuasi físicos (orden, regularidad, pulcritud) que el niño absorbe, por así decirlo, de
la manera recién mencionada, pero no son los únicos: los hábitos de gentileza, cortesía,
amabilidad, franqueza, respeto por otras personas, u otros hábitos así, son en el niño tal
como es la atmósfera de su hogar, es decir, el aire en el que vive y en el que crece.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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I. El hábito de la atención

Pasemos a considerar, ahora, un grupo de hábitos mentales que se ven influenciados por
el entrenamiento directo y no por el ejemplo.

Primero, ponemos el hábito de la atención, porque el valor de los dones intelectuales más
altos dependen de la medida en el cual su dueño haya cultivado el hábito de la atención.
Para explicar por qué este hábito es de suma importancia, debemos considerar el
funcionamiento de una o dos de las leyes del pensamiento. Recuerde, mientras tanto, cuán
fija es la atención con la que el profesional capacitado—el abogado, el médico, el letrado—
escucha una larga historia, desecha lo trivial, toma los hechos, ve la importancia de cada
una de las circunstancias, y expone el caso con una nueva claridad y método; ahora
contraste esto con el ojo errante y las respuestas aleatorias de quienes no tienen formación
—y verá que diferenciar a las personas según su poder de atención se convierte en una
prueba legítima.

Una mente a merced de las asociaciones. Consideraremos, entonces, la naturaleza y las


funciones de la atención. La mente—con la posible excepción del estado de coma—nunca
está inactiva; las ideas siempre pasan por el cerebro, de día y de noche, durmiendo o
despertando, estemos locos o cuerdos. Nos elevamos demasiado a nosotros mismos
cuando suponemos que nosotros somos los autores y quienes proponemos los
pensamientos que tenemos, porque lo máximo que podemos hacer es dar dirección a estos
hilos de pensamiento en los comparativamente pocos momentos en
que sí estamos regulando los pensamientos de nuestro corazón. Vemos en sueños—aquella
rápida danza de ideas por el cerebro durante el sueño más ligero—cómo las ideas siguen a
otras ideas de una manera general. En los merodeos del delirio, en las fantasías de los sin
juicio, en el parloteo inconsecuente del niño y el balbuceo del anciano, vemos lo mismo, es
decir, la ley de las ideas que pasan por la mente cuando se les permite hacerlo. Háblele a
un niño sobre el vidrio, deseando provocar una curiosidad adecuada sobre cómo se hace
el vidrio y cuáles son sus usos; nada de eso le interesa, sino que se va a la zapatilla de
cristal de la Cenicienta; luego cuenta acerca de su madrina que le dio un bote; luego sobre
el barco en el que el tío Enrique fue a América; luego quiere saber por qué usted no usas
gafas, haciéndole a usted pensar que quizás el tío Enrique usa gafas. No obstante, las
divagaciones del niño no son caprichosas; siguen una ley, la ley de asociación de ideas,
por la cual cualquier idea presentada a la mente recuerda alguna otra idea que se haya
asociado en algún momento con ella, como el vidrio y la zapatilla de la Cenicienta; y a
partir de ella, a alguna otra idea asociada. Ahora, esta ley de la asociación de ideas es
buena servidora, pero una mala ama, ya que contar con esta ayuda para recordar los
eventos del pasado, y los compromisos del presente, es una bendición infinita; pero estar a
merced de las asociaciones, no tener la capacidad para pensar en lo que queremos cuando
queramos, y que «algo aparezca en nuestra cabeza», no es más que estar fuera de sus
cabales.

Una atención errabunda. Un vigoroso esfuerzo de la voluntad debería permitirnos en


cualquier momento fijar nuestros pensamientos. Sí, así es, pero la voluntad vigorosa y que
se impone a sí misma es la flor de un carácter desarrollado; y mientras el niño no tenga un
carácter desarrollado, sino solo disposiciones naturales, ¿quién mantendrá el juguete
favorito fuera de la clase de geografía, o la muñeca fuera de la clase de francés? He aquí el
secreto del tedio del aula escolar en casa—los niños están pensando todo el tiempo en algo
distinto de sus clases; o, más bien, están a merced de las mil fantasías que revolotean por
sus cerebros, una por una siguiendo el hilo de la anterior. «Oh, señorita Smith», dijo una
niña a su institutriz, «¡hay muchas cosas más interesantes que las lecciones para pensar!»

¿En qué radica el daño? En esto: no solo en que los niños están perdiendo el tiempo, que
es una pena desde ya; sino que además están formando un hábito mental indisciplinado y
reduciendo su propia capacidad de esfuerzo mental.
El hábito de la atención se debe cultivar desde los primeros años. La ayuda, entonces, no
radica en la voluntad del niño sino en el hábito de la atención, hábito que debe cultivarse
incluso en el bebé, el cual, a pesar de sus maravillosas facultades de observación, no tiene
la facultad de la atención; en un minuto, el codiciado juguete cae de los pequeños dedos
sin energía, y la mirada errante se despierta con un nuevo objeto de placer. Incluso en esta
etapa, no obstante, se puede entrenar el hábito de la atención: el juguete desechado se
levanta y, con un «¡Qué lindo!» y gestos llamativos, la madre mantiene los ojos fijos del
bebé durante un par de minutos—y esta es su primera lección en atención. Más tarde,
como hemos visto, el niño está ansioso por ver y tocar cada objeto que se cruce en su
camino, pero obsérvelo en sus investigaciones: se mueve de una cosa a otra con menos
propósito que una mariposa entre las flores, sin quedarse con nada el suficiente tiempo
como para sacarle provecho. Le corresponde a la madre complementar la capacidad de
observación rápida del niño con el hábito de la atención. Ella es quien debe asegurarse de
que él no salte de esto a aquello, sino que se fije lo suficiente en una cosa como para
conocerla realmente.

¿La pequeña Margaret está mirando fijamente una margarita que ha arrancado? En un
segundo, la margarita perderá toda importancia, y un guijarro u otra florcita encantarán a
la pequeña, pero la madre aprovecha el momento feliz y hace que Margaret vea que la
margarita (daisy, en inglés) es un ojo amarillo intenso con pestañas blancas alrededor; que
todo el día yace allí en la hierba y mira hacia el gran sol, sin parpadear como Margaret lo
haría, pero con los ojos bien abiertos, y que se llama así porque daisy es «day’s eye» [ojo del
día, en inglés], porque su ojo siempre está mirando al sol que crea el día. ¿Y qué piensa
Margaret que hace de noche, cuando no hay sol? Hace lo que hacen los niños y las niñas;
simplemente cierra su ojo con sus pestañas blancas con punta rosadas y se duerme hasta
que el sol vuelve a salir por la mañana. Para entonces, la margarita se ha vuelto
interesante para Margaret; la mira con ojos grandes después de que su madre ha
terminado de hablar, y luego es muy probable que la abrace en su pecho o le dé un besito
suave. Así, la madre encontrará las formas de que cada objeto en el mundo del niño sea de
interés y deleite.

Atención en las «cosas»; las palabras son un tedio. Pero el tira y afloja comienza con las
clases en el aula escolar. Incluso el niño que ha adquirido el hábito de prestar atención a
las cosas, considera que las palabras son un tedio. Este es un punto de inflexión en la vida
del niño, y un momento en que se requiere tacto y vigilancia de parte de la madre. En
primer lugar, nunca deje que el niño se distraiga cuando está haciendo su copiado o
aritmética, o que se ponga a soñar sentado con su libro en frente. Cuando un niño pierde
su enfoque mental durante una clase, es hora de terminarla. Déjelo que haga otra clase
que sea lo más diferente posible de la última, y luego regrese con su mente refrescada a lo
que había dejado incompleto. Si la madre o la maestra no ha prestado suficiente atención y
ha dejado que el niño «se vaya a la luna» durante una lección, deberá ingeniárselas para
ayudarlo a continuar; la lección debe hacerse, por supuesto, pero debe ser llamativa y
placentera para el niño.

Lecciones atrayentes. El maestro debiera tener algún conocimiento de los principios de la


educación; debiera saber qué asignaturas son las más adecuadas para el niño según su
edad, y cómo hacer que estas materias sean interesantes; también debe saber cómo variar
las lecciones, de manera que cada facultad mental del niño descanse después de un
esfuerzo, y que otra capacidad se ponga en juego. Debiera saber cómo incitar al niño al
esfuerzo usando su deseo de aprobación, de sobresalir, de progresar, su deseo por el
conocimiento, su amor por los padres, su sentido del deber, de tal manera que sus
motivaciones no sean aquellas que denuestan el carácter del niño. El peligro al que el
maestro debe estar especialmente alerta, no obstante, es que algún otro deseo natural
sustituya el deseo por el conocimiento, que es igualmente natural, y que es adecuado para
todos los propósitos de la educación.

El horario; un trabajo definido dentro de un tiempo dado. Más adelante tendré la


oportunidad de abordar algunos de estos puntos; mientras tanto, echemos un vistazo a un
aula de la casa, administrada con buenos principios. En primer lugar, hay un horario,
escrito claramente, para que el niño sepa lo que tiene que hacer y cuánto durará cada
lección. Esta idea de un trabajo definitivo que debe hacerse dentro de un tiempo dado es
valiosa para el niño, no solo como entrenamiento en hábitos de orden, sino también en
diligencia; así aprende que un momento no es «igual que otro»; que no queda ningún
momento adecuado para hacer lo que no se hizo en su debido momento; y este
conocimiento por sí solo es suficiente para asegurar la atención del niño en su trabajo.
Reitero, las clases son cortas, rara vez duran más de veinte minutos para los niños
menores de ocho años; y esto, por dos o tres razones. La sensación de que no hay mucho
tiempo para hacer matemáticas o para su lectura, mantiene alerta el ingenio del niño y le
ayuda a fijar su atención; tiene tiempo para aprender de una asignatura exactamente lo
que es bueno para que aprenda de una vez: y si las lecciones se alternan juiciosamente—
matemáticas primero, por ejemplo, cuando el cerebro está bastante despierto; luego
escribir o leer (algún ejercicio más o menos mecánico, a modo de descanso); y así
sucesivamente, y haciendo que el programa varíe un poco de un día al otro, pero
siguiendo el mismo principio en todo momento, es decir, una lección que requiere
«pensar» primero y una lección «de trabajo minucioso» después, y el niño termina sus
clases matutinas sin ningún signo de cansancio.

Incluso usando lecciones regulares y lecciones cortas, ocasionalmente puede ser necesario
un estímulo adicional para capturar la atención del niño. Su deseo de aprobación puede
dar causa para el estímulo de no solo una palabra de elogio, sino de algo en forma de
recompensa para garantizar que haga el mayor esfuerzo. Dichas recompensas debieran
impartirse al niño en concordancia con el principio de que las recompensas
son las consecuencias naturales de su buena conducta.

Las recompensas naturales. ¿Cuál es la consecuencia natural del trabajo hecho bien y
rápido? ¿No es acaso disfrutar más tiempo libre? Si se espera que el niño haga dos sumas
correctas en veinte minutos y las termina en diez minutos; entonces los diez minutos
restantes son suyos, bien ganados, en los que es libre de salir a recorrer el jardín, o
disfrutar cualquier deleite que elija. Si su tarea de escritura consiste en producir seis “m”
perfectas, pero escribe seis líneas con solo una buena m en cada línea, y se acaba el tiempo
de la lección, no tiene nada de tiempo libre para sí mismo; o, por el contrario, si muestra
seis buenas “m” en su primera línea, tiene el resto del tiempo para dibujar barcos de vapor
y trenes ferroviarios. Esta posibilidad de dejar que los niños se ocupen de manera variada
en los pocos minutos que pueden ganar al final de cada lección, es una compensación que
otorga el aula en el hogar a cambio del placer que normalmente se espera que otorguen al
trabajo escolar el gusto por los primeros lugares y la emulación.

Le emulación. En cuanto a la emulación, un medio muy potente para estimular y


mantener la atención de los niños [en tanto “Deseo intenso de imitar e incluso superar las
acciones ajenas” como lo define la RAE (https://dle.rae.es/emulaci%C3%B3n?m=form)],
una objeción que ésta recibe a menudo es que el deseo de sobresalir, de hacer algo mejor
que los demás, implica un temperamento inclemente, el cual el educador debiera reprimir
en lugar de cultivar. Las buenas calificaciones (de cualquier tipo que sean) suelen ser las
recompensas de aquellos que hacen lo mejor, y se ha argumentado que dichas buenas
notas son a menudo la causa de injustas rivalidades. Ahora, el hecho es que los niños
están siendo entrenados para vivir en el mundo, y en el mundo todos sí recibimos buenas
calificaciones de algún tipo, ya sea premios o elogios, o ambos, cuando superamos a otros,
ya sea en el fútbol o el tenis, pintando cuadros o escribiendo poemas. Existe la envidia y la
angustia entre aquellos en segundo lugar; así ha sido desde el principio, y sin duda lo será
hasta el final. Si el niño va a salir a un mundo émulo, quizás sea bueno que se eduque en
una escuela emuladora; pero es aquí donde es necesario el trabajo de la madre. Ella puede
enseñarle a su hijo a ser el primero sin vanidad, y a ser el último sin amargura; es decir,
ella puede criarlo en un flujo tan cordial de amor y compasión que la alegría por el éxito
de su hermano le quita el aguijón de su propio fracaso, y la contrición por el fracaso de su
hermano no deja lugar a la glorificación de sí mismo. Reitero, si se tuviera que utilizar un
sistema de calificación como estímulo para la atención y el esfuerzo, las buenas
calificaciones deben otorgarse por la conducta en lugar de la inteligencia, es decir, deben
estar al alcance de todos: cada niño puede obtener su calificación por puntualidad, orden,
atención, diligencia, obediencia, gentileza; y, por lo tanto, se pueden dar calificaciones de
este tipo sin peligro de dejar una sensación de injusticia en el pecho del niño que falla. La
emulación se torna suicida cuando se usa como incentivo para el esfuerzo intelectual,
porque el deseo por el conocimiento disminuye en proporción a la medida que el deseo de
sobresalir se vuelve activo. De hecho, las calificaciones de cualquier tipo, incluso por
conducta, distraen la atención de los niños hacia un trabajo bien hecho, lo cual en sí
mismo es lo suficientemente interesante como para garantizar tanto el buen
comportamiento como la atención.

El afecto como motivo. El que deba trabajar duro para complacer a sus padres que hacen
tanto por él, es un apropiado motivo que se le puede presentar al niño de vez en cuando,
pero no con demasiada frecuencia: si la madre negocia con los sentimientos de su hijo, si
dijera, por ejemplo: «Haz esto o aquello para complacer a tu madre», «no aflijas a tu pobre
madre», etc., con demasiada frecuencia como la razón para que él haga lo correcto,
entonces se establece una relación sentimental que avergonzará tanto a la madre como al
niño, los verdaderos motivos de la acción perderán su preeminencia, y el niño, no
queriendo parecer indiferente, terminará cometiendo una falsedad.

El atractivo del conocimiento. Por supuesto, el medio más obvio de acelerar y mantener
la atención de los niños radica en el atractivo del conocimiento mismo y en el verdadero
apetito por el conocimiento con el que están dotados. Pero cuán exitosos son los maestros
defectuosos en curar a los niños de cualquier deseo de saber, se puede ver en muchas
aulas. Más adelante tendré la oportunidad de decir algunas palabras sobre este tema.

¿Qué es la atención? Es evidente que la atención no es una «facultad» de la mente; de


hecho, es muy dudoso hasta qué punto las diversas operaciones de la mente deberían
describirse como “facultades” en absoluto. De hecho, la atención casi no es una operación
mental, sino simplemente el acto por el cual toda la fuerza mental es aplicada al tema en
cuestión. Este acto de hacer que la mente actúe, puede entrenarse para que se convierta en
un hábito a merced del padre o del maestro, quien atrae y mantiene la atención del niño
usando un motivo adecuado.

Imposición de la voluntad propia. A medida que el niño crece, se le enseña a ejercitar


su propia voluntad; a obligarse a poner atención a pesar de las sugerencias más atractivas del
exterior. Se le debería enseñar a sentir un cierto triunfo en obligarse a sí mismo a fijar sus
pensamientos. Hágale saber cuál es la verdadera dificultad, que la naturaleza de su mente
es pensar incesantemente, pero cómo los pensamientos, si se dejan solos, siempre se irán
de una cosa a otra, y que la lucha y la victoria que él debe alcanzar es fijar sus
pensamientos en la tarea que está a la mano. «Cumpliste con tu deber», si se lo dice la
madre con una mirada cariñosa, es una recompensa para el niño que ha hecho este
esfuerzo gracias a la fortaleza de su voluntad en aumento. Pero no debemos olvidarnos
que la atención es, en gran medida, el producto de una mente educada; es decir, uno solo
puede poner atención en proporción a la capacidad intelectual para profundizar en un
asunto.

Es imposible exagerar la importancia de este hábito de la atención. Está, citando palabras


de peso, «al alcance de todos, y debiera ser el objeto principal de toda disciplina mental»;
ya que, sean cuales sean los dones naturales del niño, es solo en la medida en que se
cultive en él el hábito de la atención, que podrá hacer uso de ellos.

El secreto de la sobrepresión. Si solo fuera para evitar el cansancio y el tedioso «estira y


encoje» entre el deber y las inclinaciones, vale la pena que la madre se asegure de que su
hijo nunca haga una lección sin poner todo su corazón en ella, lo cual no es difícil porque
la cuestión es estar alerta desde el principio contra la formación del hábito contrario de
la falta de atención. Ya se ha dicho bastante en cuanto a la sobrepresión, y hemos
examinado rápidamente una o dos de las causas cuyos efectos se conocen con este
nombre. Pero realmente, una de las causas más fértiles de un cerebro bajo presión, es fallar
en el hábito de la atención. Supongo que todos estamos listos para admitir que no son las
cosas que hacemos, sino las cosas que no hacemos, lo que nos fatiga, con la sensación de
haberlas omitido, o con la preocupación de apurarnos en cumplirlas todas. Y esta es casi la
única causa del fracaso en el trabajo en el caso de un niño o una niña sana: mentes
distraídas impiden que una lección se asimile por completo en el momento adecuado; esa
lección se convierte en una pesadilla, continuamente queriendo avanzar, pero nunca
terminándola; y la sensación de pérdida afecta al joven estudiante más que la recepción
atenta de una docena de las mismas lecciones.
El trabajo escolar en casa. En cuanto a las tareas para la casa, los padres pueden ser de
gran utilidad para sus niños y niñas después de que éstos comienzan a ir a la escuela; no
ayudándoles a hacerlas, lo cual no debería ser necesario; sino en el caso como el siguiente:
«La pobre Anita no termina sus lecciones hasta las nueve y media, realmente tiene tanto
que hacer»; «el pobre Tom está con sus libros hasta las diez en punto; nunca vemos a los
niños en la noche», dicen los padres angustiados; y dejan que sus hijos sigan un curso que
es absolutamente ruinoso tanto para la salud corporal como para la capacidad del cerebro.

Saludable tratamiento en el hogar contra soñar despierto. Ahora, frecuentemente la


culpa de lo anterior no la tienen las lecciones, sino los niños, que sueñan despiertos cuando
están con sus libros, pero un pequeño tratamiento saludable en el hogar debería curarlos
de esa dolencia. Permítales, como máximo, una hora y media para sus tareas; trátelos
implícitamente como en falta si no aparecen al final de ese tiempo; no se traicione con una
palabra o mirada compasiva; y en el momento en que termine el tiempo señalado para la
escuela, que comience un juego encantador o un libro de cuentos en el otro salón. Pronto
se darán cuenta de que es posible terminar las lecciones a tiempo para que tengan una
agradable tarde después, y las lecciones estarán mucho mejor hechas por el hecho de que
se les ha otorgado una atención concentrada. Al mismo tiempo, la costumbre de dar tarea
para la casa, por lo menos a niños menores de catorce años, debiera evitarse tajantemente;
los niños no reciben ninguna ganancia de la combinación de vida hogareña y vida escolar;
y un programa muy completo de trabajo escolar puede llevarse a cabo en las horas de la
mañana.

Las recompensas y los castigos deben ser consecuencias naturales del comportamiento.
Al considerar los medios para lograr la atención, ha sido necesario referirse a la disciplina
—la entrega de recompensas y castigos—un tema que toda persona a cargo de los niños o
una educadora en el hogar novicia se siente competente para manejar. Pero esto también
tiene su aspecto científico: hay una ley por la cual se deben regular todas las recompensas
y los castigos, es decir, éstos deben ser las consecuencias naturales o, por lo menos,
las consecuencias relativas de la conducta; debieran imitar, lo más que se pueda sin causarle
daño al niño, el tratamiento que ésta y aquella conducta merece y recibe durante la vida
posterior. Miss Edgeworth, en su historia de Rosamond and the Purple Jar
(http://amblesideonline.org/PR/PR00p000PurpleJar.shtml), trata sobre el principio
correcto, aunque el incidente es bastante extravagante porque las niñitas no suelen soñar
con tarros de color púrpura en las vidrieras de las farmacias, pero que debamos sufrir por
hacer nuestra voluntad en conseguir lo que es innecesario gracias a carecer de lo que es
necesario es precisamente una de las lecciones de la vida que todos debemos aprender, y,
por lo tanto, es el tipo de lección que se debe enseñar a los niños.

Consecuencias naturales y electivas. Es evidente que entregar recompensas y castigos en


virtud de dicho principio requiere paciente consideración y determinación constante por
parte de la madre; ella debe considerar para sí misma cuál es la falta de disposición de la
cual se deriva el mal comportamiento del niño; ella debe apuntar su castigo hacia esa falta,
y debe prepararse para ver a su hijo sufrir ahora a favor de una ganancia duradera. De
hecho, muy poco castigo real es necesario cuando los niños son criados con cuidado. Pero
esto sucede continuamente—el niño que ha hecho bien gana alguna recompensa natural
(como esos diez minutos en el jardín), que pierde cuando no hace suficientemente bien; y
la madre debe prepararse a sí misma y a su hijo para soportar dicha pérdida; si ella tratara
a dos niños de igual manera, comete un grave error, no contra el niño que lo ha hecho
bien, sino contra el que comete la falta, a quien anima deliberadamente a que repita su mal
hacer. Al someter a su hijo a la disciplina de las consecuencias, la madre debe usar mucho
tacto y discreción. En muchos casos, la consecuencia natural de la culpa del niño es
precisamente lo que le corresponde a ella evitar, mientras que, al mismo tiempo, busca
alguna consecuencia relacionada con la falta y que ejerza una influencia educativa en el
niño: por ejemplo, si un niño descuida sus estudios, la consecuencia natural es que
permanece ignorante; pero permitirle hacerlo eso sería una negligencia de marca mayor
por parte de los padres.

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II. Los hábitos de esmero, etc.

Esfuerzo mental rápido. Los hábitos de actividad mental y de aplicación se adiestran por
los mismos medios empleados para cultivar el hábito de la atención. El niño
que progresa diligentemente en su trabajo puede ser entrenado en el esfuerzo
mental rápido. La maestra misma debe estar alerta, debe esperar respuestas instantáneas,
pensamiento rápido, trabajo rápido. La tortuga quedará atrás de la liebre, pero la tortuga
debe estar entrenada para moverse, cada día, un poco más rápido. Plantee el objetivo fijo
de rapidez en la percepción y la ejecución, y así será posible lograrlo.

El entusiasmo debe estimularse. Lo mismo con el esfuerzo. No se le debe permitir al niño


entrar al estado de ánimo que dice: «oh, estoy tan cansado de las sumas» o «de historia».
Su entusiasmo debe ser estimulado; que siempre haya una vista agradable frente a él; y el
esmero constante e incansable por el trabajo debe considerarse como honorable, mientras
se desecha la atención dispersa y el esfuerzo intermitente.

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III. El hábito de pensar


Operaciones incluidas al pensar: «un león». El trabajo real del cerebro es conocido entre
los sicólogos con varios nombres y se divide en varias funciones, pero nosotros lo
llamaremos pensar, porque es lo suficientemente exacto para fines educativos; pero, por
«pensar», vamos a querer decir el verdadero esfuerzo consciente de la mente, y no todas
aquellas ideas arbitrarias y sin esfuerzo que pasan por el cerebro. Tomemos el ejemplo
citado por el arzobispo Thompson en su obra Laws of Thought (leyes del pensamiento), el
cual es un ejemplo tan admirable dado por un psicólogo muy capaz, que me atrevo a
citarlo más de una vez, y que dice: «cuando el capitán Head estaba viajando por las
pampas de América del Sur, de repente un día su guía lo detuvo y, señalando hacia el aire,
gritó: «¡un león!». Sorprendido por tal exclamación acompañada de tal acción, levantó los
ojos y, con dificultad, percibió, a una altura inmensurable, cóndores en vuelo circular en
un lugar en particular. Bajo este lugar, muy lejos de su propia vista o de la del guía, yacía
un caballo muerto, y sobre su carcasa se encontraba, como bien sabía el guía, un león, a
quien los cóndores miraban con envidia desde su altura. La señal de los pájaros era para él
lo que la vista del león habría sido para el viajero: una garantía total de su existencia.

He aquí un acto de pensamiento que no le costó nada al pensador, que fue tan fácil para él
como mirar hacia arriba, pero que, para nosotros, no acostumbrados al tema, requeriría
muchos pasos y algo de esfuerzo. La vista de los cóndores lo convenció de que había un
animal muerto o algo similar; pero mientras seguían volando alrededor muy por encima
de él, en lugar de descender a su festín, supuso que alguna bestia los había anticipado.
¿Sería un perro o un chacal? No; los cóndores no habrían temido ahuyentar tales animales,
o compartir con ellos tampoco: debía ser una bestia grande, y como había leones en el
vecindario, concluyó que había uno allí. Y todos esos pasos de pensamiento se resumían
con las palabras «un león».

Este es el tipo de cosas por las que los niños deberían practicar, más o menos, en cada
lección: trazar del efecto a la causa o de la causa del efecto; comparar cosas para descubrir
en qué se parecen y en qué difieren; concluir sobre las causas o las consecuencias de
ciertas premisas.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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IV. El hábito de imaginar

El sentido de lo incongruente. En todas sus clases habrá algo de espacio para un ejercicio
ligero de la facultad de pensar de los niños, algunas más y otras menos, y deberán
alternarse juiciosamente para que después de un esfuerzo mecánico se haga uno más
estrictamente intelectual, y para que el ejercicio placentero de la imaginación sea seguido
por un esfuerzo de la razón. Por cierto, es una pena cuando el sentido de lo descabellado
se cultiva en los libros para niños a expensas de cosas mejores. Alicia en el país de las
maravillas es un delicioso banquete de absurdos, que ninguno de nosotros, viejos o
jóvenes, deberíamos perdernos; pero es dudoso que el niño que lee esa obra, tenga las
imaginaciones encantadoras, la comprensión de lo desconocido que alcanzan cuando leen
«La familia Robinson».

Vale la pena considerar este punto en relación con los libros de regalo de navidad para los
pequeños. Los libros «humorísticos» no cultivan ninguna facultad excepto el sentido de lo
incongruente; y aunque la vida es más divertida cuando se posee tal sentido, cuando se
cultiva en exceso suele mostrarse como un hábito poco serio. Un libro como Diogenes and
the Naughty Boys of Troy [Diógenes y los niños traviesos de Troya] puede ser irresistible,
pero no es el tipo de cosa que los niños vivirán una y otra vez, y a la que «jugarán» por
horas, como lo hemos hecho imitando a Robinson Crusoe encontrando huellas. Deben
tener «libros divertidos», pero no les dé a los niños demasiadas lecturas sin sentido.

Cuentos comunes e historias imaginativas. Las historias, reiteramos, de las vacaciones de


navidad, de George y Lucy, de las diversiones, debilidades y virtudes de los niños en su
vida propia, no dejan nada a la imaginación. Los niños saben tan bien sobre todo eso, que
nunca se les ocurriría jugar a las situaciones de ninguno de esos cuentos, ni menos leerlos
dos veces. Pero los cuentos de la imaginación, las escenas ambientadas en otras tierras y
en otras épocas, las aventuras heroicas, los escapes fortuitos, los deliciosos cuentos de
hadas en los que lo imposible nunca los detiene bruscamente—incluso en donde todo es
imposible y lo saben y, sin embargo, lo creen.

La imaginación y las concepciones de gran magnitud. Lo ya dicho no es solo para que se


diviertan los niños, ya que es posible que la posteridad dé luz a una generación con poca
imaginación y, por ello, menos capaz de concebir grandezas y esfuerzos heroicos, porque
es solo cuando permitimos que una persona o una causa llene todo nuestro escenario
mental que dejamos de ocuparnos de nosotros mismos y somos capaces de acciones de
gran corazón en nombre de dicha persona o causa. Nuestros novelistas dicen que no
queda nada por imaginar; y que, por lo tanto, una descripción realista de las cosas tal
como son es todo lo que está disponible para ellos, pero la imaginación es eminentemente
creativa, a menos que vea, no solo lo que es aparente, sino lo que es concebible y lo que es
poéticamente adecuado en determinadas circunstancias.

La imaginación crece. Pues la imaginación no desciende, ya totalmente formada, a tomar


posesión de una casa vacía, sino como cualquier otra facultad de la mente, es solo el
germen de una capacidad con la cual se inicia, y crece con lo que obtiene; y es la infancia,
la edad de la fe, el momento de alimentarla. Los niños deberían tener el gozo de vivir en
tierras lejanas, en otras personas, en otros tiempos—una grata doble existencia; y dicha
alegría la encontrarán, en su mayor parte, en sus libros de cuentos. Sus lecciones, también,
de historia y de geografía, deberían cultivar sus poderes de concepción mental. Si el niño
no viviera en los tiempos dados en su clase de historia, si no se familiarizara con los
climas que describe su libro de geografía, pues dichas clases no cumplirán su propósito.
Aún en las mejores condiciones de las clases, si el niño no encontrara el camino hacia los
reinos de la fantasía, la galería de imágenes de la imaginación quedará pobremente
habitada.
El pensar viene por la práctica. Más adelante consideraremos cómo se debieran manejar
las diversas lecciones de los niños para inducir hábitos de pensar; pero por el momento
diremos que pensar, igual que escribir o patinar, viene por la práctica. El niño que nunca
ha pensado, nunca piensa, y probablemente nunca pensará; porque ¿acaso no hay
suficientes personas que atraviesan el mundo sin ningún ejercicio deliberado de su propio
ingenio? El niño debe pensar, llegar a la razón de las cosas por sí mismo, todos los días de
su vida, y cada día más que el día anterior. Tanto los niños como los padres tienden a
invertir este proceso educativo. El niño pregunta «¿por qué?» y el padre responde,
bastante orgulloso de esta evidencia de pensamiento en su hijo. Hay una ligera muestra de
especulación incluso al preguntarse «¿por qué?», ​pero se trata del esfuerzo más leve y
superficial que produce el cerebro pensante. Pero que el padre pregunte «¿por qué?» y el
niño produzca la respuesta, si puede. Después de que ha dado vueltas al asunto una y
otra vez en su mente, no tiene nada de malo en darle el por qué—y lo recordará. Cada
caminata debiera ofrecer un problema peliagudo sobre el cual piensen los niños: «¿por
qué esa hoja flota en el agua y esta piedra se hunde?», entre otros.

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V. El hábito de recordar

Recordando y evocando. La memoria es el almacén de cualquier conocimiento que


poseamos; y es gracias a los acopios alojados en la memoria que somos considerados seres
inteligentes. Los niños aprenden para que puedan recordar. Mucho de lo que hemos
aprendido y experimentado en la infancia, y posteriormente, no lo podemos reproducir y,
sin embargo, ha formado la base del conocimiento posterior; las nociones y las opiniones
posteriores surgen de lo que aprendimos y supimos en el pasado. Ese es nuestro capital
acumulado, a partir del cual disfrutamos nuestros intereses, aunque no nos demos cuenta.
Reitero, mucho de lo que hemos aprendido y experimentado no solo se conserva en el
almacén de la memoria, sino que es nuestro capital disponible, el cual podemos
reproducir, recordar cuando queremos. Esta memoria de la cual podemos extraer gracias al
acto de la evocación es nuestra más valiosa dotación.

Una memoria «falsa». Hay un tercer tipo de memoria (falsa), es decir, son los hechos e
ideas que flotan en el cerebro y que aún no forman parte de él, y que se eliminan con un
solo esfuerzo; como cuando un abogado presenta todo su conocimiento de un caso en su
escrito y luego olvida hablar de ello; o cuando el colegial «apiña conocimiento» para un
examen, escribe lo que ha aprendido así, y he aquí, desaparece de su vista para siempre:
como lo dice Ruskin, «apiñan conocimiento para pasar, y no para saber; y sí pasan, y no lo
aprenden». Para el abogado o el médico que así puede desestimar el caso en el que ha
dejado de estar ocupado, para el editor que deja el libro que ha rechazado, esto es algo
bueno; de hecho, este arte de olvidar no está exento de utilidad, pero ¿qué del escolar que
poco ha ganado después de un año de trabajo aparte de un lugar en una lista de clase?

La memoria deja un registro en el tejido cerebral. Es imposible decir aquí algo adecuado
sobre el tema de la memoria; pero tratemos de responder dos o tres preguntas que surgen
sobre la superficie. ¿Cómo es que llegamos a «recordar»? ¿Cómo obtenemos la capacidad
de utilizar hechos recordados, es decir, evocar? Y, ¿en qué condiciones se adquiere el
conocimiento que no aporta al crecimiento del cerebro y de la mente, que no está
disponible para utilizarse, sino que se aloja ligeramente en el cerebro durante un breve
período y luego desaparece de un solo tiro? Nos interesa un invento maravilloso—un
instrumento que registra las palabras habladas y que, por ejemplo, en cien años más, dará
un discurso o una conferencia en las mismas palabras y tonos del hablante. Ese
instrumento es la función del cerebro llamada memoria, por la cual las impresiones
recibidas por el cerebro se registran mecánicamente—al menos, esa es la teoría en términos
bastantes generales que emiten los fisiólogos. Es decir, la mente toma conocimiento de
ciertos hechos, y el tejido nervioso del cerebro registra ese conocimiento.

Condiciones aptas. Ahora, surgen las preguntas: ¿En qué condiciones se hace tal
impresión del hecho o del evento en el tejido cerebral? ¿Es tal registro permanente? ¿Es
capaz el cerebro de recibir un número indefinido de tales impresiones? Al parecer, tanto
por experiencia común como por un número infinito de ejemplos citados por psicólogos,
todo objeto o idea que se considere con atención produce el tipo de impresión en el cerebro
que se dice que lo fija en la memoria. En otras palabras, preste total atención por un
instante a cualquier cosa, y recordará esa cosa. Al describir este efecto, la expresión común
es precisa más de lo que era la intención cuando decimos: «tal vista o sonido o sensación,
me causó una fuerte impresión», y eso es justamente lo que ha sucedido: al detener
la atención sobre cualquier hecho o incidente, y tal hecho o incidente se recuerda; está
impreso, grabado en el tejido cerebral. La deducción es clara: ¿usted quiere que el niño
recuerde? Entonces, consiga toda su atención, que ponga la mirada fija de su mente, por
así decirlo, en el hecho que se desea recordar; entonces lo conseguirá: mediante una
especie de proceso fotográfico (!), el hecho o idea es «tomado» por el cerebro, y cuando sea
un hombre viejo, tal vez, el recuerdo de ello surgirá ante él.

El recuerdo y la ley de la asociación. Pero no basta con que un recuerdo surja por
casualidad; queremos tener el poder de recordar a voluntad, y para ello es necesario algo
más que un acto ocasional de atención que produzca una impresión solitaria. Suponiendo,
por ejemplo, que con una buena enseñanza se asegura la atención del niño hacia el
verbo avoir, él lo recordará; en otras palabras, un crecimiento infinitamente leve de tejido
cerebral registrará y retendrá ese verbo francés. Pero un verbo no es nada; usted quiere que
el niño aprenda francés, y para ello no sólo usted debe lograr que él fije su atención en
cada nueva lección, sino que cada una debe estar ligada de tal manara a la anterior, que le
sea imposible recordar una sin que la otra surja. El efecto físico de tal método parece ser
que cada nuevo crecimiento de tejido cerebral es, por así decirlo, colocado sobre el último;
es decir, para decirlo en sentido figurado, una determinada línea del cerebro puede
concebirse como superpuesta con francés. Así se hace un uso práctico de esa ley de la
asociación de ideas de la cual uno no participaría voluntariamente; pero cuyo descuido
invalida mucha buena enseñanza. El maestro se contenta con producir una impresión
solitaria que sólo se evoca gracias a una sugerencia casual; cuando en su lugar, debería
forjar los eslabones de una cadena para sacar el balde del pozo. Quizás el lector haya leído
al Dr. Pick, u oído hablar de él, quien basó un sistema de mnemotecnia [procedimiento de
asociación mental para facilitar el recuerdo de algo, según la RAE
(https://dle.rae.es/mnemotecnia#PRfWIUG)] realmente filosófico sobre estos dos
principios de la atención y la asociación. Independientemente de lo que pensemos de la
aplicación que él hace de ello, el principio que afirmó es el correcto.

Cada lección debe evocar la última. Que cada lección atraiga toda la atención del niño, y
que cada nueva lección esté tan entrelazada con la última que una evoque la otra
obligatoriamente; y que esa, reiteramos, evoque la anterior, y así sucesivamente hasta
llegar al principio.

No hay límite para el poder de registro del cerebro. No obstante, la mera memoria
verbal, como quien dice: «lo que llega fácil, fácil se va», no sigue las reglas mencionadas.
El niño aprende su ejercicio «de memoria», lo repite como un loro, y he aquí, desaparece;
no queda ningún registro de ello en el cerebro. Por ello, para garantizar que tal registro
ocurra, el tiempo es vital; tiempo para aquella mirada plena de la mente que llamamos la
atención, y también para el crecimiento del tejido cerebral en torno a la nueva idea. En estas
condiciones, parece no haber límite de la cantidad para la capacidad de registrar del
cerebro. Exceptuando esta manera: una niña aprende francés y lo habla bastante bien; pero
para cuando es abuela lo ha olvidado por completo, no se acuerda de ninguna palabra, en
cuyo caso, su francés quedó en desuso; no tuvo el hábito de leer, oír o hablar francés desde
la juventud hasta la ancianidad. Es evidente, por tanto, que, para garantizar el acceso a ese
registro de francés impreso en su cerebro, el camino debería haberse mantenido accesible
a través de frecuentes idas y venidas.

Los vínculos que realizan la asociación son una condición para evocar. Es prácticamente
inútil adquirir algún conocimiento o capacidad, y luego dejar que se oxide en un rincón
descuidado del cerebro. Donde no haya una cadena de asociación para sacar el balde del
pozo, es igual a no haber agua allí. En cuanto a cómo formar estos vínculos, cada
asignatura necesita un método adecuado. Por ejemplo, el niño tiene una lección sobre
Suiza hoy, y una sobre Holanda mañana, y la una está ligada a la otra por el hecho mismo
de que ambos países apenas tienen nada en común; lo que uno tiene, el otro no.
Reiteramos, la asociación será de similitud y no de contraste. En nuestra propia experiencia,
descubrimos que los colores, los lugares, los sonidos, y los olores evocan a personas o
eventos; pero los vínculos de este orden sensorial difícilmente pueden emplearse en
educación. El vínculo entre dos cosas, cualquieras sean, debe encontrarse en la naturaleza
de las cosas asociadas.

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VI. El hábito de la perfecta ejecución

El hábito de entregar un trabajo imperfecto: «Busca la perfección en todo lo que hagas»


es un consejo con el que se puede criar a una familia y recibir grandes ventajas. Los
ingleses, como nación, pensamos demasiado de las personas y muy poco de las cosas, el
trabajo, el desempeño. A nuestros niños se les permite hacer las cifras, o las letras, las
puntadas, la ropa de las muñecas, la pequeña carpintería, de cualquier forma, pensando
que con el tiempo lo harán mejor. Otras naciones—los alemanes y los franceses, por
ejemplo—abordan la cuestión filosóficamente y saben que si los niños adquieren
el hábito de realizar trabajos imperfectos, los hombres y las mujeres indudablemente
mantendrán tal hábito. Recuerdo haber estar encantada con el trabajo de una clase de
unos cuarenta niños, de seis y siete años, en una escuela primaria en Heidelberg. Estaban
realizando una lección de escritura, acompañada de mucha enseñanza oral de parte de un
maestro, que escribía cada palabra en la pizarra. Pronto aparecieron las pizarras, y allí no
observé ni una sola letra defectuosa o irregular en las cuarenta pizarras. El mismo principio
de «perfección» se vio en una reciente exposición de trabajos escolares celebrada en toda
Francia, donde no había ningún trabajo defectuoso, con la excusa del argumento de que
era un trabajo de niños.

Un niño debiera desempeñar su trabajo a la perfección. No se debiera dar ningún trabajo


a un niño que él no pueda ejecutar a la perfección, y a partir de allí, se le debe exigir
perfección como algo natural. Por ejemplo, se le pide que copie unos trazos, y se le
permite llenar una pizarra completa con todo tipo de curvas y espacios irregulares; su
sentido moral se ha viciado, su ojo ha sido herido. Pero pídale que copie seis trazos, en vez
de una pizarra completa, seis trazos perfectos, con distancias y declives regulares. Si
produce un par defectuoso, pídale que señale la falla y persevere hasta que haya realizado
su tarea; si no lo hace hoy, que siga mañana y el día siguiente, y cuando aparezcan los seis
trazos perfectos, que sea una ocasión de triunfo. Lo mismo con las pequeñas tareas de
pintar, dibujar o construir que él mismo se propone, que todo lo que haga esté bien hecho.
Un castillo inestable de naipes es algo de lo cual avergonzarse. Estrechamente relacionado
con este hábito del ‘trabajo bien hecho’, es el de terminar todo lo que se tiene entre manos.
Rara vez se debe permitir que el niño ponga su mano en un nuevo trabajo hasta que haya
terminado el último.

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VII. Algunos hábitos morales: obediencia


Es decepcionante que debamos abordar de una manera ligera e inadecuada aquellos
hábitos morales que la madre debe, por obligación a sus hijos, cultivar en ellos, pero lo
crucial que se debe tener en cuenta es que todo lo que ya se ha dicho sobre el cultivo
del hábito se aplica con la mayor fuerza posible a todos y a cada uno de los hábitos.

El deber cabal de un niño. En primer lugar, e infinitamente de primera importancia, es el


hábito de la obediencia. De hecho, la obediencia es el deber cabal del niño, y por esta razón,
todos los demás deberes del niño se cumplen en la obediencia a los padres. Aún más: la
obediencia es el deber cabal del hombre; es decir, obediencia a la conciencia, a la ley, a la
dirección divina.

Hemos escuchado que cada una de las tres tentaciones registradas de nuestro Señor en el
desierto indica no un acto de pecado manifiesto, sino un acto de obstinación, aquel estado
directamente opuesto a la obediencia, y del cual brota toda esa necedad que está ligada al
corazón de un niño.

La obediencia no es un deber accidental. Ahora bien, si los padres se dieran cuenta de


que la obediencia no es un mero deber accidental, cuyo cumplimiento es un asunto entre
ellos y el niño, sino que ellos son los agentes designados para instruir al niño en aquella
obediencia inteligente del ser humano que se impone a sí mismo su propia voluntad y que
respeta las leyes, verán que no tienen derecho a renunciar a la obediencia de su hijo, y que
todo acto de desobediencia del hijo es una condenación directa de los padres. También
verán que el motivo de la obediencia del niño no es el motivo arbitrario de «hagan esto o
aquello, porque lo digo yo», sino el motivo del mandamiento apostólico, «hijos, obedeced
en el señor a vuestros padres, porque esto es lo correcto». [Efesios 6:1 Nueva Traducción
Viviente]

Los niños deben tener el deseo de obedecer. Es sólo en la medida que la voluntad del
niño está presente en el acto de obediencia, y obedece porque su sentido de lo correcto lo
hace desear obedecer a pesar de las tentaciones de desobediencia— no por obligación sino
de buena gana— que se ha formado el hábito que, en lo sucesivo, permitirá al niño usar la
fuerza de su voluntad contra sus inclinaciones cuando éstas lo inciten a tomar un camino
incorrecto. Se dice que los hijos de padres que son más estrictos a la hora de exigir
obediencia suelen terminar mal; y que los huérfanos y otros pobres niños abandonados
que han sido criados bajo una estricta disciplina solo esperan la oportunidad para hacer lo
que quieran. Y así es exactamente, porque, en esos casos, no hay un entrenamiento
gradual del niño en el hábito de la obediencia; no existe ningún llamamiento gradual de
su voluntad a unirse a un dulce servicio ni un ofrecimiento voluntario de sumisión a la ley
más sublime; por el contrario, a los pobres niños simplemente se les intimida para que se
sometan a la voluntad, más bien, a la obstinación, de otra persona; y para nada, «porque
es lo correcto», sino solo porque es conveniente.

Espere obediencia. El deber más sagrado de la madre es instruir a su bebé en la


obediencia instantánea, lo cual no es una tarea difícil, ya que el niño todavía está
«arrastrando nubes de la gloria…de Dios, que es su hogar»; el principio de la obediencia
está dentro de él, esperando ser llamado para ejercitarse. No es necesario ayudarlo a
decidir, ni amenazarlo, ni utilizar ningún tipo de violencia, porque los padres
están investidos de una autoridad que el niño reconoce intuitivamente. Es suficiente decir,
«haz esto», en un tono tranquilo y autoritario, y esperar que se haga. La madre suele perder
la influencia sobre sus hijos porque detectan en el tono de su voz que ella no espera que
obedezcan sus órdenes; ella no considera con seriedad su puesto; no tiene suficiente
confianza en su propia autoridad. La gran fortaleza de la madre es el hábito de la
obediencia. Si ella comenzara exigiendo que sus hijos siempre la obedezcan, pues, siempre
lo harán como algo natural; pero basta que una vez logren lo contrario, que descubran que
pueden hacer otra cosa en vez de obedecer, y comenzará una desesperada lucha, que
comúnmente termina en los niños haciendo lo que es correcto en su propia opinión.

Este es el tipo de situación fatal: los niños están en el salón y se anuncia la llegada de
alguien. «Suban las escaleras ahora». «Oh, madre querida, déjanos quedarnos en la
esquina de la habitación, ¡estaremos tan tranquilos como unos ratones!» La madre se
siente casi orgullosa de los bonitos modales de sus hijos, y los deja quedarse. Por
supuesto, no se quedan tranquilos; pero ese es el menor de los males; han logrado hacer lo
que querían y no lo que se les pidió, y no volverán a poner el cuello bajo el yugo sin
entablar una lucha. Es en los asuntos de poca importancia donde una madre pierde.
«¡Hora de dormir, Guillermito!» «Oh, mamá, solo déjame terminar esto»; y la madre cede,
olvidando que el caso a la mano no tiene importancia; lo que importa es que el niño
debiera estar confirmando diariamente el hábito de la obediencia mediante la repetición
ininterrumpida de actos de obediencia. Es asombroso lo inteligente que es el niño para
encontrar formas de evadir el espíritu mientras obedece la letra. «María, ven». «Sí,
mamá»; pero la madre llama cuatro veces antes de que llegue María. «Guarda los
juguetes»; y dedos lentos y reacios guardan los juguetes. «Siempre debes lavarte las manos
cuando escuches el primer timbre». El niño obedece por esta vez, pero no lo hace más.

Para evitar estas demostraciones de obstinación, la madre deberá insistir desde el


principio en una obediencia que es pronta, alegre y duradera—salvo por lapsus de la
memoria en el niño. Casi no vale la pena la obediencia tardía, de malas ganas y ocasional;
y es mucho más fácil darle al niño el hábito de la obediencia perfecta al no permitirle
nunca nada más, que lograr esta mera obediencia formal gracias a un constante ejercicio
de la autoridad. Pronto, y cuando tenga la edad suficiente, haga una confidencia en el niño
y dígale cuán noble es que pueda obligarse a hacer algo, en un minuto y con alegría,
aquello justamente que preferiría no hacer. Para lograr este hábito de obediencia, la madre
debe ejercer un gran dominio de sí misma; nunca debe dar una orden que no tenga la
intención de ver realizada en su totalidad; tampoco debe ella imponer sobre sus hijos
cargas penosas de llevar, dando órdenes infinitamente.

La ley garantiza la libertad. A los niños que han sido educados en la obediencia perfecta
se les puede dar una gran cantidad de libertad: reciben algunas instrucciones que saben
que no deben desobedecer; y por lo demás, se les permite aprender a dirigir sus propias
acciones, incluso a costa de pequeños errores; y no son importunados con la perpetua
repetición de «¡haz esto!» y «¡no hagas eso!»

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VIII. La veracidad

No necesitamos decir nada sobre el deber de la veracidad; pero la instrucción del niño en
el hábito de la veracidad estricta es otro asunto que requiere una atención y
escrupulosidad delicadas por parte de la madre.

Tres causas de la mentira—todas viciosas. El vicio de la mentira surge de tres causas:


descuido en comprobar la verdad, descuido en establecer la verdad y una intención
deliberada de engañar. Que los tres son viciosos, es evidente por el hecho de que el
carácter de un hombre puede arruinarse por lo que no es más que un error descuidado
por parte de otro: el hablante repite un comentario perjudicial sin tomarse la molestia de
examinarlo cuidadosamente; o repite lo que ha escuchado o visto con tan poca atención
por decir la verdad que su declaración no llega a ser mejor que una mentira.

Solo una es la causa de problemas para los niños. Ahora, de las tres, solo la tercera se
aborda severamente con el niño; a la primera y a la segunda se les permite la entrada. Él
dice que ha visto «muchos» perros moteados en la ciudad, pero realmente ha visto dos;
dice que «todos los chicos» están coleccionando escudos, pero él conoce solo a tres que lo
están haciendo; dice que «todo el mundo» piensa que Jones es «un soplón», pero el hecho
es que solo se lo escuchó decir a Brown. Estas desviaciones de la veracidad estricta se dan
en cuestiones de tan poca importancia que la madre tiende a dejarlas pasar como «cosas
de niños», pero, de hecho, cada lapsus de este tipo es perjudicial para el sentido de la
veracidad del niño, una cuchilla que fácilmente pierde la agudeza de su filo.

La exactitud de los enunciados. La madre que instruye a su hijo en la exactitud estricta de


los enunciados sobre cosas pequeñas y grandes lo fortalece contra las tentaciones de caer
en las formas más absolutas de la mentira; él no exagerará sin más una historia para su
propio beneficio, no suprimirá hechos, ni dará ideas erróneas sobre algo, cuando el
enunciado de un simple hecho se ha convertido en un hábito vinculante, y cuando no se le
ha permitido formar el hábito vicioso contrario de ser descuidado con las palabras.

La exageración y los adornos absurdos. Dos formas de evasión, muy tentadoras para el
niño, requieren gran vigilancia por parte de la madre, que son exagerar y adornar una
historia con absurdos. Por muy graciosa que pueda ser una circunstancia que describe el
niño, la madre implacable debe despojar la historia de todo lo que no sea la verdad
desnuda, ya que sabemos que la reputación de burlón y mentiroso se consigue caramente
a cambio de la pérdida de esa dignidad de carácter, en el niño o el hombre, que acompaña
al hábito de la veracidad estricta; pero felizmente, es posible ser gracioso sin sacrificar la
verdad.
Reverencia, etc. En cuanto a la reverencia, la consideración por los demás, el respeto por las
personas y la propiedad, sólo puedo insistir en la importancia de un cultivo diligente de
estas cualidades morales—las marcas distintivas de una naturaleza refinada—hasta que se
conviertan en los hábitos diarios de la vida del niño; especialmente porque el
temperamento creído, agresivo y egoísta es demasiado característico de los tiempos en
que vivimos.

El temperamento—nace con el niño. Sin embargo, estoy ansiosa por decir algunas
palabras sobre el hábito del temperamento dulce. Es muy habitual considerar el
temperamento como parte de la naturaleza propia de una persona, aquello con lo que se
nace y que no se ayuda ni se obstaculiza. «Oh, es una niña de tan buen temperamento,
¡nada la molesta!» «Oh, tiene el temperamento de su padre; lo mínimo que lo contraría le
provoca unos enojos», son el tipo de comentarios que escuchamos constantemente.

No es temperamento, sino tendencias. Sin duda es cierto que los hijos heredan cierta
tendencia a la irascibilidad o la amabilidad, a la irritabilidad, el descontento, el malhumor,
la aspereza, la murmuración y la impaciencia; o a la alegría, la confianza, el buen humor,
la paciencia y la humildad. También es cierto que de la preponderancia de cualquiera de
estas cualidades—es decir, del temperamento—depende la felicidad o la miseria del niño y
del hombre, así como la comodidad o la miseria de las personas que viven con él. Todos
conocemos personas íntegras y de muchas virtudes excelentes que se vuelve intolerable
estar con ellas. La raíz del mal no es que estas personas hayan nacido malhumoradas,
hoscas o envidiosas (eso podría haberse mejorado), sino que se les permitió crecer en estas
disposiciones. En estos casos, más que en otros, el poder del hábito es de un valor
incalculable: corresponde a los padres corregir la desviación original, más aún si es de
ellos que el niño lo obtuvo, y enviar a su hijo al mundo bendecido con un temperamento
uniforme y feliz, inclinado a ver siempre lo mejor de las cosas, a mirar el lado bueno, a
imputar los mejores y más amables motivos a los demás, y a no hacer afirmaciones
extravagantes por cuenta propia—fuente fértil del mal genio. Todo esto, dado que el niño
nace solo con ciertas tendencias.

Los padres deben corregir las tendencias con un nuevo hábito de temperamento. Es
gracias a la fuerza del hábito que una tendencia se convierte en temperamento; y
corresponde a la madre impedir que se forme el mal genio, y forzar el buen carácter.
Tampoco es difícil hacer esto cuando el rostro del niño es como un libro abierto para su
madre, y ella lee los pensamientos de su corazón antes que él mismo se dé cuenta de ellos.
Recordando que cada pensamiento envidioso, murmurador y descontento deja un rastro
en el tejido mismo del cerebro del niño para que tales pensamientos pasen por allí una y
otra vez—y que ese riel, esa huella, por así decirlo, se ensancha y profundiza
constantemente con el tráfico de pensamientos desagradables—la madre pone atención en
obstaculizar desde el principio la formación de tales huellas. Ella mira en el alma de su
hijo, y ve el mal genio en el acto de levantarse: he ahí su oportunidad de acción.

Cambie los pensamientos del niño. Que la madre cambie los pensamientos del niño antes de
que el mal genio tenga tiempo de convertirse en un sentimiento consciente, y mucho
menos en una acción: sáquelo al aire libre, envíelo a buscar o llevar algo, dígale o
muéstrele algo de interés—en una palabra, dele algo diferente en qué pensar; pero todo de
forma natural, y sin que el niño perciba que se le está instruyendo. Así como todo ataque
de mal humor deja lugar disponible en la mente del niño para otro ataque de mal humor,
así cada uno de esos ataques evitados gracias al tacto de la madre tiende a borrar las
huellas malignas de los temperamentos hoscos pasados. Al mismo tiempo, la madre se
encarga de trazar una ruta para el paso libre de todo pensamiento y sentimiento dulce y
afable.

He estado ofreciendo sugerencias, no para un curso de formación intelectual y moral, sino


sólo para la formación de ciertos hábitos que deberían ser, por así decirlo, las
manifestaciones del carácter. Con este limitado programa, no he mencionado muchos
asuntos tan importantes como los que se abordaron, pero ante tantísima riqueza, ha sido
necesario adoptar un principio de selección; y he pensado que sería bueno abordar
asuntos que no me parecen depender por completo en padres educados, sino sobre
aquellos asuntos que toda persona reflexiva reconoce que puede ejercer una influencia.

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Parte V. Las lecciones como instrumento educativo

I. Sobre el contenido y el método de las lecciones

Me parece que vivimos en una era de la pedagogía; que quienes formamos parte de la
profesión docente tendemos a responsabilizarnos por demasiadas cosas, y que los padres
están dispuestos a ceder a otros la responsabilidad de la dirección, así como de la
instrucción real, más de lo que es saludable para los hijos.

Los padres deben reflexionar en el programa de instrucción. Me gustaría llamar la


atención a un tema que los padres están acostumbrados a dejar en manos del maestro de
escuela o de la institutriz [es decir, la persona contratada para educar en el hogar] cuando
no instruyen ellos mismos a sus hijos: me refiero a la elección de las asignaturas de la
instrucción, y las formas en que se manejan dichas asignaturas. Los maestros son las
personas que, más que los demás, se han dedicado a considerar lo que un niño debe
aprender y cómo debe aprenderlo; pero los padres también deberían pensar en este tema,
e incluso cuando no profesan ellos mismos enseñar a sus hijos, deberían contar con
opiniones propias cuidadosamente formadas sobre el tema y el método que se usará en su
educación intelectual, tanto para favorecer al docente como a los niños. No hay nada que
aporte más vitalidad y propósito al trabajo del maestro que la certeza de que los padres de
sus alumnos le acompañan en su profesión.

Incluso cuando los niños asisten a escuelas cuyos docentes son personas calificadas para
tal efecto, cuando los padres y las madres cuentan con cierto conocimiento del trabajo
docente pueden impedir que el maestro caiga en rutinas de la profesión, como es, por
ejemplo, valorar una aptitud en alguna materia por el valor que tiene en sí misma, y no en
cuanto afecta a los niños. Pero en el comienzo de la educación escolar en casa [cuando en
Inglaterra los niños se educaban normalmente en el hogar desde los 6 hasta los 9 años], es
una afrenta dejar a la joven institutriz con escasas calificaciones fuera de su francés o
alemán nativo, o un inglés pobre, para que diseñe un plan escolar para ella y sus alumnos.
Que los niños pierdan el tiempo es el menor de los males que se acumulan ya que lo peor
es que están formando hábitos inservibles contra el esfuerzo intelectual; y cuando llegue el
momento de ir a la escuela, no comprenderán las lecciones, el trabajo por hacer se les
escapa de los dedos, y sus capacidades de resistencia pasiva desconciertan a los maestros
más esforzados.

El hogar, el mejor lugar para el crecimiento de los niños pequeños. Lo mismo se aplica
al Kindergarten o cualquier otra escuela para los más pequeños: la escuela en el hogar es
siempre el mejor lugar para su crecimiento. Sería indudablemente así en el caso de la
madre que tiene la libertad de dedicarse a la instrucción de sus hijos; pero rara vez es libre
para hacerlo. Si vive en una ciudad, puede enviarlos a la escuela cuando tengan seis años;
si está en el campo, debe contar con una institutriz; y la dificultad radica en encontrar una
mujer que no sólo esté familiarizada con las materias que se propone enseñar, sino
también que comprenda en cierta medida tanto la naturaleza del niño como el arte de
enseñar y las metas educativas; una mujer que sea capaz de sacar el máximo partido a los
niños sin malgastar en cuanto a aptitudes ni a tiempo. No es frecuente que tal
extraordinaria persona llegue en respuesta a un anuncio; y, a falta de una maestra
capacitada, la madre se ve obligada a instruir a la institutriz, es decir, puede complementar
con sus propios aportes el escaso conocimiento y experiencia de la joven maestra, por
ejemplo: ‘Me gustaría que a los niños se les enseñe a leer, así y así, porque…’; o, ‘que
aprendan historia de tal manera que las lecciones puedan tenga tal o cual efecto’. Una
media hora de conversación de este tipo con una institutriz sensata avalará un mes
completo de trabajo para los niños, tan bien dirigido que mucho se hace en poco tiempo, y
se garantiza el mayor margen posible para el juego y el ejercicio al aire libre.

Tres preguntas para la madre. Si queremos que la madre inculque sus puntos de vista en
la institutriz sobre la enseñanza de la escritura, idioma extranjero, geografía, la madre
misma debe poseer puntos de vista definidos; y debe preguntarse seriamente: ¿por
qué deben aprender los niños? ¿Qué deberían aprender? Y, ¿cómo deberían aprenderlo? Si
ella se toma la molestia de encontrar una respuesta definitiva y reflexiva a cada una de
estas tres preguntas, estará en condiciones de dirigir los estudios de sus hijos; y, al mismo
tiempo, se descubrirá con sorpresa que las tres cuartas partes del tiempo y el trabajo que
normalmente dedica el niño a sus lecciones es tiempo perdido y energía desperdiciada. 1
Los niños aprenden para crecer. ¿Por qué debe aprender el niño? ¿Por qué comemos?
¿No es para que el cuerpo viva y crezca y pueda cumplir sus funciones? Precisamente así
debe sostenerse y desarrollarse la mente mediante el alimento que le conviene, el pábulo
mental del conocimiento asimilado. Una vez más, el cuerpo se desarrolla no sólo por
medio de un sustento adecuado, sino por el ejercicio apropiado de cada uno de sus
miembros. Una joven madre me comentó el otro día que antes de su matrimonio tenía
unos brazos tan delgados que nunca le gustaba exhibirlos; pero un bebé fuerte de cinco
meses la había curado de eso porque al poder moverlo y levantarlo con facilidad, ahora no
le daba pudor mostrar unos brazos bien formados. De igual forma, así como las
extremidades físicas se fortalecen con el ejercicio, así también una determinada capacidad
mental se hace efectiva gracias al esfuerzo intelectual ejercido sobre ella. La gente tiende a
pasar por alto el hecho de que la mente debe alimentarse—aprendemos para saber, y no
para crecer; de allí proviene la repetición de las lecciones como un loro, la adquisición y
acumulación de hechos mal digeridos para los exámenes, y todas aquellas formas de
adquirir conocimiento que la mente no asimila.

Alteración del material del saber. Los especialistas, por otra parte, tienden a conceder
demasiada importancia al variado ejercicio de las “facultades” mentales. Nos encontramos
con libros de enseñanza que contienen lecciones preparadas en gran detalle, en las que se
asigna cierto trabajo a las facultades de análisis, otro trabajo a la imaginación, al juicio, etc.
No obstante, la doctrina de las facultades, la cual se basa en una falsa analogía entre la
mente y el cuerpo, va en camino al limbo donde los ‘baches’ en el camino de la frenología
[el estudio del tamaño y forma de la cabeza para descubrir sobre el carácter y habilidades
de la persona] hoy descansan en paz. La mente parece en realidad ser un todo indivisible
y estar dotada de múltiples poderes; y el tipo de alteración del material del saber ya
mencionado es innecesario para el niño sano, cuya mente es capaz de dirigirse a sí misma,
y de dedicarse al trabajo que le es propio en torno a la porción de conocimiento que se
entregue. Casi todos los temas que el sentido común dice que son adecuados para la
instrucción de los niños permitirán el ejercicio de todas sus facultades, si se presenta
adecuadamente.

Los niños aprenden para obtener ideas. El niño debe aprender, en segundo lugar, para
que se siembren ideas libremente en la tierra fértil de su mente. El diccionario define idea
como ‘la imagen o el cuadro que la mente forma de toda cosa externa, ya sea a partir de
los sentidos o espiritual’; por lo tanto, si la tarea de la enseñanza es proporcionar ideas al
niño, toda enseñanza que no le dé posesión de una nueva imagen mental, por tal razón no
ha cumplido su objetivo. Piense ahora en la apatía que a menudo se ve en los niños a
duras penas realizando lecturas, las tablas, la geografía y las sumas, y verá cuán poco
común es que alguna parte de una lección sea lo suficientemente vívida como para dejar
en ellos una imagen mental. No exageramos al decir que una mañana en la que un niño no
ha recibido ninguna idea nueva es una mañana perdida, por muy cercano a sus libros que
se haya mantenido al pequeño estudiante.

Las ideas crecen y se reproducen según su tipo. A mí me parece que el diccionario no


logra llegar a la verdad en su definición del término ‘idea’. Una idea es más que una
imagen o un cuadro; es, por así decirlo, un germen espiritual dotado de fuerza vital, y que
tiene el poder de crecer y producir según su especie. De hecho, la naturaleza misma de las
ideas es crecer: así como el germen vegetal secreta lo necesario para vivir, de la misma
forma, basta implantar una idea en la mente infantil, para que secrete su propio alimento,
crezca y dé fruto en forma de una sucesión de ideas afines. Sabemos por nuestra propia
experiencia que, si fijamos nuestra atención en algún personaje público, o en alguna teoría
sorprendente, durante varios días después vamos a estar continuamente escuchando o
leyendo alguna cosa que se relacione con este tema, como si todo el mundo estuviera
pensando en lo que ocupa nuestros pensamientos. Esto sucede porque la nueva idea que
hemos recibido está en proceso de crecimiento, y está buscando su alimento apropiado.
Este proceso de alimentación prosigue con peculiar avidez en la niñez, y el crecimiento de
una idea en el niño es relativamente rápido.

Scott y Stephenson trabajaron con ideas. Scott tuvo una idea, todo un conjunto de ideas,
de los cuentos y baladas de Border, el folclore del campo, del que se nutrió su infancia: sus
ideas crecieron y se desarrollaron, y las novelas de Waverley son el fruto que produjeron.
George Stephenson hizo pequeñas locomotoras de arcilla con su compañero de juegos,
Thomas Tholoway; y cuando fue maquinista, siempre estaba mirando su motor,
limpiándolo, estudiándolo; un motor era su idea dominante, y se convirtió en nada menos
que la locomotora.

El valor de las ideas dominantes. Pero ¿cómo influye en la educación del niño esta teoría
del carácter vital y fecundo de las ideas? Así: dé a un niño una sola idea valiosa y habrá
hecho más a favor de su educación que si hubiera puesto sobre su mente la carga de un
tonel de información; porque el niño que crece con algunas ideas dominantes tiene
garantizada su autoeducación, y su camino profesional ya trazado.

Las lecciones deben suministrar ideas. Para que una idea pueda ser recibida, la mente
debe estar en una actitud de completa atención, y ya hemos abordado cómo lograr ese
estado mental. Otra cosa: una sola idea puede ser una posesión tan preciosa en sí misma,
tan fructífera, que los padres no pueden permitir con toda razón que la selección de las
ideas para el niño sea una cuestión dejada al azar; por el contrario, son sus lecciones las que
debieran proporcionarle aquellas ideas que lo encaminarán en su educación posterior.

Los niños aprenden para adquirir conocimiento. Pero el objetivo de que el niño aprenda
no radica solo en garantizar el debido crecimiento intelectual y suministrar ideas a la
mente, sino también es verdad la noción común de aprender con el fin de adquirir
conocimiento, tanto así que no hay conocimiento más valioso que el adquirido en la
infancia, ningún conocimiento adquirido más tarde queda tan claramente registrado en el
cerebro, ni es tan útil en tanto base del conocimiento por venir. Al mismo tiempo, la
capacidad de conocimiento del niño es muy limitada; su mente es, a este respecto al
menos, solo un pequeño frasco con un estrecho cuello; y, por lo tanto, les corresponde a
los padres o al maestro verter en él solo lo mejor.

Conocimiento diluido. Pero, pobres niños, con demasiada frecuencia sus mejores amigos
los decepcionan en cuanto al conocimiento que les entregan; las personas adultas que no
son madres, en sus esfuerzos por acercarse a la mente infantil, hablan y piensan de una
manera mucho más infantil que el niño. Si un niño habla soserías, es porque sus mayores
tienen la costumbre de hablarle soserías; déjelo solo, y sus comentarios son sabios y
sensatos en proporción a la guía que recibe de su pequeña experiencia. Las madres rara
vez hablan a sus hijos como si ellos fueran menos inteligentes, porque conocen demasiado
íntimamente a los pequeños y, por lo tanto, tienen demasiado respeto por ellos: pero los
maestros profesionales, ya sean los escritores de libros o los que imparten lecciones,
tienden demasiado a dar un solo grano de conocimiento puro dentro de todo un galón de
oratoria, obligando al niño a esforzarse por discernir el grano y de extraerlo del torrente
pueril.

El conocimiento del Dr. Arnold en su niñez. En general, los niños que crecen con sus
mayores y que no acceden a lo que se conoce como libros infantiles, ganan más en cuanto
a lo que pueden obtener por sí mismos de la literatura de los adultos. Así se cuenta del Dr.
Arnold, que cuando tenía tres años recibió como regalo de su padre «Historia de
Inglaterra» de Smollett como recompensa por la precisión con la que relató las historias
relacionadas con las descripciones y las imágenes de los sucesivos reinados—una
diversión que probablemente sentó las bases de el gran amor por la historia que lo
distinguiera más adelante en su vida. Cuando ocupaba la cátedra de profesor en Oxford,
se cuenta que citaba Lectures on History del Dr. Priestley—citas verbalmente exactas,
creemos así, porque ese era el hábito de su mente; además, un niño no tiene mucha
habilidad para reformular un asunto—y eso, aunque no había tenido el libro en sus manos
desde que tenía ocho años. Sin duda había sido un niño excepcional; y lo único que
propugno es que, si sus lecturas hubieran sido el tipo de sosería diluida que comúnmente
se les da a los niños, habría sido imposible para él citar pasajes después de una semana,
mucho menos unos veinte años, de haberlos leído.

Literatura adecuada para niños. Dicho tipo de literatura débil para los niños, tanto en los
cuentos como en los libros escolares, es el resultado de un proceso reaccionario. No hace
mucho, la impresión en boga era que los niños comprendían poco, pero tenían una
memoria prodigiosa para datos; que las fechas, los números, las reglas, los catecismos de
conocimiento, mucha información en pequeñas porciones, se suponía que era el material
adecuado para la educación infantil. Hemos cambiado todo eso, y hemos puesto en las
manos de los niños libros de lecciones con bonitos dibujos y lenguaje fácil, casi tan lindos
como los libros de cuentos; pero no nos damos cuenta de que, después de todo, les
estamos dando las mismas pequeñas píldoras de conocimiento en la forma de un
diluyente débil y copioso. Los maestros, e incluso los padres, que están lo suficientemente
atentos a la dieta de sus hijos, son tan imprudente en cuanto al tipo de alimento mental
que se les da, que estoy sumamente ansiosa de que consideremos este asunto sobre las
lecciones y la literatura propia para los pequeños.

Cuatro filtros para las clases para niños. Vemos, por tanto, que las lecciones de los niños
debieran proporcionar el material necesario para su crecimiento mental, debieran ejercitar
las diversas facultades mentales, debieran suministrarles ideas fructíferas, y
proporcionarles conocimiento, realmente valioso por sí mismo, preciso, e interesante, del
tipo que el niño pueda recordar como un hombre con provecho y placer. Antes de medir
con estos filtros las diversas asignaturas en las que se instruye habitualmente a los niños,
me gustaría reiterar dos o tres puntos que me he esforzado por establecer en las páginas
anteriores:
Resumen de los seis puntos ya considerados:

(a) Que el conocimiento más valioso para el niño es el que obtiene con sus propios ojos,
oídos y dedos (con una guía externa) al aire libre.

(b) Que no se debe permitir que las obligaciones de la sala de clases usurpen el derecho
del niño a pasar largas horas al día dedicadas al ejercicio y a la investigación.

(c) Que se debe llevar al niño todos los días, si fuera posible, a paisajes como un páramo o
una pradera, un parque, o al mar, donde pueda encontrar cosas nuevas para examinar, y
así aumente su reserva de conocimiento real. Que la observación del niño debiera llevarse
a una flor o un peñasco, un pájaro o un árbol; que, de hecho, él mismo debiera reunir la
información común que es la base del conocimiento científico.

(d) Que el juego, vigoroso y saludable, es, a su vez, tan importante tanto como lo son las
lecciones, en lo que respecta tanto a la salud corporal como a la capacidad intelectual.

(e) Que, aunque esté siendo supervisado, se debe dejar mucho solo al niño, tanto para que
pueda trabajar a su manera en las ideas que reciba, como para que esté más abierto a las
influencias naturales.

(f) Que la felicidad del niño es la condición para que progrese; por tanto, que sus lecciones
deben ser alegres y que deben evitarse las ocasiones de fricción en el aula.

A la vista de tales premisas, consideremos ahora lo que el niño debe aprender y cómo se le
debe enseñar.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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II. El Kindergarten en tanto lugar de aprendizaje

La madre, la mejor «jardinera» del Jardín infantil. No es realmente necesario discutir


aquí los méritos del Kindergarten [del alemán, «jardín de niños»; y que usualmente se
conoce también como: jardín de infantes, jardín infantil, o educación inicial, entre otros]
pero el éxito de tal escuela depende de unas cualidades poco comunes de quien enseña,
tales como: un elevado cultivo personal, algo de conocimiento de psicología y del arte de
la educación; una intensa simpatía por los niños, mucho tacto, mucho sentido común,
mucha información del saber común, de naturaleza muy alegre y con amplia capacidad
para gobernar. En suma, el método del Kindergarten está muy bien diseñado para que el
niño entre en relación con una inteligencia superior. El jardín infantil es hermoso al contar
con un ser tan excelente a la cabeza, ‘como un pequeño cielo en la tierra’; pero ponga a
una mujer común y corriente a cargo de esta escuela, y todos los dones, las ocupaciones y
los juegos bellamente diseñados se convierten en instrumentos educativos rígidos. Si la
esencia misma del método del kindergarten es la influencia que ejerce una persona, una
especie de magnetismo espiritual, la conclusión natural es que la madre es de por sí la
mejor encargada del jardín infantil; porque ¿quién más que ella tiene tanto tacto, simpatía,
sentido común, y el cultivo personal que son necesarios?

Por tanto, la guardería del hogar no tiene por qué ser un Kindergarten. Aunque toda
madre debiera ser una jardinera [maestra del Kindergarten], en el sentido que Froebel
aplica al término, eso no quiere decir que toda guardería deba ser
un Kindergarten organizado y regulado como tal. De hecho, la maquinaria del jardín
infantil no es más que un dispositivo que permite asegurar el cumplimiento de
ciertos principios educativos, y algunos de éstos corresponde a la madre abordar y trabajar
de acuerdo con los métodos de Froebel, o los de ella misma. Por ejemplo, en el jardín
infantil los sentidos del niño se entrenan cuidadosa y progresivamente: él mira, escucha,
aprende con el tacto; obtiene ideas sobre tamaños, colores, formas, números; se le enseña a
copiar fielmente, y a expresarse con precisión. En esta capacitación de los sentidos, el niño
sigue el método que el infante ha configurado por sí mismo en sus primeros estudios de la
pelota o del aro.

Un campo de conocimientos demasiado circunscrito. Es posible, no obstante, que se dé


poco valor al maravilloso poder que tiene el niño de obtener conocimiento por medio de
sus sentidos; que el campo de estudio pueda estar demasiado limitado; y que, durante los
primeros seis o siete años en los que pudo haberse familiarizado íntimamente con las
propiedades y la historia de todos los objetos naturales a su alcance, haya obtenido
ideas exactas, es verdad—que pueda distinguir un rombo de un pentágono, un color
primario de un color secundario, haya aprendido con total certeza que puede copiar los
dobleces de un papel o un tejido en fibra—pero que esto haya ocurrido a expensas de gran
parte de aquel conocimiento real del mundo externo que solo en este momento de su vida
está tan capacitado para adquirir. Por lo tanto, a pesar de que la formación exacta bien
graduada del jardín infantil puede ser valiosa, la madre se esforzará por entregarla en
forma accesoria, y sin que de ninguna manera reemplace la formación más cabal de los
sentidos, la cual es un deber primordial de ella hacia sus hijos.

Reitero que las tareas que el niño en Kindergarten debe realizar son solo aquellas que él
está capacitado para hacer, a la perfección. He visto a un niño de cuatro años avergonzarse
y parecer que se condenara a sí mismo, porque había doblado un trozo de papel de
manera irregular, como si se le hubiera atrapado mintiendo. Pero la madre o la cuidadora
de la guardería se asegurará de que las pequeñas responsabilidades del niño se ejecuten a
la perfección, y, poniendo atención en este importante aspecto: sin esa tensión sutil que
surge de la ansiedad angustiosa que se observa en los niños que trabajan para complacer a
ese sonriente ser divino que es su maestra del jardín.

Entrenamiento del ojo exacto y la mano fidedigna. Las ‘actividades’ del Kindergarten son
oportunidades para instruir en este tipo de fidelidad; pero en el hogar se dan mil
oportunidades de este tipo; aunque sólo sea en nimiedades como enderezar un mantel o
un cuadro, colgar una toalla, envolver un paquete; la madre reflexiva inventará múltiples
formas de educar a sus hijos en el ojo exacto y la mano fidedigna. No obstante, como una
forma de instruir metódicamente y de pasar el tiempo felizmente, se puede introducir
algunos de los juegos y ocupaciones del jardín infantil en la guardería del hogar, siempre
que la madre no dependa de ellos, sino que haga que todas las ocupaciones del niño sirvan
para el propósito de su educación.

‘Dulzura y luz’ en el Kindergarten. El niño respira una atmósfera de ‘dulzura y luz’ en el


jardín infantil. Se ve al pequeño fortachón de cinco años que yergue la espalda y se niega a
ser un sapo saltarín, y la maestra del jardín se acerca con una serena gentileza, lo toma de
la mano y lo saca del círculo—no se le trata como un malhechor, sino que al elegir no
hacer lo que hacen los demás, ya no puede estar allí: la próxima vez, estará bien contento
de ser un sapo. He ahí el principio de la disciplina para la guardería, igualmente: no trate
con demasiada seriedad la pequeña porfía del niño; no asuma que está siendo maldadoso,
simplemente que no participe cuando no esté preparado para actuar en armonía con los
demás. Evite la fricción; y, sobre todo, no lo deje que perturbe el clima moral; con toda
gentileza y serenidad, aléjelo de la compañía de los demás, cuando se esté comportando
de una manera fastidiosa.

Reitero que el jardín infantil profesa tomar en consideración la alegría de la naturaleza


infantil, es decir, permitirle al niño la expresión plena y libre del regocijo que hay en él, sin
el ‘alboroto’ que resulta al dejarlo que encuentre por sí mismo una forma de expresar su
vida exuberante. Esta unión entre la alegría y la gentileza es el temperamento adecuado
que se debe cultivar en la guardería. El comportamiento bullicioso y desordenado que a
veces se les permite a los niños es innecesario, en los ambientes cerrados, por lo menos—
pero incluso una ausencia momentánea de luz solar en los rostros de sus hijos será una
causa más grave de malestar para la madre. En general, podemos decir que algunos de
los principios que debieran regir la instrucción en el Kindergarten son precisamente aquellos
en los cuales toda madre razonable se esfuerza por educar a su familia; mientras que
las prácticas del jardín de infantes son innecesarias porque son sólo medios (entre otras
cosas) para llevar a cabo dichos principios, y son propensas a volverse inflexibles y
rígidas, aunque pueden adoptarse en la medida en que encajen convenientemente en el
esquema general que la madre ha preparado para la educación de su familia.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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III. Otras consideraciones sobre el jardín infantil

La infancia de Tolstoi. Quizás no exista ningún campo conocido de investigación en el


que se haya realizado tan poco trabajo disponible al público como ocurre con el campo
investigativo que abarca a los niños, y aunque el ‘terreno de estudio’ está ante nuestros
propios ojos, quien quiera mapearlo debe marcar como ‘inexploradas’ vastas extensiones
de él. Hay personas reflexivas que comienzan a sospechar que los errores que cometemos
por causa de esta ignorancia son deplorables y dañinos. Por ejemplo, ¿acaso no se basan
todos nuestros esquemas educativos en la presunción de que la mente infantil—el
«hombre pensante y emotivo» que es en sí mismo—comienza «muy pequeño» y crece
junto con el cuerpo? Pero no sabemos esto con certeza; los niños no se revelan a sí mismos
en forma general, a pesar de sus modos encantadores y honestas confidencias; pero si, por
casualidad, un niño se revela a uno de nosotros, nos sorprendemos al descubrir que el
niño tiene, definitivamente la inteligencia más aguda, los pensamientos más sabios y el
alma más grande. Cuando el genio personal puede levantar el velo y mostrarnos al niño,
nos entrega un servicio que, en nuestro estado de reflexión actual, a duras penas podemos
estimar; y cuando, ya sea el genio o la simplicidad, o ambos, nos hayan proporcionado
suficientes estudios de este tipo sobre los cuales poder generalizar, reconsideraremos, sin
duda, el tema a cabalidad, y estaremos abatidos por haber desestimado de tal forma a los
niños en nombre de la educación. El conde Tolstoi nos da en «Infancia, adolescencia,
juventud», un inconfundible retrato de los niños, una semblanza en la que una madre
puede ver a su niño y reconocer lo que se le parece, y cuánto se le parece, como lo expresa
la obra también:

«Como nuestra propia querida madre»

escribe el pequeño en los versos que inventa para el cumpleaños de su abuela; y luego,
cuando llega el momento de leerlos, ¡ah! qué humillación sufre su alma, y cuán seguro
está de que su padre y su abuela descubrirán su hipocresía, y se dice: «¿Por qué escribí
esto? Ella (su madre) no está aquí, y no era necesario mencionarla; es verdad que amo a la
abuela; la reverencio, pero eso no la convierte en la misma persona. ¿Por qué lo escribí?
¿Por qué mentí?» Esto es lo que hay en los niños; lo reconocemos cuando lo leemos, y
recordamos los borrosos días infantiles en los que también nosotros teníamos un «órgano
de la verdad» tan exquisitamente delicado; y el recuerdo de ello debiera avivar nuestra
reverencia por la tierna conciencia de los niños.

«La historia de un niño». A propósito de este tema, me gustaría mencionar otro libro que
contiene la revelación que un niño hace de sí mismo, quien, fuera del oscuro abismo del
tiempo, nos dio su testimonio. Es el tipo de estudio de un niño que es realmente precioso,
porque solo se recibe al remontarnos a nuestra propia infancia, vivificándola,
reproduciéndola, gracias a la mera fuerza del poder imaginativo. He aquí la única
absoluta manera de llegar a simpatizar con un niño, porque los niños, con todas sus
honestas confidencias y su facilidad de conversar, son personitas bastante inescrutables,
que nunca le cuentan a nadie el tipo de cosas que leemos en esta ‘historia’; cosas que no es
necesario decir a otros niños, porque ellos las saben, y, en cuanto a contarles a los adultos,
los niños están completamente convencidos de que ningún adulto podría comprender, ni
siquiera su madre. Quizás lo comprenda Otto, así que el perro recibirá confidencias al
oído, que la madre se esfuerza en vano por conocer.

«En su esfera oculta de alegría o aflicción,


Moran, y viven separados nuestros espíritus anacoretas,
Nuestros ojos miran todo en penumbra o resplandor—
En matices propios, recientemente tomados del corazón».

Así ocurre especialmente más con los niños que con nosotros mismos; es una ley natural
contra la cual no vale la pena luchar en absoluto, siendo la facultad de recuperar nuestra
propia infancia el único medio de verdadera y profunda relación con un niño —una
facultad que solemos ignorar como si no fuera de vital importancia. Esto mismo es lo que
la señorita Margaret Deland nos ayuda a hacer: reconocemos a nuestro antiguo yo en
Ellen, con solo una diferencia; nuestros propios impulsos de hace tanto tiempo eran
iguales de irracionales, inconsecuentes, amorosos y heroicos, y generalmente tediosos
para el mundo de los adultos, que hoy, en retrospectiva, observamos con ternura, pero
rara vez con satisfacción. Por ello, si después de leer The Story of a Child [o La historia de
un niño, en español], nos levantamos un poco más humildes, un poco más reservados,
dispuestos a creer más de lo que vemos, pues, no nos hará ningún daño, y será de
bendición y ayuda para los niños. Diferimos solo en una cosa con la autora: la señorita
Deland piensa que puede ser moralmente correcto para los mayores entender mejor a los
niños, pero ella piensa que, en cuanto a los niños, pues, que la mayoría de nosotros
crecemos maravillosamente bien a pesar de dificultades así, y otras. En cierto sentido, eso
es verdad, pero, en otro sentido, una de las cosas más tristes de la vida es ver a un niño
con espléndido potencial llegar a un estado de madurez ordinario e insulso, del tipo que
no afecta al mundo ni para mejor ni para peor.

Tanto la infancia de Tolstoi como de la pequeña heroína de la señorita Deland parecen


diferir totalmente de lo esperado en el «Kindergarten»; pero, de hecho, ambas revelaciones
sobre el ser de los niños confirman nuestro argumento.

Hemos escuchado que, «ayer, sin más, en la Universidad de Edimburgo, la figura más
grande de la Facultad era Sir James Simpson, el descubridor del cloroformo, pero el otro
día, el bibliotecario de la Universidad le pidió a su sucesor y sobrino, el profesor Simpson,
que fuera a la biblioteca y escogiera los libros sobre su trabajo que ya no fueran necesarios,
a lo que respondió: «Tome todos los libros de texto que tengan más de diez años y
póngalos en la bodega». En la medida que la educación es una ciencia, lo que era verdad
hace diez años (o aún más, hace cien años), ya no es la verdad integral de hoy.

«Pensamientos más altos que sus pensamientos recibieron aquellos grandes videntes»;

y, en proporción con la urgencia con que nos presionan nuestras iniciativas educativas, así
también será el brío con que apreciamos aquellas verdades (y la vivacidad con que las
usemos) que nos han regalado los grandes pioneros, Froebel y los demás, gracias a nada
menos que su capacidad de visión a futuro. Pero, ¡ay de los antojos de la naturaleza
humana perezosa! No podemos tornar la vista hacia un papa educativo, sino que tenemos
que pensar nosotros mismos, además de resolver, todo aquello que corresponde a la
crianza perfecta de nuestros hijos.

Nuestra deuda con Froebel. Reverenciamos a Froebel; muchos de sus grandes


pensamientos compartimos, pero no podemos decir que los tomamos prestados de él
porque algunos de ellos, como las relaciones del niño con el universo, son tan antiguos
como Platón; otros pertenecen a la práctica y la experiencia universales, lo cual demuestra
su exactitud psicológica. Froebel reunió difusos pensamientos y prácticas dentro de un
sistema, pero hizo algo aún mayor al erigir un altar hacia el entusiasmo por la infancia
cuya llama nunca se ha apagado. La verdadera maestra del Kindergarten es la artista de los
maestros; la inspiración por su trabajo llena todo su ser, y probablemente la mayoría de
los maestros sinceros han captado de ella algo de su fervor, cierto sentido de la belleza de
la infancia y del fascinante deleite del trabajo verdaderamente educativo.

Requisitos de una persona. No obstante, debo introducir aquí una advertencia. Lo


primero a lo que debemos prestar atención es a preservar la individualidad de los niños,
dejar libre su personalidad. Sabemos que las personas no crecen en un jardín y mucho
menos en un invernadero; estar en condiciones adaptadas en demasía a sus necesidades
otorga dudosos beneficios a una persona, pero el sol y la sombra, la poda y el tutelaje
proporcionados con exactitud son buenos para una planta cuyo uso está supeditado, por
así decirlo, a las necesidades y deseos de su dueño. Pero tanto la persona, que posee otros
usos en el mundo, como la madre o maestra que se considera a ella misma como la
jardinera [maestra del jardín infantil] y al niño como una planta, solo se salvarán de
cometer errores graves gracias a la fuerza de la naturaleza humana presente en ella misma
y en el niño.

La naturaleza como educadora. La idea de suplementar [añadirle algo para hacerla


íntegra o perfecta] a la naturaleza desde la cuna es peligrosa. Ella nos pide aportar un
poco de guía, un poco de refrenamiento, mucha observación reverente; pero aparte de eso,
los padres sabios deben dejar a sus hijos tanto como sea posible en manos de la
Naturaleza y de «un Poder superior a la Naturaleza misma».

Peligro de subvalorar la inteligencia infantil. Aquellos de nosotros que hemos visto a un


pilluelo de siete años dando volteretas a todo lo largo de una calle, o a un grupo de niñas
bailando al son de un órgano, o a niños y niñas en el escalón de una puerta «alimentando»
a sus bebés, o una niña pequeña cuya madre la ha enviado a hacer cuatro compras con
una cantidad definida de dinero y volver con el cambio—no podemos creer que el
desarrollo físico, mental y moral espera, por así decirlo, la enseñanza del jardín de
infancia. De hecho, me inclino a cuestionar si, en aras de llevar a cabo un sistema, la
encantadora maestra del Kindergarten no corre a veces el peligro de subestimar en gran
medida la inteligencia de sus niños. Conozco a una persona de tres a quien una visita
encontró sola en el salón; era primavera, y la persona visitante pensó en divertirse
hablando sobre los bonitos ‘baa-corderos’. Pero un par de grandes ojos azules se fijaron en
el visitante y una persona solemne expresó un comentario solemne: «¿Cherto que es un
hogor ver cómo matan a un cerrdo?» Esperamos que nunca haya visto ni oído hablar de la
matanza de un cerdo, pero su protesta contra las zoncerías fue tan eficaz como lo
expresaría una mujer de sociedad. Boers y kopjes, rusos y japoneses [la guerra Boer], La
isla del tesoro, Robinson Crusoe y su hombre Viernes, la Batalla de las Termópilas, Ulises
y los pretendientes—tales son las cosas a las que los niños juegan juntos todo un mes;
incluso los pequeñines de tres y cuatro años mantienen un valiente comportamiento con
sus hermanos y hermanas. Si los pequeños tuvieran la costumbre de decir cómo se
sienten, quizás sabríamos que están bastante aburridos de los lindos juegos en los que
retozan como corderos, aletean y giran los dedos cual mariposas.
A todos nos gusta que se nos complazca. El lector dice: «¡Pero en el Kindergarten los niños
hacen todo eso de una forma tan placentera y feliz!» La naturaleza humana es muy
curiosa considerando que a todos nos gusta que nos manejen personas que se toman la
molestia de hacer uso de lo que nos complace. Incluso a un perro se le puede volver
sentimental hasta niveles inauditos; y, si los mayores tenemos nuestras debilidades de este
tipo, no es de extrañar que a los niños se les pueda persuadir a que hagan cualquier cosa
por personas que los tratan siempre en forma placentera. Es cierto que ‘WV’, la niña que
todo el mundo ha aprendido a amar [del libro ‘The Invisible Playmate‘], cantaba sus
canciones de jardín de infancia con las manitas ondeando en ‘¡el aire tan azul!’ pero lo
hacía para deleitar e ilusionar a los mayores cuando llegaba la hora de dormir, porque el
resto del tiempo, ‘WV’ pensaba en cosas mucho más importantes.

Los profesores median demasiado. Quizás todavía existan jardines de infancia donde hay
mucha sosería en canciones y cuentos, donde la maestra tiene la idea de que cumplir su
función al máximo consiste en crear ella misma poesías para los niños y componer
melodías para cantar y hacer dibujos para ser admirados. Puede que los niños hagan eco
de la queja de Wordsworth sobre «el mundo» y digan: la maestra está demasiado con
nosotros, no hay un momento en que no esté. Todo está dirigido, esperado, sugerido;
ninguna otra persona, ya sea de un libro, de una imagen o de una canción, no, ni siquiera
la misma naturaleza, puede llegar a los niños sin la mediación del maestro. No hay
espacio para la espontaneidad o la iniciativa personal de parte de los niños.

Peligro del magnetismo personal. A la mayoría de nosotros nos engañan nuestras


virtudes, y, en ese sentido, todo el celo y el entusiasmo de la maestra del Kindergarten es
quizás también su piedra de tropiezo. «¡Pero los niños son tan felices y se portan tan
bien!» Precisamente; el lugar en casa donde están los niños no es de ninguna manera un
escenario de paz, pero me atrevo a pensar que es un mejor lugar para crecer. Me alegra ver
que un eminente froebeliano protesta contra el elemento del magnetismo personal en el
maestro; pero hay, o ha habido, mucho de este elemento en el niño exitoso que asiste
al Kindergarten, y todos sabemos cómo se pierde el vigor y la individualidad al someterse a
este tipo de influencia. Incluso aparte de este elemento del encanto personal, dudo que sea
bueno para los niños aquella propiedad de la vida en el Kindergarten que radica en la
adaptación de la persona.

La falsa analogía del ‘Kindergarten‘. El mundo sufrió la mañana en que el feliz nombre de
‘Kindergarten‘ se le ocurrió al más grande de los ‘padres’ de la educación. Sin duda que en
el contexto de su intención original de significar una vida de jardín al aire libre para los
niños era una palabra simple y adecuada; pero las falsas analogías han entorpecido o dado
fin a más de un sistema filosófico, y, en este caso, el niño se convirtió en una planta en un
bien ordenado jardín. Tal analogía apeló a la científica y ordenada mente alemana, la cual
no aprueba mucho de ningún tipo de movimiento espontáneo e irregular. El cultivo
personal, el debido estímulo, la dulzura y la luz, se convirtieron en los rasgos principales
de un gran código educativo. Desde el cobertizo donde se siembra la semilla en macetas
hasta el marco del jardín y de allí al macizo que forman las flores agrupadas, la plantita
obtiene en debida proporción lo que es bueno para ella; crece de manera apropiada, en
filas ordenadas; y a su tiempo florece.
Ahora bien, es peligroso y engañoso usar una analogía para representar a
una persona porque en la naturaleza no hay nada en común con una persona. El hecho de
que la analogía de la planta en un jardín sea tan encantadora la hace aún más falaz; por
ejemplo, la manifestación del propósito de una planta es algo maravilloso y deleitable,
pero una manifestación de este tipo en una persona es algo simplemente normal. El
resultado de todo pensamiento está necesariamente moldeado por tal pensamiento, y que
un jardín cultivado sea el plan fundamental de nuestro pensamiento educativo, o implica
nada en absoluto, y suponer tal cosa sería insultar al Maestro, o implica una interferencia
indebida en el desarrollo espontáneo de un ser humano.

Los «juegos maternos» son demasiado agotadores para un niño. Empezaremos por los
«juegos maternos», una dulce idea, creada con mucho cariño. Pero consideremos lo
siguiente: el bebé está consciente de una manera exquisita de todos los estados de ánimo
de su madre, su carita se nubla de pena o se ilumina de alegría en respuesta a la expresión
de ella. Cuando ambos están solos, juegan de una manera poco común: él salta y tira, ríe y
hace sonidos llenos de felicidad, gatea, patea y tararea de alegría; y, entre todo el juego, se
le enseña lo que no puede hacer. Las manos y los pies, las piernas y los brazos, los dedos
de las manos y de los pies están en continuo movimiento cuando está despierto; la boca,
los ojos y los oídos muestran una curiosidad llena de entusiasmo. Todo es juego sin
intención, y la madre juega con el bebé igual de contenta que él. La naturaleza se sienta
por ahí y se encarga de que todo el juego sea realmente trabajo; durante los primeros dos
años de vida se está produciendo todo tipo de desarrollo a un ritmo mayor que en
cualquier otro período similar de la vida posterior: lo suficiente y no en demasía, eso sí, ya
que el bebé duerme por muchas horas. Entonces entra el educador y ofrece un poco más;
los nuevos juegos son tan bonitos y atrayentes que ese bebé bien podría jugando con ellos
en vez de jugar con sus propios saltos y palmaditas torpes y sin sentido. Pero se le está
imponiendo al niño un esfuerzo real en adición al trabajo de dos años más pesado que
conocerá en su vida. La afinidad que siente por su madre es tan aguda que percibe algo
extenuante en el nuevo juego, a pesar de todas las sonrisas y las lindas palabras; él
responde con un esfuerzo mayor, un esfuerzo grande en proporción con cuán pequeño es
él. Se ha puesto demasiada carga sobre sus centros nerviosos y su capacidad cerebral, se le
ha robado algo de la alegría de vivir, y aunque su respuesta de bebé frente a la educación
directa es muy encantadora, posee menos poder latente para las futuras peticiones de la
vida.

La compañía de los pares es demasiado estimulante para un niño. Sigamos a este


pequeñín hasta el Kindergarten, donde tiene el estímulo de compañeritos de su edad. No
hay duda de que es algo estimulante. Para nosotros, ninguna otra socialización es tan
estimulante como es aquella con varias personas de nuestra edad y estatus; he ahí la gran
alegría de la vida universitaria; una alegría saludable para todos los jóvenes por un
tiempo limitado. Pero las personas de veinte años tienen, o deberían tener, algún dominio
sobre sus centros de control inhibitorio [la capacidad para inhibir o controlar las
respuestas impulsivas]. No deberían permitir que la energía nerviosa causada por
demasiado estímulo social se disipe; sin embargo, incluso las personas de veinte años no
siempre están en capacidad de auto dominarse en circunstancias exultantes. Entonces,
¿qué se puede esperar de personas de dos, tres, cuatro, cinco años? El hecho de que la
personita parezca impasible no es garantía de que no existe una excitación interna. El
choque y la vivacidad con que nos encontramos con nuestros iguales de vez en cuando
reaviva nuestra salud; pero para la vida cotidiana, relacionarnos en forma mixta con
personas mayores, jóvenes y pares, como se da en una familia, aporta además el mayor
reposo y el mayor espacio para el desarrollo individual. Todos nos hemos quedado
sorprendidos por el buen sentido, la razonabilidad, la gracia y el ingenio que muestra un
niño en su propia casa en comparación con el mismo niño en la vida escolar.

El peligro de suplantar a la naturaleza. El peligro acecha en el Kindergarten, en igual


proporción a la integridad y la belleza de su organización. Es posible suplementar la
Naturaleza con tanta habilidad que corremos el riesgo de suplantarla, privándola del
espacio y el tiempo para que haga su propio trabajo a su manera. «Ve a ver qué está
haciendo Tommy y dile que no lo haga” no es una sana doctrina. Tommy debería tener la
libertad de hacer lo que quiera con sus miembros y su mente durante todas las horas del
día en que no está bien sentado durante las comidas. Debería correr y saltar, brincar y caer,
tirarse de cara al suelo mirando un gusano o de espaldas mirando las abejas en un tilo. La
naturaleza lo cuidará y le impulsará para que quiera saber muchas cosas—y alguien debe
decirle lo que él quiera saber; y debiera hacer muchas cosas—y alguien debería estar cerca
solo para ponerlo en el camino de lo que busca; y debiera ser de todo, tanto travieso como
bueno—y alguien debería decirle en qué dirección ir.

Importancia de la iniciativa personal. Aquí llegamos al verdadero meollo del problema


del Kindergarten. La ocupada madre dice que no le alcanza el tiempo para ser tal persona,
así que el niño hará lo que quiera y adquirirá malos hábitos; pero no debemos convertir al
hábito en un fetiche; la educación es vida, tanto como es una disciplina. La salud, la fuerza
y la agilidad, los ojos brillantes y el movimiento alerta provienen de una vida libre, al aire
libre, de ser posible, y en cuanto a los hábitos, no hay ningún otro hábito ni capacidad tan
útil para el hombre o la mujer como la iniciativa personal. El ingenio que permite a los
niños de una familia inventar sus propios juegos y ocupaciones a lo largo de un día de
verano vale más en la vida adulta que una gran cantidad de conocimiento sobre cubos y
hexágonos, y esto no se debe a una intervención continua de parte de la madre, sino de
mucha inactividad de índole magistral.

Padres y maestros deben sembrar oportunidades. El error educativo de nuestros días es


que creemos demasiado en los mediadores. Por el contrario, la naturaleza es mediadora
de sí misma, ella sola se propone buscar trabajo para los ojos y los oídos, el gusto y el
tacto; ella aportará al cerebro los problemas y al corazón los sentimientos; y el rol de la
madre o la maestra en los primeros años (de hecho, durante toda la vida) es sembrar
oportunidades, y luego quedarse en un segundo plano, lista para dar una mano de guía o
de restricción solo cuando sea muy necesario. Las madres eluden su trabajo y lo ponen,
como dirían ellas, en mejores manos que las suyas, porque no reconocen que lo más
importante que se les pide es la sabiduría de dejarlos ser, ya que toda madre tiene en la
naturaleza una más que suficiente sirvienta, que ordena el debido trabajo y el debido
descanso de la mente, los músculos y los sentidos.

En cierto modo, los hijos de los pobres tienen mejores oportunidades que los de los ricos.
Los niños pobres obtienen su educación a partir de las costumbres del hogar; pero mucho
se puede enseñar en una guardería ordenada sabiamente, y tanto las personitas como las
posesiones que la ocupan deberían, como he dicho, permitir mucho entrenamiento al tipo
del «Kindergarten» a la pequeña familia en el hogar. A los seis o siete años, se deben
comenzar lecciones definidas, que no es necesario diluir ni servir con mermelada para las
agudas inteligencias que llegarán a influenciar de tal forma.

Niños ‘solos’. Pero ¿qué pasa con los niños únicos, o el niño demasiado mayor para jugar
con su hermanito? ¡Seguramente el Kindergarten es una gran bendición para ellos! Quizás
lo sea; pero mejor sería tener un niño vecino por compañero [con quien juegue de manera
frecuente], o una joven niñera vivaz. Un niño terminará por enseñarse a sí mismo a pintar,
pegar, cortar papel, tejer a palillo, tejer a telar, martillar y aserrar, hacer cosas encantadoras
con barro y arena, construir castillos con sus ladrillos; y hasta se enseñará a sí mismo a
leer, escribir y sumar, además de adquirir un sinfín de conocimientos y conceptos sobre el
mundo en que vive, para cuando tenga seis o siete años. Lo que yo sostengo es que él hará
estas cosas porque él lo elige (siempre que el estándar de perfección se mantenga frente a
él cuando haga sus pequeñas obras).

Al niño se le debe permitir que ordene cierta parte de su vida. Los detalles de la vida
familiar le darán el reposo de una vida ordenada; pero, en cuanto a lo demás, debería
tener más tiempo para el crecimiento libre del que es posible realizar en la más
encantadora escuela. El hecho de que las lecciones parezcan un juego no es un factor de
alabanza: los niños solo quieren la libertad del juego y el sentido de ordenar por sí mismos
que se da en el juego. La mayoría de nosotros no tiene oportunidades suficientes para
ordenar nuestra propia vida, por lo que es bueno aprovechar los años en que se les puede
dar a los niños esta gozosa experiencia.

Helen Keller. Creo que lo que he dicho sobre el desarrollo natural en oposición a todo
sistema organizado con demasiado cuidado está respaldado por una contribución
reciente, de un valor único, a la ciencia de la educación; me refiero a la autobiografía de
Helen Keller.

Cuando tenía diecinueve meses, Helen sufrió una grave enfermedad que le provocó
perder la vista y el oído y, en consecuencia, el habla. Nunca recuperó los sentidos perdidos
y así se encontró, como diríamos, un alma sellada de manera casi irrevocable, a la cual no
se podía alcanzar sino a través del solo sentido del tacto. Sin embargo, el libro que escribió
esta dama, escrito con sus propias manos sin ayuda (utilizó una máquina de escribir), y
sin apenas revisión, debe catalogarse como un clásico por la pureza y riqueza del estilo,
independientemente del interés vital que reviste el tema que aborda. ¿Cómo se logró tal
milagro? La propia Helen dice de su infancia que, salvo unas pocas sensaciones,
invariablemente estuvo rodeada por «las sombras de la prisión». Pero las rosas siempre
estaban allí, y ella tenía el sentido del olfato; y había amor, aunque ella no amaba
entonces. Cuando tenía siete años, la señorita Sullivan vino a ella; ella misma había sido
no vidente por varios años, y había estado en Perkins Institute, fundado por el Dr. Howe,
quien también dio libertad a la inteligencia de Laura Bridgman. Pero la señorita Sullivan
no era un mero producto de alguna institución, sino una persona de elevada cordura y
condición moral, que confiaba en su iniciativa personal y consciente desde el principio de
que su trabajo era dar libertad a la personalidad de su pequeña alumna y de ningún modo
superponer la suya. «Así salí de Egipto», dice la señorita Keller sobre la llegada de su
maestra, y la voz que escuchó del Sinaí dijo: «El conocimiento es amor, luz y visión»; y
luego prosigue la asombrosa y fascinante epopeya que cuenta cómo ocurrió todo, cómo la
palabra agua fue la llave que abrió las puertas de la mente de la niña, y la palabra amor
abrió aquellas del cerrado corazón. A partir de entonces, muchas palabras nuevas llegaron
cada día trayendo consigo una multitud de ideas; y no es exagerado decir que esta niña
encarcelada y desolada entró en posesión de una herencia de pensamiento y
conocimiento, de alegría y de visión, tan enorme, que pocos de nosotros que podemos ver
y oír, alcanzamos. El instrumento utilizado en esta gran liberación no fue más que el
conocido alfabeto manual, seguido en el transcurso del tiempo por libros en relieve y
«Braille».

Opinión de la Señorita Sullivan sobre los sistemas educativos. Al igual que todos los
grandes descubrimientos, este descubrimiento de un alma estuvo marcado, en todos sus
pasos, por la simplicidad. La señorita Sullivan sentía poco amor por los psicólogos y todas
sus costumbres; decidió no realizar experimentos; y no iba a permitir que se tratara a su
alumna como un fenómeno, sino como a una persona. «No», dijo ella, «no quiero más
materiales de Kindergarten… Estoy empezando a sospechar de todos los sistemas de
educación complicados y especiales. Me parece que están construidos sobre la suposición
de que cada niño sufre una especie de trastorno mental y que hay que enseñarle a pensar,
mientras que, si se deja al niño solo, pensará más y mejor, aunque lo muestre menos.
Déjelo ir y venir libremente, que toque cosas reales y que combine sus sensaciones por sí
mismo, en lugar de sentarse al interior en una pequeña mesa redonda, mientras que una
maestra de voz dulce sugiere que construya un muro de piedra con sus bloques de
madera, o haga un arco iris con tiras de papel de colores, o que plante árboles de paja en
macetas hechas de cuentas. Una enseñanza así llena la mente de asociaciones artificiales
que deben eliminarse antes de que el niño pueda desarrollar ideas independientes a partir
de experiencias reales». Es algo magnífico tener un estudio de la educación, por así
decirlo, de novo, en el que vemos el triunfo de la mente, no sólo sobre obstáculos naturales
en apariencia insuperables, sino sobre el cerrado muro de la educación sistematizada, que
es un obstáculo más insuperable para cualquier pobre niño de lo que sus graves carencias
fueron para Helen Keller.

El Kindergarten en los Estados Unidos. Este asunto del jardín de infancia en tanto lugar
adecuado para la educación de los niños pequeños, es tan importante que quisiera
recomendar a los padres y maestros que revisen este tema en los Informes Especiales
publicados por la Junta de Educación.

Debemos ir a los Estados Unidos para presenciar la apoteosis de una teoría educativa;
digo teoría en vez de práctica, porque la mente estadounidense, como la francesa, me
parece en extremo lógica e impulsiva en abundancia. Llega una teoría, se le da muchísima
atención, y se pone en práctica con todas las conformidades de rigor a una escala
magnífica para que haga lo debe hacer a favor de la educación de un gran pueblo. En otras
palabras, la ciencia educativa en Estados Unidos parece ser deductiva en lugar de
inductiva; las teorías se traducen en experimentos con un celo y una generosidad
verdaderamente imponentes. Por el contrario, para llegar a una teoría inductiva de la
educación se debe hacerlo a través de experimentos largos, lentos, variados y laboriosos
que revelan, de poco en poco, la verdad universal. Los estadounidenses han elegido,
quizás, el camino más fácil y, al final, ellos también experimentan su teoría. El sistema
del Kindergarten ilustra lo que quiero decir; porque a pesar de su nombre alemán, el jardín
de infancia no es un producto común en la patria alemana; pero es en Estados Unidos
donde las ideas de Froebel han recibido su mayor desarrollo, donde el Kindergarten se ha
convertido en una religión y la gran maestra en un profeta. A pesar de ello, el impulso se
acabó; y ahora está en proceso de debilitarse.

El Sr. Thistleton Mark sobre el Kindergarten. Según el Sr. Thistleton Mark—cuyo hábil
ensayo sobre ‘La educación moral en las escuelas estadounidenses’ ofrece material para
una reflexión muy provechosa—«Incluso un froebeliano estacionario se ve impulsado a
tener algo mejor de qué sostenerse que del ipse dixit [del latín y significa “ya lo dijo él
mismo”] del gran reformador. La palabra Kindergarten ya no es un nombre propio que
significa siempre y en todas partes la cosa sola, única, original e idéntica. Es un nombre
común y, como tal, tiene asegurado un lugar más permanente en el habla
estadounidense». Es decir, el pensamiento educativo en Estados Unidos tiende hacia la
concepción amplia y natural expresada en la frase ‘la educación es vida’. Pero yo desearía
que los educadores renunciaran al nombre Kindergarten. No puedo evitar pensar que para
las mentes concienzudas es un esfuerzo hacer que la doctrina y la práctica froebelianas
abarquen las concepciones más amplias y vivas que existen hoy en el exterior. Incluso la
práctica reestructurada del jardín de infancia se ve obligada a sufrir la memoria y el hábito
en torno a las debilidades que señala el Dr. Stanley Hall en las siguientes palabras:

El Dr. Stanley Hall sobre el Kindergarten. «La nueva divergencia intelectual más
decadente de los froebelianos estadounidenses es el énfasis que ahora se pone en los
juegos maternales como la cúspide de la sabiduría del jardín de infancia, que incluyen
poemas muy toscos, y música e imágenes de mala calidad, que ilustran ciertos incidentes
de la vida infantil que se cree que tienen un significado fundamental y esencial. Los he
leído en alemán y en inglés, he rasgueado la música y he dado una breve serie de
conferencias como simpatizante, tratando de infundirles todo el vino nuevo de significado
que pude pensar, pero he llegado a la conclusión de que, si no son completamente
malsanos y dañinos para el niño, y producen en el maestro hábitos intelectuales
anticientíficos y poco filosóficos, de todas maneras, deberían reemplazarse por las cosas
mucho mejores que están disponibles ahora».

«Otro error cardinal del jardín de infancia es la intensidad de su devoción por los dones y
las ocupaciones. Froebel mostró una gran sagacidad al idearlos; pero al salir de sus
propias manos, se convirtieron en una expresión muy inadecuada de sus ideas educativas,
incluso para su época. Él pensó que se trataba de una gramática perfecta del juego y un
alfabeto de las industrias de trabajo; pero estaba completamente equivocado. El juego y la
industria estaban entonces relativamente subdesarrollados; y aunque sus dispositivos
eran beneficiosos para los niños campesinos del país, para los niños de la ciudad moderna,
tenían una vida muy pálida e irreal». Con estas importantes declaraciones debo concluir
este superficial examen de la importante pregunta sobre si el Kindergarten es el mejor lugar
de instrucción para el niño.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.
Í
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educacion-hogar/#cmvol1_indice)

IV. La lectura

[Nos hemos tomado bastantes libertades en la traducción de este apartado, ya que nos
pareció importante adaptarlo al español, siempre manteniendo vivo el sincero deseo de
apegarnos fielmente a los principios de Charlotte Mason.]

¿Cuándo enseñar a leer? Una pregunta abierta. Leer es la primera de las lecciones que
servirán como instrumentos de la educación, aunque es discutible si el niño debiera
adquirir el arte inconscientemente, desde la primera infancia en adelante, o si el esfuerzo
debiera aplazarse hasta que el niño tenga entre seis o siete años, y de allí realizarlo con
vigor. En una valiosa carta de la madre de los Wesley a su hijo John, vemos la forma de
enseñar a leer que adoptó aquella madre modelo:

El plan de lectura de la señora Wesley. «A ninguno de ellos se le enseñó a leer sino hasta
los cinco años, excepto a Kezzy, en cuyo caso no primó mi decisión; y ella pasó
aprendiendo más años en comparación con los demás que demoraron solo meses. La
enseñanza se daba de la siguiente forma: el día antes de que el niño comenzara su
aprendizaje, la casa se ponía en orden, se asignaba el trabajo a cada persona, y se daba la
orden de que nadie entrara en la sala de nueve a doce, o de dos a cinco, que eran nuestros
horarios de escuela. Se dedicaba un día a que el niño en la habitación aprendiera las letras;
y todos aprendían en dicho lapso todas las letras, mayúsculas y minúsculas, excepto
Molly y Nancy, que demoraron un día y medio en aprenderlas perfectamente, razón por la
cual las consideré muy lentas; pero pensé así únicamente porque el resto de tus hermanos
las aprendieron con tanta facilidad; y tu hermano Samuel, que fue el primer niño al que
enseñé, aprendió el alfabeto en unas pocas horas. Tenía cinco años el 10 de febrero; y al día
siguiente comenzó su aprendizaje; tan pronto como aprendió las letras, comenzó a leer el
primer capítulo del Génesis. Aprendió a deletrear el primer versículo y luego a leerlo una
y otra vez hasta que pudo leerlo fácilmente sin vacilar; así mismo el segundo versículo,
etc., hasta que trabajó en diez versículos para la lección, lo que logró hacer rápidamente.
La Pascua ese año fue temprana, y por Pentecostés [alrededor de 50 días] ya podía leer
muy bien un capítulo, ya que leía continuamente, y tenía una memoria tan prodigiosa,
que no recuerdo haberle dicho la misma palabra dos veces. Lo que era aún más extraño, es
que cualquier palabra que había aprendido en su lección la conocía dondequiera que la
viera, ya sea en su Biblia o en cualquier otro libro, por lo que aprendió muy pronto a leer
bien a los escritores ingleses».

Es muy deseable que las madres reflexivas pudieran registrar más seguido los métodos
que emplean con sus hijos, añadiendo algún comentario definido sobre el éxito de tal o
cual plan.
Muchas personas consideran que aprender a leer un idioma tan lleno de anomalías y
dificultades como el nuestro [se refiere al inglés] es una tarea que no debiera imponerse
demasiado pronto sobre la mente infantil; pero, de hecho, pocos de nosotros podemos
recordar cómo o cuándo aprendimos a leer: lo único que sabemos es que ocurrió en forma
natural, como lo es correr; y no solo eso, sino que muchas veces las madres de las clases
educadas no saben cómo sus hijos aprendieron a leer. «Oh, aprendió solo», es todo lo que
su madre puede explicar sobre la destreza del pequeño Danielito. Es evidente, por tanto,
que esta noción de la extrema dificultad de aprender a leer es engendrada por los mayores
y no por los niños. No existirían libritos titulados Reading without tears [Leer sin lágrimas,
por el título en inglés], si algunas veces no se derramaran lágrimas en la lección de lectura;
pero, realmente, cuando ese es el caso, es la culpa del maestro.

El alfabeto. En cuanto a las letras, el niño generalmente las aprende por sí solo, jugando
con las mismas: escoge «p» para pudín, «m» para mamá, «c» para caballo, tanto
mayúsculas como minúsculas, y las conoce a todas. No obstante, el aprendizaje del
alfabeto debería convertirse en un medio para cultivar la observación del niño, es decir,
debería pedírsele que vea lo que está mirando. Que haga una B mayúscula en el aire y que
la nombre; luego que haga una O redonda, y el giro de la S, y T por Tomás, y usted va
nombrando las letras a medida que el pequeño dedito las forma en el aire. Formar las
letras minúsculas así de memoria es un esfuerzo que requiere un poco más de destreza, y
una observación más cuidadosa de parte del niño. Una bandeja de arena es útil en esta
etapa; allí el niño dibuja resueltamente con su dedo en la arena, y le pone la columna a la
‘d’; he aquí su primer intento de línea recta y curva. Pero son infinitas las estrategias para
que el aprendizaje de ‘A B C’ sea interesante. No queda espacio para apurar al niño: que
aprenda una letra a la vez, y que la conozca tan bien que pueda identificar las ‘d’, por
ejemplo, mayúscula y minúscula, en una página impresa a letras grandes. Que diga ‘­p’ de
pato, perro, pájaro, así: P-ato, P-erro, prolongando el sonido de la consonante inicial, y al
final suena la p sola, no pe, sino p, el puro sonido de la consonante separada lo más lejos
que sea posible de la vocal que le sigue.

Deje en paz al niño y aprenderá el alfabeto por sí mismo: son pocas las madres que
pueden resistir el placer de enseñarlo; aunque no hay razón para que lo hagan, porque
este tipo de aprendizaje es solo un juego para él, y si al niño se le enseña el alfabeto, se
deberá cultivar la apreciación tanto de la forma como el sonido. ¿Cuándo se debería
comenzar? Cuando sea que su caja de letras de juguete le empiece a interesar. El bebé de
dos años a menudo podrá nombrar media docena de letras; y no hay nada de malo en eso,
siempre y cuando encontrar y nombrar las letras sea un juego para él; pero no se le debe
presionar, no se le debe pedir que muestre lo que sabe, ni molestarlo para que encuentre
las letras cuando su corazón está dedicado a otro tipo de juego.

Creación de palabras. Los primeros ejercicios para formar palabras serán igual de
placenteros para el niño. En vez de comenzar con oraciones reales, será mejor hacerlo con
ejercicios considerados como juegos que enseñen, de todas formas, lo que las letras
pueden hacer. Por ejemplo, tome dos de sus letras de juguete y forme la sílaba «ma», y
dígale que es la sílaba que aparece en mamá. Luego usemos más letras para formar otras
palabras cortas y sencillas como «­ ma-no», «ma-má». Luego podemos introducir un nuevo
sonido si intercambiemos la letra inicial por la «r» formando una palabra nueva: «rama»;
continuamos intercambiando, y usamos la «c» formando la palabra nueva “cama”; con
la «d» se formará “dama”, etc. Primero, deje que el niño diga en qué se convierte la
palabra con cada consonante inicial. Que todas las sílabas sean parte de palabras reales
que él conozca. Ponga las palabras en una fila y que él las lea. Haga esto con todos los
sonidos de vocales en combinación con cada una de las consonantes, y sin esfuerzo el niño
aprenderá a leer decenas de palabras de tres y cuatro letras, y dominará los sonidos de las
vocales con las consonantes iniciales y finales. En poco tiempo él hará la lección por sí
mismo. “¿Cuántas palabras puedes crear con «ma» más otras letras, o con «pa» más otras
letras? etc. No lo apure.

Ortografía inicial. Que se acostumbre desde el principio a cerrar los ojos y deletrear la
palabra que ha formado. Es importante esto. Leer no es deletrear, ni es necesario deletrear
para leer bien; pero quien deletrea bien tiene un ojo lo bastante rápido para captar las
letras que componen la palabra, en el mismo acto de leerla; y éste es un hábito que debe
adquirirse desde el principio: habitúelo a ver las letras en la palabra, y lo hará sin esfuerzo.

Lectura por vista. La maestra debe estar satisfecha con un avance muy lento,
asegurándose de que el fundamento sea bien puesto a medida que avanza. Puede decir
que:

«Arroz con leche,


me quiero casar
con una señorita
de la capital».

será la primera lección; solo esas primeras líneas. Lea el pasaje para el niño, muy despacio,
con dulzura, con una expresión justa, para que le resulte agradable al escuchar; vaya
indicando cada palabra al leerla. Luego señale las palabras «arroz», «leche», «casar»,
«capital», y que el niño pronuncie cada palabra en el verso tomada de manera aleatoria.
Luego, cuando demuestre que conoce cada palabra por sí misma, y no antes, permita que
lea las líneas con una enunciación y expresión clara: insista desde el principio en una
lectura clara y hermosa, y no deje que el niño caiga en un tono monótono y lúgubre, poco
placentero para él igual que para su oyente. Por supuesto, en este momento es capaz de
decir las líneas; y que las diga clara y bellamente. En sus lecciones posteriores, aprenderá
el resto del pequeño poema.

La lectura de prosa. En esta etapa, sus clases de lectura deben avanzar tan lentamente
que bien podría aprender sus ejercicios de lectura, en prosa y poesía, como clases de
recitación. Será fácil encontrar pequeños poemas que pueden aprenderse de esta manera;
pero quizás la prosa sea mejor, en general, ya que ofrece más palabras de uso cotidiano.
Fábulas breves y prosa sencilla y elegante como Las fábulas de Samaniego, o los poemas
en prosa de los cuentos de hadas de Gabriela Mistral, son material muy adecuado. Para
sus primeras lecciones de lectura inclusive, es innecesario poner soserías en manos de los
niños.
Pero aún no hemos terminado la clase de lectura sobre «Arroz con leche»: el niño debiera
buscar en dos o tres páginas compuestas de letra clara las palabras «arroz», «quiero»,
«señorita», «capital», de hecho, cada una de las palabras que ha aprendido, hasta que la
palabra que conoce lo mire a la cara como el rostro de un amigo en una multitud de
personas extrañas, y que él sea capaz de encontrarla en cualquier lugar. Para que el niño
no se canse de la búsqueda, la maestra debe guiarlo, sin que el niño lo note, a la línea o el
párrafo donde aparece la palabra deseada. El niño ya ha acumulado un poco de capital;
conoce ocho o diez palabras tan bien que las reconocerá en cualquier lugar, y la lección ha
tomado diez minutos probablemente.

La próxima lección de «lectura por vista» comenzará con una búsqueda de las palabras
familiares y luego:

«Que sepa coser,


que sepa bordar,
que sepa abrir la puerta
para ir a jugar».

se realizará de la misma manera. Como deletrear es simplemente el arte de ver—ver las


letras en una palabra tal como vemos los rasgos de un rostro—dígale al niño: «¿Puedes
deletrear ‘sepa’?», o cualquiera de las palabras más cortas. Aquí se pone en prueba su
entereza, y si falla esta vez, asegúrese de que pueda deletrear la palabra la próxima vez
que le pregunte; pero no le permita que aprenda a deletrear ni a decir las letras en voz alta
mirando la palabra.

En cuanto a la comprensión de lo que leen, los niños estarán llenos de comentarios y


preguntas inteligentes y vivaces, y tomarán esta parte de la lección en sus propias manos;
de hecho, la maestra tendrá que estar en guardia para que no la desvíen del tema.

Pronunciación cuidadosa. Se deberá ayudar a los pequeños en cuanto a la pronunciación.


Deben reproducir «con una», «señorita», «de la» con delicada precisión; ya que sin duda
querrán apurarse y decir «couna» o «siñita», pero aquí hay otra ventaja del progreso lento
y constante: decir cada palabra recibe la debida atención, y se entrena al niño en el hábito
de la enunciación cuidadosa. Cada día aumenta el número de palabras que puede leer a
primera vista, y cuantas más palabras sepa, más extenderá su clase de lectura para lograr
las diez o doce palabras nuevas que debe dominar todos los días.

Un año de trabajo. «¡Pero qué progreso de caracol!» usted está tentada a decir. Aunque no
es tan lento, después de todo, ya que así aprenderá un niño, sin un esfuerzo apreciable,
desde dos a tres mil palabras en el curso de un año; en otras palabras, aprenderá a leer,
porque el dominio de este número de palabras le permitirá el uso cómodo de la mayoría
de los libros con los que se encuentre en el camino.

El método tradicional. Ahora, compare el firme progreso y el constante interés, y la


vivacidad de tales lecciones con el agotamiento mortal de la lección común de lectura. El
niño avanza torpemente y sin cuidado por una página o dos usando un pavoroso tono
monótono e inexpresivo y una enunciación imperfecta. Se encuentra con una palabra que
no conoce y la deletrea, pero eso no le ayuda en nada; ​se le dice la palabra: él la repite,
pero como no ha hecho ningún esfuerzo mental para aprender la palabra, la próxima vez
que se encuentra con ella, ocurre el mismo proceso. La lección de lectura de ese día llega a
su fin; el estudiante se ha aburrido lamentablemente y no ha aprendido ninguna palabra
nueva. Con el tiempo, aprende a leer, de alguna manera, simplemente a fuerza de
repetición; pero considere usted el abuso a su inteligencia de un sistema de enseñanza que
le hace sufrir un trabajo diario con poco o ningún resultado, y que le produce aversión por
los libros antes de haber aprendido a usarlos.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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V. La primera lección de lectura

Es tan importante que se enseñe a los niños a leer de una manera racional, que presento
dos artículos, escritos por la autora, que se han publicado en Parents’ Review, con la
esperanza de que dejen bastante claro el método sugerido.

A continuación, la transcripción de una conversación entre dos madres:

«¿Seguro no estás queriendo decir que le darás a palabras de tres o cuatro sílabas antes de
que el niño sepa las letras?»

«Es posible leer palabras sin conocer el alfabeto, así como se puedes conocer un rostro sin
distinguir sus rasgos; pero aprendemos no solo los nombres, sino también los sonidos de
las letras antes de comenzar a leer palabras».

«Nuestros niños aprenden las letras sin que les enseñemos. Siempre tenemos a la mano un
cajón no muy profundo, con media pulgada de arena. Antes de los dos años, los bebés
forman con los deditos una O redonda, una S torcida, una T para Tomás, y así
sucesivamente. Los niños mayores enseñan a los pequeños a modo de juego».

«¡La arena es esencial! Tenemos varios recursos, pero ninguno tan bueno como ese; a los
niños les encanta trabajarla. Las líneas divertidas y trémulas del dedito en la arena serán
diez veces más interesantes que las formas que ve el ojo».

«¡Pero la lectura! No puedo entender lo de las tres sílabas en la primera lección. ¡Es como
enseñar a un niño de un año a bailar el vals!»

«Dices eso porque olvidamos que un grupo de letras no es más que el signo de una
palabra, mientras que una palabra es solo el signo vocal de una cosa o un hecho. Así
aprende el niño. Primero, obtiene la noción de la mesa; ve varias mesas; descubre que
tienen patas por las que se puede trepar; muy a menudo tienen manteles que se pueden
quitar; sobre los cuales hay muchas cosas, buenas y agradables que un bebé puede
disfrutar; y qué agradable es también, a veces, jalar esas cosas de la mesa para que se
caigan con un estruendo. La gente adulta llama «mesa» a esta cosa agradable que tiene
cosas muy interesantes, y, poco a poco, el bebé también dice «mesa»; y la palabra «mesa»
viene a significar, de manera vaga, todo ello para él. «Una mesa redonda», «sobre la
mesa», etc., forman parte de la idea de «mesa» para él. De la misma manera, el bebé
interviene cuando su madre canta. Ella dice: «Cariño, canta» y, poco a poco, las nociones
de «cantar», «besar», «amar», se forman en su cerebro».

«¡Sí, qué encantadores! y es sorprendente cuántas palabras sabe un niño incluso antes de
poder pronunciarlas; pronto «puerta», «gatito», «juguetes», «auto», les transmiten
interesantes ideas».

«Y eso es todo; que el niño se interese en la cosa, y pronto aprenderá el signo fonético de
ella, es decir, su nombre. De todas maneras, sostengo que, cuando sea un poco mayor,
aprenda el signo gráfico, es decir, la palabra impresa, usando el mismo principio. Es mucho
más fácil para un niño leer «pájaro» que leer «pa – pe – pi», porque «pájaro» transmite una
idea mucho más interesante».

«Es posible que tengas razón, solo cuando se enfrenta a palabras de tres o cuatro sílabas.
Pero, ¿qué harías cuando se enfrenta a palabras de una sílaba o, de hecho, de dos o tres
letras?»

«Nunca lo haría trabajar con palabras de una sola sílaba porque cuanto más grande es la
palabra, más llamativa se ve y, por tanto, más fácil es de leer, siempre que la idea que se
transmita sea interesante para él. Es triste ver a un niño inteligente esforzándose tanto en
una lección de lectura infinitamente inferior a su capacidad —ma, me, mi, mo, mu—o, en
el mejor de los casos «El gato está sentado en el sillón». ¿Acaso nos gustaría empezar a
leer alemán, por ejemplo, esforzándonos por aprender todas las combinaciones
imaginables de letras, ordenadas sin ningún principio en común, aparte de parecerse en el
sonido? O, peor aún, ¿que nuestras lecturas se clasifiquen según el número de letras que
contiene cada palabra? Estaríamos perdidos en una desesperante neblina ante una página
de palabras de tres letras todas iguales entre sí y sin rasgos distintivos que permitan al ojo
absorberlas, ¿y qué del niño, entonces? “Pues, bueno, los niños son diferentes; ¡sin duda es
bueno que el niño haga un trabajo tedioso como este!” ¡Pero esta es solo una de las
muchas formas en que los niños son oprimidos en forma cruel y sin necesidad!

«¡Qué moral elevada estás escogiendo! De todos modos, no creo que esté convencida. Es
mucho más fácil para un niño deletrear ‘con’, ‘de’, ‘para’, que deletrear ‘pájaro’».

«Pero deletrear y leer son dos cosas distintas. Tienes que aprender a deletrear
para escribir palabras, no para leerlas. Un niño está trabajando con monotonía en una
lección de lectura, y deletrea hacha; tú dices “huevo”, y el niño repite. A fuerza de
repetición, aprende por fin a asociar el aspecto de la palabra con el sonido y dice “huevo”
sin deletrearlo; y tú crees que llegó a la palabra “huevo” usando h u e v o, pero no hay
nada de eso, porque ¡ha deletreado g u e b o!»
«Sí; pero “huevo” tiene una h silenciosa y una v que se puede confundir con b, ahí está la
dificultad, lo reconozco. Si tan solo no hubiera letras mudas, y si todas las letras tuvieran
siempre el mismo sonido y se escribieran todas iguales, la lectura sería fácil. La gente
inclinada a la fonética tiene algo de ventaja sobre los demás».

Sugerencias de principios para las lecciones iniciales:

Realizar la primera lección en el 6° cumpleaños del niño, como parte de la celebración.


«Creo que es un buen plan comenzar un nuevo estudio con el niño en su cumpleaños,
o en un gran día; pues, comienza pensando que el nuevo estudio es un privilegio».
«El niño aprende las letras jugando antes de la primera clase, así que se empieza la
lección uniendo los sonidos de cada consonante con la sílaba de una palabra usada en
un texto interesante, no sílabas ni palabras sueltas».
«La clase no dura más de 10 minutos al principio, y puede alargarse hasta 20 minutos
más adelante. La idea es que el niño pueda leer un párrafo breve completo por sí solo,
solo con la ayuda fonética de cada letra que ya conoce. Quizás necesite ayuda en forma
posterior con los sonidos más extravagantes, como qu- de quiero, queso, etc; gu- de
guirnalda, etc.»
«Con muy poca presión, y sin hacerlo sentir que los errores que cometa son
irremediables, se pasa un buen momento juntos escuchando al niño leer lentamente y
sin apurarlo. Una clase así se repite cada día con otro párrafo interesante de la misma
historia, hasta que se termine, y se comienza otra, con niveles de dificultad en ascenso.
Muy pronto puede leer las Escrituras sin problema, y otros libros de diferente
complejidad».

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VI. Aprender a leer a través de la vista y el sonido

Aprender a leer requiere esfuerzo. Probablemente ese vago todo que denominamos
«educación» no contenga una tarea más difícil y tediosa que aquella a la que todo niño
pequeño está (o debería estar) destinado, es decir, la tarea de aprender a leer. Nos damos
cuenta del esfuerzo que conlleva cuando un hombre adulto hace un esfuerzo heroico para
remediar tal vergonzosa ignorancia, pero olvidamos cuán contrario a la naturaleza es que
un niño pequeño se ocupe de tristes jeroglíficos—¡todos tan terriblemente parecidos!—
cuando el mundo está rebosante de objetos interesantes que él está ansioso por conocer.
Pero no podemos disculpar a nuestro volátil Tomacito, ni es bueno para él que lo
hagamos. Es muy necesario que sepa leer; y no sólo eso: la disciplina de la tarea es del
todo saludable para el hombrecito. Al mismo tiempo, reconozcamos que aprender a leer
es para muchos niños un gran esfuerzo, y hagamos lo posible para que la tarea sea fácil y
atractiva.

Conocimiento de los sonidos. En primer lugar, tengamos presente que la lectura no es


una ciencia ni un arte. Incluso si lo fuera, los niños deben ser la primera consideración del
educador; pero no lo es. Aprender a leer no es más que captar, cómo podemos, un
conocimiento de ciertos símbolos arbitrarios de objetos e ideas. No hay absolutamente
ningún “paso” correcto y necesario para la lectura, cada uno de los cuales conduce al
siguiente; no hay un verdadero principio, medio o final.

En definitiva, ¿Qué es lo que proponemos al enseñar a un niño a leer? Que aprenda diez
palabras nuevas al día, para que en veinte semanas pueda leer un texto que contenga
palabras de variada longitud. La segunda parte de nuestra tarea es enseñarle al niño los
sonidos de las letras y ayudarlo a hacer combinaciones con ellas.

Lo que queremos es un puente entre los intereses naturales del niño y los sonidos de las
letras.

Material interesante. El niño está más interesado en las cosas que en las palabras; su
capacidad analítica es muy pequeña, pero su facultad de observación es extremadamente
rápida y entusiasta; nada es demasiado pequeño para él que hasta puede espiar el ojo de
una mosca; nada es demasiado confuso, y se deleita con los rompecabezas. Pero las cosas
que aprende a conocer por vista son las que le interesan. Aquí tenemos la clave para leer.
No se le deben presentar combinaciones de letras sin sentido, como cla, cle, cli, clo, clu…
más bien, se le debería enseñar al niño desde el principio a considerar la palabra impresa
como él ya considera la palabra hablada, como ese símbolo de un hecho o idea que atrae el
interés. Qué fácil es leer «petirrojo, «ranúnculos y margaritas»; el número de letras de las
palabras no importa; las palabras mismas transmiten ideas tan interesantes que la forma
general y el aspecto de las mismas se fija en el cerebro del niño por la misma ley de
asociación de ideas que hace que sea fácil acoplar los objetos con sus nombres hablados.
Una vez fijada una palabra en la clavija segura de la idea que transmite, el niño utilizará
su conocimiento de los sonidos de las letras para inventar con gran interés otras palabras
que contengan los mismos elementos. Cuando sabe “rezar”, está listo para crear “regar”
cambiando la z por una g.

La primera lección de Tomacito. Pero un ejemplo es mejor que un precepto y es más


convincente que el razonamiento más sólido. He aquí el tipo de lección de lectura que
tenemos en mente: Tomacito conoce las letras por su nombre y sonido, pero nada más.
Hoy se verá lanzado directo a la lectura, no habrá ningún “paso” en absoluto, porque la
lectura no es un arte ni una ciencia, y, probablemente, no tiene comienzo. Hoy Tomacito
aprenderá a leer:

«Debajo de un botón, ton, ton,


Que encontró Martín, tin, tin».

y conocerá estas seis palabras tan bien que podrá leerlas dondequiera que aparezcan de
ahora en adelante y para siempre.
[La rima completa usada aquí es la siguiente:

Debajo de un botón, ton, ton,


que encontró Martín, tin, tin,
había un ratón, ton, ton,
¡ ay, qué chiquitín, tin, tin!

¡Ay, qué chiquitín, tin, tin !


Era aquel ratón, ton, ton,
que encontró Martín, tin, tin,
debajo de un botón, ton, ton.

Es tan juguetón, ton, ton,


juguetón Martín, tin, tin
que metió el ratón, ton, ton,
en un calcetín, tin, tin.

En un calcetín, tin, tin,


vive aquel ratón, ton, ton,
lo metió Martín, tin, tin,
porque es juguetón, ton, ton.]

Pasos. Ahora comenzamos. Materiales: la caja de letras sueltas de Tomacito, una caja con
las palabras impresas de la canción «Debajo de un botón…» recortadas una por una, un
lápiz y papel, o mejor aún, una pizarra y tiza. Escribimos en buena letra y grande la
palabra «botón». El niño observa con interés: conoce las letras y probablemente las dice
mientras usted escribe. Además, está preparado para el gran acontecimiento de su vida; él
sabe que va a empezar a aprender a leer hoy. Pero aún no le pedimos nada de su
conocimiento previo; simplemente le decimos que la palabra es «botón»; y él se interesa de
inmediato; ya conoce lo que eso significa, y el símbolo escrito es agradable a sus ojos
porque está asociado con una idea existente en su mente. Se le pide que mire la palabra
«botón» hasta que esté seguro de que la reconocerá cuando la vuelva a ver. Entonces
forma la palabra «botón» de memoria con sus propias letras de juguete. Luego, usamos las
palabras ya recortadas de las dos primeras líneas del verso, y encuentra por sí mismo la
palabra «botón»; y, por último, se le muestra la hojita con el texto impreso completo, y allí
encuentra la palabra «botón», pero aún no se le permite descubrir la lectura completa del
texto. El mismo ejercicio realiza con las palabras restantes «había un ratón, ton, ton, ay,
qué chiquitín, tin, tin», y esto toma menos tiempo del que gastamos describiendo la
lección. Cada vez que se aprende una palabra nueva, Tomacito hace una columna en la
pizarra con las palabras ya aprendidas, y las lee de arriba abajo, y en forma aleatoria.

Lectura de oraciones. El niño sabe palabras, pero aún no saber leer las oraciones. El
objetivo ahora será lograr el placer de leer. Dictamos la primera línea de la cancioncita,
mientras el estudiante encuentra entre sus palabras sueltas aquellas que vamos
mencionando, y las coloca en el orden que las escucha, una tras otra, y luego lee la frase
«Debajo de un botón». ¡Qué gozo siente, como de quien ha encontrado un nuevo planeta!
Y Tomacito ha encontrado, de hecho, un nuevo poeta. Luego, se pueden combinar las
palabras en nuevas frases “Que–encontró–Martín”, “Había–un–ratón”, “Ay–qué–
chiquitín”, y así sucesivamente se van formando nuevas frases. Si la rima se puede
mantener en secreto hasta que se resuelva todo, tanto mejor. Crear los versos él mismo con
sus propias palabras sueltas hará que Tomacito adquiera la deliciosa noción de que el
conocimiento es poder, que pocas ocasiones en su vida posterior le darán. Pues bien, la
lectura es para él un placer de ahora en adelante, y solo una muy mala gestión podría
hacerlo que deteste la lectura.

La segunda lección de Tomacito. Tomacito se promete a sí mismo otra lección de lectura


mañana, pero en su lugar tiene una lección de ortografía, conducida de una manera
similar a la siguiente: el niño inicia haciendo de memoria con sus letras la palabra «botón»
si puede, y si no pudiera, que lo haga con las palabras recortadas. Saque «bo» y ¿qué
queda? Pues «tón», entonces que añada al frente «ra» y ahora tiene «ratón». Pídale que
cree otras palabras: «¿Cómo harías la palabra «bas-tón»? y otras palabras, las cuales irá
escribiendo en una columna en el pizarrón. El niño conoce los sonidos de las letras y dice
cada palabra fácilmente. Ha creado un grupo de palabras con las letras que conoce, y así
quedan en la pizarra:

bo-tón
ra-tón
ju-gue-tón
bas-tón
pi-so-tón
ton-tón
pi-men-tón
me-lo-co-tón
a-pre-tón

Lee la columna de palabras de arriba abajo y en forma aleatoria, y cada palabra tiene un
significado y contiene una idea. Entonces, se sacan las palabras sueltas que conoce, y se
usan dictando nuevas oraciones, que él ordena: «Debajo de un pimentón», «metió el
bastón», «había un melocotón», y así sucesivamente, formando las nuevas palabras con las
letras sueltas.

Palabras desconocidas. Ahora nos enfrentamos a una nueva experiencia: dictamos una
palabra desconocida y ¡consternación! Tomacito no la sabe. «Deja un espacio para las
palabras que no conoces, porque quizás pronto aparezcan en nuestras lecciones», y así
Tomacito ya tiene un deseo y una necesidad, en otras palabras, un apetito por aprender.

Se sigue trabajando toda la rima, y se van añadiendo las palabras nuevas además de
aquellas que suenen parecido, y a estas alturas, ya posee al menos dieciocho palabras
nuevas en la pizarra con las cuales puede crear nuevas oraciones. En lo que debemos
poner atención es en que las frases tengan sentido. Él crea las nuevas frases sin pensarlas
mucho, y se escriben en su «cuaderno» en letra impresa, para que pueda saber cuántas
palabras tiene en su posesión.
Instrucción moral en las lecciones de lectura. Al día siguiente trabajamos en las dos
últimas líneas de la primera estrofa, como se hiciera al principio. Estas líneas
proporcionan poco material para una lección de ortografía, por lo que en nuestra próxima
lección continuamos con el segundo párrafo. Pero el almacén de palabras del niño está
aumentando; ya es capaz, a medida que avanza, de crear un número casi ilimitado de
pequeñas oraciones, y si tiene que dejar espacios de vez en cuando, bueno pues, eso solo
abre su apetito por el conocimiento. Cuando Tomacito termina «Debajo de un botón»,
posee una gran cantidad de palabras; tiene una capacidad considerable para trabajar con
nuevas palabras que tengan sonidos familiares; y lo que es aún mejor es que ha logrado
algo; tiene la valentía de enfrentar todo «aprendizaje», y posee la noción de que los
resultados placenteros están a su alcance. Además, aprende a leer de una forma que le
otorga una cierta formación moral, ya que no hay tropiezos ni vacilaciones desde el
principio, sino una atención dedicada y un logro perfecto. Su lección de lectura es una
delicia, de la que se ve privado si abordara la lección en un estado de ánimo perezoso y
sin ganas. Se insiste en una enunciación y una precisión a la perfección, y cuando llega a
ordenar toda la pequeña rima con las palabras sueltas y la lee (que es la lección más
placentera que todas), su lectura debe ser una recitación perfecta y refinada. Creo que esta
es una forma práctica y de sentido común para enseñar a leer.

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VII. La recitación

«El arte de los niños».

Sobre este tema, no puedo hacer nada mejor que remitir al lector a la obra Recitation del Sr.
Arthur Burrell, considerada un manual para maestros de escuelas primarias. Yo desearía
que dichos maestros lo utilizaran ampliamente, y que también se convirtiera en un
manual familiar (aunque muchas de las lecciones no sean necesarias en los hogares
educados). No creo que exista otra «asignatura» tan educativa y tan elevada como la que
el Sr. Burrell describe tan felizmente como «el arte de los niños». Todos los niños tienen la
capacidad de recitar; es un regalo en cautividad que está esperando la libertad, tal como
fue liberado Ariel del hueco de un pino [en la obra La tempestad, de Shakespeare]. En la
obra tan reflexiva y metódica de Burrell encontramos los encantamientos apropiados que,
de usarse como es debido, y del niño más carente de gracia surgirá el niño artista, el
delicado ser mágico que le hará a usted reír y llorar. ¿No se cuenta acaso [en la
obra Marjorie Fleming, de John Brown] del gran Sir Walter Scott que “se mecía de un lado a
otro, hasta derramar todas sus lágrimas», cuando su pequeña «Pet» recitaba [de El rey
Juan, de Shakespeare]:
«Pues estoy enferma y soy accesible a los terrores,
Agobiada de desgracias y, por tanto, llena de miedos;
Una viuda, privada del auxilio de su esposo, sujeta al temor;
Una mujer nacida, naturalmente, para el temor».

Marjorie Fleming era, sin duda, una niña genio; pero en este libro aprendemos cuáles son
los pasos cuidadosamente graduados que un niño que no es un genio ni siquiera ha
nacido de padres cultos, puede tomar para aprender el arte de la hermosa y perfecta
oratoria; siendo ese solo el primer paso en la adquisición de «el arte de los niños». El niño
debiera expresar pensamientos hermosos de una manera tan agraciada, con una
interpretación tan delicada de cada matiz de significado, que se convierta para el oyente en
el intérprete del pensamiento del autor. Ahora, considere usted lo que esto implica en
cuanto a apreciación, conformidad y capacidad de expresión, y reconocerá que «el arte de
los niños» es, como dijo Steele sobre la compañía de su esposa, «una educación liberal en
sí misma». La objeción de que «los niños son unos loros; dicen algo tal como lo escucharon
decir, pero no tienen ni un ápice de interés en “apreciar” e “interpretar”», es muy cierta de
otros estilos de recitación tradicional, pero a lo largo del volumen del Sr Burrell se induce
a que el niño encuentre por sí mismo la expresión exacta del pensamiento; nunca se le
permite al pobre maestro establecer un patrón tal como «diga esto como yo lo digo». Se
mantienen las ideas al alcance del niño, y la expresión es la suya propia; su astucia lo
atrapa, utiliza hasta su propia picardía, encuentra una docena de maneras de decir «no lo
haré», se le conduce astutamente hasta el punto de expresarse por sí mismo, y lo hace,
para su propia sorpresa y deleite. Las piezas que se dan en este caso para recitar son un
tesoro de nuevas alegrías, como «Mariposa del aire» de Federico García Lorca, «La
mariposa y el niño» de Rafael Pombo, y «Los sueños» de Antonio Machado, las que
estimularían a cualquier niño a recitar. Pruebe una sola pieza con la puntuación y
sugerencias del autor, y verá que hay tanta diferencia entre el resultado y la lectura normal
en voz alta como lo hay en una composición musical interpretada con y sin las marcas de
expresión del compositor. Espero que mis lectores enseñen a sus hijos el arte de la
recitación; en los próximos días, incluso más que en el nuestro, será necesario que todo
hombre y mujer educados sean capaz de hablar con eficacia en público; y, al aprender a
recitar, se aprende a hablar.

Memorización. Recitar y memorizar no son necesariamente lo mismo, y es bueno colmar


la memoria de un niño con una buena cantidad de poesía aprendida sin esfuerzo. Hace
algunos años por casualidad hice una visita a una dueña de casa que mantenía unas
nociones educativas únicas y que estaba criando a una sobrina; me recibió con un gran
pliego de papel donde estaban escritos títulos de poemas, algunos de ellos largos y
difíciles como Tintern Abbey. Me dijo que su sobrina podía repetirme cualquiera de esos
poemas si me placía pedírselo, y que nunca en su vida se había aprendido un solo verso
de memoria. La niña repitió varios de los poemas de la lista, de manera bastante hermosa
y sin titubear; y luego la dama reveló su secreto. Ella pensó que había hecho un
descubrimiento, y yo también lo pensé. Le leía un poema a su sobrina. y, al día siguiente,
mientras la niña confeccionaba un vestido de muñeca, quizás lo volvía a leer; una vez más
el día después, mientras cepillaba el cabello de la niña. Hizo unas seis o más lecturas,
dependiendo de la longitud del poema, en momentos extraños e inesperados, y al final su
sobrina podía decir el poema que nunca había repasado por sí sola.
Desde entonces, he probado dicho plan con regularidad y lo he encontrado eficaz. El niño
no tiene que tratar de recordar o de recitarse a sí mismo el versículo, sino, en la medida de
lo posible, tener una mente abierta para recibir una impresión literaria de interés. Media
docena de repeticiones deberían hacer que los niños lleguen a la posesión de poemas
como: «A Margarita Debayle» de Rubén Darío, entre otros. Los beneficios de un método
de aprendizaje así radican en que la capacidad de disfrute del niño no desaparece con
aquellas fatigosas repeticiones verso a verso y, también, que el hábito de hacer imágenes
mentales se forma inconscientemente.

Recuerdo haber conversado una vez sobre este tema con la difunta señorita Anna
Swanwick [escritora inglesa], creo, en relación con Browning, cuando un incidente muy
curioso surgió durante la conversación. Una señora, sobrina de la señorita Swanwick, dijo
que después de una larga enfermedad, durante la cual no podía hacer nada, leyó
«Lycidas» [poema de John Milton] a modo de primer consuelo como convaleciente. Se
sorprendió al encontrarse al día siguiente repitiéndose a sí misma largos pasajes. Entonces
abordó todo el poema y descubrió que podía repetirlo, resultado de esta única lectura, ya
que antes de su enfermedad no había aprendido el poema, ni lo había leído con especial
atención. Estaba muy eufórica por el tesoro que había encontrado y, para poner a prueba
sus poderes, leyó todo «­ El paraíso perdido» [también de John Milton], libro por libro, y
con el mismo resultado—¡podía repetirlo libro por libro después de una única lectura! Se
enriqueció a sí misma adquiriendo otros tesoros durante su convalecencia; pero cuando
recuperó la salud y su mente se dedicó a muchos intereses, descubrió que ya no poseía
esta asombrosa capacidad. Es posible que la mente despejada de un niño sea tan libre para
obtener (y tan fuerte para retener) bellas imágenes vestidas con hermosas palabras como
lo fue la de esta dama durante su convalecencia. Pero, valga la pena reiterarlo, todo
esfuerzo de este tipo, por inconsciente que sea, implica un desgaste cerebral, por ello, deje
que el niño quede sin cultivo hasta los seis años, y luego, en cuanto a este asunto de
memorizar, al igual que en otros, intente sólo un poco, y que los poemas que el niño
aprenda sean simples y estén dentro del alcance de su propio pensamiento e imaginación.
Al mismo tiempo, ¡es una lástima que, considerando que hay tanta poesía noble a su
alcance, se le permita al niño aprender soserías!

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VIII. Leer a los niños mayores

En la enseñanza de la lectura, tanto como en otras materias, es el primer paso el que


cuenta. El niño al que se le ha enseñado a leer con cuidado y dedicación hasta que ha
dominado las palabras de un vocabulario limitado, normalmente hace el resto por sí
mismo. La atención de sus maestros debe fijarse en dos puntos: que adquiera el hábito de
leer y que no caiga en hábitos descuidados de lectura.

El hábito de leer. El defecto más común y monstruoso en la educación de hoy día es que
los niños no adquieren el hábito de leer. El conocimiento se les transmite mediante
lecciones y charlas, pero no adquieren el hábito aplicado de utilizar los libros como
herramienta del interés ni del deleite. Este hábito debe iniciarse temprano; tan pronto
como el niño pueda leer, debe leer por él mismo y para sí mismo, ya sea en historia,
leyendas, cuentos de hadas, y otros materiales adecuados. Debe instruírsele desde el
principio para que piense que una lectura en sus lecciones es suficiente para que pueda
narrar lo que ha leído, y, de esa forma, adquiera el hábito de una lectura lenta, atenta,
inteligente incluso cuando ocurre en silencio, porque lee con atención al significado
completo de cada oración.

Lectura en voz alta. También debería practicar la lectura en voz alta, en gran parte, de los
libros que está usando para el trabajo del trimestre, los cuales deberían incluir una gran
cantidad de poesía, para que se acostumbre a la delicada interpretación de matices de
significado, y especialmente para que sea consciente de que las palabras son hermosas en
sí mismas, que son una fuente de placer, y que son dignas de nuestro honor; que una
hermosa palabra merece ser bellamente dicha, con una cierta sonoridad de tono y una
precisión en la expresión. Los niños bien pequeños reciben este tipo de enseñanza cuando
es transmitida, no usando una lección, sino a través de una palabra de vez en cuando.

Restricción. En relación con lo dicho, la maestra no debe establecerse como la versión que
los niños deban imitar, quienes pueden remedar con bastante facilidad, captando trucos
de énfasis y de acción para la diversión de todos, pero estos trucos no son nada más que
eso, una imitación de la inteligencia. Por el contrario, el niño debe expresar lo que él siente
que es el significado del autor; y este tipo de lectura inteligente surge solo del hábito de
leer con comprensión.

Leer a los niños. A las personas mayores les encanta leer en voz alta a los niños, pero esto
debe ser sólo un placer y un capricho que se dé en forma ocasional, por ejemplo, antes de
acostarse. No debemos olvidar la apatía natural de la mente de un niño; si obtiene el
hábito de que le lean, eludirá constantemente el esfuerzo de leer por sí mismo; de hecho, a
todos nos gusta que nos den con cuchara nuestra carne intelectual, cuando, en vez de leer
y pensar más por nosotros mismos, somos siempre asistentes a una conferencia tras otra.

Preguntas sobre el tema tratado. Cuando un niño está leyendo, no se le debe molestar con
preguntas sobre el significado de lo que acaba de leer, o el significado de alguna palabra;
eso es molesto tanto para los adultos como para los niños. Además, no es importante que
el niño entienda la definición de cada palabra que lee, porque un vocabulario amplio y
correcto se consigue de a poco como un efecto secundario natural de una lectura variada.
En forma inconsciente, un niño obtiene a partir del contexto el significado de las nuevas
palabras, y si no lo adquiere la primera vez que se encuentre con ella, entonces lo logrará
la segunda o la tercera vez. Si no conoce el significado de esta manera, entonces descubrirá
lo que significan ciertas expresiones porque tendrá el deseo de saberlo. Hacer preguntas
directas al niño para descubrir si comprendió es siempre un error; en vez de ello, pídale
que narre y que le cuente a usted lo que leyó, o por lo menos alguna parte de lo que leyó.
Los niños disfrutan recordar las cosas en orden, pero no les gustan las preguntas que
parecen acertijos. Si debe haber acertijos, entonces deje que sea él quien los haga, y que la
maestra sea quien responda. Es admisible hacer preguntas que conduzcan a un tema
secundario o a una opinión personal cuando les interese a los niños, como: «¿Qué
hubieras hecho tú en su lugar?»

Libros escolares. Un niño ha comenzado verdaderamente su educación cuando ha


adquirido el hábito de leer libros al nivel intelectual que le es propio, y cuando los lee con
interés y placer. Me refiero ahora a los libros para las lecciones, que, con frecuencia, están
escritos en un estilo de insufrible sosería, probablemente porque están escritos por
personas que nunca han tenido la oportunidad de conocer a un niño, dado que todos los
que conocen a los niños saben que no hablan soserías y tampoco les gusta tal simpleza,
sino que prefieren aquello por lo cual su intelecto se siente atraído. Sus libros escolares
deben contar con material de lectura, ya sea para leer en voz alta o para lectura personal;
por lo cual deben estar escritos con capacidad literaria. En cuanto al tema de dichos libros,
recordemos que los niños pueden absorber ideas y principios, sean estos últimos morales
o mecánicos, tan rápida y claramente como nosotros (o quizás más); pero los procesos
detallados, las listas y los resúmenes embotan los contornos de la delicada mente infantil.
Por ello, la selección de los primeros libros escolares de los niños es una cuestión de suma
importancia, porque ellos serán los que den a los niños la idea de que el conocimiento es
sumamente atractivo y que la lectura es un placer. Una vez que se ha establecido el hábito
de leer los libros escolares con deleite, la educación del niño no está completa, pero está
asegurada; a partir de allí, él continuará por sí mismo a pesar de los obstáculos que, con
demasiada frecuencia, le pondrá la escuela en el camino.

Hábitos negligentes; falta de atención. Ya me he referido a la importancia de una sola


lectura. Si el niño no es capaz de narrar lo que ha leído una vez, no permita que el niño
crea que puede, o que debe leer de nuevo. Una mirada de leve pesar por la brecha en su
conocimiento será suficiente para que sienta el peso de su falta. El niño al cual se le
permite vagar mentalmente durante la clase, no logrará la capacidad de leer con perfecta
atención. Es por esta razón que las lecciones de lectura deben ser breves; diez minutos o
un cuarto de hora de atención fija es suficiente para los niños de las edades que
abordamos aquí [6 a 9 años, aproximadamente], y una lección de tal duración permitirá
que un niño abarque dos o tres páginas de su libro. Se aplica la misma regla de duración
de una lección a los niños que no leen aún por sí mismos, sino que alguien les lee sus
libros.

Enunciación descuidada. Es importante que, al leer en voz alta, los niños hagan el uso
debido de los órganos vocales, por lo cual una lección de lectura debe iniciarse con dos o
tres ejercicios sencillos de respiración, como una larga inhalación con los labios cerrados y
una exhalación lenta con la boca abierta. Si un niño lee por la nariz, es bueno consultar con
un médico en el caso de que sea necesaria una operación de adenoides, que rara vez es
problemática, y que debe realizarse cuando los niños son pequeños. Debe evitarse la
pronunciación local marcada y la enunciación descuidada. La práctica de los sonidos
vocálicos puros, y el respeto por las palabras que permitirá que se pronuncien mal por el
apuro, deberían ser la cura de los defectos mencionados. Por cierto, niños muy pequeños
enuncian maravillosamente en general, porque una palabra grande es una nueva
adquisición que les da placer y que aprovechan al máximo; en ese sentido, nuestros
esfuerzos deben estar dirigidos a que los niños mayores consideren las palabras en alta
estima igual que los pequeñuelos.

El hábito de «poner atención en las pausas» proviene de la lectura inteligente; de hecho,


cuando el niño entiende el pasaje, naturalmente hará las pausas correctamente.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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IX. El arte de narrar

Los niños narran por naturaleza. La narración es un arte, como crear poesía o pintar,
porque está allí, en la mente de todos los niños, esperando ser descubierta; no es el
resultado de ningún proceso educativo disciplinario. Un decreto creativo le ordena
mostrarse. «Que narre»; y el niño narra, con fluidez, ampliamente, en secuencia ordenada,
con ajuste y detalles gráficos, con solo una selección de palabras, sin verbosidad ni
redundancia, tan pronto como pueda hablar con facilidad. Esta sorprendente habilidad se
encuentra en cada niño, sin embargo, rara vez se utiliza para su educación. Robertito
volverá a casa con una narración heroica de una pelea que ha visto entre «Duque» y un
perro en la calle. Es maravilloso, lo ha visto todo y lo cuenta todo con espléndido vigor al
más estilo épico; pero ¡nuestra indiferencia por los niños está tan arraigada que no vemos
nada en esta actividad excepto el simple comportamiento infantil de Robertito! Pero frente
a nosotros, si tenemos ojos para ver y gracia para edificar, se encuentra el fundamento de
su educación.

Hasta que cumpla seis años, que Robertito solo narre cuando y lo que quiera; que no se le
pida que cuente nada. ¿Será este el secreto de las largas y extrañas conversaciones que
observamos divertidos entre criaturas de dos, cuatro y cinco años? ¿Es posible que narren
cuando todavía no son capaces de expresarse bien, y que la otra persona de iguales
características lo entienda todo? Nos cuentan algo, y nosotros los pobres adultos,
respondemos «Sí», «¡En serio!», «¿De verdad?» al balbuceo cuyo significado no
conocemos. Sea como fuere, ¡no sabemos nada de lo que sucede en la región oscura de
«los menores de dos años»! Pero espere hasta que el pequeñuelo posea palabras y él
«contará» todo sin parar, a cualquiera que desee escuchar la historia, aunque su
preferencia será contarla a sus amiguitos.

Esta capacidad debiera utilizarse en su educación. Aprovechemos lo que la naturaleza ha


provisto; y cuando el niño tenga seis años, no antes, que narre el cuento de hadas que se le
ha leído, episodio por episodio, después de escucharlo una sola vez; las historias bíblicas
leídas en las propias palabras de la Biblia; las historias de animales bien escritas; o todo
acerca de otras tierras de libros como The World At Home
(https://archive.org/details/worldathomeorpi00greggoog) [quizás una buena opción en
español sería El Mundo de los niños disponible en este enlace
(https://elmundodelosninos.org/portada/ninos-de-todo-el-mundo/)]. El niño de siete años habrá
empezado a leer por sí mismo, pero debe obtener la mayor parte de su nutrición
intelectual, de oídas, es seguro, pero de lecturas recibidas en voz alta. La geografía,
bocetos de historia antigua, Robinson Crusoe, El progreso del peregrino, Cuentos de
Tanglewood, Héroes de Asgard y otras obras del mismo calibre, lo tendrán ocupado hasta
que tenga ocho años. Los objetivos que se deben tener en cuenta son que el niño no
debiera tener ningún libro que no sea un clásico para niños; y que, cuando se trate del
libro correcto, no debe diluirse con charlas o interrumpirse con preguntas, sino se debe
entregar al niño en proporciones adecuadas tal como carne saludable para su mente, con
la plena confianza de que la mente de un niño es capaz de lidiar con la comida que le
conviene.

El niño de ocho o nueve años es capaz de abordar material literario más serio; pero por el
momento nuestro enfoque es hacia lo que los niños menores de nueve años pueden narrar.

Método de la lección. En cada caso de lectura de un libro bien elegido, ésta debe ser
consecutiva; y antes de que comience la lectura del día, la maestra debe hablar un poco (y
hacer que los niños hablen) sobre la última lección, añadiendo unas pocas palabras sobre
lo que se leerá, para generar expectativa en los niños; poniendo cuidado de no explicar
mucho, y, especialmente, de no anticiparse a la narrativa. Luego, puede leer dos o tres
páginas, lo suficiente para abarcar un episodio; y después de eso, puede pedir a los niños
que narren—por turnos, si hay varios de ellos. Ellos lo harán con ánimo y precisión,
logrando captar el estilo del autor. No es prudente molestarlos con correcciones; pueden
comenzar con una cadena interminable de «y», pero, pronto lo superarán, ¡y sus
narraciones se vuelven lo suficientemente buenas en estilo y composición como para
ponerlas en un «libro impreso»!

Este tipo de lección de narración no debería ocupar más de un cuarto de hora.

El libro siempre debe ser profundamente interesante, y cuando se termina de narrar,


debiera haber una pequeña charla para destacar las moralejas, ver imágenes que ilustran
la lección, o dibujar diagramas en la pizarra. Apenas los niños puedan leer con facilidad y
fluidez, deben leer su propia lección, en voz alta o en silencio, con vistas a la narración;
pero en las obras en que es necesario hacer omisiones, como en las narraciones del
Antiguo Testamento y de las Vidas de Plutarco, por ejemplo, es mejor que la maestra
siempre lea la lección por narrar.

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X. La escritura

Ejecución perfecta. Solo puedo ofrecer unas pocas sugerencias sobre la enseñanza de
la escritura, aunque podría decirse mucho. Primero, que el niño logre hacer
algo perfectamente en cada lección, ya sea un trazo, un gancho, una letra. Que la lección de
escritura sea breve; no debiera durar más de cinco o diez minutos. La facilidad para
escribir viene con la práctica; pero eso se logrará más tarde; mientras tanto, lo que debe
evitarse es el hábito del trabajo descuidado— «m» que son jorobadas, «o» que son
angulares.

Escribir en letra de molde. Pero el niño necesita práctica con las letras en versión
imprenta antes de comenzar a escribir. Para ello, que empiece por escribir las letras
mayúsculas más simples que contienen curvas simples y líneas rectas. Cuando pueda
escribir las letras grandes y mayúsculas con cierta firmeza y decisión, podría pasar a las
letras más pequeñas—siempre «en imprenta» como del tipo que llamamos «itálicas», sólo
que en dirección vertical—y de la forma más simple posible, y en gran tamaño.

Pasos en la enseñanza. Lo primero que se debe aprender es el trazo, luego el gancho; más
adelante se aprenden las letras en que aparece el gancho, como n, m, v, w, r, h, p; y luego la
letra o, y las letras en que se usa la línea curva como a, c, g, e, x, s, q; y luego las letras
irregulares y en bucle como b, l, f, t, etc. El niño debería formar de manera perfecta una
letra en un día, y, al día siguiente, repetir las mismas formas elementales en otra letra,
hasta que las formas le sean familiares. Pronto llega a copiar tres o cuatro de las letras que
ha aprendido, ahora asociadas en una palabra, como: «mano», «antes»; siendo el objetivo
de la lección producir la palabra escrita una vez sin ni un solo defecto en ninguna letra. En
esta etapa, la tiza y la pizarra son mejores que el bolígrafo y el papel, ya que es bueno que
el niño borre y borre hasta que su propio ojo esté satisfecho con la palabra o letra que ha
escrito.

En las etapas posteriores, no es necesario decir mucho. Asegúrese de que el


niño comience por hacer letras perfectas y que nunca se le permita hacer letras defectuosas,
y el resto lo hará él por sí solo; en cuanto a «buena letra», no lo apresure; su «caligrafía»
mejorará poco a poco según el carácter que él posee; aunque, estrictamente hablando,
como tal, no se puede decir que el niño posea un carácter aún.

Que el niño cuente con buenos modelos para copiar, y asegúrese de que imite su modelo
concienzudamente. En esencia, la lección de escritura no consiste en copiar un número
determinado de líneas, o «copiar»—escribir una página entera, por ejemplo— sino más
bien escribir una sola línea que sea una copia tan exacta como sea posible de los caracteres
por trabajar. Es posible que el niño tenga que escribir varias líneas antes de lograr esto.

Modelo de escritura a mano. Si el niño usa libros con intricados encabezados (que, en
general, debieran evitarse), se deben escoger discriminadamente porque en muchos de
ellos la escritura es atroz y las letras están adornadas con florituras que aumentan el
esfuerzo del estudiante, pero que de ninguna manera mejoran su estilo. Otra cosa más; no
apresure al niño para que escriba en «letra pequeña»; de hecho, no es necesario que trabaje
mucho en lo que se llama «letra grande», sino más bien en «letra de molde», de tamaño
mediano, debiera continuarse hasta que el niño haga las letras con facilidad. Es mucho
más fácil para el niño acostumbrarse a los trazos irregulares cuando hace la «letra
pequeña», que dejar ese mal hábito. En este caso, como en todo lo demás, el educador
debe vigilar no solo la formación de buenos hábitos, sino también a la prevención de los
malos hábitos.

La caligrafía «New Handwriting». Hace algunos años supe de una señora que estaba
elaborando, mediante el estudio de antiguos manuscritos italianos, entre otros, un
«sistema de hermosa caligrafía» que podía enseñarse a los niños. He esperado
pacientemente, aunque no sin cierta urgencia, la producción de este nuevo tipo de «libro
de copia»; la necesidad de un recurso así era muy grande, dado que la escritura común
que se enseña a partir de los libros de copia que ya existen, por minuciosa y legible que
sea, no puede dejar de tener un efecto bastante vulgarizador tanto en quien escribe como
en quien lee dicho manuscrito. Por fin, la dama, la señora Monica Bridges, esposa del
poeta Robert Bridges, ha finalizado su tediosa y difícil empresa, y este libro para
profesores permitirá enseñar a los estudiantes un estilo de escritura que es agradable
adquirir porque es hermoso de contemplar [ver ejemplos de esta caligrafía en la página de
AmblesideOnline (https://www.amblesideonline.org/new-handwriting)]. Cuán
sorprendente es la rapidez con la que los niños pequeños, incluso los que se caracterizan
por tener una «fea» escritura, adoptan esta «nueva caligrafía».

Pero el propósito de la Sra. Bridges en su libro A New Handwriting puede entenderse mejor
gracias a algunos pasajes citados, con su permiso, de su prefacio: “Las diez láminas que
acompañan esta obra están destinadas principalmente a aquellos que enseñan a escribir: y
para presentarlas necesito expresar unas pocas palabras, tanto de justificación como de
explicación. Siempre me ha interesado la escritura a mano, y después de conocer el gótico
italianizado del siglo XVI, hice el esfuerzo de modificar mi escritura a mano para que se
asemejara a sus formas y carácter generalizados. Muchas personas lo encontraban muy
placentero y, a menudo, me pedían que hiciera alfabetos y copias, y maestros
profesionales me rogaban que imprimiera un libro como este, para que pudieran usarlo en
sus escuelas. Es muy difícil estar completamente satisfecho al crear modelos para que
otros copien, pero estas láminas son en gran medida lo que yo pretendía, aunque, debido
a mi inexperiencia, la reproducción de algunas de ellas no ha sido exitosa…

Un niño debe aprender primero a controlar su mano y hacerla que obedezca al ojo; en esta
primera etapa, todas las formas simples servirán para este propósito; y, por tanto, también
se podría argumentar que al ser las formas indiferentes, el dominio total de la mano puede
lograrse copiando modelos malos y buenos; pero eso no es así porque los cuadernos
comunes de modelos de copiado, cuyo objetivo parece ser economizar las partes que
componen las letras, no pueden entrenar la mano como lo haría el uso de formas variadas;
y, de igual manera, la uniformidad que en ellos existe, carente de belleza, no ofrece un
buen adiestramiento para la vista. Además, debo decir que la variedad y la belleza de las
formas son atractivas incluso para los niños pequeños, y que intentar crear algo que les
interese, los alegra y corona sus estupendos esfuerzos con un placer que es imposible
hallar en la tarea de copiar formas monótonas. Pero no sabría decir si una escritura como
la que se muestra aquí contribuya más al desarrollo de una cursiva rápida y útil que el
mero modelo uniforme; considerando que las degradaciones, inevitables en el hábito de la
escritura rápida, puedan producir algo de desorden, lo cual es casi el peor reproche en
caligrafía. Algunas de las mejores escrituras a mano de hoy en Inglaterra consisten en una
rápida cursiva que es tan aceptable como se desea, conteniendo aspectos de pura belleza;
pero tales escrituras son extraordinarias, y solo corresponden a quienes tienen, como
decimos, carácter; lo que probablemente significa que quien escribe lo habría hecho bien
en virtud de cualquier sistema: mientras que las escrituras promedio, que son el resultado
natural de la vieja escritura del cuaderno de modelo de copiado, degradadas por la prisa,
parecen deber su fealdad común del tipo de letra mezquino del que surgieron; y tales
escritores, cuando tienen ocasión de escribir bien, descubren que poco pueden mejorar, y
solo demuestran que la prisa no fue la verdadera causa de su mala escritura».

Cómo usar este recurso. El método para usar el libro de la Sra. Bridges que nos parece
más eficaz, es practicar cada forma de la lámina en la pizarra y luego usar lápiz grafito, y
más tarde pluma y tinta. Con el tiempo, los niños podrán llegar a transcribir pequeños
poemas, y así sucesivamente, en este estilo tan placentero. Se deben evitar los encabezados
ya formulados [porque quizás contienen múltiples y complejas formas y adornos], ya que
los niños no utilizan dichos formatos en su escritura diaria. A veces se objeta que esta
escritura bastante elaborada y hermosa puede interferir con la «escritura a mano»
característica de alguien, pero a mí me parece que es una gran ganancia tener un
fundamento hermoso para la escritura a mano, en vez de un fundamento común.

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XI. La transcripción

El valor de la transcripción. La primera práctica de la escritura adecuada para niños de


siete u ocho años debería ser, no la escritura de letras ni el dictado, sino la transcripción, el
trabajo lento y hermoso para el cual es preferible usar el libro New Handwriting aunque tal
vez pueden omitirse algunos de los caracteres más ornamentados.

La transcripción debiera ser una introducción a la ortografía. Se debe alentar a los niños a
que miren la palabra, vean una imagen de ella con los ojos cerrados y luego escriban de
memoria.

Transcripción de pasajes favoritos. Al ejercicio de deletrear se puede agregar un cierto


sentido de posesión y deleite si a los niños se les permite elegir un verso favorito de un
poema y otro para transcribir, lo cual es mejor que escribir un poema completo, ejercicio
que a menudo genera en los niños desinterés antes de que terminen. Un libro propio
compuesto por los versos que ellos mismos han elegido debería ser una delicia.

Fina escritura a mano; líneas de renglón doble. Las líneas de dos renglones para escribir
texto pequeño debe usarse al principio, ya que los niños están ansiosos por escribir en
«letra pequeña» muy diminuta, y una vez que han adquirido este hábito, no es fácil lograr
una buena escritura. En esta etapa de su trabajo, el sentido de la belleza tanto en la
escritura como en las líneas que copian debería inspirarlos y darles placer. No deben
dedicarse más de diez minutos o un cuarto de hora a las primeras lecciones de escritura,
porque si demoran más tiempo, los niños se cansan y se descuidan.

Posición para escribir. Para escribir, los niños deben sentarse de modo que la luz les
llegue desde la izquierda, con el escritorio o la mesa a una altura cómoda [nos
imaginamos que el reverso es lo normal para niños que escriben con la mano izquierda].

Sería un gran beneficio si a los niños se les enseñara desde el principio a sostener el
bolígrafo entre el dedo índice y el dedo medio, sujetándolo con el pulgar, ya que esta
posición evita la tensión incómoda en los músculos que se produce habitualmente—una
tensión que causa calambres a quien, en días futuros, tendrá mucho que escribir. El
bolígrafo debe sostenerse en una posición cómoda, bastante cerca de la punta, con los
dedos y el pulgar algo doblados y la mano descansando en el papel. El escritor también
debería poder apoyarse a sí mismo con la mano izquierda sobre el papel, escribiendo en
una posición relajada, la cabeza inclinada, pero sin inclinarse él mismo. Es innecesario
decir que, si los niños no tuvieran ese don feliz de hacer marcas de araña con la punta
sostenida de lado, debe usarse la parte plana de la pluma estilográfica. En todas las
lecciones de escritura, tanto el profesor como los niños debieran usar libremente la pizarra
para modelar y practicar.

Escritorios. Los mejores escritorios que conozco son los recomendados por el Dr. Roth,
que son escritorios individuales que pueden elevarse o bajar, mover hacia atrás o hacia
adelante, y que incluyen asiento, un respaldo blando, y apoyo para los pies. Puede que
haya otros tan buenos como los mencionados, o incluso mejores en el mercado, pero éstos
parecen satisfacer todos los propósitos pertinentes.

Mesa para niños. Para los niños pequeños es un buen plan tener una mesa de una altura
adecuada fabricada por el carpintero de la casa, cuya parte superior (la cubierta) conste de
dos hojas con bisagras que se abran en el medio y revelen una especie de caja en el espacio
interior para los libros, materiales de escritura, etc. y que los niños mantienen ordenado
por sí mismos más fácilmente que un cajón o una caja comunes.

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XII. La ortografía y el dictado

De todos los ejercicios traviesos en los que los niños pasan sus horas escolares, el dictado,
como se practica comúnmente, es quizás el más perjudicial; y esto, porque la gente tarda
en comprender que no hay ninguna parte del trabajo escolar de un niño en la que no
exista subyacente algún principio filosófico.

Fértil causa de la mala ortografía. La práctica común es que el maestro dicte un pasaje,
cláusula por cláusula, repitiendo cada cláusula, unas tres o cuatro veces, mientras recibe
una lluvia de preguntas por parte de los escritores. Cada línea puede que tenga uno o
múltiples errores de ortografía. El maestro concienzudo marca con grafito bajo los errores,
o los subraya solemnemente con tinta roja. Los niños corrigen de diversas maneras; a
veces intercambian sus cuadernos, corrigiendo cada uno los errores del otro, y copiando la
palabra desde el libro o el pizarrón. Algunos maestros indoctos todavía hacen que los
niños copien su propio error junto con la corrección, escribiendo esta última tres o cuatro
veces, se aprende, y se deletrea para el maestro, quien queda atónito ante la pura vileza
que causa que los mismos errores se repitan una y otra vez, a pesar de todos estos
minuciosos esfuerzos.

La fundamentación de la ortografía. No obstante, el hecho es que el don de deletrear


correctamente depende de la capacidad que posee el ojo para «tomar» (en un sentido
fotográfico) una imagen detallada de una palabra; una capacidad y un hábito que debe
cultivarse en los niños desde el principio. Cuando hayan leído «gato», se les debe animar a
que vean la palabra con los ojos cerrados, y el mismo hábito les permitirá imaginarse la
palabra «Termópilas». Esta forma de generar imágenes de palabras en la retina parece ser el
único camino de primera hacia la correcta ortografía; pues, un error, una vez cometido y
corregido, genera dudas terribles por el resto de la vida, sobre cuál será el camino
equivocado y cuál, el correcto. A la mayoría de nosotros nos persigue la duda de si
«decisión», por ejemplo, lleva primero la «s» o la «c»; y la duda nació de una corrección
realizada. Una vez que el ojo ve una palabra mal escrita, esa imagen permanece; y si
también existe la imagen de la palabra correctamente escrita, nos quedamos perplejos en
cuanto a cuál es cuál. Ahora comprendemos por qué no hay una forma más ingeniosa de
provocar una mala ortografía que el «dictado», como se enseña comúnmente. Cada
palabra mal escrita ha formado una imagen en el cerebro del niño, la cual no se borra
gracias a la ortografía correcta. Por lo tanto, le corresponde la maestra evitar la ortografía
incorrecta, y, si se ha cometido un error, ocultarlo, por así decirlo, para que no se forme
una impresión del mismo.

Los pasos de la lección de dictado. Las lecciones de dictado, realizadas de manera similar
a la siguiente, generalmente resultan en una buena ortografía. Un niño de ocho o nueve
años prepara un párrafo; los niños mayores, de una a tres páginas. Dicha preparación la
realiza el niño solo, mirando la palabra que le genera dudas, y luego viéndola con los ojos
cerrados. Antes de comenzar el dictado, la maestra pregunta al niño qué palabras cree que
necesitarán atención, lo cual el niño generalmente sabe, pero ella puede señalar cualquier
palabra que pueda causar tropiezos. Le avisa a la maestra cuando está listo. La maestra se
asegura si hubiera palabras que generen dudas, las cuales pone, una por una, en la
pizarra, dejando que el niño mire hasta que tenga una imagen de ellas, y luego las borra.
Si alguien todavía tiene dudas, se le pide que escriba la palabra de la que no está seguro
en la pizarra, y la maestra observa para borrar la palabra apenas comience a aparecer una
letra incorrecta, y nuevamente ayuda al niño a hacerse una imagen mental. Luego, la
maestra hace el dictado, cláusula por cláusula, cada una repetida una vez; ella dicta
considerando la puntuación, que los niños pondrán mientras escriben; pero sin decirles
«coma», «punto y coma», etc. Después del tipo de preparación que he descrito, que lleva
diez minutos o menos, rara vez hay errores de ortografía. Si así fuera, por el contrario,
vale la pena que la maestra esté alerta con tiras de cinta autoadhesiva para cubrir la
palabra equivocada, para que se borre su imagen en la medida de lo posible. Al final de la
lección, el niño debe volver a estudiar la palabra incorrecta en su libro hasta que diga que
está seguro de ella, y debe escribirla correctamente sobre la cinta.

Una lección de este tipo garantiza la cooperación cordial de los niños, quienes sienten que
participan en ella; y también los prepara para la segunda condición de una buena
ortografía, que es mucha lectura combinada con el hábito de imaginar las palabras a
medida que se leen.

La ortografía defectuosa suele ser un signo de escasa lectura; pero, a veces, de lectura
apresurada carente del hábito de ver las palabras que se ojean.

La ortografía no debe perderse de vista en los otros estudios de los niños, aunque no se les
debe molestar para que deletreen. Está bien escribir en la pizarra un nombre propio difícil,
por ejemplo, en el curso de las lecturas de historia o geografía, borrando la palabra
cuando los niños dicen que pueden visualizarla. El secreto de la ortografía radica en el
hábito de visualizar las palabras de memoria, y a los niños se debe instruir para que
visualicen mientras leen, quienes disfrutan esta manera de aprender a deletrear.

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XIII. La composición

El ensayo de George Osborne. «¡Qué persona tan erudita y encantadora que es el


reverendo Lawrence Veal, el maestro de George! “Lo sabe todo“, dijo Amelia. “Dice que
Georgy puede aspirar a cualquier puesto en la abogacía o la política. Mira.” Se acercó al
cajón del piano y sacó una redacción escrita por George. Este gran esfuerzo de genio,
todavía en posesión de la madre de George, dice lo siguiente:
«Sobre el egoísmo. De todos los vicios que degradan el carácter humano, el egoísmo es el más
odioso y despreciable. Un excesivo amor del yo conduce a los crímenes más monstruosos. En
ocasiones a las mayores desgracias, tanto en los Estados como en las familias. Igual que un
hombre egoísta empobrecerá a su familia y la llevará a la ruina, un rey egoísta atraerá la ruina
sobre su pueblo y a menudo lo conducirá a la guerra. Ejemplo: el egoísmo de Aquiles,
comentado por el poeta Homero, causó miles de penalidades a los griegos—[aquí una frase en
griego de La Ilíada de Homero, Il. 2]. El egoísmo del difunto Napoleón Bonaparte causó un
sinfín de conflictos en Europa y lo llevó a morir en una isla miserable, la de Santa Elena, en el
océano Atlántico.

«Vemos por estos ejemplos que no debemos seguir solo nuestro propio interés y ambición, sino
que debemos considerar los intereses de los demás, junto con los nuestros.

GEORGE S. OSBORNE
Athenè House, 24 de abril de 1827».

«“Imagíneselo (George tenía 10 años) escribiendo con una letra así, y citando también en
griego, a su edad”, exclamó la encantada madre».

Y con mucha razón debía estar encantada la señora de George Sedley, porque ¿acaso
muchas madres triunfarían hoy en semejante esfuerzo literario? ¿Entonces, de qué se
puede reír Thackeray? [el autor de la obra, Feria de las vanidades, cuyo extracto se ha
citado] ¿O, en realidad, quizás nos presenta esta pequeña «redacción» como toda una
hazaña?

Una futilidad educativa. Creo que este gran maestro de altos valores morales lanza un
desafío frente a una futilidad educativa que se practica, y a una falacia educativa que se
acepta, inclusive en el siglo XX. Dicha futilidad consiste en exigir composiciones originales
de las y los estudiantes. La función adecuada de la mente del joven estudiante es recopilar
material para las generalizaciones que usará en el futuro, pero si a un niño se le pide que
generalice, es decir, que escriba un ensayo sobre algún tema abstracto, se comete una
doble falta contra él. Se la ha puesto frente a un muro de piedra al pedirle que haga algo
que es imposible, lo cual es desalentador; pero un daño moral peor se le ha causado en el
sentido de que, al no tener un pensamiento propio que ofrecer sobre el tema, recopila
trozos de pensamientos comunes con los que se cruzado en el camino y ofrece el conjunto
como su «composición», esfuerzo que mancha su conciencia al mismo tiempo que
alimenta su vanidad. En estos días, los maestros no intervienen conscientemente el trabajo
de sus alumnos como lo hizo ese maestro tan «erudito y encantador» que educó a George
Osborne. Pero, quizás sin saberlo, proveen las ideas de las que se apodera el escolar
perspicaz para «pegarlas» al «ensayo» que detesta. A veces los maestros hacen más que
esto, enseñando deliberadamente a los niños cómo «construir una oración» y cómo «unir
oraciones».

Lecciones de composición. Aquí hay una serie de ejercicios preliminares (o más bien
parte de una serie de 40 ejercicios) destinados a ayudar a un niño a escribir un ensayo
sobre «Un paraguas», de un libro procedente de una de las mejores editoriales:

«Paso I.
«1. ¿Qué eres tú?
«2. ¿Cómo obtuviste tu nombre?
«3. ¿Quién te usa?
«4. ¿Qué fuiste en el pasado?
«5. ¿Cómo eras entonces?
«6. ¿Dónde te obtuvieron o te encontraron?
«7. ¿De qué cosas o materiales estás hecho?
«8. ¿De qué fuentes provienes?
«9. ¿Cuáles son tus partes?
«10. ¿Te hicieron, te cultivaron, o te ensamblaron?

«Paso II.

«Soy un paraguas y me utilizan muchas personas, tanto jóvenes como mayores.


«Recibo mi nombre de una palabra que significa sombra.
«Mi bastón quizás vino de América, y es bastante liso, uniforme y pulido, para que el
anillo de metal pueda deslizarse fácilmente hacia arriba y hacia abajo del palo.
«Mis piezas son un marco y una funda. Mi marco consta de un palo de aproximadamente
un metro de largo, cables y una banda de metal deslizante. En el extremo inferior del palo
hay una férula o anillo de acero, lo cual evita que el final se desgaste cuando me usan para
caminar.

«Paso III.

«Ahora utilice es, son y era, en lugar de yo, tengo, mi, y soy.

«Ejercicio.

«Ahora escribe tu propia descripción del objeto».

Dicha enseñanza es un peligro público. ¡Y este es un trabajo destinado a estudiantes de


los estándares VI y VII! [Quizás, alrededor de los 12 o 13 años, respectivamente.] Es decir,
¡este tipo de cosas es el último esfuerzo literario que se obtendrá de los niños en nuestras
escuelas primarias!

Los dos volúmenes (cito de alrededor del final del segundo y más avanzado volumen) no
deben descalificarse como excepcionalmente malos. Hace unos años se hizo el terrible
descubrimiento de que, tanto en las escuelas secundarias como en las primarias, la
«composición» era terriblemente defectuosa y, por lo tanto, mal enseñada. Desde entonces
se han producido muchos volúmenes, más o menos siguiendo el estilo de la cita
mencionada, y los distinguidos editores no han percibido que (con el beneplácito de su
nombre) es una ofensa contra la sociedad ofrecer al público obras de este carácter
esterilizante y nocivo. El cuerpo de un niño es sagrado a los ojos de la ley, pero sus
poderes intelectuales pueden ser aniquilados con una dieta de hambre como esta, ¡y no se
dice nada sobre ellos! Lo peor es que tanto los autores como los editores en todos los casos
actúan en virtud de la falacia de que el esfuerzo bien intencionado siempre admite excusa,
o aún más, digno de elogio. No perciben que ningún esfuerzo es permisible cuando se
hace hacia la educación de los niños y carece de una concepción inteligente, tanto de los
niños, como de lo que se entiende por educación.

La «composición» surge naturalmente. De hecho, las lecciones sobre «composición»


deberían seguir el modelo de ese famoso ensayo sobre «Las serpientes en Irlanda»—«No
existen». Para los niños menores de nueve años, la cuestión de la composición se resuelve
por sí misma con la narración, que varía, por ejemplo, haciendo un ejercicio tan simple
como escribir una parte y narrar otra parte, o escribir todo un relato sobre un paseo que
han realizado, una lección que han estudiado, o de algún simple asunto que conozcan.
Antes de los diez años, los niños que han tenido el hábito de usar libros escribirán en un
inglés bueno y vigoroso con facilidad y libertad; es decir, si no se han visto obstaculizados
por instrucciones. Es bueno que ni siquiera aprendan las reglas de puntuación y de
mayúsculas hasta que se den cuenta de cómo ocurren estas cosas en sus libros. Nuestra
responsabilidad es proporcionar a los niños material para sus lecciones y dejar que ellos
mismos manejen dicho material. Podemos realmente creer que la composición es tan natural
como saltar y correr para los niños que han hecho el debido uso de los libros. Debieran
narrar en primer lugar, y luego a su debido tiempo harán composiciones; pero no es
necesario enseñarles «composición».

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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XIV. Las lecciones bíblicas

Los niños disfrutan la Biblia. Tendemos a creer que los niños no pueden estar interesados
​en la Biblia a menos que sus páginas sean simplificadas, adaptadas al lenguaje casual que
se prefiere para ellos. A continuación, hay una sugerente anécdota de la infancia de la Sra.
Harrison, una de las dos pequeñas doncellas cuáqueras que conocimos en la Autobiography
of Mary Howitt, la más conocida de las hermanas. «Un día se encontró en la sala donde se
guardaba el mobiliario en desuso, donde vio una Biblia vieja, y al recorrer sus hojas
amarillentas, se encontró con palabras que no había escuchado en las usuales lecturas de
la mañana, los capítulos iniciales de San Lucas—que su padre se oponía a leer en voz alta
—así como el capítulo final de Apocalipsis. La exquisita imagen del nacimiento del Gran
Niño en un capítulo, y la belleza de la descripción de la Nueva Jerusalén en el otro, los
absorbió la ávida niña de seis años con un éxtasis que, solía decir ella, ninguna novela
produjo en los años posteriores».

Y aquí se menciona a un niño de cinco años: «Los pequeños leen todos los días los eventos
de la Semana Santa conmigo, y es inexpresable la fascinación que irradia Z en su profundo
y reverente interés, que casi llega a frenesí».
Con toda probabilidad no somos capaces de medir la receptividad religiosa de los niños.
Sin embargo, su aptitud para aprehender las cosas profundas de Dios es un hecho que
estamos llamados a «manejar con prudencia» y también con reverencia; esto debido a que
la actitud del pensamiento y del sentimiento en la que usted coloca a un niño es el factor
vital en su educación, como puede apreciar la persona «darwiniana» más que nadie.

Conocimiento del texto bíblico. Los niños entre las edades de seis y nueve deben obtener
un conocimiento considerable del texto de la Biblia. A los nueve años, deberían haber
leído porciones narrativas que sean simples (y adecuadas) del Antiguo Testamento y,
quizás, dos de los evangelios.

El Antiguo Testamento se debe leer a los niños, por varias razones; pero las historias de los
Evangelios ellos pueden leerlas por sí mismos tan pronto puedan hacerlo con hermosura.
Es un error usar paráfrasis del texto; el fino rollo del lenguaje de la Biblia atrae a los niños
con una música irresistible, y probablemente retendrán de por vida la primera concepción
que hayan recibido de las escenas bíblicas y, también, las palabras en las que se
representan dichas escenas. Esta es una gran posesión. La mitad de las palabras engañosas
que se escucha hoy, y la mitad del desasosiego que subyace dichas palabras, son el
resultado de la ignorancia total y completa del texto de la Biblia. Los puntos de asalto se
presentan a las mentes humanas desnudos y disparejos, carentes de atmósfera,
perspectiva, proporción, hasta que la Biblia solo llega a significar para muchos el burro
hablante de Balaam o el sol quedándose quieto a pedido de Josué.

Pero cuando la imaginación de los niños se colma de imágenes, sus mentes se nutren de
las palabras, de la historia gradual de las Escrituras, llegan ante un amplio horizonte
dentro del cual las personas y los eventos toman forma en su debido lugar y en debida
proporción. Poco a poco, verán que el mundo es un escenario en el cual la bondad de Dios
está de continuo luchando con la voluntad del hombre; que algunos hombres heroicos se
ponen del lado de Dios; y que otros, necios y testarudos, se oponen a él. El fuego del
entusiasmo se encenderá en sus pechos, y los niños, también, se pondrán de su lado, sin
necesitar mucha exhortación, ni con algún pensamiento o charla sobre una experiencia
espiritual.

La verdad esencial y la verdad accidental. En cuanto a si tal narrativa es un mito, una


parábola o una circunstancia que realmente ocurrió, son preguntas que no afectan la
mente sincera del niño, porque no tienen nada que ver con los asuntos principales. Es
totalmente aceptable presentar a los niños, durante sus lecturas de la Biblia, cualquier
nuevo conocimiento que la investigación moderna ponga a nuestro alcance; de hecho,
cuanto más podamos ayudarlos de esta manera, más vívida y real será la enseñanza de la
Biblia para ellos. Pero hay otra gracia que los niños pueden recibir directamente de
nuestras manos, y es que no deben ser importunados con cuestiones de autenticidad en
sus lecturas bíblicas, como tampoco lo hacemos en sus lecturas de historia. Que escuchen
la historia del Jardín del Edén, por ejemplo, tal como está; de igual forma recibirán la
historia del hombre que fue a pescar y encontró una perla muy costosa; y esto, porque lo
que importa en ambas historias son las verdades esenciales que encarnan, y no los meros
accidentes de tiempo y lugar. Es concebible que la «perla de gran precio» fuera un tema de
conversación actual en aquel tiempo; un «hecho», por así decirlo, que nuestro Señor usó
como vehículo de una verdad esencial. Si lo creemos, las mentes de los niños están,
quizás, más preparadas que las nuestras para apropiarse de la verdad y lidiar con ella.
Poco a poco percibirán y descartarán, si es necesario, las circunstancias accidentales con
las que se viste la verdad; pero seamos muy cautelosos de nuestra propia acción.
Recordemos que ni nosotros ni los niños podemos soportar la blanca luz de la verdad
desnuda; y que si, por ejemplo, logramos destruir las ropas con que se viste la historia de
la primera caída—el árbol y su fruto, la serpiente tentadora, la mujer que cede—no
tenemos otra ropa a mano para las verdades fundamentales de responsabilidad, tentación,
pecado; las cuales, una vez descubiertas, y sin contar con ninguna prenda a la cual poder
aferrarnos, con seguridad las verdades mismas dejarán de estar a nuestro alcance.

Cuando enseñamos las narrativas bíblicas a los niños no necesitamos esforzarnos por
discriminar entre la verdad esencial y la verdad accidental, sino la verdad que interpreta
nuestras propias vidas y la que se refiere solo al tiempo, el lugar y las circunstancias
propias de la historia que está siendo leída. Los niños mismos discernirán y guardarán con
interés lo esencial, mientras que lo meramente accidental se escapará de su memoria tanto
como de la nuestra. Por lo tanto, que las mentes de los niños pequeños estén colmadas de
las hermosas narrativas del Antiguo Testamento y de los evangelios; poniendo especial
atención para que estas historias sean siempre frescas y placenteras para ellos, de manera
que la enseñanza de la Biblia no se torne en algo difícil de digerir mentalmente. Los niños
tienen mayor facilidad que nosotros de aburrirse, y muchas rebeliones se han generado
por el indebido uso y abuso de la Biblia, a tiempo y fuera de tiempo, incluso en las edades
tempranas infantiles. Pero no nos referimos aquí a la vida religiosa de los niños, sino su
educación a través de lecciones escolares; y sus lecciones escolares bíblicas deberían
ayudarles a darse cuenta desde el principio que el conocimiento de Dios es el
conocimiento principal y, por lo tanto, que sus lecciones bíblicas son sus principales
lecciones.

Método de las lecciones bíblicas. El método de dichas lecciones es muy simple. Lea en
voz alta a los niños algunos versículos que abarquen, si es posible, un episodio; lea con
reverencia, cuidado y con la expresión adecuada. Luego pida a los niños que narren lo que
hayan escuchado usando lo más que puedan las palabras de la Biblia; es curioso cuán
fácilmente ellos captan el ritmo de la majestuosa y sencilla Biblia. Luego, hable sobre la
narrativa con ellos a la luz de la investigación y la crítica. Que la enseñanza tanto moral
como espiritual llegue a ellos sin mucha aplicación personal. No conozco ninguna ayuda
mejor en la enseñanza de niños pequeños que la que se encuentra en la Bible for the Young
(https://www.amblesideonline.org/PatersonSmythBibleSchoolHome.shtml) (Biblia para la
juventud) de Canon Paterson Smyth. El Sr. Smyth incluye la crítica y la investigación
modernas, de modo que los niños que aprenden con estos pequeños manuales no se
sorprenderán cuando escuchen más tarde que el mundo no se hizo en seis días; y, al
mismo tiempo, tendrán plena seguridad de que el mundo fue hecho por Dios. La
enseñanza moral y espiritual en estos manuales es comprehensiva y convincente; es un
buen plan leer ocasionalmente en voz alta la lección del Sr. Smyth sobre el tema tratado,
después de que el pasaje de la Biblia haya sido narrado. Los niños están más preparados
para apropiarse de lecciones que no se han adaptado a ellos directamente; al mismo
tiempo que la maestra hace suya la enseñanza por el interés con el que lee, por las
imágenes y otras ilustraciones que muestra, y por sus comentarios durante la
conversación.

Ilustraciones visuales. Las imágenes en el Illustrated New Testament (Nuevo Testamento


ilustrado) son reverentes y reales al mismo tiempo, lo cual es una combinación inusual, y
los niños las disfrutan enormemente. Es bueno que tengan una copia no costosa del
evangelio que están leyendo, pero quizás debería protegerse (y honrarse) poniéndole una
buena cubierta bordada. Una Biblia maltratada y rotosa no es un espectáculo saludable
para los niños. La obra The Holy Gospels with Illustrations from the Old Masters [Los Santos
evangelios con ilustraciones de los antiguos maestros de la pintura] publicado por el S.P.C.K., es
admirable. El estudio de imágenes como están éstas reproducidas debería ser una parte
valiosa de la educación de un niño; no es poca cosa darse cuenta de cómo la Natividad y
la visita de los Reyes magos llenaron la imaginación de los antiguos maestros de la
pintura, y con qué reverencia y deleite sublimes se centraron en cada detalle de la historia
sagrada. Este tipo de impresión no se recibe con imágenes o ilustraciones modernas; y el
niño que recibe la impresión descrita al principio de su vida, tendrá un sustrato de
sentimiento reverente sobre el cual hará descansar su fe. Pero es bueno dejar que las
imágenes cuenten su propia historia. Los niños deben estudiar una imagen en silencio
durante unos minutos; y luego, cuando se quita la imagen, que digan lo que han visto en
ella. Se descubrirá que no han olvidado los detalles reverentes o emocionantes que el
artista incluyó en su obra.

[En español, es posible encontrar diversas biblias en buen lenguaje como Reina Valera de
1960, aunque quizás sea necesario encontrar material aparte para complementar la lectura
con imágenes reverentes.]

Las diversas publicaciones R.T.S. de la serie Bypaths of Bible Knowledge serán muy útiles
para el maestro, ya que ilustran la investigación moderna; en particular, Fresh Light from
Ancient Monuments, del profesor Sayce, y Dwellers on the Nile de Budge.

Recitaciones bíblicas. El aprendizaje de memoria de los pasajes bíblicos debe comenzar


cuando los niños son bastante pequeños, a los seis o siete años. Es una delicia tener la
memoria colmada de pasajes hermosos, reconfortantes e inspiradores, y no podemos decir
cuándo y cómo esta clase de semilla puede brotar, crecer y dar fruto; pero el aprendizaje
de la parábola del hijo pródigo, por ejemplo, no debe imponerse a los niños como una
carga. Se les debería leer toda la parábola de tal forma que se resalte su belleza y ternura; y
después, día a día, el maestro puede recitar un breve pasaje, tal vez dos o tres versículos,
repitiéndolo unas tres o cuatro veces hasta que los niños piensen que lo saben. Solo
entonces, y no antes, pueden recitar el pasaje. Al día siguiente, los niños recitarán lo que
ya se han aprendido, y así sucesivamente, hasta que puedan decir toda la parábola.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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XV. Aritmética

Valor educativo de la aritmética. Entre todas las áreas de estudios iniciales del niño, la
aritmética es quizás la más importante para él como un medio para la educación. El hecho
de que haga sumas tiene una importancia comparativamente pequeña; porque usar
aquellas funciones vitales para «sumar» es donde radica la gran parte de la educación;
tanto es así, que los promotores de las matemáticas y del lenguaje como instrumentos
educativos se han apropiado del campo equitativamente, hasta hace poco.

El valor práctico de la aritmética para las personas de todas las clases de vida es evidente;
pero donde menos se utiliza su estudio es en la vida práctica. El valor principal de la
aritmética, así como el de las matemáticas más avanzadas, radica en la instrucción de las
facultades de razonamiento y en los hábitos de perspicacia, prontitud, precisión y
veracidad intelectual que engendra. No hay ninguna otra asignatura en la que la buena
enseñanza impacte más, ni en la que la enseñanza descuidada produzca resultados más
dañinos. La multiplicación no produce la «respuesta correcta», por lo que el niño intenta
la división; que nuevamente falla, pero la resta puede sacarlo del pantano. Para él no
existe el debe ser; no logra ver que un proceso, y un solo proceso es el que puede darle el
resultado que necesita. Ahora bien, un niño que no sabe qué regla aplicar a un problema
simple intelectualmente a su alcance, se le ha enseñado mal desde el principio, aunque
pueda producir una serie de multiplicaciones o divisiones largas correctas.

Problemas al alcance del niño. ¿Cómo se logra dicho ejercicio de las facultades de
razonamiento, dicha percepción? Que el niño trabaje en pequeños problemas
comprensibles para él desde el principio, en lugar de operaciones ya creadas. La joven
institutriz se deleita en crear una noble «división larga»—953.783.465 ÷ 873—que llenará la
pizarra del niño y lo mantendrá ocupado durante una buena media hora; y cuando se
acaba el tiempo, y se acaba el niño también, hastiado del esfuerzo inútil, la operación no
está correcta después de todo: las dos últimas cifras del cociente son incorrectas y el resto
es erróneo. Pero él no puede volver a hacer la transacción, porque no se le debe desanimar
diciéndole que está mal; entonces, el veredicto es «casi correcto», un juicio inadmisible en
aritmética. Por el contrario, en lugar de esta laboriosa tarea, que no da lugar a ningún
esfuerzo mental, y durante la cual finalmente se pone a viajar por las nubes por pura falta
de atención, dígale:

«El señor Jones envió seiscientas siete manzanas y el señor Stevens ochocientas diecinueve
manzanas para repartirlas entre los veintisiete chicos de la escuela el lunes. ¿Cuántas
manzanas consiguió cada uno?»

Ante esta problemática, el niño debe hacerse ciertas preguntas: «¿Cuántas manzanas en
total? ¿Cómo lo sabré? Tendré que dividir las manzanas en veintisiete montones para
averiguar cuánto recibió cada niño». En otras palabras, el niño percibe qué reglas debe
aplicar para obtener la información requerida. Él está interesado; el trabajo avanza
rápidamente: la suma se realiza en poco tiempo, y probablemente sea correcta, porque la
atención del niño se ha concentrado en su trabajo. Se debe tener cuidado de dar al niño los
problemas que pueda abordar, pero que sean lo suficientemente difíciles como para se vea
obligado a realizar un pequeño esfuerzo mental.

Demuestre. Lo siguiente es demostrar todo lo que sea demostrable. El niño puede


aprender las tablas de multiplicar y hacer sustracciones sin tener ninguna percepción sobre
la lógica de ninguna de las dos; incluso puede llegar a ser un buen matemático, aplicando
adecuadamente las reglas, pero sin ver la razón de ellas, pero la aritmética se convierte en
un entrenamiento matemático elemental sólo en la medida en que el niño tenga clara la
razón detrás de cada proceso. 2+2=4, es un hecho evidente que admite poca demostración;
pero 4×7=28 puede comprobarse.

Ejemplo: El niño tiene una bolsa de frijoles; crea cuatro filas con siete frijoles uno al lado
del otro; suma las filas, así: 7 y 7 son 14, y 7 son 21, y 7 son 28; ¿cuántos sietes hay en 28? 4.
Por lo tanto, es correcto decir 4×7=28; y el niño ve que la multiplicación es solo una forma
corta de realizar adición.

En todas las primeras lecciones de aritmética debiera usarse una bolsa de frijoles, botones
o fichas, que el niño puede utilizar libremente para sus ejercicios; inclusive debiera sumar,
restar, multiplicar y dividir mentalmente, sin la ayuda de botones o frijoles, antes de «haga
sumas» por escrito en su pizarra.

Él puede organizar una tabla de adición con sus frijoles, así:

00 0 = 3 frijoles

00 00 =4“

00 000 =5“

y ejercitarse con ella hasta que pueda decir, primero sin contar, y luego sin mirar los
frijoles, que 2+7=9, etc.

Lo mismo, con 3, 4, 5 y cada uno de los dígitos: a medida que aprende cada línea de su
tabla de adición, ejercita con objetos imaginarios, como: «4 manzanas más 9 manzanas»,
«4 nueces más 6 nueces», etc.; y, por último, con números abstractos: 6+5, 6+8.

Se trabaja una tabla de sustracción simultáneamente en la tabla de adición. A medida que


calcula cada línea de sumas, usa los mismos recursos, solo quitando un frijol, o dos
frijoles, en lugar de sumar, hasta que pueda responder con bastante facilidad, ¿cuánto es 7
menos 2? ¿5 menos 2? Después de trabajar sobre cada línea de suma o resta, puede
escribirla en su pizarra con los signos adecuados, si es que ya ha aprendido a escribir las
cifras. Se verá que se requiere un esfuerzo mental mucho mayor de parte del niño para
captar la idea de la resta que de la suma, y la maestra deberá contentarse con ir
lentamente: cuatro dedos menos uno, tres nueces menos una, y así sucesivamente, hasta
que comprenda lo que se le pide.
Cuando el niño puede sumar y restar números con bastante libertad hasta el veinte, las
tablas de multiplicación y división se pueden resolver con frijoles, hasta 6×12; o sea, «dos
veces 6 son 12» se calcula mediante dos filas de frijoles, con seis frijoles en cada una.

Cuando el niño puede decir fácilmente, y sin siquiera mirar sus frijoles, 2×8=16, 2×7=14,
etc., tomará 4, 6, 8, 10, 12 frijoles y los dividirá en grupos de dos: entonces, ¿cuántos 2 hay
en el 10, el 12, el 20? Y así sucesivamente con cada línea de la tabla de multiplicar que esté
calculando.

Problemas. Ahora el niño está listo para abordar problemas más ambiciosos como: «Un
niño tenía el doble de diez manzanas; ¿cuántos montones de 4 puede hacer?» Podrá
trabajar con números variados, como 7+5-3. Si debe usar los frijoles para obtener la
respuesta, que lo haga; pero anímelo a trabajar con frijoles imaginarios, como un paso hacia
el cálculo con números abstractos. La enseñanza cuidadosamente graduada y el esfuerzo
mental diario por parte del niño en esta etapa temprana pueden ser los medios para
desarrollar el poder matemático real y ciertamente promoverán los hábitos de
concentración y esfuerzo de la mente.

Notación matemática. Cuando el niño sea capaz de trabajar con bastante libertad con los
números pequeños, debe enfrentar una seria dificultad, de cuyo total dominio dependerá
su comprensión de la aritmética como ciencia; es decir, dependerá el valor educativo de
todas las operaciones que pueda hacer en adelante. Deberá comprender el sistema de
notación. En este punto, tanto como en los anteriores, es mejor empezar con lo concreto:
que el niño comprenda la idea de diez unidades en una decena después de que haya
dominado la idea más fácilmente demostrable de doce peniques en un chelín [o de doce
huevos en una caja de docena].

[A continuación, se ha traducido con la lógica del dinero inglés de principios del siglo XX,
pero usted puede aplicar la lógica del dinero de su país manteniendo los conceptos
descritos.] Con un montón de unas cincuenta monedas de diez centavos, señale el
inconveniente de llevar un dinero tan pesado a las tiendas cuando se puede llevar dinero
más ligero, o sea, chelines [que valían 20 centavos]. ¿Cuántos centavos vale un chelín?
Entonces, ¿cuántos chelines tendría por sus cincuenta centavos? Los divide en montones
de doce y descubre que tiene cuatro montones iguales, y dos centavos de más; es decir,
cincuenta peniques son (o valen) cuatro chelines y dos peniques. Yo puedo comprar diez
libras de galletas a cinco peniques la libra; cuestan cincuenta peniques, pero el tendero me
cobra 4 chelines, y 2 peniques; enséñele al niño cómo escribirlo: los centavos, que valen
menos, a la derecha; los chelines, que valen más, a la izquierda.

Cuando el niño sea capaz de trabajar libremente con chelines y peniques, y comprenda
que 2 en la columna de la derecha es peniques, y 2 en la columna de la izquierda es
chelines, preséntele la noción de las decenas y las unidades, avanzando muy
gradualmente. Cuéntele de los pueblos primitivos que sólo pueden contar hasta cinco,
quienes dicen «cinco-cinco bestias en el bosque», «cinco-cinco peces en el río», cuando
desean expresar un número inmenso. Pero podemos contar tanto que podríamos contar
todo el día durante años sin llegar al final de los números que pueden nombrarse; aunque,
después de todo, tenemos muy pocos números con los cuales contar y muy pocos dígitos
con los cuales expresarlos. Tenemos sólo nueve dígitos y un cero: tomamos el primer
dígito y el cero para expresar otro número, el diez; pero después de eso debemos
comenzar de nuevo hasta que obtengamos dos decenas, y hacemos lo mismo,
nuevamente, hasta llegar a tres decenas, y así sucesivamente. A las dos decenas las
denominamos veinte; a las tres decenas, treinta, porque «ta» significa diez. Pero si miro la
cifra 4, ¿cómo puedo saber si significa cuatro decenas o cuatro unidades? De una manera
muy simple. Las decenas tienen un lugar propio; si ve la cifra 6 en el lugar de las decenas,
sabrá que significa sesenta. Las decenas siempre se colocan detrás [a la izquierda] de las
unidades: cuando vea dos cifras una al lado de la otra, así: «55», la cifra de la izquierda
representa las decenas; en otras palabras, el segundo 5 representa diez veces lo que
representa el primero.

Que el niño trabaje con decenas y unidades hasta que haya dominado la idea del valor
que equivale a diez veces la segunda cifra de la izquierda, y se reirá de la locura de
escribir 7 en la segunda columna, sabiendo que así se convierte en setenta. Solo entonces
está listo para el mismo tipo de ejercicio en centenas, captando la nueva idea fácilmente si
ha comprendido claramente el principio de que cada remoción a la izquierda significa un
aumento de diez veces en el valor de un número. Mientras tanto, no lo ponga a hacer
operaciones; que tampoco trabaje nunca con cifras cuya notación no conozca, y cuando
llegue a «llevar» en una suma o multiplicación, no diga que lleva «dos» o «tres», sino «dos
​decenas», o «trescientos», según sea el caso.

Pesar y medir. Si el niño no consigue consolidar el fundamento en esta etapa, su trabajo en


aritmética seguirá adelante basado en generalidades. Siguiendo el mismo principio, déjelo
aprender los «pesos y medidas» midiendo y pesando; que tenga balanzas y pesos, arena o
arroz, papel y cordeles, y que haga paquetes en forma perfecta, en onzas, en libras, etc.
[kilos, etc] , y los pese. Los paquetes, aunque no son aritméticos, son educativos, y permiten
un considerable ejercicio de juicio, así como de pulcritud, destreza y rapidez. De la misma
manera, que el niño trabaje con reglas y cintas o huinchas para medir pies y yardas
[centímetros, metros, etc.], y que prepare sus propias tablas de medidas. Que no sólo mida
y pese todo lo que tenga a mano y que pueda medirse, sino que también utilice su juicio
en cuestiones de medida y peso. ¿Cuántas yardas mide el mantel? ¿Cuántos pies de largo
y ancho mide un mapa o una imagen? ¿Cuánto supone él que pesa un libro que se enviará
por correo postal? El tipo de preparación que se obtiene así tiene valor en los asuntos de la
vida y debe cultivarse en el niño, aunque fuera esa la única razón. Mientras él se dedica a
medir y pesar cantidades concretas, el estudiante está preparado para asimilar su primera
idea de una «fracción», media libra, un cuarto de yarda, etc.

La aritmética como medio de instrucción. La aritmética es valiosa como medio para


educar a los niños en hábitos de estricta precisión, pero es digna de admiración la
inventiva en que consiste esta ciencia exacta y que tiende a fomentar hábitos mentales
descuidados, un desprecio de la verdad y la honestidad común a las personas. Todo lo que
se permite en la lección de aritmética y que un mal maestro utiliza como copiar, inducir,
decir, ayudar ante las dificultades, trabajar con vista hacia la respuesta que el niño conoce,
todo esto es suficiente para viciar a cualquier niño; e igual de dañino es el hábito de
permitir que una suma esté casi correcta, decir que solo hay dos dígitos incorrectos, etc, y
dejar que el niño haga el ejercicio de nuevo. Una operación debe
pronunciarse correcta o incorrecta, es imposible que pueda ser algo intermedio. Lo que
está incorrecto debe permanecer incorrecto: que el niño no adquiera la idea de que lo
incorrecto puede resolverse y llegar a ser correcto. El niño tiene la esperanza del futuro
frente a él: quizás la próxima operación la haga bien, y la maestra sabia se encargará de
asegurarse de así ocurra, y de que comience con una nueva esperanza. Pero la operación
incorrecta debe abandonarse. En consecuencia, su progreso debe graduarse con mucho
cuidado; pero no otra asignatura en la que la maestra se deleite más sabiendo que día a
día extrae una nueva facultad en el niño. No le ofrezca una muleta: él debe avanzar con
sus propias facultades. Déle operaciones breves, en palabras más que en cifras, y
provoque en él el entusiasmo producido por la atención concentrada y el trabajo rápido;
que la lección de aritmética sea para el niño un ejercicio diario de pensamiento claro y
ejecución rápida y cuidadosa, y su crecimiento mental será tan obvio como el brote de las
plántulas en primavera.

El método de ABC Arithmetic. En lugar de profundizar en el tema de la enseñanza de la


aritmética elemental, quisiera remitir al lector al ABC Arithmetic de Sonnenschein & Nesbit
(https://iiif.lib.harvard.edu/manifests/view/drs:420092062$5i). Los autores encontraron
su método a partir del siguiente pasaje de la obra Sistema de lógica de John Stuart Mill:

«Las verdades fundamentales de esta ciencia (del número) reposan todas sobre el
testimonio de los sentidos. Se las prueba haciendo ver y tocar que un número dado de
objetos, diez bolas por ejemplo, pueden, separadas y arregladas diversamente, ofrecer a
nuestros sentidos todos los grupos de números cuyo total es igual a diez. Todos los
métodos perfeccionados de la enseñanza de la aritmética a los niños proceden del
conocimiento de este hecho. Cuando se desea hoy poner el espíritu del niño en
condiciones de aprender la aritmética, todo el que desee enseñar números y no meras
cifras, enseña, por la evidencia de los sentidos, en la forma que hemos descrito».

Aquí es donde quizás podamos descubrir una única fuente de debilidad en un manual de
gran excelencia. Es muy cierto que todas las verdades fundamentales de la ciencia de los
números descansan en la evidencia de los sentidos; pero, después de haber usado los ojos
y los dedos en diez o veinte bolas, en diez nueces, u hojas, u ovejas, o lo que fuera, el niño
ha formado la asociación de un número dado con objetos, y es capaz de concebir la
asociación de varios otros números con objetos. De hecho, comienza a pensar en números y
no en objetos, es decir, comienza las matemáticas. Por lo tanto, me inclino a pensar que un
elaborado sistema de tablillas, cubos, etc., en lugar de decenas, centenas, y miles, yerra al
obstruir la mente del niño con demasiada enseñanza, y al hacer que la ilustración
adquiera un lugar más prominente que la cosa ilustrada.

Por el contrario, frijoles, dominó, figuras gráficas dibujadas en el pizarrón, etc., son útiles
para el niño cuando le sea necesario concebir un gran número con uno pequeño; pero ver
el símbolo de los grandes números y trabajar con dicho símbolo son cosas completamente
diferentes.

Con la insignificante excepción mencionada, que no interfiere en absoluto con el uso de


los libros, nada puede ser más placentero que el análisis cuidadoso de los números y la
hermosa graduación del esfuerzo, «introduciendo mentalmente solo una dificultad a la
vez». Solo escritores que simpatizaran con los niños podrían haber inventado tales
ejemplos y pequeños problemas. Aconsejo a quienes estén interesados en la enseñanza de
la aritmética que consulten el artículo del Sr. Sonnenschein sobre «La enseñanza de la
aritmética en las escuelas primarias
(https://archive.org/details/scienceandartar00sonngoog/page/n14/mode/2up)», en
uno de los volúmenes publicados por la Junta de Educación.

Preparación para las matemáticas. En los años cuarenta y cincuenta [del siglo XIX],
comúnmente se sostenía que al exponer a los niños de forma continua los signos externos
y visibles (las formas y las figuras geométricas) engendraría la gracia interior y espiritual
del genio matemático o, por lo menos, una inclinación a las matemáticas. Pero cuando los
pedagogos de entonces daban a los niños cajas de «formas» y de cubos, hexágonos,
pentágonos, etc, usando cada espacio disponible del aula, olvidaban la inmensa capacidad
de aburrimiento que nos es común a todos, y que está mucho más desarrollada en los
niños que en las personas adultas. En este sentido, los objetos que nos aburren, o las
personas que nos aburren, parecen ocupar un lugar insípido en la mente, y el pensamiento
se aparta de ellos con enfermiza aversión. Dickens nos demuestra tal pathos en el aula de
los pequeños Gradgrind, que contenía una abundante cantidad de objetos de contorno
inflexible, pero Ruskin expone la falacia con mayor genio. Sin duda, las formas
geométricas abundan—armazones cuyas cubiertas son la belleza viva, tanto en contorno y
en gesto, que se encuentra en las colinas y en las plantas; armazón que es hermosa y
maravillosa para la mente cuando ésta ya ha entrado en los portales de la geometría, pero
a los niños no se les debe presentar el armazón, sino las formas vivientes que visten al
armazón. Además, ¿acaso familiarizar el ojo del niño con patrones hechos por el compás
con la esperanza de que la forma engendre la idea no es un método inverso? Para la
persona novata, quizás la regla sea que la idea debe engendrar la forma, pero solo los
iniciados reciben sugerencias de ideas a partir de una forma. Por el contrario, no creo que
una preparación directa para las matemáticas sea deseable. Aquel niño al que se le ha
permitido pensar y al que no se le ha obligado a abarrotarse de conocimiento, recibe con
deleite el nuevo estudio cuando llega el momento oportuno para el mismo. La razón por
la que las matemáticas son una gran área de estudio es porque existe en la mente normal
una afinidad y una capacidad para este estudio; y cuando se la trabaja en demasía, ya sea
en cuanto a enseñanza o a preparación, se tiende, creo, a borrar el impacto de esta forma
de interés intelectual.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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XVI. Ciencias naturales


Un fundamento en hechos. En lo que concierne a la enseñanza de las ciencias naturales
[o filosofía natural, en el original], sólo recordaré al lector lo que se dijo en un capítulo
anterior: la parte más importante de la educación de un niño consiste en que él mismo, a
través de la observación propia que él haga, establezca un amplio fundamento
de datos que enriquezcan el conocimiento científico del futuro. Por esto, cada día él
debiera pasar horas al aire libre y, en la medida de lo posible, en el campo; mirando,
tocando y escuchando; tener la capacidad de observar, conscientemente, cada
peculiaridad de hábito o estructura, en las bestias, los pájaros o los insectos; cómo crece y
fructifica cada planta. Debe estar acostumbrado a preguntar por qué: ¿por qué sopla el
viento? ¿por qué fluye el río? ¿por qué es pegajoso el brote de una hoja? No se apresure
usted a responder sus preguntas, sino déjelo que piense en las dificultades que encuentra
hasta donde lo lleve su pequeña experiencia. Sobre todo, cuando usted venga a su rescate,
que no sea en la típica fórmula «directo al meollo» como lo haría un libro de texto sin
valor; sino dele toda la información disponible, y descubrirá que en muchas cuestiones
científicas el niño puede llegar de inmediato al nivel del pensamiento moderno. No lo
avergüence dándole demasiada nomenclatura científica. Si él descubre por sí mismo
(ayudado, quizás, por una o dos preguntas guías), al comparar a una ostra con su gato,
que algunos animales tienen columna vertebral y otros no, es de menor importancia que
aprenda los términos vertebrado e invertebrado en relación con que pueda clasificar en
función esta diferencia los animales que conoce.

Ojos y sin ojos. El método de este tipo de instrucción se ha ilustrado en Evenings at


Home [revista creada por John Aiken, hermano de la escritora Anna Barbauld], en la cual
se cuenta que «Ojos y Sin-ojos» salen a caminar [historia original disponible en línea
(https://www.gutenberg.org/files/63850/63850-h/63850-h.htm)]. Sin-ojos vuelve a casa
aburrido; no ha visto nada, no le ha interesado nada. Por el contrario, Ojos está ansioso
por conversar sobre un centenar de cosas que ha encontrado interesantes. Tal como ya lo
he señalado, está en la naturaleza del niño obtener este tipo de instrucción por sí mismo; la
tarea de los padres es brindarle abundantes y variadas oportunidades, y dirigir sus
observaciones, de modo que, conociendo poco de los principios de la clasificación
científica, está inconscientemente apropiándose de los materiales para tal clasificación. Es
innecesario repetir lo que ya se ha dicho sobre este tema; pero, de hecho, el futuro del
hombre o de la mujer depende en gran medida del acervo de conocimiento real
acumulado y de los hábitos de observación inteligente adquiridos por el niño. Herbert
Spencer pregunta: «¿Usted cree que la roca redondeada marcada de rayas paralelas evoca
tanta poesía en una mente ignorante como en la mente del geólogo, que sabe que sobre
esta roca se deslizó un glaciar hace un millón de años? La verdad es que aquellos que
nunca han emprendido un camino científico están ciegos a la mayor parte de la poesía que
los rodea. Quien en su juventud no recolectó plantas e insectos, no conoce ni la mitad del
halo de interés que pueden llegar a poseer los caminos y los vallados».

Principios. A este respecto, me gustaría recomendar The Sciences


(https://archive.org/details/sciencesreadingb00holdrich), de Edward Holden, un libro
escolar de mi preferencia y por el cual Estados Unidos sienta precedente. The Sciences [las
ciencias] es un título imponente, pero desde la era de Scientific Dialogues
(https://archive.org/details/scientificdialog00joyc/mode/2up) [diálogos científicos] de
Jeremiah Joyce no me he encontrado con nada similar que tenga un acercamiento tan
apropiado a la mente sensible e inteligente de un niño. The Sciences es lo que podemos
llamar un libro de «primera mano»: el conocimiento se ha adquirido por supuesto en su
totalidad; pero luego se ha asimilado, y el Sr. Holden escribe libremente a partir de su
propio conocimiento tanto del tema en cuestión como de sus lectores. La obra adopta la
forma de las conversaciones entre niños—conversaciones sencillas sin relleno. Se tratan
unos trescientos temas, como las dunas de arena, los glaciares, la ciudad Herculano, los
arrastres, los huracanes, los ecos, el prisma, la campana de inmersión (en buceo), la Vía
Láctea, entre muchísimos otros por mencionar. Pero la asombrosa habilidad del autor se
demuestra en el hecho de que no hay nada rudimentario ni apresurado al abordar ningún
tema, sino que cada uno se acomoda natural y fácilmente a un principio que se demuestra.
Se incluyen muchos experimentos sencillos, que el autor insiste en que realicen los propios
niños. Me atrevo a citar del singularmente sabio prefacio, una especie de manual para los
maestros:

«El objeto del presente volumen es presentar capítulos para la lectura en la escuela o en el
hogar que ampliarán considerablemente la perspectiva de los escolares estadounidenses
en el dominio de la ciencia y de las aplicaciones de la ciencia a las artes y a la vida diaria.
En ningún sentido es un libro de texto, aunque en él se establezcan los principios
fundamentales que subyacen a las ciencias abordadas; por el contrario, su principal
objetivo es ayudar al niño a comprender el mundo material que lo rodea».

Que los niños lo comprendan. «Todos los fenómenos naturales están ordenados; se rigen
por una ley; no son mágicos. Alguien los comprende; ¿por qué no podría el niño mismo?
No es posible explicar cada detalle de una locomotora a un joven alumno, pero es
perfectamente factible explicar sus principios para que esta máquina, como otras, se
convierta en un mero caso especial de ciertas leyes generales bien entendidas. El plan
general del libro es despertar la imaginación; transmitir conocimientos útiles; abrir las
puertas hacia la sabiduría. Su objetivo especial es estimular la observación y despertar un
interés vivo y duradero en el mundo que se encuentra a nuestro alrededor».

«Las ciencias de la astronomía, la física, la química, la meteorología y la geografía física se


abordan de manera tan completa y profunda como lo permiten las condiciones; y las
lecciones que ellas enseñan se refuerzan con ejemplos tomados de cosas familiares e
importantes. En astronomía, por ejemplo, se hace hincapié en los fenómenos que el niño
puede observar por sí mismo, y se le instruye cómo hacerlo. Se explica con palabras
sencillas la aparición y desaparición de las estrellas, las fases de la luna, los usos del
telescopio. El misterio de estos y otros temas no es mágico, como supone el niño en un
principio; se dirige su atención a misterios más profundos ante estos hechos, y los meros
fenómenos se tratan como casos especiales de leyes muy generales. Se sigue el mismo
proceso al exponer las demás ciencias».

«Los fenómenos familiares, como los del vapor, de las sombras, del reflejo de la luz, de los
instrumentos musicales, de los ecos, etc., se redirigen hacia sus causas fundamentales.
Para cuando se desee realizar experimentos sencillos, éstos se describen e ilustran
completamente, y todos pueden repetirse en el aula sin problema… El volumen es el
resultado de una creencia sincera de que se puede hacer mucho para ayudar a los niños
pequeños a comprender el mundo material en el que viven, y del deseo de participar en
un trabajo tan valioso».

No puedo dejar de citar tampoco a este respecto un artículo del reverendo H. H. Moore
[en Parents Review, abril 1904]
(https://www.amblesideonline.org/PR/PR15p000ForgottenPioneer.shtml) que trata
sobre un pionero olvidado de la educación racional y su experimento. Este pionero fue el
reverendo Richard Dawes, en un tiempo rector de la parroquia de Kings Somborne,
Hampshire, quien, en 1841, resolvió el problema de la educación racional en una aldea
agrícola, donde descrubió una población inusualmente ignorante y degradada. Toda la
historia es de gran interés, pero lo que nos concierne es la cuestión de la filosofía natural,
el elemento principal de la enseñanza impartida en esta escuela.

Enseñanza en una escuela rural. El Sr. Dawes explicó así su objetivo: «Me propuse
enseñar lo que sería provechoso e interesante para personas en la posición de vida a la
cual probablemente los niños llegarían a estar en el futuro. Me propuse que aprendieran lo
que podría llamarse la filosofía de las cosas comunes de la vida cotidiana; se les mostró
cuánto hay de interesante, y qué les beneficia conocer, en relación con los objetos naturales
con los cuales están familiarizados; se les explicó y se familiarizaron con los principios de
una variedad de fenómenos naturales, así como con los principios y la construcción de
varios instrumentos de utilidad. Se le dio un giro práctico a todo; nunca se perdieron de
vista los usos y frutos de los conocimientos que iban adquiriendo». Una lista de algunos
de los temas incluidos en este tipo de enseñanza será el mejor comentario sobre el plan del
Sr. Dawes:

«Algunas de las propiedades del aire, explicando cómo su presión les permite bombear
agua, divertirse con chorros y pistolas, aspirar agua con una pajita; explicando también los
principios y la construcción de un barómetro, la bomba común, la campana de buceo, un
par de fuelles. El aire se expande por el calor, lo que se demuestra colocando una vejiga
medio inflada cerca del fuego, cuando desaparecen las arrugas. Por qué el humo de la
chimenea a veces se eleva fácilmente en el aire, y a veces no. Por qué hay una corriente de
aire por la chimenea, y debajo de la puerta, y hacia el fuego. El aire como vehículo de
sonido, y por qué se ve el destello de un arma distante disparada antes de que se escuche
la descarga; cómo calcular la distancia de una tormenta eléctrica; la diferencia en la
velocidad a la que diferentes materiales conducen el sonido. El agua y sus propiedades, su
estado sólido, fluido y vaporoso; por qué las tuberías de agua se revientan con la escarcha;
por qué el hielo se forma y flota en la superficie de los estanques y no en el fondo; por qué
salta la tapa de la tetera cuando el agua está hirviendo en el fuego; los usos de la energía
del vapor; la evolución gradual de la máquina de vapor, mostrada por modelos y
diagramas; cómo se seca la ropa y por qué sienten frío cuando están sentados con ropa
húmeda; por qué una cama húmeda es tan peligrosa; por qué un cuerpo flota en el agua y
otro se hunde; las diferentes densidades del agua de mar y del agua dulce; por qué, al
entrar en la escuela en una mañana fría, a veces ven una cantidad de agua en el vidrio de
la ventana, y por qué está por dentro y no por fuera; por qué, en un día helado, se puede
ver el aliento como vapor; las sustancias que el agua retiene en solución y cómo el agua
potable se ve afectada por el tipo de suelo a través del cual ha pasado. El rocío, su valor y
las condiciones necesarias para su formación; colocando porciones iguales de lana seca
sobre grava, vidrio y hierba, y pesándolas a la mañana siguiente. El calor y sus
propiedades; cómo es que el herrero puede colocar aros de hierro tan firmemente en las
ruedas de carretas y carretillas; qué precauciones deben tomarse al colocar los rieles de
hierro de los ferrocarriles y al construir puentes de hierro, etc.; qué materiales son buenos
conductores del calor y cuáles son malos; por qué a la misma temperatura algunos se
sienten más fríos a nuestro tacto que otros; por qué un vaso a veces se rompe cuando se
vierte agua caliente en él, y si es más propenso a romperse el vidrio grueso o el delgado;
por qué se puede hacer hervir agua en un vaso de papel o en una cáscara de huevo sin
que se queme. Los metales, sus fuentes, propiedades y usos; modo de separación de los
minerales. La luz y sus propiedades, luz ilustrada por prismas, etc.; adaptación del ojo;
causas de la miopía y la hipermetropía. Los principios mecánicos de las herramientas más
utilizadas como la pala, el arado, el hacha, la palanca, etc.»

«Puede sorprender a algunos de quienes lean atentamente la lista previa que tales
materias se hayan enseñado a niños de una escuela primaria rural, pero es un hecho
innegable que así se enseñaron en la escuela Kings Somborne, y con tanto éxito que los
niños se interesaron y se beneficiaron de la enseñanza. El Sr. Dawes, en respuesta a la
objeción de que tales temas están fuera de la comprensión de los niños, declaró: “La marca
distintiva de las leyes de la Naturaleza es su extrema simplicidad. Sin duda, puede que se
requiera de un intelecto elevado para descubrir estas leyes; sin embargo, una vez
desarrollado el mismo, un niño puede comprenderlas; en resumen, los principios de la
filosofía natural son los principios del sentido común, y si se enseñan de una manera
sencilla y con sentido común, los niños los comprenderán rápidamente y los aprenderán
con entusiasmo; y se descubrirá que incluso con alumnos de diez a doce años de edad se
puede hacer mucho para formar hábitos de observación e indagación”. Tal hecho, creo,
indica algunas lecciones prácticas valiosas para aquellos que tienen la responsabilidad de
decidir qué materias incluir en un sistema educativo para niños».

Al leer acerca de este notable experimento, sentimos que debemos encontrar de inmediato
un hombre, bien informado como el difunto Dean Dawes, para que enseñe a nuestro
propio Pedrito y Anita; pero vale la pena darnos cuenta de lo que nuestros pequeños
deberían saber, y, a este respecto, el Sr. Holden ha hecho mucho por nosotros. Algunos de
los capítulos de The Sciences pueden ser incomprensibles para niños menores de nueve
años, pero una buena parte de la obra podrán llegar a dominar. Una cosa hay que tener en
cuenta: nada debe hacerse sin su debido experimento. Por cierto, nuestro viejo
amigo, Scientific Dialogues de Joyce, si es que todavía está disponible, describe una gran
cantidad de experimentos fáciles e interesantes que los niños pueden hacer por sí mismos.

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XVII. Geografía

Creo que la geografía es una asignatura de gran valor educativo; aunque no sea gracias a
proveer medios para una formación científica. Claro está que la geografía presenta sus
problemas de lo más interesantes, y proporciona materiales para la clasificación; pero es
sólo la geografía física la que se puede definir como ciencia, e incluso ella es más bien un
compendio de los resultados de varias ciencias más que una ciencia misma. Así, el
peculiar valor de la geografía radica en lo apta que es para nutrir la mente con ideas y
proporcionar imágenes a la imaginación, allí radica el valor educativo de la geografía.

Cómo se enseña comúnmente. Ahora bien, ¿cómo se enseña comúnmente esta


asignatura? El niño aprende los nombres de las capitales de Europa, o de los ríos de
Inglaterra, o de las cumbres de las montañas de Escocia, a partir de algún lamentable libro
de texto, considerando la longitud en millas, la altura en pies, y aprende de la población
ya sea encontrando los nombres en su mapa o no, según su maestra esté más o menos a la
altura de su trabajo. ¡Pobrecito! La lección es un gran esfuerzo para el pequeño; pero en lo
que respecta a educación—es decir, el desarrollo de las capacidades, el equipamiento de la
mente—el niño estaría mejor ocupado si estuviera observando el progreso de una mosca a
través del cristal de la ventana. Pero, algunos dirán que la geografía tiene otro uso que
sobrepasa aquél estrictamente educativo; todos desean el tipo de información que puede
entregar la lección de geografía. Eso es cierto, y debe tenerse en cuenta en el aula; la
lección de geografía del niño debe proporcionar exactamente el tipo de información que
las personas adultas quieren poseer. Ahora, le ruego reflexionar cuán irrazonables somos
en torno a este tema; nada nos convencerá de leer un libro de viajes a menos que sea
interesante, gráfico, adornado con alguna aventura personal. Incluso cuando estamos
usando Murray [reconocidas guías de viaje de la época victoriana], nos saltamos los datos
y las cifras y leemos los atractivos fragmentos pictóricos; porque este es el tipo de cosas
que nos gusta saber y recordar con facilidad. Pero la educación tradicional se preocupa de
que el niño no reciba nada de esta agradable comida de refuerzo; que no vaya a acceder a
pequeñas frases gráficas con las que pueda soñar; por el contrario, se le da datos, nombres
y cifras: ¡éstos son el pábulo con que tristemente se le alimenta!

La geografía debería ser interesante. Pero, usted dice, este tipo de conocimiento, aunque
cueste al niño un esfuerzo adquirirlo, es útil en la vida futura. Nada de ello lo es; y por
esta razón es que nunca lo ha recibido el cerebro en realidad; nunca ha ido más allá de la
nebulosa flotante que es la mera memoria verbal que ya he mencionado antes. La mayoría
de nosotros hemos pasado por bastante laboriosidad penosa durante lo que se entiende
como lecciones de «geografía», pero ¿cuánto recordamos? Solo los fragmentos agradables
que escuchamos de amigos que han viajado, sobre el Rin, París o Venecia, o fragmentos de
«Los viajes del capitán Cook», u otras historias amenas de viajes y aventuras. Aquí
empezamos a ver los lineamientos que debemos seguir al enseñar geografía: para los
propósitos educativos, el niño debe aprender tal geografía, y de tal manera, que su mente
se llene de ideas, su imaginación de imágenes; a efectos prácticos, debe aprender la
geografía sólo en la medida en que, considerando la naturaleza de su mente, pueda
recordar; en otras palabras, debe aprender lo que le interesa. Lo educativo y lo práctico van
a la par, y la lección de geografía se convierte en la ocupación más encantadora del día del
niño.

Cómo empezar. Pero, ¿cómo empezar? En primer lugar, el niño adquiere sus nociones
rudimentarias de geografía tal como adquiere sus primeras nociones de ciencias naturales,
en esas largas horas al aire libre cuya importancia ya hemos abordado. Un estanque que se
ha formado por una simple hendidura en los campos explicará la naturaleza de un lago,
llevará al niño a los hermosos lagos de los Alpes, al gran lago africano de Livingstone, en
el que se deleitó al ver a sus hijos remando. Así surgirá una abundante y amena charla
sobre lugares, una «geografía pictórica», hasta que el niño conozca por nombre y
naturaleza los grandes ríos y montañas, desiertos y llanuras, las ciudades y países del
mundo. Al mismo tiempo, adquiere las primeras nociones de un mapa a partir de un
burdo boceto, unas pocas líneas y puntos, en lápiz y papel, o, mejor aún, con un palo en la
arena o la grava. Se puede decir, por ejemplo: «Esta línea torcida es el Rin; pero debes
imaginar las balsas, y la isla con la Torre del Ratón, y la Isla de las Monjas, y lo demás.
Aquí están los cerros, con sus castillos en ruinas—ahora por este lado, y ahora por el otro.
Este punto es la ciudad de Colonia». Especialmente, tenga estas conversaciones sobre
todos los paisajes e intereses con los que usted esté familiarizado, de modo que, poco a
poco, cuando el niño mire el mapa de su país, encuentre una veintena de nombres
familiares que le sugieren paisajes —lugares donde «mi madre ha estado»— los islotes
boscosos y floridos de algún río; las suaves colinas de un condado, excelentes para correr
y revolcarse, con esa suave alfombra de hierba y campanillas que se balancean; los
páramos de una región determinada, con arándanos y brezos —no olvidando siempre
darle un bosquejo aproximado de la ruta que tomaron en un viaje determinado.

Pasos siguientes. A continuación, dele un conocimiento íntimo, con los detalles más
completos, de cualquier país o región del mundo, de un condado o distrito de su propio
país. No es necesario que aprenda en esta etapa lo que se denomina la «geografía» de los
países del continente, de los continentes del mundo; todo lo cual constituye, en su mayor
parte, meras listas de nombres: puede aprenderlos, pero con bastante seguridad no los
recordará. No obstante, que el niño se sienta en casa en cualquier región determinada; que
él vea, con el ojo de su imaginación, a la gente en su trabajo y en sus aficiones, las flores y
los frutos en sus estaciones, los animales, cada uno en su hábitat; con una mirada compasiva
y afín, es decir, que siga las aventuras de un viajero; de esta manera, sabrá más, y estará
mejor dotado de ideas que si hubiera aprendido todos los nombres de todos los mapas
que existen. El «cómo» de este tipo de enseñanza es muy simple y obvio; léale
directamente, o lea usted para contarle a él después; leyendo de a poco, y narre lo que
usted lee, obras como The Tropical World
(https://archive.org/details/in.ernet.dli.2015.222395/mode/2up) de Hartwig, The Polar
World (https://archive.org/details/polarworldpopula00hart) del mismo autor, Missionary
Travels and Researches in South Africa
(https://archive.org/details/in.ernet.dli.2015.70792/page/n17/mode/2up) [Viajes y
exploraciones en el África del Sur] del misionero David Livingstone, Unbeaten Tracks in
Japan (https://archive.org/details/unbeatentracksin00bird) de la señora Bishop; en suma,
cualquier libro de viajes que sea interesante y esté bien escrito. Puede que sea necesario
dejar mucho de lado, pero cada anécdota ilustrativa, y cada descripción, son muy
importantes para la educación del niño. Aquí, como en otros lugares, la pregunta no es
cuántas cosas sabe, sino cuánto sabe acerca de cada cosa.

[Otras obras interesantes en español para las clases de geografía podrían ser: De Bogotá al
Atlántico de Santiago Pérez Triana; los diarios de residencia en Chile de María Graham;
Breviario del Nuevo Mundo de Alejandro de Humboldt (Colombia, Ecuador, Perú y
México); y Geografía del mundo de un niño de V.M Hillyer, entre otros]

Mapas. Los mapas deben utilizarse con cuidado en este tipo de trabajos, estamos
hablando del boceto de un mapa de la jornada de un viajero, que se compare al final con
un mapa completo de la región; donde el maestro logre conseguir una descripción de tal
ciudad o tal distrito marcado en el mapa, a modo de prueba y confirmación del
conocimiento exacto del niño. De esta forma obtiene, además, nociones inteligentes de
geografía física; en el transcurso de sus lecturas se encuentra con la descripción de un
volcán, un glaciar, un cañón, un huracán; escucha todo, pregunta y aprende el cómo y el
porqué de tales fenómenos en el momento justo en que se despierta su interés. En otras
palabras, el niño aprende igual como aprenden sus mayores, aunque éstos últimos
raramente permiten a los niños que pasen por senderos tan placenteros.

El conocimiento general que debiera poseer un niño de nueve años. Suponiendo que
entre los seis y los nueves años, se ha leído de esta manera con el niño una media docena
de libros de viajes bien elegidos, él ya ha adquirido ideas claras sobre los alrededores, los
trabajos de producción y las características de la gente de todas las grandes regiones del
mundo; ha acumulado una reserva de conocimiento valioso y confiable que le durará toda
su vida; y, además, se ha esforzado y ha logrado adquirir el gusto por los libros y el hábito
de leer. Deben evitarse libros como Voyage in the Sunbeam de Lady Brassey, ya que cubren
demasiado terreno y es probable que generen cierta confusión de ideas.

El conocimiento particular que debiera poseer un niño de nueve años. Pero


considerando las lecciones escolares como «instrumentos educativos»; el tipo de
conocimiento del mundo que acabamos de indicar se transmitirá no durante las lecciones
sino más bien usando las lecturas hechas en la «hora de los niños» [en la época victoriana,
las familias acomodadas no pasaban todo el día con los niños menores de 9 años, sino en
general, estaban al cuidado de sirvientes en la casa; y pasaban una hora al día con sus
padres], y en otros momentos del día. Como material para lecciones, no conozco nada tan
bueno como el antiguo World at Home
(https://archive.org/details/worldathomeorpic00kirb) de Mary y Elizabeth Kirby para
niños de entre seis y siete años. Mientras escuchan, se preguntan, admiran, imaginan e
incluso pueden «jugar» a que les ocurren cientos de situaciones diversas. Las primeras
ideas de geografía, las lecciones sobre el lugar, que debieran hacer que un niño observe la
geografía local, las características de su propio vecindario, sus alturas y hondonadas, y sus
tierras llanas, sus arroyos y estanques, deben adquirirse, como hemos dicho visto, al aire
libre, y deberían prepararlo para ser capaz de hacer algunas generalizaciones, es decir,
debería ser capaz de descubrir las definiciones de río, isla, lago, etc., y debería hacerlas por
sí mismo en una bandeja de arena, o dibujarlos en la pizarra.
Definiciones. Pero las definiciones deberían surgir a través del proceso de registrar las
experiencias vividas, entonces antes de que se le enseñe al niño lo que es un río, él mismo
debiera haber visto un arroyo y observado que fluye; y así sucesivamente con lo demás.

Los niños pueden con facilidad simular que poseen el conocimiento de algo, y en este
punto el maestro deberá tener cuidado de que nada de lo que el niño reciba sea mera
palabrería, sino que cada generalización se elabore de alguna manera de la manera
siguiente: el niño observa un dato, por ejemplo, una amplia extensión de terreno llano; lo
cual el maestro amplifica. El niño lee sobre las pampas, los países llanos del noroeste de
Europa, la Holanda de nuestra propia costa oriental, y, poco a poco, se prepara para
recibir la idea de una llanura y mostrar cómo es en su bandeja de arena.

Ideas fundamentales. Para cuando tiene siete años, o antes, el niño encuentra que necesita
mayor conocimiento. Ha leído sobre países cálidos y países fríos, ha observado las
estaciones y la salida y puesta del sol, se ha dicho a sí mismo:

«Estrellita, ¿dónde estás?


Me pregunto, ¿qué serás?»

Sabe algo sobre el océano y el mar, ha visto subir y bajar la marea, ha visto hacer muchos
mapas en borrador y ha hecho algunos por sí mismo y, sin duda, ha notado las líneas
entrecruzadas en un mapa «real»; es decir, su mente está preparada para el conocimiento
en varias direcciones; ya posee el interés por una serie de cosas relacionadas con la
geografía.

Ideas fundamentales de geografía son la forma y los movimientos de la tierra,


independientemente de lo difícil que es comprenderlas, pero la dificultad es de un tipo
que aumenta con los años.

El principio en cada caso es bastante simple, y un niño no se preocupa, como lo hacen sus
mayores, de cuán enorme es la magnitud de la escala en la que ocurren los asuntos en el
espacio. Es probable que la vívida imaginación de un niño lo ponga al mismo nivel que el
matemático al abordar el sistema planetario, el comportamiento y el carácter del planeta
Tierra, las causas de las estaciones, y mucho más.

Significado de un mapa. Reitero que debiera aprenderse geografía a partir de mapas,


principalmente. Las charlas y las lecturas con imágenes introducen al niño al tema, pero
tan pronto como sus lecciones de geografía adquieren mayor exactitud, deben aprenderse,
en primer lugar, a partir de los mapas. Este es un principio importante a tener en cuenta.
El niño que no capta ninguna idea cuando estudia un mapa, digamos de Italia o de Rusia,
no tiene conocimiento de geografía, por más que pueda mencionar muchos datos sobre el
lugar. Por ello, el niño debe comenzar a estudiar la geografía aprendiendo el significado
de un mapa y cómo usarlo; debe aprender a trazar un plano de su aula, etc., a escala,
pasar al plano de un campo, considerar cómo hacer el plano de su ciudad, y gradualmente
avanzar desde la idea de un plano a la de un mapa; siempre comenzando de la manera en
que lo haría un explorador que encuentra tierra y la mide, y por medio del sol y las
estrellas, es capaz de registrar exactamente dónde está ubicada en la superficie de la tierra,
al este o al oeste, al norte o al sur.
Aquí llegará al significado de las líneas de latitud y longitud; aprenderá cómo se
muestran el mar y la tierra en un mapa, cómo se representan los ríos y las montañas; y
habiendo aprendido los puntos cardinales y el uso de su brújula, y sabiendo que los
mapas siempre se hacen como si el espectador estuviera mirando hacia el norte, podrá
describir bien sobre la ubicación, la dirección, y cosas por el estilo, al inicio de sus
estudios. Las ideas fundamentales de la geografía y el significado de un mapa son temas
muy apropiados para constituirse en una atrayente introducción al estudio de la
geografía, e incluso debieran despertar el placentero interés que nace en la mente de un
niño hacia lo maravilloso, lo incomprensible, mientras que las lecciones sobre los
mapas deberían conducir a esfuerzos mecánicos igualmente deleitosos. Es solo cuando al
niño se le presentan los datos por primera vez en forma de conocimiento rancio y
conclusiones anticipadas, que los datos enseñados en dichas lecciones le parecen sin vida
y repulsivos; por ello debería hacerse un esfuerzo por tratar el tema con el tipo de
vivacidad e interés emotivo que atraen a los niños hacia un nuevo estudio.

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XVIII. Historia

Un depósito de ideas. Mucho de lo que se ha dicho acerca de la geografía se aplica


también a la historia, otra asignatura que también debiera ser para el niño un depósito
inagotable de ideas, que debiera enriquecer las habitaciones de su «bella morada» con mil
cuadros, tanto trágicos como heroicos, y que debiera formar en él, sin que él lo note,
aquellos principios por los cuales juzgará en lo sucesivo la conducta de las naciones, y
regirá su propia conducta como se rige una nación. Todo esto es lo que el estudio de la
historia debiera producir en el niño; mas, ¿qué puede conseguir a partir de la mísera
pequeña crónica de enemistades, batallas y muertes que se le presenta como «un reinado»,
tanto más repelente al amedrentar con fechas? Éstas el niño no las puede recordar
adecuadamente; lo logra con las cifras de uno o dos dígitos, pero los siglos se le
confunden; y ¿cómo puede decir cuáles eventos corresponden a qué reinado, cuando, para
él, los reyes son solo diferentes en número, y un período difiere de otro solo en la fecha?
Pero avanza a tropezones de todas maneras; en su amigable y parlanchín librito de
historia, lee sobre todos los reinados de todos los reyes, desde Guillermo el Conquistador
hasta Guillermo IV, y de vuelta hacia los sombríos días cuando reinaban los bretones. ¿Y
cuál es el resultado? Que quizás no existe ninguna otra forma de torcer el juicio del niño,
de llenarlo de nociones toscas, de prejuicios estrechos, que tenga mayor éxito que la de
hacerlo tomar algún curso de historia inglesa como lo que se ha mencionado; y tanto más
si su librillo de texto mantiene un tono moral o religioso, y trata de señalar la moraleja al
mismo tiempo que registra los hechos. La enseñanza moral cabe, por cierto, dentro del
ámbito de la historia; pero el pequeño volumen que usa el niño no da cabida a la discusión
justa y razonable sobre la cual deben basarse las decisiones morales, ni el niño tiene la
edad suficiente para que asuma la actitud judicial que tal decisión supone.

Los «esquemas» son perjudiciales. El error fatal radica en la noción de que el niño debe
aprender «resúmenes», o una edición infantil de toda la historia de Inglaterra o de Roma,
del mismo modo que debe cubrir la geografía de todo el mundo. No, por el contrario, que
se entretenga placenteramente en la historia de un solo personaje, de un breve período,
hasta que piense los pensamientos de tal persona, y conozca bien las características de
dicho período. Aunque está leyendo y pensando sobre el transcurso de vida de un solo
personaje, en realidad se está familiarizando íntimamente con la historia de toda una
nación durante toda una era. Que pase un año de feliz intimidad con el rey Alfredo, «el
que dice la verdad», con Guillermo el Conquistador, con Ricardo y Saladino, o con
Enrique V —el Enrique V de Shakespeare— y su ejército victorioso. Que conozca de la
gente magna y de la gente común, de la corte y de la calle. Que sepa lo que otras naciones
estaban haciendo mientras nosotros en nuestro país hacíamos esto y aquello. Si llegara a
pensar que la gente de otro tiempo era más sincera, más compasiva, de mente más sencilla
que nosotros, o que la gente de alguna otra tierra fue, en el pasado, en todo caso, mejor
que nosotros, más beneficioso será para él.

Perjudicial es también la mayoría de los libros de historia escritos para niños. Con el fin
de lograr esta inteligente enseñanza de la historia, evite, en primer lugar, casi todos los
libros de historia escritos expresamente para niños; y, en segundo lugar, todos los
compendios, esquemas, y resúmenes. [Hoy existen libros de historia para niños que
cumplen los requisitos de libros vivientes, por tanto, es posible usarlos ya que cumplen
con los criterios de “dadores de vida” que recomendó Miss Mason.] En cuanto a los
resúmenes, considerando el papel que el estudio de la historia debe desempeñar en la
educación del niño, nada se puede decir en su favor; y en cuanto a los llamados libros
para niños, los hijos de padres educados son capaces de comprender la historia escrita con
poder literario, y no se sienten atraídos por la cháchara de los libritos de historia de
lenguaje simplificado. Al leer tales libros, la madre omite empleando el discernimiento,
parafraseando bastante tal como las madres suelen hacer tan fácilmente, y los niños
pueden pasar por los primeros volúmenes de una historia del país que esté bien escrita e
ilustrada, digamos hasta la edad media [en el original: en cuanto a la historia de
Inglaterra, hasta los Tudor, alrededor de los años 1600]. Durante el curso de tal lectura,
será necesario hacer muchas preguntas a ellos y que ellos hagan muchas preguntas, tanto
para asegurar que pongan atención como para fijar los datos. Esto es lo mínimo que se
debiera hacer; pero mejor sería contar con información más completa, más detalles
gráficos sobre dos o tres épocas iniciales.

Lo más adecuado para los niños es la historia inicial de una nación. Para el estudio
realizado por los niños, la historia temprana de una nación es mucho más adecuada que
los registros posteriores, porque la narrativa histórica transcurre a lo largo de unas pocas
líneas generales y simples; mientras que los gobiernos, cuando existen, no son más que las
iniciativas de una mente ingeniosa para enfrentar las circunstancias dadas. [A
continuación, información sobre un autor inglés] Mr. Freeman ha proporcionado una
interesante historia inglesa temprana para niños; pero, en general, ¿no es mejor llevarlos
directamente al manantial, cuando sea posible? En estos primeros años, mientras no haya
exámenes por delante, y los niños todavía avancen tranquilamente y a su paso, que
obtengan el espíritu de la historia leyendo, por lo menos, una antigua Crónica escrita por
un hombre que vio y supo algo sobre lo cual escribió, y que no recibió de segunda mano.
Tales libros antiguos son una lectura más fácil y placentera que la mayoría de las obras
modernas sobre historia, porque los autores no se inmiscuyen mucho en la «dignidad de
la historia»; sino que avanzan con placer como lo haría un arroyo del bosque, nos cuentan
«todo al respecto» de algo, conmueven el corazón con la historia de un gran evento, nos
divierten con festivales y espectáculos, nos otorgan íntimo conocimiento de la gente
grandiosa, y nos hacen mirar amistosamente a los humildes. Dichas obras son lo más
perfecto para los niños cuyas almas ansiosas quieren alcanzar las personas vivas detrás de
las palabras del libro de historia, y a quienes no les importa nada en absoluto el progreso,
o los estatutos, o cualquier otra cosa que no sean las personas, gracias a cuya acción, la
historia no es más que un conveniente escenario, para la mente infantil. Un niño al que se
ha llevado a través de un solo cronista antiguo de esta manera tiene una mejor base para
todo tipo de formación histórica que si supiera todas las fechas, nombres y hechos
aprendidos alguna vez para un examen.

Algunas crónicas antiguas. [A continuación, es necesario recordar a los educadores la


necesidad de encontrar crónicas propias de Latinoamérica o del país donde vivimos,
aunque si se desea hurgar en un pasado aún más lejano, crónicas de España sería lo más
adecuado.] La primera crónica en orden cronológico, y colmada de las lecturas más
fascinantes, es la Ecclesiastical History of England
(https://www.gutenberg.org/ebooks/38326) by the Venerable Bede [o “Historia
eclesiástica de Inglaterra”, escrita alrededor del año 731 DC por Beda el Venerable], quien
se refiere a sí mismo ya en el siglo VII, cuando dice: «Para mí siempre fue una dulzura
aprender, enseñar y escribir». El profesor Morley dice sobre él: «Nos ha dejado una
historia de los primeros años de Inglaterra, sucinta, pero casi siempre llena de vida; de
tono profesional, pero infantil también; tanto práctica como espiritual, justo a la medida,
siendo la obra de un verdadero erudito que respira amor por Dios y por el hombre. Solo a
Beda debemos el conocimiento de mucho de lo más interesante de nuestra historia
temprana». Guillermo de Malmesbury (siglo XII) dice de Beda: «Que casi todo el
conocimiento de eventos pasados ​se fue a la tumba con él»; y Malmesbury no es un mal
juez, pues en sus Chronicles of the Kings of England
(https://archive.org/details/williamofmalmesb1847will) [o “Crónicas de los reyes de
Inglaterra”] se considera que él mismo llevó a la perfección el arte de escribir crónicas.
Malmesbury proporciona en particular una descripción vívida y gráfica de los
acontecimientos contemporáneos, como la historia de la triste guerra civil entre Stephen y
Matilda. Mientras tanto, está Asser, que escribe Life of King Alfred
(https://archive.org/details/asserslifeofking00asseiala) [o “La vida de Alfred”, escrita no
más tarde que el año 974], amigo y compañero de trabajo de Malmesbury. «Me parece
adecuado», dice Asser, «explicar un poco más en detalle lo que he oído acerca de mi señor
Alfred»; y nos cuenta cómo, «cuando llegué a su presencia en la villa real, llamada
Leonaford, me recibió honorablemente, y permanecí ese tiempo con él en su corte
alrededor de ocho meses, durante los cuales le leí todos los libros que deseaba y los que
tenía en su poder; porque esta es su costumbre más común, tanto de día como de noche,
entre sus muchas otras ocupaciones de mente y cuerpo, ya fuera que él mismo leyera o
escuchara leer a otras personas». Cuando no estuvo presente para ver por sí mismo lo que
describe, como en la batalla de Ashdown, Asser se esfuerza por obtener el testimonio de
testigos presenciales. «Pero Alfredo, como nos han dicho los que estaban presentes
quienes no mentirían, marchó rápidamente con sus hombres para darles batalla; porque el
rey Ethelred permaneció mucho tiempo en su tienda en oración». Luego están
las Chronicles of the Crusades
(https://archive.org/details/chroniclescrusa01joingoog/page/n6/mode/2up) [Crónicas
de las cruzadas], narraciones del tiempo de las cruzadas de Ricardo Corazón de León,
escritas por Richard of Devizes y Geoffrey de Vinsany, y sobre la cruzada de San Luis,
escrita por Lord John de Joinville.

No hace falta ampliar la lista; una de estas antiguas crónicas leídas en un año, o los
fragmentos apropiados de una de esas crónicas, y la imaginación del niño resplandece, su
mente rebosa de ideas; ha tenido acceso al habla de aquellos que han visto y oído por sí
mismos: y la forma práctica en que los viejos monjes cuentan sus historias es exactamente
lo que prefieren los niños. Más adelante, usted puede poner esquemas aburridos en sus
manos, y ellos realizarán solos la historia.

La época mítica. Pero toda nación tiene su época heroica antes de que comience la historia
auténtica: había gigantes en la tierra en esos días, y el niño quiere saber sobre ellos. Tiene
todo el derecho a deleitarse en los mitos clásicos que poseemos como nación; pero ponerlo
junto a un grupo de bárbaros pintados al presentarle por primera vez su gente, es un poco
difícil; es hacer que su visión del pasado sea tosca y desnuda como una pintura china.
Entonces, ¿qué se puede hacer? Si alguna vez tuvimos una época homérica, hemos
perdido todo registro de ella, siendo el pueblo práctico que somos. He aquí otra deuda
que tenemos con aquellos antiguos cronistas monacales: los ecos de un oscuro y rico
pasado llegaron, por lo menos, al siglo XII, a los oídos de un sacerdote galés, un tal
Geoffrey de Monmouth; y mientras Guillermo de Malmesbury escribía su
admirable History of the Kings of England, Geoffrey aprovecha de entretejer las tradiciones
del pueblo en una ordenada History of the British Kings
(https://en.wikisource.org/wiki/Six_Old_English_Chronicles/Geoffrey%27s_British_His
tory) [o Historia de los reyes británicos], que retrocede hasta el rey Brutus, el nieto de
Eneas. Cómo Geoffrey llegó a saber acerca de reyes de los que ningún otro historiador
había oído hablar, es un asunto sobre el que guarda un poco de picardía; él dice que lo
sacó todo de «ese libro en lengua británica que Walter, archidiácono de Oxford, trajo de
Bretaña». Sea como fuere, en su obra leemos sobre Gorboduc, el rey Lear, Merlín, Uther
Pendragon y, lo mejor de todo, sobre el rey Arturo, donde el escritor hace que «el dedo
meñique de su Arturo sea más fuerte que la espalda de Alejandro Magno». Aquí tenemos,
en efecto, un tesoro del que los niños deberían disfrutar libremente diez años antes de que
lleguen a leer Idylls of the King (https://archive.org/details/idyllsofking00tenn_0) [o
“Idilios del Rey” sobre el Rey Arturo]. Sin embargo, debe mantenerse cierta precaución al
leer a Geoffrey de Monmouth; sus cuentos de maravillas son deleitables; pero cuando
abandona lo maravilloso e inventa libremente sobre hechos y personajes históricos, se
convierte en un guía confuso. Muchas de estas «crónicas», escritas en latín por los monjes,
deben leerse en un inglés legible; con la única precaución de que la madre pase la vista
por las páginas antes de leerlas en voz alta.
Froissart (https://archive.org/details/chroniclesoffroi00froiuoft) es el más encantador de
los cronistas, él mismo «domesticado» en la corte de la reina Philippa, cuando eligió estar
en Inglaterra, ¿y de quién más podría aprender el niño la historia de las guerras francesas?
Y así de todo lo demás para lo que haya tiempo; según el principio de que, siempre que
sea posible, el niño debiera obtener sus primeras nociones de un período dado, no de un
historiador, el comentarista o crítico modernos, sino de las fuentes originales de la
historia, los escritos de los contemporáneos del tiempo estudiado. Sin embargo, la madre
debe emplear discriminación al escoger las primeras «Crónicas», ya que no todas son
igualmente confiables.

Las «vidas paralelas» de Plutarco. Del mismo modo, las lecturas de las Vidas paralelas de
Plutarco (https://archive.org/details/lasvidasparalel05romagoog) brindarán la mejor
preparación para el estudio de la historia griega o romana. Alejandro Magno es algo más
que un nombre para el niño que lee este tipo de cosas:

«Un día el tesalio Filonico trajo el caballo Bucéfalo para vendérselo a Filipo por trece
talentos [quizás es conveniente clarificar al niño a qué cantidad se refiere en moneda local];
bajaron a la llanura para probarlo y el animal se mostró rebelde y de todo punto intratable, no
permitía que lo montasen ni toleraba la voz de ninguno de los escuderos de Filipo, sino que se
encabritaba contra todos. Filipo, irritado, mandó que se lo llevaran por considerarlo completamente
salvaje e indomable, pero Alejandro se presentó diciendo: «¡Qué caballo están desperdiciando, todo
por no poder manejarlo debido a su inexperiencia y a su falta de energía!».

Al principio Filipo guardaba silencio, pero como Alejandro seguía hablando entre dientes y se
mostraba desconsolado, dijo: «Ya que les haces reproches a personas de más edad que tú, ¿es que
acaso consideras que sabes más que ellos o que puedes manejar mejor el caballo?».

Alejandro respondió: «Al menos éste lo manejaría mejor que otro».

«Y si no lo consigues, ¿qué castigo estás dispuesto a aceptar por tu temeridad?».

«Por Zeus», dijo Alejandro, «pagaré el precio del caballo».

Hubo risas y enseguida quedó formalizada la apuesta entre ambos. Al punto corrió Alejandro hacia
el caballo, cogió las bridas y le volvió de cara al sol pues, según parece, se había percatado de que el
animal se inquietaba al ver su propia sombra que se proyectaba agitándose delante de él. Durante
unos instantes estuvo caminando junto a él y acariciándolo, mientras lo vio furioso y jadeante, y
desprendiéndose tranquilamente de su clámide, de un salto quedó firmemente montado sobre su
grupa. Tirando un poco del freno con las bridas consiguió sofrenarlo sin golpearle ni desgarrarle la
boca; cuando vio que el caballo deponía su actitud amenazante y que estaba deseoso de correr, aflojó
las riendas y se lanzó a la carrera con un grito ya más atrevido y espoleándole con el pie.

Al principio Filipo y los suyos estaban mudos de inquietud, pero cuando giró y volvió hacia ellos
con soltura, ufano y contento, todos prorrumpieron en vítores; y se dice que su padre lloró de
alegría y que, al desmontar su hijo, le besó en la frente y le dijo: «Hijo mío, búscate un reino a tu
medida, pues Macedonia es demasiado pequeña para ti».».
Aquí, nuevamente, en la traducción mencionada [de Jorge Bergua Cavero, Salvador Bueno
Morillo y Juan Manuel Guzmán Hermida, Editorial Gredos], obtenemos el tipo de vívida
presentación gráfica que hace que la «Historia» sea tan real para el niño como lo son las
aventuras de Robinson Crusoe.

En resumen, para los niños, saber todo lo que puedan acerca de un período breve es
mucho mejor que conocer los «esquemas» de toda la historia. En segundo lugar, los niños
son bastante capaces de captar ideas inteligentes en un lenguaje inteligente, y de ninguna
manera deberían quedar excluidos de lo mejor que se ha escrito sobre el período que
estudian.

Libros de historia. No es nada fácil elegir los libros de historia adecuados para los niños.
Como hemos visto, deben evitarse los meros resúmenes de los hechos; y debemos ser
igualmente cuidadosos de evitar generalizaciones.

La función natural de la mente, en los primeros años de la vida, es reunir el material del
conocimiento con miras a ese mismo esfuerzo de generalización que es propio de la mente
adulta; una labor que todos deberíamos llevar a cabo en cierta medida por nosotros
mismos.

No obstante, tal como están las cosas, nuestra mente está tan mal provista que aceptamos
sin reparos las conclusiones que otros nos presentan; pero podemos, por lo menos, evitar
dar a los niños opiniones ya establecidas sobre el curso de la historia mientras sean aún
jóvenes. Lo que ellos quieren son los detalles gráficos de eventos y personas sobre los
cuales la imaginación se pone a trabajar; y las opiniones tienden a formarse lentamente a
medida que aumenta el conocimiento.

El Sr. York Powell, quizás más que otros, ha encontrado la forma adecuada de enseñar a
los niños pequeños a quienes me refiero. En el prefacio de su Old Stories from British
History (https://archive.org/details/oldstoriesfromb03powegoog) [o “Antiguas historias
de la historia británica”], dice: «El escritor ha elegido las historias que pensó que
divertirían y complacerían a sus lectores, y les darían al mismo tiempo algún
conocimiento de las vidas y pensamientos de sus antepasados. Con este fin, no ha escrito
únicamente sobre grandes gentes —reyes, reinas y generales—, sino también sobre
personas sencillas y niños, así es, y también sobre pájaros y bestias»; así tenemos la
historia del Rey Lear y de Cuculain, y del Rey Canuto y el poeta Otter, de Havelock y
Ubba, y muchas más, todas historias valientes y gloriosas; de hecho, el señor York Powell
nos brinda un tesoro oculto perfecto en sus dos pequeños volúmenes de Old
Stories y Sketches from British History
(https://www.google.com/books/edition/Sketches_from_British_History/cd4yAQAAM
AAJ?hl=en), que son mejores para nuestro propósito, porque los niños pueden leerlos por
sí mismos tan pronto como son capaces de leer. Estos cuentos, escritos en un inglés bueno
y sencillo, y con cierto encanto de estilo, se prestan admirablemente para la narración.

De hecho, es muy interesante escuchar a los niños de siete u ocho años contar una historia
larga sin perder un detalle, poniendo cada evento en el orden correcto. Estas narraciones
nunca son una reproducción servil del original. La individualidad de un niño juega con lo
que disfruta, y la historia sale de sus labios, no precisamente como la cuenta el autor, sino
con cierto espíritu y colorido que expresa el narrador. Por cierto, es muy importante que
se permita a los niños narrar a su manera, y que no se les presione ni se les ayude con
palabras y expresiones del texto.

Una narración debe ser original en tanto proviene del niño, es decir, su propia mente
debiera haber actuado sobre el tema que ha recibido.

Las narraciones que son meras proezas de la memoria no tienen ningún valor.

Ya he hablado de los tipos de crónicas antiguas de las que deben nutrirse los niños; pero
estas a menudo son demasiado difusas para ofrecer un buen material para la narración, y
es bueno tener cuentos cortos apropiados especialmente para este propósito.

Quisiera mencionar otros dos tomos en los que se deleitan los niños, que alimentan el
sentimiento patriótico y sientan una amplia base para el conocimiento histórico. Me
refiero a Tales from St Paul’s Cathedral y Tales from Westminster Abbey de Mrs Frewen Lord
(https://www.gatewaytotheclassics.com/browse/authors_browse_one.php?
author=lord). Es algo hermoso y deleitoso llevar a los niños que han leído estos cuentos a
la Abadía o a St Paul, y que identifiquen por sí mismos los lugares consagrados a sus
héroes. Saben tanto y están tan llenos de vivo interés que instruyen e inspiran a sus
mayores. Hay, sin duda, una multitud de cuentos históricos y diarios para niños, y
algunos de ellos, como los Prisoners of the Tower of London
(https://archive.org/details/prisonersoftower00broo) [o Los prisioneros de la torre de
Londres] de Brooke Hunt, son ​muy buenos; pero que la madre tenga cuidado: no hay
nada que requiera un tacto más delicado y una simpatía comprensiva con los niños que
esta cuestión aparentemente sencilla de elegir sus libros escolares, y especialmente, quizás,
sus libros escolares de historia.

Muchos niños de ocho o nueve años estarán listos para leer con placer A History of England
(https://archive.org/details/cu31924027971716) [o Una historia de Inglaterra], de H. O.
Arnold Forster, quien hace mucho tiempo se ganó una reputación excelente en el campo
de la literatura educativa. Tanto en esta literatura, como en asuntos de política más
inmediata, el señor Arnold Forster tiene el don de ver el defecto y el remedio, una omisión
y los medios para suplirla. Vio que los niños ingleses crecían sin ningún conocimiento de
las condiciones en que viven y de las leyes que los gobiernan; pero, desde la aparición
de The Citizen Reader (https://archive.org/details/citizenreader0000unse) [o El lector
ciudadano] y The Laws of Every-day Life, [o Las leyes de la vida cotidiana], hemos cambiado
todo eso.

La History of England, o, como la llaman los niños, solo History, ignorando el hecho de que
hay otras historias además de la de Inglaterra, hasta ahora ha sido presentada a los
jóvenes como «esquemas de fechas y hechos, o como colecciones de historias románticas,
que contienen poca coherencia, y mínimos resultados sobre la suerte del país». El Sr.
Arnold Forster dice en su prefacio que él «es reacio a presentar su libro con un título tan
repelente como «Resumen» o «Esquema de la historia inglesa». Tales títulos parecen
implicar llanamente que están excluidos el elemento de interés y el romance que son
inseparables de la vida y los hechos de los individuos, y que una tabla cronológica
ampliada cumplirá el deber de la historia. Pero leer la historia inglesa y no darse cuenta de
que está colmada del interés, salpicada de eventos importantes, y abundante en incidentes
dramáticos, es perder todo el placer y la mayor parte de la instrucción que su estudio, si se
lleva a cabo adecuadamente, puede brindar». El autor cumple su promesa implícita, y su
obra es, me atrevo a decir, tan «colmada del interés, salpicada de eventos importantes, y
abundante en incidentes dramáticos» como es posible, considerando las limitaciones que
le imponen los hechos que él escribe para lectores sin educación, y nos ofrece un
panorama de toda la historia inglesa en un volumen agradable, copiosamente y
sabiamente ilustrado de unas ochocientas páginas. Por ejemplo, qué revelador y lúcido es
lo siguiente, y cómo desearíamos todos habernos topado con un párrafo así en nuestros
primeros estudios de arquitectura: «En la página 23 tenemos imágenes de dos ventanas.
Una de ellas es lo que se llama una ventana puntiaguda; todos sus arcos ascienden en
punta, y se construyó mucho antes del periodo Tudor. La otra se construyó en la época de
la reina Isabel. En ella, el eje vertical, o parteluz, de la ventana asciende directamente hasta
la parte superior sin formar un arco. Este estilo de construcción de ventanas se llama estilo
perpendicular, porque los parteluces de la ventana son “perpendiculares”. Algunos de los
edificios más famosos de Inglaterra que se construyeron en la época Tudor, y en estilo
perpendicular, son la capilla de King’s College, en Cambridge, y Hatfield House, la
residencia del marqués de Salisbury, en Hertfordshire». En este volumen, el Sr. Arnold
Forster ha hecho para los niños y los analfabetos lo que el Profesor Green hizo en
su Shorter History of England para estudiantes un poco más avanzados, despertando a
muchos hacia el hecho de que la historia es un tema fascinante de estudio. He aquí una
verdadera introducción a la verdadera historia. Las descripciones de personajes son en
especial una valiosa característica de la obra.

Fechas. A fin de dar precisión a lo que pronto puede convertirse en un conocimiento


bastante amplio de la historia, tome una hoja larga de papel o cartulina y divídala en
veinte columnas, dejando que el primer siglo de la era cristiana quede en la mitad, y que
cada columna restante represente un siglo antes de Cristo o después de Cristo, según sea
el caso.

Luego, que el niño mismo agregue, en la medida que pueda, los nombres de las personas
con las que se encuentra en el debido orden, en su siglo apropiado.

No necesitamos preocuparnos por ahora en fechas más exactas, con esta simple tabla de
los siglos, la mente del niño armará un panorama gráfico, con el cual verá los eventos en
su orden temporal.

Idea de imagen disponible en


AmlesideOnline: https://www.amblesideonline.org/CM/images/centurytable.JPG
(https://www.amblesideonline.org/CM/images/centurytable.JPG)

Ilustraciones hechas por los niños. Las lecturas de historia proporcionan un material
admirable para la narración, y los niños disfrutan narrando lo que han leído u oído.
También les encanta hacer ilustraciones. A los niños que habían estado leyendo Julio
César (y también Vidas paralelas de Plutarco), se les pidió que hicieran un dibujo de su
escena favorita, y los resultados mostraron el extraordinario poder de visualización que
ellos poseen. Está demás decir que lo que visualizan o imaginan claramente, lo saben; se
ha convertido en una posesión de por vida.

Los dibujos de los niños en cuestión son interesantes desde el punto de vista psicológico,
ya que muestran qué diverso, y a veces desconocido, es lo atrayente para la mente infantil;
y también, que los niños tienen el mismo placer intelectual que las personas de mente
cultivada al desarrollar nuevas observaciones y sugerencias. Los dibujos, dicho sea de
paso, dejan mucho que desear, pero tienen esto en común con el arte de los pueblos
primitivos: cuentan la historia de manera directa y vívida. Una niña de nueve años y
medio representa a Julio César conquistando Gran Bretaña. Viaja en un carro montado
sobre guadañas, está vestido de azul, y trozos de cielo azul aquí y allá le dan el color
complementario. A lo lejos, un soldado planta la insignia con el águila romana, negra
sobre fondo rosa. En primer plano, hay un combate cuerpo a cuerpo entre romanos y
británicos, cada uno con una espada de enorme longitud. Otras figuras aparecen haciendo
diversas cosas.

Otro dibujo nos muestra a Antonio «pronunciando su discurso después de la muerte de


César». Esta niña, que es mayor, proporciona arquitectura; uno mira a través de un arco
que conduce a una calle lateral y, en primer plano, Antonio está de pie sobre una
plataforma al final de un tramo de escalones de mármol. La actitud de Antonio expresa
indignación y desprecio. Abajo, hay una multitud de romanos ataviados con la toga, cuyas
actitudes muestran diversos matices de abatimiento y consternación. Detrás, está el
sirviente de Antonio en uniforme, sujetando el caballo de su amo; y en la plataforma, en la
parte trasera de Antonio, yace César, con la púrpura real arrojada sobre él. El principal
valor del dibujo, en tanto dibujo, es que cuenta la historia.

Otra niña dibuja a Calpurnia rogándole a César que no vaya al Senado. César está armado
y perturbado, mientras Calpurnia sostiene la mano extendida de él con las suyas mientras
se arrodilla ante él, con el rostro levantado en súplica; su camisón azul suelto y su larga
cabellera dorada aportan color al cuadro. Este artista tiene catorce años, y el dibujo se
encuentra mejor elaborado.

Otro artista presenta a Bruto y Porcia en el huerto con un «muro meridional» de ladrillo
rojo, espalderas y dos dignificadas figuras que apenas cuentan su historia.

Otro niño nos muestra la escena en el tribunal, con César sentado en púrpura real, Bruto
arrodillado ante él, y Casca de pie detrás de su silla con la mano extendida sosteniendo
una daga, diciendo «Por mí las manos hablen», mientras César dice: «¿No está Bruto
inútilmente de rodillas?»

Nuevamente, tenemos a Lucio tocando para Bruto en la tienda. Bruto, armado de pies a
cabeza, sentado en un taburete, intenta en vano leer, mientras Lucio, una apuesta figura,
sentado frente a él, toca el arpa. Los dos centinelas, también completamente armados,
están tendidos en el suelo profundamente dormidos.

Otro, nos presenta a Claudio vestido de mujer en el festival de mujeres: las damas con ojos
notables y cada una con una antorcha encendida.
Otra imagen representa, con mucho espíritu, a César leyendo su historia a los galos
conquistados, que se paran en filas en la ladera de la colina escuchando al gran hombre
con una paciencia ejemplar.

En estas ilustraciones originales (varias de ellas realizadas por niños mayores que aquellos
a que nos referimos en esta obra), tenemos un ejemplo de las diversas imágenes que
surgen en la mente de los niños durante la lectura de una gran obra; y un simple vistazo a
la mente de un niño nos convence de la importancia de sustentar esa mente con carne
sustanciosa. La imaginación no despierta ante la sugerencia de cosas débiles y bien
diluidas que con demasiada frecuencia se ponen en manos de los niños.

«Jugar a» la historia. Los niños tienen otras formas de expresar las concepciones que les
nacen cuando están debidamente alimentados. Juegan a sus lecciones de historia, se
disfrazan, hacen cuadros, representan escenas; o tienen un escenario, y sus muñecos
actúan, mientras pintan la escenografía y pronuncian los discursos. Los modos de
expresión que encuentran los niños no tienen fin cuando ellos tienen algo que expresar.

El error que cometemos es suponer que la imaginación es alimentada por la naturaleza, o


que ella labora a partir la insípida dieta de los cuentos infantiles.

Deje que el niño obtenga aquella carne que él necesita gracias a sus lecturas de historia y
en la literatura que naturalmente se recopila en torno a dicha historia, y la imaginación se
activará sin ninguna ayuda nuestra; el niño vivirá en todo detalle mil escenas sirviéndose
de la más mínima insinuación de las mismas que llegue a captar.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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educacion-hogar/#cmvol1_indice)

XIX. Gramática

El estudio de la gramática es difícil. Diré muy poco en este apartado sobre


la gramática propiamente tal del latín y de nuestro idioma materno. En primer lugar, al ser
la gramática un estudio de las palabras y no de las cosas, no es para nada atrayente para el
niño, y no debería haber premura en que inicie su estudio. La gramática inglesa, en
particular, en tanto depende de la posición y la conexión lógica de las palabras, es difícil
de entender para él. A este respecto, la gramática latina es más fácil, ya que el cambio de
forma de una palabra para denotar el caso es lo que un niño puede percibir con su ojo
físico, y por lo tanto le queda más claro que las ideas abstractas de caso nominativo y
objetivo que existen en inglés. Por lo tanto, si solo aprendiera en esta etapa temprana
[hasta los 9 años] las declinaciones y uno o dos verbos, está bien, aunque solo sea para
ayudarle a reconocer como se comporta la gramática inglesa cuando se refiere a un cambio
en caso o modo sin mostrar ningún cambio en la forma de la palabra.
[La gramática española tiene características propias que pueden estudiarse en la obra de
acceso público Manual de la nueva gramática de la lengua española
(https://archive.org/details/RAEManualDeLaNuevaGramaticaDeLaLenguaEspanola) de
la Real Academia Española, o este curso en línea (https://latinonline.es/gramatica-
latina/).]

Gramática latina. En cuanto a la enseñanza de la gramática latina, creo que lo mejor que
puedo hacer es mencionar un libro para principiantes que realmente aporta. A los niños
de ocho y nueve años les gusta bastante A First Latin Course
(https://archive.org/details/firstlatincourse00scotuoft) (de Scott y Jones), y es de gran
importancia empezar a estudiar algo con placer. La pregunta queda abierta, sin embargo,
si es deseable comenzar el latín a una edad tan temprana.

La gramática inglesa es un estudio lógico. Debido a que la gramática inglesa es un


estudio lógico y se ocupa de las oraciones y las posiciones que las palabras ocupan en ellas,
en lugar de solo las palabras y lo que son en sí mismas, es mejor que el niño comience con
la oración, y no con las partes de la oración; es decir, que aprenda un poco de lo que se
llama análisis de oraciones antes de aprender a analizar sintácticamente cada palabra y
cláusula; que aprenda a dividir oraciones simples en cuanto a la cosa de la que se habla y
lo que se habla al respecto de ella: «El gato– se sienta en la chimenea» antes de perderse en
la niebla de la persona, el modo y la parte del discurso.

«Así que tomé el siguiente libro, que era de gramática. Decía cosas extraordinarias sobre
los sustantivos y los verbos y las partículas y los pronombres, y los participios pasados ​y
los casos objetivos y los modos subjuntivos. “¿Qué son todas estas cosas?” preguntó el
Rey. “No lo sé, Su Majestad”, y la Reina no sabía, pero dijo que sería muy adecuado para
que lo leyeran los niños. “Los mantendrá tranquilos”.» (tomado de: «Palace Tales
(https://archive.org/details/palacetales00fielgoog)» de H. Fielding)

Es tan importante que los niños no estén desconcertados como lo estuvieron este Rey y
esta Reina, que añado un par de lecciones introductorias de gramática; como un solo
ejemplo, a menudo más útil que muchos preceptos.

LECCIÓN I

Las palabras que se ponen juntas para que tengan sentido es lo que se denomina una
oración.

«Silla de avena de cebada realmente buena y cereza» no es una oración, porque no tiene
sentido.

«Tom ha dicho su lección» es una oración.

Es una oración porque nos dice algo sobre Tom.

Toda oración habla de alguien o de algo, y nos dice algo sobre lo cual habla.

Entonces una oración tiene dos partes:


(1) La cosa sobre la que hablamos;

(2) Lo que decimos sobre tal cosa.

En nuestra oración, hablamos de «Tom».

Decimos de él que «ha aprendido la lección».

La cosa de la que hablamos a menudo se llama el SUJETO, que simplemente significa


aquello de lo que hablamos.

La gente a veces dice «el tema de conversación era tal y tal», que es otra forma de decir «lo
que estábamos hablando era tal y tal».

Para aprender:

Las palabras que se ponen juntas para que tengan sentido forman una oración.
Una oración tiene dos partes: aquello de lo que hablamos y lo que decimos al respecto.
Aquello de lo que hablamos es el SUJETO.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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XX. Lengua extranjera

[En el original, esta sección se refiere al aprendizaje del idioma francés en tanto lengua
extranjera primordial para el angloparlante, pero no necesariamente para el
hispanohablante, por lo cual nos hemos tomado la libertad de adaptarla y, de esa forma,
ampliar el aprendizaje a cualquier lengua extranjera que escoja el educador de habla
castellana.]

El idioma extranjero debe aprenderse como la lengua materna, no a través de la gramática


sino del habla viva. Entrenar tanto el oído para que distinga los vocablos extranjeros, así
como los labios para que los produzcan, es una parte valiosa de la educación de los
sentidos, parte que debiera iniciarse lo más pronto posible. Reitero que todas las personas
educadas deberían poder hablar un idioma extranjero. No creo que exista otra nación
civilizada tan torpe en adquirir lenguas extranjeras como lo somos nosotros los ingleses
del tiempo actual; pero, probablemente, la culpa radica más en la forma en que nos
dedicamos al estudio que en una incapacidad natural para los idiomas.

Por ejemplo, en lo que respecta al francés [lo cual se aplica a cualquier otro idioma
extranjero], nuestras dificultades son dobles: la falta de vocabulario y lo que nos cuesta
producir los sonidos desconocidos. Es evidente que estos dos obstáculos debieran
eliminarse en la primera infancia, es decir, el niño nunca debiera ver palabras impresas del
idioma extranjero hasta que haya aprendido a decirlas con tanta facilidad y rapidez como
si se tratara de su lengua materna. La verdadera causa de nuestra dificultad nacional para
pronunciar el idioma extranjero radica en el deseo de aplicar sonidos de nuestro idioma
materno a combinaciones impresas de letras en la lengua extranjera. Reitero que el
vocabulario del niño debe aumentar constantemente, por ejemplo, a razón de media
docena de palabras por día. ¡Piense en mil quinientas palabras en un año! El niño que
tiene esa cantidad de palabras y sabe cómo aplicarlas, puede hablar el idioma extranjero.
Por supuesto, su maestra se encargará de proporcionarle palabras y también expresiones,
y a medida que aprenda nuevas palabras, debe ponerlas en oraciones y usarlas diariamente.
Esta tarea se verá facilitada para el maestro utilizando una libreta en la que se registren las
palabras y las oraciones nuevas que adquiere el niño. El niño pequeño no se avergüenza
de decir palabras en el idioma extranjero; él las pronuncia con tanta sencillez como si
fueran en su lengua materna.

Sin embargo, es muy importante que adquiera un acento sin tacha desde el principio.
Puede no ser muy aconsejable dejar a los niños pequeños en manos de una institutriz o
una niñera que hable la lengua extranjera, pero quizás es posible que media docena de
familias contrate a una dama que hable el idioma extranjero que dé media hora diaria a
cada familia.

Método de M. Gouin. Un serio esfuerzo por abordar el estudio de las lenguas extranjeras
de manera racional y científica está en marcha hoy. No tengo ninguna duda en declarar
que la obra de M. Gouin (The Art of Teaching and Studying Languages
(https://archive.org/details/artofteachingstu00gouirich)) es el intento más importante
que se ha hecho hasta ahora [inicios del siglo XX] para que el estudio de las lenguas entre
al ámbito de la educación práctica. De hecho, la gran reforma en nuestros métodos de
enseñanza de idiomas modernos debe su origen a este notable trabajo. La idea primaria,
de adquirir un nuevo idioma, así como un niño adquiere su lengua materna, es
absolutamente correcta, ya sea correcto o no el paso siguiente de analizar un idioma en un
cierto número, digamos quince, de «series» exhaustivas. Podemos reiterar que es
indiscutible que el oído, y no el ojo, es el órgano físico para aprehender una lengua, tan
cierto como que es por la boca, y no por el oído, que nos apropiamos del alimento. Ya al
establecer únicamente estos dos puntos, el libro de M. Gouin es una valiosa contribución
al pensamiento educativo. De igual importancia es su tercera postura, la cual dice que el
verbo es la clave de la oración, y es más, que es el puente viviente entre el pensamiento y
el acto. Sostiene, también, que el niño piensa en oraciones, no en palabras; que sus
oraciones tienen una secuencia lógica; que dicha secuencia es temporal—siendo el orden
de las operaciones en, por ejemplo, el crecimiento de una planta, o la molienda de maíz en
un molino; que, tal como el niño percibe las operaciones, así tiene absoluta necesidad de
expresarlas; que su oído solicita las palabras que expresan lo que él piensa, su memoria
atesora tales palabras, y que su lengua las reproduce.

Sin duda, el método de M. Gouin debería tener más éxito que cualquier otro para
sumergir al estudiante (niño o adulto) en el pensamiento expresado en la lengua
extranjera. Por ejemplo, si se está todo el día tratando de elaborar una «serie» en francés,
llegas a pensar en francés, a «soñar en francés», a hablar francés. Además, uno tiene la
deliciosa sensación de que por fin se nos aclara el camino para llevar a cabo toda la
enseñanza en el idioma de estudio. Contamos con la «Serie de arte» y la «Serie de la abeja»
y el «Río» y la «Serie de personajes» y la «Serie de poeta», y cualquier serie que nos guste.
Pensamos en las cosas en su orden temporal y en su secuencia natural; obtenemos los
correctos verbos, sustantivos y adjetivos que necesitamos, actuamos con ellos, y en
sorprendentemente pocas oraciones, oraciones muy cortas también, conectadas por «y»,
has dicho todo lo que es esencial para el tema. Todo es una sorpresa constante, como el
juego de los niños que desentierra lo más extraordinario y fuera de lo común que se pueda
imaginar a través de una docena de preguntas.

La «Serie». De tal forma, un lenguaje que se aprende con el método de M. Gouin es «una
educación liberal en sí misma». Aprendemos cuán pocas y simples son, después de todo,
las concepciones que conoce la mente humana, y cuán pocas y simples, dejando de lado la
mera palabrería, son las palabras necesarias para expresarlas.

Realmente usted aprende a pensar en el nuevo idioma, porque no tiene más que vagas
impresiones sobre estos actos o hechos en su lengua materna.

Usted ordena sus pensamientos en el nuevo idioma y, habiéndolo hecho, las palabras que
los expresan se convierten en una posesión inalienable.

Aquí hay un ejemplo de una «serie» elemental, que muestra cómo «el sirviente enciende el
fuego»:

«El sirviente toma una caja de fósforos, (toma)

Abre la caja de fósforos, (abre)

Saca un fósforo, (saca)

Cierra la caja de fósforos, (cerrar)

Enciende el fósforo, (enciende)

El fósforo humea, (humea)

El fósforo se quema, (quema)

Y esparce olor a quemado por la cocina, (esparce)

Mira el fuego (mira)

Y guarda la caja de fosfóros en su lugar (guardar)»

Este ejemplo citado no logra dar satisfactoriamente la idea de la importante obra de M.


Gouin.
¿Cómo aprende el niño? Lo que sea que se diga sobre los métodos del señor Gouin, los
pasos para llegar a tales métodos son indudablemente científicos. De un niño, él aprende
lo siguiente:

«Desgraciadamente, el niño ha permanecido hasta el presente como un consabido enigma, que


nunca nos hemos tomado la molestia suficiente de descifrar o examinar…

El niño pequeño, que a la edad de dos años no emite más que exclamaciones sin sentido, a la edad de
tres se encuentra en posesión de un lenguaje completo. ¿Cómo logra esto? Y ¿existe una
explicación para este milagro o no? ¿Es un problema que tiene posibilidad de ser desvelado? … El
órgano del lenguaje —pregúntele al niño— no es el ojo: es el oído. El ojo está hecho para los colores,
y no para los sonidos y las palabras. … Esta tensión, continua y contraria a la naturaleza, del
órgano de la vista, esa forzada precipitación en que incurre el acto visual, produjo lo que había de
producir, una enfermedad de la vista».

Esto se refiere a los esfuerzos hercúleos de M. Gouin intentando aprender alemán.


Conocía el «método» de todos, se aprendió todo el diccionario, y al final descubrió que no
sabía ni una palabra de alemán «tal como se habla».

Regresó a Francia, después de una ausencia de diez meses, y descubrió que su sobrino
pequeño –a quien había dejado siendo un niño de dos años y medio, aún sin poder hablar
—que en el mismo lapso había logrado lo que su tío no había podido alcanzar. «’¡Qué es
esto!’ Pensé yo; ‘Este niño y yo hemos estado trabajando al mismo tiempo, cada uno en un
idioma. Él, jugando alrededor de su madre, corriendo tras las flores, las mariposas y los
pájaros, sin cansancio, sin esfuerzo aparente, sin siquiera estar consciente de su trabajo, es
capaz de decir todo lo que piensa, expresar todo lo que ve, comprender todo lo que oye; y
cuando comenzó su trabajo, su inteligencia era todavía un futuro, un destello, una
esperanza. Y yo, versado en ciencias, versado en filosofía, armado de una voluntad
poderosa, dotado de una memoria poderosa… ¡a nada he llegado, o a prácticamente a
nada!»

«La ciencia lingüística de la universidad me ha engañado, me ha guiado mal. El método


clásico, con su gramática, su diccionario y sus traducciones, es una ilusión». «Para
descubrir el secreto de la naturaleza, debo observar a este niño».

El señor Gouin observa al niño; y la obra en cuestión es el resultado de sus observaciones.

El método de enseñanza puede ser variado, en parte porque el recomendado por M.


Gouin requiere un dominio perfecto de la lengua francesa, y los maestros que no se
sienten seguros en su manejo de la lengua extranjera encuentran que un método
conversacional basado en libros e imágenes es más fácil de trabajar y quizás igual de
eficaz–más éficaz, piensan algunas personas; pero, sea como fuere, es a M. Gouin a quien
debemos la idea fundamental.

Es satisfactorio encontrar principios, que nosotros hemos promovido continuamente,


enunciados en esta obra tan reflexiva. Por ejemplo: «Si uno aprende francés sin saber
leerlo —como lo hace el niño— ya no habrá mucha mayor dificultad para pronunciarlo
que para pronunciar palabras en el idioma materno. ‘¿Qué hay de la ortografía?’,
preguntará usted. ¿La ortografía? Se aprenderá como lo aprenden los niños pequeños
franceses, como usted mismo ha aprendido la ortografía de su lengua materna, que es
diez veces más difícil que la francesa; y esto sin dejar que el estudio de la ortografía
estropee la ya adquirida pronunciación. Además, la ortografía es algo que se puede
reformar, lo cual es difícilmente el caso de la pronunciación. Debemos elegir entre los dos
males». M. Gouin habla de la posibilidad de que un niño aprenda otra lengua, incluso el
chino, de una cuidadora china; y sus palabras me recuerdan un ejemplo extraordinario de
la facilidad de un niño para aprender idiomas. En una ocasión en que hablé en público
sobre tres niños pequeños, todos de tres años, pero de familias diferentes, cuyos padres
eran inglés y alemán, dije que estos tres niños conocidos míos podían decir cada uno todo
lo que tenían que decir, expresar toda la gama de sus ideas, con igual soltura y fluidez en
los dos idiomas. Al final de la reunión, un caballero presente se adelantó y respaldó mis
comentarios. Dijo que tenía un hijo cuya esposa era una dama alemana y que ahora era
misionera en Bagdad. Tienen un hijo de tres años, y su hijo habla tres idiomas con perfecta
fluidez: ¡inglés, alemán y árabe! Sin duda, el niño olvidará dos de los tres, y esto no es un
argumento para enseñar lenguas extranjeras a los bebés, pero sin duda es una prueba de
que la adquisición de una lengua extranjera no tiene por qué presentar dificultades
insuperables para ninguno de nosotros.

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reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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XXI. Arte pictórico

El estudio de cuadros. La formación artística de los niños debe proceder en dos carriles. El
niño de seis años debe comenzar tanto a expresarse como a apreciar, y su apreciación debe
estar muy por delante de su capacidad para expresar lo que ve o imagina. Por lo tanto, es
lamentable cuando la apreciación de los niños solo se ejercita frente a las impresiones en
color de sus libros ilustrados o de revistas especializadas. Pero el lector dirá: «Un niño
pequeño no puede apreciar el arte; es sólo el color y el sentimiento de un cuadro lo que lo
toca. Una presentación vívidamente coloreada del cumpleaños de Bobbie, o de la muñeca
rota de Bárbara, es lo que llegará directamente a su «mente y corazón». «Por lo tanto»,
dice el lector, «la naturaleza indica cuál es el tipo de arte apropiado para los ¡niños!» Sin
embargo, de hecho, las mentes de los niños y de sus mayores se adaptan por igual a lo que
se les pone al frente; y si los niños aprecian lo vulgar y sentimental en el arte, es porque
esa es la forma de arte a la que se han habituado. A un niño de unos nueve años (junto con
muchos otros) se le entregaron reproducciones de media docena de cuadros de Jean
François Millet para estudiar durante un período escolar. Al final, se pidió a los niños que
describieran cuál de esas imágenes les gustaba más. Por supuesto que lo hicieron, y lo
hicieron bien. Esto es lo que dice el niño que mencioné: «Me gustó más El sembrador
(https://www.wikiart.org/en/jean-francois-millet/the-sower-1850). El sembrador está
sembrando semillas; el cuadro está todo oscuro excepto en lo alto del lado derecho donde
hay un hombre arando el campo. Mientras está arando el campo, el sembrador siembra;
tiene una bolsa en su mano izquierda y está sembrando con su mano derecha. Tiene
zuecos de madera. Está sembrando a eso de las seis de la mañana. Se puede ver su cabeza
mejor que sus piernas y cuerpo, porque está a contraluz».

Una niña de siete años prefiere El ángelus


(https://en.wikipedia.org/wiki/The_Angelus_%28painting%29) y dice: —«La imagen es
de gente en el campo, un hombre y una mujer. Junto a la mujer hay una cesta con algo
dentro; detrás de ella hay una carretilla. Ellos están orando; el hombre se quita el
sombrero en la mano. Se nota que es de noche, porque la carretilla y la cesta están
cargadas».

Debe ser habitual. Cuando los niños han comenzado sus lecciones regulares (es decir,
cuando tienen seis años), este tipo de estudio de las imágenes no debe dejarse al azar, sino
que deben tomar un artista tras otro, todos los trimestres, y en quietud estudiar media
docena de reproducciones de su obra en el transcurso de un trimestre.

Los pequeños esbozos memorizados que he citado demuestran que algo claro queda con
el niño después de sus estudios; pero esta es la menor de las ganancias. No podemos
medir la influencia que uno u otro artista tiene sobre el sentido de la belleza del niño,
sobre su capacidad de ver, como en un cuadro, las vistas comunes de la vida; él se
enriquece más de lo que sabemos al haber mirado realmente incluso una sola imagen. Es
un error pensar que el color es necesario para los niños en sus estudios de arte.
Encuentran color en muchos lugares y están satisfechos, por el momento, con la forma y el
sentimiento de sus cuadros. Por cierto, para la decoración de las aulas, no conozco nada
mejor que los cuadros de Fitzroy (https://www.google.com/search?
q=Fitzroy+engraved+by+James+Akerman&newwindow=1&client=firefox-b-1-
d&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=2ahUKEwiesa6s3MH4AhXkkOAKHVF9DaIQ_A
UoAXoECAEQAw&biw=991&bih=803&dpr=1.09), especialmente de cada una de las
cuatro estaciones, de donde se obtiene belleza, tanto en cuanto a líneas como a color, y
también pasión poética. También me gustaría citar el consejo de Ruskin de que los niños
ingleses debieran conocer de pequeños los libros infantiles ilustrados de Jean Richter
(https://www.alamy.com/stock-photo/wood-engraving-by-ludwig-richter.html), Unser
Vater
(https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Vater_Unser_in_Bildern_MET_MM4685.jpg),
Sontag y los demás.

Adjunto notas de una clase en apreciación pictórica dada a niños de ocho y nueve años,
para mostrar cómo se puede dar este tipo de lección.

Lección de arte pictórico

Objetivos:

1. Continuar con la serie de pinturas de Landseer


(https://en.wikipedia.org/wiki/Edwin_Landseer) que los niños están estudiando en
la escuela.
2. Incrementar su interés por las obras de Landseer.
3. Mostrar la importancia del conocimiento que tenía Landseer sobre los animales.
4. Ayudarlos a leer verdaderamente una imagen.
5. Incrementar su capacidad de atención y observación.

Paso I. Preguntar a los niños si recuerdan cuál fue su última lección de arte pictórico, y
quién era el artista famoso que pintaba animales. Dígales que Landseer estuvo
familiarizado con los animales desde que era muy joven: tenía perros como mascotas y,
como los amaba, los estudió a ellos y a sus hábitos—de esa manera fue capaz de pintarlos.

Paso II. Entregarles la imagen «Alejandro y Diógenes»


(https://www.wikiart.org/en/edwin-henry-landseer/alexander-and-diogenes) para que
la miren, y pídales que inquieran todo lo que puedan sobre ella, y que piensen acerca de la
idea que tenía el artista en mente y qué idea o ideas quiso expresar o transmitirnos en esta
imagen que él creó.

Paso III. Después de tres o cuatro minutos, retire la imagen y escuche lo que los niños han
notado. Luego pregúnteles qué les indican los diferentes perros: la fuerza del mastín que
representa a Alejandro; la dignidad y majestuosidad de los sabuesos a sus espaldas; la
mirada del sabio consejero en el rostro del setter [una variedad de perro]; la mirada
bastante despectiva del terrier de pelo áspero en la bañera. Pregunte a los niños si han
notado algo en la imagen que muestre la hora del día: por ejemplo, las herramientas
dispuestas al costado de la canasta del trabajador sugiriendo que es el tiempo de la
comida del mediodía; así como la brillante luz del sol sobre los perros que proyectan una
sombra sobre la bañera, demuestra que debe ser alrededor del mediodía.

Paso IV. Que los niños lean el título y cuenten cualquier hecho que sepan acerca de
Alejandro y Diógenes; luego dígales que Alejandro fue un gran conquistador que vivió
A.C. 356-323, y que fue famoso por las batallas que ganó contra Persia, India y a lo largo
de la costa del Mediterráneo. Era muy orgulloso, fuerte y jactancioso. Diógenes fue un
filósofo cínico. Explique lo que significa cínico, a partir de la leyenda de Alejandro y
Diógenes; y averigüe qué perro representa a Alejandro y cuál a Diógenes.

Paso V. Deje que los niños dibujen las líneas principales del dibujo, en cinco minutos, con
lápiz y papel.

Ilustraciones originales. Me he referido, de vez en cuando, a las ilustraciones originales


dibujadas por los niños. Puede ser útil adjuntar notas de una lección que demuestren el
tipo de ayuda ocasional que un maestro puede brindar en este tipo de trabajo; pero en
general es mejor dejar a los niños solos.

Objetivos

1. Ayudar a los niños a crear imágenes mentales claras a partir de una descripción y
reproducirlas a través de una pintura.
2. Aumentar su poder de imaginación.
3. Ayudarles en sus ideas sobre la forma y el color.
4. Aumentar su interés por la historia de Beowulf permitiéndoles ilustrar una escena del
libro que están leyendo.
5. Sacar a relucir su idea de una criatura desconocida (por ejemplo, Grendel).

Pasos

Paso I. Indagar lo que saben los niños acerca del poema «Beowulf» y del héroe mismo.

Paso II. Aportar cualquier punto que puedan pasar por alto en la historia, hasta donde
hayan leído (es decir, hasta la muerte de Grendel).

Paso III. Leer la descripción de la forma de vestir en aquella época, y el relato de la muerte
de Grendel (incluyendo tres posibles imágenes).

Paso IV. Indagar de los niños cuáles son las imágenes mentales que se han formado, y
volver a leer el pasaje.

Paso V. Permitirles producir con pincel y pintura la imagen mental que poseen.

Paso VI. Mostrarles la «ilustración original» de George Morrow de Beowulf en Heroes of


Chivalry and Romance
(https://archive.org/details/heroesofchivalry00chur_0/page/56/mode/2up)».

Lecciones de dibujo. Pero «para sus verdaderas lecciones de dibujo», dice el lector,
«¿supongo que se usa pintura prefigurada?» (es decir, salpicaduras de pintura hechas con
la parte plana del pincel, que toman una forma oval). Creo que este método tiene un uso,
que es dar cierta libertad en el uso del color, de lo contrario, me parece una especie de
aparato artístico que el niño adquiere con mucho esfuerzo y que, al combinar varios para
crear flores, u otras cosas, permite al niño producir efectos superiores a su legítima
capacidad artística, que, sin embargo, realiza sin una partícula de emoción por el objeto
natural donde radica el alma misma del arte. La capacidad de la creación efectiva
utilizando una especie de truco ingenioso mutila los delicados sentidos que posee la
naturaleza infantil y a través de los cuales el niño aprehende el arte.

Ruskin dijo: «Deje que el ojo descanse sobre la áspera fracción de una rama que tenga una
forma curiosa durante la conversación con un amigo, que descanse, aunque sea
inconscientemente, y aunque la conversación se olvide, aunque se pierda de la memoria
todas las circunstancias relacionadas como si no hubieran existido, pero el ojo, durante
toda la vida posterior, obtendrá un cierto placer en tales ramas que nunca antes tuvo, un
placer tan leve, un rastro tan delicado de emoción, que nos dejará completamente
inconscientes de su peculiar poder, indestructible ante cualquier razonamiento, y
convertido en una parte nuestra desde ahora hasta el fin».

Esto es lo que deseamos que los niños logren cuando les enseñamos a dibujar: que el ojo
descanse, no inconscientemente, sino conscientemente, en algún objeto de belleza que
dejará en sus mentes una imagen deleitable para toda la vida. Los niños de seis y siete
años dibujan ramitas en ciernes de roble y fresno, haya y alerce, con tal tierna fidelidad al
color, al tono y al gesto, que los toscos dibujitos son en sí mismos unas bellezas.
Los niños poseen «el arte» dentro de sí. Con el arte, así como con tantas otras cosas en un
niño, debemos creer que está ahí, o nunca lo encontraremos. Una vez más, aquí hay un
delicado Ariel a quien nos corresponde liberar de sus ataduras. Por ello, ponemos una
ramita o una flor que crece delante de un niño y dejamos que se ocupe de ella como
quiera. Encontrará su propia forma de dar forma y color, y nuestra ayuda puede muy bien
limitarse al principio a cuestiones técnicas como la mezcla de colores y cosas por el estilo.
Para que no impidamos la libertad del niño o estorbemos la liberación del arte que está en
él, debemos tener cuidado de no ofrecer ninguna ayuda en forma de guías, puntos y otras
muletas; y, además, debiera trabajar en el medio más fácil, esto es, con pincel o con
carboncillo, y no con lápiz de mina negra. Se deben evitar las cajas de colores baratos. Los
niños son dignos de lo mejor, y media docena de tubos de acuarela de muy buenos colores
durarán mucho tiempo, y satisfarán la vista de los pequeños artistas.

Modelado en arcilla. Al referirnos a la formación artística de los niños, puede ser bueno
mencionar el modelado en arcilla. Los bien hechos niditos de pájaros, cestas de huevos,
etc., no sirven para el desarrollo artístico y bien pronto dejan de ser divertidos. Por el
contrario, lo principal que el maestro debe hacer es mostrar al niño cómo preparar su
arcilla para expulsar las burbujas de aire, y darle la idea de hacer una pequeña plataforma
para su trabajo, para que desde el principio tenga un efecto artístico. Luego, se debe poner
a su alcance una manzana, un plátano, un coquito de Brasil, o algo similar; y que él no
tome un trozo de arcilla y lo apriete hasta darle forma, sino que construya la forma que
desea pieza por pieza. Su propia percepción artística se apropia de la abolladura de la
manzana, la arruga en el zapato del niño, las pequeñas notas de expresión en el objeto que
rompen la uniformidad y se constituyen en arte.

El piano y el canto. Debo concluir con la decepcionante sensación de que se han dejado de
lado temas de importancia en la educación del niño, y que ninguno de ellos ha sido
abordado adecuadamente.

Sobre ciertos temas de peculiar valor educativo, como la música, por ejemplo, no he dicho
nada, en parte por falta de espacio, y en parte porque si la madre no posee la claridad que
tuvo Sir Joshua Reynolds [pintor británico que supo reconocer su genio para la pintura],
las sugerencias de un extraño no producirán el sentimiento artístico que es la condición
del éxito en este tipo de enseñanza. Si fuera posible, que los niños aprendan desde el
principio con artistas, amantes de su trabajo: es un grave error dejar que el niño ponga las
bases de lo que sea que haga en el futuro bajo la tutela de maestros mal calificados y
mecánicos, que no encienden en él nada de entusiasmo en el cual consiste la vida del arte.
Me gustaría, en relación con el canto, mencionar los admirables efectos educativos del
método Solfeo (https://steemit.com/spanish/@bassrog/cual-es-la-importancia-del-
solfeo).

A través del solfeo, los niños aprenden de una manera mágica a producir los signos de
cada sonido, y los sonidos de cada signo, entonces pueden leer música, y también escribir
las notas o hacer los signos adecuados para las notas de un pasaje que se les cante. El oído
y la voz se cultivan simultáneamente y por igual.
El método presente en la obra Child Pianist
(https://archive.org/details/teachersguidecur00curwuoft) de Curwen se produce, con
minucioso cuidado, a lo largo de las mismas líneas; es decir, el conocimiento del niño de la
teoría de la música y su entrenamiento auditivo van a la par con su capacidad de
ejecución, y parecen acabar con la monotonía mortal de «practicar la música».

Manualidades y ejercicios físicos. No podemos mencionar más que dos asignaturas


importantes, como son los trabajos manuales y los ejercicios físicos, los cuales debieran
formar parte habitual de la vida diaria de un niño. Para el entrenamiento físico nada es tan
bueno como la Gimnasia sueca (http://historiaefi.blogspot.com/2008/06/la-gimnasia-
sueca_25.html) [en inglés, Swedish Drill] de Ling, y algunos de los primeros ejercicios
pueden hacer los niños menores de nueve años. El baile y los diversos ejercicios musicales
permiten generar la gracia en el movimiento y dan más placer, aunque menos
entrenamiento científico, a los pequeños.

Me parece que los trabajos manuales que mejor se adaptan a los niños menores de nueve
años son el armado de sillas de caña o mimbre, trabajos con cartón, cestería, alfombras
tejidas (http://archipelago7.blogspot.com/2016/08/charlotte-mason-and-handicraft-
of.html) [otras ideas aquí (https://www.pequeocio.com/5-alfombras-infantiles-
caseras/)], cortinas japonesas (https://valenteshop.ru/es/kak-sshit-shtory-svoimi-
rukami-poshagovaya-instrukciya-6-foto/), tallado en corcho
(https://www.chinaartlover.com/chinese-cork-carving-history-value), mostrario de
variadas puntadas hechas en lienzo basto [como esto
(https://www.needlenthread.com/2012/07/on-random-stitch-samplers.html)], costuras
fáciles, tejido de punto (con agujas grandes y lana), etc. Lo que se debe mantener presente
es que las manualidades de los niños cumplan los siguientes lineamientos: (a) que no se
ocupen en hacer futilidades como trabajos con guisantes y palos, tiritas de papel, y cosas
similares; (b) que se les enseñe lenta y cuidadosamente lo que deben hacer; c) que no se
permita el trabajo descuidado; (d) y que, por lo tanto, el trabajo de los niños se mantenga
dentro del alcance de sus capacidades.

Es mi esperanza que, al concluir esta breve reseña de las asignaturas apropiadas de la


educación intelectual infantil, se haya dicho lo suficiente para demostrar cuán necesario es
que la madre reflexione seriamente antes de permitir que cualquier librito de lecciones
llegue a manos de sus hijos, o que personas mal calificadas experimenten en sus hijos
métodos de su propia invención.

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Parte VI. La voluntad, la conciencia, la vida divina en el


niño
I. La voluntad

[Nota: Es posible que Charlotte Mason haya utilizado en esta sección la alegoría creada
por John Bunyan (autor del Progreso del Peregrino) en su obra La guerra santa
(https://www.amazon.com/Guerra-Santa-resistencia-pecado-
alegor%C3%ADa/dp/1629463159), donde se describe a Almahumana como una ciudad
asediada que resiste tal como resiste al pecado el creyente en Cristo Jesús, y por tanto,
donde se libra la batalla la voluntad del ser humano, en su interior.]

Gobierno de Almahumana. Consideremos ahora un tema de indecible importancia para


todos los seres a los cuales se le ha dado una vida de raciocinio aquí, y que poseen la
esperanza de una vida más plena en el más allá; me refiero al gobierno del reino de
Almahumana. Todo niño que ha vivido lo suficiente en el mundo ha sido investido,
gradualmente, con esta alta función, y les corresponde a sus padres instruirlo en cuanto a
sus deberes, y perfeccionarlo en la ejecución de sus tareas. Ahora bien, el gobierno de este
reino de Almahumana, igual que el de algunos estados bien ordenados, se lleva a cabo en
tres cámaras, donde cada cámara cuenta con sus propias funciones, ejercidas, no por una
multitud de consejeros, sino por un solo ministro.

El poder ejecutivo reside en la voluntad. En la cámara externa se encuentra Voluntad. Al


igual que el centurión romano, Voluntad tiene soldados a su cargo: le dice a este hombre:
Ve, y él va; a otro: Ven, y él viene; a un tercero: Haz esto, y lo hace. En otras palabras,
el poder ejecutivo recae en la voluntad. Si la voluntad tiene el hábito de estar sujeto a la
autoridad, si emite sus mandatos en el tono que requiere obediencia, el reino está, de tal
manera, en unidad consigo mismo. Si la voluntad es débil, da consejos inciertos, pobre
Almahumana es destruida por el desorden y la rebelión.

¿Qué es la voluntad? No sé lo que es la voluntad; parece ser que no tener definición es un


hecho final, pero son pocos los asuntos acerca de los cuales quienes tienen la educación de
los niños en sus manos cometen los errores más perjudiciales; y, por lo tanto, vale la pena
considerar, como nos sea posible, cuáles son las funciones de la voluntad, y cuáles son sus
limitaciones.

Hay personas que pueden pasar toda la vida sin ejercer un acto deliberado de la
voluntad. En primer lugar, la voluntad no está involucrada necesariamente en ninguno de
los aspectos en que hemos considerado hasta ahora al niño. Puede reflexionar e imaginar;
ser motivado por el deseo de conocimiento, de poder, de distinción; puede amar y estimar;
puede formar hábitos de atención, de obediencia, de diligencia, de
pereza, involuntariamente, es decir, sin pretenderlo, sin proponerse, sin querer estas cosas él
mismo. Hasta tal punto es esto cierto, que hay personas que viven su vida sin realizar
ningún acto de voluntad deliberada: algunas personas amables y fáciles de llevar, por una
parte, que han vivido protegidas por circunstancias favorables; y, otras pobres almas, que,
por el contrario, no las han resguardado las circunstancias, que se han deshecho de sus
amarras que las establecían, y que apenas pueden nombrar aquellos a quienes pertenecen.
Las grandes capacidades intelectuales no implican en absoluto una voluntad en capacidad
de control; ya vemos cómo a Coleridge había que cuidarlo, porque tenía muy poca
capacidad de voluntad. Sus pensamientos estaban tan poco sometidos a su propia volición
como sus acciones, y la charla refinada que la gente iba a escuchar no era más que un
sinfín de ideas conectadas por ningún otro vínculo que el de la asociación; que, siendo su
mente tan superior, sus ideas fluían metódicamente, como por su propia voluntad.

El carácter es el resultado de una conducta regulada por la voluntad. Es innecesario decir


ni una palabra sobre la dignidad y la fuerza del carácter que una voluntad que ha sido
confirmada proporciona a sus poseedores. De hecho, el carácter es el resultado de una
conducta regulada por la voluntad. Decimos: Fulano tiene mucho carácter, mengano no
tiene carácter; y podríamos expresar lo mismo diciendo: Fulano tiene una voluntad
vigorosa, mengano no tiene fuerza de voluntad. Todos conocemos vidas que son ricas en
dones y gracias, pero que han naufragado por la falta de una voluntad determinante.

Tres funciones de la voluntad. La voluntad es quien controla las pasiones y las


emociones, quien dirige los deseos, quien gobierna los apetitos. Pero observe que las
pasiones, los deseos y los apetitos ya existen de antemano, y que la voluntad sólo adquiere
fuerza y vigor en la medida que se ejercita en la represión y la dirección de los mismos;
pues, aunque la voluntad parece ser de naturaleza puramente espiritual, se comporta
como cualquier miembro del cuerpo en este punto: que adquiere vigor y capacidad en
proporción al debido alimento y su uso adecuado.

Limitación de la voluntad que es ignorada por ciertos novelistas. Es verdad que el


villano de una novela es, o más bien solía ser, una persona interesante, porque siempre
estaba dotado de una voluntad poderosa, que actuaba, no controlando sus pasiones
violentas, sino ayudándolas e instigándolas, dando como resultado un ser diabólico fuera
de lo común y natural. Y no es de extrañar, ya que, según la ley natural, el miembro que
no cumple con sus propias funciones es castigado con la pérdida de la capacidad de
actuar; si no deja de ser, existe como si no existiera; así la voluntad, al estar en autoridad,
no es capaz de movilizar sus efectivos hacia la turba: la confusión sería horrible; lo mismo
sucede cuando los poderes ejecutivos de un estado son tomados por una turba alborotada,
y hay tiroteos en las carreteras y ahorcamientos en los faroles, y la confusión es infinita por
todas partes.

Los padres cometen tal error metafísico. Me interesa mucho presentar a ustedes dicha
limitación de la voluntad sobre el ejercicio de sus debidas funciones, porque con bastante
frecuencia los padres cometen el mismo error metafísico que hemos visto en el escritor de
novelas. Admiran una voluntad vigorosa, y con razón; saben que, si su hijo espera dejar
su huella en el mundo, debe ser por la fuerza de la voluntad. ¿Qué sucede después? El
bebé grita para conseguir un juguete prohibido, y la madre dice: «Tiene una voluntad tan
fuerte». El pequeño de tres años se pone a rugir en la calle, y no quiere moverse a pedido
de su cuidadora, porque «tiene una voluntad tan fuerte». Dominará a voluntad los juguetes
de la guardería, monopolizará a voluntad los juegos de sus hermanas, todo por su «fuerte
voluntad». En este punto se nos presenta una divergencia de opiniones: por un lado, los
padres deciden que, sean cuales sean las consecuencias, la voluntad del niño no debe ser
quebrantada, por lo que todos sus caprichos deben proseguir sin control; y, por otro lado,
se decide que la voluntad del niño debe ser quebrantada a toda costa, y el pobre ser es
sometido a una triste ronda de castigos y represión.

La voluntariedad indica carencia de fuerza de voluntad. Pero todo este tiempo, nadie
percibe que el problema del niño es la mera falta de voluntad. Él está en un estado de total
«voluntariedad», como se llama al estado en que la voluntad no tiene capacidad de
control [el Diccionario de la RAE describe voluntariedad como: Determinación de la
propia voluntad por mero antojo y sin otra razón para lo que se resuelve], aunque
involuntariedad, si existiera tal palabra, describiría mejor dicho estado. Ahora bien, esta
confusión entre el estado de voluntariedad y el de ser dominado por la voluntad, conduce
a resultados perversos incluso cuando la voluntariedad no ha sido fomentada ni cuando el
niño ha sido reprimido indebidamente: provoca descuidar el debido cultivo y
entrenamiento de la voluntad, esa posesión casi divina, de cuyo uso depende el valor de
todos los demás dones, ya sean belleza o genio, fuerza o habilidad.

¿Qué es la voluntariedad? Si la voluntariedad no es un ejercicio propio de la voluntad,


¿qué es, entonces? Es simplemente esto: quitad el freno y la brida –es decir, el control de la
voluntad— a los apetitos, a los deseos, a las emociones, y el niño que se ha apropiado de
una afición, ya sea resentimiento, celos, deseo de poder, o deseo de poseer, es
otro Mazeppa (https://www.criticadelibros.com/personajes/mazeppa/), llevado sin
dirección con la velocidad del veloz y la fuerza del fuerte, y sin ninguna capacidad para
ayudarse a sí mismo. No existe un límite al poder y a la persistencia de los apetitos y las
pasiones si se elimina el freno previsto; y es este ímpetu del apetito o de la pasión, esta
aparente determinación de ir en una dirección y no en otra, lo que se llama voluntariedad
y se confunde con un ejercicio de la voluntad. A pesar de que la determinación es lo único
aparente; el niño, de hecho, está siendo llevado velozmente y sin resistencia, porque
aquella fuerza opuesta que debería dar equilibrio a su carácter no está desarrollada ni
entrenada.

La voluntad tiene funciones superiores e inferiores. La voluntad tiene unas funciones


superiores y unas funciones inferiores, que pueden llamarse funciones morales y
mecánicas; y aquella voluntad que, por falta de práctica, se ha vuelto flácida y débil en el
ejercicio de sus funciones superiores, puede, sin embargo, ser capaz de ordenar asuntos
tales como ir o venir, sentarse o levantarse, hablar o abstenerse de hablar.

La voluntad no es una facultad moral. Reitero que, aunque es imposible alcanzar la


excelencia moral del carácter sin la acción de una voluntad vigorosa, la voluntad en sí
misma no es una facultad moral, por lo tanto, una persona puede alcanzar una gran
fuerza de voluntad como consecuencia de esfuerzos continuos en la represión o dirección
de sus apetitos o deseos, y sin embargo, ser una persona indigna; es decir, puede
mantenerse en orden por motivos indignos, por el bien de las apariencias, por interés
propio, o incluso por el perjuicio de otra persona.
Una voluntad disciplinada es necesaria para el carácter cristiano heroico. Vale la pena
reiterar que, aunque una voluntad disciplinada no es una condición necesaria de la vida
cristiana, es necesaria para desarrollar el carácter cristiano heroico. Gordon, Havelock,
Florence Nightingale, el apóstol Pablo, son personas de vigorosa voluntad. En este
aspecto, como en todos los demás, el cristianismo alcanza las almas más débiles. Hay una
maravillosa pintura de Guido Reni titulada Magdalen
(https://www.wga.hu/art/r/reni/2/magdalen.jpg) en el Louvre, cuya boca claramente
nunca ha hecho ninguna resolución ni para bien ni para mal, la parte inferior del rostro
moldeada por la obediencia impotente a la inclinación del momento; pero usted mira a los
ojos, que se levantan para encontrar la mirada de otros ojos que no se muestran en el
cuadro, y el semblante se transfigura, todo el rostro se enciende con una pasión de
servicio, amor y entrega. Todo esto puede lograrlo la gracia divina en almas débiles y
reticentes, y entonces harán lo que puedan hacer; pero su poder de servicio está limitado
por su pasado. No ocurre así con el hijo de la madre cristiana, cuyo mayor deseo es
capacitarlo para la vida cristiana. Cuando él despierte a la conciencia de a quién él le
pertenece y a quién él sirve, ella lo tendrá listo para tal sublime servicio, habiendo
entrenado todas sus facultades—un hombre de guerra desde su juventud; pero, por sobre
todo, poseedor de una voluntad efectiva, para querer y para hacer la buena voluntad de
Dios.

La única facultad práctica del hombre. Antes de considerar cómo entrenar esta «única
facultad práctica del hombre», debemos saber cómo opera la voluntad, cómo maneja y
ordena todo lo que se hace y piensa en el reino de Almahumana. «¿No puedes obligarte a
hacer lo que deseas hacer?», dice Guy, en Heir of Redclyffe, al pobre Charlie Edmonston,
que nunca ha tenido el hábito de obligarse a hacer nada. Por supuesto que existen
aquellos que ni siquiera han llegado a desear hacer lo que debieran hacer, aunque la
mayoría de nosotros lo deseamos; pero lo que queremos saber es cómo obligarnos a hacer
lo que deseamos hacer. Y aquí está la línea que divide a las personas eficaces de las que no
lo son, a los grandes de los pequeños, a los buenos de los bien intencionados y respetables:
es en proporción a la capacidad de una persona de controlarse a sí misma, de obligarse a sí
misma, que es capaz de hacer, incluso a expensas de su propio placer; que puede
depender de sí mismo, y estar seguro de su propia acción en los acontecimientos
inesperados.

Cómo actúa la voluntad. Ahora bien, ¿cómo se comporta este autócrata interior? ¿Es con
un severo «tú deberás», «tú no deberás», que el hombre en sujeción es coaccionado a la
obediencia? De ninguna manera. ¿Es mediante una demostración plausible de razones,
una recolección de motivos? Tampoco. Desde que el John Stuart Mill nos enseñó que
«todo lo que el hombre hace, o puede hacer, con la materia» es «acercar o alejar una cosa
de otra», no debemos sorprendernos de que se produzcan grandes resultados morales por
medios que parecen inadecuados; y un poco de experiencia en la guardería infantil será
una muestra mucho mejor que una abundante charla lo que es posible para la voluntad.
Un bebé se cae, se da un fuerte golpe y llora lastimosamente; la cuidadora experimentada
no «besa el lugar para curarlo», ni muestra ninguna compasión por el problema del niño
lo cual empeoraría las cosas; cuanto más se compadece ella, él más solloza. Ella, por el
contrario, se apresura a «cambiar los pensamientos del niño», según dice; y lo lleva a la
ventana para que vea los caballos, le da su libro ilustrado favorito, su juguete más
querido, y el niño se endereza en la mitad de un sollozo, aunque está realmente
malherido. Ahora bien, lo que hace la cuidadora experimentada es precisamente el papel
que juega la voluntad en el hombre: es por la fuerza de la voluntad que un hombre puede
«cambiar sus pensamientos», transferir su atención de un tema a otro, y ello con una
descarga de fuerza mental que no percibe conscientemente. Y esto es suficiente para salvar
a un hombre y para convertir en hombre a un hombre, es decir, la capacidad de obligarse a
pensar sólo en aquellas cosas que él ha decidido de antemano que es bueno pensar.

El camino de la voluntad: los incentivos. Sus pensamientos vagan por el placer


prohibido, en detrimento de su trabajo; se endereza y fija deliberadamente su atención en
los incentivos que tienen más poder para hacerle trabajar, como el momento de ocio y de
placer después de la labor honesta, el deber que le obliga a cumplir su tarea. Sus
pensamientos discurren por el cauce que él quiere que discurran, y el trabajo deja de ser
un esfuerzo.

Distracción. De nuevo, una pequeña afrenta ha provocado un torrente de resentimiento, y


decimos: «fulano no debería haber hecho tal cosa, no tenía derecho, fue grosero», y la lista
sigue de todas las cosas severas que estamos dispuestos a decir en el corazón contra quien
ofende nuestro amor propio. Pero el hombre bajo el control de su propia voluntad no
permite continuar con lista, y no lucha consigo mismo, diciendo: «Está muy mal que yo
haga esto. Después de todo, fulano no tiene toda la culpa». Todavía no está preparado
para eso, sino que se obliga a pensar en otra cosa: el último libro que ha leído, la próxima
carta que debe escribir, cualquier cosa lo suficientemente interesante como para desviar
sus pensamientos. Cuando se permite volver a la causa de la ofensa, he aquí que todo el
rencor desaparece, y es capaz de mirar el asunto con la frialdad de una tercera persona. Y
esto es cierto, no sólo de los brotes de resentimiento, sino de toda tentación que acosa la
carne y el espíritu.

Cambiar de pensamiento. Lo mismo sucede cuando la uniformidad de los deberes, el


cansancio de hacer lo mismo una y otra vez, llenan a la persona de disgusto y abatimiento,
por tanto, deja de esforzarse; no así el hombre bajo el poder de su propia voluntad, quien
sencillamente no se permite el descontento en la ociosidad; porque siempre está a su
alcance algo agradable que pueda darse a sí mismo, algo externo de sí, en qué pensar, y así
lo hace; lo cual provoca lo que llamamos un «estado dichoso de ánimo», en el cual ningún
trabajo es algo penoso.

El camino de la voluntad debe enseñarse a los niños. Es bueno saber qué hacer con
nosotros mismos cuando estamos en problemas, y conocer el camino de la voluntad ya
mencionado es hasta tal punto el secreto de una vida feliz, que bien vale la pena
impartirlo a los niños. ¿Estás en problemas? Cambia tus pensamientos. ¿Estás cansado de
intentarlo? Cambia tus pensamientos. ¿Estás deseando cosas que no debes tener? Cambia
tus pensamientos; hay un poder dentro de ti, tu propia voluntad, que te permitirá desviar
tu atención de pensamientos que te hacen infeliz y estar errado, hacia pensamientos que te
hacen feliz y estar en lo correcto. Y ésta es la manera sumamente sencilla en que actúa la
voluntad; éste es el único secreto del poder sobre sí mismo que ejerce el hombre fuerte:
puede obligarse a pensar en lo que elige, y no se permitirá por propia voluntad pensar en lo
que engendra una maldad.
El poder de la voluntad implica poder de atención. Pero percibimos que, aunque la
voluntad es todopoderosa dentro de ciertos límites, se trata solo de límites angostos,
después de todo. Hay mucho que debe preceder y acompañar a una voluntad vigorosa
para que se constituya en un poder para gobernar la conducta. Por ejemplo, el hombre
debe haber adquirido el hábito de la atención, cuya gran importancia ya hemos
considerado. Hay personas con atención de pajarito, que no tienen la capacidad de pensar
en forma conectada durante cinco minutos bajo alguna presión interna o externa. Si nunca
han sido entrenados para aplicar la totalidad de sus facultades mentales a un tema
determinado, pues, ninguna energía de la voluntad, suponiendo que la tuvieran, lo cual es
imposible, les podría hacer pensar de manera fija pensamientos de su propia elección o de
alguna otra persona. He aquí cómo encajan las partes del tejido intelectual: el poder de la
voluntad implica el poder de la atención; y antes de que los padres puedan empezar a
entrenar la voluntad del niño, deben haber empezado a formar en él el hábito de la
atención.

El hábito puede frustrar la voluntad. Ya hemos considerado la fatal disposición hacia el


mal, y el impulso hacia el bien, que otorga el hábito. El hábito es el aliado o el oponente, y
con demasiada frecuencia quien obstaculiza a la voluntad. El infeliz borracho quiere hacer
su voluntad con toda la fuerza que hay en él; aparta los ojos de su mente para no
contemplar la trampa que lo acecha; se afana en otros pensamientos; pero,
desgraciadamente, sus pensamientos sólo correrán en el surco acostumbrado del deseo,
y el hábito es demasiado fuerte para su débil voluntad. Todos sabemos algo de esta lucha
entre el hábito y la voluntad en asuntos menos vitales. ¿Quién no tiene algún hábito,
bastante fastidioso, de retrasar, o procrastinar, que lucha casi diariamente con la voluntad
corregida? Pero ya he dicho tanto sobre el deber de los padres de facilitar el camino de sus
hijos estableciendo para ellos los surcos de hábitos útiles, que es innecesario decir aquí
una palabra más sobre el hábito como aliado o entorpecedor de la voluntad.

Uso razonable de un instrumento tan eficaz. Vemos aquí, una vez más, que sólo el
hombre de razonamiento cultivado es capaz de ser gobernado por una voluntad bien
dirigida. Si su entendimiento no da prueba de una buena razón de por qué él debiera realizar
una lectura sustancial todos los días, por qué debiera aferrarse a la fe de sus padres, por
qué debiera asumir sus deberes como ciudadano, pues, entonces, el movimiento de su
voluntad será débil y fluctuante, y muy estéril en cuanto a resultados. De hecho, puede
ocurrir algo peor: puede adoptar una idea equivocada, o incluso viciosa, y hacer mucho
daño mediante lo que él considera es un esfuerzo virtuoso de la voluntad. Los padres
pueden arriesgarse a poner en manos de sus hijos el poder de la voluntad sólo en la
medida que los entrenan para que hagan un uso razonable de tan eficaz instrumento.

Cómo fortalecer la voluntad. Consideraremos otra limitación de la voluntad, pero


suponiendo que los padres se esfuerzan en que el niño esté en condiciones de usar su
voluntad, ¿cómo fortalecerán tal voluntad, de modo que el niño pueda emplearla para
controlar su propia vida? Ya hemos hablado de la importancia de educar al niño en el
hábito de la obediencia. Ahora bien, la obediencia sólo es valiosa en la medida en que
ayuda al niño a obligarse a sí mismo a hacer lo que sabe que debe hacer. Todo esfuerzo de
obediencia que no le dé al niño un sentido de conquista sobre sus propias inclinaciones,
ayuda a esclavizarlo, resintiendo él la pérdida de su libertad y corriendo al desenfreno
apenas pueda. He ahí el secreto del malogramiento de muchos niños educados
estrictamente. Pero que él coopere; que, de todo corazón, pueda tener la intención y el
propósito de hacer lo que se le pide, entonces será su propia voluntad la que le obligue, y
no la de los padres; él comienza así el mayor esfuerzo, el más alto logro de la vida
humana, que es, el obligarse a sí mismo a hacer algo. Que él sepa lo que está haciendo,
que disfrute de la sensación de triunfo, y de las felicitaciones de sus padres, cada vez que
lleve sus pensamientos de vuelta a esa fastidiosa operación matemática, cada vez que
haga que sus manos terminen lo que han empezado, cada vez que despida de sí al perro
negro que lo agobia, y produzca una sonrisa en el rostro sombrío.

El hábito del manejo de sí mismo. Entonces, como se dijo previamente, que él conozca el
secreto de la volición; que sepa que, mediante un esfuerzo de la voluntad, él puede dirigir
sus pensamientos hacia lo que quiere pensar, ya sean sus lecciones, sus oraciones, su
trabajo, y alejarlos de las cosas en las que no debería pensar. Que, de hecho, puede ser un
niño tan fuerte y valiente, que puede obligarse a pensar en lo que le gusta; y que pruebe
esto con pequeños experimentos. Que, si consigue una vez que sus pensamientos vayan en
la vía correcta, el resto sucederá por sí solo, y la próxima vez seguro que hará lo correcto.
Que, si siente que le asaltan pensamientos malos, el plan es pensar enérgicamente en otra
cosa, en algo bonito: en su próximo cumpleaños, en lo que quiere hacer cuando sea adulto.
No todo esto a la vez, por supuesto; sino surco tras surco, precepto tras precepto, un poco
aquí y otro poco allá, según se dé la oportunidad. Que se acostumbre a manejarse a sí
mismo, a controlarse, y es sorprendente el poder de obligarse a sí mismo que exhibe un
niño tan pequeño. «Refrénate, Tommy», oí decir una vez a una sabia tía a un niño de
cuatro años, y Tommy se contuvo, aunque estaba haciendo un terrible alboroto por un
pequeño problema.

La educación de la voluntad es más importante que la del intelecto. Durante todo este
tiempo, la voluntad del niño está siendo entrenada y fortalecida; él está aprendiendo
cómo y cuándo usar su voluntad, y ésta cada día se vuelve más vigorosa y capaz.
Permítanme añadir uno o dos sabios pensamientos de Introduction to Mental Philosophy
(https://archive.org/details/in.ernet.dli.2015.188182) [Introducción a la filosofía mental]
del Dr. Morell: «La educación de la voluntad, como formadora del destino del individuo,
tiene en realidad mucha mayor importancia que la del intelecto… Ni la teoría ni la
doctrina, o la inculcación de leyes y propuestas, nunca conducirán por sí mismas al hábito
uniforme de la acción correcta. Es a través del hacer, que aprendemos a hacer; venciendo,
que aprendemos a vencer; y cada acto correcto que hacemos brotar a partir de principios
puros, ya sea utilizando la autoridad, el precepto o el ejemplo, tendrá mayor peso en la
formación del carácter que toda la teoría del mundo».

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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educacion-hogar/#cmvol1_indice)
II. La conciencia

La conciencia es jueza y legisladora. Pero la voluntad no gobierna el reino de


Almahumana por sí sola. Es cierto que la voluntad ejerce el poder ejecutivo; ya que es sólo
por la volición que estamos capacitados para hacer; pero hay un poder superior detrás,
cuyo mandato la voluntad no hace más que expresar. En la cámara interior se halla la
conciencia, quien ejerce la autoridad suprema; la conciencia es quien dicta la ley, y
pronuncia el «debes hacer» y el «no debes hacer» sobre los que cuales la voluntad actúa;
también la conciencia es el juez ante el cual se convoca al alma infractora; y el veredicto de
la conciencia cuando dice: «tú eres tal hombre», es inapelable.

«Lo soy, lo debo, lo puedo, lo haré». He aquí los peldaños de la escalera de San Agustín,
por la que

«nos elevamos sobre peldaños rocosos


desde nuestro ser inerte a cosas más sublimes».

«Lo soy»: tenemos el poder de conocernos a nosotros mismos. «Lo debo»: tenemos un juez
moral en nuestro interior, al que nos sentimos sometidos, y quien señala nuestro deber y
nos exige nuestros deberes. «Lo puedo»: somos conscientes del poder para hacer lo que
percibimos que debemos hacer. «Lo haré»: nos decidimos a ejercer ese poder con una
volición que es en sí misma un paso hacia la ejecución de lo que haremos. Es una hermosa
y perfecta cadena, y causa admiración cómo es que el error sea siquiera posible para la
persona cuando está tan exquisitamente constituida para hacer el bien. Pero no me
corresponde hablar aquí de los dolorosos misterios del pecado y de la tentación; veréis
que es por las posibilidades de ruina y pérdida que se ciernen sobre toda vida humana
por lo que insisto a los padres en el deber de salvar a sus hijos por los medios que están en
sus manos. Tal vez no sea excesivo decir que noventa y nueve de cada cien vidas perdidas
se deben a padres que no se esforzaron en librarlas de la pereza, de los apetitos sensuales,
de la obstinación, ni en fortalecerlas con hábitos de una vida buena.

La gracia divina no suple la indolencia de los padres: Vivimos en un mundo redimido, y


desde lo alto, gracia y ayuda infinitas asisten todo esfuerzo correctamente dirigido en la
formación de los hijos; pero no veo muchos motivos para esperar que la gracia divina
intervenga como sustituto de todas las capacidades que decidimos no utilizar o que son
mal dirigidas. En el mundo físico, no esperamos que los milagros compensen nuestra
negligencia en el uso de aquellos medios a nuestro alcance; por ejemplo, tanto una
extremidad deforme como un cuerpo raquítico son algo que el niño sufre por culpa de sus
padres, y permanecen con él durante toda la vida, no importa por cuántas otras cosas
pueda estar agradecido a Dios; así mismo ocurre con la voluntad débil, los malos hábitos,
la conciencia sin instrucción, que muchos hombres cristianos acarrean durante toda la
vida porque sus padres fallaron en el deber que tenían hacia sus hijos, quienes no han
tenido suficiente fuerza en sí mismos para suplir la omisión de los primeros.
La conciencia no es guía infalible. En cuanto a la conciencia, por ejemplo, el hábito de la
laxitud [laissez-faire en el original] de los padres es la causa de verdadero daño y mal para
muchos niños. Los padres agradecen al creer que su hijo ha nacido con una conciencia;
esperan que su conducta se rija por ella e ignoran lo demás; pensando que el niño y su
conciencia pueden resolver cualquier asunto que toque al uno o al otro. Ahora bien, esto
implicar suponer que, o bien una conciencia en total capacidad nace en el cuerpo del bebé,
o bien que crece, como el cabello y las extremidades, en función del crecimiento del
cuerpo, y cuyo progreso espiritual propio no está sujeto a ninguna condición. En otras
palabras, es suponer que la conciencia es una guía infalible, un engaño al cual la gente se
aferra a pesar del sentido común y de la experiencia diaria que proporcionan las cosas mal
dirigidas que los hombres hacen por motivos de conciencia. Los caprichos de la conciencia
no instruida son tan familiares que han dado lugar a proverbios populares como: «Honor
entre ladrones», «Colar el mosquito y tragar el camello», que indican casos de conciencia
mal dirigida; mientras que «El deseo es padre del pensamiento», o «Nadie es tan ciego
como el que no quiere ver», indican casos aún más comunes, en los que un hombre
engaña a sabiendas a su conciencia para someterla.

Pero sí es un poder real. Entonces, si la conciencia no es una guía infalible –si se


desentiende de ofensas atroces, pero sobre alguna cuestión menor acomete con rudeza,
pagando el diezmo de la menta, la ruda y toda clase de hierbas, descuidando los asuntos
más importantes de la ley—si la conciencia es susceptible de ser embaucada, persuadida
de llamar al mal bien y al bien mal, cuando el Deseo es el abogado especial ante el tribunal,
¿para qué sirve esta caña rota? ¿Acaso este severo legislador interior no es más, después
de todo, que una ficción del cerebro? ¿Es su conciencia solo lo que usted piensa sobre sus
propios actos y los de los demás? Por el contrario, estas aberraciones de la conciencia son
quizás la prueba más fehaciente de que existe ésta como un poder real. Como bien ha
dicho Adam Smith: «La suprema autoridad de la conciencia la sienten y reconocen
tácitamente tanto los peores de los hombres como los mejores; pues incluso aquellos que
se han desprendido de toda hipocresía con el mundo, se esfuerzan por ocultar de sí
mismos el verdadero carácter que poseen».

Es el sentido espiritual a través del cual conocemos el bien y el mal. Lo que la conciencia
es, hasta qué punto procede de los sentimientos, o de la razón, cuán independiente es de
ambos, son todas preguntas complejas que no es necesario resolver para efectos prácticos;
pero una cosa es evidente: que la conciencia es una parte tan esencial de la naturaleza
humana como lo son los afectos y la razón, y que la conciencia es el sentido espiritual por
medio del cual conocemos el bien y el mal. El niño de seis meses que todavía no puede
hablar demuestra cómo trabaja la conciencia; basta una mirada de reproche para que baje
la mirada y esconda la cara. Pero, obsérvese cómo la madre puede llenarlo de confusión si
hace lo mismo, a modo de experimento, cuando el niño sea todo dulzura, y la pobre
conciencia nueva sin instrucción entra en acción de todas maneras, y condena al niño por
las palabras de un tercero.

Hechos como éste permiten vislumbrar la espantosa responsabilidad que recae sobre los
padres. El niño viene al mundo con una facultad moral, un órgano delicado por el cual
discierne el sabor del bien y del mal, y al mismo tiempo tiene una percepción de deleite en
el bien –en sí mismo o en otros–, y de repugnancia y aborrecimiento del mal. Pero,
pobrecito, es como un navegante que no sabe identificar los puntos direccionales en su
brújula. Ha nacido para amar el bien y odiar el mal, pero no tiene un conocimiento real de
lo que es bueno y de lo que es malo; en las intuiciones que posee no confía en absoluto,
sino que se somete con sencillez a la dirección de los demás. La maravilla de que Dios
Todopoderoso pueda soportar dejar hasta este punto en manos de padres humanos la
formación misma de un ser inmortal, sólo se compara con la maravilla de que los padres
humanos puedan aceptar esta concesión divina sin pensar apenas en la importancia que
reviste.

La conciencia del niño es una capacidad sub desarrollada; no una autoridad suprema. Si
consideramos, entonces, a la conciencia del niño como una capacidad que no se ha
desarrollado, y no como una autoridad suprema, la pregunta es cómo educar a esta
naciente dama de la vida para que cumpla sus altas funciones de guiar a la voluntad y
decretar la conducta. Pues, aunque la conciencia deficientemente educada puede cometer
errores fatales, y un hombre puede llevar a cabo una matanza entre los fieles porque su
conciencia se lo ordena; sin embargo, por otra parte, ningún hombre ha alcanzado jamás
una vida piadosa, justa y sobria de no haber sido gobernado por una buena conciencia,
una conciencia no sólo con la capacidad de discernir el bien y el mal, sino entrenada para
percibir las cualidades de ambos. Un hombre puede tener una gran delicadeza de gusto
que lo califique para ser catador de té, pero sólo en la medida en que tenga una
experiencia entrenada en las cualidades de los diferentes tipos de té, será su buen gusto
valioso para sus empleadores, y una fuente de ingresos para él mismo.

La conciencia no instruida. Así como ocurre con la voluntad, la educación de la


conciencia depende de mucho de lo que ha ocurrido anteriormente. El refinamiento de la
conciencia no puede coexistir con la ignorancia. La persona alejada de la civilización que
no se ha cultivado tiene escrúpulos que no podemos compartir; por ejemplo, hasta hoy no
podemos entender cómo fue que los horrores del Motín de la India surgieron a partir de la
mera sospecha de que se había utilizado una mezcla de manteca de cerdo y grasa de vaca
para engrasar los cartuchos repartidos a los cipayos. Llamamos supersticiones y prejuicios
a aquellos escrúpulos que están fuera del alcance de nuestras ideas, y no estamos
dispuestos a considerar que una conducta sea concienzuda, incluso cuando es impulsada
por una conciencia no instruida, a menos que sea razonable y correcta en sí misma.

Los procesos implícitos en una decisión «concienzuda». Por lo tanto, es evidente que
antes de que la conciencia esté en condiciones de pronunciar su veredicto sobre los hechos
de un caso determinado, la razón cultivada debe revisar los pros y los contras; el juicio
practicado debe equilibrarlos, decidiendo cuáles tienen mayor peso. La atención debe
hacer que todas las facultades de la mente influyan en la cuestión; los hábitos de la acción
correcta deben arrastrar los sentimientos, deben hacer que la acción correcta parezca más
fácil y más agradable. Mientras tanto, el deseo clama vigorosamente; pero la conciencia, el
juez imparcial, debidamente informado en pleno tribunal de los méritos del caso, decide
por el derecho. La voluntad ejecuta el veredicto de la conciencia; sobre los veredictos de la
conciencia está el hombre consciente, de cuyas acciones y opiniones se puede estar seguro
de antemano, y entonces, ¿qué es lo que ocurre con estos elaborados procedimientos? Esa
es justamente la ventaja de una conciencia instruida respaldada por una inteligencia
entrenada; el juez está siempre en su puesto, el abogado siempre donde debe estar.
La conciencia instruida casi siempre está en lo correcto. He aquí, en efecto, un motivo
sustancial para la formación integral de la inteligencia del niño; él quiere el más sublime
cultivo que se le pueda dar, respaldado por hábitos cuidadosamente formados, a fin de
que pueda tener una conciencia siempre alerta, apoyada por todo el poder de la mente; y
tal conciencia es la flor misma de una vida noble. La conciencia instruida puede pretender
ser, si no infalible, al menos casi siempre correcta. Por lo general, no está madura hasta
que el hombre es maduro; los jóvenes, por muy rectos y serios que sean, son propensos a
equivocarse, principalmente porque fijan su atención demasiado en algún deber, en
alguna teoría de la vida, a expensas de muchas otras cosas.

La buena conciencia de un niño. Pero incluso el niño, con su conciencia y sus facultades
crecientes, es capaz de decir: «No, no puedo; no sería correcto»; «Sí, lo haré, porque es
correcto», y una vez que es capaz de dar cualquiera de estas respuestas a las peticiones
que le asaltan, el niño es capaz de vivir; en cuanto a lo demás, el desarrollo de la
conciencia, y lo que podría llamarse “ajuste”, seguirá el ritmo de su crecimiento
intelectual. Pero admitiendo que una gran cantidad de diversas disciplinas es
imprescindible para el florecimiento final de una buena conciencia, ¿qué se debe hacer a
modo de entrenamiento de la conciencia misma, avivando el gusto espiritual para que la
más ínfima sospecha de maldad se detecte y se rechace?

Los niños juegan con preguntas morales. No hay parte de la educación más bonita y
delicada que ésta, ni ninguna en la que los adultos sean más propensos a cometer errores.
Todo el mundo sabe lo fastidioso que es discutir cualquier cuestión moral con los niños;
cómo discuten, sugieren cientos de explicaciones o evasiones ingeniosas, no se
escandalizan o no se admiran donde debieran; de hecho, juegan con la cuestión en su
totalidad; o, lo que es más fastidioso aún, son severos y justos en exceso, y «reparten
condenas» con mucho entusiasmo y buena voluntad. Los padres sensatos se afligen a
menudo por esta falta de conciencia en los niños; pero la culpa no es toda suya, ya que la
conciencia madura exige el respaldo de un intelecto maduro, y los niños no tienen ni lo
uno ni lo otro. Discusiones de este tipo deben suprimirse; y no se debe alentar a los niños
para que opinen sobre cuestiones de bien y mal, y no se debe poner en sus manos libritos
que se pronuncien con autoridad sobre la conducta.

La Biblia es la principal fuente de ideas morales. Sería bueno que los escritores de libros
infantiles, ya sean historias o narrativas históricas, practicaran la reticencia de la Biblia a
este respecto. El niño escucha la historia de José (con omisiones) leída de la Biblia, la cual
rara vez ofrece comentarios o explicaciones; no necesita que se le diga lo que estuvo «mal»
y lo que estuvo «bien»; no hay necesidad de insistir en la enseñanza, de lo contrario, la
Biblia fue escrita en vano, y las acciones buenas y malas no testifican de nada. Que todas
las circunstancias de la lectura diaria de la Biblia –lectura consecutiva, desde el primer
capítulo del Génesis en adelante, con las omisiones necesarias—sean encantadoras para el
niño; que el niño esté en la habitación de su madre, en sus brazos; que sea un cuarto de
hora de dulce descanso y sobria alegría, que todo el interés del niño se dirija a la historia
sin consideraciones morales que lo distraigan; y entonces, cuanto menos se hable, mejor;
la historia quedará guardada, y producirá su propia enseñanza, un poco ahora, y más
cada año a medida que pueda recibirla en su totalidad. Una historia así será en él una idea
moral en constante crecimiento y fructificación.
Las historias fijan la atención en la conducta. En primer lugar y de manera suprema, la
Biblia (las partes apropiadas de ella); pero cualquier imagen verdadera de la vida, ya sea
una historia de altruismo o de vida humana defectuosa y sufriente, aporta alimento a la
conciencia en crecimiento. El niño adquiere el hábito de fijar su atención en la conducta; él
sopesa las acciones, al principio, por sus consecuencias, pero poco a poco su conciencia
adquiere poder de discriminación, y tal o cual conducta es mala o buena para él,
independiente de sus consecuencias. Y este crecimiento silencioso de la facultad moral
ocurre con mayor seguridad si se evita la distracción de la charla sobre el tema; ya que se
hace uso de mil pequeñas ejecuciones de la vanidad y la curiosidad y de mero amor por la
charla, los cuales quitan la atención de la idea moral que debe transmitirse a la conciencia.
Es muy importante, además, que no se permita al niño condenar la conducta de las
personas que le rodean. Si tiene razón o no en su veredicto, no es la cuestión; el hábito de
culpabilizar ciertamente embotará su conciencia, aniquilando su sensibilidad al mandato:
«No juzguéis, para que no seáis juzgados».

La ignorancia de la conciencia infantil. Pero en cuanto a la propia conducta del niño: ¿se
le puede pedir que la examine? Su conducta, incluyendo sus palabras, sí; pero sus
motivos, no; no se debe hacer nada para inducir el mal hábito de la introspección.
Además, al poner al niño a reflexionar sobre su conducta, hay que tener en cuenta la
extrema ignorancia de la conciencia infantil, un grado de ignorancia que desconcierta a las
personas adultas cuando tienen la oportunidad de descubrirla, lo cual no es frecuente,
pues los niños, a pesar de su interminable parloteo y de sus maneras amables y cariñosas,
guardan mucho para sí mismos. Cometen graves faltas a la verdad, al pudor, al amor, y no
saben que han obrado mal, mientras el peso de una transgresión sin importancia les
oprime el alma. Los niños se muerden y se hieren viciosamente, cometen pequeños robos,
hacen cosas tan escandalosas que sus padres temen que sus hijos tienen una muy mala
naturaleza: no es necesariamente así; es simplemente que la conciencia no educada no ve
una clara línea divisoria entre el bien y el mal, y es tan propensa a equivocarse hacia un
lado como hacia el otro. Una vez vi a una niña moribunda de doce años que se consumía
con una gran angustia porque temía haber cometido «el pecado imperdonable», según
decía ella (nadie sabe cómo aprendió la frase); y era que había estado haciendo sus
oraciones sin ni siquiera arrodillarse en la cama. La ignorancia de los niños sobre los
asuntos más comunes del bien y del mal es realmente patética; y, sin embargo, con
demasiada frecuencia se les trata como si lo supieran todo, porque «tienen conciencia»,
¡como si la conciencia fuera algo más que un órgano espiritual que espera ser dirigido!

Instrucción de la conciencia: la amabilidad. Que los niños cometen el mal a sabiendas es


otro asunto, y no requiere, por desgracia, ninguna prueba; todo lo que estoy insistiendo es
en la necesidad real que existe de instruirlos en su deber; y esto, no al azar, sino regular y
progresivamente. Por ejemplo, digamos que la amabilidad es el tema de instrucción de esta
semana. A los niños les encanta este tipo de conversaciones con su madre –una charla
corta es lo mejor– sobre la amabilidad. La amabilidad es el amor, que se demuestra en
acción y en palabra, la mirada y el modo; un pozo de amor, encerrado y escondido en el
corazón de un niño, no hace mucho bien a nadie; el amor debe brotar como un manantial,
fluir en un arroyo, y entonces se convierte en amabilidad. Después habrá breves charlas
diarias sobre maneras amables de tratar a los hermanos y las hermanas, a los compañeros
de juego, a los padres, a los amigos adultos, a los sirvientes, a la gente que sufre y tiene
problemas, a las criaturas mudas, a la gente que no vemos, pero en la que podemos
pensar: todos los que están en peligro, los paganos. Dé a los niños un pensamiento a la
vez, y cada vez algún ejemplo encantador de bondad amorosa que encienda sus corazones
con el deseo de hacer lo mismo.

Tome la parábola del Buen Samaritano de nuestro Señor como modelo de instrucción
moral. Deje que la historia y la conversación inspire a los niños a emular la virtud, y luego
deles el «Ve tú, y haz lo mismo», la ley. Después de haberles presentado la idea de
la amabilidad en muchos aspectos, termine con la ley: Sé amable, o, «Sed bondadosos los
unos con los otros». Hágales saber que esta es la ley de Dios para los niños y para los
adultos. Así, la conciencia se instruye, los sentimientos se alistan del lado del deber, y si el
niño ha sido educado, entonces será por quebrantar la ley de la bondad, una ley que
conoce, que su conciencia lo condenará al quebrantarla. No dé a los niños ejemplos de
error para disuadirlos de no cometerlos, dadas las tristes inclinaciones de la naturaleza
humana, sino cuéntales siempre hermosas historias de buenas acciones, pequeñas y
grandes, que los llamen como lo haría una trompeta a la batalla de la vida.

La conciencia se hace efectiva a través de la disciplina. Ser cortés, ser honesto, ser
agradecido, ser considerado, ser sincero; hay suficientes aspectos del deber para ocupar la
atención de la madre y del niño durante todos los días de la vida infantil; y en todo ese
tiempo, la idea del deber se está formando, y la conciencia se está educando y
desarrollando. Al mismo tiempo, la madre ejerce la vigilancia amistosa de un ángel
guardián, estando atenta, no para pillar al niño tropezando, sino para guiarlo a la
ejecución del deber que ella ya ha hecho que sea encantador a los ojos del niño; porque
sólo a medida que hacemos aprendemos a hacer, y nos fortalecemos en el hacer. Al
instruir a su hijo en el deber, le enseña a escuchar la voz de la conciencia como la voz de
Dios, un «haz esto» o «no lo hagas», en su interior, la cual debe obedecerse con plena
seguridad. Se objeta que estamos haciendo infalible, no la conciencia divinamente
implantada, sino esa misma conciencia hecha efectiva por la disciplina. Así es; en todos los
departamentos de la vida, físicos o espirituales, el esfuerzo humano parece ser la
condición para la dinamización divina; primero debe haber un estiramiento del brazo
marchito antes de que reciba fuerza; y tenemos todas las razones para creer que la
conciencia instruida, que se obedece en forma fiel, recibe la iluminación divina.

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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III. La vida divina en el niño

«El pulso mismo de la máquina». Es evidente que aún no hemos llegado a «El pulso
mismo de la máquina» [como lo llama Wordsworth en su poema She Was a Phantom of
Delight, o “Ella era un fantasma del deleite”.]
Los hábitos, los sentimientos, la razón, la conciencia, los hemos seguido hasta lo más
recóndito de la vida del niño; cada uno actúa sobre el otro, pero ¿qué actúa sobre el
último?, y, ¿qué actúa sobre todos ellos? Según un escritor que ha escudriñado las cosas
profundas de Dios: «Es un Rey por el cual claman nuestros espíritus, para que los guíe, los
discipline, los una; les dé victoria sobre sí mismos, victoria sobre el mundo. Es un
Sacerdote por quien nuestros espíritus imploran, para que los eleve por encima de ellos
mismos a su Dios y Padre, para que los haga partícipes de su naturaleza, compañeros de
trabajo en un testimonio auténtico de que Él es a la vez el Sacerdote y el Rey de los
hombres».

Los padres tienen cierto poder para entronar al Rey. La conciencia, hemos visto, sólo es
eficaz cuando se ve motivada desde su interior, desde esa cámara más íntima de
Almahumana, ese lugar Santísimo, cuyos secretos sólo conoce el Sumo Sacerdote, quien
«no necesitaba que nadie le dijera nada sobre los hombres, porque él sabía lo que había en
el hombre». Es necesario, sin embargo, que recojamos las migajas que nos proveen tanto
los hechos como las inferencias, y que pongamos en orden el conocimiento que tenemos;
porque las llaves, incluso de esta cámara más íntima, están en manos de los padres, y
mucho está en su poder para entronizar al Rey e inducir al Sacerdote por quien gimen
todos los seres humanos.

Las funciones y la vida del alma. Damos por sentado en el lenguaje común que toda alma
es un «alma viva», un alma completamente desarrollada y plena; pero el lenguaje de la
Biblia y el de la experiencia general parecen apuntar a conclusiones sorprendentes. Se ha
dicho de un gran poeta –nos abstendremos de decir si justamente o no— que, si
supusiéramos que un ser humano está hecho sin alma, él sería un intento fallido; pues,
aunque tenía razón, imaginación, pasiones, todos los apetitos y deseos de un ser
inteligente, no parecía ejercer ninguna de las funciones del alma. Ahora bien, ¿cuáles son
estas funciones, cuya cesación temporal pone en duda la existencia misma del alma del
hombre? Debemos volver al axioma de Agustín: «El alma del hombre es para Dios, como
Dios es para el alma». El alma tiene un solo apetito, apetito por las cosas de Dios; respira
un solo aire, el aliento, el Espíritu de Dios; tiene un solo deseo, deseo del conocimiento de
Dios; una sola alegría, el rostro de Dios. «Quiero vivir a la luz de un rostro que no cesa de
sonreírme» es el lenguaje del alma. La acción directa del alma se vierte toda hacia Dios,
con una acción refleja hacia los hombres. El discurso del alma es la oración y la alabanza,
la mano derecha del alma es la fe, la luz del alma es el amor, el amor de Dios derramado
sobre ella. Obsérvese que éstas son las funciones, y ésta es la vida del alma; se trata de las
únicas funciones, de la única vida que puede tener: si no tiene éstas, no tiene poder para
apartarse y encontrar la «vida de su mano» en otra parte. Tal como la conciencia, la
voluntad, la razón, es ineficaz hasta que no se nutre con el alimento adecuado, hasta que
no se ejercita en sus funciones propias; así ocurre con el alma; y su cámara está apagada,
con las puertas llenas de telarañas y las ventanas nubladas, hasta que despierta a su vida
propia; aunque no está del todo vacía, porque ahí está el alma naciente; y el despertar a la
vida tiene lugar, a veces con la repentina conmoción, el gracioso milagro, que llamamos
conversión; a veces, cuando los padres así lo quieren, el alma del niño se expande con un
crecimiento suave y dulce y un despliegue gradual como el de una flor. Hay almas
tórpidas, que aun así están vivas; hay almas débiles y enfermas, que aun así están vivas; y
hay almas en que nunca despierta ningún movimiento hacia Dios.
¿Qué es la vida del alma? Esta vida del alma, ¿qué es? ¿Vida que se transfiere, como
cuando se enciende una antorcha en el fuego? Tal vez; pero es algo más íntimo, más
indecible: «Yo soy la vida»; «En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres»;
«Permaneced en mí y yo en vosotros». La verdad es demasiado inefable para ser
expresada con otras palabras que las que nos han sido dadas. Pero, como mínimo,
significa que el alma viva no habita sola donde se encuentra; el lugar donde se haya se
convierte en el templo del Dios vivo. «Ciertamente el SEÑOR está en este lugar, y yo no lo
sabía. ¡Cuán terrible es este lugar!» [Genesis 28:16-17 RVR1977.]

Los padres deben presentar la idea de Dios al alma del niño. Pero, ¿cómo podrían los
padres humanos osar inmiscuirse en este misterio santo, esta unión y comunión entre
Dios y el alma? ¿Qué pueden hacer? ¿Cómo pueden fomentarlo? ¿Y acaso no existe el
riesgo de que ellos pongan manos descuidadas en el arca? En primer lugar, no
corresponde a los padres elegir si quieren o no intentar avivar y alimentar esta vida divina
en sus hijos, porque hacerlo es su deber y servicio obligatorio. Si ellos descuidan o fallan
en esta tarea, no estoy segura de que importe mucho que hayan cumplido con sus deberes
en el cultivo físico, moral y mental de sus hijos, excepto en la medida en que el niño esté
más apto para el servicio a Dios si la vida divina fuera despertada en él. Entonces, ¿qué
puede hacer el padre? Sólo una cosa, y nada más: puede presentar la idea de Dios al alma
del niño. Aquí, así como en todo el universo que le pertenece, Dios Todopoderoso actúa
usando medios aparentemente inadecuados. ¿Quién diría que una abeja puede producir
manzanos? Sin embargo, una abeja vuela desde un manzano cargada con el polen de sus
flores: ella lo deposita, sin saberlo, en los estigmas de las flores del siguiente árbol al que
llega. La abeja se va, pero el polen se queda, aunque toda la longitud del estilo lo separa
del óvulo inmaduro en la parte inferior. No importa; el óvulo no tiene poder para alcanzar
el grano de polen, pero éste último envía un delgado tubo dentro del estilo y así alcanza al
óvulo; ¡he aquí, entonces, el fruto, con su semilla, y, si se quiere, futuros manzanos!
Aceptemos la parábola: el padre no es mucho mejor en este asunto que la abeja sin
cerebro; a él le corresponde depositar, por así decirlo, al alcance del alma del niño alguna
idea fructífera de Dios; el alma inmadura no hace ningún esfuerzo hacia esa idea, pero el
Verbo vivo desciende, toca el alma, y ahí está la vida; el crecimiento y la belleza, la flor y el
fruto.

Los esfuerzos de los padres no debieran ser torpes. Me atrevo a pedirles que observen
ahora estos misterios divinos desde el mismo punto de vista filosófico que hemos
adoptado al considerar todas las capacidades y funciones del niño, en parte, porque es
instructivo ver cómo aparecen los misterios de la vida religiosa cuando se la mira desde
fuera de su propia esfera; y, por otra parte, porque deseo avanzar por pasos escalonados
claros hacia la función suprema del padre en la educación de sus hijos. Y es que aquí falla
la similitud de la abeja y el manzano, pues los padres no deben hacer esfuerzos torpes e
insensatos: siendo éste el deber más elevado que se le impone, es también el más delicado;
y tendrá infinita necesidad de fe y oración, de tacto y discreción, de humildad, de
mansedumbre, de amor y de sano juicio, si quiere presentar su hijo a Dios, y el
pensamiento de Dios al alma de su hijo.
Dios presentado a los niños como reivindicador y castigador. Bien se ha dicho: «Si
consideramos a Dios como reivindicador y no dador, en reivindicadores y no en dadores
nos convertiremos». Sin embargo, ¿acaso no se presenta a Dios más comúnmente a los
niños como un Faraón exigiendo su cantidad de ladrillos, ladrillos de buena conducta y de
bien hacer? ¿No presentan los padres deliberadamente a Dios como reivindicador, para
respaldar la debilidad de su propio gobierno, y acaso no pronuncian libremente, de parte
de Dios, amenazas que no estarían dispuestos a pronunciar sobre sí mismos? Además,
¿qué niño no ha oído de una cuidadora algo como esto, pronunciado con mucha energía:
«¡Dios no te quiere, niño malo! ¡Él te enviará adonde van los malos!». Y estos dos
pensamientos sobre Dios, como reivindicador y castigador, constituyen, con bastante
frecuencia, toda la idea que el pobre niño se hace de su Padre celestial. ¿Qué fruto puede
producir esto sino la aversión, el alejamiento del niño del rostro de su Padre? ¿Qué pasaría
si, en cambio, se le transmitiera el pensamiento bien expresado en estas palabras: «La
dulzura de Dios que todo lo perdona»?

Los padres deben seleccionar ideas inspiradoras. Estos son sólo dos de los muchos
pensamientos disuasivos sobre Dios que se presentan comúnmente al alma tierna; y la
madre, que se da cuenta de que el corazón de su hijo puede volverse irrevocablemente en
contra de Dios por las ideas de Él que se impregnan en la guardería, sentirá la necesidad
de pensar seria y cuidadosamente, y de tomar una decisión definitiva, en cuanto a la
enseñanza que su hijo debe recibir sobre este tema trascendental. Lo más probable es que
prohíba cualquier mención del Nombre Divino a los niños, excepto por parte de sus
padres, explicando al mismo tiempo que lo hace porque le importa mucho que sus hijos
no reciban más que pensamientos correctos sobre este gran asunto. Es mejor que los niños
reciban unas pocas ideas vitales que crezcan en sus almas en vez de una gran cantidad de
enseñanza sin claridad.

Debemos enseñar sólo lo que sabemos. ¿Cómo seleccionar unos pocos pensamientos
vivificantes del Dios infinito? La selección no es tan difícil de hacer como parece a primera
vista. En primer lugar, debemos enseñar lo que conocemos, me refiero al conocer que se
da por la vida del alma, no al mero conocimiento de la mente. Ahora bien, de la vasta
masa de doctrinas y preceptos religiosos, encontraremos que sólo hay unas pocas
verdades vitales de las que nos hemos apropiado de tal forma que vivimos de ellas: una
persona cuenta con algunas; otra persona, con otras; y algunos de nosotros, no más que
una sola. Independientemente de cuántas fueren, tales son las verdades que debemos
enseñar a los niños, porque éstas saldrán directamente de nuestros corazones con el
entusiasmo de la convicción que casi siempre transmite su propia idea a la vida espiritual
de otra persona. No hay fuente más fructífera de lo que se exageradamente llama
infidelidad infantil que las falsas palabras sin vida que se vierten sobre los niños acerca de
las mejores cosas, con una solemnidad artificial en el tono y en los modales que pretende
compensar la falta de significado vivo en las palabras. El padre que sólo sabe una cosa de
lo alto, que enseñe a su hijo esa cosa; ya llegará más a él cuando el niño esté preparado
para recibir más.

Ideas oportunas y vitales. Reitero, hay algunas ideas de la vida espiritual que son más
adecuadas que otras para la vida y las necesidades del niño. Por ejemplo, Cristo el dador
de la alegría significa más para él que Cristo el consolador.
Hay algunas ideas que son como el pan diario del alma, sin el cual la vida y el crecimiento
son imposibles. Todas las demás enseñanzas pueden aplazarse hasta que las necesidades
del niño lo lleven a ellas; pero quien envía a su hijo a la vida sin estas ideas vitales de la
vida espiritual, lo envía con un alma adormecida, por muy bien instruido que esté en
teología.

El conocimiento de Dios es distinto de la moral. También el conocimiento de Dios es


distinto de la moral, o de lo que los niños llaman «ser bueno», aunque el «ser bueno» se
deriva de ese conocimiento; pero que estos vengan en el orden correcto. No hay que
sermonear al niño hasta el cansancio de que «sea bueno» como un deber hacia Dios, sin
primero darle un poco de ese conocimiento que lo hará bueno.

Quedamos desprovistos de tanta riqueza, ya que las limitaciones mencionadas excluyen


tanto de la enseñanza ordinaria sobre las cosas divinas, que la pregunta deja de ser: ¿Qué
enseñar? Y pasa a ser: ¿Cómo elegir lo que enseñaremos?

Momentos y formas de la instrucción religiosa. Las siguientes consideraciones que


recaen sobre la madre son en cuanto a los momentos y la forma de la enseñanza de las
cosas de Dios. Es mejor que estas enseñanzas sean preciadas, poco frecuentes, en vez de
demasiado frecuentes y poco valoradas; mejor que no se den, que el niño se sature con la
mera visión del alimento espiritual, rudamente servido. Al mismo tiempo, el niño debe
ser edificado en la fe, y sus lecciones deben ser regulares y progresivas; y aquí todo
depende del tacto de la madre. La enseñanza espiritual, como el olor de las flores, debe
depender de la dirección en que sople el viento. De vez en cuando se produce un
momento sagrado, sentido como tal por la madre y el niño, cuando los dos están juntos;
ese es el momento para una palabra, suavemente dicha y profundamente sentida, sobre
Dios, tal como la ocasión lo permita. Se necesitan pocas palabras, ninguna exhortación;
sólo el destello de la convicción que pasa del alma de la madre al alma del niño. Si acaso
ya se halla puesto así el pensamiento de «nuestro Padre» en el alma del niño, entonces,
quizás de allí en adelante solo baste una mirada de comprensión entre la madre y el niño
cuando observen mil demostraciones del amor de «nuestro Padre», pero la idea va
creciendo, convirtiéndose en parte de la vida espiritual del niño. En suma: evitar la rutina
de la enseñanza espiritual; evitar el espanto de las muchas palabras, que logran sofocar el
fuego de la vida sagrada; ejercer mucho refrenamiento de sí mismo para permitir que
pasen lo que parecen ser oportunidades; y todo el tiempo, teniendo un sincero propósito
de corazón, y un esquema definido para formar al niño en la fe. No es necesario añadir
que, para hacer usar otra vez las palabras de nuestro Señor: «pero este género no sale sino
con oración». En la medida en que la madre obtenga la sabiduría generosamente de lo
alto, estará capacitada para esta tarea divina.

La lectura de la Biblia. Creo que cometemos un error al enterrar el texto bajo nuestros
interminables comentarios y aplicaciones. Además, dudo que el hecho de escoger
versículos individuales y machacarlos en el niño hasta que dejen de tener significado para
él, sea algo más que un obstáculo para la vida espiritual. La Palabra está llena de fuerza
vital, capaz de aplicarse ella misma; una semilla, ligera como el abrojo, introducida en el
alma del niño echará raíces hacia abajo y dará frutos hacia arriba. Lo que se requiere de
nosotros es que implantemos el amor a la Palabra; que los momentos más deliciosos del
día del niño sean aquellos en los que su madre le lee, con dulce cariño y santa alegría en la
voz y en los ojos, las hermosas historias de la Biblia; y de vez en cuando en la lectura
ocurrirá una de esas convicciones, que pasan del alma de la madre al alma del niño, en las
que está la vida del Espíritu. Que el niño crezca, para que

«Nuevos pensamientos de Dios, nuevas esperanzas del cielo»,

sean también una alegría para él; las bendiciones más importantes del día. Sobre todo, no
use la Biblia para sermonear al niño: no permita que ninguna palabra de las Escrituras sea
ocasión para ponerle la horca a sus faltas. Es oficio del Espíritu Santo convencer de
pecado; y Él puede usar la Palabra para este propósito, sin riesgo de que se produzca ese
endurecimiento del corazón que con demasiada frecuencia provoca nuestro torpe
involucramiento.

La materia en que consiste la enseñanza de las cosas divinas saldrá de las propias
convicciones de cada madre, por lo que intentaré hablar sólo de una o dos de esas
verdades vitales en las que debe sustentarse la vida espiritual.

Padre y dador. «Padre nuestro, que estás en los cielos» es quizás la primera idea de Dios
que la madre presenta a su hijo: la de Padre y Dador, de quien procede toda la alegría de
cada día. «¡Qué feliz cumpleaños le ha dado nuestro Padre a mi hijito!» «¡Las flores
vuelven a salir; ¡nuestro Padre ha cuidado la vida de las plantas durante todo el frío del
invierno!» «¡Escucha la alondra! Es una maravilla cómo nuestro Padre puede poner tanta
alegría en el corazón de un pajarito» «¡Gracias a Dios por hacer que mi niña sea tan feliz y
alegre!» De este pensamiento surge una oración, expresión libre del corazón del niño, a
menudo agradeciendo por las pequeñas alegrías del día más que externalizando algún
deseo. Las palabras no importan; cualquier forma simple que el niño pueda entender
servirá; la elevación del corazón del niño hacia Dios es la verdadera oración. De este
pensamiento, también, surge el deber –el alegre reconocimiento de la deuda de servicio y
obediencia que se debe a un Padre tan bondadoso y benigno—no como Alguien que exige
servicio a punta de espada, por así decirlo, sino Uno a quien Sus hijos corren a obedecer.

La esencia del cristianismo es la lealtad a una persona. Cristo, nuestro Rey. He aquí un
pensamiento que desvele las fuentes infantiles del amor y la lealtad, los tesoros de la fe y
la imaginación. La esencia misma del cristianismo es la lealtad personal, la lealtad
apasionada a nuestro Capitán digno de adoración. Otros fundamentos como la
regeneración, los sacramentos, la justificación, las obras, la fe, la Biblia; todos, aunque
alguno de ellos sea necesario para la salvación en su debido lugar y proporción, pueden
convertirse en una religión sobre Cristo y sin Cristo. Ahora es el tiempo de la criba, en que
personas reflexivas se niegan a saber nada de nuestros sistemas religiosos; definen todas
nuestras creencias ortodoxas como cosas que no se pueden conocer. Quizás esto se deba a
que, al pensar mucho en nuestra salvación, hemos quitado de la vista a nuestro Rey,
aquello divino que, de presentarse a cualquier alma carnal, ésta no puede ignorar. En la
idea de Cristo está la vida; que el pensamiento de Él toque una vez al alma, y ésta hace
erguir un poder vivo, independiente de todas las formulaciones del cerebro. Salvemos el
cristianismo para nuestros hijos acercándolos a la fidelidad a Cristo, el Rey. ¿Cómo?
¿Cómo educaron los antiguos Cavaliers [adherentes del rey Carlos I de Inglaterra en las
guerras civiles inglesas en el siglo XVII] a sus hijos e hijas, en una apasionada lealtad y
reverencia hacia príncipes que no eran demasiado dignos? Sus propios corazones
rebosaban de ello; sus labios lo decían; sus actos lo proclamaban; el estilo de sus ropas, el
timbre de sus voces, el porte de sus cabezas… todo era una proclamación de devoción
ilimitada a su rey y a su causa. Esa guerra civil, independientemente de lo que lograra o
no, dejó una parábola para el pueblo cristiano. Si un príncipe Estuardo pudo imponer tal
grado de lealtad, ¿qué diremos del «Distinguido entre diez mil, el más hermoso de
todos»?

Jesús, nuestro Salvador. Este es un pensamiento que debe presentarse tiernamente al niño en
los momentos de miseria que siguen a la mala acción. «Pobrecito, hoy te has portado muy
mal. ¿No pudiste evitarlo?» «No, madre», responde con sollozos. «No, es verdad que no;
pero hay una ayuda». Y entonces la madre le dice a su hijo que el Señor Jesús es nuestro
Salvador, porque nos salva de nuestros pecados. Es cuestionable cuándo el niño debiera
aprender por primera vez la «Historia de la cruz». Uno piensa que sería muy agradable
comenzar con Moisés y los profetas: recorrer la historia del Antiguo Testamento, trazando
el desarrollo gradual de la obra y el carácter del Mesías; y luego, cuando sus mentes estén
llenas de la expectativa de los judíos, traer ante ellos el misterio del nacimiento en Belén,
la humillación de la cruz. Pero tal vez ninguna ganancia en presentar tan frescamente la
información bíblica compensa a los niños por no haber crecido con las asociaciones del
Calvario y de Belén siempre presentes en sus mentes. Una cosa a este respecto: no es
bueno permitir a los niños una familiaridad descuidada con el Nombre de Jesús, o el uso
de himnos cuyo tono no es reverente. «Me llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo
soy».

Que Cristo more en la persona es un pensamiento particularmente adecuado para los


niños, porque su gran fe no es obstaculizada por el misterio, su imaginación acepta
fácilmente la maravilla, de que el Rey mismo habite en el corazón de un niño pequeño.
«Cuando eres muy dulce y feliz, es porque Cristo está dentro…»

«Y cuando Él viene, hace que tu rostro sea tan hermoso,


Tus amigos se alegran y dicen: “El Rey está ahí”».

Esto es todo lo que diré de las verdades vitales que la madre cristiana presentará a su hijo;
teniendo paciencia hasta que florezcan y den fruto, y su alma sea como un jardín muy
fructífero que el Señor bendice. Solo reitero: «este género no sale sino con oración».

© 2021 Traducción inglés-español Vol. 1 de Serie educativa Charlotte Mason. Todos los derechos
reservados María Elena Ortiz / Johanna Pérez Ray.

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