GOZO, UNA ISLA PARA REFLEXIONAR EL OCIO
Nuestro hurón literario husmea entre las páginas de Gozo, la novela donde Azahara Alonso
(re)construye un peculiar año sabá co insular hilando reflexiones y experiencias en torno al empo libre,
la ranía de la produc vidad, la precariedad o el turismo y los espacios reducidos a parques de atracciones
Encabeza la historia una suges va frase de María Zambrano: las islas son el regalo
hecho al mundo en días de paz para su gozo. Aunque fue en una isla también donde cuentan
que se pergeñó el Apocalipsis, o Libro de las Revelaciones, y de ahí que se llamara a San Juan el
Águila de Patmos. Si el evangelista hablaba de que el verbo se hizo carne, Azahara de Gozo
sos ene y muestra en este libro (cuyo lirismo ene poso de evangelio ín mo, de revelación,
rebelión y elogio de la pausa) que pensar es su manera de sen r.
El libro sobrevuela y hurga al mismo empo el caramelo envenenado del trabajo (la
cruz de su ausencia, lo precario: las expecta vas, inercias e impera vos sociolaborales); la prisa
patológica del mundo civilizado, el u litarismo a ultranza, el placer culpable del dulce no hacer
nada (tan parecido a la escritura, pero con menos pres gio); la sobrexposición que opaca los
paisajes, reducida toda experiencia a escaparate y píxel: somos extranjeros en erras
conquistadas por turistas. Sensaciones e ideas sustancias a través de una escritura sugerente e
intui va de tragos cortos y lúcido aliento, de lecturas cruzadas, cercana, concisa. Los misterios
gozosos del fragmento, de lo orgánico.
Todo comienza cuando, siguiendo su vocación de comprar empo con dinero y aislarse
de la inercia y alienación produc va, la protagonista del libro homónimo se escapa a Gozo para
gozar de algo parecido a un año sabá co −ya saben: tornarse idea, ordenar la prisa, detener
distancias−. Ya de vuelta, re(des)ubicada en el sistema más de una década después −porque el
cuerpo abandona los espacios, pero en la mente insisten y percuten los lugares como palabras
en la punta de la lengua−, de aquellos apuntes del natural y espliego asentado durante estos
años (el lenguaje es el taxidermista del recuerdo), Azahara Alonso ha armado un híbrido de
crónica de viaje y diario ensayís co con cuajo de novela que ene como espoleta discursiva
una pregunta contundente y desplegable como un aforismo, marca de ceniza en la frente de la
tribu: ¿En qué momento mi vida empezó a ser accesible solo en vacaciones?
Invocación ín ma y coral que apela −y desvela− a la sociedad misma como una ansiedad
a lo Santa Teresa hackeada por la economía de mercado: vivimos sin vivir en nosotros
postergados en el ocio. Y ni siquiera es seguro que allí lleguemos a encontrarnos o reconocernos:
en los viajes parecemos una ficción de nosotros mismos. Con cierto humor y sin rehuir lo
contradictorio, lírica, crí camente, Gozo rompe una lanza a favor del dolce far niente. Su divisa
bien podría ser aquel fraseo de Javier Ibarra: yo nunca hago nada y así nada se queda sin hacer.
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