© de los textos, Ricardo Martínez Llorca © de las fotografías, Ricardo Martínez Llorca © De esta edición en castellano: La Línea del

Horizonte Ediciones www.lalineadelhorizonte info@lalineadelhorizonte.com Tel: +00 34 912940024 Primera edición en La Línea del Horizonte Ediciones: Junio de 2013 Diseño de cubierta: Víctor Montalbán | Montalbán Estudio gráfico Maquetación digital: Tropical Estudio ISBN E-pub: 978-84-15958-03-1 IBIC: WTL-Literatura viajes; 1HFMQ-Mozambique Colección Cuadernos de Horizontes #2 Serie: ¿Qué hago yo aquí? Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

I La calma —
Suerte que de todas las costumbres espirituales — pasiones, deformaciones, complacencias, serenidad, etc.— la única que sobrevive es la calma. Volverá. Pavese

De pronto, en medio de la multitud de muchachos que se agrupan alrededor del extranjero pidiendo a gritos que les haga una foto, se alza un dedo que a través del humor vítreo penetra en tu cuerpo y te saca las entrañas. Entonces suceden un montón de latidos a la vez. Y todo al descubrir a la más pequeña del grupo, a la niña que ha sido capaz de contener en su mirada una vida que iguala en riqueza y en pobreza a la de cualquier hombre que haya caminado millones de kilómetros. Disparo la cámara sin preocuparme por hacer un encuadre decente. Cuando más tarde compruebo

el resultado, no puedo dejar de asombrarme a causa de la diferencia de expresión que existe entre el dedo en movimiento, señalando más allá de mis reflexiones, y un gesto de niña que duerme con los ojos abiertos. Regresé a la escuela donde encontré a la niña media docena de veces, pero fui incapaz de localizarla de nuevo. “Tal vez viene ahora en el turno de tarde”, me decían. O “ya se sabe lo que sucede con cierto tipo de familias”. Y lo que sea que sucede, sucede en la sombra. Cuando por la noche el feroz eructo de un borracho que pasaba bajo la ventana venía a despertarme, encendía la cámara y observaba la fotografía, reconociendo así mi huiida, mi ausencia, preguntándome, con Rimbaud, qué se me había perdido allí.

A vista de pájaro, el Sahara es un territorio que en tiempos prehistóricos fue arrasado por una horda de dragones en vuelo bajo. El ejército pasó a fuego medio continente antes de ir a fallecer en el confín del mundo, hundidos en ese precipicio sin fondo que conduce al último hogar de la derrota. En un momento hubo vida y un día, de repente, todo lo que pudo ser verde había desaparecido. Sólo algunos animales, los más salvajes, los más finos, como el escorpión con el cuerpo de melaza o el escarabajo que engendró el sueño de Kafka, fueron capaces de sobrevivir sobre el páramo vacío, donde la soledad es la primera ley y ver salir el sol cada día un regalo con sabor a condena. Sobrevolé el Sahara con la cortina de la ventanilla subida, sin importarme las lanzas de un sol calcáreo, que me atravesaban la humedad de los ojos hasta secar la retina. Todos los matices del naranja pasaron bajo la barriga del avión, desde el tostado al más cítrico. Y también un trabajo de texturas en el que a la piel del melocotón sucedía la cáscara de la calabaza, y esta a un paisaje lunar con vetas rosas. Tras las dunas de pasión contenida, moldeadas por un viento que circula sin obstáculos, atravesamos mares de rocas púrpuras y terrenos sin sombra del color de la miel. El espectáculo del ámbar apagado y de la extensión sin contorno se sucedía, mientras yo evitaba caer en un

sueño tan incómodo que ni siquiera las pesadillas pudieran bucear en él. Había pasado la noche en un aeropuerto, dando cabezadas en los tiempos muertos que permitían los ruidos de los taladros y las máquinas de limpieza, extrañando un tanto esas noches en las estaciones de tren de lugares como la India, donde se acomodan familias y solitarios, envueltos en desgastadas sábanas, para protegerse de las picaduras de los mosquitos. Son la tribu de los que no tienen nada que perder porque nunca poseyeron nada. Hacía bastante que no emprendía viaje y desde que descubrí lugares como esas estaciones de tren, para mí viajar no significa otra cosa que ir al encuentro de los que no han tenido ninguna oportunidad en la vida. En cuanto dejamos atrás el Sahara, abrí mi libro de frases en portugués, con intención de familiarizarme con las expresiones que pensaba escuchar en Mozambique. Escogí una página al azar y aprendí cómo decirle a un dentista que se me ha roto la dentadura postiza. Cerré el libro de frases. Abrí una novela de Dostoievsky. Noches blancas, creo. Me quedé dormido. Aterricé en Maputo a tiempo de ver a la selección española clasificarse para las semifinales del Mundial de fútbol que se celebraba en Sudáfrica. Luego dormí

a pierna suelta para despertarme en un domingo vacío. El movimiento en la ciudad se reducía a un empleado de una gasolinera fregando la carrocería de un todoterreno con una tiñosa esponja amarilla, una mujer barriendo la arena del patio de su casa con una escoba de paja seca, un par de vendedores de tallas de madera que se mueven sonámbulos y un grupo de niños entonando canciones entre las ruinas de un edificio. Cada muchos segundos, una furgoneta cargada de gente silenciosa, que suelta un humo arisco por el tubo de escape, rompe el silencio y deja un hedor de nitrato en las capas bajas del aire. Hacia el mediodía, una luz como masa de pan sin cocer empaña los perfiles de los edificios, enturbia los colores de las fachadas y hasta el azul del cielo se transforma tras una veladura de harina y bajo la tiranía de un sol color hueso. También es domingo para los servicios de limpieza. En la calle la basura se confunde con los cascotes y las grietas en el asfalto de baja calidad. Pero es al acercarme al parque, próximo a la ensenada, cuando recupero esa impresión de abandono que acompaña a la presencia de los plásticos llenos de mugre extendiéndose por las calles, por los paisajes, por los jardines. Entre los matorrales sin cuidar y las malas yerbas que se comieron al césped, las bolsas aguardan al imposible tiempo de la descomposición,

Sobre el autor —
Ricardo Martínez Llorca nació y vive en Salamanca donde se licenció en Bellas Artes y donde ejerce como profesor de dibujo. La escritura vinculada al mundo de la montaña, la naturaleza y los viajes ha jalonado la biografía de sus últimos años. Como reseñista y articulista ha publicado en diferentes medios y, actualmente, lo hace en la revista Quimera. Desde su primera novela, Tan alto el silencio , 1998, en la que evoca la figura de su hermano David, fallecido en el ejercicio del alpinismo, ya asoma su predilección por un género al que aporta una singular maestría literaria. Al mismo tema, pertenece su libro El precio de ser pájaro. Grandes tragedias del alpinismo español, 2000 y, en los siguientes, ya sea a través de la novela o el relato, la realidad inspira muchas de sus ficciones: El paisaje vacío, 2002, galardonado con el Premio Jaén en 2001, El carrillón de los vientos, 2008 y la

última, Hijos de Caín, 2013. Al género de viajes pertenece Cinturón de cobre . Un encuentro con Zambia, fragmentos y ficciones, 2001 y el presente Al otro lado de la luz. Una experiencia en Mozambique , 2013.

Sobre la obra —
Al viaje le es propio el ejercicio de la mirada, una incursión sobre otros mundos ajenos, apenas una ráfaga que ilumina en breves instantes los abismos de un personaje, los mapas ocultos de los lugares, el drama de una realidad que sólo emerge a la luz en ese momento fugaz. La mirada de Ricardo Martínez Llorca va más allá de la del viajero para extraer de la liviandad efímera con la que atravesamos los lugares, todo el fulgor literario de esos momentos. En este relato, un viaje a Mozambique para trabajar por unas semanas en una organización de ayuda humanitaria, hay imágenes bruñidas con una prosa exacta, poética y siempre evocadora que deja en los lectores espacios e interrogantes que completar pues, “la sabiduría se encuentra en el interior del silencio”. El autor recorre algunos lugares del país y a cada paso tropieza con las víctimas de una realidad que es común en muchos

países de África, pero que aquí se muestra en su descarnada crudeza, pues sólo han transcurrido apenas una decena de años desde el fin de su guerra civil que duró 16 años. Un relato que exhibe la maestría narrativa de Martínez Llorca y que ha aportado a la literatura de viajes y de montaña un depurado estilo a veces de alto voltaje poético y simbólico.

Sobre la colección —
CUADERNOS DE HORIZONTES Textos y relatos de medio y pequeño formato sobre ensayo, ideas y temas para pensar el viaje, la sociología, los conflictos contemporáneos, los testimonios de experiencias vividas en un trayecto y la reflexión sobre naturaleza y paisaje. Lectura móvil para un lector nómada.

SERIES
Ideas contemporáneas sobre el viaje Clásicos del pensamiento y el viaje

Azimut

Breviarios

¿Qué hago yo aquí?
El lugar y la experiencia

Sobre la editorial —
La Línea del Horizonte es el lugar donde comienza la imaginación, un espacio de la mirada que se proyecta en la lejanía. A ella se encamina el deseo, la curiosidad y el impulso. Carece de comienzo y fin aunque es visible y ordena el espacio. En física es la resultante donde confluyen los diferentes puntos de fuga y éstos nos ayudan a percibir los objetos de la realidad en otra dimensión, bajo otro punto de vista.

El lugar donde comienza la imaginación

La Línea del Horizonte —

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