El concepto de Paisaje Urbano dentro del contexto
ambiental, se refiere por una parte al concepto estético de
una relación ciudad-campo, es decir, a una relación entre
el hombre, su cultura y la naturaleza; en este sentido el
valor de uso del paisaje se expresa en el nivel de
integración entre el campo y la ciudad.
En el esfuerzo del hombre por crear un ámbito adecuado para
su vida, la naturaleza es siempre un punto de referencia. El
propio afán creador de todos los hombres se ha volcado en la
recreación de la propia naturaleza, en su búsqueda de recuperar
lo que considera perdido: lo que esa naturaleza representa.
El Jardín está estrechamente ligado a la arquitectura. En primer
lugar a través de la geometría. Quizá fueran los agrimensores,
los primeros geómetras en las viejas civilizaciones egipcia y
mesopotámica. Jardín en sus raíces indogermánicas (gards,
geard o garde) significa cierre, espacio cerrado. El chortos griego
y el hortus latino significan algo similar.
Y no solo por su carácter de espacio cerrado sino por su esencia
de estancia, el jardín es arquitectura. Sobre todo a partir del
momento, como afirma Rubió y Turudi, en el que la habitación
humana ocupa sobrenaturalmente la cabecera del jardín.
LA EDAD ANTIGUA
El uso de la vegetación para controlar el microclima es tan
antiguo como el hombre mismo, que aún nómada,
aprendió a tomar de los árboles frutos, madera, hojas y
disfrutar de su sombra. Ya agricultor, de los primeros
huertos, que no eran todavía jardines, recolectaba sus
alimentos, al mismo tiempo que creaba un ambiente
sombreado y fresco. Es entonces en la agricultura donde se
le dio un uso consciente a la vegetación como regulador de
los elementos climáticos. De esto podemos encontrar
cantidad de ejemplos, que incluso hoy en día se siguen
observando.
En los primeros campos de cultivo, sobre todo en las
regiones meridionales y mediterráneas, los agricultores,
dejaban algunos árboles que formaban parte de la
vegetación nativa de ese lugar, para tener una sombra
donde descansar de las extenuantes labores agrícolas, así
como para resguardarse de las tormentas de invierno.
LA EDAD ANTIGUA
El origen del concepto de jardín como lugar apacible, donde se
disfrutaba de un microclima agradable, al mismo tiempo que servía
como refugio, se encuentra probablemente en la mitología. Uno de
los primeros jardines de los que se tiene referencia es el del Edén, el
Paraíso, tradicionalmente ubicado en Mesopotamia, donde Dios
dispuso a Adán y a Eva.
En el Génesis I y II, se le describe como un parque plantado por
Dios, donde se encontraban árboles de todas especies, árboles que
daban cobijo y frescura, agradables para ver y buenos para comer; el
árbol también era el punto central de donde se extraía el
conocimiento del bien y el mal. Así pues, en lo más profundo de nuestros orígenes, se
dan mitos y leyendas fuertemente arraigados, que pueden
parecernos obscuros, pero que, sin embargo, han tenido
mucha influencia en las primeras formas de
pensamiento, así como en las civilizaciones primitivas.
Todavía forman parte de nuestro legado cultural, y son
responsables, hasta cierto punto, de actitudes y
sentimientos del presente, e indudablemente, del interés
incuestionable que experimentamos hacia las plantas, los
jardines y la vegetación en general
LA EDAD MEDIA
Al igual que en otros planos de la cultura, la desaparición del
imperio romano, abre una profunda brecha en la historia de los
jardines. Las condiciones de vida impuestas por las invasiones
bárbaras, traen consigo que la evolución del uso de la vegetación
se estanque, quedando reducida a la esfera de lo utilitario. En los
monasterios se acumula un conocimiento profundo sobre las
plantas y sus cualidades, se cultivan multitud de especies y se
descubrían los principios básicos de la botánica. El jardín del
convento era especialmente sencillo en su diseño, adecuado a la
vida monástica, pero tremendamente complejo en su contenido
botánico.
En consecuencia, durante la Edad Media, no cabe
encontrar otra jardinería que no sea la perteneciente a la
civilización islámica. Estos jardines eran cerrados al exterior
e interiormente carentes de panorámicas, tenían como
finalidad el aislamiento y la intimidad, al mismo tiempo
que cultivaban la recreación de los sentidos.
LA EDAD MEDIA
La idea islámica del jardín fue introducida en España por los árabes, hacia el siglo XIII, lugar donde el jardín
paradisíaco se mezcló con el atrio de origen romano. La Alhambra de Granada, junto con el Generalife, son el ejemplo
más temprano de lo que se ha llamado el jardín español, con sus patios y jardines llenos de árboles para protegerse del
sol y del viento, las distintas estancias tienen estanques de agua que actúan con un sencillo pero eficaz sistema de
refrigeración. Las canalizaciones de agua discurren no solo por los espacios exteriores, sino también por el interior de los
edificios, suavizando las temperaturas y produciendo el refrescante sonido del agua en movimiento. Además de La
Alhambra son ejemplos importantes de ésta época el Alcázar de Sevilla, la casa del Rey Moro de Ronda y los Jardines del
Sultán de Marruecos en Casablanca.
EL RENACIMIENTO, SIGLOS XVI Y XVII.
Durante esta época los jardines franceses tienen el protagonismo
absoluto, las características de lugar de reposo y paseo que habían
venido siendo tradicionales hasta el momento, se olvidan por
completo, ahora el jardín sale fuera de los palacios y ocupa grandes
extensiones de terreno. Los jardines pasan a ser entonces obras
arquitectónicas, apareciendo como consecuencia el trazado regular
apoyado en la geometría. Se acentúa la búsqueda de perspectivas y
la concepción escenográfica.
El jardín adquiere más un sentido estético y de ostentación del
poder que un fin climático. Son espacios utilizados por la corte
para pasear, saludarse y desfilar ante los reyes. La realización
cumbre de este tipo de jardines es Versalles, cerca de París.
Los jardines españoles más representativos de esta época,
corresponden a los conjuntos reales de La Granja y Aranjuez.
Algo bueno que dejó esta época, fue la introducción, en las ciudades,
de plazas ajardinadas, avenidas arboladas y bulevares, como reflejo de
los jardines de la corte. De cualquier manera éstos proporcionaban un
lugar de paseo a los habitantes de las ciudades al mismo tiempo que se
introducía la vegetación en los espacios públicos urbanos, elemento
casi inexistente hasta entonces.
EL CAMBIO RADICAL DEL SIGLO XVIII.
A medida que se inicia el siglo XVIII el jardín clásico comienza
a transformarse en parque natural. La vuelta a la naturaleza irá
imponiéndose a las avenidas arboladas de perfecto trazado
geométrico. Esto gracias a las teorías de Bacon en Inglaterra y a
las ideas de “sentimiento natural” de Rousseau. El regreso al
naturalismo sin embargo, no significó que el jardín dejara de ser
un objeto decorativo.
EL SIGLO XIX Y XX.
Desde finales del siglo XIX y hasta la primera guerra mundial, entrado ya el siglo XX, se produce un cambio espectacular en la
historia del hombre y su civilización. La revolución urbana, que se inicia en este siglo, habrá de ejercer su influencia sobre el
planteamiento de las zonas verdes en cuanto a su composición y sus funciones. Se inicia el fenómeno de la urbanización, que se
agudizará con la primera etapa de la revolución industrial, impulsando el crecimiento brusco de las ciudades.
El aumento de población y la creciente inhabitabilidad de los núcleos urbanos, despertará el sentimiento de necesidad de espacios
verdes urbanos y su eficiencia para resolver o al menos atenuar el deterioro ambiental que se estaba dando en la ciudades, primero
en Inglaterra y después en Alemania y Francia.
EL SIGLO XIX Y XX.
En los planes de desarrollo urbano desde inicios del siglo XIX ya se preveía la existencia de grandes zonas verdes para uso público.
En los ensanches de ciudades como Edimburgo, ya se puede observar la inclusión de áreas verdes integrándose con las nuevas
edificaciones.
También a lo largo de éste siglo además de restaurarse y transformarse antiguos parques privados, se crean un gran número de
parques de propiedad municipal, de los cuales cabe mencionar el Hyde Park, Regent’s Park, St. James Park, en Londres, el Central
Park en Nueva York, el parque de la Tete d’Or en Lyon y el Bois de la Chambre en Bruselas. En París se crean los parques de Buttes
Chaunnont, Monseau y Montsauris. En España el parque más representativo de esta época es el madrileño denominado Jardín del
Buen Retiro.
Hyde Park, Regent’s Park St. James Park Central Park
ÉPOCA ACTUAL.
Los antecedentes de lo que serán las zonas verdes en el siglo XX se dan apenas dos décadas antes de que termine el siglo
anterior, con una serie de planteamientos teóricos, entre los que destacan la Ciudad Verde de Le Play, La Ciudad Jardín
de E. Howard y la Ciudad Industrial de T. Garnier. El posterior desarrollo de la ciudad jardín siguió dos tendencias:
una teórica, dirigida hacia la búsqueda de nuevos modelos, y otra práctica, correspondiente a la realización por todo el
mundo de gran número de ciudades jardín, por ejemplo la Ciudad Lineal de Madrid, los Green Belts de Stein, la Ville
Radieuse de Le Corbusier o los New Towns Británicos.
En la historia de la sociedad humana, las masas de agua superficiales en sus
distintas variantes —principalmente fluviales, lacustres y marinas— han sido
básicas para el transporte y el intercambio de mercancías entre diferentes
regiones, pueblos y culturas. De hecho, el agua ha tenido un papel
fundamental en el mismo origen de la urbe. Numerosas capitales nacionales y
regionales de Europa han crecido cerca de un río o se han ensanchado en sus
márgenes: París y el río Sena, Roma y el Tíber, Londres y el Támesis, Viena y el
Danubio, Lyon y el Ródano y el Saona, Varsovia y el Vístula, Zaragoza y el
Ebro o Sevilla y el Guadalquivir son ejemplos paradigmáticos.
Las primeras grandes civilizaciones neolíticas
decidieron asentarse en valles fluviales para desarrollar
su cultura. Son lo que, desde la visión histórica, se
conoce como hydraulic civilizations (Wittfogel, 1957),
formadas alrededor de seis grandes ríos: la cultura
mesopotámica, a orillas del Tigris y el Éufrates; la
egípcia, cerca del Nilo; la índia, en las márgenes del río
Indus, y, finalmente, la china, entre los ríos Yangtsé y
Huang-He. El desarrollo estratégico de estas primeras
civilizaciones las lleva a convertirse, durante mucho
tiempo, en protagonistas de grandes imperios, donde la
gestión y el control del agua influye en su
jerarquización política y religiosa. En esta misma línea
se expresa Cosgrove (1990), cuando afirma que estas
civilizaciones basan su desarrollo vital en el control
ingenieril del agua.
En un sentido equiparable, otras ciudades presentan grandes infraestructuras hidráulicas: Ámsterdam y su sistema de canales
semicirculares o bien Padua y las vie d’acqua. Cabe anotar, también, diferentes casos que se caracterizan por una relación
especialmente intensa, original o singular con el mar: así, Venecia o Barcelona y el Mediterráneo; Copenhague y el mar Báltico, o
Helsinki y el golfo de Finlandia.
Se abordan tres conceptos básicos en la literatura científica especializada en los vínculos históricos y urbanos entre ríos y ciudades: la
relación entre ciudad y río, la interfaz entre ciudad y río y el espacio urbano-fluvial. Se trata de conceptos utilizados para describir la
evolución histórica, física y espacial de las ciudades fluviales. No obstante, como podremos ver en los siguientes enunciados, se habla
de uno u otro en función del diferente énfasis que se haga en el vector «espacio» y en el vector «tiempo». Así, la relación entre ciudad
y río es un concepto que se utiliza más bien en relación con el plano temporal, mientras que los de interfaz entre ciudad y río y de
espacio urbano-fluvial se centran preferentemente en el plano espacial y físico.
Venecia
La ciudad de Venecia se extiende sobre una serie de 119 islas
que emergen de una amplia laguna situada entre la tierra firme
y el mar abierto. Hasta su fundación se encontraba habitada
por unos pocos habitantes ilirios y vénetos que vivían sobre el
agua de la laguna en palafitos subsistiendo de la pesca y de la
extracción de sal.
Su fundación data del año 421. Los habitantes del Véneto,
expulsados por los ostrogodos y los lombardos, se refugiaron en
estas tierras pantanosas de la desembocadura del río Po
constituyendo la ciudad de Venecia.
Su situación "privilegiada" entre marismas y aguas pantanosas
otorgó una gran independencia a Venecia respecto a los
posibles conquistadores. En el año 810 el propio hijo de
Carlomagno tuvo que retirar sus naves después de tropezar con
los obstáculos que la zona ofrecía a la navegación.
Venecia Italia
Venecia está construida sobre un archipiélago de 119 islas
diminutas que han quedado unidas entre sí por más de
400 puentes.
Todo un entramado donde no está permitido el tráfico (ni
tampoco hay opción a él), a excepción, claro, del que
circula por los canales, con las afamadas góndolas
paseando a turistas y barcos ejerciendo de taxistas. En
muchos sentidos, Venecia parece de otro mundo. Y, como
ya se sabe se está hundiendo, mientras el nivel del mar
sigue creciendo.
Aunque la ciudad italiana es la más popular de entre todas
las ciudades construidas sobre el agua, no es la única de la
que podemos disfrutar en el planeta.
Son muchos otros los lugares que nos ofrecerán una
experiencia diferente e inolvidable, y que transportarán a
todos los turistas acostumbrados al asfalto y los vehículos a
una especie de universo paralelo.
Giethoorn Amsterdam
Fundado allá por el año 1230 por refugiados de la región
del mediterráneo. Estos primeros habitantes encontraron
en el lugar, un montón de cuernos de cabras salvajes, que
probablemente murieron en 1170 tras la inundación de
Sta. Isabel. Nombraron su asentamiento como
Geytenhorn (cuerno de cabras).
Con el paso del tiempo se convirtió en Geythorn hasta
convertirse actualmente en Giethoorn.
La característica de Giethoorn tiene su origen en la turba,
que para transportarla, se cavaron acequias y canales. Por
esta razón las casas parecen estar construidas sobre
pequeñas islas.
Giethoorn Amsterdam
Giethoorn es un pueblo situado en la provincia de Overijssel, a 120
km de Amsterdam.
Giethoorn se encuentra en Wieden, una zona del Parque Nacional
Weerribben-Wieden. Este hermoso pueblo cuenta con tan sólo
unos 2.600 habitantes. A pesar de ello, se ha convertido en un
atractivo turístico, sobre todo entre los turistas proveniente de
China. De hecho alcanzan la cifra de unos 150.000 a 200.000 cada
año.
Giethoorn cuenta con 176 puentes y sus preciosos canales lo
convierten en el lugar perfecto para disfrutar de un paseo en barca
y dejarte deslumbrar por su encantador entorno. Es quizás por esta
razón que es conocido como Venecia del norte.
Muchas casas se han construido en islas, que son sólo accesibles por
puentes. La mayoría de los más de 176 puentes son de propiedad
privada.
Aunque Giethoorn solía ser una zona peatonal, hoy en día hay
excepciones. El único vehículo permitido es la bici. Se puede visitar
el pueblo a pie, con bici o en canoa por los canales, ya que los
coches están prohibidos.
La ciudad del agua de Zhouzhuang, en China
Zhouzhuang es una de las más famosas «ciudades del agua»
en China y se sitúa entre el lago Tai y Shangai, a unos 55
kilómetros al sureste de Suzhou, en la orilla sur del lago
Baixain. Zhouzhuang está rodeada de lagos y ríos por todos
los lados y es atravesada por una red de canales que conectan
los mencionados ríos y lagos. La belleza de Zhouzhuang
especial, ya que se plasma en sus canales de agua, en sus
encaladas casas de dos pisos con negras baldosas y en sus
numerosos puentes de piedra.
De hecho las atracciones más famosas de Zhouzhuang son
sus 14 puentes construidos durante la dinastía Yuan (1271-
1468), Ming (1368-1644) y Qing (1644-1911). El doble puente
(o gemelo) es el más emblemático y es considerado el
símbolo de Zhouzhuang. Consta de dos puentes colocados
de modo que forman un ángulo recto sobre un arroyo, y fue
levantado durante el reinado de Wanli (1573-1619). El otro
puente digno de mención en Zhouzhuang es el puente
Fu’An, que tiene la distinción de ser el más antiguo en
Zhouzhuang, siendo construiod en el año 1355.
Como fue puesto de manifiesto por las primeras síntesis de geografía
urbana de la escuela francesa, el relieve constituye un elemento
determinante de lo que se ha denominado como el emplazamiento,
el lugar concreto de la ciudad. Como determinante y favorecedor del
mismo, reunía varias ventajas frente a otros espacios Por ejemplo,
jugaba un papel defensivo, ya que facilitaba la vigilancia del territorio
circundante y hacía más cómoda su defensa. Además, el relieve
aislaba a la ciudad de inundaciones (escogiéndose para ello las
primeras elevaciones del terreno, y en los meandros, la orilla cóncava
frente a la convexa, esta última de naturaleza más pantanosa), la
separaba de las insalubres tierras bajas, a la vez que mediante esta
elección se dejaban para el cultivo los terrenos llanos, más aptos para
estos usos.
La presencia del relieve en el emplazamiento permitía, igualmente,
un mejor aprovechamiento del sol, al escalonar las viviendas por las
laderas, aspecto articular mente importante en las zonas templadas y
árticas. En el área mediterránea, las discontinuidades litológicas entre
monte y llanura garantizaba la presencia de agua; además, la
presencia del relieve suavizaba las temperaturas estivales. Ofrecía, por
último, una mayor seguridad para la cimentación que los terrenos
aluviales.
Todos estos aspectos se intentaban conjugar sin alejarse excesivamente de
los valles y de sus múltiples ventajas, como el abastecimiento de agua, la
facilidad para las comunicaciones o la disponibilidad de las mejores tierras
de cultivo, pero sin sus principales inconvenientes.
Sin embargo, todas las funciones derivadas del emplazamiento que ha
venido jugando el relieve en la ciudad occidental han ido desapareciendo o
se encuentran muy limitadas, en un proceso que arranca con la revolución
industrial y los cambios que vienen asociados a ella (revolución de los
transportes, desarrollo urbano, etc.). Los avances técnicos (tratamiento de
zonas llanas: cimentaciones, defensa contra las inundaciones, etc.), la
pérdida de la función defensiva y el desarrollo de los transportes
permitieron que, con la extensión del proceso de urbanización, la ciudad
cambiara su emplazamiento, aliándose de las zonas montuosas y
dirigiéndose a las llanas, más aptas para la construcción y la expansión
urbana.
El relieve queda como un objeto residual, a menudo se elimina si es de
pequeñas dimensiones, ya que es un elemento que encaja mejor en la
ciudad preindustrial que en la ciudad industrial: conecta más con las
tramas orgánicas (viario estrecho, adaptación al medio físico) que con la
trama industrial por antonomasia, el ensanche. Su eliminación mediante la
nivelación de terrenos es percibida como un avance, un signo de progreso,
representando, en definitiva, la domesticación de un elemento más de la
naturaleza. San Francisco California
La función referencial aparece particularmente en las
grandes ciudades, como respuesta a la extensión del
proceso de urbanización y a la homogeneización de
las tipologías constructivas. En estas condiciones, el
habitante de la urbe busca elementos diferenciadores
en el paisaje. No sólo para orientarse o para
mantener la legibilidad de la ciudad: da un paso mas
y busca elementos que representen el espacio donde
vive, hitos únicos que no sean fácilmente repetibles.
En la terminología de Lynch (1974), un hito lo
constituye un objeto físico, como un edificio, un
almacén o un monte (Clark, 1982).
Estos hitos físicos son, básicamente, de dos tipos: los
elementos construidos singulares y los elementos
naturales. En este sentido, los elementos naturales no
sólo forman parte del paisaje de la ciudad, sino que
por su capacidad referencial también lo articulan. Sin
embargo, los primeros, aunque difícilmente, siempre
pueden ser imitados.
Por tanto, debido a su singularidad, los elementos naturales
aparecen, al menos teóricamente, como los elementos con mayor
capacidad referencial de la ciudad.
Estos elementos naturales urbanos son de diversos tipos y los
podemos apreciar en numerosos casos en el ámbito español: ríos
(Sevilla, Zaragoza), playas (prácticamente todas las ciudades
litorales), penínsulas (Santander) o montes. Estos están presentes
en multitud de localidades, además de capitales provinciales
como Alicante, Barcelona, Oviedo, San Sebastián o Málaga. Este
último caso es el que hemos estudiado con mayor detalle y el que Monte Fuji
hemos analizado más detenidamente, pero las conclusiones, en
nuestra opinión, son claramente extrapolables a otros lugares.
Por tanto, el relieve urbano, en tanto que elemento natural de la
ciudad, se percibe como algo único, como una singularidad, y por
sus magnitudes altura, extensión y fisonomía funciona como un
hito. Esta función referencial es tanto intraurbana como, dato
importante, extraurbana: su posición define la posición de la
ciudad antes incluso de que ésta sea visible para el visitante.
Cerro Del Muerto
EL RELIEVE COMO PULMÓN DE LA CIUDAD
En numerosos casos, el relieve urbano ejerce indirectamente la función de
zona verde, a través de su cubierta vegetal. Esto es así porque en la mayoría de
los casos estos montes se encuentran forestados, estando en el caso de la
España seca repoblados, normalmente con coníferas. Por tanto, son
elementos susceptibles de ser utilizados como zona verde.
Pero no como parque o jardín, algo normalmente limitado por sus
características topográficas, sino más bien como espacio forestal que, sin ser
usado directamente, contribuya a paliar los impactos derivados de la
masificación constructiva, bien por su contribución a la mejora del ambiente
atmosférico, o bien, en la mayoría de los casos, porque ayude a interrumpir el
continuo urbano, contribución, por tanto, estrictamente visual. Central Park, Nueva York
En todo caso, la función de pulmón urbano, en sentido estricto o en sentido
metafórico, supone la asignación al relieve de un uso que, a diferencia del
residencial, actúa como potenciador de la individualización del enclave y
asegura su uso público. Por tanto, la utilización del relieve como zona verde
tiene unas claras connotaciones positivas frente a las negativas que,
normalmente, conlleva su uso residencial. Quizá por ello, esta demanda ha
calado más en la sociedad que su propia funcionalidad intrínseca. En esta
línea, la defensa de estos espacios ha tenido más el carácter de reivindicación
de zonas verdes que de reivindicación del monte en sí como enclave
emblemático.
Bosque de Chapultepec, Ciudad de México
Las vistas obtenidas desde un determinado punto de
observación pueden ser analizadas y evaluadas de
forma integral siguiendo, conjuntamente, varios
criterios. En primer lugar, en función de sus
dimensiones, a través de la medición de sus
principales parámetros físicos, como la extensión de
territorio visible (cuenca visual), amplitud,
profundidad, fragmentación, etc. En segundo lugar,
las vistas pueden interpretarse o valorarse según la
naturaleza de los contenidos que incluyen, es decir,
qué componentes del paisaje se aprecian en ellas y
cómo aparecen organizados. En tercer lugar, la
relevancia de las vistas se relaciona también con los
valores históricos que puedan atesorar. Este carácter
está vinculado tanto a la percepción de la evolución
de ciertas estructuras territoriales, como a la
reproducción o descripción de la imagen en
representaciones culturales de diversa índole, como
pinturas, grabados, fotografías, textos literarios, etc.
Las vistas panorámicas urbanas, que se definen
como las imágenes de un núcleo urbano, ya sean
percepciones directas de un observador o
representaciones en cualquier medio, que
incluyan una parte sustancial y relevante del
tejido edificado, y permitan la percepción, más o
menos nítida, de sus límites y de su marco
territorial. Consideramos que esas vistas pueden
obtenerse tanto desde puntos interior escomo
exteriores a la ciudad.
La consideración de las vistas panorámicas
urbanas como objeto de conocimiento científico
es reciente, siendo abordadas principalmente
desde dos enfoques complementarios: su estudio
como «apariencia exterior» de la ciudad y el
análisis de las representaciones artísticas que
plasman esos panoramas.
Las vistas panorámicas pueden obtenerse también desde
posiciones interiores a la ciudad, y por tanto no se trata
exclusivamente de percepciones exteriores a la misma,
aunque como caso general las de este tipo serán las más
abundantes. Por tanto, se incluyen en el análisis todo
tipo de posibles miradores internos, que ofrezcan en su
caso una vista panorámica «envolvente» de la ciudad (o
que podría denominarse «cóncava», como complemento
a la apariencia «convexa» señalada por Owen).
La propia percepción a pie de campo, a la que alude el
primer grupo de definiciones que hemos presentado, y
a su representación en cualquier medio. De este modo,
se conectan ambas dimensiones de las vistas: la
apariencia percibida de la forma urbana y la de su
plasmación o interpretación urbana y de la
representación de la misma, sino que con el primer
término entenderemos que nos referimos a ambas
cuestiones.
Se han propuesto algunas clasificaciones de las vistas
panorámicas de ciudades, exclusivamente desde la
perspectiva del estudio de sus representaciones
artísticas. Principalmente se inspiran en la posición
relativa del punto de vista elegido por el artista
respecto a la ciudad, por lo que serían aplicables
también a las percepciones de observadores sobre el
terreno. El otro criterio es de aplicación exclusiva a las
vistas pictóricas, ya que se basa en la fidelidad de la
representación a la percepción directa de la ciudad.
Kagan (figura 2.2) propone atender al ángulo de
elevación del observador (real o hipotético) respecto
del suelo, para diferenciar entre las siguientes
categorías de vista: icnográfica u ortogonal (90o ), en
perspectiva o cartográfica (60o ), de pájaro (45o ),
oblicua (30o ), caballera o ecuestre (10o ) y vista de
perfil (observador posicionado sobre el terreno).
(Kagan y Marías, 1998, p. 22)
Una clasificación similar, en función de la diferencia de cota entre el
observador y la ciudad, sugiere De Seta (2011). Para este autor, es
posible establecer los tipos de:
1. Vista en perspectiva, tomada desde un punto de vista de real más
elevado que la ciudad, cuyo ángulo puede variar entre 60o y 90o .
2. Perfil, con el observador colocado habitualmente al nivel del suelo o
mar. La imagen resulta frontal, y permite ver el skyline de la ciudad.
3. A vista de pájaro, realizada desde un punto de vista imaginario,
situada en el cielo, de modo que se representa el sistema
geomorfológico en el que se enclava la ciudad. El autor se vale
usualmente de una planta del núcleo urbano, de forma que puede
reconstruirla en diferentes tipos de axonometría ortogonal u
oblicua. Este tipo de vista también solía conocerse como descriptio,
prospectus o iconografia.
4. Planta. Es la restitución planimétrica de todos los edificios,
mediante una proyección ortogonal (ortográfica) o cenital
(icnográfica). En ella, «la percepción visual se sacrifica para obtener
una lectura objetiva de naturaleza científica» (De Seta, 2011, p. 31)
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