BOMBARDEANDO ESTADOS UNIDOS (una historia de reconciliación

)

Éste es un mal libro. No lo leas si puedes. Es sobre bombardear un país. ¿Qué país? Estados Unidos. ¿Quién lo está bombardeando? Tú. ¿Cómo puede ser? En tus sueños. ¿De qué están hechas las bombas? Están hechas de miedo. ¿El miedo de quién? El tuyo. ¿Cómo puedo evitar bombardear mi propio país? No puedes. Dijiste que ocurre en mis sueños, mientras duermo, ¿y si no me durmiera? No puedes evitar dormir, e incluso si pudieras, ¿no te perseguirían tus pesadillas mientras estás despierto?

¿Quiénes son los personajes de esta historia? No hay personajes. ¿Entonces qué? Sólo miedo, miedo bajo nombres diferentes. ¿Miedo de qué? De ti. ¿Es posible vivir en el miedo? No, no lo es. ¿Puedo escapar del miedo? No lo sé.

Los sueños eran verdaderamente horribles. Los pilotos, anónimos, enmascarados, bajaban, bajaban, hasta la entraña de las ciudades y allí dejaban delicadamente caer sus bombas no importándoles, importándoles, nadie. ¿Quiénes había tras esas máscaras? No lo sé. Pero en mis sueños los veía y quería arrancar sus máscaras, pero no podía. Los aviones caían, caían en torbellino y abrían sus bocas para pronunciar silencio mortal, cada bomba una sílaba de silencio mortal.

Era extraño, horrible, que mis sueños fuesen absolutamente en silencio, pero ese silencio de las bombas era lo peor. Ni un sonido, ni un ruido, ni un susurro, ni siquiera sangre o lágrimas o gritos de las víctimas: sólo ese silencio profundo, extraño, incongruente, que traía muerte, más que muerte, y llenaba el aire. Más que muerte: ésas son las palabras. El horror, lo imposible hecho real: aviones bombardeando Estados Unidos todas las noches en mis sueños. Convirtiendo la tierra en una vasta tumba, inmensa, desgraciada, doliente, sin esperanza. Me despertaba envuelto en horror y lágrimas cada mañana. Me espantaba ir a dormir cada noche. Cada noche la misma yegua oscura montaba mi alma obediente, desbocada. No podía soportarlo.

Acudí al doctor al día siguiente y le hablé de mis sueños. Mientras le hablaba, me daba cuenta de algo extraño. Sentía que él sabía bien de qué le hablaba. Sí, él conocía mis pesadillas incluso antes de mencionar las bombas que caían. Y algo más noté, que tenía miedo. No decía nada. Me escuchaba jugueteando nerviosamente con su pluma entre sus dedos, como si no supiese cómo reaccionar, qué decir o hacer. Así que me quedé callado, esperándole. Esperando que hiciera Dios sabe qué. Allí estábamos los dos, como un largo, interminable, instante de silencio. Por fin dijo tímidamente, como si no se atreviera a hablar más alto por miedo a que le pudieran oír: Yo sé lo de sus sueños. También yo los tengo. Pruebe estas pastillas, pero no sé si funcionará.

Salí con un sentimiento de opresión y malos presentimientos y me dirigí a casa.

Vi algunos niños jugando por la acera, la zona estaba extrañamente solitaria aquel caluroso día de verano; pensé que debería haber más color o sonidos a aquella hora. Incluso los niños no parecían muy interesados en su juego. Paré el coche junto al bordillo y entré en la farmacia. Le di al dependiente la receta y él me miró como si supiera algo y dijo: Voy a por las últimas que me quedan. Bueno, para cuando llegué a casa era casi de noche. La tarde había pasado suave, silenciosamente, llevándome a casa a través de calles solitarias; yo había conducido ociosamente también, como si el atardecer y yo tuviésemos un secreto acuerdo para fácilmente desgastar el tiempo no haciendo nada, procurando no hacer nada, intentando no tener que volver al hogar. Al pasar por las casas aisladas, el soñoliento césped soleado y las vallas de estacas recién pintadas, sentí que estaba viendo algo antiguo, alguna escena de un mundo distante que pronto ya no existiría más. Sólo entonces, ante mis ojos, extendía esta ensoñada burbuja del presente su irreal hechizo de misterio y amenazada belleza. Una burbuja absorbida por su propia magia, incapaz de mantener su asiento en la realidad durante mucho tiempo; una burbuja que, a pesar de su origen puro, podía en cualquier momento explotar, tragándose y derruyendo el diminuto mundo infinito.

Abrí la puerta y entré en la cocina. Cogí el teléfono por si había algún mensaje. John había llamado, decía que volvería a llamar. Le llamé. No estaba. Fui al salón, los últimos rayos del oblicuo sol inundaban delicadamente la habitación a través de las persianas venecianas. Yo estaba allí, pronto sería oscuro. Encendí la televisión para ver las noticias, pero parecía raro, extraño, tenía la sensación de que no estaban diciendo la verdad, más o menos como siempre, no

completamente lo mismo esta vez, un sentimiento un poco distinto; como si hubiese algo que faltara, algo omitido a propósito o, lo que preocupaba más, medio conscientemente ocultado: como si nadie se atreviera. Nadie se atreviera siquiera a susurrar una palabra sobre quién sabe qué. Yo estaba allí, completamente solo, alienado de mis sentimientos reales y aprensiones por aquella cara extraña en la pantalla de televisión que yo percibía ajena a sus sentimientos reales también. Bien, tal vez me estaba poniendo un poco demasiado inquieto y nervioso. Apagué la tele. Estaba más solo ahora pero más seguro, no tanto ese otro yo con la tele puesta en quien yo no parecía confiar en absoluto. El salón estaba a oscuras y yo despierto completamente, tan alerta como un búho, pero no como él, cazador, sino presa de la noche. Sentía que no podía hacerle frente, allí absolutamente solo, yendo a la cama de nuevo, tratando de alcanzar las orillas del sueño, buscándolas... únicamente para encontrar esa pesadilla horrorosa de bombardear una vez más mi país, mis amigos, mis conciudadanos, los árboles y lagos y montañas que tanto amaba; no podía enfrentarme a la angustia de bombardearnos, bombardear nuestro mundo, una vez más, una vez más. Con un leve sentimiento de liberación y también de desesperación tranquila salí de casa. No quería estar allí. No había seguridad: en mi cama, solo, intentando alcanzar una paz imposible. Había olvidado las pastillas que compré, ni siquiera un instante había pensado en ellas, parecían absurdas, parte de las noticias de la televisión también. Salí fuera y empecé a andar. No sabía donde iba. Iba a ninguna parte. Caminaba sin dirección, sin propósito alguno; sólo estar un poco lejos del ansiado y atemorizador sueño ya me hacía bien.

Pasé casas, jardines, callejones, plazas, bancos, y entonces empecé a notarlo. Las luces de las casas estaban encendidas, se podía oír las televisiones ronroneando insomnes sin fin; debería haber imperado el silencio y la oscuridad, como cualquier otra noche, pero no. Las camas estaban vacías. Empecé a encontrar gente por las calles. Algunos iban caminando como yo, otros sentados en bancos, algunos en el césped de sus casas, otros en los bordillos de las aceras. La mayoría estaban solos, algunos, en grupos de dos o tres, hablaban un poco pero en voz baja, como compartiendo un misterio, nadie tenía una sonrisa en su rostro. Todos los ojos como los míos, bien abiertos. Entonces encontré a John. Estaba sentado en un banco en el bulevar N. y me senté con él.

–¿Qué está ocurriendo? –le pregunté-. ¿Por qué toda esta gente por aquí? -Lo sabes tan bien como yo –dijo-. No pueden dormir, están asustados, como tú y yo, y están aquí intentando escapar. Estamos todos teniendo la misma pesadilla, estamos asustados. Su sinceridad me abrumó. De repente me asombró la situación, como si reconocerla en voz alta la convirtiera en un hecho del todo distinto. Entonces esto era real, nuestros sueños se habían hecho realidad, inexorable e impredeciblemente reales. Estábamos siendo bombardeados en sueños y eso estaba destruyendo nuestras vidas. -Las pastillas no pueden hacer nada –continuó John con su terso tono de voz transparente, extrañamente reconfortante-. Las tomas, te quedas dormido, profundamente, parece, pero el bombardeo es tan profundo como tu sueño y te alcanza allí, en el fondo del mar, donde soñaste que estarías más seguro. Ninguna pared puede impedir que esas bombas irrumpan en los más hondos rincones de tu mente, de la mente de cualquiera. He hablado con muchos y todos dicen lo

mismo: las medicinas no sirven. Todos están empezando a admitirlo. Al principio, era demasiado horrible confesar siquiera la agonía de los bombardeos nocturnos. Pero ahora hablar sobre ello no te cura, lo único es que sabes que no estás solo, y veremos si eso no es peor al final. -Pero la televisión no dice nada –dije. -Es demasiado malo para decir. -Bien, veremos. -Sí.

No vi a John en varios días. Pero vi otras cosas en vez de él. La gente parecía positivamente enferma, errando por las calles, casi blancos, exhaustos, mirando en torno suyo sin mirar nada, una silenciosa desesperación se había apoderado de ellos. Los niños, y esto era muy horrible, estaban contagiados también. Los ancianos eran lo peor, lloraban, ocultaban sus caras y lloraban. Las calles estaban cubiertas de gente que no podía dormir, que no se atrevía a irse a la cama, almas en vela yaciendo en la hierba, o formando extrañas, calladas procesiones hacia ningún santuario o altar. No podían dormir, no podían descansar, no podían trabajar. Poco a poco todo el mundo se iba quedando apagado, agotados, obsesionados por la posibilidad de ser bombardeados otra vez y otra vez justo cuando más necesitabas descansar. Las oficinas estaban vacías, los dependientes de las tiendas no iban a trabajar, los policías eran los que más asustados estaban, las tiendas y los supermercados eran diariamente asaltados y saqueados. Si, era así, nuestro país se estaba desintegrando. Todo estaba roto, las almas primero. Luego todo lo demás.

La televisión no decía una palabra, las emisoras de radio estaban calladas: algunas ponían música sin comentarios. Un día solitario, todos los días lo eran, aunque toda la gente estuviera cogida de la mano en las avenidas, en los parques, en las calles, como siluetas fantasmales desprovistas de luz, recordándome grabados del Infierno de Doré- un día solitario al bajar por una callejuela, desde una ventana abierta vino el sonido de una canción en la radio: sí, era “Blowing in the wind”. Ráfagas de ella erraban por el aire vacío llenando el callejón y el cielo sobre mí con su raro sonsonete, y sin embargo, triste y melancólica como era la profecía de la letanía, parecía venir de un olvidado paraíso, sereno y puro, para tocar levemente la orilla encrespada de mi mundo y entonces lloré.

Entonces un día, la radio y la televisión empezaron a hablar. Reconocían las “dificultades” que “algunas personas” estaban teniendo para dormir. Aconsejaban a aquéllos con ese problema que visitasen las clínicas y hospitales y también algunos Centros Especiales donde serían adecuadamente tratados. Las noticias decían que no había que alarmarse y que los científicos estaban trabajando sobre el asunto, así que no era necesario, no ya tener miedo, sino ni siquiera preocuparse por todo ello, todo estaba bajo control. El resultado de este anuncio fue que los hospitales y clínicas se vieron inundados por la llegada masiva de enloquecedores pacientes y entonces ya no veías por las calles tantas siluetas vacías. Los rumores también se empezaron a extender. Se decía que muchos de los que habían acudido a los Centros Especiales se habían desvanecido, desaparecido, aspirados. No podías encontrar ni contactar con ninguno de ellos, por mucho que lo intentaras. Ni rastro de nadie, ninguna información fiable sobre ellos en los Centros Especiales.

Así que el pánico empezó a crecer de nuevo. Esta vez peor porque la gente empezó a darse cuenta de que era inútil estar bajo la protección del Gobierno. Entonces hombres muertos, mujeres muertas, comenzaron a aparecer por todas partes: sobre las aceras, en los bancos de los parques, bajo grandes árboles solemnes. Gente que había muerto de, literalmente, no poder robar ni una brizna de sueño; no sólo eso: la exposición constante a la angustia y el terror que la noche próxima traía bajo su capa, devastando la mente y el cuerpo. Muerte por ataque al corazón, por pura exacerbación mental; no poder ver un fin a todo ello, una salida a este horror recurrente de ser bombardeados por algo mil veces peor que bombas reales: bombas soñadas que te volvían loco, que bajaban, bajaban, hasta los resquicios más escondidos de tu ser, despertando miedos innombrables, terrores de los que nada habías oído, culpas y oscuros corredores de la memoria individual y colectiva, sospechas y crueldades perpetradas o imaginadas o sugeridas por hechos dudosos, asociaciones peligrosas de la mente inestable, todo estaba en marcha cerniéndose sobre ti, y debajo de ti, dentro de ti, dentro de ti, en lo más hondo tuyo. Y tú estabas ahí, ningún amigo servía de ayuda, el Estado era mierda, las pastillas también, los médicos también se veían afectados por el bombardeo. La muerte era la salida. Así que la gente empezó a morir, masivamente, abiertamente y a solas, muerte ilimitada. Sueño no había, ni paz, entonces la paz de la muerte. La ansiada, posible, segura, paz de la muerte. Muchos morían de miedo, de horror, de agotamiento, de infartos. Muchos se quitaban la vida, el suicidio era tan deseable, tan auxiliador.

Unos pocos entre nosotros estábamos singularmente asustados, extrañamente aterrorizados. Nosotros: unos cuantos amigos o casi o más que eso. John y yo y una pareja de California y unos pocos niños. Pero por la manera en que nos mirábamos, podrías haber dicho que aleteaba en algún lugar en nosotros algún indicio de destello amigo, alguna forma de camino misterioso.

Algo muy notable de lo que no sé si muchos se habían dado cuenta alguna era qué poca gente de color se había visto afectada. Realmente era muy difícil encontrar una mujer u hombre negros entre los que sufrían la “enfermedad”. A veces veías alguno, pero en general, esta parte de la población parecía sin mancha, a salvo. Muy pocos orientales, muy pocos o ningún indio de Norte América habían sido vistos sufriendo nuestra enfermedad. Sí, ésta es la primera vez que usaba esta palabra: “nuestra”. Te hacía pensar, me hacía preguntarme, si esto podría ser un problema de los “blancos”, una enfermedad de blancos. ¿Qué significaba todo esto, qué había detrás? ¿Qué acechaba tras este horror, principalmente, de los blancos?

¿Quiénes eran los pilotos que guiaban esos obstinados aviones, esa maligna aviación profundamente asentada en el mal? Hasta ahora habían permanecido enmascarados. Pero ahora empezaban a conjurar visiones, a evocar rasgos, facciones, bajo sus máscaras negras. ¿Quién había detrás? Necesitaba ver los pilotos. Quería verlos, frente a frente. Estaba muy aterrorizado. Hablé con John. John tampoco sabía, pero se había preguntado, sí, había visto los ojos de algunos moribundos. Había escuchado su tartamudeo confuso y horrorizados balbuceos. Tenía algunas vagas suposiciones, sí. Él también estaba asustado,

completamente asustado. Pero necesitaba saber, como yo, como todos los demás. Oh no, no, en absoluto como todos los demás.

¿A quiénes estábamos esperando? ¿Quiénes podían estar ahí, en las carlingas, bien protegidos, seguros, sin corazón pero no indiferentes, odiando con un odio frío, suave, casi natural, tan terrible?

¿Quiénes descendían por los hondos precipicios de nuestros viejos pecados cometidos a medias subiéndolos a la luz para atormentarnos y dejarnos contemplando nuestras propias bocas abiertas de pasmo? Esperábamos ver negros, amarillos, marrones, los fantasmas y nietos de los extinguidos indios norteamericanos, las semillas no nacidas y herederos de todos los vietnamitas que habían sido bendecidos con napalm y molidos en polvo, en pulpa, para mezclarse otra vez con la jungla como si nunca hubieran debido despertar a la vida. Ah sí, esperaba ver iraquíes, árabes, huestes inauditas de viejos espectros pilotando los aviones perpetuos que surcaban nuestros cerebros estupefactos. Furia e insaciable locura descendiendo sobre nosotros, pidiendo venganza, todos los que habían sido violados y heridos por todos los Ku-Klux-Klans del mundo: ésas eran las caras que yo esperaba ver.

Pero no estaba llamado para tal afortunado destino. No fueron ellos quienes vi. Fue a nosotros. Oh Cristo, éramos nosotros. No caras negras, coléricas, tras las máscaras, no iraquíes, no peligrosos árabes o comunistas o cualquier cosa que, en uno u otro momento, te habían

inducido a odiar. Oh no, mientras venían y venían hacia mí arranqué las silenciosas máscaras y ahí estaba yo. Oh horror. El piloto era yo, y nadie más, sin ninguna duda, ningún doble jugándome una mala pasada. Era yo. Y detrás de todas las máscaras que arrancaba nos veía a nosotros, mi padre y mi padre, mis amigos, mis parientes lejanos, viejos conocidos, mi abuelo y mi abuela, mis profesores también. En ese momento todas las máscaras empezaron a caer con mudo y desolado acuerdo. Mis compañeros de universidad, el vecino de al lado, el jardinero y el carpintero, actores y senadores, diputados y Presidentes, el limpiabotas y el especulador, el agente de la propiedad y los banqueros, filósofos bocazas, hipócritas y brujos, sacerdotes y bufones, delatores y esquiroles, chulos y zopencos, Polonios de dulce veneno y enjoyadas Lady Macbeths de suave piel, generales homicidas, codiciosos, pasmados y buenos viejos muchachos manipulados astutamente y manejados, veteranos fanfarrones de todas las guerras y ninguna paz. Ingenuos principiantes siguiendo ciegamente a sus inflados y engreídos líderes; la fantasmal Cabalgata, la sucia y tóxica, insoportable Procesión seguía desfilando ante mi mente. Parecía no tener fin. Yo permanecía completamente mudo, como si nunca fuera a tener una boca, una herramienta para articular sonidos o pensamientos, nunca jamás otra vez. Miré a John y él a mí. Sí, por fin sabíamos. El joven y su mujer del oeste y los chicos también. Estábamos allí, sobre la hierba gris, sin alma, abandonados, al final del día.

Medio aturdido, medio despierto, volví en mí en algún lugar más allá del fin del mundo. Aterrado, miré en torno a mí, dentro de mí, cadáveres y un distante cielo azul, lejano, inalcanzable.

Una ola silenciosa de emoción me envolvió y me mostró el mundo nuevo. Veía todo con la claridad de la verdad a la que había llegado al desenmascarar a los jinetes oscuros que habían destruido nuestras noches y nuestros días. No estaba mejor, no estaba curado, pero sabía quiénes nos habían bombardeado. Nadie, sólo nosotros. ¿De dónde venía el impulso para destruir nuestro propio país? Lo sabía ahora, creía saberlo. El miedo de lo que habíamos hecho a otros durante muchos años, demasiadas generaciones, la crueldad con los otros, reclamaban sus honorarios. Nosotros éramos el precio. Reparación, expiación: ésos eran los nombres de las campanas solitarias doblando en mi cabeza, despertándome a la nueva parte de todos nosotros. Deseábamos, necesitábamos, llegar a un acuerdo con nosotros mismos. Necesitábamos cuadrar las cuentas, pagar nuestras recientes y viejas deudas, alcanzar un pacto, poder estar en paz, empezar de nuevo. ¿Empezar de nuevo como cadáveres? ¿Cómo apacibles muertos y muertas, mudos como tumbas, yaciendo sobre la tierra de nuestro país, mirando con ojos sin expresión y mente hueca el cielo sereno sobre nuestras calaveras? Sí, estábamos pagando un precio alto. Toda esta revolución vertiginosa que había costado tantas vidas era sólo una callada historia de reconciliación. Una historia de reconciliación no sólo con los otros, con todos los otros, sino con nuestras almas y corazones.

¿Llegaría alguno de nosotros a la otra orilla? ¿Sobreviviría alguno de nosotros a la revelación de nuestro rostro verdadero y podría bajar al Jordán y tener nueva piel y nuevos ojos para mirar en calma el sol de nuevo? ¿Se libraría alguno de nosotros alguna vez de la pesadilla culpable que había echado abajo las Blancas Torres

hermosas, las Torres de nuestra auto estima, bienestar y respeto por nosotros mismos? Ahora que habíamos sido destruidos, ¿tendría alguno de nosotros alguna vez el poder, la fe o la pureza para levantarse de entre los muertos y volver a la vida de nuevo? Ahora que habíamos pagado, ¿permaneceríamos para siempre apagados, perdidos, viviendo en agonía de terror en este mundo y el siguiente? ¿o aprenderíamos? ¿Seríamos mejores, tendríamos más colores, no sólo el blanco como la insana ballena? ¿aprenderíamos a arder, a tender nuestra mano a los otros, a otras cosas, otros mundos que existían dentro del nuestro? Extender nuestra mano, no por desesperación, sino por reconocimiento y despertar, para rozar y acariciar y tocar lo que éramos: los otros que toda nuestra trastornada vida nos habían enseñado a temer y odiar. ¿Podríamos encontrar la gracia alguna vez?

Estábamos ahora vacíos, como el fondo de un mar seco. Misteriosamente, sentí que el poder del horror disminuía, ¿o era sólo un deseo? Me sentí más ligero, levemente aliviado de una carga que había estado pesando sobre mí desde el principio de los ataques aéreos. Dejé a mis camaradas y fui a andar. No era escaparme, un vagabundeo sin propósito hacia ninguna parte. Entre todos los muertos y ruinas, el dolor y la destrucción, algo en mí había muerto, pero no había muerto yo mismo. Algo en mí había ardido y ahora me sentía claro y esperanzado. Miré a mi alrededor y vi todo el sufrimiento, vencido el país, sí, pero vi que unos pocos habíamos sido eximidos. Afortunados de salir a la superficie y hallar la luz de un día nuevo. Sentí que estaba caminando sobre una Tierra desolada, pero también que marchaba sobre un estrato más profundo del que nunca

antes había tenido conciencia. Me parecía que había en mí una imprevista inocencia, pureza inesperada, concedida por no sé quién o qué o de dónde, pero estaba vivo, despierto y sensible,

extendiéndome, buscando rayos de sol en cualquier criatura, cualquier lugar. Respiraba un renovado sentido de hermandad, uno real. Deseaba acercarme a cualquier partícula de ser con un verdadero sentido de camaradería. Me acercaba a los pájaros, no eran extraños; pasaba junto a los árboles y los tocaba tímidamente como si ellos también hubiesen sobrevivido a una prueba de fuego y estuviesen ahí para reconfortarme y decirme sí. Sentía una intimidad con las nubes y la arena, con el petirrojo y la urraca, con los que colgaban de la Cruz y con los que se resguardaban en el Nido. Me sentía triste y feliz a un tiempo. ¿Era esto la gracia?

¿Cuántos sobrevivirían? Pero tenía un respeto sagrado por todos aquellos cuerpos muertos yaciendo en paz por fin. Todos esos cadáveres de hombres y mujeres justo ahora transformándose por la Rueda de los Cambios en nutrientes de un mundo nuevo, sobrepasando obstáculos, fluyendo siempre. No soy sabio pero pensé mientras caminaba por las calles de mi ciudad: tal vez la llave era no perder el contacto con la realidad honda que había tras todos los aparentemente distintos aspectos del mundo. No estaba en posición de hacer una apuesta afortunada pero, en su lugar, un sentimiento de devoción me invadió. Tal vez la llave de todo fuera no excluir a nadie, a nada, de ese gran núcleo profundo que nos bañaba a todos. Caminaba por mi mundo, parecía como si nunca antes hubiera caminado, vi lo que el mundo contenía: el cielo infinito del amplio crepúsculo descendiendo un día más sobre mi barrio, los callejones

perdidos de mi niñez abriéndose hacia las amplias avenidas del presente en silencio. Las nubes colgaban sobre mí. Sus formas y colores prestaban una extraña vibración a los edificios vacíos que flanqueaban mis lentos pasos. Me sentía como una mota de polvo en un mundo tan grande. Pero estaba despierto, atento, en calma en mi mente, pero mientras paseaba solitario por los bulevares desiertos iba escuchando todas las cosas del mundo. Escuchando en silencio oía lo que cada brizna de ser tenía que decir. Las escuchaba, todo el tiempo, todo el tiempo, las escuchaba.

Y así termina esta historia, con una comunidad de oyentes de un solo hombre en silenciosa conversación con el río hondo de nuestro ser. Conversando en calma, en calma oyendo las aguas puras, el agua tranquila de nuestro río viejo, tan infinito y radiante, incluyendo todo y penetrándolo. John y yo, Marta y María, Judas y Cristo, el Demonio y Dios, y los llorosos chicos, esperanzados, escuchando todos, sólo escuchando el río que iba despacio y curaba siempre, susurrando, bañándonos, llevándonos con él, dejando atrás nuestros pies cansados, reflejaba ahora nuestras tranquilas caras y nos llevaba quietamente más allá del fin del mundo, al más cercano abrigo, con él.

Miguel Ángel Bernat

número de Registro de la Propiedad Intelectual: M-000620/2008

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