0% encontró este documento útil (0 votos)
153 vistas63 páginas

Reflexiones sobre el Via Crucis de Jesús

Dios no puede sufrir; no obstante, Dios sufrió en Jesús (Romano Guardini). La frase del teólogo italo-alemán nos adentra en una paradoja desplegada en 14 estaciones. En 14 miradas. En 14 descomposiciones del grito de Cristo en la Cruz: Eloí, lemá sabaqtaní.

Cargado por

David Teixidor
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
153 vistas63 páginas

Reflexiones sobre el Via Crucis de Jesús

Dios no puede sufrir; no obstante, Dios sufrió en Jesús (Romano Guardini). La frase del teólogo italo-alemán nos adentra en una paradoja desplegada en 14 estaciones. En 14 miradas. En 14 descomposiciones del grito de Cristo en la Cruz: Eloí, lemá sabaqtaní.

Cargado por

David Teixidor
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

David Teixidor Viayna

UN VIA CRUCIS
David Teixidor Viayna

Roma 2023
Dios no puede sufrir;
no obstante, Dios sufrió en Jesús1

1 Romano Guardini, El Señor, Rialp, Madrid 1958, 398


I Estación
Condenan a muerte a Jesús
Pilato (...) les dijo a los judíos:
— Aquí está vuestro Rey.
Pero ellos gritaron:
— ¡Fuera, fuera, crucifícalo!

Pilato les dijo:


— ¿A vuestro Rey voy a crucificar?
— No tenemos más rey que el César— respon-
dieron los príncipes de los sacerdotes. Entonces se
lo entregó para que lo crucificaran. Y se llevaron
a Jesús. (Jn 19, 13-16).

Acaban de llevarse al Rey, y el


alma rompe a llorar: ¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo
huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando,
y eras ido2. El alma no comprende cómo se
puede condenar al Inocente, al
Amigo, después de haberle ofrecido un

2San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual B, Canción 1; en


Lucinio Ruano de la Iglesia (ed), San Juan de la Cruz.
Obras completas, Biblioteca de Autores Cristianos, Ma-
drid 1982, 573-574
juicio, que, en realidad, ha sido una
farsa: ¿Por qué se sublevan las naciones y tra-
man los pueblos vanos proyectos? Se alzan los
reyes de la tierra, y los príncipes se confabulan
contra el Señor y contra su Ungido: «¡Rompamos
sus cadenas, arrojemos de nosotros su yugo!» (Sal
2, 1-3). Es el rechazo de Dios.

Apenas baja Jesús las escaleras de


mármol, los soldados se avalanchan bru-
talmente sobre el Reo. Y el Señor tiene
miedo. Reza a su Padre: No te alejes de mí,
que la angustia se acerca y no hay quien me so-
corra. Me rodea una manada de novillos, me cer-
can toros de Basán; abren sus fauces contra mí
como un león que desgarra y ruge. Me rodea una
jauría de perros, me asedia una banda de malva-
dos (Sal 22, 14. 17).

Jesús sale taciturno del palacio,


y se pierde entre la multitud. El alma que
le ha de hallar conviénele salir de todas las cosas
según la afección y voluntad y entrarse en sumo
recogimiento dentro de sí misma, siéndole todas
las cosas como si no fuesen. Que, por eso, san
Agustín, hablando en los Soliloquios con Dios,
decía: No te hallaba, Señor, de fuera, porque mal
te buscaba fuera, que estabas dentro. Está, pues,
Dios en el alma escondido, y ahí le ha de buscar
con amor el buen contemplativo, diciendo:
¿Adónde te escondiste?3. Ahora, pues, sabe el
alma el camino que ha de emprender. Ca-
mino interior, que, como el de Cristo,
tiene su meta en el Calvario.

3San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual B, Declaración


de la Canción 1, n. 6; en op. cit., 575
II Estación
Jesús carga con la Cruz
En Navidad, la liturgia ofrece esta
oración: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos
ha dado. La insignia del poder está sobre sus
hombros (cuius impérium super húmerum eius) y
se llamará Angel del Gran Consejo4. El Niño,
treinta años más tarde, sigue cargando
ese impérium, y es que lleva en sus hom-
bros todo el peso de la salvación de la hu-
manidad: Él tomó sobre sí nuestras enfermeda-
des, cargó con nuestros dolores (Is 53, 4). La
carga de la Cruz, por tanto, es carga
grande y amarga. Carga cansada. Y tanto,
que rezaba el mismo Cristo: Dios mío, te
invoco de día, y no escuchas; de noche, y no en-
cuentro descanso (Sal 22, 3). Y en el huerto:
aleja de mí este cáliz (Mt 26, 39).

¿Cuánto pesan esas enfermedades y


esos dolores? ¿Cuánto pesa, en definitiva,
un pecado en los hombros delicados de
Dios? San Anselmo aseguró que un solo

4 Cfr. Is 9, 5
pecado, por leve que fuera, pesaba más
que muchos mundos como éste, aunque estos
mundos se multiplicasen al infinito5. Por eso,
aunque la cruz de madera tiene un peso
exacto de setenta kilos (...), esos setenta kilos son
los más pesados del universo6.

Y cargando con la cruz, salió hacia el


lugar que se llama la Calavera, en hebreo Gól-
gota (Jn 19, 17).

5 San Anselmo, Por qué Dios se hizo hombre, en Obras


Completas de San Anselmo, BAC, Madrid 1952, vol.I,
811-812
6 José Miguel Ibáñez Langlois, Libro de la Pasión, Rialp,

Madrid 1996, 79
III Estación
Cae Jesús por primera vez
A mitad del camino se desplomó
Jesús. Había caído de sí, de la sociedad de los
ángeles, de la visión de Dios; esto es, de la liber-
tad, de la dignidad, de la bienaventuranza. Oiga,
pues, [el alma cristiana] el consejo, para que,
negándose a sí misma, esto es, a la propia volun-
tad, recupere su propia libertad; para que, to-
mando su cruz, esto es, crucificando su carne con
los vicios y las concupiscencias, recupere por la
continencia el bien de la sociedad de los ángeles;
para que, siguiendo a Cristo, esto es, imitando su
pasión, recupere la visión de la claridad, porque,
si con Él padecemos, reinaremos con Él 7, en un
reino sin fin. Parece que para llegar al
reino hay que atravesar la paradoja: entre-
garse a la voluntad de Dios para obtener
la plena libertad; entrar en la muerte para
resucitar; participar de la Pasión para go-
zar de la gloria. Tomó mi tristeza —dice san

7Gregorio Díez Ramos, O.S.B. (ed), Obras completas de


San Bernardo, vol. I, Biblioteca de Autores Cristianos,
Madrid 1953, 1087
Ambrosio— para darme su alegría; con mis pa-
sos bajó a la muerte, para que con sus pasos yo
subiese a la vida8. Se trata de aceptar el reto
de perderse en Dios, que es la Vida. Pero
no es un masoquismo sin sentido: Pon tu
delicia en el Señor, y te concederá los deseos de tu
corazón (Sal 37, 4). Tanto como decir:
abandónate a Él y te verás recompensado
como mereces. Y en esa nueva vida, en
ese reino, se acordarán y se convertirán al Se-
ñor los enteros confines de la tierra; se postrarán
en su presencia todas las familias de las naciones,
porque del Señor es el Reino, Él domina a las
naciones (Sal 22, 28-29). Toda noche habrá
pasado.

8Luis de la Palma, La Pasión del Señor, Ediciones Pala-


bra, Madrid 1971, 41
IV ESTACIÓN
Jesús encuentra a María,
su Santísima Madre
La Virgen María sale al encuentro
de su Hijo en mitad del Via Crucis. Madre
e Hijo se miran como en un espejo. Y en
ese instante, cada corazón vierte en el otro su
propio dolor 9. María mirando a Cristo: una
inmensidad volcada en otra, un mar de
amor en un sinfín de mares de amor 10. Des-
pués de unos segundos de cielo, Jesús
quiso levantarse presto para continuar
hacia el Calvario. Y quedó como una viuda
(...) la princesa de las regiones. (...) No tiene
quien la consuele (Lm 1, 1-2). Todos los
Apóstoles, menos Juan, se habían escon-
dido, y habían dejado sola a la Madre.
Después del breve encuentro con Jesús,
Ella se lamentaba en silenciosa plegaria, y
sólo Juan podía escuchar: ¡Oh vosotros,
cuantos pasáis por el camino: mirad y ved si hay
dolor como mi dolor (...) El Señor me quitó de

9 San Josemaría Escrivá de Balaguer, Via Crucis, Edito-


rial Quinto Continente S.A., Buenos Aires 1997, 49
10 Franz Michel Willam, Vida de María, Herder, Barce-

lona 2002, 356


en medio a todos mis valientes. Llamó contra mí
a una coalición para destrozar a mis jóvenes (...)
Por eso estoy llorando. Mis ojos, los ojos míos, se
van en agua, porque se alejó de mí quien me con-
solaba, quien me levantaba el ánimo (Lm 1, 12-
16). Se alejó mi Jesús.

Y se hizo el silencio en el corazón


de la Madre. Poco a poco la multitud se
diluía, siguiendo el paso del condenado.
María siguió como extasiada por algunos
instantes, hincadas las rodillas en el em-
pedrado, suplicando al Padre: En Ti pusie-
ron su esperanza nuestros padres; esperaron y los
liberaste. A Ti gritaron y fueron salvos, en Ti
confiaron y no quedaron avergonzados (Sal 22,
5-6). Continuó rezando ese salmo mo-
viendo levemente los labios, y fueron los
últimos versículos los que la arrancaron
del suelo y le dieron ánimo para seguir
adelante y confortar a su pueblo: Los que
teméis al Señor, alabadle; estirpe toda de Jacob,
glorificadle, temedle, estirpe toda de Israel. Pues
no desprecia ni desdeña la miseria del mísero, ni
le oculta el rostro; cuando a Él clama le escucha
(Sal 22, 24-25).
V ESTACIÓN
Simón de Cirene ayuda a
llevar la Cruz de Jesús
Cuando salían encontraron a un hom-
bre de Cirene que se llamaba Simón, y le forza-
ron a que le llevara la cruz (Mt 27, 32). En el
texto no se dice quién forzó a Simón. Su-
ponemos, muy pacíficamente, que lo hi-
cieron los soldados, pero... quién sabe si
no fueron los ojos puros de Jesús los que
cautivaron al campesino de Cirene: Me se-
dujiste, Señor, y yo me dejé seducir. Fuiste más
fuerte que yo, y me venciste (Jer 20, 7). Los
ojos de Jesús, dos inmensos mares, bus-
caban consuelo desaforadamente, escu-
driñando los corazones de los viandantes.
En ese momento crítico, Jesús no quería
medias tintas, y por tanto no podía arries-
garse a encontrar otro joven rico. Así que
buscó los hombros fuertes de otro Si-
món. No nos puede sorprender que el
Dios Potente, la Roca de Israel, mendi-
gue y necesite un consuelo: Yo Soy el Sen-
sible, y la mayoría me creen indiferente y lejano11.

11 Gabrielle Bossis, Él y yo, Balmes, Barcelona 1999, 203


Precisamente por eso le es difícil procu-
rarse cireneos. No creas que son muchos los
que piensan en consolarme, que consienten en vio-
lentarse para darme una prueba de amor. Sin
embargo, a vosotros os agradan las muestras de
afecto. ¡Qué diré de Mí, el más tierno, el más
cariñoso, el más sensible!... No, no obras en el
vacío cuando te sacrificas. Lo verás más tarde y
te alegrarás de haberme complacido12. Simón
pudo ver cumplida esa promesa poco
más tarde: sus hijos, Alejandro y Rufo, se
contaron felizmente entre los primeros
cristianos, conocidos y amados por San
Pablo13. Entonces Simón entonó su
“Magnificat”: Mi descendencia le servirá, ha-
blará del Señor a la generación venidera, y pro-
clamarán su justicia al pueblo que ha de nacer:
«Así lo hará el Señor» (Sal 22, 31-32).

12 Ídem, 222
13 Cfr. Mc 15, 11; Rm 16,13
VI ESTACIÓN
Una piadosa mujer
enjuga el rostro de Jesús
El mismo Dios advirtió a Moisés:
No podrás ver mi rostro, pues ningún ser hu-
mano puede verlo y seguir viviendo. (Ex 33, 20).
De tal manera, en el Antiguo Testamento
convivían dos tendencias contrarias. Por
un lado, el temor a contemplar el Rostro
de Dios, y, por otro, la búsqueda incansa-
ble de ese Rostro: No apartes de mí tu rostro,
Señor (Tb 3, 6); Alza sobre nosotros, Señor, la
luz de tu rostro (Sal 4, 7); Contemplaré tu ros-
tro (Sal 17, 15); Tu rostro, Señor, buscaré (Sal
27, 8); etc14. El pueblo de Israel se pre-
senta como la generación de los que bus-
can el Rostro del Señor: Hæc est generátio
quæréntium fáciem tuam, Dómine (del Sal 24).

La mujer anónima que salió al en-


cuentro de Jesús en su camino al Calvario
sólo pudo contemplar a un hombre des-
figurado: Soy un gusano, no un hombre, opro-
bio de los hombres, desprecio del pueblo. Al
14Salmo 13, 2; Salmo 31, 17; Salmo 44, 4. 25; Salmo 69,
18; Salmo 80, 4. 8. 17; Salmo 88, 15
verme, todos hacen burla de mí (Sal 22, 7-8).
Ella, quizá sin saberlo, se topó con la Ver-
dadera Imagen del Padre (es decir, con el
Verdadero Rostro), camuflado en rojo.
Limpiando la Faz de Cristo, fue la emba-
jadora de esas ansias milenarias de Israel:
ella contempló y curó el Rostro magu-
llado de Dios. Y este, como premio, le
concedió un autorretrato en sangre: el re-
trato del Icono, pues Cristo es Icono del
Padre. Por eso a la mujer la llamaron Ve-
rónica (Vera Icona). Ella, mujer anó-
nima, desconocida por la historia (sin
rostro), se ganó un Rostro para siempre.
El verdadero Rostro, que está manchado
de sangre. En fin, perdió para ganar: Vivo,
pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí
(Gal 2, 20).
VII ESTACIÓN
Cae Jesús por segunda vez
Bienaventurado y único Soberano, el
Rey de los reyes y el Señor de los señores; el único
que es inmortal, el que habita en una luz inacce-
sible, a quien ningún hombre ha visto ni puede
ver. A Él, el honor y el imperio eterno. Amén (1
Tim 6, 15-16). El Señor reina en su trono
y juzga desde el cielo. ¿Quién como el Señor,
nuestro Dios, que se sienta en las alturas, y se
abaja para mirar los cielos y la tierra? (Sal 113,
5-6). Y aún así, Cristo Jesús, (...) siendo de
condición divina, no consideró como presa codi-
ciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a
sí mismo tomando la forma de siervo, hecho se-
mejante a los hombres (Flp 2, 6-7). El que no
cabe en ninguna parte15, y casi tampoco en el
cielo (el cielo y los cielos de los cielos no pueden
contenerte, 1R 8, 27), estaba como espe-
rando la más mínima excusa para romper

15 San Juan Damasceno, homilía para la natividad de la San-


tísima Virgen (sermón segundo), recogida en la antología
Los santos Padres, colección escogida de sus homilías y sermones,
Tomo V, Madrid, 1879
el cielo y bajar a la tierra. Bastaron las pa-
labras de Isaías: ¡Ojalá rasgaras los cielos y
bajases! Ante ti se estremecerían las monta-
ñas (Is 63, 19). Vaya si bajó del cielo, y
vaya si se estremecieron las montañas al
impacto con aquel Cuerpo que bajó a una
velocidad vertiginosa. Cayó del cielo al
suelo en un instante, cruzando todos los es-
pacios de la infinita «distancia»16 que separa-
ban las estrellas del pavimento. La caída
fue dura: Me derramo como el agua, se dislocan
todos mis huesos (Sal 22, 15). Viendo el es-
pectáculo, Juan preguntó a María: ¿Podrán
vivir esos huesos? (...) Señor Dios, tú lo sa-
bes (Ez 37, 3), respondió María. Él levanta
del polvo al indigente, y del estiércol hace subir al
mísero, para hacerlo sentar entre los príncipes,
entre los príncipes de su pueblo (Sal 113, 7-8).

16San Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater, Vati-


cano 1987, n. 51
VIII ESTACIÓN
Jesús consuela
a las hijas de Jerusalén
Le seguía una gran multitud del pueblo
y de mujeres, que lloraban y se lamentaban por
él. Jesús, volviéndose a ellas, les dijo:
— Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad
más bien por vosotras mismas y por vuestros hi-
jos, porque mirad que vienen días en que se dirá:
«Dichosas las estériles y los vientres que no en-
gendraron y los pechos que no amamanta-
ron» (Lc 23, 27-29).

El Señor aceptó su consuelo, y al


mismo tiempo les dibujó un panorama
desconcertante. Tanto, que en realidad
no parecía un consuelo para ellas, más
bien lo contrario. Esas buenas mujeres
quedaban como abocadas a la desolación:
Entonces, ¿quién puede salvarse? (Mt 19, 25).
Parecía que de ellas también se alejaba
Yahvé: Lejos estás de mi salvación, de mis pa-
labras suplicantes (Sal 22, 2). No les prome-
tió el Señor la salvación, sino el juicio. Se-
ría más tarde, al amanecer, cuando enten-
derían el sentido completo de la frase:
Para el hombre esto es imposible; para Dios, sin
embargo, todo es posible (Mt 19, 25). Pero en
la oscuridad de esa noche, esperando
contra toda esperanza17, sólo les quedaba
pedir un consuelo a ciegas: Hazme sentir
gozo y alegría, que exulten los huesos que has
quebrado (Sal 51, 10). Devuélveme el gozo de
tu salvación (Sal 51, 14). Sácianos de mañana
con tu misericordia, exultaremos y nos alegrare-
mos todos nuestros días (Sal 90, 14).

17 Cfr. Rm 4, 18
IX ESTACIÓN
Jesús cae por tercera vez
Pocos discípulos (un adolescente
y algunas mujeres) seguían el paso del Se-
ñor, y observaban sin pronunciar palabra:
Es bueno esperar en silencio la salvación del Se-
ñor. Recordaban igualmente los siguientes
versículos del mismo texto: Es bueno para
el hombre cargar con yugo desde la mocedad: que
se esté solo y en silencio cuando pesa sobre él. Que
ponga su boca en el polvo, por si aún hay espe-
ranza (Lm 3, 26-29). Cristo puso por ter-
cera vez la boca en el polvo, y ya no podía
más: estaba al límite de sus fuerzas. Pos-
trado en el suelo, casi perdió la concien-
cia. En una milésima de segundo, le vino
a la memoria la desesperación de Elías,
como un flashback de la historia de Israel:
anduvo una jornada por el desierto y vino a sen-
tarse debajo de una retama. Y se deseó la muerte
diciendo: — Ya es demasiado, Señor, toma mi
vida pues yo no soy mejor que mis padres. Se echó
y se quedó dormido debajo de la retama. De
pronto, un ángel le tocó y le dijo: — Levántate y
come. Miró a su cabecera y había una torta
asada y un jarro de agua. Él comió y bebió; luego
se volvió a echar. El ángel del Señor volvió a to-
carle por segunda vez y le dijo: — Levántate y
come porque te queda un camino demasiado
largo. Se levantó, comió y bebió; y con las fuerzas
de aquella comida caminó cuarenta días y cua-
renta noches hasta el Horeb, el monte de Dios (1
R 19, 3-8).

Cristo también estaba postrado


en el polvo. A Cristo también se le apareció
un ángel del cielo, que lo confortaba (Lc 22, 43).
Y Cristo aceptó, como Elías, el escaso ali-
mento que le permitía ponerse en pie y
llevar a cabo su obra: No tendrás que llorar
más. Él te concederá gracia a la voz de tu súplica.
Tan pronto la oiga, te responderá. El Señor te
dará pan tasado y agua escasa, pero tu maestro
no se ocultará más, sino que tus ojos verán a tu
maestro y tus oídos oirán a tus espaldas estas pa-
labras: «Éste es el camino, marchad por él» (Is
30, 19-21). El Señor se levantó penosa-
mente y volvió a emprender ese camino,
y eso despertó un tenue rayo de espe-
ranza en sus acobardados seguido-
res: Ante Él solo se postrarán los que duermen
en la tierra, ante Él doblarán la rodilla cuantos
bajan al polvo. Pero mi alma vivirá para Él (Sal
22, 30). Se alzaron también los discípulos.
X ESTACIÓN
Despojan a Jesús
de sus vestiduras
Jesús, siendo de condición divina, no
consideró como presa codiciable el ser igual a
Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando
la forma de siervo, hecho semejante a los hombres
(Flp 2, 6-7). Y esos hombres le arranca-
ron sus vestiduras, que era tanto como
deshonrarlo públicamente. Y se repartieron
sus ropas echando suertes. El pueblo estaba mi-
rando, y los jefes se burlaban de él (Lc 23, 34-
35). Despojado de toda dignidad, sólo le
quedaba la oración seca de quien no tiene
nada: Lejos estás de mi salvación, de mis pala-
bras suplicantes (Sal 22, 2). Era la “kenosis”
del Verbo, el despojo, el vaciamiento. Se
identificaba Cristo con los “anawim”, los
pobres de Israel que nada tenían y solo
podían clamar al cielo. Había llegado a la
nada, al punto cero, a la pobreza abso-
luta. Pero la pobreza cristiana puede ge-
nerar riqueza, pues no consiste, dice San Ber-
nardo, en ser pobre, sino en amar la pobreza18.
18San Alfonso María de Ligorio, Las glorias de María,
Rialp, Madrid 1977, 575
Jesús, efectivamente, amó esa nada para
convertirla en pura fecundidad, ese es el
quid: Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque suyo es el Reino de los Cielos (Mt 5, 3).
Su vaciamiento nos ganaba nuestra ri-
queza. Nuestro vaciamiento gana la ri-
queza del mundo. A los pies de la Cruz Ma-
ría participa por medio de la fe en el desconcer-
tante misterio de este despojamiento. Es ésta tal
vez la más profunda “kénosis” de la fe en la his-
toria de la humanidad 19. El dolor de María,
después del de Cristo, fue el mayor de to-
dos los tiempos. Y por eso mismo fue el
más fecundo: Madre de un Hijo arreba-
tado, Madre de todos los cristianos.

19 San Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Mater, n. 18


XI ESTACIÓN
Jesús es clavado en la Cruz
Han taladrado mis manos y mis pies.
Puedo contar todos mis huesos (Sal 22, 17-
18). Los soldados abrieron cinco heridas
en el Cuerpo del Señor, a base de marti-
llazos: una en cada mano y una en cada
pie. La quinta, cuando el Señor muere, en
su costado. Más tarde, algunos atrevidos
vieron en estas llagas cinco refugios. Cal-
derón de la Barca decía: Quiero, amable Je-
sús, abismarme/ en ese dulce hueco de tu he-
rida,/ y en sus divinas llamas abrasarme20, y
San Ignacio de Loyola: Oh buen Jesús!
Óyeme/ Dentro de tus llagas, escóndeme21. Un
número grande de santos se han acercado
a esas llagas como puerta de acceso y re-
fugio en Él. Y todos ellos toman como
referencia el mismo versículo de la Escri-
tura: Paloma mía, en los huecos de las peñas, en
los escondites de los riscos, muéstrame tu cara,
hazme escuchar tu voz: porque tu voz es dulce, y

20Calderón de la Barca, Poema ¿Qué quieres?


21Oración Anima Christi, atribuida a San Ignacio de Lo-
yola
tu cara muy bella (Ct 2, 14): la roca es
Cristo, y los escondites son las lla-
gas. También San Bernardo tiene dos bellísi-
mos sermones sobre las llagas del Señor22, y en
ellos desarrolla esta misma idea con
fuerza: Buenos son esos huecos si afianzan la fe
en la resurrección y la divinidad de Cristo. ¡Señor
mío y Dios mío!, dijo Tomás. ¿Dónde se inspira
este oráculo sino en los huecos de la peña? Allí el
gorrión ha encontrado una casa y la tórtola un
nido donde colocar sus polluelos; allí se torna pa-
loma y mira intrépida al gavilán que revuela a
su alrededor. Por eso dice: Paloma mía que
anidas en los huecos de la peña. Y la paloma
exclama: Me alzó sobre la roca. Y también: Me
ha levantado sobre la roca»23. Al contemplar
al Crucificado, descubriremos una a una sus
Llagas. Y en esos tiempos de purgación pasiva,
penosos, fuertes, de lágrimas dulces y amargas
que procuramos esconder, necesitaremos meternos
dentro de cada una de aquellas Santísimas He-
ridas: para purificarnos, para gozarnos con esa
Sangre redentora, para fortalecernos. Acudire-
mos como las palomas que, al decir de la Escri-
tura, se cobijan en los agujeros de las rocas a la

22 Papa Francisco, Meditación en el retiro espiritual im-


partido con ocasión del Jubileo de los Sacerdotes,
Roma, 2 de junio de 2016
23 San Bernardo, Sermones sobre el Cantar de los Cantares.

Sermón 61, I. 3, en Obras completas de San Bernardo, vol. V,


BAC, Madrid 1984, 766-775
hora de la tempestad. Nos ocultamos en ese refu-
gio, para hallar la intimidad de Cristo: y veremos
que su modo de conversar es apacible y su rostro
hermoso, porque los que conocen que su voz es
suave y grata, son los que recibieron la gracia del
Evangelio, que les hace decir: Tú tienes palabras
de vida eterna24.

24San Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios,


Editorial MiNos, S.A. de C.V., México 1999, 418
XII ESTACIÓN
Muerte de Jesús en la Cruz
Al llegar la hora sexta toda la región
quedó en tinieblas hasta la hora nona. Y a la
hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí
Eloí, lemá sabaqtaní —que significa: «Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
(Mc 15, 33-34). En la hora suprema de la
Cruz, el Señor experimenta el silencio del
Padre, y todo queda en tinieblas. Se hace
de noche. Este dolor no se puede expresar. En-
tonces fue cuando Jesús nos alcanzó la fuerza de
resistir a los mayores terrores del abandono,
cuando todas las afecciones que nos unen a este
mundo y a esta vida terrestre se rompen, y que al
mismo tiempo el sentimiento de la otra vida se
oscurece y se apaga: nosotros no podemos salir
victoriosos de esta prueba sino uniendo nuestro
abandono a los méritos del suyo sobre la cruz.
Jesús ofreció por nosotros su misericordia, su po-
breza, sus padecimientos y su abandono: por eso
el hombre, unido a Él en el seno de la Iglesia, no
debe desesperar en la hora suprema, cuando todo
se oscurece, cuando toda luz y toda consolación
desaparecen25. Cristo queda a oscuras, sus-
pendido entre el cielo y la tierra, como
bien lo expresaron gráficamente San Juan
de la Cruz, Salvador Dalí y Josep Maria
Subirachs. La paloma que antes se escon-
día en los huecos de la peña, ahora queda
privada de su Señor y es desterrada: es la
paloma muda de las lejanías (Sal 56, 1). Llegó
la noche. Y aunque es oscura y silenciosa,
en ella atisba un germen de esperanza:
Esta es la noche/ en que sacaste de Egipto/ a
los israelitas, nuestros padres/, y los hiciste pasar
el mar Rojo por camino seco. (...) Esta es la no-
che/ en que, rotas las cadenas de la muerte/,
Cristo asciende victorioso del abismo/. ¿De qué
nos serviría haber nacido/ si no hubiéramos sido
rescatados? (...) Y así, esta noche santa/ ahu-
yenta los pecados,/ lava las culpas,/ devuelve la
inocencia a los caídos,/ la alegría a los tristes,/
expulsa el odio,/ trae la concordia,/ doblega a
los poderosos. (...) ¡Qué noche tan dichosa/ en
que se une el cielo con la tierra,/ lo humano y lo
divino! 26. En la tiniebla de la noche sólo se
puede vivir de la promesa. Así el alma
puede acompañar al Señor muerto y a su
Madre muda: Aunque camine en tinieblas y
no tenga luz, que confíe en el Nombre del Señor,
y se apoye en su Dios (Is 50, 10).

25 Anna Katharina Emmerich, La amarga Pasión de Nues-


tro Señor Jesucristo, Ediciones Sol de Fátima, Madrid
1865, 226-227
26 Fragmentos del Pregón Pascual
XIII ESTACIÓN
Desclavan a Jesús
y lo entregan a su Madre
María ha seguido fielmente todos
los pasos de la Via Crucis. Ahora todo está
cumplido (Jn 19, 30). Y observa cómo, des-
pués de descolgarle, José de Arimatea le envol-
vió en una sábana y lo puso en un sepulcro exca-
vado en la roca en el que nadie había sido puesto
todavía (Lc 23,53). La Madre de Dios guar-
daba todas estas cosas ponderándolas en su cora-
zón (Lc 2, 19; 2, 51): era una mujer atenta,
acostumbrada a conservar en su memo-
ria todo lo referente a su Hijo. Relacionó
lo que veía, con otros hechos de la vida
de Jesús y con las profecías: Lo envolvió en
pañales y le acostó en un pesebre, porque no te-
nían sitio en la posada (Lc 2,7). En ese ins-
tante quería morir con su Hijo y ofrecerse
nuevamente como refugio para Él, como
ya se había ofrecido treinta años atrás: No
te dejaré nunca, Amor, si me clavas contigo, o
más bien, clávate Tú en mí. Yo quiero clavarte
en mí con los tres clavos de la Fe, Esperanza y
Caridad y cuando vendrá la hora, Amor, en la
cual tu serás depuesto de la Cruz, elige mi cora-
zón para tu sepultura27. Permaneció así por
mucho tiempo, contemplando y besando
el Cuerpo, rezando, suplicando, repi-
tiendo: Señor, no te alejes (Sal 22, 20). La
oración de la Virgen era una reverbera-
ción del mismo salmo: Tú me sacaste del
vientre, me confiaste a los pechos de mi madre. A
Ti me encomendaron desde las entrañas mater-
nas; desde el seno de mi madre Tú eres mi Dios.
(Sal 22, 10-11). Ese Dios de misericordia
devolvía el Hijo a la Madre, y esta lo en-
terraba silenciosamente en su pecho.

Fue Juan, el recién nacido, quien


sacó a la Madre del letargo: era la Parasceve
de los judíos (Jn 20, 42) y tenían que retirar
rápidamente el Cuerpo del Salvador. Se
acercó a su Madre. Ella entendió. Lo
miró con amor: Llévame contigo. ¡Corramos!
(Ct 1, 4).

27 Santa Maria Maddalena de' Pazzi, I quaranta giorni, a


cura di Maurizia Rolfo, Sellerio editore Palermo, Pa-
lermo 1996, 124 (traducción propia)
XIV ESTACIÓN
Dan sepultura
al cuerpo de Jesús
José de Arimatea hizo rodar una
gran piedra a la puerta del sepulcro y se marchó.
Estaban allí María Magdalena y la otra María
sentadas frente al sepulcro (Mt 27, 60-61). Las
piadosas mujeres permanecieron frente a
la tumba de su Señor, sentadas, en silen-
cio, sin esperar una respuesta o una reve-
lación. Esperando contra toda espe-
ranza28. Es la contemplación en la que el cora-
zón está seco, sin gusto por los pensamientos, re-
cuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el
momento en que la fe es más pura, la fe que se
mantiene firme junto a Jesús (...) en el sepulcro29.
Cristo duerme en la tumba, y son pocas
las almas pacientes que lo dejan descansar
hasta el tercer día. ¡Ah, cuán pocas veces le
dejan dormir las almas tranquilamente en ellas!
Está tan cansado este buen Maestro de cargar

28Cfr. Rm 4, 18
29Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2731; en José Ma-
nuel Estepa Llaurens (ed), Catecismo de la Iglesia Católica,
Asociación de Editores del Catecismo, Madrid 1992,
592
con todo lo que hay que hacer y de solicitarlas,
que se apresura a aprovechar el descanso que le
ofrezco. Probablemente no despertará hasta mi
entrada en el gran retiro de la eternidad. No me
aflige esto, antes al contrario me da grandísimo
contento30.

Aconsejaba otra santa, también


carmelita: Viva siempre llena de fe, de con-
fianza, dejando que el Señor guíe su barquilla y
duerma si quiere en ella31.

Lo que el alma no sabe es cuánto


tiempo dormirá Jesús en su sepulcro, en
su barquilla32. Nunca sabe cuánto durarán
esos tres días. En esos momentos, el alma
queda como en noche, en impaciente es-
pera de la resurrección de su Señor: Ro-
deada por la noche divina, el alma busca al que
está escondido en la oscuridad. Pero ella posee sin
embargo el amor de él al que busca, pero el
amado escapa a la captación de los pensamientos
de ella. Por eso, abandonando la búsqueda, reco-
noce al que desea por el mero hecho de que su
conocimiento está más allá de la comprensión.
Entonces dice: «Habiendo abandonado todas las

30 Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma, Edi-


torial Casulleras, Barcelona 1953, 153
31 Santa Maravillas de Jesús, Pensamientos, ed. Carmelitas

Descalzas La Aldehuela, Getafe (Madrid), 2021, 23


32 Cfr. Joseph Ratzinger/ Benedicto XVI, La muerte de

Cristo. Meditaciones sobre la Semana Santa, Encuentro, Ma-


drid 2013, 15
cosas creadas y la ayuda de la comprensión, sólo
por la fe he encontrado al amado. Y no le dejaré
marchar, sujetándolo con el abrazo de la fe, hasta
que entre en mi alcoba». La alcoba es el corazón,
que es capaz de hacer de ella su morada cuando
sea restaurado a su estado primitivo33. Te-
ned paciencia, alma: No despertéis, no desve-
léis al amor, hasta que él quiera (Ct 2,7. 3, 5.
8. 4). Dios sabe lo que hará al tercer
día: Te alabaré ante la gran asamblea. Cum-
pliré mis votos delante de quienes le temen. Los
pobres comerán hasta saciarse, alabarán al Señor
los que le buscan. ¡Que vuestro corazón viva por
siempre! (Sal 22, 26-27)

33 San Gregorio de Nicea, P.G. 44, 892-893;


en Thomas
Merton, La oración contemplativa, Promoción Popular
Cristiana, Madrid 1996, 105-106

También podría gustarte