“Agobardo de Lyon y los aeronautas.
Naturaleza y superstición en el siglo IX”
Patricio Zamora UV
1. Religiosidad popular/Cultura Popular/Historia Cultural
De Oronzo a Burke
Burke:
Sugiere pensar la historia cultural desde su propia historia, dividiéndola en cuatro fases cronológicas:
1. La época clásica (S. XIX-1950)
Volk-Lore/ “so folk, so natural”
• La tarea del historiador como la pintura de un “retrato de época”.
• En este sentido, pensaban la cultura como reflejo de la sociedad
Cuestionada por el marxismo y la antropología cultural
2. Historia social del arte
• Bajo la influencia de la teoría marxista de la lucha de clases, diversos autores proponen que “la
cultura de la clase subalterna ha desarrollado (a veces en forma consciente y explícita, pero más a
menudo de manera inconsciente e implícita) una concepción del mundo contrapuesta a la oficial,
que tiene, bajo su apariencia inofensiva, una potencialidad cuestionadora”.
3. Descubrimiento de la cultura popular (década de 1960)
• La tesis principal es que existe una cultura popular cómica, autónoma (externa al Estado y a la
Iglesia), ritualizada y binaria, cuyos principales emergentes son el carnaval y el realismo grotesco.
Para este autor, existen determinados hechos sociales y manifestaciones culturales que despliegan
esta cosmovisión.
• Así, las fiestas populares permiten al pueblo entrar en el mundo de lo utópico, de la universalidad,
de la libertad, de la igualdad y de la abundancia (Batjin)
Carlo Ginzburg, aborda lo cultural desde un estudio semántico, rastreando las creencias, las ideas y las
claves de lectura de un sujeto particular, con el objetivo de dar cuenta de tendencias más generales.
• ¿Qué aportan las investigaciones de Ginzburg a la discusión sobre la cultura popular?
En la introducción a su emblemático “El Queso y los Gusanos” aborda la relación entre la cultura de las
clases subalternas y las dominantes. Aquí, se expresa el debate sobre si la cultura popular es dependiente
de las clases dominante o es autónoma.
• Sin embargo, Ginzburg opta por alejarse de estas dos posiciones, retomando el concepto de
“circularidad”, de Mijail Bajtín, para pensar la dinámica de la cultura. Esto le permite pensar la
relación entre la cultura dominante y la de elite de manera más rica, insistiendo en la existencia de
una “influencia recíproca”.
• Así, el autor decide optar metodológicamente por el abordaje del mundo popular desde una
estrategia oblicua, es decir, desde las fuentes oficiales.
Según Giordano Oronzao: “El hombre medieval acepta y vive el sacramentalismo
cristiano, especialmente en las formas más vistosas y espectaculares, por más cercanas a
sus exigencias espirituales y materiales, sin renunciar totalmente al ritualismo mágico que
le es natural. Celebra en la iglesia todas las festividades, que recuerdan los divinos
misterios de la Salvación, pero acude en masa a los ritos nocturnos junto a los templos y
capillas votivas, al pie de los árboles sagrados, junto a los manantiales y piedras o a la
orilla de los ríos donde, desde tiempo inmemorial, se habían reunido siempre los
antepasados. Considera válida y busca la protección de los santos y de los ángeles con la
misma confianza con la que cree en las antiguas divinidades familiares que, en el
pensamiento de los más, sólo han cambiado de nombre. La magia y las supersticiones
parecen casi los aspectos fundamentales de este período”.
Agobardo de Lyon redactó, c. 816, el De grandine et tonitruis con el objetivo de combatir
una superstición extendida entre la sociedad de su tiempo: la creencia en unos individuos
conocidos como tempestarii. En teoría se trataba de unos magos capaces de generar
tormentas con su sola voluntad. Agobardo también narra que la gente pensaba que
existía una región denominada Magonia, de la que venían barcos que navegaban sobre las
nubes. Los aeronautas recogían los frutos caídos a causa de las tempestades
desencadenadas por los tempestarios y, a cambio, entregaban ricos presentes a estos
magos. Todo el mundo parecía creer en este lugar y en sus barcos voladores, hasta el
punto de que un día se presentó ante Agobardo un grupo de personas llevando consigo a
cuatro infelices encadenados con la intención de obtener su autorización para lapidarlos;
los acusaban de haber caído de uno de los navíos de Magonia y de ser, de algún modo, los
responsables de la destrucción de sus cosechas. El obispo hubo de recurrir a toda su
oratoria para lograr la liberación de los cautivos. Este mito corresponde a la versión más
conocida de un género de mirabilia muy extendido durante la Edad Media, el de los
navíos voladores. No obstante, el prelado de Lyon no fue el primero ni el último en narrar
historias semejantes. Testimonios de este tipo se conservan en crónicas y otros escritos
de diversa naturaleza, con una cronología que se sitúa entre los siglos VIII y XIII, y que
varían en su grado de complejidad, aunque en muchas ocasiones presentan numerosos
elementos comunes.
2. Agobardo de Lyon (779-840)
Fue un escritor y prelado de Hispania (¿?), parte de la corte intelectual caolingia, elegido obispo de
Lyon en 813.
Perteneció a una de tantas familias nobles que marcharon a las Galias ante el avance de los
árabes. Posiblemente se movía en el círculo de Benito de Aniano, instalándose en Lyon hacia el año
795, siendo ordenado sacerdote el año 804.
Fue estrecho colaborador del arzobispo Leidrado, sucediéndole el año 816 como arzobispo de la
sede primada de las Galias. Comprometido con la reforma religiosa, cultural y política carolingia,
Agobardo se opuso desde el año 823 a la influencia creciente de la emperatriz Judith, protestando por
algunas medidas imperiales, como el estatuto particular concedido a los judíos de Lyon y que les era
muy favorable.
Terminó pasándose al partido de Lotario contra Luis el Piadoso, lo que le valió caer en desgracia el
año 835 y ser desterrado a Italia. Parece ser que dos años después le fue otorgado el perdón real y
pudo volver a su sede episcopal, aunque no es muy seguro que muriera en la propia ciudad de Lyon.
Como vemos, hombre de vida intensa, férreo oponente al adopcionismo de Félix de Urgel
(obra Liber Adversus Dogma Felicis Urgellensis) (Doctrina nacida en España en el siglo VIII que afirmaba
que Jesús, en cuanto hombre, no era hijo de Dios por naturaleza sino por adopción); también a los judíos
(obra De Insolentia Judeorum) y a la iconoclastia de Claudio de Turín. En general, ferviente opositor a
las supersticiones.
REF:
Cabaniss, “Agobard of Lyon”, en Speculum, 26 (1951), págs. 50-76; E. Boshof, Erzbischof Agobard von
Lyon. Leben und Werk, Colonia, Kölner Historische Abhandlungen, 17, 1969.
3. El tratado
Agobardo redactó, alrededor del 816, el De grandine et tonitruis (Sobre el granizo y los
truenos) con el objetivo de combatir una superstición extendida entre la sociedad de su
tiempo: la creencia en unos individuos conocidos como tempestarii. El manuscrito es una
pieza única descubierta en 1605, folios de pergamino datados en el siglo IX,
probablemente parte de la colección de Floro. Hoy está en la BNF (ms.2853). PL, edición
crítica de Van Acker (1981). Jiménez (Siruela, 2018).
Para algunos, la naturaleza del texto es un sermón, pero el editor alemán Van
Acker sostiene que es más bien un tratado.
De hecho, al final del capítulo 11, Agobardo se dirige directamente al lector.
La importancia de este opúsculo radica en ser un testimonio directo de una
célebre superstición de inicios del siglo IX.
ESTRUCTURA:
p. 37
El obispo de Lyon combate sistemáticamente la magia pagana que gobierna la
tierra de sus dominios y fuera de ellos. En el capítulo 16 refiere a una grave mortandad de
bueyes:
p. 79
Y en el 15, Agobardo se va contra los tempestarios.
p. 78
Seguramente los aldeanos usaban como excusa que nos disponían de una cosecha
suficiente para suministrar el diezmo a la Iglesia tras haber pagado el “canónico” a sus
defensores mágicos. Poco importaba que que tal pretexto fuera real o inventado. De
hecho, ni Agobardo ni los sacerdotes de su diócesis podían saber si sus parroquias
estaban diciéndoles la verdad. El problema era la fuga de almas, pero en mayor medida la
fuga de diezmos en una época de contracción. Esto permite entender mejor porque la
fuerza puesta por la iglesia en perseguir estas creencias.
Paul Dutton (Agricultura en la Edad Media, Philadelfia) piensa que estos pretextos
campesinos son la principal razón para la redacción del libro Sobre el granizo y los truenos.
Fundamenta lo anterior utilizando uno de los episodios narrados en el tratado.
P. 59
Dutton interpreta que esas cuatro personas caídas de las naves fue una
conspiración de algunos aldeanos para culpar a esos pobres campesinos de la pérdida de
la cosecha. La idea era ocultar el grano y no pagar. Es decir, la creencia popular al servicio
de la sobrevivencia y la desobediencia.
Como ya hemos dicho, los “tempestarios”, eran magos capaces de generar
tormentas con su sola voluntad. Agobardo también narra que la gente pensaba que
existía una región denominada Magonia, de la que venían barcos que navegaban sobre las
nubes. Los aeronautas recogían los frutos caídos a causa de las tempestades
desencadenadas por los tempestarios y, a cambio, entregaban ricos presentes a estos
magos.
Y todo el mundo parecía creer en este lugar y en sus barcos voladores, hasta el
punto de que un día se presentó ante Agobardo un grupo de personas llevando consigo a
cuatro hombres encadenados con la intención de obtener su autorización para lapidarlos;
los acusaban de haber caído de uno de los navíos de Magonia y de ser, de algún modo, los
responsables de la destrucción de sus cosechas. El obispo se vio obligado a emplear su
mejor oratoria para lograr la liberación de los cautivos.
Este mito corresponde a la versión más conocida de un género de mirabilia muy
extendido durante la Edad Media, el de los navíos voladores. No obstante, el prelado de
Lyon no fue el primero ni el último en narrar historias semejantes. Testimonios de este
tipo se conservan en crónicas y otros escritos de diversa naturaleza, con una cronología
que se sitúa entre los siglos VIII y XIII, y que varían en su grado de complejidad, aunque en
muchas ocasiones presentan numerosos elementos comunes.
Así, el tratado de Agobardo, se encuadra en aquellos testimonios y aquella
documentación que, por una parte pueden enriquecer y ampliar cronológicamente el
conocimiento de las tradiciones populares y del folclore, y por otra, nos permiten
comprender mejor y, en lo posible, definir los aspectos y las expresiones de lo que en
sentido genérico es la religiosidad popular. Se trata, en otros términos, de seguir más de
cerca aquel lento y complejo fenómeno de osmosis o, si se quiere, de sincretismo
religioso, entendido como encuentro, adaptación a menudo inadvertida, fusión de
experiencias diversas y de actitudes naturales del hombre frente a lo sagrado
En las leyes represoras de la magia se menciona con frecuencia a los arioli y los
tempestarios. Los «aríolos», explican Isidoro de Sevilla y Rábano Mauro, se llaman así
porque recitan oraciones nefandas alrededor de las aras de los ídolos y ofrecen sacrificios
funestos, después de lo cual transmiten las respuestas de los demonios. Por los episodios
referidos por Gregorio de Tours parece más bien que los aríolos tenían la función de
curanderos, a los cuales se recurría en los casos graves y urgentes.
Los tempestarios, en cambio, pertenecían a la familia de los magos llamados
maléficos. Se creía que con sus encantamientos eran capaces de provocar tempestades y
huracanes imprevistos, naturalmente después de una compensación adecuada, en
perjuicio de alguien cuyos campos devastaban. En una sociedad en que la seguridad
económica y casi todos los recursos para la supervivencia se basaban en las cosechas
agrícolas y en los frutos de la tierra en general, es fácil imaginar el terror que se tenía a
estos tempestarios, a quienes, especialmente cuando se aproximaba la siega del trigo y
de los otros cereales, se hacían generosos donativos.
Colonos y señores rurales se apresuraban a estipular algo así como una póliza de
seguros, obligándose a pagar anualmente un canon en especie o en dinero (canonicum) a
los tempestarios para que mantuviesen lejos de los campos la lluvia y el granizo. La
leyenda pretendía, que, durante estos temporales provocados por encantamiento,
mercaderes y acaparadores venían de una tierra lejana (Magonia) navegando en barcos
aéreos que volaban entre las nubes. Al llegar a los campos devastados, aterrizaban;
cargaban a bordo los cereales, cuyo precio pagaban a los tempestarios, y partían de
nuevo por el aire hacia su patria. Como ya citamos, Agobardo cuenta la aventura de uno
de estos ovnis medievales, del que desembarcan cuatro astronautas, tres hombres y una
mujer, que todos, naturalmente, aseguran haber visto.
Frente a tales muestras, el obispo de Lion se burla de la ingenuidad de tantos
“idiotas”: nobiles et ignobiles, urbani et rustici, senes et iuvenes”; les reprocha
ásperamente el ser más generosos con los tempestarios que con la Iglesia: “pagan
gustosamente el canonicum a charlatanes que no tienen ningún poder sobre los
elementos naturales, y luego demoran tanto para pagar los diezmos prescritos o para
llevar las primicias de sus cosechas al sacerdote, que puede rezar por ellos.
De todos modos, Agobardo admite que puede haber hombres, como los profetas,
que con sus plegarias pueden conseguir la lluvia o hacer que caiga fuego o granizo. En la
liturgia oficial se había establecido muy pronto la costumbre de encargar misas o para
obtener lluvia o para conjurar las calamidades naturales que podían comprometer las
cosechas agrícolas. El sábado santo, después de la gran letanía de todos los santos, tres
presbíteros bendecían tres cirios y los colocaban junto al altar; estaban destinados a
mantener lejos las fulguraciones, los rayos y las demás calamidades naturales.
Todas estas usanzas y tanta ingenuidad en la gente, que participaba en estos ritos,
o acudía confiada a consultar a magos, adivinos, aríolos y encantadores, no podían dejar
de parecer a los ojos del clero supervivencias del paganismo, formas persistentes de
idolatría, sacrilegos honores rendidos al diablo, instigador o protagonista invisible de
todos estos sacrificios, que prosperaban tranquilamente en las ciudades y en el campo y
con frecuencia se desarrollaban incluso en las cercanías de las iglesias.
Los testimonios nos dicen que aquellos taumaturgos o “magos” no vivían
relegados y escondidos en lugares secretos: llegado el caso, se les veía siempre
dispuestos, siempre al alcance de la mano. Tampoco eran, como podría pensarse,
forzosamente paganos los que se dedicaban a estas artes mágicas, Cuando Juan
Crisóstomo reprendía a sus fieles por llevar «ligaduras» y filacterias o por recurrir con
tanta facilidad a los encantamientos, aquéllos se asombraban y no comprendían el
motivo del reproche. Seguros de excusarse con una buena razón, hacían observar al
obispo: Christiana est mulier haec excantans, et nihil atiud ¡oquitur, quam nomen Dei.
Los fieles, por ejemplo, se colgaban al cuello, o se ataban a los brazos y a las
piernas toda clase de escapularios y amuletos, y los llevaban con mayor confianza y
devoción cuando se los compraban a los sacerdotes, que les tranquilizaban asegurándoles
que se trataba de res sancta y que contenían lecticmes divinae.
Es difícil decir si todos los curanderos y maléficos de que tenemos noticia eran sólo
laicos o pertenecían de algún modo al ordo clericorum o monachorum.
4. LA RESPUESTA DE LA IGLESIA
La Iglesia, por su parte, desarrolló una gran diversidad de estrategias para combatir la
creencia en los tempestarios. El problema era grave, pues ponía de manifiesto el
mantenimiento entre el pueblo de una de las tantas supersticiones que esta institución
estaba esforzándose por destruir.
Se condenó a los tempestarios o los defensores en De correctione rusticorum de Martín de
Braga (s. VI). En Hispania, en una ley de Chindasvinto se menciona claramente a los
inmissores tempestatum, esto contrasta enormemente con la abundancia de alusiones y
de condenas que observamos en el reino franco, tanto en el plano civil como en el
religioso.
De una manera general, las disposiciones conciliares prohibían dirigirse a los magos en
busca de remedios o amuletos, así como fabricar filacterias y ligaduras.
Así, uno de los Capitula Martini (o Concilio III de Braga, s.VI) vedaba expresamente que
nadie, siguiendo la costumbre de los paganos, introdujera en su casa a adivinos y
sortílegos con el fin de expulsar malos espíritus, descubrir maleficios o realizar
purificaciones; en el caso de llevar alguna de estas acciones a cabo, el culpable sería
obligado a realizar una penitencia de cinco años. Aunque en este caso concreto no se
hace referencia a la elaboración de filacterias para los campos, sino de lustraciones
domésticas, el mencionado canon constituye un reflejo de la interdicción existente para
todos los cristianos de acudir a los sortílegos para solicitarles un remedio de origen
sobrenatural. Otro de los Capitula Martini amenazaba con expulsar de la iglesia a
cualquier clérigo que ejerciera como mago y realizara ligaduras.
Dado que la creencia en la existencia de los tempestarios estaba tan arraigada entre el
vulgo que convertía en inútil toda prohibición eclesiástica, las autoridades religiosas
prefirieron acabar con ella, en primer lugar, aleccionando a los fieles y buscando una
explicación racional a los fenómenos meteorológicos.
En este sentido, destacaremos la obra de Isidoro de Sevilla De natura rerum, escrita entre
el 615 y el 620. En este tratado, el obispo hispalense explicó la naturaleza del mundo así
como el origen de los fenómenos naturales con el fin de combatir, como él mismo afirmó
en el prefacio de su obra, la superstición que en torno a estos temas reinaba en su época;
en efecto, según él conocer la naturaleza de las cosas no tenía por qué ser nada
supersticioso si se consideraba con una doctrina sana y sobria.
Así, dedicó los capítulos 29 a 38 a ofrecer una explicación racional y científica de diversos
fenómenos meteorológicos. Entre éstos se halla el trueno, producido, según Isidoro, por
el estruendo de las nubes al chocar; también sería el choque violento de las nubes lo que
produciría el rayo, en una forma similar al fuego que salta de dos piedras al golpearse.
Respecto a la nieve y el granizo, ambos tendrían un mismo principio: las aguas de las
nubes se convertirían en hielo debido al rigor de los vientos. En cuanto al granizo, este
hielo formado en las nubes se quebraría en pequeños trozos a causa de la acción de los
vientos y del calor del sol, el cual fundiría parcialmente estos fragmentos; a continuación
caerían sobre la tierra en formas redondeadas por culpa sobre todo del rozamiento del
aire que los frena en su caída73.
Pero, paradójicamente, el propio Isidoro que tan racional se mostraba en esta obra
reconoció en cierta medida, en un pasaje de sus Etymologiae, que los magos eran capaces
de perturbar los elementos.
El otro mecanismo empleado por la Iglesia para combatir la creencia en los
inmissores tempestatum y, de una manera más general, las supersticiones en torno a los
fenómenos meteorológicos consistió, sencillamente, en apropiarse de dichas ideas y
adaptarlas al sistema de pensamiento cristiano.
Las autoridades eclesiásticas recurrieron a la intercesión de los santos y a
introducir en la liturgia algunos elementos apropiados para conseguir el favor del Señor y
que éste enviara la lluvia o alejara las tormentas. Así, por ejemplo, Juan Crisóstomo nos
narra que el Miércoles Santo del año 399 se desató sobre Constantinopla un temporal tan
violento que los habitantes temieron que se perderían las cosechas.
Rogaron a los apóstoles para que cesaran las lluvias y, escuchadas sus plegarias,
acudieron luego en procesión al otro lado del Bósforo para dar las gracias por este favor.
La colección de biografías de los padres emeritenses nos ofrece un ejemplo de
cómo la Iglesia cristianizó los rituales para provocar la lluvia, en época de sequía,
mediante métodos sobrenaturales: Fructuoso de Braga (fallecido en el 665) era capaz de
predecir oportunamente el tiempo. Según su biógrafo, hallándose Fructuoso en Sevilla y
teniendo la intención de viajar hasta Cádiz, los ciudadanos y el obispo de la ciudad
hispalense intentaron retenerlo dado que, además de ser domingo, estaban cayendo
unas fuertes lluvias.
Le rogaron que, como mínimo, consintiera en permanecer con ellos hasta después
de la misa. Sin embargo, Fructuoso les pidió que le dejaran proseguir con su camino, ya
que, predijo, el temporal no se extendería más allá de la hora segunda. El biógrafo
continúa su relato afirmando que la lluvia cesó justo en el momento predicho, cuando
Fructuoso se embarcaba para ir hasta su destino, y que además el cielo estuvo tranquilo
durante los tres días siguientes, el tiempo que restaba de navegación hasta llegar a Cádiz.
También en la Galia los documentos muestran casos semejantes. Gregorio de
Tours nos narra, en diversos de sus escritos, algunas anécdotas relativas a reliquias y
hombres santos capaces de atraer la lluvia o alejar las tormentas, según conviniera en
cada caso. Así, por ejemplo, nos dice del obispo Quinciano de Rodez y posteriormente de
Clermont, que en una época de grave sequía éste fue capaz de atraer la lluvia con la
fuerza de sus plegarias.
Por otro lado, resulta especialmente significativa la historia de un monje que con
sus oraciones logró el milagro de que la lluvia no cayera sobre el grano que sus hermanos
habían recogido; en efecto, la nube amenazante se dividió y el agua cayó alrededor del
grano sin llegar a mojarlo en ningún momento.
Gregorio explica también un milagro muy parecido relacionado esta vez con el
abad Aredio, quien yendo de viaje, y viéndose acosado por una nube de lluvia, oró al
Señor y la nube se dividió, con lo que el chaparrón descargó a ambos lados del camino sin
que el abad se viera afectado en lo más mínimo. Más interesante todavía, por cuanto
recuerda poderosamente a los ejemplos de filacterias analizados anteriormente, resulta
el uso de la cera de velas de la basílica de Martín de Tours con el fin de proteger los
campos de cultivo de la acción de las tormentas de granizo. Según Gregorio, bastaba
poner un poco de esta cera en el terreno de siembra ―en ocasiones en una rama del árbol
más alto― para que las tempestades que siempre arruinaban las cosechas pasaran de
largo y no dañaran los frutos.
5. Conclusiones
Tras haber repasado las principales versiones conocidas de este prodigio, resta la
cuestión de su interpretación. Si nos remontamos al testimonio más antiguo, al de
la Crónica de Irlanda, acaecido en el siglo VIII, podemos pensar que los testigos
contemplaron algo en el cielo que no supieron explicar y que identificaron con
barcos en el aire. Se creyó que se trataría de un fenómeno meteorológico inusual,
por el que algunas nubes de tormenta asumen una extraña apariencia.
Con todo, la explicación podría hallarse en un tipo de fenómeno óptico basado en
espejismos. La diferencia de temperatura entre la superficie del mar y la del aire
puede provocar que una franja del horizonte desaparezca a la vista y que los
objetos lejanos, como por ejemplo los barcos, parezcan flotar en el cielo.
Podría haber sucedido que un grupo de personas hubiera visto un espejismo
especialmente llamativo con uno o más barcos flotando en el aire. La impresión
generada por tal avistamiento habría motivado su inclusión en los anales.
Posteriormente, la leyenda se habría ido enriqueciendo mediante la inclusión de
diversos elementos fantásticos.