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¿Dónde se ha metido Al Qaeda?

¿Qué fue de la «conspiración


terrorista»
por James Petras*

Los soldados estadounidenses garabatean sobre sus misiles y bombas


«Recuerda el 11 de septiembre», antes de enviarlos a abrasar niños
iraquíes, algunos de los cuales ni siquiera habían nacido en esa fecha.
Donald Rumsfeld habla de nuevas guerras contra Siria, Irán y los
terroristas de todo el mundo. Los funcionarios del Pentágono prometen
«meter mano» a Corea del Norte, una vez liquidado Irak. Hasta
Venezuela se ha convertido en un santuario de «narcoterroristas»,
según mandos militares de EE UU. Lo que no aparece en estas
belicosas declaraciones de Washington es Al Qaeda, Bin Laden y su
red terrorista, los «terroristas originales» que nos vendieron como «la
mayor amenaza a la seguridad norteamericana en el nuevo milenio».
Han desaparecido de los medios de comunicación de masas tan
rápidamente como aparecieron: no hay nuevas conspiraciones, ni
ataques inminentes, ni imágenes.

James Petras
Sociólogo y profesor estadounidense

Los soldados estadounidenses garabatean sobre sus misiles y


bombas «Recuerda el 11 de septiembre», antes de enviarlos a
abrasar niños iraquíes, algunos de los cuales ni siquiera
habían nacido en esa fecha. Donald Rumsfeld habla de nuevas
guerras contra Siria, Irán y los terroristas de todo el mundo.
Los funcionarios del Pentágono prometen «meter mano» a
Corea del Norte, una vez liquidado Irak. Hasta Venezuela se
ha convertido en un santuario de «narcoterroristas», según
mandos militares de EE UU.

Washington prepara nuevas invasiones y bombardeos en todas


partes, en una Fase 3 de la lucha contra el terrorismo (la Fase
1 fue Afganistán; la Fase 2, Irak; la Fase 3 promete muchas
más guerras).

Lo que no aparece en estas belicosas declaraciones de


Washington es Al Qaeda, Bin Laden y su red terrorista, los
«terroristas originales» que nos vendieron como «la mayor
amenaza a la seguridad norteamericana en el nuevo milenio».
Han desaparecido de los medios de comunicación de masas
tan rápidamente como aparecieron: no hay nuevas
conspiraciones, ni ataques inminentes, ni imágenes.

Algunos críticos de la guerra han señalado que la invasión


estadounidense de Irak provocaría el surgimiento de más
terroristas y la realización de nuevos ataques terroristas. Pero
el Gobierno de Washington ha descartado las nuevas
amenazas terroristas potenciales. En determinados casos,
simplemente utilizaron idéntico argumento para respaldar sus
intenciones de atacar... Siria, Irán o Líbano.

Hay una buena razón que explica la desaparición de Bin


Laden y de Al Qaeda del estridente palabrerío de Washington
(y, por consiguiente, de los obedientes medios de
comunicación de masas): esos infames, omnipresentes y
omnipotentes terroristas han sido de utilidad a los fines del
gobierno de Bush, a sus objetivos propagandísticos; sirvieron
de acicate a la fea mentalidad militarista y racista latente en
muchos estadounidenses; y sirvieron para acorralar al
Congreso y hacer que suspendiera las garantías
constitucionales y diera carta blanca al gobierno Bush. Las
imágenes de una poderosa conspiración terrorista árabe-
musulmana abonó el terreno para la multiplicación del
presupuesto militar, la creación de un aparato interior de
seguridad y la movilización del público estadounidense a
favor de las conquistas imperiales por las armas.

Un pobre afgano
Hoy símbolo de terrorista

La conspiración terrorista mundial de los Bin Laden y Al


Qaeda preparó a la opinión pública para aceptar el plan Bush
de dominación mundial. Luego, fue sustituida por la
propaganda masiva contra Irak, sus armas de destrucción
masiva y el dictador Sadam Husein, en preparación de la
invasión militar de ese país. Donald Rumsfeld y Paul
Wolfowitz siguieron las instrucciones del propagandista nazi
Joseph Goebbels, quien afirmó que vender una guerra
imperialista era fácil: «Todo lo que hay que hacer es hacer
creer a la gente que estamos siendo atacados y denunciar a la
vez a los pacifistas por su falta de patriotismo y por exponer
al país al peligro». Retomando el argumento de Goebbels,
Rumsfeld y Wolfowitz proponen conquistar todo el Oriente
Próximo con el fin de asegurar los intereses de Washington y
Tel Aviv.

Hay muchos problemas políticos graves relacionados con la


pretensión de crear regímenes satélites en Oriente Próximo, y
uno de ellos, y no el menor, es la justificación original o
inicial de la «guerra contra el terrorismo», es decir, la no
existencia de un enemigo principal: Al Qaeda . Desde el 11 de
septiembre de 2001 no ha habido ningún ataque terrorista de
importancia en América del Norte o Europa que haya logrado
su objetivo. Han sido invadidos por EE UU dos grandes
países musulmanes (Afganistán e Irak), en los que las fuerzas
militares han hecho estragos; sus mezquitas han sido
destruidas, han sufrido la mutilación y muerte de muchos
niños, a la vez que Al Qaeda ha estado totalmente inactiva, no
operativa. A pesar de algunas llamadas de Bin Laden a favor
de la «yihad» no ha habido acciones violentas contra los
intereses estadounidenses ni en los territorios ocupados por
Estados Unidos ni en su propio territorio. En otras palabras,
no hay signo alguno de actividad de nada que pueda parecerse
a un grupo conspirador terrorista organizado y disciplinado.

Casi toda la oposición activa ha tenido su origen en la


movilización masiva de ciudadanos unidos en una protesta
pacífica, sin la más remota conexión con Bin Laden. A
medida que continúa la resistencia iraquí, miles de árabes e
iraquíes desean regresar voluntariamente a Irak. No hay un
incremento en el número de reclutas de los conspiradores
terroristas. Mientras Bagdad se halla en estado de sitio,
bombardeada hasta los escombros, los tanques, buques y
aviones estadounidenses funcionan con petróleo saudí,
argelino y kuwaití. Estos colaboradores árabes y sus pozos
petrolíferos no han sufrido ni un solo ataque terrorista
atribuible a Al Qaeda.

Una situación como la actual, en la que una supuesta


organización terrorista internacional dirigida por un líder
implacable no reacciona en el momento de la batalla decisiva
y profiere amenazas tremebundas que luego no cumple, nos
lleva a la conclusión que dicha organización no existe, que ha
sido un invento de los servicios secretos euro-
estadounidenses. Como mínimo, podemos llegar a la
conclusión de que sea lo que sea lo que se escondía en las
cuevas de Afganistán es hoy algo no operativo, incapaz de
organizar ninguna actividad de importancia, no digamos ya de
llevar a cabo una «guerra santa» generalizada, aun cuando
millones de vidas de musulmanes iraquíes se hallen en
peligro. Las órdenes de Bin Laden caen en un terreno estéril:
entre su mensaje y sus acciones hay una enorme nada. Sin
duda, la provocación es bien visible en las televisiones árabes,
y la rabia y la indignación son tan notables y universales en
los países árabes que es de esperar algún incidente grave. La
hipótesis más lógica sería que si no hay organización no
puede haber acción. Más concretamente, no hay acción
porque Al Qaeda nunca existió como organización terrorista
internacional efectiva, ni tampoco ha cobrado vida en unas
condiciones de máximo ataque a una población musulmana.

La idea de una «conspiración terrorista internacional» fue un


montaje elaborado en Washington, adornado por la belicosa
retórica de Bin Laden, líder sin seguidores, creado por los
medios de comunicación, incapaz de dirigir un solo ataque
terrorista operativo.

Si no hay pruebas de la existencia operativa de Al Qaeda, y si


Bin Laden no cuenta con seguidores reales, es evidente que
nunca hubo una conspiración terrorista. Esta idea fue todo un
montaje de Washington destinado a justificar los planes
previamente elaborados por Paul Wolfowitz y Richard Perle
(1992, 1998) para conquistar Oriente Próximo.

El hecho de que la «conspiración terrorista internacional» sea


un montaje evidente plantea preguntas fundamentales sobre el
acontecimiento que dió el pistoletazo de salida de la conquista
militar por parte de los Estados Unidos: los atentados del 11
de septiembre.

Es un hecho ya sabido que nunca ha existido una conexión


entre Irak y Bin Laden/Al Qaeda, a pesar de los denodados
esfuerzos de Colin Powell por convencer al Consejo de
Seguridad de la ONU con sus pruebas preparadas.

Y lo que resulta igualmente significativo es que ni los EE UU,


ni la ONU, ni Tony Blair, ni los señores de la guerra y el
narcotráfico afganos, ni otros aliados de EE UU hayan
conseguido presentar pruebas tangibles que relacionen a Bin
Laden/Al Qaeda con los ataques terroristas del 11 de
septiembre. Ni un mensaje cifrado, correo electrónico,
grabación telefónica, video, memorando; nada, a pesar de la
montaña de papel de este dossier. La única «prueba» es la
ampulosa celebración y el elogio de los atentados del 11 de
septiembre por Bin Laden, quien por otra parte ha sido
incapaz de organizar ningún tipo de ataque en Estados Unidos
o Europa desde entonces. La conclusión lógica es que Bin
Laden/Al Qaeda han tenido, como mucho, un papel marginal
en el asunto. Lo que sí sabemos es que varios de los
terroristas obtuvieron con facilidad en Arabia Saudí visados
de entrada múltiple en la embajada de los Estados Unidos en
ese país. Y también que al menos dos de los secuestradores de
los aviones recibieron formación en bases militares
norteamericanas. Y que el FBI y la CIA tuvieron
conocimiento previo de los secuestros y que permitieron que
los preparativos continuasen. Y que Condoleeza Rice admitió
tener noticias de antemano de un «secuestro tradicional» poco
antes de que sucediese. Y que las fuerzas aéreas de los EE UU
no entraron en acción hasta después de la realización de los
atentados. Ahora sabemos que Al Qaeda no tiene capacidad
operativa fuera de Afganistán, que Bin Laden es incapaz de
llevar a cabo cualquier tipo de ataque efectivo en algún lugar
del mundo, y que ningún país del Oriente Próximo ha estado
asociado a Bin Laden y Al Qaeda.

Por eliminación, todo ello deja solo tres posibilidades: o bien


los secuestradores formaban parte de una célula autónoma que
operaba siguiendo sus propias directrices; o bien el ataque
terrorista fue organizado por Washington con el fin de poner
en marcha sus planes previos de conquista militar de Oriente
Próximo; o bien el ataque fue una combinación de ambos
supuestos: terroristas autónomos y agentes infiltrados
operando según planes propios a cada uno de ellos y con una
idea diferente del objetivo de los ataques.

Personalmente, tiendo a aceptar el primer supuesto, si bien no


excluyo el tercero. No obstante, lo importante en sentido
general no es quién cometió los atentados del 11 de
septiembre sino quién los utilizó y cómo lo hizo, y cómo
luego condujeron a una serie de montajes políticos concebidos
para ampliar los objetivos imperiales de los EE UU. Y al
menos podemos decir que los que fabricaron las historias de
las armas de destrucción masiva, de que los iraquíes acogerían
a los invasores estadounidenses alborozados, de todas esas
organizaciones terroristas internacionales, etc., son como
mínimo capaces de fabricar la historia del 11 de septiembre.
Sin duda, no es accidental que, a pesar de la abundancia de
sospechosas «pifias» de los servicios de inteligencia, la
comisión de investigación de los hechos del 11 de septiembre,
creada por el gobierno de los EE UU, haya desaparecido de
las cabeceras de la prensa, no haya celebrado ninguna reunión
y probablemente no lo haga nunca. Está de más en esta
búsqueda del imperio.