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Las Fantasias

Este documento resume un libro que describe las fantasías sexuales de las mujeres chilenas contadas por ellas mismas. Explica que estas fantasías han permanecido en secreto y se transmiten oralmente entre mujeres. También explora el origen de este secreto, remontándose a mitos antiguos como el de Krishna y las pastorcillas ardientes, donde el erotismo femenino tenía un sentido místico y no era censurado. Finalmente, analiza cómo la cultura occidental, incluida la chilena, ha reprimido las fantasías femeninas a través de

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Las Fantasias

Este documento resume un libro que describe las fantasías sexuales de las mujeres chilenas contadas por ellas mismas. Explica que estas fantasías han permanecido en secreto y se transmiten oralmente entre mujeres. También explora el origen de este secreto, remontándose a mitos antiguos como el de Krishna y las pastorcillas ardientes, donde el erotismo femenino tenía un sentido místico y no era censurado. Finalmente, analiza cómo la cultura occidental, incluida la chilena, ha reprimido las fantasías femeninas a través de

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Pamela Jiles

FANTASÍAS SEXUALES DE MUJERES


CHILENAS
A mi portugués, compañero en la crianza y en las
fantasías.
I. Este libro trata de un
secreto
 

Este libro trata de un secreto: las fantasías sexuales de


las mujeres chilenas contadas por ellas mismas.

El secreto llegó hasta nosotros a través de las palabras


al oído de una abuela a su nieta, de una hermana a otra, de
una sirvienta a su patrona, de una mujer a otra desde el
comienzo de los tiempos.

Las fantasías sexuales de las mujeres chilenas viven,


rozagantes y alegres, en el universo cotidiano de nuestras
confidencias. Pero sólo allí. Para el estudio científico, la
estadística sociológica, incluso para la literatura, estas
fantasías apenas están disponibles. Viven y crecen en el
vínculo oral entre mujeres, como herencia y tradición
hablada. Algo —¿genético, tácito, inconsciente?— nos
señala la prohibición de publicitar estas conversaciones. El
contenido de nuestro imaginario erótico es compartido
preferentemente a través de la palabra, en la milenaria
seguridad de que no quedarán testimonios —escritura— que
puedan robarnos este preciado tesoro.

De este modo, en la cultura chilena existe y se


desarrolla un jardín secreto que se encadena con el
imaginario de todas las mujeres, reales o míticas, que
reconocieron como legítimas las fantasías sexuales
femeninas y nos las legaron, dichas al oído.
Lilith, Safo y las hetairas de la antigüedad, las
aulétridas de la antigua Roma, las brujas de Europa en el
siglo diecisiete, las femmes-galantes de los siglos diecisiete
y dieciocho, las "grandes horizontales" de la Belle Époque,
las cortesanas europeas del siglo diecinueve, las
sacerdotisas del islam originario que controlaban el agua y
la religión, las poetisas de Oriente, pero sobre todo las
mujeres de los pueblos originarios de lo que hoy conocemos
como América: ellas son nuestras tatarabuelas.

Durante largos períodos de la historia humana las


fantasías eróticas femeninas permanecieron en el secreto
absoluto, especialmente en Occidente. Durante siete siglos
sólo chispazos extraordinarios dieron cuenta de la idea de lo
carnal en textos escritos por mujeres occidentales. La
filósofa florentina Tullia D'Aragona y la poetisa veneciana
Verónica Franco —ambas en el siglo dieciséis— son
representativas de esta excepcionalidad.

Recién se comienza a escribir sistemáticamente sobre


fantasías femeninas desde fines del siglo diecinueve, a
partir de Freud, y de allí para adelante la enorme mayoría
de las veces desde una versión masculina, muy
minoritariamente en castellano, y en gran medida bajo la
impronta de los psicoanalistas, cuya reducción del
imaginario erótico femenino a un compendio de patologías,
envidias del pene e histerias lo desacreditan y lo arrinconan
en el secreto.

Después de la Segunda Guerra Mundial las mujeres


comienzan de manera creciente y sostenida a escribir sobre
sí mismas y sus fantasías, generando un cierto relato propio
y un registro de testimonios paralelo al oficial.

En América Latina, y en Chile en particular, las


fantasías sexuales de las mujeres resisten hasta hoy en el
refugio que mejor conocen: el secreto y la trasmisión oral.
En esta parte del mundo el trabajo intelectual sobre la
erótica femenina soporta y desafía tímidamente la presión
del idioma oficial y del puritanismo católico predominante.

El castellano escrito y el concepto premoderno de


"pecado original" funcionan como fórmulas rituales de
coerción al imaginario erótico femenino. No por casualidad
hasta la segunda mitad del siglo veinte casi no existe
literatura erótica en español, menos aún escrita por
mujeres. Mientras que en alemán, en francés y en inglés era
posible abordar estos temas —desde la perspectiva
masculina, eso sí— en los tres siglos anteriores.

La escritura en español ha funcionado hasta muy


recientemente como un anestésico del modo de sentir de
las mujeres y sólo hace registro de una versión pobre y
precaria del imaginario sexual masculino. El castellano
escrito se ha convertido en la práctica en una forma de
"agresión ritual" por la que se reproduce una sociedad que
abomina del deseo carnal de las mujeres y sus fantasías
asociadas.

Así, el modo masculino de ordenar la vida sexual en


Occidente, en Hispanoamérica y por cierto en Chile, se
expresa entre muchos otros síntomas en el predominio de
las fantasías de los hombres y la invisibilidad del imaginario
erótico femenino.

Pero el acto de imaginar, porfiadamente humano, logra


sobrevivir entre las mujeres aun desde la clandestinidad.

Antes de pensar, imaginamos. Después de imaginar,


narramos. Este libro busca narrar lo que las mujeres
chilenas imaginamos en el plano de lo erótico. Es un secreto
que a mí me contaron y que yo les cuento a ustedes.
Comienzo con algunas preguntas que me hice al
escuchar las fantasías de cientos de mujeres. ¿Por qué han
permanecido en el secreto? ¿Fue siempre así? ¿Cuáles
fueron las razones y los mecanismos precisos por los cuales
las fantasías eróticas femeninas pasaron a la
clandestinidad? Intento algunas respuestas en las próximas
páginas, donde les contaré de unas pastorcillas ardientes,
de la prostituta sagrada, de mi amigo Pelagio y de la muerte
del deseo.
El dios y las pastorcillas
ardientes
 

Hubo una edad en la vida humana en que la sexualidad


fue exaltada y se ejerció de manera libertaria. El erotismo
femenino tuvo entonces, durante muchos milenios, un
profundo sentido místico. Al parecer, en esa época las
fantasías no se habrían convertido, como hoy, en el último
reducto, la tabla de salvación, el jardín secreto de la
sexualidad femenina.

La información sobre ese tiempo nos llega de manera


difusa y con la mediatización cultural de forma y fondo que
impone el tiempo. Básicamente, podemos escuchar esa otra
versión del erotismo humano a través de los mitos.

De todos los mitos eróticos, tal vez el que más me


gusta es uno de los más antiguos, que proviene de la India:
el de Krishna y las pastorcillas ardientes, una imagen
ancestral que trasmite la curiosa versión de un dios
acogedor, tolerante y pródigo en materia sexual.

En esta historia, Celeste —diosa— se pierde en el


bosque y encanta con el sonido de su flauta a los animales,
a los demonios y a las mujeres. Ellas son tiernas baqueanas
o pastoras que se reúnen entre el ganado, en medio de la
naturaleza, por el llamado de esa música celestial.

Krishna, el dios que está en todas partes, baja a la


pradera y satisface al mismo tiempo a las mil pastoras.
Copula con todas ellas. Todas copulan con él.
Cada una de ellas es su amante. Cada una de ellas lo
tiene para sí sola y todas lo tienen por entero, completo, sin
reservas, en una fiesta de los sentidos y del corazón que
representa las nupcias de las almas con la divinidad.

He ahí una de las grandes claves del mito: un dios


rodeado en el bosque por jóvenes mujeres de fogoso cuerpo
a quienes él lleva, a un mismo tiempo, al éxtasis carnal y
místico.

En nuestros términos, los de hoy, ese dios es


dionisiaco, depravado, diabólico. Él es el que estimula a
todas esas jóvenes al salvajismo total, al desenfreno que
tanto terror produce en el hombre moderno. Es más, la
escena entre pastoras y divinidad es explícitamente gozosa,
pues el placer sexual es vivido en plenitud por todos los
participantes.

El mito de Krishna y las pastoras intentará abrirse paso


hacia el futuro por caminos creativos y adaptativos. Celeste
tendrá su versión posterior en Orfeo, el músico que calma a
los animales, los encanta y los reúne, o en Baco, que muere
por haber desdeñado el deseo enfurecido de las pastoras.

También podremos reconocer la unión "mística" que


contiene este relato en otras escenas: Venus en un establo
con Adonis, Apolo apacentando el rebaño por amor a
Admeto, Tristán e Isolda en una cabaña rústica, Segismundo
y Sieglinde escuchando los sonidos de la noche al aire libre.
Todos estos personajes regresan a un mundo ideal y
primitivo, representado en cada caso por el entorno pastoril,
y lo hacen a través del éxtasis del amor carnal, del deseo y
la cópula como expresión de unidad amorosa, divina y
perfecta, tal como en el episodio que les comento.
Pero el mito indio proviene de un tiempo en que la
culpa y el pecado aún no censuraban al erotismo. Una etapa
ancestral en que la sexualidad era la representación de la
unidad entre los sentidos y la trascendencia.

Hay que decir que la unión de Krishna con las mil


pastoras se produce en un ambiente de edénica inocencia.
El bosque es lo que entenderíamos posteriormente como
escena pastoral. Las pastorcillas se entregan a sus instintos
con total alegría, sin censura ni prohibición alguna, sin
conflicto entre ellas (posesividad, competencia) ni con el
amante divino (celos, rechazo) ni con el medio.

No se trata simplemente de una escena de sexo grupal


sino de una señal del inconsciente colectivo, que refiere una
etapa en la vida del ser humano en que lo erótico y lo sacro
son sinónimos.

Aunque la historia parece exagerada, imposible,


ficticia, desenfrenada desde los ojos de hoy, algo hay en ella
que revela el paradigma del sueño de felicidad total,
desprovisto de conflicto. Krishna y sus pastoras son el
ancestral prototipo de un ideal utópico negado en la cultura
contemporánea.

Nuestra cultura ha retrotraído el alma humana a un


estado prepúber, a una supuesta inocencia buenita, más
imaginaria que real, muy distinta de los contenidos
complejos de la verdadera infancia, cuando la sexualidad
todavía es un potente llamado.

La verdad es que la distorsión viene desde antes de su


invención en un envase de "pecado". Existía ya antes de
que la Iglesia proclamara el pecado. Ya estaba entre
nosotros en forma de intelectualismo griego o como rigor
romano. Ya hubo allí una notable contribución para escindir
artificialmente el espíritu y la carne. En el banquete
helénico, ya los sentidos son los esclavos del alma y no sus
hermanos. Séneca, que era romano, también expresa
desdén por la carne.

Y el objetivo está casi conseguido a través de una


secuencia de prohibiciones que en Occidente terminarán
por instalar en medio del sexo la noción de pecado. La
desacralización de la sensualidad, que queda arrinconada al
interior del matrimonio, es la expresión más elaborada en
nuestra cultura de la muerte del deseo, especialmente,
aunque no únicamente, de la muerte del deseo femenino.
La prostituta sagrada
 

Durante la mayor parte de la existencia humana el


erotismo femenino tuvo una connotación positiva. La mujer
en sí misma se asoció muchas veces a la redención y a la
sabiduría en el imaginario de culturas ancestrales. Lo
femenino no estaba aún reducido a la connotación
reproductora, tenía mayor riqueza como concepto
simbólico, y frecuentemente fue manifestación de divinidad,
de vida y de conocimiento.

La mujer era una diosa iniciadora, una amante capaz


de vincular lo sacro y lo terreno, una representación de la
"alquimia" entendida como la capacidad de transformar una
materia imperfecta en una perfecta: la arena en oro, lo
sombrío en luminoso, una poción venenosa en un elixir
sagrado. Lo femenino tenía la potencialidad de liberar una
sustancia pura desde otra que no lo era, ya fuera en el
plano físico o en el espiritual.

La simbología del erotismo femenino estaba asociada


al fuego, es decir, a un agente transformador. En una
hoguera, expuesta al calor de las llamas, la materia
imperfecta se disuelve, regresa a su origen y luego se funde
en una sustancia superior.

La alquimia era el proceso que conducía a la unión de


contrarios, que hacía posible la transformación. En esta
conjunción de opuestos todo se anula al diluirse en una
realidad superior. En una dimensión secular, el amante se
transforma en la cosa amada. En un plano místico,
mediante la alquimia el hombre profano se convierte en la
propia divinidad.

Así, en el imaginario antiguo la sexualidad femenina


era entendida como vehículo de progreso y de sabiduría;
era un mecanismo para fundir el espíritu con los dioses. Y la
simbología de la divinidad, de la luz —que frecuentemente
es llamada aurora— y de la sabiduría tuvo como su primera
forma a la mujer.

La mujer, en sus formas de reina, novia, virgen,


aparecerá relacionada de forma permanente con la luz, la
sabiduría y la divinidad: la diosa primordial, la novia blanca
o la novia negra —¿cómo la consorte del Cantar de los
Cantares?—, la mujer amada o despreciada —como la
piedra filosofal— pero siempre reconocida como una igual
por los demás sabios: todas son manifestaciones de un
mismo arquetipo. Pero antes, la mujer fue incluso encarnada
en la Aurora.

¿Qué hay en este contenido primigenio de lo femenino?

La aurora es el día, lo luminoso, la piedra filosofal, la


sabiduría divina. En una secuencia de representaciones
sucesivas, la mujer es un símbolo místico: la aurora es la
luz, la luz es la manifestación del conocimiento y de la vida,
es decir, del creador. Los seres humanos morirán de noche
pero renacerán con la luz. La energía psíquica femenina es
dispensadora de vida. Salva, limpia, resucita, revive.

Este arquetipo femenino, Dios-Mujer-Aurora, se


representará en la historia simbólica del hombre de diversas
maneras: la reina de la luz, la reina del viento sur que viene
del Oriente, la novia que se prepara para su marido, el agua
que mata la sed, la lluvia del cielo, la piedra, el agua pura,
el fermento del oro, el fuego. Pero la imagen más
interesante que se reitera en esta representación de la
Aurora es la que destaca Cari Jung: "la más inteligente de
las vírgenes, primorosa".

Jung es uno de los pocos pensadores de nuestro tiempo


que ha investigado con profundidad y audacia los misterios
de las culturas antiguas. Hablando de la alquimia del amor,
señala que en la filosofía alquímica la mujer ayuda al
alquimista a mezclar las sustancias, generando en este acto
una "boda mística" a la que llama también un "amor
prohibido", puesto que solamente puede realizarse al
margen del matrimonio.

Jung sugiere que la mujer cumple aquí un rol de


"prostituta sagrada" que, a través de un "coito mágico",
crea divinidad, espiritualidad superior.

Esta energía sexual femenina, que crea y resucita, y


que está instalada en el inconsciente de la humanidad, será
reemplazada muy posteriormente por otro arquetipo, esta
vez masculino. Finalmente, "la sangre de Cristo" ganará
terreno en los últimos veinte siglos de Occidente como
representación redentora, desplazando en nuestra cultura a
la simbología femenina. Y con un ayudante clave: el pecado.
Pelagio y la invención del
pecado
 

El desplazamiento de la sexualidad femenina desde un


sitial sagrado a la clandestinidad y la agonía está
mediatizado por la instalación del concepto de pecado
original en nuestra cultura.

El inventor y padre del pecado original, en el sentido en


que la Iglesia Católica perpetúa ese concepto en nuestra
historia reciente, fue san Agustín, el mismo pensador que,
poniendo como ejemplo su propia conversión, aseguró que
la única forma aceptable de buscar a Dios es en el fondo de
la propia persona y a la luz de las sagradas escrituras. Para
Agustín, que aún no era santo pero hacía ya méritos, a
través de la mera pesquisa intelectual se corre el riesgo de
no encontrar jamás al Altísimo y andar dando tumbos
inteligentes por el camino equivocado.

Poco tiempo después de ser bautizado en Milán, en el


año 387, Agustín se dirigió a Hipona, en África, en lo que
hoy es Argelia. Allí fue hecho sacerdote por los fieles, entre
los que era muy apreciado, y luego elevado a la calidad de
obispo por sufragio popular. Entonces se practicaba la
democracia para el nombramiento de las autoridades de la
Iglesia.

Como buen converso, Agustín se vuelve un entusiasta


exagerado de su nuevo papel y un obstinado perseguidor de
cualquier actitud que oliera a herejía, de las cuales una de
las más peligrosas y recientes parecía al nuevo obispo el
"pelagianismo".
El término había sido forjado a partir del nombre de un
monje británico bautizado en Roma en el año 380 como
Pelagio, viajero incansable, proselitista de la corriente
progresista entre los feligreses de la Iglesia romana, que se
dedicó a recusar la idea de la transmisión automática del
pecado original a partir de la narración del Génesis que
tiene como protagonistas a Eva y Adán.

En ese momento la discusión ideológica —o si lo


prefiere, teológica— al interior de la Iglesia era vital y
apasionada, a pesar de las enormes dificultades de
comunicación. Pelagio predicaba su interpretación de ese
mismo texto sagrado poniendo el acento en la "gracia" que
dio Dios a su criatura y en la libertad del hombre. Señala
que el hombre es libre y responsable por sus actos, que
puede ser exento de pecado en esta vida terrena, puesto
que tiene la posibilidad de tornarse "a imagen" de Dios a
partir de sus propios méritos desplegados en el mundo.
Enfatiza su desacuerdo con las corrientes que aseguraban
que el pecado de Adán es hereditario, y que todos los seres
humanos somos necesariamente pecadores desde que él
metió la pata. Afirmaba por lo tanto que era completamente
innecesario bautizar a los niños.

Agustín se sintió desafiado. Aunque lo respetaba


intelectualmente, se dedicó a refutar y perseguir a Pelagio
por todos los medios posibles. Finalmente logró que lo
contradijera el Concilio de Cartago, en el año 412, y que se
le condenara como hereje, lo que ponía al libertario Pelagio
directamente en la antesala de la muerte.

Sentando dogma, Agustín asegura que "negar el


pecado original es negar la salvación de Cristo". No niega la
libertad del hombre y la fuerza de la naturaleza, pero le
resta importancia a ambos para los efectos de ganarse el
cielo, señalando la primacía absoluta del pecado original
sobre cualquier iniciativa humana.

En realidad, Agustín no hacía más que repetir lo que


antes señalara Pablo, verdadero fundador de la doctrina del
pecado original, pero con argumentos más refinados. Para
Pablo, lo que entró en la historia humana con el pecado de
Adán continuará trasmitiéndose a los hombres a través de
la carne, el deseo, la concupiscencia. El hombre sería
pecador desde que nace, de allí la posterior urgencia de la
Iglesia Católica por bautizar a los niños.

Agustín sistematiza este pensamiento, sentando la


convicción de que el bautismo es "la indispensable
condición de una regeneración que permite escapar al
suplicio de la muerte eterna, que apaga la culpabilidad, sin
por eso librar de la concupiscencia y de la ignorancia
iniciadas por la desobediencia de Adán. De este modo, los
niños no bautizados sufrirán los efectos de la sentencia
pronunciada contra aquellos que no crean y que están
condenados".

La versión de Pablo, reforzada por Agustín como


reacción al pensamiento de Pelagio, se convirtió en teología
cristiana oficial, a diferencia de la teología judaica que
nunca hizo del pecado de Adán una catástrofe primordial.
Este concepto fatalista del pecado está en la base de la
proscripción de la sexualidad fuera del marco del
matrimonio consagrado. Arrincona el ejercicio del coito al
mecánico dominio de la reproducción. Es el que somete y
denigra el placer y el deseo, sobre todo los de la mujer. La
concupiscencia pasa a primer plano. El Eros parece herido
de muerte. Y las fantasías eróticas femeninas se van
convirtiendo en el último reducto, el jardín secreto de la
sexualidad negada, en un espacio que las mujeres no
compartimos con nadie.
La muerte del deseo
 

Inventado el pecado, impuesta la concupiscencia como


parámetro cultural, el deseo fue neutralizado paulatina y
decididamente por la estructura ideológica dominante en
que la culpa "genética", la decencia asexuada y una moral
conservadora fueron las pautas aceptables. En toda la
Europa occidental —y de allí a nosotros, "descubiertos" por
ellos— cunde la superstición que, mezclada con códigos
bárbaros, refuerza el moralismo de la Iglesia Católica.

Ya en nuestro tiempo, el capitalismo constructor del


hombre y la mujer de hoy no tendrá mayor tolerancia con el
libre juego de los sentidos. El mercado sitúa al erotismo
entre los productos perecibles instalados en las repisas de
los grandes almacenes. Esta dimensión humana se
considera, en la modernidad, especialmente "degradable".

Contra la idea impuesta justamente por aquella moral,


de que el sexo ocuparía un lugar exagerado en las
preocupaciones de hoy, el mercado des-erotiza las
relaciones humanas; las torna frías, desapegadas, frívolas,
desintegradas. En especial, los aspectos relacionados con el
instinto, las pulsiones, los sentidos, caen en total descrédito
y absoluto desprestigio. Ya casi no hay memoria de su
origen sagrado.

La voluptuosidad, el placer y el deseo son trivializados,


vulgarizados, llevados a la categoría de "bajas pasiones" o,
dicho de otro modo, sensaciones aberrantes, ilícitas, a las
que un ciudadano respetable no dedica más que unos
minutos, sólo para aliviarse de esa carga animal, de ese
resabio salvaje e indeseable que hace débil y corrupta la
carne del hombre. De las mujeres, ni hablar. A ellas no se
les reconoce esta dimensión enfermiza. Con la invención del
pecado, el cuerpo femenino ha quedado dormido.

Lo que fue en la antigüedad un escalón místico para el


conocimiento de las almas y la entrega verdadera es, en el
contexto de la civilización capitalista, un vergonzante
apaciguador de la bestia que lleva todo hombre adentro. La
mujer es la encargada de aliviarlo, satisfacerlo, de
tranquilizar al monstruo, y para esto es formada y
capacitada en una forma de seducción servicial, sirviente,
servil. Desde esta perspectiva, ella no tiene deseo, y su
placer —aguado— sólo cobra cierta legitimidad entre las
rejas del matrimonio consagrado.

Pero, ¿qué pasa con aquel placer supremo de las


pastorcillas ardientes? ¿En qué se transformó la energía
sexual de nuestra tatarabuela, la prostituta sagrada?
¿Dónde están los furores lúbricos de la esencia femenina?

Mi opinión es que todo aquello hierve en secreto. Se


salva en las fantasías de las mujeres. Resucita y se
reproduce de sangre en sangre en la imaginación de
nuestras madres, nuestras hijas y nuestras nietas.

Las habitantes de la modernidad occidental,


condenadas a un imposible amor único y vitalicio, hemos
encontrado un subterfugio. A una triste, pobre y culposa
vida sexual que se a inexorablemente en el marco conyugal,
las mujeres responden salvando su instinto en el porfiado
mundo de la fantasía.

Las acompañan cada tanto la literatura, el arte, el


pensamiento progresista, la plástica, luego el cine, ámbitos
donde se intenta recobrar el vuelo de Eros, pero sólo
consiguen protestas puntuales y aleteos desesperados.
Instalan, no obstante, algunos valientes hitos en este
camino hacia la recuperación del sentido original del sexo
humano: Sade hace patente la rabia y la furia contra la
represión, Valmont releva la vanidad, Merteuil agrega la
intriga, Freud asocia el misterio de lo erótico con las
memorias de infancia, los idealistas lo vinculan con el
cinismo de Maquiavelo, Bataille hace vivir el placer desde la
muerte.

Aun en los períodos más abiertos y libertarios de


nuestro tiempo, artistas, intelectuales y pensadores
progresistas han debido buscar subterfugios para observar
lo erótico. Desde cubrir la desnudez con parches de pintura
—para citar un ejemplo archiconocido— hasta dar un barniz
protector de teoría estética a los escritos poéticos que
cantan a los sentidos. Exactamente lo que yo intento hacer
en este momento, siguiendo una condena de mi estirpe
doblemente maldita.

Resulta difícil encontrar en el arte alguna imagen del


placer gozado tal como es, pura y sencillamente, sin
mediatización de alguna muletilla del tipo vulgarización
científica, distanciamiento intelectual, moraleja protectora,
sonrisa picarona o górgoro final de disculpa moralizante.

Qué paradójico este comportamiento infantil en la


etapa senil de la humanidad.

Sin embargo, la buena noticia es que la porfiada


esencia humana sobrevivió en la clandestinidad. La
concepción sagrada del erotismo de nuestros antepasados,
que nos enseñó a encontrar la divinidad desde lo fisiológico,
la espiritualidad a partir del perfeccionamiento de los juegos
amorosos y el éxtasis del placer sexual, vive y goza de
inmejorable salud en la profundidad de la imaginación de
las mujeres.
¿Sobre qué fantasean las
mujeres chilenas?
 

Hace doce años comencé a anotar con cierto detalle


cada vez) que una persona me comentaba, en cualquier
contexto, una fantasía erótica. Este mundo secreto me
pareció fascinante. Sin ninguna pretensión científica o
literaria, fui atesorando confesiones y perfeccionando un
cierto método para extraerlas y almacenarlas.

Esta colección poco común suscitó una serie de


preguntas. ¿Cuáles son las fantasías sexuales de las
mujeres chilenas? ¿Hay chilenas que no tienen fantasías
eróticas? ¿Qué material de la imaginación estimula el
erotismo femenino? ¿Qué situaciones y personajes le
resultan excitantes?

Después de escuchar a cientos de mujeres chilenas que


me contaron con pelos y señales la escena erótica con la
que prefieren soñar, las quimeras sexuales que más se
reiteran en su imaginación, las fantasías que les han
producido especial excitación o placer, aventuro aquí unas
ideas.

Todas las chilenas tienen fantasías sexuales.

No es fácil que una persona tenga la generosidad de


compartir sus fantasías. Para hacer este registro fue
necesario perfeccionar un "método de pesquisa", explicar,
convencer, esperar, generar lazos de confianza. Fue
imprescindible buscar mecanismos alternativos de registro,
como pedir que escribieran sus fantasías, las grabaran
privadamente o las relataran a un tercero autorizado para
contármelas en los casos en que la requerida manifestó
pudor, temor, inseguridad, celo de su intimidad, resquemor
o vergüenza.

Unas pocas mujeres dijeron tener imágenes imprecisas,


confusas o vagas, difíciles de relatar por su volatilidad; pero
no hubo una sola mujer que me dijera que no tiene
fantasías eróticas. Por el contrario, la enorme mayoría
respondió con entusiasmo, facilitándome además el acceso
al imaginario de otras, sus amigas o parientes, cuyos
testimonios yo debía conocer.

Me quedo con la impresión de que todas las mujeres


Chilenas tenemos o hemos tenido fantasías sexuales, y que
éstas son más que una pura sensación, puesto que son
comunicables y tienen una estructura determinada, a
menudo reiterada, al punto de que cada mujer puede
identificar su fantasía favorita.

Aunque muchas veces se relacionan en su origen con


un recuerdo o un hecho vivido, no es la memoria sino la
imaginación su materia principal. Se trata de una visión
quimérica, inventada por la psiquis, una representación
mental creada por cada mujer, que la contiene en el espacio
íntimo, libertario y secreto de su mente, donde los mitos, los
arquetipos, la feminidad ancestral, el inconsciente, se
manifiestan sin reservas ni prohibiciones.

Las chilenas rara vez representan sus fantasías en la


vida real

Por las razones expuestas en las secciones anteriores


—y seguramente otras más—, las fantasías sexuales de las
mujeres en nuestra cultura están encubiertas, escondidas,
negadas o tapiadas, mientras que los deseos imaginarios de
los varones son conocidos y sobre ellos hay abundantes
registros literarios, estadísticos, sociológicos y sicológicos.

En la vida corriente, los hombres comentan sus


fantasías en voz alta, se masturban en grupo, escriben
sobre el tema en los baños públicos, hacen chistes y
publican revistas que las alimentan. Asimismo asisten a
cafés topless, cafés con piernas, espectáculos de striptease
y a esa vieja institución globalizada que son los prostíbulos.
En todos esos actos y lugares, los varones encarnan sus
fantasías sexuales en la realidad.

También realizan sus ensoñaciones sexuales en la vida


doméstica, con la esposa o la amante, a las que incitan a
que se disfracen o jueguen a esclavizarlos mediante ropa
interior provocativa, látigos, consoladores, corsés,
portaligas, o vistiéndose de empleada, de colegiala o de
monja. Las mujeres llevan a cabo las fantasías de otro, de
su hombre, pero rara vez las propias.

Las mujeres que entrevisté pocas veces realizan sus


fantasías en la vida sexual concreta, al menos no
explícitamente. Las viven y las desarrollan desde la infancia
hasta la muerte en un plano secreto, que sólo comentan con
otras mujeres. Su imaginario discurre en un nivel paralelo o
distinto del de su vida de pareja. Casi nunca comparten sus
ensoñaciones con su amante, ni siquiera cuando invocan su
fantasía en pleno acto sexual. El no tiene idea de que su
mujer está imaginando que tiene sexo con un chivo, con el
vecino, con Superman o con otra mujer.

Las fantasías femeninas son distintas de las masculinas

Cuando comencé esta investigación, ya era una ávida


lectora de lo que los expertos siguen discutiendo si llamar o
no "pornografía". Este género se caracteriza, según mi
apreciación, por registrar y reproducir preferentemente el
universo íntimo de los varones. Muchos de los personajes o
escenas clásicas del folletín porno sintonizan con fantasías
masculinas, que no necesariamente nos hacen el mismo
sentido a las mujeres.

En la pornografía y en la psiquiatría hay


denominaciones comunes, en el primer caso para nombrar
los diversos tipos de fantasías eróticas masculinas, y en el
segundo para describir trastornos o parafilias típicas y
atípicas: voyerismo, sadismo, masoquismo, bestialismo o
zoofilia, fetichismo, exhibicionismo, travestismo, pedofilia,
frotteurismo, clismafilia, necrofilia, escatología telefónica,
coprofilia, urofilia, etc. Estas clasificaciones se utilizan, en
sentido genérico, también para las mujeres. Pero son una
adaptación, un traslado, probablemente equívoco en
algunos casos, de las ensoñaciones que resultan excitantes
para los varones.

En el curso de esta investigación me ha parecido que


las fantasías de las mujeres y de los hombres son distintas.
Con coincidencias, por cierto, puesto que están hechas de
una materia parecida. Pero también con sus
particularidades y a veces con notables diferencias.

Hay motivos propios del imaginario erótico femenino


chileno

El material de que están hechas las ensoñaciones de


las chilenas es un territorio inexplorado, o por lo menos un
sendero por el cual se ha transitado poco. Al escuchar a
estas mujeres me parece que las confesiones eróticas
femeninas tienen componentes novedosos respecto de los
registros más conocidos y difundidos. Casi siempre son
inesperadas en su sustancia, o tienen elementos
significativos que me parecen originales, y que se reiteran
en mujeres muy distintas. A partir de esas comprobaciones
propongo en la segunda parte de este libro, la parte
testimonial, un orden temático, una forma de clasificar las
fantasías de las mujeres chilenas según el objeto del deseo
o la situación. Cada elemento de esta "tipología" y sus
variantes es ilustrado con uno o más testimonios de
entrevistadas.

A continuación, las secretas fantasías sexuales de


mujeres chilenas, tal como llegaron a mis oídos.
II. Fantasías sexuales de
mujeres chilenas
Tener sexo con un desconocido
No saber su nombre
 

Beatriz tiene veintiocho años, es soltera, escultora y


profesora (imparte talleres de plástica para empresas).
Supone que tiene un desequilibrio hormonal, porque desde
hace un año más o menos, repentinamente, como un brusco
capricho incontenible, le vienen ganas de tener relaciones
sexuales con los hombres más impensables.
Específicamente, ella siente la pulsión de tener intimidad
con desconocidos, hombres de los cuales no sepa el nombre
ni vaya a saberlo nunca.

Todo comenzó el día en que de pronto se sintió atraída


por el dueño de la reparadora de calzado de su barrio, un
señor de unos sesenta años, gordo y chico como un tonel, a
quien le estaba encargando poner un forro de napa a sus
botas vaqueras. No se trataba de una atracción manejable
sino de un verdadero frenesí, un comportamiento fuera del
control de Beatriz, que la hace cometer actos de los que ella
nunca pensó que sería capaz.

Ese día se acercó al zapatero como un autómata, lo


tomó de un brazo y lo arrastró al rincón de atrás, separado
por unas cortinas del resto de la tienda. Allí se desvistió
ante él lentamente, sinuosamente, y solo le preguntó:
«¿Quieres...?». El zapatero aceptó la invitación. Ahora el
problema de Beatriz es que le da vergüenza ir a retirar sus
botas.
A ese episodio siguieron otros por el estilo, con un
cobrador del gas, un alumno del taller, un proveedor de
materiales para su trabajo, un ascensorista... Y el mejor de
todos, hasta ahora: un auxiliar de bus interurbano con el
que terminó metida en el maletero del vehículo, después de
pasar el peaje y tras un breve intercambio verbal. Finalizado
el coito, encerrados en el maletero, a oscuras hasta la
próxima estación, el hombre intentó entablar una
conversación amigable, pero Beatriz le rogó que se callara y
que por ningún motivo le fuera a decir cómo se llamaba.
Hacerlo con un prostituto
 

Minerva tiene cuarenta y seis años, trabaja en una


empresa de máquinas expendedoras de bebidas y confites,
es casada y tiene tres hijos adolescentes.

Su fantasía es tener relaciones con un gigoló, prostituto


o amante de alquiler. Estimula su libido imaginar que tiene
un encuentro sexual con un hombre a quien paga por ello,
es decir, una especie de esclavo de sus deseos, al que le
pueda pedir y hasta ordenar todo lo que quiera sin ningún
tapujo.

Para alimentar su imaginación, Minerva suele llamar


por teléfono a los profesionales que se anuncian en la
sección de avisos clasificados de los diarios. Según ella,
cada vez son más los prostitutos que ofrecen sus servicios,
lo que no hace más que aumentar la tentación. El servicio
que ofrecen es muy completo. Incluye «caricias, juegos
eróticos, masajes estimulantes, besitos donde tú prefieras,
incluida la boca, sexo oral, lluvia en el rostro, beso negro, la
araña, palo encebado y penetración..., con y sin
preservativo».

Lo de «palo encebado» se trata, según explica Minerva,


que a su vez lo supo por boca de sus «proveedores», de la
aplicación de vaselina u otras sustancias grasosas en el
miembro viril para facilitar algunas maniobras.

«La araña», en tanto, es una práctica acrobática que


consiste en que el hombre se apoya sólo en las palmas de
las manos y los pies, con el estómago hacia el techo. Deja
expuesto así su miembro como una especie de picana en la
que la interesada puede instalarse a su antojo.

La «lluvia en el rostro» es la masturbación del varón a


la vista de la clienta, hasta eyacularle directamente en la
cara. Y con el «beso negro» se refieren a estimular el recto
de la clienta con la boca, los labios y la lengua.

Según Minerva, para la contratación de un prostituto no


se requiere de un presupuesto abultado. Al menos si se
compara con el promedio de las tarifas de sus colegas
femeninas del sector oriente de Santiago. Ellas cobran entre
50 y 100 mil pesos «la prestación», y 20 mil pesos «el
momento», que consiste en una atención muy rápida,
generalmente dentro de un vehículo, cuando el cliente ya
viene con el trabajo sumamente avanzado.

Ellos, en cambio, cobran entre 10 y 18 mil pesos los


cuarenta minutos si es en su lugar de trabajo. Allí
garantizan un ambiente «acogedor, muy privado y discreto,
higiénico, desinfectado, sanitizado, fumigado [textual], con
música grata y tragos al velador, jacuzzi, ducha y material
de aseo de excelente calidad. Todo por cuenta de la casa».

Si fuera necesario más tiempo o si la clienta desea la


cita en otro lugar, la tarifa va subiendo, del orden de 20 mil
pesos adicionales «el domicilio». También hay profesionales
especialistas en un servicio que incluye «compañía» a algún
lugar público, a bailar, a una fiesta; en esas labores son más
caros: alrededor de 30 mil pesos la hora, con vestimenta y
comportamiento adecuado del prestador, según las
averiguaciones de Minerva.

Los trabajadores sexuales masculinos atienden en Chile


de once de la mañana hasta la medianoche de lunes a
jueves, y en horario corrido viernes y sábados. Los
domingos no hay servicio, pero por un precio razonable se
pueden hacer excepciones.

Minerva cuenta que hay dos tipos de prestadores: los


mixtos, que están disponibles para ser contratados por
varones, y los que atienden sólo a mujeres. También hay
algunos que ofrecen «trabajos especiales», que pueden ser
de «striptease, despedidas de soltera, atención a grupos o
fantasías con animales».

Escudada en el anonimato del teléfono, Minerva puede


inquirir algunos detalles que le resultan especialmente
excitantes, como el tamaño del pene de los hombres que
ofrecen sus favores sexuales. Puesto que forma parte de la
mercadería que se transa en este mercado, por iniciativa
propia los oferentes telefónicos —que en algunos casos es
un intermediario— entregan información detallada sobre sus
herramientas de trabajo. Lo llaman «la dotación». Minerva
ha anotado minuciosamente el resultado de sus
indagaciones; aquí van.

Adonis ofrece «una dotación de dieciocho centímetros


en reposo y un grosor de cuatro dedos más o menos».
Franco! asegura que su dotación es de «veinte centímetros
durante! media hora, porque practico una técnica china de
no acabar' hasta que tú quieras». Angelo pone a disposición
de la interesada diecisiete centímetros, «y si es necesario,
un consolador adicional de veintidós centímetros». Diego es
menos métrico en su descripción: «Soy de pelo en pecho y
con calugas, lo tengo largo y grueso, llevo tres años en esto
y no he tenido quejas». Ibrahim, que se promociona como
«africano-macho-mulato-musculoso», asegura que «hace
poco dejé a una clienta con un prolapso anal, así que vamos
a tener cuidado». Felipe afirma que es «modelo de
televisión, versátil, varonil, atlético, muy bien dotado: veinte
centímetros». Maximiliano detalla que es «uruguayo,
cariñoso, con un cuerpazo, y una dotación de veintidós
centímetros». Su colega Matías, «argentino, maceteado»,
asegura: «La tengo extra-large, me traen los condones de
afuera porque acá no hay de mi talla».

Para Minerva, estos diálogos telefónicos son un fuerte


incentivo para fantasear. Hasta ahora no se ha atrevido a
contratar a un amante de alquiler. Tal vez ni siquiera sea ése
su objetivo. Ella se excita en el contacto verbal con estos
hombres, con el lenguaje soez que utilizan, con la manera
descarada en que describen sus cuerpos y ofrecen sus
servicios. Eso es más que suficiente para Minerva. Es el
material que atesora para fantasear cuando se encuentra
sola y con tiempo para darse placer.
Ser prostituta
La aprendiz
 

A Vania le gusta imaginar que es prostituta. Más


concretamente, aprendiz de prostituta. En la vida real es
una atractiva morena de veintinueve años, azafata, jefa de
cabina de una importante línea aérea. Su marido es piloto
comercial. Tienen una hija de dos años, una agradable
parcela en Calera de Tango, situación económica emergente
y un inmejorable matrimonio: lo pasan bien en la cama y en
la cotidianidad.

Su esposo es también su mejor amigo, tanto así que


ella le ha contado esta fantasía. La comparte con él, que se
acopla perfectamente a este mundo secreto.

Frecuentemente Vania representa este sueño erótico


con su marido. Así, practican un juego de roles en que ella
es una mujer de la noche —con minifalda, botas y medias
caladas— que intenta venderse. Y él, un desconocido que va
a buscar una prostituta para satisfacerse. Todo esto es una
escenografía de luces rojas, tragos y ambiente de lupanar.

Pero lo que le atrae a ella no es fornicar por dinero, o


con hombres prácticamente desconocidos; éstos son
detalles secundarios de su fantasía. La ensoñación erótica
de Vania tiene más que ver con el rito previo del comercio
sexual, con las horas en que las prostitutas se preparan
para recibir a los clientes, con la ceremonia grupal en que
las mujeres afilan sus herramientas, diseñan estrategias de
seducción más o menos explícitamente, compiten por la
presa, se despliegan con el objetivo de calentar a los
hombres, volverlos locos de deseo y darles satisfacción
sexual.

Vania tiene una imagen favorita, una escena que vio en


una película y que ella repite en su mente para darse placer.
Imagina con especial detalle a un grupo de aspirantes a
prostitutas que están recibiendo entrenamiento como tales.
Una de ellas, algo mayor que las demás y con aspecto
provocativo, maquillaje recargado, cascabeleo de joyas
falsas, una mujer vulgar pero atractiva, hace las veces de
profesora. Se instala frente a un pizarrón donde explica la
materia a sus discípulas:

«Lo primero es obtener información respecto de lo que


el cliente espera: si le gustan morenas, rubias o pelirrojas,
altas I o bajas, con ropa de cuero, insinuantes y ajustadas o
sueltas y vaporosas, delgadas o entraditas en carnes. En el
contacto telefónico se le hace una ficha y se determina el
perfil de la chica que necesita», dice la maestra con
ademanes seguros, mirada displicente y el sonsonete
monocorde que acompaña a una asignatura largamente
repetida.

Vania, en su fantasía, es una de las aprendices que la


escuchan fascinadas, con los labios entreabiertos, atentas a
cada detalle de su cuerpo, sus modales, su tono, su manera
de moverse. Les parece que la entrenadora es en sí misma
la mejor lección de cómo seducir profesionalmente. Las
doce chicas, con sus jeans elasticados y sus diminutas
poleritas de algodón, el ombligo al aire y las pestañas
pesadas de rímel, se muestran cautivadas. Todas a un
compás, en una curiosa coreografía, siguen a la profesora
con la cabeza, los ojos y el cuello de cervatillos. Hasta que
una pregunta cuál es la mejor manera de establecer
contacto físico.
«Rapidito. No hay que perder tiempo. Tú los dejas
hablar y hablar y vas acariciándolos al tiro, haciendo como
que estás urgida, que no te puedes aguantar. Los clientes
están chatos de las esposas que les abren las piernas como
haciéndoles un favor mientras piensan en la lista del
supermercado. Hay que darles aquello por lo que pagan:
una mujer que tenga ganas, que lo pase bien, que le guste
la cuestión. Ellos quieren jugar, divertirse, tener al frente a
una mina caliente. Así que hay que tomar la iniciativa y ser
atrevida de entrada. Aquí no valen las tímidas ni las
quedadas.»

Mientras termina la frase, la entrenadora camina hasta


el fondo de la sala y saca un objeto plástico. Le pide a una
de las chicas que lo infle hasta que alcanza proporciones
humanas. Es un muñeco de goma rosado, con expresión fija,
la boca abierta y pene incluido. Lo sienta sobre una silla y
continúa la lección.

«Cuando el hombre ya está relajado, después de un


traguito y un poco de conversa, le toman la mano así,
siempre friccionando, apretando suavemente, tomándole los
dedos como si fuera la diuca, subiendo por los brazos hasta
los hombros, el cuello..., y ahí se van al pecho. Los hombres
son como gorilas, están orgullosos de esa parte de su
cuerpo. Les gusta que les toquen el pecho, incluso que les
den golpecitos ahí. Búsquenle las tetillas y se las frotan sin
dejar de conversar. Van a sentir que se les endurecen. Eso
los calienta mucho», dice la profesora, demostrando cada
una de las maniobras con singular destreza sobre el
muñeco.

«Si hay una buena reacción, sigan allí, primero con


caricias en círculos por todo el pecho, después las tetillas.
Pueden tomarlas con las puntas de los dedos y sacudirlas
un poco de esta manera... Ahora quiero que me muestren
cómo seguirían.»

Las chicas se ponen de pie una a una y muestran


diversas maniobras en el muñeco. Una le palpa los muslos,
las rodillas, la entrepierna. La siguiente le sopesa los
testículos después de morderle las orejas y hablarle muy
cerca de,la cara. Otra más se refriega contra el muñeco, lo
levanta, se pone a bailar abrazándole la espalda, va bajando
con las manos hasta el órgano de plástico y se concentra en
él. Con movimientos acompasados, lentos, fluidos, empuña
el miembro y lo frota.

Vania se siente especialmente excitada al imaginar


esta parte de la secuencia. Ve cómo la mano de la aprendiz
se mueve por el grueso aparato, adelante y atrás, adelante
y atrás, adelante y atrás. De pronto cambia el ritmo y la
acción: le da palmaditas en el miembro y se lo menea de un
lado al otro, como a la palanca de cambios de un vehículo.
Después vuelve a subir y bajar por el cilindro, ahora mucho
más rápido.

Entonces interviene Vania, quien en su fantasía se


levanta y dice: «Déjamelo, que va a eyacular». Y se apodera
del hombre de hule, se arrodilla en el suelo, se introduce el
pene en la boca y comienza a chupar con entusiasmo.

Esta es la culminación de su fantasía. Cuando está con


su marido se las arregla para llegar a este punto de la
escena con él, en un relato paralelo. Mientras imagina la
escena descrita, va representando las acciones de su mente
en la vida real, con lo que consigue generar un placer
indescriptible para' ella y su pareja.
Hacerlo con hombres poderosos
Juguemos al doctor
 

Fernanda tiene once años y estudia en un colegio


católico mixto. Ya ha dado algunos besos en la boca, no
mucho más, y ha sentido cómo se endurece y agranda el
sexo de su compañero de baile en una fiesta mientras ella
permanece abrazada a él, como si nada, mientras un
cosquilleo le recorre la columna vertebral.

En su mente también ocurren cosas interesantes. La


fantasía de Fernanda tiene un protagonista, el doctor
Rugendas, un señor de cuarenta y tantos años, medio
peladito, alto, delgado, con anteojos y barba bien cuidada,
amigo de sus padres desde que ella tiene memoria.

Es el médico de cabecera de la familia; fue el que le


detectó una peritonitis cuando Fernanda tenía nueve años, y
también el que la revisó, siempre sin sacarle los calzones,
durante toda su infancia. El doctor Rugendas la hacía
pararse contra la puerta de la consulta para medir su altura
en un cocodrilo adhesivo, le miraba los oídos con un
embudo de metal y le daba suaves golpecitos en la espalda
para saber cómo estaban sus pulmones.

Hace algún tiempo, sin embargo, dejaron de llevarla


donde este médico y ahora ella, cuando lo oye llegar a su
casa, corre a espiar todos sus movimientos desde una
ventana del segundo piso. Luego, durante el breve saludo
que puede prodigarle aprovecha de olfatear su aroma
conocido, ese olor a hombre, olor a ganas, y sube a su pieza
con los pulmones llenos del doctor Rugendas.

Fernanda espera despierta el tiempo que sea necesario


para cumplir su fantasía. En cuanto las visitas se van, acude
al living rauda y sigilosa, se baja el pijama con urgencia y
posa las nalgas en el asiento de cuero que ocupó el doctor.
Allí se queda muy quieta, sintiendo en su carne la delicia
tibia de su ausencia, esa mezcla de intimidad y asalto, una
calidez orgánica: el éxtasis, en suma.
La magia del mar
 

«Mi mayor fantasía es fornicar en mar abierto», dice


Graciela al tiempo que enciende un cigarrillo y se dispone
en actitud de confesión. En su caso, la fantasía es más bien
un recuerdo, una fijación placentera que proviene de una
experiencia que vivió.

Fue hace unos años, cuando su matrimonio estaba


naufragando, para usar su propia imagen marítima. A los
treinta y siete años, siendo una abogada en ejercicio y
madre de gemelos, la comezón del séptimo año le vino con
todo. Pero Graciela no se desgastó en terapias ni salvatajes
desesperados. Invirtió sus ahorros en una empresa que le
proveyera de cierta independencia económica y dejó que su
marido viajara mucho y se alejara sin escándalos, riesgos ni
discusiones.

«Entonces conocí a un hombre que me lamió el


ombligo. Delicioso. Eso es sexo con contenido teórico: la
lengua limpia, la lengua sana, la lengua acaricia. Es una
parte que nos queda del lobo. Lengüeteamos poco ya a
estas alturas de la historia del hombre, pero se lo hacemos
a los cachorros, a nuestras crías les tomamos el gusto para
saber si están bien, saladitas, sin fiebre, funcionando.
También le pasamos la lengua a la pareja, para comprobar
que sabe bien y que nos va a dar gusto, que es gustosa.»

Para Graciela, desde entonces lamer es signo de salud.


Y ese hombre que le lamió el ombligo se ha vuelto su
fantasía predilecta. Lo conoció en el océano; era capitán de
barco.
«Me embarqué en noviembre. Iba de mala gana, un
poco para sacarme de la cabeza el estrés matrimonial, otro
poco para poner cuatro días de distancia con un compañero
de trabajo que me tenía desconcertada, y también por
algún objetivo secundario de tipo mercantil que no viene al
caso detallar. »El comandante me llamó de inmediato la
atención, no sólo por el atractivo irresistible que despierta
en mí el poder, incluso el poder en pequeña escala, sino
porque en cuanto pasé revista a la dotación de altos
oficiales que se congregaron antes del zarpe, en el salón
principal del buque —un hermoso y cómodo armatoste de
cuatro mil toneladas, a todo esto—, simplemente no había
dónde perderse.

»Tenía unos cincuenta años, era menudo pero bien


hecho, unos setenta kilos, de complexión recia y flexible,
pelo negro, asomos de calvicie, los bigotitos típicos de
capitán de fragata, ojos de un azul intenso e iracundos
como el océano que me llevó a surcar... y, mi debilidad,
glúteos bien formados. Ahí aprendí que en los buques se
está mucho de pie, la tripulación sube escaleras noche y
día, y hay que fintear el vaivén permanente. El resultado
suele ser un par de nalgas duras, magníficas en la estrechez
del pantalón negro del uniforme. Además el comandante
resultó ser un bailarín entusiasta, estupendo intérprete —en
privado— de canciones que nadie conoce, como "La chica
de la boutique[1]". Tenía un estilo un tanto binario en la
expresión verbal, pero era inventivo y original en su único
tema: el mar. Más exactamente "la" mar, como se dice en la
subcultura naviera.»

Según Graciela, el mar y el funcionamiento de un


buque pueden producir conversaciones apasionantes si son
expuestos por un tipo que los conoce a fondo, que se
conmueve contagiosamente con nudos, anclas, popas,
proas, yardas, millas y condiciones meteorológicas, y que te
habla susurrando en medio del movimiento sinuoso del
oleaje.

«Mi capitán, muy apuesto y bien plantado, me gustó no


por buenmozo sino por su actitud. Un tipo de pocas
palabras, que debe haber sido algo así como el rey de las
casas de putas en los tristes puertos de la patria, todos
venidos a menos por la modernidad y el neoliberalismo. En
fin; un tipo concreto, simple, "físico" —como se describió
haciendo alusión a su tendencia a tocar carne humana—,
sin pretensiones intelectuales, muy cómodo y llevadero en
ese sentido.»

Graciela se reconocía agotada de los hombres muy


intelectualizados. En cambio el marino era un hombre
concreto, que consultaba cartas de navegación e impartía
instrucciones a los subalternos mientras le dedicaba toda la
atención del mundo, invitándola por ejemplo a cubierta para
mirar las estrellas, las que conocía con nombres y apellidos.

La primera jornada de la travesía la dedicaron a medir


sus fuerzas. El comandante era casado y tenía cuatro hijos,
lo que se diría un padre de familia y esposo ejemplar, pero
con la mirada del gato a la carnicería.

Entre sonrisas, miradas y coqueteos, Graciela se enteró


de que los oficiales operaban las comunicaciones de alta
mar con nombres en clave. Su comandante se hacía llamar
"Átomo". Ella, para ponerse a tono, se puso "Ameba".

Ya el segundo día de navegación Átomo acompaña a


Ameba sin disimulo. Ella toma sol en ropa interior en la
cubierta, escuchando el sonido de un mar sin comienzo ni
fin, y a su discreto y silencioso capitán, que cada cierto rato
imparte instrucciones cifradas a sus oficiales de guardia a
través de una radio portátil.
Átomo no tenía apuro. La tercera noche la invitó al
puente de maniobras: «"Zafe a estribor, caña al doscientos
cuarenta y ocho", ese tipo de cosas. Y él, estupendo, con su
walkie-talkie y la gorra de marino. Frente a nosotros un
amanecer espectacular y... la magia del mar, de la que
quedaría prisionera hasta hoy.

»Esa noche bailamos apretaditos en cubierta. Él hizo


sonar en todos los parlantes del buque una música que era
para nosotros... Y me encontré con su lengua metida en la
boca, sus manos firmes apretándome la espalda, la cintura,
las caderas, y unas ganas de que se metiera en mí y que
nunca llegáramos a puerto...»

Sin embargo, no lo muerde ni es mordida. Entran en


razón: hay demasiados testigos. El la va a dejar a la puerta
de su camarote a las dos de la mañana, muy caballero, y se
despiden como si nada: «Chao, hasta mañana».

«Pero ya había mucha tensión sexual acumulada, No


cerré mi puerta. El no se fue. Nos abalanzamos el uno
encima del otro, avanzamos como en un nudo ciego por un
pasillo hasta su dormitorio, entramos dando tumbos en las
paredes. Él intentó ir a buscar una botella de vino y unas
copas, pero yo lo agarré de la ropa y lo atraje hacia mí. El
lugar era estrecho, como un ascensor, lo que hizo que en
pocos segundos estuviera encaramado sobre mí,
empujando esas espléndidas nalgas contra mi cuerpo,
refregándose, sudoroso de ganas y de calor, levantándome
un vestidito que no opuso ninguna resistencia,
tironeándome las medias, enredándose en mi pelo, en la
ropa, ahora sí mordiendo hábilmente mis orejas, mis brazos,
mi cuello. Y yo que intentaba mantener el equilibrio,
afirmarme de una silla que se movía con el vaivén de la
marea, y responder a las deliciosas arremetidas del
capitán... Sus caricias eran desesperadas, sus besos con
bigote, besos que daban cosquillas. Esos besos que me
hacen sentir como niña chica, encantada con el dulce que
va a recibir.»

Graciela se dejó llevar por el placer que despertaba ese


hombre en todos sus sentidos. El capitán tenía una
magnífica erección bajo sus pantalones. La verdad es que
había estado allí cada tanto, como un grueso leño
escondido, desde la tarde. Disimuladamente, él le mostraba
el bulto hacía horas. Eso la excitaba mucho; lo que le ofrecía
la verga endurecida le abría el apetito, como también saber
que él sabía que su instrumento era tentador, que cualquier
mujer querría sentir ese miembro tenso abriéndose paso en
sus entrañas, moviéndose y gozando con el roce.

«Me manoseó por todos lados, a veces con cierta


brusquedad, otras con dulzura, especialmente cuando se
detuvo, largo rato, en mis genitales; de pronto me agarró
con dos dedos el clítoris y lo acarició sin compasión.»

El sexo de Graciela se lubricó hasta parecer cubierto de


mantequilla. Gimiendo, al sentir que los movimientos del
capitán se volvían más urgentes, y al ver cómo se abría el
pantalón, metía la mano y sacaba el pene hinchado y
enrojecido, vio que él lo exhibía mientras deslizaba la mano
por el órgano tumefacto.

«"¿Quieres que te lo meta?", me preguntó entre


susurros y jadeos. Yo asentí. "¡Ruégame que te lo meta!",
insistió. Fue lo que hice. Le pedí que lo hiciera ya. No
aguantaba un segundo más.

Entonces el capitán se bajó los pantalones, se tendió en


el suelo del camarote y arrastró sobre él a Graciela, en
cuclillas. La penetró de un solo y certero espolonazo que le
produjo una sensación cercana al desmayo. Graciela gritó
de placer y sintió que agonizaba de deleite con cada
milímetro del miembro que atravesaba sus húmedas
membranas.

Pero en ese momento el capitán se aquietó. Ella sentía


palpitar esa dureza en su interior, casi a punto de estallar, y
quería frotar su vagina contra la verga, pero el capitán la
retenía con fuerza, empalada, sin poder moverse.

«Nos quedamos así una eternidad. Yo trataba de


frotarme, presa del instinto que me ordenaba agitar las
caderas. El me sujetaba de la cintura. Me mantenía
presionada hacia abajo, con todo el grosor de su pene
dentro de mí, sin hacer un solo movimiento. Su rostro
estaba congestionado, tenía los ojos muy abiertos, y la
lengua buscando el aire...»

La vulva de Graciela se estrechaba en espasmos


acompasados. Le parecía que el miembro del capitán
reaccionaba a cada contracción aumentando de tamaño,
pero él seguía sin moverse, totalmente rígido. De pronto ella
sintió que espesos chorros de semen manaban en su
interior.

«El capitán emitió un gruñido de éxtasis y apretó sus


caderas contra mí.» Ella experimentó también una
explosión, un incendio, como una llave abierta, un placer
que la rebasaba y la empapaba por completo, al tiempo que
su capitán recobraba el aliento y buscaba su vientre con los
labios.

Entonces Graciela sintió su lengua en el ombligo, como


una deliciosa caricia húmeda. Luego descansaron en
silencio. Antes de rendirse al sueño, el comandante
pronunció unas palabras que se transformaron en la
obsesión y máxima fantasía de Graciela:
«Esta es la magia del mar.
El señor cura
 

Renata está casada desde hace catorce años; tiene tres


hijos, es periodista, relacionadora pública de una importante
firma hotelera, y vecina de Huechuraba. A los treinta y ocho
años se considera "rellenita pero tincuda". Su fantasía es
tener contacto sexual con un sacerdote dentro del íntimo
espacio de un confesionario. Lo relata así: «Imagino que voy
a la iglesia a confesarme con un cura que me parece súper
atractivo. El viste sotana negra. A propósito le comento con
lujo de detalles algunas situaciones lascivas mientras voy
notando su inquietud a través de una mirilla enrejada. Su
respiración se agita y yo le sigo hablando en un lenguaje
procaz, hasta que pierde el control de sus impulsos.
Entonces abre los pestillos de la mampara y comienza a
acariciarme las piernas mientras me hace preguntas
libidinosas, que contesto de la manera más calentona
posible. En poco rato, y sin contratiempos, mi mente pone
al cura a correrme mano desvergonzadamente. Me sube la
falda, me rompe los calzones, se agacha, mete la cabeza
entre mis piernas buscando mi sexo y empieza a lamerlo
con glotonería. Instalado entre mis muslos, el cura me
deleita con su lengua y con sus labios. El clítoris se me
hincha al húmedo contacto de su lengua puntiaguda. La
saliva del sacerdote se hace abundante, espesa, lechosa, y
se confunde con el néctar de deseo que produce mi
abertura.

»Me estremezco entera con cada uno de sus


chupetones. Siento afuera a otras personas que quieren
confesarse. Otras mujeres que vienen en busca de lo suyo.
Deberán esperar que el señor cura termine su tarea. Ya
estoy a punto de aliviarme, voy a acabar, aprieto los
muslos..., ya viene el placer».
Mi general
 

Isabel es una mujer muy bonita, distinguida, con clase.


Tiene treinta y siete años y es una profesional exitosa en el
negocio editorial. Viste con gusto exquisito, lleva las uñas
perfectas y un anillo de oro blanco y brillantes que debe
costar más que mi auto. Nos reunimos en un café, donde
me cuenta que está separada, tiene dos hijos escolares y
vive en un elegante barrio residencial.

Al cabo de tres capuchinos, un croissant y una vitamina


de naranja, la conversación entra en tierra derecha. Isabel
hace referencia a una historia que «una amiga mía escuchó
de otra amiga y que sé que te va a interesar». Aunque
aclara que no le pertenece, la bella Isabel se acomoda en la
silla y relata en primera persona —con matices, susurros e
inflexiones dramáticas— esta fantasía supuestamente
ajena:

«El general entró sorpresivamente. Supe que era él, a


mis espaldas, porque tanto el coronel como su ayudante se
levantaron de sus asientos como por efecto de un resorte, y
saludaron con brazos y tacones. Se veía guapo, muy guapo,
como siempre, con su impecable uniforme, sus charreteras
de alto mando, sus minervas y otras insignias sobre el
pecho esbelto, y los lustrosos zapatos del 43.

»Yo me quedé sentada; demoré mis movimientos una


eternidad, hasta que el general estuvo frente a mí, de pie,
su cintura muy cerca de mi cara, su olor de macho bien
duchado, su torso enhiesto bajo el uniforme, su cuello, sus
ojos de lobo, su mano firme extendida hacia mí con gallarda
cortesía.

»Saludé distante, pero cumplimos el rito de cruzar una


mirada, un breve relámpago de chispazos y ardores que
trajo la promesa de un descalabro, de un olvido de toda
culpa y todo mundo y toda gente. Fue solo un momento y
ya estábamos hablando con gestos y tono cuidados,
adecuados, de los temas profesionales que nos convocaban.

»Desde la primera vez que lo vi, en un cóctel de


embajada, este intercambio de miradas breve y tumultuoso
se había hecho tradicional. Un rito entre nosotros. Esa vez di
vuelta una fuente de ostras de pura impresión cuando
apareció, también a mi espalda, y me dijo: "¿Me permite
una copa de champaña?".

»Ambos nos abalanzamos al suelo para recoger el


desastre entre mutuas y atropelladas disculpas; en la
penumbra de las mesas enmanteladas, sentí que me
quemaban sus ojos hambrientos solo segundos antes de
que sus escoltas lo separaran de mí y se lo llevaran como
en una corriente marina hacia el otro extremo del salón,
donde no existiera el peligro de comensales de tanta
torpeza manual.

»Hasta entonces sólo nos vimos en situaciones


formales, pero un flujo invisible tensaba el ambiente cada
vez que ocupamos el mismo espacio. No sólo yo lo sentía. El
también. Y las miradas y rumores entre los otros
únicamente se refrenaban en algo porque él es "el general".
El caso es que, cada vez que nos encontrábamos, mi
turbación casi me impedía pensar. Cuando se me acercaba,
hacía grandes esfuerzos para seguir el hilo de la
conversación. Sin embargo oía el desorden de sus latidos,
sentía su deseo solapado, el pulso encabritado y la mirada
de lobo de mi delicioso general.

»Tal vez todo fuera producto de mi imaginación.


Aunque no, definitivamente no fue fantasía la erección que
noté en sus pantalones la vez que subimos en un ascensor,
silenciosos, los cinco pisos hasta su oficina en la
comandancia. Pero nunca estuvimos en privado. El
protocolo indicaba que nuestras conversaciones debían
incluir al menos un testigo.

»El general me buscaba —y me encontraba— en


ceremonias y eventos militares, se instalaba unos instantes
frente a mí sin decir ni hacer nada más que mirarme con un
ruego en el fondo de los ojos, apenas el tiempo suficiente
para dejarme marcada con su sello de futuro placer, con la
certeza de ese misterioso y gratuito deseo que
irremediablemente nos iba a atrapar algún día.

»Esta vez, tras unos minutos de conversación amena y


trivial, de pronto ordena al coronel y a su ayudante que se
retiren. Quedamos ambos abandonados en el naufragio de
nuestras cavilaciones; él muy serio, sin moverse un
milímetro; yo rogando que nada se saliera de su curso y a la
vez que ocurriera ya la explosión que me parecía inminente
e inevitable.

»Su voz me acaricia a menos de un metro, y va


acercándose. Me ordena dulcemente que me apoye en el
escritorio y abra las piernas, sin tocarme. No lo miro.
Obedezco con parsimonia; siento su respiración. Sé que él sí
me mira, como un perro hambriento, salvaje, feroz.

»Me dice que quiere verme así, con las piernas abiertas
para él, entregada a sus ganas, sumisa, sometida.
Comienzo a acariciar mis propias piernas como si fuera él
quién lo hace. Me pide, en un susurro ronco, que le muestre
más. Deslizo mis calzones hacia abajo y sé que puede ver la
humedad entre mis piernas; siento su contención, su fuerza,
como si el mundo se fuera a acabar en el instante siguiente.
Pero allí estamos y es tarde para retroceder.

»Me atrevo a levantar la vista y lo veo trémulo, agitado,


hermoso, dispuesto. Me observa. Estoy tocando
desvergonzadamente mis genitales. Se levanta y avanza
hasta mí, sin apuro. Pone uno de sus dedos en mis labios,
me lo mete en la boca con dulce desesperación. Lo mueve
adentro y afuera mientras yo lo succiono como a un
chupete. Con la otra mano toca la punta de mis pechos. Es
hábil. Sabe hacerlo. Huele a animal encabritado y emite
unos gruñidos tiernos.

Me saca el dedo de la boca y va dejando una estela de


saliva marcada en mi piel, un camino que se desliza
lentamente hacia mi vientre, mis piernas, mis muslos.

»Su dedo índice entra suavemente en la blandura del


pubis, y con diestras maniobras acompasadas busca los
lugares más secretos. Quiero que siga, que apure los
movimientos y me haga gozar. Me pregunta si estoy
excitada. "Te quiero bien caliente", me dice, mientras sigue
estimulando mis pechos y mi boca. Entonces se baja el
cierre del pantalón, saca un miembro inflamado y
enrojecido, y lo exhibe frente a mi cara.

»Sé que va a poseerme. Sé que va a penetrarme ahí,


sobre el escritorio del coronel. Sé que su delicioso pene
entrará en mí haciéndome olvidar todo lo que ocurre en la
calle, a la gente, que sigue su día sin mayor novedad,
mientras yo estoy a punto de ser atravesada por un hombre
de uniforme...».
Ser violada
El masajista
 

Rebeca está histérica porque no se pudo depilar.


Recurrió a la gillette hace dos días y ya le asoman pelos
vigorosos, gregarios, como una colonia de penicilina en las
axilas, la entrepierna y las pantorrillas, que se ven feos y se
palpan peor aún.

Ella es oficial del Ejército de Chile, casada, madre de


dos hijos universitarios. Su uniforme la obliga a andar con
polleras y el verano arrecia, por lo que unas panties
disimuladoras quedan descartadas. No le importa tanto el
detalle en el trabajo, lo insoportable es que por la tarde
tiene hora con su terapeuta, un quiropráctico, un masajista,
y eso sí que la pone nerviosa.

Se lo recomendó hace ya siete meses una colega con la


que elude comentar sus bondades. A la pregunta clásica de
«¿Cómo te resultó?», ella responde: «Bien, gracias, ni un
problema». Nada más.

Rebeca va todos los lunes al masajista. El es un hombre


muy callado, no muy apuesto, ancho, fuerte, con vello en el
pecho, que se le asoma por el cuello de la camisa, bajo la
bata blanca, y una cadena de oro que parece contenta en su
torso mullido y firme. Es ciego. Completamente ciego.

La oficial lo comprobó en las primeras sesiones: al


principio se sacaba la ropa con aplomo, se tendía en la
camilla de hospital e intentaba relajarse a pesar de su
desnudez poniendo atención a la música de trompetas y
oboes que sonaba de fondo; pero en cada momento se
encontraba dudando de la incapacidad del masajista,
haciendo infantiles pruebas como mirarlo repentinamente a
los ojos o ponerle obstáculos materiales en el camino para
ver si los eludía. Pero nada. El tipo es ciego de verdad.

Por eso se dedicó a los masajes. Por eso su clientela es


exclusivamente femenina. Por eso palpa como los dioses.

Rebeca sueña con sentir sus dedos milagrosos


masajeándole el clítoris. El masajista ciego —que además
parece mudo pero no lo es, porque todas las sesiones la
recibe con un «Hola, desnúdese y tiéndase en la camilla
boca arriba— comienza por los pies y va subiendo por las
piernas con fricciones enérgicas, circulares, rítmicas. Luego
se va al otro extremo y le masajea los hombros, los
alrededores de los pechos, las costillas, la cintura, el
estómago...

Rebeca apenas puede contenerse. Quiere que el


masajista pierda el control, que no se salte el pubis ni los
pezones. Desea ardientemente que deje de ser tan correcto
y confiable, que se vuelva loco y que sus manos grandes y
fornidas la hagan gozar de frentón. Imagina que el
quiropráctico comienza a rozarla, friccionarla y apretarla ya
sin contenciones, y que ambos se deleitan y saben que se
deleitan entre amasamientos y golpecitos.

Cada vez que el masajista va llegando a su entrepierna


a Rebeca le parece tan fácil que él se permita no detenerse,
sobrepasar el borde cosquilleante y encendido de la ingle,
no decir nada y seguir avanzando, hurgando suavemente en
su interior, moviendo sus hábiles dedos en círculos
concéntricos, embadurnados con crema y el sudor de
ambos: ella, incapaz de resistirse, sin voluntad por efecto de
las tocaciones neurosedantes, pero con el alma en un hilo, y
el masajista ciego manoseándola, descubriendo poros
perdidos, células danzarinas, secreciones espumosas de
deseo, manipulándola con sus sabios nudillos como lenguas
de perro, sacudiéndola hasta el final.
Violada en la playa
 

Marta es estudiante de enseñanza media, soltera; vive


en Coquimbo, en una pensión. Tiene diecisiete años. Nació
en Copiapó, no conoce Santiago y quiere ser modelo o
promotora. Así describe su fantasía favorita.

«Yo estoy tirada en la playa, tomando el sol, con bikini y


anteojos oscuros. La playa está desierta. Escucho el mar, las
gaviotas, las olas, que me adormecen. De repente se me
echa encima un hombre. Me salta el corazón al sentir ese
cuerpo pesado sobre mí, la respiración en mi cuello, sus
manos, que me buscan los senos y me bajan los calzones...
El tipo intenta violarme.»

Desde que Marta se fue a estudiar a Coquimbo es


frecuente que vea marineros en el centro de la ciudad. Son
hombres robustos que usan camiseta blanca, pantalones
azules muy ceñidos y un gorrito blanco como el de Popeye.
Tienen tatuajes en los brazos y una cadena de identificación
en el cuello. Marta no ha cruzado palabra con ninguno de
ellos. Su único lugar de encuentro con un marino es la
fantasía.

«Me imagino sus espaldas anchas, sus nervios y sus


músculos a través de la camiseta. Me da miedo, pero
también un gustito rico. Es brusco, pero no me hace daño.
Aunque no le veo la cara, su cuello y sus espaldas me
parecen bien hechos y tiene un aroma que me gusta... Yo
me resisto, pataleo, intento separar su boca de mis pechos,
trato de sacármelo de encima, pero él logra sujetarme las
manos y las piernas y me mete la lengua en la boca.
Después me dice al oído que me quede tranquilita, que
tiene una cosa para mí que me va a gustar.

»Me saca el bikini a tirones, me agarra la vagina como


un desesperado y mete los dedos. Me dice que estoy
mojada..., que estoy lista para recibir una buena pichula que
me haga gozar. Con esas palabras, tal cual. A esas alturas
yo estoy bien excitada. En realidad yo misma digo en voz
alta las palabras que él me dice en la mente. Yo misma me
estoy tocando y mi sexo está húmedo de deseo. Imagino
que el hombre me acerca su miembro y lo posa en la
entrada de mi sexo. Con su mano lo mueve en círculos
alrededor de la abertura... Eso me hace casi acabar. Quiero
que me penetre, pero él me toma del pelo y me acerca el
pene a la boca. Siento un olor fuerte a orina y falta de
higiene que me provoca asco, pero él me obliga, me lo
sacude en la cara y luego dentro de la boca.

»De pronto me lo saca de la boca con brusquedad, baja


y me penetra. Siento un estremecimiento en todo el cuerpo,
imagino que sus testículos se bambolean y que su pene
choca una y otra vez con el fondo de mi sexo. Siento cómo
se aprieta mi vagina, cómo succiona ese trozo duro de
carne que me da placer en cada embestida... En mi
fantasía, abro las piernas y las cruzo sobre su espalda. Él
mueve su cosa inflamada, con el glande enorme. Esa
imagen me produce un orgasmo muy intenso.»

La fantasía de Marta llega hasta ahí, no tiene escena


final o resolución. Es la escena a la que recurre cada vez
que quiere desahogar sus deseos. En el momento en que
imagina que el órgano sexual del violador la ha penetrado
experimenta lo que ella describe como una «excitación
cruda». Eso le produce un enorme placer.
Ver o ser vista
De a tres
 

Marcia estaciona su Audi plateado en el segundo


subterráneo de un centro comercial. Está espléndida, como
todos los martes y jueves a las once de la mañana. Se hizo
las uñas de pies y manos, se perfumó con Amarige de
Givenchy, se alisó el pelo, se maquilló y se vistió a
conciencia.

Un pasillo adelante se estaciona el Montero Sport verde


que ella espera. Baja su amante, también almidonado y
compuesto, camina hacia ella sonriente, sube al Audi muy
canchero, seguro de sí mismo, y parten al motel de siempre.
Prefieren uno de Vivaceta para no volver a pasar el susto de
divisar a alguien conocido, como les ocurrió en La Reina.

Ya en la escena del crimen, Marcia y su amante repiten


su ritual con mínimas variaciones: primero esperan que una
bandeja teledirigida aparezca en el vano de la pared: abren
las papas fritas, prueban unos canapés trasnochados, se
toman un trago para alargar el deseo, no importa nada lo
que hablan porque no es más que un muestrario de la
gestualidad del cortejo. Ella hace arrumacos con los labios,
él saca pecho y se pasea como un pavo real; ella se mira al
espejo curvando el puente de su espalda, él se saca la
corbata y se desabrocha la camisa como en un comercial de
desodorante; ella levanta el trasero ataviado con un
colaless negro, él la toma como a la fuerza; ella hace como
que se resiste, se arranca, él la persigue, la agarra de un
pie, la tira en la cama, le levanta las piernas y la penetra
con ímpetu, ella se queja y dice que no, que no, que le hace
daño, él siente un ruido en la cerradura, ella dice que
alguien viene, se detienen sin detenerse, él sigue
moviéndose sobre ella, ella ondula las caderas y aprieta las
rodillas para retenerlo, pero ambos miran a la puerta...

«¡Oh, no, es mi marido!», dice ella. «¡Nos encontró!


¡Está mirando cómo te lo hago!», dice él. «¡Nos va a
matar!», sigue ella. «¿Qué le pasa?, parece excitado», dice
el amante. Y continúan, a pesar de que en realidad no hay
nadie más que ellos en la habitación... Nadie, salvo ellos en
su complicidad, en su juego, en el que es imprescindible
contar con un tercero.

«¿Por qué nos mira así? ¡Ah, quieres lo tuyo! Ven, te


deseo a ti también...» Y la pareja continúa, turnándose con
un otro imaginario.

Ésa es la fantasía de Marcia, que su marido y su


amante le hagan el amor al mismo tiempo, en perfecta
armonía, sin más miramientos que el placer de cada uno.
La mirona
 

Paulina tiene cuarenta y seis años, es soltera y no tiene


hijos. Trabaja en el departamento de marketing de una
empresa textil, tiene un sueldo razonable e interesantes
perspectivas profesionales.

En el plano sentimental, dice no tener un compromiso


estable, pero sale con varios hombres. «Mi apetito sexual
nunca fue unidireccional. Siempre me atrajeron muchos
hombres a la vez. Creo que no estoy hecha para tener una
sola pareja en la vida. Lo encuentro una lata.»

Paulina es voyerista. Le gusta mirar a otros mientras


tienen sexo. También le produce placer verse a sí misma en
pleno acto sexual con uno o más hombres, para lo que, en
su fantasía, utiliza un gran espejo.

Sus ensoñaciones están vinculadas con las imágenes


más ardientes que ha observado mientras espiaba a otros, u
observaba sus propias relaciones sexuales. El origen de
estas ensoñaciones lúbricas está en una experiencia
temprana.

«Yo tenía unos quince años. Me gustaba un vecino con


el que nos encerrábamos a atracar en el garaje, dentro del
auto de su papá, hasta que nos llamaban a tomar onces.
Pero también me inquietaba el doctor Santis, un apuesto
médico de cabecera que visitaba mi casa, un señor de
barba, serio, bien callado, que llegaba con un maletín y sus
anteojos y que pasaba seguido a vernos aunque nadie
estuviera enfermo.
»El doctor conversaba un rato con mi papá en el
repostero, se tomaban un café, a veces incluso jugaban a
las damas. Después se levantaban los dos y el doctor Santis
se metía con mi madre en la salita. Mi papá salía a regar el
pasto o a leer el diario, sin mostrar ninguna inquietud,
mientras ellos se quedaban en esa pieza haciendo algo que
muy pronto me encargué de averiguar.

»Un día me atreví a esconderme detrás de una mesa


ratona que había en la salita. Ellos entraron, cerraron la
puerta y mi madre, que estaba bella y sonrojada, se sentó
en el sofá. Le ofreció una taza de té al doctor, que él
rechazó mientras se sentaba en la alfombra, muy cerca de
ella, y le besaba la mano, el brazo, los hombros, el cuello,
con gran familiaridad. Era evidente que mi madre no estaba
sorprendida, y que le agradaba. Entonces ella se tendió
sobre el mismo sillón donde estaba. Yo la veía cerrar los
ojos, deleitándose con los besos del amigo de mi padre.»

Desde su escondite, Paulina pudo fisgonear toda la


escena. A pesar de la impresión, y del ardor que le
provocaba lo que veía, intentaba mantenerse silenciosa
para no ser descubierta. Vio cómo el doctor acarició con
suavidad los muslos y las caderas a su madre, marcando en
la ropa las formas de ella, que lo miraba y se estremecía.
Miró la forma en que ella observaba, insistente, el bulto en
sus pantalones. Sintió los gemidos, suspiros y quejidos de
ambos.

«Comencé a sentir cómo sus respiraciones iban


subiendo de tono, a la vez que la leve agitación inicial de mi
madre daba paso a movimientos más rítmicos, como una
espontánea danza sin música. Adelantaban las caderas, se
separaban y se volvían a reunir.
»El doctor Santis corrió cuidadosamente las ropas y
dejó descubierto las blancas nalgas de mi madre, que
temblaban y se movían, cada vez más frenéticas. A ratos,
ella intentaba quedarse quieta, entonces él intensificaba las
tocaciones: subían sus finas manos por las costillas y
cuando iban a llegar a los pechos se devolvían dejando a mi
madre con un suspiro ahogado en la garganta y la boca
entreabierta. Bajaban hasta sus rodillas y las apretaban,
abriéndole un poco los muslos. Luego masajeaba sus
pantorrillas y le levantaba la falda. Ella elevaba las rodillas y
parecía querer abrazarlo con las piernas.

»De pronto, el doctor la tomó de un brazo, la llevó


hasta la alfombra y la puso allí de rodillas. Luego se instaló
de espaldas a ella, con el torso en el sofá, los pantalones
abajo, jadeante, ofreciéndole las nalgas. Ella le besó el culo
y comenzó a lamérselo como al hueco de una jugosa
sandía, cada vez más rápido. Parecía gustarle mucho a
ambos.»

Esta escena, que marcó las fantasías de Paulina, le


produjo una enorme excitación. Su mano buscó
instintivamente sus genitales, que bullían de escozores
tibios. Notó que se había empapado de un líquido espeso y
desde su escondite se alivió recorriendo el exterior de la
vulva con la punta de los dedos.

El ardoroso panorama que tenía frente a ella le parecía


hermoso y excitante; nada le importó ver a su madre con
otro hombre. Al contrario, le pareció que el placer que se
prodigaban esas dos personas frente a ella era contagioso.
Sintió que se extasiaba con el sonido de esa lengua, la de su
madre, batiéndose y saboreando la zona anal del doctor, lo
que producía un estremecimiento rítmico de todo el cuerpo
masculino.
«El doctor Santis se dio la vuelta y dejó ver una verga
larga, flaca y muy tiesa, plagada de venas moradas y rojas y
con el capullo expuesto. El mismo se la tomó y la movió con
energía, exhibiéndosela a ella, que parecía deslumbrada y
que comenzó a asirle los hombros y atraerlo hacia ella. Él
continuaba erguido y resistente, meneándose el miembro
hacia atrás y hacia delante, con evidente expresión de
calentura. Iba a acabar en cualquier momento.

»Ella se sacó la falda y unos calzones blancos no muy


seductores que llevaba. Se curvó para ofrecerle el trasero y
se lo abrió con ambas manos. Vi que el orificio anal se abría
y se cerraba a la espera del miembro del doctor.

»La espera me pareció interminable hasta que él


comenzó a penetrarla lentamente, mientras ella gemía y
suplicaba por más. El doctor introdujo entonces todo el
miembro, hasta la base, y comenzó a moverse en largos y
profundos espolonazos. Ella también se movía cada vez en
forma más violenta, hasta que él respondió con empujones
potentes mientras le sostenía las caderas, hundiendo sus
dedos en la blanca carne de mi madre.»

Detrás de la mesa ratona, Paulina estallaba a la vez en


un orgasmo intenso, estimulado por sus propias caricias
pero sobre todo por la escena de la que era testigo. Tuvo
que hacer grandes esfuerzos por aguantar el grito de placer
que le nacía, espontáneo, desde el fondo del alma. Lo logró
y no fue descubierta, ni esa vez ni las siguientes, en que
observaría desde el mismo refugio secreto la aventura
sexual de su madre.

Se le hizo un hábito espiar. Mirar a escondidas le


producía tanto o más placer que practicar el sexo ella
misma. ¡
«Imagino que me lo hacen a mí o que yo lo hago. Esas
escenas son un tesoro guardado en mi mente, a las que
recurro cada vez que necesito sentir placer.»
Encuentro de ex alumnos
 

Flora tiene cuarenta y seis años, es casada,


antropóloga, tiene tres hijos y vive en Maipú.

«Cuando estoy sola o siento cierta comezón en el sexo,


pienso siempre en una situación imaginaria: tengo una
fiesta con mis compañeros de colegio. Manríquez, un
antiguo condiscípulo que me llama cada tres o cuatro años
para invitarme a la reunión de ex alumnos, se ofrece para
pasarme a buscar. Yo le espero muy arreglada, con un
vestido rojo escotado, tacos altos, medias negras con
liguero. Subo a su auto dispuesta a hacer recuerdos
nostálgicos.

»Esta vez Manríquez me parece atractivo, a pesar de


que en la infancia era insignificante. Tiene bigotes, unas
manos grandes, nariz y mentón prominentes, el cuerpo
fornido. Me mira de reojo las piernas. Lo siento turbado,
ansioso, mientras hablamos de cosas sin importancia. Me
río por cualquier razón, él responde mostrando una blanca
sonrisa y extendiendo el torso como queriendo mostrarme
su potencia. Estira su mano y la pone sobre mi rodilla.
Avanza por el muslo mientras sigue manejando. Es como un
explorador entrando en una selva. Exquisito. Abro las
piernas. Manríquez casi pierde el control del vehículo. Pero
hemos llegado al lugar del encuentro. "Ya habrá tiempo para
retomar nuestra conversación", le digo, coqueta.

»Entramos en la casa y vemos una escena increíble e


inesperada. Todos mis ex compañeros están desnudos y se
ha desatado una verdadera orgía. Hay grupos por aquí y por
allá, gente tocándose, lamiéndose, teniendo relaciones
sexuales en un ambiente de fiesta. No reconozco a ninguno
de los presentes, un montón de desconocidos que están
excitados y alegres. Algunos se masturban, eyaculan sobre
los otros o intercambian parejas. Nadie parece contrariado,
confundido o antisocial.

»Casi de inmediato Manríquez intenta retomar las


caricias del viaje en auto. Me sube la falda, busca
nuevamente la humedad y sus dedos se hunden entre los
pliegues sedosos. En ese momento llegan hasta nosotros
dos hombres y una mujer, nos ofrecen unos tragos y
comienzan a sacarnos la ropa entre risas y miradas lascivas.
Mi cuerpo se tensa al sentir caricias en los pechos, las
nalgas, las caderas. Uno de los hombres me besa el cuello,
las orejas y la espalda. El otro oscila desde atrás de mí con
suaves embestidas hacia mi trasero.

La mujer me tiende boca abajo en un sofá y saca el


sexo de Manríquez fuera de sus calzoncillos.

»Su herramienta emerge imponente y tiesa, seguida de


un par de testículos peludos. La mujer le agarra el pene con
familiaridad y lo frota hasta hacerlo crecer aún más.
Manríquez no deja de mirarme mientras la mujer hace que
la cabeza de su órgano se vuelva bulbosa y púrpura, con el
tallo cubierto de venas y duro como una roca. Esa visión
imaginaria me produce mucha excitación. Veo el órgano
congestionado en primer plano, imagino que la mujer lo
soba como a una joya mientras Manríquez me mira. Sé que
se prepara para mí.

»Siento una corriente de placer que me une a los otros.


Uno de los hombres introduce su garrote en la vagina de la
mujer y entra en ella con empujones que van aumentando
de velocidad. Ella jadea y disfruta las rápidas penetraciones,
pero no desatiende a Manríquez. Atrae el pene hacia su
pecho y lo abraza entre sus inflamadas tetas, meneándolo
allí con insistencia. El otro hombre me abre las piernas y
juega en mi ano con un dedo. El rostro de Manríquez se
enrojece, su respiración se acelera, emite una especie de
gruñido. Se libera de la mujer y avanza hasta mí; me
levanta por las caderas, dirige su órgano hacia mi sexo y lo
frota en la entrada con cierta contención deliciosa.

»Los demás me acarician y me besan mientras se


complacen unos a otros. Todos a mi alrededor están
gimiendo de placer, intercambiando sus penes y sus
vaginas sin ningún recato. Manríquez continúa su danza con
breves embestidas, su garrote yendo y viniendo por mi
jugosa hendidura. Le suplico a gritos que me penetre. La
mayoría de los presentes me observa, sin detenerse. Todos
ven cuando agarro el tallo inflamado de Manríquez y me lo
meto desesperada para que me llene entera. En esta
imagen de mi fantasía creo sentir materialmente el tenso
órgano entrando en mí hasta el último centímetro,
llenándome hasta el delirio.»
Dar de mamar
Que me chupe los pechos
 

Mariana es jefa de cajeras en un supermercado y tiene


cuarenta y dos años y cinco hijos. Una cifra moderada para
alguien cuyo mayor placer sexual consiste en dar de mamar
o fantasear con que otro ser se alimente de sus pechos.

Aunque ha leído en algunas novelas e incluso en


literatura médica acerca de esta fijación erótica, cree que el
suyo es un caso «bien especial» y me cuenta que la tarde
en que se hizo su primer pronóstico casero de embarazo —
en el baño de su departamento de soltera, en las masivas
torres de Fleming—, comenzó un recorrido sorprendente.
Durante los ocho meses siguientes ningún misterio le fue
revelado, salvo uno, el único sobre el que no se hizo jamás
una pregunta porque simplemente no se le ocurrió que
podría perturbarle de esa manera: la fuerza erótica de sentir
una presión nutritiva en los pechos, unas puntadas
eléctricas que le anunciaban la urgencia de tener a alguien
succionando sus pezones agigantados.

Lo que sí quedó en evidencia durante su primer


embarazo y los que siguieron fue una serie extensa de
mitos que rodean la reproducción. De partida, el polvo
fundacional era eso, un polvo, es decir, tan bueno como
suelen ser, pero no hubo estallido de galaxias ni
estremecimientos de constelaciones ni indicaciones
luminosas de que se estaba produciendo en ese acto
preciso ningún milagro.
"Tampoco llegó a ocurrir jamás la comunicación
extrasensorial —intra, en este caso— de la que había
referencias. Por más que se acarició la guata, cantó y habló
en simulacro con el nuevo individuo, la verdad es que a
cambio recibía sólo silencio y su sensación era más bien de
ser un cuerpo usurpado. Se sentía invadida por alguien del
que tenía pocos datos, y cuya presencia de pez era bastante
asimilable a la de un gas intestinal persistente.

Y así, en esos largos e incómodos meses introspectivos,


junto con várices, estrías, caries y panza, lo otro que le
creció fue la curiosidad, la incertidumbre y un gusto
desconocido por tocarse los pezones. Se habían vuelto
oscuros, porosos, y su piel se había engrosado como corteza
de nogal. Pero lo más notable era la sensibilidad que se
despertó en la punta de sus pechos y en el olfato. Podía
olfatear el sudor de un hombre a un kilómetro. Y ese aroma
picante hacía que sus pechos se transformaran en fuentes
que lanzaban chorritos de leche sin parar y que le exigían
que los pellizcara para aliviarse.

Mariana dice haber sentido la compulsión de palpar ella


misma sus pezones en muchos momentos, estimulada por
el roce de la blusa, por una mirada masculina a sus
protuberancias mamarias o por el simple latir de su
imaginación. Entonces los tocaba y estiraba suavemente
hasta sentir un placentero manar de leche. Podría decirse
que se ordeñaba a sí misma, de una manera tan deliciosa
que se le transformó en una costumbre, una que llegó a
practicar a diario.

En el momento del parto tuvo la clásica visión de la


vida después de la vida, con el quirófano en cámara
subjetiva, lentitud en la percepción, por la raquídea, una
matrona con paradójica mascarilla superpuesta en aros de
fiesta y blusa de lentejuelas, y dos médicos que le
amasaban y le abrían en el vientre con destreza de
carniceros.

«Tranquilita, tranquilita, respire, tranquilita», le


imploraba la de los aros, con el sobajeo de brazos tan propio
de los chilenos en trance hospitalario. Lo más claro en
medio del todo confuso fue un sonido líquido procedente de
la entrepierna, algo así como un mar tibio fuera y dentro al
mismo tiempo.

Después, todas las caras la miraban y le hablaban


cosas que no pudo escuchar. Le acercaron un bultito. Un
trozo de carne con forma humana que latía ahora en su
cuello, afuera, sobre su pecho, inexplicable... Olfateó a la
criatura y entonces fue cuando sintió la imperiosa necesidad
de que el niño se le pegara a las tetas y comenzara a
chupar.

El impulso le sobrevino primero de manera vaga, como


una textura en el aire, un cierto vaho caluroso, orgánico, de
células en eclosión. Se le instaló en los pechos una ternura
perezosa, con cierto tamborileo de quedarse para siempre...
Un rumor de camas usadas, la cama revuelta de sus padres
en las mañanas. Una esencia de cuerpo bullente, como de
átomos y núcleos y electrones chocando y mutando, que le
producía una urgencia de amamantar más allá de todo
control. Esa fue la primera vez que experimentó
conscientemente el deseo que se le volvió fantasía.

Al comienzo Mariana se extrañaba de sí misma por este


deleite del que no tenía referencias. Otras mujeres se
quejaban de los desagrados del acto de «dar papa».
Hablaban de llagas en los pezones, de glándulas mamarias
congestionadas, e intentaban interrumpir la lactancia
materna lo antes posible. Ella en cambio —y siempre su
entorno aplaudió su actitud— prolongó al máximo su ritual
lácteo con las cinco criaturas que trajo al mundo,
disfrutando secretamente del placer que algo muy diferente
del instinto maternal motivaba. En cada mamada de sus
criaturas se le encendían las entrañas de una manera
inequívocamente lúbrica que ella, nunca reprimió.

Paralelamente, cada vez que se acostaba con un


hombre imaginaba que su amante le buscaba los pechos y
se pegaba a ellos succionando alimento. Ese pensamiento
ha bastado hasta hoy para excitarla hasta el borde del
orgasmo.

Mariana no necesita que su fantasía se haga realidad.


Sabe que esta succión puede mantenerse sólo en su
cabeza, como un estímulo adicional durante el acto. Pero
reconoce que le resulta extremadamente placentero cuando
su compañero avanza hacia sus pechos, abraza con la
palma de la mano sus globos mamarios, manipula sus
pezones con habilidad, con pequeños pellizcos y tirones, o
rítmicas palmaditas que los hacen erectarse. Mejor aún si él
sigue hostigándole las mamas sin piedad cuando se monta
sobre ella y la penetra, bajando la cara hasta ellos y
mordiéndolos con dulzura para luego palpar los pezones con
la lengua en punta, mientras bombea con la verga una y
otra vez en su húmeda vagina.

Cuando imagina que esto sucede, al avanzar hacia la


imagen de su amante chupándole los pechos, sorbiéndole
los pezones, Mariana llega al borde del clímax. Siente que
sus mamas producen un líquido, algo que ella identifica
como semen fresco, un fluido espeso que le mana como en
ráfagas. Imagina que ese líquido viscoso llena la boca de su
amante, como una eyaculación, y que éste sigue chupando
hasta saciarse. Es el momento en que Mariana siente
contracciones involuntarias y rítmicas en el clítoris, y un
placer que se disemina en chorros de secreción láctea
desde los pechos.
El padre y otros incestos
La voz del padre
 

Elisa es traductora, tiene sesenta y seis años, un hijo,


una cómoda casa en provincias. Está separada de su primer
marido y mantiene una relación estable con un arquitecto
jubilado que vive a pocas cuadras.

Me advierte que su testimonio es delicado. Las pocas


veces en la vida que ha comentado con alguien su fantasía
ha recibido de vuelta miradas horrorizadas o consejos
compasivos. Ni pensar entonces en compartir el origen de
sus ensoñaciones, que está anclado en una experiencia de
la vida real.

«El incesto es el gran tabú sexual y moral de la


sociedad civilizada. Sin embargo, un alto porcentaje de las
mujeres nos iniciamos sexualmente en una relación con
nuestro padre o padrastro. Una cantidad no despreciable se
embaraza y tiene hijos de esta unión. En general no se trata
de encuentros puntuales sino sostenidos en el tiempo, por
muchos años... Es un tema que no tengo resuelto, es muy
complicado, extremadamente complejo. Yo sólo puedo
contarte mi experiencia, que no tiene nada de traumático»,
asegura.

Me habla de los hombres que poblaron su vida


sentimental. El recuento no se sale de la norma: cuatro
pololos de adolescencia, un novio que se convirtió en
marido, un apoderado del curso de su hijo con el que tuvo
una relación extramarital durante un año, dos relaciones
importantes después de separarse.

Hasta allí todo parece previsible, pero de pronto Elisa


hace una inflexión en el relato, me observa y continúa, pero
esta vez como si sacara capas a una cebolla:

«Pero mi fantasía secreta siempre fue mi padre. Bueno,


era un hombre hermoso, tenía piernas largas, una estampa
muy aristocrática, trajes hechos a medida. Pero lo que más
me gustaba de él era su voz. No se reía nunca y era
silencioso, de muy pocas palabras, pero tenía una forma de
hablar muy seductora, serena y segura, que regalaba en
muy contadas oportunidades, y que habría derretido a
cualquier mujer... incluso a una niña».

El padre de Elisa fue un boticario que logró hacerse de


un negocio modesto pero próspero, que les permitió vivir
con cierto desahogo económico.

«En provincia el farmacéutico era, en esos años, una


persona importante. Mi padre gozaba de prestigio social, era
muy bien considerado como hombre de trabajo, serio,
confiable, dispensador de consejos razonables. Era un
hombre culto, a pesar de que nunca fue a la universidad.
Leía, leía y leía. Su biblioteca era un completo muestrario de
lo más granado de la literatura universal. Con decirte que
Vicente Huidobro pasó una vez por Ovalle y se interesó
mucho por la biblioteca de mi padre. Estuvieron allí
fumándose unos puros cubanos y disfrutando de esos libros
empolvados. Huidobro también era un hombre muy
atractivo, con una sonrisa espléndida y un áspero sentido
del humor. Celebró mis trenzas y me recitó un poema sobre
una niña y una vaca que me hizo reír. Pero mi padre me
gustaba más.
»La atracción por él se me hizo irrefrenable desde una
vez que lo descubrí fornicando con la verdulera en la
farmacia. Me asomé a mirar porque sentí a una mujer que
gemía... Los vi, ella con la falda arremangada y los muslos
en alto sobre una camilla de la bodeguita de atrás. Era la
misma que me regalaba primores cuando íbamos a comprar
la fruta, pero su cara estaba irreconocible, congestionada,
roja, con las aletillas de la nariz, los ojos y la boca muy
abiertos. Mi padre se meneaba contra ella dándome la
espalda. No me vieron. Ella le decía: "Dámela, dámela", y él
respondía con sinuosos y lentos movimientos de sus nalgas.
Era un espectáculo hipnótico.

»De repente él la tomó por el pelo con una mano


crispada, le tiró la cabeza hacia atrás y hundió la cara entre
los dos enormes pechos de la mujer, medio asomados por el
escote. Ese mechoneo fue como una señal, porque ella
colaboró de inmediato. Se retiró, sus cuerpos se
despegaron, y ella se agachó y comenzó a chupar, con la
cara cada vez más roja y deformada. En ese momento pude
ver entre sus labios, saliendo y entrando frenéticamente, el
magnífico miembro de mi padre. Era un venablo duro,
grueso, venoso, de un rojo encendido. Una hermosura de
aparato. Él se acariciaba la entrepierna sin dejar de moverse
cada vez más rápido, con contorsiones desorganizadas,
hasta que ella retiró el mango de su boca y pude ver cómo
salía una leche espesa en chorros abundantes. En ese
instante escuché su voz: "Te gozo toda, chupa así, estoy
gozando...", le decía a la verdulera.

»Se quedaron abrazados, uno sobre otro, como


después de una batalla. ¿Qué era eso? No sabía bien, pero
me pareció delicioso, era algo que yo debía probar.»

Llevada por la curiosidad, el instinto y la temprana


intuición de que ese tipo de cosas estaban en el ítem de lo
secreto, Elisa se conformó un tiempo con encerrarse en su
pieza a evocar la escena que había visto. Cada vez que
llegaba a la parte en que su padre bramaba de placer con
esas palabras indecentes y soltaba todo el jugo de sus
testículos, ella sentía que una tensión sostenida estallaba
en sus genitales. Después experimentaba un cierto alivio.
Pero al cabo de un tiempo no fue suficiente y comenzó a
rondar al hombre que tanto la inquietaba.

«El mejor momento para acercarme a él era cuando


leía en su biblioteca. Allí estábamos siempre solos. Yo tenía
diez años, pero mi madre me vestía con vuelos, cintones y
organdíes, como a una guagua.

»Yo lo contemplaba y él fingía no verme. Yo me


acercaba y él me decía que me estuviera tranquila. Yo le
acariciaba una pierna y él me sujetaba la mano. Yo me
montaba en su zapato y le decía: "¡Hop-hop cabalot, lludi
pen, lludi pon, catrotamos caballito, pitipón, pitipón,
pitipón!", y me refregaba contra su empeine, sintiéndolo
calentito y apretándolo entre mis muslos...

»Hasta que un día me miró y me regaló la más


seductora de las sonrisas. Una sonrisa de aprobación y
complicidad. Yo me arrastré jubilosa, refregándome por sus
piernas hacia arriba hasta quedar sentada en su regazo, con
mi cara muy cerca de su cara, y moviéndome
involuntariamente arriba y abajo.

»De ese modo iniciamos un juego, un rito, que


repetimos muchas veces durante años. Escuchaba su voz
diciéndome: "¿Quiere hacer cositas ricas con el papá?", y de
inmediato sentía humedecerse mis calzones. Me ponía en
su regazo y buscaba su verga tiesa aprisionada por la ropa,
palpitando, creciendo, engrosando. Refregaba mis genitales
en ese aparato hinchado y caliente, hasta que me llegaba
desde el paraíso una cosquillita que iba en aumento y que
me estremecía entera... Y luego un alivio maravilloso y total,
que me hacía derrumbarme sobre su pecho tibio. El me
acariciaba el pelo hasta que yo me recuperaba. Y todo
quedaba así, quieto, pleno, dulce...

»La atracción por mi padre me ha durado toda la vida,


aun después de que murió, después de tener muchos
amantes», me cuenta Elisa. Parece que hablara consigo
misma. Como si recordar la sumiera en un trance.

Le pregunto cómo siguió esa relación, si no le trajo


problemas, culpas, traumas. Si no le pesó en su relación con
los hombres a lo largo de la vida. Aunque me parece
improbable, por su actitud y sus dichos, que hubiera tales
consecuencias. Me responde que no, que vivió esa
experiencia como algo muy querido y que la recuerda sin
conflictos internos. También me dice que la ha mantenido
de manera muy privada. Desde siempre supo que nadie
podría entenderla.

«Nuestros jugueteos terminaron cuando me mandaron


a estudiar a Santiago, años después. Al regresar, yo era una
mujer y él un anciano. Pero su voz me producía el mismo
deseo desmesurado, las mismas ganas de unirme a él.

»No retomamos la experiencia... tal vez por temor del


otro, y sobre todo por miedo a la electrizante energía que
emanaba de nuestro contacto. Murió hace más de treinta
años. Pero hasta hoy sueño con él. Me despierto algunas
noches excitada por su presencia sonámbula, por su
espléndida voz de macho. Siempre es el mismo sueño:
estamos en la biblioteca, él me mira con sus ojos
encendidos, me invita a hacer "cositas ricas" y yo, niña,
puedo sentir que mi padre me desea más que a nada en el
mundo. Lo rondo y me acerco hasta que tomo posición
sobre su sexo inflamado. Sus manos son grandes, hábiles,
acogedoras. Yo me meneo y me refriego contra su sexo y
jadeo igual como lo hacía la verdulera. Siento que nada
puede hacerme daño... Mi padre me susurra palabras
mágicas. Es dulce y es brusco. Un tropel de caballos
desbocados se acerca desde ninguna parte. Yo sé que voy a
morir con él en pocos segundos. Lo sé porque ese hombre,
mi padre, tiene la voz del más absoluto placer.»
¡Méeme! Mijito! méeme!
 

«A veces me parece que cualquier ruido de agua que


me llega desde lejos es mi padre orinando al fondo del
pasillo, a punto de empezar el ajetreo matinal... Me parece
que soy una niña y que es mi padre el que va a llegar
acicalándome los bucles y asegurándose de que me tome
hasta la última gota de la leche de burra que me salvó de la
muerte.»

Fresia se concentra en el relato como si estuviera


reviviéndolo, como si no tuviera los cincuenta y siete años
que tiene y fuera aún la hija huérfana de madre, enferma de
sarampión, evaporada por la fiebre, a las puertas del otro
mundo, con un papá que la crió solo, extremando los
cariños y atenciones para ella y sus hermanos menores.

Gracias al conjuro de la leche de burra ella se


transformó en una adolescente flaca pero sana, y después
en una adulta normal, que tuvo dos hijos, un marido
excelente, según sus palabras, y un trabajo cómodo como
peluquera y propietaria de su propio salón de belleza.

Recuerda el detalle de su padre orinando en el fondo


del pasillo porque cree que puede ser el antecedente de una
fantasía que fue tomando forma desde sus primeras
experiencias sexuales, y que la acompaña hasta hoy.

«Cuando tenía unos catorce años, me despertaba a


veces con un suspiro. Había tenido un sueño erótico con el
que mi sexo se humedecía como un verdadero surtidor de
agua. Mi cama estaba empapada de pipí. Me di cuenta de
que cuando acababa durmiendo siempre me hacía pipí.»
Fresia se acostó por primera vez a los quince años con
un pololo de verano que era tan inexperto como ella. Fue un
encuentro rápido, furtivo y torpe, sobre la arena, con más
calentura que placer final. Pero durante la relación la joven
imaginó que el muchacho se orinaba sobre ella y eso, más
que los movimientos instintivos y desordenados de su
pareja, la llevó a un intenso orgasmo que la dejó muy
satisfecha.

«Sentí su pene en mi vagina y me vino la idea de que el


cabro me iba a mear, que así se aliviaría de esa como
picazón que tenía ahí. Entonces fue que me vino un gusto
en mis partes, que me subió por la columna. Un rico
orgasmo. Y después, cada vez que tengo relaciones pienso
lo mismo. Si no lo pienso, no acabo.»

Ya adulta y casada, su fantasía dio un nuevo salto


cuando se vinculó sentimentalmente con un peluquero a
quien conoció en un seminario de perfeccionamiento en
Viña del Mar. Estuvieron juntos una semana, compartiendo
las noches en una habitación de hotel, sin preocupaciones
ni prejuicios.

«Con él tuve la misma fantasía, como siempre la tenía,


pero como era un tipo súper relajado y que me daba mucha
tranquilidad, me dejé llevar por mi imaginación, sin límites.
Primero nos duchamos juntos, él me jabonaba entera, me
ponía el chorro de la ducha en los pelitos de abajo, me
tomaba los labios de la vagina y me los abría, después
pasaba su cosa por ahí pero sin metérmela sino que
frotándome para despertarme las ganas.»

Fresia, ya muy excitada, recibía esas deliciosas caricias


en sus muslos, la espalda, las axilas, los hombros, y
aumentaba su ardor.
«Él quería que se lo chupara, me agachó hasta su sexo
y me lo metió en la boca, lentamente. Lo tenía tan grueso
que casi no me cabía, pero igual lo recibí con harto gusto y
empecé a chupar y chupar, para que él gozara en mi boca.
El se aguantaba y me seguía tocando los pechos. Estaba
jadeando y respirando bien fuerte. Me pidió que le lamiera
los testículos. Los tenía hinchados, llenitos. Yo se los lamí
con placer, sintiendo cómo le hervía el semen. Luego me
acomodó un poco y empezó a lamerme él a mí. Me abría,
así, y me chupaba. Nunca me lo habían hecho. Era súper
rico. Estábamos de verdad muy calientes. Yo quería que me
lo metiera para que acabara adentro. Tenía el pene curvo,
curvado hacia arriba, cosa que yo nunca había visto, y que
me prometía mucho placer en la penetración. Pero seguía
haciendo las cosas que él quería.»

De pronto el hombre se quedó quieto unos segundos y


se alejó de ella con los ojos muy abiertos y a punto de
lanzar un gemido. Fresia supo que el clímax era inminente.
No había vuelta atrás. Entonces exclamó, sin pensarlo:
«¡Méeme, mijito, méeme!». Y sintió la más deliciosa
explosión en sus genitales, mientras el hombre descargaba
en una abundante eyaculación sobre su cuerpo desnudo.
Podría ser mi hijo
 

Adela tiene cuarenta y un años, es funcionaria


bancaria, viuda, y vive en Temuco. Tiene poco tiempo libre y
casi ninguna privacidad. Junto a sus cuatro hijos, escolares,
es allegada en la modesta casa de sus padres, donde
convive con nueve personas entre adultos y niños, más dos
perros y un canario. Trabaja muchas horas para mantener a
su familia porque no tiene otra entrada económica que su
exiguo sueldo. Por la noche apenas ve unos minutos a sus
hijos antes de levantar un verdadero campamento de
camas hacinadas en dos habitaciones estrechas.

Parece disponer de poco tiempo para fantasías. Pero


suele buscar algún momento en el día para viajar a mundos
imaginarios que le son gratos y que se le han vuelto
familiares de tanto invocarlos. Su quimera sexual favorita
incluso tiene nombre: Adonis. Adela ha construido un
personaje, un amigo imaginario que tiene aproximadamente
la edad de su hijo mayor, diecinueve, y una personalidad
relajada, alegre, despreocupada.

«No es alguien que conozca o haya conocido, pero


tiene características de algunos hombres que recuerdo, una
mezcla de cosas que me gustan, como el pelo negro
peinado con gel, a lo Rodolfo Valentino, unos ojos con
pestañas largas y tupidas, cuerpo delgado, lampiño...»

Adela imagina que se encuentra con el personaje de


sus sueños en un ascensor.

«Estamos en ese espacio pequeño, con nervios de que


alguien entre de repente, muertos de la risa. Adonis me da
un beso en la boca, me toma la mano, me dice que estoy
bonita y me sigue besando, impaciente. Me arruga la ropa y
la tira como para sacármela. Me aplasta contra la pared del
ascensor, nos empujamos jugando. Yo sólo quiero sentirlo,
con su piel suave, como de niño, pero que se calienta como
hombre grande.

»Después imagino que estamos en una habitación con


luces tenues, rojizas. Me ofrece un trago, me sienta en la
cama grande y cómoda que tiene espejos arriba y a los
lados, y me saca los zapatos con delicadeza.»

En este punto de su fantasía, Adela le pide a Adonis


que ponga música y baile para ella. Su amante imaginario
sube a la cama y se mueve sensualmente, contornea sus
estrechas caderas delante de la cara de ella, se desviste sin
perder el ritmo, sonriente, dispuesto, obediente, servicial.

»Me excita pensar que soy atractiva para un hombre


joven, casi un adolescente. Nunca me atrevería a tener una
relación con un cabro de la edad de mi hijo en la vida real,
pero me agrada imaginar que yo podría excitar sexualmente
a un lolo así, bien hecho, bien machito para sus cosas, que
puede elegir a una mujer de veinte años. Imagino que está
ansioso por poseerme, que se me acerca insinuante y me
acaricia.

»Lo siento intentando montarse encima de mí,


apretándome, metiendo la cabeza bien peinada entre mis
senos y respirando ahí, bien agitado, medio ahogado del
gusto. No lo dejo desvestirme ni le permito que él lo haga.
Prefiero esa onda de atraque a escondidas, medio apurados,
así, como que sí y como que no. Se refriega contra mí,
busca poner sus cosas contra lo mío. Lo tiene duro debajo
de los pantalones. Me lo hace sentir con su carita roja y
traspirada. Le digo que es rico, que me muero de ganas de
que me lo meta, le pido que me toque las tetas y que las
chupe si quiere. Depende del tiempo que yo tenga y de lo
que estoy haciendo, de si hay otra gente o estoy sola, el
rato que me doy para imaginarme así. Es como tener una
cita, corta o larga, pero siempre agradable. A veces en mi
casa abrazo la almohada simulando que es él. Así olvido por
un rato tantas preocupaciones.»
Concurso sexual
 

Carola es abogada, no tiene hijos, está separada, tiene


treinta y siete años y vive en Vitacura.

«Estoy en un baño elegante, muy lujoso. Llamo por un


citófono para que comiencen a pasar los postulantes. Es un
concurso sexual al que han sido convocados hombres que
se sientan capacitados para hacer gozar al máximo a una
mujer.

»El primero que entra es un tipo bastante guapo que


viste unos pantalones de tela delgada, muy ajustados, y una
camiseta abierta. El vello, abundante, le cubre el pecho; su
cabello es castaño, tiene un cuerpo excepcional. Me pide
que me ponga de pie y me desviste. Luego comienza a
llenarme toda la piel con pintura blanca, lentamente, con las
dos manos, concentrándose alrededor de las aréolas de mis
pechos y en el pubis. Después me riega con una ducha de
agua tibia y me limpia todos los pliegues del cuerpo. Es un
buen intento, pero no es suficiente.

»Entra el segundo hombre. Es mi hermano, que viste


traje formal y trae un portadocumentos. Saca una máquina
de afeitar con gillette y un pote de jabón. Sus manos
expertas enjabonan mis vellos genitales produciéndome una
sensación deliciosa. Mi hermano me rasura los pelos
pubianos con mucho cuidado, me abre los muslos y los
labios de la vagina para completar perfectamente su tarea.
Después me lanza chorros de agua en esa zona. Estoy
estimulada, pero no excitada al máximo.
»En ese momento entra el tercer postulante. Es igual a
mi papá, pero no nos conocemos. Está sin ropa de la cintura
para abajo. Tiene el pene blando y pequeño, pero yo le
acaricio el cuello, la espalda, los muslos, mientras los otros
dos hombres nos miran. Me humedezco un dedo con saliva,
busco la abertura de su trasero y le introduzco el dedo ahí,
en el ano, que se abre lentamente. Muevo el dedo en
círculos. Veo que su pene se para hasta quedar
completamente erecto, reluciente. Mi padre está muy
excitado, moviéndose adelante y atrás para que mi dedo
entre completo y vuelva a salir. Entonces él busca la
hendidura entre mis glúteos y me hace lo mismo a mí. Me
excita hasta el extremo de mis sentidos. Estoy lista para
recibirlo, a él y a los otros dos hombres. Ellos están
masturbándose mientras mi padre me trabaja el ano con
uno de sus dedos. Compartimos el secreto, que me hace
gozar al máximo.»
El cuñado
 

Julia vive en Maipú, tiene veintiocho años, es profesora


de música, casada y madre de tres hijos. Tiene fantasías
eróticas con el hermano de su marido, su cuñado.

En la vida real no lo considera especialmente atractivo.


Dice que no se plantea nada con él, que no le gusta. Pero
reconoce que le inquieta porque la mira con descaro,
comiéndosela con los ojos. Nunca ha pasado nada entre
ellos, en todo caso. De hecho, en sus seis años de
matrimonio se ha encontrado con su cuñado en muy pocas
ocasiones, siempre en fiestas familiares. Pero en su mente
lo evoca cada vez que puede. Julia tiene la teoría de que da
lo mismo quién sea su cuñado, si es o no es buenmozo o
atrayente en sí mismo. «Lo excitante es que es mi cuñado,
nada más.»

«Imagino que estoy en el baño, sentada en el


excusado. El entra y cierra la puerta. Se me acerca y me
saca los pechos de la blusa, pero con cuidado. Los deja allí
colgando y los mira largamente. Me contempla en esa
situación aparentemente ridicula pero muy excitante. Yo me
impaciento. Se me acerca lentamente, me manosea los
pezones, con un dedo traza círculos alrededor de mis
aréolas, muy suave. Acerca la boca y nos fundimos en un
prolongado beso. Yo le palpo los botones de la camisa,
comienzo a desnudarlo frente al espejo, le desabrocho sin
apuro el pantalón, le desprendo la ropa con soltura. Su
cuerpo parece más joven y sólido que el de cualquier
hombre de la Tierra, moldeado por mi propia imaginación.
Sus hombros son anchos y cuadrados como las vigas de un
templo. Parece una armadura de piel. El pecho está cubierto
por un vello espeso y rizado. Aparece su órgano, nudoso,
tenso. Se lo veo en el espejo y frente a mí. Esa visión doble
del pene amplía mi deseo. Tiene un aparato fascinante, que
se levanta desde una espesa mata de vello, triunfalmente
erecto como un estandarte.»

La fantasía de Julia culmina cuando el cuñado le


pregunta: «¿Te gusta mirarme el pico?». No hay respuesta, y
no es necesaria.
Hacerlo con un negro
Cinco esclavos negros
 

Para una persona friolenta no es ninguna gracia vivir en


una de las ciudades más australes del mundo, con cuatro
grados Celsius como promedio de temperatura ambiental.
Menos aún trabajar como bailarina en hoteles y pubs,
presentándose por la noche ligera de ropas. Pero Catalina,
casada, sin hijos, llegó a los veinte años a Punta Arenas por
una temporada para integrar un ballet folclórico. Y se ha
quedado allí por cuatro años ya.

Por su horario de trabajo, duerme hasta el mediodía.


Cuando despierta, está sola en casa. Suele quedarse en la
cama, remoloneando, mirando televisión, y sin nada que
hacer hasta el almuerzo. Le gusta sentir el peso del plumón
sobre el cuerpo, y la ligera lencería de satén con la que
duerme. Es el momento de entregarse a sus fantasías.

Imagina que cinco esclavos negros le hacen deliciosos


masajes en todo el cuerpo. Son hombres fuertes, de cuerpos
lustrosos y firmes, pero con actitud subordinada, obediente.
Parecen entender que sólo tienen la función de prodigarle el
mayor placer. Están semidesnudos, solo ataviados con un
taparrabos y un turbante, todos idénticos; tienen la piel y
los ojos brillantes, los músculos tensos, un bulto prometedor
entre las piernas. En actitud concentrada, extraen aceites
de un hermoso recipiente de cerámica.«Extienden el líquido
tibio sobre mi espalda y me masajean la columna, el cuello,
el trasero, las piernas, las pantorrillas, repartiéndose mi piel
entre los cinco. Van trabajando cada músculo, cada
centímetro, relajando todo lo que tocan¡ con sus manos
expertas. Mis sentidos se invaden de un bienestar
embriagador. Me presionan el coxis con la yema de los'
dedos. Me dan placenteras palmaditas en las nalgas, las
que me aflojan el trasero haciéndome abrir las piernas.
Siento diez dedos recorriendo la hendidura entre mis
glúteos, resbalando suavemente por la sensible piel de esa
zona. La sangre se me acumula en los genitales, el clítoris
se me congestiona hasta dolerme justo cuando imagino que
los esclavos separan más mis piernas y me presionan las
ingles y la vulva con caricias sensuales.

»Todo mi cuerpo está preparado para el amor; los


pezones gordos y gruesos, las tetas hinchadas, temblores y
cosquilleos en el vientre, la vagina lubricada. Los esclavos
se han sacado los taparrabos, tienen sus varas muy tiesas y
de un tamaño descomunal. Parecen penes de acero con un
champiñón enorme en la punta.»

Los cinco hombres se aplican ungüento tibio en los


miembros erectos, extendiendo hacia atrás el prepucio y
devolviéndolo a su posición. La imaginación de Catalina se
concentra en los glandes descubiertos que se le ofrecen
como sabrosas frutillas gigantescas. Ve cómo se masturban
rítmicamente, deslizando las manos por el eje del pene.

«Aumentan sus movimientos, que son cada vez más


furiosos. Yo me siento en el límite de la calentura. Entonces
digo en voz alta: "¡Quiero semen, quiero esa rica leche
ahora!". Y veo los espasmos que recorren los miembros
seguidos de abundantes emisiones que brotan de esos
champiñones. Los cinco negros eyaculan sin parar durante
varios minutos, los mismos que dura el orgasmo que me
provoca esta fantasía.»
¿Quién le teme al hombre negro?
 

Leonor tiene cincuenta y un años. Es nutricionista,


soltera, madre de un hijo, y vive en Valdivia.

Cuando niña, jugaba con sus tres hermanos y los


amigos de la cuadra en la festiva inocencia de las tardes
valdivianas. La brisa antartica del río aliviaba el
asorochamiento de los niños, casi todos descendientes de
alemanes. Era parte de la gracia quedar resollando, con los
cachetes colorados y el ánimo encendido después de correr
y perseguirse durante horas.

Después venía el baño en una enorme tina de mármol,


uno tras otro los cuatro hermanos, y la instrucción de la
madre rubicunda: «A sacarse bien el piñén». Leonor iba
recobrando el aliento sumergida en el agua tibia y en el eco
de los cánticos del juego:

—Wer hatangst vor SchwartzermanrP. [¿Quién le teme


al hombre negro?]— preguntaba a gritos uno de los niños.

—Niemand! [¡Nadie!]— contestaba el coro de


amiguitos, preparándose sin embargo para arrancar y ser
perseguidos.

Ella le temía al hombre negro. De hecho, pensaba en él


todas las noches, en la soledad de las sábanas. Se le
aparecía enorme, un gigante pétreo semidesnudo, o tal vez
completamente desnudo, con sus ojos endiablados y sus
dientes blanquísimos. Podría triturarla con una sola mano.
El hombre negro, por supuesto, sólo existía en su
imaginación. En la Valdivia de fines de los cincuenta no
había ni siquiera un turista de color. La gente a su alrededor
era rubia, de carnes rosadas, blandas y abundantes.
También poblaban su universo infantil los descendientes de
mapuches, picunches y huilliches, pero no se parecían en
nada al hombre negro.

Leonor había visto una ilustración, en la revista Billiken,


donde aparecían cinco nativos africanos rodeados de
monos, palmeras y plátanos, ataviados con huesos y
taparrabos. Pero el protagonista de sus fantasías no tenía
nada en común con esas figuras caricaturescas. Su hombre
negro tenía la piel lustrosa y proporciones perfectas, como
un dios griego lavado en azabache. Y, sobre todo, tenía un
pene descomunal.

Esa característica se hizo evidente en el fetiche


imaginario de Leonor una vez que leyó que en el ser
humano la longitud media del pene en estado de flacidez es
de 9,2 centímetros y 3,1 centímetros de diámetro. También
que el largo promedio de un pene en erección es de casi
trece centímetros, con un diámetro no superior a cuatro,
pero que los hombres de raza negra suelen superar estas
medidas por uno o dos centímetros.

Su hombre negro imaginario la ha acompañado toda la


vida y se ha ido apoderando de sus deseos hasta hoy. «Me
visita seguido. Lo veo bailando alrededor de una hoguera.
Su desnudez impresiona ante la luz de las llamas. Tiene
unos hombros anchísimos, formas esculpidas y musculosas,
labios carnosos como una fruta, la piel brillante; sus muslos
parecen troncos de árbol, y una enorme vara se erige desde
el pubis. Debajo, oscila un par de testículos que parecen de
un toro.
»El hombre baila una danza acompasada, se sienten
tambores en el aire, sube la tensión, aumenta el ritmo. Se
palpa los testículos, sopesándolos con satisfacción. Están
llenos, cargados de un líquido untuoso que quiere salir. Frota
su enorme pene, lo aprieta, lo estira, lo descapulla y vuelve
a cubrir el glande rosado, una y otra vez. Entonces el miedo
se me transforma en placer, en calor en toda la columna,
me vienen contracciones en las ingles y un golpe eléctrico
en mis genitales me hace gemir.»
El pene
Tener pene
 

La Choly es italiana de nacimiento y chilena por


adopción. Varones de diversas edades y actividades la
consideran una mujer interesante y vigente, aunque tiene
más de sesenta años. No dice cuántos más. Algo teatral
sugiere su acento extranjero, en circunstancias que sólo
vivió hasta los dos años en su Italia natal y no volvió a
visitarla salvo en calidad de turista, muchos años después.

Es sin duda una mujer atractiva. Su forma de caminar,


muy erguida y digna, la delicadeza de sus movimientos, su
lindo pelo completamente blanco, su piel sana, alba, suave,
sus modales cuidados, sus bellos ojos pardos. Salvo una
línea negra en el párpado superior, no usa maquillaje, nada
que atenúe las muchas arrugas que en ella se ven bien. La
ausencia de artificios aumenta su sensualidad. Tiene un
cuerpo armonioso que viste con sobriedad. Es rellenita pero
bien formada. Se enorgullece de que aún tiene cintura y las
piernas firmes.

«A mí me gusta jugar, me encanta que mis feromonas


y mis endorfinas se pongan en actividad. Hace bien para la
piel, para el ánimo, para la creatividad y para la vida. Esa es
la síntesis», afirma.

Le pregunto con qué se le despierta el deseo. La Choly,


muy segura en su sillón, contesta sin dudar: «Con el roce de
un cuerpo que me gusta, con una mirada cómplice que se
cruza con la mía, con determinados escenarios, luces
tenues, música sinuosa, blues, saxofón, el calor de una
fogata. Yo creo que una persona sana, de cualquier edad,
tiene su instinto sexual en alerta, la biología humana es
así», dice, haciendo gala de su condición de médico,
profesión que ha ejercido durante más de cuarenta años.

La Choly hace una pausa, me mira hurgando en el


fondo de mis ojos y da un giro a la conversación: «Bueno, tú
quieres saber cuáles son mis fantasías, partiendo de la base
de que soy alguien que llegó a acumular una cierta
experiencia en esta materia, generalmente misteriosa, que
las más de las veces se hace y no se piensa...».

Y continúa: «De partida hay un error en tu forma de


preguntar, si me lo permites. Partes de la base, pareciera,
de que estoy en retiro. Quieres construir algo así como las
memorias de una cortesana. Quieres que haga recuerdos.
Pero ocurre que el último polvo de mi vida fue hace unas
cinco horas. Las ancianas también fornicamos.»

Su rostro se ilumina en una sonrisa total. Es divertida y


procaz, pero en ella todo suena adecuado. «Como tú debes
saber ya, el último polvo siempre marca, cubre todos los
demás, modifica sustancialmente el recuerdo erótico. El
último polvo suele convertirse en "el polvo", ¿te das
cuenta?»

Le pido que me guíe. Yo conozco fragmentos de la


leyenda de la Choly, aquella en que sostiene que el sexo
sigue siendo para ella algo central, que lo fue siempre, que
no lo oculta y que lo practica con maestría. Además, me
agrada mirarla y escucharla. Me entusiasma lo que tiene
que decir. Pero no sé exactamente qué preguntar, cómo
hacer para no quedarnos en la anécdota y detectar puntos
más esenciales de su testimonio. Opto por callar, anotar y
dejar que la Choly se despliegue como prefiera.
«Tú quieres saber qué fantasías tiene una calentona,
qué estimula la imaginación erótica de una mujer con estas,
llamémoslas, habilidades, o con estas inclinaciones, o con
este culto por el deseo y el catre. Yo le he dedicado tiempo
y entusiasmo al sexo, porque desde que lo hice por primera
vez me gustó. Me gustó mucho. Y descubrí que podía ser
muy buena en eso. Si te prodigas, te aplicas y no te
impones límites ni restricciones, puedes llegar a ser
realmente magnífica en la cama y dar y recibir mucho
placer.

»Si estás esperando la triste historia de una pobre niña


víctima, llevada involuntariamente por los caminos del sexo,
abusada por adultos, violada a corta edad, descarriada y
todo eso, te vas a desilusionar... Yo fui educada en las
monjas, nunca me faltó nada, fui la hija normal de un
matrimonio de clase acomodada. Lo mío no fue por
necesidad económica, no me vendí, fue por otro tipo de
necesidades mucho más complejas y hermosas. Me hice un
psicoanálisis largo y caro en la década de los setenta,
cuando todos lo hacían, cuando estaba de moda.
Conclusión: nada hay en mi biografía tan previsible ni tan
aburrido ni tan obvio.»

Me cuenta que se ha permitido fantasear con todo, con


las más diversas situaciones, pero que su fantasía más
recurrente es que sus genitales son una verga y dos
testículos. No se trata del deseo de tenerlos, aquello que
Freud llama «la envidia del pene», sino de la certeza —
vivida en la imaginación— de que los tiene y los usa para
provocarse placer.

Cuando niña se ponía calcetines entre las ingles para


sentir ese bulto de los hombres que tanta curiosidad le
causaba. Luego fue perfeccionando la idea, y llegó a usar
ceniceros o manzanas dentro de los pantalones para dar
más consistencia a su imitación de los genitales masculinos.
Lo hacía casi siempre en privado, para sí misma, pero
también contagió a sus amiguitas con este afán lúdico y
llegaron a pasear todas juntas por la playa portando sendas
conchas de loco bajo el traje de baño, a la altura del pubis.

Ya en la adolescencia, Choly descubrió que su clítoris


era un pequeño pero poderoso órgano eréctil, que respondía
al roce, a la fricción y a la manipulación igual que un pene.
Entonces ensayó toda suerte de formas para estimularlo,
tocándolo ella misma, contrayendo las paredes de la vagina
para que las ondas del movimiento llegaran hasta él,
masajeando su vulva contra el brazo de un sillón u otras
salientes del mobiliario, en fin, cualquier mecanismo para
desarrollar la sensibilidad de su capullo. Entonces ya
fantaseaba con tener eyaculaciones. Durante el orgasmo, al
sentir que la invadiría el clímax del placer, la Choly
visualizaba en su mente que tenía un pene excitado,
amoratado y duro, del que comenzaba a manar sustancia
seminal en furiosos chorros. Esta imagen le venía a la
mente tanto si se estaba masturbando como si mantenía
relaciones con un hombre.

Desde esos tiempos comenzó una colección de


artefactos fálicos que conserva y aumenta hasta hoy. Tiene
largos tubos de madera de distintas dimensiones que los
hombres de ciertas tribus se instalaban en el pene. De este
modo el órgano crecía mucho más largo y delgado que lo
normal. Cuando el glande asomaba por el extremo, el tubo
era cambiado por otro más largo. Así, estos aborígenes
tenían penes de cuarenta centímetros o más que les
colgaban hasta las rodillas como verdaderos pendones
ornamentales. También coleccionó todo tipo de adornos
para la verga, con mostacillas, con tallados en metal o en
madera, con plumas multicolores, hasta con piedras
preciosas, y algunos aparatos médicos para medir el
miembro masculino. Pero sus favoritos son los consoladores,
penes artificiales de todas dimensiones y formas, y de los
más variados materiales. Algunos de ellos tienen correas de
cuero para atárselos a la cintura.

«Hay amantes con los que he llegado a un grado de


entrega y confianza como para ponerme uno de estos
artefactos. Tienen que ser hombres con la mente bien
abierta y el amplio criterio que requiere un tipo bueno en la
cama. Yo no intento penetrarlos salvo que ellos lo deseen.
Pero me gusta sentir que tengo un órgano de grandes
proporciones entre las piernas cuando hago el amor. Sentir
que tengo uno dentro de mí, gozando en mis entrañas, y
que puedo mirar otro, el mío, al mismo tiempo.

»Mi más secreta fantasía es que me crece un pene de


verdad, que amanezco un día con una tripa esponjosa en el
pubis, un cilindro de carne que se calienta con la cercanía
de un hombre atractivo, que se endurece y se agranda
fuera de control cuando me dan ganas de ser poseída. Un
delicioso aparato que me hace sentir completa... Estoy allí
teniendo un coito con un hombre estupendo, miro hacia
abajo, entre nuestras piernas, donde está moviéndose ese
pene a punto de eyacular... Me parece que es una extensión
de mi propio cuerpo. El pene es mío y yo se lo estoy
metiendo a mi amante.»
Desde atrás
 

Ximena tiene diecisiete años. Es de Curicó pero hoy


vive en el barrio Bellavista de Santiago. Estudia en un
instituto particular y los fines de semana trabaja como
camarera en un restaurante de la capital. Se considera
desprejuiciada, amplia de criterio, y no tiene problemas
para comentar sus fantasías más íntimas. Ríe, gesticula y
conversa animadamente, con actitud de mujer adulta y muy
vivida a pesar de sus pocos años.

«El mejor orgasmo lo tuve cuando participé en un trío.


Fue una experiencia bien salvaje, pero dulce. Dos hombres
intentaban penetrarme al mismo tiempo, me estimulaban
de pies a cabeza y competían por entrar en mí. Yo quería
mantener la tensión sexual que se había generado y
aumentar al máximo el deseo de ambos. Así perdí por
completo el control, me olvidé hasta de mi nombre y sentí la
más deliciosa sensación posible, que me recorría desde los
genitales hasta la parte alta de la columna, como si fuera a
explotar de placer, como si fuera a morirme.»

A Ximena le excita que le digan «perrita», y también le


gusta el coito en esa posición. Le parece que es la postura
natural para tener relaciones sexuales, la primera en la
historia humana y la más animal. «Cuando estás arrodillada,
de espaldas a tu amante que te está penetrando desde
atrás, pones en juego el instinto. Te sientes realmente como
una perra o una loba, como una hembra primitiva, parte de
una cadena de sabiduría ancestral. Además, así el pene se
siente más adentro y más grande.»
La fantasía de Ximena consiste en que ella está
durmiendo en una mullida cama redonda, con sábanas rojas
de satén, cuando de pronto es abordada por un hombre,
desde atrás. Está oscuro. No ve el rostro del tipo ni quiere
verlo, pero es evidente su deseo de copular, que se expresa
en la firme tensión de su órgano sexual punceteándole las
nalgas, y en la manera en que la agarra con sus manos
grandes y seguras.

La excitación de Ximena aumenta mientras invoca esta


imagen. El hombre va a tomarla como a una perra. La sitúa
en esa posición, en cuatro patas, y alarga los brazos para
acariciarle los pechos. Ella siente la aceleración de su propio
pulso, el ritmo respiratorio creciente, la hinchazón de sus
pechos, sus labios y sus genitales, y el aumento de la
lubricación vaginal. El amante jadea a su espalda y le sigue
asiendo los pechos y las caderas con una brusquedad que
sin embargo no le desagrada.

A Ximena le sobreviene la curiosidad, la tentación


irresistible de mirar la erección que se empina a sus
espaldas. Pero el hombre le sostiene la cabeza desde la
nuca y le impide mirar hacia atrás. Ella tiene los codos
hundidos en el rojo furioso de las sábanas, pero logra
zafarse y asir el pene del macho.

Lo palpa con glotonería. «Pienso que ese grueso palo,


nudoso como una cuerda de barco, va a ensartarme hasta el
estómago. No sé por dónde quiere entrar, pero el sexo y el
ano se me contraen y aflojan, como queriendo succionar el
miembro que roza alternativamente ambas aberturas. Me
parece que la existencia de los hombres, de cada hombre,
cobra sentido solamente por esa maravillosa varita mágica
que tienen entre las piernas. Me vuelvo una amante salvaje,
una loba en celo. Soy animal, pájaro, lagarto. Soy de maíz,
él es de mármol. Somos hermosos y repugnantes a la vez.
Su púa me duele y me alimenta. Necesito que me abra, que
me taladre, que me disfrute por dónde quiera.

»Sacudo rítmicamente su pene, que me palpita en la


mano. Mi excitación va en aumento hasta hacerse urgente.
El hombre me penetra primero por la vagina. Como a una
perra callejera. Imagino su órgano fundido en el mío, una
daga milagrosa hiriéndome por dentro. Luego pienso que lo
retira untuoso por mis jugos y lo sitúa en la entrada del ano.
Lo frota allí, y el anillo de esa abertura lentamente comienza
a ceder mientras él empuja. Ya lo tengo adentro; se abre
camino. Es el delirio: un dolor, un chasquido que viene y va,
una picazón, un escalofrío, una especie de estornudo en mis
genitales, mientras fantaseo que le exprimo el pene en mi
interior y me lanzo en éxtasis hacia la cima.»
Otras mujeres
Sexo futurista
 

Malena tiene veintisiete años, es soltera, poeta y


estudiante de psiquiatría; vive en El Arrayán, Santiago. Esta
fantasía, como otras, me fue entregada por escrito y, dada
su particularidad, la reproduzco tal cual, en su versión
original.

"Todo comienza con la imagen de mí misma posando la


mano sobre una pantalla multicolor, apagando un tablero de
instrumentos y luego extendiendo una hamaca de vinilo. Me
veo tendida masturbándome. Pienso en mí, en tercera
persona, así: «A Malena le inquietó una serie de señales
persistentes en su placa de control. Cada vez que obturaba
su panel dental, en medio de los reconocibles códigos de
mamá —que no se resignaba a dejar de hacerle
recomendaciones por esa vía todas las mañanas— y de
algunas señales previsibles y rutinarias, encontraba dos,
tres o hasta seis códigos de placer inesperados, con las
consecuentes advertencias de la Institución de hacer revisar
su sistema límbico para no reiterar esa conducta.

»Malena se abocó entonces a reconocer qué podía


haber detonado tal descontrol. Tras una cuenta minuciosa
de las situaciones en que aumentaba su salivación, su
sudoración o sus latidos, llegó a la conclusión de que,
aparte del leve desorden químico que le producían las
raciones de guayaba de los jueves, sólo quedaba el
pañuelo... El desperfecto debía estar en la banda asociada
objeto-persona. Había un salto eléctrico en el conducto
correspondiente que se detonaba cada vez que Malena
miraba, tocaba, olía o incluso recordaba el pañuelo, aun en
medio de sus complejas tareas y, evidentemente, sin
compromiso de su voluntad.

»Las señales provenían del recuerdo de la propietaria


del pañuelo, una funcionaria del laboratorio criogénico. Se
llamaba Carla; era alta, robusta, de piel lechosa, muslos
gruesos, pechos voluminosos, cabellos rubios, sonrisa
contagiosa, curvas y labios abundantes. Fue su asistente
durante el PAEJ (Programa de Almacenamiento de Esperma
Joven). Por mandato de la Institución, ambas entrevistaron y
seleccionaron a los participantes, juntas los instruyeron
hasta en los detalles más mínimos y luego procedieron a
estimularlos para obtener su semen. Les mostraban revistas
y videos, pero también les decían palabras procaces y hasta
maniobraban sus genitales hasta obtener la mayor cantidad
de líquido seminal de los muchachos.

»Después de tres días en esas actividades científicas,


Malena y Carla estaban ardiendo. No habían podido saciar
sus deseos, puesto que estaba prohibido dejarse penetrar
para no correr el riesgo de perder algo de esperma, y las
cámaras de vigilancia garantizaban que las reglas fueran
seguidas con rigurosidad.

»Malena sentía la mirada tibia de Carla sobre ella


mientras estaban en las labores de recolección. La
perturbaba el descaro de sus gestos. Parecía estarla
incitando mientras agitaba los penes de los voluntarios y
secaba sus propios sudores con el mismo pañuelo blanco
que usaba para limpiar los rígidos miembros. La tensión
sexual crecía entre ellas, y tarde o temprano iba a reventar.
»Fue cuando terminaron los informes de investigación,
al concluir sus tareas en el laboratorio, que quedó vacío a
esa hora. Estaban refrigerando los últimos frascos
marcados. Malena no pudo más. Sintió la respiración de
Carla en la nuca. Pudo oler su aroma vaginal de almizcle y
miel. Entonces se dio vuelta lentamente hasta quedar a un
milímetro de Carla, mirándola de frente. Prolongó cada
movimiento, que le producía suaves oleadas de placer.
Advirtió un temblor en todo el cuerpo de Carla, en cuyos
ojos abiertos había consentimiento, deseo. "Bésame, te voy
a hacer gozar", musitó Carla.

»Malena la rodeó con sus brazos. Saboreó los deliciosos


labios abiertos, suaves y receptivos. Chupó su lengua, hurgó
en su saliva, se pegó a las blandas carnes de la mujer
moviendo las caderas y haciéndolas girar sinuosamente.
Carla respondió buscando sus pechos y sujetando los
pezones hasta ponerlos muy duros. Con una mano bajó
hasta los genitales de Malena. A tientas llegó hasta el hueco
hinchado y pegajoso. Con dos hábiles dedos abrió los labios
mayores y tomó su clítoris, que estaba erguido, duro,
sensible, y comenzó a masajearlo. No dejó de frotarlo y
pellizcarlo hasta que Malena se sintió al borde del desmayo.
Sus piernas se mojaban de placer, sus nalgas temblaban, su
vientre se movía en brusca rotación, hasta que estalló en
éxtasis.

»Cuando recuperó el aliento, Malena vio que de su


vulva goteaba un jugo cremoso. Carla la limpió
delicadamente entre las piernas con el mismo pañuelo que
había usado con los chicos y el semen.

ȃse era el origen del desorden en su placa de control.


Una vez clarificado, Malena hizo el registro pertinente y lo
incluyó en los reportes a la Institución, conectó todos los
circuitos al casillero asignado y dejó fluir la información
orgánica por el canal interno de la nave a la base. De ese
modo quedaría eliminada la molesta señal en sus circuitos.
Por si las dudas, se saltó un punto del reglamento: no
incineró el pañuelo»."
Sexo policial
 

María Eliana es funcionaria de la policía de


Investigaciones, tiene veinticinco años, una pareja estable,
vive en La Granja y no tiene hijos.

«Soy lesbiana, vivo con mi pareja y tenemos una vida


sexual muy activa y gratificante», me dice. «La fantasía
erótica que recuerdo mejor es una en que me veo en una
pieza forrada de terciopelo rojo, acompañada de una
señorita muy exuberante que es agente del FBI. Es delgada,
rubia, atlética. Me tiene atrapada y esposada. Yo sé que
está deseosa de tener sexo conmigo. También a mí me
despierta pasión el cuerpo estupendo de esa mujer que me
tiene prisionera.

»No hablamos. Ella me observa y está alerta. Yo me


muevo de una manera que encandila sus sentidos y no le
permite pensar bien. Hago funcionar su deseo, que crece
cada vez más. Ella tiene el poder, me puede usar a su
antojo y yo no me negaré. Me extiendo en la cama con las
manos amarradas y la invito con la mirada a disfrutarme. Le
estoy ofreciendo cada fibra, cada centímetro, cada rincón
de mi cuerpo. Yo caí en su trampa, pero ahora tiendo mis
redes a su alrededor.

»La agente se sitúa de pie sobre mí. No lleva cuadros.


Se le ve una mata de pelo por la que le asoma un clítoris
rosado. Deja caer su ropa mostrando sus grandes senos,
que le cuelgan y se mueven. Se mete un dedo en la boca
como si fuera un caramelo que está chupando y lamiendo.
»Se arrodilla sobre mi cara, acercándome su sexo.
Alargo la lengua y alcanzo a tocarle el clítoris, que se
estremece con el contacto. Parece una fiera lujuriosa que se
aleja y se vuelve a posar sobre mí en un juego de
excitación. La paciencia se me acaba, quiero lamer esa
concha que me ofrece. Mi lengua no tarda en trazar círculos
alrededor de su botón rosado. Se ha puesto grueso,
hinchado. Lo chupo y lo mordisqueo. Ella me rodea la
cabeza con sus muslos y balancea el cuerpo. Siento su
vagina esponjosa entre mis labios. La penetro con la lengua
y succiono con los labios para estimularla. Ella gime de
placer mientras la sujeto con mis piernas. Muevo su clítoris
frenéticamente con la lengua. Siento que ya viene, va a
acabar, va a explotar, no puede más. Me contorsiono, me
enciendo en llamas, estoy ardiendo, doy un grito salvaje de
animal en celo y suelto un líquido tibio que me moja las
piernas.»
Olores y objetos
El olor del semen
 

¿Sabe usted a qué huele el semen? Según Dominga, a


almendras verdes, amargas y lechosas.

Ella no termina de explicarse por qué razón en los


moteles eligen canciones que hacen rimar «dolor» con
«amor» pero no se atreven casi nunca con «olor». Lo pensó
dos tardes antes de nuestra entrevista, poniendo atención a
la música ambiental de uno de estos locales de alquiler
mientras su amante se duchaba.

«Es un contrasentido», me dice. Pues para Dominga el


olfato es el sentido de la sexualidad, «el sentido iniciático
del deseo, el punto de partida de la selección erótica».

Ella es ingeniera química y se dedica a producir vinos.


Su actividad, unida a la experiencia de sus treinta y ocho
años, le indican que el olfato es el comienzo de casi todo.
Especialmente de todo buen polvo.

Así, se ha pasado gran parte de la vida olfateando


hombres, desde los tiempos en que se escondía en el baño
de su enorme casa provinciana para recuperar del canasto
del lavado las camisas de su papá y aspirarlas con el mayor
de los deleites. «Con el olor a hombre de su ropa me tiritaba
mi Conchita lampiña. Se me erizaba el pubis, tembloroso, y
yo no sabía lo que era...» Tenía seis años.
Después fueron apareciendo en su vida hombres con
olor a miedo, con olor a almizcle, que sudaban ganas o
misterio, y cientos con olor a nada, que dejó pasar de largo.

La fantasía de Dominga es olfatear y ser olfateada.

«Lo que más me calienta en la vida es que un tipo me


huela con placer... y el olor a hombre. No a colonia; todo lo
contrario. El sudor axilar, incluso en la micro, me despierta y
desencadena los deseos más locos. De hecho hay hombres
con los que me he encontrado que no me llamaban en
absoluto la atención, nada, nada, hasta que sentí su aroma
y me pareció sexual. Un olor masculino, fuerte, de almizcle
y tabaco, de traspiración, es una potente señal genética,
química, que entra en el cerebro como un llamado de la
selva, haciendo desaparecer todo del planeta, menos a él.»

Cuando un hombre tiene este olor sexual del que habla


Dominga, ella lo clasifica como «macho alfa» o «espermio
fuerte», en referencia a la capacidad que según ella tiene el
aroma corporal para dar cuenta del grado de masculinidad y
potencia de un hombre. «Los hombres que huelen rico, en el
sentido que te digo, suelen ser estupendos amantes»,
comenta.

Pero sus fantasías tienen también otro aspecto, aún


más audaz. A Dominga le atrae especialmente el olor del
semen. Le parece excitante sentir la diferencia entre el
líquido seminal de uno y otro hombre, especialmente
cuando está fresco.

Alguna vez se permitió tener relaciones con dos


hombres distintos en menos de una hora para realizar su
deseo. Primero lo hizo con un inquilino del campo en el que
veraneaba, un recio y atractivo moreno que la tomó en el
establo, luego de varios días de mutua y solapada
seducción.

El la buscó en esa tarde de ardiente calor, la encontró


en una caballeriza, la arrinconó contra una puerta de
madera, le besó el cuello, los pechos, el estómago, el
pubis... Se inclinó, se puso de rodillas, levantó las piernas de
ella, las posó sobre sus hombros musculosos, descubrió los
genitales de Dominga y se quedó frente a ellos mirándolos
embobado. Ella vio que los olía, vio que acercaba su nariz e
inspiraba el aroma que desprendía su vulva encendida. El
hombre parecía embriagado, fascinado. Eso la excitó hasta
el límite de lo posible, al punto de comenzar a moverse en
el aire, hasta que él paseó su lengua en el palpitante sexo
de ella, que no hacía más que contraerse, distenderse y
secretar un jugo almibarado.

El hombre acarició su intimidad con los labios y la


lengua, le dio lentos lengüetazos en el clítoris que casi la
hicieron perder el conocimiento de placer. De pronto se
puso de pie, levantó las rodillas de ella y la fornicó con
desesperación, dando empujones contra ella con su grueso
miembro endurecido. Estuvo haciéndoselo durante casi una
hora, sin parar, penetrándola sin descanso, y cada cierto
tiempo sacando el pene a punto de estallar para retardar la
eyaculación, los dos traspirando, los dos gozando de una
manera irrepetible, hasta que él se desbordó en espesos
chorros de lefa en su interior.

Una vez que el campesino se retiró de ella, agotado y


con la respiración desordenada, Dominga hurgó con sus
dedos en la propia vagina, los mojó con el fluido de él y
luego los gustó con deleite. «El semen del hombre tenía un
sabor picante, un poco amargo, y un olor fuerte, intenso y
orgánico, como de almendras verdes.»
Media hora después, de regreso en la casa patronal,
sedujo a su primo. Quería sentir que el semen de dos
hombres se mezclaba en su interior... y lo logró.

El muchacho, dos años menor que ella, estaba en la


etapa de la vida en que sólo se piensa en tener relaciones
sexuales. Dominga sabía que su primo y la empleada de la
casa, una mujer bastante gruesa y desaseada, se
encontraban noche por medio en los dormitorios de servicio.

Esa tarde fue ella la que, sin decir palabra, entró en el


dormitorio del primo y se le metió en la cama, donde el
muchacho leía unas revistas. No tardó ni un minuto en
ponerle el pene duro como un hierro, meneándoselo con
insistencia. Tuvo que contenerlo porque él quería
montársele encima de inmediato. Ella lo retuvo unos
minutos pero su primo volvió a subirse sobre ella y buscar la
abertura entre sus piernas con el miembro enhiesto.

Dos o tres sacudones fueron suficientes para que el


chico bramara como un animal y derramara todo su semen
en la mojada vagina de ella. Casi de inmediato ella se fue
del lugar sintiendo empapados los calzones.

Antes y después de esta experiencia, Dominga


fantasea con que muchos hombres, unos veinte por lo
menos, la poseen sucesivamente. Imagina que es detenida
por unos policías bastante atractivos que la llevan hasta una
comisaría. Allí la instalan con las manos amarradas sobre
una mesa en una habitación en penumbras. Le quitan
bruscamente la ropa interior, la agarran por las caderas, la
penetran por primera vez... Luego vendrán uno, otro, y otro
más, hasta que Dominga pierde la cuenta.

En su fantasía ella no es violada, no es tomada por la


fuerza. Ella desea fervientemente que todos esos hombres
desconocidos la gocen, disfruten su vulva, la inoculen con
su semen tibio.

Dominga imagina y hasta le parece sentir el olor de


cada uno de ellos, identifica el aroma personal de esos
hombres, la excitación que les brota por los poros a través
del sudor, mientras disfruta de sus miembros tiesos
penetrándola. Y sabe que después podrá sentir el olor del
semen, como una pasta caliente en su interior, que exuda el
perfume salvaje del deseo.
El carrusel
 

Cada vez que Sofía visita una ciudad por primera vez,
va a un concierto o una obra de teatro. Es una especie de
homenaje a la vida cultural que cree que debe hacer toda
mujer progresista de clase media. Sofía tiene cincuenta y
nueve años, es casada, madre de dos hijos, abuela de un
nieto. Es consultora internacional en materias financieras,
no tiene como podría suponerse una situación económica
muy boyante, pero sí se da el gusto de viajar en primera
clase y alojarse en hoteles cinco estrellas, porque esos son
gastos de representación.

Esta vez visita Luxemburgo. En la noche sale a caminar


por los alrededores del hotel y descubre un teatro abierto e
iluminado. Se trata de una sala de pornografía en vivo. El
boletero le da a entender que la función está por comenzar,
así que se apresura a entrar y tomar ubicación en la primera
fila. Hay poco público, un grupo de turistas orientales, otros
señores muy rubios y rozagantes, ninguna otra mujer.

Tras la fanfarria inicial, una elefantiásica gorda de edad


indefinida y mucho colorete en las mejillas, vestida sólo con
un sostén de lentejuelas, se presenta acompañada de un
colorido caballo de carrusel. El animal de cartón piedra tiene
la peculiaridad de asomar y esconder rítmicamente dos
vergas de madera desde la montura, al compás de la
música de calesita. Con inusitada gracia y agilidad felina la
enorme mujer hace un saludo circense levantando los
brazos, se encarama en el caballo, se acomoda con
evidente experiencia, de modo tal que es penetrada por los
dos orificios simultáneamente mientras sube y baja
haciendo las delicias del escaso público, que participa con
palmas y alaridos en cada movimiento de la gorda, la que
parece disfrutar genuinamente tanto de los aplausos como
de las acompasadas y mecánicas penetraciones de los falos
de madera.

Sentada aún frente al espectáculo, atenta a cada


detalle, Sofía se pregunta de pronto si lo que está viendo es
un número de porno en vivo en un teatro de Luxemburgo o
una fantasía secreta que su propia mente ha decidido
escenificar ante sus ojos cuando ella menos lo esperaba. >
Dentadura postiza
 

«Sueño con amantes viejos, con hombres mayores que


se vuelven locos por mí, que no pueden creer que me
poseerán», dice Liliana, una mujer de clase trabajadora que
dice tener poco tiempo para fantasías entre los ajetreos
diarios, los deberes hogareños y las demandas familiares.
De treinta y cuatro años, está casada hace nueve, es madre
de dos hijos, dueña de casa y habitante de La Florida en
Santiago.

«Siempre me han gustado los hombres bien caballeros,


correctos, de maneras antiguas, como abrir la puerta para
que una pase o acomodar la silla para que una se siente.»

Desde la adolescencia Liliana prefirió los pololos algo


mayores que ella, pero a la hora de casarse eligió a un
compañero de colegio que tiene su edad y con el que se
entiende bien en todos los planos. Sin embargo, en sus
fantasías más íntimas habita una presencia masculina sin
identidad, que va cambiando arbitrariamente, pero que
conserva siempre la característica de ser un hombre de
mucha más edad, directamente un anciano, en sus
palabras. O varios ancianos, para ser precisos.

«Su cara va cambiando. Es distinta cada vez. A veces


un actor que vi en alguna película o un jubilado que miré en
la calle, o una cara que inventa mi mente. No importa eso.
Lo que se repite es que es un tipo de unos setenta años con
el que siempre imagino la misma escena...»

Liliana prefiere fantasear cuando está completamente


sola, tendida en su cama, sin interrupciones. Entonces
enciende una vara de incienso, se concentra, cierra los ojos
y se entrega al espontáneo fluir de su mente.

Se ve a sí misma entrando en una oficina con unas


carpetas en la mano, en el papel de una vendedora o
promotora, vestida de manera formal pero seductora, para
abordar a los potenciales clientes.

«Estoy con una chaqueta ajustada, una falda que deja


parte de mis muslos a la vista, unas medias de seda, ligas
negras, las uñas pintadas de rojo italiano y una sonrisa
encantadora. Me acerco a un señor mayor que está en su
escritorio; no es buenmozo pero tiene unas canas
interesantes —así como elegantitas—, un modo bien
educado, y me trata de "señorita", medio cortado, un poco
nervioso.

»Igual el caballero me mira entera y se nota que le


gusto... Será mayorcito pero es hombre, aunque es como
corto de genio. Pero eso es rico porque es como cazar una
presa. Como tentarlo hasta que no pueda más. Así que yo lo
provoco, le muestro un poco las piernas mientras le hablo
del producto que ando ofreciendo, un seguro para
automóviles. Se fija en mi escote y yo no me tapo, al
contrario, le dejo que mire y se caliente no más.»

En su imaginación, Liliana observa al viejo mientras


hablan. Es un tipo fuerte, de esqueleto firme y buena
contextura. Ella adivina que tiene dentadura postiza. Eso le
causa curiosidad, lo mismo que la forma en que lucirá su
cuerpo desnudo: le gustaría verlo, sentir la soltura de sus
carnes, la rigidez de sus músculos, cierta torpeza de sus
movimientos. Se le despierta cierto morbo al observar el
interés creciente que ella le produce, un dejo patético que
vence el primer ánimo circunspecto y contrariado del
caballero, dando paso al coqueteo errático del
septuagenario... Eso es lo que la excita.

Imagina que el hombre no puede contenerse. Ella lo ha


provocado hasta el límite. El viejo tiene una erección que
Liliana advierte al mirar de reojo su pantalón hinchado. Se
da cuenta de que el miembro del anciano es de
proporciones considerables y que va a intentar un
acercamiento porque ya simplemente no puede más.

El viejo intenta abrazarla, se le echa encima, ella no se


resiste lo más mínimo, al contrario, adelanta las caderas
para sentir en el vientre el bulto del pene aprisionado por la
ropa. Está duro y caliente. El hombre le mete la lengua en la
boca con brusquedad. Ella se finge sorprendida y abrumada
pero no rechaza el avance. El hombre está sudando de
excitación y la besa y la aprieta con furores frenéticos.

Liliana saborea su saliva y se entretiene recorriendo


con la lengua el tacto plástico de su dentadura postiza.
Siente la presión de sus muslos, sus brazos, las manos
agarrotadas en sus caderas, y el grueso aldabón de su sexo
que ya le asoma por el cierre entreabierto.

«El viejo me respira en el cuello, me lame y me


muerde. Siento su cuerpo desesperado sobre el mío. Me
excita sentir que el viejo no se la puede creer... Está
tocando entre mis piernas. Tengo mojados los calzones. Me
toca el clítoris con sus gruesos dedos, lo mueve muy rápido.
Su jadeo lo tiene al borde del infarto. El viejo está
impresionado de ir a poseer a una mujer mucho más joven,
cuando menos se lo esperaba. Pero va a aprovechar la
oportunidad.»

La fantasía de Liliana continúa con la imagen del


maduro amante sobre ella, con el sexo a la vista. Ese cuerpo
desconocido estremeciéndose de deseo, pidiendo más,
temblando de gusto en destellos que le suben por la
espalda. A ella se le ha esponjado toda la piel, sus
hendiduras y salientes, todos sus mares, sus secretos. La
humedad la ha vuelto resbalosa. Necesita ser penetrada.

El viejo toma su mástil y busca el canal de la vagina. A


tientas, ubica su verga en la entrada y se prepara para
empujar. Liliana se ayuda con algún objeto, una vela o una
zanahoria, para vivir esta parte de su fantasía de manera
más realista. Según explica, lo logra plenamente. Al mismo
tiempo que instala el objeto en sus genitales mientras
imagina que el viejo va a penetrarla, experimenta un
orgasmo largo, intenso y muy satisfactorio.

En su fantasía nunca es penetrada. Ella misma sonríe y


comenta: «Cuando yo acabo, se desvanecen todos estos
pensamientos...; así que el viejo se queda siempre con las
ganas».
Hacerlo con animales
El macho cabrío
 

Virginia dice que no quiere confundir su persona con la


totalidad de la población femenina, pero parte por decirme
que todas las mujeres poseemos una particularidad que nos
distingue del resto del reino animal: estamos en celo
permanente. «Las hembras Homo sapiens estamos
especialmente dotadas para el sexo y el placer. De hecho,
nuestra práctica sexual es mucho más intensa, continua,
perfeccionada y grata que la de las hembras de cualquier
otra especie sobre la faz de la Tierra», explica.

Ella estudia Leyes, tiene veinticuatro años y está de


novia hace seis con el mismo hombre. «Al comienzo sólo
pensábamos en tirar, se nos hacía poco el tiempo para eso,
lo hacíamos cuatro o cinco veces seguidas en una noche,
creativamente, en distintas posiciones, por todos los
orificios del cuerpo, en el baño, en la cocina y en el patio.»

Pero con el tiempo sus relaciones sexuales se volvieron


más espaciadas y rutinarias. «A veces es patético, Patricio
comienza a masturbarse cuando estamos viendo televisión,
juega con su pene hasta que lo tiene tieso, llega un
momento en que me instala encima, sin excitarme
previamente, y termina dentro de mí a los pocos minutos. Yo
le digo que no me gusta así, que es fome y que necesito
que me estimule para disfrutar. Pero igual le abro las
piernas como para salir del trámite. Creo que el desgaste en
lo erótico es inevitable pasado un tiempo. Lo esencial para
una buena sexualidad es lo novedoso, lo desconocido. Y eso
se pierde.»

Virginia añade, menos grave: «Habría que importar


medio millón de hombres argentinos y mandar al otro lado
de la cordillera a igual número de chilenos». Con esta teoría
comienza el relato de su imaginario erótico.

El descubrimiento se le hizo evidente en un viaje


reciente a Mendoza, para aprovechar el cambio y comer bife
chorizo, dice. La miro atenta y expectante esperando el
desarrollo de su tesis. Pero Virginia se hace esperar y
trabaja con cierto misterio su relato.

Es taxativa en afirmar que no se refiere a esos


argentinos a los que estamos acostumbrados, a los
imberbes playeros, musculosos y tostados en Reñaca,
niñitos de buena familia en plan de vacaciones. «Te estoy
hablando del hombre de la calle, de todos, de ninguno en
particular, tal vez sólo descartaría a Menem; pero
cualquiera, por ejemplo un caballero con cara de arrancado
de la Segunda Guerra al que le pregunté por una calle en
Mendoza y que me contestó mirándome a los ojos y
haciéndome sentir como a una reina, no sé por qué. O los
mozos, que son rápidos, seguros de sí mismos, peinados a
la gomina, cero servilismo. O unos tipos espectaculares que
recogen la basura al trote, con sudadera, de buen humor,
con regios cuerpos, listos para meterse en la cama con
una.»

Afirma que este sistema de traer argentinos y llevar


chilenos produciría un mejoramiento de la raza, «porque son
objetivamente más bonitos en promedio: altos, buena
facha, producidos pero llanos, te miran a los ojos, todos,
como que una existe, frontalmente, no como los de acá que
siempre te hablan mirándote las pechugas, las piernas o el
poto».

Sin embargo, las fantasías de Virginia no son con


varones sino con un macho cabrío, un chivo. No tiene ni la
menor idea de cómo se originó esta imagen. Cuenta que
cuando se masturba deja volar su mente sin dirigirla y que
esta escena apareció y se ha ido quedando en su
imaginación erótica.

Para ella las fantasías son cíclicas. Hubo un tiempo en


que soñaba con escenas grupales, en que participaba en
una orgía, con muchos hombres y mujeres que hacían el
amor a su alrededor y varios que la poseían frenéticamente
sin que ella les viera el rostro en medio de la confusión de
cuerpos, transpiraciones y placeres.

Después ingresaron algunos perros en esa fantasía.


Una fila de grandes mastines conducidos por hombres
musculosos, que la violaban por turno estando ella
amarrada y prisionera. A veces era un caballo, con un
miembro enorme, el que se le montaba en el lomo. En otras
oportunidades era asaltada inesperadamente por su vecino,
que la penetraba por el ano mientras ella arreglaba el
jardín. En esas ocasiones el perro del vecino le lamía la
vagina mientras el hombre la hacía gozar por detrás.

Ahora, y desde hace unos meses, su fantasía es un


chivo con el cual tiene relaciones sexuales. Ella está
paseando por un campo, ve una cabaña, se acerca, siente
ruidos y ve detrás de una pared a una pareja de turistas que
está en un establo. El hombre, alto y fornido, está
penetrando al animal con cortas estocadas mientras la
mujer lo sujeta con una cuerda muy corta. El chivo está
visiblemente excitado puesto que se le ve un sexo rojo y
descapullado, bastante duro y largo. Virginia se hace
presente en la escena y los otros siguen en su actividad sin
inmutarse. Ella se siente bastante acalorada y deseosa de
participar. La mujer le hace señales para que se acerque y
se saque la ropa. Una vez que lo hace, el hombre retira su
miembro del recto del animal y se le acerca con el aparato
en la mano, húmedo de la gruta del chivo, la agarra y la
pone en cuclillas. Ella piensa —y desea— que ese
desconocido la fornique delante de su mujer, pero también
está fijada por la inquietud del animal y por el miembro
brillante que parece querer encajar en alguna parte. Los dos
turistas le manosean los genitales y los pechos. La mujer le
besa los pezones; el hombre le acaricia la vulva con
movimientos bruscos.

De pronto siente algo así como una crema que le


aplican dentro y alrededor de la vagina. Es una vaselina con
fuerte olor orgánico.

Virginia se aproxima al chivo, cuyo pene está


francamente congestionado. Se instala con las piernas
abiertas y levantadas frente al animal, que se le abalanza
encima y comienza a moverse. La pareja de desconocidos
ayuda a conducir el miembro del animal hacia la vagina de
ella.

«A cuatro manos me meten la cosa del chivo, que


empuja arriba y abajo con impresionante rapidez. Ese
masajeo me produce harto placer, porque además el
hombre y la mujer están mirando de cerca y manipulando
los órganos del animal y el mío, y ese verdadero palo se
desliza en mi vagina y entre sus manos deliciosamente. Me
hacen gozar moviéndome el clítoris y acariciándome la
punta de los pechos. Siento que el animal va a eyacular.
Entonces el hombre le sujeta la verga palpitante y lo empuja
hacia dentro a la vez que la mujer me sigue tocando el
clítoris, que está al borde de una descarga. El chivo vierte
un líquido muy caliente en mi interior en el mismo momento
en que yo tengo un orgasmo muy agradable.»
Perros afganos
 

María Isabel tiene cuarenta y tres años, es


meteoróloga, tiene cinco hijos y vive en Valparaíso. Está
casada por segunda vez.

«Mi fantasía predilecta proviene de una escena que vi


en un libro de ilustraciones. Era una doncella rozagante,
carnosa, rolliza, con dos perros afganos a sus pies. Los
perros estaban con la lengua afuera, unas lenguas largas y
rosadas que me parecieron sugerentes.

»Me imagino que esa joven del dibujo, vestida con


tules, muselinas y suaves sedas, es llevada a un salón muy
elegante donde todo el mundo va disfrazado y obedece las
instrucciones de un hombre alto, vestido de blanco, con
bigotes de señor Corales. Atan a la joven a una mesa, ante
un gran espejo. Con redoble de tambores y entre el rumor
excitado de la multitud, traen a dos perros afganos rubios.
Detrás viene otro hombre vestido de blanco con otros dos
afganos. Y así, una larga hilera de hombres y perros, que se
prolonga hasta donde ya no puedo ver.

»En mi imaginación tomo el lugar de la mujer


amarrada, del hombre, de los perros, alternativamente. Soy
cualquiera de ellos. Siento la mirada y el furor de las
decenas de personas que miran y rumorean alrededor.

»Todos los hombres de la fila comienzan a estimularse


sexualmente ellos mismos y a los perros. Sacan sus
miembros, los mueven con energía, hasta los golpean con
palmaditas, o se masturban enérgicamente, como
preparando sus armas para un torneo. También untan con
aceite el órgano de los perros y se los menean... Yo siento
esas manipulaciones en mis propios genitales, como si
alguien me los calentara con eficientes manoseos.

»Por turno, y en fila, los hombres y los perros van


copulando con la joven. Todos los hombres se lo meten.
Todos los perros la montan. Uno tras otro, hasta acabarle
adentro. Cada cierto rato la limpian con unas toallas, porque
de su vulva emana un espeso caldo lechoso.»
La domadora
 

Claudia no trabaja y vive en Las Condes. Tiene treinta y


siete años, es separada, sin hijos, y dice no tener una
fantasía recurrente. Crea diversas situaciones en su mente,
deja volar la fantasía hacia donde quiera llevarla, confiada
en que buscará caminos que conducen inexorablemente
hacia el placer. Claudia tiene fantasías con sus compañeras
de gimnasio, con su actor favorito, con el vecino. Pero
decide relatarme una que tuvo hace tiempo y que le parece
memorable.

«Imaginé que estaba en el centro de la pista de un


circo, vestida de domadora y rodeada de público masculino.
Hombres de distintos portes, colores, edades, clases
sociales. Todos estaban como locos, frenéticos, gritando que
me desnudara. De pronto, cuatro ayudantes hicieron entrar
a un potro, un semental negro muy hermoso. Yo sabía que
iba a aparearme con el animal y estaba ya con muchas
ganas de hacerlo.

»Los cuatro hombres que sostenían al animal lo


encadenaron firmemente al suelo. Yo me acerqué al potro,
que bufaba y se impacientaba, y até varias cintas de colores
en su enorme órgano, que se iba agrandando y tensando
aún más en la medida en que yo hacía nudos de colores en
su gruesa vara... Me acerqué más al animal y frente a sus
narices me froté el cuerpo con un líquido excitante, aunque
por las proporciones de su pene ese recurso estaba de
más...
»Al masajearme los muslos y el vientre, el público gritó
enardecido. Luego, mientras todos esos hombres aullaban
de excitación, me acomodé en una banca por debajo del
animal, en cuatro patas. Levanté las caderas y las incliné
hacia adelante. Los ayudantes guiaron el órgano de la
bestia y me lo introdujeron en la vagina hasta donde
pudieron. El público vitoreaba y aplaudía rítmicamente
mientras el animal me penetraba. A pesar del tamaño
monstruoso de su miembro, no sentía ningún dolor; al
contrario, a través de esa fantasía me di el gusto del siglo.»

[1] Un hit de 1971, grabado por el cantante argentino


Heleno, seudónimo de Miguel Ángel Espinosa, también
conocido como Darío Coty.
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Pamela Jiles
 
 
 
 
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