Lecturas Fantástico 4
Lecturas Fantástico 4
DE LO
POSIBLE
Módulo 1
LECTURAS 4
1
IX
El tapete
Greye La Spina
—La otra no duró mucho —dijo con resentimiento la señora Renner.
Lucy Butterfield volvió la cabeza en la almohada para oír mejor la
conversación que, en voz baja, estaba teniendo lugar fuera de su habitación.
Desde luego que no pensaba privarse de escuchar a escondidas, en aquella
casa llena de secretos, si haciéndolo podía encontrar alguna pista sobre la
misteriosa desaparición de Cora Kent.
—Esa mujer estaba enferma, señora. Fue demasiado para ella. Tenía usted que
haberse dado cuenta, si es que Kathy no lo hizo.
Aquella, reconoció Lucy, era la voz de Aaron Gross, el pobre anciano que la
casera dijo que había rescatado de una miserable granja comarcal para que se
ocupara del jardín y los recados. Tenía una voz aguda y chillona, del todo
acorde con el enjuto hombrecillo a quien pertenecía.
—¡Silencio! ¿Es que quiere despertarla?
Lucy se sentó en la cama, en ese momento ya le le llegaban con toda claridad
las voces susurrantes que se oían en el pasillo, fuera de su cuarto. Sabía que
no era muy honrado escuchar la conversación entre la casera y su ayudante,
y eso hacía que el hecho, casi fortuito, de estar espiando tuviera aún más
emoción. Por un lado, solo era una travesura, pero por otro, algo muy serio.
—Kathy tiene que comer —murmuró muy tajante la señora Renner—. ¿Es que
no la oye? ¿Cómo voy a ignorarla? ¡Dígame cómo!
Lucy también la oyó. De una de las habitaciones cerradas del pasillo salía un
tenue lamento, y entonces comprendió que lo que había estado oyendo de
noche no formaba parte de un sueño. Kathy Renner, de doce años de edad, en
cama por una fiebre reumática y privada de toda compañía por miedo a que
cualquier excitación le provocase un ataque cardíaco, lloraba
desconsoladamente.
—¡Mamá! ¡Tengo hambre! ¡Mamá! ¡Tengo hambre!
2
¡Pobre niña! Todo el día allí encerrada, sin hablar con nadie, y toda la noche
llorando de hambre. Lucy se encendió de rabia ante la incompetencia de la
señora Renner. ¿Cómo podía una madre consentir ese penoso lamento? Como
si una firme intuición la hubiera empujado a dar explicaciones, se oyó la voz
de la señora Renner.
—¡Escúchela! ¡Ay, mi pequeña Kathy! No lo soporto más. Esta noche no
puedo, pero mañana sacaré de ahí esa madreselva.
Lucy recorrió la habitación con sus ojos grises hasta reparar, perpleja, en un
alto jarrón de madreselva amarilla recién florecida, que pudo distinguir en la
penumbra, colocado en un estante del viejo escritorio que había entre las dos
ventanas de la pared sur. Le había parecido un detalle muy agradable que la
casera trajera flores frescas a diario. Desprendían un aroma intenso y dulce
que formaba parte de la vida campestre a la que Lucy se había retirado las dos
semanas de vacaciones que le correspondían, antes de incorporarse a su
nuevo puesto como responsable de compras del departamento de ropa de
hogar de Munger Brothers, en Filadelfia.
—No lo haga, señora. Se arrepentirá. ¡No lo haga! —La protesta sonó
contundente en la voz quejumbrosa de Aaron—. Ya sabe lo que pasó con la
otra muchacha. No puede continuar así, señora. Si esta nos deja, no será como
la primera y entonces tendrá un problema doble, señora, hágame caso. ¡No lo
haga! Una cosa es un accidente, y otra hacerlo a propósito. Mejor voy a
conseguir una estaca bien afilada, señora…
—¡A callar! Vuelva a la cama, Aaron. Déjeme esto a mí. Al fin y al cabo, yo
soy la madre de Kathy y usted no podrá detenerme. No voy a permitir que
pase hambre. Se lo repito, vuelva a la cama.
—Bueno, la puerta está cerrada con llave y hay madreselva dentro. No puede
hacer nada esta noche —murmuró Aaron de mala gana.
El ruido de sus pasos se alejó por el pasillo. La vieja granja de estilo holandés
de Haycock, Pensilvania, se sumió en el silencio, salvo por el desolador
gimoteo proveniente de la habitación de la niña.
—¡Mamá! ¡Tengo hambre! ¡Mamá!
Lucy se quedó despierta mucho tiempo. No podía dormir con aquel lloriqueo
desconsolado de fondo. A pesar de la atmósfera siniestra a su alrededor,
3
centró sus pensamientos en el motivo de su estancia en la remota granja de la
señora Renner, en el condado de Bucks. Todo había empezado con la
desaparición de Cora Kent, la inmediata superior de Lucy en el departamento
de ropa de hogar de Munger Brothers. Cora no había vuelto al trabajo al
término de sus vacaciones, y las investigaciones únicamente recalcaban el
hecho de su desaparición. Había partido hacia el campo en su cupé, llevando
consigo un pequeño telar y una caja con hilos de colores.
A Lucy le caía bien la señorita Kent como compañera de trabajo y se había
sentido incómoda al aceptar su puesto. Pero alguien tenía que asumir la
responsabilidad y ella era la siguiente en el escalafón. Sus vacaciones eran tres
semanas después de las de la señorita Kent y Lucy había insistido en cogerlas
como preparación para asumir el nuevo cargo, aunque su verdadero
propósito era explorar el terreno y averiguar algo más sobre aquella
misteriosa desaparición. Tenía el presentimiento de que Cora no había ido
muy lejos, así que estableció su cuartel general en Doylestown, sede del
condado de Bucks, para continuar desde allí con la labor detectivesca que se
había autoimpuesto.
En la región de Haycock, en las afueras de Quakertown, área sembrada de
granjas dispersas, encontró una pista. En el museo de Doylestown consiguió
enterarse de los nombres de algunas tejedoras de la zona y sus indagaciones
la llevaron hasta la granja de la señora Renner. El tercer día de sus vacaciones,
Lucy llegó a un acuerdo con la señora Renner para hospedarse en su casa una
semana a pensión completa y recibir clases de costura. Al entrar en la
habitación del piso superior que iba a ocupar, Lucy exclamó entusiasmada al
ver la colcha de la vieja cama de madera, las alfombrillas delante del
lavamanos y del antiguo escritorio con estantes y cajones a ambos lados de un
espejo alargado. Un sillón tapizado con una tela que, según la señora Renner,
había tejido ella misma, llamó la atención de Lucy, en particular, el tapete
reposacabezas prendido en el respaldo. La señora Renner declaró con
inquietud que ese no lo había tejido ella, y su mirada evitó la de Lucy
furtivamente. Lucy se ofreció a comprarlo y la señora Renner lo desprendió
de inmediato.
—Quédeselo usted. Nunca me gustó. Me alegro de deshacerme de él —
respondió de forma abrupta.
4
Cuando Lucy regresó a Doylestown para recoger sus pertenencias, le escribió
una breve nota a la madre de Stan e incluyó la pieza de tela. También le indicó
a su futura suegra la dirección de la señora Renner. Lucy sabía que la madre
de Stan, con quien tenía una relación extraordinaria, estaría encantada con tan
singular tejido y estaba segura de que se lo enseñaría a Stan cuando este fuera
a casa a pasar el fin de semana, siempre que sus estudios superiores de
medicina se lo permitieran.
El tapete no tenía un aspecto tan curioso como le había parecido al principio.
Era un trabajo bastante cuidado, pese a que el diseño ornamental era algo
confuso. Los bloques decorativos de las esquinas y de la parte superior e
inferior no tenían un diseño en absoluto pobre, y los signos irregulares del
centro tenían cierta gracia. Parecían algún tipo de símbolo ancestral. La señora
Brunner se entusiasmaría al recibir una auténtica pieza de tejido claramente
artesanal. Lucy se prometió a sí misma averiguar quién había sido la autora
una vez se ganara la confianza de su anfitriona.
En una conversación, le preguntó abiertamente a la señora Renner si alguna
vez había estado en la casa una tal Cora Kent. Ella respondió con una mirada
de extrañeza y negó incluso haber oído ese nombre. El viernes por la mañana,
el segundo día en la granja Renner, Aaron Gross le entregó a Lucy un paquete
de la lavandería de Doylestown, donde había dejado unas prendas de
lencería. El viejo actuó de forma tan asustadiza y desconfiada que desconcertó
a Lucy. Cuando rasgó el envoltorio del paquete, él se lo arrebató y lo arrugó
a toda prisa, como si tuviera miedo de que alguien descubriera que Lucy había
dado la dirección de la granja antes de llegar allí. Lucy contó las prendas. Eran
once en lugar de diez. Había un pañuelo de más, con unas iniciales bordadas.
Fue entonces cuando Lucy tuvo la primera intuición. El pañuelo tenía las
iniciales «C. K.». Cora Kent debía de haberse alojado en algún lugar cercano.
Además, se incluía una nota de la lavandería, escrita a lápiz. El pañuelo se
había enviado por error a otra clienta y ahora lo devolvían, con una disculpa,
a la dirección de su propietaria. Por lo tanto, Cora Kent había estado en la
granja Renner y la señora Renner había mentido deliberadamente al decirle
que nunca había oído ese nombre.
Lucy levantó la vista al oír aproximarse el rumor de una falda almidonada.
La señora Renner estaba mirando el pañuelo de Cora con un gesto serio y
huraño, la boca apretada y los ojos negros entornados. No dijo nada, solo se
5
quedó mirando. De repente, se dio la vuelta y entró en la casa. Lucy se quedó
angustiada sin saber exactamente por qué, aunque la mentira intencionada de
la señora Renner era todo un enigma en sí misma.
Entre las cosas que empezaban a preocupar a Lucy, además de esta, estaba la
puerta que tenía encerrada a Kathy Renner. La señora Renner había dejado
muy claro que no quería que nadie se entrometiera en el cuarto de su hija.
Esto podría alterarla y aumentar el peligro de ataque cardiaco por la fiebre
reumática. Al parecer, Kathy dormía todo el día, pues habían pedido a Lucy
que durante esas horas no se hiciera ruido dentro de la casa. En cambio, por
la noche, el ruido no era una molestia, puesto que la pequeña enferma solía
quedarse despierta.
Lucy se sentó en la cama y escuchó el llanto afligido de la niña. ¿Por qué la
madre de Kathy no le daba de comer a la pobre criatura? No sabía que el
ayuno estuviese indicado para la fiebre reumática. A lo lejos, oyó abrirse una
puerta y el lloriqueo cesó. Lucy se recostó y pronto se quedó dormida, con la
tranquilidad de que las necesidades de Kathy habían sido atendidas.
Las enigmáticas observaciones de la señora Renner y el enfado con que Aaron
había reprobado el comportamiento de su patrona poco antes se fueron
desvaneciendo a medida que el sueño apaciguaba la inquieta mente de Lucy.
Al día siguiente por la tarde, cuando entró en su habitación a por las tijeras
que necesitaba para su clase de telar, observó que el jarrón con la madreselva
había desaparecido, y al mismo tiempo recordó las palabras de su casera de
aquella noche. Se preguntó, en vano, qué tendría que ver la madreselva con
el llanto hambriento de Kathy. O, mejor aún, qué tendría que ver con ella.
Con la vaga idea de boicotear el plan que la señora Renner había insinuado a
Aaron la noche anterior, Lucy se las ingenió para arrancar varios ramilletes
de lilas y madreselva desde su ventana, sin tener que atravesar la casa con
ellas. Junto al lavamanos había un pesado vaso de cerámica para el cepillo de
dientes, y decidió poner las flores allí. Para retirarlas, la señora Renner tendría
que desenmascararse y explicar el motivo por el que se las llevaba, pensó Lucy
con malicia.
En el amplio salón de la planta inferior, donde el enorme telar de la señora
Renner ocupaba gran parte del espacio, la casera había despejado una mesa y
en ella había colocado un telar pequeño, de unos cuarenta centímetros de
ancho. Lucy lo examinó con interés, pues lo reconoció de inmediato como uno
6
de los modelos que se vendían en el comercio donde trabajaba. No dijo nada,
pero miró a la señora Renner con recelo cuando esta le explicó que era un
aparato viejo que le había regalado una antigua pupila que ya no lo
necesitaba. Tenía una urdimbre blanca hilada en sarga diagonal; para un
tafetán, le dijo la señora Renner.
—¿Qué tipo de piezas sabe tejer con ligamento de sarga? —preguntó Lucy,
pensando en el tapete con bordados extraños que le había enviado a la madre
de Stan.
—De todo —respondió la señora Renner—. En general, se puede tejer casi
cualquier cosa con tela de sarga, señorita. Sobre todo a mano. —Mientras
decía esto, movió las palancas como demostración—. Mejor que se ciña al
tafetán para empezar. El trabajo manual no es tan sencillo y le llevará mucho
más tiempo.
—El tapete que me dio estaba hecho a mano, ¿verdad? —Lucy probó suerte.
La señora Renner le lanzó una mirada extraña.
—Mañana podrá tejer una toalla blanca de algodón con bordes de colores —
contestó cortante—. No merece la pena empezarla esta noche, es muy duro
trabajar a la luz de las lámparas de queroseno.
Lucy estaba impaciente. Le parecía increíble que de verdad fuese a
confeccionar con sus propias manos la tela de una toalla en un solo día. Subió
a su dormitorio temprano y, como había hecho desde el principio, costumbre
que había adquirido viviendo en pensiones de la ciudad, cerró la puerta con
llave. De lo profundo del sueño la sacó, aún medio dormida, el ruidillo del
pomo de la puerta girando con cuidado y, a continuación, unos pasos que se
alejaban junto con el lloriqueo de la niña: «¡Mamá, tengo hambre!». La oía tan
cerca que por un momento creyó que la tenía justo a su lado, sin ninguna
puerta de por medio. Le pareció que la pequeña decía: «Mamá, ¡no puedo
entrar! ¡No puedo entrar!».
A la mañana siguiente, la señora Renner no tenía buen aspecto. Unas ojeras
oscuras ensombrecían su mirada y llevaba un pañuelo holgado alrededor del
cuello, a pesar de que el calor sofocante invitaba más a quitarse que a ponerse
cualquier prenda superflua. Cuando Lucy se sentó al telar, la señora Renner
le enseñó a cambiar las caladas y a empujar la lanzadera para el tafetán, y, a
continuación, dejó la tarea para subir a arreglar la habitación de su huésped.
7
Bajó unos minutos después y, con una expresión sombría y lúgubre en el
rostro, los labios una hermética línea recta, se dirigió a Lucy.
—¿Puso usted flores en la habitación? —inquirió.
Lucy paró de tejer y miró a la señora Renner fingiendo sorpresa. Su intuición
le decía que la pregunta escondía mucho más de lo que aparentaba.
—Me gustan mucho las flores —murmuró en tono de disculpa.
—No pueden estar en un dormitorio por la noche —respondió con
rotundidad la señora Renner—. No es sano, por eso quité las otras. No quiero
flores en ninguna de mis habitaciones por la noche.
Aquello sonó como una orden. La natural suspicacia de Lucy y la enorme
curiosidad que sentía la empujaron a contradecirla.
—No tengo miedo a tener flores en la habitación por la noche, señora Renner
—insistió, tozuda.
—Pues yo no lo voy a permitir —respondió la casera con voz y gesto
determinantes.
Lucy arqueó las cejas.
—No veo una razón de peso para que un ramito de flores suponga un
problema, señora Renner.
—Las he tirado, señorita. Y no se moleste en traer más, porque las tiraré
también. Si quiere quedarse en mi casa, tendrá que ser sin flores en el
dormitorio.
—Si está tan convencida, por supuesto que no pondré más flores, pero, con
toda franqueza, he de decirle que me parece una tontería esa idea de que no
son saludables.
La señora Renner zanjó el tema satisfecha con su autoridad como anfitriona,
y el resto del domingo lo pasó iniciando a Lucy en los secretos del tejido
decorativo, con tan buen resultado que al atardecer había terminado una
toalla pequeña de algodón blanco con un borde de rayas de colores.
Al caer la noche, Lucy se quedó adormilada en la hamaca. La combinación del
aire fresco del campo y las copiosas comidas rurales hacía que se le cerrasen
los ojos. Se despertó al oír a un perro, al que había visto alguna vez entrar y
8
salir del granero, escarbar furiosamente en las raíces de un arbusto cercano,
de entre las que desenterró un frasquito azul medio lleno de pastillas blancas.
Apartó al perro y cogió el bote. Lo miró con curiosidad. Un escalofrío le
recorrió el cuerpo. Había visto un botecito igual en el escritorio de trabajo de
Cora Kent, y recordó que Cora había dicho algo acerca de que el ajo era bueno
para las personas propensas a la tuberculosis. Lucy desenroscó el tapón y
olisqueó su contenido. El olor era inconfundible. Se escondió el frasco entre la
ropa a toda prisa. Ahora sabía sin la menor duda que Cora Kent la había
precedido como huésped en la casona Renner. Ahora sabía que aquel pequeño
telar era el de Cora. El pañuelo con las iniciales bordadas no era más que otro
testimonio silencioso.
Lucy subió a su habitación sigilosamente, cerró la puerta y encajó una silla
bajo el pomo para mayor seguridad. Por primera vez, empezaba a sentirse
amenazada. Sus pensamientos la llevaron al ramillete de flores del que la
señora Renner se había deshecho. ¿Por qué se habría puesto así? ¿Por qué le
dijo a Aaron que iba a «sacar de ahí esa madreselva»? ¿Qué pasaba con esas
flores para que la señora Renner quisiera quitarlas del cuarto de su huésped?
Como si tuvieran alguna relación con el lastimero «mamá, tengo hambre» de
la pequeña Kathy…
Lucy no era capaz de encajar todas las piezas del puzle. Pero, tras la insólita
discusión sobre la madreselva, estaba decidida a arrancar otro ramillete de la
enredadera que trepaba por la pared de su ventana. Precisamente porque la
señora Renner no quería que lo tuviera en la habitación, Lucy estaba del todo
decidida a volver a ponerlo allí. Quitó la mosquitera con cuidado y se asomó.
Se quedó estupefacta. Alguien había arrancado burdamente toda la
madreselva en flor que se podía alcanzar con la mano y la había arrojado al
suelo bajo la ventana. Alguien que había previsto su intención. Volvió a poner
la mosquitera y se sentó al borde de la cama, confusa y angustiada. Si la señora
Renner tramaba un perverso plan que por algún motivo misterioso implicaba
deshacerse de la madreselva, Lucy supo que sería incapaz de afrontar con
éxito la situación.
A la luz del día habría sido hasta divertido. Solo tenía que dirigirse al
cobertizo donde tenía aparcado el coche y, aunque «ellos» lo hubieran
saboteado, calculó que no le resultaría difícil llegar andando o corriendo a la
carretera principal, por donde pasan camiones y coches con gente. No como
9
por la recóndita granja Renner, oculta entre las lomas de los frondosos
bosques de la zona.
Se dijo a sí misma con severidad que estaba siendo una boba aprensiva con
demasiada imaginación. ¿Qué tendría que ver la madreselva con su propia
seguridad? Se preparó para acostarse y apagó la lámpara de queroseno con
determinación. Enseguida le entró sueño y se durmió profundamente.
No oyó el susurro sibilante de la señora Renner:
—¡Sshhh…! ¡Kathy! Ahora puedes venir, Kathy. Está dormida como un
tronco. Mamá ha quitado la madreselva, puedes entrar ahora. ¡Sshhh!
Tampoco oyó la afligida protesta de Aaron:
—No puede hacer esto, señora. Déjeme que vaya a por la estaca, señora. Sería
mucho mejor así. Señora…
Lucy, profundamente dormida en la habitación cerrada, no escuchó ninguno
de estos ruidos. Tuvo unos sueños muy vívidos y cuando al fin se despertó,
el lunes por la mañana, se quedó tumbada en la cama, sin fuerzas, recordando
lo último que había soñado. Una niña vestida de blanco se acercaba a su cama
con timidez, se tumbaba junto a ella hasta que sus propios brazos acogían a la
pequeña y taciturna intrusa. La niña acercaba sus labios tibios a su garganta
en lo que Lucy percibía como un beso, pero uno que nunca antes había sentido
en toda su vida. Escocía cruelmente. Pero, al abandonarse a la caricia de la
niña, una laxitud del cuerpo y de la mente se apoderó de ella y sintió como si
todo su ser fuese arrastrado al encuentro de aquellos labios infantiles que se
aferraban a su cuello. Fue un sueño inquietante, y su mero recuerdo le
producía repugnancia y fascinación al mismo tiempo.
***
Lucy sabía que era la hora de levantarse, así que se incorporó, fatigada y débil,
sin ánimo de hacer el menor esfuerzo físico. Agotada, pensó que era como si
algo hubiera abandonado su cuerpo. De manera involuntaria, se llevó una
mano al cuello. Tocó con los dedos una pequeña rugosidad, como dos
pinchazos justo donde la niña del sueño la había besado de aquella forma
extraña y dolorosa. Se levantó y fue al espejo. Tenía dos marcas muy claras en
el cuello, como si un escarabajo grande le hubiera pellizcado la carne blanda
10
con sus poderosas mandíbulas. Al ver las dos picaduras enrojecidas, ahogó
un grito sin fuerza.
Ahora estaba del todo convencida de que algo iba mal. También tenía la
certeza de que estaba relacionado con ella. No era capaz de determinar la
naturaleza exacta de aquel mal, pero sabía que había algo hostil en la
atmósfera de la granja Renner y en el irracional terror que se había
desencadenado allí. ¿Podría llegar al coche y escapar? ¿Escaparse…? Se miró
el cuello en el espejo y se tocó las marcas rojas con cuidado. Era incapaz de
dar coherencia a sus ideas, y se dio cuenta de que solo podía pensar en una
cosa: huir. Le era difícil explicar con palabras aquello de lo que quería escapar,
pero la idea de abandonar la granja Renner lo antes posible era más fuerte con
cada minuto que pasaba. En su mente, un hecho horrendo e indiscutible se
distinguía con toda claridad: Cora Kent había visitado la granja Renner y
desde entonces nadie había vuelto a verla.
Lucy se vistió rápido y se las arregló para escabullirse de la casa sin cruzarse
con la casera. Encontró el coche en el cobertizo de la parte trasera del granero,
justo donde lo había dejado. Parecía que todo estaba en orden, pero al
acercarse descubrió con desconcierto que tenía dos ruedas pinchadas. Como
era habitual, tenía una de repuesto. Pero no sabía cómo quitar la vieja y hacer
el cambio, y mucho menos cómo reparar la segunda. Era imposible salir de la
granja Renner en coche. Se quedó mirando el automóvil inservible,
angustiada.
La voz quejicosa de Aaron Gross llegó de repente a sus oídos. Se dio la vuelta
para enfrentarse a él con aire acusador.
—¿Qué le ha pasado a mi coche? ¿Quién…?
—No puede usarlo en este momento, señorita, con dos ruedas pinchadas. —
Aaron se mostró voluntarioso—: ¿Quiere que las lleve a una gasolinera por
usted?
Ella respondió con alivio.
—Eso sería espléndido, Aaron. Pero no sé quitarlas.
—Yo tampoco, señorita. No sé nada de mecánica.
En la voz de la chica se mezclaban la impaciencia y la aprensión. Abrió el
maletero y empezó a sacar las herramientas.
11
—Creo que puedo levantar el coche, Aaron. No lo he hecho nunca, pero
necesito el coche para ir al pueblo. De compras —añadió enseguida,
intentando sonreír con naturalidad.
Aaron no dijo nada. Se quedó al fondo del cobertizo, mirando cómo se las
apañaba Lucy para poner el gato bajo el eje trasero y levantar el coche del
suelo.
—Necesitaré una caja para sostener esta parte mientras pongo el gato en la
otra rueda —sugirió.
Aaron se puso en marcha, arrastrando los pies.
Lucy consiguió hacer palanca en el tapacubos, pero a pesar de sus fervientes
esfuerzos con tuercas y tornillos, no pudo moverlos ni un centímetro. Lo dejó,
desesperada, mientras Aaron regresaba con la caja. Se le ocurrió que sería
mejor pedirle que trajera a un mecánico del pueblo. Jadeante y despeinada,
salió del cobertizo en su busca. Justo allí, se encontró de frente con la señora
Renner, que tenía un gesto adusto en los labios y los ojos entornados.
—¿Algún problema? —inquirió la señora Renner, mientras con sus manos
gordas alisaba el delantal de cuadros azules sobre sus anchas caderas.
—Mi coche tiene dos ruedas pinchadas. No puedo entender cómo ha pasado
—soltó Lucy.
El rostro de la señora Renner no se inmutó. A continuación, sin hacer ninguna
pregunta, dijo:
—No necesita ir al pueblo para nada. Aaron puede hacerle los recados.
—Ya, pero es que yo quiero ir al pueblo —insistió Lucy con vehemencia.
—No necesita el coche salvo que sea, claro, para marcharse de aquí —dijo la
señora Renner con frialdad. Miró a Lucy con expresión hierática, después se
dio la vuelta y se dirigió a la casa sin decir ni una palabra más.
Lucy la llamó:
—¡Señora Renner! ¡Señora Renner! Me gustaría que Aaron llevase estas dos
ruedas al pueblo para que las reparen, pero yo no puedo quitarlas.
La señora Renner siguió su camino y desapareció dentro de la casa sin
inmutarse, como si no la hubiera oído.
12
Desde el granero le llegó la voz trémula de Aaron.
—Señorita, ¿quiere que le pida al mecánico que venga aquí?
—¡Oh, Aaron, eso sería maravilloso! Le pagaría encantada, y también a usted,
claro. Dígale que no puedo quitar las ruedas.
Sí, eso es lo que haré, se dijo. Una vez llegara el mecánico, bajaría la maleta y
trataría de llegar al pueblo, y le pediría que enviase a alguien a recoger el
coche cuando las ruedas estuvieran reparadas. Así conseguiría marcharse
antes del anochecer. Mientras Aaron estuviese fuera, trabajaría en el telar que,
ahora estaba segura, había pertenecido a Cora Kent. Lo cual aplacaría las
sospechas de la señora Renner.
Volvió despacio a la casa. Dio gracias por que la señora Renner estuviera
arriba arreglando el dormitorio. Lucy oía sus pasos al ir de un lado a otro de
la cama. Se sentó al telar y se puso a hacer pruebas con hilos de colores para
conseguir un borde ornamental como el del tapete que le había enviado a la
madre de Stan. No fue tan difícil como había pensado y empezó a avanzar
más deprisa de lo que jamás habría creído. Era casi como si fueran los dedos
de otra persona los que colocaban los hilos. Comenzó a dar forma a las figuras
de los bordes cada vez más entusiasmada. Los entredoses de las esquinas
miraban al exterior como serpientes sinuosas erguidas sobre sus colas, y el del
centro era como una culebra que se mordía la cola. Pasó el tiempo. El tejido
crecía entre sus manos como si alguien las guiara.
—Pero… —dijo en voz alta, sorprendida ante lo que había tejido en tan poco
tiempo—. ¡Parece que pone SOS!
—¿Y ahora qué…? —siseó la señora Renner.
Estaba de pie, justo detrás de Lucy, mirando los símbolos de la tela con los
ojos entornados y la mandíbula apretada. Cogió las tijeras de encima de la
mesa y las clavó en la tela recién tejida con ensañamiento. En un momento, la
destrozó por completo.
—¡Y ahora qué! —exclamó con siniestra determinación.
Lucy se llevó las manos a la boca para contener un grito horrorizado. Por un
momento no fue capaz de articular palabra. Era evidente lo que significaba
aquello. De pronto comprendió quién había tejido el tapete, y entendió por
qué había elegido esas serpientes ondulantes como decoración. Con el reflejo
13
de ese descubrimiento en su rostro estupefacto, miró a la señora Renner y
decidió enfrentarse a su lúgubre disposición con todo el valor y la fuerza que
fue capaz de reunir.
—¿Qué le pasó a Cora Kent? —preguntó a bocajarro, con la cabeza alta y los
ojos aterrorizados abiertos de par en par—. Ella estuvo aquí. Sé que estuvo
aquí. ¿Qué le hizo usted? —Como si las palabras se impusieran a toda
voluntad, continuó—: ¿También quitó la madreselva de su habitación?
Inesperadamente, la señora Renner pareció derrumbarse. Empezó a
retorcerse las manos con inútiles gestos de desesperación. Su aire de
invulnerable seguridad se desmoronó mientras doblaba el cuerpo de un lado
a otro como un autómata.
—La otra no duró mucho, ¿verdad? —Lucy continuó, implacable. El recuerdo
de la conversación que había oído sin querer le vino a la cabeza.
La señora Renner tropezó hacia atrás y se desplomó en una silla.
—¿Cómo ha sabido eso? —susurró con voz ronca. Y añadió—: Yo no sabía
que estaba enferma. Tenía que alimentar a Kathy. ¿Lo entiende? Pensé que…
Aaron apareció en la puerta de la cocina. En una de sus manos rugosas llevaba
una gruesa estaca. Uno de sus extremos había sido tallado hasta formar una
punta afilada. De la otra mano colgaba un pesado mazo de madera.
Los ojos de la señora Renner repararon en la estaca puntiaguda. Gritó sin
fuerzas.
Aaron retrocedió hasta la cocina, y Lucy oyó sus pasos subiendo la escalera.
La señora Renner sollozaba y gritaba deseperada.
—¡No! ¡No!
Parecía desprovista de toda energía física, incapaz de levantar su propio peso
de la silla en la que se había hundido, exánime. Tan solo gritaba con una
enorme pena, protestando contra algo que las confusas conjeturas de Lucy
aún no llegaban a imaginar de forma tangible.
Arriba se abrió una puerta. Los pasos de Aaron se detuvieron. Durante un
momento largo y terrible se hizo el silencio. Cesaron incluso los gritos de la
14
señora Renner. Fue como si la casa, y todo lo que había dentro, estuviera a la
espera de un desenlace irremediable.
Entonces, un largo y tembloroso alarido de tormento y agonía surcó aquel
mar de silencio, para ir a morir lentamente entre ruidosos estertores que
fueron enmudeciendo hasta la quietud absoluta, como si el silencio los
hubiera absorbido.
La señora Renner resbaló hasta caer al suelo, inconsciente. Solo dijo una
palabra mientras su cuerpo caía de la silla: «¡Kathy!». Sus labios se separaron
muy despacio para dejar escapar la voz.
Lucy se quedó inmóvil junto al telar y el tapiz hecho trizas. Se sentía incapaz
de pasar a la siguiente escena del guion y esperaba a que alguien le diera la
entrada. Y eso sucedió gracias al ruido de unos neumáticos y un freno, además
de una voz que repetía su nombre.
—¡Lucy! ¡Lucy!
¡Era Stan! ¿Cómo era posible que estuviera ahí? ¿Cómo podía ser que sus
brazos la estuvieran rodeando, protegiéndola? Entonces, se oyó a sí misma.
—Aaron ha matado a Kathy con una estaca afilada y un mazo —lo acusó,
pálida.
La voz de Stan sonó tranquila y segura.
—Aaron no ha matado a Kathy. Kathy llevaba muerta semanas.
—Imposible —murmuró Lucy—. La he oído pedir comida, todas las noches.
—¿Comida, Lucy? Kathy solo quería sangre. Su madre intentó satisfacerla
pero no fue capaz, así que Kathy se alimentó cuanto pudo de Cora Kent hasta
que la pobre ya no aguantó más.
—La señora Renner dijo que no duró mucho…
Stan la atrajo más hacia él, para transmitirle seguridad con su fuerza
protectora.
—Lucy, ¿a ti te ha…?
Lucy se tocó el cuello. Era incomprensible, pero los puntos rojos casi no se
apreciaban.
15
Respondió, dubitativa:
—Creo que vino una vez, Stan. Pensé que era un sueño. Las marcas han
desaparecido.
—Debes estar agradecida a Aaron por lo que ha hecho, Lucy. Ha terminado
con el vampirismo de Kathy.
Se inclinó sobre la mujer postrada en el suelo.
—Solo es un desmayo —dijo.
—¿Y Aaron?
—Está perfectamente y no ha herido a nadie, Lucy. Las autoridades no
comprenderán lo que ha hecho, pero dudo que la cosa vaya más allá de
declararle fuera de sus cabales, pues en cuanto examinen el cuerpo de Kathy,
verán que estaba muerta mucho antes de que le clavara la estaca de madera
en el corazón.
—¿Cómo te enteraste, Stan?
—Por el tapete que le enviaste a mi madre.
—¿Con las letras SOS en el borde? —se aventuró Lucy.
—¿Así que tú también lo viste? ¿Sabías que la pobre chica había tejido
símbolos en clave por toda la tela? En cuanto me di cuenta de que significaban
vampiro, peligro, muerte y Cora Kent, vine a por ti.
—¿Qué le va a pasar a la señora Renner, Stan?
—No lo sé, pero puede que la acusen de asesinato si encuentran el cuerpo de
Cora.
Lucy se estremeció.
—Es probable que también la declaren mentalmente enferma, cariño. Tal vez
no alcanzó a entender que Kathy estaba muerta. Puede que su pena no sea
muy severa. Y ahora, vamos, Lucy, recoge tus cosas. Iremos al pueblo juntos
e informaremos a las autoridades de lo sucedido.
16
Un toque de mal humor
Ray Bradbury
Una tarde de mayo que, por lo demás, no tenía nada de extraordinario,
Johnathen Hughes se encontró con su destino; le faltaba una semana para
cumplir los veintinueve años y el destino venía de otra época, otro año y otra
vida.
Al principio, claro está, su destino era imposible de reconocer, y subió al tren
a la misma hora de siempre, en la estación de Pennsylvania, sentándose junto
a Hughes para cruzar Long Island a la hora de cenar. Johnathen Hughes acabó
fijándose en el periódico desplegado por su destino, que iba disfrazado de
viejo, y le dirigió la palabra.
—Señor, disculpe… Su New York Times parece distinto del mío. Los titulares
y los tipos de la primera plana parecen más modernos. ¿Es una edición
posterior?
—¡No! —El anciano tragó saliva como si fuera a atragantarse y, finalmente,
logró seguir hablando—. Sí. Es la edición de ultimísima hora.
Hughes miró a su alrededor.
—Disculpe, pero… todos los periódicos que veo son iguales al mío. ¿Qué es,
alguna edición experimental, el avance de algún cambio futuro?
—¿Futuro? —Los labios del anciano apenas se movieron. Todo su cuerpo
pareció agitarse dentro de sus ropas, como si hubiera perdido peso con una
sola exhalación—. Sí, desde luego —murmuró—. Un cambio futuro… Dios,
menuda broma.
Johnathen Hughes parpadeó y sus ojos se posaron en la fecha del periódico.
2 de mayo de 1999.
—Eh, oiga… —empezó a decir, y su mirada bajó por la página hasta
encontrarse con un artículo no muy largo situado en la esquina superior
izquierda de la primera plana:
MUJER ASESINADA
LA POLICÍA BUSCA AL ESPOSO
«El cuerpo de la señora Alice Hughes, muerta a causa de un disparo…»
17
El tren pasó atronando por encima de un puente. Mil millones de árboles
surgieron al otro lado de la ventanilla, agitando sus verdes ramas entre las
convulsiones del viento, y desaparecieron bruscamente, igual que si acabaran
de talarlos.
El tren fue deteniéndose y entró en una estación como si todo siguiera su curso
normal.
En el silencio repentino, los ojos del joven volvieron al texto:
«Johnathen Hughes, contable, que vive en el 112 de la avenida Plandome,
Plandome…»
—¡Dios mío! —gritó—. ¡Váyase de aquí!
Pero fue él quien se puso en pie y dio unos cuantos pasos antes de que el
anciano pudiera moverse. El tren se balanceó y le hizo caer en un asiento
vacío, y Hughes se quedó inmóvil en él, contemplando el río de luz verde que
pasaba velozmente tras la ventanilla.
Cristo, pensó, ¿quién sería capaz de hacer algo semejante? ¿Quién intentaría
hacemos daño…, a nosotros? ¿Qué clase de broma…? ¡Ser capaz de semejante
crueldad con un matrimonio de recién casados, odiar tanto a una esposa
maravillosa…! ¡Maldición! Maldición, oh, maldición, y descubrió que estaba
temblando.
El tren tomó una curva tan pronunciada que casi logró hacerle salir despedido
del asiento. Hughes se levantó torpemente, tambaleándose como si las horas
de viaje, la gravedad y la pura y simple rabia se le hubieran subido a la cabeza,
y se encaró con el anciano, que estaba encogido detrás de su periódico,
escondiéndose con las hojas de papel impreso. Apartó el periódico de un
manotazo y le cogió por el hombro. El anciano se sobresaltó y alzó la vista
hacia él; tenía los ojos llenos de lágrimas. Los dos permanecieron inmóviles
durante un segundo interminable y el tren siguió avanzando ruidosamente.
Hughes tuvo la sensación de que su alma se disponía a abandonarle.
—¿Quién es usted?
Alguien debía de haber gritado esas palabras.
El tren oscilaba y se sacudía como si fuera a descarrilar.
18
El anciano se levantó de un salto, igual que si acabaran de dispararle en el
corazón, metió algo entre los dedos de Johnathen Hughes y se alejó
tambaleándose por el pasillo que llevaba al siguiente vagón.
Hughes abrió el puño, vio una tarjeta, le dio varias vueltas y acabó leyendo lo
que ponía, unas palabras que le hicieron derrumbarse en el asiento más
cercano, donde volvió a leerlas:
JOHNATHEN HUGHES, CONTABLE
679-4990. Plandome.
—¡No! —gritó alguien.
Soy yo, pensó Hughes. Ese anciano… soy yo.
Debía de tratarse de una conspiración…, no, de varias conspiraciones.
Alguien había pensado que sería divertido inventarse un asesinato y le había
escogido a él como víctima de la broma. El tren avanzaba rugiendo, con
quinientos pasajeros a bordo, y todos se balanceaban como intelectuales
borrachos, protegidos por las máscaras de sus libros y periódicos, mientras el
anciano huía de un vagón a otro como perseguido por los demonios. Cuando
la sangre de Johnathen Hughes empezó a hervir, acabando con su último resto
de cordura, el anciano ya había llegado al último vagón del convoy.
Los dos hombres volvieron a encontrarse en ese último vagón, que estaba casi
vacío. Johnathen Hughes fue hacia él y el anciano siguió con la cabeza baja,
negándose a mirarle. Estaba llorando con tal violencia que todo intento de
mantener una conversación con él habría sido inútil.
¿Por quién está llorando?, pensó Hughes. Pare, por favor, pare, deje de llorar.
Y el anciano se irguió igual que si hubiera oído aquella orden mental. Se secó
los ojos, se sonó y empezó a hablar con un hilo de voz, consiguiendo que
Johnathen Hughes se inclinara sobre él y que acabara sentándose para captar
sus murmullos.
—Nacimos…
—¿Quiénes? —le preguntó Hughes.
—Nosotros —susurró el anciano, contemplando la oscuridad hecha de humo
y relámpagos que se deslizaba al otro lado de la ventanilla—. Nosotros, sí,
19
nosotros, nosotros dos, nacimos en Quincy el veintidós de agosto de mil
novecientos cincuenta…
Sí, pensó Hughes.
—… y vivimos en el cuarenta y nueve de la calle Washington, y fuimos a la
Central School, y nos pasamos todo el primer curso yendo a clase con Isabel
Perry…
Isabel, pensó Hughes.
«Nosotros», murmuraba el anciano. «Nuestro, nos», decía con un hilo de voz.
Y siguió hablando y hablando, contándoselo todo.
—Nuestro profesor de trabajos manuales, el señor Bisbee. Nuestra profesora
de historia, la señora Monks. Nos rompimos el tobillo derecho cuando
teníamos diez años, patinando sobre hielo. Estuvimos a punto de ahogarnos.
Eso fue a los once años; papá nos salvó. A los doce años nos enamoramos de
Impi Johnson…
Séptimo curso, una maestra preciosa que ya llevaba mucho tiempo muerta,
Dios bendito, pensó el más joven de los dos hombres, envejeciendo poco a
poco.
Y esto fue lo que ocurrió: durante los dos, tres, cuatro minutos siguientes, el
anciano habló y habló, y poco a poco el hablar hizo que fuera rejuveneciendo,
y sus mejillas cobraron color y sus ojos se volvieron más brillantes, y el joven
fue sintiendo caer sobre su persona todo aquel conocimiento transmitido por
el anciano, y el peso le fue hundiendo en su asiento y se fue poniendo pálido,
y al final los dos hombres casi llegaron a tener la misma edad, uno hablando
y el otro escuchando, y hubo un instante en el que Johnathen Hughes tuvo la
absoluta y loca certeza de que, si se atrevía a levantar la vista y miraba por
aquella ventanilla que daba al veloz mundo nocturno, vería el reflejo de dos
mellizos idénticos.
No levantó la vista.
El anciano terminó de hablar; su cuerpo estaba muy erguido, y todas aquellas
revelaciones de un pasado lejano habían conseguido que su cuello tuviera la
fuerza suficiente para mantenerle bien alta la cabeza.
—Eso es el pasado —dijo.
20
Tendría que darle un puñetazo, pensó Hughes. Acusarle, gritarle… ¿Por qué
sigo inmóvil, por qué no he empezado a pegarle, acusándole, gritando…?
Porque…
El anciano parecía saber en qué estaba pensando.
—Usted sabe que soy quien digo ser. Sé todo cuanto hay que saber sobre
nosotros dos. Y en cuanto al futuro…
—¿Mi futuro?
—Nuestro futuro —dijo el anciano.
Johnathen Hughes asintió, clavando los ojos en el periódico que el anciano
sostenía en su mano derecha. El anciano dobló el periódico y lo dejó sobre el
asiento.
—Su trabajo irá dejando de gustarle. Poco a poco todo empezará a ir mal. En
cuanto al porqué, ¿quién puede saberlo? Un niño nacerá y morirá.
Se buscará una amante, la encontrará y la perderá. Su esposa irá volviéndose
cada vez más insoportable. Y, por fin, oh, créalo, sí, créalo, muy despacio, de
forma casi imperceptible, acabará…, ¿cómo expresarlo? Sí, acabará odiándola
y no podrá soportar su presencia. Oh, veo que le he trastornado. Será mejor
que me calle.
Siguieron viajando en silencio durante un rato bastante largo y el anciano
volvió a envejecer y el joven envejeció con él. Cuando hubo envejecido los
años justos, el joven le hizo una seña con la cabeza, pidiéndole que siguiera
hablando pero sin mirarle a los ojos.
—Imposible, sí, no lleva más que un año casado, un gran año, el mejor…
Es difícil creer que una sola gota de tinta puede acabar oscureciendo todo un
jarro de agua fresca y límpida. Pero puede hacerlo, y lo hará. Y finalmente
todo el mundo acaba cambiando, no sólo nuestra esposa, no sólo esa mujer
hermosa y ese sueño soberbio…
—Usted… —empezó a decir Johnathen Hughes, y se detuvo—. Usted… ¿la
mató?
—Nosotros la matamos. Los dos. Pero si consigo convencerle, ninguno de los
dos la matará y ella seguirá viviendo, y usted envejecerá para acabar
21
convirtiéndose en una versión de mí mismo más digna y feliz. Rezo por eso.
Lloro por eso. Aún hay tiempo. He cruzado el abismo de los años para llegar
a usted, para cambiar su sangre e influir en su mente. Dios, si la gente supiera
realmente cómo es el crimen… Es algo tan ridículo, tan estúpido, tan… feo.
Pero aún hay esperanza, porque he logrado llegar hasta aquí, he entrado en
contacto con usted y he dado origen al cambio que salvará nuestras almas. Y
ahora, escúcheme. ¿Admite que somos la misma persona, admite que los
mellizos del tiempo viajan en este tren a esta hora de esta noche?
El tren les precedió con su silbido, apartando años de las vías.
El joven asintió con el más leve y microscópico de los asentimientos
imaginables. El anciano no necesitaba más.
—Escapé. Corrí hacia usted. No puedo decirle más. Sólo lleva un día muerta
y escapé. ¿Adónde podía ir? No había ningún sitio donde esconderse, sólo el
Tiempo. No había nadie con quien hablar o con quien discutir, ni juez ni
jurado, no había ningún testigo salvo… usted. Sólo usted puede lavar la
sangre, ¿comprende? Usted me atrajo. Su juventud, su inocencia, sus horas
felices, su hermosa vida, que todavía no ha sido manchada…, ésa fue la
máquina que me capturó. Toda mi cordura se encuentra en usted. Si me
rechaza…, Dios santo, estaré perdido, no, estaremos perdidos.
Compartiremos una tumba y jamás saldremos de ella, y seremos enterrados
en la miseria y la soledad. ¿Quiere que le diga lo que debe hacer?
El joven se puso en pie.
—Plandome —gritó una voz—. Plandome.
Y bajaron al andén, y el viejo corría tras él, mientras el joven tropezaba con las
paredes y con la gente, sintiendo que sus miembros podían desprenderse de
su cuerpo en cualquier momento.
—¡Espere! —gritó el anciano—. Oh, por favor…
El joven siguió caminando.
—¿No se da cuenta? Estamos metidos en esto, hemos de dar con una solución
para que usted no se convierta en yo, y entonces no me veré obligado a hacer
lo imposible, no tendré que venir a buscarle… Oh, ya lo sé, todo esto es una
locura, no tiene sentido, ya lo sé, ¡pero tiene que escucharme!
22
El joven se detuvo en el extremo del andén donde estaban aparcados los
coches: gritos de alegría o saludos en voz baja, breves bocinazos, motores que
se ponían en marcha, luces que iban esfumándose en la lejanía. El anciano le
cogió por el codo.
—Santo Dios, su esposa, mi esposa…, estará aquí dentro de un momento,
tengo tantas cosas que decirle, usted no puede saber lo que yo sé, ¡hay veinte
años de información oculta que debo revelarle y que usted debe comprender!
¿Me está escuchando? ¡Dios, no me cree!
Johnathen Hughes estaba observando la calle. Un coche venía por ella, pero
aún se hallaba muy lejos.
—¿Qué pasó en el desván de mi abuela el verano del cincuenta y ocho? Nadie
lo sabe, sólo yo… ¿Y bien?
Los hombros del anciano se encorvaron. Respiró con más facilidad y empezó
a hablar como si leyera el contenido de un bloc de notas sostenido ante él.
—Estuvimos dos días escondidos allí, solos. Nadie llegó a saber dónde nos
escondimos. Todo el mundo pensaba que nos habíamos escapado y que nos
habíamos ahogado en el lago o nos habíamos caído al río. Pero nos pasamos
todo ese tiempo llorando, con la sensación de que nadie nos quería ni nos
necesitaba, pasamos esos dos días escondidos allí arriba…, escuchando el
sonido del viento y deseando morir.
El joven se volvió hacia él y contempló a aquella versión más anciana de sí
mismo, y había lágrimas en sus ojos.
—Entonces, ¿tú me quieres?
—No tengo más remedio —dijo el anciano—. Soy el único que te queda.
El coche ya estaba muy cerca de la estación. Una joven sonrió y agitó la mano
detrás del parabrisas.
—De prisa —le apremió el anciano en voz baja—. Deja que vaya a tu casa,
deja que observe y que te muestre lo que has de hacer, deja que te enseñe a
descubrir lo que fue mal y te explique cómo corregir los errores, quizá consiga
regalarte una buena vida, una vida en la que no habrá nada malo, deja que…
Un bocinazo. El coche se detuvo y la joven se asomó por la ventanilla.
23
—¡Hola, guapo! —gritó.
Johnathen Hughes lanzó una feroz carcajada y echó a correr como un loco.
—Hola, herm…
—¡Espera!
Se detuvo y se volvió hacia el tembloroso anciano del periódico, inmóvil en el
andén de la estación. El anciano alzó la mano en un gesto interrogativo.
—¿No olvidas nada?
Silencio. Y por fin:
—Me olvidaba de ti —dijo Johnathen—. Me olvidaba de ti…
El coche tomó una curva en la noche. La joven, el anciano y el joven se
balancearon siguiendo el movimiento del vehículo.
—¿Cómo ha dicho que se llamaba? —preguntó la joven, alzando la voz como
para hacerse oír por encima del ruido del tráfico.
—No lo ha dicho —se apresuró a responder Johnathen Hughes.
—Weldon —dijo el anciano, parpadeando.
—Vaya —exclamó Alice Hughes—, pero si ése es mi apellido de soltera…
El anciano dejó escapar un jadeo casi inaudible pero se recuperó en seguida.
—Oh, ¿de veras? ¡Qué curioso!
—Me pregunto si no seremos parientes… Usted…
—Fue profesor mío en la Central School —dijo Johnathen Hughes.
—Y sigo siéndolo —afirmó el anciano—. Y sigo siéndolo…
Y llegaron a casa.
No podía dejar de mirarla. El anciano se pasó toda la cena contemplando a la
hermosa mujer sentada ante él, y la mitad del tiempo no comía y sus manos
estaban quietas sobre el mantel. Johnathen Hughes estaba nervioso y hablaba
en un tono de voz demasiado alto a fin de llenar los silencios, y apenas comió.
El anciano seguía contemplando a la joven como si presenciara un milagro
cada diez segundos. Observaba la boca de Alice como si de ella salieran
24
chorros de diamantes. Observaba sus ojos como si todo el saber oculto del
mundo estuviera allí y él acabara de encontrarlo. A juzgar por su expresión,
aquel anciano perplejo había olvidado por qué estaba allí.
—¿Tengo una miga en el mentón? —preguntó de repente Alice Hughes—.
¿Por qué estáis mirándome todo el rato?
Y el anciano se echó a llorar, lo que sorprendió mucho a todos los presentes,
él incluido. Siguió llorando y llorando sin parar, como si no pudiera
contenerse, y Alice acabó levantándose y le puso la mano sobre el hombro.
—Discúlpeme —dijo él—. Pero es usted tan hermosa… Siéntese, por favor.
Disculpe.
Acabaron de tomar el postre.
—Fabuloso —exclamó Johnathen Hughes, dejando el tenedor sobre la mesa y
limpiándose aparatosamente los labios con la servilleta—. ¡Te amo,
queridísima esposa! —Le dio un beso en la mejilla, se lo pensó mejor y la besó
en la boca—. ¿Ve? —Se volvió hacia el anciano—. Quiero mucho a mi mujer.
El anciano asintió.
—Sí, sí, lo recuerdo —dijo en voz baja.
—¿Que lo recuerda? —exclamó Alice, mirándole fijamente.
—¡Un brindis! —se apresuró a decir Johnathen Hughes—. ¡Por una esposa
soberbia y un gran futuro!
Su esposa se rió y levantó la copa.
—Señor Weldon —dijo un instante después—, ¿no va a brindar con
nosotros…?
Ver al anciano de pie en el umbral de la sala le producía una impresión muy
extraña.
—Observa —dijo el hombre, y cerró los ojos. Empezó a ir y venir por la
habitación con los ojos cerrados, moviéndose sin la más mínima vacilación—
. Aquí está el soporte de las pipas y allí están los libros. En el cuarto estante
empezando por abajo hay un ejemplar de El sembrador de estrellas, de
Eiseley. Un estante más arriba, uno de La máquina del tiempo, de H. G. Wells,
lo cual resulta muy apropiado, y allí está el sillón y yo estoy sentado en él.
25
Se sentó. Abrió los ojos.
—No irás a llorar otra vez, ¿verdad? —le preguntó Johnathen Hughes, que le
había estado observando desde el umbral.
—No. Se acabó el llorar.
De la cocina les llegaba el ruido de fregar los platos. La hermosa mujer con la
que habían cenado canturreaba en voz baja. Los dos hombres volvieron la
cabeza para oírla mejor.
—Algún día… —dijo Johnathen Hughes—. ¿Llegaré a odiarla? ¿La mataré?
—Parece imposible, ¿verdad? He estado observándola durante más de una
hora y no he encontrado nada, ni una pista, ni una clave, ninguna indicación
de que cuanto va a ocurrir sea culpa suya. También te he estado observando
para ver si la culpa era tuya…, no, nuestra.
—¿Y?
El joven sirvió dos copas de jerez y le entregó una.
—Nada. Sólo que bebes demasiado. Ten cuidado con el alcohol.
Hughes dejó su copa sin haber tomado ni un sorbo.
—Supongo que debería hacerte una lista para que le echases un vistazo cada
día. Consejos de un viejo loco a un joven estúpido…
—Recordaré cualquier cosa que me digas.
—¿De veras? ¿Durante cuánto tiempo? Un mes, o un año, y luego acabarás
olvidándolo, como ocurre con todo. Estarás muy ocupado viviendo y poco a
poco te irás convirtiendo en lo que tienes delante. Y ella, a su vez, se convertirá
en alguien que merece ser eliminado de este mundo. Dile que la amas.
—Se lo diré cada día.
—¡Promételo! ¡Es muy importante! Quizá ahí estuvo mi error…, nuestro error.
¡Díselo cada día, sin falta! —El anciano se inclinó hacia adelante y la pasión
que había en sus palabras le encendió el rostro—. ¡Cada día, cada día!
Alice estaba de pie en el umbral, un poco alarmada.
—¿Ocurre algo?
26
—No, no. —Johnathen Hughes sonrió—. Estábamos intentando decidir quién
de los dos te considera más guapa.
Alice se rió, se encogió de hombros y volvió a la cocina.
—Creo… —empezó Johnathen Hughes; luego se calló y cerró los ojos,
teniendo que hacer un esfuerzo de voluntad para completar la frase—. Creo
que es hora de que te vayas.
—Sí, ya va siendo hora. —Pero el anciano no se movió. En su voz había una
gran tristeza y un inmenso cansancio—. Tengo la sensación de que venir aquí
no ha servido de nada. No consigo encontrar la causa de lo que ocurrió, todo
parece andar bien… No puedo darte ningún consejo, Dios mío, esto es
ridículo, no debería haber venido a ponerte nervioso, a trastornar tu vida y
hacer que te preocuparas. No tengo nada que ofrecerte, nada salvo
sugerencias, lloriqueos y profecías catastróficas. Hace un momento estaba
sentado aquí y pensaba: la mataré, voy a acabar con ella, y cargaré con la
culpa, ahora que soy un anciano, para que ese joven de ahí, tú, pueda seguir
adelante y no necesite soportarla durante lo que le queda de futuro… Qué
estupidez, ¿verdad? Me pregunto si funcionaría… Es como aquella vieja
paradoja del viaje temporal, ¿no? ¿Alteraría el fluir del tiempo, el mundo, el
universo…, qué ocurriría? No te preocupes, no, no, no pongas esa cara. No
voy a matarla. El crimen ya ha sido cometido dentro de veinte años. El viejo
que no ha conseguido dar con la respuesta, y que no ha sido capaz de
ayudarte, abrirá la puerta y huirá corriendo para volver a su locura.
Se puso en pie y volvió a cerrar los ojos.
—Déjame comprobar si sé salir de mi propia casa a oscuras.
Se puso en marcha y el joven fue con él hasta el armario del recibidor, lo abrió,
cogió el abrigo del anciano y le ayudó a ponérselo.
—Me has ayudado —afirmó Johnathen Hughes—. Me has dado un buen
consejo: he de decirle que la amo.
—Sí, al menos he servido de algo, ¿verdad?
Se volvieron hacia la puerta.
—¿Crees que podemos tener esperanzas? —le preguntó de repente el anciano.
—Sí. Me aseguraré de que así sea —dijo Johnathen Hughes.
27
—Bien. Oh, sí, bien… ¡Casi puedo creer que lo conseguirás!
El anciano alargó la mano y abrió la puerta principal.
—No voy a despedirme de ella. No podría soportarlo, no podría contemplar
ese hermoso rostro una vez más… Dile que el viejo idiota ya se ha ido.
¿Adónde? Ha seguido camino adelante para esperarte. Algún día acabarás
llegando hasta allí.
—¿Para convertirme en ti? No, eso no ocurrirá —dijo el joven.
—Sigue repitiendo esas mismas palabras. No las olvides. Y…, Dios mío…,
toma… —El anciano hurgó en su bolsillo y sacó de él un objeto envuelto en
un arrugado papel de periódico—. Será mejor que te quedes con esto. No me
atrevo a llevármelo, ni siquiera ahora. Podría cometer alguna tontería. Toma.
Toma.
Metió el objeto entre los dedos del joven.
—Adiós. Adiós quiere decir que Dios sea contigo, ¿verdad? Sí. Adiós.
El anciano se alejó rápidamente hacia la noche. Una ráfaga de viento hizo
temblar los árboles. Un tren lejano se movió en la oscuridad, llegando o
marchándose, nadie podía saberlo.
Johnathen Hughes se quedó bastante rato de pie en el umbral, intentando ver
si realmente allí fuera había algo, un hombre que se iba perdiendo en las
tinieblas.
—Querido —dijo su esposa.
El joven quitó el papel de periódico que envolvía el objeto.
Su esposa estaba en la puerta del vestíbulo, detrás de él, pero su voz sonaba
tan distante como el eco de las pisadas que se desvanecían por las sombras de
la calle.
—No te quedes ahí, hay corriente de aire —dijo ella.
El joven acabó de desenvolver el objeto y su cuerpo se puso rígido. En su
mano había un pequeño revólver.
—Cierra la puerta —dijo su esposa.
El rostro del joven se había vuelto frío e inexpresivo. Cerró los ojos.
28
Su voz. ¿Qué había en ella? ¿Un levísimo toque de mal humor, un matiz casi
imperceptible?
Se dio la vuelta, poco a poco, como si temiera perder el equilibrio. Su hombro
rozó la puerta, y la hoja se movió unos centímetros.
Y después…
Una ráfaga de viento hizo que la puerta se cerrara con un golpe seco.
29
Wilson tragó saliva cuando los motores empezaron su carrera de
calentamiento previa al despegue. El sonido, que ya era fuerte, se volvió
ensordecedor; oleadas de sonido que chocaban contra los oídos de Wilson
como bastonazos. Abrió la boca como para dejar que se derramaran. Sus ojos
se vidriaron como los de un hombre enfermo, sus manos se apretaron en
garras tensas.
Dio un respingo, retrayendo las piernas, al sentir que le tocaban el brazo.
Apartando la cabeza de golpe, vio a la azafata que le había recibido en la
puerta. Le estaba sonriendo.
—¿Se encuentra bien? —Apenas consiguió distinguir sus palabras.
Wilson apretó los labios y agitó la mano ante ella como si quisiera espantarla.
Su sonrisa centelleó con un resplandor excesivo, y luego se extinguió cuando
se dio la vuelta y se alejó.
El avión empezó a moverse. Al principio de forma letárgica, como un coloso
que se esforzara por levantar la carga de su propio peso. Luego con más
velocidad, sacudiéndose la resistencia de la fricción. Wilson, volviéndose a la
ventanilla, vio la pista oscura corriendo a su lado cada vez más rápido. Se
produjo un gemido mecánico en el extremo del ala cuando bajaron los
alerones. Entonces, de forma imperceptible, las ruedas gigantescas
comenzaron a perder contacto con el suelo, y la tierra empezó a quedarse
atrás. Debajo, centellearon los árboles, los edificios, las flechas de mercurio de
los faros de los coches. El DC-7 se escoró lentamente a la derecha, elevándose
hacia el resplandor gélido de las estrellas.
Por fin se enderezó, y los motores parecieron detenerse hasta que el oído de
Wilson, al ajustarse, captó el murmullo de su velocidad de crucero. Un
momento de alivio liberó sus músculos, transmitiéndole cierta sensación de
bienestar. Luego pasó. Wilson permaneció sentado e inmóvil, mirando el
cartel de PROHIBIDO FUMAR hasta que se apagó con un parpadeo, y
entonces encendió un cigarrillo rápidamente. Rebuscó en la bolsa trasera del
asiento que tenía delante y sacó su periódico.
Como de costumbre, el mundo se encontraba en un estado similar al suyo.
Fricciones en círculos diplomáticos, terremotos y tiroteos, asesinatos,
violaciones, tornados y colisiones, conflictos económicos, crimen organizado.
30
Dios está en el Cielo y todo está en paz en la Tierra, pensó Arthur Jeffrey
Wilson.
Quince minutos después, abandonó el periódico. Tenía el estómago fatal.
Echó un vistazo al cartel de los dos lavabos. Ambos, iluminados, decían
OCUPADO. Sacó su tercer cigarrillo desde el despegue y, apagando la luz de
arriba, miró a través de la ventanilla.
A lo largo de toda la cabina, la gente ya estaba apagando las luces y reclinando
los asientos para dormir. Wilson miró su reloj. Las once y veinte. Resopló
cansinamente. Como se temía, las píldoras que había tomado antes de
embarcar no le habían hecho el menor bien.
Se levantó bruscamente cuando la mujer salió del lavabo. Agarró su bolsa y
avanzó por el pasillo.
Como era de esperar, su organismo no estaba cooperando. Wilson se levantó
con un gemido de cansancio y se ajustó las ropas. Tras lavarse las manos y la
cara, sacó el juego de aseo de la bolsa y exprimió un hilo de pasta sobre su
cepillo de dientes.
Mientras se cepillaba, con una mano agarrada a la mampara para sujetarse,
echó un vistazo a través de la portilla. A unos metros de distancia estaba el
azul pálido de la hélice interior. Wilson visualizó lo que ocurriría si se soltara
y, como un cuchillo de carnicero de tres hojas, viniera dando vueltas hacia él.
Se produjo un encogimiento repentino en su estómago. Wilson tragó
instintivamente, y un poco de saliva con sabor a dentífrico bajó por su
garganta. Boqueando, se volvió y escupió en la pila, y luego,
apresuradamente, se lavó la boca y bebió un trago. Santo Cielo, ojalá hubiera
podido ir en tren. Tendría su propio compartimento, daría un paseo ocasional
hasta el vagón cafetería, se sentaría en un sillón con una bebida y una revista.
Pero en este mundo no disponía de tanto tiempo ni de tanta fortuna.
Estaba a punto de recoger el juego de aseo cuando su mirada se detuvo en el
paquete de hule que llevaba en la bolsa. Vaciló; luego, dejando el pequeño
maletín sobre la pila, sacó el paquete y lo abrió sobre su regazo.
Se quedó sentado, mirando la engrasada simetría de la pistola. Ya hacía casi
un año que la llevaba encima. Al principio, cuando se le ocurrió, fue por el
dinero que transportaba, para protegerse de un atraco, para estar a salvo de
31
las pandillas juveniles de las ciudades que tenía que visitar. Pero, en el fondo,
siempre había sabido que sólo había una razón válida. Una razón en la que
pensaba todos los días. Qué sencillo sería… aquí, ahora…
Wilson cerró los ojos y tragó saliva rápidamente. Todavía podía saborear la
pasta dentífrica en la boca, un leve picor de menta en flor. Se quedó sentado
sobre el frío palpitante del inodoro, con el aceitoso revólver en las manos.
Hasta que, de pronto, empezó a estremecerse de forma incontrolable. ¡Dios,
déjame!, gritó su mente con brusquedad.
—Déjame, déjame —apenas reconoció el lloriqueo en sus oídos.
Bruscamente, Wilson se irguió en el asiento. Con los labios apretados,
envolvió otra vez la pistola y la arrojó a la bolsa, puso la cartera encima y cerró
la cremallera de la bolsa. Se levantó, abrió la puerta y salió al exterior, volvió
a apresuradamente a su plaza y se sentó, deslizando el bolso de viaje hasta su
sitio exacto. Ajustó el regulador del reposabrazos y se reclinó hacia atrás. Era
un hombre de negocios y tenía negocios que hacer por la mañana. Así de
sencillo. Su cuerpo necesitaba sueño, y él le daría sueño.
Veinte minutos después, Wilson se inclinó lentamente y apretó el botón,
enderezando el asiento, su cara una máscara de derrota. ¿Por qué combatirlo?,
pensó. Era obvio que iba a permanecer despierto. No había más que hablar.
Había terminado más de la mitad del crucigrama cuando dejó que el papel
cayera sobre sus piernas. Sus ojos estaban demasiado cansados. Irguiéndose,
giró los hombros, estirando los músculos de la espalda.
¿Ahora qué?, pensó. No quería leer, no podía dormir. Y todavía faltaban —
comprobó su reloj— entre siete y ocho horas para llegar a Los Ángeles. ¿Cómo
iba a pasarlas? Echó un vistazo a la cabina y vio que, excepto un único pasajero
en el compartimento delantero, todos estaban dormidos.
Una furia repentina y abrumadora le invadió. Quería chillar, tirar algo,
golpear a alguien. Apretó los dientes con tanta rabia que le dolieron las
mandíbulas, corrió las cortinillas con mano temblorosa y lanzó una mirada
asesina a través de la ventana.
Fuera, vio las luces de las alas que parpadeaban encendiéndose y apagándose,
y los relámpagos chillones del escape de las cubiertas de los motores. Ahí era
32
donde estaba, pensó; a veinte mil pies sobre la tierra, atrapado en un cascarón
aullante y mortal, atravesando la noche polar hacia…
Wilson dio una sacudida cuando un relámpago blanqueó el cielo,
derramando su falso día sobre el ala. Tragó saliva. ¿Es que iba a haber
tormenta? La idea de la lluvia y los fuertes vientos, del avión como una astilla
en el mar del cielo, no era agradable. Wilson era mal aviador. El exceso de
movimiento siempre le ponía malo. Tal vez debería haberse tomado otro par
de dramaminas para asegurarse. Y, por supuesto, su asiento estaba al lado de
la puerta de emergencia. Imaginó que se abría accidentalmente; imaginó que
era absorbido fuera del avión y que caía, chillando.
Wilson pestañeó y agitó la cabeza. Sintió un leve cosquilleo en la nuca al
pegarse a la ventanilla y mirar al exterior. Se quedó inmóvil, bizqueando.
Podría haber jurado…
De pronto, los músculos de su estómago se sacudieron violentamente y forzó
la vista. Había algo arrastrándose sobre el ala.
Wilson sintió un temblor repentino y nauseabundo en el estómago. Santo
Cielo, ¿es que algún perro o algún gato se había subido al avión antes del
despegue y había conseguido agarrarse de alguna forma? Era una idea
escalofriante. El pobre animal estaría enloquecido por el terror. Sin embargo,
¿cómo habría podido encontrar algún asidero en la superficie bruñida y
barrida por el viento? Tenía que ser imposible. Puede que en realidad se
tratara de un pájaro o…
El relámpago centelleó y Wilson vio que era un hombre.
No pudo reaccionar. Estupefacto, observó la figura negra arrastrándose sobre
el ala. Imposible. En algún lugar, envuelta en capas de aturdimiento, una voz
se lo decía, pero Wilson no la escuchó. De lo único que era consciente era del
palpitar titánico y casi desgarrador de su corazón… y del hombre que había
fuera.
De pronto, como si le hubieran arrojado agua helada encima, se produjo una
reacción; su mente saltó en busca del refugio de una explicación. Debido a
algún descuido increíble, un mecánico había despegado con el avión y había
conseguido aferrarse a él, aunque el viento le había arrancado las ropas,
aunque el aire era escaso y casi gélido.
33
Wilson no se dio tiempo para contradecirse. Poniéndose en pie de un salto,
gritó:
—¡Azafata! ¡Azafata!
Su voz fue un sonido hueco y repiqueteante en la cabina. Clavó el dedo en el
timbre para llamarla.
—¡Azafata!
Llegó corriendo por el pasillo, su rostro tenso por la alarma. Cuando vio su
mirada, se quedó paralizada.
—¡Hay un hombre ahí fuera! ¡Un hombre! —gritó Wilson.
—¿Qué? —La piel se estiró en sus mejillas, alrededor de sus ojos.
—¡Mire, mire! —con mano temblorosa, Wilson se dejó caer de nuevo sobre su
asiento y señaló la ventanilla—: Está arrastrándose hacia…
Las palabras terminaron con un gorgoteo ahogado en su garganta. No había
nada en el ala.
Wilson se quedó sentado, temblando. Durante un rato, antes de volverse,
contempló el reflejo de la azafata en la ventanilla. Tenía una expresión vacía
en el rostro.
Por fin, se volvió y la miró. Vio sus labios rojos separarse como si quisiera
hablar, pero no dijo nada, sólo volvió a unir los labios y a tragar. Un intento
de sonrisa distendió brevemente sus rasgos.
—Lo siento —dijo Wilson—. Debe de haber sido una…
Se detuvo como si hubiera terminado la frase. Al otro lado del pasillo una
adolescente le miraba con la boca entreabierta, presa de una curiosidad
soñolienta.
La azafata se aclaró la garganta.
—¿Necesita algo? —preguntó.
—Un vaso de agua —dijo Wilson.
La azafata se dio la vuelta y volvió por el pasillo.
34
Wilson tomó una honda bocanada de aire y se apartó del escrutinio de la
jovencita. Se sentía como si no hubiera pasado nada. Eso era lo que más le
desconcertaba. ¿Dónde estaban las visiones, los gritos, el golpear de puños
sobre las sienes, el arrancarse los pelos?
Cerró bruscamente los ojos. Había un hombre, pensó. Había un hombre, de
verdad. Por eso se sentía igual. Y sin embargo, no podía haberlo habido. Lo
sabía con toda claridad.
Wilson permaneció sentado con los ojos cerrados, preguntándose qué estaría
haciendo en aquellos momentos Jacqueline si estuviera en el asiento de al
lado. ¿Estaría en silencio, atónita, sin habla? ¿O estaría, de una manera más
comprensiva, haciendo todo tipo de aspavientos, sonriendo, charlando,
fingiendo que no lo había visto? ¿Qué pensarían sus hijos? Wilson sintió que
un sollozo seco amenazaba con estallar en su pecho. Oh, Dios…
—Su agua, señor.
Con una sacudida, Wilson abrió los ojos.
—¿Quiere una manta? —preguntó la azafata.
—No —agitó la cabeza—. Gracias —añadió, preguntándose por qué estaba
siendo tan educado.
—Si necesita cualquier cosa, sólo tiene que llamar —dijo.
Wilson asintió.
Detrás de él, mientras permanecía sentado con el vaso de agua sin tocar en la
mano, oyó las voces ahogadas de la azafata y de uno de los pasajeros. Dolido,
Wilson se puso tenso. Se inclinó bruscamente y, teniendo cuidado de no
derramar el agua, sacó la bolsa de viaje. La abrió, extrajo la caja de somníferos
y se tragó dos. Estrujó el vaso vacío, lo introdujo en el bolsillo del asiento que
tenía delante, y luego, sin mirar, corrió las cortinillas. Ya está… se acabó. Una
alucinación no significaba que estuviera loco.
Wilson se giró sobre el costado derecho e intentó mantenerse firme contra el
movimiento entrecortado de la nave. Tenía que olvidarlo, eso era lo más
importante. No podía seguir dándole vueltas. Inesperadamente, descubrió
que una sonrisa irónica se formaba en sus labios. Bueno, por Dios, al menos
nadie podría acusarle de tener alucinaciones vulgares. Cuando se ponía, lo
35
hacía a lo grande. Un hombre desnudo arrastrándose sobre el ala de un DC-7
a veinte mil pies… era una fantasía digna del más noble de los lunáticos.
Su humor se esfumó rápidamente. Wilson sintió un escalofrío. Había sido tan
clara, vivida. ¿Cómo habían podido ver sus ojos algo que no existía? ¿Cómo
había podido lo que estaba en su mente hacer que el acto físico de ver sirviera
a sus propósitos de una forma tan completa? No se sentía aturdido, ni
mareado, ni había sido una visión amorfa y vaporosa. Había sido claramente
tridimensional, había formado por completo parte de las cosas que veía y que
sabía que eran reales. Eso era lo que le asustaba. No había tenido la menor
cualidad onírica. Había mirado el ala y…
Con un impulso, Wilson retiró la cortinilla.
En el primer instante, no supo si sobreviviría. Parecía que todo el contenido
de su pecho y de su estómago se estuviera hinchando horriblemente, el
sobrante subiéndole por la garganta y la cabeza, ahogándole la respiración,
apretándole los ojos. Prisionero en aquella masa hinchada, su corazón palpitó
acongojado, amenazando con reventar su envoltorio mientras Wilson
permanecía sentado, paralizado.
Apenas a un palmo, separado de él por el grosor de un trozo de cristal, el
hombre le estaba mirando.
Era un rostro repugnantemente maligno, no era un rostro humano. Su piel era
mugrienta, de una aspereza de anchos poros; la nariz era un bulto achatado y
descolorido; los labios estaban deformes, agrietados, separados por dientes
de un tamaño grotesco y forma retorcida; los ojos estaban hundidos y eran
pequeños… y no parpadeaban. El conjunto estaba enmarcado por un pelo
revuelto y sucio que brotaba también en tupidos mechones de los oídos y la
nariz del hombre, como si fuera un pájaro, y que bajaba por sus mejillas.
Wilson se quedó clavado a su asiento, incapaz de dar respuesta. El tiempo se
detuvo y perdió su significado. Todas las funciones y análisis cesaron. Todo
se quedó paralizado en el hielo del estupor. Sólo continuó el latido del
corazón, como un saltar frenético en la oscuridad. Wilson no era capaz ni de
parpadear. Con los ojos abiertos, sin aliento, devolvía la mirada de la criatura.
Entonces, bruscamente, cerró los ojos y su mente, libre de la visión, se
recompuso. No está ahí, pensó. Apretó los dientes, el aliento temblando en
sus narices. No está ahí, sencillamente no está ahí.
36
Aferrando los reposabrazos con dedos que se volvían pálidos en los nudillos,
Wilson fortaleció su ánimo. Ahí fuera no hay ningún hombre, se repitió. Era
imposible que hubiera un hombre ahí fuera, agazapado en el ala, mirándole.
Abrió los ojos…
… y se encogió sobre el asiento con una bocanada de aire jadeante. El hombre
no sólo seguía allí, sino que estaba sonriendo. Wilson cerró los dedos y se
clavó las uñas en las palmas hasta que el dolor fue intenso. Siguió así hasta
que no quedó duda alguna en su mente de que estaba completamente
despierto.
Entonces, poco a poco, con el brazo tembloroso y entumecido, Wilson se estiró
hacia el timbre para llamar a la azafata. No volvería a cometer el mismo error:
gritar, levantarse de un salto, alarmar a la criatura para que huyera. Empezó
a levantar lentamente el brazo, con un temblor horrorizado en los músculos
porque el hombre le estaba observando, los ojuelos siguiendo el movimiento
de su brazo.
Apretó el botón cautelosamente una, dos veces. Venga ahora, pensó. Venga
ahora con sus ojos objetivos y vea lo que yo veo… Pero dese prisa.
Oyó cómo se retiraba una cortina en la parte posterior de la cabina y, de
pronto, su cuerpo se puso rígido. El hombre había girado su monstruosa
cabeza en aquella dirección. Paralizado, Wilson le miró. Aprisa, pensó. ¡Por
amor de Dios, dese prisa!
Se acabó en un segundo. Los ojos del hombre volvieron a mirar a Wilson, en
sus labios una sonrisa de astucia monstruosa. Luego, con un salto,
desapareció.
—¿Qué desea?
Por un instante, Wilson sintió la angustia absoluta de la locura. Su mirada no
dejaba de saltar del sitio donde había estado el hombre a la cara inquisitiva de
la azafata, y así una y otra vez. De vuelta a la azafata, y otra vez al ala, y de
nuevo a la azafata, el aliento contenido, los ojos desquiciados por el pavor.
—¿Qué ocurre? —preguntó la azafata.
Fue la mirada en su rostro la que lo provocó. Wilson suprimió sus emociones.
Nunca le creería. Lo comprendió en un instante.
37
—Lo… lo siento —balbució. Tragó tan secamente que produjo un sonido
gorgoteante en su garganta—. No es nada… Discúlpeme.
Resultaba obvio que la azafata no sabía qué decir. Seguía inclinándose contra
el movimiento de mecedora de la nave, con una mano agarrada al respaldo
del asiento que había al lado del de Wilson, y la otra moviéndose blandamente
por la costura de la falda. Sus labios estaban levemente separados, como si
quisiera hablar pero no pudiera encontrar las palabras.
—Bueno —dijo por último, y se aclaró la garganta—. Si… necesita algo.
—Sí, sí. Gracias. ¿Vamos a… meternos en una tormenta?
La azafata sonrió apresuradamente.
—Una pequeñita —dijo—. Nada de lo que preocuparse.
Wilson asintió con breves sacudidas. Luego, mientras la azafata se alejaba,
tomó aliento violentamente y notó cómo le ardían las narices. Estaba seguro
de que ya le tomaba por loco, pero no sabía qué hacer porque en sus cursillos
de preparación no le habían dado instrucciones sobre cómo ocuparse de los
pasajeros que creyeran ver hombrecillos agazapados en el ala.
¿Que creyeran?
Wilson giró la cabeza bruscamente y miró al exterior. Miró la silueta oscura
del ala, la llamarada de los escapes, las luces parpadeantes. Había visto al
hombre, eso podía jurarlo. ¿Cómo podía ser plenamente consciente de todo lo
que le rodeaba, como podía estar cuerdo en todos los sentidos, y al mismo
tiempo imaginar algo así? ¿Era lógico que la mente, al desmoronarse, en lugar
de distorsionar toda la realidad, insertara una visión extraña en el conjunto
todavía intacto de los detalles?
No, no era lógico en absoluto.
De pronto, Wilson pensó en la guerra, en las noticias de los periódicos que
hablaban de la existencia de supuestas criaturas en el cielo que habían
hostigado a los pilotos aliados durante sus misiones. Recordaba que les
llamaban gremlins. ¿Existían realmente unos seres así? ¿Existían realmente en
las alturas, sin caer nunca, cabalgando en el viento, en apariencia dotados de
masa y peso, y sin embargo inmunes a la gravedad?
Estaba pensando en eso cuando el hombre volvió a aparecer.
38
El ala estaba vacía. Y de pronto, descendiendo en arco, el hombre cayó de un
salto sobre ella. No pareció que produjera ningún impacto. Aterrizó de forma
insegura, con sus brazos cortos y peludos estirados como para mantenerse en
equilibrio. Wilson se puso tenso. Sí, había inteligencia en su mirada. El
hombre —¿podía pensar en él como un hombre?—, de alguna forma
comprendía que había engañado a Wilson para que llamase a la azafata en
vano. Wilson sintió que temblaba, alarmado. ¿Cómo podía demostrar a los
demás la existencia del hombre? Miró a su alrededor con desesperación. La
muchacha del otro lado del pasillo. Si le hablaba suavemente y la despertaba,
ella podría…
No, el hombre se alejaría de un salto antes de que pudiera verle.
Probablemente a lo alto del fuselaje, donde nadie podría verle, ni siquiera los
pilotos desde su carlinga. Wilson sintió un repentino estallido de
autorreproche por no haber comprado aquella cámara que Walter había
pedido. Santo Cielo, pensó, si pudiera sacar una foto de aquel hombre.
Se inclinó hacia la ventanilla. ¿Qué estaba haciendo?
Bruscamente, la oscuridad pareció apartarse de un salto. El relámpago pintó
de blanco el ala y Wilson lo vio. Como un niño curioso, el hombre estaba
agachado sobre el borde oscilante del ala, estirando su mano derecha hacia
una de las turbinas giratorias.
Mientras Wilson lo observaba, fascinadamente horrorizado, la mano del
hombre se acercó cada vez más a la turbina borrosa hasta que, de pronto, se
apartó de golpe y los labios del hombre se fruncieron en un grito sin sonido.
¡Había perdido un dedo!, pensó Wilson, asqueado. Pero, de inmediato, el
hombre volvió a estirar la mano, su nudoso dedo extendido, la imagen de un
niño monstruoso intentando detener el giro de la paleta de un ventilador.
Si no hubiera estado tan admirablemente fuera de lugar, habría sido
divertido, pues, visto de forma objetiva, el hombre, en aquel momento, era
una imagen cómica: un duende de cuento de hadas que había cobrado vida,
con el viento azotándole la cabeza y el cuerpo, toda su atención concentrada
en el giro de la hélice. ¿Cómo podía inventarse aquella locura?, pensó
repentinamente Wilson. ¿Qué podía revelarle sobre sí mismo aquel pequeño
horror burlesco?
39
Una y otra vez, con Wilson observándole, el hombre estiró la mano. Una y
otra vez retiró los dedos, a veces incluso metiéndoselos en la boca como para
enfriarlos. Y siempre echaba un vistazo por encima del hombro y miraba a
Wilson, según parecía para cerciorarse de que seguía allí. Lo sabe, pensó
Wilson. Sabe que esto es un juego entre los dos. Si consigo que alguien le vea,
pierde. Si yo soy el único testigo, gana. La leve sensación de diversión
desapareció. Wilson apretó los dientes. ¿Por qué demonios no le veían los
pilotos?
El hombre, ya sin interés por la turbina, se estaba sentando sobre la cubierta
del motor como si fuera a horcajadas de un caballo. Wilson se quedó
mirándole. Bruscamente, un escalofrío se deslizó por su espalda. El
hombrecillo estaba tirando de las planchas que envolvían el motor,
intentando meter las uñas debajo de ellas.
Impulsivamente, Wilson estiró la mano y apretó el botón que llamaba a la
azafata. La oyó venir desde el fondo de la cabina y, durante un segundo,
pensó que había engañado al hombre, que parecía absorto en sus esfuerzos.
En el último momento, sin embargo, justo antes de que llegara la azafata, el
hombre lanzó una mirada a Wilson. Entonces, como una marioneta a la que
retiraran del escenario tirando de sus cables, volvió a salir volando por los
aires.
—¿Sí? —le miró temerosamente.
—¿Podría… hacerme el favor de sentarse? —preguntó él.
Ella vaciló.
—Bueno, yo…
—Por favor.
Se sentó cautelosamente en el asiento de al lado.
—¿Qué le ocurre, señor Wilson? —preguntó.
Él reunió valor.
—El hombre sigue fuera —dijo.
La azafata le miró.
40
—La razón por la que le cuento esto —siguió apresuradamente Wilson— es
que ha empezado a manipular uno de los motores.
Ella volvió los ojos instintivamente hacia la ventanilla.
—No, no, no mire —le dijo—. Ahora no está —se aclaró la garganta
viscosamente—. Se… aleja cada vez que viene usted.
Una náusea repentina se apoderó de él al comprender lo que ella debía de
estar pensando. Al comprender lo que él mismo estaría pensando si alguien
le contara una historia semejante, una oleada de aturdimiento pareció
recorrerle y pensó: ¡Me estoy volviendo loco!
—La cuestión es —dijo, resistiéndose al pensamiento—, que si no me lo estoy
imaginando, la nave está en peligro.
—Sí —dijo ella.
—Lo sé —dijo él—. Cree que he perdido la cabeza.
—Por supuesto que no —dijo.
—Lo único que pido es lo siguiente —dijo, luchando contra la marea de la
ira—. Dígale a los pilotos lo que le he dicho. Pídales que echen un vistazo a
las alas. Si no ven nada… muy bien. Pero si lo ven…
La azafata se quedó sentada en silencio, mirándole. Las manos de Wilson se
cerraron en puños que temblaban en su regazo.
—¿Y bien? —preguntó.
Ella se puso en pie.
—Se lo diré —dijo.
Se dio la vuelta y continuó por el pasillo con un movimiento que a Wilson le
pareció poco natural, demasiado rápido para ser normal, pero claramente
reprimido, como si quisiera asegurarle que no estaba huyendo. Sintió que su
estómago se retorcía al volver a mirar por el ala.
Bruscamente, el hombre volvió a aparecer, aterrizando en el ala como un
grotesco bailarín de ballet. Wilson observó cómo reanudaba su trabajo,
montándose sobre el motor con sus piernas gruesas y desnudas y tirando de
las planchas.
41
Bueno, ¿por qué se preocupaba tanto?, pensó Wilson. Aquella miserable
criatura no podría arrancar los clavos con las uñas. En realidad, no importaba
que los pilotos le vieran o no, al menos en lo referente a la seguridad del avión.
En cuanto a sus propias razones personales…
Justo en ese momento, el hombre levantó el borde de una plancha.
Wilson tragó saliva.
—¡Aquí, rápido! —gritó, observando que la azafata y el piloto salían por la
puerta de la carlinga.
Los ojos del piloto se movieron hacia Wilson, y de pronto, bruscamente,
empujó a la azafata y avanzó dando tumbos por el pasillo.
—¡Aprisa! —gritó Wilson. Miró por la ventana a tiempo de ver cómo el
hombre saltaba hacia arriba. Ya no importaba. Había pruebas.
—¿Qué está pasando? —preguntó el piloto, deteniéndose sin aliento a su lado.
—¡Ha arrancado una de las planchas de los motores! —dijo Wilson con voz
temblorosa.
—¿Que ha hecho qué?
—¡El hombre de fuera! —dijo Wilson—. ¡Le digo que ha…!
—¡Señor Wilson, baje la voz! —ordenó el piloto. Wilson dejó caer la
mandíbula.
—No sé qué está pasando aquí —dijo el piloto—, pero…
—¡¿Quiere hacer el favor de mirar?! —gritó Wilson.
—Señor Wilson, se lo advierto.
—¡Por el amor de Dios! —Wilson tragó saliva rápidamente, intentando
reprimir la rabia cegadora que sentía. Bruscamente, se recostó sobre el asiento
y señaló la ventana con la mano paralizada—. ¿Quiere hacer el favor de mirar,
por el amor de Dios?
Tomando aliento nerviosamente, el piloto se inclinó. Al momento, su mirada
volvió con frialdad a la de Wilson.
—¿Y bien? —preguntó.
42
Wilson volvió la cabeza. Las planchas estaban en su posición normal.
—Oh, no, espere —dijo antes de que llegara el pavor—. Le vi levantar esa
plancha.
—Señor Wilson, si no…
—Le digo que le he visto levantarla —dijo Wilson.
El piloto se quedó mirándole con la misma expresión horrorizada que había
mostrado la azafata. Wilson se estremeció violentamente.
—¡Oiga, le he visto! —gritó. El chasquido repentino de su voz le espantó.
Al momento, el piloto estuvo sentado a su lado.
—Señor Wilson, por favor —dijo—. Vale, le ha visto. Pero recuerde que hay
más personas a bordo. No debe alarmarlas.
Al principio, Wilson estaba demasiado perturbado para entenderlo.
—¿Quiere decir… quiere decir que usted lo ha visto? —preguntó.
—Por supuesto —dijo el piloto—, pero no queremos asustar a los pasajeros.
Compréndalo.
—Por supuesto, por supuesto, yo no quiero…
Wilson sintió un espasmo enroscándosele en la ingle y el bajo vientre. De
pronto, apretó los labios y miró al piloto con ojos malévolos.
—Lo comprendo —dijo.
—Lo que tenemos que recordar… —empezó el piloto.
—Es suficiente —dijo Wilson.
—¿Señor?
Wilson se estremeció.
—Váyase de aquí —dijo.
—Señor Wilson, ¿qué…?
—¿Quiere hacer el favor de dejarlo ya?
43
Con la cara pálida, Wilson se apartó del piloto y miró el ala, con los ojos como
piedras.
De pronto, volvió a mirarle.
—¡Esté tranquilo, no volveré a decir otra palabra! —exclamó.
—Señor Wilson, intente comprender nuestra…
Wilson se giró y miró enfurecido el motor. Por el rabillo del ojo, vio a dos
pasajeros de pie en el pasillo, mirándole. ¡Idiotas!, estalló su cerebro. Sintió
que sus manos empezaban a temblar y, durante unos segundos, tuvo miedo
de vomitar. Es el movimiento, se repitió. El avión saltaba en el aire como una
barca maltratada por un vendaval.
Se dio cuenta de que el piloto seguía hablándole y, estrechando los ojos, miró
el reflejo del hombre en la ventanilla. A su lado, sombríamente muda, la
azafata permanecía en pie. Wilson pensó que los dos eran unos idiotas ciegos.
No dio muestras de haber notado su partida. Reflejados en la ventanilla, vio
que se dirigían hacia la parte trasera de la cabina. Ahora estarán hablando de
mí, pensó. Haciendo planes por si me pongo violento.
Deseó que el hombre reapareciese, que arrancase la plancha de la cubierta y
que estropease el motor. Le producía un placer rencoroso saber que sólo él se
interponía entre la catástrofe y las más de treinta personas que iban a bordo.
Si lo deseaba, podía permitir que se produjera una catástrofe. Wilson sonrió
sin humor. Menudo suicidio sería ése, pensó.
El hombrecillo volvió a dejarse caer y Wilson vio que lo que había pensado
era correcto: el hombre había vuelto a colocar la plancha en su sitio antes de
alejarse de un salto. Pues ahora volvía a tirar de ella y la levantaba con
facilidad, pelándola como si fuera una piel extirpada por un cirujano grotesco.
El movimiento del ala era muy irregular, pero el hombre parecía no tener
ninguna dificultad en permanecer equilibrado.
Wilson volvió a sentir el pánico. ¿Qué podía hacer? Nadie le creía. Si seguía
intentando convencerlos, probablemente le reducirían por la fuerza. Si pedía
a la azafata que se sentara a su lado, obtendría, en el mejor de los casos, un
respiro momentáneo. En el momento en que se fuera o, si no lo hacía, en el
momento en que se quedara dormida, el hombre regresaría. Aunque
permaneciera despierta a su lado, ¿qué impediría que el hombre manipulase
44
los motores de la otra ala? Wilson se estremeció, con la frialdad del pánico
enroscándosele en los huesos.
Santo Cielo, no podía hacer nada.
Dio una sacudida cuando, al otro lado de la ventanilla por la cual observaba
al hombrecillo, pasó el reflejo del piloto. La locura de aquel momento casi le
hizo desmoronarse; el hombre y el piloto a un palmo el uno del otro, ambos
vistos por él pero sin ser conscientes de su mutua presencia. No, no era cierto.
El hombrecillo había echado un vistazo sobre su hombro cuando pasó el
piloto. Como si supiera que ya no había necesidad de seguir saltando, que la
capacidad de Wilson para interferir había llegado a su fin. De pronto, Wilson
tembló con una furia cegadora. ¡Te mataré!, pensó, ¡te mataré, sucio animal!
Fuera, el motor vaciló.
Duró sólo un segundo, pero, en ese segundo, a Wilson le pareció que su
corazón también se había detenido. Se apoyó contra la ventanilla, mirando. El
hombre había doblado la plancha de la cubierta y ahora estaba arrodillado,
metiendo una mano curiosa dentro del motor.
—No —Wilson oyó el sollozo de su propia voz suplicante—. No…
Una vez más, el motor falló. Wilson miró alrededor, horrorizado. ¿Es que
estaban todos sordos? Levantó la mano para apretar el botón de la azafata, y
al momento la retiró. No, le encerrarían, le contendrían de alguna forma. Y él
era el único que sabía lo que estaba ocurriendo, el único que podía ayudar.
—Dios… —Wilson se mordió el labio inferior hasta que el dolor le hizo lanzar
un gemido. Volvió a darse la vuelta y se sacudió. La azafata corría por el
pasillo oscilante. ¡Lo había oído! La observó fijamente y vio que le miraba al
pasar junto a su asiento.
Se detuvo tres asientos más allá. ¡Alguien más lo había oído! Wilson observó
cómo la azafata se inclinaba, hablando con el pasajero invisible. Fuera, el
motor volvió a toser. Wilson giró la cabeza y miró afuera con los ojos
inyectados de horror.
—¡Maldito seas! —gimió.
45
Se volvió de nuevo y vio a la azafata acercarse por el pasillo. No parecía
alarmada. Wilson la miró con ojos incrédulos. No era posible. Se dio la vuelta
para seguir su movimiento oscilante y la vio entrar en la cocina.
—No —Wilson ya se agitaba tanto que no podía dominarse. Nadie lo había
oído.
Nadie lo sabía.
De pronto, Wilson se inclinó y sacó la bolsa de viaje de debajo del asiento. La
desabrochó, sacó su maletín y lo arrojó sobre la moqueta. Luego, volviendo a
meter la mano, agarró el paquete de hule y lo estiró.
Por el rabillo del ojo, vio volver a la azafata y empujó la bolsa debajo del
asiento con los zapatos, colocando el paquete de hule a su lado. Se quedó
sentado rígidamente, jadeante, mientras ella pasaba.
Luego se puso el paquete sobre el regazo y lo desenvolvió. Sus movimientos
eran tan febriles que la pistola casi se le cayó. La cogió por el cañón, luego
apretó la culata con dedos de nudillos blancos y quitó el seguro. Echó un
vistazo al exterior y notó que le invadía el frío.
El hombre le estaba mirando.
Wilson apretó sus temblorosos labios. Era imposible que el hombre supiera lo
que pretendía hacer. Tragó saliva e intentó recuperar el aliento. Deslizó la
mirada hacia donde la azafata estaba ofreciendo unas pastillas al pasajero de
más adelante, y luego volvió a mirar el ala. El hombre volvía a dedicarse al
motor, metiendo la mano. Wilson apretó la pistola con más fuerza. Empezó a
levantarla.
De pronto, la bajó. La ventana era demasiado gruesa. La bala podría rebotar
y matar a uno de los pasajeros. Se estremeció y miró al hombrecillo. El motor
volvió a fallar y Wilson vio cómo una erupción de chispas proyectaba su luz
sobre los rasgos bestiales del hombre. Reunió valor. Sólo había una respuesta.
Bajó la mirada hacia la manecilla de la puerta de emergencia. Tenía una tapa
transparente. Wilson la soltó y la dejó caer. Miró al exterior. El hombre seguía
allí, agazapado y toqueteando el motor con la mano. Wilson tomó aliento,
tembloroso. Apoyó el pie izquierdo sobre la manecilla de la puerta y la probó.
Hacia abajo no se movía. Hacia arriba sí daba juego.
46
Bruscamente, Wilson dejó la pistola sobre su regazo. No había tiempo para
discusiones, se dijo a sí mismo. Con manos temblorosas, se abrochó el
cinturón sobre los muslos. Cuando se abriera la puerta, se produciría una
corriente de aire irresistible. Por la seguridad de la nave, no debía dejarse
arrastrar con ella.
Ahora. Wilson volvió a coger la pistola, con el corazón dándole saltos. Tendría
que atacar por sorpresa y con mucha precisión. Si fallaba, el hombre podría
saltar al otro ala, o aún peor, al fuselaje de la cola, donde podría cortar cables,
deformar alerones y alterar el equilibrio de la nave sin que nadie le perturbara.
No, ésta era la única manera. Dispararía bajo e intentaría alcanzar al hombre
en el pecho o el estómago. Wilson se llenó los pulmones de aire. Ahora, pensó.
Ahora.
La azafata se acercó por el pasillo mientras Wilson empezaba a tirar de la
manecilla. Durante un momento, paralizada, no pudo hablar. Una mirada de
horror estupefacto deformó sus rasgos mientras levantaba una mano como si
le estuviese implorando. Entonces, repentinamente, su voz chilló por encima
del ruido de los motores.
—¡Señor Wilson, no!
—¡Atrás! —gritó Wilson, y levantó la manecilla.
Fue como si la puerta desapareciera. Primero la tenía al lado, entre las manos.
Al momento siguiente, con un rugido siseante, había desaparecido.
En el mismo instante, Wilson se sintió envuelto por una succión monstruosa
que intentó arrancarle de su asiento. La cabeza y los hombros salieron de la
cabina y, de pronto, se encontró respirando un aire tenue y gélido. Durante
un instante, los tímpanos casi estallando por el estruendo de los motores, los
ojos cegados por los vientos árticos, se olvidó del hombre. Le pareció oír un
leve chillido en el torbellino que le rodeaba, un grito lejano.
Entonces vio al hombre.
Estaba caminando por el ala, una figura retorcida que se inclinaba hacia
delante, con manos en forma de garras que se estiraban impacientes. Wilson
levantó el brazo y disparó. La explosión fue como el descorchar de una botella
en medio del violento rugido del aire. El hombre se tambaleó, dio unos
manotazos y Wilson sintió un rayo de dolor atravesándole la cabeza. Volvió
47
a disparar a bocajarro y vio que el hombre se tambaleaba hacia atrás. Luego,
repentinamente, desapareció como si no fuera más sólido que un muñeco de
papel arrastrado por un vendaval. Wilson sintió un entumecimiento creciente
en el cerebro. Sintió que la pistola caía de sus dedos débiles.
Luego se perdió en la oscuridad invernal.
***
Se agitó y murmuró algo. Cierta calidez gorgoteaba en sus venas, sus
miembros parecían de madera. En la oscuridad, oyó un sonido de pies
arrastrándose, un delicado remolino de voces. Estaba tumbado, boca arriba,
encima de algo que se movía, que se sacudía. Un viento frío le rociaba la cara
y sentía la superficie inclinarse debajo de él.
Suspiró. El avión había aterrizado y le estaban transportando en camilla.
Probablemente tenía una herida en la cabeza, además de que le habían dado
una inyección para calmarle.
—La forma más extraña de cometer suicidio de la que haya oído hablar jamás
—dijo una voz en algún sitio.
Wilson sintió el placer de la diversión. Quienquiera que hubiera hablado se
equivocaba, por supuesto. Como pronto quedaría demostrado, cuando
revisaran el motor y examinaran su herida más atentamente. Entonces
comprenderían que les había salvado a todos.
Wilson durmió sin sueños.
La lotería
Shirley Jackson
La mañana del 27 de junio amaneció clara y soleada con el calor lozano de un
día de pleno estío; las plantas mostraban profusión de flores y la hierba tenía
un verdor intenso. La gente del pueblo empezó a congregarse en la plaza,
entre la oficina de correos y el banco, alrededor de las diez; en algunos pueblos
había tanta gente que la lotería duraba dos días y tenía que iniciarse el día 26,
pero en aquel pueblecito, donde apenas había trescientas personas, todo el
asunto ocupaba apenas un par de horas, de modo que podía iniciarse a las
48
diez de la mañana y dar tiempo todavía a que los vecinos volvieran a sus casas
a comer.
Los niños fueron los primeros en acercarse, por supuesto. La escuela acababa
de cerrar para las vacaciones de verano y la sensación de libertad producía
inquietud en la mayoría de los pequeños; tendían a formar grupos pacíficos
durante un rato antes de romper a jugar con su habitual bullicio, y sus
conversaciones seguían girando en torno a la clase y los profesores, los libros
y las reprimendas. Bobby Martin ya se había llenado los bolsillos de piedras
y los demás chicos no tardaron en seguir su ejemplo, seleccionando las
piedras más lisas y redondeadas; Bobby, Harry Jones y Dickie Delacroix
acumularon finalmente un gran montón de piedras en un rincón de la plaza
y lo protegieron de las incursiones de los otros chicos. Las niñas se quedaron
aparte, charlando entre ellas y volviendo la cabeza hacia los chicos, mientras
los niños más pequeños jugaban con la tierra o se agarraban de la mano de
sus hermanos o hermanas mayores.
Pronto empezaron a reunirse los hombres, que se dedicaron a hablar de
sembrados y lluvias, de tractores e impuestos, mientras vigilaban a sus hijos.
Formaron un grupo, lejos del montón de piedras de la esquina, y se contaron
chistes sin alzar la voz, provocando sonrisas más que carcajadas. Las mujeres,
con descoloridos vestidos de andar por casa y suéteres finos, llegaron poco
después de sus hombres. Se saludaron entre ellas e intercambiaron
apresurados chismes mientras acudían a reunirse con sus maridos. Pronto, las
mujeres, ya al lado de sus maridos, empezaron a llamar a sus hijos y los
pequeños acudieron a regañadientes, después de la cuarta o la quinta
llamada. Bobby Martin esquivó, agachándose, la mano de su madre cuando
pretendía agarrarlo y volvió corriendo, entre risas, hasta el montón de
piedras. Su padre lo llamó entonces con voz severa y Bobby regresó
enseguida, ocupando su lugar entre su padre y su hermano mayor. La lotería
—igual que los bailes en la plaza, el club juvenil y el programa de la fiesta de
Halloween— era dirigida por el señor Summers, que tenía tiempo y energía
para dedicarse a las actividades cívicas.
El señor Summers era un hombre jovial, de cara redonda, que llevaba el
negocio del carbón, y la gente se compadecía de él porque no había tenido
hijos y su mujer era una gruñona. Cuando llegó a la plaza portando la caja
negra de madera, se levantó un murmullo entre los vecinos y el señor
49
Summers dijo: «Hoy llego un poco tarde, amigos». El administrador de
correos, el señor Graves, venía tras él cargando con un taburete de tres patas,
que colocó en el centro de la plaza y sobre el cual instaló la caja negra el señor
Summers. Los vecinos se mantuvieron a distancia, dejando un espacio entre
ellos y el taburete, y cuando el señor Summers preguntó: «¿Alguno de ustedes
quiere echarme una mano?», se produjo un instante de vacilación hasta que
dos de los hombres, el señor Martin y su hijo mayor, Baxter, se acercaron para
sostener la caja sobre el taburete mientras él revolvía los papeles del interior.
Los objetos originales para el juego de la lotería se habían perdido hacía
mucho tiempo y la caja negra que descansaba ahora sobre el taburete llevaba
utilizándose desde antes incluso de que naciera el viejo Warner, el hombre de
más edad del pueblo. El señor Summers hablaba con frecuencia a sus vecinos
de hacer una caja nueva, pero a nadie le gustaba modificar la tradición que
representaba aquella caja negra. Corría la historia de que la caja actual se había
realizado con algunas piezas de la caja que la había precedido, la que habían
construido las primeras familias cuando se instalaron allí y fundaron el
pueblo. Cada año, después de la lotería, el señor Summers empezaba a hablar
otra vez de hacer una caja nueva, pero cada año el asunto acababa
difuminándose sin que se hiciera nada al respecto. La caja negra estaba cada
vez más gastada y ya ni siquiera era completamente negra, sino que le había
saltado una gran astilla en uno de los lados, dejando a la vista el color original
de la madera, y en algunas partes estaba descolorida o manchada. El señor
Martin y su hijo mayor, Baxter, sujetaron con fuerza la caja sobre el taburete
hasta que el señor Summers hubo revuelto a conciencia los papeles con sus
manos. Dado que la mayor parte del ritual se había eliminado u olvidado, el
señor Summers había conseguido que se sustituyeran por hojas de papel las
fichas de madera que se habían utilizado durante generaciones.
Según había argumentado el señor Summers, las fichas de madera fueron
muy útiles cuando el pueblo era pequeño, pero ahora que la población había
superado los tres centenares de vecinos y parecía en trance de seguir
creciendo, era necesario utilizar algo que cupiera mejor en la caja negra. La
noche antes de la lotería, el señor Summers y el señor Graves preparaban las
hojas de papel y las introducían en la caja, que trasladaban entonces a la caja
fuerte de la compañía de carbones del señor Summers para guardarla hasta el
momento de llevarla a la plaza, la mañana siguiente. El resto del año, la caja
se guardaba a veces en un sitio, a veces en otro; un año había permanecido en
50
el granero del señor Graves y otro año había estado en un rincón de la oficina
de correos y, a veces, se guardaba en un estante de la tienda de los Martin y
se dejaba allí el resto del año.
Había que atender muchos detalles antes de que el señor Summers declarara
abierta la lotería. Por ejemplo, había que confeccionar las listas de cabezas de
familia, de cabezas de las casas que constituían cada familia, y de los
miembros de cada casa. También debía tomarse el oportuno juramento al
señor Summers como encargado de dirigir el sorteo, por parte del
administrador de correos. Algunos vecinos recordaban que, en otro tiempo,
el director del sorteo hacía una especie de exposición, una salmodia rutinaria
y discordante que se venía recitando año tras año, como mandaban los
cánones. Había quien creía que el director del sorteo debía limitarse a
permanecer en el estrado mientras la recitaba o cantaba, mientras otros
opinaban que tenía que mezclarse entre la gente, pero hacía muchos años que
esa parte de la ceremonia se había eliminado. También se decía que había
existido una salutación ritual que el director del sorteo debía utilizar para
dirigirse a cada una de las personas que se acercaban para extraer la papeleta
de la caja, pero también esto se había modificado con el tiempo y ahora solo
se consideraba necesario que el director dirigiera algunas palabras a cada
participante cuando acudía a probar su suerte. El señor Summers tenía mucho
talento para todo ello; luciendo su camisa blanca impoluta y sus pantalones
tejanos, con una mano apoyada tranquilamente sobre la caja negra, tenía un
aire de gran dignidad e importancia mientras conversaba interminablemente
con el señor Graves y los Martin.
En el preciso instante en que el señor Summers terminaba de hablar y se
volvía hacia los vecinos congregados, la señora Hutchinson apareció a toda
prisa por el camino que conducía a la plaza, con un suéter sobre los hombros,
y se añadió al grupo que ocupaba las últimas filas de asistentes.
—Me había olvidado por completo de qué día era —le comentó a la señora
Delacroix cuando llegó a su lado, y las dos mujeres se echaron a reír por lo
bajo—. Pensaba que mi marido estaba en la parte de atrás de la casa, apilando
leña —prosiguió la señora Hutchinson—, y entonces miré por la ventana y vi
que los niños habían desaparecido de la vista; entonces recordé que
estábamos a veintisiete y vine corriendo.
Se secó las manos en el delantal y la señora Delacroix respondió:
51
—De todos modos, has llegado a tiempo. Todavía están con los preparativos.
La señora Hutchinson estiró el cuello para observar a la multitud y localizó a
su marido y a sus hijos casi en las primeras filas. Se despidió de la señora
Delacroix con unas palmaditas en el brazo y empezó a abrirse paso entre la
multitud. La gente se apartó con aire festivo para dejarla avanzar; dos o tres
de los presentes murmuraron, en voz lo bastante alta como para que les oyera
todo el mundo: «Ahí viene tu mujer, Hutchinson», y, «Finalmente se ha
presentado, Bill». La señora Hutchinson llegó hasta su marido y el señor
Summers, que había estado esperando a que lo hiciera, comentó en tono
jovial:
—Pensaba que íbamos a tener que empezar sin ti, Tessie.
—No querrías que dejara los platos sin lavar en el fregadero, ¿verdad, Joe? —
respondió la señora Hutchinson con una sonrisa, provocando una ligera
carcajada entre los presentes, que volvieron a ocupar sus anteriores posiciones
tras la llegada de la mujer.
—Muy bien —anunció sobriamente el señor Summers—, supongo que será
mejor empezar de una vez para acabar lo antes posible y volver pronto al
trabajo. ¿Falta alguien?
—Dunbar —dijeron varias voces—. Dunbar, Dunbar.
El señor Summers consultó la lista.
—Clyde Dunbar —comentó—. Es cierto. Tiene una pierna rota, ¿no es eso?
¿Quién sacará la papeleta por él?
—Yo, supongo —respondió una mujer, y el señor Summers se volvió hacia
ella.
—La esposa saca la papeleta por el marido —anunció el señor Summers, y
añadió—: ¿No tienes ningún hijo mayor que lo haga por ti, Janey?
Aunque el señor Summers y todo el resto del pueblo conocían perfectamente
la respuesta, era obligación del director del sorteo formular tales preguntas
oficialmente. El señor Summers aguardó con expresión atenta la contestación
de la señora Dunbar.
—Horace no ha cumplido aún los dieciséis —explicó la mujer con tristeza—.
Me parece que este año tendré que participar yo por mi esposo.
52
—De acuerdo —asintió el señor Summers. Efectuó una anotación en la lista
que sostenía en las manos y luego preguntó—: ¿El chico de los Watson sacará
papeleta este año?
Un muchacho de elevada estatura alzó la mano entre la multitud.
—Aquí estoy —dijo—. Voy a jugar por mi madre y por mí.
El chico parpadeó, nervioso, y escondió la cara mientras varias voces de la
muchedumbre comentaban en voz alta: «Buen chico, Jack», y, «Me alegro de
ver que tu madre ya tiene un hombre que se ocupe de hacerlo».
—Bien —dijo el señor Summers—, creo que ya estamos todos. ¿Ha venido el
viejo Warner?
—Aquí estoy —dijo una voz, y el señor Summers asintió.
Un súbito silencio cayó sobre los reunidos mientras el señor Summers
carraspeaba y contemplaba la lista.
—¿Todos preparados? —preguntó—. Bien, voy a leer los nombres (los
cabezas de familia, primero) y los hombres se adelantarán para sacar una
papeleta de la caja. Guarden la papeleta cerrada en la mano, sin mirarla, hasta
que todo el mundo tenga la suya. ¿Está claro?
Los presentes habían asistido tantas veces al sorteo que apenas prestaron
atención a las instrucciones; la mayoría de ellos permaneció tranquila y en
silencio, humedeciéndose los labios y sin desviar la mirada del señor
Summers. Por fin, este alzó una mano y dijo, «Adams». Un hombre se
adelantó a la multitud. «Hola, Steve», le saludó el señor Summers. «Hola,
Joe», le respondió el señor Adams. Los dos hombres intercambiaron una
sonrisa nerviosa y seca; a continuación, el señor Adams introdujo la mano en
la caja negra y sacó un papel doblado. Lo sostuvo con firmeza por una
esquina, dio media vuelta y volvió a ocupar rápidamente su lugar entre la
multitud, donde permaneció ligeramente apartado de su familia, sin bajar la
vista a la mano donde tenía la papeleta.
—Allen —llamó el señor Summers—. Anderson… Bentham.
—Ya parece que no pasa el tiempo entre una lotería y la siguiente —comentó
la señora Delacroix a la señora Graves en las filas traseras—. Me da la
impresión de que la última fue apenas la semana pasada.
53
—Desde luego, el tiempo pasa volando —asintió la señora Graves.
—Clark… Delacroix…
—Allá va mi marido —comentó la señora Delacroix, conteniendo la
respiración mientras su esposo avanzaba hacia la caja.
—Dunbar —llamó el señor Summers, y la señora Dunbar se acercó con paso
firme mientras una de las mujeres exclamaba: «Animo, Janey», y otra decía:
«Allá va».
—Ahora nos toca a nosotros —anunció la señora Graves y observó a su
marido cuando este rodeó la caja negra, saludó al señor Summers con aire
grave y escogió una papeleta de la caja. A aquellas alturas, entre los reunidos
había numerosos hombres que sostenían entre sus manazas pequeñas hojas
de papel, haciéndolas girar una y otra vez con gesto nervioso. La señora
Dunbar y sus dos hijos estaban muy juntos; la mujer sostenía la papeleta.
—Harburt… Hutchinson…
—Vamos allá, Bill —dijo la señora Hutchinson, y los presentes cercanos a ella
soltaron una carcajada.
—Jones…
—Dicen que en el pueblo de arriba están hablando de suprimir la lotería —
comentó el señor Adams al viejo Warner. Este soltó un bufido y replicó:
—Hatajo de estúpidos. Si escuchas a los jóvenes, nada les parece suficiente. A
este paso, dentro de poco querrán que volvamos a vivir en cavernas, que
nadie trabaje más y que vivamos de ese modo. Antes teníamos un refrán que
decía: «La lotería en verano, antes de recoger el grano». A este paso, pronto
tendremos que alimentarnos de bellotas y frutos del bosque. La lotería ha
existido siempre —añadió, irritado—. Ya es suficientemente terrible tener que
ver al joven Joe Summers ahí arriba, bromeando con todo el mundo.
—En algunos lugares ha dejado de celebrarse la lotería —apuntó la señora
Adams.
—Eso no traerá más que problemas —insistió el viejo Warner, testarudo—.
Hatajo de jóvenes estúpidos.
—Martin… —Bobby Martin vio avanzar a su padre—. Overdyke… Percy…
54
—Ojalá se den prisa —murmuró la señora Dunbar a su hijo mayor—. Ojalá
acaben pronto.
—Ya casi han terminado —dijo el muchacho.
—Prepárate para ir corriendo a informar a tu padre —le indicó su madre.
El señor Summers pronunció su propio apellido, dio un paso medido hacia
adelante y escogió una papeleta de la caja. Luego, llamó a Warner.
—Llevo sesenta y siete años asistiendo a la lotería —proclamó el señor Warner
mientras se abría paso entre la multitud—. Setenta y siete loterías.
—Watson… —el muchacho alto se adelantó con andares desgarbados. Una
voz exhortó: «No te pongas nervioso, muchacho», y el señor Summers añadió:
«Tómate el tiempo necesario, hijo». Después, cantó el último nombre.
—Zanini…
Tras esto se produjo una larga pausa, una espera cargada de nerviosismo
hasta que el señor Summers, sosteniendo en alto su papeleta, murmuró:
—Muy bien, amigos.
Durante unos instantes, nadie se movió; a continuación, todos los cabezas de
familia abrieron a la vez la papeleta. De pronto, todas las mujeres se pusieron
a hablar a la vez:
—¿Quién es? ¿A quién le ha tocado? ¿A los Dunbar? ¿A los Watson?
Al cabo de unos momentos, las voces empezaron a decir:
—Es Hutchinson. Le ha tocado a Bill Hutchinson.
—Ve a decírselo a tu padre —ordenó la señora Dunbar a su hijo mayor.
Los presentes empezaron a buscar a Hutchinson con la mirada. Bill
Hutchinson estaba inmóvil y callado, contemplando el papel que tenía en la
mano. De pronto, Tessie Hutchinson le gritó al señor Summers:
—¡No le has dado tiempo a escoger qué papeleta quería! Te he visto, Joe
Summers. ¡No es justo!
—Tienes que aceptar la suerte, Tessie —le replicó la señora Delacroix, y la
señora Graves añadió:
55
—Todos hemos tenido las mismas oportunidades.
—¡Vamos, Tessie, cierra el pico! —intervino Bill Hutchinson.
—Bueno —anunció, acto seguido, el señor Summers—. Hasta aquí hemos ido
bastante deprisa y ahora deberemos apresurarnos un poco más para terminar
a tiempo.
Consultó su siguiente lista y añadió:
—Bill, tú has sacado la papeleta por la familia Hutchinson. ¿Tienes alguna
casa más que pertenezca a ella?
—Están Don y Eva —exclamó la señora Hutchinson con un chillido—. ¡Ellos
también deberían participar!
—Las hijas casadas entran en el sorteo con las familias de sus maridos, Tessie
—replicó el señor Summers con suavidad—. Lo sabes perfectamente, como
todos los demás.
—No ha sido justo —insistió Tessie.
—Me temo que no —respondió con voz abatida Bill Hutchinson a la anterior
pregunta del director del sorteo—. Mi hija juega con la familia de su esposo,
como está establecido. Y no tengo más familia que mis hijos pequeños.
—Entonces, por lo que respecta a la elección de la familia, ha correspondido
a la tuya —declaró el señor Summers a modo de explicación—. Y, por lo que
respecta a la casa, también corresponde a la tuya, ¿no es eso?
—Sí —respondió Bill Hutchinson.
—¿Cuántos chicos tienes, Bill? —preguntó oficialmente el señor Summers.
—Tres —declaró Bill Hutchinson—. Está mi hijo, Bill, y Nancy y el pequeño
Dave. Además de Tessie y de mí, claro.
—Muy bien, pues —asintió el señor Summers—. ¿Has recogido sus papeletas,
Harry?
El señor Graves asintió y mostró en alto las hojas de papel.
—Entonces, ponlas en la caja —le indicó el señor Summers—. Coge la de Bill
y colócala dentro.
56
—Creo que deberíamos empezar otra vez —comentó la señora Hutchinson
con toda la calma posible—. Les digo que no es justo. Bill no ha tenido tiempo
para escoger qué papeleta quería. Todos lo han visto.
El señor Graves había seleccionado cinco papeletas y las había puesto en la
caja. Salvo estas, dejó caer todas las demás al suelo, donde la brisa las impulsó,
esparciéndolas por la plaza.
—¡Escúchenme todos! —seguía diciendo la señora Hutchinson a los vecinos
que la rodeaban.
—¿Preparado, Bill? —inquirió el señor Summers, y Bill Hutchinson asintió,
después de dirigir una breve mirada a su esposa e hijos.
—Recuerden —continuó el director del sorteo—: Saquen una papeleta y
guárdenla sin abrir hasta que todos tengan la suya. Harry, tú ayudarás al
pequeño Dave.
El señor Graves tomó de la manita al niño, que se acercó a la caja con él sin
ofrecer resistencia.
—Saca un papel de la caja, Davy —le dijo el señor Summers. Davy introdujo
la mano donde le decían y soltó una risita—. Saca solo un papel —insistió el
señor Summers—. Harry, ocúpate tú de guardarlo.
El señor Graves tomó la mano del niño y le quitó el papel de su puño cerrado;
después lo sostuvo en alto mientras el pequeño Dave se quedaba a su lado,
mirándolo con aire de desconcierto.
—Ahora, Nancy —anunció el señor Summers. Nancy tenía doce años y a sus
compañeros de la escuela se les aceleró la respiración mientras se adelantaba,
agarrándose la falda, y extraía una papeleta con gesto delicado—. Bill, hijo —
dijo el señor Summers, y Billy, con su rostro sonrojado y sus pies enormes,
estuvo a punto de volcar la caja cuando sacó su papeleta—. Tessie…
La señora Hutchinson titubeó durante unos segundos, mirando a su
alrededor con aire desafiante y luego apretó los labios y avanzó hasta la caja.
Extrajo una papeleta y la sostuvo a su espalda.
—Bill… —dijo por último el señor Summers, y Bill Hutchinson metió la mano
en la caja y tanteó el fondo antes de sacarla con el último de los papeles.
Los espectadores habían quedado en silencio.
57
—Espero que no sea Nancy —cuchicheó una chica, y el sonido del susurro
llegó hasta el más alejado de los reunidos.
—Antes, las cosas no eran así —comentó abiertamente el viejo Warner—. Y la
gente tampoco es como en otros tiempos.
—Muy bien —dijo el señor Summers—. Abran las papeletas. Tú, Harry, abre
la del pequeño Dave.
El señor Graves desdobló el papel y se escuchó un suspiro general cuando lo
mostró en alto y todos comprobaron que estaba en blanco. Nancy y Bill, hijo,
abrieron los suyos al mismo tiempo y los dos se volvieron hacia la multitud
con expresión radiante, agitando sus papeletas por encima de la cabeza.
—Tessie… —indicó el señor Summers. Se produjo una breve pausa y, a
continuación, el director del sorteo miró a Bill Hutchinson. El hombre
desdobló su papeleta y la enseñó. También estaba en blanco.
—Es Tessie —anunció el señor Summers en un susurro—. Muéstranos su
papel, Bill.
Bill Hutchinson se acercó a su mujer y le quitó la papeleta por la fuerza. En el
centro de la hoja había un punto negro, la marca que había puesto el señor
Summers con el lápiz la noche anterior, en la oficina de la compañía de
carbones. Bill Hutchinson mostró en alto la papeleta y se produjo una reacción
agitada entre los congregados.
—Bien, amigos —proclamó el señor Summers—, démonos prisa en terminar.
Aunque los vecinos habían olvidado el ritual y habían perdido la caja negra
original, aún mantenían la tradición de utilizar piedras. El montón de piedras
que los chicos habían reunido antes estaba preparado y en el suelo; entre las
hojas de papel que habían extraído de la caja, había más piedras. La señora
Delacroix escogió una piedra tan grande que tuvo que levantarla con ambas
manos y se volvió hacia la señora Dunbar.
—Vamos —le dijo—. Date prisa.
La señora Dunbar sostenía una piedra de menor tamaño en cada mano y
murmuró, entre jadeos:
—No puedo apresurarme más. Tendrás que adelantarte. Ya te alcanzaré.
58
Los niños ya tenían su provisión de piedras y alguien le puso en la mano
varias piedrecitas al pequeño Davy Hutchinson. Tessie Hutchinson había
quedado en el centro de una zona despejada y extendió las manos con gesto
desesperado mientras los vecinos avanzaban hacia ella.
—¡No es justo! —exclamó.
Una piedra la golpeó en la sien.
—¡Vamos, vamos, todo el mundo! —gritó el viejo Warner. Steve Adams
estaba al frente de la multitud de vecinos, con la señora Graves a su lado.
—¡No es justo! ¡No hay derecho! —siguió exclamando la señora Hutchinson.
Instantes después todo el pueblo cayó sobre ella.
59
Me di cuenta de que era mucho mejor jugador de lo que se requería para aquel
trabajo. Había ganado algunas partidas casuales a famosos internacionales.
Un par de clubs de Manhattan le habían propuesto prepararlo para los
grandes torneos, pero su falta de ambición lo mantuvo en el anonimato. A mí
me parecía que consideraba al ajedrez demasiado banal para dedicarle
seriamente su atención, aunque por otra parte estaba dispuesto a desperdiciar
su vida en aquel local, a la espera de que ocurriera algo realmente importante,
si es que llegaba a ocurrir alguna vez. Cierta vez había aumentado sus
ingresos hasta cinco dólares, al enfrentarse al equipo de un club y ganarles a
todos.
Lo conocí en la vieja casa de piedra arenisca donde ambos teníamos una
habitación en el mismo piso. En aquel lugar me habló por primera vez del
sueño.
Acabábamos de jugar una partida y yo contemplaba ocioso las piezas
esparcidas fuera del tablero y amontonadas en un pliegue de la manta de su
cama. En el exterior soplaba un quejumbroso viento, que se mezclaba con el
ruido del tráfico y con el zumbido de un defectuoso letrero de neón. Yo había
perdido, pero estaba contento de que Moreland jamás me dejara ganar, como
a veces hacía con los jugadores del local a fin de animarlos. Para mis adentros
me sentía realmente afortunado por haber podido jugar con Moreland, sin
saber entonces que yo era probablemente el mejor amigo que tenía.
Yo acababa de decir algo, obviamente concerniente al ajedrez.
—¿Cree que ha sido una partida complicada? —inquirió, mirándome con
intención burlona, sus oscuros ojos semejando ventanas redondas abiertas
bajo pesados párpados—. Bueno, tal vez lo haya sido. Aunque juego una
partida mil veces más complicada en mis sueños cada noche. Lo curioso es
que la partida continúa noche tras noche. La misma partida. Realmente nunca
duermo. Sólo sueño con la partida.
Entonces me contó, medio en broma medio en serio, lo que habría de
protagonizar muchas de nuestras conversaciones.
Las imágenes de su sueño, tal como las describió, eran enormemente simples,
sin la usual incongruencia que suele acompañarlas. Se trataba de un tablero
tan grande que a veces tema que caminar para mover sus piezas. Había
muchas más casillas que en el tablero de ajedrez, y aparecían coloreadas con
60
diferentes tonalidades. El valor de las piezas variaba según el color de la
casilla donde estuvieran. Por encima y bordeando el tablero no había sino
negrura, pero una negrura que sugería el infinito sin estrellas, como si la
escena, tal como él la expresaba, estuviera ubicada en el punto culminante del
universo.
Cuando despertaba no recordaba con precisión el conjunto de las reglas del
juego, aunque sí algunos puntos aislados, incluyendo el interesante factor —
que distinguía a este juego del ajedrez— de que las piezas de un adversario
no eran iguales que las del otro. Estaba convencido, no sólo de que
comprendía el juego a la perfección mientras soñaba, sino también de que era
capaz de jugar con la peculiar destreza de los maestros del ajedrez. Era, dijo,
como si su mente nocturna poseyera más dimensiones de pensamiento que
su mente diurna, siendo capaz de realizar intuitivamente complejas series de
movimientos que de ordinario habrían exigido un razonamiento muchísimo
más lento.
—El sentimiento de incrementar el poder mental es ordinariamente un
engaño onírico, ¿no es cierto? —añadió, lanzándome una aguda mirada—. Así
pues, supongo que puedo decir que se trata de un sueño ordinario.
No supe cómo tomar esta última observación, de modo que aventuré una
pregunta:
—¿Cómo eran las piezas?
Resultó que eran similares a las del ajedrez, si bien considerablemente
estilizadas sin dejar de sugerir las formas originales —arquitectónicas,
animales u ornamentales— que las habían inspirado. Aunque la similitud
acababa aquí. Las formas inspiradoras, en la medida en que podía intuirlas,
eran grotescas en extremo. Había torres terraplenadas sutilmente torcidas con
respecto a la perpendicular, polígonos extrañamente asimétricos, que le
hacían pensar en templos y tumbas, formas zoovegetales que desafiaban
cualquier clasificación, y cuyos moldeados miembros y órganos externos
sugerían una variada gama de funciones ignotas. Las piezas más poderosas
parecían estar moldeadas según el tenor de las formas vivas, pues portaban
estilizadas armas y otros implementos, y vestían lo que parecían ser coronas
y tiaras —un poco como el rey, la dama y el alfil del ajedrez—, en tanto que el
esculpido señalaba voluminosos mantos y caperuzas. Pero no eran
antropomórficos en ningún otro aspecto. Moreland buscó en vano analogías
61
terrestres, mencionando los ídolos hindúes, los reptiles prehistóricos, la
escultura futurista, calamares que portasen dagas en los tentáculos, inmensas
hormigas, mantis religiosas y otros insectos con órganos fantásticamente
adaptados.
—Creo que tendría que buscar planeta por planeta en el universo entero, antes
de poder encontrar los modelos originales —dijo con el ceño fruncido—.
Recuerde que nada hay vago ni confuso en lo que a las piezas se refiere. En
mis sueños son tan tangibles como esta torre. —Tomó la pieza, la encerró en
su mano durante un momento y luego la tendió sobre su palma—. Sólo en lo
que sugieren subyace la vaguedad.
Era extraño, pero sus palabras parecieron abrir algún ojo onírico en mi propia
mente, tanto que casi podía ver los objetos por él descritos. Le pregunté si
sentía miedo durante su sueño.
Replicó que las piezas, por unidades y en conjunto, le producían repugnancia:
las basadas en formas de vida muy desarrolladas mucho más que las
meramente arquitectónicas. Sentía aversión a tocarlas y moverlas. Había una
pieza en particular que le producía una intensa y morbosa fascinación. La
identificaba como «el arquero», pues el arma que portaba daba la sensación
de poder herir a distancia; pero como el resto, era más bien infrahumana. La
describía como representando una clase intermedia y pervertida de forma
vital, que hubiera ido más allá del poder intelectual humano, sin perder —
antes bien incrementando— la crueldad en bruto y la malignidad. Era una de
las piezas de su adversario que se encontraba reproducida en su bando. El
miedo y la abominación que le inspiraban eran a veces tan grandes que
interferían en su comprensión estratégica del juego, y era tanto el terror que
sentía que más de una vez habría puesto en tela de juicio todo su juego, con
tal de capturar aquella pieza, sacándola del tablero.
—Sólo Dios sabe cómo mi mente ha podido crear una entidad tan espantosa
—acabó, sonriendo rápida y tímidamente—. Quinientos años atrás, y habría
jurado que era el mismo diablo quien la había puesto ahí.
—A propósito del diablo —dije, sintiendo inmediatamente que mi petulancia
era ridícula—, ¿contra quién juega usted en su sueño?
—Lo ignoro —contestó, frunciendo el ceño nuevamente—. Las piezas
contrarias se mueven por sí mismas. Hago un movimiento, y luego, tras
62
esperar durante lo que parece un eón, igual de nervioso que ante un
movimiento ajedrecístico, una de las piezas contrarias comienza a sacudirse
un poco y seguidamente a cabecear atrás y adelante. Gradualmente, el
movimiento aumenta en extensión, hasta que la pieza pierde el equilibrio y
pasa a dar tumbos a través del tablero, hasta alcanzar por último la casilla
apropiada. Después, progresivamente, tal como comenzó, cesa el
movimiento. No sé qué decirle, pero siempre me obliga a pensar en alguna
inmensa, invisible y anciana criatura: astuta, egoísta y cruel. ¿Recuerda al
viejo temblón del local recreativo? ¿El que siempre desliza las piezas sobre el
tablero sin levantarlas, aferradas constantemente entre sus dedos? Es algo así.
Asentí. Su descripción lo hacía muy vívido. Por vez primera comencé a pensar
cuán desagradable tenía que ser un sueño semejante.
—¿Y prosigue noche tras noche? —pregunté.
—¡Noche tras noche! —afirmó con súbita firmeza—. Y siempre la misma
partida. Lleva ahora más de un mes, y mis fuerzas comienzan a entablar
abierta batalla con las de mi enemigo. Está minando mi energía mental.
Quisiera que cesase. Tanto, que odio la hora de irme a dormir. —Hizo una
pausa y prosiguió al cabo de un momento, sonriendo a la defensiva—. Parece
raro y difícil de admitir que un sueño sea capaz de agotarlo tanto a uno. Pero
si usted ha sufrido pesadillas alguna vez, entenderá de qué manera pueden
nublar sus ideas todo el día. Aun así, no sé si soy lo bastante claro al tratar de
exponerle la clase de sentimiento que me atenaza durante el sueño, mientras
mi cerebro trata de aprehender el conjunto de la partida, planeando series de
movimientos, una tras otra, calculando mil complejas posibilidades. Hay
repugnancia, sí, y miedo. Ya se lo he dicho antes. Pero el sentimiento que
domina es el de responsabilidad. No debo ni puedo perder la partida. Lo que
depende de ello es algo más que mi propio bienestar. Hay implícita alguna
especie de apuesta, aunque no estoy seguro de cuál pueda ser.
»Cuando somos niños, ¿no nos sentimos tremendamente inquietos por la
razón que fuere, con la total ausencia de proporción que caracteriza la
infancia? ¿No sentimos que todo, literalmente todo, depende de nuestra
forma de conducir cualquier trivial acción, cualquier obligación secundaria,
en la justa medida? Pues bien, cuando estoy soñando, tengo la sensación de
que está en juego una apuesta tan inmensa como el destino de la humanidad.
63
Un movimiento equivocado puede arrastrar al universo a una noche
interminable. A menudo, en el sueño, estoy plenamente convencido de ello.
Su voz se extinguió, y se quedó contemplando las piezas del ajedrez. Hice
algunas observaciones y empecé a contarle algo sobre una pesadilla que había
tenido hacía poco, pero sonó a poco importante. Le di algunos consejos
relacionados con sus costumbres, a propósito del tiempo que dedicaba al
descanso, y aunque tampoco sonaron a muy importantes, los aceptó de buena
gana. Ya me iba de vuelta a mi habitación, cuando dijo:
—¿No le parece divertido pensar que me pondré a reanudar la partida tan
pronto caiga mi cabeza sobre esta almohada? —Sonrió con inocencia y añadió
sibilinamente—: Quizá termine antes de lo que espero. Últimamente tengo la
sensación de que mi adversario está tramando un ataque por sorpresa,
aunque pretende hacerme creer que está a la defensiva.
Sonrió de nuevo y cerró la puerta.
Mientras aguardaba el sueño, con la vista perdida en esas confusas tinieblas
que se encuentran más en los propios ojos que fuera de ellos, comencé a
preguntarme si Moreland no necesitaría, más que ningún otro ajedrecista, un
buen tratamiento psiquiátrico. Ciertamente, una persona sin familia, amigos
ni ocupación fija es propensa a caer en aberraciones mentales. No obstante,
daba la impresión de estar bastante sano. Quizás el sueño fuera una
compensación ante el fracaso, por no poder usar plenamente la potencia de
su prodigiosa mente ni siquiera como jugador de ajedrez. De hecho, se trataba
de una visión grandiosa y satisfactoria, más allá de lo terrestre y con
implicaciones de una habilidad mental inaudita.
Ante mí flotaron aquellos versos de los Rubaiyat que hablan del jugador de
ajedrez cósmico que «en todas direcciones mueve, da jaque y come piezas, y
una tras otra las va depositando en la Fosa Común».
Recapacité entonces sobre la atmósfera emocional de sus sueños, los
sentimientos de terror y responsabilidad infinita, las tremendas dudas y las
cataclísmicas consecuencias —sentimiento que yo identificaba a tenor de mis
propios sueños—, y los comparé con el insano y lúgubre estado del mundo
(pues estábamos en octubre y la sensación de una catástrofe absoluta no se
había enfriado aún), y pensé también en el millón de Morelands que
deambulaban sin rumbo fijo, repentinamente golpeados al tomar conciencia
64
del desesperado estado de cosas, de las inapreciables oportunidades perdidas
para siempre en el pasado, y también de su propia indefinida —aunque
segura— complicidad en el desastre. Comencé a ver el sueño de Moreland
como el símbolo de una última amarra, forcejeo excesivamente postergado
contra las fuerzas implacables del destino. Y mis propios pensamientos
nocturnos se pusieron a girar en torno a la fantasía de que unos seres
cósmicos, ni dioses ni hombres, habían creado la vida humana mucho tiempo
atrás por afán de experimentación, broma o ejercicio artístico, habiendo
decidido ahora basar el futuro de su creación en el resultado de una partida
de habilidad, jugada contra una de sus criaturas.
De pronto advertí que me encontraba completamente despierto y que la
oscuridad no me proporcionaba el menor descanso. Encendí la luz y decidí
impulsivamente ir a ver si Moreland se encontraba todavía levantado.
El vestíbulo estaba tan sombrío y fúnebre como en la mayoría de las casas de
huéspedes a las tantas de la noche, e hice lo posible por minimizar los
inevitables y secos pasos. Sin oír nada, me mantuve unos segundos inmóvil
frente a su puerta. No llamé, sino que, apelando a nuestra familiaridad,
empujé suavemente la hoja de madera, separándola apenas de su marco, a fin
de no perturbar su descanso si se encontraba acostado.
En aquel momento oí su voz, y fue tan certera mi impresión de que la voz
provenía de muy lejos que inmediatamente retrocedí hasta el rellano de la
escalera y llamé:
—Moreland, ¿está usted ahí abajo?
Sólo entonces reparé en lo que había dicho. Quizás era la propia peculiaridad
de las palabras lo que las había obligado a registrarse en mi mente como una
mera serie de sonidos.
—Mi aracnoide come a su escudero blindado. Mi posición amenaza —habían
sido las palabras.
De pronto se me ocurrió que en su forma general, se trataba de expresiones
que tan frecuentemente se dan en el ajedrez, por ejemplo: «Mi torre captura a
su alfil. Jaque». Pero en el ajedrez no hay piezas tales como «aracnoide» o
«escudero blindado»; y no sólo en el ajedrez, tampoco en ningún juego
conocido por mí.
65
Retrocedí automáticamente hasta la habitación, aunque dudaba todavía que
estuviera allí. La voz había sonado desde muy lejos…, desde el exterior del
edificio, a lo sumo desde alguna zona remota del mismo.
Sin embargo, allí estaba Moreland tumbado en su cama, la cara hacia arriba,
revelada por la luz de un distante anuncio eléctrico que se encendía y apagaba
a intervalos regulares. El ruido del tráfico, que desde el vestíbulo había sido
casi inaudible, convertía la semioscuridad en algo intranquilo e irritantemente
vivo. El defectuoso rótulo de neón todavía zumbaba como lo hiciera a la caída
de la noche.
Me deslicé hasta él y lo contemplé. Su rostro, más pálido de lo normal a causa
de alguna cualidad de la luz intermitente, tenía la expresión de una penosa e
intensa concentración: la frente fruncida en trazos verticales, los músculos
alrededor de los ojos contraídos, los labios formando una apretada línea. Me
pregunté si debía despertarlo. Me encontraba completamente saturado de la
presencia de la murmurante ciudad impersonal que nos rodeaba —bloques y
más bloques de existencia reservada, rutinaria y distanciada—, y el contraste
hizo que su durmiente rostro pareciera en extremo sensitivo, individual y
desprotegido, como algún suave aunque intencionadamente tenso organismo
que ha perdido su caparazón protector.
Mientras aguardaba sin decidirme, sus labios se entreabrieron un poco sin
perder nada de su tirantez. Aquellos labios hablaron, y por segunda vez la
impresión de distancia fue tan apremiante que, a pesar mío, miré por encima
de mi hombro más allá de la polvorienta y levemente iluminada ventana. En
aquel momento comencé a temblar:
—Mi espiraloide se retuerce hasta la decimotercera casilla del dominio del
soberano verde —fueron sus palabras, aunque yo sólo prestaba oídos a las
cualidades de su voz.
Alguna especie inconcebible de distanciamiento le había despojado de toda
riqueza, vocalidad y sobretonalidad, de manera que lo que yo oía no parecía
sino hueco, metálico y clara e hirientemente quejumbroso, como las voces que
a veces se oyen al aire libre, desde lo alto de un elevado tejado o allí donde se
ha establecido una mala conexión telefónica. Me sentí víctima de una
espantosa decepción, y no obstante sabía que la ventriloquia concierne a la
ausencia de movimiento en los labios y a una hábil sugestión, más que a
cualquier real y convincente cambio en la cualidad de la voz misma. Contra
66
mi voluntad surgieron en mi mente visiones de un espacio infinito y tinieblas
sin fin. Me sentía como si estuviera siendo arrebatado de este mundo, de
modo que Manhattan parecía alejarse a mis pies como una negra y asimétrica
punta de lanza delimitada por lóbregas aguas, y luego mi velocidad aumentó
hasta que la Tierra, el sol, las estrellas y las galaxias se perdieron y me encontré
más allá del universo. A tal punto me afectó la cualidad de la voz de
Moreland.
No soy capaz de decir cuánto tiempo permanecí allí esperando que hablara
de nuevo, con los ruidos de Manhattan fluyendo a mi alrededor aunque sin
afectarme, y el anuncio eléctrico encendiéndose y apagándose
imperturbablemente, semejante al latido de un reloj. Sólo podía pensar en la
partida que se estaba jugando y preguntarme si el adversario de Moreland
había hecho su movimiento de respuesta, y si las cosas iban a favor o en contra
de Moreland. Su rostro nada podía decirme; la intensidad de su concentración
no había cambiado. Durante aquellos momentos, posiblemente minutos,
permanecí allí inmóvil, creyendo implícitamente en la realidad de la partida.
Como si yo mismo fuera el que de algún modo me encontrara soñando, no
podía cuestionar la racionalidad de mi fe, ni romper el hechizo que me tenía
sujeto.
Cuando por último sus labios se separaron un poco y de nuevo experimenté
aquella impresión de imposible, espectral ventriloquia —las palabras fueron
esta vez: «Mi criatura cornúpeta salta sobre la torre retorcida, amenazando al
arquero»—, mi miedo rompió las ataduras que como fuera me controlaban y
salí de estampida hacia la puerta.
Entonces sucedió lo que, de forma indirecta, fue la parte más extraña de todo
el episodio. En el tiempo que me llevó recorrer la longitud del pasillo que me
conducía hasta mi habitación, la mayor parte de mi miedo y la mayor parte
del sentimiento de absoluta extrañeza y posesión de ultratumba que me
dominaran mientras contemplaba el rostro de Moreland se extinguieron tan
prestamente que casi olvidé cuán intensas habían llegado a ser tales
sensaciones. Ignoro por qué ocurrió tal cosa. Tal vez porque el insalubre reino
del sueño de Moreland era grotescamente desemejante de cuanto existe en el
mundo real. Fuera cual fuese la causa, en el momento de abrir la puerta de mi
cuarto ya estaba yo pensando que tales pesadillas no podían corresponder a
un hombre sano y que quizá debiera Moreland consultar a un psiquiatra.
67
Aunque si era sólo un sueño… Me sentí completamente agotado y estúpido.
A los pocos minutos ya estaba dormido.
Sin embargo, algunos fantasmas de las emociones originales se habían
indudablemente rezagado, pues a la mañana siguiente desperté con el temor
de que algo le había ocurrido a Moreland. Tras vestirme precipitadamente,
llamé a su puerta; la habitación, empero, se encontraba vacía, y la cama
todavía deshecha. Pregunté a la patrona y me respondió que había partido a
las ocho y cuarto, como era habitual en él. Aquel dato no bastó para satisfacer
mi vaga ansiedad. Pero dado que mi búsqueda de trabajo se orientaba ese día
en la dirección del local recreativo, eso me daba una excusa para dejarme caer
por allí. Moreland estaba colocando las piezas sobre el tablero frente a un tipo
de rasgos eslavos, al tiempo que jugaba dos partidas rápidas con otros dos
individuos. Tranquilizado, me marché sin molestarlo.
Aquella tarde tuvimos una larga charla sobre los sueños en general y, para mi
sorpresa, lo encontré muy preparado sobre la materia y científicamente cauto
en sus pareceres. De hecho, para mi disgusto, fui yo quien introdujo toda
suerte de dudosos lugares comunes, como la clarividencia, la telepatía mental,
la posibilidad de extrañas conexiones, y otras distorsiones del tiempo y el
espacio durante el estado onírico. Alguna extraña resistencia a admitir que
me había introducido en su habitación la pasada noche me llevó a no decirle
cuanto había visto y oído, aunque él me contó libremente que había adquirido
otra perspectiva sobre el sueño. Parecía adoptar una actitud más filosófica
ahora que había confrontado sus experiencias con alguien. Juntos
especulamos las posibles fuentes diurnas de su sueño. Hasta después de las
doce no nos dimos las buenas noches.
Me alejé con el ánimo algo caído, vagamente insatisfecho. Creo que el miedo
que había experimentado la noche anterior y luego casi olvidado debió de
haber estado royéndome interiormente.
A la tarde siguiente el tema volvió a abrirse paso. Pensando que Moreland
tenía que estar cansado de tanta charla sobre sueños, lo fui atrayendo hasta
una partida de ajedrez. Pero en mitad de la partida apartó una pieza que
estaba a punto de mover y dijo:
—¿Sabe?, ese maldito sueño me está resultando ya verdaderamente
fastidioso.
68
Resultaba que su soñado adversario había lanzado finalmente su ataque tan
largamente planeado, y que el sueño en sí se había transformado en una
especie de pesadilla.
—Es muy parecido a lo que ocurre en una partida de ajedrez —explicó—. Uno
prosigue confiando en que la posición propia es correcta y que lleva la partida
de la manera más lógica y consecuente. Cada movimiento del adversario
resulta ser aquel que uno ha previsto. Llega un momento en que te sientes casi
omnisciente. De repente, el otro ejecuta un movimiento de ataque totalmente
inesperado. Por un momento, piensas que se trata de un disparate absurdo
que el otro comete. Pero entonces te detienes, observas el juego más
concienzudamente, y adviertes que hay algo que se te ha pasado por alto y
que el ataque del contrario es realmente peligroso. Entonces te pones a sudar.
»Naturalmente, siempre he experimentado miedo, ansiedad y hasta un
sentido de alta responsabilidad durante el sueño. Pero mis piezas eran como
un muro que me protegía. Ahora sólo puedo ver resquebrajaduras en ese
muro; cualquiera entre un centenar de puntos débiles puede ser
previsiblemente roto. Y yo me pregunto si podré responder adecuadamente
y con aptitud de conjunto, cuando cualquiera de sus piezas comience a atacar
y a darme jaque, y lleve a cabo toda la serie de movimientos posibles que
puede desarrollar. La noche pasada creí ver un movimiento de estas
consecuencias, y el terror que se apoderó de mí fue tan intenso que todo
pareció girar, y creí perderme y hundirme en un abismo de millones de millas
de vacío. Todavía en el momento de despertar me puse a reconsiderar en qué
podía haberme equivocado, y advertí que mi posición, aunque en peligro, se
mantenía aún segura. Fue algo tan vívido que casi traje conmigo, a mi
conciencia de vigilia, aquel razonamiento; sin embargo, algunos de los
eslabones de la cadena mental del sueño se desgajaron, como si mi conciencia
diurna no fuera lo bastante grande para albergar la onírica.
También me contó que su fijación con «el arquero» se estaba convirtiendo en
una creciente preocupación. Le llenaba de una clase especial de terror,
diferente en cualidad pero quizá de tono superior al que en él engendraba el
sueño considerado como un todo: un terror morboso y demente,
caracterizado por la intensidad de la repugnancia, la exasperación histérica, y
una gama múltiple y variada de temerarios impulsos suicidas.
69
—No puedo desembarazarme de la sensación de que ese ser bestial tiene que
ser, de alguna manera poco clara y subterránea, la clave de mi derrota —dijo.
Me pareció que estaba muy cansado, aunque su rostro poseía las cualidades
precisas para no manifestar ninguna clase de fatiga, y me sentí preocupado
por su bienestar físico y nervioso. Le sugerí que consultara a un médico (evité
decir «psiquiatra») y le señalé que los somníferos tal vez le fueran de alguna
ayuda.
—Sin embargo —dijo—, en un sueño más profundo serían más vívidas y
reales las imágenes. —Sonrió sarcásticamente—. No, creo que prefiero jugar
la partida bajo las presentes condiciones.
Me alegré de que considerara todavía el sueño como un fenómeno psicológico
interesante y eventual (si podía verlo como alguna otra cosa era algo que no
me detuve a analizar). Incluso admitiendo ante mí la excepcional intensidad
de sus emociones, seguía manteniendo una especie de aire festivo. Cierta vez
comparó su sueño con los delirios paranoicos de persecución, y me preguntó
si lo considerarían bastante bueno como para admitirlo en un manicomio.
—Así podría olvidarme del local recreativo y dedicar todo mi tiempo a mi
sueño ajedrecístico —dijo, riendo vivamente al ver que yo empezaba a
preguntarme si la observación la habría hecho medio en serio.
No obstante, alguna parte de mí mismo no estaba convencida de la actitud de
Moreland, y cuando, más tarde, me encontré rodeado de oscuridad, mi
imaginación acometió el perverso impulso de dibujar el universo como un
inmenso coliseo en el que cada criatura se encuentra condenada a mantener
una mortal partida de habilidad contra demoníacas mentalidades que, a pesar
de poder adoptar la posición del gato que juega con el ratón, están siempre
seguras de su maestría final…, o al menos casi seguras, de modo que sería un
verdadero milagro que perdieran. Me sorprendí comparándolas con ciertos
jugadores de ajedrez que, enfrentados por casualidad a un oponente de
habilidad imbatible, se dedican a desarrollar desagradables amaneramientos
personales a fin de ponerlo nervioso, exasperarlo y destrozar la lucidez de su
planteamiento.
Tal humor coloreó la propia nebulosa de mis sueños, persistiendo durante el
siguiente día. Mientras caminaba por las calles me sentí invadido por una
ansiedad omnipresente, experimentando tirantez y nerviosa miseria en cada
70
rostro que se cruzaba conmigo. Por una vez me pareció que era capaz de mirar
por debajo de la máscara con que cada persona se cubre, y que se muestra tan
característicamente pronunciada en una congestionada ciudad…, y ver
también lo que yace en lugar tan soterrado: la sensitividad ególatra, la
irritación a punto de estallar, los anhelos frustrados, los fracasos… y, por
encima de todo, la ansiedad, demasiado mal definida y sin un objeto preciso
para ser llamada miedo pero que infecta cada pensamiento, cada acto,
convirtiendo las cosas triviales en monstruosidades horribles. Me pareció
entonces que los factores sociales, económicos y psicológicos, incluso la
guerra y la muerte, devenían insuficientes para dar cuenta de tal ansiedad, y
que en definitiva no era otra cosa que consecuencia de algo dudoso y horrible,
que formaba parte de la propia constitución del universo.
Aquella tarde estuve en el local. Sentí que algo había cambiado, pues la
abstracción de Moreland no era el calculador fastidio que tan familiar me
resultaba, y su angustia era evidente. Uno de sus tres oponentes, después de
removerse con inquietud, llamó su atención sobre un movimiento y Moreland
sacudió la cabeza como si hubiera estado dormitando. Rápidamente realizó
un movimiento de réplica y no tardó en perder la dama y la partida entera,
merced a un descuido igualmente elemental. El encargado del local, un
hombre grande y forzudo, se acercó y se colocó detrás de Moreland, su
mofletudo rostro impasible, observando y estudiando la posición de las
piezas de la última partida, que Moreland acababa también de perder.
—¿Quién ha ganado? —preguntó el encargado.
Moreland señaló a su adversario. El encargado gruñó entre dientes y se alejó.
Nadie más se sentó a jugar. Se acercaba la hora de cerrar. No estaba seguro de
si Moreland había advertido mi presencia, pero después de un rato se levantó
y me hizo una señal de asentimiento, y luego recogió su sombrero y su abrigo.
Caminamos juntos el largo trecho que nos separaba de nuestra casa. Apenas
soltó palabra, y mi sensación de morbosa penetración en el mundo que me
rodeaba persistió, obligándome a guardar silencio. Su manera de andar era la
de siempre, largas zancadas sin doblar las rodillas, las manos en los bolsillos,
el sombrero calado, el ceño fruncido, mirando el suelo tres metros más allá.
Cuando llegamos a casa, tomó asiento sin quitarse el abrigo y dijo:
71
—Evidentemente, ha sido el sueño lo que me ha hecho perder algunas
partidas. Cuando desperté esta mañana era terriblemente vivido, y recordaba
casi con exactitud la posición concreta y el conjunto de las reglas. Me puse a
hacer un diagrama…
Señaló un pedazo de papel de envolver que había sobre la mesa. Precipitadas
líneas cruzadas, incompletas, representaban lo que parecía ser la esquina de
un modelo infinitamente mayor. Podían verse cerca de quinientas casillas.
Sobre algunas de ellas había marcas y nombres que indicaban piezas, y una
variedad de flechas mostraban su capacidad de movimiento.
—Me costó mucho trabajo —dijo angustiadamente—. Luego comencé a
olvidar. Aunque el modelo todavía se encuentra muy cercano a mi recuerdo.
Como un enigma matemático que no se llega a comprender del todo. Algunos
segmentos del tablero se mantienen vividos en mi mente todo el día, tanto
que creo que con un mayor esfuerzo sería capaz de recomponer el resto. Sin
embargo, no puedo.
»Voy a perder, ya lo sabe usted —prosiguió con un cambio en la voz—. Se
trata de esa pieza que llamo “el arquero”. La pasada noche no pude
concentrarme en el tablero; era como si neutralizara mis ojos. Lo más terrible
es que se trata de la pieza fundamental del ataque de mi adversario. Sufro por
capturarla. Pero no puedo; también es un cebo, la camada de la trampa
estratégica que mi adversario me tiende. Si le capturase arriesgaría la partida
entera. De modo que tengo que verla acercarse más y más, posee un
desagradable tipo de movimiento a saltos, en dos direcciones, sabiendo que
mi única oportunidad consiste en permanecer incólume hasta que mi
adversario sobrepase los límites y yo pueda contraatacar. Pero no seré capaz
de aguardar. Pronto, esta noche quizá, mis nervios estallarán y me veré
obligado a capturarla.
Yo permanecía estudiando el diagrama con gran interés, y sólo oí a medias lo
que dijo luego: una descripción del aspecto global del «arquero». Le oí decir
algo acerca de «una cabeza pentalobulada»…, la cabeza casi oculta por una
caperuza…, apéndices, cada uno con cuatro junturas, sobresaliendo por
debajo del manto…, un arma de ocho puntas con ruedas y palancas alrededor,
y pequeños receptáculos en forma de bolsa, como destinados al veneno…, la
postura sugiriendo que prepara el arma para afinar la puntería…, todo
72
intrincadamente tallado en alguna lustrosa piedra roja moteada de tonos
violeta…, una expresión de bestial y sobrenatural malevolencia…
Justo en aquel momento mi atención se fijó repentinamente en el diagrama y
experimenté un terrible escalofrío de excitación, pues acababa de reconocer
dos nombres familiares, nunca mencionados por Moreland durante la vigilia.
El «aracnoide» y el «soberano verde».
Sin detenerme a recapacitar, le conté que había estado escuchando sus
palabras mientras dormía tres noches atrás, y le dije que las peculiares frases
que enunciara encajaban perfectamente con las notas del diagrama. Mi
informe brotó con melodramático apresuramiento. Mi descubrimiento de las
notas, no excepcionalmente asombroso en sí mismo, me produjo
probablemente tal impresión porque hasta entonces había olvidado
extrañamente (quizá reprimido) el intenso pavor que experimentara al
contemplar a Moreland durmiendo.
Antes de terminar, sin embargo, advertí la creciente ansiedad de su expresión,
y me di cuenta de que lo que le estaba diciendo no era precisamente lo más
adecuado para su estado presente. De manera que comencé a atenuar la
importancia de los inquietantes elementos que había contenido su voz —
sobre todo la intensa sensación de lejanía—, así como el miedo que
engendraran en mí.
Aun así, resultaba obvio que había sufrido un gran golpe. Por unos instantes
pareció al borde de un ataque nervioso, levantándose y caminando de un lado
a otro con agitación, realizando grotescos movimientos, pronunciando
absurdas palabras, aproximándose más y más al diabólico convencimiento de
la realidad de su sueño —que parecía haberse intensificado a causa de mis
palabras—, estallando por último en una exangüe petición de ayuda.
Tal petición tuvo un efecto inmediato en mí, haciéndome olvidar los salvajes
pensamientos que me agobiaban y situando todos los objetos de este mundo
a un nivel humano. Todos mis instintos corrieron en ayuda de Moreland, y de
nuevo vi el conjunto de la historia como un caso exclusivamente propio de la
psiquiatría. Nuestros papeles habían cambiado. Yo había dejado de ser su
auditorio enterado a medias para convertirme en el amigo a quien se pide
consejo. Aquello, más que ninguna otra cosa, me produjo un sentimiento de
seguridad, e hizo que mis anteriores especulaciones pareciesen infantiles o
73
propias de un loco. Me sentí satisfecho de mí mismo por haber contenido el
alud de su imaginación, e hice todo cuanto pude por seguir lográndolo.
Al cabo de un rato, mis repetidas medidas tranquilizadoras comenzaron a
surtir efecto. Se fue calmando, y nuestra charla devino razonable una vez más,
aunque más adelante en la conversación recurriría a mí acerca de algún punto
particular que le preocupaba. Descubrí por vez primera la importancia que
había tomado para él el sueño. En el curso de sus solitarias meditaciones, me
dijo, a veces había llegado al convencimiento de que su mente abandonaba su
cuerpo, mientras éste soñaba y viajaba a través de inconmensurables
distancias hasta algún reino más allá del cosmos, donde se jugaba la partida.
Se encontraba poseído por la impresión, afirmó, de acercarse demasiado
peligrosamente a los íntimos secretos del universo y descubrir que, al cabo,
no eran sino perversos y maléficos. A menudo le sobrecogía el temor de que
el camino que mediaba entre su mente y el reino de la partida fuera
«ampliado» hasta tal punto que él mismo resultara «absorbido corporalmente
del mundo», según sus propias palabras. Creía firmemente que perder la
partida supondría una amenaza para el mundo entero, y lo creía ahora de una
manera más contundente de cuanto con anterioridad me confiara. Había
establecido una espantosa relación entre el desarrollo de la partida y el de la
guerra, y estaba comenzando a creer que las últimas consecuencias de esta
última —aunque no necesariamente la victoria de uno u otro bando—
dependían del resultado de la partida.
A veces había llegado a sentirse tan abrumado, me confesó, que su único
alivio consistía en pensar que, ocurriera lo que ocurriese, jamás podría
convencer a ningún otro de la realidad de su sueño. Siempre existiría la
alternativa de verlo como una manifestación de insania o de exceso de
imaginación. Independientemente de cuán vivido pudiera resultar, jamás
sería capaz de aportar pruebas concretas y objetivas.
—Usted me vio dormir, ¿no es cierto? —dijo—. Precisamente sobre ese mismo
lecho. Y me oyó hablar en sueños acerca de la partida. Pues bien, eso prueba
que no se trata sino de un sueño, ¿no le parece? En justicia, usted no podría
creer ninguna otra cosa, ¿me equivoco?
Ignoro por qué aquellas últimas preguntas ambiguas tuvieron tal efecto de
reafirmación sobre mí, que tan sólo tres noches atrás me encontraba
temblando ante el indescriptible tono de la voz que surgía entre sus sueños.
74
Pero así fue. Parecieron como el sello de un acuerdo entre nosotros, por el que
asumíamos que sus sueños eran sólo sueños y nada significaban. Comencé a
sentirme más bien alegre y autosatisfecho, al igual que un médico que
devuelve la salud a su paciente tras una peligrosa crisis. Me dirigí a Moreland
de una forma que ahora advierto no era sino pomposamente compasiva, sin
parar mientes en cuán desalentados eran sus obedientes asentimientos. Dijo
poco más tras aquellas últimas preguntas.
Hasta lo persuadí para que fuéramos a una casa de comidas de la vecindad
para tomar un refrigerio nocturno, como si —¡Dios me perdone!— yo
estuviera celebrando mi triunfo sobre su sueño. Cuando nos sentamos ante el
no demasiado sucio mostrador, encendiendo sendos cigarrillos y saboreando
café caliente, advertí que estaba volviendo a sonreír, lo cual vino a sumarse a
mi satisfacción. Qué ciego estaba yo ante el supremo abatimiento y la sumisa
desesperanza que se ocultaban bajo aquellas sonrisas. Al dejarlo a la puerta
de su habitación, me cogió bruscamente la mano y dijo:
—Quisiera expresarle mi agradecimiento por la forma en que ha procurado
desembarazarme de este embrollo. —Yo hice un gesto desaprobador—. No,
espere —continuó—, significa mucho para mí. De modo que… muchas
gracias.
Me alejé con un sentimiento de satisfacción cercano a la virtud. Estaba
despojado de toda aprensión. Tan sólo me sentía propenso a la divagación
filosófica en torno a las extrañas y variadas formas que el miedo y la ansiedad
pueden asumir en nuestra civilización, tan digna de piedad.
Nada más vestirme a la mañana siguiente, me encontré ante su puerta y la
empujé sin esperar siquiera a que Moreland me invitara a entrar. Por una vez,
al menos, la luz del sol penetraba a través de la polvorienta ventana.
Entonces lo vi, y todas las demás cosas de este mundo dejaron de existir.
Yacía sobre las arrugadas ropas de la cama, medio oculto en un pliegue de la
manta. Era algo de unos veinticinco centímetros de altura, tan sólido como
podría serlo una estatuilla, e innegablemente real. Pero a la primera ojeada
supe que su forma no guardaba ninguna relación con criatura terrestre
alguna. Esta circunstancia habría sido tan evidente para quien no entendiera
nada de arte como para un experto. También supe que la sustancia roja,
moteada de violeta, en la que había sido esculpida o moldeada no encontraba
75
clasificación entre las gemas y minerales de la tierra. Todos los detalles
coincidían. La cabeza pentalobulada medio oculta por la caperuza. Los
apéndices, cada uno con cuatro junturas, que sobresalían por debajo del
manto. El arma de ocho puntas, con ruedas y palancas alrededor, y los
pequeños receptáculos en forma de bolsa, como destinados al veneno. La
postura sugiriendo que preparaba el arma para afinar la puntería. La
expresión de bestial y sobrenatural malevolencia…
No cabía duda; aquél era el objeto que había obsesionado a Moreland en su
sueño. El que lo había fascinado y horrorizado, y lo había puesto al borde del
colapso nervioso, tal como empezaba a hacer ahora conmigo. El objeto que
había constituido la avanzadilla —y el cebo— del ataque de su oponente, y
cuya captura —y al parecer no había duda de que se había producido—
indicaba probablemente una derrota de imprevisibles consecuencias. El
objeto, en fin, que había logrado ser atraído por un camino abierto a través de
distancias inimaginables, desde un reino de locura que gobernaba el universo.
No cabía duda, se trataba de «el arquero».
No demasiado consciente de lo que me impulsaba, a no ser el miedo, o de cuál
era mi propósito, huí de su cuarto. En ese mismo instante me di cuenta de que
debía encontrar a Moreland. Nadie lo había visto salir de la casa. Me pasé el
día buscándolo por todas partes. En el local recreativo. En clubes de ajedrez.
En bibliotecas.
Cuando volví era ya de noche. Me obligué a entrar en la habitación de
Moreland. La estatuilla había desaparecido. Interrogué a los demás habitantes
de la casa pero ninguno sabía nada. No obstante, imaginé que, puesto que «el
arquero» era sin duda una pieza de gran valor, que además carecía de
connotaciones terroríficas para quienes no conocían su historia, lo más
probable era que se hallase ya en manos de algún excéntrico y acaudalado
coleccionista. Otros muchos objetos habían desaparecido de modo similar en
el pasado.
También podía ser que Moreland hubiese vuelto sigilosamente a recogerla.
De lo que no me cabía duda alguna era de que no procedía de la Tierra.
Y si bien existen razones que hacen temer lo contrario, tengo la sensación de
que, esté donde esté —en alguna pensión barata o algún manicomio— si no
es que la partida se ha perdido ya y ha empezado el castigo, Albert Moreland
76
sigue jugando una increíble partida de terroríficas e imprevisibles
consecuencias.
77
Detrás de la vieja y destartalada casa en la que vivía y se ocupaba de su
negocio, se extendía un largo y desolado patio cubierto de zarzas y leonada
hierba alta. Varios manzanos muertos, mellados y negros a causa de la
podredumbre, realzaban el aspecto depresivo de la escena. Las vallas rotas de
madera a ambos lados del patio estaban prácticamente devoradas por la
maraña de hierba áspera. Parecían hundirse literalmente en la tierra. En
conjunto, el patio ofrecía una imagen anormalmente depresiva, y yo solía
extrañarme de que Canavan no limpiara el lugar. Pero el problema no me
incumbía; jamás lo mencioné.
Una tarde que visité la tienda, Canavan no se hallaba en la habitación donde
exponía los libros, por lo que recorrí un estrecho pasillo hasta llegar a un
almacén donde a veces trabajaba él, haciendo y deshaciendo paquetes de
libros. Al entrar en el almacén, Canavan se hallaba de pie ante la ventana,
contemplando el patio trasero.
Me dispuse a hablar y, por alguna razón, no lo hice. Creo que lo que me
detuvo fue la expresión de Canavan. Estaba mirando el patio con una
concentración peculiar, como si lo absorbiera por completo algo que veía allí.
Diversas y conflictivas emociones se revelaban en sus tensas facciones. Parecía
fascinado y asustado, atraído y repelido al mismo tiempo. Cuando por fin
reparó en mí, casi dio un brinco. Me miró fijamente un momento, como si yo
fuera un desconocido.
Después reapareció su típica y natural sonrisa, y sus ojos azules chispearon
tras los rectos cristales. Sacudió la cabeza.
—Ese patio mío es extraño algunas veces. Lo miras mucho tiempo, ¡y crees
que se extiende varios kilómetros!
Eso fue lo único que comentó entonces, y yo no tardé en olvidarlo. No sabía
que iba a ser sólo el principio del horrible asunto.
Después de eso, siempre que visitaba la granja encontraba a Canavan en el
almacén. De vez en cuando estaba trabajando, pero casi siempre se hallaba de
pie ante la ventana, mirando su deprimente patio.
A veces permanecía allí varios minutos sin reparar en mi presencia. Lo que
veía, fuera lo que fuese, cautivaba toda su atención. En tales ocasiones su
rostro mostraba una expresión de espanto mezclada con una ansiedad extraña
78
y placentera. Normalmente yo tenía que toser o arrastrar los pies para que él
se apartara de la ventana.
Después, al hablar de libros, Canavan parecía recobrar su antigua
personalidad, pero yo empecé a experimentar la desconcertante sensación de
que mientras él charlaba sobre incunables sus pensamientos continuaban
centrados en aquel patio infernal.
En diversas ocasiones pensé en preguntarle por el patio, pero cuando las
palabras estaban en la punta de mi lengua, una sensación de vergüenza me
impedía pronunciarlas. ¿Cómo reprender a un hombre por mirar por la
ventana el patio trasero de su casa? ¿Qué decir y cómo decirlo?
Guardé silencio. Más tarde lo lamenté amargamente.
El negocio de Canavan, nunca floreciente, empezó a empeorar. Y un detalle
peor, el librero parecía decaer físicamente. Se encorvó y demacró más.
Aunque sus ojos jamás perdían su agudo centelleo, acabé pensando que el
brillo se debía más a la fiebre que al saludable entusiasmo que los animaba.
Una tarde, cuando entré en la tienda, no encontré a Canavan en ninguna
parte. Pensando que podía estar en la parte trasera de la casa, enfrascado en
algún quehacer doméstico, me incliné sobre la ventana de atrás y miré.
No vi a Canavan, pero al contemplar el patio me vi sumido en una repentina
e inexplicable idea de desolación que me inundaba como las olas de un mar
helado. Mi impulso inicial fue apartarme de la ventana, pero algo me retuvo
allí. Mientras observaba la miserable maraña de zarzas y hierba agostada,
experimenté algo que, a falta de mejor término, sólo puedo denominar
curiosidad. Quizás una parte fría, analítica y desapasionada de mi cerebro
quería descubrir simplemente la causa de mi repentina sensación de
depresión grave. O tal vez algún rasgo del lastimoso panorama me atraía por
culpa de un impulso inconsciente que yo había reprimido en mis horas de
cordura.
En cualquier caso, permanecí junto a la ventana. La hierba, alta, reseca y
tostada, se agitaba ligeramente con el viento. Los podridos árboles negros se
alzaban inmóviles. Ni un solo pájaro, ni siquiera una mariposa revoloteaba en
la desolada extensión. No había nada que ver aparte las briznas de alta y
leonada hierba, los muertos árboles y los dispersos grupos de bajas zarzas.
79
Sin embargo, había algo en aquel fragmento aislado del paisaje que me
resultaba intrigante. Creo haber tenido la sensación de que el lugar ofrecía
una especie de enigma y de que, si lo contemplaba el tiempo suficiente, el
enigma se resolvería por sí solo.
Después de varios minutos de contemplación experimenté la extraña
sensación de que la perspectiva estaba alterándose de forma sutil. Ni la hierba
ni los árboles cambiaron, y no obstante el patio pareció expandir sus
dimensiones. Al principio, me limité a juzgar que el patio era mucho más
espacioso de lo que yo creía hasta entonces. Luego, pensé que en realidad
ocupaba varias hectáreas. Finalmente, me convencí de que se prolongaba
hasta una distancia interminable y que, si yo entraba allí, podría caminar
kilómetros y kilómetros antes de alcanzar el final.
Me abrumó el repentino y casi irresistible deseo de salir corriendo por la
puerta trasera, zambullirme en aquel mar de hierba oscilante y caminar hasta
descubrir por mí mismo a cuánta distancia se extendía el patio. Estaba de
hecho a punto de hacerlo…, cuando vi a Canavan.
Surgió bruscamente entre la maraña de hierba alta de la parte más próxima
del patio. Durante un minuto como mínimo se comportó como si estuviera
totalmente perdido. Observó la parte posterior de su casa como si no la
hubiera visto en su vida. Estaba despeinado y claramente excitado. Colgaban
zarzas de sus pantalones y su chaqueta, y unas briznas de hierba pendían de
los corchetes de sus anticuados zapatos. Sus ojos vagaron frenéticamente por
el lugar y creí que estaba a punto de dar media vuelta y lanzarse hacia la
maraña de la que acababa de salir.
Golpeé el cristal de la ventana. Canavan se detuvo, casi de espaldas ya, miró
por encima del hombro y me vio. Poco a poco reapareció en sus agitadas
facciones una expresión de normalidad. Con el paso fatigado y un andar
indolente se acercó a la casa. Corrí hacia la puerta y la abrí para que entrara.
Canavan fue directamente a la tienda y se desplomó en un sillón.
Alzó la cabeza cuando yo entré detrás de él en la habitación.
—Frank —dijo casi en un susurro—, ¿sería tan amable de preparar té?
Así lo hice, y él tomó el té casi hirviendo sin pronunciar palabra. Parecía
sumamente exhausto. Comprendí que estaba demasiado fatigado para
explicarme lo ocurrido.
80
—Será mejor que no salga de la casa en los próximos días —dije antes de
marcharme.
Él asintió débilmente, sin levantar la cabeza, y me dijo adiós.
Cuando volví a la tienda la tarde siguiente, Canavan me pareció descansado
y reavivado, si bien taciturno y deprimido. No hizo mención alguna del
episodio del día anterior. Durante una semana pensé que el librero acabaría
olvidándose del patio.
Pero un día, cuando entré en la tienda, Canavan se hallaba de pie ante la
ventana de atrás, y vi que si bien se apartaba de allí, lo hacía con la peor de
las disposiciones. Después de ese día, la norma se repitió con regularidad.
Comprendí que la misteriosa maraña de leonada hierba del patio le
obsesionaba cada vez más.
Puesto que yo temía tanto por su negocio como por su frágil salud, finalmente
le reconvine. Comenté que estaba perdiendo clientes, que hacía meses que no
publicaba un catálogo de libros. Le dije que las horas que pasaba
contemplando los mil embrujados metros cuadrados que él llamaba su patio
trasero podía aprovecharlas mejor clasificando sus libros y haciendo pedidos.
Le aseguré que una obsesión como la suya acabaría minando forzosamente su
salud. Y por último le señalé los aspectos absurdos y ridículos del asunto. Si
la gente se enteraba de que pasaba horas mirando por la ventana una simple
jungla en miniatura de hierba y zarzas, cualquiera podía pensar que estaba
loco de remate.
Terminé preguntándole resueltamente cuál había sido su experiencia aquella
tarde en la que le vi salir de entre la hierba con expresión aturdida.
Canavan se quitó sus anticuados anteojos con un suspiro.
—Frank —dijo—, sé que sus intenciones son buenas. Pero hay algo en ese
patio…, un secreto…, que debo averiguar. No sé qué es con exactitud… Creo
que se trata de algo relacionado con distancia, dimensiones y perspectivas.
Pero sea lo que sea, he acabado considerándolo…, bien, como un desafío.
Tengo que llegar a la raíz del misterio. Si piensa usted que estoy loco, lo siento.
Pero no podré descansar hasta que resuelva el enigma de esa porción de tierra.
Volvió a ponerse los anteojos con el ceño fruncido.
81
—Aquella tarde —prosiguió—, cuando usted miró por la ventana, tuve una
extraña y alarmante experiencia ahí afuera. Había estado observando el patio
por la ventana, y finalmente me sentí irresistiblemente tentado a salir. Me
adentré en la hierba con una sensación de gozo, de aventura, de ansiedad. Al
avanzar por el patio, esa sensación de júbilo se transformó con rapidez en una
tétrica depresión. Di media vuelta para tratar de salir de allí
inmediatamente…, pero no pude. No lo creerá, lo sé, pero me había perdido.
Simplemente perdí todo sentido de orientación y no supe por dónde debía ir.
¡Esa hierba es más alta de lo que parece! Cuando te adentras en ella, no ves
nada más allá.
»Sé que esto parece increíble…, pero estuve una hora vagando por allí. El
patio era fantásticamente extenso…, casi parecía alterar sus dimensiones
conforme yo avanzaba, siempre había una gran extensión de terreno ante mí.
Debí caminar en círculo. ¡Juro que recorrí kilómetros!
Meneó la cabeza.
—No es preciso que me crea —continuó—. No espero que lo haga. Pero eso
fue lo que ocurrió. Cuando por fin logré salir, fue por pura casualidad. Y la
parte más extraña de todo ello es que, una vez fuera, me sentí repentinamente
aterrorizado sin la alta hierba rodeándome, ¡y quise retroceder! Retroceder a
pesar de la sensación espectral de soledad que despertaba en mí el lugar.
»Pero tengo que volver. Tengo que resolver ese misterio. Ahí afuera hay algo
que desafía las leyes de la naturaleza terrenal tal como la conocemos. Pretendo
averiguar qué es. Creo tener un plan y me propongo llevarlo a la práctica.
Sus palabras me impresionaron de un modo muy extraño y cuando recordé
con inquietud mi experiencia en la ventana aquella tarde, me resultó difícil
despreciar el relato como si fuera pura estupidez. Intenté, sin excesivo ánimo,
disuadirlo de que volviera al patio, pero incluso mientras lo hacía sabía que
estaba perdiendo el tiempo.
Aquella tarde, salí de la tienda con un presentimiento y sintiendo una
angustia que nada pudo aliviar.
Cuando me presenté varios días más tarde, mis peores temores se
confirmaron: Canavan había desaparecido. La puerta principal de la tienda
estaba abierta como de costumbre, pero el librero no se hallaba en la casa. Miré
82
en todas las habitaciones. Por fin, con un espanto infinito, abrí la puerta de
atrás y dirigí la mirada al patio.
Las alargadas briznas de tostada hierba se rozaban movidas por la suave
brisa, emitiendo secos y sibilantes murmullos. Los árboles muertos se alzaban
negros e inmóviles. Aunque todavía era verano, no oí el gorjeo de un solo
pájaro ni el chirrido de un solo insecto. El mismo patio parecía estar alerta.
Tras notar algo en el pie, bajé la mirada y vi un grueso cordel que salía de la
puerta, atravesaba el escaso espacio desbrozado inmediato a la vivienda y se
perdía en el muro fluctuante de hierba. Al instante, recordé que Canavan
había mencionado un «plan». Comprendí de inmediato que su plan consistía
en adentrarse en el patio dejando una cuerda sólida tras él. Por más giros y
vueltas que diera, debió razonar el librero, siempre encontraría la salida
recogiendo el cordel.
Parecía un plan factible, y ello me produjo alivio. Seguramente Canavan
continuaba en el patio. Decidí esperar su salida. Quizá si podía vagar por el
patio mucho tiempo, sin interrupción, el lugar perdería su maléfica
fascinación, y Canavan lo olvidaría.
Volví a la tienda y hojeé algunos libros. Al cabo de una hora me intranquilicé
de nuevo. Me pregunté cuánto tiempo debía llevar Canavan en el patio. Al
considerar la incierta salud del anciano, me sentí responsable en parte.
Finalmente, regresé a la puerta de atrás, comprobé que no había rastro del
librero y grité su nombre. Experimenté la sensación inquietante de que mi
grito no llegaba más allá del borde de la susurrante pared de hierba. Fue como
si algo hubiera apagado, ahogado, anulado el sonido en cuanto las vibraciones
llegaron al borde del espectral patio.
Grité una y otra vez, pero no hubo respuesta. Por último, decidí ir en busca
de Canavan. Seguiría el cordel, pensé, y sin duda localizaría al librero. Juzgué
que la espesa hierba ahogaba mis gritos y que, en cualquier caso, Canavan
podría sufrir una ligera sordera.
Cerca de la puerta, dentro de la casa, el cordel estaba atado con seguridad a
la pata de una pesada mesa. Sin soltarlo, atravesé la parte sin hierba del patio
y me deslicé en la susurrante extensión de hierba.
83
La marcha fue fácil al principio y avancé con rapidez. Pero conforme me
adentraba, la hierba era más gruesa y las briznas estaban más unidas, y me vi
forzado a abrirme paso a empellones.
Cuando no llevaba más que unos metros dentro de la maraña, me vi
abrumado por la misma sensación insondable de soledad que había
experimentado anteriormente. Ciertamente, había algo sobrenatural en el
lugar. Me sentía como si de pronto hubiera entrado en otro mundo…, un
mundo de zarzas y leonada hierba cuyos incesantes y tenues murmullos
parecían animados de una vida maléfica.
Seguí adentrándome, y el cordel se acabó de repente. Al mirar al suelo,
comprobé que se había agarrado en unos espinos y había terminado por
romperse con el roce. A pesar de que me agaché y examiné el lugar durante
varios minutos, fui incapaz de localizar el otro extremo del cordel.
Seguramente, Canavan no sabía que el cordel se había roto y debía de haberlo
arrastrado en su avance.
Me incorporé, ahuequé las manos en torno a mi boca y grité. El grito parecía
ahogarse prácticamente en mi garganta ante aquella depresiva pared de
hierba. Me sentí como si estuviera en el fondo de un pozo, dando gritos.
Con el ceño fruncido a causa de mi creciente nerviosismo, seguí vagando. La
hierba era cada vez más gruesa y espesa, y acabé necesitando ambas manos
para avanzar entre las enmarañadas plantas.
Empecé a sudar copiosamente. Me dolía la cabeza, y creí que mi vista se
nublaba. Sentía la misma angustia, tensa y casi insoportable, que se
experimenta en un bochornoso día estival cuando se acerca una tormenta y la
atmósfera está cargada de electricidad estática.
Además, me di cuenta, con un ligero temblor de miedo, de que había dado
vueltas y no sabía en qué parte del patio me hallaba. Durante medio minuto
de objetividad en el que pensé que realmente me preocupaba perderme en el
patio trasero de alguien, estuve a punto de echarme a reír…, a punto. Pero
cierto rasgo del lugar impedía la risa. Proseguí mi lento avance con el
semblante muy serio.
En ese momento presentí que no estaba solo. Tuve la repentina y enervante
convicción de que alguien, o algo, se arrastraba por la hierba detrás de mí. No
puedo asegurar que oyera algo, aunque es posible que así fuera, pero de
84
pronto tuve la certeza de que cierta criatura reptaba o se retorcía detrás de mí
a poca distancia.
Me pareció que me observaban y que el observador era sumamente maligno.
En un instante de pánico, consideré una precipitada huida. Luego,
inexplicablemente, la rabia se apoderó de mí. De pronto me enfureció
Canavan, me enfureció el patio, me enfureció estar allí. Mi tensión contenida
explotó, una explosión de cólera que barrió el miedo. Juré que debía llegar a
la raíz de aquel misterio espectral. El patio no iba a continuar
atormentándome y frustrándome.
Di media vuelta bruscamente y me lancé hacia la hierba, hacia el lugar donde
creía que se ocultaba mi furtivo perseguidor.
Me detuve súbitamente. Mi cólera salvaje se transformó en un horror
indecible.
A la tenue pero luminosa luz solar que se filtraba entre los impresionantes
tallos, Canavan se hallaba agazapado a cuatro patas igual que una bestia a
punto de saltar. No llevaba los anteojos, su ropa estaba hecha pedazos y sus
retorcidos labios formaban una mueca de loco, en parte sonrisa, en parte
refunfuño.
Permanecí como petrificado, mirándole fijamente. Sus ojos, extrañamente
desenfocados, me lanzaron una mirada de odio concentrado sin ningún
chispeo que denotara reconocimiento. Su cabello cano era una maraña de
hierbas y ramitas; todo su cuerpo, de hecho, sin excluir los andrajosos restos
de su vestimenta, estaba cubierto de hierba, como si se hubiera arrastrado o
rodado por el suelo igual que un animal salvaje.
Tras el susto inicial que me paralizó la garganta, conseguí hablar por fin.
—¡Canavan! —le grité—. ¡Canavan, por el amor de Dios! ¿No me conoce?
Su respuesta fue un ronco gruñido gutural. Sus labios se abrieron dejando ver
unos dientes amarillentos, y su cuerpo agazapado se tensó, dispuesto a saltar.
Un puro terror se apoderó de mí. Salté a un lado y me lancé hacia el infernal
muro de hierba un instante antes de que él atacara.
La intensidad de mi terror debió proporcionarme nuevas fuerzas. Me lancé
de cabeza entre los tallos retorcidos que tan laboriosamente había apartado
85
antes. Oí crujir la hierba y las zarzas a mi espalda, y comprendí que corría
para salvar mi vida.
Avancé como en una pesadilla. Los tallos fustigaron mi cara igual que látigos
y los espinos me desgarraron la carne igual que cuchillas de afeitar, pero no
sentí nada. Todos mis recursos físicos y mentales se concentraron en un
alocado propósito: salir del maléfico campo de hierba y alejarme del ser
monstruoso que me pisaba los talones.
Mi respiración acabó por convertirse en estremecidos sollozos. Mis piernas se
debilitaron y creí estar viendo a través de remolineantes platillos de luz. Pero
seguí corriendo.
La criatura que me perseguía estaba ganando terreno. La oí gruñir, y noté que
arremetía contra el suelo a sólo unos centímetros de mis huidizos pies. Y en
ningún momento me libré de la enloquecedora convicción de estar corriendo
en círculo.
Por fin, cuando creía que iba a derrumbarme en cualquier momento, crucé la
última maraña leonada y salí al aire libre. Ante mí se extendía la parte
desbrozada del patio de Canavan. Al otro lado estaba la casa.
Jadeante y casi asfixiado, me arrastré hacia la puerta. Por un motivo que tanto
entonces como después me pareció inexplicable, tuve la certeza de que el
terror que pisaba mis talones no se aventuraría a salir al aire libre. Ni siquiera
me volví para asegurarme.
En el interior de la vivienda, caí débilmente sobre un sillón. Mi respiración
forzada recuperó poco a poco la normalidad, pero mi mente continuó
atrapada en un remolino de puro horror y espantosas conjeturas.
Comprendí que Canavan había enloquecido por completo. Una emoción
desagradable lo había transformado en una bestia voraz, en un lunático que
ansiaba destruir salvajemente a cualquier ser viviente que se cruzara en su
camino. Al recordar los ojos extrañamente enfocados que me habían
contemplado con una llamarada de ferocidad animalesca, deduje que la
mente de Canavan no estaba simplemente desquiciada: esa mente no existía.
La muerte era el único alivio posible.
Pero Canavan continuaba teniendo como mínimo el caparazón de un ser
humano, y había sido mi amigo. No podía aplicar la ley por mi propia mano.
86
Con una aprensión enorme, llamé a la policía y pedí una ambulancia.
Lo que siguió fue más locura, y una sesión de preguntas y exigencias que me
dejó en un estado de práctico abatimiento nervioso.
Media docena de fornidos agentes de policía pasaron casi una hora entera
patrullando por la fluctuante y leonada hierba sin encontrar rastro alguno de
Canavan. Salieron de allí maldiciendo, frotándose los ojos y meneando la
cabeza. Estaban sonrojados, furiosos…, y turbados. Anunciaron que no
habían visto ni oído nada, aparte de un perro furtivo que siempre se ocultaba
y gruñía de vez en cuando.
Cuando mencionaron el perro gruñón, abrí la boca para hablar, pero lo pensé
mejor y no dije nada. Me observaban ya con franco recelo, como si pensaran
que mi mente estuviera descomponiéndose.
Repetí mi relato al menos veinte veces, y sin embargo los agentes no quedaron
satisfechos. Registraron la casa de arriba abajo. Examinaron los archivos de
Canavan. Incluso levantaron algunas tablas sueltas de una de las habitaciones
y rebuscaron debajo.
Por fin decidieron de mala gana que Canavan padecía una pérdida total de
memoria tras haber experimentado alguna emoción fuerte y había salido de
la vivienda en estado de amnesia poco después de que yo lo encontrara en el
patio. Mi descripción del aspecto y los actos del librero desestimaron aquella
explicación por considerarla extravagantemente exagerada. Tras advertirme
que probablemente me harían nuevas preguntas y que tal vez registraran mi
casa, me permitieron marcharme a regañadientes.
Las búsquedas e investigaciones subsiguientes no revelaron nada nuevo y
Canavan quedó registrado en la lista de personas desaparecidas, quizás
afectado por amnesia aguda.
Pero yo no quedé satisfecho, y me resultaba imposible descansar.
Seis meses de paciente, penosa y aburrida investigación en los archivos y
estanterías de la biblioteca universitaria de la localidad dieron por fin un
provecho que no ofrezco como explicación, ni siquiera como pista definitiva,
sino tan sólo como una fantástica cuasi-imposibilidad que no pretendo que
nadie crea.
87
Una tarde, después de que mi prolongada investigación de varios meses no
diera resultados importantes, el conservador de libros raros de la biblioteca
trajo con aire triunfante a mi reservado un minúsculo y casi desmenuzado
panfleto impreso en New Haven en 1695. No mencionaba autor alguno y
llevaba el austero título de Muerte de Goodie Larkins, bruja.
Varios años antes, revelaba el escrito, los vecinos acusaron a una vieja bruja,
Goodie Larkins, de convertir a un niño desaparecido en un perro salvaje. La
locura de Salem estaba en su apogeo por entonces, y tras un juicio sumario
Goodie Larkins fue condenada a muerte. En lugar de quemarla en la hoguera,
la condujeron a un pantano en las profundidades del bosque, y soltaron tras
ella siete perros salvajes que llevaban veinticuatro horas sin comer. Al parecer,
los acusadores creyeron que aquello sería una pincelada de auténtica justicia
poética.
Cuando los hambrientos animales estaban a punto de alcanzarla, los vecinos
que se retiraban la oyeron pronunciar a gritos una pavorosa maldición:
«¡Que esta tierra sobre la que caigo conduzca derecha al infierno! ¡Y que
quienes se detengan aquí sean como estas bestias que van a desgarrarme hasta
morir!».
.
El posterior examen de viejos mapas y escrituras de propiedad me
recompensó con el descubrimiento de que el pantano donde Goodie Larkins
fue hecha pedazos por los perros tras pronunciar su espantosa maldición…
¡ocupaba entonces el mismo solar o terreno que en la actualidad cercaba el
infernal patio trasero de Canavan!
No digo nada más. Sólo regresé una vez a aquel lugar diabólico. Fue en un
frío y triste día de otoño, y un viento plañidero batía los leonados tallos. No
puedo explicar qué me impulsó a volver a aquel paraje impío: quizás el
persistente sentido de lealtad hacia el Canavan que yo había conocido. Tal vez
acudí allí llevado incluso por un último jirón de esperanza. Pero en cuanto
entré en la parte desbrozada detrás de la tapiada casa de Canavan, comprendí
que había cometido un error.
Al contemplar la rígida y fluctuante hierba, los árboles pelados y las negras e
irregulares zarzas, sentí como si alguien o algo, a su vez, estuviera
contemplándome. Noté como si algo extraño y diabólico estuviera
88
observándome y, pese a mi terror, experimenté el perverso y alocado impulso
de lanzarme de cabeza en la susurrante extensión de hierba. De nuevo creí ver
que el monstruoso paisaje alteraba sus dimensiones y su perspectiva, hasta
que tuve ante mí un tramo de sibilante hierba leonada y árboles podridos que
se extendía kilómetros y kilómetros. Algo me incitaba a entrar, a perderme en
la hermosa hierba, a rodar por el suelo y arrastrarme entre las raíces, a
desgarrar los estúpidos estorbos de las prendas que me cubrían y echar a
correr entre voraces aullidos, a correr, a correr…
En lugar de eso, di media vuelta y salí corriendo. Corrí como un loco por las
ventosas calles otoñales. Me precipité en mi casa y cerré la puerta con llave.
Nunca he vuelto allí desde entonces. Y nunca volveré.
Crouch End
Stephen King
Ya eran casi las dos y media de la mañana cuando se fue la mujer. Delante de
la comisaría de policía de Crouch End, Totenham Lane era un riachuelo
muerto. La ciudad de Londres estaba dormida…, pero Londres nunca duerme
a pierna suelta, y siempre tiene sueños inquietos.
El oficial Vetter cerró su libreta de notas, que casi había llenado mientras la
americana narraba su extraña y enloquecida historia. Miró la máquina de
escribir y la pila de papel blanco que había en el estante junto a ella.
—Esto parecerá de lo más raro a la luz del día —comentó.
El oficial Farnham estaba bebiendo una Coca-Cola. Guardó silencio durante
largo rato.
—Era americana, ¿no? —preguntó por fin, como si el hecho pudiera explicar
la mayor parte o toda la historia que les había contado la mujer.
—Lo meteremos en el archivo de casos sin resolver —asintió Vetter mientras
buscaba un cigarrillo—. Pero me pregunto…
Farnham lanzó una carcajada.
89
—No me va a decir que se ha creído una sola palabra de lo que ha dicho, ¿eh?
¡Vamos, señor!
—Yo no he dicho tal cosa. No. Pero tú eres nuevo aquí.
Farnham se irguió en su asiento. Tenía veintisiete años, y no era su culpa que
lo hubieran trasladado allí desde Muswell Hill, ni que Vetter, que casi le
doblaba la edad, hubiera pasado la totalidad de su aburrida carrera en aquel
reducto tan tranquilo que era Crouch End.
—Eso es cierto, señor —repuso—, pero con todos los respetos, sé distinguir lo
bueno de la paja cuando lo veo… o cuando lo oigo.
—Dame un pitillo, muchacho —replicó Vetter con expresión divertida—. ¡Eso
es! Eres un buen chico.
Se lo encendió con una cerilla de madera que sacó de una cajetilla de color
rojo brillante antes de apagarla y arrojarla al cenicero de Farnham. Observó al
muchacho por entre la nube de humo. Sus tiempos de muchacho apuesto
quedaban ya muy lejanos. Tenía el rostro surcado de arrugas, y su nariz era
un mapa de venitas rotas. Le gustaba tomarse su media docena de cervezas
cada noche, sí, señor.
—Crees que Crouch End es un sitio muy tranquilo, ¿verdad?
Farnham se encogió de hombros. En realidad, creía que Crouch End era un
gran bostezo residencial, lo que a su hermano menor le gustaba llamar «un
maldito aburritorio».
—Sí —prosiguió Vetter—. Ya veo que sí. Y tienes razón. La mayoría de las
noches el barrio se cierra a las once. Pero yo he visto un montón de cosas raras
en Crouch End. Y si te quedas aquí la mitad de tiempo que yo, tú también
verás lo tuyo. Pasan más cosas raras aquí, en estas seis u ocho manzanas tan
tranquilas, que en cualquier otro lugar de Londres; es mucho decir, ya lo sé,
pero estoy convencido. Me asusta. Así que me tomo mis cervezas y entonces
ya me asusta menos. Observa al sargento Gordon cuando tengas ocasión,
Farnham, y pregúntate por qué tiene el pelo completamente blanco a los
cuarenta años. Podrías echarle también un vistazo a Petty, pero no puedes,
porque Petty se suicidó en 1976. Un verano curioso. Fue… —Se detuvo como
si considerara sus palabras—. Fue un verano bastante duro. Bastante duro.
Muchos de nosotros teníamos miedo de llegar a pasar a través.
90
—¿Quién pasará a través de qué? —preguntó Farnham.
Sentía que una sonrisa desdeñosa se abría paso hacia sus labios; sabía que no
era nada diplomático, pero fue incapaz de contenerse. A su manera, Vetter
estaba divagando tanto como la americana. Siempre había sido un poco raro.
La bebida, suponía. De repente se dio cuenta de que Vetter le devolvía la
sonrisa.
—Crees que soy un viejo loco, ¿verdad? —preguntó.
—No, en absoluto, en absoluto —protestó Farnham gruñendo para sus
adentros.
—Eres un buen chico —aseguró Vetter—. No estarás detrás de una mesa en
esta comisaría cuando llegues a mi edad. No si te quedas en el cuerpo. Te
quedarás en el cuerpo, ¿verdad? ¿Te gusta el trabajo?
—Sí —asintió Farnham.
Era cierto; le gustaba el trabajo. Tenía intención de quedarse en el cuerpo a
pesar de que Sheila quería que dejara la policía y encontrara un trabajo más
fiable. La cadena de producción de Ford, por ejemplo. La idea de ponerse a
trabajar de machaca en la Ford le ponía los pelos de punta.
—Ya me lo imaginaba —comentó Vetter mientras apagaba el pitillo—. Se te
mete en la sangre, ¿eh? Podrías llegar lejos, y no acabarías en el aburrido
Crouch End. Pero aun así no lo sabes todo. Crouch End es un sitio extraño.
Deberías echar un vistazo a los archivos de casos sin resolver, Farnham.
Bueno, la mayoría son cosas normales…, chicos y chicas que se escapan de
casa para hacerse hippies o punkies o comoquiera que se llamen hoy en día…;
maridos que desaparecen (y cuando echas un vistazo a sus mujeres entiendes
por qué)…, incendios provocados sin resolver…, tirones… y todo eso. Pero
entre todo eso hay bastantes casos que te hielan la sangre. Y algunos de ellos
dan náuseas.
—¿De verdad?
Vetter asintió con la cabeza.
—Algunos se parecen mucho a lo que nos acaba de contar esa pobre
muchacha americana. No volverá a ver a su marido, eso te lo aseguro —
sentenció mientras miraba a Farnham y se encogía de hombros—. Puedes
91
creerme o no. Al fin y al cabo, da igual, ¿no? El archivo está ahí mismo. Lo
llamamos archivo de casos abiertos porque queda mejor que lo de casos sin
resolver o casos te-jodes. Échale un vistazo, Farnham, échale un vistazo.
Farnham guardó silencio, pero lo cierto era que tenía la intención de «echarle
un vistazo». La idea de que podía haber toda una serie de historias como la
que acababa de contarles la americana… resultaba inquietante.
—A veces —prosiguió Vetter mientras cogía otro de los Silk Cut de
Farnham— pienso en las Dimensiones.
—¿Dimensiones?
—Sí, hijo mío…, las dimensiones. Los escritores de ciencia ficción siempre
están con lo de las dimensiones, ¿no? ¿Has leído algún libro de ciencia ficción,
Farnham?
—No —repuso Farnham, convencido de que todo aquello era una elaborada
tomadura de pelo.
—¿Y qué hay de Lovecraft? ¿Has leído algún libro suyo?
—Ni siquiera he oído hablar de él —replicó Farnham.
De hecho, la última obra de ficción que había leído por placer había sido una
novela erótica victoriana titulada Dos caballeros en bragas de seda.
—Bueno, pues el tal Lovecraft siempre hablaba de las Dimensiones —explicó
Vetter al sacar la caja de cerillas—. Las Dimensiones cercanas a las nuestras.
Llenas de esos monstruos inmortales que podrían volver loco a un hombre
con solo mirarlo. Por supuesto, no son más que tonterías. Claro que cada vez
que una de estas personas se esfuma, me pregunto si realmente no son más
que tonterías. Y entonces, cuando llega la madrugada y todo está tranquilo,
como ahora, pienso que todo el mundo, todo lo que consideramos agradable
y normal puede ser como un gran balón de cuero lleno de aire. Solo que en
algunos puntos, el cuero está tan tirante que casi desaparece. Son puntos en
los que las barreras son más delgadas, ¿entiendes?
—Sí —asintió Farnham.
«Tal vez deberías darme un beso, Vetter. Me encanta que me besen cuando
me toman el pelo», se dijo.
92
—Y entonces pienso: «Crouch End es uno de estos puntos delgados». Es una
tontería, claro, pero aun así lo pienso. Supongo que tengo demasiada
imaginación. Mi madre siempre me lo decía.
—¿De verdad?
—Sí. ¿Y sabes qué más pienso?
—No, señor, ni idea.
—En Highgate no pasa nada, eso es lo que pienso; las dimensiones son la mar
de gruesas entre nosotros y las Dimensiones de Muswell Hill y Highgate. Pero
coge Archway y Finsbury Park. Estos dos sitios lindan con Crouch End. Tengo
amigos en los dos barrios, y conocen mi interés por ciertas cosas que no
parecen nada racionales. Ciertas historias absurdas contadas, digamos, por
personas a las que en nada beneficia contar historias absurdas. ¿Se te ha
ocurrido preguntarte alguna vez, Farnham, por qué la mujer nos habría
contado lo que nos contó si sabía que no era cierto?
—Bueno…
Vetter encendió una cerilla y miró a Farnham por encima de la llama.
—Una joven bonita, veintiséis años, con dos hijos en el hotel y un marido que
es un joven abogado al que le van muy bien las cosas en Milwaukee o un sitio
de esos. ¿Qué gana viniendo aquí y soltando una historia sobre las cosas que
solo se ven en las películas de Hammer?
—No lo sé —repuso Farnham con rigidez—. Pero es posible que haya una
ex…
—Así que me digo —lo interrumpió Vetter— que si realmente existen esos
«puntos delgados», entonces este empieza en Archway y Finsbury Park…,
pero el punto más delgado de todos está aquí, en Crouch End. Así que me
digo, ¿no llegará el día en que lo que queda de cuero entre nosotros y lo que
hay dentro del balón… simplemente desaparezca? ¿No llegará ese día si tan
solo la mitad de lo que nos ha contado la mujer es cierto?
Farnham no dijo nada. Estaba convencido de que lo más probable era que el
oficial Vetter creyera en la quiromancia, la frenología y los rosacruces.
—Lee el archivo de casos sin resolver —insistió Vetter mientras se levantaba.
93
Se oyó un crujido cuando se llevó las manos a la parte baja de la espalda y se
desperezó.
—Me voy a tomar el aire.
El oficial salió de la comisaría. Farnham lo siguió con la mirada entre divertido
y resentido. Vetter estaba como un cencerro, sí, señor. Y además no dejaba de
gorrear tabaco. El tabaco no estaba barato en este nuevo y valiente mundo del
Estado de bienestar. Cogió la libreta de Vetter y empezó a hojear de nuevo la
historia de la muchacha.
Sí, echaría un vistazo al archivo de casos sin resolver.
Para reírse un rato.
La muchacha… o la joven, para ser políticamente correctos, algo que, por lo
visto, todos los americanos eran en estos tiempos, había entrado como una
exhalación en la comisaría a las diez y cuarto de la noche, con el pelo
colgándole en húmedos mechones alrededor del rostro y los ojos a punto de
salírsele de sus órbitas. Arrastraba el bolso por la correa.
—Lonnie —dijo—. Por favor, tienen que encontrar a Lonnie.
—Bueno, haremos lo que podamos, ¿verdad? —repuso Vetter—. Pero tiene
que contarnos quién es Lonnie.
—Está muerto —repuso la joven—. Sé que está muerto.
Rompió a llorar. De repente, se echó a reír, mejor dicho, a cloquear. Dejó caer
el bolso ante sí. Estaba histérica.
La comisaría estaba casi desierta a aquellas horas de las noches laborables. El
sargento Raymond estaba tomando declaración a una mujer paquistaní que
contaba con una calma casi imperturbable que un tunante con muchos
tatuajes de fútbol y una gran cresta de cabello azul le había robado el bolso en
Hillfield Avenue. Vetter vio a Farnham entrar desde la antesala, donde había
estado quitando pósteres viejos (¿TIENES LUGAR EN TU CORAZÓN PARA
UN NIÑO NO DESEADO?) y poniendo otros nuevos (SEIS REGLAS PARA
IR EN BICICLETA SIN PELIGRO POR LA NOCHE).
Vetter hizo señas a Farnham para que se acercara y a Raymond, que se había
vuelto de inmediato al oír la voz medio histérica de la americana, para que no
se acercara. Raymond, al que le gustaba romperles los dedos a los carteristas
94
(«Vamos, hombre —exclamaba cuando le pedían que justificara aquel
procedimiento tan irregular—. Cincuenta millones de tipos no pueden estar
equivocados»), no era el más indicado para tratar a una mujer histérica.
—¡Lonnie! —chilló la joven—. ¡Por favor, tienen a Lonnie!
La mujer paquistaní se volvió hacia la joven americana, la observó con gran
calma durante un instante y a continuación se volvió de nuevo hacia el
sargento Raymond para seguir explicándole cómo le habían robado el bolso.
—Señorita… —empezó el oficial Farnham.
—¿Qué pasa ahí fuera? —susurró la mujer.
Su respiración era entrecortada. Farnham se dio cuenta de que tenía un
pequeño rasguño en la mejilla izquierda. Era una monada con buenas tetas,
pequeñas pero respingonas, y una espesa melena de cabello castaño. Vestía
ropas moderadamente caras. Se le había desprendido el tacón de un zapato.
—¿Qué pasa ahí fuera? —repitió—. Monstruos…
La mujer paquistaní se volvió de nuevo hacia ella… y sonrió. Tenía los dientes
podridos. La sonrisa se desvaneció de pronto como por arte de magia, y la
mujer cogió el impreso de Propiedad Perdida y Sustraída que le alargaba
Raymond.
—Ve a buscar un café para la señora y bájalo a la Sala Tres —ordenó Vetter—
. ¿Le apetece un café, señora?
—Lonnie —susurró—. Sé que está muerto.
—Bueno, bueno, venga usted con el viejo Ted Vetter y arreglaremos este
asunto en un santiamén —la animó al tiempo que la ayudaba a levantarse.
La joven seguía farfullando entre gemidos cuando el oficial la guió por el
pasillo con un brazo alrededor de su cintura. Se tambaleaba a causa del tacón
desprendido.
Farnham fue a buscar el café y lo llevó a la Sala Tres, un sencillo cubículo
blanco amueblado con una mesa llena de arañazos, cuatro sillas y un surtidor
de agua en un rincón. Colocó el tazón de café ante la joven.
—Aquí tiene, señora —dijo—. Le sentará bien. Hay azúcar si…
95
—No puedo bebérmelo —rechazó la mujer—. No podría…
De repente rodeó la taza de porcelana, un recuerdo ya olvidado que alguien
se había traído de Blackpool, con ambas manos, como si quisiera entrar en
calor. Le temblaban las manos, y Farnham sintió deseos de decirle que soltara
el tazón antes de que se derramara el café y le quemara las manos.
—No podría —repitió la joven.
Entonces tomó un sorbo sosteniendo todavía el tazón con ambas manos, del
mismo modo en que los niños cogen su tazón de caldo. Y cuando alzó la
mirada hacia ellos, había en su rostro una expresión infantil, exhausta,
implorante… y acorralada, en cierto modo. Era como si lo que hubiera
ocurrido la hubiera devuelto a la infancia; como si una mano invisible hubiera
bajado del cielo y le hubiera arrebatado los últimos veinte años de su vida,
poniendo a una niña enfundada en ropas de mujer americana en aquella
pequeña sala de interrogatorios de la comisaría de Crouch End.
—Lonnie —dijo—. Los monstruos. ¿Me ayudarán? ¿Por favor, me ayudarán?
Tal vez no esté muerto. Tal vez… ¡Soy ciudadana americana! —gritó de
pronto, y como si acabara de decir algo terriblemente vergonzoso, estalló en
sollozos.
—Vamos, señora —la tranquilizó Vetter dándole unas palmaditas en el
hombro—. Creo que podremos ayudarla a encontrar a su Lonnie. Es su
marido, ¿verdad?
La joven asintió sin dejar de sollozar.
—Danny y Norma están en el hotel… con la canguro… esperando que él les
vaya a dar un beso cuando volvamos…
—Lo mejor sería que se tranquilizara y nos contara qué ha pasado…
—Y dónde ha pasado —añadió Farnham.
Vetter le lanzó una mirada rápida y frunció el ceño.
—¡Pero es que es eso! —gritó la joven—. ¡No sé dónde ha pasado! ¡Ni siquiera
sé muy bien qué ha pasado, solo que ha sido ho-ho-horrible!
Vetter había sacado la libreta de notas.
—¿Cómo se llama, señora?
96
—Doris Freeman. Mi marido se llama Leonard Freeman. Nos hospedamos en
el Hotel Inter-Continental. Somos americanos.
En esta ocasión, aquella declaración pareció tranquilizarla un poco. Tomó otro
sorbo de café y dejó el tazón sobre la mesa. Farnham observó que tenía las
palmas de las manos bastante enrojecidas. «Ya te darás cuenta más tarde,
cariño», pensó.
Vetter lo estaba anotando todo en la libreta. Alzó la vista hacia el oficial
Farnham y lo miró durante una fracción de segundo sin expresión aparente.
—¿Están de vacaciones? —inquirió.
—Sí…, dos semanas aquí y una en España. Se suponía que íbamos a pasar una
semana en Barcelona…, ¡pero esto no nos ayudará a encontrar a Lonnie! ¿Por
qué me hacen todas estas preguntas estúpidas?
—Estamos intentando determinar los antecedentes, señora Freeman —
intervino Farnham.
Sin percatarse de ello, ambos habían adoptado un tono bajo y tranquilizador.
—Y ahora continúe y cuéntenos qué ha sucedido. Cuéntelo con sus propias
palabras.
—¿Por qué cuesta tanto encontrar un taxi en Londres? —preguntó la joven de
repente.
Farnham no sabía qué decir, pero Vetter respondió como si la pregunta fuera
de lo más acorde a la conversación.
—No sabría decirle, señora. Es por los turistas, en parte. ¿Por qué lo pregunta?
¿Les ha costado mucho encontrar un taxi para llegar hasta Crouch End?
—Sí —asintió la joven—. Hemos salido del hotel a las tres y hemos ido a
Hatchard’s. ¿Lo conoce?
—Sí, señora —repuso Vetter—. Es esa librería tan grande, ¿verdad?
—No hemos tenido ningún problema para encontrar un taxi desde el Inter-
Continental… Están todos en fila delante de la puerta. Pero cuando hemos
salido de Hatchard’s, ni uno. Y cuando por fin se ha parado uno, el taxista se
ha puesto a reír y a menear con la cabeza cuando le hemos dicho que
queríamos ir a Crouch End.
97
—Sí, a veces se ponen muy gilipollas cuando se trata de ir a las afueras…
Perdón, señora —comentó Farnham.
—Ni siquiera aceptó cuando le ofrecimos una libra de propina —prosiguió
Doris Freeman en tono de perplejidad muy americana—. Hemos esperado
casi media hora antes de que un taxista aceptara llevarnos. Ya eran las cinco
y media, quizá las seis menos cuarto. Y entonces es cuando Lonnie se ha dado
cuenta de que había perdido la dirección…
Volvió a aferrarse al tazón.
—¿A quién iban a ver? —inquirió Vetter.
—A un colega de mi marido. Un abogado llamado John Squales. Mi marido
no lo conocía, pero los bufetes en los que trabajaban estaban…
Hizo un gesto vago.
—¿Asociados?
—Sí, supongo. Cuando el señor Squales se enteró de que veníamos a Londres
de vacaciones, nos invitó a cenar a su casa. Lonnie siempre le había escrito a
su despacho, claro está, pero tenía su dirección particular anotada en un
papel. Y cuando subimos al taxi se ha dado cuenta de que la había perdido. Y
lo único que recordaba era que estaba en Crouch End.
—Crouch End… Me parece un nombre espantoso —dijo mirándonos con
expresión solemne.
—¿Y entonces qué han hecho? —preguntó Vetter.
La joven empezó a hablar. Cuando terminó ya había dado cuenta del primer
tazón de café y casi de otro más, y el oficial Vetter había llenado varias páginas
de la libreta con su ancha letra de imprenta.
Lonnie Freeman era un hombre corpulento, y al verlo inclinado hacia delante
en el asiento trasero para poder hablar con el taxista, a Doris le pareció que
tenía el mismo aspecto que la primera vez que lo había visto, durante un
partido de baloncesto en el último año de carrera. Estaba sentado en el
banquillo, con las rodillas a la altura de las orejas, las manos coronadas por
grandes muñecas colgando entre las piernas. Solo que en aquella ocasión
llevaba pantalones cortos de baloncesto y una toalla alrededor del cuello, y
ahora llevaba traje y corbata. Nunca había jugado en muchos partidos,
98
recordó Doris con cariño, porque no era demasiado bueno. Y perdía
direcciones.
El taxista escuchó con paciencia el cuento de la dirección perdida. Se trataba
de un hombre mayor, impecable en su traje de verano, la antítesis del
desaliñado taxista neoyorquino. Solo la gorra de lana a cuadros que llevaba
desentonaba; pero desentonaba de un modo agradable, pues le confería un
toque de libertina elegancia. Afuera, el tráfico fluía sin cesar por Haymarket;
el teatro anunciaba que El fantasma de la ópera proseguía su andadura en
apariencia interminable.
—Bueno, vamos a hacer una cosa, caballero —dijo por fin el taxista—. Los
llevo a Crouch End, nos paramos en una cabina, usted averigua la dirección
de su amigo y después los llevo hasta la mismísima puerta.
—Estupendo —exclamó Doris.
Y lo decía en serio. Llevaban seis días en Londres, y no recordaba haber estado
nunca en ningún otro lugar en el que la gente fuera tan amable y civilizada.
—Gracias —dijo Lonnie antes de retreparse en el asiento y rodear a Doris con
un brazo—. ¿Lo ves? No pasa nada.
—Eres un desastre —lo riñó ella en broma al tiempo que le asestaba un ligero
puñetazo en el vientre.
—Adelante, pues —exclamó el taxista—. A Crouch End.
Estaban a finales de agosto, y un viento cálido y constante removía la basura
por las calles y hacía revolotear las chaquetas y faldas de los hombres y
mujeres que se dirigían del trabajo a casa. El sol se estaba poniendo, pero
cuando brillaba por entre los edificios lo hacía con el reflejo rojizo del
atardecer, según comprobó Doris. El taxi avanzaba con un suave zumbido.
Doris se relajó al sentir el brazo de Lonnie alrededor de los hombros. Tenía la
sensación de que lo había visto más en los últimos seis días que en todo el año
junto, y le gustó descubrir que le gustaba aquello. Además, nunca había salido
de América, y no cesaba de recordarse que estaba en Inglaterra, que iba a ir a
Barcelona y que ya quisieran muchos.
Al cabo de unos instantes, el sol desapareció tras un muro de edificios, por lo
que perdió el sentido de la orientación casi de inmediato. Había descubierto
que eso sucedía casi siempre cuando uno iba en taxi por Londres. La ciudad
99
era un inmenso laberinto de carreteras, pasajes, colinas, cercados (e incluso
mesones), y no entendía cómo la gente no se perdía cada dos por tres. Cuando
se lo había mencionado a Lonnie el día anterior, este había respondido que
todo el mundo tenía mucho cuidado… ¿No había observado que todos los
taxistas tenían la Guía de Londres bien guardadita debajo del volante?
Era el trayecto en taxi más largo que habían realizado hasta entonces. La parte
elegante de la ciudad quedó atrás (pese a aquella extraña sensación de andar
describiendo círculos). Atravesaron un distrito de bloques monolíticos de
viviendas de protección oficial que parecía desierto a juzgar por la señales de
vida que se apreciaban (no, se corrigió en la sala blanca de interrogatorios;
había visto a un niño pequeño sentado en el bordillo de la acera, encendiendo
cerillas), a continuación una zona de tiendas y puestos de fruta pequeños y de
aspecto bastante destartalado, y luego (no era de extrañar que los forasteros
se desorientaran tanto en Londres) volvieron a entrar en la parte elegante de
la ciudad.
—Incluso había un McDonald’s —explicó a Vetter y a Farnham en un tono de
voz por lo general reservado para hacer referencia a la Esfinge y a los Jardines
Colgantes.
—¿De verdad? —exclamó Vetter con el debido respeto.
Al fin y al cabo, la joven estaba recordando cada detalle, y Vetter no quería
que nada rompiera el hechizo, al menos hasta que les hubiese contado todo lo
que pudiera.
La zona elegante con el McDonald’s en el centro quedó atrás. Llegaron a un
claro y de nuevo apareció el sol, una gran bola anaranjada justo encima del
horizonte, que bañaba las calles en una extraña luz que confería a todos los
peatones el aspecto de estar a punto de arder.
—Ha sido entonces cuando las cosas han empezado a cambiar —dijo la joven.
Había bajado la voz y le volvían a temblar las manos.
Vetter se inclinó hacia delante con vehemencia.
—¿A cambiar? ¿Qué quiere decir con eso, señora Freeman?
100
Habían pasado ante el escaparate de un quiosco, explicó, y en la pizarra
habían escrito: SESENTA DESAPARECIDOS EN DESASTRE
SUBTERRÁNEO.
—¡Mira eso, Lonnie!
—¿Qué?
Lonnie volvió rápidamente la cabeza, pero el quiosco ya había quedado atrás.
—Decía: «Sesenta desaparecidos en desastre subterráneo». ¿No es así como
llaman el metro? ¿El Subterráneo?
—Sí…, eso o el Tubo. ¿Ha habido un choque?
—No lo sé —repuso ella al tiempo que se inclinaba hacia delante—. Oiga,
señor, ¿sabe lo que pasó en el metro? ¿Hubo un choque?
—¿Una colisión, señora? Que yo sepa no.
—¿Tiene radio?
—En el taxi no, señora.
—Lonnie.
—¿Sí?
Pero Doris se dio cuenta de que Lonnie había perdido todo interés en el
asunto. De nuevo estaba rebuscando en los bolsillos, a la caza del pedazo de
papel en el que había anotado la dirección de John Squales, y puesto que
llevaba un traje de tres piezas, había un montón de bolsillos en los que buscar.
El mensaje escrito con tiza en la pizarra le volvía una y otra vez a la memoria;
SESENTA MUERTOS EN COLISIÓN DEL TUBO, debería haber dicho. Pero
SESENTA DESAPARECIDOS EN DESASTRE SUBTERRÁNEO… Aquellas
palabras le producían cierta inquietud. No decía «muertos», sino
«desaparecidos», la misma palabra que las noticias de los viejos tiempos
empleaban siempre para referirse a los marineros que se habían ahogado en
la mar.
DESASTRE SUBTERRÁNEO.
No le gustaba. Le hacía pensar en cementerios, alcantarillas y cosas viscosas
y fétidas surgiendo de repente de los tubos y envolviendo con sus brazos
101
(tentáculos, tal vez) a los desprevenidos pasajeros que esperaban en el andén
antes de arrastrarlos hacia las tinieblas…
Giraron a la derecha. Junto a unas motocicletas aparcadas se veía a tres chicos
en ropa de cuero. Miraron el taxi y por un momento, pues el sol le daba casi
por completo en la cara, le pareció que aquellos motoristas no tenían cabezas
humanas. Por un instante estuvo convencida de que sobre aquellas cazadoras
de cuero se alzaban cabezas de ratas, ratas de ojos negros que miraban el taxi
con fijeza. De repente, la luz se desplazó un poco y vio que estaba equivocada,
por supuesto; no eran más que tres jóvenes fumando un cigarrillo delante de
la versión británica de la tienda de golosinas americana.
—Allá vamos —indicó Lonnie abandonando la búsqueda y señalando al
exterior.
Estaban pasando junto a una señal que decía: CROUCH HILL ROAD. Viejas
casas de ladrillos amontonadas como ancianas soñolientas parecían mirar el
taxi desde sus ventanas vacías. Pasaron algunos niños montados en bicicletas
o en triciclos. Otros dos niños estaban intentando montar en su monopatín,
aunque sin demasiado éxito. Algunos padres que habían regresado del
trabajo estaban sentados juntos, fumando y observando a los niños. Todo
parecía tranquilizadoramente normal.
El taxi se detuvo ante un restaurante de aspecto destartalado en cuyo
escaparate había un cartel que anunciaba que se trataba de un local autorizado
para servir licores, y otro mucho más grande en el centro, en el que se leía que
se preparaban platos de curry para llevar. En el alféizar del escaparate dormía
un gigantesco gato gris. Junto al restaurante se veía una cabina telefónica.
—Bueno, señor —dijo el taxista—. Averigüe la dirección de su amigo y
después los llevo allí.
—De acuerdo —repuso Lonnie antes de apearse.
Doris se quedó dentro un momento y a continuación también se apeó con la
intención de estirar las piernas. Seguía soplando aquel viento cálido, que le
adhería la falda a las rodillas y en un momento dado le lanzó el envoltorio de
un helado, que se le quedó pegado en la espinilla. Doris se desprendió de él
con una mueca de asco. Al alzar la vista se encontró con la mirada del enorme
gato gris, que la miraba con un solo ojo de expresión inescrutable. Había
perdido la mitad de la cara en alguna batalla ya lejana. Lo único que le
102
quedaba era una retorcida masa rosada de tejido cicatrizado, una catarata
lechosa y unos cuantos mechones de pelo.
El gato maulló en silencio a través del cristal.
Acometida por una sensación de asco, Doris se dirigió hacia la cabina
telefónica y miró por los vidrios sucios. Lonnie hizo un ademán de triunfo con
el pulgar y el índice, y le guiñó el ojo. A continuación metió diez peniques en
la ranura y habló con alguien. Lanzó una carcajada que no se oyó a través del
cristal. Como el gato. Doris se volvió para ver al minino, pero el escaparate
estaba vacío. En la penumbra del local se veían sillas colocadas sobre las
mesas y a un anciano con una escoba. Cuando se volvió de nuevo hacia la
cabina, vio que Lonnie estaba apuntando algo. Luego se guardó el bolígrafo,
sostuvo el papel en la mano (Doris comprobó que había una dirección
apuntada), dijo un par de cosas más, colgó y por fin salió de la cabina.
Blandió el papel en ademán de triunfo.
—Bueno, ya es…
Miró por encima del hombro de Doris y de repente frunció el ceño.
—¿Dónde está ese maldito taxi?
Doris se volvió. El taxi se había esfumado. En el lugar en el que se había
parado ya solo quedaba el bordillo y algunos papeles que revoloteaban
perezosos por la cuneta. Al otro lado de la calle, dos niños se abrazaban
riendo. Doris se dio cuenta de que uno de ellos tenía una mano deforme que
parecía más bien una garra. Había creído que la Seguridad Social tenía la
obligación de ocuparse de aquellas cosas. Los chicos se volvieron hacia ellos,
vieron que los estaban observando y de nuevo se abrazaron entre risitas.
—No lo sé —repuso Doris.
Se sentía desorientada y un poco tonta. El calor, el viento constante que no
parecía soplar en ráfagas, la tonalidad de la luz, que casi parecía pintada…
—¿Qué hora era? —inquirió Farnham de repente.
—No lo sé —repuso Doris Freeman con un sobresalto—. Las seis, creo. Quizá
y veinte.
103
—Muy bien; continúe —alentó Farnham, quien sabía perfectamente que, en
agosto, la puesta de sol no empezaba en ningún caso hasta bien pasadas las
siete.
—Pero ¿qué es lo que ha hecho? —insistió Lonnie sin dejar de mirar en
derredor, como si esperara que su enfado bastaría para que el taxi volviera a
aparecer—. ¿Poner el motor en marcha y largarse?
—Quizá cuando has levantado la mano —aventuró Doris mientras repetía el
gesto del índice y el pulgar que Lonnie había hecho desde la cabina—; a lo
mejor ha pensado que le decías que se marchara.
—Me tendría que haber pasado mucho rato haciendo ese gesto para que se
marchara sin que le pagáramos las dos libras y media que le debíamos —
gruñó Lonnie.
Se dirigió al bordillo de la acera. Al otro lado de Crouch Hill Road, los dos
niños seguían riendo.
—¡Eh! —gritó Lonnie—. ¡Eh, niños!
—¿Es usted americano, señor? —gritó el niño de la mano deforme.
—Sí —repuso Lonnie con una sonrisa—. ¿Habéis visto el taxi que estaba aquí?
¿Sabéis adónde ha ido?
Los dos niños parecieron considerar la pregunta. La compañera del niño era
una niña de unos cinco años peinada con dos trenzas desordenadas que
apuntaban en direcciones opuestas. La niña avanzó hacia el bordillo, se llevó
ambas manos a la boca para hacerse oír mejor y sin dejar de sonreír, gritando
entre las manos colocadas a modo de megáfono y la sonrisa, exclamó:
—¡A la porra, tío!
Lonnie abrió la boca asombrado.
—¡Señor, señor, señor! —chilló el niño mientras hacía saludos militares con la
mano deforme.
De repente, ambos niños giraron sobre sus talones y doblaron la esquina a
toda prisa hasta perderse de vista. Sus risas quedaron atrás como un eco.
Lonnie miró a Doris con expresión anonadada.
104
—Bueno, parece que a algunos niños de Crouch End no les vuelven
precisamente locos los americanos —comentó por decir algo.
Doris miró en derredor con nerviosismo. La calle estaba desierta.
—En fin, cariño, creo que tendremos que ir a pie —anunció Lonnie al tiempo
que la rodeaba con un brazo.
—No sé si quiero hacer eso. A lo mejor esos dos niños se han ido a buscar a
sus hermanos mayores.
Lanzó una carcajada para indicar que estaba bromeando, pero lo cierto es que
le salió un poco demasiado aguda. La tarde había cobrado un matiz irreal que
no le hacía mucha gracia. Habría preferido quedarse en el hotel.
—Pues no nos queda más remedio —comentó Lonnie—. La calle no está
precisamente a rebosar de taxis, ¿no te parece?
—Lonnie, ¿por qué se habrá marchado el taxista? Parecía tan simpático…
—No tengo ni la menor idea. Pero John me ha indicado muy bien el camino.
Vive en una calle llamada Brass End, que es una callejuela sin salida, y me ha
dicho que no está en la Guía.
Mientras hablaba apartaba a Doris de la cabina telefónica, del restaurante que
preparaba platos de curry para llevar, del bordillo ahora desierto. Estaban
caminando de nuevo por Crouch Hill Road.
—Giramos a la derecha en Hillfield Avenue, a la izquierda a media calle,
después la primera a la derecha… ¿o a la izquierda? Bueno, hacia Petrie Street.
Y la segunda a la izquierda es Brass End.
—¿Y te acuerdas de todo eso?
—Claro, soy el testigo presencial estrella —repuso Lonnie con valentía.
Doris no tuvo más remedio que echarse a reír. Lonnie siempre conseguía que
las cosas parecieran ir bien.
En el vestíbulo de la comisaría había un mapa de Crouch End bastante más
detallado que el que figuraba en la Guía de Londres. Farnham se acercó a él y
lo estudió con las manos embutidas en los bolsillos. La comisaría estaba muy
silenciosa; Vetter seguía fuera, intentando sacudirse un poco las telarañas, al
105
menos eso esperaba, y Raymond había acabado hacía ya rato con la señora a
la que habían robado el bolso.
Farnham puso el dedo en el lugar en que el taxista debía de haberlos dejado,
siempre y cuando la historia de la mujer tuviera algo de verdad, claro está. La
ruta hacia la casa de su amigo parecía bastante directa. Crouch Hill Road hasta
Hillfield Avenue, después a la izquierda en Vickers Lane y otra vez a la
izquierda en Petrie Street. Brass End, que empezaba en Petrie Street como si
alguien hubiera decidido ponerla ahí en el último momento, no debía de tener
más de seis u ocho casas. Alrededor de un kilómetro y medio en total. Incluso
una pareja de americanos podía recorrer aquella distancia sin perderse.
—¡Raymond! —exclamó—. ¿Estás aquí?
El sargento Raymond entró. Llevaba ropa de paisano y se estaba poniendo
una cazadora de popelina.
—Me marcho ahora mismo, mi querido amigo imberbe.
—Déjalo ya —replicó Farnham, aunque sin dejar de sonreír.
Raymond le daba un poco de miedo. Un solo vistazo al escalofriante tipo
bastaba para convencerse de que estaba un poco demasiado cerca de la valla
que separaba a los buenos de los malos. Una serpenteante cicatriz blanca le
bajaba desde la comisura de los labios hasta la nuez. Afirmaba que, en cierta
ocasión, un carterista había estado a punto de rebanarle el cuello con un
vidrio. Afirmaba que por eso les rompía los dedos. Farnham creía que aquello
era mentira. Creía que Raymond les rompía los dedos porque le gustaba el
sonido, sobre todo cuando se rompían los nudillos.
—¿Tienes un pitillo? —preguntó Raymond.
Farnham suspiró y le dio uno.
—¿Hay algún restaurante especializado en curry en Crouch Hill Road? —
inquirió mientras se lo encendía.
—Que yo sepa no, cariño mío —repuso Raymond.
—Ya me parecía.
—¿Algún problema, querido?
106
—No —replicó Farnham en tono algo cortante, sin poder quitarse de la cabeza
el cabello enmarañado y la mirada fija de Doris Freeman.
Casi al final de Crouch Hill Road, Doris y Lonnie Freeman giraron hacia
Hillfield Avenue, que estaba flanqueada por casas imponentes y de aspecto
elegante. No eran más que fachadas, se dijo Doris, probablemente divididas
con precisión quirúrgica en apartamentos y habitaciones.
—Bueno, de momento vamos bien —comentó Lonnie.
—Sí, es… —empezó Doris.
Y en aquel momento empezaron los gemidos.
Ambos se detuvieron en seco. Los gemidos procedían de su derecha, de detrás
de un seto alto que rodeaba un pequeño jardín.
Lonnie dio unos pasos en dirección al sonido, y Doris lo agarró por el brazo.
—¡No, Lonnie!
—¿Cómo que no? —replicó él—. Alguien está herido.
Doris lo siguió intranquila. El seto era alto pero ralo. Lonnie pudo apartar
unas ramas a un lado y ver un cuadrado de césped rodeado de flores. El
césped estaba muy verde. En el centro se veía un parche negro humeante…;
o al menos esa fue la primera impresión que tuvo Doris. Al asomarse por
encima del brazo de Lonnie, pues el hombro estaba demasiado alto como para
poder mirar por encima de él, vio que se trataba de un agujero de forma
vagamente humana. El humo salía de aquel agujero.
SESENTA DESAPARECIDOS EN DESASTRE SUBTERRÁNEO, pensó de
repente.
Los gemidos procedían del hoyo, y Lonnie empezó a abrirse paso por entre
las ramas del seto.
—Lonnie —susurró Doris—. No vayas, por favor.
—Hay alguien herido ahí dentro —repitió él al tiempo que terminaba de
atravesar el seto produciendo un rasgueo cerdoso. Doris lo vio avanzar, y en
aquel momento las ramas del seto volvieron a colocarse en su sitio, y ya no
vio más que la vaga silueta de Lonnie dirigiéndose hacia el hoyo. Intentó
abrirse paso por entre las ramas, pero no consiguió más que arañarse los
107
brazos con las ramitas cortas y rígidas del seto, porque llevaba una blusa sin
mangas.
—¡Lonnie! —exclamó acometida por un repentino miedo—. ¡Lonnie, vuelve!
—¡Un momento, cariño!
La casa la miraba impasible por encima del seto.
Los gemidos todavía se oían, pero habían adquirido un matiz más bajo,
gutural, alegre, en cierto modo. ¿Es que Lonnie no se daba cuenta?
—¡Eh! ¿Hay alguien ahí abajo? —oyó gritar a Lonnie—. ¿Hay alguien ahí…?
¡Oh! ¡DIOS MÍO!
Y de repente, Lonnie empezó a gritar. Doris jamás lo había oído gritar, y el
sonido hizo que le temblaran las piernas. Buscó desesperada un agujero en el
seto, un camino, pero no encontró nada. Un montón de imágenes le cruzaron
por la mente… Los motoristas que le habían parecido ratas por un instante, el
gato de cara destrozada, el niño de la mano deforme… ¡Lonnie!, intentó gritar,
pero de sus labios no brotó sonido alguno.
Le llegaron a los oídos sonidos de lucha. Los gemidos se habían detenido.
Pero desde el otro lado del seto se oía una serie de chapoteos. De repente,
Lonnie salió despedido por entre las rígidas ramas como si le hubieran dado
un tremendo empujón. Tenía la manga negra del traje medio desgarrada y
salpicada de manchas negras que parecían humear, igual que el hoyo del
jardín.
—¡Corre, Doris!
—Lonnie, ¿qué…?
—¡Corre!
Tenía el rostro blanco como el papel.
Desesperada, Doris recorrió la calle con la mirada en busca de un policía. De
alguien. Pero a juzgar por el movimiento que había en la calle, Hillfield
Avenue podría haber formado parte de una ciudad totalmente desierta. Se
volvió de nuevo hacia el seto y vio que algo se movía al otro lado, algo que
era más que negro; parecía de ébano, la antítesis de la luz.
Y chapoteaba.
108
Al cabo de un instante, las ramas cortas y rígidas del seto empezaron a crujir.
Doris se las quedó mirando como hipnotizada. Podría haberse quedado ahí
para siempre, según explicó a Vetter y a Farnham, si Lonnie no la hubiera
agarrado por el brazo y le hubiera gritado… Sí, Lonnie, que jamás ni tan
siquiera levantaba la voz a los niños, había chillado. Si no hubiera sido por él,
tal vez todavía seguiría ahí parada. O quizá…
Pero echaron a correr.
—¿Pero hacia dónde? —preguntó Farnham, pero Doris no lo sabía.
Lonnie estaba fuera de sí, acometido por la histeria, el pánico y la
repugnancia, eso era lo único que sabía. Le rodeó la muñeca con los dedos
como si le pusiera una esposa, y se alejaron corriendo de la casa que se alzaba
sobre el seto, así como del humeante hoyo del jardín. Eso lo sabía con
seguridad; lo demás no era más que una cadena de impresiones vagas.
Al principio les costó correr, pero luego se hizo más fácil porque la calle hacía
pendiente. Giraron una vez y luego otra. Las casas grises de pórticos altos y
persianas verdes bajadas parecían observarlos como si fueran pensionistas
ciegos. Recordaba que Lonnie se había quitado la americana salpicada de
aquella sustancia negra y la había arrojado al suelo. Por fin llegaron a una
calle más ancha.
—Para —jadeó Doris—. ¡Para, no puedo más!
Se llevó la mano al costado, donde tenía la sensación de que le habían
colocado un clavo ardiendo.
Lonnie se detuvo. Habían salido del barrio residencial y se hallaban en la
esquina de Crouch Lane con Norris Road. Una señal colocada al otro lado de
Norris Road anunciaba que estaban a tan solo un kilómetro y medio de
Slaughter Towen.
—¿No sería Town? —sugirió Vetter.
—No —insistió Doris Freeman—. Slaughter Towen, con e.
Raymond apagó el cigarrillo que le había gorreado a Farnham.
—Me largo —anunció.
De repente se detuvo y observó a Farnham con atención.
109
—Deberías cuidarte más, cariñito. Tienes unas ojeras de impresión. ¿Tienes
también pelos en las palmas de las manos para hacer juego?
Lanzó una carcajada grosera.
—¿Has oído hablar alguna vez de Crouch Lane? —inquirió Farnham.
—Querrás decir Crouch Hill Road.
—No, Crouch Lane.
—No lo había oído en mi vida.
—¿Y Norris Road?
—Es la que empieza en la ronda de Basingstoke…
—No, aquí.
—No, aquí no, cariñito.
Por alguna razón que no comprendía, pues no cabía duda de que la mujer
estaba chiflada, Farnham insistió.
—¿Y Slaughter Towen?
—¿Towen? ¿No Town?
—Eso, Towen.
—Pues ni idea, pero si me entero de que existe, creo que no me acercaré por
allí.
—¿Y eso por qué?
—Porque en la lengua de los druidas, un touen o towen era un sitio donde se
hacían sacrificios rituales; donde le quitaban a uno el hígado y las tripas, en
otras palabras.
Dicho aquello, Raymond se subió la cremallera de la cazadora y salió de la
comisaría.
Algo inquieto, Farnham lo siguió con la mirada. «Lo último se lo ha
inventado. Lo que un tipejo como Sid Raymond sabe de los druidas cabe en
la cabeza de un alfiler y todavía te queda sitio para escribir el Padrenuestro.»
110
Exacto. E incluso aunque hubiera tenido acceso a un dato como aquel, eso no
alteraba el hecho de que la mujer debía de…
—Debo de estar volviéndome loco —comentó Lonnie con una risita histérica.
Doris miró el reloj y vio que les habían dado las ocho menos cuarto sin darse
cuenta. La luz había cambiado; del naranja claro había pasado a un rojo oscuro
y lóbrego que se reflejaba en los escaparates de las tiendas de Norris Road y
parecía bañar en sangre coagulada el campanario de una iglesia que había en
el otro extremo de la calle.
El sol se había convertido en una esfera suspendida sobre el horizonte.
—¿Qué ha pasado en el jardín? —preguntó Doris—. ¿Qué ha pasado, Lonnie?
—Y también he perdido la chaqueta. Lo que faltaba.
—No la has perdido; te la has quitado. Estaba cubierta de…
—¡No seas estúpida! —le gritó Lonnie.
Sin embargo, sus ojos no parecían enojados, sino suaves, asustados, vagos.
—La he perdido, eso es todo.
—Lonnie, ¿qué ha pasado cuando has atravesado el seto?
—Nada. No quiero hablar de ello. ¿Dónde estamos?
—Lonnie…
—No me acuerdo —la interrumpió su marido con mayor suavidad—. Estoy
como en blanco. Estábamos ahí…, oímos un ruido…, y entonces estábamos
corriendo. Es lo único que recuerdo. —Hizo una pausa antes de añadir con
voz asustada e infantil—: ¿Por qué tiraría la chaqueta? Me gustaba mucho.
Hacía juego con los pantalones.
Echó la cabeza hacia atrás y lanzó una aterradora carcajada de loco; de
repente, Doris se dio cuenta de que fuera lo que fuese lo que hubiese visto
más allá del seto, la escena le había hecho perder el control, al menos en parte.
Seguramente a ella le habría pasado lo mismo… si hubiera visto. Daba igual.
Tenían que salir de allí. Volver al hotel, con los niños.
—Vamos a coger un taxi. Quiero volver a casa.
—Pero John… —empezó Lonnie.
111
—¡Al diablo con John! —gritó ella—. Algo va mal aquí, todo va mal aquí, ¡y
quiero coger un taxi y volver a casa!
—De acuerdo, de acuerdo —convino Lonnie al tiempo que se pasaba una
mano temblorosa por la frente—. Estoy de acuerdo. El único problema es que
no hay taxis.
Era cierto; no había ningún vehículo en Norris Road, que era una calle ancha
y adoquinada. En el centro se veían los raíles de un antiguo tranvía. Al otro
lado, delante de la floristería, había aparcada una furgoneta de reparto de tres
ruedas muy antigua. Un poco más lejos, en la acera en la que se encontraban,
había una moto Yamaha apoyada en el caballete. Nada más. Se oía el ruido de
coches, pero era un ruido lejano, difuso.
—A lo mejor la calle está cerrada por obras —masculló Lonnie.
Y entonces hizo algo raro…, al menos raro en él, que siempre era tan
despreocupado y confiado. Miró por encima del hombro como si temiera que
los estuvieran siguiendo.
—Iremos a pie —anunció Doris.
—¿Hacia dónde?
—Pues a cualquier sitio. Fuera de Crouch End. Encontraremos un taxi si
salimos de aquí.
De repente estaba convencida de eso, al menos.
—De acuerdo.
Lonnie parecía totalmente dispuesto a dejarle llevar las riendas de todo aquel
asunto.
Empezaron a caminar por Norris Road en dirección al sol. El lejano zumbido
del tráfico se mantuvo constante, sin disminuir aunque, al parecer, sin
aumentar. La soledad estaba empezando a atacarle los nervios. Tenía la
sensación de que los observaban; intentó desterrar aquel pensamiento, pero
no pudo. El sonido de sus pisadas
(SESENTA DESAPARECIDOS EN DESASTRE SUBTERRÁNEO)
retumbaba tras ellos. No podía apartar de su mente la escena del seto, y por
fin no pudo resistir el deseo de preguntar de nuevo.
112
—Lonnie, ¿qué ha pasado en el jardín?
—No me acuerdo, Doris —repuso él sin más—. Y no quiero acordarme.
Pasaron delante de un mercado cerrado; apoyada en el escaparate había una
pila de cocos que parecían cabezas reducidas vistas desde atrás. Pasaron
delante de una lavandería en la que las lavadoras blancas habían sido
apartadas de las paredes de planchas de yeso de color rosa como dientes
arrancados de encías podridas. Pasaron delante de un escaparate cubierto de
jabón en el que un viejo cartel ofrecía LOCAL EN ALQUILER. Algo se movió
detrás de las manchas de jabón, y Doris vio que se trataba de la cara rosada y
llena de cicatrices de un gato. El mismo gato gris.
Consultó su interior y llegó a la conclusión de que se estaba acercando
lentamente al pánico. Tenía la sensación de que los intestinos habían
empezado a retorcérsele lentos y perezosos en el vientre. Tenía un extraño
sabor de boca, como si hubiera utilizado un elixir muy penetrante. Los
adoquines de Norris Road emanaban sangre fresca a la luz del anochecer.
Se estaban acercando a un paso inferior. Y ahí abajo estaba oscuro. «No puedo
—le comunicó su mente sin grandes aspavientos—. No puedo bajar ahí, ahí
abajo puede haber cualquier cosa, no me lo pidas porque no puedo.»
Otra parte de su mente preguntó si podría soportar volver sobre sus pasos,
pasar de nuevo delante de la tienda en la que había vuelto a ver al gato (¿cómo
habría llegado hasta ahí desde el restaurante?, mejor no preguntárselo, mejor
ni siquiera pensar en ello), delante de los extraños residuos bucales de la
lavandería, delante del Mercado de las Cabezas Reducidas. No se veía capaz
de hacerlo.
Ya estaban muy cerca del paso inferior. Un tren de seis vagones pintado de
un extraño color hueso pasó sobre él de un modo inesperado, una enloquecida
novia de acero que iba a toda prisa al encuentro de su novio. Las ruedas
despedían brillantes abanicos de chispas. Doris y Lonnie retrocedieron
involuntariamente, pero fue Lonnie quien gritó. Doris lo miró y se dio cuenta
de que en la última hora, su marido se había convertido en alguien al que
nunca había visto con anterioridad, alguien cuya existencia ni tan siquiera
había sospechado. Tenía el cabello más gris, y aunque se dijo con firmeza, con
toda la firmeza de que era capaz, que no se debía más que a la luz del
113
atardecer, fue en realidad el aspecto de su cabello lo que la convenció. Lonnie
no estaba en condiciones de volver. Por tanto, solo quedaba el paso inferior.
—Vamos —instó mientras cogía a Lonnie de la mano con brusquedad para no
sentir el temblor de la suya—. Cuanto antes entremos, antes saldremos.
Se dirigió hacia el paso, y Lonnie la siguió sin rechistar.
Estaban a punto de salir —era un paso inferior muy corto, se dijo con una
sensación de ridículo alivio— cuando la mano la agarró por el brazo.
Doris no gritó. Los pulmones parecían habérsele encogido como bolas de
papel. Su mente quería abandonar el cuerpo y… volar. Lonnie le soltó la
mano. No parecía darse cuenta de nada. Salió a la calle; por un momento,
Doris vio su silueta alta y desmadejada recortada contra los sangrientos
colores del atardecer, y a continuación desapareció.
La mano que la había cogido por el brazo era peluda, como la de un mono.
Tiró de ella sin piedad hacia una silueta pesada y hundida que estaba apoyada
contra la pared de hormigón cubierta de hollín. Estaba suspendida entre dos
pilares de hormigón, y la silueta era lo único que veía… la silueta y dos
luminosos ojos verdes.
—Dame un pitillo, encanto —gruñó una ronca voz con acento cockney.
Doris percibió el hedor de carne cruda, patatas fritas en aceite malo y algo
más, algo dulce y terrible, como el olor que despide el fondo de un cubo de
basura.
Aquellos ojos verdes eran ojos de gato. Y, de repente, estuvo totalmente
convencida de que si aquella silueta hundida salía de las sombras, vería la
catarata lechosa, los pliegues rosados del tejido cicatrizado, los mechones de
pelo gris.
Se zafó de la mano, retrocedió y sintió que algo cortaba el aire cerca de ella.
¿Una mano? ¿Garras? Un sonido expectorado, siseante…
Otro tren pasó por encima. El rugido era inmenso, ensordecedor. Del techo se
desprendió una nube de hollín que parecía nieve negra. Doris huyó acometida
por el pánico; por segunda vez aquella tarde, no sabía adónde iba ni durante
cuánto tiempo seguiría caminando.
114
Volvió en sí al darse cuenta de que Lonnie había desaparecido. Se había medio
desplomado entre jadeos junto a una sucia pared de ladrillos. Seguía en Norris
Road (al menos eso creía, contó a los dos oficiales; la calle seguía siendo de
adoquines, y en el centro todavía estaban las vías del tranvía), pero en lugar
de tiendas destartaladas y desiertas, lo que la flanqueaba ahora eran
almacenes destartalados y desiertos. DAWGLISH e HIJOS, rezaba el cartel
cubierto de hollín de uno de ellos. Otro tenía el nombre ALHAZRED pintado
de color verde desvaído en la vieja pared de ladrillos. Bajo el nombre se veían
una serie de garabatos y guiones árabes.
—¡Lonnie! —llamó.
No había eco, ninguna resonancia pese al silencio (no, no un silencio absoluto,
aclaró; todavía oía ruido de coches, y tal vez un poco más cercano, aunque no
mucho). La palabra que era el nombre de su marido pareció caer de su boca y
chocar contra el suelo como una piedra. La sangre del atardecer había dado
paso a las frías cenizas grises del anochecer. Por primera vez se le ocurrió que
podía hacérsele de noche allí mismo, en Crouch End, si es que todavía se
encontraba en Crouch End, y de nuevo la asaltó el pánico.
Explicó a Vetter y a Farnham que no había reflexionado ni pensado con
claridad en el período de no sabía cuánto tiempo desde que habían llegado a
la cabina telefónica hasta aquel momento de horror definitivo. Simplemente,
había reaccionado como un animal asustado. Y ahora estaba sola. Quería que
volviera Lonnie, era consciente de eso, pero de poco más. Desde luego, no se
le ocurrió preguntarse por qué aquella zona, que sin duda no se hallaba a más
de ocho kilómetros de Cambridge Circus, se hallaba completamente desierta.
Doris Freeman echó a andar llamando a su marido. Su voz no despertaba eco
alguno, pero sus pisadas sí. Las sombras empezaron a adueñarse de Norris
Road. El cielo había adquirido un matiz violáceo. Tal vez se trataba de algún
efecto de distorsión o tal vez de la fatiga que sentía, pero tenía la sensación de
que los almacenes se cernían hambrientos sobre la calle. Las ventanas,
cubiertas por la suciedad de varias décadas o quizá de siglos, parecían mirarla
con fijeza. Y los nombres de los carteles se tornaban cada vez más extraños,
incluso demenciales o, como mínimo, impronunciables. Las vocales estaban
mal colocadas, y las consonantes parecían estar combinadas de tal forma que
ninguna lengua humana sería capaz de articularlas. CTHULHU KRYON,
rezaba uno de ellos, bajo el cual se veían más garabatos árabes.
115
YOGSOGGOTH, decía otro. R’YELEH, anunciaba un tercero. Había uno que
se le había quedado grabado especialmente en la memoria: NRTESN
NYARLAHOTEP[5].
—¿Cómo es que se acuerda de esos galimatías? —inquirió Farnham.
Doris Freeman meneó la cabeza con gestos lentos y cansados.
—No lo sé. De verdad que no lo sé. Es como una pesadilla que quieres olvidar
en cuanto te despiertas, pero que no se desvanece como la mayoría de los
sueños, sino que ahí se queda.
La superficie adoquinada y dividida por los raíles del tranvía de Norris Road
parecía alargarse hasta el infinito. Y si bien siguió caminando (no creía poder
correr, aunque más tarde, explicó, lo hizo), dejó de llamar a Lonnie. Era presa
de un terrible y espeluznante terror, un miedo tan inmenso que no creía que
ningún ser humano pudiera soportarlo sin volverse loco o morir en el acto.
Tan solo era capaz de articular el miedo que sentía de un modo, e incluso así
apenas podía salvar la brecha que se había abierto en su mente y su corazón.
Explicó que era como si ya no estuviera en la tierra, sino en otro planeta, un
lugar tan extraño que la mente humana no podía ni aspirar a comprenderlo.
Los ángulos eran distintos, dijo. Los colores eran distintos. Los… Pero no
servía de nada.
Lo único que podía hacer era caminar bajo aquel cielo violáceo, entre los viejos
edificios abultados, y esperar que acabara en un momento dado.
Y así fue.
Distinguió dos siluetas paradas en la acera frente a ella…, los niños que
Lonnie y ella habían visto antes. El niño estaba acariciando las desgreñadas
trenzas de la niña con la mano en forma de garra.
—Es la mujer americana —dijo el niño.
—Se ha perdido —dijo la niña.
—Ha perdido a su marido.
—Ha perdido su camino.
—Ha encontrado el más oscuro.
—El camino que lleva al embudo.
116
—Ha perdido la esperanza.
—Ha encontrado al Silbador de las Estrellas…
—… Devorador de Dimensiones…
—… el Flautista Ciego…
Sus voces eran cada vez más rápidas, una letanía jadeante, un telar
centelleante. La cabeza le daba vueltas al son de las voces. Los edificios se
inclinaban hacia ella. Brillaban las estrellas, pero no eran sus estrellas, sobre
las que había formulado deseos cuando era niña, bajo las que había besado
cuando era joven; no, eran estrellas dementes en constelaciones dementes, y
Doris se llevó las manos a las orejas y las manos no amortiguaron los sonidos
y por fin les gritó:
—¿Dónde está mi marido? ¿Dónde está Lonnie? ¿Qué le habéis hecho?
Se hizo el silencio.
—Se ha ido abajo —dijo por fin la niña.
—A ver a la Cabra de las Mil Crías —añadió el niño.
La niña esbozó una sonrisa, una sonrisa maliciosa llena de maldad inocente.
—¿Cómo iba a dejar de ir? Estaba marcado. Y usted señora también irá.
—¡Lonnie! ¿Qué le habéis hecho a…?
El niño levantó la mano y empezó a cantar en una lengua estridente que Doris
no entendía, pero que estuvo a punto de volverla loca de terror.
—Y entonces la calle empezó a moverse —explicó a Vetter y a Farnham—. Los
adoquines empezaron a ondear como una alfombra. Subían y bajaban, subían
y bajaban. Las vías del tranvía se desprendieron y volaron por los aires… Lo
recuerdo; recuerdo que la luz de las estrellas se reflejaba en ellas… Y entonces
los adoquines también empezaron a desprenderse, primero uno a uno, y
después en grupos. Simplemente, salieron disparados hacia la oscuridad. Se
oía un desgarro cada vez que se soltaba uno. Como una trituradora… el
sonido que debe de oírse cuando hay un terremoto. Y entonces empezó a salir
algo de…
117
—¿Qué era? —intervino Vetter inclinándose hacia delante con los ojos
clavados en la joven—. ¿Qué ha visto? ¿Qué era?
—Tentáculos —repuso ella en tono vacilante—. Creo que eran tentáculos.
Pero eran gruesos como árboles, como si cada uno de ellos constara de miles
de tentáculos pequeños…, y había unas cosas pequeñas, como ventosas…,
solo que a veces parecían caras… Una de ellas se parecía a la cara de Lonnie…
y todas ellas estaban sufriendo. Bajo ellas, en las tinieblas que había bajo la
calle…, en las tinieblas de abajo…, había algo más. Como ojos…
En aquel momento, la joven había sido incapaz de seguir durante un rato, y
lo cierto era que no quedaba mucho más que contar. Lo siguiente que
recordaba con claridad era que se había ocultado en el portal de un quiosco
cerrado. Todavía estaría ahí, les contó, si no hubiera sido porque había visto
pasar coches justo delante suyo, así como por el tranquilizador brillo de las
farolas. Dos personas pasaron delante de ella, y Doris retrocedió un poco más,
temerosa de que se tratara de los malvados niños. Pero no eran niños, sino un
chico y una chica cogidos de la mano. El chico decía algo sobre la última
película de Martin Scorsese.
Había salido de nuevo a la acera con cautela, lista para resguardarse de nuevo
en las prácticas sombras del quiosco si las circunstancias lo exigían, pero no
hubo necesidad alguna. A unos cincuenta metros de distancia había un cruce
bastante transitado, con coches y camiones parados ante un semáforo. Al otro
lado se veía una joyería con un gran reloj iluminado en el escaparate. Ante él
había un reja corredera pintada, pero aun así distinguió qué hora era. Las diez
menos cinco.
Se dirigió hacia el cruce, y pese a las farolas y al tranquilizador rugido del
tráfico, Doris siguió mirando aterrorizada por encima del hombro. Le dolía
todo. El tacón roto le hacía cojear. Se había desgarrado los músculos, tanto en
el vientre como en las piernas; lo peor era la pierna derecha; tenía la sensación
de que se había hecho un esguince.
En el cruce se dio cuenta de que, de algún modo, había dado la vuelta hasta ir
a parar a Hillfield Avenue con Tottenham Road. Bajo una farola, una mujer
de unos sesenta años, cuyo cabello amenazaba con escapar del moño en que
se lo había recogido, hablaba con un hombre de la misma edad
aproximadamente. Ambos se quedaron mirando a Doris como si fuera una
terrible aparición.
118
—Policía —farfulló Doris—. ¿Dónde está la comisaría de policía? Soy
ciudadana americana… He perdido a mi marido… Necesito ir a la policía.
—¿Qué le ha pasado, querida? —inquirió la mujer con bastante amabilidad—
. Parece como si la hubieran pasado por la trituradora.
—¿Un accidente de coche? —preguntó su compañero.
—No. No…, no, por favor, ¿hay alguna comisaría de policía por aquí?
—Sí, en Tottenham Road —asintió el hombre al tiempo que extraía un
paquete de John Player de uno de sus bolsillos—. ¿Quiere un pitillo? Tiene
aspecto de necesitarlo.
—Gracias.
Doris cogió uno, a pesar de que había dejado de fumar hacía casi cuatro años.
El hombre tuvo que seguir la temblorosa punta del cigarro con la cerilla para
poder encendérselo.
Miró a la mujer del moño.
—La acompañaré dando un paseo, Evvie. Para asegurarme de que llega bien.
—Yo también voy —anunció Evvie mientras rodeaba a Doris con un brazo—
. ¿Qué le ha pasado, querida? ¿Alguien ha intentado atracarla?
—No —repuso Doris—. Fue… Yo… yo… la calle… había un gato con un solo
ojo… la calle se abrió… lo vi… y dijeron algo sobre un Flautista Ciego…
¡Tengo que encontrar a Lonnie!
Sabía que no estaba diciendo más que incoherencias, pero no se sentía capaz
de hablar con mayor claridad. Y en cualquier caso, contó a Vetter y Farnham,
no debía de haber dicho tantas incoherencias, puesto que el hombre y la mujer
se apartaron de ella, como si, cuando Evvie le preguntó qué le pasaba, ella
hubiera respondido que tenía la peste bubónica.
Entonces el hombre dijo algo. «Ha vuelto a pasar», creía Doris.
—La comisaría está ahí mismo —señaló la mujer—. Hay unas farolas colgadas
afuera. Ya la verá.
119
Ambos empezaron a alejarse a paso rápido. La mujer miró encima del
hombro. Doris Freeman vio sus ojos muy abiertos y relucientes. Doris avanzó
dos pasos hacia ellos, aunque no sabía por qué razón.
—¡No se acerque! —gritó Evvie con voz aguda, al tiempo que hacía un gesto
supersticioso y se apretaba más contra el hombre, que la rodeó con el brazo—
. ¡No se acerque si ha estado en Crouch End Towen!
Y a continuación, ambos desaparecieron en la noche.
El oficial Farnham estaba apoyado en el marco de la puerta que había entre la
sala común y el archivo principal…, si bien los archivos de casos sin resolver
de los que había hablado Vetter no se encontraban ahí. Farnham se había
preparado una taza de té y se estaba fumando el último cigarrillo del
paquete… La mujer también había cogido unos cuantos.
La joven había vuelto al hotel acompañada de la enfermera a la que había
llamado Vetter. La enfermera se quedaría con ella aquella noche, y por la
mañana decidiría si la joven tenía que ser ingresada en el hospital. Los niños
resultarían un problema en tal caso, y Farnham suponía que, puesto que se
trataba de una americana, el escándalo estaba casi garantizado. Se preguntó
qué diría a sus hijos cuando se despertaran a la mañana siguiente, siempre y
cuando pudiera decir algo, claro está. ¿Los reuniría alrededor suyo y les
contaría que un enorme monstruo malo de Crouch End Town
(Towen)
se había comido a papá como el ogro de un cuento de hadas?
Farnham hizo una mueca mientras dejaba la taza de té sobre la mesa. No era
asunto suyo. Para bien o para mal, la señora Freeman había quedado atrapada
entre la policía británica y la embajada americana en el gran vals de los
gobiernos. No era asunto suyo; él no era más que un oficial de policía que
quería olvidar todo aquel asunto. Y tenía la intención de dejar que Vetter
redactara el informe. Vetter podía permitirse el lujo de firmar con su nombre
una sarta de tonterías como aquella; era un hombre mayor, gastado. Seguiría
trabajando en el turno de noche el día en que le dieran el reloj de oro, la
pensión y el piso de protección oficial. Farnham, en cambio, tenía la intención
de ascender a sargento bien pronto, lo cual significaba que tenía que vigilar
cada paso que daba.
120
Y hablando de Vetter, ¿dónde estaba? Llevaba un buen rato tomando el aire.
Farnham cruzó la sala común y salió. Se quedó entre los dos globos
iluminados y observó el otro lado de Tottenham Road. Ni rastro de Vetter.
Eran más de las tres de la mañana, y el silencio se extendía denso y liso como
una alfombra. ¿Cómo era aquel verso de Wordsworth? «Aquel gran corazón
yaciendo en silencio», o algo así.
Bajó los escalones y se detuvo en la acera con una punzada de inquietud. Era
una tontería, por supuesto, y se enfadó consigo mismo por permitir que la
historia que había contado la mujer lo intranquilizara en lo más mínimo. Tal
vez merecía tener miedo de un polizonte como Sid Raymond.
Farnham caminó a paso lento hasta la esquina, creyendo que se toparía con
Vetter cuando este volviera de su paseo nocturno. Pero no iría más lejos; si
dejaba la comisaría sola durante unos instantes, le costaría caro en cuanto se
descubriese. Llegó a la esquina y miró en derredor. Era extraño, pero todas
las farolas parecían haberse apagado en aquella zona. Toda la calle parecía
distinta sin ellas. Se preguntó si había que informar del asunto. ¿Y dónde se
había metido Vetter?
Seguiría un poco más, decidió, para ver qué pasaba. Pero no mucho. No le
convenía dejar la comisaría sola durante mucho rato.
Solo un poco más.
Vetter llegó menos de cinco minutos después de que Farnham se marchara.
Farnham había ido en dirección contraria, y si Vetter hubiera llegado un
minuto antes, habría visto al joven policía detenerse indeciso en la esquina
antes de doblarla y desaparecer para siempre.
—¿Farnham?
La única respuesta que obtuvo fue el zumbido intermitente del reloj de pared.
—Farnham —llamó de nuevo antes de limpiarse la boca con la palma de la
mano.
Lonnie Freeman nunca fue hallado. Al cabo de un tiempo, su mujer, en cuyas
sienes habían empezado a aparecer las primeras canas, regresó a Estados
Unidos con sus hijos. Fueron en Concorde. Un mes más tarde intentó
suicidarse. Pasó tres meses en una casa de reposo, y al salir se encontraba
121
mucho mejor. A veces, cuando no puede dormir, lo cual le ocurre con
frecuencia cuando el sol aparece como una bola anaranjada y roja al atardecer,
entra en el ropero, avanza de rodillas debajo de la ropa colgada hasta la parte
de atrás y allí escribe una y otra vez Cuidado con la Cabra de las Mil Crías
con un lápiz de punta blanda. Al parecer, eso la tranquiliza un tanto.
El oficial Robert Farnham dejó mujer y dos hijas gemelas de dos años. Sheila
Farnham escribió una serie de enojadas cartas al diputado de su distrito,
insistiendo en que algo estaba pasando, en que le estaban ocultando algo, en
que habían convencido a su Bob para que aceptara algún tipo de destino
secreto y arriesgado. Habría hecho cualquier cosa para ascender a sargento,
aseguró la señora Farnham al diputado en repetidas ocasiones. Al cabo de un
tiempo, el aludido dejó de contestar a sus cartas, y aproximadamente en la
misma época en que Doris Freeman salía de la casa de reposo con el cabello
ya casi completamente blanco, la señora Farnham se trasladó a Essex, donde
vivían sus padres. Más tarde se casó con un hombre que trabajaba en algo más
seguro… Frank Hobbs es inspector de parachoques en la cadena de
producción de Ford. Había tenido que divorciarse de Bob alegando
abandono, pero aquello no resultó demasiado complicado.
Vetter optó por la jubilación anticipada unos cuatro meses después de que
Doris Freeman entrara dando tumbos en la comisaría de Tottenham Lane.
En efecto, se trasladó a un piso del ayuntamiento, un segundo piso situado en
Frimley. Al cabo de seis meses lo encontraron fulminado por un ataque al
corazón, con una lata de Harp Lager en la mano.
Y en Crouch End, que realmente es una zona residencial de Londres muy
tranquila, siguen sucediendo cosas extrañas de vez en cuando, y es bien
sabido que algunas personas se han perdido por allí. Algunas de ellas para
siempre.
122
—Ve siempre un paso por delante de los demás —solía decirme—. No
permitas que se aprovechen de ti.
Ahora fingiréis que no sabéis nada de mi madre, pero vosotros y yo sabemos
bien de qué va el rollo, ¿verdad? ¿Tendré que hablarle a todo el mundo de ella
para que podáis decir que no sabíais nada antes? Hablaré de ella para que
todo el mundo se entere. Eso es lo mínimo que se merece. Ella me ayudó a ser
escritor.
Pero no soy escritor, ¿verdad? No puedo serlo, nunca me han publicado ni un
relato. Esto es lo que os gustaría que pensara todo el mundo. Vosotros y yo
sabemos los nombres que salían en mis relatos, y quizá también mi madre, al
final. No creo que se dejara engañar por vuestros seudónimos. Era la mejor
persona que he conocido, y la más inteligente.
Por eso nos abandonó nuestro padre, porque ella le hacía sentirse inferior.
Aunque nunca llegué a conocerle, ella me lo dijo. Ella me enseñó a vivir:
—Vive siempre como si el acontecimiento más importante de tu existencia
estuviera a punto de ocurrir.
Ése fue su consejo, y siempre limpiaba nuestro apartamento en el ático de la
casa con todas sus pulseras puestas cuando yo llegaba a casa de la imprenta.
Había preparado la mesa de forma que las esterillas cubrieran los agujeros
que había cosido en el mantel, y se ceñía la corona antes de servir el arroz con
la cuchara de madera que ella misma había tallado. Siempre comíamos arroz
porque decía que debíamos acordarnos de los países hambrientos, y no comer
la carne que les había quitado la comida de sus bocas. Y luego nos sentábamos
en silencio y no necesitábamos hablar porque ella siempre sabía lo que yo iba
a decirle. También sabía siempre lo que mi padre iba a decir, algo que él no
podía soportar.
—Nunca se le ocurrió un pensamiento original, cariño —solía afirmar.
Ella siempre iba un paso por delante de los demás, excepto en una cosa: nunca
supo de qué iban mis relatos hasta que se lo dije. Ahora pretenderéis que no
le veis la importancia, o quizá carezcáis de la inteligencia para ello, así que os
lo repetiré: mi madre, que siempre fue un paso por delante de los demás
porque no sabían pensar por sí mismos, no sabía de dónde sacaba las ideas
para mis cuentos hasta que se lo dije.
123
—Ésa es tu mejor idea —aplaudió.
Solía pedirme que le contara un cuento antes de dormir, y luego me lo contaba
ella a mí. A veces me acostaba mirando mi lamparilla de noche, que se alejaba
flotando, y le daba vueltas al relato para mejorarlo hasta que caía dormido.
Nunca recordaba por la mañana los cambios, y nunca me preguntaba adonde
habían ido a parar. Pero vosotros y yo lo sabemos, ¿verdad? Mi mayor deseo
era seguirles lo más pronto posible. Y creedme vosotros, también lo desearéis
muy pronto.
Cuando terminé el colegio me fui a trabajar para el señor Twist, el único
impresor de la ciudad. Pensé que me gustaría porque pensé que estaba
relacionado con los libros. No me importó que al principio apenas me
dirigiera la palabra porque me había impuesto la obligación de adivinar como
mi madre lo que me iban a decir. Luego me di cuenta de que la causa se debía
a que él pensaba que yo no era tan bueno como pensó el primer día, cuando
me indicó que corrigiera la gramática y la ortografía del cartel que anunciaba
una gira por las antiguas minas.
—Aquí eres el aprendiz, no lo olvides —proclamó con la cara enrojecida—.
No intentes ser más listo que el cliente. Le damos lo que pide, no lo que tú
crees que quiere. ¿Quién te piensas que eres?
Estaba formulando una pregunta, de modo que le contesté.
—Soy un escritor —dije.
—Y yo soy de la editorial de la Universidad de Oxford.
Me reí porque pensé que ése era su propósito.
—No, no lo es —le contradije.
—En efecto —subrayó, y aplastó su faz convulsa contra la mía—. Soy un
impresor de segunda fila en una ciudad de tercera, y tú no eres mejor que yo.
No juegues a ser un escritor conmigo. Soy lo bastante viejo para reconocer a
un escritor en cuanto le veo.
Me moría de ganas de contárselo a mi madre en cuanto llegara a casa, pero,
por supuesto, ella ya lo sabía.
—Eres un escritor, Óscar, y no dejes que nadie te contradiga —me advirtió—
. Lo único que te hace falta es esforzarte un poquito más en terminar tus
124
relatos. Tendrías que haber sido el primero de la clase de inglés. Espero que
el profesor estuviera celoso.
Así que terminé algunos relatos para poder leérselos. En esa época empezaba
a perder la vista, y yo le leía libros de la biblioteca cada noche, pero ella
acostumbraba decirme que prefería escuchar mis cuentos.
—Deberías conseguir que los publicaran —me aconsejó—. Demuestra a la
gente que son historias verdaderas.
Me puse a averiguar cómo hacerlo. Me uní a una tertulia de escritores porque
pensé que podrían y querrían ayudarme. Pero la mayoría seguían inéditos e
intentaron disuadirme, diciendo que todo funcionaba por camarillas y que
para publicar era fundamental conocer a la gente adecuada. Y como eso no
me hizo mella trataron de destruir mi propia confianza. Celebraron un
concurso para elegir los tres mejores relatos y ninguno de los míos salió
elegido. Todos los miembros del jurado habían publicado algo, y dijeron que
mis ideas no eran nuevas y que mi manera de plasmarlas no era la más
ortodoxa.
—No les hagas caso —indicó mi madre—. Han formado una camarilla y no
quieren dejarte entrar. Te consideran demasiado original. Te daré dinero para
que envíes tus obras a los editores. Ya verás cómo te las comprarán y
podremos mudarnos a otro lugar donde aprecien tu talento.
Y estaba a punto de hacerlo cuando vosotros y la señora Mander destruisteis,
su confianza en mí.
Claro que tampoco conocéis a la señora Mander, ¿verdad? Supongo que no.
Vivía en el piso de abajo y nunca me gustó; tampoco creo que le gustara a mi
madre, pero le daba pena porque vivía sola. Solía utilizar unas zapatillas
viejas que dejaban fragmentos en la alfombra después de que mi madre la
hubiera limpiado a pesar de que casi no veía, y tenía la costumbre de agarrar
adornos para mirarlos y luego los ponía en otro sitio. Siempre pensé que su
intención era robarlos cuando hubiera confundido lo suficiente a mi madre.
Subía a leerle libros a mi madre cuando yo no estaba, y no os resultará difícil
imaginar lo que hizo.
Pero no os preocupéis, os lo diré, quiero que todo el mundo lo sepa. Fue el día
en que le dijeron al señor Twist que ya no imprimiera más carteles sobre las
giras por las minas, porque no marchaban bien y las habían suspendido. Yo
125
entré a decirle a mi madre que la gramática y la ortografía habían ahuyentado
a la gente, pero encontré a la señora Mander con un montón de libros de
bolsillo manoseados, ya que los compraba de segunda mano. En cuanto me
vio se puso en pie.
—Imagino que querrás charlar con el chico —dijo, y se fue con algunos de los
libros.
Siempre me llamaba «el chico», una de las razones por las que no me gustaba.
Iba a hablar sobre el señor Twist, pero entonces reparé en la expresión
entristecida de mi madre.
—Me has decepcionado, Óscar —me increpó.
Nunca me había dicho algo parecido, nunca. Me sentí como un extraño.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque me hiciste creer que tus ideas eran originales y las has sacado todas
de estos libros.
Me enseñó los lugares marcados por la señora Mander con recortes de
periódico, y cuando terminé las letras diminutas y las huellas de dedos me
habían provocado tal dolor de cabeza que estaba casi tan ciego como ella.
Todos los libros eran número uno de ventas y pronto serían llevados al cine,
pero nunca había leído una palabra de ellos, pero, pese a todo, allí estaban
todos mis relatos. Vosotros ya lo sabéis. Y mi madre también debía saberlo,
pero por primera vez en su vida no me creyó.
Eso es lo primero por lo que vais a pagar.
Me vi obligado a tomarme unas aspirinas, irme a la cama y descansar hasta
que se hizo de noche y las diminutas letras dejaron de bailar ante mis ojos. Mi
jaqueca desapareció y comprendí lo que había pasado. Era el resultado de ir
siempre un paso adelante; sabía de qué iban a ir los relatos antes de que la
gente los escribiera, pero eran mis relatos y tenía que darme prisa para
escribirlos y publicarlos antes que nadie. Así que regresé junto a mi madre,
todavía despierta y llorosa, aunque intentó hacerme creer que los ojos le
dolían. Le conté mi descubrimiento y aún se entristeció más.
—Es una buena idea para un relato —concluyó, como si deseara que no
volviera a escribir.
126
De modo que tuve que demostrarle la verdad. Volví a la tertulia de escritores
y pregunté qué se hacía cuando te robaban las ideas. Fingieron no creerme, y
todos dijeron que fuera a pedirle a los escritores derechos de autor. Así que
consulté en el Quién es quién de autores y escritores, y comprobé que la
mayoría vivía en Inglaterra, porque a la señora Mander le gustaban los libros
ingleses. No constaba ninguno de los escritores de la tertulia, lo que
demostraba que formaban una camarilla.
No podía esperar al fin de semana para ir a decirle a los escritores que estaban
utilizando mis ideas, pero entonces me di cuenta de que me iba a separar de
mi madre por primera vez y me guardé el dinero de la paga del viernes para
comprar el billete. Apenas me hablaba desde lo de la señora Mander y sus
libros, y me miraba como si esperara que le pidiera perdón, y cuando le dije
adónde iba se entristeció el doble.
—Estás yendo demasiado lejos, Óscar —afirmó, pero no se refería a Londres,
se refería a que intentaba engañarla de nuevo, pese a que jamás lo había hecho.
Cuando el viernes por la tarde me disponía a marchar, me imploró:
—No vayas, Óscar, por favor. Te creo.
Pero yo sabía que sólo fingía para detenerme. Me sentí como si la fuera a
perder, y cuanto más avanzaba más doloroso era, pero tenía que hacerlo.
Tuve que ir de pie todo el rato en el tren por culpa del fútbol, y casi me
desmayé por los apretujones porque no podía respirar. Después tuve que ir
en metro hasta Hampstead. El sol ya se había puesto, pero hacía mucho calor,
y sentir calor significaba que podría esperar toda la noche frente a la casa del
escritor, si la encontraba y comprobaba que se había acostado.
Me dejé mecer por el calor y debí de dormirme, porque cuando desperté por
la mañana sentía una especie de dolor de muelas en todo el cuerpo, y había
otro coche delante de la gran casa blanca del escritor. Cuando desentumecí
mis músculos subí y toqué el timbre de la puerta, y como no lo oí golpeé la
puerta con mis puños para demostrar que no me impresionaba su altura.
Un hombre de aspecto furioso abrió la puerta, pero era demasiado joven para
ser el escritor, y de todos modos no me hubiera importado desde el momento
en que había inspirado la desconfianza en mi madre.
—¿Qué quiere? —preguntó.
127
—Soy escritor y quiero hablar con usted acerca de este libro —proclamé.
Se dispuso a cerrarme la puerta en las narices, pero en ese momento el escritor
gritó:
—¿Quién es?
—Dice que es escritor —aulló su hijo.
—Pues déjale entrar, por el amor de dios. Si te permito a ti la entrada, también
puedo permitírsela al resto del mundo. Tú y yo ya nos hemos dicho todo lo
que teníamos que decirnos.
Su hijo intentó cerrar la puerta, pero le burlé, atravesé el gran vestíbulo e
irrumpí en la habitación donde se hallaba el escritor. Advertí que se trataba
de un famoso escritor porque bebía whisky a la hora del desayuno y fumaba
una pipa antes, incluso, de vestirse. Me miró de soslayo y me convencí de que
había sido sincero al hablar a su hijo de aquella manera.
—No habrá venido también a darme un sablazo, ¿verdad? —preguntó.
—Si eso significa pedir dinero, está en lo cierto —asentí.
Se pasó la mano por la boca y meneó la cabeza con una sonrisa.
—Bien, al menos es honesto, no puedo negarlo. A ver si lo hace mejor que él.
Su hijo siguió tratando de interrumpirme y después empezó a golpearse los
muslos como si quisiera golpearme a mí, mientras yo le contaba al escritor
que tanto su idea como su relato se me habían ocurrido antes a mí. El escritor
permaneció un rato en silencio y después me felicitó.
—Me costó un cuarto de millón de palabras y usted la hizo en cinco minutos.
Su hijo se levantó de un salto y se interpuso entre nosotros.
—Lo único que sucede es que estás deprimido, papá. Ya sabes que te pasa a
menudo. Todo lo que ha hecho este tipo es contarte una anécdota construida
alrededor de tu libro. Es probable que ni siquiera se tomara el trabajo de
ponerla por escrito.
Capté la mirada del escritor y comprendí que pensaba que su hijo estaba
preocupado por el dinero que le había pedido, así que le guiñé el ojo.
128
—Apártate —ordenó, y empujó a su hijo con el pie—. ¿Quién demonios eres
tú para hablar de trabajo? Te escucharé cuando seas capaz de durar un año en
un empleo. Y todavía tienes el descaro de opinar sobre el acto de escribir —
luego me miró—. Usted y yo, sea cual fuese su nombre, sabemos de qué va el
asunto. Las ideas flotan en el aire, esperando al primero que se apodere de
ellas. Las ideas no pertenecen a nadie.
Se inclinó sobre el escritorio como si la casa fuera un barco.
—Estaba a punto de extender un cheque cuando usted apareció, y me alegro
de poder hacerlo con cierta justicia. ¿A qué nombre lo extiendo?
—Papá —baló su hijo—, papá, escúchame —pero ambos escritores le
ignoramos, y le dije a su padre que extendiera el cheque a nombre de mi
madre. El chico se puso a discutir con su padre mientras yo lo guardaba en el
bolsillo, y corrió detrás de mí para decirme que su padre sólo había querido
darle una lección al entregarme el cheque. Pero no llegó a tocarme, porque
comprendió que le arrancaría los ojos si intentaba robarme el cheque de mi
madre.
No quería que ella se disculpara por haber dudado de mí, sólo quería
complacerla, pero no fue así cuando le di el cheque. Primero pensó que lo
había comprado en una tienda de artículos de broma, y después pensó que la
broma me la habían gastado a mí, pues el escritor ordenaría anular el cheque.
Quiso hacerme creer que había resultado demasiado fácil, con la intención de
que volviera a pedirle que extendiera otro, pero cuando fui a ingresarlo en la
cuenta donde guardaba sus pequeños ahorros, el banco me confirmó que el
cheque estaba en regla. Ella se asustó porque nunca había visto quinientas
libras.
—Le habrás dado pena, pero no lo vuelvas a hacer, Óscar. Ahora te creo.
Yo sabía que mentía y que debería perseverar hasta convencerla, y ahora que
había dinero de por medio sabía a quién acudir, al abogado que le había
tramitado el divorcio. El hombre no me creyó hasta que le conté lo del cheque;
entonces se interesó. Me dijo que escribiera todas las ideas inéditas que se me
ocurrieran y que él las guardaría en el banco, aunque el señor Twist trató de
impedir que escribiera a la hora de comer, y luego dijo que tendríamos que
esperar a ver si esas ideas eran plasmadas por escrito después de que yo lo
129
hubiera hecho. Pero no tuve paciencia y me dediqué a viajar los fines de
semana.
Os habéis confabulado contra mí, ¿verdad? El escritor de la Isla de Man habló
conmigo sin abrir la puerta. No me dejó entrar. El de Norfolk vivía en una
barcaza en la que oí hombres sollozando. Ni siquiera me quiso hablar. Y la de
Escocia adujo que no tenía dinero y me aconsejó que fuera a Estados Unidos,
donde guardaba el dinero. No la creí del todo, pero no podía lastimar a una
mujer, no entonces. Quizá por ese motivo la elegisteis para que me engañara.
Lo lamentará mucho más que todos vosotros.
Así que me fui a Estados Unidos y no a la playa con mi madre. Le dije que iba
a vender mis relatos a los editores, pero intentó detenerme. Pensaba que jamás
me publicarían algo.
—Si te vas ahora es posible que no me vuelvas a ver —predijo, pero pensé que
era lo mismo de la otra vez, cuando dijo que me creía, e insistí hasta que me
dio el dinero. La señora Mander prometió cuidarla, al ver que no quería
marcharse sin mí. Yo quería el dinero sólo para ella y para conseguir que me
creyera.
Aterricé en Nueva York y me fui a Long Island. Allí vive el escritor millonario
en ventas que robó mi mejor idea. Tal vez ignorara que me la había robado,
pero si yo robara un millón de libras sin saberlo me enviarían a la cárcel, y él
me había robado una cantidad mucho mayor, como todos vosotros. Poseía
una enorme mansión y una playa privada rodeada de una valla electrificada,
y hacía tanto calor que cuando hablé por el teléfono de la puerta sólo acerté a
toser. La arena se introducía en mis ojos y empeoraba mi tos. Entonces
aparecieron dos hombres a mi espalda y me obligaron a traspasar la valla.
No se detuvieron hasta que entraron en la casa y me arrojaron en una silla.
Me froté los ojos para aclarar la vista, así que el escritor, cuando vino desnudo
de la playa, debió de pensar que había estado llorando.
—Tranquilo, quizá no será necesario hacerle daño —pronosticó, como si fuera
amigo mío—. Es otro periodista en busca de basura, ¿no? Le concedo un
minuto para reponerse y pronunciar su discurso.
Le conté lo de la idea mía que él había utilizado e intenté ignorar a los hombres
que aguardaban de pie a mi espalda hasta que les hizo una señal y cada uno
130
me agarró de una oreja sin mucha fuerza, como indicándome que podía
levantarme si así lo deseaba.
—Nada les gusta más a los amigos aquí presentes que una buena competición
—proclamó el escritor, y luego se inclinó hacia mí—, pero ¿sabe lo que no nos
gusta en absoluto? Los timadores que intentan ganar dinero con engaños
burdos.
Quise avanzar hacia él, pero no pude mover ni la cabeza. Tuve la impresión
de que le habían prendido fuego a mis orejas, pero de repente comprendí que
podía demostrarle que no se trataba de un engaño, al estilo de mi madre, sin
saber lo que el otro iba a decir pero sabiendo qué idea me iba a robar la
próxima vez, una que yo aún no había escrito.
—Puedo contarle el argumento de su próximo libro —anuncié, y lo hice.
Me miró fijamente y luego hizo un gesto con la cabeza, pero los hombres no
debieron entenderle bien, porque pensé que me iban a partir la cabeza en dos
antes de soltarme.
—No sé quién es usted o lo que pretende —dijo el escritor—, pero rece para
que no tenga más noticias de usted. Porque si se las arregla para publicar el
libro antes que yo, le demandaré ante los tribunales y perderá hasta la camisa,
y no dude de que puedo hacerlo. Y luego, estos amigos le harán una visita y
practicarán una breve operación quirúrgica en sus manos, completamente
gratis y con mis mejores deseos.
Me sacaron a rastras y me llevaron a un lugar solitario desde el que no se
podía ver ni la casa ni la parada del autobús. Me arrastraron un rato sobre la
grava, después me quitaron el polvo de la ropa y esperaron conmigo a que
llegara el autobús. Vi la casa desde una curva, y cuando saqué la cabeza por
la ventanilla los vi hablando con el escritor y subir en un coche. Me siguieron
todo el camino hasta Nueva York, ignoro si para averiguar cómo había
adivinado lo que pensaba o para desembrazarse de mí.
Pero el tráfico les impidió mantenerse pegados al autobús. Bajé, me mezclé en
la multitud y deseé con todas mis fuerzas volver a Inglaterra, pero ellos
sospecharían mis intenciones y vigilarían el aeropuerto, en el caso de que
hubieran leído algún libro. Así que me oculté en Nueva York hasta que
terminaron mis vacaciones. Me habrían descubierto si hubiera visitado a más
escritores. Sólo salía para enviar una carta a mi madre cada día.
131
Cuando llegué al aeropuerto me oculté en la librería y fingí que escogía libros
hasta que el avión estuvo preparado para el despegue. De esta forma averigüé
lo que me habéis hecho. Hojeé los libros más vendidos y comprobé que todas
mis ideas estaban a salvo en la caja fuerte. La fecha de todos los libros era la
del año anterior al de poner bajo llave mis ideas. Casi me engañasteis, como
engañasteis a todo el mundo, hasta que me di cuenta de os habíais
confabulado, escritores y editores, para cambiar las fechas de los libros.
Los compré todos y apenas pude esperar a enseñárselos al abogado. Estaba
convencido de que me ayudaría a probar que habían sido escritos después de
que yo los hubiera escrito previamente. Pensé en todas las cosas que le
compraría a mi madre durante el viaje de regreso a casa, en el avión y en el
tren y en el autobús. Pero cuando llegué a casa mi madre no estaba y había
polvo en los muebles y las cartas que le había escrito se amontonaban en la
alfombrilla de la puerta, y cuando fui a ver a la señora Mander me dijo que
mi madre había muerto.
Vosotros la matasteis. Me obligasteis a ir a Estados Unidos y a dejarla sola, y
se cayó por las escaleras y se rompió el cuello cuando la señora Mander fue al
mercado. Ni siquiera pudieron comunicarse conmigo por teléfono para
decirme que fuera al hospital, porque me habíais forzado a esconderme en
Nueva York. Os perdono que me hayáis robado mis millones, pero no que me
hayáis arrebatado a mi madre. Estaba tan trastornado que declaré todo esto al
periódico y lo publicaron antes de que me diera cuenta de que los hombres
de Long Island sabrían así quién era yo y dónde encontrarme.
Así que estoy escondido desde entonces y me alegro, porque he tenido tiempo
para saber a ciencia cierta lo que puedo hacer, con más precisión que mi
madre. Quizá su alma me esté ayudando, no puede haberse desvanecido así
como así. Ahora soy capaz de adivinar quién va a robar una de mis ideas, cuál
y cuándo. ¿Cómo pensáis, si no, que supe que este relato estaba siendo
escrito? He tenido tiempo para, reflexionar sobre todo esto y sé lo que debo
hacer para asegurarme de que me publiquen cuando considere que estoy a
salvo: matar a los ladrones antes de que me roben, ni más ni menos, y no creáis
que lo voy a pasar mal.
Ésta es mi advertencia, ladrones, para que os lo penséis dos veces antes de
robar. Pero no creo que sirva de nada. Pensáis que saldréis bien librados, pero
ya veréis, del mismo modo que la señora Mander no salió bien librada por
132
descuidar a mi madre. Porque la mañana del día en que me escondí aquí fui
a despedirme de la señora Mander. Le dije lo que pensaba de ella y cuando
intentó echarme de su casa le cerré la puerta en la boca y después en la cabeza
y después en el cuello, y con mucha fuerza. Adiós, señora Mander.
Y en cuanto a los que estáis leyendo esto, ni se os ocurra pensar que sois más
listos que yo. Quizá os imagináis que habéis adivinado dónde me oculto, pero
si es cierto yo me enteraré. Y os iré a ver antes de que se lo digáis a nadie. Lo
digo muy en serio. Si pensáis que lo sabéis, empezad a rezar. Rezad para
equivocaros.
Entonces un día…
Peter Straub
Entonces un día ella lo volvió a ver. Debía de haber transcurrido un año desde
la primera vez, porque había pasado otro verano y ahora el tiempo era gris
brumoso y el aire ligeramente fresco. Se acababa de dar cuenta de que ella era
la única de entre toda la gente que estaba contenta de que hubiera finalizado
el verano. Prefería los días otoñales porque el verano era como una máquina
de placer, como una bebida fuerte que te acariciaba y te volvía a acariciar pero
que nunca te llevaba más allá de un tenue calor gradual. Sin embargo, en los
días como aquel en que una sutil neblina flotaba en el aire, y la parte alta de
los edificios no se veía debido a la bruma, ella tenía una sensación íntima y
elevada de expectación, como si alguna transformación imprevista estuviera
oscilando literalmente en el aire, cerniéndose sobre ella. Entonces lo vio
caminando de nuevo en dirección hacia ella y lo recordó perfectamente
aunque no lo había visto ni había pensado en él en todo el año transcurrido.
Era probable que llevara la misma ropa: un suéter negro y unos vaqueros tan
descoloridos que casi eran blancos. No, los téjanos eran diferentes y la
bufanda larga y roja era nueva. Pero se trataba del mismo joven. Todavía
flotaba a su alrededor una especie de aura. Caminaba por la calle a paso
tranquilo, ni alegre ni triste. Su rostro no tenía nada de particular, ni tampoco
era tan joven como ella había creído al principio; sin embargo, una adolescente
se volvió a mirarlo con curiosidad y un hombre alto con gabardina oscura
volvió la cabeza para verlo pasar. Era como si una luz pálida brillara sobre él,
o dentro de él, una luz a la que él se hallaba completamente ajeno. Aquélla era
133
la nota de afabilidad que ella había percibido en él el año anterior. Él pasó por
su lado sin detenerse. Ella se volvió en redondo, vaciló unos instante y luego
empezó a seguirlo. Se sentía un poco tonta, un poco estúpida, incluso un poco
avergonzada, pero su curiosidad era demasiado fuerte para dejarlo escapar
otra vez. Comprendió que tenía una segunda oportunidad, y tan pronto como
empezó a seguirlo olvidó los planes que tenía para el resto de la tarde debido
a la peculiaridad e interés de su actual ocupación.
Descendió media manzana por la avenida detrás del hombre. Se dio cuenta
de que su vida había cambiado, de que nunca volvería a ser la de antes, y que
con cada paso que daba el cambio se hacía más radical. Se había liberado: eso
era lo que se le había prometido, eso era lo que ella había presentido. Había
desperdiciado un año entero en el reino de lo corriente, y ahora se estaba
alejando por completo de lo corriente. El aire se oscureció a su alrededor y ella
siguió al hombre, escapando de todas las cosas que había conocido en su vida.
El libro de sangre
Clive Barker
Los muertos tienen autopistas.
A través de la tierra baldía que queda tras nuestras vidas discurren líneas
inequívocas de trenes fantasmales, de vagones de sueño, que transportan un
tráfico interminable de almas difuntas. Se puede escuchar su zumbido y
tamborileo en los lugares devastados del mundo, a través de grietas abiertas
por actos de crueldad, violencia y depravación. Su cargamento, los muertos
errantes, puede vislumbrarse cuando el corazón está a punto de estallar, y
visiones que debieran estar ocultas aparecen claramente a la vista.
Estas autopistas tienen señalizaciones y puentes y áreas de descanso. Tienen
cabinas de peaje e intersecciones.
Y es en estas intersecciones en las que las masas de muertos se mezclan y
cruzan, donde existen más posibilidades de que esta autopista prohibida
irrumpa en nuestro mundo. El tráfico es denso en los cruces de caminos y las
voces de los muertos se hacen entonces más estridentes. Aquí las barreras que
separan una realidad de la siguiente se desgastan con el paso de innumerables
pies.
134
Una de estas intersecciones en la autopista de los muertos estaba situada en
el número 65 de Tollington Place. Una casa con fachada de ladrillo y falso
estilo georgiano, el número 65 era en todos los demás aspectos un edificio de
lo más anodino. Una vieja casa fácil de olvidar, despojada de la grandeza
barata de la que en otro tiempo hizo gala y que había permanecido vacía
durante una década o más.
No era la creciente humedad lo que hacía que los inquilinos se marcharan del
número 65. No era la podredumbre en los sótanos, o el hundimiento que había
provocado una grieta en la fachada de la casa que la recorría desde la entrada
hasta el alero; era el ruido del tránsito. En el piso superior, el estruendo de ese
tráfico nunca cesaba. Agrietaba la cal de las paredes y combaba las vigas.
Hacía repiquetear las ventanas. Y también la mente. El número 65 de
Tollington Place era una casa encantada y nadie podía poseerla durante
mucho tiempo sin que la locura se desatara.
En algún momento de su historia se cometió una atrocidad en aquel lugar.
Nadie sabía cuándo, o qué había sucedido. Pero incluso para el observador
poco experimentado, la atmósfera opresiva de la casa, particularmente en el
piso superior, era inconfundible. Había un recuerdo y una promesa de sangre
en el aire del número 65, un aroma que permanecía en la nariz y revolvía hasta
al estómago más resistente. Las alimañas, los pájaros, e incluso las moscas
evitaban el edificio y los alrededores. Ninguna cochinilla se arrastraba por la
cocina, ni ningún estornino había anidado en el ático. Fuera cual fuese el tipo
de violencia que hubiera tenido lugar allí, había hendido la casa con tanta
precisión como el filo de un cuchillo rasgando la tripa de un pescado y, a
través de esa grieta, esa herida en el mundo, los muertos se asomaban al
exterior y tomaban la palabra.
O esos, en todo caso, eran los rumores que corrían…
Era la tercera semana de la investigación en el número 65 de Tollington Place.
Tres semanas de éxito sin precedentes en la esfera de lo paranormal.
Utilizando a un recién llegado al negocio, un veinteañero llamado Simon
McNeal, como médium, la Unidad de Parapsicología de la Universidad de
Essex había registrado pruebas prácticamente incontrovertibles de vida tras
la muerte.
En la estancia del piso superior de la casa, una habitación alargada y
claustrofóbica, el joven McNeal había invocado supuestamente a los muertos,
135
y a petición suya dejaron copiosa evidencia de sus visitas, escribiendo con cien
tipos de letras diferentes sobre las paredes de color ocre pálido. Parecía que
escribían cualquier cosa que se les ocurriera. Sus nombres, por supuesto, y sus
fechas de nacimiento y muerte. Fragmentos de recuerdos, y felices deseos a
sus descendientes vivos, extrañas frases elípticas que proporcionaban una
vaga idea de sus tormentos presentes y las alegrías perdidas. Algunas de las
escrituras eran romas y feas, otras eran delicadas y femeninas. Había dibujos
obscenos y chistes sin acabar junto a versos de poesía romántica. Una rosa mal
dibujada. Un juego de tres en raya. Una lista de la compra.
Los famosos habían acudido a este muro de las lamentaciones —Mussolini
estuvo allí, Lennon y Janis Joplin—, y también gente anónima, gente olvidada,
había firmado junto a los grandes. Era una lista de los muertos, y crecía día a
día, como si se extendiera verbalmente por las tribus perdidas y las sedujera
sacándolas de su mutismo para marcar esta habitación árida con su presencia
sagrada.
Después de trabajar toda una vida en el campo de la investigación psíquica,
la doctora Florescu estaba bastante acostumbrada a la dura realidad del
fracaso. Había resultado casi reconfortante acomodarse en la certeza de que
las evidencias nunca se manifestarían. Ahora, enfrentada a un éxito repentino
y espectacular, se sentía eufórica y confundida a un mismo tiempo.
Estaba sentada, tal como había hecho durante tres semanas increíbles, en la
habitación principal del piso intermedio, un tramo de escaleras por debajo de
la habitación de las escrituras, y allí escuchó el clamor de los ruidos
procedentes de arriba con una especie de temor reverencial, casi sin atreverse
a creer que se le hubiera permitido presenciar aquel milagro. Había escuchado
mordisqueos antes, seductores atisbos de voces de otro mundo, pero esta era
la primera vez que esa región había insistido en ser oída.
En el piso de arriba, los ruidos cesaron.
Mary miró su reloj: eran las seis y diecisiete minutos de la tarde.
Por alguna razón solo conocida por los visitantes, el contacto no se prolongaba
demasiado después de las seis. Esperaría hasta y media y mego se levantaría.
¿Qué habría tocado hoy? ¿Quién habría aparecido en esa pequeña y sórdida
habitación y dejado su marca?
—¿Instalo las cámaras? —preguntó Reg Fuller, su ayudante.
136
—Por favor —murmuró ella, distraída por la expectación.
—Me pregunto qué encontraremos hoy.
—Le daremos diez minutos.
—De acuerdo.
En el piso de arriba, McNeal estaba tirado en un rincón de la habitación y
observaba el sol de octubre a través de la pequeña ventana. Se sentía un poco
enclaustrado, a solas en aquel maldito lugar, pero seguía sonriéndose para
sus adentros, esa sonrisa desvaída y beatífica que derretía hasta el corazón
más académico. Especialmente el de la doctora Florescu: oh, sí, la mujer estaba
embelesada con su sonrisa, con sus ojos, la mirada perdida que ponía para
ella…
Era un buen juego.
En efecto, al principio eso es todo lo que era… un juego. Ahora Simon sabía
que jugaban apostando más fuerte; lo que había comenzado como una especie
de prueba de detección de mentiras se transformó en una competición muy
seria: McNeal contra la Verdad. La verdad era simple: él era un fraude.
Dibujaba todos sus «mensajes de fantasmas» en la pared con pequeños trozos
de mina que escondía bajo la lengua: daba golpes, se revolvía y gritaba sin ser
provocado, solo por pura travesura: y los nombres desconocidos que escribía,
ja, se reía pensando en ello, eran nombres que encontraba en guías telefónicas.
Sí, sin duda era un juego divertido.
Ella le había prometido tantas cosas… Lo tentó con la fama, alentando cada
una de las mentiras que él inventaba. Promesas de riquezas, de apariciones
aplaudidas en televisión, de una adulación que nunca antes había conocido.
Siempre que él produjera los fantasmas.
Sonrió de nuevo con esa sonrisa. Ella lo llamaba su Intermediario: un inocente
portador de mensajes. Ella subiría pronto las escaleras… con los ojos clavados
en el cuerpo de él, cuya voz estaría a punto de romperse en un llanto ante la
patética excitación de ella al encontrar otra serie de nombres y sinsentidos
garabateados.
A él le gustaba que ella observara su desnudez, o su casi desnudez. Realizaba
todas las sesiones vestido tan solo con unos calzoncillos, para descartar
137
cualquier ayuda oculta. Una precaución ridícula. Lo único que necesitaba eran
las minas bajo la lengua y la suficiente energía para dar botes durante una
media ahora, bramando como un poseso.
Estaba sudando. El surco del esternón brillaba con el sudor y el cabello se le
aplastaba sobre la pálida frente. Hoy había sido un trabajo duro: no veía el
momento de salir de la habitación, lavarse con abundante agua y regodearse
admirado durante un rato. El Intermediario bajó la mano hasta los calzoncillos
y jugó con su miembro, distraídamente. En algún lugar de la habitación una
mosca, o tal vez varias moscas, se habían quedado atrapadas. Ya no era época
de moscas, pero podía oírlas por ahí cerca. Zumbaban y se agitaban contra la
ventana, o alrededor de la bombilla. Escuchó sus diminutas voces de mosca,
pero no le extrañó, estando como estaba tan absorto en sus pensamientos
sobre el juego, y en el simple deleite de acariciarse.
Qué manera de zumbar, estas inofensivas voces de insecto, zumbaban y
cantaban y se quejaban. Qué manera de quejarse.
Mary Florescu tamborileaba con los dedos sobre la mesa. Su anillo nupcial
hoy le quedaba un poco holgado y sintió cómo se movía al ritmo del
tamborileo. En ocasiones le quedaba apretado y en ocasiones holgado: era uno
de esos pequeños misterios que nunca había analizado detenidamente y que
aceptaba sin más. De hecho, hoy le quedaba muy holgado: casi a punto de
salirse. Pensó en la cara de Alan. La adorable cara de Alan. Se la imaginó a
través del agujero de su anillo nupcial, como si fuera un túnel. ¿Fue así como
murió: fue arrastrado cada vez más profundamente por un túnel hacia la
oscuridad? Hundió un poco más el anillo en el dedo. A través de las yemas
del índice y el pulgar casi parecía saborear el agrio metal mientras lo tocaba.
Era una sensación curiosa, algún tipo de espejismo.
Para borrar la amargura pensó en el chico. Su rostro se le hizo presente con
facilidad, con mucha facilidad, chapoteando en su consciencia con aquella
sonrisa y aquel físico anodino, aunque poco viril. Era como una chica
realmente… la redondez de su cuerpo, la dulce palidez de su piel… la
inocencia.
Sus dedos estaban todavía alrededor del anillo, y el sabor agrio que había
notado antes aumentó. Alzó la mirada. Fuller estaba organizando el equipo.
Alrededor de su calvicie un nimbo de luz verde clara brillaba y ondeaba…
138
De repente se sintió mareada.
Fuller no vio ni oyó nada. Tenía la cabeza inclinada hacia abajo, atento a sus
asuntos, absorto. Mary le observó, todavía veía el halo sobre él, y sintió que
se despertaban en ella nuevas sensaciones que fluían en su interior.
El aire repentinamente pareció adquirir vida propia: las moléculas de
oxígeno, hidrógeno y nitrógeno se apretaron a su alrededor en un abrazo
íntimo. El nimbo que sobrevolaba de la cabeza de Fuller se estaba
extendiendo, fundiéndose con un resplandor semejante en todos los objetos
de la habitación. La sensación antinatural en las yemas de los dedos también
se extendía. Podía ver el color de su propio aliento al exhalarlo: un vaho rosa
anaranjado en el aire burbujeante. Podía oír con bastante claridad la voz del
escritorio al que estaba sentada: el grave lamento de su sólida presencia.
El mundo se abría, provocando un éxtasis en sus sentidos y forzándolos a una
salvaje confusión de funciones. De repente, era capaz de comprender el
mundo como un sistema, no de políticas o religiones, sino como un sistema
de sentidos, un sistema que brota de la carne viva y se extiende hacia la
madera inerte de su escritorio, hacia el añejo oro de su anillo de boda.
Y más allá. Más allá de la madera, más allá del oro. La grieta abierta que
conducía a la autopista. En su cabeza escuchó voces que no procedían de
ninguna boca viva.
Miró hacia arriba, o más bien una fuerza lanzó violentamente su cabeza hacia
atrás y se encontró mirando al techo. Estaba cubierto de gusanos. No. ¡Eso era
absurdo! Aunque parecía tener vida propia, una vida vermiforme… latiendo,
bailando.
Pudo ver al chico a través del techo. Estaba sentado en el suelo, con su
miembro prominente en la mano. Tenía la cabeza echada hacia atrás, como
ella. Estaba tan perdido en su éxtasis como lo estaba ella. Con su nueva visión
contempló la luz palpitante dentro y alrededor del cuerpo del muchacho…
rastreó la pasión asentada en sus entrañas, y su cabeza derretida por el placer.
También vio algo más, la mentira oculta en su interior, la ausencia de poder
donde ella creía que había algo maravilloso. No tenía ningún talento para
comunicarse con los fantasmas, ni nunca lo había tenido, eso lo pudo ver
claramente. Era un pequeño embaucador, un chico mentiroso, un dulce y
139
mentiroso chico blanco sin la compasión ni la inteligencia para entender lo
que había osado hacer.
Ahora ya estaba hecho. Las mentiras habían sido contadas, los trucos urdidos,
y la gente de la autopista, hartos más allá de la muerte de ser tergiversados y
vilipendiados, rumoreaban en la grieta de la pared y exigían una reparación.
La grieta que ella había abierto: ella había estado toqueteando y buscando a
tientas sin darse cuenta, abriéndola poco a poco. Su deseo por el chico lo había
hecho: sus interminables pensamientos sobre él, su frustración, su fogosidad
y el disgusto por su fogosidad habían ensanchado la grieta. De todas las
fuerzas que hacían que el sistema se manifestara, el amor y su compañera, la
pasión, y su compañera, la pérdida, eran las más potentes. Y allí estaba ella,
una encarnación de las tres. Amando y deseando y lamentando
profundamente la imposibilidad de las dos primeras. Envuelta en una agonía
de sentimientos que se había negado a sí misma, creyendo que amaba al joven
simplemente como su Intermediario.
¡No era cierto! ¡No era cierto! Ella le quería, le quería ahora, bien dentro de
ella. Pero ahora era demasiado tarde. El tráfico ya no podía ser negado por
más tiempo: demandaba, sí, demandaba acceso al pequeño embaucador.
No podía evitarlo. Lo único que pudo hacer fue emitir un sofocado gemido
de horror cuando vio la autopista abierta ante ella, y comprendió que no era
una intersección corriente.
Fuller escuchó el sonido.
—¿Doctora? —alzó la mirada y su rostro (bañado con una luz azul que podía
ver por el rabillo del ojo) mostró una expresión interrogante—. ¿Has dicho
algo?
Mary pensó, al tiempo que se le revolvía el estómago, en cómo iba a acabar
todo aquello.
Los rostros etéreos de los muertos se veían con suficiente detalle frente a ella.
Podía ver la profundidad de su sufrimiento y empatizar con el dolor que
deseaban expresar.
Vio claramente que las autopistas que se cruzaban en Tollington Place no eran
vías comunes. No estaba contemplando el tráfico feliz y ocioso de los muertos
ordinarios. No, aquella casa se abría a una ruta solo transitada por las víctimas
140
y los perpetradores de violencia. Los hombres, las mujeres, los niños que
habían muerto sufriendo todo el dolor que sus nervios eran capaces de
soportar, con las mentes marcadas por las circunstancias de su muerte. Más
elocuentes que las palabras, sus ojos hablaban de su agonía, y sus cuerpos
fantasmales todavía mostraban las heridas que les habían arrebatado la vida.
Entremezclados libremente con los inocentes, también pudo ver a sus
destripadores y torturadores. Esos monstruos, desenfrenados, carniceros de
cerebro derretido, miraban a hurtadillas el mundo: criaturas incomparables,
milagros ignorados y prohibidos de nuestra especie, parloteando y aullando
en su jerga ininteligible.
Ahora el joven en el piso de arriba los sentía. La mujer lo vio girándose
ligeramente en la silenciosa habitación, sabiendo que las voces que escuchaba
no eran voces de mosca, que las quejas no eran quejas de insecto. De repente,
el joven fue consciente de que había vivido en un diminuto rincón del mundo
y que el resto, el Tercer, Cuarto y Quinto Mundo, ahora le apremiaban por
sus mentiras, hambrientos e implacables. La visión de su pánico también era
un olor y un sabor para ella. Sí, lo saboreó como siempre había deseado hacer,
pero no era un beso lo que unía sus sentidos, sino un pánico creciente. La
llenaba totalmente: su empatia era absoluta. La mirada temerosa de ella era
semejante a la de él… sus gargantas secas carraspearon las mismas breves
palabras:
—Por favor…
Que el niño aprenda.
—Por favor…
Que le colmen de cuidados y regalos.
—Por favor…
Que incluso los muertos, sin duda, incluso los muertos deben saber y
obedecer.
—Por favor…
Hoy no se dispensaría tal clemencia, eso ella lo sabía con total certeza. Estos
fantasmas habían desesperado en la autopista durante una eternidad de
sufrimientos, soportando las heridas por las que habían muerto y la demencia
de sus masacres. Habían soportado la frivolidad e insolencia del chico, sus
141
estupideces, las mentiras que habían convertido sus sufrimientos en un juego.
Querían expresar la verdad.
Fuller la miraba ahora con más atención, mientras su propio rostro nadaba en
un mar de vibrante luz naranja. Mary sintió las manos de él sobre su piel.
Sabían a vinagre.
—¿Estás bien? —preguntó él, con su aliento duro como el hierro.
Ella negó con la cabeza.
No, no estaba bien, nada estaba bien.
La grieta se ensanchaba a cada segundo que pasaba: a través de ella podía ver
otro cielo, el cielo color pizarra que se derramaba sobre la autopista. Ese cielo
anegaba la simple realidad de la casa.
—Por favor —dijo ella, al tiempo que levantaba la mirada hacia la sustancia
del techo que se desvanecía.
Más ancha. Más ancha…
El frágil mundo que habitaba se había tensado hasta el punto de romperse.
De repente se rompió, como una presa, y las negras aguas se derramaron e
inundaron la habitación.
Fuller sabía que había algo que no cuadraba (se veía en el color de su aura, el
miedo repentino), pero no entendía lo que estaba sucediendo. Ella sintió que
la columna vertebral de Fuller se erizaba: podía ver cómo su cerebro daba
vueltas.
—¿Qué está ocurriendo? —preguntó él.
El patetismo de la pregunta hizo que a ella le entraran ganas de reír.
En el piso de arriba, en la habitación de la escritura la jarra de agua estalló en
pedazos.
Fuller la dejó y corrió hacia la puerta. Esta comenzó a traquetear y sacudirse
según se aproximaba a ella, como si todos los habitantes del infierno
estuvieran golpeándola por el otro lado. El pomo se giraba una y otra vez. La
pintura saltaba. La llave brillaba al rojo vivo.
142
Fuller miró de nuevo a la doctora, que seguía inmóvil en esa posición grotesca,
con la cabeza echada hacia atrás y los ojos desorbitados.
Alargó la mano hacia el pomo, pero la puerta se abrió antes de que pudiera
tocarlo. El pasillo al otro lado del umbral había desaparecido. Donde antes
había estado el familiar interior, ahora la vista se abría a la autopista hasta el
horizonte. La visión mató a Fuller en un segundo. Su mente no era lo
suficientemente fuerte para absorber el panorama… no pudo controlar la
sobrecarga que atravesó todos sus nervios. Su corazón se paró; una revolución
derrocó el orden de su organismo; su vejiga dejó de funcionar, sus intestinos
fallaron, sus miembros se sacudieron y quedaron inertes. Al caer al suelo su
rostro se cubrió de bultos como la puerta, y el cuerpo comenzó a traquetear
como el pomo. Fuller ya era materia inerte: tan apropiada para aquel ultraje
como la madera o el acero.
En algún lugar al este, su alma se unió a la sufriente autopista, rumbo a la
intersección donde un segundo antes había muerto.
Mary Florescu sabía que estaba sola. Por encima de ella, el maravilloso joven,
su bello y tramposo niño, se retorcía y profería alaridos mientras los muertos
posaban sus manos vengativas sobre su carne fresca. Ella conocía la intención
de los muertos: podía verlo en sus ojos… no había nada nuevo en ello. Todas
las historias contenían este particular tormento en su tradición. Iba a ser
utilizado para redactar sus testamentos. Iba a ser su página, su libro, el
receptáculo para sus autobiografías. Un libro de sangre. Un libro hecho de
sangre. Un libro escrito con sangre. Mary pensó en los grimorios hechos con
piel humana: los había visto, los había tocado. Pensó en los tatuajes que había
contemplado: algunos de ellos meros fenómenos de feria, otros tan solo
trabajadores sin camisa en la calle con un mensaje para sus madres inyectado
en sus espaldas. No era algo desconocido, lo de escribir un libro de sangre.
Pero sobre esa piel, sobre esa piel tan resplandeciente… oh, Dios mío, ese era
el verdadero crimen. El chico gritó mientras las agujas torturadoras de la jarra
de agua rota se hacían añicos contra su piel, trazando surcos. Mary sentía
aquella agonía como si fuera propia, y no era tan terrible…
Sin embargo, el chico gritaba. Y luchaba, y vomitaba obscenidades a sus
atacantes. Ellos hicieron caso omiso. Se apiñaron a su alrededor, sordos a
cualquier súplica o ruego, y trabajaron en él con el entusiasmo de unas
criaturas forzadas a guardar silencio durante demasiado tiempo. Mary
143
escuchó mientras la voz del joven se desgastaba con sus quejidos, y luchó
contra el peso del miedo que le paralizaba los miembros. De alguna manera,
sentía que debía subir a la habitación. Daba igual lo que hubiera detrás de la
puerta o en las escaleras… él la necesitaba, y eso bastaba.
Se levantó y sintió que los pelos se le erizaban en la cabeza, agitándose como
la cabellera de serpientes de la Gorgona Medusa. La realidad flotaba… apenas
veía suelo bajo sus pies. Los tablones eran de madera fantasmal, y más allá de
ellos una oscuridad ardiente bramaba y rugía ante ella. Miró hacia la puerta,
sintiendo en todo momento un aletargamiento muy difícil de vencer.
Estaba claro que no la querían allí arriba. Quizás, pensó, incluso me temen un
poco. Esa idea le infundió determinación. ¿Por qué iban a molestarse en
intimidarla si no fuera porque su sola presencia, tras haber abierto ese agujero
en el mundo, ahora constituía una amenaza para ellos?
La puerta cubierta de ampollas estaba abierta. Al otro lado del umbral la
realidad de la casa había sucumbido bajo el caos aullante de la autopista.
Atravesó el umbral al tiempo que se concentraba en la manera en la que los
pies todavía tocaban suelo sólido, aunque sus ojos ya no pudieran verlo. Por
encima de ella el cielo era de un color azul Prusia, la autopista era ancha y
serpenteante y los muertos avanzaban por todos los carriles. Se abrió paso
entre ellos como si se tratara de una multitud de gente viva, mientras los
rostros boquiabiertos y con expresión estúpida la miraban y maldecían por su
invasión.
El «por favor» había desaparecido. Ahora no dijo nada; se limitó a apretar con
fuerza los dientes y entrecerrar los ojos ante la autopista, sacudiendo los pies
hacia delante para encontrar la realidad de los escalones que sabía que estaban
allí. Se tropezó al tocarlos y un aullido brotó de la multitud. No sabía si se
reían de su torpeza o si le advertían de lo mucho que se había alejado.
Primer escalón. Segundo escalón. Tercer escalón.
Aunque tiraban de ella por todas partes, logró abrirse paso entre la multitud.
Frente a ella, pudo ver a través de la puerta de la habitación el lugar donde el
pequeño mentiroso estaba echado, rodeado por sus agresores. Tenía los
calzoncillos enrollados en los tobillos: la escena tenía todo el aspecto de una
violación. Ya no gritaba, pero sus ojos miraban desorbitados llenos de terror
144
y dolor. Al menos seguía vivo. La resistencia natural de su joven mente había
comenzado a aceptar el espectáculo que se había desencadenado ante él.
De repente, su cabeza giró y la miró directamente a través de la puerta. En esa
situación extrema el joven había logrado desenterrar un verdadero talento,
una habilidad que era tan solo una fracción de la de Mary, pero suficiente para
conectar con ella. Sus ojos se encontraron. En un mar de azul oscuridad,
rodeados por todas partes de una civilización que ni conocían ni
comprendían, sus corazones vivos se encontraron y se unieron.
—Lo siento —dijo él en silencio. Sonó infinitamente lastimero—. Lo siento. Lo
siento.
Simon apartó la mirada después de arrancarla de la de Mary.
Estaba segura de que debía estar casi en el escalón más alto de la escalera y
que sus pies aparentemente seguían pisando sobre aire, mientras los rostros
de los viajeros permanecían arriba, abajo y a su alrededor. No obstante, podía
ver débilmente el contorno de la puerta y las tablas y vigas de la habitación
en la que yacía Simon. Ahora era un amasijo de sangre, de la cabeza a los pies.
Distinguió las marcas, los jeroglíficos de agonía en cada centímetro de su
torso, su cara y sus extremidades. En ciertos momentos recuperaba algo de
concentración y podía verle en la habitación vacía, con el sol atravesando la
ventana y la jarra rota a su lado. Luego perdía concentración y entonces veía
el mundo invisible hecho visible, y Simon pendía en el aire mientras ellos
escribían por todas las partes de su piel, le arrancaban el pelo de la cabeza y
del cuerpo para dejar la página limpia, escribían en sus axilas, escribían en sus
párpados, escribían en sus genitales, en la raja del culo, en las plantas de los
pies.
Solo las heridas se repetían en ambas visiones. Ya lo viera acosado por
autores, o solo en la habitación, sangraba sin parar.
Ya había llegado a la puerta. Su mano temblorosa se alargó para tocar la sólida
realidad del pomo, pero incluso con la ayuda de toda la concentración que
pudo reunir, no lo veía nítido. Apenas una imagen fantasmal en la que
pudiera enfocar la mirada, pero fue suficiente. Logró agarrar el pomo, lo giró
y abrió la puerta de la habitación de las escrituras.
Él estaba allí, delante de ella. No más de dos o tres metros de aire poseído los
separaban. Sus ojos volvieron a encontrarse e intercambiaron una mirada
145
elocuente, común tanto en el mundo de los vivos como en el de los muertos.
Había compasión en esa mirada, y amor. Las ficciones se derrumbaron, las
mentiras se convirtieron en polvo. En lugar de las sonrisas manipuladoras del
joven, había una dulzura verdadera… a la que el rostro de ella también
respondió.
Y los muertos, temerosos de esa mirada, apartaron la cabeza. Sus rostros se
tensaron, como si les hubieran estirado la piel sobre los huesos, la carne se
oscureció hasta amoratarse y sus voces sonaron nostálgicas al anticipar la
derrota. Mary alargó la mano para tocarle, ya sin tener que debatirse contra
las hordas de muertos; estos se desprendieron de su presa por todos lados y
cayeron como moscas moribundas de una ventana.
Ella le tocó la cara con suavidad. El toque fue una bendición. Las lágrimas
llenaron los ojos de Simon y cayeron por sus mejillas escarificadas
mezclándose con la sangre.
Los muertos ahora no tenían voz, ni siquiera bocas. Avanzaban perdidos por
la autopista y su maldad estaba condenada.
Plano a plano, la habitación comenzó a restablecerse por sí sola. Las tablas del
suelo se hicieron visibles bajo el lloroso cuerpo de Simón, cada clavo y cada
tablón manchado de sangre. Las ventanas aparecieron claramente a la vista…
y fuera, la calle crepuscular resonaba con el alboroto de los niños. La autopista
había desaparecido por completo de la vista de cualquier humano viviente.
Los viajeros habían vuelto los rostros hacia la oscuridad y desaparecieron en
el olvido, dejando solo sus signos y talismanes en el mundo tangible.
En el piso intermedio del número 65 el cuerpo humeante y cubierto de
ampollas de Reg Fuller fue pisoteado descuidadamente por los viajeros
cuando pasaron por encima de la intersección. Por fin, el alma de Fuller se
unió a la multitud y bajó la mirada hacia la carne que en otro tiempo había
ocupado, antes de que la muchedumbre lo empujara hacia su juicio final.
En el piso de arriba, en la habitación cada vez más oscura, Mary Florescu
estaba arrodillada junto al joven McNeal y acariciaba su cabeza empapada de
sangre. No quería abandonar la casa para buscar ayuda hasta asegurarse de
que sus torturadores no volverían. No se escuchaba ningún sonido ahora, solo
el lamento de un jet que se abría camino por la estratosfera hacia el amanecer.
Incluso la respiración del joven sonaba sosegada y regular. Ningún nimbo de
146
luz lo rodeaba. Todos los sentidos estaban en su lugar. La vista. El oído. El
tacto.
Tacto.
Ahora le tocaba como nunca antes se había atrevido a tocarle, rozando con la
yema de los dedos muy levemente su cuerpo, recorriendo con los dedos la
piel encrespada como una ciega leyendo braille. Había palabras diminutas en
cada milímetro de su cuerpo, escritas por una multitud de manos. Incluso bajo
la sangre pudo distinguir la manera meticulosa en la que se habían
escarificado las palabras en su piel. Incluso pudo leer alguna que otra frase
bajo la luz menguante. Era una prueba que no dejaba lugar a dudas, y ella
ahora deseaba, cuánto lo deseaba, no haberla conseguido. Y sin embargo,
después de una vida de espera, allí estaba: la revelación de la vida más allá de
la carne, escrita en la propia carne.
El joven sobreviviría, eso estaba claro. La sangre ya estaba secándose y la
miríada de heridas empezaba a mejorar. Después de todo, estaba sano y
fuerte: no quedaría ninguna secuela física de importancia. Su belleza había
desaparecido para siempre, por supuesto. A partir de ahora podría aspirar en
el mejor de los casos a ser un objeto de curiosidad, y en el peor de repugnancia
y horror. Pero ella le protegería y él aprendería con el tiempo a conocerla y
confiar en ella. Sus corazones estaban inextricablemente unidos.
Y pasado un tiempo, cuando las palabras sobre su cuerpo fueran tan solo
rasguños y cicatrices, ella lo leería. Rastrearía con un amor y paciencia
infinitos las historias que los muertos habían relatado en su cuerpo.
La historia del abdomen, escrita en cursiva fina. El testimonio en letra
exquisita y elegante que cubría su rostro y cuero cabelludo. La historia de la
espalda y la de las espinillas, y la de las manos.
Ella las leería todas, las redactaría, hasta la última sílaba que reluciera y se
filtrara por sus fervorosos dedos, y así el mundo conocería las historias que
cuentan los muertos.
Él era un Libro de Sangre, y ella era su única traductora.
Al caer la oscuridad, abandonó su vigilia y condujo al joven, desnudo, a la
templada noche.
147
XI
148
miraba por el escaparate de delante. Cuando se ponía el sol siempre quedaba
medio oculto por la gran silueta, aquella enorme lápida rota de una tumba
incalificable. Sin embargo, más perturbadora que la vista del manicomio era
la mirada fija e idiota que parecía lanzarnos, y con el paso de los años la
verdad es que determinadas personas supersticiosas aseguraban de forma
vergonzosa haber visto figuras inmóviles con ojos de loco, que miraban
fijamente desde las ventanas del manicomio en las noches en que la luna
resplandecía con un brillo inusual y el cielo oscuro sobre el pueblo parecía
contener más estrellas de las que le correspondían. Aunque pocas personas
hablaban de dichas experiencias, casi todo el mundo había visto otras cosas
en el manicomio que no podían negar, como tampoco podían negar las
extrañas imágenes que les venían a la mente después de aquello; por toda la
ciudad se tuvieron visiones de escenas confusas.
Cuando éramos niños, la mayoría visitamos en algún momento aquel lugar
prohibido, y más tarde nos llevamos con nosotros recuerdos de aquellas
aventuras lúgubres. Con el paso de los años llegamos a comparar lo que
habíamos vivido y recopilamos estos conocimientos de la institución mental
hasta que llegó a ser indecoroso ir más allá.
Según se cuenta, la antigua institución era una cámara de los horrores, si no
en su totalidad al menos sí en ciertos rincones aislados. No se trataba
simplemente de que una habitación en particular atrajera la atención por su
atmósfera de desolación: las paredes grises agujereadas como esponjas, el
suelo lleno de restos de todos los años en que se pudo entrar con libertad por
las ventanas rotas, y la cama vacía y marchita después de soportar tantas
noches de gritos y lágrimas inútiles. Había algo más.
Quizá una de las paredes que daba a dicha habitación tenía incorporado un
panel corredizo, una larga ranura rectangular cerca del techo, y al otro lado
habría otro cuarto, uno sin muebles y que pareciera no haber estado nunca
ocupado; pero apoyados contra una pared de esta otra habitación, justo
debajo del panel corredizo, habría unos palos largos de madera, y colocados
sobre la punta de esos palos, unos horribles muñequitos.
Puede que hubiera otra habitación completamente desnuda y cuyas paredes
todavía estarían cubiertas de claros fragmentos de extrañas escenas
itinerarias. Al quitar algunas tablas del suelo sueltas en el centro de la
habitación se descubrían unos cuantos centímetros de tierra amontonada
149
sobre un viejo ataúd vacío. Y después habría una habitación muy especial,
una habitación que había visitado yo mismo, que estaba situada en el piso
más alto del manicomio y en la que había un gran tragaluz sin ventana.
Colocada bajo aquella abertura sobre los cielos, y bien sujeta, había una mesa
larga con unas correas enormes que colgaban de ambos lados.
Podrían haber existido otras habitaciones raras que la memoria me impide
recordar, pero de alguna manera ninguna de ellas fue mencionada en los
comentarios durante el mismo desmantelamiento del manicomio, cuando la
mayoría de nosotros estaba ocupada tirando los escombros de años por las
grandes brechas que habíamos hecho en las paredes externas del edificio,
mientras, a poca distancia, el resto del pueblo era testigo de la demolición en
un prudente estado de silencio. Entre este grupo estaba el señor Harkness
Locrian, un hombre mayor, delgado y de ojos grandes, y cuyo silencio no era
igual que el de los otros.
Tal vez esperábamos que el señor Locrian se opusiera a nuestro proyecto, pero
no lo hizo durante ninguna fase de la demolición. Aunque nadie, por lo que
yo sé, sospechaba que conservara ningún sentimiento morboso por el
manicomio, era difícil olvidar que su abuelo había sido el director del
sanatorio del condado de Shire durante los años de decadencia y que su padre
había cerrado la clínica en circunstancias que quedaron como un episodio
oscuro en la historia de nuestra localidad. Si nosotros hablamos muy poco
sobre el manicomio y su cementerio, el señor Locrian no los menciona en
absoluto. Sin duda, esta reticencia solo servía para consolidar en nuestras
mentes el vínculo intangible que parecía existir entre él y las espantosas ruinas
que tapaban el horizonte. Incluso yo, que conocía al viejo mejor que nadie en
la ciudad, lo contemplaba con un grado de circunspección. En apariencia, por
supuesto, era educado con él, hasta simpático; era, después de todo, el cliente
más antiguo y de confianza de mi tienda. Y no mucho después de que la
demolición del manicomio hubiera acabado, y el último de los restos de sus
antiguos internos fuera exhumado e incinerado a toda prisa, el señor Locrian
me hizo una visita.
En el preciso instante en que entró en la tienda, yo estaba examinando unos
libros que acababan de llegar para él por un pedido especial. Pero a pesar de
que me había hartado de tales coincidencias durante todos los años que había
dedicado a la compraventa de libros, que se caracteriza por la generación de
150
acontecimientos de esta naturaleza, había algo desagradable en este fenómeno
de sincronización.
—Buenas tardes —lo saludé—. Bueno, estaba revisando…
—Ya veo —dijo y se acercó al mostrador, donde los libros amontonados
dejaban muy poco espacio libre.
Mientras echaba un vistazo a las novedades (por lo visto no muy interesado)
se desabrochó despacio el abrigo, un tanto grande, lo que hacía que la cabeza
pareciera demasiado pequeña para su cuerpo. Con qué facilidad puedo
visualizarlo aquel día; incluso ahora puedo oír con claridad su voz en mi
memoria, una voz demasiado calmada para los ojos brillantes y de mirada
dura del viejo. Después de unos segundos se volvió y empezó a deambular
por la tienda con indiferencia, como si buscara observadores que pudieran
estar ocultos entre las estanterías. Dobló una esquina y lo perdí de vista.
—Así que por fin está hecho —comentó—. Toda una proeza, una página
asombrosa en la historia de esta población.
—Supongo que sí —contesté mientras miraba cómo el señor Locrian
atravesaba el pasillo de la parte trasera de la tienda y aparecía y desaparecía
cuando pasaba por las distintas filas de estanterías.
—Sin duda lo es —replicó y continuó recto por el pasillo delante de mí.
Finalmente, cuando alcanzó el mostrador detrás del que yo estaba de pie,
colocó las manos sobre él, se inclinó hacia delante y preguntó—: ¿Pero qué se
ha conseguido, qué es lo que de verdad ha cambiado?
El tono de voz con el que formuló aquella pregunta era tan sarcástico como
taciturno, y conllevaba connotaciones no deseadas que resonaban en todos los
lugares remotos donde la verdad había sido encerrada y abandonada como
una imbécil total. Sin embargo, me acogí a la mentira.
—Si se refiere a que hay muy poca diferencia, tengo que darle la razón. Se
trataba solo de quitar una monstruosidad. Esa era la intención de todos, nada
más.
Después traté de que centrara su atención en los libros que habían llegado
para él, pero me interrumpió con frialdad:
151
—Debemos de caminar por calles diferentes, señor Crane, ver caras y oír voces
muy distintas en este pueblo. Dígame, ¿alguna vez le han contado una de esas
historias sobre el sanatorio? ¿Sobre lo que la gente ve en las ventanas? —me
preguntó, de pronto animado—. Quizá usted mismo fuera uno de ellos.
No dije nada, lo que tal vez hizo que lo interpretara como confirmación de
que yo era una de aquellas personas.
—¿Y no hay ahora la misma sensación en este pueblo que la que había en
aquellas historias? ¿Puede afirmar que los días y las noches son mucho peores
ahora que… antes? Por supuesto, me dirá que se trata tan solo de la depresión
provocada por esta época del año, por el frío, por las tardes oscuras que
observa a través del escaparate de su tienda. De camino aquí, de hecho, he
oído a algunas personas hacer este tipo de comentarios. También decían otras
cosas que pensaban que yo no podía oír. No sé cómo, pero parece que todo el
mundo sabe lo de mis libros, señor Crane.
No me miró mientras pronunciaba esta última observación, pero empezó a
caminar sin parar de un extremo a otro del mostrador, muy despacio.
—Lo siento, señor Locrian, si piensa que no he respetado su confianza.
Siempre creí que daría lo mismo.
Detuvo su paseo y se me quedó mirando fijamente con una expresión de
perdón casi paternal.
—Claro —dijo con la voz calmada de antes—, pero las cosas son muy
diferentes ahora. ¿Lo reconocerá, no?
—Sí —admití.
—Pero nadie sabe con seguridad en qué sentido son diferentes.
—No —acepté.
—¿Sabía que mi abuelo, el doctor Harkness Locrian, fue enterrado en ese
cementerio?
Lleno de sorpresa y una vergüenza repentina, contesté:
—Lo sabría si me lo hubiera comentado.
Pero era como si yo fuera el que no había dicho palabra, nada que lo
disuadiera de lo que había venido a decirme.
152
—¿Me puedo sentar ahí? —preguntó señalando la vieja silla que había al lado
del escaparate de delante. Más allá del cristal, sin nada que lo ocultara, podía
verse el pálido sol de otoño que se ponía.
—Sí, está en su casa —dije, mientras me daba cuenta de que algunos
transeúntes habían advertido la presencia del señor Locrian y lo miraban de
manera extraña.
—Mi abuelo —continuó— se sentía a gusto con sus locos. Quizá le asuste oír
tal cosa, pero no pasaba el tiempo en la casa que ahora es mía y una vez fue
suya, ni siquiera para dormir; fue solo después de que cerraran el sanatorio
cuando en realidad empezó a vivir en su propia casa, que también era la mía
y la de mis padres, que entonces se hicieron cargo del anciano. Por supuesto,
usted seguramente no se acuerde…
»Mi abuelo pasó los últimos años de su vida en una pequeña habitación del
piso de arriba que daba a las afueras del pueblo, y recuerdo verlo día tras día
mirando fijamente por la ventana de su habitación hacia el sanatorio…
—No tenía ni idea —tercié—. Parece bastante…
—Por favor, antes de que piense que se trataba de una relación sentimental,
por retorcida que fuera, déjeme decir que no era así. Sus sentimientos respecto
al sanatorio eran de hecho bastante increíbles, debido a la manera en que
había utilizado su autoridad en aquel lugar. Me enteré de esto cuando todavía
era muy joven, aunque no tanto como para no entender el profundo conflicto
que existía entre mi padre y mi abuelo. Sucumbí al misterio de su presencia e
hice caso omiso de las advertencias de mis padres respecto a que no pasara
mucho tiempo con el abuelo. Y una tarde se reveló.
»Estaba mirando fijamente por la ventana y no se volvió ni una vez para
mirarme a la cara. Pero después de llevar sentados en silencio un rato, empezó
a susurrar algo. “Hacían preguntas”, dijo. “Acusaban. Se quejaban de que
aquí nadie nunca se ponía bien”. Luego sonrió y empezó a entrar en detalles.
“¿Qué era lo que habían visto”, dijo entre dientes, “para… llegar a esa
conclusión? No miraban a las caras”. No, no dijo “caras” sino “ojos”. Sí, dijo:
“… no miraban a los ojos de aquellos seres, los ojos que reflejaban la belleza
anodina del silencio con la mirada clavada en el mismo universo”.
»Aquellas fueron sus palabras, y después habló de las voces de los pacientes
bajo su cuidado. Susurró tal y como cito que “la maravillosa música de
153
aquellas voces emitía el delirio supremo de los planetas mientras giraban y
giraban como brillantes marionetas que bailan en la oscuridad”. Me dijo que
en las palabras itinerantes de aquellos lunáticos se recuperaban los antiguos
misterios.
»Como todos los auténticos ocultistas —continuó el señor Locrian—, mi
abuelo anhelaba un conocimiento que era tácito e incalificable. Cada uno de
los volúmenes de la extraña biblioteca que dejó a sus herederos atestigua ese
deseo. Como sabe, he ampliado esa colección a mi estilo, como lo hizo mi
padre, aunque nuestras razones no son las del viejo doctor. En su sanatorio,
el doctor Locrian había hecho algo muy extraño, algo para cuya realización
quizá él fuera el único con el conocimiento y el impulso necesarios. No fue
hasta muchos años después que mi padre intentó explicármelo todo, como
ahora yo se lo intento contar a usted.
»Como ya he dicho, mi abuelo era y siempre había sido un ocultista, nunca
un filántropo de la mente, ni un restaurador de las psiques heridas. No
mantenía en absoluto un enfoque terapéutico con los internos del manicomio.
No los veía como almas que estaban poseídas, ya fuera por demonios o por
sus propias historias dolorosas, sino como seres que mantenían una extraña
alianza con otros órdenes de existencia, que contenían dentro de sí mismas
una partícula de algo eterno, una pizca dorada de magia que él creía que
podía aumentar. Por tanto, su ambición no lo llevó a mitigar la locura de sus
pacientes, sino a exasperarla, a dejarla respirar con vida propia. Y lo que hizo
en cierto modo erradicó por completo las cualidades humanas que quedaban
en aquellas personas, aunque a veces aquella magia peculiar que veía en sus
ojos parecía desvanecerse, y entonces iniciaba su «tratamiento adecuado», que
consistía en someterlos a una serie de terribles y traumáticas experiencias con
la intención de aflojar su relación con el mundo de los humanos y
distanciarlos hacia el absoluto, el reino del «silencio, del universo que mira
fijamente», donde la locura final del vacío infinito podría resultar una cura
bastante paradójica. El resultado fue algo tan patético como un títere y tan
magnífico como las estrellas, algo al mismo tiempo muerto y eterno, algo
totalmente sin destino y por lo tanto imperecedero, que poseía aquella
ausencia abismal de juicio, aquella infinita vacuidad que es la esencia de todo
lo que es inmortal. Y de alguna manera, durante sus últimos días, mi abuelo
usó el mismo procedimiento en sí mismo para alcanzar un espacio más allá
de la muerte.
154
»Sé que esto era verdad, porque una noche, en la última etapa de mi niñez,
me desperté y fui testigo de la prueba. Salí de la cama, caminé por el pasillo
iluminado por la luna y no pude evitar sentirme atraído hacía la puerta
cerrada de la habitación de mi abuelo. Me paré delante de la puerta, giré el
frío picaporte y empujé despacio su extraña masa nocturna. Mientras miraba
a hurtadillas en la habitación, vi a mi abuelo sentado delante de la ventana
iluminado por la brillante luz de la luna. Mi curiosidad debió de apoderarse
de mi terror, porque la verdad es que me puse a hablar con su espectro.
»—¿Qué estás haciendo aquí, abuelo?— le pregunté.
»Y sin apartarse de la ventana, contestó lentamente y con un tono apagado:
»—Estamos haciendo justo lo que ves.
»Por supuesto, lo que vi fue un anciano que debía estar en su tumba, pero que
en ese momento miraba fijamente desde su ventana a través de las ventanas
del sanatorio, donde otros que no eran humanos le devolvían la mirada.
»Cuando, aterrorizado, fui a alertar a mis padres sobre lo que había visto, me
sorprendió que mi padre me contestara enfadado en vez de incrédulo: no
había hecho caso de sus advertencias sobre la habitación de mi abuelo.
Entonces me reveló la verdad como ahora yo se la revelo a usted, y año tras
año repetía y ampliaba el secreto que había aprendido: por qué aquella
habitación tenía siempre que estar cerrada y por qué no podía perturbar la
tranquilidad del sanatorio. Tal vez no esté al corriente de que el intento previo
de destruir el sanatorio se suspendió por la intervención de mi padre. Tenía
mucho más apego del que yo pueda tenerle a este pueblo, que dejó de tener
un futuro ya hace tiempo. ¿Cuánto hace desde que se añadió un nuevo
edificio a los que ya había? Este lugar se habría desmoronado con el tiempo.
El curso natural de las cosas lo hubiera destruido, así como el manicomio
habría desaparecido si lo hubiesen dejado en paz. Pero cuando todos ustedes
agarraron aquellas herramientas y se pusieron en marcha hacia las viejas
ruinas, no sentí deseos de interferir. Ustedes mismos se lo han buscado —
terminó satisfecho de sí mismo.
—¿Y qué es lo que hemos hecho? —pregunté con un tono de voz frío, a la vez
que reprimía una indignación misteriosa.
155
—Solo está intentando conservar lo que le queda de paz mental. Sabe que algo
va mal en este pueblo, que nunca debería haber hecho lo hizo, pero todavía
no puede sacar conclusiones de lo que le acabo de contar.
—Con todo respeto, señor Locrian, ¿cómo puede imaginar que me he creído
algo de lo que ha dicho?
Se rió débilmente.
—La verdad es que no. Como dice, ¿cómo podría? Sin estar un poco loco, ¿no?
Pero con el tiempo usted sí lo estará, y entonces le contaré más cosas, cosas
que no le quedará más remedio que creer.
Mientras se incorporaba de la silla al lado de la ventana, le pregunté:
—¿Por qué me tiene que contar nada? ¿Por qué ha venido hoy aquí?
—¿Por qué? Porque pensé que tal vez mis libros habían llegado y me los
podría llevar. También porque todo ha acabado ya. Los otros… —se encogió
de hombros— no tienen remedio. Usted es el único que podría entender; no
en este momento, sino con el tiempo. Y ahora yo entiendo mejor que nunca lo
que mi abuelo dijo aquel día de otoño hace unos cuarenta años.
Fue hacia el final del mismo día sombrío, en el transcurso del lóbrego
crepúsculo, cuando empezaron a aparecer. Como figuras que emergían
silenciosamente de las profundidades de la memoria, forcejeaban en las
sombras y poco a poco iban volviéndose visibles. Pero incluso si la transición
había sido sutil, graduada de forma insidiosa, no tardó en pasar
desapercibida. Al anochecer, sin darse cuenta ya llamaban la atención por
todo el pueblo, siempre encuadrados en alguna ventana alta de los edificios
que ocupaban: las habitaciones encima de las tiendas del centro, el último piso
del viejo hotel, las torres vacías de los edificios municipales, las torrecillas
majestuosas y los espléndidos gabletes de las casas más distinguidas, los
desvanes de las casas más humildes.
Sus formas eran tan suavemente luminosas como las constelaciones en otoño
sobre el oscuro cielo de allí arriba, y las caras les brillaban con la misma
expresión petrificada de plácida vacuidad. El atuendo de estas apariciones
estaba adaptado de forma grotesca a su entorno. Enterrados hacía muchos
años con ropas anticuadas de corte formal y funerario, parecían pertenecer al
pueblo agonizante de una manera que sus habitantes vivos no podían emular,
156
porque las calles ahora perdían lo que la vida dejaba en ellas y se convertían
en los oscuros pasillos de un museo donde esas pesadillas de cera habían sido
expuestas.
A la luz del día, cuando las figuras de las ventanas adoptaban un aspecto de
madera sin brillo que las hacía parecer menos exasperantes, algunos de
nosotros nos aventurábamos a subir a aquellas habitaciones. Pero nunca se
encontraba nada al otro lado de sus ventanas, nada salvo un cuarto sin
inquilino que ninguna luz iluminaba y que tarde o temprano inspiraría en
cualquier ocupante vivo un terror demencial. Por la noche, cuando parecía
que los podríamos oír dando golpecitos en el suelo sin rumbo fijo sobre
nosotros, su presencia en nuestras casas nos hacía salir a la calle. Tanto de día
como de noche nos convertíamos en vagabundos desvelados, en extraños en
nuestra propia localidad. Con el tiempo tal vez nos dejamos de reconocer,
pero todavía recordábamos un nombre, una cara, la del señor Harkness
Locrian, cuya mirada fija nos perseguía a todos.
Sin duda fue en su casa donde comenzó el fuego que consumió por completo
cada uno de los rincones del pueblo. Hubo intentos de cortarle el paso, pero
no con muchas ganas, y se acabó desistiendo. Casi todo el rato permanecimos
en silencio, mirando ausentes mientras las llamas subían hasta las altas
ventanas donde las figuras espectrales posaban como retratos enmarcados.
A la larga, aquellos demonios se exorcizaron y las ventanas quedaron vacías,
pero solo después de que el pueblo fuera aniquilado por el desastre.
No quedaron nada más que restos carbonizados. Después se informó de que
uno de nuestros vecinos había sido alcanzado por el fuego, aunque nadie
investigó las circunstancias exactas en las que murió el anciano señor Locrian.
Por supuesto, no se intentó recuperar la ciudad que habíamos perdido:
cuando cayó la primera nevada aquel año, lo hizo sobre unas ruinas frías y
espantosas. Pero ahora, después de tantos años, no son los escombros
cenicientos de aquel pueblo lo que me obsesiona hora tras hora; es esa gran
ruina en cuya sombra se ha recluido mi mente.
Y si me han metido en este cuarto porque hablo con caras que aparecen en mi
ventana, que protejan esta misma habitación de las perturbaciones después
de que me haya ido. Porque el señor Locrian ha mantenido su promesa: me
dijo ciertas cosas cuando estuve preparado para oírlas. Y tenía otras cosas que
157
decirme, unos secretos que superaban toda demencia. Al recomendarme una
cura absoluta, habrá encerrado otra alma dentro de las negras paredes sin
límites del manicomio eterno, donde las estrellas bailan siempre como
brillantes marionetas en el silencioso y completo vacío.
La mano en el guante
Robert Aickman
… esa neblina sutil como la gasa, que uno sólo puede encontrar en Essex.
SIR HENRY CHANNON
158
verdad, el tema surgía muy raramente, y ahora con mucha menos frecuencia
que hacía diez o doce años.
—¿Qué te parece Baddeley End?[4] —sugirió Winifred, intentando hacer un
mal chiste y logrando provocar el fantasma de una sonrisa.
Winifred casi siempre había supuesto que el asunto de Nigel acabaría como
había terminado.
—Perfecto —dijo Millicent, uniéndose al espíritu de la broma, y extendiendo
en un gesto de gratitud sus pálidas y fantasmales manos.
—Buscaré en el mapa un sitio para comer —dijo Winifred. Winifred había
logrado encontrar sitios para comer en excursiones hechas a Cevennes, los
Apeninos, los Dolomitas, la Sierra de Guadarrama e, incluso, los Cárpatos.
Dicho sea de paso, ése era exactamente el tipo de cosa para la cual Nigel era
más bien inútil. Cuando se conocía a Nigel, uno rara vez olvidaba en el futuro
el dilema del toro y la puerta—. Será mejor que cojamos mi coche —siguió
diciendo Winifred—. Entonces sólo tendrás que hacer lo que te venga en gana.
Y al principio las cosas habían discurrido de forma tan encantadora como
siempre. Millicent no podía dudar de ello. En los tiempos actuales resulta
difícil saber qué es preferible: las amistades que lo comprenden todo (hasta
cierto punto), o las amistades que no entienden nada de nada, y por ello
ofrecen una especie particular de huida temporal.
Winifred detuvo el coche al final de un sendero que apenas si llegaba a la
categoría de tal, y que no había sido pavimentado de forma muy concienzuda,
al menos para el tráfico moderno, aunque no se encontraran más lejos de sus
respectivos pisos que si estuvieran en alguna parte de Essex. Había grabado
en su cabeza gran parte de su ruta, y ahora estaba pensando en el lugar
elegido para comer.
—Es un sitio bastante bonito —dijo con voz llena de confianza—. Hay una
senda a través del patio de la iglesia que baja hasta el río, y el derecho de paso
es libre.
—¿Qué río es? —preguntó Millicent, más bien distraída.
—Es sólo un arroyo. Bueno, quizá es un poco más que eso. Le llaman el Waste.
—¿Y realmente lo es?
159
—Sí, lo es. Por favor, ¿puedes darme la mochila?
En sus horas de libertad, Winifred siempre metía las cosas en una mochila, a
diferencia de generaciones anteriores que habrían preparado una cesta de
mimbre o un pequeño baúl.
—Siento no haber hecho ninguna contribución —dijo Millicent, y no por
primera vez.
—No seas ridícula —contestó Winifred.
—Al menos deja que lleve algo, ¿no?
—De acuerdo, la botella y los vasos. No logré meterlos dentro.
—Oh, qué detalle tan encantador… —dijo Millicent.
Normalmente reservaban para la colación la hora del mediodía.
—Supongo que entraremos por la puerta de los besos.
Y Millicent encogió levemente el cuerpo incluso ante esa frase tan
comúnmente aceptada.
La puerta de hierro donde tradicionalmente se besaban las parejas se
encontraba junto a la puerta de madera, abierta sólo en ocasiones especiales.
Bajaron por el sendero que iba entre las tumbas con la vieja iglesia a su
derecha, un pequeño edificio de paredes blanquecinas. En un tiempo el
sendero estuvo pavimentado con ladrillos, pero ahora faltaba la mayor parte
de éstos, y por entre los supervivientes crecía la maleza.
—Está muy resbaladizo —dijo Millicent—. No me gustaría tenerlo que subir
con prisas.
Resultaba bastante adecuado que hiciera una observación de la clase que
fuera, demostrando con ello que seguía estando viva.
—No puede estar muy resbaladizo. Hace semanas que no ha llovido.
Millicent tuvo que admitir la verdad de tales palabras.
—Quizá será mejor que yo vaya primero —dijo Winifred—. Luego puedes
venir tú, sin apresurarte, llevando los vasos. Siento que sean tan frágiles.
160
—Eres tú quien sabe a dónde vamos —respondió Millicent, colocándose en
un segundo lugar.
—Le echaremos un vistazo al interior de la iglesia antes de irnos.
Aunque la yedra había empezado a ceñir la pequeña iglesia igual que un
pulpo cauteloso, Millicent tuvo que reconocer que el considerable número de
tumbas que parecían nuevas sugería un uso reciente del edificio. Por otra
parte, la rectoría o la vivienda del vicario, un edificio encalado que se
encontraba a su izquierda, tras el seto de amenazador aspecto, no estaba
demasiado limpia, y pese a que el día era casi ideal no tenía ninguna ventana
abierta.
Dijera lo que dijese Winifred, el patio de la iglesia parecía estar muy húmedo.
Claro que gran parte de Essex es barro y arcilla. Eso es algo que todo el mundo
sabe.
Al final del sendero había otra puerta de los besos, un tanto arbitraria en su
inclinación y más bien chirriante, y más allá de ésta una gran pradera verde.
En la parte más alejada de la pradera había un grupo de vacas, «un rebaño
variopinto», tal y como habría dicho el padre adoptivo de Millicent en los
viejos tiempos y, ciertamente, en ese instante los viejos tiempos parecían muy,
muy viejos.
No se veía ningún sendero que cruzara el campo color esmeralda, pero
Winifred, con el mapa lleno de anotaciones en su mente, siguió andando sin
vacilar. Millicent sabía, por experiencia, que en el fondo de la mochila de
Winifred había un gran mantel para colocarlo en el suelo. Bueno, eso parecía
lo más adecuado, ¿no?
Winifred la guió por una puerta casi inexistente, que se encontraba a la
izquierda, y luego por un curioso sendero embarrado que estaba bordeado de
setos y llegaba hasta el río.
Al final del sendero había pequeñas islas de barro sobre las que crecía una
exuberante vegetación de aspecto casi tropical y, a la derecha, un puente de
piedra medio en ruinas, con un adorno de alguna clase en la parte central.
Una pesada capa de follaje daba sombra a la escena, pero las libélulas más
madrugadoras ya relucían a través de los tenues haces de luz solar.
161
—El camino libre sigue por el puente —observó Winifred—, pero quizá sería
mejor que nos quedáramos a este lado.
El sitio elegido para la comida, sombreado y tranquilo, resultaba
extremadamente romántico, y era muy poco probable que las descubrieran,
incluso hallándose a tan corta distancia de la colmena humana, que estaba
situada más al norte. Tras la comida, no habría resultado extraño emprender
la búsqueda de los frágiles huesos de algún antiguo caballero; aunque eso
siempre era algo que se podía hacer antes de la comida, cuando se gozaba de
la energía y la fe suficientes. Además, Millicent había notado que el puente
tenía los dos extremos bloqueados por una alambrada cubierta de óxido,
asegurada por largos palos clavados en el suelo, casi todos a punto de caer.
Una vez se hubieron echado sobre el mantel, formaban una pareja de lo más
bello: delgadas y elegantes, sí, pero pese a todo con un aire expectante.
Llevaban suéteres de colores sencillos, y unos viejos pantalones que no
estaban muy limpios. En la sinfonía formada por la abundante cabellera de
Millicent había temas de un gris pálido. El resistente corte de pelo de Winifred
demostraba en todo momento una tozuda neutralidad. Si un poeta se hubiera
acodado en el puente, quizá se hubiera entristecido al ver que la vida no les
ofrecía más. Poca es la gente que puede escoger, partiendo tan sólo de las
líneas de un mapa, una región tan ideal para el dolor de una amiga; y poca es
la gente que puede tener un aspecto tan sensual en la tristeza como Millicent,
lejos de la oficina, y momentáneamente olvidadas sus ambiguas y algo
paranoicas satisfacciones.
Sí, ciertamente Winifred había demostrado estar llena de recursos al comprar
la botella de vino y traerla para la excursión, pero Millicent descubrió que ese
vino tomado al mediodía no suponía diferencia alguna para ella. ¿Cómo
podría haber cambiado algo? ¿Había algo que pudiera cambiar las cosas? ¿No
había nada?
Pero entonces…
—¡Winifred! ¿De dónde han salido todas esas setas?
—Supongo que ya estaban aquí cuando hemos llegado.
—Estoy casi segura de que no.
162
—Pues claro que estaban —dijo Winifred—. Las setas crecen con rapidez,
pero no con tanta rapidez.
—No estaban aquí. Si hubieran estado aquí no me habría sentado en el suelo.
No me gusta sentarme entre un montón de setas gigantes.
—Su tamaño es totalmente normal —dijo Winifred sonriendo y estirando las
piernas—. ¿Quieres que nos vayamos?
—Bueno, ya hemos terminado la excursión —dijo Millicent—. Muchísimas
gracias, Winifred, ha sido preciosa.
Se pusieron en pie; dos dríadas exiliadas, habría podido decir el poeta del
puente. La orilla del pequeño y perezoso río que ahora ocupaban, de aire un
tanto pantanoso, estaba cubierta de setas hasta donde llegaba la vista, tanto a
uno como a otro extremo de la corriente, aunque también es cierto que en
ninguna de las dos direcciones era posible ver gran cosa a ojo, pues la
visibilidad de la orilla estaba obstruida en un sentido por el puente, y en el
otro por lo que casi era una jungla.
—Es la humedad —dijo Millicent—. Todo está tan terriblemente húmedo…
—Si lo está, siempre debe ser igual —dijo Winifred—, porque ha llovido muy
poco. Ya te lo expliqué antes.
Millicent se sintió avergonzada de sí misma, algo que ahora le ocurría
continuamente.
—Has sido muy inteligente al encontrar un sitio tan perfecto —dijo sin perder
ni un segundo—. Claro que siempre sabes encontrarlos. Todo había sido
absolutamente perfecto hasta que llegaron las setas.
—No estoy realmente segura de que sean setas —dijo Winifred—. Quizá son
meramente hongos.
—No hace falta que lo comprobemos —dijo Millicent—. Vámonos. Oh, cómo
lo siento… Aún no has terminado de guardar las cosas.
La subida resultó bastante más laboriosa, como era de rigor. «Peliagudo» era
la palabra que el padre adoptivo de Millicent habría aplicado al trayecto.
—¿Por qué todas las vacas se quedan en una esquina de la pradera? —
preguntó Millicent—. No han movido una pata desde que llegamos.
163
—Es algo relacionado con las moscas —dijo Winifred, con cara de saber muy
bien de lo que hablaba.
—No mueven los rabos. No sacuden la cabeza. No se inclinan a pastar. De
hecho, podrían estar rellenas de paja, o ser unas estatuas.
—Supongo que estarán masticando lo que ya han comido, Millicent.
—Me parece que no. —Millicent, por supuesto, sabía bastante más que
Winifred de las cosas del campo—. No estoy segura de que sean reales.
—Oh, vamos, Millicent —dijo Winifred, sin detenerse ni un segundo, y sin
siquiera volverse para mirar a Millicent por encima del hombro, y menos aún
a las vacas inmóviles en la lejanía.
Millicent sabía que la gente estaba siendo buena con ella, y que ese momento
no era el adecuado para que ella protestara por nada, salvo quizá con ánimo
de bromear y halagando con ello a su compañera.
Por fin llegaron a la melancólica puerta de los besos situada al final del patio.
Apenas tocada, la puerta emitió su chirrido y, cuando Winifred la hubo
cruzado tranquilamente, se lanzó vengativamente sobre Millicent.
Millicent no recordaba cuál había sido la conducta de la puerta en el camino
de ida. Probablemente, las cosas se comportaban de forma distinta según si
estabas bajando o subiendo.
Pero…
—¡Winifred, mira!
Millicent, que tan cuidadosamente se había contenido durante todo el día, casi
había gritado.
—Nada de todo eso estaba aquí hace un rato.
Ni siquiera lograba alzar su brazo para señalar. Ante ellas, a la izquierda del
sendero ascendente que cruzaba el patio de la iglesia, se encontraba un
montón de coronas y ramilletes, con arpas hechas a base de lirios, rosas rojas
retorcidas hasta formar corazones, y abundantes iris convertidos en
trompetas de arcángeles. Habría sido difícil una colaboración más estrecha
entre el comercio y el instinto conmemorativo.
164
—No te habías fijado —replicó Winifred inmediatamente. Y, cosa que
ciertamente no habría hecho en otro momento del día, añadió—: Tenías la
mente ocupada en otras cosas.
Luego miró por encima del hombro a Millicent y sonrió.
—No estaban aquí —insistió Millicent, más segura de esa realidad de lo que
lo estaba sobre su estado anímico—. Mientras nos encontrábamos en el río
han celebrado un funeral.
—Creo que habríamos oído algo —contestó Winifred, todavía sonriendo—.
Además, no se entierra a la gente durante la hora del almuerzo.
—Bueno, pues algo ha pasado.
—Antes no te fijaste, eso es todo —contestó Winifred, dando la vuelta y
contemplando el sendero cubierto de maleza que se extendía ante ella—. Eso
es todo.
El desafío resultó excesivo para Millicent, y le hizo olvidar su decisión de no
discutir ni protestar.
—Bueno, ¿te fijaste tú? —preguntó.
Pero Winifred ya se había preparado para eso.
—No estoy segura, Millicent. ¿Importa?
Winifred dio unos cuantos pasos hacia adelante, y luego preguntó:
—¿Prefieres que nos saltemos la iglesia?
—Nada de eso —contestó Millicent—. Puede que dentro haya algún tipo de
explicación.
Millicent se alegró de ir en último lugar, porque al principio le resultó
terriblemente difícil pasar por entre los montones de ofrendas. Todas parecían
tan nuevas… El objeto de forma oblonga que había bajo ellas quedaba oculto,
pero apenas si se podía dudar de que estuviera allí. En los primeros
momentos, las flores parecían oler como si las acabaran de recoger de los
campos y no, desde luego, como flores adecuadamente funerarias, que o no
huelen o huelen tan sólo a mortalidad aceptada. Pero luego, pensándolo
mejor, o quizá fuera cuando se tragaba aire por segunda vez, el olor no era
exactamente igual al de un jardín, y ni siquiera se parecía al de las pequeñas
165
flores que se pueden hallar en ciertos setos poco cuidados. Después de unos
segundos, el olor parecía tan inexplicable como la repentina aparición de las
mismas flores. Desde luego, no se parecía en nada al olor que Millicent habría
esperado, ni siquiera a un olor que pudiera gustarle.
Se dio cuenta de que Winifred seguía avanzando, los ojos clavados aún en los
maltrechos ladrillos que había bajo sus pies.
Millicent vaciló durante un instante.
—Quizá deberíamos examinar algunas tarjetas, ¿no? —sugirió.
Debía tratarse de una idea un tanto inadecuada, porque esta vez Winifred se
limitó a seguir caminando en silencio. Y, de hecho, Millicent tuvo que admitir
ante sí misma que, de todas formas, no veía ninguna tarjeta unida a las flores
y a lo que éstas pudiera ocultar.
Winifred precedió en silencio a Millicent hasta llegar al porche de la iglesia.
Cuando entró, un ave salió volando por encima de su cabeza para lanzarse
directamente contra el rostro de Millicent.
—Eso es un búho —dijo Millicent—. Le hemos despertado.
Casi esperaba oír a Winifred diciendo que ésa no era una hora en la que
hubiera búhos, o que el clima no era el correcto, o que no estaban en la estación
adecuada; pero, de hecho, lo único que hizo Winifred fue clavar los ojos en la
puerta de madera de la iglesia.
—¿No se puede abrir? —preguntó Millicent.
—Realmente, no lo sé. No veo ningún picaporte.
El búho, recién despertado, había empezado a ulular melancólicamente; a
Millicent le pareció un sonido bastante extraño para esas primeras horas del
atardecer.
Millicent se volvió a su vez hacia la puerta.
—No hay nada.
—Ni siquiera el agujero de una cerradura por el que podamos mirar —dijo
Winifred.
166
—Supongo que, sencillamente, habrán cerrado la iglesia y no la usarán para
nada.
—No estoy segura —dijo Winifred—. Me parece que ésta es la puerta original.
Vieja, ¿no? Construida para durar, pero no hay manera de entrar por ningún
sitio.
Contemplando la puerta, Millicent pudo ver ciertamente a qué se refería
Winifred. Tampoco había los habituales avisos de las iglesias, ninguna
dirección local de los samaritanos, ninguna lista de damas que hicieran cosas.
—Veamos si es posible echar una mirada a través de una ventana —propuso
Winifred.
—Creo que no deberíamos hacerlo. Y normalmente resulta bastante difícil.
—Eso se debe a que normalmente hay espectadores que entorpecen tu estilo.
Quizá descubramos que aquí es más sencillo.
Cuando salieron del porche, Millicent pensó que ahora, por lo menos, había
dos búhos ululando. Y el día, que antes había sido brillante, estaba perdiendo
lustre, cubriéndose de nubes y entrando en su madurez.
—Dios, qué tapado está el cielo —dijo Millicent.
—Creo que se acerca algo de lluvia. Bueno, ya sabes que podemos
arreglárnoslas.
—Sí, pero no aquí y ahora.
Winifred estaba metiendo las puntas de sus zapatos en los lugares de la pared
donde había caído el mortero, dejando asomar algunas veces ladrillos enteros.
Iba pegándose a los pequeños salientes de la pared y a las cornisas,
esforzándose por subir para mirar primero por una ventana y luego, tras
haber fracasado y dejarse caer, por otra.
—Sencillamente, no logro imaginarme qué aspecto puede tener por dentro —
dijo.
Las dos siempre hacían las cosas concienzudamente y como es debido, se
tratara de lo que se tratase, pero éste no era un día de su vida en el que
Millicent sintiera muchos deseos de emular a su compañera. Además, no se le
ocurría cómo prestar ayuda a Winifred. Ya no eran dos colegialas, y no les
167
resultaba posible levantarse la una a la otra tan fácilmente como si fueran el
saco de Papá Noel.
Winifred había probado ya con dos ventanas del lado sur de la nave, y una
que se encontraba en la parte sur de la cancela, sin resultados, ya que las tres
tenían un cristal transparente aunque algo sucio. En las dos ventanas que
faltaban de ese lado de la iglesia, el cristal estaba pintado, y lo mismo ocurría
con la ventana del este. Winifred fue hacia el lado norte de la iglesia, con
Millicent siguiéndola. El sol no iluminaba esta zona, y a Millicent le pareció
que los búhos se habían calmado por fin. Durante el trayecto hasta esa zona,
la maleza del patio tenía un aspecto muy exuberante, y cortaba igual que
cuchillos.
Pero aquí la mampostería se hallaba en peor estado de descomposición, y
Winifred pudo saltar fácilmente hacia arriba en el primer intento.
Durante un período de tiempo sorprendentemente largo, o eso pareció,
Winifred estuvo mirando por la ventana del lado norte de la nave situada más
hacia el este, sin decir ni una sola palabra. A esa ventana le faltaba una gran
cantidad de los pequeños paneles de vidrio que la formaban. A decir verdad,
mientras Winifred seguía mirando y Millicent seguía sin moverle, uno de los
pequeños cristales cayó al interior de la iglesia con un ruido no muy fuerte,
pero sí bastante agudo. Todo el edificio parecía a punto de convertirse en
ruinas.
Y, por fin, Winifred descendió lentamente de su asidero, moviéndose de
forma bastante envarada.
Intentó quitarle el polvo y la suciedad que se le habían pegado a las rodillas
de los pantalones, pero también el polvo estaba húmedo: de hecho, este lado
de la iglesia parecía particularmente húmedo.
—¿Quieres echar una mirada? —preguntó Winifred.
—¿Qué hay para ver?
—Nada en particular. —Winifred seguía frotándose, aunque con ello, a decir
verdad, no lograba sino empeorar las cosas—. Nada, realmente. Yo no me
molestaría en mirar.
—Entonces no lo haré —dijo Millicent—. Pareces una peregrina, más tiempo
de rodillas que tendida de espaldas, o como se dijera entonces.
168
—Se han llevado la mayor parte de las cosas —siguió explicando Winifred
—En tal caso, ¿dónde hicieron el funeral? ¿Dónde celebraron el servicio?
Winifred siguió ocupándose de sus pantalones durante un segundo antes de
dar una respuesta.
—Supongo que en algún otro sitio. Eso es bastante común hoy en día.
—Algo anda mal —dijo Millicent—. En casi todo esto hay algo que anda muy
mal.
Se abrieron paso por entre la espesa vegetación hasta el sendero de ladrillos
que llevaba al porche. Los búhos parecían haberse retirado una vez más a sus
carnívoras ocupaciones.
—Tenemos que recoger las cosas o no llegaremos a Baddeley —dijo
Winifred—. No es que esto haya dejado de valer la pena, y tengo la esperanza
de que estarás de acuerdo en ello.
Pero…
En el sendero, justo ante ellas, entre el porche de la iglesia y ese otro sendero,
a estas alturas ya casi familiar, que cruzaba la pendiente del patio, colocado
de tal forma que parecía el centro de toda la escena, había un guante.
—Eso tampoco estaba ahí —dijo inmediatamente Millicent.
Winifred recogió el guante y las dos lo examinaron. Era un guante de cuero
negro para la mano izquierda, aparentemente nuevo o muy poco usado y, a
decir verdad, más bien elegante. Millicent pensó que la mano izquierda capaz
de entrar en él habría sido notablemente pequeña. La gente hacía
observaciones ocasionales sobre lo pequeñas que eran las manos de Millicent,
algo que siempre la complacía. El pequeño pero delicado y caro guante
terminaba en una especie de reborde donde el material era más grueso,
recordando a un guantelete de guerrero.
—Será mejor que lo devolvamos —dijo Winifred.
—¿Adónde?
—A la rectoría, supongo, si es que para eso utilizan el edificio de allí.
—¿Crees que debemos hacerlo?
169
—Bueno, ¿qué otra cosa podemos hacer? No podemos llevárnoslo. Parece
caro.
—En este lugar hay alguien más —dijo Millicent—. Quizá no sólo una
persona.
Y habría sido incapaz de explicar por qué razón le parecía posible la existencia
de tal multitud.
Pero Winifred, una vez más, guardó silencio y no le hizo ninguna pregunta
sobre ello.
—Yo llevaré el guante —dijo Millicent.
Winifred seguía encargándose de la mochila y su contenido, incluyendo en él
la botella vacía, pues el patio no ofrecía lugar alguno donde depositar la
basura.
La puerta cochera, que en tiempos estuvo pintada de alguna tonalidad azul,
y que ahora se estaba desmoronando, distanciando lentamente la madera del
herraje por un lado y la barra del engarce por otro, no ofrecía pista alguna
sobre si el lugar era o había sido rectoría, o residencia del vicario local. El
camino, no muy largo, estaba cubierto de maleza y desperdicios. O los árboles
habían decidido apoderarse del edificio, construido a mediados de la era
victoriana, o sufrían una prematura senilidad.
Cuando Winifred lo apretó, el timbre de la puerta principal emitió un sonido
bastante agudo, pero no siguió ninguna respuesta. Tras una pausa silenciosa
y bastante prolongada, con Millicent sosteniendo el guante ante ella, Winifred
volvió a llamar. Y, una vez más, no ocurrió nada.
—Creo que está abierta —dijo Millicent.
Empujó la puerta y las dos entraron en el edificio, pero sólo unos cuantos
pasos. El vestíbulo, que originalmente había sido diseñado más o menos al
estilo gótico, poseía mobiliario, aunque no abundante, y daba la impresión de
ser un sitio donde «se vivía». Y, además, viniendo hacia ellas vieron a una
silueta encorvada, femenina e hirsuta, que llevaba un descolorido delantal
que le proporcionaba un vago aire de sirvienta.
—Encontramos esto en el patio de la iglesia —dijo Winifred con su límpida
voz de siempre, señalando hacia el guante.
170
—No puedo oír el timbre —dijo la figura femenina—. Por eso está abierto.
Perdí el oído. Ya saben cómo son estas cosas.
Millicent sabía que Winifred nunca había logrado entenderse con los sordos,
algo que muy a menudo no era cuestión de más o menos decibelios sino,
presumiblemente, de psicología.
—Hemos encontrado este guante —dijo, sosteniéndolo ante ella y hablando
con toda naturalidad.
—No puedo oír nada —dijo la figura, lo cual resultó más bien
decepcionante—. Ya saben por qué.
—No lo sabemos —contestó Millicent—. ¿Por qué?
Pero, naturalmente, tampoco esas palabras podían ser oídas. Era inútil seguir
intentándolo.
La sirvienta, si eso era, salvó la situación.
—Iré a buscar a la señora —dijo, y se retiró sin invitarlas a que tomaran asiento
en uno de los maltrechos sofás o las sillas de precario aspecto.
—Supongo que deberíamos cerrar la puerta —dijo Winifred, y así lo hizo.
Esperaron durante un rato. No había nada que mirar, excepto una estampa
coloreada que mostraba unos cuantos corderos en Tierra Santa. En cada
esquina del marco éste formaba una cruz, aunque una de las cruces estaba
medio rota.
—De todos modos, sigo pensando que esto no es la rectoría —dijo Winifred—
. Ni la casa del vicario.
—Tiene usted razón. —Ante ellas había aparecido una mujer de mediana
edad, que vestía un traje bastante holgado. El color del vestido oscilaba entre
la crema y las gachas, y alrededor del cuello redondo y al final de las mangas,
que le llegaban hasta los codos, corrían anchas tiras de un color cereza. Los
zapatos de la mujer estaban gastados, y no se había tomado muchas molestias
para arreglar una cabellera que recordaba a un nido de pájaros—. Tiene usted
toda la razón —dijo la mujer—. Hace años que ningún miembro del clero ha
estado aquí. Quizá hayan oído comentar que en este condado hay algunas
rectorías bastante viejas y curiosas…
171
—Se refiere usted a Boreley, ¿no? —preguntó Millicent, que siempre había
sentido un gran interés por tales asuntos.
—Ese lugar y unos cuantos más —dijo la mujer—. Cada pequeña
congregación tiene su especialidad.
—Entonces, ¿esto era una rectoría y no la vivienda del vicario? —preguntó
Winifred tal y como solía hacer siempre, alzando cortésmente las cejas.
—Oh, todavía les habría sido más difícil tener un vicario —dijo la mujer en el
tono más despreocupado que pueda imaginarse. Millicent vio que en su mano
faltaba el anillo de matrimonio. A decir verdad, en ninguna de sus dos manos,
más bien grandes y feas, había anillo alguno. Y tampoco había pendientes en
sus orejas, ningún adorno alrededor de su cuello, y en su revuelta cabellera
no aparecían peinetas ni prendedores—. Siéntense —dijo la mujer—. ¿Qué
puedo hacer por ustedes? Me llamo Stock. Pansy Stock.[6] Ridículo, ¿verdad?
Pero es un nombre perfectamente común en Essex.
Winifred solía hablar de esa misma forma sobre «Essex» y, a decir verdad, así
lo había hecho más de una vez durante el viaje hasta aquí, pero Millicent
siempre había supuesto que ésa era una de las pequeñas manías de Winifred,
algo ante lo que sus amistades debían mostrar tolerancia. Jamás había
supuesto que en ello hubiera ninguna metafísica objetiva, y tampoco había
tenido que hablar nunca con alguien que se llamara Pansy, y le alegraba que
no fuera muy probable el que tal necesidad surgiera ahora.
Tomaron asiento y, dado que eso parecía ser lo más correcto, Winifred se
presentó a sí misma y luego presentó a Millicent. La señorita Stock tomó
asiento en el otro sofá. Llevaba unas medias de lana color verde claro.
—Se trata de este guante, nada más —siguió diciendo Winifred—. Intentamos
explicarlo a su criada, pero no logramos que lo entendiera del todo.
—Lettice no ha oído nada desde que ocurrió. Ése fue el efecto que la cosa tuvo
sobre ella.
—¿Desde que ocurrió qué? —preguntó Winifred—. Si podemos preguntarlo,
claro está.
—Desde que le dieron calabazas, por supuesto —respondió la señorita Stock.
—Qué pena —dijo Winifred, con su afable y consoladora voz de costumbre.
172
Después de todo, a Millicent no le habían dado calabazas, no exactamente.
Técnicamente, fue ella quien las dio. Socialmente, eso seguía significando una
diferencia.
—Es lo normal en este sitio. Ya he dicho que cada congregación tiene su
especialidad. Y ésta es la nuestra.
—¡Qué extraordinario! —dijo Winifred.
—Ocurre a todas las mujeres, y no sólo cuando siguen siendo jóvenes.
—Me pregunto si lo aceptan —dijo Winifred con una sonrisa.
—No lo aceptan. Vuelven.
—¿De qué forma? —preguntó Winifred.
—En lo que se conoce como forma espiritual —dijo la señorita Stock.
Winifred pensó en lo que había dicho. Estaba perfectamente acostumbrada a
ese tipo de afirmaciones, ya que, después de todo, en el mundo hay muchas
clases de gente.
—¿Como el duende de Giselle? —preguntó, intentando ser útil.
—Eso creo —dijo la señorita Stock—. Nunca he estado en un teatro. Me
educaron para no acudir a esos sitios, y jamás he tenido una buena razón para
romper tal regla.
—Además, ahora son muy caros —dijo Winifred, aunque sólo fuera porque
habría dicho eso en otras circunstancias, indudablemente más
convencionales.
—Este guante —dijo Millicent, dejándolo caer al suelo porque ya no sentía
deseos de continuar sosteniéndolo—. Lo vimos abandonado en el sendero de
la iglesia.
—Oh, sí, las creo —dijo la señorita Stock—. No es lo único que se ha
encontrado abandonado alrededor de esa zona.
Winifred recogió cortésmente el guante, se puso en pie y lo colocó sobre el
sofá de la señorita Stock.
—Pensamos que debíamos devolverlo personalmente.
173
—Muy amable por su parte —dijo la señorita Stock—. Aunque nadie lo
reclamará. Hay una habitación entera que está llena de cosas parecidas.
Baratijas, bisutería, grandes corazones de oro que tienen el tamaño de ostras,
todo tipo de recuerdos…, incluso dos botas de montar. Las cosas parecen
llegar y esfumarse cuando les viene en gana. Nadie pregunta nunca de nuevo
por ellas. Pero no es ésa la razón por la que las mujeres vuelven.
Naturalmente, ha sido un acto muy bondadoso. Supongo que algunas veces
la gente se beneficia de esa clase de actos. Dicen que si una encuentra algo o
ve algo, de todos modos acabará volviendo. —La señorita Stock se quedó
callada durante una fracción de segundo; luego, como sin darle importancia,
preguntó—: ¿Cuál de ustedes lo vio?
—Yo vi el guante primero —replicó inmediatamente Millicent—, y unas
cuantas cosas más.
—Entonces, hará bien yéndose con muchísimo cuidado —dijo la señorita
Stock, usando todavía un tono francamente despreocupado—. Evite todas las
complicaciones del corazón, o puede acabar igual que Lettice.
Winifred, que seguía en pie, dijo:
—Millicent, realmente debemos irnos o nunca llegaremos a Baddeley End.
—Baddeley End está cerrado todos los jueves —dijo sin perder un segundo la
señorita Stock—. Así que, vayan donde vayan, carece de objeto ir allí.
—Tiene usted razón en lo de los jueves, señorita Stock —dijo Winifred—,
porque tuve gran cuidado de mirarlo en la guía antes de que saliéramos. Pero
hoy es miércoles.
—No —dijo Millicent—. Hoy es jueves.
—Sea como sea el día —confirmó la señorita Stock—, indudablemente hoy es
jueves.
Se produjo un embarazoso silencio durante el cual un ángel —o quizá fuera
un demonio— revoloteó por la habitación.
—Ahora me doy cuenta de que es jueves —dijo Winifred. Palideció—.
Millicent, lo siento mucho. Debo de estar perdiendo la cabeza.
174
—Por supuesto que hay gran, gran cantidad de otros sitios que pueden visitar
—dijo la señorita Stock—. Un sinfín de sitios. Casi todos los pueblecitos tienen
algo que ofrecer.
—Sí —dijo Winifred—. Tenemos que echar un vistazo por el lugar.
—Entonces —preguntó Millicent, interrumpiendo de nuevo el curso de la
conversación—, ¿por qué vuelven, si no es para recuperar lo que les
pertenecía?
—No he dicho que no se tratara de lo que les pertenecía. Depende de cuál
fuera esa propiedad. No vuelven a buscar sus guantes, sus anillos o sus
pequeños y falsos éstos y aquéllos…, pero, de todas formas, vuelven para
buscar lo que les pertenecía. Al menos, lo que consideraban que les pertenecía.
Si una tiene el corazón roto sólo se lo puede curar de una forma…, si es que
hay forma de curar un corazón roto.
—Y, sin embargo —dijo Millicent—, hay momentos en que todo parece tan
trivial, tan falto de realidad. Incluso puede parecer absurdo. Como si jamás
hubiera existido. No se merece todo el melodrama que lo rodea.
—Indudablemente —dijo la señorita Stock—. Y lo mismo vale para la fe
religiosa, o la poesía, o un paseo alrededor de un lago, o la mismísima
existencia.
—Supongo que sí —dijo Millicent—. Pero los sentimientos personales son
particularmente…
No logró encontrar la palabra.
—Millicent —dijo Winifred—, vámonos. —Parecía haber dejado atrás ya el
estadio de las convenciones con respecto a su anfitriona. Estaba blanca y
parecía preocupada—. Nos hemos librado del guante. Vámonos.
—Dígame —pidió Millicent—, ¿cuál es el único modo de curar un corazón
roto? Si vamos a tomarnos el asunto en serio, es necesario que lo sepamos.
—Millicent —dijo Winifred—, te esperaré en el coche. Al final del camino,
¿recuerdas?
—Me halaga que llame usted a eso un camino —dijo la señorita Stock.
175
Winifred abrió la puerta principal y salió de la casa. La puerta volvió a
cerrarse lentamente detrás de ella.
—Cuénteme cuál es el único modo de curar un corazón roto —dijo Millicent.
Y habló como si todo eso fuera en mayúsculas.
—Ya sabe cuál es —dijo la señorita Stock—. Es matar al hombre que lo ha roto.
O, al menos, ocuparse de que muera.
—Sí, me imaginaba que era eso —dijo Millicent.
Sus ojos estaban clavados en los corderillos palestinos.
—Es la única prueba posible de si el sentimiento es real o no —le explicó la
señorita Stock, como si estuviera dándole clase.
—¿O era real?
—Si el sentimiento es real, no puede existir ningún «era».
Millicent apartó su mirada de las ovejas y sus cabriolas.
—¿Y ha tomado usted las medidas necesarias? Por supuesto, si no le importa
que se lo pregunte…
—No. En mi caso jamás ha llegado a plantearse el dilema. Vivo aquí y observo
las cosas.
—No parece un sitio muy alegre para vivir.
—Es un sitio muy instructivo para vivir. Se sacan muchas lecciones de él, y yo
me beneficio en gran medida de esas lecciones.
Millicent volvió a guardar silencio durante un instante, contemplando a la
señorita Stock y sus alarmantes atavíos, sentada al otro extremo de la
habitación parcamente amueblada.
—Señorita Stock, ¿cuáles serían sus últimas palabras de guía para mí?
—Probablemente, ahora el asunto ya no está en sus manos, y todavía menos
en las mías.
Millicent no lograba decidirse a dejar las cosas en este punto.
—¿Las chicas…, las mujeres…, vienen de fuera del pueblo? Si es que
realmente existe un pueblo… Mi amiga y yo no hemos visto ningún pueblo,
176
y la iglesia parece que no se utiliza. Da la impresión de que lleva mucho
tiempo sin haber sido utilizada.
—Por supuesto que hay un pueblo —dijo la señorita Stock, en un tono más
bien apasionado—. Y puedo asegurarle que la iglesia no se encuentra
totalmente en desuso. Y hay vacas, y un lugar para ellas; y un río y un puente.
Todas las cosas normales, de hecho, aunque en cada caso con cierto énfasis
local, y creo que eso es lo justo y lo correcto. Y, sí, con frecuencia llegan
mujeres de fuera del pueblo. De pronto, se encuentran aquí, bastante a
menudo sin saberlo. O eso me parece a mí.
Millicent se puso en pie.
—Señorita Stock, gracias por tener tanta paciencia con nosotras, y por aceptar
nuestro guante.
—Quizá algún día me traigan un objeto suyo —observó la señorita Stock.
—¿Quién sabe? —contestó Millicent, participando en la broma, como
intentaba hacer regularmente.
Millicent observó que sobre una maltrecha mesa situada a la derecha de la
puerta principal había una caja amarilla para colectas. Una etiqueta
proclamaba, en grandes letras negras, AYUDA A LOS INFORTUNADOS.
JOSEPHINE BUTLER. Millicent extrajo una contribución del bolsillo de sus
pantalones. Le alegró no haber hecho el ridículo hurgando en un bolso de
mano, mientras la señorita Stock esperaba y sonreía.
La señorita Stock se había puesto en pie, pero no había dado ni un paso para
acompañar a Millicent. Lo único que hizo fue quedarse en pie, sin moverse,
una silueta no del todo clara en la penumbra de la habitación.
—Adiós, señorita Stock.
En la puerta principal, como sucedía en muchas rectorías y viviendas de
vicario, había dos grandes paneles de cristal opaco, pero con una moldura en
clair que delimitaba las esquinas del cristal, de tal forma que por esos sitios se
podía tener una angosta y limitada visión del mundo exterior. Cuando ya iba
a abrir la puerta, que Winifred no había cerrado del todo, Millicent distinguió
el contorno de algo que se encontraba ante la puerta, inmóvil y callado. Ésa
fue, sencillamente, la gota de agua que desbordó el vaso. Por segunda vez en
ese día, Millicent encontró difícil no gritar. Pero la señorita Stock se
177
encontraba en algún lugar de la penumbra que había tras ella, y Millicent
abrió la puerta.
—¡Nigel, Dios mío!
Millicent logró cerrar rápidamente la puerta a su espalda. Después, sus brazos
la envolvieron igual que la yedra envolvía la pequeña iglesia.
—Ya no tengo ninguna relación contigo. ¿Cómo has sabido que estaba aquí?
—Me lo dijo Winifred, por supuesto.
—No te creo. De todas formas está sentada en su coche, al otro lado de esa
puerta. Se lo preguntaré.
—No está allí —dijo Nigel—. Se ha marchado.
—No puede haberse marchado. Me está esperando. Nigel, por favor,
suéltame.
—Te soltaré, y entonces podrás verlo por ti misma.
Fueron andando codo con codo, en silencio, a lo largo del deprimente camino
cubierto de maleza. Millicent se preguntó si la señorita Stock les estaría
observando a través de las estrechas tiras talladas en el cristal, viendo sus
distorsionadas imágenes.
Ni Winifred ni el coche estaban allí. Donde antes había el coche, ahora había
una alfombra de gruesas hojas marrones. Por un instante, a Millicent le
pareció como si el coche hubiera sido enterrado bajo ellas.
—No importa, querida. Si te portas bien, te llevaré a casa.
—Tampoco veo tu coche.
Resultaba una réplica francamente poco adecuada, pero al menos era
espontánea.
—Naturalmente que no. Está escondido.
—¿Por qué está escondido?
—Porque no quiero que te metas en él, y te vayas dejándome atrás. Ya
intentaste darme esquinazo una vez, y una vez es suficiente para cualquier
ser humano.
178
—No intenté darte esquinazo, Nigel. Terminé ese trabajo. Estabas haciendo
pedazos mi vida.
—No tu vida, cariño. Sólo esa idiotez que llamas tu carrera.
—No sólo eso.
—De todas formas, no puedo dejar que vuelvas andando a casa.
—No será a casa, sólo hasta la estación. Sé exactamente dónde se encuentra.
Winifred me lo indicó. Lo vio en el mapa. Dice que todavía hay trenes.
—Realmente, no puedes confiar en Winifred.
Millicent sabía que eso era mentira. No importaba lo que le hubiera ocurrido
a Winifred, Nigel estaba mintiendo. Casi todo lo que decía era más o menos
mentira. Unos años antes, ése había sido uno de los patrones de medida por
los que había llegado a comprender cuán profunda y sinceramente le amaba.
—Y tampoco se puede confiar siempre en los mapas —dijo Nigel.
—¿Qué le ha pasado a Winifred?
¡Qué absurda resultaba a sus propios ojos cada vez que intentaba alcanzar
algo así como una relación en pie de igualdad con Nigel, qué colegiala se
sentía! Esas ridículas palabras saltaron a sus labios sin que ella las hubiera
escogido ni hubiera deseado pronunciarlas.
—Se ha ido. Veamos un poco el paisaje antes de volver a casa. Puedes
hablarme de sus aspectos más pintorescos. Ayudará a que nos tranquilicemos.
Una vez más la rodeó firmemente con su brazo y, pese a su en parte simulada
resistencia, medio tiró de ella y medio la empujó a través de la puerta de los
besos hasta el patio de la iglesia. Su resistencia era medio simulada porque
sabía, gracias a la experiencia, que con Nigel algo más resultaba inútil.
Conocía todos los trucos mediante los cuales los chicos más fornidos de la
escuela dominan y hacen obedecer a los pequeños, y jamás había vacilado a
la hora de utilizarlos contra Millicent, normalmente, por supuesto, según una
más o menos acordada base de buen humor, sana diversión y saber mucho
mejor que ella lo que los dos debían hacer a continuación. Su uso frecuente de
la fuerza física, de un modo real y serio, había sido otra de las cosas que la
habían atraído de él.
179
Nigel la llevó a lo largo del maltrecho sendero.
—Un lugar hermoso. Pacífico. Callado como una tumba.
Y, ciertamente, ahora el lugar estaba callado, singularmente distinto en
muchos pequeños aspectos de cuando Millicent había estado allí con
Winifred. No sólo los búhos se habían callado, también las aves de la espesura
guardaban silencio. No se podía detectar ni siquiera el paso lejano de un
avión. La brisa había cedido, y la hierba parecía estar muerta o haber sido
pintada.
—Háblame de la arquitectura —dijo Nigel—. Cuéntame lo que debo mirar.
—La iglesia está cerrada —dijo Millicent—. Lleva años cerrada.
—Entonces no debería estarlo —dijo Nigel—. Las iglesias no han sido hechas
para estar cerradas. Tendremos que echarle un vistazo.
La hizo avanzar por el sendero donde antes había visto el guante. La mano a
la cual pertenecía ese guante debía ser casi la de una criatura; Millicent se dio
cuenta de ello justo entonces.
En el porche de la iglesia, Nigel la hizo sentarse en el único y medio
destrozado banco de madera visible, quizá prestado en otros tiempos por la
escuela local, cuando ésta había existido.
—No te muevas o te daré una buena lección. No estoy dispuesto a que vuelvas
a dejarme tirado, al menos durante un tiempo.
Nigel empezó a examinar la puerta de la iglesia pero, realmente, había poco
que examinar. Podía hacerse una idea de la situación prácticamente con una
ojeada y un empujoncito.
Nigel retrocedió un par de pasos y tensó los músculos. Sin perder ni un
segundo, había decidido lanzarse sobre la puerta y derribarla. Era muy
posible que, pese a las apariencias, no fuera ya muy sólida.
Pero esa vez Millicent llegó realmente a gritar.
—¡No!
El ruido pareció todavía más agudo al estallar en el notable silencio que les
rodeaba. Era casi seguro que la habrían oído en la rectoría vecina, aunque no
fuera la pobre Lettice quien estuviera en condiciones de escucharla. Millicent
180
había logrado sorprenderse a sí misma. No tenía demasiada práctica en
cuestión de gritos.
Por un instante, incluso logró que Nigel se olvidara de sus intenciones.
—¡No! —añadió, como explicación a su grito—. ¡No lo hagas!
—¿Por qué no, cobardica?
Resultaba casi indudable que su sorpresa era casi totalmente real.
—Si quieres, antes trepa por la pared y mira a través de la ventana. —El
volumen y la calidad de su grito le habían dado un momentáneo ascendente
sobre él—. El otro lado de la iglesia resulta más fácil para trepar.
Nigel la estaba mirando.
—De acuerdo. Si tú lo dices…
Salieron del porche, y Nigel ni siquiera la cogió por el brazo.
—No hace falta dar la vuelta por atrás —dijo Nigel—. Puedo hacerlo
perfectamente bien aquí. Y, si a eso vamos, tú también puedes. Saltamos a la
vez.
—No —dijo Millicent.
—Como te plazca —dijo Nigel—. Supongo que ya habrás visto algún
espantajo. ¿O se trata de una misa negra?
Con un solo gesto saltó hacia la pared de la iglesia, e igual que un mono, se
pegó a ella aunque no había ningún asidero visible. Mientras miraba, tenía la
cabeza algo metida entre los hombros, de tal forma que sus rizos pelirrojos le
hacían parecerse a un Quasimodo que hubiera crecido de tamaño, alguien
que, según recordó Millicent, siempre se estaba agarrando a muros góticos y
espiando.
Nigel se dejó caer al suelo sin decir palabra.
—Ya veo a qué te referías —dijo un instante después—. Desde luego, no es un
espectáculo para ojos delicados. No, no es algo que deban ver las jovencitas.
Ni siquiera las mayorcitas… —Se quedó callado durante un segundo,
mientras Millicent evitaba mirarle—. De acuerdo ¿Qué más hay?
Muéstramelo. ¿Adónde vamos ahora?
181
Y la llevó por el camino que cruzaba el patio y los dos empezaron a bajar hacia
el río.
Por lo tanto, sólo transcurrieron uno o dos segundos antes de que Millicent se
diera cuenta de que el montón de coronas ya no estaba allí; no había
ramilletes, no había arpas, no había corazones ni trompetas angelicales; sólo
un puñado de flores silvestres atadas con un cordel de lo más corriente. Por
un instante, Millicent se limitó a dudar de sus ojos y, después, no sólo de ellos.
—Creo que ya no utilizan este sitio —dijo Nigel—. Tengo la impresión de que
está lleno. Eso explicaría lo que ha ocurrido en la iglesia, sea lo que sea. ¿Qué
pasa si cruzamos esa puerta?
—Hay una gran pradera con vacas, y luego una especie de camino que lleva
al río.
—¿Qué especie de camino?
—Pasa por entre zarzales, y está muy embarrado.
—No nos importa un poco de barro, ¿verdad que no, valiente? Y, de todas
formas, ¿cómo se llama el río?
—Winifred dice que se llama el Waste.
—Apropiado —dijo Nigel—. Aunque me apresuro a añadir que ahora ya
no…, no, ahora ya no.
Justo cuando dijo eso, Millicent se fijó en la losa de piedra. «Nigel Alsopp
Ormathwaite Ticknor. Fuerte, Paciente y Sincero. Llamado a un Más Alto
Servicio». Y una fecha. No había fecha de nacimiento; sólo esa otra fecha. La
del día de hoy.
Ese día que ella había sabido era un jueves, mientras que Winifred lo
ignoraba.
La losa era de granito gris, o quizá fuera una piedra que se parecía al granito.
La parte que llevaba la inscripción había sido cuidadosamente pulida.
Cuando estuvo allí por última vez, Millicent no se había fijado en muchas
cosas, y al volver del río era imposible que la inscripción hubiera estado allí
para que fuera vista, como demostraba el que era ahora cuando se daba cuenta
de ella.
182
—Ya no —dijo Nigel por tercera vez—. Volvamos a empezar, gallinita mía.
Millicent se detuvo, lo que ya era algo. Estaba mirando la inscripción. Las
manos y los brazos de Nigel ni la tocaban ni la rodeaban y, de hecho, ni
siquiera estaba especialmente cerca de ella.
—Te quiero, chatita —dijo Nigel—. Ése es el problema, ¿verdad? Nos iba
mejor cuando no te quería.
Rara vez Nigel había dado muestras de tal claridad de visión. Era casi
increíble. Con todo, el tiempo del que hablaba era algo muy, muy lejano.
—No sé qué decir —dijo Millicent.
¿Qué otras palabras podía pronunciar? Ya no eran niños, ya no eran jóvenes,
y en nada se parecían a ellos.
Dieron unas cuantos pasos más hacia adelante, de tal forma que la losa ahora
estaba detrás de Millicent. No se volvió para ver si había algo tallado en su
parte trasera.
Nigel cruzó la segunda puerta de los besos, precediéndola.
—No te molestes —dijo—. Supongo que ya has bajado al río con Winifred. Sé
que ahora no saldrás corriendo. Voy a echar una mirada a la pesca, nada más.
Sin embargo, no seguirle ahora parecía algo carente de objetivo, y Millicent
cruzó también el umbral.
—Como quieras —dijo Nigel.
Pero Millicent se había dado cuenta de otro cambio. Los animales, que antes
se encontraban agrupados en una parte de la pradera, corrían ahora a través
de ella hacia Nigel y Millicent, y corrían tan silenciosos que Nigel ni siquiera
los había percibido: «vacas», así los había descrito cuando habló de ellos con
Winifred; «rebaño», podría haberles llamado su padre adoptivo. Siempre hay
cierto elemento de absurdo en que unos animales domésticos británicos se
comporten igual que si estuvieran en el salvaje Oeste. Con todo, esta vez dicho
elemento podía ser pasado por alto.
—¡Nigel! —exclamó Millicent, y volvió a cruzar la puerta, que se cerró con un
chasquido detrás de ella—. ¡Nigel!
183
Nigel siguió avanzando, impertérrito. Realmente, no deberíamos asustarnos
de unos animales domésticos encontrados en el campo. Además, tan callados
y tranquilos eran estos campos en particular que Nigel parecía no darse
cuenta de que por ellos no se moviera nada excepto él mismo.
—¡¡¡Nigel!!!
Ahora, los animales estaban ya casi encima de él, y no podía dudarse
demasiado de sus intenciones, si es que esta última palabra les era aplicable.
En unos instantes, sobre la hierba y sobre las pieles de los animales hubo
sangre, y cosas peores que la sangre. Antes de que hubiera pasado mucho
tiempo se produjo un alegre pisoteo, visible pero totalmente silencioso.
Ahora, los rabos apuntaban hacia arriba, y en los ojos había una nada típica
inflexibilidad. Pero el grupo de animales, con su sola masa, probablemente le
ocultó lo peor.
Buscar ayuda. Eso es lo que hay que hacer en tales casos. O, al menos, gritar
pidiendo ayuda. Millicent, que en los últimos instantes se había vuelto muy
oral, se descubrió incapaz de emitir el más mínimo ruido. El gran silencio la
había engullido también a ella.
—Oh, Nigel, amor mío…
Pero los animales no tardaron en calmarse, limitándose a olisquear con interés
lo que habían hecho. Era como si no hubieran jugado papel alguno en la
consumación de aquello que ahora husmeaban, y sobre lo cual se les caía la
baba.
Millicent se agarró a la puerta de hierro. Antes de ese día nunca había gritado.
Y nunca, en toda su vida, había llegado a desmayarse.
Unos instantes después se dio cuenta de que, sin saber cómo, el patio de la
iglesia se había llenado de mujeres, o que, si no se deseaba exagerar, se
distinguía a bastantes mujeres por entre los túmulos y monumentos
conmemorativos, a veces en parejas, tríos o cuartetos, aunque más
normalmente como espías solitarias.
Estas mujeres no eran como el duende que aparecía en el ballet favorito de
Winifred. Eran mujeres corrientes, de rostro más bien triste y, con bastante
frecuencia, ya no tenían nada de jóvenes. Millicent no logró sentir en su
interior ninguna atracción hacia ellas. Pero se dio cuenta de que no sólo
184
estaban en el patio de la iglesia, sino también en la pradera de la que ahora
parecía haberse retirado el irascible ganado, justo durante el segundo que
había permanecido dándole la espalda. De hecho, en ese instante las mujeres
parecían haberse materializado más o menos por todas partes.
Absurdo, absurdo. Ni en esos instantes era capaz Millicent de pasar por alto
dicho elemento. Todo este asunto, sencillamente, no merecía tal despliegue, y
en el mundo que la rodeaba eso era algo que todos sabían. A veces se sufría
de forma muy aguda, sí, pero ni siquiera el sufrimiento llegaba a ser del todo
real, menos aún los cambios y la experiencia que, supuestamente, afectaban a
quienes sufrían. La vida no era sólo pasear alrededor del lago, si es que se
podía adoptar la persuasiva analogía de la señorita Stock; de hecho, eso no
era ni siquiera una parte importante de la vida.
Sin embargo, debió de ser más o menos en ese instante cuando Millicent
perdió el conocimiento.
Winifred la estaba mirando desde lo alto, observando su rostro. Winifred ya
no estaba pálida, y había recobrado casi todo su color de costumbre,
renovando con él su confianza en sí misma.
—¡Mi querida Millicent, tendría que haberte metido en la cama en vez de
llevarte al campo! ¿Cómo has podido llegar a quedarte dormida?
—¿Dónde están las vacas?
Winifred miró por entre los hierros labrados de la puerta hacia el campo que
había tras ella.
—Allí no, por lo que puedo ver. Supongo que se las habrán llevado a ordeñar.
—Winifred, en realidad no tienen nada de vacas. No son vacas normales.
—¡Mi querida muchacha! —Winifred la examinó atentamente, y luego
pareció preocuparse todavía más—. ¿Te han atacado? ¿Alguien te ha
asustado?
—A mí no —dijo Millicent.
—Entonces, ¿a quién?
Millicent tragó saliva e intentó dominarse.
—Era un sueño. Meramente un sueño. Prefiero no hablar de ello.
185
—Pobrecita, debes estar agotada. Pero ¿cómo has llegado hasta aquí? ¿Estabas
andando en sueños o qué?
—Me trajeron. Eso fue parte del sueño.
—Lo que dijo esa tal Stock, menudo descaro… Tendrías que haberte tapado
los oídos.
—Y los ojos —dijo Millicent.
—Sí, creo que sí —dijo Winifred sonriendo—. Era un lugar horrible. Bueno, si
ya has despertado del todo supongo que desearás irte, ¿no? He arruinado
todo el día.
—No pude ver el coche. Lo estaba buscando.
—Lo cambié de sitio. Quería que no estuviera a la vista. No pensarías que lo
había metido en el patio de la iglesia, ¿verdad?
—Todo parece posible —dijo Millicent mientras subían por la cuesta—.
Cualquier cosa. Por ejemplo, tú viste todas esas flores. Las viste con tus
propios ojos. ¿Dónde están?
—Se las han llevado a un hospital. Hoy en día es lo que hace la gente después
de los funerales.
—¿Y las setas que había en el río?
—Ya te dije que estaban ahí desde el principio.
—¿Y las historias de la señorita Stock?
—Necesita un hombre, eso es todo. Oh, Millicent, lo siento.
—¿Y el interior de la iglesia?
—Realmente, eso era más bien desagradable. No pienso hablar de ello, ni
siquiera voy a pensar en ello y, por supuesto, no voy a permitir que lo veas.
—¿No tendríamos que informar de todo esto a quien fuera?
—No seré yo quien lo haga —dijo Winifred con voz decidida, cerrando el
tema.
Cuando pasaron por última vez por la puerta de salida del patio, Winifred
dijo:
186
—Nos iremos a casa tan rápido como sea posible. Te llevaré a mi piso y te
meteré en la cama con un calmante. Realmente, no sé nada sobre esta clase de
problemas, pero he visto lo que he visto, y lo que necesitas, en primer lugar,
es un largo sueño y descansar bien, estoy segura de ello.
Millicent sabía que la pena, especialmente la pena reprimida, era, según
decían, capaz de hacer que la mente, aparte de tener ideas raras, viera cosas
que no eran normales.
Sin embargo, Millicent despertó cuando eran exactamente las once y cuarto.
Hacía mucho tiempo, en los primeros días con Nigel, uno de los dos llamaba
cada noche por teléfono al otro a esa hora, y a menudo se habían quedado
conversando hasta la medianoche, momento en el que habían acordado que
se fijaba el límite. Tan sencillos placeres habían llegado a su fin hacía ya años
y años, pero desde que abandonó a Nigel, Millicent no se había acostado
jamás antes de esa hora.
Era poco probable que Nigel se acordara de ese viejo y algo sentimental
acuerdo, y era todavía menos probable que tuviera palabras para decirle que
pudieran calmarla. Con todo, Millicent miró su reloj y se quedó tendida en la
cama, algo aturdida por el sedante pero despierta; y el teléfono sonó
obedientemente.
En el cómodo dormitorio para huéspedes de Winifred había un supletorio
colocado junto a la cabecera de la cama. Winifred era incapaz de encontrarse
a gusto en una habitación sin teléfono.
Millicent ya tenía el auricular en la mano cuando el pequeño y delicado
zumbador iba sólo por la mitad de su primer repique.
—¿Diga? —preguntó Millicent en voz baja a la oscuridad. Winifred había
corrido todas las cortinas, ya que así era como le gustaba a Winifred tener el
dormitorio por la noche—. ¿Diga? —preguntó Millicent por segunda vez.
Bueno, al menos resultaba bastante improbable que fuera una llamada para
Winifred, y por eso era importante no despertarla.
Algo pareció removerse en la línea o, mejor dicho, en el otro extremo. No cabía
duda de ello. No era un simple reflejo del mecanismo.
—¿Diga? —repitió Millicent, siempre en voz baja.
187
Y la tercera vez tuvo suerte, porque al fin obtuvo una contestación.
—Hola, guapa —dijo Nigel.
Teniendo en cuenta el conjunto de circunstancias, a Millicent le era imposible
limitarse a colgar, cosa que, racionalmente, tendría que haber hecho.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó.
—Menudo aspecto tienes con el camisón de Winifred. No es tu estilo, nena,
desde luego.
Cada centímetro cuadrado de la carne de Millicent intentó simultáneamente
esconderse en su cuerpo.
—¡Nigel! ¿Dónde estás?
—Justo delante de tu puerta, bomboncito. Será mejor que vengas en seguida.
Pero tráete un pijama tuyo. El escarlata, el adecuado.
—No voy a ir, Nigel. Ya te lo he dicho. Hablaba en serio.
—Estoy seguro de que hablabas en serio, ya que dejaste que me pisoteara un
maldito montón de terneras sin hacer nada aparte de sonreír como una boba.
Bueno, eso no cambia nada. Y ahora, menos que nunca, de hecho. Te quiero,
y estoy esperando ahora mismo delante de tu puerta.
No podía hablar, eso era todo. ¿Qué podía decirle?
—Vendrás a mí, pimpollo —dijo Nigel—, y lo harás llevando tus ropas. O, y
que te quede claro, seré yo quien venga a ti.
El auricular cayó de la mano de Millicent. Se estrelló contra el suelo del
dormitorio, pero la alfombra que había en el dormitorio de huéspedes de
Winifred era bastante gruesa, y Winifred no oyó nada. En cualquier caso,
además, también Winifred acababa de pasar por un día agotador, y necesitaba
descansar para enfrentarse mañana a las exigencias de la vida y la renovada
llamada de la selva.
Un grupo de preocupadas amistades, tanto masculinas como femeninas, se
agrupó alrededor de Winifred después de la investigación, acto para el que
un sorprendente número de ellas se había tomado el día libre.
188
—Nunca he estado enamorada —dijo Winifred—. Realmente, es algo que no
comprendo.
La gente tuvo que aceptar eso y seguir con sus ocupaciones, tanto las
rutinarias como las que no lo eran. ¿Qué otra cosa podían hacer?
Los otros
Neil Gaiman
—Aquí el tiempo es fluido —dijo el demonio.
Supo que era un demonio en el mismo momento en que lo vio. Simplemente
lo sabía, del mismo modo que sabía que aquel lugar era el infierno. Ninguno
de los dos podría haber sido otra cosa.
La habitación era alargada, y el demonio esperaba junto a un brasero
humeante situado en el otro extremo. De las paredes de piedra gris colgaban
multitud de objetos, objetos que no habría sido prudente ni tranquilizador
inspeccionar de cerca. El techo era bajo, el suelo, extrañamente insustancial.
—Acércate más —dijo el demonio, y el hombre obedeció.
El demonio estaba flaco como un fideo e iba desnudo. Tenía muchas cicatrices,
y parecía que le hubieran arrancado la piel en un pasado remoto. Tampoco
tenía orejas, ni sexo. Sus labios eran finos y tenían un aire ascético; sus ojos
eran demoníacos: habían visto demasiado y habían llegado demasiado lejos,
su mirada hacía que el hombre se sintiera más insignificante que una mosca.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó.
—Ahora —replicó el demonio, con una voz que no denotaba pena, ni tampoco
deleite, tan sólo una rotunda y atroz resignación— vas a ser torturado.
—¿Por cuánto tiempo?
Pero el demonio se limitó a menear la cabeza y no respondió a la pregunta.
Empezó a caminar despacio a lo largo de la pared, paseando su mirada de
objeto en objeto. En el extremo más alejado de la pared, junto a la puerta
cerrada, había un látigo de nueve correas hecho de alambres pelados. Con una
mano en la que sólo había tres dedos, el demonio lo descolgó de la pared y
volvió junto al hombre, transportando el macabro instrumento con suma
189
ceremonia. Colocó las correas de alambre sobre el brasero y se quedó mirando
cómo se calentaban.
—Eso es inhumano.
—Sí.
Los extremos de las nueve correas empezaban a adquirir un tono anaranjado.
Mientras alzaba el brazo para asestar el primer latigazo, dijo:
—Dentro de algún tiempo recordarás todo esto con cariño, incluso este
momento.
—Eres un mentiroso.
—No —replicó el demonio—. Lo que viene después es peor —le explicó, justo
antes de azotarle.
Entonces, las correas del látigo se estrellaron contra la espalda del hombre,
desgarrando sus caras ropas, que ardían y se hacían tiras al contacto con los
alambres incandescentes, y el hombre profirió un grito. Pero la cosa no había
hecho más que empezar.
En las paredes esperaban aún doscientos once instrumentos de tortura y, a su
debido tiempo, habría de probar cada uno de ellos.
Cuando, por fin, la Hija del Lazareno, a la que había llegado a conocer muy
íntimamente, fue limpiada y colocada de nuevo en la pared en el puesto
doscientos doce, entonces, con una mueca de dolor, masculló:
—Y ahora, ¿qué?
—Ahora —respondió el demonio— es cuando viene el dolor de verdad.
Y así fue.
Todo cuanto había hecho en su vida y que habría sido mejor no hacer; cada
mentira que había dicho —ya fuera a sí mismo o a otros—; cada pequeño
dolor que había infligido, y los grandes también… cada uno de ellos iba
siendo extraído de su interior, detalle a detalle, centímetro a centímetro. El
demonio le fue arrancando a tiras la piel del olvido, desnudándolo hasta dejar
sólo la verdad, y aquello le dolió más que cualquier otra cosa.
—Dime qué pensaste cuando ella salió por la puerta —dijo el demonio.
190
—Pensé que mi corazón estaba roto.
—No —replicó el demonio, pero en su voz no había odio—, no fue eso lo que
pensaste.
Se le quedó mirando fijamente con sus inexpresivos ojos, y él no tuvo más
remedio que apartar la vista.
—Pensé: ya nunca sabrá que he estado acostándome con su hermana.
El diablo seguía diseccionando su vida, momento a momento, cada instante.
Aquello duró unos cien años, o quizá mil —tenían todo el tiempo del
mundo— y cuando se acercaba ya el final, se dio cuenta de que el demonio le
había dicho la verdad: la tortura física había resultado más llevadera.
Y terminó.
Y una vez hubo terminado, volvió a empezar de nuevo. Sólo que ahora se
conocía a sí mismo como no se había conocido nunca, lo que de alguna
manera lo hacía todo aún más insoportable.
Ahora, mientras hablaba, se odiaba con toda su alma. Ya no había mentiras,
ni evasivas, ni sitio para otra cosa que no fueran el dolor y la ira.
Estaba hablando. Había dejado de llorar. Y cuando terminó, unos mil años
más tarde, rezó para que el demonio fuera hasta la pared y cogiera el cuchillo
de despellejar, la pera oral o las empulgueras.
—Otra vez —dijo el demonio.
El hombre empezó a gritar. Estuvo gritando mucho tiempo.
—Otra vez —volvió a decir el demonio cuando hubo terminado.
Era como pelar una cebolla. Esta vez, al revisar su vida, comprendió que todo
tiene sus consecuencias. Vio el resultado de las cosas que había hecho,
resultado del que no era consciente mientras las hacía; las mil maneras en que
había dañado al mundo; el mal que había hecho a personas a las que no
conocía y con las que jamás se había tropezado. Era la lección más dura que
había aprendido hasta ese momento.
—Otra vez —repitió el demonio, mil años más tarde.
191
El hombre se puso en cuclillas, junto al brasero, meciéndose levemente, con
los ojos cerrados, y relató la historia de su vida, reviviéndola según la iba
contando, desde su nacimiento hasta su muerte, sin alterar nada, sin dejarse
nada en el tintero, haciendo frente a todo. Abrió su corazón de par en par.
Cuando terminó, se quedó allí sentado, con los ojos cerrados, esperando oír
de nuevo aquella voz: «Otra vez». Pero el demonio permanecía en silencio.
Abrió los ojos.
Se puso en pie, despacio. Estaba solo.
En el extremo opuesto de la habitación había una puerta abierta. Un hombre
cruzó la puerta. Su rostro denotaba pavor, y también arrogancia y orgullo. El
hombre, que iba vestido con ropa cara, avanzó vacilante unos cuantos pasos
y luego se detuvo.
Cuando vio al hombre, lo comprendió todo.
—Aquí el tiempo es fluido —le dijo al recién llegado.
Una aparición
John Connolly
El mundo se había vuelto muy extraño. Incluso el hotel parecía distinto, como
si hubieran movido ligeramente todos los muebles en su ausencia: habían
corrido el mostrador de recepción medio metro hacia delante, lo que hacía
parecer más pequeño el vestíbulo; habían ajustado las luces, de modo que
siempre eran demasiado tenues, o demasiado brillantes. Algo no encajaba. Ya
no era como antes. Todo había cambiado.
Sin embargo, ¿cómo no iba a cambiar todo si ella ya no estaba con él? Él nunca
se había alojado solo aquí antes. Su mujer siempre había estado a su lado,
esperando a su izquierda mientras él hacía la inscripción en el hotel,
observando con aprobación silenciosa mientras él firmaba en el registro,
apretándole el brazo mientras él escribía «Señor y señora», como hizo aquella
primera noche, cuando llegaron para disfrutar de su luna de miel. Su mujer
había repetido aquel pequeño gesto tan íntimo en su retorno anual a partir de
entonces, dejándole saber, a su manera callada, que no iba a tomarse a la ligera
ese matrimonio, esa unión de los diversos aspectos de ambos bajo un mismo
192
nombre. Se tenían el uno al otro y ella nunca lo había lamentado, y nunca se
cansaría de su relación.
Pero ahora ya no había ninguna «Señora», solo un «Señor». Observó a la joven
recepcionista que estaba detrás del mostrador. No la había visto antes, por lo
que supuso que sería nueva. Allí siempre se encontraba con empleados
nuevos, pero en el pasado aún quedaban algunos de los antiguos para
transmitirles una agradable sensación de familiaridad cuando se alojaban en
el hotel. Ahora, mientras le preparaban la llave electrónica y pasaban su
tarjeta de crédito, se tomó algo de tiempo para fijarse en los rostros de los
empleados y no reconoció a ninguno. Ni siquiera el conserje era el mismo. Al
parecer, el tránsito de su esposa a la otra vida lo había cambiado todo. Su
muerte había inclinado el mundo sobre su eje, desplazando los muebles, las
lámparas, e incluso a la gente. Habían muerto con ella y todo había sido
sustituido en silencio, sin una sola objeción.
Pero él no la había sustituido por otra, y nunca lo haría.
Se agachó para alcanzar su bolsa y sintió de nuevo una fuerte punzada. El
impacto fue tan agudo, y tan brutal, que lo dejó sin aliento y tuvo que
apoyarse un momento en el mostrador de recepción. La joven recepcionista le
preguntó si se encontraba bien, y él le mintió y le respondió que sí. Llegó un
botones y se ofreció a llevarle la bolsa a la habitación, dejándolo con una vaga
sensación de vergüenza por no poder desempeñar siquiera esa sencilla tarea
por su cuenta: llevar una pequeña bolsa de piel desde la recepción hasta el
ascensor, y desde el ascensor hasta su habitación. Sabía que nadie lo miraba,
que a nadie le importaba, que este era el trabajo del botones, pero lo
angustiaba haber perdido la facultad de decidir. Aunque hubiera querido
hacerlo, él no habría podido llevar la bolsa, no en aquel momento. Le dolía
todo el cuerpo, y cada uno de sus movimientos ponía de manifiesto su
debilidad. A veces se imaginaba que sus entrañas eran como una colmena
llena de celdillas rotas y podridas, una frágil estructura que se desintegraría
totalmente si la sometían a presión. Estaba llegando al final de su vida, y su
cuerpo se encontraba en un estado de declive terminal.
Acarició la tarjeta-llave en el ascensor mientras subía, y se fijó en el número
de la habitación anotado en la funda de papel. Se había alojado en esa misma
habitación muchísimas veces, pero siempre con su esposa, y recordó una vez
más lo solo que estaba sin ella. Sin embargo, no había querido pasar este
193
aniversario de boda, el primero desde su muerte, en la casa que habían
compartido. Quiso hacer lo que siempre habían hecho a fin de conmemorar
su matrimonio y honrarla a ella, por lo que llamó al hotel y reservó la suite
que le resultaba tan familiar.
Tras un breve forcejeo con la cerradura electrónica —¿qué tenían de malo las
llaves metálicas, se preguntó, para que fuera preciso sustituirlas por unos
trozos de plástico tan desagradables?— entró en la habitación. Todo estaba
limpio y ordenado, anónimo sin llegar a ser impersonal. Siempre le habían
gustado las habitaciones de hotel, y apreciaba la posibilidad de imponerles
elementos de su personalidad mediante actos tan sencillos como colocar un
libro en la mesilla de noche, o dejar los zapatos al pie de la cama.
Había una butaca en un rincón, junto a la ventana. Se hundió en ella y cerró
los ojos. La cama lo había tentado, pero temía que, si se tendía en ella, quizá
no sería capaz de levantarse de nuevo. El viaje lo había dejado exhausto. Se
trataba de su primer trayecto en avión desde la muerte de su mujer, y había
olvidado lo engorroso que resultaba ahora volar. Era lo suficientemente viejo
para recordar una época en la que no siempre fue así, cuando los vuelos aún
conservaban un toque de glamur y de emoción. En el viaje de ida había cenado
la comida envasada del avión, y todo lo que comió y bebió le supo a cartón y
a plástico. Vivía en un mundo compuesto de cosas desechables: vasos, platos,
matrimonios, personas.
Debió de haberse dormido, porque cuando abrió los ojos la luz era distinta y
él tenía un gusto amargo en la boca. Miró su reloj de pulsera y le sorprendió
comprobar que había pasado una hora. Además, se fijó en que había una bolsa
en un rincón, quizá traída por un botones mientras él dormía, pero esa bolsa
no era suya. Maldijo en silencio al muchacho. ¿Acaso era tan difícil subir la
maleta correcta? Ni siquiera había muchos clientes en el vestíbulo cuando se
registró en el hotel. Se levantó y se acercó al objeto en cuestión. Era una maleta
roja cerrada, que reposaba sobre una mesita junto al armario. Se le ocurrió que
quizá no la había visto al entrar en la habitación, cansado por el viaje. Puede
que ya estuviera allí antes. La examinó: estaba cerrada con llave y tenía un
pañuelo verde atado en el asa para ayudar a distinguirla de maletas similares
en las cintas de equipajes de los aeropuertos. No llevaba ningún nombre
escrito, aunque el asa estaba un poco pegajosa donde habían arrancado la
etiqueta de la compañía aérea. Echó un vistazo a la papelera, pero estaba
194
vacía; ni siquiera pudo valerse de una etiqueta desechada para identificar al
propietario. Y, sin embargo, la maleta le resultaba extrañamente familiar…
El teléfono del baño le quedaba más cerca que el del otro lado de la cama.
Decidió usar el del baño, pero antes volvió a inspeccionar la maleta. Sintió una
punzada de miedo. Este era un gran hotel de una gran ciudad americana, así
pues, ¿no sería posible que alguien hubiera abandonado deliberadamente la
maleta en una de sus habitaciones? Se preguntó si no podría encontrarse de
pronto en el epicentro de una devastadora explosión terrorista, y no imaginó
su cuerpo desintegrándose ni vaporizándose, sino estallando en un sinfín de
pedazos como una estatua de porcelana estrellada contra un suelo de piedra.
Visualizó sus fragmentos esparcidos entre los escombros de la suite: una parte
de la mejilla aquí, un ojo, aún parpadeante, allí. El dolor lo había vuelto
quebradizo: habían aparecido grietas en su ser.
¿Las bombas aún hacían tictac? No estaba seguro. Supuso que algunas, las
más anticuadas, probablemente sí. Al igual que había confiado en su
despertador de cuerda para que lo despertara aquella mañana (cuando tenía
que coger un avión, o llegar a tiempo a una reunión, vivía atemorizado por
los cortes de luz), quizá solo serviría una bomba de relojería, con una llave en
la parte posterior, cuando el fracaso no era una opción.
Se acercó con cuidado a la maleta. Se inclinó para verla mejor y escuchó,
conteniendo el aliento para que su respiración entrecortada no tapara ningún
sonido revelador. No oyó nada, y se sintió estúpido al instante. Solo era una
maleta extraviada. Llamaría a recepción y pediría que se la llevaran.
Entró en el baño, accionó el interruptor y se detuvo justo antes de descolgar
el teléfono. Había toda una serie de cosméticos y artículos de aseo alineados
cuidadosamente junto al lavabo, además de un cepillo, un peine y un pequeño
neceser. Vio cremas hidratantes y lápices de labios, y, en el cubículo de la
ducha, un frasco de champú de manzana verde junto a otro de
acondicionador de jojoba. En el cepillo descubrió unos cuantos cabellos
rubios.
Le habían asignado una habitación ocupada en la que se alojaba
temporalmente una mujer. Sintió rabia y vergüenza, tanto por ella como por
sí mismo. ¿Cómo habría reaccionado esa mujer si al volver a su suite hubiera
encontrado a un anciano dormitando en una butaca junto a su cama? ¿Habría
gritado? Pensó que la impresión de ver a una mujer gritándole en un
195
dormitorio desconocido podría haber bastado para precipitar su muerte, y se
sintió momentáneamente agradecido de que las cosas no hubieran llegado a
tales extremos.
Ya había empezado a redactar una diatriba mental cuando oyó que se abría la
puerta de la habitación y vio entrar a una mujer. Llevaba un sombrero rojo y
un impermeable color crema. Se desembarazó de ambos de espaldas a él y los
dejó sobre la cama, junto a dos bolsas de un par de elegantes boutiques. Se
había recogido el pelo rubio en una cola suelta, sujeta con un pasador de
cuero. Ahora que la mujer se había quitado el abrigo, pudo ver su jersey
amarillo limón y su falda blanca, sus piernas desnudas y sus pies calzados con
sandalias marrones.
Entonces la mujer se volvió y lo miró de frente. Él no se movió. Sintió que sus
labios formaban una palabra y pronunció su nombre, pero ella no lo oyó.
«No», pensó, «esto no es posible. No puede ser».
Era ella, y sin embargo no lo era.
No estaba contemplando el rostro de la mujer que había muerto hacía apenas
un año, con las facciones ajadas por la edad y los estragos de la enfermedad
que se la había llevado, el pelo gris y ralo, el cuerpo pequeño, como el de un
pajarito, encogido durante los meses finales, sino el rostro de otra que había
vivido con el mismo nombre en el pasado. Esta era su mujer tal y como había
sido tiempo atrás, tal y como había sido antes de que nacieran los hijos de
ambos. Esta era su amada de joven, quizás a los treinta, pero no más. Y
mientras la contemplaba, se asombró de su belleza. Siempre la había querido,
y le había parecido hermosa incluso al final, pero ni las fotografías ni los
recuerdos hacían justicia a la muchacha que lo cautivó nada más conocerla, y
por la que sintió algo que no había sentido antes ni sentiría después por
ninguna otra mujer.
La mujer se le acercó. Él volvió a pronunciar su nombre, pero no recibió
respuesta. Cuando ella llegó al baño, él se hizo a un lado para dejarla pasar y
salió de la habitación dando unos pasitos cortos, como si bailara. Entonces se
cerró la puerta y oyó cómo ella se iba quitando la ropa y, pese a su
estupefacción, no dudó en alejarse para respetar su intimidad, tarareando una
canción como hacía siempre que estaba confuso o distraído. Durante la hora
196
escasa en la que había estado durmiendo el mundo parecía haber cambiado
una vez más, pero él ya no sabía cuál era su lugar en él.
Oyó el ruido de la cisterna al vaciarse y ella salió del baño, tarareando la
misma canción. «No puede verme», pensó él. «No puede verme, pero ¿puede
oírme de alguna forma?». No le había respondido cuando la llamó por su
nombre y, sin embargo, ahí estaba, compartiendo una canción con él. Puede
que no fuera más que una coincidencia. Después de todo, era una de las
canciones favoritas de ambos, y quizá no debería sorprenderle que, cuando
estaba sola y relajada, la tarareara suavemente. Lo cierto es que nunca la había
visto sola. Puede que alguna vez ella no hubiera sido consciente de su
presencia, lo que a él le había permitido observar cómo desempeñaba con
naturalidad ciertas rutinas cotidianas, pero tales ocasiones eran siempre
breves, y el hechizo se rompía al descubrir ella su presencia, o al creer él que
había asuntos más importantes de los que ocuparse. Pero ¿eran realmente tan
esenciales? Después de la muerte de su esposa, él habría renunciado a una
docena —no, a un centenar, a un millar de aquellos asuntos— por disfrutar
de solo un minuto más con ella. «Es lo que suele suceder cuando ves las cosas
en retrospectiva», supuso. «Te vuelves más sensato, pero entonces ya es
demasiado tarde».
Nada de esto venía ahora al caso. Lo verdaderamente importante era que veía
a su esposa tal y como había sido antes, la mujer que ahora no podía ser pero
que, en cierto modo, era. Sopesó algunas de las posibilidades: quizá soñaba
despierto, o sufría alucinaciones provocadas por el cansancio y el viaje. Pero
había percibido su olor cuando ella pasó a su lado, y ahora la oía cantar, y sus
pasos dejaban huellas en la gruesa moqueta que permanecían visibles durante
un instante antes de que las fibras recobraran su forma inicial.
«Quiero tocarte», pensó. «Quiero sentir tu piel junto a la mía».
Ella abrió la maleta y empezó a sacar la ropa. Colgó blusas y vestidos en el
armario y usó el cajón de la derecha para su ropa interior, tal y como hacía en
casa. Ahora estaba tan cerca de ella que podía oírla respirar. Volvió a
pronunciar su nombre una vez más, echándole el aliento en la nuca, y le
pareció que, por un instante, ella se confundía al tararear la canción y olvidaba
parte de una estrofa. Él susurró de nuevo, y ella dejó de tararear. Miró hacia
atrás con expresión vacilante, y su mirada lo atravesó sin verlo.
197
Él alargó la mano y, al rozarle suavemente la piel de la cara con los dedos,
notó que estaba caliente. Era una presencia viva en la habitación. Ella se
estremeció y se tocó la mejilla con las puntas de los dedos, como si se quitara
una telaraña.
Se le ocurrieron varios pensamientos casi simultáneos.
El primero fue: «No volveré a hablar. Y tampoco la tocaré. No quiero ver esa
expresión en su rostro. Quiero verla como tan pocas veces la vi en vida.
Quiero formar parte de su existencia y mantenerme alejado de ella a un
tiempo. No entiendo qué es lo que sucede, pero espero que no se acabe».
El segundo pensamiento fue: «Si ella es tan real, entonces, ¿qué soy yo? Me he
vuelto incorpóreo. Cuando la vi por primera vez creí que era un fantasma,
pero ahora parece que soy yo el que ya no es el mismo de antes. Sin embargo,
siento cómo me late el corazón, oigo mis carraspeos y soy consciente de mi
dolor».
El tercer pensamiento fue: «¿Por qué está sola?».
Siempre habían llegado juntos para celebrar su aniversario. Era su hotel
favorito, y siempre pedían esa habitación porque era la misma en la que se
habían alojado aquella primera noche. No importaba que la decoración
hubiera cambiado a lo largo de los años, o que la suite fuera, en realidad,
idéntica a otra media docena de habitaciones del hotel. No, lo importante era
el número de la puerta, y los recuerdos que dicho número les evocaba nada
más verlo. Era la emoción de volver a —¿cómo lo había descrito ella una
vez?— «la escena del crimen», con aquella risa gutural tan suya, la misma que
siempre le hacía querer llevársela a la cama. En las escasas ocasiones en que
la habitación no estuvo disponible, un levísimo atisbo de decepción
ensombreció el placer de ambos.
Ahora la veía en la habitación, pero sin él. ¿No debería estar él también ahí?
¿No debería ver a su yo más joven con ella, y observar cómo se movían el uno
alrededor del otro, él descansando mientras ella se duchaba, él leyendo
mientras ella se vestía, él (y, de hecho, siempre era él) dando pataditas de
impaciencia mientras ella daba los toques finales a su peinado o a su atuendo?
Lo invadió una sensación de mareo, y su propia identidad empezó a
desmoronarse como un montón de ladrillos viejos bajo el mazo del albañil. Se
le ocurrió la posibilidad de que, de algún modo, hubiera soñado toda una
198
vida, hubiera creado una existencia carente de base real. Se despertaría y
descubriría que estaba de nuevo en casa de sus padres, durmiendo en su
estrecha cama, y que tendría que ir al colegio y jugar al baloncesto después, y
hacer los deberes cuando empezara a oscurecer.
«No. Ella es real, y yo soy real. Soy viejo y me estoy muriendo, pero no
permitiré que me arrebaten los recuerdos que guardo de ella sin presentar
batalla».
«Sola. Ha venido aquí sola. O sola, por ahora». ¿Estaría esperando a alguien?
¿A un amante?, ¿a un hombre que a él le resultara familiar, o desconocido?
¿Lo había traicionado ella alguna vez en esa habitación, en su habitación? Esa
posibilidad le resultaba aún más desoladora que la de que ella no hubiera
llegado a existir. Dio un paso atrás y el dolor que sentía aumentó. Quería
agarrarla de los brazos y exigirle una explicación. «Ahora no», pensó, «no
cuando he llegado al final, cuando lo único que espero es reunirme por fin
con ella; o, si no hay nada más allá de este mundo, perderme en un vacío en
el que no haya dolor, y en el que su pérdida ya no pueda sentirse, solo
disolverse en la eterna ausencia del más allá».
Se dejó caer pesadamente en la butaca. Sonó el teléfono, pero no sabía si
sonaba en su mundo o en el de ella. Estaban superpuestos, uno encima del
otro, como fotogramas idénticos, cada uno con un actor diferente. Tras
quitarse los zapatos, su mujer cruzó la habitación a saltitos hasta la cama y
descolgó el auricular.
—¿Hola? Sí, todo va bien. He llegado sin problema y nos han dado nuestra
habitación. —La mujer escuchó—. ¡Vaya, qué mala suerte! ¿Cuándo crees que
podrá despegar el avión? Bueno, al menos disfrutaremos de algunos días.
Un nuevo silencio. Alcanzó a oír la voz metálica que sonaba al otro extremo
de la línea, y descubrió que era la suya.
—Bueno, entonces es mejor que te alojes en un motel del aeropuerto, por si
acaso. Aunque no será tan agradable como esta habitación.
A continuación, ella se echó a reír con esa risa tan ronca y sensual, y él supo
lo que le habían dicho, lo supo porque él se lo había dicho, casi podía recordar
las palabras exactas, podía recordar casi cada minuto de aquel fin de semana,
porque ahora le iba volviendo a la memoria y, al caer en la cuenta, lo invadió
una oleada de sentimientos contradictorios. Sintió alivio, pero también
199
vergüenza. Había dudado de ella. Casi al final de su vida, después de tantos
años juntos, la había juzgado de un modo indigno. Quería encontrar la
manera de pedirle perdón, pero no podía.
—Lo siento —susurró, y el hecho de reconocer en voz alta su error le
proporcionó cierto alivio.
Repasó sus recuerdos de aquella época. Había caído una fuerte nevada sobre
el aeropuerto, retrasando todos los vuelos. Aquel día salió con el tiempo muy
justo, porque tenía reuniones a las que asistir y personas a las que ver. El suyo
sería el último vuelo en despegar. Vio que en el panel ponía «Retrasado»,
luego «Retrasado» de nuevo, y finalmente «Cancelado». Soportó una noche
aburrida en un motel del aeropuerto con tal de estar lo bastante cerca para
coger el primer vuelo de la mañana, si es que el tiempo mejoraba. El tiempo
mejoró y pasaron la noche siguiente juntos, pero fue la única ocasión en la que
estuvieron separados la vigilia de su aniversario, ella en su habitación de hotel
y él en la suya, comiendo pizza y viendo un partido de hockey por la tele. Al
recordarla ahora no le pareció una noche tan mala, puesto que incluso se
permitió algunos caprichos, pero hubiera preferido pasarla con ella. A lo largo
de los cuarenta y ocho años de historia de su matrimonio, fueron muy pocas
las noches que no hubiera preferido pasar a su lado.
Aquella noche sucedió algo más, algo que no conseguía recordar del todo. No
se lo podía quitar de la cabeza, era como una picazón que lo exasperaba. ¿Qué
sería? Maldijo su mala memoria, incluso cuando otra emoción lo embargó.
Fue consciente de la envidia que le tenía a su yo más joven. Era tan impetuoso
entonces, tan pagado de sí mismo… A veces miraba a otras mujeres (aunque
nunca dio un paso más allá) y muy de vez en cuando pensaba en su antigua
novia, Karen, la muchacha que podría haber sido su esposa. Se marchó para
estudiar en una universidad pequeña y exclusiva del nordeste con la
esperanza de que la siguiera, pero él escogió otro centro tras decidir que
prefería quedarse más cerca de su casa. Intentaron mantener la relación a
distancia, pero no funcionó, y hubo momentos en los primeros años de su
matrimonio en los que se preguntó cómo habría sido su vida de estar casado
con Karen, qué aspecto habrían tenido sus hijos y qué habría sentido al dormir
junto a ella cada noche, al despertarla en la oscuridad con un beso y percibir
su reacción, las manos de ella en su espalda, los dos cuerpos entrelazándose
lentamente. Con el tiempo, esos pensamientos se desvanecieron y aceptó el
200
presente de su elección, agradecido por todo lo que dicho presente —así como
su esposa— le había aportado. Pero aquel mismo joven, indiferente y
despreocupado, llegaría a la mañana siguiente, llevaría a su bella esposa a la
cama y no apreciaría lo afortunado que era de tenerla.
Ella colgó el teléfono y, tras sentarse en la cama, acarició la piedra de su anillo
de compromiso antes de trazar círculos alrededor del aro de oro en el que
estaba engarzada. Se levantó y, entonces, mientras él continuaba sentado en
la butaca, observó las ráfagas de nieve que caían en el exterior, corrió las
cortinas, encendió las lámparas de las mesillas de noche para que su luz cálida
bañara la habitación y empezó a desnudarse.
Y le fue concedido pasar con ella aquella noche, de forma distante e íntima a
un tiempo. Se sentó en el suelo del baño con la mejilla contra la bañera y la
vio bañarse con la cabeza apoyada en una toalla y los ojos cerrados, mientras
en la radio de la habitación sonaba durante una hora la música de Stan Getz.
Él estaba a su lado cuando ella se sentó en la cama envuelta en un albornoz
del hotel, con una toalla enroscada alrededor de la cabeza, pintándose las uñas
de los pies y riendo mientras veía una comedia malísima que nunca habría
visto de haber estado él presente, y él se sorprendió a sí mismo riéndose
también. Ella llamó al servicio de habitaciones —una ensalada Cobb, con
media botella de Chablis— y él vio las huellas que dejaba en la copa fría.
Recorrió con la mirada la página del libro que leía ella, uno que él le había
dado pensando que podría gustarle. Ahora leían juntos el contenido del libro
olvidado hacía mucho, de modo que ambos lo descubrieron a la vez.
Ella se deshizo por fin de la toalla y se sacudió el pelo. Después se quitó el
albornoz y se puso un camisón. Se metió entre las sábanas, apagó la luz y
apoyó la cabeza en la almohada. Él estaba a solas con ella, el rostro de su mujer
casi luminiscente en la oscuridad, y aun así pálido y poco definido. Notó cómo
lo invadía el sueño, pero temía cerrar los ojos porque, en lo más profundo de
su corazón, sabía que ella habría desaparecido cuando se despertara, y quería
que esa noche no se acabara nunca. No soportaría separarse de ella de nuevo.
Pero la desazón no desaparecía, la sensación de que había un detalle
importante que no conseguía recordar, algo relacionado con una conversación
olvidada mucho tiempo atrás que había tenido lugar cuando él finalmente
llegó a esa habitación. Empezaba a volverle a la memoria. Muy gradualmente,
sí, pero estaba descubriendo más piezas de aquel fin de semana en el desván
201
abarrotado de su memoria. Hicieron el amor, y después ella guardó silencio.
Cuando la miró, vio que lloraba.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Algo te pasará, estás llorando.
—Pensarás que soy muy tonta.
—Dímelo.
—He tenido un sueño en el que salías tú.
Y volvió a desvanecerse el recuerdo. Intentó acordarse de aquel sueño. Podría
ser relevante. Todo acerca de aquella noche le parecía relevante. A su lado, la
respiración de su joven esposa se fue sosegando a medida que entraba en un
sueño más profundo. Se mordió el labio, frustrado. ¿Qué sería? ¿Qué era lo
que no conseguía recordar?
Se le entumeció el brazo izquierdo. Supuso que se debería a la postura. Intentó
moverse, y el entumecimiento se convirtió en dolor. Se extendió rápidamente
por todo su cuerpo, como si le hubieran inyectado veneno en el torrente
sanguíneo. Al abrir la boca expulsó una bocanada de aire y de saliva.
Experimentó una fuerte opresión en el pecho, como si una presencia invisible
se le hubiera sentado a horcajadas sobre el torso, dificultando su respiración
y, de algún modo, comprimiéndole el corazón. Se lo imaginó como una masa
roja sujeta a un puño que, al apretujarlo, lo iba vaciando de sangre lentamente.
—Soñé que estabas a mi lado, pero sufrías mucho y yo no podía tocarte. Lo
intenté muchas veces, pero no lo conseguí.
Oía su voz a lo lejos, y las palabras le llegaban como en un eco. La había
abrazado y le había acariciado la espalda conmovido por la intensidad de sus
sentimientos, pero, en el fondo, la había considerado tonta por responder así
a un sueño.
Su esposa se movió mientras dormía, y ahora era él quien derramaba lágrimas
de dolor.
—He soñado que te morías, y que yo no podía hacer nada para salvarte.
«Me estoy muriendo», pensó. «Finalmente, el momento ha llegado».
202
—¡Chis! —exclamó su mujer. La miró, y aunque ella aún tenía los ojos
cerrados, movió los labios y le susurró—: Chis, chis. Estoy aquí, y tú también.
Ella cambió de postura, alargó los brazos y lo envolvió en un abrazo. Él le
hundió la cara en el pelo, la olió y la acarició en su agonía, mientras el corazón
le estallaba en lo más profundo del pecho. Músculo y sangre empezaban a
fallar, y todo llegaba a su fin. Su mujer lo apretó con fuerza cuando las últimas
palabras que pronunciaría en su vida emergieron en una maraña incoherente.
Antes de que la oscuridad se lo llevara.
Antes de que todo fuera calma y silencio.
—Chiss —dijo ella, mientras él se moría—. Estoy aquí.
—Dios mío, ¡te quiero tanto!
—Chiss. Chiss.
Y él abrió los ojos.
203
Tardé bastantes minutos en percatarme de mi error: la nota adjunta no venía
encabezada por un saludo con un nombre que me hubiese podido alertar. Leí
la nota y los primeros documentos remitidos con desconcierto creciente,
convencido (aunque suene absurdo) de que tenían que ver con algún proyecto
en el que me había implicado y que luego había olvidado. Cuando por fin
volví a mirar el nombre que figuraba en el sobre, mi perplejidad era ya total.
Ese es el momento en el que pasé del simple descuido a la culpabilidad moral.
Para entonces estaba demasiado fascinado por lo que había leído como para
poder parar.
A continuación he reproducido el contenido de los documentos, con notas
explicativas. Salvo cuando se indica lo contrario, son fotocopias, algunas
grapadas juntas, otras sujetas con clips, y en muchos casos con páginas
faltantes. He tratado de mantenerlos en el orden en el que los recibí, que no
siempre es cronológico. Hasta que no empecé a comprender lo que tenía ante
mí no presté demasiada atención a cómo los volvía a dejar. No puedo asegurar
que así es como estuvieran ordenados en su origen.
[Nota adjunta. Está escrita en una postal, con tinta azul oscuro y letra cursiva. La
fotografía de la postal es de un gatito empapado saliendo de un lavabo lleno de agua
jabonosa. La expresión del animal es de cómica ansiedad].
¿Dónde estás? Aquí tienes lo que has pedido. Ahora, ¿para qué lo quieres? He
anotado comentarios en algunos documentos. La mitad no los he encontrado.
No creo que me hayan visto rebuscando en los archivos, y para el resto me las
apañé para colarme en tu antiguo hogar (menos mal que tenías tu fichero),
pero ven a la próxima reunión. Puedes conseguir que alguien se ponga de tu
lado, pero tienes que andar listo. Tengo prisa. ¿Vas a tomar partido? Ya
hablamos. ¿Recibirás esto? Ven a la próxima reunión. Más a medida que vaya
encontrando.
[Esta página fue escrita originalmente con una vieja máquina de escribir manual].
204
Reunión de la FCVF, 6 de septiembre de 1976
Orden del día.
1. Temas pendientes última reunión.
2. Nomenclatura.
3. Fondos.
4. Notas de investigación.
5. Informes de campo.
6. Asuntos varios.
1. Asuntos pendientes:
Moción para la admisión de JH, presentada por FR. Voto: unánime.
2. Nomenclatura:
FR propone cambio de nombre: «FCVF» anticuado. CT recuerda a FR la
tradición. FR insiste en que «FCVF» no es incluyente, propone «S (Sociedad)
CVF» o «G (Grupo) CVF». CT protesta. EN sugiere «A (Aquelarre) CVF», en
broma. Impaciencia creciente. FR propone votación sobre cambio, DY le
apoya. Votos: 4 a favor, 13 en contra. Moción rechazada.
3. Fondos/Informe tesorero.
EN informa de los diversos pagos realizados este trimestre, por un total de
£—. [La suma está borrada con tinta negra]. Se acuerda mantener las cuentas
al día para evitar repetir la debacle de Gouldy-Statten. Cuotas mayormente al
corriente y con
205
[El siguiente documento es una hoja suelta que parece escrita con procesador de
textos].
1 de septiembre de 1992
MEMORÁNDUM
[La siguiente página está numerada «2» y comienza a mitad de un párrafo. Por suerte
incluye una cabecera].
incierto, pero hay pocos motivos para dudar de su veracidad. Los resultados
de ambas muestras fueron exactamente los esperables para VD, lo que apunta
a la inexistencia de diferencias entre VD y VF incluso a nivel molecular. Es de
presumir que cualquier distinción se manifieste a otro nivel, uno más alto, el
morfológico, lo que escapa a nuestros intentos por compararlas; o en el de una
206
esencia incorpórea y, por lo tanto, fuera por completo de nuestras
posibilidades de medición.
Sea cual sea la realidad, el hecho de que las dos muestras de argamasa de VF
puedan incorporarse a la colección FCVF es motivo de celebración.
Este trabajo debería estar en disposición de ser presentado a finales de este
año.
INFORME DE PROGRESO
Las VF y la hermenéutica
B. Bath
Problemas del conocimiento y la problemática de Conocer. Consideraciones
sobre las VF como Sagradas Escrituras urbanas. La cábala considerada como
modelo interpretativo. Estudio de las VF como patrón de interferencia.
Investigación actualmente en curso, fecha prevista de finalización del trabajo
aún por determinar.
INFORME DE PROGRESO
Los recientes cambios en el comportamiento de las VF
E. Nugen
Es bien sabido que rastrear los movimientos de las VF resulta harto difícil.
[Aquí se ha garabateado lo siguiente: «¿Estás de coña? ¿Qué cojones te crees que
estamos haciendo aquí todos?»]. Reconstruir estas pautas como realidades de
longue durée, [el acento está añadido a mano] es ineludiblemente un trabajo de
desentrañamiento de registros históricos que, por su propia naturaleza y
definición, son parciales, anecdóticos e inciertos. Como la mayoría de mis
lectores saben, desde largo tiempo atrás mi objetivo ha sido extraer de los
anales de nuestra sociedad pruebas de ciclos prolongados (véase documento
de trabajo núm. 19, A vueltas de nuevo con la curva de Statten), objetivo en el
que no he fracasado por completo.
He recopilado las pruebas de los principales avistamientos verificados que
han tenido lugar en Londres durante las últimas tres décadas (dos de los
207
cuales me corresponden a mí) y puedo afirmar de manera concluyente que el
tiempo entre la llegada y partida de una VF a un emplazamiento se ha
reducido en un factor de 0,7. Las VF ahora se mueven más deprisa.
Por añadidura, rastrear sus movimientos tras cada aparición se ha vuelto más
complicado e (incluso) más incierto. En 1940, el resultado de aplicar la matriz
de Deschaine a una hora de llegada y un lapso de permanencia dados de una
determinada VF permitía predecir los parámetros de reaparición con una
probabilidad del 23 % (con un margen de error de dos meses y tres kilómetros
doscientos metros); hoy el resultado de este mismo cálculo nos proporciona
tan solo una probabilidad del 16 %. Las VF son menos predecibles de lo que
jamás lo han sido (a excepción, tal vez, del Decenio Perdido de 1876-1886).
Esta modificación en su comportamiento no se produce de forma gradual sino
intermitente, a rachas repentinas en el transcurso de los años: una vez entre
1952 y 1953, otra a finales de 1961, y de nuevo en 1972 y en 1976. Las causas y
consecuencias siguen sin conocerse. Cada uno de estos momentos clave se ha
traducido en un incremento en la velocidad de cambio. El hecho de que las
VF se muestran últimamente más asustadizas y agitadas —ese dato empírico
que todos conocemos— parece ser cierto.
Mi intención es presentar este trabajo terminado dentro de dieciocho meses,
a más tardar. Deseo agradecer a CM su ayuda en la investigación. [Supongo
que este CM es el Charles Melville al que iba dirigido el paquete. Sujeta con
un clip al anterior documento de la FCVF estaba esta nota manuscrita:]
[¿Con qué ha dado Edgar N.? Me lo pregunté entonces, por supuesto, y me lo sigo
preguntando, aunque ahora creo saberlo tal vez].
208
mala acción, algo que no voy a hacer, de modo que digamos que decidí; aunque no
estoy convencido de que así fuera. En cualquier caso, continué leyendo. Este
documento está impreso por ambas caras, como un folleto publicitario. La primera
frase lo está en una fuente de letra grande y roja, y constituye la portada del mismo].
Testigo principal: FR
Secundario: EN
El jueves 11 de febrero de 1988 entre las 3:00 y las 5:17 de la mañana —hasta
donde resulta posible asegurarlo— y un poco al sur de la calle High Street de
Plumstead (C. P. SE18), se manifestó Varmin Way.
Aunque algo más corta que en su última aparición conocida (Battersea 1983,
véanse las concordancias de VF), Varmin Way ha adoptado una configuración
ondulada debido a las limitaciones de espacio. Un extremo linda con Purrett
Road entre los número 44 y 46, a doce metros al norte de Saunders Road
aproximadamente; entonces Varmin Way parece describir una curva con la
forma de una ese de rasgos apretados y termina a mitad de Rippolson Road,
entre los números 30 y 32 (véase mapa adjunto).
En cada una de las calles en las que desemboca, Varmin Way ha separado dos
viviendas anteriormente adosadas. Una de las de Rippolson Road está
deshabitada; se ha interrogado subrepticiamente a los moradores de las otras
tres, pero los comentarios de todos ellos sobre la nueva recién llegada solo
traslucen indiferencia. Por ejemplo: cuando FR ha preguntado a un hombre si
sabía cómo se llamaba «ese callejón», este ha echado una ojeada a la calle
209
ahora colindante con su casa, se ha encogido de hombros y ha dicho que «ni
pajolera idea». Huelga decir que esta reacción es típica en las inmediaciones
de los emplazamientos de manifestaciones de VF (véase B. Harman, Sobre la
inadvertencia, documento de trabajo núm. 5, FCVF).
Una excepción parcial es un hombre de treinta y cinco años de Purrett Road,
residente en la vivienda de ladrillos que ha pasado a estar ubicada en la acera
norte de Varmin Way. Al observarlo cuando se dirigía hacia Saunders Road,
se lo vio tropezar en el nuevo bordillo al atravesar Varmin Way. Miró el
asfalto y luego los ladrillos de las esquinas de las casas del cruce, caminó atrás
y adelante, cinco veces, con expresión de extrañeza, mirando calle abajo pero
sin entrar en ella, antes de continuar su camino, no sin dejar de echar un par
de ojeadas por encima del hombro.
[Este es el final de la página central del folleto. Dentro hay metida una carta
manuscrita plegada, así que he decidido reproducirla aquí, en mitad del texto del
folleto. Dice]:
Charles,
Tengo prisa. Siento muchísimo no haber podido ponerme en contacto contigo
antes —como es lógico, el teléfono no era una opción—. Ya te dije que podía
arreglármelas: Fiona se encontraba desplegada sobre el terreno solo gracias a
mí, pero modestamente la he hecho figurar como testigo principal, por puro
politiqueo. Charles, estamos a punto de entrar y te aseguro que incluso desde
donde estoy ahora veo la prueba: esta vez sí que es la buena. La próxima vez,
la próxima… ¡O vente ya mismo! Te envío esto por correo urgente (¡por
supuesto!) para que cuando lo recibas corras aquí. Pero ya conoces la
reputación de Varmin Way: es inquieta, probablemente ya no esté. ¡Pero ven
a buscarme! Yo sí estaré al menos.
Edgar
Al final de esta carta figura el siguiente añadido, escrito con la misma caligrafía de la
nota inicial del paquete.
210
¡Menudo capullo! Supongo que esto fue cuando vuestras posturas se
distanciaron. ¿Por qué te dejó de lado así, y por qué tanta doblez?
[Aquí figura la siguiente anotación escrita con la letra de Edgar: «¡Un macarra del
barrio que amenazó con cargárseme como no cerrara el pico!»].
[Cuando llegué a este punto estaba temblando. Tuve que parar, salir de la habitación,
beber un poco de agua y obligarme a respirar despacio. Me siento tentado a añadir
211
más sobre esto, sobre las repentinas e inquietantes especulaciones que estos
documentos suscitaron en mí, pero creo que no debería entrar en ello.
Justo a continuación del informe del avistamiento había otro folleto de aspecto
similar].
URGENTE
[Aquí figura un nuevo comentario escrito con la letra del contacto anónimo de
Charles. Dice: «No quiero ni pensar lo destrozado que te dejaría ser remplazado por
Bryn como nuevo favorito. ¿Qué es lo que hiciste exactamente para cabrear así a
Edgar?»].
212
y a un inmediato reagrupamiento en una cafetería de la calle High Street de
Plumstead, que permanece abierta hasta entrada la noche.
[El documento termina con dos fotografías en blanco y negro sin nota explicativa
alguna ni leyenda. Ambas están tomadas a la luz del día. La de la izquierda es la
imagen de dos viviendas, una a cada lado de una callecita de casas bajas de hace un
siglo, que da la sensación de describir una abrupta curva hacia la derecha y luego se
desdibuja rápidamente en la distancia. La de la derecha vuelve a ser de esas dos
fachadas, pero ahora las casas —que se reconoce son las mismas por una grieta en una
ventana, una mancha de pintura bajo un marco, los esmirriados jardines delanteros y
las descuidadas budleias— están juntas. Ya no son semiadosadas. Ya no hay una calle
entre ellas].
[Bien.
Paré un rato. Tenía que parar. Y luego tuve que continuar leyendo.
Una sola hoja de papel. De nuevo escrita a máquina, salvo el nombre; esta, con una
máquina eléctrica].
¿Lo viste, Charles? Los daños, a mitad de Varmin Way. Están ahí, se ven en la
fotografía en ese informe. [Debe de estar refiriéndose a la imagen de la
izquierda. La examiné con atención, a simple vista y con lupa, pero no
distinguí nada]. Es como en las tejas de pizarra de Scry Pass, las que te enseñé
213
en la colección. Tú sí las viste, las estrías y marcas, incluso aunque ninguno
de los malditos conservadores se percate. Varmin Way no estaba solo de paso,
estaba descansando, se estaba recuperando, Había sido atacada. Estoy en lo
cierto.
Edgar
[Continué leyendo.
Aunque no están firmadas, a juzgar por la letra, lo que sigue son un par de páginas
de otra carta mecanografiada de Edgar].
manifestación más antigua que he podido rastrear tuvo lugar allá por mil
setecientos poco (habrás oído que alrededor de 1790 o 1791 —tonterías, esa es
solo la postura oficial basada en los archivos—, pero aunque este dato no esté
verificado, hazme caso, es correcto). Tan solo unos pocos años después de la
Revolución Gloriosa de 1688 nos encontramos con que Antonia Chesterfield
se refiere en su diario a «esa calle ratonera, que corretea entre Waterloo y The
Mall, verdadera alimaña de nombre y asimismo de condición. Aguardaos
della: si tocares una rata os morderá, como descubrieron otros, de los nuestros
y de la chusma de la calle alimaña». Esta es una referencia a Varmin Way; la
señora Chesterfield pertenecía a la organización precursora de la Fraternidad
(y a ella no la habrías oído quejarse de ese nombre. ¡Toma nota, Fiona!).
Ya ves lo que está diciendo, y creo que ella fue la primera. No lo sé, Charles,
establecer correlaciones es muy difícil, pero mira el resto de candidatas: Shuck
Road, Caul Street, Stang Street, Teratologue Avenue (esta última creo que es
bastante voraz), entre otras. Hasta donde he podido averiguar, Vermin Way
y Stang Street se mostraban de lo más hostiles entre ellas en aquella fase,
aunque casi con toda seguridad ahora no están enfrentadas. Nada
sorprendente. Sole Den Road es el gran enemigo hoy en día (¿te acuerdas de
1987?).
(A propósito, hablando de esa primera manifestación de Varmin, ¿has llegado
a leer entero el antiguo criptolito que te envié?
El escribano se adentró en un dédalo de callejones
214
Que a la caída del día ya había desaparecido de nuevo
Siglo XIV, ¿te imaginas? Te apuesto una libra a que existen cartas de
contrariados prefectos británicos quejándose de callejones errantes en las
inmediaciones del templo de Mitra. No obstante, las hostilidades no se tratan
demasiado hasta la señora Chesterfield).
En cualquier caso, ya ves a dónde quiero ir a parar. Es la única manera de que
cuadre todo, todo eso con lo que llevo tanto tiempo dando la lata: las Viae
están luchando, como creo que han hecho desde siempre.
Y en esto tampoco hay nada de nacionalismo estúpido, como
[Y aquí termina la página. Hay otra nota añadida que se refiere claramente a esta
carta, del interlocutor anónimo de CM. «Yo me lo creo —dice él, o ella, pero la
escritura me parece la de un hombre, aunque esta sea una suposición controvertida—
. Aunque me costó, ahora creo en la teoría bellum de Edgar. Pero te conozco, Charles,
a ti la “investigación pura” te la suda. Sé lo que Edgar está haciendo, pero no entiendo
qué es lo que tú vas a hacer con esto»].
RESIDENCIA
FECHAS VISITANTE NOTAS
HABITUAL
216
desplazándose con sigilo i
manifestándose en ubicaciones cada
vez más centrales del barrio del
Soho; se desmanifestó el viernes y,
tras volver a presentarse el sábado,
enfiló a toda prisa hacia el sur en
dirección a Picadilly Circus y luego
desapareció.
[Hay una tarjeta-recibo de cartulina sellada con algunos signos crípticos; las
columnas a mano izquierda impresas burdamente, las de la derecha rellenas a mano
con tinta negra].
SOCIÉTÉ POUR
217
L’ÉTUDE DES RUES SAUVAGES
20 de junio de 1992
Un cordial saludo.
Claudette Santier
Mi querido Charles:
Soy consciente de que te sientes tratado injustamente. Mis disculpas por ello.
Creo que no tiene sentido enumerar nuestras discrepancias, y menos aún los
desagradables contratiempos a los que nos han conducido. No obstante, no
veo que estés llegando a ninguna parte con estas investigaciones, y
simplemente no me quedan los años suficientes para andar siguiéndote la
218
corriente, ni tampoco el valor suficiente (si fuese más joven… ah, pero si fuese
más joven ¿acaso habría algo que no estuviera dispuesto a hacer?).
A lo largo de mi vida he llevado a cabo tres caminatas y he visto las pruebas
de las heridas que las Viae se infligen entre ellas. He rastreado combatientes
y lealtades cambiantes. ¿Dónde están, por el contrario, las pruebas que
respaldan tus aseveraciones? ¿Por qué, basándonos en tu intuición,
deberíamos prescindir de las cautelas que puede ser nos hayan mantenido
con vida? No es que esto que hacemos esté exento de peligros precisamente.
Existen motivos para las restricciones que tantos deseos tienes de revocar.
Huelga decir que yo también he oído todas esas mismas historias: ¡calles que
se manifiestan con luces coruscantes y personas en las casas!, ¡voces de
buhoneros de antaño que todavía llegan desde más allá de los muros de
Dandle Way!, ¡jinetes de calles! No digo que no las crea, no más de lo que creo
—o descreo— las historias sobre que Potash Street y Luckless Road se
ennoviaron y aparearon y así es como nació Varmin Way, o las historias sobre
adónde van las Viae Ferae cuando se desmanifiestan. No tengo manera de
juzgar. Esta compañía mítica de habitantes y domadores de calles podría
existir, pero, mientras asimismo continúe siendo un mito, tú no tienes nada.
Estoy dispuesto a ser un mero observador, Charles, pero no a implicarme.
¡Dios!, ¿quién sabe cuáles podrían ser los planes de estas calles? ¿De verdad,
de verdad que te arriesgarías a tratar de entrar? Y si acaso pudieses, y después
de todo lo que has leído y oído, ¿te arriesgarías a tomar partido?
Con pesar y cariño.
Edgar
[Esta es otra nota manuscrita. Creo que es la letra de Edgar, pero no estoy del todo
seguro].
219
[Ya estamos casi al final de los documentos. Lo siguiente que salió del paquete se
asemeja a los informes en formato folleto de los avistamientos. Está marcado con una
franja negra en una de las esquinas de la cubierta].
«¿Te imaginas a Edgar utilizando el sistema métrico decimal? ¿Pero qué clase
de homenaje es este?». Avanzamos lentamente.
220
[Aquí otro comentario añadido: «¡Uf!, cambio a primera persona». A estas alturas,
estas interrupciones cada vez me irritaban más. En ningún momento me pareció que
pudiese pasarlas por alto, pero me hacían perder el hilo de la lectura. Su humor tenía
algo vagamente pasivo-agresivo, y tuve la sensación de que a Charles Melville lo
hubieran enojado de la misma manera. En un intento por no perder el hilo retomaré
esta frase desde el principio].
[Para mi enorme frustración faltan varias páginas, y así pues es aquí donde termina
el informe. Sin embargo, hay varias fotografías en un sobre metido entre las páginas.
Son cuatro, penosas, tomadas con flash desde demasiado cerca o demasiado lejos, de
modo que lo fotografiado en unos casos está difuminado por la luz y en otros se asoma
por detrás de un velo de oscuridad. Tanto en unos como en otros se distingue a duras
penas.
La primera es de una ruinosa pared de ladrillo, con la argamasa cayéndose a pedazos.
La señal con el nombre de una calle atraviesa oblicuamente la imagen, tomada desde
arriba. «Varmin Way», dice, con una anticuada fuente de letra estilo forja. Escrito
con boli en el revés: «El Sello».
La segunda es una instantánea de la calle en toda su extensión. En esta casi no se ve
nada, salvo líneas de perspectiva dibujadas con oscuridad sobre oscuridad. Ninguna
de las casas tiene jardín delantero: las puertas dan directamente a la acera. Están
cerradas implacablemente, aunque si son siglos o momentos lo que llevan así resulta
imposible saberlo, por supuesto. La falta de tierra de nadie entre casas y caminantes
otorga un aspecto amenazador a las puertas. Escrito en el revés de esta imagen: «El
Camino».
221
La tercera es de la fachada de una de las casas. Presenta desperfectos. Las ventanas
oscuras están rotas; los ladrillos, manchados, y se está viniendo abajo allá donde el
tejado se ha desplomado. Escrito por detrás: «La Herida».
La última de las fotografías muestra el cabo de una cuerda y un mosquetón de escalada
en la mano de un joven. La soga está deshilachada y deshecha; la anilla metálica
doblada y convertida en un extraño sacacorchos. No hay nada escrito en el reverso].
[Y ahora llega lo último que contenía el sobre. No está fechado y la letra es distinta a
las otras].
¿Qué es lo que hiciste? ¿Y cómo lo hiciste? ¿Qué es lo que hiciste, hijo de puta?
Vi lo que sucedió. Edgar tenía razón. Vi dónde había sido herida Varmin Way.
Pero tú eso ya lo sabes, ¿verdad?
¿Qué es lo que le hiciste a Varmin Way para obligarla a hacer eso? ¿Qué es lo
que le hiciste a Edgar?
¿Acaso te crees que esto va a quedar así?
Eso era todo. Cuando terminé, estaba desesperado por localizar a Charles
Melville.
Creo que la prohibición de conversaciones telefónicas debe de extenderse a
correos electrónicos y sitios web. Desde luego que busqué en internet FCVF,
«calles salvajes», «calles ferales», «Viae Ferae» y demás. No di con nada. Con
FCVF obtuve referencias a coches y piezas de repuesto. Probé con
«Fraternidad de Centinelas/Caminantes de las Viae Ferae» sin suerte alguna.
«Calles salvajes» consiguió miles de resultados, por supuesto: artículos sobre
el Mardi Gras de Nueva Orleans, divagaciones frías y pragmáticas,
referencias a un viejo juego de ordenador y un artículo sobre la Guerra Fría.
Nada relevante.
Visité cada uno de los lugares descritos en los fragmentos de los documentos,
los sitios donde se habían manifestado todas las manifestaciones. Durante
varias semanas vagué por esmirriadas callejuelas en el quinto pino del norte
y sur de Londres, a veces por sobrias avenidas e incluso en una ocasión
222
(siguiendo los pasos de Unthinker Road) anduve por el centro del Soho.
Supongo que de manera inevitable volvía a Plumstead una y otra vez.
Sostenía ante mí las fotografías del antes y el después y observaba las mismas
casas de Rippolson Road, pegada la una a la otra, en una hilera
ininterrumpida de adosados.
¿Por qué no volví a meter en el paquete todo este material y se lo remití a
Charles Melville?, ¿o se lo llevé a su casa en persona? El sobre remitido por
error a —ley Road estaba dirigido a —ford Road, pero en Londres no existe
ninguna calle que se llame —ford Road. No tengo ni idea de cómo localizar a
Charles.
El otro motivo que me hizo dudar fue que había empezado a tener miedo de
Charles.
Las primeras veces que salí a caminar, tomé fotos discretamente; todavía creía
estar siendo testigo de una especie de drama edípico. Sin embargo, leyendo y
releyendo el material caí en la cuenta de que aquí lo más importante no era lo
que Charles le había hecho a Edgar. Lo importante era cómo se lo había hecho.
He comido y bebido en todos los cafés de la calle High Street de Plumstead.
La mayoría son de lo más corriente, uno o dos son horribles y uno o dos
estupendos. Tras terminar mi té, en todos los establecimientos he preguntado
si el dueño conocía a un tal Charles Melville. He preguntado si le importaba
que colgase un pequeño anuncio que había escrito.
«Busco a CM —decía—. Tengo algunos documentos que se le han extraviado:
mapas de la zona, etc. ¡Que calles tan complicadas! Por favor, contacte
conmigo:», y aquí una dirección de correo anónima que había dado de alta.
No recibí noticias.
Me cuesta trabajar. Últimamente me fijo mucho en las esquinas. Clavo la
mirada en la arista de ladrillo (o de hormigón o de piedra) donde otra calle
confluye con aquella por la que voy caminando, y trato de recordar si ya he
reparado en ella en alguna ocasión anterior. Levanto la vista de sopetón al
pasar, para sorprender cualquier posible manifestación fugaz. Percibo
movimientos furtivos todo el tiempo, y cuando alzo la cabeza bruscamente
me encuentro tan solo un árbol movido por el viento o una ventana abierta.
Mi ansiedad —tal vez debería ser sincero y llamarla aprensión— no se
apacigua.
223
Y si alguna vez llegase a ver algo, ¿qué podría hacer? Probablemente nosotros
seamos irrelevantes para ellas. La mayoría de nosotros. Sus motivaciones son
inimaginables, tan opacas como esfinges de ladrillo. En el improbable caso de
que alguna vez piensen en nosotros, dudo que les importe qué es lo que nos
conviene. Creo que es esa indiferencia lo que suscita estos temores que no
consigo aplacar, y lo que me mueve a preguntarme qué es lo que Charles
habrá hecho.
He dicho que tras colgar mis anuncios no tuve noticias. No es del todo exacto.
En realidad, el 4 de abril de 2001, cinco meses después de aquel primer
paquete, llegó una carta para Charles Melville. Ni que decir tiene que la abrí
al momento.
Era una sola página, manuscrita, sin fecha. Ahora mismo la tengo delante.
Dice:
Querido Charles:
¿Dónde estás?
No sé si a estas alturas ya sabrás —sospecho que sí— que te han expulsado.
Nadie dice que seas responsable de lo que le sucedió a Edgar —nadie puede
decirlo, sería ratificar en exceso lo que has estado haciendo—, así que te han
echado por no pagar las cuotas. Ridículo, lo sé.
Yo creo que lo has conseguido. Nunca pensé que lo lograses; nunca pensé que
nadie pudiera lograrlo. ¿Hay otros ahí? ¿Estás solo?
Por favor, si se te presenta la oportunidad, cuéntamelo. Quiero saberlo.
Un abrazo.
224
Esta vez es difícil fingir que me fue entregada por casualidad. O bien Correos
está demostrando una coherencia sin precedentes en los repartos equivocados
o bien estoy en la mira de alguien. Y si se trata de esto último, no sé de quién
o de qué: de bromistas, de los caminantes, de los renegados de la Fraternidad
o de los especímenes en observación. Estoy a merced de los remitentes, me
llegase la carta traída por ellos mismos o por otros medios más extraños.
Por ese motivo he publicado este material. No tengo ni idea de qué es lo que
mis corresponsales quieren de mí. A lo mejor esto es una prueba y no la he
superado: a lo mejor estaban a punto de darme un golpecito en el hombro y
musitar una invitación para que me uniera a ellos, a lo mejor todo esto es el
manual del neófito, pero no lo creo. Ignoro por qué me han sido desvelados
estos hechos, qué papel juego en un plan ajeno, y eso me asusta. De modo que,
como involuntario conocedor de estos secretos, los quiero divulgar tan
ampliamente como me sea posible. Quiero protegerme, y esta es la única
manera que se me ocurre (y la otra posibilidad, que esto fuese lo que se
requería que hiciese, tampoco se me ha pasado por alto).
No puedo decir que me deba una explicación, pero me gustaría tener la
oportunidad de convencer a Charles Melville de que la merezco. Tengo sus
documentos; si alguien está leyendo esto y sabe cómo puedo localizarlo para
devolvérselos, que me lo haga saber, por favor. Se puede contactar conmigo a
través de la editorial de este libro.
Tal como digo, en Londres no existe una calle —ford Road. He visitado todas
las otras alternativas. He llamado a los números pertinentes de —fast, —land
y —nail Street; —ner y —hold Road; —den Close, y de unas cuantas menos
probables. Nadie conoce a Charles Melville. De hecho, un número de esos de
—fast Street ya no existe: ha sido demolido; la calle está siendo reestructurada.
Eso me dio que pensar. Sí, me dio que pensar, créanme.
«¿Qué le va a pasar a —fast Street? —me pregunté—. ¿Adónde irá?».
No puedo saber si Charles Melville ha domado a Varmin Way, la ha
domesticado, la está montando como a un potro salvaje por la ciudad y fuera
de ella. No puedo saber si ha tomado partido, si está combatiendo en la feroz
guerra sin fin que se libra entre las calles salvajes de Londres. A lo mejor él y
Edgar estaban equivocados, a lo mejor no existe tal lucha y las Viae Ferae son
nómadas pacíficas, y Charles simplemente se hartó y se largó. A lo mejor esas
calles indómitas no existen.
225
No hay manera de saberlo. No obstante, me descubro pensando,
preguntándome qué estará sucediendo a la vuelta de esa esquina y de aquella
otra. Al final de mi calle, de —ley Road, están haciendo obras. Hombres con
cascos y andamios están terminando el trabajo comenzado por el tiempo de
eliminar paredes en ruinas, de adecentar una callejuela tan pequeña que ni
nombre tiene, que solo es un nido de gatos lleno de basura y olor a orines.
Están reformándola, o eso es lo que parece. Creo que van a demoler una casa
abandonada y ensanchar el callejón.
Corren nuevos tiempos. A lo mejor las Viae Ferae se han vuelto más
inteligentes y cautelosas. A lo mejor así es como se van a manifestar a partir
de ahora, apareciendo discretamente a la vista de todos, llegando no de
improviso sino poco a poco e invitadas por nosotros, blindadas con vigas,
revestidas con calzada y cemento flamantes. Le doy vueltas a la idea de que
Charles Melville ha enviado a Varmin Way a por mí, y que la calle se me irá
acercando subrepticiamente entre el rugir de hormigoneras y taladros. Se me
ocurre otra posibilidad: que esta no sea una manifestación sino una
desmanifestación, que Charles ha despertado a —ley Road, mi hogar, y la ha
arrancado de su domesticidad, y que mi calle está bostezando y pronto se
sacudirá como un zorro, olfateará el aire y se marchará donde quiera que
vayan las calles asilvestradas cuando no están descansando, conmigo y con
mis vecinos zarandeados en su lomo como pulgas; y que, dentro de unos
meses, de buenas a primeras, en la arteria principal en la que desemboca, el
corredor de apuestas irlandés y la funeraria estarán pared con pared; y que —
ley Road será atacada por Sole Den Road, a la que ella también atacará,
destrozando ventanas y muros, sufriendo destrozos a su vez, y regresando de
vez en cuando a descansar.
227
Estoy tan cachondo que ya se me está poniendo dura.
«Ya somos dos», pienso, apagando el iPhone y esbozando mi más bonita
sonrisa.
El camarero aparece con otra botella de champán y una carta de postres
grabada en una tarjeta de madera, pero lo despacho haciendo un gesto con la
mano.
—Ha sido una cena maravillosa —le susurro a Harvey, me inclino y le doy un
beso en la mejilla—. Pero tengo un tipo distinto de postre en mente.
Los pensamientos horribles hacen «aaah», acomodándose sobre sus hombros
en una onda dócil.
Me la voy a llevar a casa y voy a abrirla en canal. Como una jodida tarta de
frutas.
Así no es como me como yo normalmente las tartas de frutas, ¿pero quién soy
yo para juzgarle? Después de todo, me he saltado el postre.
No puede dejar de sonreírme cuando paga la cuenta. Sus pensamientos
horribles, que sisean y se carcajean detrás de su oreja, tampoco.
—¿Por qué estás tan contento? —pregunto, coqueta.
—Es que tengo muchas ganas de pasar el resto de la noche contigo —
responde.
¡El cabrón tiene su propia plaza de garaje! Nada de taxis; se ha traído el Tesla
y todo. Los asientos de cuero huelen dulces, como a mantequilla, y al subirme
y ponerme cómoda, el olor fétido de sus pensamientos deja una mancha en el
aire. Eso basta para subírseme a la cabeza y ponerme prácticamente a
ronronear. De camino al norte de la ciudad y a su ático molón que te cagas, le
pido que pare un momento cerca de Queensboro Bridge.
El fastidio le cruza momentáneamente el rostro, pero aparca el Tesla en una
calle lateral. Camino hacia un callejón dando tumbos, sorteando latas vacías
y colillas encaramada a mis tacones de diez centímetros; voy vomitando un
rastro de champán y col rizada hasta el contenedor que está apoyado contra
el edificio de apartamentos.
—¿Estás bien? —pregunta Harvey a lo lejos.
228
—Perfectamente —mascullo. Ni un solo curioso abre una de las ventanas de
arriba.
Sus pasos resuenan en el callejón. Se ha bajado del coche y camina hacia mí
como si fuera un animal al que tiene que acercarse con cuidado.
Tal vez debería hacerlo ahora.
¡Sí! Ahora, ahora, mientras la zorra está ocupada.
Pero, ¿qué pasa con el método? Así me voy a quedar sin ver sus entrañas por
todas partes, tan bonitas…
Me abalanzo sobre él. Mis dedos afilados se hunden en su cuerpo y le muerdo
la boca con saña. Él intenta gritar, pero me trago el sonido y le meto la lengua.
Ahí, justo detrás de los dientes, está lo que busco: pensamientos horribles,
viscosos como tendón hervido. Los succiono entre aullidos y se resisten a
pasar por mi garganta mientras el cuerpo de Harvey se estremece y unos
ruiditos se le escapan por la nariz como gemidos de animal.
Me siento obscena, hinchada con los sueños más crueles que he probado
jamás. Apenas noto el forcejeo débil de Harvey; en este estado, con las partes
más oscuras de su ser drenadas de su boca a la mía, no puede conmigo.
Nunca son tan fuertes como creen.
Para cuando al fin Harvey se queda flácido y sin fuerzas, con el último de sus
pensamientos desapareciendo por mi garganta, mi cuerpo ya ha empezado a
cambiar. Mis extremidades se alargan, aumentan de grosor, y el vestido me
aprieta a medida que se me expanden las costillas. Voy a tener que actuar
rápido. Me quito la ropa con facilidad experta, aunque me cuesta un poco
liberar la parte superior del vestido de la musculatura de gimnasio
hinchándose bajo mi piel.
Tampoco me lleva mucho tiempo desembarazar a Harvey de su ropa. Tengo
manos temblorosas pero fuertes. Mientras me abotono su camisa y me pongo
su chaqueta, mi mandíbula se ha aproximado con un crujido a la forma de la
suya y los diseños de las yemas de mis dedos se han remodelado por
completo. Harvey es mucho más grande que yo, tanto que la expansión del
espacio alivia la presión de mi estómago en ebullición, lleno como está de
pensamientos horribles. Meto en el bolso el conjunto del que me he deshecho;
229
los tacones repiquetean en el fondo contra el frasco vacío, y me echo la correa
al hombro, ahora ancho.
Me arrodillo para tomarle el pulso a Harvey —lento pero regular— antes de
hacer rodar su cuerpo inconsciente hasta el contenedor y cubrirlo con bolsas
de basura. Puede que se despierte o puede que no. No es problema mío,
mientras no lo haga en los próximos diez segundos y vea a su doble salir
tranquilamente del callejón, con su ropa puesta y manoseando su cartera y las
llaves de su Tesla.
Hay unos universitarios borrachos apiñados alrededor del coche de Harvey
con la boca abierta. Les lanzo una mirada arrogante (¡Pero si visto su cuerpo
muchísimo mejor que él!) y se dispersan.
Puede que no tenga carnet, pero el cuerpo de Harvey recuerda cómo conducir.
El Tesla acelera suavemente bajo mis pies, pero me deshago de él en un
aparcamiento de Bedford, donde me quito la ropa en la relativa intimidad de
la penúltima planta, oculta detrás de un pilar. Tras dejar las llaves en el asiento
del conductor sobre la ropa de Harvey, cuidadosamente doblada, y cerrar la
puerta del coche, saco el frasco del bolso y vomito dentro lo más
silenciosamente posible. Un líquido negro, denso y viscoso golpea el fondo
del frasco, siseando y mascullando las palabras de Harvey. Mi cuerpo se
estremece, las extremidades se retraen, la columna va cambiando de forma a
medida que me vacío de él.
Tardo algunos minutos más en regresar a una aproximación de mí misma, al
menos lo bastante para volver a ponerme el vestido y los tacones, guardar el
frasco y peinarme el pelo enmarañado con los dedos. El encargado del
aparcamiento me saluda con un gesto de cabeza mientras salgo a pie del
garaje. Sus ojos se posan en mí con indiferencia; sus pensamientos son un
murmullo gris e indistinto.
La línea L del metro me lleva de vuelta a mi casa en Bushwick. Cuando abro
la puerta del apartamento, Aiko está en la cocina, estirando pasta de mochi
sobre la encimera con un rodillo.
—Estás aquí —digo, como una tonta. Aún tengo la mente nublada de haberme
desembarazado de la forma de Harvey, y algunas trazas de sus pensamientos
siguen dentro de mí, calentándome la sangre a una temperatura incómoda.
230
—Eso espero. Me invitaste tú. —No se ha cambiado de ropa; aún lleva el
uniforme de su empresa de catering y el pelo corto y sedoso le enmarca la
cara, luminoso a la luz de la cocina. No tiene ni un solo pensamiento horrible
que proyecte su sombra sobre el fogón a su espalda—. ¿Te has vuelto a
olvidar?
—No —miento, mientras me quito los zapatos en la puerta—. Sería súper
incapaz de una cosa así. ¿Llevas mucho tiempo aquí?
—Una hora o así; lo normal. El portero me dejó entrar y me había quedado
con tu llave de repuesto. —Sonríe fugazmente, suave en comparación con los
bruscos movimientos de sus manos. Tiene harina en las mangas
arremangadas, y el corazón me aletea como no lo hace jamás cuando salgo de
caza—. Supongo que has tenido una cita de mierda. Seguramente ni habrías
pasado por casa si hubiera ido bien.
—Podrías decirlo así. —Meto la mano en el bolso y almaceno el frasco que
gruñe en el frigorífico, donde repiquetea contra los otros: casi una docena de
botellas de sobras malévolas etiquetadas como bebidas dietéticas.
Aiko señala a su derecha con la cabeza.
—Te he traído unos bollos del evento de hoy. Están en la bolsa de papel, en la
encimera.
—Eres un sol. —Paso a su lado con cuidado de evitar el contacto físico. Ella
cree que tengo problemas con que me toquen, pero lo que pasa es que Aiko
huele a todo lo que es bueno en este mundo, estable y familiar, ligero y pesado
a un tiempo, y es para volver loca a cualquiera.
—El tipo debería haberte pagado un taxi de vuelta, por lo menos —dice Aiko,
estirando el brazo para alcanzar un cuenco de pasta de alubia roja. Toqueteo
la bolsa de bollos, haciendo como que selecciono de entre su contenido—. En
serio, es como si fueras un imán de citas terribles.
No se equivoca: soy muy cuidadosa eligiendo a quién cortejo. Después de
todo, así es como me alimento. Pero nadie nunca ha sido tan delicioso, tan
espantosamente depravado como Harvey. Ningún otro era un asesino.
Voy a llevármela a casa y abrirla en canal, de arriba abajo.
—Quizás soy demasiado rara —digo.
231
—Probablemente seas demasiado normal. Solo los babosos inadaptados usan
el Tindr.
—Vaya, gracias —protesto.
Sonríe con burla y me lanza un poco de pasta de alubia con el dedo. Me la
quito del brazo de un lametón.
—Sabes a lo que me refiero. Ven conmigo a la iglesia algún día, ¿vale? Allí
hay buenos chicos de sobra.
—El panorama romántico de esta ciudad me deprime —farfullo, abriendo mi
Tindr con un toque del pulgar —. Paso.
—Venga, Jen. Deja eso. —Aiko duda—. Tu madre llamó cuando no estabas.
Quiere que te vuelvas a Flushing.
Ladro una risa corta y mordaz mientras mi buen humor se evapora.
—¿Me lo dices o me lo cuentas?
—Se está haciendo mayor —dice Aiko—. Y se siente sola.
—Eso fijo. Todas sus compañeras de mahjong están muertas, o casi todas.
Puedo imaginármela en su pequeño apartamento de Flushing Avenue,
encorvada sobre su portátil; unas cortinas florales corridas herméticamente
sobre las ventanas para expulsar al resto del mundo. Mi ma, en cuyo
apartamento las paredes sisean de tan vivas que están, cubiertas de los
horrorosos restos embotellados de sus amantes.
Aiko suspira, camina hasta la encimera y se apoya contra mí. Por una vez, no
me aparto. Cada uno de los músculos de mi cuerpo está tenso, tirante. Tengo
miedo de prenderme en llamas, pero no quiero que se aleje.
—¿Te mataría ser amable con ella?
Pienso en mi baba, mi padre, evaporándose en el aire cuando yo tenía cinco
años, lo que quedó de él caracoleando en el estómago de mamá. —¿Me estás
diciendo que me vuelva?
Durante un rato, no dice nada.
—No —contesta al fin—. No te conviene ese sitio. Esa casa no le conviene a
nadie.
232
A unos pocos centímetros de distancia, un ejército de frascos llenos de líquido
negro y viscoso espera en el frigorífico. Los contenidos murmuran para sí.
Aiko no puede oírlos, pero cada chapoteo contra el vidrio es un siseo grave y
ruin:
quién coño se cree que es, la puta esta
tendría que habérmela cargado cuando tuve oportunidad
Aún noto a Harvey, su malicia y su regocijo repulsivo, en la lengua. Ya estoy
llena de cosas que me dio mi ma.
—Me alegra que estemos de acuerdo.
En las semanas que siguen, me pego atracones con los maestros del ligue y los
estudiantes de doctorado que pueblan los bares de hípsters de St. Marks, pero
desde Harvey nada me sabe bien. Esas esencias aguadas, que exprimo de sus
dueños casi sin un gemido de protesta, apenas me cubren el fondo del
estómago. A veces tomo demasiado. Los rebaño hasta dejarlos secos y vacíos
y, cuando termino, me sacudo sus formas de encima como agua de lluvia.
Cada vez que Aiko me dice que estoy demacrada, yo le contesto que he estado
de fiesta. Me pide que deje de beber tanto con una expresión impasible, pero
la preocupación emborrona sus pensamientos. Empieza a venir más a
menudo, hasta me hace la cena, y su presencia me ancla y me enloquece a la
vez.
—Estoy preocupada por ti —me dice mientras yo, tumbada en el suelo, paso
con desgana una página tras otra de perfiles de citas en busca del vacío, la
podredumbre que hacía a Harvey tan atractivo. Aiko está preparando la
receta de lo mein de mi madre; el olor aceitoso hace que me pique la piel—.
Has perdido mucho peso y no tienes nada en la nevera. Un puñado de botes
de mermelada vacíos, nada más.
No le cuento que tengo el de Harvey debajo de la cama, que todas las noches
lamo los restos para devolver mis nervios a la euforia. No le cuento lo mucho
que sueño con la casa de mi ma, las estanterías de frascos que nunca me dejó
tocar. En vez de eso, le pregunto:
—¿Seguro que puedes pasar tanto tiempo sin ocuparte de tu negocio de
catering? El tiempo es oro, y Jimmy se cabrea cuando tiene que hacer todos
los postres sin ti.
233
Aiko me pone delante un cuenco de lo mein y se sienta junto a mí en el suelo.
—No hay ningún otro sitio donde preferiría estar —responde, y una dulzura
brillante, peligrosa, me florece en el pecho.
Pero el hambre empeora cada día, y enseguida dejo de fiarme de mí misma
en su presencia. Echo el pestillo por dentro y, cuando pasa por mi
apartamento para ver cómo estoy, no le dejo entrar. Los mensajes iluminan
mi teléfono como explosiones de fuegos artificiales mientras yo, hecha una
bola bajo una manta al otro lado, aprieto la cara contra la madera con los
dedos retorcidos.
—Por favor, Jen. No lo entiendo —dice desde el otro lado de la puerta—. ¿Qué
he hecho?
«Qué ganas tengo de cortarla en pedazos», pienso, y me odio todavía más.
Para cuando Aiko se marcha, con el eco de sus pasos resonando en el pasillo,
he excavado profundos surcos en la pintura de la puerta con uñas y dientes;
la boca llena de su esencia embriagadora.
El apartamento de mi ma en Flushing sigue oliendo igual. Nunca ha sido de
limpiar, y la cantidad de basura apilada por todas partes ha aumentado desde
que me marché de casa para siempre. Pilas de periódicos, antiguos envases
de comida y peluches me dificultan la tarea de abrir la puerta. El hedor me
hace toser. El amasijo me llega al hombro e incluso más arriba en algunos
puntos, y a medida que me abro camino por él, los sonidos que colorearon mi
infancia van cobrando intensidad: el quejido constante de la telenovela
taiwanesa infiltrándose entre montañas de basura; la cruel cacofonía de
muchas voces conocidas:
Vuelve a tocarme y te juro que te mato…
Cuántas veces tengo que decirte que no laves así la ropa; abre la boca…
Espero que esa china fea que tiene por hija no esté en casa esta noche…
Debajo de los desechos que ha ido acumulando, las paredes son un panal de
estanterías forradas con lo que queda de los amantes de mamá. Los guarda
como trofeos repugnantes, apetitosos, deseos encurtidos en ácido estomacal y
bilis. Probablemente podría llamarlos por sus nombres, si quisiera: cuando
234
era niña, solía tumbarme en el sofá a mirar cómo el fantasma de mi padre
aparecía fugazmente sobre sus superficies.
Mamá está acurrucada en la cocina. La pantalla del portátil le proyecta un
enfermizo fulgor azul sobre la cara. Sus pensamientos la cubren silenciosos,
como una manta.
—He hecho niu ro mien —dice—. Está en la cocina. Le he puesto un poco de
tu baba.
Se me retuerce el estómago, pero no distingo si es de asco o de hambre.
—Gracias, ma —respondo. Encuentro un cuenco casi limpio, lo lavo y me
sirvo una generosa porción de tallarines gruesos. El caldo huele ligeramente
a tabaco hongtashan y, a medida que me fuerzo a tragarlo casi más rápido de
lo que soy capaz, los recuerdos que otra persona tiene de mi infancia me pasan
por delante de los ojos: dando impulso a una niña pequeña en un columpio
del parque; riendo mientras corre por la calle persiguiendo a las palomas;
levantando la mano para golpear por segunda vez mientras su madre se
abalanza sobre nosotros, en medio de los dos, enseñando los dientes…
—¿Qué tal está?
Infame.
—Buenísimo —respondo. Me asienta el estómago, al menos por un rato. Pero
mi baba no era Harvey, y ya puedo sentir el hambre acechando otra vez,
esperando el momento perfecto para atacar.
—Has comido algo que no debías, ¿verdad, Meimei? —Mi ma levanta la
cabeza y me mira por primera vez desde que entré, y parece casi tan cansada
como yo—. ¿Por qué no aprendiste de mí? Te enseñé a conformarte con
delincuentes de poca monta. Te enseñé a seguir siendo invisible.
Intentó enseñarme a desaparecer dentro de mí misma, del mismo modo en
que ella había desaparecido en este apartamento.
—Sé que la he cagado —le contesto—. Ya nada me sabe bien y siempre tengo
hambre. Pero no sé qué hacer.
Mi ma suspira.
235
—Cuando pruebas el sabor de un asesino, ya no hay vuelta atrás. Ansiarás
esa intensidad hasta que te mueras. Y alguien como nosotras puede tardar
mucho en morirse, Meimei.
Se me ocurre que la verdad es que no sé cuántos años tiene mi madre. Sus
pensamientos son viejos y están cubiertos de nudos, cosidos a partir de los
restos de las experiencias de otras personas. ¿Cuánto lleva resistiéndose a esta
condición, a estos deseos que abruman, que carcomen?
—Vuelve a casa —me está diciendo—. Las tong están tan activas por aquí que
las calles rezuman comida. Casi no tienes ni que salir, con entreabrir una
ventana ya lo hueles macerarse. La maldad, los cuchillos y balas…
La imagen que pinta me hace estremecer; la boca me pica.
—No puedo dejarlo todo así sin más, ma. Estoy haciendo mi vida.
Y no puedo vivir en este piso, con esta falta de luz natural y de aire fresco,
este denso hedor a malicia y remordimientos.
—¿Y qué pasa entonces si vuelves allí? ¿Pierdes el control y le pegas un
bocado a Aiko? —Me ve ponerme rígida—. Esa chica te quiere muchísimo. Lo
mejor que puedes hacer por ella es mantenerte alejada. No dejes que le pase
lo que le pasó a tu padre. — Estira el brazo para tomarme la mano; yo la
aparto—. Quédate aquí, Meimei. Solo nos tenemos la una a la otra.
—No es lo que yo quiero. —Estoy retrocediendo, y mi hombro se topa con la
basura, que amenaza con sepultarnos a las dos bajo animales de peluche
putrefactos—. Esto no es nada seguro, mamá. Ni siquiera tú deberías seguir
aquí.
Mi ma tose, los ojos le brillan en la oscuridad. Las carcajadas maliciosas de su
colección de frascos se hinchan en una marea virulenta, antiguos amantes
balanceándose de un lado para otro en sus estantes.
—Algún día aprenderás que hay otras cosas en la vida además de ser egoísta,
Meimei.
Ahí es cuando le doy la espalda y empiezo a abrirme camino a empujones
entre la basura y las chorradas que abarrotan su apartamento. No quiero
morir, pero en lo que a mí respecta, vivir como mi ma recluida del resto del
236
mundo, con barricadas de chismes inútiles y recuerdos agrios en las puertas,
es peor que estar muerta.
Los frascos me arrojan miradas mezquinas y risotadas al marcharme, y ella
no trata de seguirme.
Tengo el olor de Flushing pegado a la piel y me muero por quitármelo de
encima. Me subo al tren en cuanto puedo y me meto en el Tindr apenas sale
la línea M de bajo tierra. Tengo los ojos nublados por las lágrimas, que se
agitan y se desprenden con el vaivén del tren. Me restriego la cara con rabia
y, cuando se me aclara la vista, vuelvo a ojear la pantalla. En ella me mira
iluminada una mujer de pelo sedoso y oscuro, con gafas finas de carey y una
sonrisa que resulta un tanto tímida, pero extrañamente apuesta. En la foto se
la ve enmarcada por los rascacielos del centro. Tiene mejillas redondas, pero
su cara posee cierta cualidad plana. Y, cómo no, luego están los sueños que la
ensombrecen, tan intensos que rezuman desde la pantalla en un miasma
espeso y embriagador. Todos y cada uno de ese sinnúmero de ojos me está
mirando directamente a mí. La piel me cosquillea.
Ojeo la información de su perfil con la sangre bombeándome tan fuerte que
noto cómo me laten las yemas de los dedos: relativamente joven, pero lo
bastante mayor para ser prima de mi madre. Le gusta: descubrir buena
comida, pasar los días de lluvia en los Claustros, explorar librerías de segunda
mano. Ubicación: Manhattan.
Se parece un poco a Aiko.
No tarda en contestarme. Mientras tonteamos, el sudor frío y la adrenalina me
producen unos escalofríos incómodos por todo el cuerpo. Todo está más
definido y casi puedo oír cómo se ríe el frasco de Harvey. Finalmente aparecen
las palabras que estoy esperando.
Me encantaría conocerte. ¿Estás libre esta noche?
Hago una parada rápida por casa y el corazón me martillea cuando me subo
al tren en dirección al Lower East Side, carmín impecable, los brazos tiritando
bajo mi nuevo abrigo de diseño y un par de los frascos de mamá metidos en
el bolso.
237
Se llama Seo-yun, y mientras me observa comer, los ojos se posan fugaces por
turnos entre mi boca y mi garganta. Su sonrisa es tan afilada que podría
cortarme con ella.
—Me encantan los sitios como este — comenta—. Rincones auténticos con no
más de doce sillas. ¿Has estado en Haru alguna vez?
—No, nunca —murmuro. Uso los palillos con dedos torpes, los temblores les
arrancan chasquidos y hacen que me cueste atrapar la comida. Dios, qué bien
huele. Nunca he conocido a nadie con una mente tan retorcida, tan rica; una
malignidad tan desarrollada y confeccionada con una delicadeza digna del
postre más elegante.
Me la voy a llevar a casa y la voy abrir en dos como una…
Ya noto su sabor en mi lengua, el mejor plato que he probado jamás.
—Pues te va a encantar —dice Seo-yun al mismo tiempo que el camarero (el
único empleado aparte del cocinero detrás del mostrador) nos trae otra tetera
llena—. Este restaurante empezó siendo un puesto en una estación de metro
en Japón.
—¡Qué dices! ¿En serio?
—Pues sí. Me alegro de que expandieran el negocio a Manhattan.
Detrás de sus ojos amables, un caos nudoso de pensamientos antiguos y
horribles se retuerce como las colas de un rey de las ratas. Nunca he visto
tantos juntos. Salen a rastras de su boca y orejas, deslizándose por el aire con
patas escamosas y voces que suenan como el zumbido de las langostas en
descenso.
No soy su primera vez; de eso ya me he dado cuenta. Pero, claro, ella tampoco
es la mía.
Me paso la velada sudando a través del vestido. Casi se me caen los palillos.
No puedo dejar de mirar los pensamientos horribles que se le caen de entre
los labios como escarabajos tumefactos. Se escabullen y corretean hacia mí
sobre el mantel, susurrando obscenidades que contrastan con la voz amable
de Seo-yun, siseando las cosas que les gustaría hacerme. Hago uso de toda mi
fuerza de voluntad para no despegarlos de la mesa y triturarlos entre mis
238
dientes aquí y ahora; para no desparramarme en el regazo de Seo-yun y
limpiarle la mente a dentelladas.
Seo-yun es demasiado para mí, pero ya me he metido demasiado, hasta el
fondo; necesito tenerla.
Me sonríe. —¿No tienes hambre?
Echo un vistazo a mi plato. Apenas he podido con un par de nigiri.
—Estoy a dieta —mascullo.
—Lo entiendo —me dice, con toda seriedad. Los pensamientos horribles
reptan sobre el dorso de sus manos, gotas iridiscentes se vierten en su plato
para la salsa de soja.
Cuando al fin el camarero desaparece en el interior de la cocina, me inclino
para besarla al otro lado de la mesa. Ella deja escapar un sonido de sorpresa
y un ligero tono rosado se le extiende por el rostro, pero no se aparta. Mi codo
se hunde en el exoesqueleto de uno de los escarabajos-pensamiento y lo
aplasta hasta convertirlo en una pasta negra y húmeda contra mi piel.
Abro la boca para dar el primer mordisco.
—Ah, por curiosidad —murmura Seo-yun. Su aliento me roza los labios—.
¿Quién es Aiko?
Abro los ojos de golpe. Seo-yun sonríe, su voz es cálida y tierna; todos sus
bordes, oscuros.
—Es que parece muy dulce. Me sorprende que no la hayas probado todavía.
Me echo hacia atrás tan rápidamente que vuelco mi taza y vierto té ardiendo
por todas partes. Pero Seo-yun no se mueve, solo sigue esbozando esa sonrisa
amable, gentil, mientras sus pensamientos monstruosos lamen el mantel con
delicadeza.
—Huele tan madura —dice en un susurro—. Pero tienes miedo de echarla a
perder, ¿verdad? Comértela de un bocado, ¿y para qué? Igual que hizo tu
madre con tu padre.
No, no, no. He calculado fatal. Pero tengo muchísima hambre, y soy
demasiado joven, y Seo-yun huele a poder antiguo. No habría forma de
dejarla atrás si intento escapar.
239
—Sal de mi cabeza —logro decir.
—No estoy en tu cabeza, cariño. Se te están saliendo los pensamientos por
todas partes, a la vista de todos. —Se inclina un poco hacia delante, apoyando
la barbilla en una mano. Los pensamientos enroscados alrededor de su
cabeza, como una corona viviente, sueltan una risa seca y entrecortada—. Me
gustas, Jenny. Eres ambiciosa. Un poco descuidada, pero eso tiene arreglo.
Seo-yun da un golpecito sobre la mesa y el camarero reaparece, quita el
mantel, lo dobla con destreza y desliza un único plato sobre la mesa
descubierta. En él hay un surtido de rebanadas finas y translúcidas dispuestas
en abanico, pálidas y relucientes de maldad. Cada porción tiene ojos que
destellan cortados en dos, bocas interrumpidas en medio de un gruñido.
—Solo hace falta un poco de práctica y disciplina, y nadie sabrá lo que estás
pensando de verdad.
—Invita la casa, por supuesto —murmura el camarero. Antes de que
desaparezca otra vez, logro entrever por un instante unos pensamientos
oscuros con muchas patas que lleva trenzados como un brazalete alrededor
de la muñeca.
Seo-yun da el primer bocado y me dedica una mirada desde detrás de sus
gafas.
—Tu madre se equivocaba —continúa—. Creía que estabais solas las dos. Así
que te enseñó a comer solo cuando te hiciera falta, para que no te pillaran,
midiendo el tiempo entre comidas como una serpiente.
—No sabes nada sobre mí —contesto. El embriagador perfume a podrido que
despide el plato frente a mí hace que la cabeza me dé vueltas del hambre.
—Mi madre era igual. Comer para sobrevivir, no por placer. —Señala al plato
con los palillos—. Come, por favor.
La comida va despareciendo y solo puedo aguantar unas pocas porciones más
hasta que mis palillos salen disparados y me hago con un trozo. Es tan ácido
que me quema la lengua y me pican los ojos, y deja un regusto extrañamente
dulce.
—¿Te gusta?
240
Engullo otros dos filetes por toda respuesta, y Seo-yun se ríe por lo bajo.
Harvey no sabe a nada en comparación con esto, esta rara destilación de
emociones combinadas…
Ahogo un grito. Mi cuerpo ha empezado a deformarse, se me marchitan las
manos, unas cicatrices de quemaduras me van subiendo por los brazos.
Gasolina, mezquindad y un júbilo pueril me atraviesan en una mezcla
abrumadora de recuerdos e hiperestimulación sensorial. Y de repente los
labios de Seo-yun están contra los míos; sus dientes tiran con delicadeza,
tragando, sacándolo de mí. Las quemaduras se desvanecen, pero el
hormigueo de esa euforia cruel no se va del todo.
Seo-yun se limpia con la servilleta delicadamente.
—Has comido un poco demasiado rápido, me parece, querida —dice—. Lo
que quiero decir, Jenny, es que defiendo la idea de comer por placer, no solo
para sobrevivir. Y en grupo, por supuesto. De vez en cuando nos juntamos
unos cuantos para cenar y tomar algo en mi casa, y me encantaría que nos
acompañaras esta noche. Una especie de club gastronómico.
La mirada se me va por un instante a sus pensamientos, pero se han quedado
quietos como piedras y me están observando sin pestañear. La boca me
escuece con la huella de la suya.
—Déjame que te presente pronto. Ya no tienes por qué estar sola nunca más.
Mientras el camarero retira el plato y la saluda con una inclinación de cabeza
—ni cuenta, ni factura, ni nada—, Seo-yun añade:
—Y la noche no tiene por qué acabar hasta que nosotras queramos. —Me
tiende una mano. Tras un momento de duda, la acepto. Es más pequeña que
la mía y está tibia.
—Sí, por favor —respondo, mirándole a los pensamientos en vez de a la cara.
Cuando salimos del restaurante, me da un beso en la frente. Sus labios se
hunden abrasándome la piel, y los nervios me tañen, candentes de éxtasis.
—Les vas a encantar.
Qué bien nos lo vamos a pasar, comentan los pensamientos que se le enroscan
por el pelo oscuro.
241
Seo-yun para un taxi de la flota que da vueltas a la calle como una manada de
lobos, y nos subimos.
Me tropiezo con Aiko dos meses después enfrente de mi piso, mientras saco
la última caja con mis cosas. Tiene cara de sorpresa y lleva una bolsa llena de
puerros salvajes, combava, palmitos… ingredientes que no habría sabido
nombrar hace dos meses, antes de conocer a Seo-yun.
—¿Te mudas?
Me encojo de hombros y miro hacia un punto sobre su cabeza, evitando sus
ojos.
—Sí, eh… Estoy viéndome con alguien y tiene una casa que está genial.
_____—Ah. —Aiko traga saliva y se sube un poco la bolsa de la compra contra
la cadera—. Qué bien. No sabía que estuvieras saliendo con alguien. —Puedo
oír su sonrisa trémula—. Debe de estar dándote bien de comer. Se te ve más
sana.
—Gracias —digo, aunque me quedo pensando. Es cierto que me he vuelto
más elegante, más segura de mí misma. Casi nunca estoy en casa, y paso la
mayor parte del tiempo en el apartamento de Seo-yun en Chelsea,
aprendiendo a cocinar con el despliegue de sales y especias con extractos de
pesadillas, bebiendo vino destilado de confesiones de lecho de muerte. Mis
tiempos de acechar por las calles en busca de delincuentes de pacotilla han
quedado atrás. ¿Pero por qué se ha evaporado esta confianza en mí misma en
cuanto he visto a Aiko? ¿Y si ya no tengo esa hambre voraz que sentía por
Harvey, por qué contengo el aliento para evitar inhalar su aroma?
—¿Y cómo es ella?
—Es mayor, un poco… —un poco como tú— bajita. Sí que le gusta cocinar. —
Hago un amago de pasar por su lado—. Oye, mira, esta caja pesa y la
furgoneta me está esperando abajo. Debería irme.
—Espera —dice Aiko, agarrándome del brazo—. Tu madre no deja de
llamarme. Tiene mi número de cuando… antes. Está preocupada por ti. Y
además hace un montón que no te veo, ¿y ahora te vas así, sin más?
Aiko, pequeña y humilde. Sus manos huelen a casa, a harina de arroz y malos
recuerdos. ¿Cómo pude encontrar aquello atractivo en su momento?
242
—No hace falta que nos digamos adiós. Seguro que nos vemos pronto —
miento, quitándome su brazo de encima.
—Vayamos a cenar algún día —propone Aiko, pero yo ya me estoy alejando.
Los del catering pululan como mirlos por el apartamento, vestidos con
uniformes oscuros cuidadosamente planchados, sus propios pensamientos
horribles trenzados y sujetos para que no incordien. El evento tiene lugar en
dos plantas, y hay bandadas de gente bien vestida dondequiera que hay un
hueco, desde la biblioteca de Seo-yun en el piso de arriba hasta el salón en la
planta baja. Hasta ha pedido a los encargados del catering que preparen
algunas de mis recetas, cosa que me alegra el corazón.
—Eres la mejor —le digo, arrodillándome en la cama junto a ella y besándola
suavemente en la mejilla.
Seo-yun sonríe y me ordena el cabello. Lleva un elegante vestido azul marino
y hoy se ha puesto sus pensamientos homicidas sobre los hombros como una
estola, una capa corta que se retuerce, con vida. Los dientes de los
pensamientos centellean como diamantes minúsculos. Nunca la he visto tan
guapa.
—Son buenas recetas. A mis amigos les va a entusiasmar probarlas.
Ya me ha presentado a muchos de ellos, todos mucho mayores que yo. Me
ponen nerviosa.
—Voy a ver cómo va la comida.
Me acaricia la mejilla con el pulgar.
—Lo que tú quieras, mi amor.
Huyo a la cocina, mascullando breves saludos a los invitados con los que me
encuentro por el camino. Sus sueños espantosos los adornan como joyas, que
brillan y tratan de agarrarme al pasar por su lado. Cuando paso junto a
algunos de los cocineros, me fijo en un hombre que me resulta vagamente
familiar.
—Oye —le digo.
—¿Sí, señora? — Cuando el camarero se da la vuelta, me doy cuenta de dónde
lo he visto antes: Aiko tiene una foto con él en el teléfono, donde ambos están
243
posando delante de una exposición en un gran evento para el que habían
cocinado. Mi pulso se ralentiza.
—¿No eres el compañero de Aiko?
Sonríe y asiente con la cabeza.
—Sí, soy Jimmy. Aiko es mi socia. ¿La estás buscando?
—Espera, ¿está aquí?
Jimmy frunce el ceño.
—Debería. Nunca se pierde una fiesta de la señora Sun. —Sonríe—. Nos deja
llevarnos a casa todo lo que queda cuando se acaba la fiesta. Es muy generosa.
Me doy media vuelta bruscamente y echo a andar hacia la escalera que da al
dormitorio, abriéndome paso por entre la multitud. Los pensamientos me
bombardean por el camino: ¿Sabía Aiko lo mío, lo de mi madre, lo que
podemos hacer? ¿Desde cuándo lo sabe? Y, lo que es peor: Seo-yun sabía de
Aiko desde el principio y me ha tomado el pelo.
Abro de golpe la puerta del dormitorio y me encuentro a Aiko estirada sobre
la alfombra, con la chaqueta abierta de un tirón. Seo-yun está agachada en el
suelo sobre ella, con su magnífico vestido, la boca oscura y brillante. No
parece en absoluto sorprendida de verme.
—Jenny, mi amor. Espero que no te importe que empezásemos sin ti. —Seo-
yun sonríe. El pintalabios que llevaba se ha esparcido por toda su barbilla, por
el rostro sin expresión de Aiko. No distingo si aún respira.
—Aléjate de ella —le ordeno en voz baja.
—Como quieras. —Se pone en pie con un movimiento grácil y cruza la
habitación en fluidas zancadas—. Ya había acabado con ese bocado en
particular, de todas formas—. Los sonidos de la puerta se filtran en la
habitación a mi espalda, y sé que no puedo correr y atrapar a Aiko al mismo
tiempo.
Así que cierro la puerta, echo el pestillo y suavizo mi voz hasta convertirla en
un dulce ronroneo.
—¿Por qué nunca me dijiste lo de Aiko? Podríamos haberla compartido.
244
Pero Seo-yun no hace más que reírse de mí.
—A mí no me engañas, Jenny. Puedo oler tu cólera desde la otra esquina de
la habitación. —Estira el brazo hacia mí y me agarra la cara; yo retrocedo
contra la puerta—. Te hace tan guapa. El último condimento de un plato casi
a punto.
—Estás loca y te voy a matar —digo. Ella me besa el cuello, sus dientes me
arañan la garganta y su aroma es tan embriagador que casi se me doblan las
rodillas.
—Te vi en su mente, una auténtica delicia —susurra. Sus pensamientos
horribles me suben por el brazo entre siseos y se entrelazan alrededor de mi
cintura. Noto un fuerte pinchazo en la muñeca, y cuando miro hacia abajo
descubro que uno ya está royéndome la piel—. Y simplemente supe que tenía
que tenerte.
Oigo que algo se estrella. Seo-yun pega un grito cuando una lámpara de
porcelana se hace añicos contra su cabeza. Aiko está de pie, bamboleándose,
vacilante y con expresión sombría.
—Quítale las putas manos de encima —gruñe. Su voz es apenas un susurro.
—Serás zorra… —ruge Seo-yun.
Pero yo aprovecho la oportunidad y me abalanzo sobre ella, afianzando los
dientes en el hueco de su garganta, el punto exacto en el que su manto de
pensamientos se recoge y se dobla hacia dentro. Mastico y trago, mastico y
vuelvo a tragar, atiborrándome de esta mujer. Sus pensamientos, que ahora
son míos, se van destrozando a medida que se los arrebato, y capturo destellos
de mí misma, de Aiko, y de muchos otros como nosotras en diversos estados
de confusión, de preparación.
Ma me contó una vez que así fue cómo baba se fue; lo drenó sin querer hasta
que se desvaneció por completo y dejó de existir. Por primera vez en mi vida,
la entiendo perfectamente.
Los brazaletes de Seo-yun caen al suelo con estrépito, seguidos por su vestido
vacío, que cae en ondas silenciosas. Aiko se desploma también, doblándose
como si fuera de papel.
245
Me hace daño tragar tanto. Me duele muchísimo el estómago; tengo todo el
cuerpo hinchado con pensamientos horrendos. Al mismo tiempo, nunca me
he sentido tan viva, enardecida con potencial y una ira indomable.
Me agacho de un bandazo junto a Aiko. De su boca se derrama la malicia y
deja manchas en la alfombra.
—¡Aiko, despierta! —Pero la noto hueca, más ligera, vacía. Ya ni siquiera
huele a ella misma.
Un golpe de nudillos sobre la puerta me sobresalta.
—Señora —dice una voz que reconozco como la del encargado jefe del
catering—, el primer plato está listo. El señor Goldberg quiere saber si va a
bajar a proponer un brindis.
Mierda.
—Ahora… —empiezo a decir, pero la voz no es la mía. Me miro de reojo en
el espejo: en efecto, es Seo-yun la que me devuelve la mirada, sus sueños
oscuros y terribles enmarañados alrededor de su cuerpo en un revoltijo
caótico—. Ahora mismo voy —contesto, antes de dejar a Aiko con cuidado
sobre la cama. Después me visto y salgo con el corazón en la boca.
Llevo la forma de Seo-yun escaleras abajo hasta el comedor, donde los
invitados deambulan plato en mano, y esbozo una sonrisa de Seo-yun. Tal vez
me parezca demasiado a mí misma, pero por lo que vi mientras me tragaba
sus pensamientos, no sería la primera aspirante a recluta que desaparece en
una fiesta como esta. Alguien me ofrece una copa de vino y la mano no me
tiembla cuando la cojo, aunque estoy gritando por dentro.
Hay cincuenta pares de ojos sobre mí, los de los camareros resplandecen fríos
en las sombras. ¿Lo sabe alguno de ellos? ¿Puede notarlo alguien?
—A su salud futura, y por una cena fabulosa —anuncio, alzando mi copa.
Beben como uno solo.
El apartamento de Seo-yun está a oscuras, despejado tanto de invitados como
de personal de servicio. Todas las puertas están cerradas con llave; todas las
cortinas, corridas de un tirón.
He sacado cada frasco, cada recipiente, cada cazo y sartén de la cocina, y ahora
cubren el suelo del dormitorio y se extienden por las escaleras hasta el
246
vestíbulo de abajo. Muchos de ellos están llenos, y su maligno contenido me
silba y susurra promesas espantosas mientras yo me meto la mano en la boca
y vomito en la cazuela que tengo en el regazo.
Aiko está tumbada en la cama, pálida e inmóvil. Tiene la pechera de la
chaqueta cubierta de harina y bilis.
—Aguanta —susurro, pero ella no responde. Le doy vueltas a la cazuela,
rebuscando entre el contenido algún vestigio de Aiko, pero la cara de Seo-yun
me hace una mueca de entre los patrones de la luz tenue que brilla sobre la
superficie del líquido. Aparto bruscamente la cazuela de mí, derramando un
poco sobre la alfombra.
Agarro otro pensamiento de entre la miríada que repta y se enreda a mi
alrededor y hundo los dientes en su cuerpo para hacerlo pedazos mientras
chilla y aúlla promesas terribles, promesas que no será capaz de cumplir. Me
lo como crudo; sus escamas me raspan el paladar mientras lo mastico con
fruición. Cuanto más deshecho esté, más fácil será clasificar las piezas que
queden cuando vuelva a salir.
¿Desde cuándo lo sabías? ¿Siempre lo supiste?
«La encontraré», pienso, mientras de mi boca se derrama un líquido negro y
viscoso que me cae sobre las manos y me quema la garganta. El despliegue de
recipientes se acumula en torno a mí como una tormenta de estrellas
maliciosas, todas susurrando mi nombre. Aiko está aquí, en alguna parte,
puedo ver su reflejo atravesando sus superficies como un rayo. Si tengo que
hacer trizas cada trozo que tengo de Seo-yun, desde sus sueños hasta la piel
suave y pecosa que me envuelve el cuerpo, lo haré. Escurriré hasta la última
gota infame de Seo-yun que hay en mí hasta encontrar a Aiko, y entonces la
rellenaré, le llenaré la boca de sí misma hasta rebosar.
¿Cómo pude haberla olvidado? ¿Cómo pude olvidar su sabor, su olor, algo
tan terrible y tan precioso como el hogar?
247