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A Su imagen
10 maneras en las que Dios nos llama a reflejar Su carácter
Jen Wilkin
© 2021 por Poiema Publicaciones
Traducido del libro In His Image: 10 Ways God Calls Us to Reflect His Character © 2018
por Jen Wilkin. Publicado por Crossway, un ministerio editorial de Good News Publishers;
Wheaton, Illinois 60187, U.S.A.
A menos que se indique lo contrario, las citas bíblicas han sido tomadas de La Santa Biblia,
Nueva Versión Internacional © 1986, 1999, 2015, por Biblica, Inc. Usada con permiso. Las
citas bíblicas marcadas con la sigla NBLA han sido tomadas de La Nueva Biblia de las
Américas © 2005, por The Lockman Foundation; las marcadas con la sigla RVC, de La
Santa Biblia, Versión Reina Valera Contemporánea © 2009, 2011, por Sociedades Bíblicas
Unidas; las marcadas con la sigla NTV, de La Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente,
© 2010, por Tyndale House Foundation; las marcadas con la sigla RVA, de La Santa Biblia,
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medio, ya sea electrónico, mecánico, fotocopia, grabación, u otros, sin el previo permiso
por escrito de la casa editorial.
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info@poiema.co
www.poiema.co
SDG
En memoria de R. C. Sproul,
quien enseñó verdades profundas
con palabras sencillas
y honró a discípulos comunes
tratándolos como teólogos capaces.
Contenido
Introducción: Una mejor pregunta
1. Dios, el más santo
2. Dios, el más amoroso
3. Dios, el más bondadoso
4. Dios, el más justo
5. Dios, el más misericordioso
6. Dios lleno de gracia
7. Dios, el más fiel
8. Dios, el más paciente
9. Dios, el más veraz
10. Dios, el más sabio
Conclusión: Su imagen grabada en nosotros
Notas de texto
Introducción
Una mejor pregunta
Si alguna vez has dicho: “Solo quiero saber cuál es la voluntad de
Dios para mi vida”, este libro es para ti. Si has visto el curso de tu
vida y te has preguntado si vas por el camino correcto o si vas
camino a un precipicio, sigue leyendo. Cuando termines de leer este
libro, espero que nunca tengas que volver a preguntar cuál es la
voluntad de Dios para ti. O, al menos, no de la misma forma en que
lo has hecho hasta ahora.
Esta pregunta sobre la voluntad de Dios solo se la hacen los
cristianos. Los que nunca han invocado el nombre de Jesucristo no
se preocupan por descubrir la respuesta. Esta pregunta revela que
un creyente es consciente de que, como seguidor de Cristo, no
puede escoger cualquier opción: cualquiera que sea el camino a
seguir, no será amplio sino estrecho. Dios tiene un propósito para mi
vida y, ya que he tenido muchas malas experiencias por seguir
“caminos que al hombre le parecen rectos” (Pro 14:12), más vale
que haga todo lo posible por discernir cuál es Su voluntad.
Pero esta parte del discernimiento es complicada. Cuando
reflexionamos en cómo era nuestra vida cuando estábamos lejos de
Cristo, tendemos a enfocarnos en las malas decisiones que
tomamos y en sus consecuencias. La forma en que usábamos
nuestro tiempo, nuestro dinero y nuestras energías se reproduce en
nuestras mentes como si fuera un video de metidas de pata, pero en
vez de hacernos reír nos obliga a susurrar: “Nunca más”. Antes de
conocer a Cristo, actuábamos según la intuición emocional o
racional de nuestra mente oscurecida. Ahora sabemos que nuestros
sentimientos nos engañan y que nuestra lógica egoísta nos
traiciona. Pero ya no tenemos por qué preocuparnos. Ahora
tenemos una línea directa con Dios. Simplemente le preguntaremos
qué debemos hacer.
Sin querer, podemos comenzar a ver nuestra relación con Dios
principalmente como un medio para tomar mejores decisiones.
Podemos caer en el error de ver a Dios como un columnista
benevolente que nos da consejos y responde las preguntas más
difíciles sobre nuestras relaciones y circunstancias. Como no
confiamos en nuestro propio juicio, le pedimos que nos muestre con
quién Él prefiere que nos casemos o cuál trabajo deberíamos
aceptar. Le preguntamos sobre la mejor forma de invertir nuestro
dinero o a cuál vecindario deberíamos mudarnos. “¿Qué debo hacer
ahora? Ayúdame a permanecer lejos del precipicio, Señor.
Mantenme en el camino estrecho”.
Hacerle estas preguntas a Dios no es algo terrible. Hasta cierto
punto, demuestran un deseo de encontrar la respuesta a la
pregunta: “¿Cuál es la voluntad de Dios para mi vida?”. Demuestran
un deseo elogiable de honrar a Dios en nuestra vida cotidiana. Sin
embargo, no llegan a la esencia de lo que significa hacer la voluntad
de Dios. Si queremos que nuestra vida se alinee con la voluntad de
Dios, necesitamos hacer una mejor pregunta que simplemente:
“¿Qué debo hacer?”.
Los cristianos tendemos a concentrar nuestra preocupación en
las decisiones que enfrentamos. Si escojo A cuando debí escoger B,
todo está perdido. Si escojo B, todo estará bien. Pero si la Escritura
nos enseña algo, es esto: a Dios siempre le interesa más el que
toma la decisión que la decisión en sí. Por ejemplo, piensa en Simón
Pedro. Todos sabemos que cuando tuvo que decidir entre la opción
A (negar a Cristo) y la opción B (reconocerlo), falló. Pero lo que lo
define no son sus malas decisiones, sino la fidelidad de Dios al
restaurarlo. La historia de Pedro sirve para recordarnos que, sin
importar la calidad de nuestras decisiones, no todo está perdido.
Esto tiene sentido cuando nos detenemos para recordar que
ninguna decisión que tomemos nos puede separar del amor de Dios
en Cristo. Dios puede usar el resultado de cualquier decisión para
Su gloria y para nuestro bien. Esto es reconfortante. Pedro tuvo dos
opciones y era claro que una de ellas no era sabia. Pero a menudo
debemos escoger entre dos opciones que parecen igualmente
sabias o igualmente insensatas. La respuesta a la pregunta “¿Qué
debo hacer?” podría ser cualquiera de las dos.
Esto nos lleva a una mejor pregunta. La primera pregunta que
debe hacerse el creyente que quiere conocer la voluntad de Dios
para su vida no es “¿Qué debo hacer?”, sino “¿Quién debo ser?”.
Tal vez has intentado usar la Biblia para responder la pregunta
“¿Qué debo hacer?”. Al enfrentar una decisión difícil, tal vez has
meditado por horas en un salmo o en alguna historia de los
Evangelios, pidiéndole a Dios que te muestre cómo se aplica a tu
dilema actual. Tal vez has experimentado la frustración de no
escuchar nada, o peor, de actuar conforme a una corazonada o una
“pista”, solo para descubrir después que lo que escuchaste no fue la
voluntad del Señor. Yo conozco este proceso más de lo que
quisiera, y también conozco la vergüenza que lo acompaña; la
sensación de que soy sorda a la voz del Espíritu Santo, de que soy
terrible cuando se trata de descubrir la voluntad de Dios.
Sin embargo, Dios no le esconde Su voluntad a Sus hijos.
Como madre terrenal, yo no les digo a mis hijos: “Hay una forma de
complacerme. Veamos si pueden descubrir cuál es”. Si yo no le
oculto mi voluntad a mis hijos terrenales, mucho menos lo hará
nuestro Padre celestial. Su voluntad no necesita ser descubierta.
Está a la vista. Para verla, necesitamos comenzar a hacernos la
pregunta que más le interesa a Dios: “¿Quién debo ser?”.
Por supuesto, las preguntas “¿Qué debo hacer?” y “¿Quién
debo ser?” están relacionadas. Pero el orden en que las hacemos
es importante. Si nos enfocamos en nuestras acciones sin lidiar con
nuestros corazones, podemos terminar siendo simplemente
amantes de nosotros mismos que se comportan bien. Piénsalo. ¿De
qué me sirve escoger el trabajo correcto si me sigue consumiendo el
egoísmo? ¿De qué me sirve escoger la casa o el cónyuge correcto
si me sigue carcomiendo la codicia? ¿En qué me beneficia tomar la
decisión correcta si sigo siendo la persona incorrecta? Un
inconverso puede tomar “buenas decisiones”. Sin embargo, solo una
persona en quien habita el Espíritu Santo puede tomar una buena
decisión con el propósito de glorificar a Dios.
La esperanza del evangelio en nuestra santificación no es
simplemente que tomemos mejores decisiones, sino que lleguemos
a ser mejores personas. Esta es la esperanza que hizo que John
Newton escribiera: “Fui ciego mas hoy veo yo, perdido y Él me
halló”. Fue lo que inspiró al apóstol Pablo a decirle a los creyentes
que “así, todos nosotros… somos transformados a Su semejanza
con más y más gloria” (2Co 3:18). El evangelio nos enseña que la
gracia que es nuestra a través de Cristo nos transforma
gradualmente, por la obra del Espíritu, en mejores personas.
Pero no solo nos hace mejores. El evangelio comienza
transformándonos en lo que debimos ser. Nos vuelve a dar Su
imagen. ¿Quieres saber lo que se suponía que debían ser los seres
humanos? Mira al único humano que nunca pecó.
Formado y marcado
Hace quince años, mientras caminaba por una tienda de
antigüedades, me encontré con un bonito jarrón de cerámica. Era
verde, que es mi color favorito, así que decidí comprarlo por el
precio que pedían, que eran diez dólares. Al darle la vuelta vi que
decía “McCoy” en la base. Una breve investigación reveló que había
hecho una buena compra, ya que mi pequeño jarrón de cerámica
McCoy valía cuatro veces lo que pagué. Sin embargo, me
encantaba simplemente porque me agradaba verlo lleno de las
flores del jardín sobre la mesa de la entrada. Forma y función en
armonía.
Pero hace quince años tenía cuatro hijos pequeños en la casa.
Un día desafortunado, mi pequeño jarrón cayó al piso de baldosa.
Aunque se rompió, no era imposible repararlo. Con más tristeza de
la que quise admitir en el momento, lo volví a armar con pegamento,
pero sus días de estar lleno de agua y con flores ya habían acabado
oficialmente. Hoy se encuentra en un estante de libros en la sala.
Todavía dice McCoy en la base y todavía tiene una forma que
demuestra su belleza y propósito, pero ahora su habilidad para
cumplir el propósito con el que fue creado es limitada. Y entre más
te acercas a él, más evidentes son sus grietas. Estoy segura de que
nadie me daría diez dólares por él, pero todavía me encanta aunque
esté roto.
Nosotros somos como ese jarrón agrietado en varios aspectos
importantes. Piensa en la historia de la Creación de Génesis 1.
Durante cinco días escuchamos que Dios dice: “Que haya…”, y todo
lo que declara se hace al instante, y es bueno. La luz, la oscuridad,
la tierra, el mar, los cielos y todo tipo de plantas y animales toman su
lugar organizadamente al escucharlo. En el sexto día de la
Creación, el ritmo de la narrativa cambia notablemente. “Que haya”
o “Que exista” se convierte en “Hagamos”. El relato de la Creación
se vuelve maravillosamente personal, directo y poético:
Y Dios creó al ser humano a Su imagen;
lo creó a imagen de Dios.
Hombre y mujer los creó (Gn 1:27).
Dios creó la raza humana y nos puso Su sello. Nos creó para
ser portadores de Su imagen, para ser Sus representantes al
trabajar, al divertirnos y al adorar. Forma y función en armonía.
Incluso después de la catástrofe devastadora de Génesis 3,
seguimos siendo portadores de Su imagen, aunque ya no
trabajamos, ni nos divertimos ni adoramos como debiéramos.
Todavía somos valiosos ante Sus ojos, todos los seres humanos.
Somos jarrones agrietados diseñados para mostrar belleza, pero
goteando en cada fisura. Sin embargo, Dios redime a los portadores
de Su imagen al enviar a Su Hijo para ser el portador perfecto de la
imagen de Dios. Cristo es “el resplandor de la gloria de Dios, la fiel
imagen de lo que Él es” (Heb 1:3). Y para todo jarrón agrietado que
es restaurado milagrosamente por gracia, Él es la respuesta a la
mejor pregunta: “¿Quién debo ser?”.
¿Cuál es la voluntad de Dios para tu vida? La respuesta corta:
que seas como Cristo. “Porque a los que Dios conoció de antemano,
también los predestinó a ser transformados según la imagen de Su
Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos”
(Ro 8:29). La voluntad de Dios es reparar las grietas en la imagen
que portamos, de tal forma que lo representemos como es debido y
crezcamos para ser más y más como nuestro hermano, Cristo, en
quien la forma y la función se expresan de manera perfecta. “Él es la
imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación”
(Col 1:15). Como tal, Él es tanto nuestro modelo como nuestro guía:
“Para esto fueron llamados, porque Cristo sufrió por ustedes,
dándoles ejemplo para que sigan Sus pasos” (1P 2:21). Y tal como
dice el apóstol Juan: “… el que afirma que permanece en Él debe
vivir como Él vivió” (1Jn 2:6).
Si queremos parecernos a Él, debemos vivir como Él vivió.
Un camino estrecho y seguro
Una vez escalé una meseta en Nuevo México cuya cima había sido
el hogar de indígenas americanos durante muchos siglos. Como no
había una fuente de agua en la cima de la meseta, sus habitantes
hacían viajes a diario para descender al valle y subir el agua que
necesitaban para sobrevivir. El resultado es un sendero desgastado
sobre la roca, un canal continuo de doce centímetros de profundidad
que avanza frente al empinado precipicio. Su anchura apenas te
permite poner un pie frente al otro, así que se requiere bastante
concentración para mantener el equilibrio en este camino estrecho,
pero no hay duda de que estás en la ruta de ascenso más segura.
Esto es lo que significa seguir los pasos de Cristo. Sea cual sea
el camino que hay por delante, no es amplio sino estrecho.
Preguntar: “¿Quién debo ser?”, significa preguntar cuál es el primer
lugar en donde debemos poner el pie en el camino estrecho. Con
cada paso que damos, nos vamos revistiendo más de nuestra
“nueva naturaleza, que se va renovando en conocimiento a imagen
de su Creador” (Col 3:10). Sí, la voluntad de Dios es que andemos
por el camino estrecho. Pero no andamos deambulando sin rumbo,
como si no entendiéramos dónde quiere que demos el siguiente
paso y estuviéramos en peligro de caer por un precipicio.
Simplemente caminamos siguiendo los pasos de nuestro Salvador,
Jesucristo.
Este es un libro que busca responder, de una vez por todas, la
pregunta sobre la voluntad de Dios para nuestra vida. Intenta
iluminar el camino estrecho para los que hemos olvidado su
existencia o nos hemos preguntado si lo podremos encontrar. El
camino estrecho no está escondido. Así como el ascenso a la cima
de la meseta, este camino se ha desgastado gracias a los pies de
muchos santos fieles, personas que han fijado sus ojos en el Autor y
Consumador de su fe, el cual anduvo sobre él antes que ellos. Este
camino se revela a los que han aprendido a preguntar: “¿Quién
debo ser?”, y miran a la persona de Cristo para encontrar
respuestas. Se revela a aquellos cuyo deseo más profundo y mayor
deleite es ser hechos de nuevo —a Su imagen— un paso cuidadoso
a la vez.
1
Dios, el más santo
La repetición es la madre del aprendizaje.
Proverbio romano
“Mamá, me duele mucho la cabeza y tengo que ir a clase. Me tomé
un vaso de agua”.
“Mamá, estoy muy ansioso por mi examen. ¿Puedes orar por
mí? Me tomé un vaso de agua”.
Estos son dos mensajes de texto enviados por dos miembros
de la familia Wilkin que están en la universidad en dos días
diferentes de la misma semana. Estos mensajes pueden parecer
extraños para los que no conozcan mucho a nuestra familia, pero
mis hijos y yo nos entendemos perfectamente. Desde que eran
pequeños, cada vez que me decían que les dolía algo, mi respuesta
era esta sugerencia: “Intenta tomar un vaso de agua”.
Mis hijos se han reído de mí varias veces por aconsejar este
remedio casero. Bromean diciendo que si me escribieran
diciéndome que perdieron un brazo, yo les aconsejaría que se
hidrataran.
Así que imagina mi alegría cuando me senté una noche a ver
las noticias con mi hijo menor y escuché un reporte médico donde
decían que el mejor primer paso para tratar los dolores de cabeza y
otros malestares comunes es… adivinaste. La mirada en el rostro de
Calvin demostró que había llegado a la conclusión correcta: ahora
sería imposible vivir conmigo. Afortunadamente para él, se gradúa
este año. Tal vez para cuando abandone el nido ya habré recibido
mi título médico honorario.
“Intenta tomar un vaso de agua” es solo una de muchas frases
grabadas en las mentes de mis hijos. Los padres repiten cosas.
Muchas cosas. Especialmente a los niños pequeños. Cuando
dejábamos a los niños con una niñera, mis últimas palabras siempre
eran: “¡Sean buenos unos con otros!”. Antes de que pudieran jugar
en la casa de un amigo, la pregunta estándar era: “¿Arreglaste tu
habitación?”. Y a la hora de ir a dormir: “¿Ya te cepillaste los
dientes?”.
Repetimos lo que queremos que otros recuerden. Y
aprendemos lo que escuchamos varias veces.
A medida que mis hijos iban creciendo, ya no esperaban que
les recordara las cosas. Cuando me pedían que los dejara ir a la
casa de un amigo, comenzaban diciendo: “Mamá, ya arreglé mi
habitación y terminé la tarea”. Porque la repetición había logrado su
propósito.
No es de extrañar que la fuente de la verdadera sabiduría utilice
esta herramienta con tanta regularidad. Al prestarle atención a lo
que repite la Biblia, entendemos qué es lo que más quiere que
aprendamos y recordemos.
¿Quién es Dios?
Mi intención específica en este libro es que aprendamos a identificar
la voluntad de Dios para nuestra vida.
Por lo general, nos inclinamos a discernir la voluntad de Dios
preguntando: “¿Qué debo hacer?”. Pero la voluntad de Dios tiene
que ver primeramente con quiénes somos y después con lo que
hacemos. Al cambiar la pregunta y decir: “¿Quién debo ser?”,
vemos que la voluntad de Dios no está oculta para nosotros en Su
Palabra, sino que se revela claramente.
La Biblia responde directamente a esta pregunta de esta forma:
“Sé como Jesucristo, quien representa perfectamente la imagen de
Dios en forma humana”. La voluntad de Dios para nuestras vidas es
que seamos transformados a la imagen de Cristo, cuya encarnación
nos muestra a un ser humano conformado perfectamente a la
imagen de Dios. En este libro consideraremos cómo podemos
reflejar una semejanza a nuestro Creador. Pero ya que la respuesta
de la Biblia a “¿Quién debo ser?” es: “Sé como la imagen misma de
Dios”, debemos preguntar: “¿Quién es Dios?”.
He sido grandemente beneficiada por teólogos que han
estudiado profundamente las Escrituras durante siglos para
responder esta pregunta. Stephen Charnock, Arthur Pink, A. W.
Tozer y R. C. Sproul han explorado el carácter ilimitado de Dios, y lo
han hecho a niveles que sobrepasan mi capacidad. Cualquier texto
de teología sistemática enumera y explora los atributos de Dios,
pero mi deseo en estas páginas es tomar la perspectiva excelsa de
Dios que se presenta en otros lugares y hacer una pregunta extra:
“¿Cómo debe cambiar mi manera de vivir si sé que Dios es
______?”.
En otro lugar exploré las implicaciones de diez de los atributos
incomunicables de Dios que podrían llenar ese espacio; aquellas
características que son propias solamente de Él.1 Solo Dios es
infinito, incomprensible, autoexistente, autosuficiente, eterno,
inmutable, omnipresente, omnisciente, omnipotente y soberano.
Cuando nos esforzamos por ser como Él en cualquiera de estos
aspectos, nos convertimos en Sus rivales. Somos seres humanos
creados para llevar la imagen de Dios, pero queremos más bien ser
como Dios. Nos esforzamos por alcanzar esos atributos que son
propios de Dios, aquellos que solamente le corresponden a un Ser
ilimitado. En vez de adorar y confiar en la omnisciencia de Dios,
deseamos la omnisciencia para nosotras mismas. En vez de
celebrar y reverenciar Su omnipotencia, buscamos omnipotencia en
nuestras propias esferas de influencia. En vez de descansar en la
inmutabilidad de Dios, observamos nuestros propios patrones
endurecidos de pecado y declaramos que somos inmutables, que
nos es imposible cambiar. Así como nuestro padre Adán y nuestra
madre Eva, anhelamos lo que solo le pertenece a Dios, rechazando
los límites que Él nos ha dado y creyendo neciamente que tenemos
derecho a poseer estos atributos.
Anhelar un atributo incomunicable de Dios es escuchar el
engaño de la serpiente: “… serás como Dios”. Es la inclinación
natural del corazón pecaminoso, pero ya que se nos ha dado un
nuevo corazón con nuevos deseos, debemos aprender a anhelar
atributos que sean apropiados para un ser limitado, aquellos que
describen la vida abundante que Jesús vino a darnos.
A estos se les conoce como los atributos comunicables de Dios,
aquellas características Suyas que pueden hacerse realidad en
nosotras también. Dios es santo, amoroso, bueno, justo,
misericordioso, lleno de gracia, fiel, veraz, paciente y sabio. Cuando
hablamos de ser “transformados a la imagen de Cristo”, esta es la
lista que tenemos en mente. Esta es la lista que intento explorar:
diez atributos que nos muestran cómo reflejar la imagen de Dios
como lo hizo Cristo. Por ejemplo, entre más gracia tengo, más
reflejo a Cristo, quien muestra perfectamente la imagen de Dios.
Pero ¿por dónde debo empezar? ¿Qué debería ser lo primero
que viene a mi mente cuando pienso en Dios?2 ¿Habrá alguna
respuesta correcta? Yo argumentaría que sí la hay. Solo tenemos
que prestarle atención a la madre del aprendizaje: la repetición.
Primero lo primero
Si es cierto que repetimos lo que es más importante, hay un atributo
de Dios que emerge claramente como uno de los primeros de la
lista: Su santidad. La santidad se puede definir como la suma de
toda excelencia moral, “la antítesis de toda imperfección o
corrupción moral”.3 Transmite la idea de ser apartado, sagrado,
separado; indica un carácter cuya pureza es absoluta.
Siguiendo la regla de la repetición, la Biblia quiere que nuestro
primer pensamiento sobre Dios sea que Él es santo. La palabra
santo aparece casi setecientas veces en la Biblia. Su forma verbal,
santificar, aparece doscientas veces más. Esas menciones de santo
en todas sus formas se relacionan con cosas, personas y lugares,
pero cuando se usa para describir a Dios, notamos algo
sorprendente. Ningún otro atributo aparece junto al nombre de Dios
con más frecuencia que la santidad. La Biblia menciona Su “santo
nombre” veintinueve veces. Solo en el libro de Isaías se le llama el
“Santo de Israel” unas veinticinco veces.
La santidad de Dios, la pureza absoluta de Su carácter, es lo
que lo distingue de todos Sus rivales:
¿Quién, Señor, se te compara entre los dioses?
¿Quién se te compara en grandeza y santidad?
Tú, hacedor de maravillas,
nos impresionas con Tus portentos (Éx 15:11).
Nadie es santo como el Señor;
no hay roca como nuestro Dios.
¡No hay nadie como Él! (1S 2:2).
Los dioses de Egipto y Canaán, de Grecia y Roma, nunca
declararon que poseían una pureza absoluta de carácter. Las
crónicas de sus hazañas parecen más un reality show que un texto
sagrado, el cual obliga al devoto a contemplar de forma voyerista
sus payasadas horrorosas. Pero el Dios de Israel posee una
santidad tan cegadora que nadie puede verlo y vivir; una pureza
moral tan devastadora que ni siquiera los seres angelicales —que
no tienen pecado y habitan en Su presencia inmediata— pueden
soportar mirarlo, sino que al contrario, se cubren los ojos con sus
alas:
Y día y noche repetían sin cesar:
“Santo, santo, santo
es el Señor Dios Todopoderoso,
el que era y que es y que ha de venir” (Ap 4:8; ver Is 6:3).
No soy experta en los seres angelicales, pero me parece
probable que lo primero que les viene a la mente cuando piensan en
Dios se expresa en aquello que repiten sin cesar: santo, santo,
santo.
Esta repetición merece una atención especial. Los rabinos
solían usar una doble repetición para enfatizar un punto, y vemos
que Jesús usa la misma técnica en Su propia enseñanza con frases
como: “De cierto, de cierto te digo…” y “Muchos me dirán: ‘Señor,
Señor’…”. R. C. Sproul escribe:
En las Sagradas Escrituras solo hay un atributo de Dios
que se eleva al tercer grado. Solo hay una característica de
Dios que se menciona tres veces sucesivamente. La Biblia
dice que Dios es santo, santo, santo. No dice que es santo,
ni siquiera santo, santo. Él es santo, santo, santo. La Biblia
nunca dice que Dios es amor, amor, amor; ni misericordia,
misericordia, misericordia; ni ira, ira, ira; ni justicia, justicia,
justicia. Dice que Él es santo, santo, santo, que toda la
tierra está llena de Su gloria.4
Repetimos lo que más queremos recordar, lo que es más
importante y lo que podemos olvidar más fácilmente. El pueblo de
Dios puede llegar a olvidar el atributo de Dios que la Biblia exalta
como el más alto, escogiendo enfatizar otro atributo en su lugar.
Algunas iglesias se enfocan en repetir casi exclusivamente que Dios
es amor. Algunos repiten casi exclusivamente que Dios es justo. Lo
primero que nos viene a la mente cuando pensamos en Dios puede
estar más marcado por nuestra experiencia que por lo que dice la
Biblia. La Palabra de Dios enfatiza la santidad de Dios, pero es
posible que nuestras iglesias no quieran hacer lo mismo. Si la
pureza absoluta de Dios hace que los ángeles desvíen la mirada,
entonces es posible que predicar acerca de la santidad no sea algo
que le agrade a las multitudes. Es mejor hacer énfasis en el amor
para que todos se sientan bienvenidos, o hacer énfasis en la justicia
para que todos se porten bien.
Dios merece nuestra adoración tanto por Su amor como por Su
justicia. Pero Su amor y Su justicia son definidos por Su santidad: Él
no solamente ama; Él ama desde una pureza absoluta de carácter.
No solo actúa con justicia; actúa con justicia desde una pureza
absoluta de carácter. Si enfatizamos cualquiera de Sus atributos por
encima de Su santidad o separada de ella, lo moldeamos de
acuerdo a nuestra imaginación o para nuestros propios fines. Su
amor se convierte en un amor en términos humanos, en vez de ser
un amor santo. Su justicia se convierte en una justicia en términos
humanos, en vez de ser una justicia santa.
Al comprender Su santidad, somos transformados por esa
revelación. El conocimiento de Dios y el conocimiento de uno mismo
siempre van de la mano. Nos vemos a nosotros mismos de una
forma diferente porque hemos visto a Dios como Él es. Y
entendemos nuestro llamado —reflejar a Dios como lo hizo Cristo—
de una forma nueva.
Santos como Él es santo
Uno esperaría que el atributo principal de Dios fuera incomunicable
—algo exclusivo del Dios todopoderoso—, pero no lo es. La
santidad es un atributo de Dios que podemos reflejar. Tómate un
momento para maravillarte ante esta realidad.
La santidad impregna cada aspecto del llamado cristiano. Se
encuentra en el centro mismo del evangelio. No solo somos salvos
de la depravación; somos salvos para la santidad. La conversión
conlleva consagración.
La Biblia presenta la santidad como algo que se nos ha dado y
que se demanda de nosotros. Nos dice: “Si estás en Cristo, has sido
santificado. Ahora sé santo”.
Hebreos 10:10 nos asegura que “somos santificados mediante
el sacrificio del cuerpo de Jesucristo, ofrecido una vez y para
siempre”. ¡Qué verdad tan preciosa! El sacrificio de Cristo nos da la
santidad posicional ante Dios. Somos apartados como Sus hijos.
Nada puede quitarnos nuestra santidad posicional. Sin embargo, la
Biblia no describe solamente la santidad posicional, sino también la
santidad práctica.
Aquí, de nuevo, la repetición sirve como nuestra maestra. El
Antiguo Testamento habla de la santidad como un imperativo y lo
hace repetidamente:
Yo soy el Señor su Dios, así que santifíquense y
manténganse santos, porque Yo soy santo… Yo soy el
Señor, que los sacó de la tierra de Egipto, para ser su Dios.
Sean, pues, santos, porque Yo soy santo (Lv 11:44-45).
El Señor le ordenó a Moisés que hablara con toda la
asamblea de los israelitas y les dijera: “Sean santos,
porque Yo, el Señor su Dios, soy santo” (Lv 19:1-2).
Conságrense a Mí, y sean santos, porque Yo soy el Señor
su Dios (Lv 20:7).
Sean ustedes santos, porque Yo, el Señor, soy santo, y los
he distinguido entre las demás naciones, para que sean
Míos (Lv 20:26).
Podemos ser tentados a ignorar estas instrucciones pensando
que solo son una parte extraña de un libro extraño del Antiguo
Testamento que ya no aplica para los que están bajo el nuevo pacto.
Pero Jesús mismo utiliza estas palabras en el Sermón del monte. En
el Nuevo Testamento, Él deconstruye las leyes de Antiguo
Testamento sobre el asesinato, el adulterio, el divorcio, los
juramentos, la venganza y el trato hacia los enemigos, apuntando a
una obediencia más profunda que no se trata simplemente de
acciones externas sino también de motivaciones internas. Aquí se
encuentra la rectitud que excede la de los escribas y los fariseos. Y
la frase que escoge para concluir Su idea es: “Por tanto, sean
perfectos, así como su Padre celestial es perfecto” (Mt 5:48).
Es una declaración tan estremecedora que podríamos ser
tentados a pensar que Él la usa para sacudir a Su audiencia. Seguro
está usando una hipérbole. Pero parece que cierto oidor que estaba
sentado a Sus pies en ese momento no lo tomó así. Casi treinta
años después, Pedro le escribe a un grupo de nuevos creyentes:
“Como hijos obedientes, no se amolden a los malos deseos que
tenían antes, cuando vivían en la ignorancia. Más bien, sean
ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien
los llamó; pues está escrito: ‘Sean santos, porque Yo soy santo’”
(1P 1:14-16).
Pedro repite lo que se le había repetido a él. No se conformen a
lo que eran antes. Sean transformados para ser como deberían ser.
Sean santos, así como Dios es santo.
Si todavía te estás preguntando cuál es la voluntad de Dios
para tu vida, deja que el apóstol Pablo elimine toda tu confusión: “La
voluntad de Dios es que sean santificados… Dios no nos llamó a la
impureza, sino a la santidad” (1Ts 4:3, 7).
En pocas palabras, la voluntad de Dios para tu vida es que seas
santo. Que en tu vida sea evidente que has sido apartado. Que, por
el poder del Espíritu Santo, te esmeres por alcanzar un carácter
absolutamente puro (Heb 12:14). Toda advertencia, toda ley, toda
exhortación apunta a este propósito principal. Todas las historias de
todos los personajes en todos los libros de la Biblia resaltan este
llamado. Sé santo, porque Él es santo.
Buscando la santidad
Debido a que nuestra conversión afecta nuestra consagración,
aquellos que reciben la santidad posicional serán movidos a buscar
la santidad práctica. Como dice el teólogo Jerry Bridges: “La
verdadera salvación trae consigo el deseo de ser santificado”.5
Crecer en santidad significa que sentiremos más odio hacia el
pecado. Pero reflejar el carácter de Dios no es solo quitarnos las
vestiduras de nuestra antigua manera de vivir. Requiere que nos
pongamos las vestiduras de nuestra nueva herencia. Crecer en
santidad implica ser más amorosos, justos, buenos, misericordiosos,
llenos de gracia, fieles, veraces, pacientes y sabios. Implica
aprender a pensar, hablar y actuar como Cristo todas las horas del
día que Dios nos conceda vivir en esta tierra como Sus redimidos.
Hace unos años fui a Detroit a principios de enero para visitar a
mi hermano. Pensé que había empacado ropa abrigada, pero
cuando el avión aterrizó y la temperatura era de -18ºC, supe de
inmediato que no importaba qué había empacado, no estaba
suficientemente preparada. Esta tejana no tenía ropa para
temperaturas bajo cero. Mi hermano se divirtió molestándome por mi
acento, por mi suéter liviano, por no tener bufanda y gorro y por mis
zapatos inadecuados. Y como no estaba acostumbrada a vivir con
nieve, siempre se me olvidaba quitarme los zapatos al entrar a la
casa.
Sin duda, cuando mi hermano se mudó de Texas a Detroit hace
treinta años, llegó tan mal preparado como yo. Pero con el tiempo,
aprendió a dejar sus viejas prendas tejanas, así como su acento y
sus hábitos, y adquirió los que coincidían con su nueva realidad. Se
aclimató a su nuevo ambiente.
La santidad es así. Es un proceso de aclimatamiento por medio
del cual aprendemos a comportarnos como hijos de Dios y no como
hijos de ira. A medida que nos vayamos vistiendo de esta nueva
vida, nos sentiremos más incómodos en nuestros viejos ambientes y
más cómodos con los redimidos. Nuestra separación se volverá
cada vez más evidente para aquellos entre los cuales caminamos
alguna vez. Nuestra conversión afectará nuestra consagración. No
solo necesitamos esta santidad, sino que también la deseamos por
encima de todo lo demás.
Pues esta es la voluntad de Dios, nuestra santificación.
Nota: Al final de cada capítulo encontrarás versículos,
preguntas y una oración para ayudarte a recordar y aplicar lo que
leíste. Considera la posibilidad de tener un diario en el que puedas
copiar o parafrasear cada uno de los versículos, anotando lo que
cada uno te enseña sobre el atributo que se estudió en el capítulo.
Escribe tu respuesta a las preguntas y añade tu propia oración.
Versículos para meditar
Levítico 19:2
Job 34:10
Isaías 47:4
Habacuc 1:13
Mateo 5:48
Hebreos 12:14
Preguntas para reflexionar
1. ¿De qué forma has visto la voluntad de Dios para tu vida
principalmente como algo que debes hacer y no como lo que
debes ser? Piensa en una decisión importante a la que te
estés enfrentando en la actualidad. ¿Limitas tus peticiones de
oración a resultados específicos? ¿Oras por tu santificación?
¿Cómo podrías cambiar tus oraciones en cuanto a esa
decisión importante?
2. Describe un tiempo de tu vida en el que hayas experimentado
una profunda convicción de pecado. ¿Qué te llevó a esa
convicción? ¿Cuál fue el resultado?
3. Piensa en la persona más santa que conozcas o hayas
conocido. ¿Cuál es o era su motivación para comportarse
correctamente?
4. ¿De qué manera debería nuestro deseo de crecer en santidad
mejorar nuestra relación con Dios? ¿Cómo debería mejorar
nuestras relaciones con otros? Da un ejemplo específico en
cada pregunta.
Oración
Escribe una oración a Dios pidiéndole que te muestre tu pecado a la
luz de Su santidad. Pídele que te ayude a odiar todo lo que no sea
santo para que puedas reflejar mejor Su verdadera naturaleza. Dale
gracias porque has sido santificado posicionalmente en Cristo y
porque estás siendo santificado en la práctica por el poder del
Espíritu.
2
Dios, el más amoroso
El amor de Dios es mucho más grande
de lo que se puede decir o escribir;
va más allá de la estrella más alta,
y llega hasta el infierno más bajo.
Frederick Lehman, 1917
Es difícil hablar sobre el amor de Dios. Si hay un atributo de Dios
con el que hay mucha confusión, es este.
Parte de la confusión es lingüística. En nuestra lengua nativa,
usamos “amor” o “amar” de forma general e indiscriminada. Yo amo
a mi esposo. También amo las comidas fritas. Tenemos que ser un
poco más específicos con nuestras palabras para marcar la
diferencia entre un tipo de amor y el otro.
Pero otra parte de la confusión es cultural. Nuestra cultura ama
el amor. Bueno, al menos el amor romántico. Mientras empiezo a
escribir este capítulo, se acerca el día de San Valentín. Como era de
esperarse, al buscar una película para el viernes en la noche,
nuestro servicio de streaming sugirió películas románticas. ¿Sabes
cuál es el drama romántico más taquillero de todos los tiempos?
Alcanzando casi los 700 millones de dólares, es un relato corto
sobre dos personajes llamados Jack y Rose, cuya historia de amor
de cuatro días se desarrolla en un crucero destinado al fracaso. Tal
vez ya sabes cuál es.6
Pero la historia de amor más conmovedora que he escuchado
recientemente no es la de Jack y Rose en el Titanic, sino la de Jack
y Lucille Cannon en Dallas, Texas. En el 2016 celebraron su
aniversario de bodas número setenta y cinco, y su historia salió en
el noticiero local. A sus noventa años están un poco encorvados,
con el pelo gris y usando andadores para moverse en su pequeña
casa, una que construyeron en 1941 con 3.500 dólares y que ha
sido su hogar desde entonces. Cuando el reportero les pregunta qué
se necesita para hacer que un matrimonio dure tanto tiempo, Lucille
menciona la amistad profunda que tenían y le da una respuesta
filosófica: “Tienes que dar un poco…”. Jack la interrumpe y, con una
sonrisa irónica, añade: “Tienes que dar bastante; [con un falsete
cómico] ¡dar bastante!”. Lucille no aguantó la risa.
La historia de sus setenta y cinco años no es tan fascinante: se
conocieron en la iglesia, formaron una familia, envejecieron juntos y
nunca han faltado a los tiempos de adoración de los domingos. La
entrevista la vio solo una pequeña parte de los millones que han
visto Titanic, y no ganará ni un solo premio.7 Pero es un tesoro.
Aunque en el cine lo que vende es el amor romántico tempestuoso,
la realidad es que el amor firme y abnegado que perdura ante la
prueba del tiempo es una perla de gran valor.
El amor en cuatro palabras
De todos Sus atributos, el amor de Dios es tal vez el más difícil de
concebir cuando tenemos tantas versiones humanas del amor, las
cuales son infinitamente inferiores y moldean nuestra manera de
pensar. El amor humano, aun en sus mejores momentos, solo
puede ser un susurro del amor puro y santo de Dios. Y aunque
podemos apreciar el amor entre amigos o entre familiares,
tendemos a darle el mayor valor al amor romántico. El gran éxito de
Titanic testifica sobre la forma en que nuestra cultura adora el
romance. Vivir una vida sin amigos o sin familia puede soportarse,
pero ¿vivir la vida sin un amante? Inconcebible.
Nuestra adoración al romance ha comenzado a redefinir la
forma en que hablamos de las personas o las cosas. Ha comenzado
a ofrecerle alternativas a la uniformidad insulsa del verbo “amar”.
Ahora estamos “embelesados”, “fascinados”, “obsesionados”,
“enloquecidos” o “nos derretimos” por todo, desde bebés recién
nacidos hasta nuevos sabores de helado. Decir que los amamos es
insuficiente, ya que las formas de amor que no son románticas no
suelen connotar una emoción tan fuerte.
Incluso hay ocasiones en las que hemos integrado nuestra
adoración al romance a nuestra adoración a Dios. Por ejemplo,
piensa en las letras de canciones famosas que hablan de
enamorarse de Jesús. Amazon ofrece varios libros, camisetas y
artículos decorativos que animan a los cristianos a “enamorarse de
Jesús”, a “abandonarse a sí mismos para tener el romance más
grande de su vida”. Si Cristo es el novio y la iglesia es Su novia, es
probable que este lenguaje no esté totalmente fuera de lugar. Pero
los términos en los que la Biblia presenta nuestra relación con Cristo
no nos hacen pensar en el romance de Jack y Rose, sino en el
compromiso firme de Jack y Lucille.
Podría decirse que necesitamos unas cuantas palabras más en
nuestro idioma para describir el amor. Pero este no es el caso del
lenguaje en el que se escribió la Biblia. El griego de la época de
Jesús, que también es el idioma del Nuevo Testamento, distingue
cuatro tipos de amor y usa una palabra específica para cada uno.
Conocer estos términos nos ayuda a entender cómo se describe el
amor de Dios en la Biblia, y puede ayudarnos a aclarar parte de la
neblina cultural que se ha posado alrededor de nuestras propias
ideas del amor.
Eros es la palabra que se usa para describir el amor
romántico.
Philia es la palabra que se usa para describir el amor entre
hermanos y amigos.
Storge es la palabra que se usa para describir el amor de un
padre por su hijo.
Agape es la palabra que se usa para describir el amor de
Dios.8
¿Cómo se usan estos términos en la Biblia? La palabra philia se
usa cincuenta y cuatro veces en el Nuevo Testamento, ya sea como
sustantivo o como verbo. Storge y eros no aparecen en absoluto. La
palabra agape es la que más aparece en toda la Biblia: doscientas
cincuenta y nueve veces.9
Cómo trasciende el agape
Mientras que nuestra noción común del amor es que es una
emoción que se experimenta, agape es un acto de la voluntad, “una
actitud inteligente y decidida de estima y devoción; una actitud
abnegada, intencional y que se dirige al otro, que desea hacerle
bien al ser amado”.10 En otras palabras, el agape no tiene que ver
con emociones, sino con acciones. La Biblia describe doscientas
cincuenta y nueve veces un amor que actúa.
Agape es la palabra que usa el apóstol Pablo para describir la
razón por la que Dios envió al Hijo:
Pero Dios demuestra Su amor por nosotros en esto: en que
cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por
nosotros (Ro 5:8).
Agape es la palabra que usa Jesús para instruir a Sus
discípulos en cuanto a los que los odian:
Ustedes, por el contrario, agape a sus enemigos, háganles
bien y denles prestado sin esperar nada a cambio. Así
tendrán una gran recompensa y serán hijos del Altísimo,
porque Él es bondadoso con los ingratos y malvados
(Lc 6:35).
El alcance y la naturaleza del agape no dan lugar a dudas. El
agape es lo que se describe en 1 Corintios 13:4-5, el pasaje tan
conocido que se lee en las bodas.
El ágape es paciente, es bondadoso. El agape no es
envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con
rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda
rencor. El agape no se deleita en la maldad, sino que se
regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo
lo espera, todo lo soporta.
El agape jamás se extingue.
Lo que hace que este pasaje sea hermoso para una boda es la
forma en que reta a la pareja a ir más allá del simple eros, o incluso
del philia, y a que entre ellos se exprese la misma clase de amor
que Dios les mostró: el agape incondicional, abnegado, activo,
sacrificial, incansable, interminable. Más Jack y Lucille, menos Jack
y Rose.
Pero sabemos que este amor no se puede practicar sin el poder
sobrenatural del Espíritu Santo. Ya que es Dios quien lo genera y lo
habilita, el agape no está atado a los límites que tienen las formas
terrenales del amor. El amor terrenal —ya sea eros, philia o storge—
siempre estará limitado en su capacidad por al menos tres razones.
Primero, el amor terrenal se basa en la necesidad. Los amantes
necesitan intimidad, los amigos necesitan compañerismo, los
familiares necesitan apoyo. Pero el agape se ofrece sin ninguna
necesidad. Lo ofrece aquel que disfruta de que Cristo haya suplido
su mayor necesidad, y se origina en un Dios que no tiene
necesidades. Cuando se trata del amor terrenal, entre más grande
sea la necesidad que el amor debe satisfacer, más cuidadosos
somos al darlo, porque hay un alto riesgo de ser rechazados. Pero
ya que el agape no está atado a la necesidad, se puede dar gratuita
y generosamente, sin temor alguno de que pueda ser una “mala
inversión”.
Segundo, el amor terrenal desea intensamente la reciprocidad.
Lo ofrecemos pensando qué tanto nos devolverán. Un amor terrenal
que no recibe se marchita con el tiempo. Por el contrario, el agape
se da sin ningún requisito de recibir algo a cambio. Ciertamente, lo
damos con la esperanza de que dé testimonio del agape de Dios
hacia los pecadores, pero lo extendemos aun si ese no es el
resultado. Los amores eros, philia y storge conllevan la promesa de
una conexión emocional compartida, pero el agape no es así. Lo
damos como una ofrenda unilateral, sin esperar nada a cambio.
Finalmente, el amor terrenal calcula qué tan digno es el que lo
va a recibir. Escogemos a quién vamos a amar dependiendo de qué
tan digno nos parezca. Dirigimos nuestro amor hacia la belleza, el
poder, la riqueza, la inteligencia o la fortaleza física. Pero el agape
se concentra en quienes el mundo consideraría indignos. Mira a los
pobres, a las personas con discapacidad, a los débiles, a los ciegos.
El agape ve más allá y decide amar al que no es digno, aun cuando
implique un gran costo personal. Se expresa de una forma más pura
cuando lo damos a aquellos de quienes no podemos recibir nada.
Cuando mostramos amor a aquellos que no pueden hacer nada por
nosotros, reflejamos el amor de Dios que recibimos en Cristo.
El agape es un requisito para la santidad
El agape es tanto la forma en que Dios nos ama como la forma en
que debemos amarnos unos a otros. Ya hemos visto que la
respuesta de la Biblia a la pregunta “¿Cuál es la voluntad de Dios
para mi vida?” es: “Sé santo como Él es santo”. Para los judíos de la
época de Jesús, el mandato a ser santos se entendía como un
llamado a una obediencia estricta a la letra de la ley. Pero Jesús
corrigió esa idea señalando el principio impulsor detrás de la ley: el
agape.
Uno de ellos, experto en la ley, le tendió una trampa con
esta pregunta: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más
importante de la ley?”. “Ama [agapao] al Señor tu Dios con
todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente”, le
respondió Jesús. Este es el primero y el más importante de
los mandamientos. El segundo se parece a este: “Ama
[agapao] a tu prójimo como a ti mismo”. De estos dos
mandamientos dependen toda la ley y los profetas
(Mt 22:35-40).
Este pasaje se conoce como el gran mandamiento por el cual
se deben entender todos los demás. Me encanta la forma en que la
traducción King James de la Biblia (al inglés) expresa el último
versículo. Dice algo así: “De estos dos mandamientos ‘cuelgan’ toda
la ley y los profetas”. Me hace pensar en los tubos donde cuelgo la
ropa en mi armario. Hace poco, un problema de plomería hizo que el
armario se inundara. Todo lo que estaba colgado apropiadamente
en los dos tubos quedó intacto, pero todo lo que estaba en el piso se
arruinó.
De acuerdo con Jesús, todo llamado a obedecer cuelga del
mandato fundamental de amar a Dios y a otros. Cualquier tipo de
rectitud que no esté colgada firmemente en el amor termina siendo
inmundicia y trapos, así como las prendas que se arruinaron en el
suelo de mi armario inundado. Si me abstengo de asesinar, pero no
lo hago por amor a Dios y a otros, no he practicado la verdadera
santidad. Si me abstengo de calumniar o codiciar, pero no lo hago
por amor a Dios y a otros, todavía estoy pecando. O, como hemos
escuchado que se dice en las bodas:
Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo
amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo
que hace ruido. Si tengo el don de profecía y entiendo
todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo
una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor,
no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo que poseo,
y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas,
pero no tengo amor, nada gano con eso (1Co 13:1-3).
Si trato de ser santa sin agape, no agrego nada, no soy nada,
no gano nada.
El agape ordenado correctamente
El apóstol Juan declara que “nosotros amamos porque Él nos amó
primero” (1Jn 4:19). ¿Y a quién amamos? Primero, amamos a Dios.
Segundo, amamos a los demás. El gran mandamiento no es dado
para mostrarnos cómo ganarnos el favor de Dios, sino para
mostrarnos la única respuesta racional al amor que Dios nos ha
dado con tanta generosidad.
Así como con los Diez Mandamientos, el gran mandamiento
comienza con la relación vertical y pasa a las relaciones
horizontales. Si no amamos a Dios con todo nuestro corazón, alma,
mente y fuerzas, nos amaremos a nosotros mismos y a los demás
de una forma inadecuada. Amar a Dios correctamente es lo que
hace que podamos amar correctamente, tanto a nosotros mismos
como a los demás.
Cuando consagramos nuestro corazón, alma, mente y fuerzas
para amarlo a Él, nos vemos a nosotros mismos correctamente —no
hay espacio para el orgullo ni para la autoexaltación—, lo cual nos
prepara para amar con libertad a nuestro prójimo. Al vernos
correctamente como beneficiarios indignos del agape de Dios,
estaremos dispuestos a amar a nuestro prójimo a pesar de cómo
sea porque Dios nos amó primero a pesar de lo que éramos. No
esperamos a sentir amor, sino que actuaremos en amor ya sea que
lo sintamos o no. El agape va más allá de nuestros sentimientos.
Cuando nos cuesta amar a nuestro prójimo, solemos tratar de
remediar el problema esforzándonos más en la tarea. Sin embargo,
un problema en nuestro amor por el prójimo siempre apunta a un
problema en nuestro amor por Dios. Primero debemos enfocarnos
en amar a Dios correctamente. Restaurar la relación vertical es el
primer paso para corregir la relación horizontal. Cuando dudo si
debo mostrarle agape a mi esposo porque hirió mis sentimientos o
me decepcionó, demuestro que creo que el agape es algo que se
gana. Recordarme a mí misma que el amor de Dios por mí es
incondicional y sacrificial me lleva a amar más a Dios y me motiva a
extenderle amor a mi esposo gratuitamente, así como lo he recibido
gratuitamente de parte de Dios. Puedo amar porque Dios me amó
primero. Una relación vertical correcta con Dios corrige la relación
horizontal con el prójimo.
Tener una relación vertical correcta es emplear todo nuestro
corazón, toda nuestra alma, toda nuestra mente y todas nuestras
fuerzas —la totalidad de nuestro ser— en amar a Dios de una forma
activa. Cualquier cosa que deseemos, la buscamos como para el
Señor. Cualquier cosa que vayamos a hacer, nos la proponemos
como para el Señor. Cualquier cosa que pensemos, la analizamos
como para el Señor. Cualquier cosa que hagamos, trabajamos como
para el Señor.
A quien Dios ama por encima de todos los demás
¿Por qué se nos instruye a amar primero a Dios y luego a los
demás? Porque este es el orden en que Dios mismo ama. El amor
de Dios no comenzó en Génesis 1:1. Su amor es eterno, existía
desde antes de la Creación y se expresa eternamente dentro de la
Trinidad. No requería ningún objeto fuera de la Deidad. Nosotros
amamos porque Él nos amó primero. Él nos ama habiéndose amado
a Sí mismo primera y eternamente.
En los seres humanos, el amor propio no siempre es algo
admirable. Aunque amarnos a nosotros mismos apropiadamente es
bueno e incluso necesario para poder amar al prójimo, la Biblia
también habla de la categoría negativa de los “amantes de sí
mismos” (2Ti 3:2, RVC). Todos hemos conocido personas a quienes
llamaríamos narcisistas, que piensan más de sí mismas de lo que
deberían. Pero es imposible que Dios sea narcisista. Él se ama a Sí
mismo de una forma irreprochable, siendo el único digno de un amor
absoluto. Sería irracional que Dios no se amara a Sí mismo. El valor
de Dios es infinito, lo que hace que solo Él sea digno de recibir un
amor propio infinito, así como la adoración y veneración
incondicional de toda la creación. Es imposible que alguien,
incluyendo a Dios, ame demasiado a Dios.
Pero sí es posible que amemos demasiado el amor de Dios.
Esto lo hacemos cuando le damos énfasis a Su amor a costa de Sus
otros atributos. El pecado puede hacer que amemos una versión
incorrecta de Dios. Esta es la definición básica de la idolatría: un
amor incorrecto. Irónicamente, una de las formas más comunes que
toma nuestra idolatría es el amor incorrecto por el amor de Dios. El
énfasis excesivo en este amor es evidente incluso en las personas
que no son cristianas. Puede que conozcan muy poco de la Biblia,
pero muchos conocen y no tardan en citar algo obvio: “Dios es
amor” (1Jn 4:8). Cuando alguien dice: “Mi Dios es un Dios de amor”,
suele implicar la idea de que Su amor no le permite actuar con ira o
justicia, o de cualquier otra forma que no encaje con nuestras
concepciones humanas del amor.
Pero el amor de Dios es santo e infinito, y eso significa que todo
lo que Él hace es amoroso, aun cuando no lo percibamos así. Y Su
amor no solo se manifiesta en todo lo que hace, sino en todo lo que
retiene o se abstiene de hacer. En la Escritura, Cuando Dios actúa
en formas que percibimos como faltas de amor, el problema no está
en Él sino en lo limitada que es nuestra perspectiva. Cuando
soportamos dificultades o pérdidas, podemos ser tentados a
cuestionar si Dios nos ama. Es por esto que la Biblia se asegura de
recordarnos que la dificultad y la pérdida son algo que debemos
esperar en esta vida. La dificultad y la pérdida son agentes de
separación, pero nada nos puede separar del amor de Dios en
Cristo. Su amor es alto y largo, ancho y profundo; si fijamos
nuestros ojos en ese amor, tal vez podamos comenzar a
comprenderlo un poco incluso en esta vida.
Y mientras más lo comprendamos, más podremos ofrecerlo a
nuestro prójimo.
Amor sin límites
Cuando reconocemos que el amor que Dios nos ha dado no es
simplemente una emoción sino un acto de la voluntad, tenemos la
obligación de reevaluar la forma en la que amamos a otros, sobre
todo nuestras categorías. Ya no podemos ubicar a las demás
personas en las categorías de “digno de amor” e “indigno de amor”.
Si el amor es un acto de la voluntad —que no es motivado por la
necesidad, no mide cuánto lo merecen los demás y no requiere
reciprocidad— entonces no existe una categoría de “indigno de
amor”.
Esto es lo que Jesús enseña en la parábola del buen
samaritano. Cuando el intérprete de la ley trata de ajustar el
significado del gran mandamiento al preguntar: “¿Quién es mi
prójimo?” (Lc 10:29), Jesús responde con una historia sobre un
hombre que le muestra amor al que es “indigno”. Por supuesto, es
una historia sobre Sí mismo y sobre cada uno de los que hemos
sido rescatados por Él. La parábola ilustra claramente que se trata
de un rescate costoso que no fue solicitado y que se le concedió a
un beneficiario que no lo merecía.
Ama sin importar el costo
El gran costo del agape es evidente en la cruz. Por tanto, los que
deciden tomar su cruz deciden amar como Cristo amó, de una forma
costosa.
Cuando comenzamos a seguir a Cristo, decidimos amar a Dios
aunque nos cueste. Y siempre nos cuesta algo: nuestro orgullo,
nuestra comodidad, nuestra obstinación, nuestra autosuficiencia.
Algunas veces nos cuesta relaciones amistosas con la familia,
nuestra expectativa de seguridad y muchas otras cosas. Pero al
dejar todo esto de lado, comprendemos de una forma más profunda
el valor de la Persona a quien amamos. Encontramos cada vez más
libertad y, a medida que maduramos, decidimos amar a Dios sin
importar lo que nos cueste.
Cuando comenzamos a seguir a Cristo, decidimos amar a
nuestro prójimo aunque nos cueste. Y siempre nos cuesta algo:
nuestras preferencias, nuestro tiempo, nuestros recursos
económicos, nuestros privilegios, nuestros estereotipos. Algunas
veces nos cuesta nuestra popularidad, respeto y muchas otras
cosas. Pero al dejar todo esto de lado, comprendemos de una forma
más profunda el quebrantamiento de las personas a quienes
amamos. Somos cada vez más empáticos y, a medida que
maduramos, decidimos amar a nuestro prójimo sin importar lo que
nos cueste.
Este es el tipo de amor que diferencia a los creyentes del resto
del mundo. Es el tipo de amor que hace que la historia de Jack y
Lucille sea más fascinante que la historia de Jack y Rose. ¿Cuál es
la voluntad de Dios para tu vida? Que ames como has sido amado.
Cuando te enfrentes a una decisión, pregúntate: ¿Cuál opción me
permite crecer en agape hacia Dios y otros? Y luego decide de
acuerdo con Su voluntad.
Versículos para meditar
Salmos 86:15
Sofonías 3:17
Juan 15:13
Romanos 5:8
1 Juan 4:7-8
Preguntas para reflexionar
1. ¿Por qué crees que la idea de que “Dios es amor” es tan
popular en el mundo? ¿De qué manera nuestras nociones
humanas del amor contaminan la forma en la que entendemos
esta frase, incluso como creyentes?
2. Piensa en la persona más amorosa que hayas conocido. ¿De
qué manera demostraba su amor? ¿Cuál de los cuatro tipos
de amor (eros, philia, storge o agape) era más evidente en él o
ella?
3. ¿A qué persona (o a qué tipo de persona) tiendes a
categorizar como “indigna de amor”? ¿Qué aspecto de su
personalidad o comportamiento lo hace “indigno de amor” en
términos terrenales? ¿Cuál sería el costo que tendrías que
pagar para amar a esa persona como Cristo te ha amado?
4. ¿De qué manera debería el deseo de crecer en agape mejorar
nuestra relación con Dios? ¿Cómo debería mejorar nuestras
relaciones con otros? Da un ejemplo específico en cada
pregunta.
Oración
Escribe una oración pidiendo a Dios que te muestre en qué
aspectos lo has amado de forma condicional. Pídele que te muestre
a quién has visto equivocadamente como “indigno de amor”. Pídele
que te dé oportunidades claras de mostrar un amor costoso hacia
otros. Dale gracias porque Su amor por ti es irrevocable e
incondicional.
3
Dios, el más bondadoso
Sí, Dios es bueno, toda la naturaleza lo dice,
dotada de palabras por la misma mano de Dios;
y el hombre, con notas altas de alabanza,
debe cantar con alegría que Dios es bondadoso.
John Hampton Gurney, 1825
En marzo de 2017, un joven de 14 años llamado Kalel Langford y su
familia pagaron diez dólares para entrar al parque estatal Crater of
Diamonds en Murfreesboro, Arkansas. Apenas treinta minutos
después de haber entrado, mientras paseaban junto a un río, este
joven se agachó a recoger una pequeña piedra de color marrón que
captó su atención, ¡la cual resultó ser un diamante de 7,44 quilates!
Pudo conservarlo gracias a la política del parque, la cual establece
que uno puede quedarse con lo que encuentre.11 Encontrar un
diamante en un parque donde se sabe que varias personas han
encontrado diamantes puede parecer poco interesante. En la
historia del parque se han encontrado otros diamantes valiosos.
Pero encontrar uno de tal tamaño y valor justo allí a plena vista de
todos hace que la historia de Kalel sea envidiable.
De hecho, la historia de Kalel no es muy diferente a la del
creyente que va a la Palabra de Dios en busca de otro tipo de
tesoro. La Escritura está llena de evidencias de los atributos de
Dios, y de muchas otras gemas, que solo están esperando a que las
desenterremos mientras la leemos. Aunque sabemos que la Biblia
contiene estos tesoros, debemos excavar profundamente hasta
Génesis 18 para encontrar la primera mención explícita de la justicia
de Dios. Debemos excavar hasta Génesis 24 para encontrar la
primera mención explícita del amor de Dios. Debemos excavar
pacientemente hasta Éxodo 22 para encontrar la primera mención
de Su compasión. Pero ya en el cuarto versículo de su primer
capítulo, la Biblia pone a la vista de todos el diamante
resplandeciente de la bondad de Dios sin necesidad de excavación:
Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra. La tierra era
un caos total, las tinieblas cubrían el abismo, y el Espíritu
de Dios se movía sobre la superficie de las aguas.
Y dijo Dios: “¡Que exista la luz!”. Y la luz llegó a existir. Dios
consideró que la luz era buena y la separó de las tinieblas
(Gn 1:1-4).
Dios ve que la luz es buena, no como un acto de
reconocimiento, sino como un reflejo de Su propia bondad, que se
origina en Él y sale de Él. Dios es la fuente de todo lo que es bueno,
y Él mismo es completamente bueno. Como dice el apóstol Juan en
el campo reluciente de diamantes del Nuevo Testamento: “Dios es
luz y en Él no hay ninguna oscuridad” (1Jn 1:5). Dios es
infinitamente bueno, no hay ninguna sombra en Él.
Y la Biblia no tarda en decírnoslo. En su primer capítulo reitera
metódicamente la bondad de Dios como algo que se evidencia en el
resto de Su creación. El mar, la expansión, la tierra: buenos. Las
plantas: buenas. El sol, la luna, las estrellas: buenos. Los peces, las
aves, las bestias: buenos. Los humanos: buenos. “Dios miró todo lo
que había hecho, y consideró que era muy bueno” (Gn 1:31). Muy
bueno, formado exquisitamente por la mano de un Dios muy bueno.
Dios es el origen de todo lo bueno. Él es infinitamente bueno,
así que lo que vemos de Él en una creación visible muy buena, y lo
que leemos sobre Él en las palabras muy buenas de las Escrituras,
son representaciones minúsculas de Su bondad. Tanto la creación
como las Escrituras son espejos limitados pero fiables, y nuestra
habilidad para entender lo que reflejan también es limitada. La
bondad infinita de Dios podría llenar una cantidad infinita de
universos y una cantidad infinita de libros. Y, sin embargo, el rayo de
luz que percibimos de esta bondad es enorme; es abundante. Dios
no es solo infinitamente bueno, sino que es inmutablemente bueno,
invariablemente bueno. Su bondad no aumenta ni disminuye, ni
tampoco flaquea. En Él no hay ninguna oscuridad, ni la ha habido, ni
la habrá. Él es bueno y hace lo bueno. No existe una mejor versión
de Él en el futuro, ningún progreso de bueno a mejor. La bondad de
Dios es benevolencia absoluta, la ausencia completa de malicia.
Dios no puede ni necesita mejorar con el tiempo. Él es tan bueno
como siempre lo ha sido, y siempre lo será. Perfectamente bueno.
Absolutamente bueno.
De acuerdo con Romanos 1, la bondad evidente de Dios en la
creación establece la culpa de cualquier criatura que no la
reconozca. Y, por otro lado, según los salmos, la bondad evidente
de Dios en la creación desencadena la gratitud de cualquier criatura
que la reconozca. El salmista lo escribe cinco veces: “Den gracias al
Señor, porque Él es bueno” (Sal 106:1; 107:1; 118:1, 29; 136:1). La
bondad de Dios es la razón por la que adoramos con humildad a
través de la gratitud. Es un diamante en nuestros caminos que brilla
tanto que solo un necio seguiría de largo al verlo. Sin embargo, los
fieles se arrodillan a recoger esta gema resplandeciente, libre de
sombras.
Bondad para todos
La bondad de Dios es una luz que irradia a través de todos Sus
demás atributos. Es la razón por la que Su omnipotencia (posesión
de todo el poder), omnisciencia (posesión de todo conocimiento) y
soberanía (posesión de todo el control) nos traen consuelo en vez
de terror. Es la razón por la que podemos atrevernos a creer que Él
es capaz de hacer que todo obre para bien (Ro 8:28). Ahora mismo
estamos viendo o soportando cosas que claramente no son buenas.
Pero bajo el gobierno soberano de un Dios eternamente bueno,
podemos confiar en que todo lo que ahora no vemos como bueno al
final será usado para nuestro bien. Así como José, un día —en esta
vida o la siguiente— veremos nuestras dificultades pasadas y
entenderemos cómo lo que nuestros enemigos pensaron para mal,
Dios lo ha usado para bien (Gn 50:20).
Todos nosotros —perdidos o salvos, grandes o pequeños—
experimentamos la bondad de Dios en miles de expresiones de Su
gracia todos los días. No, no todo es bueno ahora mismo, pero si
nos tomamos el tiempo para verlo, hay muchas cosas que sí son
buenas. ¿Has notado que la creación no es simplemente funcional,
sino que es hermosa? Nuestros cinco sentidos confirman que Dios
ha hecho mucho más que formar un ecosistema funcional para Sus
criaturas. Él no solo nos concede la vista, sino la percepción del
color, la profundidad y el contraste. No solo nos concede el sentido
del tacto, sino que percibimos la suavidad y la aspereza, la
uniformidad y la rugosidad, lo tibio y lo frío. Tenemos la capacidad
de disfrutar de miles de sabores, de escuchar miles de tonos,
melodías, tonos y volúmenes, y de oler miles de fragancias y
aromas.
Dios podría haber creado cosas mucho menos coloridas y
criaturas mucho menos complejas, pero en Su bondad, formó a Su
creación y la llenó de colores, de sonidos y de todo tipo de
abundancia. Cualquiera que haya pasado junto a un arbusto de
gardenias al anochecer ha olido la bondad de Dios. Cualquiera que
se haya detenido a ver un amanecer, que haya callado para
escuchar el canto de un ave, que haya llorado con una melodía, que
haya saboreado una frambuesa, que haya disfrutado de la
sensación del pasto lleno de rocío bajo sus pies o que se haya
maravillado con la simetría de una telaraña sabe que la bondad se
encuentra en todas partes, como muchos diamantes listos para ser
recogidos. Prácticamente nos tropezamos con ella en cada esquina,
a pesar de que vivimos en un mundo caído.
Tal vez no nos asombre que todavía queden vestigios de una
creación muy buena, aun cuando esta gime como consecuencia de
su destrucción. Pero maravillémonos al ver que a pesar de nuestra
rebeldía, la bondad de Dios hacia nosotros sigue manifestándose en
miles de circunstancias. Él nos da el pan diario y con frecuencia más
que solo eso, aunque tengamos la costumbre de quejarnos por lo
que nos falta en vez de estar contentos con lo que tenemos. Nos
concede tener familiares y amigos, aunque seamos más propensos
a enfurecernos con Él por las relaciones difíciles que a agradecerle
por las que disfrutamos. En general, nos regala más días de alegría
que de dolor, aunque nuestros corazones oscurecidos sean más
propensos a maldecirlo por los momentos difíciles que a bendecirlo
por los momentos alegres. Aunque tenía todo el derecho de dejar
Su bondad dentro del Edén, permitió que Su bondad siguiera a
Adán y a Eva todos los días de sus vidas, incluso luego de ser
expulsados. Y hace lo mismo con cada hijo de Adán y Eva hasta el
día de hoy.
A la luz de esto, considera con un nuevo interés las palabras
del ángel hacia aquellos pastores que estaban vigilando en la
noche: “No tengan miedo. Miren que les traigo buenas noticias que
serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo” (Lc 2:10). No
solo noticias, sino buenas noticias. Estos ángeles que descendieron
al campo judío en esa noche fueron a proclamar la abundancia de la
bondad de Dios: No teman, porque el Dios que creó luz en medio de
la oscuridad de Génesis 1 lo está haciendo de nuevo. Buenas
noticias. Benevolencia. Y la luz brilló en la oscuridad, y la oscuridad
no pudo vencerla.
Buenas noticias fue la descripción más precisa que pudieron
usar los mensajeros angelicales, porque en ninguna otra cosa se
evidencia más claramente la bondad de Dios que en haber enviado
a Su Hijo. Tito 3:4-5 nos dice que “cuando se manifestaron la
bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, Él nos salvó”.
Santiago 1:17 nos dice que “toda buena dádiva y todo don perfecto
descienden de lo alto, donde está el Padre que creó las lumbreras
celestes, y que no cambia como los astros ni se mueve como las
sombras”. El regalo bueno y perfecto de Cristo sobrepasa cualquier
otra bondad que podamos conocer.
Este Padre de las luces, que envió la luz de Cristo al mundo, lo
hizo para iluminar los corazones de Sus hijos, uno tras otro. Cristo
irradió una bondad perfecta en obediencia perfecta al Padre por el
bien de los perdidos. Así como Cristo irradia la bondad de Dios,
nosotras también deberíamos hacerlo. Él dice que esa bondad debe
ser evidente en nuestras vidas.
Buenos como Él es bueno
“Sean buenos”.
¿Cuántas veces lo dije mientras salía por la puerta dejando a
mis hijos al cuidado de otra persona? Dicho en ese contexto,
expresaba mi deseo de que mis hijos no hicieran nada malo y, en el
mejor de los casos, fueran de ayuda a la persona que los iba a
cuidar. Cuando mis hijos eran pequeños, era difícil encontrar niñeras
lo suficientemente valientes como para cuidar a los cuatro. Era
todavía más difícil reunir el dinero para pagarle suficiente a la niñera
y pagar la cena en un restaurante. Cuando les decía a los niños que
fueran buenos, yo necesitaba que lo fueran. Era una forma de decir
“por favor no ahuyenten a esta adolescente, porque realmente
necesito que tenga una buena experiencia”. Ya conoces las reglas.
Son para tu bien. Por tu propio bien, por favor obedécelas. Hasta
que tus padres regresen, sé bueno.
Jesús les habló de una forma similar a Sus discípulos en la
ladera de un monte:
Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una
colina no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara
para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la
repisa para que alumbre a todos los que están en la casa.
Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos
puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre
que está en el cielo (Mt 5:14-16).
Sean buenos. Otros lo verán. Serán una luz que hará que otros
glorifiquen al Padre de las luces.
Pero ¿qué significa ser buenos como hijos de Dios? Ya que
somos beneficiarios de los regalos buenos y perfectos de Dios, ser
buenos con otros significa ser generosos. Significa reconocer que
Dios nos da cosas buenas no para que nos quedemos con ellas,
sino para que podamos administrarlas a favor de los demás.
El décimo mandamiento prohíbe la codicia porque al codiciar
negamos la bondad de Dios. Jesús habla en contra de la
acumulación porque quien lo hace niega la bondad de Dios. La
codicia implica que la provisión actual de Dios no es suficiente, y al
acumular estamos asumiendo que la provisión de Dios no será
suficiente en el futuro. Ninguna de estas formas de pensar resultará
en generosidad. La generosidad solo florece cuando no tememos la
pérdida de nuestros bienes.
Ya que tenemos los dones buenos y perfectos de Cristo,
podemos considerar toda generosidad como una pérdida razonable.
Dios nos da cosas buenas de forma generosa, y al hacerlo no se
arriesga a perder nada. Nosotros también debemos dar cosas
buenas a otros con generosidad, reconociendo que al hacerlo
tampoco nos estamos arriesgando. Podemos ser generosos con
nuestras posesiones, nuestros talentos y nuestro tiempo para el
beneficio de otros porque vemos estos dones buenos como un
medio para darle la gloria al Dador, en vez de a nosotros mismos.
La generosidad no es estrictamente para los que tienen
abundancia material. De hecho, el mundo es un mejor lugar gracias
a que Oseola McCarty reconoció esta verdad. Ella nació en 1908 en
la parte rural de Mississippi, y tuvo que dejar la escuela después del
sexto grado para cuidar de su tía enferma, pasando el resto de su
vida como lavandera. Nunca se casó, vivió calladamente en su
comunidad y asistía a la iglesia con regularidad, con una Biblia
remendada con cinta adhesiva. A lo largo de los años, las personas
de Hattiesburg le pagaban con monedas y billetes de dólar por sus
servicios. Sentía una gran dignidad por su trabajo, y se dio cuenta
de que el trabajo duro le da significado a la vida. “Comienzo todos
los días de rodillas, orando el padrenuestro. Luego, me ocupo con
mi trabajo”.12
En 1995, a la edad de ochenta y seis años, contactó a la
University of Southern Mississippi y les informó que quería donar
una parte de sus ahorros de toda la vida para financiar becas para
estudiantes afroamericanos, de modo que pudieran recibir la
educación que ella no recibió. La suma de su donación fue de
150.000 dólares. “Es más de lo que jamás podré usar. Sé que no
faltan muchos años para mi muerte, y me di cuenta de que el dinero
les haría más bien a ellos que a mí”.13
Oseola McCarty, hija de la pobreza e hija de Dios, quería hacer
el bien y hacerlo generosamente. Alabado sea Dios. Los que saben
que el bien les espera en el cielo pueden darse el lujo de ser
generosos en la tierra. No pierden nada al dar lo que se les ha dado.
La generosidad es la marca distintiva de los que están
decididos a ser luz en la oscuridad como hijos de su Padre celestial.
Es el sello de todos los que recibieron las buenas noticias
generosas de salvación a través de Cristo.
Dios es tu motivación para ser bueno
Sé bueno. Sé la persona que busca el bienestar de otros. Sé la
persona que da sin calcular el costo. Sé la persona que sirve con
alegría sin esperar que le den las gracias o algún reconocimiento.
Sean buenos empleados, buenos vecinos, buenos padres, buenos
hijos; buenos músicos, servidores públicos, artistas, voluntarios,
cuidadores y banqueros. Si lo son, atraerán atención como una
ciudad en la cima de una montaña a medianoche en el desierto.
Sin embargo, no esperes que las personas acudan
necesariamente en manada, aceptando tu luz con alegría. En cierta
forma, lo sorprendente de hacer el bien es que muchas veces causa
reacciones negativas. Otros podrían ver tus buenas obras y darle
gloria a Dios, pero puede que no lo hagan. Los escépticos llaman
“bienhechores” a los que son bondadosos crónicos, aunque con un
tono despectivo. La bondad excesiva de estas personas es una luz,
y para aquellos que aman la oscuridad es excesivamente molesto.
Tiene un efecto similar al de la luz solar que alumbra los bichos
expuestos cuando levantas una roca en el jardín. Al exponer la falta
de bondad en otros, el bienhechor se enfrenta a sus ofensas.
Por ejemplo, observa al bienhechor supremo: Jesús mismo.
“[Jesús] anduvo haciendo el bien… Lo mataron, colgándolo de
un madero” (Hch 10:38-39). Las palabras de Pedro a los gentiles
sobre la respuesta del mal ante el bien nos instruyen. Si vamos a
andar en la luz así como Él está en la luz, debemos esforzarnos por
ser buenos y hacer lo bueno, y debemos prepararnos para recibir el
mismo trato que Él recibió. Como hijos de Dios no podemos ser
bondadosos con el fin de asegurar el favor de Dios o de otros. Solo
es válida la bondad que busca expresar nuestra gratitud a un Dios
bueno, una bondad que busca reflejarlo a Él y que está empeñada
en amar a nuestro prójimo. Esa es la única bondad que almacenará
tesoros en el cielo. Si nuestro prójimo nos rechaza, está bien.
Hemos hecho lo que Cristo hubiera hecho. Si nuestro prójimo nos
acepta y glorifica a Dios, nos regocijamos con los ángeles.
Ser buenos “porque sí” no tiene ningún mérito. Debemos ser
buenos por amor a nuestro Dios, el más bondadoso, pues
disfrutamos a diario de Su bondad. Y debemos persistir en ser
buenos. Pablo nos dice que la bondad puede ser agotadora, pero
que con el tiempo produce una cosecha: “No nos cansemos de
hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos
damos por vencidos” (Gá 6:9). La lucha por la bondad es una lucha
que requiere tiempo y esfuerzo. Puede que nos cansemos de
nuestra propia resistencia interna a crecer en bondad o de la
resistencia de otros a nuestra bondad. Pero la constancia en hacer
lo bueno dará fruto a su tiempo. A medida que este fruto vaya
madurando, seremos cada vez más como nuestro Padre de las
luces.
¿Cuál es la voluntad de Dios para tu vida? Que seas bueno
como Él es bueno. Esa generosidad debería ser tu primer impulso
en la mañana y tu último pensamiento en la noche. Que camines en
la luz como Él está en la luz. No hay oscuridad en Él, y no debe
haberla en nosotros.
Hasta que el Hijo regrese, seamos buenos.
Versículos para meditar
Éxodo 33:18-19
Salmos 25:8-9
Salmos 100:5
Nahúm 1:7
Romanos 8:28
Gálatas 6:9-10
Santiago 1:17
Preguntas para reflexionar
1. ¿Cuál es el aspecto de la bondad de Dios que más reconoces
y disfrutas en tu día a día? Piensa en algunas bondades
cotidianas que hayas pasado por alto. Haz una lista y dale
gracias a Dios por ellas.
2. Describe un momento de tu vida en el que hayas sido
rechazado por hacer lo bueno. ¿Cuál fue el resultado? ¿Qué
aprendiste sobre ser un seguidor de Cristo?
3. ¿En cuál área de tu vida eres más propenso a cansarte de
hacer el bien? ¿Cuál es la relación o circunstancia que más se
beneficiaría si renuevas tu determinación de ser generoso con
tu tiempo, tus talentos o posesiones?
4. ¿De qué manera debería el deseo de crecer en bondad
mejorar nuestra relación con Dios? ¿Cómo debería mejorar
nuestras relaciones con otros? Da un ejemplo específico en
cada pregunta.
Oración
Escribe una oración a Dios agradeciéndole por revelarte Su bondad
en la vida cotidiana. Pídele que te ayude a confiar en Su bondad en
medio de circunstancias actuales que no son buenas. Dale gracias
porque las buenas noticias de Cristo implican que has sido apartado
para hacer buenas obras por el poder del Espíritu, las cuáles Él
determinó que hicieras. Pídele que haga brillar Su bondad a través
de ti.
4
Dios, el más justo
En Dios santísimo, justo y verdadero,
he puesto mi confianza;
no temeré a lo que pueda hacer la carne,
la descendencia del polvo.
Isaac Watts, 1707
Este es un capítulo para aquellos que han sido tratados
injustamente. Y también es un capítulo para aquellos que han
actuado injustamente. Ya sea que te identifiques más fácilmente con
la primera categoría o con la segunda, la justicia perfecta de Dios es
una razón para celebrar.
Aun así, este es un tema que solemos evitar. Se han predicado
muchos sermones sobre el amor de Dios, se han compuesto
muchos himnos sobre la gracia de Dios, se han escrito muchos
devocionales sobre la misericordia de Dios, pero no es muy común
que Su justicia sea el tema de nuestra adoración y reflexión.
Sentimos calidez al escuchar de Su amor, gratitud al escuchar de Su
gracia y ternura al escuchar de Su misericordia, pero Su justicia
suele evocar cierta inquietud.
En nuestras conversaciones con incrédulos no es muy común
que nos apresuremos a hablar de la justicia de Dios. Por esa misma
razón, las fórmulas evangelísticas típicas comienzan con un énfasis
en el amor de Dios. “Dios te ama y tiene un plan maravilloso para tu
vida” parece un comienzo mucho más prometedor que “en Su
justicia, Dios castiga al que infringe la ley”.
Sin embargo, las Escrituras describen la justicia de Dios como
una virtud que se debe exaltar, no como un defecto que se debe
esconder. Y si nos tomamos un momento para recordar que hemos
sido justificados ante el Juez justo, nosotros también podemos
celebrar el buen gobierno y la ley justa de nuestro Dios.
El buen Gobernador
Encontrar un buen gobierno es difícil. Esto lo sé gracias a las
noticias, pero también lo sé de primera mano, ya que fui parte de un
gobierno malo. En mi último año de la secundaria me eligieron por
votación como secretaria de la clase. Entre todas mis
responsabilidades, la principal era tomar notas durante nuestras
reuniones del consejo estudiantil. Los demás miembros del consejo
y yo éramos los mejores estudiantes de nuestra clase y los que
siempre seguíamos las reglas, así que las recompensas y los
elogios nunca faltaban. Cuando quedaban solo dos semanas para la
graduación, el Club Rotario local nos invitó a un almuerzo en
nuestro honor. Vestidos con nuestra mejor ropa de domingo, salimos
temprano de la escuela, comimos del bufé y recibimos placas en
agradecimiento por nuestro servicio altruista.
Fue después que nos dejamos llevar por el encanto de los
cargos altos. He intentado reconstruir la lógica que nos llevó a
nuestra ruina, pero solo puedo suponer que la comida gratis y las
placas nublaron nuestro buen juicio. En vez de regresar a la
escuela, pasamos la tarde en la casa del presidente de la clase
escuchando el último álbum de U2. ¿Qué puedo decir? La pasamos
bien todos juntos y eso fue bueno, porque todo el consejo estudiantil
terminó pasando la última semana del último año de la secundaria
juntos —castigados por no ir a clase. Éramos un gobierno que
rendía cuentas a un gobierno más alto, la dirección, y se hizo justicia
rápidamente para los que habíamos sido negligentes en las tareas
gubernamentales.
El gobierno fue idea de Dios. Él puso a personas en lugares de
autoridad para implementar un sistema de normas. El emblema de
nuestro sistema judicial terrenal —una mujer con los ojos vendados
que sostiene unas balanzas— personifica la justicia. Aunque en
términos humanos la justicia se presenta como ciega, la justicia de
Dios tiene los ojos bien abiertos y ve claramente. Dios conoce todas
las acciones, pensamientos y motivaciones, así que hace uso del
cetro de justicia con una visión clara.
La belleza del gobierno justo de Dios es mayor cuando se
observa en el contexto de Su omnisciencia y omnipresencia. El Dios
que está totalmente presente en todas partes, el Dios que lo sabe
todo, es infinitamente apto para cumplir el rol de Juez justo. En una
sala de audiencias terrenal, el juez y los integrantes del jurado
escuchan los casos con una habilidad limitada para discernir la
verdad de la mentira. Los testigos de los hechos reportan lo que
vieron con una habilidad limitada para recordar lo que aconteció
realmente. Los sesgos y la corrupción pueden entrar al proceso.
Algunas veces, los testigos perjuran. Otras veces se declara
culpable a la persona equivocada. A veces se le impone una
sentencia injusta a un acusado. No siempre se hace justicia en las
cortes humanas.
Por el contrario, Dios es un juez que conoce todos los hechos
de todos los casos. Aunque las cortes terrenales trabajan para
reconstruir lo que realmente sucedió, Dios conoce exactamente
quién le hizo qué a quién, cuál día, en qué lugar y con cuál
propósito. Él conoce no solamente los hechos externos del caso,
sino las motivaciones internas de todos los involucrados. Él no es
solo el Juez, sino que también es el Testigo que testifica
perfectamente de los actos. Ya que no puede castigarnos ni más ni
menos de lo que merecemos, Sus sentencias son exactamente lo
que demanda la justicia, ajustándose a la perfección a las ofensas
que se cometen. Nadie es declarado culpable incorrectamente.
Nadie se escapa del castigo luego de haber cometido un crimen.
Siempre se hace justicia en la corte de Dios.
Las sentencias de Dios también son perfectas y justas. Aunque
los humanos tienden a buscar retribución, los castigos de Dios
siempre van acordes con el crimen. Él es incapaz de castigar de
más y es incapaz de castigar menos de lo merecido. Cada
expresión de Su ira es apropiada para la maldad que la causó.
Una ley justa
Es imposible clasificar el gobierno de Dios como bueno sin
considerar el fundamento de Su mandato. ¿Cuál es el estándar con
el que Dios gobierna? Como la fuente de toda justicia, Dios tiene
tanto la habilidad como el derecho de determinar lo que es bueno y
lo que es malo. Él establece los límites de la moralidad. El
instrumento de Dios en Su buen gobierno es Su ley perfecta, la cual
nos dice lo que es correcto y lo que es incorrecto.
La justicia de Dios es la expresión de Su amor por Su ley. En
Salmos 119:97, David exclama: “¡Cuánto amo yo tu ley! Todo el día
medito en ella”. Todo el salmo de 22 estrofas y 176 versículos está
dedicado a exaltar la belleza, la bendición y la bondad de la ley.
Menciona diez veces su deleite en ella, y veintiocho veces su deseo
de guardarla. Si el rey David se expresa de esta forma en cuanto a
su amor por la ley de Dios, ¿cuánto más amará Dios Su propia ley y
meditará en ella de día y de noche?
Cuando Adán y Eva infringieron estos límites, actuaron de
forma injusta, trayendo sobre sí mismos y sobre todos sus
descendientes la condena justa de un Dios santo. Desde el Edén,
toda la humanidad se ha rebelado en contra del buen gobierno del
único Dios verdadero. Sin embargo, incluso en un estado de
rebeldía, todos muestran que les queda algo de conciencia de los
requisitos de la buena ley de Dios. Desde la antigüedad, los seres
humanos han tratado de apaciguar a sus diferentes dioses con todo
tipo de sacrificios. Sabemos que somos culpables. Sabemos que
necesitamos una provisión para lidiar con nuestra culpa.
Los que no confían en el sacrificio perfecto de Cristo se pasarán
la vida buscando expiación, ofreciendo sus propias buenas obras a
un Dios que crearon en su propia imaginación. Buscarán justificarse
por cualquier medio que encuentren. Su vida será una de afán y
futilidad.
Pero en los que se está restaurando la imagen de Dios, el
Espíritu Santo obra en conjunto con nuestra conciencia para que
actuemos con justicia con el propósito de darle gloria a Dios. El
Espíritu Santo nos impulsa a obedecer la ley de nuestro buen
Gobernador. ¡Y qué gran regalo es que la presencia del Espíritu
habite en nuestro interior para estimularnos a la rectitud! En vez de
futilidad, experimentamos fructificación.
Es por esto que la Palabra llama al pagano transgresor y al
pecado transgresión (1Jn 3:4). Cristo murió “para rescatarnos de
toda maldad” (Tit 2:14). Por otro lado, el creyente admira la ley de
Dios y admira cada expresión de Su justicia tanto en la tierra como
en el cielo. Pablo nos recuerda que la rectitud no tiene comunión
con la transgresión (Ro 6:19), designando así a los creyentes como
amantes de la ley de Dios, ya que esta los protege a ellos y a los
demás.
Un Juez (y un Padre) imparcial
De acuerdo con el apóstol Pedro, los hijos de Dios deben vivir en
obediencia reverente a la luz de la justicia de Dios: “Ya que invocan
como Padre al que juzga con imparcialidad las obras de cada uno,
vivan con temor reverente mientras sean peregrinos en este mundo”
(1P 1:17).
Las ideas tanto de la obediencia a Dios como del temor a Dios
han caído en desuso en muchos círculos cristianos. Pedro les
recuerda a sus oyentes que el Dios que envió a Su Hijo es tanto un
Padre personal y amoroso como un Juez imparcial de los corazones
de los hombres. Un Dios así es digno no solo de nuestra adoración
sino también de nuestro temor reverente. Es importante que
reverenciemos a Dios, porque los que olvidan lo glorioso que es,
pronto olvidarán Su ley. El Antiguo Testamento da testimonio una y
otra vez de este efecto en la rebeldía habitual de Israel. Así como
ellos, nosotros podemos olvidar que fue Dios quien nos rescató de
la esclavitud, y podemos comenzar a vivir según nuestras propias
agendas. Pero los que guardan las verdades del Padre amoroso y
Juez justo podrán adorar al Señor en la hermosura de la santidad
(Sal 96:9, RVC). Ellos traerán los sacrificios aceptables de un
corazón quebrantado y arrepentido, de obediencia, oración y
adoración.
Pero, por causa de nuestra humanidad, nuestra capacidad de
percibir la justicia perfecta de Dios y Su paternidad amorosa es
limitada. No siempre veremos que se haga justicia en esta vida.
Muchas veces los malvados prosperan (Sal 37:35; Jer 12:1). Es
común que los inocentes vayan a la tumba sin ver la vindicación por
los crímenes que se cometieron contra ellos. Pero la justicia perfecta
de Dios demanda que todo pecado reciba un castigo. Él no siempre
lo hace de formas visibles para nosotros, resolviendo todo
ordenadamente como en un episodio de La ley y el orden. Un día
veremos Su justicia perfecta, pero por ahora nos esforzamos por
entender lo que Él ha hecho, está haciendo y hará (Ec 3:11).
Podemos estar seguros de que nadie se saldrá con la suya.
Nada está escondido de la vista de Dios. No existen los pecados
secretos. “Solo Dios sabe” es una expresión común que quiere decir
que no tenemos idea del porqué de una circunstancia. Muchas
veces lo decimos con frustración, pero para el creyente, esa frase
reconoce un hecho básico que debería darnos seguridad. Dios ve y
sabe. Y en Su justicia, Él actúa. Por ninguna razón absolverá al
culpable (Nah 1:3). Cuán reconfortante es saber que ninguna
injusticia que podamos sufrir quedará impune.
Como personas culpables, también es reconfortante descubrir
que el Juez justo frente al cual debemos comparecer es nuestro
buen Padre. Imagínate estar en un juicio por un crimen que
cometiste a plena luz del día; entras a la sala de audiencias y te
encuentras con tu amado padre —que es infinitamente amoroso,
bueno y compasivo— sentado en el estrado. Imagina también,
mientras estás allí para declararte culpable, que tu hermano
Jesucristo se pone de pie para interceder por ti. Su testimonio es
claro: Él ha asumido tu culpa por haberte rebelado en contra del
buen gobierno de Dios. Él ha cargado tu culpa sobre Sus hombros,
en la forma de una cruz de madera.
Disciplina justa
Entonces ¿el creyente nunca experimenta la justicia de Dios?
Gracias a Cristo, nuestro Padre y Juez no nos mira con ira, pero
sigue siendo nuestro Padre, que nos cría con justicia. Esto lo
conocemos como Su disciplina. Él nos da leyes que son para
nuestro bien y seguridad y, cuando las transgredimos, permite que
nos arrepintamos y aprendamos de nuestros errores, aunque con
frecuencia debemos soportar las consecuencias. Y aunque nos
disciplina en amor, puede que no lo percibamos inmediatamente
como algo amoroso. Es por esto que el autor de Hebreos se
esfuerza por recordarnos que Dios disciplina a los que ama
(Heb 12:6). El profeta Jeremías reconoció el papel de la disciplina
justa para los hijos de Dios: “Corrígeme, Señor, pero con justicia, y
no según Tu ira, pues me destruirías” (Jer 10:24). La disciplina de
Dios es Su justicia sin ira, con el propósito de entrenarnos en la
piedad.
Cuando mis hijos eran pequeños, siempre regresaban de la
escuela con proyectos especiales cuando llegaba el Día de las
Madres. Cuando Calvin estaba en kínder, su maestra envió a casa
una hoja de preguntas y respuestas que él había llenado sobre mí.
La frase “Mi madre ama ____” la completó con “las siestas y las
galletas Oreo”. Culpable. La frase “Sé que mi mamá me ama porque
____” la completó con una lista encantadora de cosas que he hecho
por él. “Me prepara la cena. Me abraza. Me ayuda a cepillarme los
dientes”.
En todos los años que recibí esas hojas de mis hijos pequeños,
no vi ninguna respuesta en la que dijeran que los amaba porque
siempre los enviaba a la cama a las siete en punto, o porque no los
dejaba comer muchos dulces, o porque cuando peleaban los hacía
reflexionar en su comportamiento. Aunque estas también eran
expresiones de mi amor, mis hijos no aprendieron a verlas como tal
sino hasta que fueron mayores. Así es que funciona la justicia de
Dios en la vida del creyente. Gracias a Cristo, la ley de Dios nos
entrena, pero ya no nos condena. Tal vez nos tardemos en
reconocerla como una expresión de Su amor, pero nos gobierna con
bondad. Nos enseña a caminar como hijos de luz, a andar como
Cristo anduvo.
Una ira justa
Si es difícil reconocer la disciplina como algo compatible con un Dios
amoroso, es aún más difícil reconocer la ira como tal. Este aspecto
de Su justicia puede desafiar la fe de los que se aferran a las
Escrituras como inerrantes, y puede motivar a los que rechazan o
menosprecian el testimonio bíblico a decir: “Mi Dios es un Dios de
amor, no de ira”. Aunque al leer la Escritura estoy de acuerdo de
forma intelectual con la necesidad y la rectitud de la ira de Dios
contra el pecado, reconozco que mi respuesta emocional es más la
de un niño que aún no ha madurado y que sigue luchando por tener
una perspectiva clara.
Aunque me puedo identificar con el deseo de eliminar la ira de
Dios de la Biblia o dejarla solamente en el Antiguo Testamento, esto
pondría en riesgo Su santidad y mi postura ante ella. No hay forma
de alcanzar un arrepentimiento genuino sin luchar por comprender
la rectitud de la ira de Dios. Mientras vea Su ira como excesiva y
cruel, caminaré con un entendimiento limitado del peligro y la
depravación del pecado. Y caminaré con un entendimiento limitado
de lo que sucedió en la cruz.
La historia del destino de Sodoma y Gomorra es instructiva en
este sentido. Cuando Dios le cuenta a Abraham Su plan de destruir
estas dos ciudades situadas en la llanura de Sinar, Abraham decide
interceder pidiendo que los justos se salven. Dios acepta perdonar
la ciudad si hay diez personas justas en ella. Lo que Dios sabe, y
Abraham no, es que no hay diez justos. Él perdonará solamente a la
familia de Lot y lo hará no como un acto de justicia, sino de
misericordia.
Me imagino a Abraham esperando y pensando luego de que los
ángeles que lo visitaron fueron a Sodoma. Mientras espera a
distancia, la narrativa hace un acercamiento para describir un día
típico de la vida de Sodoma, y es algo nauseabundo: sensualidad,
violencia y maldad de todo tipo. El lector es testigo de todo, pero
Abraham no. Me imagino su sorpresa cuando se entera del destino
de aquellos por quienes había intercedido:
Al día siguiente Abraham madrugó y regresó al lugar donde
se había encontrado con el Señor. Volvió la mirada hacia
Sodoma y Gomorra, y hacia toda la llanura, y vio que de la
tierra subía humo, como de un horno (Gn 19:27-28).
Mientras Abraham observa las ruinas y el humo de aquellas dos
ciudades, contempla una verdad del evangelio: en Su justicia, Dios
castiga el pecado. Se necesitaba una intercesión más grande que
cualquiera que Abraham pudiera ofrecer. Él no es testigo de una
crueldad, ya que Dios no puede castigar más de lo justo. Eso lo
convertiría en injusto. No, Abraham es testigo de un castigo que va
acorde con el crimen.
No sé cuántas personas vivían en las ciudades vecinas de
Sodoma y Gomorra en el momento de su destrucción, pero
sospecho que eran muchas menos que las que viven en mi ciudad
de Dallas/Fort Worth. Sea cual fuera el número de habitantes,
representaban una cantidad ínfima de vidas humanas en
comparación con todos los injustos que han vivido desde Adán
hasta ahora. Este es un pensamiento que nos devuelve a la
realidad: lo que sucedió en la llanura de Sinar en ese día tan
desolador cuando cayó fuego del cielo fue una muestra de lo que es
la justicia perfecta para los pecados de algunos.
Pero Cristo sufrió en la cruz por los pecados de muchos. No
hay ni un justo, no, ninguno (Ro 3:10). El destino de Sodoma es el
destino que todos merecemos. En la cruz, la justicia imponente de
Dios para muchos, para mí, incandescente y sulfúrea, santa, acorde
con los crímenes que retribuye, cayó del cielo sobre el único Ser
humano justo que ha caminado sobre la tierra. El justo sufrió por el
injusto voluntariamente, para poder conducirnos a Dios.
Es por esto que la Biblia nos recuerda que si confesamos
nuestros pecados, Dios no solo es fiel para perdonar nuestros
pecados, sino también justo. Ya que Cristo fue castigado en nuestro
lugar, Dios sería injusto al castigarnos por un pecado que ya ha sido
pagado. Así que ¿cuán preciosa se vuelve para nosotros la sangre
derramada y el cuerpo molido de Cristo? ¿Qué tan rápido
deberíamos confesar? Ya no hay necesidad de excusas ni de
autojustificación. Somos justificados ante Dios en Cristo.
Buscando justificarnos a nosotros mismos
Si se nos olvida que somos justificados en Cristo, nuestra relación
con Dios y con otros puede sufrir las consecuencias.
Comenzaremos a caer en patrones donde negamos o minimizamos
nuestros pecados, en vez de reconocerlos y confesarlos.
Comenzaremos a llevar las cuentas. Estaremos bastante
conscientes de las ofensas que se cometen contra nosotros y
nuestra ira se despertará fácilmente cuando nos ofendan.
Además, llegaremos a ignorar alegremente las ofensas que
cometemos contra otros, y nuestra ira se despertará con rapidez
cuando nos digan que los ofendimos. Suavizaremos las cosas con
una disculpa, creyendo en secreto que realmente no hicimos nada
malo. O, si nuestra ofensa es válida, hablaremos de circunstancias
extenuantes o daremos explicaciones extensas de por qué teníamos
la razón al actuar así. El que se justifica a sí mismo es fácil de
identificar. Es el que es lento para escuchar, pronto para hablar y
pronto para airarse, que es todo lo contrario a lo que manda
Santiago (Stg 1:19).
Ya que nuestro sentido de justicia se basa en una perspectiva
parcial y sesgada de los hechos en cualquier caso, llevaremos la
cuenta de tal forma que siempre quedemos bien. Siendo nuestro
propio juez y jurado, percibiremos que la evidencia apunta hacia
nuestra absolución y a la condenación de nuestro prójimo. Como el
fariseo en la parábola de Jesús, nos felicitaremos a nosotros
mismos porque no somos “como otros hombres” (Lc 18:11).
Todas las cuentas que llevamos nos impiden vivir en paz unos
con otros y servirnos unos a otros. Y es inútil. No tenemos
necesidad de autojustificarnos. Solo necesitamos confesar nuestros
pecados. La autojustificación revela que no entendemos el perdón
que recibimos por medio de la cruz. La cruz de Cristo significa que
ya se saldaron las cuentas.
La vida del creyente que ama la justicia de Dios se
caracterizará no por llevar cuentas, sino por una obediencia
reverente. Se caracterizará por un amor a la ley moral que cambiará
nuestros deseos para que reflejen los de nuestro Padre celestial. Se
caracterizará por una sumisión humilde a nuestro buen Gobernador
y a los límites que Él ha establecido respecto a lo que es correcto. El
efecto inmediato de comprender la justicia de Dios será un deseo
interno de obedecer. El efecto a largo plazo será un deseo externo
de hacer justicia para otros.
Justos como Él es justo
¿Cuál es la voluntad de Dios para tu vida? Escucha las palabras del
profeta Miqueas:
Ya se te ha dicho lo que de ti espera el Señor:
Practicar la justicia,
amar la misericordia,
y humillarte ante tu Dios (Miq 6:8).
La voluntad de Dios es que hagamos justicia. Cuando dejamos
de autojustificarnos, comenzamos a identificar las necesidades de
nuestro prójimo con más y más claridad. Usamos nuestra energía
para asegurar que se haga justicia a los débiles y los oprimidos.
Dios se refiere a Sí mismo como “Padre de los huérfanos y defensor
de las viudas” (Sal 68:5). Como Sus hijos, debemos llevar esta
identidad familiar a las esferas de influencia que Él nos haya dado.
Los que tengamos cualquier tipo de ventaja debemos usarla para
beneficiar a nuestro prójimo. Los que tengamos más que el pan
diario debemos abrir nuestros ojos y nuestras manos para ayudar a
aquellos que todavía esperan el suyo.
En la antigüedad, la viuda y el huérfano eran los más propensos
a sufrir explotación o a ser olvidados por sus comunidades. No
tenían poder social ni económico; no tenían voz ni defensor. Hoy en
día, los explotados y olvidados están a nuestro alrededor, al igual
que en esa época. La Biblia habla de la amplitud de la justicia de
Dios, y llama una y otra vez a Su pueblo a buscarla para los
marginados e ignorados. Si no tomamos esto en cuenta, nuestro
sentido de justicia no irá más allá del patio de nuestra propia casa.
Nuestras comunidades e iglesias están llenas de viudas y
huérfanos, de peregrinos y pobres. Actuamos con justicia cuando
intercedemos por ellos, cuando nos aseguramos de que reciban el
trato que merecen como seres humanos creados a imagen de Dios.
Nosotros deberíamos ser los primeros en alimentar a los
hambrientos, vestir al desnudo, recibir al extranjero, visitar al
enfermo. Deberíamos asegurarnos de que se haga justicia a los
oprimidos, porque al hacerlo nos parecemos a Dios. Si lo hacemos
es como si lo hubiéramos hecho por Cristo mismo (Mt 25:35-40).
El buen gobierno de Dios nos asegura que a fin de cuentas la
justicia prevalecerá sobre todas las cosas. No le responde a un
gobierno más alto y no sufre corrupción. Hasta el día en que se
arreglen las cuentas, trabajamos como Sus siervos para vivir
obedientemente y buscar justicia para los que no la tienen. ¿Cuál es
la voluntad de Dios para tu vida? Que seas justo como Él es justo,
que te deleites en Su ley, que exaltes Su buen gobierno, que hagas
justicia a diario como hijo de tu Padre celestial.
Versículos para meditar
Deuteronomio 10:17-19
Deuteronomio 32:3-4
Salmos 9:7-8
Salmos 37:27-29
Salmos 82:1-4
Salmos 89:14
Lucas 11:42
Preguntas para reflexionar
1. ¿De qué formas has visto que la ley de Dios provee un buen
gobierno para tu vida? Da un ejemplo de tu experiencia.
¿Cómo ha demostrado la ley de Dios que es digna de ser
amada y meditada constantemente?
2. Describe un momento de tu vida en el que hayas
experimentado la disciplina amorosa de Dios. ¿Cuál fue el
resultado?
3. ¿A cuáles formas de autojustificación y de llevar cuentas eres
más propenso? ¿Revelan áreas subyacentes donde hay una
falta de arrepentimiento en tu vida?
4. ¿Quiénes necesitan que hagas justicia para ellos? Haz una
lista de varias personas o grupos específicos en tu comunidad
y piensa en varias ideas de acciones específicas que puedas
realizar esta semana para extenderles tu ayuda.
Oración
Escribe una oración a Dios adorándolo por Su buen gobierno. Dale
gracias por Su ley que te mantiene lejos del pecado. Confiesa tu
pecado si te has justificado esta semana. Pídele a Dios que levante
en ti un odio por los actos humanos de injusticia, para que puedas
servir con entusiasmo a aquellos que sufren por causa de ellos.
Dale gracias porque has sido justificado para poder actuar
justamente.
5
Dios, el más misericordioso
¡Profundidad de misericordia!
¿Será posible que haya aún
más misericordia reservada para mí?
Charles Wesley, 1740
Mis dos hijas nacieron con unos quince meses de diferencia. Como
son tan cercanas en edad, en la escuela compartieron los mismos
amigos, jugaban en los mismos equipos deportivos, cantaban en el
mismo coro y servían en el mismo ministerio en la iglesia. Por eso,
casi siempre se habla de ellas al mismo tiempo. Los amigos nos
preguntan: “¿Cómo les va a Mary Kate y a Claire?”. En verdad
comparten muchas cosas en común y son un par de hermanas
felices. Pero cada una es singular, con su propia personalidad
encantadora y sus propios rasgos hermosos. Cada una aporta algo
especial a nuestra familia y al mundo. Todo el que las conoce lo
sabe, pero la cercanía de edad hace que sus nombres suelan
mencionarse juntos.
A veces pasa algo similar con dos atributos de Dios que
solemos asociar de manera muy estrecha en nuestras mentes,
como si se tratara de dos hermanas: la misericordia y la gracia. Es
común verlas juntas en un mismo versículo. Aparecen juntas en
nuestros himnos y coros de alabanza. Sin duda, se relacionan
estrechamente. Pero así como mis hijas son felizmente similares y
maravillosamente distintas, los atributos de la misericordia y la
gracia son hermanas dignas de admiración tanto juntas como
separadas.
Le dedicaremos un capítulo a cada una de estas hermanas.
Pero antes de dividirlas, debemos considerarlas juntas. Para esto,
también debemos incluir el contexto necesario de la justicia de Dios.
La justicia, la misericordia y la gracia coexisten en el carácter de
Dios. Cuando Dios le da los Diez Mandamientos a Moisés, celebra
las tres características en su autodescripción: “El Señor, el Señor,
Dios clemente y compasivo… que perdona la iniquidad, la rebelión y
el pecado; pero que no deja sin castigo al culpable” (Éx 34:6-7).
Ya hemos considerado la justicia de Dios, pero con el propósito
de comparar, sinteticemos la justicia, la misericordia y la gracia en
tres definiciones clásicas y simples que nos ayudan a entender
cómo se relacionan entre ellas.
Justicia es recibir lo que merecemos.
Misericordia es no recibir lo que merecemos.
Gracia es recibir lo que no merecemos.
El primer paso para entender las distinciones entre estos tres
conceptos es saber qué es “lo que merecemos”. Nuestro análisis
sobre la justicia perfecta de Dios nos recordó que, debido a que
hemos transgredido Su santa ley, todos merecemos la muerte. Pero
el simple hecho de que estés leyendo este libro debería decirte que
no se ha hecho justicia; al menos no a costa tuya. De ser así,
estarías muerto, y lo mismo aplica para la autora de este libro. Nadie
estaría vivo porque “todos han pecado y están privados de la gloria
de Dios” (Ro 3:23).
El hecho de que estés inhalando y exhalando en este mismo
momento indica que estás recibiendo misericordia. Aunque Dios
tenía todo el derecho de reclamar tu vida, te ha concedido días,
meses y años. En esto, tú y todo ser humano han recibido
misericordia porque se les perdonó la muerte inmediata, y han
recibido gracia porque se les ha dado largura de días. Se te ha
concedido una prórroga de la muerte física. Y si estás leyendo este
libro porque crees en Cristo, no solo has recibido misericordia sino
también el regalo de la vida eterna: la mayor gracia de todas. Pero
hablaremos más sobre la gracia cuando lleguemos a su capítulo.
Primero le daremos el espacio debido a su hermana, la misericordia.
La misericordia abunda
La misericordia de Dios es Su compasión activa hacia Su creación.
Es Su respuesta al sufrimiento y la culpa, ambos productos de la
Caída. ¿Hasta dónde se extiende? “Bueno es el Señor para con
todos, y Su misericordia está en todas Sus obras” (Sal 145:9, RVA).
Dios es infinitamente misericordioso, pero ejerce Su misericordia
como Él decide, de acuerdo con Su soberana voluntad. Él escoge
de quién tendrá misericordia (Ro 9:15). No está obligado a mostrarle
misericordia a nadie, pero en la Biblia vemos que le muestra
misericordia al pecador y al santo por igual. Los salmistas apenas
pueden dejar de hablar de la misericordia de Dios. Aunque muchos
consideran que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios
inmisericorde, el Antiguo Testamento menciona Su misericordia en
una proporción cuatro veces mayor que el Nuevo Testamento.14
Pero el Nuevo Testamento nos enseña que en Cristo vemos la
misericordia de Dios plasmada en toda su riqueza: “Pero Dios, que
es rico en misericordia, por Su gran amor por nosotros, nos dio vida
con Cristo” (Ef 2:4-5). Pablo comienza su segunda carta a los
corintios con una celebración de Dios como “Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda
consolación” (2Co 1:3). Pedro exclama: “¡Alabado sea Dios, Padre
de nuestro Señor Jesucristo! Por Su gran misericordia, nos ha
hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para
que tengamos una esperanza viva” (1P 1:3).
Dios el Padre envía a Su Hijo por Su gran misericordia. Él actúa
compasivamente hacia los pecadores, el Hijo se encarna y la
misericordia adquiere un nombre propio.
Entender la misericordia de Dios en Cristo nos puede ayudar a
entender mejor un versículo importante que solemos pasar
demasiado rápido. Lo memoricé cuando era pequeña, pero nunca
me detuve a examinarlo: “Si confesamos nuestros pecados, Dios,
que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad”
(1Jn 1:9). Fiel y… ¿justo? Ver a Dios como fiel para perdonar los
pecados confesados parecía lógico, pero esa referencia a la justicia
me dejó perpleja cuando me detuve a examinarlo. ¿Cómo es posible
que el hecho de que Dios perdone nuestros pecados sea justo? ¿No
debería decir “fiel y misericordioso” en vez de “fiel y justo”? Hizo
falta otro fracaso personal para yo poder detenerme y entender
cómo este versículo podía ser verdad.
La justicia, la misericordia y las multas
Mi esposo, Jeff, es un excelente conductor. Nunca ha tenido un
accidente, a excepción de dos incidentes en la secundaria que no
vale la pena contar (uno en el que una vaca inesperada tuvo heridas
menores y otro en el que hubo una falla catastrófica en un lavadero
de autos mientras Jeff lavaba el suyo). Así que, para aclarar, Jeff es
un excelente conductor que, a excepción de las dos veces en las
que fue víctima de circunstancias que estaban fuera de su control,
no ha tenido ningún accidente.
Yo no soy mala conductora. El único accidente automovilístico
en el que estuve involucrada (bueno, que causé) sucedió en el
parqueadero de la iglesia. Di reversa demasiado rápido y me estrellé
contra un camión que estaba detrás de mí, causándole un daño
significativo a su parachoques y su rejilla. La historia es más
significativa cuando te enteras de que, en un parqueadero de más
de cuatrocientos espacios, me estrellé contra el único otro auto que
había allí en ese momento.
No soy mala conductora, pero me han puesto una que otra
multa. Hace siete años iba atravesando la ciudad para ir a dar una
conferencia un viernes durante la hora pico del tráfico. Luego de
haber esperado tres ciclos para girar a la izquierda en una
intersección congestionada, aceleré mientras el semáforo estaba en
amarillo y seguí mi camino. Un par de semanas después llegó una
multa por correo con evidencia fotográfica de mi falta. Resultó que
había cruzado cuando el semáforo estaba en rojo. La justicia
dictaminó que se necesitaban doscientos dólares para limpiar mi
buen nombre. O eso pensé.
Digamos simplemente que no teníamos doscientos dólares
extra en ese momento, y mi vergüenza por el incidente hizo que
retrasara el pago de la multa. Jeff se dio cuenta de que la fecha
límite de pago estaba cerca y me lo recordó. Yo iba a salir de la
ciudad, así que me dijo que iba a ir a la página web y se encargaría
del pago. Fue allí que descubrió que, en realidad, no era mi buen
nombre el que estaba en juego, sino el suyo. Como el auto que yo
conducía estaba a su nombre, mi multa había pasado a su
expediente de conducción… su excelente expediente de
conducción. ¿Su respuesta? “Ya lo solucioné”.
Misericordia. Él pagó mi multa sin quejarse, y mi culpa quedó
en su historial. A los ojos del gran estado de Texas, las demandas
de la justicia se habían cumplido, aunque por otra persona. Yo no
recibí lo que merecía, sino que Jeff lo recibió en mi lugar.
Ejemplos como este nos ayudan a entender por qué Dios es
tanto fiel como justo para perdonar nuestro pecado: debido a que
Cristo recibió justicia en la cruz, nosotros recibimos misericordia.
Como Cristo ya pagó por nuestra culpa, Dios sería injusto si ahora
se negara a perdonar nuestros pecados. La misericordia y la justicia
toman su lugar en la narrativa de nuestra salvación.
La misericordia triunfa sobre el juicio
Una de las partes más difíciles de escribir o enseñar es encontrar y
contar historias que ilustren los puntos clave de lo que quiero
comunicar. Prefiero las historias personales de cosas que realmente
sucedieron (como la que acabo de contar), pero siempre está el
riesgo de exponer demasiado a un amigo o familiar al relatarla, así
que se tienen que usar con cuidado. Sin embargo, en el caso de un
análisis de la misericordia, la historia perfecta ya se escribió. Como
sus personajes son ficticios, no creo que alguien se ofenda. La
usaré aquí con el permiso del autor.
Hablo de la historia de dos hombres, uno es el más respetado
de la ciudad y el otro es el más odiado. Ambos se dirigen
abrumados al lugar de adoración local, cada uno a su manera. El
primer hombre se pone de pie y ora en voz alta, dándole gracias a
Dios porque no es como los demás hombres. Según sus palabras,
él es el mejor modelo de rectitud, todo lo contrario al canalla que
entró cabizbajo después de él y se quedó allí cerca de la entrada.
Sin duda, todos los que alcanzaron a escucharlo estuvieron de
acuerdo con su autoevaluación.
Pero el canalla, que se había quedado a cierta distancia, luego
abre su boca para hablar. Su osadía es increíble. ¿Cómo se atreve
a ofrecer su oración en este lugar? Y solo pronuncia una frase
sencilla: “Dios mío, ten misericordia de mí, porque soy un pecador”
(Lc 18:13, RVC).
Qué insuficiente. ¿Cómo se le ocurre soltar una frase tan
abrupta, tan breve y tan general? Regresa al lugar de donde viniste.
No tienes nada que hacer aquí.
Sin embargo, el autor de nuestra historia da un veredicto
diferente al que esperaríamos: “Les digo que este, y no aquel, volvió
a su casa justificado ante Dios. Pues todo el que a sí mismo se
enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”
(Lc 18:14).
Esta historia es ficticia. Pero ha ocurrido miles de veces.
¿Cómo puede ser que el recaudador de impuestos de la
parábola de Jesús salga justificado? La respuesta se encuentra en
lo que enseña la frase breve que pronuncia. Ya que Jesús es el
autor, cada palabra ha sido escogida y ubicada con una
intencionalidad perfecta: “Dios mío, ten misericordia de mí, porque
soy un pecador”.
Fíjate en la imagen que se forma con las palabras de este
hombre. En un extremo de la frase tenemos a Dios, en el otro
extremo tenemos a un pecador, y en el medio está la misericordia.
La palabra específica que Jesús escoge para “ten misericordia de
mí” es la forma verbal de la palabra que traducimos como
“propiciatorio”. Los que escuchaban esta historia de Jesús sabían
que el propiciatorio era la cubierta del arca del pacto. El arca se
encontraba en el Lugar Santísimo y estaba diseñada para
representar un trono. Dentro del arca estaba el documento del
pacto: los Diez Mandamientos, que representan la justicia de Dios.
Una vez al año, el sumo sacerdote rociaba el propiciatorio con la
sangre de un sacrificio inocente y sin mancha para expiar los
pecados del pueblo.
Básicamente, el recaudador de impuestos clamó: “Dios, sé el
propiciatorio para mí, un pecador”. Lo que a nuestros oídos
modernos les parece una escasez de palabras en realidad es una
plegaria perfectamente calibrada. El recaudador de impuestos,
reconociendo la insuficiencia de su justicia y de sus palabras, se
aferra a la misericordia de la sangre expiatoria, poniéndola entre él
mismo y Dios.15
Esta historia es ficticia. Pero ha ocurrido miles de veces.
Es la imagen de nuestra salvación. El clamor del recaudador de
impuestos es el clamor de todos los que reconocen que la única
forma en la que pueden acercarse a un Dios santo es a través de la
sangre derramada de un Cordero inocente.
Santiago, el hermano de Jesús, habla de esto cuando nos
recuerda que “la misericordia triunfa sobre el juicio” (Stg 2:13,
NBLA). O, más literalmente, “la misericordia se exalta por encima
del juicio”. Sospecho que Santiago, al igual que Jesús, también está
dibujando una imagen con sus palabras, recordando ese trono
dorado del arca en el Lugar Santísimo. El salmista describe la
justicia de Dios como el fundamento de Su trono (Sal 89:14). Nota
que los Diez Mandamientos están en la base del arca, pero Dios no
se sienta sobre la justicia. No, se sienta sobre la misericordia. Al
completar el tabernáculo, Moisés obedeció los mandatos de Dios al
pie de la letra en cuanto a su montaje: “… tomó el documento del
pacto y lo puso en el arca… y sobre ella puso el propiciatorio”
(Éx 40:20).
Contempla la imagen y toma nota de su enseñanza. La
misericordia se exalta a sí misma por encima del juicio. En donde la
ley condenaría, la misericordia triunfa.
Tomando en cuenta la misericordia de Dios
¿Que cómo conduzco ahora? Gracias por preguntar. Desde esa
multa, ya no conduzco como lo hacía antes. Cada vez que soy
tentada a acelerar cuando el semáforo está en amarillo, siento una
punzada en la conciencia. Ahora soy más cuidadosa que antes y me
niego a que el nombre de Jeff lleve más culpas por mis delitos. La
misericordia tiene ese efecto en los que la reciben. Cambia la forma
en que vivimos.
Luego de haber hablado extensamente sobre la naturaleza y la
profundidad de la misericordia de Dios tanto hacia los judíos como
hacia los gentiles, el apóstol Pablo concluye lo siguiente: “Por lo
tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les
ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su
cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios” (Ro 12:1).
Como hijos de Dios, ahora vivimos tomando en cuenta la
misericordia en todo momento. El resultado de esta perspectiva es
la rendición sacrificial de nuestra vida por el bien de otros. En lo que
podamos, permitimos que la misericordia triunfe sobre el juicio.
Tener misericordia significa aliviar el sufrimiento, tanto físico
como espiritual. Tomando en cuenta la misericordia de Dios,
sacrificamos nuestra comodidad física para suplir lo que le falte a
otros. Esto lo hacemos por nuestros seres queridos, por supuesto,
pero también lo hacemos con personas que no son allegadas a
nosotros. Según el mundo, no tenemos obligación de hacerlo, pero
la cruz nos dice que sí tenemos una gran obligación para con todos.
En vez de compararnos a nosotros mismos con los más
quebrantados y desesperados, y de considerarnos más justos que
ellos, recordamos de dónde Cristo nos sacó y les ofrecemos la copa
de la misericordia.
Tener misericordia también significa perdonar como hemos sido
perdonados. Teniendo en cuenta la misericordia de Dios,
sacrificamos nuestra amargura y resentimiento para extender el
perdón. También sacrificamos nuestras heridas legítimas, como el
dolor del rechazo injusto o el dolor de una herida que recibimos
injustamente. Se las confiamos a Dios, recordando que nosotros le
hicimos eso mismo a Cristo, en un grado mucho más alto, y que Él
lo soportó para salvarnos.
Aquí puede surgir una pregunta natural: “¿Cuántas veces debo
perdonar?”. Y la respuesta es clara. Pedro le hizo la misma pregunta
a Jesús. Como conocía algo de la misericordia generosa de Dios,
enmarca su pregunta de tal forma que sin duda espera elogios por
parte de Jesús: “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi
hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces?” (Mt 18:21).
Los rabinos de la época de Pedro enseñaban que una
misericordia generosa requería que las personas perdonaran hasta
tres veces, pero no más. Pedro, más bien de forma ostentosa,
sugiere un mayor número que los rabinos y uno simbólico, ya que el
número siete se usa frecuentemente en el Antiguo Testamento para
referirse a la perfección y a una totalidad. Jesús responde con un
llamado a una misericordia generosa que se extiende más allá de lo
que se le podía ocurrir a Pedro: “No te digo que hasta siete veces,
sino hasta setenta y siete veces” (Mt 18:22).
Jesús amplifica el número simbólico de Pedro. Lo multiplica por
diez y luego agrega siete más por si acaso: 7 x 10 + 7. Combina el 7
de Pedro con el 10, que también significa totalidad. ¿Cuántas veces
deberíamos perdonar? 7 x 10 + 7. Completamente por
completamente más completamente. Luego de decir esto, les relata
una parábola de un hombre que, después de que se le perdona una
deuda astronómica, va y trata sin misericordia al hombre que le
debe poco dinero. El punto es claro: Jesús le dice a Pedro que
perdone como él ha sido perdonado. Hasta lo sumo, como Dios nos
ha perdonado.16
Pedro mismo fue inmortalizado en la Escritura por negar a
Jesús tres veces en una sola noche. Tres absoluciones no serían
suficientes. Tampoco siete. No, solo serviría una misericordia
generosa, una misericordia abundante.
Cuando no extendemos misericordia a otros estamos revelando
que no reconocemos lo que hemos recibido, que hemos perdido de
vista la abundante misericordia de Dios para con nosotros.
Debemos obedecer la voluntad de Dios para nuestras vidas de ser
“compasivos, así como [nuestro] Padre es compasivo” (Lc 6:36).
Misericordia sabia
Perdonar generosamente no significa permanecer en situaciones de
riesgo. La Biblia hace un gran esfuerzo por abordar los peligros de
andar con los que hieren perpetuamente a otros. A los que no
aprenden de sus errores pasados se les llama necios. Aunque
podamos perdonar al necio por herirnos, no debemos darle
oportunidades ilimitadas para herirnos de nuevo. Si lo hacemos,
nosotros mismos estaríamos actuando como necios. Cuando Jesús
extiende misericordia en los Evangelios, siempre lo hace con un “ve
y no peques más”, ya sea explícita o implícitamente. Cuando
nuestro ofensor continúa pecando contra nosotros, lo sabio es poner
límites en donde sea debido. Hacerlo es en sí mismo un acto de
misericordia hacia el ofensor, ya que al limitar sus oportunidades de
pecar contra nosotros, le ahorramos más culpas ante Dios. La
misericordia nunca requiere someterse al maltrato, ya sea espiritual,
verbal, emocional o físico.
Sí, Jesús soportó todos estos tipos de maltrato para expiar
nuestros pecados. Pero nosotros no somos Jesús. En todo lo que
soportó, Él nunca fue una víctima. Una víctima es alguien que es
subyugado en contra de su voluntad por una persona más
poderosa. Es posible que seamos victimizados por otros, y entre
menos poder tengamos, será más probable que suceda. Es por esto
que la Biblia deja clara nuestra responsabilidad de cuidar a la viuda
y al huérfano. Las mujeres y los niños, que a menudo no tienen
poder en la sociedad, son victimizados más fácilmente y, según las
estadísticas, son los más victimizados. Jesús no tuvo menos poder
cuando vino a la tierra, ni por un instante. Si es una víctima, no es
un Salvador. Teniendo acceso a un poder ilimitado, entregó Su vida
voluntariamente. Somos llamados a seguir Su ejemplo de extender
misericordia, pero lo hacemos sabiendo que somos vulnerables a
ser victimizados. Perdonamos hasta lo sumo, pero no vamos a
permitir una victimización continua, ni la nuestra ni la de alguien
más.
La mesa de la misericordia
A menudo, las personas a las que más necesitamos extender
misericordia y perdón no son conscientes de la herida que han
causado. Con frecuencia, no perciben la necesidad de pedirnos
perdón. Es difícil extender misericordia al que no tiene misericordia.
Es difícil decir con Jesús: “Padre, perdónalos, porque no saben lo
que hacen” (Lc 23:34). Y aun cuando somos capaces de hacerlo,
nos damos cuenta de que, con el tiempo, las heridas antiguas
pueden resucitar. Es por esto que Dios prepara continuamente una
mesa para nosotros en presencia de nuestros enemigos. Cuando el
viejo enemigo de la falta de perdón levanta su cabeza, recordamos
que nuestra cabeza ha sido ungida con el aceite de la alegría. Nos
acercamos de nuevo a la mesa de nuestro propio perdón.
Nunca debemos olvidar que Jesús preparó una mesa de
misericordia en la noche en que fue traicionado. Esa noche, dijo
sobre el pan: “Este es Mi cuerpo”, y dijo sobre el vino: “Esta es Mi
sangre”.
Pan del mundo partido en misericordia,
Vino del alma derramado en misericordia,
Aquel que habló palabras de vida,
y en cuya muerte mueren nuestros pecados:
observa el corazón roto por el dolor;
observa las lágrimas derramadas por los pecadores;
que Tu banquete se convierta en la evidencia
de que nuestras almas son alimentadas por Tu gracia
(Reginald Heber, 1827).
Ven a la mesa a recibir la misericordia de Dios. Ven una vez.
Ven de nuevo. ¿Cuántas veces se ha extendido frente a ti la mesa
de Su cuerpo y sangre? Perdona esa misma cantidad de veces.
Perdona y sigue perdonando. Él presentó Su cuerpo como un
sacrificio. Ahora presenta el tuyo, como tu culto racional (Ro 12:1,
NBLA). La misericordia triunfa sobre la justicia.
Dichosos los misericordiosos,
porque ellos recibirán misericordia.
Dichosos los misericordiosos,
porque ellos han recibido misericordia.
Dichosos los misericordiosos,
porque la misericordia que han recibido no tiene fin.
Versículos para meditar
Salmos 51:1
Salmos 119:156
Proverbios 28:13
Lamentaciones 3:22-23
Zacarías 7:8-10
Lucas 6:35-36
Tito 3:4-6
Preguntas para reflexionar
1. En la historia de Jesús, ¿te pareces más al fariseo o al
recaudador de impuestos? ¿Qué tan consciente eres de que
necesitas misericordia desesperadamente? ¿Qué te impide
reconocer tu necesidad y confesarla con más fervor?
2. Describe un momento de tu vida en el que hayas mostrado
misericordia perdonando a alguien que no te había pedido
perdón (aunque esa persona no haya sido consciente de ello).
¿Cuál fue el resultado? ¿Qué aprendiste acerca de lo que
significa ser un seguidor de Cristo?
3. En tu caso, ¿a quién es más fácil mostrarle compasión? ¿Y
más difícil? ¿Qué tienen esas dos relaciones o esos dos tipos
de personas que te llevan a responder como lo haces? ¿Cómo
los ve Dios?
4. ¿De qué manera debería el deseo de crecer en misericordia
mejorar nuestra relación con Dios? ¿Cómo debería mejorar
nuestras relaciones con otros? Da un ejemplo específico en
cada pregunta.
Oración
Escribe una oración a Dios dándole gracias por la misericordia
abundante que es tuya en Cristo. Pídele que te ayude a ser
misericordioso como Él es misericordioso. Pídele que te convierta
en un instrumento de compasión activa hacia los que estén
sufriendo por diferentes motivos. Dale gracias por preparar una
mesa para ti en la que siempre te esperan nuevas misericordias.
6
Dios lleno de gracia
Su gracia enseñó a mi corazón a temer,
y esa misma gracia alivió mis temores.
John Newton, 1779
Avanzando lentamente por el estacionamiento, aparco el auto en la
sección que está pintada de azul. Saco su andador de la parte
trasera del auto y lo pongo junto a la puerta del pasajero para que
ella pueda sostenerse. Su ropa está impecable y perfectamente
combinada, y lleva un collar que compró hace años en una tienda de
souvenirs de un museo. Su lápiz labial sigue siendo el mismo
rosado que veo en casi todos los recuerdos de mi infancia. Al
asomarse, me sonríe y sujeta las manijas del andador,
desprendiendo su aroma a madreselva con cada movimiento. Ya sé
lo que sigue. Son las palabras de toda la vida en nuestras
despedidas como madre e hija, tanto las importantes como las
cotidianas. Me inclino para recibir un beso rosado en la mejilla. Le
digo: “¡Te amo!”. Ella responde: “¡Yo te amo más!”.
La miro mientras entra cuidadosamente por la puerta del edificio
donde está su apartamento, y recuerdo cómo esa respuesta solía
irritarme cuando era adolescente. ¿Por qué no puede decir
simplemente: “Yo también te amo”? No es una competencia. Pero
cuando tuve a mis hijos pude ver que ella no trataba de ganar, sino
que simplemente declaraba un hecho: los padres aman a sus hijos
más de lo que los hijos aman a sus padres. Aman más por la simple
razón de que han amado por más tiempo. Comienzan a amar al hijo
desde antes de su nacimiento, aparte de que aman con la madurez
de un adulto, es decir, con todo lo que implica un entendimiento
adulto del mundo: del peligro y la pérdida, del dolor y la alegría, de
la espera y el arrepentimiento. Nuestra propia felicidad se entrelaza
inseparablemente con la de ellos. Incluso cuando son adultos y han
“abandonado el nido”, nuestros corazones vuelan con ellos.
Gracia abundante
Así como es imposible entender las hermanas gracia y misericordia
sin la justicia, sería imposible hablar de la gracia separada del amor.
El amor se expresa en la gracia. La gracia de Dios es Su favor
inmerecido, pero si solo la definimos así nos perdemos la naturaleza
desbordante de ese favor. Jesús declaró que no vino solo para que
tuviéramos vida, sino para que la tuviéramos en abundancia
(Jn 10:10). Él no solo pagó un indulto misericordioso para librarnos
del castigo de la muerte, sino que nos dio acceso a una vida de
gracia incalculable.
Venimos a nuestro Padre celestial como el hijo pródigo,
capaces solamente de clamar por misericordia, esperando de
alguna forma no recibir lo que merecemos, incapaces de levantar
nuestra mirada a la posibilidad de la gracia. Pero nuestro Padre
responde dándonos más de lo que pudiéramos pedir o imaginar
(Ef 3:20). Su gracia es la expresión de Su amor hacia los pecadores,
una demostración de favor que no es simplemente adecuada, sino
abundante. Es simplemente la manifestación de Su amor paternal:
“Yo te amo más”.
Como padres terrenales, nuestra felicidad está atada a la de
nuestros hijos, pero nuestro Padre celestial no está atado a Sus
hijos de ninguna manera. Él desea que progresemos y se deleita
cuando lo hacemos, pero no necesita que lo hagamos. Ya que no
depende de nosotros para nada, Él nos ofrece Su gracia de manera
gratuita e incondicional. Por definición, la gracia no se puede ganar,
lo cual es bueno porque nuestras obras nunca serían suficiente para
expiar nuestra maldad. No podemos manipularlo para que nos la dé
porque Él no es manipulable. Esto lo convierte en un mejor Padre
que nuestros padres terrenales; un Padre objetivo que sabe y puede
dar buenas cosas en abundancia a los que se las pidan (Mt 7:11). Él
concede gracia como le place, y lo hace a la perfección.
Abundancia. Inicialmente, la gracia es algo que no pedimos ni
deseamos. Dios en Su soberanía nos la da aun antes de que
podamos contemplar la posibilidad de tenerla o entender su valor.
La gracia es algo que nunca se gana ni se merece. Con el tiempo la
reconocemos por lo que es, e incluso nos volvemos más audaces
para pedirla en una mayor medida. Pero en el momento en que
comenzamos a pedir gracia pensando que la merecemos, la
contaminamos. Cuando la exigimos, la manchamos. Al hacerlo,
asumimos el rol del hermano mayor del hijo pródigo, estando tan
acostumbrados a la abundancia que creemos que es nuestra por
derecho y no un regalo.
Gracia eterna
Pero pasemos de los hermanos divididos a las hermanas unidas:
misericordia y gracia. La gracia se percibe como un concepto del
Nuevo Testamento (aún más que la misericordia), tanto que se
relaciona con la persona de Cristo. En el Evangelio de Juan leemos
que “la ley fue dada por medio de Moisés, mientras que la gracia y
la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo” (Jn 1:17). Es
fácil llegar a pensar que la gracia no operaba antes de la
encarnación de Jesús. Pero como Él es el Hijo eterno de Dios, los
cristianos creemos que todos los creyentes son salvos por gracia
únicamente por la fe: los del Antiguo Testamento pusieron su fe en
una demostración futura de esa gracia en el monte Calvario, y los
del Nuevo Testamento pusieron su fe en ella como hecho histórico.
A. W. Tozer describe la naturaleza eterna de la gracia:
Nadie ha sido salvo por algo diferente a la gracia, desde
Abel hasta el día de hoy. Desde que los seres humanos
fueron desterrados del jardín al oriente del Edén, nadie ha
vuelto a tener el favor divino excepto a través de la pura
bondad de Dios. Y siempre que alguien es alcanzado por la
gracia es por medio de Jesucristo. La gracia vino a través
de Él, pero no esperó a Su nacimiento en el pesebre o a Su
muerte en la cruz para comenzar a operar. Cristo es el
Cordero inmolado desde la fundación del mundo. El primer
hombre en la historia humana que disfrutó de la
restauración de su comunión con Dios lo hizo por medio de
la fe en Cristo. En la antigüedad, los hombres miraban
hacia adelante a la obra redentora de Cristo; en tiempos
más recientes, miran hacia atrás a esta obra, pero siempre
lo hacían y lo hacen por gracia, por medio de la fe.17
Casi inmediatamente después de que el pecado entrara al
jardín, aparece la gracia, vistiendo a Adán y a Eva con pieles de
animales que Dios mismo provee. Es Dios quien provee el primer
sacrificio y es Él quien provee el último. Gracia desde el jardín hasta
el Gólgota. Gracia desde el Gólgota hasta esta generación. Y la
gracia nos llevará a casa.
¿Y cómo nos lleva a casa? No lo hace tomando el camino
ancho y transitado, sino el camino estrecho. Este es el camino de la
abundancia, y lo marcó Cristo mismo con Sus enseñanzas y Su
ejemplo. Jesús no solo inaugura la vida abundante que tenemos por
gracia, sino que la define y la demuestra. Quizás la mejor
explicación de la abundancia es la que dio Jesús el día en que habló
sentado en la ladera de un monte, rodeado de Sus seguidores.
Bendecidos en abundancia
Al igual que tú y yo, esos seguidores de Jesús seguramente tenían
sus propias ideas de lo que significaba tener vida abundante. Y es
probable que no fuera muy diferente a como la definimos hoy: tener
vida abundante es tener poder, estatus, aceptación y riqueza. Las
redes sociales demuestran a diario lo perdurable que ha sido esta
definición:
“Vacaciones maravillosas con la familia en Hawái.
#bendecidos”.
“¡Nuestro hijo Ryan obtuvo una beca completa para la
universidad! #bendecidos”.
“Sumamente agradecido a Dios por haber sido reconocido
como el mejor vendedor de la compañía. #bendecido”.
Si los discípulos hubieran usado redes sociales, se habría visto
este mismo tipo de declaraciones en sus cuentas, tal vez llenas de
publicaciones sobre el tamaño de su flota pesquera o sobre sus
celebraciones de Mitzvah. Pero al conocer a Jesús, me pregunto si
podrían haber tuiteado algo como: “¡Es un honor unirme al primer
equipo de servidores para el Reino de los cielos! #bendecido”.
Tal como nos pasa a nosotros, es posible que vieran la cercanía
al Mesías como un medio para conseguir abundancia de poder,
estatus, aceptación o riqueza. Así que Jesús se sienta y abre Su
boca para señalarles la verdadera naturaleza de la vida abundante.
Bendecidos los pobres en espíritu, los que lloran, los humildes,
los que tienen hambre y sed de justicia. Bendecidos los compasivos,
los de corazón limpio, los que trabajan por la paz, los perseguidos
por causa de la justicia. El Reino les pertenece. La vida abundante
es de ellos (ver Mt 5:1-12).
¿Comprendes la pobreza de tu espíritu? Eres bendecido.
¿Lloras por tu pecado? Eres bendecido. ¿Has aprendido a someter
tu voluntad a Dios y a anhelar la verdad? Eres grandemente
bendecido. La pobreza, el llanto, la humildad y el hambre nos
conducen a la vida abundante, tal como sucedió con los israelitas
cuando salieron de Egipto. La misericordia, la pureza, la paz y la
persecución son marcas distintivas de los que tienen vida en
abundancia, y la vida de nuestro Salvador es el mejor ejemplo de
esto.
Contrario a lo que diría el mundo, Jesús describe la vida
abundante como una que se vive en humildad. Como diría Su
hermano Santiago tiempo después: “Dios se opone a los orgullosos,
pero da gracia a los humildes” (Stg 4:6; ver Pro 3:34). Dios da gracia
a los que abrazan esta vida abundante, y lo hace para que podamos
vivirla como la vivió Cristo. El favor inmerecido de Dios hace que
nuestra santificación sea posible. Tiene dos propósitos en la vida de
los que andan humildemente con su Dios: les enseña y los fortalece.
La gracia nos enseña
El apóstol Pablo le explica a Tito el rol instructivo de la gracia en la
vida del seguidor de Cristo:
En verdad, Dios ha manifestado a toda la humanidad Su
gracia, la cual trae salvación y nos enseña a rechazar la
impiedad y las pasiones mundanas. Así podremos vivir en
este mundo con justicia, piedad y dominio propio, mientras
aguardamos la bendita esperanza, es decir, la gloriosa
venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Él se
entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y
purificar para Sí un pueblo elegido, dedicado a hacer el
bien (Tit 2:11-14).
Fíjate bien en esto: la gracia nos enseña a obedecer la ley
moral de Dios. La ley moral nos muestra lo que es desagradable a
Dios (impiedad y pasiones mundanas) y lo que es agradable a Dios
(justicia, piedad y dominio propio). Separados de la gracia, éramos
incapaces de obedecer la ley. Al recibirla, somos capaces de
obedecer y se nos manda que nos dediquemos a obedecerla. La ley
nos mostró nuestra necesidad de la gracia, y la gracia ahora nos
muestra nuestra necesidad de la ley. La gracia nos permite
someternos humildemente al buen gobierno de Dios, y Dios le da
gracia al humilde para que pueda someterse.
La importancia de la ley en la santificación explica por qué
Jesús advirtió con firmeza que no debemos descuidar Sus
mandamientos ni enseñar a otros a hacerlo (Mt 5:19). Si la gracia se
ve solo como un regalo gratuito y no como un medio para crecer en
santidad, nuestra obediencia se volverá permisiva. Dietrich
Bonhoeffer habla de esta tendencia en su famoso análisis sobre la
“gracia barata”:
La gracia se describe como el tesoro inagotable de la
iglesia, con el cual ella puede bendecir con generosidad sin
hacer preguntas ni fijar límites. Es gracia sin precio, ¡gracia
sin costo! La esencia de la gracia, suponemos, es que la
cuenta fue pagada por adelantado; y, como ya fue pagada,
uno puede obtener todo a cambio de nada… En una iglesia
así, el mundo encuentra una cubierta barata para sus
pecados; no se requiere arrepentimiento y mucho menos
un deseo real de ser libres del pecado. Por esto, la gracia
barata equivale a negar la Palabra viva de Dios; de hecho,
es negar la encarnación del Verbo de Dios.
La gracia barata es la justificación del pecado sin la justificación
del pecador. Ya que la gracia lo hace todo por sí sola, las cosas
pueden seguir como eran antes. “Las obras no pueden expiar el
pecado”. Y si así fueran las cosas, entonces bueno, que el cristiano
viva como el resto del mundo, que siga los estándares del mundo en
todas las áreas de su vida y que no aspire a vivir con valentía una
vida bajo la gracia que sea diferente a su antigua vida bajo el
pecado.18
Los creyentes no deben descuidar la ley ni enseñar a otros a
hacerlo. No podemos tolerar los “pecados pequeños” de los cuales
se nos advierte: chismear, ser entrometidos, ocultar la verdad,
vanagloriarnos o envidiar. A veces estos pecados nos parecen
razonables e incluso intrascendentes, pero al permitirlos nos
volvemos inestables en nuestro caminar y cometemos el error de los
que rechazan la ley: “Así que ustedes, queridos hermanos, puesto
que ya saben esto de antemano, manténganse alerta, no sea que,
arrastrados por el error de esos libertinos, pierdan la estabilidad y
caigan. Más bien, crezcan en la gracia y en el conocimiento de
nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2P 3:17-18).
En lugar de ceder a la impiedad, debemos crecer en gracia y
verdad, conforme al ejemplo de Cristo, lleno de gracia y de verdad.
La gracia nos enseña a decirle no a la impiedad y sí a la piedad. En
cuanto a nuestra justificación, la gracia nos invita a dejar de
esforzarnos por ganar algo que es un regalo gratuito. En cuanto a
nuestra santificación, la gracia nos enseña a rechazar el error de los
impíos para así poder crecer en la gracia. La gracia engendra
gracia. Más abundancia.
Fortalecidos por la gracia
Si al leer todo esto sientes que no das la talla para la tarea, anímate.
La gracia no solo nos enseña a renunciar a la impiedad, sino que
también nos fortalece para lograrlo.
En sus palabras de despedida a los ancianos de la iglesia en
Éfeso, Pablo los encomienda a Dios y “al mensaje de Su gracia,
mensaje que tiene poder para edificarlos y darles herencia entre
todos los santificados” (Hch 20:32). Similarmente, tanto
Hebreos 13:9 como 2 Timoteo 2:1 hablan de ser fortalecidos por la
gracia con el propósito de que seamos fieles en la obediencia. La
gracia nos edifica y nos fortalece para que podamos vivir vidas
santas según la ley.
D. A. Carson habla de la santificación como “un esfuerzo
impulsado por la gracia”.19 Nos esmeramos por ser santos por el
poder de la gracia en nosotros. Dios nos ha dado Su Espíritu, quien
nos asiste en todas estas cosas. Zacarías 12:10 y Hebreos 10:29 lo
llaman “el Espíritu de gracia”.
El Espíritu de gracia es tanto un don de gracia como un dador
de dones. Él da el “espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu
de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor del
Señor” (Is 11:2). Y todos estos son dones generosos de gracia que
deben ser usados por quienes los reciben para ponerlos “al servicio
de los demás… administrando fielmente la gracia de Dios en sus
diversas formas” (1P 4:10).
Los que disfrutan dicha abundancia pueden dar a otros en
abundancia. Ya no viven dando lo mínimo a su prójimo, siempre
buscando formas de minimizar el significado del amor al prójimo. En
cambio, reconocen —de una forma en la que no lo hacían antes—
todas las implicaciones de la ley y los profetas: “Traten ustedes a los
demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes” (Mt 7:12).
El imperativo moral de esta declaración es tan valioso que incluso
aquellos que no comparten la fe cristiana lo han adoptado como “la
Regla de Oro”. Pero si no entendemos la naturaleza abundante de
la gracia, pudiéramos estar aplicando la Regla de Oro de manera
limitada, dando o haciendo lo mínimo.
Una lección de humildad
Nada me hace más consciente de cómo quiero que me traten que
contemplar el último pedazo de torta de crema de coco. Es mi
favorita. Cuando veo que solo queda un pedazo, mi primer
pensamiento siempre es comérmelo rápido sin que me vean. Es
necesario usar toda mi fuerza de voluntad para preguntar si alguien
más lo quiere. Por lo general, lo miro para ver si se puede subdividir
de alguna forma equitativa. Si logro ofrecerla y se la sirvo a alguien
más, me siento tan noble que termino recompensándome a mí
misma con medio paquete de galletas Oreo como premio de
consolación.
La escasez suele revelar nuestro verdadero entendimiento de la
Regla de Oro. Esta es la verdad: si solo hay un pedazo de torta, no
quiero negarme a mí misma para bendecir a otra persona ni quiero
dividirla equitativamente. Lo quiero entero. Y esa es precisamente la
razón por la que debo dárselo a otra persona: porque al hacerlo,
cumplo la Regla de Oro. Sí, como mínimo quiero que otros me
traten con justicia. Sin embargo, lo que realmente quiero es que me
traten con preferencia.
Mi amor por el trato preferencial se expresa de mil maneras.
Quiero los mejores asientos en un concierto, el mejor lugar para
aparcar, que me pasen a primera clase, el asiento más cómodo en
toda la sala de estar, el trozo más grande de la torta, el último trozo
de la torta, toda la torta todo el tiempo. Dar a otro el trato
preferencial que quiero requiere humildad, pero Dios le da gracia al
humilde.
Los cristianos no deberían tener la reputación de ser
simplemente justos. Deberíamos ser conocidos porque los demás
son nuestros favoritos y nunca nosotros mismos. Como aquellos
que hemos recibido una gracia abundante, hacemos el bien en
abundancia: “Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para
ustedes, de manera que siempre, en toda circunstancia, tengan todo
lo necesario, y toda buena obra abunde en ustedes” (2Co 9:8).
Nuestra vida debe demostrar que la escasez no existe cuando
somos hijos de Dios; que nuestro Padre celestial nos ha dado todo
lo necesario y mucho más de lo que podríamos pedir o imaginar.
Deberíamos ser reconocidos por mostrar abundancia; por ser los
que responden “te amo” cuando escuchan un “te odio”, y por
responder “te amo más” cuando escuchan un “te amo”.
¿Cuál es la voluntad de Dios para tu vida? Que tengas vida y
que la tengas en abundancia. Que puedas dar preferencia a otros,
tal como se te ha dado a ti en Cristo. Y que vayas por el camino
estrecho, siempre confiado en la gracia que recibiste en la cruz y
fortalecido por la gracia que recibes para cada paso que das hacia
la santidad.
Versículos para meditar
Salmos 116:5-9
Salmos 145:8
2 Corintios 9:8
Efesios 1:3-10
Tito 2:11-14
Preguntas para reflexionar
1. ¿En cuál área de tu vida eres como el hijo pródigo, creyendo
que tu pecado (pasado o presente) es más grande que la
gracia de Dios? ¿Cómo respondería Dios a la forma en que
evalúas tu pecado?
2. Lee las bienaventuranzas en Mateo 5:2-12. Al ver la forma en
que Jesús describe la vida abundante de un seguidor de
Cristo, ¿cómo la compararías con tu propio concepto de lo que
significa ser bendecido? ¿Cómo has comprobado que Su
descripción de la vida abundante es más precisa que la del
mundo?
3. Describe un momento de tu vida en el que hayas cumplido la
Regla de Oro, mostrando un trato preferencial a una persona
difícil. ¿Cuál fue el resultado? ¿Qué aprendiste sobre lo que
implica ser un seguidor de Cristo?
4. ¿De qué manera debería el deseo de crecer en la gracia
mejorar nuestra relación con Dios? ¿Cómo debería mejorar
nuestras relaciones con otros? Da un ejemplo específico en
cada pregunta.
Oración
Escribe una oración a Dios agradeciéndole por la vida abundante de
gracia que es tuya en Cristo. Pídele que te ayude a ser lleno de
gracia, así como Él lo es. Pídele que te ayude a tratar a otros con
generosidad, recordando que Él te ha tratado con generosidad. Dale
gracias por abrir un camino a través de Cristo para que puedas
recibir gracia sobre gracia.
7
Dios, el más fiel
Nada me falta, pues todo provees.
¡Grande, Señor, es Tu fidelidad!
Thomas Chisholm, 1923
En una tarde de septiembre de 1870, un grupo de nueve
exploradores, ocho escoltas militares y dos cocineros andaban a
caballo por la ribera del río Firehole en un área salvaje de Wyoming.
Su tarea era explorar las montañas y los valles de un cráter en un
volcán antiguo, un área conocida por su actividad geotérmica.
Nathaniel P. Langford, un miembro de la expedición, relató tiempo
después lo que vio ese día de septiembre:
Imagina nuestro asombro esa tarde del segundo día de
nuestro viaje, cuando al entrar a la cuenca vimos una gran
cantidad de agua clara y reluciente a plena luz del sol,
proyectándose a una altura de 38 metros. “¡Géiser, géiser!”,
exclamó alguien del grupo y, espoleando nuestros caballos
exhaustos, nos reunimos rápidamente alrededor de este
maravilloso fenómeno. En verdad era un géiser perfecto.
La apertura por la que se proyectaba el chorro era un óvalo
irregular, con un diámetro de 2,91 metros… El chorro salió
nueve veces en intervalos regulares mientras estuvimos
allí, y las columnas de agua hirviendo caían desde una
altura de 27 a 38 metros en cada descarga, las cuales
duraban entre quince y veinte minutos. Le dimos el nombre
de “Old Faithful” [Viejo fiel].20
Siendo uno de los atractivos más conocidos de lo que ahora es
Yellowstone National Park, Old Faithful obtuvo su nombre por la
predictibilidad de sus erupciones, la cual se mantiene hasta el día de
hoy y se había evidenciado desde hace siglos, mucho antes de que
hubiera bancas para espectadores, un centro de visitantes u
horarios publicados para ver su próxima exhibición. En la época de
Langford, la única forma de ver esta atracción era viajando a
Wyoming, lo cual representaba gastos, dificultad, tiempo y peligro.
Pero hoy, gracias a una cámara web y a la generosidad del National
Park Service, cualquiera que tenga acceso a internet puede ver la
erupción del géiser en tiempo real. Ahora todo el que quiera tomarse
el tiempo para ver la fidelidad de Old Faithful puede hacerlo.
El único fiel
En las primeras líneas del Salmo 90, Moisés declara: “Desde antes
que nacieran los montes y que crearas la tierra y el mundo, desde
los tiempos antiguos y hasta los tiempos postreros, Tú eres Dios” (v
2). Dios ha sido Dios desde la eternidad, inmutable en todos Sus
atributos.
Antes del cataclismo volcánico que levantó las montañas de
Wyoming, había un Dios eternamente fiel, constante en todos Sus
caminos, comprometido con mantener una coherencia total entre
Sus palabras y Sus obras.
Desde tiempos antiguos
nadie ha escuchado ni percibido,
ni ojo alguno ha visto,
a un Dios que, como Tú,
actúe en favor de quienes en Él confían (Is 64:4).
En Su fidelidad “desde tiempos antiguos”, Dios hace lo que dice
que hará, siempre. A los que salva, es capaz de salvarlos
perpetuamente; así de completa es Su fidelidad. Él es fiel a Sus
hijos porque no puede ser infiel a Sí mismo. Él es incapaz de ser
infiel de cualquier manera.
Ningún ser humano es totalmente fiel. La persona más
incondicional que hayamos conocido nos ha decepcionado o nos
decepcionará. La Biblia da fe de esto con claridad, ya que presenta
las historias de sus “héroes” sin ocultar sus debilidades y fracasos.
En la lista de hombres y mujeres fieles registrada en Hebreos 11
encontramos asesinos, mentirosos, escarnecedores, cobardes y
hostigadores —incluso los más admirables entre ellos llegaron a
traicionar la confianza de alguien. Solo Dios es completamente fiel.
Solo Dios es totalmente incondicional.
La fidelidad de Dios es un consuelo para Sus hijos, pero
debería producir terror en los que se oponen a Él:
Reconoce, por tanto, que el Señor tu Dios es el Dios
verdadero, el Dios fiel, que cumple Su pacto generación
tras generación, y muestra Su fiel amor a quienes lo aman
y obedecen Sus mandamientos, pero que destruye a
quienes lo odian y no se tarda en darles su merecido
(Dt 7:9-10).
Somos tentados con demasiada frecuencia a citar solo la
primera parte de las palabras de Moisés a Israel; así de incómodas
nos sentimos con la ira de Dios. Pero Dios es fiel para hacer justicia
con quienes lo rechazan, así como es fiel para amar
incondicionalmente a quienes ha recibido. Él bendice a los que ha
dicho que bendecirá y maldice a los que ha dicho que maldecirá.
Para adorar a Dios, que es completamente fiel, debemos
esforzarnos por recordar ambas expresiones de Su fidelidad.
Cuando los hijos de Dios deciden olvidar el terror del juicio divino,
quieren que Dios sea conforme a la imagen de ellos. Al olvidar que
Él es fiel para juzgar, lo olvidan a Él por completo.
Recordatorios de Su fidelidad
Dios conoce nuestra tendencia a ser olvidadizos. Como un padre
amoroso que va dejando notas con recordatorios para ayudar a su
hijo, Dios ha tomado medidas a lo largo de la historia para
asegurarse de que Sus hijos recuerden Su fidelidad. Estableció el
día de reposo como una conmemoración de Su obra creadora.
Cuando Josué guió a Israel a través del Jordán para entrar a la
tierra prometida, Dios mandó que se levantara un monumento de
piedras para que no lo olvidaran. Instituyó días festivos en el
calendario judío como recordatorios de Su fidelidad hacia Israel en
el pasado. La circuncisión era una señal que apuntaba al pacto de
Dios con Abraham, así como el bautismo y la Cena del Señor
apuntan al nuevo pacto.
Las estaciones mismas dan testimonio de la fidelidad de Dios,
al igual que los amaneceres y las puestas de sol. Cada día proclama
la verdad de la promesa de Dios a Noé: “Mientras la tierra exista,
habrá siembra y cosecha, frío y calor, verano e invierno, y días y
noches” (Gn 8:22). La variedad de la naturaleza habla de un Dios
que es grande en fidelidad.
La Biblia es nuestra gran Ebenezer —una piedra
conmemorativa que nos recuerda la fidelidad de Dios—, registrada
cuidadosamente y preservada para Sus hijos. Cuando olvidamos a
Dios o cuando nos preguntamos si Dios nos ha olvidado, podemos
acudir a ella para contemplar Su amor fiel hacia todas las
generaciones. A diferencia de las generaciones pasadas, tenemos
un acceso sin precedentes a esta piedra invaluable. Hay millones y
millones de Biblias, literalmente. Y todas las copias, desde las
desgastadas hasta las ignoradas, susurran: “Recuerda”. Recuerda
al Dios que te recuerda.
Los creyentes que tienen Biblias desgastadas han descubierto
que necesitan su mensaje. Para ellos, leer sus páginas no es solo
una práctica responsable, sino un privilegio exquisito. Saben que
entre sus tapas se repite una verdad gloriosa que es de beneficio
para ellos: Dios es digno de nuestra confianza.
Cuando pasamos tiempo en la Biblia, nuestra vida comienza a
dar testimonio de su mensaje fiel. Nosotros mismos nos convertimos
en piedras de remembranza para los que nos rodean, dando
testimonio fiel de que Dios es digno de confianza, pase lo que pase.
Fiel en medio de las pruebas
No existe una sola persona que no pase por pruebas. Pero la
Palabra de Dios nos asegura que, sin importar la circunstancia difícil
en la que nos encontremos, Él nunca nos deja ni nos abandona
(Heb 13:5). Él es la roca sólida en las tormentas de la vida, el
fundamento seguro. Cuando las pruebas nos atacan, podemos
confiar en que nuestro Dios fiel no nos ha abandonado. Aunque tal
vez no podamos percibir Su bondad y amor en el momento,
podemos confiar en el historial de Su fidelidad como evidencia de
que contamos con Él en el presente.
Después de que sus propios hermanos lo vendieran como
esclavo, José soportó años de encarcelamiento y exilio. Aunque
Dios lo había llevado a ser la segunda autoridad en todo Egipto,
dándole la visión y la habilidad para salvar a miles durante un
período largo de hambruna, seguía sintiendo un gran dolor por su
pasado. Cuando Dios lo reconcilió con su familia, al final pudo decir:
“Es verdad que ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios
transformó ese mal en bien para lograr lo que hoy estamos viendo:
salvar la vida de mucha gente” (Gn 50:20).
José ilustra lo que Santiago promete sobre las pruebas:
Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando
tengan que enfrentarse con diversas pruebas, pues ya
saben que la prueba de su fe produce constancia. Y la
constancia debe llevar a feliz término la obra, para que
sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada (Stg 1:2-
4).
Las pruebas siempre demuestran la fidelidad de Dios, aunque
puede que tardemos años en verlo. Y al demostrarnos la fidelidad
de Dios, producen fidelidad en nosotros. José vio destellos de la
fidelidad de Dios durante los largos años de su prueba, y al final fue
testigo de que Dios usó su sufrimiento personal para evitar que
muchos murieran de hambre. El sufrimiento fiel de una persona
logró la salvación de muchos. La fidelidad de José en la prueba
apuntaba a Cristo.
Cuando tenemos que enfrentar pruebas, no nos alegramos por
el sufrimiento que traen, sino por la fidelidad de Dios al usarlas para
moldearnos, de tal forma que podamos llegar a ser como Cristo.
Dios es fiel en medio de la prueba, y luego de la prueba es fiel para
hacer que todas las cosas obren para nuestro bien.
Fiel en medio de la tentación
Las pruebas nos ponen de rodillas y nos recuerdan nuestros límites.
Nos reorientan hacia Dios. Sin embargo, no son la única dificultad
que Dios usa para entrenarnos en la justicia. Él también usa la
tentación para formarnos. Santiago nos recuerda que Dios no nos
tienta y que Él mismo es incapaz de ser tentado (Stg 1:13). Esto
tiene sentido cuando consideramos Su omnisciencia. Mientras que
nosotros contemplamos con gusto la posibilidad de pecar, para Dios
es ridícula. Él conoce todos los resultados de todos los posibles
casos. Él no puede ser engañado, sabe que el pecado nunca
termina bien. Nosotros, por otro lado, nos permitimos calcular los
costos y beneficios (como si el pecado pudiera tener algún
beneficio). Nos decimos a nosotros mismos, así como Adán y Eva,
que tal vez Dios se está negando a darnos algo. Tal vez quiere
guardarse cosas buenas y no ofrecérnoslas, nos quiere privar de
algo. Cada vez que consideramos el pecado cuestionamos la
bondad de Dios.
Sin embargo, incluso mientras jugueteamos con la idea de que
Dios es un mentiroso, Él nos muestra Su amor incondicional:
“Ustedes no han sufrido ninguna tentación que no sea común al
género humano. Pero Dios es fiel, y no permitirá que ustedes sean
tentados más allá de lo que puedan aguantar. Más bien, cuando
llegue la tentación, Él les dará también una salida a fin de que
puedan resistir” (1Co 10:13).
Observa que Dios provee una salida por Su fidelidad. Incluso
mientras contemplamos ser infieles, Él permanece fiel apuntando
hacia el camino de salvación.
Ahora considera el consuelo de que toda tentación es común.
Queremos creer que no es común, que el pecado al que cedemos
fue algo que Dios no vio venir, que enfrentamos un dilema que nadie
tuvo que enfrentar antes de nosotros. Queremos convencernos de
que hemos pecado porque enfrentamos una tentación excepcional
que nos arrastró. Pero Santiago nos dice que nuestros propios
deseos son los que nos arrastran (Stg 1:14). La tentación en sí
misma es común. Es más vieja que Matusalén. Y la salida es tan
común como la tentación misma: Escucha al Espíritu Santo. Confía
en que Dios no es un mentiroso. Escoge el camino de la rectitud.
Toda tentación es común. Es posible escapar de cualquier
tentación. Todo creyente es capaz de vencerla.
Como un músculo que gana fuerza luego de hacer ejercicios
repetidamente, así se fortalece nuestra capacidad de no caer en la
tentación con la práctica. Para levantar algo muy pesado, un
levantador de pesas comienza con pesas pequeñas y va
aumentando poco a poco. Cuando somos fieles a Dios en las
tentaciones más pequeñas, aumentamos nuestra fuerza para
enfrentar las más grandes. Nadie tiene un ataque de ira explosivo
sin antes haber tenido miles de ataques más pequeños. Si
cultivamos el hábito de huir de las formas más sutiles de ira y
egoísmo, es menos probable que caigamos en formas más
extremas de ira y egoísmo. Si cultivamos el hábito de excusar las
formas más sutiles de ciertos pecados, no debería sorprendernos
que estemos cada vez más enredados en las formas más extremas
de dichos pecados.
Jesús enseñó que los que son fieles en lo poco serán fieles en
lo mucho (Lc 16:10). Detrás de cada tentación, grande o pequeña, la
fidelidad de Dios estará lista para proveer una salida. Cuando
respondemos a Su fidelidad con nuestra fidelidad, la tentación
pierde su brillo y su fuerza.
Fiel para perdonar
Tanto las pruebas como las tentaciones nos enseñan la fidelidad de
Dios y nos entrenan en la fidelidad recíproca. Sin embargo, tal vez lo
más reconfortante de todo es la fidelidad que Él muestra al perdonar
el pecado setenta y siete veces.
En nuestro análisis de la justicia de Dios, contemplamos el rol
inesperado de la justicia en el perdón de nuestros pecados. Ahora
reflexionaremos en la incomprensible profundidad de Su fidelidad al
perdonar. Juan nos dice: “Si confesamos nuestros pecados, Dios,
que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad”
(1Jn 1:9). Cuando somos fieles para confesar, Él es fiel para
perdonar. No importa cuántas veces confesemos pecados nuevos,
no importa cuántas veces confesemos los mismos pecados, Dios es
fiel para perdonarnos. Entre más tiempo vivimos la vida cristiana,
más crecerá nuestra consciencia del pecado. Nunca terminaremos
de confesar nuestros pecados de este lado del cielo, y Dios no
dejará de ser fiel para perdonarnos cada vez que lo hagamos.
Pero iremos a la tumba con pecados sin confesar. Moriremos
todavía ciegos a ciertas áreas de pecado. ¿Es Dios fiel para
perdonar esos pecados también? Una vez más, la omnisciencia de
Dios nos asegura Su fidelidad. Aunque no conocemos todos
nuestros pecados, Él sí los conoce.
La muerte expiatoria de Cristo cubre todos nuestros pecados,
aun aquellos que no vemos. David le oró a Dios diciendo: “¿Quién
es consciente de sus propios errores? ¡Perdóname aquellos de los
que no soy consciente!” (Sal 19:12). Aunque no tenemos la
habilidad para discernir completamente la extensión de nuestro
pecado, el Dios que conoce cada uno de ellos es fiel para
perdonarlos todos.
Fiel hasta el final
La Biblia dice que la fidelidad de Dios hace exactamente lo que Él
dice que hará. Su promesa de hacer de Abraham una gran nación
se cumplió. Su promesa de sacar a Israel de Egipto se cumplió. Su
promesa de enviar al Salvador se cumplió, tal como lo dijo. No todo
lo que ha prometido se ha cumplido todavía, pero se cumplirá con el
tiempo. Él ha prometido liberarnos del pecado. Aunque vemos que
la buena obra de esa liberación se está llevando a cabo en nosotros,
todavía no está completa. Pero ya que Dios tiene todo el poder, Él
es capaz de hacer todo lo que promete y nadie puede detener Su
mano. Es por esto que el cristiano define la esperanza como algo
más que un simple optimismo ilusorio.
Gracias al poder ilimitado de Dios y a Su fidelidad
inquebrantable, la esperanza que tenemos en Él se acompaña de
certeza. No esperamos en Sus promesas con los dedos cruzados
detrás de la espalda. Más bien, esperamos sabiendo que
ciertamente Dios ha sido fiel en el pasado y ciertamente será fiel
hasta el final. Podemos tener la certeza de que “el que comenzó tan
buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo
Jesús” (Fil 1:6).
Él ha prometido que el día de Cristo Jesús llegará. Y
ciertamente sucederá. Un día el Salvador regresará en un caballo
blanco, llevando el nombre de Fiel y Verdadero (Ap 19:11). Aunque
esperamos ese día en medio de las dificultades, del trabajo duro y
de la tentación, esperamos con la certeza de que mil años son como
un día para Dios. En el momento indicado, los cielos se abrirán. Por
lo tanto: “Mantengamos firme la esperanza que profesamos, porque
fiel es el que hizo la promesa” (Heb 10:23).
Fieles como Él es fiel
Dios es fiel para hacer lo que dice que hará. En la medida en que
sea posible para nosotros, deberíamos ser iguales a Él. Debemos
responder a Su fidelidad con fidelidad. Debemos responder a Su
fidelidad hacia nosotros siendo fieles a Él. Jesucristo es la expresión
perfecta de la fidelidad de Dios a la humanidad, así como la
expresión perfecta de la fidelidad humana a Dios y a los demás. Su
ejemplo nos muestra el camino de la fidelidad.
En el Salmo 119, David dice: “He optado por el camino de la
fidelidad, he escogido Tus juicios” (v 30). El camino de la fidelidad
implica una decisión diaria de poner nuestra esperanza en Dios,
confiando plenamente en que Él no nos fallará. Escogemos el
camino de la fidelidad sabiendo que tendrá pruebas y tentaciones.
Lo escogemos en asuntos grandes y pequeños. Usamos nuestro
tiempo fielmente, sin desperdiciarlo como los que solo se sirven a sí
mismos. Usamos nuestras habilidades fielmente, para darle gloria al
que nos las dio. Guardamos nuestros pensamientos fielmente,
concentrándolos en lo que es verdadero, honesto, justo, puro y
amable. Usamos nuestras palabras fielmente para edificar y animar,
para exhortar y reprender, para orar sin cesar.
Reflexionamos sobre nuestra reputación frente a otros. ¿Nos
ven como personas fieles en nuestros matrimonios, nuestros
negocios, nuestra crianza, nuestros compromisos como voluntarios,
nuestras amistades, nuestras obras de caridad? ¿Nuestro sí es sí y
nuestro no es no? ¿Somos fieles aunque nuestra cultura nos diga
que las relaciones son desechables y que nuestros deseos deben
dirigir nuestras vidas?
En última instancia, todo acto de fidelidad hacia otros es un acto
de fidelidad hacia Dios mismo. Aunque las personas pueden hacer
compromisos sin mucha intención de cumplirlos, los hijos de Dios se
esfuerzan por probar que su palabra tiene valor. Lo hacemos no
para ganar la confianza y la aprobación de otros, sino porque
anhelamos ser como Cristo. Deseamos escuchar con nuestros
oídos: “Hiciste bien, siervo bueno y fiel” (Mt 25:21).
La voluntad de Dios para tu vida es que seas fiel, así como Él
es fiel. Fiel a Él. Fiel a otros. Fiel en este momento. Fiel hasta el
final. Cuando Dios nos ordena que hagamos algo, también nos
capacita para hacerlo.
“Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y
conserve todo su ser —espíritu, alma y cuerpo— irreprochable para
la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que los llama es fiel, y así
lo hará” (1Ts 5:23-24).
Versículos para meditar
Números 23:19
Lamentaciones 3:22-23
Salmos 25:10
1 Tesalonicenses 5:23-24
Hebreos 10:19-23
Preguntas para reflexionar
1. ¿Quién es la persona más fiel que has conocido? Haz una lista
de varias formas específicas en las que fuiste testigo de la
fidelidad de esa persona. ¿De qué forma su ejemplo apunta a
la fidelidad de Cristo?
2. ¿Cómo has visto la fidelidad de Dios en las pruebas? ¿De qué
forma tu tiempo de prueba produjo perseverancia en ti?
3. ¿Cómo has experimentado la fidelidad de Dios en la
tentación? ¿Cómo lo has visto proveer una salida en el
pasado? ¿En cuál tentación (sutil o extrema) estás cayendo
actualmente? ¿Cuáles palabras sabias ofrece la Palabra de
Dios como salida a tu tentación?
4. ¿De qué manera debería el deseo de crecer en fidelidad
mejorar nuestra relación con Dios? ¿Cómo debería mejorar
nuestras relaciones con otros? Da un ejemplo específico en
cada pregunta.
Oración
Escribe una oración a Dios dándole gracias por la fidelidad y el gran
amor que es tuyo en Cristo. Pídele que te ayude a escoger el
camino de la fidelidad todos los días. Pídele que te ayude a ser
firme en las pruebas y a buscar fielmente la salida de todas las
tentaciones, ya sean sutiles o extremas. Dale gracias por el ejemplo
fiel de Cristo, quien nos muestra el camino de la fidelidad.
8
Dios, el más paciente
Alabado sea Dios por Su gracia y favor
hacia Su pueblo afligido.
Alabado sea Dios que es el mismo eternamente,
lento para reprender y pronto para bendecir.
Henry F. Lyte, 1834
Mi trayecto diario a la oficina (que también es mi iglesia) no es
complicado. Un domingo en la mañana pudiera llegar en diez
minutos si no tengo que detenerme en ningún semáforo. Pero entre
semana puede tardar más del doble de tiempo en las mañanas por
las zonas escolares. Aun así, no se compara con el trayecto de una
hora que tuve que hacer cada día durante varios años cuando vivía
y trabajaba en Houston. Aunque era frustrante, estoy agradecida por
esa experiencia porque me enseñó a apreciar mi recorrido actual.
En realidad, no lo hizo. Uno pensaría que con un recorrido tan
fácil no me molestaría pasar por una o dos zonas escolares, pero no
es cierto. Hay muchas mañanas en las que me encuentro
cuestionando por qué las escuelas insisten en ubicarse
inconvenientemente justo en medio de las comunidades. Fue en una
de esas mañanas que me encontré con otro factor que alargó mi
recorrido: una persona mayor conduciendo muy por debajo del límite
de velocidad y cambiando de carril todo el tiempo. Al frenar para
evitar estrellarme, vi que en su parachoques había una calcomanía
con un pez y un mensaje que decía: “Sé paciente, Dios aún no ha
terminado conmigo”.
Lamento que el mensaje no haya tenido el efecto instructivo
que este querido hombre esperaba.
Ser humano es batallar a diario con la impaciencia. Y debemos
batallar, ya que la conexión entre la impaciencia y la ira es muy
estrecha. En mi experiencia, estos dos estados suelen estar
separados por aproximadamente un nanosegundo. Con razón la
Biblia comunica la idea de la paciencia en la frase “lento para la ira”.
Es una frase que se usó primero para describir a Dios, pero luego se
usa repetidamente para describir al hombre sabio. La ira en sí
misma no es necesariamente pecaminosa, pero la ira que se
enciende rápidamente —la ira de la impaciencia— es una marca
distintiva del necio.
Todos sabemos que la paciencia es una virtud, pero es una
virtud que pocos procuran. La solución del mundo para el problema
de la impaciencia no es desarrollar paciencia, sino eliminar todas las
situaciones en las que pueda ser necesaria. Queremos lo que
queremos cuando lo queremos. No queremos esperar. Los
proveedores de bienes y servicios buscan eliminar los tiempos de
espera para competir por nuestro dinero y atención. Haz una orden
en Amazon.com y recíbela el mismo día. Vuela frecuentemente con
una aerolínea y te recompensará permitiéndote ser la primera en
abordar y dándote un servicio de equipaje más rápido. Si compras
un FastPass en Disney puedes evitar las filas. Compra la cena por
la ventana de entrega del restaurante en cuestión de minutos.
¿Necesitas información? No hay problema. Ya no tenemos que
esperar para obtener las respuestas a nuestras preguntas
existenciales sobre quién fue el protagonista de tal película o cuál es
la letra de esa canción de Guns N’ Roses. Gracias al Internet, solo
necesitamos unos minutos y el video o artículo correcto para llegar a
ser genios en cultura general, gurús del “hazlo tú mismo”, chefs
gourmet y expertos en cualquier tema. Hablando de artículos, el
periódico The Boston Globe hizo un reportaje sobre un estudio que
buscaba determinar cuánto tiempo los usuarios de Internet estaban
dispuestos a esperar para que una página cargara antes de salir de
ella. La respuesta: los usuarios comienzan a salir después de
esperar dos segundos. Después de cinco segundos, el 25% de los
usuarios abandonan la página. Luego de diez segundos, el número
subió al 50%.21 Afortunadamente, el artículo de The Globe cargó en
menos de cinco segundos, de lo contrario estas estadísticas no se
habrían registrado aquí.
La investigación muestra que el período de atención promedio
ha disminuido de doce segundos en el año 2000 a ocho segundos
en el año 2015. Esto significa que nuestro período de atención
ahora es oficialmente más corto que el de un pez dorado por un
segundo completo.22 Esperar no solo es algo que evitamos; es algo
para lo que estamos cada vez menos capacitados. Esto es un
problema para todos, pero especialmente para los seguidores de
Cristo, a quienes se les exhorta repetidamente en la Escritura que
esperen en el Señor, que sean pacientes con los demás, que tengan
paciencia en la aflicción y que sean lentos para la ira. La
gratificación de los cristianos no es inmediata. Nuestra esperanza
está en algo que esperamos, y somos llamados a negarnos a
nosotros mismos hasta que llegue ese día. Pero habitamos en
medio de personas que buscan la gratificación instantánea, y es
mucho más fácil quedarnos detrás del pez dorado que nadar contra
la corriente.
La paciencia perfecta de Dios
Cuando Dios le revela Su carácter a Moisés por primera vez, se
describe a Sí mismo como lento para la ira (Éx 34:6), un rasgo que
luego se exalta en ocho referencias más en el Antiguo Testamento.
Dios es paciente con Sus hijos en cuanto a su pecado. Es paciente
con nosotros mientras progresamos en el camino de la santificación,
perdonando nuestros pecados una y otra vez. Es paciente para
rescatarnos a Su tiempo. Es paciente para esperar una cosecha y
paciente para recoger las gavillas cuando se ha cumplido el tiempo.
Nuestro Dios “no tarda en cumplir Su promesa, según entienden
algunos la tardanza. Más bien, Él tiene paciencia con ustedes,
porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan”
(2P 3:9).
La paciencia de Dios es una expresión de Su amor. Cuando
exploramos el agape de Dios en el capítulo 2, vimos 1 Corintios 13.
¿Cuál es el primer adjetivo que se presenta allí para el amor divino?
El amor es paciente. El amor no huye a la primera señal de que las
cosas pueden tardar, ni se enoja cuando las cosas no salen a su
manera. El amor de Dios es paciente, en las buenas y las malas.
Todo lo soporta.
La belleza de la paciencia de Dios aumenta cuando la vemos a
la luz de Su omnisciencia. La ira lenta de Dios es extremadamente
milagrosa teniendo en cuenta que Él conoce todo lo que hay en
nuestro interior. Permitimos que la molestia más insignificante ponga
a prueba nuestra paciencia: la forma en la que alguien mastica, los
platos sucios que se quedaron en la mesa, las direccionales que
alguien olvidó encender. Nos airamos por estas pequeñas “ofensas”.
Pero Dios, en contra de quien hemos cometido y seguimos
cometiendo pecados tanto pequeños como grandes, nos trata con
paciencia, a pesar de que conoce cada una de nuestras ofensas.
No pases por alto la esperanza que hay aquí: la paciencia de
Dios conlleva expectación. Él está esperando una resolución. Los
beneficiarios de Su paciencia no seguirán siendo una fuente de
frustración para siempre. Pacientemente, Él está produciendo en
nosotros tanto el querer como el hacer por Su buena voluntad.
Pacientemente, está haciendo que todas las cosas obren para
nuestro bien y para Su gloria.
Lentos para la ira
Ya que Dios abunda en paciencia, nosotros también debemos luchar
por ser pacientes. No debería sorprendernos que la Biblia enfatice
continuamente que la paciencia es el camino a la sabiduría. La
persona sabia se describe cuatro veces en Proverbios como lenta
para la ira:
El que es paciente muestra gran discernimiento;
el que es agresivo muestra mucha insensatez (Pro 14:29).
El que es iracundo provoca contiendas;
el que es paciente las apacigua (Pro 15:18).
Más vale ser paciente que valiente;
más vale el dominio propio que conquistar ciudades
(Pro 16:32).
El buen juicio hace al hombre paciente;
su gloria es pasar por alto la ofensa (Pro 19:11).
En el Nuevo Testamento, Santiago reitera brevemente la
sabiduría del Antiguo Testamento:
Mis queridos hermanos, tengan presente esto: Todos
deben estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar y
para enojarse; pues la ira humana no produce la vida justa
que Dios quiere (Stg 1:19-20).
La impaciencia es la puerta hacia una ira que se enciende
rápidamente y es injusta. Como tal, merece que la consideremos
cuidadosamente. ¿Qué la causa? ¿Cómo se puede remediar?
Contando el costo
Dicho de forma simple, la impaciencia resulta cuando no somos
buenos con las matemáticas. Cuando no calculamos el costo de un
esfuerzo o una situación en particular —el costo en términos de
nuestro tiempo, nuestra billetera o nuestro ego— nuestra paciencia
queda en números rojos. Siempre que hayas pensado: “Esto es más
difícil de lo que esperaba” o “Esto está tomando más tiempo de lo
que esperaba”, has sido tentado a ser impaciente. Y juzgando por lo
común que es la impaciencia, todos somos malos con las
matemáticas.
Cada uno de nosotros tiene áreas en la vida donde, cuando se
trata de estimar el costo, calculamos terriblemente mal. Pensamos
que el matrimonio nos dará alegría a un costo mínimo. Pensamos
que criar a los hijos le dará un significado profundo a nuestras vidas
sin ningún costo. Pensamos que el ministerio o el trabajo nos dará
propósito sin requerir mucho a cambio. Luego de descubrir la
naturaleza costosa de un compromiso, perdemos la paciencia y solo
anhelamos que mejore o termine en el menor tiempo posible.
Somos malas para calcular el costo de las relaciones, pero
también somos malas para calcular el costo de las pruebas. La
mayoría somos lo suficientemente observadoras como para
reconocer la naturaleza universal del sufrimiento. No esperamos
estar exentas, pero tendemos a esperar que pase pronto. Nos
sorprende cuando nuestra prueba no se resuelve de una forma
oportuna después de una ronda de oración y ayuno. No somos
buenas con las matemáticas. Creemos que el tiempo necesario para
ser hechas completas a través del sufrimiento es mucho más corto
que lo que Dios ordena.
Si no podemos esperar más de cinco segundos para que
cargue una página web, es probable que no soportemos una prueba
larga o que no mantengamos muy bien una relación difícil. Nuestra
ira se encenderá fácilmente cada vez que no obtengamos lo que
queramos cuando lo queramos. Amazon hace que el paquete llegue
el mismo día en que lo ordenamos. Si nos descuidamos, podemos
comenzar a ofendernos porque Dios no nos ofrece bienes y
servicios de acuerdo con nuestro horario. Incluso podemos
cuestionar Su bondad. Podemos subestimar la posibilidad de que la
espera en sí misma sea el regalo bueno y perfecto que llega
directamente a nuestra puerta.
Con frecuencia se dice de forma irónica que el secreto de una
vida feliz es tener expectativas bajas. Ciertamente hay algo de
verdad en esta idea, aunque tal vez lo que más necesitamos no son
expectativas bajas, sino expectativas correctas. Jesús dedicó un
tiempo considerable a establecer las expectativas correctas en
cuanto al costo de ser Sus discípulos. Él redefinió lo que significa
ser bendecidos, como ya vimos, pero también reajustó las
expectativas en cuanto a la respuesta del mundo al mensaje del
evangelio, a la cantidad de tiempo que tarda nuestra santificación y
a la cantidad de tiempo que tardará en llegar plenamente el Reino
del cielo. Para ayudarnos a considerar estas cosas correctamente,
Jesús relató parábolas usando la jerga de la agricultura.
La mayoría de nosotros estamos lejos de los entornos
agrícolas. No tenemos el conocimiento que tenían los que
escuchaban a Jesús, quienes sabían que el cultivo de los campos
toma tiempo. Las cosechas de trigo tardan meses en brotar. Los
viñedos tardan varios años en producir su cosecha. Una semilla de
mostaza tarda décadas en crecer y convertirse en un árbol gigante.
Tampoco entendemos bien el trabajo intenso que requiere el cultivo
de los campos. Mi experiencia limitada sembrando tomates hace
que cada día los visite y piense: “Esto está tomando más tiempo de
lo que esperaba. Es más difícil de lo que esperaba”.
Así que cuando Jesús usa imágenes relacionadas con la
cosecha en Sus historias, se asume la necesidad de la paciencia.
También se menciona explícitamente: “Y las semillas que cayeron
en la buena tierra representan a las personas sinceras, de buen
corazón, que oyen la palabra de Dios, se aferran a ella y con
paciencia producen una cosecha enorme” (Lc 8:15, NTV).
También Santiago habla de la paciencia en el contexto de la
agricultura: “Por tanto, hermanos, tengan paciencia hasta la venida
del Señor. Miren cómo espera el agricultor a que la tierra dé su
precioso fruto y con qué paciencia aguarda las temporadas de lluvia.
Así también ustedes, manténganse firmes y aguarden con
paciencia” (Stg 5:7-8).
¿Por qué es paciente el agricultor? Porque sabe, por
experiencia, exactamente cuánto tiempo y cuáles circunstancias son
necesarias para la producción de un cultivo. Él es bueno calculando
el costo.
Dios nunca es impaciente porque es muy bueno con las
matemáticas. Nunca trabaja con una expectativa equivocada de lo
que costará una circunstancia o una relación. Nunca ha mirado el
pecado continuo en tu vida pensando: “Esto está tardando más de lo
que esperaba”. Nunca ha visto los problemas en este mundo
pensando: “Esto es más difícil de lo que esperaba”. Él es capaz de
tenernos paciencia en nuestra debilidad porque entiende el fin
desde el comienzo, y porque es capaz de no solo calcular el costo
de la relación sino también de pagarlo.
El costo fue un Cordero perfecto.
Jesucristo, que es la revelación de la paciencia del Padre, es el
perfecto ejemplo humano de paciencia.
La paciencia de Cristo
Cuando termino mi recorrido al trabajo en la mañana y me siento en
mi escritorio, ya he cometido muchas veces el pecado de la
impaciencia. Y cuando voy de regreso a casa, ya lo he cometido
muchas más veces. Vivir con otros pecadores implica que nuestra
paciencia será probada regularmente. Muchas veces, nuestra ira se
encenderá y nuestra respuesta no producirá la justicia que Dios
desea.
Jesucristo vivió treinta y tres años hombro a hombro con
pecadores, y no hay duda de que fue tentado constantemente a
mostrar impaciencia y a airarse rápidamente. Sin embargo, la Biblia
registra solo dos momentos en los que Su ira se manifestó. Dos. En
treinta y tres años. Se encontraba continuamente con personas que
estaban transgrediendo los mandatos de Su Padre. Haber
expresado ira habría sido razonable, justo. Pero fue lento incluso al
expresar Su ira justa. Soportó pacientemente a los pecadores.
No solo fue paciente con los pecadores, sino que fue paciente
con las circunstancias. Coordinó los momentos de Sus milagros y
enseñanzas para que Su ministerio se desarrollara de acuerdo con
la voluntad de Su Padre. Cuando Su familia lo incitaba a acelerar las
cosas, respondía que aún no había llegado Su tiempo (Jn 2:1-5; 7:1-
8). Él sabía cómo esperar pacientemente en el Señor.
Él también fue paciente en el sufrimiento. El apóstol Pedro,
testigo presencial de la crucifixión, habla de la paciencia de Cristo
en la aflicción:
Para esto fueron llamados, porque Cristo sufrió por
ustedes, dándoles ejemplo para que sigan Sus pasos. “Él
no cometió ningún pecado, ni hubo engaño en Su boca”.
Cuando proferían insultos contra Él, no replicaba con
insultos; cuando padecía, no amenazaba, sino que se
entregaba a Aquel que juzga con justicia. Él mismo, en Su
cuerpo, llevó al madero nuestros pecados, para que
muramos al pecado y vivamos para la justicia. Por Sus
heridas ustedes han sido sanados (1P 2:21-24).
Soportó la cruz con paciencia. Cristo es nuestro ejemplo
perfecto de paciencia con los pecadores, paciencia en las
circunstancias y paciencia en el sufrimiento.
Después de hacer su famosa declaración de que era el primero
entre los pecadores, Pablo menciona el propósito de Dios al
salvarlo: “Pero precisamente por eso Dios fue misericordioso
conmigo, a fin de que en mí, el peor de los pecadores, pudiera
Cristo Jesús mostrar Su infinita bondad. Así llego a servir de
ejemplo para los que, creyendo en Él, recibirán la vida eterna”
(1Ti 1:16). Pablo sabía que la profundidad de su pecado mostraba la
profundidad de la paciencia de Cristo. Cuando vemos nuestra propia
salvación como una expresión y un ejemplo de la paciencia perfecta
de Cristo, comenzamos a desear que nuestra vida también sea un
ejemplo de esa paciencia. Comenzamos a esperar pacientemente
en el Señor. Comenzamos a tratar con paciencia a otros, incluso a
aquellos que son los primeros entre los pecadores.
Pacientes como Él es paciente
La voluntad de Dios para nuestra vida es que seamos pacientes, así
como Él es paciente. Él desea que sigamos el ejemplo de la
paciencia de Cristo y que esperemos pacientemente el regreso de
Cristo.
Cuando nos exasperemos con un amigo o un familiar que
persiste en su pecado, podemos recordar que Cristo nos trata con
paciencia. Cuando comencemos a pensar que una circunstancia se
está alargando más de lo que podremos soportar, podemos recordar
la paciencia de Cristo al esperar el tiempo del Padre en todas las
cosas. Cuando el sufrimiento nos agobie, podemos recordar que en
Su momento de mayor sufrimiento, Cristo se mantuvo firme e
incluso oró por el perdón de Sus enemigos. Y cuando nos sintamos
desanimados con nosotros mismos por seguir cediendo ante el
pecado, podemos recordarnos a nosotros mismos —y no puedo
creer que esté diciendo esto— que debemos ser pacientes porque
Dios aún no ha terminado con nosotros.
Y tampoco ha terminado con Su iglesia, Su novia, que espera
Su regreso. La paciencia no es solo la capacidad de esperar, sino
de perseverar. No es simplemente crujir los dientes y esperar que
una circunstancia cambie o que una prueba se resuelva, marcando
los días en el calendario. Es vivir conscientes cada día de que Dios
sostiene todas las cosas y de que, a la luz de la eternidad, cualquier
problema que enfrentemos en esta vida es ligero y momentáneo. El
pecado y el sufrimiento tienen una fecha de expiración. No son
eternos. Los que esperan pacientemente el regreso de Cristo lo
hacen con la seguridad de que todas las cosas serán hechas
nuevas y con la convicción de que todos los días hasta ese día
cuentan para la eternidad.
La iglesia debe ser un baluarte de paciencia. Mientras el resto
del mundo persigue la siguiente novedad cada ocho segundos o
menos, nosotros debemos ser aquellos que fijan sus ojos en lo
eterno. Debemos ser conocidos por nuestra capacidad de
permanecer cuando amar a nuestro prójimo tarde más y sea más
difícil de lo que esperábamos. Es necesario tener paciencia para
correr con resistencia, pero esa es la carrera que el mundo necesita
vernos correr. Eso puede ser lo que capture y mantenga su atención
en un mundo de peces dorados. Hagamos que la paciencia sea un
rasgo que se pueda encontrar entre el pueblo de Dios. Él aún no ha
terminado con nosotros.
Versículos para meditar
Salmos 37:7
Salmos 86:15
Romanos 15:4-5
Colosenses 3:12-13
2 Pedro 3:14-15
Preguntas para reflexionar
1. Piensa en la persona que más pone a prueba tu paciencia.
¿Cuáles expectativas equivocadas podrían estar
contribuyendo a tu falta de paciencia con esa persona? ¿De
qué forma el ejemplo de Cristo te enseña a replantear tus
expectativas?
2. Reflexiona en Proverbios 19:11. ¿Qué tanto te caracteriza el
término “lento para la ira”? ¿Qué temes perder si decides
pasar por alto una ofensa?
3. Piensa en un período en el que hayas pasado por alguna
prueba. ¿Cómo produjo paciencia en ti de una forma que tal
vez no habrías podido desarrollar en otra situación? ¿Qué
aprendiste sobre Dios durante ese proceso? ¿Cómo cambió
esa experiencia la forma en la que entiendes la paciencia de
Cristo?
4. ¿Cómo has percibido la paciencia de Dios en tu propia lucha
continua con el pecado? ¿Qué significa ser pacientes en
nuestro proceso de santificación sin excusar el pecado? Da un
ejemplo.
Oración
Escribe una oración al Señor dándole gracias por Su paciencia
hacia los pecadores y hacia ti en particular. Pídele que te ayude
para que tu paciencia hacia otros crezca y puedas realmente
esperar en Él en medio de tus circunstancias. Pídele que te ayude a
ser lento para la ira y rápido para pasar por alto las ofensas. Dale
gracias por el ejemplo fiel de Cristo, quien nos muestra el camino de
la paciencia.
9
Dios, el más veraz
Y aunque este mundo lleno de demonios
amenace con destruirnos,
no temeremos porque Dios ha querido
que Su verdad triunfe a través de nosotros.
Martín Lutero, 1529
Esta mañana, antes de sentarme a escribir, me tomé un tiempo para
responder correos electrónicos. Este es un patrón clásico de
procrastinación para mí en los días que debo escribir, diseñado para
hacerme sentir que al menos logré reducir mi bandeja de entrada,
sea que haya escrito o no. Pero hoy me salió el tiro por la culata.
En mi bandeja de entrada había una invitación a un evento al
que no quería asistir. El anfitrión, al ver que pocos habían
confirmado su asistencia, pidió a todos los invitados que le dijeran
las razones por las que no querían asistir. Yo respondí diciendo que
mi familia ya había hecho planes para ese fin de semana y que
lamentaba mucho no poder asistir.
Eso era mentira. Por favor, no pases por alto lo que estoy
diciendo: en la mañana que había apartado para escribir un capítulo
sobre la veracidad de Dios, mi primer impulso al abrir mi
computadora fue tergiversar la verdad. Eliminé la respuesta y envié
una que, aunque seguía siendo amable y corta, al menos era
honesta. Pero tuve que preguntarme si habría reconocido la voz de
mi conciencia si no hubiera acabado de pasar varios días
investigando sobre la psicología de la mentira para este capítulo.
¿Cuántas veces oculto la verdad sin titubear, incluso sin darme
cuenta de que lo estoy haciendo?
Entre todas las habilidades verbales, la mentira es una que
adquirimos rápida y fácilmente. En niños entre las edades de 1 y 2
años, la capacidad de mentir es considerada una señal de que hay
un desarrollo cognitivo normal.23 El habla amable toma años en
desarrollarse. Las palabras respetuosas exigen miles de
repeticiones para que los niños las retengan. Pero ¿mentir? Es
como si naciéramos con las semillas del engaño listas para brotar
en nosotros con nuestras primeras palabras.
Porque, seamos honestos, es así que nacemos. Desde que el
padre de la mentira anduvo como serpiente en el jardín y distorsionó
la verdad del Padre de las luces, los seres humanos han mostrado
una aptitud para hablar con la lengua bifurcada de la serpiente. Allí
estábamos, puestos cuidadosamente en el paraíso, la verdad de
Dios revelada claramente a nosotros: coman todo lo que quieran de
todos estos árboles. No coman de este o morirán.
Y entra el engañador para hacer sutilmente lo que los
mentirosos saben hacer bien. Cuestionó la credibilidad del Dador de
la verdad, distorsionó Sus palabras y luego negó rotundamente Sus
afirmaciones.
Con razón la humanidad adoptó rápidamente los patrones de
habla ante los cuales sucumbieron. Después de la Caída, las
primeras palabras registradas de Adán son una mentira. Cuando
Dios le pregunta dónde está, responde: “Escuché que andabas por
el jardín, y tuve miedo porque estoy desnudo. Por eso me escondí”
(Gn 3:10). Por supuesto, su miedo no se debe a que está desnudo.
Tiene miedo porque ha transgredido la ley de Dios. Cuando Dios le
pregunta directamente si ha comido del fruto prohibido, va más allá
en su engaño al hacerse pasar por víctima: “La mujer que me diste
por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí” (Gn 3:12).
Vaya, Adán. Un simple “sí” o “no” habría bastado. No era
necesario inventarse una excusa.
Y en medio de mi gesto de exasperación, recordé el correo que
quise adornar. Proverbios 12:22 dice: “Al Señor le repugnan los
labios mentirosos; pero le agradan los que dicen la verdad” (RVC).
¿Por qué un lenguaje tan fuerte hacia los mentirosos? Porque los
que han sido creados a la imagen de la Verdad perfecta deberían
reflejar la verdad absoluta de su Hacedor.
Dios es verdad
Dios es verdad. Él es el origen de la verdad y quien la determina. Lo
que Él define como verdad es eternamente verdadero, una verdad
invariable. Ya que Él es verdad, todas Sus acciones revelan verdad
y todas Sus palabras la declaran. Como la plenitud de la verdad
misma, Dios es incapaz de mentir, aunque algunas veces nuestra
percepción limitada nos haga dudar de que es así. Satanás lo sabe
y nos tienta, así como tentó a Eva. Sugiere que, si pecamos, no
vamos a morir, como Dios había dicho que sucedería. Al igual que
Eva, cruzamos la línea del pecado y nos damos cuenta de que
todavía estamos respirando —de que todavía estamos vivos— y
asumimos equivocadamente que la serpiente es la que habla la
verdad. Pero el tiempo revela que en realidad estamos muriendo, tal
como Dios había advertido. El pecado no es solo rechazar la
voluntad de Dios. Es rechazar la verdad, negar lo que es real
(Ro 1:25).
Dios no solo habla la verdad absoluta en cuanto al pecado, Él
dice la verdad absoluta sobre la gracia. Si confesamos nuestro
pecado e invocamos el nombre del Señor, Él nos perdona, tal como
dijo que lo haría. Aunque estábamos muertos en nuestros delitos, Él
“nos dio vida con Cristo” (Ef 2:5). Satanás también desea llevarnos a
cuestionar la veracidad de Dios en cuanto a esto. Con cada pecado
que cometemos siendo creyentes, somos tentados a creer que
nuestro pecado es más grande que la gracia de Dios. Pero solo el
hecho de que esto nos preocupe es evidencia de que seguramente
estamos vivos —tal como el Señor dijo que lo estaríamos.
La verdad es todo lo que se ajusta a la realidad. Así que cuando
reconocemos que Dios es veraz, no solo afirmamos que Él es
honesto, sino que afirmamos que Él define la realidad. La
temperatura a la que el agua hierve es una realidad. La altura del
monte Kilimanjaro es una realidad. Los humanos pueden medir
estas realidades. Dios define esas cosas. Pero nuestro Dios infinito
articula una realidad que va más allá de la capacidad humana de
medir. No hay duda de que somos malos midiendo los efectos
negativos del pecado, pero Dios sigue siendo fiel para recordarnos
la verdad de que el pecado es mortal. No nos molestamos en
calcular los efectos positivos de vivir rectamente, pero Dios sigue
siendo fiel para guiarnos a la verdad de su valor eterno.
Dios, como fuente y dueño de todo conocimiento, no puede ser
otra cosa que veraz. Él define la realidad porque Él es su origen. Al
declarar que nuestro Dios define una realidad objetiva, el
cristianismo niega rotundamente la noción del relativismo moral, que
dice que nosotros decidimos lo que está bien y lo que está mal. Lo
que Dios dice que es bueno es verdaderamente bueno, y lo que
Dios dice que es malo es verdaderamente malo.
La verdad no es relativa
El relativismo moral, la idea de que “lo que está bien para ti puede
que no esté bien para mí”, es un producto de mentes finitas. Es una
forma de adaptar la perspectiva limitada con la que operamos. El
relativismo moral afirma que la verdad personal es la expresión más
importante de la verdad que pudiéramos tener, y que no existe una
verdad más importante y absoluta.
La ilustración clásica de esta idea es la historia de los hombres
ciegos y el elefante. Cada uno lo percibe como algo diferente
dependiendo de la parte del elefante que toca: a uno le parece que
es como una pared, a otro que es una serpiente, a otro que es una
lanza y así sucesivamente. Esta ilustración se usa para afirmar que
es posible que todos los hombres tengan la razón, aunque solo sea
parcialmente.
La historia del elefante viene de escritos budistas e hinduistas, y
asume que todos somos ciegos. Pero ¿qué pasaría si una persona
que no es ciega pudiera venir e instruir a los ciegos en cuanto a la
naturaleza del elefante? Aún mejor, ¿qué pasaría si esa persona
hiciera milagros y pudiera sanar a los ciegos? Una persona así
probablemente iría más allá y ayudaría a esos que ahora pueden
ver a percibir apropiadamente un mundo que solo conocían en la
oscuridad. Esta sí sería una historia realmente trascendental.
Y esta sería la historia de la Biblia, donde encontramos el único
remedio para aquellos que se han dejado cautivar por el relativismo
moral. La Biblia declara que Dios mismo es quien define la realidad
y que Sus criaturas están sujetas a Sus definiciones. Al igual que la
historia del elefante, declara que las personas aman la oscuridad,
pero también habla de la luz que brilló en medio de esa oscuridad,
revelando la verdad a aquellos que alguna vez fueron ciegos. Como
todo sistema de creencias, el cristianismo plantea y responde las
preguntas existenciales que todo humano debe enfrentar:
Origen: ¿De dónde vengo?
Propósito: ¿Por qué estoy aquí?
Problema: ¿Qué anda mal?
Solución: ¿Cuál es la solución para lo que anda mal?
La forma en que la Biblia responde estas preguntas enmarca la
cosmovisión cristiana, la realidad a partir de la que cual operamos:
Origen: No somos un accidente cósmico; fuimos creados por
Dios.
Propósito: Existimos para dar gloria a Dios y para disfrutar de
Él por siempre.
Problema: Al igual que Adán y Eva, cambiamos la verdad de
Dios por una mentira y nos rebelamos en contra de nuestro
Creador; estamos muertos espiritualmente.
Solución: Dios envió a Su Hijo a redimirnos de la muerte y
darnos vida.
Tarde o temprano, todos los cristianos tendremos que defender
esta cosmovisión. A muchos nos aterra la idea. No soy maestra de
apologética, para nada, pero la razón más convincente que tengo
para creer en la veracidad de las afirmaciones de la Biblia es que
responde las preguntas (de dónde venimos, por qué estamos aquí,
cuál es el problema y cuál es la solución a ese problema) de una
forma más convincente que cualquier otro sistema de creencias que
haya encontrado. Su forma de describir el pecado es precisa. La
solución que propone para el pecado trasciende el esfuerzo
humano. El propósito que da para la existencia humana hace que
los verdaderos creyentes vivan sacrificialmente.
La cosmovisión cristiana es una perspectiva racional. Es
racional porque es la realidad. No solo es racional, sino que también
es buena. La verdad de Dios es una verdad buena. Cualquier otro
sistema de creencias requiere ganar una recompensa a través del
sacrificio o la disciplina. Dependiendo del sistema de creencias, la
recompensa podría ser el conocimiento de uno mismo o el paraíso,
pero el cristianismo es el único sistema de creencias que no incluye
la noción de uno ganarse algo. También es el único que propone
una solución permanente para la carga de nuestra culpa. Solo el
cristianismo habla de una vida sacrificial como un fin y no como un
medio, como una respuesta de gratitud y no como un remedio
forzado. La realidad de Dios es verdadera, y la realidad de Dios es
buena.
La verdad compartida
La Biblia contradice no solo el relativismo moral, sino cualquier
noción de una “verdad personal” que no esté basada en la verdad
que se nos ha revelado. La verdad de Dios es comunal, dada no
solo para que el individuo pueda relacionarse correctamente con
Dios, sino para que pueda relacionarse correctamente con los
demás. La fe cristiana no es individualista. Poco después de crear a
Adán, Dios declara que su soledad “no es buena” y soluciona la
situación con la comunidad. El creyente, aunque es llamado a tener
una relación personal con Dios, es llamado a tener comunión con
otros creyentes. El cristianismo y el individualismo son ideas
opuestas.
En la actualidad, el mensaje cultural prevalente es “vive tu
verdad”, pero esta idea no es novedosa. Es otro lema que refleja el
mismo individualismo de siempre, la misma búsqueda de la
autoexaltación. Frases como “Sigue tu corazón”, “Si te sientes bien,
hazlo” o incluso las palabras de Pilato a Jesús, “¿Cuál es la
verdad?”, son formas de decir que la verdad la determina la
percepción de cada persona. Podrías reemplazar cualquiera de
estas frases por la que dijo la serpiente —“No morirás”— y la
historia de la Caída sería la misma.
Desde el jardín, nos sentimos más identificados con el pecado
que con la rectitud. “Vivir mi verdad” es vivir según lo que a mí me
parece normal, andar por el camino que al hombre le parece recto
(Pro 14:12). El problema de vivir mi verdad es que, por encima de
todo, el corazón es engañoso y malvado (Jer 17:9) y me forja una
realidad falsa basada en mis preferencias naturales, una realidad en
la que mis preferencias y deseos suelen tener prioridad sobre los de
otros. Vivir mi verdad evitará que otros vivan su verdad si sus
preferencias son diferentes a las mías. Vivir mi verdad me vuelve
incapaz de vivir en una comunidad bíblica, es decir, una en donde
mi propósito no sea materializar todas mis preferencias personales,
sino dejarlas de lado por el bien de otros. El problema de vivir mi
verdad es que mi verdad es una mentira.
En vez de “vivir mi verdad”, anhelo que Dios me guíe a vivir la
Suya, la única que hay, la verdad que rechaza el aislamiento en
lugar de promoverlo. Al hacerlo, me sumerjo en la comunidad que
es preservada únicamente por la verdad que comparten todos sus
miembros.
Una “revelación fresca”
En los últimos años la iglesia ha enfatizado la naturaleza personal
del evangelio, una característica distintiva y verdaderamente
hermosa de nuestra fe. Sin embargo, sin querer, a veces la
naturaleza colectiva del evangelio se ha dejado de lado. Y eso se
refleja en nuestros servicios de adoración. Los sitios web de
nuestras iglesias pueden declarar los credos con los que nos
identificamos y las liturgias que confesamos, pero las iglesias los
recitan cada vez menos como congregación. La confesión colectiva
queda en el olvido porque planeamos nuestro tiempo como iglesia
enfocándonos más en la experiencia individual que en la expresión
de la comunidad. Con esta mentalidad corremos el riesgo de reflejar
la idea secular de que la verdad es mía y puedo hacer lo que quiera
con ella.
Necesitamos que nuestros tiempos de reunión nos recuerden
que la verdad en la que estamos invirtiendo nuestra vida es una
verdad que compartimos con todo creyente en nuestra
congregación. Además, es una verdad que compartimos con todos
los creyentes que han existido. Es una verdad antigua que no pierde
su integridad con el paso del tiempo. De hecho, entre más perdura,
más se confirma su testimonio.
Cada palabra de Dios es veraz y buena, pero además de eso,
no pierde relevancia. La práctica de pedirle a Dios una “revelación
fresca”, una nueva verdad personalizada, se ha vuelto cada vez más
popular. A veces nos llegamos a creer que ya conocemos tanto esas
palabras antiguas que sería razonable pedir revelaciones que estén
un poco más actualizadas. Al enfrentar la incertidumbre o la
dificultad, mi percepción es que me sentiría mejor si las palabras
fueran exclusivamente para mí y mis circunstancias. Pero lo que
necesitamos no son verdades nuevas; necesitamos recordar las
verdades antiguas que hemos olvidado. Lo que necesitamos no son
verdades personales, sino una verdad que ha sido compartida,
preservada y transmitida de una generación de creyentes a la
siguiente, personalizada para nosotros hoy. Esa verdad compartida
está disponible en las páginas de la Palabra de Dios para mí y para
todos los que creen.
Jesús dijo a Sus discípulos: “Si se mantienen fieles a Mis
enseñanzas, serán realmente Mis discípulos; y conocerán la verdad,
y la verdad los hará libres” (Jn 8:31-32). El llamado de Jesús es a
permanecer en lo que ya fue dado, en lo que ya hemos recibido. Al
permanecer en las enseñanzas de Jesús, sabremos lo que es
verdad y sabremos cómo identificar el error. No solo eso, sino que
seremos liberados de nuestros corazones engañosos, recibiendo “la
verdad en lo íntimo” (Sal 51:6).
Inspirados por el Espíritu Santo, los autores de la Biblia
escribieron con un propósito intencional en mente. El tiempo y la
cultura pudieran separarnos de ese significado, pero nuestra tarea
es encontrar en ese texto la aplicación atemporal que trasciende
culturas, extraer lo que se quiso comunicar. Ver la Biblia como una
verdad compartida nos ayuda a no caer en la trampa de
obsesionarnos con “lo que este versículo significa para mí” al
estudiarla. Nuestra tarea no es asignarle un significado personal al
texto. El texto da una aplicación personal, pero esta proviene y
depende de la interpretación objetiva, cuidadosa y contextualizada
de lo que quería decir el autor. “Lo que este versículo significa para
mí” solo se puede considerar después de haber analizado
cuidadosamente lo que el versículo significa.
Aun teniendo ojos espirituales para reconocer la verdad, a
veces somos selectivos en las verdades que consideramos.
Podemos obsesionarnos con una parte del elefante, amándola de
una forma que nos lleva a ignorar el resto. El creyente tiene el deber
de buscar y acatar la verdad, toda la verdad y nada más que la
verdad. Para cumplir este encargo es necesario tener en cuenta
todo el consejo de la Palabra de Dios.
Conoce la verdad
En el mundo artístico, las pinturas falsificadas constituyen un riesgo
para los vendedores de arte y sus clientes. Es importante saber
cómo identificar una obra falsa. Lo mismo sucede con el dinero
falso. Incluso en la era del comercio electrónico, el dinero falso sigue
siendo un problema de grandes proporciones. El Federal Reserve
Bank of Chicago estima que actualmente hay más de 61 millones de
dólares en moneda falsa circulando en los Estados Unidos.24 Los
que falsifican dinero dependen de nuestra habilidad para diferenciar
las pinturas o los billetes auténticos. Los investigadores de fraudes
no pueden aprender a identificar lo falso estudiando solamente lo
falso. La mejor arma que tienen para detectar el fraude es su
conocimiento de los originales. Aprenden a distinguir lo que es falso
estudiando lo que es real.
Lo mismo aplica para los discípulos de Jesús. No podemos
discernir lo que es falso si no entrenamos nuestros ojos con la
verdad. La mejor arma que tenemos para distinguir entre una
enseñanza verdadera y una falsa, para distinguir entre el pecado y
la rectitud, es “la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios”
(Ef 6:17). La Palabra de Dios es un arma forjada para combatir la
falsedad. Debemos aprender a manejar la Biblia como es debido y
conocerla lo más exhaustivamente posible en el tiempo que
tengamos de vida. Si el terreno del padre de la mentira es la guerra
espiritual, debemos armarnos con la verdad. La verdad es un libro, y
ese libro es un arma.
Pero la verdad también es una Persona.
Jesucristo, el Verbo hecho carne, es también la encarnación de
la verdad. Él se proclama como “el camino, la verdad y la vida”
(Jn 14:6) y nos muestra lo que significa manejar la verdad
correctamente. Con ella reprende al fariseo y atrae al extraviado.
Con ella destruye las mentiras de Satanás en el desierto. Con ella
instruye a Sus discípulos y corrige las enseñanzas falsas de Su
época. La Palabra de verdad dice: “En verdad, en verdad les
digo…”, y benditos son todos los que responden con un: “Amén”.
Él ascendió al cielo, pero nosotros seguimos aquí. Ahora somos
nosotros quienes debemos encarnar la verdad y preservar la
realidad, porque somos “la iglesia del Dios viviente, columna y
fundamento de la verdad” (1Ti 3:15). ¿Cuál es la voluntad de Dios
para tu vida? Su voluntad es que conozcas la verdad (Jn 8:32). Que
practiques la verdad (3Jn 1:4). Que hables la verdad en amor
(Ef 4:15). Que seas santificado en la verdad (Jn 17:17). Que te
regocijes con la verdad (1Co 13:6). Que manejes con precisión la
verdad (2Ti 2:15). Que obedezcas la verdad (1P 1:22).
La voluntad de Dios es que tomes tu lugar en la comunidad de
creyentes, proclamando y viviendo la verdad en un mundo que está
lleno de mentiras. La honestidad debe caracterizar todos tus actos,
sean grandes o pequeños, para que cuando te pidan razón de la
esperanza que hay en ti, tu credibilidad sea una conclusión
anticipada. Y cuando te pregunten, proclama a Cristo como el
camino, la verdad y la vida. Invítalos a conocer lo que es real.
Versículos para meditar
Números 23:19
Salmos 19:9
Salmos 119:160
Isaías 45:19
Juan 1:14
Juan 8:31-32
Juan 17:17-19
Preguntas para reflexionar
1. ¿Qué tan propenso eres a mentir u ocultar la verdad? ¿En
cuáles situaciones es más probable que mientas? ¿Qué estás
tratando de proteger o de qué te escapas cuando lo haces?
2. ¿Cómo has sido influenciado por el relativismo moral (“Lo que
está bien para ti puede que no esté bien para mí”)? ¿Qué nos
motiva a aceptar el relativismo moral?
3. ¿Qué tiene que ver la confesión de pecados con ser una
persona que anda en la verdad? ¿Qué indica la falta de
disposición o la lentitud para confesar el pecado sobre cuánto
valoramos la veracidad?
4. ¿De qué manera debería el deseo de crecer en veracidad
mejorar nuestra relación con Dios? ¿Cómo debería mejorar
nuestras relaciones con otros? Da un ejemplo específico en
cada pregunta.
Oración
Escribe una oración a Dios pidiéndole que grabe Su verdad en tu
ser interior. Pídele que te ayude a odiar la deshonestidad, a discernir
las enseñanzas falsas y a amar la verdad de Su Palabra. Dale
gracias por la libertad que has recibido a través de Jesucristo, la
Verdad misma de Dios.
10
Dios, el más sabio
A Dios, el único que es sabio,
nuestro Salvador y nuestro Rey,
que todos los santos debajo del cielo
se humillen y le adoren.
Isaac Watts, 1707
El 2 de octubre de 1950, la sabiduría empezó a difundirse en la
sección de las tiras cómicas del periódico, a través de cuatro viñetas
dibujadas a mano. Ese día, el mundo conoció a Charlie Brown, el
personaje principal de la pandilla de Peanuts, un grupo de niños (y
un perro y un pájaro) que cautivarían a los lectores durante
cincuenta años.25 En su época de mayor popularidad, la aclamada
tira cómica de Charles Schulz se publicaba en más de 2.600
periódicos, alcanzando a 355 millones de lectores en 75 países.26
¿Cuál fue el secreto de su éxito? No hay duda de que la gente
se podía identificar con los problemas que enfrentaban los
personajes, y el humor de Schulz era muy agradable, pero había un
elemento adicional que lo hacía genial: los niños de Schulz
hablaban con una sabiduría que sobrepasaba su edad:
“Desarrollé una nueva filosofía. ¡Solo le temo a un día a la
vez!”. —Charlie Brown
“La vida es como una bicicleta de diez velocidades…
algunos tenemos velocidades que nunca usamos”. —Linus
van Pelt
“Es simplemente parte de la naturaleza humana… todos
necesitamos a alguien que nos dé un beso de despedida”.
—Marcie Johnson27
Nos encantan los niños sabios en los libros y las películas. C. S.
Lewis y J. K. Rowling han demostrado el poder y el encanto
perdurable de personajes como esos. Nos intrigan porque,
intuitivamente, asociamos la sabiduría con más edad y madurez. La
sabiduría profunda no es común entre los niños —por lo general, es
el producto de años de aprendizaje y experiencia. Nadie busca
mentores en los preescolares.
Job reflexiona: “Entre los ancianos se halla la sabiduría; en los
muchos años, el entendimiento” (Job 12:12). A la luz de esto, piensa
cuánta sabiduría se encuentra en el que es llamado el Anciano de
días.
La sabiduría se relaciona estrechamente con el conocimiento,
pero son dos conceptos diferentes. Tener conocimiento es poseer
información. Tener sabiduría es poder discernir qué es lo mejor que
se puede hacer con la información que uno posee. La sabiduría nos
permite tomar buenas decisiones basadas en el conocimiento que
tenemos disponible. El humano más sabio que conozcas es capaz
de decidir equivocadamente, simplemente porque no conoce todos
los hechos. Los humanos sabios deciden sabiamente al usar la
información que tienen para extrapolar y determinar el mejor curso
de acción.
Como Dios no está limitado por el tiempo, es capaz de
determinar el fin desde el comienzo, actuando dentro del tiempo con
una consciencia perfecta de todos los resultados. Piensa en toda la
sabiduría que reside en el que tiene todo el conocimiento. Como
Dios conoce todas las cosas, es capaz de escoger los finales
perfectos.
Dios, a diferencia de ti y de mí, nunca tiene que extrapolar. Al
conocer todos los hechos, los combina perfectamente y siempre
toma decisiones sabias. El entendimiento de los humanos sabios
podría estar nublado por sesgos personales, pero Dios tampoco
tiene esa limitación. Su sabiduría es perfecta y también es buena.
Podemos decir que una persona malvada es un “genio malvado”,
pero no podemos decir que es sabio. La sabiduría implica bondad
moral, la cual Dios posee en cantidades infinitas. Los caminos que
escoge siempre son sabios y siempre son buenos.
Aunque la sabiduría es una señal de madurez en los humanos,
en Dios es simplemente un hecho. Él no crece en sabiduría, sino
que es infinitamente sabio y Su sabiduría nunca crece ni decrece.
Dios entiende y hace todo exactamente de la forma correcta.
Siempre lo ha hecho y siempre lo hará. Su sabiduría trasciende la
sabiduría humana por una distancia infinita: “Pues la locura de Dios
es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad de Dios es
más fuerte que la fuerza humana” (1Co 1:25).
La sabiduría y la insensatez
Ya que tenemos una capacidad relativamente limitada de obtener o
retener conocimiento, es asombroso que a un humano se le llame
“sabio”. La realidad es que los humanos pueden aprender a actuar
con sabiduría si así lo deciden. Aunque la sabiduría se asocia con la
madurez, no es un don que viene necesariamente con la edad. Es
posible vivir una vida de insensatez de principio a fin.
Ya que estamos diseñados para vivir en comunidad con otros,
la insensatez nunca afecta solamente al individuo que la escoge.
Los seres humanos desean la sabiduría porque, al escoger los
mejores resultados, buscamos el bien de todos, no solo el nuestro.
La sabiduría ayuda a la comunidad y nos permite vivir en paz unos
con otros. La insensatez solo busca servirse a sí misma y lleva a la
comunidad al caos.
La insensatez es el “camino que al hombre le parece recto”
(Pro 14:12). Por nuestra tendencia a desear lo malo, le llamamos
sabio a lo que es necio y necio a lo que es sabio. El apóstol Pablo le
advirtió a la iglesia en Corinto sobre este peligro:
Que nadie se engañe. Si alguno de ustedes se cree sabio
según las normas de esta época, hágase ignorante para
así llegar a ser sabio. Porque a los ojos de Dios la
sabiduría de este mundo es locura. Como está escrito: “Él
atrapa a los sabios en su propia astucia”; y también dice:
“El Señor conoce los pensamientos de los sabios y sabe
que son absurdos” (1Co 3:18-20).
Nos encanta engañarnos a nosotros mismos diciéndonos que
hacemos bien al ponernos a nosotros mismos de primero. Y nos
encanta creer que en realidad no estamos siendo egoístas al
hacerlo. Nos consideramos sabios pero, como dice Proverbios,
vamos por un camino de muerte.
Cuando la Biblia hace la distinción entre la sabiduría piadosa y
la sabiduría del mundo, no está distinguiendo una forma de
sabiduría que es mejor que otra; está distinguiendo entre la
verdadera y la falsa, entre sabiduría e insensatez. La sabiduría del
mundo no es sabiduría en absoluto. Santiago escribe:
¿Quién es sabio y entendido entre ustedes? Que lo
demuestre con su buena conducta, mediante obras hechas
con la humildad que le da su sabiduría. Pero, si ustedes
tienen envidias amargas y rivalidades en el corazón, dejen
de presumir y de faltar a la verdad. Esa no es la sabiduría
que desciende del cielo, sino que es terrenal, puramente
humana y diabólica. Porque donde hay envidias y
rivalidades, también hay confusión y toda clase de
acciones malvadas. En cambio, la sabiduría que desciende
del cielo es ante todo pura, y además pacífica, bondadosa,
dócil, llena de compasión y de buenos frutos, imparcial y
sincera. En fin, el fruto de la justicia se siembra en paz para
los que hacen la paz (Stg 3:13-18).
Observa el fuerte contraste que hace Santiago. La sabiduría del
mundo y la sabiduría piadosa son contrarias y antitéticas:
La sabiduría del mundo se promociona a sí misma. La sabiduría
piadosa exalta a otros.
La sabiduría del mundo busca el mejor lugar. La sabiduría
piadosa busca el lugar más bajo.
La sabiduría del mundo evita el espejo de la Palabra. La
sabiduría piadosa se somete al espejo de la Palabra.
La sabiduría del mundo confía en las posesiones terrenales. La
sabiduría piadosa confía en los tesoros celestiales.
La sabiduría del mundo se jacta. La sabiduría piadosa es lenta
para hablar.
La sabiduría del mundo dice que las pruebas te aplastarán. La
sabiduría piadosa dice que las pruebas te ayudarán a madurar.
La sabiduría del mundo dice que la tentación no es la gran
cosa. La sabiduría piadosa dice que caer en la tentación lleva a la
muerte.
La sabiduría del mundo dice: “Ver es creer”. La sabiduría
piadosa dice: “Dichosos los que no han visto y sin embargo creen”
(Jn 20:29).
La sabiduría del mundo es autoritaria. La sabiduría piadosa
trabaja con mansedumbre.
Dicho de forma simple, cualquier pensamiento, palabra o acto
que ponga en riesgo nuestra habilidad para amar a Dios y al prójimo
es una insensatez. Es necedad absoluta. Es el colmo de la
estupidez. Los que tienen la sabiduría del mundo se oponen a Dios,
actuando según su propio entendimiento de lo que es mejor, una
perspectiva que solo busca lo mejor para ellos.
Pero el mismo escritor que nos implora que distingamos y
evitemos la sabiduría del mundo, también anhela que sepamos
cómo obtener la sabiduría piadosa. Santiago nos recuerda que
podemos pedirla: “Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela
a Dios, y Él se la dará, pues Dios da a todos generosamente sin
menospreciar a nadie” (Stg 1:5). Esta es una declaración
maravillosa. ¿Te falta sabiduría? Solo pídela. Dios te la dará. Punto.
Si descubres que te falta inteligencia y entendimiento, considera
la posibilidad de que no tienes porque no pides. Dios espera tu
petición, y te responderá con gusto.
Pedir sabiduría
En 1 Reyes 3 vemos al rey Salomón haciendo exactamente lo que
Santiago instruye. Probablemente tiene poco más de 20 años y
asciende al trono como sucesor del rey más célebre de Israel, su
padre, David. Gobernar una gran nación es difícil, pero aún más
cuando te toca hacerlo después de un rey legendario. Dios le dice a
Salomón que le concederá lo que le pida. Al enfrentar el escenario
clásico del genio de la lámpara, Salomón no pide riqueza ni poder,
sino sabiduría para discernir el bien del mal y así poder gobernar
sabiamente. Y Dios se la concede. De inmediato, Salomón se
encuentra en un juicio muy público de sus habilidades para
gobernar. Con los ojos de una nación sobre él, escucha una pelea
entre dos mujeres.
Son prostitutas que viven en la misma casa y ambas habían
dado a luz recientemente a varones. Es asombroso que su caso se
escuche, ya que pertenecen al estrato más bajo de la sociedad.
Salomón empezó a demostrar su sabiduría al escucharlas con
compasión y evitar el favoritismo. Pero se requerirá aún más
sabiduría para administrar justicia. Uno de los bebés ha muerto y las
mujeres pelean por el bebé que está vivo. Cada una dice algo
diferente. No hay cámaras de seguridad ni testigos presenciales que
puedan confirmar o negar sus testimonios; no hay pruebas de ADN
que establezcan el parentesco. Solo está Salomón, con un mar de
ojos sobre él que esperan ver cómo gobernará.
Este es el punto en el que actuaríamos diferente, con más
“espiritualidad” que Salomón. Al enfrentarnos con una situación
aparentemente imposible de solucionar, le pediríamos a todos un
momento para buscar al Señor. Inclinaríamos la cabeza
piadosamente y oraríamos: “Señor, Tú conoces todas las cosas.
Deseas la justicia. Por favor, muéstrame cuál es la verdadera
madre”. ¿Qué tiene de malo esa oración? Es una súplica honesta
por sabiduría en una situación difícil, ¿no?
Pero eso no es lo que hace Salomón. En cambio, en una de las
escenas más dramáticas de toda la Escritura, dice: “Tráiganme una
espada... Partan en dos al niño que está vivo, y denle una mitad a
esta y la otra mitad a aquella” (1R 3:24-25). Inmediatamente, la
madre real implora que se le perdone la vida al bebé y que se lo
entreguen a su adversaria. Al haberse revelado su identidad, le
devuelven al niño y “cuando todos los israelitas se enteraron de la
sentencia que el rey había pronunciado, sintieron un gran respeto
por él, pues vieron que tenía sabiduría de Dios para administrar
justicia” (1R 3:28).
Sabiduría vs. conocimiento
Hay muchas cosas que me gustan de esta historia. Me gusta que
incluso los más desprovistos en Israel reciben justicia y compasión
en vez de convertirse en un “caso desestimado”. Me gusta que una
madre reciba de nuevo a su hijo. Me gusta que un líder joven reciba
ánimo y afirmación. Pero también me gusta cómo esta historia nos
aclara lo que significa actuar con sabiduría.
Al enfrentar una situación similar, tú y yo elevaríamos una
“oración por sabiduría”, cuando en realidad es una oración pidiendo
conocimiento. Es común que los confundamos. Salomón, que sabe
que ya ha recibido sabiduría, no le pide conocimiento a Dios. Él ya
tiene todo el conocimiento que necesita para actuar sabiamente.
Salomón toma lo que conoce sobre la naturaleza humana, sobre el
deseo natural de una mujer de proteger a su hijo, y lo usa para
exponer las verdaderas motivaciones de las mujeres. Y Dios honra
la fe que él demuestra en este proceso.
Con frecuencia oramos por sabiduría cuando lo que realmente
buscamos es conocimiento. Dime qué hago, Señor. Dime qué
compromiso debo aceptar, qué palabras debo decir, dónde debo
vivir y para quién debo trabajar. Incluso podríamos recordarle a Dios
que en Santiago 1:5 nos dice que recibiremos sabiduría si se la
pedimos. Pero no estamos pidiendo entendimiento; estamos
pidiendo información. Y, al hacerlo, revelamos nuestra falta de
voluntad para pasar de la inmadurez a la madurez en nuestro
discipulado.
Mi hija Mary Kate, de veinte años, vino a casa durante las
vacaciones de verano de la universidad. Imagina que viniera a la
cocina una mañana de junio (en Texas) y me preguntara: “Mamá,
¿me pongo una camiseta o un suéter?”; “Mamá, ¿qué debo comer
de desayuno?”; “Mamá, ¿qué zapatos debo usar?”. A su edad, estas
preguntas serían inapropiadas, incluso podrían causar
preocupación. Mi trabajo como madre es criar a mi hija para que
tenga un marco interno que le ayude a tomar decisiones. No debería
tomar esas decisiones por ella si ya tiene veinte años.
Y eso hace nuestro Padre celestial con nosotros. Como Dios le
había concedido un marco interno para tomar decisiones, Salomón
no pide sabiduría al momento de tomar su decisión. Él usa el
conocimiento que tiene para tomar la mejor decisión posible. La
sabiduría es un rasgo de madurez espiritual. El autor de Hebreos
señala esta conexión:
En realidad, a estas alturas ya deberían ser maestros, y sin
embargo necesitan que alguien vuelva a enseñarles las
verdades más elementales de la Palabra de Dios. Dicho de
otro modo, necesitan leche en vez de alimento sólido. El
que solo se alimenta de leche es inexperto en el mensaje
de justicia; es como un niño de pecho. En cambio, el
alimento sólido es para los adultos, para los que tienen la
capacidad de distinguir entre lo bueno y lo malo, pues han
ejercitado su facultad de percepción espiritual (Heb 5:12-
14).
Los que son maduros espiritualmente desarrollan la habilidad
de discernir lo que es bueno de lo que es malo. Pasan de escuchar
las verdades básicas a interiorizarlas, lo que hace que perciban el
mundo de una forma diferente. Son transformados por la renovación
de su entendimiento y “así podrán comprobar cuál es la voluntad de
Dios, buena, agradable y perfecta” (Ro 12:2).
Desearía que el resto de la historia de Salomón hubiera seguido
el curso de sus primeros años. Más adelante en su vida, se apartó
del camino de la sabiduría piadosa y anduvo por el camino de la
insensatez. El hombre que escribió que “El comienzo de la sabiduría
es el temor del Señor” (Pro 9:10) cambió ese temor por el temor del
hombre, cambiando así la sabiduría por insensatez. Se entregó a la
sensualidad, a las riquezas y al poder. Su historia nos enseña que la
sabiduría no es algo que se recibe una vez y para siempre. Así
como la paciencia, la misericordia y la gracia, debemos permanecer
conscientes de nuestra necesidad de crecer en sabiduría.
Sigue pidiendo
En el Sermón del monte, Jesús dice a Sus discípulos: “Pidan, y se
les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá. Porque
todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se
le abre” (Mt 7:7-8). Al leer estas palabras, comenzamos a hacer una
lista de la información o las posesiones que nos gustaría que Dios
nos diera. Pero creo que cuando Jesús da estas instrucciones lo
hace con una mejor lista de peticiones en mente. Sus discípulos,
abrumados por el costo de seguirle, no escucharon Sus
declaraciones como una invitación a pedir nuevos barcos pesqueros
o casas más grandes. Las escucharon como una invitación a pedir
recursos espirituales como paciencia, valentía, compasión y
sabiduría. No es casualidad que esta instrucción de Jesús suene
parecida a la de Su medio hermano Santiago en cuanto a pedir
sabiduría.
El tiempo verbal en el que se usan pedir, buscar y llamar no
expresa una petición de un solo momento, sino algo continuo. Es
como decir: sigan pidiendo, sigan buscando, sigan llamando. Para
aquellos que entienden el dolor y la destrucción que resultan de una
vida insensata, no hay petición más urgente ni más continua que la
de rogar por sabiduría.
Si nos falta sabiduría, sigamos pidiéndosela a Dios.
Pero ¿de qué forma Dios da sabiduría? ¿Cómo podemos
desarrollar este discernimiento entre lo bueno y lo malo? Lo
hacemos declarando junto con Salomón: “Tráiganme una espada”.
“Ciertamente, la Palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante
que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo
del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los
pensamientos y las intenciones del corazón” (Heb 4:12).
La Palabra de Dios nos da discernimiento en el ámbito que se
podría decir es el más necesario: los pensamientos e intenciones de
nuestro propio corazón. Al ver nuestra propia depravación,
desarrollamos una reverencia (temor) correcta ante al Señor. Y así
la sabiduría comienza a formarse en nosotros. El acto más básico
de sabiduría es el arrepentimiento. Apartarnos del pecado nos
enseña a odiarlo, a anticipar los puntos de tentación y a buscar la
ayuda del Espíritu Santo para encontrar la salida.
No es coincidencia que, por lo general, la falta de
discernimiento esté acompañada de una Biblia descuidada. La Biblia
contiene palabras antiguas de sabiduría para nosotros y también
nos habla del ejemplo de Cristo, el cual se hizo para nosotros
sabiduría de Dios:
Hermanos, consideren su propio llamamiento: No muchos
de ustedes son sabios, según criterios meramente
humanos; ni son muchos los poderosos ni muchos los de
noble cuna. Pero Dios escogió lo insensato del mundo para
avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para
avergonzar a los poderosos… a fin de que en Su presencia
nadie pueda jactarse. Pero gracias a Él ustedes están
unidos a Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho nuestra
sabiduría —es decir, nuestra justificación, santificación y
redención— para que, como está escrito: “Si alguien ha de
gloriarse, que se gloríe en el Señor” (1Co 1:26-31).
Si eres débil, si eres insensato, si te has gloriado en cosas
menores, dirige tu mirada a Cristo Jesús, quien se hizo sabiduría de
Dios para nosotros.
Salomón dejó de pedir. Espero que nunca se diga lo mismo de
nosotros.
¿Cuál es la voluntad de Dios para tu vida? Si te falta sabiduría,
pídesela.
Versículos para meditar
Job 12:13-17
Job 36:5
Salmos 147:5
Proverbios 2:6
Isaías 55:8-9
Daniel 2:20
Romanos 11:33
Romanos 16:25-27
Preguntas para reflexionar
1. Si Dios te dijera que te dará cualquier cosa que quieras,
¿empezarías pidiendo sabiduría? Si recibieras sabiduría,
¿cómo cambiaría la lista de peticiones que estás
presentándole al Señor actualmente?
2. Piensa en tu momento (o temporada) de mayor necedad. ¿De
qué forma Dios ha usado esa experiencia para que crezcas en
sabiduría y madures en la fe? ¿Qué te enseñó?
3. Piensa en la persona más sabia que hayas conocido. ¿Cómo
modeló esa persona la sabiduría de Dios para ti? ¿De qué
forma su ejemplo te enseñó a discernir el bien del mal?
4. ¿De qué manera debería el deseo de crecer en sabiduría
mejorar nuestra relación con Dios? ¿Cómo debería mejorar
nuestras relaciones con otros? Da un ejemplo específico en
cada pregunta.
Oración
Escribe una oración a Dios pidiéndole que te muestre en qué áreas
ha gobernado la sabiduría del mundo en tus pensamientos, palabras
y acciones. Pídele que te muestre cuándo has pedido conocimiento
en vez de discernimiento. Pídele no solo que te conceda sabiduría,
sino que te lleve a seguir pidiéndola. Alábalo porque nos revela
sabiduría en Su Palabra y en el ejemplo de Cristo. Dale gracias
porque da sabiduría a quien se la pide.
Conclusión
Su imagen grabada en nosotros
Denle, pues, al césar lo que es del césar,
y a Dios lo que es de Dios.
Marcos 12:17
En las primeras líneas de este libro te pedí que consideraras que la
esperanza del evangelio en nuestra santificación no es simplemente
que tomemos mejores decisiones, sino que lleguemos a ser mejores
personas. Al hacernos una mejor pregunta —“¿Quién debo ser?”—,
nos damos cuenta de que la voluntad de Dios para nosotros no está
oculta. La Biblia está llena de exhortaciones sobre cómo podemos
reflejar a nuestro Creador y parecernos cada vez más a Cristo.
Pero al sugerir que debemos ser mejores personas, ¿cómo
evitamos caer en algo parecido a un programa de autoayuda
cristianizada? ¿Cómo evitamos caer en una mentalidad que no logra
más que la modificación de la conducta? No hay duda de que la
Biblia enseña que después de la salvación debe haber un cambio de
conducta. Sin embargo, se da por una razón diferente a la que
tendría un incrédulo. Existe una diferencia entre la autoayuda y la
santificación, y tiene que ver con la motivación del corazón.28
Procuramos ser santos como Dios es santo como un acto
alegre de gratitud, nunca como un medio para ganarnos el favor de
Dios ni para evitar Su desaprobación. Ya tenemos Su favor y Su
aprobación. Más bien, la motivación de la santificación es la alegría.
La alegría es tanto nuestra motivación como nuestra
recompensa. Jesús estableció esta relación al decir a Sus
discípulos: “Si obedecen Mis mandamientos, permanecerán en Mi
amor, así como Yo he obedecido los mandamientos de Mi Padre y
permanezco en Su amor. Les he dicho esto para que tengan Mi
alegría y así su alegría sea completa” (Jn 15:10-11).
Logramos tener una alegría completa cuando buscamos reflejar
a nuestro Creador. Para eso fuimos creados. Es la voluntad de Dios
para nuestra vida.
Cuando estaba en la escuela primaria, a mis dos hermanos
mayores y a mí nos gustaba coleccionar monedas. Reunimos una
colección modesta de monedas: una moneda de diez centavos de
mercurio, algunos peniques de trigo, un dólar Eisenhower y un dólar
Morgan de 1900 que encontramos olvidado en la caja de recuerdos
de un familiar que había muerto. Estábamos muy orgullosos de
nuestras monedas y las guardábamos como reliquias en una caja
grande de exhibición que era plana y tenía una tapa de vidrio. No
sabíamos que la tapa de vidrio terminaría siendo más valiosa que la
colección en sí.
La puerta del frente de nuestra casa tenía una ventana circular
que estaba cubierta desde adentro por una cortina pequeña y
delgada. Un día, mientras mamá estaba en el trabajo, rompimos esa
ventana accidentalmente. Dejaré que especules sobre las
circunstancias en las que sucedió el accidente, pero puedes asumir
que involucró una travesura. Temiendo que mamá se disgustara, y
con toda razón, nos unimos en un acto poco común de solidaridad
fraternal: ocultar el crimen y arreglar la ventana. Reunimos nuestro
dinero y programamos la reparación, pero teníamos que esperar
tres días antes de que se pudiera reemplazar el vidrio. Entramos en
pánico. Tres días de verano en Texas es demasiado tiempo como
para ocultar una ventana rota, y pronto mamá llegaría a casa del
trabajo. De repente se nos ocurrió la brillante idea de pegar la tapa
de vidrio de la colección de monedas en la ventana con cinta
adhesiva. Como estaba detrás de la cortina, mamá nunca se enteró.
Como madre, lo primero que me viene a la mente cuando
recuerdo las colecciones de monedas es que nunca debo dejar a
mis hijos en casa sin la supervisión de un adulto. Pero lo segundo
que me viene a la mente —como maestra de la Biblia— es una
historia registrada para nosotros en el Evangelio de Marcos.
Una historia que no es sobre los impuestos
En Marcos 12, algunas personas le preguntan a Jesús sobre el pago
de impuestos. Dos grupos adversarios de judíos, los herodianos y
los fariseos, trataron de ponerle una trampa a Jesús para que dijera
que Roma era el gobernante legítimo. Los romanos contrataban a
judíos como recaudadores de impuestos para que le cobraran (a
menudo injustamente) a su propia gente. Mateo, el discípulo de
Jesús, fue uno de esos recaudadores antes de su conversión. El
tema de pagarle impuestos a Roma era altamente delicado, y si Sus
enemigos lograban que Jesús apoyara el sistema, podían agitar
fácilmente a una muchedumbre en Su contra.
Sus adversarios judíos usan palabras engañosas para
preguntarle si es justo pagar impuestos al César o no. Jesús sabe
que es una trampa, así que responde en Su forma típica: usa la
pregunta para responder una pregunta más importante, una que
aborda no las acciones externas sino las motivaciones internas. Les
pide que le traigan un denario, la moneda que se usaba para pagar
los impuestos. Luego, les hace una pregunta que es otro tipo de
trampa:
Le llevaron la moneda, y Él les preguntó: —¿De quién son
esta imagen y esta inscripción? —Del césar —contestaron.
—Denle, pues, al césar lo que es del césar, y a Dios lo que
es de Dios. Y se quedaron admirados de Él (Mr 12:16-17).
Al leer esta historia, nos damos cuenta de que hubo algo en la
respuesta de Jesús que desvió la trampa, dejándolos asombrados y
un poco atrapados, pero tal vez no entendemos exactamente qué
fue lo que Él hizo. Examinemos algunos de los detalles de la
historia.
Lo más probable es que la moneda que le dieron a Jesús haya
sido un denario del emperador llamado Tiberio. Dos mil años
después, estas monedas todavía existen y puedes comprar una en
eBay por unos ochocientos dólares. Las monedas que se
troquelaban durante el reino de un emperador en particular llevaban
una imagen de su rostro y una inscripción. La inscripción alrededor
del rostro de Tiberio dice: “César Augusto Tiberio, hijo del divino
Augusto”, lo que reforzaba la afirmación común de que los césares
eran dioses. El padre de Tiberio, Augusto, había sido adorado toda
su vida como dios a lo largo del imperio romano, y la inscripción
intenta elevar a Tiberio al mismo estatus.
Cuando Jesús responde a Sus adversarios, no les habla acerca
de los impuestos, sino de la moneda en sí. Habla acerca de la
imagen que ha sido grabada en nosotros. En efecto, dice: “La
moneda tiene grabada la imagen de un ‘dios’, marcando lo que le
pertenece. Por otra parte, Dios ha grabado Su propia imagen en
ustedes, marcando que ustedes le pertenecen. ¿Van a preocuparse
tanto con las obligaciones terrenales que van a descuidar las cosas
celestiales que requiere la imagen que ha sido grabada en ustedes?
Ustedes llevan las marcas de su Creador. Denle a Dios lo que es de
Dios”.
Los líderes judíos de la época de Jesús mostraban más
preocupación por quién gobernaba los reinos terrenales que por
quién gobernaba el Reino de los cielos. En ese proceso, servían a
dioses falsos. En nuestro caso, podemos ser culpables de hacer lo
mismo. Siempre estamos fabricando ídolos en nuestros corazones.
Ídolos inadecuados
Cuando Dios le entrega la ley a Moisés en el monte Sinaí, le da los
Diez Mandamientos. Ocho de estos se expresan brevemente, pero
hay dos que son más extensos. El más largo es el cuarto
mandamiento, recordar el día de reposo y guardarlo. El segundo
más largo es el segundo mandamiento:
No te hagas ningún ídolo, ni nada que guarde semejanza
con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en
la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra.
No te inclines delante de ellos ni los adores. Yo, el Señor tu
Dios, soy un Dios celoso. Cuando los padres son malvados
y me odian, Yo castigo a sus hijos hasta la tercera y cuarta
generación. Por el contrario, cuando me aman y cumplen
Mis mandamientos, les muestro Mi amor por mil
generaciones (Éx 20:4-6).
Aunque el cuarto mandamiento es el único que habla
explícitamente de la idea de recordar, la extensión tanto del cuarto
como del segundo mandamiento implica la misma idea en ambos.
Cuando quería que mis hijos pequeños siguieran instrucciones,
siempre explicaba más extensamente las partes que era menos
probable que recordaran, entendieran u obedecieran. Así también,
Dios usa más palabras en las partes donde se requiere un mayor
énfasis.
Necesitamos recordar más el segundo mandamiento respecto a
los ídolos. En cierto sentido, es una extensión del primer
mandamiento de no tener otros dioses aparte de Dios, pero es más
específico. El término “ídolo” también se traduce como “imagen” o
“escultura”. Al leer el segundo mandamiento reconocemos que Dios
no quiere que tomemos materiales inanimados para convertirlos en
imágenes que luego adoremos. Y pensamos que no tenemos
ningún problema con eso, mientras intentamos ignorar con todas
nuestras fuerzas que nuestros teléfonos, nuestros autos y nuestras
cuentas bancarias cuentan como ídolos.
Pero hay una razón mucho más importante por la que Dios nos
dice que no nos hagamos ídolos o imágenes. Él ya nos hizo a Su
imagen: “[Dios] dijo: ‘Hagamos al ser humano a Nuestra imagen y
semejanza’” (Gn 1:26).
En todo el orden creado, solo los humanos están diseñados
para reflejar la imagen de Dios. Hacer una imagen de un animal o
un ser humano, o incluso de Dios mismo, de madera, metal o arcilla
solo podría ser —en el mejor de los casos— una sombra de una
sombra de una realidad. En el peor, es una mentira. Dios prohíbe
que se hagan imágenes porque Él ya ha grabado Su imagen en
nosotros.
Lo que se puede conocer de Dios a través de los humanos
creados a Su imagen es incompleto y está manchado por la Caída.
Pero ¿y si naciera una persona que pudiera restaurar esa imagen a
lo que debió haber sido? Volvamos por un momento al tema de las
monedas para considerar una analogía de nuestra época.
La voluntad de Dios, una impresión perfecta
La Casa de la Moneda de los Estados Unidos crea sets de monedas
de prueba que suelen ser muy atractivas para los coleccionistas
porque son versiones casi idénticas de las originales. Suelen ser de
oro, plata o platino, no del metal inferior de la moneda real que está
en circulación. Son una versión idealizada de lo que llevamos en los
bolsillos, y no se han contaminado con el uso diario ni con el
comercio.
Al igual que estas monedas de prueba, Jesucristo es la imagen
perfecta de Dios; es puro, infinitamente valioso y libre de la
contaminación del pecado.
Por la Caída, tú y yo somos monedas de metal, abolladas y
desgastadas. Pero todavía llevamos la imagen de nuestro Dios,
aunque esté distorsionada por el pecado. Cuando abrazamos con
alegría el llamado a ser santos como Él es santo, esos contornos
desgastados de Su semejanza comienzan a restaurarse y a
definirse. Las abolladuras y rayaduras causadas por la Caída y
nuestra propia insensatez comienzan a desaparecer. A medida que
vamos creciendo en santidad, amor, bondad, justicia, misericordia,
gracia, fe, paciencia, verdad y sabiduría, nos vamos pareciendo
cada vez más a Cristo, quien es la imagen perfecta de Dios.
Ser mejores personas es reflejar con creciente claridad y
fidelidad el rostro mismo de Dios. La voluntad de Dios para nuestra
vida es que seamos restaurados a la condición original. La voluntad
de Dios para nuestra vida es que seamos pruebas vivientes.
Todo lo que digamos o hagamos iluminará u oscurecerá el
carácter de Dios. La santificación es el proceso de crecer
alegremente en la luz. A través de Cristo y por el Espíritu, hemos
vuelto a tener acceso a la presencia de Dios. Y el resultado es que
el ser humano recupera gloriosamente la imagen de Dios.
“Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos
como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a Su
semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el
Espíritu” (2Co 3:18).
Notas de texto
1 Ver mi libro Nadie como Él (Poiema Publicaciones, 2019).
2 Esta idea se adaptó de las primeras líneas del libro clásico de A. W. Tozer,
El conocimiento del Santo: “Lo que nos viene a la mente cuando
pensamos en Dios es lo más importante de nosotros” (Editorial Vida,
1996), 1.
3 Arthur Walkington Pink, The Attributes of God [Los atributos de Dios]
(Grand Rapids, MI: Baker, 1996), 41.
4 R. C. Sproul, The Holiness of God [La santidad de Dios] (Wheaton, IL:
Tyndale, 2006), 25.
5 Jerry Bridges, The Pursuit of Holiness [En pos de la santidad] (Colorado
Springs: NavPress, 2016), 21.
6 “Romantic Drama 1980 – present” [“Drama romántico 1980 – presente”]
Box Office Mojo, consultado el 26 de junio de 2017,
http://www.boxofficemojo.com/genres/chart/?id=romanticdrama.htm.
7 Marcus Moore, “Couple Celebrates 75th Wedding Anniversary” [“Pareja
celebra su aniversario de bodas número 75”] WFAA.com, 17 de marzo
de 2016, http://www.wfaa.com/features/couple-celebrates-75th-wedding-
anniversary/31561702.
8 Aunque se han estudiado ampliamente, tal vez el análisis más conocido de
estas ideas es el de Los cuatro amores de C. S. Lewis.
9 Así como con el idioma inglés, la misma palabra se puede usar de forma
diferente dependiendo del contexto. En algunos contextos, phileo y
agape se usan de forma intercambiable (como en Jn 21:15-17). Aunque
un conteo del uso de una palabra particular puede dar algunas ideas
sobre el mensaje que se transmite en el Nuevo Testamento, la presencia
continua del tema del amor incondicional y activo de Dios expresado
hacia el creyente, y del creyente hacia otros, es innegable.
10 Kenneth Wuest, Wuest’s Word Studies in the Greek New Testament
[Estudios de Wuest sobre palabras en el Nuevo Testamento griego]
(Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1975), 3:111-113.
11 Alexandra Larkin, “Boy Finds Huge 7.44 Carat Diamond in State Park”
[“Niño encuentra un diamante enorme de 7,44 quilates en parque
estatal”], CNN.com, 16 de marzo de 2017,
http://www.cnn.com/2017/03/16/us /arkansas-boy-diamond-trnd/.
12 Karl Zinsmeister, “Oseola McCarty”, The Philanthropy Roundtable [La
mesa redonda de la filantropía], “The Philanthropy Hall of Fame” [“El
salón de la fama de la filantropía”], consultado el 27 de junio de 2017,
http://www.philanthropyroundtable.org/almanac/hall _of _fame/oseola
_mccarty/.
13 Rick Bragg, “All She Has, $150,000, Is Going to a University” [“Sus
150.000 dólares, todo lo que tiene, va para una universidad”], The New
York Times en línea, 12 de agosto de 1995,
http://www.nytimes.com/1995/08/13 /us/all-she-has-150000-is-going-to -a
-university.html.
14 A. W. Tozer, Knowledge of the Holy: The Attributes of God [El
conocimiento del Santo: Los atributos de Dios] (San Francisco:
HarperCollins, 1992), 140.
15 James Montgomery Boice, The Parables of Jesus [Las parábolas de
Jesús] (Chicago: Moody Press, 1983), 89-91.
16 Boice, Parables of Jesus, 182.
17 Tozer, Knowledge of the Holy: The Attributes of God (San Francisco:
HarperCollins, 1992), 148-149.
18 Dietrich Bonhoeffer, The Cost of Discipleship [El costo del discipulado]
(Nueva York: Touchstone, 1995), 43-44.
19 D. A. Carson, For the Love of God: A Daily Companion for Discovering the
Riches of God’s Word [Por el amor de Dios: Una guía diaria para
descubrir las riquezas de la Palabra de Dios] (Wheaton, IL: Crossway,
2006), 23.
20 Nathaniel P. Langford, “The Wonders of the Yellowstone” [“Las maravillas
de Yellowstone”], Revista Scribner’s Monthly 2, nº 1 (May 1871): 123.
21 Christopher Muther, “Instant Gratification Is Making Us Perpetually
Impatient” [“La gratificación instantánea nos está volviendo
perpetuamente impacientes”], The Boston Globe en línea, 2 de febrero
de 2013.
22 John Stevens, “Decreasing Attention Spans and Your Website, Social
Media Strategy” [“Disminución de los períodos de atención y tu sitio web,
estrategia de las redes sociales”], Adweek en línea, 7 de junio de 2016,
http://www.adweek.com/digital/john-stevens-guest-post-decreasing-
attention-spans/.
23 Yudhijit Bhattacharjee, “Why We Lie: The Science Behind Our Deceptive
Ways” [“Por qué mentimos: La ciencia detrás de nuestros engaños”],
National Geographic en línea, 15 de junio de 2017, https://www.national
geographic.com/magazine/2017/06/lying-hoax-false-fibs-science/.
24 Geoff Williams, “In the Age of Digital Money, Counterfeit Bills Still a
Problem” [“En la era del dinero digital, los billetes falsos siguen siendo un
problema”], Revista U.S. News and World Report en línea, 25 de abril de
2013, https://money.usnews.com/money/personal-
finance/articles/2013/04/25/how-to-spot-counterfeit-money.
25 Katherine Brooks, “10 of the Best Snoopy Moments to Celebrate Peanuts’
63rd Anniversary” [“10 de los mejores momentos de Snoopy para
celebrar los 63 años de Peanuts”], Huffpost, 2 de octubre de 2013,
https://www.huffingtonpost.com/2013/10/02/peanuts-
anniversary_n_4025927.html/.
26 Pamela J. Podger, “Saying Goodbye: Friends and Family Eulogize
Cartoonist Charles Schulz” [“La despedida: Amigos y familiares elogian al
caricaturista Charles Schulz”], SFGATE, 22 de febrero de 2000,
http://www.sfgate.com/bay area/article/SAYING-GOODBYE-Friends-and-
family-eulogize-2774210.php/.
27 Editores de la revista Reader’s Digest, “10 Great Quotes from the
‘Peanuts’ Comic Strip” [“10 frases célebres de las tiras cómicas de
‘Peanuts’”], Reader’s Digest en línea, 3 de abril de 2017,
https://www.rd.com/culture/peanuts-quotes/.
28 Jen Wilkin, “Failure Is Not a Virtue” [“El fracaso no es una virtud”], página
web de The Gospel Coalition, 1 de mayo de 2014,
https://www.thegospelcoalition.org/article/failure-is-not-a-virtue/.