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Capítulo 28 Deseado Todas Las Gentes

Este documento resume un capítulo de la Biblia sobre Mateo, un publicano que Jesús llamó a ser su discípulo. Describe cómo Mateo dejó su trabajo para seguir a Jesús y cómo organizó una cena para presentar a Jesús con sus antiguos asociados. Los fariseos criticaron a Jesús por comer con publicanos y pecadores, pero Jesús respondió que había venido a llamar a los pecadores al arrepentimiento, no a los justos. Los fariseos trataron de sembrar discordia entre los discípulos de Jesús y los de Juan

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Capítulo 28 Deseado Todas Las Gentes

Este documento resume un capítulo de la Biblia sobre Mateo, un publicano que Jesús llamó a ser su discípulo. Describe cómo Mateo dejó su trabajo para seguir a Jesús y cómo organizó una cena para presentar a Jesús con sus antiguos asociados. Los fariseos criticaron a Jesús por comer con publicanos y pecadores, pero Jesús respondió que había venido a llamar a los pecadores al arrepentimiento, no a los justos. Los fariseos trataron de sembrar discordia entre los discípulos de Jesús y los de Juan

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Capítulo 28—Leví Mateo

Este capítulo está basado en Mateo 9:9-17; Marcos


2:14-22; Lucas 5:27-39.

Entre los funcionarios romanos que había en Palestina, los más odiados eran los publicanos.
El hecho de que las contribuciones eran impuestas por una potencia extraña era motivo de
continua irritación para los judíos, pues les recordaba que su independencia había
desaparecido. Y los cobradores de impuestos no eran simplemente instrumentos de la
opresión romana; cometiendo extorsiones por su propia cuenta, se enriquecían a expensas
del pueblo. Un judío que aceptaba este cargo de mano de los romanos era considerado
como traidor a la honra de su nación. Se le despreciaba como apóstata, se le clasificaba con
los más viles de la sociedad.
A esta clase pertenecía Leví Mateo, quien, después de los cuatro discípulos de Genesaret,
fue el siguiente en ser llamado al servicio de Cristo. Los fariseos habían juzgado a Mateo
según su empleo, pero Jesús vio en este hombre un corazón dispuesto a recibir la verdad.
Mateo había escuchado la enseñanza del Salvador. En la medida en que el convincente
Espíritu de Dios le revelaba su pecaminosidad, anhelaba pedir ayuda a Cristo; pero estaba
acostumbrado al carácter exclusivo de los rabinos, y no había creído que este gran maestro
se fijaría en él.
Sentado en su garita de peaje un día, el publicano vió a Jesús que se acercaba. Grande fué
su asombro al oírle decir: “Sígueme.” Mateo, “dejadas todas las cosas, levantándose, le
siguió.” No vaciló ni dudó, ni recordó el negocio lucrativo que iba a cambiar por la pobreza
y las penurias. Le bastaba estar con Jesús, poder escuchar sus palabras y unirse con él en su
obra.
Así había sido con los discípulos antes llamados. Cuando Jesús invitó a Pedro y sus
compañeros a seguirle, dejaron inmediatamente sus barcos y sus redes. Algunos de esos
discípulos tenían deudos que dependían de ellos para su sostén, pero cuando recibieron la
invitación del Salvador, no vacilaron ni preguntaron: ¿Cómo viviré y sostendré mi familia?
Fueron obedientes al llamamiento, y cuando más tarde Jesús les preguntó: “Cuando os
envié sin bolsa, y sin alforja, y sin zapatos, ¿os faltó algo?” pudieron responder: “Nada.”
A Mateo en su riqueza, y a Andrés y Pedro en su pobreza, llegó la misma prueba, y cada uno
hizo la misma consagración. En el momento del éxito, cuando las redes estaban llenas de
peces y eran más fuertes los impulsos de la vida antigua, Jesús pidió a los discípulos, a orillas
del mar, que lo dejasen todo para dedicarse a la obra del Evangelio. Así también es probada
cada alma para ver si el deseo de los bienes temporales prima sobre el de la comunión con
Cristo.
Los buenos principios son siempre exigentes. Nadie puede tener éxito en el servicio de Dios
a menos que todo su corazón esté en la obra, y tenga todas las cosas por pérdida frente a
la excelencia del conocimiento de Cristo. Nadie que haga reserva alguna puede ser discípulo
de Cristo, y mucho menos puede ser su colaborador. Cuando los hombres aprecien la gran
salvación, se verá en su vida el sacrificio propio que se vio en la de Cristo. Se regocijarán en
seguirle adondequiera que los guíe.
El llamamiento de Mateo al discipulado excitó gran indignación. Que un maestro religioso
eligiese a un publicano como uno de sus acompañantes inmediatos, era una ofensa contra
las costumbres religiosas, sociales y nacionales. Apelando a los prejuicios de la gente, los
fariseos esperaban volver contra Jesús la corriente del sentimiento popular. Se creó un
extenso interés entre los publicanos. Su corazón fue atraído hacia el divino Maestro. En el
gozo de su nuevo discipulado, Mateo anhelaba llevar a Jesús sus antiguos asociados. Por
consiguiente, dio un banquete en su casa, y convocó a sus parientes y amigos. No sólo
fueron incluidos los publicanos, sino también muchos otros de reputación dudosa,
proscritos por sus vecinos más escrupulosos.
El agasajo fué dado en honor de Jesús, y él no vaciló en aceptar la cortesía. Bien sabía que
ésta ofendería al partido farisaico y le comprometería a los ojos del pueblo. Pero ninguna
cuestión de política podía influir en sus acciones. Para él no tenían peso las distinciones
externas. Lo que atraía su corazón era un alma sedienta del agua de vida. Jesús se sentó
como huésped honrado en la mesa de los publicanos, demostrando por su simpatía y
amabilidad social que reconocía la dignidad de la humanidad; y los hombres anhelaban
hacerse dignos de su confianza. Sobre sus corazones sedientos caían sus palabras con poder
bendecido y vivificador, despertando nuevos impulsos y presentando la posibilidad de una
nueva vida a estos parias de la sociedad.
En reuniones tales como ésta, no pocos fueron impresionados por la enseñanza del
Salvador, aunque no le reconocieron hasta después de su ascensión. Cuando el Espíritu
Santo fué derramado, y tres mil fueron convertidos en un día, había entre ellos muchos que
habían oído por primera vez la verdad en la mesa de los publicanos, y algunos de ellos
llegaron a ser mensajeros del Evangelio. Para Mateo mismo, el ejemplo de Jesús en el
banquete fué una constante lección. El publicano despreciado vino a ser uno de los
evangelistas más consagrados, y en su propio ministerio siguió muy de cerca las pisadas del
Maestro.
Cuando los rabinos supieron de la presencia de Jesús en la fiesta de Mateo, aprovecharon
la oportunidad para acusarle. Pero decidieron obrar por medio de los discípulos.
Despertando sus prejuicios, esperaban enajenarlos de su Maestro. Su recurso consistió en
acusar a Cristo ante los discípulos, y a los discípulos ante Cristo, dirigiendo sus flechas
adonde había más probabilidad de producir heridas. Así ha obrado Satanás desde que
manifestó desafecto en el cielo; y todos los que tratan de causar discordia y enajenamiento
son impulsados por su espíritu.
“¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?” preguntaron los
envidiosos rabinos.
Jesús no esperó que sus discípulos contestasen la acusación, sino que él mismo replicó: “Los
que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Andad pues, y aprended
qué cosa es: Misericordia quiero, y no sacrificio: porque no he venido a llamar justos, sino
pecadores a arrepentimiento.” Los fariseos pretendían ser espiritualmente sanos, y por lo
tanto no tener necesidad de médico, mientras que consideraban que los publicanos y los
gentiles estaban pereciendo por las enfermedades del alma. ¿No consistía, pues, su obra
como médico en ir a la clase que necesitaba su ayuda?

Pero aunque los fariseos tenían tan alto concepto de sí mismos, estaban realmente en peor
condición que aquellos a quienes despreciaban. Los publicanos tenían menos fanatismo y
suficiencia propia, y así eran más susceptibles a la influencia de la verdad. Jesús dijo a los
rabinos: “Andad pues, y aprended qué cosa es: Misericordia quiero, y no sacrificio.” Así
demostró que mientras aseveraban exponer la Palabra de Dios, ignoraban completamente
su espíritu.
Los fariseos fueron acallados por el momento, pero quedaron tanto más resueltos en su
enemistad. Buscaron luego a los discípulos de Juan el Bautista y trataron de levantarlos
contra el Salvador. Esos fariseos no habían aceptado la misión del Bautista. Habían señalado
con escarnio su vida abstemia, sus costumbres sencillas, sus ropas burdas, y le habían
declarado fanático. Porque él denunciaba su hipocresía, habían resistido a sus palabras, y
habían tratado de incitar al pueblo contra él. El Espíritu de Dios había obrado en los
corazones de estos escarnecedores, convenciéndolos de pecado; pero habían rechazado el
consejo de Dios, y habían declarado que Juan estaba poseído de un demonio.
Pero ahora que Jesús había venido y andaba entre la gente, comiendo y bebiendo en sus
mesas, le acusaban de glotón y bebedor. Los mismos que hacían esa acusación eran
culpables. Así como Satanás representa falsamente a Dios y le reviste de sus propios
atributos, la conducta de los mensajeros de Dios fue falseada por esos hombres perversos.
Los fariseos no querían considerar que Jesús comía con los publicanos y los pecadores para
llevar la luz del cielo a aquellos que moraban en tinieblas. No querían ver que cada palabra
pronunciada por el divino Maestro era una simiente viva que iba a germinar y llevar fruto
para gloria de Dios. Habían resuelto no aceptar la luz; y aunque se habían opuesto a la
misión del Bautista, estaban ahora listos para cortejar la amistad de sus discípulos,
esperando obtener su cooperación contra Jesús. Sostuvieron que Jesús anulaba las antiguas
tradiciones; y pusieron en contraste la austera piedad del Bautista con la conducta de Jesús
al comer con publicanos y pecadores.
Los discípulos de Juan estaban entonces en gran aflicción. Era antes de su visita a Jesús con
el mensaje de Juan. Su amado maestro estaba en la cárcel, y ellos pasaban los días
lamentándose. Jesús no hacía ningún esfuerzo para librar a Juan, y hasta parecía
desacreditar su enseñanza. Si Juan había sido enviado por Dios, ¿por qué seguían Jesús y
sus discípulos una conducta tan diferente? Los discípulos de Juan no comprendían bien la
obra de Cristo; pensaban que tal vez las acusaciones de los fariseos tenían algún
fundamento. Observaban muchas de las reglas prescritas por los rabinos; y hasta esperaban
ser justificados por las obras de la ley. El ayuno era practicado por los judíos como un acto
de mérito, y los más estrictos ayunaban dos días cada semana. Los fariseos y los discípulos
de Juan ayunaban cuando los últimos vinieron a Jesús con la pregunta: “¿Por qué nosotros
y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus discípulos no ayunan?”

Jesús les contestó afectuosamente. No trató de corregir su concepto erróneo del ayuno,
sino tan sólo con respecto a su propia misión. Y lo hizo empleando la misma figura que el
Bautista había usado en su testimonio acerca de Jesús. Juan había dicho: “El que tiene la
esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está en pie y le oye, se goza grandemente
de la voz del esposo; así pues, este mi gozo es cumplido.” Los discípulos de Juan no podían
menos que recordar estas palabras de su maestro, y, siguiendo con la ilustración, Jesús dijo:
“¿Podéis hacer que los que están de bodas ayunen, entre tanto que el esposo está con
ellos?”
El Príncipe del cielo estaba entre su pueblo. El mayor don de Dios había sido dado al mundo.
Había gozo para los pobres; porque Cristo había venido a hacerlos herederos de su reino.
Había gozo para los ricos; porque les iba a enseñar a obtener las riquezas eternas. Había
gozo para los ignorantes; porque los iba a hacer sabios para la salvación. Había gozo para
los sabios; pues él les iba a abrir misterios más profundos que los que jamás hubieran
sondeado; verdades que habían estado ocultas desde la fundación del mundo iban a ser
reveladas a los hombres por la misión del Salvador.
Juan el Bautista se había regocijado de contemplar al Salvador. ¡Qué ocasión de regocijo
tenían los discípulos con su privilegio de andar y hablar con la Majestad del cielo! Este no
era para ellos tiempo de llorar y ayunar. Debían abrir su corazón para recibir la luz de su
gloria, a fin de poder derramar luz sobre aquellos que moraban en tinieblas y sombra de
muerte. Las palabras de Cristo habían evocado un cuadro brillante, pero lo cruzaba una
densa sombra, que solamente su ojo discernía. “Vendrán días—les dijo,—cuando el esposo
les será quitado: entonces ayunarán en aquellos días.” Cuando viesen a su Señor traicionado
y crucificado, los discípulos llorarían y ayunarían. En las últimas palabras que les dirigiera en
el aposento alto, dijo: “Un poquito, y no me veréis, y otra vez un poquito, y me veréis. De
cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará:
empero aunque vosotros estaréis tristes, vuestra tristeza se tornará en gozo.”
Cuando saliese de la tumba, su tristeza se trocaría en gozo. Después de su ascensión, iba a
estar ausente en persona; pero por medio del Consolador estaría todavía con ellos, y no
debían pasar su tiempo en lamentaciones. Esto era lo que Satanás quería. Deseaba que
diesen al mundo la impresión de que habían sido engañados y chasqueados; pero por la fe
habían de mirar al santuario celestial, donde Jesús ministraba por ellos; debían abrir su
corazón al Espíritu Santo, su representante, y regocijarse en la luz de su presencia. Sin
embargo, iban a venir días de tentación y prueba, cuando serían puestos en conflicto con
los gobernantes de este mundo y los dirigentes del reino de las tinieblas; cuando Cristo no
estuviera personalmente con ellos y no alcanzaran a discernir el Consolador, entonces sería
más apropiado para ellos ayunar.

Los fariseos trataban de exaltarse por su rigurosa observancia de las formas, mientras que
su corazón estaba lleno de envidia y disensión. “He aquí—dice la Escritura,—que para
contiendas y debates ayunáis, y para herir con el puño inicuamente; no ayunéis como hoy,
para que vuestra voz sea oída en lo alto. ¿Es tal el ayuno que yo escogí, que de día aflija el
hombre su alma, que encorve su cabeza como junco, y haga cama de saco y de ceniza?
¿Llamaréis esto ayuno, y día agradable a Jehová?”
El verdadero ayuno no es una sencilla práctica ritual. La Escritura describe así el ayuno que
Dios ha escogido: “Desatar las ligaduras de impiedad, deshacer los haces de opresión, y
dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo;” que “derramares tu alma al
hambriento, y saciares el alma afligida.” En estas palabras se presenta el espíritu y el
carácter de la obra de Cristo. Toda su vida fué un sacrificio de sí mismo por la salvación del
mundo. Ora ayunase en el desierto de la tentación, ora comiese con los publicanos en el
banquete de Mateo, estaba dando su vida para la redención de los perdidos. El verdadero
espíritu de devoción no se manifiesta en ociosos lamentos, ni en la mera humillación
corporal y los múltiples sacrificios, sino en la entrega del yo a un servicio voluntario a Dios
y al hombre.
Continuando su respuesta a los discípulos de Juan, Jesús pronunció una parábola diciendo:
“Nadie mete remiendo de paño nuevo en vestido viejo; de otra manera el nuevo rompe, y
al viejo no conviene remiendo nuevo.” El mensaje de Juan el Bautista no había de
entretejerse con la tradición y la superstición. Una tentativa de fusionar la hipocresía de los
fariseos con la devoción de Juan no lograría sino hacer más evidente el abismo que había
entre ellos.
Ni tampoco podían unirse los principios de la enseñanza de Cristo con las formas del
farisaísmo. Cristo no había de cerrar la brecha hecha por las enseñanzas de Juan. Él iba a
hacer aún más definida la separación entre lo antiguo y lo nuevo. Jesús ilustró aún más este
hecho diciendo: “Nadie echa vino nuevo en cueros viejos; de otra manera el vino nuevo
romperá los cueros, y el vino se derramará, y los cueros se perderán.” Los odres que se
usaban como recipientes para el vino nuevo, después de un tiempo se secaban y volvían
quebradizos, y ya no podían servir con el mismo fin. En esta ilustración familiar, Jesús
presentó la condición de los dirigentes judíos. Sacerdotes, escribas y gobernantes estaban
sumidos en una rutina de ceremonias y tradiciones. Sus corazones se habían contraído
como los odres resecados a los cuales se los había comparado.
Mientras permanecían satisfechos con una religión legal, les era imposible ser depositarios
de la verdad viva del cielo. Pensaban que para todo bastaba su propia justicia, y no deseaban
que entrase un nuevo elemento en su religión. No aceptaban la buena voluntad de Dios
para con los hombres como algo separado de ellos. La relacionaban con el mérito propio de
sus buenas obras. La fe que obra por amor y purifica el alma, no hallaba donde unirse con
la religión de los fariseos, compuesta de ceremonias y de órdenes humanas. El esfuerzo de
aunar las enseñanzas de Jesús con la religión establecida sería vano. La verdad vital de Dios,
como el vino en fermentación, reventaría los viejos y decadentes odres de la tradición
farisaica.
Los fariseos se creían demasiado sabios para necesitar instrucción, demasiado justos para
necesitar salvación, demasiado altamente honrados para necesitar la honra que proviene
de Cristo. El Salvador se apartó de ellos para hallar a otros que quisieran recibir el mensaje
del cielo. En los pescadores sin instrucción, en los publicanos de la plaza, en la mujer de
Samaria, en el vulgo que le oía gustosamente, halló sus nuevos odres para el nuevo vino.
Los instrumentos que han de ser usados en la obra del Evangelio son las almas que reciben
gustosamente la luz que Dios les manda. Son sus agentes para impartir el conocimiento de
la verdad al mundo. Si por medio de la gracia de Cristo los suyos quieren llegar a ser nuevos
odres, los llenará con nuevo vino.
La enseñanza de Cristo, aunque representada por el nuevo vino, no era una doctrina nueva,
sino la revelación de lo que había sido enseñado desde el principio. Pero para los fariseos la
verdad de Dios había perdido su significado y hermosura originales. Para ellos, la enseñanza
de Cristo era nueva en casi todo respecto, y no la reconocían ni aceptaban. Jesús señaló el
poder que la falsa enseñanza tiene para destruir el aprecio y el deseo de la verdad.
“Ninguno—dijo él,—que bebiere del añejo, quiere luego el nuevo; porque dice: El añejo es
mejor.” Toda la verdad que había sido dada al mundo por los patriarcas y los profetas
resplandecía con nueva belleza en las palabras de Cristo. Pero los escribas y fariseos no
deseaban el precioso vino nuevo. Hasta que no se vaciasen de sus viejas tradiciones,
costumbres y prácticas, no tenían en su mente o corazón lugar para las enseñanzas de
Cristo. Se aferraban a las formas muertas, y se apartaban de la verdad viva y del poder de
Dios
Esto ocasionó la ruina de los judíos y será la ruina de muchas almas en nuestros tiempos.
Miles están cometiendo el mismo error que los fariseos a quienes Cristo reprendió en el
festín de Mateo. Antes que renunciar a alguna idea que les es cara, o descartar algún ídolo
de su opinión, muchos rechazan la verdad que desciende del Padre de las luces. Confían en
sí mismos y dependen de su propia sabiduría, y no comprenden su pobreza espiritual.
Insisten en ser salvos de alguna manera por la cual puedan realizar alguna obra importante.
Cuando ven que no pueden entretejer el yo en esa obra, rechazan la salvación provista.
Una religión legal no puede nunca conducir las almas a Cristo, porque es una religión sin
amor y sin Cristo. El ayuno o la oración motivada por un espíritu de justificación propia, es
abominación a Dios. La solemne asamblea para adorar, la repetición de ceremonias
religiosas, la humillación externa, el sacrificio imponente, proclama que el que hace esas
cosas se considera justo, con derecho al cielo, pero es todo un engaño. Nuestras propias
obras no pueden nunca comprar la salvación.
Como fue en los días de Cristo, así es hoy; los fariseos no conocen su indigencia espiritual.
A ellos llega el mensaje: “Porque tú dices: Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo
necesidad de ninguna cosa; y no conoces que tú eres un cuitado y miserable y pobre y ciego
y desnudo; yo te amonesto que de mí compres oro afinado en fuego, para que seas hecho
rico, y seas vestido de vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu
desnudez.” La fe y el amor son el oro probado en el fuego. Pero en el caso de muchos, el
oro se ha empañado, y se ha perdido el rico tesoro. La justicia de Cristo es para ellos como
un manto sin estrenar, una fuente sellada. A ellos se dice: “Tengo contra ti que has dejado
tu primer amor. Recuerda por tanto de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras
obras; pues si no, vendré presto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres
arrepentido.”
“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado: al corazón contrito y humillado no
despreciarás tú, oh Dios.” El hombre debe despojarse de sí mismo antes que pueda ser, en
el sentido más pleno, creyente en Jesús. Entonces el Señor puede hacer del hombre una
nueva criatura. Los nuevos odres pueden contener el nuevo vino. El amor de Cristo animará
al creyente con nueva vida. En aquel que mira al Autor y Consumador de nuestra fe, se
manifestará el carácter de Cristo.

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