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Montaigne

Este resumen analiza un documento sobre el ensayo de Montaigne sobre la experiencia. En primer lugar, el documento explica que Montaigne utiliza ejemplos de la vida de otros, como la de Perseo, para explorar su propia experiencia y concepción de la misma. Luego, analiza cómo Montaigne estudia a sus amigos para entenderse a sí mismo, y cómo invita a los lectores a hacer lo mismo con él. Finalmente, discute cómo la experiencia de Montaigne ofrece un conocimiento que se afirma en la ignorancia y nos ayuda a prepararnos para

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Este resumen analiza un documento sobre el ensayo de Montaigne sobre la experiencia. En primer lugar, el documento explica que Montaigne utiliza ejemplos de la vida de otros, como la de Perseo, para explorar su propia experiencia y concepción de la misma. Luego, analiza cómo Montaigne estudia a sus amigos para entenderse a sí mismo, y cómo invita a los lectores a hacer lo mismo con él. Finalmente, discute cómo la experiencia de Montaigne ofrece un conocimiento que se afirma en la ignorancia y nos ayuda a prepararnos para

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Rodríguez 1

Respuesta a la pregunta 1
Manuel David Rodríguez
202515794
La persistencia de la oreja o de las uñas de Tristan Tzara: un comentario sobre la
experiencia en Montaigne
En las primeras páginas de su ensayo sobre la experiencia, Montaigne ofrece un ejemplo
que es análogo a su método de escritura. No se trata ya de la anotación en papales que
suplen su falta de memoria (2005, p. 1037), sino la rememoración de Perseo, rey de
Macedonia, quien “iba errante por todo tipo de vida manifestando costumbres tan volubles
y vagabundas que no era conocido ni por sí mismo ni por cualquier otro” (2005, p. 1023).
Más aún, este ejemplo inspira el recuerdo de otro que refuerza y termina su idea principal:
“de modo que lo más verosímil que se podrá decir de él algún día será que se esforzaba y
trataba de hacerse conocer por ser irreconocible” (2005, p. ibíd.). Si decimos que es
análogo no es porque su escritura sea “irreconocible”. En realidad, este ejemplo es
paradigmático de su escritura y de su concepción de la experiencia por varias razones, que
exploraremos más adelante. Como abrebocas, baste decir y reflexionar si habrá quien antes
de escribir tenga garantizada la totalidad de su pensamiento y de su idea, o si más bien,
como Montaigne, se dejará llevar a tientas recordando y profiriendo ejemplos que siguen a
otros ejemplos, y más precisamente a frases que siguen a otras frases, que se persiguen (o
persiguen algo).
Sin embargo, el ímpetu de Perseo, que va errante por todo tipo de vida, no es
siempre ideal para Montaigne: “en un hormigueo de comentarios; de autores, hay gran
escasez” (2005, p. 1016). ¿En qué sentido puede usar esta frase si su propio ensayo está
plagado de citaciones de autores? Tan pronto como el pensamiento se agota en la citación
perpetua, y se resguarda en la seguridad de la autoridad, hay poco que a Montaigne le llame
la atención; las citas de los autores no son más importantes que los ejemplos de vida de sus
amigos, y más aún de su propia vida: “pues escribo precisamente sobre mí y sobre mis
escritos, como sobre mis otros actos, y […] mi tema se vuelve sobre sí mismo” (2005, p.
1016; p. 1027). Por supuesto, esta última cita es tan solo la excusa que nos ofrece a
nosotros lectores por proferir varias veces, en su libro, sobre su propio libro. Una excusa
que, sin embargo, nos dice algo sobre su concepción de experiencia, a saber, su carácter
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subjetivo. Se sigue, pues, que lo único que necesite para desarrollar el tema sea de sí
mismo. ¿A pesar de esto no nos identificamos con Montaigne? ¿A pesar de su carácter
particular no hay en sus ejemplos, en sus explicaciones, algo que atañe también a los
demás? Más aún, encontramos en la siguiente cita una posible explicación:
por haberme acostumbrado desde la infancia a ver reflejada mi vida en la de los
demás, heme hecho con una naturaleza estudiosa en esto, y, cuando pienso en ello,
pocas cosas útiles dejo escapar a mi alrededor: actitudes, gestos, palabras. Todo lo
estudio: aquello que he de evitar, aquello que he de imitar. Así descubro a mis
amigos, por sus obras, sus inclinaciones internas, no para ordenar esa infinita
variedad de actos tan diversos y delimitados en ciertos géneros y capítulos, y
distribuir claramente mis repartos y divisiones en clases y regiones desconocidas”
(2005, p. 1022)
Lo primero que podemos notar, que conecta nuestra idea, es que el estudio de sí mismo,
que nutre el tema de la experiencia, es a su vez sostenido por el estudio de los otros; si bien
la experiencia es subjetiva, en cuanto a que se remite a otro sujeto, también es objetiva. No
es nuestra intención disolver esta contradicción, pues sería contrario a la concepción del
mismo Montaigne del mundo: “nuestra vida está compuesta, como la armonía del mundo,
de cosas contrarias; así también de distintos tonos, suaves y duros, agudos y sordos,
blandos y graves” (2005, p. 1034). Lo segundo es que la cita ahonda más en su método, a
su vez que nos pide a los lectores, con cuánta afición, nuestro propio método: por un lado,
Montaigne explica cómo procede para entenderse a sí mismo, y es que ya que su vida se
refleja en la de los demás, entonces estudia a los demás, pero más que a los demás, a sus
amigos. Descubre pues, en lo cotidiano de la vida de sus amigos (actitudes, gestos,
palabras), algo de ellos y de sí mismo. Además, sírvese de esto en su ensayo, plagado de los
más variados y aparentemente ignotos ejemplos: “pues, a mi parecer, de las cosas más
ordinarias, comunes y conocidas, si supiéramos explicarlas, podrían hacerse los mayores
milagros de la naturaleza y sacarse lo más prodigiosos ejemplos, en particular sobre el tema
de los actos humanos” (2005, p. 1027). Por otro lado, nos exhorta a que nos volvamos sus
amigos. Nos exhorta a que repliquemos su método de estudio ahora en él, que descubramos
en sus actitudes, gestos y palabras los más prodigiosos y milagrosos ejemplos de los actos
humanos, bajo este pacto de amistad que vence a la muerte, y que se renueva en la lectura y
la escritura.
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En cuanto a la cita de la armonía: con cuánta gracia y fácilmente se cola la música –


y por lo tanto la oreja— en esta frase que condensa su visión del mundo, y que por lo tanto
podemos llamar paradigmática, y que, además nos recuerda a Perseo, que de ser tan voluble
no era conocido ni por sí mismo. Y con razón podemos preguntarle a Montaigne, ¿entonces
qué podemos conocer del mundo si es tan voluble, si está compuesto de cosas contrarias?
Siguiendo su analogía, ¿cómo describir un sonido que es al tiempo grave y agudo? A lo que
él respondería: “Yo, que no pretendo otra cosa, hallo profundidad y variación tan infinita,
que mi aprendizaje no tiene más fruto que mostrarme cuánto me resta por aprender” (2005,
p. 1021). Y añadiría, como tocando la herida: “Yo, que me jacto de abrazar con tanto
entusiasmo los bienes de la vida, y tan particularmente, cuando los miro así con atención,
casi no hallo en ellos sino viento. Más qué, no somos sino viento” (2005, p. 1049). Habrá
que describirlos en su cambio, y detallar este en las diferencias más imperceptibles. ¿No es
esto lo que hace Montaigne y nos pide que hagamos? Pero entonces, ¿es inútil todo intento
de conceptualización, cuando lo que escapa acá es la conceptualización misma? A pesar de
que parece pesimista, las enseñanzas de Montaigne son de un conocimiento que se afirma
en la ignorancia—aún otra contradicción—: la experiencia aparece como un remedio de la
incertidumbre epistemológica que ha planteado: “no dejo de hallar algo con lo que
consolarme por un pronóstico de mi pasada experiencia” (2005, p. 1037). Ahora bien, es un
remedio, no una cura. Ceñirse completamente a las costumbres que ha impartido la
experiencia sería impropio de la naturaleza humana, que se mueve como el viento, y que
Montaigne termina elogiando: “son las vidas más hermosas aquellas que siguen el modelo
común y humano” (2005, p. 1057). En otras palabras, esto poco que conocemos,
incluyendo la volatilidad del mundo, nos ayuda a vivir con entereza esa misma volatilidad,
a prepararnos. En palabras de Montaigne, a componer nuestra conducta, con el fin de vivir
convenientemente teniendo en cuenta el cambio y la variación (2005, p. 1028; p. 1050).
Pero surge otra pregunta, ¿a prepararnos para qué? Nuestro movimiento termina,
inevitablemente, en nuestra muerte: “mézclase la muerte y confúndese siempre con nuestra
vida: la decadencia anuncia con antelación su hora y se infiltra durante el curso de nuestro
propio progreso” (2005, p. 1045). A prepararnos para la muerte, ya sea con la enfermedad o
la vejez. ¿Pero y qué tal con la rasquiña? Argumentaré no solo que el episodio de la
rasquiña está altamente ligado con la preparación para la muerte, sino también con la
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concepción contradictoria del mundo. Pero antes de continuar con la persistencia de la oreja
de forma más explícita, recalquemos su persistencia cuando con destreza se cola el viento
en las explicaciones de Montaigne, el mismo viento que aparecerá luego de forma implícita
cuando hable de la armonía de la música guerrera, justo antes del episodio de la sarna, el
mismo viento que le da voz a los instrumentos, que produce esta armonía.
El pasaje en cuestión es el siguiente: “no recuerdo haber tenido sarna nunca. Es sin
embargo el rascarse una de las satisfacciones más dulces de la naturaleza y más a la mano.
Mas conlleva una penitencia demasiado próxima e importuna. Practícolo más con las
orejas, que me pican por dentro a temporadas” (2005, p. 1041). Pero me gustaría abordarlo
desde el pasaje anterior, que es donde se empieza a desarrollar, y que últimamente
demuestra la fuerza evocativa del pasaje de la sarna.
Introduce ahí, sin previo aviso, una reflexión sobre la ocupación militar, seguida de
una mención directa de la vida como una guerra, en la que la muerte muchas veces es lenta
y más penosa que en la guerra como tal. Y algunos estarán tentados en reducir este pasaje a
esa analogía, pero esto aún no explica por qué el pasaje de la sarna. El hecho de que estén
juntos habla de una posible relación entre las dos acciones principales, a decir, la de
rascarse y la de ocupación militar. Por un lado, podemos ver que ambas acciones se
conectan porque en ambas hay una mezcla de dos emociones contrarias: el placer y el
dolor, o en términos de Montaigne, “la satisfacción”, y la “penitencia”. Miremos cómo se
presentan estos en la acción militar, por si aún quedan dudas: “no hay ocupación más
amena que la militar” y “os entregáis a las misiones y peligros” (2005, p. 1040). Por otro,
también está la inclinación natural. Se dice de la rasquiña que es natural y más a la mano
(un pequeño chiste que sin embargo, como pienso demostrar, abre el portal de todo este
entramado de relaciones significantes), y del oficio militar que se ejerce con “libertad”, sin
“ceremonia”; el nexo acá claramente tiene que ver con la accesibilidad de las dos
actividades. Un tercer lado sería el tiempo. Aunque acá la conexión ilustra un resentimiento
casi infantil: nótese cómo el episodio de la sarna está permeado por un tiempo inestable “a
temporadas”, replicado en el pasaje siguiente en las recuperaciones “inconstantes y cortas”;
por supuesto, acá Montaigne ya ha dado un salto—ya explicaremos cuál—pero en el
recuento militar, propio de los jóvenes, lo que nos muestra es un tiempo estable: “viendo de
ordinario tantos espectáculos trágicos” (por supuesto hay que recurrir a la connotación
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temporal de ordinario). En una especie de berrinche Montaigne, ya viejo, dice que no


recuerda haber tenido sarna nunca, a pesar de que se rasque, como si intentara esconder el
hecho, o aminorarlo sin tener que relacionarlo con la enfermedad. Es en especial en este
gesto de escondite en el que se enfocará nuestro argumento. En su texto Lectures de
Montaigne, el escritor Jules Brody realiza estas mismas asociaciones, pero su análisis es
puramente lingüístico, lo cual es limitante porque no alcanza a explicar aún por qué el
episodio de la sarna es tan relevante, en otras palabras, no da espacio a considerarlo como
un fetiche, y para esto expandiré en el chiste y el salto anteriormente mencionados.
Comencemos por el salto, que es la última asociación que estudiaremos. En el tercer
apartado, Montaigne ha dado un salto de sus orejas a sus demás órganos. Ya en el tercer
apartado se anunciaba este salto cuando escribe “los oídos y el alma”, reemplazando la
usual pareja “el cuerpo y el alma” en esta sinécdoque, que es un tipo de movimiento
metonímico, el movimiento fetichista por excelencia. (Expandiré sobre esta idea en la
explicación sobre el chiste) Cobra sentido luego porque nos cuenta de su edad, y que en
varias naciones su edad era el límite de la vida; la mención de los órganos es una prueba de
su vitalidad. Pero de nuevo persiste la oreja cuando menciona que sus recuperaciones son
“inconstantes y cortas”, que remite directamente al “a temporadas” del episodio de la sarna.
Y en este salto, entonces, se conecta la muerte, pues sus órganos y su vejez le recuerdan su
inevitabilidad y proximidad— ¡Proximidad, al igual que la penitencia por rascarse!—. En el
episodio de la rasca pues, se evoca, a través de la rasquiña, la muerte, pero además, la
muerte como tema recurrente, como infiltrada en la vida, recordemos: “mézclase la muerte
y confúndese siempre con nuestra vida: la decadencia anuncia con antelación su hora y se
infiltra durante el curso de nuestro propio progreso”.
Pero aún no responde satisfactoriamente por qué la persistencia de la oreja, por qué
la rasquiña. Por supuesto, decimos que es fetichista porque a través de la atención especial
de este objeto, la oreja, se refiere a un objeto que lo oculta y que ocupa su lugar, la muerte.
Pero hay un salto muy grande entre la oreja y la muerte, que por ejemplo Brody no
dilucida, porque su análisis simplemente no podría, y este se da en el chiste del doble
sentido de la mano. A forma de chiste, el objeto reprimido sale: la uña. La uña que repele y
atrae a Roland Barthes cuando mira un retrato de Tristan Tzara, y que como explica, junto
con el cabello, es la parte del cuerpo que sigue viva incluso después de la muerte. La uña es
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el objeto que le recuerda la persistencia de su trauma y su propia concepción del mundo


como un conjunto de contrarios juntos, en este caso, la vida y la muerte. La uña es además
el objeto fetichizado que se desplaza con un fuerza metonímica que la condensa y la
desplaza en la imagen de la oreja, que aparece y reaparece, ya sea en la armonía, en el
viento, en los instrumentos, o en la rasquiña, en donde por fin, gracias al chiste, se dilucida
esta conexión, que hay que mencionar está retratada en tan solo cuatro líneas ¿No es Perseo
un personaje que también se mueve metonícamente? Pero seamos más precisos, ¿no es el
ejemplo de Perseo metonímico? Condensa y desplaza el recuerdo de la muerte/vida (¿de la
muerte viva?), de la presencia de la muerte en la vida en la anécdota de ese movimiento
errático; todos los ejemplos en Montaigne son el ejemplo, en todos se condensa y se
desplaza lo inevitable. Y causa de esto es que su escritura siempre esté en la punta del
abismo de su propia muerte, que es el final del texto; un anunciamiento del final en cada
palabra. Y a pesar de eso nunca termina, siempre se desplaza: como dijimos en la
introducción, frases (pero ahora palabras) que se persiguen persiguiendo algo, a decir, lo
innombrable—la parte innombrable de la experiencia: la muerte viva.
No concluiré usualmente con un resumen de este ensayo, por motivos de espacio.
Quiero recalcar, sin embargo, que los ejemplos de Montaigne, y su trauma reflejan,
últimamente, una rabia sardónica y una profunda melancolía—términos que parecen
contrarios, irónicamente. Pero que finalmente resumen también su imposible pero heróica
empresa por asir lo inasible: “Ninguna mente generosa se detiene en sí misma: pretende
siempre más y va más allá de sus fuerzas; tiene impulsos más allá de sus actos; si no
avanza, ni se empuja, ni se arrincona, ni se contradice, es que solo está viva a medias; sus
persecuciones no tienen ni término ni forma; su alimento es el asombro, la caza, la
ambigüedad” (2005, p. 1015).
Referencias
Montaigne, Michel de. 2005. “De la experiencia” en Ensayos completos. Barcelona:
Cátedra.

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