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LA NOCHE DE LOS CIPRESES

Nota del autor

El Motivo

En literatura, el motivo es entendido como la unidad elemental en la que ocurre algo, en


algún lugar al o a los personajes, es decir, elementos abstractos encontrados en una o
varias escenas sobre las cuales gira alguna historia. Estas escenas pueden ser encontradas
en varios relatos con extraordinaria semejanza sin que por ello se pierda su originalidad y
valor.
Hace no tanto tiempo, cuando era un niño de nueve años, quedé prendido de una escena
que vi en una película en el ahora viejo televisor que mi padre había comprado con su
primer aumento de ese año. Esa escena quedó grabada en mi mente a partir de entonces.
Nunca pude recordar el nombre de la película que en mi infancia encontré por casualidad
esa tarde en nuestro antiguo aparato –quizá el lector pueda hacerlo por mí-, hasta que
después de un tiempo aquella escena se convirtió en el motivo que justifica esta historia,
dotada de rasgos totalmente distintos que le dan un toque de singularidad.

Soto
Amadas voces ideales
de aquellos que han muerto, o de aquellos
perdidos como si hubiesen muerto.
Algunas veces en el sueño nos hablan,
algunas veces la imaginación las escucha.
Y con el suyo otros ecos regresan
desde la poesía primera de nuestra vida
como una música nocturna perdida en la distancia.

CONSTANTINO KAVAFIS
LA NOCHE
DE LOS CIPRESES
1

Todos recuerdan la noche en que comenzó a diluviar sobre los cipreses, la primera de ese
invierno que recién comenzaba, han pasado un poco más de quince años y en la memoria
colectiva permanece el recuerdo de la opacidad inconmensurable que prosiguió a aquella
tormenta.
Era el invierno del año 1973, alrededor de las once de la noche, aquella vieja calle se
desvanecía envuelta en un paño sutil que poco a poco adoptaba la calma característica de
las noches frías y húmedas. La lluvia había caído con singular fuerza acompañada de
descomunales trozos de hielo que tapizaron las aceras de un intenso color blanco, la
hilera de cipreses que flanqueaba la calle estaba inclinada a causa del feroz viento.
A esa hora de la noche, aún caía una débil brisa que perpetuaba el frío ayudada por la
resaca de la tormenta que horas antes había azotado la ciudad. El empedrado de la calle
estaba totalmente mojado y resbaloso a causa del hielo que en esos momentos se derretía,
una débil bruma lo abrazaba con una lobreguez que la brisa no alcanzaba a disipar.
No se veía a nadie transitar a esa hora bajo los cipreses, era bastante tarde ya. A lo lejos,
se distinguieron las luces de un auto que se acercaba, un auto clásico de color negro, en el
interior iban dos ocupantes, un hombre en el asiento delantero quien conducía, y una
mujer atrás. El auto se acercó y se estacionó frente a una vieja casona de mitad del siglo
pasado marcada con el número treinta y dos.
El hombre bajó con un paraguas en la mano y abrió la portezuela trasera, la mujer
descendió tomando el paraguas dirigiéndose hacia la casa. Por un movimiento natural
volteó de pronto hacia un extremo de la calle mientras buscaba algo en su bolso, en ese
momento se detuvo, una silueta en medio de la bruma aparecía recortada al final de la
calle envuelta en un haz de claridad.
-¡Emiliano!
-¿Sí señora?
-Ese hombre… ¿Estaba aquí cuando saliste por la tarde?
-¿Cuál hombre señora?
-El que está justo al final de la calle –dijo Doña Berta volviéndose mientras señalaba
hacia esa dirección.
No encontró nada al voltear, Emiliano la observaba extrañado. Doña Berta permaneció
por unos momentos vigilando dicho extremo, esperando a que el hombre apareciera
nuevamente, pero esto no ocurrió.
-Olvídalo Emiliano, debió ser una figuración mía.
-Muy bien señora, ¿Se le ofrece algo más?
-No, nada más, mete el coche y retírate a descansar, es tarde ya y está helando aquí
afuera.
-Como diga, buenas noches.
-Buenas noches.
-¡Emiliano! –dijo de pronto Doña Berta.
-Dígame.
-El árbol… ¿Cómo está?
-Bien señora, las lluvias han sido benévolas con él.
-Dios quiera que siga así, debe soportar el invierno que se avecina.
-Lo soportará señora, no debe preocuparse.
Doña Berta entró en la casa mientras el auto se dirigía a la cochera, dentro, una mujer la
recibió a su llegada.
-¿Dónde está Tomy? –preguntó Doña Berta.
-En su habitación señora, durmiendo.
-¿Ha venido alguien a buscarme?
-No señora.
-¿Estás segura Eugenia?
-Sí señora.
-Muy bien, ve a descansar, yo subiré a ver a mi hijo.
-Como diga, buenas noches.
Doña Berta entró sigilosa en la habitación dejando atrás la majestuosa escalera que
conducía al primer piso, la penumbra era rota por la escasa luz que penetraba por una
ventana semiabierta, las cortinas volaban libres empujadas por la débil brisa como único
recuerdo de la tormenta. Se respiraba un ambiente gélido que hacía temblar
inconscientemente al pequeño, Doña Berta se apresuró a cerrar la ventana y a correr las
cortinas, después se acercó a la cama, Tomy continuaba dormido.
Se sentó a un costado y lo observó, pasó los dedos a través de sus pequeños cabellos y
acarició su carita mientras el niño dormía, Doña Berta se sumergía en un mar de
meditaciones en medio del silencio y la semioscuridad que reinaban a su alrededor, el
frío iba desapareciendo poco a poco. Pasados algunos minutos lo arropó y se dirigió hacia
la ventana para asegurarse de haberla cerrado bien.
En ese momento fijó su vista del otro lado del cristal. Afuera, un pequeño callejón la
separaba de la casa contigua unos dos metros y medio y su longitud era la suficiente para
desembocar en otra calle detrás de la casa. Sus paredes eran húmedas casi todo el año, la
luz difícilmente penetraba cuando el tiempo permitía al sol aparecer débil por las
tardes. Dentro del callejón, un pequeño árbol se asomaba a través de la oscuridad de la
noche, estaba enclaustrado justo frente a la ventana entre los ladrillos del muro, húmedos
ya en esos momentos.
Doña Berta contemplaba cómo a un par de metros de ella se sostenían y mecían de
débiles ramas seis capullos de flor a la voluntad del viento, los hermosos y escasos
bulbos parecían ser parte del húmedo muro por momentos. Entonces cayó en una
especie de transe, la belleza de aquellos capullos que parecían salir del muro la había
dejado pasmada, parecía que estaban a punto de desprenderse con la frágil brisa que aún
soplaba, y sin embargo, ninguno lo hacía. Con seguridad, para la primavera emergerían
de ellos seis hermosas flores.
Súbitamente su vista se desvió hacia abajo atraída por el eco de lo que parecían ser unos
pasos, asustada observó la silueta de un hombre entrar en el callejón debajo de ella y
salir hacia los cipreses, era un hombre alto y robusto con un sombrero de copa y una
gabardina oscura que lo protegía de las gotas que los árboles aún desprendían. Doña
Berta lo siguió con la vista, el hombre se detuvo en la entrada del callejón y volteó hacia
la ventana. Aterrada, salió de la habitación y bajó de forma precipitada la enorme
escalera, momentos después se encontraba en la calle. Se dirigió al callejón y entró.
No encontró a nadie, ni un rastro de que hubiera estado alguien ahí momentos antes, el
viento era muy frío, producía un fúnebre sonido al chocar con las ramas de los cipreses.
Volteó hacia todos lados cruzada de brazos para suavizar el frío que sentía en el cuerpo
sin lograr encontrar nada; después de un rato de buscar en vano, a paso lento y
tembloroso, regresó a la casa decepcionada. Dentro, Emiliano salió a su encuentro.
-¿Pasa algo señora?
-No, nada, ¿qué haces levantado?
-Escuché que alguien salía y bajé a investigar.
-No ocurre nada Emiliano puedes retirarte a descansar, yo subiré un momento con Tomy.
-Como diga señora, buenas noches.
-Buenas noches.
2

Tomy despierta de un sobresalto, con la respiración agitada siente como el sudor resbala
por sus sienes dejando un hilo húmedo y frío que abraza su piel adormecida. Voltea de un
lado a otro como buscando algo, quizá buscándose a sí mismo en esa lucha por lograr que
sus pupilas se acostumbren a la oscuridad para descubrirse por fin semidesnudo sobre la
cama.
Voltea de pronto, no está solo, sobre el lecho en desorden descansa la figura ausente de
su madre, Tomy fija su vista en aquella espalda cada vez más débil, escucha su
respiración que en ocasiones se convierte en sonoros ronquidos. Ella se mueve un poco,
Tomy permanece quieto, sin hacer el menor ruido, no quiere que ella despierte y lo
sorprenda ahí, viéndola. No quiere despertarla, la necesita ahí, con él, como única
compañía desde que tiene memoria, desde hace cinco años y la enfermedad.
Se levanta cauteloso, la alfombra le ayudará a que sus pasos no lo delaten, se encamina a
la ventana que permanece semiabierta. De pronto voltea, se ha ubicado frente al espejo
oval que su madre le compró unos días antes como regalo de cumpleaños. Se descubre
muy delgado, demacrado, endeble, la playera demasiado holgada no lo es lo suficiente
para poder ocultar su delgadez. No se reconoce, quiere creer que es una ilusión, que esa
imagen no puede ser él, quizá algo ande mal, pero el espejo no miente, es de gran calidad
y no distorsiona un centímetro la imagen reflejada, según había dicho el viejo
comerciante a Doña Berta al momento de adquirirlo.
Tomy se acerca despacio al espejo, pareciera tenerle miedo a esa imagen débil que es él
mismo, observa su rostro hinchado, sus cabellos desaliñados que le caen en desorden
sobre los ojos, su piel pálida, los labios semiabiertos dejando escapar un hálito de
nostalgia que humedece el espejo por momentos. Lleva sus manos a ese rostro casi
transparente, lo acaricia con las yemas de los dedos, observa sus ojos tristes, siente la
palidez de su piel, siente el dolor que lo ha acompañado desde hace mucho tiempo, desde
que le diagnosticaran la enfermedad: “osteogénesis imperfecta”, había dictaminado el
médico en forma categórica. Descubrió que sus huesos eran incapaces de sostenerlo,
descubrió que su cuerpo se convertía en una pieza inútil y débil con el pasar de los años,
descubrió que la soledad sería su única compañera a partir de ese día, hacía ya cinco
años.
Tomy siente correr las lágrimas que comienzan a caer por sus mejillas resecas, las
primeras lágrimas de esa noche inundándole los dedos aún sobre su cara. Llora en
silencio, cuidadoso, se reprime como muchas veces antes, como si el llorar fuera un
pecado, un error, una travesura por la cual, pensaba, sería castigado. Ni siquiera siente
ese derecho, esa libertad que no conoce y que necesita.
Doña Berta se mueve nuevamente, esta vez con más fuerza, parece que regresará del
sueño, Tomy permanece quieto, limpia las lágrimas que aún quedan en su rostro, no hace
ruido, ella duerme otra vez, no se mueve. Tomy se dirige entonces a la ventana, una brisa
penetra secándole el rostro que por vez primera recibe algo amable. La bruma envuelve a
una ciudad de millones de almas durmientes con una lobreguez extraña que el viento no
consigue sofocar.
No se oye el menor ruido a excepción de su respiración endeble y los ronquidos
ocasionales de su madre, la noche muda y la penumbra, únicos testigos de su
desesperanza, parecen ajenas a su dolor. Se siente atrapado, esa ventana por la cual
penetran los rayos de la luna en ocasiones y las luces lejanas de los faros de la calle, es la
única conexión que tiene con el exterior desde una prisión en la que ha permanecido
desde hace cinco años, cinco años llenos de sufrimiento, de cosas inentendibles, de
momentos desolados y lágrimas derramadas sin control, de silencios impregnados de
desesperanza e hilillos salados que siempre caen por su rostro, como una rutina a la que
espera acostumbrarse alguna vez.
La noche es joven aún, los destellos de las estrellas titilantes a lo lejos lo dejan pasmado
por un momento, se acerca a la ventana para que la brisa constante le bañe el rostro con
esa amabilidad que necesita. Tomy cierra los ojos al contacto con el viento, sólo quiere
sentir, no ver, no pensar, volver a acariciar alguna ensoñación de esas que tenía cuando
creía ser feliz, cuando era pequeño y salía a jugar bajo los cipreses, cuando podía
ubicarse debajo del pequeño árbol pegado a la pared del callejón. Ese árbol se ha
convertido en su único compañero, su cómplice, inmóvil al igual que él. Todas las
mañanas corre la cortina ilusionado de poder ver los pequeños capullos que pronto
abrirán.
3

Berta Posada era propietaria de una de las joyerías ubicadas en el centro de la capital,
bajo los arcos a un costado de la majestuosa catedral metropolitana, lo que le permitía
poder vivir cómodamente sin preocupación económica alguna. La joyería había sido
herencia de su padre, Don Jorge Posada, un ilustre joyero del México de mediados de
siglo. El señor Posada había sido la última de las grandes personalidades que habían
habitado la casa. Amigo de intelectuales y artistas de su época, Don Jorge gozaba de
fama y prestigio entre la sociedad mexicana en la primera mitad del siglo XX, era
conocido como un gran empresario gracias a su incursión dentro del ramo joyero,
aunque era aún más conocido por su gran talento como artista. Jorge Posada era un
prodigioso pintor, había estudiado en Francia durante varios años y expuesto sus obras en
galerías para aficionados a pesar de que sus amigos ya lo hacían de forma profesional.
Jorge Posada regresó a México en 1943 huyendo de los horrores de la guerra. Quizá
debido a esto, no volvió a tomar los pinceles nunca más, dedicándose de lleno a la
industria joyera.
Doña Berta había crecido en un ambiente en el que era muy normal encontrarse en medio
de enormes anillos de oro, esclavas relucientes, collares de diamantes que adornaban las
gargantas de las mujeres más bellas y ricas de la época. Conocía muy bien el negocio del
cual se hacía cargo desde la muerte de su padre veinte años atrás.

***

Doña Berta no pudo dormir durante la noche, las horas pasaban lentamente mientras ella
permanecía sumida en sus pensamientos sobre su lecho una vez que dejó el cuarto de
Tomy. Le preocupaba de sobremanera la presencia de ese hombre, sin embargo, lo que
más le inquietaba era la extraña forma en que él había aparecido ante ella esa noche, sólo
a ella, nadie más lo había visto, ni Emiliano, ni Eugenia, pese a que se habían encontrado
relativamente cerca en los momentos de su aparición. Todo era muy extraño y confuso,
nunca antes había observado a alguien merodear en las cercanías de la casa, mucho
menos después de una tormenta como la que esa noche había azotado los cipreses.
Se levantó muy temprano, sólo había dormido un par de horas. La enorme escalera que
la noche anterior había conseguido subir con esfuerzos, llegaba hasta una amplia estancia
que a su vez conducía a un comedor del lado derecho. Doña Berta llegó al comedor y
observó que el desayuno ya estaba servido, un par de huevos fritos y una taza de café
humeante. Se sentó con dificultad, se sentía agobiada, no sólo por el cansancio de la
noche sino por el severo ritmo de vida al que a diario se sometía atendiendo la joyería
personalmente, nunca había querido contratar a alguien, no confiaba en nadie, nunca lo
había hecho y nunca lo haría.
También pensaba en Tomy, le preocupaba su angustiosa y extraña enfermedad,
“osteogénesis imperfecta”, sus huesos se volvieron porosos y débiles, tanto que cualquier
golpe por muy insignificante que éste fuera, podría romperlos sin dificultad. A Doña
Berta le mortificaba, a causa de ello, la forma de vida que el pequeño llevaba, la forma de
vida que conocía hasta el día presente. Le aterraba la idea de dejarlo solo algún día, “¿qué
sería de él?”, se preguntaba, “¿quién lo cuidaría?”, en el fondo sabía que ese día llegaría
tarde o temprano, ella ya había dejado atrás los mejores años y cada día que pasaba se
sentía más agotada. En ese momento Eugenia entró con una jarra plateada en la mano.
-¿Gusta un poco más de café señora?
-No Eugenia, muchas gracias.
-¿Alguna cosa más?
-No, nada más, puedes retirarte.
-Está bien señora.
-¡No, espera!
-Dígame.
-Anoche, ¿estás segura de que no viste a nadie?
-Segura señora.
-¿Nadie llamó a la puerta tampoco?
-No señora.
-Trata de recordar Eugenia.
-Por más que trato no recuerdo haber visto nada extraño.
-Está bien Eugenia, puedes retirarte.
-Con su permiso.
Doña Berta dio un último sorbo al café, los huevos ni siquiera los probó, después subió a
despedirse de Tomy. Éste aún se encontraba dormido, entró con sigilo para no despertarlo
y se sentó a su lado como lo hiciera la noche anterior, el pequeño comenzó a moverse
poco a poco indicando que regresaba del sueño. Abrió los ojos y vio a su madre quien a
su vez lo miraba.
-Hola mamá, ¿aún estás aquí?
-Hola mi amor, vine a despedirme, ya voy de salida.
-Pero si hoy es sábado.
-Lo sé Tomy, pero tengo que ir a la joyería de todos modos.
-¡Llévame contigo!
-Sabes que eso es imposible Tomy.
El pequeño la miró con disgusto, pero después su semblante cambió por completo
tornándose en tristeza, Doña Berta también lo miraba afligida como todas las mañanas en
que Tomy le hacía la misma petición.
Le dio un beso y salió presurosa de la habitación, estaba retrasada, el auto aguardaba ya
frente a la puerta, Emiliano la esperaba, subió y se alejó con rumbo al centro de la
ciudad.
Ese día fue un día normal para Tomy, un sábado más, como él lo llamaba desde hacía
mucho tiempo. Tomó el desayuno en su habitación como era habitual y como era habitual
también, casi no lo probó. Permaneció toda la mañana recostado en su cama observando
los capullos, sus capullos, frente a su ventana. Llegó la hora de comer, igualmente en su
habitación sin probar casi bocado. Por la tarde se entregó a la lectura, siempre echando
una mirada a través de la ventana abierta, el sol de la tarde iluminó de lleno el pequeño
árbol, los capullos brillaban reflejando los rayos solares en un hermoso tono verde que
se clavaba en sus ojos abiertos de par en par, su sonrisa involuntaria expresaba la
fascinación que en ese momento sentía en todo su ser.
Justo en ese momento, en cuestión de minutos, el brillante tono de los bulbos desapareció
tras una nube que ocultó de súbito los rayos del sol, Tomy corrió a la ventana y observó
hacia el cielo, éste, se comenzó a poblar de nubarrones grises que presagiaban una fuerte
tormenta. Tomy enfureció, su respiración se agitó con fuerza y su rostro se tornó rígido,
“¿por qué tiene que llover siempre a esta hora?”
Cerró la ventana y corrió las cortinas, fue a su cama y se acostó, no quiso abrir la puerta
a Eugenia quien traía ya la merienda. La habitación quedó casi en completa oscuridad, la
tormenta parecía inevitable, caería en cualquier momento, Tomy no quería ser testigo de
aquello, pensó entonces que la única forma de no ver ni escuchar la lluvia era estando
dormido, hizo un esfuerzo supremo, cerró los ojos apretándolos con todas sus fuerzas,
poco tiempo después logró su cometido.
4

Tomy despierta cuando la noche ha caído ya, están a punto de dar las once en el reloj de
péndulo que cuelga de la pared frente a su cama, la habitación está sumida en
penumbras, sus pupilas poco a poco se acostumbran a la oscuridad distinguiendo con
cierta facilidad los objetos que le rodean. Se levanta y, a paso lento, llega a la ventana.
La calle permanece tranquila, ningún ruido se escucha en muchos metros a la redonda,
está seca, no hay indicios de que esa tarde hubiera caído una sola gota, el árbol
permanece inmóvil, no sopla la menor brisa, los capullos en el mismo estado parecen
descansar apacibles, pendientes de las ramas endebles del pequeño árbol. “¿Qué habrá
pasado?”, se pregunta Tomy, “la calle está seca”, murmura para sí. Cierra la ventana y
enciende la luz, no se escucha el menor ruido en la casa, se recuesta en la cama y
permanece quieto en medio del sepulcral silencio.
Tomy escucha atento el silencio con la respiración sosegada, algo le impide volver a
dormir, algo fuera de lo común se respira en la casa y le ahuyenta el sueño. Se incorpora
y permanece callado. Entonces, a lo lejos, escucha algo, tensa su cuerpo y agudiza el
oído. Logra percibir una distante melodía que emana del viejo piano que pertenecía a su
abuelo. Cosa extraña, nadie tocaba el piano en la casa más que él mientras tomaba sus
lecciones por las tardes dos veces por semana. Sin embargo, las notas se escuchan con
claridad, forman una bella composición que Tomy no conoce. El viejo piano está siendo
tocado por alguien, “¿pero quién?”, “es imposible”.
Las notas penetran en sus oídos produciéndole un placer inexplicable tejiendo un encanto
alrededor de su corazón, una sensación confortadora que lo toca en lo más profundo de su
sensibilidad. Se levanta hipnotizado y sale de su habitación, baja las escaleras despacio,
hace tanto tiempo que no baja por esas enormes escaleras que cualquier paso en falso
podría ser fatal. Las notas cada vez se escuchan más fuertes y nítidas, una vez abajo se
dirige a la habitación donde se encuentra el piano pasando por la pequeña sala que la
antecede. Se ubica frente a la puerta y escucha
Cierra los ojos permitiendo que la melodía lo envuelva, se deja atrapar por la hermosa
música que lo ha arrastrado hasta ahí sin saber porqué. Se acerca a la puerta y rodea la
perilla con su mano, la gira suave entreabriendo despacio. Se siente asustado, no tiene el
valor para asomar la cabeza dentro de la habitación, piensa en regresar, pero la música lo
mantiene hipnotizado. Por fin, se asoma lentamente. Frente al piano, sentado en un
taburete, un hombre desliza sus dedos a través del marfil, en la cola del piano descansan
una gabardina oscura y un sombrero de copa. Tomy cierra la puerta súbitamente después
de que el hombre voltea hacia él, tiene miedo de haber sido visto y respira con dificultad.
De repente la melodía cesa, el pequeño permanece paralizado por el miedo, le es
imposible moverse, espera a que el hombre abra la puerta y lo descubra, pero esto no
ocurre, pasan los minutos y nada ocurre. Tomy se asoma de nuevo arriesgándose a todo,
lo que ve lo deja pasmado.
La habitación está vacía, los pasos del pequeño hacen eco en las paredes revestidas de un
azul turquesa con relieves dorados en los ángulos superiores, el piano descansa apacible
sumido en un sopor descubierto por la luz de la luna que entra por el enorme ventanal.
“Es imposible”, murmura Tomy angustiado. Camina despacio hasta llegar frente al
piano, la tapa que cubre las teclas está cerrada bajo llave.
Los ojos casi se le salen de las órbitas y un miedo aterrador invade su cuerpo. Hecha a
correr a su habitación sin mirar atrás, incluso olvida cerrar la puerta tras de sí, cierra bajo
llave una vez que llega arriba y se oculta entre las sábanas con la respiración agitada y el
terror a cuestas.
5

La mañana llegó más rápido de lo que el pequeño hubiera deseado, ahora había sido él el
que no había conseguido pegar los párpados en toda la noche. La amplia ventana de su
habitación se encontraba ya abierta y era traspasada por los matinales rayos del sol que
iban a estrellarse contra las sábanas de su cama, lo que hacía suponer que alguien había
subido ya. Sobre una pequeña mesa de madera se encontraba servido el desayuno:
huevos fritos, gelatina y un vaso con leche caliente acompañado de un trozo de pan
dulce. Se levantó despacio, aún estaba un poco adormilado, se sentó frente a los
alimentos y los comió con inusual avidez, con un apetito que no era frecuente en él.
Después se dirigió a la ventana para mirar el árbol, los bellos capullos volvieron a
resplandecer ante sus ojos ayudados del joven sol matinal, en ese momento llamaron a la
puerta.
-¿Quién es?
-¡Eugenia!
-¡Pasa!
-Sólo vengo a recoger la charola del desayuno.
-Está ahí sobre la mesa.
Eugenia observó extrañada los platos vacíos en la charola, luego dirigió una fugaz mirada
a Tomy quien a su vez la miraba recargado en la pared junto a la ventana con un
semblante tranquilo.
-¿Pasa algo Eugenia?
-No... No pasa nada, con permiso –dijo desconcertada.
La actitud de Eugenia causó tanta gracia en Tomy que al salir esta última, el pequeño
echó a reír. Rió como hacía mucho tiempo no lo había hecho, estaba feliz, existía algo
extraño en el ambiente que le causaba felicidad, una rara pero agradable felicidad, en ese
momento volvieron a llamar.
-¿Quién es?
-¡Soy yo Tomy!
-¡Pasa mamá!
Doña Berta entró y vio a Tomy como hacía tanto tiempo no lo había visto, ruborizado,
con color en el semblante, sonriendo y lleno de vida.
-Veo que esta mañana has amanecido de buen humor.
-Así es mamá.
-¿Y puedo preguntar por qué?
-No lo sé mamá.
-¿Cómo que no lo sabes?
-No lo sé, simplemente me siento muy bien esta mañana.
-Me da mucha alegría escucharte hablar así Tomy.
-Lo sé mamá.
-Bueno ya me voy a la joyería, tengo mucho qué hacer allá.
-Está bien.
Doña Berta salió cerrando la puerta tras de sí.
Transcurrió la mañana apacible y con una atmósfera llena de vida, algo extraño había
pasado la noche anterior dentro del pequeño, algo tan grande que inundaba el ambiente
por completo. Se acercaba el medio día, hora en que comenzaban sus lecciones diarias.
Ese día tomaría la clase de pintura, su favorita. Desde que Tomy tenía memoria la
pintura se había convertido en una parte crucial en su vida, representaba, en un inicio, una
especie de escape del dolor en el que vivía. Pero después se había transformado en una
pasión, pasión que lo libraba del paso lento y desesperante de las interminables horas. Sus
maestros se dieron cuenta que, desde que comenzó a tomar los pinceles, Tomy había
heredado el talento de Don Jorge Posada. Sin embargo, por instrucciones de Doña Berta,
no habían comentado nada a Tomy con el propósito de no crearle demasiadas ilusiones.
Dolorosamente, Doña Berta pensaba que crear ilusiones en el pequeño respecto a su gran
talento, significaba un acto cruel e inhumano. No sabía si su hijo conocería la edad
adulta.
Tomy tomaba su clase dos veces por semana, esperaba ansioso la llegada del maestro en
turno desde que iniciaba el día. Esa mañana sin embargo, pasaba ya del medio día sin que
el maestro apareciera, la espera se tornaba desesperante, a los minutos siguieron las
horas. Tomy tenía listos los materiales con los que usualmente trabajaba desde el
momento en que su madre se había marchado, pero la espera resultó en vano, el maestro
nunca llegó. Enclaustrado en su habitación, Tomy intentaba pensar en lo motivos que
hicieron a su maestro faltar por primera vez desde que fuera contratado por Doña Berta
seis meses atrás, sin poder conseguirlo. Resignado, guardó los materiales y se recostó en
la cama, al poco tiempo se quedó dormido.
Alrededor de las nueve de la noche, alguien llamó a la puerta. Tomy se levantó ante la
insistencia de los golpes, y dirigiéndose a ésta un poco adormilado, abrió.
-¿Porqué cierras otra vez con llave hijo?
-Perdón mamá, no me di cuenta.
-¿Dormías ya?
-Sí, me quedé dormido en la tarde cuando me recosté después de esperar al señor
Dupont.
Doña Berta cambio su expresión en ese momento, bajó la cabeza y cruzó los brazos,
hecho que Tomy notó de inmediato.
-¿Qué pasa mamá?
Doña Berta fijó su mirada en Tomy sin contestar.
-¿Qué ocurre mamá?, ¿tiene algo que ver con el señor Dupont?
-Sí Tomy.
-¿Qué es?
-Tu maestro de pintura no vendrá más.
-¿Qué no vendrá más?, –murmuró- ¿Pero, porqué?
-Porque él se ha marchado a Francia debido a que está enfermo.
-¿Enfermo de qué mamá?
-Tiene cáncer Tomy, cáncer en los pulmones.
-No puede ser –contestó Tomy mientras perdía su mirada en la habitación- sólo han
pasado cuatro días desde que vino a darme la clase.
-Lo sé Tomy, pero tienes que ser fuerte.
En realidad a Tomy no le afectaba el hecho de que su maestro estuviera enfermo, de
hecho lo que hasta ese momento conocía del cáncer era tan limitado que no imaginó
nunca el desenlace fatal que muy pronto tendría el señor Dupont. Lo que realmente le
afligía era el hecho de interrumpir sus clases de pintura, le consternaba no poder seguir
pintando más y tener que dejar sus lápices y pinceles guardados en el armario. Con su
inocente razonamiento a cuestas, se recostó después de que su madre saliera de la
habitación dejándolo solo.
6

A las once de la noche, Tomy despierta, la mágica hora se convierte poco a poco en otra
rutina. La habitación se encuentra presa de la penumbra como la noche anterior. Tomy
permanece sentado sobre la cama con la mirada fija en la ventana aún abierta oyendo su
propia respiración.
De pronto, comienza a escuchar de nueva cuenta el piano. Las hermosas notas musicales
vuelven a hacer eco en la casa hasta llegar a sus oídos. “Alguien toca el piano
nuevamente”, dice en voz baja, “me había olvidado de eso”.
Se levanta despacio, sale de su habitación y desciende las escaleras llegando hasta la
puerta de la que emana la melodía, las notas penetran en su cabeza sumiéndolo en una
especie de trance, gira la perilla con decisión y abre la puerta. Esta vez no es presa del
miedo de la noche anterior, empuja despacio la puerta y asoma la cabeza, frente al piano,
ve al mismo hombre paseando sus dedos a través de las teclas de marfil, el sombrero y la
gabardina están en el mismo lugar que la noche anterior.
El hombre deja de tocar de pronto, permanece sentado con la cabeza baja y los ojos sobre
las teclas, esta vez no voltea a mirar a Tomy, pero aunque lo hiciera, el pequeño no
hubiera huido. Después, el hombre continúa tocando y el pequeño escuchando, Tomy
cierra la puerta, y, muy despacio, con una sonrisa en los labios, emprende el regreso a su
habitación con la tranquilidad y el deleite dibujados en su rostro. La bella melodía siendo
tocada dentro de la habitación de la cual se aleja, la complicidad del artista y el
espectador complementándose se proyecta en la escena. Tomy llega a su habitación, se
acuesta y se arropa él mismo como nunca antes se lo habían permitido hacer olvidándose
de cerrar la ventana. Se queda poco a poco dormido escuchando la melodía cada vez más
lejana. Pero ésta continúa y continúa hasta hacerse eterna, y Tomy no sabe en qué
momento termina bajo el embrujo de un confortable sueño, para cuando tiene otra vez
conciencia de sí, está amaneciendo.
7

Pocas horas después, muy temprano, cuando el rocío aún cubría las delgadas ramas de los
cipreses y los pequeños tallos de las flores que crecían en la acera brillaban reflejando los
rayos matinales, un viejo hombre llamó en el número treinta y dos en la calle de los
cipreses. El frío era aún considerable, no había pasado mucho tiempo desde que las
sombras de la noche habían cedido su lugar a la luz del nuevo día. Ante la nula respuesta
a su llamado, el hombre insistió, después de unos momentos una mujer abrió la puerta.
-Muy buenos días, ¿disculpe usted, se encuentra en casa la señora?
-¿Quién la busca? –preguntó la mujer observando detenidamente el rostro de aquel
hombre.
-Darú señora, Sebastián Darú para servirle.
Lo mujer lo miró desconfiada, era aún muy temprano para que alguien llamara a la
puerta. Observándolo de pies a cabeza, por fin dijo:
-Pase usted, puede esperar en la sala si gusta.
-¿Pero, en dónde se ubica la sala si es tan gentil?
Eugenia lo condujo a la salita donde Doña Berta solía recibir a sus visitas.
-Avisaré a la señora, espere un momento por favor.
El hombre asintió con una profunda reverencia.
Después de unos minutos de espera durante los cuales permaneció observando con
profundidad la elegante habitación, Doña Berta apareció bajo el dintel de la puerta, el
lugar en el que el hombre se encontraba sentado le hacía dar la espalda a ella.
-Buenos días, - dijo al ver que el hombre no notaba su presencia.
Inmediatamente después de escuchar estas palabras, el hombre se incorporó mirando a
Doña Berta. Los ojos de ésta última parecieron salirse de sus órbitas al observar el rostro
y la apariencia de aquel hombre, se llevó la mano a la boca semiabierta y se recargó en un
costado del marco de la puerta lo que evitó que seguramente cayera al suelo
impresionada. El hombre notó este hecho, sin embargo, no dio muestras de extrañeza.
-¿Le pasa algo señora?
Doña Berta aún no podía articular palabra, permanecía observando aterrada a Darú.
-¿Se siente bien señora? –insistió éste.
-E... es usted –pudo por fin balbucear Doña Berta.
-No sé a qué se refiere señora.
-¡Claro que lo sabe, no finja!
-Me parece que usted me confunde con alguien más señora.
-No, yo lo vi la otra noche bajo la ventana del callejón.
-¿Se refiere usted al callejoncito que está a un lado de su casa?
-El mismo.
-Permítame informarle –dijo Darú- que acabo de llegar hace unas horas a la ciudad, si no
me cree, puede observar esto.
Darú alargó un billete a Doña Berta, ésta lo tomó y lo revisó detenidamente, el billete era
un pasaje de avión de un vuelo de París a la Ciudad de México.
-No puede ser –murmuró consternada mientras se llevaba la mano a la cabeza, devolvió
el billete a Darú y se sentó apenada en un sillón.
-Debe disculparme usted, he estado un poco estresada los últimos días, pero dígame ¿en
qué le puedo servir?
-Vengo a remplazar al antiguo maestro de pintura de su hijo señora –dijo Darú sin más
preámbulos.
-Pero, ¿cómo se enteró usted de que hay una vacante como esa aquí en mi casa?
-Me enviaron de la agencia de colocaciones en Francia, parece ser que usted reportó la
vacante en la filial aquí en la ciudad de México.
-Sí, pero no pensé que fuera tan rápido el trámite, apenas se los informé ayer.
-Ya ve usted que en estos tiempos la eficacia está al mejor postor.
-Sí ya veo..., sepa usted que mi hijo está enfermo y...
-Conozco los pormenores señora –interrumpió Darú.
-Ah… –murmuró Doña Berta- ¿entonces ya sabe todo sobre Tomy?
-Sí señora.
-Mi hijo aún está dormido, considero inoportuno despertarlo tan temprano.
-Como usted diga.
-¿Gusta esperar mientras pasa un poco el tiempo?, quizá podría invitarle a desayunar,
¿ya desayunó usted?
-No señora.
-Por favor si fuera tan amable de pasar al comedor, en un momento le servirán.
-Muchas gracias.
Darú fue conducido al hermoso comedor en donde después de unos momentos le fue
servido el desayuno, Doña Berta lo acompañó con una taza de café. Mientras
desayunaba, Darú contó a Doña Berta todos los pormenores de su viaje y algunas otras
cosas relacionadas con su experiencia como docente, Darú parecía ser un hombre
bastante preparado y estaba totalmente dedicado a la enseñanza desde hacía veinte años
según sus palabras. Concluido el desayuno, tuvo que esperar una hora más antes de que
le fuera permitido subir a conocer a Tomy. Por petición personal se le dejó subir solo a la
habitación pese a la insistencia de Doña Berta en acompañarlo. Darú tocó la puerta y
esperó, desde dentro escuchó la vocecita del pequeño permitiéndole la entrada, empujó
lentamente la puerta y entró, el pequeño aún estaba acostado, tenía un semblante alegre
que en ese momento se tornó serio, observaba fijamente a Darú. Éste se sentó en un
costado de la cama sobre una pequeña silla, el pequeño lo seguía con la mirada en todo
momento.
-Hola Tomy.
El pequeño no contestó.
-Sé que es un poco temprano, pero quería conocerte lo antes posible.
De nuevo no obtuvo respuesta.
-Veo que no estás de buen humor esta mañana, ¿soy inoportuno? -preguntó el viejo.
Tomy negó con la cabeza.
-Creo que debo empezar con algo interesante ¿no es así? Bueno déjame pensar… ¿puedo
comenzar por decirte que yo conocí a tu abuelo?
Estas palabras dieron un giro inesperado a la conversación, Tomy pareció interesarse, sus
ojos se abrieron un poco más de lo usual y se incorporó sobre la cama.
-Veo que te interesó lo que acabo de decir.
Tomy asintió con la cabeza.
-Tu abuelo era un gran hombre Tomy, y un gran amigo también. ¿Tú lo conociste?
-No.
-Vaya, ¿tu madre no te ha hablado de él?
-No mucho.
-Es una pena. Fue hace mucho tiempo, déjame recordar, sí, ya recuerdo, fue en el verano
hace más o menos cuarenta años, yo vivía en Europa, en una provincia llamada
Montpellier, al sur de Francia, muy cerca del mar mediterráneo. En esa época era alumno
de la Université de Montpellier, en donde estudié pintura y dibujo artístico por tres años,
después de esos tres años conocí a tu abuelo. Él llegó a vivir un tiempo en la provincia y
a estudiar también por un tiempo en la Université, nos hicimos muy buenos amigos
inmediatamente, pasábamos casi todo el tiempo juntos, nos gustaban las mismas cosas,
compartíamos el mismo amor por el arte, porque has de saber que tu abuelo era un gran
artista, pintaba como el mismo Miguel Ángel. Por desgracia a él nunca le gustó el
reconocimiento, la mayoría de sus obras sólo las conozco yo y algunos amigos de aquella
época que ya han muerto, y creo que algunas las trajo a México, pero no sé en dónde
podrían estar en estos momentos.
-¿Si usted encontrara esos cuadros me contaría más acerca de mi abuelo?
-Desde luego que sí.
-Creo que hay unos cuadros en el sótano –dijo Tomy-, pero no sé si sean obra de mi
abuelo.
-¿Tu madre nunca te dijo de dónde provenían?
-No, ¿cree usted que hayan sido pintados por él?
-Probablemente, tendría que verlos y decirte con certeza.
-¿Usted va a enseñarme a pintar?
-Sólo si tú quieres. Pero primero me gustaría ver esos cuadros, ¿me los enseñarías
Tomy?, ¿harías eso por mí?
-Tenemos que esperar a que mi madre se vaya.
-Está bien, esperaremos.
No tuvieron que esperar mucho tiempo, pasada una hora Doña Berta subió a despedirse
de Tomy, quien continuaba conversando con Darú, después de despedirse de los dos,
abordó su auto y partió con rumbo al centro capitalino. Una vez que escucharon que el
auto se había alejado, los dos cómplices bajaron al sótano, éste se encontraba debajo de
la gran escalera y se llegaba a él por una puertecita ubicada a un costado de la misma,
por la cual penetraron auxiliados de una pequeña lámpara que Tomy llevaba al frente.
Después de descender por una polvosa escalinata llegaron a un pasillo que los condujo
hasta un cuarto amplio y totalmente oscuro. Lo que alcanzaban a percibir con la escasa
luz de la lámpara eran sólo muebles viejos cubiertos de sábanas y muchas cajas de cartón
que contenían todo tipo de objetos: candelabros, vajillas, manteles, vestidos…
Estuvieron registrando por espacio de media hora en todo el sótano, hasta que por fin
encontraron lo que tan afanosamente buscaban. Detrás de una vieja mesa de madera,
había recargados en la pared seis cuadros envueltos en papel color marrón y atados con
cordones blancos. Darú movió la mesa de su sitio mientras Tomy lo alumbraba con la
lámpara, sacó uno a uno los cuadros y los recargó en el otro extremo de la mesa, después
se sentó en un banquito e invitó a Tomy a sentarse en otro.
Darú examinó los cuadros, uno a uno, mientras los abría. En su rostro se reflejaba una
profunda emoción cada vez que observaba cada uno de ellos, uno por uno pasaron por sus
ojos, los cuales se abrían más de la cuenta llenos de emoción, hasta desbordar esa
emoción en lágrimas, hecho que Tomy notó, sin embargo no dijo nada, no quería
interrumpir el emocionante momento con el cual se sentía también identificado. Sin
embargo, cuando Darú abrió el último cuadro, su rostro cambió, aunque igualmente
reflejó emoción al verlo, Tomy notó cierta preocupación en los ojos del viejo maestro.
Darú envolvió el cuadro sin mostrárselo, se incorporó volviéndolos a colocar en su
lugar, justo como los encontrara momentos antes.
-¿Cuánto tiempo tiene que estos cuadros están aquí?
-Desde que yo me acuerdo.
-¿Y tu madre nunca los abre?
-No.
-¿Estás seguro?
-Sí.
-Bueno hijo, creo que lo mejor es dejar aquí los cuadros que tu abuelo pintó, no
podemos hacer nada por el momento, aunque es una lástima porque son unas verdaderas
obras de arte, ¿te gustaron?
-Mucho.
-¿Te gustaría pintar como tu abuelo?
-Sí –dijo Tomy visiblemente emocionado.
-Bueno, pues comencemos ahora mismo ¿te parece?
-Claro que sí.
Después, los dos nuevos amigos subieron por las viejas escalinatas ayudados de la
lámpara, cerraron la entrada al sótano y subieron a la habitación teniendo cuidado de no
ser vistos.
8

Esa tarde, alumno y maestro permanecieron trabajando sin descanso, sin reposo alguno
hasta que las primeras luces del alumbrado público entraron a través de la ventana de la
habitación. Darú mostró a Tomy algunas técnicas avanzadas de pintura y dibujo, las
cuales el pequeño aprendía con gran facilidad, le había permitido también pintar sobre
algunos lienzos que había traído desde Francia.
El viejo maestro se dio cuenta con satisfacción de lo que los antiguos maestros notaran
en su momento: el pequeño había heredado el talento de su abuelo al observar los
ejercicios sobre los lienzos. Su estilo era nato, diferente, natural. Sus trazos eran perfectos
y armónicos, y su talento era el más puro que había visto desde que observara a su amigo
Jorge Posada pintar al óleo cuarenta años atrás, pareciera que el pincel que sujetaba
Tomy era movido por su abuelo desde algún lejano lugar.
Conforme los días pasaban, Tomy pintaba sobre los delicados lienzos con gran destreza.
Sólo dos semanas después de que Darú llegara a la casa, su salud había mejorado
notoriamente. Todos los días bajaba al comedor acompañado de Darú, quien estaba con
él en todo momento. Comía con avidez, conversaba con inteligencia y soltura, cada día
sorprendía más al viejo maestro quien se daba cuenta que su pupilo había nacido para
hacer grandes cosas, para ser un artista reconocido, para lograr lo que su abuelo no quiso
lograr en su momento. Pero sin duda, la más sorprendida del radical cambio del pequeño
era Doña Berta, observaba cómo su hijo volvía a la vida gracias a la bondad de aquel
hombre. Veía con gran satisfacción cómo Tomy parecía recuperar las fuerzas que esa
extraña enfermedad le había arrebatado, se ilusionaba cada vez que lo escuchaba hablar
sobre sus planes para el futuro, sobre lo que él y Darú conversaban todas las tardes, ese
hombre se había convertido más que en su maestro, en su protector. Todo lo que Tomy
hacía o decía estaba precedido del consentimiento del viejo artista. Sin embargo, lo que
en esa casa se sabía de Darú era muy poco, casi nunca hablaba de sí mismo, de su vida o
de su familia, de su origen o de sus planes, era un perfecto desconocido, incluso para
Tomy quien había tenido el honor de saber un poco de su pasado en aquella historia que
le contara a su llegada y por la cual había sabido algunos detalles sobre la vida de su
abuelo.
Sus pláticas vespertinas estaban acompañadas de una taza de café y un cigarrillo para
Darú, y de una taza de chocolate caliente para Tomy. Conversaban casi de todo, Darú se
había convertido en el maestro que enseñaba –además de pintura- sobre la vida, sobre la
forma adecuada de enfrentarla, sobre los éxitos y fracasos, sobre la adversidad que llega a
la vida de la todos los seres y sobre la manera de afrontarla: “no hay nada que un hombre
no pueda sortear, el secreto es no rendirse nunca Tomy”, decía Darú dando una calada a
su cigarrillo.
Tomy aprendía así a vivir, poco a poco iba perdiendo ese miedo a la vida y esa angustia
constante: el temor al exterior. Le tomó aversión a la prisión en la que se encontró
durante tantos años, descubrió que ahora era capaz de sortear la ventana para caminar por
debajo de los cipreses y observar de cerca los capullos, tocándolos con ternura, era testigo
de cómo brotaban lentamente abriéndose a la vida. Darú consiguió de Doña Berta
permiso para llevar a Tomy a dar un pequeño paseo por las tardes una vez por semana. El
pequeño era feliz caminando del brazo de Darú, se sentía protegido a su lado, en poco
tiempo llegó a sentir un fuerte cariño hacia el viejo maestro de pintura. Cuando en
algunas ocasiones Darú no asistía, Tomy era presa de una profunda tristeza y miedo,
miedo a que su protector no regresara al día siguiente como lo hiciera el señor Dupont.
Sentía impotencia al no saber hacia dónde iba después de salir de la casa, nadie sabía en
dónde vivía, sólo lo veían alejarse por las noches y llegar por las mañanas a través de las
húmedas banquetas próximas a la casa.
9

-¡Maravilloso!, ¡realmente fantástico!, ¡esto es una obra de arte completamente


consumada!, hijo, tienes el don del que tu abuelo fuera portador.
-¿De verdad lo cree así señor Darú?
-¿Que si lo creo? ¡Lo aseguro!, y como no podría hacerlo, a menos que mis ojos me
engañaran, tengo en mis manos la primera obra de muchas de un gran artista.
Tomy rió lleno de satisfacción mientras los ojos del viejo se clavaban en la imagen
pintada sobre el lienzo que sostenía en sus manos.
-¡Espera! ¡Qué veo! Aquí hay un error, sí, sólo un detalle que se te escapó.
-¿Cuál es maestro? –dijo Tomy angustiado.
-No tiene firma.
Tomy tomó el pincel, lo empapó de pintura negra y firmó su cuadro con un orgullo
indescriptible.
-Muy bien –dijo Darú -, ahora te sugiero que lo envuelvas en papel y lo guardes para
cuando llegue el tiempo de sacarlo a la luz, porque un gran artista debe saber cuándo
mostrar su obra al mundo.
-Maestro, aún no me ha mostrado alguna pintura suya –dijo Tomy de pronto.
-Eso es porque desde hace mucho tiempo no pinto Tomy.
-¿Por qué?
-Bueno, porque han cambiado algunas cosas.
-¿Qué cosas?
-¿Has sentido algunas veces que aún no has logrado la cúspide de tu vida, y a veces la
vida se te ha ido primero, antes de lograr esa obra maestra que representa dicha cúspide?
-No.
-Claro que no –dijo para sí el viejo -, no me hagas mucho caso, son palabras al aire.
-¿Usted aún no ha hecho su obra maestra?
-No hijo.
-¿Pero la va a hacer no?
-Claro, sólo necesito un pretexto.
-¿Un pretexto?
-Sí Tomy, un pretexto.
-Ah –murmuró Tomy sin entender del todo.
El pequeño se levantó de pronto y se paró frente a su ventana observando las flores en
que ahora se habían convertido los capullos sobre el árbol, eran blancas y delicadas
contrastando con la opacidad de la pared. Darú se postró detrás de él.
-Esas flores tiene gran significado para ti ¿no es así hijo?
-Sí, son mi vida –dijo el pequeño -, muchas veces he pensado que ese árbol y yo somos
iguales, que sentimos las mismas tristezas, que somos igual de frágiles y que moriremos
al mismo tiempo.
-Pero los árboles viven mucho tiempo –dijo Darú.
-Entonces significa que viviré mucho tiempo –dijo Tomy levantando la vista hacia él.
-Claro que vivirás mucho tiempo hijo, mucho tiempo –contestó Darú sin apartar la
mirada del árbol.
10

Las once de la noche. Tomy vuelve a sentir un sobresalto que lo hace despertar. La
habitación permanece en penumbras, la luz exterior oscila desde la ventana tapizando
finamente de líneas doradas los pliegues de la cama, el frío tiene un cierto toque de
paradójica calidez. Tomy observa de lado a lado su habitación, poco a poco se va
acostumbrando a la oscuridad. De pronto, a lo lejos, vuelve a percibir una dulce melodía
que él conoce, siente su corazón latir con fuerza mientras las notas penetran con más
claridad en sus oídos, hace ya algún tiempo que había dejado de extrañar esa melodía.
Se levanta y se dispone a bajar, ya no tiene miedo, el recuerdo de la última vez que
escuchó el piano le da confianza. Baja lentamente por la escalera, las hermosas notas
penetran insistentes como lo hicieran la última vez. Llega a la puerta, la misma puerta
que él mismo abriera tiempo atrás para penetrar en la habitación. Escucha atento,
extasiado, como en una especie de transe que lo transporta hacia otras dimensiones para
él desconocidas y reconfortantes.
Vuelve a sentir deseos de abrir la puerta que lo separa del artista frente al piano, esta vez
se decide sin vacilar, abre la puerta y se queda pasmado, de pie, con los ojos
descomunalmente abiertos, sin decir una sola palabra, observando al hombre que acaricia
el marfil.
El hombre voltea hacia él esbozando una tierna sonrisa, sus ojos se fijan en los del
pequeño dejando de tocar. Tomy no dice una palabra, no puede hacerlo, ¿cómo hacerlo?,
es imposible. Darú tiende su mano a Tomy para que se acerque junto a él, el pequeño
avanza hipnotizado y se sienta junto al viejo. La gabardina y el sombrero descansan en la
cola del piano.
-¿Es usted el mismo que tocaba la otra noche maestro? –pregunta Tomy viendo al viejo
artista.
-¿Eres tú el mismo que escuchaba la otra noche Tomy? –contesta Darú.
-Sí.
-¿Y te gusta lo que escuchas hijo?
-Mucho maestro.
Tomy esboza una pequeña sonrisa que el viejo acoge abrazándolo con ternura.
Permanecen largas horas tocando el piano, Tomy sigue las notas de la melodía colocando
sus pequeños dedos sobre los de Darú, así, la va memorizando para que algún día, según
palabras del maestro, lo recuerde cuando él ya no esté ahí.
11

A la mañana siguiente Doña Berta conversaba en la cocina con Eugenia, el desayuno lo


había tomado ahí y se disponía a salir rumbo a la joyería.
-Es maravilloso el cambio que Tomy ha experimentado, ¿no lo crees así Eugenia?
-Sí señora, me da mucho gusto por el niño.
-Aún no puedo creer la excelente salud de la que goza, el médico me ha dicho que no
tiene explicación para este maravilloso fenómeno, Tomy no presenta restos ni síntoma
alguno de la extraña enfermedad que lo atacaba. Está adquiriendo poco a poco fuerza en
sus huesos, inclusive levanta algunos objetos no muy pesados, ¡por ejemplo Eugenia!, los
lienzos sobre los que pinta, él mismo los transporta de un lado para otro.
Eugenia observaba complacida la felicidad de Doña Berta, en el fondo era la suya propia,
llevaba más de veinte años sirviendo en esa casa, desde que Doña Berta era una jovencita
y el señor Posada aún vivía.
-¡Y los paseos!, los paseos con Darú, los paseos vespertinos que dan juntos. He llegado a
ver a mi hijo correr hacia la casa perseguido por aquel maravilloso hombre que ha
devuelto a Tomy las ganas de vivir, bendito sea. ¿Sabes Eugenia?, en ocasiones me
parece conocer su rostro desde mucho antes, hay algo muy familiar en él, pero no logro
recordar qué es. Tal vez sea alguna figuración mía, de las que acostumbro ¡ja ja ja!, no
me hagas caso Eugenia, es que estoy tan feliz que tengo miedo de que esto sólo sea un
espejismo, de que ese hombre celestial se vaya algún día y con él la salud de mi hijo.
-Pero eso no va a pasar señora –dijo Eugenia.
-No Eugenia, no va a pasar.
Los días transcurrían apacibles, en calma, las tardes viajaban serenas, esplendorosas, en
medio de pinturas y óleos, de pláticas y juegos, de paseos y correrías por los cipreses, de
una salud completa y una satisfacción total. Ambas almas eran felices, se
complementaban el uno al otro e igualmente se querían. Transcurrieron los días, las
semanas, los meses, en los que estos dos seres aprendieron a vivir juntos, necesitaron
vivir juntos. Darú había devuelto la vida al pequeño quien ahora era un niño normal
como cualquier otro, sólo que más inteligente y sensible, un gran artista en potencia, un
prodigio. Su rostro resplandecía de alegría y vida, sus mejillas ruborizadas en todo
momento reflejaban el alma sana de un infante devuelto al mundo por un milagro, un
milagro llamado Sebastián Darú.
Sin embargo, aún no se sabía nada de Darú. El viejo había tenido buen cuidado en no
dejar traslucir algo acerca de su vida, de su pasado o simplemente, de su residencia fuera
de los cipreses. Pero Doña Berta se había olvidado casi por completo de este hecho,
estaba tan extasiada con su hijo, que olvidó todo lo que le rodeaba, Darú no tuvo
problema en ese aspecto, casi no se le hacían preguntas de este tipo, y él se conducía con
toda la prudencia y educación que lo caracterizaban. Sólo en ocasiones Doña Berta al
observarlo con atención reflexionaba sobre el parecido que tenía con alguna persona que
ella conocía, había visto su rostro en algún lado pero no podía recordarlo por más
esfuerzos que hacía. A excepción de esto, Sebastián Darú seguía y seguiría siendo un
enigma para la familia posada.
12

Los temores de Doña Berta comenzaron a hacerse realidad con la culminación del otoño.
Llegaba el invierno del año de 1974, uno de los más fríos inviernos de que se tuvieran
memoria, acababa de pasar un año exactamente desde aquella mañana en que Darú llamó
por primera vez a la puerta del número treinta y dos, la temperatura bajaba hasta los dos
grados centígrados en el día, y llegaba a descender hasta cinco o seis bajo cero durante la
noche. Esto sumado al extraño fenómeno de que en los cipreses, y dando razón a las
habladurías de la gente, la temperatura llegaba hasta los diez grados bajo cero. Además,
en ocasiones, caía la lluvia durante la noche. Este hecho propició que un día se le
propusiera a Darú el quedarse a vivir en la casa, prácticamente era imposible salir durante
la noche sin tener el riesgo de congelarse en el transcurso hacia su hogar. Pese a la
insistencia de Doña Berta y del pequeño Tomy, Darú rehusó firmemente la propuesta
aduciendo que no deseaba dar molestias, además de que tenía que dormir en su casa
porque así lo había hecho siempre y no pensaba empezar a faltar a esa costumbre. La
verdad es que a Doña Berta le parecieron un tanto extraños los argumentos del viejo
artista, más no objetó la decisión de Darú, el pequeño Tomy tampoco insistió más ante la
firme determinación de su maestro.
Darú continuó llegando por las mañanas y saliendo por las noches del número treinta y
dos en la calle de los cipreses, pese a las inclemencias del tiempo, continuó siendo
puntual y nunca dejó ver durante aquel crudo invierno algún indicio de enfermar. Muy
por el contrario, trataba de dar a Tomy todos los ímpetus de los que era capaz, había que
tener mucho cuidado con el pequeño a pesar de que la enfermedad se había marchado, el
frío era descomunal y agresivo, Tomy podría recaer en cualquier momento. Pero no
mientras su protector estuviera con él, eso lo sabía Doña Berta, así que estaba tranquila
mientras el buen hombre estuviera en casa.
Transcurría el invierno de forma serena, la familia entera lo soportaba ayudados de la
cordialidad que existía en la misma desde que Darú había llegado, las noches familiares
solían ser de lo más placenteras para todos, quienes reunidos frente a la chimenea,
disfrutaban de agradables tertulias en las que se conversaba, se tomaba café, se fumaba y
se reía. Estas tertulias solían acabar cuando Darú se retiraba a su hogar, generalmente ya
muy entrada la madrugada. Pero el viejo parecía no sentir los estragos del intenso frío, se
le veía alejarse despacio por la acera, envuelto en su gruesa gabardina y con el sombrero
de copa sobre su cabeza, en ocasiones, cuando la lluvia lo solicitaba, portaba un grande y
hermoso paraguas negro, y a la mañana siguiente se le podía ver llegar con su
gabardina, su sombrero de copa y el gran paraguas bajo el brazo.
De forma insólita hasta el pequeño árbol, el cual continuaba siendo la inspiración de
Tomy, parecía ser partícipe de aquel momento de felicidad que se vivía en la casa,
ninguna de las seis flores había caído de sus ramas, era el único árbol en toda la calle que
conservaba alguna. El pequeño Tomy era feliz y estaba orgulloso de la fortaleza de su
árbol, esa misma fortaleza la sentía dentro de sí, el invierno no podría hacerle nada
mientras su compañero resistiera y su protector continuara a su lado.
Así transcurrieron algunas semanas, las lecciones continuaban y las tertulias eran cada
vez más largas. A la mañana siguiente en que había tenido lugar una de ellas,
súbitamente las cosas cambiaron.
El pequeño Tomy cayó enfermo…
Eugenia entró precipitadamente a la habitación, Doña Berta se sobresaltó ante el sonido
de la puerta y los gritos de Eugenia.
-¡Señora, el niño arde en fiebre!
-No… -murmuró Doña Berta saliendo rápidamente de la cama.
Tomy amaneció víctima de una fiebre de treinta y siete grados y un dolor en todos sus
huesos que lo martirizaba. Cuando Darú llegó a su lado lo encontró delirando, decía
algunas palabras sin sentido aludiendo a su árbol, a su compañero, a su protector. Darú lo
tomó por las manos y le dijo algunas palabras reconfortantes, trataba de calmarlo,
después de unos momentos el pequeño se durmió. Tras la inspección del médico las
noticias no eran nada esperanzadoras, Tomy había sido atacado de nuevo por la
enfermedad y por una infección en las vías respiratorias, estaba en calidad de grave. Lo
peor era que no podían trasladarlo a un hospital porque el frío lo mataría al primer
contacto con el exterior.
Si alguien en ese momento, por coincidencia, hubiera echado una mirada a través de la
ventana, se habría dado cuenta que del árbol de Tomy, había caído una flor.
13

Se trasladaron a la habitación de Tomy todo tipo de aparatos médicos con el propósito de


salvar su vida, la cual se encontraba pendiente de un hilo cada vez más delgado. Su
habitación se convirtió en un verdadero cuarto de hospital, en todo momento permanecía
una enfermera a su lado. La gente que entraba a verlo, que generalmente eran el médico,
Doña Berta y por supuesto Darú, tenían que hacerlo con un tapabocas y sólo se les
permitía estar -exceptuando al médico- por corto tiempo. Estas medidas, según éste
último, eran necesarias si querían conservar alguna esperanza de que Tomy soportara la
agonía. El invierno se recrudecía día con día, parecía conocer el estado de Tomy, parecía
querer arrancarlo de este mundo y robar el último suspiro de su garganta. Las
temperaturas descendían de forma considerable y la alarma por el contrario, crecía.
Sebastián Darú, a quien se le dio permiso de permanecer más tiempo en la habitación, no
se separó de Tomy en ningún momento. Doña Berta pensaba que esto le ayudaría a
soportar la agonía. Pese a que el pequeño no lo escuchaba, Darú le hablaba como si
estuviese despierto, le enseñaba nuevas lecciones y técnicas de dibujo. Pero con todo el
dolor de su corazón, el viejo artista se dio cuenta que, día con día, la vida abandonaba al
pequeño, poco a poco se iba marchitando la razón de su estancia en esa casa, su pretexto
se le escapaba de las manos, el inmenso talento iba abandonando este mundo sin remedio
alguno, el dolor que el viejo sentía era indescriptible, en una ocasión la enfermera le
escuchó decir lo siguiente:
-No puedo fallar, no puedo permitir que pierda la vida.
Quizá estas palabras no fueron entendidas por la joven enfermera ni les dio mucha
importancia en esos momentos, pero las conservó en su memoria durante mucho tiempo,
su significado tomó relevancia y sentido mucho después.
Días más tarde, mientras Tomy dormía, Darú se dio cuenta de algo aterrador. Se
incorporó por unos momentos de la cama y se dirigió a la ventana, la enfermera lo miraba
extrañada, sus ojos se posaron sobre el arbolito pegado a la pared en el callejón, el árbol
había perdido dos flores más, no pudo evitar que de su garganta escapara un leve y
angustioso suspiro.
-¿Le pasa algo? –preguntó la enfermera.
Darú volteó hacia ella con la mirada perdida y luego otra vez al árbol.
-No, nada –dijo.
En ese momento, Tomy se movió, iba poco a poco despertando, llamó a su maestro en
medio de su agonía, Darú acudió rápidamente a su llamado, se sentó a su lado en la cama
y observó que el pequeño lo miraba con ternura y miedo.
-¡No quiero morir! –dijo Tomy sollozando.
-No vas a morir hijo.
-Siento que cada día las fuerzas me abandonan maestro, he visto a mi abuelo en algún
lugar, pero no me deja ir con él, dice que aún no es tiempo –decía Tomy agonizando.
-Claro que aún no es tiempo –dijo Darú con tristeza.
Después Tomy se incorporó un poco haciendo un gran esfuerzo y echó una mirada al
árbol, observó con tristeza que habían caído algunas flores.
-Veo que él también muere.
Darú volteo hacia el árbol y luego al suelo.
-Parece que es inevitable, las flores caerán, ya casi han caído todas, sólo quedan tres...
-Descansa hijo, no pienses en eso.
Tomy esbozó una pequeña sonrisa mientras miraba a su maestro.
-No maestro, es imposible no pensar, él y yo somos uno mismo, así ha sido siempre –
decía Tomy mientras se recostaba de nuevo sobre la cama.
Darú lo observaba con lágrimas en los ojos mientras sujetaba con fuerza sus manos entre
las suyas.
Tomy cayó de nuevo en su profundo y agónico sueño.
14

Fue esa la última vez que el pequeño y Darú hablaron, los siguientes días fueron similares
en cuanto a la salud de Tomy, el viejo continuaba a su lado en todo momento. El médico
comunicó a Doña Berta que no había nada más qué hacer, la vida de Tomy pendía de un
hilo y sólo un milagro lo salvaría.
Pero ese milagro estaba muy lejos de gestarse, el invierno era cada vez más crudo, la
habitación del enfermo tenía que ser calentada por medio de un sistema eléctrico que fue
instalado para lograr mantener la temperatura ideal y constante en todo momento.
El pequeño no ofrecía ninguna mejoría, la desesperación de los integrantes de la familia
crecía a cada momento. Doña Berta lloraba todo el tiempo, se angustiaba al saberse
impotente, al saber que no dependía de ella por primera vez el lograr mantener a Tomy a
su lado, en el fondo se preparaba para perderlo.
Estos hechos representaron la mayor desgracia que la familia había sufrido en mucho
tiempo, Tomy pese a su enfermedad, nunca había padecido tan extremo sufrimiento, lo
que indicaba a todas luces que esta vez la situación era en verdad alarmante.
Sebastián Darú pasaba largas horas meditando en la sala de la casa, la misma que lo
recibiera a su llegada. Acompañaba sus meditaciones con una taza de café y un
cigarrillo. Ahí, solo, triste y desesperado, hablaba en voz baja para sí, parecía meditar la
posible solución que pudiera poner fin al sufrimiento de Tomy. Su tristeza era muy
evidente, el pobre viejo en la sala al borde del llanto, sin molestar a nadie, sin comer nada
durante días enteros. En ocasiones salía hacia el callejón y permanecía observando las
flores que aún quedaban durante horas, las observaba con detenimiento, recordaba las
palabras del pequeño la última vez que había hablado con él. Luego entraba a la casa a
meditar hasta que la noche llegaba y subía a cuidarlo durante la madrugada. No dormía
ni un solo minuto, sin embargo, en su rostro nunca se reflejaban los estragos del
insomnio, su semblante era siempre fresco como si acabara de despertar por la mañana,
su falta de apetito tampoco afectaba a su cuerpo, tenía la misma robusta figura que
tuviera a su llegada. Doña Berta en cambio parecía que iba muriendo en vida, había
adelgazado demasiado en muy poco tiempo por falta de alimento y tampoco dormía lo
suficiente, evadía al médico cuando éste le cuestionaba su estado físico diciendo que lo
principal para ella era velar lo que podrían ser las últimas horas de su hijo.
El momento más crítico en la agonía de Tomy llegó una noche de tormenta, exactamente
dos semanas después de que cayera enfermo.
Esa noche la temperatura corporal de Tomy subió casi hasta los cuarenta grados, su
respiración se agitaba cada vez con más fuerza y el delirio hizo presa de él. Todos
acudieron inmediatamente a velar lo que parecía ser la última noche del pequeño.
Afuera, se escuchaban incesantes truenos que presagiaban la terrible tormenta, Darú
acudió de inmediato a la ventana y corrió las cortinas, observó en el cielo a través de los
cristales los inmensos nubarrones que cubrían en su totalidad la bóveda celeste, sus ojos
se abrieron de forma exorbitante cuando se dio cuenta que en el árbol quedaba una sola
flor, ésta era movida peligrosamente por la fuerza del viento y algunas escasas gotas
comenzaban a caerle encima.
La tormenta se desató descomunal, el viento soplaba a velocidades impresionantes a
través del espacio golpeando todo lo que encontraba a su paso, los truenos hacían
temblar toda la casa amenazando con romper en cualquier momento los frágiles cristales
de las ventanas y los relámpagos iluminaban por completo la habitación en donde la vida
abandonaba al pequeño Tomy.
Alrededor de la cama permanecían de pie todos los integrantes de la familia incluyendo a
Eugenia y Emiliano, y por supuesto a Darú.
Éste último permanecía callado, meditando con los ojos clavados en el pequeño a quien
la agonía lo llevaba a decir frases incoherentes.
-¡La flor!, ¡la flor!, ¡aún está! ¿No es así? ¡Aún vive!
-Aún vive - le decía Darú al oído.
Sólo así Tomy parecía calmarse, sin embargo se encontraba cada vez más débil y
respiraba con mucha dificultad, el médico hacía todo lo humanamente posible para
mantenerlo con vida, pero parecía una lucha perdida de antemano contra el tiempo.
La tormenta golpeaba cada vez con más fuerza la ventana de la habitación, Darú observó
a través de ésta hacia el árbol, la flor aún estaba ahí como le había dicho a Tomy
momentos antes, cerró las cortinas y regresó a la cama junto a él, Doña Berta lloraba
angustiada con la cara sumida entre las sábanas, sabía que no había nada más qué hacer.
Todos lo sabían.
Sebastián Darú bajó despacio la escalera, la estancia estaba en una completa y desoladora
oscuridad, se dirigió a la sala y cerró bajo llave. Sacó una hoja blanca de un buró,
encendió la lámpara que se encontraba sobre éste y comenzó a escribir. Estuvo
escribiendo alrededor de veinte minutos, al término de los cuales, dobló la hoja y la
metió en un sobre, lo cerró perfectamente y salió dejándolo en el buró. Después subió a la
habitación.
Cuando llegó la situación era aún más crítica, el pequeño casi no respiraba y daba pocos
signos de vida aunque la fiebre había bajado un poco. Se sentó junto a él mirándolo con
ternura, con una mirada que enternecería el corazón más severo, los demás lo observaban.
Se inclinó un poco hacia Tomy y susurró algunas palabras en su oído, después se levantó
observando a Doña Berta.
-Cuídelo mucho señora, no descanse hasta que él sea un gran artista.
Doña Berta quedó petrificada, la mirada y las palabras del viejo artista le daban una
consoladora esperanza. Después, Darú salió de la habitación.
Se situó en la puerta de la casa mirando hacia la calle, observaba las incesantes y pesadas
gotas caer sobre el empedrado y el viento helado blandir los cipreses. Dio unos pasos
hasta que esas mismas gotas empaparon su rostro vuelto al cielo, levantó los brazos
implorando ayuda, los ojos cerrados recibían de lleno el ataque de la lluvia. De pronto, un
majestuoso relámpago atravesó la bóveda celeste iluminando por completo el cielo, la
calle, la casa y la figura del viejo artista. Darú sonrió satisfecho, después cerró la puerta
tras de sí y se alejó por los cipreses poniéndose el sombrero entre las gotas que
empapaban su gabardina.
Adentro, todo volvió a quedar en absoluto silencio
Mucho tiempo después, Eugenia diría a Doña Berta las palabras que Darú le susurró al
oído esa noche a Tomy y que pudo escuchar gracias a su cercanía con ambos en ese
momento:
-“Un pretexto, sólo necesito un pretexto”.
15

La noche transcurrió lentamente, la tormenta había sido una de las más violentas de los
últimos años, en la habitación, todos dormían a excepción de la enfermera quien
acostumbrada a este tipo de situaciones, había velado a Tomy toda la noche hasta ese
momento en que amanecía. El cansancio había vencido a Doña Berta hacía apenas una
hora y la luz matinal se mantenía tras la ventana llenando de penumbras la habitación,
aún caían algunas gotas en el exterior como residuos de la poderosa tormenta. La
enfermera tomaba el pulso al pequeño quien de forma milagrosa aún seguía vivo,
delicado pero vivo al fin.
Tomy movió la cabeza un poco en esos momentos y abrió los ojos, lo primero que vio fue
el dulce rostro de la joven mujer.
-Tranquilo –dijo ésta -, tienes que descansar, has pasado una noche terrible.
Tomy la observó por unos momentos.
-La ventana…, abra la ventana por favor.
La enfermera lo miró extrañada, Tomy la observaba con ojos suplicantes.
-¿Para qué quieres que abra la ventana?
-Haga lo que le digo por favor –dijo Tomy como respuesta.
Las cortinas fueron corridas por la mano de la enfermera, en ese momento la luz iluminó
la carita del pequeño, en ella se reflejaba una profunda alegría, la buena enfermera
observó hacia lo que parecía estar mirando Tomy. Afuera, frente a ellos, la flor estaba
ahí, había sobrevivido de forma milagrosa a la tormenta. La felicidad de Tomy fue
inmensa, sintió de pronto como la vida regresaba a él, ya no tenía miedo de morir, sabía
que eso no sucedería.
En los días siguientes, la salud del pequeño se iba restableciendo de manera rápida ante la
consternación del médico, era un verdadero milagro lo que sucedía, no sólo nunca antes
había visto algo igual sino que además, no tenía explicación científica para el caso.
Cuando Tomy tuvo la suficiente fuerza para conversar con su madre, éste le preguntó por
su maestro, Doña Berta le dijo que él había partido la noche de la tormenta, pero en
cambio, había dejado una carta explicándole las razones de su partida, Tomy pidió que
le dejaran leer la carta, Doña Berta mandó traerla y se la entregó.

Hijo mío:

La pena que en estos instantes embarga a tu familia y el sufrimiento del que en este
momento eres presa, me obligan a tomar la decisión de dejarte con el propósito de que
todo esto acabe. Mi labor en esta casa y contigo ha terminado, creo que no puedo
enseñarte más, eres un gran artista en estos momentos y lo serás aún más. Quizá no
vuelvas a saber de mí en el futuro, pero mi partida es necesaria para tu pronta
recuperación, me voy no sin antes pedirte un inmenso favor: quiero que seas el más
grande, desde donde esté, quiero verte siempre triunfar. Te doy las más infinitas
gracias por haberme dejado ser tu maestro y protector y sobre todo por haberme dado
un pretexto para realizarme como artista.

Sebastián Darú.

Tomy quedó consternado y triste, porque no entendió muchas cosas que Darú le decía en
la carta, sin embargo, la petición de su maestro le daba fuerzas para vivir y llegar a ser un
gran artista como él le había pedido, lo haría por Darú y por su abuelo, al que no conoció
y al que, sin embargo, se sentía unido a través del arte. “El secreto es no rendirse nunca
Tomy”. No descansaría hasta ver cumplido el sueño de aquellos grandes hombres y el de
él mismo.
Las semanas pasaban y el pequeño iba recuperando la salud, tiempo después, Tomy
volvió a tomar los pinceles y las telas y se dio a la tarea de practicar lo que Darú le
enseñara. No se rendiría nunca.
*****

En una mañana de primavera, cuando el invierno recién había terminado, más o menos a
mediados del mes de abril, Doña Berta permanecía parada en la ventana de la habitación
de Tomy, éste aún dormía. Observaba que empezaban a nacer nuevos capullos en el
pequeño árbol y como se conservaba aún hermosa la flor que sobreviviera junto con
Tomy al cruel invierno, a la tormenta y la enfermedad.
El día era muy claro, los rayos solares pegaban de lleno sobre el árbol penetrando en el
callejón con libertad, la flor resplandecía dejando ver un maravilloso prisma de colores.
Doña Berta la observaba detenidamente, estaba impactada ante su belleza, pocas cosas
podrían igualar tanta perfección.
Pero Doña Berta descubrió algo más esa mañana, algo insólito.
Se dio cuenta de pronto de un hecho que la dejó pasmada, afuera, sobre el árbol, vio que
la flor extrañamente no se movía. El viento jugaba con los nacientes capullos, sin
embargo, la flor que salvara la vida del pequeño, permanecía inmóvil. Bajó corriendo las
escaleras y salió rumbo al callejón víctima de una ansiedad indescriptible. Al llegar,
permaneció parada debajo del árbol con la mirada en la flor, entonces comprendió todo, y
sin poder evitarlo, comenzó a llorar. Sus ojos se llenaron de lágrimas y de
agradecimiento.
Extendió su mano hacia la flor y pudo tocarla, la tocó sobre los tabiques que formaban
parte de la pared, la flor estaba magistralmente pintada en el muro, hermosa, matizada de
un blanco vivo, iluminada por los rayos matinales de la primavera. Parecía real, tan real
como la vida que se abría para Tomy en esos momentos, tan real como el sufrimiento de
una madre que vio con tristeza como su hijo se le escapaba de las manos, tan real que
todos creyeron que así era cuando la vieran desde la ventana, incluso el pequeño.
Doña Berta se hincó poco a poco, una vez que calló sobre sus rodillas, con los ojos llenos
de lágrimas, elevó una plegaria hacia el cielo y hacia ese maravilloso hombre, el autor de
la obra de arte, de la obra que significara la salvación para Tomy, de la flor que se aferró
a la vida junto con él: Sebastián Darú.
16

Un día, pasados algunos meses, acomodando un poco la habitación de Tomy


aprovechando su ausencia, ahora que Tomy asistía a la escuela como cualquier niño de
su edad, Doña Berta encontró la carta que Darú dejara al pequeño. Se encontraba en un
cajón dentro de un sobre de color amarillo que a su vez descansaba entre las hojas de un
libro. Doña Berta la leyó una vez más, mientras leía, recordaba la infinita bondad de
aquel hombre. Entonces fijó su mirada en la firma, “Sebastián Darú”, su memoria
empezó a trabajar y a relacionar algunos recuerdos, “ese nombre me es conocido de
mucho antes, de eso estoy segura”, murmuró para sí.
El teléfono sonó en esos momentos.
-¿Diga?
-¿La señora Berta Posadas?
-Soy yo.
-Le hablo para informarle que tenemos un maestro de pintura para su hijo como usted lo
había solicitado, le pido mil perdones por la tardanza, sabemos que ha pasado mucho
tiempo pero fue difícil encontrar un docente con las características que usted solicitó.
-E… Entonces, ¿no han enviado ustedes a un docente? –Dijo Doña Berta titubeante.
-No señora, pero lo enviaremos en cuanto usted dé la aprobación.
Doña Berta tardó un poco en contestar.
-¿Bueno? ¿Continua usted ahí? –dijo la voz del otro lado de la línea.
-Sí, sí aquí estoy, muchas gracias por su oferta pero creo que ya no necesito los servicios
del docente –contestó no pudiendo evitar esbozar una sonrisa.
-Perfecto señora, estamos a sus órdenes cuando guste.
-Muchas gracias, hasta luego.
Al colgar Doña Berta quedó pensativa, todo era muy extraño, su cabeza trabajaba a ritmo
acelerado tratando de recordar y de darle un sentido a todo lo que estaba pasando,
permaneció durante más de dos horas en la habitación de Tomy. De pronto algo le vino
a la mente, una idea interrumpió sus pensamientos de forma violenta. Se levantó y bajó al
sótano, recordaba la existencia de los cuadros a pesar de que los tuviera ahí desde hacía
muchos años, descendió por las escaleras auxiliándose de una lámpara, llegó al pasillo y
corrió hasta el lugar en donde los cuadros se encontraban, inmediatamente los abrió, la
desesperación hacía que Doña Berta rasgara el papel en lugar de desatar las cuerdas. Los
abrió uno a uno y los vio sin encontrar nada particular en ellos, hasta que llegó al último.
Las manos le temblaban incontrolables, parecía como si aquel cuadro le provocara miedo.
Lo tomó despacio y lo abrió de la misma manera, el sonido del papel siendo rasgado
hacia eco en las paredes del sótano, cuando el papel cayó al suelo, sus ojos se posaron en
el cuadro. Se trataba de un óleo en donde aparecían los bustos de cinco hombres con un
hermoso bosque como fondo, su vista los recorría uno a uno, uno de ellos era su padre, le
había visto el día que recibió los cuadros pensando que sería el único que podría colgar
en alguna pared de la casa, los otros tres hombres le eran desconocidos, pero el busto y la
cara del último, la hicieron retroceder aterrada.
-¡Dios mío! –dijo mientras se llevaba los dedos a los labios.
El último rostro era el de él, el rostro con las facciones idénticas a las de Sebastián Darú.
No había duda de que era el mismo, con su gabardina y su sombrero de copa. Doña Berta
vio el reverso del cuadro en el cual se leía esta inscripción:

A mis amigos muertos durante la guerra: Esteban Louvre, Sandro Corelli, Freddo C. y
Sebastián Darú.
JORGE POSADA
Montpellier
28 de febrero de 1943
16

Frente a la ventana, Tomy observa el callejón, la luna cuelga del cielo como una manzana
deslumbrante que esparce su néctar sobre las calles húmedas del otoño. El árbol apacible
descansa pegado al muro y el viento esparce su ligera brisa haciendo que las flores se
muevan graciosamente a su voluntad.
Tomy voltea al espejo, no queda nada de aquella imagen frágil de su niñez, de esa piel
reseca y pálida, de sus ojos tristes que hace mucho no derraman una lágrima.
Tiene que agacharse un poco para poder ver el reflejo de sus ojos, ahora su imagen
completa no la puede recibir el espejo, estaba bien cuando era niño, pero ya no. Tomy se
ha convertido en un hombre, han pasado 15 años desde la partida de Darú. Una barba
tupe su rostro cubriendo sus mejillas por completo, su espalda ancha y fuerte sostiene una
hermosa cabeza de la cual caen un puñado de cabellos castaños y brillantes.
Fuma un cigarrillo mientras admira las flores de su árbol como lo hiciera antes, como lo
ha hecho siempre. Ahora está lleno de ellas, lo han invadido felizmente hasta hacerlo
parecer una nube de algodón, sin embargo, la flor sobre el muro reluce majestuosa entre
las demás, no ha perdido el maravilloso prisma que resplandece bajo el embrujo de los
rayos lunares, los años le han dado aún mayor belleza.
Tomy es un pintor exitoso y reconocido, ha tomado en sus manos el reconocimiento al
que su abuelo se negó y lo disfruta por los dos. Su estudio se ubica justo arriba de la
joyería de su madre, en el centro capitalino, en los arcos a un costado de la catedral
metropolitana.
Todos los días, pinta sin cesar, desde el alba hasta que las luces del alumbrado público
entran por los ventanales, y su esposa Rosario pasa por él para llegar juntos a casa, en el
número treinta y dos de la calle de los cipreses.
Escucha a lo lejos, en el piso bajo, las risas de su madre y Rosario, los pasos apresurados
pero ya más lentos de Eugenia y a Emiliano jugando con un pequeño niño.
Recuerda, mientras da caladas al cigarrillo, a su maestro de pintura y el milagro que tocó
su vida, esboza una sonrisa al recordarlo, “¿dónde estará?”, se pregunta pensativo,
“¿existirá un más allá en donde puedan encontrarse las personas que se aman?”, Tomy
confía en que sí. Voltea al cielo y observa la luna, quizá Darú y su abuelo lo puedan ver
también, sus ojos cristalinos fulguran reflejando el disco lunar a través de las lágrimas
que los inundan. Voltea de pronto hacia el interior, sobre la pared frente a su cama, el
cuadro de los cinco hombres que permaneciera en el sótano por muchos años, pende entre
las penumbras, Tomy permanece extasiado observándolo, los recuerdos llegan a su
mente tan claros como el primer día, inundándolo de una dicha que sólo él conoce.
En ese momento, un pequeño niño entra en la habitación.
-Papá, la abuela Berta y mamá preguntan si bajas a cenar.
-Voy –contesta Tomy.
El niño se dispone a salir.
-¡Espera Sebastián!
-¿Qué pasa papá? -responde el pequeño.
-¿Has hecho tus ejercicios de hoy?
-Sí papá, aunque ya se me acabó el tubo de pintura blanca, el blanco es un color muy
bonito ¿no lo crees así papá?, es el mejor de los colores.
Tomy lo observa con ternura.
-Sí Sebastián, es el mejor de los colores –dice sonriendo.
Después el niño baja apresurado seguido de Tomy, antes de salir observa de nueva cuenta
la habitación que permanece en penumbras, la ventana, y más allá, el árbol.
Después sale cerrando la puerta.
La habitación queda en silencio, sobre una esquina, justo al lado del espejo, se ve un
caballete con una pintura recién terminada: un árbol sobre un muro húmedo, tupido de
flores blancas. “El color blanco es el mejor de los colores, ¿no lo crees así papá?”
En la esquina inferior derecha del lienzo recién terminado se lee lo siguiente:

“Flores y vida”
Tomás Darú
México, septiembre de 1989

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