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El camarote superior

Francis Marion Crawford (1854-1909)

He cruzado el Atlántico muchas veces. Como la mayoría de los que navegan con frecuencia, hay
barcos por los que siento especial predilección. El Kamtschatka era uno de ellos. Ya no lo es. Nada
podrá convencerme de que haga nunca más un viaje en él, y voy a contaros por qué.

Fue una calurosa mañana de junio cuando embarqué por última vez en el Kamtschatka. El
camarero me saludó y se hizo cargo de mi equipaje.

-Camarote 105, litera inferior -le dije.

Una extraña expresión cruzó por el rostro del camarero. Eso me puso nervioso.

-¡Mala suerte! -dijo en voz baja, y emprendió la marcha delante de mí.

Era un camarote corriente, aunque espacioso. Unas cortinas de color arena cerraban a medias la
litera superior, que estaba desocupada. Esperaba tener el camarote para mí solo. Sin embargo, esa
noche, nada más abandonar el muelle, me decepcionó comprobar que tenía un compañero.

Aún no había visto al viajero. Solo me di cuenta de su presencia por su maleta, que estaba en un
rincón, y por su paraguas y algunas cosas que había dejado encima de su litera. Y no llevaba yo
mucho rato acostado cuando entró él. Era un hombre alto, muy delgado, muy pálido, con el pelo y
el bigote rubios y los ojos grises. No volví a verle más después de esa primera noche.

Dormía yo profundamente cuando, de repente, me despertó un ruido. Me pareció que mi


compañero saltaba de su litera al suelo. Le oí forcejear torpemente con la manivela de la puerta.
Luego oí que echaba a correr por el pasillo, dejando la puerta abierta tras de sí.

La puerta empezó a oscilar con el balanceo del barco, así que me levanté a cerrarla y regresé a
tientas a mi litera, en medio de la oscuridad. Me volví a dormir, aunque no sé el tiempo que estuve
durmiendo.

Al despertarme, aún estaba oscuro. El aire era frío y húmedo. Había en el camarote un olor
especial, como si estuviese empapado de agua de mar. Me tapé lo mejor que pude y continué en
la cama. Noté que mi compañero daba vueltas en su litera. Me pareció oírle gemir, y supuse que
se habría mareado. Seguí durmiendo hasta el amanecer.

El barco se movía bastante. La luz grisácea que entraba por la portilla cambiaba a cada balanceo. Y
hacía un frío terrible. Para mi sorpresa, vi que la portilla estaba abierta y trabada para que no se
cerrase. Me levanté a cerrarla. A continuación, decidí vestirme. Había desaparecido el olor a
humedad de la noche. La litera de arriba tenía las cortinas corridas. Mi compañero de habitación
seguía durmiendo.

Salí a cubierta. El día era cálido y nublado, y el mar tenía olor a aceite. Paseando por la cubierta,
topé con el médico de a bordo.

-Vaya una mañanita tenemos -dijo el doctor.


-Pues esta noche ha hecho un frío que para qué -contesté- Y encima, la humedad que hay en mi
camarote.

-¿Humedad? -dijo el doctor- . ¿Qué camarote le ha tocado?

-El ciento cinco.

El doctor se estremeció, cosa que me dejó perplejo.

-¿Qué ocurre? -pregunté.

-Eh… Nada, nada -contestó-. En los tres últimos viajes, todos los pasajeros se han quejado de él.
Para mí que hay algo… Pero bueno, no es mi misión inquietar a los pasajeros.

-A mí no me da miedo la humedad -contesté.

-No se trata de humedad. Pero no importa -dijo el doctor-. ¿Tiene compañero de habitación?

-Sí. Uno que salta de la litera en mitad de la noche y sale corriendo sin pararse a cerrar la puerta.

-Escuche -dijo el doctor con una extraña expresión en la cara-: Yo tengo un camarote bastante
espacioso. ¿Por qué no viene a compartirlo conmigo? Estará más seguro que en el 105.

-¿Qué quiere decir? -exclamé asombrado ante este extraño ofrecimiento.

-En los tres últimos viajes, los ocupantes del 105 se cayeron por la borda -contestó con gravedad.

La noticia era alarmante. La expresión del doctor me hizo comprender que hablaba en serio. Le
agradecí el ofrecimiento, pero le dije que no me apetecía mudarme.

Después de desayunar, regresé a mi camarote. Las cortinas de la litera de arriba estaban corridas
todavía, así que deduje que mi compañero seguía durmiendo. Al salir, el camarero me detuvo para
decirme que el capitán deseaba verme. Me dirigí a su camarote y le encontré esperándome.

-Su compañero de habitación ha desaparecido -dijo-. Nos tememos que ha saltado por la borda.

-Entonces es ya el cuarto -exclamé.

Al capitán pareció molestarle que supiera que otros tres pasajeros habían desaparecido. Me
propuso que eligiera el camarote de cualquiera de los oficiales para el resto del viaje. Le contesté
que prefería seguir en el mío; sobre todo ahora que lo iba a tener para mí solo.

-Naturalmente, tiene derecho a permanecer donde está -dijo el capitán-. Pero preferiría que
dejara el camarote y me permitiera cerrarlo.

Hacia el anochecer, volví a encontrarme con el doctor. Me preguntó si había cambiado de idea
respecto a mi camarote. Le dije que no.

-Pues no tardará en hacerlo -dijo en tono sombrío.

Esa noche me acosté tarde. No podía dejar de pensar en el hombre que había compartido mi
camarote, y que probablemente se había ahogado. Descorrí las cortinas de la litera y comprobé
que no estaba allí.
Me desvestí; observé que la portilla estaba abierta otra vez. Esto me irritó, por lo que salí en busca
de Robert, el camarero. Le hice entrar y le exigí que me explicara por qué razón la abría.

-Vera, señor -contestó Robert-: nadie es capaz de mantener cerrada esta portilla por la noche.
Inténtelo usted si quiere. Yo se la cierro ahora mismo y aprieto las palomillas con toda mi fuerza.
Pruebe a abrirla ahora.

Intenté abrir la portilla y comprobé que estaba firmemente apretada. Se marchó Robert y me
acosté. Pero no tenía sueño y desde la litera estuve contemplando la luna a través de la portilla. Y
así permanecí durante una hora. Cuando ya me estaba entrando sueño, me dio en la cara una
bocanada de aire frío y una rociada de agua de mar. ¡La portilla estaba abierta otra vez y trabada
para que no se pudiera cerrar!

Me levanté, crucé la habitación y me acerqué a examinarla. Oí moverse algo detrás de mí, en la


litera de arriba. Me volví, aunque no se veía nada en la oscuridad. Oí un gemido muy débil. ¿Había
alguien allí? Crucé corriendo la habitación, aparté de una manotada las cortinas y palpé con las
manos. ¡Allí había alguien!

De detrás de las cortinas salió una bocanada de aire cargado de un olor espantoso a agua de mar
estancada. Agarré algo que tenía forma de brazo humano, aunque lo noté mojado y frío como el
hielo. Al tirar de él, la criatura se abalanzó violentamente sobre mí. Era una masa pegajosa,
fangosa, pesada y húmeda, pero dotada de una fuerza terrible. Me eché a un lado. Un instante
después se abrió la puerta y aquel ser salió corriendo.

Eché a correr tras él, pero lo perdí al dar la vuelta a una esquina. Asustado, regresé al camarote.
Dentro reinaba un intenso olor a agua de mar estancada. Examiné la litera de arriba esperando
encontrarla empapada, pero estaba seca como la boca de un horno.

La portilla continuaba abierta.

La cerré con fuerza y torcí las tuercas de latón que la sujetaban. Ahora sería imposible volverla a
abrir. Permanecí despierto toda la noche, pensando en lo ocurrido.

Amaneció por fin, y salí a cubierta a respirar aire fresco y a despejarme. El capitán estaba allí. Le
expliqué lo sucedido por la noche. Le dije que había pasado más miedo que nunca en mi vida.

-Escuche -dijo-, vamos a hacer una cosa: voy a ir con usted a compartir su camarote a ver qué
pasa. Creo que entre los dos podremos aclarar este asunto.

Ese mismo día, avanzada la noche, volvimos al camarote el capitán y yo. Vino el carpintero de a
bordo y condenó la portilla. A continuación, registramos minuciosamente todos los rincones. Una
vez satisfechos, nos encerramos en el camarote el capitán y yo. El capitán se sentó junto a la
puerta, y yo en la litera de abajo.

-El primero que se arrojó por la borda fue un pasajero que estaba loco -explicó el capitán-. Sus
amigos no sabían que había embarcado. En el viaje siguiente… ¿Qué está usted mirando?

Mis ojos estaban fijos en la portilla. Las palomillas de latón estaban empezando a girar muy
despacio. Al descubrir lo que yo miraba, el capitán se quedó pasmado también.
-¡Se están moviendo solas! -dijo en voz baja.

En ese preciso momento, se apagó la linterna de lectura que yo tenía sobre la litera. Aún entraba
luz por la ventana del vestíbulo. Me di la vuelta para arreglar la linterna, y el capitán se puso en pie
de un salto, profiriendo un grito de sorpresa.

Me volví rápidamente. Estaba luchando con todas sus fuerzas con la portilla que había empezado a
moverse. Acudí en su ayuda. Se abrió de golpe y nos arrojó a los dos al suelo.

-¡En la litera hay alguien! -exclamó el capitán con asombro.

Salté sobre ella. Había algo indeciblemente espantoso. Era como el cuerpo de una persona
ahogada hacía mucho tiempo, aunque se movía y tenía la fuerza de diez hombres.

Agarré con todas mis fuerzas aquel ser legamoso, escurridizo, horrible. Entonces clavó en mí sus
ojos blancos y muertos. Hedía a agua de mar corrompida, y el cabello reluciente le caía en rizos
mojados y horrendos sobre su cara muerta. Empezaba a dominarme. Me rodeó el cuello con sus
brazos cadavéricos, me retorcí hasta que logré desembarazarme con un grito. La criatura saltó por
encima de mí y se precipitó sobre el capitán. Este cayó al suelo horrorizado y aturdido. El ser se
quedó en suspenso un instante, y a continuación desapareció por la portilla.

Bueno, ¿queréis saber más? Pues no hay nada más. Fue el carpintero de a bordo y clavó la puerta
del camarote.

Si alguna vez hacéis un viaje en el Kamtschatka, preguntad por el camarote 105. Veréis cómo os
dicen que está ocupado. Y en efecto, lo está…, por ese muerto viviente.

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