El compromiso de Ediciones Babylon con las publicaciones electrónicas

Ediciones Babylon apuesta fervientemente por el libro electrónico como formato de lectura. Lejos de concebirlo como un complemento del tradicional de papel, lo considera un poderoso vehículo de comunicación y difusión. Para ello, ofrece libros electrónicos en varios formatos, como Kindle, ePub o PDF, todos sin protección DRM, todos sin protección DRM, puesto que, en nuestra opinión, la mejor manera de llegar al lector es por medio de libros electrónicos de calidad, fáciles de usar y a bajo coste, sin impedimentos adicionales. Sin embargo, esto no tiene sentido si el comprador no se involucra de forma recíproca. El pirateo indiscriminado de libros electrónicos puede beneficiar inicialmente al usuario que los descarga, puesto que obtiene un producto de forma gratuita, pero la editorial, el equipo humano que hay detrás del libro electrónico en cuestión, ha realizado un trabajo que se refleja, en el umbral mínimo posible, en su precio. Si no se apoya la apuesta de la editorial adquiriendo reglamentariamente los libros electrónicos, a la editorial le resultará inviable lanzar nuevos títulos. Por tanto, el mayor perjudicado por la piratería de libros electrónicos, es el propio lector. En Ediciones Babylon apostamos por ti. Si tú también apuestas por nosotros, ten por seguro que nos seguiremos esforzando por traerte nuevos y mejores libros electrónicos manteniéndonos firmes en nuestra política de precios reducidos y archivos no cifrados. Gracias por tu confianza y apoyo.

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El mundo a mis pies
Nisa Arce

colección.infant

ADVERTENCIA

El contenido de esta obra es ficción. Aunque contenga referencias a hechos históricos y lugares existentes, los nombres, personajes, y situaciones son ficticios. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, empresas existentes, eventos o locales, es coincidencia y fruto de la imaginación del autor. ©2010, El mundo a mis pies ©2010, Nisa Arce ©2010, Ilustración de portada e ilustraciones interiores: Delfina Palma Colección Infant nº1 Ediciones Babylon Calle Martínez Valls, 56 46870 Ontinyent (Valencia-España) e-mail: publicaciones@edicionesbabylon.es http://www.EdicionesBabylon.es/ ISBN: 978-84-938300-6-9 Todos los derechos reservados. No está permitida la reproducción total o parcial de cualquier parte de la obra, ni su transmisión de ninguna forma o medio, ya sea electrónico, mecánico, fotocopia u otro medio, sin el permiso de los titulares de los derechos.

Para Juan e Iria

empezó por la mañana, cuando escuché el despertador de Cloe sonar en la habitación de al lado. Me quedé en la cama con los ojos bien abiertos, tapado hasta la nariz. Estuve un rato pensando en si sería mejor quedarme en ella un poco más o ir disparado al baño, porque Cloe suele tardar mucho. Decidí, al final, salir de la cama y anduve de puntillas por el pasillo; me metí en el baño y cerré la puerta. La estantería de encima del espejo estaba llena de frascos, jabones, perfumes y demás cosas de esas que tienen las madres. Porque, sí, Cloe es mi madre, y no soporta que la llame por su nombre. «¿Por qué no me dices “mamá”, como todos los niños?», me preguntó una vez. A lo que yo le respondí: «¿Cómo te llamas?». «Me llamo Cloe», dijo ella. «¡Pues por eso!», contesté.

Yo lo veía como lo más normal del mundo. Cloe es mi madre; Guillermo, mi padre; y yo, Guille, el hijo de ambos, tengo el mismo nombre que él. Regresé a mi habitación, hice la cama y me puse el chándal del uniforme. Aunque no era ni martes ni jueves, ni tocaba Educación Física, sabía que nos dejarían estar un buen rato en el patio. Me fui a la cocina. Allí estaban Cloe, preparando café y tostadas, y Guillermo, bebiendo de una taza mientras leía el periódico que había ido a comprar a la tienda de la esquina. —¡Buenos días! —saludé radiante. Para ellos no debía de ser el mejor día del año, porque me contestaron como todas las mañanas. —Buenas… Me encogí de hombros. Devoré mi tostada, me bebí el vaso de leche y eché a correr otra vez al baño para cepillarme los dientes. Me puse la mochila; aún

faltaban veinte minutos para que sonase el timbre de las clases, pero sabía en qué invertirlos. —¿Quieres que te acompañe? —me preguntó Guillermo. —No hace falta, gracias —contesté muy formal mientras abría la puerta. El colegio está a un par de manzanas de casa. Normalmente voy con Tito, mi vecino, pero yo tenía un plan mejor que esperarle. Estaba seguro de tener posibilidades de toparme con algo realmente emocionante de camino a clase. La gente encuentra divertida la manera en que camino: miro al suelo en lugar de al frente. A veces me preguntan si lo hago porque soy tímido, y yo les respondo que no, que, simplemente, es más interesante. Las aceras, el césped de los parques y los andenes están repletos de objetos que las personas ya no quieren, o que se han perdido por descuido y,

entonces, no tienen nadie que los reclame. Además, no hace falta mirar a la cara de los peatones para saber quiénes son. Si me cruzo con unos zapatos de tacón que hacen «clip-clap-clip-clap», sé que la que los lleva es Amanda, la dependienta del bazar. También, el roce de unas zapatillas de deporte de suela gastada me basta para reconocer al cartero, quien sé que las usa mucho. La gente va y viene por el barrio sin prestar atención a lo que hay a sus pies. Todo lo que encuentro, mejor dicho, casi todo, lo sumo a mi colección: canicas de cristal, pines, llaveros… Pero lo que no tenía era eso que me encontré nada más doblar la esquina del comercio de ultramarinos. Era brillante, tanto que me atrajo como la luz a una polilla. Cuando estuve lo suficientemente cerca, comprobé que era un dedal sencillo, metálico y lleno de agujeritos.

Me lo guardé y reanudé la marcha. Entre paso y paso, la maquinaria de mi cabeza no dejaba de dar vueltas. ¿De quién sería el dedal? ¿Se le habría perdido a un sastre que iba a confeccionar un traje caro para algún ricachón? ¿Y si se le había extraviado a una señora que estaba tejiendo, por ejemplo, una gran bandera? ¿Una bandera enorme, repleta de bordados, que se pudiera ver desplegada desde el espacio? A lo mejor la estaba fabricando para darles la bienvenida a los marcianos y, por haberse quedado sin dedal, no podría seguir haciéndola. Me invadió una terrible angustia. ¿Y si los marcianos decidían no venir a visitar la Tierra porque nadie les mostraba la invitación? Crucé la puerta de entrada del colegio y busqué a Tito. Tenía que compartir el descubrimiento con él.

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