“¿Qué es un Carfante, Profesor
Revillod?”
La jungla se esparcía por donde se le proponía. Era difícil retarla y que ésta no saliera exitosa
en el conflicto, ruinas muertas se llenaban con plantas de todos los colores, musgo plagaba las
botas de todos los científicos en aquella expedición. Un elefante africano se podría haber
escondido en esos rincones, y el espesor de la selva lo habría camuflado a la perfección debajo
de malezas y árboles enteros. La expedición la había financiado un solo profesor de Oxford,
sus previas expediciones y ensayos le habían proporcionado una notable fortuna lo
suficientemente grande como para que un grupo pequeño de zoólogos y botánicos se
interesaran en lo que buscaba este intelectual. El objetivo de la comanda era llegar al corazón
de la jungla que descansaba en una isla casi desierta, que, en palabras del profesor, ‘alberga
más de seiscientas especies de animales increíbles que significaron una revolución naturalista
que cambiaría completamente lo que conocemos de la genética actual.’ Los científicos, más
interesados por la paga de unas vacaciones en un paraíso tropical que por la palabrería
compleja del olvidado animalista, se guiaron por las huellas de las botas del profesor hasta su
campamento en lo más profundo de la selva.
-Así que, ¿en ésta pequeña isla descansan cientos de especies terrestres no descubiertas por
el hombre?- Preguntó retóricamente un botánico de porte más antiguo que el mismo profesor,
quien soltó una carcajada a la declaración del primero:
-No sea ridiculo, profesor. Cientos de especies terrestres no podrían vivir en un ecosistema tan
pequeño.- Declaró con confianza el líder de la tropa mientras los demás se miraban tanto
satisfechos como confundidos antes de voltearse al científico, éste no habiendo acabado su
última declaración. -Hay unos que vuelan y varios animales acuáticos también, eso es lo que
un ecosistema sano necesita para sobrevivir.- Concluyó este con una amigable sonrisa que
acababa debajo de los ojos, estos siendo ocultos por el salacot del zoólogo. El botánico se
quedó callado el resto del camino, sintiéndose respectivamente ridículo por cómo formó so
sofismo irónico. Al llegar al campamento del profesor en una de las áreas más libres de la
jungla, los científicos se quedaron estupefactos por la cantidad de área que tenía a la mano el
científico solitario. Se notaba la deforestación que tomó lugar en ese área, pero sería imposible
quitar tantos árboles en tan poco tiempo, era como si una manada de elefantes y rinocerontes
le hubieran proporcionado ayuda al maestro ingles para que éste formase una base de
operaciones muy espaciosa y cómoda, con trinquetes y microscopios por todas partes,
laboratorios de distintas ciencias e incluso un área para que descansaran animales de distintos
tamaños. Ante esta última descripción, lo zoólogos dedujeron que el profesor debía de tener
caninos esparcidos por la isla para ayudar con la captura de estos animales increíbles de los
que él les había hablado. Su mutua hipótesis fue declarada como certera ante el penetrante
sonido de unos ladridos que atrajeron la atención del líder, quien dejó los papeles que estaba
organizando para correr hasta sus sabuesos. El galopar de estos anunciaba más de uno que
se acercaba a su maestro. Al borde del campamento, donde la jungla de jade aún se juntaba
con el espacio vacío, el científico principal recibió a un canino en particular que fue el primero
en salir de las sombras de la jungla. Entre consentimientos y lengüetazos de la criatura, los
botánicos escucharon unos murmullos del dueño del animal que parecía ser un perro siberiano:
-Quieta, Charlie, no arruines la sorpresa de mis compañeros- Dijo el profesor dándole un
premio a su fiel sabueso. El intelectual se paró y volteó para ver a sus compañeros de todas las
edades
-Caballeros- comenzó emocionado -Les presento a uno de los animales que anuncia el
comienzo de una nueva era científica.- pero su anuncio cayó a oídos confundidos, que
observaban al perro sin mayor interés, algunos de ellos ya habían comenzado a doblarse entre
carcajadas irrespetuosas mientras apuntaban al canino que parecía ser perfectamente normal.
-Con todo respeto, profesor, el hecho de que usted no haya visto a un perro siberiano, no
significa que sea un descubrimiento revolucionario para el resto de la humanidad.- Anuncio un
muy respetado paleontólogo que se secaba una mejilla de las lágrimas que había producido en
el ataque de risa memético que tuvo con sus compañeros. Pero su insulto sofisticado no
penetró la piel del científico, que parecía haber obtenido la reacción deseada de sus
acompañantes mientras sacaba al resto del animal de la jungla y al campamento… eso no era
un perro normal.
Los científicos miraron asombrados al mamífero, o lo que según ellos era un mamífero, que
parecía tener seis extremidades en las cuales caminar, dos patas caninas, dos garras de ave y
dos pezuñas, el espécimen parecía parar de tener pelaje antes de que su cuello concluya,
comenzar un nuevo pelaje de plumas, y acabar ese pelaje al convertirse en la piel suave y
rosada de un porcino. Algunos científicos gritaron en horror, otros infundieron machetes y
pistolas para acabar con la bestia, pero el profesor solamente se acercó a la criatura que la
acarició con cariño antes de mirar orgulloso a sus compañeros.
-Compañeros naturalistas, aquí les presento a una de setecientas veintinueve especies que
descansan en esta jungla: una Perra WiNa, un tercio canis lupus familiaris, otro tercio apteryx, y
un último tercio de sus scrofa domesticus, y su nombre es charlie.- Concluyó su presentación
dejando libre al animal para que ésta caminara hasta una de las camas esponjosas que
estaban esparcidas por ese campamento.
Los hombres todos se quedaron paralizados mientras observaban como la monstruosidad se
acostaba y dormía tranquila, luego se voltearon al profesor para declarar su confusión y terror,
exigiendo una respuesta a las miles de preguntas que se habían formado en sus cabezas. Pero
antes de que el dueño de la criatura pudiera responder, el grito amplificado de un cuervo calló
cualquier conversación que se pudiera haber dado.
-Oh, ese debe de ser Plinio- concluyó tranquilamente el zoólogo antes de que uno de los
científicos apuntara su arma de defensa a él. -Revillod, no me digas que hay más criaturas
como esa que vienen hacia acá- gritó atemorizado el botánico mientras que jalaba el martillo de
su pistola con su pulgar tembloroso. El profesor suspiró calmadamente antes de responder,
-Que yo sepa, Charlie es la única adulta de su especie, no, Plinio es un corlaronte.- Dijo
sonriendo inocentemente el adulto científico mientras que una criatura inmensa se hacía paso
por los árboles de la jungla. De esta, una criatura terrorífica caminaba en sus patas trasera que
se asemejan a las de un rinoceronte, su abdomen se decoraba con aletas y escamas mientras
que su cabeza se cubría por plumas y el pico de una corneja. El profesor Revillod se acercó a
este ser también, consintiendo su muslo para que este se calmara ante la vista de nuevos
visitantes en la isla. -¿Encontraste otro ser herido?- Preguntó el intelectual a la criatura, que
parecía comunicarse con él en varios sonidos animalescos, primero el sonido de unas burbujas
brotando, y luego una imitación de un elefante asiático. -¿Un elefante y un pez? ¿Dónde se
quedó atascado?- Preguntó seguidamente el científico antes de que el ave saliera corriendo
hacia adentro de la selva. El perro ave cerdo se levantó de su cama al escuchar el llamado de
su amo y ambos siguieron el rastro del animal vipedo que los guiaría a lo que los científicos
dedujeron sería otra criatura, naturalmente, ellos siguieron a los tres seres tan peculiares.
Al llegar a lo que parecía el área pantanosa del ecosistema sumatrino. Los científicos se vieron
aliviados al ver lo que parecía un simple elefante asiático atascado en el barro con la cabeza
abajo, el profesor parecía ser ayudado no solo por sus dos mascotas terroríficas, sino que
también por un kiwi extremadamente alto con cola de celacanto, a este punto, algo normal para
los zoólogos y botánicos. Pero al ver que los cuatro no podían ayudar al paquidermo a salir de
su prisión de tierra y agua, los más atrevidos se acercaron al ser y lo empujaron para que este
pudiera sacar su cabeza de ahí, el suave sonido de burbujas aliviandolos de que todavía no era
muy tarde. Cuando por fin todos los científicos y algunos híbridos más se unieron a aportar de
cualquier forma posible a ayudar al gigantesco mamífero a salir de su predicamento, éste por
fin pudo escaparse y limpiarse de todo el barro que lo mantenía encerrado. Como no sería
sorpresa para nadie, este ser no era un simple paquidermo. Sino que su cabeza estaba oculta
de la vista de los científicos. No, en realidad, el paquidermo parecía poseer la cabeza de un
carpín dorado doméstico… un carfante, si se quiere ser lindo con los nombres.
Y de ahí, el profesor Revillod fue mostrándoles a sus compañeros intelectuales cada una de las
maravillas de la jungla de Sumatra, hasta que no quedara un animal más por descubrir… y en
eso se tardarían un buen tiempo.