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Se sabe que el orden de publicación de los cursos

psicoanalíticos de Jacques-AIain Miller no es cronológico.


Este curso, Los usos del lapso (1999-2000), abordando el
tema inmemorial del tiempo, produce una nueva refutación
del tiempo cronológico como principio que aspirara a
constituirse en concepto fundamental del psicoanálisis'
y de su ejercicio. Lo hace actualizando una lógica
congruente con los usos del lapso y de lo que opera en el
intervalo, en el esfuerzo de aparejar el tiempo del
inconsciente a un real y a sus ex-abruptos. De ahí que el
núcleo que va ordenando este curso sea la práctica de la
sesión corta. En este punto doctrinario, Jacques-AIain
Miller sigue paso a paso a Jacques Lacán; se sabe que este es
un punto sobre el que Jacques Lacan no cedió y que hoy
mantiene su vigencia.
Se verifica también de qué modo y por qué el psicoanálisis
de orientación lacaniana es una teoría de la práctica y se
separa de toda concepción que pretenda reducirla a tecbne,
que no es sino una de las formas de la rutina.
William Osler, médico canadiense contemporáneo de
Freud, decía que ver a los enfermos sin los libros equivale a
navegar sin cartas marinas; pero que leer los libros sin ver
enfermos equivale a no embarcarse.
Jacques Lacan no se privó de llamar aventura a la
experiencia del análisis; Jacques-AIain Miller no se priva dé
introducir en el curso el divertimiento. El saber alégre
forma parte de la aventura.
El lector atento encontrará en el curso la ocasión dé
disfrutarlo, si está abierto a la sorpresa a la que es
convocado. Y podrá acceder a los recursos necesarios para
soportar con más solvencia las peripecias y las desventuras
a las que se ve solicitado como psicoanalista en este siglo,
tan pródigo en ellas. A sabiendas de que estos recursos no
han de evitarle algunas zozobras, inherentes a la
contingencia. El psicoanalista advertido tendrá alguna
posibilidad de afrontarla si logra encontrar en ella la
oportunidad de su acción.

Luis Erneta
Los C U R S O S P S IC O A N A L ÍT IC O S D E J.-A. M lL L E R

T í t u l o s p u b lic a d o s

Los signos del goce


El banquete de los analistas
De la naturaleza de los semblantes
La experiencia de lo real en la cura psicoanalüica
Los usos del lapso

P r ó x im a m e n te en e s t a c o l e c c i ó n

(Títulos provisionales)

Clínica deJacques La can


Del síntoma al fantasma (y retomo)
Las respuestas de lo real
1, 2, 3, 4
Extimidad
Causa y consentimiento
Los divinos detalles
Arengas
Done
Silet
La fuga del sentido
El Otro que no existe y sus comités de ética
(en colaboración con Eric Laurent)
El partenaire-síntoma
El lugar y el lazo
El desencanto del psicoanálisis
Un esfuerzo de poesía

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Nombre y apellido, profesión y dirección de e-maii.
JACQUES-ALAIN MILLER

Los usos del lapso

T e x t o e s t a b l e c id o po r
S il v ia E l e n a T e n d l a r z

PAIDÓS
Buenos Aires • Barcelona • México
Cubierta de Roberto G arcía Balza y Marcela González
Traducción: Nilda Prados
Transcripción y establecimiento de textos: Silvia Elena Tendlarz
Colaboración editorial: Claudia Tedeschi

Miller, Jacques-Alain
Los usos del lapso. - 1a ed. 2a reimp. - Buenos A ires: Paidós,
2010 .
520 p .; 22x16 cm. - (Los cursos psicoanalíticos de Jacques-
Alain Miller)

ISBN 978-950-12-8855-1

1. Psicoanálisis I. Título
CDD 150.195

I a edición, 2004
2a reimpresión, 2010

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas,


sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones
establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra
por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y
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Queda hecho el depósito que previene la Ley 11.723


Im preso en la Argentina - Printed in Argentina

Impreso en Artesud,
Concepción Arenal 4562, Ciudad de Buenos Aires, en diciembre de 2 0 1 0
Tirada: 7 0 0 ejemplares
s
Indice

I. El tiempo en el psicoanálisis ....... 9


II. Gente del S e creto ..................................................................... 29
III. El inconsciente en la sesión analítica ................................ 49
IV El lapso, entre tiempo y espacio ......................................... 71
V. El estatuto del inconsciente .................................................. 91
VI. Las afinidades entre la feminidad y la voluntad ........... 117
VII. Acontecimientos del discurso ............................................. 137
VEH. Capricho y voluntad ............................................................... 159
IX. El inconsciente en los discursos ......................................... 183
X. La sesión analítica, entre repetición y sorpresa................ 205
XI. El acontecimiento imprevisto................................................ 223
XII. El tiempo de la se sió n ............................................................. 237
XIII. El tiempo de Freud y el de L a c a n ....................................... 253
XIV. Tres modalidades de conclusión......................................... 275
XV Tiempo y duración ................................................................. 305
XVI. El tiempo para com prender.................................................. 327
XVII. La pulsación del tiempo ló g ic o ........................................... 349
XVIII. El momento de co n clu ir........................................................ 373
XIX. El sofisma de Lol V. S te in ....................................................... 397
XX. Angustia y tiem p o .......................................................... 421
XXI. La angustia como condición del a c t o ................................. 447
XXII. El instante eterno de Lol ...................................................... 483

Referencias de los textos citados .......................................................... 513

7
I
El tiempo en el psicoanálisis

Este año 1999-2000 el título de mi curso será Los usos del lapso, año
en el que nosotros, la humanidad, entraremos en el tercer milenio, aun
cuando los puristas, los pretenciosos, hayan señalado que el aconteci­
miento, si se trata de tal cosa, no se produciría sino un año más tarde,
en el 2001.
Esta observación, por otra parte exacta, no puede contra un hecho
de orden aritmético, como es que la diferencia entre 2000 y 2001 no re­
side sino en una sola cifra, todo está allí. Se trata de un cambio de ci­
fra que se produce todos los años. Únicamente cada diez años son dos
cifras las que cambian. Sólo una vez cada siglo cambian tres y es sólo
una vez cada mil años que las cuatro cifras están destinadas a cambiar.
¡Una sola vez cada mil años! Por lo demás, para ser más exacto, la oca­
sión precedente -no sé si ustedes estaban-, pasamos de tres a cuatro ci­
fras: de 999 a 1000. El más uno del año 999 agregó una cifra, y el más
uno del año 1999 es el primero que modifica las cuatro.
Resulta especialmente notable la ecuanimidad con la cual se prepa­
ra esta entrada sensacional en el tercer milenio. Hace mil años, ese pa­
saje estaba amenazado por fantasías de apocalipsis. Hoy, todo cuanto
tenemos es el embrollo de las computadoras, sólo esperamos acciden­
tes - y no habrán de faltar-. Es decir que el acontecimiento no es el fin
del mundo, no está situado en el nivel de Dios, sino en el de las máqui­
nas. Qué grande sería la sorpresa si el I o de enero de 2000 el arcángel
Gabriel viniera a anunciar que el buen Dios, después de una experien­
cia al fin de cuentas prolongada, considera que ya es suficiente y que
el juicio final ha llegado.
JACQUES-ALAIN MILLER

Es sorprendente que nadie espere esto y que todo cuanto se espe­


ra se refiera a las máquinas, ¿y por qué motivo? Por causa de un des­
cuido, de una preocupación por la economía en función de la cual las
máquinas fueron codificadas solamente con dos cifras en lugar de
cuatro; en síntesis, por causa de una falla en la anticipación, muy sin­
gular de por sí, que podríamos calificar de formación del inconscien­
te globalizada.

Los usos del tiempo

Si el cambio de milenio es un acontecimiento, es puramente con­


vencional, puesto que la cuenta, aún la de los años, es convencional. Es
decir, hay otras convenciones. El año judío, a partir del mes de sep­
tiembre último, es el 5760, señoras y señores; es decir que los 2000 del
año de los goy se los pueden guardar.
La noción del carácter convencional de esa cuenta de los años ya re­
sulta suficientemente conocida como para que no nos importe en ab­
soluto. A decir verdad, asistimos a un triunfo de las Luces; hasta po­
dríamos decir que esa es precisamente la prueba de que todos somos
posmodernos, y si hay un aspecto oscurantista del posmodernismo es­
tá en la multiplicidad de convenciones como aspecto heredado de las
Luces.
Pudiera ser, además, que el año al que debiéramos atender no sea
el 2000, sino el 2012, que es, por si no lo saben, el que marca la conclu­
sión del gran ciclo actual de los años según el calendario maya.
Nuestro calendario, por su parte, es un triunfo de la cuenta católica
y, al mismo tiempo, su derrota, por cuanto quedó completamente va-
ciado'de sentido. Es el triunfo del calendario gregoriano, hoy globaliza-
do, adoptado recién en 1582 y que fue aceptado por la Alemania pro­
testante hace sólo tres siglos, en 1700, con reservas que mantuvieron su
vigencia hasta 1775. Fue adoptado por Gran Bretaña en 1752, por Japón
en 1873 -según nuestro calendario, por supuesto-, por Rusia en 1917
-algo que constituye por lo demás la realización más notable del poder
comunista- y otro tanto ocurrió en China en 1949. Evoco el calendario
porque tiene una historia apasionante, es una epopeya del significante
que se debe seguir, quizá tengamos la ocasión de hacerlo este año, pa­
ra indagar cómo el significante se adueñó del tiempo, cómo estructuró
lo real del tiempo y, por esa vía, estructuró el mundo.

10
EL TIEMPO EN EL PSICOANÁLISIS

Ya nadie pone en duda -e n especial a partir del momento en que


nuestro tiempo se transformó en atómico, en 1972- el tiempo de todos.
Hubo filósofos, por supuesto, que pretendieron objetarlo desde el
Lebenswelt, el "mundo vivido" que no conocería el tiempo del signifi­
cante. Del Lebenswelt, quizá podamos ocuparnos este año, con las lec­
ciones referentes a la Fenomenología de la conciencia del tiempo inmanente
de Husserl y las consecuencias que de allí se desprenden. El tiempo vi­
vido no permaneció indiferente, impasible, al trabajo del significante
en lo que respecta al tiempo.
Bergson dejó oír algunas quejas sobre el hecho de que el tiempo
mecánico traicionaba la duración vivida. Pero nuestra concepción del
tiempo es bien diferente de ésa. Dos m il es una cuenta redonda y es un
punto de almohadillado que nos invita a mirar hacia atrás, como así
también a anticipar.

En Buenos Aires, donde estuve hace poco tiempo, fui invitado por
mi amigo Germán García a dar una conferencia, para la que me propu­
sieron como título en español "¿Al fin y al cabo?", que equivaldría en
francés a algo así como Á la fin desfins, en définitive, tout com ptefait, y
por mi parte creí -algo que no era necesariamente su intención- que
me invitaba a dar un panorama del último milenio, desde el siglo XI al
XX. Intenté entonces hacerlo, una especie de broma. Pero uno se da
cuenta, cuando considera el último milenio, de que hay un corte entre
el período que se extiende desde el siglo XI al XV, en el que no ocurrió
gran cosa, y el que abarca desde el siglo XVI al XX, cuyo ritmo es por
completo diferente.

X I -X V
XVI - XX

El corte que pasa entre el siglo XV y el XVI está marcado, para no­
sotros, por el Renacimiento. Si nos preguntamos cuáles son los aconte­
cimientos que realmente contaron durante el último milenio, hay evi­
dentemente cierto número de eventos regionales que en su momento

11
JACQUES-ALAIN MILLER

parecieron tener importancia, pero ¿qué fue lo que contó a nivel glo­
bal? -y o estaba obligado a tomar esta línea de razonamiento en Bue­
nos Aires, donde no tenía tan siquiera un libro a m ano- Lo que contó,
en definitiva, al fin y al cabo, es aquello que concierne al saber. El resto
son anécdotas.
Si tomamos esta concepción, lo que verdaderamente contó entre los
siglos XI y XV es la invención, entre el siglo XII y el siglo XÜI, del dis­
curso de la universidad, que se difundió luego a todo el planeta, y des­
pués, en la segunda mitad del siglo XVII, el discurso de la ciencia, la
física matemática, sus efectos y reformulaciones, desde Galileo y Des­
cartes a Newton y Einstein.
Y también contó el discurso del capitalismo, cuya globalización es
un hecho probado, manifiesto a partir de 1989. Evidentemente, nos
gustaría agregar a esta lista del discurso universitario, de la ciencia y
de! capitalismo, el del psicoanálisis, pero no tenemos suficiente pers­
pectiva para hacerlo a escala del milenio.
Y en esa escala milenaria, el siglo XX resulta muy notable; gran si­
glo de masacres, pero también de una sorprendente aceleración del
tiem p o en lo que concierne a la ciencia. Hay más sabios en el siglo XX
que en el curso de todo el milenio, y el ritmo de las invenciones proce­
dentes del discurso de la ciencia conoce, en el último siglo, su última
m itad o su último cuarto, una aceleración absolutamente sorprenden­
te, sobre todo si se la compara con la tranquilidad de la existencia en
el siglo XI, en el que no pensamos suficientemente.
Todas estas son las circunstancias que han contribuido a que le die­
ra por título al Curso de este año "L os usos del tiem po". Y finalmente
dije "Lapso".
Los usos los conocemos. Encontramos el término en la expresión
"U sos y costumbres", que data del siglo XII y califica los hábitos, las ma­
neras de proceder tradicionales, pero también es un término que puede
ser empleado solo, como lo atestiguan los mejores autores, aun en el si­
glo XX. Y como proviene de usus, al igual que usual, de costumbre
(d 'usage), es preciso escuchar en él la usanza, y en especial la vieja usan­
za, aquella que se hizo habitual. Señalemos que el término no existe en
francés sino en plural (us) y por esa razón figura en mi título.
En cuanto al "lapso", data del siglo XIV; también derivado del la­
tín: lapsus, que significa deslizamiento, fluir, transcurrir, y recién en el
siglo XIX, antes de Freud y después del verbo labi, caer.
Entonces, al parecer, no lo conocemos hasta hoy sino en la expre­

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EL TIEMPO EN EL PSICOANÁLISIS

sión "lapso de tiempo". El lapso está especialmente encargado del


tiempo, salvo en el derecho canónico, donde la expresión "lapso y re­
lapso" estigmatiza a quien se convirtió por su propia voluntad a la re­
ligión católica para abandonarla luego.
Es el único abuso moderado que me permito; empleo lapso a secas
porque al oído, los usos del lapso, muestra que es necesario no perder el
tiempo. Podríamos decir los empleos del tiempo y tendríamos la pre­
gunta actual acerca del buen uso del tiempo: ¿cómo nos servimos de
él? Algo que ha sido objeto de largas reflexiones filosóficas: a qué de­
be ser consagrada la vida, cuál es la buena manera de pasar esa vida
que sólo es un lapso de tiempo acordado a cada uno, una cantidad in­
determinada.

Un saber que se esconde en las palabras

Pero para nosotros, evidentemente, la cuestión concierne a la prác­


tica del psicoanálisis. ¿Qué hacemos del tiempo en psicoanálisis? Fun­
damentalmente, hacemos sesiones -otros tantos lapsos de tiempo-,
distribuidas en la unidad de la semana, del mes, del año, de la década,
y es notable, después de todo, que un psicoanálisis se efectúe bajo la
forma de sesiones.
Ésta es una de las cuestiones convocadas por el título y que tiene
consonancias con otro título, el del próximo Encuentro Internacional
del Campo Freudiano: "La sesión analítica", así, sin más, con un sub­
título que agrega complejidad y quizá opacidad a las lógicas de la cu­
ra y el acontecimiento imprevisto.
Pero los usos del lapso es, además, el empleo que hacemos en análi­
sis de aquello que se desliza, de lo que cae, de lo que pasa. Interpreta­
mos el lapso. Y me decía, cuando escribía este título, que el lapso era
quizá un buen término para designar el inconsciente, ese para el cual
Lacan buscaba una nueva palabra.
También por esa vía se introduce la pregunta -por medio de ese tí­
tulo cuyos términos parecen entrecortados, precipitados, amputados,
se diría que son sufijos en descanso- acerca de qué es el inconsciente.
Eso es precisamente lo que pienso abordar, la relación entre el incons­
ciente y la sesión. ¿De qué tipo de relación se trata? ¿Contingente?
¿Necesaria? ¿Qué decir del desarrollo de una cura bajo la forma de se­
siones? ¿Hay una relación esencial entre el inconsciente y la serie de se­

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JACQUES-ALAIN MILLER

siones? Y por consiguiente, ¿cuál es la relación entre el inconsciente y


el tiempo, ese tiempo del cual Freud dijera -e s en todo caso lo que nos
ha llegado- que el inconsciente no lo conocía?
Este es mi punto de partida. Y para avanzar en lo que respecta a las
relaciones entre el inconsciente y el tiempo, comenzaría por remitir
mis puntos de referencia a una expresión de Lacan bien conocida, co­
mentada, que es la del sujeto supuesto saber, ya que, sí la considera­
mos en detalle, es la que nos acerca mejor a la problemática del incons­
ciente y el tiempo.
Se trata de una expresión, a decir verdad, con más de una faceta. En
primer término, se la puede entender -algo raro en Lacan- según se di­
ce. Cualquiera puede traducirla en términos de "uno de quien los de­
más suponen que sabe". Se trata allí de una significación familiar y se
puede decir que surge a partir del momento en el que simplemente
planteamos una pregunta para enterarnos de lo que el locutor no sabe
y que él supone que el interlocutor sí sabe. Una pregunta basta para
hacer surgir la instancia del sujeto supuesto saber.
Por cierto, hay diversos tipos de preguntas. Están aquellas que
planteamos para verificar que el interlocutor sabe lo que nosotros mis­
mos -supuestam ente- sabemos. Son las preguntas del examinador.
Después están las preguntas retóricas, las falsas preguntas, planteadas
sólo para suscitar la desmentida, la indignación del interlocutor, para
poner en valor la evidencia o incluso para dar estatuto de evidencia a
aquello que es cuestionado.
Pero cualquiera sea la modalidad de la pregunta, cuando hay una,
siempre está en el horizonte, en algún sitio, el sujeto supuesto saber. Só­
lo que el sujeto supuesto saber tal como todo el mundo lo entiende no
es el mismo que el sujeto supuesto saber en su sentido técnico, tal como
Lacan lo plantea en el materna que algunos de ustedes conocen bien.

S* » - S'1

s (S1, S2... S")

Tenemos el significante de la transferencia, ese significante cualquie­


ra y, por otro lado, el sujeto supuesto saber escrito de este modo, que lo
distingue de la significación familiar -y sin embargo se entiende-.
Es el sujeto supuesto a un significante, supuesto por un significan­
te. Pero ni siquiera es necesario entrar en el detalle para captar que,

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EL TIEMPO EN EL PSICOANÁLISIS

precisamente, la expresión sujeto supuesto saber, con su aspecto familiar


v su aspecto técnico, busca ponernos ante la evidencia de la disyun­
ción inherente a la significación, precisamente, de los niveles de com­
prensión -y esta distinción entre los niveles es el sujeto supuesto saber
como tal-.
Se trata de una expresión bien hecha para que nos demos cuenta de
la profundidad semántica, para que captemos que la significación no
es una entidad puntual, superficial y transparente, sino que ñeñe face­
tas, que abre perspectivas, que tiene, si se puede decir así, tres dimen­
siones. Hay muchas otras lecturas y empleos suscitados por el sujeto
supuesto saber, juegos de significantes: el sujeto supuesto, el saber su­
puesto -porque el saber puede ser verbo o adjetivo-, y, además, por
qué no, el sujeto saber, el saber sujeto y el sujeto supuesto al saber, mil
y una lecturas se proponen.

S - — -------- ►S'

Pero tomemos en tercer lugar el efecto sujeto supuesto saber en su


aspecto más puro, que se relaciona con el hecho de que haya un signi­
ficante del cual nos preguntemos qué quiere decir.
Por cierto, es necesario en primer término haberlo identificado co­
mo significante. Y cuando nos preguntamos qué quiere decir, ese sig­
nificante llama a un Otro, simplemente, un Otro del que se espera que
haga surgir el sentido del primero.
En otros términos, es sólo en función de la articulación, de la cone­
xión, de la relación, del vínculo, que el sentido tiene la oportunidad de
surgir. Ahora, uno puede asimismo preguntar: ¿qué quiere decir el sen­
tido? La paradoja es que el sentido está tanto más presente, se hace tan­
to más perentorio e insistente cuando no se sabe cuál es. Desde esta
perspectiva Lacan puede decir que el colmo del sentido es el enigma, es­
to es, precisamente, el sentido que no se sabe cuál es, de allí la equiva­
lencia que se propone entre sentido y no-saber. Esta equivalencia ubica
ya en el horizonte de la articulación m ás simple la suposición de saber,
saber lo que eso quiere decir. El sentido está, en efecto, ligado a un que­
rer decir, que se puede considerar en su base como introduciendo una
traducción, una substitución, una equivalencia, una sinonimia; se puede
decir que dos más dos quiere decir cuatro, mientras que cuatro no es si­

15
JACQUES-ALAIN MILLER

no la abreviatura significante de los tres símbolos precedentes. Pero


"querer decir" oculta otros poderes. Querer decir, ése que ya está pre­
sente en la pregunta "¿Qué quiere decir eso?', una vez que se identificó
un significante, ese querer decir, si no se lo rebaja a una simple búsque­
da de sinónimos, impone la presencia de una voluntad, impone el fan­
tasma de una intención y del sujeto de esa intención.
Y se puede suponer ya que esa intención, esa voluntad, esa volun­
tad de decir que suscita la pregunta "¿Qué quiere decir eso?", es una
voluntad que tiene siempre muchas posibilidades de ser mala. Por lo
demás, si preguntamos "qué quiere decir eso", es porque quien lo
enuncia no lo ha dicho, lo ha escondido quizá y vaya a saber con qué
intención, seguramente no de las mejores.
Ya en la histeria, que es ese padecimiento de la inautenticidad del
sentido, vemos bien circular esta noción según la cual con el sentido al­
go falso se introdujo en el mundo. Suele ocurrir que el sujeto se haga
cargo de esta malignidad, pero tam bién es exactamente de allí que sur­
ge el acento paranoide de la histeria: el Otro me esconde algo, el Otro
m e miente.
Es el efecto sujeto supuesto saber de todos los días, sin la letra, an­
ticipado, simple efecto del significante, del hecho de que hay cosas que
están identificadas como significantes y que corresponde descifrar.
Retomemos el asunto de la pregunta. Cuando uno plantea una pre­
gunta, puede ocurrir que se trate de aquella cuya respuesta espera de
una enciclopedia. En la actualidad, las enciclopedias están en Internet.
Recientemente, antes de entrar en el milenio próximo, la Enciclopedia
Británica misma era la lectura favorita, el principio de la obra de Jorge
Luis Borges. Esa enciclopedia, por su propia cuenta, renunció a vender
sus volúmenes y se hizo el haraquiri ubicándose en Internet.
Ustedes concurren a un lugar que anuncia lo sé todo. ¿Se puede de­
cir que se trata allí de un sujeto supuesto saber? No es evidente que allí
haya un sujeto, en la medida, precisamente, en que todo está allí, su­
puesto, y sería necesario sin duda distinguir, por un lado, la anticipa­
ción de encontrar allí una respuesta y, por otro, la suposición como tal.
En todo caso, no basta con que haya una reserva de saber disponible
para que se pueda hablar de sujeto supuesto saber. Suponer que la res­
puesta está en la enciclopedia no constituye un sujeto supuesto saber.
Consideremos entonces otro sesgo de la cuestión, según el cual ella
es una demanda de saber, dirigida a alguien que posee ese saber. Basta
con decir las cosas de este modo para que surja la invitación a refor-

16
EL TIEMPO EN EL PSICOANÁLISIS

mular nuestro discurso de esta otra manera: el saber es un objeto de la


demanda; plantearlo así basta para tomarlo en la dialéctica de los ob­
jetos de la demanda.
En efecto, el saber puede ser un objeto de la necesidad, en todo ca­
so es lo que se pretende: "necesito saber", el saber como información.
Pero el saber es eminentemente, en esta dialéctica que toma los dife­
rentes objetos de la demanda, un objeto del amor: dar una respuesta es
un testimonio de amor. Es reconocer ya a quien demanda y hacerle un
don, establecer un vínculo, mientras que no dar el saber constituye un
instrumento de poder.
Los historiadores estudian los circuitos de elaboración del saber, de
su afiliación, retención y distribución, tanto los historiadores como los
especialistas de la administración. El saber es un objeto cuya circulación
se estudia, así como los efectos, las incidencias respecto del poder. Dije
algo al respecto cuando estaba en la Argentina. Durante mi estadía en
el país, leí el Buenos Aires Match, donde el presidente actual, quien de­
jará su puesto en cierto tiempo más, acordaba una entrevista; hombre
discutido, pero muy hábil, citaba un proverbio que presentaba como de
procedencia bíblica y lo inspiraba en su vida de político: "El hombre es
dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras" -é l habla mucho-.
Es indudable que el analista ocupa tanto más el lugar del amo en el
discurso analítico en la medida en que se calla. Y callarse no es dar el
saber. De allí el reproche que nosotros eligiéramos en otro momento
como título para las jornadas sobre la interpretación: "Usted no dice
nada", que repercute bajo la forma de "necesito una palabra, necesito
que usted me diga algo". El silencio no anula el saber, anula el saber
expuesto y produce la suposición de saber, la suposición de que él lo
tiene y no quiere darlo. Esto es suficiente para hacer del saber un obje­
to, un objeto escondido, conservado bajo un velo. Podríamos ubicarlo
en la serie de los objetos: oral, anal..., el que les sigue sería el objeto
epistemológico.
Por cierto, no le faltarían afinidades con el objeto anal, por el solo
hecho de que suscita la demanda del Otro, la demanda de dar aquello
que se encuentra en el interior; se puede decir, asimismo, que es susci­
tado por la demanda del Otro.
Podemos considerar que caemos bajo el poder de quien suponemos
posee ese objeto; en todo caso, el político manipula esta suposición pa­
ra crear esperanza y anticipación. Pero es necesario distinguir, sin em­
bargo, la relación entre el saber y el poder, y entre el saber y el amor.

17
JACQUES-ALAIN MILLER

La definición del amor de la que nos servimos afirma que amar es


dar lo que no se tiene. Y precisamente hay una relación entre el saber
y el amor cuando se da un saber que no se tiene, es decir, cuando uno
se traiciona a sí mismo, cuando uno se revela.
En ese punto es necesario distinguir lo que ocurre en el ana'lisis. Sin
duda el analizante procura obtener del analista -siempre y cuando no
sea kleiniano, esto es, en la medida en que no hable tanto como el ana­
lizante-, busca obtener del analista amo, de su silencio, que diga algo,
que dé una indicación o una interpretación, que haga don de la pala­
bra, poco importa el contenido. Pero algo que resulta aún más aprecia­
do es obtener del analista un lapsus del acto analítico, un error, un ac­
to fallido por donde pase, de hecho, a la posición de analizante. Allí re­
side lo que tiene de exquisito el don de saber. En el hecho de que se da
el saber que no se tiene, y por esa misma vía puede apreciarse que eso
es lo que hace sin solución de continuidad el analizante: da algo que
no tiene.
Bueno, finalmente da su dinero, algo que tiene, pero lo que cuenta
es el don, y lo que el significante monetario vela es que da lo que no tie­
ne, esto es, un saber del cual no es ni el amo, ni el propietario, y que se
sitúa y se esconde en sus palabras. Ésa es la regla analítica. Consiste en
invitar al analizante a dar algo que no tiene y es, por consiguiente, una
invitación a amar. Es lo que hace del analizante un amante, un erastés.

El triángulo de la transferencia

Volvamos entonces al sujeto supuesto saber, puesto que es allí don­


de esperamos que surja aquello que anuncio como las relaciones esen­
ciales entre el inconsciente y el tiempo. "El sujeto supuesto saber,
¿quién es?"'-pregunta el aprendiz-, ¿Es el analista o el analizante?
En primer término, es el analista, aquel que sabe y de quien se pue­
de esperar el saber interpretativo, sin duda. En segundo lugar, es el ana­
lizante como lugar del saber inconsciente, pero es esencialmente una
función que proviene de una articulación. He aquí la razón por la cual
lo inscribimos como tercero, a ese título, al lado del analista y del anali­
zante. Inscribimos el sujeto supuesto saber en tercer lugar, en la medida
en que no es ninguno de los otros dos, sino el saber inconsciente. Esto es
lo que me ha conducido, durante la interrupción de las actividades en
noviembre, a utilizar simplemente este triángulo de la transferencia:

18
EL TIEMPO EN EL PSICOANÁLISIS

el saber Incc.

El analista, el analizante,
el saber inconsciente

Me serví de este triángulo para ubicar algunos de fenómenos de la


experiencia, de los que en el curso de las conversaciones clínicas po­
dían dar testimonio unos y otros.
Tenemos en primer término el eje analista/analizante, donde situa­
mos la transferencia sentimental, las relaciones de amor y de odio, in­
cluida la contratransferencia, a la que Lacan acordó siempre un espa­
cio en ocasión de evocar la maravilla susceptible de deslumbrarnos en
ese que es el lugar del saber inconsciente.
Por cierto, establecemos diferencias entre el amor narcisista, imagi­
nario, y aquello que hay en el odio m ás real que en el amor por cuan­
to concierne al ser del Otro.
El odio es un eminente sentimiento post-analítico, del que se hace
meritorio el analista por haber destruido, trabajado contra la homeos-
tasis del sujeto. Queda claro que cuando el sujeto se separa del lugar
del Otro, puede dejar del lado del Otro a ese pequeño a horrible. Esa
es la función de basura del analista, función que, hay que constatar,
puede causar el odio después del análisis. Es allí, por otra parte, don­
de el pase, cuando se produce, constituye un alivio del analista. El pa­
se consiste para él en pasar el relevo de la transferencia a la Escuela, el
relevo de la transferencia y el resto. Si lo consigue, podemos imaginar
que hay transferencia positiva, y si fracasa, ¡transferencia negativa res­
pecto de la Escuela! Por supuesto, de la misma manera esto puede im­
plicar exactamente lo contrario, pero la razón por la que creo en el éxi­
to del procedimiento del pase en el movimiento analítico en general es
que les hace falta cierto tiempo para comprender el alivio que el pase
les aportará.
El otro eje es el de la relación del analizante con el saber inconscien­
te. El analista sólo está allí para favorecerla, para que el analizante se

19
JACQUES-ALAIN MILLER

conecte con el inconsciente. Si ustedes quieren, el analista es un provi-


der (servidor), como se designan a las sociedades que mediante el pa­
go de cierta retribución permiten conectarse desde la computadora
personal con Internet, esto es, vendedores de accesos, así es como se
los llama más o menos en francés. Pues bien, el analista es un vende­
dor de accesos. Entonces, evidentemente, el problema que se plantea
ahora es que hay providers gratuitos, pero no sé si ustedes son como yo,
que no confío en ellos y, en consecuencia, me quedé con el provider pa­
go, ya que el gratuito lanza publicidades en la PC que vuelven la cues­
tión bastante inquietante. Se trata de algo que puede cambiar.
En este eje, podemos señalar al respecto la inversión de la posición
del sujeto y del saber que se produce cuando comparamos el discurso
del amo y el del analista:

Discurso del amo

S,

En el discurso del amo, el saber es el que trabaja, mientras que el


sujeto se ubica en la suposición; esa es la relación que se invierte en el
discurso del analista.

Discurso del analista

S2

En el discurso del amo, el sujeto identificado hace trabajar al saber,


la identificación es aquello que le sirve al sujeto para hacer trabajar al
saber del Otro y obtener el plus de goce. En cambio, el analista hace
trabajar al sujeto para que se separe de sus identificaciones, obligándo­
lo así a dejar el lugar de la verdad supuesta y a ponerse a trabajar en
tanto que sujeto dividido.
Esto supone algo formulable como: no habrá otro saber en el análi­
sis que el de los efectos de verdad de tu trabajo analítico. No habrá
otros saberes que aquel que produzcas con tu trabajo.

20
I

EL TIEMPO EN EL PSICOANÁLISIS

En el discurso del amo, como ocurre, por otra parte, con los demás
discursos, salvo el del analista, el saber permanece separado de la ver­
dad. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que hay una verdad descon-
textualizada y eso le permite al saber acumularse y ser expuesto, mien­
tras que la verdad no es sino un efecto fugaz, algo que Lacan describe
cuando ubica "el saber en el lugar de la verdad" en el discurso analíti­
co. Allí es donde la verdad -aunque curiosamente-, que es por esencia
un efecto fugaz, se encontraría en condiciones de transformarse en sa­
ber, de acumularse, pero sólo a título de supuesto.
Se ve claramente en qué términos el discurso analítico se opone
aquí a ese discurso de la universidad del siglo XII. Ese discurso de la
universidad está establecido según la exposición del saber; por lo de­
más, el saber sólo tiene valor si se lo sabe exponer según cierta retóri­
ca, que no es la misma en las ciencias que en las letras, pero según una
retórica hasta diría ritualizada; exige que se planteen tesis y que uno
sea capaz de defenderlas contra el asalto de los demás, que dicen "Pe­
ro no, yo no estoy convencido", "Argumente mejor", etcétera.
Pues bien, cuando uno tiene esa relación con el saber, no aprecia lo
que el psicoanalista hace con el saber. A los universitarios no les gusta
lo que el analista hace con el saber.
En la universidad, uno se afirma a través de una posición sosteni­
da contra las agresiones, mientras que el analista hace maniobras con
un saber oculto, bajo un velo, algo que no sale del consultorio del ana­
lista; verdaderamente, maniobras quizá sucias, dudosas y que se deja­
rían presentar como refiriéndose a una secta, aquella de quienes aman
lo inconsciente, de quienes tienen una transferencia al inconsciente,
una transferencia al saber bajo las especies del inconsciente, la secta de
los amantes de lo inconsciente.
Evidentemente, la universidad es el grupo formado por quienes
aman el saber expuesto, quienes aman las notas al pie de página, por
ejemplo. Un universitario les consagró un ensayo por cierto notable,
referido al origen de estas notas, esenciales en la afirmación del discur­
so de la universidad.
Pero, indudablemente, se puede presentar a quienes practican el
psicoanálisis como analizantes o como analistas, a la manera de una
especie de secta que busca beber en una fuente inagotable de saber,
ubicándose unos y otros en la posición de sujeto dividido, trabajador,
y que por esa vía cada uno de ellos hace salir de sí mismo una especie
de secreción de saber dudosa, que sólo toma valor en ese contexto.

21
JACQUES-ALAIN MILLER

Borges, a quien evocaba hace un momento, es autor de un texto bre­


ve, sensacional, donde presenta el coito como la práctica de una secta
enigmática. Recién hacia el final del relato uno descubre que esa prác­
tica extraña es, de hecho, el coito.
Pues bien, así es como se podría describir la práctica del psicoanáli­
sis. En primer término es necesario ir a un lugar, dado que eso no pue­
de hacerse en cualquier sitio, es preciso ir a un lugar determinado don­
de alguien te espera; allí, entonces, se encuentra la puerta de acceso, la
esclusa hacia eso que llamamos lo inconsciente, y sólo en ese lugar, en
presencia de quien te espera, entras en contacto con lo inconsciente, co­
pulas con lo inconsciente, pagas y sales, y después vuelves a empezar.
¿Qué es lo que se paga? Ahí, ¿qué goce se paga? Si escribimos las cosas
así, un poco desde afuera, podemos responder a la pregunta de Lacan
acerca de saber por qué el psicoanálisis no inventó una nueva perver­
sión. Ocurre que el análisis es, por sí mismo, una perversión, y una nue­
va y singular manera de gozar del lenguaje y de hacer surgir algo raro.
Pasemos a la tercera relación, aquella que concierne al eje del analis­
ta y el saber inconsciente, tercer lado del triángulo. Allí, la tesis no es
que el analista conoce el saber inconsciente, que lee como en un libro el
inconsciente del paciente. La tesis es que el analista, con su presencia,
encarna algo del goce, es decir, encarna la parte no simbolizada del go­
ce. Por cierto, hay una parte simbolizada, aquella que figura en el ma­
terna como S1, S2 ... Sn, y que corresponde a lo que Freud llamaba ideas
de la pulsión. Hay una parte simbolizada, pero necesariamente hay
otra que no lo está y de la que se puede decir que el testimonio es la pre­
sencia del analista en carne y hueso. Freud podía decir que no se había
obtenido la prueba del carácter libidinal de los síntomas antes de haber
reparado en la transferencia. Pues bien, podemos decir que la prueba
del objeto a la constituye la necesaria presencia del analista, en carne y
hueso, en la medida en que hay una parte no simbolizada del goce.
Siempre nos planteamos la pregunta: ¿por qué no hacer un análisis
por escrito, puesto que también se puede hacer descifrar un escrito, in­
terpretarlo? ¿Por qué no hacer un análisis por teléfono, puesto que al
menos se cuenta con la voz y, además, un día de estos tendremos la
imagen. ¿Por qué no se hacen análisis en videoconferencia, por qué no
un video-psicoanálisis? Ocurre que es necesario que el analista ponga
el cuerpo para representar la parte no simbolizable.
La tecnología, este es el aspecto anticipador del milenio, nos per­
mite sin duda estar allí sin el cuerpo, es cierto. Pero estar allí sin el

22
EL TIEMPO EN EL PSICOANÁLISIS

cuerpo, no es estar allí, no es la verdad verdadera. Sin duda, les van a


decir: se puede dar la voz, la imagen, mañana se ofrecerá el olor, ¡y
hasta quizá se aporte el clon! Pero aun así habrá, en el próximo mile­
nio, una parte no simbolizada del goce y ella requiere la presencia del
analista.
Entonces el analista está allí por eso, en todo caso sobre este punto
Lacan ajustó el objetivo, el analista está a título de su encarnación y no
del saber que tendría del saber inconsciente del paciente. Se trata, con
más exactitud, de la pasión de la ignorancia que lo conecta con el suje­
to supuesto saber, y respecto de esta suposición todo reside en saber si
ella puede ser imputada al saber inconsciente o si la suposición es al­
go intrínseco a lo inconsciente.

La hipótesis del inconsciente

¡Ah! Aquí es cuestión de dar un paso más, puesto que, en efecto,


Lacan utiliza en ocasiones la expresión sujeto supuesto saber como si­
nónimo del inconsciente, en la medida en que el inconsciente está liga­
do a algo que parece tan dudoso como una suposición. ¿Qué hubiera
dicho Freud de todo esto? Freud era m uy terminante al respecto: el in­
consciente es algo real. Ante la objeción de que el inconsciente no es si­
no una manera de hablar, Freud, con todas las letras, dice: "Pero des­
pués Janet se ha expresado con excesiva cautela, pretendiendo que lo
inconsciente no ha sido para él nada más que un giro verbal, un expe­
diente, unefagon de parler [una manera de decir]"; si se dice que el in­
consciente no tiene nada de real en el sentido de la ciencia, hay que en­
cogerse de hombros. Pueden encontrar esto en la página 235 de las
Conferencias de introducción al psicoanálisis.
Para Freud el inconsciente es algo real en el sentido de la ciencia, no
es una manera de hablar. Pero, al mismo tiempo, debemos constatar
que en sus textos presenta la existencia de lo inconsciente, die Existenz
[la existencia], o más exactamente, la existencia de los procesos psíqui­
cos inconscientes, como una hipótesis. La palabra es Annahme [suposi­
ción], tal es el estatuto freudiano de lo inconsciente: una hipótesis. Hi­
pótesis es suposición, ese es el término latino que traduce aquello que
de griego tiene el de hipótesis y que repercute en la expresión de La­
can de sujeto supuesto saber. Cuando decimos in der Annahme dafi, ¿es­
to quiere decir que se supone qué -e n la lengua-?

23
JACQUES-ALAIN MILLER

Freud sostiene ambas cosas, a saber, el estatuto hipotético del in­


consciente y, al mismo tiempo, su estatuto real im Sinne der Wissenschaft
-real en el sentido de la ciencia-, porque él no sitúa la hipótesis a la
manera en que lo hace Newton, comentada por Lacan después que lo
hiciera Koyré: hypotlieses non fingo, no finjo las hipótesis. No se trata
aquí de una hipótesis que sería fingida, sino de esto que Freud llama
una hipótesis necesaria, ya que para él la hipótesis del inconsciente, co­
mo él sostiene, se infiere a partir de datos de-la experiencia, es decir, de
la base que representan los efectos de un proceso realmente tangible,
Wirkungen real greifbare.
Resulta muy estimable el texto d e Conferencias de introducción al psi­
coanálisis, a menudo despreciado, texto de divulgación popular. Allí
podemos captar la organización d el pensamiento de Freud, que nos
aporta algo así como la impresión d e un contacto más íntimo con el ac­
ceso que él tema al inconsciente. Pero no sólo en las Conferencias... en­
contramos esto.
Esta idea de la hipótesis del inconsciente, la encuentran, por ejem­
plo, en El chiste y su relación con lo inconsciente (mot d'esprit), tercera par­
te y capítulo VI, que en alguna ocasión comenté aquí, acerca de la re­
lación entre el chiste, el sueño y el inconsciente. Si nos dirigimos a la
página 156, Freud habla allí del inconsciente como de algo que efecti­
vamente no se sabe, entonces uno se encuentra obligado a completar­
lo por vía de deducciones irrefutables:"[...] lo inconsciente es algo que
real y efectivamente uno no sabe, a la vez que se ve precisado a com­
pletarlo mediante unas inferencias concluyentes". Para considerar otra
época de la obra de Freud, podemos remitimos al artículo "Lo incons­
ciente", incluido en el volumen que en francés se denominó
Métapsychologie, cuya primera parte lleva por título "Justificación del
concepto de lo inconsciente" -die Rechtfertigung-.
Allí Freud habla de die Annahme des Unbewussten (la suposición de lo
inconsciente), dice que la hipótesis del inconsciente es a la vez necesaria
y legítima. ¿Cuál es su deducción? Aquella que Lacan retomó en los co­
mienzos de su enseñanza, en "Función y campo de la palabra y del len­
guaje en psicoanálisis" y que procede directamente de la primera parte
del inconsciente de la Meta-psicología d e Freud. Freud toma como punto
de partida el hecho de que los datos d e la conciencia comportan un gran
número de lagunas, hay discontinuidades, no sabemos por qué hace­
m os ciertas cosas y la prueba misma de todo esto la constituye, para él,
el olvido de las consignas recibidas durante el sueño hipnótico. Esto

24
EL TIEMPO EN EL PSICOANÁLISIS

guardará, desde su perspectiva, un valor de confirmación: alguien resul­


ta dormido por efecto de la hipnosis, se le dan consignas que luego son
ejecutadas, y esa persona no sabe por qué tiene un varío.
En ese punto Freud sitúa lo que llama la hipótesis del inconsciente,
es decir que hay un agujero y que necesitamos hacer, en ese momento,
una hipótesis que permita restablecer la inteligibilidad. Es exactamen­
te lo que Lacan tradujo de manera sensacional diciendo: el inconscien­
te es el capítulo censurado de mi historia.
Entonces, interpolando los actos inconscientes que inferimos, dice
Freud, restablecemos la continuidad. Aquí opera exactamente la hipó­
tesis del inconsciente. Ella nos da lo que Freud llama una ganancia de
sentido, Gewinn ein Sinn; emplea el mismo término, Lustgewinn, cuan­
do habla de la ganancia de goce o de placer. Es una ganancia semánti­
ca, una ganancia en cuanto al sentido y, al mismo tiempo, en cuanto a
la continuidad -Zusammenhang- la continuidad del relato o del discur­
so consciente, como decía Freud. A partir del momento en que el pro­
cedimiento analítico permite ejercer una influencia efectiva en el curso
de los procesos conscientes, tenemos -d ice- una prueba irrefutable de
la exactitud de la hipótesis del inconsciente.
Se puede decir que esa hipótesis, esto es, esa suposición que para
Freud es irrefutable, ligada a la instancia misma del inconsciente, tradu­
ce el pasaje de aquello que está privado de sentido -Sinnlóse- al sentido.
Pueden considerar que todo el problema se concentra en esta frase
de Freud: la posibilidad -nos dice- de dar un sentido al síntoma neu­
rótico por vía de la interpretación analítica es la prueba irrefutable de
la existencia, o si prefieren de la necesidad de la hipótesis de procesos
psíquicos inconscientes.
Digo que todo está allí porque, como pueden captarlo, en esta fra­
se Freud pasa de la posibilidad de acordar un sentido a la necesidad
de la hipótesis del inconsciente. Es decir, pasa de die Móglichkeit, de la
posibilidad, a otra modalidad, die Notioendigkeit, la necesidad. Tene­
mos aquí, en escala reducida, ese cambio de modalidad lógica, el pa­
saje de la posibilidad a la necesidad, que se encuentra en el fondo de
aquello que le permite atribuir el carácter real al inconsciente.
Entonces, lo que resulta sorprendente, si seguimos con precisión y
tomamos en serio el encadenamiento de las Conferencias de introducción
al psicoanálisis de Freud, es que el capítulo donde expone esta hipóte­
sis del inconsciente está muy alejado de aquel donde habla de la trans­
ferencia. El primero es, en cierto modo, el punto culminante de sus ela­
JACQUES-ALAIN MILLER

boraciones en lo que concierne a la interpretación, entendida como


aquello que da sentido al síntoma. El capítulo sobre lo inconsciente es
el punto culminante de su elaboración semántica y después, hasta in­
troducir la transferencia, texto con el que más o menos concluye la
obra, hay toda una serie de capítulos que se ocupan, para decirlo sim­
plemente, de la libido.
Es sólo a partir del carácter libidinal que Freud introduce la trans­
ferencia, cuando se revela que el síntoma, además de tener sentido,
constituye también una vía de satisfacción, una modalidad de goce,
como decimos nosotros. Toda la elaboración de la transferencia se ha­
ce sobre la vertiente libidinal, en la medida en que la transferencia es
comparable al síntoma a título de satisfacción libidinal.
Para Freud, la transferencia funda el hecho de que el analista atrai­
ga la libido que se retira de los síntomas, algo que Lacan traduce cuan­
do habla del objeto a como condensador del goce, manteniéndose así
muy cerca del texto freudiano. Y es por esa vía que la transferencia nos
presentifica el modo según el cual se forma el síntoma.
Al mismo tiempo que insiste sobre el carácter artificial de la trans­
ferencia, a la que califica de neurosis de transferencia, Freud no ve en
ella una ilusión sino el testimonio mismo de lo que es la realidad psí­
quica, la prueba de que lo reprimido es de naturaleza libidinal. En ese
punto, por otra parte, expone aquello que acabo de evocar: la convic­
ción de que los síntomas tienen la significación de satisfacción libidi­
nal, de sustitución, no quedó definitivamente asentada hasta el mo­
mento en el que tomamos en cuenta la transferencia.
Aquello que para Freud ocupa un lugar prioritario es el estatuto li­
bidinal del analista, aún más, lo que él llama, precisamente, la Bedeu-
tung (significación) libidinal del analista; y como ya lo señalé en otra
ocasión, Freud emplea siempre ese término, Bedeutung, a diferencia de
la palabra Sinn (sentido), cuando se trata de una referencia libidinal. Y
solamente esta Bedeutung da origen al nuevo sentido que toman los
síntomas en la transferencia.
Para Lacan, por el contrario, lo que está en primer término es el
nuevo sentido que toman los síntomas, el fenómeno semántico, mien­
tras que la emergencia del objeto del referente todavía latente, como lo
plantea en la "Proposición del 9 de octubre...", se ubica en segundo lu­
gar. En ese pasaje de Freud a Lacan asistimos, entonces, a una inver­
sión evidente. En Freud, la transferencia como fenómeno libidinal con­
diciona la interpretación; en Lacan, la interpretación condiciona la

26
EL TIEMPO EN EL PSICOANÁLISIS

transferencia, y esto es lo que traduce la primada del sujeto supuesto


saber en su teoría.
Pero esta primaría tiene una consecuencia en la que nos detendre­
mos la próxima vez, cuando abordemos el tema. Se trata de aquella por
la cual Lacan define el inconsciente a partir de la transferencia, de mo­
do que establece una relación esencial con el tiempo de su descifra­
miento.
En la perspectiva de la transferencia, el inconsciente no es un ser, es
un saber supuesto, es decir, en espera. Y por esta misma razón Lacan
puede decir que el inconsciente es relativo, es un asunto de ética. Esto
no equivale simplemente a decir que es cuestión de nuestro deseo. Es
plantear que el inconsciente no es un asunto de ontología sino de éti­
ca, esto es, que el inconsciente está, básicamente, siempre por venir, y
este inconsciente por venir constituye lo más sorprendente y quizá lo
más oculto del aporte que hizo la práctica de Lacan al psicoanálisis.
Desarrollaré esto la próxima vez.

17 de noviembre de 1999

27
II
Gente del Secreto

Me retrasé. Habitualmente llego tarde y por esa razón me intereso


especialmente en el tema de este año. Estoy, en verdad, subjetivamen­
te interesado y confieso que espero lograr, a partir de este Curso, ya no
llegar más tarde.
Según parece, cuando se enseña como es preciso hacerlo, uno está
en la posición de analizante; no veo entonces por qué yo no podría es­
perar del Curso, por una vez, la cura de uno de mis síntomas.
Aclaro que sólo llego tarde, regularmente, cuando tengo que ha­
blar. El resto del tiempo tengo una relación muy distinta con el lapso.
Se trata entonces de algo muy concentrado, muy recortado y como hoy
superé las dos horas, esta ha sido la ocasión de darme cuenta hasta qué
punto ese retraso está marcado.
El Curso está anunciado para las 13.30 horas No llego nunca a esa
hora, pero considero que entre las 13.30 horas y las 13.45 horas, se tra­
ta de algo permitido. Algo que está, por otra parte, ritualizado puesto
que se lo designa, para quienes lo ignoran, como "el cuarto de hora
académico". Quien enseña en la universidad está autorizado a ese re­
traso, que hasta puede ser recomendable: se permite así llegar a los re­
trasados, los otros retrasados, y se hace esperar la llegada de la pala­
bra magistral. Después de las 13.45 horas y hasta las 14 horas, es ver­
daderamente el campo del síntoma. Por consiguiente, allí se mide con
exactitud dónde se ubica mi llegada, entre las 13.45 y las 14 horas.
Después de las 14 horas, como hoy, en verdad es el campo del aconte­
cimiento imprevisto, que toca aún distinguir.

29
JACQUES-ALAIN MILLER

13.30 horas —

45 -------

14.00 horas
_L
i ni
No voy a continuar con m i análisis en directo bajo esta forma; les
comunicaré mis ideas a medida que ellas vayan surgiendo en mí y po­
drán constatar mis progresos a partir de este pequeño dispositivo.

Sectas

Retomo entonces. Cuando expongo ante ustedes, aquí, aquello que


retiene la atención, lo que engancha, no es en absoluto necesariamente
la corriente principal de lo que enuncio; ya he podido constatar más de
una vez que muy a menudo es un pequeño detalle, un señalamiento la­
teral, una observación incidental, lo que la convoca. Señalo por lo demás
la importancia del pequeño detalle a título de condensador de libido.
La primera pregunta que se me planteara en privado -n o aquí, por­
que no doy lugar a tal cosa, en primer término porque llego tarde y
sintiéndome culpable por eso, lleno todo el resto del tiempo; si pudie­
ra llegar a las 13.30 horas quizá les cedería la palabra- Entonces, la
pregunta que se me planteó sobre el último Curso se refería a la alu­
sión, hecha verdaderamente de paso, a un cuento de Borges. Lo había
calificado de sensacional y lo resumía diciendo que presenta al coito
como la práctica de una secta enigmática.
Me preguntaron el título de ese relato y voy a comenzar por allí, apo­
yándome en esa pregunta, puesto que no contaba desarrollarlo sin ella.
Hace dos años les presenté un pequeño cuento de Voltaire sobre los
ciegos que juzgan acerca de los colores. Les decía que para mí ese re­
lato era una joya de la obra de Voltaire y quizá mi preferencia mayor
en cuanto a la literatura francesa. Encontraba en él una esencia del
francés en la literatura.
Pues bien, este cuento de Borges es para mí una joya entre todos sus
escritos y quizá el relato que prefiero en la literatura de lengua espa­
ñola, a la que accedo en parte sin traducción.

30
GENTE DEL SECRETO

El relato consta de tres páginas que figuran en la antología más co­


nocida de Borges. En todo caso, lo ubicó en aquella que tuvo diferen­
tes ediciones y que se fue enriqueciendo progresivamente. Borges le
dio un lugar in fin e en Ficciones, antología compuesta a su vez por dos
colecciones que habían sido publicadas antes por separado. En esta
antología, el cuento al que me refiero pasa aparentemente desaperci­
bido. Para indicarles el título, les diré que se llama "La secta del Fé­
nix", y está compuesto tan sólo por cinco parágrafos, nada más que
eso. El primero de ellos introduce, bajo una forma paródica, la secta
del Fénix.
Se trata evidentemente, como muchos de los escritos de Borges, de
una especie de broma. La secta es presentada de manera indirecta, se­
gún la perspectiva de quienes escribieron acerca de ella. Al leer ese pá­
rrafo -yo leería el prim ero- nos hace pensar en las menciones que apa­
recen de repente en la literatura antigua, en imas pocas frases, referidas,
por ejemplo, a los sectarios de Jesús. Sin duda esto es así porque en ese
primer párrafo se trata de Flavio Josefo. Esta aproximación indirecta, a
través de lo que ha sido dicho y escrito, conviene evidentemente a la
noción de secta como tal, en tanto ella supone la reunión alrededor de
un saber que es, en lo esencial, secreto, un saber que no se expone, sa­
ber bajo un velo, saber supuesto para retomar el término de Lacan.
Para acceder a esta secta supuestamente secreta, entonces, al saber
de esta secta, de lo que ella es, sólo se tienen indicios fragmentarios, re­
cogidos en todas las literaturas, desfasados y eventualmente contra­
dictorios. Es necesario decir que Borges tiene un excelente dominio en
cuanto a la evocación del saber fragmentario, aquel de las viejas cróni­
cas, pero asimismo se lo ve deducir un trozo de sistema, el del idealis­
mo alemán, donde el argentino va a recoger una pequeña frase que re­
suena, hasta que el fragmento surge por fin en su resplandor.
Borges despliega en toda su producción literaria los cuerpos despe­
dazados del saber. Se mueve como un pez en el agua en el S (A), tal co­
mo designamos el carácter necesariamente fragmentado, estallado,
desfasado del saber, y llega a forjar una poesía de la erudición bromis­
ta. Por cierto, Borges había leído mucho, pero había leído, sobre todo,
la Enciclopedia Británica, de donde extraía pequeños destellos que ha­
cían alusión a una cultura universal.
En ese pequeño texto, "La secta del Fénix", Borges conjuga el saber
y el secreto, dos términos que parecen antinómicos. Tendríamos, por
un lado, lo que sabemos y, por el otro, lo que no sabemos. Esa partición

31
r

JACQUES-ALAIN MILLER

del saber y del secreto es la que alimenta precisamente el imaginario


de la conspiración, algo muy presente en Borges.
La existencia de una conspiración tiene como efecto dividir a la hu­
manidad en dos clases distintas: los que saben y los que no saben. Es
necesario reconocer que el psicoanálisis, en sus comienzos, justamente
porque unos y otros estaban allí reunidos en torno a un saber que no
era de todos, que presentaba un cierto carácter de novedad, de origi­
nalidad y aspiraba, al mismo tiempo, a la universalidad, ese movi­
miento psicoanalítico fue en un primer momento abordado y concebi­
do como una especie de conspiración, y no queda descartado, por lo
demás, que los primeros analistas y hasta el mismo Freud no hayan ce­
dido en gran medida al imaginario de la conspiración. Entre ellos, da­
ban en llamar a ese movimiento "la causa", pero bien pudiera ser de
igual modo la conspiración freudiana.
Este es el punto de partida de estas cuestiones de sectas y de cons­
piraciones que se refieren a quienes tienen el saber y a quienes no lo
tienen. Por una parte, se alinean algunos, los huppyfeiu band ofbrothers
y, por la otra, todos los demás.
Pero Borges, precisamente, imprime al imaginario de la secta, en lo
que concierne a ese relato en particular, una torsión por la cual se re­
vela que no hay algunos que saben más que los otros. Esto no impi­
de que se agrupen y se reúnan. ¿En función de qué finalmente? Del
significante de la secta como tal, significante del que, por otra parte,
Borges nos muestra de inmediato que es altamente dudoso.
No hay un gmpo que sepa más que el otro acerca del secreto, y aún
más, hacia el final del texto se revela que aquellos que nos fueran presen­
tados como "algunos", son tan numerosos que en realidad son todos los
demás. El secreto para algunos lo es también para ellos mismos -algo que
responde a esa frase de Hegel que cito a menudo, extraída de su Estética,
en el pasaje donde se refiere al arte egipcio-, Hegel dice que "los secretos
de los egipcios eran secretos para los propios egipcios". Esto mismo es lo
que, poco a poco, en los cinco parágrafos de Borges se toma evidente.
Son dos las grandes vertientes del saber que han ocupado esto que
damos en llamar el Occidente, el Occidente de los occidentales, que
Lacan llamaba occidentados: el saber griego y el egipcio.
El saber griego es el saber desplegado, expuesto, cuyo modelo son
las matemáticas. En Grecia se inventó esto de reunir gente, no masas
así (señalando el auditorio), sino un pequeño número de personas, para
después, en grandes paneles sobre los cuales se ha trazado un círculo,

32
r
GENTE DEL SECRETO

un rectángulo, un triángulo, leer las demostraciones, a medida que se


inscriben sobre el panel las pequeñas letras en el lugar que les corres­
ponde en el diagrama. Se trata de una práctica que un buen día vino al
mundo y se hizo solamente allí, en Grecia.
Surgió en primer término bajo la forma de una secta especial, la de
los matemáticos. jAh! ¡Esa tuvo éxito! Es, claro está, la razón por la cual
ella retiene, tiene con qué retener del psicoanálisis -secta más reciente
y que no ha obtenido todavía su lugar-, el lugar central en la cultura
que la secta de los matemáticos conquistó.
Evidentemente es una secta orientada hacia un real por completo
nuevo y en extremo sólido, que hacía palidecer de envidia a Lacan.
¿Cómo obtener para la secta de los psicoanalistas un real destinado al
mismo éxito que el real matemático?
Entonces, por un lado, el saber griego, saber del materna -comen­
zamos, terminamos, ustedes no tienen nada que decir, queda cerrado,
sólo resta volver a hacer el camino o integrar el resultado en una es­
tructura más inteligible-, y, por otro lado, el saber egipcio.
El saber egipcio es el saber críptico, misterioso, supuesto y se lo de­
be suponer justamente para asomarse a él e intentar un desciframien­
to; es decir, reemplazar algunos significantes por otros que, por su par­
te, quieran decir algo y, por esa razón, hacen que los primeros también
quieran decirnos algo.
Dos postulaciones -e l saber griego y el egipcio- antinómicas, como
el materna lo es del misterio. Esta antinomia, presente en el texto de
Borges, ha sido esencial para el espíritu de las Luces.
En este punto, una vez más, podemos retomar a Voltaire, quien en
su artículo “Secta" del Diccionario Filosófico nos dice: "En la geometría
no hay secta. No se dice un euclidiano, por ejemplo. Cuando la verdad
es evidente, es imposible que se susciten partidos y facciones. Nunca
hubo disputas acerca de si hay luz al mediodía". Esto es, indudable­
mente, ingenuo. La cuestión de saber si hay luz al mediodía puede
perfectamente suscitar una disputa y todavía se trata de saber dónde
se produce ese mediodía, por ejemplo.
Es característico del espíritu de las Luces como tal, espíritu anti-sec-
tas, examinar todas las cosas a la luz de ese mediodía acerca del cual
no hay disputa, extender ese mediodía que reina en el modelo mate­
mático a todas las cuestiones de este mundo.
¡Ah! Evidentemente, cuando desplegamos, cuando queremos exa­
minar a pleno día verdades que sólo prosperan en la sombra, verdades

33
JACQUES-ALAIN MILLER

murciélagos, cuando ponemos eso a la luz del mediodía, esas verda­


des se evaporan. La Revolución Francesa ratificó la voluntad de ir a
examinar los fundamentos de los significantes amos como si fueran
significantes matemáticos; la voluntad, en materia política, de ser de­
mostrativo y universal.
El psicoanálisis se sitúa entre lo griego y lo egipcio. Por un lado, el
objeto de su trabajo es el saber del inconsciente, de tipo egipcio, pues­
to que debe ser descifrado, y sabemos de la fascinación personal de
Freud por el antiguo Egipto, su arte, sus productos. Él se rodeaba de
testimonios del saber egipcio, de ese saber cifrado.
Y, al mismo tiempo, el psicoanálisis apunta a conducir al materna.
La referencia de Freud es el saber científico. Así, insiste tanto en el gus­
to y la fascinación por el objeto egipcio como en la pertenencia del psi­
coanálisis al discurso científico, y que es necesario que lo real del in­
consciente sea probable en el discurso científico.
A todas luces, la cuestión es mucho más difícil de lo que Voltaire
plantea. Hay sectas en las matemáticas y no simplemente especialida­
des; hay sectas cuya tendencia es, en efecto, la de transformarse en es­
pecialidades. Pero no existe la geometría, tal como aún se podía escri­
bir en el siglo XVIII; hay geometrías y después el intuicionismo, como
se lo dio en llamar. La concepción intuicionista de las matemáticas,
surgida en el siglo XX, emergió con rasgos sectarios en extremo mar­
cados, alrededor de un líder, Brauer, quien concebía, en efecto, su in-
tuicionismo como una verdadera cruzada.
La secta queda definida de manera muy incompleta en el dicciona­
rio Robert como "el conjunto de personas que profesan una misma doc­
trina filosófica o como un grupo organizado de personas que tienen
una misma doctrina en el seno de una religión". Esto no tiene nada
que ver. Se remiten a la raíz latina de la palabra sec¡ui, "seguir", pe­
ro hay evidentemente en la secta algo de "sección", sectio, secare, que
designa la acción de cortar, de dividir.
La secta comporta esencialmente una condición parcial de la ver­
dad, una idea preconcebida en materia de verdad. El hecho mismo de
asumirse como secta implica reconocer que el saber del que se trata,
ese saber de doctrina, no es para todos -o que la secta retiene ese saber
o constata que los demás le hacen resistencia- Se trata de un saber se­
parado, y por esa razón la secta tiene, en efecto, afinidades esenciales
con el secreto, con el saber que no está a disposición de todos.

34
GENTE DEL SECRETO

La secta del Fénix

En "La secta del Fénix", Borges comienza por describimos una sec­
ta por demás lejana, al punto que queremos hacerla más próxima va­
liéndonos de lo que di en llamar indicios, y después, en un desliz sen­
sacional del párrafo siguiente, la extiende a la humanidad toda y reve­
la la perspectiva según la cual la humanidad es en sí misma una secta.
Les leo su primer párrafo:

Quienes escriben que la secta del Fénix tuvo su origen en Heliópo-


lis, y la derivan de la restauración religiosa que sucedió a la muerte del
reformador Amenophis IV, alegan textos de Heródoto, de Tácito y de
los monumentos egipcios, pero ignoran, o quieren ignorar, que la deno­
minación por el Fénix no es anterior a Hrabano Mauro y que las fuen­
tes más antiguas (las Saturnales o Flavio Josefo, digamos) sólo hablan
de la Gente de la Costumbre o de la G ente del Secreto. Ya Gregorovius
observó, en los conventículos de Ferrara, que la mención del Fénix era
rarísima en el lenguaje oral; en Ginebra h e tratado con artesanos que no
me comprendieron cuando inquirí si eran hombres del Fénix, pero que
admitieron, acto continuo, ser hombres del Secreto. Si no me engaño,
igual cosa acontece con los budistas; el nom bre por el cual los conoce el
mundo no es el que ellos pronuncian.

El misterio reina. La mención de Ginebra, aquí, es evidentemente


conmovedora, puesto que es el lugar elegido por Borges para m orir y
el lugar donde pasó los años más felices de su infancia y de su adoles­
cencia. Por otra parte, uno de sus últimos libros de poemas lleva por
título Los conjurados-, el poema "Conjurados" es el último de esa colec­
ción y Borges llama así en él a la unión de los primeros cantones sui­
zos para formar la nación suiza. En pocos versos, entonces, evoca es­
ta conspiración, esta conjuración inicial, para concluir con la evoca­
ción -que parece encantarlo- de una Su iza que se extendería al m un­
do entero.
Qué delicadeza la de ese término de Gente del Secreto, que es, en ma­
yúsculas, el nombre, el nombre propio de todas las sectas iniciáticas: Gen­
tes del Secreto: sería formidable llamarse así, en lugar de psicoanalista.
Borges habla también de Gentes de la Costumbre y esto anuncia el
lugar que acordará en ese texto a un rito misterioso.
Un rito es una acción simbolizada; comporta, precisamente, que
prestemos nuestro cuerpo a los símbolos. Freud describe algunos ritos

35
r

JACQUES-ALAIN MILLER

individuales, pero lo hace por analogía con el rito antropológico, el que


hace lazo social. En el desliz de Borges, finalmente, todo el secreto del
que se trata era introducido por los libros, lo que se dice, etcétera; to­
do el secreto se revela concentrado en un rito.
En el segundo párrafo, hace la diferencia entre las "Gentes del Se­
creto" y los gitanos. Las Gentes del Secreto no son ni como los gitanos
ni como los judíos, "los sectarios -d ic e - se confunden con los demás y
la prueba es que no han sufrido persecuciones". Tercer párrafo: "[...]
no hay grupo humano en que no figuren partidarios del Fénix". Tene­
mos entonces una secta que está en cierto modo omnipresente, que se
mezcla con todos.
El cuarto párrafo sustrae suavemente a la noción de secta todos los
rasgos que la particularizan: no tienen libro sagrado, no tienen memo­
ria común, no tienen un idioma propio, sólo poseen un rito. Más aún
-d ice Borges-, el rito constituye e l Secreto.
Veamos entonces el rito:

He compulsado los informes d e los viajeros, he conversado con pa­


triarcas y teólogos; puedo dar fe de que el cumplimiento del rito es la
única práctica religiosa que observan los sectarios. El rito constituye el
Secreto. Este, como ya indiqué, se transmite de generación en genera­
ción, pero el uso no quiere que las madres lo enseñen a los hijos, ni tam­
poco los sacerdotes; la iniciación en el misterio es tarea de los indivi­
duos más bajos. Un esclavo, un leproso o un pordiosero hacen de mis-
tagogos. También un niño puede adoctrinar a otro niño. El acto en sí es
trivial, momentáneo y no requiere descripción. Los materiales son el
corcho, la cera o la goma arábiga.

Bueno, esto es para desorientar al lector, uno empieza a entender de


qué se trata.

No hay templos dedicados especialmente a la celebración de este


culto, pero una ruina, un sótano o un zaguán se juzgan lugares propi­
cios. El Secreto es sagrado pero n o deja de ser un poco ridículo; su ejer­
cicio es furtivo y aun clandestino y los adeptos no hablan de él [esto es­
tá fechado después de la guerra]. No hay palabras decentes para nombrar­
lo, pero se entiende que todas la s palabras lo nombran o mejor dicho,
que inevitablemente lo aluden, y así, en el diálogo yo he dicho una co­
sa cualquiera y los adeptos han sonreído o se han puesto incómodos,
porque sintieron que yo había tocado ei Secreto.

36
GENTE DEL SECRETO

Creo que tuve la ocasión de decir recientemente que Borges había


sido muy refractario al psicoanálisis, lo cual es cierto. Por lo demás, di­
jo que el psicoanálisis era la rama médica de la ciencia-ficción, algo que
es de una precisión formidable, pero es evidente, se siente aquí la pre­
sencia de ese pequeño número de sesiones de análisis que al parecer
hizo. En esta descripción se ve una iniciación azarosa, la ausencia de
templo, y finalmente en el quinto párrafo:

He merecido en tres continentes la amistad de muchos devotos del


Fénix; me consta que el Secreto, al principio, les pareció baladí, penoso,
vulgar y (lo que aun es más extraño) increíble. No se avenían a admitir
que sus padres se hubieran rebajado a tales manejos. Lo raro es que el
Secreto no se haya perdido hace tiempo; a despecho de las vicisitudes
del orbe, a despecho de las guerras y de los éxodos, llega, tremenda­
mente, a todos los fieles. Alguien no ha vacilado en afirmar que ya es
instintivo.

Ese es el texto. Se trata del coito; Borges nos desorienta con algunos
adornos superfluos como la goma arábiga, que no resulta indispensa­
ble para el acto, pero consigue literariamente hacer un enigma del coi­
to. Es la razón por la cual tomo aquí como referencia una frase del tex­
to, en el intento de hacer para nosotros un enigma de la sesión analíti­
ca y describir según el modo sectario aquello que integra lo cotidiano
de algunos analizantes y de analistas.
Es el secreto del texto, y el texto se presenta a sí mismo como un sa­
ber a descifrar. Nos preguntamos, en efecto, qué es lo que está en jue­
go, si acaso la goma arábiga es absolutamente definitoria en ese rito. Si
podemos dejar eso de lado y captar de qué se trata, puesto que lo lee­
mos, el texto está hecho para que nos preguntemos eso, de qué se tra­
ta, cuál es la referencia.
Ahora bien, hacía mucho tiempo que conocía este texto y sabía de su
encanto, y me di cuenta, en la notable edición de La Pléiade, edición ver­
daderamente científica que no existe en español, de que en el tomo I, pá­
gina 1595, se encuentra una nota donde se indica que Borges develó el
secreto en una entrevista con un americano. Supongo que el americano
le dijo: "Vamos, de qué se trata, ya es hora de decirlo", y Borges confie­
sa. Dice, precisamente;

La primera vez {para nosotros, por supuesto, los ecos son múltiples] que
escuché hablar de ese acto, cuando era un varoncito, quedé escandaíi-

37
JACQUES-ALAIN MILLER

zado ante la idea de que mi madre y mi padre lo hubieran cometido.


Era un descubrimiento, ¿pasmoso, no? Pero se puede decir que es un
acto de inmortalidad, un rito de inmortalidad, ¿no es cierto?

La proeza de ese texto, entonces, es la de hacer enigmático, enigma­


tizar -si puedo emplear el término que me prometía lanzar hace ya va­
rios años- el acto sexual, la relación sexual. Hasta diría que consiste en
empujar hasta el límite el espíritu de las Luces, hasta el punto donde
lo racional, lo real racional, se convierte en fantástico. Es un ejercicio
que podríamos practicar aquí, la gente que se reúne, cuerpos, instala­
dos, silenciosos, es decir que sólo utilizan su boca para hacer ruido fur­
tivamente en el oído del vecino y, por otro lado, uno de esos cuerpos
puesto en evidencia, que se agita, que parece atrapado en una danza
especial y produce ruidos. Esta descripción, si la prosiguiéramos un
poquito, podría modificar ligeramente el coeficiente de realidad y de
aburrimiento de la realidad cotidiana.
Es el ejercicio que hace Borges con su arte, y digo que es el espíritu
de las Luces, porque en las Luces primero se formula: existen costum­
bres, no sólo existe nuestra manera de hacer, hay otras costumbres
esencialmente diversas de acuerdo con los pueblos y según las tradicio­
nes, y la humanidad se divide entre diversas costumbres. El hecho de
que sean múltiples muestra que tanto las nuestras como las otras son
semblantes que no tienen un fundamento necesario en la humanidad,
que son invenciones y que se trata de elegir la mejor invención, la que
haga menos mal a la humanidd -presento un concentrado del espíritu
de las Luces- Ahora bien, digo que es el punto límite de este espíritu,
puesto que la costumbre de la que se trata -Borges emplea la expresión
Gente de la Costumbre- es la costumbre de la humanidad como tal.
Se puede decir que en este texto el hecho de naturaleza, la obra de
carne, es tratado integralmente como un hecho de cultura, es puesto a
cuenta de una secta, de una parcialidad. Así es desligado a cuenta del
semblante.
Es la pregunta, la vieja pregunta de las Luces, la vieja pregunta de
Moniesquieu "¿Cómo se puede ser persa?", la pregunta que plantea
aquel que adhiere hasta tal punto a las costumbres de su lugar, de su
tiempo, de su pueblo, que ya no puede captar por qué el otro hace las
cosas de otra manera, y se sorprende. Es el sentimiento de extrañeza
que se produce ante las costumbres del extranjero. En el siglo XVIII
han disfrutado de los relatos de los viajantes, del exotismo que giraba

38
GENTE DEL SECRETO

la vida cotidiana hacia el semblante. Lo que precede al texto de Borges


es el Suplemento al viaje de Bongainville de Diderot, donde disfruta mos­
trándonos que existen pueblos para los cuales el acto sexual tiene otros
valores morales y simbólicos que para nosotros. El sacerdote llega y de
inmediato le ofrecen la esposa del jefe, la hija, etcétera, y Diderot des­
cribe cómo el sacerdote se escandaliza ¡en los primeros momentos! (ri­
sas) frente a este ofrecimiento.
Borges nos conduce aquí hacia algo que sería la pregunta acerca de
cómo se puede ser hombre. Es la condición humana como tal que pare­
ce extranjera, enigmática, especialmente en lo que concierne al coito.
Cómo puede ser que uno se libre a algo tan increíble como es eso que
se da en llamar hacer el amor. El genio de Borges, aquí, en la secta del
Fénix, reside precisamente en abordar el sexo a través del saber; habla
de la secta del Fénix, el Fénix es el falo; es decir, el falo es un Fénix
-ustedes son el Fénix de los huéspedes del bosque- En efecto, el acto
sexual consuma la desaparición del falo y luego, supuestamente, des­
pués de un lapso más o menos grande, el falo renace de sus cenizas.
Entonces aquí tenemos lo que justifica el Fénix, la secta, precisa­
mente que la humanidad hace del sexo un secreto y aun cuando ya no
sea así, hay algo del sexo que intrínsecamente es un secreto.
Por esa razón, la humanidad puede ser descripta como ima secta, y
la paradoja que anima ese texto es precisamente que, en materia de se­
xualidad, todos se comportan como esos que ocultarían un secreto a los
demás, cuando justamente el secreto e s de todos -y es el motivo por lo
cual se trata, pese a todo, de un texto de la época del psicoanálisis-.

El Congreso del M undo

Ahora bien, esos algunos apartados que se revelan integrados en el


todo, son un tema fundamental en Borges.
Pueden leer su cuento "El congreso", que le llevó mucho tiempo es­
cribir y que tema al parecer para él, según dijo, una importancia espe­
cial. El cuento describe una conspiración, fomentada por un terratenien­
te del Uruguay, quien, ante su incapacidad para llegar a ser diputado en
el Congreso del Uruguay, decide fundar un Congreso del Mundo.
"Don Alejandro concibió el propósito de organizar un Congreso del
Mundo que representaría a todos los hom bres de todas las naciones".
Entonces no reúne sino una pequeña banda un poco deshonesta, cuyos

39

JACQUES-ALAIN MILLER

miembros son descriptos... algo a sí como los apóstoles o como la ban­


da de Freud; y, luego, ¿qué hacen cuando están en el Congreso del
Mundo? Se ponen a hablar de todo un poco, incluidas las cosas más fú­
tiles, establecen listados, montan una biblioteca de consulta, buscan
un idioma conveniente para la reunión del Congreso del mundo, ¿se­
rá acaso el esperanto?, ¿el volapíik?, ¿el latín?, ¿el lenguaje analítico de
John Wilkins, sobre el cual Borges escribió una nota erudita, citada por
Lacan en los Escritos? Y, después, recaída: Don Alejandro hace quemar
los libros, los hace reunir en el patio y los hace quemar.
Dice entonces: "El Congreso d el Mundo comenzó con el primer ins­
tante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo. No hay un lugar
en que no esté". El Congreso del Mundo está por todas partes, en ca­
da uno, en cada cosa, en cada acontecimiento, y al caer el día se lleva
de paseo lo que queda de la pequeña banda, en un auto descubierto, a
través de Buenos Aires, no lejos del cementerio de la Recoleta. Es un
momento encantador, descripto e n un solo párrafo, una especie de re­
velación: el Congreso del Mundo está allí, no es necesario deslomarse
para juntar libros y estudiar idiomas, todo está ya ahí y no necesita de
nosotros, no precisa que nos agitemos.
Hay como una revelación mística, de la que sólo les cito un pasaje.
Dice el narrador:

Importa haber sentido que nuestro plan, del cual más de una vez
nos burlamos [es gente de ¡as Luces, pese a todo, evidentemente el Congreso
del Mundo es una especie de punto limite del espíritu de las Luces, la univer­
salidad sostenida por una conspiración, quefinalmente descubre su inutilidad]
existía realmente y secretamente y era el universo y nosotros.

Entonces, al comienzo, tenem os esos algunos que están como cris­


pados sobre su particularidad; quieren representar a todos y finalmen­
te es la sublime disolución del Congreso del Mundo en el mundo mis­
mo. En cierta manera, el mundo no necesita ser representado por el
Congreso del Mundo. No necesita que algunos se consagren a una ta­
rea especial, esa tarea ya está cumplida, ya está ahí, es el universo, el
gran todo. No podemos dejar de pensar en la frase de Hegel: "el ab­
soluto que quiere estar cerca de nosotros". Nada de todas esas fenome­
nologías del espíritu sería concebible si el absoluto no quisiera estar y
no estuviera ya cerca de nosotros.
Se trata del momento místico entre lo universal y lo particular; el
universo mismo, por el mero hecho de ser abordado desde lo particu­

40
GENTE DEL SECRETO

lar, desde el proyecto de ese terrateniente del Uruguay, cuando lo par­


ticular sabe abolirse, luego, cada cosa, lo universal y lo cotidiano, cobra
entonces otro sentido.
La esencia de todas las sabidurías místicas es la de hacer reencon­
trar en el más intrascendente de los acontecimientos el sentido de lo
absoluto, que es aquí un sentido secreto. Se trata de la conjugación tan
bella de esas dos palabras: realmente y secretamente. Es un secreto que
no tiene contenido, un secreto que es sólo la significación del secreto,
como Lacan puede decir que el sujeto supuesto saber no es más que la
significación del saber.
Para volver a la secta del Fénix, ella pone en escena la pertenencia
de la sexualidad al secreto. Es un secreto que todos practican y, sin em­
bargo, sigue siendo un secreto para cada uno. Hay algo secreto en la
sexualidad para cada uno.
Lacan decía que las palabras de Borges resonaban con las suyas, lo
dice en sus Escritos a propósito de la antología Otras inquisiciones, don­
de figura el texto sobre John Wilkins. Encontrarán esta referencia en
"La carta robada", a propósito del vocablo nullibiété, un saber que se
sostiene por entero en un acto cumplido por todos a la manera de un
rito, según muestra Borges, es decir, sin saber qué significa eso. De to­
da la literatura, "La secta del Fénix"es el texto más condensado, más
exquisito para poner en escena la no-relación sexual. Aquello que sig­
nifica la no-relación sexual en tanto es secreta, tanto para quienes la
realizan como para quienes no lo hacen.
En eso, el rito -Borges lo indica en la última frase de manera prodi­
giosa- se reúne con el instinto, porque el rito, como el in stinto, es por
excelencia lo que se hace sin saber por qué.
Dice Borges en esa última frase: "Alguien no ha vacilado en afirmar
que ya es instintivo". Se inscribe exactamente en el mismo filón que la
revelación mística, la revelación de aquello que no tiene porqué. Cono­
cen la cita de Angelus Silesius, a la que se refieren tanto Heidegger co­
mo Lacan: "la rosa es sin porqué". Pues bien, tal es la revelación que
surge al finalizar el Congreso: "el mundo es sin porqué". El mundo no
tiene necesidad de nosotros, de nuestra preocupación, no necesita de
nosotros si somos la preocupación, si somos emprendimiento, deseo.
Se trata de una sabiduría que coincide con la del Tao. No hace falta mo­
verse tanto, basta con pasearse y después todo lo que pasa está ahí.
Es el tema del mundo y de la falta. La falta es ilusoria. Sólo hay lo
que es y todavía es decir demasiado, porque esto evoca otra cosa; hay

41

JACQUES-ALAIN MILLER

eso que es, ¡es demasiado decir! Podríamos decir, como Heidegger,
"hay...", el "hay".
El mundo, tal como aparece al concluir el Congreso, es el mundo
material, el que se percibe en el paseo; por supuesto, existen asimismo
las imaginaciones, las ensoñaciones, las ficciones, y todo eso también
está de un cierto modo. De se modo, Borges desemboca, en definitiva,
en la univocidad del ser. Es decir, eso también es, eso que es materia
de tus ensoñaciones, de tus sueños, la idea que te pasa por la cabeza,
el instante, es también todo eso.
Entonces, claro está, desde esta perspectiva, el tiempo se hace pro­
blemático. Y Borges es el autor de un texto capital para nuestra inves­
tigación de este año, texto que comporta una refutación del tiempo.
Por lo demás, Borges es el autor de dos refutaciones del tiempo, una
en 1944, la otra en 1946 -é l se encarga de decirlo-. Él hace llegar la ma­
licia hasta publicar esos dos artículos, en su antología, al mismo tiem­
po, e indicando bien sus fechas, 1944 y 1946, refutaciones del tiempo.
Por otra parte, el título exacto es "Nueva refutación del tiempo", al­
go que indica, por supuesto, que hubo otras antes. La malicia, aquí, re­
side en que el mismo título desmiente la tesis expuesta y el esmero con
el que presentara los artículos bajo la forma de 1944 y 1946.
Además, comienza por decir que no cree en esa refutación del tiem­
po, pero que -según afirm a- ella viene a menudo a visitarlo durante la
noche o en la languidez del crepúsculo, con la fuerza ilusoria de una
verdad primera.
Entonces, ¿qué demuestra allí su texto? Que, de hecho, se ha refuta­
do al tiempo. Numerosos filósofos lo hacen y las negaciones del tiempo
son refutaciones que pertenecen al idealismo filosófico, al imaginario o
a la literatura. ¿Por qué Borges lo hace de este modo, con pequeños frag­
mentos que va a recoger de todos lados? Para mostrar que la negación
del tiempo es pensable, es decir que es el producto del pensamiento y de
la imaginación. Pero su efecto es el de aislar lo real del tiempo.
¿Qué demuestra la nueva refutación del tiempo de Borges? Que el
hecho de ser refutado, no le impide al tiempo ser. Y, además, refutarlo
lleva tiempo, el que le tomó entre 1944 y 1946 y, después, hasta que
reunió todo eso en 1955.
Eso no le impide al tiempo ser, el tiempo es, pese a la refutación, co­
mo lo imposible. Y allí, hacia el final, encontramos esa frase tan bella
que podríamos hacerla servir de advertencia este año: el tiempo es la
sustancia de la que estoy hecho [en español en el original].

42
GENTE DEL SECRETO

Entonces, hada el final, se trata de la refutación de la refutación, de


la refutación en lo real de la refutadón idealista del tiempo. La última
frase es la siguiente: "El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgra­
ciadamente, soy Borges".
No es precisamente el final. Me alegró darme cuenta; es un texto
que conozco, pero me alegró darme cuenta, en la pequeña construc­
ción que hacía para ustedes, de que verdaderamente el texto se termi­
na después de esa frase con una cita d e Angelus Silesius, un dístico:

Freund, es ist auch genug. Im Fall d u m ehr willst lesen,


So geh imd werde selbst die Schrift und selbst das Wesen.
(Angelus Silesius: Cherubinischer Wandersmann, VI, 263.1675.j 1

Entonces, si forzamos sólo un poquito las cosas para conceptuali-


zarlas, ¿qué introduce esto? Hay una ruptura borgeana del cogito car­
tesiano, por la cual el cogito queda del lado que le corresponde, el del
idealismo, la refutación de lo real, la refutación del tiempo.
Por lo demás, algunos intérpretes h a n buscado demostrarle a D es­
cartes que el cogito, hablando con propiedad, sólo tiene existencia en el
instante. En efecto, a partir del m omento en que Descartes tropieza con
su cogito, se plantea la pregunta: pienso, luego existo; pero ¿por cuán­
to tiempo?
Quienes comentaron el texto quisieron demostrar que esta pregun­
ta acerca de la duración en el tiempo, sólo podía resolverse pasando
por el Otro -e l Otro divino-, puesto q u e el cogito no podía nunca ase­
gurar su ser como no sea en el instante del pensamiento.
Entonces, "pero por cuánto tiem po", para que eso tenga continui­
dad hace falta demostrar la existencia de Dios. Por consiguiente, en
efecto, del lado del cogito no hay tiem po y, a la vez, eso lo abre a la om-
nitemporalidad, a la copresencia de tod o lo que sucedió y sucederá;
gracias al pensamiento soy el universo, soy todos los hombres. Un te­
ma que encanta a Borges en lo que concierne al cogito.
Pero el sum juega la partida por su propia cuenta. Ocurre que con
el pensamiento niego lo real, hago literatura, refuto el tiempo; pero del

1. En español: "Amigo, por ahora es suficiente. Si quieres leer más / Vé y transfór­


mate tú mismo en escritura y letra". [N. de la T.]

43
JACQUES-ALAIN MILLER

lado del sum, soy tiempo. Y nadie como Borges -m e parece- marcó de
una manera tan pura y precisa la pertenencia del "yo soy" al tiempo.
Un "yo soy" que está hecho de tiempo, y como él lo expresa: el tiem­
po, sustancia de lo que soy.
En este punto, resulta dem asiado simple decir: sólo soy Borges. Es
allí donde ese texto sobre la refutación del tiempo se completa con
otro, célebre, que es una simple página de Borges llamada "Borges y
yo", donde yo habla de ese Borges que no es yo, de quien lee el nom­
bre, que hace montones de cosas, que tiene una vida apasionante, en
tanto yo se pasea por Buenos Aires y, además, todo cuanto hace es car­
gado en la cuenta de Borges.
Entonces, evidentemente, ese "sólo soy Borges" con el que termina
la refutación del tiempo, em palidece ante esta sublime división, que es
exquisita. Es hacia el final de la refutación del tiempo, cuando dice: "El
tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me
destroza, pero yo soy el tigre; es u n fuego que me consume, pero yo
soy el fuego".
Allí es donde dice soy Borges y soy aquello que devora a Borges.
No se trata simplemente de una división entre el ser y la apariencia, si­
no que hay un aspecto Borges, el que tiene el nombre, el escritor, el ser
de lo simbólico y, al mismo tiem po, el actor cómico que el yo conside­
ra un poco dudoso. Las cualidades de ese yo toman en Borges, según
dice él, un cierto acento teatral.
Por un lado, está Borges -m e parece que hay que entender esto-, el
Borges inmortal, y, por otro lado, estoy yo, el soporte, el material de
Borges. El yo mortal, como el texto lo dice:

Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y só­


lo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. [...] Spinoza enten­
dió que todas las cosas quieren perseverar en su ser [...] Yo he de que­
dar en Borges, no en mí (si es que alguien soy) [...].

Dicho de otro modo, por un lad o está Borges, un yo que está en el


tiempo, que es tiempo y, por otro lado, hay otro que es significante y
que en esa vertiente es una idealidad que efectivamente opera y hace
del yo, además, el desperdicio de su propia inmortalidad.
Aún así es necesario subrayar la primera frase, ¡ah! que no está ex­
plicada, es la primera de todas de esta página célebre: "Al otro, a Bor­
ges, es a quien le ocurren las cosas".

44
GENTE DEL SECRETO

Esto quiere decir que Borges ubica el acontecimiento del lado del
significante, contrariamente a lo que la inmensa mayoría podría pen­
sar, el acontecimiento se ubica del lado de lo inmortal, no del lado del
flujo temporal en el que simplemente me paseo Para que pase algo es
necesario estar del lado del significante.

Gentes del Saber Supuesto

Volvamos entonces un poquito al Fénix-falo. Designar al falo como


Fénix es poner el acento, precisamente, en la potencia desplegada fren­
te al tiempo. El (p vence al tiempo, que a su vez lo vence puesto que re­
nace con la potencia del aún.
No hay que exaltarse al respecto. El tiempo marca su presencia, por
supuesto, a nivel de lo particular, pero no cuando se trata de la trans­
misión de la vida. Y precisamente son esos dos aspectos los que están
allí, todo el tiempo presentes en eso que Borges nos pasa, el germen in­
mortal y después los cuerpos que se marchitan y perecen. La vida exis­
te bajo esas dos formas, lo inmortal de la vida y lo perecedero bajo la
forma corporal. Recuerden aquel punto sobre el que insistí largamen­
te el año pasado, sobre esa supuesta biología lacaniana.
Así, la relación de la vida al tiempo es doble; la vida cede al tiempo
y también lo atraviesa. Y lo que permanece, al menos en la especie,
cuando ésta perdura, es la celebración del rito sexual, es decir, de ese
no-saber acerca del sexo o del secreto sexual, celebración de un no-sa­
ber que toma las apariencias de saber. Esto es lo que se llama un secre­
to, en este caso, igualmente cerrado para con los miembros de su pro­
pia secta. Es la razón por la cual siempre se busca aprender más a pro­
pósito de ese secreto. Ocurre que hay una correspondencia esencial
entre lo sexual y el secreto, por la cual nos aplicamos todavía a esta
búsqueda.
Entonces, el cuento de cinco párrafos está enteramente tramado en
una historia recorrida en todos los sentidos, desde las más viejas cró­
nicas hasta los rumores recogidos a lo largo de los viajes. Pero en ver­
dad, aquello que es recortado es un hecho trans-histórico, la repetición
misteriosa del mismo acto.
Y allí, lo diré en cortocircuito porque llego al término del lapso, se
encuentra en la nueva refutación del tiempo de Borges esta proposi­
ción -que no desarrollaré-: "¿No basta un solo término repetido -nos di­

45
!
JACQUES-ALAIN MILLER

ce- para desbaratar y confundir toda la historia del mundo, para


denunciar que no hay tal historia?".
Por lo demás, esa biblioteca ambulante que era Borges, al mismo
tiempo, tomaba respecto de la historia la misma distancia que Lacan
en la primera parte de su enseñanza. No toquen la "h ", la "hache" de
la historia.
Aquí, el único término que se repite, susceptible de dislocar la his­
toria del mundo y poner en evidencia que no hay historia del mundo,
es el rito sexual. Es la lección de esta secta del Fénix, esto es, que el coi­
to anula la historia del mundo y que en él convergen la naturaleza y la
cultura, dando acceso como a un punto en el infinito donde los dos ór­
denes de paralelas se cruzan en el secreto, fuera del saber, y al respec­
to, cabe decirlo, perdónenlos porque no saben lo que hacen.
Entonces evoqué, terminaré con esto, "La secta del Fénix" a propó­
sito del psicoanálisis como práctica y como práctica de la sesión. Po­
dría haber dicho la secta de la sesión.
Evidentemente, el psicoanálisis como práctica sectaria puede ser
abordado en el ámbito del grupo analítico. Está claro que hay un em­
puje hacia la secta en el psicoanálisis y, para captarlo, es necesario re­
ferirlo a eso mismo de lo cual se ocupa, el llamado inconsciente. Freud
podía querer hacer de él un real digno de la ciencia y Lacan capturar­
lo en el materna, pero hay algo que en efecto resiste y fue situado por
Lacan; por eso hay secta, de ahí extrae sustancia el sectarismo en el psi­
coanálisis. No hay que pensar que si se internacionaliza la secta cam­
bia de naturaleza, todo lo que se hace es un sindicato de sectas.
Pero aquel es un abordaje muy limitado de la cuestión, porque esas
no son sino las consecuencias de la relación con el saber que hay en el
discurso psicoanalítico. Corresponde captar el fenómeno en su raíz, es
decir, en la sesión analítica misma; hay una correspondencia esencial
entre el psicoanálisis y la sesión. Ésta es, con todo, la forma mayor de
su práctica; no hay psicoanálisis sin sesión de psicoanálisis, y una se­
sión de psicoanálisis es un encuentro que podríamos calificar, sobre el
fondo de la secta del Fénix, entre Gentes del Secreto, Gentes del Incons­
ciente, Gentes del Saber Supuesto.
Allí no se podría decir que los lugares propicios para la secta de la
sesión son las ruinas, los sótanos o los vestíbulos; se considera que el
lugar propicio es el consultorio del analista. Freud acordaba cierta li­
bertad al respecto. Solía dar paseos con algún analizante, excepcional­
mente; no es cuestión de que el paseo se convierta en la forma mayor

46
GENTE DEL SECRETO

de la práctica analítica. Se trata de un encuentro del que se puede de­


cir, tomando como fondo la secta del Fénix, que los miembros de esta
secta, quienes se encuentran con regularidad, se abstienen de librarse
al rito sexual. Esto no hace sino poner en evidencia la relación esencial
que existe entre la sesión y la relación sexual.
Eso que llamamos la regla de abstinencia, eso que amablemente lla­
mamos así y que completaría la regla de asociación libre, ¿qué quiere
decir, como no sea que es necesario q u e la relación sexual sea posible
para que no tenga lugar?
R ela ció n p o r lo dem ás evocad a, e s n e c e s a rio con fesarlo, p o r la m is­
m a p resen cia d e e se lech o que se lla m a d iv á n , e n fu n ció n d el c u a l h ay
sujetos q u e n o p u ed e n recostarse en é l d u ra n te la sesió n an alítica, p o r­
que su co n n o ta ció n sexu al es, para e llo s , in so p o rta b le d e sostener.
Se imaginan cómo se diría esto bajo la pluma de Borges: se encuen­
tran en una habitación donde hay un lecho y no hay nunca más de uno
que se acuesta allí. Y precisamente p ara que, en su reemplazo, se esta­
blezca una relación con el saber. La relación con el saber moviliza la li­
bido y es necesario que esta libido se em plee en el saber.
Bueno, continuaré la semana próxim a, acerca del tiempo y sus em­
pleos en el psicoanálisis.

24 de noviembre de 1999

47
III
El inconsciente en la sesión analítica *

Quisiera que aprecien cómo he progresado desde la última vez. Us­


tedes constatan que el hecho de enunciar públicamente mi síntoma de
retraso y, por consiguiente, cubrirme de vergüenza al mostrarlo, no
consiguió mi puntualidad, quiero decir, un atraso reducido al acadé­
mico de un cuarto de hora. Necesité un pequeño suplemento.
Constaté que es precisamente en los minutos en los que debo partir
que me visita una idea sensacional, de la que sin duda tendré la ocasión
de hablar dentro de cuatro o cinco encuentros. Fijarla, por lo tanto, no
debiera tener siquiera un carácter de urgencia y, sin embargo, oscilo en­
tre precipitarme aquí y detenerme, a pesar de todo, a anotar esta idea, y
ahí tenemos entonces el cortejo patológico que me trae ante ustedes con
algunos minutos de atraso. Pero así comprueban hasta qué punto pro­
greso en el conocimiento y quizá en el saber hacer con ese síntoma.
Se inquietaron en mi entorno a propósito de lo que hacía con el
tiempo. Les parecía que no hablaba lo bastante sobre el tema: "No se
olvide del tiempo", me dijeron. Y tanto más perentorio era el tono en
que lo hacían, que habían creído darse cuenta, en años anteriores, pa­
sados, que dejaba a veces detrás de mí la palabra, ella me servía de
trampolín y yo alzaba el vuelo hacia no sé qué azul, hacia otros cielos.
Quisieron, entonces, hacerme volver a tierra, al piso. Así lo traduz­
co yo: no quieren que me divierta; pero debo también constatar que es­

* Un extracto de esta d ase fue publicado con el título "D e la contingencia a la nece­
sidad" en Freudiana 29 (2000).

49

JACQUES-ALAIN MILLER

te año tengo unas ganas irreprimibles de divertirme en este curso. Así,


comienzo por una especie de divertimento que viene a continuación
de lo que dije la última vez, ¡es así! Al mismo tiempo, no me olvido del
tiempo, no pierdo el tiempo para hablar del tiempo.

La secta de la consecuencia

Hablando del lapso y del coito, pensaba en eso, en el lapso. Y me


digo: ¡Cómo insiste el tiempo! ¡Cómo domina el tiempo los asuntos del
amor!
En primer término, está el lapso necesario para hacer el amor y a
veces el trabajo -se dice-, la preocupación, la vida cotidiana, reducen
el lapso del amor a una porción mezquina. Está el lapso que los aman­
tes furtivos sustraen a la vida en plena luz. El lapso necesario para el
goce del hombre y aquel necesario para el de la mujer. Está el acto ma­
logrado, la eyaculación llamada precoz -indicación de análisis en ge­
neral- y, menos localizado, el acto que para tal mujer de orgasmo tar­
dío se hace necesariamente largo. Siempre se habla de eyaculación pre­
coz, hablemos también del orgasmo tardío.
Existe el tiempo transcurrido, el envejecimiento que afecta el empuje
y el cumplimiento del acto, y que también afecta a veces el fuego de la
pasión amorosa. Bueno, el amor y el tiempo hacen un hermoso tema /
te quiero.1
Notemos que en "La secta del Fénix", el cuento de Borges que tuve
la satisfacción de escuchar y que leimos o releimos con ojos nuevos, no
es cuestión de amor. No hay una sola palabra acerca del amor en él. Es
la perspectiva elegida la que así lo impone, una perspectiva según la
cual el coito es rito, acción prescripta por una tradición y llevada a ca­
bo sin saber q ué es lo que se hace exactamente, a la manera de un ins­
tinto; es decir, según Lacan y de acuerdo con el saber que implica la su­
pervivencia del animal -definición que aporta en algún sitio de Televi­
sión-, en este caso de la especie humana. Desde esta perspectiva, el
amor queda entre paréntesis.
No, no me olvido en absoluto del tiempo. Esta semana soñé con la

1. El autor aclara: "t" apostrofe, t'aime -"te amo"-, homófono en francés de théme "te­
ma"-. [N. de la T.]

50
EL INCONSCIENTE EN LA SESIÓN ANALÍTICA

expresión "en ese momento" (sur ces entrefaites). Curiosa expresión, ya


que en la lengua francesa hablada h oy en día, esa palabra, entrefaites,
no se emplea sino en ese sintagma. Pero en otros tiempos se decía en
francés l 'entrefaire, en singular, para designar el lapso en el que ocurría
algo, el lapso del acontecimiento.
Vagabundeando por los diccionarios, empecé a lamentar que se hu­
biera perdido la palabra del francés antiguo, entrefaire, que quiere de­
cir exactamente "hacer en el intervalo". Sería muy cómodo disponer
de ella de nuevo, contar con ese verbo, ya que hay muchas cosas que
por excelencia se hacen en el intervalo.
Por lo demás, nuestra vida misma pasa en un intervalo. Diríamos,
por ejemplo: entrehicc el amor, entrehice mi sesión de análisis. Quedaría
subrayado así el carácter de intervalo, el aspecto entre paréntesis del
tiempo, de esos lapsos.
En el cuento de Borges se trata de la referencia velada, secreta, y lo
que hay de más crudo, el coito, rango donde lo ubicaba la iniciación de
Eleusis, el de significante, como lo designa con suficiente precisión el
término "secreto": secreto de todos cuantos hablan, secreto de los se­
res hablantes. Pero tuve ganas de n o dejar eso sin decir palabra, el
amor que no es el coito -y sólo diré al respecto una palabra que se pu­
so a mi alcance esta semana-.
Del amor, es el título de una obra fam osa de Stendhal a la que ya me
referí en su oportunidad, que comienza por estas líneas célebres:

Intento entender esta pasión cuyas fases sinceras son siempre bellas.
Hay cuatro amores diferentes:
I o El amor pasión [...] 2° El amor p lacer [...] 3o El amor físico [...] 4“
El amor de vanidad.

Tiene ya mucha gracia, puesto q u e procede a un análisis, hablan­


do con propiedad, ideológico -en el sentido de Destutt de Tracy-, a un
análisis del amor, a una descomposición en partes, en tipos, y a una
clasificación.
Ocurre que pasó por mis manos esta semana el catálogo de una
venta de libros que tuvo lugar en Londres en el mes de octubre últi­
mo. Fue rematado allí el ejemplar personal de Stendhal por el precio
de 43.000 libras esterlinas; no tuve tiem po de verificar el cambio de
esa moneda, pero el monto debe equivaler a algo así como 500.000
francos franceses.

51
JACQUES-ALAIN MILLER

Allf se encuentra, es emocionante para los seguidores de Stendhal,


la fotografía de la primera nota del autor sobre ese libro, escrita en fe­
brero de 1833 en Roma, mientras que el libro fue publicado en 1822. En
esa fotografía se lee lo siguiente:

Comienzos, entre paréntesis (suprimir en la impresión por dema­


siado pretencioso) -entonces él se acuerda de eso once años después.
Capítulo uno, ya no es en absoluto el mismo comienzo; el comienzo pu­
blicado habla de la belleza de las manifestaciones sinceras del amor,
mientras que aquí dice otra cosa: m e propongo trazar con precisión y si
puedo decir una verdad m atemática, la historia de la enfermedad lla­
mada amor. Casi todo el mundo la conoce, todo el mundo habla de ella
al menos y la mayor parte del tiem po [aquí Stendhal escribe todavía t-e-
m-s (en el francés actual corresponde tempsj] de una manera empática. Me
parece que hay cuatro amores diferentes...

Al leer esas líneas que no se refieren a la belleza o a la estética del


amor, sino más exactamente a la matemática del amor, pensé que
Stendhal hubiera quedado encantado con el algoritmo de la transfe­
rencia trazado por Lacan, que encuentra con una precisión matemáti­
ca la fórmula de la enfermedad llamada amor.
Esta fórmula, la del sujeto supuesto saber, comporta que cada uno
ama en función de aquello que supone que el otro sabe acerca de lo
que él ignora de sí mismo y que descifra con el correr del tiempo; yo
me decía, para ver si tal cosa se sostiene y si se verifica en la continui­
dad de este curso, que no se ama sino en la medida en que sigue sien­
do un misterio para sí mismo, de allí la cuestión abierta en cuanto al
amor de los analizados.
Por otro lado, encuentro que D el amor de Stendhal hace yunta con el
cuento de la secta del Fénix, al coito-rito responde el amor-enfermedad.
Uno que es acallado o que se acallaba y el otro del que todo el mundo
habla de manera empática, y es necesario precisar bien que el ideal de
sobriedad es el mismo, tanto en Stendhal como en Borges y Lacan.
La última vez terminé sobre la cama, es preciso decir la frase ente­
ra -term iné la última vez sobre la cama que es el diván, donde el ana­
lizante se acuesta-, decía; sería m ás exacto decir que allí se extiende, a
veces con precauciones, en función de los fantasmas que despierta en
él esta posición, y a veces no se extiende en absoluto.
¿Por qué dije acostado? Lo dije porque pensaba de hecho, sin decir­
lo, en otro texto que anticipa al psicoanálisis, que se ubica en su borde

52
EL INCONSCIENTE EN LA SESIÓN ANALÍTICA

mismo: un texto de fines del siglo XIX que, desde el punto de vista li­
terario, tiene otro interés que el nuestro, quizá se trate de una ilusión
forjada desde la perspectiva contemporánea, pero lo dudo.
Se trata de un texto que al menos para mí, gracias a una sorpren­
dente adivinación, anuncia y a la vez rechaza al psicoanálisis. Acabo
de presentar La soirée avec monsieur Teste [La velada del señor TesteJ, de
Paul Valéry. ¡Curiosa velada! -¡Yo me divierto, dije que me divertía!-.
Curiosa velada, curiosa sesión en el curso de la cual Valéry se conecta
con una imagen ideal de sí mismo, de su ideal del yo, podríamos de­
cir, donde los rasgos de Stéphane Mallarmé y también de Degas, a
quien él quería dedicar la velada -algo que Degas no aceptó-, se su­
perponen con los de Valéry, con su ambición, la ambición de alguien
que dejó de escribir, antes de volver a hacerlo como un esclavo de la III
República. Agrego, porque las referencias sobreabundan, que Paul Va­
léry no fue del todo indiferente para Borges, de otro modo Pierre Mé-
nard, el autor del Quijote del siglo XX, no sería poeta y francés.
Por otra parte, Lacan, el joven Lacan, el Lacan de treinta años no ha­
blaba sino de Valéry, hablaba todo el tiempo de él. Tenemos al respec­
to el testimonio de una argentina que fue además mentora, protectora
de Borges, la señora Ocampo, que pescó en París a Roger Caillois y lo
importó durante la guerra hasta las costas del Río de la Plata.
En una carta que ha sido publicada, la señora Ocampo señala cómo
el joven Lacan hablaba todo el tiempo de Valéry, Valéry, Valéry... ¡has­
ta bien avanzada la noche! -d ice-.
Ven cómo se teje todo, y si hiciéramos historia literaria tendríamos
con qué deleitarnos. Además, el mismo año en que se publica La soirée
avec monsieur Teste, Valéry fue a la primera representación de Ubu Rey
y consideró que el señor Teste hace yunta con Ubu Rey, son los dos ex­
tremos: el señor Teste y el señor Tripe, pero les ahorro los desarrollos
al respecto porque nos alejarían de nuestro tema.
El señor Teste es también una broma acerca de quién vendría a pre­
sentarse como dueño de su pensamiento, idea que enuncia Valéry de­
nunciándola como un absurdo sentimental. En alguna parte -no en­
contré la cita- dice que sería aquel que habría matado en la propia per­
sona la marioneta humana.
El señor Teste es también una reedición hacia fines del siglo XIX de las
Cartas persas, uno y otras comparten un mismo espíritu, y, además, Va­
léry consagró a las Cartas persas un prefacio que es, para mí, ya que es­
toy en el registro de las joyas, la joya de su obra. La soirée avec monsieur

53
JACQUES-ALAIN MILLER

Teste es la indicación acerca de cómo ser persa, extendida a la humani­


dad toda, ¿cómo se puede ser hombre? El señor Teste se pasea, despren­
dido de todo aquello que encadena a los otros: los prejuicios, las pasio­
nes, los sentimientos, cuyo mecanismo ve, busca, calcula.
Es una de esas grandes figuras de solteros que asedian a la literatu­
ra francesa de fines del siglo XIX y comienzos del XX, y que volvemos
a encontrar en Gide, en Paludes; todas ellas esbozan algo del extraño
personaje que el señor Freud está en vías de poner a punto en su con­
sultorio vienés.
Entonces esa noche, la noche de la Velada, el señor Teste está en la
Ópera, y la Ópera se convierte en la metáfora de la humanidad. Les leo
el pasaje:

Cada quien estaba en su lugar. Me deleitaba con el sistema de clasi­


ficación tan libre como para permitirse un pequeño movimiento [¡un
poco como aquí!], saboreaba el sistema de clasificación [aquí, digamos que
es el desorden], la simplicidad casi teórica de la asamblea, el orden social.
Tenía la deliciosa sensación de que todo aquello que respiraba en este
cubo iba a seguir sus leyes, a flamear de risas en grandes círculos, con­
moverse por placas, sentir en masa cosas íntimas, únicas, convulsiones
secretas elevarse a lo inconfesable. Erraba yo sobre estas hileras de
hombres, de fila en fila, por órbitas, con la fantasía de agrupar ideal­
mente entre ellos a todos aquellos que tuvieran la misma enfermedad,
o la misma teoría, o el mismo vicio.

Los señalamientos que deja al pasar el señor Teste, de manera enig­


mática, son extraordinariamente sugestivos. ¿Qué dice? "Ellos son devo­
rados por los otros." Son comidos por los demás. ¿Qué dice, además, de
esos humanos bien ubicados? "¡Cómo gozan y obedecen!" E incluso, a
la salida, a quien lo acompaña, al narrador, le dice: "¿Conoce usted un
hombre que no sepa que no sabe lo que dice?" Ese es el saber del señor
Teste, un saber muy lacaniano, sabe que la humanidad está dominada y
que bajo ese dominio (joug) está el goce (jouissance), y también sabe, aun
si esto cobra figura de paradoja al enunciarlo, que el hombre no sabe lo
que dice, esto es lo que dice y lo que caracteriza al señor Teste.
Este hombre tiene una pasión que es la de no resultar comido por
los otros. Es su debilidad, aquello que visiblemente condujo a Valéry a
su retiro de varios años, diez, quince años, hasta que en efecto reapa­
rece en medio de la Primera Guerra Mundial, llevando de la mano a La
joven parca, algo que produjo de inmediato un estruendo de aplausos,

54
mam

EL INCONSCIENTE EN LA SESIÓN ANALÍTICA

y a continu ación, por cierto, n o h a b rá e sc rito r m á s com id o p o r lo s d e ­


m ás que Valéry, com o él m ism o o frece e l testim onio e n la m ed id a en
que pasa su vid a escrib ien d o d iscu rso s, con m em oracion es, p re se n ta ­
ciones, elevacion es, h a sta esas to n tería s cu id ad o sam en te ela b o ra d a s
para fig u rar en el frontón de u n gran m o n u m e n to p arisin o , el T ro cad e-
ro, ¡hace falta h ab erse rebajad o m u ch o !, ¡es necesario p o r cierto h a b e r
sido roído p o r los otros hasta el h u eso p a ra prod u cir sem eja n te s cosas!
¡D estinadas a ser exp u estas allí!
E nton ces, de la h isto ria de ser c o m id o p o r los d em ás -y él m ism o
ha dejado testim on io d el d olor de ser co m id o p o r los o tr o s - n o e sca p a ­
ba sino lev an tán d o se a la s cu atro de la m a d ru g a d a y g a ra b a te a n d o p a ­
ra sí m ism o sus cu ad ern o s y fu m a n d o u n cig arrillo tras otro.
Su pasión era la de consagrarse por entero a sí mismo; nada lo
muestra mejor que esa escena extraña, que perdura casi indescifrada,
aquella que concluye un pequeño cuento, la escena donde se duerme.
Sale de la Ópera con el narrador y le dice: "Quédese un poco más -m e
dijo-, usted no se aburre. Voy a meterme en la cama. Dentro de pocos
instantes estaré dormido".
El final del texto describe la desaparición de la confianza tan exi­
gente y despierta del señor Teste y m uestra cómo llega a ser él mismo
hasta el fin. Se subraya que él sabía cuál era el lugar que le correspon­
día: el de estar en sí, tanto en el café com o en su cama, esto es, se con­
cibe ante todo como ser en su pensamiento, de allí su nombre, señor
Teste -n o se llama señor Pierna-.
Ser él mismo hasta el fin, ser en sí y verse viendo, todo esto nos dará
hacia 1917, La joven parca, salida también de esta cabeza (tete) de Valéry.
También se encuentra allí, hacia el final, esta frase que hubiera po­
dido ser de Stendhal y dice casi lo mismo. Valéry le hace decir al señor
Teste: "El que me habla, si no me lo prueba... es un enemigo". Valéry
era, como Stendhal, como Lacan, de la secta de los amigos de la lógi­
ca, podríamos llamarla la secta de la consecuencia, ya que aquello que
los reúne a los tres, dejemos a Borges un poco de lado, aunque él se ha­
ya planteado la pregunta, es la referencia a las matemáticas, es preciso
decir con mayor precisión el culto de las matemáticas, para salir de
aquello que la palabra tiene de empático, de afectado, de confuso y, pa­
ra decirlo todo, de nulo. Gracias a lo cual, para pensar eso hasta el fin,
es necesario ser un retórico.
La sesión con el señor Teste, tal com o la llamo, se detiene en el um ­
bral de la Traumdeutung. Se detiene allí donde comienza lo que no co­

55
JACQUES-ALAIN MILLER

noceremos, los pensamientos d el sueño del señor Teste, y hay que re­
conocer que Valéry dijo tonterías en sus cuadernos, tanto sobre el sue­
ño como sobre Freud, dijo verdades pero son tonterías.
Hasta aquí mi divertimento, para mi placer, para empezar.

Lo real del inconsciente

Pero estamos entonces en el umbral de la obra de Freud, entremos


en ella de nuevo, como él nos invita en sus Conferencias de introducción
al psicoanálisis. Se accede nuevamente allí con ese señalamiento que hi­
ce acerca de la distancia entre el lugar donde Freud introduce en esas
conferencias lo inconsciente y el lugar donde introduce la transferen­
cia. "Conferencia XVIII", para lo inconsciente, evocado a partir de la fi­
jación y del trauma; "Conferencia XXVII", penúltimo capítulo, para la
transferencia; son muchos los aspectos acerca de los cuales se puede
reflexionar a partir de esta distancia, de esta separación entre lo in­
consciente y la transferencia.
Cuando Freud presenta al público supuestamente lego, supuesta­
mente idiota -a diferencia de Lacan, tal como este lo expresa en Televi­
sión, Freud tenía la idea de que era necesario hablar a los idiotas-, cuan­
do tiene que mostrarles la práctica, llevarlos a concebir qué es la prácti­
ca del psicoanálisis, justificarla, les presenta el inconsciente captado fue­
ra de la sesión analítica, fuera de eso que la sesión puede introducir co­
mo relativo a aquello que está ligado a él, a saber, se consagra a demos­
trar lo real del inconsciente. Y entonces su recurso se ubica allí mismo,
sin duda este aspecto de lo inconsciente que creyó que era más accesi­
ble, que para él acreditaba el concepto y lo real del inconsciente, lo cap­
ta y lo presenta, como lo dije rápidamente en la apertura de este curso,
en términos de un principio de acción obsesiva, la Zwangshandlung.
Ya que estuve citándoles escritores, cuentistas, si bien este texto es
un ensayo, pero aun así se lo puede considerar una antología de anéc­
dotas, Freud no desentona en ese linaje; hay pequeños cuentos en las
Conferencias de introducción al psicoanálisis. Hay una historia de amor,
no se la puede llamar de otro m odo, una historia de amor patológico,
pero historia de amor al fin, que Stendhal hubiera quizá clasificado co­
mo amor-pasión.
Es la famosa historia de la señora que repetidamente llama a la mu­
cama para acercarla a una mesa. E s necesario leerlo correctamente. Lo

56
EL INCONSCIENTE EN LA SESIÓN ANALÍTICA

repite varias veces por día. La señora corría de su habitación a otra ve­
cina y allí se quedaba en un lugar determinado, cerca de la mesa ubi­
cada en el centro, llamaba a su mucama, le daba una orden irrelevan­
te o la reenviaba sin darle ninguna, y luego volvía al punto de partida,
varias veces por día. Y llega el señor Teste, si puedo decir así, que ates­
tigua: cada vez que había preguntado a la enferma por qué hacía eso,
qué sentido tenía, ella había respondido: "no lo sé".
Aquí tenemos la escisión clara entre la acción que tiene lugar, bajo
un modo repetitivo, y el no-saber, el no-conocimiento.

Pero un día, después de que pude vencer en ella un grueso reparo


de principio, de pronto devino sabedora y contó lo que importaba pa­
ra la acción obsesiva. Hacía más de diez años se había casado con un
hombre mucho mayor que ella, que en la noche de bodas resultó im­
potente [es la escena del fénix, lina de sus variantes]. Esa noche él corrió
incontables veces desde su habitación a la de ella para repetir el inten­
to, y siempre sin éxito. A la mañana dijo, fastidiado: "Es como para que
uno tenga que avergonzarse frente a la mucama, cuando haga la ca­
ma" [podemos comprenderlo al desdichado]; y cogió un frasco de tinta ro­
ja que por casualidad se encontraba en la habitación, y volcó su conte­
nido sobre la sábana, pero no justamente en el sitio que habría tenido
derecho a exhibir una mancha así.
AI principio yo no entendí la relación que este recuerdo podía te­
ner con la acción obsesiva en cuestión [se hace rogar un poco, pese a to­
do], pues sólo hallaba una concordancia con el repetido correr-de-una-
habitación-a-la-otra, y tal vez con la entrada de la mucama. Entonces
mi paciente me llevó frente a la mesa en la segunda habitación [Freud
está en la casa de ella, no se trata del análisis que uno hace en el consultorio,
sino que uno se desplaza hasta lo del paciente para ver cómo está distribuido
el departamento, práctica que ha sido dejada de lado] y me hizo ver una
gran mancha que había sobre el mantel. Declaró también que se situa­
ba frente a la mesa de modo tal que a la muchacha no pudiera pasarle
inadvertida la mancha. Ahora no quedaba nada dudoso sobre la ínti­
ma relación entre aquella escena que siguió a la noche de bodas y su
actual acción obsesiva [...] ("Conferencia XVII", página 239).

Entonces, de todo esto Freud deduce, en primer término, que ella


se identifica con el marido, identificación; en segundo lugar, sustitu­
ción, ella reemplaza la cama y la sábana por la mesa y el pequeño man­
tel; y, en tercer lugar, no olvidemos el núcleo de la acción, la mucama

57
JACQUES-ALAIN MILLER

a quien muestra la mancha, la mucama cuya humilde profesión no de­


be ocultar que representa, en esta escena, una sanción esencial, puesto
que es el superyó del asunto. Y constatamos que no se limitó simple­
mente a repetir la escena, sino que la prosiguió y que, por esa vía, co­
rrige también la otra cuestión que había sido tan molesta esa noche, la
impotencia del marido.
Y esto, dice Freud, se articula como un sueño. Después, esto se ex­
tiende, como se puede comprender, a partir de allí, a toda la vida de la
paciente; podemos entender que el mismo Freud lo llame el secreto de
su vida. Esta mujer vive desde hace años separada de su marido y lu­
cha contra la intención de anular su casamiento por vía judicial me­
diante un proceso.
Pero no es cuestión de que ella se libere de ese matrimonio. Está
obligada a seguir siéndole fiel, se retira del mundo bajo las más diver­
sas formas para no ser tentada, disculpa y engrandece su manera de
ser en su imaginación. El secreto más profundo de su enfermedad, de
su enfermedad de amor, dice Freud, es que, a través de su enferme­
dad, pone a su marido al abrigo de la maledicencia, justifica su sepa­
ración de él en el espacio y le permite llevar una vida por separado,
confortable.
Tal es el sacrificio de la paciente, que está enferma para salvar ante
los ojos de todas las mucamas del mundo la reputación de virilidad de
su esposo.
Es un cuento, no digo que sea un cuento para quitar el sueño, aun­
que el mismo Freud indique el parentesco de esta acción con el sueño;
es un cuento y es una pieza esencial para que Freud asegure, establez­
ca, lo real del inconsciente. Lo inconsciente es lo que hace cumplir ac­
ciones como ésta.
No estamos aquí en la sesión analítica, estamos en la escena donde
uno se desplaza de habitación en habitación y mira cuál es el grado de
limpieza de los pequeños manteles. Freud asegura allí su convicción,
en la acción sin porqué.
En la medida en que introduce lo inconsciente y hace surgir esos
otros acontecimientos y las conexiones entre ellos, el análisis restable­
ce el vínculo con el trauma inicial de la noche de bodas lamentable­
mente fracasada.
Y el analista hace admitir, en eso que Freud nos explica, la intención
inconsciente que preside la acción, el motivo que constituye la fuerza
motriz de la acción; Freud emplea el término Kraft, la fuerza, y el in­

58
r
EL INCONSCIENTE EN LA SESIÓN ANALÍTICA

consciente, tal como lo aborda, tal como lo capta en la acción obsesiva,


es una fuerza, una fuerza motriz, una fuerza energética.
De modo que para Freud, el inconsciente es aquello capaz de pro­
ducir efectos -lo califica como Traumdeutungioirkungstellung- fuera del
conocimiento del sujeto.
Allí es donde se impone para él el estatuto del inconsciente como
real en el sentido de la ciencia. Está empeñado en fundarlo así, como
real, como algo, Etwas reales, algo en e l sentido de la ciencia.
Es un inconsciente que está allí, que ya está ahí, inscrito, que ope­
ra, que es causa, sin duda causa semántica pero también causa eficaz,
digamos material, que se deja conocer por sus efectos, y esos efectos
son disruptivos en la rutina de la existencia, son intrusivos, vienen de
otro lugar. Es lo que llama -e n la página 235 de la "Conferencia X V II"-
tomando una expresión de Fechner, la otra escena (ein andere Schaus-
platz). Y de la escena a la sesión hay algo que corresponde articular.
El hecho de que Freud, de esta manera, tome lo real como referen­
cia cuando se trata de lo inconsciente en el sentido de la ciencia, no le
impide en absoluto hacer literatura, n o le impide, en la misma inspira­
ción, expresar una verdadera poesía d e la clínica cuando evoca esos
síntomas de la neurosis obsesiva, esas ideas, esas impulsiones que vie­
nen de no se sabe dónde y de las que dice con frases muy dignas de
Borges:

[...] representaciones e impulsos que em ergen no se sabe de dónde, que


se muestran tan resistentes a todas las influencias de la vida del alma,
normal en lo demás, que hacen al enferm o mismo la impresión de que
serían unos huéspedes forzosos oriundos de un mundo extraño, cosas
inmortales que se han mezclado en el ajetreo de los mortales [...] ("C on­
ferencia XVIII", página 254).

¡Ah, sí, hay que encontrar el tono cuando uno lee las conferencias
de Freud!
Freud hace del inconsciente, como ya sabemos, una memoria. El
término está bien elegido puesto que nosotros tenemos los programas
que se desarrollan sin que el sujeto lo sepa y, precisamente, eso es lo
que Lacan llama un saber, que no es u n conocimiento, sino más bien
una articulación significante. Y eso e s lo que mostraría, asimismo, el
otro ejemplo capital que trae Freud a su público, aquel, célebre tam­
bién, del pequeño almohadón y de la almohada, ceremonial una vez

59
JACQUES-ALAIN MILLER

más, rito que es una organización significante del espacio exigida por
el sujeto para dormirse. Es una escena de adormecimiento, que resul­
taría útil comparar con aquella del señor Teste, en la que para que el
sujeto pueda abandonarse al sueño es preciso que el entorno se en­
cuentre totalmente controlado, cada cosa fijada en su lugar, función ca­
pital que Lévi-Strauss, algo sobre lo que volveremos en un rato, subra­
yó después de Lacan.
Simplemente este inconsciente de Freud, este inconsciente que es
algo real, a partir de efectos qu e son por su parte perceptibles, que pro­
ducen daños, extrañezas, que conducen a esta mujer al patetismo más
completo, ese algo real que no conocemos sino por sus efectos, el in­
consciente, por este hecho m ism o, es supuesto. Es un real pero inferi­
do a partir de sus efectos.
Esta inferencia es un descifram iento y esto quiere decir -tal es la
cuestión que él aporta- ¿qué quiere decir esto? La operación analítica,
en este punto, consiste en dar u n sentido a eso que se presenta como
desprovisto de sentido.
Para Freud, esto es un ord en de cosas, por un lado está la dimen­
sión semántica y, por otro lado, hay otra, y son necesarios ocho, nueve
capítulos para elaborarla, otra que pertenece a un orden diferente, el
de la satisfacción libidinal.
Lo que se mantiene, entre esos dos puntos, entre su abordaje del in­
consciente y su abordaje de la transferencia, es su doctrina del sínto­
ma, esto es, tanto en la dim ensión semántica como en la dimensión li­
bidinal el síntoma es un Ersatz, es decir, un sustituto.
Simplemente, de un lado opera la sustitución en cuanto al sentido,
y, del otro, la sustitución en cuanto a la satisfacción. Es allí donde
Freud habla de Ersatz Befriedigung, satisfacción sustituta.
Hay dos operaciones que corresponden a esas dos sustituciones, en
primer término la represión, cuando se trata del sentido, cuando se tra­
ta del inconsciente, y la regresión cuando se trata de la libido.
Al mismo tiempo, esas dos dimensiones se anudan y en referencia a
esto Freud trae el término de transferencia. La libido -d ice- transfiere,
(iibertragt), el término Übertragung -transferencia- está allí. La libido
transfiere su energía a las representaciones bajo la forma de investidu­
ras. Como ya no sabemos qué es la representación, piensen en el signifi­
cante. La libido transfiere su energía a las representaciones bajo la forma
de investiduras, esas representaciones forman parte del sistema del in­
consciente y están sometidas a la condensación y al desplazamiento.

60
EL INCONSCIENTE EN LA SESIÓN ANALÍTICA

Y por esa misma vía la libido, que transfirió su energía a esas repre­
sentaciones sometidas a la condensación y al desplazamiento, a su vez
queda sometida a esos mismos mecanismos.
Es decir, hay en Freud, por supuesto, un paralelismo entre esas dos
dimensiones, pero el modelo del lenguaje, la estructura de lenguaje es
la que evidentemente prevalece, puede percibirse en la frase que aca­
bo de leerles. Prevalece tanto más que es necesario señalar que la di­
mensión libidinal siempre queda asociada por Freud al término de Be-
deutung, significación.
Es así como puede hablar de significación de satisfacción. Y es pre­
cisamente eso lo que conducirá a Lacan, en un momento de su cami­
no, a conceptualizar el deseo como un significado de la cadena signifi­
cante inconsciente. En la medida en que Freud hace de la libido una
significación, hace de la Befriedigung una significación de la satisfac­
ción, hace de la satisfacción libidinal una significación de satisfacción;
siguiendo esta vía Lacan conceptualiza la libido como deseo y hace del
deseo un significado de la cadena significante.
Entonces, lo real del inconsciente, si lo seguimos a Freud, ¿en qué
consiste? Consiste en esas representaciones investidas por una libido
transferida. Pero, para dar la respuesta en cortocircuito, para anunciar­
lo, lo real del inconsciente consiste para Freud en el fantasma, que es
por excelencia el significante investido, el significante reprimido con­
siderado como investido.
’¿A qué conduce, tal como nos lo presenta Freud, el análisis del sín­
toma? Tal como Freud recompone en ese momento el camino, el aná­
lisis parte de los síntomas y conduce al conocimiento de las experien­
cias vividas, donde la libido resulta fijada y los síntomas se producen.
El camino del análisis va del síntoma al fantasma, para retomar un tí­
tulo bajo el cual había comenzado en otro momento este curso.
Del síntoma al fantasma, algo de lo que ya tenemos un ejemplo a par­
tir de la acción obsesiva, Freud nos conduce al trauma de la noche de bo­
das, donde quedó fijada la libido de la paciente. Tenemos allí el ejemplo
de una experiencia vivida, que cumple esta función de fijar la libido. El
dice Erlebnis, "experiencia vivida", y la va a buscar más allá de la noche
de bodas del sujeto, la busca en la experiencia vivida en la infancia.
Evidentemente, en el caso de la paciente, no habrá experiencia de
la vivencia infantil del bebé que habría sido concebido con la ayuda de
ese ir y venir incesante durante la noche de una habitación a la otra,
puesto que justamente el señor es impotente. No habrá allí un fruto de

61
JACQUES-ALAIN MILLER

esta unión, que pudiera como Tristam Shandy, describir el coito inicial
Tristam Shandy comienza con la descripción del coito al que él debe su
propia existencia-.
Las experiencias infantiles, es allí donde para Freud se reúne lo real
del inconsciente, las experiencias infantiles vividas, investidas, cuya
representación es reprimida. En este punto no estamos todavía en el
fantasma. Estamos en el fantasma cuando Freud subraya, señala -algo
que ha sido discutido todavía recientemente-, que esas experiencias
vividas no son ciertas, cuando en efecto admite decir, al mismo tiem­
po, que se trata allí de lo real del inconsciente y que ese real comporta
algo que no es cierto; Lacan lo retoma cuando habla de un real que só­
lo puede mentir.
Entonces, se trata del fantasma. Allí donde echa el ancla el concep­
to de fantasma, respecto del cual Freud señala que el sentido común
quisiera oponerlo a la realidad, que es, por un lado, lo que pertenece
al orden de la ficción, de la Erfindung, invención y, por otro lado, acon­
tecimiento y estructura, lo que corresponde al orden de la Wirklichkeit,
de la realidad efectiva, de la realidad material.
A partir de allí se podría pensar, en consecuencia, que lo inconscien­
te no tiene nada de real, que lo inconsciente es ficción. En ese momento
Freud trae lo que resulta esencial para asentar su concepto de incons­
ciente, esto es, que hay una realidad de un orden particular, la realidad
psíquica, y que los fantasmas son algo real, no en la realidad de todo el
mundo, sino en la realidad que es una, como decía Heráclito: "Los hom­
bres, cuando están despiertos, tienen un mundo único y común. En el
sueño, cada uno se vuelve a su propio mundo", eso queda por verse, pe­
ro los fantasmas son algo real en el psiquismo. Es decir que Freud, tra­
tándose del inconsciente, da a luz un nuevo real, el real fantasmático.
Los grandes fantasmas son depurados por Freud, la observación
del coito parental, al cual Borges hizo una especie de alusión, no dijo
que lo observó, se le hizo saber cómo ocurría. Concibió al respecto, vi­
siblemente, una repugnancia que fue perdurable en él.
La seducción por parte de un adulto es la amenaza de castración.
No hago un comentario en detalle, sólo digo que se trata de despren­
der de Freud, en ese punto, una doctrina del acontecimiento, ya que
esos fantasmas, tal como los enumera -la observación del coito, la se­
ducción, la amenaza de castración-, son para él otros tantos aconteci­
mientos, cosas que ocurren, simples acontecimientos extrañamente tí­
picos y en las neurosis extrañamente necesarios.
EL INCONSCIENTE EN LA SESIÓN ANALÍTICA

En ese nivel se establece ya una conexión y cabe inscribir una re­


flexión entre el fantasma y el acontecimiento. Como él se expresa, hay
acontecimientos que vuelven siempre en la historia de la génesis de
las neurosis. Lo que resulta extraño, y aquello de lo que cabe dar
cuenta, es esa alianza, esa unión de la contingencia y de la necesidad.
Evidentemente, no se trata de algo semejante entre familias, entre
historias, pero hay siempre uno, siempre hay una curiosa alianza de la
contingencia y de la necesidad. Algo semejante a la multitud descrita
por Valéry en la Ópera, donde, por grandes masas, cada uno, al mismo
tiempo que todos los demás, siente las mismas cosas íntimas y únicas.
Se tiene la impresión de que esos acontecimientos en Freud se re­
quieren necesariamente y forman parte del fondo permanente de la
neurosis, que en la contingencia del acontecimiento como tal se puede
leer la necesidad de la estructura, eso quiere decir en Freud Wirklich-
keit [la realidad].
Y precisamente porque la contingencia propia del acontecimiento
está prescrita, en su necesidad, por la estructura, pues bien, se produ­
cen siempre esos acontecimientos contingentes. O bien se producen en
la realidad, y cuando no se producen en la realidad, dice Freud, se los
fabrica a partir de esbozos que ofrece la realidad y que se completan
gracias al fantasma.
El concepto que Freud tiene de esta necesidad se relaciona con lo
que él designa como patrimonio filogenético de la humanidad. Mien­
tras que Lacan, por su parte, dice m ás sencillamente que los aconteci­
mientos son de estructura, que pertenecen a lo más central de la estruc­
tura del lenguaje, y que son como una puesta en escena mítica de lo
que impone la estructura del lenguaje, esto es, el borramiento de la li­
bido y el carácter inexistente de la relación sexual, puestos en escena
bajo las formas de la curiosidad respecto del coito parental y de la se­
ducción del adulto. Dicho de otro m odo, Lacan nos conduce hasta el
extremo de formular que hay acontecimientos de estructura.

Lévi-Strauss con Freud

Cuando estaba preparándoles esta semana el material que la última


vez no tuve oportunidad de presentarles, dados los vagabundeos por
donde los fui conduciendo, recibí por Internet -n o sólo me llegan las
publicidades habituales, las fechas, los correos que valen lo que valen-

63
f

JACQUES-ALAIN MILLER

este pequeño texto de una página de uno de nuestros colegas de Bar­


celona, Vicente Palomera, un viejo amigo, quien hizo una pequeña no­
ta para un boletín electrónico y tuvo el gesto amistoso de enviármelo
como primicia (' A contecim iento y estructura. Lévi-Strauss con
Freud"). Él descifra de manera sensacional el título del Encuentro In­
ternacional "La sesión analítica"; más exactamente el subtítulo, "Las
lógicas de la cura y el acontecimiento imprevisto". En el título pusimos
"événement impremí" porque en español el término acontecimiento no
tiene el mismo valor que événement en francés, y era entonces necesa­
rio precisarlo calificándolo de '"imprevisto". A causa de esto fue con­
signado imprevisto en francés.
Vicente Palomera descifra ese subtítulo, en el que reconoce con mu­
cha exactitud el ingrediente que yo le había puesto, esto es, la oposi­
ción entre la estructura y el acontecimiento. Y tiene la idea, perfecta­
mente atinada, de ir a consultar en El pensamiento salvaje de Lévi-
Strauss el capítulo que se llam a "La ciencia de lo concreto". Imagino
que ha sido conducido por algunas consideraciones que figuran en un
volumen colectivo titulado La Conversation d ’Arcachon [publicado en
castellano como Los inclasificables de la clínica psicoanalítica].
La oposición y la articulación entre la estructura y el acontecimien­
to son absolutamente nucleares en la perspectiva propiamente estruc-
turalista. Lévi-Strauss parte del rito, del ceremonial, que es el ejemplo
mismo, para él, de la exigencia de orden que está en la base de todo
pensamiento.
Es, por otra parte, lo que le encanta a Valéry en la Opera: todo el
mundo está bien ubicado en su lugar, como él dice, en el orden social.
No lo dice porque sea conservador, sino porque es realista y constata
cómo todo el mundo guarda su sitio, salvo en los momentos en los que
hay tumulto o hasta una revolución, que consiste en que unos vengan
al lugar de los otros, pero los lugares, como tales, siguen siendo los
mismos.
Y es así como los cortadores de cabeza, los revolucionarios s a t is -
cnlottes, como se llamaban con orgullo-, se transforman diez años des­
pués en condes, barones y marqueses. Es algo que vimos en Francia,
esto es historia francesa.
Cada cosa sagrada debe estar en su lugar. No es Lévi-Strausss
quien lo dice, sino que convoca a "un pensador indígena" de la tribu
de los panwnee de América del Norte. Ese pensador indígena dice lo
mismo que Lacan -otro pensador indígena, de nuestras tierras-. Seña-

64
EL INCONSCIENTE EN LA SESIÓN ANALÍTICA

Iemos de pasada el lugar prevalente del espacio, en la perspectiva es-


tructuralista. Todos esos problemas de lugar traducen la prevalencia
del esquema espacial. Para que se produzcan sustituciones en el mis­
mo lugar, permutaciones y desplazamientos tan veloces como se los
imagina, pues bien, es preciso que haya una referencia espacial.
Lévi-Strauss subraya la eminente función del ritual de asignar a ca­
da ser, a cada objeto, a cada aspecto mismo, un lugar en el interior de
una clase. Esto le basta, por otra parte, para fundar el parentesco en los
ritos, las creencias mágicas y la ciencia. Llega incluso a ver en los ritos
y en la magia "expresiones de un acto de fe en una ciencia que estaba
aún por nacer". Ve ahí alguna cosa como el mismo sujeto supuesto al
saber, la misma suposición de saber, y en el arte otro tanto.
Siguiendo esta vía -aquí sólo hago un comentario, para aludir a la
estructura del acontecimiento-, Lévi-Strauss compara el mito y el bri-
colage. ¿Que reposa en qué? En un conjunto finito de materiales hete-
róclitos reunidos según los acontecimientos, según la contingencia y
según el régimen del "de algo habrán de servir". He aquí lo que fun­
da el bricolage. No es tener la idea preconcebida de lo que se necesita,
sino acumular en función de lo que podrá servir un día.
Por otra parte, así preparo mis cursos. Acumulo cierto número de
cosas que pueden resultar útiles para encontrar mis referencias en los
usos del lapso. Y después llega un momento que, evidentemente, com­
porta cierta precipitación, donde voy a hurgar en mi tesoro para que
mi conferencia tome forma. Después, con el tiempo, aprendí que no
era necesario ocuparse demasiado de saber si todo estaba inmediata­
mente ajustado, que eso terminaría bien por servir un poco más tarde
y que se lo podrá retomar en poco tiempo.
Lo esencial desde el punto de vista de Lévi-Strauss es que exista el
tesoro, la reserva sincrónica, que no está totalmente organizada por el
proyecto particular -que vendrá quizá-, que pueda servir para algo, y
hay un momento en que el proyecto viene, se apodera del material y
luego lo organiza.
De manera muy elemental fue lo que hizo Duchamp. Debía de te­
ner en su casa un orinal -n o lo construyó- y, luego, lo puso sobre un
pedestal. Esto constituyó una obra de arte, desde entonces fue un ar­
tista. Toda la cuestión está ahí: ser reconocido como artista. Con la in­
terpretación pasa lo mismo: usted dice una tontería, y es una interpre­
tación si fue dicha por un analista. Esta puede ser seguramente una in­
terpretación malévola.

65
í
JACQUES-ALAIN MILLER

Comento así lo que Palomera ha introducido, ya que es la buena re­


ferencia. Lévi-Strauss dice: "Cada elemento representa un conjunto de
relaciones, a la vez concretas y virtuales: son operadores que se utilizan
con cualquier operación en el seno de un tipo. De la misma manera que
los elementos de la reflexión mítica [...]".
Esto nos da el concepto bastante preciso de tura libertad, la libertad
del proyecto, pero preconstreñida por la reserva en la que se apoya y a
partir de la cual moviliza los acontecimientos. Lévi-Strauss dice, con mu­
cha precisión, que el resultado -entre el tesoro y el proyecto- siempre se­
rá un compromiso, y la "realización del proyecto", como él se expresa -la
realización es un término muy importante en Lacan-, "estará siempre
dislocada con relación a la intención inicial". Subraya de paso que hay
allí un efecto propiamente surrealista, ese que los surrealistas bautizaron
con el nombre de "azar objetivo".
Esta es una pista que habré de seguir hasta el amor loco, versión del
amor que no figura en el cuadro de las cuatro formas descritas por
Stendhal.
Es así como, de la misma manera -explica Lévi-Strauss-, se cumple
la integración del acontecimiento en la es trac tur a, que se realiza la es­
pecie de metamorfosis maravillosa -q u e el arte realiza a su m odo- de
la contingencia a la necesidad. Encontramos allí el pasaje citado con
mucha pertinencia por Palomera:

Lo propio del pensamiento mítico como del bricolage en el plano


práctico consiste en elaborar conjuntos estructurados [...] utilizando re­
siduos y restos de acontecimientos; odds and ends [diría el inglés, ese es el
párrafo que cita Palomera porque adora el inglés y rellena su español con tér­
minos ingleses]; fue directamente allí donde en francés es cuestión de so­
bras y trozos de acontecimientos, testimonios fósiles de la historia de
un individuo o de una sociedad (página 119).

Al leer este pasaje, Palomera se sorprende -si leí bien- de que Lévi-
Strauss no cite a Freud, puesto que hay allí una perspectiva freudiana so­
bre la relación entre el acontecimiento y la estructura. Palomera encuen­
tra ahí, de manera sensacional, lo que llama la primera intuición del fan­
tasma en Freud en una carta a Fliess del 2 de mayo de 1897, un año des­
pués de La soirée avec monsieur Teste y después de la representación de Ubu
rey, donde Freud dice exactamente, a propósito de la construcción del
fantasma: "Las fantasías provienen de lo oído, entendido con posterioridad,
y desde luego son genuinas en todo su material" ("Carta 61", página 288).

66
EL INCONSCIENTE EN LA SESIÓN ANALÍTICA

Palom era d ice que d e eso se trata p re c isa m e n te en los resto s fó siles
de un d iscu rso antiguo y que la lógica fre u d ia n a d e la re la ció n e n tre el
acontecim iento y la estru ctu ra es la q u e re v istió de n u ev o L év i-S tra u ss
con el ejem plo tópico d el bricolage.
Freud p ien sa la tran sferen cia, que e s u n a co n tecim ien to d e e stru c ­
tura, a p artir del sín tom a y a p a rtir de s u in cid e n cia sobre lo s sín to m a s.
Es decir que la tran sferen cia les su stra e su sig n ifica ció n o rig in a ria , su
Bedeutung o rigin aria y se reorg an iza e n to rn o a u n n u ev o sen tid o , ein
neuer Sinn que consiste e n su relació n c o n la tran sferen cia.
Para Freud , so n dos co sas b ie n d istin ta s, e l in co n scien te co m o s is te ­
ma de rep resentaciones rep rim id as, in v e s tid a s p o r cierto, q u e p ro d u ce
efectos y eso s efectos son p e rfe cta m e n te sen sib les e n la rea lid a d p o r la
disrupción que in trod u cen, en fu n ció n d e la cu al la d am ita, la lo ca e n a ­
m orada de su m arid o -a q u í tenem os a l a m o r lo c o - se fab rica u n a e n ­
ferm edad sen sacion al para que é l no te n g a v erg ü en za fre n te a la s m u ­
camas; y lu ego, p o r otro lado, h a y una tra n sfere n cia que te stim o n ia d e
una incid encia lib id in al q u e p ro d u ce la reo rg a n iz a ció n sem á n tica d e
los síntom as.
¿Qué hace Lacan cuando trae el sujeto supuesto saber? El sujeto su­
puesto saber es una manera de decir lo inconsciente, y Lacan lo utiliza
más de una vez como su equivalente, pero esa formulación dice que lo
primero es el acontecimiento semántico, eso es lo que cuenta en primer
término, que los síntomas toman sentido en transferencia y que, a par­
tir del momento en que se viene a contar su síntoma a alguien en la po­
sición del análisis, hay una presuposición de sentido, el síntoma habla­
do comporta una presuposición de sentido que el médico, cuando no
es analista, debe aplastar, pisotear. El sujeto supuesto saber implica
que el efecto de sentido transferencial, primario, es el que -e n términos
de Lacan- ocupa el lugar del referente aún latente.
El Sinn ocupa el lugar de la Bedeutung que advendrá y se revelará,
ocupa el lugar de la satisfacción, del principio de la satisfacción, ocu­
pa el lugar de la significación de la satisfacción, todavía latente, que
terminará revelándose, que Lacan tomó del objeto a.
Por esa razón el camino va, para Lacan, como lo dice el título de
uno de sus seminarios, en otros tiempos mal impreso sobre la tapa. De
un Otro al otro, el primero con mayúscula y esto indica la vía del suje­
to supuesto saber, es decir, la cualidad primaria de la transferencia co­
mo acontecimiento semántico respecto de la aparición de la referencia
libidinal del a, que viene luego.

67
»

JACQUES-ALAIN MILLER

Es decir, la transferencia se produce en primer término al Otro que


no existe, a un Otro en general, a uno cualquiera, y ese Otro se encuen­
tra en el materna, en el algoritmo de la transferencia con el nombre de
significante cualquiera; es un Otro, cualquiera, que encama la función
semántica del Otro que dice "¿Q u é quiere decir eso?". Ese es el nivel
de la transferencia propio de Borges, en el sentido en que Borges no ce­
sa de repetir y de variar la proposición según la cual toda la humani­
dad está en un hombre, que toda la biblioteca universal está en un li­
bro, y que el pasado y el futuro de la humanidad están ahí en el pre­
sente, si se los sabe considerar en la buena posición, paseándose en au­
to descapotable por la Recoleta, el mundo y su misterio ya están cerca
nuestro, y toda la historia y lo absoluto.
No seamos enfáticos. Ese es el nivel de un Otro, es el nivel donde
hay alguien cualquiera antes q u e eso no se particularice y es asimismo
la distancia que hay entre la secta del Fénix, donde el amor está ausen­
te, donde sólo hay "cualquiera", donde existe el acto en su crudeza y
también en el refinamiento de su s secretos y, por otro lado, aquello que
examina Stendhal, esto es, ¿por qué este, por qué esta, por qué justo el
otro, con el artículo en singular?
Entonces, ahí está lo que comporta ese trayecto lacaniano, de un
Otro al otro, el trayecto del Sinn a la Bedeutung, el trayecto del sentido
al objeto, como el trayecto, en Freud, del síntoma al fantasma. Eviden­
temente, es una trayectoria orientada, que comporta, inscribe y necesi­
ta del factor tiempo.
Pero, es lo mismo, eso que Lacan presenta como el algoritmo de la
transferencia, con el tiempo inscrito en el hecho de que el referente toda­
vía latente terminará por revelarse -está la presentación sincrónica de
ese algoritmo-, corresponde en lo s cuatro discursos de Lacan al objeto a
ubicado sobre el saber-supuesto en el lugar de la verdad.

Arriba tenemos el factor libidina!, el elemento libidinal, y debajo la


suposición de saber. Lacan, en esta articulación, nos da la presentación
sincrónica de esas dos dimensiones adjuntas una a la otra, la referen­
cia al objeto y la suposición semántica; aquí presentada en la sincronía
de un solo tiempo.

68
EL INCONSCIENTE EN LA SESIÓN ANALÍTICA

El sujeto supuesto saber es el inconsciente, sin duda, pero no el in­


consciente tal como lo aborda Freud en sus Conferencias de introducción
al psicoanálisis, es el inconsciente que no es abordado como saber
preexistente, ya inscrito allí, productor de efectos.
El sujeto supuesto saber es el inconsciente en tanto le damos su es­
tatuto en la experiencia analítica, en el sentido propio, es decir, en la
sesión, en tanto le damos su estatuto propiamente fenomenológico, es
por allí que Lacan comenzó, por donde entra en la experiencia analíti­
ca, en la teoría. Comenzó con una tentativa de descripción fenomeno-
lógica de la experiencia psicoanalítica, que tuve la ocasión de comen­
tar -prácticamente he comentado todo de Lacan, salvo el tramo final-.
Esto se encuentra en "Más allá del 'principio de realidad'" -Escri­
tos, páginas 74-75-, un texto del joven Lacan, del Lacan que estaba aún
apasionado por Valéry y esta ficción presente en todas partes que es la
tesis de Valéry.
Pues bien, el sujeto supuesto saber pertenece a ese registro: se trata
del estatuto del inconsciente en la sesión analítica.
Ese es un inconsciente, no es el inconsciente de la dama de la man­
cha, de esa enamorada, es el inconsciente definido como sujeto y no co­
mo saber que ya está allí.
El inconsciente definido como sujeto se presenta, puesto que justa­
mente allí se trata de presentación, de una manera muy distinta del in­
consciente como saber; se presenta como obedeciendo a leyes, como un
automaton, esa es la acción obsesiva y se puede saber cuántas veces por
día la dama llamará a la mucama para que venga o no venga cerca del
pequeño mantel, hasta que la mucama se vaya porque está harta.
Se podrá entonces saber a qué hora viene a hacer eso, como el paseo
que hacía Kant: todo el mundo ponía en hora su reloj sobre esa base.
Ese es el inconsciente como saber, se sabe que eso se produce a una
hora prefijada, es una pequeña acción obsesiva y después otra: ¡es la
hora!, el inconsciente como sujeto, ¡por supuesto que es algo bien di­
ferente! ¡No tiene hora! Como el espíritu, sopla donde quiere, no res­
ponde a leyes, tiene una causa, y una causa está siempre ligeramente
desplazada, exactamente lo necesario para que se la pueda separar
del efecto, de otro modo no habría causa. Sólo hay causas en la medi­
da en que un pequeño empalme no se produce, y hay leyes, cuando
todo funciona, cuando todo anda bien, entonces uno desprende una
ley y, por lo demás, se descuida de que eso no se ensambla nunca del
todo exactamente. Pero hablamos de causa y efecto lo bastante para

69
JACQUES-ALAIN MILLER

que podamos individualizarlas y no estemos en la pura y simple


continuidad.
El inconsciente como sujeto, no es automaton, sino tyché, según la
oposición planteada por Aristóteles y explotada por Lacan en El semi­
nario 11. Se presenta como laguna, como discontinuidad, y no como
aquello susceptible de completar esa discontinuidad. Y es, sin embar­
go, de esa manera que Freud adora representar al inconsciente, como
aquello inferido a partir de efectos extraños, que resultan comprensi­
bles a partir del momento en que se admite el aporte de lo inconscien­
te, a partir de allí se comprende todo, es liso, continuo, es científico.
Por el contrario, aquello que Lacan privilegia como inconsciente no es
lo que llena la laguna, no es lo que vuelve a una hora prefijada, sino
eso que aparece cuando quiere y después se va a acostar, se cierra y
después vuelve.
Entonces, esto es el inconsciente como fenómeno, el inconsciente tal
como aparece en la sesión analítica, y además ¡es un fenómeno impo­
nente!

1 de diciembre de 1999

70
IV
El lapso , entre tiem po y espacio

Si les contara lo que me retuvo, lo que me hizo llegar tarde, ustedes


no me creerían; en realidad sólo se trata de lo habitual. Creo que toda­
vía no lo entiendo.
Les señalo que autoricé ese proyector, ese aparatito a cuyo servicio
se encuentra esta dama. El Conservatorio de Artes y Oficios desea apa­
rentemente fotografiar algunas de su s salas ocupadas, llenas, y pensé,
a modo de reconocimiento hacia la administración del Conservatorio
que tiene a bien alquilar esta sala al Departamento de Psicoanálisis de
la Universidad de París VIII, que podíam os soportar el inconveniente
menor de esta iluminación.
Me doy cuenta que este año d ecid í, sin saberlo, recibir el azar, aque­
llo que me aporte la fortuna, con una m ayor liberalidad que la habitual
en mí. Sin duda porque si uno tiene la estructura, la lógica, puede dar
cabida a lo imprevisto y ubicarlo en s u lugar. Dado que este curso in­
tegra el objetivo de responder a la invitación del título del Encuentro
Internacional a realizarse en el mes d e julio acerca de "La sesión analí­
tica", cuyo subtítulo es "Las lógicas d e la cura y del acontecimiento im­
previsto", sin duda me pareció conveniente dar el ejemplo de ese reci­
bimiento de lo imprevisto en el curso mismo que se ocupa de él.

El uso moderno de la lengua

Continúo, así, en ese estilo de divertimento que inauguré. No bus­


co el término lapso sino que, es preciso creer, es él quien me encuentra;

71
JACQUES-ALAIN MILLER

yo invito a buscarlo conmigo, puesto que es un término usual y el uso


nos aporta información. Entonces, ese término, sin que yo lo busque
hasta el presente, me encontró esta semana y se manifestó en un «s, en
un uso, en una acepción que m e dejó muy contento y esa satisfacción
me lleva a compartirlo con ustedes.
Me había prometido leer, o por lo menos recorrer en una primera
ocasión, el volumen de los É cnts critiques [Escritos críticos] de André
Gide publicado a comienzos de este año universitario por la Pléiade.
Había leído alguno de esos ensayos de crítica dispersos en diversas an­
tologías y hasta había com prado separatas de algunas conferencias de
Gide que tenían los viejos libreros, entre las cuales una -retomada en
ese volumen-, acerca de "La influencia en literatura", me había dejado
un recuerdo que retuvo mi atención.
Esperaba algo más de esa antología, una visión panorámica y, ade­
más, placer, el placer literario d e seguir en sus meandros a un eminen­
te conocedor de la lengua, alguien a quien podemos considerar un
maestro del uso moderno de la lengua francesa. Esta es una expresión
en cierta medida caída en desuso. ¿Qué se requiere para ser reconoci­
do como un maestro del uso moderno de la lengua francesa?
Es necesario sin duda, en prim er término, un conocimiento del an­
tiguo uso y aun de los usos antiguos de la lengua en su relación de de­
pendencia respecto de una jerarquía establecida, su diversidad, sus
transformaciones. Es preciso, además, un no sé qué, como se hubiera
dicho en tiempos de Gide, u na sensibilidad para la lengua, es necesa­
rio sentir ese maestro de la lengua y que esté de acuerdo, en consonan­
cia con el espíritu de la lengua, algo muy misterioso.
En efecto, a mi entender, sólo se reconoce verdaderamente a uno de
esos maestros del uso m oderno de la lengua, si es que los hubo des­
pués de Gide -e s una pregunta—, en la medida que procede, insensible­
mente, al aggiornamento de la lengua.
Me parece que hace falta aún otra cosa más. Es necesario que el su­
jeto en cuestión tenga precisamente una influencia sobre los espíritus,
sobre los locutores de la lengua, en los seres-hablantes (parlétres) de esa
lengua, a través de las ideas, los afectos y, como decimos nosotros, los
sentimientos.
Esto debe ocurrir de tal manera que sea verdad que actúe sobre el
uso que sus contemporáneos hacen de la lengua. Esto lleva a que para
ser un maestro del uso m oderno de la lengua, del uso contemporáneo
de la lengua, en todas las épocas, no baste con ser un buen gramático;

72
EL LAPSO, ENTRE TIEMPO Y ESPACIO

es necesario respetar a los buenos gramáticos, leerlos, pero maestros


de la lengua son Moliere, Corneille, Racine y La Fontaine -existieron
muchos maestros de la lengua en esa época-; no es Vaugelas, pese al
sentido exquisito de la lengua del que testimonian sus notas.
pues bien, André Gide estuvo por cierto entre ellos, entre esos
maestros; en todo caso, ocurre que ahora, por fin, en diciembre de
1999, podemos comenzar a hacer algunas proposiciones generales
acerca del siglo XX. Es poco probable que un acontecimiento imprevis­
to se produzca entre el 8 y el 31 de diciembre, cuya naturaleza nos obli­
gue a revisar fundamentalmente nuestra visión del siglo. Toquemos
madera, no sabemos todavía qué puede producirse en ese lapso, qui­
zá nos están reservadas sorpresas in-extreniis, malas sorpresas, con to­
dos esos misiles nucleares que se pasean, un tanto incontrolados, por
el lado de Europa del este, no sabemos qué puede ocurrir.
Gide no fue el más grande novelista del siglo, lejos de eso. Escribió
Sótanos del Vaticano y algunos cuentos, pero no fue el más grande pen­
sador, ni tampoco el crítico más grande y por cierto tampoco el poeta
más grande, sí fue un maestro de la lengua y de la sensibilidad france­
sa; yo adoro esas expresiones desusadas, que no son tan antiguas.
Por esa razón sus escritos autobiográficos y su Diario perduran en
un primer plano de su posteridad. Fue para sus contemporáneos -y
nadie lo fue tanto como él en el siglo X X - la norma viviente de la len­
gua francesa, a un tiempo que desviado, como lo saben, en cuanto a los
usos sexuales. "Desviado", entre comillas; si bien en su práctica sexual
no encarna la norma, sí lo hace en lo que concierne a la lengua.
Abordo aquí, aceptando la contingencia de esto que me llega a las
manos, un tema que debe retenemos: el de la lengua y el tiempo. Se
trata precisamente de eso, del hecho que la lengua se mueve, cambia,
conoce el tiempo y, sin duda, no se la puede definir en modo alguno
sin hacer entrar en línea de cuentas el factor tiempo.
Tomemos esta definición extraída del "Atolondradicho", cuyo co­
mentario tuve la ocasión de hacer en otro momento.

Una lengua entre otras -n o s dice Lacan- no es otra cosa sino la in­
tegral de los equívocos que de su historia persisten en ella. Es la veta en
la que lo real, el único para el discurso analítico que motiva su desen­
lace, lo real de que no hay relación sexual, ha dejado su sedimento en
el curso de los siglos (página 63).

73
JACQUES-ALAIN MILLER

Precisamente allí está la cuestión, en el hecho de que haya una in­


cidencia del transcurso de las edades en la vida. No hay ejemplo don­
de esto haya sido localizado con m ayor exactitud, donde haya dado
lugar a más debate y pasión que la lengua francesa, precisamente por­
que el maestro encarnó allí la norma de la lengua, delegó un cuerpo es­
pecializado para cuidarla. Que ese cuerpo, quiero decir la Academia,
sea incapaz de hacerla valer, no quita que estaba encargada de eso. Es
completamente única en esta función y comprenderlo nos conduciría
a la extraordinaria operación política del discurso del amo producida
en el siglo clásico, entre Luis XIII y Luis XIV, y que dio una forma en
extremo durable al ser en el mundo francés.
Las manifestaciones del inconsciente en la lengua francesa conti­
núan llevando esa marca. Cuando tratemos aquí el tema de la lengua y
del tiempo tendremos que reconsiderar lo que se dio en llamar, sin con­
sideración precisamente, la vida del lenguaje, sus modificaciones, las
transformaciones que no se sitúan, hablando con propiedad, a nivel del
lenguaje, sino a nivel de la lengua y donde no se trata de la vida, sino
de otra cosa que es preciso delimitar. En ese término "vida" -inapropia­
do, por otra parte- no está en cuestión la biología. Si queremos ocupar­
nos del tiempo y de la vida, tenemos allí otro tema y será necesario con­
siderar, rectificar, por ejemplo, el término "evolución", según el cual se
intenta nombrar eso, el tiempo de la naturaleza, el de la vida. Desde
nuestra perspectiva, tampoco este último término resulta del todo apro­
piado, incluso si el discurso analítico se apoyó en ese concepto.
Volvamos a eso que encontré como lapso, ¡lo que encontré! Lo que
me encontró -el lapso me encontró en mi lectura-, veamos cómo pro­
cedí para que me encuentre. Simplemente, comencé a leer el prefacio
del editor un poco largo, me tomó bastante tiempo y luego me detuve
allí donde evoca hasta qué punto Baudelaire era, todavía en 1920, se­
veramente criticado y hasta pisoteado por las voces de los críticos más
autorizados de la época.
No sé si esos nombres les dicen algo a ustedes -Brunetiére, Faguet-;
a mí sí, sobre todo porque eran citas que se encontraban al final de los
textos clásicos, en las pequeñas ediciones escolares de los años cin­
cuenta, donde algunas palabras eran puestas de relieve. Hasta tuve la
curiosidad de ir a comprar -siem pre en esas viejas librerías, porque se
trata de algo que ya no se reedita- los Ensayos críticos de Faguet, el se­
ñor Faguet, y Brunetiére, texto que por cierto dominó el examen críti­
co de las obras hacia el fin del siglo XIX.
F
.
EL LAPSO, ENTRE TIEM PO Y ESPACIO

¿A ustedes les dice algo? ¡Eso depende! De todos modos, dándolo


por sentado, fui a leer el artículo de Gide, fechado en 1910, "Baudelaire
y el señor Faguet" -¡es preciso que lo s domingos sirvan para algo!-,
donde Gide responde a un artículo de Faguet; no tuve tiempo de pro­
curarme este último, aparecido el 1 de septiembre del mismo año, don­
de, según las citas hechas por Gide, Faguet explicaba que él era un con­
temporáneo de Baudelaire, no estaba tan lejos. Dice al respecto: "C o­
mencé a leer los nuevos poetas cuando Las flores del mal no tenían más
de cinco años de existencia", un contemporáneo.
El señor Faguet da testimonio, según una modalidad liberal en
1920, de su estupefacción ante el hecho de que Baudelaire no haya zo­
zobrado, puesto que en su lectura adolescente de Las flores del mal, él se
había dicho que no podría sostenerse. Sin embargo, se mantuvo para
esa generación y para la siguiente -estam os ya en la tercera generación
y Baudelaire sigue estando allí—.
Al procurar hacer fracasar verdaderamente a Baudelaire, este
maestro de la crítica explica en ese texto -hasta qué punto no debía es­
tar seguro de lo que decía, puesto que Brunetiére había dicho ya casi
lo mismo- que Baudelaire no tiene ni idea y, sobre todo, es muy a me­
nudo muy mal escritor, su lengua es abundante en impropiedades, en
torpezas, en pesadez y chatura -se trata de una cita-.
Me gustaría por cierto leer íntegramente el artículo de Faguet, lo
encuentro refrescante. Baudelaire es una estrella en el firmamento de
la literatura francesa, no tanto tiempo después es un intocable, ¡¿y aca­
so se publica hoy una sola línea que diga algo concerniente al señor Fa­
guet?! Digo que es refrescante, ya que uno se da cuenta que eso no es­
tá desde siempre en el cielo de las ideas ni en el de la literatura france­
sa, en absoluto, sino que es al fin de cuentas bastante reciente.
Lo que aparece allí como omnítemporal, para siempre y quizá desde
siempre, esto es, ese alguien en conocimiento de que el pequeño Baude­
laire llegaría a ser uno de los más grandes escritores franceses, no tiene
en absoluto ese perfil. Es una operación que intervino allí porque la gen­
te no creyó ciegamente en el señor Brunetiére ni en el señor Faguet. En­
tonces, ese tipo de estrellas, durante su vida y aun durante un pedacito
de tiempo después, reciben sobre todo barro. Pero, felizmente, hay un
buen número de personas que confía en el propio buen gusto, si de eso
se trata, y logran que el acontecimiento Baudelaire no resulte borrado.
En todo caso, si me remito a lo que circulaba por el liceo en esa épo­
ca, Faguet había perdido claramente, ya estaba jugado en los años cin­

75
JACQUES-ALAIN MILLER

cuenta. Supongo, en efecto, que e l operador que consagró a Baudelaire


fue Lagarde y Michard, esos d os seguidores de importancia tan mar­
cada en el dominio de los estudios literarios, quienes habían tomado el
partido de Gide en lo que respecta a Baudelaire.
Por esa razón es preciso leer los manuales de literatura, resultan
muy interesantes. Además, un espíritu fino, que Lacan había conocido
cuando ese espíritu era aún m u y joven -lo menciona, según creo, en
los Escritos-, cronista todavía hoy, Bemard Frank, es el único cronista
literario que prepara largos artículos acerca de esos manuales, cuya
importancia en la formación del gusto ha identificado.
Todos aquellos que cursaron los años del liceo en esta última terce­
ra o cuarta parte del siglo, supongo que la mayor parte de entre ellos,
ustedes, aquí mismo, son productos de Lagarde y Michard.

La espuma de los días

Es allí donde Gide formula su objeción, en el terreno de las ideas, en


el de la lengua propiamente dicha. En cuanto a las ideas, desarrolla su
exposición a partir de la siguiente frase: "En arte, donde la expresión es
todo lo que cuenta, las ideas sólo parecen jóvenes durante quince días".
Es bonito este punto de vista que hace de la idea una rosa, el pun­
to de vista que, lejos de celebrar la duración de la idea, celebra, desde
la perspectiva literaria, su fragilidad, su condición de devenir obsole­
ta. Esta misma frase se inspira e n una estética temporal, desde este án­
gulo la misma que la de Valéry, según la cual lo durable en arte es la
forma, mientras que la idea es perecedera. Se desprende de allí la no­
ción del tiempo como discriminador, tan importante no sólo en los
asuntos de crítica literaria, sino también en los del campo artístico.
También es la ocasión de subrayar esa noción en cuanto nos concier­
ne, para saber darle su lugar. Se trata de un concepto del que nos servi­
mos sin prestarle demasiada atención, acordándole a la cualidad de du­
rable un valor especial. Allí se inspiran, por ejemplo, las dos páginas de
Valéry acerca de Bossuet tan divertidas, tan bromistas, donde explica
que no le importa en absoluto la temática de Bossuet, por completo de­
susada, ya no se sabe para nada qué quiere decir, nunca se lo volverá a
encontrar, todo eso pasó, pero lo que queda es la gran forma retórica de
Bossuet y, respecto dé ella, sí es preciso ver cómo fue recibido ese punto
de vista en su época, cuando el partido católico tenía en Francia una pre-

76
EL LAPSO, ENTRE TIEMPO Y ESPACIO

senda y una profundidad en el tono que, ¡desdichadamente!, perdió.


No fue bien recibido y ese artículo, esa broma de Valéry, termina con
esta frase, sujeto-verbo: el arca permanece,1 permanece el arca, el arca
significante de Bossuet, el arca vacía donde ya no está Dios, Dios sólo
era un significado y, como tal, se evacúa.
Queda el arca vacía del significante, pero es ella la que atraviesa el
tiempo que queda. No es cuestión de los días pasan y yo permanezco,
sino que los días pasan y el significante permanece. Si se quiere apren­
der la diferencia entre significante y significado, es necesario leer este
texto de Valéry acerca de Bossuet.
Se enuncia en él por connotación, por colusión, que finalmente só­
lo el significante es sano, sagrado en su arca, es un vacío. No es que só­
lo la tumba de Cristo está vacía, sino que la tumba significante magní­
fica sólo recubre vacuidad.
En consecuencia, en esta estética se puede decir que la verdad esté­
tica está del lado de lo durable. Finalmente, ese valor acordado a lo du­
rable es de todas formas un valor platónico, siempre fundado sobre la
idea, ya no se trata allí de las pequeñas ideas así no más, sino de la
"Idea", con una "l" mayúscula. Allí está, en esa estética, opuesta a eso
que es la santa espuma del día.

Idea / / Espuma

Desde este punto de vista, se trata de una estética platónica y, por


lo demás, reencontraremos un poco después la espuma de los días.
Es una manera de introducir ya ese tema mayor de las relaciones
entre la verdad y el tiempo, la noción según la cual la verdad sería
aquello que dura, eterna, o bien, para los más prudentes, omnitempo-
ral, mientras que la mentira quedaría sometida a variaciones, sería del
orden de la espuma.
Es cierto, si ligamos la verdad a lo durable, tenemos algo obligato­
rio; cuando tomamos como referencia un poco elemental a la verdad
matemática, del tipo dos más dos igual a cuatro, en efecto esto es, po­
demos decirlo, verdadero para siempre, y siempre lo fue. Así y todo es
un juicio sin duda por clasificar.

1. "Demeure"-. verbo "quedar"; "residir"; "perm anecer" y sustantivo "inorada". [N.


de la T.]

77
JACQUES-ALAIN MILLER

Hay asimismo verdades matemáticas de un orden más elevado que


conocen transformaciones en el correr del tiempo. Este tiene una fun­
ción por completo presente en las matemáticas, aunque más no sea el
tiempo necesario para demostrar un teorema bien elegido, demostrar­
lo y, cuando algo importante ha sido olvidado, volver a demostrarlo,
como ha ocurrido recientemente con el teorema de Fermat.
Entonces, cuando se tiene una idea simple de la verdad matemáti­
ca, la verdad y el tiempo, sí, son dos cosas distintas. Uno podría ima­
ginar que la verdad no conoce el tiempo, quizá es esto mismo lo que
inspiró en Freud la idea según la cual lo inconsciente tampoco conocía
el tiempo.
Pero, evidentemente, hay una verdad, hay otro aspecto de las cosas.
El aspecto de la verdad variable, temporal o temporalizada, que no es
la mentira.
Por supuesto, cuando Don Juan le va a decir a Marión "Te amo",
y, un poco más tarde, le dice a Marinette "E s a tí a quien amo", se pue­
de considerar que son mentiras. Por lo demás, es algo discutible por­
que él sigue siendo el mismo, quiere serle agradable a Marión y des­
pués quiere serle agradable a Marinette y en eso permanece constan­
te. Pero bueno, admitamos, dejemos de lado este ejemplo que suscita­
rá controversias.
La verdad variable no es la mentira. Se trata de algo abordado a ni­
vel del espacio cuando Pascal, ya en su momento, remarca que la ver­
dad no era la misma más acá o más allá de los Pirineos. El valorizaba
así la propiedad de los Pirineos, aún cuando esto tenga que ver sin du­
da con la relación especial establecida por entonces entre la monarquía
francesa y la española, que incluía cierto tipo de conflicto. Por eso ha­
bla de los Pirineos y no, como hubiera podido hacerlo, de la Mancha,
más acá o más allá de la Mancha.
Habló de los Pirineos porque había una relación especialmente entre­
lazada, compleja, entre Francia y España por entonces, cierta disputa
por objetos preciosos, entre ellos, a título eminente, la Cataluña. Fue ne­
cesario el Campo Freudíano para que verdaderamente la Cataluña entre
en el mismo conjunto integrado por nosotros y otras comarcas, pero el
país del psicoanálisis es de todos modos muy reciente, muy frágil.
Pascal habló entonces conceptualmente. No son los Pirineos los que
cuentan sino destacar el carácter variable de la verdad según el espa­
cio. Pero además, en-esa frase donde todo está dicho, porque tenemos
allí la verdad variable puesta en evidencia, ridiculizada, por cuanto

78
EL LAPSO, ENTRE TIEM PO Y ESPACIO

basta cruzar una frontera, abrirse p aso en la montaña y la verdad ya


cambió, se plantea la pregunta: ¿qué son esas verdades? Pavadas, dice
Pascal, mientras que, si seguimos el hilo de su pensamiento, hay una
verdad, ya sea que esté más allá, m ás acá, hay una verdad allá arriba
-por eso elige una m ontaña- que enseña a mirar mucho más alto que
los Pirineos. Allí hay una verdad que no se mueve, que atraviesa el
tiempo.
Podríamos discutir acerca de esto, porque evidentemente es una
verdad eterna que integra el acontecimiento por excelencia, que es la
llegada de Cristo desde su Inmaculada Concepción.
Señalaré que digo esto el 8 de diciembre. No sé si todo el mundo to­
mó nota del hecho de que se trata del d ía de la Inmaculada Concepción.
¿Quién lo sabía? ¡Ah! ¡Así y todo algunos, no muchos! En Italia, to­
dos lo saben, porque ese día es feriado. Es 11 Giorno dell 'Immacolata, el
día de la Inmaculada Concepción.
Volviendo al señor Faguet, él quería personajes, gente, gran espec­
táculo, quería -supongo y o - el tecnicolor a lo Víctor Hugo, quería el
poema histórico como un gran espectáculo, la pantalla tridimensional.
En fin, Hugo, quien también sabía, p o r supuesto, pintar la intimidad y
hacer épica a la vaca.
Pero en relación con esto, Baudelaire con la transeúnte, Baudelaire
con la gigante, Baudelaire con los olores, con los gatos, era para el se­
ñor Faguet ausencia de la idea, Baudelaire gato.

Una erudita imprecisión

Esta afinnadón queda refutada p or Gide y llegamos al punto relati­


vo a la expresión. La cuestión es saber si el señor Baudelaire se expresa
bien o mal en francés. Entonces, hay u n proceso en su contra, en el que
se le reprocha la impropiedad. Gide cita a Brunetiére, quien ya lo había
dicho antes que Faguet, críticos de gran mérito que se consagraron al in­
tento de demoler a Baudelaire. Gide d ice estar en deuda con ellos, con
esos herederos de Sainte-Beuve, cuya grandeza no alcanza esa altura re­
verenciada por Gide. Es él quien habla en algún sitio, creo, de la emo­
ción que lo embargaba cuando iba a visitar la pequeña casa donde Sain­
te-Beuve, todas las semanas, trabajaba invariablemente su artículo de
crítica para el Constitutionnel. Siempre está allí esa casa, con una placa,
en la Rué de Montpamasse, paso delante de ella con frecuencia.

79
JACQUES-ALAIN MILLER

Entonces, Brunetiére, no cualquiera, escribía: "Baudelaire, este


hombre está genialmente dotado de la debilidad y la impropiedad de
la expresión". ¡Baudelaire! Y G ide responde en los siguientes térmi­
nos: "Es cierto que la poesía de Baudelaire, y allí reside precisamente
su potencia, busca en el lector una suerte de connivencia, invita a la
colaboración".
Es muy bonito esto, esta noción según la cual el poeta establece una
connivencia con el lector, incitándolo a colaborar con él, porque sin el
vocabulario técnico usado por nosotros y que nos usa, queda designa­
do allí un modo de absorción d el sujeto por el texto, la aptitud que tie­
nen algunos de ellos para instrumentalizar al sujeto, hacerlo trabajar,
ponerlo a contribución. N osotros traduciríamos la observación, que
bajo esta forma delicada aporta Gide, como el significante que instru­
menta al sujeto. Preferimos decirlo así, porque en esos términos nos
ubicamos en la cuestión, aunque sea mucho más bonito decir: se trata
de buscar en el lector una especie de connivencia que invita a la cola­
boración. En un texto de 1910 - y no en los artículos de 1940 de Gide-
figura este término de colaboración en el que estuve pensando.
Si prestan atención, se trata exactamente del mismo concepto que
encontramos en el comienzo de los Escritos de Lacan, inspirado en la
última frase de la obertura. P ara esos Escritos -d ice allí Lacan-, le lle­
vó tiempo reunir toda esa cantidad de papeles, todos esos pequeños
apartados para llegar al volum en de los Escritos, etcétera. Al fin y al
cabo, el editor le pidió que presentara ese revoltijo de textos y enton­
ces Lacan, que tema también otras cosas que hacer, en particular su Se­
minario, además de asegurar su práctica, se rezagó un poco, de mane­
ra que el editor mandó im prim ir esos textos sin dejar más de una pá­
gina en blanco. Debió de pensar que Lacan aportaría tres líneas y asun­
to terminado. Ocurre que escribió algo un poco más largo, pero de to­
dos modos no quedaba sino la página prevista en un comienzo. Es por
eso que en los Escritos la obertura aparece impresa en un cuerpo de le­
tra más pequeño, más apretado. También se había pensado que el tex­
to destinado a presentar la edición estaría impreso en ese tipo de letra.
Entonces, aportó ese pequeño texto y con él tomamos en verdad
conocimiento de cuál era el estado de ánimo de Lacan, qué quería co­
municar en el momento mismo en el que concluía los Escritos. Eso que
se cerraba allí reaparecería poco tiempo después y era, a pesar de to­
do, una botella al maf. Era necesaria toda la sensibilidad del editor de
entonces, Franqois Wahl, a quien quiero rendirle homenaje, para cap­

80
EL LAPSO, ENTRE TIEMPO Y ESPACIO

tar que ese adoquín, que se hubiera podido decir que era ilegible, se­
ría un éxito.
Com o L acan lo subraya, no fue u n in ten to de lectu ra, p ero se com ­
pró, d esd e este pu nto de vista, fue lan zad o en e l b u en m om en to.
Lacan termina esta pequeña obertura, entonces, verdaderamente z'n
the jaws o f the press, en el momento mismo en que interviene la máqui­
na de imprenta, cuando se imprime de inmediato eso que uno acaba
de escribir, y termina diciendo que con esos Escritos entiende -lo cito-
"[...] llevar al lector a una consecuencia en la que le sea preciso poner
de su parte" ("Obertura...", página 4).
Es decir que, precisamente, está obligado a decirlo y, además, no se
siente molesto por eso, no es tímido, busca la connivencia, invita al lec­
tor a la colaboración y un poco más, lo invita a poner algo de su parte,
a pagar con su persona.
Si comparamos estas formulaciones de Lacan con las de Gide, ha­
bría al respecto mucho para decir. Observen que Lacan, cuando un li­
bro aparece en librería, sabe que es un libro, se dirige al lector; dice, al
igual que Gide: "buscar al lector". Punto en el cual no vale la pena vol­
ver a la carga con aquello de "únicamente los psicoanalistas... ", ¡no! Es
un libro, un libro tiene lectores o no los tiene, en todo caso su partenaire
es el lector, a quien se dirige explícitamente Lacan.
Se puede decir que en ese caso, la consecuencia, llamada por él de
acción, no consiste exactamente en la connivencia emocional aludida
por Gide. Y, por otra parte, se podría decir también que es Gide quien
afirma la necesidad de colaboración por parte del lector, no Baudelaire,
en tanto Lacan fuerza un poco esa afirmación: considera que el lector
tiene que colaborar, subraya, lo fuerza un poco. Podría darlo a enten­
der, quizá, antes que enunciarlo así, pero ése es Lacan, no permite dar
brincos, como él decía, no sé qué es la libertad.
Se puede decir que cuando se toman excesivas precauciones res­
pecto de la libertad del otro, pues bien, es porque a uno no le importa
nada de ese otro. "Te dejo tu libertad", ¿qué quiere decir esto en fran­
cés? Quiere decir: "Haz lo que quieras". Por el contrario, cuando al­
guien importa, uno no le deja hacer necesariamente lo que él quiere. Si
respetáramos la libertad de los analizantes, ¿adonde iríamos a parar?
Están todo el tiempo diciéndoles que por tal razón ustedes no les gus­
taron, les dijeron algo desagradable. La interpretación no está hecha
para complacerlos, entonces se pronuncian: "¡Si es así, no vendré
más!". ¿Ustedes van a responderles: "Tiene toda su libertad"? Pueden
í- I

I
JACQUES-ALAIN MILLER

i
hacerlo si piensan que eso, justamente, los hará volver. Pero en cuanto
concierne a la posición del analista, en efecto, encontramos esto que se
hace sentir a través de esa pequeña frase de Lacan, a saber: ¡se trata de
hacer ese trabajo seriamente, chicos! No vayan a creer que este libro es­
tá hecho para recorrerlo, está hecho para ser leído.
Esta frase, además de su acento muy específico en cuanto al discur­
so psicoanalítico, constituye un gran tópico literario. Ella daría lugar a
infinitos comentarios, conduciría al lector a una consecuencia donde
será necesario que él ponga algo propio porque hasta el enunciado
mismo de la regla analítica constituye ese género de proposición, de
encadenamiento del significante que obliga a poner algo propio.
Entonces, Gide continúa y aparece el lapso: "La aparente impropie­
dad de los términos que irritará tanto a ciertos críticos, esta erudita
imprecisión que Racine usara ya como maestro" -por mi parte, soy sen­
sible a esta alianza entre el uso y la gran habilidad-. Precisamente, la
figura de los maestros del uso evocada al comienzo muestra que el uso
concierne a la aplicación, no a la teoría. En ese registro, hay algo cuyo
aprendizaje sólo tiene lugar en contacto con un maestro, con alguien que
sabe arreglárselas con eso y que no se transmite como el saber teórico.
Algo de ese mismo registro encontramos en el psicoanálisis. Se ha­
bla de supervisión. ¡Qué término! Allí, se tiene la impresión de que el
otro viene para ajustar los tornillos: "Muéstreme lo que hizo... No, no
es así, para nada, ¡fuera!". Eso que damos en llamar supervisión con­
siste en referirse a alguien que debiera ser maestro del uso, pero, evi­
dentemente, como se trata de lo inconsciente, acaso es preciso decir
cuál es el buen momento para los maestros...
Digamos que, aquí, "m aestro" es alguien que sabe arreglárselas con
el kairós, que sabe hacer allí con lo imprevisto. ¿Cómo se aprende esto,
es decir, este saber hacer con algo respecto de lo cual no se puede
enunciar una regla preestablecida? Cada vez que él diga esto, usted di­
rá aquello, ¡y todo andará muy bien! No es así, uno debe deslizarse en
el momento, después se debe estar verdaderamente listo, con los mús­
culos preparados para atrapar a la presa, el animal, cuando llegue ese
momento siempre imprevisible.
Se trata, precisamente, de capturar aquello que no responde a una
regla. En materia de arte, Kant situó bien la función en estos términos:
saber Hacer allí y hacer bien cuando no hay reglas.
Continúo: "[...] estaem d ita imprecisión que Racine usara ya como
maestro". Aquí se abre un bulevar delante de nosotros, la erudita im-

82
EL LAPSO, ENTRE TIEM PO Y ESPACIO

precisión de Racine, la manera según la cual Racine elige justamente


entre sus términos más vagos, produciendo un efecto de ensordeci­
miento. Algún crítico escribió un artículo muy lindo acerca del voca­
bulario de Racine y de este efecto.
"Esta erudita imprecisión que Racine ya usara como maestro y de
la que Verlaine hará una de las condiciones de su poesía". Gide se re­
fiere a un poeta célebre del arte poético. "Sobre todo, no se te ocurra
elegir tus palabras sin alguna equivocación."
Es un término lacaniano, la "equivocación". El único artículo de su
autoría donde figura el sujeto supuesto saber, lo incluye en su título:
"La equivocación del sujeto supuesto saber", algo que nos enseña mu­
cho aquí, justamente porque según Verlaine lo explica, el poeta es
quien busca en ese punto cierta equivocación.
No se trata de la equivocación del lapsus, ese que nos cae encima y
nos sorprende, no, es la equivocación buscada por el significante, la
equivocación organizada. Y es precisamente por esa vía que el escritor
puede ganarle de mano a lo inconsciente, como se expresa Lacan a pro­
pósito del chiste, al final de Televisión. A llí reside toda la distancia en­
tre la equivocación padecida, patológica, el paterna de la equivocación,
y esta otra equivocación calculada d e Verlaine.

La aparente impropiedad de los térm inos [...] esta erudita impreci­


sión que Racine [...] y que Verlaine h a rá una de las condidones de su
poesía, este espaciamiento, este lapso [¡bravo!] entre imagen e idea, en­
tre la palabra y la cosa, es precisamente el lugar que la emoción poéti­
ca podrá venir a habitar.

¡Muy bien! Fíjense dónde Gide, m aestro del uso moderno de la len­
gua, usa el lapso y con qué valor. Lo utiliza yuxtapuesto a espaciamien­
to, es decir que desplaza el término lapso, normalmente soldado al
tiempo en la lengua -suele decirse " u n lapso de tiem po"-; pues bien,
él lo toma y lo introduce en las connotaciones del espacio.
Hay abismos allí, porque un poco más tarde, dice que, cuando es­
taba -creo y o - en la escuela, el profesor le decía: "Señor Gide, usted
ignora que en la lengua hay palabras que van juntas y las utiliza se­
paradas unas de otras". Pues bien, a h í uno se dice: debe de haber un
cálculo en esa opción por el lapso que, ubicado normalmente, en el
uso regulado de la lengua del lado del tiempo, es desplazado del la­
do del espacio.

83
1

JACQUES-ALAIN MILLER

Pero, al mismo tiempo, ese uso generalizado del lapso merece per­
manecer como tal, válido tanto para el tiempo como para el espacio y
calificando, aquí, una distancia entre la imagen y la idea, entre la pala­
bra y la cosa.
En el lapso está el deslizam iento, pero en cierta medida tomado, fi­
jado y, de esa manera, espacializado. Me esforzaré para que este uso
gideano del término lapso, este uso generalizado, llegue a tocar aun­
que más no sea un poco la lengua francesa, acordándole nuevo vigor
al lapso.
Cuando uno quiere hacer eso, fracasa siempre. Lacan. había queri­
do, enojado como estaba con el director de la Escuela Normal Superior,
tuvo con él un mal gesto, que el nombre de ese director tomara el sen­
tido, en la lengua francesa, de trapo de piso. Lo propuso a la misma Es­
cuela Normal, algo que no pareció una cortesía.
Pero fracasó, eso no ocurrió. Yo recuerdo el nombre de ese director
-m e cuidaré mucho de pronunciarlo aquí-; se hubiera vuelto inmortal,
evidentemente, si ese intento hubiera tenido éxito, como ocurrió con el
señor Basura. Pero fracasó, ¡y quizá el lapso va a fracasar también!
Aquí no es cuestión de injuria, no se dice "¡Pequeña cabeza de lap­
so!". Entonces, en este punto G ide busca, tal como él lo dice muy bien,
atrapar el efecto poético. Sitúa ese lapso entre las palabras y las cosas.
Son las palabras y las cosas las que componen, a través de cierta con­
tingencia, el título del célebre libro de Michel Foucault. Él quería lla­
marlo de otro modo, "El orden d e las cosas", pero era un título ya exis­
tente y entonces optó por: Las palabras y las cosas.
Aquí se trata de las palabras, las cosas y el lapso. Quizá sea necesa­
rio deslizar esto aquí. Gide apunta al uso no referencia! del lenguaje,
aquel que no permite encontrar la cosa, mientras que el valor esencial
del uso referencial es llegar a encontrarla, algo que puede resultar
complicado, como les di el ejemplo. Cuando se trata de indicar el ca­
mino donde encontrar las cosas, no se puede tener una eradita impre­
cisión, salvo si quieren que el m uchacho a quien indican el camino se
pierda, como ocurre con frecuencia aun cuando no lo sepan.
En el uso referencial uno trata, por el contrario, de reducir el lapso
entre la palabra y la cosa. Evidentemente, cuando intentamos hacer es­
to, se producen ampulosidades terribles en el lenguaje. Resulta mucho
más natural para el lenguaje, finalmente, dejar que el lapso se instale
con tranquilidad. Es necesario, p o r cierto, retorcer el lenguaje y en ese
momento se hace visible que le ponemos un corsé para forzarlo a ser

84
EL LAPSO, ENTRE TIEMPO Y ESPACIO

referencial. Estamos obligados a hacerlo, al parecer, en el plano del dis­


curso jurídico. Allí es necesario poner etiquetas a los objetos, y deci­
mos: cuerpo del delito número tal. Lo mostramos. A veces hay equivo­
caciones en las etiquetas y en lugar de mostrar el arma del crimen, se
muestra un chupetín.

Poesía y derecho

En el discurso jurídico se procura justamente impedir el efecto


poético, se deja el efecto poético para el gran alegato, la gran retóri­
ca capaz de tocar el corazón de los jueces para que el triple asesino
salga felicitado por el jurado. No hace mucho se vio a un doble ase­
sino, que no nombraré, salir de un tribunal americano con las felici­
taciones del jurado. ¿Quieren su nombre? O. J. Simpson, ahí está. Es­
to no impresionó a nadie aquí, pero en los Estados Unidos, durante
varios meses, todo el mundo estaba pegado a la televisión para ver
si un señor, sospechado de haber cometido un crimen, iba a lograr
salir del apuro gracias al discurso de sus abogados, gracias al signi­
ficante.
Era un triunfo del significante contra un triunfo de la verdad, de
una verdad especial, sin duda, una verdad contra las costumbres. Na­
die dudaba de la efectividad del asunto, pero cierto tipo de solidari­
dad, más acá de los Pirineos, sumado al dominio significante, hicieron
posible el triunfo ante una nación que estaba con todo, es preciso de­
cirlo, pasmada de admiración, no sólo por la audacia del crimen, prac­
ticado con cierta frecuencia en ese país -y allí, verdaderamente, había
uno, su mujer no hacía lo que él quería; mujer de la que, por otra par­
te, estaba separado, no estaba en la fid es- La encuentran atravesada a
puñaladas. Y el muchacho sale del apuro. Como pueden bien imagi­
nar, a nivel fantasmático esto encantó absolutamente a la población.
Terminarán levantándole estatuas.
Entonces allí, justamente, se veía todo cuanto era necesario hacer
con el uso referencial del lenguaje, la designación exacta gracias a la
cual uno cae sobre ese y no otro es esencial; caer sobre el falso culpa­
ble, como dice Hitchcock.
Se trata entonces ante todo, en este uso, de poder reconocer el obje­
to. Ese objeto puede ser alguien, un sujeto o bien un objeto a recono­
cer; es cuestión de la referencia del discurso sin equívocos ni impreci-

85
JACQUES-ALAIN MILLER

siones, de una manera infalible. En suma, un uso del lenguaje situado


en el ángulo del reconocimiento. Para poder decir "es ese".
En todo uso no referencial del lenguaje, podemos decir, habita ya el
efecto poético. En un extremo, entonces, la poesía y en el otro el dere­
cho, gracias a lo cual, por supuesto, hay una poesía propia del derecho.
Y, además, sin duda, hay también un derecho en la poesía, puesto
que hay cánones, formas a respetar, y en un momento dado se luchaba
para saber quién fijaba el derecho en la poesía. Se había encontrado al­
guien formidable para encamar la potencia ordenadora, el significante
amo en el lenguaje. En poesía se había encontrado a Malerbes, quien vi­
no e impuso el orden, no se puede decir mejor, en todo ese fárrago de
papeles que venía arrastrándose desde la Edad Media, cuando todavía
la lengua francesa guardaba toda la viscosidad de su membrana nativa
y no había aún cortado el cordón umbilical con el bajo latín, con el con­
tenido más trivial en él, con el lenguaje de las tabernas. El francés, así
y todo, es en primera instancia los equívocos del latín, data de la épo­
ca en la que existía gente no cultivada que comprendía mal el latín, de
ahí surgió el francés y fue necesario, piensen todo cuanto fue necesario
como musculatura del francés, como ordenamiento del significante
amo y todo lo demás, para que tengamos, para que nazca al fin la len­
gua francesa, acorazada con sus normas, para que podamos hablarle
francés al Rey, en la Corte, todo eso, sin considerar que le hablábamos,
que nos dirigíamos a él en un galimatías absolutamente asqueroso.
Y entonces pudimos cortar el cordón, olvidar esos orígenes medio­
cres y después, al final, bruñirlo, embellecerlo, ponerle cuarenta tipos
alrededor para vigilar su constitución, su buena salud, etcétera.
Poesía y derecho se ubican, así, como opuestos y, al mismo tiempo,
es divertido ver cómo se ligan y se traman. En este punto Gide nos
muestra dónde instala la poesía, y define el lapso poético, que es el lu­
gar de lo poético, la casa de la poesía.
Da un ejemplo de esta impropiedad de los términos -e s cierto que
hasta aquí no hablé demasiado del tiempo en Freud ni en Lacan, todo
eso viene después, pero ya aporté mucho antes-. Como no me queda
sino un lapso de ocho minutos, voy a proseguir el hilo de mi idea. Gide
cita un poema de Baudelaire para mostrar la impropiedad de los tér­
minos. Se trata del siguiente pasaje, que voy a leer por placer:

El verde paraíso de los amores de infancia, las carreras, las cancio­


nes, los besos, los ramos de flores, los violines vibrando detrás de las

86
EL LAPSO, ENTRE TIEMPO Y ESPACIO

colinas, después los jarros de vino, al anochecer en los bosquecillos. Pe­


ro el verde paraíso de los amores de infancia, el inocente paraíso lleno
de placeres furtivos, ¿ya está más lejos que la India y la China? Acaso
podemos hacerlo volver con gritos plañideros y la luz de una voz toda­
vía argentina, el inocente paraíso, lleno de placeres furtivos.

El señor Brunetiére atacó esto, diciendo: "Verdaderamente, ¡ah!,


verdaderamente no es bueno". La crítica de Faguet, por su parte, di­
ce: "¡Formidable!" -tengan en cuenta que quizá Gide imputa las pre­
guntas a Faguet, es preciso que yo lea e l artículo- "¿Por qué esos jarros
de vino? ¿Por qué furtivos?", preguntará, "y nosotros no sabremos qué
responderle", agrega Gide. ¡Ah! ¡Ah! Después dirá: "Era necesario ani­
mar con cura voz" -el texto de Baudelaire dice de una voz, usa la expre­
sión lacaniana, quizá se trata de lo contrario-; “con los jarros de vino"
no constituye sino un ripio, una frase innecesaria, utilizada para com­
pletar la rima, recurso en este caso para continuar con la enumeración.
En efecto, tenemos las carreras, los besos, los ramos, los violines con los
jarros de vino. Entonces, el supuesto Faguet dice:

¡Y por qué con los jarros de vino y n o con las carreras, las canciones,
los violines! Ese con es un ripio, era necesario para continuar con la
enumeración; en tanto "China" figura allí en función de la rima. Tene­
mos entonces una, dos, tres, cuatro, cinco faltas.

Evidentemente, uno tiene ganas d e hacer también un comentario


cuando le llega el tumo. Me resulta irresistible, en primer término, el
hecho de que sea Gide y no Faguet quien inventa ese "por qué furti­
vo" al que no sabremos responder. Es Gide quien lo dice, cuando en lo
atinente a los placeres furtivos, seguramente en 1910 todavía no había
revelado el secreto, pero como pese a todo leimos el Gide que vino des­
pués, decimos que la elección de ese pequeño ejemplo no es azarosa.
¿Por qué no sabríamos responder e n lo que concierne a los jarros de
vino? Si consideramos el verso, no están ubicados en absoluto en el
mismo plano que las carreras, las canciones, los besos, los ramos, los
violines. La enumeración no debe continuar con ellos, sino que se re­
porta al verso precedente: los violines vibrando detrás de las colinas,
con los jarros de vino al anochecer en los bosquecillos.
Se escucha bien en el verso que, p o r un lado, tenemos los violines
vibrando, las colinas, y después los jarros (brocs), los bosquecillos (bos-
quets), y justamente, tenemos con {avec), que comparte su terminación

87
JACQUES-ALAIN MILLER

con unos y otros. Esto traduce de manera maravillosa, con una preci­
sión conmovedora, justam ente, la existencia de las vibraciones de los
violines en las colinas. ¿Cómo es que hay violines en las colinas? Ocu­
rre que hay un pequeño baile, un pequeño festejo, y la música vibran­
te de los violines es interrum pida por el choque (choc) de los jarros
(.brocs), de los bosquecillos (bosquets) y del con (avec).
Allí, precisamente, ese avec tiene el sentido de al mismo tiempo, el
choque de los jarros acom paña la queja de los violines, por lo tanto no
se justifica decir que jam ás sabrem os responder acerca de los jarros,
por cuanto están animados de una voz. Lacan lo dice, Baudelaire pue­
de decirlo también. Y, además, si bien se recuerda el paraíso, no es en
absoluto lo mismo recordarlo, en cuyo caso el paraíso se queda en su
lugar, que convocarlo,2 porque entonces el paraíso viene, responde a
ese llamado, se hace presente de nuevo.
A propósito de la China, no tuve todavía tiempo de pensar, pero al­
go se me va a ocurrir al respecto seguramente.
Me queda apenas el tiem po suficiente para leerles la última frase de
este párrafo del texto de Gide que me interesó, que tanto me retuvo
hoy, pero creo que con él, pese a todo, señalamos un buen número de
temas por venir. La frase dice así: "Y si nada es más comprometedor
que este permiso de dejar de hablar claro, es muy precisamente porque
sólo el verdadero poeta logra hacerlo".
Hay muchas cosas, ¿no es cierto?, en este permiso para dejar de ha­
blar con claridad. Gide entiende como tal el permiso que finalmente
el lenguaje acuerda al poeta d e desglosar, de hacer valer el lapso poé­
tico entre la palabra y la cosa. E l lector concede esta autorización al
poeta.
Ustedes saben bien que el u so poético del lenguaje es, con todo, un
uso desviado, desviación que convoca una autorización implícita. Es
necesario aún así que el lector ceda, consienta, y que los textos se juz­
guen también en función del objeto de ese consentimiento.
De eso mismo se trata en u r análisis, donde hay un uso desviado
del lenguaje, como hay también cierto tipo de lapso, diferente del poé­
tico: el lapso psicoanalítico, freudiano.
Se trata de una desviación del uso normal del lenguaje y ella debe
ser autorizada; Lacan llama acto psicoanalítico a la autorización acor­

2. "Se rappeler" = recordar / "Rnppeltr" = convocar, llamar a las filas. [N. de la T.]

88
EL LAPSO, ENTRE TIEMPO Y ESPACIO

dada por el analista, que es también el permiso de no hablar claro, de


dejar hablar al fantasma, de decir cualquier cosa, las tonterías y todo
lo demás. Es también el permiso, quizá la obligación, de no hacer arte.
Pero es un permiso acordado a una desconfianza en el uso de la len­
gua, el tiempo de la sesión. Y es en ese lapso de tiempo de la sesión
analítica que se acuerda la autorización al lapso psicoanalítico del len­
guaje, el cual guarda sus afinidades con el lapso poético tal como lo si­
túa Gide, sin confundirse con él. No se sitúa entre la palabra y la cosa,
sino entre la palabra y la idea, entre el significante y el significado, en­
tre el significante y el significante.
Se trata de ese lapso que no viene a habitar la emoción poética si­
no, más sobriamente y, a veces, más ferozmente, la interpretación psi-
coanalítica.
La próxima vez, Lacan, Freud y todo el resto.

8 de diciembre de 1999

89
V
El estatuto del inconsciente

Tomé una buena decisión para el añ o 2000: trato de llegar puntual­


mente, es decir, a las dos menos cuarto, pase lo que pase. Pienso que
podré hacer un esfuerzo para el nuevo siglo.
La última vez había prometido Freud, Lacan y todo el resto, por
consiguiente seré breve en el divertimento de la introducción.
En las horas que siguieron a ese curso -la velocidad, en esos casos,
cobra todo su peso-, digamos tres h oras después, me hicieron llegar el
artículo de Faguet acerca de Baudelaire del que habla Gide. Fue nece­
sario ir a buscarlo en los sótanos de Saínte-Géneviéve. Le agradezco a
Rose-Marie Bognard haber tenido la disponibilidad y la inspiración
para hacer esa búsqueda. Pude darme cuenta de que Gide hacía una
cita muy exacta de los pasajes más increíbles.
Así también recibí, por fax, de Catherine Lazarus-Matet una refe­
rencia al lugar donde, en el Tesoro de la Lengua Francesa, se mencionan
dos ejemplos del uso raro del término lapso sin que se vea acompaña­
do de tiempo, algo que no figura en el diccionario Robert.
Un ejemplo proviene de Balzac -y a volveré sobre é l- y el otro de la
Correspondencia de Flaubert. En uno y otro caso, los autores dicen lapso
y no lapso de tiempo.
Un poco más tarde, creo, Pierre-Gilles Guéguen me puso al tanto de
la presencia del término lapso en El S er y la Nada, de Jean-Paul Sartre,
en el capítulo del futuro. Y finalmente ayer me llegó por correo una
carta de Danielle Marie acerca de la China, que seguía resultando enig­
mática para Gide en el poema de Baudelaire "El verde paraíso de los
amores infantiles".

91
JACQUES-ALAIN MILLER

Les agradezco a todos ellos su colaboración. Habría mil cosas para


decir de cada uno de esos ejemplos, pero dado el compromiso asumi­
do la última vez, lo dejo para el próximo milenio, es decir, dentro de
poco tiempo.
Aun así, me ocuparé del ejemplo de Balzac citado en El tesoro de la
Lengua Francesa, por el carácter altamente instructivo de la cita.
Dejo para más tarde m uchas cosas; sin duda la última vez hablé de­
masiado rápido -y no demasiado bien- de la Inmaculada Concepción.
Me corrigió alguien que escucho y me habla con cierta libertad, dado
que está aquí para eso. Esa persona deploraba, si doy cuenta con exac­
titud de sus palabras, ¡que alguien de mi nivel caiga tan bajo como pa­
ra hacer bromas de estudiante sobre la Inmaculada Concepción, por lo
demás inexactas!
Aceptada la fraternal corrección, me precipité de inmediato a la li­
brería de la Procuraduría, donde acumulé cierta cantidad de docu­
mentos sobre el dogma de la Inmaculada Concepción y espero tener la
oportunidad, en el curso del año 2000 -n o cae del todo m al-, de refe­
rirme a ellos.
Saco provecho tanto de las gentilezas que me dicen como de lo que
no resulta tan gentil. Así, alguien me aconsejó también cambiar de sa­
co. Esta mañana dudé pero, para no llegar tarde, no demasiado, y pa­
ra no quedar atrapado en una vacilación de último momento, tengo
por costumbre, al contrario, vestirme más o menos siempre de la mis­
ma manera para mi Curso. No derogué entonces ese principio, pero a
partir del momento en que logre ser puntual, quizó pueda también se­
guir ese consejo.

Lapso de virtud

El ejemplo de Balzac proviene de La prima Bette. Leyendo esta fra­


se, uno podría prácticamente adivinarlo: "Durante ese lapso de virtud,
el barón había ido tres veces a la Rué du Dauphin y jamás allí había te­
nido setenta años". ¡La prima! E s sin duda la frase que mejor conden­
sa el medio, la esencia de esa novela de donde en otras épocas, en los
tiempos antediluvianos, cuando enseñaba aún en los locales del Cen­
tro Universitario Experimental d e Vincennes, si recuerdo bien, yo ha­
bía tomado al barón Hulot para ilustrar la fuerza del deseo, tal como
la plantea Lacan.
EL ESTATUTO DEL INCONSCIENTE

El barón Hulot, en La prima Bette, es un clon, una proyección, en


cuanto a su gusto por las mujeres, de nuestro escritor nacional, Víctor
j_[l|a0, de quien conocen eso que se puede llamar, en nuestro contex­
to la atracción obsesiva hacia La mujer. No sólo Víctor Hugo quedó
fiiado en los espíritus en función de las eminentes contribuciones he­
chas a nuestro tesoro poético, por la infinita diversidad de su expre­
sión, así como su regularidad, puesto que en Guernesey, cada maña­
na, apechugaba con seis horas de versos sin titubear, y permaneció
por eso, sino que, además, fue célebre en su tiempo por su condición
de amante extraordinario.
E incluso en su edad más avanzada persiguió a las damas, las jóve­
nes, las baronesas, las sirvientas, todo lo que estaba a su alcance, sin
discriminación. Es por eso que digo La mujer, pues tenemos la impre­
sión que, para él. La mujer existía, estaba presente en cada una y hasta
en su ancianidad -q u e Balzac no conoció- cuando sus medios pese a
todo habían declinado, con algunas monedas obtenía -discúlpenme-
que las damas a su alcance levantaran sus polleras, de modo que le
fuera posible contemplar el origen del mundo.
El barón Hulot de La prima Bette, entonces, es una proyección de
Víctor Hugo. Se muestra aquí al general Napoleón arruinando a toda
su familia, renunciando y sacrificando a su mujer, la sublime Adeline,
para correr detrás de aventuras amorosas hasta el último suspiro, has­
ta el último suspiro de su mujer y el suyo propio, algo admirable, su­
perando en efecto todos los límites, se diría, yendo más allá de lo ve­
rosímil, justamente si no supiéramos lo que sabemos de Hugo.
La Rué du Dauphin que figura en esta frase, es el domicilio de
Valérie Marneffe. Ella es la peor que se pueda encontrar en toda la obra
de Balzac, en donde, sin embargo, abundan Instalada por el barón Hu­
lot entre sus cosas, haciéndolo sufrir con un viejo rival, ambos demos­
trándole que ella tiene un tercero. Hay escenas donde verdaderamente
se anuncia Feydeau, cuando vemos a un tiempo al barón Hulot, a Cre-
vel y al brasileño, el preferido, pasearse en la Rué du Dauphin. Ella ha­
ce esperar a uno abajo, mete al otro en el placard, vuelve a subir, tene­
mos escenas de comedia, eso es lo que ocurre en la Rué du Dauphin.
En esta ocasión, entonces, el barón Hulot prometió, durante un
tiempo, abstenerse de esas citas. Es el lapso de la virtud, durante el
cual, pese a todo, va tres veces a la Rué du Dauphin y nunca tiene se­
tenta años cuando está allí, porque Valérie Marneffe, como lo detalla
Balzac, sabe arreglárselas para que los viejos olviden su edad. Por lo

93
JACQUES-ALAIN MILLER

tanto, él va más a menudo. Estamos en la inminencia de la próxima ci­


ta cuando Balzac hace esta mención.
Estudiemos en primer término -v oy a ir rápido, porque son Freud
y Lacan quienes nos ocupan-, simplemente la expresión:

Lapso de virtud

No terminé de establecer mi dogma respecto de esta expresión,


donde vemos que Balzac no es un maestro de la lengua francesa; na­
die se lo ha imputado, la lengua no proviene de él, no es él quien la en­
carna, por el contrario. Hasta sus admiradores critican, hacen notar lo
que consideran es una impropiedad, a saber, la pesadez, la torpeza de
su estilo, es decir que se le siguen haciendo aún hoy a Balzac las críti­
cas que Faguet le hacía a Baudelaire.
Sin embargo Balzac es, quizá, mucho más que un maestro del uso
o de la norma, un creador, un recreador de la lengua, algo que pode­
mos percibir aquí.
¿Cómo analizar "lapso de virtud"? Se puede hacer de esa expresión
una metáfora, considerando que "virtud" reemplaza a "tiempo", se
inscribe en su lugar. Hay sin duda allí un efecto metafórico de sentido.
Pero también se la puede considerar desde el punto de vista metoní-
mico, es decir, fijarse en aquello que sería la escena completa, lapso de
tiempo de virtud, parecería el nombre de un noble, como decir "Me
llamo Lapso de Tiempo de Virtud". En esta cadena, finalmente, el sig­
nificante tiempo resultaría elidido en la continuidad de la cosa.
La tercera hipótesis, aparentemente la adoptada por el Tesoro de la
Lengua Francesa, considera que Balzac hace un uso absoluto del térmi­
no "lapso", sólo ese, lo emplea solo, como lo encontramos en Gide, en
Flaubert o en otras ocasiones, en nuestro título de este año, y que cali­
fica ese lapso imponiéndole la virtud.

1 - virtud
tiempo
2 - lapso (de tiempo) de virtud

* - 3 - lapso - de virtud

No se trata de tres posibilidades exclusivas, pero en todo caso la


tercera de ellas es la menos interesante, no da cuenta de la particulari­
dad del efecto de sentido de la expresión en ese lapso de virtud.

94
EL ESTATUTO DEL INCONSCIENTE

De todas maneras, el tiempo constituye una referencia latente en


esta expresión, tanto más presente y existente por cuanto no se lo ex­
plícita y es por ese hecho mismo que captamos el lazo delicioso, con­
movedor, entre ese lapso y el viejo barón que ya no siente el paso del
tiempo cuando está con su amante.
No siente pasar el tiempo y, además, ya no siente el tiempo que ha
pasado, no siente ya su edad. "Jamás allí había tenido setenta años".
Es espantoso, es preciso decir que n o es muy eufónico cuando se lo
pronuncia, hasta resulta extraño. Hay que comprender bien ese "allí":
nunca había tenido setenta años en la Rué du Dauphin, cuando había
ido allí.
No hay frase que haga sentir más la instancia del tiempo en su mo­
dalidad de envejecimiento y se recuerda en ese pasaje, varias veces a
lo largo de la novela, que pronto cum plirá setenta años. Subraya aún
mas el precio de este amor clandestino -finalm ente conocido por todo
el mundo, y no sólo por los lectores- el hecho de que el tiempo bioló­
gico, la edad del personaje, la edad d el estado civil, se encuentre como
suspendida en los momentos que pasa en la Rué du Dauphin. Esto es
algo que pone especialmente de relieve la oposición, el contraste, entre
el tiempo biológico y al mismo tiempo social -"Bueno, mi viejo, usted
tiene setenta años, ya es hora de retirarse, no está más en carrera"-, y
el tiempo del amor. Esto dice que no h a y edad para las cosas del amor,
cuando uno está dotado para eso, claro está, cuando uno es, como di­
ce Balzac, un libertino. El pasaje es, p or cierto, sorprendente.
La baronesa Adeline, hablándole a los hijos, dice:

Vuestro padre tendrá pronto setenta años -respondió la baronesa-,


todavía piensa en la señora Marneffe, y o me di cuenta, pero en poco
tiempo más ya no pensará en ella, la pasión por las mujeres no es como
el juego, como la especulación, como la avaricia, se deja ver en ella un
límite.

Eso es lo que cree Adeline, "la bella Adeline, ya que esta mujer era
siempre bella, pese a sus cincuenta añ os y sus pesadumbres, la bella
Adeline se equivocaba en esto: los libertinos, esa gente dotada por la
naturaleza de la preciosa facultad de amar más allá de los límites que
ella fija al amor", allí está todo. Hay alg o en el ser hablante que sobre­
pasa los límites naturales - o supuestamente naturales-, "los libertinos
no tienen casi nunca su edad. Durante ese lapso de virtud, el barón ha­

95
JACQUES-ALAIN MILLER

bía ido tres veces a la Rué du Dauphin y jamás allí había tenido seten­
ta años", ese es el contexto.
Balzac no confía del todo en su lector y explica: "La pasión reani­
mada lo rejuvenecía y hubiera entregado su honor a Valérie, su fami­
lia, todo, sin un remordimiento". Es, por otra parte, lo que hace más
tarde en esta extraordinaria novela.
Veamos ahora cómo se construye eso que Balzac nos presenta en es­
ta frase.
En primer término, tenemos el lapso de virtud, que llama la aten­
ción al principio de la frase. Se entiende bien de qué se trata: el lapso
de virtud se define respecto del conjunto de la vida. En su horizonte se
sitúa el conjunto de la vida del barón, su lapso de vida, y después, en
el interior de ese lapso de vida, está el lapso de virtud -lo hago más
grande de lo que es en realidad, es aquí donde se sitúa.

( ... ( - ( •• ) • ) )

T t 1"
vicio virtud vicio

Pero la irom'a de la frase reside en que durante ese lapso de virtud,


hay aún así un bonito lapso de vicio, hay hasta tres bonitos pequeños
lapsos de vicio. El esquema que nos presenta la frase supone que evi­
dentemente hay, diré, toda una vida de vicio, un pequeño lapso de vir­
tud y, en su interior, de nuevo el vicio.

Es decir, un esquema que tomaría esta forma: si representamos el


tiempo en función del espacio, tenemos aquí el espacio exterior, vicio­
so. La segunda zona es el espacio de la virtud, pero en su interior vol­
vemos a encontrar el del vicio. E n esta frase tenemos, para decirlo to­
do, una envoltura topológica que permite comprender bien el carácter
estrictamente infinito/sin térm ino -contrariamente a la creencia de
Adeline-, de la pasión por las mujeres del barón Hulot, quien formula

96
EL ESTATUTO DEL INCONSCIENTE

promesas de borracho pero está repetidamente, lapso tras lapso, en su


misma conducta. Así, encama de maravillas aquello que Lacan desig­
na como el et cetera del síntoma.
Voluntariamente me limito, porque de esta frase podríamos obte­
ner, sin esfuerzos, toda la trama de la novela, se trata verdaderamente
del agatina, es el aleph de la novela, en el sentido de Borges.
Podría haber pasado estas dos horas comentando el texto. Les apor­
to un pasaje aún, con muchas resonancias para nosotros. Evoca a los
señores que quieren tener una amante además de su mujer legítima.
"Muchos hombres quieren tener esas dos ediciones de la misma obra".
No es un delicado, por cierto, no es un Gide quien escribiría semejan­
te cosa, por muchas razones, aunque Gide..., en parte yo improviso, se­
guramente, sí...

Muchos hombres quieren tener esas dos ediciones de la misma


obra, aun cuando sea una inmensa prueba de interioridad en un hom­
bre el hecho de no saber hacer [es formidable] de su mujer su amante. La
variedad en este género es un signo de impotencia, la constancia será
siempre el genio, el genio del amor, el índice de una fuerza inmensa,
aquella que constituye al poeta. Se deben tener todas las mujeres en la
propia mujer, como los poetas cubiertos de barro del siglo XVII hacían
de su Manon otras tantas Iris y Chloé.

Inconsciente sujeto e inconsciente saber

Bueno, dados los compromisos asumidos ante ustedes, dejo todo lo


que hubiera tenido para decir al respecto. Freud, Lacan, no tienen Iris ni
Chloé y, por consiguiente, vamos al tema de lo inconsciente y del tiem­
po, esa nueva alianza conceptual, nueva por cuanto Freud había aparen­
temente roto los lazos cuando enuncia, repetidamente, sin detenerse de­
masiado en ir a ver el contexto, que el inconsciente desconoce el tiempo.
Ni siquiera se trata de un: ¡Retroceda, señor, no puedo verlo! Es una
ignorancia pura y simple, otra dimensión, de otro orden; la dimensión
del inconsciente sería otra que la del tiempo.
Y mientras nos deslomamos en la espuma de los días, el incons­
ciente, si puedo decirlo así, descansa cómodamente en un sillón, nos
deja pasar y él permanece, con su automatismo de repetición. Es inú­
til decirle que ya hizo muchas veces eso, él no quiere saber nada.
En Lacan el inconsciente tiene una afinidad esencial con el tiempo,

97
JACQUES-ALAIN MILLER

a tal punto que uno no puede dilucidarlo sin jugarse el todo por el
todo y el tiempo no es allí una circunstancia contingente, sino una afi­
nidad esencial. Pero agrego de inmediato que es necesario prestar
atención para ubicarse al respecto, porque todo eso califica en Lacan al
inconsciente como fenómeno, al inconsciente-acontecimiento, en tanto
se inscribe como acontecimiento en la trama del tiempo.
Y hay entonces, sí, una oposición. Porque Freud habla de hipótesis
del inconsciente y Lacan de la suposición del sujeto. A decir verdad, el
término de "suposición" es la traducción latina del griego "hipótesis",
es el mismo término. Entonces, efectivamente, una y otra formulación
encajan. Sólo que Freud habla de hipótesis en tanto el inconsciente se de­
duce, es inferido a partir de algunos efectos extraños, detonadores, de
los que sólo se puede dar cuenta infiriendo la existencia de procesos in­
conscientes, puesto que el sujeto por sí mismo se muestra incapaz de si­
tuarlos a partir de su proceso de pensamiento consciente, su argumen­
tación, etcétera. Freud habla de hipótesis del inconsciente en tanto el in­
consciente es inferido como estando ya ahí, produciendo efectos.
Freud sólo dice "hipótesis del inconsciente" para afirmar que no es
porque el inconsciente no se presenta nunca en persona, sino a partir
de las inferencias que hacemos, no por eso no es algo real, en el senti­
do de la ciencia.
Para Freud se trata de salvar el carácter real del inconsciente, a pe­
sar de que no se presenta en persona sino a través de una deducción,
que no es para Freud, por lo demás, menos cierta e indudable.
Para Freud la transferencia es de otro orden. Ella permite acceder a
ese inconsciente que ya está ahí e introducir transformaciones en ese
algo de real que es el inconsciente. Introduce esas transformaciones de
dos maneras: porque la persona del analista atrae hacia sí la libido in­
vestida en los síntomas y, en segundo término, porque en la transferen­
cia los síntomas adquieren un nuevo sentido, ein muer Sinn, como ya
lo consigné.
Evidentemente, el sujeto supuesto saber de Lacan procede de aque­
llo que Freud designa en repetidas oportunidades "hipótesis del in­
consciente" y es, sin embargo, una suposición de un orden bien distin­
to. En primer término, porque se trata de una definición del incons­
ciente a partir de la transferencia. Se trata de la perspectiva que da la
transferencia sobre el inconsciente y entra, más tarde, en la definición
del estatuto del inconsciente. Es una definición del inconsciente a par­
tir del medio de su descubrimiento.

98
EL ESTATUTO DEL INCONSCIENTE

In]o está ta n claro en la c o m p o s ic ió n m is m a d e El seminario 11, Los


cuatro conceptos fundamentales..., e n d o n d e se in tro d u ce h a d a el fin al, de
una m anera u n p o co m ás am plia, la c u e s tió n d e l sujeto su p u esto saber,
ap u n tad a y a e n alg ú n otro sem in a rio .
En El seminario 11, p recisam en te, s e n o ta la d istan cia m a n ten id a p o r
Lacan entre el in co n scien te y la tra n sfe re n c ia , p u esto que h a c e d e e llo s
dos concep tos d istin to s y, e n la serie d e los cu a tro co n cep to s que d is­
tribuye, el in co n scien te se sitú a e n p r im e r té rm in o , luego, a n te s d e in ­
troducir la tran sferen cia, se pasa p o r l a r e p e tid ó n y se co n clu y e co n la
pulsión.
puede remarcarse así, en la com posición misma de ese seminario,
cómo se conserva la distancia introducida por Freud, en las Conferen­
cias de introducción al psicoanálisis, entre inconsciente y transferencia.
Evidentemente, este texto de Freud no podía estar lejos de la inten­
ción de Lacan, precisamente cuando, después de una ruptura definiti­
va con la Asociación Psicoanalítica Internacional, debía cambiar de lu­
gar y de público, pasar del anfiteatro d e Sainte-Anne en la sala Dusan-
ne a la École Nórmale Supérieure y encontrar allí el vasto público in­
telectual, donde además, la facción d e los analistas se desarrollaba en
un comienzo, si recuerdo bien, especialmente ese año, como un peque­
ño núcleo ocupando de derecho los prim eros rangos, lo que nos obli­
gaba, a los alumnos de la Ecole, a ubicarnos detrás.
Lacan dice bien, por otra parte, haber encontrado en ese seminario
no tanto la oportunidad de una introducción, sino la de repensar los
fundamentos del psicoanálisis. Lo afirm a en el texto ubicado en la con­
tratapa del texto original en francés:

La hospitalidad recibida de la École Nórmale Supérieure, un audito­


rio muy acrecentado, indicaba un cam bio de fondo en nuestro discurso.
Dimos una indicación para su uso [para e l nso de ese nuevo público], emitién­
dolo a partir de una propedéutica según la cual no se avanzaba ningún
nivel antes que hubieran podido medir la legitimidad del precedente:

Mutatis mutandis, se trata de algo q u e se aproxima al intento hecho


por Freud en sus Conferencias de introducción al psicoanálisis. Lacan man­
tiene la distancia entre inconsciente y transferencia. El inconsciente es
presentado, introducido a partir del orden simbólico, mientras que la
transferencia ante todo se pone en evidencia por su carácter libidinal,
conforme a la orientación de Freud en ese texto.

99
JACQUES-ALAIN MILLER

La realidad sexual, la libido, parece dar el centro del concepto de


transferencia en El seminario 11. La fórmula que había retenido en esa
época a algunos de sus auditores, yo entre ellos -Lacan se dio cuenta
de esto y vino a hacernos el comentario, se incluyó como quinto en un
pequeño cartel, aunque aún no se llamara así, de los cuatro que
éramos-, esa fórmula era: la transferencia es la puesta en acto de la rea­
lidad sexual del inconsciente. E s preciso reconocer que nos había sor­
prendido, sobre todo porque ignorábamos al propio Freud. Se trata de
una fórmula que podría ser extraída del capítulo sobre la transferencia
de las Conferencias de introducción al psicoanálisis.
Puede parecer, por cierto, que esta fórmula incluso no avanza de­
masiado respecto del esquema fundamental aportado por Lacan en los
comienzos de su enseñanza y que muchas veces, un número incalcu­
lable de veces, escribe en el pizarrón, esos dos ejes opuestos, el de lo
simbólico y el de lo imaginario. Claramente, aquí está el apoyo del Se­
minario para ubicar el inconsciente en el eje de lo simbólico, mientras
que la transferencia, cuando se habla de ella inscrita, en términos de su
sustancia, es la realidad sexual del inconsciente, y aparece, por el con­
trario, en el orden imaginario, con la relación de obturación de la trans­
ferencia respecto a las emergencias del inconsciente.

in co n scie n te transferencia

Por otra parte, esto permanece en el esquema que Lacan elabora ese
año de la separación y de la alienación. Demostré en otra oportunidad
que ese esquema es una transformación, aquí presentado bajo la forma
de una oposición, y luego presentado como una articulación.

inconsciente transferencia

100
EL ESTATUTO DEL INCONSCIENTE

En el primer esquema uno puede decir que si no fuera por lo ima­


ginario, todo andaría bien en lo simbólico. Lacan, por otra parte, en la
primera página de los Escritos, en "El Seminario sobre X a carta roba­
da"', afirma finalmente que lo imaginario no cuenta respecto de la dia­
léctica simbólica, alienación-separación. Esto dice otra cosa, dice que la
emergencia imaginaria del objeto, su emergencia libidinal, está deter­
minada estrictamente por el proceso simbólico de la alienación.
Se trata de alg o que resp on d e m u y b ie n a la o p osición freu d ian a en ­
tre Sinn y Bedeutung : el Sinn d el ord en sim b ó lico , la Bedeutung com o re­
ferencia lib id in al, siem p re em p lead a p o r F re u d en ese sentid o.
Simplemente, resulta mucho más complejo en El seminario 11, por­
que el inconsciente se encuentra definido allí como sujeto y esta defi­
nición es la opuesta a definirlo como saber.
Definirlo como saber es la diferencia, son los pequeños "más" y
"menos" del esquema de los a , y, 5 de Lacan. Definir el inconsciente
como saber es atraparlo por el extremo en el que es un automaton, de
ahí el acento tan marcado puesto por Freud en la Zwanshandlung -ac­
to obsesivo, la acción obsesiva.
Tal la d efin ició n del in con scien te co m o saber, m ien tra s que d efinir­
lo como su jeto es p o n er el acento, p o r el co n trario , ya n o en el automa­
ton sino en la tyché, el en cu en tro al azar, lo im p rev isto e in clu so m ás
allá, lo im p revisib le.
Tomar el inconsciente como sujeto no es en absoluto tomarlo como
si ya estuviera allí, produciendo efectos; es tomarlo a nivel del efecto,
algo que se produce y se manifiesta de manera aleatoria. En ese senti­
do, el sujeto es un acontecimiento. Cuando el presidente de una sesión
dice, en el momento de abrirla: "Declaro cerrada la sesión", se produ­
jo allí un acontecimiento freudiano y captamos el inconsciente como
sujeto disruptivo. Mientras que si dice "La sesión está ajbierta" en el
momento de la apertura, y viceversa, estamos en el nivel performati-
vo, todo está en su lugar.
El presidente hace eso todos los días y si después, cuando se jubi­
la, al cabo de setenta años, sigue diciendo, por la mañana y por la no­
che, "La sesión se abre" y, antes de despedirse, "Se levanta la sesión",
diremos que es una acción obsesiva y todos los días de su vida conti­
nuarán así. Vimos algo de este orden con Salazar, quien hacia el fin de
su vida creía estar siempre dirigiendo Portugal y se organizaba todo
alrededor de su persona para que él pudiera pensarlo. "La sesión es­
tá abierta; la sesión se levanta; sí, señor presidente." Dicho de otro

101
m
JACQUES-ALAIN MILLER

modo, la oposición es grande entre el inconsciente-sujeto y el incons­


ciente-saber.
Por otra parte, el mismo contraste repercute, si pensamos la cues­
tión, entre la sesión analítica y los acontecimientos del inconsciente. La
sesión analítica, indica Lacan, se caracteriza por su regularidad casi
burocrática: ¿cuál es su día, sus días, sus horas?, es decir, la sesión que­
da abierta, la sesión se levanta. Es, con todo, lo esencial del acto del
analista, ir de su consultorio a la sala de espera, invitar al sujeto que si­
gue a acompañarlo, precediéndolo o siguiéndolo. Donald Meltzer de­
cía: "Es necesario siempre que el paciente pase adelante porque de otro
modo, si está detrás, es muy inquietante para el analista". Era muy in­
quietante para él y no lo desarrollo porque ahí estamos al borde, es
preciso decirlo, de la locura de un gran analista. Y luego, a continua­
ción, el trayecto inverso. Cuando yo mismo estaba en análisis, me de­
cía que, verdaderamente, para ser analista hay que ser muy obsesivo
para poder hacer eso a lo largo del tiempo.
Entonces, por un lado, la sesión tomada en el automaton - y quizá
tengamos el tiempo hoy de ir hasta el extremo de este automaton-, Y
luego todo esto, este orden supuestamente invariable, esta constancia
admirable para que, en su momento, imprevisible como el espíritu que
sopla donde quiere, se capte una manifestación sintomática del incons­
ciente, un pequeño chiste, un pequeño lapsus.
Dicho de otro modo, existe un contraste evidente, a nivel del fenó­
meno, entre el orden de la sesión y el del inconsciente como sujeto. Y
es la paradoja de la sesión analítica, lugar previsto para que se produz­
ca allí lo imprevisible. Evidentemente, lo imprevisible tiene una pe­
queña tendencia a producirse desplazado respecto del lugar donde se
lo espera. Pero no es grave, porque entonces uno lo cuenta en la sesión.
Claro que, cuanto más regular es la sesión, tanto más el quantum de im ­
previsible tiene tendencia a manifestarse en otro lugar.
Así podemos apreciar bien cuál es la diferencia de la sesión lacania-
na. No es que reniegue el automaton de la sesión, sino que demuestra
cierta inclinación a estructurarse como el inconsciente-sujeto. La sesión
analítica de orientación lacaniana se desliza a estructurarse como el in­
consciente-sujeto, y en el interior de la regularidad casi burocrática
evocada por Lacan se ubican, precisamente, por lo menos los índices y
las marcas de lo imprevisible. Nunca una vez exactamente igual a la
otra, algo que se ubica en el extremo opuesto de lo esperable de esta
lógica.

102
EL ESTATUTO DEL INCONSCIENTE

¡Cada sesión exactamente parecida! Ustedes saben, nuestros analis­


tas neoyorkinos de los años cincuenta, habían llevado -com o yo en mi
Curso, pero en m i caso son dos horas por semana- siempre el mismo
saco, la misma corbata, ni siquiera movían una sola cosa en sus consul­
torios. Esto fue descrito por Janet Malcom, una ensayista hoy conoci­
da, en la primera de sus obras; como lo recordé a menudo, es un docu­
mento inolvidable. Se trata de algo que alcanzó extremos. En primer
término, si llevan puesto esa ropa todo el día, es preciso limpiarla de
vez en cuando. Por lo tanto, es necesario que tengan la misma repeti­
da varias veces. Después, según consigna esta autora, había una ten­
dencia entre los analistas a proveerse de trajes en el mismo sastre, pa­
ra no ser demasiado diferentes unos de otros. Estamos, por cierto, en
la reducción del analista a la pura diferencia numérica.
Entonces, el inconsciente-sujeto, esa es la jugada de Lacan, el incons­
ciente fenómeno, es decir, el que aparece en la sesión o bien, si lo hace
fuera de la sesión, se habla en ella precisamente de su emergencia dis-
ruptiva. Es el sentido que corresponde dar a la frase pronunciada por
Lacan en El seminario 11, en el capítulo II, página 33: "La discontinuidad
es, pues, la forma esencial en que se nos aparece el inconsciente como
fenómeno -la discontinuidad en la que algo se manifiesta como vacila­
ción". Lo que cuenta, aquí, son los términos "aparecer" y "fenómeno",
porque ellos designan un aspecto preciso del inconsciente.
Por lo tanto, d ecir que la forma esencial en que se nos aparece el in­
consciente como fenómeno es la discontinuidad, es afirmar que no se
trata del inconsciente como inferido, no es el inconsciente de la hipó­
tesis freudiana, válido como algo real en el orden de la ciencia, el in­
consciente del pizarrón, ése donde uno dice: hay esto... y después, bue­
no, etcétera, conclusión... es el inconsciente concluido, ¿concluido a
partir de qué? A partir de discontinuidades.
El inconsciente freudiano es aquel que restablece la continuidad,
como lo subrayé, y que está casi en la superficie del texto en el capítu­
lo de Freud titulado "Justificación del concepto de lo inconsciente", al
comienzo del texto francés Métapsychologie.
El abordaje de Lacan es otro: la forma esencial del inconsciente co­
mo fenómeno es la discontinuidad. Esto se confirma con lo que Lacan
dice más tarde: el inconsciente se manifiesta siempre como aquello que
vacila en un corte del sujeto. Eso designa el inconsciente-sujeto como
fenómeno, es decir, el inconsciente-sujeto que se puede escribir con
una S barrada: $.

103
JACQUES-ALAIN MILLER

Se trata de la manifestación del inconsciente y es allí donde se jus­


tifica plantear como tesis que hay una temporalidad del inconscien­
te, la temporalidad del relámpago, susceptible de ser percibida en el
lapsus, por cuanto lo que aparece puede desaparecer de inmediato, lo
que se abre puede cerrarse, de manera tal que cabe pensar que el in­
consciente en tanto sujeto supuesto saber, no es en absoluto el incons­
ciente como saber, sino que se sitúa a nivel del fenómeno, de la espu­
ma.

El inconsciente no es un ser

A propósito de la espuma, creo no haber tenido tiempo de leerles la


última vez la cita de Valéry al respecto, por cierto muy hermosa; Gide
la consigna y ella sitúa muy b ien la posición de Valéry: "Los aconteci­
mientos me aburren -decía Valéry-. Los acontecimientos son la espu­
ma de las cosas. Lo que me interesa es el mar, en el mar se pesca y se
navega y en el mar nos sumergimos". Es muy hermoso porque desig­
na bien la posición platónica de Valéry: lo que le interesa es el medio
marino, no es el acontecimiento, son las condiciones de posibilidad del
acontecimiento. Es la razón por la cual Valéry supera, aparta el acon­
tecimiento, como si se tratara de un velo, para ir en dirección de la es­
tructura que hace posible ese acontecimiento y muchos otros.
Aquí se funda la consideración de Valéry respecto de la belleza del
verso. No le importaba el verso hermoso, sino cómo, a partir de qué
matriz, se lo puede generar en permanencia. Y, por consiguiente, tam­
bién la distancia para su realización; es mucho más hermosa la matriz
virtual de aquello que se podría realizar... quince años de silencio. Es­
to no estaba jugado en él, allí está el corazón palpitante, si puedo de­
cir así, de su ser.
Pero, evidentemente, las producciones surgidas de esta visión es­
tructural y mecánica tampoco tienen hoy el mismo esplendor, precisa­
mente porque están calculadas con distancia. Perfeccionó mucho el
verso, a tal punto que ese verso neoclásico, pese a todo, se derrumbó.
Pero si incursiono en ese tema, n o salgo más.
Digamos: Valéry era el hom bre a quien los acontecimientos abu­
rrían. Es así como -se los adelanté la vez pasada, lo encontré en Gide,
a manera de confirmación-, finalmente, el señor Teste no quiere, mira
al público y dice: son comidos p or los otros. Dije por mi parte: es Va-

104
EL ESTATUTO DEL INCONSCIENTE

jéry por excelencia, él terminó comido por los otros. Algo confirmado
r Gide en un escrito que hasta ese momento yo no conocía, donde
dialoga con Valéry:

T oda e s a g e n te d e m a s ia d o en ca n ta d o ra m e m a ta rá - d e c í a - . ¿U sted
sabe el e p ita fio q u e se rá n e ce sa rio g ra b a r so b re m i tu m b a ? ¡A q u í y ace
Paul Valéry, m a ta d o p o r lo s otros!

Me impresionó la convergencia de perspectivas. Y, además, ya que


estoy en el tema, había en Gide otro pasaje muy divertido a propósito
de Proust. Dice que esa mención que hace Proust de las vértebras de la
frente de la tía Léonie es una verdadera paradoja -ustedes saben que
se llevó un chasco al principio, le hizo perder ese trabajo a su editor-.
A Gide le parecía que no era posible dejar pasar eso, las vértebras de
la frente. Hizo entonces rechazar la obra y luego compensó lo dicho
con un elogio. Subraya la paradoja de En busca del tiempo perdido, libro
desarrollado con una extrema lentitud, con un manejo muy especial
del tiempo de lectura. Aparece en un tiempo puntualizado así por Gi­
de: "A la hora en que el acontecimiento triunfa por todas partes sobre
la idea".
Me pareció una observación muy atinente; en 1921 puede escribir
"El acontecimiento triunfa por todas partes sobre la idea" porque asis­
te a eso; se trata de algo que por cierto hoy no podría ser formulado,
en la medida en que el acontecimiento triunfó y avanzamos a toda ve­
locidad hacia el siglo XXL Eso que llamamos la información, los me­
dios de información, es exactamente el triunfo del acontecimiento so­
bre la idea. Es la razón por la cual, con el oportunismo que nos carac­
teriza, estamos con estos asuntos del tiempo y de los acontecimientos,
¡era hora!, además de poner al inconsciente mismo, supuestamente el
mar en el que nos sumergimos y navegamos, a la hora del aconteci­
miento. Es lo que hace Lacan.
¿C uál es la co n secu en cia de d istin g u ir el in co n scien te-su je to del in­
con sciente-saber y, pese a todo, dar la p riorid ad al p rim e ro respecto
del seg u n d o? P orq u e n u estro p eq u eñ o in con scien te-sab er, e l q u e infe­
rimos, ¿d e d ó n d e v iene? ¡A h! D e sus a , sus (3, n o co n o ce a n a d ie y con­
tinúo y los m o le sto , p ero ¿d e d ónd e v ien e?
Este inconsciente-saber es de origen humilde, viene de esos peque­
ños encontronazos imprevisibles, nació en el fango, este inconsciente-
saber. Y sí -L acan lo repite-: sólo estás hecho de eso, de esas manifes­

105
JACQUES-ALAIN MILLER

taciones contingentes, de esas pequeñas interrupciones, esas pequeñas


discontinuidades, esos pequeños deslices; donde pierdas pie, allí va a
levantarse el golem del inconsciente, aparentemente inmutable.
Y entonces, ¿qué es eso? Es recordar, dándole su sentido, que el in­
consciente no es un ser. Allí cobra sentido, pongo un poco de colores
para despertar aquello que yo mismo machaqué durante años, lo re­
dacté y después lo hice leer; luego fue comentado por todas partes, es
necesario entonces disculparme, solicito a mi crítico severo me discul­
pe, pongo un poco de colores para despertar esto.
En ese contexto cobra todo su valor decir que el inconsciente no es un
ser. Por cierto, tomarlo según la perspectiva del fenómeno lo desustan-
cializa, lo desontologíza. Aquí tenemos un título de tesis: La desontolo-
gización del inconsciente en Lacan, entre tal fecha y tal otra. ¡Qué me­
jor manera de decirlo que la de situar al inconsciente a partir de la fal-
ta-en-ser!
En ese contexto Lacan dijo que el estatuto del inconsciente no es ón-
tico sino ético. Es la diferencia entre los entes, a nivel óntico, y el ser, a
nivel ontológico. Pero dejo esto de lado.
¿Qué quiere decir, por qué se introduce aquí la ética? El momento en
que tomé el término "ética" y lo puse en el edificio del campo freudia-
no en letras luminosas, que tendrían que aparecer y desaparecer:
¡ética!, ¡ética!, ¡ética!, tuvo mucho éxito. Pero respecto de esta ética es
preciso ver, en primer término, que se inscribe en la falta a nivel óntico,
que se trata verdaderamente de la ética en el lugar de la ontología.

ética

ontología

Lacan pronunció una ética del psicoanálisis, no una ontología del


psicoanálisis, y lo hizo por razones por completo esenciales. Podemos
escribir esa falta S (A), para decir que precisamente en esa falta óntica
se requiere la decisión, el acto, la creación como ex nihilo, la invención
del saber, porque eso no es el acto, y en esa falta un compromiso se ha­
ce necesario. Pero, por supuesto, Lacan pertenece, en este punto, en ese
registro, a la red de los pensadores decisionistas, es decir, valoriza el
carácter "en el vacío" de la verdadera decisión, la que creará luego el
espacio mismo donde irá a inscribirse.
Entonces, de pronto se habló de ética, se entiende ética del analista
y es necesario que el analista sostenga el inconsciente a partir de su de­
EL ESTATUTO DEL INCONSCIENTE

seo. Esto produce, precisamente, la desontologización del inconscien­


te, que valoriza el deseo del analista, y los analistas adoran esto ahora,
el deseo del analista.
Lo adoran, porque todo esto pasa en la medida en que tenemos el
deseo del analista. Y la cuestión clínica es si hay o no nacimiento del
deseo del analista Es decir, deseo de sostener esa ficción necesaria pa­
ra que el inconsciente se manifieste d e la buena manera. Esto es justo,
pero toma a menudo el giro de: ¡Toda esa gente se apoya en mi deseo!
Se hace necesaria la ética del analizante, es preciso que él consien­
ta, que sea puntual, que respete eso q u e no llamamos un contrato pe­
ro que es, con todo, una forma de pacto, es necesario verdaderamen­
te que él quiera. ¿Cómo verificar que verdaderamente quiere sin que
reviente?
Segundo registro, la ética del analizante. Pero el más importante es
el tercero. Es la traducción que daba Lacan de la falta-en-ser en inglés.
Como ya lo recordé aquí, el traductor había propuesto lake ofbeing, que
es exacto pero estático. Yo le había transmitido algunas propuestas del
traductor, como la de traducir Super ego como super I, aille, aille, aille. La­
can había rechazado lake o f beeing y exigió la traducción the zoant to be
que designa: "el inconsciente no es, pero quiere ser algo", como el pue­
blo según Sieyés. Es decir, la ética m ás importante es la del inconscien­
te, es el deseo del inconsciente de ser, distinto del deseo inconsciente.
¡Ah! Fue una sorpresa. La ética d el inconsciente traduce aquello
que, en términos freudianos, se plantea bajo la forma de lo reprimido
y del retorno de lo reprimido. Esto se presenta a partir de la resisten­
cia y de la represión, como oposiciones de dos fuerzas mecánicas, pe­
ro es un asunto que concierne al deseo: el inconsciente quiere ser, es­
tá en estado de intención inconsciente y es por eso que ustedes no lle­
gan verdaderamente a situarlo aquí, una vez hecha una bipartición
respecto del ser: "sí" y "n o ", ¡m arquen la casilla que corresponde al
inconsciente!

ser

si no

Todo el tiempo se les pide esto, a través de las fronteras, fuera de


Europa, masculino, femenino, etcétera. El inconsciente, precisamente,

107
tar

JACQUES-ALAIN MILLER

no encuentra dónde alojarse en una distribución estática. Tal como La­


can lo pone de relieve en El seminario 11, el inconsciente es un querer
ser, es decir que está tomado esencialmente en una dinámica, en el pa­
saje de lo virtual a lo real, para decirlo en términos filosóficos.
Es la razón por la cual el inconsciente siempre fue captado por La­
can, porque es un realista, y en ese orden de ideas los verdaderos rea­
listas son quienes se atienen al fenómeno, quienes miran lo que ocurre
en primer término, una problemática de realización.
Así, Lacan puede decir que el inconsciente es fundamentalmente lo
no realizado que quiere realizarse, de ahí esta inversión radical a la
que procede. Mientras que para Freud la referencia más importante
del inconsciente es el pasado, para Lacan es el futuro.
Se trata de algo presente en los textos de Lacan desde el comienzo,
desde el primer capítulo de "Función y campo de la palabra y del len­
guaje...", donde encontramos la expresión en el título de la primera
parte: "Palabra vacía y palabra plena en la realización psicoanalítica
del sujeto". En ese capítulo, por otra parte, explica por primera vez la
retroacción temporal.
Por supuesto, esto resulta un poco molesto. ¿Qué es la realización
del inconsciente como "virtual", entre comillas? ¿Su realización es
única, necesariamente única, o bien hay un margen donde el incons­
ciente puede realizarse de esta manera o de esta otra, más o menos?
Claro está, esto a nivel de la práctica porque si uno se pregunta cómo
dirige la cura, por aquí, por allá, es precisamente porque piensa que
al hacerlo inducirá, incitará al inconsciente a realizarse de esta mane­
ra o de aquella, a realizar su intención aún virtual bajo esta forma u
otra. Por esta razón nuestros colegas de Madrid quieren tomar como
tema para un coloquio próximo "Volverse a analizar", volver a ana­
lizarse.
Quizá la inspiración provenga del hecho de que con otro eso podrá
realizarse de otra manera; no se trata entonces allí de especulaciones
que nos introducen a la virtualidad, sino de ceñir aquello con lo que
nos enfrentamos todos los días.
Allí sitúo la imagen que había introducido a partir de la inducción
hecha por Palomera, acerca de quien se libra a pequeños trabajos de re­
paración "utilizando residuos y restos -odds and ends- de aconteci­
mientos", y que acumula cierto tesoro ("elabora cierta estructura")
después, está disponible para tal o cual realización donde ese tesoro
encontrará tal o cual fin. Otro tanto ocurre con ciertos juegos: una vez

108
EL ESTATUTO DEL INCONSCIENTE

que realizaron algo, lo deshacen, lo acomodan en su caja, y después los


mismos elementos pueden ser montados de otro modo.
Resulta entonces por lo menos pensable, no digo que este ejemplo
del juego sea el colmo de la especulación conceptual, pero los peque­
ños trabajos de reparación al alcance de todos es eso. Allí vemos el
margen entre lo no realizado y la realización.
En esta dinámica el inconsciente se realiza finalmente, para ser lue­
go reproyectado, como si hubiera estado ya allí, por eso que Bergson
llamaba un movimiento retroactivo, retrógrado de lo verdadero, del
que también hablé yo en otro momento.
Por esta vía se realiza el saber inconsciente. Démosle su fórmula:
allí donde era el sujeto, la S del sujeto, adviene el saber.
Es necesaria la S barrada, acordemos a la $ el valor de sujeto -como
lo hiciera Lacan-, solí Ich werden, acordemos al Ich su valor de saber.
¡Ah, no! Ahí, usted exagera -m e replica quien viene a molestarme-; va­
ya usted a ver en el capítulo IV, páginas 52-53, de El seminario 11,
donde Lacan dice explícitamente: "Se trata de lo que es el Ich bajo la
pluma de Freud, desde el comienzo hasta el fin, el lugar completo, to­
tal, de la red de los significantes, es decir, el sujeto donde eso estaba
desde siempre... es el lugar de la cadena de los significantes. ¡Ah! Es
decir que en El seminario 11 da este valor al Ich, precisamente, de ser la
cadena constituida del significante, de modo que la operación analíti­
ca consiste en pasar del inconsciente como sujeto al inconsciente como
saber, un saber hecho a partir del sujeto y de acontecimientos del suje­
to, un saber, como dice Lacan, que se manifiesta en la equivocación del
sujeto. Cada vez que ustedes se equivocan, hay producción de un sa­
ber; cada vez que se equivocan tienen diez puntos sobre diez en psi­
coanálisis, ¡los felicitan con entusiasmo!
Pues bien, allí está la paradoja en la que pone el acento Lacan, el as­
pecto que guarda una mayor -proximidad respecto de lo que ocurre en
nuestro quehacer; es preciso realmente que tengamos un montón de
tesis ante los ojos para aplicárselas y no captar en qué medida esto des­
cribe lo que hacemos.
En ese texto, entonces, captamos qué es el estatuto ético del incons­
ciente. Esto quiere decir que el inconsciente es relativo, relativo al de­
seo del analista, relativo al deseo del analizante. Lo es en la medida en
que puede realizarse como saber de una manera o de otra. Mientras no
esté realizado, está en suspensión, indeterminado, pero también suje­
to a un deseo de realizarse.

109
JACQUES-ALAIN MILLER

¡Objeción! ¡Objeción! -vuelve a replicar quien viene a molestarme-,


La objeción freudiana. ¿Qué es esta historia? La acción obsesiva de­
muestra que hay coerciones inscriptas y programadas, que uno no ha­
ce lo que se le da la gana, que existen los lapsus y todo lo demás, la es­
puma de los días como dice Paul Valéry, pero aquello duro, lo que no
se puede cambiar, es ese programa inscripto.
¡Bueno! No se enfurezca. Por esa razón, precisamente, después de
habernos presentado el inconsciente como sujeto, Lacan nos trae el
concepto de repetición y lo trabaja en segundo lugar.
Freud, desde la perspectiva de su hipótesis, nos dice que la consta­
tación de la repetición -siempre significante- nos fuerza a plantear el
inconsciente como algo efectivo (real) -eticas real-, Pero Lacan no pien­
sa que haya efecto alguno, datos, un conjunto de significantes que obli­
guen a inferir esto. La inferencia, la conclusión, es siempre un asunto
de deseo. Por mi parte, me agoto con algunos colegas italianos procu­
rando hacerles admitir que dos más dos son cuatro y que cuando al­
guien escribe lo que escribió, eso quiere decir... eso; pues bien, no se
pueden acumular todas las demostraciones. No, en absoluto. — ¡Pero
usted lo escribió...! ¿No? —Los adoro.
Es la historia de la tortuga de Lewis Carroll, la tortuga que siempre
pide una regla suplementaria para poder admitir la deducción; es imba-
tible, porque se trata de S (A). En buen francés, se dice: "On ne fait pas
boire l'áne qui ne veut pas boire" ["No se hace beber al asno que no
quiere beber"]. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que el profesor
Freud, cuando nos indica la lista de los hechos en función de los cuales
inferimos esto, ¡no, Profesor!, ¡no! Aun para decir "dos más dos igual a
cuatro", y como bien lo demostró el cardenal Newman, alguien que ha­
bía captado bien la necesidad de que Dios continuara existiendo en
tiempos de la lógica matemática, las computadoras, etc., hay que saltar
un hiato antes de inferir, el hiato de ese S ( f ) y su abismo.
Por este motivo Lacan habla aquí de ética. Ella es, incluso, la que
permite concluir el más pequeño de los razonamientos, y es por este
motivo que Lacan subraya en El seminario 11 que Freud no pone en evi­
dencia -justamente porque es dentista- su propio coraje ético, el de
plantear el inconsciente. Leemos en la página 41 de El seminario 11: "El
status del inconsciente, tan frágil en el plano óntico, como se los he in­
dicado, es ético. Freud, con su sed de verdad dice: Sea como fuere, hay
que ir a ver, porque, en alguna parte, el inconsciente se muestra". Por su­
puesto, no lo pone en un primer plano porque privilegia la deducción

110
EL ESTATUTO DEL INCONSCIENTE

lógica/ en el sentido dentista que no le permitiría decir otra cosa. La­


can por su Parte/ agrega: "Y mi intención de la sed de la verdad que
lo mueve es una simple indicación para seguir la pista que nos permi­
tirá preguntamos en qué consistió la pasión de Freud" (página 42).
Precisamente, esto introduce el lugar de la ética en el vacío de S (A);
lo confirma lo que dice Lacan en las páginas 47 y 48: "Freud reduce to­
do lo que llega a sus oídos a la función de puros significantes. A partir
de esta reducción se da la operación, y así puede aparecer, dice Freud,
un momento de concluir [...]". Lacan reintroduce allí, en el momento
mismo de concluir, el lugar de la ética. N o hay momento de concluir
sin esta exigencia ética; el final de análisis no es algo que llegue en un
momento dado y ¡upa! se obtuvo el ticket de salida. Es necesario que­
rerlo de la buena manera, es preciso que el deseo esté allí, esto es lo su­
brayado por Lacan: "[...] un momento de concluir, un momento en el
que él siente que tiene el coraje de juzgar y de concluir. Esto forma par­
te de lo que llamé su testimonio ético". No se trata en él de refutar la
justificación del concepto de inconsciente en el sentido freudiano, por
cuanto sería puramente objetivo. Lacan recuerda que esto se inscribe
en el lugar de S (A), que hay allí un abismo, que solicita tma decisión.
Freud, entonces, tiene el coraje de concluir -aquí, concluir es elabo­
rar- que "el inconsciente es algo real", en el sentido de la ciencia esto
quiere decir que elabora la repetición como el garante óntico del fenó­
meno del inconsciente.

H ace fa lta tiempo

Pasamos del inconsciente como lo evasivo, lo fugaz, lo imprevisi­


ble, al estatuto del inconsciente como algo que se repite, algo que po­
ne en evidencia, la acción obsesiva. Esto nos permite percibir que la re­
petición es una elaboración de saber a partir del fenómeno inconscien­
te. Éste se presenta bajo dos aspectos, el del superyó, por un lado, y el
del sujeto supuesto saber, por el otro. En tanto superyó, el inconscien­
te es designado por fórmulas inscriptas que programan al sujeto. En
cuanto a la faz sujeto supuesto saber, es prácticamente a partir de ella
que se elaboran la repetición, el saber, el superyó.
¡Ah! Pero no es moco de pavo pensar el inconsciente-sujeto al mis­
mo tiempo que la repetición, porque el inconsciente sólo tiene estatu­
to de suposición - y se plantea la cuestión de saber si el inconsciente no
sería un semblante, fuera del discurso efím ero-.

111
jJ P H
JACQUES-ALAIN MILLbR

Por lo demás, tomen nota de que en la "Proposición del 9 de octu­


bre de 1967...", como primera referencia, Lacan dice: "No solamente el
sujeto supuesto al saber, no es real [...]". Y, justamente, le da el estatu­
to de un efecto de sentido: a partir del momento en que uno cuenta sus
síntomas al analista, se está preguntando qué quieren decir. Y, por esa
misma vía, hay un efecto de significación especial, según el cual en al­
guna parte eso habría de saberse.
Pero de este efecto Lacan afirma que no es real. Al mismo tiempo
que respecto de la transferencia, como notarán, afirma que es la pues­
ta en acto de la realidad del inconsciente. Entonces, en primer lugar, se
plantea la cuestión acerca de que si el sujeto supuesto saber no es real,
¿no sería un semblante? Teniendo en cuenta, además, que los efectos
de verdad guardan siempre un parentesco con el engaño, son siempre
momentáneos, el inconsciente puede ejercerse en el sentido del enga­
ño. En ese punto se detienen lo s posmodernos, por otra parte, creyen­
do haber hecho lo necesario. ¡Y sí, la interpretación siempre es arbi­
traria! ¡Todo eso implica una convención! ¡Es más, una convención
apoyada en poderes e intereses!
Pero, en segundo término, el inconsciente no tiene estatuto de sem­
blante. El inconsciente, en tanto ligado a la repetición que en él se ela­
bora, apunta a un núcleo de real no asimilable, cuyo modelo es el trau­
ma. Así, la repetición puede ser conceptualizada como la repetición del
evitamiento de un núcleo de real.

Se trata del esquema fundamental propuesto por Lacan en el Semi­


nario 22, que es exactamente parecido al propuesto cuando aborda la
pulsión.
Entonces se trata de la repetición de un evitamiento, es decir, la rea­
lidad psíquica está allí en suspenso y espera. Si pensamos el incons­
ciente con la repetición, entonces la transferencia es la puesta en acto
de una realidad, no de una ilusión.
Y la pulsión, que es un automaton libidinal, donde la palpitación del
sujeto en apertura y cierre reproduce la estructura, también obedece a

112
EL ESTATUTO DEL INCONSCIENTE

esta estructura inscrita en el pizarrón, por la cual el único objeto que la


satisface es seguir su trayectoria.
Por consiguiente, el inconsciente como sujeto nos obliga a pensar
una temporalidad que es, por cierto, muy diferente de la temporalidad
de la repetición.
La temporalidad de la repetición es siempre una temporalidad de
¡a primera vez. Cuando ponemos el acento en la repetición, subraya­
rnos precisamente el hecho de que ella no modifica eso que se repite.
No es algo del orden de usted ya lo hizo, ya lo dijo, entonces, pase a
otra cosa. La repetición, justamente, no acumula las unidades que se
repiten. Estamos, una y otra vez, como si se tratara de la primera vez
y ninguna resulta modificada por la serie precedente, ni se produce un
vínculo entre aquello que se repite.
Podríamos decir, entonces, el inconsciente-sujeto aparece y desapa­
rece, es una temporalidad de repetición. Eso no es sino un semblante.
Por el contrario, es inherente a la operación analítica hacer que los efec­
tos de sujeto que aparecen y desaparecen, al mismo tiempo se acumu­
len bajo forma de saber. Ése es el valor de la fórmula propuesta por La­
can como sujeto supuesto saber; bajo la barra, la significación de suje­
to y, dentro del paréntesis, los significantes supuestamente ya ahí.

s (Sj, S , ... Sn)

s —>■

Se debe captar con esta forma que aquello que aparece como efecto
de sujeto se deposite y se acumule como saber. Eso es, precisamente, lo
que no se produce en la repetición, donde uno está, cada vez, como si
se tratara de la primera vez. En esto, la repetición es, justamente, la
anulación del tiempo. Es gracias al sujeto supuesto saber que la fun­
ción del tiempo se introduce en el inconsciente. Este inconsciente a me­
nudo es pensado como una memoria, de un pasado ciertamente acti­
vo en el presente y en la transferencia. Consideramos que es el pasado
presentificado que es puesto en acto. Mientras que en la perspectiva
del sujeto supuesto saber, en cambio, lo primero que captamos es el fu­
turo. Se trata de la dinámica de la realización de un inconsciente sos­
tenido por un deseo y en procura del momento de concluir, momento
que no será nunca automático y que Lacan denomina "pase".

113
JACQUES-ALAIN MILLER

El inconsciente-sujeto, el inconsciente a determinar, virtual, no se


realiza, no puede realizarse, si puedo decirlo así, de golpe. Se realiza
uno por uno bajo forma significante, y la cadena se extiende. Y para
eso, hace falta tiempo.
Allí se inscribe la sesión analítica. Lacan, en una nota al pie de la pá­
gina 316 en los Escritos, dice: "En 1966, nadie que siga nuestra enseñanza
sin ver en ella que la transferencia es la intromisión del tiempo de saber".
Habla de intromisión. Precisamente, el inconsciente de la repetición
es un inconsciente intemporal u omnitemporal, mientras que la trans­
ferencia traduce la intromisión del tiempo en el saber y la introducción
de algo que se llamará, en Lacan, tiempo lógico, que es el tiempo lógi­
co de la cura, el tiempo de una demostración de real.
Esta demostración de real obliga, por cierto, a revisar el estatuto de
real. Nos imaginamos que lo real está sólo en conexión con la modali­
dad de lo necesario, es decir, con la permanencia de las leyes que no se
pueden desobedecer, como las del superyó.
Lacan nos mostró la conexión de lo real y lo imposible, aquello que
precisamente es imposible de simbolizar. Pero, al mismo tiempo, nos
indicó no retroceder ante la conexión entre lo real y la contingencia. La
doctrina del sujeto supuesto saber comporta, justamente, que si la ex­
periencia analítica da acceso a un real, no lo hace a través de la contin­
gencia. Es la contingencia de la transferencia, tanto como la contingen­
cia de las manifestaciones sintomáticas, y es también la contingencia
de la elucubración del saber.
La orientación lacaniana es el resultado de un deseo lacaniano en
el psicoanálisis, en la medida en que uno podría imaginarse que está
allí, sobre un mapa -¿pasam os por aquí o por allá?-. Y ese deseo laca­
niano es que la experiencia analítica sea conclusiva, demostrativa, que
demuestre un real, esto es, que obtenga de la contingencia como tal,
condición de la experiencia analítica, la demostración de un real. Pues
bien, si esto no está sostenido por un deseo, esta propuesta de obtener
de la contingencia una demostración de real no se produce. En fun­
ción del sujeto supuesto saber, la contingencia reside, precisamente,
en que el inconsciente cese de no escribirse; implica que la represión
ha sido levantada, cesa de estar reprimido. En el psicoanálisis, se ga­
na respecto de la represión, se llega a escribir acerca de aquello que no
se escribe.
Es, precisamente, lo-que permite poner en evidencia aquello que no
cesa de no escribirse, justamente porque llegamos a ganarle a la repre­

114
EL ESTATUTO DEL INCONSCIENTE

sión. Se hace entonces patente que hay algo que no cesa de no escribir­
se y que no se logra hacer volver, llamado por Lacan la relación sexual.
Cuando logramos levantar la represión, en la experiencia analítica,
caemos sobre algo que no vuelve nunca a escribirse. Eso es lo real, lo
im posible.
Entonces, el desciframiento, la lectura del inconsciente es del orden
de lo contingente. El discurso psicoanalítico hace existir lo inconscien­
te como real, mientras que lo real del que da testimonio lo inconscien­
te es un imposible que no cesa de no escribirse.
Queda lo posible, que es siempre e l pobre de la partida, el que cesa
de escribirse. Lo que cesa de escribirse es lo que está reprimido. Preci­
samente, lo que atormenta a los psicoanalistas a propósito del discur­
so psicoanalítico como tal es que cese de escribirse.
De ahí la importancia para el próximo siglo -saludamos por antici­
pado su llegada entre nosotros o la nuestra en é l- de que el discurso ana­
lítico no cese de escribirse, algo que depende de un deseo lacaniano.
Eso es todo. ¡Hasta el siglo próximo!

15 de diciembre de 2000

115
VI
Las afinidades entre la fem inidad
y la voluntad

Dada la hora de mi llegada... no admitiré ninguna risa burlona. Me


quedé encerrado en el ascensor... No, no es cierto. Quedé encerrado,
como de costumbre, en el ascensor de las ideas. Cuanto más cambia,
tanto más se trata de lo mismo.
El tiempo pasa, es preciso avanzar, no tenemos un segundo que
perder. Es la significación mayor ligada, a mi parecer, al atravesamien-
to del corte significante, el corte simbólico por el cual una noche, vivi­
da por todos los que están aquí, albergó el pasaje de la humanidad
mundializada de un milenio al otro.
Y aquí estamos, por consiguiente, para hablar por primera vez en
tanto hombres del siglo XXI. ¡Ah! Por cierto es diferente. Después, ser un
hombre del siglo XXI parece una broma, ya que desde hace largo tiem­
po el siglo XXI es el futuro, hace dos mil años y aún más, entonces sólo
es el presente desde hace apenas quince días, ni siquiera eso. Todavía no
nos hicimos a la idea de ser hombres y mujeres de este nuevo siglo.
El siglo XXI ha sido, hasta el presente, el tiempo de la ciencia-fic­
ción, importante rama de la literatura expandida en otras épocas, en el
siglo XX. La broma es también que en lugar de la catástrofe tecnológi­
ca anunciada, origen de tantos gastos, tuvimos aquí en Francia, como
en otras naciones, una buena y conocida catástrofe natural. No tuvi­
mos el bug, tuvimos la tempestad, el ciclón, el huracán que devastó co­
mo nunca había ocurrido hasta entonces la dulce Francia.
Uno se pregunta, además, inquieto por la desaparición de Francia
en la mundializadón, si Francia no arriesga simplemente desaparecer
por efecto de las catástrofes naturales. ¡Para estar ai abrigo, sería nece­

117
JACQUES-ALAIN MILLER

sario ir a América Central! En definitiva no se detuvieron las compu­


tadoras sino que se cayeron los árboles. Como sorpresa, hubo sorpre­
sa. Operó a la vieja usanza.
Al mismo tiempo, esa catástrofe no era tan natural como parecía. Si
se la mira en detalle, se puede sospechar que los cambios del clima son
demasiado pronunciados como para no considerar que juega allí el re­
calentamiento de los hielos polares, consecuencia de nuestros excesos,
productores del efecto invernadero.
Puede ser quizá que comencemos, hombres del siglo XXI, a cobrar
los dividendos del discurso de la ciencia y de la cantidad increíble de
máquinas, aparatos, accesorios, que ese discurso permitió volcar en el
mundo.
Pensemos entonces un poco en el impudor de Descartes postulan­
do un amo y poseedor de la naturaleza, es decir, prescribiendo desde
el comienzo que el discurso de la ciencia debe servir a las finalidades
del discurso del amo, y habiendo programado de entrada que el resul­
tado, el producto del discurso de la ciencia, el saber científico, debe tra­
bajar al servicio del discurso amo.
Como podíamos enteramos leyendo y descifrando los maternas de
Lacan, se trata de algo que produce un efecto extraño, llamado a, obje­
to gadget pero que también es el objeto catástrofe y acontecimiento im­
previsto. Asistimos al espectáculo del acontecimiento imprevisto.
Por otra parte, tuvimos de todo: el acontecimiento previsto y el im­
previsto, el moderado y el salvaje. El atravesamiento del milenio pro­
ducido -n o sé si lo notaron- exactamente a la hora prevista y esperada.
¡Bueno! La torre Eiffel se apagó, y la cuenta regresiva no impidió que el
milenio avance hasta su fin último, no faltó siquiera un segundo y el
nuevo milenio de inmediato lo relevó, hubo allí, entre un siglo y otro,
un relevar de postas absolutamente fascinante por su perfección.
Es muy complicado pasar de un milenio a otro. Tuvimos, además,
el acontecimiento imprevisto, esta formidable tempestad desencade­
nada especialmente en Francia -nadie la esperaba y se hizo anunciar
algunas horas antes de producirse- Me han podido hacer el relato ate­
rrador, fascinante, de los árboles cayendo al lado de un auto, con las
hojas rozando el rostro de la conductora, bastante en buen estado co­
mo para contar todo esto, cuando por poco dejaba allí su vida. En efec­
to, resulta cautivante como efecto imprevisto.
Pues bien, después de estas reflexiones a título de divertimento, no
perdamos un instante m ás y pongamos rumbo a la sesión analítica.

118
LAS AFINIDADES ENTRE LA FEMINIDAD Y LA VOLUNTAD

Ellas quieren, quieren y quieren

Escribí "sesión analítica", pero se produjo algo imprevisto. Cuando


jlegué al final de mi primera página de notas, me lancé en un excursus
del que también les daré cuenta, ligado al sujeto.
Abordamos la sesión analítica, si tienen a bien recordar lo que dije
el siglo pasado (es divertido finalmente, es la primera vez que uno tie­
ne la ocasión de decir eso), a partir de la noción de un inconsciente de-
sontologizado, es decir, para hablar correctamente, un inconsciente del
que no diremos que no es un ente -e n el francés que hablamos, un
"étant", pero con "g " al final, “étang", es el estanque y evocaría el de
los patos-, un inconsciente que no es un ser, sino algo no realizado y
que, por consiguiente, busca realizarse. Es lo que tendría que decir
quien no está analizado: "Tengo un inconsciente no realizado, ¿dónde
voy a realizarlo? ¿Con quién? ¿Quién me ayudará a realizar mi incons­
ciente?". En tanto el analizante diría: "Estoy en camino de realizar mi
inconsciente, estoy en la tarea de hacerlo".
Esta definición, esta perspectiva para introducir el inconsciente, es
la de Lacan con su sujeto supuesto saber. De elegirla para abordar la
sesión analítica, cabe tener en cuenta, por un lado, la importancia de
que no constituya una perspectiva entre otras muchas y, por otro, el
hecho de que es imposible escapar al tema y al término de "serie"
cuando se habla de la sesión analítica. Evidentemente, podríamos de­
cir la sesión analítica, una sola, mi sesión, tuve una, partí de inmediato
y no volví más. Es algo imaginable. Por lo demás, se ofrecen terapias,
se inventó una forma de terapia cuyo destino desconozco, se hablaba
de ella hace algunos años, la terapia de una sola sesión, bien prepara­
da y desarrollada a lo largo de una jomada, regulando lo esencial,
aquellas regulaciones abordables durante ese tiempo. Hubiera sido in­
teresante tener acceso a algunas reseñas, pero, con exclusión de esa va­
riante, el tema de la sesión analítica introduce el de la serie. Y en ella,
si tomamos la perspectiva del sujeto supuesto saber, se trata menos del
pasado y de la rememoración -tal la prioridad freudiana- que del fu­
turo y la realización, como lo indica Lacan.
Decir que Freud pinta la sesión analítica tal como debiera ser y La­
can tal como es, es hablar como La Bruyére, alguien de un siglo aún
más lejano ahora que antes.
Se trata de que el inconsciente se realice como saber -e so dije en
otros tiempos-; no lo hace de golpe, esto es, de inmediato se encuentra

119
JACQUES-ALAIN MILLER

aquello de "hace falta tiem po". Allí es donde ustedes dan un paso no
hacia adelante, sino esencial, por cuanto arruina el concepto mismo de
análisis de sesión única.
A partir de allí se inscribe el sujeto supuesto de Lacan, en la medi­
da en que, antes de ser saber realizado, el inconsciente es saber supues­
to. Cuando distribuimos los elementos de manera tal que nos vemos
llevados a hablar de la realización del inconsciente -tal como en defi­
nitiva lo hace Lacan desde el principio, a partir de "Función y campo
de la palabra y del lenguaje...", donde ya es un término esencial-, es
preciso dar un estatuto a lo que existía antes. A eso responde el con­
cepto de saber supuesto.
Evidentemente, por otra vía se puede decir que el inconsciente es­
tá allí, opera y gobierna, en efecto, a título de amo. El inconsciente
que programa ya está ahí, pero aquel que se descifra y busca realizar­
se como saber descifrado, no está en el punto de partida. Sólo es su­
puesto.
A partir de allí podemos designar el trayecto de un análisis, para
ir paso a paso, haciendo del análisis un camino que va de un punto a
otro, para designar luego este trayecto como aquel que va de la supo­
sición a la realización. Podem os agregar una pregunta aferente: en
qué momento la suposición bascula en la realización y se encuentra en
cierto modo aspirada por ésta, p or lo realizado, cuáles son en el análi­
sis las competencias entre suposición y realización, etcétera.
Puedo volver a decir algo ya adelantado la última vez -puesto que
el otro siglo también es la última vez-, en el sentido de que el así lla­
mado dispositivo analítico es el que permite poner a trabajar los efec­
tos de sujeto, los tropiezos, las lagunas, las discontinuidades, todo eso
que a partir de Freud aprendimos a aislar y que con Lacan llamamos
efectos de sujeto. Por supuesto, los efectos de sujeto también existen
fuera del análisis. El dispositivo permite ponerlos a trabajar, algo que
no ocurre en ningún otro sitio.
Los efectos de sujeto aparecen, con las dos ortografías;1 no son, en
su calidad de tales, productos del análisis, no son artefactos. Claro es­
tá, son de una especie especial cuando aparecen en el espacio y el tiem­
po del análisis, en el lapso del análisis, pero existen por fuera y hasta
existen con un valor de verdad, a veces incluso con un valor de verdad

1. Paraitre/appam itre: "p arecer"/ "ap arecer" (manifestarse). [N. de !a T.]

120
LAS AFINIDADES ENTRE LA FEMINIDAD Y LA VOLUNTAD

iie no tienen en el análisis. Tal el caso, si seguimos a Lacan, de los


efectos de verdad que se manifiestan en el marco del discurso del amo.
En él, los efectos de sujeto aparecen en el lugar de la verdad.
Por lo demás, Freud recurre a ese registro para tomar prestado el fa­
moso ejemplo del lapsus del presidente que cierra la sesión cuando tie­
ne que abrirla. Todo el mundo, a partir de Freud, pero sin duda antes
también, se ríe a carcajadas porque el presidente acaba de revelar su
deseo, esto es, irse rápidamente de allí, etcétera, para reinstalarse có­
modo en su casa.
Este lugar, esos efectos de sujeto en el lugar de la verdad, los había­
mos asignado, en un tiempo en el que considerábamos el sentido de
los lugares, precisamente a un personaje por completo esencial en el si­
tio mismo donde los mandos se personifican: es indispensable tener
su loco al lado, su bufón encargado, en efecto, de explicitar los efectos
de sujeto y decir sus cuatro verdades a todos los personajes que pue­
blan las elevadas esferas del poder.
Lacan señala el rol distinguido del bufón, para situar una relación
clásica en cuanto a la verdad, tanto más manifiesta cuanto más nos
acercamos al significante amo, cuanto más resplandece el S, en su glo­
ria, más crece por debajo -y tanto mejor acordarle su lugar- la verdad
que se burla. Por esta razón, cuando las cosas ocupaban bien su lugar
se disponía de un tiempo acordado para el carnaval, momento en el
que podían desordenarse por un lapso de tiempo. Ya no tenemos el
sentido del carnaval porque para nosotros todo está patas arriba, todo
el tiempo.
Entonces, por un ratito se permite que algunos estudiantes ato­
londrados arrojen harina a los transeúntes, eso es cuanto nos resta, el
residuo conservado de una función eminente como ha sido la del car­
naval, profunda inspiradora de los artistas en tanto era, en efecto, la
expresión de una dimensión de ordinario reprimida por el orden je­
rárquico. Afortunadamente, este orden se ha visto, por otra parte,
subvertido hasta llegar a esta espléndida igualdad del mercado en la
que estamos convocados a desplegamos en el correr del siglo que es
ahora el nuestro.
Dejemos el discurso del amo y los efectos de sujeto que allí tienen
lugar. En el discurso de la histeria -esto es lo que me condujo a un pe­
queño excursus-, los efectos de sujeto están ahí, por supuesto. Más aún,
esto tiene un gran alcance. Si seguimos los planteos de Lacan, los efec­
tos de sujeto ordenan, están en el lugar del significante amo.

121
JACQUES-ALAIN MILLER

¡Eso es la histérica que hace de amo! Hay más para decir al respec­
to. Es lo que expresaba ayer mismo un sujeto obsesivo bajo una forma
que me pareció, en su simplicidad, teñida por un especial bien decir.
Designaba a las parejas femeninas que le habían caído en suerte a lo
largo de su existencia, las caracterizaba de la manera siguiente: "¡Mu­
jeres locas y que quieren, quieren, quieren!".
Me pareció muy esclarecedor. Después hubo una pequeña recaída,
poique agregó -y o ya estaba transportado-: "¡Ellas no saben qué quie­
ren!". Eso ya no me pareció tan bueno y al respecto me extendí un po­
quito en exceso, sin duda, pero en ñn... Es una recaída, en primer tér­
mino -n o lo voy a desarrollar ahora- Les diré mi convicción: es él mis­
mo quien no sabe, en primera instancia, lo que ellas quieren. Es dema­
siado cómodo decir "ellas no saben...". No saben, ¿qué? Es él quien no
sabe qué quieren ellas.
Esta forma de inmediato agresiva y misógina es una proyección.
Entonces, en segundo término, ellas tampoco saben, tenemos todas las
razones para suponerlo. Pero en primer lugar hay algo que sí saben,
con todo, muy bien. En ese no-saber, ellas saben muy bien -todos los
testimonios convergen al respecto- que quieren embarullarlo, ¡que­
riendo, queriendo, queriendo!
Es la razón por la cual aquellas con quienes regularmente él tiene
que vérselas son, diría, sabiamente incoherentes.
Por otro lado, en estas así llamadas vacaciones de invierno, retomé
para acomodarlos algunos documentos, hoy históricos, que conciernen
a los malestares y crisis atravesados por ese conglomerado extraño lla­
mado Asociación Mundial de Psicoanálisis. Me sorprendió, sobre todo,
hasta qué punto yo mismo y algunos otros estábamos perdidos ante las
incoherencias que se nos presentaban. Se aprecia una bella lógica impa­
rable -hasta podría calificársela de inflexible-, pero perdida, en la me­
dida en que tiene que vérselas con una espléndida incoherencia.
No me burlo de ese paciente sin extender la burla a la confrontación
general de los espíritus lógicos con eso que suscita, evidentemente, no
cualquier cosa, sino la incoherencia.
En tercer lugar, el paciente cree saber lo que ellas quieren: que él les
haga, cómo decirlo, el rito del Fénix. Pero está desorientado por cuan­
to es eso, pero no es eso. El falo del que se trata no es precisamente ese
que él cree. Entonces diremos: por supuesto, no es el órgano que fun­
ciona o no -p o r lo demás, en cuanto al señor que nos ocupa,, marcha
bastante bien-, es el falo simbólico. ¡No, no! El falo simbólico es el ce­

122
LAS AFINIDADES ENTRE LA FEMINIDAD Y LA VOLUNTAD

tro, esto es, un vulgar significante amo, insignia del poder, aquel que
hace marchar las cosas, es el bastón de mando del agente de policía.
Lacan pone el significante amo en el lugar del agente, del flic [cana],
de la policía. Para cualquier uso eventual, preciso que "flic" no es una
injuria, sino una designación del lunfardo. Tuve también la ocasión en
estas vacaciones de recurrir al Dalloz en lo que concierne a la injuria,
la difamación, etcétera, sutileza extrema. Pues bien, la jurisprudencia
indica que si llaman “flic” a un agente de policía -n o les aconsejo h a­
cerlo-, sin agregar ningún otro calificativo descortés -s i no dicen "M al­
ditos canas", etcétera-, él no debe considerar eso como una injuria.
Hav una jurisprudencia de la Corte de Apelaciones que lo confirma.
Uno se queda contento sabiéndolo.
El significante amo, entonces, está en el lugar del cana. Y no es ese
bastón, con todo, el falo que le interesa al sujeto histérico. Hablo del
sujeto histérico, pero, todo sujeto lo es en su fase más profunda, según
Lacan. El falo que le interesa es, por el contrario, signo del no-dominio
del Otro, es decir, lo irreprimible, lo imprevisto, aquello que es suple­
mentario y que, precisamente, perturba el orden, los dispositivos. Se
trata del falo como efecto de sujeto.
Entonces, si de eso se trata, ellas quieren aquello que no puede pe­
dirse o sólo puede pedirse llamándolo, con muchos equívocos,
"amor".

La constancia de la voluntad

¿Qué es el amor? A partir de Lacan, designamos así aquello que no


pertenece al registro del tener. Podríamos decir entonces que es del re­
gistro del ser.
¿Se trata de una afirmación exacta? Por mi parte diría que es el
amor real el que busca en el Otro lo que él es como objeto a. ¿Esto es
su ser? Lacan pudo emplear la expresión, pero es más exactamente su
real, es decir, aquello que del Otro está bien hecho para suscitar en to­
do caso el asco, el horror o el odio. El milagro, en esta cuestión del
amor -ese es el término empleado p or Lacan al respecto-, el milagro
del acontecimiento-amor, puesto que el amor es un acontecimiento, es
lo que quiere decir escribirlo en el registro de la contingencia. El mila­
gro del acontecimiento-amor es que ese real del Otro, en lugar de sus­
citar asco, horror u odio, suscita amor.

123
JACQUES-ALAIN MILLER

Evidentemente, es un am or diferente al amor considerado ya sea en


el eje simbólico o en el eje imaginario (narcisístico). Es esta tercera for­
ma singular del amor la que Lacan se vio conducido a abordar y aislar
a partir de El seminario 20, A un y los que le siguieron.
Por mi parte, esta es m i m anera de considerar la expresión singu­
lar, muy singular, surgida de un analista de la Escuela, como se los
llama, para no nombrarlo, Virginio Baio, quien hablaba del amor de lo
real.
Es una expresión tan singular que me llamó la atención desde un
comienzo. En un primer tiem po, la dejé librada a la singularidad de
Virginio Baio; me había parecido formidable y había dicho: "Es Baio
quien lo dice, para él es así".
Pero ahora me parece que lo dicho por Baio surge del final de su
análisis, autentificado tanto com o puede serlo en las formas, y aclara
lo que concierne al amor. Si el amor no es el amor de lo real del Otro,
de lo real en el Otro, entonces es el amor narcisístico, el amor simbóli­
co, el amor del símbolo que protege, y ése no es el colmo en los confi­
nes donde el amor se acerca al horror y al odio.
Me parece que ésa es precisam ente la razón por la cual Lacan pue­
de decir en El seminario Aun, al final del capítulo "Una carta de al-
m or": "[...] mientras más se p reste el hombre a que la mujer lo confun­
da con Dios, o sea, con lo que ella goza, menos odia (hait), menos es
(iest) -la s dos ortografías- y com o no hay, después de todo, amor sin
odio, menos ama" (página 108). Dice exactamente que cuanto más
puede tomar de la m ujer la confusión con Dios, menos odia,2 menos
es, menos ama.
Esta formulación, después de todo misteriosa, se aclara cuando ha­
cemos surgir el término que se opone diciendo: cuanto más se presta a
la confusión con el objeto a com o real, más ama, más "odia"/"es" ("h-
a-i-t" /"e-s-f"), empuja al ser h asta lo real -y hasta se puede agregar,
más es amado y más es odiado, aunque no forzosamente por las mis­
mas personas-.
A partir de aquí sería posible decir algo acerca de lo universal de
eso que ellas quieren, algo que, para todas, permitiría decir que para el
universal de lo que ellas quieren n o hay una idea general, el universal

2. H a it " , tercera persona de "ha'ir" (odiar): homófono de "est", tercera persona de


"étre" (ser). A sí lo indica Jacques-A lain M iller: "m enos odia/menos es''. [N. de la T.]

124
l As a f i n i d a d e s e n t r e l a f e m i n i d a d y l a v o l u n t a d

. j 0 que ellas quieren que no se ordena ni se demanda, como no sea


bajo la forma equívoca de la demanda de amor.
Entiendo que es por eso mismo que ellas quieren, quieren, quieren.
Tocamos allí, quizá, u n g ran m isterio d el q u e p o d e m o s abordar a l­
gunos p equ eños resplandores, alg u n as lu cecitas: las a fin id a d e s entre
la fem inidad y la voluntad. A s í fo rm u lad o, e n térm in o s de afinidad e n ­
tre la fem inid ad y la v o lu n tad , p u ed e ser q u e lleg u em o s a bosqu ejar el
hecho de que cu ando a ellas les g u sta m andar, es p recisa m en te para
aislar lo que no pu ed e ser m an d ad o.
Y aun así, ¿se puede decir que discernimos algo? Vemos aquí por
qué la voluntad ha constituido, desde siempre, un misterio tan grande
para el pensamiento, para la filosofía de la voluntad, tan grande como
la mujer. Además, por esa misma vía despertamos algo conocido por
todos ustedes, sin duda, como es la cuestión de Freud acerca de la fe­
minidad. Después de todo, ella no implica sino la voluntad.
¿Qué quiere la mujer? Esto es lo que Freud interroga. Y es, sin du­
da, del lado de la mujer que la voluntad es llevada al estado de miste­
rio, del más grande misterio. En esa perspectiva que conduce a eroti-
zar la voluntad encontramos, por ejemplo, a los estoicos y su sabidu­
ría. Ella consistía, ante todo, en un aprendizaje, un adiestramiento, una
cultura de la voluntad, al punto de darse por objetivo una identifica­
ción del sujeto con su voluntad, algo que hasta deja sospechar en ellos
un goce de la voluntad.
En ese camino, además, encontramos a Schopenhauer, famoso mi­
sógino, aquel que puso la misoginia de moda. Cuando se comenzó a
leer, cuando se introdujo a Schopenhauer, él ya era viejo. Escribió su
gran tratado alrededor de los treinta años, pero en el momento en que
se lo descubrió terna sesenta. En verdad, sólo fue descubierto en fun­
ción de los extremos a los que llegó su misoginia y su diagnóstico ca­
tastrófico sobre el estado de la civilización.
Schopenhauer, precisamente, situaba la voluntad en el lugar mismo
de la cosa en sí. Lee a Kant, lo simplifica y finalmente da el verdadero
nombre de la cosa en sí kantiana: es la voluntad. Hizo entonces un
gran tratado, primera parte "La representación", segunda parte "La
voluntad".
Concibió la voluntad como la cosa en sí por excelencia. Evidente­
mente tendríamos cosas para decir respecto de las relaciones entre la
voluntad y el deseo, dado que Lacan eligió, para introducir la cuestión
del deseo, la fórmula del Che vuoil, adelantada en italiano por el pro-

125
JACQUES-ALAIN MILLER

pió Cazotte. ¿Por qué especialmente en italiano? ¿Sería para indicar


que los italianos no saben lo que quieren? Es preciso reconocer que
ellos mismos se quejaron de eso durante largo tiempo; Maquiavelo só­
lo desplegó sus tesoros de astucias porque tema que vérselas con suje­
tos que no sabían lo que querían -é l se quejaba de esta circunstancia-.
Por lo demás, El Príncipe, el tratado del príncipe, es un gran Che vuoi?
dirigido a Italia. Dejo eso de lado.
Entonces, la voluntad es una especie de deseo, pero el deseo, como
lo definimos, es algo huidizo, por completo mezclado con la defensa.
Lacan decía que no se podía siquiera distinguir -e n todo caso en la
neurosis- el deseo de la defensa. En esto reside, precisamente, la dife­
rencia entre deseo y voluntad. La voluntad es el deseo una vez despe­
jada la defensa. No se trata sólo de perturbar la defensa, molestarla, co­
mo pude decirlo subrayando un término de Lacan, no se trata sólo de
eludirla, sino de vencerla.
¿Cómo puede ser que el deseo, todo mezclado con la defensa, con­
fuso y perturbado, a veces -com o dice Lacan- inestable en su proble­
mática, empantanado, esponjoso, adquiera el esplendor de la volun­
tad, su entereza?
Yo había incluido aquí "la constancia de la voluntad", pero no, si
bien la constancia tiene algo que ver con la voluntad, no es ése su ras­
go distintivo respecto del deseo. Aun cuando lo presente así, todo en­
redado, el deseo tiene, al mismo tiempo, su constancia freudiana.
Por consiguiente, no es la constancia el rasgo que hace aquí la dife­
rencia. Más exactamente cabría preguntarse: ¿cómo puede el deseo,
bajo la forma de la voluntad, volverse perentorio, imperativo? Esto es,
no enunciarse simplemente en términos de: "N o soy más que el deseo
del Otro", etcétera, sino afirmarse en su entereza.
Podríamos decir: ¿cómo el deseo se vuelve deseo decidido? -según
la expresión de Lacan-. Lo distintivo, aquí, es el deseo que pasa al ac­
to, el deseo que quiere, que se vuelve voluntad.
En efecto, la constancia de la voluntad es verdaderamente diferen­
te de la manifestación de la voluntad. Así, cuando una voluntad se ma­
nifiesta estamos tan poco seguros, en cuanto a su duración, que hay un
montón de procedimientos por los cuales se la rodea. Se entiende que
al menos ustedes no podrán cambiar de voluntad, aunque cambien de
parecer, firmaron y la voluntad de ustedes va a durar, pese a ustedes
mismos. Hay entonces, todo un dispositivo significante para que, una
vez manifestada una voluntad, se la encierre y se les impida cambiar­

126
l a s a f in id a d e s e n t r e l a f e m in id a d y l a v o l u n t a d

la. Esto prueba que la esencia de la voluntad no reside en su constan­


cia. La voluntad es también -o mucho m ás aú n- su inconstancia.
Estoy contento porque hasta el presente tenía tendencia, justamen­
te, a ligar en el nivel imaginario voluntad y constancia. Pero no es así,
en absoluto. Hacerlo implica confundir la voluntad con la jaula. Situar
con precisión aquello distintivo de la voluntad abre perspectivas, co­
mo la de ver que el rasgo distintivo que le concierne es el pasaje al ac­
to. Uno se da cuenta que el capricho ilustra muy bien la voluntad, no
ya simplemente el guiñol sostenido desde el significante amo, que cree
tomar una decisión para todos y para siempre. No es ese el modelo de
la voluntad. El capricho, mucho más exactamente, nos permite captar
de qué se trata.
El capricho es un término esencial en Lacan. Lo hizo entrar en su
construcción de la famosa metáfora paterna. El capricho es justamente
aquello asignado a la mujer a título de madre, mientras que al hombre
como padre le es asignada la ley, el N om bre del Padre, respecto del
cual desde hace ya tiempo se hizo la broma de formularlo como el
"nom", nombre, "non", no, el "no del padre".
El capricho, en tanto voluntad sin ley, es lo que mejor encama a la vo­
luntad. La voluntad confundida con una ley, que cumple en todo mo­
mento y lugar función de ley, implica que sólo se ve la ley, su fuerza anó­
nima. En cierta medida, el sujeto desaparece allí. En el capricho como
voluntad sin ley, en cambio, como voluntad imprevisible, sin principio,
se capta mucho mejor lo inherente a la esencia de la voluntad. Encontra­
mos allí, positivizada, esta asignación del capricho a la mujer como ma­
dre. Esto designa las afinidades entre la feminidad y la voluntad.
No ocurre lo mismo del lado del hom bre como padre. Allí tenemos
el aspecto donde se acabó la risa. Necesario, necesario y, además, en El
seminario 1 -cuyas primeras lecciones se perdieron y Lacan sólo pudo
proporcionarme de las copias estenográficas unas pocas páginas, un
pedacito conservado por milagro-, u na vez abordada la cuestión del
zen, que yo aporté a modo de apertura, pasa todo un trimestre y uno
se pregunta qué ocurrió allí. Después vuelve a empezar: se terminó la
diversión, dice Lacan en enero, si mal no recuerdo. Lo puse de relieve
al comienzo, por otra parte. Sin duda es muy importante que alguien,
en un momento dado, diga: ¡Basta de risas!
Basta de risas, vamos a ubicar cada cosa en su lugar: aquí lo real,
allá lo simbólico, acá lo imaginario y después, aquí, de un modo u otro,
vamos a querer siempre lo mismo.

127
fv?

JACQUES-ALAIN MILLER

El capricho consiste en querer con mucha fuerza algo y después


también con mucha fuerza, querer otra cosa -y es mucho más diverti­
do así-. Me parece mucho m ás divertido de este modo, porque el mer­
cado constituido por la sociedad donde nos desplazamos es una cultu­
ra del capricho. Se nos incita a querer muy intensamente algo y des­
pués otra cosa y después otra. Evidentemente, la promoción del capri­
cho -el marketing-. Se acom paña de la declinación del deber. Es decir,
aquello que tendría que ser en lugar de la metáfora, ley sobre capricho,
ley y deber, se encuentra seriam ente subvertido -esta metáfora pater­
na de mediados del siglo X X -

L e y (deber)

Capricho

Sic volo, sic jubeo

Esto permite, por otra parte, echar una pequeña mirada de soslayo
sobre el filósofo que, en otros tiempos, exaltara el deber, dándole a ese
concepto un resplandor sublim e. Me refiero a Immanuel Kant.
En este punto, lo siento por aquellos a quienes haré perder sus ilu­
siones respecto de Kant; no sé si otros, además de yo mismo, las tenían,
pero encontré algo a tal extrem o singular, por cierto, tan increíble, tan
lacaniano acerca de Kant, que e s preciso que los lleve a ello.
Kant marcó los espíritus al producir una fórmula del deber única,
universal, una fórmula única lógicamente deducida, al menos de for­
ma lógica. Hasta entonces, se hacía la lista de los deberes. Más aún,
cuando Dios tomó la iniciativa d e escribir las tablas, los mandamien­
tos, nos dio un catálogo, no es la revisión de la revista La Redoute, pe­
ro, es de temer ("redouter"). H izo un catálogo y después otro, y des­
pués lo recitamos. Olvidamos u no y entonces se le agrega otro, no es­
tá en su lugar... Todos ustedes vieron eso en el filme de Cecil B. de Mi-
lle, es impresionante. Uno lo v e, se escribe así. Y después llegó Kant,
tomó la goma, borró y dijo: "E s pura comedia". Y es cierto, pueden
constatar que la Biblia es pura comedia, retrospectivamente uno se da
cuenta que lo era, en tanto hasta hoy, pese a todo, nadie hizo un filme
con la Crítica de la razón pura. A llí reside la superioridad de la Crítica...
sobre la Biblia.

128
la s a f in id a d e s e n t r e l a f e m in id a d y l a v o l u n t a d

Entonces Kant borra esta lista con un movimiento súbito, diciendo:


//j-já^anme su versión", para después dar él, más fuerte, una sola fór­
mula. Y no estaba sólo la tradición llamada judeocristiana del catálogo
¿e los diez. Había, entre los paganos, todo un refinamiento de deberes.
Había listas de los deberes respecto de la familia, de la comunidad po­
lítica soberana, de los dioses, catálogos mucho más amplios. Y des­
pués, hay un punto donde el catálogo de los deberes se orienta hacia
los consejos higiénicos. Entre los griegos, por ejemplo, los deberes in­
cluían cómo mantenerse en buena salud. Si seguimos a Kant, la dife­
rencia no estaba hecha.
Se dice que por fin vino Malesherbes para poner orden en la lengua
francesa y limpiarla d e sus impurezas. Kant hizo lo propio en el orden
del pensamiento y eso permanece. No sé todavía cómo será en el siglo
XXI, pero es preciso admitir que en el siglo XIX y en el siglo XX hay un
zócalo teórico muy sólido, constituido por el hecho de que todos los
pensadores han leído a Kant, han meditado y sobre esa base se cons­
truyó ese pensamiento, aun para hacerle pito catalán después, como
ocurrió sin mayor tardanza.
Kant llegó entonces con una fórmula única, válida para todo x, sin
detenerse en la diversidad, el exotismo que había seducido tanto al si­
glo XVIII, una fórmula que estaría inscrita en cada uno, a partir del
momento en que está en relación con la razón pura. No vamos a an-
tropologizar esto, pero, es una gran cuestión, a partir del momento en
que para él pertenece a la esencia misma de la razón pura.
Kant no dice: esto es válido sólo si se entendió bien mi razonamien­
to. Dice: esto es un hecho. Emplea el término factum, el hecho, el hecho
único de la razón pura en su uso práctico. Si no la conocen, les traigo
esa fórmula para que saquen de ella el mayor provecho:

Obra de modo que tu máxima [es decir, el principio según el cual dic­
tas tu voluntad] pueda valer siempre al mismo tiempo como principio
de una legislación universal.

Que el principio según el cual gobiernas tu propia voluntad, si por


un experimentum mentís (prueba de la razón) se lo extiende a todos los
demás, cada uno pueda también hacer de él la máxima de su voluntad
y que eso se sostenga de manera conjunta.
No voy a entrar en el detalle de la paradoja eventualmente lógica
de esta fórmula. Se trata del deber, pero un deber que prescribe tam­

129
t .cT*

JACQUES-ALAIN MILLER

bién una infinidad de otros, puesto que es una simple forma; como se
expresa Kant, es una matriz para verificar si el principio según el cual
uno se dirige podría ser válido para todo el mundo y para una socie­
dad donde estuviera todo el mundo.
Se trata de algo que desaloja todo cuanto concierne al interés per­
sonal: lo hago a escondidas -ojos que no ven, corazón que no siente,
todo eso, excluido-. Kant da a este enunciado, precisamente, la forma
de un imperativo que llama categórico, indicando así su incondiciona-
lidad. Vale para todos y no hay "si" que valga, no hay con qué soste­
ner las pequeñas excusas, no se trata de "si eso me conviene", "si me
miran", "si no arriesgo mucho", es sin condición. Y toma la forma de
un imperativo, es decir, de la expresión de una voluntad. No es la for­
ma de un teorema: si... entonces. Tampoco es pericoloso sporgersi [peli­
groso asomarse]. Es un imperativo, es decir, una forma verbal bien es­
pecífica que traduce la expresión de la voluntad.
Todo el mundo se dio perfectamente cuenta de que era con todo al­
go bastante extraño. ¿Quién dice eso? Quien lo dice, actúa. Se sintió cla­
ramente que había allí una escisión del sujeto más o menos implicada
por ese deber único y que esto tenía una pequeña cabeza de superyó.
El mismo Freud, por otra parte, que no debía haber consultado tan­
to a Kant, pero, como todo hombre cultivado de su época tenía una idea
al respecto, lo dice: debe de haber una relación entre mi superyó y Kant.
Lo dice, si mal no recuerdo, en "El problema económico del masoquis­
m o", texto que en su momento comenté. Allí mismo, además, encuen­
tran una referencia de Freud a Sade, a propósito de la pulsión. Uno se
da cuenta que no es sólo a partir de los libros de filosofía y de literatu­
ra del segundo estante que Lacan construyó su "Kant con Sade". Lo hi­
zo a partir del "Problema económico del masoquismo" de Freud.
También Kant percibió que había una extraña escisión en juego en su
imperativo único y universal del deber, y lo encontramos más claramen­
te formulado en las notas publicadas bajo el nombre del Opus poshimum,
obra postuma. Se juntaron todos los papeles de Kant desparramados y
se publicaron como se pudo, con todos los problemas de clasificación
que eso implica, como los hubo con Pascal. Pero Kant escribía, con todo,
mucho peor y, además, había dejado muchos más papeles. Entonces, se­
gún creo, es por cierto sólo ahora que algo emerge de todos ellos.
Encontramos en las notas del Opus postumum de Kant, a propósito
del imperativo categórico, esta breve y valiosa observación. En cuanto
a ese "Obra de modo que...", dice:

130
LAS a f i n i d a d e s e n t r e l a f e m i n i d a d y l a v o l u n t a d

Hay un ser en mí, distinto de mí, q u e tiene poder sobre mí, que me
dirige interiormente. Y yo, el hombre, so y yo mismo ese ser. Esta dispo­
sición interior inexplicable, se descubre por el hecho del imperativo ca­
tegórico del deber.

No se trata de una formulación definitiva de Kant, quien estaba por


entonces viejo, enfermo y escribía, preparaba la obra que no había ter­
minado y que, por consiguiente, corregía a menudo. Pero sigue siendo
muy sugestivo el modo según el cual abordó algo de la diferencia en­
tre enunciado y enunciación.
Se puede ver también que acentúa marcadamente, es muy impor­
tante para él, la noción de que el deber no es algo que se deduce, aun
cuando tenga una forma lógica, puesto que afirma con claridad recor­
tarlo como un hecho. Allí se sitúa, podríam os decir, como un real de la
razón. Tal sería la traducción más próxim a que podríamos dar en
nuestra jerga de lo indicado por Kant con el término factum.
Acentúa con fuerza, justamente, el hecho de que el deber no se de­
duce y que, en definitiva, está ligado d e manera intrínseca a la expre­
sión de una voluntad -se dirá de alguien-. Por esa razón dice "im pe­
rativo", ese es todo el valor del término "im perativo". Encontramos en
el Opus postumum una nota que dice: "E l imperativo categórico del
mandato del deber tiene, en el fundamento, la idea de un imperans, es
decir, de alguien que manda".
Encontramos allí la misma raíz de emperador, imperator. Creo que
no fuerzo las cosas acentuando esta instancia de la voluntad en el fun­
damento de este enunciado.
Sin duda, él establece la relación con el modo según el cual el Otro,
que no era un filósofo tan preciso, presentó su catálogo de los Diez, di­
ciendo: todos mis deberes pueden ser considerados como mandamien­
tos divinos, para decirlo así. Entonces, el deber está detrás del manda­
miento, es decir, de la manifestación de una voluntad.
Vemos que él mismo, en sus notas, se atiene al sujeto del imperati­
vo categórico. Por lo demás, él mismo em plea el término: ¿en qué con­
siste el sujeto del imperativo categórico? Es sensacional. En una nota
dice: "El sujeto del imperativo categórico en m í es un objeto que mere­
ce obediencia, un objeto de adoración". Es m ás hermoso aún porque
escribe "adoración" en francés, y dice:

Est Deus in nobis (Es D ios en nosotros)

131
JACQUES-ALAIN MILLER

Lo vemos así dividido entre el hecho, por un lado, de ser él mismo,


en su autonomía de sujeto, quien se da a sí mismo esta ley; la razón re­
side allí, es allí donde se m uestra verdaderamente autónoma y legisla­
dora, en el imperativo categórico, es por esa vía que el sujeto puede sa­
ber que es un ser libre. Pero, por otro lado, esto se plantea exactamen­
te como si fuera un dios quien lo quisiera, dios en tanto sujeto por fue­
ra del sujeto, obligándolo.
Dicho de otro modo, acerca del imperativo categórico se puede
considerar que el concepto de extimidad falta en él, esto es, el concepto
de algo que se encontraría en e l interior, al mismo tiempo que consti­
tuiría una especie de enclave externo. En alguna medida, una especie
de aproximación éxtima.
Extremando las cosas, se puede decir que el imperativo categórico
es el equivalente de la idea de Dios. Entonces, pasamos al aspecto có­
mico del asunto.
Ahora que captaron bien y se pueden situar las premisas de la esci­
sión entre enunciado y enunciación, así como la exaltación extraordi­
naria derivada de ese deber único impuesto a todos, al mismo tiempo
que el equívoco de esta voz, la del propio sujeto que vuelve a él como
si fuera la de otro, entonces, ese pasaje de la Crítica de la razón práctica
es un acontecimiento en el que Kant trae el imperativo categórico. Se
trata de un acontecimiento en la historia del pensamiento. El párrafo
termina afirmando que la ley e s el hecho de la razón pura, que se pro­
clama por esa vía misma como originariamente legisladora.
Esto provocó un deliro de exaltación en todas las universidades ale­
manas y queda verdaderam ente fechado, a partir de ese momento, el
acceso de la subjetividad a su estatuto de autonomía en el dominio
práctico. Esto es lo que Fichte y Hegel intentaron extender por do­
quier: el sujeto legislador.
Después de eso encontramos, en un paréntesis, cuatro palabritas en
latín:

Sic volo, sicjubeo

Así lo quiero, así lo ordeno. De esta manera termina el pasaje don­


de Kant trae ese deber en su fórmula única y universal. Recuerdo haber
leído en mis años de estudiante la Critica de la razón práctica, en francés,
además, y quedar sorprendido por esta fórmula latina, porque salía un
poco del texto. Pese a una afinidad emocional especial con el latín, in­

132
l a s a f in id a d e s e n t r e l a f e m in id a d y l a v o l u n t a d

cluyendo sueños importantes en latín, con muchos barbarismos y solip-


sismos, claro está, no logré tener la menor idea acerca de dónde venía
esta fórmula que me había llamado ¡a atención, suponiendo que vinie­
ra de un tratado de derecho, de un juez que ordena. Aún así, en este ca­
so no se trata del Che vuoil del camello, Biondetta transformada en ca­
mello y planteando la pregunta del deseo. Es el Sic volo, sic jubeo de la
voz del deber. ¿Quién pudo haberlo dicho? ¿Es una fórmula jurídica?
¿De dónde viene? Hubo otras ediciones que permiten saberlo, y en
particular el propio Kant aporta la respuesta en el Opus postumum. ¿Sa­
ben quién profiere la voz del deber? Pues bien, para sorpresa general
-la mía cuando tomé conocimiento- esa voz proviene de Juvenal.
Juvenal fue un autor satírico de la Roma antigua, cuyas burlas
amargas obsesionaron durante siglos y constituyeron el modelo para
todos los autores del género. Me ocuparé en otra ocasión de Juvenal,
ahora voy al grano. La frase completa de la cual Kant extrajo esas cua­
tro palabras, en las que pudo apreciar que verdaderamente eran la fór­
mula completa, es: Hoc volo, hoc jubeo, ¡quiero esto, ordeno esto! -hoc y
no sic, es preciso saber si la definición es diferente-, stet pro ratione vo-
lontas, es decir que la voluntad ocupe el lugar de la razón. Volontas, la
voluntad, stet, derivado de store, verbo estar, tal como se lo utiliza en
español, pro ratione, en el lugar de la razón, es decir, una voluntad a la
que poco le importa la razón.
Se trata de una disyunción entre la voluntad y la razón y supongo
que este es el motivo consciente de la elección de Kant. ¿Quién dice es­
to? ¿Dónde está dicho en Juvenal? Es en la "Sátira V I" -texto que qui­
zá no les diga nada a ustedes-, la sátira más larga, me parece, de Juve­
nal, y que pasó a la historia por ser sin duda el texto más misógino que
se haya escrito jamás. Comienza invocando al pudor y después apare­
ce la gran pregunta, se abre con el pobre Postumo y su idea estrafala­
ria de casarse. Se trata de la gran pregunta que va a rodar en la litera­
tura, extendiéndose en Rabelais, ya que Panurgo arrastra todo el mun­
do consigo tras la pregunta: "¿Debo casarme o no?". ¡Vaya uno a saber!
Esto que ya está en Juvenal, es preciso ver cómo lo introduce. Me
puse contento cuando vi que había una traducción muy reciente de es­
te autor, un poco más alejada del texto, pero que recupera bien el tono
del original. Dice Juvenal:

Es desde la más remota antigüedad, Postumo, que se piratea la ca­


ma del vecino, que a uno le importa un bledo la santa alcoba y su ge-

133
JACQUES-ALAIN MILLER

rúo protector. La generación de la edad de hierro pudo producir todos


los demás crímenes y el siglo de plata inauguró el de poner los cuernos.
Y sin embargo aquí estás, en la época moderna, en tren de organizar los
esponsales y los encuentros de firmas. ¡No estarás loco así y todo! ¿Te
casas, Postumo? ¡Dime quién es la Teséfona que te hostiga con sus cu­
lebras! ¿Llegarías a soportar una patrona teniendo a tu disposición tan­
tas robustas cuerdas, ventanas abiertas hacia tenebrosos precipicios? O
bien, si no aceptas ninguna de esas soluciones, ¿no crees que más val­
dría un muchachito para acostarse con él? ¡Es encantador, no hace una
escena esa noche, se recuesta a tu lado sin reclamar su regalito, no se
queja porque cuidas tus pulmones y no pierdes el aliento com o se de­
be cuando se imparte una orden!

Este es el principio, como para ir encaminándose.


Entonces, hay que imaginárselo: Kant lee esto y, en un momento
dado, encuentra un pasaje donde se dice que la vía del deber es exac­
tamente esto. ¿Cuál es ese pasaje? Se describe, se pasa revista de las da­
mas, y de las damas que se conservan unas peor que otras, y se llega a
lo siguiente:

Cuando los encargados de un burdel, cuando los Lenistas -quien es


tratan con los gladiadores- tienen derecho a examinar como m ejor les
parezca, cuando los gladiadores hacen otro tanto, a ti te dictarán tus úl­
timas voluntades y te harán elegir como herederos a tus rivales.

Sigue un pequeño diálogo y la mujer agrega: "¡Ordena crucificar a


este esclavo!". Y entonces el marido responde: "¿A este esclavo? ¿Por
qué crimen merece tal suplicio? ¿Qué testigos hay? ¿Quién lo ha dela­
tado? Oye, si se trata de la vida de un hombre, no hay reflexión que re­
sulte excesiva". Y la dama replica: "¡Loco! ¡Loco! ¿De manera que un
esclavo es un hombre? No ha hecho nada, de acuerdo, pero lo quiero
y lo ordeno, sirva como razón mi voluntad". Y en este momento, con
toda certeza, Kant encuentra la voz del deber.
Dicho de otro modo, el efecto cómico se produce porque Kant ilus­
tra la fórmula del deber incondicional de la razón pura con el impera­
tivo del capricho más alejado de la razón, expresado por Juvenal en su
"Sátira VI". Es decir, los términos escogidos vienen de un disenso del
amo que se volvió loco.
Porque hay que admitirlo, matar al esclavo cuando el otro dice:
¡No, no, atención, hay que tener cuidado! Porque el esclavo es un bien,
crucificarlo es una pérdida total para el patrimonio familiar.

134
la s a f in id a d e s e n t r e l a f e m in id a d y l a v o l u n t a d

y aquí estamos, por excelencia, en el discurso del amo. Y llegamos


al momento en el que, entre toda la literatura universal, Kant escuchó
la voz pura de la razón y la escuchó justam ente en la expresión del ca­
pricho, de la voluntad puesta de manifiesto en la mujer, a la que, has­
ta donde se sabe, nunca se acercó. Y se consagró a eso que, a pesar de
todo, estaba desligado para él de ese lugar, a saber, la fórmula y la ex­
presión del imperativo categórico.
No hay que faltar a ninguna de estas sesiones, de otro modo se pa­
ga. Es nuestra propia versión del imperativo categórico y la semana
próxima nos acercaremos a la sesión analítica.

12 de enero de 2000
VII
Acontecim ientos del discurso

Sí, ya veo que pasa: se burlan de m í porque llego tarde. Pues bien,
les voy a decir algo: lo hice a propósito, porque de haber sido puntual
]a mitad de la sala no hubiera estado aquí. Hay, además, otra razón: un
retraso de un cuarto de hora es el retraso académico, universitario. Y
bien, justamente, pese a los semblantes, ¡no soy un universitario! En­
tonces practico el retraso analítico.
¡Ah! Es fantástico ver que me toman en broma, cuando es por cul­
pa de ustedes que llego tarde. Si llegara tarde bajo los abucheos que
merezco sería puntual. Pero sólo veo caras sonrientes que esperan,
además de m o rirse de risa, porque parece ser que los divierto. Pues
bien, de esta manera me alientan a llegar tarde.
Esto es un juego, un juego para provocarles un pequeño escalofrío,
para reprenderlos por ese lugar del analista donde ahora están uste­
des, por el solo hecho de que me dirijo a ustedes desde el borde de la
ignorancia y, además, pagando con mi persona y aun con mi síntoma
temporal.
Cuando se asume la responsabilidad de escuchar semejantes cosas,
pues bien, se suscita precisamente en el sujeto paciente ese género de
reproches locos, como el que vengo de darles un bocadito.

Acontecimientos ritnaiizados

Continuemos, retomemos. La última vez hice un pequeño excursus,


siguiendo la ocasión que me ofreciera el examen del efecto sujeto en

1.37
JACQUES-ALAIN MILLER

los diferentes discursos distinguidos por Lacan, examen, estudio a los


que procedía con el objeto de poner de relieve qué ocurre con este efec­
to de sujeto en el discurso analítico en la medida en que permite, pre­
cisamente, la transmutación de ese efecto en saber que se deposita. Di­
je "en el discurso analítico", sintagma que debemos a Lacan. Apunto
justamente a la sesión analítica, doy vueltas alrededor del lapso de
tiempo de la sesión analítica.
Ahora es la ocasión de preguntarnos cómo pensar, cómo formular
la relación entre el discurso analítico y la sesión analítica.
¡Oh! No voy a ordenar eso hoy. Todavía voy a excursionar, a excur-
siver. Pero para darles una pequeña referencia acerca de esta cuestión
del discurso y de la sesión, discurso que para nosotros se asienta en
un materna de Lacan, sesión que es nuestro pan cotidiano, para dar
una pequeña referencia digamos que la sesión analítica es el aconteci­
miento regular -y no me vengan a objetar de inmediato que todos los
acontecimientos son regulares porque no es exacto-, no es el aconteci­
miento imprevisto, por supuesto, es el acontecimiento regular institui­
do por el discurso analítico.
Aquí tenemos, al menos, una definición muy fácil; es necesario aún
expresarla y hacerlo de manera tal que ponga en evidencia hasta qué
punto cada discurso instituye, determina, prescribe, dispone de acon­
tecimientos. Examinemos entonces un poco nuestros discursos desde
esta perspectiva.
En el discurso del amo, en el de la universidad, los acontecimientos
de discurso están hasta ritualizados, reglamentados; toman gustosos la
forma ceremonial; son acontecimientos convencionales. Los aconteci­
mientos de discurso en el amo y en la universidad están reglamenta­
dos por obligaciones precisas, prescripciones que se deben observar, a
menudo bajo pena de nulidad del acto.
Consideremos el discurso del amo bajo su forma más evidente, la
más asombrosa y, al mismo tiempo, la más tonta, la más paródica, la
verdad sobre lo verdadero del discurso del amo, si es que hay uno.
Tomemos la figura que se deja representar con facilidad en esta fun­
ción inminente, en el transcurso de los sueños. En el correr de los sue­
ños, en esos pequeños relatos llenos de imágenes que pasan en la ca­
beza cuando no prestamos atención y practicamos ese curioso ejercicio
que consiste en dormir, en ese momento soñamos -y suele ocurrir que
recordemos los sueños, todo el mundo hizo esa experiencia.
A menudo, en esos sueños, la autoridad, el soporte humano del

138
ACONTECIMIENTOS DEL DISCURSO

significante amo aparece bajo las formas, cambiantes en el transcurso


¿el tiempo, de aquel que lleva el nombre de "Presidente de la Repú­
blica” en Francia. Soñamos con el presidente de la República, no siem­
pre por cierto, no soñamos serlo -sa lv o excepcionalm ente-, pero so­
ñamos con el presidente, con su figura, m otivo suficiente para intere­
sarnos en ella.
Tomemos ese sueño llamado actualidad política. Se trata del sueño
que hacemos todos juntos en el transcurso de esa plegaria matinal o
vespertina que es la lectura del diario - o delante del televisor, quienes
lo tienen-.
El recuerdo más inmediato: esta disolución de la Cámara extraordi­
nariamente espiritual que tuvo lugar h a ce algunos años y que trastocó
toda la situación política de Francia, E sto tiene, de verdad, por un la­
do, cierto aspecto de levantar una piedra para dejársela caer en los
pies, un lapsus, un mal cálculo que tiene consecuencias de cierto alcan­
ce en el gobierno del país. No se trata d e algo que hubiera impedido la
tormenta, se los aseguro de inmediato.
Pues bien, si mal no recuerdo, el presidente de la República sólo
puede disolver la Cámara una vez que ha consultado al presidente de
la Cámara de Diputados y al presidente del Senado. Estoy sorprendi­
do de saber esto, me llegó y no lo verifiqué. Hay quizá un detalle o dos
que no son exactos, pero veo que los espíritus políticos de la asistencia
me aprueban.
Entonces, es necesario consultarlos. Es decir, es necesario que el se­
ñor que lleva el título de presidente de la Cámara de Diputados se des­
place -esto no está en los textos-, supongamos que esté en el hospital,
en esa circunstancia el presidente de la República se desplaza, esto es
un detalle, mientras su salud sea buena, él se desplaza a la casa de go­
bierno y luego se va de allí: ha sido consultado. Otro tanto ocurre con
el presidente del Senado.
¿Qué se dijeron en el transcurso de esta consulta? Es muy posible
que el presidente de la Cámara de Diputados haya dicho al presiden­
te de la República: ¡Es una tontería! Y qu e el presidente del Senado ha­
ya dicho al presidente de la República: ¡Usted está chiflado, hombre!
Poco importa, el presidente hizo la consulta, hizo lo que tenía que
hacer según la prescripción constitucional. Entonces, la disolución de
la Cámara de Diputados a la que procede el presidente no es un golpe
de Estado, no es un golpe de fuerza, responde a la Constitución y to­
do el mundo se disuelve y se dirige al pueblo de Francia para pedirle

139
1ACQUES-ALAIN MILLER

que manifieste su opinión, deslizando un pequeño papel regular, si­


guiendo formas regulares, en una caja regular, de donde emerge, so­
berbio, un nuevo poder.
Aquí tenemos lo que constituye un acontecimiento de discurso,
más aún, toda una cadena de acontecimientos de discurso. Cuando
deslizan un papelucho en la caja, después de algunos mamarrachos y
algunos: "Pronuncie, el señor X votó", etcétera, llevan a cabo, en la for­
ma, un acontecimiento de discurso, aun cuando en el sobre hayan des­
lizado un papel, son muchas las variantes de papel que hay.
Esta concepción del acontecimiento de discurso se extiende aún
más allá de aquello previsto explícitamente por los textos fundamen­
tales de la vida republicana; se extiende a los usos y costumbres.
Por ejemplo, el árbol de Navidad en el Palacio Gubernamental
(Elysée). Quienquiera que sea el presidente de la República, un poqui­
to antes y un poquito después de Navidad hay allí un árbol de Navi­
dad, al que se convoca a los niños y donde reciben regalos de la Repú­
blica. Recuerdo haberme enterado de esto cuando era pequeño y ha­
berme dicho por entonces: "¡Qué bueno que es este presidente de la
República que satisface así los deseos de los niños de Francia!". Y qué
decepción ver que todos los años era parecido, poco importaba quien
fuera el presidente, ¡siempre era bueno! La decepción de ver que se
debía a un acontecimiento ritualizado, que en verdad nada tenía que
ver con la bondad del presidente de la República, sino que se trataba
de una obligación impuesta por la s costumbres, que él tenía a su car­
go y que era preciso no confundir los acontecimientos de discurso y
aquellos provenientes del corazón.
¡Ah! En el discurso de la universidad, con menos decorado, soste­
ner una tesis en la actualidad, la entrega de un diploma de doctor,
eventualmente y por lo común con las felicitaciones del jurado, ahí te­
nemos un acontecimiento de discurso que, para ser válido, debe cum­
plirse siguiendo ciertas formalidades
¡Oh! No es imperativo categórico, pero se trata, sin embargo, de los
imperativos para que este acontecimiento de discurso acuerde valida­
mente lo que uno esperaba de él. Es necesario que haya la cantidad
prescrita de profesores, que el candidato esté allí, que haya páginas
puestas a consideración, que hayan sido previamente visadas por la
autoridad habilitada para hacerlo, es necesario todavía cierto número
de prescripciones de las que se ocupa, por lo común, una secretaria ge­
neral; tuve que vérmelas, sobre todo, con damas que en este punto sa­

140
ACONTECIMIENTOS DEL DISCURSO

bían encam ar la voluntad del discurso y hacían desfilar esos profeso­


res, en conformidad con el reglamento.
Una vez que está todo lo que hace falta en la sala, que los así llama­
dos profesores hayan o no leído la tesis, que digan al respecto tonterías
o maravillas, que se pongan a hablar de sus enfermedades, sus biblio­
tecas, sus gatos, no tiene ninguna importancia, eso no invalida el acon­
tecimiento de discurso, soberbio, que tiene lugar ante los ojos de uste­
des y del que eventualmente forman parte.
Hacer un curso es también un acontecimiento de discurso, con me­
nos decorado, menos reglamento, no se dice que es preciso ser pun­
tual; un curso sigue siendo válido aun cuando el profesor llegue tarde,
quizá hasta siga siendo válido si llega tarde después de hora, no sabe­
mos, pero normalmente es preciso que esté ahí, más o menos a la hora
convenida, que tenga textos, los abra, los haga abrir a otros para des­
cansar y si también él repite constantemente, como yo: Lacan, Freud,
etcétera, aun si repite todos los años lo mismo, es una hora de enseñan­
za, ¡qué quieren! Y después, cuando está verdaderamente bien hecho,
no como aquí, los estudiantes consignan su presencia; si firmaron al
comienzo para indicar su presencia, se pueden ir después -y si tienen
que firmar al final, es al final que llegan-: tienen las horas de presen­
cia. Tenemos allí lo que corresponde al orden de la ceremonia.
Digo todo esto pensando, por supuesto, en la sesión analítica. Voy
a agregar algo más, una pequeña dosis aún acerca de la ceremonia,
porque el discurso del derecho, elemento por cierto esencial en la com­
posición del discurso del amo, es su soporte o su divertículo, según
cuál sea la perspectiva considerada. No más tarde que ayer a la noche
había en Le Monde una página que contaba una historia, es preciso de­
cir, desopilante, un episodio clínico jurídico extraordinariamente ilus­
trativo. Algunos de ustedes le habrán consagrado unos minutos a ese
artículo ayer.

El sem blante jurídico al desnudo

Es la historia -no se trata de Balzac, en todo caso sería Courteline-


historia de dos restauradores arruinados por causa de un juicio erró­
neo. La historia es bastante sombría. Al ser inquilinos de un local muy
estropeado, requirieron de los propietarios que hagan los trabajos ne­
cesarios aquellos que les correspondían y que estaban sin duda prohi­
JACQUES-ALAIN MILLER

bidos a los inquilinos; como los propietarios no quisieron saber nada,


los inquilinos iniciaron un proceso. En primera instancia, son ellos los
culpables. Y tal como se van encadenando las cosas, se encuentran
arruinados después de haber conocido la prosperidad, y ahí los tene­
mos, desde hace quince años intentando obtener de la justicia que re­
conozca el carácter erróneo del fallo dictado, apelando a testimonios
fotográficos. Hasta ahí nada sorprendente.
Lo más curioso es que los dos restauradores, el señor y la señora,
dando muestras de una hiperactividad fantástica en cuanto a la reivin­
dicación, al sentido de la justicia, a un grado tal que podría ser clínica­
mente inquietante -pero esto no quita nada a sus razones-, encuentran
al presidente del tribunal de apelaciones, que en ese momento está ha­
ciendo otra cosa: dirige ia escuela de la magistratura. Y este buen hom­
bre, al considerar los documentos que le muestran, reconoce que se
equivocó, que falló erróneamente.
Entonces, los dos restauradores, creyendo haber sido restaurados
en sus derechos, y por consiguiente que se hará justicia, dan cuenta de
la opinión del mismo juez responsable del veredicto. ¿Qué creen que
ocurrió? Se castigó al juez porque no debe decir semejantes cosas. Se lo
castigó por poner en cuestión la autoridad de la cosa juzgada, no es pe­
se a todo un juez quien debe hacer eso, si no adonde vamos. Se lo cas­
tiga por haberse pronunciado respecto de un asunto que él había juz­
gado, como juez que era en las formas, y pronunciarse cuando ya no
lo es, como si se planteara la pregunta: "¿Quién es usted, señor, para
decir eso? El juez ya se pronunció". "Pero el juez era yo." "¡No nos in­
teresa! En otra época, cuando usted era juez en las formas, primer juez,
presidente de la Corte de Apelaciones, en ese momento usted hablaba
en oro, cada una de sus tonterías valía como si fuera cosa juzgada, aho­
ra usted es uno cualquiera y lo que dice no vale nada."
No fue castigado, no fue juzgado, se hace notar que no hubo ningu­
na medida disciplinaria contra el juez rebelde, pero desde 1986, no da­
ta de ayer, con todo son catorce años, su carrera está bloqueada. Esa es
la historia.
Allí hubo ministros de justicias de derecha, de izquierda y el minis­
tro de justicia no ha variado su posición. El juicio, gran acontecimiento
de discurso que tiene consecuencias, ya fue emitido; nadie, ni siquiera
aquellos que transitoriamente fueron vehículo del discurso del dere­
cho, ninguno entre ellos puede elevarse contra esta cosa juzgada. A lo
sumo, es lo ocurrido a partir de este artículo en la prensa, todo el mun­

142
ACONTECIMIENTOS DEL DISCURSO

do se ríe. Se le acordará pese a todo una compensación excepcional,


apelando a lo que resta en el fondillo d e algún presupuesto, lamentan­
do, por otra parte, no haberlo dado antes, para que se callen la boca, pa­
ra que no se vea, como ayer por la noche, el semblante jurídico al des­
nudo. Aquí tenemos lo que Lacan llama el semblante desnudo.
¡Ah! Ese sería un hermoso título, " E l semblante jurídico desnudo".
Recuerda el título de William Burroughs, El festín desnudo. Es eso, no es
el banquete de los analistas, sino el festín desnudo de la justicia.
¿Por qué este arrebato de mi parte? Es que todo esto, con su aire de
ir muy lejos, es lo que nos retiene, es la miseria con la que cargamos.
El juez no tema que decirlo - y es e l Estado quien se lo indica-. Es­
to se dice en latín, está reproducido en Le M onde y ya hablé de latín la
última vez, pues continuemos: res judicata pro veritate habetur. Res judi-
cata, la cosa juzgada, la cosa habiendo sido juzgada, pro veritate habetur,
es considerada en el lugar de la verdad. Pro veritate no quiere decir
"por la verdad", doy mi vida, no, quiere decir: "en el lugar de la ver­
dad". El juicio, aun falso hasta la m édula, el enundado del juicio vale
como si fuera un enunciado verdadero.
Por consiguiente, cuando es la form a lo que reina por excelencia en
un discurso, ¡cabe sorprenderse de que el juez esté todavía en libertad!
Esto dice algo, claro está, del estatuto de la verdad en la sala de au­
diencias. Dice evidentemente algo d e la justicia. La justicia no es la
equidad, cualidad del alma, sino la propiedad de un discurso.
Esto dice también algo de la verdad. La verdad no está en cuestión
en este asunto. Aquí está representada por el señor y la señora X, que
pasean su desdicha desde hace quince años, ¡nada que ver con esa pa­
reja de paisanos!
La verdad sólo está autorizada a aparecer en la sala de audiencias si
se la hace entrar en las formas -y la verdad en las formas, es la verdad
afuera- Tienen ese ejemplo, pero nuestro Código, el que llevaba el nom­
bre de Napoleón, que había penetrado profundamente en los mecanis­
mos del discurso del amo y tema una caterva de Portalis y otros para re­
dactar como era preciso el Código, dice con todas sus letras que la ver­
dad no tiene nada que ver, que no hay nada más peligroso que la verdad.
El señor X es una persona con antecedentes penales, como pronto
lo será quizá ese juez. Ustedes dicen: E l señor X tiene antecedentes pe­
nales y mandan a imprimir eso. ¡Oh! N o es necesario que sea en Le
Monde, imprimen quince, veinte ejemplares, para los amigos -eso
creen ustedes-, ¡Difamación! Pero, señor juez, ¡es alguien que tiene an­

143
JACQUES-ALAIN MILLER

tecedentes penales! ¡Usted no tiene por qué decirlo, eso se llama difa­
mación! La difamación no consiste en absoluto en decir cosas falsas. Es
tanto más grave cuando dicen cosas verdaderas, porque la difamación
opera según los términos que utilicen, cómo sean dichos, cómo el Otro
lo dijo, según la función del campo de la palabra y del lenguaje. Así
atenían contra la reputación de alguien. Y atenían tanto más cuando
dicen una verdad desagradable sobre él. En consecuencia, no vuelvan
sobre las pruebas, no aporten otras. Entró en prisión a tal fecha, salió a
tal otra. Cuanto más cierto, peor, si se puede decir así.
Algo todavía más hermoso, además -indicativo de eso que damos
en llamar orden social-, es que si, acusados de difamación, se los hace
compadecer ante los tribunales, se presume en ustedes la mala fe. Es el
único caso. Esto es, se dice: ¡Oh! ¡oh! Ese señor tiene afinidades con la
verdad, es un mal signo.
Tienen entonces que hacer esfuerzos para probar la buena fe de us­
tedes, algo que no quiere decir en absoluto que es exacto, sino que al
decir “El señor X tiene antecedentes penales" ustedes pensaban abso­
lutamente en otra cosa, perseguían objetivos elevados que conciernen
a la salud pública, al buen funcionamiento de los servicios, etcétera.
Allí, quizá esa buena fe sea reconocida, lo cual quiere decir que pue­
den haberse equivocado, pero fue con buenas intenciones.
La verdad en esta forma de discurso, esta estructura de discurso, y
en los acontecimientos de discurso que proceden de ella, no debe so­
bre todo comparecer, y esto nuevamente se dice en latín -aunque hay
algunas excepciones-; pero es necesario que el tribunal tome la deci­
sión en las formas según las cuales, por excepción, la verdad será con­
siderada en ese caso de difamación como absolutoria, y para marcar
bien que no corresponde abusar de esto, se anuncia en latín: se trata de
la exceptio veritatis, la excepción de la verdad. Por excepción, la verdad
será autorizada a comparecer ante el tribunal.
Aquí tenemos lo que corresponde al orden del discurso, al orden de
las ceremonias, la disposición de esas ceremonias respecto de la ver­
dad, algo que es necesario tener presente para captar en qué consiste
el escándalo de la sesión analítica.
No quisiera que se crea -ad em ás podría ser peligroso- que difamo
a la justicia y a los jueces que la administran, en nombre del pueblo
francés, bajo la autoridad del presidente de la República, él mismo in­
mune a lo que hubiera p.odido hacer cuando era otro, según el mismo
principio.

144
ACONTECIMIENTOS DEL DISCURSO

Lejos de m í la idea de atentar oresco referens a la majestad y a la ne­


cesidad de la justicia. No me estoy riendo en este punto, no soy iróni­
co e s 11113 profonda sabiduría. Es cierto que, por lo demás, cuanto más
decimos la verdad, más nos confinamos en la injuria; algo bien indica­
do en la expresión "Decir sus cuatro verdades" a alguien -n o se la em­
plea para decir que uno hace el elogio de ese alguien- Cuando multi­
plicamos la verdad por cuatro, esto quiere decir que el buen muchacho
no se levanta más después de recibir la carga de insultos y de injurias
que descargamos sobre él. El código distingue, precisamente, la difa­
mación y la injuria. Es refinado, pero les ahorraré los detalles.
Todo esto es de una profunda sabiduría, porque el orden civil, el or­
den social, no se sostendría tan siquiera un segundo si se pudiera decir
la verdad, y menos aún sus cuatro verdades, al otro. Se sostiene porque
estamos amordazados todos los días. Decimos eso, un señor interroga­
do por Le Monde o en un tratado, ya no sé dónde, justifica la iniquidad
de la situación del señor y la señora X diciendo: "¡Ah! Existe la autori­
dad de la cosa juzgada. Es necesario que los procesos terminen". Es cier­
to que, como no hay metalenguaje, no habría razón alguna para que no
se continúe apelando hasta el fin de los tiempos, hace falta un momen­
to para que se manifieste una arbitrariedad formal para decir ¡basta!
Cuando había huelgas, todavía, pero son cosa del pasado. Por en­
tonces haría falta alguien que se adelantara para decir: es preciso saber
cómo se termina una huelga -M aurice Thorez hijo del pueblo-. Pero la
necesidad de que los procesos se terminen procede de otra necesidad
social. El fin del proceso está codificado. Por lo demás, se trata de lo
mismo; es necesario que los procesos terminen como es necesario que
las huelgas terminen, porque es preciso que eso funcione, marche -y
en ese punto todos queremos lo mismo.
El discurso del amo consiste en encontrar los significantes necesa­
rios en posición de semblantes bien articulados, para reprimir al suje­
to de la verdad. Lacan lo escribió de la manera más simple: Sj sobre $
y todas esas pequeñas historias, todas esas anécdotas, responden per­
fectamente a ese materna.

A
$
A propósito de esto, me decía que, finalmente, salvo error de mi
parte que no he verificado, nunca fue revisado el asunto Dreyfus, don­
JACQUES-ALAIN MILLER

de la autoridad de la cosa juzgada se aplicaba también -y se benefició


con la gracia del presidente de la República- Mejor para él, como di­
ría el otro, pero Dreyfus es exactamente el mismo caso que los esposos,
el señor y la señora X, salvo que ellos no han sido aún deportados.
El resultado es, con todo, que Alfred Dreyfus tiene en París una pe­
queña estatua. Cuando se comete con alguno de ustedes una gran in­
justicia, se les levanta una pequeña estatua. Quizá mañana, los espo­
sos X también tendrán una pequeña estatua e irán de la mano con el
juez.
Me gusta esa pequeña estatua que le levantaron a Dreyfus. Está cer­
ca de mi casa. Al principio querían ponerla un poco más abajo, en el
bulevar Raspail, frente a la antigua ubicación de la prisión de Cherche-
Midi, donde se encuentra ahora la Casa de las Ciencias del Hombre,
¡es verdaderamente...! Yo asistí allí a cursos interesantes, de los que no
reniego. Después, las autoridades clamaron contra la injusticia: así y
todo no se podía hacer eso. Entonces la ubicaron un poco más arriba
en el bulevar Raspail, porque todavía algo continúa ejerciéndose. Al­
guien que fue una ocasión de escándalo. Que perjudicó al prestigio y
a la consideración debido a las autoridades. ¡Ya es bastante con que no
se los haya perseguido por difamación!
No está muy lejos de la calle de Cherche-Midi, y con ese género de
argumentos somos nosotros quienes buscamos cinco patas al gato.
¡Siempre hay que buscárselas, porque es allí donde está la cuestión!

Acontecim ientos del discurso histérico

En el discurso analítico hay acontecimientos prescritos, hay un


acontecimiento prescrito por excelencia, que es la sesión. Esto aproxi­
ma el discurso analítico al discurso del amo, al discurso de la univer­
sidad, donde también hay acontecimientos prescritos que constituyen
un soporte.
Me dirán: ¿y dónde están los acontecimientos prescritos en el dis­
curso histérico? Puesto que, justamente, la histeria tiene en todo caso
una afinidad con el escándalo, con la dificultad, precisamente se trata
por excelencia de acontecimientos no ritualizados, no regulados por
convenciones preexistentes y, si reflexionamos en esta dirección, po­
dríamos preguntarnos si hay una regla de discurso histérico en cuan­
to al acontecimiento. En todo caso ocurre lo contrario.

146
ACONTECIMIENTOS DEL DISCURSO

F orm u lem os la reg la q u e se ría la d e l a co n te c im ie n to d e l d iscu rso


histérico: p ro d u cir sie m p re a c o n te c im ie n to s s in re g la , a c o n te c im ie n ­
tos d esregu lad os, a co n te c im ie n to s fu e r a d e to d a c o n v e n c ió n . ¡Ah!
E videntem ente es u n a p a ra d o ja p ro d u c ir a c o n te c im ie n to s sin reg la. Se
podría d ecir que en la h is te ria se tra ta d e u n a re g la e x c e p c io n a l. P o ­
dríamos decir, ad em á s, q u e es la m is m a in s p ira c ió n q u e C a ri Sch m itt
intentó h a ce r e n tra r en e l d iscu rso d e l d erech o . H a b ía c o n s a g ra d o un
Curso, e n o tra é p o ca , q u e fu e u n e sc á n d a lo p a ra a lg u n o s, p o rq u e Cari
Schm itt fu e u n p e rso n a je p o co re c o m e n d a b le , p e ro a u n a s í u n ju rista
de gran im p o rta n cia - e s a lg o q u e o c u rre , co m o fu e ta m b ié n el caso de
Céline, en otro o rd e n d e id e a s - Cari S c h m itt h a b ía q u e rid o h a ce r en­
trar en el d iscu rso del d erech o la n o c ió n de u n a in s ta n c ia q u e in te rv ie ­
ne cu ando las reg las, la s c o n v e n c io n e s , las c o n s titu c io n e s , to d o s los
usos, ya no fu n cio n a n .
P ensaba q u e u n a co n stitu ció n b ien h e c h a d e b e p re v e r el caso excep ­
cional en el q u e to d o lo d em á s d eja d e fu n cio n a r, d o n d e to d o sem blan ­
te es ech ad o a perd er. ¿Q u é se d eb e h a c e r ? P u e s b ie n , é l p e n sa b a que
debía in clu irse e n la co n stitu ció n u n a re g la s u p le m e n ta ria d o n d e fu e­
ra precisad o q u e cu a n d o to d o s lo s s e m b la n te s n o só lo h a n v acilad o , si­
no que h a n caíd o, h a y a lg u ie n q u e tie n e d erech o d e h a c e r algo e n esa
situación.
Dijo esto en circunstancias en las que simplemente se trataba de
una puesta en forma significante déla práctica del Nacionalsocialismo.
Esto hace que, desde entonces, su doctrina decisionista huela a azufre,
con justa razón.
Bueno, pero vivimos aquí, felices en una República organizada,
fundada sobre la Constitución llamada de la Va República, la de 1958,
donde se introdujeron pequeños retoques -d e vez en cuando se inten­
ta hacerlo-, pero no se tocó para nada un enunciado muy preciso que
es el artículo 16 de esta Constitución, introducido en ella expresamen­
te por el fundador de nuestra República, a saber, Charles de Gaulle. El
general, que había sido alumno del Mariscal, concluyó que era necesa­
rio un artículo que especificara que en caso de interrupción del funcio­
namiento regular de los Poderes Públicos, el presidente de la Repúbli­
ca estaba autorizado a hacer algunas cosas que, en tiempos normales,
no tenía derecho a hacer.
Esto suscitó, por lo demás, un panfleto memorable, cuyo autor fue
alguien que más tarde sería a su v ez presidente de la República,
Frangoís Mitterrand; panfleto admirable, la mejor cosa que él haya es­

147
JACQUES-ALAIN MILLER

crito y cuya reedición lamentamos mucho que se haya prohibido, por­


que como presidente hizo m uchas cosas, pero sobre todo no modificó
esta obra de discurso, algo, a mi parecer, muy razonable.
¿Por qué Francois Mitterrand, presidente de la República, tendría
que pagar las deudas de Francois Mitterrand autor del panfleto? No
se trata del mismo Mitterrand, por supuesto. Permanentemente
vemos gentes que no son las mismas a partir del momento en el que
cambia su posición de enunciación en una cadena significante de
semblantes.
¡Ah! La sustancia corporal es la misma, el germen, el cuerpo, lo que
uno quiera, es el mismo Mitterrand, pero, desde el punto de vista del
significante, eso no tiene nada que ver; permanentemente nos enfren­
tamos con este tipo de clivajes. Evidentemente, en el psicoanálisis, no
llegamos a operar sobre ellos, sobre ese aspecto, esta heterogeneidad
de los lugares de enunciación, porque en el psicoanálisis, justamente,
el semblante como tal es puesto en cuestión, es lo que se siente cuan­
do se acaba de recibir algún título de un determinado discurso. En el
psicoanálisis, justamente, ante ese género de acontecimientos de dis­
curso que depende por completo de los semblantes, se invita a ese al­
guien a volverse sujeto, a ir un poco por debajo de eso que es cuando
está afectado por un significante amo, y él mismo se interesa -esto es
lo que uno espera-, a lo que es por debajo.
Entonces, en la constitución en la cual vivimos hay algo de esta re­
gla de excepcíonalidad formulada en su momento por ese jurista infa­
me, pero que inspiró cierta reflexión y que no fue indiferente a ese gran
germanista que era el general De Gaulle, y que, finalmente, desde ha­
ce casi cincuenta años está allí en su lugar, en la constitución, para el
caso que resulte necesaria.
Ya veremos si cuando se modifique la situación y vuelva a este lu­
gar una vez más un elemento proveniente de los representantes del mo­
vimiento o de las clases laboriosas -n o , eso es anticuado-, de las clases
medias asalariadas, etcétera, se toca allí ese semblante de discurso.
Se trata de lo mismo en la regla paradójica de la histérica, de la que
me ocupaba hace un momento. Pero no es del todo lo mismo. Si tuvié­
ramos que formular el imperativo categórico del discurso histérico,
¿qué diríamos?: "Intentarás -¡n o !-, actúa siempre de manera tal que
interrumpas el funcionamiento regular de los poderes, tanto privados
como públicos, para desconcertar -seam os precisos- a los tontos que
vinieron a encamar el significante amo".

148
ACONTECIMIENTOS DEL DISCURSO

No sé si soy claro. Sería necesario reunir una asamblea histérica,


susceptible de adoptar o de reconocerse... ¡un concilio histérico! Sus­
ceptible de validar esta formulación.
Esto evidentemente es lo contrario del acontecimiento regular, o
bien puede decirse que el acontecimiento regular del discurso histéri­
co es el cortocircuito, el disfuncionamiento que conduce a la implosión
del significante amo.
Precisamente ese rasgo en el acontecimiento regular permite al
efecto histérico de sujeto conducir, dirigir las operaciones. Ya mencio­
né este ejemplo sorprendente que me fuera aportado en un Coloquio
del Campo Freudiano en el Japón, en la única ocasión en que fui allí.
Un colega de la IPA -allá cuando hay una ocasión de hablar juntos, to­
do el mundo está presente-, un lindo muchacho que había sido cantor
de melodías sentimentales, muy conocido en el Japón y que se había
formado en Inglaterra, contaba en ese coloquio, con gran satisfacción,
un caso de su práctica. Consistía en lo siguiente: la chica que él anali­
zaba había logrado instalarse en el sillón y él había terminado en el di­
ván. ¡Lo juro! Hay quienes creen que exagero, que adorno. Les juro que
ese era el caso.
Se puede ver bien, es perfectamente creíble que, si se da libre curso
al acontecimiento del discurso histérico, se va a parar derecho ahí.
Hasta diría más, con mucha frecuencia es así, aun cuando uno conser­
ve otras posiciones, porque ¡los muebles!, ¡qué importancia tienen!
Pueden seguir muy bien sentados en el sillón, seguir satisfechos en
tanto el paciente o la paciente sigan acostados en el diván, pero en rea­
lidad ocurre exactamente como en el caso del cantor de canciones me­
lódicas, analizado en Inglaterra y japonés.
Además, hay personas que estuvieron presentes y puedan dar tes­
timonio de la exactitud de esto que recuerdo aquí. Esto quiere decir un
montón de cosas, pero quiere decir que la histeria, fundamentalmente,
tiende al carnaval, es decir, al sentido en completo desorden, patas pa­
ra arriba. Claro está, el sentido patas arriba tiene un sentido muy pre­
ciso. Se escribe de dos maneras, tiene una doble ortografía, porque si
lo de arriba (dessus) sigue siendo lo de arriba y lo de abajo (dessous) lo
de abajo, el sentido no está patas arriba. El "sentido patas arriba" se re­
fiere exactamente a la situación en la cual lo de abajo está encima y lo
de arriba por debajo, estamos de acuerdo.
El carnaval, justamente cuando los semblantes conservan bien su lu­
gar en la sociedad, como lo evocaba la última vez, guardaba su sentido,

149
JACQUES-ALAIN MILLER

no se hadan las parodias de carnaval que vemos hoy en día. Precisa­


mente porque había un enrima y un debajo, un al lado, etcétera. Uno es­
taba bien enmarcado en una cadena significante; con todo, no estaba to­
davía un poco disuelto por el mercado, por la democrada, por el cristia­
nismo, etcétera, y, por consiguiente, se podía tener de veras el carnaval.
De golpe, el acontecimiento pese a todo regular, encontrado en el
discurso histérico, ¿cómo llamarlo? Podríamos llamarlo simplemente
disputa conyugal, disputa con un representante o un ejemplar del
otro sexo. Se trata de algo regularmente narrado como disputa, como
dificultad.
Tenemos aquí un acontecimiento regular. Entonces, evidentemente,
esto se modela, se encarna, se desliza de maneras diferentes. Por ejem­
plo, me hablaban de un muchacho, probablemente histérico, para
quien el mismo acontecimiento se repetía siempre. Un muchacho
apuesto, gentil, seductor, hasta Don Juan, pero presumiblemente histé­
rico, es decir, con todo, habitado por la histeria -algo siempre más in­
quietante en el hombre, en lo que hace al sujeto es más inquietante en
el hombre que en la mujer-. El sujeto masculino se siente confrontado,
habitado por algo difícilmente situable; en ocasiones, cuando se trata
de jóvenes, de adolescentes, le hace pensar al muchacho que podría ser
homosexual, por ejemplo.
Aquí, entonces, se debe suponer que el sujeto histérico masculino
del que se trata tiene finalmente el sentido de su persona bajo la forma
del -(p. Las mujeres lo adoran, corren detrás de él, quieren casarse con
él, pero lo que adoran en él es que se debe reconstruir, adoran en él
más exactamente (p: el muchacho apuesto que sabe hablar bien, gentil,
que pasea con ellas, que hace todo lo necesario para seducirlas. Preci­
samente porque ellas deben amar en él algo que se encuentra por com­
pleto a distancia e incluso que es lo inverso del sentimiento de su per­
sona, pues bien, él está siempre convencido de que se equivocan res­
pecto de la persona. Y entonces, cuando la chica le da verdaderamen­
te todo y también el resto, pues bien, él la deja, dice no, no es eso. ¿Por
qué? ¿Qué pasa? Y después, recomienza con otra, hace eso desde hace
ya un buen rato, algo que finalmente lo inquieta bastante como para
terminar pidiendo un análisis y preguntarse si no será homosexual, él
que pasa de chica en chica. Tiene esta inquietud trascendental sobre su
identidad.
Cuando dejó de lado la fop model m illonada que quería
decididamente casarse con él, todo el mundo le dijo: "Pero, ¿por qué

150
ACONTECIMIENTOS D EL DISCURSO

hiciste eso?". Sin embargo, dijo: "Debe haber algo que no funciona
///
bien en mi .
Cuanto más encantadoras y más oportunas pueden parecer para él,
más se equivocan respecto de su persona.
Entonces, este tipo de error, este género de acontecimiento de dis­
curso, regular en él, sintomático del lado de la mujer histérica, donde
es más frecuente encontrarlo bajo la forma de que el muchacho se
anuncia como (p y, después, el acontecimiento consiste finalmente en
reducirlo a o descubrir que la verdad del asunto es el "-<p" que
ocultaba cuidadosamente. Es el principio de una gran cantidad de dis­
putas conyugales. Basta con haber leído a Courteline, La paz en casa.
Courteline, como en otra ocasión lo recordara, tuvo en mí una in­
fluencia formadora. Cito de memoria la obra donde el señor y la seño­
ra vuelven de un paseo y el señor dice:

—Te comportaste como una mujerzuela.


-¿ Y o ?
—Sí, yo te vi — dice él— y cuando Fulano dejó deslizar su mano...
Él insiste, se hace el duro: — ¡Si lo tu viera cerca, cómo lo sacudiría!
Y entonces la dama dice: — ¡Bueno está bien, me hizo eso y hasta me
gustó bastante lo que hizo!
— ¡Cómo lo sacudiría si tuviera su dirección!
— ¡Aquí está, él me dio su tarjeta!
El caballero dice entonces: — ¿Cómo? ¿Una tarjeta de ese señor, eso
es lo que me das? ¡No tengo nada que h acer con ella! — y la despedaza.
En ese momento ella agrega:
— 13, Rué de la Grange Bateliére, la conozco de memoria; ya ve us­
ted, todavía la recuerdo.
Él continúa:
— ¡Oh, aunque se tratara de un oficial de caballería, verdaderamen­
te no me daría miedo!
Ella le repite: — ¡13, Rué de la Grange Bateliére!
Y entonces esto se termina -resum o, no lo releí- cuando él dice:
— ¿Qué? ¡13, Rué de la Grange Bateliére, qué me importa a mí de la
13, Rué de la Grange Bateliére! — y golpea a su mujer.

Le pega, allí termina la obra, es un pequeño acto, porque no da más.


No da más porque ahí es ella quien está en el puesto de comando y
ejerce su poder de sujeto sobre el soporte del significante amo y que lo
muestra al final en la impotencia total. Todo cuanto le queda por hacer

151
JACQUES-ALAIN MILLER

es salir con el garrote en la mano y golpearle la cara, que se vuelve el


triunfo del sujeto histérico. Ella obtuvo que sacaran el garrote, porque
ustedes no podían lograr que cierre la boca, si puedo decirlo así, con
otra cosa.
Este es el secreto de esta escena donde un hombre pega a una mu­
jer que ha resultado en extremo impresionante y fascinante y continúa
siéndolo. Freud comentó "Pegan a un niño", de acuerdo, es algo que
ahora conocemos de memoria. Pero existe la escena "el hombre pega a
la mujer", algo que recorre toda la historia y se impone al punto tal que
hoy, con toda legitimidad, las mujeres golpeadas se asocian para rei­
vindicar su derecho a dejar de serio. Esto nos dice hasta qué punto se
trata de una práctica anclada en los usos.
No se trata de los usos del lapso, sino del garrote, la cachetada, el
golpe. Es algo muy rico de sentido y hoy se establece una jurispruden­
cia procurando captar allí lo que es también una realidad clínica, que
podría ser abordable como tal.

M édico a palos

El gran ejemplo, el mayor, se lo dan cuando comienzan el liceo. Se


comenzaba en los años cincuenta presentando la escena de "el señor le
pega a la señora" y la mujer lo engaña. Se nos hacía leer Moliere, El mé­
dico a palos. Allí, ya en el comienzo, Sganarelle le da una paliza y ella
dice: "¡Ya me las pagarás!".
Tuve el tiempo de releer a Moliere, quien evoca la iniciativa de Li-
sistrata -conocen el método: no pasa nada más en la cama-. Lo evoca
en una frase discreta, cuando la señora Sganarelle dice: "Yo sé que una
mujer tiene siempre en sus manos con qué vengarse de un marido,
mas eso es un castigo muy delicado para mi picarón".
Ejerce entonces otra venganza, saben cuál: logra hacerlo pasar por
el médico de los milagros, ése que va a dar la medecene -dice la campe­
sina que entra en escena- capaz de sanar a la hija del señor Géronte.
Ella confía entonces a quienes pasan que no es en absoluto un leñador,
que es un gran médico y que es necesario forzarlo a palazos a ejercer
como tal. Allí van con los garrotes y ¡pan! ¡pan! Gracias a la palabra
mentirosa de la mujer, aquí tenemos a Sganarelle transformado en mé­
dico a pesar suyo. Es decir, esto sigue el pequeño esquema según el
cual ella toma el puesto del comando:

152
ACONTECIMIENTOS DEL DISCURSO

$ ^S.
Y lo obliga a producir un saber:
$

S.

Un saber falso, pero un saber, un saber propio de un médico de


Ivíoliére, que reinará sobre todo en función de su bien decir, y que dirá
en latín, como yo en un latín macarrónico -pero el mío, por otra parte,
tampoco vale más-.
Lo divertido es que la mujer vuelve a entrar en escena, ya no es la
mujer de Sganarelle, la mujer vuelve bajo el perfil de la hija muda, Lu­
cinda, la que se calla, la que no habla -n o tendría que haberlo leído
porque cuando lo hago, me gusta tanto que me dan ganas de leerlo de
nuevo. Pero es ahí donde se plantea lo hago: Y bien, señor doctor,
¿puede curar a mi hija que es muda? Sí, por cierto, sin duda alguna.
Pero entonces, ¿por qué es muda? Vemos la pregunta por la causalidad
resuelta en el bien decir, es como entre nosotros, en el psicoanálisis.
Sganarelle toma el pulso de Lucinda y dice: "Este pulso indica que
vuestra hija es muda". ¿Qué agregó al hecho ya conocido por todo el
mundo? Simplemente la operación de tomar el pulso; en función de
ello, de inmediato su enunciado es el de un médico y no el de un vul­
gar paisano que sencillamente dice "No habla".
Ella es muda y está tomada precisamente en el dispositivo médico.

Geronte, el padre, agrega: ¡Ah sí, señor! Esa es su dolencia lo habéis


averiguado de primera intención.
D ice Sganarelle dirigiéndose a Jacqueline (la doméstica): — Ved có­
mo he adivinado la enfermedad.
Sganarelle, que no es muy fino, tal como lo ha señalado su mujer,
agrega: — Nosotros, los grandes médicos, descubrimos enseguida los
males. Un ignorante se hubiera sentido indeciso y le hubiera dicho: "Es
esto, es aquello"; mas yo, suelo dar en el blanco a la primera y os infor­
mo que su hija es muda.
Continúa Geronte: — Sí, mas yo quisiera que me dijerais de qué pro­
viene su mudez.
Responde Sganarelle: — Proviene de que ha perdido el habla.
Geronte: — Bien, pero la causa, por favor [Geronte pregunta por la
causa, la causa freudiana], por favor, ¿por qué causa perdió el habla?

153
JACQUES-ALAIN MILLER

Sgannarelle: — Todos nuestros autores le dirán que es por el impe­


dimento de la acción de su lengua.
Geronte: — ¿Vuestro parecer en cuanto a ese impedimento de la ac­
ción de su lengua?
Sganarelle: Aristóteles [se creería que se trata de Lacan] dice sobre eso
cosas magníficas.
Geronte: — Lo creo.
Sganarelle: — ¡Ah! ¡Era un gran hombre!
Geronte: — Cosa que yo no dudo.
Sganarelle: — Gran hombre completo: un hombre tanto así más
grande que yo. [Siempre la reverencia al predecesor] Volviendo pues a
nuestro razonamiento, sostengo que ese impedimento de la acción de
su lengua esta causado por ciertos humores, llamados por nosotros los
sabios humores peccnntes; es decir... humores pecantes, tanto más cuan­
to que los humores producidos por las exhalaciones de las influencias
que se elevan la región de las enfermedades, tienden... por decirlo así...,
a... ¿entiende latín?
Geronte: — Ni una palabra.
Sganarelle: — ¿No entendéis una palabra de latín?
Geronte: — No.
Sganarelle: —Cubrirías archi thuram, catalamus, singulariter, nominati­
vo, haec musa, bona, bonitm, Deus sanctus est ne oratio ¡atinas.
Geronte: — ¡Ah! ¿Por qué no lo habré estudiado?
Jacqueline: — ¡Vaya un hombre hábil!
Lucas: — Sí, es tan hermoso que no entiendo ni jota.
Sganarelle: —Ahora bien: esos humores de los que os hablo, vinien­
do a pasar del lado izquierdo, donde está el hígado, al lado derecho,
donde está el corazón, llegando al pulmón, al que llamamos en latín
armyan, en comunicación con el cerebro, que denominamos en griego
nasmus, por medio de la vena cava, a la que llamamos en hebreo cubile,
concluye su camino llenando los ventrículos del omóplato; y como los
citados vapores... comprended bien este razonamiento, os lo ruego. Y
como los citados vapores alcanzan cierta malignidad... Escuchar bien
esto. Por lo que más queráis [...] la concavidad del diafragma. Ocurre
que esos vapores... Ossabandus, nequeys, nequert, potarinum, quipsa milus.
Esto es lo que hace que vuestra hija sea muda.
Jacqueline: — ¡Ah! Qué bien dicho está eso.
Lucas: — ¿Por qué no tendré yo la lengua tan bien instalada?

Ésa es la razón por la cual vuestra hija es muda.


Queda claro que el psicoanálisis, el psicoanalista, es en alguna me­
dida heredero del médico de Moliere. Cuando estamos en los tiempos

154
ACONTECIMIENTOS DEL DISCURSO

je Moliere, en el siglo XVII, estamos justo antes de que se produzca la


captura del discurso médico por parte del discurso de la ciencia. A par­
ar de allí, las aguas comenzaron a separarse y la medicina se encontró
esencialmente determinada por esta absorción científica, hasta el pun­
to de su disolución en la ciencia, en aquello que procede de la ciencia
y que se aisló a partir de ella cada vez más. Se trata de algo que realza
el poder de la retórica, del bien decir. En la actualidad encontramos es­
to con la forma del distribuidor de medicamentos y del distribuidor de
las buenas palabras. El productor de orejas es el distribuidor de bue­
nas palabras. Hoy, la divisoria de aguas operó y lo hizo del modo más
preciso aquí, pusimos en juego a Aristóteles, es decir, el argumento de
autoridad, y, sobre todo, el saber presentado bajo las formas de lo in­
comprensible.
Nunca un saber se hace reverenciar tanto como cuando aparece en
escena bajo las formas de lo incomprensible. ¿Saben latín? ¡No sé! En­
tonces, habla en latín y todo el mundo queda boquiabierto.
Después, evidentemente, se puede aprender un poquito de latín.
Lacan hizo esto con su auditorio durante años: ¿saben topología? ¿No?
¡Paf, paf, paf! Claro está que al cabo de cierto tiempo la gente se metía
con la topología, entonces, él pasaba a otra cosa. Es un modo de man­
tener el interés.
Evidentemente, Lacan sabía de topología, a diferencia de Sganarelle
que no sabía latín, por supuesto. Pero el principio es el mismo.
Por otra parte se ve, al final de El médico a palos que tiene ganas de
educar a todo el mundo, es decir, vienen a verlo y le preguntan todo.
Vemos a Sganarelle, poco a poco, anunciar Knock de Jules Romain, que
nace allí y, finalmente, todo el mundo se pone de acuerdo en el hecho
de que es un gran médico. La obra termina allí. El se consagra a la me­
dicina y como su mujer se lo dice: "Martina: — [...] agradéceme el ser
médico puesto que yo he sido la que te ha proporcionado este honor".
Es ella quien le dio el significante amo del médico, aquello gracias a lo
cual produce sin límites un falso saber destinado a enriquecerlo.
Tenemos aquí una escena, un acontecimiento del discurso histérico
perfectamente encuadrable, estructurado, regular. Cuando uno ve qué
se produjo allí, puede decir que no es una ceremonia, sino que es un
acontecimiento del discurso histérico.
Bueno, pasé por Moliere por placer, pero se puede tomar una esce­
na de la vida cotidiana. El muchacho llama por teléfono, regularmen­
te ubica por teléfono a sus amigas, esas buenas chicas que conoció an­

155
JACQUES-ALAIN MILLER

tes. No se sabe quién es, no se sabe si ellas son viejas, jóvenes, seduc­
toras, habla regularmente por teléfono con sus amigas.
Y es lo bastante insoportable como para que uno confíe a su psicoa­
nalista: "¡Es verdaderamente intolerable, qué grosero! ¡Qué... !". Bue­
no, viene la palabra, pura como el agua: "¡Yo no existo! ¡Mientras ha­
bla de ese modo, yo no existo!". E s puro como el agua, porque es una
frase que se presta muy bien a esta posición de inexistencia que es la
del sujeto histérico. No se trata simplemente del hecho de que él no le
presta atención a ella mientras está allí, pendiente y suspendido del te­
léfono. Ocurre que esto despierta en ella su inexistencia subjetiva y ése
es el efecto de sujeto en el discurso histérico, la inexistencia. ¡Ah! Por
supuesto, se puede decir: se trata de la exhibición, es todo... esos velos,
el decorado, etc., sí, sí, sí, de acuerdo.
Están todos los perifollos, todas los semblantes, pero en el corazón
de esos semblantes que pueden ser los de la autoridad implacable, co­
mo la de la secretaria académica que impone respeto a todos los pro­
fesores, los pone en fila, no queda ninguno que se mueva, pero detrás,
en el corazón de eso, ¿qué palpita? Que el pequeño movimiento cuya
presencia es necesario escuchar allí es el de la inexistencia.
Si hago tanto ruido, si me visto magníficamente, si gobierno mi servi­
cio, mi país, Margaret Thatcher, el universo, si persigo a los criminales
hasta el fondo de su guarida, es porque todo eso es necesario para vestir,
para ocultar mi miseria, para vestir mi vacío, el que no puedo mostrar.
Se ve claramente también que el muchacho colgado todo el tiempo
en el teléfono no sabe que es esencial, necesario para que la pequeña
inexistencia se sostenga en el ser, no sabe que para existir un poquito
necesita ese significante amo. Y entonces... Ah, sí, es preciso que ese
significante amo se quede en su lugar, porque si se mueve, yo inexisto.
Entonces, ¡tú, el significante amo, no te muevas de allí donde estás!
Ese es el significante amo en su lugar, si puedo decirlo así. Esto quiere
decir que el momento en que llora y deplora, en el momento en que
viene al encuentro de su analista para decir hasta qué punto el otro es
el malvado, desconsiderado con sus sospechosas amigas, la pequeña
inexistente, como la pequeña vendedora de fósforos, tiene el mango en
la mano en cada segundo. Es preciso que el muchacho poseedor de la
insignia no crea, sin embargo, ser el amo. Se trata de lo contrario de res
judicata pro veritate habetur.
El cretino poseedor de la insignia no es tomado como el amo, es ne­
cesario que se mantenga en su lugar. Esta es la razón por la cual ella le

156
a c o n t e c im ie n t o s d e l d is c u r s o

hacp escenas, pasa su tiempo en eso, es decir, encendiendo y prendien­


do el fuego con sus pequeños fósforos de vendedora de fósforos.
Esto h a ce que, de h e c h o , aq u ello q u e se p resen ta b a jo la form a de
una rebelión , de una p e rtu rb a ció n , es en realid ad u n acon tecim ien to
conservador de la estru ctu ra del d iscu rso , el a co n tecim ien to d e d iscu r­
so h istérico, u n acon tecim ien to que con cretiza, m an ifiesta la estru ctu ­
ra del d iscu rso que lo m an tien e. Se h a ce u n p o co m á s flex ib le el traba­
jo de las m en in g es sob re la relació n del d iscu rso y d el acon tecim ien to,
o bien p ara lleg a r al d iscu rso a n a lítico y su acon tecim ien to, la sesión
analítica.
Entre paréntesis, esto indica lo que es necesario darle -n o sé por
qué... esto tiene el aspecto de ser un consejo- a la histérica para que el
sujeto histérico permanezca en su lugar, a la vez 9 y -cp. Es el doble re­
galo acordado a la histérica, por un lado, el significante del dominio,
es una regla de buena conducta en la cura, para el analista, pero tam­
bién válida para el partenaire vital. Y, por otro lado, el signo exquisito
del no-dominio, es necesario obsequiarle su castración.
Esto, claro está, es difícil para los neuróticos, aunque para poder ana­
lizar sujetos histéricos es mejor estar analizado o bien ser curo mismo
histérico, porque el japonés, finalmente no sé si él se analizaba, pero te­
ma el semblante del muchacho seguro de sí. Se dejó llevar por las nari­
ces hasta el diván, dio todo lo que hacía falta del no-dominio, esto no
quiere decir que sea necesario dejar de dirigir la cuestión y orientarla.
Se puede decir, por otra parte, que aquello siempre inquietante en
el personaje de Don Juan, en las características donjuanescas, es que en
general vienen a estar constituidas o bien por completo en la vertiente
de -<p, o bien por completo en la vertiente 9 . Ese carácter unilateral las
lanza en la serie infernal donde quedan atrapadas. Bueno, no voy a dar
consejos demasiado precisos.
Respecto al discurso universitario que se agota en esas ceremonias,
Lacan dice, por las mejores razones del mundo, que lo mejor que pue­
de producir es el chiste que lo horroriza. Y el efecto de sujeto en el dis­
curso universitario es lo producido y es capaz de una división del su­
jeto; esa división se produce a partir del saber como significante amo.
Es decir, lo mejor que el saber universitario puede hacer es burlarse del
saber, esto es, resaltar el carácter de semblante del saber, sin, ni siquie­
ra sacar provecho de ello. Salvo, por ejemplo, Lewis Carroll...
En la medida misma en que ocupo una posición, las formas regla­
mentarias que hacen a una posición regulada por el discurso univer­

157
JACQUES-ALAIN MILLER

sitario, me libro al Witz con el abandono que han podido comprobar


este año.
El problema para el discurso psicoanalítico reside en que sería aquel
que tocaría lo real y por tratarse de la causa, evidentemente, vuelve a de-'
cir, hace volver a decir el hecho, como Sganarelle. Pero el discurso psi­
coanalítico vuelve a decir y dice bien el hecho, de modo tal que lo mo­
difica. Evidentemente, en este punto, no es el médico terapeuta quien lo
dice, es el paciente. El problema, es por eso que se trata de ese síntoma
de semblante que Moliere hizo aparecer en esta obra -el mutismo de Lu­
cinda como síntoma-, es que esto supone que los pacientes hablen -es
con esto que se los atrapa en el discurso analítico-.
Podemos hacer la articulación con la mujer de Juvenal, puesto que
al respecto, Moliere y Juvenal son el mismo tipo de literatura, se trata
siempre de la pregunta: "¿Con quién uno se casa?". Aquí, Lucinda
quiere casarse, y es por eso que ella es muda. Y para hacer el bien, si
ella es muda, si molesta a su padre, a todo el mundo, a toda su familia
cerrando la boca, es porque quiere que se haga lo que ella quiere. Y
cuando vuelve a abrir la boca, es para repetir, de una manera ensorde­
cedora -señala Moliere-, casi hasta aullar, "yo quiero".
Esto es más o menos lo que hoy cierra mi charla. Proseguiré la se­
mana próxima.

19 de enero de 2000
VIII
Capricho y voluntad

La última vez les dije que fuerzas m uy poderosas se oponían a que


fuera puntual aquí. Sin embargo, hoy había previsto todo para llegar a
tiempo, es decir, para estar en los límites del retraso legal, académico,
antes de las dos menos cuarto.
Mi empuje me llevó a hacerle la confidencia a la persona que me
conduce aquí y el efecto de esta confidencia, supongo, es que por pri­
mera vez el auto no estaba, y por esa razón, una vez más, llegué un po­
co más tarde que menos cuarto. Es algo tanto más interesante e idóneo
cuanto que, como ya lo he mencionado una vez, a propósito de los em­
botellamientos en la circulación, la persona que m e trae aquí es una
mujer

Caporiccio

Tenía la intención de empezar este curso diciendo que comenzába­


mos a tener la respuesta para el célebre "¿Qué quiere la m ujer?", la de
Freud y la de los demás también. Me proponía aportar una respuesta
que no va m uy lejos a buscar su enunciado: ella quiere querer.
Porque querer, si consideramos esto de cerca, según nuestra pers­
pectiva, querer el acto, una voluntad, es un goce. Y me parece que es­
to aclara la cuestión que se puede abordar desde ese ángulo, es un go­
ce especialmente recortado en la feminidad, ya se trate de su propio
querer o del querer del Otro, en cuyo caso el sujeto se manifiesta bajo
la forma de la sumisión, algo que es una vez más, si permanecemos
] ACQUES-ALAIN MILLER

bien atentos, un asunto de la voluntad. La sumisión tiene que ver con


la voluntad del Otro.
Dije que había afinidades entre la feminidad y la voluntad, y que es
del lado de la mujer que la voluntad se desprende con un carácter abso­
luto, infinito, incondicionado. Se manifiesta mejor en el capricho -des­
pués de todo, se trata de alguien que acaba de ser su víctima, ocurre que
lo dice y lo había pensado aún inocentemente-; se trata del capricho que
figura en eso que se repite como enseñanza del capítulo sobre el deseo
de la madre supuesto por el Nombre del Padre en la metáfora paterna.
Allí donde el padre tiene la ley, la madre tiene el capricho. Y en con­
formidad con la lógica freudiana -lógica que Lacan no hace sino reper­
cutir, formalizándola- sería un progreso, hasta un progreso de civiliza­
ción, el de haber pasado del capricho a la ley.
Digo un progreso de civilización porque antes de que llegue el De­
cálogo, pesado Decálogo -el propio Moisés deja deslizar por un mo­
mento las Tablas de la Ley y las recoge, es pesado eso-, antes existía
bien la idea de la divinidad, pero justamente eran divinidades capricho­
sas. Zeus, Júpiter para los latinos, pasa su vida de capricho en capricho,
de uno a otro. La expresión, ya un tanto obsoleta, significa en la lengua
clásica quedar capturado por el deseo súbito de un amor pasajero.
No hay héroe en la literatura universal que lo encarne mejor que la
caprichosa divinidad paterna de lo s griegos, volando de capricho en
capricho, sembrando descendientes que pueblan los cielos y la tierra,
los bosques y las selvas. Un dios del capricho y después los compañe­
ros, los hijos junto a la mesa del banquete son todos caprichosos. En­
tonces, es un gran progreso el que instala en el mundo la religión de la
ley y después aquella que viene a cumplirla [accomplir], ahí se termina
la risa [rire] -asonancia-.
La metáfora paterna vuelve a decir esto y, por supuesto, Lacan fue
más allá. Es necesario que volvamos a encontrar el sentido del capri­
cho. ¡El capricho de los dioses, además, es el nombre de una marca de
queso francesa!
El capricho es una voluntad fuera de la ley. La ley está allí, se la ve
venir con sus intenciones, su látigo, sus compromisos, ahí están los
vínculos más verdaderos, los compromisos de discurso; la ley está allí
para refrenar la voluntad. No voy a desplegar ante ustedes mi ciencia
lingüística acerca del capricho. Consulté y fotocopié las entradas que
conciernen al "capricho" en diccionarios que tenía a mi alcance. Littré
distingue tres sentidos -ustedes saben, siempre es aproximativo, está

160
CAPRICHO Y VOLUNTAD

hecho sobre todo para que uno capte el parentesco entre esos senti­
dos-- Se distingue allí el capricho como voluntad súbita que emerge
sin razón alguna, primer sentido, muy bien formulado. Realza el ca­
rácter imprevisto del capricho, donde la voluntad se manifiesta como
acontecimiento imprevisto y también irrazonado.
Es decir, cuando estamos en el universo del capricho, maravillosa­
mente, estamos desanudados de eso que se llama, en el lenguaje del
psicoanálisis, la racionalización.
Un capricho no da sus razones, "-porque, y en primer término, en
segundo y en tercer lugar, teniendo en cuenta que, visto qu e...-". ¡No!
Y sobre esa base, siguiendo eso que se llama las motivaciones de un
juicio, para hacerles una mala jugada se dan todas las buenas razones
del mundo: el capricho se aligera [allege] de ese cortejo [cortege]. Nue­
vamente una rima.
En segundo término -u n empleo que me parece un poco avejenta­
do aquí-, el capricho designa, en la lengua más clásica que aquella ha­
blada por nosotros, el relieve del espíritu y de la imaginación, en el
bueno o el mal sentido. Existen los autores que hacen planes, que se
preparan y después están aquellos que escriben por capricho.
Después, tercer sentido, dejo de lado el cuarto que concierne al car­
bón, la hulla, pues existe el sentido de capricho donde el término de­
signa las venas de la hulla que no son regulares. El tercer sentido es el
capricho como inconstancia, irregularidad, movilidad. Las referencias
son múltiples y, sin duda, ganaríamos mucho si fuéramos a ver en qué
consiste cada una.
La etimología es divertida. De origen italiano, en el Littré queda li­
mitada a capra, la cabra; el capriccio es el salto de la cabra, cosa especial­
mente inesperada si conocen a las cabras. Entonces, se trata por exce­
lencia del acontecimiento imprevisto. El Robert Historique, más infor­
mado, más divertido también, hace derivar capricho y capriccio de ca­
po, la cabeza, una cabeza de cabra, algo por el estilo. Es decir, lo mis­
mo que encontramos en la expresión española que había evocado: "Al
fin y al cabo". El Robert Historique, antes de llegar a capriccio, pasa por
caporiccio, que sería la cabeza erizada.
Cabeza rizada que reenviaba en el siglo XII al estremecimiento de
horror. Creo haberme referido al estremecimiento que en el siglo XVI
se habría convertido -en este punto es necesario consultar un diccio­
nario etimológico italiano que no tenía a mi alcance- en súbito y extra­
ño deseo que sube a la cabeza y que por esa vía también dio capito.

161
JACQUES-ALAIN MILLER

En este punto estamos verdaderamente en otra atmósfera que la de


la ley del padre, y el empleo estético es aquel de la idea antojadiza, to­
do lo cual echa a perder la aparición del reglamento -n o harás esto, no
harás aquello, no harás nada de lo que tienes ganas de hacer-. Es lo
que hace falta comprender.
El Robert Historique agrega que se cruza con esta progresión que us­
tedes siguen, a partir de cayo, la influencia del latín capeare, el chivo, ¡de
ahí la cabra!
Vemos entonces, de retomar el término según esta distribución te­
mática, lo que constituye el corazón semántico del asunto: la ausencia
de ley. A través de esta vía se comunica con el tercer valor semántico,
el de la inconstancia y la movilidad que nos permite hablar, en francés,
de los caprichos de la suerte, de los caprichos de la fortuna; esta di­
mensión precisamente escapa a la regularidad de la ley.
Hay allí una cita de Montesquieu, en el Littré, extraída de las Cartas
Persas: "Y, creyendo que no hay leyes, allí donde no ve juez, hace reve­
renciar como disposiciones del cielo los caprichos del azar y de la for­
tuna". En el punto donde se cree que no hay ley, es el simple capricho
el que resulta tomado como decisión superior y por eso mismo des­
prendido de la ley y de las buenas razones, de las que tenemos siem­
pre una plena reserva para hacer esto o aquello.
¿La voluntad? Es lo que empuja a Corneille a hacer decir en Nico-
medes: "Lo que puede el capricho, osadlo por la razón". Algo que
muestra bien la disyunción entre el capricho y la razón: el capricho se
plantea como irrazonado.
Veamos aún a Boileau, en su Sátira VIII: "El hombre tiene sus pa­
siones, etcétera [...] tiene como el mar sus olas y sus caprichos". Ya en­
contramos un poco antes al mar (mer), m-a-r en este Curso, como refe­
rencia natural introducida por Valéry para indicar su indiferencia ante
el acontecimiento imprevisto, aleatorio de la ola, de la onda que va y
viene para considerar que la extensión, la sustancia, la estructura, está
fuera de las reglas. Esta manifestación súbita, esta idea extraña, así co­
mo el capricho, apela regularmente a la censura del clasicismo.
Lo que define a ese pequeño islote, a decir verdad muy extraño,
llamado clasicismo, es la idea según la cual para generar obras de arte
era predso, en primer lugar, el lenguaje, obedecer a las reglas. Si les pre­
guntan qué define al teatro clásico, respondan que es la regla de las tres
unidades. El clasicismo se define por la tentativa, por cierto vana, de ex­
cluir al capricho de la creación y amoldarlo, estrecharlo, apelando a un

162
CAPRICHO Y VOLUNTAD

conjunto verdadero. Si nos detenemos a pensarlo, es la idea m ás extra­


ña de todas y el funcionamiento, la literatura clásica, sus valores que
tanto marcaron especialmente la literatura francesa e hicieron a su sin­
gularidad entre las literaturas, es esta obediencia a las reglas cuya m o­
tivación, es preciso decirlo, no siempre es manifiesta, pero pone en evi­
dencia la existencia de la regla en los tiempos de la monarquía que so­
ñó ser absoluta y se encamó allí, en esa ley formulada para el lenguaje.
Por el contrario, el capricho no conlleva esos valores negativos en el
barroco ni en el romanticismo. A principios del siglo XIX se comienza a
utilizar el capriccio como forma musical que nos ha valido cierto número
de obras de arte, una forma musical que integra el aspecto antojadizo.
En apariencia, nada más lejos del capricho que el imperativo cate­
górico de Kant, en tanto enunciado d e una voluntad universal, cons­
tante, omnitemporal, omnisubjetiva: obra de manera tal que resulte
siempre conforme al enunciado de esta ley.
Esto elimina el capricho y es por eso mismo que resulta tan singular
el hecho de que para ilustrar esta voluntad en apariencia impersonal,
por entero legal, en cada una de sus partes, Kant haya ido a pescar y se­
ñale el eco recibido del capricho mortífero de una mujer, de la arpía de
Juvenal que dice: "¡Quiero esto! [...] ¡Ordena crucificar a este esclavo!".
Captamos allí de qué se trata la voluntad, tanto más cuanto que
aparece sin razón, pura, puro capricho de mujer, con un lazo singular
con la muerte del hombre. Los caprichos de los señores, cuando apare­
cen, siempre son inocentes. Son los d e Reus o como el señor de Che-
vigny, en Un capricho de Musset. ¿Cuál es el capricho en cuestión? La
amiga de su mujer pasa cerca de él; el señor elogia su cintura, mete un
poquitín la mano y se deja atrapar en otro sitio, enseguida, no en el
sentido en el que él quería. Además, se deja engañar y al final dice: "Le
contaré todo a mi mujer". Esa es la últim a frase.
Esos son los caprichos de los señores: no van lejos. El capricho fe­
menino es más serio, el de la arpía es: "¡Muere, mátalo!" -y continúa-.
Fíjense por ejemplo en Un capricho d e Musset. Es el capricho del se­
ñor. La mujer está allí, de lo más gentil, m uy bonita, cosiendo, a lo lar­
go de meses y meses, una pequeña bolsa para dársela a su m arido y un
poquito celosa porque él tiene otra bolsa, muy nueva, que le dio otra
dama, que podría tener un capricho p o r su marido. Es un acto, un di-
vertimento.
Los caprichos de Marianne, es otra cosa, otra atmósfera. No sé si se tra­
ta de una obra que se aprede y se conozca aquí. ¡No son muchos! Veo

163
J ACQUES-ALAIN MIL.LER

que hay dantas conocidas por m í que conocen la obra. Para los demás
-que quizá la conocen, pero no la am an- diré que es una obra que cuen­
ta la muerte de un hombre. Se trata del pobre Coelio, no sé, no estoy pa­
ra nada seguro de cómo se pronuncia Coelio, Queilliot sin duda, sí, es él
quien muere; necesita dos actos, no más, para morir, y desde el comien­
zo se ve que no goza de buena salud, se atormenta por Marianne y la
obra termina a los pies de su tumba, donde se encuentran Marianne y
el compañero de Coelio, Octavio, quien dice: "Soy yo quien está ente­
rrado allí", toda la historieta romántica, de acuerdo.
Y Marianne, ¿quién es? Era astuto Musset, no vayan a creer que por
haberse dejado engañar por George Sand era un necio. Marianne es la
mujer de un juez, está casada con la ley, un viejo juez, como ella dice,
muy poderoso en su ciudad, hace falta entender que no lo es tanto en
otros lugares. Y ella se encapricha, ¿qué otra cosa se puede hacer cuan­
do uno está casado con la ley?
Entonces, ella es tacaña, para hacer su capricho. El pobre Coelio que
está ahí quisiera que ella se equivoque en su favor, ¡pero no sabe pedirlo!
¡Y no sabe obtenerlo! Se confía a su compañero, Octavio, diciéndole que
Marianne es encantadora, etcétera. Pero, ¿qué espera entonces? Y Octa­
vio toma la iniciativa de defender la causa de Coelio ante Marianne y es­
to no ocurre en absoluto como quienes no han leído la obra podrían creer­
lo. No es entre Octavio y Marianne que la cuestión se juega, no, en abso­
luto. El buen compañero está allí hasta el final y por eso Coelio muere.
El buen compañero defiende anie Marianne, verdaderamente, la cau­
sa del enamorado perdido. ¡Lo hace tan bien que Marianne lo mira con
mucho interés! Pero le dice: "Bueno, por cierto es necesario que tenga un
amante, pero no lo elegiré. ¡Aquí tiene mi echarpe! Déselo a quien usted
quiera; ¡aquél que venga esta noche con él será mi dueño", ¡Oh, oh!
Octavio, confuso por ese regalo d e su persona ofrecido por Marian­
ne -lo formidable es que ella se emancipa entre el comienzo de la obra,
momento en el que es la mujer del juez, y el momento en el que dice:
"Tomaré al primero que llegue recomendado por usted como amante".
Está maravillosamente escrito y tiene un aspecto por completo natural.
En su estado de confusión, Octavio quisiera que ella elija a su amigo,
pero Marianne dice: "¡No, no, no! ¡Dije lo que dije!"
¡Ah! Es un capricho de bondad; él dice, por otra parte, una frase
-q u e cito aquí de memoria-, según la cual ese capricho de cólera que
la vuelve adorable constituye de hecho un pacto con todos los requisi­
tos, está muy bien dicho.

164
CAPRICHO Y VOLUNTAD

El buen compañero va entonces a entregar el echarpe de Marianne


a Coeiio, quien se prepara, encantado, a deslizarse por la noche en la
casa. Sólo que, entre tanto, el viejo juez, alguien que no está exacta­
mente en regla, convocó a algunos asesinos para cortar con esta peque­
ña galantería de la que fue advertido. Marianne escribe rápidamente
unas líneas a Octavio: "¡N o venga esta noche!". Pero es demasiado tar­
de, Coelio ya se encuentra en el lugar. Escucha a Marianne decir en la
oscuridad: "¿Es usted Octavio? ¡Váyase!". "¿Cómo? Ella esperaba a
Octavio. Voy a morir", y se prepara al suicidio. Pero no habrá por qué
tomarse ese trabajo: los asesinos están allí mismo y terminan con el
desdichado compañero. En la última escena, delante de su tumba, Ma­
rianne y Octavio intercambian algunas palabras, se sienten un poqui­
to culpables, Octavio dice: "Si yo no hubiera sido tan buen camarada,
él estaría todavía en vida, soy yo quien está enterrado allí". Marianne
le dice: "Lamento mucho lo sucedido con vuestro amigo, pero yo os
amo siempre". Se termina con estas palabras -cuento esto como una
comedia, es una tragicomedia-; Octavio dice: "Parte el corazón Ma­
rianne, yo no os amo, era él quien os amaba, el muerto". Telón.
No tenía previsto contarles todo esto en detalle, me dejo llevar, pe­
ro lo pongo en relación con ese "Yo quiero, yo ordeno que se mate a es­
te hombre" de la arpía de Juvenal. Es decir, el capricho masculino es la
comedia. Llegado el caso, el capricho femenino es mortífero.

El imperativo categórico

Resulta curioso pensar que la exaltación de la voluntad en el idea­


lismo alemán encuentra sus raíces en el ca p rich o de la arpía de Juve­
nal. ¿Cuál es la razón para que la voluntad los haya exaltado? Es por­
que el dominio de la razón práctica es aquel donde el hombre no es­
tá sujeto al encadenamiento implacable de las causas y de los efectos.
La voluntad, aun la voluntad del capricho - y es en ese punto donde
aparece con mayor nitidez- introduce un corte, una ruptura con el
encadenamiento causal. Un capricho es un milagro, y antes de plan­
tear la pregunta acerca del por qué, del cómo - y de responder dicien­
do: ahora no, seguro que no, es muy caro, no puedo, tengo mucho
trabajo, etcétera-, sería necesario en primer término ponerse de rodi­
llas ante esta manifestación de la razón práctica bajo la forma del ca­
pricho.

165
JACQUES-ALAIN MILLER

¡Adoro en ti la Razón práctica! ¡No sé qué irá a producir eso! Hay


así una exaltación que recorre esos tratados voluminosos y su vocabu­
lario técnico. Pero como Lacan decía, por lo demás, de la Crítica de la
razón práctica de Kant que era un libro erótico, todos esos gruesos tra­
tados, de hecho, están animados por la llama de la voluntad. Muestran
que el "yo quiero" es superior al "yo pienso", que es siempre un "me
represento", es decir: estoy sometido a la representación. Es el motivo
por el cual quien da la clave de esto, como ya lo he dicho, es Schopen-
hauer, ese libro que duplica el mundo como voluntad y como repre­
sentación. En primer lugar, me represento, estoy ahí, el mundo está
ahí, se representa en mí, y después, en segundo lugar, yo quiero. Y es­
to es el gran misterio de la voluntad, algo que repercutirá más tarde en
Nietzsche y conducirá, a comienzos del siglo pasado, el XX, a esta lo­
cura de la voluntad que hace de ese siglo el más sangriento, el más des­
tructor de la Historia.
Allí no se trata de mi tipo que muere y que se pone en escena en el
teatro, son millones y millones, en todas las latitudes y de diferentes
maneras, y está ligado con la exaltación de la voluntad.
Es algo que fácilmente se presenta bajo las formas simpáticas se­
gún las cuales ahora es necesario cambiar el mundo, porque así y to­
do el mundo no anda tan bien como parece. Marx o bien, llegado el
término histórico de ese sistema la buena palabra -pero irresponsa­
b le- de Mao Tse Tung, en el comienzo de la Revolución Cultural, la
révocule,l cambiar al hombre en su estrato más profundo. Tal la pala­
bra donde se realiza y se extenúa la exaltación de la voluntad. Pues
bien, todo eso tiene sus raíces en el capricho de la arpía "¡Mátame
uno! ¡Porque yo lo quiero!".
¿Qué tienen en común el capricho y el imperativo categórico, que
hace que Kant, no yo, no haya encontrado otros términos para encar­
nar la vía del imperativo categórico que ésa extraída de la sátira de Ju­
venal? Lo que tienen en común, aun cuando el imperativo categórico
no es alguien, es la ley que quiere eso, la ley que está inscrita en cada
uno, es para siempre, para todo el mundo, ¡no conozco las diferencias!
Lo que tienen de común es precisamente esa calidad de absoluto del
"yo quiero". Un verdadero capricho, eso no se discute, como tampoco
el imperativo categórico. Pueden guardarse sus buenas razones.

1. Juego por homofonía entre “culturelle" y "cul", cultural y culo [N. de la T.]

166
CAPRICHO Y VOLUNTAD

En un caso como en el otro, aquello que tanto el capricho como e l'


imperativo explotan es la discontinuidad introducida y encamada por
el sujeto barrado. Justamente, en esta discontinuidad de los encadena­
mientos de causas y efectos y de las buenas razones que producen con­
secuencias, hay un agujero y allí surge, aparece, se manifiesta como sin
razón, un objeto, un enunciado que es un objeto desprendido y que me­
rece ser llamado objeto a, objeto vuelto causa de lo que hay que hacer.
Aquí, la fórm u la corresp o n d ien te es m e n o s la del fa n ta sm a q u e la de
la pulsión, es decir, la d e un a v o lu n ta d , p ro p iam en te y n a tu ra lm en te
acéfala, d ond e el su jeto d esaparece, en l a m ed id a en q u e a llí es actu ad o.

$ 0 a

La belleza del capricho radica en que el sujeto asume en él como


propia la voluntad que lo mueve. Lo divino en el capricho -atribuido
por excelencia a los dioses- es que se trata de un "quiero - no la ley, pa­
ra todos- quiero aquello que me pulsiona", un yo quiero absoluto,
aquello que me acciona como pulsión. Tengo una pequeña pulsión
agresiva respecto del esclavo, quiero qu e sea crucificado.
En el imperativo categórico hay algo de ese mismo orden. El im pe­
rativo categórico, como lo hace notar Lacan, se formula en términos de
"obra de manera tal que...", es decir, se formula a partir de la voluntad
del Otro. Por consiguiente el sujeto debe decir: "De acuerdo, que tu vo­
luntad se cumpla", con el problema, e n Kant, que los dos son el sujeto
y que, en consecuencia, en sus últimas notas, como ya lo indiqué, Kant
se atormenta con esta división del sujeto por la cual esta ley se im po­
ne a mí desde el exterior, como si hiera un mandamiento, pero soy en
verdad yo mismo quien m e la formulo. Lo atormenta entonces la dife­
rencia entre el sujeto de la enunciación y el sujeto del enunciado, a tal
punto que llegará a decir que está en m í como un objeto, un objeto que
merece adoración -com o ya lo indiqué, lo dice en francés: adoration-.
E1 imperativo categórico introduce que tu voluntad sea hecha, aun­
que tu voluntad sea la mía; ella se im pone a mí como una obligación,
porque no tengo en absoluto ningunas ganas de hacer lo que m e dice
el imperativo categórico, y Kant remarca bien que si uno tiene ganas
de hacer, si uno hace por placer lo que la ley impone hacer, ¡no lo esta­
mos haciendo por la ley y, por lo tanto, es sospechoso, dudoso!
Esto introduce una aceptación, una resignación, u na fia t volonta sua.
Y es también el espíritu en el cual las sabidurías nos invitan a aceptar

167
JACQUES-ALAIN MTl LER

los golpes de la suerte. En tanto el capricho, muy superior, cuando se


manifiesta esta voluntad que empuja a patadas, llega y dice: "¡Yo lo
quiero, soy yo quien lo quiere!".
El capricho está en el principio de las más grandes cosas. El capri­
cho, tomen la misteriosa doctrina llamada del eterno retorno en
Nietzsche, se aclara a partir de aquí. Es el capricho generalizado, el
eterno retorno -es el enunciado que sustituyo- supone transformar en
vuestro capricho el destino, los golpes de la suerte, eso que padecen;
hay que saber decirlo: esto que me toca en suerte, y aun esto que me
aplasta, yo lo quiero. Tal es la sabiduría superior, la sabiduría terrible
y destructora, sin duda, del eterno retorno. Sepan querer como si fue­
ra su capricho, los caprichos de la fortuna.
Al respecto, podemos referirnos también al esquema propuesto
por Lacan en lo que hace a la posición de Sade, en su texto "Kant con
Sade".

Volvemos a encontrar la disposición cuaternaria, clásica en Lacan,


la "V " aquí está en la posición que será la del significante amo, allí es­
tá el "yo quiero". Como dice Lacan: la voluntad parece dominar todo
el asunto, ya se trate de Kant o de Sade. Porque en Sade ese "crucifí-
quenlo" de la arpía de Juvenal se dice más de una vez y, precisamente
sin otra razón que la de su capricho, que muy a menudo encontramos
en Sade: esta muchacha me irrita, ¡que la crucifiquen! Es el capricho.
El principio de esta voluntad, bien indicado por Lacan, es el objeto
a, detrás de ese "yo quiero", la verdad de ese "yo quiero" es el objeto
a, y el efecto de la voluntad -tal la lectura propuesta por él- es dividir
en el Otro al sujeto, esto es, extraer un sujeto dividido, un pequeño su­
jeto bien dividido que Lacan llama bruto de placer, es el sujeto natural y
la voluntad lo produce en el Otro, extrae de allí un sujeto barrado.

168
CAPRICHO Y VOLUNTAD

Lacan hace equivaler estrictamente esta voluntad divisora a la vo­


luntad de la pulsión, a la pulsión como voluntad de goce.
Este efecto de división puede representarse bajo las formas de la
mortificación, allí tenemos un sujeto dividido, dado de baja, como se
dice, de la muerte, de la mortificación por la sabiduría y por la ley. Es
también el hecho de que la arpía de Juvenal quiere matar al esclavo,
pero es a su marido a quien quiere dividir, porque quiere hacerle sacri­
ficar su bien más preciado, esto es, uno de sus esclavos; quiere que lo
sacrifique por su capricho y él le dice: "¡No, no!". Es preciso examinar
esa cuestión con más detalle, sobre todo -com o ya lo dije-, no es por­
que sea un humanista, sino porque el esclavo es un bien y justamente
de lo que se trata es de hacerle sacrificar su haber, ¡quizá para poder
poner su haber en la bolsita de Un capricho de Alfred de Musset, que
Juvenal no había leído, de acuerdo, es un detalle!
Este esquema aclara algo respecto de un viejo problema que nos
planteábamos hace dos años. Si precisamente nos atrevemos a poner
aquí a la mujer, a representarla con una "V", por otra parte existen mu­
chas representaciones de la mujer que ponen en juego la "V ", la aper­
tura de la "V ", otras representaciones eróticas de la mujer que la aso­
cian a la "V ". La obra maestra de Duchamp, precisamente, está en re­
lación con esa "V ".
Entonces, puesto que el punto de partida eran las afinidades entre la
voluntad y la feminidad, no dudemos en ubicar aquí -en la "V " del es­
quema-, en el lugar de la voluntad, a la mujer. ¿Qué quiere esta volun­
tad-mujer? Pues bien, ella quiere separarlo, quiere extraer el sujeto ba­
rrado, separarlo de sus razones, de sus buenas razones, de su haber,
conducirlo hacia una arriesgada aventura, arruinarlo, separarlo de sus
prójimos, de sus amigos, de sus ideales. Tal el aspecto devastador del
partenaire, el lado Medea de la feminidad. Allí Lacan ubicaba la verdad.
En un momento dado, yo había intentado repartir las cualidades
entre hombres y mujeres y se veía hasta qué punto resultaba inestable,
se enredaba consigo mismo, uno se encontraba con especies de bandas
de Moebius, tanto de un lado como del otro. Especialmente del lado de
la mujer, donde cierta cantidad de calificativos atribuidos a las muje­
res por los mejores autores psicoanalíticos -hasta por el más distingui­
do entre ellos, quien se ocupó del tema, no de las lindas damas, sino
de La mujer, me refiero a Lacan, el mejor de los autores en lo que con­
cierne al tem a- tenían una tendencia a invertirse: uno se encontraba a
veces ante aquella que no le tiene miedo a nada y devasta, a la mane­

169
JACQUES-ALAIN MILLER

ra de Atila, pastizales, graneros, etcétera, la devastadora, y en otras an­


te la burguesa, etcétera. Uno podía suponer que resolvía la cuestión
distinguiendo la verdadera mujer de las falsas. Es el error que se debe
evitar y Lacan procuraba resolver el tema diciendo que, justamente, lo
propio de la mujer es que se puede decir de ella cualquier cosa. Pero
en ese momento nos quedamos un poco en esa problemática.
Aquí, quiero hacer un pequeño enlace dialéctico. Por un lado, esto
se presenta en términos según los cuales separo, extraigo al sujeto ba­
rrado, lo separo de todo lo que lo molesta, para permanecer yo, sola,
molestándolo; logro que se enoje con sus amigos, echo sal en sus heri­
das, lo arrastro fuera de todo sentido común, mancho sus ideales, có­
mo se te ocurre acercarte a semejante tipo, no es posible, y luego...
Una paciente dejó mi consultorio porque tema allí una foto de La-
can. Me dijo: cuando saque a ese tipo de aquí... Pero no se fue de inme­
diato, sino que lo hizo, muy precisamente, cuando escribí un texto que
montaba como escena de teatro mi diálogo con una mujer imaginaria.
Ella consideró que ésa era la gota que había rebalsado el vaso. Pero se
fue maldiciendo la efigie de mi gabinete, es decir, ése estaba de más en­
tre nosotros dos.
Tenemos entonces, por un lado, el aspecto Medea. Algo que ayuda
mucho. Y después, de un modo simplemente dialéctico, una vez que
se dejó de lado todo eso, pues bien, eso se acumula en algún sitio, el
haber y todo eso, y es allí donde surge la burguesa, la figura burgue­
sa, la burguesa de la mujer es complementaria de la figura de Medea.
Medea corta el pasto y después la burguesa pasa el rastrillo. Esto no se
hace siempre así. A veces es la misma quien lo hace, esto es, "Te saco
tu chequera, te saco, etcétera, porque te emborrachas en el boliche, soy
yo quien la guarda". Es algo absolutamente común. Hice la experien­
cia, en mis años izquierdistas, vi de cerca cómo funcionaba cierto nú­
mero de parejas proletarias, el revolucionario, el rebelde que en la
fábrica y en la calle no temía afrontar la cana, el patrón, etcétera, y en
la casa se hacía mansito.
En ciertos casos, entonces, la burguesa es también una especie de
Medea. A veces, esto se divide, el rol queda asumido por diferentes
personas, pero no se trata simplemente del enreda en el que me detu­
ve hace dos años. Hay un pequeño progreso por hacer allí, tal como lo
percibo.
Medea, la verdadera mujer, hace surgir la falta-en-ser, y después la
burguesa cumple más exactamente la función de recolectar el haber:

170
CAPRICHO Y VOLUNTAD

"Por aquí los centavos...". Pero bajo Medea, busquen a la burguesa, y


en la burguesa revelen a Medea. Pueden presentarse como dos aspec­
tos de la feminidad. Recuerdo haber propuesto un día como título "El
superyó, femenino", para marcar, en conformidad con las indicaciones
de Lacan, la afinidad de La mujer y el superyó.
Algo que resulta verificado con la referencia a Juvenal: detrás del
imperativo categórico, está la señora, y esta señora que en El médico
a palos -al que vamos a volver enseguida- hace de su marido leñador
un gran médico, esta señora que sabe, llegado el caso, dejar que el se­
ñor porte las galas, son ellos quienes se engalanan y después, puertas
adentro, ¡en ocasiones el marido (mari) resulta una mari/oneta (mari-
onnette¡honnéte)l
Y precisamente allí vemos que converge la ley, ese "obra de tal mane­
ra que..." impuesto por ella, y la imposición del capricho: son todo uno.
Uno puede preguntarse entonces, ¿pero qué es este asunto? Hay
una historia multisecular de la sumisión femenina, es cierto que el or­
den simbólico se encuentra ante todo m otivado por la exigencia de re­
frenar el goce, dice Lacan, en aquello que el goce pudiera tener de in­
finito, de controlar la voluntad desenfrenada. Es la razón por la cual,
además, en la medida en que de todos modos eso vibra, nos hace me­
recedores de todas esas sátiras misóginas. ¿Quién las escribe? ¿Quién
las lee? Toda esa banda de temblorosos que se preguntan si verdade­
ramente la contención se mantiene, qu e se dicen finalmente, en térmi­
nos generales, que se sostiene. ¿El Cónsul? En Roma, ¡puf! Riámonos
un poco, hay dos cónsules, se dan u n apretón de manos y después
cambian de lugar. Permutan y transmiten el poder. Hay así todo un or­
den maravilloso, pero cuando uno plantea la cuestión, se topa con Ju ­
venal. Detrás tenemos el orden sublim e de la República, la dictadura,
la dictadura del hogar, la burla. Tenemos lo que ha sido escrito por la
sátira, que es, de algún modo, el reverso de Roma. Y el reverso de Pa­
rís tendría que ser la sátira.
Pero es cierto que el orden simbólico, hoy, está comido por las po­
lillas, entonces no empuja las cosas. S i digo esto ahora que se termina
el mes de enero del año 2000, este mes de enero que no volverá nunca,
es porque entramos en la gran época de la feminización del mundo.
Existió el desencanto del mundo, tal la expresión de Max Weber. Antes
había ninfas, silfos, dioses que teman su s caprichos y después, cuando
ya no tuvieron caprichos, había de tod os modos milagros y con todo
eso uno se divertía a lo loco.

171
ja CQUES-ALAIN m il l e r

Después vino el desencanto científico del mundo, el desencanto bu­


rocrático del mundo, y luego no hubo necesidad de una pequeña arpía
que diga: "Crucifíquémelo". Se podía verdaderamente tomar una de­
cisión en algún sitio, y así, después, seis millones quedan eliminados,
eso es el desencanto del mundo.
Pasamos entonces por el desencanto del mundo, quizá hasta sus úl­
timas consecuencias. Progresamos en esa dirección todavía, son los
próximos huracanes que recubrirán a Francia, el diluvio quizá. Y lue­
go, al mismo tiempo que hay eso, comenzamos a volver a darle encan­
to al mundo. Es decir, cada vez m ás se cumple aquello que la civiliza­
ción intentó verdaderamente impedir casi en todos lados. Esto es, las
mujeres mandan. Quiero decir, mandan con el significante amo. La
cuestión no es saber si ellas mandaron siempre o no. Lo que ocurre
ahora es que se les da el significante amo, aquello que sólo de un mo­
do muy excepcional se les había dado hasta ahora. Cuando ellas toma­
ban el significante amo, curiosamente, se creía que eso las virilizaba,
que ésa era la causa de la esterilidad de Isabel de Inglaterra.
Hasta el presente, entonces, se evitaba confiarles el significante
amo, o bien verdaderamente, cuando no se había tomado la precau­
ción de hacer figurar un buen artículo en el reglamento, la ley sálica,
por ejemplo, de vez en cuando, se les confiaba el significante amo.
Pero ahora está permitido acceder al significante amo y entiendo
que es necesario sostener eso porque es verdaderamente una experien­
cia. Y vamos a ver combates entre mujeres, no la rebelión contra el mu­
chacho que tiene el significante amo a título transitorio, no, no, comba­
tes entre mujeres que empuñan el significante amo. Son muchas las co­
sas que cambian. Tienen ahora combates de catch y de boxeo entre mu­
jeres, organizados así, que las mujeres van a ver con los hombres. Un
mundo nuevo se abre también ahí. Es verdaderamente una experien­
cia de civilización. ¿Cómo van a hacer ellas con eso? Porque la expe­
riencia de ocupar el lugar del amo en tanto que sujeto barrado, la ex­
periencia histórica de la histeria, está cumplida. Pero, ¿en qué consiste
esta otra, la de ocupar este lugar, con el significante amo, ocuparlo le­
galmente? Ésta es la gran cuestión y, entonces, hay que favorecer en to­
dos ios lugares el acceso legal de las mujeres a los puestos de mando.
Sólo a partir de allí puede venir algo nuevo.

172
CAPRICHO Y VOLUNTAD

Es por eso que su hija es muda

Echemos un pequeño vistazo a El médico a palos, porque él ilustra,


en todo caso, la voluntad femenina. Existe la voluntad de Martine, ma­
ravilloso ejemplo de ascensión social, un leñador meritorio se transfor-
ma en un gran médico. Se lo puede designar así.
Entonces, está ella, y no él. Él es un impostor pese a sí mismo, pero
no pese a ella. Y después está Lucinda, que permanece en nuestro re­
cuerdo porque es la muchacha muda a la que se refiere la frase: "Es por
eso que su hija es muda".
En ese punto me detuve la última vez. Ella quiere casarse pese a la
ley del padre, ésa es la historia de la hija muda. Tiene un "yo quiero"
tan fuerte que quiere casarse pese a lo que dice el padre. Es su capri­
cho. Tiene un capricho por... ¿cómo era que se llamaba él? El no es muy
interesante. Tiene un capricho por Leandro, y en nombre de ese capri­
cho resiste a papá.
Esto es lo que en el teatro clásico se ilustra más de una vez: el pa­
dre contraría el amor; la ley, la regla contraría el amor. Es decir, todos
aquellos que se muestran como encamando la necesidad, los contra­
tos, el haber, tropiezan ante la contingencia del deseo que se realiza en
el capricho. Ella ñeñe entonces un capricho, que determina su mutis­
mo. ¿Por qué es muda? Es su manera de resistir a la ley del padre.
Algo que indica bien que en el seno de ese mutismo está oculta su
voluntad. Es cierto que se hizo callar a las mujeres y que ahora pue­
den decir que los papás están desechados, vamos a ver qué pasa.
¿Qué dice ella entonces, en cuanto vuelve a abrir la boca, la hija
muda? Aparece su "yo quiero". Un espléndido "yo quiero", un "yo
quiero" a título de agalma, que escondía en su interior. Eso es lo que
dice Moliere, al final, cuando Lucinda habla con un tono de voz capaz
de aturdir. No se trata del atolondrado, son los otros quienes resultan
aturdidos por ella, cuando la muda se pone a hablar. Y el siglo XXI va
a ser eso, vamos a quedar aturdidos por la manera en que ellas van a
hablar.
Aquí, esto es para decir, bruscamente, en tanto ella es muda desde
el comienzo, con qué constancia y firmeza de carácter la pellizcan. Ella
no suelta un ¡ay! Es verdaderamente la estoica. Leandro viene y dice,
no dice gran cosa por lo demás, no dice nada, y por eso supongo que
en la escena ella le habla en voz baja a Leandro y le dice: "No, no soy
capaz de cambiar de sentimientos". Él debe preguntarle si le es com-

173
i

JACQUES-ALAIN MILLER

pletamente fiel, etcétera: bueno, ella le suelta eso a Leandro y todo el


mundo ve, de pronto, que la muda se largó a hablar.

Geronte, el padre, dice: —¡Mi hija está hablando! ¡Oh, gran virtud
del remedio! ¡Oh, admirable médico! ¡Cuán agradecido Señor os estoy,
por esta curación maravillosa! ¿Qué puedo hacer por vos después de
tal servicio?
Sganarelle (paseándose por la escena y secándose el sudor): —¡He
aquí una enfermedad que me ha obligado a trabajar muchísimo!
Lucinda: —Sí, padre mío, he recobrado el habla; mas la he recobra­
do para deciros que no aceptaré nunca a otro esposo que no sea Lean­
dro y que intentaréis inútilmente entregarme a Horacio.
Geronte: —Pero...
Lucinda: —Nada ni nadie serán capaz de oponerse a la resolución
que he adoptado.

Es algo verdaderamente digno de Comedle.

Geronte: —¿Cómo?
Lucinda: —En vano será que opongáis vuestras razones.
Geronte: —Si...
Lucinda: —Todos vuestros argumentos no servirán para nada.
Geronte: —Yo...
Lucinda: —Es algo respecto a lo que estoy firmemente decidida.
Geronte: —Pero...
Lucinda: —No hay poder paterno que pueda obligarme a casarme
en contra de mi voluntad.
Geronte: —Yo he...
Lucinda: —Serán inútiles todos los esfuerzos.
Geronte: —La...
Lucinda: —Mi corazón no podría someterse a vuestra tiranía.
Geronte: —Allí...
Lucinda: —Y me encerraré en un convento antes de casarme con un
hombre que no ame.
Geronte: —Pero...
Lucinda (en un tono altísimo): —No, de ninguna manera. Nada de
negocios. Perderéis el tiempo. No lo haré. Así lo he resuelto.
Geronte: —¡Ah! ¡Qué borbotón de palabras! No hay manera de re­
sistirlo. (Dirigiéndose a Sganarelle): —Señor, os suplico que volváis a
dejarla muda.
Sganarelle: —Eso es imposible. Todo cuanto puedo hacer en vues­
tro honor es dejaros sordo si queréis.

174
CAPRICHO Y VOLUNTAD

Geronte: — Os agradezco mucho... (A Lucinda): — Te casarás con


Horacio, esta misma noche.
Lucinda: — Antes muerta que de Horacio.

Y ese antes la muerte, que les interpreté de manera cómica, es ya


Antígona, ahí, en El médico a palos, Antígona eligiendo la muerte, en­
trar viva en la tumba, ella habla antes, además del convento, congreso
masónico más exactamente, antes la m uerte que ceder respecto de los
principios. Ya tenemos a Antígona y la Revolución Francesa, la liber­
tad o la muerte, ya están allí.
No examinamos con suficiente detenimiento el rol -quizá soy yo
quien no está suficientemente inform ado- de las mujeres en la Revolu­
ción Francesa. Y, por lo demás, puedo permitirme esta confidencia, si­
go sus progresos en el filo de los años. M i nieta que pronto tendrá cin­
co años, tiene una expresión favorita, ella la dice sabiendo que es algo
divertido lo que pronuncia cuando larga un: "¡Ni hablarlo!". Y la ex­
presión de la voluntad se vuelve tanto más manifiesta en esta modali­
dad elíptica. ¿De dónde sacó esto? Suele ocurrir que yo lo diga, pero
no tan a menudo como ella. Ella lo d ice con el sentimiento del peque­
ño exceso que hay en esa expresión. Es posible que sea un trazo iden-
tificatorio al abuelo, a su "¡Está fuera de cuestión!", que se encuentra
allí, cruzado con otras influencias, una maestra de la escuela que la ha
marcado, pero lo que resulta sorprendente es percibir cómo la elipse
propia de esta expresión intensifica su valor.
Entonces, eso que damos en llamar histeria, es el sujeto que hace el
amo (maítre), es la división que comanda y, además, resulta sorpren­
dente, sí, porque cuando se trata de am antes decimos la amante {maí-
tresse), pero no el amo {le maítre), en cuyo caso iríamos en una dirección
bien diferente. Hay algo allí, en la posición que sitúa el dominio (mal-
trise) de ese lado.
El lugar del amo, por consiguiente, es preciso ir a verlo más de cer­
ca, por lo menos en Lacan, en el cuaternario de los discursos, el lugar
del amo ubicado en lo alto y a la izquierda, el amo es fundamental­
mente un guiñol:

X |

175
JACQUES-ALAIN MILLER

Lacan llama al amo agente del discurso. El agente es quien hace la


cosa, pero no es quien pueda tomarse como el verdadero verdadero, si
puedo decirlo así. Y sobre todo, no es quien puede tomarse como lo
real del asunto. Es preciso remarcar bien que si en los otros cuatro dis­
cursos hay un lugar que es el del semblante, es ése. El lugar del amo,
según Lacan, es por excelencia el lugar del semblante. Allí se erigen las
insignias, los símbolos del poder. Y hay que hacer resaltar hasta qué
punto el poder se apareja, cada vez que hay poder -esto se ve en los
museos etnológicos-, hay decorado. Es necesario que haya lugares
marcados, trajes, pintarrajeados a veces, para que se diga: "¡Ah! ¡Ahí
está el poder!". "¿Me puede indicar dónde está el poder?" "N o es difí­
cil: ¡siga a los disfrazados!" Es algo esencial al poder.
Hay entonces una afinidad esencial entre el amo y el semblante. Se
puede decir que por comodidad queda dispuesto así, pero están apre­
tados como sardinas aquí, y miren el espacio que me dejan a mí. De in­
mediato se ve quién es el amo, quién enseña, quién sabe, aquí se ve
bien que soy yo y es por eso que tienen necesidad de menos espacio,
en tanto yo, con todas mis referencias, ocupo toda la escena.
Es justamente porque el lugar d el amo es un lugar de semblante
que, contrariamente a lo que imaginamos, conviene a la perfección a
una mujer, porque hay afinidades entre la mujer y el semblante, a cau­
sa de ciertas pequeñas dificultades d e identificación, dificultades de
falta-en-ser, y de otra para sí-misma, etcétera. Esas pequeñas dificulta­
des hacen a la afinidad entre mujer y semblante, justamente porque
hay allí una cuestión acerca del ser.
Por consiguiente, el lugar del amo conviene perfectamente a la mu­
jer. Se puede decir: usted dice eso, pero hasta el presente vemos sobre
todo señores, son ellos quien aprovechan tener el poder para vestir be­
llos trajes, pasearse, hacerse admirar a sí bien vestidos.
¡Ah! Tengo una respuesta: es que, justamente, el poder feminiza en
la medida en que es un lugar de semblante. La primera vez que me di
cuenta verdaderamente de esto fue hacia 1971. En esa época todavía
era miembro, pertenecía a un grupo bastante tenaz, que seguía des­
pués del ' 68, pese a todas las evidencias contrarias de la situación, evi­
dencias que por lo demás yo mismo había recensado. Me dijeron que
guarde todo eso, no eran sino cuentas mezquinas, vamos a hacer resur­
gir la voluntad popular.
Yo llegaba un poco así, con los libros de cuentas acerca de lo que se
podía y tema ante mí a quienes me decían: no nos ocupamos de lo ra­

176
CAPRICHO Y VOLUNTAD

zonable, hacemos lo que está bien y después, en algún momento, nues­


tra voluntad convocará a la voluntad del Otro, la voluntad de la masa.
Quiero decir, eso fue, cedí, con las evidencias del cálculo delante...
siempre es muy difícil tener en cuenta a la vez la voluntad y el cálcu­
lo. El partido comunista chino, en un comienzo, eran ocho, diez mu­
chachos alrededor de alguien que no estaba allá arriba, ocho o diez
muchachos en una habitación que intentaban leer penosamente los es­
critos de Marx y Lenin, que se peleaban como locos y después, poco a
poco, lograron provocar algunos acontecimientos considerables que
abarcaron algunas centenas de millones de personas.
Entonces, cuando uno se mete bien en la lógica histórica, el gran
número no es una necesidad. Decía esto para indicar que en ese con­
texto me había impactado que en ese grupo había muchachos a quie­
nes les gustaba la pelea. Guardo la visión de un momento, con el gru­
po de muchachos y sus camperas de cuero, que volvían de una pelea
aquí o allá, y la crónica periodística de la época se ocupaba de ellos, ha­
cía sus grandes títulos, etcétera, ¡éramos nosotros! Y después, ellos es­
taban alrededor de quien era por entonces el número uno de ese gru­
po. Y es la visión que permanece, todos esos grandes armarios y él, un
pequeño mequetrefe, absolutamente delgado, derecho como una I,
delgado y flexible. Él les hablaba y había allí como un encanto y, de
manera absolutamente clara, era quien tema el significante amo del
grupo -en esos tiempos no se discutía mucho al respecto-, pues bien,
justamente habría allí una especie de esencia femenina, alguien nacido
en Egipto, poseía una gracia muy oriental, junco flexible en medio de
esos armatostes que lo escuchaban, así, y ahí yo vi por primera vez,
capté esta feminización del poder, en todo caso esta afinidad entre la
feminidad y el poder.

Lo real caprichoso

Lo real con relación al amo, se puede decir que lo real no es nunca


el amo. Incluso es una función que por excelencia no puede ocupar ese
lugar de agente, porque lo real no es chatarra, y por eso lo real no fun­
ciona nunca como amo, siempre es el semblante.
Cuando lo real funciona como amo, es decir, cuando lo vemos apa­
recer como tal, pues bien, justamente, se feminiza: es lo que llama­
mos los caprichos de la fortuna. ¿Cuándo es verdaderamente lo real

177
JACQUES-ALAIN MILLER

quien comanda? ¿Cómo se lo captó? ¿Cómo se lo representó? Se lo re­


presentó como una potencia caprichosa y naturalmente femenina. Con
esta forma figura el azar en todo nuestro imaginario artístico, clásico,
del renacimiento clásico, etcétera, con la forma de la fortuna. Una se­
ñora medio desnuda, por lo común, y que por ciertos objetos o por su
actitud demuestra su inconstancia y su inestabilidad. Pues bien, la for­
tuna que obra sin razón y que distribuye sus golpes como al azar y sin
ocuparse de sus méritos.
Es el nombre de lo real en tanto que real sin leyes, calificativo da­
do por Lacan a lo real en la última enseñanza, lo real caprichoso.
Cuando lo real aparece como el amo, pues bien, justamente, aparece
con el capricho.
Es la razón por la cual el acontecimiento imprevisto es uno de los
nombres de lo real. El acontecimiento imprevisto es eso que nos toma
desprevenidos [an dépourvu], de improviso, bonita expresión: tomar
desprevenido, es decir que antes están provistos [pourvus], tienen, es el
haber. Tienen los planos. Obedecen a la ley, están protegidos por el re­
glamento, todo eso constituye una curiosa mochila. Sólo se desplazan
bien provistos y en la medida en que no ocurra nada que lo perturbe.
Y, después, el acontecimiento imprevisto es el que hace de ustedes un
desprovisto, los despoja de los planos, de lo que cargan y los deja des­
nudos. Es lo que ocurre cuando vacilan los semblantes -entre parénte­
sis, título de las próximas Jornadas de la Escuela de la Causa freudia-
na, en el mes de octubre de este año 2000-.
Cuando los semblantes vacilan, en particular gracias al aconteci­
miento imprevisto, lo real aparece, tiene una oportunidad de aparecer.
Porque los semblantes, los discursos, que son fundamentalmente del
orden del semblante, y sus dispositivos, son de todos modos -y tienen
como emblema- un semblante, todo eso gira en tomo de lo real para
evitarlo. Los semblantes gravitan.

Por eso Lacan podía decir que el acto analítico es un acto que no so­
porta el semblante. Por supuesto, también proviene de allí, porque es

178
CAPRICHO Y VOLUNTAD

un discurso. Entonces, el discurso analítico también tiene un semblan­


te tiene al analista como semblante, representante del objeto a que es
un semblante -esto lo veremos la sem ana próxim a-, esencialmente un
sem blante.
De allí que durante años intenté detener la tesis según la cual el
analista hace el semblante de ser el objeto a, y subrayé que el objeto a
en sí mismo era un semblante. ¡Pero no! Querían que el analista hicie­
ra semblante, cuando precisamente se trata de otra cosa.
El acto analítico no soporta el semblante, dice Lacan. Como los
otros discursos su punto de partida es el semblante, pero no lo sopor­
ta. El acto no sólo soporta el semblante, sino que hay muchos actos que
no pueden cumplirse sin él. Muchos actos esenciales no se cumplen sin
el semblante. Hay actos que sólo se pueden cumplir cuando existe el
decorado necesario, cuando cada uno tiene el título necesario y se
cumplen las condiciones de enunciación bien precisas, si todo eso se
cumple, entonces eso marcha.
Si le dicen a su capricho en el Pont Neuf: "Tú eres mi mujer", y ella
les cree, es una boba. Eso sólo marcha si están en otro sitio, si han atra­
vesado el Sena, se encuentran en N otre Dame, todos los disfrazados
están allí, etcétera, todo fue publicado antes, y en ese momento uste­
des dicen: "sí". ¡Puf! Eso cambia, es u n acto. Y traten después de des­
decirse, van a tener problemas.
¿Les hago entender bien que el acto tiene afinidades esenciales con
el semblante? Si le dicen a un amigo q u e venga y haga las veces de au­
toridad civil y él les pregunta: "Entonces, ¿acepta usted tomar...?".
"— ¡Sí!, ¡sí!", Si todo eso es un disfraz, no hubo acto, no es válido. Fey-
deau se inspiró en esto para su Amélie, donde la amante acompaña al
muchacho hasta la sala en la que va a casarse con otra. El le dice que
todo eso es una broma, no es en serio, el oficial del registro civil es mi
amigo Jojo. Entonces ella responde: ¡A h, Jojo! Y nadie entiende nada
porque ella sigue pensando que es u na broma.
Dicho de otro modo, el acto tiene afinidades esenciales con el sem­
blante, los actos sólo son posibles en u n aparato de semblante; el acto
analítico, y es una excepción, por supuesto, tiene también su aparato
de semblante con el cual intenta tocar lo real.
Por eso Lacan dice que hay un h orror al acto analítico, porque lo
real que se trata de tocar suscita horror. Normalmente, no suscita el
amor. Allí reencuentro el amor de lo real del que hablé hace dos clases,
a propósito de eso cometí un error. A tribuí la invención de la expresión

179
JACQUES-ALAIN MILLER

"amor de lo real" a Virginio Baio. Se la había escuchado a él la prime­


ra vez y como, además, la expresión "de amor de lo real" le iba muy
bien, consideré que era su inventor. Virginio Baio y amor de lo real son
dos términos que van muy bien juntos.
Pero de hecho, van a tal punto bien juntos, le debía haber gustado
tanto que lo había tomado de Hugo Freda. Hugo Freda había produci­
do al término de cierto trabajo esta expresión, este concepto, y me hi­
zo notar que era él quien había traído este "amor de lo real". Se lo de­
vuelvo gustoso, tanto más cuanto que él ya me lo había dicho en otra
época y yo lo había olvidado, sin embargo no hace tanto tiempo, esto
quiere decir que la imagen de Virginio Baio hablando se haya impues­
to más que la observación que me hiciera Hugo Freda -u n nombre
que, por otra parte, podría estar en las obras de M usset-
Tenemos, entonces, el amor de lo real, que sólo se obtiene sin duda
después de un largo trabajo. Tenemos el horror de lo real evocado por
Lacan. Y hay otras relaciones de afectos con lo real, por ejemplo, la ale­
gría: es el afecto spinozista de la relación con lo real, el afecto que se
puede alcanzar cuando ya no se cree en los caprichos de la suerte y
cuando, de algún modo, nos igualamos con la suerte. Es decir, nos po­
nemos de acuerdo con ella, no con la suerte a título de la voluntad del
Otro, superior, sino según un modo m uy cercano al de Nietzsche: que­
rer lo que es, querer lo que nos pasa, e incluso lo que nos pasa de ma­
nera imprevista. Por esa razón Nietzsche tenía por Spinoza una gran
reverencia. Evidentemente, en Nietzsche se trata de la exaltación de la
voluntad. Quieran incluso aquello que les sucede de improviso, lo que
les hace sufrir, lo que es injusto; consideren que es su voluntad, que es
su capricho. En Spinoza no es cuestión de la voluntad en un primer
plano, por el contrario, es la invitación a ver la necesidad de lo que es,
de reencontrar, de tener fe en la necesidad de lo que es como si fuera
la demostración de un teorema. No es exactamente la contemplación
sino en todo caso la convicción de que es calculable.
Entonces, en el psicoanálisis, aun cuando, por supuesto, no actué
sino a partir del semblante, el semblante está, al mismo tiempo, desnu­
do. Está desnudo, dice Lacan, porque no hay ceremonia, no se hacen
intervenir allí las formas; cuando se hace intervenir las formas, siem­
pre es para mantenerse bien a distancia de lo real.
No hay convención, no hay contrato en el psicoanálisis, no van an­
te un notario para decir "Tomo al señor X como analista", ni al Regis­
tro Civil para declarar: "Tomo a Z com o analizante". En cuyo caso el

180
CAPRICHO Y VOLUNTAD

funcionario diría: "Los declaro unidos por los lazos del discurso analí­
tico, de la transferencia y de la contra transferencia".
Y no es posible, en el psicoanálisis, disculparse en función de la for­
ma; no se puede decir: "¡Ah! Bueno, eres mi analizante, mira el contra­
to que firmaste ante el escribano público. Puesto que eres mi analizan­
te me debes la verdad, si me dices mentiras, es una ruptura de contra­
to. Debes ser puntual, debes pagar hasta el último centavo, de otro mo­
do es una ruptura de contrato".
Esto puede ir en el otro sentido también: "Eres mi analista y por
consiguiente me debes dos interpretaciones por m es". En el discurso
analítico no hay nada de todo esto, por eso Lacan dijo que el semblan­
te se encuentra especialmente desnudo, porque no está combinado con
ceremonias, y es terrible -sostiene- cuando el psicoanálisis se fusiona
con el semblante, cuando el psicoanalista se adhiere al semblante, es
lapso y relapso, motivo por el cual él habla del semblante impúdico,
aquel del psicoanalista cuando se fusiona con el semblante.
Se da entonces el semblante de la regulación cuantitativa de las se­
siones, la duración, el número de sesiones, todo eso es el semblante im­
púdico de nuestros colegas de la IPA, entre quienes es normal negociar
las nominaciones de los titulares, las nominaciones de quienes están
por debajo.
El Analista de la Escuela no existe allá, es el titular, francamente, el
AME, el asociado, eso se negocia, se vende. Para ellos es normal, son
los intercambios normales necesarios para que un grupo se sostenga,
¿qué tiene de malo? Y con ese semblante, dice Lacan, el psicoanálisis
intimida todo cuanto del mundo pone allí las formas.
Esto es un saber importante, el de saber poner allí las formas.
"Allí", en el mundo, introducir en el mundo formas, dirigirse a cada
uno como conviene, en su lugar, es el arte supremo del japonés, pues­
to que allí, hasta las más pequeñas inflexiones varían según la persona
a quien van dirigidas.
Evidentemente, cada vez que hay algo que concierne a la verdad,
algo falta en la cortesía, es una ley y es allí donde es preciso saber mo­
derar, poner frenos, por supuesto.
Esto es todo. Continuaré la próxima vez, ya que estoy obligado a
detenerme en el camino.

26 de enero de 2000
IX
El inconsciente en los discursos

Noventa y dos bis Boulevard du Montparnasse. No suelo invitarlos


el miércoles por la noche a asistir al seminario que hago de tanto en
tanto y que este año está dirigido por Éric Laurent y quien les habla,
pero hago una excepción porque ese sem inario tendrá en esta ocasión
un invitado, y me preocupó la escasa difusión que dimos a esta invita­
ción, mientras que quienes vengan encontrarán por cierto muy intere­
sante esto que es para nosotros un divertimento, uno más.
Tendremos esta noche un trabajo acerca del cuadro de Tiziano La
Venus de Urbino, que se encuentra en Florencia, donde tendré en poco
tiempo más la ocasión de verlo en carne y hueso, si puedo decirlo así.
Se anunció la proyección de numerosas diapositivas -espero que
funcione- y será alguien por cierto destacable, Daniel Arasse, historia­
dor del arte que no pertenece al Cam po Freudiano, quien nos iniciará
en lo que tiene para decir acerca de la Venus de Urbino. Es alguien cu­
yo nombre retuve hace tiempo, en particular porque había escrito una
obra de iconología bajo el título de Le detall (Acerca del detalle), y como
yo le había destacado el lugar del detalle poco tiempo antes, cuando su
libro aún no había sido publicado, n o pude aprovecharlo, de modo
que lo leí entonces.
Me di cuenta de que muchos de los temas abordados por el autor en
sus obras teman para m í una especial resonancia. Por ejemplo, en el
transcurso de los viajes por Italia, que son para m í una práctica frecuen­
te, como lo son para otros, yo coleccionaba anunciaciones, postales de
anunciaciones... Llevé a mi hija, además, a sumarse a esta colección. En­
contraba siempre muy divertido ver q u é era lo que figuraba entre Ma­

183
JACQUES-ALAIN MILLER

ría y el ángel para representar la comunicación, la palabra, y era enton­


ces un juego ver eso que se ubicaba allí, como también las actitudes de
los dos personajes. Estuve encantado de poder comprar el libro de Da­
niel Arasse recientemente publicado y dedicado a la anunciación.
Otro ejemplo, extraído de una obra que está en la colección Lime de
Foche, consagrada a la guillotina revolucionaria, objeto que siempre
me había asombrado en el curso de m i escolaridad en lo que respecta
a la Revolución Francesa y algunos d e sus personajes.
En otras palabras, de lejos, me dije que había con este Daniel Aras­
se, que debe tener más o menos mi edad, una curiosa, una extraña re­
sonancia. No lo encontré nunca, no le hablé nunca, ni siquiera soy yo
quien lo invitó para esta ocasión, pero lo espero con cierto sentimien­
to de extrañeza. Cómo puede ser que ese señor escriba libros de arte
acerca de temas que son verdaderamente íntimos para mí y sin que yo
pueda acusar ninguna apropiación. Tengo entonces un pequeño senti­
miento de Unheimlich, de doble, doble evidentemente muy superior,
puesto que él logra poner eso a trabajar.
Tanto más agradable me resulta así, en nombre de Eric Laurent y del
mío propio, invitarlos para esta noche a las 21:15 horas, en el 92 bis,
Boulevard du Montpamasse, para ver al señor Arasse, escucharlo y se­
guir su proyección de diapositivas y su s comentarios. Es una excepción.
Es nuestra última reunión de este ciclo, antes de volver a encontrar­
nos la primera semana de marzo y, p o r esta vez, renuncié a luchar con
mi síntoma. Llegué tranquilamente tarde.

¡Diviértete bien!

Voy a hacer razonar (razonar/resonar) aquí un dicho que ayer mis­


mo me sorprendió: "¡Diviértete bien, eh!". "Diviértete", una palabra
dicha a una persona que vino a hablarme.
Las personas que van a hablar a un analista van especialmente a ha­
blarle de las palabras que les fueron dichas, y también, además, de las
palabras que no les fueron dichas cuando las esperaban, cuando hu­
bieran querido que fuesen dichas. La experiencia analítica está muy
ocupada por eso, por palabras que les dijeron o no les dijeron cuando
debieron ser dichas.
Pues bien, en este caso, se le dijo a alguien: "¡Diviértete bien!", se
trata de algo que pasa y que, como se dice, lo ha marcado. En el psi­

184
EL INCONSCIENTE EN LOS DISCURSOS

coanálisis buscamos esas marcas, esas marcas be palabras. Las encon­


tramos cuando fueron olvidadas o cuando siempre fueron recordadas,
algo que también ocurre. En la experiencia analítica encontramos la
ocasión de explicitarlas, de comunicarlas, de ver cuáles son sus conse­
cuencias de largo alcance, al menos para quienes acuden al análisis no
hay excepción. Y aquí mismo, si hiciéramos una encuesta, estoy segu­
ro de que para cada uno de ustedes lo que digo evoca algo, al punto
de hacer en el silencio una cacofonía espantosa. En la experiencia ana­
lítica tenemos la ocasión de tomar distancia con esas marcas, es decir,
de ganar un margen, al menos, respecto de ellas.
Esto es lo que Lacan formalizó de la manera más simple con el Dis­
curso del amo: una marca distinguida tiene la facultad de absorber al
sujeto.

Discurso del amo

Ese discurso es el reverso del psicoanálisis, en la medida en que en


el discurso del analista el sujeto tiene la ocasión de volver a escupir la
marca que había absorbido.

Discurso del amo •«-— ► Discurso del analista

$
Si i

Hay entre los dos, una relación de reverso. Cuando el sujeto está
absorbido por su marca, no se distingue de ella, sólo se ve su marca.
Simplemente, es necesario llegar a percibir e incluso ampliar el lugar
de ese sujeto que no es nada en relación con su marca. Tienen la mar­
ca, es todo lo que ven:

185
JACQUES-ALAIN MILLER

Pero, ¿qué ocurre si la borramos, como hacemos aquí en el pizarrón?

Algo queda, y es cuestión de saber qué es. Debo decir que es posi­
ble que a partir del momento en que esta marca, aquí representada por
un círculo, ya no está, esto no tiene por qué ser, ya no es más tampo­
co. Y cuando razonábamos acerca de las clases lógicas veíamos que só­
lo puede constituirse una en la medida en que hay algo dentro, de otro
modo les dirán: no hay, no hay nada. Abren la puerta, ¡oh!, no hay na­
die aquí, bueno, y la cierran. O bien son ustedes mismos quienes en­
tran y son eso que hay adentro.
Lo que se modificó en esta concepción con la teoría de los conjuntos
es que, aun cuando no haya nadie aquí, sigue estando aquí el lugar en
donde constatan que no hay nada. Esto quiere decir que en la teoría de
conjuntos el vacío está ubicado, el vado también existe, el conjunto va­
cío es una categoría operatoria. Y el conjunto vado es una categoría
operatoria porque cuenta como parte de todo conjunto, pero no como
elemento, de modo que -digámoslo así para ponerlo de manifiesto-
junto al elemento marca, siempre tienen el fantasma del conjunto vacío
que se puede hacer surgir a partir del momento en que se consideran
las partes del conjunto. Lacan aprovechó esto para que aprendamos a
distinguir la marca de este margen que es intrínsecamente el sujeto.

Esto nos ayuda al menos a captar que la pequeña letra que atribui­
mos al sujeto puede ser abordada, al menos situada a partir de este
aparato lógico sin necesidad de recurrir a la metafísica, a la mística, a
la teología. Ese recurso lógico basta para dar a la falta un aspecto no
sólo pensable sino operatorio.
En efecto, es hacer surgir, aparecer, nombrar, manejar aquello que
hasta entonces aparecía como desconocido, invisible, olvidado. No

186
w

EL INCONSCIENTE EN LOS DISCURSOS

bay simplemente personas, elementos, inscripciones, hay aun el lugar


¿ onde se inscriben y es necesario tam bién conceptualizar, nombrar y
marcar el lugar, algo del espacio. De la m isma manera nos acercamos
al momento en el que vamos a tratar d e hacer una operación compara­
ble con el tiempo que, también él, tiene un estatuto difícil, olvidado, en
ocasiones invisible.
Este pequeño montaje cobra m ayor interés si podemos recordar
bien la equivalencia establecida por Lacan entre el discurso del amo y
el discurso del inconsciente:

DA m D I

Tanto en uno como en otro es la m ism a marca, S,, la que ordena y


puede surgir ante ustedes bajo la form a de esta palabra: "¡Diviértete
bien!".
Es muy profundo hacer del inconsciente un discurso, porque se po­
dría tender a pensar que el inconsciente es del uno solo, que es suyo,
que es la propiedad de lo único, puesto que pareciera ser lo que hay de
más íntimo.
En efecto, vamos a lo del analista p ara la operación analítica, de la
que decía la última vez que no es una ceremonia, ¡allí vamos solos! En
psicoanálisis hacemos una neta distinción entre la psicoterapia fami­
liar, por un lado, y el psicoanálisis p or el otro.
Si dicen: "Bueno, le hablo tanto de m i mujer, se la voy a traer". ¡No,
no! Si la traen, ella vendrá sola por su lado.
Cuando hay sujetos que no saben cruzar la calle, a quienes resulta
peligroso dejar que la crucen, como ocurre con los pequeños, es nece­
sario que estén acompañados, algo q u e constituye ya una dificultad:
¿qué vamos a hacer con el acompañante? Acaso ¡o haremos entrar, pa­
ra ser amables, lo dejamos en la sala d e espera, le decimos: vaya a dar
una vuelta y vuelva. Hay allí verdaderamente una exigencia de sole­
dad formal.
A veces, hay sujetos que no quieren estar del todo solos en lo del
analista, entonces envían a toda su fam ilia y después eso termina por
crear problemas, de los que me llegan ecos bastante lejanos: están la
mamá, sus dos hijas, el yerno. Necesariamente, el muchadro se hun­
de bajo ese peso, es preciso entenderlo. Y, además, cuando el papá que
vigila todo eso es por su parte analista, no les puedo decir lo que de
ahí resulta.

187
JACQUES-ALAIN MILLER

Por otra parte, como ahora todo eso ocurre muy lejos de aquí, pero
hay una especie de locura por unificarse que afecta al medio analítico
lacaniano -locura en la cual tengo algo que v er- locura de quererse
uno -basta esa palabra para mostrar que se trata de una locura-, esto
produce una globalización de las dificultades. Y por el momento no lo­
gré todavía sustraerme, después de haberme distanciado, pues bien,
heredo algunas de esas dificultades.
Entonces, la soledad del analizante hace pareja con la del analista,
esto haría pensar que el inconsciente es sólo del orden del uno solo. In­
consciente - un-con-scient- que además sabe cosas. En buena medida así
podríamos traducir el Unbewust de Freud.
Precisamente el punto de vista según el cual el inconsciente es un
discurso nos obliga a revisar esta concepción espontánea. Afirma, en
primer lugar, que el inconsciente es una combinatoria, porque un dis­
curso es una combinatoria de térm inos y lugares, y en tanto que es un
discurso, como todo discurso, está gobernado por un semblante: el in­
consciente.
Está gobernado por un significante amo o por un conjunto de sig­
nificantes amos, puesto que Sj puede asimismo ser el nombre, la letra
que califica, refiriéndose a un conjunte de significantes, un Sj escrito
com o Lacan lo evocaba una vez, un enjambre (essaim) del inconscien­
te, como son los semblantes. Allí es necesario acordar todo su valor a
la equivalencia entre esos dos discursos.

Son dos nombres para una misma estructura de discurso y se des­


taca, de este modo, que la identificación, el concepto freudiano mate-
matizado por Lacan bajo esta forma, en el discurso del amo así como
en el discurso del inconsciente, esta identificación es la misma, es de­
cir que el sujeto está siempre identificado en el discurso del amo, está
siempre identificado con el Otro y esto puede extenderse hasta el dis­
curso universal.
Por allí pesca o es pescado, enganchado por un significante amo.
Engancha aquello que está dicho, que se dice en la familia, ese peda-
cito de particular. A partir del m om ento en que decimos familia, tene­
m os la sociedad y eventualmente el Estado, un orden o un desorden
respecto del cual esa familia se ubica. Y por esa vía, el S¡ que juega es­

188
EL INCONSCIENTE EN LOS DISCURSOS

ta función eminente en el inconsciente bajo la forma de esas palabras


que nos marcan, ese S, es, al mismo tiempo,, conducido y arrastrado en
el discurso universal.
S está, por un lado, conectado con nuestra intimidad y la molesta,
uno se pregunta qué viene a hacer ahí, le es más bien éxtimo y, por otro
lado, está conectado con todo cuanto se cuenta y se rumorea. El corso
donde la Venus de Urbino se codea con la teoría de conjuntos y le da la
mano a la filosofía, a las matemáticas, a la secta, todo está ahí. Es la re­
serva donde todo entra, como le ocurre a quien repara con lo que tiene
a mano, y cuando están ahí, en la soledad obligada que les correspon­
de, todo ese barullo entra con ustedes en el consultorio del analista.
Esta es la identificación al lenguaje e ipsofacto “social", entre comi­
llas porque justamente en la experiencia analítica podemos tener una
pequeña perspectiva sobre lo social. Con mayor precisión, sobre el he­
cho de que para que haya grupo social y hasta nación, clase social, es
necesario que haya operado para algunos sujetos la identificación al
mismo significante amo. Hay otros significantes amos diferentes, por
supuesto, pero es necesario, para que lo social exista, que haya identi­
ficación al menos a un significante amo que vale para todos los del
conjunto.
Esta identificación al lenguaje es la condición para que trabaje este
conjunto de significantes marcado como S, y que se produzca aquello
que, a partir de Lacan, indicamos como pequeño a.

Si S2
$ ( a) ' r

Formaíizaciones de lo inconsciente

Comentemos este esquema bien conocido desde la perspectiva del


discurso del inconsciente. ¿Dónde está el inconsciente en el discurso
del inconsciente? Pues bien, está por todas partes. Aquí se trata del in­
consciente-sujeto, aquel que conocemos como la forma de la verdad, la
verdad que traiciona nuestra intención. Inscribamos allí al lapsus. La
verdad que brota pese a lo que tengan y que afecta especialmente a
aquellos para quienes la identificación social es especialmente preg-
nante. El lapsus alcanza todo su brillo en la medida en que aquel que

189
JACQUES-ALAIN MILLER

constituye su lugar se encuentra en función social. Encontramos el


ejemplo del presidente que revela la verdad oculta cuando está en fun­
ción en el mismo Freud. En otros, si no se tratara del presidente sino
del bufón, se llama chiste.
Pero en S, está el inconsciente-amo, el inconsciente captado como
aquello que nos ordena. Opera cuando ubicamos, precisamente, lo que
puede tener de obsesivo un comportamiento.
El inconsciente-amo pone en evidencia especialmente algo para lo
cual fue necesario que Freud creara un concepto: el de superyó. Cuan­
do quiere demostrar que el inconsciente es algo sólido, no es el sueño
de Freud, cuando quiere dar al inconsciente un carácter real, sosteni-
ble respecto del discurso de la ciencia, incluso no hay lapsus. Dirá, es­
tá bien, es una referencia, es un cortocircuito, apenas aparece ya desa­
parece, es una coincidencia, una chispa, una neurona que salta, no
cuenta; es lo mismo cuando uno hace una experiencia de química y
fracasa porque el papel tornasol no estaba a la temperatura adecuada
o el tubo de ensayo estaba fallado: son pequeños accidentes a partir de
los cuales no se establece lo real, ¡no!
Cuando Freud quiere acreditar en el público la noción de que el in­
consciente es lo real, recurre al inconsciente-amo, pone en evidencia
acciones obsesivas, repetitivas, donde el sujeto aparece evidentemente
dirigido por algo más fuerte que él, como yo cuando llego tarde a este
Curso.
Ahí, al final de ese ciclo, digo: "¡Hágase tu voluntad!". Por lo de­
más, eso podría ser una ventaja enorme, podrían tener una doble ra­
ción, es decir, a partir del momento en que yo aceptara verdaderamen­
te eso, pues si fuera así... ¿lo acepto verdaderamente? Me prometí, con
todo, para el ciclo siguiente, llegar en hora. Pero si lo aceptara verda­
deramente, sería muy simple: pediría a un colega que estuviera aquí a
las 13:30 horas y que iniciara la función, que hablara de 13:30 a 14:00
horas, de modo que yo llegaría puntualmente y hasta con anticipación.
Esto se hace en el teatro, donde además se producen a veces co­
mienzos de función inolvidables. Por mi parte, la primera obra que vi
en la Comedia Francesa, cuando era chico, fue justamente así. Se trata­
ba de Un capricho de Alfred de Musset. Pues bien, años más tarde -la
última semana-, me resultó útil.
Entonces, si yo aceptara verdaderamente -"hágase tu voluntad"-
ese S, diabólico con el que lucho paso a paso, podría volver útil esta
media hora. De todos modos lo es porque permite conversar.

190
EL INCONSCIENTE EN LOS DISCURSOS

Después, por supuesto, está el inconsciente en S2, en el lugar del es­


clavo; es el inconsciente que trabaja. Lacan hace de él, en un momento
dado, el carácter esencial del inconsciente, der Arbeiter, tomando el tí­
tulo no sin ironía de una obra de Em st Junger, no necesariamente re­
comendable, El trabajador. En efecto, sabem os hasta qué punto Freud
puso el acento en el trabajo del sueño, que, por otra parte, inspiró a la
última gran compañía cinematográfica de Hollywood, donde todos
debieron pasar por el diván en un m omento u otro. Dream luorks, es ba­
jo ese título, evidentemente freudiano, que se produjeron algunas
obras maestras del cine americano que inundan el planeta, incluido el
cuadradito de resistentes a la manera de Asterix que representa la na­
ción francesa.
Éste es el inconsciente que nos gusta, el inconsciente que manda, en
general es duro, da ejemplos, uno se pregunta cómo escapar a él, a ese
inconsciente que trabaja, teje, interpreta, entiende al revés, en una pa­
labra, que llega a hacer nacer una m anada de significaciones. Uno se
dice: "¿Pero cómo llega a hacer eso? ¡Ah! ¡Qué artista!". Recientemen­
te escuchaba a alguien que hace su análisis en otra lengua que llego
más o menos a comprender y él tenía la noción de una pequeña mos­
ca en un recipiente de vidrio transparente, ubicado muy cerca de su
oreja. Y como se trataba de la lengua inglesa, era a fly . Con esas tres le­
tras, ¡cuántas cosas pueden encontrarse! Encontramos volar, el avión
que le resulta difícil tomar; por metonimia, la pequeña abeja que tene­
mos en la cabeza -com o nosotros hablam os de la araña que tenemos
en el techo-. Y después, él pensaba que era en todo caso aquí más que
en su cabeza, entonces se veía que podía comenzar a tomar un poco de
distancia, un pequeño margen respecto de su significante amo.
Y, además, fly es también, en el argot, la bragueta. Por lo tanto, el
conocido significante amo del falo logró también deslizarse en fly. Y el
mismo verbo to fly, a partir de Erika Ju n g , Jones, tiene en efecto tam­
bién valores eróticos. Fue necesario detenerse allí. Tres-cuartos no eran
suficientes.
Si se encuentran con esto y no son analistas, se pondrían de rodillas
ante la maravilla de esta construcción. Q ué trabajo de artista, como se
dice ante los manteles bordados; es artesanal, sin duda, no se trata de!
gran arte, pero... Pero desdichadamente nada de eso sale verdadera­
mente del consultorio del analista, com o no sea bajo la forma de pe­
queños relatos que el analista o el analizante harán un día. Eso es tra­
bajo, se puede decir.
JACQUES-ALAIN MILLER

El inconsciente-verdad, el inconsciente-amo, el inconsciente-traba- -


jo, formalización operada por Lacan de aquello que Freud encontró a
lo largo de los años y que lo llevó a inventar con los medios disponi­
bles los conceptos que nos propuso, y después el cuarto elemento del
asunto.
El cuarto elemento del asunto es la finalidad del sistema, es lo que
Freud trajo de inmediato, y que Lacan, pese a todo, no recuperó sino
un poco más tarde, después de haber comenzado su enseñanza, a sa­
ber, que todo eso, la articulación del inconsciente-verdad, del incons­
ciente-amo y del inconsciente-saber, estaba hecho para gozar, para ob­
tener el Lustgewinn, un plus de placer.
El inconsciente freudiano únicamente piensa en eso, trabaja tanto
sólo para liberar esa ganancia de placer y tratar de hacerlo al menor
costo; cuestión de economía.
Ahora bien, todo este complicado equipamiento de significantes,
toda esta mecánica, ya no se los v e verdaderamente trabajar. Piensen
en todo caso en la máquina de Vaucanson, las máquinas a vapor, los
pistones, etcétera, todo eso que se engancha para sacar algo que, pre­
cisamente, no es del orden del significante, al menos es lo que dice el
pequeño a.
No es del orden de Sr de S„ tampoco del $, que es la falta de signi­
ficante, donde puede venir a inscribirse un significante. Se trata de otra
cosa que, además, se hace pasar por algo real. Nos dijimos ahí está: to­
do ese barullo significante para eso, eso es lo real del asunto.
Justamente, eso es lo que está en cuestión. Porque basta mirar des­
de otra perspectiva ese pequeño a tan bonito, bien alojado allí entre sus
paréntesis, para considerar que es un pequeño goce, como Lacan lo di­
ce una vez, un poco de goce que se mantiene en su lugar, miren cómo...
allí, los significantes están en su lugar, bien forzados, pero el pequeño a
es el goce en su lugar que llega al punto justo. Como, además, es pre­
ciso ver eso también en el discurso del amo, pues bien, llegamos a la
producción: anotamos las cantidades producidas, hacemos cajas con
ellas, las enviamos. Ese pequeño a es también el producto comercial, el
que apilamos, numeramos y, eventualmente, producimos en un flujo
tenso y que mañana mandaremos gracias al equipamiento electrónico.
Tan pronto como se lo fabrique para ustedes, hacia ustedes será enca­
minado. Se ha encontrado hasta el modo de producir grandes cantida­
des de productos de lujo. El lujo se ha convertido en una industria
enorme y gente que sabe arreglárselas con él ha logrado conservar ese

192
EL INCONSCIENTE EN LOS DISCURSOS

ras°n produciéndolo a igual título que el producto de consumo masi­


vo Conservando su significación de lujo. Esta operación, que se llevó a
cabo durante estos últimos veinte años, es una de las operaciones de
marketing más inteligentes que se hayan manifestado.
Pequeños trozos de goce, entonces, que se pasean, nada que ver con
el goce infinito. Pequeño a es un buen pequeño goce numerable, que
tiene evidentemente, además, algo en común con el significante, pues
de otro modo no podríamos inscribir eso en el esquema.
Lo que tiene en común con el significante es precisamente que pue­
de contarse, se acumula y aunque no sea significante, se puede decir
que como él está aislado por el rasgo del semblante.
Esto quiere decir que aquí, en este discurso, pero también en los
otros, lo que se inscribe es un falso real, evidentemente sustancial, to­
do está allí. Si tomamos los términos que se ubican por debajo de las
dos barras, aquí tenemos sin duda un término insustancial, el término
vacío del sujeto:

t S1 S2

Y el mismo término de sujeto comporta la indicación de este por de­


bajo, es el hypokéimenon (hipo: por debajo), como lo indica Lacan.
Respecto de ese término insustancial y vacío, sin duda éste es vacío
sustancial. Ya no hypokéimenon sino ousia, algo que el latín captó como
sustancia y que encontramos como tal en nuestra lengua:

t S1 S2 I

Esto hace que para la pregunta "¿Qué soy yo?" haya tres respues­
tas a partir de este esquema. La primera es la de la identificación, la
respuesta por Sr Esto puede ir desde "Soy hijo de" hasta "Soy profe­
sor", "Soy suboficial", "Soy empleado de correos", etcétera. Identifica­
ciones donde soy aquel que recibió la palabra "¡Diviértete bien!", la
respuesta provista por el significante identificatorio.
A continuación, tenemos la respuesta por $, la respuesta "No soy
nada de todo eso", soy sólo la posibilidad. Se accede a esto enseguida

193
JACQUES-ALAIN MILLER

a través de la experiencia analítica: soy aquel que tiene la posibilidad


de negar lo que acaba de decir.
¡Ah! No es tan simple cuando uno está encerrado en ciertas ceremo­
nias, no se puede decir lo contrario. Una vez que a la pregunta "¿Quie­
re por esposo al señor....?", respondieron "Sí". -"Entonces los declaro
unidos por los lazos del m atrim onio"-, no pueden decir: "No, ¡un mi­
nuto! Cambié de parecer". Allí es preciso entrar en toda una historia,
por cierto prolongada, no tienen la posibilidad de cambiar de parecer
en el minuto que sigue. "Pero justo acabo de darme cuenta". "¡Ah! No,
señor. No, señora".
Mientras que en la experiencia analítica ustedes dicen algo terrible
y al fin de cuentas... Ya son el sujeto que puede decir lo contrario en el
instante que sigue. No sorprenderán a su analista por esa razón, lo cual
da una extraordinaria libertad respecto de las identificaciones, nada
más que eso.
Además, son también aquellos que siempre pueden decir algo más,
basta con volver a la próxima sesión. Son entonces una especie de más-
uno. Y también les está permitido guardar silencio, ser una especie de
menos-uno. Tal es la definición del "yo soy" como sujeto barrado. Y
después, está la definición según el pequeño a, algo que podríamos
formular en términos de "soy como gozo", por ejemplo.
Pero podríamos, además, ¿por qué no?, agregar la cuarta respues­
ta, la respuesta por S„ es decir "Soy lo que sé", "Soy lo que se sabe de
mí", ¿por qué no?
Pero todas estas respuestas no nos dan, sin embargo, lo real del dis­
curso.

Discurso del amo <<■ ■■ p- Discurso del analista

- Sj s2 %
42 (a) ' ' S¡ •"
/ \
En el discurso analítico, Freud comenzó en todo caso por distinguir
el inconsciente-verdad y el inconsciente-trabajo, y después, con su se­
gunda tópica, destacó el inconsciente-amo, produjo el concepto de su-
peryó, principio de tu inconsciente, motor de tus síntomas, agente del
discurso del inconsciente. Y Freud lo hizo valer, además, como emble­
ma del discurso del inconsciente, como su insignia. Es la lección que

194
EL INCONSCIENTE EN LOS DISCURSOS

tienen en común el discurso del amo y el del inconsciente: al hombre


se lo gobierna por identificación.
Evidentemente se plantea entonces la cuestión de saber qué ocurre
si al fin llegamos, en el discurso analítico, a producir Sr a sacar al su­
jeto de su absorción por el S,, a separarlo. Esto dio a los analistas la
idea de que al final de un análisis nos encontrábamos con un sujeto no
identificado.
Cuando se le propuso a Lacan esta lectura, él la refutó de inmedia­
to, diciendo que en psicoanálisis no nos ocupamos de los sujetos no
identificados. Esto dice muy precisamente que los sujetos no identifi­
cados no tienen inconsciente, no están en el discurso del inconsciente.
Para estar en él, es preciso haber sido atrapado por el discurso univer­
sal y que de ese discurso universal un significante amo haya venido
hasta ustedes a bautizarlos, a transustáncializarlos. Si no es el caso, si
hay algo que falló en esta captura inicial, si el significante amo se en­
ganchó mal, fue mal prendido, de través, no se prendió del todo, es la­
mentable: no están en el discurso del inconsciente, no pueden entrar
en el discurso analítico. La condición es esa: es preciso haber entrado
en el discurso del inconsciente para estar en el discurso analítico.
Hay condiciones también para el bautismo, muy amplias por otra
parte, es formidable. Al principio dicen: ¡Oh! Es necesario por cierto
que la gente esté lista, que esté bien, etcétera, y después ¡puf! Se entien­
de que finalmente se trata de "Dejad que los niñitos vengan a mí".
Lo encontramos ya en Tertuliano -publicado en la colección Livre de
Foche, no lo busqué en el fondo de las bibliotecas- Pero el discurso
analítico es más severo y al final del análisis no se encuentran para na­
da con un sujeto no identificado, hagamos aquí urna diferencia con de­
sidentificado. Desidentificado quiere decir que el sujeto pasó por la
identificación y luego se ha separado de ella, según un modo que co­
rresponde considerar de cerca.
Se separó porque hizo la experiencia en el análisis, hizo la experien­
cia de él mismo en tanto $, la experiencia de su falta-en-ser, es decir,
de su posibilidad de poner en cuestión todas las identificaciones, algo
a lo cual se ve por fin conducido necesariamente. Se puede decir que
es el efecto irónico de la asociación libre. Es el socratismo analítico es­
pontáneo. Ocurre que, cuando no tienen alguien que les atornille las
identificaciones, que los reconozca com o el empleado de correos, el hi­
jo de fulano, etcétera, cuando se les sustrae ese alguien y el que está ahí
opera de otro modo que diciéndoles "P o r supuesto, señor Tal; por su­

195
JACQUES-ALAIN MILLER

puesto señora", y que se mueve u n poco, que no está en el lugar don­


de debiera, esto es, el de admitir su identificación, pues bien, en con­
trapartida su identificación tiembla, el semblante identificatorio de us­
tedes vacila, ya no queda del todo en el mismo lugar.
La experiencia analítica es en sí misma socrática. Sócrates se pasea­
ba diciendo: "¡Ah, dices eso y lo crees verdaderamente! ¡Dices que eres
eso y verdaderamente eres eso! ¡Oh, qué interesante!", etcétera.
Sócrates le arruinaba la vida a todo el mundo.
Ahí tenemos el proceso analítico como tal, que en un punto o en
otro ataca esta confusión en la que se encuentran con la identificación.
Por este motivo, en el discurso analítico se produce Sj, que figura
como real. Y es precisamente la razón por la cual Freud, cuando quie­
re acreditar al inconsciente ante el discurso de la ciencia, trae esto, he­
chos del superyó donde el sujeto no comprende en absoluto qué fuer­
za actúa en él.
Freud evoca las acciones obsesivas. Entonces, en el discurso analí­
tico los significantes amos figuran como real. Pero recordemos bien:
hace un momento dije que aun así s e trata de un falso real.

Los rulos del capricho

Después de las vacaciones de verano habrá una jomada de la Escue­


la de la Causa freudiana sobre este asunto, que llevará por título Cuan-
do los semblantes vacilan. Incidencias de lo real en la clínica analítica, y quizá
ya puedo decir cómo será ilustrado, puesto que me han hecho la confi­
dencia al respecto. Catherine Boningue, aquí presente, va a decorar esas
jomadas con un cuadro de Rembrandt que, precisamente, pone en esce­
na el célebre momento en el cual, sobre el muro, se inscribe el fatídico
"Mené, mené, thekel, oupharsin" al que se refiere Lacan. Y a partir del mo­
mento en el que esas palabras hebreas aparecen sobre el muro, el empe­
rador sabe que sus días están contados, que ya no le queda mucho tiem­
po, que la historia está terminada, que todo está condenado a desapare­
cer, como se dice en las grandes tiendas durante las liquidaciones...
Como lo evoca Lacan, si eso aparece en el muro para que todo el
mundo lo lea, les derrumba un imperio.
Uno podría decirse que allí se trata de un hecho que responde al
significante, pero precisamente ilustra e l retorno del S, cumpliendo la
función de real y ganándole a todos lo s semblantes del poder, puesto

196
EL INCONSCIENTE EN LOS DISCURSOS

que allí, en esa tela, han sido representados exactamente esos semblan­
tes del poder que desfallecen cuando surge la palabra fatídica, escrita,
con valor de real respecto de esos semblantes.
"¡Diviértete bien!" En ocasiones se les dice a los chicos para sus­
traerlos a los deberes, para decirles que la recreación está ahí, se los au­
toriza a divertirse. Es lo opuesto de "Se acabó la risa". Quiere decir:
"Está permitido gozar", "Diviértete bien".
Evidentemente, cuando se les dice esto en esta circunstancia, esta
palabra amable y permisiva cobra una tonalidad de chirrido. Es un po­
co: "Diviértete bien con lo que te dejo". Resultado: el sujeto no se ríe.
"Diviértete bien antes de m orir", es una palabra que revela su cara
de terror, de horror en ocasiones, la palabra misma del superyó, por­
que lo que allí resuena no es sino ¡Goza! Y ese ¡Goza!, esa voluntad de
goce allí propuesta, es justamente pariente de la pulsión de muerte.
Que la madre, en su lecho de muerte, como última palabra diga
"Diviértete bien", es algo que no le deseo a nadie.
Por otra parte, es quizá solamente al ñnal de un análisis que se lle­
ga a soportar la palabra "Diviértete bien", que puede ser una buena
palabra y, además, puede ser que si ese decir me impresionó hasta ese
punto es porque este año decidí divertirme bien, también aquí, sobre
todo aquí, donde desde hace cierto tiempo no me divertía muy bien
que digamos, especialmente el último año, cuando tuve la impresión,
al menos durante la primera mitad del año, de levantar la experiencia
de lo real, de un enorme peso.
Lo que permite captar las consideraciones que traigo es que la esen­
cia del significante amo, el significante amo que viene solo, extraído de
un conjunto -incluso si forma un S j-, se trata de un Sx desparejo, de ahí
los conflictos de deberes que agitan el alma misma. Si todo eso se sos­
tuviera, tales conflictos no existirían y eso es lo que Kant intentó resol­
ver con su criterio universal.
La esencia del significante amo es, sin embargo, lo que puede dar­
se en llamar su arbitrario: por qué ese y no otro. Decimos arbitrario, en
primer lugar, para hacer valer que no percibimos su carácter necesario
aun si, a continuación, se desprende de él una cadena necesaria, evi­
denciada por la acción obsesiva o el síntoma. Precisamente lo que ha­
ce esta esencia del significante amo es que sea excelentemente puesta
en valor a través del capricho.
A propósito del capricho, fui colmado esta semana. Recibí un regalo,
gracias a lo que había dicho la semana pasada -si tuviera siempre ese ti­

197
JACQUES-ALAIN MILLER

po de efectos, por qué no-, me regalaron un libro para chicos, recomen­


dándome además leérselo a la persona de quien yo había tomado el "¡Ni
hablarlo!". En ese libro para chicos me señalaron la página donde figu­
ra en latín el sicjubeo hoc volo de Juvenal, atribuido a una arpía represen­
tada de un modo muy animado, como se hace cuando se trata de niños.
El autor de ese libro no es cualquiera. Se trata del dibujante escan­
dinavo Tomi Ungerer, de quien en otra época yo había comprado,
creo, el primer volumen publicado para niños; luego perdí de vista su
producción. Sin más referencia, ese lector, sin duda más de Juvenal
que de Kant, desliza en ese libro para niños esta palabra latina. Agra­
dezco entonces a Marie-Héléne Brousse este regalo y esta sorpresa
que me dio.
Otro regalo, más intelectual, no material, es una referencia a una
canción que me aportó Gregorio De Vito -perdí el papelito que me lle­
gó por correo-, una canción argentina según creo, donde es cuestión
del capricho. En cambio, guardé un papel que me hizo llegar Franees-
ca Biagi-Chai, donde consigna una canción infantil italiana que aclara
muchas cosas. Es la siguiente:

Sotto ogni riccio ci sta capriccio.


La D om a a riccio non la voglio no.

Esto significa: "Debajo de cada rulo hay un capricho. A la mujer de ru­


los (o enrulada) no la quiero, no". Riccio es el rulo, rizo, bucle, por con­
siguiente esto califica a la cabeza rizada. La señora Bucle no es la cabe­
za erizada a la que se refiere el diccionario histórico Robert, no es la
cabeza erizada por el escalofrío, aquí es la cabeza rizada, ligada al
capricho.
La cabeza está llena de ideas, de ingenio, se ve bien por qué se con­
centra en ella este asunto del significante amo. Uno se dirige de inme­
diato a la cabeza, y, cuando se les quiere hacer entender que no están
en el eje del significante amo, lo que les cortan es especialmente la ca­
beza, esa es al menos la tradición en Francia. Eso es lo que se suprime.
Y es hacia la cabeza donde se orienta la búsqueda para representar
el capricho, justamente el cabello caprichoso, el cabello que hace lo que
se le da la gana, todo eso encarnándose en la señora Bucle y bajo cada
uno de sus bucles, un capricho, sotto ogni riccio ci sta un capriccio.
Paso por alto lo que podría evocar la referencia tomada por Lacan
en la "Obertura..." de sus Escritos, "The rape o f the lock, el robo del rizo,

198
EL INCONSCIENTE EN LOS DISCURSOS

se evoca aquí el título del poema en que Poe, por la gracia de la paro­
dia, arrebata él hasta la epopeya, el rasgo secreto de su irrisoria apues­
ta" (página 4). The lock es el riccio, el bucle, y allí a la bella Belinda un
descarado le corta un bucle. Y entonces se combate por el bucle roba­
do de Belinda, que moviliza a todos lo s Dioses del Olimpo, quienes to­
man partido a favor o en contra de Belinda y su ladrón. Como dice La­
can, Poe pone de relieve la apuesta irrisoria de toda epopeya, como es
el hecho de que se debate por nada, com o lo muestran las guerras de
religión. Cuando existían -todavía existen en algunos rincones-, esas
guerras teman el mérito de hacer existir a Dios.
Hay también guerras psicoanalíticas que han tenido quizá, para al­
gunos de nosotros, el mérito de hacer existir al psicoanálisis. Pero,
¿dónde está lo real en todo eso? Incluso allí son cosas sin importancia.
Lo real no está allí, noche, no está aquí, no che, ¿no está ahí? No ai:
nada, nada en absoluto. Todo eso, si m iram os de cerca, e incluso cuan­
do este lugar es por excelencia el del semblante y este otro parece ser
el lugar de lo real, todos esos son semblantes, y un discurso es un apa­
rato de semblantes. Si queremos ubicar un real en algún lugar, hay que
proceder según la vía indicada por Lacan: no es allá, no es allá, no es
allá, es necesario considerar que todo ese aparato y el circuito que se
puede hacer -éste, se pueden hacer otro s-, todo eso está hecho para
engarzar y evitar un real que no se encuentra amablemente alojado en
ninguno de esos lugares.

¿En qué consistiría un real que aceptara hacer la ronda? Es necesa­


rio ser semblante como los significantes o como el objeto a para acep­
tar hacerla.
Hacen la ronda alrededor de la Cosa, de la Cosa que, por su parte,
no hace la ronda, y sí yo la he dibujado redonda aquí es por error.

199
JACQUES-ALAIN MILLER

Hagamos esto en todo caso así, informe, algo un poco baboso, lo


baboso que tanto sirvió para representar a lo real. Pero es todavía una
imagen.

Desde este punto de vista, el pequeño a, que quisiéramos promover


a ser lo real, pues bien, él no quiere. Por lo demás, el pequeño a es una
defensa contra lo infinito del goce, porque la voluntad de goce, si le de­
jamos libre curso, revela que no es sino pulsión de muerte.
Esto es lo que encuentro de bastante malo, en el caso de la madre
moribunda que le dice a su hija "¡Diviértete bien!", dejando sobreen­
tender: "Antes de morirte como yo". La madre jugó realmente una ma­
la pasada, porque después no se la puede atrapar para hacerle repro­
ches. Es el último estrago y luego es necesario juntar los pedazos. La
madre actuó como si fuera el convidado de piedra.
El Buen Dios es más honesto, por lo menos dice: "Tu tiempo está
contado, estás terminado" -y si el Buen Dios no fuera honesto, hubie­
ra dicho: "¡Diviértete bien!"-.
Los discursos, entonces, hay que concebirlos como procurando ro­
dear la Cosa informe que podría representarnos lo real.
A decir verdad, se puede considerar que precisamente por eso La­
can señala que tampoco en su imaginería se cierra, que hay aquí una
discontinuidad por la cual no es posible hacer la ronda.

Y si tenemos que situar lo real de cada discurso, en todo caso se en­


cuentra en este intervalo.

200
EL INCONSCIENTE EN LOS DISCURSOS

Quién es el amo

Si es necesario dar una imagen del amo y su capricho, que es tam­


bién la esencia del significante amo, el significante que está allí no sa­
bemos por qué, porqué es esa palabra que nos atrapó a sí-e l amo que
conoce el secreto del am o-, lo presentaría en todo caso con el rostro
sonriente -sonriente para nosotros, porque él no es en absoluto son­
riente- de Humpty-Dumpty en "A través del espejo y lo que Alicia
encontró allí", Los libros de Alicia. Del otro lado del espejo, justamente,
el amo es él, por lo demás no es posible equivocarse, está en lo alto de
un muro, en un equilibrio que podríamos creer inestable, pero cuan­
do Alicia lo encuentra, él se sostiene. Humpty Dumpty es el capricho
encarnado, algo que muestra bien que Alicia no es para nada capri­
chosa. Justamente como ella es tan poco caprichosa deja ver el capri­
cho de los otros. Al recortarse sobre el fondo de Alicia vemos la locu­
ra del sombrerero, la inconducta del lirón, la precipitación inmotiva­
da, patológica, del conejo, ¡ah!, que siempre llega tarde. Bien, aquí te­
nemos, quizá me identifiqué con el conejo de Alicia. ¡Les aseguro que
acabo de pensarlo!
Verdaderamente Alicia es una especie de sujeto barrado que hace
ver los caprichos délos otros y hasta qué extremo están fijados a su go­
ce, al de ellos. Ella es por excelencia el sujeto barrado puesto que en­
carna, como lo señala Lacan, -<p, que era el objeto de Lewis Carroll, la
niñita, y recortado sobre ese fondo tenemos este mundo abigarrado,
barroco, donde vemos a cada uno según su voluptuosidad.
Humpty-Dumpty introduce un poderoso efecto de irrisión de mane­
ra inmortal. Destaca verdaderamente ese poder de regalía del significan­
te del que habla Lacan en sus Escritos, la posibilidad de aniquilación ins­
tantánea de todo el orden simbólico, por poco que uno seüa manejar el
Witz. Dice: "Cuando yo empleo una palabra -dijo Humpty-Dumpty,
con un tono despectivo- [algo que no se puede traducir exactamente al fran­
cés, es preciso el inglés, el tono de voz despectivo], esa palabra significa exac­
tamente lo que yo decidí que signifique... Ni más ni menos". Exquisita
precisión en cuanto al capricho.

—La cuestión es —dijo Alicia—, si usted puede hacer que las pala­
bras signifiquen tantas cosas distintas.
—La cuestión es —dijo Humpty-Dumpty—■saber quién es el amo
aquí. Eso es todo.
JACQUES-ALAIN MILLER

Ese es el diálogo prodigioso q u e d em u estra h asta qué p u n to el sig­


nificante está dom inado p o r el sig n ifican te am o, p o r aquello q u e es la
esencia del significante am o, su capricho.
Diré algo al respecto del discurso universitario -n o voy a llegar
tampoco hoy a llevarlos hasta donde quiero desde hace ya largo tiem­
po-. El discurso universitario tiene la propiedad de poner todo el or­
den del saber en posición de semblante. Por ese motivo Lacan dijo que
lo mejor que puede hacer ese discurso es el chiste que lo horroriza.
¿Qué quiere decir esto? Ocurre que, precisamente, cuando uno ha­
ce pasar todo el saber a la posición de semblante, ubicándolo en la po­
sición de semblante, en posición de dominio del semblante, tiene como
verdad S,, es decir, precisamente, lo arbitrario, el capricho:

A
S,

Aquello con lo cual tendría que familiarizarse el discurso universi­


tario es, precisamente, dejar aparecer algo de su verdad, o sea, dejar
ver el Wi’fz bajo el saber.
De igual modo que bajo el imperativo categórico de Kant, que es
verdaderamente la encamación por excelencia de ese S2, corresponde
hacer ver su verdad en Juvenal, como después de todo el propio Kant
no lo ignoraba.

Saber Kant

Witz Juvenal

Hacer ver bajo el imperativo, lógica universal, el capricho particu­


lar y, por consiguiente, bajo S 2dejar ver el Sj en posición de verdad.
Es sorprendente que en el discurso de la ciencia, del que podríamos
creer que nos da acceso al real del que se trata, también el semblante
domina. Nos damos cuenta porque su funcionamiento exige que Dios
sea un muchacho serio, que tenga palabra -D ios o aquello que cumpla
su función-. Es necesario que Dios no sea Humpty revelando un secre­
to. Con un Humpty que dice que es así porque a él le gusta, resulta di­
fícil armar el discurso de la ciencia.
Es cierto entonces, el Dios de Descartes también, las verdades eter­
nas también son así porque a él le gustó. Y Descartes lo deja: "¡Vaya no

202
EL INCONSCIENTE EN LOS DISCURSOS

más, mi estimado!". Simplemente, una vez que eligió las verdades


eternas, no tiene derecho a cambiar de parecer. Eso es lo que Descartes
viene a explicarle al Buen Dios: "No, no, una vez que usted eligió sus
verdades eternas, ya no puede cambiar de parecer, porque hacerlo es
peor que seguir en el mismo sentido, le daría menos ser, Buen Dios".
Descartes le pone las esposas al Buen Dios. Lo deja hacer algo y
después ya no puede cambiar. Dios hubiera podido hacer que dos más
dos diera por resultado cinco, algo perfectamente posible, pero una
vez que eligió que fueran igual a cuatro, queda prohibido cambiar de
parecer, tiene que ser un muchacho serio.
A justo título, la revista Times M agazine hizo de Einstein el hombre
del siglo. Yo tenía miedo que eligieran a Franklin Roosevelt, a quien
debemos mucho por cierto, pero hay una estación de metro, con eso
basta. Einstein no tiene una estación de metro. Por el discurso de la
ciencia nombramos a los siglos, a partir del momento en que emergie­
ron. Y sabemos cómo Lacan subrayó que para Einstein era forzosa­
mente necesario que Dios sea fiable, sea de buena fe, es decir que su
hacer no responda al azar o al capricho.
Es formidable. Con su relatividad echó por tierra un mundo de
semblantes, fue verdaderamente extraordinario. Es por cierto intere­
sante encontrarnos allí, al comienzo del siglo XXI, pero el comienzo del
siglo XX tuvo lo suyo, con Freud que largaba al mundo el psicoanáli­
sis, y la teoría de la relatividad, que hizo vacilar evidencias milenarias.
Y fue ese hombre, ese subversivo que pensaba que para que todo se
sostenga es necesario que lo real obedezca a la ley, a una ley, que sea
lawlike, como se dice en inglés.
Desde ese punto de vista, la mecánica cuántica amenazó -algo an­
te lo cual Einstein tenía todas las reticencias, como si dijera "de esa
agua no he de beber"- mucho más la noción de lo real, por cuanto in­
troducía una función de incalculable, de aleatorio, y comenzó a ser ha­
bitual la noción de un real sin ley. No se puede siquiera leer en el mu­
ro la fórmula que hizo ver al menos que la ley a la cual respondería lo
real sería sólo un semblante.
Y esto es capital. La escisión entre lo real y la ley anima todo el
último tramo de la enseñanza de Lacan. Lo real, precisamente, no
obedece. Mientras que aquí, en el discurso, todo el mundo obedece a
todo el mundo, aquí el sujeto se identifica con el significante amo que
ordena el saber, saber que trabaja com o un loco para producir al
pequeño a.

203
JACQUES-ALAIN MILLER

El único problema lo encontramos en el punto donde esto se rom­


pe, allí está la verdad, que no obedece a nadie, en cada uno de los dis­
cursos aquello que está en el lugar de la verdad, tenemos lo falso y
aquello que no obedece a nadie.

Se trata entonces de un disfuncionamiento, podemos considerarlo


así. Y podríamos decir -n o tendré tiempo de desarrollarlo h o y - que es
allí, en ese intervalo, donde es posible echar una pequeña ojeada a lo
real.
Terminaré con esto. Lo que he percibido en cuanto a la enseñanza,
especialmente la del psicoanálisis, es que consiste en recubrir Sj con
S2; es decir, recubrir lo arbitrario con la coherencia, con la consistencia,
mostrar que se sostiene. Como decía Al Bhouse Aliáis, ¿dónde se sos­
tiene? Por lo demás, no se sostiene sino en un deseo, en una fantasía,
en un plus-de-goce, se sostiene...
Entonces, la enseñanza del psicoanálisis, por supuesto, no escapa a
la promoción de S, en posición de semblante, pero me parece que pa­
ra enseñar válidamente aquello que concierne al psicoanálisis, es nece­
sario enseñarlo en el borde, entre S 2y S ir en el borde donde se hace co­
municar al semblante amo y a la verdad del discurso. Más aún, en cada
discurso hay algo del psicoanálisis cuando se conecta el semblante
amo con la verdad del discurso.
Les doy cita para el mes de marzo. Entre tanto, como no tuve tiem­
po de hablar acerca del tema, les recomiendo la compra de Le baptéme
[El bautismo] de Tertuliano, primer tratado cristiano del que cuento
ocuparme en cuanto volvamos a encontrarnos. Verán que Tertuliano es
un valiente granuja. Les recomiendo e l prefacio, escrito por el padre
Refoulé -esas cosas no se inventan-, publicado en las ediciones Foi Vi­
vante. Esta referencia me permitirá introducir la sesión analítica.

2 de febrero de 2000

204
X
La sesión analítica,
entre repetición y sorpresa

¿Qué es la sesión analítica? En primer lugar es una pregunta: ¿qué


es lo que puede plantearnos la sesión analítica?
No se trata de una pregunta secundaria, periférica, accesoria, al me­
nos si somos realistas. "Realista" puede entenderse en varios sentidos,
para simplificar diré: si somos realistas en el sentido de Éric Laurent.

La repetición de la sesión

El sentido de Éric Laurent, ¿cómo precisarlo? -e s una definición


que propongo por mi cuenta y cargo-, consiste en no tratar como acce­
sorio aquello que es empírico, es decir, aquello que se encuentra en la
experiencia, en el hecho. Ser realista en el sentido de Éric Laurent, me
refiero a una pequeña nota que escribió en otra época, es siempre reen­
viar la experiencia a la estructura, es decir, no contentarse con conside­
rar que la experiencia está siempre lejos de la estructura, pretextando
que nunca ocurre como estaba previsto. Pero es verdad, nunca ocurre
como estaba previsto. Se podría fundar allí una ley o un principio, pe­
ro reconocer que nunca ocurre como estaba previsto, es reconocer la
contingencia.
¿Esto quiere decir que lo imprevisible escapa a la estructura? No
necesariamente. No es impensable construir, inventar una estructura
que incluya la contingencia.
Esto es lo que destacan los dos estatutos diferentes del inconscien­
te, aquello que Lacan llamaba el discurso del amo y el discurso analí­
JACQUES-ALAIN MILLER

tico. El inconsciente está estructurado, el inconsciente es estructura.


Pero no está en absoluto incluido de igual manera en el discurso del
amo y en el discurso analítico.
En el discurso analítico, el inconsciente se presenta bajo las especies
de lo aleatorio, que es uno de los nombres de la contingencia. No sa­
bemos nada de él por anticipado. Eso es lo que comporta el consejo
freudiano de abordar siempre un caso suspendiendo el saber sabido,
el saber adquirido.
Ese principio, que fija la posición del analista, posición de no-saber,
es decir, de saber suspendido y, sin embargo, por supuesto, no anula­
do, repercute en cada sesión donde la posición analítica, así como la
del analizante, comporta la disponibilidad respecto de la sorpresa.
Incluso podemos decir que es allí donde reside el real propio al dis­
curso analítico, es decir, su imposible propio, si lo aislamos vía el ma­
terna:

(«-)
S2 // Sj

Aquí la doble barra indica que la flecha, la que vería un significan­


te hacerse amo del saber, es imposible. Y en el discurso analítico, el in­
consciente está situado como un saber sin amo.
Es muy diferente en el discurso del amo. Cuando Lacan lo constru­
ye con ese nombre, es legítimo escribir allí:

S, - a S 2

Hay un significante que ordena el saber. Aquí, lo que se destaca,


por el contrario, es la determinación del saber. Es aquello propio de lo
alegado por Freud para fundar lo real del inconsciente como un real
que podía sostenerse respecto del discurso de la ciencia, es el principio
de la acción obsesiva. La acción obsesiva quiere decir que se sabe por
anticipado que eso va a producirse. Por ejemplo, ustedes saben por an­
ticipado que voy a llegar tarde.
Desde este punto de vista, es ante todo como tiempo de repetición
que el inconsciente figura en el discurso del amo.

S, - > S 2

206
LA SESIÓN ANALÍTICA, ENTRE REPETICIÓN Y SORPRESA

La repetición está asociada, matematizada por esta escritura, y la


acción obsesiva nos presenta al inconsciente como amo, mientras que
en el discurso analítico el inconsciente es ante todo el inconsciente-ver­
dad. El saber inconsciente en el lugar de la verdad, es ante todo un in­
consciente que desciframos. Podemos decir que el término que domi­
na allí, cuando se inserta el inconsciente en el discurso analítico, y pa­
ra ser concreto, en la sesión analítica, es la interpretación.

(<-)
S2// Sj
interpretación

Aquí tenemos lo que distingo como dos estatutos diferentes del in-
consdente.

(1) (2)

(«-)
S, II Sj Sj S,
interpretación repetición

Esto supone un estatuto del sujeto diferente de S,, supone que dis­
tinguimos, al lado de S,, invisible, fantasmático, el conjunto vacío del
sujeto, es decir, que el sujeto como tal e s distinto de sus identificaciones.
En la sesión analítica tomamos al sujeto como tal, distinto de sus
identificaciones, y, por ese hecho mismo, se puede decir que el incons­
ciente emigra de su estatuto de repetición a su estatuto de interpretación.

(1) (2)

(<-)
S2//Sj Sj S,
interpretación ----- repetición

Cuando el inconsciente opera como repetición se pone de relieve la


causalidad, mientras que en el registro de la interpretación, siempre
hay una ruptura de causalidad.

207
JACQUES-ALAIN MILLER

El discurso analítico produce S,, de los que diremos aquí que son
interpretaciones, cuyo efecto de verdad, que ubicamos a la izquierda,
es siempre aleatorio, indeducible.

(1)
(<c—)i-
S2 // Sj
interpretación

Por eso podemos decir, siguiendo este esquema, que Lacan formu­
la que una interpretación cuyos efectos comprendemos no es una in­
terpretación analítica.
Una interpretación analítica que tenga efectos es impensable. Atra­
viesa esa doble barra de una manera que permanece inasequible. Es
verdaderamente la inversa del automatismo de repetición: aquí desfa­
llecen los automatismos. Opongo entonces dos registros: repetición e
interpretación.
Si a partir de allí nos planteamos la cuestión de la sesión analítica,
¿de qué lado queda inscrita? Se inscribe en primer lugar del lado de la
repetición. Lacan asigna a la experiencia analítica una regularidad ca­
si burocrática, como él se expresa.
La sesión analítica reproduce, parodia, procura igualarse a la repe­
tición. Por lo demás, en ocasiones el analista está allí para inscribirse
como S,, aquel que manda que la sesión analítica sea del orden de la
repetición, e incluso del automatismo, con cierto "No quiero saber na­
da de eso". Hubo inundaciones, un árbol cayó sobre mi auto, hay huel­
ga", ¡puf!, todo eso son alegatos, racionalizaciones, falsos pretextos, ex­
cusas respecto de esta exigencia.
Y, por lo tanto, tontería necesaria d el analista, amo ciego que mane­
ja. Pero la sesión analítica, asentada en la repetición, especulando con
la repetición del inconsciente, es también el lugar -¡ah, el maravilloso
lugar!- donde se cumple la inversión del estatuto del inconsdente, la
inversión de la repetición en interpretación, de la necesidad en contin­
gencia. Es decir, es ese lugar en el cual se produce el acontecimiento de
la interpretación, que no nos apuraremos a afectar al analista.
Esta bipartición que presento, que intento, constituye el fundamen­
to de la definición que presenté el 19 de enero, en la séptima sesión del
Curso, al decir que la sesión analítica es el acontecimiento regular ins­
tituido por el discurso analítico.

208
l a s e s ió n a n a l í t i c a , e n t r e r e p e t i c i ó n y s o r p r e s a

Hay acontecimientos regulares, los hay irregulares. La regularidad


molesta a algunos. Hay pacientes que detestan la regularidad repetiti­
va del análisis y sólo pueden analizarse si caen de improviso otro día
que el convenido, a otra hora. ¿Hay que echarlos? Según el caso. Son
ellos quienes experimentan de una manera especialmente viva la anti­
nomia entre interpretación y repetición, quienes hacen de la sesión co­
mo tal un acontecimiento irregular, imprevisible.
Evidentemente, se trata de algo que debe seguir siendo en todo ca­
so la excepción. Normalmente el analista se inscribe como el amo de la
repetición analítica. Digo esto porque no quisiera desatar un movi­
miento "Vengo cuando quiero, como quiero", pero se da maña para si­
tuarse en esa tensión.
De allí que nos veamos conducidos a hablar del análisis en térmi­
nos de regla. Comúnmente decimos "la regla de la asociación libre",
"de la abstinencia", otras tantas referencias que se hacen al discurso
del amo.
Suele ocurrir que esta repetición de la sesión sea percibida por el
propio sujeto como una compulsión. Es valioso el momento en el que
el sujeto puede formular algo como "¡No sé por qué vengo!". La faz
positiva de este enunciado es: "En la experiencia del análisis hago la
experiencia misma de la repetición, fundamento de la práctica".
Si somos realistas en el sentido de Éric Laurent, debemos plantear­
nos la cuestión de saber por qué un análisis se realiza con la forma de
sesiones, de una serie finita de sesiones. De todas maneras, siempre es
finita, aunque más no sea por causa de la muerte de los combatientes.
Sin duda es posible precisar que un análisis no se reduce a la serie
de las sesiones. Tema a desarrollar, en la medida en que el análisis pro­
sigue fuera de la sesión, la presencia del analista continuándose, per­
petuándose más allá del encuentro, en la anticipación del encuentro
por venir. Por ese mismo hecho hay allí una máxima del comporta­
miento del analizante, como lo evoca Lacan, más allá de lo que puede
saber, por cuanto eso que le ocurre o va a hacer está destinado a ser
volcado en el marco de la sesión analítica.
Aquí, un análisis no se reduce a la serie de sesiones y, sin embargo,
se sostiene en ellas. Esa serie de sesiones es precisamente una condi­
ción sine qua non, según entiendo, para la existencia de un análisis.
La sesión es un acontecimiento regular, salvo en los casos en los que
el sujeto se esfuerza por hacer de ella un acontecimiento irregular. Un
acontecimiento regular es un acontecimiento esperado y, por consi-

209
JACQUES-ALAIN MILLER

guíente, es preciso hacerle su lugar a la espera. Esto se organiza por lo


común en la experiencia analítica del modo más desapercibido, sim­
plemente cuando el analista dice: "Lo espero". Ese "Lo espero" tiene
muchas consecuencias, porque la espera es la condición misma de la
sorpresa.
Evidentemente, se puede decir que es todo lo contrario. La sorpre­
sa es, por definición, aquello que no se espera. Y si es así es porque se
espera otra cosa o, eventualmente, porque no se espera nada, es aún
una espera que cobra su forma dolorosa en el aburrimiento. ¡Ah! El
aburrimiento es un afecto extremadamente complejo que sólo entró en
la literatura en un momento muy preciso, que improvisando, lo situa­
ría en Sénancourt. Antes de Oberman de Sénancourt no creo que se ha­
ya hecho una literatura del aburrimiento. Sénancourt es los prolegó­
menos de la explosión romántica.
Eventualmente, se puede esperar no se sabe qué, pero no hay sorpre­
sa sin espera y la paradoja de la sesión analítica es que se espera, e in­
cluso se espera la sorpresa, se espera lo imprevisible. Cuando un pacien­
te viene y dice: "Hoy no tengo nada que contar", ¡hay que prestar mu­
cha atención! Pareciera ser que, por el contrario, eso anuncia, promete
maravillas. En todo caso, pone a tal punto el acento sobre la "resisten­
cia", así, entre comillas, que uno se dice que hay algo que se busca.
La anticipación de ese "nada para decir", desde este punto de vis­
ta, vale mucho más, después de todo, que el parloteo acerca de los
acontecimientos indiferentes de la existencia.
Existe entonces un anudamiento especial entre la repetición y la
sorpresa en la sesión analítica. La repetición es condición sine qua non
para que esta experiencia tenga lugar, pero esta coerción se impone pa­
ra que no se sabe qué de imprevisto se manifieste. Están entonces pre­
sentes allí, en esa cita, las dos caras del acontecimiento: el aconteci­
miento previsto y el imprevisto; los dos suponen la espera.
La espera está siempre ligada a una estructura, depende siempre de
un escrito -vayamos hasta allí-, de un significante que tiene valor de
escrito, es decir, valor de perpetuarse más allá de las circunstancias
que condujeron a enunciarlo.
Hay un hermoso análisis de la temporalidad realizado por Heidegger
en uno de los cursos que siguió a Sein und Zeit, en el que a lo largo de
páginas y páginas comenta e intenta aislar la esencia de la espera. Des­
pués se espera que dé la clave de un análisis que se hace esperar. El
ejemplo que toma es el siguiente: estoy en el andén de una estación y

210
LA SESIÓN ANALÍTICA, ENTRE REPETICIÓN Y SORPRESA

espero el tren que debe llegar. ¿Por qué Heidegger espera el tren de es­
te modo? Lo espera porque conoce los horarios de los ferrocarriles y ha­
biendo leído que el tren de las 8:45 horas debe presentarse, se supone,
allí está él, un poquito antes y quizá el tren esté un poquito atrasado
respecto de su horario. Heidegger está allí pudiendo hacer la fenome­
nología de la espera.
Quizás este ejemplo trivial baste para decir que el acontecimiento
' siempre está ligado a un discurso, precisamente al discurso que dispo­
ne, y que dispone la espera. Eso es lo que formula Lacan. Lo cito: "No
hay acontecimiento [está dicho de un m odo un poco arcaico, respetemos él
enunciado] que no se sitúe en un discurso". Y siempre es preciso -hago
ahora el comentario- un discurso previo para situar un acontecimiento,
ya se trate de un acontecimiento regular que responde a la espera o que
se manifieste como irregular e imprevisto, calificativos que sólo pueden
venirle de la espera inducida, supuesta por un discurso.
Esto que Lacan dice del acontecimiento, lo dijo del acto. Y hay, evi­
dentemente, una relación entre acontecimiento y acto. Un acto es un
acontecimiento del que suponemos que alguien es el agente. La cate­
goría del acontecimiento, claro está, desborda la del acto, puesto que
hay también lo impersonal del acontecimiento: eso ocurre, pasa.
Un discurso no puede prescindir d e aconterimientos. Un discurso
se traduce en eso que ocurre, prescribe eso que pasa [arrice]. Parece ex­
traño por lo demás ese arriver, término francés que viene del latín vul­
gar, como muchos de los términos m ás distinguidos. Es necesario leer­
lo para habituarse. Deriva de ad (a) y d e ripa, la orilla, el borde.

ad : a
ripa : orilla

En latín vulgar se decía aripare cuando se llegaba a un puerto, a la


orilla. Sería ese el sentido propio de ese célebre arribar que debe estar
en los oídos de ustedes, el del Cid: "N o s vimos tres mil arribando al
puerto, escondo los dos tercios en cuanto arribamos en el fondo de los
navios que entonces fue encontrado". Ese "arribam os" -ta l al menos la
tesis de Robert-, dejaría escuchar el viejo "tocar la orilla", "llegar al
puerto". Cuando se arriba, se arriba a l puerto.
Evidentemente, es necesario agregar que no sólo el discurso no
puede prescindir de acontecimientos, sino que un discurso está insti­
tuido por un acontecimiento. Es la razón por la cual, en todo caso en

211
JACQUES-ALAIN MILLER

cuanto concierne al discurso analítico, Lacan evoca el acontecimiento-


Freud como instituyéndolo.

El sacramento

Si lo tomamos en serio, el tema del acontecimiento de discurso no


es el de situar, proceder a una comparación, inducida por Lacan, entre
el discurso analítico y el de la religión, tal como lo encontramos en El
seminario 11. Lacan sitúa la comparación a nivel del acontecimiento,
precisamente a nivel de este acontecimiento especial, codificado, que
se llama el sacramento.
Un sacramento es una operación prescrita por el discurso de la re­
ligión. Lacan afirma que esta operación resulta fácilmente olvidable.
En la clase del 24 de junio de 1964, dice: "En toda religión que merez­
ca esa calificación hay una dimensión esencial que reserva algo opera­
torio, que se llama un sacramento". Esta dimensión esencial y opera­
toria, esta acción es aquella que Lacan indica como marcada por el ol­
vido en la religión y esto es, sin duda, porque de manera quizá un po­
co rápida evoca el fundamento m ágico de la religión.
Sin duda tienen una idea más precisa de lo que es un sacramento si
incursionaron en el pequeño tratado de Tertuliano acerca del bautis­
mo, primer tratado cristiano sacramentario, como dice.
¿Qué es un sacramento? Nos interesa la diferencia entre el sacra­
mento y la sesión analítica. Un sacramento es una práctica, una espe­
cie de sesión religiosa de la cual se espera un efecto mutativo sobre el
sujeto, por el cual no sería el mismo antes y después. Es así como pue­
de evocárselo.
Se puede evocar en particular el acontecimiento que concluye la
existencia, en particular el acontecimiento de la muerte, se puede escu­
char a un sacerdote -algo que me ocurrió ayer-, dividiendo la asisten
cia entre los bautizados y los no bautizados e invitando, por supuesto,
tanto a unos como a otros al recogimiento, es moderno. Pero, haber si­
do bautizado es una distinción del sujeto que se refiere a un aconteci­
miento anterior, que supuestamente lo ubica en una postura, le confie­
re una cualidad distinta al curso de su existencia y aun a sus despojos.
Este efecto mutativo es siempre, con todo -creo que no fuerzo aquí
el punto de vista elíptico de Lacan-, del orden de una transustancia-
ción: algo cambia en la sustancia del ser.

212
LA SESIÓN ANALÍTICA, ENTRE REPETICIÓN Y SORPRESA

Esto comenzó en la Iglesia bajo una forma salvaje, espontánea. Fue


necesario esperar el siglo XII, siglo eminente, ahí, en el milenio ante­
rior, allí donde emerge también el discurso de la Universidad, eminen­
te en lo que hace a la formalización de las prácticas. Fue necesario es­
perar entonces el siglo XII para que la práctica sacramentarla fuera
puesta en forma, para que fueran enumerados los sacramentos y se ex­
plicara bien cómo había que arreglárselas. Finalmente, esto se remon­
ta con formas no codificadas a los orígenes mismos de la Iglesia.
El discurso de la religión dispone de actos concretos, materiales,
que se encuentran investidos de una significación esencial, misteriosa.
Por otra parte, antes de emplear el nombre de sacramento, se hablaba
de misterio. Recién en el siglo XII se recurrió al término sacramentum,
traído del discurso jurídico, que calificaba un gesto sagrado ligado a
un compromiso. En el momento de ese gran movimiento de elabora­
ción puesta en la forma del siglo XII, que se extendió a numerosas
prácticas, se recurrió al discurso jurídico ya que el misterio parecía
equívoco, oscuro -algo que no impidió que se continúe buscando por
el lado de las etimologías-; era por lo demás una palabra que Isidoro
de Sevilla consideraba ligada al secreto, sacramentum.
El hecho de investir un acto concreto, material, de una significación
todopoderosa, transforma el acto como tal en acontecimiento signifi­
cante. Eso es lo que permite decir del sacramento que quien lo cumple,
según el ministerio, es un hombre -¡u n hombre!-. Tertuliano dice: "Las
mujeres no tendrán pese a todo la osadía de querer bautizar, en defini­
tiva es Dios quien lleva a cabo el acontecimiento del sacramento". El
sacramento es un acto divino realizado a través de la mediación de la
Iglesia.
Se trata especialmente de un acontecimiento que concierne al cuer­
po, hecho de una palabra y de un gesto dirigidos al cuerpo e investi­
dos de una manera especial, cuya calificación más adecuada es la de
sacramentarla.
Diría que se trata de una definición a la manera de Sganarelle, exac­
tamente: investidura de cierto acontecimiento prescrito por un plus de
significación.
Evidentemente, no se puede hacer una descripción cínica, empíri­
ca, diciendo: se toma un poco de agua, se hacen algunos gestos, se ro­
cía, etcétera. Lo cual no impide que aún hoy se les recuerde, como ha­
ce Tertuliano, que ese agua es también el agua de los orígenes, la del
Jordán. Y aunque sea la de la canilla, como probablemente lo es, al mis­

213
JACQUES-ALAIN MILLER

mo tiempo, misteriosamente, comunica con una significación del agua


acerca de la cual Lacan deja entender que no es sino una creencia má­
gica. El cinismo de Lacan llega hasta ahí.
Es decir, simplemente, el sacramento es ún acontecimiento que mo­
viliza elementos materiales, visibles, tangibles, que conducen a lo invi­
sible, que actualizan el misterio.
Como acontecimiento de discurso, el sacramento tiene una estruc­
tura; no es en todos los casos que el agua de la canilla toma este valor,
es necesario sin duda el significante material. Ya en el siglo XII se cali­
fica de elementum, elemento. En segundo lugar, hace falta el ministerio,
el ministro que cumple, que preside el sacramento y que se constituye
misteriosamente en analogon de Cristo. Y después, es necesaria la
asamblea de fíeles que asisten y dan testimonio.
El trasfondo -hay un trasfondo que proyecta justamente a un más
allá al elementum, al agua de la canilla, tan tonta- es que los sacramen­
tos repiten la historia de Cristo, aquello que él realizó, los aconteci­
mientos de su historia, de manera que el acontecimiento que puede ser
reducido a casi nada a partir de una descripción cínica, este aconteci­
miento-sacramento conmemora el acontecimiento-Cristo. Esto es lo
que dice San Agustín: "Hay sacramento en una celebración cuando se
hace memoria de un acontecimiento".
Finalmente entonces, está codificado y, además, debió ser fundado.
Cuando leemos a Tertuliano, vemos la polémica que fue necesaria pa­
ra acreditar la noción según la cual con algunos manejos, algunas ma­
nipulaciones, se obtiene un contacto con el espíritu.
Lo dice de un modo muy bonito, Tertuliano tenía mucho brío, co­
mo habrán podido apreciarlo, tanto que terminó reenviando contra la
Iglesia este discurso brioso. Dice entonces:

Todo ocurre con la mayor simplicidad, sin puesta en escena, sin un


aparato extraordinario, en síntesis, sin otro lujo el hombre desciende
hasta el agua, en ella se sumerge mientras que se pronuncian breves
palabras.

Ahí están los elementos que entran en la composición de un sacra­


mento, una acción material e incluso corporal, como dirá Tertuliano, a
la cual se le agrega luego la palabra.

Sale de allí sólo un poco o en absoluto más limpio, por eso resulta
increíble que pueda, por esa vía, adquirir la eternidad. Pero lo juro, en

214
la s e s ió n a n a l ít ic a , e n t r e r e p e t ic ió n y s o r p r e s a

el resplandor exterior, la pompa, el lujo, las solemnidades, los miste­


rios, los ídolos fundan su autoridad y la fe que se les acuerda. ¡Oh! Mi­
serable incredulidad, tú que rehúsas a D ios aquello que le corresponde
como propio, la simplicidad y la potencia. ¿Cómo es eso? ¿No es sor­
prendente acaso que un baño pueda disolver la muerte? ¿Que resulte
sorprendente es una razón para no creer? Por el contrario, es una razón
para creer aún más.

Encontramos a continuación los argumentos más descabellados pa­


ra fundar aquí la cualidad del agua, su presencia. Queda fundada, por
un lado, en el hecho de que los mismos paganos reconozcan en ella
propiedades singulares:

Entre los Antiguos, quien se hubiera hecho culpable de homicidio


debía recurrir a un agua de purificación. Si ellos reverencian la natura­
leza del agua, cuánto más realmente la s aguas procurarán ese favor a
través de la autoridad de Dios, de quien deriva toda su naturaleza.

Otra prueba la constituye el hecho de que el diablo gustosamente


se sirve del agua:

¿[...] acaso los espíritus impuros no cubren las aguas, imitando al Espí­
ritu divino que llegó a ellas en los primeros días del mundo? Las fuen­
tes sombreadas y los arroyos salvajes saben algo al respecto, y esas pis­
cinas termales y esos acueductos y esos aljibes o esos pozos que tienen
en las casas la reputación de embrujar: lo hacen precisamente gracias al
poder de un espíritu maligno.

¿Para qué recordar todo esto? Precisamente para indicar que el


agua se perpetúa en el cristianismo y esta vez son "las aguas del San­
to Angel de Dios con miras a nuestra salvación", etcétera.
Se agrega a esto la antigua disciplina del aceite, es decir, queda bien
demostrado que los elementos que entran en el sacramento son reto­
mados de prácticas antiguas, muchas veces paganas, pero dotadas en
la ocasión de una significación totalmente nueva:

A continuación, al salir del baño, recibimos una unción de aceite


bendecido según la antigua disciplina. En conformidad con ella, se te­
ma costumbre de elevar al sacerdocio p o r una unción de aceite derra­
mado del cuerno [...) También para nosotros la unción se desliza sobre

215
JACQUES-ALAIN MILLER

el cuerpo, pero nos beneficia espiritualmente, como ocurre con el rito


dei bautismo, cuya acción es corporal, puesto que estamos inmersos en
el agua y su efecto es espiritual.

Allí está todo, está muy bien dicho. "Se trata de una acción corpo­
ral cttyos efectos son espirituales."
Esa es la definición mínima del sacramento y sólo agrego para la
distracción la polémica final de Tertuliano que explica a quién corres­
ponde proceder al sacramento:

[...] al obispo, si está allí; después de él, al sacerdote y al diácono, pero


nunca sin la autorización del obispo [...] Además, los laicos tienen tam­
bién el poder de hacerlo [...] Como la Palabra, [...] así el bautismo tam­
bién viene de Dios, todos pueden conferirlo [...] [Todo e s t á perm itid o , di­
jo el m uy sa n to A p óstol, p ero tod o no es op ortu n o.] Basta entonces con usar
de esta facilidad cuando es necesario.

El obispo, el sacerdote y después, si no se puede hacer de otro mo­


do, el laico, pero no las mujeres.

Pero el descaro de la mujer que ya usurpó el derecho a enseñar [ya


h ab ía em p ezado] no irá hasta arrogarse e l de bautizar, a menos que sur­
jan novedades tontas semejantes a la primera [...], ¿es verosímil que el
apóstol dé a la mujer el poder de enseñar y bautizar, él, que sólo acor­
dó con restricción a las esposas el permiso para instmirse? Que se ca­
llen -d ice - y que cuestionen en sus casas a sus maridos.

Es una facilidad que les otorga. Los invito a la lectura de esas obras
de los padres de la Iglesia.
Notemos que Lacan se refiere a esto. Indica que esta operación es el
acontecimiento de discurso prescrito por el discurso de la religión, por
el olvido en el que esto caería en la religión. Y lo opone al psicoanáli­
sis, que no tendría nada que olvidar. Explica ese término de olvido, que
evidentemente puede sorprender, puesto que el sacramento, lejos de
ser olvidado, es objeto de un discurso bien preciso. Cuando Lacan afir­
ma que el psicoanálisis no tiene nada que olvidar, indica así que el psi­
coanálisis no implica ningún reconocimiento de sustancia alguna res­
pecto de la cual pretenda operar, ni siquiera la de la sexualidad. Se ve
bien por qué en una página, en algunos párrafos, introduce esta com­
paración, y es para destacar que las palabras son el único fundamento

216
LA SESIÓN ANALÍTICA, ENTRE REPETICIÓN Y SORPRESA

del psicoanálisis, mientras que el sacramento supone una acción cor­


poral, "m ás -como lo señala Tertuliano- las breves palabras que se
agregan".
En el psicoanálisis -imputa Lacan- no hay más que la palabra. No
se pretende operar sobre una sustancia que resultaría allí transforma­
da. Sólo se opera sobre el sujeto barrado. Y ahí la barra del S quiere de­
cir: no hay sustancia, es el puro efecto de la palabra.
La operación psicoanalítica y el acontecimiento que ella determina,
a saber, la sesión analítica, sería una operación de pura palabra, sin
sustancia. Y es sólo cuando lo olvida, deja entender Lacan, que esa
operación se transforma en ceremonia.
Con todo, esto puede merecer una objeción. La operación analítica
no concierne sólo al sujeto barrado, sino también y, al mismo tiempo,
al goce y al plus de goce. Como Lacan será conducido a decirlo más
tarde en El seminario 20, el goce no es sin sustancia.
Lo dice en El seminario 20 porque allí presenta la sustancia gozante.
A la operación analítica, entonces, no le alcanza referirse sólo al sujeto
barrado, al sujeto de la palabra.
De hecho, si consideramos al psicoanálisis desde el punto de vista
de la sesión analítica, parece que hace falta por lo menos eso, la cita de
los cuerpos. La sesión analítica es una cita de cuerpos en presencia. Pe­
se a las locuras que han podido surgir aquí o allá, no se hace psicoaná­
lisis por correspondencia, ni tampoco por teléfono. Hay una cita de los
cuerpos que se presta mucho más a este viraje hacia la ceremonia.
El psicoanálisis no realiza ninguna transustanciación del goce, sino
en todo caso algo que podríamos llamar una transubjetivación, para
calificar la mutación subjetiva.
Podemos agregar, en el capítulo de las raíces judeocristianas del
psicoanálisis, que era propio al judeo-cristianismo haber introducido
una temporalidad de acontecimiento. En particular, el cristianismo
-esto forma parte de su escándalo, de su subversión inicial- introduce
acontecimientos esenciales en un mundo helénico para el cual esta ca­
tegoría, a nivel de lo divino, era del todo extranjera.
El cristianismo introdujo el acontecimiento, la decisión y la crisis.
Introdujo la noción de acontecimiento sagrado. La creación del mun­
do, la caída del hombre, la alianza con Dios, la emergencia de los pro­
fetas, la encarnación del hijo de Dios, el acontecimiento de la cruz, de
la tumba vacía y del Pentecostés, son otras tantas nociones de una his­
toria escandida por acontecimientos inolvidables y repetidos a través

217
JACQUES-ALAIN MILLER

de los siglos de los siglos. Dependemos, el psicoanálisis incluido, de


esa historia regida por acontecimientos, destacada por el esfuerzo del
saber universitario por separar la historia de acontecimientos de las
historias de larga duración.
Esta es un poco la razón por la cual -lejos de mí la idea de transfor­
mar la sesión analítica en acontecimiento sagrado- algo de esta com­
paración recae para el psicoanálisis sobre la sesión psicoanalítica. La
referencia a la operación del sacramento nos ayuda quizá a erigir la se­
sión analítica como un acontecimiento esencial del discurso analítico e
intentar darle el estatuto que ella merece.

La intromisión del tiempo de saber

Volvamos ahora a los efectos de sujeto que, en el discurso analítico


y en su realización bajo la forma de sesión, son puestos a trabajar, en
los hechos, en la operación que se lleva a cabo en la sesión analítica. Se
realiza allí una conexión sorprendente con los poderes invisibles del
inconsciente. Tal sería la visión sacramentaría de la sesión analítica.
Podríamos intentar eso en la sesión analítica. Se opera una muta­
ción del inconsciente, de esta manera: son puestos a trabajar los efec­
tos de sujeto, es decir, invitados a acumularse, a constituirse en sabe­
res. Mientras que en el estado salvaje las formaciones del inconsciente,
las manifestaciones del inconsciente, se presentan como sorpresa, co­
mo acontecimientos erráticos y pasajeros o como acciones obsesivas,
previsibles, en la sesión analítica los efectos del inconsciente-sujeto
cambian de estatuto, se acumulan, se constituyen en saberes y eso re­
quiere tiempo. En particular, ahí la temporalidad se modifica.
A partir de esta introducción del saber y del tiempo, Lacan pensó
definir la transferencia, puesto que en 1966 -lo encontrarán en una no­
ta en los Escritos- define la transferencia como intromisión del tiempo
de saber. Precisamente Lacan buscó la definición de la transferencia en
¡a conexión entre la transferencia y el tiempo, hasta el punto de esta­
blecer una equivalencia con el concepto en Hegel, un concepto que re­
quiere tiempo para desarrollarse, tiempo y no sólo duración, si por du­
ración entendemos un tiempo continuado.
La duración es el tiempo del desarrollo continuado. El saber requie­
re tiempo y no sólo duración, porque requiere escansiones. Una escan­
sión no es sólo una detención, una pausa -la que hacemos cuando es­

218
LA SESIÓN ANALÍTICA, ENTRE REPETICIÓN Y SORPRESA

tamos cansados de subir una cuesta, nos detenemos y comemos algo.


La escansión comporta la adquisición de un resultado parcial pero
que, como tal, lleva a cabo una mutación del problema inicial.
Entonces no es por azar si los Escritos de Lacan están compuestos
como lo están, con su fundamento, el fundamento de la composición,
que es la cronología. Y, por consiguiente, llama la atención aquello que
se inscribe como una infracción a esta cronología.
Hay una infracción patente, señalada por Lacan, aquella que trae
"El Seminario sobre La carta robada" al comienzo de los Escritos. Como
dice Lacan, es una manera de introducirse en su enseñanza a través de
un texto que da una noción fácilmente accesible de la primera etapa de
esa enseñanza, a partir del apólogo literario. Es la primera parte de los
Escritos.
La segunda parte de los Escritos vuelve a ligarse con el orden cro­
nológico. Lacan calificó esta parte de sus Escritos "D e nuestros antece­
dentes", destacando que él mismo sitúa el comienzo de su enseñanza
en "Función y campo de la palabra y del lenguaje...", que constituye la
cuarta parte de los Escritos. Algo se inscribe entonces, desfasado, entre
esos antecedentes y el comienzo de su enseñanza propiamente dicho.
Hay una tercera parte, allí, en sandwich, y vale la pena darse cuenta de
qué está compuesta. La componen dos artículos: "El tiempo lógico...",
de 1944, y la "Intervención sobre la transferencia", de 1951. Esto esca­
pa por completo a la prescripción cronológica, responde a eso que La­
can evoca como una reunión motivada por una necesidad más íntima
que la de la cronología.
Esos dos textos, que son como las Cariátides ubicadas a la entrada
de la enseñanza de Lacan, que marcan la entrada en la vía mayor de su
enseñanza, bajo dos aspectos diferentes se refieren al mismo objeto, es­
to es, al tiempo de saber, bajo el aspecto del tiempo lógico y bajo los as­
pectos de la transferencia.
El tiempo lógico nos presenta mi recorrido con escansiones para lle­
gar a una conclusión, que por lo demás es una acción. Lo que perma­
nece en suspenso a lo largo de esta historia es en qué momento la ac­
ción podrá cumplirse, en qué momento la lógica de la que se trata, la
argumentación, la demostración, la deducción, podrá tomar la forma
de una acción.
Ese recorrido destaca la necesidad de conclusiones intermediarias,
a las cuales es preciso llegar previamente, que modifican el problema
inicial.

219
JACQUES-ALAIN MILLER

Y como saben, ese recorrido está hecho para destacar la dependen­


cia del sujeto respecto del otro, de los otros, quienes, en esta historia,
son estrictamente equivalentes al sujeto mismo, hasta tal punto que el
término de sujeto está ausente. Son otros, una población de razonado­
res, llegado el caso tres, estrictamente equivalentes entre sí, cuya dife­
rencia es sólo numérica; es decir, no tienen propiedad alguna que los
individualice como no sea el número que es. A, B, C. No tienen ningu­
na otra cualidad que los distinga como no sea el hecho de ser tres. El
razonamiento, por otra parte, vale para un número más importante y
se puede sostener que en ese "para todos igual" y, por lo tanto, en la
equivalencia cuantitativa de la duración del razonamiento reposa el
carácter de sofisma de la argumentación.
Será necesario volver sobre el término "sofisma". El sofisma no es
simplemente un error, un razonamiento falso. El sofisma fue siempre,
desde la Antigüedad, una disciplina, una estratagema sofística cuyo
fin, precisamente, es el de destacar una falla de la lógica. El sofisma se
inscribe exactamente en S (A)- Es el punto donde el orden del discurso
es puesto a prueba, se encuentra su defecto por la vía misma de una
articulación significante que el lenguaje no llega a normalizar.
La invención, la presentación de sofismas, el esfuerzo por resolver­
los es, desde la más remota Antigüedad, un ejercicio valorizado como
tal para reflexionar a propósito del logos.
Al artículo acerca del "Tiempo lógico...", el propio Lacan ofrece
como respuesta su "Intervención sobre la transferencia", que también
destaca un tiempo lógico investido en la cura analítica. En este texto
Lacan habla del sujeto, término faltante en el "Tiempo lógico...". Es
un progreso que nos presenta la noción que recorrerá toda su ense­
ñanza, que será un hilo conductor en ella, la noción de una cura ana­
lítica en términos de cura lógica, demostrativa, que desemboca en
una conclusión. Cuando años más tarde vuelva con el pase, cuando
nombre en términos de pase al final del análisis, se hará a título de
demostración realizada en una cura, lógica. Es entonces una invita­
ción a captar la experiencia analítica a partir de una formalización
susceptible de una demostración. Es una orientación no sacramenta-
ria de la cura analítica.
La cura no consiste en la puesta en relación con las potencias invi­
sibles. La cura es un proceso lógico, cuya resultante es una demostra­
ción. En ese texto, esta lógica se llama dialéctica. Es la primera forma
bajo la cual Lacan abordó la lógica. No lo hizo particularmente según

220
LA SESIÓN ANALÍTICA, ENTRE REPETICIÓN Y SORPRESA

el modo de la lógica matemática, sino que se sostuvo en la Fenomeno­


logía del espíritu de Hegel.
Nos cuenta así la cura, la del caso Dora de Freud, bajo la forma de
una serie de desarrollos de la verdad y de inversiones dialécticas, es
decir, bajo la forma de una serie de transmutaciones lógicas de la ver­
dad donde se ve cambiar sucesivamente la posición del sujeto, lo que
le permite pretender haber definido la transferencia en términos de
pura dialéctica. Señalo por lo demás que en la página 214 de los Escri­
tos, Lacan subraya que "la transferencia no es nada real en el sujeto",
así como en su "Proposición del 9 de octubre de 1967...'', donde intro­
duce el pase, dirá que "el sujeto supuesto saber no es real".
Ese texto de la "Intervención sobre la transferencia", que nos pro­
mete una definición dialéctica y, por consiguiente, lógica de la transfe­
rencia, no llega lejos y lo vemos bloquearse respecto al tema. Elige de­
finir la transferencia en términos dialécticos, pero en tanto que punto
muerto de la dialéctica. "La transferencia -dice Lacan- no es nada real
en el sujeto, sino la aparición, en un momento de estancamiento de la
dialéctica analítica, de los modos permanentes según los cuales cons­
tituye sus objetos."
Dicho de otro modo, se puede considerar que ese texto está orien­
tado por eso que Lacan escribirá finalmente bajo la forma de esos vec­
tores cruzados, destacando una dialéctica lógica, simbólica, que pro­
gresa y situando la transferencia en términos dialécticos como un pun­
to muerto de la dialéctica que depende de lo imaginario.

Simbólico Imaginario
a-n'

Por eso dice esto que resulta una enormidad respecto de lo que ha­
brá de seguir en su enseñanza: la transferencia es una entidad por
completo relativa a la contratransferencia. Avanza esta formulación
porque piensa la transferencia a partir de a-a', a partir de lo imagina­
rio, en cuyo caso la transferencia es el revés de la contratransferencia.
Entonces reserva, excluye de la transferencia todo cuanto es la lógica
de esos desarrollos y de esos vuelcos totales de la verdad.

221
JACQUES-ALAIN MILLER

La doctrina de la transferencia en Lacan, una vez que su enseñanza


comenzó, consiste en repatriarla hacia el eje de lo simbólico.

El sujeto supuesto saber quiere decir esto: la transferencia es un fe­


nómeno de pura lógica. El sujeto supuesto saber es un efecto signifi­
cante de significación y la sesión analítica como tal participa de una
puesta en forma significante de lo real. 1
No me voy a embarcar de inmediato en el comentario más preciso
de ese tiempo lógico, tendrán que esperar hasta la próxima semana y
espero gozar del apoyo de alguien para abordar este aspecto de la
cuestión.
Hasta la semana próxima.

2 de marzo de 2000

222
XI
El acontecimiento imprevisto

La sesión analítica no es una ceremonia. Pasé cierto tiempo inten­


tando demostrarles que es importante ponerlo de relieve, en la medi­
da en que por numerosos rasgos la sesión analítica se asemeja a una
ceremonia.
Se asemeja porque está determinada, condicionada por un aparato
de semblantes y en el seno mismo de esta definición resulta importan­
te diferenciarla de la ceremonia, es decir, subrayar aquello a lo cual la
sesión analítica apunta, en el seno mismo de su ceremonial, eso que
podemos calificar de real.

El peso y la levedad del ser

La última vez opuse dos dimensiones del inconsciente que son la


del inconsciente-repetición y la del inconsciente-interpretación, repar­
tición operante en la literatura analítica y en la enseñanza de Lacan,
que pertenece a esa literatura.
El inconsciente-repetición es el inconsciente en tanto se manifiesta
como la repetición de lo mismo, bajo las especies de "una vez más",
que obedece a la recurrencia del más-uno.
De ese lado, del lado del inconsciente-repetición, puede desplegar­
se una ontología del inconsciente, destacarse aquello que del incons­
ciente es real. De ese lado Freud busca los argumentos que, a su pare­
cer, hacen meritoria la inscripción del psicoanálisis bajo la dirección
del discurso de la ciencia.

223
JACQUES-ALAIN MILLER

El inconsciente-interpretación es algo bien diferente. Aquí, el in­


consciente se manifiesta como aquello que debe realizarse en la cura
analítica. A partir de su texto fundador, "Función y campo de la pala­
bra y del lenguaje...", Lacan subraya su título de sujeto del inconscien­
te que debe realizarse; es decir, no es ya real con antelación y sólo tie­
ne como sujeto el estatuto de virtual, un virtual que se encuentra ac­
tualizado en la sesión, en la serie de sesiones.
Siguen otras oposiciones. Del lado del inconsciente-repetición, se
destaca el peso del pasado. El pasado hace ser o ente. Y así fue capta­
do y se divulgó el descubrimiento freudiano: el peso del pasado que
demuestra ser determinante para el sujeto.
Del otro lado, del lado del inconsciente-interpretación, es lo opues­
to. Parodiando a Milán Kundera, podría hablar de "la levedad del ser"
y no de su peso. Del lado del inconsciente-interpretación, el incons­
ciente aparece sólo como eventual y tendido hacia el futuro. Cuando el
inconsciente es abordado desde la perspectiva de la interpretación, lo
que se pone en evidencia no es tanto la determinación, sino más exac­
tamente la indeterminación.
Esta oposición es también la de la existencia del Otro y su inexisten­
cia. La existencia del Otro recibió en la elaboración freudiana su nom­
bre: el Otro que existe, es lo que Freud llama el superyó, principio de
la repetición. Y a medida que Freud promueve el inconsciente como re­
petición, a medida que promueve la instancia del superyó como deter­
minante, disminuye lógicamente la importancia del inconsciente. Lo
que Freud llama superyó es un saber que ya está ahí, inscrito, consti­
tuido y que resulta ser determinante para la conducta o el comporta­
miento del sujeto.
El inconsciente-interpretación, por el contrario, sólo es pensable a
partir de la inexistencia del Otro. Es decir, no se trata de un inconscien­
te cristalizado como superyó, sino de un inconsciente-sujeto, un in­
consciente en el lugar del sujeto, que se escribe así: $.
Cuando lo escribimos de este modo ya incluimos el tiempo. Es el gi­
ro desapercibido de esta grafía, el hecho de que en un primer tiempo es­
cribimos S y, en un segundo tiempo, la tachamos: $, y ese símbolo, en sí
mismo, compensa una temporalidad de escritura.

224
EL ACONTECIMIENTO IMPREVISTO

Esto no equivale a no escribir nada en absoluto, lo que podría pa­


gar como el resultado de la operación. Se trata de una operación intrín­
secamente temporal: en primer lugar, escribir la letra y, luego, tachar­
la. Esta escritura, en sí misma, incluye el tiempo.
Cuando estamos considerándola, aquí, contemplándola, adorándo­
la, olvidamos que necesitamos tiempo para producirla. Decía que en
este nivel era el de la inexistencia del Otro, donde es válida la fórmula
de Lacan a propósito de su propia empresa. Formula entonces que to­
ca construir una teoría que incluya una falta que se encuentra en todos
los niveles y debe inscribirse aquí, en indeterminación, allá, en certeza,
y formar el nudo de lo ininterpretable.
Tenemos así los tres términos en los que se reparte la dimensión del
Otro que no existe: la indeterminación, la certeza, lo ininterpretable.

indeterminación
certeza
ininterpretable

La indeterminación se opone a la determinación superyoica de la


repetición, es lo que inscribe esta ruptura de la causalidad donde reco­
nocemos al sujeto. Lo escribo como A-

indeterminación

I certeza

ininterpretable
A

Esto da lugar a lo imprevisto, al acontecimiento imprevisto. El


acontecimiento imprevisto quiere decir que no resulta de ningún
cálculo y que, sin duda, existe el marco de la experiencia, el discurso
analítico, hecho precisamente de tal manera que admite el aconteci­
miento imprevisto, esto es, la falla del cálculo.
La certeza se correlaciona con la indeterminación. La certeza no
desmiente la indeterminación, sino que, por el contrario, es otro modo
de la falta que se determina como indeterminación.
Ocasionalmente, Lacan no llama certeza a la conclusión matemáti­
ca, conclusión que parece desprenderse sin ruptura de las premisas y,
por consiguiente, inscribirse en el marco de ese Otro, como nos imagi­
namos que ocurre con el cuatro en relación con el dos más dos. Imagi­
namos que el cuatro resulta de ello automáticamente, sin ruptura. La-

225
JACQUES-ALAIN MILLER

can llama aquí certeza a otra modalidad de la falta, diferente de la in­


determinación, pero que no por ello deja de ser un modo de la falta: es
la certeza que supone un atravesamiento del Otro barrado.
Hay algo en la certeza que es del orden de lo arbitrario o de lo alea­
torio, o del acto: ella supone dar un salto. Desde este punto de vista, la
certeza hace serie con la indeterminación y por este motivo figura in­
cluso a título de tiempo lógico, cuyo título completo, se los recuerdo,
es: "El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada". Esto
quiere decir que tiene la certidumbre antes de tener la demostración,
que sólo se llega a la demostración en la medida en que se tuvo previa­
mente la certeza. Algo que, por lo demás, resulta evidente: la demos­
tración se desprende de la certeza, no es la investigación, la demostra­
ción es lo que viene en primer lugar. La certeza es previa a los esfuer­
zos, al trabajo de producirla como conclusión.
Es precisamente lo que encontramos con frecuencia en la reflexión
de los matemáticos acerca de la intuición. Tienen la certeza antes de te­
ner la demostración y no están motivados en esforzarse por demostrar
como no sea después de tener la certeza. La certeza no es una conse­
cuencia, es una anticipación, y esta serie de tres sólo tiene sentido en la
dimensión del inconsciente-interpretación. En Lacan, veo el testimonio
de esto en el tercer término, lo ininterpretable, residuo de la conexión
de la indeterminación y de la certeza.
Esto que les presento aquí como una oposición estática, estancada,
entre el inconsciente-repetición y el inconsciente-interpretación, de he­
cho, es dinámica. Ocurre que la cura analítica, distribuida en la serie
de las sesiones, consiste en sumergir, si puedo decirlo así, el incons­
ciente-repetición en la interpretación, insertar lo real del inconsciente-
repetición en la cura.
Por esto, el saber superyoico, como Freud lo llamó, se transforma
en sujeto, sujeto supuesto, adviene como verdad, es decir, se trata de
interpretarlo. Por ese solo hecho el dispositivo analítico afecta al saber
inconsciente de indeterminación.
En el estado nativo, el saber inconsciente está constituido en su
ser de determinación. Es así como Freud lo cuenta, cuenta la deter­
minación de la acción obsesiva. Pero por el mero hecho de sumergir
ese saber en el dispositivo analítico, se lo afecta de indeterminación,
se lo hace pasar al estado de sujeto, se lo hace advenir como verdad
y, por consiguiente, se afloja -lo contrario de apretar- la determina­
ción. Y por esa misma vía se pueden aislar los puntos de certeza del

226
r
EL ACONTECIMIENTO IMPREVISTO

sujeto, que son siempre aberrantes, que están siem pre marcados de
extrañeza.
Así es como Lacan percibía el conejo blanco, aquel que Alicia cruza
para su sorpresa, el conejo blanco que enfila la carrera hacia su finali­
dad misteriosa. Lacan decía que ahí está la experiencia de la absoluta
alteridad del pasante. Eso quiere decir que el Otro es verdaderamente
Otro. Es lo que se aprende en psicoanálisis, cuando se ejerce como psi­
coanalista: todo cuanto afecta a un sujeto, aquello que lo apasiona, lo
ordena, aquello que constituye su problema y su desdicha, le pertene­
ce a título personal, no es susceptible de generalidad alguna, le perte­
nece verdaderamente a él. Aquello que es simple para uno será com­
plicado para otro. Para alguno, hablarle a los demás es extremadamen­
te fácil, en tanto el otro se sentirá ahogado por el público, se vuelve
mudo, se asfixia. Para alguno, la mujer es su pasión y para el otro su
horror, y no hay, ni para uno ni para otro, común medida en ese plano,
están en absoluta alteridad el uno respecto del otro.
Los puntos de certeza de cada uno son verdaderamente aquello
que a cada uno le pertenece en sentido propio. Siempre se puede cons­
truir el concepto de humanidad como tal, pero lo que ese concepto no
borra es esta divergencia, este aislamiento, este encierro en el propio
mundo. Por eso se inventó el concepto de fantasma. Cuando esos pun­
tos de certeza resultan aislados -escribam os los S j-, tenemos entonces
delimitado ante el sujeto lo ininterpretable.

/,

Lo ininterpretable es la doble barra que separa S 2 de Sr Lo ininter­


pretable es lo imposible de la relación entre esos dos términos, aquello
que de S, resiste a ser interpretado, aquello que la psicosis muestra al
desnudo. Podemos ver al sujeto ocupado por una experiencia inolvi­
dable, una experiencia inmodificada que escapa a la interpretación. Es
lo que encontré en oportunidad de la presentación de un caso que se­
rá publicado. Se veía al sujeto durante toda su vida atado a la experien­
cia única que conoció y que resistió - e s lo que ese caso tiene de hermo­
so - diez años de análisis, diez años que dedicó a hablar de la cuestión,
a darle sentido, y la experiencia, su experiencia mística, megalomanía-

227
JACQUES-ALAIN MILLER

ca, su experiencia de contacto con la divinidad, permaneció intacta, sm


cambio alguno. Esa experiencia que lo centra, lo fija, que es la referen­
cia de su existencia, esa experiencia dominante, escapó a toda variabi­
lidad de la verdad, escapó a eso que Lacan llamó la varité, condensan­
do en ese término la variabilidad intrínseca a lá verdad.
El análisis, que tiene sus efectos princeps en el neurótico, consiste en
transformar la repetición, la necesidad de repetición, en la contingen­
cia de la interpretación, transformar el inconsciente-repetición en suje­
to supuesto saber y, por esa misma vía, introducir la fundón tiempo en
el inconsciente.
Para Freud, que se regía por el inconsciente-repetición, el incons­
ciente no conoce el tiempo. Esto quiere decir que el inconsciente repi­
te siempre lo mismo, cualquiera sea el tiempo pasado. Pongamos aten­
ción en el hecho de que, para Freud, singularmente, el inconsciente co­
noce el espacio. Es la razón por la cual trazó sin cesar la cartografía de
los lugares psíquicos, nos describió sistemas donde vemos disponerse
instancias, e hizo tópicas, como se las llama; es decir, procuró distribuir
el inconsciente en el espacio.
Lacan no hizo tópicas, hizo grafos; es decir, procuró, dificultosa­
mente, inscribir recorridos temporales. Pero Freud nos hizo la primera
tópica: inconsciente/preconsciente/consciente, de modo tal que nos
mostraba lo reprimido como un término que quería pasar de un lugar
a otro y que se encontraba impedido de hacerlo.
En Freud, lo reprimido es un término que quiere circular. Por lo de­
más, si lo miramos de cerca, eso es lo que implica el tiempo. Esto es lo
que destaca Lacan cuando transforma lo reprimido en no realizado, es
decir, en wani to be, demanda de ser consciente.
Esto se comenta espacialmente en Freud, y allí aparece el célebre
problema de la doble inscripción. Uno se pregunta si el mismo térmi­
no puede estar simultáneamente inscrito en dos lugares diferentes.
Son problemas de espacio. Freud nos formó para abordar el incons­
ciente en términos de espacio.
La segunda tópica de Freud, la del superyó, el ello y el yo, es tam­
bién una espacialización psíquica que nos la presentó bajo la forma ho­
rrible del huevo y que se vuelve, con Lacan, en grafo con vectores,
puntos de partida y de llegada, algo que con una forma espacial des­
taca lo temporal.

228
EL ACONTECIMIENTO IMPREVISTO

El tiempo epistemológico

Evidentemente, las relaciones entre el saber y el tiempo son difíci­


les. Según eso que podríamos llamar el concepto vulgar del saber, éste
escapa al tiempo. Dos más dos es igual a cuatro, nos comunica el es­
plendor de una verdad que sería eterna o al menos omnitemporal. Re­
presentemos el tiempo con su flecha e inscribamos por arriba de ella,
suspendidas por encima de esta sucesión, verdades que no se modifi­
can con el curso del tiempo. Digamos que esas verdades son las que
llamamos el saber.

Definamos el saber a través de su diferencia y su oposición al tiem­


po y si el término de eternidad hace retroceder, hablemos, como los ló­
gicos, de omnitemporalidad. Permanece como verdad en todo tiempo,
en todas las épocas. Cualquiera sea el momento en ei que nos ubique­
mos en la flecha del tiempo, la fórmula sigue siendo válida y el con­
cepto vulgar del saber comporta este pasaje fuera del tiempo.
Esto es lo que permite comparar al inconsciente con un libro que
hojeamos, donde ya está todo escrito. Se trata de leer según los medios
de los que se disponga. La lectura no transforma el libro, el libro no co­
noce el tiempo, como el inconsciente.
Quizá es el principio de la bibliofilia, el de verificar aquello que hay
de intangible en la inscripción y reencontrarla, ir a buscarla en su ori­
gen. Es lo que podría convertirse en teoría de la anécdota según la cual
Lacan era bibliófilo. Terminó sabiéndose, él mismo me hizo la confi­
dencia: desde siempre compraba las ediciones originales. Por lo de­
más, fue orientado bastante bien para comprar las ediciones originales
de los libros científicos, algo que no estaba de moda en los años cin­
cuenta, era muy barato. Y después, a medida que el tiempo pasaba, ese
material se hizo valioso y Lacan coleccionaba las ediciones originales
de las obras científicas que marcaron el progreso del saber.
Pero resulta muy discutible que un libro no conozca el tiempo, que
un libro sea indiferente a la lectura. ¿No se puede acaso imaginar un
libro modificado por su lectura? Por lo demás, es lo que ocurre. Una
vez que hemos leído el capítulo uno de un libro, el capítulo dos ya no
JACQUES-ALAIN MILLER

es el mismo. Después de todo, vale para todos los libros, al menos si


consideramos que el sujeto que leyó el capítulo uno no es el mismo
que aquel que no lo ha leído, y que si lee ahora el capítulo dos, estará
modificado por el capítulo uno.
Es algo que tiene verdaderamente un Valor de prueba cuando el ca­
pítulo uno es arbitrario y se puede comenzar a leer por cualquier sitio.
Algo que intentó hacer un escritor argentino, Julio Cortázar: escribir
un libro que se podía empezar a leer por cualquier lugar y trazar en­
tonces un recorrido especial. Me refiero a una novela que lleva por tí­
tulo Rayuela y que está escrita así.
Nuestro Balzac hizo algo de ese estilo con su Comedia humana. Dejó
finalmente a cada uno inventar allí su recorrido y según la manera en
que lo hagan, conocen ya a Vautrin o no, y allí la lectura que hacen tie­
ne una incidencia sobre lo que está escrito.
Esto me pareció enloquecedor cuando me puse a considerarlo. La
solución que encontré fue leer la Comedia, seguir, después de haber leí­
do al Padre Goriot, Eugénie Grandet, como todo el mundo, con la Come­
dia humana según el orden que el mismo Balzac había dado a su obra.
En fin, no era sino un retroceso ante la indeterminación en la que la Co­
media humana pone a su lector.
Evidentemente, no se lee de la misma manera según cuál sea el mo­
mento en el que uno entra en el circuito.
Entonces, comencemos con el concepto vulgar de saber, si puedo
emplear esta expresión, calcada de una expresión célebre al menos en
ciertos medios, aquella de Heidegger en Sein und Zeit: el concepto vul­
gar de tiempo. Heidegger escribió obras enteras acerca de lo que se po­
día entender como tal. Es más simple comenzar por el concepto vulgar
de saber, que en definitiva liga el saber a la forma. Eso es lo que nos
impide comprender la transferencia. Ligar el saber a la forma, es decir
que el saber escapa al acontecimiento, que el saber no está afectado por
lo que ocurre, es lo que groseramente llevé al pizarrón en ese esquema
binario que traduce esta independencia del saber respecto del tiempo,
respecto del acontecimiento, la autonomía de la forma de saber respec­
to del acontecimiento. Si el saber es independiente del acontecimiento,
sólo queda contemplarlo en su presencia, en su contemporaneidad res­
pecto de sí mismo.
¡Oh, estoy haciendo filosofía! Considero que cabe interpelar a la fi­
losofía del tiempo. Entonces, a la noción de contemplación, que está
articulada al saber, se opone el concepto de tiempo lógico en Lacan, el

230
EL ACONTECIMIENTO IMPREVISTO

concepto de un tiempo que estaría ligado al logos y a la episteme, un


tiempo epistemológico.
El tiempo epistemológico de Lacan, aquel del que se hace la expe­
riencia en la cura analítica, no es un tiempo psicológico. Ese es el valor
del término "tiempo lógico" en Lacan: oponerse a la captación del
tiempo a partir de la psicología, es decir, del tiempo vivido, sentido.
Por supuesto, los afectos modifican el tiempo, esto se sabe desde siem­
pre, y como Lacan apunta a un tiempo lógico distinto del tiempo psi­
cológico, se refiere a la dialéctica en su intervención sobre la transfe­
rencia, porque con el nombre de dialéctica fue pensada en la filosofía
la relación intrínseca entre el saber y el tiempo.
Es lo que Platón explica en La República, con relación a la dialéctica,
"el método dialéctico", libro VII, 533, C, D, -para quienes quieran ir a
ver la referencia-:

El método dialéctico es el único que al rechazar sucesivamente las


hipótesis, se eleva hasta los prindpios mismos para asegurar sólida­
mente sus conclusiones.

Para llegar al principio, a la tesis absoluta, hay que pasar, no obstan­


te, por una sucesión y formular hipótesis para poder rechazarlas, por­
que si no se formulan esas hipótesis transitorias no se progresa, y esta
sucesión es la condición para alcanzar ese punto donde uno se detiene.
Ya ahí se puede decir que lo que Platón llama dialéctica es una su­
cesión propiamente de orden epistemológico y no psicológico.
¿Qué es el tiempo psicológico? ¿Cuándo se tiene conciencia del
tiempo -eso se traduce así para nosotros-? Es la pregunta que se plan­
tearon los filósofos injustamente despreciados que llamamos empiris-
tas. ¿Qué es aquello que da el sentimiento del tiempo, de la duración?
Pues bien, la respuesta que aportaron desde siempre, a partir de Aris­
tóteles, siguiendo con los empiristas ingleses, es que el sentimiento del
tiempo lo da la sensación de la sucesión, la percepción que uno viene
después del otro.
Desde este punto de vista, la sucesión supone, en primer lugar, la
diferencia entre uno y otro. Si decimos que uno viene después del otro,
debe haber un mínimo de diferencia que permita individualizarlos. Es
necesaria la diferencia e incluso un intervalo entre uno y otro.
Esto se vio resumido en el término "cam bio". Hay un tratado del
tiempo en Aristóteles, que se encuentra en el Libro IV de su Física, y

231
JACQUES-ALAIN MILLER

que determina nuestra concepción de la conciencia del tiempo hasta


Husser!, hasta sus Lecciones sobre la conciencia del tiempo. Tuve ocasión
de acercarme al tratado de Aristóteles porque era uno de los textos
griegos que estaba por entonces en el programa de la agregación de fi­
losofía. Aristóteles dice: no hay tiempo sin cambio.
Esto significa que cuando no experimentamos ningún cambio,
cuando no tenemos conciencia del cambio, no nos parece, dice Aristó­
teles, que haya pasado tiempo alguno. Cuando no distinguimos nin­
gún cambio, cuando nuestra alma experimenta en permanencia el mis­
mo y único estado diferenciado, perdemos conciencia del tiempo.
Dicho de otro modo, esto indica precisamente lo que será comenta­
do a lo largo de los siglos: la percepción del cambio determina el sen­
timiento del tiempo. Y los empiristas ingleses, no dirán otra cosa.
Locke:

Cuando esta sucesión de ideas cesa, nuestra percepción de la dura­


ción cesa también... (páginas 85-86).

Hume, en el Tratado de la naturaleza humana:

Un hombre profundamente dormido o poderosamente concentrado


en un pensamiento [aquí, no hace la diferencia entre el obsesivo y el pensa­
dor] no tiene conciencia del tiempo. Cuando no tenemos percepciones
sucesivas no tenemos la noción del tiempo.

Si nos regulamos de este modo sobre la conciencia del tiempo, la


definición del instante se desprende de ella. El instante es sólo una du­
ración en la que no tenemos conciencia de ninguna sucesión. Esto es lo
que indica Aristóteles cuando dice que sólo tomamos conciencia del
tiempo cuando distinguimos lo que precede y lo que sigue, cuando
distinguimos un movimiento. Sólo tenemos conciencia del tiempo
cuando tenemos la diferencia, el intervalo y el movimiento que va de
uno a otro.
Por esa razón, tanto más diversos son los cambios y tanto más lar­
go puede parecer el tiempo. Dicho de otro modo, la duración es relati­
va a la sensación de cambio.
Esta doctrina empirista de la conciencia del tiempo volverá a en­
contrarse entre los románticos. Es lo que hace decir a Jean-Jacques
Rousseau en sus Confesiones que el hombre que ha vivido más no es el

232
EL ACONTECIMIENTO IMPREVISTO

que cuenta un mayor número de años, sino aquel que ha sentido más
la vida.
Entonces, en cortocircuito, les puedo introducir esa gran división
de los filósofos entre los empiristas y los otros. Los empiristas definen
esencialmente el tiempo por la sensación de la sucesión, definen el
tiempo en función de lo que pasa sucesivamente sobre esta flecha del
tiempo que hemos dibujado. Los otros, los idealistas, los trascendenta­
les, son aquellos que hacen depender la experiencia de la sucesión y
del cambio de una conciencia originaria de la temporalidad. Afirman
que no se podría tener la experiencia de la sucesión si no se tuviera ya
una conciencia originaria del tiempo.
Esto es lo que conduce a Kant a elaborar un concepto del tiempo
que precede a toda experiencia de lo que ocurre, que considera que el
acontecimiento está condicionado por el a priori del tiempo.
Hay aún una tercera vía que es la de considerar que el tiempo es
una ilusión, que el tiempo es sólo un auxiliar de la imaginación. Esa es
la concepción de Spinoza, que ubica al tiempo, como al número, en el
rango de los imaginarios.

La causa sui

Aquí tenemos entonces algo que nos introduce indirectamente a la


dialéctica del tiempo y del acontecimiento. El acontecimiento es lo que
ocurre, lo que pasa. ¿Es preciso decir que el acontecimiento es lo que
ocurre en el tiempo? Es cierto que el tiempo aparece como el gran con­
tinente, no hay nada que no esté en el tiempo. En ese momento, el
acontecimiento se recorta siempre sobre el fondo del tiempo, como una
fuerza. Y hay filosofías del tiempo de las cuales se puede decir que la
estructura está prescrita por la teoría de la forma, la Gestalt-Theorie. Así
como toda figura se separa de un fondo, el acontecimiento es una for­
ma que se separa del fondo del tiempo, y el tiempo mismo está más
acá de todo acontecimiento posible que se produzca en el tiempo.
Decir las cosas de este modo nos conduce a la objeción hecha por La­
can a la teoría de la forma, a partir de un ejemplo, a partir de la contem­
plación del cuadro de Edward Munch llamado El grito. Lacan comenta
que el grito, la boca abierta que allí grita, no se inscribe verdaderamen­
te en el espacio, es decir, no es una forma que se recorta del fondo del es­
pacio, sino que, por el contrario, ella crea el espacio donde se inscribe.

233
JACQUES-ALAIN MILLER

Y, mutatis mutandis, podemos transponerlo al acontecimiento. Si el


acontecimiento tiene un estatuto que le es propio, es en la medida en
que crea el tiempo. Aquí tenemos otra cuestión: ¿el acontecimiento se
inscribe en el tiempo o el acontecimiento crea el tiempo?
Notarán que el gran grafo de Lacan comporta un esquema tempo­
ral que podemos considerar centrado en el acontecimiento. Es un es­
quema que inscribe la flecha del tiempo, pero que le sobrepone un
vector retrógrado a contra-corriente de la unidimensionalidad del
tiempo.

En Lacan -y para nosotros- la flecha del tiempo encontró una ac­


tualidad singular a partir de la palabra, que parece implicar un carác­
ter unidimensional del tiempo, como la frase se desarrolla sucesiva­
mente sobre un único eje, en tensión hacia el futuro.
Hablo de las catorce a las quince horas y hay allí una duración que
se articula al movimiento mismo de la palabra. El propio Saussure ins­
cribió la palabra en el tiempo, podríamos hasta decir que la palabra es
el tiempo, y ahí no se puede empezar donde uno quiere, es eso lo que
hace temporalmente la diferencia esencial entre la palabra y la escritu­
ra. Con la escritura comienzan, en definitiva, por donde quieren. Eso
se les presenta en su copresencia, mientras que la palabra siempre es
imperativa, puesto que hay que seguirla, como se dice.
El estmcturalismo lingüístico reforzó esta unidimensionalidad del
tiempo. Al pensar a partir de la palabra, el tiempo tiene una dirección,
sólo que Lacan agregó a ella una dirección retrógrada, la dirección re­
trógrada del efecto de significación, apta para inscribir, asimismo, el
efecto de sentido y el efecto de verdad, dirección que comporta que el
acontecimiento es susceptible de cambiar todo a nivel semántico.
Es un esquema del acontecimiento a partir de lo que tiene lugar en
el primer punto de cruzamiento, donde se sitúa el acontecimiento, to­
do cambia a nivel semántico.

234
EL ACONTECIMIENTO IMPREVISTO

Este esquema supone que el acontecimiento alcanza la totalidad, es


decir que el acontecimiento tiene una capacidad de reconfiguración de
todo eso que con anterioridad era virtual. El acontecimiento se produ­
ce en un contexto pero, al mismo tiempo, lo trasciende y produce un
sentido irreductible a ese contexto -y es allí donde es preciso elegir qué
es lo real-,
¿Qué es lo real? ¿Acaso lo real es lo que está fuera del tiempo? ¿Se
trata de la forma, del eidos griego, platónico? ¿Es la forma ligada a la
contemplación, aquello que no cambia? ¿O corresponde pensar lo real
en la dirección del acontecimiento?
En el psicoanálisis como práctica, lo real queda definido a partir de
lo que ocurre, es decir;, a partir del acontecimiento.
Lo binario de la forma y del acontecimiento dio lugar a un ensayo
de un erudito italiano, traducido al francés, que se llama Cario Diano,
que opone el culto griego de la forma a lo que emergió en tiempos de
la cultura helenística como valor propio del acontecimiento.
El acontecimiento es nuestro término, el término griego es tyche. La
tyche aparece entre los griegos, en principio, con Hesíodo. Es la mani­
festación sublime de la acción divina, y luego, con Eurípides, se reve­
la que la tyche, es decir, el acontecimiento en su carácter imprevisto, tie­
ne el poder de cuestionar el poder de los dioses. Es decir, en un primer
sentido, la tyche es la manifestación del Otro, y luego es necesario es­
perar al siglo V para darse cuenta que la tyche se inscribe en el Otro
barrado. Es lo que afirma Eurípides: "Si la tyche existe, ¿qué son de
ahora en más los dioses? Y si son los dioses quienes tienen la potencia,
la tyche ya no es más nada".
Para nosotros, esto se traduce en la oposición entre el acontecimien­
to imprevisto y el cálculo del Otro. No es más que la introducción, el
escándalo del azar, es decir, de eso que puede ocurrir sin estar deter­
minado por los dioses, eso que no tiene otra causa que sí mismo.
Para decirlo en términos latinos, la tyche es el acontecimiento im­
previsto, la presencia de la causa sai, aquello que no podemos referir a
otra cosa para deducirlo, para demostrarlo o determinarlo. Se terminó

235
JACQUES-ALAIN .MILLER

por hacer de la tyche una diosa, la diosa de la fortuna, la diosa aun del
ilogismo, hasta terminar domesticándola cuando se la transformó en
destino. El acontecimiento escandaloso terminó por apagarse en el
destino, la diosa Tyche terminó por ser refrenada por la diosa Moira, la
necesidad personificada.
La tesis de Diano, en todo caso, es que en la filosofía tenemos como
resultado de ese binario el acontecimiento separado, contingente. ¿Es
el advenimiento de algo por completo distinto, o bien es siempre el de
un momento de un proceso? Por un lado, para los cínicos está el hecho
inmediato, el acontecimiento bruto, es lo real; mientras que para los es­
toicos, el acontecimiento responde siempre a una providencia y, por
ese mismo hecho, se encuentra encadenado a la necesidad.
En ese contexto prestigioso se inscribe de manera singular el tiem­
po lógico de Lacan. Ese tiempo lógico es lo contrario del tiempo psico­
lógico. No es la modificación que afecta a un sujeto en su relación con
el tiempo, deja de lado el tiempo de la espera, el de la urgencia, el del
aburrimiento, por cuanto serían modalidades afectivas del sujeto. No
porque esas modalidades afectivas sean indiferentes, sino porque no
es allí donde apunta el tiempo lógico. No puede hacerlo puesto que
Lacan entiende que el sujeto se constituye en el curso de ese tiempo,
por consiguiente no hay un sujeto previo a ese tiempo, susceptible de
ser afectado. Hay un sujeto en vías de realización.
Cuando aborda ese tiempo lógico, Lacan hace eco, a sabiendas o no,
a la definición vulgar del tiempo, porque lo define como un movimien­
to. Encuentran esto en la segunda página de su "Intervención sobre la
transferencia". Habla allí de un movimiento que califica de ideal, que
el discurso introduce en la realidad. Ese es el valor específico que hay
que dar a ese término "ideal": un movimiento dialéctico como movi­
miento ideal.
El valor propio es que el tiempo es el efecto del significante y que
el sujeto debe pasar necesariamente por enunciados destinados a ser
desmentidos. Y entonces se perpetúa bien, en ese concepto, la noción
de sucesión. Pero se trata de sucesión de posiciones, de sucesión de te­
sis que deben ser formuladas para ser desmentidas, como la letra S de­
be ser escrita para ser tachada.
Bien, me voy a detener aquí porque es la hora. Aclararé esto la se­
mana próxima.

8 de marzo de 2000

236
XII
El tiempo de la sesión*

La sesión analítica se presenta como una cita, ustedes permitirán


que me divierta considerándola desde el exterior. Es una cita, es decir,
se trata de que dos cuerpos ocupen el mismo espacio durante cierto
lapso de tiempo, que convivan en el espacio durante cierta duración
de tiempo. Se podría decir, aproximadamente, que cuando uno falta a
la cita no hay sesión analítica, pero esto es sólo una aproximación.
Cuando el que falta es el analizante, se considera que hay sesión ana­
lítica puesto que la paga.

Standard

Esa cita concierne a dos móviles, en la medida en que también el


analista puede desplazarse, ir y venir, no estar allí, y resulta, sin em­
bargo, de todos modos, ligado a la cita. Sólo que los dos móviles no es­
tán animados por un movimiento recíproco. Una disimetría parece ser
necesaria en esa cita, dado que es siempre uno el que se acerca al otro
y, por ese hecho, ese otro, el analista, toma la figura de motor inmóvil,
es decir, anima al otro a moverse y a venir.
Está trabajando allí un imperativo previo a cualquier otro, como es
el imperativo que se enuncia "¡Ven!". Y cuando uno no viene, cuando

*Clase publicada con el título "La sesión analítica" en El Caldero de la Escuela, n° 20


(septiembre de 2000).

237
JACQUES-ALAIN MILLER

se disculpa por no haber venido, el bla-bla-bla del analista se reduce


siempre a ese "¡Ven! ¿Cuándo vienes?". Por eso conviene reducir el
bla-bla-bla a esos términos, ya que en ellos está la clave.
Lo esencial, este imperativo "¡Ven!" precede a los demás: "¡Habla!",
"¡Dime todo lo que se te ocurra, todo lo que quieres!", "¡Dime la ver­
dad y el resto!". Todos esos imperativos sólo cobran peso recortados
sobre el telón de fondo que supone haber respondido al imperativo
"¡Ven! ¡Acércate a mi lado!".
De modo tal que si quisiéramos hacer la genealogía de lo que lla­
mamos la posición analítica, sería necesario buscarla del lado del árbol
o de la piedra, del lugar sagrado que motiva una ceremonia que debe
tener lugar allí, y en ninguna otra parte, junto al árbol o junto a la pie­
dra, en ese perímetro.
Ocurre sin duda, en ocasiones, que el analista se desplace hasta don­
de se encuentra el analizante. Si éste se encuentra enfermo, su cuerpo
sufre, está en manos de los médicos y no puede desplazarse, el entonces
analista, yendo a su encuentro, demuestra que también él es un móvil.
Ese desplazamiento es excepcional, está evidentemente cargado de una
significación de compasión cuya incidencia en la cura corresponde me­
dir -como sabemos, la compasión puede convertirse en persecución-.
En términos de la regla general, el analista se inmoviliza en el lugar
preciso de la sesión analítica. Siguiendo esta inspiración fueron inven­
tadas algunas prohibiciones, formuladas por el standard -aquello que
así fue designado en psicoanálisis-, en cuanto a los desplazamientos
del analista. No se pudo formular la prohibición: "¡El analizante no
tendrá que verte nunca fuera de tu consultorio!". Sería un obstáculo
para la prosecución de la cura el hecho de cruzar al analista fuera de
su lugar, verificar que es un móvil que tiene sus intereses, que se ani­
ma fuera del lugar donde hace de árbol y de piedra.
Siguiendo esta línea pudo desarrollarse para el analista un ideal de
inmovilidad que se extendió a su persona, incluidos los rasgos de su
rostro, como si se tratara, de un modo esencial, de sustraer al analista
del movimiento.
Se hizo de él, según esta misma inspiración, un ser impasible. Es el
modelo vegetal del analista, algo que puede ir hasta su mineralización
y cuyo progreso, a veces, se hace sensible en su persona.
La sesión analítica es susceptible de una descripción física. ¿Qué se
diría en ese caso? Que el analista cuenta con un poder de atracción,
que hace que los cuerpos graviten hacia él. De ahí a decir que el ana­

238
EL TIEMPO DE LA SESIÓN

lista es una atracción no hay más que un paso. Supongo que es en fun­
ción de esto que Lacan se vio conducido a aceptar producirse bajo el
título de "Fenómeno lacaniano". El fenómeno lacaniano era un fenó­
meno de atracción. Se acudía a verlo y a escucharlo como si se tratara
de aquello que en el show business se da en llamar "una atracción". Al­
guien entra en esa categoría en la medida en que atrae, en el períme­
tro delimitado por su presencia, una gran cantidad de cuerpos. Se tra­
ta de algo que consagra sobre todo a los cantantes. Son miles de perso­
nas que acuden a su encuentro, según se dice, para asistir a su ser-en-
el-mundo, mucho más allá de aquello que la universidad puede pro­
pulsar en alguien.
Si hacemos una descripción exterior de la sesión analítica, constata­
mos que el curso de la vida de alguien resulta interrumpido periódica­
mente por ese desplazamiento hacia una proximidad. Desplazamien­
to que implica, por sí mismo, la renuncia a otras actividades, induce
una molestia en la vida corriente y justamente por eso acuerda un va­
lor a ese encuentro.
Si representamos el tiempo como un vector, podemos situar en él
sucesivos lapsos consagrados a esa cita.

Intentemos ahora hacer una descripción más interior de la sesión.


Los dos allí presentes no responden a un mismo tiempo, la sesión es la
sede de un desdoblamiento temporal.
El analizante se encuentra librado a un tiempo subjetivo, por com­
pleto subjetivo, que es su tiempo singular; mientras que el analista,
-esto va de suyo a partir de esta definición- está fuera de ese tiempo.
El analista permanece en el tiempo objetivo, en el tiempo común,
prescrito por el standard. Éste comporta que el analista sea quien puede
decir una vez pasados los cincuenta y cinco, los cincuenta, los cuarenta
y cinco, los treinta y cinco minutos, "Pasó el tiem po", "Su tiempo se
cumplió". El analista no permanece cautivo del tiempo subjetivo del
analizante. En cierto modo, es la vía del reloj. El analista no vive del
tiempo del analizante, sino que está coordinado con el tiempo común, al
que el analizante, por su parte, se sustrae durante el lapso de la sesión.
Winnicott decía esto con el salubre dinamismo del empirista. Fren­
te a la pregunta de por qué interrumpimos una sesión, respondía di-

239
JACQUES-ALAIN MILLER

ciendo: para dar paso al paciente que sigue. Respuesta impecable que
admite ser glosada con la ayuda de la metapsicología que nos permi­
tiría distinguir el tiempo que obedece al principio de placer de aquel
que responde al principio de realidad.
Se entiende que no podemos darnos por satisfechos con esta dife­
rencia sumaria entre lo subjetivo y lo objetivo. Sin embargo, la utiliza­
mos para introducir, sin mayor esfuerzo, la noción de que el tiempo no
es una cuestión simple, que el tiempo es susceptible de desdoblarse.
Esto lo aprendemos a partir de una descripción elemental, si no lo hi­
cimos ya a partir de los impasses y de las paradojas de la filosofía en lo
que concierne al tiempo.
Consideremos ahora más de cerca esto que llamamos sintéticamen­
te el tiempo subjetivo del analizante.
La sesión analítica está organizada para recortar en la continuidad
temporal una duración completamente especial para el analizante. Es
una duración especial porque nada ocurre allí, es un lapso sin aconte­
cimiento exterior.
Siempre se producen acontecimientos exteriores: hay una sirena
que se deja oír, suena un teléfono, pero esos acontecimientos exteriores
son, en cierto modo, puestos entre paréntesis. El tiempo de la sesión,
del lado del analizante, es un tiempo durante el cual nada debe ocu­
rrir. Normalmente, el sujeto está ocupado, cumple con sus ocupacio­
nes, es un móvil y en su condición de tal, debe dirigirse, conducirse en
la realidad común, mantenerse en guardia, no hacerse aplastar cuando
cruza la calle.
Por consiguiente, según esta inspiración descriptiva que es hoy la
mía, hablemos de su campo de conciencia. En él penetran normalmen­
te algunos inputs perceptivos que determinan por su parte ciertos out-
puts, movimientos, acciones. Si adoptamos este punto de vista drásti­
co acerca de la realidad psíquica, la sesión está organizada para produ­
cir una reducción de todos estos inputs, para asegurar una neutraliza­
ción del campo perceptivo.
Digo neutralización para no decir anulación del campo perceptivo.
Podríamos hablar de acumulación del campo perceptivo si pusiéra­
mos al sujeto adentro de una caja oscura y después lo dejáramos mari­
nar, sustrayéndolo no al peso de su cuerpo, sino a una multiplicidad
de datos perceptivos; podría tratarse de un cajón oscuro donde el su­
jeto se encontraría en estado de ingravidez. ¡Hasta el día de hoy, no se
practica el psicoanálisis de ese modo!

240
EL TIEMPO DE LA SESIÓN

En una situación semejante se puede hablar de anulación del cam­


po perceptivo. El sujeto se encontraría de ese modo sometido a una
privación sensorial completa, tan completa como sea posible. Pero
cuando nos acercamos a ese tipo de estado, susceptible de ser organi­
zado, introducimos una conmoción tal en la fenomenología de la per­
cepción que el resultado es una intensificación de todas las sensacio­
nes corporales, así como una variación importante de las mismas y un
sentimiento de extrañeza que concierne a la relación con el cuerpo.
No se trata en absoluto de algo que se pueda obtener en la sesión
analítica. Entonces, no utilizamos ese tipo de cajón en ella. Utilizamos
los divanes, objeto que nos viene del siglo XIX, pero que continuamos
alegremente utilizando en el siglo XXI, porque no se trata de anular el
campo perceptivo sino de neutralizarlo, en el sentido de banalizarlo,
algo que resulta, claro está, más equívoco -n o es del orden de la tota­
lidad-. Banalizarlo quiere decir hacer de modo tal que no haya nada
que atraiga la atención.
La atención, función psicológica, resulta aquí del todo esencial. Se
trata de obtener una reducción del input perceptivo y para conseguir­
lo, entonces, tampoco es necesario hacer demasiado. El standard va en
ese sentido cuando conduce a los analistas a respetar una mismidad
absoluta del entorno y de sus personas, la persona del analista. Es ex­
cesivo exigir la mismidad absoluta porque, justamente, a partir de ese
momento el analizante está atento para verificar si acaso no habrá un
cambio respecto de algún pequeño detalle.
Evidentemente, en esta dimensión todo es cuestión de medida, de
tacto; se trata de obtener un efecto banal. Por supuesto, esto no impe­
dirá nunca al sujeto histérico permanecer alerta ante aquello que uste­
des hubieran dejado fuera de su lugar, que no estaba allí la vez ante­
rior. Esto es lo que conduce al sujeto histérico, llegado el caso, a des­
mentir la banal ización del mundo y a buscar los signos del deseo, in­
cluso los ínfimos, que siempre están aquí y allá.
Así, la sesión analítica reduce este inpnt perceptivo y hace obstácu­
lo a la salida motriz del input.

Ubica al sujeto profundamente en la posición que Aristóteles llama­


ra akinética. Aristóteles no habló de psicoanálisis sino que habló del

241
JACQUES-ALAIN MILLER

sueño; de allí tomé prestado este calificativo de akinético. Entonces, de


manera ordinaria, el móvil del analizante es reducido a la inmovilidad
del decúbito dorsal. Tenerlo frente a ustedes, sentado en un sillón, no
cambia en lo esencial esta akinesia.
Por consiguiente, la sesión analítica, si se la considera y se la descri­
be de ese modo psicológico, es una operación sobre el campo percep­
tivo, sobre el campo de conciencia y, precisamente, es una operación
sobre la atención.

El desmos del análisis

En la sesión analítica nos arreglamos para que el campo de la con­


ciencia del sujeto no resulte solicitado por el mundo extemo, para que
se sumerja en un mundo sin acontecimientos, de manera tal que la
atención sea reenviada naturalmente al mundo interior.
Todo cuanto se articula a propósito del encuadre analítico, en defi­
nitiva, se reduce a los medios que se ponen en práctica para obtener
que la atención se dirija del mundo exterior al mundo interior.
Se produce entonces un hecho sorprendente -sólo que desde hace
ya largo tiempo que hemos dejado de sorprendernos- que es que exis­
ten acontecimientos de pensamientos. Una vez que hemos reducido,
aminorado los inputs perceptivos, vemos aparecer automáticamente
otro tipo de inputs que pasan desapercibidos habitualmente. Consisten
en pensamientos que no son provocados por el mundo exterior -d on ­
de no ocurre nada, nada que merezca atención-, pensamientos que se
manifiestan al sujeto. Esta concepción organiza la manera según la
cual Freud nos presenta la sesión analítica, en términos del lugar don­
de la realidad psíquica puede manifestarse como tal, a través de los
pensamientos que entran entonces en el campo de la conciencia.
La regla analítica, para Freud, no consistía sino en recomendar al
sujeto dejar venir sus pensamientos y convertirlos de inmediato en
enunciados dirigidos a su analista, convertirlos en mensaje.
Esos pensamientos así advenidos, o bien que caen -según se expre­
saba Freud-, son sin duda íntimos puesto que no vienen de la realidad
externa sino del interior. Pero, al mismo tiempo, tienen un carácter es­
trafalario y dejan ver así que están motivados por otra cosa.
De ese modo, en eso que la sesión analítica dispone, los pensamien­
tos, esos inputs diferentes de aquellos que el sujeto recibe en su activi­

242
t

EL TIEMPO DE LA SESIÓN

dad, aparecen bajo la forma de mensajes recibidos desde el interior, co­


mo si el sujeto estuviera habitado por un emisor de pensamientos-
mensajes.
Si quisiéramos dar una descripción fenomenológica de la experien­
cia dei analizante, llegaríamos a formular aquello que Lacan enuncia
en un pasaje de "La instancia de la letra en el inconsciente o la razón
desde Freud", y es que hay experiencia de otro, "con el m al estoy más
ligado conmigo mismo, puesto que, en el seno más asentado de mi
identidad conmigo mismo es él quien me agita".
Estoy allí, nada de lo que percibo logra interesarme, estoy sólo yo
y, sin embargo, me ocurren pensamientos, se me presentan, de los que
soy el transmisor y que sólo son motivados por esta realidad psíquica
misma.
Por consiguiente, la sesión analítica, considerándola bajo esta pers­
pectiva rasante, al ras del suelo, induce una experiencia de la extimidad,
a saber, que en el seno mismo de aquello que es para m í más interior
aparecen elementos de los que no puedo responder y que están allí,
que eventualmente se encadenan, me faltan o, por el contrario, afluyen
y me despojan, en ese punto, de mi iniciativa.
Esta experiencia en cierto modo primaria de la extimidad, que con­
dujo a Freud a recurrir a la metáfora de Fechner, "la otra escena", es don­
de Lacan vio las premisas de su Otro. Es también algo que induce la po­
sición del inconsciente, tanto como la del superyó. El superyó es el in­
consciente considerado bajo su faz imperativa: "M e hace hacer eso".
"M e hace decir". Esta faz imperativa puede presentarse bajo el perfil de
la prohibición, el "no" que hemos valorizado especialmente -cabría pre­
guntarse por qué-, su perfil é pericoloso sporgersi [es peligroso asomarse],
o bien según su faz positiva, conminatoria: "¡Haz esto!".
Nos hemos preguntado cómo se articulaba esta faz imperativa con
el imperativo pulsional y llegamos a plantear que, en definitiva, hay
una afinidad evidente entre el superyó y la pulsión, destacada por el
carácter obligatorio de la acción, tanto como el impedimento, como
propulsión para actuar. Por ello la sesión analítica induce una expe­
riencia que repite la del sueño.
Aristóteles escribió un tratado acerca de la vigilia y del sueño. De
un modo muy sugerente para nosotros, ya es destacable el hecho de
haber consagrado un tratado al sueño, porque hay muchos filósofos
que podemos leer, y si conociéramos la condición humana sólo a tra­
vés de sus obras, no adivinaríamos que dormimos.

243
JACQUES-ALAIN MILLER

Aristóteles califica al sueño de desmos, término que Heidegger tra­


duce muy bien como un lugar de sujeción. Lamento que Heidegger,
después de haber hecho este señalamiento notable a propósito de
aquello que él mismo dice en estos términos: "Hay algunos que hablan
de inconsciente" -lo dice en los años veinte, es uno de los escasos pa­
sajes donde toma en cuenta de manera velada al psicoanálisis-, haya
renunciado a una fenomenología del sueño.
Sea como fuere, la sesión analítica es tambiéjn un desmos, un lugar
de sujeción, y en el psicoanálisis se ha privilegiado, precisamente, el la­
zo entre el desmos del análisis, de la sesión analítica, y el desmos del sue­
ño; es decir, se le dio al comienzo un valor eminente al sueño. Se le dio
un valor de mensaje de lo éxtimo. Fue aquello que se dio en llamar la
interpretación de los sueños, que comportó una exploración de esa ex-
timidad, así como el método para ubicarse en ella, hacerla propia, rea-
propiársela como un modo de expresión y hacer de manera tal que el
Ich advenga al dominio del Es, que en ese lugar de sujeción el Ich pue­
da, sin embargo, advenir.
Si la sesión analítica es un desmos, si es el lugar donde se cercena la
realidad exterior, tanto como sea posible hacerlo para que la realidad
psíquica logre manifestarse, se entiende que la sesión analítica tenga
necesariamente una duración limitada - y no simplemente limitada
por la presión del paciente que sigue-. No es posible vivir en estado de
sesión analítica. No sé si alguna vez soñaron con algo así, una sesión
analítica que durara siempre. Una sesión analítica que durara siempre
conduciría a la muerte.
La sesión analítica tiene una duración inevitablemente limitada, es
necesariamente esporádica, y el final de la sesión podríamos plantear­
lo bajo la forma de un imperativo: "¡Reprime! Vuelve a reprimir para
poder consagrarte a tus ocupaciones".
Hay a veces sujetos que tienen dificultades para abandonar la reali­
dad psíquica y dedicarse a la realidad exterior. Por esa razón se les dice:
"Presten atención", cuando nos damos cuenta de cierta lentitud para
emerger de aquello que instaló la sesión analítica, cuando se manifies­
tan cierto número de fenómenos del equilibrio en el momento en el que
corresponde salir de la realidad psíquica, tales como vértigos o una
adherencia no interrumpida al espacio de la sesión. El final de la sesión
consiste, para el analista, en reconducir al sujeto a la realidad común.
La sesión analítica es esencialmente el contacto transitorio estable­
cido entre el sujeto y aquello que Freud llamaba la realidad psíquica.

244
EL TIEMPO DE LA SESIÓN

Por ello, a menudo hay en los analistas un cansancio ante las objecio­
nes hechas al inconsciente o a la práctica del psicoanálisis, del estilo:
"¡Comience por ponerse usted en ese lugar y después hablará al res­
pecto!". Se puede pasar por oscurantista, pero se trata de la evidencia
inducida por la sesión analítica, en el sentido de que este emisor éxti-
mo tiene una realidad y se mide, se aprecia según su constancia, la per­
manencia de sus mensajes.
Se trata de aquello que Lacan llamaba el disco, el disco de uso co­
rriente [discourcourmt]A Un disco, se escucha en el tiempo, por eso es
necesaria la sucesión del tiempo. Pero, al mismo tiempo, todo está en
el disco, todo está inscrito, y entonces el disco aparece como fuera del
tiempo. Es un fenómeno del que dan testimonio los sujetos de una se­
sión a otra; es como si el tiempo transcurrido entre sesiones no exis­
tiera. Uno se maravilla, llegada la ocasión, del hecho de retomar en la
sesión siguiente exactamente en el punto en el que había quedado la
anterior.
Algo que ya sorprende cuando se trata de un día, un día para el
otro, pero cuando transcurre un mes, dos, seis meses entre las sesiones
y es exactamente igual, la noción de que hay un disco y de que hay una
realidad objetiva resulta muy difícil de negar.
Dicho de otro modo, el inconsciente-disco aparece como destempo­
ralizado. Eso que llamamos inconsciente es un conjunto de elementos
des temporal izados: enunciados, imágenes, situaciones, acciones típi­
cas, elementos que se encuentran condicionados en la vida del sujeto.
Esos acontecimientos son siempre intempestivos, es decir, están siem­
pre desavenidos. Aquello que Freud nos enseñó a reconocer y que La­
can inscribió bajo el rubro de formaciones del inconsciente, son siem­
pre, cuando se manifiestan, acontecimientos intempestivos.
La sesión analítica, al mismo tiempo que pone ai sujeto en contacto
con este conjunto destemporalizado, constituye una operación de re-
temporalización, porque allí se escucha el disco. Es muy difícil dar su
estatuto a lo que he llamado fuera del tiempo. Es muy difícil de pen­
sar y nos introduce en lo que se ha comentado de manera repetida, a
veces apasionadamente, como las paradojas del tiempo.

1. Juego homofónico de palabras entre "disc¡ue" (disco), "discours" (discurso) y


"courant" (corriente), de modo que en el término "discourcourant" quedan fundidas las
tres palabras.

245
JACQUES-ALAIN MILLER

¿El tiempo? Es un objeto muy difícil de pensar. Toda la cuestión es


saber, precisamente, si acaso es un objeto. En efecto, es un objeto de
pensamiento que siempre se presentó, a quienes hicieron profesión de
pensar, como especialmente rebelde al concepto. El tiempo ha sido ex­
perimentado de buena gana como una derrota del pensamiento. Hay
algo, en efecto, en el ser del tiempo que resulta inaprensible. ¿Pero có­
mo lograr que lo vean claramente sin recurrir a una erudición con la
cual no tenemos nada que hacer aquí? Quizá captando en primer lu­
gar el tiempo como el continente universal del ser. Esto aparece formu­
lado de diversas maneras por los filósofos, afirmando que todo cuan­
to es, es en el tiempo. Aristóteles, por ejemplo, tematizó el tiempo
como xo cov, es aquello donde se encuentra todo lo que es.
Es posible representarse el tiempo como el continente de todo lo
que es y que está obligado a sucederse y a volverse allí.

Un continente

Se desprenden de allí profundas reflexiones acerca del hecho de


que todo cuanto esté fuera del tiempo se anula, que ningún tiempo es­
tá fuera del tiempo.
Pero este axioma que hace de todo ser un ser en el tiempo, nos de­
ja sin recursos o incómodos cuando se trata de pensar el tiempo como
tal, el ser del tiempo.
¿Acaso no es posible imaginar el rompecabezas que implica pensar
acerca de si el tiempo está en el tiempo? El tiempo, ¿es temporal a su
vez? ¿Es intratemporal?

El debate filosófico

Ese es precisamente el problema del marco en el que se inscribe


aquello que está en el tiempo. Lo cual condujo a algunas filosofías del
tiempo a distinguir de un modo tajante, por un lado, aquello que está
en el tiempo y, por el otro, el tiempo mismo.
Se trata de la cuestión que animó toda la crítica hecha a los empi-
ristas. Se les reprochó confundir el tiempo con aquello que está en el
tiempo.

246
EL TIEMPO DE LA SESIÓN

La filosofía hizo del tiempo un problema al procurar pensar el tiem­


po por fuera del tiempo, es decir, se vio conducida a desdoblar el tiem­
po. Uno se ve llevado a distinguir siempre lo intratemporal, que mar­
co aquí como t,, por un lado, y, por otro, el tiempo mismo, al que le
acuerdo, para ordenarlo, el índice 2, t2.

Podemos distinguir, por una parte, los discursos filosóficos para los
cuales, en definitiva, ese t2no es más que una ilusión. Son de buen gra­
do aquellos que hacen del tiempo un ser. Si todo cuanto tiene un ser
está en el tiempo, si el tiempo es un ser, el tiempo mismo debe estar
dentro del tiempo. Mientras que t2siempre es susceptible, sospechoso
de ser un no-ser, de ser sólo una nada. Dicho de otro modo, los discur­
sos filosóficos se reparten según se planteen una autoinclusión del
tiempo o bien que traten de elaborar un modo de ser especial para el
tiempo en tanto tal.
Existe cierto número de filósofos que no retrocedieron en conside­
rar que t, era un no-ser. Para Parménides o para Spinoza, el tiempo
como tal no existe. Kant encontró otra solución, desdobló el tiempo
de modo eminente. Pensó a t2 como la condición de posibilidad de
los fenómenos, la condición de posibilidad de lo intratemporal, es­
pecialmente en su polémica con los em piristas. Planteó que la idea
del tiempo no proviene de aquello que está dentro del tiempo, sino
que sólo contamos con la percepción del tiempo porque la tenemos a
priori, es decir, como fundamento de todas las intuiciones tempora­
les. Conceptualizó así ese fuera del tiem po de t2 como una condición
de posibilidad del transcurso temporal, como una forma pura de los
fenómenos.
Evidentemente, este planteo de una forma pura, a priori, del tiem­
po fue susceptible, a lo largo de los dos siglos que siguieron a esta ela­
boración, de dos lecturas. Se pudo hacer del tiempo una pura regla a
priori, es decir, una especie de saber con el que contamos antes de cual­
quier otra percepción, de modo tal que todo cuanto se presente será
temporal, a la manera de un saber anticipando que todo fenómeno se
presentará bajo una forma temporal. O bien se buscó inventar una con­
ciencia originaria de la temporalidad.

247
JACQUES-ALAIN MILLER

Dicho de otro modo, tanto respecto del tiempo como de todas sus
elaboraciones, se pudo hacer de Kant una lectura lógica, a saber: es
una regla a priori, una anticipación fundamental en virtud de la cual
sabemos, antes de cualquier fenómeno particular, que transcurrirá en
el tiempo; o bien una lectura de tipo fenomenológico: existe una con­
ciencia originaria de la temporalidad antes de cualquier cosa que se
presente como situada dentro del tiempo.
El logicismo de esta lectura, lo que puede tener de logicista, habla
por sí mismo para nosotros. Platón había encontrado el fenómeno de la
paradoja del tiempo ya en el Parménides, paradoja que el tiempo como
tal no es temporal. Aristóteles, en su "Tratado del tiempo", Libro IV de
la Física, en el que tuve que apoyarme en otra época para pasar el con­
curso del profesorado en filosofía, centra todas las paradojas del tiempo
en el equívoco del "ahora". Descubre que el "ahora", el puro presente
instantáneo, es a la vez siempre el mismo y, a la vez, siempre otro, idén­
tico y diferente, y por ello tiene un rasgo singular de modo de ser.
Aristóteles piensa la singularidad del ser del tiempo a partir de la
paradoja del "ahora", es decir, la paradoja del shífter "ahora", como de­
cía antes. Retrocede en hacer del ahora un hypokéimenon, un sustrato fí­
sico, un sujeto lógico. Desde su perspectiva, el ahora es un pseudo-ser.
No me detengo en este punto porque no puedo dejar de lado el he­
cho de que no es una literatura ejercitada por la mayoría de mis audi­
tores aquí, ni se trata de problemas que los hayan hecho palpitar.
Sólo les doy entonces las articulaciones esenciales de la cuestión, in­
cluyendo la manera para que se sustraigan de las perturbaciones even­
tuales que pudiera provocarles la cuestión.
Los resultados de una encuesta suficientemente cuidadosa acerca
de los tormentos del pensamiento a propósito del tiempo podrían en­
contrar cómo pacificarse al considerar que el tiempo tiene una estruc­
tura russelliana. El tiempo equivale a la estractura de un conjunto de
Russell, es decir, no es ni en sí mismo ni fuera de sí mismo, es lo uno y
lo otro. No hay filósofo que no haya sido conducido a querer reunifi-
car el tiempo y a estratificarlo a la vez.
Hay filosofías que lo estratifican, lo desdoblan, pero esto requiere
elaborar un modo de ser singular para t2; o bien unifican esos dos tiem­
pos y entonces engendran un ser paradójico del que no hablan sino en
términos contradictorios -esto incluye la filosofía de Heidegger-,
Cuando Heidegger está verdaderamente en la pista del tiempo, dice,
a la vez, en un lenguaje kantiano, que el tiempo es una condición de

248
EL TIEMPO DE LA SESIÓN

posibilidad para que haya algo como el ser, y sostiene, al mismo tiem­
po -lo que es contradictorio-, que el tiempo es especíñcamente el Da-
seiti mismo.
Dicho de otro modo, o bien desdoblamos o bien creamos un ser
contradictorio en sí mismo. Queda el hecho de que nada demuestra
que alguna vez haya sido pensado el tiempo efectivo, real, Wirklich, co­
mo no sea bajo la forma de la sucesión, y es un hecho de que para la
sucesión no hay referencia que sea superior a la de la cadena signifi­
cante misma.
Por lo demás, es lo que había conducido al filósofo Derrida, en su
lectura del Libro IV de la Física, a constatar que finalmente Aristóteles,
a partir de la paradoja del ahora, no hacía sino describir la cadena sig­
nificante y la paradoja intrínseca al significante. Derrida se vio condu­
cido a elaborar este análisis, algo que parece evidente, partiendo de su
abordaje de Lacan. Había entonces destacado en la teoría aristotélica
del tiempo, en realidad, la instancia operante de la letra.
Y es un hecho -en todo caso es de ese modo que nosotros nos orien­
tam os- que el tiempo está siempre articulado con el significante. Por
ello se pueden ordenar las filosofías en función de una paradoja como
la de Russell. Las paradojas del tiempo se prestan a ser ordenadas se­
gún una paradoja y una disposición puramente significantes, tales co­
mo las que aquélla engendra.
Nos corresponde así completar la demostración que Lacan hace del
espacio, transponiéndola al tiempo. ¿Qué demuestra Lacan? Demuestra
que hablar genera al Otro como un lugar. Hablar supone una posición
de la palabra. Hablar se plantea siempre como verdad y, al hacerlo así,
la palabra se transporta por sí misma hada otro lugar, el lugar del Otro
que es, a la vez, el lugar de su dirección y el de su inscripción.
El concepto mismo de Otro en Lacan supone un desdoblamiento
del espacio, supone la posición de otro 'lugar. Si quisiéramos decirlo en
términos filosóficos, es un efecto puro de la cadena significante en tan­
to articulada en la palabra. La cadena significante, según la demostra­
ción de Lacan, plantea una exterioridad, hace existir al Otro como lu­
gar de la palabra. Me limito a restituirles aquello que venimos balbu­
ceando a partir de “Función y campo de la palabra y del lenguaje... ",
esto es que la función de la palabra se sustrae a partir del campo del
lenguaje y ese campo tiene valor de lugar del Otro. Además, es un lu­
gar que se encuentra materializado por la escritura en la medida en
que demanda una superficie de inscripción, mientras que, inversa­

249
JACQUES-ALAIN MILLER

mente, en la escritura se desvanece la dirección de la palabra, de allí la


deslocalización de la direccionalidad que se sigue de ello.
Pues bien, en cuanto al tiempo, su punto de partida puede ser el
mismo que el indicado por Lacan en cuanto al espacio. Así como exis­
te él lugar del Otro, existe el tiempo del Otro.
Se trata de algo que ya abordamos cuando hablamos del standard,
cuando pusimos el acento en el hecho de que el tiempo de la sesión
analítica era el tiempo del Otro, cuando subrayamos la independencia
de la duración de la sesión respecto del tiempo de ustedes como suje­
tos, todo esto apuntaba a destacar la alteridad del tiempo. Se subrayó
así, en particular, la regularidad ciega del tiempo absoluto, tipo Turing.
Allí operaría la sucesión de las sesiones que podría ser presentada co­
mo una banda de Turing -no como una banda de Moébius, donde la
unidad central estaría obligada a ir siempre hacia delante, y a marcar
más uno.
Hay, en efecto, una perspectiva de que un análisis se despliega co­
mo una banda de Turing. Esto es lo que justifica que una sesión a la
que se falta sea considerada como una sesión que tuvo lugar. Con mu­
cha frecuencia es verdad, porque el tiempo de la sesión a la que uste­
des faltan, a menudo, como por milagro, lo consagran en un momen­
to u otro a pensar en esa realidad psíquica a la que se hubieran en te-
gado al estar con el analista.
Pero si una sesión a la que se falta es considerada como si hubiese
tenido lugar, es porque desdoblamos el tiempo, porque distinguimos
por completo el tiempo empírico, en el cual asistimos o no, del tiempo
del análisis como tal, donde la casilla inscrita sobre la banda de Turing
permanece allí, ya sea que hayan inscrito significantes en ella o no. La
banda tiene su objetividad propia y el análisis consiste en instalar esta
banda de Turing.
Puede ocurrir que un paciente espere, se impaciente luego -algo
que va contra su definición-, y se vaya. Pero en ese momento deja su
vacío. Lo deja a la manera en que el ladrón deja sus huellas después de
haber pasado. Finalmente, hay sujetos que adoran hacerse ver y desa­
parecer después. Es una indicación muy completa de su modo de ser
en el análisis.
Ese desdoblamiento del tiempo hace al debate filosófico sobre el te­
ma. Toda la teoría de Bergson consiste en desdoblar el tiempo, en mos­
trar que hay un tiempo modelado según el espacio, por una parte, y,
por otra, un tiempo puro.

250
EL TIEMPO DE LA SESIÓN

El desdoblamiento del tiempo es una operación filosófica constante a


lo largo de los siglos, desdoblamiento que volvemos a encontrar también
en Lacan, quien introdujo una modalidad del tiempo que le es propia,
que llamó el tiempo lógico, y que se distingue del tiempo empírico. Es la
versión lacaniana de t,. Lacan también estratificó el tiempo.
Evidentemente, esto puede parecer una psicologización del tiem­
po, en la medida en que se puede pensar que esperar o apresurarse
son valores que sólo encuentran cómo inscribirse en relación con el
tiempo objetivo e inscriben la afectividad del sujeto respecto del tiem­
po objetivo.
Ahora bien, Lacan pretende que el sujeto que pone en escena es un
sujeto de pura lógica y, por consiguiente, esta lógica se integra al tiem­
po. Resulta claro que la lógica no integra el tiempo sino a condición de
integrar al Otro.
Siguiendo esa misma perspectiva, Lacan introduce un nuevo tipo
de conclusión lógica, que no es intemporal o atemporal, ni está articu­
lada a la visión simultánea de los elementos -com o lo evoca para ca­
racterizar aquello que llama la lógica clásica-, sino una conclusión in­
trínsecamente temporal, ligada a un acto.
Esto permite ya percibir que, en eso que llamamos la lógica clásica,
Lacan opera algo que corresponde a una suspensión del tiempo, y que
la atracción propia de la lógica proviene del hecho de que, en definiti­
va, siempre se la situó fuera del tiempo. Desde esa perspectiva, se hi­
zo de las matemáticas la manera de acceder a la experiencia de la ver­
dad fuera del tiempo. Cuestión que, singularmente, resulta desmenti­
da por Lacan para la experiencia analítica, y que obedece ya, incluso si
no es aparente, a la singular temporalidad que comporta el esquema
retroactivo de Lacan. Dicho esquema debe guiar toda lectura del
"Tiempo lógico... ",

Si admitimos situar la flecha del tiem po sobre el vector representa­


do en este esquema por una línea recta, resulta claro que este esquema
de la retroacción comporta una reelección de las relaciones de lo ante-

251
JACQUES-ALAIN MILLER

rior y lo posterior. Este esquema se inscribe en sí mismo en falso con­


tra la nominación unívoca de la sucesión. Aquello que aparece como
anterior y posterior en el primer vectop, encuentra un orden inverso en
el segundo, si el punto que entró en primer término sobre este vector,
y el que lo hizo en segundo término invierten sobre el otro vector su
relación de sucesión. Por ese mismo camino, encontramos en Lacan
otro desarrollo semejante con el título de La topología y el tiempo. La to­
pología permite pensar el efecto de este intercambio entre lo de arriba
y lo de abajo, el interior y el exterior y, aplicado al tiempo, lo anterior
y lo posterior.
Ya tenemos así, en ese esquema, una topologización del tiempo que
supone apartarse de cuanto fue vehiculizado durante siglos como evi­
dencia psicológica, para introducir una puesta en forma significante de
lo real, que nos hace destacar relaciones que desmienten la evidencia
de la simple sucesión.
La próxima vez entraré más decididamente en ese "Tiempo lógi­
co..." y estaré muy contento de tener la ayuda de Pierre-Gilles Gué-
guen, que me aportó un comentario acerca del tiempo y a quien le pe­
diré que tenga a bien compartirlo con nosotros en el comienzo de la
clase próxima.

15 de marzo de 2000
XIII
El tiempo de Freud y el de Lacan

Como se los anuncié la última vez, comenzaremos esta clase con la


contribución de Pierre-Gilles Guéguen titulada "El tiempo de Freud y
el de Lacan". Habitualmente no les doy tiempo para plantearme pre­
guntas. Será necesario que sepa exactamente por qué, pero no experi­
mento resistencia alguna en exponer a Pierre-Gilles Guéguen a las pre­
guntas de ustedes y a las mías.
Lo escucharemos entonces, podremos debatir lo que él aporta y
cuento con tener tiempo, a continuación, para comenzar al menos a
poner los jalones necesarios para progresar en lo que hace al concepto
de tiempo lógico a partir del texto de Lacan. Intenté extraer de él algo
diferente de lo habitual y pienso poder comenzar a aportarlo al final
de esta clase. Le doy la palabra a Pierre-Gilles Guéguen.

El inconsciente no conoce el tiempo

Pierre-Gilles Guéguen: Pertenece a la experiencia más común que el


análisis sea un procedimiento ligado al tiempo, a la duración. Dura­
ción de las curas que se prolongaron ya en vida de Freud, pero tam­
bién duración de las sesiones, al punto que Lacan rechazó, al precio de
exclusión de la IPA, ceder respecto de la práctica de la sesión con una
duración variable, instaurada por él contra la técnica de rituaiización
del tiempo de las sesiones que prevalecía por entonces.
La escansión inesperada aceleraba la sesión, daba un precio a cada
moa como promesa de un encuentro largo tiempo retrasado y a menu­

253
JACQUES-ALAIN MILLER

do preparado, hacía de cada sesión no un espacio de goce en correlato


con el derecho del paciente a ocupar el tiempo del analista, sino más
exactamente la ocasión de un encuentro con el inconsciente y la verdad.
(Ciertos analistas de la IPA consideran todavía que la sesión lacaniana
tendría así el inconveniente de impedir la regresión del paciente, omi­
tiendo que la regresión es un hecho del discurso, no una práctica. Revue
fmncaise de Psychanatyse, 1997, Tomo LXI-Le Guen, C.-R 1640.)
El desarrollo de un análisis se experimenta, tanto para el analizante
como para el analista, bajo el modo de una serie de sesiones, de escan­
siones, de aceleraciones y detenimientos, fases tomadas en una dura­
ción no homogénea, que sigue el ritmo de momentos destacados ("ten­
siones temporales", "momentos de suspenso", "momentos de con­
cluir", para retomar los términos utilizados por Lacan). Si considera­
mos, con el Lacan de "La cosa íreudiana...", que el análisis concierne a
la articulación con la verdad, entonces aceptamos igualmente que el
análisis sigue un progreso temporal. Esto quiere decir que en la dura­
ción, el análisis acompaña y permite el progreso del develamiento de la
verdad. Una cura psicoanalítica es una búsqueda acerca de la verdad
de la posición de goce del sujeto mismo, si no es esa la única definición
que se pueda dar de ella. De donde resulta, en la regla, que el análisis
comienza, se despliega y concluye en un final que, cualquiera sea su na­
turaleza, deja al analizante con algunos años más que en el momento
de su demanda inicial. Desde este punto de vista, el tiempo pasó, haya
habido o no análisis. Una temporalidad lineal, cronológica y biológica
se desplegó. Sin embargo, no está dicho que la temporalidad lógica de
la cura haya llegado a un final. Freud sostenía que el inconsciente no
conoce el tiempo. Se topaba con el impasse del análisis interminable. La­
can da otra versión a la cuestión de la temporalidad y concluye en el
análisis con un final. Freud y Lacan, en cuanto a la temporalidad, no se
oponen; pero Lacan, prolongando a Freud, forja su propio abordaje del
concepto de tiempo y hace de él un uso a su manera.
La posición de Freud no se modifica. El inconsciente, trabajador in­
fatigable, no conoce el tiempo. Durante toda su vida, oponiéndose a
todos, Freud sostiene ese punto de vista contra todos cuantos quieren
hacer del psicoanálisis una hermenéutica. Si se aferra tanto a este axio­
ma es porque se trata para él de algo esencial en el edificio del psicoa­
nálisis, para distinguirlo de las psicoterapias, para mantener a su ma­
nera que el psicoanálisis comporta una pregunta por el ser. Tanto
Freud como Lacan se aventuraron más allá de los límites terapéuticos

254
EL TIEMPO DE FREUD Y EL DE LACAN

de la experiencia. En el momento mismo en que el sujeto sufriente que


aporta su queja cree, en un comienzo, poder resolver vía la cura el pro­
blema que viene a plantear al analista, el análisis lo deporta más allá,
planteando la pregunta acerca de su ser de goce.
El tiempo hace su jugada en el análisis, algo de lo que Freud hace
muy tempranamente la experiencia. Constata - y en primer lugar a cos­
ta suya- que sólo es en su relación con el inconsciente que el tiempo
del sujeto se trastorna. Lo descubre con la psicopatología de la vida
cotidiana. El presidente, apurado por terminar, levanta la sesión en el
momento en que debía comenzar: espléndido error del deber, pero
triunfo del goce.
Freud, por lo demás, da testimonio de haber tenido que vérselas él
mismo con este efecto según el cual "el tiempo hace síntoma" -hermo­
so título elegido para las Jomadas de la ECF en 1993-, algo que pode­
mos encontrar en varias páginas de La interpretación de los sueños. En la
página 432, un sueño llamado "Carta de la municipalidad", que califica
de sueño absurdo de padre muerto, ofrece un ejemplo de esto mismo,
por cierto bienvenido. Freud sueña que le reclaman el pago de una no­
ta de hospital para su padre, quien tuvo un ataque. Ahora bien, en el
sueño estamos en 1851 y Freud piensa que en ese momento su padre ya
estaba muerto. Lo encuentra, sin embargo, acostado en la habitación ad­
yacente. No sólo su padre no está muerto, sino que, además, le dice que
se casó en 1851. Freud piensa entonces en el sueño que, efectivamente,
él nació un año después de ese casamiento, o sea en 1856, pasando así
por alto un período de cinco años que descuida... Retendremos del aná­
lisis que Freud aporta al respecto que él asocia a ese lapso un reproche
que le fuera dirigido por un colega, con referencia a la excesiva duración
de una cura que había comenzado cinco años antes. De modo que la
queja que concierne a la duración de los análisis no es un problema nue­
vo: el inconsciente no se deja abordar a la velocidad que conviene al
analista o al paciente. Sólo puede manifestarse en la sorpresa y cada uno
sabe que en ese dominio las tentativas para reducir la duración de los
análisis o para acelerar su curso se han mostrado infructuosas.
Ya era manifiesto que el inconsciente no quiere saber nada con la
prisa del hombre apurado. Celebra su oficio a su hora.
Los primeros tiempos del psicoanálisis están en primer término
marcados por el esfuerzo de Freud para ordenar los recuerdos de sus
pacientes y los suyos propios en una temporalidad cronológica, en una
linealidad discursiva, en una historia.

2 55
JACQUES-ALAIN MILLER

A lo largo de los Estudios sobre la histeria, por ejemplo, busca el acon­


tecimiento de origen, el acontecimiento traumático cuya realidad, pa­
ra él, no plantea en un primer momento ninguna duda. En 1897, año
en el que formula su teoría del fantasma, y después, en 1899, año en el
que escribe "Sobre los recuerdos encubridores", debe, sin embargo, re-
formular de manera sensible su teoría y suponer que el acontecimien­
to en cuestión o bien no ha tenido lugar, o bien fue reprimido en el ori­
gen mismo. Esta nueva concepción del análisis otorga toda su ampli­
tud a la teoría de la temporalidad de retroacción, expuesta por Freud
a Fliess a partir del año 1896. Freud declara en la carta 52 que es nece­
sario siempre suponer que la defensa patológica -opuesta a la defensa
normal contra el displacer- ha intervenido retroactivamente cuando
un acontecimiento, segundo en el tiempo, recordó la inscripción origi­
naria de una satisfacción inaceptable para la conciencia. El aconteci­
miento era siempre de naturaleza sexual, habría sido originariamente
reprimido y producirá, en ocasión de ser evocado, ya sea una obsesión
-es decir, un síntoma-, si se traduce con placer en el inconsciente y lue­
go en la conciencia, o bien si se traduce con displacer, una represión,
una forma de defensa patológica.
En esta carta, Freud se ocupa igualmente de intentos de periodiza-
ción y de fechado del origen de las distintas neurosis. Procura en esa
época tener en cuenta elucubraciones teóricas de Fliess, de las que se
desprenderá más tarde. Sin embargo, el fechado de períodos de forma­
ción posible de las neurosis o de las psicosis será durante largo tiempo
una de sus preocupaciones -encontramos huellas de esto particular­
mente en los Tres ensayos de teoría sexual, donde la cuestión del desarro­
llo es importante, especialmente para tener en cuenta la etapa de laten-
cia observable en los niños, periodo que precede a la pubertad.
Lacan prestó una atención precisa a esta carta 52 y subrayó el hecho
de que a partir de la teoría de la doble inscripción se le daba a la cura
analítica una dimensión compleja, la de un tiempo que funciona en
una cronología que comporta dos sentidos, progrediente pero también
mchtraglich, retroactivamente, ya que es necesario suponer que una
inscripción primera se borró definitivamente, pero una segunda la
vuelve a convocar a la memoria bajo la forma de un fantasma, cuyo
contenido sexual es determinante en la formación de la neurosis del
sujeto.
Según Freud, es necesaria la interpretación y, por consiguiente, la
ubicación bajo una temporalidad cronológica de ese momento olvida­

256
EL TEM PO DE FREUD Y EL DE LACAN

do, para que, vía el análisis, los sufrimientos neuróticos acepten disi­
parse. Este punto es particularmente notable en el análisis del Hombre
de los Lobos, donde Freud persigue el fantasma de la escena primitiva
hasta "Freud exige una objetivación total de la prueba" ("Función y
campo de la palabra...", página 246).
Lacan retoma y prolonga, desviándola, esa relación de Freud con la
temporalidad. Es el caso, por ejemplo, de lo que ocurre en "Función y
campo de la palabra...", cuando declara: "No se trata para Freud ni de
memoria biológica, ni de su mistificación intuicionista, ni de la param­
nesia del síntoma, sino de la rememoración, es decir, de historia, que
hace descansar sobre el único fiel de las certidumbres de fecha la ba­
lanza en la que las conjeturas sobre el pasado hacen oscilar las prome­
sas del futuro" (página 246), o incluso cuando considera que "el in­
consciente es ese capítulo de mi historia que está marcado por un blan­
co u ocupado por un embuste" (página 249).
Para Freud, el período de su elaboración situado entre 1905 y 1915
plantea nuevamente la cuestión de la temporalidad de manera aguda.
Se trata de no perder de vista el origen sexual de las neurosis y de opo­
nerse al punto de vista de Jung, que quisiera hacer prevalecer un ori­
gen arquetípico de las neurosis y de las psicosis y, correlativamente,
borrar su relación con el goce sexual.
Freud se rehúsa a ceder respecto de la etiopatología sexual y se
mantiene siempre firme en esta posición: la de afirmar que el ser
humano busca siempre su satisfacción y, más exactamente, su satisfac­
ción en el misterio del sexo. La teoría de los estadios (oral, anal y,
luego, genital) le permite conservar a la vez una teoría del deseo indes­
tructible en tanto búsqueda de satisfacción y, al mismo- tiempo, admi­
tir la pérdida progresiva de goce infantil supuestamente perverso po­
limorfo. Que el paso del tiempo permita en principio observar que ca­
da ser humano conoce esos estadios, no dice, sin embargo, nada acer­
ca de la causalidad de las fijaciones ni del pasaje de un estadio al otro.
Mientras que los kleinianos insisten, siguiéndolo a Abraham, en el va­
lor de esta periodización, Lacan la cuestiona al señalar que la sexuali­
dad nunca alcanza el ideal genital. Se trata siempre de una satisfacción
de borde de órgano -incluso bajo sus formas más acabadas-, es decir,
una satisfacción del cuerpo -en su curso de 1998-99, Jacques-Alain Mi-
11er, da todo su alcance al concepto de acontecimiento del cuerpo-
E1 punto de vista de Freud acerca del problema del tiempo en el
análisis en este período de su elaboración se encuentra particularmen­

257
JACQUES-ALAIN MILLER

te bien desarrollado en el curso de dos sesiones de los miércoles en


Viena, en octubre de 1910.
El 18 de octubre tiene lugar una reunión donde se encuentran en tor­
no a Freud, entre otros, Tausk, Stekel, Fedem, Sachs y Sabina Speilrein.
Tausk se consagra al análisis de un sueño que no es reportado en las Ac­
tas, pero que introduce la pregunta del tiempo. Se deja entender, a me­
dias palabras, que la satisfacción del soñante, que parece conducir a
una polución nocturna, concierne a objetos del pasado. Podría ser que
se tratara del sueño publicado en 1913 en la Internationale Zeitschriftfür
tirztliche Psychoanalyse -publicado por la Asociación Psicoanalítica Ar­
gentina con el título "Sueños infantiles de significado especial"-, don­
de el soñante ve una bella mujer acostada en la cama de su madre. Se
despierta en el momento de una eyaculación.
Tausk señala que en el sueño, si se trata por cierto de una realiza­
ción de deseo, la pulsión busca satisfacerse independientemente del
tiempo. Tausk indica justamente que

Observamos esta exclusión del elemento temporal en el lugar don­


de el afecto que actuó en el sueño hace su aparición. El afecto se repor­
ta a la representación a la cual pertenece como a un objeto actual del
mundo exterior; no toma en cuenta el hecho de que el objeto real de los
deseos del soñante pertenece al pasado.

Tausk señala, además, que este aspecto de las cosas ya fue tratado
por Freud en su teoría de la regresión.
Freud interviene en la discusión para dar las siguientes indicaciones:

Hemos sido conducidos a ver que el inconsciente es intemporal. El


sueño no lo es del todo, porque es un proceso que se sitúa entre el in­
consciente y la conciencia... La dimensión del tiempo está ligada a los
actos de conciencia.

Manera freudiana de decir que en la realidad

[...] el sujeto debe componer según la gama bien templada de sus obje­
tos, lo real, en cuanto cercenado de la simbolización primordial, está ya
("Respuesta al comentario de Jean Hyppolite", página 373).

Dos semanas más tarde, la reunión del miércoles es consagrada a la


"pretendida intemporalidad del inconsciente". Stekel toma en primer
lugar la palabra para señalar que, en la realidad, el neurótico tiende a

258
EL TIEMPO DE FREUD Y EL DE LACAN

anular el valor del tiempo y a permanecer fijado a objetos de amor infan­


tiles. Indica, asimismo, que el neurótico no da al tiempo su verdadero
valor (que llega, por ejemplo, con anticipación o con retraso a su sesión).
Interpreta esta tendencia a anular el tiempo puesto que el neurótico no
quiere saber nada al respecto, por causa del inconsciente, que quiere ig­
norarlo. La discusión se desplaza así ligeramente del análisis de las for­
maciones del inconsciente al examen de la pantomima del neurótico. So­
bre este punto, Lacan retoma en varios momentos de su enseñanza esos
aspectos sintomáticos del uso del tiempo por parte del neurótico.
Federn reconduce la discusión a su punto de ingreso, el 18 de octu­
bre, se plantea que en las capas menos profundas, "preconscientes", de
las que el sueño sería un ejemplo, la temporalidad consciente no es ig­
norada, puesto que desciframos los sueños a partir de la conciencia, en
tanto que en las capas más profundas sí lo es.
Sachs introduce, citando a Schopenhauer, el hecho de que el deseo,
en tanto voluntad, es indestructible y, como tal, intemporal, inmortal,
eterno, mientras que en lo consciente existe la marca del tiempo, sólo
que "el concepto de intemporalidad no puede ser rechazado del todo:
el inconsciente priva, por decirlo así, a las representaciones de su va­
lor temporal" (Actas, vol. III, página 297).
Freud da su acuerdo a esos señalamientos y concluye la reunión
dando su punto de vista. Insiste en el hecho de que la tesis según la
cual el inconsciente ignora el tiempo no es empírica. Tiene que ver con
la metapsicología -in d ica-; es decir, se obtiene por deducción a partir
de una serie de constataciones convergentes: falsa orientación de los
sueños en el tiempo, el hecho de que la condensación sea posible, la
ausencia de los efectos del paso del tiempo para el neurótico, apego a
los objetos, tendencia del neurótico a quedar fijado.
Así presenta Freud, en 1910, le esencial de su concepción de las re­
laciones entre el inconsciente y el tiempo, en línea directa de lo que ha­
bía planteado en el "Proyecto de psicología...", en La interpretación de
los sueños o aun en "Las fantasías histéricas y su relación con la bise-
xualidad". A pesar de las variaciones en cuanto a la naturaleza y el m o­
do de fechar el acontecimiento de origen, se trata siempre, como Freud
lo descubriera con las primeras histéricas, de levantar en la cura la am­
nesia que afecta a los pensamientos inconscientes reprimidos y que
por el hecho de la represión obligan al sujeto a una repetición de la fi­
jación infantil de goce. Levantar la represión es introducir al sujeto en
la cronología, volver a darle calce en su historia. Freud lo considera así

259
JACQUES-ALAIN MILLER

en los casos publicados. El inconsciente no conoce el tiempo porque se


trata, para Freud, del inconsciente referido siempre a un mismo refe­
rente, a la cuestión del origen, del Urverdrangt. Es lo que busca trans­
mitir a través del mito de Urvater de Tótem y tabú o aun en su búsque­
da, hasta el límite de la angustia, del padre primitivo en Moisés y la re­
ligión monoteísta. Lacan, en El seminario 11 dice:

En lo que toca a Freud y a su relación con el padre, no olvidemos


que todo su esfuerzo lo llevó sencillamente a confesar que, para él, una
pregunta quedaba en pie -s e lo dijo a una de sus interlocutoras- ¿Qué
quiere una mujer? Pregunta que nunca resolvió (página 35).

En 1915, en los trabajos sobre metapsicología, el argumento de


Freud en cuanto al tiempo se hace más complejo. En el artículo titula­
do "Complemento metapsicológico a la teoría de los sueños", en par­
ticular, distingue dos regresiones temporales: una es libidinal y favore­
ce el retorno a la satisfacción alucinatoria; la otra es llamada narcisista
y concierne al yo. Apoyándose en la "Introducción del narcisismo", se
trata para Freud de subrayar el hecho de que el sueño es una produc­
ción de goce destinada a satisfacer el egoísmo del yo, tanto como una
realización del deseo inconsciente que conduce a la satisfacción pro­
piamente sexual. Se llama temporal a la regresión libidinal porque
reenvía a deseos primordiales y, finalmente, a la satisfacción alucinato­
ria, a través del reencuentro con el objeto desde siempre perdido, o sea,
a esa zona donde el inconsciente se sumerge en el tiempo indetermi­
nado. Es el sentido que Freud acuerda al recuerdo encubridor y al aná­
lisis célebre del sueño de la monografía botánica, cuando lo retoma en
1915 en "De guerra y muerte".
En "La transitoriedad" así como en "De guerra y muerte", que pre­
ceden por poco tiempo los textos de la Métapsychologie, Freud había in­
dicado ya que el inconsciente rechaza del tiempo sobre todo su finitud,
que lo que resulta insoportable y por lo demás imposible de ser con­
siderada para cada uno es la propia muerte, la representación de la
propia muerte ubicándose siempre del lado del narcisismo del yo y no
del lado del corte que instaura la muerte en la vida. En "La transitorie­
dad" retoma este tema:

Sólo vemos que la libido se aferra a sus objetos y no quiere abando­


nar a los perdidos aunque el sustituto ya esté aguardando. Eso, enton­
ces, es el duelo (página 310).

260
EL TIEMPO DE FREUD Y EL DE LACAN

De modo que el sujeto no quiere perder nada de una satisfacción


primordial, alucinada en su origen. Es el tema que Freud presentó
más o menos siempre al mostrar que la vida, y por consiguiente la
castración que ella impone, al exigir del sujeto una satisfacción obte­
nida del Otro y no narcisista, era siempre una pérdida de goce. El su­
jeto neurótico, perverso polimorfo en un principio, pero también nar­
cisista, rehúsa suscribirse a esto, incluso cuando esta pérdida debe
darle acceso a otra forma de satisfacción. Hay entonces un rechazo ge­
neral, tanto más importante en el sujeto neurótico, de aceptar las ex­
periencias de pérdida, de aceptar la realidad de la muerte para él y
para los seres que ama. Pero "La transitoriedad" muestra también que
al rechazar el ser para la muerte, al mismo tiempo el sujeto rechaza
también el goce del presente: el poeta de la transitoriedad y su bella
compañera no gozan de la belleza del paisaje, pretextando que está
condenado a desaparecer. En ese texto, la nostalgia predomina, a la
vez rechazo del paso del tiempo y de gozar del instante presente. Así,
la temporalidad se conjuga en Freud con la castración. Este intrinca­
miento es por lo demás paradójico, ya que aquello que es rechazado
de lo real de la experiencia del sujeto como mortal, vuelve a él en la
vida como angustia de muerte.
En "Subversión del sujeto y dialéctica del deseo...", Lacan da cuen­
ta de esto que resulta un poco ambiguo en Freud, en cuanto a la cas­
tración y a las modalidades de asumirla. Demuestra así que la castra­
ción no es privación de goce sino transformación del goce:

La castración quiere decir que es preciso que el goce sea rechazado,


para que pueda ser alcanzado en la escala invertida de la Ley del deseo
(página 807).

"M ás allá del principio de placer", escrito en 1920 para tener en


cuenta la pulsión de muerte, brinda a Freud la ocasión de reafirmar su
punto de vista:

La tesis de Kant según la cual el tiempo y el espacio son formas ne­


cesarias de nuestro pensar puede hoy someterse a revisión a la luz de
ciertos conocimientos por el psicoanálisis. Tenemos averiguado que
procesos anímicos inconscientes son en sí "atemporales". Esto signifi­
ca, en primer término, que no se ordenaron temporalmente, que el
tiempo no altera nada en ellos, que no puede aportárseles la represen­
tación del tiempo (página 28).

261
JACQUES-ALAIN MILLER

Nuevamente, Freud atribuye a la conciencia y al preconsciente el


juicio que concierne al tiempo y señala que el inconsciente no entra en
modo alguno en carrera desde ese punto de vista.
Sin embargo, la preocupación dominante de Freud en los últimos
años de su vida es todavía una preocupación temporal: aquella que
atañe al tropiezo de los análisis en la repetición, la reacción terapéuti­
ca negativa y, sobre todo, la imposibilidad de conducir los análisis has­
ta su conclusión.

El tiempo lógico

"El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada" tiene un


valor por completo central en la enseñanza de Lacan. No sólo porque
se trata del único texto de los Escritos consagrado al tiempo, sino tam­
bién porque tiene un alcance esencial y determinante respecto de lo
que Lacan elabora a continuación. Retoma allí la problemática freudia-
na del tiempo y, al hacerlo, también la reordena. Al leer ese trabajo re­
troactivamente, se puede ver el esfuerzo de Lacan para volver a cap­
tar, en una inventiva nueva la fórmula según la cual "el inconsciente
no conoce el tiempo". El mismo Lacan nos invita a esta lectura cuando
señala, en "Función y campo de la palabra...", al retomar los términos
del tiempo lógico, que el propio Freud

[...] anula los tiempos para comprender en provecho de los momentos de


concluir, que precipitan la mediación del sujeto hacia el sentido que ha
de decidirse del acontecimiento original (página 246).

La conclusión del texto del tiempo lógico es la idea según la cual "el
aserto subjetivo anticipante es una forma fundamental de una lógica
colectiva". El término"lógica colectiva" tiene todo su precio ya que, co­
mo Lacan lo indica, ese trabajo debía aparecer en la revista Les cahiers
d'Art, en 1945, que habían interrumpido su publicación durante el pe­
ríodo 1940-1944 por razones "significantes para mucha gente".
El texto, además, apoyado en una paradoja lógica, está escrito en una
perspectiva que se aparta del artículo "Acerca de la causalidad psíqui­
ca", que le precede de inmediato en los Escritos. Forma, con la "Interven­
ción sobre la transferencia" -tal es la opción de Lacan-, la tercera parte
de los Escritos. Esos dos textos apelan a la lógica y sacan provecho de la

262
EL TIEMPO DE FREUD Y EL DE LACAN

dialéctica hegeliana. Sin que aún el concepto de sujeto sea cuestionado


por Lacan, se trata, sin embargo, para él, de una entrada en la "técnica"
psicoanalítica. La era de Lacan psiquiatra, simpatizante de L'Évolution
Psychiatricjiie ha concluido. "Acerca de la causalidad psíquica" marca el
desprendimiento de Lacan respecto de la fenomenología.
El tiempo lógico sitúa a Lacan en su época. N o podía ignorar la obra
de E. Minkowski, pero no da cuenta de ello, en la medida en que su in­
terlocutor oculto pero también su adversario designado es Sartre, cuya
tesis El Ser y la Nada había sido publicada por Gallimard en 1943. Lacan
lo evoca indirectamente cuando declara: "No formamos parte de esos
filósofos recientes para quienes la coerción de cuatro muros no es sino
un favor más para lo mejor de lo mejor de la libertad humana" ("El
tiempo vivido", que se sitúa en la línea de la filosofía de Bergson y de-
Husserl había aparecido en 1933). Notemos que el texto, por cierto dis­
cretamente pero de manera indudable, se refiere a la época y a eso que
en ella se había revelado como "barbarie", para retomar el término que
aún no estaba gastado en la época y que concluye el artículo.
Lacan percibe el peligro de la versión personalista del psicoanálisis
que encarna Daniel Lagache, y permanece fiel, en "El tiempo lógico...",
a un gusto (si damos a ese término un valor fuerte que lo había condu­
cido a escribir Les Complexes Familiaux), que lo hace inclinarse más ha­
cia la sociología de un Durkheim que hacia la psicología, y que le per­
mitirá encontrar con Saussure, Jakobson y Lévi-Strauss, el medio para
levantar al psicoanálisis por encima del carril de la psicología donde,
a partir de Freud, arriesgaba caer.
En su tesis, Sartre queda acotado por los límites que le asigna la
perspectiva filosófica respecto del sujeto. El tipo de relación con el
Otro descrito queda determinado por las nociones de "proyecto" o de
"situación". El acto no está allí vinculado con un saber que no se sabe
a sí mismo, y la relación con el tiempo sartreana queda afectada. El fu­
turo está lleno de todas las posibilidades, comprimido de tiempos don­
de todos los proyectos son concebibles; el sujeto decide solo frente a los
otros: la conciencia no tética (reflexiva) de sí es transparente.
Lacan, por el contrario, en su apólogo de los prisioneros, construye
un Otro cuyos designios, por muy determinados que estén (es la dis­
tribución de dos discos negros y uno blanco a partir de la "situación"
de partida), sólo pueden deducirse gracias a una lógica donde todos
están en la posición de adivinar el deseo de ese Otro que está suspen­
dido sobre ellos, sin que ninguno tenga la llave al respecto. No hay por

263
JACQUES-ALAIN MILLER

consiguiente ninguna conciencia no tética de sí sino un inconsciente,


deseo del Otro. Lacan da más tarde otra formulación del inconsciente
que convendría bien para describir su naturaleza en el marco del apó­
logo de los tres prisioneros: "es algo que se dice, sin que el sujeto se re­
presente allí, ni se diga, ni sepa lo que dice" ("La equivocación del su­
jeto supuesto saber").
El sujeto de Lacan, como el sujeto sartreano, supone la trascendencia
del yo {je), pero en función del inconsciente sólo Lacan permite captar
que el yo {je) y el moi no son del mismo registro. El yo {je) que decide en
el apólogo de los tres prisioneros no es el moi. Encontramos un esclare­
cimiento de esta distinción en "La cosa freudiana...":

Que el yo sea la sede de percepciones [...] es cosa que estamos dis­


puestos a aceptar, pero refleja con ello la esencia de los objetos que perci­
be y no la suya en cuanto que la condencia fuese su privilegio, puesto
que esas percepciones son en su mayor parte inconscientes (página 407).

Por ese motivo la relación del sujeto con el futuro no está constitui­
da por todo lo posible, sino que es el fruto de una decisión que depen­
de de cada uno de los otros, vinculada con el reparto operado desde el
Otro. Lacan evita así el obstáculo que encontraron los filósofos, inclui­
dos los mejores, al privilegiar una lógica colectiva que logra tener en
cuenta las particularidades y que opondremos a la colectivización de
las lógicas individuales que, por su parte, niega la diferencia.
Rüdiger Safranski da de esta distinción una formulación sugestiva,
a propósito de las errancias de Heidegger:

Heidegger, inventor de la diferencia ontológica, no tuvo nunca la


idea de desarrollar una ontología de la diferenda. La diferenda ontológi­
ca es la distinción entre el ser y el ente. Una ontología de la diferencia se­
ría la aceptación de un desafío que nos lanza la diversidad de los hom­
bres, y de las dificultades y probabilidades que de allí resultan para nues­
tra vida en común.
En la tradidón filosófica, esta mistificación se mantiene desde hace
largo tiempo. Sólo se habla siempre del hombre en tanto no se encuen­
tran sino hombres. La escena filosófica está ocupada por Dios y el hom­
bre, ei Moi y el Mundo, el "pienso luego soy" y la "sustancia extensa", y,
actualmente, en Heidegger, por el ser-ahí y el ser {Heidegger et son temps,
1996, página 282).

Es el motivo por el cual Lacan despliega la lógica de este apólogo


insistiendo en el modo muy particular según el cual cada uno puede
EL TIEMPO DE FREUD Y EL DE LACAN

deducir cuál es el destino que el inconsciente le asignó. La verdad no


se manifiesta allí sino en la relación de cada uno con cada uno de los
demás. Responde a una forma de incompletud, puesto que "en esta ca­
rrera tras la verdad no se está sino solo, si bien no se es todos cuando
se toca lo verdadero, ninguno, sin embargo, lo toca sino por los otros"
(página 201). La verdad sólo está entonces allí como lugar vacío, úni­
camente susceptible de manifestarse si todos se aproximan a ella: la
verdad ex-siste, trascendente.
Es entonces a una lógica que incluye en su centro una falta, un va­
cío, que Lacan suspende el momento de concluir y su precipitación en
el acto. Es ese movimiento hacia algo que no es para nadie si no es pa­
ra todos, se manifiestan las tensiones temporales, la prisa por concluir
que sucede a las mociones suspendidas en el proceso conclusivo.
Aquello que Freud ponía en el origen, Lacan lo pondrá en este lugar
que designa, desde "Subversión del sujeto...", con el materna S (A).
Es una lógica colectiva, nos indica, especificando que ella es convo­
cada para completar la lógica clásica. Ésta es una lógica preposicional,
fundada por entero en la oposición entre falso y verdadero, en tanto
aquí ya no es sólo cuestión de declarar la verdad o la falsedad de una
proposición sino de convocar la verdad a partir de la posibilidad de
que no sea. El tiempo se desprende entonces no como una serie infini­
ta de instantes todos iguales que toca llenar, o a la manera de un "to­
do es posible", como en el proyecto sartreano, sino como el advenir de
un desprendimiento sobre el fondo de un goce a abandonar para con­
quistar otro.
Este es entonces el comentario que había hecho de esta segunda
parte del tiempo lógico.

Jacques-Alain Miller. Queda todavía una parte del trabajo de Pie-


rre-Gilles Guéguen que se refiere a El seminario 11 y propongo que
hagamos una pausa en "El tiempo lógico y el aserto de certidumbre
anticipada".
Me puso verdaderamente muy contento leer su trabajo, que aportó
numerosas referencias a Freud que por mi parte no había hecho, no ha­
bía ido a buscar las Actas... En particular me parecieron del todo apa­
sionantes las discusiones que usted trajo de las sesiones de los miérco­
les. Asistimos a la dificultad experimentada por los alumnos de Freud
ante su afirmación relativa al tiempo. Y remarcarán que Freud dio su
acuerdo, en ese contexto al menos, a los señalamientos de Stekel o de

265
JACQUES-ALAIN MILLER

Sachs, que procuran pensar la paradoja o el escándalo de la intempo-


ralidad del inconsciente.
Podrán notar que Freud tempera el entusiasmo de sus interlocutores,
que los lleva a la descripción, señalando que en realidad la intemporali-
dad del inconsciente no es una tesis que se formule a partir de la obser­
vación del comportamiento, no es una tesis que se imponga al observar,
como lo hace Stekel, la tendencia del neurótico a anular el tiempo sino
que es una tesis básicamente metapsicológica, adquirida por deducción.
Freud deja de lado todo cuanto es del orden de la psicología del tiem­
po, dominio por supuesto de una gran riqueza, explotado por los filóso­
fos. Desde siempre hubo aportes que señalaron la variación psicológica
del sentimiento del tiempo: la rapidez subjetiva de la experiencia o bien
su lentitud, el tiempo de la espera, del aburrimiento, se puede buscar la
cualidad temporal de las diferentes modalidades de la experiencia hu­
mana. Freud, a la vez, recibe esas observaciones que pueden ser hechas
sobre el comportamiento del analizante en la vida, en la cura, para ins­
talarse en otra dimensión, la dimensión metapsicológica.
Podríamos decir, abreviando, que cuando los filósofos hacen la feno­
menología del tiempo, lo relacionan a la instancia de la conciencia, que
la dimensión temporal tiene como pivote el campo de la conciencia.
Sintetizando, a partir del momento en que suprimimos el campo de
la conciencia, o en todo caso examinamos la subsistencia de objetos
psíquicos fuera del campo de la conciencia, suprimimos en el mismo
movimiento la dimensión temporal. Entonces podríamos destacar las
afinidades de la conciencia y del tiempo y, por cortocircuito, adquirir
la tesis de las afinidades del inconsciente y de la negación del tiempo,
de la intemporalidad.
Pero eso hace del tiempo, aun para el psicoanálisis, un objeto de
pensamiento totalmente valorado. La anulación supuesta del tiempo
en el inconsciente, si se la mira de cerca, no quiere decir que no tene­
mos que ocuparnos del tiempo, sino que, por el contrario, pone al
tiempo como objeto en una posición de represión mayor.
Me parece remarcable que usted haya formulado esta conjugación
de la castración y del tiempo, por cierto manifiesta, puesto que Freud
elabora las afinidades de la angustia de muerte -e s decir, de la finitud
temporal del ser hum ano- con la angustia de castración. AI subrayar
esto, eleva el tiempo a la dignidad psicoanalítica de la castración. Hay
algo en el tiempo que no sólo es difícil de pensar, incluso impensable,
sino que es horrible de pensar.
EL TIEMPO DE FREUD Y EL DE LACAN

Se puede decir que en la filosofía el tiempo no cesó de liberar, de


producir, de incitar, de suscitar, objetos de pensamiento paradójicos.

Pierre-Gilles Guégnen: Incluida la pulsión de muerte.

Jacques-Alain Miller: Y la pulsión de muerte como tal es un objeto pa­


radójico, por supuesto. En la filosofía, en Aristóteles, el estatuto del aho­
ra, del instante, el ser que es necesario reconocer en el pasado, en el fu­
turo, aparecen por cierto problemáticos. Son objeto de elaboraciones con­
tradictorias y eventualmente cada una de ellas difícilmente coherentes.
Entonces, finalmente, ¿a qué se le reconoce el ser? ¿Se le reconoce a
aquello que ha pasado, al presente, al futuro? El tiempo no cesa de en­
tregar para las formas más elaboradas de la reflexión -la filosofía- ob­
jetos paradójicos e incluso de algún m odo sofísticos.
Lacan hizo una entrada sensacional en esta problemática con "El
tiempo lógico...". En primer lugar porque no se ocupó para nada, en
todo caso no de un modo evidente, del tiem po y del inconsciente; y no
se ocupó, como los filósofos, de la conciencia solitaria enfrentada al
tiempo o constituyendo su pivote. Por el contrario, introdujo en pri­
mer lugar lo múltiple. No se trata de la conciencia solitaria y su tiem­
po, su sentimiento del tiempo. Desde el comienzo es una reflexión, una
demostración acerca del tiempo sobre sujetos múltiples, algo que, se­
gún creo, no había sido en absoluto aportado respecto del tiempo. La­
can lo captó. No creo que haya sido el inventor de este apólogo sino
que percibió cuáles eran sus recursos.
Luego, los prisioneros ponen en escena sujetos, quienes no están
enfrentados por su sentimiento del tiempo, en absoluto -n o se trata de
eso ni siquiera un segundo-. Están enfrentados a un problema que tie­
nen que resolver, con la necesidad de alcanzar una conclusión propia­
mente lógica, no probable.
La pregunta respecto de ese problema es cómo resolverlo; en pri­
mer lugar, cómo puede resolverlo cada sujeto. Lacan señala que no hay
solución para ese problema si no se integran datos temporales.
Allí, entonces, hay una integración del tiempo en la demostración
lógica, que puede llegar a ser considerado como un forzamiento, aun­
que en el texto de Lacan es introducido de una manera muy motivada.
Todo el acento recae así sobre un tiem po epistémico y no sobre un
tiempo libidinal. Hay por consiguiente una gran oposición que puede
plantearse entre el tiempo lógico o epistém ico y el tiempo libidinal, pe­

267
JACQUES-ALAIN MILLER

ro es también lo que le permite a Lacan decir, en el pasaje ya citado de


El seminario Aún, que finalmente, bajo el tiempo lógico, epistémico, es­
tá presente el tiempo libidinal.
No nos queda mucho tiempo, de modo que estaremos obligados,
como previsto, a continuar la próxima vez con la última parte y mis
consideraciones sobre este articuló. Pero podrán ya reflexionar acerca
del acento puesto por Lacan en el pasaje acerca del "ser objeto a bajo la
mirada de los otros".
El interés de Lacan por este apólogo antecede a Sartre. Lacan se in­
teresó en él en 1933, como testimonia una página de su autoría, que fue
hallada y figuró en una exposición consagrada a Lacan. Su interés por
el apólogo es más antiguo que El Ser y la Nada, que fue objeto de un de­
bate familiar durante muchas veladas en casa de Lacan, en discusiones
de las que participaba Georges Bataille.

Pierre-Gilles Guéguen: ¿Es a él a quien se hace referencia en la nota


de "E l Tiempo Lógico..." donde Lacan dice haber sometido ese texto a
gente que aun siendo conocedora en la materia no llegaba a encontrar
una solución?

La identidad coloreada

Jacques-Alain Miller: Eso es. Existió verdaderamente una pequeña


sociedad de pensamiento informal que se ocupó del problema.

El problema a partir del cual Lacan desarrolla esta cuestión com­


porta que hay para el sujeto un mundo, hay quienes ven. Uno ve cuál
es la identidad coloreada de los otros dos. En este caso, ve que son
blancos, pero hay un punto de ignorancia, un punto de no-saber res­
pecto de sí mismo: cuál es su propia identidad de color.
Se puede captar ya que para él los otros tienen un saber que él no
tiene, el saber de lo que él es; saber que, por el contrario, le es sustraí­
do a él mismo. Se puede entonces decir ya que los otros dos, para él,

268
EL TIEMPO DE FREUD Y EL DE LACAN

tienen su significante, esto es, el significante "blanco" -supongo que


todo el mundo leyó el texto de Lacan, se trata de una segunda lectu­
ra-. Cada uno se le presenta según su significante, mientras que él mis­
mo está desprovisto del conocimiento de esa marca sobre sí mismo.
Entonces hay una disimetría de cada uno respecto de los otros. Po­
demos poner el acento en la demostración de Lacan sobre el hecho de
que cada uno es parecido a los demás, motivo por el cual Lacan pue­
de decir: se trata de sujetos de pura lógica y aquel cuyo razonamiento
reconstituye es im sujeto de pura lógica, idéntico a los otros. Pero un
segundo punto de vista destaca esta disimetría y en qué sentido cada
uno es para los otros un menos uno. Este es un primer abordaje.
¿Qué puedo agregar en el breve tiempo que queda? Quizá simple­
mente que ya es necesario, si intentamos adentrarnos más en "El tiem­
po lógico...", razonar como tuve la ocasión de hacerlo a propósito de
los a , (3, y, 8, de Lacan. Quizá recuerden la primera vez que lo presen­
té -tu v e la ocasión de hacerlo una segunda vez-, entonces obtuve al­
gunos efectos, en todo caso cierto número de comprensiones, redu­
ciendo los elementos en juego. No cabe duda de que en el efecto de
sorpresa producido por el grafo de Lacan, presentado en "La carta ro­
bada...", a propósito de la determinación y de las imposibilidades que
surgen, queda incluido para muchos cierta complicación del material
y que hay efectos obtenidos por Lacan tomando grupos de tres,
etcétera, que se pueden obtener igualmente con grupos de dos. Era la
demostración que había hecho y que de inmediato validaba en corto­
circuito relaciones mucho más opacas si se tienen más cifras.
¿De qué se trata aquí, en la conocida anécdota de los tres prisione­
ros, donde el director -gran O tro- los confronta con un problema? Es­
tán allí los tres y deben poder salir de la habitación diciendo cuál es el
color del disco que tienen en la espalda, sin intercambiar entre ellos
ningún signo para informarse al respecto.
Todo descansa sobre el hecho de que son tres, y hay cinco discos,
divididos en dos categorías: tres blancos y dos negros.

B N
ooo/e*
3 < • • -► '

269
JACQUES-ALAIN MILLER

Esos datos no son artificiales, puesto que implican, si lo pensamos,


que no hay sino una configuración que le permitiría a uno salir de in­
mediato. Ella supone que se tenga por delante dos negros, de modo
que la categoría de los discos negros quedaría vacía. En ese momento,
de inmediato, suprimiría ese signo de interrogación, tendría el saber y
podría decir: "Soy blanco".
En realidad, el picaro director de prisión pone a cada uno ante la si­
tuación de ver ante sí los otros dos con discos blancos. Entonces, aque­
llo que cada uno ve en el mundo es compatible tanto con el hecho de
llevar un disco blanco como con el de llevar un disco negro.

B N
OO •
2 < • -+ ®

Dos hipótesis son posibles y, desde el punto de vista lógico, no se


puede ir más allá de eso. Sabiendo que hay tres discos blancos y dos
negros, aquel que tiene ante sí dos discos negros se larga de inmedia­
to. No sabemos lo que hacen los demás, en todo caso hay uno de ellos
que llama, que toca el timbre y dice: "Yo qmero salir".
Por el contrario, la situación inicial es formalmente compatible con
esas dos hipótesis, no se puede optar por ninguna. Algo que se hace
evidente si se reducen los términos del problema a partir de esta pre­
gunta: ¿qué ocurre con dos prisioneros solamente? Con dos prisione­
ros llegamos al efecto paradójico de Lacan, pues tenemos dos discos
blancos y sólo un disco negro.
En tales circunstancias es aún más simple. Cada uno de los pri­
sioneros ve sólo por delante de sí un disco. Si ven que el colega tiene
un disco negro, ¡Eureka!, pueden decir que tienen un disco blanco, y lo
dicen de inmediato. Cada uno se da vuelta y entre ellos hay uno que
ve los discos blancos pero no sabe si él lleva uno negro, mientras que
aquel que ve que el otro lleva un disco negro se va en seguida.
Recién entonces se entiende mucho mejor que el otro sostiene al­
go, es el momento en el que el prisionero ve cómo el otro deduce de
inmediato mientras él se queda en su lugar. Entonces hace sonar tam­
bién él la campana diciendo: "Yo también sé". Uno se da cuenta de
que hay por fin un sujeto que razona y, como dice Lacan, inmediata­
mente sale.

270
EL TIEMPO DE FREUD Y EL DE LACAN

El otro, en cambio, tiene que haber visto al primero hacer algo pa­
ra poder moverse. Eventualmente, la regla es: el primero sale de Sing-
Sing y el segundo permanece allí hasta el fin de sus días, a menos que
escape apelando a medios condenados por el director de la prisión.
Basta con simplificar aquí el problema para percibir que hay un
tiempo que se introduce, puesto que el segundo prisionero, en esta
configuración, no puede llegar a una conclusión sino después del pri­
mero. El segundo tiene necesidad de que el primero concluya, es algo
absolutamente elemental.
¿Qué podemos advertir al respecto? Aquí vemos claramente dónde
se sitúa aquello que Lacan reconoce como un sofisma. Porque, ¿qué es
un problema lógico y el descubrimiento de su solución? Para constituir
el problema, tienen un conjunto de datos, D r A partir de esos datos
que ingresan en la máquina de pensamientos, hacen cierto número de
operaciones. Por ejemplo, hay cuatro colores. ¿Son necesarios más de
cuatro para colorear un mapa? Es muy complicado y, como no lo resol­
víamos, dos muchachos metieron eso en la computadora, estudiaron
todas las configuraciones posibles, en su momento llevó un tiempo
considerable calcularlas, pero llegaron a agotarlas todas y aportaron
una conclusión con certeza.

D3

Desde el punto de vista lógico, el problema consiste en reunir el


conjunto de los datos, la pregunta, y después de una elaboración, ob­
tener una conclusión.
¿Cuál es el conjunto de los datos aquí? En el problema de los pri­
sioneros, el conjunto de los datos es la cantidad de discos blancos y
negros y el dato perceptivo de lo que ustedes ven. Allí es necesario lle­
gar a una conclusión. En el caso de los dos prisioneros, de los cuales
uno lleva un disco negro, sólo uno puede sacar una conclusión. El se­
gundo también llega a una conclusión, pero como lo señalábamos, no
lo hace sino después. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que no lle­
ga a una conclusión a partir de D,, sino a partir de D2, de otro conjun­
to de datos. Llega a esta conclusión a partir del saber acerca del nú­
mero de discos y de su distribución, a partir de haber visto que el otro

271
JACQUES-ALAIN MILLER

llevaba un disco negro, más el dato suplementario de la partida del


otro.
Dicho de otro modo, a nivel del segundo prisionero el problema es
otro, ya no es el problema inicial. Es un problema que integra un dato
nuevo, a saber, el hecho de que el otro pudo salir. Es un problema sim­
plificado.
Yo los invito a releer el "El tiempo lógico..." teniendo en cuenta que
el sofisma se sitúa en este nivel. "El tiempo lógico..." está un punto por
encima de este nivel -sería necesario reflexionar a propósito de ese un
prisionero, pero ahí eso se bloquea- y respecto de él Lacan propondrá
la producción inmediata de una multiplicación de las relaciones.
Pero a partir del momento en que pasamos a la escala superior, es­
to se multiplica. Allí reside el sofisma del problema planteado por La­
can en "El Tiempo lógico...", donde tienen de hecho dos reformulacio­
nes del tiempo: D,, D2, D,.
En "El tiempo lógico..." hay tres problemas que parecen ser sólo
uno Un problema que resulta modificado por la observación del me­
dio, de los datos perceptivos iniciales. Tienen al comienzo el dato per­
ceptivo, cada uno ve dos blancos porque el director distribuyó tres dis­
cos. Ese es el problema de D1? tal cual. Hay razones para decir que es
insoluble. Si la única información que tienen es que hay tres discos
blancos y dos negros, y ven dos discos blancos ante ustedes, no pue­
den sacar una conclusión. El problema no puede resolverse a partir del
conjunto de datos de Dr
Toda la astucia consiste en introducir nuevos datos que hacen pa­
sar a un conjunto D,, que permanece todavía insoluble, y llegar al con­
junto D., que sí puede resolverse.
¿Me explico bien? Fue un poco largo. Es el punto de partida de la
intuición que es preciso adoptar al respecto y en ese lugar se encuen­
tra el sofisma. Consiste en que uno cree tener que vérselas siempre con
el mismo problema del que se trata al inicio, de pura lógica, mientras
que el problema fue transformado.
¿Por qué uno no se da cuenta de que fue transformado? Cuando les
muestro este ejemplo, todo el mundo se da cuenta de la transforma­
ción. No es lo mismo tener al otro ante ustedes, con su disco blanco,
que estar en la segunda situación: una vez que el primer prisionero de­
sapareció, poder concluir tranquilamente. Aquí perciben la modifica­
ción de los datos porque el compañero ya salió.
Por el contrario, ustedes no perciben la modificación de los datos
EL TIEMPO DE FREUD Y EL DE LACAN

en la otra situación, porque ¿cuál es el dato fundamental? Es que, pre­


cisamente, nadie sale, es el no-acontecimiento. El hecho de que la gen­
te permanece, y no se encuentran entonces en la configuración en la
que ven dos discos negros., permite progresar en el razonamiento. En
este punto me acerco a la cuestión, ¿no es cierto?
Lo que vela la modificación de los datos del problema es que el acon­
tecimiento, precisamente, es el no-acontecimiento, que nadie salga. En
ese momento, por el hecho de que nadie sale, se comienza a ver que uno
mismo no es un disco negro. Aquí la mecánica es más compleja, de do­
ble resorte, y si uno no se da cuenta al verlo es porque ahí el aconteci­
miento es un no-acontecimiento. Ocurre como en Sherlock Holmes:
aquello que lo pone sobre la pista es justamente que el perro de los Bas-
kerville no ladró. Siempre es mucho más difícil darse cuenta de lo que
no se produjo que de lo que se produjo. Dicho esto, el no-acontecrmien-
to modifica los datos iniciales del problema para producir otro.
Se trata de consideraciones acerca de la lógica del problema que
pueden reaplicarse al proceso de desciframiento y de descubrimiento
del inconsciente.
En este punto interrumpí el trabajo de Guéguen, antes que se intro­
dujera en El seminario 11. Cuando Lacan se ocupa allí del inconsciente,
lo hace en la medida en que se trata de descifrarlo.
Aquí dejamos. Les doy estas pequeñas llaves para que se entrenen
para la próxima vez. Estudien el sofisma de "El tiempo lógico..." a par­
tir de esta clave, de la modificación invisible del problema, que es el
sofisma como tal.

22 de marzo de 2000

273
XIV
Tres modalidades de conclusión *

Era conveniente para esta reunión en la cual tendré que explicar -o


según el término empleado por Lacan, expoliar- el tiempo lógico, que
batiera mis récords cerrando el tiempo cronológico.
Si se la considera desde la perspectiva a la que habíamos llegado, la
dificultad no era la de captar el mecanismo de doble resorte del doble
sofisma que él incluye. En el subtítulo del artículo Lacan anuncia un
nuevo sofisma -tienen dos por el precio de u no- La dificultad para mí
no era entonces captar el mecanismo de doble resorte de este sofisma,
sino encontrar el modo de exponer tan claramente como tengo cos­
tumbre, al menos como me esfuerzo en hacerlo. Creo haberlo logrado
in extremis.
El tiempo lógico nos va a retener hoy al menos para comenzar y
luego abordaremos la conclusión suspendida del trabajo de Pierre-
Gilles Guéguen.

La suspensión del tiempo

"El tiempo lógico..." nos propone una integración del tiempo en la


lógica que parece excesiva, presuntuosa. Digo esto porque normal-

1 Las clases XTV hasta la XVIII fueron publicadas ya con el nom bre de "E l tiem po
lógico" 1 y 2 en El P sicoanálisis, Revista de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, n° 1 y
n° 2/3, respectivam ente, M adrid, 2001.

275
JACQUES-ALAIN MILLER

mente la variable tiempo no entra en línea de cuentas en la lógica, es


decir, en la dimensión propia del razonamiento, la variable tiempo no
entra en lo que es propiamente el razonamiento de tipo matemático.
Evidentemente, el tiempo cuenta en la física. Se puede exponer el tiem­
po físico cuando se calcula la velocidad de propagación de la luz.
Cuando hacemos de ella una constante universal, este dato integra el
factor tiempo. Si esto parece demasiado complejo digamos que el agua
alcanza el punto de ebullición después de cierto tiempo, tn, cuando se
la calienta a n grados. O bien, para tom ar el ejemplo de Bergson, el
azúcar tarda cierto tiempo en disolverse en el café matinal del filósofo.
A partir de este ejemplo Bergson extrae consecuencias que han perma­
necido inmortales. Apenas un siglo de experiencia de esta inmortali­
dad, pero la palabra de Bergson, el axioma según el cual es preciso es­
perar que el azúcar se disuelva, es elevado al rango de los axiomas
fundamentales. Es un absoluto. Podemos morder el terrón de azúcar o
dárselo al perro; pero el filósofo espera que el terrón se disuelva. Evi­
dentemente, esto no se presenta ahí bajo la forma de un nuevo sofis­
ma, ni siquiera de un sofisma en el sofisma, sino como una verdad que
puede ser alcanzada por cada uno, a condición de esperar un poco: ¡es­
pera un poco que tu terrón se disuelva!
Si hay un tiempo, entonces, es el mismo que figura en las recetas de
cocina: "Corten la cebolla en pedacitos, dórenla a fuego lento durante
diez minutos, media hora". Lejos de m í la idea, además, de despreciar
estos datos fundamentales, puesto que si no cocino es porque soy de­
masiado impaciente. No se puede cocinar si uno no sabe esperar. Se­
gún un señalamiento privado de Lacan, toda la gente más admirada
por él sabía cocinar: Jakobson, Lévi-Strauss... No hay entonces de qué
vanagloriarse.
Para volver a los problemas de tipo matemático y lógico, su solu­
ción no responde a la fórmula dórenlos a fuego lento y vayan a dormir
un poquito. A nivel psicológico sí, es por entero aconsejable, por ejem­
plo, ir a dormir para encontrar la solución por la mañana. Tenemos tes­
timonio de ello en grandes matemáticos. Testimonios de otros, de que
piensan en ello todo el tiempo y, luego, justamente en el momento en
el que procuran alcanzar el autobús y tropiezan con el escalón, por
ejemplo, puede ocurrir que sea el mom ento del ¡Eureka! Son conside­
raciones extrínsecas a la relación del problema y de su solución.
La relación del problema con su solución se establece fundamental­
mente en un tiempo suspendido. Hacen entrar los datos en la máqui­

276
TRES MODALIDADES DE CONCLUSIÓN

na que trabaja, es necesario cierto tiempo para trabajar, y después de


allí sale CQFD:

D — ► — ► CQFD

Eventualmente, puede ser que ese CQFD implique que el problema


no sea soluble. No es exactamente lo que se quena demostrar, pero va­
le de todos modos. También es capital demostrar la imposibilidad de
resolverlo. Aquello que se desarrolla en la máquina, se desarrolla en
un tiempo suspendido:

(t)

Por ejemplo, en el siglo XVII un miembro de la magistratura origi­


nario de Toulouse formula un problema matemático, y sólo a finales
del siglo XX alguien pudo decir: “¡Eurékal Encontré la solución".
No cuenta que primero haya dicho ¡Enreka!, que se haya equivoca­
do y haya sido necesario, como ocurrió, reformular su demostración
para que sea por fin admitida universalmente, esto es, como máximo
por una veintena o una cincuentena de otros muchachos, que han
vuelto a hacer la demostración. Y la humanidad entera, que delegó sus
poderes, que constituyó a esos veinte tipos en instancia de juicio mate­
mático, admite que el problema ha sido resuelto.
¡Oh! Por supuesto, pasaron montones de cosas entre Fermat y
Andrew Wiles, no hubo desocupación en las matemáticas, conocieron
muchas transformaciones, muchas invenciones esenciales, progresos,
dispersiones, una enorme población de entes matemáticos nuevos se
presentó durante ese tiempo. No quita que el problema de Fermat ha
sido resuelto.
Podría parecer una especie de comunicación mística, puesto que
evidentemente no es el mismo quien formuló el problema y aquel que
lo resolvió, a menos que se crea en la reencarnación, pero no es tampo­
co el mismo problema porque no se lo ha podido resolver sino colgán­
doselo a otro que al comienzo parecía del todo diferente. Fue necesa­
JACQUES-ALAIN MILLER

rio demostrar que resolver este otro problema equivalía a resolver el


de Fermat, por consiguiente, fue en un campo de las matemáticas del
todo diferente e inexistente en la época de Fermat que se obtuvo la so­
lución de su problema. Es decir, desde el punto de vista formal, se tra­
ta exactamente del mismo problema. Aun cuando fuera imposible que
Fermat tuviera esos instrumentos matemáticos a su disposición, no
hay duda sobre el hecho de que es el mismo problema el que fue re­
suelto, no hay duda sobre la identidad del problema y sobre el hecho
de que la solución, incluso alcanzada por un camino impensable para
Fermat, es la solución que corresponde al problema.
Evocaba ya la última vez, para el problema de los cuatro colores, el
hecho de que, precisamente, se haya pasado por un importante tiem­
po de computadora, tiempo que sería hoy por cier-to mucho más cor­
to, para realizar las configuraciones posibles. Con toda legitimidad se
admitió por vía de la demostración, perfectamente probatoria para la
instancia del oficio matemático, lo cual no impide que uno pueda
siempre decirse: ¿acaso no se podría llegar a la solución por otro cami­
no que el del agotamiento de las combinatorias?
El problema, además, siempre a propósito del de Fermat, se plan­
tea porque el picarón, el gran picaro, dijo: tengo la solución pero no
tengo lugar en el margen para escribirla. Escribía en los márgenes de
Diaphante las reflexiones destinadas a sí mismo. Queda la pregunta:
¿Fermat tema la solución a su problema? En cuyo caso habría que pro­
ceder como con la música antigua, para instrumentos antiguos, habría
que hacer las matemáticas con los medios que dispoma Fermat. Sería
otra manera de llegar a la solución, que no invalida en absoluto la so­
lución adquirida una vez transcurridos tres, cuatro siglos.
Esta sensacional suspensión del tiempo en la operación del razona­
miento matemático -capaz de hacer soñar, que haría soñar a un Borges
matemático, el sueño de Borges fue la literatura, pero lo que ocurre en
las matemáticas, desde este punto de vista, es del todo congruente con
su meditación, su fantasma-, esta sensacional anulación del tiempo
que les pongo en escena, no impide que haya una presencia del tiem­
po bien conocida aun a nivel elemental.
Cuando razonamos, incluso en los ejercicios que se les propone en
la escuela, es algo bien conocido que hay problemas que no se pueden
resolver de una sola vez, sino que son necesarios pasos intermediarios.
Se les dice a los alumnos que traten de resolver primero esto y una vez
que lo hayan resuelto, podrán resolver esto otro. Dicho de otra mane­

278
TRES MODALIDADES DE CONCLUSIÓN

ra, este orden metódico al que conviene recurrir no es en absoluto des­


conocido en matemáticas: comenzar por aquí y continuar por allá.
Pero, ¿es tiempo eso? Todo el mundo está de acuerdo en decir que
se trata de etapas del razonamiento. A firm ar que hay etapas del razo­
namiento basta para decir que se trata del tiempo, si se define al tiem­
po como una sucesión orientada, ordenada -e n primer término, en se­
gundo térm ino-. En otras palabras, un problema puede plantearse y
su solución razonada resultar descompuesta en varias etapas de razo­
namiento: primera, segunda, tercera y cuarta, donde se cuenta:

Puede ocurrir también que uno capte la posibilidad de un cortocir­


cuito al pasar por la etapa designada aquí como Ey lo cual permite
concluir de inmediato, reduciendo las etapas E, y E3.
También puede ocurrir que desde el comienzo uno se consagre a E 3
para volver a E, y de allí ir a E4. Por ejem plo, si de esto se trata, el últi­
mo dibujo que hice en el pizarrón, lo m ás sencillo es aún darse cuenta
de que es un gráfico y que entre las cúspides E 4y E4 se pueden seguir
dos caminos:

Captar bien qué es un grafo consiste en darse cuenta de que un gra-


fo es tiempo lógico. Me van a decir que esto no es tiempo logicizado,
que sólo son etapas y que eso que llam am os tiempo lógico no es sino
un tiempo considerado a título de etapa de un razonamiento. Y, en

279
1

JACQUES-ALAIN MILLER

efecto, no se trata del tiempo que ustedes tienen como vivientes que
poseen conciencia de sí, y por esa misma razón del azúcar que se dilu­
ye en la taza de Bergson -e n fin, no en la de Bergson, cuya experiencia
precisamente no tienen, sino de la que se diluye en la taza de ustedes,
la que tienen aquí-. Digo aquí puesto que ya estaba enterado, por otra
comunicación, que en este Curso se duerme, se come y, por lo tanto,
ciertamente, habrá otros que beben, en algún sitio, una taza de té con
un terrón de azúcar que se diluye adentro.
Evidentemente, el tiempo lógico no es el tiempo pasado, no es el de
la palpitación -salvo en el extremo final del segundo sofisma oculto en
el primero-. El tiempo lógico es el tiempo de entrar en la lógica -y, por
lo tanto, tiene una cabecita de lógica, por supuesto-. Por supuesto es
un tiempo naturalizado en la lógica, un tiempo con una nueva identi­
dad de tiempo, una identidad que corresponde al pasaje de un vértice
a otro del grafo. "¡Oh! -van a decir-, ¡entonces, un tiempo así, uno no
lo quiere!" Bien, de acuerdo.
Entonces, para ser concilidor -hasta cierto punto, como siempre-,
admitamos que hay una diferencia que impone precisamente una pe­
queña reflexión acerca del grafo. Hay una diferencia entre el tiempo y
la duración. Les dejo la duración, con la sensación de la duración, les
dejo el azúcar, me quedo con el grafo. M e quedo con la palabra tiem­
po para el razonamiento. De todos modos, no soy yo quien la puso en
la lengua para que se diga "en un primer tiempo", "en un segundo
tiempo", en un primer tiempo del pensamiento, en un segundo tiem­
po del pensamiento, etcétera.
Eso no es del orden del azúcar que se diluye o del cerebro en ebu­
llición, como nosotros hace un rato. El tiempo lógico, en efecto, se dis­
tingue de la duración psicológica. No es nada del otro mundo pero
muestra lo que hay de viciado, el carácter nocivo del sofisma que qui­
siera hacer considerar el problema de la sesión analítica a partir de la
duración. Nos zumban las orejas con este asunto de la duración de las
sesiones. Y allí, hacer la diferencia entre el tiempo y la duración es to­
talmente operatorio y esencial.

El tiempo discontinuo

Esta semana tuve el placer de que me aportaran un dato. Se lo de­


bo a Bárbara Gorczyca, que debe estar aquí quizá, quien me confío su

280
TRES MODALIDADES DE CONCLUSIÓN

amistad con un especialista en Raymond Queneau. Este especialista,


interrogado por ella, había reconocido a Queneau en el autor anónimo
citado en la nota que Lacan ubica en "El tiempo lógico...", donde nos
propone, además, un pequeño esquema, esto es, la nota de las páginas
192-193. Lacan alude allí a las reuniones de un pequeño cenáculo, de
un pequeño colegio íntimo, en cuyos espíritus selectos el problema de
los tres prisioneros indujo un pánico confusional. Lacan dice que un
pequeño mensaje le fue transmitido. El especialista en Raymond Que­
neau dice reconocer en ese pasaje el estilo particular del autor, y la pie­
za a convicción es un artículo cuya memoria me refrescó Bárbara
Gorczyca trayéndome un ejemplar. Se trata de un artículo publicado
en la colección que lleva por título Bords, donde figura un pequeño ar­
tículo acerca de la cinemática de los juegos.
Es un artículo que, pese a la cronología -o más exactamente según
una cronología aproximadamente inversa-, termina la recopilación. El
autor precisa que había aparecido en 1948 y lo había escrito en 1944.
Recuerden el artículo de Lacan, su testimonio en los Escritos, según el
cual el artículo le había sido solicitado en 1945. La última frase de ese
artículo es la siguiente: "Es así que el problema de los 'tres ennegreci­
dos" se resuelve por un razonamiento en tres tiempos". No cabe duda
de que esta última frase se reñere al problema de los tres prisioneros y
que hay una conexión posible, en todo caso, que viene a apoyar la eva­
luación del experto en Queneau.
Este artículo de Queneau, que era matemático al mismo tiempo que
poeta, se interesa en los juegos -n o es un artículo fundamental en ab­
soluto-, cuando no conocía todavía la teoría de los juegos de Von Neu-
mann y Morgenstem, como lo precisa en una nota posterior. La teoría
de los juegos apareció en 1944, no verifiqué la fecha precisa. Queneau
propone examinar los juegos desde el punto de vista del tiempo. Cabe
suponer que esta idea le viene de aquello que recogió de las reuniones
del colegio íntimo que se reunía con ese propósito.
Esas reuniones tenían probablemente lugar en la misma época en la
que el estimado Georges Bataille reflexionaba acerca de aquello que
Blanchot llamaba la comunidad inconfesable, donde fundaban su mu­
tualidad en el asesinato de una mujer. Bataille llegaba a entusiasmar a
un pequeño mundo de gente con ese proyecto, bien armado para ha­
lagar ciertas posiciones subjetivas. Al mismo tiempo, el colegio íntimo
de Lacan se reunía alrededor de un problema de lógica temporal.
A partir de esta idea, Queneau dice muy bien que el tiempo del que

281
JACQUES-ALAIN MILLER

se trata en los juegos no es una duración sino un tiempo discontinuo,


un orden de sucesión, pero aun así, despojado de toda cualidad psico­
lógica o afectiva, sigue siendo tiempo.
A partir de ello sostiene que, en efecto, la teoría de los grafos -él no
la llama así, porque no dispone por entonces del término; como lo seña­
la una nota ulterior, todavía no había surgido para él-, no es pura y sim­
plemente geometría, porque supone un móvil que se desplaza de un
vértice a otro vértice que le está asociado. Queneau no habla de teoría de
los grafos sino de cinemática, introduciendo el movimiento. En efecto, a
partir de la noción de grafo se puede demostrar un número muy consi­
derable de propiedades, enumerar los caminos posibles sobre un grafo,
es decir, los caminos descritos por un móvil. Esta descripción por el va­
cío queda sometida a ciertas obligaciones y en el orden de estas reflexio­
nes se integraron problemas que estaban ya presentes en la matemática
divertida, hasta llegar a ser problemas de la matemática seria.
Es una dimensión propia, donde se encuentra, por ejemplo, el pro­
blema de Postumus, conocido por Queneau en esa época. Lacan extrajo
de allí la arquitectura de los a, (3, y, 5 -com o en otra época lo demostré-,
y de allí llegó a su grafo. El grafo del seminario Las formaciones del incons­
ciente procede directamente de la reflexión de Lacan acerca de "La carta
robada" y es preciso darse cuenta que la primera entrada en esta dimen­
sión es su artículo sobre "El tiempo lógico...".
Lo que cuenta para el tiempo es el desplazamiento de un vértice a
otro y Queneau lo llama de un modo bonito, el tiempo abstracto dis­
continuo. Veremos un poco más adelante que si tomamos muy en se­
rio la discontinuidad del tiempo, evidentemente hay algo que salta del
sofisma de Lacan, algo que salta del segundo sofisma y se desliza en el
primero.
Un tiempo discontinuo porque consideramos como duración el des­
plazamiento de un vértice a otro. No nos ocupamos de saber si de un
vértice al otro el trayecto es en pendiente y entonces resulta difícil subir,
y que después desciende y se puede ir más rápido, etcétera. Esa es la ca­
rrera de ciclistas, el Tour de France. El Tour de France es un grafo sobre
el mapa de Francia, puesto que a veces se saltea la ciudad que no dio
bastante dinero para la organización y pasa a otra. Se desplaza el pelo­
tón en un coche... Pero es un grafo a condición de que uno no se ocupe
de saber si se trata del Pico del Midi o si es la región de la Beauce.
Desde esta perspectiva, ese tiempo es abstracto; es un puro orden
de sucesión el que está en juego. Creo que esas consideraciones, paso

282
TRES MODALIDADES D E CONCLUSIÓN

por paso, demuestran bastante la relación del problema del tiempo ló­
gico con la construcción del grafo.
La sesión analítica, para agregar un poquito al respecto, para Lacan
es la sesión lógica, esto es, una sesión va de un desplazamiento lógico
hacia una conclusión, un desplazamiento orientado por aquello que
designó como pase, lo que quiere decir que u n análisis se concluye co­
mo un problema. Hasta se podría decir que si puso el acento en las en­
trevistas preliminares es porque tenía la idea de que era necesario en
primer término reunir los datos.
Hay quienes dicen: "¡Oh, es una sesión corta!". Hay otros que quie­
ren hacerse ver con buenos ojos, demostrar a los demás que son proli­
jos con sus personas y dicen: "¡Pero no, en absoluto! ¡No se trata de la
sesión corta sino de la sesión variable!". No estoy inventando. Hay una
señora que es, ella sola, toda una compañía: "Roudinescom pañía". Ella
explica que es preciso no confundir. Están los blancos y los negros, los
lacanianos negros que practican la sesión corta y los lacanianos blan­
cos que practican la sesión variable.
Todo eso sólo demuestra hasta qué punto la compañía acepta los
valores, el lenguaje, los conceptos de los otros. Que se trate de corta,
variable o fija, implica considerar la sesión sólo bajo el aspecto de la
duración, más o menos larga con la m ism a o distinta duración. Consi­
dera esto bajo el aspecto de la cantidad y, en coherencia con esa pers­
pectiva, es preciso reglamentar la cantidad de sesiones. ¡Es coherente
en la tontería, pero es coherente! ¿Una tontería coherente es superior a
una incoherente? Habrá que pensarlo. Se puede decir que la tontería
incoherente manifiesta pese a todo un remanente de inteligencia, pro­
veniente de haberse abierto a Lacan. Pero esto no excluye que ella ha­
bilite la demostración de cualquier cosa.
Esto no quiere decir pensar la sesión sub specie zternitatis, sino que
corresponde pensarla bajo su aspecto de tiempo lógico, por completo
abstraída de la duración.
No es la ocasión de hablar, porque veo que me demoro, de las con­
secuencias extremadamente nefastas, hasta peligrosas, sobre todo pa­
ra el practicante; nefastas para el paciente, peligrosas para el practi­
cante, de la sesión larga y fija. En efecto, ella disminuye, tapona, difie­
re el efecto lógico para el sujeto; precipita el efecto lógico de la sesión
para llenar el tiempo con una experiencia de la duración que resulta
entonces decorada con manifestaciones narrativas de dificultades psi­
cológicas. Es una experiencia de orden psicológico que tapona, amor­

283
JACQUES-ALAIN MILLER

tigua la lógica del recorrido, y la modulación del tiempo lógico que re­
sulta entonces valorada es: yo chapoteo. Es lo que Lacan llamaba ma­
cerar en el propio pantano. Y la sesión psicológica es peligrosa para el
practicante.
Quisiera llegar a decirles esto a los demás porque me invitan a ha­
cerlo -perdónenlos, no saben forzosamente lo que hacen-. Quisiera lle­
gar a decirles esto un día, a fin de año, para su bien: es antihigiénico
para el practicante, basta con verlos. Es decir, también ellos deben lle­
nar la sesión, entonces hacen otra cosa. He tenido recientemente un
testimonio a propósito de esto, de alguien que frecuentó esos medios,
que recogió las confidencias de unos y otros. Hay uno que tiene una
computadora especialmente elegida por no hacer ruido y entonces du­
rante los cincuenta y cinco minutos teclea en ella. Hay otro, célebre,
que llegaba a molestar un poco a sus analizantes limándose las uñas.
Parece que todo el mundo sabe esto en cierto medio. Por mi parte, ten­
go el testimonio de alguien que concurría a otro que simplemente dor­
mía y que, a diferencia del de la computadora, hacía ruido. Hasta cier­
to momento, es algo que no lo molestó.
Agregaré a continuación de lo que ya narré aquí, el relato del señor
Rony Schaeffer en el Congreso de Barcelona, donde estuve, y que con­
sistía en explicar al analista los métodos para no dejar que el espacio
psíquico sea invadido por el paciente. Tenía como clave la descripción
horrible de los estragos psíquicos producidos en el psicoanalista por el
paciente, algo que por lo demás me hizo decirle en la discusión que eso
me hacía pensar en Star Wars. El paciente era Dark Wader, pero no es
una idiosincrasia del tipo, son las consecuencias patológicas en el ana­
lista de la sesión larga de duración fija. Creo que es un dato que es pre­
ciso tener en cuenta para entender el trayecto de la institución funda­
da por Freud.
Vamos a entrar ahora un poco más decididamente en el artículo de
Lacan, respecto del cual simplemente les señalaré que él mismo lo ubi­
ca entre el antes y el después, como lo señala. En los Escritos, tienen
"La carta robada" como entrada. Y después los antecedentes de Lacan,
que cronológicamente se ordenan hasta 1950. Encuentran después
"Función y campo de la palabra y del lenguaje..." y, descolgado respec­
to de la cronología, "El tiempo lógico...", que data de 1945, acompaña­
do por, como ya lo indicara, la "Intervención sobre la transferencia",
que es de 1951.

284
TRES MODALIDADES DE CONCLUSIÓN

Ant. Tpo. Lóg.


50 Función y campo..

Carta rob. 45

Transí. 51

Ya había señalado todo el interés que comporta ese acoplamiento


del artículo "El tiempo lógico..." con la transferencia, y -dice Lacan-
este artículo y su localización, también en este volumen, "demuestra
que el después hacía antesala para que el antes pudiese tomar su ran­
go"- ¿Qué quiere decir esto? Lacan considera que una vez producido
"El tiempo lógico...", en 1945, el "después" se hizo esperar hasta 1953,
porque era necesario en primer lugar que el "antes" pudiera desarro­
llarse completamente.
Esta posición desprendida del artículo "El tiempo lógico..." le sirve
para indicar que hay precisamente un tiempo lógico en su enseñanza
y que es necesario en primer lugar haber desarrollado completamente
un punto para poder desarrollar otro. Es preciso, por ejemplo, haber
considerado exhaustivamente una cuestión, haberla dado vuelta en to­
dos los sentidos y mirado bajo todos los ángulos para que se pueda pa­
sar a otra cosa.
¡Hay algo entonces que se terminó llamando mi lectura de Lacan!
Pues bien, si es una lectura, no es una lectura cronológica, incluso
cuando en cada ocasión les enseñé a prestar atención al momento en
que Lacan dijo tal cosa. No es una lectura cronológica, es una lectura
que respeta el tiempo lógico de la enseñanza de Lacan.
Sólo una palabra acerca de la cuestión del vínculo del tiempo lógico
con la transferencia. Es para dedicarse a resolver un problema, no sólo
en el psicoanálisis, no simplemente su problema, no solamente sus di­
ficultades que tienen una oportunidad de encontrar una puesta en for­
ma significante gracias a eso que se llama entrevistas preliminares. En­
trevistas destinadas a transformar las dificultades, perfectamente legí­
timas, constantes, que se pueden tener en la existencia, transformar
esos datos en problema. Pero no es simplemente en el psicoanálisis que
uno se pone a resolver el problema a través de la transferencia, por cau­
sa de la transferencia. Para consagrarse a la resolución de cualquier pro­
blema de lógica y de matemáticas es necesaria la transferencia.

285
JACQUES-ALAIN MILLER

Algo sorprendente es lo que cuenta al respecto Andrew Wiles. Ocu­


rre que, bien orientado desde su pequeña infancia, hacia la edad de diez
años fue a comprar un libro donde estaban los mayores problemas de
las matemáticas, y vio a todos los grandes espíritus consagrados a resol­
ver el problema de Fermat, a demostrar el teorema, y después vio que
todavía no lo habían conseguido. Se dijo: "Yo, Andrew Wiles, diez años,
seré ese". Después, algo encanecido bajo la armadura, a) punto de haber
superado la edad de la medalla Phields, realizó su sueño de jovencito.
Pero dejemos de lado esos datos biográficos. Para consagrarse a re­
solver un problema es necesario en primer lugar tener confianza en
que el problema vale la pena, es válido y por lo tanto es necesario su­
poner que tiene una solución, aunque más no sea la de no tenerla, la
de la solución imposible.
Dicho de otro modo, la posición misma de un problema pone en el
horizonte al sujeto supuesto saber la solución. Esto lo expresaba a su
manera Hilbert en su célebre lección acerca de los problemas futuros
de las matemáticas, que dominó el comienzo del siglo en matemáticas.
Hacía la lista de veintitrés problemas por resolver y, después de mar­
car la importancia esencial de la demostración de imposibilidad de la
solución, decía:

En la matemática moderna, la cuestión de la imposibilidad de cier­


tas soluciones juega un rol preponderante. Es desde ese punto de vista
que antiguos y difíciles problemas, como aquellos que hacen a la de­
mostración del axioma de las paralelas, la cuadratura del círculo y la re­
solución por radicales de la ecuación de 5° grado, recibieron una solu­
ción perfectamente satisfactoria y rigurosa, aunque en un sentido muy
distinta de aquélla que se busca primitivamente.
El hecho destacable del que acabamos de hablar aquí, éste, así como
ciertos razonamientos filosóficos, hicieron nacer en nosotros la convic­
ción que sin duda compartirá todo matemático, pero hasta este mo­
mento nadie desplegó prueba alguna -prudencia-, la convicción digo
que todo problema matemático determinado debe ser forzosamente
susceptible de una solución rigurosa, ya sea por vía de una respuesta
directa a la pregunta planteada o bien por la demostración de la impo­
sibilidad de la resolución.
Este axioma, la posibilidad de resolver todo problema, ¿es una ca­
racterística distintiva del pensamiento matemático o es quizá una ley
general del modo de existencia de nuestro entendimiento?

286
TRES MODALIDADES D E CONCLUSIÓN

Concluye su introducción con la siguiente nota, llena de resonan­


cias para nosotros:

Nosotros, los matemáticos, escuchamos siempre resonar este llama­


do: He aquí el problema, busca la solución; puedes encontrarla por vía
del razonamiento; nunca, ningún m atem ático será reducido a decir:
"ignoraduinus" , "ignorarem os".

De ahí que hayan estado durante u n tiempo orgullosos, felices, y de


ahí también el efecto de pánico confusional en el que los sumió el teo­
rema de Godel. Es porque Hilbert había hecho aparecer aquello que no
había que decir, esto es, la existencia d el sujeto supuesto saber en ma­
temáticas, formulado exactamente aquí. La demostración por parte de
Godel de verdades matemáticas que no se pueden demostrar, produjo
evidentemente una conmoción, mi traumatismo que fue recubierto de
inmediato, por supuesto, por la afirmación de que después de todo,
eso no es sino una demostración de imposibilidad.
Allí, una vez más, no se puede descuidar la diferencia de los tiem­
pos. En un primer tiempo, fue exactamente un desmentido al ignoradu-
mus, la fundación de un ignoradumus fundam ental en las matemáticas,
nunca tan bien desprendido hasta entonces en disciplina alguna.
Entonces aquí, evidentemente, quien plantea el problema en el
ejemplo de Lacan es el director de la prisión, como ocurre con el profe­
sor que les da el ejercicio o con uno m ism o cuando se plantea el proble­
ma, se puede decir que el sujeto supuesto saber es el efecto de signifi­
cación precisamente inducido a partir del momento en el que uno se so­
mete al problema, que uno hace del S2 esclavo del problema, que se ele­
va el problema a resolver al lugar de significante amo que hace traba­
jar; entonces, junto con eso, tenemos el efecto sujeto supuesto saber.
Por esa razón precisamente, Fermat resultó interesante, porque se
pensó que él tenía la solución. Y dijo, simplemente: escuchen, no pue­
do escribirla porque no hay suficiente espacio en el lugar del Otro. Uno
se imagina siempre que el lugar del Otro... ¡No! También hay crisis ha-
bitacional en el lugar del Otro. No h ay más espacio en el lugar del
Otro, como eventualmente no hay m ás tiempo suficiente para, como
canta Guy Béart, No hay más después en Saint-Germain-des-Prés, eso con­
cierne a una proposición muy importante.

287
JACQUES-ALAIN MILLER
t

Configuraciones subjetivas

Vayamos a la determinación del problema propiamente dicho. Evi­


dentemente, el hecho de que se trate de una prisión es del todo emble­
mático, puesto que, en efecto, cuando uno entra en el problema ya se
está en la prisión significante, a partir del momento mismo en que or­
denan el problema.
Dejo de lado las consideraciones sobre la naturaleza del sofisma, ya
evocadas, y retomo la simplificación que introduje la última vez acer­
ca del problema del después. Esto les trae de inmediato tres prisione­
ros, cinco discos, dos mociones suspensivas. Simplifico los datos del
problema y lo estudio sólo a partir d el problema de dos prisioneros,
que permite finalmente ir bastante lejos en la demostración de los efec­
tos de Lacan.
Dos prisioneros, y como datos en el punto de partida, dos discos
blancos y uno negro. Estudiemos el problema de "El tiempo lógico..."
a partir de esos datos. Para cada uno de los dos prisioneros la situación
puede ser escrita así:

2 pr. O O •

© © K / ^ < O — ►o vo sé: blanco


? 1(0) w7

P /’ < O —> O ?< * y o n o sé


/(•) •

Mj M,

A B A B
O a O 0

? 7
A a (o) < • A B p (o) < o
?
B p (9 ) < 0

A — ► concluye y se va
t] AB —*■ permanecen
B —*■ permanece

t2 B — ► sale AB — ►salen

288
TRES MODALIDADES DE CONCLUSIÓN

Para cada prisionero escribo aquí un signo < que indica qué es lo
que él ve, ese es su mundo, más precisamente, esa es la configuración
subjetiva de su mundo. A decir verdad, la configuración subjetiva de
un mundo está constituida por todas las posiciones, pero ahí está de­
terminada por dos posiciones: lo que ve -y porque lo ve, sabe-,
entonces, escribo una S, sabe si el otro es blanco o negro, suponemos
que tienen la amabilidad de darse vuelta puesto que tienen el disco en
la espalda. ¿Y si hay un prisionero que dice "No me daré vuelta de nin­
gún modo"? ¿Hay espejos? Y, por otra parte, el disco que él mismo tie­
ne en la espalda, lo marco como saber coronado por una barra que in­
dica la negación (S).
Cuando hay dos prisioneros con marcas en la espalda, se trata de
una configuración subjetiva determinada por una fórmula con un sím­
bolo binario, a saber, el disco que tiene en la espalda y que el prisione­
ro no conoce, signo de pregunta, el disco que el otro ve.
Dados los datos del problema, hay dos configuraciones subjetivas
posibles, la configuración a , según la cual el sujeto en un comienzo no
sabe lo que tiene en la espalda, ve al otro negro; o bien la configuración
P, donde ve al otro blanco. En el caso en que el sujeto ve al otro blan­
co, ¿qué debe concluir? No sabe si él mismo es blanco o negro, enton­
ces se dice: "N o sé". Por el contrario, si el sujeto está en la configura­
ción a , allí puede concluir que él es blanco. No hay nade más simple.
Más simple que esto, es un solo tipo con un disco en la espalda y que
no sabe cuál es.
Aquí hay un "yo sé" que tiene como consecuencia inmediata un
"yo veo". Entonces esto es insuperable, una vez que han escrito esto,
pueden dejar la tiza y partir. Por lo demás, yo estoy casi al final y voy
a durar más allá, así los veré irse unos después de otros. Esto es insu­
perable y sabemos que la única configuración que permite concluir es
la configuración subjetiva a , ella es la que permite una conclusión in­
mediata, esto es: "yo soy blanco". El resultado en esta configuración a
es que si hay uno de los sujetos -sólo puede haber uno- que se inclu­
ya en ella, el negro dice: "yo no sé"; el blanco dice: "sé que soy blan­
co", y el negro que no lo sabe, no puede concluir.
El resultado de las carreras es que hay un ganador y un perdedor.
Si hay uno que se incluye en la configuración a , hay un ganador y un
perdedor, es absoluto e insuperable.
Evidentemente, nos podemos detener aquí. Estudiemos ahora no
ya las configuraciones subjetivas sino las configuraciones objetivas.

289
JACQUES-ALAIN MILLER

Vayamos un poco más allá. Las configuraciones objetivas son el mun­


do donde se sabe cuál es el disco que los dos tienen, es el mundo del
director de la prisión, incluso no es el mundo del sujeto supuesto sa­
ber sino del sujeto que sabe, el sujeto supuesto saber real.
Hay sólo dos configuraciones objetivas, M, y Iví,; o bien hay un
blanco y un negro, o bien hay dos blancos. No puede haber dos negros
puesto que hay un solo disco negro. Tenemos entonces las dos confi­
guraciones objetivas posibles.
En el caso M ;, ¿cuál es el mundo de A? A no sabe si es blanco; ve al
negro, por consiguiente está en la configuración a , B no sabe que es ne­
gro y ve al otro blanco: está en la configuración (3. Es el caso que estu­
diamos. En ese caso, hay uno que puede concluir y hay otro que no
puede. Aquel que es blanco puede concluir a partir de la configuración
a, pero el otro no puede concluir.
En el caso M2, los sujetos A y B están en una misma configuración,
la de ver un blanco e ignorar quiénes son ellos. Están uno y otro en la
configuración ¡3. Esto quiere decir que al final de las carreras, habrá
uno que se irá: A concluye y se va, y A y B se quedan. Entonces, se pue­
de decir adiós, ahí todo está hecho.
Ahora se pone interesante si tenemos derecho a continuar más allá
de ese punto. Ustedes pueden decir entonces: no, para nada, aquí está
el problema. Vean cómo se presenta. Allí está toda la combinatoria de
las posiciones con el mundo objetivo y el mundo subjetivo, allí está to­
do... Entonces se abandona el tablero.
Pero quizá se tendría derecho de continuar. Lo tendríamos si intro­
dujéramos el tiempo, el tiempo lógico, que es, sin embargo, un dato su­
plementario. Introducimos un tiempo que no es la duración, es simple­
mente el derecho de razonar más allá de este punto de vista. ¿Qué
quiere decir esto? Es formular una etapa siguiente del razonamiento.
En el caso Mj, ¿qué ocurre en ese tiempo siguiente? Tienen la conclu­
sión en el tiempo tr Si tienen derecho a continuar, entonces, habiendo
visto B que A partía, concluye que él es negro y en ese momento también
se va. "Si el otro pudo decidirse -s i no se quedó como en el caso M2-, en­
tonces esto quiere decir que también yo soy negro". Esto es lo que había
puesto en escena la última vez. En el tiempo t„ B puede partir también.
De este otro lado -es el caso M ,-, los dos permanecen y por consi­
guiente, ninguno de los dos puede decirse "no soy negro, de lo contra­
rio el otro hubiera partido en el primer tiempo". Por lo tanto, ambos
pueden concluir que son blancos y ambos salen.

290
TRES MODALIDADES D E CONCLUSIÓN

Dicho de otro modo, si aceptamos introducir el tiempo lógico en el


problema, lo cual implica hacer un segundo tiempo de razonamiento,
es porque hay un tiempo, porque si n o lo introducimos quedamos pe­
gados aquí, pero ese tiempo no es la duración. Si introducimos el tiem­
po lógico, entonces, en el segundo tiem po, de todos modos los dos sa­
len. Podemos decir que tenemos allí u n problema que es soluble para
los dos participantes en el tiempo 2, cuando ambos son blancos, en el
tiempo 2 los dos pueden salir.
Cuando estamos en la configuración M }, en el primer tiempo hay
uno que sale, el blanco, y en el segundo tiempo, sale el otro. El proble­
ma de Lacan es el mismo, simplemente como hay tres personajes que
son blancos, ya lo sabemos: en el tercer tiempo, los tres van a salir.
El hecho de haber simplificado los datos del problema permite dar­
se cuenta de lo que podría ser la esencia del tiempo lógico, en el senti­
do del primer sofisma.
Es maravilloso, porque un problema insoluble -d e eso se trata en la
configuración M ,-, se convierte en soluble. El problema cuyos datos
impiden a A y B saber lo que son, y p o r eso se quedan como papana­
tas. Ese problema, gracias a la introducción del tiempo lógico, se trans­
forma en soluble.
Es un milagro, no es el del aullido pero es el milagro del ¡Eureka!,
del aullido ¡Eureka, lo he encontrado!
La conversión del problema insoluble en problema soluble consti­
tuye una sorpresa. Entonces, ¿dónde está el sofisma? El sofisma es el
haber permitido un después de la conclusión. Es decir, yo concluyo:
"¡No tan rápido, mariposa!". Y la vuelta siguiente, "¿qué concluyes?".
Esto es, haber permitido la conclusión t7. La conclusión en el tiempo tj
es "Cállate", mientras que la conclusión es posible para ambos en el
tiempo t,.
Ya les hice notar dónde se encuentra exactamente el punto sofístico
del asunto. Es un sofisma porque ustedes autorizan que la conclusión
del tiempo t, se convierta en dato suplementario del problema. Por con­
siguiente, el problema que ustedes llegan a resolver en el tiempo t2no es
ya el mismo que el del tiempo tr El problema que planteamos en el tiem­
po t, es: ¿qué puedo concluir cuando h ay dos discos blancos, un disco
negro, y veo que el otro tiene un disco blanco? La respuesta es: nada.
El sofisma consiste en que el segundo problema que llegan a resol­
ver es el siguiente: ¿qué puedo concluir cuando veo que el otro tiene
un disco blanco y no salió? Ese es el d ato suplementario: el hecho de

291
JACQUES-ALAIN MILLER

que no haya salido. Es ese "no haber salido" que ustedes introducen
en los datos del problema, y se hacen así los astutos porque resolvie­
ron el problema en el tiempo t,. El problema en el tiempo t, no es el
mismo que en el tiempo q -a diferencia del problema de Fermat, que
es mucho más complicado.
Al estar en la configuración [i y sabiendo que A partió, ¿B puede sa­
ber lo que es? Sí. Únicamente, los datos del comienzo, sabiendo que el
otro se fue primero, ¿puede saber quién es? Sí, sabe que es negro. Pe­
ro si el otro no se fue, también se puede concluir que ambos son blan­
cos, es decir, yo mismo soy blanco. Dicho de otro modo, en el primer
caso - M ,- se puede concluir, a partir de la salida del otro, que uno mis­
mo es negro. Pero si el otro no se va M2, se puede concluir que uno mis­
mo es blanco.
Evidentemente, es mucho más sorprendente en el segundo caso,
puesto que allí es el no-acontecimiento, el hecho de que no ocurra na­
da, lo que autoriza una conclusión. Pero el hecho de que no pase nada,
el no-acontecimiento, es un acontecimiento, implica que pasa algo.
Esto supone, y es de aquí que Lacan hará surgir su segundo sofis­
ma, en el interior del primero, pero no enseguida, todo esto descansa
en el hecho de que la conclusión debe manifestarse como movimien­
to. En el caso M,, el movimiento de A se traduce para B por: "¡Ah!
Pues bien, entonces él sabe lo que es y entonces yo sé lo que él es, yo
sé que él sabe, si veo que A sale, comprendo que él sabe lo que tiene
en la espalda. Pero si lo veo que no se mueve, que permanece inmó­
vil, entonces sé que no sabe; está por lo tanto en la misma posición
que yo y yo sé que soy blanco". Haya o no movimiento del otro, pue­
do concluir en los dos casos. En el caso en que el otro se va, concluyo
que soy negro; en el caso en que el otro no se va, concluyo que soy
blanco como él.
Se ve bien que resulta esencial que vea lo que el otro hace. Imagi­
nemos la misma historia, pero que el director de la prisión hubiera di­
cho: "Cuando hayan encontrado lo que son, me lo dirán al oído". En­
tonces, esto ya no funciona, si se trata de decírselo al oído cada uno va
a ignorar lo que el otro sabe o no sabe. E s preciso que el otro manifies­
te que alcanzó o no su conclusión a través de su movimiento o de su
inmovilidad.
Dicho de otro modo, si agregara una cláusula de confidencialidad:
"Cuando sepan verdaderamente lo que tienen en la espalda, me lo di­
rán al oído", esta cláusula anularía la manifestación de la conclusión

292
TRES MODALIDADES DE CONCLUSIÓN

en movimiento, por lo tanto bajo la forma de datos de tipo perceptivo


susceptibles de entrar en el razonamiento.
Espero no resultar complicado, porque verdaderamente no es posi­
ble nada más simple: por el hecho de que el otro se va, concluyo que
soy negro; y por el hecho de que se queda -v eo que se queda, puesto
que si supiera saldría-, puedo concluir que soy blanco. Es necesario
que haya percepción de un movimiento.

M omentos de evidencia

Evidentemente, esto puede ser representado en un grafo. A saber,


se puede aislar en un grafo la conclusión en el tiempo t, y luego la con­
clusión en el tiempo t2:

1
—*> ■ t j ------------- ►a t 2

En ciertas configuraciones, puede haber una conclusión en el tiem­


po tj -e n la configuración M ,-. De otro modo, sólo se puede concluir
en el tiempo t,. Se puede hacer entonces un grafo que represente un
tiempo y después el otro.
La indicación de Lacan, simplemente, y es allí donde comenzamos
a ver introducirse elementos un poquito diferentes, es que las dos con­
clusiones no son del mismo tipo. La conclusión a la que se puede lle­
gar en el tiempo t,, cuando se ve que el otro es negro, es una conclu­
sión inmediata. Vemos que el otro es así y uno se va. Mientras que la
conclusión en el tiempo t2 es evidentemente una conclusión mediata,
no se obtiene ante la mera evidencia perceptiva del disco negro del
otro. La conclusión del tiempo t, se produce ante la evidencia percep­
tiva de que el otro es blanco -e n el tiempo t2- y la evidencia percepti­
va de su no movimiento en el tiempo tr
Por eso hay una diferencia estructural entre los dos tipos de conclu­
siones, entre aquella que puedo sacar a partir de la percepción de que
el otro es negro -concluyo entonces que soy blanco y me largo- y la se­
gunda conclusión, mediada no sólo por una segunda evidencia per­
ceptiva - a saber, la inmovilidad en el tiempo t,—, sino también por el
razonamiento que debo construir, según el cual si el otro no se movió
es porque yo no era negro.

293
JACQUES-ALAIN MILLER

Ven distinguirse allí dos tipos de conclusiones -inmediata y media­


ta-, la que se desprende en el instante de ver y la que demanda cierto
tiempo para comprender, en el nivel más simple.
Será necesario darse cuenta de esto cuando estemos en el sofisma
desarrollado. Es lo que Lacan llama el instante de la mirada, el tiempo
de comprender y el momento de concluir, son tres tipos de conclusión,
tres modalidades diferentes de conclusión.
Pero simplemente, con esta diferencia, ya hay algo de sensacional
que se introduce si prestamos atención. Se introducen dos cualidades
del tiempo diferentes, dos cualidades que no son afectivas, que no son
libidinales, que no son modificaciones que afectan la duración, sino
que pueden ser definidas de manera puramente lógica. Concluir en el
tiempo t, no es lo mismo que concluir en el tiempo t2. Y la conclusión
como tal, por estructura, es diferente en un caso y en otro.
Esto es lo que Lacan llama, en el texto, los "momentos de la eviden­
cia". Hay una evidencia en el tiempo tr Aquella según la cual el otro es
negro. La conclusión del tiempo t, es otra que la obtenida en el tiempo
t,. Son dos momentos diferentes de la evidencia, cuyo valor lógico es in­
trínsecamente diferente o, como se expresa Lacan, "la instancia del tiem­
po se presenta bajo un modo diferente en cada uno de esos momentos".
Esto lo conduce también a una especie de polémica interna en su ar­
tículo contra el tiempo espacializado -polémica que podría parecer
bergsoniana- Porque cuando se considera esta perspectiva, evidente­
mente, hay algo de engañoso en presentarla como una pura sucesión:

1
►■ ------►a
ti t2

Por supuesto, se puede hacer un simple grafo para decir que hay
conclusión en el tiempo t, o en el tiempo tr Pero si nos ocupamos del
tipo de conclusión que se alcanza, evidentemente hay algo engañoso
en esta representación, porque es como si hiciéramos simplemente un
cuadro de las posibilidades sincrónicas, mientras que aquí, espaciali-
zamos y, por consiguiente, hacemos homogéneos los tiempos t 2 y t,
-eso es espacializar estructuras internas temporales diferentes. Por su­
puesto que es el tiempo t, y el tiempo t,, así los designo, entonces cuan­
do puedo poner t,, t2, los vuelvo homogéneos, pero intrínsecamente si­
gue habiendo entre ambos una diferencia de estructura y Lacan llega

294
TRES MODALIDADES D E CONCLUSIÓN

a llamarla discontinuidad tonal, otra tonalidad temporal, una diferen­


cia de modulación del tiempo.
Es de gran importancia haber logrado introducir esto sin introducir
la psicología. Se puede discutir, desde este punto de vista, acerca del
tiempo para comprender, pero evidentemente Lacan utiliza el carácter
medio de la conclusión en el tiempo t, para demostrar que, a partir del
momento en el que es necesario tener en cuenta más de un solo dato,
eso introduce una complicación intrínseca que podemos subrayar, in­
troduce entonces el tiempo para comprender.
Otra indicación que Lacan traerá m ás tarde, a partir del esquema
más complejo que introduce es la siguiente: tenemos aquí un verdade­
ro problema dinámico -d ice-, porque cada uno de esos momentos se
reabsorbe en el pasaje al siguiente y sólo subsiste el último que absor­
be al primero. Cuando hay tres, nos perdem os; cuando hay dos, ya no
podemos perdernos.
¿Qué quiere decir esto? Es su manera de expresar que la conclusión
t, es una conclusión agitada. ¿Qué quiere decir que cada uno de esos
momentos se reabsorbe en el pasaje al siguiente y sólo subsiste el últi­
mo? Quiere decir que la conclusión obtenida en el tiempo t, se vuelve
un dato para concluir en t2. Es incluso la esencia del sofisma, es justa­
mente que se ha integrado un dato subrepticio, y podríamos decir:
¡Ah! ¡Ahí es donde eso no tiene derecho! ¡Basta, se acabó!
Por el contrario, Lacan utiliza eso para decir que el sofisma permi­
te justamente que hay que producir prim ero la conclusión t,, converti­
da entonces en dato para la conclusión del tiempo t2, es decir, como
reabsorción del tiempo primero en el segundo, transformado con la
posición del nuevo problema que resolvemos en t2.
Decimos allí entonces: hay un verdadero movimiento. Lacan llega
a hablar de sucesión real. ¿Qué quiere decir esto? No se trata simple­
mente de la sucesión formal del tiempo discontinuo de lo abstracto. Es
una sucesión real, es su manera de traducir esta integración sofística
de la conclusión como dato del problema siguiente. Lacan llega a ha­
blar incluso de génesis, de movimiento lógico, para traducir que es ne­
cesario hacer el recorrido, y que no es estático, no queda por pensar. Es
estático si ustedes introducen un grafo. Y se dicen que hay que pasar
por aquí (t, -» t2), o podríamos quizá pasar por allí (1 —> 2 —> t2) para
alcanzar este punto.

295
JACQUES-ALASEN MILLER

En un grafo espacial los lugares ya están ahí, y por eso se enume­


ran los caminos posibles entre los puntos del grafo. Tienen los vértices
y después se preguntan cuál es el trayecto que voy a poder hacer en­
tre esos vértices que se encuentran allí. Pero aquí no es cuestión de ese
modelo donde los lugares ya están ahí, es preciso estar en t, para po­
der pasar a t,.
Dicho de otro modo, hay allí una inestabilidad que Lacan llama la
sucesión real, el movimiento, términos con los cuales no hace sino tra­
ducir de manera positiva eso que se podría presentar como la pura y
simple falacia del problema, a saber, el hecho de que el problema se
modifica entre t, y t2.
Entonces, desde cierto punto de vista, es un sofisma puesto que
continuamos creyendo que es el mismo problema, mientras que el pro­
blema ha cambiado. Pero precisamente ese fenómeno es el que Lacan
traduce al decir que en este caso hay u na presencia real del tiempo.
Esto es, hay de un lado, sin duda, la combinatoria de las configura-
dones, que es una combinatoria objetiva y sincrónica, como se puede
saber a prior i y esto es, en cierta manera, el sujeto supuesto saber, pero
de todos modos es preciso esperar que el tiempo q haya concluido -c o ­
mo hay que esperar que el azúcar se disuelva- Es decir que en el pro­
blema se recupera incluso algo de lo real del tiempo, salvo que es bajo
una forma puramente logificada, lo cual hace que el sujeto quede sus­
pendido a ver el movimiento o no-movimiento del otro.
En ese punto se puede decir frase de Lacan en la "Proposidón...",
que el sujeto supuesto saber no es nada real en el sujeto. Lo real en el
sujeto es este trayecto y esta modificación del problema a medida que
recorre la cadena de sus posiciones.
"E l tiempo lógico..." de Lacan, al m enos en su primera parte, ver­
daderamente, no es complicado con el pequeño aparato que nos fabri­
camos al simplificar el problema.

296
TRES MODALIDADES DE CONCLUSIÓN

Una conclusión en tres tiempos

"El tiempo lógico..." de Lacan es el pasaje a una conclusión en tres


tiempos. Tenemos los tres discos blancos y los dos discos negros.

OOO ® 9

Continuemos razonando como lo hemos hecho y la configuración


conclusiva inmediata que permite la conclusión en el tiempo t, -hay
sólo una configuración que permite esto-, la vamos a llamar M r La
única configuración que permite una conclusión inmediata es que si
ven dos negros pueden de inmediato concluir que les corresponde un
blanco. Es exactamente el mismo modelo de hace un rato con dos, en
la situación en la que veían sólo un negro. Esto, entonces, es la confi­
guración que permite la conclusión en el tiempo tr

Mj
A B C
O • •

a : A < •• tj: Asale

A continuación, hay una configuración objetiva. Es necesario un po­


co de prisa y tienen la configuración M,, aquella donde hay dos blancos
y uno negro, que aporta aquí sujetos, los vamos a designar A, B, C. El
mundo que ven A y B es un mundo donde hay un blanco y un negro
-esa es la configuración (3-. Nosotros tenemos una idea acerca de ello.
En cuanto a C, la configuración que le corresponde es y: él ve dos blan­
cos. En la configuración M, -d os negros, un blanco-, el blanco podía
concluir en el tiempo tr Mientras que en la configuración M, nadie pue­
de concluir en el tiempo t, -en el tiempo t5nadie sale-, mientras que en
el tiempo t,, si me autorizan un tiempo t2, A y B pueden razonar.
¿Cómo razonan A y B que no saben lo que son? ¿Cómo razona A?
A ve a B y a C en esta posición, entonces en el tiempo t2puede decirse:
"Si yo fuera negro, en ese caso B en el tiempo precedente hubiera vis­
to dos negros y hubiera partido en t " . Es decir, "si yo fuera negro, B
hubiera partido; si no partió, soy blanco". Entonces, en ese momento
A se va en compañía de B, que hizo el mismo razonamiento. Y el po­

297
JACQUES-ALAIN MILLER

bre C, es el caso de decirlo, sólo puede salir en el tiempo tres, una vez
que vio salir a los otros dos.

M2
AB C
OOI
c
(3 : A , B < • t2: A y B salen

Esto no es difícil de deducir: ¿qué pasa en la configuración M3, la


elegida por Lacan, donde los tres son blancos? Es necesario que cons­
taten en el primer tiempo que no se puede salir; en el segundo tiempo
se preguntan si los otros dos van a salir, y ahí, el que queda sabrá que
es negro. En el tercer tiempo, los tres pueden salir. Es exactamente el
mismo problema que con dos, salvo que hace falta un tiempo más pa­
ra el razonamiento.

M3
ABC
O OO
Y: AB C < O t3: A B C salen

Dicho de otro modo, aquí ya estamos contentos porque logramos


eliminar la ambigüedad del problema. Simplemente eso no es todo y
ya tenemos allí el sofisma. Expliqué exactamente hasta qué punto se
trata de esto, pero no es todo. Respecto de este punto Lacan prolonga
el problema -u n problema que es evidentemente de prolongación-,
cuando aquí ya tenemos un sofisma que descansa sobre la conversión
de las conclusiones a dar -en el caso de los tres prisioneros, con una
doble modificación del problema, puesto que se agregan dos datos su­
plementarios, a saber, la inmovilidad en el tiempo t, y la inmovilidad
en el tiempo t,-.
La prolongación lacaniana, verdadera ficción podría creerse, pues­
to que se trata de la idea según la cual aquí han concluido y se van. En
ese momento Lacan comenta: se van, se detienen, se vuelven a ir y se
detienen, y finalmente se van.
¿Cómo es que Lacan introduce un segundo problema en el interior
del primero y que se sitúa exactamente en la articulación de la conclu­

298
TRES MODALIDADES DE CONCLUSIÓN

sión y del acto? Llama a eso "el acto"; podemos decir una acción, un
movimiento.
Porque lo que está presente, en efecto, es que la conclusión lógica
debe traducirse en un movimiento perceptible. Esto es lo que Lacan ex­
plota. Explota lo que ocurre después, al plantearse la pregunta en los
últimos párrafos de la página 191: "¿Está justificado integrar en el va­
lor del sofisma las dos mociones suspendidas aparecidas así?". Todavía
no dije cómo las hace aparecer. Pero s e pregunta de todos modos si es­
tá justificado agregar, mirar, construir lo que ocurre una vez que han
concluido. En buen francés llamaríamos a eso un vals de vacilaciones
de los sujetos que una vez que han concluido no están seguros de lo
que han hecho. Lacan emplea el término de duda, pero también el de
vacilación, y encontramos allí algo d e lo que llamará en la última pá­
gina de los Escritos, en "La ciencia y la verdad", el paso vacilante de la
neurosis [le pas-hésitation].
¿Cómo aparecen esas dos vacilaciones o cómo aparecen esas dos
detenciones momentáneas? Lacan señala bien que aquello a lo que
apuntan aparece después de la conclusión del proceso lógico, es decir,
una vez que pasamos por la conclusión del tj al t2 y al t3. Pues bien, no
tenemos resuelto el asunto, hay todavía dos vacilaciones y aún dos
conclusiones suplementarias.
Para esto, para entender bien de q u é se trata, es necesario volver al
problema de los dos prisioneros, al problem a simplificado donde ve­
mos simplemente, en el mundo objetivo, donde ambos somos blancos
y vemos que el otro es blanco. En el tiem po q, nadie se mueve puesto
que si el otro es blanco, yo puedo m uy bien ser blanco o ser negro.
En el tiempo t2nos vamos. Ahí está el problema. ¿Cómo razoné en
el tiempo t5? Me dije: "El otro no se mueve, esto significa que ambos
somos blancos, que yo también soy blanco, aunque no vea mi disco. El
otro no se mueve, yo me voy. El otro se mueve. Me detengo". Aquí La­
can introduce la suspensión.
Acá tenemos un nuevo problema. Concluí en el tiempo ty a partir de
ahí concluí en el tiempo t2, al considerar el hecho de que en el tiempo tj
el otro no se mueve y de pronto empieza a moverse. Entonces me deten­
go y me digo: quizá no fue sincronizado, puede ser que haya concluido
demasiado rápido, supongamos que e l otro es parapléjico, etcétera, de­
be salir, pero es más lento que yo, es necesario que tome algunos instru­
mentos, etcétera, o es necesario que alguien venga a ayudarlo, entonces
me detengo. En ese punto, Lacan introduce un elemento por completo

2 99
35

JACQUES-ALAIN MILLER

nuevo: la duda sobre la conclusión lógica. ¿Cómo puedo dudar de una


conclusión lógica de dos más dos igual a cuatro? No dudo, ni siquiera si
toda la sala se va, puedo continuar. Por lo demás, yo no sé si ustedes son
blancos o negros, esto comienza a despoblarse, pero ¡todavía queda al­
go de gente!
¿Cómo puede introducirse esa duda en una conclusión lógica per­
fectamente impecable? Se introduce porque introduje un dato percep­
tivo del tiempo t, en los datos que permiten la conclusión lógica en el
tiempo t, y este dato perceptivo puede ser dudoso si los tiempos no es­
tán perfectamente sincronizados.
Evidentemente, esto no se produce -e s to es lo que Lacan no dice-
si hay alguien para decir que el primer tiem po pasó, primer round, no
se puede dudar" del tiempo en el que estamos. En la medida en que la
discontinuidad no es completa, podemos preguntamos si no conclui­
mos demasiado rápido.
¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que esa cuestión se introduce a
partir del momento en que vimos la conclusión en el tiempo q, llegamos
a una conclusión fecunda, sólo para dos prisioneros, en el tiempo q. Só­
lo aquí empezamos a movemos y esto supone ya que falta el tiempo ins­
tantáneo. No se trata de ir y saltar y quedar afuera -en cuyo caso no po
dría detenerse-. Es muy simple, no es sencillamente una imagen. Es ne­
cesario que en el movimiento quede incluido que se lo puede detener, es
decir, que ese movimiento sea progresivo y que él mismo tenga cierta
duración, elemento en el cual Lacan no se detiene. Pero a partir de aquí,
reconsideran el dato que integraron en el tiempo t,: que el otro no se ha
movido. Pero como ahora el otro comienza a moverse, allí tienen un
efecto retroactivo que les hace dudar acerca de si el otro no estaría sa­
liendo en el tiempo tr Eso les hace dudar del dato que acaban de inte­
grar, que el otro no se mueve, puesto que lo ven moverse.

¿Y entonces? Bien, ahí se puede decir que no saldrán. El otro no se


mueve, yo avanzo. ¡Oh! ¡El también se mueve!, entonces, me detengo.
¡Ah, bueno, él se detiene, no se mueve! Y ustedes entran en un tiempo
circular. Es decir, cada vez que se mueven porque el otro no se mueve,

300
w

TRES MODALE) ADES DE CONCLUSIÓN

el otro empieza a moverse, entonces se detienen y él se detiene tam­


bién, bueno, ustedes vuelven a salir, y el otro también, luego ustedes
se detienen. Hay un tiempo completamente circular. En ese tiempo, us­
tedes giran en redondo.

Ahora, demos un paso más con Lacan, un esfuerzo más para ser la-
caniano. El momento en el que ustedes se detuvieron, con la pregunta
acerca de si no se habían equivocado, si el otro había continuado, ahí
podían estar seguros de ser un negro, porque si únicamente la salida
del otro estaba fundada -esto no es posible sino en el caso'3 - en la evi­
dencia perceptiva, él tendría un tiempo de ventaja respecto de ustedes.
Por el hedió de que él se detiene al mismo tiempo que ustedes, pue­
den concluir que tampoco él se funda en una evidencia perceptiva.
En el momento en el que él se detiene, hay dos puntos de vista so­
bre el problema. Si tomamos un punto de vista sólo formal, el proble­
ma es de nuevo insoluble, es decir, es circular y no se puede sino dar
vueltas en redondo: no me muevo / me muevo / no me muevo. Pero
si tienen en cuenta lo que ocurre, a saber, que el otro hace exactamen­
te lo que hace, pueden concluir que son parecidos, es decir, que tam­
poco el otro se basó en la evidenda de una conclusión inmediata sino
en una conclusión mediata -y en ese momento, se pueden ir después
de una sola vacilación, cuando hay dos prisioneros, o de dos, cuando
hay tres. Dos vacilaciones para obtener la configurarión conclusiva,
absolutamente conclusiva.
Esto es lo que hay que entender del pasaje un poquito complicado,
porque es eso lo que Lacan explica en la página 191. Aquí tomo con
los tres prisioneros la última moción donde parece vacilar:

[...] si él fuese negro, B y C no hubiesen debido detenerse en absoluto


[tendrían que haber escapado]. Pues en el punto presente queda exclui­
do que puedan vacilar una segunda vez en concluir que son blancos:
una sola vacilación, en efecto, es suficiente para que uno a otro se
demuestren que ciertamente ni uno ni otro son negros.

301
JACQUES-ALAIN MILLER

No me queda tiempo para entrar aquí en el detalle, pero hay evi­


dentemente un momento circular desde el punto de vista formal y del
cual no se puede salir, como no sea a condición de salir sin detenerse,
porque si se detienen, el círculo recomienza. Entonces, tenemos allí
una conclusión de un tercer tipo que se introduce; es decir, no simple­
mente la oposición entre conclusión mediata e inmediata, sino que hay
aquí una conclusión que constituye por sí misma su propia evidencia.
El movimiento de salir de allí es en sí mismo el dato indispensable pa­
ra que tengan el derecho de salir. Es preciso lo que digo aquí, incluso
si improviso.
Aquí no estamos en el instante de ver. No es el tiempo para com­
prender, es el momento de concluir donde terminan de explicarse, por
el propio movimiento de ustedes, el dato que legitima lógicamente ese
movimiento.
En este punto, claro está, salimos por completo de la lógica porque,
como lo detalla Lacan, es necesario apurarse. Si no nos apuramos pa­
ra hacerlo, no podremos ya hacerlo. El tiempo exige no detenerse en la
vacilación; se introduce la urgencia. Pero es necesario, en primer lugar,
haber pasado por el primer sofisma, haber detallado los tres tiempos
de la conclusión, en el tiempo t,, en el tiempo t2, en el tiempo ty en el
tiempo t4 de la primera vacilación, en el tiempo t5 de la segunda vaci­
lación, y entonces tenemos una oportunidad de poder salir, a condi­
ción de no mirar hacia atrás. Hay por consiguiente un tiempo en el que
es necesario mirar -es el segundo, la segunda vez miramos-, pero des­
pués ya no, se acabó, es preciso no mirar más hacia atrás, y en ese mo­
mento se puede concluir.
Esto es lo que Lacan llama la certidumbre. Hay ya una anticipación
de la certidumbre al final del proceso lógico, en el tiempo ty pero aquí
hay una certidumbre explicativa, los propios datos que la fundan. Ahí
podemos decir que el acto funda la certeza -n o se trata de una certeza
contemplativa, donde se miran los datos que ya están ahí-, se conclu­
ye al partir, y en ese movimiento de conclusión quedamos incluidos
como datos que justifican el hecho de partir. Si no salimos, pues bien,
este dato no irá nunca a inscribirse de modo tal que justifique nuestra
salida.
Si no partimos, tendremos razón para no hacerlo, pero si salimos
tendremos razón para salir. Entonces aquí, al final, estamos de algún
modo aspirados en el cuadro lógico como tal. Dejaron gentilmente la
lógica y lo tienen bien merecido; comenzaron por aceptar el tiempo del

302
TRES MODALIDADES DE CONCLUSIÓN

razonamiento tiempo t,, tiempo t2, ellos los llevaron de las narices has­
ta tiempo t, y después se tragaron el tiempo t4y el tiempo t5. Pues bien,
se terminó, son ustedes los tragados p or la lógica, la lógica extraña de
Lacan que les muestra precisamente que aquí, precisamente, hay una
conclusión sólo válida a condición de que paguen con su persona y
que no basta con que miren los datos -instante de v e r- y reflexionen
-tiem po para comprender-, sino que es necesario, además, poner algo
de ustedes mismos. Sin esto no podrán nunca concluir, a menos que
agreguen como un dato de la situación la propia acción, esto es, lo que
todo el mundo sabe: que no es al ser espectador, puesto que siempre
habrá un dato que les faltará, a saber, la propia acción como engen­
drando su certeza.
Bueno, me detengo aquí. No llegamos al final. Progresamos hasta
aquí. Les dejo ahora el cuidado de seguir las articulaciones de la se­
gunda parte del artículo de Lacan y espero tener el tiempo de retomar­
lo en abril. Continuaremos también con la conclusión del artículo que
abordamos. Les doy cita entonces para el 26 de abril, tienen mucho
tiempo para trabajar "El tiempo lógico...".

29 de marzo de 2000

303
w

XV
Tiempo y duración

Al considerar el lapso transcurrido desde nuestro último encuen­


tro, supongo que tuvieron la ocasión de retomar el escrito de Lacan "El
tiempo lógico..." y encontrar allí los lincamientos que pude indicar la
última vez que nos encontramos. Y como los expuse de un modo algo
precipitado y entusiasta, y el tiempo que pasó pudo haber borrado al­
gunas aristas, lo voy a exponer de nuevo, muy detenidamente, para
sacar, paso por paso, las lecciones que ese texto sutil, a la manera de
una comedia de enredos, nos aporta.

Reducción del sofisma

¿Cómo se introduce el elemento temporal en la lógica? No se intro­


duce, al menos en un primer momento, como la simple duración. La
primera lección que recogimos ya de la construcción de Lacan es la dis­
tinción que corresponde hacer entre tiempo y duración. Esa es la opo­
sición conceptual que organiza esta construcción, incluso cuando ella se
desliza del tiempo a la duración, cuando introduce la duración en el
tiempo lógico, momento que desde el punto de vista lógico es eminen­
temente sofístico. Como lo subrayé, es una distinción que nos importa
a título práctico, en la medida en que estamos hipnotizados, en lo que
concierne a la experiencia analítica, por la duración de la sesión en de­
trimento de su constitución lógica.
¿Cómo se introduce el tiempo en la lógica por el sesgo de ese sofis­
ma refinado? Se introduce exactamente porque el problema del que se

305
JACQUES-ALAIN MILLER

trata no es soluble a partir de sus datos iniciales. El extraordinario ma-


labarismo que se lleva a cabo ante nuestros ojos que no ven nada allí
consiste en que ese problema insoluble, como por milagro, se convier­
te en soluble. Y, más sorprendente aún, se vuelve soluble en el momen­
to preciso en que se demuestra insoluble.
Para simplificar el abordaje de ese problema, llevé adelante una re­
ducción metódica de los datos iniciales, respecto de la cual la pregun­
ta planteada sigue siendo la de saber cuáles de los efectos despejados
por Lacan se habrían perdido en esta reducción. Podemos decir ya,
desde un comienzo, que un número muy importante de esos efectos
pueden obtenerse a partir de datos más reducidos.
La reducción en cuestión consiste en disminuir el número de prisio­
neros de la historia en una unidad para obtener el mínimo, esto es, dos
prisioneros, y disminuir en consecuencia el número de discos en dos
unidades convenientemente repartidas, a saber: disponer tres discos
-dos blancos y uno negro-, siendo A y B los nombres de los dos prisio­
neros.

O O ® AB

Para analizar la estructura lógica del sofisma introduje un predica­


do con dos lugares, un predicado que podría llamar situacional, un
predicado de perspectiva que dibujo como hacemos con el símbolo <
-que se lee X menor que Y -, al que le acuerdo otro valor.

X < Y
? <

Aquí tenemos los dos lugares del predicado, lugares connotados, un


lugar anterior y otro posterior. En la posición anterior se sitúa en todos
los casos el sujeto de pura lógica, puesto en escena en el sofisma, y que
en cada ocasión es señalado por su ignorancia en cuanto al disco que lo
viste. Es decir, cada sujeto de pura lógica es calificado, en el sofisma, por
la parte de no-saber que lo afecta y hace que tengamos siempre a iz­
quierda del símbolo el signo de interrogación, signo que indica que el
sujeto ignora con qué disco está vestido, es decir, ignora el color de su
disco. A derecha del símbolo indico aquello que hace su mundo, la con­
figuración de su mundo, el dato perceptivo al que tiene acceso.

306
TIEMPO Y DURACIÓN

Esta disposición permite, en este caso, con el dato del comienzo que
es el número de discos, el número de prisioneros, señalar dos configu­
raciones posibles, la configuración a o la configuración p:

X< Y cx:?<®
?< P :?<0

Una vez que escribimos en el pizarrón esas fónnulas, tenemos la


combinatoria de todas las configuraciones posibles sobre la base de los
datos de partida. A decir verdad, los datos iniciales del problema so­
fistico están ordenados en dos partes. Están los datos que podemos lla­
mar de estructura -aquello que planteé en primer término: número de
discos, color de los discos, número d e prisioneros-, y se agrega a ellos
un dato de experiencia, aportado por el dato perceptivo que se integra
al conocimiento del sujeto cuando m ira lo que sus compañeros -en es­
te caso, su único compañero- tienen e n la espalda.

|O O_____ > A B [ + experiencia

X < Y | ot: ? < ®

? < l (5 : ? < O

El conjunto de los datos iniciales está constituido por dos tipos de


datos: el dato de estructura, a partir del cual ya podemos establecer
nuestra combinatoria de las configuraciones posibles que el sujeto de
pura lógica puede encontrar, al que se agrega el dato de experiencia
que conduce a seleccionar en los hechos de esas dos configuraciones,
esto es: el prisionero ve si su compañero lleva un disco blanco o un
disco negro.
En la historia, la explicación que d a el director de la prisión concier­
ne a los datos de estructura. Se les explica de qué material se dispone
y después se agrega que cada prisionero constata cuál es el color del
disco que lleva su o sus compañeros. Recién en ese momento, cuando
el dato de la experiencia se agrega, verdaderamente dicen: "Let's go!",
"¡Vamos!", y comienza lo que Lacan llam a el proceso lógico, que debe
desprender una conclusión.
Si suponemos efectiva para el prisionero A la configuración a , te­
nemos entonces que A está, en un prim er momento, en la ignorancia
de su propio color; frente a él tiene u n mundo en el que constata que

307
jACQUES-ALAIN MILLER

el otro tiene un disco negro. Cuando uno de los dos, el que aquí lla­
mamos A, se encuentra en esta configuración, puede llegar a la con­
clusión inmediata en cuanto a su propio color. Puesto que no hay si­
no un disco negro disponible y es el otro quien lo tiene, entonces él es
blanco.

dos prisioneros
|O O * AB| + experiencia

X<Y a:?<8 "y- < • —*- A es blanco

?< ¡3 : ? < O -y- < O —*■ insoluble

Aquí, por el contrario, si está en la configuración [3, es decir, si el


otro tiene un disco blanco, en función de los datos iniciales no puede
saber si él mismo tiene un disco blanco o negro. Para él, en este caso el
problema es insoluble. Cuando dijim os esto, dijimos todo. Dados los
datos de estructura que tenemos al comienzo, hay dos configuraciones
posibles, no más, y de esas dos configuraciones sólo una permite lle­
gar a una conclusión a uno de los dos prisioneros. Mientras que la con­
figuración P no permite concluir a ninguno de los dos prisioneros.
Una vez dicho esto, podemos espantar las moscas que Lacan pro­
cura aportarnos, el enjambre de abejas para volvernos locos. No hay
nada más, no hay ninguna trampa, ningún doble fondo, ahí se acabó.
Se acabó si consideramos que un problema lógico, como Lacan tiene la
frescura de titular la primera parte de su artículo, debe ser resuelto a
partir de sus datos iniciales, como todos y cada uno lo entiende. Cuan­
do tienen que pasar exámenes y se les provee un problema de lógica o
de matemáticas puras, se les dan los datos iniciales y después se los
deja en remojo con ellos, a ver si encuentran la respuesta. En particu­
lar, no nos ocupamos de lo que hace e l vecino. Si copiamos lo que él
hace no jugamos el juego, en todo caso eso no es pura matemática, es
el rebusque. Puede ocurrir que el profesor, viendo en remojo a sus
alumnos, agregue una indicación suplementaria acerca del modo en
que conviene abordar la cuestión. Esto no fonna parte de la configura
ción lógica por excelencia, a saber: ustedes tienen los datos, se trata de
encontrar una solución a partir de ellos. En el marco del pensamiento,
todo está dicho allí. Ese marco de pensamiento es, se dirá, la concep­
ción vulgar de la lógica que se puede mantener.

308
TIEMPO Y DURACIÓN

De todo esto Lacan extrae la lección que figura en la página 192 de


los Escritos, a saber que las formas de la lógica clásica, como él se ex­
presa, "no aportan nunca nada que no pueda ya ser visto de un solo gol­
pe".
Consideramos, como datos los datos iniciales y nada más. Se los su­
pone, si no simultáneos, al menos presentados en su sincronía. Lacan se­
ñala que, precisamente por todo lo que el sofisma agregará, modificará
en ese marco, eso constituye una limitación temporal. Uno se limita a lo
que es dado de un solo golpe de inicio -y aquí es claro que ese inicio es­
tá ya constituido por dos partes distintas, a saber, de estructura y de ex­
periencia, y este conjunto constituye los datos iniciales-.
Al respecto, Lacan indica, además, que hay una correlación entre la
limitación temporal que admitimos, la de solo tomar en cuenta los da­
tos iniciales, y lo que él llama el prestigio eterno de esas formas lógi­
cas, la proyección en la eternidad o la omnitemporalidad -que será
siempre verdadero, en matemática, que dos más dos son cuatro, esto
no varía-. Lacan resalta que este imaginario de eternidad está estricta­
mente determinado por la limitación que admitimos, aquella según la
cual los datos deben ser proporcionados ai sujeto de un solo golpe, y
en su sincronía.
Cuando reflexionamos acerca de los tres prisioneros, ocurre algo
parecido, esto es, podemos igualmente determinar, a partir de los da­
tos de estructura, la combinatoria de los casos posibles. Cuando hay
tres prisioneros, tres discos blancos, dos discos negros, sabemos por
ese solo hecho que tenemos una combinatoria de tres configuraciones
posibles: a, donde el sujeto ve dos negro; ¡3, donde el sujeto ve uno ne­
gro y uno blanco; y y, donde el sujeto ve dos blancos. Esta configura­
ción es. si se quiere, a priori respecto de la configuración efectivamen­
te realizada.

tres prisioneros

a : ? < O © — ►A es blanco
P: ? < O®
y :? < 0 0

Por otra parte, al inicio ya sabemos algo más: en esta combinatoria,


hay una sola configuración que permite una conclusión inmediata: la
configuración a. Cuando los tres prisioneros se encuentran en esta con­
figuración, como en el sofisma reducido que yo planteaba, el sujeto

309
jACQUES-ALAIN MILLER

puede concluir que es blanco. En cambio, las dos restantes, ¡3 y y, son


insolubles cuando estamos frente a este mundo. Se puede decir, gene­
ralmente, que es propiedad de ese tipo de distribución que exista, en ca­
da oportunidad, una única configuración inmediatamente conclusiva.
Es seguro, por ejemplo, que si esta familia de problemas no comporta­
ra en cada ocasión en su combinatoria una configuración inmediata­
mente conclusiva, incluso el tipo de consideración sofística agregada
por Lacan resultaría operante. Es preciso que haya siempre en la com­
binatoria configuraciones posibles, una configuración que permita la
conclusión inmediata. Podemos decir que el sofisma está siempre ado­
sado a su referencia, esto es, la configuración de conclusión inmediata.
Y, por otra parte, el funcionamiento mismo del sofisma supone
siempre que, por un proceso reglado, se reduzcan todas las configura­
ciones posibles a la configuración inmediata o a su equivalente. Todo
esto es simplemente para señalarles que se puede reducir los datos de
estructura, pero hay que hacerlo de la buena manera, es decir, preser­
vando la existencia de esta configuración de conclusión inmediata.

De lo insoluble a lo soluble

La cuestión sobre la que nos centramos, volviendo a nuestros dos


prisioneros, es la siguiente: ¿cómo hacer para que la configuración in­
soluble, la configuración ¡3, se vuelva en soluble? Una vez más, la con­
figuración es absolutamente insoluble en el marco del pensamiento an­
terior. Con los datos de estructura, más el dato de experiencia consti­
tuyendo el conjunto de los datos iniciales, esta configuración es inso­
luble. Sólo se convierte en soluble si tomo conocimiento de que la con­
figuración del otro es soluble o insoluble para él y razono teniendo en
cuenta este hecho nuevo. Entonces, uno sale por completo del esque­
ma. Es decir, se necesita la introducción de un hecho totalmente nue­
vo, que es el siguiente: si A, en esta configuración insoluble, se entera
de que B pudo concluir, él, A, deduce que B estaba en la configuración
a. Si A ve que B concluye, es entonces B quien estaba en la configura­
ción que permitía concluir.
A partir de ese momento, aun cuando permanezca confuso, A de­
duce que él mismo es negro. Por el contrario, si A se entera que B no
pudo concluir, como tampoco pudo hacerlo él mismo, entonces A de­
duce que él es blanco.

310
TIEMPO Y DURACIÓN

Voy a ser todavía más simple. A se encuentra en esta configuración


P y no puede concluir. Ahora, si capta que B, por su parte, puede con­
cluir, entonces A puede concluir que él es negro. Por el contrario, si
percibe que B no pudo concluir, entonces A sabe que él es blanco.

A
< O ---------------► insoluble
?

B pudo con clu ir *- A es negro


B no pudo concluir — ► A es blanco

Centramos bien en este tiempo nos permite captar cuál es la condi­


ción para que se produzca el milagro que cambia un problema insolu­
ble en un problema soluble. Esto ocurre cuando el sujeto queda auto­
rizado a hacer entrar en los datos del problema la solubilidad o la in­
solubilidad de un problema para otro.
¿Qué pide esto como modificación del marco de pensamiento? Pi­
de que vayamos más allá de lo que vem os en un primer momento. Re­
quiere que registremos el resultado, e s decir, la conclusión o no de los
datos iniciales en uno o en otro, algo que, después de todo, es introdu­
cir en el problema de lógica un elemento practicado usualmente en el
juego de naipes. En esa ocasión, pueden saber cuáles fueron jugados
ya en las manos precedentes, no todos necesariamente, pero pueden
conocer un cierto número de naipes qu e ya fueron jugados y, por con­
siguiente, no están disponibles para el otro a partir de la última distri­
bución de naipes y antes de la próxiina. Ahí, en esa serie de problemas
que constituye la partida de naipes, disponen de información acerca
de las jugadas que se dieron precedentemente, al menos cierto tipo de
información al respecto.
Aquí, entonces, la transformación milagrosa del problema insolu­
ble en problema soluble, supone que ustedes tienen conocimiento del
hecho de que el otro haya podido o n o jugar el naipe de la conclusión.
Es remarcable que el naipe de la conclusión, según haya sido jugado o
no, resulta susceptible, en esos datos iniciales, de traducirse de inme­
diato en términos de color, de acordarles el color que no conocen y que
era el suyo. Es decir, aquí, el hecho d e que el otro concluya o no se de­
muestra estrictamente equivalente a indicarles cuál de los dos colores
alternativos es el de ustedes.

311
JACQUES-ALAIN MILLER

Aquí se puede apreciar, entonces, que esta matriz permite en un


punto, si se nos autoriza a tomar en cuenta ese hecho nuevo, volver
equivalentes dos hechos bien diferentes. A ese color, lo tienen de una
vez por todas en esta historia. Pues bien, ocurre que esta matriz hace
que algo que ocurre en el otro se traduzca de inmediato para ustedes
en términos del color que son. Si el otro concluye, ustedes saben que
son color negro y si el otro no concluye, saben que son color blanco. Es­
to plantea una diferencia, porque en el primer caso, en el que el otro
concluye, ustedes pueden concluir que son color negro, pero después
de él, mientras que si él no concluye, pueden concluir que son color
blanco y lo hacen al mismo tiempo que él, que también es blanco.
Como ven, con muy pocos elem entos se pueden hacer ya muchas
reflexiones acerca de lo que opera el milagro del sofisma. Es lo que nos
permite reubicar en su lugar funcional el enunciado del problema. Ese
enunciado nos indica, precisamente, cóm o cada sujeto se entera por
otro si el problema es soluble o no para el otro. Queda convenido, di­
ce ese enunciado, que a partir del mom ento en que uno de ustedes es­
té listo para formular una conclusión lógica, no una conclusión al azar,
atravesará esa puerta. Entonces, ahí, la indicación "El problema es so­
luble para mí o no es soluble" viene dada por cada uno de los demás,
o el otro, por una acción de la que no podemos ver que es profunda­
m ente equívoca, una acción física: atravesar el umbral de una puerta,
y que tiene valor de comunicación.
Lacan, en el texto, procura aminorar esta evidencia que es preciso
restituir. No es en el interior de la propia cabeza que cada uno conclu­
ye, ni se dice: "El juego terminó; díganme ahora lo que ustedes
concluyeron", en cuyo caso permaneceríamos en el marco inicial. La
conclusión en sí misma es puesta en escena puesto que requiere una
acción, cuya complejidad, tal como la quiso Lacan, ya veremos: se tra­
ta de franquear la puerta.
Puesto que es a cada uno a quien se le formula que una vez logra­
da la conclusión lógica podía franquear la puerta, esto comporta pre­
cisamente que si el otro no pasa la puerta es porque no está en condi­
ciones de concluir de manera lógica, a saber, que la configuración en la
que se encuentra es insoluble. No es entonces a través de la acción
-franquear o no franquear la puerta- que cada uno se entera de la so­
lubilidad lógica del problema para el otro. En este lugar, entonces, es­
to se inscribe. En ambos casos se hace a llí manifiesto para los otros si
el sujeto está ante una configuración soluble o insoluble.

312
TIEMPO Y DURACIÓN

Se trata de algo eminentemente oscuro en el enunciado del proble­


ma; quedamos entrampados por este enunciado, que precisa, tal como
Lacan lo restituye: "no les está permitido comunicarse el uno al otro el
resultado de su inspección". Es decir, A no puede decirle a B: "Te veo
blanco y tú, ¿cómo me ves?". No se comunica el resultado de la inspec­
ción de colores, le está prohibido a cada uno decir cuál es la configura­
ción, qué encuentra a la derecha del signo predicativo. Pero está permi­
tido e incluso obligado para cada uno demostrar si el problema es so­
luble o insoluble para él. Por cierto, no puede comunicar el color a los
demás, pero puede comunicar la solubilidad o insolubilidad del proble­
ma. Y como se ve en el problema reducido, hay un momento en el que
comunicar el carácter soluble o insoluble del problema es estrictamen­
te equivalente a comunicar al otro su color. Es decir, comunicarle al
otro: "No puedo concluir", es revelarle en qué configuración se encuen­
tra uno mismo, revelarle cuál es su color. Hay un punto de conjunción
absoluta, lo vemos de inmediato en el ejemplo de dos prisioneros.
En ese ejemplo, el solo hecho de manifestar que el problema es solu­
ble para mí, implica decirle: "Eres negro". El solo hecho de manifestar
que el problema es insoluble para mí, es decirle: "Eres blanco". Dicho de
otro modo, tenemos un punto en el cual -¿cómo decirlo?- la indicación
de solubilidad es equivalente a la indicación perceptiva, a la indicación
de color. Elay entonces un punto, en donde se verifica la equivalencia
entre la indicación de solubilidad, IS, y la indicación perceptiva, IP.

ISsIP

Esto constituye un transporte lógico en el que la acción o la inacción


del otro -am bas forman parte de la acción posible del otro- equivalen
de inmediato a una indicación perceptiva. Y cualquiera sea la compli­
cación del problema a la que se llegue agregando discos y prisioneros,
todo descansa en la reducción posible a la equivalencia entre la indica­
ción de solubilidad y la indicación perceptiva. Hay un punto en el que
esos dos órdenes de datos comunican y, por consiguiente, h a y un pun­
to que permite, por la observación del otro, de la acción del otro, de­
terminar algo que permite resolver el no-saber esencial del sujeto.
Ven que es útil reducir los datos del problema para alcanzar esas
verdades elementales que están veladas, ante las cuales quedamos ob­
nubilados por la complejidad más grande introducida de inmediato
con los tres prisioneros.

313
JACQUES-ALAIN MILLER

Esto nos permite ubicar> intentar enumerar de manera exhaustiva


los elementos suplementarios aportados, que modifican a la vez los
datos iniciales y el marco de pensamiento en el que resolvíamos o
creíamos resolver el problema.
En primer lugar, hay un elemento que podemos considerar propia­
mente sofistico, como ya lo indiqué la última vez. Ocurre que el conjun­
to de los datos iniciales resulta ampliado subrepticiamente con un dato
suplementario. Expresaba esto en cortocircuito al decir: el problema
que nos encontramos en condiciones de resolver no es el planteado ini­
cialmente. Es un segundo problema que, por su parte, resulta soluble
porque integra un dato suplementario, sin el cual seguiría sin solución.
Ese dato es la acción del otro que resulta, cuando hay dos prisioneros,
inmediatamente traducible como indicación perceptiva.
Evidentemente, este dato suplementario, en la configuración ¡i
donde el prisionero tiene por delante de sí un disco blanco, pasa tanto
más desapercibido por cuanto se trata de una ausencia de movimien­
to -la puerta no es franqueada-, Pero esta ausencia de movimiento tie­
ne una traducción positiva, a saber: "El problema no es soluble para
mí", y la transmisión, la comunicación de ese hecho -que el problema
no es soluble para B-, es precisamente el dato suplementario que le
permite a A resolver el pr