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Barbero, Jesús Martín

La educación desde la comunicación. - 1' ed. Buenos Aires: Grupo Editorial Norma,
2002. 11 36 p.; 18 x 1 1 cm. - (Enciclopedia latinoamericana de sociocultura y comunicación)
ISBN 987-545-068-5

Introducción

Escribo esta introducción mientras tiene lugar en Porlo Alegre el segundo Foro
Social Mundial1, ese extraño escenario en el que el mundo de la política se transforma en
utopía política del mundo, incluyendo no sólo el de los territorios sino también el de los
mundos de vida. Y en el que este año tanto la comunicación como la educación han pasado
a tener una presencia no meramente temática sino articuladora, estratégica. Convergen ahí,
en' esa otra mundialización posible, esfuerzos que venían de las grandes reuniones de los
años noventa -Río, Beijing sobre la educación permanente o a lo largo de la vida, la
generalización de una formación inicial polivalente, los avances de la información y la
comunicación comunitaria, tanto directa como virtual. Búsquedas y propuestas que son
confrontadas a las tendencias y recomendaciones dominantes emanadas de los organismos
económicos mundiales -OMC, FMI, BM- que someten a la lógica globalizadora del mercado la
cultura, la educación y la comunicación. La educación debe, según esa lógica, se concebida
y organizada en función del mercado de trabajo, ya que lo que en ella cuenta es la
acumulación d capital humano medido en términos de costo/beneficio como cualquier otro
capital. De lo que se derivan exigencias muy concretas en lo que concierne a la figura del
trabajador o profesional a "formar" en función de la empleabilidad-novísima categoría
hegemónica- que conjuga flexibilidad, adaptabilidad y competitividad. En e ámbito más
inmediato esas "recomendaciones" han te nido dos efectos catastróficos: el lento, pero
imparable y multiforme desmantelamiento de la escuela pública debilitándola
económicamente, desenganchándola de los desarrollos de la ciencia y la tecnología,
devaluando el oficio y la figura social del maestro, del profesor y un segundo efecto
devastador: colocar a muchos países en la disyuntiva: o financiar la educación o pagar 1
deuda externa.
Por su parte, la comunicación, que ha venido jugando un papel decisivo tanto en la
infraestructura tecnológica de la globalización como en la mundialización del imaginario y el
ideario neoliberales de desregulación del mercado y deslegitimación del espacio y el ser vicio
públicos (A. Foro, 1999, 2001) es planteada en Porto Alegre a la vez como lugar de una
doble perversión y una doble oportunidad. Perversiones: primera, la que proviene de la
conformación de mega corporaciones globales -ya son sólo siete las que dominan el mercad
mundial: AOL~Time Warner, Disney, Sony, News Corporation, Viacom y Bertelsmann- cuya
concentración económica se traduce en un poder cada día más inatajable de fusión de los
dos componentes estratégicos, los vehículos y los contenidos, con la consiguiente capacidad
de control de la opinión pública mundial y la imposición de moldes estéticos cada día más
"baratos"; segunda, la que han introducido los acontecimientos del " 1 S" enrareciendo de
controles y amenazas las libertades de información y expresión hasta el punto de poner en
serios riesgos los más elementales derechos civiles en este campo, a la vez que se legitiman
por imperativos de "la seguridad" las más burdas y descaradas formas de manipulación y
distorsión informativas. Oportunidades: primera, la que abre la digitalización permitiendo la
puesta en un lenguaje común de datos, textos, sonidos, imágenes, videos, desmontando la
hegemonía racionalista del dualismo que hasta ahora oponía lo inteligible a lo sensible y lo
emocional, la razón a la imaginación, la ciencia al arte, y también la cultura a la técnica y el
libro a los medios audiovisuales, segunda: la configuración de un nuevo espacio público y de
ciudadanía en y desde las redes de movimientos sociales y de medios comunitarios, como el

1
Página del Foro Social Mundial: ww.forumsocialmundial.org.br; página de la Comunidad Web de Movimientos Sociales:
www.movimientos,org
espacio y la ciudadanía que ha hecho posible, sostiene y conforma el Foro Mundial mismo.
Es obvio que se trata de embriones de una nueva ciudadanía y un nuevo espacio público,
configurados por una enorme pluralidad de actores y de lecturas críticas que convergen sobre
un compromiso emancipador y una cultura política en la que la resistencia es al mismo tiempo
forjadora de alternativas.

Este libro pone juntos temáticas y materiales muy diversos cuya trabazón se halla en
ese mínimo de utopía sin el que la crítica se queda en mera queja, mucho más preñada de
nostalgia que de futuro. Y sobre unas pocas convicciones provenientes tanto de las lecturas
como de la propia, ya larga, experiencia de educador. El esbozo aquí, a la entrada, de
algunas convicciones , preocupaciones e ideas de fondo, que atraviesan y tensan la reflexión
que este libro expone, puede ayudar a no perderse en los detalles o las apreciaciones más
coyunturales y polémicas.

La primera de esas convicciones es que la educación ya no es pensable desde un


modelo escolar que se halla rebasado tanto espacial como temporalmente por concepciones
y procesos deformación correspondientes a las demandas de la sociedad-red (M. Castells,
1998), esa segunda modernidad que nos introduce en la era informacional. Hoy "la edad
para aprender es todas", y el lugar puede ser cualquiera una fábrica, un hotel, una empresa,
un hospital, los grandes y los pequeños medios o Internet. Estamos pasando de una
sociedad con sistema educativo a una sociedad educativa, esto es cuya red educativa lo
atraviesa todo: el trabajo y el ocio, la oficina y el hogar, la salud y la vejez. Sólo en España
hay ya veinte mil "viejos", de entre sesenta y ochenta y cinco años, estudiando programas
universitarios, en los que no sólo miles de personas seforman en ciencias y artes "fuera de
edad" sino también por fuera de los requisitos y las modalidades curriculares, esto es
constituyéndose en experimento para el diseño de nuevas formas de aprendizaje.
Una segunda preocupación clave es la de no pensar maniqueamente las dos
dimensiones que tensionan más fuertemente la educación hoy: la que vincula a ésta con la
cultura, y que es la que ya Hannah Arendt (1965) colocó en el centro de la renovación
sociopolítica de la postguerra, la transmisión de la herencia cultural entre generaciones, la
conversación de. los jóvenes con la herencia cultural acumulada a lo largo, al menos, de
veinticinco siglos; y la otra, la capacitación, la formación de capacidades, destrezas y
competencias que permitan a los alumnos su inserción activa en el campo laboral y
profesional que, como antes apuntábamos, es la reclamada como central por las agencias del
mercado, pero que no por eso puede ser menospreciada aunque deba ser radicalmente
reorientada en su sentido y sus alcances para que esa capacitación sea compatible tanto con
la conversación cultural, como con una otra tercera función asimismo indispensable: la
formación de ciudadanos, de personas capaces de pensar con su cabeza y de participar
activamente en la construcción de una sociedad justa y democrática.
La tercera convicción concierne a la necesidad de fortalecer la escuela pública. Ella
se ha convertido en el barómetro más fiel del modelo de Estado que se están dando los
países. Pues apremiado por las directrices neoliberales el Estado se halla dedicado a la
gestión de los conflictos sociales controlando los riesgos de la explosividad social que
produce la propia globalización, no pudiendo entonces proyectar mínimamente la educación
desde una política estratégica y de largo plazo. Ello está convirtiendo a la educación en algo
que pertenece al rango de las "cargas" que debe sobrellevar y atender el Estado, claro está
desde el inmediatismo de los reclamos y las protestas del sector. La contradicción entre el
papel estratégico de la educación en la sociedad infomacional y el tratamiento que la escuela
pública -de la primaria a la universidad- recibe actualmente en América Latina no hace sino
agravar la desestabilización de las instituciones democráticas, amenazando la viabilidad
misma de nuestros países como naciones. Y sin embargo la escuela pública es, mayormente
en nuestros países U. C. Tedesco, 2000; M. Hopenhayn y E. Ottone, 2000), el espacio de
encuentro de las trayectorias socioculturales de las mayorías, y por lo tanto es en ella donde
se produce la más ancha y permanente transformación de la cotidianeidad social y cultural
cuyos protagonistas son los excluidos. Y de ahí también que esa escuela pueda y deba ser
el lugar más abierto del desarrollo de la inteligencia colectiva y las biografías educativas.
Y una cuarta convicción referente al papel de la tecnología. Si como afirma Castells
"la tecnología (o su carencia) plasma la capacidad de las sociedades para transformarse, así
como los usos a los que esas sociedades deciden dedicar su potencial de innovación"
(Castells, 1998: 33), lo cierto es que hasta ahora la presencia de la tecnología comunicativo e
informática en la escuela ni plasma transformaciones ni alienta la innovación. Según el
estudio Learning to Change: ICT ín schools, de la OCDE, aunque la mayor parte de los
centros escolares de primaria y secundaria europeos disponen ya de conexión a Intemet, su
utilización es aún escasa y casi nunca se produce dentro del aula. Ubicada en el exterior del
modelo pedagógico y comunicativo, la tecnología sólo puede contribuir a modernizar el
decorado de la enseñanza pero no a la transformación radical de las estructuras o las
metodologías ni las prácticas de aprendizaje. Y ello aún más en sociedades como las
nuestras, en las que la mentalidad escolar sigue ubicando a la tecnología, no sólo fuera del
aula sino por fuera de la cultura. Cultura, con mayúscula claro, que sigue nombrando el
ámbito de las letras (y no todas, sólo las "bellas") y las artes, aunque tampoco todas,
solamente las socialmente legitimadas por la crítica experta. Tanto la tecnología como la
ciencia,,,' parecieran pertenecer escolarmente al humanistamente denostado ámbito de la
"razón instrumental" y para nada al de la inteligencia comprensiva ni la expresiva. Y así nos
va: Latinoamérica cuenta con un buen número de prefiios Nobel en literatura, pero ¿cuántos
en ciencias?
Partiendo del debate producido en Europa por el "panfleto" Normas para el parque
humano, en el que Peter Sloterdijk (2001) hace una feroz crítica de aquella tradición
humanista de la educación que consistió en hacer de los pueblos "organizaciones
alfabetizadas, unidas bajo juramento a un canon de lectura vinculante de cada espacio
nacional", y cuya finalidad primordial era amansar la innata ferocidad humana, Fernando
Savater (2001) escandaliza una vez más al mundillo académico con su libertario modo de
cuestionar la educación, esto es, de interrogarla y ponerla en cuestión. Qué es lo que, en
definitiva, la educación pone hoy en juego: ¿la defensa del modelo humanista que se
conserva en el gabinete del bibliófilo contra el estruendo y la furia del espectáculo
audiovisual, o la reinvención de lo humano, de su socialidad? Se hace evidente que el
modelo humanista de educación basado en la lectura de libros se ha desfasado gravemente
de los miedos, las angustias Y. los sueños que hoy tenemos -a pesar de la cantidad y
variedad de reformas curriculares-, y de que de ese desfase no lo saca tampoco la
multiplicación de las ayudas audiovisuales y las conexiones a Intemet. Savater plantea esta
tajante propuesta: "Ni los libros, por buenos que sean, ni las películas ni la telepatía
mecánica, sino el semejante que se ofrece cuerpo a cuerpo a la devoradora curiosidad
juvenil: ésa es la educación humanista, la que desentraña críticamente en cada mediación
escolar (libro, filmación, herramienta comunicativa) lo bueno que hay en lo malo y lo malo que
se oculta en lo más excelso. Porque el humanismo no se lee ni se aprende de memoria, sino
que se contagia. Y sea como fuere, los libros ni tienen la culpa ni son la solución".

En un libro recientemente aparecido, Hominescence, Michel Serres (2001) apunta, a


propósito de la filosofía, en la misma dirección: demasiado embebida en su pasado piensa lo
nuevo como si fuera viejo, tornándose incapaz de ayudar a construir un mundo-hogar para
las nuevas generaciones. Lo que desde esa filosofía no es pensable es que lo que hoy se
halla en juego no es el proceso de humanización del mundo sino el proceso mismo de
hominización, esto es, de mutaciones en la condición humana. Con lo que ellas entraban,
como en otros momentos epocales, de posibilidades de emancipación a la vez que de
catástrofe planetario. Pero lo que diferencia al momento que vivimos, y que lleva a Serres a
proponer un nombre nuevo: hominescencia -por su cercanía semántica con ese estado
peculiar que llamamos de incandescencia, efervescencia o adolescencia-, es la inmersión de
nuestro cuerpo en un-espacio y tiempo nuevos en el sentido de que ya no derivan de la
evolución selectiva sino que están siendo introducidos por la mutación producida por la
técnica del hombre, tanto en la biología genetica corno en la comunicación~tejido de la
socialidad. De lo que se desprende la urgencia de una re~educación en humanidad, de otro
tipo de aprendizaje que nos permita a los humanos descifrar, junto al mapa del genoma que
traza los avatares y resultados de nuestra evolución biológica, ese otro mapa que dibuja
nuestros sueños/pesadillas de inmortalidad individual y colectiva, nuestra utopía de
comunidad solidaria, ahora como nunca antes contradictoria, ya que junto a su creciente
capacidad de erradicar, a escala mundial, las discriminaciones que nos desgarran, lo que hoy
proyecta es un mayor cúmulo de violencias y exclusiones hasta hacer/dejar morir, de hambre
y otras miserias, a tres cuartos de la humanidad.

Fiel a ese "programa" trazado por Porto Alegre, Savater y Serres, este libro dedica
su primera parte a re-ubicar la educación en la comunicación, y para ello revisita esa
alfabetización en comunicación, que provectó la pedagogía de Paulo Freire. Para no pocos
esa visita aparecerá como un anacronismo, y lo es, pero de los que desestabilizan el
presente, condición indispensable para que. podamos romper el ensimismamiento de lo
actual y construir futuro. La segunda parte agarra por los cuernos al prestigioso profetismo
de la decadencia cultural, que cree poder salvamos de la nueva barbarie mediática
refugiándose en el libro, y lo pone en debate, tanto con la historia como con la densa
ambigüedad del ahora. En la tercera parte se traza un mapa,de los desafíos que le plantea a
la educación la acelerada reconfiguración comunicativo de los saberes y las narrativas,
especialmente de los saberes y narrativas emergentes que la escuela prejuiciadamente
desvaloriza y deja fuera, cuando es desde ellos como resulta posible vislumbrar asumir la
envergadura cultural de las mutaciones que atraviesa la sociedad-mundo en los albores de
este de concertado y desconcertante segundo milenio.

Pitsburgh, febrero de 2002

Textos del autor sobre Comunicación/Educación

(1990): "Teoría/investigación/producción en la enseñanza de la comunicación", en DíaLogos


de la Comunicación, N' 28, Lima.

(1993): "Nuevos modos de leer", en Revista de Crítica cultural, N' 7, Santiago de Chile.

(199.5): Comunicación y diseño cultural, Medellín, Univ Bol@variana.

(1996). "Heredando el futuro", en Nómadas, N' 5, Bogotá.


( 1998): "Jóvenes: desorden cultural y palinsestos de identidad", en 'Viviendo a toda'. jóvenes,
territorios culturales y nuevas sensibilidades, Bogotá, Siglo del Hombre Editores.

(1999): "Experiencia audiovisual y desorden cultural", en Cultura, medios y sociedad, Bogotá,


CES/ Universidad Nacional.

(1999): "Retos culturales: de la comunicación a la educación", en Gaceta, N' 44/45,


Bogotá, Mincultura.
(2000): "Ensanchando territorios en Comunica-
ción/educación", en C. E. Valderrama (edit.), Comunicación Educación: coordenadas,
abordajes, travesías, Bogotá, Diuc/ Siglo del Hombre.

CAPÍTULO 1
ALFABETIZAR EN COMUNICACIÓN
Acostumbrados, como estamos, a confundir la comunicación con los medios y la
educación con sus métodos y técnicas, los estudiosos de estos campos padecemos con
frecuencia no sólo de una fuerte esquizofrenia sino también de una flagrante desmemoria.
Ambas convergen en hacernos olvidar que la primera aportación innovadora desde
Latinoamérica a la teoría de la comunicación se produjo en y desde el campo de la
educación: en la pedagogía de Paulo Freire. Aquélla que, partiendo del análisis del proceso
de vaciamiento de sentido que sufre el lenguaje en las normalizadas técnicas de la
alfabetización, traza un proyecto de práctica que posibilite el develamiento de su propio
proceso de inserción en, y apropiación de, el tejido social, y por tanto de su recreación. Pues
es sólo luchando contra su propia inercia como el lenguaje puede constituirse en palabra de
un reto, esto es, hacerse pregunta que instaura el espacio e la comunicación. Freire llamará
por eso palabra genedora a aquélla en que, a la vez que se activa/despliega el espesor de
significaciones sedimentadas en ella por la comunidad de los hablantes, se hace posible la
generación de nuevos sentidos desde los que reinventar el presente y construir futuro.

Pedagogía de la palabra en acción

"La importancia del silencio en el espacio de la comunicación es fundamental. Él me permite,


por un lado, escuchar el habla comunicante de alguien, como sujeto y po como objeto, entrar
en el movimiento de su pensamiento volviéndome lenguaje; por el otro, torna posible a quien
habla, realmente comprometido con el comunicar, y no con hacer comunicados, escuchar la
duda, la indagación, la creación de aquél a quien escucha. Fuera de eso la comunicación
perece. Pues enseñar no es transferir conocimiento sino crear las posibilidades para su
propia construcción."

Paulo Freire

A la vez que vinculó el sentido de la comunicación a la generación de un lenguaje


capaz de nombrar el mundo propio, Freire puso ese proyecto en el mundo: desde Argel hasta
Estocolmo, esto es, tanto en el Tercer como en el Primer Mundo, un gran número de
pensadores y educadores se han reconocido intelectual y políticamente en ese proyecto
educativo. Lo que deja en claro que no se trataba de un proyecto para gentes de los países
subdesarrollados sino al contrario, de una de las primeras propuesta culturales, no literaria,
capaz de interpelar desde América Latina a intelectuales de todo el mundo. Es a eso que
llamo, sin el menor reato de chauvinismo, la primera teoría latinoamericana de comunicación,
ya que no sólo tematizó prácticas y procesos comunicativos de estos países sino que puso a
comunicar a América Latina consigo misma y con el resto del mundo.
Escribo esto a comienzos del año 2002, pues necesitaba de la distancia que
únicamente el tiempo es capaz de crear con uno mismo, para atreverme a empezar este libro
con un texto tomado de mí, no publicada, tesis de doctorado, en la que emergió el concepto
de mediación con el que he venido trabajando desde comienzos de los años ochenta, y de
cuyo origen dentro de mi pensamiento no tenía yo una clara conciencia. Hasta el día en que,
buscando en esa tesis unas referencias bibliográficas, encontré escrito en la página 160:
"Pensar el acontecimiento como praxis exige ir más allá de las formas para entrever las
mediaciones que religan la palabra a la acción y constituyen las claves del proceso de
liberación". Hoy puedo afirmar que la lectura de los textos de Freire -sobre los que hice un
trabajo para el seminario "Semántica de la acción" de Paul Ricocur en el que participé en
1970- constituyó una de las bases de mi tesis, cuyo solo título, La palabra y la acción,
claramente lo atestigua, y como lo enuncian varios párrafos, como éste, dé su introducción:
La palabra explicita la conciencia que viene de la acción, y hecha pregunta, horada el espesor
macizo de la situación, rompe el embrujo de la pasividad frente a la opresión. Si la palabra
sola es impotente, la acción sola es esteril, la imagen del futuro se engendra entre las dos: la
palabra dibuja la utopía que las manos construyen y el pedazo de tierra liberada hace- verdad
al poema.
Transformando la mirada fenomenológica, el trazado pedagógico de Paulo Freire
construye una pragmática que, convergiendo sobre la capacidad performativa del lenguaje -
en el sentido en que la entienden Austin y Searle- incorporaba el análisis de la "acción del
lenguaje" a un programa de acción: el aprendizaje de la lengua, especialmente en la
alfabetización de adultos, convertido en proceso de liberación de la palabra propia. Ahí
estaba esbozado un buen trecho del camino que andando el tiempo, me llevaría a mi propio
proyecto y programa de investigación en este campo: pensar la comunicación desde la
cultura. Proyecto que, apoyado en, el análisis de Freire sobre la opresión interiorizada por las
sociedades latinoamericanas, cuando el oprimido vio en el opresor su testimonio de hombre,
insertaba ese: análisis en la concepción gramsciana de la hegemonía, como proceso vivido,
esto es, hecho no sólo de fuerzas sino de sentidos. Es lo que me llevó a plantear que
comprender la comunicación implicaba investigar no sólo las tretas del dominador sino
también todo aquello que en el dominado trabaja a favor del dominador, esto es, las múltiples
formas de la complicidad de su parte y la seducción que se produce entre ambos. Fue la
revoltura de Gramsci con Freire la que me enseñó a pensar la comunicación a la vez como
proceso social y como campo de batalla cultural. Y es por ello que creo estar haciendo
justicia al pensamiento latinoamericano innovador en comunicación al iniciar este libro con un
entrelazado de fragmentos de mi tesis de doctorado, cuya estructura se asentaba sobre tres
conceptos eje, desarrollados en cada una de sus tres partes: la objetivación o el nivel de las
estructuras, el pasaje obligado por las formas objetivas en las que el lenguaje articula el
sentido de la acción; la autoimplicación, o el nivel de los sujetos, la acción y la palabra en
cuanto espacios entrelazados de los que emerge la experiencia originaria del hombre, su
constitución en actor y en autor; la comunicación o el nivel de las mediaciones, el lenguaje y
la acción en cuanto formas de ,estar en el mundo y de interacción entre los hombres.
La reescritura actual de este capítulo, escrito originalmente entre 1969 y 1972, ha
buscado guardar el máximo de fidelidad a un vocabulario que, aunque actualmente sonará
extraño a no pocos oídos, resulta inseparable del acento político de aquellos años, y en cuya
entonación utópica late esa nostalgia cuesta arriba de la que hablara W Benjamin al enunciar
su peculiar manera de entender el a contratiempo en que trabaja el movimiento de
emancipación.

La incomunicación como herencia cultural

"El indio mudo nos daba vueltas alrededor y se iba al monte, a la cumbre del monte, a
bautizar a sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y
desconocido'entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía ciego de
indignación contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura."

José Martí

Las estructuras de Independencia penetran toda la sociedad, y consecuentemente el


ámbito de la cultura. Pero la comprensión de los procesos y los fenómenos de dependencia
cultural de América Latina no pueden explicarse a partir de la forma de la dominación actual,
necesitamos pensar lo que ella tiene de "herencia cultural" (E. Galeano, 1971: 36). Pues en
la historia de la conquista española no hay sólo una aventura política o una empresa
comercial sino una batalla cultural. La violencia desnuda de la guerra, la destrucción material,
las confiscaciones económicas y la esclavización de los indígenas, se acompañó y se apoyó
en la violencia subyacente al proceso de enculturación, mediante el cual la cultura de la
minoría dominante fue propuesta como modelo a la mayoría dominada (N. Wachtel, 1972:
135): los indios veían morir a sus dioses cada día a través de la destrucción de su universo
social y mental. Con la ruptura de ese universo, las categorías de las que el hombre se
servía para conocer y habitar el mundo ya no le sirvieron más. Y cuando ese mundo, donde
el trabajo no constituía una categoría especial de actividad, se vio sometido al predomino del
valor económico, el hombre se sintió obligado a abandonar sus valores y su s prácticas, su
percepción del espacio y el tiempo, su modo de vida.

Una cultura del silencio

Paulo Freire llama cultura del silencio al conjunto de pautas de acción y esquemas
de pensamiento que conformaron la mentalidad y el comportamiento de los latinoamericanos
desde la conquista, Edificadas sobre la señoría de la tierra, sobre el poder del señor, que se
extendía de la tierra a las gentes, las sociedades latinoamericanas consagraron la figura del
patrón y su poder: "Poder de los señores de la tierra, de los gobemadores, de los capitanes,
de los virreyes. De esa manera vivimos nuestro periodo colonial presionados siempre. Casi
siempre impedidos de crecer, impedidos de hablar. La única voz que se podía escuchar en el
silencio a que se nos sometió, era la voz del púlpito" (P Freire, 1967: 1 1 l).

Pero la voz del púlpito normalmente no hacía sino reforzar la dominación de la


conciencia con su lenguaje de resignación y providencia, de voluntad de Dios y pecado de
rebeldía. Siglo a siglo la opresión fue moldeando la conciencia, el mutismo y la pasividad se
interiorizaron hasta el punto en que "el oprimido vio en él opresor su testimonio de hombre" (P
Freire, 1970: 42). La esencia de esa alienación no se halla tanto en la introducción de valores
e ideas que deforman la percepción de la realidad cuanto en la desvalorización radical de la
propia existencia por la negación del mundo en que ella se apoyaba. Desposeído de su
tierra, sus costumbres, sus tradiciones, invadido en el interior misrno de su ser por los valores
del colonizador, el colonizado se siente extraño, extranjero en su propia tierra, empujado a
despreciarse a sí mismo, su lenguaje, su cultura (A. Memmi, 1967).

Pero la alienación nunca es total, ni la conciencia dominada deja de ser conciencia, y


la sumisión es menos aceptación que impotencia. De forma que si fue en la "educación"
donde lentamente la situación de fuerza se transformó en situación de hecho, legítima y
legitimada por los mismos oprimidos, será en otra educación donde sea posible hacer estallar
la situación al subvertir los códigos de la humillación y la sumisión.
El ayer parece hallarse lejos pero está aún tan cerca que es posible tocarle en la
fatiga y el desencanto de los una y otra vez engañados campesinos de estos países. Al
mutismo total de los comienzos se intentó reemplazarlo por una voz prestada, la que
proporcionaba la escuela. Una escuela que fue, y sigue en general siendo, el lugar del
control más sutil por, y de, la palabra. Nacido selectivo y aristocratizante -a don Simón
Rodríguez, por haber establecido que en las escuelas se enseñaran juntamente con la
lectura, la escritura y los números, los oficios manuales como albañilería, carpintería, herrería,
lo hicieron expulsar de Bolivia las familias de la "sociedad", pues no querían ver a sus hijos
convertidos "humildes artesanos" sino en literatos, doctores y tribunos (S. Gelinas, 1971: 13,
26)- el sistema educativo latinoamericano continúa siéndolo en gran medida, a pesar de todas
las "reformas". Campañas masivas de alfabetización de adultos o aulas universitarias, las
diferencias de grado o de técnicas dejan aún ver el modelo con que trabajan los viejos mitos.
Con la industria y la técnica nacen nuevos señores, nuevos tipos de patrones, pero el tono es
el mismo: "al fatalismo de la naturaleza, de las lluvias y del destino, sucederá la religión del
progreso, de la renta per cápita y de la eficacia milagrosa. En esta religión el nuevo pecado
será el espíritu crítico, la superación del desgarramiento silencioso de los marginados, la
organización y la acción política" (G. Silva, 1972: 10). La escuela continúa consagrando un
lenguaje retórico y lejano a la vida, a sus penas, sus ansias y sus luchas absolutizando una
cultura que asfixia la voz propia, transmitiendo "la visión que la minoría dominante tiene de la
historia nacional, su culto de los próceres sus odios y sus entusiasmos, sus mitos y sus
prejuicios, que han quedado como contenido de las cartillas que metódicamente deletrean los
escolares de todo el país" D. Restrepo, 1970: 7). No es por casualidad que haya sido en
América Latina donde Iván Illich ha vivido la experiencia de la que ha brotado su lúcida, su
utópica, protesta contra la escuela como "nueva religión" (I. Illich, 1971), esa en que los
pobres depositan su esperanza de salvación. Pero la escuela sólo salva a una minoría y en
contrapartida continúa enseñando que el que llega más lejos en los estudios tiene derecho a
más dinero, a rnayores privilegios, a mejor posición social, continúa estigmatizando al
rebelde, al que posee demasiada imaginación, al creador, fabricando ese hombre-serie que
nunca va más allá de los modelos establecidos y que a lo más que aspira es a adaptarse. Si
todo eso no es exclusivo del sistema escolar latinoamericano ello posee una carga de
injusticia mayor allí donde el derecho a la escuela se identifica con el derecho a la palabra y
donde ese derecho sigue siendo disfrutado sólo por unos pocos. La cultura escolar prolonga
la cultura del silencio. Asfixiada o domesticada la palabra del pueblo, la palabra pública,
sigue siendo marginal o es hecha funcional.

Lengua sin pueblo

La dominación habita el lenguaje a través de dispositivos de neutralización y


amordazamiento de la acción -del trabajo- contenida en la palabra. El gusto por la palabra
hueca, por la algazara y la palabrería no es sino la contracara del mutismo profundo que se
expresa en la ausencia de participación y decisión. Repite Freire 'no había pueblo'. La
acción se dice. en un lenguaje falso cuando la acción misma responde a la realidad de una
sociedad de apariencias, de una industrialización dependiente que coexiste con el latifundio y
unas instituciones políticas tan formales y huecas como la retórica en que se expresan.

Los estudios del peruano Salazar Bondy y del uruguayo Methol Ferré han registrado
la historia de esa ficción que ha sido en buena parte la llamada "filosofía latinoamericana":
importación de las ideas de la ilustración, de un anacrónico romanticismo y un devaluado
positivismo. "Vivimos, desde un ser pretendido" dice Salazar Bondy. (1970: 17) de ahí que
nuestras instituciones, las formas de conducta, las costumbres, coincidan muchas veces con
esa "entidad ambigua" que somos. Democracia "de ficción", libertad de prensa,
administración de justicia, estándares de moralidad o valores sociales ¡"de ficción"! Alejadas
por un abismo de las masas pauperizadas y analfabetas, las elites aristocráticas y literarias
tuvieron siempre una especie de horror a la materia y se mantienen marcadas por una
propensión hacia las filosofías espiritualistas, desconectadas del proceso de investigación de
la naturaleza. Sólo con el positivismo se iniciará un intento de ruptura, que será absorbido en
seguida por una nueva ola de psedo-humanismo con el que se reaccionará contra los
"extremismos positivistas" alejándose de las cuestiones decisivas referentes a la constitución
del saber científico y tecnológico. "Bajo nuevas modalidades la 'res pensante' desalojaba a la
'res extensa' " (M. Ferré, 1969: 7). En la relación hombre-hombre no mediaba la naturaleza.
La historia de América Latina es la de un largo y denso proceso de Incomunicación.
Incomunicación, primero, entre los diferentes pasados, que es lo que hubiera permitido
descifrar la conquista y la colonia como proceso histórico y no como la fatalidad de un
destino. Atrapados en una historia en la que sólo hubo próceres y soldados pero no pueblo,
los dominados se verán incapacitados para reconocerse a, sí mismos en el proceso histórico
que los hizo primero esclavos y luego dependientes. Apenas hoy se empieza a re-escribir la
historia, a desenmascarar las mentiras minuciosamente construidas y obstinadamente
defendidas como fatalidades históricas. Escribir su historia es en América Latina, iniciar la
destrucción de los muros que le impiden comunicar con su memoria, relegada al vacío o la
nostalgia desde el día siguiente de la conquista, y mistificada por los propios procesos de
independencia. Incomunicación, en segundo lugar, con el hacer político de las masas, de
esos millones de hombres y mujeres que deben aun renunciar a su lengua materna para
acceder a los medios de comunicación. ¿Hasta cuándo los analfabetos no tuvieron derecho al
voto en un continente donde la mayoría de la población era analfabeta? La comunicación se
carga de una significación política irrecusable al des-cubrir los múltiples rostros de la
"violencia simbólica" (P Bourdieu YJ. Passeron: 1970) añadida a la otra, la del hambre y la
exclusión social. Incomunicación también de las elites intelectuales que, aun rompiendo su
complicidad con el status quo, se hallan lejanas, alejadas, por su mismo lenguaje exclusivo,
del habla y la memoria de las mayorías. Incomunicación, en fin, de unas vanguardias
separadas del pueblo al que quieren liberar por las trampas que les tiende una expresividad
centrada sobre sí misma, negada a la comunicación.
Las estructuras de dominación son múltiples, pero puede decirse que su expresión
privilegiada está ahí, en esa frustración que impide "hablar", decir el propio mundo y decirse a
sí mismo. Al desmontar los mecanismos que obligan al oprimido a hablar el lenguaje del
opresor, Freire devela la figura a la vez más honda e íntima de la dominación. Es por eso
que la alfabetización “a lo Freire" toma un carácter deliberadamente subversivo: la cohesión
del grupo en el sistema estalla hecha pedazos cuando el hombre, ese "animal construido de
palabras" del que habla 0. Paz, asume la palabra que viene de su mundo, que emerge de su
tierra, de su trabajo, de su clase y su capacidad creadora. Pero a esa palabra no se llega sin
atravesar el espesor oscuro de la lengua, su densa estructura a la vez elemental y compleja,
y a través de la cual la sociedad y el mundo se dan "codificados", como trama de signos a
descodificar, a descifrar.
La crítica del lenguaje que propone Freire va en la misma dirección a la que apuntan
los estudios de H. Lefebvre, de Bourdicu y Passeron y del argentino Elisco Verón. De lo que
se trata es de investigar la presencia del lenguaje en la conformación de la sociedad como
sistema, el papel del lenguaje en la gestación de las estructuras mentales colectivas,
sociales. La parte que le cabe al lenguaje en permitir o impedir la entrada del individuo a un
grupo social, el instalamos en un sistema de cosas desde el sistema de las palabras. Ahí
apuntan los análisis de Iván Illich al proponer desde América Latina una investigación sobre la
dimisión del individuo ante la red tecnificada de las instituciones, de la degradación de la
comunicación interpersonal y la cuasi imposibilidad de relaciones creadoras: "El subdesarrollo
progresivo de la confianza en sí y en la comunidad" (I. Illich, 1971: 14).

Textura dialógica de la comunicación

La puerta a la comunicación que nos abre P Freire es básicamente a su estructura


dialógica. Pues hay comunicación cuando el lenguaje da forma a la conflictiva experiencia
del convivir, cuando se constituye en horizonte de reciprocidad de cada hombre con los otros
en el mundo siempre que un hombre habla utiliza un código comparte con otros, pero ¿desde
dónde habla, con y para qué? Esas cuestiones nos plantean la necesidad de ubicar el
análisis de las formas objetivas del lenguaje en esa su "potencia segunda" (E. Ortigues:
1962) engendradora del reconocimiento mutuo entre actores y sujetos. Hablar no es sólo
servirse de una lengua sino poner un mundo en común, hacerlo lugar de encuentro. El
lenguaje es la instancia en que emergen mundo y -hombre a la vez. Y aprender a hablar es
aprender a decir el mundo, á decirlo con otros, desde la experiencia de habitante de la tima,
una experiencia acumulada a través de los siglos. Como plantea P Ricocur (1969: 80) el
análisis de la lengua desemboca sobre ese otro registro hermenéutico, que hace surgir el
mundo como horizonte de la palabra. Y es en ese tejido de cosas y palabras que la
comunicación revela su espesor: no existe comunicación directa, inmediata, toda
comunicación exige el arrancarse al goce directo, primario, elemental, de las cosas, todo
comunicar exige alteridad e impone una distancia. La comunicación es ruptura y puente:
mediación. Entre dos sujetos, por más cercanos que se sientan, está el mundo en su doble
figura de naturaleza e historia. El lenguaje es el lugar de cruce de ambos: enraíza al hombre
en la tierra, sobre la que los hombres forjaron la lengua. Si la lingüística reclama de la
fenomenología un horizonte de significación, ésta a su vez reclama una ontología, un asidero
en el ser. La metáfora de Heidegger (1959: 15) adquiere entonces toda su validez-pero a
condición de que "la morada del ser" alcance a dar cobijo no sólo al discurso del príncipe y
los sacerdotes sino a la palabra del común de los hombres. Porque de otro modo esa
expresión no sería sino la voz de la nostalgia tras la que se enmascara la vieja aristocracia
del pensar y el decir frente a la turbadora entrada de las masas en la historia, frente al hecho
irreversible de los pueblos asumiendo la palabra.
La mediación o el espesor de lo simbólico

Pensar el lenguaje como mediación es pensarlo a la, vez hecho de signos y preñado
de símbolos. El estructuralismo descartó el símbolo lógicamente. Porque el símbolo no se
presta al frio análisis de las estructuras sino que recalienta y contamina todo con el exceso, y
el conflicto, de las interpretaciones. El símbolo es oscuro, viscoso y peligroso, pero es en él
donde se expresa y condensa la realidad última de la comunicación. Lacan no nos deja
escapatoria: si el hombre habla es "porque el símbolo lo ha hecho hombre" (1966: 155). La
etimología le da la razón: sím-bolo en griego significa algo partido en dos, y que una parte es
dada por uno a otro como prenda de reconocimiento. Cada trozo no es nada aisladamente
pero puede ser todo unido al otro. Es en el encaje de las partes donde los portadores de
cada mitad se re-conocen y se encuentran. Símbolo dice pues pacto, convención, alianza. El
acercamiento a la vida profunda del lenguaje como comunicación nos lo descubre hecho de
preguntas esencialmente ansiosas de respuesta. Es ésa la textura de relaciones que lo
constituyen en acta y acto del pacto colectivo.
Mediación por excelencia, el símbolo puebla el universo del hombre marcando su
imposible acceso inmediatos a las cosas (E. Cassirer, 1965: 45), obligándolo a aceptar esa
otra mediación que introduce el desciframiento del sentido. Y por ello constitutivamente
ligado al discurso: todo símbolo hace pensar, o mejor "da qué pensar" (P. Ricocur,
1968: 323). No desde una referencia que se desarrolla en su exterior sino contenida en el
enigrna que el símbolo mismo contiene. Ahí reside su provocación a pensar.

De las múltiples tipologías de símbolos retendremos .,aquí una que ilumina


especialmente la problemática de la comunicación. Se trata, primero, de la distinción entre .
símbolo metodológico y símbolo primario (E. Ortigues, 1962: 171). El símbolo matemático o
lógico tiene de común con el primario ser una convención, pero mientras el primero es sólo
efecto de la convención, el segundo es su fuente: matriz de las relaciones que sustentan la
sociabilidad humana y por tanto de las convenciones mismas. Mientras el primero es mudo
por su carácter meramente operativo, el segundo está prefiado de sentido y es ingrediente
constitutivo del sujeto. Lo que carac teriza al símbolo es la imposibilidad de su reducción a
estructura formal, a hecho psicológico o reflejo social. Cierto que toda formación simbólica es
necesariamente colectiva, social, pero. ella no se agota ni en lo psicológico ni en lo social
(Levi-Strauss, 1970: XV), constituye una región original que nos abre a un más allá de la vida
inmediata y de la operación, nos abre al tiempo y espacio originarios que tejen/evocan los
mitos. Y en segundo lugar, es importante la distinción entre una simbólica sedimentada,
hecha de restos de símbolos, de estereotipos n cuentos y leyendas cuya clave es la
repetición; una simbólica actuante sobre el tejido social de un grupo al que da forma a través
de pactos, de alianzas y leyes que constituyen el objeto primario de la antropología cultural; y
una simbólica prospectiva en la que estalla el juego de los símbolos en uso para dar lugar a
otros, los propiamente creadores (P Ricocur, 1972: 468). La primera categoría nos asoma a
la base de toda comunicación, al espesor simbólico del repetir que subyace al dialogar, por la
segunda accedemos al movimiento, al acto del comunicar, y por la tercera des-cubrimos la
palabra inédita que hace estallar al lenguaje usado en la comunicación subvirtiéndolo,
recreándole.
La textura dialógica se halla tanto en la textura del símbolo como en la constitución
de la subjetividad: el yo no deviene real sino en la reciprocidad de la interlocución. Dialogar
es arriesgar una palabra al encuentro no de una resonancia, de un eco de sí misma, sino de
otra palabra, de la respuesta de un otro. De ahí que para hacer una pregunta necesito
asumir un pro-nombre (yo) al que responde uno otro (tú) y conformar el. nosotros que hace
posible la comunicación. El diálogo se teje sobre un fondo de pronombres personales que
forman la textura de la intersubjetividad. En la corriente más dinámica de la lingüística, como
la de E. Benveniste (1971: 67), el análisis lingüístico se encuentra con la hermenéutica de M.
Buber y sobre todo de E. Levinas, Mientras para el análisis el lenguaje es un sistema de
signos, para el que habla el lenguaje es una mediacíón simbólíca: "masa de signos
dispuestos en el mundo para ejercer en él nuestra interrogación" (M. Bubber, 1968: 29).La
dialéctica habita las "proto-palabras yo-tú" como eje en.. tomo al cual se realiza el encuentro y
la posesión, la con-:,. vivencia y la organización. Levinas, por su parte, ofrece. una reflexión
sobre los dinamismos de la comunicación humana a partir de la aparición del otro como
"rostro" (E. Levinas, 1968: 82) que instaura a la vez la posibidad de mi interioridad y de mi
abertura al otro como esta en cuestión de mis poderes. Es en la comunicación donde los
hombres asumen su palabra haciendo estallar a la vez el círculo de la totalidad totalitaria y el
de ,.la conciencia solipsista. Dialogar es descubrir en la trama de nuestro propio ser la
presencia de los lazos sociales que nos sostienen. Es echar los cimientos a una posesion
colectiva, comunitaria, del mundo. La palabra no es un mundo aparte sino que hace parte de
la praxis del hombre: "la justicia es el derecho a la palabra", pues es la posibilidad de ser
sujeto en un mundo donde el len-guaje constituye el más expresivo lugar del "nosotros".

Emergencia del sujeto:

de la acción a la expresión pasando por el cuerpo

Frente a su función representativa, privilegiada en la civilización occidental, el estudio


del lenguaje ha des-plegado últimamente otra función mayor: su potencia de acción, su densa
praxis como medio de iniciación, de cohesión y de exclusión sociales. Son las "potencias del
lenguaje" que ha tematizado Marcel Cohen (1971), y la "acción ilocutiva" cuyo estudio inicia J.
L. Austin (1970). Se trata de la acción del lenguaje no como algo que venga a añadírsela
desde afuera sino al revés: la presencia en el discurso mismo del contexto social reguiando el
ejercicio de esa actividad que a la vez la hace posible. Pues la acción ilocutiva no es del
orden de lo fisico -emisión de sonidos- ni de lo psicológico -los efectos- sino de un orden de
reglas propias del discurso, a partir de las cuales una cosa es afirmar y otra narrar una
prometer y otra blasfemar. Reglas que hacen emerger la situación en que el discurso coloca
a los interlocutores. En su análisis de los "actos de lenguaje", J. R. Searle (1972) hará
avanzar enormemente la compresión de la trama social del lenguaje como base a partir de la
cual toda habla contiene algo de una actuación. Desde la acción provocada, favorecida o
contrarrestada por medio de palabras que en el interior de actos rituales producen una
transformación de la situación con efectos sociales innegables, a la acción de las fórmulas
"eficaces" de relaciones entre los hombres, ya sea en forma de frases que posibilitan y abren
el encuentro, lo sostienen y lo cierran, fórmulas que operan la introducción o exclusión de los
miembros en un grupo, o que dotan de validez a un pacto, a un contrato, a un compromiso,
etc, Hasta la persuasión y la instrucción que actúan desde: la oratoria y los alegatos o
defensas judiciales hasta el discurso propagandístico y publicista.
Y al mismo tiempo de ser acción el lenguaje es expresión. Expresión entendida no
como una función particular del lenguaje, ni como un tipo de discurso frente otros, sino como
su potencia primordial: la de hacer existir la significación. De ahí que estudiar la expresión no
consista en buscar la información que ella puede ofrecer sobre un mundo interior y escondido
del sujeto, sino la manera como el sujeto habita la palabra, dar cuenta de la experiencia que
para el sujeto es el hablar. La expresión es, según Levinas (1968: 172), "testimonio original",
aquello de/en lo que el sujeto mismo se halla' hecho, amasado. Pero ha sido Merleau-Ponty
quien ha ido más lejos en la filosofía de la expresión, rompiendo de plano con toda la
tradición que asimiló la expresividad a la representación del pensamiento. La expresión no
traduce un pensar anterior, una significación no existe sino en la palabra: "la expresión la
significación, la hace vivir en un organismo de palabras" (Merleau-Ponty, 1945: 213). La
trampa en que cayeron tanto el idealismo como el empirismo fue la de olvidar que la
expresión habita un mundo de significaciones ya sedimentadas, de palabras usadas,
confundiendo la memoria de esas "significaciones disponibles" con la existencia de un pensar
interior que el lenguaje se limitaría a traducir.
Es por eso que, según Merleau~Ponty, la operación expresiva no tiene lugar entre el.
pensamiento y el lenguaje sino entre la "palabra pensante" y el "pensamiento hablante". Y
que la clave de la expresión resida entonces en decir cosas nuevas con palabras gastadas,
ya viejas, en ,,utilizar esos instrumentos ya hablantes y hacerles decir algo que no han dicho
jamás" (Merleau-Ponty, 1960: 113). El milagro de la expresión es la posibilidad de una
palabra inédita, primera, a partir de un fondo de "palabras segundas". Porque de todas las
operaciones expresivas sólo la palabra es capaz de sedimentar y convertirse en acerbo
común. La paradoja es clave: mientras que no se puede "pintar sobre pintura" toda palabra
es dicha sobre otras palabras, toda palabra "hablante" -significación en estado naciente- ha
de ser pronunciada desde un fondo común de palabras "habladas", de significaciones a
existentes.

La otra cara de la expresión mira hacia lo que ya Merleau-Ponty (1945: 180) llamó la
arqueología del sujeto: el enraizamiento de la subjetividad en el "cuero propio" (194, 294).
Que es la experiencia original pre-objetiva, muda, desde, y en la que brota la palabra. yo. El
cuerpo es la fuente de toda percepción, nuestro modo primordial de habitar el mundo, el
lugar-desde donde realizamos su apropiación. Pues percibir es descubrise enredado en las
cosas, participar en ellas por una familiaridad anterior a toda conciencia explícita. Lo que no
significa reducir la subjetividad al cuerpo sino explorar en él su potencialidad original. "Casi-
sujeto", la corporcidad engendra un mundo, un tiempo y un espacio propios, es nuestra forma
primordial de acceso al mundo, nuestra forma originaria de estar en "hay otro sujeto por
debajo de mí, por quien existe un mundo antes que yo esté ahí y que. marca mi sitio"
(Merleau-Ponty, 1971: 169). Ese sujeto, o mejor, pre-sujeto, es el "embrión de toda
significación", una "celebración del mundo" en la que se llama a las cosas a significar,
dotándolas de relieve y sentido.
Con el lenguaje "mudo" de sus miembros el cuerpo abre el camino a la palabra. El
gesto es el inicio. Un universo nuevo se dibuja ya en él.'El puño que se alza o la mano que
se tiende grita, nombra, pregunta. Proyección de mi cuerpo hacia el otro, aprendizaje del
signo -o su estallido pleno- el gesto me arranca a las cosas definitivamente. La palabra no se
reduce a gesto pero se inicia en él, y por él descubrimos que el lenguaje no es traducción de
ideas sino una forma de habitar el mundo, de hacerse presente en él, de compartirlo con
otros hombres. La comunicación no está hecha de representaciones sino más bien de gestos
que dicen la presencia activa del cuerpo, su mediación en mi interpelación al otro, pues en el
cuerpo emerge la estructura del mundo que me abraza y el sentido del gesto en que lo
expresa.

Y lo que el gesto expresa antes que nada es la apropiación del cuerpo, esa
elaboración personal que lo singulariza frente a, o en relación con, el otro. Pero la
singularidad de la expresión no se confunde con la individualidad. No es al individuo que la
expresión manifiesta sino al sujeto. Si el cuerpo es el lugar original de la palabra lo es en la
medida en que el deseo lo atraviesa desbordándolo hacia un más allá: espacio tensional,
presencia-ausencia, tierra del símbolo. Es el deseo el que para ser satisfecho exige ser
"reconocido en la palabra" que lanzo al otro Q. Lacan, 1969: 108).
La clave está en reconocer la ambigüedad radical del discurso que revela al mismo
tiempo que enmascara. La conquista de una subjetividad verdadera corre pareja con la
conquista de la palabra oculta en la maraña de los síntomas, esos símbolos oscuros en que
está presa y a través de los cuales es necesario des-velarla. La apropiación de la palabra y
la realización del sujeto son sólo posibles des-haciendo la falsa coherencia del discurso tras
la que se enmascara el miedo. No hay sujeto sin pasar por el "desfiladero de la palabra",
pero no hay palabra sin asunción de la propia historia, de ese pasado que se oculta y
enrosca, se disimula en el espesor y las opacas inercias del cuerpo. Y no hay liberación
posible a partir del sí mismo, pues si la palabra funda al sujeto éste no reposa en sí mismo -
es eso lo que nombra el subjectum y que habían enmascarado tanto la conciencia como la
voluntad cartesiano/ hegelianas- sino en ese "otro" en el que, como afirma Lacan, el sujeto se
constituye mediante la experiencia recíproca del reconocimiento.
Deconstrucción del mundo desde el lenguaje

Es todo ese conjunto de procesos, ideas y problemas, de conocimiento el que


condensa la pedagogía de Paulo' Freire. Ésa- que se inicia con la pregunta: ¿Qué es un
analfabeto? y a la que, frente a la respuesta de los manuales -un hombre que no sabe leer ni
escribir- Freire propone otra, radicalmente otra: el analfabeto es el hombre impedido de decir
su palabra. Y la alfabetización será entonces la praxis educativa que devuelve a los hombres
su derecho a decir lo que viven y sueñan, a ser tanto testigos como actores de su vida y su
mundo. Dejando de ser una simple "falta de instrucción" el analfabetismo se revela
consecuencia estructural de un sistema injusto que domina excluyendo a las mayorías de
aquel espacio cultural en que se construye la "particip-acción". De ahí que frente a una
alfabetización "recuperadora", con la que las elites intentan educar sin alentar la subversión
posible se alza la alfabetización como "educación~práctica de la libertad", inserta
inevitablemente en un proceso de transformación social y política. La nueva educación se
fundas pues no en esquemas abstractos o en idealismos bien intencionados sino en la toma
de conciencia de los oprimidos sobre su situación en el proceso mismo de opresión.
Teniendo por contenido la problemática misma de la vida, la nueva pedagogía busca ante
todo provocar en el analfabeto -el "hombre mudo"- una actitud v práctica de descubrimiento
de la palabra negada. "Pensábamos en una alfabetización que fuese en sí un acto de
creación capaz de desencadenar otros actos creadores", afirma,.Freire (1967: 164).
"Ya nadie educa a nadie, así como tampoco nadie se educa a sí mismo, los hombres
se educan en comun mediatizados por el mundo" (P Freire, 1970: 90). Sólo así es posible el
paso de la conciencia magica e ingenua -que se piensan fuera, superpuestas a la realidad- a
la -conciencia "crítica": que se descubre habitada por el mundo y en lucha por desnaturalizar
los procesos históricos. Sólo entonces el oprimido se descubre sujeto y portador de una
palabra propia. Contrario a la metodología de los abecedarios y manuales que empezaban
enseñando las letras y las sílabas, Freire plantea como punto de arranque la construcción, la
investigación/construcción, del "universo lingüístico de base" del educando en un proceso a lo
largo del cual las ideas y los hechos emergen en palabras-frases que conforman unidades de
enunciación. ¿No se halla ahí encarnada la concepción que Merleau-Ponty tiene de la
percepción, y la idea de Benveniste de "la frase como instancia fundamental de discurso"?
Por otra parte, frente a los estereotipos, las palabras muertas y anónimas que presentan los
manuales, la nueva pedagogía plantea como arranque el enraizamiento en el mundo concreto
del educando, en su percepción del mundo de la vida cotidiana. Y es en base a ese universo
vocabular que se exploran las palabras generadores en un triple plano: su riqueza fonética o
capacidad para dar formación al mayor número posible de vocablos; su densidad referencias
o de vinculación con el contexto en que el vocablo se inscribe; y el poder de movilización
existencias que la palabra tiene dentro del grupo.
Se denomina codificación a un segundo paso que consiste en la representación
plástica de aquello que la palabra generadora objetiva de situaciones y experiencias del
alfabetizando. Para romper la engañosa inmediatez empírica a la que las palabras se
refieren, se propone pasar por la objetivación que mediatiza y distancia, que, hace posible el
espacio de la admiración y la reflexiona, Al objetivar su mundo con los otros, los objetos son:.
percibidos de otra forma: dejan de ser meras cosas para pasar a provocar preguntas: la
interrogación que instaura el espacio de la decodificacíón, operación que lleva al
reconocimiento del sujeto en el objeto, pues los objetos ahora forman parte de la situación y
son producto de " algún sujeto en el largo proceso del hacerse mundo" esto es, historia y
cultura.
Las palabras salidas del universo existencias del hombre vuelven a él transformadas
en modo de acción sobre el mundo. El proceso culmina así en la "auto-.implicación": la
emergencia del sujeto a través del Lenguajes,, tanto del que dice la acción como del que la
efectúa. Sólo entonces la palabra generadora podrá ser ella misma objetivada en la
materialidad sonora que conforman los fonemas. Porque ya entonces la lengua no aparecerá
como un instrumento extraño, abstracto o mágico, sin como cultura, esto es, el hacerse del
hombre, al mismo tiempo trama de relaciones objetivadas y lugar de construcción y
creatividad del sujeto. Des-velar los secretos -el montaje que construye la lengua en
arquitectura de signos- se convertirá en movimiento de-velador de trama del mundo y de la
historia que entrañan es signos. Y la palabra generadora generará entonces no sólo otras
palabras, otras frases, sino la capacidad de decirse y de contar la vida, de pensar y escribir el
mundo, como historia de la que el alfabetizando forma parte como sujeto y actor.
Aprendiendo a decir su palabra el ha penetrado la trama misma del proceso histórico. En vez
de someterse a una repetición y memorización meca, huera, de palabras dictadas desde
arriba o afuera, hombre aprende a "ad-mirar" su cultura, primer papara recrearla, para
sentirse creador. La pedagogía se convierte en praxis cultural puesto que la cultura es
invención de formas y figuras, sonidos y colores, que al tiernpo que la expresan transforman
la realidad.
La pedagogía se convierte, así, en política puesto que el acceso a la expresión y la
creación cultural es experimentado por los alfabetizados como un proceso de lucha por
hacerse reconocer en cuanto actores del proceso social. Si la libertad es indivisible, la
conquista de la palabra se inscribe en la lucha por la liberación de todo lo que -oprime. Sólo
entonces adquiere pleno significado la divisa que Freire le dio a su aventura: la educación
como práctica de la libertad. Y de una educación para el desarrollo, formadora de cuadros
altamente técnicos e ideológicamente "neutros", canal de ascenso social, Freire propondrá
pasar a una educación para la liberación, que va a la raíz, a la conciencia sumisa. De una
educación idealista, construida de palabras huecas, de nostalgias y voluntarismos estériles,
se pasa a una educación-praxis, dialectizadora de la palabra y la acción, en la que la palabra
surge al ritmo del esfuerzo constructor de la propia ,realidad y la acción revierte posibilitando
una palabra inédita, creadora.