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es ensayista, editor,

N i c o l á s G o n z á le z V a r e l a
traductor y periodista cultural. Ha estudia­
do Filosofía y Psicología y enseñado Cien­
cias Políticas en la Universidad de Buenos
Aires, así como traducido a Heidegger, Gra­
ves, Marx y Pessoa, entre otros. Autor de di­
versos artículos y estudios sobre Arendt,
Blanchot, Céline, Heidegger, Engels, Graves,
Marx, Pound, Spinoza, colabora en distintos
medios gráficos y digitales de actualidad y
cultura. Sus últimas obras publicadas son:
Nietzsche contra la Democracia (Monte­
sinos, Barcelona, 2010), Los Archivos de Na­
ción Apache (Libros del Sur, Buenos Aires,
2011) y ha sido traductor y cuidador de la
edición del Cuaderno Spinoza, de Karl Marx
(Montesinos, Barcelona, 2012), así como de
la edición de Sobre el suicidio, también de
Marx (El Viejo Topo 2012).
FERNANDO PESSOA

P o lític a y P r o fec ía
Escritos Políticos 1910-1935

Edición crítica de
Nicolás González Várela

MONTESINOS
E nsayo
Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del
Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

© De la edición, notas y traducción, Nicolás González Varela, 2013


Edición propiedad de Montesinos / Ediciones de Intervención Cultural
Diseño: Miguel R. Cabot / Elisa N. C. Carbonell
ISBN: 978-84-15216-54-4
Déposito Legal: B. 21364-2013
Imprime: Novagrafic Impresores, SL
Impreso en España
EL PATHOS DE UN ESCRITOR PATRIÓTICO

N ic o l á s G o n z á l e z V ar e i a

“Yo era un poeta impulsado por la Filosofía,


no un filósofo dotado defacultad poética ”
(Fernando Pessoa, 1910)

“Todo por la Humanidad, nada contra la Nación ”


(Fernando Pessoa, 1935)

¿Neopagano y conservador revolucionario? ¿Visionario absolutista,


místico político y esotérico reaccionario? ¿Anarquista de derecha, to­
talitario, defensor del Ubermensch? Político ergo poeta. ¿Podemos lle­
garla reconocer entre estas coordenadas al gran escritor portugués
Fernando Antonio Nogueira Pessoa? Un lírico rara avis, en el cual la
poesía'surge deTni magma de reflexiones metapolíticas, elucubracio­
nes políticas e históricas, pero que surge también de una praxis (fa­
llida, frustrada), de una intervención consciente sobre el tortuoso
derrotero del Portugal y de la encrucijada europea a inicios del siglo
XX. A sus famosos papeles se le podría aplicar su propia regla herme­
néutica existencial, que definía diciendo que “todo cuanto el hombre
expone o exprime es una nota al margen de un texto suprimido del
todo. Más o menos, por el sentido de la nota, captamos el sentido de
lo que habría de ser el texto; pero queda siempre una duda, y los sen­
tidos posibles son muchos.”1 La Ideologiekritik materialista efectiva­
mente busca con anhelo llegar a esa camera obscura del texto
fundamental, a levantar la clausura y superar la supresión, reconducir

1. En: Livro do Desassossego, Assírio & Alvim, Lisboa, 1998, p. 164.


la nota al palimpsesto primitivo. Desde su propia perspectiva y acción
política, ahora la poesía de Pessoa es más inteligible, más precisa, la
exégesis puede ser más profunda y auténtica. Na.da de un Pessoa im­
político, lírico, olímpico, puro esteta.
“El Comunismo no tiene una doctrina. Se engañan los que supo­
nen que la tiene. El Catolicismo es un sistema dogmático perfecta­
mente definido y comprensible, sea teológicamente, sea sociológi­
camente. El Comunismo no es un sistema, es un dogmatismo sin sis­
tema: el dogmatismo informe de la brutalidad y de la disolución. Si
lo que hay de basura moral y mental en todos los cerebros pudiese ser
barrido y reunido, y con eso se formara una figura gigantesca, tal sería
la figura del Comunismo, enemigo supremo de la Libertad y de la
Humanidad, como lo es todo cuanto duerme en los bajos instintos
que se esconden en cada uno de nosotros. El Comunismo no es una
doctrina porque es una antidoctrina, o una contradoctrina. Todo
cuanto el Hombre ha conquistado, hasta hoy, de espiritualidad moral
y mental -esto es, de Civilización y de Cultura-, todo eso él lo invierte
para formar la doctrina que no tiene.” Así se expresaba Pessoa en uno
de sus miles de papeles inéditos, ínfima parte de un enorme Nachlass,
el legendario Espolio:2 escribe en vulgares cuadernos escolares (como
Gramsci en la cárcel fascista), en libros contables en blanco (instru­
mentos expropiados a su trabajo administrativo, oficio que él deno­
minaba irónicamente como “correspondente estrangeiro em casas
comerciáis”), en diversas papeletas y minutas que guarda en su arca,
su famoso baúl. Se estima que entre éditos e inéditos Pessoa es autor
de alrededor de 27.000 textos:3 durante veintitrés años de intensa ac­

2. El Archivo Pessoa se encuentra depositado en la Biblioteca Nacional de Portugal


(BNP), bajo la rúbrica “E3” (que significa: Espólio 3o: 3a Arquivo).
3. La catalogación del Nachlass, iniciada en 1969 y todavía inconclusa, cifra exacta­
mente en 27.543 textos, entre éditos e inéditos durante casi veintitrés años de intensa
actividad literaria de Pessoa; véase: Blanco, José; Femando Pessoa. Esbogo de urna biblio­
grafía-, Imprensa Nacional-Casa da Moeda/ Centro de Estudos Pessoanos, Lisboa, 1983.

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tividad intelectual publicó 431 textos (299 en verso y 132 en prosa).
Una obra fragmentada, bastante dispersa, según Richard Zenith, pres­
tigioso pessoísta y traductor estadounidense,4 “es un caos total, porque
en la misma página puede haber un fragmento de un ensayo sobre la
I Guerra Mundial, una reflexión filosófica y varios poemas”. La ma­
yoría de los inéditos, su Nachlass, nos muestra a un Pessoa hiperpolí-
tico, tribuno, sociólogo, profeta, incluso historiador en ciernes. La
hybris política latía en sus venas: con catorce años ensayaba escri­
biendo epigramas políticos polémicos y en 1905 en forma poética de­
nunciaba al primer ministro Chamberlain por la guerra anglo-boer
en su Sudáfrica, incluso escribió un soneto reflexionando sobre la
guerra ruso-japonesa que fue una catástrofe para el Zarismo. En
Sudáfrica tendrá una gran conmoción intelectual, duradera, con el
conservador Carlyle y su teoría mística de los héroes en la Historia
y con el reaccionario y pesimista Schopenhauer. Claramente es un
intelectual de derechas, él mismo se definía como “Conservador do
estilo inglés”, heterodoxo y no alineado, un Pessoa incómodo para
la áeademia, que se escurre de la profilaxis progresista. ¿Pessoa el in­
quietante, com gje llama Tabucchi?5 Es imposible, aunque forme
parte de la perspectiva habitual hermenéutica sobre su obra, escindir
artificialmente la doble alma pessoiana: la “poética” de aquella, lla­
mémosla, “teórico-política”.
El alvéolo natural de su obra es la Patria y el Imperio; la figura de
la mediación ideológica no es otra que la del escritor patriótico reac­
cionario, encarnada en el hombre de genio de clara filiación en la ge­
nealogía Schopenhauer-Nietzsche. Como en el caso de Pound, Pessoa
había sintetizado mejor que cualquier contemporáneo la energía y la

4. Por su trabajo recibió el prestigioso Premio Pessoa en 2012; véase: Zenith, Richard,
“Pessoa, Fernando and the Theater of his SelP; en: Performing Arts Journal (44), May
1993, pp. 47-49.
5. Tabucchi, A.; “Fernando Pessoa. Baedeker bibliográfico”; en: QuaderniPortoghesi,
N ° 2, autunno, 1977, pp. 201 y ss.

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ruptura formal y de contenido dentro de la vanguardia portuguesa
del ‘900, ya sea recibiendo y reelaborando las corrientes artísticas li­
terarias, filosóficas y políticas europeas (futurismo, cubismo, orfismo,
surrealismo, existencialismo, Nietzschéisme) recreándolas ex novo, y,
de alguna manera, “nacionalizándolas” (paulismo, sensacionalismo,
interseccionismo). Si hay que ubicarlo en un clivaje político, Pessoa
por sus textos e intervenciones pertenece a la corriente de la nueva
derecha revolucionaria, a caballo entre los anti iluministas (la genera­
ción de 1850 de Wagner aTaine pasando por Gobineau) y el propio
Fascismo. Corriente que realizará una amalgama entre la crítica a la
Revolución Francesa, el determinismo natural de la tierra y la sangre,
la negación del optimismo y el progreso, el descubrimiento del ins­
tinto y el inconsciente y la reducción de la historia a la lucha por la
existencia y la supervivencia de los mejores.
El año decisivo de la formación de su personalidad intelectual
puede cifrarse en el año 1912. Es el año del debut literario en una cu­
riosa revista llamada Águia, órgano de la llamada Renascen^a Portu­
guesa, una sociedad cultural-política de inspiración nacionalista,
anticomunista y elitista, que se proponía el renacimiento intelectual
del gran Portugal y el control de los desvíos jacobinos de la novel re­
pública nacida en 1910. Es el año del encuentro con Mario de Sá
Carneiro, amigo y compañero de ideas. Es el año de la formación de
un grupo de poetas, literatos, publicistas y doctrinarios (aristócratas
del espíritu, reaccionarios neo-románticos y monarcómanos como Sá
Carneiro, Montalvor, Cortes-Rodrigues, Santa-Rita Pintor, Leal, Ne-
greiros), que crearán en 1915 la revista Orpheu, el primer y verdadero
manifiesto del Modernismo portugués. Esta versión escindida de su
vida, reducida a sus innovaciones estéticas-poéticas y a su andar can­
sino por la “Baixa” de Lisboa, ya la conocemos. El Pessoa político (y
teórico) es el que todavía nos resulta un total desconocido. En Renas-
cenga Portuguesa Pessoa se adhiere inmediatamente a la ideología del
Saudosismo, un movimiento de inspiración simbolista con connota-

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dones místico-panteísticas y nacionalistas de nuevo cuño. Y dentro
de la corriente ideológica, Pessoa era partidario del Sebastianismo, una
ideología mesiánico-profética, de regeneración imperialista, de la cual
ya hablaremos. 1914 es el año de la aparición de sus famosos heteró-
nimos mayores bajo la inspiración de los personae de Nietzsche: Al­
berto Caeiro (hombre esquivo y solitario, amante de la naturaleza);
Ricardo Reis (médico monárquico, neopagano, autoexiliado en Brasil
después que se instaura la República) y Alvaro de Campos (ingeniero
naval y viajero incansable, símbolo de la Boheme, futurista, icono­
clasta, nietzscheano a rabiar). A ellos se sumarán otros semi-heteró-
nomos o pseudónimos mayores (Bernardo Soares) o menores y de
ocasión (Antonio Mora, Raphael Baldaya, Vicente Guedes, Jean Seúl,
Abílio Quaresma, Baráo de Teive, etc.).6 Heterónimos que van más
allá de un mero recurso de estilo, de efecto textual, y que pertenecen
a una meditada táctica de intervención filosófico-política. Como ve­
remos, difícilmente puede aceptarse la inocente tesis de Tabucchi de
que la heteronomía pessoana es simplemente el síntoma de una simple
lochra y un simpático recurso estético.

La irradación de la nueva droit revolutionnaire francesa

Si hay una marca filosófico-política reconocible en el Pessoa político,


por supuesto es el cuño nietzscheano.7 La influencia del pensamiento

6. Los especialistas han llegado a reconocer setenta y dos heterónimos, sin contabilizar
sus textos publicados de manera anónima; véase una lista tentativa y no exhaustiva en:
Lopes, Teresa Rita; Pessoa por Conhecer, Estampa, (1990), pp. 167-69.
7. Sobre la relación Nietzsche-Pessoa, véase: Steffen Dix, ‘Pessoa e Nietzsche: deuses
gregos, pluralidade moderna e pensamento europeu no principio do século XX’, Revista
do Centro de História da Universidade de Lisboa, 11 (2004), 139-74; Georg Rudolph
Lind, ‘Nietzsche e Pessoa’, en: Um século de Pessoa: Encontro internacional do centenário
de Femando Pessoa (5-7 dezembro 1988), Secretaria de Estado da Cultura, Lisboa, 1990,
de Nietzsche en Pessoa y en general el conocimiento de su obra toda­
vía está por develarse. Sabemos la profunda impresión que Nietzsche
causó en la intelectualidad portuguesa y en sus vanguardias durante
la primera parte del siglo XX. En la biblioteca personal de los últimos
años de Pessoa no existe la presencia de ninguna obra de Nietzsche
aunque sí de Arthur Schopenhauer.8 La mayoría de las citas directas
y menciones de Pessoa se refieren a la traducción en español de Also
spracht Zarathustra? con traducción Juan Fernández (seudónimo de
Unamuno), libro que figura en su biblioteca privada, por lo que se
puede inferir un conocimiento directo de esta obra. Como veremos,
esto es sintomático de la dependencia de Pessoa con respecto a la re­
cepción del Nietzsche francés, ya que se trataba de la obra más ven­
dida, popular y difundida en Francia,10 seguida muy de lejos por La
Genealogía de la Moral. Se puede comprender la imagen de Nietzs­
che que recibe Pessoa, el de un Nietzsche zarathustrianne, triunfante,
un héroe literario invictus, profético, milenarista, trágicamente wag-
neriano hasta el final, apóstata de la Alemania liberal. Pessoa asimila
a Nietzsche fundamentalmente a través de médiateurs, toda la trans­
ferencia cultural se realiza desde la matriz francesa, desde el primer
Nietzsche'anisme. Y esto vale en especial para sus reflexiones políticas.

pp. 283-86; y Eduardo Lourengo, ‘Nietzsche e Pessoa’; en: Nietzsche: Cem anos após o
projecto ‘Vontade de Poder-Transmutafáo de todos os valores Veja, Lisboa, 1989, pp. 247-
63.
8. Sobre la recepción de la obra de Nietzsche en Portugal, véase: Monteiro, Americo
E.; A recepcao da obra de Friedrich Nietzsche na vida intelectualportuguesa (1892-1939),
Universidade Católica Portuguesa/Lello, Porto, 2000; sobre Pessoa en especial, p. 294 y
ss. En la biblioteca de Pessoa se encuentra una edición francesa mutilada de Schopenhauer,
un libro con el título de Essai sur le Ubre arbitre, Félix Alean, París, 1903, que es listado
como leído en “April, 1906”; era muy normal en Pessoa leer autores a través de la Biblio­
teca Nacional de Portugal, como es el caso, por ejemplo, de Kant y Nietzsche.
9. Editado por la editorial La España Moderna de Madrid en 1900.
10. Para que nos demos una idea, la edición francesa de Asi habló Zaratustra de 1944
era la 96°.

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Pero la grandeza de Pessoa excede y desborda este simple esquema
de hacerlo más o menos otro nietzscheano más.
El Pessoa político es claramente un Gegen-Aufklarung, un contra-
iluminista, parte reconocible de ese movimiento (esencialmente po­
lítico) de contragolpe al Iluminismo burgués. El término “An-
ti-Iluminismo” probablemente haya sido acuñado por el mismo
Nietzsche’1y se transformó en un concepto polémico de uso corriente
en Europa a principios del siglo XX.12Aunque Nietzsche lo utilizaba
para categorizar las ideas-fuerza de Schopenahuer y Wagner, sus dos
grandes maestros, es evidente que inventó un concepto analítico de
primera importancia para definir un amplio movimiento de la civili­
zación europea. En este contragolpe teórico el Aristocratismo radical
de Nietzsche es uno de sus componentes esenciales, pero no el exclu­
sivo. Tal como lo era la misma Aufklarung burguesa, el Anti-Ilumi-
nismo era en sí mismo un movimiento político, que atacaba in tota
al horizonte ideológico de la Revolución Francesa, al Racionalismo
(Descartes), a los Derechos del Hombre (Rousseau), hasta la misma
tofwa de La Bastilla. No era tanto una contra-revolución, no intentaba
la vana tarea de,retroceder en la Historia hacia el Anden Régime, sino
más bien se consideraba “otra” revolución, de valencia diferente y al­
ternativa, como puede verse en los textos de Pessoa: no reclamaban
una contre-Modemité, sino “otra” Modernidad, sin los costos extras
(excesivamente decadentes, potencialmente revolucionarios, abierta­

11. En un fragmento inédito de su Nachlass, fechado en 1877, Nietzsche escribe:


“‘Es giebt kürzere und langare Bogen in der Culturentwicklung. Der Hóhe des Aufk­
larung entspricht die Hóhe der Gegen-Aufklárung in Schopenhauer und Wagner. Die
Hóhepunkte der kleinen Bogen kommen am nüchsten dem grofien Bogen-Romántik.”;
en: Nietzsche Werke: Kritische Gesamtausgabe; Band 4/2, De Gruyter, Berlín, 1967, p.
478, “Notizbücher-Frühling-Sommer 1877”, 22 (17).
12. Sobre el Nietzsche político, nos permitimos remitir al lector a nuestro libro:
Nietzsche contra la Democracia. El pensamiento político de Nietzsche: 1862-1872, Monte­
sinos, Barcelona, 2010.

— 13—
mente disarmónicos) de esta vía burguesa hacia el poder. No es ca­
sualidad que el propio Pessoa se definiera como “anti-reaccionario”.
La “Otra” Modernidad se fundaría sobre el culto a todo aquello que
diferencia al género humano, sobre todo aquello que divide y separa
a los hombres (psique, instintos, historia, tradición, lengua, cultura,
biología), una nueva cultura política que le niega a la Razón su per­
tinencia y capacidad en transformar la vida social, de mejorarla hacia
una meta más perfecta. Culto a lo inconsciente y esotérico, impor­
tancia cardinal del elemento irracional de la naturaleza humana, sus­
titución de la explicación “orgánica” e “historicista” por aquella
“mecánica” de las ciencias modernas, devienen lugares comunes en
una nueva síntesis ideológica que Pessoa comparte con contemporá­
neos como Georges Sorel, Édouard Berth, Ezra Pound,’3T. S. Eliot,
Wyndham Lewis, Thomas Ernst Hulme, Charles Maurras, Paul
Bourget, Gustave Le Bon, Maurice Barres, Giovanni Gentile, Drieu
La Rochelle, Paul de Lagarde, Céline, Oswald Spengler, Ernst Jiinger,
Arthur Moeller van der Bruck, Martin Heidegger, Hans-Georg Ga-
damer, Mircea Eliade, Emil Cioran, Henri de Man, Ortega y Gasset
e incluso con José Antonio Primo de Rivera.
La “revuelta” total contra el Iluminismo, contra la Modernidad
burguesa, en términos políticos: contra el Liberalismo, contra la De­
mocracia, contra el Socialismo, es la herradura ideológica en la cual
se re-encuentran todos los nuevos contestatarios, los inconformistas,
los anti-reaccionarios, los anti-materialistas, los anti-racionalistas, los
anti-utilitarios, los nuevos realistas, los que están más allá de la (ve­
tusta) derecha y de la izquierda. La respuesta reactiva de esta familia
espiritual parte siempre del mismo diagnóstico, compartido por Pes­
soa: la decadencia interminable del orden liberal, la degeneración im­
parable del sistema bourgeois. Para invertir la declinación, hace falta

13. Sobre Pound nos permitimos remitir al lector a nuestro estudio preliminar a la
nueva edición de Guía de la Kultura, Capitán Swing, Madrid, 2011.

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emprender otro camino “civilizatorio”, como nos lo recuerda Pessoa
en estos textos, reconfigurar otra sociedad, generar otra forma estado,
au-delh tanto del Capitalismo manchesteriano y plutócrata como del
nuevo Sovietismo ruso: una sociedad “orgánica”, neocorporativa, na­
cional-comunitaria en un sentido nuevo, bajo la figura de las élites
viriles en torno a la figura heroica del Genius, Führer, Duce, o Chefe,
imbuidas del sentido del sacrificio, sin el cálculo miserable del Profit
capitalista, empujadas por un auténtico Élan vital.
En la biblioteca de Pessoa sobreviven muchos de estos teóricos de
la nueva derecha revolucionaria: por ejemplo, el amado-odiado Mau-
rice Barrés,14 creador del término paradójico de Socialisme Nationale
en 1898, alma de los anti-dreyfusistas y de los “Boulanguistas de iz­
quierda”. Además tuvo una enorme importancia tanto en el naci­
miento y desarrollo de la Action Frangaise como en su lea¿ler, Charles
Maurras.15 El Boulanguisme, ruptura radical con la derecha tradicio­
nal, será el primer fenómeno en toda Europa que sutura en la práctica
ideológica el Nacionalismo con una figura antimarxista (no-marxista,
post*-marxista), la del Socialismo de Estado: “socialización” del Na-
cionali§mo&“na£Íonalización” del Socialismo, fenómeno inédito que
será atentamente analizado incluso por el último Engels. Barrés será
de vital importancia en la transformación del viejo conservadurismo

14. El libro que existe actualmente es Hommage a Marcel Proust, Librairie Gallimard,
Paris, 1927; por menciones puntuales en notas, poseías y ensayos de su Nachlass, Pessoa
debía conocer otros textos de Barrés que no figuran en la biblioteca que ha sobrevivido;
el gran interés por su obra lo revela el hecho de que poseía un estudio introductorio a su
obra de Henri Massis; Lapensée de Maurice Barrés-, Mercure de France, Paris, 1909, ejem­
plar profusamente anotado y subrayado. Por su parte Massis era un notorio intelectual de
la nueva derecha, discípulo de Bergson, panfletista con el pseudónimo de “Agathon”; filo-
fascista declarado, realizó entrevistas a los más destacados dictadores europeos de la época
(Mussolini, Salazar y Franco), y colaboró con el régimen de Vichy entre 1940 y 1944.
15- Véase: Frohock, W. H.; “Maurice Barrés collaboration with Action Fran^aise”,
en: The Romantic Review XXIX (April 1938), pp. 167-169; una visión más general en
Soucy, Robert; Fascism in France. The Case o f Maurice Barrés. Los Angeles: University of
California Press, 1972.

— 15—
europeo desde una Weltanschauung aristocrática, nostálgica y cosmo­
polita en otra nacionalsocialista, populista y realista; su obra tuvo gran
impacto en la política portuguesa, siendo una influencia duradera en
el ideólogo y poeta Antonio Sardhina (autor muy considerado por
Pessoa), creador del llamado Integralismo Lusitano.16 Sardinha, quien
proponía una monarquía orgánica, tradicionalista, antiparlamentaria
con evidentes ecos en muchas tesis pessoanas, fue el que acuñó la fi­
gura de una suerte de Übermensch portugués: o Homem Atlántico e
intentó desarrollar las peculiaridades de la raza portuguesa.17
Barres, un “génie du Nationalisme” según palabras de Léon Blum,
será célebre no solo en los países latinos del Sur de Europa, sino en
toda la América del Sur, en especial en la nueva derecha argentina y
después en la ideología nacional-corporativa del naciente Populismo
peronista.18Pessoa le hará menciones especiales y críticas en su poema-
manifiesto épico de 1917 Ultimátum.19 Barrés es el gran pivot ideoló­

16. En la biblioteca de Pessoa se conservan ejemplares de/ órgano nacionalista mensual


de Sardinha: NagSoportuguesa: revista de cultura nacionalista. Sardinha recibió la influencia
del canon clásico de la droit révolutionnaire francesa: Nietzsche, Renán, Taine, Barrés,
Bergson, Sorel y Maurras. Sardinha no fundamentaba su nuevo estado integral-naciona­
lista en el Racismo biológico vulgar, aunque sí en la idea maurrasiana de los quatre états
confédérés, en estados dentro del estado, segmentados y ghettizados, estancos de los au­
ténticos portugueses, en estamentos divididos por categorías: métiques, protestantes, ju­
díos y masones. No es casualidad ya que los maurrasianos se llamaban a sí mismos
nacionalistas integrales. Sardinha muere joven manteniendo la idea integrista monárquica,
aunque algunos integristas notables, como Roláo Preto, Alberto de Monsaraz, fueron
atraídos por el moderno modelo fascista.
17. Sardinha, Antonio; O Valor da Rafa: introdufáo a urna campanha nacional-, Al-
meida, Miranda & Sousa, Lisboa, 1915.
18. Sobre Barrés: Sternhell, Z.; Maurice Barrés et le nationalisme franjáis, Presses de
la Fondation Nationale des Sciences Politiques, París. 1972; sobré la influencia en América
del Sur y en particular en Argentina (por ejemplo en escritores reaccionarios como Irazusta
o Manuel Gálvez): Spektorowski, Alberto; The Origins ofArgenina’s Revolution o f the
Righr, Indiana University Press, Notre-Dame, 2002, p. 51 y ss.
19. Por ejemplo: “Fuera tú, Barres, feminista de la Acción...”. Pessoa utiliza en este
caso las discrepancias político-ideológicas entre Barrés y Maurras para que aquel se in­
corporara a la Action Franfaise.

— 16—
gico entre los conservadores del siglo XIX, los de la primera mitad del
siglo XX y la nueva derecha europea de entreguerras, tanto que mu­
chos reclamaban un “retorno a Barres”.20 La filiación barresianne más
significativa y notoria, además de la de Pessoa, es la del ensayista con-
servador-revolucionario Ernst Jünger y el jurista nazi-católico Cari
Schmitt. Ambos autores de gran prestigio e influencia en los conser­
vadores revolucionarios e incluso en el Populismo sudamericano ac­
tual. El famoso libro de Jünger, Der Arbeiter, alabado por Heidegger,
es una obra plenamente barresiana que entabla un combate mortal
contra el Maquinismo, la Técnica sin raíces y la Modernidad burguesa
in totoP En cuanto a Schmitt, el famoso apotegma del “Amigo-Ene­
migo”, la “distinción específica de lo político”, es una discriminación
barresiana clásica: Barres oponía, sin posibilidad de cancelación, al
Moi nacional, el Moi comunitarista y colectivo elaborado a partir
del Moi individual (abstracto, rousseauniano, iluminista, liberal), el
anti-Moi, que era eY“otro”, lo “bárbaro”, lo extranjero, en sentido
propio y figurado. Lo esencial de la ideología de la Terre et des Morts,
de fe Terre et du Sang es que los hombres, ya no una abstracción kan-
tiano-hegeliana,4jue los pueblos, se definen no tanto por sus actos o
sus instituciones, sino por su psicología. El hombre concreto (el ale­
mán, el francés, el portugués) es prisionero del contexto material y
hereditario en el que ha nacido, imposible separarse del determinismo
de las tradiciones (ancestrales) y de la lengua, el hombre no puede ol­
vidar esta marca lingüística, no será él mismo sino se piensa, lee, escri­
be en su lengua materna. La lengua es la Patria profunda, instrumento
por medio del cual el hombre concreto toma consciencia de sí mismo.

20. Por ejemplo, y no es el único, en un artículo de R. Vincent en la revista Combat,


en marzo de 1939, titulado: “Retour á Barrés”.
21. Jünger poseía las obras completas de Maurice Barrés y tenía una alta considera­
ción sobre él y su obra. Sobre las relaciones entre la Revolución Conservadora alemana
y la tradición barrisianne, véase: Sternhell, Z.; La Droite révolutionnaire, 1885-1914. Les
Originsfran$aises du Fascisme-, Gallimard, París,

— 17—
Pessoa dirá coherentemente que “tengo un alto sentimiento patriótico.
Mi patria es la lengua portuguesa”; Nietzsche se obsesionará con el
uso del auténtico alemán; Heidegger profundizará esta idea conser­
vadora y reaccionaria: “Soy lo que digo”. La más inmediata conse­
cuencia es el principio según el cual resignarse a una influencia
extranjera lingüística equivale a un grado de decadencia radical.
¿Fue Pessoa de alguna manera, por sus afinidades electivas, por la
comunidad de intereses, temas y estilo el Barres portugués? En estos
textos es inconfundible el pathos barresianne\ Barres será el primero
que formule y conceptualice (en una expresión a la vez literaria y po­
lítica, que a veces desborda los compartimientos estancos de la teoría)
la nueva ideología nacional y nacionalsocialista apoyándose en el Dar-
winismo social. Es el emergente de una souffle de révolte, como el
mismo Barres lo denomina, un vasto movimiento contra el (vulgar)
Materialismo burgués, contra el Positivismo, contra la mediocridad
de la nueva sociedad de masas, contra la democracia liberal y sus in­
coherencias, contra los intolerables costos extras del dominio del Ca­
pital, contra la evidente decadencia y degeneración de Occidente. En
la base del novísimo nacionalismo barresianne se encuentra, tal como
en Pessoa, un determinismo, de base fisio-psicológico (una matriz en­
trelazada de tierra-raza-familia-lengua), que todo nacionalista debe
aceptar para serlo: “Nationalisme est acceptation d’un determinisme”,
dirá en una precisa fórmula.22En esto debe basarse toda Machtpolitik
efectiva. Aunque Barres no conoce directamente a Herder, padre del
anti-Iluminismo europeo, lo recibe a través de Michelet, y de sus dos
maestros: Taine y Renán. Como en ellos, el término Race, Raza, será
empleado en el sentido herderiano de Volk, de Pueblo auténtico, co­
munidad histórica, cultural y fisiológica. De igual forma Pessoa ins­
trumentará su categoría de Rafa en estos textos políticos aplicados al
caso portugués.

22. Barres, Maurice; Sc'énes et Doctrines du Nationalisme, T. I, Plon, París, 1925, p. 10.

— 18—
Otra categoría común a la nueva derecha europea, al Modernismo
reaccionario y a la Metapolítica pessoana es la idea de decadencia.23
El sentimiento de la décadence-, una decadencia epocal, irrefrenable y
abyecta, se instala con fuerza en la ideología conservadora hacia 1880,
es común a Wagner, Nietzsche, Heidegger, Ibsen, Barres, Paul Bour-
get, Nordau y Maurras. Todos ellos deploran la igualdad abstracta, la
mediocridad liberal, el falso materialismo bourgeois, la inestabilidad
de la democracia parlamentaria, la cultura utilitaria, la educación ilu-
minista, la corrupción política, los Derechos del hombre, el sufragio
universal, la liberación de la mujer, las grandes ciudades y la llegada
de las masas a la escena pública. Se revaloriza la figura del Genius, del
Ubermensch, del realismo-heroico, de la virilidad, la representación
política “orgánica”. .. La primacía del inconsciente y del instinto, de
una contra-razón colectiva-racial. Pero este determinismo genera a su
vez un relativismo de segundo grado. No existe ya verdad abstracta,
ni ética universal, ífi norma moral absoluta, fantasmas de la Gran Re­
volución francesa y del Hegelo-Marxismo, sino nada más que la ver­
dad nacional; el Bien y el Mal de cualquier cuestión se deciden en
función de los imperativos nacionales, de un nuevo tribalismo basado
en la tierra y los muertos. Tanto para Barres como para Pessoa el ra­
cionalismo (burgués) es en realidad falta de raíces, cosmopolita,
“extranjero”, importado, una expresión del olvido de nuestro deter­
minismo vital indeclinable.
Un tercer componente es el anti-racionalismo violento y el consi­
guiente culto del inconsciente, la primacía lógico-histórica de lo eso­
térico, de lo impensado sobre la Razón. Éste será uno de los grandes
temas de la amplia herradura ideológica de la nueva y radical derecha
europea, y precisamente Barres (sobre el trabajo de Gustave Le Bon,

23. Y en forma paralela, la de un nuevo inicio o “renacimiento”; sobre la Ideología


de la Decadencia en el desarrollo de la nueva derecha europea, véase: Sternhell, Zeev,
L ’étemel retour. Contre la démocratie, l'idéologie de la décadence, Paris, Presses de Sciences
Politiques, Paris, 1994.

— 19—
del que ya hablaremos) subraya la superioridad del instinto sobre el
análisis, que es el único que puede explicar satisfactoriamente los gran­
des problemas de la vida. Como buen darwinista social, y en esto lo
sigue Pessoa, Barres confunde constantemente instinto con incons­
ciente, superponiéndolos, e incluso comparando el instinto animal a
la razón humana en detrimento de esta última. En última instancia,
como dirá Pessoa, la fe es el instinto de la acción. Este culto a las fuer­
zas ocultas, misteriosas, deprofundis que desborda la racionalidad ins­
trumental, consideradas como tejido vital de la existencia humana,
fuerzas energéticas son la dinámica creativa, exclusiva, tiene como co­
rolario esencial el surgimiento de un anti intelectualismo violento y
brutal. Es a esta alma popular, a este instinto del pueblo al que hay
que interpelar, despertar y reconducir, para rescatar a Portugal de la de­
cadencia de la vieja monarquía, la anarquía republicana liberal y la
traición de los intelectuales cosmopolitas. Y como la nación, el mismo
estado posee una suerte de existencia étnico-biológica, derivada de la
individualidad de la tierra y los muertos.
Todo criterio de comportamiento político reside en esta volonté
inconsciente, milenaria, anti rousseauniana, externa a todo universal
abstracto o falsa totalidad. El instinto popular es la síntesis sin posi­
bilidad de cancelación del mítico “interés general” (el Contrat Social,
dirá Barres, es “profundamente imbécil”) de los falsos ideólogos ilu-
ministas. Si los valores morales, dirá Pessoa, pertenecen a la especifi­
cidad de cada cultura, para la regeneración de Portugal, para la
restauración de la nación imperial y el estado, será necesario “enraizar”
a los individuos en la tierra y los muertos. El anti-intelectualismo se
anexiona al culto a la acción, a la energía, a la Will schopenhaueriana,
a la Trieb original y al élan vital; las doctrinas tienen una importancia
derivada, indirecta y secundaria, ya que es ese impulso telúrico el que
funda la moral. Ya no es necesario saber qué doctrina es justa, sino
identificar qué fuerza primal permite actuar y superar el impasse bur­
gués. Lo dirá Pessoa literariamente: vivimos auténticamente sólo gra­

— 20 —
cias a la acción, es decir gracias a la Voluntad. Sin la fuerza nacional,
impulso elemental del Hombre, no existe ni verdad, ni justicia. De-
terminismo fisio-psicológico, relativismo moral y ético, irracionalismo
extremo, tales son las nuevas coordenadas ideológicas de la nueva
orientación intelectual que encuentra la nueva derecha europea para
enfrentar los nuevos desafíos del siglo XX. Y Pessoa no dudará en in­
tentar utilizarlas adaptándolas a la anomalía portuguesa.
Hablamos del descubrimiento del inconsciente, del Instinkt y la
Trieb nietzscheanas, del Es freudiano, del uso político-filosófico del Ello,
innovación que se legitima en la academia burguesa a fines del siglo
XIX, aportando una categoría cardinal y una dimensión complemen­
taria a la actitud anti-racionalista y antidemocrática. En este campo
la obra de Gustave Lebon tiene un impacto y un acontecimiento sin
igual en la ideología reaccionaria. Además se trata de uno de los su­
cesos científicos más excepcionales y casi sin igual en la Historia de la
Ciencia. Pessoa asimiló muchas de las tesis centrales del psicólogo
reaccionario Gustave Le Bon (que remite a su vez al historiador Taine,
ta» admirado por Nietzsche),24 lo que no resulta extraño, ya que fue
admirado por personalidades como Sigmund Freud, el filósofo francés
Henri Bergson, el teórico sindicalista Georges Sorel, el sociólogo Ro-
bert Michels y por supuesto Maurice Barres. El punto de partida de
Le Bon es el determinismo, que es a la vez, en su doble valencia, bio­
lógico y psicológico; aplicado a una nación determinada, esto significa

24. De Le Bon, Pessoa poseía: L'evolution de la matiere, Flammarion, Paris, 1908;


L ’évolution desforces, Flammarion, Paris, 1908; y La Psycholegiepolitique et la défense sa­
cíale, Flammarion, Paris, 1910. Le Bon, que tenía simpatías por el Fascismo y llegaba a
la apología en el caso de Mussolini, fue un fenómeno literario mundial, traducido a die­
ciséis lenguas, escribió más de 250 artículos en revistas de prestigio internacional, y cua­
renta obras que suman un total de 500.000 ejemplares impresos. Muchos especialistas
incluso llegan a afirmar que muchas tesis y fórmulas seminales del Mein Kampfáe. Hitler
se encuentran extraídas, palabra por palabra, de las obras de Le Bon; véase: Nye, R. A.;
The Origins o f Crowd Psychologie: Gustave Le Bon and the Crisis ofMass Democracy in the
ThirdRepublitr, Sage, London, 1975, p. 3-4 y 178-179.

— 21 —
que la vida histórica de un pueblo, de sus instituciones (únicas e irre­
petibles), de su destino nacional, no son otra cosa que “el simple refle­
jo de su alma.”25 El Ame de una nación se encuentra inexorablemente
predeterminada por unos caracteres fijos, inmutables, fundamentales,
que provienen “de una cierta estructura particular del cerebro” deri­
vado de su matriz racial. La Raza es la que domina en última pero
decisiva instancia “los caracteres especiales del alma de las mu­
chedumbres.”26 Y es más, dice Le Bon: sigue imponiendo su deter­
minación e imperando en los vivos a través de los muertos. El
concepto de alma, en este sentido complejo con el que lo usa Le Bon,
será una categoría central de las reflexiones políticas pessoanas. La co­
lectividad humana, la sociedad civil de los iluministas, es en realidad,
dirá Le Bon, un organismo histórico, biológico, fisiológico y racial:
el Pueblo “est un organisme créé par le passé”, es simplemente un or­
ganismo creado por el pasado histórico nacional.27 Este determinismo
de nuevo cuño implica un anti-individualismo extremo y una nega­
ción total de la tradicional concepción de la naturaleza humana. El
alma de un pueblo, el nudo vital de su raza, la psicología derivada de
ella, domina in extenso al individuo. E inmediatamente, fungiendo
de modo paralelo con la determinación racial aparece el inconsciente,
esas fuerzas profundas, interpretables y traducibles sólo para hombres
especiales, que dominan el destino del individuo y su comporta­
miento inmediato, a pesar de él. A partir de este pseudo-aparato cien­
tífico, Le Bon llega a investigar el volumen de los cráneos e incluso
definir cuatro categorías raciales, se define el concepto de masa, de
foule, de plebe, tesis que adopta Pessoa. Si bien las foules se mueven
fuera de toda reflexión o de razonamiento, incluso son refractarias a

25. Le Bon, Gustave; Le Lois psychologiques de l ’evolution des peuples-, Félix Alean,
Paris, 1894, p. 54-58, por ejemplo.
26. Le Bon, Gustave; Psyckologie desfoules; Félix Alean, Paris, 1895, p. 70.
27. Le Bon, Gustav; ibidem, p. 71.

— 22—
las leyes de la Lógica, son las más aptas y eficaces para la acción. Como
no se mueven por medio de asociación de grandes ideas, se movilizan
de manera exclusiva a través de “ideas-imágenes”, presentadas en
forma elemental y simple, y la mejor es el mito. Pessoa adoptará esta
posición en la que la Mitogenia jugará un papel central en transformar
a la masa en un móvil para la acción que permita transformar la pe­
renne decadencia portuguesa. Le Bon tendrá inmediatamente entu­
siastas “traductores” en términos políticos de sus pseudo tesis de
psicología social, entre ellos a Georges Sorel o al mismo Maurice Ba-
rrés, con lo que Pessoa cierra el rizo ideológico.
Del ¿protofascista? Charles Maurras,28 leído, estudiado y criticado,
al cual menciona irónicamente en Ultimátum,29 poseía sus obras prin­
cipales. Maurras, monárquico y realista convencido, bajo el influjo
de Barrés, le otorga concreción al ideologema de la nueva derecha
francesa. En primer lugar una ecuación fundamental: democracia par-
lamentaria=decadenfcia; en segundo lugar otro postulado de gran fu­
turo: el único y genuino patriota es el realista, el monárquico integral.
Cohio Pessoa en el caso portugués, Maurras se propone restituir a
Francia su autenticidad, su grandeza imperial pasada, y este renaci­
miento sólo puede realizarse teniendo como intermediarias las tradi­
ciones, los valores y las instituciones antiguas. Si para Pessoa el apogeo
del Portugal perenne y eterno fue el de la época de la Reconquista y
de los descubrimientos geográficos, de la fortaleza de las municipali­
dades, para Maurras la Francia ideal es la medieval, descentralizada,

28. Pessoa poseía las obras: L 'avenir de l ’intelligence: August Comte, le romantismefé-
minin, mademoiselle Monk-, Nouvelle Librairie Nationale, París, 1909 y Quand lesfrangais
ne s’aimaientpas: chronique d ’une renaissance: 1895-1905; Nouvelle Librairie Nationale,
París, 1916.
29. “ ...Cozinha-francesa dos Maurras de razáo-descascada”. Algunos especialistas
hablan de un desprecio absoluto de Pessoa hacia Maurras que se remontaría a su juven­
tud, pero creemos que Pessoa sólo rechaza sus tesis estéticas en cuanto al papel del Neo­
clasicismo.
corporativa y católica de antes de la Reforma. Como en Pessoa, los
términos en valencia reaccionaria de “Civilización” y “civilizatorio”
son claves en los argumentos maurrasianos, a los que opone lo bárba­
ro, lo salvaje, lo infectado, lo contaminado y lo importado. Pessoa,
como Maurras, piensa que la forma republicana ya estaba contami­
nada el día de su instauración por el Liberalismo. ¿De qué manera? A
través de la infiltración de los principios liberales y de la ideología del
Republicanismo subsumidos en la Monarquía por medio del Cons­
titucionalismo abstracto, del cual la Primeira República es su conti­
nuación degradada. Pessoa emitirá un cuidado juicio de Maurras: “Tal
decadencia en el valor social de la inteligencia (producida por la de­
mocracia) estudia el Sr. Charles Maurras en su rápido pero interesante
esbozo L A ’ venir de l ’Intelligence.”
Si existe un libro fundamental en la difusión de la.Action Frangaise,
incluso más popular que los propios escritos de Maurras, éste es el de
Pierre Laserre sobre el Romanticismo francés y su impacto en las ideas
filosóficas y políticas.30 El lugar que ocupan en la nueva derecha de la
Action Frangaise el Romanticismo y el Neoclasicismo nos aleja del ob­
jetivo de esta introducción, ya que Lasserre mantiene posiciones di­
ferentes a las de Maurras y la línea oficial de la AF (Action Frangaise),
similares a las que sostendrá Pessoa. Lasserre identifica el primer mo­
mento del nefasto Romantisme francés en Rousseau, a igual diagnós­
tico llegarán Barres, Maurras y Pessoa. El ginebrino habría inoculado
tanto en la Literatura francesa como en la vida política la corrupción
de la verdad, el falso individualismo (la introspección mórbida, afir­
mará Lasserre, tiene “olor a cadáver”) y el quiebre del espíritu clásico.

30. Lasserre, Pierre; Le Romantismefrangais: essai sur la révolution dans les sentiments
etdans les idéesaux XIXosiécle, 2nd edition, Mercure de France, Paris, 1907; Pessoa poseía
en su biblioteca, leída y anotada, la quinta edición de 1913. El mayor estudioso de la
historia de la AF, Eugen Weber, confirma la importancia en agitación ideológica del libro
de Lasserre, véase su todavía insuperable estudio: Action Frangaise: Royalism andReaction
in Twentieth Century France-, Stanford University Press, Stanford, 1962, pp. 78-79.
La inoculación fue un producto foráneo, la importación de las ideas
alemanas: Sturm und Drang y la Aufklarung, a partir de la idea de
1789, la Gran Revolución francesa, se produce el despliegue, dirá
Lassarre, del Mesianisme romantique, que con su doctrina del Progreso,
la Felicidad y La Razón debilita el poder y la tenacidad de la identidad
francesa. Lasserre, como hará Pessoa profusamente, apela a las metá­
foras orgánicas, muy caras al nuevo Darwinismo social, comparando
la sociedad francesa con un cuerpo enfermo infestado de ideas extran­
jeras e importadas. La auténtica doctrina nacional, el verdadero pa­
triotismo según Lasserre, es aquella perspectiva basada en la búsqueda
de los fundamentos y las guías en la Teoría y la necesaria y natural re­
lación entre las cosas y las leyes de la realidad. Lazos familiares, patrio­
tismo de la tierra y los muertos, regionalismo de la pequeña patria,
redes profesionales-corporativas son las únicas relaciones “naturales”
argumenta Lasserre.31 Es de esta deducción natural que Lasserre, y
Pessoa, llegan al corolario de la necesidad de la forma monárquica
y la malfaisance de la démocratie. La Democracia burguesa se basa sobre
la dignidad individual y la regla de la mayoría, pero el gobierno liberal
no ha conseguid^ alcanzar a ninguno de ellos; por el contrario, la evi­
dencia histórica del 1900’s lo atestigua, la ideología democrática ha
generado regímenes definidos por su permanente inestabilidad, la per­
manente oscilación entre dos apariencias profundamente contradicto­
rias, cuya dinámica genera decadencia: el despotismo de estado y la
anarquía general. Todo el mundo en un régimen democrático sufre de
esta inestabilidad sistémica, excepto pequeños grupos (políticos y eco­
nómicos) que usan su posición para explotar al resto de los connacio­
nales en su propio beneficio.
Otra notable influencia en el Pessoa político es la del padre del lla­
mado “Darwinismo Social”, Herbert Spencer,32 cuya ideología podría

31. Lasserre, Pierre; ibidem, p. 170 y ss.


32. En su biblioteca se encuentran las siguientes obras: Seven essays selectedfrom tbe

— 25 —
definirse como una visión determinista-competitiva de la Naturaleza
y la lógica de la lucha por la existencia de Darwin para fundamentar
una Teoría Política.33 Es sintomático que el término se acuñara en la
década de 1870’s en su cuna, Inglaterra, cuando las hipótesis cientí­
ficas más simples de Darwin se expandieron a la Filosofía y la Política.
Aunque en una primera etapa de su desarrollo ideológico, su fase clá­
sica que no influyó en Pessoa, se trataba de justificar el estado mínimo,
el individualismo egoísta y el laissezfaire del Capitalismo naciente;34
en un segundo momento, el del Haeckelismus, paralelo a un combate
contra el Progresismo, se transformó en una crítica a dicho indivi­
dualismo abstracto, en una defensa del colectivismo orgánico, de la
Eugenesia, del Imperialismo y de la superioridad racial de Europa.
Pessoa fue un atento y detallado lector no sólo de Haeckel y Spencer,
sino del mismo Charles Darwin.35
La segunda mitad del siglo XIX es considerada como la Edad de
Oro de Darwin, pero para nosotros es importante entender que hacia
1900 la Biología jugaba un rol dominante, no meramente auxiliar o

works ofHerbert Spencer, Watts & Co., London, 1907; Social statics abridgedand revised-,
Watts & Co., London, 1910; y el popular panfleto: The man versus tbe State-, Watts &
C o ., London, 1914. Sobre el Darwinismo como ideología, véase: Burzan, Jacques; Dar­
win, Marx, Wagner: Critique ofa Heritage-, Dubleday, New York, 1958.
33. Como la define Richard Hofstadter en su clásico estudio: Social Darwinism in
American Thought, New York, 1944, pp. 5-6.
34. Su influencia llegó a círculos anarquistas, liberales y socialdemócratas de derecha
como Ludwig Woltmann o a consejistas como el holandés Antón Pannekoek, véase su
libro: Marxismus undDarwinismus, Leipziger Buchdruckerei A.G, Leipzig, 1909.
35. Pessoa poseía, en su última biblioteca personal, la obra fundamental de Darwin
en inglés y su versión francesa: On the Origin ofSpecies by means of Natural Selection or
the Preservation ofFavoured Races in the Strugglefor Life, Watts and Co, London, 1903;
la traducción: L origine des especes au mayen de la sélection naturelle ou la luttepour l ’éxis-
tence dans la nature, Schleicher Fréres&Librairie C. Reinwald, París, 1906; además la
obra The Descent ofMan de 1871 en francés: La descendance de l ’homme et la sélection se-
xuelle, Schleicher Fréres&Librairie C. Reinwald, París, 1874, curiosamente con prólogo
de Cari Vogt, el mismo social-darwinista que demolería en una polémica Karl Marx.

— 26 —
ilustrativo, en la Filosofía Política, similar al de la Historia. Incluso la
misma Historia deviene Biología, como afirmaba el historiador reac­
cionario Trietschke, cercano al mismo Nietzsche, bien conocido por
Pessoa. Divulgadores, populizadores, simplificadores de Darwin acre­
ditan que sus teorías pueden aplicarse tanto al hombre como a su
medio ambiente, y así subrepticiamente leyes como la selección na­
tural o el principio de evolución empiezan a ser mecánicamente tras­
ladadas a la Política y la Historia. La implantación del Darwinismo
como ideología tiene como resultado inmediato desacralizar al ser hu­
mano y, en el mismo proceso, identificar vida social y vida física, mi­
nimizar la diferencia entre la animalidad y lo estrictamente humano,
tarea que lleva a cabo uno de los discípulos más famosos, el alemán
Ernst Haeckel, profesor de Biología en la Universidad de Jena, entre
1898-1899, bien conocido tanto por Barrés como por el mismo Pessoa.36
Haeckel, un admirador de Bismarck, intentaba demostrar la identi­
dad entre la vida humana y una célula del protoplasma, llegando a la
conclusión que la Leben no era otra cosa que una forma de la materia,
ide^s desaprobadas por Darwin, pero que sin embargo tuvieron un
impacto considerable. Algunos han establecido una genealogía directa
entre el Social-darwinismo de Haeckel, la ideología de la Deutsche
Monistenbund y el pensamiento volkische del Nacionalsocialismo y
del propio Adolf Hitler.37 Incluso muchas ideas del Estado Corpo­

36. ¿Llegó Pessoa al darwinista social Haeckel a través de Barrés? En la última de sus
bibliotecas personales Pessoa poseía en francés su obras esenciales: Histoire de Lt création
des étres organisés d ’aprés les lois naturelles, Librairie Schleicher Fréres, Paris, 1879; Origine
de l'homme-, Librairie Schleicher Fréres, Paris, 1899; Les énigmes de I ’univers, Librairie C.
Reinwal, Paris, 1902; y: Les merveilles de la vie: études dephilosophie biologiquepour servir
de complément aux énigmes de l ’Univers, Librairie C. Reinwald& Librairie Schleicher Fré­
res, Paris, 1904.
37. Como por ejemplo: Gasman, Daniel: The Scientific Origins o f National Socialism:
Social Darwinism in Ernst Haeckel and the Germán Monist League, MacDonald, London,
1971, p. 148 y ss. Específicamente sobre el Darwinismo social en Francia, véase: Linda L.
Clark, Social Darwinism in France, University of Alabama Press/London, Eurospan, 1984.

— 27 —
rativo como la superación, tanto de la forma estado liberal como de
la vieja y anticuada monarquía absoluta, son de inspiración haecke-
liana.38 Haeckel mismo fue coherente con sus ideas: participó en la
constitución de la imperialista Liga Pan-Germánica, fue miembro de
la Liga Naval Alemana y de la Sociedad Colonial Alemana, miembro
fundador de la Geselkchaftftir Rassenhygiene, la Sociedad para la Hi­
giene Racial.39 Para el Darwinismo, idea que asume Pessoa, la sociedad
es un organismo más, especial, sí, pero un organismo, y como tal so­
metido a las mismas leyes y dinámicas de cualquier organismo vivo.
Y aquí entra el aporte de Spencer, padre del Positivismo darwiniano,
que sostiene que la realidad humana es una lucha incesante, perma­
nente, por la supervivencia del más apto. El Mundo pertenece al más
apto (no al más fuerte), y ya no hay diferencia absoluta entre evolu­
ción natural y progreso humano. El Darwinismo político terminará
confundiendo al más apto física y fisiológicamente con la Aristocracia
del Espíritu, con los “mejores”, con los “Genios”, con el Übermensch.
Se acoplará sin problemas con los postulados de la Economía liberal
y de la nueva teoría marginal, cuya síntesis más conocida será la teoría
sociológica de Max Weber.40Aplicadas de esta manera al universo so­
cial, las tesis e hipótesis científicas de Darwin, tan admirado por Marx,
terminan siendo una Filosofía brutal, una Ideología burda, incluso

38. Haeckel aceptaba como dato “natural” la desigualdad de los hombres, por lo que
la división del trabajo consistía no en una dominación sino un mero determinismo se­
lectivo evolutivo que se deducía de aquel desequilibrio, enfrentando de esa manera tanto
a la ideología individualista meritocrática del Liberalismo como a la teoría de la lucha de
clases de Marx.
39. Gasman, Daniel; ibidem\ p. 128, p. 143, y nota 13.
40. Existiendo una tensión entre las variantes más individualistas y las colectivistas
o nacionales; un ejemplo de Darwinismo social y político weberiano es, por ejemplo, el
artículo donde justifica el dominio de los prusianos sobre los polacos: “Der Nationaistaat
und die Volkswirtschaftspolitik”, en: Gesammelte Politische Schriften, J. C. B. Mohr, Tü-
bingen, 1958, p. 4; véase: Mommsen, Wolfgang J.; Max Weber und die deutsche Politik
1890-1920; ]. C. B. Mohr; Tübingen, 1974, p. 43 y ss.

— 28 —
una nueva Religión pagana. El Darwinismo social es el que le otorga
una nueva y duradera vitalidad a la nueva derecha y al Nacionalismo
de cufio revolucionario.
Una última influencia de largo calado en la filosofía política de
Pessoa, también común a los no-conformistas de los 1920’s, es sin
dudas la del filósofo vitalista francés Henri Bergson. Si la nueva re­
vuelta Knú-Aujklarung se inició a fines del siglo XIX con un vago neo
romanticismo, con la estética de Wagner, con el racismo pseudocien-
tífico de Gobineau, con la contrahistoria de Renán y Taine, con las
profecías reaccionarias de Nietzsche, la psicología social de Le Bon y
Tarde, los anatemas de Baudelaire y Dostoievski, la sociología política
de Michels y Mosca, la legitimidad y sofisticación llegará desde la fi­
losofía con sello académico de Bergson. Su principal corpus filosófico
apareció antes de 1914,41 se trataba de ensayos académicos especiali­
zados y ninguno de ellos se centraba ni en la Ética, ni en la Filosofía
práctica, sin embargo tuvieron una enorme repercusión sobre el pen­
samiento político francés de la primera mitad del siglo XX.42 En es­
pecial en las figuras dominantes de la nueva derecha revolucionaria y
en el revisionismo antimarxista, y específicamente en el filósofo bri­
tánico Thomas Ernst Hulme (no por casualidad a su vez traductor de
Bergson y Sorel al inglés),43 Georges Sorel (que se consideraba su au­

41. En el siguiente orden: Essai sur les données immédiates de la conscience, Paris, 1889;
Matiere etMémoire, Paris, 1896; y su obra más popular: L ’Evolution criatrice, Paris, 1907.
42. Curiosamente, mientras su obra no-política tuvo un gran influjo, su marginal y
minoritaria obra política, intervenciones concretas, muy puntuales en la política ordi­
naria, es poco conocida y no atrajeron el menor interés ni tuvieron relevancia alguna,
como por ejemplo: “Lettre sur le Jury de Cour d’Assise”, en: Le Temps, 15 Oct., 1913, p.
4; “La Spécialité: discours de distribution des Prix a Angers”, en: Journal de Maine-et-
Loire, no. 182, 4 August 1882, p. 264; “La Politesse”, discurso del 30 de julio de 1885
en la entrega de un premio otorgado por el Lycée de Clermont-Ferrand, en: Le Moniteur
du Puy-de-Ddme, 5 August 1885. Estos textos políticos se han reunido en: Henri Bergson,
Melanges, André Robinet (ed.), Presses Universitaires de France, Paris, 1972.
43. Traductor de Introduction a la mitapysique de Bergson y de Réflexions sur la vio-

— 29 —
téntico discípulo), Charles Péguy, de nuevo Charles Maurras y Mau-
rice Barres, con lo que Pessoa tiene siempre un contacto directo e in­
directo pero permanente.44 El Bergsonnisme (no las opiniones políticas
personales del filósofo) -que incluye un fuerte vitalismo, la crítica al
saber conceptual (cartesiano-kantiano-hegeliano), los límites irracio­
nales de la conciencia, la evolución biológica de la materia y la pree­
minencia de lo instintivo-, será uno de los nuevos pilares teóricos de
nueva Droit revolucionaria francesa.

¿Un Nietzschéisme crítico?

Debemos inferir como muy probable que Pessoa conoció la mayor


parte del pensamiento de Nietzsche a partir de fuentes de segunda
mano. La consecuencia es la recepción de un Nietzschéisme elemental,
popularizado y alejado de una lectura atenta y erudita. La fuente más
decisiva fue el famoso libro de Max Simón Nordau Entartung, leído
por Pessoa en su traducción francesa Degenerescence,45 que es citado
en numerosas cartas y funge de manera crítica en su diagnóstico sobre
Portugal y Europa. El libro de Nordau fue en su momento un éxito
editorial atronador. La crítica profunda y medular de Nordau a de­

lence de Sorel; Hulme tuvo gran influencia en las vanguardias artísticas de Londres y en es­
pecial en figuras de gran influencia como Lewis, Pound, T. S. Eliot (le consideraba la mente
más fértil y creativa de su generación) y Yeats; Hulme a su vez fue muy influenciado tanto
por Pierre Lasserre como por la misma Action Frangaise. Murió muy joven en 1917 durante
la Io Guerra Mundial, sobre Hulme: “T. E. Hulme and the question of the Modernism”,
Edward R Comentale/ Andrzej Gasiorek (ed.), Ashgate, Alde Shot, 2006.
44. Kennedy, Ellen; “Bergson’s Philosophy and French Pólitical Doctrines: Sorel,
Maurras, Péguy and de Gaulle”; en: Government and Opposition; Vol. 15, Issue 1, 1980,
pp. 75-91.
45. Nordau, Max; Entartung-, Duncker, 2 Bd., Berlín, 1892-1893; traducción fran­
cesa: editorial Alean, París, 1894; la primera traducción al español como: Degeneración,
Librería de Fernando Fe, Madrid, 1902; el nombre verdadero de Marx Nordau era Simón
Maximilian Südfeld.

— 30—
terminados presupuestos y puntos ciegos nietzscheanos será el punto
de partida de Pessoa para su Nietzschéisme crítico. El libro será minu­
ciosamente estudiado, anotado y resumido por Pessoa en precisas
notas de lectura, una obsesión que se llegará a plasmar en el proyecto
de escribir una suerte de libro-anexo al de Nordau.46 Además, como
puede constatarse en su biblioteca particular, Pessoa trató de conseguir
y leer todas las obras publicadas de Nordau.47 Nordau (un judío aus­
tro-húngaro que terminará en el Sionismo) criticaba con dureza y cla­
ridad el Pangermanismo nietzscheano y el Racismo implícito en el
mismo Wagner, críticas que de alguna forma pasaron casi intactas a
la ideología pessoana. Dato curioso: durante la Gran Guerra, Nordau
fue expulsado de Francia por ser un ciudadano enemigo y se trasladó
a Madrid. En esos años publicó un curioso libro de viaje, Impresiones
españolas, donde nos dejaba su visión del país. Nordau tuvo especial
predilección por reflejar sus estancias en Andalucía y también su vi­
sión de fenómenos como el folklore, las fiestas, los toros, la vivencia
religiosa, la etnia gitana, la música popular, etc. De Madrid recoge su
arreciente cultural y político y también refleja la vida de provincias en
Castilla. Y por ^upuesto el infaltable retrato psicológico-fisiológico
del fenotipo español. La influencia nordaunianne será de largo aliento,
en varias direcciones y muy fecunda, estimulando teorizaciones críti­
cas fundamentales de Pessoa sobre la decadencia burguesa, la dege­
neración epocal de la Humanidad, la figura de la mediación del

46. Pessoa llegó a pensar en un título alternativo como “Critique of Nordau’s un-
derstanding of D[egeneratio]n” o “Les Insignifiants —appendix á le “Dég[énérescence] ”
de Max Nordau”.
47. Poseía, además del best-seller, los siguientes libros en francés: Vus du dehors: essai
de critique scientifique et philosophique sur quelques auteurs frangais contemporains, Félix
Alean, Paris, 1903; Psycho-physiologie du génie et du talent, Félix Alean, Paris, 1911; Pa-
radoxespsychologiques, Félix Alean, Paris, en sus dos ediciones de 1907 y 1911; y en inglés:
Arts andArtists, T. Fisher Unwin, London, 1907. Sobre su lectura de Nordau en francés,
véase su carta ajóse Osorio de Oliveira, en 1932: Fernando Pessoa, Obra poética e em
prosa, Antonio Quadros (Ed.), Lello & Irmaos, Porto, 1986, Vol. II, p. 325.
Genius, la consideración psiquiátrica como trastornados mentales a
anarquistas8¿revolucionarios y la relación arte-locura.
La recepción pessoana de Nietzsche no es neutra ni objetiva, ni si­
quiera directa del alemán: Pessoa adopta el Nietzsche francés, el
Nietzsche traducido y divulgado por una primera generación de
nietzscheanos entre quienes se cuentan Henri Albert, Jules de Gaul-
tier, Henri Lichtenberg, Pierre Lasserre y Daniel Halévy entre otros.
Pessoa poseerá la mayoría de los libros de este grand moment nietzs-
cheano francés (pero no dejará de conocer a anti nietzscheanos fran­
ceses al mejor estilo Nordau, como Albert Fouillée). Entre las revistas
que sostendrán el Nietzschéisme se encuentra en lugar destacado en la
Historia Mercure de France, muy leída por Pessoa y protagonista de
un curioso montaje político-periodistico.48 La revista, de perfil artís-
tico-literario y muy poco académica, a través de su casa editorial in­
trodujo por primera vez a Nietzsche en Francia a partir del año 1898,
tanto a través de ediciones de sus obras en coordinación con el Nietzs-
che-Archiv,49 como en artículos y recensiones literarias.50En este sen­
tido Mercure de France en particular se convertirá en el principal
medio de transferí cultural (sesgado, polémico, distorsionador) del
Nietzschéanisme hacia el Sur de Europa y al mundo latino en general.

48. Sobre el Nietzschefrancisé, véase el todavía muy útil libro de Geneviéve Bianquis:
Nietzsche en France. L ’influence de Nietzsche sur lepenstefrangaise, Félix Alean, Paris, 1929;
y Le Rider, Jacques; Nietzsche en France. De la fin du XIXo siecle au tempsprísent, Presse
Universitaire de France, Paris, 1999, especialmente los capítulos III, IV y V.
49. El orden de publicación consistía en un desorden cronológico absoluto, empe­
zando con Ainsi parlait Zarathoustra, en 1898, al que continuó Par-deld le bien et le mal
(1898), Humain, trop humain (1899), La généalogie de la morale (1900), L origine de la
tragédie, ou HeUénisme etpessimtsme (1901), Aurore (1901), La gai savoir (1901), Le vo-
yageur et son ombre (1902), La volonté depuissance. Essai d ’une transmutation de toutes les
valeurs (1903), Crépuscule des idoles. Le cas Wagner. Nietzsche contre Wagner. L ’Antéchrist
(1906), Considérations inactuelles, Ie t I I (1907), concluyendo con Ecce homo (1909).
50. Seis revistas culturales concentran entre 1890 y 1914 el monopolio de la difusión
de textos de Nietzsche o trabajos sobre su obra, de ellas Mercure de France juega un papel
exclusivo, predominante: abarca casi el 50% de trabajos de y sobre Nietzsche.

— 32 —
Y Francia en general será en la época el principal foco de irradiación
de Nietzsche fuera del mundo de habla alemana. Y el transferí pri­
mordial en el caso de Pessoa.
Un ejemplo: una fuente secundaria importante será el manual de
historia de la filosofía de Jules de Gaultier, De Kant a Nietzsche.51
Gaultier, filonietzschénne, confeso neopagano, revela una imagen aris­
tocrática, elitista y positiva de Nietzsche, en contraste con el criticismo
de Nordau. Gaultier inicia su capítulo final sobre Nietzsche, supuesto
superador y síntesis de toda filosofía moderna, de la siguiente manera:
“Todo sistema filosófico es la objetivación en la mentalidad de un
temperamento con plena consciencia de sus maneras de ser, de sus
deseos y de sus aversiones. Erigiendo en Bien aquello que le favorece
y en Mal lo que es su contrario. Esta idea domina y clarifica la entera
filosofía de Nietzsche.”52 La filosofía, mal que le pese a los propios fi­
lósofos, no es más que la (mera) objetivación de un temperamento.
Pessoa, vía GaultiéfT aunque acepta la definición de Nietzsche, pole­
miza sobre las determinantes históricas que Nietzsche sofoca: “O pro-
prís Nietzsche asseverou que urna filosofía nao e senao a expressao de
um temperamento. Nao e assim, suficientemente. As teorías de um
filosofo sao a resultante do seu temperamento e da sua época. Sao o
efeito intelectual da sua época sobre o seu temperamento”. Este ejem­
plo muestra la complejidad de la re-elaboración de la recepción de
Nietzsche por Pessoa y los problemas teórico-políticos que su filosofía

51 • Editado por la casa editorial de una revista cultural muy admirada por Pessoa de
la cual ya hablamos: Mercure de France, en 1910; como en otros casos de autores con
mucha afinidad electiva con Pessoa, éste procuraba leer todo lo que se publicara del autor,
por lo que poseía otro texto de Gaultier: La dépendance de la morale et l’indépendance des
moeurs, Société du Mercure de France, Paris, 1907.
52. Dice Gaultier: “Tout systeme philosophique est l’objectivation dans la mentalité
d’un temperament prenant conscience de ses manieres d’étre, de ses desirs et de ses aver-
sions, erigeant en bien ce qui le favorise, en mal ce qui lui est contraire. Cette idée domine
et eclaire toute la philosophie de Nietzsche”. Palabras que repetirá casi textualmente el
propio Pessoa.

— 33 —
política generaba en la conformación de la nueva derecha revolucio­
naria europea. Pessoa también recibió a Nietzsche indirectamente a
través del famoso nietzscheano francés Henri Lichtenberg (tanto su
Friedrich Nietzsche: aphorismes etfragments choisis, 1905, como su in­
troducción La philosophie de Nietzsche, 1912); Pessoa además había
estudiado sus obras menores pero más políticas, como su ensayo sobre
Novalis o su trabajo sobre la nueva Alemania.53 Otra influencia nietsz-
cheana será por medio del ya mencionado Pierre Lasserre, pionero
nietzscheano radical en Francia, habitual del Mercure de France y
miembro de la nueva derecha francesa reunida en torno a la Action
Franqaise.54
Pero no sólo abrevió del Nietzschéisme ortodoxo, sino que buscó
armarse una impresión crítica y más objetiva del pensamiento nietzs­
cheano por vías variadas. Como ya dijimos Pessoa se formó como
nietzscheano heterodoxo, paradójicamente, a golpe de ataques anti
nietzscheanos. Una fuente de segunda mano, crítica como la de Nor-
dau pero muy útil por sus largos comentarios a obras nietzscheanas
todavía no traducidas al francés, al español o al portugués, era Alfred
Fouillée.55 Influye en la noción de idées-forces (ideas-fuerza) que apli­
cará creativamente Pessoa en la mayoría de su ensayística política.
Otras fuentes de segunda y tercera mano importantes para el conoci­
miento de Nietzsche, y de la Filosofía en general, ya a un nivel más

53. En la última biblioteca personal de Pessoa se encuentran dos obras de Lichten­


berg: L A
’ llemagne modeme: son évolution. Ernest Flammarion, Paris, 1909; y: Novalis,
Bloud & Cié, Paris, 1912.
54. Sobre Nietzsche y la nueva derecha francesa, véase el todavía actual trabajo de
Reino Virtanen: “Nietzsche and the Action Franqaise: Nietzsche’s Significance for French
Rightist Thought”, en: Journal ofthe History of Ideas, Vol. 11, No. 2 (Apr., 1950), pp.
191-214.
55. En su última biblioteca personal, Pessoa poseía dos obras de Foulliée: Esquisse
psychobgique des peuples européens, Félix Alean, Paris, 1903 y La philosophie de Platón:
theorie des idees et de l ’amour, Librairie Hachette, Paris, 1904; había leído en préstamo
además La liberté et le determinóme, Félix Alean, Paris, 1884.

— 34—
escolar y de divulgación, serán autores menores como Alfred William
Benn.56
Otro punto de contacto con Nietzsche, en realidad una afinidad
electiva, es muy curioso. En 1905 Pessoa, recién llegado a Lisboa, se
matriculó en el Curso Superior de Letras donde cursó materias de fi­
losofía. En los manuscritos de esa época, referidos a la psicología del
alma humana, muchos escritos en inglés (la segunda lengua de Pessoa),
se cita con insistencia a un autor, Friedrich A. Lange, que fue una de
las mayores influencias en el mismo Nietzsche. Lange es conocido
principalmente por haber compuesto el primer ensayo de la supuesta
evolución histórica de los sistemas filosóficos llamados materialistas,
su famosa Geschichte des Materialismus (1866, 1873, 1875, 1882,
1887), en español traducida como Historia del Materialismo (editada
en dos volúmenes en la edición de 1875). Se transformó en el libro
más leído (y releído) y anotado entre 1866 y 1875 por el mismo
Nietzsche; su influencia en esos años es de inmensa importancia, a
la misma altura de la de Platón o Schopenhauer. Lange le inspirará
a Kfietzsche (y a Pessoa) la crítica a Platón, el conocer a Darwin y sus
epígonos, en la f ia n t e epistemológica psicológica, en la crítica tanto
a la “cosa-en-sí” de Kant como al Cristianismo, incluso en sus ober
dicta filosóficos. El propio Nietzsche lo reconoce sin tapujos al decir
“la obra filosófica más importante del último decenio es, sin duda,
la de Lange... sobre la que podría escribir un discurso laudatorio
de un montón de páginas. Kant, Schopenhauer y este libro de
Lange. No necesito más”.57 Tan impresionado que considerará es­

56. Benn, A. W.; History ofmodemphilosophy, Watts & Co., London, 1912; el libro
incluía una positiva valoración del positivismo de Comte, del Darwinismo social de
Haeckel y Spencer además de una exposición de la Filosofía de Nietzsche, al que consi­
deraba una variación del Darwinismo, de Henri Bergson para finalizar con el Marxismo;
Pessoa además tenía en su biblioteca dos obras más de Benn: Modern England: a record
ofopinion and action from the time o f the French revolution to the present day, Watts and
Co., London, 1908; y: Revaluations: histórica!and ideal, Watts and Co., London, 1909.
57. Carta a su amigo Mushacke, 1866.

— 35 —
cribir su disertación sobre temas filosóficos neokantianos inspirados
por el enfoque de Lange (“sobre todo las del tipo fisiológico de
Kant”). Parece que Pessoa también fue influido profundamente por
el escritor neokantiano y paradójicamente socialdemócrata. Al discutir
sobre el Alma anota en inglés intercalando un slogan nietzscheano:
“(El Alma) es la base de lo humano, demasiado humano, los dogmas
de la inmortalidad del alma, de su libertad, de su perfecta simplicidad.
Es la estupenda realización de una abstracción que consiste en la ele­
vación de una mera centralización de las emociones, que es una reali­
dad por ellas y en ellas, y sólo en la medida en que en ella se encuentra
todo centralizado, elevar esto en una realidad, en una personalidad”.58
En consecuencia, Pessoa aboga por una “psychology witbout soul” (psi­
cología sin alma), y concluye la reflexión afirmando que “Lange en-
joined us to do” (Lange nos empuja a que lo hagamos). O sea que de
alguna manera Pessoa siguió en puntos fundamentales el propio de­
rrotero intelectual del mismo Nietzsche e incluso comparte un
campo común en su Kulturkritik al mundo burgués republicano.
No hay un “sujeto” en el sentido cartesiano vulgar, no existe el “cen­
tro” de un individuo tallado por la ideología liberal, sólo átomos:
“contra la pseudopsicología tradicional... para quien el Alma hu­
mana era simple, la razón, la facultad, no sólo distintiva, como tam­
bién impulsiva, del Hombre, y la conciencia el fenómeno definidor
de los hechos psíquicos. La ciencia psicológica constata que el Alma
humana, suma de instintos e impulsos heredados y de hábitos ad­
quiridos e insensibles, es un compuesto heterogéneo... el Hombre
es una suma heterogénea de solicitaciones inconscientes, a los cuales
una consciencia y una razón, adquisiciones recientes de la animali­

58. “It is the basis of the human, too human, dogmas of the immortality of the soul,
of its freedom, of its perfect simplicity. The stupendous realisation of an abstraction
which consits [sic] in elevating a mere centralisation of emotions, which has a reality by
them and in them, and only in so far as they are there all centralized, in elevating this
into a reality, into a personality”.

— 36 —
dad, presiden como un rey constitucional, que reina pero no go­
bierna.”59
Pessoa (como Nietzsche) cree que los últimos descubrimientos
científicos han demolido para siempre la ideología del principium in-
dividuationis burgués y la posibilidad de una superación en clave reac­
cionaria. Al mismo tiempo Pessoa debe realizar una recepción crítica
de Nietzsche, única forma de poder reciclar sus textos ad usum del
nuevo nacionalismo portugués. ¿Cómo conciliar el teutonismo im­
plícito en los escritos nietzscheanos, su racismo latente, su desprecio
por el mundo alejandrino-romano y la cultura latina in toto en pos
de una síntesis en la ideología de la nueva derecha portuguesa? ¿Cómo
eliminar de Nietzsche su clave germanófila sin eliminar su núcleo
duro aristocrático radical? Pessoa no tiene ningún problema en realizar
una crítica profunda avant-la-lettre, desde el mismo courant de la
nueva derecha revolucionaria, a los límites, estrecheces e incoherencias
de la filosofía política de Nietzsche. Escribe: “el odio de Nietzsche al
cristianismo agudizó la intuición sobre estos puntos. Pero se equivocó,
poique no era en nombre del paganismo greco-romano que él erguía
su grito, aunqu^jo creyese; era en nombre del paganismo nórdico de
sus antepasados. Y aquel Dionisos, que contrapone a Apolo, nada
tiene que ver con Grecia. Es un Baco alemán. Tampoco esas teorías
inhumanas, excesivas tal como las cristianas, pero en otro sentido,
nada le deben al paganismo claro y humano de los hombres que crea­
ron todo lo que verdaderamente subsiste, resiste y todavía crea en el

59. “Com efeito, contra a pseudopsicologia tradicional, crista como nao-crista, para
quem a alma humana era simplice, a razao a fáculdade, nao so distintiva, como tambem
impulsiva, do Homem, e a consciencia o fenomeno definidor dos Factos psíquicos, a
ciencia psicológica constata que a alma humana, soma de instintos e impulsos herdados
e de hábitos adquiridos e insensiveis, e um composto heterogeneo; [...] o Homem e urna
soma heterogenea de solicitacoes inconscientes, a que urna consciencia e urna razao, aqui-
sicoes recentes da animalidade, presidem como um rei constitucional, que reina mas nao
governa.”

— 37 —
interior de nuestro sistema de civilización”. O a propósito de la iden­
tificación de Nietzsche de Alemania con Esparta y los dorios escribe
ácidamente con el seudónimo “Alvaro de Campos”: “Tu, cultura
alema, Sparta podre com azeite de cristismo e vinagre de nietzschiza-
cao, colmeia de lata, transbordamento imperialoide de servilismo en­
gatado!” (“¡Tú, cultura alemana, Esparta podrida con aceite de
cristismo y vinagre de nietzschenización, colmena de lata, desborda­
miento imperialoide amarrado de servilismo!”). En este curioso
Nietzschéisme crítico, basado en la idea de personae y máscaras, fun­
damentado en su concepción del Alma humana deducida de la psico­
logía reaccionaria de Le Bon y Tarde, estará la base de su heteronimia
como un proyecto estético-político de largo aliento y de implicación
directa con los problemas de su tiempo. Como en otros casos, es im­
posible concebir la crisis de la Modernidad ideológica burguesa, la
flambée de antiracionalismo de inicio del siglo XX (y sus corolarios
políticos más radicales) sin el enorme aporte de Nietzsche a las élites
culturales reaccionarias de la época. Pessoa busca además en Nietzsche
(y en su ambiguo filogermanismo) los argumentos para fundamentar
y retomar una tradición imperial portuguesa. Hombre de amplias
miras, lector incesante e interesado de joven en los diversos campos
de la filosofía, política, psicología y sociología, Pessoa buscará la con­
firmación de sus propios puntos de vista no sólo en Nietzsche, al cual
considera limitado para sus objetivos: allí están sus lecturas deThomas
Carlyle, del vitalista e irracionalista filósofo Henri Bergson, de la
nueva derecha revolucionaria francesa, Maurice Barrés, la influencia
de la Action Francaise, y en especial la lectura minuciosa de su líder y
téorico Charles Maurras.
El último Pessoa se definió así mismo como esencialmente “anti­
socialista y anticomunista”.60 En cuanto a su ideología política, era

60. En su inédita “[Nota biográfica] de 30 de mar^o de 1935”; textualmente Pessoa


escribe; “Posifáo social: Anticomunista e anti-socialista. O mais deduz-se do que vai dito

— 38—
muy claro al respecto: idealmente se definía como un monarcómano
absolutista, única forma estado para un organismo imperialista como
Portugal, pero, Pessoa era un realpolitiker, lo considera inviable por
el impacto del Iluminismo y la Modernidad burguesa, por ello se au-
todefine como “absolutamente anti-reaccionario”, y se decantaba por
la forma republicana (“con mucha pena”) como la más útil para el
control conservador de las multitudes. Su motto era radicalmente anti-
iluminista, un oxímoron irónico: Tudopela Humanidade; nada contra
a Nagá, “Todo por la Humanidad, nada contra la Nación”. ¿Patriota?
Totalmente: “La idea patriótica estuvo siempre más o menos presente
en mis propósitos... y no pienso en hacer arte si no lo hago medi­
tando hacerlo para tener el nombre de Portugal en todas mis realiza­
ciones. Es una consecuencia del hecho de afrontar con seriedad el arte
y la vida” decía Pessoa en 1915. Y esta máxima la aplicó sin duda a su
propia visión del mundo. Pessoa es irreducible al juego heterónimo,
al baile de disfraces. íessoa es mucho más, su escisión abraza aspectos
épicos políticos, profetismos imperiales, fantasías reaccionarias, espíri­
tus friitogénicos... El traitd’union entre el poeta y el pensador político
es lo que nos perqyte descifrar el pathos de Pessoa. Son estos aspectos,
eliminados en la hermenéutica habitual, los que hacen a la poesía
pessoana única e insuperable.
Pessoa es fundamentalmente un escritor-patriota, lo que quiere
decir que más allá de las fascinantes escisiones psicológicas, de sus
máscaras alquímicas, el motor inmóvil que lo guía es el amor filial
por una patria negada y ofendida, en decadencia indeclinable, por
una nación epocal, el orgánico Portugal imperial, obliterada, en de­
cadencia y a la deriva. El resurgimiento del Portugal-imperio sólo
podrá lograrse por medio de una catarsis total (política, espiritual,

acima”; lo que estaba dicha más arriba era el apartado anterior sobre su Posición Patrió­
tica; en: Pessoa, Fernando; Escritos Autobiográficos, Automáticos e de Reflexao Pessoal, ed.
Richard Zenith, Assírio & Alvim, Lisboa, 2003, pp. 203-206.

— 39 —
moral y cultural), por un nuevo y alternativo progreso (ya no burgués,
ya no conservador clásico, ya no comunista). No sin razón un estu­
dioso pessoano como António Quadros concluye que “la Patria, la
Patria de sus raíces, la Patria de sus sueños, la Patria de su imaginario
mítico y escatológico... fue su mayor y única certeza.” Pessoa lo define
en sus papeles: “Considerar la Patria Portuguesa como la cosa para
nosotros más existente, y el Estado Portugués como no existente.” No
sólo eso: la propia estructura perenne y eterna del hombre es la que
determina que “el instinto social fundamental: es el instinto llamado
patriotismo.” Sin estos presupuestos, políticamente incorrectos e ig­
norados por el optimismo burgués, es imposible la regeneración na­
cional. El uso retórico de la acción mitopoética, la epopeya de un
pasado glorioso, el profetismo mítico de los mejores, la filosofía de la
historia como sucesión de héroes y genios, el elemento irracional eso-
térico-ocultista proveerán instrumentos únicos para que Pessoa pueda,
de forma realista y efectiva, intentar reaccionar para ralentizar el ciclo
de decadencia acelerado tanto por la vieja monarquía como por la
forma republicana de dominio burgués. En toda su producción mí-
tico-esotérica resulta palpable la presencia de un corpus ideológico
reaccionario, propio, autónomo, nacionalista y patriótico, una bús­
queda de la tercera vía entre el comunismo y la república: el Sidonismo
pessoano.

Sidonismo: ¿fascismo avant-la-lettréí

Pessoa es un apasionado de la política y la sociología, una tendencia


que mantuvo hasta su muerte. Muchos concluyen que posee un ca­
rácter impolítico de fondo que nos recuerda al de Mann o Heidegger.
El Dichter sería el poeta que media entre la realidad y la dimensión
fantástica, fáustica y mito-simbólica de la existencia, enfrentado al
mero Literat, el mandarín intelectual asalariado, orgánico en el peor

— 40 —
sentido del término (cuyo paradigma es el periodista o peor: el publi­
cista profesional del partido político) que siempre despreció: “¡Orden
de expulsión a los mandarines de Europa! ¡Fuera!” (en su poema-épico
Ultimátum, de 1917). Pero la apoliticidad de Pessoa es engañosa: su
desprecio es por lo político, la kleine Politik nietzscheana, en tanto es­
fera profesional autónoma necesaria para la forma de dominio bur­
guesa. Lo político para él es sinónimo de Liberalismo y estado de
partidos, de Revolución Francesa, en última instancia de Comunismo.
Pessoa se interesó a tiempo completo (y públicamente como en este
caso) por los problemas socio-políticos del Portugal de su época, con
obsesión enfermiza. Su diagnóstico era que se había “desnacionali­
zado” (tesis de Maurras: el Liberalismo es incompatible con el Na­
cionalismo) y estaba ausente de su propia identidad milenaria. La
crisis portuguesa era epocal y consistía básicamente en que los mejo­
res, por efecto de la democracia liberal, no gobernaban: “la crisis cen­
tral de la nacionalidad portuguesa deriva de su impotencia para
formar elites.” Un tema que incorporó Nietzsche a la agenda de los
conservadores revolucionarios. La élite dominante era por supuesto
un designio de la^sangre y el destino, de la tierra y los muertos de Ba-
rrés: “la aristocracia de sangre, pues, establece la escisión en el país.
País democratizado, país en que baja inmediatamente el nivel de su
élite”. La forma estado debía diseñarse de manera negativa, incluso
Pessoa pensaba que obligatoriamente el nuevo estado debería tener
condiciones básicas biológicas para no perturbar el determinismo dar-
winista de la especie, al mejor estilo de Haeckel: “las condiciones bio­
lógicas para la renovación de la élite serán la no intervención del
estado en materia biológica o demótica”. Pessoa era, en términos mo­
dernos, un aristócrata y realista político, antidemocrático rabioso,
antiliberal y anticomunista: “Es fácil demostrar que los ‘principios’
democráticos están esencialmente dirigidos contra la opinión pública,
contra el pueblo, y contra la propia esencia de toda vida social, que la
Democracia es el resumen de todo cuanto sea antipopular, antisocial

— 41 —
y antipatriótico.” La joven república le parecía, en un nivel más bajo
y rastrero, una monarquía corrupta pero sin rey, que “había intensi­
ficado la decadencia y la desnacionalización del país”. Y así lo decla­
maba: “jY tú, Portugal-centavos, restos de Monarquía pudriéndose
en República, extrema-unción-burla de la Desgracia, colaboración
artificial en la guerra con vergüenzas naturales en África!” La utopía
reaccionaria de Pessoa, su sistema ideal de gobierno, el único verda­
dero régimen natural, era la “monarquía pura” y el más apropiado
“para una Nación orgánicamente imperial como Portugal”.
Coherente con su pertenencia a la nueva derecha revolucionaria
europea, Pessoa tenía claro que su forma de dominio de los mejores
debía ser un retorno moderno de lo que llamaba una “monarquía
científica”, que no era otra cosa que una forma de absolutismo no di­
nástico, “absolutamente espontánea” y regida por la figura de un
“Rey-promedio”. Pessoa consideró que el dictador Sidónio Pais sería
su corporización, su moderna y reaccionaria transmigración. El mito
político refundacional será el Sebastianismo, como tipo ideal monár-
quico-imperial, en neto contraste con otro tipo de ideas imperialistas
presentes en la península ibérica: ni el Portugal extranjerizado (1580-
1640), ni por supuesto el Portugal burgués iluminista, positivista y
racionalista.61 El mito de Don Sebastián, muy similar al del rey Ar­
turo, fue un movimiento místico-secular que recorrió Portugal en la
segunda mitad del siglo XVI como consecuencia de la muerte del rey
portugués Don Sebastián en la Batalla de Alcazarquivir, en 1578, en
una aventura imperial, y cuyo cadáver jamás apareció. Es una ideolo­
gía profético-mesiánica adaptada a las condiciones lusas y más tarde

61. Pessoa define de esta manera su peculiar Nacionalismo: ““Posi^ío patriótica: Par-
tidário de um nacionalismo místico, de onde seja abolida toda a infiltragáo católico-ro­
mana, criando-se, se possível for, um sebastianismo novo, que a substitua espiritualmente,
se é que no catolicismo portugués houve alguma vez espiritualidade. Nacionalista que se
guia por este lema: «Tudo pela Humanidade; nada contra a Na$áo”, en su nota autobio­
gráfica inédita: “ [Nota biográfica] de 30 de mar^o de 1935”.

— 42 —
nordestinas (en Brasil). Se traduce en una inconformidad con la si­
tuación política vigente, un reaccionario retorno milagroso del Gran
Hombre, el Salvador, el Deseado y una expectativa de reacción polí­
tico-social. Pessoa lo instrumentaliza como una potente e ineludible
arma contra el mundo burgués, y no sólo para el caso portugués:
“¡Europa quiere la Gran Idea que esté por dentro de estos Hombres
Fuertes -la idea que sea el Nombre de su riqueza anónima!” ¿Qué sig­
nificaba la ideología reaccionaria del Sebastianismo para Pessoa? Él
mismo lo explica: “¿Qué es, fundamentalmente, el Sebastianismo? Es
un movimiento religioso, formado alrededor de una figura nacional,
en el sentido de un mito. En sentido simbólico Don Sebastián es Por­
tugal: Portugal que perdió su grandeza con Don Sebastián, y que sólo
volverá a tenerla con su regreso, regreso simbólico —como si, por un
misterio espantoso y divino, su propia vida fuera simbólica- pero en
el que no es absurdo confiar... Don Sebastián volverá, dice la leyenda,
en una mañana de niebla, en su caballo blanco, venido de la isla lejana
donde estuvo esperando la hora de la vuelta. La mañana de niebla in-
dica^evidentemente, un renacimiento nublado por elementos de de­
cadencia, por restg£ de la Noche donde vivió la nacionalidad... Con
Don Sebastián murió la grandeza de la Patria. Si la Patria vuelve a ser
grande, volverá, ipso facto, Don Sebastián, no sólo simbólicamente
hablando, sino realmente.” Como varios teóricos de la nueva derecha
revolucionaria europea Pessoa se remite paradigmáticamente al sim­
bolismo de la Historia, porque para él “el símbolo ha nacido antes
que los ingenieros” y todo lo existente gira en torno a la “forma” y al
“alma”. De aquí que se puede creer, como “verdad política”, un retor­
no de Don Sebastián por medio de un fenómeno de metempsicosis
ideológica: “La metempsicosis. El alma es inmortal y, si desaparece,
vuelve a aparecer donde es evocada a través de su forma. Así, muerto
Don Sebastián, el cuerpo, si conseguimos evocar cualquier cosa en
nosotros que se asemeje a la forma del esfuerzo de Don Sebastián, ipso
facto la habremos evocado y su alma penetrará en la forma que evo­

— 43 —
camos. Por eso cuando hubiereis creado una cosa cuya forma sea idén­
tica a la del pensamiento de Don Sebastián, Don Sebastián habrá re­
gresado, pero no como un modo de decir, sino en su realidad y
presencia concreta, ya que no físicamente personal. Un aconteci­
miento es un hombre, o un espíritu bajo forma impersonal.” Esta
transmigración debe ser indicada, mediada y visible por la figura de
la mediación más óptima: el escritor patriótico. Ya en 1926 Pessoa
explicará esta utilidad del mito y del Sebastianismo para lograr un Por­
tugal portugués: “Vi en ello (el uso del mito del Sebastianismo) una
especie de propaganda con la cual se podría resolver la moral de una
Nación: la construcción o la renovación y la consecuente y multiforme
difusión de un gran mito nacional... tenemos, afortunadamente, el
mito sebastianista, con raíces profundas en el pasado y en el alma por­
tuguesa. Nuestra tarea es entonces más fácil: no debemos crear un mi­
to, sino sólo renovarlo... entonces se formará en el alma de la Nación
el fenómeno imprevisible de donde nacerán nuevos descubrimientos,
la creación de un mundo nuevo, el Quinto Imperio. Habrá retornado
el Rey Don Sebastián.” La idea de Imperio en Pessoa no se reduce a
un dominio bruto territorial, sino a un componente psíquico: “Por
imperialismo nao se entende o agrupamento artificial de varias naifes
em urna so, mas a tendencia de toda a na^ao para converter em sua
substancia psiquica as outras nacoes.” El Imperialismo de nuevo cuño
para el siglo XX debe tener una forma de dominio que permita con­
vertir en su propia substancia psíquica colectiva a las naciones domi­
nadas. Pessoa dejó sin concluir un proyectado libro cuyo título
tentativo era El Sebastianismo, inspirado en la muerte del dictador. Es
indudable que Pessoa pensaba seriamente que en Sidónio Pais podía
individuarse una figura de Líder carismático y en la cual en un corto
período de tiempo pudo reencarnarse el rey de un nuevo Modernismo
reaccionario, las bases de “otra” Civilización. Dejamos al lector que
disfrute de estas páginas donde se cruzan, en un híbrido magistral, la
Gran Literatura con la Alta política. De Pessoa podría parafrasearse

44 -
aquello que dijo el gran poeta T. S. Eliot del filósofo Hulme: “un clá­
sico, un reaccionario y un revolucionario, en las antípodas del espíritu
eclético, tolerante y democrático del siglo pasado.”62

Nicolás González Vareta


Las Cabezas de San Juan, junio de 2013

62. Eliot, T. S.; “A Commentary”; en: Criterion, April, 1924, 2, p. 231.

— 45 —
Bibliografía

Apreciares Literárias. Edifáo de Pauly Ellen Bothe; Imprensa Nacional-Casa da Moeda,


Lisboa, 2012.
Correspondencia 1923-1935. Edi^áo de Manuela Parreira da Silva. Lisboa: Assírio & Alvim,
Lisboa, 1999.
Da República (1910-1935)', recolha de textos de María Isabel Rocheta e María Paula Mou-
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“Femando Pessoa e Raúl Leal contra a campanha moralizadora dos estudantes em 1923”;
Edicto de José Barreto; en: Pessoa Plural; Brown University-Utretch University-Uni-
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“Mussolini é um louco: urna entrevista desconhecida de Fernando Pessoa com um anti­
fascista italiano”; Edigao de José Barreto; en: Pessoa Plural-, Brown University-Utretch
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Obras Completas; Ática, Lisboa, 1967.
Obra emprosa de Femando Pessoa. Páginas depensamientopolítico, 2 vol., Europa-América,
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“Os Trezentos”, apresenta^áo de Yvette Centeno, en: Revista da Biblioteca Nacional, s. 2,
vol. 3, n.° 3, Lisboa, Setembro-Dezembro, 1998, pp. 25-42.
Pessoa inédito; Edifao de Teresa Rita Lopes, Livros Horizonte, Lisboa, 1993, parte II: “Tex­
tos de Pessoa”.
Sobre Portugal - Introdufáo ao Problema Nacionalrecolha de textos de María Isabel Rocheta
e María Paula Moráo. Introdufáo organizada por Joel Serráo, Ática, 1979
“Tábua bibliográfica. Fernando Pessoa”, en: Presenta, n.° 17, Janeiro, Coimbra, 1928, p.
10.
Ultimátum e Páginas de Sociología Política; recolha de textos de María Isabel Rocheta e
María Paula Moráo. Introdufáo e organizado de Joel Serráo; Ática, Lisboa, 1980.
Signos de Lectura

[...] Lectura imposible.

[?] Lectura dudosa.

(...) Laguna del autor.

(^jSigno de interrogación en el original.

[í«\] Empleo de un término inusual o errado por parte del autor.

[ ] Título o palabra agregada por el compilador.

— 47 —
I

Radicalismo republicano
Nacionalismo integrista
(1910 - 1916 )
Nota introductoria

Desde 1905, después de nueve años de residencia en la lejana Sudá-


frica, Pessoa se estabiliza definitivamente en Lisboa. Allí seguirá con
gran interés, compromiso y atención todos los sucesos político-sociales
de Portugal hasta el día de su muerte en 1935. Se inscribe como es­
tudiante en el Curso Superior en Letras en Lisboa, llega incluso a ex­
perimentar una hü'elga estudiantil en 1907 contra las medidas
autoritarias de Joáo Franco,63 cuya política dictatorial había apoyado
en Sus inicios. A partir de la proclamación de la República en 1910,
Pessoa comienza^preocuparse intelectualmente por la “suerte y des­
tino” de su país, publicando artículos y ensayos, concediendo entre­
vistas64 y planificando opúsculos y libros políticos. Los escritos que
aquí compilamos incluyen el período comprendido entre los años
1910 a 1916, año crucial, ya que Portugal entra entonces en la Pri­
mera Guerra Mundial de lado de los aliados. En su Nachlass, estos

63. Joáo Franco Castelo Franco (1855-1929), empezó su carrera política en 1891.
Fundador del partido Regenerador Liberal en 1902, nombrado primer ministro por Car­
los I en 1906. Su gobierno, a partir de 1907, en un contexto de inestabilidad política y
desórdenes sociales, se caracterizó por su deriva dictatorial, que finalizó con el asesinato
el 1 de febrero de 1908 del monarca y del príncipe y heredero del trono Luis Felipe.
64. Por ejemplo, en esos años Pessoa había publicado seis artículos socio-políticos
en el diario lisboeta O Jornal bajo la rúbrica “Crónica da vida que passa” y en la revista
mensual Eh Real!, libelo de crítica satírica y adoctrinamiento político, como el artículo
“O preconceito da ordem”, de mayo de 1915.

— 51—
fragmentos van acompañados de títulos o etiquetas que remiten a fu­
turas obras nunca completadas o a esbozos de capítulos de una Opera
maiorum, como De la Dictadura a la República, Consideracionespost-
revolucionarias, Iconoclastia, Neo-romanticismo monárquico, etc. Espe­
cialistas y académicos especulan65 que en estos años Pessoa dudaba
entre escribir una obra global que abarcase el período crucial de la
conquista definitiva de la República, o componer dos obras distintas,
una para el período final de la Monarquía, y una segunda sobre el
surgimiento de la Revolución liberal y la instauración republicana.

65. Quadros, Antonio; “Nota Prévia”; en: Obra emprosa de Femando Pessoa. Páginas
de pensamiento político, 2 vol., Europa-América, Lisboa, 1986,1, pp. 29-30.
DE LA MONARQUÍA CONSTITUCIONAL
A LA REPÚBLICA PARLAMENTARIA

La decadencia portuguesa ha atravesado tres fases: la primera del


tiempo de don Emanuel,66 en el cual se inicia la decadencia, al mo­
mento de la anexión por España;67 la segunda, de 1580 hasta la apa­
rición, en 1820, del “Constitucionalismo”68; la tercera comprende
todo el período deja Monarquía constitucional.69
De manera ostensible, la decadencia portuguesa se inicia con la
anexión a España. Para el sociólogo, sin embargo, el hecho que en su

66. Rey Emanuel I de Avis (1495-1521).


67. La llamada “Monarquía dual” o “Época filipina” (por el nombre Felipe, los tres
reyes españoles homónimos) que duró poco más de sesenta años: de 1580 (derrota en la
batalla de Alcántara) a 1640, inicio de una sublevación primero palaciega y luego popular,
que puso fin a la dominación española, aclamándose a Juan II, duque de Braganza, como
rey e iniciando lo que se llamó la “Restauración”.
68. En el año 1820 se producen la revuelta de Oporto y las elecciones de unas “Cortes
Constituyentes”, que proclamaron la Constitución liberal, reconocida en 1822 por el
rey Juan VI de Braganza.
69. La caída de la Monarquía constitucional con la proclamación de la República el
5 de octubre de 1910, después de una sublevación popular en Lisboa, con el apoyo de
cierta parte del ejército, la Carbonería, la Masonería y varios partidos republicanos. El
21 de agosto de 1911 se instituye una Constitución de tipo parlamentario, el sufragio
universal y directo, el bicameralismo y la figura presidencial con mandato de cuatro años.
Esta República, la llamada “Primeira República”, terminará abruptamente el 28 de mayo
de 1926 con el golpe de estado y la construcción de un estado semi-fascista, el Estado
Novo de António de Oliveira Salazar.

— 53—
día esta anexión implicara ya una decadencia, indicaba que existía un
estado anterior de debilidad, del cual este hecho era una prueba ma­
nifiesta. ..
La anexión de un país por parte de otro no es un hecho esporádico,
y ese hecho no puede explicarse simplemente a través de considera­
ciones tanto externas como internas como la superioridad del país...
es más bien el cómo, más que el porqué de la cuestión. Las causas son
esencialmente sociales y se debe efectuar un seguimiento poniendo
más el acento en la decadencia del país absorbido que en la fuerza del
país que lo absorbe. No existen accidentes en la Historia de la socie­
dad, aunque a veces lo parecen; ningún país muere por un desastre,
como un individuo. Muere a consecuencia de una rápida enfermedad,
más que de una enfermedad lenta, más que de una ancianidad -pero
siempre de muerte natural, y de manera fundamental no por la propia
enfermedad, sino por el estado de predisposición a esa enfermedad...
La misma vetustez, ya sea en el individuo o en la misma sociedad, es
una enfermedad -una enfermedad normal, es verdad, pero no por
ello menos enfermedad.70

La Monarquía portuguesa ha caducado por tres razones: Io: Por estar


unida en una única sustancia al Catolicismo, ya sea institucionalmente
como espiritualmente; 2o: Por no ser capaz de lograr una forma de
estado portuguesa, visto que, para quebrar la tradición de la vieja Mo­
narquía absoluta -la cual, si bien era una forma decadente, lo era en
tanto una fórmula portuguesa- no se preocupó por encontrar un
modo portugués para sustituirla, y se importó, a través de Francia, de
la forma exterior de la Monarquía constitucional inglesa; 3o: Por no
haber tenido partes separadas de ideología diversa, sino tan sólo gru­

70. Fin del texto manuscrito.

— 54—
pos privados de nociones diversas de la cosa y, por lo tanto, como en
casi todos los casos donde la inteligencia no impera, gobiernan sólo a
partir de los instintos y de la baza política de los caciques. Es de suma
importancia examinar las tres causas, por nosotros señaladas, que han
determinado la caída de la Monarquía.71

Menos mal que esto va mal, porque es nuestra salvación.


La actual República es la continuación del estado de cosas de la
Monarquía, con algo de más, simplemente esto: la abolición del hecho
que impedía al menos el pensar en mejorar el Estado. Porque la Re­
pública es, o mejor, será, no la causa, pero sí la condición de un pro­
greso ulterior... La... República indica que una corriente social se
sustituye, en el estado de la razón, por otra: pero esta sustitución no
se realiza como lacle un peón con la reina en el tablero. El estado
social de la razón no cambia por el momento; comienza por ejercitar
oscuramente la influencia de otra corriente -ésta, purificadora- que
poco a poco la^va alterando. Está claro que los hombres que están a
la cabeza de esta corriente en el deslizamiento gradual de... antiguos
son aquellos que más se asemejan -por falta de sinceridad (?), de mo­
destia, de competencia- a los hombres del antiguo régimen.
Gradualmente, el Bien va sustituyendo al Mal, pero la sustitución
inmediata es pequeña en la diferencia entre los hombres.
Es necesario no perder de vista esta cuestión, para no errar en el
significado que hay que darle al actual estado de la razón en Portu­
gal.72

71. Fin de un texto dactilografiado.


72. Fin de un texto manuscrito.

— 55—
4

División del trabajo insólitamente perfecta en la República portuguesa


y en su conformación. La destrucción es una obra generada entera­
mente por los no idealistas. Nada podrá ser construido en tanto que
los idealistas no se organicen para la actividad social. Los únicos ele­
mentos constructivos en Portugal son los idealistas, no existen otros
(¡profundo síntoma!).73

Pero, ya estamos progresando socialmente: hemos conquistado más


libertad individual (contra el Socialismo [?]) y social (contra el Anar­
quismo [?]).74

6
Quisiera que, destrozado el barro que cubría el lago de la Patria, su­
biera inmediatamente a la superficie, impoluto, el redentor. ¿Cómo?75

El hecho que un determinado número de individuos se liberan, ar­


mados, por las calles y, después (...) lucha, han derrotado a los de­
fensores del Poder instituido, no es la Revolución -es sólo un acto
revolucionario.76

73. Fin de texto manuscrito.


74. Fin de texto manuscrito.
75. Fin de texto manuscrito.
76. Fin de texto manuscrito.

— 56 —
8

Ventaja del efecto moral sobre la población.


Una revolución militar tiene defectos y ventajas. Tiene defectos
tales como: el de lanzar la indisciplina precisamente donde la indisci­
plina es un crimen; el de crear el precedente de una revuelta en la que,
para estar siempre bajo una disciplina, fácilmente puede verse some­
tido bajo una opresión; el de romper (porque se debe suponer que no
todos los oficiales son del partido monárquico) la unidad, si no al me­
nos del espíritu, al menos en la superficie, ya que es más necesaria que
en cualquier otra corporación. La única es (...) ventaja de infundir
en los revoltosos un amor diferente por la institución que se ha creado
con esfuerzo, sentimiento enormemente útil cuando ningún senti­
miento patriótico puede ser despreciado.77

Uha crisis social es simplemente un medio violento y natural para eli­


minar los débiles y los inútiles. Si una nación entera o una sociedad
caen en lo más bajo es porque eran totalmente inútiles y débiles. No
es más que esto. (Las crisis, o la crisis, inglesa de 1770 a 1830).
Con la crisis iniciada en 1890,78 se presentía la conclusión del hun­
dimiento de la nacionalidad y en su lugar se comenzó con la funda­
ción de la República. Ahora ya -en particular después de la fallida
revuelta de Oporto-79 no podía haber ninguna duda sobre el destino

77. Fin del texto manuscrito.


78. El año 1890 era un año humillante para la Filosofía de la Historia de Pessoa, en
el que Inglaterra lanzó un ultimátum a Portugal por la cuestión colonial de las fronteras
entre Mozambique y Angola, coyuntura internacional a la que estaba atado el Constitu­
cionalismo monárquico.
79. Revolta do Porto: Revuelta liberal producida el 31 de enero de 1891, primer mo­
vimiento revolucionario republicano en la historia portuguesa.

— 57—
de la Nación. Hoy en día ya no puede vislumbrarse. La revolución ha
demostrado que la crisis no era la de la propia nacionalidad, sino la
de la Monarquía y de las fuerzas sociales de las cuales era un símbolo.
La prueba de que la Monarquía estaba caduca. Pero la fuerza monár­
quica subsiste -el radicalismo republicano es parte de ella. No queda
ahora más que destruir esta fuerza, tarea más difícil aún que la de des­
truir el símbolo. Podemos decir que nuestra crisis continúa. Pero ya
sabemos, por nuestro bien, que la crisis es salvífica. El peligro era que
la crisis de la Monarquía se transformara en crisis nacional. La muerte
de la Monarquía ha demostrado lo contrario y lo ha demostrado de
manera tanto más nítida en cuanto que esta muerte ha sido rápida y
decisiva.
Sursum corda/80 -Es el primer paso el que más cuesta, etc.81

10

Depende del gobierno y de nosotros el ser o no ser una reacción mo­


nárquica. Hay reacción y auténtico anti-Liberalismo por lo tanto
donde el Liberalismo no comprende su propia misión —donde los “li­
berales” usan métodos reaccionarios y opresivos, ¿se puede esperar
que aquellas tendencias reaccionarias no los usen? Primero: porque el
empleo de tales métodos por parte de los liberales implica la presencia
de elementos reaccionarios en el Psiquismo nacional; Segundo: por­
que estos métodos se acompañan siempre de una cierta incapacidad
administrativa que proporciona a los enemigos del “Liberalismo” vi­
gente los argumentos y (...); Tercero: porque, naturalmente, es contra
estos conservadores que los métodos antiliberales se [...] practican y
la represión es suicida en cualquier caso político.

80. Literalmente: “¡Arriba los corazones!”, expresión latina litúrgica al inicio de la


misa tradicional.
81. Fin de un texto mixto, mecanografiado y manuscrito.

— 58—
Es fácil acabar totalmente con mucho de aquello del Conservadu­
rismo que hoy existe en la sociedad portuguesa: conceder libertad, y
más libertad, y más libertad, defender la República con la Libertad
y no con la coerción.
Ahora, que el espíritu del Gobierno Provisional82 sea por completo
esto, no podemos jurarlo. De alguno de sus miembros tenemos la cer­
teza que no lo es.
Si observamos la República Francesa: se puede ver el desastre que
es y que ha sido; Francia -uno de los países más alegremente infelices
del Mundo- y que ha tenido, malgré su sistema político, una Monar­
quía pésima y, después, una República apenas mejor, por no tener es­
píritu monárquico (?), pero, incluso así, horriblemente mala.83

11

El gran Mal de losmodernos es haber perdido el sentido común sin


haber aprendido a razonar. Esto es, además, sólo un aspecto del Mal
actual: el ser eliminado del pasado sin ser completamente adecuado
para ql futuro.8^

12

La República llegó muy pronto. No era el caso que el partido repu­


blicano estuviese mal organizado; si lo hubiese estado no habría ocu­
rrido. No era que estuviese organizado sobre la base de una mala
orientación -no era el mejor, pero era, respecto a los otros, en verdad
el mejor.
Lo que le faltaba al partido republicano era una nacionalización

82. El gobierno provisional de Teófilo Braga, del 5 de octubre de 1910 al 3 de sep­


tiembre de 1911.
83. Fin de texto manuscrito.
84. Fin del texto manuscrito.

— 59—
aceptable. Era insuficientemente portugués, además de insuficiente­
mente republicano.
Aquel espíritu portugués que surgió, evidente y nítido, en la obra
de los poetas, de Antonio Nobre a Afonso Lopes Vieira,85 confluía
muy poco en la composición del Psiquismo general del partido de la
República. Justamente, la parte más sana, más patriótica y más (...)
del partido era aquella representada por Antonio José d’Almeida,86
porque, en el fondo, era la más integrada en el sentimiento nacional
portugués. La otra -cuyo líder era B. M. [Bernardino Machado] y
Afonso Costa-87 era más política; más ocupada en hacer política con­
tra la Monarquía que patriotismo a favor de la República. Los que
pertenecían a esta última tendencia representaban el odio a la Mo­
narquía, sustituto positivo, porque todos los sustitutos son positivos,
aunque conteniendo siempre una idea negativa. Los otros -aquellos
bajo el liderazgo de Antonio José d’Almeida- le tenían odio a la Mo­
narquía a causa del amor por la República. En la boca del líder la pala­
bra Pueblo tiene un significado nacional, o tenía (...) en las bocas de
los otros -mera fórmula en contraste con aquella de “Monarquía”—no
lo tenía (ni tiene). La frase “Pueblo portugués” pronunciada por el Dr.
Antonio José d’Almeida nos trae hoy un momento de poesía -un vago
sabor reflexivo (...).88

85. António Pereira Nobre (1867-1900) y Afonso Lopes Vieira (1878-1947), son
los más importantes poetas portugueses del Neo romanticismo decadente y el Simbolismo
portugués, especialmente el primero.
86. António José de Almeida ( 1866-1929), uno de los organizadores y cuadros más
activos del Partido Republicano; representante del ala derecha, en 1912, por disensiones
internas, se aparta y funda el Partido Evolucionista, un bloque' moderado, quedando en
el Partido Republicano los asi llamados “maximalistas”, que luego fundarán el Partido
Democrático, cuyo líder será Afonso Costa.
87. En realidad Afonso Augusto da Costa (1871-1937), abogado masón, el político
con más inteligencia en la Primera República portuguesa, tanta que incluso sus detrac­
tores más corrosivos, como Pessoa, reconocían su calidad, capacidad y ética.
88. Fin del texto mixto, mecanografiado y manuscrito.

— 60 —
13

Hay una cosa que se denomina cufia y ella, al penetrar, entra en las
puertas más sutiles. Así son los partidos revolucionarios; el partido
que entra y fuerza la entrada es el partido informe (sin forma), inte­
lectualmente y moralmente. Para ser revolucionario se exige el ser in­
fluenciado de cierto sentimiento y poseer coraje -y nada más. El resto
-el modo particular (que puede ser el más, en lo absoluto, egoísta po­
sible) de hacer la prueba los sentimientos sería la acción del individuo,
es completamente inesencial (dispensable).
Calumniar: no lavarse los pies, o, lo que es peor, la cara, lo que es
para los ojos sociales mucho más evidente.89

14

Esto que está ahorasucediendo es la eliminación, por contacto con la


M[onarquía], de los elementos perniciosos que estaban en el P[artido]
Republicano], Si éste fuera el caso, la oposición, compuesta de hom­
bres todos ellos^paces y honestos, no habría sido una Rev[olución],
sino simplemente una reforma, porque, sobre la base del concepto de
representación, el hecho de una totalidad honesta de estos hombres
hubiera comportado un estado social de orden tal en el que habría sido
imposible que hubiera ocurrido una reacción, como la que se ha pro­
ducido, y la resistencia (?), por pequeña que fuese, que se ha hecho.90

15
Lo que ahora está sucediendo es la eliminación de los inútiles del par­
tido, que podían ser utilizados para la destrucción, pero que no sirven
para el momento de la construcción.

89. Fin del texto mixto, mecanografiado y manuscrito.


90. Fin del texto manuscrito.

— 61—
Ahora recién nos damos cuenta cómo el rol de los Afonso Costa,
de los A. J. d’Almeida,91 etc., era exclusivamente aquello de destruir,
para que después arribasen los otros para construir. Nos damos cuenta
cómo los individuos son incapaces de todo cuanto sea gobernar, de
la intuición de la circunstancia hasta la noción (...) Y si estos grandes
hombres del partido se muestran tan [...] constructivos (...)
No hay comprensión de la circunstancia, ni de eso que es un Pue­
blo o de gobernar un Pueblo. Como bien ha señalado el señor Ho­
mem Cristo,92 son todos radicales.93

16

Radicales portugueses: dos especies: aquella a la que perteneció


M[achado] Santos,94 de los que están con Bruno,95 B[asílio] Teles96

91. Ver ut supra, nota 87.


92. Homem Cristo (pseudónimo de Francisco Manuel padre, 1860-1943): panfletista
Y periodista republicano, se exilió en París con el advenimiento de la Primeira República,
francófilo y gran divulgador del Futurismo portugués; Homem Cristo hijo (pseudónimo
de Francisco Manuel, 1892-1928): escritor y periodista, anarquista y anticatólico en un
primer momento, luego se convirtió al nacionalismo mesiánico de Corradini, siendo uno
de los puntales del movimiento “Sidonista”, al cual se unió Pessoa, quien fuera un apo­
logista de los fascismos latinoamericanos inspirados en Benito Mussolini. Pessoa aquí se
refiere a Homem Cristo padre.
93. Fin del texto manuscrito.
94. Antonio Maria de Azevedo Machado Santos (1875-1921): vicealmirante y alto
exponente de la Carbonería portuguesa, fue uno de los líderes de la revolución liberal del
5 de octubre de 1910, ut supra, nota 4. Constituyó en 1917, con Sidónio Pais y otros, la
llamada “Junta Revolucionaria” y, dos años después, en 1919, la “Federación Nacional
Republicana”; fue ministro de la dictadura sidoniana, murió asesinado.
95. José Pereira de Sampaio (1857-1921): conocido con el apodo de “Sampaio
Bruno”, célebre periodista, filósofo e ideólogo, cuyas ideas influenciaron a la generación
llamada “Renascenfa Portuguesa”; autor de varias obras políticas como Portugale a Guerra
das Na^Óes (Porto, 1906) y A Ditadura. Subsidios Moráis para o seu Juízo Crítico (Porto,
1909), éste último una crítica al gobierno dictatorial de Joáo Franco.
96 Basilio Teles (1856-1923): ideólogo, poeta, profesor y ensayista, participó en la
revuelta liberal de 1891, exponente de la escisión republicana y fundador del Partido Re­

— 62—
y otros; y aquella de los que han evolucionado como el líder Affonso]
Costa97por ejemplo, pero que realmente e inconscientemente militan
bajo el liderazgo de Paiva Couceiro.98 Estos últimos, que comprenden
la plebe de la revolución y los carbonarios que no han sido vencidos
(...) Son un grupo totalmente nefasto.

17

Como todos los gobiernos radicales, el Gobierno Provisional99 era


débil en disciplina, en diplomacia y en unión (concordancia). No ha
hecho falta nada -fuera del despreciable, por entonces elemental e
imprescriptible, mantenimiento del Orden—para disciplinar al país;
nada que hacer, por ello, para que la situación internacional deviniese
estable; nada para seguir una política patriótica, súper-personal, co­
herente, y concertada, no con la instancia de la ocasión (?), sino con
la circunstancia deí'lhomento. Nacido, al principio, sólo para conso­
lidar la institución pre-legislativamente, su competencia habría debido
limitarse a disolver los elementos adversos a la República, reacciona­
rios y republicanos radicales, absorber los elementos benéficos y útiles
del extinto régimen y, hecho esto, disciplinar, orientar y moralizar, re­
curriendo al ejemplo del sano gobierno con el cual moralizar a todos
aquellos que, por lo tanto, le darían apoyo. No había un momento,

publicano Conservador, además autor de numerosos obras políticas muy influyentes


como: O Problema Agrícola (1899), Estudos Históricos e Económicos (1901), Introdujo
ao Problema do Trabalho Nacional (1902), Do Ultimátum ao 31 de Janeiro (1905).
97. Ver, ut supra, nota 87.
98. Henrique Mitchell da Paiva Couceiro (1861-1944): militar, administrador co­
lonial y político monárquico, participó en la conquista imperialista de Angola y Mozam­
bique, líder de los sucesivos intentos golpistas contra la Primeira República, las llamadas
incursoes monárquicas; formaba parte del Integrismo monárquico lusitano, participó en
el golpe militar exitoso del 28 de mayo de 1926, distanciándose del dictador Salazar, fra­
casó con un putsch militar contra él en 1928.
99. Ver, ut supra, notas 69 y 82.

— 63—
sólo uno, para emprender esta obra -el momento de benevolencia y
de expectativa que sucede a la revolución. Se ha perdido a causa de su
desorientación radical, de su incompetencia intelectual y de su desu­
nión interna.
Esto, sin embargo -ya que todo puede ser- no es más que una hi­
pótesis para la diversión del que la piensa. Porque el análisis socioló­
gico de los antecedentes sociales del primer ministerio de la República
no consiente otra orientación que aquella que es la que llegó a tener
este gobierno, ni llegó el poder a otros hombres que no hayan sido
aquellos, y de esa manera y en esas condiciones, es que se llegó a la
toma del poder.
Se deduce, entonces, que sólo un hombre de genio gubernamental
podría salvar la situación; pero un hombre tal no era socialmente po­
sible, ni siquiera en las condiciones actuales del país, mucho menos
en aquel momento y fuera de aquella ocasión.100

18

Es necesario considerar que la misión del Gobierno Provisional101 no


es propiamente legislativa, porque no es constructiva. Los gobiernos
provisionales son una prolongación de las revoluciones. Las revolu­
ciones echan por tierra el edificio de lo establecido; los gobiernos pro­
visionales barren los escombros y los cascotes; es la Asamblea Nacional
la que, después de la limpieza del terreno, construye. Que construya
antes del barrido es una (...) Que el Gobierno Provisional piense que
la misión suya sea legislativa (...) es una incomprensión de su fin so­
cial. Su misión de ser no-destructiva no por esto debe ser constructiva.
Es simplemente preparatoria. Es un punto que no debe perderse de
vista.

100. Fin de texto manuscrito.


101. Ver, ut sufra, nota 82.

-64
Cuanto más segura es (...) la intuición que se tenga sobre este
punto, más simple se convierte el trabajo de construcción. ¿Por qué
imponer a la Asamblea Nacional el trabajo dispensable de destruir
primero o alterar lo que el Gobierno provisional ha realizado?102

19

El observador imparcial llega a una conclusión inevitable: el país es­


taba preparado para la anarquía; pero de ninguna manera para la repú­
blica. Grandes son las virtudes [de] cohesión nacional y de man­
sedumbre particular del Pueblo portugués a esta anarquía, presente
en las almas, ¡nunca desbordada en dirección de la razón!
Bandidos de la peor especie (a menudo, buenos muchachos y bue­
nos amigos como personas -porque esta contradicción, que por otra
parte no existe, existe en la vida), picaros con su proporción de ideal
verdadero, anarquistas natos con un gran patriotismo íntimo -todo
esto que habíamos visto en esa falsa papilla que siguió a la instalación
del Régimen que, por contraste con la Monarquía que le había prece­
dido, sq decidió llamar República.
La Monarquía había abusado de la dictadura: los republicanos pa­
saron a legislar en dictadura, haciendo bajo una dictadura todas las
leyes más importantes, y sometiendo a cortes constituyentes o a cual­
quier especie de cortes. La ley del Divorcio, la ley de la Familia, la ley
de la separación de la Iglesia y el Estado, son todos decretos dictato­
riales; nos quedan hoy, y ahora, todos los decretos dictatoriales.
La Monarquía había despilfarrado, estúpida e inmoralmente, el
dinero público. El país, ha dicho Dias Ferreira,103 era gobernado por

102. Fin del texto manuscrito.


103. José Eugenio Dias Ferreira (1882-1953): profesor de Economía y de Derecho
Internacional, publicista y autor de varias obras políticas, destacado miembro del campo
republicano.

— 65—
una banda de ladrones. Y la República, al arribar, ha multiplicado
-concedamos generosamente que se ha multiplicado solo por dos (y
basta)- los escándalos financieros de la Monarquía.
La Monarquía, no siendo bienvenida a las Naciones y no habién­
dose extinguido espontáneamente, había creado una condición revo­
lucionaria. La República, al arribar, ha creado dos o tres condiciones
revolucionarias. En la época de la Monarquía, estaba la Monarquía
de un lado; del otro estaban, unidos -de los simples republicanos a
los anarquistas—todos los revolucionarios. Sobrevenida la República,
los republicanos han devenido revolucionarios entre ellos mismos y
los monárquicos han quedado bien situados. La Monarquía no era
capaz de resolver el problema del Orden; la República ha instituido
el desorden múltiple.
¿Existe alguien capaz de indicar un beneficio, incluso leve, desde
que ha ocurrido la proclamación de la República? No hemos mejora­
do en cuanto a la administración de las finanzas, no hemos mejo­
rado en cuanto a la administración general, no tenemos más paz,
tampoco poseemos más libertad. En la época de la Monarquía era po­
sible insultar por escrito en los periódicos al Rey; en la época de la
República no es posible, porque es peligroso, incluso insultar al señor
Afonso Acosta.104
El sociólogo puede reconocer que el advenimiento de la República
ha tenido la ventaja de lanzar al país a la anarquía, de llenarlo de in­
quietudes permanentes, y estas cosas pueden ser designadas como
ventajosas porque, rompiendo el estancamiento, pueden preparar
cualquier reacción que produzca una razón más elevada y mejor. Pero
ni los republicanos pretendían este resultado, ni esto puede surgir
como una reacción contra todo.
Y el régimen se identifica, en verdad, con aquel innoble lienzo que,
impuesto por una reducidísima minoría de harapientos moralistas,

104. Ver, utsupra, nota 87.

— 66—
sirve de bandera nacional -lienzo contrario tanto a la Heráldica como
a la Estética, porque dos colores se yuxtaponen sin la intervención de
un metal y porque es la cosa más grosera que pueda inventarse en ma­
teria de colores. Sin embargo eso es el alma del republicanismo por­
tugués -el rojo de la sangre que aparece disperso y diseminado, el
verde de la hierba de la cual, por ley mental, debe alimentarse.
Este régimen es una inmundicia espiritual. La Monarquía, aunque
mala, por lo menos tenía de suyo el ser decorativa. Será poco, social­
mente; será una nada, nacionalmente. Pero es algo comparada con la
nulidad absoluta que la República ha venido a ser.105

20

Todo lo que se necesita es la creación de un nuevo partido adecuada­


mente adaptado para comprender, integrar y representar todo lo que
hay de intelectual y Salvífico en un tiempo dado, todo lo que hay de
renacimiento verdadero [?] y de regeneración aquí entre nosotros. Este
partido deberá constituirse cuanto antes, apenas aparezcan los hom­
bres nuevos capaces de tomar el liderazgo. Debe ser rigurosamente
individualista, nítidamente desdeñoso de todo, del tumulto moderno,
que representa, bajo la forma del progreso, degeneración y debilidad
social. Debe ser un partido completamente nuevo, donde puedan
estar todos aquellos que representan la fuerza de la regeneración y que
tienen intensos anhelos de ella; e impedir a los hombres en los que el
predominio -antes y después de la revolución- los hace incompati­
bles, no sólo con todos los que tienen una aspiración honesta y sin­
cera, sino con todos aquellos que poseen la capacidad para realizarla.
Nada de B[ernardino] M[achado], deAf.[onso] C.[osta], de Antonio
José de Almeida; nada de Machado Santos,106 (...) Nada de esto sirve

105. Fin de un texto dactilografiado.


106. Ver, utsupra, nota 87.

— 67—
para la construcción. Son servidores de la época y durante el período
revolucionario. Toda otra misión terminó. Toda supervivencia intri­
gante causa un doloroso desprecio. Algunos son sinceros, pero nin­
guno sabe cómo serlo.107

107. Fin del texto manuscrito. Y en lo alto del fragmento se lee una nota en inglés:
“Most subject to criticism.Ex.”

— 68—
NACIONALISMO EINTEGRISMO

21

Siendo cierto -para vuestra Merced como para mí- que la vida de la
nacionalidad es la sustancia dinámica de la vida de la Civilidad, no
podemos, por ello, estar de acuerdo cuando se trata de determinar
qué es esta vida de la Nacionalidad:
Hay tres especies de Nacionalismos:
1) El Nacionalismo tradicionalista: aquel que sostiene que la sus­
tancia de la nacionalidad consiste en la relación con cualquier punto
de pasado, y la vitalidad nacional en la continuidad histórica con
este punto del p ^ d o . Diversos son entonces los criterios con los que
se puede ir en busca de este punto del pasado, mas, sea cual fuere el
criterio empleado, la esencia del processus108 es idéntica.
2) El Nacionalismo integral, que consiste en atribuir a una nación
determinada facultad psíquica, en la cual en la permanencia y la fide­
lidad social a ella reside la vitalidad y la consistencia de la nacionali­
dad. El Nacionalismo integral -por ejemplo, aquel de Teixeira de
Pascoaes-109ya no se apoya sobre la tradición, sino sobre el psiquismo

108. En latín en el original.


109. Teixeira de Pascoaes: pseudónimo literario de Joaquim Pereira Teixeira de Vas­
concelos, (1877-1952), célebre poeta y escritor portugués, principal representante del
“Saudismo”, movimiento de inspiración simbolista con connotaciones místico-panteístas
y nacionalistas, fundador de la famosa revista de cultura A Águia, órgano oficial del mo­
vimiento “Renascenga Portuguesa”, en la cual colaboró Pessoa con su teoría filosófico-

— 69—
colectivo, concebido como determinado, en el que esta tradición: i)
o bien se basa, ya que se retiene como válida, ii) o bien en la que
se basó para existir, se la entiende ya como privada de valores perma­
nentes.
3) Finalmente, el Nacionalismo sintético, que consiste en atribuir
una nacionalidad, como principio de individuación,110 no a una de­
terminada tradición, ni a un psiquismo resueltamente como tal, sino
a un modo especial de sintetizar la influencia de la acción civilizatoria.
El Integrismo lusitano111 es un nacionalismo tradicional.
El Saudismo de Teixeira de Pascoaes es un Nacionalismo integral.
Busca en el pasado la manifestación del Alma nacional (suponiendo
su existencia).
Otro, y diferente de cualquiera de aquellos, es el proceso adoptado
por el Nacionalismo sintético. Porque no tiene verdaderamente un
Alma nacional; porque tiene sólo una dirección nacional. Una nación
sólo tiene datos y factores inalienables de posición geográfica, un de­
terminado rol en la totalidad de las naciones, que forman una civili­
zación.
El nacionalista tradicionalista repele lo presente y lo extranjero. El
nacionalista integral repele lo extranjero. El nacionalista sintético
acepta lo uno y lo otro, intentando imprimir una impronta nacional,
no en la materia, sino en la forma de la obra.
¿Quién tiene razón? Ninguno la tiene en su propio campo, pero

política del “Super-Camóes”, la aparición de un Artifex, que se proponía el renacimiento


espiritual-imperialista de Portugal.
110. Principium índividuationis-, concepto filosófico-político acuñado por Schopen-
hauer y muy utilizado por Nietzsche.
111. Integralismo Lusitano: movimiento neo-monárquico, antiparlamentario y na­
cional-sindicalista surgido en la primera década del 1900, muy cercano al protofascismo
de la Action Frangaise de Charles Maurras. Formaban parte escritores e intelectuales des­
tacados como António Sardinha, ideólogo del grupo, Alberto de Monsaraz, Rollo Preto,
Afonso Lopes Vieira; su órgano publicístico era el periódico NafSo Portuguesa. Sobre la
relación con Pessoa, véase nuestro estudio preliminar.

— 70—
el nacionalista integral es el que la tiene y en modo supremo, porque
solo él se sitúa en todos los campos al mismo tiempo.
(Dentro de este rol ingresan modalidades muy diversas de psi-
quismo nacional).
El rol de una Nación fuerte y civilizada es aquel de imprimirle una
impronta propia a los elementos civilizatorios comunes a todas las na­
ciones de su tiempo.
Se ha intercambiado la influencia de una nación extranjera por
aquella de muchas. Es el conflicto cultural que produce civilización.
Estamos en una fase de estancamiento porque somos esclavos -somos
esclavos de una nación extranjera de cuando en cuando. Si hubiéramos
recibido de cuando en cuando más corrientes del extranjero estaría­
mos liberados. Es necesario no eliminar la cultura francesa que nos
hace esclavos, además de agregarle otra, en conflicto con aquella -cul­
tura alemana o inglesa, poco importa.112

22

Otra 4ebe ser, por fuerza, la actitud del sociólogo equilibrado. La ob­
servación lúcida, si no la profunda, de los fenómenos sociales impone,
sobre todo, una conclusión que es decisivamente contraria a aquella
alcanzada por los tradicionalistas.
El observador de los hechos sociales constata, en primer lugar, que
el conjunto de fenómenos de la sociedad es extraordinariamente com­
plejo. Causas de todo orden colaboran en la producción de cualquier
hecho social. En todo momento operan en la sociedad factores de
orden económico, de orden político, de orden moral, de orden esté­
tico puro; en todo momento nos encontramos con conciencias indi­

112. Fin de texto dáctilo-escrito. Como sugiere el especialista Antonio Quadros, se


trata de un fragmento de una “Carta abierta”, con la intención de ser enviada al diario
de los integristas.

— 71—
viduales explicables sólo a partir de complejos (y, en cuanto comple­
jos, confusos) reagrupamientos de razones económicas, intelectuales,
morales. Cuanto mayor es la importancia del hecho social, mayor es
el número de causas que hay que comprender para su explicación;
pero, al mismo tiempo, para compensar nuestro esfuerzo en el intento
de explicarlo, más claro aún debe ser el concurso de aquellas causas
que, colaborando, podrían haber producido un fenómeno de orden
importante y decisivo. La vida social cotidiana está conformada por
cosas inestables, imprecisas, porque la multitud de causas que operan
no actúan en la misma dirección. Observando desde lo alto los hechos
culminantes de la Historia humana, no podemos entenderlos sino
como productos del concurso de factores diversos; es posible que estos
factores, en el fondo, se reduzcan a uno solo, por lo tanto, para fines
prácticos de la sociología, es superfluo investigar estos factores, deter­
minar los cuales, si bien admitiendo por otra parte que no constituyan
una Metafísica sociológica, es en todo caso dificilísimo.
Un hecho como la Revolución Francesa no puede, si no está uno
en pleno delirio, ser interpretado como causado por una determinada
filosofía o, incluso, por una determinada política. Cuando un hecho
social tiene tal relevancia, cuando expresa un estado social, debe por
fuerza ser la suma, o síntesis, de toda una serie de causas variadas, las
cuales, concurriendo, lo producen. A lo sumo, si se quiere, por ejem­
plo, atribuir a Rousseau la Revolución Francesa, debemos dar al nom­
bre “Rousseau” un significado particular, entendiendo con eso, no la
obra de un hombre, sino un fenómeno intelectual representativo y
clarificador de ocultas corrientes sociales, de orden político, de orden
económico, de orden moral. Se dirá que ninguno de los tradiciona-
listas franceses o portugueses ha querido insinuar (aunque se hace di­
fícil no creerlo) que Rousseau sea el autor de la Revolución Francesa,
en el sentido en el cual podemos decir que un asesino es el autor de
un asesinato. Pero lo que sí es cierto es que los tradicionalistas siempre
han hablado como si esa fuese su convicción; y sin duda lo es, espon­

— 72—
táneamente, tal que su concepción sea, espontáneamente, absurda.
En el caso citado como ejemplo, está consentido aludir a Rousseau
como el autor de la Revolución Francesa sólo si se entiende con esto
que Rousseau sea el principio de la Revolución Francesa. Así, es co­
rrecto.
Dado que los hechos sociales, cualesquiera sean sus causas, son, en
el fondo, hechos psíquicos, ya que se dan en psiquismos individuales,
es siempre clarificadora la confrontación con los hechos que se dan
en el Alma de los individuos; el proceso no comporta dificultad o pe­
ligros mayores, si se acierta bien en no huir de las analogías imposibles.
En todo individuo, de carácter complejo (la sociedad no podrá ya
ser comparada, en tanto compleja, al individuo de carácter simple),
una acción cualquiera es el producto de la combinación de su facultad.
La acción de mínima importancia (excluyendo, está claro, el caso de
un individuo enfermo) generalmente tiene una causa simple. Pero las
grandes acciones déla vida son el resultado de una multiplicidad de
causas psíquicas. La importancia de la acción por ejecutar pone en
juego toda la atención de varios elementos componentes de la psique
del individuo; a$í como la importancia de una acción social pone en
juego todos los elementos sociales.
Es de mediocre lucidez cualquiera de los procesos modernamente
seguidos para interpretar los fenómenos sociales -los procesos, quiero
decir, que reducen a una sola causa todas las causas sociales. Tal es el
llamado Materialismo Histórico, que reduce todo a causas económi­
cas; tal es, también, una teoría, como aquella de los tradicionalistas,
que atribuyen la Revolución Francesa a causas puramente intelectua­
les. En la imposibilidad (por lo menos práctica) de reducir por lo tanto
a una causa el complejo de las causas sociales, debemos considerar
todas las causas que parecen que están actuando,113 y ver en lo que

113. Variante en el texto: “accionando”


convergen, en qué forma se oscurecen. Desde allí, podremos explicar
los resultados.
Actuando la una sobre la otra, las variadas causas sociales van crean­
do de esa manera una unidad de dirección en la vida de la colectivi­
dad, de forma que da la impresión de ser una sola causa. Dada una
sociedad, en una época dada, ostenta una determinada tendencia eco­
nómica, una determinada tendencia política, una determinada ten­
dencia intelectual. Estas tendencias (por otro lado ya creadas por
un conjunto de causas anteriores y complejas), se mezclan. Dado
que la sociedad es una, una debe ser la dirección general de su vida,
si bien múltiples son los intentos de dirección que en ella pueden
ser esbozados.
No existe una sola causa en la vida de una sociedad en un deter­
minado momento; y sólo existe una sociedad.
Así la Revolución Francesa. Ella es el producto complejo de las
doctrinas de los enciclopedistas, de la situación económica de la plebe
francesa, de la corrupción política del antiguo régimen monárquico.
Las tres causas interactúan. Dado que la terrible situación económica
de esta plebe crea una revuelta virtual, este espíritu de revuelta es acep­
tado por los enciclopedistas que lo favorecen, y después viene el resto.
Acepta el anti catolicismo de Voltaire, y espontáneamente rechaza los
comportamientos aristocráticos: acepta de Rousseau el sentimenta­
lismo anti convencional, pero no todas aquellas partes (no siempre
secundarias) de su doctrina, que estaban contra tal revuelta virtual.
Del otro lado, la causa política... (,and quote what doctrines are non-
acceptedfrom Rousseau).114
Si existía el malestar económico del pueblo francés sin el cual no
hubiera existido nada, en concomitancia (y por efectos de la misma
causa), la incapacidad política del tiempo, la revuelta, una vez así, ha­

114. Ayuda-memoria de Pessoa en inglés: “y citar qué doctrinas de Rousseau no son


aceptadas”.

— 74 —
bría tomado una ruta diferente de aquella antimonárquica que tomó.
Si no hubiera existido el adoctrinamiento de los enciclopedistas, in­
cluso si la república hubiese tomado un cariz antimonárquico, no ha­
bría asumido el carácter que asumió, porque no habría tenido la
teoría, que tenía a su servicio. Pero, en realidad, estas causas que cola­
boraban, ya estaban entremezcladas, la una en la otra, antes que se
definieran como tales. La teorización de Rousseau y de los enciclope­
distas ya representaba sentimientos que, aunque no tuvieran noción
del malestar del pueblo, no habrían sido, por lo menos, tan nítida­
mente representados. La incompetencia política de los gobernantes
de la Francia pre-revolucionaria no habría existido, por lo menos hasta
cierto punto, si hubieran sido más fáciles los problemas económicos
a resolver; ni, por lo tanto, habrá existido la revuelta latente contra
esta incompetencia política. Sin la incompetencia política no habría
nacido tan nítidamente en los enciclopedistas la idea destructiva, de
la cual portaron las Banderas. De esta manera, todo fenómeno social
aparece como causa y efecto junto a todos los otros fenómenos.
¿Cdmo interpretar esta cuestión?
En yn único mentido: que, detrás de todas estas causas concurren­
tes, existe una causa única de la cual son manifestaciones, y a través
de la cual la interacción constante de este íntimo fondo nacional se
define cada vez más y se realiza. ¿Qué realidad fundamental es ésta?
Sea lo que sea, es lo que constituye la realidad esencial de la vida social.
Pero no había interés en investigar lo que es. No había, porque, para
el sociólogo práctico, no es lo fundamental, lo intangible lo que im­
porta; son sus manifestaciones -es a través de estas manifestaciones
que el Pueblo puede actuar sobre este fondo irreductible e inasible de
la sociedad.
Pero esta causa, que habíamos estudiado, que tenía, al menos, una
gradación, ¿qué importancia posee? ¿Interesará más la causa econó­
mica que la política, más la política que aquella intelectual -o, vice­
versa, una cualquiera de ellas?

— 75—
Esto que vemos y que diferencia esta causa es la medida en que
cada una la posee. El conjunto de las causas económicas afecta a la
gran mayoría de la población. El conjunto de las causas políticas, a
una minoría más restringida. El conjunto de las causas intelectuales,
a una minoría pequeña. Hay una ascensión. El conjunto de causas
intelectuales no actúa, directamente, sobre el factor económico. Actúa
indirectamente, a través del factor, intermedio, de lo político.
(No se puede aducir que estos tres factores no cooperasen entre sí.
Cooperan en lo malo, en la destrucción social, pero cooperan. Des­
truyendo todo. Las variadas fuerzas sociales cooperan siempre; no
pueden dejar de cooperar. Si no cooperaran desaparecerían, porque
no actuarían).
Tiene poco interés práctico investigar el saber en qué consiste,
esencialmente, esta maldita dirección social. Que consista en una di­
solución de vínculos sociales o cualquier otra cosa no importa.
Lo que interesa es saber cómo actuar para modificarla.
(En el fondo, está claro que existe un determinismo fatal que di-
recciona a la sociedad hacia un cierto destino. Pero, pragmáticamente,
no podemos pensar sobre este fin. Debemos creer en la posibilidad
del esfuerzo, visto que no conocemos el futuro).
No obstante, y a pesar de que el factor económico afecta a toda la
sociedad, y el hecho intelectual a una pequeña parte, no se debe creer
que este último no altera, propiamente como intelectual, el fondo
económico. Descendiendo de los teóricos a los políticos y a la mayoría
sobre la cual incide la presión económica, la teoría va asumiendo for­
mas diversas, deformándose para adaptarse. Va ganando una forma
colectiva. A continuación de sucesivas y nuevas ascensiones en direc­
ción de los teóricos van como asumiendo una forma más nítida como
teoría al servicio de la causa económica, y, de vuelta descendiendo, va
deviniendo siempre más exacta, todo lo que sea posible, la noción de
la razón que la mayoría posee. Se llega a un punto en el cual hay una
conformidad casi perfecta, todo lo perfecta que sea posible, entre la
teoría de los teóricos bienvenidos y el sentimiento de la masa: es el
momento de la acción social. La sociedad señala, ahora, aquello que
rigurosamente puede ser denominado un estado religioso, porque se
ha formulado una teoría que posee todas las características de una Re­
ligión, de la base intelectual hacia el sentimiento fundamental.
¿.A cuál fenómeno social se asemeja este estado? Al fenómeno reli­
gioso. De hecho, en la vida de la sociedad no existen otras cosas, fi­
nalmente, que fenómenos religiosos. La Revolución Francesa fue un
fenómeno religioso.
Que no se diga que entre la noción de Rousseau y la de un cam­
pesino exista una particular diferencia. La misma diferencia existe tras
la noción de Dios que tiene un teólogo católico y aquella que tiene
un campesino tanto o más católico que aquel. Éste es el fenómeno
religioso.
En realidad, el espectáculo al cual asistimos es la lenta agonía, tal
vez del cristianismo^ ciertamente de la religión católica. Es en vano el
pretendido “renacimiento” de la fe, tanto más en vano en cuanto al
móvimiento de aparente victoria del paganismo, desde el cual el cris­
tianismo había ¿niciado su dominación del imperio romano.
Ahora plantearemos el problema. Si todo es esencialmente religión
y fenómenos religiosos, si la mutación social es esencialmente tan sólo
mutación de una idea religiosa, entonces, si determinamos lo que es,
esencialmente, la religión, habremos determinado cuál es el fondo
mutable de la sociedad.
Por lo que, una religión, es esencialmente: 1) una metáfora; 2) una
moral; 3) una serie de ritos (¿?).
No nos sorprende, en nada, entonces el hecho que Racine, o Cor-
neille, sean más disciplinados que Victor Hugo. ¿Aquella alma res­
trictiva y árida qué razón debe disciplinar? Muy poca. Parco de
ideaciones metafísicas, pobre de emoción lírica, ¿qué grandeza hay en
el hecho del frío equilibrio que lo acompaña, salvo en el caso que ha­
blemos de los locos, de la ausencia de emociones y de ideas que lo

— 77—
perturban?, ¿qué hay de admirable en el hecho que un individuo, ca­
rente de tendencias al alcoholismo, domine su tendencia por el alco­
hol?, ¿qué hay de honorable o de fuerte en el hecho que un individuo
de temperamento frío o calmo domine aquellos impulsos de cólera o
de sensualidad que justamente en él no están presentes? Si podemos
ver que la época pre-romántica es más fuerte, disciplinada, podremos
ver cómo son, en materia de disciplina, todos los que realmente han
tenido emociones fuertes, todos los que verdaderamente han sido ricos
en ideas. Tenemos un Agrippa d’Aubigné:115 ¿será más disciplinado
que Hugo? Tenemos un Pascal: ¿será este espíritu desordenado y gi­
gante más disciplinado que cualquier filósofo romántico? Tenemos,
en plena época de influencia clásica, en Inglaterra, a un Shakespeare;
poniendo aparte la grandeza, ¿Shakespeare será más pertinente, más
disciplinado que Hugo? ¿Y Rabelais, y Montaigne, cuyo nacimiento
se encuentra bien lejano de la corrupción romántica? Si existe alguna
diferencia, está a favor de los románticos. Salvo en dos casos -aquel
de Dante y aquel de Milton-...
El argumento contra el romanticismo porque sea indisciplinado
cae por su misma base. Las personas ricas de ideas y de emociones
son siempre, por temperamento, indisciplinadas. El romanticismo
muestra una riqueza de vida mucho mayor que aquella de los magros
y pobres clásicos. ¿Por qué nos sorprenderíamos de que entre los ro­
mánticos la indisciplina sea mayor? Como el romanticismo avanza,
se encaminará contra la disciplina. Los mismos escritores de la Action
Frangaise, con todo su ímpetu anti romántico, hacen, en este sentido,
aunque ellos mismos románticos, una obra útil.
Verdadera disciplina existía únicamente en la Grecia antigua y, en
grado menor, en Roma; como disciplina con emociones ricas, que

115. Théodore-Agrippa d’Aubigné (1552-1630): militar y poeta francés, símbolo


del Barroquismo, favorito de Enrique IV y radical calvinista; gran crítico y satírico de la
corte absolutista francesa.

— 78—
vale la pena disciplinar. Es que, libres ahora del peso bárbaro del cris­
tianismo, estos puros espíritus paganos tienen ahora la noción de
orden o equilibrio, que Cristo vendría a eliminar. Y tenía la riqueza
de toda la imaginación, la libertad de toda la idea. Toda religión es,
en gran parte, por lo tanto exterior.116

23

Tras varios movimientos de reacción, que necesariamente tenían que


aparecer117 contra el estado anárquico y revolucionario en el que (co­
mo no podía ser de otra manera) han transcurrido los primeros años
de la infancia de la República, el único distinto era -porque, por su
naturaleza, es útil a los fines de la reacción monárquica- el movi­
miento denominado “Integrismo Lusitano”.118Simpático por su preo­
cupación constructiva y, todavía más, por la facilidad con la que tiene
éxito en irritar a las personas extremadamente inferiores, el Integrismo
Lusitano, una vez analizado, pierde gran parte de este interés, ya por­
qué se nos revela ser importado, ya por que contiene algo esencial­
mente.erróneo.^Esta parte errónea es importación pura, pero, dato
que no olvidamos al analizar el Integrismo desde un punto de vista
de lo que se ha importado, analizamos lo que tiene de erróneo y no
por el hecho que sea en sí derivado y extranjero.
Tanto más útil será que nosotros procedamos a considerar
cuánto de cierto será propio del elemento que se analizará que es
común al Integrismo y a la mayor parte del monarquismo que exis­
te. Así, nuestra rápida crítica podrá refutar [?] una actitud monár­
quica general.
Se trata de la tesis tradicionalista, la cual toma en consideración

116. Fin de texto mecanografiado.


117. Variante de Pessoa: “surgir”.
118. Ver, ut supra, nota 111.

— 79—
tres sub-tesis: la teoría de que la tradición posee elementos de máxima
importancia en la vida nacional, y que abandonarla será, por lo tanto,
decaer; el concepto de...119

24

Los períodos monárquicos, o bien tienen, en el alma de la nación,


prestigio moral e intelectual, o bien no lo tienen. Si lo tienen, ¿de
dónde proviene tal prestigio? ¿De la tradición de la monarquía por­
tuguesa? Esos períodos son incontestablemente de latrocinio, de ne­
gligencia y de indisciplina. Dado que en la República existe este mal
sabemos que procede de la desorganización del ambiente creado por
la monarquía. De la monarquía desciende el culto solemne a la in­
competencia. Los “escándalos” del partido republicano, todo favori­
tismo, toda indisciplina, están presentes en la mejor tradición
monárquica. ¿No tenía la idea monárquica prestigio moral e intelec­
tual? Entonces, o bien florece en el alma de la nación, o no florece. Si
florece, tal hecho significa un desclasamiento de la nación por sí
misma. Si no florece, ¿cuál es la razón de la idea monárquica? Si la
idea monárquica tiene prestigio, este prestigio -dado el carácter poco
decente de la tradición monárquica—o representa una carencia de sen­
tido moral de parte de la nación, o bien representa una confianza ab­
surda, de un mesianismo de esquina de calle, en una necesaria
perspectiva de una monarquía futura.
De los integristas -que son personas jóvenes y sin pasado político-
se puede suponer todo lo mejor. Pero, para que esto sea posible, será
necesario verlos enteramente desconectados de la otra monarquía -de
aquello que representa hoy la monarquía fracasada. Ocurre lo con­
trario: los vemos unidos a la otra monarquía —junto a aquellos cuya
clave [¿] había sido aquella de asesinar la Monarquía, y cuya teoría

119. Fin de texto manuscrito.

— 80—
política parlamentarista y (...), con la que estoy en desacuerdo en
todo.
De esta manera, ninguno de los grupos monárquicos posee el espí­
ritu de confianza, porque los inspiran, de por sí, los que están rela­
cionados con los que no la inspiran; y por la circunstancia de que la
doctrina política de estos últimos está en oposición a ellos, más dudas
deberían surgir en cuanto al valor moral e intelectual de los neo-reac-
cionarios.
¿Se unirán, farisáicamente, para implantar la monarquía? ¿Cuál
monarquía? ¿Aquella parlamentaria y “liberal” que la mayoría de la
monarquía quiere? ¿Pensarán, ingenuamente, los integristas, que será
del todo fácil pasar de tal forma monárquica a otra diferente? ¿Cómo?
¿Pensarán nuestros Maurras120que sus voces prevalecen o prevalecerán
contra la corriente monárquica, sólo monárquica? ¿Pensarán que
como el ambiente ha cambiado, los inmorales de ayer serán diferentes,
purificados del todo^ en el poder? ¿Y nosotros mismos, o a qué otros
integristas puedo yo engañar?
Comenzar con esta carencia la ruta política. ¿Nos otorga garantía
de un seguro criterio político para el futuro?
En verdad, los integristas no pueden ser literatos cuya literatura
pasa a ser realizada con ideas políticas. En el fondo, todo aquello es
platónico e inofensivo.
¡Sirven a la monarquía, no al integrismo!121

25

División de la teoría integrista: 1) el preconcepto tradicional; 2) el

120. Charles Maurras (1868-1952): político de extrema derecha, poeta y escritor


francés, principal fundador e ideólogo deActioti Franguise (Acción Francesa), de enorme
influencia en la nueva derecha portuguesa. Sobre su influencia, véase nuestro estudio
preliminar.
121. Fin de texto manuscrito.

— 81—
preconcepto nacionalista; 3) el preconcepto de la Disciplina; 4) el pre-
concepto del orden; 5) el preconcepto anti-democrático y anti-indi-
vidualista.
El sociólogo sano, en vez de ir tras la investigación del pasado y al
exterior, sin crítica ni reflexión, de la doctrina que flota en la superficie
de la época, primero deberá enfocar su atención en la dirección de la
circunstancia mesológica que constituyen el ambiente nacional y la ci­
vilización del pueblo sobre el cual está orientada su investigación. Bus­
cará establecer cuáles son las corrientes que caracterizan la época, y
cuál será, por lo tanto, la disciplina inherente a esta corriente.
Este estudio será algo más que la fácil y simple adición de teorías
extranjeras, nadie podrá dudar de ello. Que un gasto de atención y
de voluntad, una concentración paciente, una reflexión desapasionada
y sólida, constituyen la base de esta actitud y, constituyéndola, pre­
sentan mayor carga de trabajo respecto a imitar y a compilar, nada de
esto lo pondrá en duda nadie.
El camino de la verdad, sin embargo -ya no hablo de la intangible
verdad esencial de la cosa, sino de la simple verdad pragmática, de la
verdad transitoria de la acción- es áspero y estrecho, como todos los
que lo han pisado han podido descubrir.
No espero que nuevos defensores del rey puedan realizar esta obra.
No la puede hacer uno cualquiera, porque es necesario que el que la
haga sea un Genio. Y menos la podrá realizar aquel que anticipada­
mente se encuentre anclado a una teoría, tradicionalista o cualquier
otra, no como pionero del pensamiento, sino como soldado simple
de una idea externa.
Los nuevos patriotas, si (como creo) lo son, tienen un amplio
campo para una actividad creadora, si tal actividad les atrae, en la
pugna por aquellos intereses de la Patria que están en el interior de
todas las teorías -excepto aquellas teorías extremas que excluyen la
misma idea de Patria- y que son necesarias y justas.
¿Por qué no luchar para los hombres competentes estén en los me­

— 82—
dios que les competen? Por qué no iniciar una campaña a favor de la
realidad útil, indiscutible; la abolición de la corrupción en la vida po­
lítica, la eliminación de los obstáculos partidistas, tantas cuestiones
justas que la gente demanda.
La unilateralidad de la cultura de los integristas afecta gravemente
a toda acción intelectual, en lo que ella tiene de valor. No vivimos
fuera de la cultura francesa. Podemos conocer autores alemanes, in­
gleses, italianos, pero los conozco por medio del estado del espíritu
creado por la cultura francesa.
La manera más simple de hacer surgir en un país una idea nacional
es el conflicto de la cultura: lanzar al interior de aquel país una in­
fluencia extranjera; una neutralizará a la otra y, en el esfuerzo por con­
frontarla y asimilarla, el país desarrolla un espíritu propio, finalmente
redescubriéndolo y recuperándolo.
El nacionalista tradicionalista se dirige al pasado para descubrir el
presente. El nacióífalista integrista se dirige al presente y al pasado
para descubrir el presente. El nacionalista cosmopolita busca en el
prfesente y sólo en el presente (ex ????) [sic. ]
¿De qué manera se proponen los integristas despertar el senti­
miento nacional? Con la tradición. Pero la tradición: 1) es despeda­
zada. En especial por la clase dirigente, que está en contacto con el
extranjero; 2) donde no se encuentra en quiebra, representa, no un
nacionalismo, sino una perfecta no progresividad; 3) es inconsistente
y contradictoria en sí misma.122

122. Fin del texto mecanografiado.


II

Europa
Guerra imperialista y Revolución
(1916- 1918)
Nota introductoria

Los textos de esta sección, escritos entre 1916 (año de entrada en la


Gran Guerra de Portugal del lado de la Entente) y 1918 (año de la fir­
ma del armisticio de Alemania y las potencias centrales y de consoli­
dación del poder de los bolcheviques en Rusia) forman parte de un
amplio proyecto de estudio histórico-político, al que Pessoa había de­
nominado Aguerra'alemáo (La guerra alemana). Según el escritor, un
estudio de estas características debía incluir un análisis sociológico e
his’hSrico-cultural de la civilización europea entera, subrayando que
la causa del enoQne y mortal conflicto -en el que Portugal se encontró
envuelto de mal grado presionado e impulsado por el aliado inglés y
dependiente de la política belicista de los halcones “democráticos”,
mayoría en el gobierno de 1916.
El 26 de febrero de 1916, a solicitud de Inglaterra, el gobierno en­
cabezado por Afonso Costa, estando en la presidencia de la República
Bernardino Machado,123 requisaba barcos bajo bandera alemana en
los puertos portugueses; finalmente el 9 de marzo Alemania le declara­
ba la guerra a Portugal. Inmediatamente los dos partidos mayoritarios,
el “Democrático” y el “Evolucionista”, daban vida a una particular
“Unión Sagrada”, un gobierno de convergencia y salvación nacional,
refrendado por los dos amigos-enemigos políticos, Costa y Antonio

123. Ver, ut supra, nota 69.

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José de Almeida, asumiendo éste último el cargo de Primer Ministro.
Se preparó una fuerza expedicionaria, el llamado Corpo Expedicionário
Portugués, de la cual una parte importante fue desplegada en el frente
de Flandes, y el resto en el teatro africano (Angola y Mozambique)
enfrentando a las fuerzas coloniales alemanas de Namibia y Tanzania.
La guerra inter-imperialista, que causaría a Portugal decenas de miles
de víctimas y un enorme sacrificio para la pauperizada población, con­
cluyó el 11 de noviembre de 1918 con la firma del armisticio firmado
en París, precediendo al famoso Tratado de Versalles (28 de junio,
1919). La trascendental medida iba más allá del único y aparente in­
terés económico que enfrentaba al país con Alemania, en especial,
más allá de las propias Francia e Inglaterra, y esto porque los dos blo­
ques representaban dos diversos “Criterios de Civilización”, dos di­
versos “Principios en conflicto”: uno que colocaba “a la Patria sobre
la Civilización” (Alemania); y el otro, que ponía “la Civilización por
encima de la Patria”. El plan de esta opera interrupta y de los estudios
complementarios proyectados, todos prolijamente mecanografiados,
debían estar internamente compuestos, como el mismo Pessoa escribe,
de tres partes: “I. Los fundamentos de la Civilización europea; II. La
guerra alemana; III. La Europa moderna considerada sociológica­
mente.”
I
ORIGEN Y DESARROLLO
DE LA CIVILIZACIÓN EUROPEA

1) La civilización que llamamos “europea”, —y que hoy es la civiliza­


ción propiamente dicha, dado que las civilizaciones de las regiones
fuera de Europa adoptan las ideas y fórmulas europeas y descienden
de acciones y causas europeas- se fundamenta sobre cuatro principios
que constituyen la esencia y la individualidad. No debemos pregun­
tarnos si estos principios son buenos o malos, perfeccionables o no.
Lo que constituye la esencia de una cosa es aquello que, en un tiempo
exítaído de esta cosa, determina la desaparición de la cosa misma.
Podemos arrepentimos, queriéndolo, del hecho de que el pasado se
había formado de este modo, como podemos arrepentimos, querién­
dolo, de haber nacido con la estatura o las características que posee­
mos; sin embargo, nuestro desacuerdo no puede constituir un deseo,
ni darle forma a un propósito. Aquello que somos, somos, aquello
que seremos deberá venir de afuera de aquello que somos, y no de
aquello que podría -si hubiéramos sido capaces- de ser. Cuatro son
—como he dicho—las bases sobre la cual se apoya la civilización euro­
pea, cuatro los principios que constituyen la individualidad o la esen­
cia. Estos son: la Cultura Griega, el Ordenamiento Romano, la Moral
Cristiana y la Política Inglesa. No debemos comprobar si estos prin­
cipios son de nuestro agrado, personalmente, o si no lo son. Debemos
saber cuáles son y cuáles no. No debemos servirnos de la tonta razón
-la cual, en tanto que tonta, no es razón- diciendo que no somos cris­

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tianos o que no somos ingleses; por las mismas razones deberíamos
repudiar aquello que nos han transmitido la antigua Grecia y la antigua
Roma, porque ninguno de nosotros es hoy un griego de la antigüe­
dad o un romano de la Roma extinta. Es la civilización construida
por una serie de creaciones, ninguna de las cuales, por una razón de
ambiente propio y circunstancia histórica propicia, compete en forma
particular a una determinada nación. Pretender repudiar un principio
formador de civilización porque es extranjero a nuestra naturaleza,
puede significar que, o bien repudiamos la misma idea de civilización,
que implica transformación y, por lo tanto, alteraciones de la “natu­
raleza”, o bien que creemos que nuestra acción pueda conseguir en sí
misma la civilización por completo, concepto que sólo puede formarse
exclusivamente en el cerebro de un megalómano patriótico.
Por cultura griega se entiende, esencialmente, el racionalismo. Lo
que distinguió a los antiguos griegos de los otros pueblos fue el culto
de la Razón, de la Crítica (justamente se ha dicho que los griegos crea­
ron el espíritu crítico) o, como a partir de Comte124 se sabe decir, del
“Libre Examen”.
Sin libros sagrados propiamente dichos, sin sacerdotes propia­
mente organizados, los antiguos griegos, a pesar de una u otra perse­
cución individual contra el raciocinio individual (como en el ejemplo
supremo contra Sócrates), más por oscuros motivos políticos que por
motivos religiosos verdaderos y propios, encontraban pocos obstáculos
en el ejercicio de la razón. Se añade a esto que la misma mitología,
esencialmente ateológica y sincrética, transformaba la religión en una
especie de poesía o de leyenda, y cada uno modelaba o remodelaba,

124. Auguste Comte, cuyo nombre completo es Isidore Marie Auguste Fran^ois Xa­
vier Comte (1798-1857). Se le considera creador del “Positivismo” y de la disciplina de
la sociología moderna. Su obra más popular es Catéchismepositiviste, de 1852. Tuvo una
influencia destacada en las corrientes antimarxistas de la política francesa, en particular
en Charles Maurras. El concepto al que se refiere Pessoa es el de le libre examen, el prin­
cipio positivista de la separación absoluta entre Ciencia y Fe.

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según el propio placer, la historia y la índole de los dioses; la deidad
de los griegos -así como después la de los romanos era más utilitaria
y práctica que poética y especulativa- era palpablemente creación de
los hombres; no nos sorprende que, en tal sistema, a algunos hombres
les fuese permitido ascender a dioses. “La raza de los Dioses y de los
Hombres es una sola” escribe Píndaro; y en este verso resume un as­
pecto de la religión helénica.
El profesor J. B. Bury titula “La Razón libre” el primer capítulo,
que trata de Grecia y Roma, de su Historia de la Libertad de Pensa­
miento}15 Este concepto griego presentaba limitaciones sólo en cir­
cunstancias políticas: muchos pensadores, mejor aún estadistas, de la
antigüedad toleraban la religión, incluso aunque fuera falsa, como ne­
cesaria para la áspera plebe, capaz de comprender ciertos razonamien­
tos, pero no de dar vida a un razonamiento. Los romanos, dado que
-por ser prácticos como eran y estúpidos fuera de la práctica- tenían
una preocupación cívica y política mayor de aquellas de los griegos,
se aplicaron de un modo extraordinario a esta preocupación.
*La cultura griega, base principal de nuestra civilización, consiste
en la supremac^de la Razón sobre los otros elementos del espíritu.
Esto quiere decir, en primer lugar, que cualquier cosa es aceptable en
la proporción en la cual ella se presenta como racional; aquello que
emana de la autoridad o de la tradición no posee, en cuanto tal, algún
valor, adquiriéndolo únicamente cuando la razón lo presenta como
bueno. Esto quiere decir, en segundo lugar, que nuestros sentimientos,
nuestras fantasías, nuestros deseos y nuestras esperanzas no valen nada
y nada significan si en ellos no empleamos la razón, es decir, si no es­
tablecemos en ellos aquel equilibrio que se encuentra presente en los

125. Pessoa se refiere al libro A History ofFreedom ofThought, Williams, London,


1913, del historiador irlandés John Bagnell Bury (1861-1927), especialista en Bizancio
y editor del historiador Gibbon. El capítulo que se menciona aquí es el segundo, se titula
“Reason Free, Greece and Rome”.

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razonamientos. Esto quiere decir, en tercer lugar, que nuestras sensa­
ciones o impresiones de la cosa externa no tienen ningún valor si no
se combinan con esta cosa, si no existe la garantía de que se encuen­
tran conformes a la realidad.
Racionalidad, armonía, objetividad: esta es la triple manifestación,
medio que define la Cultura Griega, esencia de nuestra civilización,
porque es la esencia de la inteligencia, o la parte superior de ella.
Todas las veces que nuestra civilización se ha enfrentado al espíritu
de racionalidad, de armonía y de la objetividad, nuestra civilización
ha declinado. Declinó en todas partes con la Inquisición, u otras ti­
ranías similares, que obstaculizaban el pensamiento individual. Que
fue liberado cuando se estabilizó la Reforma -no porque el espíritu
de los reformadores fuese, de por sí, más tolerante que aquel de los
católicos; sino por la necesidad del libre examen que le abrió a rega­
ñadientes las puertas a la razón. Y en donde entra la razón, entra Gre­
cia; y donde entra Grecia, entra la civilización.
Es evidente que este racionalismo no puede existir sin un cierto
individualismo, es decir, sin una cierta libertad del individuo a pensar
y exponer lo que él piensa. No debemos, sin embargo, confundir este
individualismo con el individualismo político, que es lo que hoy in­
mediatamente se entiende por individualismo. Puede ser individua­
lismo sin un ejercicio propiamente de la libertad. Federico el Grande
de Prusia126 concedía la más amplia libertad de pensamiento; pero no
puede ser descrito como un régimen liberal aquello en el cual era un
rey absoluto.
Establezcamos, entonces, lo siguiente, y sólo lo siguiente: la Cul­
tura Griega, esencia de nuestra civilización, se distingue por el Ra­
cionalismo. El Racionalismo se define por medio del espíritu de

126. Federico II el Grande de Hohenzollern (llamado Friedrich líd er Grofíé) (1712-


1786) fue el tercer rey de Prusia y uno de los máximos representantes del denominado
“Despotismo ilustrado” del siglo XVIII, aveces conocido como el “Rey-Filósofo”.

— 92—
racionalidad en la idea y en su exposición, de armonía en los senti­
mientos y en todas sus interrelaciones, de objetividad en las impre­
siones y en el modo de analizarlas.
2) Recibiendo de los griegos este espíritu, los romanos lo definieron
mejor, limitándolo; definir algo, de lo que resta, es limitar, porque es
definir en el sentido de delinear. El racionalismo griego descansaba
sobre (o lo producía) un individualismo que invadía la esfera moral y
política. El griego, mientras que amaba a su ciudad, al mismo tiempo
no dudaba en traicionarla por pasión política, originada en un indi­
vidualismo excesivo. Alcibíades,127 ateniense entre los atenienses, no
dudó en indicarles a los Lacedemonios la mejor estrategia para invadir
el territorio de Atenas. Establecido esto, fue este desbordamiento in­
dividualista del racionalismo que el espíritu altamente político, y poco
más que altamente político, de los romanos se esforzó por domesticar
y limitar. Entendamos bien esta cuestión: los romanos no admitieron
en sí mismo el destmo de limitar el individualismo griego. Los hom­
bres rara vez, incluso el pueblo, tienen una completa consciencia de
su fbl histórico. Ni el rol de Roma consistió verdaderamente en limitar
el individualisroQ^griego, reduciéndolo a simple racionalismo. Esta li­
mitación fue consecuencia del rol histórico de Roma: Roma creó un
elemento civilizatorio del cual desciende esta limitación. Tal elemento
es el concepto de Estado como misión histórica, como elemento no-
nacional pero de civilización. Roma creó el concepto del Estado como
misión histórica, distinto a aquel del Estado como simple imperio, o

127. Alcibíades Clinias Escambónidas (450 AC—404 AC) file un prominente esta­
dista, orador y general ateniense, hijo de Clinias y miembro de la familia aristocrática de
los Alcmeónidas, del demo de Escambónidas, que tuvo un papel destacado en la segunda
fase de la guerra del Peloponeso como consejero estratégico, comandante y político. Al­
cibíades es considerado responsable por el historiador Tucídides de la destrucción de Ate­
nas; a su vez Plutarco le considera como “el menos escrupuloso y más imprudente de los
seres humanos”; otro historiador, Diodoro, lo define como “de pensamientos brillantes
y decidido a grandes empresas”.

— 93—
simple nación. Creado este concepto o, todavía mejor, en vías de crea­
ción, se comprende cómo la vida cívica y política asume un valor
acentuado y los deberes del individuo frente al Estado una relevancia
notable. El concepto griego típico (excepto en el caso ya no caracte­
rístico de la estéril Esparta) de que la sociedad existe para el individuo
y o este para ella, tiene sus limitaciones. En Grecia, y en especial en
Atenas, ya hay indicios del concepto que históricamente deberá ser
romano; pero el hecho de que en Grecia, y en especial en Atenas, todo
exista, en modo claro o en embrión, es porque Grecia, madre de toda
la civilización, contiene todo en su vientre profundo.
3) Por ser subordinado -el menos relativamente- al Estado, el in­
dividuo era al menos sin trabas en la esfera intelectual, y de esta forma
el racionalismo griego se mantenía. Dada la antigua mezcla de moral
y de civismo, dada la ausencia de distinción, común en Grecia y típica
en Roma, entre individuo moral e individuo político, la subordina­
ción política invadía una esfera individual ya no propiamente política,
de la cual, sin embargo, cuando había sobrevenido la diferenciación,
debía haber aspirado a liberarse. Sin embargo, así como la política ro­
mana fue frenando la consecuencia política del racionalismo griego,
del mismo modo la religión cristiana fue frenando la consecuencia
moral de la estatalidad romana. El célebre pasaje del Evangelio que
distingue qué es de Dios y qué es del César, resume en sí la esencia de
la operación.
El Cristianismo, considerado de manera histórica, es un producto
complejo. Su esencia, o parte metafísica, es griega, es platónica; y jus­
tamente se puede decir que fue Platón el verdadero fundador del Cris­
tianismo. Elevada la filosofía platónica a la trascendencia mística de
la Escuela de Alejandría,128en la cual se infiltró a través de las variadas

128. La Escuela de Alejandría o Escuela neoplatónica de Alejandría es una corriente


de filosofía que se desarrolló en el Egipto helenístico y romano entre los siglos III y VII
d.C., caracterizada por la tendencia a la erudición y al sincretismo entre ideas filosóficas

— 94—
interpretaciones de la Cábala, una de las cuales derivaba de una secta
herética judía -presumiblemente aquella de los Esenios-,129 fueron
agregando mitos (en su mayoría asirio-babilónicos) y varios fragmen­
tos de cosas históricas, y así se fue formando el Cristianismo, que,
después de una lucha, cuyo resultado fue incierto durante un período,
con la religión rival, el Mitraísmo,130al que al fin vence, gana al impe­
rio. En cuanto a la persona fundadora del Cristianismo, su misma
existencia es indeterminable: la compleja no-autenticidad de los Evan­
gelios, la interpolación de la Epístola a Pablo, la falsificación de los
textos y de testimonios en la primitiva literatura de la secta cristiana,
hacen hoy imposible cualquier opinión que sea dada por cierta. San
Pablo, omitiendo las cartas que se le atribuyen, dos o tres textos segu­
ramente interpolados, no conoce un Cristo con biografía sino tan sólo
una abstracción redentora y divina. Lo más probable -y no existe otra

(tomadas del Neoplatonismo y la filosofía de Aristóteles) y religiosas (procedentes del


Gnosticismo y el Cristianismo). Su actividad concluyó con la conquista musulmana de
Egipto en el año 640. Los nombres más conocidos de esta escuela son la filósofa Hipatia,
Sinesio de Cirene y Olimpiodoro el Joven.
129.'Esenios (det'piego Eacn)vor. Essenoi): movimiento político-religioso judío, es­
tablecido a mediados del siglo II a.C., tras la revuelta macabea y cuya existencia hasta el
siglo I está documentada por distintas fuentes. Si alguien deseaba ser miembro de la co­
munidad ( Yahad) debía ser instruido, aceptado y luego pasar dos años de prueba para
ingresar definitivamente. A los que hacían el juramento y entraban en la comunidad se
les exigía una vida entera de estudio de la Ley, humildad y disciplina. No volvían a jurar
pues estaban obligados a decir siempre la verdad. Sus bienes pasaban a ser parte de toda
la comunidad y, al igual que los frutos del trabajo personal, se distribuían según las ne­
cesidades de cada uno, dejando una parte para auxiliar a pobres, viudas, huérfanos, mu­
jeres solteras de edad, desempleados, forasteros y esclavos fugitivos que, sin ser integrantes
de la comunidad, requirieran ayuda. Se ha especulado en escritos de espiritistas con que
Jesús de Nazaret y Juan el Bautista tenían relación con ellos o incluso pertenecían a la
secta.
130. Se denomina Mitraísmo o misterios de Mitra a una religión mistérica muy di­
fundida en el Imperio romano entre los siglos I y IV d. C. en que se rendía culto a una
divinidad llamada Mitra y que tuvo especial implantación entre los pobres y los soldados
romanos. La práctica del mitraísmo, como la de todas las religiones paganas, fue declarada
ilegal en el año 391 por el emperador Teodosio.

— 95—
probabilidad- es que el sistema habría tenido como núcleo la vaga
figura de Jeshu ben Pandira,131 el cual según el Talmud (insospechable
desde todo punto de vista, ya que no lo relaciona con Cristo) fue col­
gado de un árbol y luego lapidado, en la vigilia de la Pascua, en
Lidia,132 bajo el reinado de Alejandro Janeo133 -vale decir, cerca de
100 años antes de nuestra era.
Todo esto, sin embargo, poco importa. Lo que verdaderamente
importa, en nuestro caso, es que la religión, de cualquier parte que
viniese, apareció en la historia bajo el nombre de Cristianismo obsta­
culizando, con un individualismo particular y nuevo, el concepto de
Estado del Imperio Romano. El Cristianismo -heredando de Roma,
en cuya sustancia viene a crearse, el Imperialismo, o lo que es lo
mismo, el espíritu de expansión y universalidad (y así sobreponiendo
al verdadero fondo judaico un proselitismo que los Hebreos ignora­
ban)- surgió en el Imperio, en una especie de concurrencia con él,
como fuerza disolvente y generatriz de anarquía. Era el Bolchevismo
de la época. Todos los argumentos sociales, de los cuales hoy se sirven
contra el Bolchevismo, los utilizaban los Romanos para emplearlos
contra esta fuerza extranjera y desintegradora. En sus resultados últi­
mos, sin embargo, el Cristianismo no fue desintegrador: sólo limitó
el elemento introducido en la civilización de Roma, así como Roma

131. Yeshu-ben-Pandera (o sea: Jesús, “hijo de una Pantera”, por su nacimiento de


un padre ilegítimo): personaje histórico que ejercía como maestro espiritual en el siglo
II a. C. en Galilea, aparece en textos talmúdicos, como el Chullin (2:22-24), o el Avodah
2^arah (16b-17a).
132. Lidia o Reino de Lidia: región histórica situada en el oeste de la península de
Anatolia, en lo que hoy son las provincias turcas de Izmir y Manisa. Fue reino e imperio
desde la caída del Imperio hitita hasta su conquista por los persas, desde el 718 hasta el
546 a. C. Su capital era Sardes; fue el primer lugar donde se acuñó moneda, antes incluso
que en China o India.
133. Alejandro Janeo (125 a. C.-76 a. C.), rey y sumo sacerdote de los judíos (103
a. C. - 76 a. C.), hijo menor de Juan Hircano y hermano de Aristóbulo I, a quien suce­
dió. Ejerció una tiranía despiadada y su reinado estuvo marcado por intrigas y luchas in­
ternas, especialmente con los fariseos, a quienes reprimió salvajemente.

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había limitado a su vez aquél introducido en Grecia. Con una dife­
rencia. Roma, como civilización, es una emanación directa de Grecia;
el Cristianismo no lo es directamente de Roma, aunque sea un resul­
tado de Roma -de diversas fuerzas, es decir, contenidas en el Imperio
Romano y, a causa de la existencia de este último, puesto dentro de
la posibilidad de entrar en contacto y de ser inter influenciado.
La esencia práctica del Cristianismo reside en el concepto de que
el individuo humano —alma inmortal creada por Dios y redimible por
su Hijo de la condición pecaminosa en la cual la caída le había arro­
jado- posee en sí mismo, como tal, un valor superior, mayor que cual­
quiera de los otros poderes y fastos de la Tierra, porque es un valor de
otro orden. De este concepto procede el siguiente: que el individuo
moral es distinto del individuo político, y a la vez es superior. Dios se
encuentra sobre el Imperio, y la salvación del alma está más allá de la
función del Imperio. Y la consecuencia última del concepto funda­
mental es que el criterio moral es absoluto, el criterio político o cívico,
relativo. El Estado se encuentra sobre el ciudadano, pero el Hombre
est&sobre el Estado. Ningún Estado, ningún Emperador, ninguna ley
humana puedenobligar al individuo a proceder contra su propia con­
ciencia, es decir, a la salvación de su propia alma. Lo inferior no puede
imponerse a lo superior.
En esto consiste la esencia de la moral cristiana, el tercer funda­
mento de la civilización en la que vivimos. Donde también el Cris­
tianismo ha aparecido subsiste la moral por él creada, porque su
creación fue moral y no religiosa; como religión el Cristianismo es
sincrético (...).134

134. Fin del texto mecanografiado.


2

La civilización a la cual pertenecemos se basa sobre cuatro fundamen­


tos: la Cultura Griega, el Ordenamiento Romano, la Moral Cristiana,
la Universalidad Moderna. Éste último fue creado en Italia, en la for­
mación de distintas nacionalidades, que por primera vez emergieron
sobre el modelo de las ciudad-estado griegas y romanas; en Portugal,
a través del descubrimiento, como la conversión de la simple civiliza­
ción europea en civilización mundial; en Inglaterra (...).
La civilización a la que todos pertenecemos -entendiendo por
“todos” todo el Mundo- se basa sobre tres fundamentos que la prece­
dieron: la Cultura Griega, el Ordenamiento Romano y la Moral Cris­
tiana. De Grecia proviene el espíritu y la forma de nuestra cultura. De
Roma proviene el espíritu y la forma de nuestra política. De la religión
de Cristo proviene el espíritu y la forma de nuestra vida interior.
A estos tres fundamentos originales de la civilización, primera­
mente europea, después el mundo entero, viene a agregarse, a partir
de fines del Medioevo, inicio del Renacimiento, un cuarto. Es difícil
atribuirle un nombre, podría ser el de Libertad Europea, porque los
tres movimientos creadores que la formaron tendían todos, cada uno
de un modo diferente, a una liberación del Hombre.
El primer movimiento tuvo su inicio en Italia, consistiendo, por
medio de la renovación del espíritu griego, en la destrucción de la fra­
ternidad humana, a continuación seguido por la formación de la na­
cionalidad y del movimiento anti-romano; este último, por un lado,
destituye progresivamente la lengua latina como lengua de la huma­
nidad civilizada y, por otro, prepara la reforma que habría de destruir
la fraternidad católico-europea. De esta manera, Europa se liberó del
exceso de Roma y de la Humanidad. Y contra la Humanidad es que
se hace todo el progreso; por ello es reaccionario todo movimiento,
como el bolchevique, en el cual se pretende introducir la idea-látigo
de humanidad.

— 98—
El segundo movimiento tiene su inicio en Portugal y fue aquel del
Descubrimiento. Poco importa discutir si tal punto u otro punto de
la Tierra fuese más o menos conocido antes que los descubriesen los
Portugueses. El descubrimiento de los Portugueses no tiene valor en
cuanto descubrimiento, sino en tanto que sistema. Ha sido Portugal
el primero que ha reducido a sistema el descubrimiento y la revelación
del mundo. Sociológicamente, entonces, los descubrimientos (sean
los de los españoles, los de los franceses, los de los ingleses, o los de
cualquier otro) son todos portugueses. Históricamente, poco importa
qué es lo que son; la Historia, sin embargo, no es nula, sino (no es
más que) el depósito de hechos o pseudohechos sobre los cuales tra­
baja la Sociología.
El primer movimiento comenzó en Italia, en un triple aspecto, to­
davía no realizado en la misma Italia, que le dio el visto bueno. Re­
presenta la liberación del hombre de los grilletes teológicos, gracias a
la colocación del arte y de la filosofía fuera del flujo de la teología y
de la moral. Italia la dio inicio por medio de la reintroducción del es­
píritu pagano que es la base (a través de la cultura griega) de nuestra
civilización. Representa la liberación del hombre de los grilletes hu­
manitarios, con la creación -distintamente clara en la ciudad-estado
de Italia, pero que se desarrolla igualmente en toda Europa- de las
distintas nacionalidades, generando siempre más rivalidad, des-fra-
ternizando progresivamente la humanidad como el progreso exige.
Representa, en fin, la liberación del hombre (.. .).135

La civilización europea se basa sobre cinco tradiciones fundamentales,


fuera de las cuales existe únicamente desequilibrio y ruina. Son como
la forma íntima de nuestro organismo psíquico; alejarse de ellas, es

135. Fin de texto mecanografiado.

— 99—
alejarse de la civilización. Estas cinco tradiciones son las siguientes:

[a)] La tradición helénica, que constituye la base cultural de nuestra


civilización y que es caracterizada por el individualismo intelectual.
Rompió esta tradición, implicando a los pueblos europeos en la de­
cadencia y la ruina: 1) el espíritu romano, que se alejó del individua­
lismo; 2) el espíritu cristiano, que se alejó del intelectualismo; 3) el
espíritu romántico y revolucionario de nuestro tiempo que se están
alejando uno del otro, y el otro del uno —siendo individualista y anti­
intelectual en los románticos, e intelectual aunque colectivista en la
reacción germánica contra éí.
[b)] La tradición romana, que constituye la base de la política ex­
terna de nuestra civilización y que se re-asume en el Imperialismo.
Esta tradición resultó, respecto a la anterior, menos quebrada, porque
el imperialismo ha tenido más fuerza sobre la imaginación del hombre
que las dos ideas componentes de la tradición helénica. En todo caso,
(...)
Por imperialismo no debe entenderse el reagrupamiento artificial
de muchas naciones en una sola, sino la tendencia de toda nación en
convertir en su sustancia psíquica a las otras naciones. Voluntaria­
mente, ha resultado que esta tradición se encuentra menos resque­
brajada que la anterior, porque tiene más fuerza sobre la imaginación
del hombre el Imperialismo que los dos componentes de la tradición
helénica. Involuntariamente, sin embargo, ha venido a ser como una
suerte de vuelta al pasado: del imperialismo espurio de Carlos V y de
los Felipes, al de Bismarck; del imperialismo errado de Napoleón,
que, por invasión cultural, introducía una base equívoca en la cultura
revolucionaria francesa. En cierto modo, fueron capaces de realizar la
tradición imperial por lo tanto, en orden cronológico, los Portugueses
en todas sus colonias, los Españoles en las suyas y, el mayor de todos,
los Ingleses, en las suyas.
[c)] La tradición monárquica y aristocrática, base de la política in­

— 100

terna de las naciones que componen la civilización europea. En la
época moderna, esta tradición, auténtico fundamento de nuestra ci­
vilización y del orden que le es propio, ha sido escandalosamente que­
brada por varios constitucionalismos, de la (...).
[d)] La tradición nacionalista-, nacida a fines del Medioevo y que a
partir de ahora se prolonga.
[e)] La tradición económica, representada por tres principios de la
propiedad individual, del capitalismo y del régimen de concurrencia.
No existe un idiota de cátedra o alienado de fábrica que no se haya
inspirado por la farsa para erigirse contra estos tres principios econó­
micos, sobre los cuales nuestra civilización se funda.
Pudiera ser que en otra época de la Tierra, en otro planeta, en una
tierra de otro sistema solar, sean válidos otros principios para el man­
tenimiento de la civilización y de todo aquello que ella representa.
Entre nosotros, los europeos, no. Ellos lo son sin vuelta atrás.
La ciencia no es el fruto de nuestro arbitrio.
La tradición helénica tiene por enemigos -aparte de los políticos
huiftanistas y radicales, los cuales, siendo mentalmente de la Raza de
los Esclavos, son enemigos de todo valor civilizatorio—todas las formas
del Cristianismo y en especial aquella protestante (en cuanto que es
más hebrea): (...)
La tradición romana tiene por enemigos a los humanistas.
La tradición monárquica y aristocrática, los republicanos, los mo­
nárquicos constitucionales y, tras la Plutocracia, aquella de origen in­
ternacional, es decir, la judía.
Son enemigos intelectuales del Helenismo todos aquellos que an­
tepongan la fórmula al individualismo o la emoción a la razón [...]
La misma tradición hermética, por así decir intelectual y aristo­
crática, como era lógico que fuese, ha estado invadida por la teosofía
hindú, estructuralmente su enemiga, fuertemente emotiva y pasiva,
y que ha traído consigo la repugnante doctrina impía de la igualdad
de los sexos y de las razas (y de las clases en la cual la sociedad se di­

— 101

vide). Ni el santuario de lo Oculto (en apariencia escapado de la soui-
llure136romántica (...) Base de una doctrina tradicionalista/ (para uso
de los europeos)/ (...)/ La ciencia viene desviada de su curso intelec­
tual.137

Pero una civilización de tipo individualista, difundida sobre un terri­


torio determinado, necesariamente deberá asumir un aspecto especial.
El mismo factor individualista deberá asumir la impronta nacionalista,
cuando por ejemplo consideramos las diferentes razas en el Imperio
Romano. Y el hecho mismo de que estas razas existieran, antes incluso
de cualquier civilización, deberá empujar contra una civilización in­
dividualista, pero no por el reflejo, en las naciones, del individualismo,
por el contrario, por el reflejo de las condiciones nacionales.
La actual civilización ha nacido del desmembramiento del Imperio
Romano. [En] es decir que ella ha nacido del desmembramiento de
este Imperio no importa tanto como decir que ella ha nacido de la
decadencia del Imperio Romano. Adquirió, como sus características
fundamentales, los rasgos típicos de la decadencia imperial romana.
Durante el Medioevo fue poco a poco eliminando aquello que era ca­
racterístico de la decadencia romana y que era realmente decadente,
mientras por otro lado se fortalecía fijando todo aquello que era in­
dividual, una vez eliminada la parte decadente que contenía, la cual
era decadente exclusivamente en relación a las condiciones civilizato-
rias pasadas, aquellas de Roma, y no en relación con las condiciones
civilizatorias futuras, las nuestras. De esta manera, aquellas mismas
características, generadoras de la actual civilización, provienen de esta
transposición, en relación a sí misma, no como característica de de­

136. En francés en el original: “deshonra”.


137. Fin de un texto mixto.

— 102 —
cadencia, sino, por el contrario, como auténtico fundamento, normal
y saludable a la propia estructura y tipicidad civilizatoria.
La disgregación del Imperio Romano debía generar un determi­
nado número de fenómenos: fenómenos, éstos, extraños a la psique
fundamental de Roma (cualquiera fuese el origen de tal psique), y
provenientes del factor-imperio, sobrepuesto al factor-Roma.
El Imperialismo Romano difiere de todos los demás imperialismos
de la antigüedad. ¿En qué cosa?
¿De cuáles elementos estaba constituido el Imperialismo Romano?
¿Es decir, qué cosas trajo consigo explícitamente -o implícitamente-,
de dónde llegaba y dónde se establecía?
Estos elementos eran tres: 1) la cultura griega -que era el funda­
mento y la base, porque a) fue con su contacto que se definirá como
tipo civilizatorio el temperamento, hasta el momento meramente gue­
rrero, de Roma, el imperialismo hasta el momento puramente de con­
quista, devenido después cultura; b) el mismo derecho romano no es
otra cosa que una combinación del pensamiento griego y de la expe­
riencia romana; 2) el temperamento romano, profundamente adminis­
trativo y organizador; 3) el cosmopolitismo, inmanente a todos los
imperialismos y a las acciones de todos los imperios. Pero el cosmo­
politismo en el Imperio Romano difiere de los otros en esto: a) era
un cosmopolitismo organizado localmente, en virtud de la influencia
de la naturaleza administrativa de Roma; b) era un cosmopolitismo
permeado, en todos sus sectores, no sólo por un tipo de administra­
ción, sino por un tipo de cultura, cuyos elementos funcionaban a tra­
vés de la lengua hablada y los pensamientos contenidos en la
naturaleza definida por tal lengua —aquí se puede ver el rol de la cul­
tura griega en el imperialismo romano; c) era un cosmopolitismo que
reunía, amontonándolas, razas extraordinariamente heterogéneas,
además de ser extremadamente diversas, las cuales no eran meras hor­
das de bárbaros, sino individuos con señales definidas de pre-civiliza-
ción, adecuados, por tanto, para recibir de lleno la influencia romana,

— 103—
y adecuados para adaptarla según sus respectivos temperamentos. En
este cosmopolitismo Roma apiló tres tipos de raza: razas puramente
bárbaras y atrasadas, incapaces de recibir la civilización que el Imperio
otorgaba a todas, y que, tarde o temprano, debería sonar a falso para
la psique imperial; razas relativamente dispuestas a recibir esta civili­
zación, como las que ya existían en los lugares que ocupan las naciones
europeas; y razas que ya habían desarrollado una civilización propia,
como Grecia, Palestina y una parte del África septentrional (?).
Cuando se produce la disolución del Imperio Romano, debía su­
ceder un fenómeno general cualquiera que le otorgase una impronta
indeleble a la existencia de tal disolución. Este fenómeno fue la reli­
gión cristiana.138

5
Ahora bien, dado que la constitución fundamental del imperialismo
romano procede de la cultura griega, de la administración romana y
del cosmopolitismo europeo, pareciera que estos deberían ser, esen­
cialmente, la base de nuestra civilización, ya que ella se refiere al im­
perio romano como origen. Pero se debe tener en cuenta que ella se
refiere, no al imperio romano propiamente dicho, sino más bien al
imperio romano en tanto decadente, y a los principios de los cuales
surgió tal imperio, en tanto decadente.
Entonces, la decadencia del imperio romano significa que toda de­
cadencia implica: a) una separación y disolución, o mejor dicho, des­
conexión de los principios que formaban la base de aquel imperio; b)
la creación de nuevos elementos dependientes de la acción del factor
decadencia sobre la circunstancia civilizatoria en el momento en el
que ocurrió; c) la disolución y la corrupción generalizada, caracterís­
tica de todas las decadencias.139

138. Fin de texto mecanografiado.


139. Fin del texto manuscrito, tiene una indicación: “Germán War”.

— 104—
6

El Renacimiento, con cuyo advenimiento nuestra civilización co­


menzó su inicio, debe su origen a tres elementos que de manera di­
versa contribuyeron a su formación. El primero en el tiempo fue el
elemento individualista, cuya forma inicial (producto de la vida in­
dependiente de la primera ciudad que se separó de la amorfa interna­
cionalidad medieval), fue la revuelta contra la autoridad de la Iglesia.
Este elemento individualista tiene además un triple origen. En aquello
que tiene de individualismo político, y de allí, el nacionalismo (por
, ser el espíritu nacional la prolongación colectiva del instinto indivi­
dualista) (...), viene producido desde la vida independiente que poco
a poco fue caracterizando a las ciudades que se separaron de la amorfa
internacionalidad medieval. Aquello que tenía de individualismo puro
y simple, vale decir de individualismo consciente y que directamente
tendía a ser individualismo, nace del influjo de la cultura greco-ro­
mana, más griega que romana, de la cual resulta, típicamente, aquello
qu^viene a ser denominado Renacimiento (...) Aquello que tenía de
individualismo fiyro, vale decir de espontánea revuelta contra la opre­
sión y los abusos de la autoridad, nace de la pérdida de respeto en la
confrontación con la Iglesia y de sus resultados políticos, introdu­
ciendo en Europa estos elementos de la cultura greco-romana, más
griega que romana, de la cual es resultado, sobre todo, el así llamado
Renacimiento.140 Esta intromisión, en la Europa medieval, de los ele­
mentos culturales y, por lo tanto, un poco de las condiciones cultu­
rales, de la Antigüedad, condujo a resultados que podían ser diferentes
en las tres partes. La consciencia de la civilización operaba (?), en la
ancestral Q?) belleza pagana, aquella antigua pulcritud de la cual ha­
blaba [San] Agustín, lentamente desaparecieron los valores recibidos
por la acción de la religión católica. Iniciado por los eruditos, para

140. Variaciones y ejercicios de Pessoa en torno al mismo punto.

— 105—
después llegar a los poetas y a los artistas (y otros), este concepto fun­
damentalmente enemigo de la reglas de la vida, ya sean personales o
sociales, de la Iglesia, se infiltró en la vida de las naciones, haciendo
vacilar, poco a poco, la moral cristiana, la política cristiana, la suma
sintética de actitudes contenidas en la psique del cristianismo. El gusto
se perfeccionó: primero, porque espontáneamente se perfeccionaba
al contacto con la obra existente de los antiguos; en segundo lugar,
porque del enfrentamiento del latín medieval con las fuentes puras
de la latinidad clásica nacía el desprecio por esta forma decadente de
la lengua que en realidad empañaba su mismo origen; tercero, porque
(...)■
Por otra parte, el ideal del héroe antiguo estaba ganando la imagi­
nación; y los príncipes, que habían animado la furia y el brillo del ca­
ballero errante y del cruzado, desaparecían en la admiración que
evaporaba las páginas de Plutarco, y de la contemplación, en las pá­
ginas de un Heródoto, de un Tucídides o de un Tito Livio, de otras
formas de héroes que habían caracterizado a la Antigüedad.
La influencia individualista de la cultura antigua consistió en otra
cosa. Y esta fue la más directa. Al contacto con los ideales que todos
suponían más bellos, más perfectos y de mayor nobleza de aquellos
coetáneos, en la mente de los hombres del Renacimiento espontánea­
mente devinieron enemigos, en todo o en partes, del sistema que les
circundaba y penetraba, y en el cual habían sido creados y nutridos.
Al mismo tiempo -y es éste el tercer componente del individua­
lismo- la revuelta contra la autoridad religiosa de la Iglesia e, implí­
citamente, contra toda autoridad política que de ella emanaba, recibía
un estímulo constante y directo de la existencia temporal y política
de la Sede Romana. El Papa era un príncipe de la Tierra, con su po­
lítica y con su diplomacia, y éste, así como toda política y toda diplo­
macia -en especial en tiempos donde la guerra no había dejado de ser
una realidad, todos los días efectivamente- sostenían constantes con­
flictos con otros estados, con otras potencias, con otras ciudades in-

— 106—
dependientes. Poco importaba esta disidencia constante cuando to­
davía en Europa se cernía seguro el credo católico puro. Pero cuando
otros elementos aparecieron en escena -no diremos a hacerla vacilar,
pero bastaba el hecho de criticarla- otro resultado, fatalmente, se ha­
bría producido de la constante fricción entre el estado papal y los otros
estados. Cuando se constata que, en esta época, en las ciudades italia­
nas, la consciencia política se encontraba en crecimiento, y que las
facciones conducían de manera permanente las propias luchas intes­
tinas (?), rápidamente se ve cómo, poco a poco, se empiezan a crear
escisiones de manera repetida -con una predominancia en primer
lugar de la política, después de la propiamente religiosa- en la Sede
católica.
Más allá de la institución, en que se transformó luego, del indivi­
dualismo como una de las columnas en la cual se apoya (y en que se
basaría) nuestra civilización moderna, los otros dos elementos, como
ya he dicho, aparecen, y son ellos los otros dos en los cuales se basa
tal civilización.
B1 segundo -descontando al Individualismo que es el primero- es
el espíritu científico.
Nada sorprende más al investigador superficial, que no sería su­
perficial si no recordáramos esto, que la incompetencia, que la inca­
pacidad científica de los Romanos. Nos sorprende, realmente, cuando
se constata que lo esencial es hacer lo práctico, toda habilidad, en es­
pecial para las artes materiales de la vida, sean estas políticas o no-po-
líticas. Los Romanos fueron maestros en las artes que llevan a la
comodidad, a la facilidad y a la seguridad de la vida. En aquello que
-a pesar de ser aplicados (no se puede concebir que no estuviera im­
plícito en ellos)- representa, esencialmente, una obra, ya de la observa­
ción y de la inteligencia, como el descubrimiento, o ya de la imaginación
como las invenciones, los Romanos no dejaron ninguna huella; la in­
vención fue primero griega, después árabe y finalmente moderna. En
Roma estaba ausente su uso.

— 107—
A partir de la Edad Media, y con el Renacimiento, comienza a sur­
gir poco a poco la ciencia, tanto propiamente dicha como aplicada.
La invención de la imprenta, el descubrimiento de la pólvora; la de
los instrumentos náuticos, la de aquellas (...) con una columna de
tales descubrimientos se ha estado construyendo el muro del templo
de nuestra era. Nuestros descubrimientos marítimos, en cuanto obra
científica, caen, por los efectos producidos, en esta categoría.
El tercer elemento es el internacionalismo. Éste es tal vez el más
importante de todos, cuando consideramos la importancia de cada
elemento en cuanto es típico de la civilización que lo ha designado.
La Antigua Grecia (la Hélade) había tenido individualismo y espíritu
científico, que son -con la adición de otro elemento que para el caso
en cuestión no importa- la base de su existencia civilizatoria. Pero
todas la civilizaciones que precedieron a la nuestra habían sido, rigu­
rosamente (si las analizamos correctamente), exclusivamente mono-
políticas, entendiendo con tal término que en ellas, cuando el foco
de la civilización no se encuentra concentrado en un único estado, la
lengua civilizatoria era, en todos los casos, sólo una. La coexistencia
del griego y del latín, ya en la era de mayor fuerza romana, no anula
la afirmación, porque no se trata de ningún modo —como en el caso
de las naciones modernas- de dos naciones con un estrecho grado de
fuerza y vida, sino de dos naciones que claramente se suceden, vieja
una y nueva la otra, en el uso de la civilización, (posesión de la civili­
zación) [í/c]
El comienzo del internacionalismo se debe a tres causas. La pri­
mera fue la serie de contactos, ahora en el período medieval, entre la
civilización cristiana y las otras, como la sarracena; prosigue después
con el crecimiento de los contactos comerciales con Oriente. El in­
cremento de la vida comercial de la ciudad, en particular de aquellas
italianas, aumenta la importancia de tales contactos y de esta manera
comenzó a surgir el espíritu intemacionalista de la civilización mo­
derna.

— 108—
Anterior a la misma, existía otro elemento -y éste fundamental. Y
era que el Imperio Romano contenía en su seno pueblos que hablaban
lenguas diversas. La disolución del imperio generó la creación de na­
ciones, o iba esbozándolas, radicándolas en las ciudades; pero el hecho
es que el imperio nos dejó siempre una tendencia aglutinante (?), de
modo que en estas naciones, después de separarse, permaneció en ellas
la común tradición romana, en ellas perduró la memoria de haber
sido parte de un conjunto. Así, separadas, en realidad no se separaron;
haciéndose individuales, no se disociaron totalmente la una de la otra.
Llegaron, finalmente, nuestros descubrimientos marítimos, que
crearon el elemento colonialista de la civilización moderna. Y nuestra
gloria imperecedera que consiste en que la civilización europea, en
una de sus partes importantes, sea una creación nuestra. Gracias a
nosotros hoy existe una civilización americana. Gracias a nosotros hay
ciudad y civilización en África, en Australia, en India, en la lejana
Asia. Todo cuantoTlejos de Europa, es europeo, se debe a nosotros.
De nosotros desciende la grandeza actual del Japón, así como la exis­
tencia colonial de Inglaterra. El decir que, si no lo hubiéramos hecho
nosotros, lo halarían hecho otros, no es un argumento que pueda apo­
yarse. Porque no es necesaria la hipótesis donde existe el hecho. Y el
hecho es que fuimos nosotros los que lo hicimos.
No hablamos de Colón o de Gaboto. Colón, suponiendo que fuera
italiano -dato que hoy ha sido desmentido, siendo identificado como
gallego- es sociológicamente portugués, porque portuguesa era la ini­
ciativa del descubrimiento, toda la ideación científica, la construcción
de la totalidad del descubrimiento como obra civilizatoria; y todo
aquello, por lo tanto, que colaboraba con todo descubrimiento, se
naturalizaba portugués al realizarse. Y, si incluso se afirmase que no
era esta idea nítida y verdadera ni la del Infante, ni la de la Escuela de
Sagres,141 se rebate diciendo que más que la idea de un actor impor­

141. La referencia de Pessoa al infante es al príncipe Enrique, llamado “El Nave-

— 109—
tante cualquiera de Ja Historia, es la de producir exactamente lo que
produce, que es la de representar el rol que el Destino le ordena re­
presentar.
Me he detenido un poco en este tema, disgregándome un poco,
porque estoy harto y furioso de la interminable injusticia perpetrada
sobre nosotros por todas las historias de Europa. Lo que aquí vale es
que ellas son bien justas a propósito de los artificios, universalmente
y sin excepciones (¡vista las bajezas de las intuiciones de las causas his­
tóricas!), incompetentes para formar una apreciación sociológica de
los eventos sociales.
Estas variadas causas que han colaborado en producir, tanto el Re­
nacimiento como, por lo tanto, los fenómenos fundamentales de
nuestra civilización, no se encuentran separadas en la realidad, sino
únicamente en el análisis que hemos hecho. Ellas son intrincadas e
intercomplejas, y lo son tanto en sus acciones como en sus orígenes.
Todo es uno, y una civilización, siendo una vida, un organismo psí­
quico, vastísimo y extremadamente complejo, es una, orgánicamente
indivisa, inseparable, (...).142

gante”, Henrique de Avis, 1.° duque de Viseuy 1.° senhor da Covilhá (1394-1460), co­
nocido popularmente como “Infante de Sagres” u “O Navegador”, primer organizador
metódico del movimiento de exploración y conquista colonial. Estableció su propia re­
sidencia permanente en la extremidad sudoccidental de Portugal, a la zona del Algarve,
en la ciudad de Sagres, donde reunió a experimentados astrónomos, geógrafos y nave­
gantes, y se dedicó a estudiar las experiencias marítimas. Fue el fundador de la primera
Escuela Marítima estatal, donde Colón estudió las artes náuticas.
142. Fin de texto mecanografiado, lleva una indicación en inglés: “Sens. Or Book
on War (introd.)”.

— 110—
II
ALEMANIA Y LA GRAN GUERRA

La materialidad como actitud creada en la construcción de un alma


pagana en Alemania genera una suerte de especialización material,
una enorme capacidad de hacer operativas las cosas materiales y ur­
gentes de la vida. A partir de ahí, se le da un fuerte impulso al comer­
cio y a la industria, porque es un impulso dado a los elementos
psíquicos que legítimamente se orientan en dirección de la organiza­
ción comercial e industrial. Con el agregado que, en este caso, aporta
la forma especial del Estado creado en Alemania. La construcción,
por parte del Esjado Germano, de un pueblo comercial e industrial
de los más perfectos, si no el más perfecto, que jamás ha existido, es
debido a todas estas razones: a una educación capaz y siempre atenta,
que habilita a los hombres a la vida; a una robusta organización del
Estado que, al mismo tiempo, impulsa al esfuerzo particular y a su
sostenimiento, con la educación orientada hacia la disciplina y al tra­
bajo; a la creación de un impulso imperialista, que genera en todo in­
dividuo consciente un ansia de imperialismo individual, una alegría
en relación a los esfuerzos y a la misma vida.
Esta creación ha dado como resultado un conflicto de intereses
con otros países, tales como Francia y Gran Bretaña; así el imperia­
lismo germano ha llevado a un estado de cosas provocador del odio
comercial por parte de las naciones rivales. Hecho que es el que en­
cendió la mecha que produjo la conflagración de la actual guerra.

— 111—
Adicionalmente se agregó otro elemento: el enorme crecimiento
de la población de Alemania, la cual comenzó a reclamar una expan­
sión. De aquí la modificación de su política en dirección colonialista,
cambio motivado, aunque en parte, por la incorporación del factor
imperialista, el cual, en consideración con el hecho de que todo im­
perialismo moderno posee un aspecto colonial, ha comenzado a con­
siderarse naturalmente defraudado por no poseer las colonias que
merecía. Ha expuesto bien este problema el dr. Demburg143 en el si­
guiente parágrafo de su artículo: (...) (Q) [sic]
Por ello hay que considerar, por lo tanto, el mismo factor impe­
rialista. Todas estas cuestiones -potencia comercial, aumento de la
población y la consecuente necesidad de expansión- tendían a ser pre­
dominantemente operantes en las almas de los alemanes, el factor im­
perialista, porque constituían la fuerza y la consciencia del imperio.
Pero eso mismo, a medida que se desarrollan, le otorgan al imperia­
lismo alemán un aspecto siempre diverso. El puro imperialismo gue­
rrero y dominador, patriótico y unitario, cuyo máximo representante
era Bismarck, tiene como resultado, a causa de la fuerza de las cir­
cunstancias -en parte creada por ellas, en parte hija de la creciente
actividad comercial e intemacionalista del siglo, en parte hija de de la
misma expansión fundamental del pueblo germano- este otro mo­
derno imperialismo alemán, más concreto, más agresivo, más exten­
dido hacia fines directamente materiales.
Sigue a ello el factor propiamente guerrero. Construida sobre la
base de la hegemonía prusiana, hegemonía de un estado guerrero
(Kriegsstaat), la Alemania moderna, cuanto más era consciente de su

143. Bernhard Dernburg (1865-1937): banquero y político liberal alemán, fue Se­
cretario de Estado de política colonial en el Reichskolonialamty lideró un reformismo en
las políticas imperialistas alemanas; el artículo a que se refiere Pessoa puede ser por los
argumentos “Der Reichstag und die Kolonien” (“El Parlamento y las Colonias”), apare­
cido en el diario Freiburger Zeitung, 01.12.1906, 2. Blatt, 1. Seite; traducido al inglés en
1915.

— 112—
propia grandeza, del propio comercio y de la propia industria, tanto
más devenía militarista. Y este elemento imprimía en su naturaleza
imperialista aquella impronta agresiva y guerrera tal como es recibida
por el vulgo que lee los periódicos. El acto guerrero -de puro impe­
rialismo guerrero- de la anexión de Alsacia y de Lorena,144 impru­
dente ya como acto puramente nacional (poniendo aparte la base
esencial del acto, como acto nacional, el cual consistió, como es evi­
dente, en volver a poseer aquello que ya se poseía), resultaba sin em­
bargo útil como acto militar, porque mantenía constantemente viva
el ansia francesa de venganza, y viva por tanto la atención alemana en
la confrontación con aquella ansia francesa; de esta manera la anexión
de Alsacia-Lorena era un acto que apuntaba, conscientemente al
menos, a no dejar de alentar el espíritu belicoso de Alemania, a man­
tenerla siempre vigilante frente al peligro de la revanche francesa.
Existen otros factores.
Habíamos ya hablado de la influencia, en el incremento del co­
mercio germano, de la relación que la gran actividad mercantil e in-
teíaacional de nuestro tiempo había tendido con la expansión
comercial alemana. Un aspecto particular de este factor debe ser ahora
puesto a examen. Para el sociólogo, ello no tiene más que una impor­
tancia auxiliar, aunque todavía destacada. Es el aumento de los arma­
mentos -no como resultado directo de la recíproca desconfianza entre
las naciones, sino como resultado del aprovechamiento de esta recí­
proca desconfianza, obra de los consorcios productores de acero y de
armamento de guerra. El problema no ha sido muy estudiado; y en
aquello que se ha estudiado, se ha hecho, como es de esperarse, por

144. Territorio Imperial de Alsacia-Lorena, el Reichsland Elsafí-Lothringen, uno de


los Reichsland del Imperio alemán, formado en cumplimiento del Acta de delimitación
de fronteras del 26 de febrero de 1871, ratificado por el Tratado de Frankfurt de 18 de
mayo, con el que se puso fin a la Guerra Franco-prusiana de 1871, en la que triunfó Bis-
marck, y se anexionó parte de los territorios de las regiones hasta entonces francesas de
Alsacia y de Lorena.
defensores de la causa proletaria, que habrían vislumbrado, justa­
mente, un manojo de capitalistas. El señor (...) en su libro Krupps...
hace un resumen claro, bien lúcido del argumento. El hecho es que
(...) {transcribeandexplain).145
Otro factor es el imperialismo ruso. Entramos aquí en un campo
ligeramente diverso. Rusia pertenece sólo en parte a la civilización eu­
ropea. Pero su pertenencia de hecho se debe al efecto de su naturaleza
cristiana, casi primitivamente cristiana en cuanto a la naturaleza ge­
neral del país. Aquí tenemos ya, por lo tanto, una razón para su lucha
contra Alemania. Ésta, sin embargo, es la razón íntima, que, tarde o
temprano, deberá ser asumida al entrar en lucha con ella. La causa de
superficie es de otra especie. La podemos comprender únicamente to­
mando en consideración al país que es, aunque mísero, Austria. Este
país es el ejemplo más puro de la nación que no tiene razón de existir.
Se ha transformado en una barrera entre Alemania y Rusia; sus tradi­
ciones imperiales hacen que funcione como transmisora del espíritu
alemán (ya deteriorado) a los pueblos que Alemania pueda por con­
veniencia dominar, pero que no conviene que sea ella misma la que
los domine. Los domina por medio de Austria-Hungría.
Ahora Austria domina a la población eslava.146

La actual guerra es una guerra entre dos principios sociológicos, entre


dos criterios de civilización. Para poder ver con claridad, profundi­
zando en este confuso encuentro de razas, pueblos y naciones, uno se
encuentra, en última instancia, con dos principios en conflicto. Uno
de estos se encuentra representado por Alemania; el otro está repre­

145. En inglés: “Transcribir y explicar”.


146. Fin del texto mecanografiado, con la indicación: “Disertación/ IV. La Guerra
Presente/ Causa”.

— 114—
sentado, en una de sus formas, por Francia, en la otra, por Inglaterra;
y Rusia, la tercera fuerza aliada a estos (porque debemos decir que las
pequeñas naciones en guerra no representan, ninguna de ellas, a nin­
gún criterio de civilización distinto), se opone a causa de otro detalle,
la doctrina social representada por Alemania. Italia y Austria, está
claro, no significan nada en absoluto.
El principio representado por Alemania se puede resumir en
pocas palabras. Y es este: La Patria está sobre la Civilización. Vale
decir, una Patria, una nacionalidad, debe, por los elementos que la
componen, valer más que el movimiento civilizatorio general al cual
ella pertenece y en el cual está integrado. Queda claro que un país
en el cual se sostiene, sobre todo, esta teoría de la civilización, deberá
exhibir un carácter especial. Dado que la civilización se manifiesta
a través del Individuo y transmite sus efectos sobre el individuo;
dado que se manifiesta a través del Individuo en el sentido que se
manifiesta en homtfres de genio, en inventores, en eruditos, crea­
dores de elementos civilizatorios; dado que se manifiesta a favor del
individuo, creándole facilidades, comodidad, complejidad de vida
-un Estado que coloque a la Patria sobre la civilización debe, ipso
facto, colocarse sobre el individuo, debe, en todo en cuanto pueda
hacer, subordinar el individuo al Estado mismo. Es este, indudable­
mente, el caso de Alemania.
Es evidente, entonces, que con un criterio semejante deberá ser cla­
ramente militarista. La misma contraposición de la idea de Patria con
aquella de Civilización conlleva una contraposición de la idea de Patria
con la de otras naciones, ya que la Civilización -para aquellos que no
pueden pensar abstractamente, como los estadistas- se manifiesta os­
tensiblemente en las otras naciones. Quién hoy lucha contra Alemania
debe saber que está luchando por los siguientes principios:
1. La Civilización está sobre la Patria.
2. El Individuo vale más que el Estado.
3. La Cultura vale más que la Disciplina.

— 115—
Por el mero hecho de hacer la guerra, Alemania ha conseguido una
victoria moral. El factor-guerra ha reclamado el patriotismo en todas
las naciones. Ha bastado esto para que Alemania obtuviese su victoria
moral.
¿Acaso no residirá la verdad en la unión de los dos criterios, en la
fusión de las dos ideas de civilización? El hecho es que ni la Patria es
superior a la Civilización ni la Civilización está sobre la Patria. Una
cosa depende de la otra. Es con la creación de la patria fuerte y grande
que una gran civilización se crea. Del mismo modo, es con la creación
de individuos fuertes que un Estado fuerte se crea, es con la creación
de una cultura fuerte con la cual una disciplina fuerte puede ser esta­
blecida.
Pero si el hombre, en el fondo de su humanidad, puede horrorizar­
se frente a la crueldad practicada por los alemanes en Bélgica147 -y
triste será el corazón humano que en su presencia no se aflija-, el so­
ciólogo, el estudioso que pondera hechos sociales, que se coloca gra­
cias a la ciencia por sobre el corazón, debe reconocer que esta crueldad
(aceptándola sin crítica) es, en parte inherente al estado de guerra y
al impulso de la invasión, en parte efecto de la desesperación de una
nación que advierte el riesgo de perder una guerra si no actúa rápida­
mente y dolorosamente (como Alemania, encerrada ya tras la ofensiva
rusa y aquella de los franceses, y con el peligro inglés a las puertas, al
menos como posibilidad), y, en parte, debida a una realización de la
doctrina del Estado Mayor alemán, que será bárbara, que será cruel
(y en efecto e innegablemente lo es), pero que merecen la considera­

147. La llamada “Violación de Bélgica”, un término que describe la propaganda de


guerra aliada en torno a la invasión alemana de Bélgica en 1914. El término inicialmente
tenía un significado figurativo, en referencia a la violación de la neutralidad belga, pero
los informes de las atrocidades alemanas aunque embellecidas pronto le dio un significado
literal, igualmente existieron una serie de crímenes de guerra alemanes en la meses de
apertura de la Guerra (4 de agosto a septiembre de 1914), en ciudades como Andenne,
Dinant, Lieja y Lovaina.

— 116—
ción atenta que el sociólogo debe poner al frente de toda doctrina de
acción social que se basa en la experiencia y en el espíritu práctico.
Esto parecerá frío, duro, cruel, un raciocinio sin humanidad alguna
ni compasión; pero el hecho es que donde la ciencia comienza, el sen­
timiento termina y, o debemos afrontar este problema con la frialdad
de la indagación científica, o, vilmente, caer en la inferioridad inte­
lectual de la compasión y de los instintos humanitarios normales.
Los argumentos válidos para demostrar cuándo el sociólogo se
debe fortalecer contra los impulsos normales de la compasión en el
caso de la crueldad alemana, sirven también para ponerlo en guardia
cuando se cree el caso del ataque a Bélgica como conducido contra
un pequeño estado.
Se cree que Alemania, al atacar Bélgica, habría atacado el principio
de la pequeña nacionalidad. Es falso. En realidad ha atacado una pe­
queña pseudonacionalidad. Bélgica, para el sociólogo, no tiene dere­
cho a existir. No lo' tiene, como no lo tiene Austria, por ejemplo.
Ninguna de estas naciones es un pueblo, ninguna tiene la unidad na-
ciohal que el sociólogo reputa como necesaria para formar con utili­
dad parte en la civilización.
Propio porque no puede admitir, por no ser un pueblo, la existen­
cia de Bélgica como país, el sociólogo no puede, sobre este aspecto,
desagradarnos.
Si todo cuanto hay de fundamental en la fórmula de la civiliza­
ción típica de la Iberia es antagonista de los principios civilizatorios
puestos en práctica, instintivamente, de dos países típicamente la­
tinos, ¿cómo es que un sociólogo podrá decir que la Iberia está
compuesta de pueblos latinos? Si estos principios civilizatorios ca­
racterísticos de la Iberia que más se asemejan a aquellos que la Ale­
mania representa, ¿cómo es que se podrá, con la razón sociológica,
invocar la “Latinidad” de la Iberia como impulso que debe portar
la ira al combatir contra Alemania? Este impulso instintivo, al con­
trario, le conduce a apoyarla.

— 117—
Estemos bien convencidos, todos nosotros, Españoles y Portu­
gueses, que más allá de nuestra patria, que queremos distinta e in­
dependiente, está la Iberia, la formación de una fórmula ibérica de
civilización que debe imponerse a Europa, ya estancada de los prin­
cipios emanados de Francia, de Italia, de las personas anglo-escandi-
navas y de la misma gente, que son, bajo el aspecto civilizatorio,
germánicas.
No es posible una futura civilización española, ni una futura civi­
lización portuguesa. Lo único que es posible es una civilización futura
ibérica, formada por los esfuerzos de España y Portugal.
Todas las fuerzas que se oponen a una alianza, a un entendimiento
entre Portugal y España deben ser ahora mismo condenadas como
enemigas. Estas fuerzas son: los conservadores, en especial los católi­
cos, y la Iglesia Católica por sobre todas las cosas, angustiados, ínti­
mamente, por una unión ibérica; la masonería, que aunque extranjera
de origen es ahora un organismo extraño injertado en la carne de Ibe­
ria; Francia, la cual, con su particular cultura, ha envenenado en ex­
ceso el alma o el ánima de Iberia; Inglaterra, que políticamente ha
pisoteado los países ibéricos.
Protejámonos bien de estos enemigos. Pero: ¿tenemos el coraje de
combatirlos? Lo dudo. Duda del alma ibérica bien formada y capaz
de comprender que es necesario combatir al mismo tiempo tanto al
catolicismo como a la masonería, y esto porque el alma ibérica se en­
cuentra excesivamente vencida bajo el peso de la antigua esclavitud.
Para la creación de la civilización ibérica es necesaria la rigurosa
independencia de las naciones que conforman esta civilización. Es un
craso error suponer que la fusión imperialista facilita de algún modo
la actividad civilizatoria. Al contrario, la frena. Se puede ver cómo se
ha aplastado el nivel intelectual de Alemania después de la fundación
del Imperio.148

148. Fin del texto dactilografiado.

— 118—
9

Los precedentes capítulos sin lugar a dudas han permitido comprobar


al lector, con la necesaria claridad, cuál es el íntimo sentido de esta
guerra. Habrá notado, haciéndose guiar por las explicaciones que es­
tamos desarrollando, que en esta guerra se encuentran contenidos, en
tanto causa, tres elementos.
En el fondo, esta guerra, como todas las grandes guerras, es una
guerra religiosa. Combaten cuerpo a cuerpo, por primera vez, y de
modo claro, en la civilización moderna, la fuerza pagana resurgente y
la fuerza cristiana en decadencia. Dado que esta civilización es una
civilización cristiana, y dado que, precisamente por ello, donde hay
espíritu cristiano existe una mayor adaptación a la circunstancia civi-
lizatoria, es entonces natural que Alemania sea derrotada. La caracte­
rística aparte de su civilización, propia en tanto parte, es así la nación
creada, y la coloca en condición de sobrellevar el mundo entero contra
sí, lo cual es casi una indicación de derrota.
fcero, si Alemania se encuentra, respecto a cualquier otra nación
existente, en un^stado inferior de adaptación a las condiciones mo­
dernas (cristianas) de civilización, no debemos olvidar que su estado
es apropiado a las condiciones mayores y fundamentales de la actua­
lidad de la civilización. Alemania va en concierto con las condiciones
fundamentales de la vida social; a ellas sí que se encuentra adaptada.
Pero esta guerra, esencialmente religiosa, es también una guerra
entre la misma civilización. Se combaten cuerpo a cuerpo dos tipos
cristianos de civilización: aquel imperialista y aquel sentimental. Dado
que Alemania, perteneciente a una época de civilización cristiana, no
podía, por pagano que fuese su espíritu, ni siquiera vivir si no estuviese
apoyada en determinados elementos por el espíritu cristiano, se en­
cuentra apoyada por el más pagano de todos: el imperialismo, creado
a través de una visión evocativa del Sacro Imperio que había sido suyo.
Mas, ante este conflicto, primero religioso y de civilización des-

— 119—
pues, se combaten desde afuera varias ambiciones imperialistas y co­
merciales. Es el lado puramente exterior de la actual guerra. La causa
económica vale sólo en cuanto instigadora y representativa de la pro­
funda causa psíquica, visto que la sociedad, en realidad toda esencia
de una sociedad, es un conjunto de fenómenos psicológicos.149

149. Fin de texto manuscrito.

— 120

III
EUROPA Y LA SOCIEDAD MODERNA

10

Pero en este momento, llegados a esta solución, visto como ha nacido


y se ha formado y qué significado civilizatorio tiene el Imperio Ger­
mánico, rápidamente nos damos cuenta que la psique de este imperio,
tal como ella se presenta, posee un aspecto particular.
Prestemos atención a lo que sigue: [!)] Los principios emanados
de la Revolución Ffáncesa se sitúan en línea directa con la evolución
de la sociedad moderna. [2)] Son ellos, y no los principios relativos
deWmperio Germánico, los que se sitúan en línea directa con la evo­
lución de la civilización moderna. [3)] Es a partir del Renacimiento
que progresivamente nos dirigimos contra el individualismo acen­
tuado, contra una siempre más compleja y turbulenta vida nacional.
¿Cuál es el hecho capital de nuestra civilización? Establecido que
el hecho más importante de cualquier civilización es el concepto que
en ella se produce a partir del conjunto del organismo y de sus rela­
ciones, veremos con facilidad cómo ya en el fenómeno religioso reside,
esencialmente, el criterio indicador de la base civilizatoria. O sea,
nuestra civilización es cristiana. Descansa sobre unos principios reli­
giosos denominados, en su conjunto, cristianismo. ¿Cuáles son estos
principios? ¿Será posible determinar la evolución de la sociedad mo­
derna a través de la evolución de estos principios? Es fácil.
El cristianismo es, sobre todas las cosas, una teoría igualitaria. Es,
pues, una teoría individualista; para el cristiano toda alma humana

— 121

tiene una importancia excepcional, con su cualidad de libre albedrío,
de aspiración potencial a lo Divino, de capacidad de inmortalidad.
En tercer lugar, lógicamente, el cristianismo es una teoría de fraterni­
dad y paz. De manera que el cristianismo se funda sobre tres princi­
pios: libertad, igualdad y fraternidad. La Revolución Francesa fue
puro cristianismo.
Un lector menos sutil podrá preguntarse por qué, si el cristianismo
es libertad, igualdad y fraternidad, estos principios se habían aplicado
tan poco a la civilización exterior. En primer lugar, porque estos prin­
cipios son antagonistas a la misma existencia social, y aplicarlos, ver­
dadera y realmente, podría destruir la sociedad. En segundo lugar,
porque las sociedades cristianas fueron en general sociedades atrasadas,
como la medieval, donde, más allá de la fuerte influencia de las in­
tuiciones sociales rudimentarias, como la fuerza, la autoridad, existe
poco campo psíquico, dado que son sanas y ariscas, por la aplicación
de los principios de afecto y paz que el cristianismo ha introducido y
si el lector exige en qué modo se ha aplicado la libertad, la igualdad y
la fraternidad en la sociedad emanada de la Revolución Francesa, se
puede considerar el caso -que se encuentra en un primer plano, por­
que allí fue realizada esta revolución- de Francia. ¿Hasta qué punto
este país ha aplicado en su vida política estos tiernos y conmovedores
principios cristianos?
¿Cuál es el proceso sociológico con el que irrumpe —bajo aspectos
aparentemente lejanos del ser cristiano- el movimiento cristiano de­
nominado Revolución Francesa? Debemos poner el énfasis en la evo­
lución del cristianismo moderno para verlo con claridad.
Desde que se separó del cristianismo católico, en el Renacimiento
y después con la Reforma, el espíritu cristiano ha caminado lenta­
mente hacia un determinada dirección. Esta dirección es aquella de
alejarse cada vez más del dogma, el de la “letra”, como dice el Evan­
gelio, y el de dedicarse siempre y más al “espíritu”. El protestantismo
no es otra cosa que la subordinación del dogma a la doctrina, la sus­

— 122

titución gradual de la autoridad con la conciencia en el cristianismo.
El cristianismo comprende tres elementos: el dogma, la fe propia­
mente dicha, y la actitud emocional resumida en esta fe. O sea, el
protestantismo ha sustituido el dogma con la fe. ¿Cuál será entonces
la evolución siguiente del cristianismo? La sustitución del espíritu cris­
tiano, puro y simple, a la misma fe que lo representa. Habíamos visto
cómo este espíritu cristiano era, en su esencia, Libertad, Igualdad y
Fraternidad. De aquí la situación de la Revolución Francesa en la línea
de la evolución religiosa del cristianismo. Este movimiento procede
lógicamente del protestantismo. La Revolución Francesa es la Nueva
Reforma.
La idea democrática es cristianismo puro. Como tal, pertenece al
espíritu cristiano. Como tal, es enemiga del catolicismo, que es el
dogma, la parte más dura y rígida del cristianismo; así como el pro­
testantismo, irguiéndose por medio de la fe, se ha opuesto al espíritu
católico.
Europa es cada vez más cristiana. Cada vez más abandona la letra
del'Cristianismo y se dedica a su espíritu. Todo el fanatismo, toda la
intolerancia, tocia,la confusión mental, la sentimentalidad morbosa
de los demócratas, exhiben bien la base morbosamente religiosa de
su sistema.
Entonces, nuestra civilización, si bien cristiana por naturaleza, se
apoya sobre una base distinta, diferente a aquella del cristianismo.
Todo nuestro trabajo mental, toda nuestra disciplina de espíritu, toda
el alma de nuestra jurisprudencia, el núcleo de nuestro modo de go­
bernar se apoyan sobre un fundamento: el espíritu pagano -la cultura
griega y la administración romana. Nacido, como ha nacido, en la
decadencia del imperio romano, el cristianismo es un paganismo de­
cadente. Cuanto más cristiano se transforma, cuanto más se aleja del
paganismo —del catolicismo, o sea, que es abundantemente pagano,
en especial por el ritual- tanto más el cristianismo se confirma como
decadente y enfermo.

— 123—
Encontramos, de esta forma, una doble evolución en el interior de
nuestra civilización: su evolución en lo que tiene de propiamente cris­
tiana y su evolución en aquello que tiene de pagana. Habíamos visto
cómo la Reforma y la Revolución Francesa se situaron en la línea evo­
lutiva cristiana. La Revolución Francesa fue el resultado de la pene­
tración en Francia del espíritu protestante, por medio del suizo
Rousseau, ayudada por la furiosa anglofilia del siglo dieciocho.
Pero en la evolución de la sociedad moderna se puede rastrear otra
línea paralelamente; tenemos el movimiento del Renacimiento, que
es diverso. Ello contribuyó a la formación de la Reforma, pero, en sí
mismo, ha tenido características diversas. Es pagano, puramente pa­
gano. De esta forma, cuando surge, vemos aparecer los elementos tí­
picos de la mentalidad pagana: el despotismo personal, (...)
¿En qué dirección ha continuado este movimiento que el Renaci­
miento generó? ¿Cuál es el movimiento que lo prolonga, y ha habido
un movimiento que lo hubiera prolongado?
¿Cómo ha nacido el Renacimiento? No ha nacido, si se presta aten­
ción, de una evolución del cristianismo; ha nacido, al contrario, de
una aplicación de una parte del espíritu cristiano en puntos anti-cris-
tianos. Aquella parte del cristianismo representada por el dogma, con
su dureza y su autoridad, viene ahora utilizada por el Renacimiento,
pero el espíritu cristiano es completamente abandonado. De modo
que el Renacimiento es un movimiento con características entera­
mente opuestas a aquellas de la Reforma (no olvido que llegaron des­
pués). Sigue una dirección opuesta. Adopta del cristianismo la actitud
imperialista y dogmática; pero rechaza los correctivos a esta actitud
que proceden del espíritu cristiano, siempre presente donde se en­
cuentre el cristianismo.
Para la paganización total, será necesario separar del imperialismo
el espíritu cristiano. Caído el imperio germánico, este fin será casi al­
canzado. El imperialismo de dominio es parte de la decadencia del
paganismo, de la Atenas y la Roma decadentes. Tenemos interés en

— 124—
crear un imperialismo de influencia, como aquel de la Atenas autén­
tica. 1. Formación del Estado Alemán y del Actual Imperio; 2. El Es­
tado Alemán como Fuerza Civilizatoria; 3. El Estado Alemán como
Estado Pagano; 4. El Estado Alemán y la Gran Guerra Actual (Pre­
sente).150

11

El gran problema del Estado futuro consiste en la organización con


la mínima comprensión posible de la libertad. En la condición ac­
tual en la cual el alma se encuentra, no es posible organizar sin opre­
sión y no es posible, por lo tanto, un Estado alemán sin una tiranía
alemana. Se ha exagerado, por otra parte, en torno a la naturaleza
de esta tiranía. Aquellos que la “sufren” parece que no lo advierten
en demasía.
Dado que los principios emanados de la Revolución Francesa tien­
den a agravar enormemente, ya por la natural tendencia de cualquier
soctedad a desintegrarse, ya por la mayor tendencia contra la desinte­
gración de la soqedad moderna, víctima de la incursión rápida de un
gran número de factores (algunos extraños a esta Revolución, otros
legados a ella, otros extraños pero mezclados con ella), el Estado ale­
mán, queriendo organizar, disciplinar, civilizar, deberá, fatalmente,
inicialmente oponerse a esta tendencia, intentar aplastarla. Así es co­
mo, en Portugal, hace poco tiempo, el general Pimenta de Castro,151

150. Fin del texto mecanografiado, con la etiqueta “Alemania y la Guerra”.


151. Joaquim Pereira Pimenta de Castro (1846-1918): general portugués, llegó a ser
ministro de Guerra en el primer gobierno constitucional republicano, presidido por Joáo
Chagas (1911), y presidente del Consejo defacto bajo la presidencia de Manuel Arriaga
(enero de 1915). Encabezó un gobierno dictatorial efímero, que duró menos de cuatro
meses, en el curso del cual fue clausurado el Parlamento. Fue derribado en mayo de 1915
por una revolución popular y militar conjunta, apoyada por los sectores liberales, la Ma­
sonería y la mayoría del movimiento anarquista, incluida la Carbonería.

— 125—
queriendo implantar en nosotros la libertad, ha debido fatalmente
emplear una cierta violencia con el partido democrático, por ser ene­
migo de la libertad, y quizás concluida sin oprimir suficientemente
esta horrenda (...).
El Estado alemán, por lo tanto, debe ser necesariamente un estado
“reaccionario”. Todo el resto, todos los aspectos de su vida le obligan
a esto. Su naturaleza de Estado hegemónico y guerrero (Prusia, Kriegs-
staat, como dice Treitschke)152 su tradición imperialista, la tendencia
universalista de su cultura (goethiana u otra), la cual, para ser cos­
mopolita sin ser anti-nacional -riesgo que corría, dada la dispersión
de los estados alemanes—, debía a su misma universalidad un carácter
de dureza, debía apoyarse en la tendencia militarista del Estado-re­
gente: todo esto ha dado vida al Estado alemán, tal como nosotros
lo conocemos hoy, y todo esto es, como estamos viendo, fuerte­
mente, conscientemente y hábilmente (supremamente), una señal
de civilización.
En contraste con la vida anárquica y dispersa de la sociedad extra-
germánica, el Estado alemán toma consciencia de sí mismo como País
civilizatorio; y esto no lo ha logrado ningún estado europeo. El im­
perio inglés es vasto, pero Inglaterra no ha creado un imperialismo
expandido, no ha civilizado este espíritu de expansión. Su imperio es
una obra de la oportunidad, de individuos, de muchos individuos,
de muchos individuos singularmente activos y trabajadores, cada uno
de los cuales cuidando de sí, o uniéndose a grupos sin otro fin que
aquel estrechamente administrativo, como ya se ha visto en el sentido
estrecho y material de la circunscripta obra del excelso hombre, Cecil

152. En realidad la definición de Prusia como Kriegsstaat, Estado-guerrero, es del


profesor Hans Delbriick, no de Treitschke. Heinrich Gotthard von Treitschke (1834-
1896) político e historiador alemán, portavoz oficial del IIo Reich, diputado por el partido
Nacional-Liberal en el Reichstag, ideólogo del nuevo expansionismo alemán, socialdar-
winista, racista y creyente en la superioridad del alma teutónica; tuvo gran influencia en
pensadores reaccionarios como Nietzsche.

— 126—
Rhodes.153 Entonces, ninguna nación tiene el derecho de servirse del
imperio (to wieldEmpiré) si no es capaz de o r g a n iz a r el imperio.
Empleo las razones más evidentes y pongo aparte aquellas supe­
riores, las más importantes. Ellas yacen ocultas en la teoría del impe­
rialismo, que ya es hora de realizar -no del imperialismo entendido
como mero dominio por la fuerza (¿quién lo habría de teorizar para
nuestro pequeño pueblo?), sino el imperialismo en tanto influencia
civilizatoria, que un pueblo, pequeño o grande, puede realizar, de una
manera o de otra, según sea grande o pequeño.
La cuestión que con más urgencia se impone hoy en Portugal es la
construcción de un imperialismo portugués. ¿Cuál debe ser ese im­
perialismo, de qué especie, actuando de qué manera? Todo ello se in­
cluirá en una atenta consideración del problema y del sentido
particular que la palabra “imperialismo” tendrá que tomar en este
caso. Para ello, desde mi punto de vista, nada podrá lograr tan fértiles
resultados como uña alianza espiritual con Alemania que, por ser
nuestra análoga psíquica, nos debe transmitir y legar la continuación
espiritual de aquel imperialismo, de aquella actitud anticristiana, que
ella, por su enorme poder material, no puede intentar realizar sino
por la fuerza, y no por el espíritu.
Toda la obra anti-alemana, hoy, en Portugal, emana de traidores a
la patria porque emana de criaturas desintegradas de nuestra alma na­
cional. Los que quieren un Portugal honesto, feliz, rico y honrado,
en realidad quieren la negación de la acción civilizatoria portuguesa,
quieren que rebajemos la burguesía nacional a la de una pseudonación
como Suiza o Bélgica, quieren que abandonemos nuestro grandioso

153. Sir Cecil John Rhodes (1853-1902) empresario, colonizador y político británico
con un concepto místico y mesiánico del Imperialismo occidental. Gran defensor del
imperialismo británico, fundó el país que a su muerte llevaría su nombre: Rodesia, cuyo
territorio está actualmente dividido entre Zambia y Zimbabue; fundó la compañía De
Beers, que en la actualidad controla el 60% del mercado de diamantes en bruto del
mundo, que en un tiempo llegó a comercializar el 90%.

— 127—
papel en la construcción del Nuevo Mundo, que abdiquemos de rea­
lizar en espíritu aquello que realizamos hace un tiempo en cuerpo -la
extensión del mundo y el descubrimiento de nuevas tierras, nuevos
mares, de nuevos cielos. Más alta es la misión portuguesa de todo y
cuanto pueda surgir de la barriga de los portugueses, de esa pervertida
teoría política de toda chusma de traidores y de idiotas que son nues­
tros políticos y nuestros periodistas, y que quieren imponer a Portugal.
Más alta es la obra, y ella, para ser llevada a cabo, tendrá que ser rea­
lizada rompiendo los pies de apoyo a toda esa dilatada pudrición
humanitaria, democrática, organizando una aristocracia fuerte, do­
minando completamente a nuestra plebe, ineficaz salvo cuando es es­
clavizada.
Realicemos en nuestra alma la llegada de D. Sebastiao.154 Realicé­
mosla como ella deber ser realizada, siguiendo las huellas de Alemania,
y llevando su obra más allá -obra pagana, obra anti-humanitaria, obra
de trascendencia y de elevación, hecha a través de aquella crueldad
para con nosotros mismos que el espíritu de Nietzsche, en un mo­
mento lúcido, vio como base de todo sentimiento de imperio.
¿Crear en Portugal el sentimiento de una misión civilizadora? Ese
debe ser nuestro ideal. El resto no importa. Que para llegar allí sea
preciso barrer con metralla las calles, pisotear con los pies la felicidad
y la libertad del pueblo, arrojarlo como un ariete contra las barreras
de nuestro espíritu -¿qué importancia tiene ello, si sólo de esta forma
podemos dejar a Portugal vivo en el mundo después que desaparezca?
¡Grande y difícil es esta obra! Grande y difícil el barrer los ideales
democráticos, humanitarios y utilitarios. Pero la gran obra anti-cris-
tiana (anti-cristiana en todo, antidemocrática, anticatólica, antimo­
nárquica) debe ser realizada. Tristes de nosotros si faltáramos en el
cumplimiento de esta misión divina que Aquel que nos puso al Oc­
cidente de Europa, y nos hizo tal cual somos, nos impuso este acceso

154. El famoso “Sebastianismo” de Pessoa.


y trascendió el espíritu aventurero. Después de la conquista de los
mares debe venir la conquista de las almas. El resto -la felicidad na­
cional, la buena administración, la libertad, la lealtad, la honra- no
son sino la basura que obstaculiza el camino de nuestros gestos. Sur-
sum corda/ 155

12

En “El Mundo” del 10 de julio, el señor Joáo de Barros ha publicado,


a propósito de la Guerra, una apelación a los escritores portugueses.156
La apelación era porque -no obstante que Portugal no debería (por
razones diplomáticas) intervenir en la guerra- ellos, representantes de
la inteligencia de la raza (raga) portuguesa, declarasen bien alto que
están del lado de los aliados en la presente contienda. El Sr. Joáo de
Barros justificaba esta apelación, no sólo por la necesidad de salir del
silencio en que, hasta ahora, estaban inmersos los intelectuales patrios,
sino también mediante el, conocido y previsible, argumento de que
Portugal debe declararse claramente acompañante espiritual de las as­
piraciones y de l^causa de los aliados, visto su carácter de pueblo “la­
tino”, y el hecho de que los aliados luchan “por la libertad y por la
justicia”, por la civilización “latina” y por otras cosas por nosotros ya
conocidas en estas coyunturas dialécticas (de opinión).
Concuerdo con la necesidad, que el Sr. Joáo de Barros oportu­
namente apuntó, de que los intelectuales portugueses salgan de su
silencio. Concuerdo con que, siendo ellos —por su naturaleza de in­
telectuales- los orientadores natos de la gente de su raza (raga), deban,
en la coyuntura civilizatoria presente, decir cualquier cosa, asentar
cualquier principio. Llevo más lejos de una mera concordancia mi

155. Fin del texto mecanografiado.


156. Joáo de Barros (1881-1960): educador, pedagogo, crítico y poeta portugués, li­
beral y republicano, partidario de la entrada de Portugal en la Primera Guerra Mundial
del lado de los aliados.

— 129—
asentimiento a la observación del Sr. Joao de Barros. Encuentro que
llega la hora de decir fuerte y claro al pueblo portugués cuál es la ver­
dad portuguesa (verdade portuguesa) sobre la guerra, esto es, cuál será
la actitud genuinamente y relevantemente nacional que debe surgir
ante el aspecto que está tomando el conflicto actual.
Tanto más concuerdo con la urgencia de esta necesidad cuanto me
parece que en ella está involucrada una urgencia más importante, la
que tiene aclarar un poco al pueblo portugués cuál debe ser, en buena
lógica nacional, el sentido de su destino. Y ello refuerza en mí el deseo
de traer cualquier contribución a este asunto, cuanto más pondero que
hasta ahora este pueblo no ha sido sino víctima de burlas bajas y des­
preciables de políticos sin carácter, de dirigentes sin inteligencia y de
periodistas sin patriotismo ni cultura -lo que interesa mucho para un
pueblo que incluso en sus estratos considerados “superiores”, van poco
más allá del periódico en su trato inteligente con las cosas actuales.
Me propongo demostrar -al contrario de la apelación del Sr. Joao
de Barros- que el alma portuguesa debe estar con su hermana, el alma
germánica, en la guerra presente. Antes que nada, indicaré cuáles son
los puntos que no trato en este breve opúsculo, ya porque sean de
algún modo extraños a su ámbito, ya porque de una u otra manera
sean innecesarios.
Como el Sr. Joao de Barros en su artículo, no me preocupará el
problema de nuestra participación en la guerra. Dos razones me con­
ducen a esta abstinencia. La primera es que, País pequeño, débil y
mal gobernado (por dos regímenes de impostores y ladrones), País si­
tuado fuera del teatro de guerra, nuestra acción, militar o de otro tipo,
no acarrearía nada de útil a la solución guerrera o de otro tipo al pro­
blema. Nada pesamos en la balanza de las fuerzas eficientes y por eso
cualquier consideración sobre nuestra debida actitud espiritual no
puede involucrar una necesidad de que esa actitud pase de espiritual
a activa. La segunda razón es que -colocado el problema de nuestra
intervención en la guerra exclusivamente como problema de conve­
niencia nacional- era preciso para determinar tal conveniencia, o bien
negarla, que se conociese cuál es, de veras, nuestra situación interna­
cional, y yo no la conozco. Resta la tercera razón; y ella, aunque de
por sí de poco peso, tiene las más directa relevancia para el asunto
que estoy tratando. Es que, como desde luego lo ha notado el Sr. Joáo
de Barros, sujeto también a la consideración de las dos razones que
apunté, no se trata de determinar cuál deba ser el papel del estado
portugués en la actual coyuntura, sino cuál el de los espíritus portu­
gueses frente a ella. Resumiré la cuestión y mi esfuerzo —conforme en
esto con la justa exigencia limitativa del Sr. Joáo de Barros- a demos­
trar que espiritualmente, y por varias razones que expuse, el alma por­
tuguesa debe estar con el alma alemana.
He dicho que existen dos órdenes de cosas, relacionadas con este
argumento, que no trataría aquí. La primera es la hipótesis sobre cuál
debe ser el resultado de la guerra, ya sea espiritual, civilizatorio. Se
comprende bien qu?importa poco, para el estudio presente, cuál sea
el resultado material e inmediato de la guerra. Ese resultado depende
de hkacción de grandes fuerzas en el choque actualmente presente, y
nuestro reducidomicleo nacional no aporta ni quita nada, es que nada
puede aportar o quitar, para el caso. Ese resultado, por otro lado, nos
va a afectar de manera consonante con nuestra situación internacio­
nal, y como he dicho, no sé lo que es, ni viene al caso para lo que nos
ocupa, ya que la actitud intelectual que adoptamos, poca o ninguna
importancia puede tener para lo que depende apenas de la descono­
cida situación en la que se encuentra nuestro país internacionalmente.
Ese resultado, por último, justamente por tratarse del resultado ma­
terial de la guerra, cae fuera de la órbita de nuestras consideraciones,
lo cual —reflexionando sobre cuál debe ser nuestra actitud espiritual
frente a esta guerra—ex hipothesi si no preocupan los resultados mate­
riales de la guerra, sino aquellos que pueden ser probables reflejos es­
pirituales, los que nos colocan ya en consideración de los resultados
espirituales de la guerra.

— 131—
La consideración de los resultados espirituales de la guerra asumen
dos aspectos, conforme nos referimos a los resultados directamente
espirituales por reflejo de los materiales (.. .)157

13

Cuanto más profundizamos el argumento, en mayor medida surgen


las semejanzas, más claras las razones del porqué de nuestra vecindad
espiritual con Alemania, y no con los aliados.
Remitámonos al rol civilizatorio de los dos Países. Habíamos visto
cómo este rol implicaba, en ambos casos, una idéntica inversión del ca­
rácter nacional, y en ambos casos, un concepto metódico y organizado
en la obra civilizatoria. Otras semejanzas, flagrantes, también existen.
Para el Portugal del presente, oprimido y abatido, como para la
Alemania humillada de principios del siglo pasado, lo que permite le­
vantarse de la postración es una tradición de imperio, y, en ambos casos,
una tradición enteramente quebrada y envilecida. En ambos casos se
da un fenómeno curioso, evocador de esa tradición a través de un cu­
rioso sentimiento de misticismo nacional. En el caso de Alemania es
la leyenda de Federico Barbarossa,158 muerto en viaje hacia Oriente,
y que se espera que un día, regresando, habrá de restituir a su Patria
el imperio y su grandeza (Q. Rückert).159
De la misma manera, entre nosotros, de la grandeza ida, de nuestro
imperio muerto, quedó la leyenda mística y nacional de D. Sebastiáo,
del cual también, para muchos de nosotros, se espera la hora de su

157. Fin de texto mecanografiado.


158. Federico I de Hohenstaufen (Friedrich I, en alemán), llamado “Barbarroja” por
el color de su barba; Barbarossa, en italiano, Rotbart, en alemán; (1122 -1190) fue desde
1147 duque de Suabia con el nombre de Federico III, desde 1152 Rey de los Romanos
y a partir de 1155 emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
159. Se trata del poema de 1817 de Friedrich Rückert “Barbarossa”, que hizo popular
el mito del Mesías-Rey que uniría y devolvería la grandeza imperial a los alemanes.

— 132—
regreso para restituir nuestra grandeza. Ambas leyendas, lo sé bien, se
integran, según el delirio analógico de ciertos estudiosos que apoyan
estas cuestiones, en la antiquísima leyenda del Rey Arturo. Pero es
una apariencia ilusoria. El hecho esencial es que, en el caso de Ale­
mania, como el de Portugal, existen bases concretas nacionales para
que tales leyendas surgieran. Barbarossa y D. Sebastiao -la semejanza
mística y nacional de las dos figuras da para pensar, sobre todo cuando
ellas se sobreponen a otras semejanzas esenciales, que ya vimos, entre
los caracteres básicos de las dos naciones.
La más nítida obra civilizatoria alemana del pasado fue la Reforma.
Si vemos en qué condiciones nacionales esa obra se efectuó, no será
difícil ver que ellas se aproximan, de manera flagrante, a aquellas en
las que se dieron los descubrimientos, salvo en la superior orientación
metódica y científica de éstos, análogas ya no a la obra alemana de la
Reforma, sino al desenvolvimiento organizado del actual Imperio
Germánico.
Pero existe un factor que lo explica todo -la mítica individualidad
de huestro país, individualidad nítida que no existía en los dispersos
estados de Alemania cuando surgió Lutero. Esa similitud, sin em­
bargo, a la que íbamos a aludir era la de la confusión civilizatoria en
que las dos obras se realizaron. Portugal, si bien su nacionalidad era
nítida, era una nacionalidad emergente; tanto lo era que fue fácil,
luego que entró en decadencia, conectarla a España.160
De manera semejante, en la Alemania de la reforma, la acción ale­
mana es nítida, pero la cohesión nacional confusa. Pero, en los dos
casos, la obra civilizatoria realizada quedó como tradición espiritual,
como una base para la construcción de la futura nacionalidad.161

160. Referencia al llamada “Época Filipina”. Véase, utsupra, nota 67.


161. Fin del texto mecanografiado, que lleva como etiqueta “Resposta ao apelo de
J. de Barros”.

— 133—
III

Gran Iberia
El problema ibérico
( 1916 - 1918 )
Nota introductoria

Estos textos se encuentran imbricados con los de la anterior sección,


y están escritos en los mismos años. La diferencia es que llevan una
etiqueta colocada por Pessoa que reza “Iberia”, lo que nos hace pensar
en un proyecto de estudio o esbozo de libro con ese título o al menos
una determinada problemática.
I
LA CIVILIZACIÓN IBÉRICA

1
(I)

Varias razones son esgrimidas a favor de la entrada de Portugal en la


guerra. Una de las principales, entre las más vociferadas (poco nos
importa, ahora, cuáles son las otras), es aquella que dice que Alemania,
por ser fundamentalmente enemiga de los Países “latinos”, de la “raza
latina”, es implícitamente nuestra enemiga.
Resulta evidente que tal afirmación en realidad implica dos y, por
lo tanto, para examinarla, será necesario examinar de manera separada
las Sos afirmaciones que ella implica.
La primera e»que Alemania es fundamentalmente enemiga de los
Países “latinos”. Dejémosla estar por el momento. Pasemos a la otra.
¿Son, España y Portugal, Países latinos?
En primer lugar, es bueno advertir a un lector incauto que las ex­
presiones “raza latina” (raga latina) o “Países latinos” no tienen ni si­
quiera una base sociológica mínima en la cual apoyarse. Hay, en la
enorme diversidad de factores sociales pertenecientes a los pueblos
convencionalmente denominados “latinos”, un aspecto común, el de
una cierta semejanza lingüística -semejanza, ésta, que sin embargo
procede, no de una espontánea y fundamental semejanza íntima de
carácter racial, sino de un común origen lingüístico de los restos de­
generados del Imperio Romano.
Las naciones que vienen siendo denominadas latinas tienen en
común los elementos que caracterizaron a las naciones meridionales,

— 139—
pero tales elementos pertenecen al pueblo, tal como aquel a lo griego
o aquel al turco, a gente como los árabes y los indios -alejados de
todo tipo de conexión, que sea no lingüística, con esta difunta civili­
zación latina que es usada como su nombre.
Pero el común origen de la lengua no es suficiente para aceptar
una fundamental semejanza de ideas y fórmulas raciales.
¿Cuál es el posible significado de la expresión “pueblos latinos”?
¿A qué pueblo le puede ser dado este nombre? Evidentemente única­
mente a aquellos que son los herederos, no sólo de la lengua, sino del
mismo espíritu del Imperio Romano. Es esto, y no otra cosa, lo que
les otorga derecho a ser considerados latinos, por poco que signifique
la expresión.
Se ha llegado al absurdo de llamar latinos a pueblos que simple­
mente revelan características de los pueblos del Sur, de climas cálidos,
suaves, estimulantes de la inercia y de la pasión. ¡Como si el Imperio
Romano -asi de disciplinado y árido de emociones y pasiones- se pu­
diera prestar a tal comparación!
Solamente Francia e Italia son pueblos latinos, en el significado
sociológicamente posible de la palabra. Italia es directamente la here­
dera de la tradición clásica. Francia, por su genio peculiar de raza
(ra^a), en el cual prevalece la lucidez y el esplendor, es la heredera na­
tural de la parte lógica, simpliñcadora, un poco superficial del pueblo
romano. (?)
Si de tales, y de por sí poco ciertas, consideraciones, pasamos a un
análisis riguroso de las condiciones civilizatorias, rápidamente desa­
parecen estos últimos residuos de duda.

— 140—
(II)
LA UNIÓN ESPIRITUAL ENTRE PORTUGAL Y
ESPAÑA. (CON) FEDERACIÓN IBÉRICA

Separados, tenemos, cada uno de nosotros, un valor nacional; no te­


nemos valor de civilización. Podemos existir más o menos decente­
mente, como un Belga cualquiera o un Suizo cualquiera, pero eso no
es una existencia digna de aspiración. Valemos más que esto; tenemos
derecho de hacer cualquier cosa que no sea sólo aquella de existir.

La república portuguesa es el primer paso dado hacia la Civilización


Ibérica. No ha sido dado, es claro, conscientemente: nuestros repu­
blicanos son incapaces de cualquier actividad en la parte anterior del
cerebro. Pero se ha dado un paso que el Destino nos ha hecho hacer.
¿Deberá este fenómeno repercutir en España?... en Cataluña debe
de haber tenido efecto, porque ha intentado sacudirse del yugo;162
aunque sea en apariencia, porque es la apariencia la que impresiona

162. Referencia a la situación política española en el curso de los años 1916-1917,


cuando los regionalistas y nacionalistas catalanes, intentando profundizar el clima revo­
lucionario de la instauración de las “Juntas Militares de Defensa”, como consecuencia
de la huelga general revolucionaria de a,gosto de 1917, intensificaron su acción indepen-
dentista. La denominada “Revolución de 1917” se inicia el 13 de agosto con numerosas
huelgas, bien coordinadas en Madrid, Barcelona, Zaragoza, Valencia y Bilbao; el movi­
miento revolucionario es especialmente violento en Madrid y en el medio rural. La re­
vuelta representó una quiebra parcial del sistema monárquico, que consiguió parcialmente
estabilizarse en 1923.
al extranjero. ¿No es, sin embargo, cada vez más fuerte la monarquía
española? El Destino lo dirá. Fuerte y bien orientada se presentaba la
monarquía portuguesa bajo el gobierno de Joáo Franco,163 cuando
cayó moribunda.
Querer reimplantar la monarquía en Portugal es un crimen de los
mayores que pueda cometerse contra la Patria Portuguesa y contra la
futura (o posible) Civilización Ibérica. No tiene ninguna importancia
investigar cuál es el valor de la monarquía o la república, en sí o en
relación a los Países de Iberia. Es en relación al conjunto ibérico que
este fenómeno político debe ser analizado.
Para una unión ibérica de cualquier especie, cualquier especie que
sea, tres cosas son esenciales, y sin alguna de ellas no se podrá hacer
nada, y antes de ello es inútil pensar sin temor en cualquier enfoque
sobre el problema. Estas tres cosas son: 1) la abolición de la monarquía
en España; 2) la separación final de la Península en sus tres naciona­
lidades esenciales -Cataluña, Castilla, con las provincias que ha lo­
grado sumergir en su personalidad, y el estado gallego-portugués.
Es absolutamente impensable la solución del problema ibérico sin
recurrir a una federación; es impensable la federación con la consti­
tución desigual, anti-natural, viciosa y falsa, de los actuales estados
ibéricos. Si los españoles no pueden, como es natural, afrontar de
algún modo esta solución al problema, les pedimos disculpas si no
nos detenemos a pensar el argumento.
¿Continuará Castilla teniendo su preponderancia ibérica, que se
transformará entonces en una hegemonía en el interior de una especie
de federación? No es natural, porque, una vez dividida España en las
partes naturales que la componen, la única razón para la hegemonía
castellana cesa de existir -y esta razón es aquella que consiste en per­
turbar el desarrollo natural de la Civilización Ibérica. El gran enemigo
de Iberia es Castilla.

163. Véase, utsupra, nota 63.

— 142—
Para la separación de la Península en sus tres nacionalidades natu­
rales, existe sólo un camino para seguir. Si este camino será aquel que
el destino ha trazado (lo que ignoro), se puede predecir, dándolo como
cosa cierta, a la futura Civilización Ibérica. Este camino es la abolición
de la monarquía en España. Es la monarquía castellana la que une y
liga las provincias separadas de España. Cesa entonces la monarquía
y la España cesará de ser, porque es un estado artificial, impuesto a la
naturaleza, y cuyo destino concluye con la colonización de la América
Española.
Sin embargo, no se trata de una amorfa amistad, sino de una po­
lítica definida, en la que debemos ver en qué lugar sociológicamente
radica el problema.164

(Después de haber discutido los hechos fundamentales del problema


ibérico...).
Basamos ahora a considerar cuáles son las circunstancias interna­
cionales, europe^que por su misma naturaleza se oponen a la unidad
espiritual de Iberia.
Estas fuerzas son de tres tipos de órdenes, y son, como sucede en
estas cosas, representantes de tres naciones, ninguna de las cuales en
virtud de su psique particular (ya sea racialmente como tal, ya sea his­
tóricamente adquirida, según lo que se desee, lo que en nuestro caso
no importa), representa una de estas fuerzas.
La primera nación enemiga de Iberia es España -en el significado
de la actual España, con Castilla que domina de manera anti-natural
sobre un reagrupamiento que ha fracasado en absorber, porque no
ha absorbido a Galicia ni a Cataluña. Pero es España no en el sen­
tido, ya analizado, que su existencia obstaculiza la formación de la

164. Fin de texto mecanografiado, con la etiqueta “Iberia”.

— 143—
confederación ibérica; este punto ya ha sido tratado, cuando nos hemos
ocupado de la dificultad política, interna, para la formación de la con­
federación ibérica. Se trata, ahora que estamos examinando el pro­
blema desde el punto de vista internacional, no tanto de la España
como conjunto político, sino de España como espíritu nacional.
(Más bien, el espíritu ibérico es una fusión del espíritu medite­
rráneo con el espíritu atlántico; por lo tanto sus dos columnas son
Cataluña y el estado natural gallego-portugués. Castilla -represen­
tando con este nombre los estados intermedios, que la Castilla im­
perial de hecho no ha podido armonizar en su espíritu- es sólo la
región de intercambio y por tanto de estabilización de estas dos in­
fluencias-límite. Otro rol es el aquel de ser una especie de equilibrio
de la balanza entre las dos inclinaciones marítimas. Sin embargo, al
tener un rol preponderante —como aquel que ya ha tenido en la his­
toria—este rol es, de todos cuantos tiene, el menos ibérico...).
Fuertemente aristocrática en su constitución espiritual, rígida­
mente católica en su habitas moral, absurdamente tradicionalista en
el conjunto cotidiano de sus usos y costumbres, Castilla se presenta
como un elemento preliminarmente dañino para una confederación
y como un elemento (y esto es lo que importa) violador de nuestra
gran tradición árabe -de tolerancia y de civilización libre. Y será en la
proporción en la cual seamos defensores del espíritu árabe en Europa
que tendremos una individualidad aparte.
De esta manera, el espíritu castellano es fundamentalmente ene­
migo, en su espíritu, de Iberia. Pero estos elementos característicos,
que hacen a Castilla extremadamente incompetente a ser hegemó-
nica en Iberia, admirablemente la disponen para equilibrar la ten­
dencia (excesiva en otros sentidos) de los otros dos pueblos ibéricos.
De donde se puede ver cómo, para la futura federación, todo será
armonizado por el Destino.
El segundo gran enemigo de Iberia es Francia. El espíritu francés
es el gran enemigo del espíritu común de la población ibérica. Gran

— 144—
enemigo no sólo en su constitución espiritual, sino además en los efec­
tos que ha tenido la degradación y decadencia del auténtico espíritu
ibérico. Heredera directa de la tradición romana en lo que tiene de
estrictamente griega, Francia representa en Europa no un País creador
(como Italia, de donde proviene el arte; o de Inglaterra, de donde nace
la política), sino un País distribuidor y perfeccionador de los elemen­
tos que otros países le proporcionan. Tan poco creador es el espíritu
francés que, para obtener la única idea que viene realizada desde su
interior, ha debido llamar a un suizo, Jean-Jacques Rousseau, y, para
poner fin a la anarquía a la que desde allí vino en cuesta abajo, ha de­
bido descubrir a un italiano, Bonaparte.
Lúcidos, completos en su nivel más inferior, los franceses son los
corruptores de nuestra Civilización Ibérica. Su espíritu romano, pri­
vado de la fuerza romana, es esencialmente enemigo de nuestro espí­
ritu romano-árabe, que es al mismo tiempo complejo e intenso,
disciplinado y crudo.
El tercer enemigo de Iberia es Alemania. Pero aquí debemos temer
má§*el espíritu alemán que la Alemania propiamente dicha. Los ale­
manes han heredólo la parte superior del espíritu romano (al contra­
rio que los franceses que han heredado aquella parte que era en todo
secundaria, porque era esencialmente griega). Pero lo han enlazado
con aquel curioso elemento de incompletitud que es distintivo de los
bárbaros del Norte, los cuales no saben equilibrar dos cosas (...).
Nosotros, ibéricos, somos la confluencia de dos civilizaciones -de
aquella romana y de aquella árabe. En Francia y en Alemania la civi­
lización romana existe sobrepuesta al fondo original, sin ningún otro
influjo civilizatorio. Somos, por ello, más complejos y fecundos, por
naturaleza, que Francia y Alemania, las cuales, cuando tengamos con­
ciencia de nuestra ibericidad, deberán existir, con ganancia, en el ho­
rizonte165 de nuestro desprecio.

165. Variante agregada por Pessoa: “en la periferia”.

— 145—
(...)
Formado el estado ibérico, ¿Cuál debe ser su orientación conjunta?
Triple: 1) el dominio espiritual de la América Central y la del Sur, y
entonces ser el imperialismo de cultura en el Nuevo Mundo; 2) la
conquista definitiva de los territorios del Norte de África, donde viven
aquellos hombres que son nuestros parientes, la raza (ra<ja) árabe, be-
reber, (...); 3) la destrucción militar de Francia (y de Italia).
Siendo así, las etapas que debemos atravesar para la creación defi­
nitiva de Iberia (de la Iberia como potencia) son (en cuanto revolu­
cionarias):
1) la caída de la monarquía española y la disolución de la actual
España como imperio;
2) la destrucción del predominio de Francia en el Occidente eu­
ropeo, por medio de la aniquilación militar; darle, en la otra mejilla,
un nuevo 1870;166
3) la conquista de África del Norte -meta tradicional de nuestros
antepasados. Y aquí, donde Francia está ya presente, encontramos de
nuevo a nuestra tradicional enemiga.
En términos de preparación (reforma), estas etapas son:
1) la creación de la tendencia ibérica, de la ibericidad espiritual;
2) la reforma interna de la República Portuguesa (RP), para que
de esta forma pueda encaminarse hacia un estado espiritual propio
de este estado; (la RP es en la actualidad un grupo poco inteligente
de ladrones y de asesinos. Las palabras son un poco duras, pero a veces
la simplicidad es una virtud. No existe peligro que el lector no pueda
comprender. No debemos alterar esto, sino debemos sustituirlo desde
adentro. Pero esto ya es otro problema, que hay que considerar en su
conjunto. En cuanto al problema ibérico, basta aquí con señalar aque-

166. Referencia a la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871) y a la pérdida del rol de


gran potencia de Francia bajo el reinado de Napoleón III, y el surgimiento de una nueva
y gran potencia: Alemania unificada.

— 146—
lio que sí importa, como es suficiente señalar que es necesario que
desaparezca la monarquía española, sin que indicáramos -porque no
lo sabemos- de qué manera preparar la caída).
3) (...)
Lo que en modo supremo conviene es crear, en lo inmediato, la
ibericidad. Hay que hacer que todas las energías de nuestra alma tien­
dan hacia un fin, detrás de todos los fines inmediatos que existen.
Este fin es Iberia, Iberia como amante espiritual de la América ibérica
(y no latina), Iberia como señora del África septentrional, Iberia como
destructora del prestigio y del predominio francés. Venguemos la de­
rrota que aquellos del Norte infligieron a los árabes nuestros antepa­
sados. Expiemos el crimen que habíamos cometido al expulsar a los
árabes que nos habían civilizado.
La Rep. Port. es valiosa, pero no por lo que vale, sino por la direc­
ción que contiene, que inconscientemente posee.167

El argumento, ^stá claro, puede ser profundizado. Podemos conducir


nuestro análisis hasta el punto de intentar individualizar cuáles serían
los posibles resultados culturales de esta ibericidad realizada. Podemos
intentar prever qué consecuencias de novedad europea haría la reali­
zación material del espíritu ibérico, qué nueva doctrina religiosa, o
política, o artística, surgirá del hecho consumado de una Iberia que
finalmente se reencuentra a sí misma. Pero esto -resultados de un
hecho incierto, consecuencia de un mero sueño- será tiempo desa­
provechado al nivel de la especulación científica, y una ocupación
ociosa al nivel del estímulo práctico. Lo que importa ahora, no es ver
cuándo dará lugar la Iberia definitiva, en términos de civilización
completa; mientras que la suponemos realizada de acuerdo con los

167. Fin del texto mecanografiado, con la indicación “Problema ibérico”.

— 147—
deseos que expresamos, carecemos de los detalles de tal realización,
impredecibles por otro lado, y de estos últimos dependerá en algo la
propia formación de la unidad espiritual ibérica.
Lo que nos importa ahora es, empero, sólo determinar el pre-es-
píritu ibérico, la actitud preliminar del problema de nuestra unifica­
ción. Lo que importa es, a partir de ahora-si es este nuestro objetivo-
concebir fuertemente nuestra diferencia en relación con los otros gru­
pos civilizatorios europeos y nuestra íntima semejanza, a través de
nuestras necesarias diferencias nacionales. Esto es lo que importa, y
sólo esto. Ver bien cómo nuestra misión, cualquiera que ella sea (...)
No es sin embargo imposible tener de esta futura acción mental
ibérica una idea vaga -la cual, en cuanto vaga, puede ser el contorno
indeterminado de hechos futuros (desde el momento en que va con­
juntamente con aquellos) que no pueden ser negados (a).
Toda nación que se constituye en modo superior -que puede ad­
quirir una conciencia civilizatoria de sí misma- representa una síntesis
especial de elementos dispersos de la civilización a la cual pertenece.
El espíritu francés es la síntesis francesa de los elementos de la civili­
zación europea; el espíritu inglés es la síntesis inglesa de estos elemen­
tos; y así para todos los otros países. Un País tiene un hondo valor en
su civilización en base al grado que, nacionalizándolos, profundiza y
da nuevo significado a los elementos generales comunes a todos los
países de la civilización a la cual pertenece. Un País inferior se limita,
aceptando los elementos generales de civilización, a imprimir a ellos
la impronta nacional suficiente para garantizar que, acogiéndolos, no
se encuentren desnacionalizados. Ejemplo: Suiza, Holanda, Bélgica.
Este género de países no dan nada esencial a la civilización. Podrían
dejar de existir sin que la civilización ni siquiera sufriese; y, si valen
alguna cosa, lo valen como Buffer States,168 en su significado superior,

168. “Estado-Colchón” o “Estado-Tapón”, en inglés en el original; en la geopolítica


desde el siglo XIX se denomina de esa manera a un estado intermedio que se encuentra

— 148—
fronteras compactas entre naciones y naciones definidas. Llamamos
a estos países, países depositarios de civilización.
Un País medianamente creador (ejemplo: Francia, Alemania, Cas­
tilla como tal) no sólo acoge los elementos provenientes del extranjero
sino que además los armoniza e intensifica en una determinada di­
rección, lo cual los hace idóneos para transformarlos en surco, en psi­
que nacional. De esta manera, al principio de su existencia política
definida, el rol de Francia es aquel de racionalizar la civilización; los
franceses son los armonizadores del conjunto de ideas, de tendencias
que constituyen el fondo civilizatorio. Al principio, el rol de Alemania,
muy similar y opuesto (en el fondo Francia y Alemania son las dos
caras de la misma moneda), era aquel de transformar los valores civi­
lizatorios; en fin, era aquel de disciplinar y concatenar en la práctica
la fuerza civilizatoria. El rol de Castilla-España era aquel de oponer a
las corrientes centrífugas de Europa el freno (absurdo aunque fuera
necesario) de la (..?)
Llamo, a estos países, países distribuidores de civilización. Distri­
buyen civilización de tres modos: por medio del imperialismo gue­
rrero, que lleva en la punta de la espada la secousse169psíquica necesaria
para renovar, desde el punto de vista de una civilización, el pecho he­
rido de otras naciones (Felipe II, Napoleón, Guillermo II); por medio
de la transformación de valores que su posición geográfica (...)
Finalmente están los países que crean civilización. Son aquellos
que a los elementos generales, que el tiempo proporciona, le añaden,
al sintetizarlos, algo que no consiste tan sólo en su armonía, sino algo
de más, algo en una nueva dirección no contenida ni en uno ni en otro

entre dos grandes poderes rivales o potencialmente hostiles, que por su existencia está
pensado para evitar conflictos entre ellos. “Estado-Buffer” es cuando es auténticamente
independiente, por ejemplo: Uruguay y Paraguay, entre dos potencias enfrentadas como
Argentina y Brasil, por lo general persiguen una política exterior neutral, hecho soberano
que los distingue de los llamados estados satélites.
169. En francés en el original: conmoción, sacudida.

— 149—
de los elementos sintetizados, pero sí en su conjunto, y, sí en algunos
elementos, pero vagamente. Tales son, de manera suprema Italia e In­
glaterra (únicos países civilizados de Europa) y, en menor grado, en
virtud de su estupenda acción en los descubrimientos, este sagrado y
divino rincón de la tierra, a quien los Dioses concedieron que abriese
las puertas de los Lejanos y renovase en la distancia al viejo mundo.
Estas palabras parecerán extrañas, pero son meditadas y cautas.
Nuestros descubrimientos son una obra cuyo espantoso sentido to­
davía no ha alcanzado la superficie de la intuición sociológica con­
temporánea, en parte porque la sociología todavía no existe, en parte
porque lo que de ella existe ha sido hecho por la parcialidad jesuítica
de franceses, por la pesada falta de intuición histórica de los alemanes,
y por la insularidad ignorante de los ingleses. Un ejemplo servirá y
bastará para dar la medida de la estupidez sociológica de los que ma­
nejan estos asuntos. En cualquier tratado de historia, el autor, al tratar
los descubrimientos, cita siempre dos o tres nombres, y en torno a
ellos la rueda teje su pobre parte de la corona de gloria de los descu­
bridores. Esos tres nombres son Colón, Vasco da Gama y Fernando
de Magallanes. Ahora bien, si existe algo nítido para el sociólogo, es
que el nombre supremo en los Descubrimientos es el del Infante D.
Henrique, una de las figuras máximas de un creador de civilización
que el mundo haya visto jamás; de quien Colón, Gama y Fernando
de Magallanes son el brazo y el gesto. Tan cierto es esto que en la his­
toria, como en la sociedad en general, el acto brillante es el que su­
planta al acto creador. Véase un ejemplo que elucidará la cuestión:
¿quién habla de la Revolución Inglesa como se habla de la Revolución
Francesa? Sin embargo la primera fue fons et origom de la segunda.
Por Cromwell y por sus hombres es que ingresó la República, la Re­
pública en sentido moderno, de anti monarquía, en Europa. ¡Y todos
piensan que fue con los grandes agitadores de 1793! Sea como fuera,

170. En latín: fuente y origen.


ese período de los descubrimientos marcó lo que somos. Y lo somos
incompletamente, porque actuamos inibéricamente. Todos nosotros,
de esta forma -portugueses, castellanos, catalanes- sólo alcanzaremos
nuestra mayoría de edad civilizatoria cuando, confederados en Iberia,
podamos, unidos en la desgracia y en la triste experiencia, afrontar a
Europa otra vez, reconstruir nuestro predominio de los tiempos en
que el mundo era nuestro, de otra manera, para otros fines, [...]
Tres son los gritos de muerte que debemos portar en nuestro co­
razón: Delenda Gallia! Delenda Germania! Delenda Ecclesia! En la as­
piración que esos gritos representan construyamos nuestra alma
ibérica. Por una severa disciplina íntima, enteramente nuestra, tal cual
la encontramos en nuestra alma romana y árabe incidamos en nuestro
espíritu profético el destino ibérico futuro. Somos los precursores de
una tragedia divina, anunciada a gritos en el Atlántico y en el Medi­
terráneo. ¡Anhelemos todos, en nuestros versos que menos lo ansian,
en nuestros pensanííentos que menos lo contengan, en nuestras aspi­
raciones que menos parecen verlo, el Día Ibérico, el día en el cual do­
minaremos con el espíritu las Américas del Sur y del Centro, el día
en que nuestro abrazo ceñirá el África septentrional, el día en que los
pies de nuestros ejércitos victoriosos puedan pisotear los pavimentos
de París!
¡Que esta aspiración de todo el pasado ibérico, resurrecto ahora en
una voz aislada, encuentre eco en los corazones de Iberia! ¡Que todos
nosotros, por más que nos cueste, nos compenetremos de nuestro des­
tino de gladiadores! ¡Quebremos los pies -nosotros, portugueses, a
nuestras fantasías de repúblicas democráticas y otras invenciones fran­
cesas, procurándonos nosotros en nosotros: vosotros, castellanos, el
ansia de conservar aquello que tenéis, vuestro imperialismo engañoso
de absorciones inútiles, que sólo sirve al Extranjero Común; vosotros,
catalanes, vuestra innoble agitación obrera hecha por agentes espiri­
tuales de Francia! Sacrifiquemos, cada uno de nosotros, aquello que
ya nada vale. Todo esto va a costar, todo esto es muy difícil, todo esto

— 151—
pesa y duele y nos separa de cosas amadas, y de un pasado próximo,
que, aunque fuera un error, fue nuestro pasado. Digámosle a nuestras
tradiciones mortales (letales) como Cristo le dijo a su Madre: ¿quién
es mi Madre? [...]
Construyamos en nosotros la Iberia. Y un día Iberia será.
Cuesta mucho a un católico ibérico reconocer que la fe de los papas
es enemiga de su Ciudad-Península. Cuesta mucho a un portugués
republicano reconocer que su idea de república es un insulto que los
franceses hicieron a su nacionalidad. Es muy difícil resolver el pro­
blema de conservar la república sin tener la democracia, importación
francesa, que los franceses trajeran en mal estado de Inglaterra. Pero
sólo aquello que vale la pena cuesta y duele. Bendito el dolor y la pena
por los cuales el Mundo se transforma.171

Fondo común del alma ibérica-, su carácter totalmente ibérico frente a


las otras influencias
Resultante civilizatoria: Creación de un tipo de civilización que
sea un resumen de la civilización pasada.
Rol de España: Síntesis de los elementos extranjeros por medio de
la subordinación de aquellos modernos a aquellos más antiguos.
Rol de Portugal: Síntesis de los elementos extranjeros por medio
de la subordinación de aquellos antiguos a aquellos modernos.
La constitución heterogénea de España debe basar todo su esfuerzo
sobre los elementos conservadores.
La c. homogénea de Portugal debe basar todo su esfuerzo sobre
los elementos no conservadores.
La Revolución Francesa fue una nacionalización de la teoría po­
lítica inglesa, hecha por medio de su oposición a aquella Francia an­

171. Fin del texto mecanografiado, con la indicación “Iberia”.

— 152—
tigua, del absolutismo del antiguo régimen.
La Revolución Inglesa fue una nacionalización de la Reforma, de
la revuelta contra Roma, hecha por medio de una igual oposición en
relación a las fuerzas antiguas.
La Alemania de Bismarck fue una nacionalización casi espontá­
nea, hecha no contra las fuerzas nacionales, sino contra las fuerzas ex­
tranjeras -aquellas de la Revolución Francesa.
El Imperio de Felipe II fue una nacionalización directa de fuerzas
antiguas, extranjeras, transferidas a España sin alteración -una unión
de la idea de imperio y de la idea católica.
La Portugal del descubrimiento fue la nacionalización de una ten­
dencia extranjera.
En las otras naciones, nacionalización por medio del análisis, lo
que significa por medio de oposiciones de los elementos fortificantes
extranjeros o nacionales en los otros elementos. En Iberia, nacionali­
zación por medio de la conciliación de los elementos extranjeros y de
aquellos nacionales, opuestos o concordantes.172

Presentados estos preliminares, resta entonces examinar, más en pro­


fundidad, cuáles son las condiciones básicas de esta orientación,
ibérica, futura. ¿Qué significado real tendrá el decidir si nosotros,
portugueses y españoles, debemos actuar separados o conjuntamente?
¿En qué punto debe ejercerse entre nosotros la separación, y en qué
punto combinar esfuerzos?
La cuestión es muy simple. Debemos mantenernos separados en
todo aquello que se relacione con problemas nacionales, unidos en
todo aquello que se relaciones a problemas inherentes a la acción ci-
vilizatoria. Instituciones, costumbres: conviene que todo ello sea dife­

172. Fin del texto mecanografiado.

— 153—
rente en uno y en otro pueblo. Orientación frente a Europa: conviene
que sea la misma en ambos.
Hay cosas que nos separan desde un punto de vista nacional: el
hecho, por ejemplo, de ser nosotros un país colonial, y el que España
no lo sea. Mantengamos las otras cosas que nos separan: la república
aquí y la monarquía allá (instamos a no tener ninguna simpatía de
parte nuestra por los republicanos españoles, gente por lo tanto corta
de vista en materia nacional), el anti-catolicismo nuestro, y el catoli­
cismo de ellos.
Un hecho fundamental nos separa; un acercamiento total com­
portará que uno de nosotros ignore la propia esencia o que ambos la
ignoren. De donde sobrevivirá un peligro o para uno o para ambos.
En la época de la grandeza de ambos, nosotros, obligados por los re­
sultados de los descubrimientos a adoptar un imperialismo, tuvimos
que asumir una actitud española. A partir de ese momento comenza­
mos a caer bajo el dominio de España.173
El hecho fundamental que nos separa es el siguiente: España es
una nación compuesta por varias nacionalidades; nosotros somos una
nación unitaria, homogénea, tanto cuanto es posible que pueda serlo
una nación que no sea una mera Andorra o San Marino.
No deriva, de esta radical diferencia -a la cual se le va a agregar la
diferencia fundamental del clima y, por tanto, de naturaleza- una ine­
vitable y lógica diversidad de instituciones. Allí la monarquía es nece­
saria, a no ser que se desee ver a España deshecha en las nacionalidades
que la componen; aquí la república basta, y no es necesaria la monar­
quía, en cuanto no tenemos nada que unificar, siendo el país, de por
sí, unido. La monarquía es admisible sólo donde no conviene que
exista una república. En donde pueda existir tanto la una como la
otra, debe existir la república, porque es el más avanzado e indiscipli­
nado de los dos sistemas.

173. Pessoa nuevamente se refiere a la llamada “Época Filipina”, ver, utsupra, nota 67.

— 154—
El enemigo de Iberia es, en primer lugar, Francia. El alma francesa
es fundamentalmente hostil al alma ibérica, en todas sus formas -sal­
vo, tal vez, en la catalana.
La causa de combatir la fórmula francesa de civilización debe ser
uno de los puntos sobre los cuales debe converger el esfuerzo ibérico,
y en el cual se concentre de manera clara.
La naturaleza profundamente nacionalista de España se opone al
aspecto profundamente cosmopolita de Portugal. Parece que ya hay
aquí un elemento que perjudicará toda la unión de fuerzas. Pero en
realidad no es así. El ideal puede ser común, la orientación diversa.
Conviene, correctamente, que sea de esta manera. Únicamente la di­
rección general civilizatoria debe ser lo común a España y Portugal.
Una más estrecha comunidad comportará aquel acercamiento que,
como he dicho, es precisamente una de las cosas a evitar.

Dado que es negando que se afirma y es circunscribiendo que se de-


finé? de ese modo la orientación ibérica se define y ve lo que es nece­
sario si le dicei^contra quién debe combatir, cuál es su enemigo.
Combatiéndolo, estará creando su propia orientación.
Este enemigo es, en primer lugar, Francia.
Con el fin de tener una orientación ibérica en común, se debe
tener cualquier cosa, psíquica, de común entre España y Portugal.
¿Existe este elemento, y cuál es, si realmente existe? (Porque, si eso
no existe, es inútil todo intento de unión, dondequiera que se sitúe).
En el transcurso de nuestro gran período, que ambos experimen­
tamos, en un modo u otro, tuvimos en común la imposición del ca­
tolicismo, religión extraña al origen ibérico. Se procedió, por tanto,
en ambos casos, en modo cosmopolita, porque creamos actitudes na­
cionales a partir de los elementos extraños a la nacionalidad. España,
de un lado, actuó en modo imperialista, según un imperialismo de
naturaleza tradicionalmente extranjera; y nosotros de forma más ate-

— 155—
nuada, hacemos lo mismo, siguiendo el imperialismo de expansión,
peor de una manera diferente a aquel antiguo (????????).
El problema capital de la civilización moderna es cuál será la trans­
formación que deberá sufrir la idea democrática para acompañar al
progreso social, con el cual va haciéndose incompatible.
España y Portugal, países de débil educación, se encuentran, por
esta razón, en las mejores condiciones para crear una aristocracia.
También se da el hecho que no tenemos algún tipo de tradición po­
lítica. Nuestra obra debe situarse en este campo: buscar ibéricamente
la nueva fórmula para la sociedad. (????).
Crear una nueva literatura, una nueva filosofía; éste es el primer
paso. En Portugal ya ha sido dado, especialmente en filosofía, por
Leonardo Coimbra,174 uno de los tres grandes filósofos de la Europa
contemporánea (los otros dos son Bergson175 y Eucken176).
Cultura y Arte son la síntesis de los europeos -de lo contrario no

174. Leonardo José Coimbra (1883-1936): político y filósofo portugués intuicionista


de la escuela bergsoniana, de formación anarquista, formó parte de la llamada “Renas-
cen^a Portuguesa”, colaborando activamente desde su fundación en la revista político-
filosófica A Águia -ver cap. I nota-; de la cual llegará a ser director desde julio de 1922
a junio de 1932; fue ministro de Instrucción de la primera república portuguesa (1919-
1923); en sus últimos años su “creacionismo” derivó en nacionalismo místico y su filo­
sofía en un idealismo esencialista, en el que incluía a la metafísica y la religión,
convirtiéndose al catolicismo en 1935; una de sus obras más importantes, de gran influen­
cia en Pessoa, fue Camóes e a Fisionomía Espiritual da Pátria de 1920.
175. Henri-Louis Bergson o Henri Bergson (1859-1941) fue un filósofo francés, ga­
nador del Premio Nobel de Literatura en 1927; desarrolló una filosofía intuicionista,
vitalista y espiritista, con muchos puntos de contacto con el deísmo, lo irracional, el pro-
videncialismo y el designio fatalista del destino; su obra se centra en el concepto de élan
vital, fuerza vital, en la cual gira toda la creación. Su obra se puso de moda y fue un fe­
nómeno cultural que trascendió lo académico. Sobre su influencia en Pessoa, véase nues­
tro estudio preliminar.
176. Rudolf Christoph Eucken (1846-1926): filólogo alemán, premio Nobel de Li­
teratura en 1908; influenciado por el neoaristotelismo de Trendelenburg (gran crítico de
Hegel) y la teología de Tomás de Aquino, desarrolló un idealismo práctico y vitalista, el
“Activismo”, núcleo de la llamada Lebensphilosohie.

— 156 —
existe civilización- pero orientados ibéricamente, vale decir, subordi­
nados al concepto fundamental que el alma ibérica hace de la cues­
tión. Tal concepto difiere de aquellos de las otras naciones europeas
en este punto: mientras toda la política y el arte de los otros países se
basa sobre principios nacionales, el resto de nosotros adquirimos prin­
cipios nacionales sobre todo a través de síntesis y amalgamas de prin­
cipios importados, cosmopolitas. En modo especial esto es verdad en
cuanto a Portugal, donde la actitud cosmopolita alcanza su máximo.
Cuando nos falta un cosmopolitismo fuerte, cualquier cosa que
creamos caemos en la nulidad intelectual. Otras naciones pueden con­
tinuar teniendo relevancia en la vida cuando en todo son nacionales;
nosotros tenemos interés de ser internacionales para poder ser nacio­
nales en cualquier cuestión.
La cultura extranjera es analítica (????), la cultura ibérica es sinté­
tica. Una nación cualquiera de Europa sólo necesita de una influencia
extranjera si lo es para crear su propia actitud. Nosotros necesitamos
de influencias extranjeras conflictivas para esto. Con elementos ita-
liarfbs, Inglaterra creó su propio Renacimiento. Con elementos puros
italianos, creó E^ancia el suyo. Nosotros con elementos del Renaci­
miento sumados a aquellos del Medioevo, católicos.177

En este capítulo profético entendemos, sin embargo, el sentido de


nuestra idea. Sería absurdo esperar que yo, o cualquier otro, aunque
con el auxilio de toda esta teoría delineada, pudiéramos más que es­
bozar los resultados culturales a que conduciría su aplicación y la rea­
lidad futura. Sobre este punto predecir sería ya obtener. Lo que sí es
posible esbozar, y solo esbozar, es cuál especie de síntesis resultará de
tal realización y cuáles elementos de esta síntesis contiene. Lo que sí

177. Fin de texto mecanografiado, con la indicación: “Alianza Ibérica”.

— 157—
es posible es tener la visión de cómo la síntesis podrá hacerse, y no lo
que ella es, realmente y en la vida, después de hecha (el menos estético
de los divertimientos inútiles).
Habíamos dicho que la síntesis cultural ibérica deberá nacer de la
conjunción de tres elementos o actitudes: Se basa en nuestro carácter
ibérico común, y esto es el fondo ibérico-romano-árabe de nuestra
personalidad psíquica común. Es esta una síntesis cultural positiva;
entendiéndose, sin embargo, que lo es a través de la absorción asimi­
ladora de los elementos contemporáneos de civilización. Es la iberi-
zación de las corrientes civilizatorias europeas que forman la síntesis
ibérica, que es la trascendencia especial de tales corrientes sumadas
en nuestra personalidad misma.
En cuanto negativa, esta síntesis cultural se opone: de un lado, al
mismo pasado ibérico que fue enemigo de Iberia -y este pasado se re­
sume en la doctrina de la Iglesia Católica; del otro, se opone a la cultu­
ra francesa y a aquella alemana, que son fuertemente derivadas de
aquellas iniciales italianas e inglesas. La síntesis ibérica es enemiga
de la cultura francesa porque la lucidez superficial del francés no
puede casarse con los elementos árabes, profundos e intensos, de nues­
tra personalidad psíquica, con el elemento soñador, colorido, infla­
mado, de nuestro actual arabismo indígena. Es enemiga de la cultura
alemana porque (...)
No es enemiga de la cultura italiana y de la cultura inglesa porque
ellas son culturas básicas y no meramente traducidas, como las otras
dos. Oponerse a esto será como alzar barricadas contra la civilización.
Somos la síntesis del Mediterráneo y del Atlántico; la cultura italiana
es la flor del Mediterráneo, la inglesa lo es del Atlántico en el Norte.
Francia y .Alemania son países intermedios, meros transmisores y per-
feccionadores de la creaciones de los otros.
En la germanofilia castellana y en la francofilia portuguesa se ma­
nifiestan las traiciones culturales de la Península.
Para mí, poeta decadente, para quien la política es sólo el más pe­

— 158—
ligroso de los divertimientos inútiles (el menos estético de los diver­
timientos inútiles), todo esto tiene la importancia (...)
Sin embargo, no se trata de amistad o de un acercamiento ami­
gable, frases que tienen, tras las otras señaladas, la desventaja de no
tener sentido; se trata de cualquier acuerdo que se sienta en el modo
más nítido y se vea en el modo más sólido, el caso es otro, y debemos
afrontarlo frontalmente, sin la intención de ser complacientes o in­
cluso imparciales (la imparcialidad es la forma menos noble de ser
parcial, porque es la más hipócrita, porque es la única realmente hi­
pócrita).
En la península hispánica, de una punta a la otra, nosotros no
somos latinos, somos ibéricos. Es necesario estabilizar antes que todo
este punto. No tenemos nada, psicológicamente, en común con los
dos países herederos de la civilización latina propiamente dicha -Italia
y Francia. Nosotros no somos latinos, somos ibéricos. Tenemos -es­
pañoles y portugueses- una mentalidad aparte del resto de Europa.
Cuales sean las diferencias que nos separan (y ellas existen), somos
más'tercanos psíquicamente el uno del otro que cualquiera de noso­
tros con respectóla cualquier otro pueblo extra-ibérico. Se han dicho
cosas que sugieren que nosotros los portugueses somos más similares
a los franceses, o a los italianos, que a los españoles; cosa que por for­
tuna no es verdad. A qué grado de desnacionalización, al cual no era
necesario que hubiéramos llegado, para haber llegado a afirmar pre­
cisamente que (...)
Si somos ibéricos, tenemos derecho de esperar que todo debe di­
rigirse a una política ibérica, a una Civilización ibérica, la cual común
a los países que componen Iberia, que, sin embargo, a todos ellos tras­
ciende (ninguno de ellos individualmente la trasciende).178

178. Fin del texto mecanografiado con la indicación: “Iberia”.

— 159—
8

1. ¿Cuál es el fin que se pretende con la “aproximación” ibérica de la


cual se ha transformado ahora en campeón de la causa el Sr. Félix Lo­
renzo, director de “El Imparcial”?179De tres cosas, una debe correspon­
der a la verdad. O bien se pretende sólo establecer una amistad firme
entre dos pueblos que la historia hasta hoy ha separado espiritualmente
(y todavía más separado después del período que los unió); o bien se
pretende tantear el terreno por la vieja y conocida táctica de la absor­
ción de Portugal por parte de España; o bien se busca, de verdad, pre­
parar las cuestiones sociales para un futuro acuerdo que, sin ser una
mera amistad, tampoco represente una absorción, pero sí, en todo caso,
cualquier cosa que estatalmente aproxime España a Portugal.
2. Sin preocuparse por ver cuál de las hipótesis es la que verdade­
ramente la campaña española tiene en mente, buscamos ver cuál es la
base que tiene para cualquiera de ellas. Critique ofthefirst ebewhere}m
3. ¿Qué viabilidad tiene la tentativa de una aproximación entre
los dos países? Problema para estudiar sociológicamente: (a) la unidad

179. Félix Lorenzo Diez (1879-1936): periodista madrileño, que firmaba a veces con
el pseudónimo de “Heliófilo”, colaborador de muchos diarios y revistas españolas e ibe­
roamericanas, y corresponsal en el periódico londinense “The Evening Times”; no era
director del diario “El Imparcial” de Madrid como señala Pessoa, sino su redactor-jefe.
En calidad de enviado especial, vivió en Portugal en 1910, 1912 y 1915, escribiendo
unas interesantes crónicas que luego aparecieron como libro: Portugal (Cinco años de Re­
pública), Est. Tip. De la Sociedad Editorial de España, Madrid, 1915. “El Imparcial” fue
un diario matutino de ideología liberal fundado por Eduardo Gasset y Artime en 1867
y desaparecido en 1933; fue uno de los primeros diarios de empresa, en contraposición
a los diarios de partido; su ideología lo acercaba a la extrema derecha y al conservadu­
rismo, era el medio gráfico más enemigo de los movimientos obreros y de los nuevos na­
cionalismos. Su suplemento literario, “Los Lunes del Imparcial”, fue el suplemento
cultural más importante en lengua española durante décadas, donde escriben desde sus
inicios los que poco más tarde serían bautizados como “Generación del 98”: Unamuno,
Maeztu, Azorín, Baroja.
180. En inglés en el original: “La crítica de la primera en otra parte”.

— 160—
de Iberia -su peninsularidad; (b) el lugar histórico de fusión del ele­
mento romano con el árabe; (c) los dos Países han legado la misma
nota del pasado, por su común acción de apertura del Nuevo Mundo
a la civilización. En estos tres puntos se asienta la unidad de la civili­
zación ibérica, porque, por más separados que los dos pueblos estén
o se sientan, son ruedas en el mismo eje, que, por lejanas que estén
una de otra, son parte del mismo movimiento y tienen el mismo sen­
tido en su dirección.
4. Si la Iberia es así, trascendiendo los pueblos que la componen,
una unidad civilizatoria, es evidente que se encuentra en la lógica na­
tural de las cosas que una separación verdadera perjudica a cada ele­
mento componente —o, mejor, que debía ser un componente- de esa
unidad.
5. Esta unidad esencial se acompaña, entonces, de diferencias enor­
mes en los puntos secundarios. Nos excusamos de buscar las causas
de estas últimas, tal como buscamos la unidad esencial. Porque es su-
perfluo buscar causas de aquello que es patente: Portugal no quiere
ser español, ni de una forma ni de otra. De los odios sembrados en la
historia, el odio del portugués a la España imperialista es el único que
permaneció, porque aquel que teníamos contra los franceses que nos
invadieron con Napoleón,181 y aquel contra los ingleses que lanzaron
el célebre “Ultimátum”,182 ambos son pasado y se han desenraizado
de nosotros.
6. Ahora bien, esta existencia de divergencias muy grandes, lejos
de perjudicar la idea implícita (para el estadista) de la íntima unidad
civilizatoria ibérica, en realidad la refuerza y la vuelve incluso más
aceptable. Porque todo organismo es superior en la proporción en
que su unidad esencial es interpretada y realizada por funciones dife-

181. Tres fueron las invasiones francesas a España: en noviembre de 1807 (bajo el
mando del general Junot); en marzo de 1809 (bajo el mando del mariscal Soult) y final­
mente en agosto de 1810 (bajo el mando del general Massená).
182. Véase, ut supra, cap. I, nota 78.

— 161—
rendadas. Cuanto más elevado es un organismo en la escala de los
seres vivos, más diferenciados son su órganos que lo componen, y
mayor la interdependencia de sus funciones. Por eso, dada la unidad
fundamental que la naturaleza (por su territorio y por su historia) le
dio a Iberia, y dada la paralela diferencia entre pueblo y pueblo que
la componen, somos conducidos, no a la conclusión que dicha unidad
es imposible, sino, por el contrario, que, siendo posible, será produc­
tora de resultados sociales (civilizatorios) notabilísimos, por eso es
que, conseguida la unidad orgánica, la enorme divergencia de las par­
tes componentes tenderá a hacer esa unidad altamente productora de
civilización.
Ha sido una cosa espléndida que la historia, que nos hizo nacer
unidos, por tanto tiempo nos separase, para que, uniéndonos, cons­
tituyéramos una unidad civilizatoria en tanto unidad vital de un or­
ganismo superior, y no una unidad inferior, como Francia, o como
Alemania. (E incluso así, el largo tiempo que Alemania estuvo en es­
tados separados la dividió mucho y le condicionó la superioridad que
conquistó. Pero allí hubo el pecado de la hegemonía prusiana...).
Establecido, pues, que debe tenderse hacia una unidad ibérica, en
el mismo momento queda fijado que esa unidad debe ser constituida
por pueblos lo más divergentes posibles dentro de esta unidad. Desa­
parece entonces, como absurda, como ibéricamente criminal, toda
tentativa que se quiera esbozar de absorción de un país por otro, como
criminal resulta, luego también, la absorción (ficticia, por otra parte)
de la nación catalana por Castilla. Porque llegamos finalmente a la vi­
sión integral de la confederación ibérica.183

Otro punto a tratar: radicalizar siempre más las diferencias entre los

183. Fin de texto mecanografiado con la indicación: “Iberia”.

— 162—
estados que componen la personalidad ibérica. Aumentar la diferencia
entre Cataluña, Castilla y el estado natural gallego-portugués. Dife­
renciar, a fin que la unidad producida sea una unidad compleja y, por
lo tanto, fecunda. Repetimos para ignorantes y desatentos: un orga­
nismo es tanto superior cuanto más son de heterogéneas sus partes
componentes, cuanto más su unidad es heterogénea e interdepen-
diente (...).
¿De qué modo se debe entender esta diferenciación? Radicalizar
fuertemente en todos los Países sus tradiciones populares: costumbres
regionales, muebles, cerámica, la arquitectura propia. Cultivar en
todos los Países la lengua propia con un cuidado escrupuloso. De esta
manera, uno de nuestros primeros escrúpulos debe ser aquel de dife­
renciar nuestra lengua de la castellana lo más posible, arribando de
esa forma a la diferenciación ortográfica, a través del uso de nuestra
ortografía tradicional, que algunos portugueses degenerados -en su
mayoría republicanos—han degradado por medio de la simplificación,
vale decir, por medio de la castellanización. Nos enfrentamos siempre
a urta especie de separatismo ibérico. Es óptimo que exista una base
nacional tan sólida, para que resulte verdaderamente heterogénea
cuando devenga interdependiente la unión de las naciones ibéricas en
confederación.
Porque —¡no lo olvidemos jamás!- no se trata ni de una unión, ni
de una federación, sino de una confederación. ¡Recordémoslo una vez
más, recordémoslo siempre!
Y si este estudio se vislumbra absurdo, romántico, delirante, re­
cordemos que en escritos mucho más románticos, absurdos y deliran­
tes ha tenido su inicio la corriente que ha creado el actual Imperio
alemán, la horrenda maravilla, pero la maravilla de nuestros tiem-

184. Fin de texto mecanografiado con la indicación: “Iberia”.

— 163—
10

De los problemas que hoy agitan y perturban la indisciplinada vida


de Europa, el problema del separatismo catalán185 es tal vez el que
más flagrantemente pone en foco el conflicto fundamental que
irrumpe hoy en el Mundo y por lo tanto, aquel que más curiosas en­
señanzas contiene.
En el pleito, que el Destino hace para que exista una lucha entre
España y Cataluña, reside un hecho esencial de todos los dramas.
Como en todos los dramas, un momento creado por el Destino, pero
según los resultados inevitables de un pasado que debidamente se
acumuló, hace entrar en conflicto fuerzas e ideas que es absurdo que
entren en conflicto, que es doloroso que estén en guerra. Como en
todos los dramas, no existe una solución satisfactoria del problema,
porque el único arbitraje verdadero, y por ello injusto, es aquel del
Destino. Y como en todos los dramas humanos, ambas partes tienen
igual de razón.
El conflicto entre Cataluña y España es el conflicto entre el con­
cepto nacional de país y el concepto civilizatorio de país. Un concepto
es geográfico, supone ser étnico, y afirmarse como lingüístico. El otro
concepto es histórico, supone ser imperialista y se afirma como cul­
tural.
Desde el punto de vista nacional, y exclusivamente nacional, Cata­
luña es una nación, un país, con naturaleza propia, tendencias espe­
ciales, con un idioma aparte que la define, y una aspiración que desea.
No es una pseudonación como, por ejemplo, Bélgica o Suiza, a las
que les falta, desde el mismo inicio, la base lingüística para demostrar
al mundo que tienen personalidad. No es una nación artificial, como
por ejemplo los Estados Unidos de América, en el cual la unidad lin­
güística no expresa más que una tradición de colonización, sin base

185. Ver, utsupra, nota 162.

— 164—
en una cultura propia, ni psique nacional a la que le corresponda. No
es una nación muerta, como Irlanda, en la que [...]
No es una región espiritualmente conquistada, como las provincias
de Alsacia y Lorena, en su origen germánicas, y que Luis XIV robó a
Alemania, que Bismarck después (de modo territorialmente legítimo)
recuperó para la Patria, y que hoy pasan otra vez a manos del usurpa­
dor que las conquistara espiritualmente.186

11

Cataluña es a España exactamente lo que la Provenza es a Francia. En


ambos casos la nación cultural se superpone a las naciones culturales.
¿Aquellos de la posteridad sabrán que ha existido el catalán, que ha
existido el provenzal o, también, que ha existido el holandés o cual­
quiera de las lenguas escandinavas? En absoluto. Sólo las lenguas im­
periales sobreviven. Solo las lenguas de los pueblos que crean imperio
tienen derecho al futuro y por lo tanto, al presente nacional. Nosotros,
portugueses, somos un pueblo pequeño, pero somos un pueblo impe­
rial, cuya lengua s^Jia difundido por todo el mundo, que hemos creado
civilización y no simplemente la habíamos vivido. ¿Por qué razón debe
Cataluña vivir subordinada a Castilla? Por la razón que (...)
Ingleses, franceses, italianos, alemanes, españoles, portugueses,
todos hemos creado civilización: los otros han vivido la civilización
que nosotros hemos creado. La mayor conquista que los imperios rea­
lizan es aquella de la posteridad. La conquista de la posteridad está
grabada sobre los muros de la lengua imperial con letras de fuego.
Holanda casi creó civilización, pero su obra histórica, de relieve co­
mercial y no cultural, no tiene fuerza para subsistir culturalmente. Es
como si nunca hubiere existido. Sólo los Boers, en el extremo de Áfri­
ca, la han registrado. Son buenos trabajadores y leen la Biblia todos

186. Fin de texto mecanografiado con la indicación: “Cataluña”.

— 165—
los Domingos. Lo he experimentado y lo sé, por desgracia.187

12

Los problemas ibéricos, en aquello que se refiere a problemas internos,


son tres:
1) La remodelación del estado español, re-anexionándose Gi-
braltar.
2) La integración del estado portugués, a través de la reintegración
de Albuquerque y Olívenla,188 y la anexión de Galicia.
3) La alianza ibérica, como defensa común de nuestro suelo es­
piritual, invadido culturalmente por Francia, y dividido territorial­
mente por la política de Inglaterra.
El problema de Galicia no se asemeja al problema catalán. El in­
cierto separatismo gallego no puede mirar a Ja independencia de la
región, pero sí puede mirar, sin crimen de lesa-Iberia, la integración
en el estado portugués. Hay tantas razones para que Galicia sea una
región española, como para que sea parte de Portugal (y no digo “re­
gión portuguesa”, porque Portugal es uno solo). Integrada en España,
Galicia sigue una continuidad histórica y no pierde el contacto con
su valor civilizatorio. Integrada en Portugal, queda como parte de un
estado al que por naturaleza y raza (ra$a) pertenece, y también no
pierde el contacto con el valor civilizatorio, porque pasa a formar parte
de otra nación europea definida de manera civilizatoria.189

187. Fin de texto manuscrito.


188. Tanto Albuquerque (Alburquerque) como Olívenla (Olivenza), hoy ciudades
españolas ambas en Badajoz, fueron en un lejano tiempo, k primera entre el siglo XII y
el XIII y la segunda entre el siglo XII y el XIX, parte del territorio portugués. En parti­
cular Olivenza, que fue reocupada por España en 1801; durante la Guerra de las Naran­
jas, la diplomacia española ignoró los acuerdos pactados en el Tratado de París (1814) y
del Congreso de Viena (1815); Portugal luchó en su momento por la restitución, pero
en la actualidad ha renunciado a los derechos de soberanía.
189. Es notoria la comunidad geomorfológica, étnica, histórica y cultural y lingüística

— 166 —
Cataluña, sin embargo, sólo tiene que escoger entre las desventajas
menores de su integración, como hasta aquí en España, aunque, por
ventura, con otras ventajas, y las desventajas mayores de su indepen­
dencia absoluta. Nadie en Iberia le da licencia a que escoja la innoble
hipótesis, que sería la unión con Francia, a la cual parece secretamente
mirar parte de la tendencia catalanista.190

13

La acción civilizatoria con la cual nosotros, portugueses y españoles,


dominamos del Este al Oeste de la tierra, creamos la América, no
fue otra que una desviación necesaria de nuestro imperialismo na­
tivo. Entendamos. Fue una desviación necesaria de nuestra iberi-
cidad común. No fue una desviación de nuestra errada existencia
separada de Portugal y España. Portugal, en aquello en que sólo es
Portugal, debía, aí construir un imperialismo, construir un impe­
rialismo marítimo, basado en aquellos descubrimientos que su po­
sición geográfica le imponía, al cual su posición geográfica lo
crucificaba. Esp^pa, en aquello en que sólo es España, debía seguir
este movimiento en una dirección y, al mismo tiempo, crear un im­
perialismo, expandirse contra el lado europeo. La personalidad
dispersa de Iberia se expande, de esta forma, en dos direcciones: en
aquella del imperialismo colonial, ahora creado, y en aquella del
imperialismo de dominio común, que Felipe II realizó. La misma
dúplice dirección imperialista implica, ilustra, la íntima dispersión
de la personalidad natural de la Iberia-península. El hecho de caer

entre Galicia y Portugal, que proviene del Neolítico, siguiendo con la expansión celta,
surgiendo en tiempos de la colonización romana una nueva lengua, que algunos llaman
“Romance romano de Occidente” o “Lengua romance de Occidente” (Jaime Cortesáo),
con muchas diferencias con la restante sociedad hispano-gótica después de la invasión
visigoda.
190. Fin de texto mecanografiado.

— 167—
-nosotros, los portugueses- bajo el dominio español,191 caía dentro
del género de imperialismo que había aparecido en la Península. Una
vez generado en la Península un imperialismo de conquista y expan­
sión, era natural que ello surgiera dentro de la misma Península; y
surgiendo en su interior, era natural que surgiese en la mayoría del
pueblo y, precisamente por ello, más adaptado a dominar, ya no era
el pueblo de los descubridores, sino aquel que -¡la misma posición
geográfica lo indica!- tenía que mantenerse al día con el descubri­
miento de la conquista. Fue una inevitable división del trabajo, fu­
nesta para Portugal.
Lo que demuestra, sin embargo, al mismo tiempo, que la acción
civilizatoria del antiguo Portugal y de la antigua España fueron erradas
ibéricamente es que, de todo este imperialismo marítimo, colonial y
europeo, no surge un imperialismo cultural. Sí, nosotros, portugueses
y españoles, habíamos dominado el acá y el más allá de los mares;
pero jamás ha existido una civilización española o una civilización
portuguesa o una civilización común entre ambas. Es la plena demos­
tración que nuestros imperialismos no representaban una expresión
perfectamente natural, saludable, de fines raciales inmanentes. Existe
un imperialismo alemán, pero además existe una cultura alemana,
distinta e impresa. Existe un imperialismo francés (o no fue, volviendo
a la Revolución Francesa), y en la idea misma de esta Revolución, su­
mada a aquella del anterior régimen, existe una cosa llamada cultura
francesa. Existe un imperialismo inglés y existe (por si mucha gente
no lo sabía) una cosa extraordinariamente clara llamada cultura inglesa
que se manifestó en su acción europea, por medio de la política. ¿Cuál
era el contenido cultural del expansionismo portugués o de la propia
expansión española? Propiamente ninguno. Lo era el catolicismo; pero
éste era extranjero y no era novedoso.

191. Referencia a la llamada “Época Filipina”, véase, utsupra, nota 67.

— 168—
Esto, sin embargo, nos lleva más lejos.
Visto que, no obstante ser naciones separadas, habíamos ejercido
una acción imperialista, podíamos ser imperialistas. Visto que, sepa­
rados, esta acción imperialista resultó incompleta (porque nunca han
sido flores de una cultura Ibérica o, separadamente, española y por­
tuguesa), nunca hemos tenido un verdadero imperialismo, ya que de­
bimos tenerlo conjuntamente, ibéricamente. Visto que, creando un
imperialismo colonial y europeo, nada conseguimos que no fuese ven­
tajoso para los otros pueblos (????????), debe existir otro significado de
nuestro imperialismo en conjunto.
Nuestro pasado imperialista nos debe servir para infundirnos el
orgullo en el que el imperialismo se fundamenta. Así como la tradi­
ción del viejo imperio alemán alimentó a los románticos modernos
alemanes mediante los cuales el orgullo germano, en su renaci­
miento, viene de la mano de Bismarck, creando el actual y gran im­
perio, del mismo modo hagamos nosotros de la noción orgullosa
de nuestro antiguo dominio la base para nuestro diversísimo domi­
nio 'futuro. Es de esta manera como el actual imperialismo alemán
nada tiene en caqjún con el otro, salvo el de ser un imperio, mien­
tras que nuestro imperialismo futuro nada tendrá en común con el
pasado, salvo el de ser imperialismo. Refutamos, en su realización
recordada, la lección del pasado; aceptemos el espíritu de lo que fui­
mos para renacer. Dejemos caer en la fosa el cuerpo del imperio que
habíamos tenido; resucitemos su espíritu, en aquello que es orgullo,
ansia de dominio, gloria de expresión.
Una de las cosas necesarias es liberarse de todos los elementos del
pasado que puedan pesarnos sobre nuestra configuración cultural.
Debemos hacer desaparecer las colonias portuguesas. Las colonias
portuguesas son una tradición inútil. Nosotros no teníamos el de­
recho de posesión de colonias. En nuestra mano, ellas no nos sirven,
no sirven a los otros y son para nosotros un peso, alimentando una
tradición funesta que fue bella hasta que tuvo gloria inútil, porque

— 169—
fue gloria; pero habiendo cesado de ser gloria, ha terminado por ser
solamente inutilidad.192
¡Que el imperialismo sea nuestra tradición; y no el imperialismo
colonialista y dominador!
Que nosotros podamos decir, reproduciendo con un significado
local las palabras con la cuales Nietzsche concluye El Anticristo:m
A partir de hoy, en toda la Iberia:

¡Transformación de todos los valores!m


(end)

I4195

Ya que la desintegración de España es un hecho definitivo, el caso es


cómo compensarla con una acción civilizatoria. La idea es, no formar
una Federación Ibérica, que será completamente inaceptable, sino
fraccionar Iberia en naciones separadas, que lo serán totalmente ex­
cepto con respecto a:

1) una alianza ofensiva y defensiva;


2) una alianza cultural;
3) la abolición, entre ellas, de todas las fronteras aduaneras.

192. La opinión de Pessoa sobre las colonias portuguesas se modificó más adelante,
hacia 1924, y sostendría hasta el final que, si bien las colonias no eran una necesidad
para Portugal, representaban una ventaja en la lucha material entre las naciones.
193. Una de las primeras (y escasas) menciones a Nietzsche en la obra pessoana, con
quien tuvo una relación tensa, crítica y nada condescendiente; véase nuestro estudio pre­
liminar.
194. La frase: “Umwertung aller Werte”, se encuentra al final del capítulo 62 del
libro. Es la tarea fundamental y revolucionaria de la Voluntad de Poder.
195. Fragmento escrito en inglés con el título: “Since the desintegration of Spain is
a definite fact”.

— 170—
Cada una de esas naciones sería independiente, con su ejército,
marina, servicio diplomático y similares; España podría hacer lo que
pudiera con la marina y sus colonias, las cuales, por fortuna son pocas
y pueden ser atribuidas a Castilla o ser administradas conjuntamente
por las naciones que ahora componen eso que se llama España.
El problema de la lengua no importa, porque si a un catalán le
place escribir en castellano, lo hará entonces como lo hace ahora, del
mismo modo que un castellano puede escribir en francés y tener un
público más vasto. Unamuno ha puesto la cuestión: ¿por qué no es­
cribir en castellano? Si se trata de esto, prefiero escribir en inglés, que
me dará un público más vasto que el castellano: y soy tanto castellano
como inglés por la sangre y mucho más inglés que castellano por mi
educación inglesa.
El argumento de Unamuno196es realmente un argumento para es­
cribir en inglés, ya que es el idioma más extendido del mundo. Si voy
a abstenerme de escribir en portugués, porque mi público es, a causa
de ello, limitado, puede escribir bien en la lengua más extendida de

196. Pessoa era un inactual en su época. Las relaciones con España, país que jamás
visitó, fueron escasas e intermitentes. Mantuvo relación epistolar con algunos poetas ul-
traístas, pero le ignoraron los nombres de primera fila más interesados por Portugal -el
caso de Unamuno, Eugenio d’Ors- y los que le conocieron apreciaron más su labor de
crítico que de poeta. Ramón Gómez de la Serna, que vivió en Portugal algunos de los
años más fecundos de su trayectoria literaria, le cita, equivocando el nombre, como uno
más entre los escritores jóvenes. Unamuno amaba Portugal, y proponía un federalismo
ibérico cultural y espiritual, con la propuesta de la adopción de una lengua común, el
castellano, por parte de todos los pueblos de la península, idea que mantendría hasta su
muerte. El iberismo de Pessoa no podía sino chocar con el de Unamuno, basado en la
preponderancia de ¡Castilla! y su idioma. El desencuentro de Pessoa con España lo ejem­
plifica su relación con Unamuno precisamente. Le escribió enviándole la (su) revista Or-
pheu, de la que estaba orgulloso, y Unamuno, que mantenía correspondencia con todo
el mundo y que tan atento estaba a cuanto ocurría en Portugal, ni siquiera le acusó recibo;
eran otros nombres los que le interesaban: Texeira de Pascoaes, Eugenio de Castro, que
fueron los poetas portugueses más divulgados en España en los años en que Pessoa realizó
su obra en silencio.

— 171—
todas. ¿Por qué debo escribir en castellano? ¿Me podrá comprender
U.?197 Es pedir demasiado por muy poco.198

197. Unamuno.
198. Fin de manuscrito mecanografiado.

— 172—
IV

Sidonismo
Portugal en la encrucijada
( 1918 - 1920 )
Nota introductoria

La ilusión de Pessoa que tal vez la nueva República Parlamentaria bur­


guesa pudiera de algún modo significar para Portugal “la condición
de un ulterior progreso” tuvo una brevísima duración. Su conclusión
fue terminante e inamovible: el régimen liberal parlamentario no era
más que la continuación “en un nivel más bajo” del Constituciona­
lismo monárquico, es decir: la República era una “monarquía sin ca­
beza coronada”, que incluso había intensificado el momento de la
decadencia y la dinámica epocal de “desnacionalización”, ya en acto,
en Portugal. Esto^xplica el gran entusiasmo de Pessoa con el cual sa­
ludó sin rubor, en 1917, el putsch cívico-militar aventurero de la “Re­
pública Nova” del militar Sidónio Pais. Bernardino Cardoso da Silva
Sidónio Pais (1872-1918), oficial de artillería, masón, hizo su primera
aparición en la política portuguesa en 1911, nombrado por el primer
ministro Joáo Chagas como ministro de Fomento; de aparente for­
mación republicana y afiliado al Partido Unionista, fue nombrado
embajador en Berlín en 1913, manteniendo su cargo hasta 1916, vol­
viendo a Portugal en diciembre de 1917 para encabezar un golpe de
estado militar reaccionario, que entre otras cosas era contrario a la en­
trada en la Gran Guerra del lado de los aliados. El éxito del putsch
cívico-militar, en un contexto de privaciones y estancamiento econó­
mico, permitió que Pais constituyera un régimen autoritario y perso­
nalista, populista-plebiscitario, la denominada “República Nova”

— 175—
(para distinguirla de la “vieja”, la liberal y burguesa), y por ello deno­
minado Presidente-Rei, “Presidente-Rey”, modificando a su antojo la
Constitución portuguesa de 1911 y siendo precursor del futuro estado
fascista, Estado Novo, de Salazar. Fue asesinado el 14 de diciembre de
1918 por un militante republicano.
Los primeros diez textos que presentamos debieron formar parte
de otro libro fallido de Pessoa, que llevaría el título de El significado
del Sidonismo. Son pocos fragmentos, escritos con urgencia entre 1918
y 1919, incluso después del asesinato de Pais, suficientes para darnos
una idea del concepto técnico-político de “Sidonismo” en el pensa­
miento de Pessoa y cómo se enmarca en un más amplio y complejo
discurso que desborda el horizonte profético típico de los años ante­
riores.
Del mismo período son los textos restantes, escritos para otra obra
planeada que llevaría el título de El Preconcepto del Orden, con la cual
Pessoa realizaba un ajuste de cuentas con el Portugal post bélico, es­
tudiando el problema en el contexto histórico más general y sobre
todo con el trasfondo de la Revolución Rusa de 1917, y sus conse­
cuencias sobre toda Europa en crisis.

— 176—
I
EL SIGNIFICADO DEL SIDONISMO 199

A la salida de esta publicación deseamos saludar al doctor Sidónio


Pais, Presidente de ía República por voluntad del Destino, por dere­
cho de la Fuerza, derechos mayores que el del sufragio a préstamo que
le eligió.
Esta salutación no es extensiva a los traidores germanófilos e incom­
petentes que, apoyándolo [?], desvirtúan sus intenciones, le recortan
su prestigio y le venden la fuerza conquistada.
Saludamos también a todos aquellos que, de cualquier partido que
sean, [a los que] crean y tengan confianza en la república (con o sin
Democracia). Saludamos también a todos los que, de cualquier par­
tido que sean, descrean de la Democracia.
Nuestro saludo final va para la Prensa, y distinguimos, sobre todo,
a los periodistas que se encuentran presos por orden del neo-demo­
cratismo que nos gobierna y, entre ellos, al mayor de todos, el grande
(...) que es el Sr. Homem Cristo.200

Sidonismo
Al investigar cuál es la verdadera tradición política de Portugal, im-

199. Título con que Pessoa designó al texto N ° 9.


200. Fin de texto manuscrito. Sobre Homem Cristo, véase, ut supra, nota 92.

— 177—
porta, antes que nada, definir este concepto de tradición (tradig&o). Ella
puede tener tres sentidos: o bien aquello que pasa, sin quiebra, de pa­
dres a hijos, como por ejemplo la lengua nativa; o aquel que (...)
El despotismo central equilibrado por la descentralización muni-
cipalista.
Como un estado perpetuo de guerra, y guerra agónica (?), creado
por los (...), que habrán determinado la prosecución, mórbida pero
inevitable, de nuestros descubrimientos, el municipalismo desapare­
ció, para dejar en pie sólo al más fuerte, el despotismo del poder ab­
soluto. Rompiendo (...) el poder de la hidalguía, que a pesar del poco
feudalismo que hubo entre nosotros, era al menos una regionaliza-
ción, la Monarquía aumenta todavía más su centralismo y su poder.
Hubo, de esta manera, ruptura del equilibrio.
Quedando Portugal así reducido políticamente a un mero poder
central, sin vida aristocrática política, porque la aristocracia fue polí­
ticamente muerta por D. Joáo II,201 y sin vida popular política, porque
la vida de los municipios, lentamente apagada bajo los últimos reyes
de Avis, terminó extinguiéndose con los Felipes de los Braganza;202 el
poder central, decayendo, hizo decaer políticamente todo. Hubo, con
la Restauración,203 un renacimiento del aristocratismo, que el Marqués
de Pombal204 nuevamente quebró, llevando a su fin la obra iniciada
por D. Joáo Segundo.

201. Juan II de Avis (1481-1495): representó, en Portugal, el típico ejemplo del mo­
narca renacentista; mecenas, centralista y absolutista radical, encarnó una suerte de figura
anticipatoria del Príncipe tal como lo piensa Maquiavelo, encarando una política contra
los grandes nobles, quitándoles privilegios y derechos señoriales.
202. Ver, utsupra, nota 67.
203. A Restaurado: ver, ut supra, nota 67.
204. Sebastiao José de Carvalho e Meló, primer Conde de Oeiras y Marqués de Pom­
bal (1699-1782): aristócrata, político y diplomático portugués, secretario de Estado de
José I (1750-1777), está considerado una de las figuras más controvertidas y carismáticas
de la Historia de Portugal; cerebro detrás de la “monarquía iluminada”, el despotismo es­
clarecido, afrancesado, aplicó los principios económicos de Colbert, mercantilista y ab­
solutista, reconstruyó Lisboa después del famoso terremoto.

— 178—
De esa manera, cuando el internacionalismo masónico escindió a
Portugal en dos partidos,205 instintivamente atacó la única forma po­
lítica presente en el Reino -la Monarquía (absoluta). ¿Pero en nombre
de qué clase se atacó a la Monarquía? No en nombre del pueblo, pues
no se buscó reconstituir el municipalismo portugués. Movimiento si­
multáneamente anticatólico (o anti-ultramontano) y anti-británico,
el constitucionalismo hizo caer a la Monarquía absoluta -ligada, sí,
al catolicismo, pero no ella misma catolicismo, aliada, sí, de Inglaterra,
más ella misma no inglesa.
Fue contra el ultramontanismo y contra la bajeza de la monar­
quía] absoluta que el liberalismo se irguió. Pero propiamente no fue
contra la m[onarquía] absoluta. Los (...) —pueblo o más- nunca dis­
tinguen, en una institución, la esencia de los accidentes, y toman una
institución corrupta por lo que ella es tal cual, no por su corrupción.
Si hubo quien de nuevo pasó a tener fuerza durante el constitu­
cionalismo], fuerorHas clases medias, no las clases medias como clases
(iclasses), sino en tanto individuos. Las clases medias políticas fueron
las "que pasaron a gobernar. Y no pasaron a gobernar (y esto es im­
portantísimo) porque hubiesen adquirido importancia nacional, sino
porque adquirieron la internacional. La revjolución] constitucional
no (fue) hecha a favor de la burguesía portuguesa, sino a favor de la
burguesía europea (fue, por tanto, un fenómeno extra-nacional). Fue
hecha porque la instrucción, al final, en algo había avanzado, las gue­
rras napoleónicas algo habían logrado sacudiendo a las poblaciones
(...) el Constitucionalismo fue hecho por el espíritu de la época con­
tra la m[onarquía] absoluta, no por el espíritu portugués contra esa
monarquía.
Vimos ya que, en gran parte, el liberalismo fue un anti-catolicismo.
Veremos ahora que fue un anti-nacionalismo.

205. Pessoa se refiere al Partido “Absolutista”, más tarde “Miguelista” y al Partido


“Liberal”, afrancesado, en el cual jugaba un papel muy importante la Masonería.

— 179—
La única tentativa propiamente burguesa fue “María da Fonte”,206
a la que una intervención extranjera dominó.
Siendo un movimiento de necesidad nacional (necessidade nacional),
pero no un movimiento nacional, el c[onstitucionalismo], por la parte
destructiva, tuvo toda la razón, y por la parte constructiva no la tuvo.
Las fuerzas destituidas eran, de facto, incapaces de gobernar en Por­
tugal; las que entraron a gobernar eran capaces de hacerlo, pero no en
Portugal. ¿Existían otras fuerzas que debiesen y pudieren gobernar?
No, no las había; la tragedia nacional era esa. Sólo la m[onarquía]
podía gobernar, sólo ella, absoluta o reformada. La monarquía no
había dejado desarrollar políticamente a ninguna clase; se había trans­
formado en la única fuerza política existente. Caída, no había qué la
substituyese, porque no había clase capaz de tener pensamiento polí­
tico, porque no había una vida política viable en Portugal sino la de
la mfonarquía] absoluta, y ella era inviable ya en un país europeo. No
había clase con capacidad política; no había, por lo tanto, clase con
capacidad reformadora. Ahora, cuando una reforma política se im­
pone, y no existe clase (o fuerza) política capaz de hacer la reforma,
se hace porque se impone, pero se hace por revolución (por revoluto).
Una revolución es un reforma hecha por clases incapaces de reformar.
En donde no hay sentido político hay sentido revolucionario.

206. “Revoluto da Maria da Fonte”, también conocida como “Revoluto do


Minho”, fue una revuelta popular ocurrida en la primavera de 1846 contra el gobierno
presidido por António Bernardo da Costa Cabral; fue resultado de las tensiones sociales
que sucedieron a las guerras liberales portuguesas, exacerbadas por el gran descontento
popular debido a nuevas leyes sobre el reclutamiento militar, por los cambios fiscales y
ciertas alteraciones en las costumbres. Se inició en la zona de Póvoa de Lanhoso, región
de Miño, por una protesta popular que se fue extendiendo progresivamente a todo el
norte de Portugal. La instigadora de los motines iniciales sería una mujer del pueblo lla­
mada Maria, natural de la parroquia de Fontarcada, y por eso la revuelta se conocería por
“Maria da Fonte” dado que la fose inicial del movimiento insurreccional tuvo un fuerte
componente femenino; desembocaría en una guerra civil de ocho meses, la “Patuleia”,
que terminaría con la firma de la Convención de Gramido, el 30 de junio de 1847, tras
la intervención de fuerzas militares extranjeras.

— 180—
La hizo la burguesía y parte la aristocracia [?], porque era la única
clase capaz de acción, fue una revolución, porque esa clase, única
capaz de acción, no era, al no estar capacitada, capaz de acción política.
Siendo incapaz de acción política, no podía sino substituir la fórmula
gastada con una fórmula extranjera, porque le faltó el impulso [?] po­
lítico para crear una fórmula nacional.
Así, el c[onstitucionalismo] acrecentó la decadencia y la desnacio­
nalización. Tuvo, sin embargo, dos ventajas: despertar a la burguesía
políticamente y con las revoluciones que hizo y con las contra-revolu­
ciones que motivó, sacudió el letargo nacional. Las revoluciones -la
anarquía, que es lo mismo—tienen su hora histórica, su necesidad so­
cial; como las guerras su tiempo y su ventaja [...] No caigamos en el
concepto absurdo de que el orden es siempre necesario; aveces es pre­
ciso el desorden (...)
¿Cuáles fueron, entonces, los efectos que se podían esperar de la
aplicación a un páTs de un sistema político inaplicable a él, extran­
jero a él, y por una clase sin educación para gobernar? Por ser una
cláSe sin educación para gobernar, la ruina de la administración; por
querer gobern^reformando, o sea: sin capacidad de gobernar ad­
ministrando, el derrumbe y el caos político; por tener que gobernar
con principios extranjeros el enviciamiento del carácter nacional;
por tener que gobernar inadaptadamente, su establecimiento como
oligarquía -esto es: en minoría gobernante que gobierna [...] fin de
toda relación con las necesidades nacionales y de cualquier solicitud
de continuidad de gobierno de la vida patria. Cuando, sin embargo,
una clase que obtiene el poder pasa a gobernar sólo negativamente
y a construir sólo fortuitamente, sin apoyo de ninguna tradición,
ni soporte en ninguna fuerza del pueblo, pasa al poco tiempo a go­
bernar sólo por gobernar, pasando a gobernar sólo en su provecho,
primero político, después personal. Un régimen implantado en las
condiciones de un constitucionalismo tiene fatalmente que acabar
por dar lo que dará.

— 181—
Dicen (...), con razón, que nuestros presentes dirigentes han sido
cuadrilla de ladrones (quadrilhas de gatunos).
Las causas, no nacionales sino generales, que dieron fuerza a la bur­
guesía antes y a favor del c[onstitucionalismo], continuaron, en el
siglo XIX, por darle fuerza. Paralelamente, el c[onstitucionalismo] se
corrompía, y las clases medias cayeron o en la indiferencia o en la por­
quería de la política constitucional. Con el aumento de la corrupción
de las costumbres, que modernamente se dio, quedó dañada del todo
la clase en que se apoyaba el c[onstitucionalismo]. Y la instrucción,
arrastrando el influjo de ideas extranjeras, “amplió” las clases políticas
hasta que ellas cubrieron al pueblo —al pueblo de las ciudades, está
claro- y al proletariado, al menos a aquel con menos o sin educación
alguna.
La tradición constitucional, o liberal, había preparado la “idea” re­
publicana que, desde un punto de vista, es apenas el C[onstituciona-
lismo] en un nivel más bajo o con una mayor amplitud de adherencia
-el liberalismo popular.
Se renovó el fenómeno que se dio con la caída de la vieja (antigua)
monarquía. De la parte religiosa del problema ya hablamos; nos resta
ver la parte exclusivamente política.
Toda criatura sana en Portugal se mantenía alejada de la política.
Las masas populares, en parte bestializadas, en parte corruptas (...)
Se dio la reacción. Pero ¿quién reaccionó? Criaturas de las mismas
clases que las que gobernaban. Criaturas, por lo tanto, con la misma
herencia, viviendo en el mismo medio que los gobernantes. Criaturas,
por lo tanto, moral e intelectualmente idénticas a ellos, pues sino sería
el mayor de los milagros si con una idéntica herencia y con un idénti­
co medio, fuesen diferentes. Uno u otro reacciona en virtud de [...]
el carácter, con legítima y honesta indignación moral. Pero ningún
partido podía reaccionar sino corruptamente, porque, cuando una so­
ciedad es corrupta, puede existir, y existen, individuos que no lo son,
pero no hay agrupamientos que no lo sean, o si los hay, no pueden

— 182—
tener acción social, pues únicamente se puede actuar corruptamente
en una sociedad corrupta. Un partido político, al ser sano, tiende a
no actuar, lo que es una contradicción con el propio concepto de par­
tido político; al actuar, deberá integrarse en los modos de acción del
ambiente, deberá, en la expresión más moral, adaptarse al medio. Y
así, a medida que fue tomando fuerzas, el partido republicano se fue
tornando más corrupto.
Era su condición de victoria -en un medio corrupto, [...] con co­
rruptos. ¿Cómo comparar los hombres de [...], de Antero de Quen-
tal207y M. de Araújo208 [?] con los bastardos de [...] y Afonso Costa209
y el abad Braz,210 que son los de la generación de la victoria republi­
cana? Los primeros fallaron el 31 de enero,211 los segundos vencieron
el 5 de octubre.212 Eran los adaptados al medio. Y los que sobrevivie­
ron [...], cuántas veces hubieran preferido haber muerto antes que
tuviesen que sufrir la alegría de la victoria.213

>207. Antero Tarquínio de Quental (1842-1891): uno de los máximos poetas en len­
gua portuguesa, además de filósofo, crítico literario, historiador, polemista y tribuno po­
lítico, inspirador de Wlamada “Generación del ‘70” (E<ja de Queirós, Oliveira Martins,
Teófilo Braga, Ramalho Ortigáo), pero su rol no tiene una valencia sólo literaria (intro­
ducción del Realismo), sino histórica-política, ya que las ideas de ese movimiento fueron
claves en la ideología de combate contra el Constitucionalismo monárquico y la instau­
ración de la primera república.
208. No existe ningún “M. de Araújo” destacable en la historia intelectual y política
portuguesa. Es posible que se trate de un error de Pessoa al designar a Joaquim de Araújo
(1868-1917), periodista y poeta portugués de segunda línea, amigo y seguidor del mismo
Quental, del cual fue editor de la edición de sus Sonetos en 1881.
209. Ver, ut supm, nota 87.
210. No hemos encontrado ninguna personalidad con ese nombre en el período,
posiblemente una figura republicana destacada en esos momentos y luego olvidada por
la Historia.
211. El 8 de diciembre de 1917, día de la asunción del dictador Sidónio Pais de la
presidencia de la República.
212. El 5 de octubre de 1910, día de la instauración de la primera República por­
tuguesa.
213. Fin de texto mecanografiado con la indicación: “Sidonismo”.

— 183—
3

La República Vieja en nada alteró las tradiciones deshonrosas de la


Monarquía. Cambió apenas la manera de cometer errores; los errores
continuaron siendo los mismos. En vez de un régimen católico, un
régimen anticatólico, o sea, un régimen que reglamentaba como ene­
migos a los católicos. En vez de una República portuguesa, de un ré­
gimen nacional, una república francesa en Portugal. Y así como la
Monarquía Constitucional había sido un sistema inglés (o anglo-fran-
cés) sobrepuesto a la realidad de la Patria Portuguesa, la República
Vieja fue un sistema francés sobrepuesto a la misma realidad patria.
En lo que respecta a los errores de la administración -la incompeten­
cia, la inmoralidad, el caciquismo- nos quedamos en lo mismo, cam­
biando apenas los hombres que hacían estupideces, que practicaban
robos y que escamoteaban “elecciones”. De suerte que la República
Vieja era la Monarquía sin Rey. Por ello es justo decir que el 8 de di­
ciembre214 ha representado la caída de la Segunda Monarquía.
¿Cómo podía haber dejado de ser así? Los hombres del Partido re­
publicano tenían la misma herencia nacional, habían vivido en el
mismo medio que los de la Monarquía; ¿por qué milagro deberían
tener una mentalidad diferente? Si Portugal tuviese regiones diferen­
tes, nítidamente diferentes, si la Revolución del 5 de octubre hubiese
colocado en el poder a hombres de una región diferente de aquella
región de donde suelen provenir los hombres de la Monarquía, en­
tonces habría hombres diferentes en el poder. Pero eran los mismos
políticos profesionales, los mismos abogados de la misma Coimbra,215
los mismos copistas de Francia -¿cómo podían tener una mentalidad
diferente? Individualidades diferentes serían, pero como en la Repú-

214. Ver, utsupra, nota 211.


215. Pessoa menciona irónicamente la ciudad de Coimbra, porque por su universidad
de Derecho habían pasado la mayoría de los nuevos intelectuales republicanos y políticos
profesionales burgueses, por ejemplo su admirado Quental o el futuro dictador Salazar.

— 184—
blica Vieja no apareció ninguna individualidad dominante, no hubo
diferencia por ese lado. Dicha emergencia de individualidades -in­
fructífera en general, salvo si consigue señalar, como Napoleón, una
tradición- sólo puede darse con una convulsión violenta y sangrienta,
como fue la Revolución Francesa: el 5 de octubre fue demasiado suave
para (...)216

4217

Habíamos determinado que el rol histórico de la actual situación era


aquel de orientar, equilibrar -y no el de construir. No debe, ni puede,
construir.
Debemos, pues, encontrar una fórmula política definida (y no de­
finitiva) para el período de transición que atravesamos.
Construir es crear de nuevo; es, por lo tanto, establecer una nueva
tradición. En cuantcTuna nueva tradición218 no aparece tenemos que
orientarnos por la tradición nacional. Orientándonos por la tradición
nacional, tenemos que hacer que se adecúe a las circunstancias. De­
bemos ser la medición entre las circunstancias actuales y esa tradi­
ción.
¿Cuál es la tradición política portuguesa? La tradición verdadera,
entiéndase bien, verdadera y general, representativa de la mentalidad
portuguesa.
La obra destructora de la República Vieja no puede ser renegada,
excepto en lo que, por la exageración de su circunstancia (...)
La tradición política portuguesa se encuentra ligada al sistema di­
versamente titulado monarquía representativa o monarquía absoluta.
El movimiento constitucional que comenzó en 1820 y acabó en

216. Fin del texto mecanografiado.


217. La encabeza una etiqueta: “A República Nova (Last Chapter)”.
218. Variación: “fórmula”.

— 185—
1851,219 no fue un movimiento con una especie de alma popular cual­
quiera. El pueblo no tenía ni de la monarquía absoluta, ni de sus reyes,
ni de sus gobernantes, aquella razón de queja que son las revoluciones.
Ninguna tiranía feudal, como de la que emergió esencialmente la Re­
volución Francesa, nos oprimía; ningún abuso personal como los de
Carlos I,220 que provocaron la Revolución Inglesa, nos había vejado;
ninguna oligarquía corrupta como contra quien fue hecha después el
5 de octubre,221 nos enfangaba.
El movimiento constitucionalista no tuvo alcance nacional y, por
lo tanto, no lo tuvo al nivel popular. Fue una manifestación portu­
guesa de un fenómeno europeo, extranjero. Como mucho fue un mo­
vimiento anticatólico y, por ello, era de la Iglesia y del enfrentamiento
del catolicismo con el estado de donde derivaba la única tiranía que
el pueblo, de algún modo, podría sentir. Ni siquiera la sentía como
pueblo, porque el arma ya estaba entonces dirigida esencialmente con­
tra las clases medias y cultas, absolutamente separadas del pueblo en
aquel estado de decadencia, la Inquisición no era motivo sino de un
vago odio popular.222

La situación presente, la llamada República Nueva,223 contraponién­

219. “Movimiento Constitucional” significa en el Pessoa político las luchas intestinas


y violentas que se inician durante la consolidación del sistema liberal, que se decidió de
hecho en abril de 1851, cuando el mariscal Saldanha inició el movimiento político-social
llamado “Regeneración”.
220. Carlos I (1600-1649): rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda, de la casa de los Es-
tuardo. Después de once años de absolutismo tiránico y guerras externas, se desató una
guerra civil en 1642. Derrotado en 1648 y ejecutado en 1649. Finalizada la guerra se
instauró una dictadura militar encabezada por Cromwell.
221. Fecha de la revolución liberal que liquida la vieja Monarquía absolutista.
222. Fin del texto manuscrito.
223. “República Nova”: véase, utsupra, nota 69.

— 186—
dose tanto a la monarquía como a la República Vieja, se aprovecha
de la intención instintiva de la República Vieja en lo que tiene de pu­
ramente destructivo, y rechaza lo que pretende ser constructivo, esto
es, el proceso de destrucción, la norma en vista de la cual se destruyó.
Y de esa forma la República Nueva, aceptando como buena la elimi­
nación de la Monarquía, no acepta como buena aquella falsa destruc­
ción que consiste en continuar, sin rey, gobernando exactamente del
mismo modo. Y, aceptando como buena la intención cultural de des­
truir la fuerza del catolicismo, reconoce que la eliminación de esa
fuerza no puede ser obra de gobierno sino política -lo que significa
que el ataque político tiene que ser la fuerza política del catolicismo
y no su fuerza social.
Aprovechando la intención instintiva de la República Vieja, acepta
de sus puntos destructivos apenas los principios abstractos realizados
-la abolición de la Monarquía, la separación de la Iglesia del Estado,
la necesidad abstracta de quebrar la indolencia económica de nuestro
pueblo.
Yero, aceptando la dirección impuesta por la línea nacional del 5
de Octubre, rechaza los procesos empleados, no sólo como contra­
producentes, sino también como insuficientes. La República Vieja
falló incluso como fenómeno destructivo: destruyó mal y lo que des­
truyó lo hizo a través de malos procedimientos.
Destruyó mal y destruyó poco. Destruir la Monarquía no es sólo
echar al Rey: es también, sobre todo sustituir los tipos de mentalidad
gobernantes por otros tipos de mentalidad. Y de esta forma, siendo los
gobernantes monárquicos reclutados entre políticos profesionales, ba­
chilleres y caciques, debe la República Nueva pasar a gobernar por
medio de clases hasta ese momento no experimentadas como gober­
nantes, porque una revolución es eso -la sustitución de elites, porque,
si la salvación no está en estas clases, es que no se encuentra en nin­
guna parte. Así, en vez de políticos de profesión, pasará a gobernar el
ejército, que es, de espíritu, lo contrario de ellos; en vez de bachilleres,

— 187—
empleará a comerciantes e industriales; en vez de caciques, como estos
no pueden ser eliminados ni sustituidos, porque una opinión libre de
caciques, aparte de absolutamente imposible, es imposible incluso en
un país relativamente de analfabetos, empleará como solución un sis­
tema de instituciones que se sustraiga lo más posible a la acción de
ellos, esto es, la República Presidencialista,224 con la entera separación
del Ejecutivo y el Legislativo. No discuto si, en abstracto, esta forma
de República es superior a la forma parlamentaria: pero afirmo que
es la forma que las circunstancias de Portugal imponen, puede ser que
transitoriamente, al país. ¡Maravillosa intuición del Presidente Sidónio
Pais, que, sin haber realizado estos raciocinios sociológicos, tuvo la
intuición exacta de las conclusiones a las que ellos nos conducen, bus­
cando el apoyo en el ejército, buscándolo en las clases extra políticas
y esforzándose porque se vengase la República Presidencialista!
La intención fundamental de las fuerzas nacionales sobre las cuales
se formó el Partido Republicano, la intención nacionalmente oculta
en el curso del 5 de octubre, y de la cual esa Revolución conquistó la
simpatía y la benevolencia del país, fue operar la transformación po­
lítica, intelectual y económica del país. Como éramos decadentes en
todo, la intención nacional por detrás de los revolucionarios de Oc­
tubre fue hacer una reforma general de la nación y esa reforma tendía
a ejercerse en las tres direcciones expuestas -la política, la cultural y
la económica. Desde hace mucho, por la propaganda republicana lle­
vada a cabo, y por toda la propaganda inciertamente oposicionista,
esta triple tendencia reformadora venía siendo marcada. Pero dado
que los hombres que la marcaban pertenecían al mismo medio que
los representantes de la mala política, de la incultura y de la falsa eco­
nomía nacional, cuando hicieron su propaganda y cuando, después,
victoriosos, la fueron a poner en práctica, vieron tres maneras de rea­

224. “República Presidencialista”: eufemismo con que se denominaba a sí misma la


dictadura defacto de Sidónio Pais.

— 188—
lizar este triple orden. Pensaron resolver la cuestión política por el
proceso simple de la abolición de la Monarquía; pensaron en resolver
la cuestión cultural por el proceso simple de la abolición (tal la inten­
ción, sin duda) del catolicismo; pensaron en resolver el problema eco­
nómico por el proceso de ataque al capital. En cualquiera de estas
cuestiones fueron siervos de la confusión de la época y del extranjero.
Llegados al poder, y puesta en práctica su pseudo-reforma, vio luego
el país que la abolición de la Monarquía no había abolido la política
monárquica, porque la inmoralidad y el caciquismo continuaban. Era
la adaptación de los recién llegados al medio gobernativo. En un país
inmoral no se puede gobernar sino inmoralmente. Es de orden bioló­
gico la razón. Vio luego el país que el problema cultural quedaba en lo
mismo, porque los anticatólicos que tomaron el poder eran tan tiráni­
cos como los católicos que los habían precedido, tan estúpidos como
ellos y tan incapaces de visión política y de cultura europea. Vio luego
el país que la política contra el capital redundó en perjuicios a los con­
sumidores, en detrimento del comercio, en vacilación para la industria.
Viendo esto, el país, que es estúpido, se volvió contra los hombres
de la Repúblic£|<JEs que el país tiene la mentalidad de los idiotas y
quería milagros. Supongan los portugueses que una revolución trae
beneficios; y suponen bien; pero supongan que los trae luego, el día
siguiente, y ahí mostraron su plena (...) Aquellas mentalidades toda­
vía estaban en el milagro. Incapaces de pensar científicamente, no me­
ditaron que lo que sigue a una revolución es la anarquía, anarquía tan
profunda como lo fue la tiranía que la precedió, y contra la cual había
reaccionado aquella revolución; sólo después de haber pasado el pe­
ríodo anárquico de la revolución es que lentamente llega el período
de reformas, para el cual, finalmente, la revolución fue instintivamente
hecha. Treinta y un años duró el período revolucionario de la Monar­
quía Constitucional portuguesa.225 Ochenta y un años duró el de la

225. Véase, utsupra, nota 69.

— 189—
República Francesa. Cuarenta y ocho duró el de la Monarquía Cons­
titucional de Inglaterra.226

¿De qué modo la República Nueva227 puede continuar la República?


El movimiento del 5 de Octubre, en su intención, no en sus resul­
tados, fue hecho contra el tipo de gobernantes que había estado en el
poder. Continuar la obra de la República es, antes que nada, realizar
la intención, no diré la que llevó a los revolucionarios a combatir, sino
la que colocó la buena voluntad y el aplauso de la nación entera por
detrás de los revolucionarios. Todos sabemos que incluso [los] mo­
nárquicos vieron con buenos ojos el 5 de Octubre. La razón era que
esperaban que la revolución trajese la reforma. Esta esperanza es justa;
una revolución trae siempre una reforma, pero lo que no hace es
traerla inmediatamente. Lo que trae inmediatamente es la anarquía,
la indisciplina y la desorganización. O sea: la mejor de las revoluciones
comienza por poner todo peor de lo que estaba. Como la Revolución
no trajo este resultado milagroso, un número enorme de gente pasó
a odiar a la República, como si la República fuese adulta en los años
siguientes de nacer -ella, una institución para quien los años cuentan
menos tiempo de lo que para una persona. Y de esta forma se dice
“La República falló” -frase característica de las mentalidades extrañas
a la comprensión científica y en quienes el Milagro es todavía el tipo
esperado de acontecimiento.
Tenemos pues que, la República Nueva, en lo que tiene de conti­
nuadora de la Vieja, tiene que prolongar su obra destructiva, preocu­
pándose solo de dirigir esa destrucción sobre los verdaderospuntos en que
debe incidir. Esos puntos son tres, uno de los cuales solamente fue te­
nido en cuenta por los de la R[epública] V[ieja]:

226. Fin de texto mecanografiado.


227. Véase, ut sufra, nota 69.

— 190—
(1) (Punto) Republicano, porque la Monarquía, siendo el sistema
culpable de todo cuanto nos atrasó y nos hizo decaer, tiene que ser
mantenida fuera del poder, y cada vez más está siguiendo la misma
orientación en el exilio, teniendo las mismas cargas que la compro­
metieran, no habiendo todavía mostrado el menor arrepentimiento
por los defectos y errores que ha cometido.
(2) (Punto de) La sustitución del tipo de gobernante. He aquí el
punto capital, el que los de la Rfepública] V[ieja] no vieron, porque
no podían mirar. Una reforma en el gobierno de un país se hace sus­
tituyendo el tipo de gobernantes. La monarquía cayó, entre otras
cosas, porque era gobernada por bachilleres, profesionales y caciques.
Para llevar a su fin la República, en cuanto destructiva, tiene que apo­
yarse en clases completamente diferentes. Tiene que ir a las clases que
nunca gobernaron, como fuerzas corporativas. Esas clases son el Ejér­
cito, el Comercio y la Industria, y lo que puede llamarse los Indife­
rentes (en este casólas clases cultas que se han abstenido, como clase,
de intervenir en el gobierno).
13) (...)228

1. Cualquier situación política que se defina por el proceso definitivo


de conquista del poder debe, no sólo para que se mantenga útilmente,
adquirir una conciencia de sí -de su naturaleza y de sus fines-229 que
le permita organizarse como sistema de acción política, esto es, limitar
nítidamente la esfera de acción que naturalmente le compete,230 y
operar según principios fijos dentro de esa esfera fija de funciona­
miento. En otras palabras, toda situación política victoriosa, visto que,

228. Fin de texto mecanografiado.


229. Variantes: “crear, adquirir”.
230. Variante: “históricamente”.

— 191—
por victoriosa, puede aprovechar una oportunidad, debe, para vivir,
tomar por principio básico un oportunismo científico. Y un oportu­
nismo científico quiere decir una adaptación a las necesidades del
medio político231 mediante un análisis cuidadoso de cuál es, socioló­
gicamente, el sentido esencial de ese momento político,232 conside­
rándolo no como un juego de partidos, sino como un juego de fuerzas
nacionales. Sin ese estudio preliminar, hecho cuidadosamente y an­
terior a la acción, la situación política más favorablemente iniciada
comienza a marchitarse sin que se perciba cómo, claudica sin saber233
el porqué o, si persiste, persiste por una dádiva del Destino, como el
niño borracho, a quien, como dice el proverbio, Dios le coloca la
mano por debajo. Es la falta de la consciencia del fin de para qué
existe, la noción del sentido que tiene, el conocimiento completo de
sí misma como correspondiendo a un fin.
2. Aplicando el criterio aquí esbozado a la situación política creada
por la contra-revolución Republicana del 8 de Diciembre, se puede
ver que tenemos que determinar, en primer lugar, cuál es el sentido
sociológico de esa contra-revolución en el proceso (processo) evolutivo
de la política en general de la nacionalidad portuguesa: segundo, en
qué principios oportunistas es que esa situación política está, por lo
tanto, obligada a apoyarse; tercero, de qué manera puede poner en
práctica esos principios y remover los obstáculos que se oponen a que
ella los ponga en práctica.
3. (...)234
8

Sidonismo
Una demagogia es un gobierno apoyado en fuerzas (o clases) po­

231. Variante: “[del] momento”.


232. Variante: “ [del] ambiente”.
233. Variante: “que no sabía”.
234. Fin de texto manuscrito.

— 192—
pulares y sistemáticamente dirigido contra las opiniones, las tradicio­
nes y los intereses de las clases medias. Ahora, como las clases medias,
por estar entre el instinto popular y la inteligencia de los dirigentes
(de las aristocracias), son la media del valor nacional, y los depositarios
de la fuerza del país, se sigue que todo cuanto sea hecho sistemática­
mente contra las clases medias es hecho sistemáticamente contra la
patria.
Al no apoyarse en los mon[nárquicos] ¿en quién se puede apoya
Sidónio? Su gran partido era el de los no políticos, la opinión que es­
taba con él era la mejor opinión, políticamente desorganizada. O bien
Sidónio debía arriesgarse a fracasar políticamente, por falta de apoyo
político (por fuerte que fuese su apoyo nacional) o tendría que ligarse
a aquel partido político que, como el de los apolíticos, era anti dema­
gógico, más allá que lo fuese por otras razones de las que tenían los
apolíticos. Este partido era el monárquico. La tercera hipótesis -la de
un gobierno apolítico, esto es, [...]235

El sentido del Sidonismo


Las tres tentativas para hacer gobernar a las clases medias -Joao
Franco,236 Pimenta de Castro,237 Sidónio Pais-238 acabaron, dos por
un crimen, y la otra por la más antinacional de las revoluciones por­
tuguesas.239
El concepto vulgar, de que fue el democratismo el que nos hizo
entrar en la guerra, es falso, como todos los conceptos vulgares.
Fue Alemania quien nos declaró la guerra, después de la “requisa”

235. Fin de texto con la indicación: “Sidonismo”.


236. Ver, ut supra, nota 63.
237. Ver, ut supra, nota 151.
238. Ver, ut supra, notas 94 y 224.
239. Referencia a la Revolución del 15 de mayo de 1915. Ver, ut supra, notas 69 y 151-

— 193 —
de los barcos alemanes, a la que G[ran] B[retafia] nos forzó,.240 Los
demócratas no son los autores de nuestra intervención en la guerra;
son apenas autores de la propaganda estéril a favor de esa entrada.
Quien nos hizo entrar en la guerra fue Alemania, que nos la declaró,
y G[ran] B[retaña] nos forzó al acto servil por el cual esa declaración
fue hecha.
Los demócratas no estaban tan faltos de sentido político como
para que quisieran meter en la guerra a un país en el cual no existía
ningún sentimiento que lo solicitase. ¿Demostraba esto un mal
estado del País? Tal vez, aunque apunto el hecho, ahora no lo dis­
cuto.
La verdad es ésta: en Portugal no había odio contra los alemanes.
Ninguna tradición nuestra lo establecía; nuestros odios tradicionales
eran contra España, contra Francia y contra Inglaterra. Contra Ale­
mania nunca hemos tenido nada, ni en un sentido ni en otro. ¿Había
razones para que odiáramos a Alemania, para que la temiéramos?
Ciertamente, pero no por razones susceptibles de tocar el alma po­
pular, no de razones [...] del tipo de aquellas que son capaces de crear
una guerra nacional. “Esta guerra no es una guerra nacional”, dice
Paiva Couceiro.241 Y tiene razón. Sólo se convirtió en guerra nacional
después que tuviéramos las tropas en Francia, e incluso así, era fre­
cuente que regresaran oficiales y soldados que aludían con más sim­
patía al “amigo boche” que al francés, y sobre todo al inglés, camarada
[?]. Lo contrario fue la mescolanza de nuestra descalificada prensa pe­
riódica, que ni supo que (...) y que le había venido a menos la de­
cencia.242

240. Ver, ut supra, nota introductoria, II, p. 87 y ss.


241. Ver, utsupra, nota 98.
242. Fin del texto manuscrito, con la indicación: “El Significado del Sidonismo”.

— 194—
10243

¿Cuáles son los hechos de los que podemos partir? Lo que realmente
parece es que los hechos son cinco:

1. Que el Presidente Sidónio Pais ha sido asesinado.


2. Que ha sido asesinado por un hombre llamado J[osé] J [ulio] (da)
C[osta],244 actualmente detenido por el Gfobierno] C[ivil].
3. Que este hombre había llegado recientemente de afuera, de Faro o
de Beja.
4. Que se estableció una relación entre ese hombre y M[agalhaes]
L[ima],245 G[ran] M[aestre] de la M[asonería] P[ortuguesa], en razón

243. En estos dos fragmentos finales al bloque temático sobre Sidonismo, que ana­
lizan el exitoso atentado contra el dictador, debemos señalar que aparece el interés literario
del poliédrico Pessoa por la narración policial, a. la Conan Doyle, la trama de misterio y
suspense h la Poe, aplicada a la política. Un interés que tomará la forma literaria de una
serie de cuentos, la serie “Quaresma Decifrador” (pensada en ocho libros-casos en en­
tregas mensuales), eftia cual Pessoa esboza a un investigador-réplica, Dr. Abílio Quaresma
(otro heterónimo), de dos paradigmas: Sherlock Holmes y Auguste Dupin, que intenta
resolver los casos con el uso exclusivo de la deducción y la lógica, el método que Pessoa
llama estádios de raciocinio. Precisamente uno de los casos que intenta resolver el Dr.
Quaresma fue el asesinato de Sidónio Pais, y sintomático es que de los sospechosos el
detective desechará a los “bolcheviques”.
244. José Julio da Costa (1893-1946): sindicalista anarquista y activista político de
la izquierda republicana, que hirió mortalmente a Sidónio Pais, con dos tiros de pistola
el 14 de diciembre de 1918, en el andén de la estación central de ferrocarril de Rossio en
Lisboa. Costa murió enfermo en prisión, con una condena de 28 años sin posibilidad
de revisión. Se descubrió, con posteridad, que no existía ningún complot y que Costa
cometió el atentado motu propio.
245. Sebastiáo de Magalháes Lima GCTE (1850-1928): abogado, periodista, político
y escritor, fundador del periódico O Sécula. Gran defensor del republicanismo, ideólogo
de una especie de Socialismo Utópico, primer abanderado de los Derechos Humanos,
formó parte de la llamada Geragáo de 70 y que durante mucho tiempo Gran Maestre de
la Masonería portuguesa. Fue atacado, encarcelado y golpeado por ser sospechoso del ti­
ranicidio de Pais.

— 195—
que se prueba que el asesino buscó a M[agalháes] L[ima] una o más
veces (esto es todavía incierto) en el hotel donde aquel se encontraba,
y tenía encima, cuando fue encarcelado, una carta comprometedora
para aquel masón.
5. Que el Presidente fue avisado del complot y que por toda la línea246
se encontraban hombres preparados para asesinarlo.

De estos hechos tenemos que partir. Comencemos por el más simple,


por el cual el Presidente fue asesinado.
Tratándose de un hombre público y, sobre todo, de un Presidente
de una República, la cuestión se bifurca en dos hipótesis: si fue asesi­
nado por una razón individual, o por una razón política. Como se
trataba, evidentemente, de un complot, se debía, evidentemente, a una
razón política. Téngase en cuenta que traigo a colación el caso ante­
rior, en Belén,247 y traigo los complots indicados por fuera de la línea.
Es que no sé si el primer caso se pueda relacionar con un asesinato,
pero sé que los complots organizados en la línea sí lo eran.
Establecido esto -que el Presidente fue asesinado por una razón
política- preguntémonos: ¿cuántas son las razones políticas (y, de
hecho, las individuales) que pueden llevar a matar a un hombre? Son,
evidentemente, dos: la venganza o el odio, y el cálculo o la noción de
interés.
Supongamos que el Presidente fue asesinado por odio, esto es, por
venganza. En ese caso, como él dominó una revuelta democrática,
como dominó un levantamiento bolchevique (bolchevick), y como
enemistó consigo a la Masonería, de uno de estos gremios o grupos
tenía que haber partido el crimen, si la intención era generada por el

246. Pessoa se refiere la línea de ferrocarril llamada “Sintra” o “De Lisboa”.


247. Atentado fallido del 5 de diciembre de 1918, durante la ceremonia de conde­
coración de los supervivientes del NRP Augusto de Castilho, barco patrullero de alta mar,
hundido por el submarino alemán U-139 el 14 de octubre de 1918.

— 196—
odio. Como se estableció una relación, inmediatamente, entre el cri­
minal y el Jefe de la Masonería portuguesa, comencemos por exami­
nar si la Masonería podría haber armado al asesino.
¿Qué hechos surgen que nos conducen a esta sospecha? Que el cri­
minal tenía en el bolsillo un papel o carta refiriéndose a M [agalháes]
L[ima], y que en diversas ocasiones lo trató de encontrar (hablase o
no con él), en el hotel donde estaba hospedado.
Salta súbitamente a nuestra vista de raciocinio la excesiva evidencia
de esta prueba. Una sociedad secreta que quisiera mandar a matar a
un jefe de Estado, o a cualquier hombre que fuese, ciertamente jamás
olvidaría -teniendo tan extensas ramificaciones, tantas tiendas comer­
ciales y otras cosas- comunicarse con ese hombre, primero, a través
de uno de sus miembros más ostensivo y conocido como tal, segundo,
a través ni más ni menos que del gran maestro, tercero, a través de su
gran maestro casi en público, mediante entrevistas en el hotel, con el
múltiple testimonio'de criados y otros huéspedes. Tal procedimiento
implicaría un grado tal de estupidez inconcebible e inconciliable con
cualquier plan, sobre todo cuando se considera que, por todos los re­
latos, el criminaljgarece ser un individuo extremadamente astuto. Tal
procedimiento sólo tendría una explicación en dos hipotéticos casos:
el que se basa en la certeza de que el criminal no sería descubierto o
preso (lo que sería absurdo como tal), o que, descubierto, no traicio­
naría sus relaciones con M [agalháes] L[ima], lo que era tan poco ver­
dadero que fue precisamente lo contrario de lo que aconteció,
encontrándose luego una carta que estableció la relación entre M [agal­
háes] L[ima] y él. Y en ninguna de estas hipótesis, asimismo, se podría
justificar que una asociación que posee todos los medios de realizar
reuniones secretas a su disposición, expresamente hiciese públicas las
entrevistas del G[ran] Mfaestre] con el asesino.
Los propios hechos, por lo tanto, por los cuales se puede sospechar
de la Masonería, por lo menos revelan, cuando son analizados, que
con certeza no fue la Masonería, o por lo menos, que no fue la Ma­

— 197—
sonería de la que M[agalhaes] L[ima] es G[ran] M[aestre], la que armó
al asesino del Presidente.
Pero si no fue la Masonería, entonces las insistentes veces que el
criminal buscó encontrar a M[agalhaes] L[ima], la carta que tenía en
el bolsillo estableciendo una relación entre él y el otro, asumen un
significado particular. Si un número de hechos apuntan directamente
a alguien, evidentemente para alguien, y al mismo tiempo, analizados,
demuestran que ese alguien nada tiene que ver con ellos, la conclusión
fatal es que hubo una intención de establecer dichos hechos para im­
plicar, para lanzar sospechas sobre ese alguien. Tenemos, pues, ya
algún camino andado en nuestro análisis: establecimos, Io que la Ma­
sonería no puede ser culpada del asesinato del Presidente, 2o que
quien de verdad fue el culpable de ese crimen intentó arreglar de tal
manera las cosas que la sospecha cayese sobre la Masonería.
Llegados a esta conclusión, estamos habilitados para eliminar in­
mediatamente al partido democrático de la fila de los sospechosos. Por­
que, siendo admisible que el partido democrático, vencido por el
Presidente, buscase, por venganza y odio, asesinarlo, siendo admisible
que, buscándolo, intentase desviar las sospechas encima de otro grupo
o entidad, lo que no es admisible es que escogiese para esa entidad ex­
piatoria a la Masonería, que toda la gente sabe, o supone, es simpática
al partido democrático, tal como él a ella, haciendo caer la sospecha
sobre quien inmediatamente envolvería también a los democráticos.
El análisis de los hechos nos permite, entonces, eliminar a la Ma­
sonería y al p[artido] democrático] como culpables del asesinato del
Presidente.
Resta ver si esas culpas deben lógicamente recaer sobre los hombres
de los soviets (homens dos soviets), sobre los bolcheviques (bolche-
vicks), de aquí o de otra parte.248

248. Fin del texto mecanografiado.

— 198—
11249

El asesinato tiene o bien una razón política o una individual. Como


no parece existir una razón individual, y la situación política era de­
masiado problemática y el hombre asesinado era demasiado represen­
tativo, tenemos que decidir que el crimen fue cometido por razones
políticas.
Las razones políticas son de tres tipos, y esas son, como cuestiones
de hecho, idénticas razones que las individuales, pero en un nivel di­
ferente: 1) venganza; 2) interés (profit); 3) ?????
Supongamos que el crimen fue cometido por razón de venganza.
A continuación hay que decir que solamente pudo ser cometido por
algún partido o grupo al que el Presidente asesinado había reducido
a la nada, había derrotado totalmente o por el partido o grupo que él
encabezaba. Existen tres partidos que podrían haberlo hecho: el par­
tido Democrático, el grupo Bolchevique (Bolchevick group) y la Ma­
sonería (a la que había quebrado uno de sus centros, como también
untentro periférico).
Veamos aho% si las circunstancias nos señalan a alguno de estos
grupos.
De los pocos datos que nosotros conocemos y que han sido reco­
gidos en la investigación policial, uno señala que el criminal visitó,
una o dos veces, incluso varias veces (el número de veces es incierto)
a M[agalhaes] L[ima] en su hotel. Este hecho se conoció inmediata­
mente. Estos puntos señalaban por lo tanto directamente a la Maso­
nería.
Desafortunadamente esto los señala claramente a ellos. ¿No resulta
demasiado extraño que, si la Masonería deseaba preparar el asesinato
de un hombre, y si ellos trabajaban por fuera del complot, no sería

249. Fragmento en inglés con el título: “The murder was either due to a political or
to an individual reason.” (El asesinato tuvo dos razones, una política y otra individual).

— 199—
más fácil hacerlo en un oscuro albergue, y no a través de la mismísima
persona de M[agalhaes] L[ima], y por medio de visitas del asesino
destinado a ello en un lugar tan público como el hotel donde se alo­
jaba? Cuando se establece el hecho que tampoco puede probarse ni
establecerse que el asesino es un Masón (ya que poco importante es
si la Masonería ha instigado el crimen, porque bien podrían haber
buscado un agente por fuera de su sociedad; pero es importante saber
si los instigadores están fuera de la Masonería para crear sospechas
sobre ella, cuando podían recurrir a un masón para hacerlo, contra
su propia sociedad), las sospechosas circunstancias que aparecen, se
pueden ver con claridad.
De esta manera la sospecha es que el crimen no fue cometido por
orden de la Masonería. Y si no lo fuera, la intención manifiesta era
echar sospechas sobre ella, y esto dos hechos, tomados juntos, co­
mienzan a trabajar para dar forma a una teoría.
Porque, como hipótesis probable, los Demócratas también son
descartados de nuestro camino. Los Demócratas se encuentran ínti­
mamente ligados a la Masonería. Si ellos cometieron el crimen, e in­
tentaron lanzar sospechas para ser lanzadas con algún propósito,
difícilmente elegirían para tal propósito a una sociedad amigable con
su partido (debido a razones anticlericales) para colgarle las sospechas.
De esta manera, de los tres posibles partidos o grupos que podrían
haber estado implicados en el crimen, sólo los Soviéticos (Soviets)
permanecen. Pero, suponiendo que fueron los Soviéticos, ¿por qué
tratar de arrojar sospechas sobre alguien? y ¿por qué sobre la Maso­
nería?
¿Por qué deberían arrojar sospechas sobre alguien en especial?
s.d.250

250. Fin de texto mecanografiado.

— 200—
ODA A LA MEMORIA DEL DICTADOR
PRESIDENTE SIDÓNIO PAIS251

El texto: esta oda fue publicada con el título Á memoria do Presidente


Sidónio Pais el 27 de febrero de 1920 en el número 4 del diario Acfdo
de Lisboa. La palabra “Rey”, unida con un guión a la de “Presidente”,
viene sugerida por el mismo Pessoa adjunta al poema. Acgao no era
un diario más: fundado por Geraldo Coehlo de Jesús era el Zentra-
lorgan del Núcleo de Acgao Nacional, un grupo de la nueva extrema
derecha reaccionaria, que auspiciaba posiciones “sidonistas” (solucio­
nes cesaristas autoritarias manu militan) y un renacimiento y renova­
ción políticos y £eonómicos de Portugal en busca de un nuevo estadio
imperial.

251. El texto portugués que hemos utilizado es el original, no actualizado ni retocado,


incluido en: Fernando Pessoa, Mensaggem, Poemas esotéricos, Edi$áo crítica, Fund. A. Al-
meida, Madrid, 1993.
A LA MEMORIA DEL PRESIDENTE-REY
SIDÓNIO PAIS

Lejos de la fama y de las espadas,


Aislado de las turbas él duerme.
¿Hay claustros o arcadas en su entorno?
Sólo la noche enorme.

Porque para él, ya convertido


Del lado donde sólo Dios reside,
Son más que Sombra y que Pasado
La tierra y los cielos.

Allí el gesto, la astucia, la lucha,


Son ya para él, sin que pueda verlas,
Vacío de acción, sombra perdida,
Soplo privado de vida.

Solo con su alma y con la oscuridad


El ánimo gentil que nos amó
¿Se conserva ese amor y ardor?
¿Todo se acabó?

En el misterio donde la Muerte se oculta


Aquello que el alma llama vida,
Qué queda de él en nosotros - sólo el nombre
¿Y la fe perdida?

Si Dios se lo tenía que llevar,


¿Para qué nos lo trajo
Caballero leal, en la mirada
Altivo y dulce?

— 202—
Soldado-rey que oculta su suerte
Com o los brazos que levantaron la Patria
Y pasó como el viento norte
Bajo el yermo cielo.

Pero el alma convertida no acepta


Esa muerte absoluta, la nada
De quien fue Patria, y fe elegida,
Y ungida espada.

Si el amor cree que la Muerte miente


Cuando a quien queremos quiere llevar de nuevo,
¡Cuanto más creería el Rey aún existente
El amor de un pueblo!

Quien era él lo sabe la Suerte


Lo sabe el Misterio y su ley.
La Vida lo hizo héroe, y la Muerte
¡Lo consagró Rey!

N o es con fe que nosotros no creemos


Que él muera por entero.
¡Ah, sobrevive! Todavía lo tenemos
En nuestra frente.

Oculto a nuestra mirada,


Visible a nuestra alma,
Todavía sonríe con aquel antiguo aire
De fuerza calma.

Todavía desde lejos nos anima


Todavía en el alma nos conduce
¡Espada de fe erguida encima
De nuestra cruz!

— 203—
Nada sabemos de lo que oculta
El velo ya sea de noche o de día
Ya sea ante la Muerte la Fe se regocija:
Grita y confía.

Aquel está en nosotros, no importa lo que sea


Cual deseo tosco como Dios quería,
Y nos agrada creer que él vela
Benévola sombra.

No sale del alma nuestra fe


Que, más allá del mundo y del destino,
Él todavía piensa en nosotros y es
El bien-amado.

Tengamos fe, porque él íue.


Dios no desea mal a quien ha dado.
N o pasa como el viento el héroe
Bajo el cielo yermo.

Y mañana, cuando la Suerte lo quiera,


Cuando cese la expiación,
Resurrecto de la falsa muerte,
Él ya no.

Pero nuestra ansia que encarnara,


El alma nuestra de la que fue brazo,
Retornará, nueva forma clara,
En el tiempo y en el espacio.

Retornará hecho cualquier otro,


Cualquier cosa de nosotros con él;
Porque el nombre del héroe muerto
Todavía sigue incitando;

— 204—
Todavía comanda, y la armada que va
Para los campos de la Redención
A veces lidera la frente, erguida
Espada, la Ilusión.

Es un rayo solitario de ardiente amor,


Que emana sólo de su propio nombre,
De sangre a un brazo vengador,
Si ha perdido el vigor.

Con más armas que con Verdad


Combate el alma por quien ama.
Es leña sólo la Realidad:
La fe es la llama.

Pero ¡ay! que la fe ya no tiene forma


En la materia y en la apariencia de la Vida,
Y, pensada, en dolor se transforma
¡La fe perdida!

¿Para qué dio Dios la confianza


A quien no habría hecho el bien?
Mayorazgo de nuestra esperanza
¡Lo tiene la Muerte!

Pero es suficiente el nombre y suficiente la gloria


Para que él esté con nosotros, y ser
Carnal presencia de memoria
Al amanecer;

Espectro real hecho de nosotros,


De nuestra nostalgia y ansia,
Que nos habla con oculta voz
En el alma, a la distancia;

— 205—
Y nuestro propio dolor se transforma
En una vaga ansia, un esperar vago,
Com o la yerma brisa que trastorna
Un yermo lago.

N o miente el alma al corazón.


Si Dios nos lo dio, Dios nos amó.
Porque él puede ser, Dios no.
El despreciado.

Nacido Rey, su realeza,


Por no poderla heredar de sus
Abuelos, con mística entereza
La heredó de Dios;

Y, por directa consonancia


Con la divina intervención,
Un tiempo que irguió en lo alto el ansia
De salvación.

Se oscureció la Suerte que nos trajo


Otra vez con un oscuro velo.
Dios ¿pata qué nos lo dio, si era
Para que retornara de nuevo?

¡Ah! ¡Tengamos más fe que esperanza!


Por más vivos que nosotros estemos, queda
El Abismo donde no cambia nada
La tierra afligida. .

Y así es; si, desde el Asombro


Adonde la Muerte las vidas se lleva,
Miren esta patria, escombro a escombro,
Caer en la tiniebla;

— 206—
Si algún poder de los que tuviera
Su alma, que no vemos, tiene,
Lejano o próximo - ¿Por qué espera?
¿Por qué no viene?

En nueva forma o nuevo aliento,


Que tome el pulso o el alma tome,
Regresa como un pensamiento,
¡Alma de un nombre!

Regrese sin que la gente lo vea,


Regrese sólo para que la gente lo sienta.
Impulso, luz, visión que conduzca
Y ¡el alma presienta!

Y cualquier espada adormecida,


Siervo del oculto impulso, se destina
Y un nuevo héroe se sienta erguido
¡Porque lo recuerda!

Gobierna al siervo y al juglar.


Los que iban a ser muertos.
No tuvo la mañana una aurora
Estrella del cielo.

Vivimos sólo de recordar.


En nuestra alma entristecida
Hay un sonido de rezo para invocar
La muerte vida;

Y un místico vislumbrar que llama


El que, en el plano traspasado,
Vive todavía en nosotros, lejana llama
EL D ESEA D O .

— 207—
Sí, sólo existe la esperanza, como aquella
-¿Y quién sabe si es la misma?- cuando
Se fue de Aviz252 la última estrella
Sobre el campo abominable.

¡Nuevo Alcazarquivir253 en la noche!


¡Nuevo castigo y el mal del Destino!
¿Por qué pecado nuevo flagelo
Nos es de esta forma dado?

Sólo resta la fe, que su memoria


Que en nuestros corazones grabó,
Que Dios no paga ilusoriamente
A quién amó.

Excelsa flor del pantano de la grey,


Alba de la Redención,
En él un tiempo se encarnó el rey
Don Sebastián.

El soplo de ansia que nos lleva


A querer ser lo que ya fuimos,
Y en nosotros viene como en tinieblas
En vanas apariciones.

Batir la puerta a nuestro gesto,


Hacer apelación a nuestro brazo,
Recordar en la sangre nuestra el insulto
Y el vil cansancio,

252. Ver, ut supra, nota 66.


253. El mito de Don Sebastián, muy similar al del rey Arturo, fue un movimiento
místico-secular que recorrió Portugal en la segunda mitad del siglo XVI como conse­
cuencia de la muerte del rey portugués Don Sebastián en la Batalla de Alcazarquivir, en
1578, en una aventura imperial, y cuyo cadáver jamás apareció.

— 208—
En él un momento se clarificó,
La noche antigua continuó.
Pero ¿qué secreto es el que quedó
En el oscuro frío?

¿Qué memoria, qué luz pasada


Proyecta, sombra, en el futuro,
Da en el alma? ¿Qué lejana espada
Brilla en lo oscuro?

¿Qué nueva noche vendrá a irradiar


En la noche en que yacemos viles?
¡Oh! Sombra amada, haz que retorne
El ansia feliz.

QtSen quiera que seas, allá en el abismo


Donde la muerte la vida conduce,
Si para nosotros un misticismo
La vaga luz.

Con que la noche yerma todavía vacía


En el frío albor de la madrugada
Siente, de la esperanza que hay en el día,
Que no es vana.

Y la mañana, cuando sea la Hora,


Estando Dios pago, Dios dirá
Nueva palabra redentora
Al mal que hay,

Y un nuevo verbo occidental


Encarnado en heroísmo y gloria,
Porta como su escudo real
¡Tu memoria!

— 209—
Precursor de lo que no sabemos,
Pasado de un futuro por abrir
En el asombro de portales extremos
Por descubrir,

¡Si calle, espada, fe, farol


Erguido en pendón de gloria en gloria!
¡Haces posible Portugal
Por haber sido!

N o se había extinguido la antigua llama


Si tú y el amor pudieran ser.
Entre clarines la gloria te aclama,
¡Muerto al vencer!

Y, porque fuiste, confiando


En Q U IEN SERÁ porque tú fuiste,
Alcemos el alma, y con el abominable
Sonreír enfrentados.

Hasta que Dios el lazo suelte


Que ata la tierra al azar que somos,
Y la curva nuevamente retorne
A lo que ya luimos,

Y en el aire de bruma que estremece


(¡Clarín lejano matinal!)
¡EL D ESEA D O por fin regrese
A Portugal!

— 210—
II
EL PRECONCEPTO REVOLUCIONARIO

12

Existe sólo un problema de posguerra, aquel de la organización. Según


cómo ese problema se resuelva, se podrán resolver los otros, todos de­
pendientes de él. Porque de nada sirve querer organizar, o la industria,
o el trabajo, o cualquier otra cosa, sin primero organizar la organiza­
ción, sin primero organizar a los organizadores. Otorgar a la palabra
“organización”, o a aquella otra -aquel absurdo bastón de los idiotas
de Inglaterra- “reconstrucción”, un valor mágico o milagroso, de
'*modo que la mera invocación de la idea de organizar da misteriosa­
mente la vistea los ciegos, la audición a los sordos y la vida a los muer­
tos, es demasiado para una época que, aunque acostumbrada a una
mentalidad bastante retrógrada, viene deducida como científica.
¿Quién debe organizar? ¿Cómo organizar sin organizadores? No es
suficiente la idea de la organización que hay que seguir: debemos antes
tener hombres que organicen. Muchas ideas son, si no propia y efec­
tivamente buenas, aceptables; y así parecerían, si a la cabeza de todas
las realizaciones no hubiera generalmente la incompetencia. Es difícil
realizar, de manera apropiada, la crítica a ciertas ideas, porque, sin
quererlo, realizamos la crítica de los hombres que las interpretan. El
mismo Bolchevismo, en efecto, podrá ser interpretado a través de las
figuras combinadas y decadentes de Lenin y de Trotski -aquellos in­
felices que, en una época científica, gobernaron h la romántica, a la
(...)

—211—
¿Cómo, entonces, organizar a los organizadores? El temperamento
del organizador nace, en sus fundamentos, con el individuo; este
punto permanece fuera de la competencia de cualquiera de nosotros.
Pero es posible educar a los organizadores, a fin de que, sabiendo or­
ganizar por instinto, sepamos organizar mejor cuando educamos.
Sobre el Bolchevismo, por ejemplo, la única cosa verdadera y cierta
es la incompetencia horrorosa de sus líderes; y esto no debe sorpren­
dernos. Totalmente destituidos de cultura científica y moderna, cere­
bros románticos sin alguna noción de realidad práctica, infelices que
la ironía del Destino ha arrojado a la celebridad gracias a aquel prin­
cipio, ya expuesto por Shakespeare, “No temáis a la grandeza; algunos
nacen grandes, algunos logran grandeza, a algunos la grandeza le es
impuesta y a otros la grandeza les queda grande”.254 La producción
de incompetentes es la más cruel de las ironías de los dioses.
Cualquier cosa que suceda exterior a este mundo será, por fuerza,
transitoria, absurda, malvada. Digo: “cualquier cosa que suceda”, y
aplico la frase a todas las cosas que puedan sobrevenir: neo milita­
rismo, bolchevismo, industrialismo a la americana, cualquier cosa.
La carencia de claridad mental y de capacidad para una acción supe­
rior, vale decir, para la acción organizadora, es la característica suprema
de nuestra época.
Lo que debe ser investigado es sólo esto: ¿sobre qué punto debe
incidir la organización preliminar? ¿Qué cosa es lo que no debemos
organizar, antes de organizar cualquier cosa? Para esto, es evidente,
debemos comenzar con establecer cuáles son las reglas fundamentales
de toda organización. Estas reglas, ni siquiera intuitivas, ya se han es-
> tudiado por muchas personas que, en verdad no conocen nada ni de
esto ni de nada. La característica fundamental del incompetente es

254. “Be not afraid of greatness: some are born great, some achieve greatness, and
some have greatness thrust upon them.”, tomada de la comedia “Noche de Reyes”, tam­
bién llamada “La Duodécima noche”, Escena II, V, de 1601.

— 212—
saber ya lo que los otros habrían hecho después de haberlo visto rea­
lizado.
Tres son las reglas intelectuales de la organización perfecta, y ellas
se aplican tanto a la organización de un Estado como a la de un tra­
bajo de oficina. Ellas se pueden aplicar a cualquier cosa que se pre­
tenda organizar —incluso cuando este asunto sea una estupidez o un
crimen. No defiendo la organización para fines criminales o por la
intención humanísima de no hacer otra cosa que estupideces; de­
fiendo, por lo tanto, la organización, su principio. (No digo “de la
organización perfecta”, porque “organizar” quiere decir “organizar a
la perfección”; organización imperfecta no es organización).
Ia Regla: simplificación de los fundamentos de la materia a or­
ganizar;
2a Regla: colocación de cada uno de los ejecutores de la organi­
zación en el puesto que le compete;
3a Regla: centralización de los servicios que verdaderamente sir­
ven a la organización.255

13

La tesis viene formulada en nuestra época, como una verdad suprema,


por el biólogo Haeckel:256 entre el mono y el hombre normal, afirma,
hay menos diferencia que entre el hombre normal y el hombre genial.
Entre el trabajador del cerebro, como se lo denomina, y el trabaja­
dor del brazo no existe identidad ni semejanza, existe una profunda,
una radical oposición. Por eso es cierto que entre un obrero y un mo­

255. Fin de texto mecanografiado.


256. Ernst Heinrich Philipp August Haeckel (1834-1919): biólogo, naturalista, fi­
lósofo y político alemán, discípulo de Darwin, popularizador y vulgarizador de muchas
de sus hipótesis, inpirador del Darwinismo social y político y del moderno Racismo
“científico” a través del Poligenismo de sus teorías; sobre la gran influencia del darwinista
social Haeckel en Pessoa, véase nuestro estudio preliminar.

—213—
no hay menos diferencia que entre un obrero y un hombre realmente
culto.
El Pueblo no es educable, porque es Pueblo. Si fuese posible trans­
formarlo en individuo sería educable, sería educado, pero ya no sería
Pueblo.
El odio contra la ciencia, contra las leyes naturales es lo que carac­
teriza a la mentalidad popular. El milagro es lo que el Pueblo desea,
eso es lo que el Pueblo comprende. La diferencia reside sólo en que
pueda ser hecho por la Madonna de Lourdes, o de Fátima, o por
Lenin. El Pueblo es fundamentalmente, radicalmente, irremediable­
mente reaccionario. El liberalismo es un concepto aristocrático y, por
lo tanto, enteramente opuesto a la democracia.
Sí, fijémonos en esto. Eliminemos la distinción puramente exterior,
como aquella entre negros y blancos. La distinción verdadera es de
otro orden. Es entre gente del pueblo e individuos. Acepto un hombre
del Pueblo como hermano de Dios, como hermano en Cristo, pero
no como hermano in Natura. Frente a la religión somos iguales; fren­
te a la Naturaleza y a la Ciencia no existe entre nosotros (hombres de
cerebro y hombres de brazo) ninguna especie de igualdad. Donde se
puede ver que se establece una igualdad entre cosas diferentes por na­
turaleza diferentes existe mística, existe religión: pero lo que no existe
es Ciencia.
Todas las religiones, más o menos de manera visible, se dividen en
dos partes: el culto externo y la doctrina externa, y lo que es dado en
la iniciación, ya sea individual o mística, ya sea ritual y mágica. En­
tonces, la cultura es una iniciación. Y lo es porque posee la esencia de
la iniciación -ser una otra vida.
(Mas. life)257

257. Fin de texto mecanografiado.

— 214—
14

El elemento religioso es un elemento disolvente de la sociedad. O


bien la religión es tradicional, y es entonces un elemento de estagna­
ción, de resistencia al desarrollo social; o bien es una religión nueva,
y es una perturbación social, como lo fue el Cristianismo en el Impe­
rio Romano. Lo peor es que la plebe es estructuralmente religiosa, y
no puede sino ser religiosa. Por eso la predominancia del espíritu re­
ligioso en una sociedad representa la predominancia del espíritu po­
pular, la degradación del espíritu de la aristocracia y de los mejores,
por el cual las sociedades se gobiernan y progresan.
Vemos hoy258 en conflicto en casi todo el mundo, y por ello entre
nosotros también, dos religiones: el Cristianismo, progresivamente
regresivo hacia el tipo católico, y el bolchevismo (bolchevismo). El
bolchevismo (entendiendo por bolchevismo el sindicalismo revolu­
cionario y el comunismo, y no exclusivamente este último) es un fenó­
meno reaccionario y religioso. Nada tiene de verdaderamente social,
ni te podía tener, porque, si lo tuviese, no lo podrían adoptar las ple­
bes, incapaces d^otra cosa que no sea religión.
Es fácil probar el carácter reaccionario del bolchevismo, como es
fácil probar su carácter religioso -incluso más fácil todavía.
El odio religioso es sobre todo grande cuando es de la religión-hija
a la religión-madre. El Cristianismo, que nació del paganismo, odió
y combatió a éste de manera superior. El protestantismo, que nació
del catolicismo, supremamente lo odió y lo combatió. Así se explica
el odio mortal que el bolchevismo consagra al Cristianismo.
El Bolchevismo mantiene la vieja manía cristiana de hacerse mártir,
y de inventar persecuciones cuando nadie se las hace. Se sabe hoy que
gran parte de las persecuciones hechas a los cristianos -aunque, persi­
guiendo a los cristianos, el Imperio Romano ejercía lo que hoy se co­

258. Mitad de 1918.

— 215—
noce como “defensa social” (defesa social)- son puramente míticas,
siendo de las variadísimas invenciones de los propagandistas primiti­
vos del Cristianismo.
Nuestra civilización es orgánicamente individualista. Lo es porque
se asienta en dos elementos: la cultura griega, que se puede definir
como un individualismo racionalista, y el capitalismo moderno, en
el que el fenómeno de la concurrencia es lo distintivo. Siempre que la
civilización intentó huir del tipo individualista, se estancó o terminó
perturbada.
Ahora el régimen concurrencial, desde que llegó a un desenvolvi­
miento intenso, hace difícil la adaptación a él por parte de los débiles.
Con el aumento de la instrucción se vuelve igualmente difícil la adap­
tación de los ignorantes. Por eso es que los débiles e incultos espon­
táneamente se rebelan contra él. Se rebelan exactamente porque son
débiles, pues si fueran fuertes se adaptarían a la lucha. Se rebelan exac­
tamente porque son ignorantes. Se rebelan porque tienen el rencor
del débil al fuerte, del indolente al activo. ¿Y cómo se rebelan? Revir­
tiendo espontáneamente los tipos anteriores de sociedad -al tipo cor­
porativo de la Edad Media, rebautizado como sindicalismo. Y es de
notar que esta reversión, este odio al individualismo económico, se
revela en sus dos corrientes extremas -en el integrismo y en el bol­
chevismo. Es un fenómeno patentemente reaccionario.
El Bolchevismo se apoya sobre dos dogmas: el libre arbitrio (el cual
presupone que el hombre es el que dirige el propio destino y que la
palabra “libertad” posee un significado absoluto) y el milagro (porque,
pretendiendo construir una sociedad por fuera del egoísmo, de la va­
nidad, de la codicia humana -fuentes de todo el progreso y de toda
la vida social—, pretende por este supuesto suspender las leyes natura­
les, y llama, a la suspensión de las leyes naturales, milagro). Sobre estos
dos dogmas -evidentemente derivados del cristianismo—se reclinan
el de los misticismos bolcheviques (misticismos bolchevistas).
El odio feroz del Bolchevismo contra el Cristianismo es más bien

— 216—
el odio de fanáticos contra fanáticos, de una religión contra otra. No
nos engañamos cuando suponíamos asistir a una lucha de clases: se­
guimos en la fatalidad de las guerras religiosas, de la lucha de... de
cuando el paganismo cae, con Juliano,259 y la paz religiosa abandonó
el mundo.

1918260
15

“Against D [emocracy]”261
Dada la existencia, no sólo en el interior de nuestra civilización,
sino incluso, propiamente constituyéndose como la sustancia misma,
de la idea disolvente del “Cristismo”,262 tenemos que toda decadencia
de transición, que sobrevenga en nuestra civilización, recibe un in­
mediato refuerzo deTla idea morbosa y antisocial, en la cual la religión,
sobre la cual esta civilización se basa, tiene su fundamento. Resulta
qu&, en la civilización europea, toda decadencia de ocasión asume, en
general, aspectq^de extrema gravedad íntima, a causa de la perma­
nencia, en el alma de las naciones que la componen, de la idea que
en su misma esencia es decadente y sustancial en la constitución psí-

259. Flavio Claudio Juliano (en latín: Flavius Claudius Iulianus),l (331 dC-363
dC), conocido como Juliano II o, como file apodado por los cristianos, «el Apóstata».
Fue emperador de los romanos desde el 3 de noviembre de 361 hasta su muerte. Renegó
públicamente del cristianismo, declarándose pagano y neoplatónico, motivo por el cual
fue tratado de apóstata. Juliano depuró a los miembros del gobierno de su primo y llevó
a cabo una activa política religiosa, tratando de reavivar la declinante religión pagana
según sus propias ideas, y de impedir la expansión del cristianismo, pero fracasó estrepi­
tosamente
260. Fin de texto mecanografiado.
261. Indicación del texto en inglés: “Contra la D[emocracia]”.
262. “Cristismo”: “cristista”: neologismo creado por Pessoa para dar un significado
negativo a la peor versión histórica del Cristianismo.

—217—
quica de aquellas naciones. Si no fuese por la compleja constitución
racial o nacional europea, que para contener, en una constante mes­
colanza de pueblos y una perenne variación, permanentemente revi-
talizada, la condición de Europa, contaminada en sus orígenes por el
vicio “cristista” y por sus tristes consecuencias, nos encontraríamos
entre lo más innoble que podamos imaginar. No olvidemos: vivimos
todavía, en cuanto hijos pedagógicos del “Cristismo”, en la decadencia
del Imperio Romano. Nosotros, europeos, vivimos todavía en el Im­
perio Romano en decadencia, el cual, revitalizado en la multiplicación
de contactos culturales y raciales, animado por la existencia de múl­
tiples focos de conflicto y de cultura, continúa siendo representado,
en modo objetivo, por la Iglesia Católica y, siempre subjetivamente,
por la idea cristiana, fija de manera permanente en nuestra constitu­
ción espiritual.
Hemos nacido enfermos.
Una enfermedad íntima, una inestabilidad radical, roe el hueso de
la civilización europea. El “cristismo”, lejos de ser nuestra vida, es la
muerte que portamos con nosotros. No importa, ahora, revelar hasta
qué punto esta enfermedad corroe nuestra alma, hasta qué íntimos
espacios del espíritu ha tenido acceso el contagio de la decadencia.
¿Cuándo veremos, finalmente, con la muerte de la Iglesia Católica,
el roimiento último y definitivo del Imperio Romano? ¿Cuándo ven­
drá el Anticristo? Cuando llegue el momento de su arribo, no habrá
paz en el alma ni disciplina en el corazón.263

16

El preconcepto revolucionario
1. De cómo todas las revoluciones son desnacionalizaciones (des­
nacionalizares) .

263. Fin de texto mecanografiado.

— 218—
2. Utilidad social de las revoluciones.

1. Definición de “revolución” y de “espíritu revolucionario”.


2. Psicología del espíritu revolucionario.
3. Condiciones sociales en que se dan las revoluciones.
4. Inutilidad intelectual de las revoluciones: (a) el principio
de continuidad, (b) el principio de (...)

El estado mental del hombre que cree en la eficacia social directa


de las revoluciones es exactamente el mismo que el del hombre que
cree en la realidad de los milagros.
La creencia en la eficacia de las revoluciones presupone la creencia
en la intervención antinatural de la voluntad humana en el curso na­
tural de los asuntos sociales. No es más absurdo suponer que deter­
minado taumaturgo invierte, por el uso de cualidades no analizables,
las leyes físicas y naturales (?), que suponer que un grupo de hombres
nacidos en el mismo medio que otro grupo, educados de la misma
mañera, sufriendo las mismas influencias, y con herencia social idén­
tica, puede, sustituyendo a ese otro grupo y por el simple hecho de
tener ideas diferentes, actuar diferentemente en la vida social. ¡Esto
es tan simple!
El estado social permanece igual, agravado con la anarquía que re­
sulta de la sustitución violenta de una situación administrativa por
otra. Los antiguos detentores del poder, por inmorales y corruptos
que fuesen, tenían, al menos, por el uso del poder, cierta noción ine­
vitable de cómo usarlo, sabían, por lo menos, cómo administrar. Los
recién venidos, iguales moralmente a ellos por ser producto del mismo
medio, llevan al poder la falta de práctica del poder; son fatalmente
peores: intelectualmente peores. Así, los gobiernos revolucionarios,
siendo tan inmorales como los gobiernos anteriores, son intelectual­
mente más incompetentes.
En toda revolución hay siempre tres elementos causales: (1) la in-

— 219—
moralidad y corrupción de los gobiernos; y la idea de hacer una revo­
lución en vez de una reforma significa que la nación se volvió incom­
petente para resolver sus problemas de gobierno sanamente; (2) la
división de ideas, principalmente religiosas, en el país; (3) la desna­
cionalización.
Cuando, por una prolongada decadencia,264 un país cae en letargo
y disgregación, un movimiento revolucionario puede ser salvador. No
es, sin embargo, salvador directamente, ni como movimiento revolu­
cionario, ni como portador de determinadas ideas, o determinadas
tendencias. Lo que en él hay de salvador es, precisamente, lo que
menos parece de salvador: la anarquía que establece, la desorganiza­
ción violenta que crea.
Cuando una nación cae en letargo, en desorganización, ese mismo
letargo hace que no tenga fuerzas para salir de él, esa misma desorga­
nización la imposibilita para organizar una salida de ella, una nueva
vida. Para que de un estado de letargo se pase a un estado de acción
constructiva, es necesario que el letargo sea sacudido, para que las
fuerzas verdaderamente activas aparezcan; es necesario que la desor­
ganización llegue a un estado agudo, para que los más letárgicos se
convenzan de que tienen que actuar o ayudar a actuar; es necesario,
por último, que la destrucción, la anarquía, se haga patente, para que
las fuerzas latentes, que se tornaron activas, se den a sí mismas, no
sólo un fin activo, sino también un fin constructivo.
La única utilidad de las revoluciones es ser destructivas, y volver
patente la necesidad de construcción; es ser anárquicas, y volver pa­
tente la necesidad de orden; es ser siempre extranjeras, y estimular,
por reacción, la acción contrarrevolucionaria, siempre nacional.
No son las ideas revolucionarias del ‘89 las que dieron a la Fran­
cia del siglo pasado su relativa grandeza: esa grandeza, tal cual era,
resultó de la liberación de fuerzas obligadas a ser constructivas por

264. Variante: “en un prolongado estado de...”

— 220—
el espectáculo de destrucción que la Revolución les dio.

1918265

17

Los grandes movimientos revolucionarios -ya sea que se concreten


en convulsiones sociales, ya sea que solamente se manifiesten en ideas
que tienden hacia esas convulsiones- derivan siempre de un senti­
miento claro, y por lo tanto cierto, de una injusticia, y de una idea
vaga, y por lo tanto errada, del modo de remediar esa injusticia. Todos
los grandes movimientos revolucionarios existen, por consiguiente,
en virtud de una razón sentimental (razao sentimental) a la que se
une una sinrazón intelectual. Por eso son simultáneamente defendi­
bles y absurdos; defendibles cuando se mira las injusticias y las tiranías
que los causan y posibilitan; absurdos, cuando se analizan las ideas,
siempre excesivas e inaplicables, que pretenden poner en práctica.
"No hay gran movimiento revolucionario -vale decir, movimiento
revolucionario ^xtenso y profundo- que sea posible sin una razón
cualquiera. No existen revoluciones hechas por la mera lectura de li­
bros, por la mera influencia de ideas, por la mera insinuación de ora­
dores.266 Los hombres son, por su naturaleza, inertes y misoneístas
(inertes e misoneicos). El hombre es un animal con hábitos, como los
otros animales; pero el hombre tiene, además de los hábitos propia­
mente dichos, otra especie de hábitos llamados tradiciones. Difícil­
mente las quiebra; difícilmente se une para quebrarlas; difícilmente
se levanta contra sus semejantes nacionales y sociales, con rabia y odio,
para quebrarlas.
Es necesario, por eso, que la doctrina revolucionaria (doutrina re-

265. Fin de texto mecanografiado.


266. Variante: “predicadores”.

— 221—
volucionária), una vez lanzada, encuentre eco en el corazón humano.
Ir a decirle a un pueblo, que no tiene hambre, que se rebele porque
la tiene, lo puede hacer uno u otro convertido, entre los que realmente
tienen hambre, y entre los que creen que la tienen; pero un movi­
miento tal no logra, por cierto, el número necesario de adherentes
para convertirse en revolución.
Siempre hay, está claro, argumentos posibles para este tipo de casos.
En todas las épocas hubo ricos y pobres, en todas las épocas hubo una
cierta injusticia evidente en la distribución de la riqueza. Pero aunque
en todas las épocas haya habido quien predicase la revuelta contra los
ricos, no todas esas revueltas congregaron adeptos en un número que
rozase lo considerable. En todas las épocas hubo una cierta injusticia
política y social, aparte de riqueza; pero, aunque en todas las épocas
surgiese quien aborreciese esas injusticias sociales, no en todas con­
gregó adeptos esa indignación.
Forzosamente, había en ciertas épocas condiciones especiales que
hicieron que calase en el ánimo de las multitudes, por lenta infiltración,
cierta teorización contra la injusticia. Es cuando la injusticia se con­
virtió en un sistema, como en la Francia del anden régeme, en la que
ya no había diferencias sociales pronunciadas, sino un uso constante­
mente tiránico de las diferencias sociales pronunciadas; y como en la
Rusia de los Zares, en la que la tiranía era no una eventualidad del des­
gobierno, sino una modalidad substancial del gobierno existente.
Para que la injusticia sea generalmente sentida como tal, no basta,
sin embargo, que simplemente exista. El anden régime, cuando cayó
ya era viejo, y siempre había sido tiránico; la tiranía zarista no era de
ayer, ni de anteayer.
Para que la injusticia sea sentida como tal, y por lo tanto dé ocasión
a la formación del espíritu de revuelta, es preciso que pierda la base
por la que existía. El zarismo no cayó sólo por ser tiránico, sino por­
que, sobre el hecho de ser tiránico, perdió el consenso general. Cuan­
do el zar era positivamente el representante sentimental del pueblo

— 222—
ruso, todas las tiranías eran posibles en su nombre, porque su autori­
dad, inclusive para practicarlas, era generalmente aceptada.
Se levantan voces clamando contra la injusticia. Ahora bien, un
poder injustamente injusto implica un gobierno o institución desa­
daptada al medio. Un gobierno desadaptado al medio implica un go­
bierno incapaz de acción coherente y fuerte. Un gobierno incapaz de
acción coherente y fuerte frente a ataques a su constitución, alterna­
damente los tolera y los persigue con violencia. Y ya sea por la tole­
rancia, ya sea por la persecución, la voz que clama gana aliento.
Por fin la ola revolucionaria triunfa -o por un impulso de reforma,
si todavía existen en el sistema vigente fuerzas de adaptación; o por
fuerza de la violencia, si ese régimen no se adapta- y entonces conti­
núa la anarquía que ya había, porque la ley de continuidad histórica
no admite revoluciones capaces de transformar nada. La anarquía re­
volucionaria es siempre la continuación de la anarquía disfrazada que
la precedió. No hay*revoluciones contra organizadores. Hay sólo re­
voluciones contra desorganizados. Esto es, la desorganización de un
paí9»mal gobernado, cuando produce una revolución, no se trans­
forma, se prolonga. Así, ¿quién no ve la perfecta continuidad empeo­
rada de los procesos: del anden régime al terror, del zarismo al
bolchevismo, de la monarquía de Don Carlos y de Don Manuel II a
la triste república portuguesa?
Apuntando al establecimiento de la libertad, la Revolución Fran­
cesa la suprimió toda; invirtió los términos de la opresión, nada más.
Apuntando a la libertad, a la liberación de los obreros y de los débiles,
el bolchevismo oprimió a otros débiles y no desoprimió a los que dijo
servir. Apuntando a reformar una administración corrupta, y subvertir
una semitiranía política, la República Portuguesa instauró una admi­
nistración más corrupta todavía, una semitiranía por cierto aún más
opresiva.
Esto está en la fatalidad de las revoluciones, que, como derivan de
una inadaptación, son fenómenos enfermizos (...)

— 223—
Las ideas revolucionarias -ya sea que nazcan de la propia injusticia
que motiva el sentimiento revolucionario, o que sean extrañas a él y
por él apropiadas- son siempre absurdas; lo son por dos razones.
Las revoluciones, como ya vimos, se basan en un sentimiento
fuerte de injusticia, sentimiento que se torna general. Pero un senti­
miento general y fuerte de injusticia genera forzosamente ideas ab­
surdas. En Io lugar, un sentimiento fuerte es una condición negativa
para la lucidez; quien estudia apasionadamente (salvo en el sentido
de entusiasmo intelectual) un problema, lo estudia siempre mal. En
2o lugar, un sentimiento de injusticia envuelve siempre un odio o ren­
cor a quien la practica; y la teoría nacida, o adaptada, por ese senti­
miento tenderá fatalmente a ser excesiva en el sentido contrario: no
sólo a deshacer la injusticia, sino a castigarla, esto es, a herir y vengarse
de los que la practican, o se supone que la practican. Resultará una
teoría tan injusta como la práctica a que esa teoría se contrapone. En
3o lugar, los problemas que una revolución busca resolver son siempre
problemas sociales, todos, por naturaleza, de una gran complejidad.
Ahora, una teoría de contra-injusticia, para ser generalmente sentida,
tiene que ser simple; porque el común de la humanidad no puede
comprender ideas complejas. La teoría ha de ser, por lo tanto, inadap-
table a la complejidad del problema.
Por eso, de toda y cualquier idea revolucionaria se puede afirmar,
sin saber cuál es, pero sabiendo sólo que es revolucionaria, que es falsa;
pero también se puede afirmar, si fue aceptada por muchos, si sirvió
de estímulo a movimientos y agitaciones, que tuvo una razón senti­
mental de existir, y que hay una injusticia a reparar, una reforma por
hacer.
Estudiar cuál es esa reforma es, en todo caso, el papel —en general
inútil- del sociólogo.
Una revolución en tanto tal no falla nunca; las ideas revolucionarias
fallan siempre.
Finalmente se establece el equilibrio, y se ve que lo que resultó de

— 224—
la revolución, de las contrarrevoluciones y todo eso, fue una diagonal
a ese paralelogramo de fuerzas: dirección social que no es ni la que
estaba, ni la que está.
El papel del hombre de ciencia, libre de los prejuicios revolucio­
narios, absurdos todos porque son revolucionarios; libre también de
los prejuicios contrarrevolucionarios, porque, por idéntica razón, son
igualmente absurdos, es preestablecer la hipótesis de equilibrio final.

1918267

18

Una cosa que preocupa mucho, por lo que parece, a los críticos que
ya tienen cuarenta años es la actitud poco «generosa» -en el sentido
que dan a este término en política—de las nuevas generaciones. No
son democráticos^no son libertarios, no simpatizan con los oprimi­
dos, no odian a la Iglesia, no alzan la voz por la Justicia.
vLes parece a los mismos críticos que esta actitud es triste. Tal vez
no lo sea. Les parece reaccionaria. Tal vez no lo sea. Todo depende del
modo como se encaran generosidad y reacción. Y lo que esta actitud
finalmente es, es algo muy simple: es fruto de la experiencia.
La juventud de hace veinte años venía después de la experiencia
constitucional, y toda su tendencia, ante la falencia de esa experiencia,
era contra el constitucionalismo. La juventud de hoy viene después
de las democráticas y, siempre en su papel de juventud, representa la
reacción contra esas experiencias, cuya falencia estruendosa es de co­
tidiana evidencia.
La juventud de hoy vio, además de eso, que los libertarios, los so­
cialistas, los demócratas, ardiendo en amor por el pueblo, acababan
en la malversación y en el peculado, en el uso, en sus relaciones con

267. Fin de texto mecanografiado.

— 225—
el pueblo de la policía y el ejército. Y como esta experiencia es la úl­
tima, la juventud de hoy se acordó de concluir que la realidad vale
más que las buenas intenciones, que es inútil predicar buenas doctri­
nas si solamente las malas pueden tener éxito. Más vale, pensaron
ellos, que se defiendan, desde el principio, las doctrinas antipáticas.
Por mi parte, encuentro preferible defender, como algún día lo haré,
con la debida argumentación sociológica, que es más legítimo que los
políticos roben y expolien al pueblo, que robar y expoliar al pueblo
llamando a esa actitud “gobierno popular”, “democracia”, “libertad”
y otras cosas por el estilo.
El amor a la verdad sustituye, en la juventud de hoy, el amor a la
mentira que, aunque generosamente encarado, caracterizaba a la ju­
ventud de ayer y de antes de ayer. De nada sirve estar al servicio de la
mentira, por más generosidad que haya en eso. El anarquismo, el so­
cialismo, el democratismo -toda esa basura de teorías simpáticas que
se olvidan que teorizan para la humanidad de carne y hueso- fueron
divinizaciones de la mentira. Y fue a esa cosa lo que Carlyle268 deno­
mina la peor especie de la mentira: la mentira que se cree verdad. No
fueron error, que es admisible. Fueron la mentira inconsciente. Cual­
quiera yerra. Pero no todos mienten inconscientemente.

1918269

268. Thomas Carlyle (1795-1881): historiador, crítico social y ensayista británico;


idealista, crítico de la democracia liberal, añoraba ciertas formas de vida de la Edad Media
y el destino marcado en las naciones y razas por la Providencia; entre sus obras más im­
portantes se encuentran The French Revolution: A History (1837), y On Heroes, Hero-
Worship, and the Heroic in History (1840), que muchos consideran una fuente de
inspiración del pensamiento reaccionario europeo.
269. Fin de texto mecanografiado.

— 226—
V

Revolución y Contrarrevolución
Dictadura como “Interregno”
Dictadura Institucionalizada
( 1926 - 1935 )
Nota introductoria

Pessoa se desinteresó de casi todo en cuanto a los sucesos políticos


que acaecieron en Portugal entre 1920 y 1925, probablemente porque
se encontraba en un verdadero colapso en cuanto a la realización de
sus perspectivas, colmándose de contrariedad e incomodidad al no
ver un horizonte inmediato para la auténtica solución cultural y po­
lítica de la decadencia ancestral de su país. En estos opacos años de
insatisfacción política, Pessoa es cuando más trabaja, en un nivel in­
tensísimo, en su actividad literaria.
En 1921 funtjg la casa editorial “Olisipo”, en la cual publicará su
libro English Poems /-// y English Poems III. En los años siguientes co­
mienza a colaborar -con el famoso nom de guerre Alvaro de Campos-
en la revista de cultura Contemporánea, en donde publicará el famoso
relato “O Banqueiro Anarquista”270 y el ensayo “Antonio Botto e o
Ideal Estético em Portugal”,271 y algunos textos poéticos, entre ellos
el poema “Mar Portuguez”,272 primer núcleo literario de Mensagem.
En 1924 funda, siendo el director junto a Ruy Vaz, “Athena-Revis-
ta de Arte”, donde aparecerán varias composiciones poéticas, y sus fa­
mosos heterónimos y ortonóminos (Ricardo Reis, Alberto Caeiro) y

270. Contemporánea; vol. I, N ° 1, mayo, 1922, pp. 5-21.


271. Ibíd, idem, N ° 3, junio, 1922, pp. 121-126.
272. Ibíd, idem, N ° 4, octubre, 1922, pp. 9-14.

— 229—
publicará con la rúbrica de Alvaro de Campos, dos ensayos filosóficos
“O que é a Metafísica”273 y “Apontamentos para urna Estética Nao-
Aristotélica”.274
Entre tanta actividad filosófico-literaria, Portugal permanecía in­
mersa en una grave crisis política, moral e intelectual. El 18 de abril
de 1925 en Lisboa se produce un golpe militar, una intentona de
putsch para conquistar el estado, insurrección de inspiración “sido-
nista” conocida como “Movimiento de la Espada”, complot palaciego
fallido antes de nacer. Probablemente fue este episodio de opereta,
anticipador de la futura “revolución nacionalista” filofascista de 1926,
el que hace renacer en Pessoa la esperanza, aunque limitada, en un
renacimiento del país y en consecuencia, su renovado interés por la
reflexión política y metapolítica.
Luego del asesinato del dictador Sidónio Pais, el sistema político
portugués se asentaba en un sistema de partidos atomizados y sin ma­
yorías estables, todos derivados de la revolución republicana: un ala
izquierda que incluía al Partido radical y al Partido de la Izquierda
Democrática; un centro inestable con el Partido Democrático, y una
derecha en la que se encontraban la Acción Republicana, el Partido
Nacionalista y la Unión Liberal. La fragilidad de la forma republicana
burguesa era tal que entre 1919 y 1925 desfilaron veintinueve gobier­
nos distintos, con el trasfondo de una crisis económica y social des­
bocada. Los sectores conservadores y reaccionarios clamaban por la
acción rápida de la fuerza tradicional que representaba el ejército. Y
así, el 28 de mayo de 1926, crónica anunciada, el general Gomes da
Costa, comandante de la guarnición de Braga, partió de esa ciudad
en una curiosa marcha cívico-militar hasta la capital, instaurando el
17 de junio, sin encontrar resistencia, una dictadura militar clásica.

273. Athena, N ° 2, noviembre, 1924, pp. 59-62.


274. Ibídem, N ° 3, diciembre, 1924, pp. 113-115; y N ° 4, enero, 1925, pp. 157-
160.

— 230—
Dos años después, el 25 de marzo de 1928, es electo presidente el ge­
neral Óscar Carmona, que había suplantado a Da Costa, nombrando
al profesor de economía Antonio de Oliveira Salazar ministro de Fi­
nanzas y del Tesoro, en el gobierno presido por el general José Vicente
de Freitas.
Los textos que hemos reunido en esta sección -la mayoría con la
indicación temática del propio Pessoa de “Interregno”—acompañan
la evolución de uno de los acontecimientos más importantes de Por­
tugal en el siglo XX, la proclamación del golpe militar victorioso y
los primeros años de la dictadura de Salazar, el establecimiento del es­
tado fascista portugués, “o Estado Novo”. Sus reflexiones presentan
importantes cuestiones no sólo sobre la situación portuguesa, sino
sobre los sucesos político-sociales contemporáneos en España y en
Europa.
I
ORDEN Y (CONTRA) REVOLUCIÓN

[1)J Los elementos militares, que han realizado el reciente pronun­


ciamiento,275 pueden aducir que ellos no hacen política porque in­
tentan simplemente mantener el orden, moralizar los servicios
públicos y administrarlos. Pero el hecho es que no se puede uno olvi­
dar de hacer política en el hacer política. Limitar la actividad política
al mantenimiento del orden y de la administración es una doctrina
política: es el conservadurismo simple (conservantismo simple), que
defiende la simple estabilización de la vida nacional, en oposición al
conservadurismoíceformista (conservantismo reformista), que intenta
imponer un cuadro de instituciones de algún modo similares a las
instituciones del pasado.
Es justo, y encontramos que está bien, que el Ejército se declare
partidario del conservadurismo simple: es una de las doctrinas políti­
cas más sanas y más útiles, porque al no intentar reformar nada, sino
sólo administrar, difícilmente causará perturbaciones sociales. Las
podrá efectivamente causar sólo administrando ostensiblemente mal.
Pero la administración ostensivamente mala procede, casi siempre, de
la preocupación por fines no administrativos. Digamos la paradoja
(porque decir paradojas hace bien al alma): el Ejército reformará si
no quiere reformar. Más adelante daremos los pormenores de esta

275. El del 28 de mayo de 1926, llamado “Movimento da Spada”.

— 233—
orientación. Lo que sí está bien, repetimos, es que el Ejército se declare
partidario del conservadurismo simple; lo que no está bien es que se
declare partidario de ninguna cosa, como si estuviera formado por
poetas decadentes.
2) La parte de la población que domina políticamente es aquella
que se ocupa de la política; y la que se ocupa de la política se divide
naturalmente en partidos. “Ir contra los partidos” es por lo tanto una
expresión absolutamente destituida de sentido. Sólo verdaderamente
“va contra los partidos” quien es indiferente en materia política.
Desde que se tiene una opinión política activamente entra necesaria­
mente en cualquiera de los partidos, se encuentre o no “afiliado” en
él, con carné de identidad y pago de la cuota mensual. Partidos polí­
ticos son todos los que son partidos y hacen política, desde los reac­
cionarios de derecha (integristas) hasta los reaccionarios de izquierda
(comunistas y sindicalistas revolucionarios). Cuando el Ejército de­
clara que se movilizó contra los políticos, se constituye, de esa forma,
en partido político y, en realidad, no fue contra los partidos políticos
sino contra los otros partidos políticos -lo que es diferente y ya tiene
sentido.
Se puede alegar que por “partidos políticos” se entiende a los par­
tidos políticos corruptos. Esta frase no tiene sentido. Políticos corrup­
tos llamamos todos nosotros a los que son de partidos diferentes al
nuestro; es una de las amabilidades naturales del espíritu humano.
Entonces, los partidos políticos que viven en determinado medio son
necesariamente reflejos del estado general de ese medio, por la simple
razón que es en ese medio en el que nacieron y existen, y no en otro
medio mejor cualquiera. Los partidos políticos, en determinado país
y en determinada época, tienen todos la misma mentalidad, tienen
todos virtualmente el mismo grado, poco o mucho, de corrupción.
Hay una reserva que hay que hacer. Los partidos de gobierno -esto
es, los partidos que frecuentemente gobiernan, y por eso, en general,
son los mayores- agregan más arribistas y más interesados, por la sim-

— 234—
pie razón de que los arribistas y los interesados buscan naturalmente
los partidos que los pueden emplear y recompensar, y esos son, natu­
ralmente, los partidos que gobiernan, o que frecuentemente gobier­
nan, y no los que nunca van a poder hacerlo. El Partido Democrático
debe a este hecho, el de ser un partido frecuente en el gobierno, la
enorme cantidad de arribistas de que se compone; no lo debe a cual­
quier particularidad de su constitución íntima, o de las doctrinas que
profesa y en torno a las cuales se formó y se mantiene. Por otro lado,
los partidos típicamente de oposición -esto es, los que no llegan al
poder, los que no pueden ir, o difícilmente pueden ir- agregan, más
que otros, a los elementos perturbadores y anti-sociales, y lo hacen en
la proporción en que son extremistas (ya sea de derecha o de iz­
quierda) dentro de su oposicionismo. Es fácil comprender la razón:
partidos de combate, son tanto más de combate cuanto menos pro­
bable están de llegar a la proximidad del poder, y son tanto más agre­
sivamente de combate cuanto más lejos se sienten por las propias
doctrinas que profesan, de la posesión, mejor de la posesión fácil, de
ese poder.
Los individuóle instintos criminales convergen naturalmente en
esos partidos, y en las doctrinas que defienden, porque esos partidos
y esas doctrinas les sirven instintivamente de apoyo y de alimento a
los malos instintos. De ahí, los “bombo-sindicalistas”, de ahí los lla­
mados “trauliteros”.276
La mitad del país es monárquica; la mitad del país es republicano.
El problema del régimen no tiene, pues, solución ninguna. Queda
claro que los partidarios de cada tipo de régimen dicen que la mayoría
está con ellos: ¿qué habrían ellos de decir? Pero este es el hecho -los

276. De “Traulitana”, período político entre el 19 de enero y el 13 de febrero de


1919, en el cual se puso en vigor la llamada “Monarquía del Nord”, y negativamente ca­
racterizado por Pessoa ya que algunos de sus exponentes —recurriendo al uso de una espe­
cie de maza, el “traulito”- castigaban y mataban a los prisioneros políticos republicanos.
partidarios de los dos regímenes se equilibran numéricamente. Frente
al argumento del número, ninguno de los dos regímenes es por lo
tanto más legítimo que el otro. Por cualquier razón, que no nos com­
pete a nosotros investigar, los republicanos están más organizados que
los monárquicos; en otras palabras, la mayoría republicana activa es
más activa que la minoría monárquica activa. Es por esto que hay Re­
pública; es por esto por lo que legítimamente la República debe man­
tenerse. Por eso -tengámoslo bien presente- y no porque la República
sea generalmente superior a la monarquía, o particularmente superior
en nuestro caso. Defendamos entonces a la República sin tener nin­
gún tipo de republicanismo. Defendámosla como correspondiendo
al “hecho”, por oposición tanto al “derecho” como a la “teoría”. Pero
tengamos conciencia —y que la tengan los gobernantes—de que es por
esto por lo cual debemos defenderla y mantenerla. Abstengámonos
de darles vivas, para que nos tengamos que abstener de ofender a la
mitad de la población a quien ese régimen no le agrada, pero que lo
aceptaría, del mismo modo que los autores de este manifiesto, aunque
no estén constantemente recordando su existencia.
Toda revolución es esencialmente inútil. El individuo es un pro­
ducto de dos factores -la herencia y el medio. Dos individuos nacidos
en el mismo medio son diferentes por la herencia (incluso si son her­
manos, existe en la herencia el factor llamado “variación”) y son se­
mejantes por el medio. Todo agrupamiento formado en determinado
medio -como es el formado por la aproximación de los componentes
de los individuos, y esos individuos se aproximan y se entienden por
lo que hay en ellos de común, que es lo que en ellos es producto del
medio- es pues un reflejo (reflexo) de ese medio. El agrupamiento
que hace una revolución tiene pues la misma mentalidad y el mismo
carácter que el agrupamiento que esa revolución derriba y sustituye.
Una revolución se puede definir como “un modo violento de dejar
todo del mismo modo”.
¿Cómo, entonces, se reforma una sociedad? Es simple: por un mo­

— 236—
vimiento no colectivo, esto es, por un impulso puramente individual.
Hay dos tipos de individuos en que la influencia del medio está su­
bordinada a la de la herencia: son las dos variaciones extremas de­
nominadas el loco (louco) y el genio (genio) -variaciones, de hecho,
estrechamente relacionadas, pues el genio, sea lo que fuera social­
mente, es biológicamente una locura. No existe reforma social que
no parta de un hombre de genio. De ese hombre de genio pasa a una
pequeña minoría, de esa pequeña minoría pasa a una minoría mayor,
hasta que se extiende por toda la sociedad. No es, entonces, entera­
mente absurdo el concepto “providencialista” (conceito “providen-
cialista”) en la vida de las sociedades: la civilización es obra de hombres
de genio, y el (...)277

2278

La Dictadura Militar en Portugal


Pero el carácter del partido que estaba destinado a dominar en Por­
tugal después de la revolución puede ser claramente inferido por el
sociólogo a partir de una consulta de las circunstancias en la cuales la
revolución se realizó.
Un gobierno, así como cualquier otro elemento social, puede úni­
camente vivir adaptándose al medio ambiente. Las revoluciones -sig­
nificando con ello movimientos insurreccionales victoriosos- son la
demostración de que un tipo de gobierno o institución ha fallado en
su adaptación al medio ambiente social. Pero el hecho verdadero de
que la revolución triunfa es ya de por sí la prueba de que las fuerzas
que la llevan a buen término se adaptan a su medio ambiente. En
consecuencia, cualquier revolución debe ser entendida por el soció­
logo como el significado de cómo la evolución del medio ambiente

277. Fin de texto mecanografiado.


278. Texto en inglés con la indicación: “The Military Dictatorship in Portugal”.

— 237 —
social ha hecho imposible que el orden existente de las cosas persista
y entonces un nuevo orden tiene que llegar a existir.
La diferencia en el medio ambiente social, confrontándola, tal
como es, durante los varios años de la revolución y en los varios años
después de ella, no puede, después de todo, ser muy grande. Porque
ciertos factores permanecen fatalmente inmutables. En diez años, de­
cíamos -tomando cinco años antes y cinco años después de una re­
volución- la mayoría de los elementos sociales no han cambiado. El
carácter central y el tono de la mente nacional no han cambiado; no
pueden cambiar en un espacio tan corto de tiempo. Lo más que puede
suceder es que estén cambiando más rápidamente.
Tenemos que examinar ahora cuáles de estos elementos sociales no
pueden ser y no han cambiado en tan pocos años, y cuáles de ellos sí
pueden serlo.
Todo el problema se nos presenta de la siguiente manera: dado un
estado social a, representado por una institución b\ suponiendo que
esta institución se haya convertido en inadaptada a su entorno (a);
una revolución c instituye un nuevo orden que nosotros llamaremos
d. La institución social b o se ha convertido en inadaptada a todo el
entorno, o solamente a una parte de éste: ¿Qué parte? Necesariamente
a la parte que se encuentra en conexión directa con las instituciones
(políticas). ¿Qué parte es esta? Evidentemente es sobre el sentimien­
to (feeling) conectado con estas instituciones -el sentimiento monár­
quico si la institución fuera una monarquía, el sentimiento repu­
blicano si la institución fuera una mancomunidad. Cuando la monar­
quía cesa de ejercitar el propio dominio sobre el sentimiento popular,279
cuando todo el respeto monárquico ha desaparecido, la república se
encuentra ipsofacto cerca. El proceso es muy simple.
Ninguna institución pierde este sentimiento general que está liga­
do a ella, a menos que no caiga en un gran número de errores y de

279. Variante: “general”.

— 238—
crímenes. El modo en que estos crímenes y errores se suceden es muy
simple; en primer lugar, aparecen escándalos y errores de tipo fi­
nanciero y administrativo; por un lado, estos empiezan a minar el res­
peto que se tiene por la institución comprometida, por otro lado,
surgen protestas ya no conectadas con la institución, sino meramente
contra esos errores. Si estos errores persisten, el gabinete del gobierno
cambia y las soluciones política intra-institucionales repetidamente
fallan, la corriente anti-institucional se hace más fuerte, y todas las
protestas contra los errores de la institución vigente se mezclan poco
a poco con la protesta contra la existencia misma de la institución. Al
sentirse atacada, la institución se defiende a sí misma; se siente obliga­
da a reprimir esta protesta. Pero, como estas protestas son justificadas
(de manera principal, porque los pseudo-escándalos surgen siempre
de improviso y son tomados como verdaderos) la represión de la po­
lémica se transforma en un palpable acto criminal, además de tener
efectos contra-producentes como la represión. Las reprimidas fuerzas
de protesta se vuelven completamente anti-institucionales y reaccio-
nan'tontra la represión. Los movimientos revolucionarios se forman
con base en la iindignación general y se organizan por los espíritus
más turbulentos. Los primeros movimientos son generalmente
controlados y fuertemente reprimidos, en parte porque, por ser las
primeras tentativas de revuelta, son incapaces como todos los primeros
intentos, y en parte porque todavía no tienen una comunicación
con280 el público en general, la actitud de la parte pasiva de la po­
blación que debería acompañar a los movimientos revolucionarios
(porque los movimientos revolucionarios deben, para tener éxito, in­
terpretar un estado general de la opinión pública, la cual debe estar
no sólo en desacuerdo con el estado de cosas existente, sino además
con una hostilidad absoluta en contra de aquel, poseer un sentimiento
de imposibilidad de vivir, de respirar espiritualmente bajo este estado

280. Variante: “a la consciencia [del] ”


de poder). Una vez creado este estado de la mente (state of mind), se
llega a alcanzar un cierto estado revolucionario que entonces permite
una efectiva y competente organización revolucionaria. Entonces llega
el movimiento final y derroca a la odiada institución.
Pero, mientras tanto, ¿cuál es el cambio fundamental que se pro­
duce en la mente pública, en la actitud psíquica general de la nación?
En un estado de la mente que contenga una protesta indignada contra
errores y crímenes de cierta institución, el espíritu revolucionario viene
impuesto. Porque las fuerzas que constituyen el estado revolucionario,
que ya no puede triunfar, existen únicamente en relación con lo que
ellas significan para el derrocamiento, o lo que es lo mismo, su existencia
positiva es también negativa. Su vida puede ser definida como una
vida crítica, porque su existencia es comprendida y explicada por el
hecho de que se levanta contra cualquier cosa y que posee vida y exis­
tencia en virtud de tal oposición. En consecuencia, el estado mental
general de la conciencia revolucionaria antes de la revolución es doble:
en la medida que es un criticismo y una indignación por los errores y
crímenes de la institución existente, se trata de una actitud moral; en
la medida en que se trata de una organización de las fuerzas para de­
rrocar una determinada cosa, se trata de mera fuerza física.
Una vez que la revolución triunfa, la actitud crítica cesa, desde el
momento en que la cosa criticada ha sido abatida. Pero, desde que la
revolución ha triunfado, el espíritu revolucionario sobrevive.
De esta manera, la situación de un país después de un movimiento
revolucionario, en los años sucesivos -que pueden ser muchos o
pocos, dependiendo de otros factores- deviene peor que la situación
anterior. Porque el espíritu crítico, que era el elemento moral y correc­
tivo en la fuerzas revolucionarias, cesa, como hemos visto, por la mera
virtud de la caída institucional, y sobrevive el espíritu revolucionario.
Así, a todos los defectos y males contraídos por la nación bajo el do­
minio decadente de la institución destronada, se van sumando todos
los males que son propios del espíritu revolucionario.

— 240—
Desde el momento que existe una oposición activa a la nueva ins­
titución por parte de los elementos activos supervivientes de la antigua
forma de gobierno, que la revolución derrocó, existe una posibilidad
de un gobierno no del todo inmoral y corrupto, pero sólo como míni­
ma posibilidad, por las razones tendientes a hacer sobrevivir al espíritu
crítico. Pero la corrupción que caracterizaba a la antigua institución
sobrevivirá para siempre.
Otra consideración que fácilmente convencerá de la verdad de tal
observación: para nosotros que lo podemos ver, la ley que gobierna
todas las manifestaciones es la ley de la continuidad —lo que quiere
decir que tales manifestaciones están sujetas a un cambio lento, y de
esta forma, como todo en la Naturaleza, non faciunt saltum.2Sl ¿Cómo
podría un pueblo gobernado por un gobierno corrupto de manera
concebible pasar, de un día a otro, a un gobierno libre de toda co­
rrupción? Esto depende en realidad de un gran cambio del ambiente,
y una modificacióntotal del ambiente no es algo que se pueda efec­
tuar en pocos años, ni siquiera en muchos años, tal vez, de acuerdo
corolas circunstancias.
El partido, cuando una revolución triunfa, obtiene el poder y el
dominio de una nación cuando está en máximo contacto, o sea en
contacto con muchos puntos, con el entorno social. Ahora, ¿qué cosa
es el entorno social después de una revolución? Aquel se compone de
dos elementos, que ya habíamos visto: el elemento corrupto de la ins­
titución destronada, cuya alma sobrevive, y el elemento positivo, pu­
ramente revolucionario, introducido con el triunfo de la revolución.
De esta manera el partido que primero domina después de la victoria

281. En latín en el original: adagio latino que significa que la Naturaleza no procede
a saltos, que tiene una larga vida intelectual, de los eléatas, Aristóteles, pasando por Scho-
penhauer y Nietzsche, pero cuya fuente moderna en Pessoa es Charles Darwin, motto
de su obra mayor E l Origen de las Especies, o bien algunos de los autores que enarbolaban
el Darwinismo, como Haeckel o Spencer; en cuanto a la influencia del Darwinismo
social y político en Pessoa, remitimos a nuestro estudio preliminar.

— 241—
de una revolución será, al mismo tiempo, el más corrupto y el más
revolucionario. Las dos cosas van juntas fatalmente, por las razones
simples que hemos estado exponiendo.
Una anarquía corrupta es aquello que sigue a una revolución.
De aquí se pueden seguir dos cosas: una es el renacimiento de las
fuerzas constituyentes del viejo sistema que pueden reunir fuerzas y
restaurarlo. El proceso es simple.
Otra cosa puede ocurrir. Las fuerzas constituyentes del viejo sistema
pueden ser total o vitalmente destrozadas. En este caso los primeros
años del período post-revolucionario estarán caracterizados por una
gran corrupción y una terrible anarquía. Nada -o muy poco- será mo­
dificado en los hábitos gubernamentales, excepto de aquellos que se
superponen a la acción del superviviente espíritu crítico público.
Ahora, una vez que el nuevo poder se ha constituido, el espíritu
crítico revive y amenaza a las nuevas instituciones. Si los restos de las
fuerzas que sostenían al antiguo régimen son fuertes, este espíritu crí­
tico se volverá en parte de ellas. Esto solamente ocurre cuando la re­
volución ha sido realizada mediante el trabajo práctico de una sección
de la comunidad, y no de la dirección de la tendencia general. Pero
cuando las fuerzas que sostenían al antiguo sistema son débiles -y lo
son cuando la corrupción de aquel sistema había llegado tan lejos
como para destruir el sentimiento (sentiment) del cual vivía- las fuer­
zas críticas, aquellas que trabajaron para la moralidad se organizan en
un partido que intenta abatir el estado de cosas post-revolucionario,
el estado de cosas que es simultáneamente corrupto y anárquico. Al
principio es difícil por dos razones: la circunstancia de que estas fuer­
zas corruptas anárquicas son momentáneamente la mejor adaptación
a su entorno, y la circunstancia que, siendo taléis fuerzas las esencial­
mente revolucionarias, mejor se adaptan para toda violenta acción en
su autodefensa. La organización revolucionaria persiste y puede al­
canzar fácilmente el triunfo en las primeras tentativas por minar su
poder.

— 242—
La sociedad post-revolucionaria es al mismo tiempo desorganizada
y corrupta. Ese partido que, siendo corrupto, sea el mejor para orga­
nizar la desorganización, sea el mejor para organizar la anarquía, pre­
valecerá.
Después de varios fracasos, viene la creación del partido contra­
revolucionario. Su naturaleza es diferente de aquella del partido re­
volucionario, si bien también deba emplear medios violentos. Está
basado en una sección de la opinión que toma una actitud crítica
sobre la corrupción de los actos del gobierno. Cuando el triunfo de
la revolución ha separado los elementos revolucionarios y críticos del
espíritu revolucionario, y el elemento revolucionario viene entroni­
zado como reina del rey corrupción, el espíritu crítico se rebela, se
convierte en sí mismo en revolucionario, salvo que esta actitud no
sólo se oponga a la corrupción sino además a su nuevo aliado, la
anarquía.
De esta manera Apartido contra-revolucionario asume como base
dos elementos: la necesidad de honestidad y la necesidad de orden.
Estas cosas se vuelven en puntos de apoyo esenciales y su fin ya no es
más aquel de derribar una institución dada que tiene las características
de la deshonestidad y del desorden, sino, cosa muy distinta, derribar
la deshonestidady la anarquía en sí mismas y en el lugar en que se en­
cuentren. De esta manera este partido no puede perder de vista su ob­
jetivo cuando alcanza el poder, a causa de que tiene permanentemente
a la vista este objetivo.
El partido contra-revolucionario puede solamente llegar al poder
cuando su entorno ha sido creado para él. Este entorno significa una
transformación suficiente en las circunstancias sociales, por lo que
una gran cuerpo de opinión pública ha sido creado y desea ardiente­
mente orden y honestidad en el gobierno; esto se obtiene con varios
años de anarquía revolucionaria y mala administración seguida du­
rante largos años por la corrupción pre-revolucionaria.
Otro elemento, sin embargo, tiene que existir antes de que el movi­

— 243—
miento contra-revolucionario pueda triunfar. Este elemento es el ele­
mento constructivo (constructive element). El caso es muy simple.
Cuando la necesidad de honestidad asume un aspecto revolucionario,
el aspecto revolucionario puede ser coherente o incoherente. Pero
cuando el amor al orden asume su carácter revolucionario, una cosa
debe ocurrir -que la actitud revolucionaria debe ser esencialmente di­
versa a la normal, a la usual. Esto asume un aspecto disciplinario y
otro represivo. Qua movimiento revolucionario, el movimiento con­
tra-revolucionario no [reacciona] contra la gente deshonesta, sino
contra la gente anárquica (anarchical people). Por lo tanto lo que
existe de revolucionario en el contra-movimiento no está fundamen­
tado en una actitud crítica en relación directa con la deshonestidad,
sino sobre una actitud crítica con relación al desorden. Como este
partido se apoya sobre estos elementos que van directamente a la bús­
queda de la honestidad, eso lo hace ser un partido honesto.
Supongamos que la contra-revolución triunfa. ¿Le sucederá lo
mismo a su actitud crítica en relación con el orden, lo que aconteció
con la actitud crítica de los primeros revolucionarios en relación con
la honestidad?
No puede ocurrir, por la sencilla razón de que, si bien la idea de la
honestidad no está ligada a la idea de la acción violenta, la idea de or­
den sí lo es. Usted puede hacer una revolución para lograr la honesti­
dad en el gobierno y, si triunfa, puede seguir siendo tan deshonesto
como el anterior gobierno, por la sencilla razón de que la creación de
un espíritu revolucionario no crea un espíritu de honestidad, que no
es ni similar ni distinto al espíritu revolucionario, sino en realidad una
cosa totalmente diferente. Pero si usted hace una revolución para ge­
nerar orden y triunfa, no es probable que usted no se dé cuenta, al
menos parcialmente, del orden que se han esforzado por lograr, por
la misma sencilla razón de que, si la idea de orden fue el que lo con­
dujo hasta aquí, habrá sido su cuidado constante en la organización
misma de la contra-revolución, y además, el mantenimiento del orden

— 244—
es la verdadera base del mantenimiento de cualquier institución, de ma­
nera que, al llegar al poder, usted tiene que mantener el orden y la
disciplina por la sencilla razón de que ejercen el poder, lo que reforzará
su deseo teórico (theoretic desire) para hacerlo. Al ver, además, que
su trabajo es derribar elementos anárquicos y que se encona con ellos
al no disciplinarlos, tendrá que mantener su programa para poder
mantener su propia existencia.282

282. Fin de texto mecanografiado.

— 245

II
LIBERALISMO, PARLAMENTARISMO,
PRESIDENCIALISMO

El hecho fundamental es si no existe entre el sistema liberal inglés y


los sistemas exteriormente idénticos del Continente una semejanza,
y no se trata de una puramente exterior. Sustancialmente, el libera­
lismo ingles corresponde a una vida de opinión de pleno debate y a
una libertad individual auténtica. El liberalismo continental, y sobre
todo el peninsular, corresponde a una inercia y a una incapacidad de
disciplina. Confundir los dos fenómenos equivale a confundir el ansia
de libertad del hombre de genio (homem de génio) con la incapacidad
de esfuerzo del vagabundo y el mendigo.
Aquello que atrae a los pueblos peninsulares hacia el régimen par­
lamentario y liberal es que este régimen, por su insustancialidad, de­
bilidad y su prolífica verbaiidad, se adapta al alma impotente de sus
secuaces. Aquello que atrae al pueblo inglés a este régimen es aquello
que se adapta a la sustancia de su individualismo.
De esta manera, y los ingleses no lo comprenden, cuando se ins­
taura una dictadura en los Países latinos, se instaura una disciplina.
Para los norteños una dictadura es siempre una indisciplina. Y, en
oposición a su mismo significado, cuando en los Países latinos se abre
un parlamento, la nación peligra...
El ansia de libertad es común al hombre sano superior (homem
sao superior) y al mendigo que no desea trabajar. De esta forma, las
instituciones liberales pueden perfectamente poder significar tanto la

— 246—
expresión de la libertad como la expresión de la dejadez y de la negli­
gencia.283
4

Todo gran partido político de oposición, o lo que es lo mismo, todo


partido de oposición que alcance bastante importancia para subvertir
un régimen o parte de él, se forma con la congregación de tres ele­
mentos distintos, y no es completo, ni idóneo a poner en práctica su
objetivo -en torno al cual él mismo se generó- sino cuando efectiva­
mente congrega a todos estos elementos.
Estos tres elementos son: un pequeño grupo de idealistas en el cual
las ideas se infiltraron de manera abstracta en varias personas inactivas;
un grupo mayor de hombres de acción, atraídos por los elementos
activos y combativos del partido; y ya distante psíquicamente de todo
idealismo propiamente dicho, un grupo todavía mayor de individuos
violentos e indisciplinados, algunos sinceros, otros menos sinceros,
otros incluso pseudo-sinceros, los cuales, por su propia naturaleza de
indiStiplinados y violentos, se suman naturalmente a toda fórmula
política que se siq¿e en tanto oposición extrema.
Cuando un régimen o fórmula, que así ha formado un partido,
conquista el poder, le acompañan los idealistas, por lo menos en su
acción, que es finalizada históricamente con la realización; asumen el
poder los hombres prácticos, los anónimos derivados de los idealistas
y los malos elementos. Se agregan, formando con estos últimos un
pacto instintivo, todos aquellos que quieren nutrirse del régimen real.
Es ésta la historia de todas las revoluciones; por alto que sea el ideal
desde donde se han precipitado, van a dar siempre al mismo valle de
la sordidez humana.
Se forma una dictadura de inferiores (ditadura de inferiores). Un
período revolucionario es siempre una dictadura de inferiores.

283. Texto mecanografiado con la indicación: “Interregno”.

— 247—
La situación de Portugal, proclamada la República,284 es aquella
de una multitud amorfa de pobres diablos, gobernada por una mi­
noría violenta de villanos y mangantes. El constitucionalismo repu­
blicano, intentando describirlo con delicadeza, fue una orgía viciosa
de bandidos estúpidos.
Pero -y la humanidad es así-, no obstante todo ello, e incluso en
el alma de muchos de esos bandidos, subsistía algo del impulso lírico
del ideal original. Y así pudimos ver a bandidos de la peor especie —la­
drones de almas, vagabundos orgánicos (gatunos de alma, vadios orgá­
nicos)- batirse con coraje por el ideal que pensaban que poseían.285

1. Mantenimiento de la forma republicana de gobierno:


En interés del principio monárquico mismo, vale decir, de su per­
fecta aplicación, no debe ser, por el momento, instaurada la monar­
quía. El País no se encuentra ahora preparado para la monarquía,
porque la Monarquía a instaurar, debiendo ser una modernización
del antiguo régimen portugués, es totalmente diferente de todo
cuanto la mentalidad media, educada en la idea liberal y democrática,
ha estado habituada a pensar, que la institución de tal sistema -aun­
que suponiendo que eso ya fuese formado y estudiado- provocaría
un sentimiento de extrafieza, y a la brevedad teniendo como resultado
la revuelta, por el aprovechamiento de esas fuerzas extrañas apoyadas
moralmente desde el extranjero por las fuerzas liberales y, aprovechán­
dose de los errores, pocos o muchos, que fatalmente los contra-revo­
lucionarios, una vez en el poder, habrían de practicar.
Después de la implantación de la monarquía, fuese ella la monar­
quía constitucional, tan mala casi como la república, o la otra mo­

284. Véase, ut supra, nota 69.


285. Fin de texto mecanografiado con la indicación: “Interregno”.

— 248—
narquía, el resultado inmediato era la reaparición en la escena política
de las viejas clientelas corruptas y gastadas, a cuya acción disolvente
se debe la misma caída de la monarquía.
Finalmente, para un régimen nuevo, son precisos hombres nuevos.
Para la Monarquía Nueva, falta mientras tanto el Rey, faltan los go­
bernantes, porque las antiguas clientelas asaltarían de nuevo el poder,
corruptas como siempre e incluso más todavía por su exilio del poder,
y faltan finalmente los propios gobernados (como más arriba ya se
explicó).
Se da también el caso de que la implantación de la monarquía,
cualquiera que fuese, servirá de estímulo al revolucionarismo repu­
blicano, y por lo tanto mantendrá siempre en el foco el desorden. Es
preciso ver también que la implantación de la monarquía no repre­
sentaría un acto evolutivo, sino un acto revolucionario, pues quebraría
la continuidad social.
2. Lo que es preciso, entonces, es establecer una fórmula de tran­
sición que sirva de declive natural para la monarquía futura, pero que
adfcmás se encuentre en cierta continuidad con el régimen actual. Esta
fórmula de transición (fórmula de transido), ya intentada instintiva­
mente por Sidónio Pais,286y la república presidencialista, que, por ser
república, no pierde la continuidad con el actual régimen, y para res­
tablecer el poder personal comienza a introducir uno de los dos prin­
cipios fundamentales del régimen futuro y de la tradición portuguesa.
La tradición no se vuelve a unir: se reconstruye.287

286. Sidónio Bernardino Cardoso da Silva Pais (1872-1918): militar, político por­
tugués y dictador, conocido popularmente como el “Presidente-Rey”; el 5 de diciembre
de 1917 lidera un golpe de Estado, asume el cargo de presidente de la República en fun­
ciones, siendo sometido luego a una pseudovotación. Fue asesinado el 14 de diciembre
de 1918.
287. Fin de texto mecanografiado.

— 249 —
III
DICTADURA COMO “INTERREGNO”

El problema que nos confronta es en realidad tres problemas: ¿cómo


transformar al individuo portugués? ¿cómo transformar al estado por­
tugués? ¿cómo transformar a la nación portuguesa?
Estos problemas deben ser aceptados sobra la base de su misma
realidad. Cuando se trata de transformar al individuo portugués, se
trata de transformar al individuo portugués actual, y no a un indi­
viduo portugués abstracto, que se llama, en portugués, Nadie (Nin-
guém).
Cuando se trata de transformar el estado portugués se trata en rea­
lidad de extraer un estado portugués de la situación de dictadura mi­
litar, que es la que existe, y no de otra cosa cualquiera que no exista,
y de donde, por lo tanto, no se puede extraer cosa alguna. Cuando se
trata de transformar la nación portuguesa, se trata de construir men­
talidad nacional (mentalidade nacional) sobre los cimientos que exis­
ten y no sobre los cimientos que todavía no existen, o sobre los que
deben estar por venir, que es una manera estúpida de decir los que na­
turalmente nunca ven nada.
Tenemos pues que estudiar la manera de transformar el portu­
gués presente en un ente humano; de transformar el estado por­
tugués, en su presente forma transitoria, en estado constituido y
verdadero, de dar a la nación portuguesa una orientación definida,

— 250—
partiendo de donde estamos, y no de otra parte cualquiera.288
Este problema complejo se torna simple si nosotros nos acordamos
de mirar hacia él, y no hacia otro lado del espacio social (espado so­
cial).
Tenemos pues que estudiar la manera de transformar.
Es en el Interregno que nacen los Reyes. No se trata, infelizmente,
de reyes personas, sino de reyes metáfora (reís metáfora).289

Sin embargo, considerando que esta situación representa un hecho,


debemos entonces considerar qué debemos hacer frente a ella; si de­
bemos empeñarnos en transformarla, si debemos preocuparnos en
aceptarla.
Ahora, en ella existen elementos transformables y elementos no
transformables, alíñenos en lo inmediato, y la buena orientación re­
side, sin duda, en buscar el modo de transformar los primeros y pres­
ta?’ atención sobre cómo aceptar -porque no se puede más que
aceptarlos- a lq^segundos.290

La población portuguesa se presenta hoy dividida, psicológica­


mente, en cinco grupos distintos. El primer grupo, que es el mayor,
consiste en casi la totalidad de nuestro largo porcentaje de analfa­
betos y en una razonable parte del pueblo, y de la baja burguesía,
que no lo es, presenta las características distintivas del individuo
portugués -a su ausencia de personalidad, a su afectividad impul­

288. Variante de Pessoa: “si no existe no es nada”.


289. Fin de texto mecanografiado con la indicación: “Interregno”.
290. Fin de texto mecanografiado, con la indicación: “Interregno”.

—251—
siva e incoherente, a su discontinuidad en la voluntad y en el pen­
samiento, y a su amor patrio animal y firme, por lo que se congrega
con facilidad en torno a lo que constituya, o que juzgue que cons­
tituye, la Nación.
El segundo grupo, más restringido, pero lo suficientemente ex­
tenso para ser importante en la vida nacional, es el que forma la
masa de los partidos políticos, gran parte de la baja burguesía, gran
parte de la burguesía mediana, y una parte incierta de la alta bur­
guesía. Este portugués, teniendo la misma discontinuidad que los
del primer grupo, ya no posee las cualidades fundamentales, que
distingue a aquellos. Su patriotismo, a veces real, está todavía desfi­
gurado por varios partidismos, que muchas veces se sobreponen a
él. Ignorante, y por ello admirador de lo extranjero que desconoce,
esta gente es la que cree en los sagrados principios de la revolución,
o en los principios igualmente sagrados de la Monarquía Integral.
Indolente, viviendo de empeños y de cargos públicos que no ejerce,
es esta camada el principal obstáculo en la reforma de la Nación
Portuguesa. El portugués simple es un simple animal afectivo y per­
turbado: una dirección fuerte y superior le orienta y lo lleva a donde
quisiera. Estos otros, suponiendo que tienen opiniones, las tienen
todavía y lo bastante como para constituir un estorbo. Doble es­
torbo -porque contagian a los estúpidos ingenuos que se encuentran
abajo y porque se resisten a los cultos o a los más inteligentes, que
se encuentran encima de ellos.
Al tercer grupo, psicológicamente surgido con el segundo, lo ca­
racteriza la misma incapacidad de acción inútil, está formado en gran
parte por la alta burguesía y gran parte de la burguesía media. Son
inertes, conservadores y desnacionalizados. Son los que dicen “allá
afuera es otra cosa”, “este es un país único”, o “esto es peor que Ma­
rruecos”, frases que, haciendo justicia, o no aparecen nunca en bocas
de los tres grupos, o solo episódicamente y por imitación vemos apa­
recer.

— 252—
Un cuarto grupo, formado por elementos casuales de todas las cla­
ses, grupo restringido y (...)291

Sí, soy situacionista (situacionista). Pero tengamos en cuenta una


cosa...
Hay tres maneras de ser situacionista, esto es, de ser partidario de
cualquier situación política. La primera es la conformidad por la doc­
trina; la segunda la conformidad por la aceptación; la tercera la con­
formidad por la no-oposición. Dejo aparte una de las más vulgares
-la conformidad por ventaja-, porque no se trata de esto, por lo
menos en cuanto a mí.
La conformidad por doctrina quiere decir que el partidario está de
acuerdo con el programa político de la situación a la que adhiere. La
conformidad por aceptación quiere decir que el partidario, sin que se
adhiera en la totalidad o en parte a dicho programa, confía todavía
en fe situación y se abstiene de colocar puntos doctrinarios. La con­
formidad por indiferencia vale en tanto adhesión sólo en tanto por
no ser de hostilización.
Soy situacionista por aceptación. No discuto problemas políticos,
constituciones o programas. Confío instintivamente más no irracio­
nalmente, en el General Carmona292 y en el profesor Salazar.293

291. Fin de texto mecanografiado, con la indicación: “Interregno”.


292. Antonio Óscar de Fragoso Carmona (1869-1951): militar que llegó al grado
de general, formó parte activa en la llamada “Revolución”, el golpe de estado del 28 de
mayo de 1926, cuando, al mando de la 4a División, marchó hacia Lisboa. Ministro de
Exteriores de la dictadura fascista del “Estado Novo”, nombrado por decreto el 26 de
noviembre de 1926 “presidente”, el primero de la dictadura militar y el primero del es­
tado totalitario, cargo que ejerció hasta su muerte el 18 de abril de 1951.
293. António de Oliveira Salazar (1889-1970): catedrático de Economía y político
nacionalista, inció su carrera política como ministro de Finanzas de la dictadura que dio
el golpe contra la primera República portuguesa el 28 de mayo de 1926, inspirador y

— 253—
Confío en el general Carmona porque tiene la mano más segura
del timonel que en muchos años hemos podido tener. Desde cuando,
en el período agudo de la Dictadura apoyó la acción del General Vi­
cente de Freitas,294 hasta cuando, habiendo ya calma para pensar, dio
su apoyo a la acción coordinadora del Proflesor] Salazar, el Presidente
de la República se ha mantenido en una actitud que es rara en cual­
quier caso, y rarísima en política -la maleabilidad dentro de la digni­
dad. Es un aristócrata de la adaptación.
Confío en el Proflesor] Salazar por un motivo primario y por mo­
tivos secundarios. El motivo primario es que él posee dos notables
cualidades que ordinariamente faltan en el portugués: la claridad firme
de la inteligencia, la firmeza clara de la voluntad. De los motivos se­
cundarios, el primero es que he notado lo que realmente ha hecho y
que antes no se hacía -todo eso que va de los navios a las calles hasta
intentar dar a un país sin ideal nacional por lo menos el pedido que
piense al menos en tenerlo. El segundo de esos motivos es el creci­
miento de nuestro prestigio en el Extranjero. Conozco su realidad por
informaciones directas, y no por citaciones de periódicos, susceptibles
siempre de sospechas reales, ficticias o artificiales. Y, en este esquema
de adhesión se traslada, es mi deber decir que junto al nombre del
Proflesor] Salazar está el del Profjesor] Monteiro.295

líder del filofascista “Estado Novo” a partir de 1933, dirigiendo los destinos de Portugal
hasta 1968; su ideología totalitaria se basaba en la doctrina social de la Iglesia Católica,
el neocorporativismo al estilo fascista italiano y algunos rasgos típicos de una dictadura
militar ordinaria.
294. José Vicente de Freitas (1869-1952): militar, recorrió varios puestos en la ad­
ministración pública y política. Ministro del Interior en la dictadura y alcalde de Lisboa
(1929-1933), crítico del estado totalitario salazariano, se aparta de la vida pública por
sus diferencias en 1933.
295. Armindo Rodrigues de Sttau Monteiro (1896-1955): empresario, abogado, pro­
fesor de Economía, destacada personalidad civil en la dictadura, recorriendo muchos
puestos claves en el nuevo estado fascista-corporativo: Ministro de las Colonias (1931-
1936), Ministro del Exterior (1935-1936); embajador en Reino Unido (1936-1943),

— 254—
Dije que confío porque confío. No voy a extenderme más. Si me
preguntaran si comprendo la obra financiera del Prof[esor] Salazar,
digo que no, porque nada sé de finanzas. Confío. Si sus propósitos
me dijeran que por estas o aquellas razones esa obra es mala, digo,
con el mismo fundamento, que no lo sé. Confío.
Señalado esto, comprendámoslo mejor. Aparte de ser un situacio-
nista como soy, soy un individualista absoluto, un hombre libre y un
liberal. Y esto hace que tenga una perfecta tolerancia por las ideas de
los otros, que sea incapaz de considerar un crimen pensar de otro
modo que el que puedo pensar.
Por ello, esta confianza que tengo en el Profesor] Salazar, de nin­
guna manera me impone las más pequeña sombra de aversión sobre,
por ejemplo, el Profjesor] Afonso Costa.296Tengo el honor de afirmar
mi absoluta consideración. Este hombre es el único que ha cumplido
integralmente, en el Gobierno Provisional,297 lo que prometía en la
propaganda. Prom'étió la Ley de Divorcio: la hizo. Prometió la Ley de
la Familia: la hizo. Prometió la Ley de Separación: la hizo. Si lo hizo
bie» o mal, no lo sé, porque no soy jurista. Lo que sí sé es que prometió
y cumplió. No soy, evidentemente su correligionario, pero no puedo
ser su enemigo. Le niego mi apoyo; pero no puedo negarle mi respeto
-sigo el precepto del Prof[esor] Salazar: política de la ver¿iad.m

ideólogo de la economía neocorporativa del Salazarismo; demasiado “anglofilo” para el


régimen pro-Eje, Salazar lo destituyó de su cargo diplomático en 1943.
296. Véase, utsupra, nota 87.
297. Ver, ut supra, notas 69 y 87.
298. El pathos esotérico de Pessoa hace que tenga una clara postura pro masónica,
aunque nunca estuviera afiliado a ella. Atraído por la esencia oculta de la Masonería, por
sus rituales secretos e iniciáticos, por selección aristocrática, le criticaba su secularización
y la injerencia en la política cotidiana. Públicamente Pessoa había defendido, con riesgo,
a la Masonería, como puede leerse en su artículo “Associafóes Secretas. Análise serena e
minuciosa”, publicado en el Diário de Lisboa, 4 de febrero, 1935, pp. 1-7, en el que se
enfrentaba con un proyecto de ley de la dictadura para prohibir las asociaciones secretas
en Portugal.

— 255—
Y en este criterio, y con los fundamentos de que fuera capaz, con­
tinuaré, siempre que Dios quiera, en defensa de la Masonería.299

10 3°0

La situación política, muy confusa, en España, puede ser compren­


dida sólo con una serie de aproximaciones.301 No podemos analizar
con claridad en el interior de España misma, y las extraordinarias di­
vergencias de opiniones tanto de los políticos españoles como de los
“intelectuales” lo prueban abundantemente. La confusión del País se
refleja en las mentes de aquellos que deberían dar una explicación; y
ciertamente es así, al menos en parte, un producto de estas mismas
mentes. Pero, si no podemos analizar con claridad España dentro de
España, no tendremos ninguna posibilidad de entender claramente
la situación en países como Gran Bretaña o Francia -por no hablar
de otros-, es que tenemos una ignorancia orgánica de las condiciones
españolas y una incapacidad temperamental para poder comprender
el espíritu español. Tal vez, desde aquí, desde Portugal, que no es si­
milar a España, ya que está lejos en todos los aspectos, podamos ob­
tener una visión intermedia, por lo tanto relativamente clara.
La presente situación en España presenta una impresionante ana­
logía con aquella en el Portugal de 1910, en la proximidad de la Re­
pública, que fue proclamada el 5 de octubre.302 Pero las diferencias
son tan impresionantes como las semejanzas. Como en el Portugal de

299. Fin de texto mitad manuscrito y mitad mecanografiado.


300. Texto en inglés.
301. La referencia a la situación española de 1930, los meses inmediatamente suce­
sivos a la dimisión del dictador Primo de Rivera, en enero de ese año, que había subido
al poder en septiembre de 1923 con el ascenso del rey Alfonso XIII. El soberano, a causa
de las victorias republicanas en las elecciones locales de la primavera de 1931 había abdi­
cado, abandonado el país, con la consecuente proclamación popular de la IIa República.
302. La denominada “Primeira República”, véase ut supra, nota 69.

— 256—
ahora, la monarquía está en general desacreditada. Como en Portugal
ahora, la masa de la población es indiferente a la política, y es por lo
tanto conservadora, y por lo tanto implícitamente monárquica. Como
en el Portugal de ahora, la única fuerza activa en el país es la fuerza
Republicana; es una minoría, como lo era en Portugal, pero se trata
de una minoría activa que se enfrenta a una mayoría pasiva. Y, dado
que una activa minoría derrocó a la monarquía en Portugal, no existe
garantía alguna de que los Republicanos Españoles no derroquen a la
monarquía en España.
En todos los países con un arraigado hábito “constitucional”, como
Gran Bretaña, existe una natural disposición a valorar las realidades
en términos de votos, y en basar los resultados sobre números. Esto
no se corresponde con la verdad y es flagrantemente falso en períodos
revolucionarios. Ninguna revolución proviene del corazón de un país;
ninguna monarquía cae con un universal o casi mayoritario aplauso.
Una revolución sale de un debilitamiento de la cohesión social (social
cohesión), de una confusión de las ideas nacionales, y de la dirección
dfe la acción por una minoría -de una auténtica pequeña minoría-
que una mayoría, por muy extensa que sea, es incapaz de organizar,
ni siquiera puede estar dispuesta a resistir.
La Monarquía Portuguesa fue derrocada por dos regimientos, dos
cruceros y un puñado de civiles. La Revolución Portuguesa, que nadie
esperaba, fue causada por el asesinato del líder republicano, Prof.
Bombarda,303 director del Hospicio Psiquiátrico de Lisboa,304 por

303. Miguel Augusto Bombarda (1851-1910): médico, científico, catedrático uni­


versitario y político republicano, de origen brasileño, precursor de la Psiquiatría en Por­
tugal, autor de una decena de libros y centenares de ensayos y artículos especializados en
Medicina psiquiátrica, logrando prestigio mundial; comenzó su carrera política en 1908,
llegando a ser líder indiscutido del movimiento liberal moderno. Fue asesinado por un
aparente desequilibrado mental, Aparicio Rebelo dos Santos, oficial del ejército, el 3 de
octubre de 1910, precisamente el día que comenzaba la revolución antimonárquica.
304. Conocido popularmente como “Hospital de Rilhafoles”, hoy denominado “Mi­
guel Bombarda” en su honor.

— 257—
parte de un desequilibrado mental -un acto que nadie ha conectado,
o pensado conectar, con la política. De tales minorías y de tal absur­
didad, es de donde procede el triunfo. Y la República de esa manera
formada ha resistido a las insurrecciones monárquicas, las cuales, en
un caso, han envuelto a todos los regimientos militares del Norte del
país.305
Estas son las impresionantes semejanzas entre la actual España y
el Portugal de 1910. Sin embargo, las diferencias no pueden ser más
llamativas. Aunque la corriente republicana es la única realmente ac­
tiva en España hoy en día, todavía no se encuentra agrupada en una
sola; en el Portugal de hoy el partido Republicano se presenta como
un frente unido y los socialistas y anarquistas que incluía -más allá
que aspirasen individualmente a cualquier cosa más allá de una Re­
pública- se preocuparon en aquellos tiempos exclusivamente de de­
rribar a la Monarquía. En consecuencia, ellos no sólo eran activos sino
cohesionadamente activos. No puede señalarse lo mismo de las ac­
tuales corrientes Republicanas en España: la desorganización mental
del país ha penetrado en todos lados: las ideas están desenfocadas y
existe una consecuente dispersión de objetivos. Esto puede compro­
meter la proclamación, o por lo menos la rápida proclamación de la
República, que, sin embargo, todo el mundo en España parece pensar
como inevitable. Y es que hay que desear -si desear quiere decir cual­
quier cosa- que la República no sea proclamada en tales condiciones:
es desear que una virtual anarquía pueda entrar en la realidad.
Otra diferencia entre las dos naciones y períodos reside en el hecho
de que, mientras una odiaba al rey Manuel306 en Portugal, los Repu­
blicanos Españoles y un buen número de monárquicos odiaban la
persona del rey Alfonso.307 El fenómeno fue también conocido en

305. Véase, utsupra, nota 276.


306. En realidad es el rey Manuel II (1889-1932): último monarca de Portugal (reinó
entre 1908-1910), exiliado en Gran Bretaña y fallecido en el exilio.
307. Véase, utsupra, nota 301.

— 258—
Portugal, pero con el rey Carlos.308 Para nosotros, aquí en Portugal,
es siempre un terrible recuerdo aquel suspiro general de alivio con
que Lisboa acogió la noticia de que el rey Carlos había sido asesinado.
Tal vez sea un hecho vergonzoso, pero no por ello deja de ser menos
real. Es tan importante el factor personal en política, especialmente
cuando la persona es un rey, que no puede saberse hasta qué grado
este amargo odio a la Cabeza del Estado no puede llegar a fusionar a
los radicales sin cohesión y neutralizar toda tentativa de resistirse por
parte de los que no son Republicanos.
La tercera y más importante diferencia -no tanto entre el Portugal
de 1910 y la España de 1930, sino entre los dos países en sí mismos-
reside en el hecho que Portugal es un país completamente unificado,
un país que habla, de Norte a Sur, sin dialectos, la misma lengua, un
país que es orgánicamente uno en su espíritu de cohesión (cohesive
spirit) que ha pasado a Brasil, que por ser extenso no se ha separado
en partes, en varias repúblicas. Ahora España, lejos de ser un país uni­
ficado, no es, en el sentido propio de la palabra, un país en absoluto.
Es, <por lo menos, cuatro países -aquello que generalmente viene lla­
mado como “España” en el interior de España (o sea: Castilla y las
otras provincias donde el Español es la lengua, aunque sean muy dia­
lectales algunas de ellas), Cataluña, las Provincias Vascas y Galicia.
Estos cuatro países hablan lenguas diversas. En dos casos -el Catalán
y el Vasco—la lengua diverge más del español que éste del portugués,
tanto es cierto que cualquiera puede aprender a leer en español sin
aprenderlo, pero hay que considerar que esto no puede aplicarse a los
otros dos casos; en el tercer caso, el Gallego, las diferencias son casi
las mismas que las de aquel con el portugués, siendo el Gallego, como

308. Carlos I de Portugal (1863-1908): monarca entre los años 1889 y 1908, fue el
segundo rey portugués de la Historia en morir asesinado junto con su heredero el príncipe
Luis Felipe por republicanos radicales. Por su trágica muerte fue bautizado como O Mar­
tirizado y O Mártir, además véase, ut supra, cap. V, nota introductoria.

— 259—
una cuestión de hecho, una suerte de portugués sin desarrollar.309
La causa primaria del fracaso de la Dictadura Española debe bus­
carse fuera de toda cuestión de política o administración. Es, por así
decirlo, una cuestión personal. La Dictadura Española no tenía nin­
guna personalidad preeminente, un hombre distintivo. No era un
Mussolini, como en Italia, no era un Salazar, como en Portugal ahora.
Primo de Rivera era excelente políticamente, pero no era excelente
personalmente. Y es esta última distinción la que es realmente deci­
siva: Salazar es un hombre con gran prestigio hoy en día en Portugal,
es el hombre que ha conseguido mantener la unidad, a pesar de los
civiles, en el Gobierno Militar Portugués, a pesar de que no es la Ca­
beza del Estado, ni tampoco del Gobierno, es simplemente el Minis­
tro de Finanzas.
El prestigio personal, siempre importante en política, es preemi­
nentemente necesario en un gobierno personal de cualquier especie.
Es un error suponer que el prestigio personal sea lógico; siempre hay
una razón para ello, como para todo, pero no es la razón que general­
mente le es atribuida. El prestigio de Mussolini no reside en su trabajo
por Italia, en sus reformas, administrativas o de otro tipo. En primer
lugar, el prestigio ha precedido a su trabajo; en segundo lugar, el pú­
blico es siempre incompetente en apreciar los argumentos administra­
tivos. Lo mismo ha sucedido con Salazar en Portugal: ha establecido
él mismo su propio prestigio cuando asumió su cargo; gracias a un
discurso que era tan diferente de los discursos políticos habituales que
el país adhirió a él.310 Y el público es tan incompetente para apreciar

309. Véase, utsupra, Cap. III, nota 189.


310. Es difícil establecer a cuál discurso de Salazar se refiere Pessoa cuando asumió
el cargo de ministro de Finanzas. Es muy probable, vista la otra referencia en el texto N °
9, que se trate de uno pronunciado el 21 de octubre de 1929 en el curso de una mani­
festación organizada por la dictadura desde el ministerio de Justicia, por el titular Lopes
da Fonseca, y de organizaciones de base salazaristas, como testimonio del reconocimiento
del país por la obra que estaba realizando, durante la cual Salazar precisamente empleó

— 260—
las cosas profundamente técnicas como sus reformas financieras. El
prestigio es siempre no-técnico; es decir, siempre más allá o más acá
de éste. He escuchado a más de un hombre de negocios portugués la­
mentarse del actual sistema de impuestos en Portugal; lo he escu­
chado, pocos minutos después, elogiar con entusiasmo a Salazar, es
decir, al hombre que le ha impuesto ese sistema impositivo. Y no lo
ha elogiado porque considerara que el sistema impositivo fuera nece­
sario, o por algún tipo de razón práctica: el elogio y el lamento eran
materias independientes, totalmente desconectadas en la mente del
alabador lamentador (praising groaner). Este es el prestigio, en toda
su fuerza y en toda su brillante absurdidad.
Hay que señalar ahora que este tipo de prestigio no se encuentra
unido a ningún hombre de la Dictadura Española.311

11

Desfeo, con el presente escrito, contradecir los principios expuestos


en el manifiesto <^el 30 de julio, un tanto y un cuanto alfabético, que
el Gobierno ha presentado, mediante lectura, así como los fundamen­
tos de tales principios, que se encuentran en el informe del Prof. Oli-
veira Salazar312 -bueyes después del carro (o hysteron-posteron, como

la expresión, citada por Pessoa, de “Política que diga la verdad”, texto impreso en una
compilación oficial de sus discursos: “Política de Verdade, Politica de Sacrificio, Política
Nacional”, en: Oliveira Salazar, Discursos; Vbl. 1; Coimbra Editora, Coimbra, 1961, 5a
ed., pp. 24-42.
311. Texto mixto, manuscrito y mecanografiado, con la indicación en inglés: “Vascos
franceses y españoles”.
312. Se refiere a la reunión del Consejo de Ministros del 30 de julio de 1930, en el
cual se anticiparon, con la presentación oficial del documento “Bases orgánicas de la
Unión Nacional”, las directrices maestras del fascista “Estado Novo”; véase: Salazar, Oli­
veira; “Os Principios Fundamentáis da Revoluto Politica”; en: Discursos, vol. I, op. cit
pp. 67-96.

— 261—
se dice en retórica)313 en el orden temporal de exposición del Go­
bierno.
Hago esta refutación del modo más breve y más útil. No perderé
el tiempo ni en la lógica ni en el análisis de lo que dice el Gobierno.
Expongo mi tesis, y la desenvuelvo lógicamente: de su prueba será
implícita la desaprobación de la tesis contraria, que se encuentra con­
tenida en los documentos de quien manda.
Quiero hacer dos advertencias preliminares. La primera es que no
importa quién soy. Si yo argumento, mi argumento valdrá en tanto
argumento, y no como mío. Para tener razón no existe otra idoneidad
sino la lógica, ni se puede exigir, para poder argumentar, una creden­
cial de identidad. Escribí, además, hace tiempo, un folleto en el cual
defendía y justificaba la dictadura militar en Portugal.314 Que sirva
esto para explicar que, al proponer una tesis contraria a aquella del
Gobierno de la Dictadura, no propongo una tesis contraria al Go­
bierno de la Dictadura (olvidaba decir que sigo manteniendo lo que
afirmaba en dicho folleto).
La segunda advertencia amerita una mayor atención. La tesis del
Prof. Salazar es un apaño, aunque sea muy lúcido y lógico de princi­
pios políticos ya conocidos -los de la llamada “contra-revolución” o
sea los que distinguen y definen las doctrinas de los llamados inte-
gristas.315 Mi tesis, al contrario, tratará, en su desenvolvimiento, re­
sultados de absoluta novedad. Tengo que exponer cosas nuevas, y
siendo el cerebro del público siempre un mal receptor, tengo la des­

313. Conocida en la Retórica moderna como Anástrofe. Locución griega compuesta


por axepov, (hysteron) “sucesivo”, y 7tp xepov (próteron) “precedente”. Los gramáticos y
retóricos griegos llamaron así a una figura retórica en la cual se dice en primer término
lo que debería decirse en último término, o sea, la enunciación en un orden cronológico
inverso, ilógico de alguna forma, tanto para destacar una información (por interés o ideo­
logía) como para producir un efecto en la expresión.
314. Se refiere a su ensayo “O Interregno”.
315. Véase, ut suprn, Cap. I, nota 111.

— 262—
ventaja -casi el deber- de que no seré comprendido. Al público, o a
cualquier persona que parezca un público, no se le puede decir algo
mejor de lo que ya sabe, esto es, aquello que es absolutamente inútil
decirle. Ahora, aunque en muchos campos de la escritura yo cultive
deliberadamente lo inútil, esa agricultura no tiene cabida en esta ma­
teria. Pido por ello al lector que me releve de la molestia de decirle lo
que él no espera. Si este escrito le merece su atención, le pido que en­
tonces le merezca una atención inteligente. Sin ese esfuerzo antinatu­
ral, no vale la pena leer lo que sigue, ni, una vez leído, se podrá
comprender.
Dicho todo esto, me pongo en tema, que iré exponiendo en tantas
breves partes o divisiones, tantas como lo exigen el orden dialéctico
del argumento y la disposición de la materia.316

12

Existen razones para suponer, y más adelante diré cuáles son, que dos
tercios del país e^tán del lado de la Dictadura Militar. Lo que no nos
da la razón para suponer que los mismos dos tercios del país, o cual­
quier cosa que se asemeje a esos dos tercios, se encuentren del lado
del Integrismo Lusitano,317 cuyos principios aunque extranjeros, se
nos quiere imponer como una suma de ciencia social y necesaria, y
una condición necesaria para todos nosotros, a través del Manifiesto
del Gobierno y en el Informe Salazar.318
Y porque este movimiento político representa una inmoralidad
-servirse de un gobierno que tiene simpatía pero que ha sido anti­
doctrinario, utilizar esas mismas simpatías para imponernos una doc­

316. Fin de texto mecanografiado.


317. Véase, utsupra, Cap. I, nota 111.
318. Véase, utsupra, nota 312.

— 263—
trina- juzgo que es deber de cualquier persona que pueda, el poder
contraponer o contradecir, oponer una resistencia, por lo menos in­
telectual, al subterfugio político por el cual, no la Dictadura sino sus
malos Maestros, quieren cavar su propia ruina, que no interesaría
tanto si no afectase a todo el país. El país no quiere más a José Do-
mingues dos Santos,319 y no lo quiere ni siquiera traído por la mano
irónica del Prof. Oliveira Salazar.
Pertenezco a aquella parte del país que no combate deliberada­
mente comente política alguna, en cuanto y en tanto dicha corriente
sea garantía del orden y se oriente con alguna decencia.320

319. José Domingues dos Santos (1885-1958): abogado, profesor universitario, pe­
riodista e ideólogo, una de las figuras políticas más destacadas de la Primera República
portuguesa. Alcalde de Qporto en 1919, diputado entre 1918-1926, fue ministro de Tra­
bajo, de Agricultura, de Comercio, de Justicia, de Guerra y del Interior; fundó el partido
“Izquierda Democrática”, escisión del partido Republicano Portugués Democrático; per­
teneció a la Masonería, intentó una rebelión popular fallida contra la dictadura en 1927,
tuvo que exiliarse después del golpe de 1926, viviendo en España y Francia.
320. Fin de texto manuscrito.

— 264—
IV
DICTADURA “INSTITUCIONALIZADA”

13

Escribí, a principios del año 1928,321 un folleto con el mismo título


que el presente.322 Hoy doy por nunca escrito a ese escrito: escribo el
presente para sustituirlo.
Esto no quiere decir que repudie todo cuanto escribí, o que lo re­
pudie en su esencia^Parte de lo que se encuentra en él, se encuentra
en éste todavía. El porqué lo doy como no escrito es que, en sus líneas
generales, estudia mal el asunto, y en las particulares, lo expone peor.
Él título, he señalado, es el mismo en uno que en otro; lo utilizo
pero con un propósito diverso. Cuando escribí el folleto, a fines de
1927, estábamos lejos del “Estado Nuevo”323 y de la Nueva Consti­
tución,324aunque cerca, sin que lo supiéramos, de la llegada y la primera
fase de Salazar. Existía de hecho un interregno, esto es, la Dictadura
era, propiamente, una dictadura de interregno. Con la votación de la
Nueva Constitución estamos ya en un régimen: el Interregno cesó.
Nada importaría, o importa, el juzgar mal al Estado Nuevo. Existe.
El interregno cesó.325

321. Variante de Pessoa: “Publicado en enero...”


322. Se trata del ensayo “O Interregno...”.
323. “Estado Novo”:
324. “Nova Constituidlo”: véase utsupra nota 293.
325. Pessoa tenía la intención de publicar una nueva edición revisada del opúsculo
O Interregno... considerando que muchos de sus puntos de vista estaban superados o ca­

— 265—
Parece, entonces, que este folleto debería tener otro título. Sucede,
sin embargo, que en él me propongo estudiar las causas del 28 de
Mayo,326 el tipo de revolución en que se encuadra, y sus consecuen­
cias, hoy visibles, en el mismo Estado Nuevo. Girando por lo tanto
la rueda de lo que estaba oscuramente, y después claramente, elabo­
rado en el interregno 1926-1932 /?/, puedo mantener el título, por­
que es verdadero. Por otra parte, no me propongo discutir la Nueva
Constitución o el Estado Corporativo; acepto a ambos, por disciplina;
con ambos estoy en desacuerdo, porque no concuerdo.
Podría tal vez titular el folleto como “El Interregno y Sus Conse­
cuencias”. Creo sin embargo que los grandes títulos no son títulos,
porque son descripciones, como los sonetos caudados327 no son so­
netos, porque tienen diecisiete versos.328

14

Las cualidades mentales y morales necesarias para la conquista del


poder político o para tender hacia tal conquista son completamente
diferentes de las que son necesarias para gobernar el Estado. Puede
decirse incluso que más se pueden considerar como opuestas que
como análogas. Puede haber, es cierto, uno u otro hombre que las
reúna, como puede haberlo que sea, al mismo tiempo, filósofo y
atleta; pero en ambos casos se trata de una excepción, y los dos tipos

ducos por los últimos acontecimientos políticos, dejaba de tener sentido el concepto fi-
losófico-político de “Interregno”, aunque Pessoa había repudiado, como lo señala en el
texto, su misma esencia.
326. El definitivo golpe de estado contra la República en mayo de 1926.
327. El llamado soneto caudado, con cauda, coda o estrambote, persigue casi siempre
una finalidad humorística; el estrambote (del italiano strambotto) es un verso o serie de
versos que se añaden a un poema de estructura fija como es el soneto, transformándolo
en algo irregular, sin orden, anárquico y extravagante.
328. Fin de texto mecanografiado.

— 266—
o grupos de cualidades permanecen diferentes y hasta opuestos.
Son tres las maneras de conquistar el poder: la astucia y la intriga,
en regímenes autoritarios, como la monarquía absoluta; la elocuencia
y la capacidad de persuasión, con la concomitante capacidad de men­
tir, incluso a sí mismo, para mentir mejor a los otros, como en los sis­
temas democráticos; y la violencia, en los regímenes impuestos de
manera revolucionaria, sean del tipo que fueren.
De estos tres tipos de cualidades, la astucia y la intriga, o mejor
dicho, la habilidad de emplearlas, son cualidades en cierto modo útiles
en el gobierno del Estado, sobre todo en las relaciones externas y en
aquellas internas que con ellas se asemejan (como las relaciones con
los diferentes sectores de la Opinión y de sus jefes). La capacidad de
comandar revolucionariamente puede implicar o no una ventaja en
el gobierno; depende del género de revolución que se ha comandado.
Si fue una revolución espontánea, profunda, realmente popular -un
motín de grandes dimensiones-, como en la Revolución Francesa,
entonces su dirigente o sus dirigentes, no siendo más que dirigentes
ocasionales, carecen de alguna cualidad, en cuanto tales, que sirva de
algún modo par^el gobierno de los Estados. Si la revolución es sólo
de superficie, hecha por una minoría organizada en un país desor­
ganizado, y, por desorganizado, apático y servil, entonces los organi­
zadores de la revolución tienen que poseer algunas cualidades que el
hombre de gobierno debe tener: son, por lo menos, jefes y organiza­
dores. Tal fue el caso, en un grado menor, de nuestra Revolución del
5 de octubre;329 tal fue, en un grado mayor, la Revolución Bolchevi­
que. En ambos casos, la mayoría del país era monárquica, siendo ape­
nas republicana en un caso, comunista en el otro, la minoría mejor
organizada; teniendo la primera como espina dorsal a la Orden Ma­
sónica, la segunda por principal sostén a las organizaciones secretas

329. Instauración de la llamada “Primeira República” portuguesa en 1910. Véase,


ut sufra, nota 69.

— 267 —
judaicas. No quiere esto decir que no fuesen inevitables ambas revo­
luciones; quiere decir simplemente que no partieron del corazón de
la nación, sino más propiamente del estado o condición de la nación.
Pero lo cierto es que los hombres generados para gobernar por esos
movimientos, realmente gobernaron con ciertas cualidades. En el caso
de Rusia, pueblo pasivo y con hábitos de esclavo, el caso ocurrió con
incluso más perfección, dada la unidad o la cuasi-unidad de la jefatura,
y la concordancia casi total, y prácticamente total, entre los jefes. En
Portugal, país al que noventa años de liberalismo habían dado ya otra
mentalidad, el caso ni aconteció así, ni podía pasar de esa manera. No
había, en primer lugar, un jefe incontestablemente supremo. Si, por
ejemplo, todo el poder hubiera estado concentrado -real cuando no
aparentemente- en las manos de Afonso Costa, el país habría sido bien
gobernado y administrado. De nada, o de poco, son realmente culpa­
dos Afonso Costa, Antonio José y Camacho330; su auténtica falla es
que eran tres y no uno. Y además la aparición que la emergencia pro­
dujo en primer plano, sucesivamente, de personajes hasta ese momento
en un segundo lugar, lo que refleja la división en el liderazgo, y el efecto
de ambiciones de varias especies que se tronaban realizables, pero el
asunto se complicó -y esos recién llegados, o en realidad recién llegados
al escenario del gobierno, en nada habían liderado la propaganda, nada
habían organizado, por lo menos importante, dentro del Partido. El
único período útil en la vida gubernativa de la República Constitucio­
nal fue el Gobierno Provisional;331 y es que en él la escisión en la jefa­
tura no estaba ni siquiera esbozada, y que decidió, con muy buen
criterio, gobernar en dictadura, contra sus principios fundamentales

330. Pessoa habla de Alfonso Costa, primer ministro del gobierno republicano
entre 1913 y 1917; Antonio José de Almeida, presidente de la República entre 1919 y
1923; y finalmente Manuel de Brito Camacho, ministro de Fomento de la República
(1910-1911)> gran líder republicano, promotor de la separación Iglesia-Estado en Por­
tugal.
331. Véase, ut supra, nota 20.

— 268—
-los principios a cuya sombra había predicado y hecho la revolución
y conquistado el poder.
Es curioso, y opuesto, el caso del 28 de Mayo.332 Este fue, como
en la Revolución Francesa, una Revolución Nacional, de verdad sur­
gida del corazón de la nación, diversamente víctima, y diversamente
una revuelta contra cualquier clase de anarquía, de la calle a la cabeza,
a la que tanto el desmantelamiento de los partidos como la eclosión
de nuevos desconocidos habían lanzado de lleno al país. Análoga a la
Revolución Francesa en carácter, sin embargo diferente en realización
-dado que era un movimiento contra-revolucionario-, el 28 de Mayo
tenía forzosamente que tener como resultado una situación caótica.
Revolución espontánea (poco nos interesa que la ejecutase el Ejército,
porque cualquiera, algún grupo, debía ser el mandatario instintivo de
la nación) que no traía consigo programa alguno. El Jefe que trajo
una gran figura de soldado333 fue un jefe enteramente ocasional; no
conspiró, se rebeló, como él bien ha dicho. Nada había organizado
de lo que después dirigió. El período entre el 28 de mayo de 1926 y
el 27 de abril de 1928334 -la llegada de Salazar al poder- es tal vez
uno de los períodos más peligrosos para la Nación, de los que jamás
ha tenido en su larga vida. No por éste o por aquel elemento externo

332. El golpe militar definitivo contra la llamada “Primeira República” en 1926.


333. Referencia al general Manuel de Oliveira Gomes da Costa (1863-1929), militar
portugués, héroe de campañas colonialistas (Africa e India. 1896-1916) y comandante de
la estratégica Ia División que participó del lado de los Aliados en la Gran Guerra y fue des­
plegada en Flandes (1917-1918), derrotada de manera desastrosa por su pobre preparación
y corrupción de sus mandos durante la ofensiva alemana de 1918, llamada “Michael”. En
1921 entra en la política, propuesto como candidato por el Partido Reformista y encarnaba
el único líder que encontraba la nueva derecha conservadora portuguesa. En mayo de 1926
ingresa desde el extranjero, poniéndose a la cabeza de la guarnición militar de Braga, y mar­
cha contra Lisboa, entrando en la capital el 6 de junio, y asumiendo como Presidente de
la dictadura el 17 de junio, siendo destituido por una contra-contra-revolución, y exiliado
a las islas de las Azores, falleció en medio de la pobreza y el olvido.
334. Un período histórico marcado por una profunda confusión ideológica, deses­
tabilización política y la lucha intestina dentro de la nueva derecha portuguesa.

— 269—
o visible, sino por la sorda confusión, por la permanencia, con una
forma diferente, de la anarquía que el 28 de Mayo llegara para extin­
guirla, pero sin saber cómo. Lo peor se evitó después del inicio, con
la entrega al general Carmona de la jefatura de la Nación.335 Su gran
prestigio mantenía, al menos, de su lado a la mayor parte de las Fuer­
zas Armadas. De esta manera —e incluso así existieron violentas inte­
rrupciones, como el 7 de Febrero—se mantuvo el orden en la calle,
por poco que ella se mantuviese en los espíritus. Otras figuras de pres­
tigio, como el coronel Passo e Sousa,336 consolidaban, al menos, los
fundamentos de la defensa del régimen. En todo el resto, sin embargo,
confusión: la Revolución Nacional continuaba sin ideas, pues no eran
propias las de los integristas337 -las únicas con sistema y coherencia,
pero de un grupo reducido y, con razón o sin ella, detestado, ya sea
por los monárquicos, ya sea por los católicos, ya sea por los antide­
mocráticos, y por la gran mayoría de la Nación.
La llegada de Salazar trajo por fin al Jefe de la Acción Nacional.338

335. Véase, ut supra, nota 230.


336. Aníbal César Valdez de Passose Soasa (1884-1954): militar, ministro de Guerra
de la dictadura (1926-1927; 1934-1936); se puso a la cabeza de las tropas fieles al general
Carmona para reprimir un intento de levantamiento popular contra la dictadura (3-9
de febrero de 1927), conocido como Revoluf&o de Fevereiro, originado en Oporto y li­
derado por el general Sousa Dias con el apoyo de José Domingues dos Santos, cabeza
del partido Izquierda Democrática y miembro de la Masonería; la rebelión democrática
fracasó, con un gran número de muertos, heridos, desaparecidos y encarcelados.
337. Véase, ut supra, nota 49.
338. “Acfáo Nacional”: la “Acción Nacional” o mejor dicho la “UniSo Nacional”
(UN), organización política creada expost para apoyar la dictadura portuguesa. Creada
durante el período de la llamada Ditadura Nacional, fue anunciada públicamente en un
manifiesto leído por el general General Domingos de Oliveira, y luego refrendada por
un discurso del entonces ministro de Finanzas, Oliveira Salazar; como un aparato más
del estado, sus estatutos fueron establecidos por el decreto n.° 21608 (20 de agosto de
1932), decreto n.° 21859 (12 de novembro de 1932), y por la ordenanza n.° 7909 (30
de outubre de 1934), ordenanza n.° 9016 (13 de junio de 1938); su sucesoraa partir de
1970 fue la “Acpío Nacional Popular” (ANP); fue el único “partido” legal durante toda
la dictadura del “Estado Novo”
Gradualmente se pudo sentir su liderazgo, fue en primer lugar un
prestigio sorpresivo, por la diferencia entre él y todas las especies de
jefes políticos que el pueblo había conocido; un prestigio psicológico,
sí, antes que nada, porque lo primero que descubrió Salazar, de parte
de su naturaleza ascética (característica que, de por sí, no otorga pres­
tigio, pero que en general refuerza las otras cualidades que se impo­
nen), y que era, al contrario de los vulgares jefes políticos, un hombre
de ciencia, de trabajo y de pocas palabras, y, al contrario de los por­
tugueses vulgares incapaces de pensar claramente y de querer
firmemente, un espíritu excepcionalmente claro, una voluntad om­
nímodamente fuerte. Llegó después el prestigio administrativo, el fi­
nanciero -prestigio que el pueblo es incapaz de criticar o de percibir
una obra financiera- inmediatamente llegó en virtud del prestigio ya
otorgado. Por fin, más tarde, atrayendo a ciertas clases cultas que ha­
bían quedado un poco retraídas, llegó el prestigio de jefe político, del
organizador de la Constitución y del Régimen Corporativo.339A pesar
de no estar de acuerdo ni con uno ni con el otro, las clases para quien
Salazar adquirió prestigio son clases que no se relacionan necesaria­
mente con la admiración y la concordancia. Y hablo por mí mismo,
ya que soy de esa clase.
Es evidente que por “pueblo” entiendo a la masa general de la Na­
ción -la que no se encuentra encuadrada en un partido político, servil­
mente. Desde que alguien ingresa en un partido político, deja de ser
pueblo para ser político. Cuando decimos, por ejemplo, “el pueblo

339. El 19 de marzo de 1933 la dictadura realizó un amañado “plebiscito nacional”


que aprobó la nueva constitución política del “Estado Novo”, que entró en vigor el 11
de abril. Se institucionalizó así una forma de estado semi-fascista, irónicamente llamada
republicana, orgánico-corporativa, con el poder concentrado en la cabeza del poder eje­
cutivo (con ilimitadas potestades legislativas); dentro del poder ejecutivo, existía la figura
del Presidente del Consejo de Ministros, que respondía exclusivamente al jefe del estado,
electo por sufragio universal de los candidatos propuestos por el partido único, la UN. Con
apariencia de ser un régimen “presidencialista” y bicéfala ejecutiva, en la práctica se trataba
de una fuerte dictadura personalista y con analogía con el Stato Totale de Mussolini.

—271—
inglés”, entendemos no a los individuos firmemente afiliados en los
partidos políticos (son muy pocos, en relación con el país, pues los par­
tidos políticos ingleses son simples “directorios” y no partidos en
nuestro sentido), pero aquella masa no afiliada que, oscilando en sus
opiniones o tendencias, o bien vota por completo a los laboristas, o
bien pasa a votar por completo a los conservadores.
Como cierto comerciante amigo mío, hombre extraño a las litera­
turas, que nunca oirá un verso mío o no lo comprendería si lo oyese,
que afirmó varias veces que yo era un gran poeta, y esto porque me
enteré por alguien literario (inconscientemente para él) que yo lo hacía
muy bien en su correspondencia extranjera. Existiendo un prestigio
que se siente y se comprenda, todos los otros prestigios, incluso los
que no se entiendan o sientan, naturalmente se unifican, después que
alguien comience a hablar de ellos.
En otras palabras: Salazar es considerado un gran ser, un hombre
de inteligencia clara y de voluntad firme. No es lógico, más es hu­
mano, y entre los hombres es lo humano lo que vence.
Cuando un hombre tiene como cualidades destacadas aquellas que
más notablemente le faltan al pueblo al que pertenece, su prestigio es
inmediato, aunque tal vez sea un prestigio frió y forzado -un prestigio
intelectual, sin elemento emotivo.340

15

El Prof. Salazar tiene, en altísimo grado, las cualidades secundarias de


la inteligencia y de la voluntad. Es el tipo del perfecto ejecutor del
orden341 de quien tiene las primarias.
El jefe de Gobierno tiene una inteligencia lúcida y precisa; no tiene

340. Fin de texto mecanografiado.


341. Variante de Pessoa: “de los órdenes”.

— 272—
una inteligencia creadora o dominadora. Tiene una voluntad firme y
concentrada, no la tiene irradiante y segura. Es un tímido cuando in­
tenta, y un incierto cuando afirma. Todo cuanto hace se resiente de
aquella penumbra de los Reyes malogrados.
Cuando mucho, en la escala del gobierno público, podría ser el
mayordomo del país.
Le faltan los contactos con todas las vidas -con la vida de la inte­
ligencia, que vive para ser variada y, entre los conflictos de las doctri­
nas, no sabe decidirse; con la vida de la emoción, que vive de ser
impulsiva e incierta; con la vida de la (...)

El Jefe de Gobierno no es un estadista: es un ordenador. Para él el


país no se compone de hombres, sino más bien de cajones. El pro­
blema del trabajo y de la miseria, ¿cómo podrá él comprenderlos si
pretende resolverlos por medio de fichas sueltas y hojas móviles?342
El alma humana es irreductible a un sistema de debe y haberes. Lo
es, acentuadamente, el alma portuguesa.
A veces se aproxima al pueblo, de donde salió. Y le trae una ternura
de tenedor de lilaos en días de descanso, que siente que preferiría al
final estar en el escritorio.
Es siempre y en todo in contable, pero sólo un contable. Cuando
ve que el país sufre, cambia las rúbricas y abre nuevas cuentas. Cuando
siente que el país se queja, hace una devolución. La cuenta siempre
queda ajustada.
El Prof. Salazar es un contable. La profesión es eminentemente ne­
cesaria y digna. No es, sin embargo, profesión que tenga implícitas
directivas. Un país tiene que gobernarse con contabilidad, no puede
gobernarse por contabilidad.
Asistimos a la cesarización de un contable.343

342. Herramientas de escritorio habituales para un contable o administrativo en la


época, que Pessoa conocía en detalle.
343. Fin de texto manuscrito.

— 273—
16344

Él (Salazar) ha aportado al gobierno cualidades tan inesperadas y al


mismo tiempo tan simpáticas en sí mismas, que conquistó en breve
tiempo no sólo el afecto -no está en su naturaleza el obtenerlo- sino
la consideración y el respeto de los imparciales, incluso de los mismos
adversarios de la dictadura cuyo fanatismo no era demasiado acentua­
do. La claridad de su inteligencia y la firmeza de su voluntad -cua­
lidades casi poco portuguesas-, la modestia y borrando su vida devota
y laboriosa -cualidades tan poco ministeriales- ha conquistado la sim­
patía un poco estúpida del público amorfo, interesado y de buen
grado optimista del cual se compone la burguesía no política (bour-
geoisie non politique), que es la mayoritaria en todas partes.
No sé si estaba evidentemente en condiciones de criticar su obra
exclusivamente financiera. El público no es, colectivamente, dema­
siado vanidoso y no tiene demasiada facilidad en entender lo que no
puede comprender de ninguna forma. El hombre era simpático; y él
era simpático precisamente por las cualidades del carácter, aquellas
que se podía esperar en un administrador: creían en sus balances y en
sus cuentas públicas porque creían en él, al menos bajo este aspecto.
Pero, hasta entonces, era ministro de Finanzas y no tenía otro propó­
sito sobre el cual pudiera ser juzgado.
Es evidente que la agitación política continuaba: explotó de ma­
nera frustrante, en una pseudo-sedición de comedia, la (...); ella ha
vuelto de nuevo a la superficie, en la isla de Madeira (...) y no estaba
allí (...) que la insularidad de la revuelta,345 ridicula en sí misma.

344. Escrito en francés.


345. En el curso del año 1931 se produjeron diversos intentos de sublevación de parte
de sectores militares republicanos, con apoyo civil, sindical e internacional (la “Liga de
París”). Pessoa se refiere al levantamiento de abril en las isla de Madeira, liderado por ofi­
ciales deportados por la dictadura, como el famoso general Sousa Dias, rebelión que se ex­
pandió hacia las islas Azores, y las colonias africanas de Guinea-Bissau y Mozambique.

— 274—
Todos estos movimientos nada tenían que ver con Salazar: eran solo
contra la Dictadura; no se pensaba en el hombre aparentemente extra-
político que tenía el portafolio de las Finanzas.
Desde esta simpatía un poco fría, desde esta consideración no muy
afectiva, un elemento de duda y de hesitación se insinuaba lenta­
mente. Durante el tiempo que Salazar había sido Ministro de Finan­
zas,346 y nada más que eso, se sucedieron algunas crisis ministeriales y
algunas modificaciones o recomposiciones en los ministerios. En
todos estos cambios Salazar intervino decisivamente: fue él quien de­
cidió -como comenzamos a entender- del destino de un determinado
ministerio, del destino de un ministro determinado. Al principio se
pensó, y pudo ser verdad, que sólo defendía su sillón, a fin de man­
tener, algo que es legítimo, la continuidad de su obra, la cual, por na­
turaleza, necesitaba de la continuidad y de su permanencia en el
ministerio, para que esta continuidad fuera mantenida de manera in­
teligente. Nos dimos cuenta que, a pesar de ser por estas razones, Sa-
lazar se puso demasiado astuto, con trucos bastante inesperados,
trütcos disimulados e inesperados en la disposición con la cual se de­
sembarazaba d^un determinado ministro, favoreciendo el ingreso de
otro. ¿Trucos políticos?347 Perfectamente. Pero tenderemos una idea
cabal de este hombre, y una que le es favorable, cuando veamos que
los trucos de la política baja348y la diplomacia anti cámara no jugaban
ningún rol en él. Cuando se respeta a un hombre por la sencillez de
su carácter, resulta un poco desconcertante descubrir que su carácter
no es tan simple. Una cierta desconfianza comienza a nacer; y todos
aquellos que habían tenido una simpatía demasiado fría se pregunta­
ban si el hombre que se mostraba tan hábil con los trucos de la polí­
tica, que se supone que desconoce, no los había ya usado en ejemplos

346. Durante el período del 27 de abril de 1928 al 5 de julio de 1932.


347. Variante de Pessoa: “de vulgar política”.
348. Variante de Pessoa: “política vulgar”.

— 275—
ignorados en los presupuestos y en las cuentas, donde se encontraba
como en su casa.349
Las cosas sin embargo seguían allí —los políticos hostiles e impo­
tentes, el gran público fríamente hostil, el pequeño público, fríamente
simpatizante- cuando, el 2 de julio de 1932, el acontecimiento que
cambió el curso de la dictadura portuguesa vio la luz, de una simple
dictadura militar d la Primo de Rivera, a la actual dictadura a la Mus­
solini. Ese día, en Richmond, en Inglaterra, el Rey Manuel murió.350

17

El prestigio de Salazar no deriva de su trabajo financiero, y esto por­


que, siendo esa obra una obra de especialista, el público no tiene la
competencia, ni pretende tener la competencia, para comprenderla,
sea porque el acogimiento calurosamente favorable, que es obra tuvo,
denotaba ya un prestigio anterior. EL prestigio de Salazar nació vaga­
mente de la sugestión de su prestigio universitario y particular, pero
consolidándose junto al público luego de sus primeras frases como
ministro, y sus primeras acciones como administrador, por un fenó­
meno psíquico simple de comprender.

Todo prestigio consiste en la posesión, por el prestigiado, de cualida­


des que el prestigiador no tiene y se siente incapaz de tener. El pueblo
portugués es esencialmente discontinuo en la voluntad y retórico en
la expresión: no hay asunto portugués que sea llevado adelante con
firmeza y persistencia, no hay texto genuinamente portugués que no
diga en veinte palabras lo que se puede decir en cinco, ni deje de des­
conectar y romantizar la frase. Luego desde el mismo principio, Sala-

349. Variante de Pessoa: “que él manejaba como un perito”.


350. Fin de texto manuscrito.

— 276—
zar marcó, y después acentuó, una firmeza de propósito y una conti­
nuidad de ejecución de un plan; luego, desde el principio, habló claro,
sobrio, rígido, sin retórica ni vaguedades. Su prestigio reside en esa
formidable impresión de diferencia con el vulgo portugués.
En medio de un pueblo de incoherentes, de verborrágicos, de mal­
dicientes por impotencia y espirituosos por falta de argumento inte­
lectual, ‘La lente de Coimbra’351 (¡Santo Dios!, ¡De Coimbra!) nos
marcó como si hubiera caído de una Inglaterra astral. Después de los
Afonsos Costas,352 de los Cunhas Leales,353 toda la elocuencia parla­
mentaria sin pasado ni futuro en la inteligencia ni en la voluntad, su
simplicidad dura y fría parecía algo tan broncíneo y fundamental. Si
lo es de verdad, y si la obra completa es lo que la intención formó,
son ya cuestiones de especialistas y sobre los cuales el público, que de
ello nada sabe, ni yo, que sé tanto como el público, podemos hablar
con razón o provecho.
De este prestigie? resulta el contraste con Afonso Costa. Cuando
éste se presentó, en 1912 (?),354 su superávit, fue recibido a carcajadas
pot^el público, y sus propios partidarios tuvieron que hacer esfuerzos
sobre sí mismos^ara tener fe en la obra, como la tenían en el hombre.
Cuando Salazar presentó su superávit, todo el gran público inmedia­
tamente lo aceptó. No fue pues el superávit, común a los dos lo que
provocó el prestigio de uno, o el desprestigio del otro, eran anteriores
al espectáculo financiero.355

351. Apodo popular de Salazar que utilizaban los periódicos.


352. Véase, utsupra, nota 7.
353. Francisco Pinto da Cunha Leal (1888-1970): militar, periodista y ensayista, di­
putado en la Primera República (1918-1926); en la dictadura fue ministro de Finanzas
(1920-1923), rector de la Universidad de Coimbra y presidente del Banco de Angola
(1927-1930); se apartó del régimen salazarista por diferencias internas a partir de 193o,
fue encarcelado y deportado.
354. Pessoa se equivoca, Costa tuvo la cartera de Finanzas entre 1913 y 1914.
355. Fin de texto mecanografiado.

— 277—
18

El Prof. Salazar es mucho más inteligente y mucho más culto, aunque


su inteligencia sea monocorde y su cultura unilateral. Tiene una inte­
ligencia de tipo científico, pero sin ser escéptica; tiene una cultura de
tipo humanista, pero sin ser literaria. Es todo esto lo que le otorga
aquella unidad psíquica de donde surge su formidable disciplina y
energía; esto, al mismo tiempo, lo deshumaniza.356

19

Es, según mi opinión, un error de Salazar el asocial el espíritu de par­


tido —Por lo menos entre nosotros y nuestros países latinos—en el
aprendizaje de argumentar y defender lo que se hace o se hizo en cier­
tas escuelas. En Inglaterra se puede, en cierto modo, ser así; y las de-
bating societies357 de las universidades y otras escuelas -que son
extra-escolarmente lo mismo que Salazar indica- se reflejan en los de­
bates parlamentarios y crean la mentalidad partidaria, influyendo, por
el ejemplo comicial y parlamentario en individuos que no pertenezcan
a cualquiera de esas societies.
Inglaterra, sin embargo, siendo el país donde esa especie de pre­
paración existe más frecuentemente, no es todavía el país donde más
se acentúa el espíritu partidario, en el sentido en que Salazar lo en­
tiende. Mucho más se acentúa ese espíritu de partido, entendido de
esa manera, en los países latinos. Y eso nos da desde luego un indicio
que permite encontrar el verdadero origen de ese espíritu.
El espíritu partidario es una consecuencia de la intolerancia reli­
giosa del pasado, y por ello se acentúa todavía más en aquellos países
que sufrieron, durante siglos, el influjo de la más intolerante de todas

356. Fin de texto manuscrito.


357. En inglés: “Sociedades de debate o discusión”.

— 278—
las formas de religión -el catolicismo. Italia, España y Portugal son
los países donde ese espíritu de partido, como Salazar lo entiende,
más se acentúa. Son también los países donde más se acentuó la acción
de la Iglesia de Roma.
De lo restante, el efecto del sistema de argüir y defender puede ser
enteramente diferente de aquel que le atribuye Salazar. A un tempe­
ramento diferente de aquel en el que se forma el partidario, el efecto
de ese sistema puede ser el de considerar aceptables todas las ideas y
todas las teoría -conduciendo así al concepto opuesto del partidario,
al concepto de que la teoría vale lo que vale el teorizador, de que todo
es defendible, de que una tolerancia vasta, o un vasto escepticismo,
son las actitudes legítimas del espíritu humano.358

20

En muchas materias, y particularmente en aquellas, entre las cuales


figura la política, que tiene contacto con un público amplio, se acos­
tumbra a usar las palabras para decir otra cosa. Esto significa que las
palabras pasan a tener un sentido, o hasta más de uno, que nadie po­
dría desprevenidamente deducir de la etimología, o incluso de la sig­
nificación corriente, de esas palabras.
Una de esas palabras es nacionalismo; liberalismo es otra. A tal
punto se desviaron de su uso y significado corriente, del uso y signi­
ficado que legítimamente les cabría, que pasaron a ser consideradas
cosas opuestas, cuando, visto que se reportan a cosas enteramente dis­
pares, no puede haber entre ellas, o sobre lo que significan, cualquier
cosa que se parezca a una oposición.
Por nacionalismo legítimamente se entiende un patriotismo que,
excediendo el simple patriotismo instintivo y natural de amar la tierra
donde se nació, y de defender por manifestaciones externas como la

358. Fin de texto mecanografiado.

— 279—
palabra y el combate, procura defender intelectualmente contra la in­
vasión de extranjerismos que le perviertan su propia índole o de inter­
nacionalismos que le disminuyan la personalidad.
Por liberalismo legítimamente se entiende aquel criterio de las rela­
ciones sociales por el cual cada hombre es considerado libre para pensar
lo que quiera y para expresarlo como quiera y ponerlo en acción tal
como lo entienda, con el único límite de que esa acción no obstaculice
directamente los derechos iguales de los otros a esa misma libertad.
Como se puede ver, estos dos conceptos -nacionalismo y libera­
lismo- en nada se oponen, en nada se pueden oponer, uno al otro. El
primero gira en torno del concepto de Nación -no, nótese bien, de
Estado-; el segundo gira en torno del concepto de individuo -no, nó­
tese bien, de ciudadano. Y de esta manera es que el nacionalismo
puede ser liberal o anti-liberal, el liberalismo nacionalista o anti-na-
cionalista.
Mientras que, sin embargo, no hay nada entre estos dos concep­
tos, por el cual ellos entre sí intrínsecamente se puedan relacionar,
sucede que todavía tienen extrínsecamente dos puntos en común.
En ambos casos se trata de la valorización de cualquier cosa; en
ambos casos se trata de la defensa de cualquier cosa. Los dos concep­
tos tienen incluso en campos diferentes, el mismo ritmo o tipo de
vibración (vibragáo). El nacionalismo busca la valorización de la Na­
ción; el liberalismo busca la valorización del Individuo. El naciona­
lismo procura defender la Nación de las influencias que pueden
desintegrarla; el liberalismo procura defender al Individuo de las in­
fluencias que lo pueden disminuir. Y de esta manera es como el na­
cionalismo se opone al separatismo (o al regionalismo separatista),
al extranjerismo y al internacionalismo, de la misma manera el libera­
lismo se opone a las incursiones que sobre el individuo pueden ejercer
las influencias anti-individualistas -la familia, la clase, el Estado.
Esta comunidad de lo que llamamos ritmo de vibración (ritmo de
vibrado) puede unir, y efectivamente une, extrínsecamente los dos

— 280—
conceptos. Una nación está compuesta de individuos, pues el indivi­
duo es una única entidad físicamente real que humanamente existe,
visto que ni la familia, ni la clase, ni el Estado tienen cabeza sin si­
quiera tener pies. De suerte tal que la valorización de la nación, por
sus reflejos dinámicos sobre el individuo, paralela y semejante, implica
la valorización de éste.
Se hace obligatorio, al llegar aquí, que hagamos una distinción
clara y escrupulosa entre Nación y Estado. Si el pensar fuese clara­
mente una natural disposición humana, no habría ni siquiera que
pensar en establecer tal distinción. Infelizmente la claridad del pen­
samiento así como la perspicacia en la expresión de él, son, por lo que
parece, productos de especie aristocrática, aunque, felizmente, no in­
transmisibles al amplio público.
La Nación es una entidad natural, con raíces en el pasado, y su
poder podría acrecentarse, en el lenguaje paradojal más justo, con raí­
ces también en el futuro.
El Estado es un fenómeno puramente del presente, tanto que se
probeta en, y se consustancia con, el Gobierno que se encuentre, de
momento, en posesión de la actividad de ese Estado. Nadie puede
estar en posesión de la Nación, pues no existen redes, ministeriales o
de otro tipo, con las cuales se pueda atrapar lo impalpable.
La valorización del Estado, lejos de reflejarse en el individuo o en la
nación, valorizándolos, se refleja en ellos exclusivamente para dismi­
nuirlos.
La frase, o su muletilla, de Mussolini: Todopor el Estado, nada con­
tra el Estado,359 tiene la ventaja de ser perfectamente clara. Dice lo que
dice. Con lo que sabemos dónde nos encontramos, aunque no quisié­

359. La frase exacta de Mussolini era: “La nostra formula é questa: tutto nello Stato,
niente al di fuori dello Stato, nulla contro lo Stato”; pronunciada por primera vez en el
discurso del 28 de octubre de 1925 en Milán; ahora en: Mussolini, Benito; Opera omnia,
V. XXI, La Fenice, Firenze, 1967, p. 425.

— 281 —
ramos estar allá. La frase portuguesa que la imita, Todopor la Nación,
nada contra la Nación,360 o bien quiere decir, escondiéndose, la mis­
ma cosa que la frase de Mussolini; o si quiere decir otra cosa, en rea­
lidad no quiere decir cosa alguna. Se encuentra en el mismo caso que
la expresión civilización cristiana, a la que nadie ha logrado conseguir
descubrir cualquier especie de sentido.
El Estado es simplemente la manera en que la Nación se administra:
rigurosamente, no es una cosa, sino un proceso (processo). Si compa­
ramos -lo que no siempre es válido o útil- una nación a un individuo,
diremos que el Estado es para la Nación lo que, en el individuo, (...)
Aparecieron recientemente en la superficie de la tierra social (térra
social)361 unos animales llamados directrices. Definiéndola mal y de
prisa, esta palabra quiere decir que cualquiera de nosotros tiene que
pensar por la cabeza de otra persona.
Tal intimación o imposición no puede hacerla o pretender hacerla
sino el Estado o quien manda en él, pues la Nación no se expresa a
través del Estado sino a través de los individuos, y principalmente a
través de los hombres de genio (homens de genio), que son la con­
centración individual de las fuerzas íntimas de la Nación. Ahora bien,
los hombres de genio no imponen directrices: lo son.362

21

El argumento esencial contra una dictadura es que ella es dictadura,


esto es, que es ilegal. Que sus gobiernos representen una obra mejor
que los gobiernos legalmente constituidos, en uno o en todos los sen­
tidos, no disminuye su ilegalidad. Si un hombre matase a otro volun­
tariamente, sin razón ni provocación, no puede esperar a que se le
considere como atenuante -ni que como tal sea considerado así—que

360. Pronunciada por Salazar por primera vez en un discurso del 30 de julio de 1930.
361. Variante de Pessoa: “del suelo”.
362. Fin de texto mecanografiado.

— 282—
ese otro era probadamente un elemento dañino, que incluso era más
útil muerto que vivo.
Una dictadura, a pesar de ser ilegal, puede ser todavía justificada
por las circunstancias, cuando en un país es tal el grado de anarquía,
gubernamental o social, que se torna imposible la vida de la legalidad.
Entre un estado de guerra civil, real o latente, y un gobierno de fuerza,
por ilegal que sea, que cohíba esa anarquía, ningún hombre de recto
criterio, por liberal o demócrata que sea, vacilará en a cuál apoyar.
Sucede sin embargo que hasta lo ilegal, si quiere que lo considere­
mos justificado, tiene que obedecer a ciertas normas, esto es, tiene
que tener, en cierto modo, una legalidad propia. Ahora una dictadura,
justificable solamente cuando no hay elección entre ella y la anarquía,
existe, por ello mismo, sólo para poner fin a esa anarquía. Su papel es
por tanto limitado a la manutención del orden hasta que la anarquía
desaparezca; desaparecida ésta, ha concluido el papel de la dictadura.
Si la dictadura no "consigue dominar la anarquía o el espíritu anár­
quico, es que el fenómeno anárquico penetró en profundidad en el
espíritu de la sociedad, y entonces existe una crisis profunda, que, por
profunda, ningi^n gobierno, ya sea de fuerza o no, puede superar. O
bien es el fin del país o, para que éste se salve, no hay otro remedio si­
no dejar que la anarquía continúe y haga de su capa un sayo, por
la aprobación de leyes naturales y sociales que nadie conoce, hasta
la lenta y dolorosa salvación. Y, cuando un país se encuentra en este
estado, la existencia del gobierno de fuerza no tendrá lugar nunca
más, por las varias reacciones que provoca el aumento de esta anar­
quía. Habrá sido, al final, apenas un elemento anárquico más.
Siendo el papel de la dictadura limitado al mantenimiento del
orden, el gobierno de fuerza tiene todavía que emplearse también en
la resolución de problemas corrientes, puesto que el Estado no puede
dejar de ser administrado. Aquí, sin embargo, la dictadura debe limi­
tarse a un papel rigurosamente administrativo. Es la dictadura, por
así decir, la suspensión del legislativo por el ejecutivo; no es la substi­

— 283—
tución del ejecutivo por el legislativo. Una dictadura no tiene pues que
hacer leyes. Y, en la proporción que, saliendo de su justo papel, las hi­
ciera, en esa misma proporción creará nuevas enemistades, nuevos des­
contentos. Por una parte, no hay ley que agrade a toda la gente, y de
esta forma cada ley genera su propio grupo de descontentos, que po­
drán ser muy diversos de ley en ley, de suerte que, sumados, esos des­
contentos van formando lentamente una atmósfera de descontento
general. Por otra parte, el hombre ama naturalmente la libertad, pues
a nadie le agrada el ser mandado ni se siente grato por imposiciones
que se le hagan, de suerte que los gobiernos de fuerza (a no ser que los
envuelva un misticismo de cualquier tipo) son tendencialmente anti­
páticos a toda la gente. Se sigue entonces que el descontento contra
una ley promulgada por un gobierno de fuerza (governo de for^a) es
naturalmente mayor que el que se genera contra una ley de un go­
bierno de opinión. Y el no haber tenido la oportunidad de discutir esa
ley le otorga al descontento un apoyo francamente justo y racional.363

22564

“El Interregno”
Defensa y justificación de la dictadura militar en Portugal

1
PRIMER AVISO

EL N Ú C L E O D E A C C IÓ N N ACIO N A L,365 que en varios momentos ne­

363. Fin de texto manuscrito.


364. Aunque es parte de su obra edita en portugués, consideramos pertinente publicar
dentro de este bloque temático su manifiesto político público O Interregno. Defesa eJus­
tificando da Ditadura M ilitar em Portugal, publicado bajo el sello editorial del grupo po­
lítico Núcleo de la Acción Nacional, folleto de 32 páginas, aparecido en 1928.
365. “Núcleo de Acgáo Nacional”: misterioso grupo, tal vez de existencia meramente

— 284—
cesarios ha intervenido —suavemente, como es su estilo; oscuramente,
como es su oficio—en la vida de la Nación, nos ha pedido, pues aún
no pertenecemos a él, que escribiésemos, por ser la ocasión de hacerlo,
un esbozo o breve formulario de lo que, a nuestro entender, podría o
debería ser el Portugal futuro en las varias manifestaciones de su vida
colectiva. A esta obligación agregó el N U C LEO la condición, a sí mis­
mo impuesta, de que aceptaría por bueno lo que escribiésemos y con
todo lo que esto fuese se conformaría, teniéndolo por propio.
En estas condiciones, no sólo gratas, sino además honrosas, escri­
bimos el presente opúsculo, y escribiremos, si la orden y la hora fueran
dadas, el libro que será compuesto de este opúsculo, como introduc­
ción o primera parte, y de otras cuatro partes como complemento.
Serán pues, cinco las partes de ese libro, hasta llegar al fin del desa­
rrollo de la doctrina. La primera parte, contenida en este opúsculo,
es introductoria. La segunda tratará de la Nación Portuguesa; la ter­
cera del Estado Portugués; la cuarta de la Sociedad llamada Portugal.
Más tarde se comprenderá en qué consiste esta distinción. Lo más
importante, si no se ordena que quede por decir, constituirá la quinta
parte de ese libres^
Este opúsculo trata exclusivamente de la defensa y justificación de

nominal, que en 1919-1920 publicaría, bajo la dirección del “sidonista” Geraldo Coelho,
el diario Acfáo, del cual salieron cuatro números; en él Pessoa publicó los siguientes artículos:
“Como organizar Portugal” (N° 1) y “A opiniáo pública” (N° 2 y 3), un retrato del dic­
tador Sidónio Pais acompañado de una cita de Shakespeare (N° 3), el poema épico Á Me­
moria do Presidente Sidónio Pais” (N° 4, que traducimos en este volumen, p...) y un
pequeño artículo anónimo titulado “Tenente Teophilo Duarte” (N° 3); la mayor parte del
grupo ingresó en el partido único del “Estado Novo” fascista de Salazar, que se ¡Jamará
“Unión Nacional” y será creado en junio de 1930, que oficialmente no se definía como
partido sino como un movimiento “de unidad de todos los portugueses”; en la primera
época de la dictadura, tiempo inestable, proliferaron los grupúsculos filofascistas y semi-
militares como Era Nova, Legiáo Nacional, etc, inspirados en losfasci italianos y el Somatén
español; sobre sus funciones al inicio de la dictadura y los diferentes líderes secundarios,
véase: Caldeira, Arlindo Manuel: “O partido de Salazar: antecedentes, organizado e fún^óes
da Uniáo Nacional (1926-34)”, en: Andlise Social, XXII (94), 1986-5.°, pp- 943-947.
la Dictadura Militar en Portugal y de lo que, en conformidad con esa
defensa, llamamos las Doctrinas del Interregno (Doctrinas do Inte­
rregno). Las razones que se presentan no se aplican a las dictaduras
en general, ni son transferibles a cualquier otra dictadura sino en la
medida en que incidentalmente lo sean. Tampoco se incluye en él,
explícita o implícitamente, cualquier defensa de los actos particulares
de la Dictadura Militar presente. Ni, si mañana cae esta Dictadura
Militar, caerán con ella estos argumentos. No habrá sino que recons­
truirla, que establecer de nuevo el Estado de Interregno (Estado de
Interregno): no existe otro camino para la salvación y el renacimiento
del País sino la Dictadura Militar, sea esta o sea otra. Que esto quede
desde ya entendido como proposición; quedará comprobado cuando
se haya leído el opúsculo.
Escribimos estas páginas en un tono, en un estilo y en una forma
premeditadamente antipopulares, para que el opúsculo, por sí mismo,
elija a quien lo entienda. Todo cuanto, en materia social (matéria so­
cial), es fácilmente comprensible, es falso y estúpido. Tan compleja es
toda materia social, que ser simple en ella es estar fuera de ella. Esa es
la principal razón por la que la democracia es imposible.
Lo que van a leer (no todos los Portugueses que nos lean, sino
todos los que nos sepan leer) está escrito sin obediencia a ninguna tra­
dición nuestra, sin servidumbre a ninguna teoría extraña, sin atención
a ninguna corriente del llamado pensamiento europeo. Lo pensamos
nosotros y nosotros lo elaboramos y dispusimos. En el libro, que por
ventura lo incluya, este texto será revisado y, tal vez, desarrollado.
Esclavos de la mentalidad extranjera, unos; esclavos de la falta de
mentalidad propia, todos -no hay Portugueses, políticos o no políti­
cos, que hayan podido hablar a este país nacional o superiormente.

366. Fecha de la muerte del rey Sebastiáo I de Portugal, llamado “El Deseado”, parte
de la mitogenia política del “Sebastianismo” pessoano; murió en plena batalla de Alcá-
cer-Quibir, acontecida el 4 de agosto de 1578, en Marruecos encabezando una suerte de
cruzada católica contra los moros; véase, utsupra, nota...

— 286—
Hoy lo hace, por primera vez desde 1578366y por nuestro intermedio,
el N Ú C L E O D E A C C IÓ N NACIONAL.
Para lo que vamos a afirmar, y para lo que después habremos de
proponer, no queremos la atención de los sub-Portugueses, que cons­
tituyen la mayoría activa de la Nación. Pero la atención de los otros,
de quienes tienen un cerebro que aún puede llegar a pertenecerles, ni
la queremos ni la pedimos: la exigimos.

PRIM ERA JU ST IFIC A C IÓ N D E LA D ICTA DURA M ILITAR

Mitad del país es monárquica, mitad del País es republicana. Son estos
los hechos. No hablamos del País dividiéndolo en norte y sur, o en
cualquier otra división territorial. No hablamos del País dividiéndolo
en clases cultas e incultas, o en cualquier otra división de hombres.
Hablamos de Portugal simplemente respecto a la cantidad de sus ha-
bitáhtes nacionales. De esos se puede decir, con verdad pragmática,
que la mitad es qionárquica y la mitad republicana; que son sensible­
mente iguales, que son iguales para todos los efectos prácticos, el nú­
mero de monárquicos y el número de republicanos. Son estos los
hechos, el resto es palabrería política: queda para las mayorías que la
usan y para las reses (rezes) que creen en ella.
De la parte monárquica, una pequeña minoría es activa y forma
los partidos monárquicos que se manifiestan. De la parte republicana,
una minoría mayor es activa y forma los partidos republicanos que se
manifiestan. El resto del País, sea virtualmente monárquico o repu­
blicano, es apático e indiferente en cuanto a la manifestación, o hasta
en cuanto a la conciencia, de sus tendencias. Como la minoría repu­
blicana es mayor, más activa y más cohesiva que la minoría monár­
quica, existe República y no Monarquía en Portugal. No existe
República por ninguna otra razón.

— 287—
Esta condición política del País tiene paralelo con un fenómeno
que, como procede de la misma causa, que es el estado mental portu­
gués, puede servir de símbolo de esa condición política. Somos el país
de las dos ortografías. De la gente que entre nosotros sabe escribir,
parte escribe con ortografía latina, la otra parte con la ortografía del
Gobierno Provisional.367 La mayoría, sin embargo, no sabe leer ni es­
cribir. Así las letras son las sombras de los hechos, y en la lectura lee­
mos más de lo que esperábamos.
El hecho esencial es este: Portugal es mitad monárquico, mitad re­
publicano. En el Portugal presente, pues, el problema institucional es
enteramente irresoluble. De derecho, de cualquier especie de derecho,
no puede haber República, no puede haber Monarquía, en Portugal.
Hay República por la razón ya dicha, y porque tiene que haber algo.
Pero esa República no es, ni puede ser, República, como la Monarquía
que la precedió, ya no era, ni podía ser, Monarquía. Estando la nación
dividida contra sí misma ¿cómo puede tener un régimen que defina
la unión que no tiene? Repítase, pues, para que se oiga: el problema
institucional es hoy irresoluble en Portugal.
¿Pero por qué razón está la nación así dividida contra sí misma?
La razón es fácil de ver, porque el caso es de aquellos para los que
puede haber una sola razón. Estamos divididos porque no tenemos
una idea portuguesa, un ideal nacional, un concepto misional de no­
sotros mismos. Tuvimos -para bien o para mal, pero con certeza no
sólo para mal- un concepto de imperio al cual nos forzaron nuestros
Descubrimientos. Ese concepto cayó en Alcácer-Quibir.368 Ni, en el

367. Véase, ut supra, nota 7.


368. La batalla de Alcazarquivir tuvo lugar el 4 de agosto de 1578, y enfrentó a las
fuerzas portuguesas a las de los pretendientes al trono de Marruecos: tuvo lugar a orillas
del río (Wed) de la Podredumbre (Makhazín) la batalla llamada de Alcazarquivir por los
portugueses y de Wed al Makhazín por los marroquíes, denominada también Batalla de
los Tres Reyes porque en ella murieron el rey de Portugal y los dos sultanes que disputa­
ban el trono en Marruecos. Allí fue derrotado don Sebastián, muriendo no sólo él sino
muchos de sus familiares, el gran poeta español Francisco de Aldana y lo más granado

— 288—
largo y triste curso de las tres dinastías filipinas369 -la de los Felipes,
la de los Bragan^as y la República- hubo más que la menguada y pa­
siva estirpe de los Sebastianistas literales que de algún modo mantu­
viesen viva y amada la memoria del alma de Portugal.
Ahora, todo ideal nacional claramente concebido o claramente sen­
tido, forzosamente tenderá hacia cierta fórmula política, hacia cierto
régimen, que le sea adecuado y a través del cual se exprese. Por ejemplo:
un imperialismo como el inglés, de dominio y expansión étnica, está
necesariamente ligado, intrínseca y extrínsecamente, a la idea monár­
quica. Otros ideales nacionales, no tan elevados como aquel, ni siquiera
semejantes, se pueden expresar también en la idea monárquica. Ideales
de tipo diverso, y también diversos entre sí, se proyectan naturalmente
y por diversas razones, en la fórmula republicana. Sólo la ausencia de
un ideal nacional, por la acción negativa de la misma causa, se expresa
en la división de la nación, a medias entre un régimen en el que no
cree y una oposicióíT'a él en la que no confía. Esta es la condición sin
provecho en la que nos asemejamos a Francia.
Pero cuando un país está así orgánicamente dividido, mitad contra
mitad, está creado el estado de guerra civil -de guerra civil por lo
menos latente. AÍiora, en un estado de guerra, civil u otra, son las
Fuerzas Armadas quienes asumen la expresión del Poder. La asumen,
ordinariamente, en subordinación a un poder político constituido, a
un régimen. En nuestro caso, no obstante, lo que falta es precisamente
un régimen. Tienen que ser pues las Fuerzas Armadas, ellas mismas,
el régimen; tienen que asumir por sí solas el Poder.

de la nobleza portuguesa. También murieron allí su aliado Muley al-Mutawakil y su ad­


versario, el sultán Abd el-Malik. Ffue trascendental para el reino de Portugal por muchos
conceptos; originó el mito del “Sebastianismo”, o la idea de que el romántico rey don
Sebastián, fallecido en dicha batalla, había de volver algún día a regir la nación portu­
guesa; pero también lo fue para el reino de Marruecos, ya que también falleció su rey en
dicha batalla.
369. Véase, ut suprn, nota 4.

— 289—
Es esta la primera Doctrina del Interregno, la primera justificación
de la Dictadura Militar.

SEG U N D A JU ST IFIC A C IÓ N D E LA DICTA D U RA M ILITAR

Además de no tener vida institucional legítima, no puede Portugal


tener, tampoco, vida constitucional alguna. La palabra “constitución”
puede recibir dos sentidos: (1) simple forma constituida de gobierno,
aunque ese gobierno sea una monarquía absoluta; (2) forma de go­
bierno a imitación del espíritu de la constitución inglesa. El primero
es el sentido abstracto, el segundo el sentido histórico de la palabra.
El Portugal presente no puede tener una constitución en el primer
sentido de la palabra, porque, como ya se dijo, no puede tener régi­
men político, y la constitución, en este sentido, es solamente la defi­
nición del régimen. Y el Portugal presente no puede, ni debe, tener
constitución en el segundo sentido de la palabra, por la razón todavía
más fuerte, aunque más compleja, que se va a exponer.
Como en la Europa semi bárbara- aparte de ciertas repúblicas, más
o menos del género pero no de la especie, de las ciudades-estado de
los Antiguos- no había otro sistema general de gobierno sino la mo­
narquía absoluta, está claro que no podía haber despotismo o tiranía
sino a través de ese sistema. Ahora, el espíritu humano, como es esen­
cialmente confuso y por eso simplista, habitualmente no distingue lo
particular de lo general. Así, más o menos claramente se formó la idea
de que despotismo y absolutismo eran la misma cosa. Aún hoy hay
quien confunde la significación de los dos términos. Los hechos, no
obstante, apuntan hacia otro lado. Todo hombre, o grupo de hom­
bres, que manda, tiende, en virtud del egoísmo natural del alma hu­
mana, a abusar de ese mando. Sólo no abusa si, o cuando siente que
no puede abusar, o que perderá más abusando que no abusando.

— 290—
Pero existe sólo una cosa que hace sentir al gobernante que no
puede abusar: es la presencia sensible, casi corpórea, de una opinión
pública directa (opiniáo pública directa), inmediata, espontánea, co­
hesiva, orgánica, que todos los pueblos sanos poseen en virtud del
instinto social que los hace pueblos, y cuya presión oculta sus go­
bernantes sienten sin que esa opinión pública tenga siquiera que ha­
blar, y mucho menos que delegar o elegir quien obre o hable por ella
Por eso dice Hume, y dice bien,370 que no hay gobierno verdadero,
aun el más autocrático, que no se apoye en la opinión pública.
Ahora, pensando por una parte y por error, que la monarquía ab­
soluta era esencialmente mala, y sintiendo, por otra parte y con razón
a medias, que la opinión pública es la esencia de toda la vida guber­
namental, el espíritu europeo fue llevado inevitablemente a buscar
una fórmula por la cual esa opinión pública se coordinase estructu­
ralmente, se constituyera en órgano limitador o sustituto del poder
regio. Confusamente, incoherentemente, se esbozaron, desde la mis­
ma Edad Media, doctrinas orientadas por este hito: unas eran deriva-
díEs del ejemplo, en general mal interpretado, de las ciudades-estados
de los antiguo^otras surgieron espontáneamente de la especulación
medieval, mucho más extendida de lo que se supone en esta materia;
y a algunas de ellas contribuyó la Iglesia, a la que convenía diseminar
doctrinas antimonárquicas en las universidades para hostilizar el poder
de los reyes, frecuentemente en conflicto con el suyo.
Estos fantasmas de doctrinas súbitamente tomaron cuerpo, como
sería de suponer, en el primer verdadero embate entre la monarquía
absoluta y cualquier fuerza que encarnase definidamente ese impulso
adverso. Se dio el caso en Inglaterra, en el conflicto, en gran parte
nacional y especial, entre la monarquía de los Stuarts,371 consciente­

370. El principio de “Accountability Through Public Opinión” humeano, expresado


en su obra de 1741: Oftbe First Principies of Government, 1741, incluidos en la compi­
lación Essays, que poseía Pessoa en su biblioteca.
371. Estuardos, en inglés en el original.
mente “de derecho divino”, y la oposición a ella, que asumió episó­
dicamente, y al contrario del sentimiento de la mayoría, la forma re­
publicana. Por fin nació, después de pesados años de perturbaciones,
el llamado constitucionalismo, fórmula de equilibrio espontáneo, pro­
veniente de antiguas tradiciones nacionales en que el fermento de
todas las doctrinas antimonárquicas diversamente se infiltrara. El prin­
cipal teórico del sistema, tal como finalmente apareció, fue Locke en
su Ensayo sobre el Gobierno Civil?72
Ahora, el mismo simplismo del espíritu humano, que lo lleva a
confundir lo particular y lo general en la teoría, lo lleva a no distin­
guirlos en la práctica. Así, sin considerar si la solución política inglesa
no sería particularmente inglesa y, por lo tanto, inaplicable a otros
pueblos, en otras circunstancias de pasado y de presente, los pensa­
dores políticos europeos erigieron en dogma la constitución de Ingla­
terra. La fórmula constitucional inglesa pasó a ser, para ellos, una
especie de descubrimiento científico, no sólo universalmente verda­
dera, como lo son los datos de la ciencia, sino también absolutamente
perfecta, como lo son las expresiones de las leyes naturales. Y como el
pueblo inglés rápidamente se distanció, en el goce de verdadera liber­
tad y de una vida social superior, de todos los otros pueblos de Europa,
aparentemente la práctica vino a confirmar la teoría. De ahí la into­
xicación constitucional que habría de producir, en una amplitud doc­
trinaria exaltada, la Revolución Francesa, por la cual las doctrinas, ya
metafísicas, del constitucionalismo inglés se esparcieron después por
todo el mundo.
A nadie se le ocurrió, al parecer, que la libertad, en cualquier pue­
blo, es la simple expresión de su fuerza espontáneamente cohesiva
para resistir cualquier tiranía, ni que la libertad y la superioridad social
inglesas provenían, no de una fórmula que es una abstracción, sino

372. Pessoa poseía en su biblioteca ediciones de Locke en inglés: On the human un~
derstanding, Essay on the civilgovemment, y Letters on tolerance.

— 292—
de la salud social, de la fuerte opinión pública directa, que estaban
por detrás de esa fórmula y le daban la vida real, como se la habrían
dado, en el mismo sentido, a cualquier otra.
Así, de una intuición central justa, enredada en errores y por ellos
sofocada, nació en Europa, y arrastró a todo el mundo civilizado, la
superstición constitucional. Consiste ella en creer que la fórmula cons­
titucional inglesa es universal, siendo por lo tanto aplicable a cualquier
pueblo civilizado, en cualquier circunstancia, y que es perfecta dado
que es la fórmula verdadera para traducir en una norma política aque­
llo que se llama opinión pública.
Ambas tesis son demostrablemente erróneas. La primera a todos
lo debe parecer, aunque sea por simple intuición. Es evidente, o de­
bería serlo, que el régimen que particularmente conviene a un pueblo
representa una adaptación a las particularidades de ese pueblo y, por
lo tanto, debe ser inadaptable en principio a las particularidades, for­
zosamente diferentes^ de otro pueblo cualquiera. Aparte de ésta, hay
otra razón de más peso. Sólo puede ser universalmente aplicable lo
que "fes universalmente verdadero, esto es, un hecho científico. Ahora,
en materia social^no hay hechos científicos. La única cosa cierta en
“ciencia social” es que no hay ciencia social. Desconocemos por com­
pleto lo que sea una sociedad; no sabemos cómo se forman las socie­
dades, ni cómo se mantienen, ni cómo declinan. Hasta hoy no se ha
descubierto una ley social única; sólo hay teorías y especulaciones que,
por definición, no son ciencia. Y donde no hay ciencia no hay uni­
versalidad. El constitucionalismo inglés, u otra teoría social cualquiera,
es por lo tanto inaplicable a la generalidad de los pueblos; conviniendo
sólo, por ventura, al pueblo donde apareció y donde, por lo tanto, es
en cierto modo natural. No obstante, lo que falta saber es si en el pro­
pio pueblo inglés el constitucionalismo inglés da buen resultado. Si
no lo diera, las dos tesis se derrumban, puesto que lo que es malo
donde es natural- aunque viable por ser natural- será dos veces malo
donde sea artificial, pues ahí ni siquiera será viable. Esto nos lleva,

— 293—
pues, al examen de la segunda creencia de la superstición constitucio­
nal: la de que el constitucionalismo inglés realmente representa la pro­
yección política de la opinión pública.
Esa creencia la va a desmentir por nosotros, y mejor de lo que no­
sotros lo haríamos, un inglés moderno, hombre culto y experimen­
tado, político por herencia y por vocación. Así dice Lord Hugh Cecil,
hijo del Marqués de Salisbury,373 en las páginas 235 y siguientes de
su libro titulado Conservatismo:

“Se toma altamente interesante e importante inquirir dónde está


el centro del poder que domina, en última instancia, la Casa de
los Comunesy la autoridad ilimitada que, por la Constitución, esa
Casa ejerce. Es interesante e importante, aunque no muy sencillo.
Sepuede decir que elpoder está en el Gabinete, esto es, en los quince
o veinte hombrespredominantes delpartido en mayoría.
Pero eso no siempre será verdad. A vecespuede haber discordan­
cias en el Gabinete. ¿Cuál es la fuerza que entonces determina que
la decisión se tome en un sentido o en otro? O, todavía, aparecerá
a veces en el Gabinete una cuestión para decidir, y traerá ya una
solución tan fuertemente apoyada por elpartido, que el Gabinete
se vea obligado a adoptar esa solución. ¿Dónde está elpoder a l cual
hasta el Gabinete tiene que obedecer? La mejor respuesta es que la
autoridad suprema en un partido en general es ejercidapor los más
enérgicosy activos de los organizadorespartidarios bajo la dirección
de uno o dos de losprincipalesjefes delpartido.
A veces eljefe nominal delpartido está entre estos hombres, otras

373. Hugh Richard Hcathcote Gascoyne-Cecil, lst Barón Quickswood PC (1869-


1956): llamado Lord Hugh Cecil, fue un destacado político del British Conservative
Party; Pessoa se refiere a su libro: Conservatism, Home University Library, Williams and
Norgate, London, 1912, donde intentaba fundamentar el conservadurismo moderno a
partir del reaccionario Burke.

— 294—
veces, no. Pero ellos derivan su fuerza, no sólo de su situación per­
sonal, sino de que, de un modo u otro, influyen en lo que sepuede
llamar la Guardia Pretoriana del Partido, esto es, sus elementos
más activosy ardientes. Si esto es asi, tenemosgrandes razonespara
recelar. La Casa de los Comunes nombra a l Ejecutivo y tiene do­
minio absoluto sobre la legislación. E l partido en mayoría en la
Casa de los Comunes domina absolutamente la Casa de los Comu­
nes. Ese partido es, a su vez, dominado por sus elementos más ar­
dientes y enérgicos, bajo el comando de los políticos a quien ellos
son más afectos. Esto quiere decir que la suprema autoridad del Es­
tado está en las manos de los estadistas que más admirados son por
esos partidarios extremos. Es casi imposible concebir una forma
menos satisfactoria de gobierno. Esto, con todo, es la realidad. La
apariencia es que la Casa de los Comunes representa a l pueblo.
Pero, de hecho, elpueblo no tiene la voz dominante en la elección
de la Casa de los Comunes, ni dominio realsobre ella, una vez ele­
gida. Elpueblo tiene, en la práctica, sólo la libertad de escoger entre
Ids candidatos del partido que son ofrecidos a su elección. Son los
partidarios ardientes -la Guardia Pretoriana—quienes escogen a
los candidatos; los electores solamente tienen que determinar si quie­
ren ser representadospor el designado de los Pretorianos Conserva­
dores opor el designado de los Pretorianos Liberales o, en casos más
raros, pueden elegir a un candidato, no menos disciplinado, nom­
brado por el Partido Laborista. Los independientespueden propo­
nersey algunas veces seproponen, a elección. Pero las elecciones, en
las condiciones modernas, son a talpunto materia de organización
y mecanismo, que es en gran desigualdad que un candidato inde­
pendiente sepuede batir con los candidatos nombradospor lospar­
tidos. El triunfo de una candidatura independiente es la cosa más
rara de este mundo. La única verdadera influencia que tienen los
independientes radica en el deseo de losjefes partidarios de que ellos
obtengan votos. Pero hasta esto tiene en la práctica un alcance li-

— 295 —
mitado. Hay asuntos controvertidos sobre los cuales lospartidarios
ardientes, de un lado y de otro, sienten tan fuertemente que casi
nada les importa la opinión delpúblico no partidario. Y, cuando
la Casa ha sido elegida, la influencia de la opinión pública queda
igualmente limitada.
Alguna cosa se hará para obtener el apoyo en la próxima elec­
ción; pero, siempre que los hombres delpartido del gobierno real­
mente se empeñen en un asunto, correrán todos los riesgos para
imponer su política. Sobre toda lo harán cuando el asunto de que
se trate envuelva el crédito personal de uno de losjefes de su con­
fianza. El hechoformidable es que la más alta autoridad de nuestro
Imperio inmenso y único se encuentra alternativamente en las
manos de dos grupos de hombres vehementes, intolerantes y dese­
quilibrados. ”

Estas palabras tienen ya quince años, sin embargo valen hoy como
entonces; nada, salvo el crecimiento del Partido Laborista, existe de
nuevo en la situación que ellas describen, y ese crecimiento no pesa
sino en cambiar por “tres” la palabra “dos” al final del texto. Y estas
palabras son, no sólo las del político experto, por herencia y vocación,
como describimos a su autor, sino las de un hombre que es, él mismo,
político de partido. Es uno de los casos en que, contra la norma jurí­
dica, la confesión del reo tiene validez.
El reo, sin embargo, no confesó todo. Una polémica reciente y epi­
sódica, entre jefes liberales ingleses, trajo a la atención pública uno de
los puntos de la vida partidaria en que ordinariamente no se reparaba.
Es el de que los fondos del partido son secretos, secretos los nombres
de los individuos que frecuentemente contribuyen con grandes sumas
a las arcas del partido. Esto complica el asunto y la Guardia Preto-
riana. Quien contribuye con grandes sumas al cofre partidario raras
veces lo hará por convicción teórica. Lo hará, generalmente, con otras
miras. Y, puesto que dio, buscará que se haga aquello por lo que dio.

— 296—
El partido, o su Guardia Pretoriana, hará, puesto que recibió, por me­
recer lo que recibió. Así, en esta noche moral, pueden sutilmente es­
bozarse, y sutilmente infiltrarse en la sustancia política, orientadones
enteramente antinacionales; pues, como a este propósito se observó,
no sabiendo nadie quiénes son los principales financiadores de los
partidos, nadie tiene la certeza de que no estén vinculados a elementos
extranjeros, que impongan secretamente su política. No se alegue que
este estado de cosas nada tiene que ver con el constitucionalismo pro­
piamente dicho. El constitucionalismo comprende y propicia la exis­
tencia de partidos; estos partidos se hacen los unos a los otros una
guerra política; y la guerra política, como toda guerra, se asienta en
dos bases: dinero y secreto.
Es así, pues, como opera el constitucionalismo inglés en el país
donde es natural y, por lo tanto, en cierto modo orgánico; donde es
antiguo y, por lo tanto, aún más natural; donde se ha perfeccionado
más y, por lo tanto, donde debe estar más libre de errores. Y si así es
en este país, ¿como no lo será en los otros, donde no es natural, ni
antiguo, ni, por no ser antiguo, podría haber sufrido lo que propia­
mente se llama uqjperfeccionamiento?
En los países donde, como en Inglaterra, existe un ideal nacional,
y, en cierto grado, una opinión pública espontánea -aquella opinión
pública natural, orgánica, no electora, de la que hablamos más arríba­
los maleficios esenciales del constitucionalismo son minimizados. No
obstante, son minimizados por elementos externos, y no internos, a
él. La presión de un ideal nacional, si es fuerte y constante, se hace
sentir en el propio Parlamento, en los propios partidos, pues éstos
existen dentro de la nación; la presión de una opinión pública espon­
tánea, si es fuerte, del mismo modo que la sentían los reyes absolutos,
la sienten también Parlamento y partidos, quienes reculan, como lo
hacían los reyes, ante sus impulsos más evidentes. Así, pues, parece
que si el parlamento y los partidos pueden ser, como lo eran los reyes,
sensibles a las manifestaciones directas de la opinión pública, tanto

— 2 97—
da que haya reyes como Parlamento y partidos, parece que basta con
que haya ideal nacional, y que haya opinión pública verdadera, pues
éstos se harán sentir al Parlamento y a los partidos, y así los compele­
rán al recto camino. Infelizmente la analogía es errónea. El rey abso­
luto podía (con grave riesgo propio) contrariar el ideal de la Nación.
El rey absoluto podía (con cierto riesgo propio) contrariar la opinión
de su pueblo. Pero el rey absoluto no podía sofismar o pervertir ese
ideal o esa opinión, pues no tenía contacto interno con la opinión
pública, a la que no representaba y de la cual no dependía; y el ideal
nacional, en tanto que activo, no se manifiesta sino como una parte
de la opinión pública. Los partidos, sin embargo, como tienen un
ideal político distinto del ideal nacional (sin el que no serían partidos),
ora sobreponen aquél a éste, ora lo infiltran en éste, pervirtiéndolo de
esta manera. Aún más, los partidos, como tienen que tener la apa­
riencia de basarse en la opinión pública, buscan “orientarla” en el sen­
tido que desean, y así la pervierten; y, para su propia seguridad, buscan
servirse de ella, en vez de servir a ella y así la sofisman.
En Portugal no hay (como se dijo) ideal nacional, ni hay (como se
dirá) opinión pública. Recibimos así, en su plenitud, los maleficios
del constitucionalismo. Somos los perfectos constitucionalistas. Los
problemas nacionales suscitados por la presencia del constituciona­
lismo, si son graves en cualquier otro país, entre nosotros son gravísi­
mos. Tenemos que darles alguna solución, permanente o provisoria,
pero ciertamente inmediata.
Ahora, como según se vio en la trascripción hecha más arriba, el
mal del constitucionalismo está en su esencia, visto que es radical­
mente nocivo hasta en donde es natural, no hay otro remedio para
él, donde no sea natural, sino su simple eliminación. Pero, si lo eli­
minamos, ¿qué pondremos en su lugar? ¿Por qué norma gubernativa
lo sustituiremos? Donde hubiere un régimen, o la posibilidad inme­
diata de un régimen, intentaríamos extraer de la sustancia de ese ré­
gimen una norma gubernativa propia y especial. Pero donde, como

— 298—
en el Portugal presente, no hay régimen, ni la posibilidad inmediata
de que lo haya, la única solución es, eliminando el constitucionalismo,
no sustituirlo por cosa ninguna, parecida o diferente a él. En otras
palabras, hay que crear, hay que establecer como cosa definida, el Es­
tado de Transición (Estado de Transido).
Siendo el Estado de Transición, en materia nacional, la condición
de un país en el que están suspendidas, por una necesidad o compul­
sión temporaria, todas las actividades superiores de la Nación como
conjunto y elemento histórico, lo cierto es que no está suspendida la
propia Nación, que tiene que continuar viviendo y, dentro de los lí­
mites que ese estado le impone, orientarse lo mejor que pueda. Los
gobernantes de un país, en uno periodo de estos, tienen pues que li­
mitar su acción al mínimo, a lo indispensable. Ahora, lo mínimo, lo
indispensable socialmente, es el orden público, sin el que las más sim­
ples actividades sociales, individuales o colectivas, ni siquiera pueden
existir. Los gobernantes naturalmente indicados para un Estado de
Transición son, pues, aquellos cuya función social sea particularmente
la pffeservación del orden. Si una nación fuese una aldea, bastaría la
policía; como es uga nación, tiene que ser la Fuerza Armada completa.
Es esta la segunda Doctrina del Interregno, la segunda justificación
de la Dictadura Militar.

TERCERA JUSTIFICACIÓN DE LA DICTADURA MILITAR

Además de que el Portugal presente no puede tener vida institucional,


ni tampoco vida constitucional, no puede tener, aún, vida de opinión
pública. Así le falta también lo que es, no sólo el fundamento interno
de todo gobierno, sino, por una fatalidad histórica, el fundamento
externo de todo gobierno actual.
Hay sólo tres bases de gobierno: -la fuerza, la autoridad y la opi­

— 299—
nión. Cualquier forma de gobierno tiene que participar, para ser go­
bierno, de todas ellas: sin fuerza no se puede gobernar, sin opinión
no se puede durar, sin autoridad no se puede obtener opinión. No
obstante, a pesar de que cualquier gobierno participe de todas, habrá
una de ellas en la que más particularmente, más distintivamente, se
apoye.
El gobierno típicamente de fuerza, existe sólo en las sociedades
bárbaras o semi bárbaras; regresa atípicamente en los episodios dic­
tatoriales de las sociedades civilizadas. Es el gobierno en que se ex­
presan aquellas civilizaciones en formación, en las cuales el estado de
guerra aún es la condición normal y constante; por eso también ca­
racteriza aquellos periodos de las civilizaciones formadas, en los que
el estado de guerra, civil u otra, resurge. Al gobierno de fuerza lo su­
cede, en la línea de cambio de las cosas, el de autoridad: la autoridad
es la fuerza consolidada, trasladada, la fuerza vuelta abstracta, por así
decirlo. La estabilización de los gobiernos de fuerza los convierte, pa­
sado el tiempo, en regímenes de autoridad (regimes de autoridade).
Pero la autoridad no dura siempre, porque nada dura siempre en este
mundo. Siendo la autoridad un prestigio ilógico, llega el tiempo en
el que, degenerando ella como todo, la inevitable crítica humana no
ve en ella más que la ilógica, visto que el prestigio se perdió. Así, en
el decurso de las civilizaciones, se llega a un punto en que -separa­
damente de los recursos no caracterizados de la fuerza- se tiene que
establecer, o tratar de establecer, un sistema de gobierno fundado en
la opinión, pues no queda otro fundamento para la existencia de un
gobierno.
Europa, y nosotros con ella, siguió este curso fatal. Nos confronta
a todos con un problema político: extraer de la opinión un sistema
de gobierno. No tenemos otro recurso. No podemos recurrir a la
fuerza, porque la fuerza, en una sociedad formada, no es más que
un freno, aplicable solamente en los momentos de peligro y en los
descensos; si quisiéramos sistematizarla pagaremos el precio por el
que serán embargadas las sociedades en qué se pretende coordinar
lo ocasional, esto es, realizar una contradicción. No podemos recu­
rrir a la autoridad, porque la autoridad es increable e increíble, y la
tradición, que es su esencia, tiene por sustancia la continuidad, que
una vez rota ya no se repone más. Tenemos, pues, que encarar, por
necesidad histórica, el problema de extraer de la opinión pública un
sistema de gobierno. Si este es el problema, no supongamos que es
otro.
Para orientarnos hacia este fin, tenemos, primero, que ver en qué
consiste la opinión. Es lo que nunca hicieron ni los defensores ni los
críticos de los sistemas que en ella se fundan.
Toda opinión lo es de una de tres especies, conforme se asiente en
el instinto (o en la intuición), en el hábito, o en la inteligencia. Por
instinto se entiende aquel fenómeno psíquico, innegable, aunque di­
fícil de explicar, por el cual, en los animales llamados inferiores, la vi­
da se conserva certeramente sin muestras de “inteligencia41o, aun, de
condiciones anatómico-fisiológicas para la existencia de ella. En los
aniínales llamados superiores los instintos subsisten, pero son en ellos
perturbados poi^el hábito y por la inteligencia, que les son, a los ins­
tintos, diversamente antagónicos. En estos animales superiores, y no­
toriamente en el hombre, aparece, todavía, una forma superior del
instinto, que llamamos intuición: de ella proceden los fenómenos, ex­
traños aunque reales, a los que por comodidad se llamó supranormales
-las corazonadas, el espíritu profético (espirito profético). La intui­
ción, operando como instinto, porque es instinto, usurpa, y muchas
veces supera, las operaciones de la inteligencia. Los fenómenos del
instinto y de la intuición han preocupado, más que otros cualquiera,
a la ciencia psicológica; se afirmó ella ya en la certeza de que el campo
de lo que denominó subconsciente es muchísimo más vasto que el de
la razón y que el hombre, verdaderamente definido, es un animal irra­
cional.
Sólo por orgullo o prejuicio se puede dejar de ver que la inteligen­

—301—
cia es -como Huxley374 abusivamente suponía que era la simple con­
ciencia- un epifenómeno. Esto es, la inteligencia no hace sino reflejar,
haciéndolos claros para nosotros y, por medio de la palabra, para otros,
los instintos oscuros, las instancias intuitivas de nuestro tempera­
mento.
Por hábito se entiende aquella disposición que es, en su origen, de
índole contrario del instinto, extraña al individuo, siendo derivada de
un ambiente cualquiera. Los prejuicios, las creencias, las tradiciones
-todo cuanto, sin proceder de la inteligencia tampoco proceda del
instinto—se derivan del hábito. Muchas veces es difícil distinguir una
opinión que procede del instinto de una procedente del hábito, por
eso el hábito es un instinto postizo o artificial: una “segunda natura­
leza”, como con razón se le llamó.
Las manifestaciones de estas cuatro clases de opinión se diferencian
entre sí de la siguiente manera: el instinto simple es instantáneo y sin­
tético, es individual y tiene por objeto solamente cosas concretas; es
centrípeto, o egoísta, pues forzosamente lo ha de ser aquello que sea
a un mismo tiempo individual y concreto. El instinto superior, o in­
tuición, difiere del instinto simple en que puede tener por objeto lo
abstracto y lo indefinido, y en que, en la medida que lo tenga, dejará
de ser centrípeto o egoísta. El hábito es igual al instinto simple, salvo
en no ser individual, aunque tenga también lo concreto y lo definido
por objeto. La inteligencia es analítica, es individual y tiene por objeto
lo abstracto. En toda opinión participa una parte de cada uno de estos
elementos, pues en la vida todo es fluido, mezclado, incierto, difícil
de analizar de forma sumaria e imposible de analizar hasta el fin.

374. Pessoa poseía en su biblioteca el libro de Aldous Huxley Do whatyou will: essays;
London; Chatto and Windus; London, 1929; además había estudiado con detenimiento
el libro escolar del antropólogo, esotérico y banquero Edward Clodd sobre la historia del
pensamiento evolucionista; Pioneers ofevolution from Thales to Huxley. With an interme­
díate chapter on the causes ofarrest ofthe movement, Watts, London, 1904; de Clodd Pessoa
poseía la mayoría de sus libros.

— 302—
Pasando ahora de considerar la opinión simple, para atender a lo
que nos interesa, que es la opinión colectiva o “pública”, desde luego
vemos que ella tiene que asentarse o en el hábito o en la llamada in­
tuición. En el instinto simple no puede asentarse, porque éste es sólo
individual -de la vida, no de la sociedad. En la inteligencia tampoco
puede fundarse, porque la inteligencia, por ser la expresión del tem­
peramento, es, por eso mismo, la expresión de instintos, de hábitos y
de intuiciones y ello nos excusa de tener que atenderla, pues debemos
atender a aquello de lo que es espejo.
El concepto vulgar de democracia, aquel que pretende basar la
opinión pública en la suma de las opiniones individuales proporcio­
nadas por las inteligencias, lo cual supone que una sociedad numé­
ricamente más culta (no sólo más culta en sus representantes
superiores) se orienta y gobierna mejor que una sociedad cuantitati­
vamente menos culta, es un concepto forzosamente erróneo. Se
añade que, como no"hay ciencia social, no puede haber cultura so­
ciológica. Si la hubiese, ¿cómo podría haber, sobre los puntos más
simples y esenciales de la vida social, divergencias de opinión entre
hombres de may^r cultura? ¿Cómo es que la cultura en general, y la
cultura sociológica en particular, orientan socialmente, si el profesor
A., de la Universidad de X, es conservador, el profesor B., de la Uni­
versidad de Y, es liberal, y el profesor D., de la Universidad de Z, es
comunista? ¿De qué les sirve la cultura si entre sí divergen en un con­
greso, igual que tres obreros en una taberna? Lejos de, como se dice,
la “democracia sin luces” ser un “flagelo”, es precisamente la de­
mocracia con luces la que sí lo es. Cuanto mayor es el grado de cul­
tura general de una sociedad, menos se sabe orientar, pues la cultura
necesariamente se quiere servir de la inteligencia para fundamentar
opiniones, y no hay opinión que se funde en la inteligencia. Se
asienta o se funda en el instinto, en el hábito, en la intuición, y la
intromisión abusiva de la inteligencia no altera eso, sólo lo perturba.
La democracia moderna es la sistematización de la anarquía.
Aún más, sucede en cuanto a la inteligencia que, como es analítica,
es desintegrante; como es abstracta, y por eso fría, es incomunicativa;
y como es la expresión de un temperamento, y el temperamento es
individual, distancia a los hombres en vez de acercarlos. El hábito, al
contrario, “se pega”; sobre todo “se pega” un hábito social. La intui­
ción también se transmite -se transmite por una emisión indefinible,
un “fluido” (fluido), como ya se le llamó, habiendo quien cree, acaso
con razón, que no sólo es real, sino material. Así, pues, es sólo en el
hábito o en la intuición, que la opinión pública se puede fundar. Y,
de hecho, se funda en ambas. En el hábito se basa aquella opinión
pública que, con razón en el término, llamamos conservadora. La
razón de ser conservador es la misma razón por la que no se puede
dejar de fumar. Hay, no obstante, una diferencia que en cierto modo
justifica el recelo a lo nuevo que constituye la esencia del conserva­
durismo. Quien deja de fumar, y se siente mal con hacerlo, puede
volver a fumar. Pero un hábito social, esto es, una tradición, una vez
rota, nunca más se restituye, porque es en la continuidad donde está
la sustancia de la tradición. Además, como nadie sabe lo que es la so­
ciedad, ni cuáles son las leyes naturales que la rigen, nadie sabe si un
cambio cualquiera no irá a infringir esas leyes. Con igual recelo se
fundamentan las supersticiones que solamente los idiotas no tienen:
con el recelo de infringir leyes que desconocemos, y que, como no las
conocemos, no sabemos si no obrarán por vías aparentemente absur­
das. La tradición es una superstición.
La opinión de hábito es la que mantiene y defiende las socieda­
des; equivale a la fuerza que, en el organismo físico, resiste a la desin­
tegración. La opinión de hábito obra siempre de este modo
restrictivo; unas veces es útil porque obstruye la decadencia, otras
es nociva, porque obstruye el progreso. Sin la opinión de hábito no
existirían naciones, pues una nación no es sino un hábito. Pero con
sólo la opinión de hábito no existirían naciones progresistas, ni exis­
tirían naciones, pues no se habría progresado hasta su fundación.

— 304—
La tradición más antigua de cualquier nación es el no existir.
En la intuición -que, al contrario del simple instinto, ve, como la
inteligencia, el futuro y no sólo el pasado- se fúnda aquella opinión
que promueve el progreso de las sociedades, pero si la opinión de há­
bito no la equilibrara, produciría la desintegración de las sociedades.
Toda fórmula social nueva es elaborada e impuesta por la intuición,
aunque la sobreposición de la inteligencia perturbe y corrompa su ex­
presión. Por la exclusión de partes se ve que es elaborada e impuesta
por la intuición. El instinto nada tiene que ver con ella. El hábito se
le opone. La inteligencia, por sí sola, no tiene ciencia social que la
fundamente para suponerla buena o viable, ni experiencia social (en
vista de que ella es nueva) en que fundarse para eso. Sólo la intuición
-la fe, si se quiere- puede creer en la virtud y en la viabilidad de lo
que aún no se experimentó. Por eso puede decirse con razón que toda
opinión anticonservadora es un fenómeno religioso; que todo partido
anticonservador es ún gremio místico.
Toda vida consiste en el equilibrio de dos fuerzas, la de integración
y l^de desintegración -el anabolismo y el catabolismo de los fisiólo­
gos. La sola integración no es vida; la sola desintegración es muerte.
Las dos fuerzas opuestas viven en perpetua lucha y es esa perpetua
lucha la que produce lo que llamamos vida. La guerra, dice Heráclito,
es la madre de todas las cosas.375 Pero para que la vida subsista es ne­
cesario que las dos fuerzas opuestas sean de intensidad prácticamente
igual; que se opongan, que se combatan, pero que ninguna prevalezca
sobre la otra. La vida es la única batalla en que la victoria consiste en
no haber victoria alguna. Eso es el equilibrio; y la vida es una media
entre la fuerza que no quiere dejar de vivir y la fuerza que la quiere
matar: la diagonal de un paralelogramo de fuerzas, distinto de las dos
y por ellas compuesto. Si así es en la vida individual, así será en la vida

375. La frase de Heráclito es: “La guerra es el padre de todas las cosas”, aunque Po­
temos se emparentaba a Zeus en el contexto del fragmento.

— 305—
social, que también es vida. La vida social consiste en el equilibrio de
dos fuerzas opuestas, que ya vimos cuáles son. Las dos fuerzas tienen
que existir para que haya equilibrio y, aunque lo haya, tienen que ser
opuestas. Un país unánime en una opinión de hábito no sería país,
sería ganado. Un país que concuerde en una opinión de intuición, no
sería país, sería sombras. El progreso consiste en una media entre lo
que la opinión de hábito desea y lo que la opinión de intuición sueña.
Figuró Camóes,376 en las Lusíadas, en el Velho do Restelo la opinión de
hábito; en Gama377 la opinión de intuición. Pero el Imperio Portugués
no fue la ausencia de imperio que el primero deseara, ni la plenitud
de imperio que el segundo soñara. Por eso, para mal o para bien, el
Imperio Portugués pudo ser.
El equilibrio de las fuerzas vitales, sin embargo, no procede sólo
de su igual intensidad, sino también de su igual dirección, en la que,
de cierta manera, esa igual intensidad se funda. Las dos fuerzas tienen
en común el ser la misma fuerza, que es el organismo en que viven y
al que diversamente sirven para mantenerlo. Todo lógico sabe que,
para que haya contraste entre dos ideas, tiene que haber identidad en
el fundamento de ellas. Mejor dicho: para que dos especies se opongan
mutuamente, tienen que ser especies del mismo género. Puede opo­
nerse lo negro al blanco, porque ambos son colores. No puede oponer­
se lo negro a un triángulo porque uno es especie del género color y
otro es especie del género forma. Así, para que en las fuerzas vitales se
pueda dar oposición con equilibrio, es necesario que, en el fondo,
pertenezcan al mismo género, lo que, en materia de fuerzas, quiere
decir que tiendan hacia el mismo fin. Ese fin, puesto que existen en
el mismo organismo, y tienen, por decirlo así, una identidad de loca­

376. Luís Vaz de Camóes (1525-1580): poeta portugués considerado el más impor­
tante de la Literatura nacional; la obra Os Lusíadas de 1572 es considerada la epopeya
nacionalista portuguesa por excelencia centrada en Vasco da Gama y modelo para Men-
sagem de Pessoa.
377. Por el navegante portugués Sebastian Vasco da Gama.

—306—
lización, es la vida de ese organismo. Si la fuerza de integración, que
es por naturaleza centrípeta, se localizara en ciertos puntos u órganos,
el organismo sufriría una disolución o desvitalización, pues los puntos
libres quedarán expuestos a una desintegración completa. Si la fuerza
de desintegración que por naturaleza es centrífuga, excediera su límite
orgánico, el organismo quedaría dominado por la fuerza opuesta y
del mismo modo sufriría la muerte o la desvitalización. Como en lo
individual, así en lo social. Si la opinión de hábito tuviera en vez de
un fin nacional un propósito menos que nacional -provincia, clase,
familia...- arruinaría a la sociedad porque la dejaría libre a la opinión
de intuición, que establecería el caos en los otros elementos sociales.
Si la opinión de intuición tuviera un propósito más que nacional -hu­
manidad, civilización, progreso... - igualmente arruinaría a la sociedad,
pues la dejaría a merced de la opinión de hábito, que se apoderaría
de todos sus otros elementos.
En el fondo, como" se trata de un sistema de fuerzas, a una acción
corresponde siempre una reacción igual. A una acción excesiva co­
rresponderá, pues, una reacción igualmente excesiva y, como péndulo
que oscila demasiado, el sistema acabará por detenerse. Tenemos ejem-
*Vc*
píos de los dos casos en los estados, paralelos aunque inversos, de la
vida portuguesa bajo los Braganza,378 y de la vida presente de Rusia.
En ese periodo nuestro vivimos concentrados en la tradición, en nues­
tra vida familiar, provincial y religiosa; sucedió que nos desnacionali­
zamos completamente en nuestra administración, en nuestra política
y en nuestra cultura. En el presente periodo de Rusia, en que la opi­
nión de intuición ha excedido enteramente la nación en favor de una
entidad socialmente mítica llamada “humanidad”, la opinión de há­
bito estableció una reacción igualmente fuerte, reculó más allá de la
familia, de la provincia, de la religión tradicional y se quedó en el úl­

378. La dinastía de Braganza (o Brigantina) fue la cuarta dinastía de reyes portugue­


ses, que reinó entre 1640 y 1910.

— 307—
timo elemento social, el individuo, que, como tal, es sólo un animal.
Así, en virtud de la reacción excesiva que provoca, toda doctrina social
extrema produce resultados diametralmente opuestos a los que pre­
tende producir. El tradicionalismo orgánico produce extranjeros; el
progresismo orgánico produce animales. Es en la comunidad del con­
cepto de nación donde está la base para la lucha provechosa, porque
el equilibrio íntimo resulta de las fuerzas sociales opuestas. En el caso
notable del inicio de nuestros Descubrimientos, la opinión de hábito
se oponía a su novedad, la de intuición la promovía; sin embargo,
una y otra no pensaban fuera del ideal de grandeza patria, o sea, en el
fondo, del ideal de imperio. Así pudo el Imperio portugués, cuando,
para bien o para mal, llegó a ser, ser informado por toda el alma de
Portugal.
Ya anteriormente esbozamos, con un simple ejemplo ocasional,
cuál es la situación actual de Portugal en cuanto a su opinión pública.
Encerrados, desde los Felipes,379 en el liberalismo, en una estrecha tra­
dición familiar, provincial y religiosa; animalizados en las clases medias
por la educación de los frailes, y, en las clases bajas, bestializados por
el analfabetismo que caracteriza a las naciones católicas, donde no es
necesario conocer la Biblia para ser cristiano: desarrollamos en las cla­
ses superiores, donde principalmente se forma la opinión de intuición,
la violenta reacción correspondiente a esta acción violenta. Desnacio­
nalizamos nuestra política, desnacionalizamos nuestra administración,
desnacionalizamos nuestra cultura. La desnacionalización estalló en
el constitucionalismo, dádiva que, a cambio, recibimos de la Iglesia
Católica. Con el constitucionalismo se dio la desnacionalización casi
total de las esferas superiores de la Nación. Se produjo la reacción
contraria, y, del mismo modo que en la Rusia de hoy, aunque en
menor grado, la opinión de hábito reculó más allá de la provincia,
más allá de la religión, en muchos casos más allá de la familia. Surgió

379. Váese, utsupra, nota 66.

— 308 —
la contra-reacción: vino la República y con ella la completa extranje-
rización. Volvió a producirse el movimiento contrario; estamos hoy
sin vida provincial definida, con la religión convertida en superstición
y en moda, con la familia en plena disolución. Si damos un paso más
en este juego de acciones y reacciones, llegaremos al comunismo y a
comer raíces -por lo demás, fin natural de ese sistema humanitario.
Este es el estado actual de los dos elementos que componen la opi­
nión pública portuguesa.
Ahora, en un país en que esto se da, y en el que todos sienten que
se da, en un país donde, además de no poder haber régimen legítimo,
ni constitución de cualquier especie, no puede, todavía, haber opinión
pública en que ellos se fundamenten o con la que se regulen, en ese
país todos los individuos, y todas las fuerzas de consenso, apelan ins­
tintivamente o al fraude o a la fuerza, pues, donde no puede haber
ley, tiene el fraude, que es el sustituto de la ley, o la fuerza, que es la
abolición de la ley,"necesariamente que imperar. Ningún partido
asume el poder con lo que se le reconozca como derecho. Toda situa-
cióh de gobierno en Portugal, después de la caída de la monarquía
absoluta, es sustancialmente un fraude. El fraude es penalizado por la
ley; sin embargo, cuando el fraude se apodera de la ley, tiene que apli­
carla con la simple fuerza, que es el fundamento de la ley, porque es
el fundamento de su cumplimiento. En esto se funda el instinto que
promueve nuestras constantes revoluciones. Ellas nos han hecho des­
preciables ante la civilización porque la civilización es una bestia. Con
todo, nuestras revoluciones son, en cierto modo, un buen síntoma.
Son el síntoma de que tenemos conciencia del fraude como fraude, y
el principio de la verdad está en el conocimiento del error. Si, todavía,
rechazando el fraude como fundamento de algo, tenemos que apelar
a la fuerza para gobernar el país, el remedio está en apelar clara y de-
finidamente a la fuerza, en apelar a aquella fuerza que pueda ser con­
gruente con la tradición y la consecución de la vida social. Tenemos
que apelar a una fuerza que posea un carácter social, tradicional, y

— 309—
por ello que no sea ocasional y desintegrante. Sólo hay una fuerza con
ese carácter: es la Fuerza Armada.
Es esta la tercera Doctrina del Interregno, la tercera y última jus­
tificación de la Dictadura Militar.

SEGUNDO AVISO

Llegados a este punto, a quienes lean este opúsculo les parecerá que,
para justificar la Dictadura Militar, no era menester que lo hiciésemos
con más que uno solo de los fundamentos expuestos, ni que, en todos
ellos, empleásemos razones con tal desenvolvimiento. Hay que expli­
car, no obstante, que el triple carácter de la justificación, así como
todos sus pormenores, tienen un designio más amplio que el de sólo
justificar. Para explicarlo y definirlo, dividamos en tres razones el re­
lato de lo que nos propusimos.
En primer lugar, seamos claros en cuanto a la naturaleza de lo jus­
tificado. Repetiremos lo que ya dijimos. Este opúsculo contiene una
justificación completa de la Dictadura Militar en el Portugal presente.
Con eso, justificamos la Dictadura de hoy, en sus fundamentos. No
hablamos, sin embargo, particularmente de ella. Ninguna considera­
ción particular vino a nuestro argumento, que era general. Probamos
que hoy es legítima y necesaria una Dictadura Militar en Portugal; tri­
plemente lo probamos. Si esta (Dictadura) que es, está compuesta
como conviene que lo esté, o si se orienta como conviene que se orien­
te, o si subsistirá como conviene que subsista —todo eso es extraño a
nuestra demostración. Si mañana la Dictadura Militar cae, no caerá
con ella su justificación. El ser necesario de una cosa no implica ni que
exista, ni que, existiendo, subsista; implica solamente que es necesaria.
En segundo lugar, el fin principal de este opúsculo está, no en él,
que es sólo introductorio, sino en las tres partes siguientes del libro

— 310 —
del que él es la primera. Sin embargo, como es introductorio, en él se
debían esbozar no sólo las materias por cuya división ellas son tres,
sino, más particularmente, las bases de esas materias De la segunda
sección de este opúsculo surgirá la segunda parte del libro, de la tercera
la tercera, de la cuarta la cuarta; la quinta, ya lo dijimos, no será más
que el epílogo. En la sección segunda establecimos la importancia del
ideal nacional; de él, de su naturaleza en Portugal, y de su preparación
aquí, tratará la segunda parte del libro. En la sección tercera estable­
cimos la inviabilidad del constitucionalismo inglés; del constitucio­
nalismo viable, que debemos crear para sustituirlo, tratará la tercera
parte del libro. En la sección cuarta establecimos la definición de opi­
nión pública; de cómo la podremos establecer y radicar en Portugal
tratará la cuarta parte del libro. Así, de sección a parte de libro, todo
se liga, hasta numéricamente.
En tercer lugar, teniendo en este opúsculo esbozadas las materias
de esas tres partes, y definidas sus bases, en ninguna sección, sin em­
bargo, definimos las mismas materias, lo que haremos en las partes
del libro en que se las refieran. No dijimos en la sección segunda en
qué consistía un^deal nacional, ni en qué debía consistir el nuestro;
en la segunda parte del libro, que trata de la Nación Portuguesa, lo
haremos. No dijimos en la sección tercera en qué consistía la esencia
del constitucionalismo inglés; en la tercera parte del libro, que trata
del Estado Portugués, lo definiremos para después aplicarnos en la
constitución propia de ese Estado. En la sección cuarta, sí, de hecho,
definimos en qué consiste la opinión pública, de modo que en la
cuarta parte del libro no tendremos que definirla a ella, sino a las con­
diciones sociales necesarias para su existencia; de la Sociedad Portu­
guesa tratará esa cuarta parte. Tampoco dijimos en la sección segunda
cómo se extraía el ideal nacional de un régimen, ni a qué ideas con­
venía éste o aquel régimen; tampoco dijimos, en la sección cuarta,
cuál es la manera de hacer entrar en una constitución política o sis­
tema de gobierno, la opinión pública de una sociedad: todo esto for­

—311—
mará parte, no de la segunda o de la cuarta, sino de la tercera parte
del libro. Como es la que trata del Estado, en ella se proyectan las
conclusiones políticas, corolarios de la segunda, que trata de la Na­
ción, y de la cuarta, que trata de la Sociedad; pues en el Estado, que
es la inteligencia del país, se proyectan los instintos, que forman la
Sociedad, y los hábitos, que constituyen la Nación.
Son estos los fines, inmediatos y mediatos, del presente opúsculo,
que en este punto concluimos. Lo que en él escribimos (de menor
monta, con todo, que lo que escribiremos en el propio libro) lo dis­
tingue, en la amplitud y precisión de los conceptos, en la lógica del
desarrollo, y en la concatenación de los propósitos, de cualquier es­
crito político hasta hoy conocido. No hay hoy, en nuestro país o en
otro, nadie que tenga alma y mente, combinándose, para componer
un opúsculo como éste. De esto nos enorgullecemos.380

380. En una carta dirigida a JoSo Gaspar Simóes el 14 de Diciembre de 1931, Fer­
nando Pessoa “explica” esta última frase: “La frase pertenecía a El Interregno en su forma
original de manifiesto anónimo. El Ministerio del Interior impidió la salida del mani­
fiesto, a no ser que estuviera firmado y convertido en un libro -es decir, en folleto-, ya
que así no habría sido necesario (en aquel tiempo) pasar por la Censura que, habiendo
sido consultada sobre el manifiesto, había puesto varias objeciones a su publicación. En
la revisión que hice, de muy mal humor, ya que me aburrió mucho todo aquello de las
autoridades, me olvidé de quitar esa frase que, siendo una insolencia de blague en el ma­
nifiesto anónimo, no es más que una nota de mal gusto -del género Shaw o D ’Annun-
zio- en el folleto firmado. Nada más. Soy absolutamente incapaz de escribir, directa y
deliberadamente, una frase de ese tipo en circunstancias que no sean las de un lapsus,
como las que cito. Tengo empeño en destacar esto, no para evitarme una acusación de
narcisismo (que no es de lo más característico de mi espíritu, pero en fin, de eso no dis­
cuto), sino para no sentirme culpable de una nota de mal gusto y de falta de educación
que, en verdad, no calculé. Es una gaffe, si usted quiere (y sí querrá, porque lo es), pero
no es la mala educación narcisista que, sin esta explicación, se podría suponer”. Habría
que añadir que al referirse al “narcisismo”, Pessoa estaba aludiendo a un ensayo de Simóes
en el cual éste consideraba al narcisismo como un elemento intrínseco al proceso artístico
de Pessoa, así como a otra referencia anterior de Simóes sobre su presunta “megalomanía”.
Lo curioso, dice Simóes, es que él en ninguna parte se había referido específicamente a

—312—
Es esta la Primera Señal, llegada, como filé prometido, en la Hora
que se prometió.
Lisboa, Enero de 1928

esta “insolente” frase del Interregno. Cfr. Simóes, Joáo Gaspar, Vida y obra de Femando
Pessoa. Historia de una generación, FCE, México, 1996, pp. 449-450.
VI

Fascismo-Nacionalsocialismo
( 1921 - 1935 )
Nota introductoria

Aunque no existe un proyecto autónomo literario de Pessoa centrado


específicamente en el Fascismo (y luego en el Nacionalsocialismo), a
lo largo de su Nachlass se encuentran múltiples reflexiones, análisis
críticos e intentos de comprensión de este nuevo y conmocionante
fenómeno histórico de reacción política. A Pessoa, como gran inte­
lectual, no le resulta indiferente el surgimiento tanto ideológico, or-
ganizacional como político, de este conservadurismo revolucionario,
que tendrá muchos puntos de contacto y afinidades electivas, tanto
con su propia met^política como con la réplica portuguesa plasmada
en el Estado Novo de Salazar.

— 317—
J 381

La existencia del don de profecía es afirmada por muchos y negada


por muchos. En la mayoría de los casos, o bien el lenguaje profético
es tan oscuro que de él se puede hacer una aplicación para cualquier
hecho, o bien la abundancia de pormenores es tan grande que difícil­
mente se encontrará un hecho que no pueda ajustarse en uno u otro
de los pormenores. De suerte tal que el problema fundamental se en­
cuentra en él mismo. Los que afirman la existencia del don profético
señalan el hecho justificativo; los que niegan su existencia apuntan
que cualquier hecl^o, incluso aunque fuese contrario de lo que se dio
efectivamente, serviría igualmente, y por lo tanto con igual inutilidad,
de justificación.
Sin embargo, existen profecías que son simples y claras, como la
célebre cuarteta de las Centurias de Nostradamus,382 en que, con más
de dos siglos de antelación, el advenimiento de Napoleón se indica y
su carácter se define. Y la cuarteta comienza: “Un emperador nacerá
cerca de Italia” - Un Empereur naistraprés d’Italie...
Estas profecías que son claras versan sobre hechos generales. Son

381. Artículo escrito originalmente en 1935 para el Diário de Lisboa, pero censurado
por la Comisión de Censura del “Estado Novo”.
382. Se trata de la Centuria I, Cuarteta 60: “Un emperador nacerá cerca de Italia,/
Que será vendido muy caro al imperio,/ Dirán con qué gente se alia,/ Que les parecerá
menos príncipe que carnicero.”

— 319—
como pequeños artículos de una pequeña enciclopedia, que resumen
la historia en sentido inverso, esto es, antes de ella existir.
Hay, sin embargo, un caso curioso de profecía clara, que contiene,
con veintidós años de anticipación, no la indicación de hechos futu­
ros, sino el comentario justo y preciso sobre ellos, como si se supusie­
sen conocidos. Y ese vaticinio tiene todavía más curiosidad al no ser,
supongo, de un profesional de la profecía.
En el diario italiano Avanti!?Ki del 21 de Enero de 1913, viene in­
serto un artículo en el que se lee lo siguiente, que pido al lector que,
palabra a palabra, acompañe y medite:

“Estamos en presencia de una Italia nacionalista, conservadora,


clerical, que se propone hacer de la espada su ley, y del ejército ¡a
escuela de la nación. Prevenimos contra esta perversión moral: no
nos sorprende. Pero se equivocan los que piensan que esta prepon­
derancia del militarismo es señal defuerza. Las nacionesfuertes no
tienen que descender a una especie de carnaval estúpido a l que los
italianos hoy están entregados: las nacionesfuertes tienen el sentido
de las proporciones. La Italia nacionalista y m ilitarista muestra
que carece de ese sentido. Y es así que sucede que una miserable gue­
rra de conquista es celebrada como sifuese un triunfo romano... ”

Ignoro con qué propósito mediano se escribieron estas líneas. Lo


ignoro pero no importa. Son ellas el más justo, el más claro y el más
cruel comentario de cuanto hoy, veintidós años después, está aconte­
ciendo en Italia, o mejor dicho, con Italia.
El periodista casual encaja dentro de un atisbo de lo que es un ver­
dadero espíritu profético.

383. Periódico oficial del Partido Socialista Italiano, cuyo primer número apareció el
25 de noviembre de 1896; inspirado en el Vorwarts! de la socialdemocracia alemana, entre
sus colaboradores se encontraban Benedetto Croce y Arturo Labriola; uno de sus direc­
tores fue Benito Mussolini.

—320—
Felizmente el artículo está firmado, de suerte que no falta el nom­
bre, ni por lo tanto la honra. Del iluminado por esa súbita inspira­
ción.
El autor del artículo del Avanti! Es el Sr. Benito Mussolini.384
¡No haber fijado su residencia como profeta!...385

2386

Mussolini y Hitler se adhieren a la absoluta banalidad de sus ideas;


ellos no podrán ser populares (y lo son (...)) contrariamente. Salazar,
incontestablemente más inteligente que cualquiera de ellos, quiere
tener ideas y esto lo ha perdido en la estupidez y en la contradicción.
El también tiene ideas banales, pero ellas son banales en un nivel más
elevado. Hitler y Mussolini tienen ideas banales del hombre del pue­
blo; Salazar tiene ideas banales del hombre cultivado. Él ha llegado a
eso que los ingleses llartian tumbar una cosa entre dos bancos: su ba­
nalidad no llega a tocar al pueblo, ya que es de origen cultural; ella
repugna a las elites, ya que es la banalidad.387

El tío Mussolini, como cualquier inglés con razón de queja, escribió


una carta al Times?** El duce no sabe inglés, ni, por lo que parece, en­

384. En realidad no es un artículo sino la columna editorial de ese día: Avanti! N.


21,21 gennaio 1913, XVIII; ahora en: Mussolini, Benito; Opera omnia\ Dalla direzione
delT “Avanti!” alia vigilia della fondazione di “Utopia” (1 dicembre 1912-21 novembre
1913). Volume V; La Fenice, Firenze, 1963, p. 74 y ss.; Pessoa se informaba de los sucesos
italianos por noticias y transcripciones en los periódicos ingleses.
385. Fin de texto mecanografiado.
386. Texto en francés.
387. Fin de texto manuscrito.
388. Mussolini, en respuesta a las noticias críticas del corresponsal en Roma, envió
el 25 de junio de 1925 una misiva (telegrama en realidad) dirigida al director del Times

— 321—
contró a alguien que lo supiese responsablemente entre los cuarenta
millones de personas que componen su patria virtual y los tres millo­
nes que, por cómputo propio, forman su patria real.
La carta es notable, no por las afirmaciones -que son del género
de las que podría hacer el Sr. Lloyd George,389 o el Sr. Briand,390 o
cualquier otro Afonso Costa—,391 sino por el empleo destacado de la
palabra whereof, que quiere decir “de lo que”. De recordable nada más
dijo el lictor.392
El problema presentado por el fascismo es mucho más simple, y,
en su esencia, no nos es, a nosotros los portugueses, desconocido. El
pueblo italiano -que he de suponer que lo sea, y no fascista ni comu­
nista—recibió hace años, del lado derecho de la cara, la bofetada del
comunismo. El fascismo, para enderezar, le dio una bofetada, un poco
más fuerte, del lado izquierdo. No sabemos, ni tenemos medios de
saberlo, si el pueblo italiano aprecia más el tener que estar enderezado,
o neo-torcido, o las desventajas faciales del proceso empleado. Y resta

de Londres; Eie publicada el día 26 con el título: “Signor Mussolini and The Times”-,
ahora en: “Telegramma. Roma, 25 giugno 1925, ore 0.40”; en: Documenti diplomatici
italiani, settima serie: 1922-1935, IV (15 aprile-31 dicembre 1930), Ministero degli Af-
farí Esteri. Commissione per la pubblicazione dei documenti diplomatici; Istituto Poli­
grafía) dello Stato; Roma, 1975, p- 36.
389. David Lloyd George (1863-1945): político británico, liberal y hombre de es­
tado ; fue Primer Ministro del Reino Unido entre 1916 y 1922 y líder del Partido Liberal
de 1926 a 1931.
390. Aristide Briand (1862 -1932): político francés, diplomático y hombre de estado,
liberal, once veces presidente del Consejo, veinte veces ministro en diferentes carteras;
fue Premio Nobel de la Paz en 1926.
391. Véase, utsupra, nota 87.
392. Ironía pessoana sobre el fascio, símbolo fascista fundamental, ya que el lictor
eran funcionarios públicos que durante el periodo republicano de la Roma clásica se en­
cargaban de escoltar a los magistrados curules, marchando delante de ellos, e incluso de
garantizar el orden público y custodia de prisioneros, desempeñando funciones que hoy
podríamos identificar con la “policía local”, portando sobre el hombro izquierdo un haz
de ramas (fasces), en la que se encontraban insertas una o dos hachas, lo que simbolizaba
la capacidad del magistrado cum imperium para castigar y ejecutar.

— 322—
siempre el saber, en esta materia -como cada nueva bofetada es siem­
pre más fuerte que la anterior, para poder volver a enderezar-, en qué
momento se para la terapéutica equilibradora, y en qué estado queda
el equilibrado cuando el Destino por fin, se cansa del tratamiento.
Whereof...393

Cualesquiera que sean los defectos, que se puedan apuntar con razón
o sin ella, al fascismo, no puede ser acusado de plagio o de subordi­
nación a un maestro o a un modelo. Bueno o malo, es el pueblo. Y
esto lo afirma como un fenómeno de civilización, y no un espectáculo
de los alrededores y de las provincias.
La hipnosis de lo extranjero es una de las características distintivas
de las naciones que no son sino provincias. La hipnosis de las ciudades
es otro síntoma de provincianismo. Todo lo que se hace en París, por
estúpido que sea, es razón para actuar igual para los monos de Eu­
ropa?*
Cuando sucedióla guerra, como en Francia se constituyó una cosa
que se llamó Union Sacrée, luego los idiotas de aquí simularon la mis­
ma actitud y no pudieron dejar de simular también el mismo nombre
—la llamaron “Unión Sagrada”. No tuvieron inventiva para más. Y,
como hubo una (...), la idiotez correspondiente pasó a llamarse “Cru­
zada de Mujeres Portuguesas”, como si no existiese el diccionario. Del
mismo modo, los imbéciles que arrean a nuestro proletariado, como
encontraron una Confédération Générale du Travail ya bautizada en
Francia, no llevaron a la imaginación a más allá que traducir ese nom­
bre. No queríamos que esos pseudo-hombres (pseudo-homens) bus­
casen conscientemente un nombre portugués, ya que para ellos esto
es la “región portuguesa” de aquello a lo que -con una ingenuidad

393. Fin de texto mecanografiado.

— 323—
natural en quien no sabe leer, incluso siendo analfabeto-, llaman la
“humanidad”. Pero desearíamos ver el cerebro -hasta el cerebro de
ellos- usado para algo más que para equilibrar por peso el soporte na­
tural del sombrero.
Con razón repugna a la ciencia la descripción teológica del hombre
como “animal racional”. Para la mayoría de los hombres el cerebro es
una nueva especie de intestino grueso ciego, inútil salvo para que cues­
ten caras las operaciones de apendicitis.394

394. Fin de texto manuscrito.

—324—
“Mussolini es un loco”

Entrevista de Fernando Pessoa a Giovanni B. Angioletti


un “Camisa Branca” antifascista
(Diario “Sol”, Lisboa, 20 de Noviembre de 1926)
Nota introductoria

El 20 de Noviembre de 1926, casi seis meses después de la instaura­


ción de la Dictadura Militar, un nuevo diario llamado Sol de Lisboa
publicaba en la primera página un artículo-entrevista impactante, sin
firma periodística, titulado: “El ‘Duce’ Mussolini es un loco..., afirma
al ‘Sol’ un italiano culto que ama sinceramente a Italia”, conteniendo
una entrevista con un italiano anti-fascista de nombre Giovanni B.
Angioletti. Como copete del artículo se leía “Un camisa blanca”. El
entrevistado era identificado como un elemento rebelde, parte “no-
oficial de la coIorúl italiana” en Lisboa, sugiriendo que se trataba de
un exiliado político “que hace años residiría en Portugal”. El entre­
vistado era descrito como un intelectual orgánico, de gran relieve,
bien conocido en los círculos de resistencia al fascismo, incluso “co­
laborador del Mercure de Francia”; era calificado como uno “de los
enemigos de mayor estatura” del régimen fascista. En la entrevista,
Angioletti describía a Mussolini como un “loco paranoico”, un “pri­
mitivo cerebral” que había traicionado la misión civilizatoria y univer­
salista de Italia, guiado por un ideal muerto de “grandeza nacional”.
En cuanto al mismo fascismo, el entrevistado lo calificaba de “locura
contagiosa” y lo comparaba con “la locura danzante de la Edad Me­
dia”; en el prólogo de la entrevista, el periodista anónimo del Sol elo­
giaba a Angioletti por su inteligencia preclara y su lucidez avasalladora.
Dos días después, el 22 de Noviembre, el Sol publica un nuevo artí­

— 327—
culo en primera plana, titulado “fascistas italianos en Lisboa”, rela­
tando las reacciones a la entrevista por parre de la prensa portuguesa,
la propia dictadura militar y el cónsul italiano en Lisboa, quien declara
al Didrio de Noticias que el nombre del supuesto entrevistado italiano
no existía en los registros consulares, y el articulista transcribía una
carta enviada al diario, firmada por “G. B. Angioletti”, en la cual el
italiano confirmaba plenamente el tenor de sus declaraciones. Como
estamos viendo nos encontramos frente a una ficción de autor de Fer­
nando Pessoa que, según todos los indicios, no sólo forjó la entrevista
a un imaginario personaje que denominó Giovanni B. Angioletti, sino
además la posterior carta, todo ello con la complicidad del director
de Sol, Celestino Soares. La ficción político-literaria le habría servido
a Pessoa para expresar sus propias ideas sobre Mussolini, el fascismo
italiano y otros temas, haciendo de ventrílocuo de un hipotético gran
intelectual italiano, perseguido y exiliado, al estilo de los hermanos
Rosselli en Francia. No será ni la primera ni la última vez que Pessoa
asuma una identidad ficticia, ni la última en que autogenere una en­
trevista, con las preguntas, las respuestas y los comentarios del entre­
vistador. Una técnica que Pessoa ya estaba experimentando: en 1923
en un texto anónimo titulado “O Catolicismo imoral”, en la cual un
ficticio republicano portugués anticlerical atacaba sin piedad al mo­
nárquico Fernando Pessoa; y una técnica que por exitosa y provoca­
dora repetirá en el futuro: en el semanario Girasol-, en diciembre de
1930, presentará una entrevista a sí mismo, con un falso entrevistador
polémico, casi copiando el modelo de presentación literaria. Con
respecto al falso nombre del entrevistado, “Giovanni B. Angioletti”,
cuya “B.” nunca fue aclarada por el diario, existía en Italia un autén­
tico Giovanni Battista Angioletti, periodista, amigo de Curzio Mala-
parte, miembro del movimiento fascista, director en Praga del Istituto
di Cultura Italiana, todos ellos datos que lo hacían incompatible con
el Angioletti pessoano. El enigmático nombre sin embargo ya existía
en el complejo mundo de los heterónimos: en una suerte de tabía bi­

— 328—
bliográfica de las obras publicadas hasta 1926, Pessoa inscribe entre
sus alias el misterioso “G. B. Angioletti”, sin más datos; un segundo
escrito en el Nachlass inédito es una carta mecanografiada, firmada
con el nombre “G. B. Angioletti”, a un diario portugués desconocido,
redactada en francés y traducida al portugués: es, efectivamente, la
carta que fue publicada, en las dos lenguas, por el diario Sol el 22 de
noviembre de 1926; el tercer y último dato es un proyecto de 1928
de una compilación de sus ensayos titulado Episodios, en cuyo índice
tentativo (que reuniría estudios, prefacios, críticas y entrevistas) escrito
por el mismo Pessoa incluye como texto propio “Entrevista publicada
em SOL”. La entrevista con el ficticio “Giovanni B. Angioletti”, para
un lector atento, permite comprobar que las ideas expresadas por el
fantástico resistente italiano, coinciden, in toto, con la ideología de
Pessoa y su análisis del Fascismo, sobre el papel del Estado, de Europa,
sobre la crisis del Capitalismo, la aplicación de la Psiquiatría a lo po­
lítico e incluso su trásfondo ocultista-esotérico. El mascarón literario
repite, una a una, las mismas ideas pessoanas expuestas en textos de
la época, como en los que se refieren al “Quinto Império” o, en espe­
cial, en su respuesta a una encuesta sobre Portugal y el Imperio pu­
blicada unos meses antes en el diario Jornal do Comércioe das Colonias.
El momento escogido para esta compleja operación político-literaria
era singular y especial: el 17 de noviembre de 1926 había llegado a Lis­
boa un alto dirigente fascista italiano, que había participado en la mítica
Marcha a Roma en octubre de 1922, el diputado y coronel de las Ca-
micie nere Ezio Maria Gray (1885-1969), con la intención de fundar
un Fascio en la colonia italiana de la capital portuguesa, aconteci­
miento extensamente cubierto en los medios gráficos. Tal era su talla
en el régimen y su cercanía al Duce, que en 1927 editará un libro muy
popular, un auténtico lecturae Ducis, se trataba de IIpensiero di Benito
Mussolini. En cuanto al diario Sol, tuvo una existencia efímera en el
ambiente hostil y represivo de la dictadura militar: desde el 30 de Oc­
tubre hasta el 1 de Diciembre de 1926, era de tendencia republicana
y antifascista, y le sucederá un quincenal republicano del mismo nom­
bre. Al parecer Sol fue obligado a cerrar por la presión del mismo go­
bierno italiano, en la voz del nuevo embajador Cario Galli, por los
agravios sobre la aparente locura “paranoica” incurable del Duce apa­
recidos en esta entrevista. Pessoa publicó a lo largo de 1926, tanto en
el diario como en el quincenal, diversas colaboraciones firmadas, con
heterónimos (Alvaro de Campos) y anónimas, además de traduccio­
nes del inglés (cuentos policiales en entregas), incluso el último nú­
mero remataba el título de su primera página con una cita de “Mar
portuguéz”: ““E outra vez conquistemos a Distancia —// Do Mar, ou
outra, mas que seja nossa...” Se trata de una desconocida producción
literaria clandestina de Pessoa, incluso en Portugal, que nos muestra
su faceta crítica hacia la forma política del Fascismo italiano.

— 330—
Un “CAMISA BLANCA”

E l “D u ce ” M ussolini es u n l o c o . ..
A firm a al “SOL” u n italiano culto
Q ue ama sinceram ente a I talia

La llegada del coronel Gray, delegado fascista, a Portugal, y los repa­


ros, de varias órdenes, que tal llegada originó, nos llevaron a investi­
gar si habría en Lisboa, entre los sectores extra-oficiales (llamémoslos
así) de la colonia italiana, algún representante de los principios con­
trarios con autoridad moral y, sobre todo, de relieve intelectual, para
nosotros poder decir dos palabras dignas de imprimir sobre el fas­
cismo.
Aquella ocasión propicia que está siempre, debemos creerlo, al ace­
cho de las p e r s o n a s bienintencionadas, nos trajo inesperadamente a
nuestro conocimiento la existencia insospechada, en esta capital atlán­
tica, de una de las mayores figuras de Italia, y uno de los enemigos de
mayor estatura de las teorías y de la práctica (las teorías son varias y
la práctica una) del régimen del Fascio, el Sr. Giovanni B. Angioletti,
el bien conocido colaborador del Mercure de Frunce, y que hace años
que vive entre nosotros.
Conseguimos que nos llevasen ante su presencia, y pudimos inter­
cambiar con él las palabras precisas para reconocer, primero, que es­
tábamos delante de una de las inteligencias más lúcidas y más precisas
que hemos tenido la ocasión de encontrar; segundo, que era ése, en
verdad, el hombre que buscábamos.
Hicimos mal la pregunta. No podemos decir en verdad si llegamos
a pronunciar el nombre del coronel Gray. La respuesta surgió más en
relación con mucho de lo que pensamos que con lo poco que llegamos
a decir.

— Los italianos no son ridículos...


— No, los italianos, tenemos -permítame que lo diga- grandes cua­
lidades, pero el sentimiento del ridículo no se incluye entre ellas, ni
en ninguno de nuestros numerosos amigos, que Italia ha tenido siem­
pre en el extranjero, alguna vez se nos ha atribuido un humorismo de
inglés o una gracia de francés. Esto explica, sin más, misiones como
ésta, que el paranoico genial que hoy impera a través de esclavos au­
daces, en mi pobre Patria, arroja, para uso de caricaturistas sin tema,
sobre el mundo que, debo decirle, lo admira por lo que conoce de él,
y por lo que no conoce de él, ni de Italia.

— ¿Vuestra Excelencia dice “paranoico genial”? ¿Benito Mussolini


es un loco?
—Sí -genial como paranoico. Ello no excluye que se le pueda llamar
un gran hombre. A toda persona que se destaca del rebaño humano
se le puede llamar grande, por eso mismo que la destacó... Mussolini
es un loco -desafío a cualquier psiquiatra a negarlo- pero su locura,
como mucha gente no sabe, es contagiosa en muchas de sus formas,
y es precisamente en esas formas en las que más peligro puede existir
de contagio. El Fascismo es un caso como el de la locura danzante de
la Edad Media,395 que atacó a colectividades. En mi libro (aquí nues­
tro entrevistado equilibró, rápido, una hesitación, y, ocultando el tí­
tulo de su obra, reanudó) en mi próximo libro, yo explicaré...
(Y aquí se detuvo otra vez con un pequeño silencio...)

395. Pessoa se refiere al fenómeno de locura conocido como “Tarantismo”, que ocu­
rrió en julio de 1374 en la localidad alemana de Aachen, cuando una muchedumbre de
personas sucumbió al frenesí danzante del tarantismo durante horas, hasta quedar ex­
haustos o caer lesionados; “Tarantismo” porque se suponía que se debía a la picadura ge­
neralizada de una tarántula.

— 332—
EL PEOR MAL DEL FASCISMO

(El anti-fascista continuó, respondiendo, con una intuición casi de


brujería, a cuestiones que no habíamos preguntado)

Se ha dicho mucho contra el Fascismo. Pero lo que se ha dicho contra


el Fascismo es lo que menos importa decir contra él. ¿Violencia? Es
lo que tiene menos importancia real en el Fascismo. Todos los partidos
esforzadamente políticos la ejercen desde que las circunstancias socia­
les les garantizan la facilidad de cómo ejercerla y la impunidad después
de haberla ejercido. No: la violencia del Fascismo no tiene verdadera
importancia. Igual violencia, o casi igual, practicaron sus adversarios;
igual violencia, si no mayor, la practicarán mañana, si el Destino los
instigara con una ilusión llamada poder. Lo que tiene de verdadera­
mente grave el Fascismo no se encuentra en sus formas violentas...

— Comprendo. ¿Se encuentra en sus doctrinas?...


—No, no se encuentra en sus doctrinas. Está, esencialmente, en su
exaltación de Italia...

— ¿No me ha comprendido? No esperaba que me comprendiese...


Se lo explico, sin tomarme mucho tiempo; y, si quiere saber lo peor
contra el régimen fascista, ahora va a escuchar lo peor. Del Renaci­
miento para aquí el concepto de las funciones externas del Estado
evolucionó, y esa evolución es el fenómeno más característicamente
determinante de la evolución general de la humanidad. El Renaci­
miento, al mismo tiempo que clausuró la Edad Media, sintetizó su
experiencia; y nuestro sublime Dante es el ejemplo de ello en carne,
hueso y alma... Ahora bien, en el Renacimiento, como en la Edad
Media, el concepto de Estado, bárbaro y primitivo, era que el Estado,
o la Nación, existían simplemente para crear y mantener su propia

— 333—
grandeza. El progreso humano -se piense lo que se piense de él- des­
truye este concepto provinciano. Llegamos hoy a un nuevo concepto
de Estado. Ninguna nación tiene derecho a existir si no contribuye
con cualquier cosa al progreso general de la humanidad, si no es un
Imperio en el sentido más supremo del término -un foco de expan­
sión de ideas y de mejoras que beneficien a todo el mundo. Es éste el
destino que el Renacimiento talló para Italia -la Italia mártir, dividida,
más grande. La Italia unificada ha fallado en esta misión. Podemos
incluso pensar que la unificación fue un error... ¿Qué le ha dado la
Italia unificada al mundo? Nada. ¿Qué le ha dado el mundo a la Italia
dividida? Todo. Entonces el mal del Fascismo es que es la última con­
secuencia de la Italia unificada. Mussolini es, como todos los locos,
un primitivo cerebral. Revierte, por instinto nervioso, los conceptos
ya extintos en humanidad civilizada. No consigue elevarse por encima
del ideal muerto de la “grandeza nacional”. Italia para él lo es todo,
pero como Italia sola, y no como maestra y perfeccionadora del
mundo. Mussolini traiciona a Italia, y con ello ha traicionado a la ci­
vilización, porque Italia y la civilización son sinónimas...

.. .el Mundo es dirigido por fuerzas especiales...

Algo en el tono de nuestro entrevistado -una vacilación sutil, una


vaga indecisión- nos paraliza de repente. Y de repente preguntamos:

— Pero, ¿Mussolini será tan loco como dice? ¿Mussolini hará todo
esto por engaño, inconsciencia?

Por la cara del anti-fascista pasa algo que podría ser casi una sonrisa.
Pasa... y queda una expresión que es más de preocupación que de
tristeza. Yergue un poco la cabeza, que descansa, y dice:

— El mundo es dirigido por fuerzas especiales —incluso muy especia­

— 334—
les. De las cuales el Fascismo es apenas una mánifestación particular.
Entre lo que hoy pasa en China y lo que sucede hoy en Italia existe
una relación íntima que, en el fondo, y en los elementos verdadera­
mente dirigentes -no me estoy refiriendo ahora al pobre Duce- es
perfectamente consciente. Pido su atención para lo que le estoy di­
ciendo, y recuerde, de aquí a diez años, lo que hoy le dije... Usted es
joven; no podrá dejar de estar vivo a esas alturas.

—No entiendo...

El anti-fascista abrió un cajón, sacó de él una carpeta, y, de entre los


papeles que se encontraban en ella, escogió un recorte de un perió­
dico. A primera vista nos pareció que se trataba de un diario portu­
gués. En una segunda ojeada vimos que efectivamente lo era. El
recorte era de Informagüo,m diario del Sr. Homem Cristo Filho,397 de
la sección titulada “Ecos”, y decía, textualmente, lo siguiente:

EL GRAN LIBRO DE MUSSOLINI

La “Entente Internationale contre la 3.eme Internationale”,398 presti­


giosa organización antibolchevique, ha emitido ahora, desde su Secre­
tariado Español -Calle de Gaztambyde, 29, Madrid- una curiosísima
nota a la que damos inmediatamente una traducción rigurosamente
literal: Mussolini es un loco.
“Está despertando una gran curiosidad, en la intimidad de los círculos
diplomáticos europeos, el libro que, aparte de sus memorias, se dice
que está escribiendo el Sr. Benito Mussolini, primer ministro de Italia,

396. Diario fundado por Homem Cristo Filho, filofascista, inmediatamente después
del golpe militar del 18 de mayo de 1926 y que tuvo corta vida por sus críticas desde el
nacionalismo lusitano.
397. Véase, ut supra, nota 92.
398. En francés.

— 335—
como una nueva Mónita Secreta399 para los sub-jefes del movimiento
fascista. El libro se titula, según las mejores informaciones, E l Futuro
de la Anarquía, y será destinado, por lo que en sus páginas consta, a
demostrar que el Gran Dictador italiano no pretende, en el fondo,
sino crear una sociedad nueva en moldes que difieren de los soviéticos
apenas en dos cuestiones: Io, aquello que él llama “temporalidad del
principio autoritario”, que consiste en crear autoridad en cualquier
cosa ficticia, para de esta manera enfatizar la autoridad del organismo
social; 2o, lo que él designa como “la disociación del elemento coer­
citivo”, esto es, la creación de una “fuerza pública” distinta del ejército
y de la armada, de modo de establecer, según palabras textuales, “una
dualidad en la esencia coercitiva del Estado”. Estos espantosos y no­
vísimos principios, que, incluso enunciados así de manera resumida,
muestran la altura y la originalidad del altísimo espíritu del Duce, son,
por lo que parece, los que han guiado hasta ahora a la notabilísima
política del mayor líder de nuestros tiempos. Nos preguntamos si no
sería más conveniente, y más útil para todos, que el Sr. Mussolini en
vez de conservar secretos estos principios, los publicase francamente,
abriendo así una nueva era en la política europea, ya tan cansada de
fórmulas y de falsas interpretaciones.”

UNA NOTICIA QUE N O FUE D ESM ENTIDA...

—Pero, nos preguntamos, ¿qué quiere decir esto?, ¿la noticia fiie
desmentida?
El anti-facista encogió sus hombros.

399. “Mónita Secreta”: en la ideología de la conspiración, suerte de código de ins­


trucciones escritas al parecer por Claudio Acquaviva, quinto miembro superior de la
Orden de los Jesuítas, dirigido a sus superiores, para acrecentar el poder y la riqueza de
la organización religiosa. En realidad era un libro pre-fabricado por el sacerdote polaco
Jerome Zahorowski en 1612 para desprestigiar a los jesuítas, de donde había sido expul­
sado.

— 336—
— No fue, ni podía ser desmentida. Y no fue desmentida precisamente
porque no lo podía ser...

— Pero Vuestra Excelencia dice que Mussolini...


— Haga de cuenta que no dije nada... O mejor, haga de cuenta que
le dije apenas aquello que le vuelvo a repetir. El mundo está dirigido
por fuerzas especiales, de las cuales el Fascismo es apenas una mani­
festación particular.

—¿E Italia?
— Italia es eterna. Y la más sublime en las artes y la fecundadora de
las ciencias. Su esfuerzo arrancó a Europa de su propia bajeza y la
ungió con el óleo sagrado que otorga el conocimiento de la belleza y
la lujuria de la comprensión. Italia se encuentra por encima de los
Césares que salen de las alforjas, de los Gracos de pífano y tambor...
Italia fue grande, e Italia volverá a ser grande... Deje que concluya el
intervalo...
LA LOCURA DEL “DUCE”
Fascistas italianos en Lisboa
Un d e s m e n t i d o -l o s PRIVILEGIOS de CIERTA PRENSA
De n o c h e t o d a s l a s c a m i s a s ... s o n n e g r a s

Leemos en el Diário de Noticias de ayer, en la página cuatro, a propó­


sito de la salida hacia Madrid del fascista italiano Edgio400 Maria Gray
(oh! El nacionalismo romano de los Grays!...)401 lo siguiente:

“Del consulado de Italia en Lisboa nos escriben diciendo que


no existe en sus registros ningún italiano con el nombre de
aquel que concedió una entrevista a un colega nuestro del diario
de la mañana, sobre fascismo”

El “colega nuestro” -somos nosotros. La entrevista se titulaba “II


‘Duce’ Mussolini es un loco... El entrevistado dijo llamarse Giovanni
B. Angioletti; se refirió a sí mismo como colaborador del Mercure de
Frunce.
Tenemos una civilidad tradicional que nunca negó refugio o réplica
a quien la solicitara; tenemos una Ley de Prensa que otorga derecho
de réplica en el propio lugar en el cual se publicó el hecho controver­
tido. ¿Se ignora todo esto en el Consulado de Italia? ¿No tuvo el Sr.
Cónsul todavía la oportunidad de conocer nuestras costumbres y
nuestras leyes?

400. El nombre es incorrecto, se trata de Ezio.


401. Ironía pessoana sobre el apellido paterno de Gray, muy poco nacional e italiano.

— 338—
El Consulado nunca leyó el Mercure de Frañce. No nos compete a
nosotros el delatar a los agentes del Fascio italiano la presencia de ci­
viles perseguidos por el Duce. No será por vía de nuestro diario que
los “camisas blancas” se maquillarán de negro ni que el aceite de ricino
se suministrará como ridicula arma contra los adversarios que se aco­
gieran a la tradicional hospitalidad burguesa.
Estuvo en Lisboa el Sr. Gray. Se dio el extraño hecho de venir a
Portugal a realizar propaganda de la política interna de su país y de
escoger como lugar de esa campaña el edificio donde se va a instalar
la Legación de Italia.
Se anunció su conferencia sólo para italianos; pero a ella asistieron,
reportando el acto, los representantes de la prensa que merecía la con­
fianza o la consideración de los “camisas negras”.
En la entrevista publicada por nosotros lo que valía de la contes­
tación del representante italiano no era el nombre ni siquiera la per­
sonalidad del entrevistado. Las afirmaciones subsisten incontestadas
y sin discusión.
Paren las rotativas. Se les concede el derecho a réplica.

UNA CARTA DEL DR. ANGIOLETTI

Ya después de compuesto el artículo anterior, recibimos del Sr. Gio-


vanni B. Angioletti la siguiente carta, a la que damos inmediata pu­
blicidad, en el original y en la traducción literal que hemos hecho:

“Monsieur: —Revenu d ’un de ces petits voyages quej ’a i l ’habitude


defaire au Nord de votre beau pays, ce n ’est que ce moment méme
que je viens de lire l ’interview qu un de vos rédacteurs m ’a fa it
l’honneur de me demander. Je vous remercie vivement, tant des élo-
ges, vraiment excessijs, dont vous avez entouré mon nom encore
obscur, que de l ’exactitude absolue -verbale méme—qui est le trait
saillant de ¡a reproduction de ce queje vous ai dit.

— 339—
Je vous prie, toutefois, de rectifier une petite erreur, dontje ne
mexplique pas l ’origine. Je n ’a i jam ais collaboré au Mercure de
Frunce; je le lis méme tres rarement. Je me háte de vous signaler
cette erreur et de vous en demander la correction, parce qu ’ilpeut
sefaire qu ’ily ait en effet un Angioletti, ou quelque chose de sem-
blable, qui soit coüaborateur du Mercure. C ’estpeut-étre la l’origine
de la fausse identification qui s ’est établie dans l’esprit de votre ré-
dacteur. Et ce seraitfaire un assez mauvais service a cet homonyme
inconnu que de l ’exposer— peut-étre vit-il en Italie—aux représailles
criminelles, aux violences sinistres dont se compose la logique essen-
tielle des serfs du Cesar Borgia.
Je viens de lire aussi, dans unJournal qui n estpas le vdtre, que
le Consulat d ’Italie a déclaré qu’i l ne porte pas mon nom sur ces
régistres.
Le Cónsul dit vrai, mais vous l a’ viez déja dit dans les tous pre-
miers mots de votre article... Agréez, Monsieur, avec la réitération de
mes remerciments, l ’assurance de mes sentiments les plus distingués.

G. B. ANGIOLETTI

Aquí está la traducción:

“Sr. -D e regreso de uno de aquellos pequeños viajes que tengo por


costumbre hacer al Norte de vuestro bello país, es en este preciso mo­
mento que acabo de leer la entrevista que uno de vuestros redactores
me hizo el honor de pedirme. Le doy las gracias calurosamente no
sólo por los elogios, en verdad excesivos, con que rodeó mi nombre
todavía oscuro, sino por la exactitud absoluta -incluso verbal- que es
el rasgo destacado de la reproducción de lo que yo he dicho.
Les pido, pese a todo, que rectifiquen un error, cuyo origen no sé
cuál fue. Nunca colaboré en el Mercure de Frunce-, raras veces, incluso,
lo leo. Me apresuro, sin embargo, en indicar este error, y hacer que lo

— 340—
corrijan, porque puede darse el caso de existir, de hecho, un Angio-
letti, o cualquier cosa parecida, que sea colaborador del Mercure. Es
tal vez el origen de la falsa identificación que se estableció en el espíritu
de vuestro redactor. Y sería prestar un servicio bastante malo a ese ho­
mónimo desconocido el exponerlo -tal vez incluso viva en Italia- a
las represalias criminales, a las violencias siniestras de que se compone
la lógica esencial de los siervos de César Borgia.
Acabo de leer también un diario, que no es el vuestro, en el que el
Consulado de Italia declaró que mi nombre no existe en sus registros.
El Cónsul dice la verdad, pero ya Usted lo había señalado en las pri­
meras palabras de su artículo.
Con la reiteración de mis agradecimientos, acepte la afirmación
de mi mayor consideración.

G. B. ANGIOLETTI
Apéndice

contra lo moralizante
( 1923 )
Nota introductoria

Reproducimos aquí dos curiosos inéditos de Pessoa escritos entre fe­


brero y mayo de 1923. Se trata de una polémica casi pública contra
la hegemónica Liga de Acgáo dos Estudantes de Lisboa (Liga de Acción
de los Estudiantes de Lisboa), que había iniciado una campaña contra
la “Literatura inmoral”. La campaña reaccionaria desencadenada a
partir del 20 de febrero de 1923 en las páginas del diario católico y
monárquico A Epoca, fue encabezada por dicha Liga, agremiación que
represeñtaba a una gran número de alumnos de las escuelas superiores
de la capital, la futucg Intelligentsia portuguesa. Su líder era un estu­
diante de Matemáticas, Pedro Teotónio Pereira, que luego sería inte­
grado por el dictador Salazar en su fascista “Estado Novo” en los años
1930’s. Los motivos de tal campaña eran tanto internos como exter­
nos; un evento carnavalesco privado en Lisboa, llamado “Baile da
Gra$a” en el cual aparecieron hombres vestidos de mujeres y la pu­
blicación, teniendo como editor al propio Fernando Pessoa, del libro
Sodoma Divinizada de Raúl Leal. El libro, con una corta tirada, fue
calificado por el diario A Epoca como un síntoma de una “desvergon­
zada desmoralización” que gracias a la inacción de los poderes públi­
cos, corroía toda la sociedad lisboeta. Los estudiantes reaccionarios se
plegaron al ataque del diario, realizando “escraches” públicos, reco­
rriendo librerías y cafés literarios, distribuyendo profusamente un li­
belo titulado “Dos estudantes das Escolas Superiores de Lisboa - Aos

— 345 —
poderes constituidos e a todos os homens honrados de Portugal”. En
él exigían una reacción inmediata e implacable de la policía para este
libro que consideraban la última abominación, calificando la situación
político-cultural en Lisboa como una nueva Sodoma “que resurge en
los libros y en los escritores, en los espíritus y en los cuerpos.” En
cuanto a la influencia del exterior, los estudiantes conservadores se
inspiraban en la campaña fascista moralizante llevada a cabo por
Mussolini contra la literatura degenerada e inmoral en febrero de
1923. Aunque no podamos creerlo, las autoridades civiles de la Pri­
mera república portuguesa, en la persona del alcalde de Lisboa Viriato
Lobo, accedieron a las presiones de la Liga, prohibiendo, secuestrando
y quemando una lista de libros imorais.402
Entre fines de febrero y principios de marzo Pessoa publicó su pri­
mer manifiesto contra la reaccionaría campaña moralizante, “Aviso
por causa da moral”, firmado con el heterónimo Alvaro de Campos;
luego de varios intercambios entre la Liga y el autor del libro prohi­
bido Leal, Pessoa escribe “Sobre um manifestó de estudantes”, fir­
mado con su nombre real, texto que entre el 10 y el 18 de mayo de
1923 fue enviado por correo por centenares junto con un manifiesto
del escritor afectado a una lista de correo que incluía los más presti­
giosos profesionales en Medicina y Psiquiatría, así como catedráticos
universitarios, científicos, altos cargos del gobierno, diputados, escri­
tores, artistas, oficiales del ejército y la armada, etc. Presentamos por
primera vez al lector español estos dos documentos políticos poco co­
nocidos de Pessoa.

402. Véase la crónica: “Apreensáo de livros”, en el diario A Capital, 5 de Mar<¿o de


1923, p. 2.

— 346—
1

AVISO POR CAUSA DE LA MORAL

Cuando el público supo que los estudiantes de Lisboa, en los inter­


valos de decirles obscenidades a las mujeres que pasan, estaban em­
peñados en moralizar a toda la gente, tuve una exclamación de
impaciencia. Sí -exactamente la exclamación que acaba de escapársele
al lector...
Ser joven es no ser viejo. Ser viejo es tener opiniones. Ser joven es
no qtlerer saber nada de opiniones. Ser joven es dejar a los otros ir en
paz hacia el DiablQ con las opiniones que tengan, buenas o malas -bue­
nas o malas, ya que la gente nunca sabe con cuáles de ellas es que se
va hacia el Diablo.
Los muchachos de las escuelas se entrometen con los escritores que
no pasan por la misma razón por la que se entrometen con las mujeres
que pasan. Si no saben la razón antes de decirla, tampoco la sabrán
después. Si la pudiesen saber, no se entrometerían ni con las mujeres
ni con los escritores.
¡Paciencia para la gente que tiene que soportar esto! A los niños:
estudien, diviértanse y cállense. Estudien ciencias, si estudian ciencias;
estudien artes, si estudian artes; estudien letras, si estudian letras. Di­
viértanse con mujeres, si gustan de las mujeres, diviértanse de otra
manera, si prefieren otra cosa. Todo está bien, porque no pasa más
allá del cuerpo de quien se divierte.

—347—
Pero en cuanto al resto, cállense. Cállense lo más silenciosamente

Porque sólo hay dos maneras de tener razón. Una es callarse, y es


la que le conviene a los jóvenes. La otra es contradecir, pero sólo al­
guien de mayor edad lo puede acometer.
Todo lo demás es una gran molestia para quien está presente por
casualidad. Y la sociedad en la que nacemos es el lugar donde por ca­
sualidad estamos presentes.

Europa, 1923.

Alvaro de campos
2

SOBRE UN MANIFIESTO DE LOS ESTUDIANTES

Hace unos días fue distribuida por Lisboa, bajo la forma de un ma­
nifiesto de estudiantes, una vil y entristecedora blaguem contra el al­
tísimo espíritu, y de no menos supremo carácter, del Dr. Raúl Leal,
autor de Sodoma Divinizada y de un manifiesto reciente,404 notable
documento de verdad y nobleza que, siendo dirigido a los estudiantes
de Lisboa, no contiene ninguna ofensa, a no ser aquella de decirles
que estudien lo sea.
Consiste la blague en dar por loco al Dr. Raúl Leal, sirviéndose sus
autoras de su propio manifiesto, y haciendo, por medio de frases trun­
cadas o separadas,ajevosamente del contexto en que aparecen, una
psiquiatría de circo, fácil a todos aquellos en quienes el espíritu cien­
tífico sea nulo y la inconsciencia positiva.
La sórdida broma no tiene el mérito, hasta cierto punto exculpa-
torio, de la novedad. El proceso del ataque psiquiátrico -siempre an­
tipático, casi siempre fácil, casi nunca justificable- ya fue empleado
entre nosotros por el Dr. Arthur Leitao, que escribió en 1907, contra
el consejero Joáo Franco, entonces presidente del Consejo, el opúsculo
Un caso de locura epiléptica.405 El artificio, sin embargo, era importado:

403. En francés en el original: “Blague”: broma, chiste.


404. Pessoa se refiere al documento escrito por él mismo y firmado con el heterónimo
de Alvaro de Campos.
405. Leitao, Arthur; Um Caso De Loucura Epiléptica. Neurosthenico Ou Paranoicao?,
Edi^áo do Autor , Lisboa, 1907.

— 349—
le dio origen, por lo menos de manera notable, el fallecido Marx Ñor-
dau406 en su célebre libro Degeneración.
Si la blague de los estudiantes no tuviese mayor defecto que el no
ser novedosa, no existiría ningún misterio en que se hablara de ella
en público. Pero lo peor es que es más lo que ella contiene, o mejor
dicho, denota. Yo dije que era estúpida, vil y entristecedora. Lo repito,
y lo voy a probar. Y en esto es donde radica su mal.
La blague de los estudiantes es estúpida, no sólo porque es negativa
al portugués y a la lógica de su redacción, sino también porque el
autor de ella ni siquiera sabía llevar a cabo su propia intención. Nada
hay más fácil que probar por lo alto que cualquiera es un loco: basta
con hacerlo sólo para aquellos que nada entienden de la materia. Al
más lego en psiquiatría le es fácil simular un diagnóstico -desde la
ausencia de escrúpulos y del espíritu científico- encajando en cual­
quier individuo al menos dos o tres síntomas, cuyo conjunto com­
pone el cuadro clínico de cualquier psicosis. Tiene toda la apariencia,
para los legos, de haber probado la existencia de psicosis; en verdad,
nada se ha probado, por lo menos de lo que se insinúa. Tan estúpido,
sin embargo, es el autor del manifiesto de los estudiantes que, pu-
diendo hacer tal cosa fácilmente, y sin más sofisma que el del origen,
con el manifiesto del Dr. Raúl Leal -porque es fácil hacerlo con todo
documento singular y complejo-, tiene con todo que servirse de frases
truncadas, de citas por lo tanto ficticias, para darle a su escrito un aire
de verdad. Ni siquiera olvida aquella atribución al Dr. Raúl Leal de
tener un “curioso exceso de memoria”, pormenor clínico transcripto
sin que de él exista alguna aplicación posible a cualquier punto del
manifiesto; a no ser que haya “exceso de memoria” en alguien que no
quiere olvidar que pasó cuatro años de miseria.
Peor todavía que la estupidez del manifiesto, consustanciada sin
embargo con ella, es su sórdida vileza. El Dr. Arthur Leitao, en su

406. Véase nuestro estudio preliminar.

—350—
opúsculo, se servía, al menos, de frases del consejero Joao Franco. Los
estudiantes se sirven de partes de frases del Dr. Raúl Leal. Como las
frases enteras no les sirven, las truncan, de modo que sí sirvan. Y de
esta manera hacen su demostración por medio de ideas que el Dr.
Raúl Leal no manifestó, siendo incluso que manifestó las contrarias.
Expongo aquí un ejemplo. El Dr. Raúl Leal escribió, en su manifiesto,
éste parágrafo:

“Antes de esos cuatro años en que puse a prueba mi carácter,


convivía gustosamente con amorales, siendo en teoría de una
condescendencia casi absoluta y reconociendo asimismo un
valor transitorio en todo el amoralismo. Llegué a defenderlo
con emoción. Pues cuando vino la ocasión de poner en práctica
mis ‘teorías’, me subió por el alma un enojo tan grande, una
aversión tan poderosa a todas las bajezas y crímenes, que, pu-
diendo haber sido uñ bandido, un ‘escroc’407y un ‘souteneur’408
para estar de acuerdo con lo que pensaba, preferí ser verdade-
rarftente un puro, un inmaculado. Y fue entonces que vi a
D ios...”

Los estudiantes transcriben de este modo, a bocados:

“Convivía gustosamente con amorales, siendo en teoría de una


condescendencia casi absoluta y reconociendo asimismo un
cierto valor transitorio en todo el amoralismo” - “llegué a de­
fenderlo con emoción” —pudiendo haber sido un bandido, un
‘escroc’ y un ‘souteneur’, para estar de acuerdo con lo que pen­
saba”.
En la transcripción espaciada desaparece, de esta manera, todo el

407. En francés en el original: ladrón.


408. En francés en el original: chulo.

—351—
sentido del parágrafo en su conjunto. Lo que es nobleza y sinceridad
en la ligazón del parágrafo completo resulta vileza e impudor cuando
de él se excluyen, en la transcripción ficticia, sus elementos vitales, su
único sentido.
Todavía más vil (si esto es posible) que esta vileza, es la misma esen­
cia del manifiesto de los estudiantes. ¿Lo escribieron ellos como bla-
guéi Hay tres cosas con las cuales un espíritu noble, sea de viejo o de
joven, nunca juega, porque jugar con ellas es uno de los signos dis­
tintivos de la bajeza del alma: son ellas los dioses, la muerte y la locura.
El autor del manifiesto, sin embargo, lo escribió en serio, o cree loco
al Dr. Raúl Leal, o, no creyéndolo, lo utiliza o parece creerlo para en­
lodarlo. Sólo el último de los canallas de las calles es capaz de insultar
a un loco, y en público. Sólo cualquier canalla debajo de aquel imita
ese insulto, sabiendo que miente.
Incluido en la vileza, el Dr. Arthur Leitáo, aunque escribió un
opúsculo antipático, lo escribió con todo contra el presidente del
Consejo, entonces un dictador; atacó a un hombre que tenía consigo
toda la fuerza de las autoridades del Estado y de la Tradición; un hom­
bre que, siendo loco, sin duda ejercería, por el lugar que ocupaba, una
acción prolongadamente nefasta.
Los estudiantes son de un mejor cálculo. Atrincherados simultá­
neamente en el Gobierno Civil y en la Época -esto es, en la república
y en la monarquía- seguros por eso mismo del apoyo de toda la prensa
y de la consiguiente dificultad de emprender toda protesta, atacan e
insultan confiadamente. ¿Atacan e insultan a quién? A un hombre
que no los atacó, que está solo o tan poco acompañado que es como
si lo estuviese, sin posición que lo vuelva peligroso para quien lo ata­
que, sin influencia que torne perjudicial su acción, suponiendo que
ella en su esencia lo sea. ¿Y por qué fueron movidos a ese insulto? Por
aquello mismo que los debería disuadir si lo intentasen; por un ma­
nifiesto en que sin duda se transparenta una alta inteligencia y se
muestra una altísima dignidad. Estúpidos y sórdidos, son por eso in­

— 352—
capaces de conceder la posibilidad de un talento ajeno que no com­
prenden, o de rebelarse contra la dignidad ajena, como si la mera exis­
tencia de ella los humillase.
Es por esta misma estupidez, y por esta misma compleja vileza,
que el manifiesto de los estudiantes, siendo como es de jóvenes, es
entristecedor. Muchachos, cuya inteligencia debería ser, no por cierto
disciplinada, pero sin embargo alegre y despierta, se arrastran de esta
forma en la imbecilidad. Jóvenes, cuya moral debía pecar solamente
por los defectos del impulso y la precipitación, nos muestran, en el
empleo de la baja sutileza, la deshonestidad de la inteligencia y del
cálculo sórdido, los vicios menos disculpables de la decrepitud.
¿Del resto tendrán ellos la culpa? Fuertes, como están, con la fuerza
externa, cuyo apoyo los transforma en representantes y símbolos de
ella, esta baza del liberalismo y de la democracia es ya el transborda-
miento de fuerzas desintegrantes, de cuya acción proviene nuestra mi­
seria nacional. Sí, ellos' no son propiamente ellos-mismos: son el
ambiente que los produjo. Son el resultado de la Monarquía de los
Braganeas y de la República Portuguesa. Son el producto de una so­
ciedad en que varios siglos de educación frailesca y jesuítica prepara­
ron, por la anulación del espíritu crítico y científico, el advenimiento
de las ideas “liberales”; en la cual, por lo tanto, la estagnación de la
inteligencia se completó, como era lógico, con la perversión del ca­
rácter y el de la ruina del orden.
Es en parte por esto -por ser estos estudiantes, en especial en la
acción que realizaron que aprecio el símbolo vivo de esta sociedad—
que de cierto modo vale el esfuerzo de la publicación de esta protesta,
cuya intención los trasciende. Y esto es un deber social. Como no es
por esto, conviene escribirla para que, de aquella calumnia de la que
siempre queda alguna cosa, pueda quedar un poco menos que si no
se la escribiera. Esto es un deber moral. Ni es descabellado que se
aproveche la oportunidad para protestar también —lo que se encuentra
implícito en gran parte de este escrito- contra el complejo desprecio

— 353—
por la ciencia que hay en el empleo de la psiquiatría para fines de in­
sulto. Y esto es un deber intelectual.
Y si hubiera alguien del público al que en algún grado le hubiera
convencido el manifiesto de los estudiantes, con breves palabras se le
quitaría esa ilusión de ignorancia.
Pretenden los estudiantes probar que el Dr. Raúl Leal es un para­
noico con delirio de grandeza; sirve como única razón comprensible
de ese “diagnóstico” la presencia, que alegan, en su manifiesto, de una
exaltación mórbida del orgullo y de las ideas de persecución. Veremos
oportunamente lo que pesan estas dos alegaciones. Concédase, por
ahora, que son justas. Con ello se simplificará el argumento.
Ni las ideas enfermas de grandeza, ni las ideas de persecución bas­
tan, de por sí, separadas o juntas, para probar una paranoia. Es nece­
sario que se manifiesten de cierta manera, que se desenvuelvan de
cierto modo, y que en ellas y en su reversión haya lo que se llama sis­
tematización. Y, probado que ellas no sean paranoia, puede la morbi­
dez mental revelada descender fácilmente —y casi siempre se verá que
desciende- del nivel de las psicosis para el de las neuropsicosis, cuya
gravedad es mucho menor, como su naturaleza muy diferente. Me he
dado cuenta —como lego que soy—que en casos simples de histerio-
epilepsia la eclosión episódica e irregular de tales ideas, sin embargo,
nunca establece entre ellas una coordinación tal que simulen de cerca
un delirio sistematizado.
En el Dr. Raúl Leal no se revelan ideas de persecución. En su ma­
nifiesto parece haber, en algunas referencias a la Iglesia Católica, un
esbozo muy vago de ellas. Como, sin embargo, en su conversación y
en los actos de su vida tales ideas nunca le surgen, ni siquiera de ma­
nera vaga, podemos considerar que en el manifiesto lds simula como
algo menos que episódico, un pormenor de su imaginación exaltada,
sobre todo literariamente más que de una inteligencia desviada. La
exaltación mórbida del orgullo y de la personalidad es lo que en él se
manifiesta y es frecuente la falta, sin embargo, de una línea mórbida

— 354—
directriz, que las constituya en delirio. Y tiene, tal vez, antes que una
dolencia en su manifestación, una razón de ser que de cierto modo
no lo es, y que la diferencia de un delirio de grandeza.
La presencia o ausencia de elementos justificativos de un orgullo
excesivo es un hecho primordial para hacerse un juicio en casos como
éste. El orgullo desmedido y, por desmedido, malsano, de un hombre
de genio no tiene analogía, sino en la forma externa, con el delirio
orgulloso de un megalómano vulgar. Cuando un hombre de genio,
cuyo genio ya reconocemos, manifiesta un orgullo malsano, le dis­
culpamos el exceso de afirmación por la razón, que le vemos, para ha­
cerla. ¿Qué diríamos, sin embargo, si ese mismo hombre de genio
manifestase ese mismo orgullo, del mismo modo legítimo porque el
hombre es el mismo, antes que le reconociéramos como genio? Lo
tomaríamos, tal vez, por un loco. De esta manera, muchas veces, los
que nos parece una locura de los otros no es más que nuestra propia
incomprensión.
¿Cómo saben los estudiantes, cómo sabe quien quiera que sea, si
el orgifHo desmedido del Dr. Raúl Leal no es ilegítimo hoy sólo para
ser siempre legítimqjTiañana? ¿Encuentran excesivo, tal como dolen­
cia, el aspecto de ese orgullo? ¿Encuentran sofística la demostración
de que no es un loco quien dice que quiere fundar una nueva religión,
“el tercer reino divino”?
Por muchos que sean los síntomas de desequilibrio que una psi­
quiatría justa pueda encontrar en el Dr. Raúl Leal, no son tantos como
los síntomas de locura, de degeneración, de perversión intelectual y
moral que un psiquiatra eminente, el Dr. Binet-Sanglé,409 encontró
en la persona de Jesús Cristo, el cual con todo ello, fundó una religión,
como los mismos estudiantes de Lisboa deben saber.

409. Pessoa poseía en su última biblioteca personal un ejemplar de la obra con ano­
taciones: La folie deJésus: ses connaissances, ses idées, son délire, ses allucinations; A. Maloine,
París, 1910.

— 355—
Los tres volúmenes titulados La Folie deJésus constituyen, sin duda,
un ejemplo de probidad clínica y de exposición psiquiátrica. En ellos
pueden los estudiantes aprender, leyendo, cómo se demuestra un caso
de locura. Una vez cerrados los libros, los estudiantes pueden, sin em­
bargo, también aprender, reflexionando, que es la locura la que dirige
al mundo. Locos son los héroes, locos son los santos, locos los genios,
sin los cuales la humanidad es una mera especie animal, cadáveres de­
morados que procrean.
Dije lo que tenía que decir. Concluyo saludando, ya que así manda
la tradición.
A los estudiantes de Lisboa no les deseo más -porque no puedo
desearles nada mejor- de que puedan tener un día una vida tan
digna, un alma tan elevada y noble como las del hombre que tan
neciamente insultaron. A Raúl Leal, no pudiéndole prestar, en esta
hora de la Plebe, mejor homenaje, le ofrezco éste, simple y claro,
no sólo de mi amistad, que no tiene límites, sino también de mi ad­
miración por su alto genio especulativo y metafísico, esplendor, que
será, el de nuestra gran raza (grande ra$a). Ni creo que en mi vida,
como quiera que ella discurra, me pueda caber mayor honra que la
presente, que es la de tenerlo como compañero en esta aventura cul­
tural en la que coincidimos, diferentes y solitarios, con el desprecio
y el indulto de la canalla.

— 356—
£ y /
La mítica “Arca”, el baúl repleto de manuscritos de Pessoa; detrás,
su última biblioteca personal.

— 358 —
Pessoa, estudiante de Letras, 1908,

— 359 -
Pessoa, exquisito fláneur de Lisboa, circa 1935

— 360 —
Pessoa y Sá Carneiro, en un café de la Baixa, circa 1935

— 361 —
Á memoria do «sudoso Pr«s*d#nM? da RépubIJea

DR. SIDÓNIO PAIS

INTERREGNO
DEfEZA E lUSTIFICACiO
DA DICTADORA MILITAR
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El folleto “Interregno” de 1928.


El texto en Memoria de Sidónio Pais.

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SABADO, 20 DE NOVEMBRO DE

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O “ Duce” Mussolini
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afirmado ao "SOL” um italiano culto que asna
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->¡:<í¥><><í*ÍÍW W * El debate público de Pessoa con los
!fí» ¿rtttM l«tH»A l*«# I - i» Ite ií
«MU ü*«» estudiantes monárquicos.
El montaje de Pessoa sobre Mussolini.

— 362 —
Pessoa bebiendo un vino de Oporto, área 1935.
— 363-
Indice de Autores

Águia 10 Darwin, Charles 18, 20, 25-9, 35,


Alcibíades 93 4 1 ,1 2 6 ,2 1 3 ,2 4 1
Alfonso XIII 256 Descartes, Rene 13
D ’Ors, Eugenio 171
Barbarossa 132-33
Barres, Maurice 14-24,27^30, 38,41 Eliot, T. S. 14, 30, 45
Bergson, Henri 21, 29, 38, 156 Engels, Friedrich 15
Bismarck, Otto von 27, 100, 112, Eucken, Rudolf Christoph 156
153,155, 169
Blum, Léon 16 Fouillée, Albert 32, 34
Freud, Sigmund 21
Caeiro, Alberto 11, 229
Campos, Alvaro de 11, 38, 229, Gama, Vasco da 150, 306
230, 330, 346, 348 Gaultier, Jules de 32-3
Carlos V 100 Gómez de la Serna, Ramón 171
Carlyle, Thomas 9, 38, 226
Carneiro, Sá 10, 361 Haeckel, Ernst Heinrich 26-8, 35,
Céline, Louis-Ferdinand 14 4 1 ,2 1 3 , 241
Chamberlain 9 Hegel, G. W. F. 156
Coimbra, Leonardo José 156 Heidegger, Martin 14, 17-9, 40
Colón, Cristóbal 109, 150 Heródoto 106
Comte, Auguste 23, 35, 90 Hider, A d o lf21, 27, 321
Costa, Afonso 60, 62-3, 66, 87, Hulme, Thomas Ernst 14, 29, 30,45
183, 255, 268, 277, 322 Hume, David 291
Cristo, Homem 62, 167, 335 Huxley, Aldous 302
Kant, Immanuel 12, 17, 30, 33, 35, Pintor, Santa Rita 10
36 Plutarco 93, 106
Primo de Rivera, Miguel 256, 260,
Jeshua ben Pandira 96 276
Jünger, Ernst 14, 17 Pound, Ezra 9, 14, 30
Proust, Marcel 15
Lange, Friedrich A. 35
Lasserre, Pierre 24, 25, 30, 32, 34 Quental, Antero Tarquínio de 183-4
Le Bon, Gustave 1 4 ,1 9 ,21-3,29 38
Lenin, Vladimir 211, 214 Reis, Ricardo 11, 44, 229, 251
Lewis, Wyndham 14, 30 Renán, Ernst 16, 18, 29
Lichtenberg, Henri 32, 34 Rhodes, Cecil John 126-7
Locke, John 292 Rousseau, Jean-Jacques 13, 17, 20,
24, 7 2 -7 ,1 2 4 ,1 4 5
Marx, Karl 26, 28
Maurras, Charles 14-6, 19, 23, 24, San Agustín 105
30, 3 8 ,4 1 ,7 0 ,8 1 ,9 0 Sardinha, Márcelo 16, 70
Michels, Robert 21, 29 Schmitt, Cari 17
Mussolini, Benito 15, 21, 46, 62, Schopenhauer, Arthur 9, 12-3, 20,
2 6 0 ,2 7 1 , 276,281-2, 320-2, 325, 3 5 ,7 0 ,2 4 1
327-9, 331-8, 346, 362 Shakespeare, William 78, 212, 285
Sorel, Georges 14, 21, 23, 29, 30
Napoléon, 100, 146, 149, 161, Spencer, Herbert 25-8, 35, 241
179, 185,319
Nietzsche, Friedrich Wilhelm 9-13, Tabucchi, Antonio 9 ,1 1
1 6 ,1 8 -9 ,2 1 ,2 7 , 2 9 -3 8 ,4 1 ,7 0 , Taine, Hyppolite 10, 16, 18, 21, 29
126, 128, 170,241 Tito Livio 106
Nordau, M ax 19, 30-4, 350 Trotski, León 211

Ortega y Gasset, José 14 Unamuno, Miguel de 12,160, 171-2

Pais, Sidónio 4 2 ,4 4 , 6 2 ,1 7 5 , 177, Wagner, Richard 10, 12-3, 19, 26,


1 8 3 ,1 8 8 ,1 9 5 ,2 0 1 -2 , 2 3 0,249, 29,31-2
285, 362 Weber, M ax 28

— 366—
ÍNDICE

El Pathos de un escritor patriótico


Nicolás González Varela 7

I
Radicalismo republicano
Nacionalismo integrista
(1910-1916) 49

D e la Monarquía constitucional a la República parlamentaria 53


Nacionalismo e Integrismo 69

II
Europa
Guerra imperialista y Revolución
(1916-1918) 85

I. Origen y desarrollo de la Civilización europea 89


II. Alemania y la Gran Guerra 111
III. Europa y la sociedad moderna 121
III
Gran Iberia
El problem a ibérico
(1916-1918) 135

I. La Civilización ibérica 139


(II). La unión espiritual entre Portugal y España. (Con) Federación
ibérica 141

— 367—
IV
Sidonismo
Portugal en la encrucijada
(1918-1920) 173

I. El significado del Sidonismo 177


O da a la memoria del dictador Presidente Sidónio Pais 201
A la Memoria del Presidente-Rey Sidónio Pais 202
II. El preconcepto revolucionario 211

V
Revolución y Contrarrevolución
Dictadura como “Interregno”
Dictadura Institucionalizada
(1926-1935) 227

I. Orden y (Contra) Revolución 233


II. Liberalismo, Parlamentarismo, Presidencialismo 246
III. Dictadura como “Interregno” 250
IV. Dictadura “Institucionalizada” 265

VI
Fascismo-Nacionalsocialismo
(1921-1935) 315

“Mussolini es un loco” 325


Un “Cam isa blanca ” 331
La locura del “Duce” 338

Apéndice
Pessoa contra lo moralizante
(1923) 343

1. Aviso por causa de la moral 347


2. Sobre un manifiesto de los estudiantes 349

— 368—

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