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COLECCIÓN

t^Mcrra Firme

44
Primera edición, 1948
(Publicada en México)

Segunda edición, 1958


Corregida

Derechos reservados conforme a la ley


Copyright by Fondo de Cidtura Económica

Impreso y hecho en Argentina


Printed and made in Argentina
EZEQUIEL MARTINEZ ESTRADA

Muerte y Transfiguración
de Martín Fierro " n
T-*
Ensayo de interpretación de la
vida argentina

SEGUNDA EDICIÓN CORREGIDA

Tomo II

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA


MÉXICO - BUENOS AIRES
Parte Primera

LA FRONTERA

Trent Universiíy Library


a] El Territorio

EL PAISAJE

Las llanuras configuran un paisaje peculiar, no pictórico ni


acomodable a los cánones de la pintura. Su profunda belleza
permanece todavía inexpresada, y las tentativas que se han
hecho para llevarla al lienzo o al libro han asegurado los mé¬
ritos de su inaprehendida esquivez. Pues nada hace tan invio¬
lable el tesoro como la búsqueda donde no está. Quien va a
los campos del sur y a la pampa, no ve nada. Se esfuerza por
inquirir de dónde emerge ese influjo que lo invade, de una
belleza que no puede reducir a conceptos, y se cansa. La lla¬
nura no le sugiere ningún sentimiento estético que pueda ex¬
presar con palabras ni por otros medios. Unicamente el de la
soledad. Las llanuras no configuran un paisaje convenido; no
está hecho, y se le tiene que coordinar con uno mismo. Lo que
llamamos paisaje suele ser un prejuicio de espectador, y se lo
ha descubierto en la Naturaleza después que en el alma. La
Antigüedad no lo conoció. Resulta de una manera de ponerse
el hombre frente al espectáculo de la Naturaleza en forma pa¬
siva, en dejarse penetrar por él y en ir experimentando un
estado de ánimo de gozo y de admiración que siempre es un
recuerdo. Muy pocos ven en el paisaje otra cosa que el “paisa¬
je”. Suele ser la montaña, el bosque, el río, las costas del mar,
combinados, fragmentados, proyectados de mil diversas formas:
el paisaje que lleva el espectador a la Naturaleza. Tiene su li¬
teratura, su historia, su escolástica, su superstición. Los poetas
gauchescos no han acertado a describir el campo y han super¬
puesto una sensibilidad artística a una sensación pura y lim¬
piamente animal, que es con la que se le capta en su belleza.
Siempre que en obras bien escritas encontremos descripción
de paisaje, debemos desconfiar. En caso de que lo haya, ni
el paisano ni mucho menos el forastero saben que existe. Lite¬
rariamente no hemos hallado la forma de expresarlo y ésta es
la mejor prueba de cuán lejos estamos de vivir nuestra reali¬
dad. El escritor y el poeta argentinos no lo han visto, ni sen-
10 LA FRONTERA

tido. Porque como no se inspiran en lo real, sino en lo con¬


vencional, y como ese paisaje es pobre, lo convencional le atri¬
buye lo que no tiene, y busca el tesoro donde no está. El paisaje
del gaucho es topográfico, no pintoresco. Lo considera como
lugar: distancias, caminos, lomas, bosques, sierras, lagunas.
Inglaterra, el país de los escritores paisajistas, no descubrió
le belleza de sus llanuras hasta fines del siglo pasado, y fue
nuestro Hudson quien se la reveló en su admirable libro
Nature in Downland. Seguramente después de muerto él no
la han vuelto a ver, como tampoco nosotros la de la pampa.
El campo, que comienza por abrirse en una apoteosis de cielo,
con tal juego de nubes y esplendor que parece que la tierra
se limita a reflejarlos, deja desamparado al espectador. Es uí
cielo de tierra, efectivamente. A quien de veras quiere com¬
prenderlo es preciso ir indicándole, en los matices de los re¬
lieves y del color, sutiles siempre y cambiantes, en lo que está
más cerca o más lejos, valores plásticos y de colorido que la
vista sola no puede abarcar. Hay que mirar con todo el cuer¬
po. Dos cosas que parecen juntas están muy distantes, dos
manchas que parecen idénticas son muy distintas; suaves co¬
linas, algunos bajos que se descubren por otros datos, hierbas
y pastos, la carrera de la sombra de la nube que todo lo per¬
turba, y mil otras inocentes trampas de su juego. Por eso la
llanura no ha tenido quien la describa, fuera de Hudson. Los
paisajes de la pampa que nos ha dejado en muchos de sus
libros, especialmente en El naturalista en el Plata y Días de
ocio en la Patagonia ya han perdido una de sus más gloriosas
galas, que eran los pájaros y las aves en bandadas fabulosas,
y las hierbas altas de flores en penachos y corimbos. Algunos
de los Viajeros Ingleses entrevieron un poco de llanura ver¬
dadera entre esas magnificencias de Dios, como él las llamaba.
El sentido de la llanura es para el paisano muy diverso del
que ven sus sagaces ojos estéticamente ciegos. Por eso dice
Eladio Segovia (“El paisaje en el Martín Fierro”, en Nos¬
otros, 1934):

Siempre la descripción es un elemento secundario, estrechamente subordi¬


nado al movimiento de los personajes. Esa ausencia de descripción directa
de la naturaleza contribuye muy especialmente a dar al Poema el sabor
gauchesco que lo caracteriza. Al gaucho le interesa lo que el hombre.
EL TERRITORIO 11

hace, pero no el panorama que lo circunda. El paisaje como espectáculo


no existe para él; no lo siente, y, en consecuencia, ni lo ve ni sabe pintarlo.

Para el paisano la llanura es un lugar donde vive, el terreno


de sus faenas y marchas, un territorio que tiene un significado
de lejanías, caminos, calidades de pastos, haciendas, animales
dañinos, clima, estaciones. Apenas figuran estos datos en el
Poema. No se indica dónde ni en qué época del año ocurren
los hechos. No se hace diferencia de invierno y verano, sino
con referencia al frío y calor padecidos; las noches de invier¬
no, con las heladas crudas, pero ni siquiera vientos ni lluvias.
El texto del Poema configura un mundo vital, y también el
paisaje ausente es elemento activo en la comprensión del lec¬
tor. Observa Borges que la crítica “afirma con delicado error,
por ejemplo, que el Martín Fierro es una presentación de la
pampa”.
La luz, sobre todo el cielo, que es el elemento esencial de
belleza en los campos abiertos, indica al paisano el horario
de sus obligaciones. El aire para él es seco o húmedo, hace
frío o calor porque las notas del paisaje las percibe orgánica¬
mente. Hernández ha respetado, con su silencio, la impresión
fiel del mundo que rodea al gaucho. El campo es un lugar de
residencia como el cuerpo. No tiene divisiones, extensión, lí¬
mites, ni caminos. Apenas huellas, cuando no en sentido
figurado. El rumbo se adivina por los pastos y se rumbea al
azar, infaliblemente, porque extraviarse es morir. No hay pun¬
tos cardinales, sino la salida y la puesta del sol, las estrellas
y el andar de los animales que siempre saben a dónde van.
Todas son notas orgánicas, vitales, relacionadas con su existen¬
cia tanto como con las cosas que allí custodia o labora. La
llanura para ver, la llanura para el hombre quieto en calidad
de espectáculo, no existe. Nosotros sentimos que falta en el
Poema, pero el campesino, no. El nunca se detiene a obser¬
varla cuando observa otras cosas, las cosas que hay en ella, y
entonces distingue objetos y peculiaridades que escapan a la
visión más aguda del profano.
Toda descripción de la llanura es literaria en el desacredi¬
tado sentido de la palabra, porque debe ser hecha más que
expresada según sea sentida. Por lo menos requiere una téc-
12 LA FRONTERA

nica distinta de la usual, que es lo que constituye la inimitable


propiedad de las descripciones de Hudson. El poeta pone en
ella lo que no encuentra sino en su cultura, en su arte de
embellecer. La belleza de la llanura no es para encontrar, sino
para descubrir, no para pintar y describir, sino para sentir
y, en cuanto se pueda, transmitir. Conscientes de la dificul¬
tad, los poetas gauchescos eludieron las descripciones realistas
y transigieron con las formas convencionales. Sobre todos ellos,
Ascasubi, que encuentra siempre personal satisfacción en des¬
cribir lugares, indumentaria, objetos. Describe porque, al con¬
trario de Hernández, la acción tiene para él una importancia
secundaria dentro de la más vasta trama de la historia; mu¬
cho menor importancia que los lugares. Hasta el diálogo de¬
pende en él del lugar tanto como de las personas. En el Martín
Fierro no solamente el mundo circundante sino hasta las per¬
sonas nacen de las palabras, y la acción cobra un relieve y un
colorido de paisaje. En este sentido el Martín Fierro corres¬
ponde a otra era literaria que el Santos Vega. Las primeras
novelas realistas fueron ampliamente descriptivas, porque lo
real necesitaba afianzarse en lo material: La Nueva Eloísa,
Werther, Pamela, Los novios. Dostoiewsky suprime casi por
completo el decorado y lo reemplaza con el diálogo, con pers¬
pectivas interiores, con hechos. Desde entonces hemos com¬
prendido que el paisaje es un elemento a cargo del lector,
atinente a la parte con que ha de colaborar. Martín Fierro
está escrito en esa tesitura. Es un libro de evocaciones y, por
lo tanto, las cosas han de ser con mayor razón evocadas, aludi¬
das, presentadas en nieblas, en ausencias. Con lo cual, inespera¬
damente, la acción adquiere un relieve singular, y concentra,
por contraste, todo el interés que en otras obras se diluye en
el ambiente. Si lo que sugiere es superior a lo que cuenta,
y si sentimos que en el Poema hay muchísimas más cosas de
las que enumera y describe, es porque ha suprimido cuanto
no era estrictamente fundamental; por ejemplo, el paisaje.
Ascasubi ha trazado muchos cuadros de la llanura, esbozos
mejor dicho, que apenas son superados en su falsedad por los
de Del Campo. El único jnoeta que arrostró el compromiso de
describir la pampa tal como es, Echeverría, no consiguió darnos
EL TERRITORIO 13

una impresión verdadera sino en muy pocos versos de su ex¬


tenso poema. En total, estos cinco:

... La humilde hierba, el insecto,


la aura aromática y pura,
el silencio, el triste aspecto
de la grandiosa llanura,
el pálido anochecer.

Lo que podemos denominar- paisaje, en el Martín Fierro,


es todavía menos: cuatro versos en total. Dos en la Ida: Ten¬
diendo al campo la vista No vía sino hacienda y cielo (215-6);
y dos en la Vuelta: ¡Todo es cielo y horizonte En inmenso
campo verde! (II, 1491-2). Hernández no ha ido más allá, con
lo que ha dejado a la literatura privada de pampa verdadera.
Como habría quedado privada de veracidad en cuanto a per¬
sonajes y acciones, sin su Poema.
Sólo conociendo el fracaso de los poetas gauchescos en su
esfuerzo por dar una imagen del paisaje de la llanura, se
comprende con qué tacto Hernández sorteó el escollo fatal.
Junto a intuiciones muy finas, Echeverría 1ra dejado, en La
cautiva, trágico testimonio de su impotencia. En el primer can¬
to (“El Desierto”), dice:

Era la tarde, y la hora Sereno y diáfano el cielo,


en que el sol la cresta dora sobre la gala verdosa
de los Andes. El desierto de la llanura, cual velo
inconmensurable, abierto esparcía, misteriosa
y misterioso a sus pies sombra dando a su color
se extiende, triste el semblante, El aura, moviendo apenas
solitario y taciturno sus olas de aroma llenas,
como el mar, cuando un instante, entre la hierba bullía
al crepúsculo nocturno, del campo, que parecía
pone rienda a su altivez. como un piélago ondear...

Más eficaz es su confesión de que esas imperceptibles notas


crepusculares, cpie en su conjunto comunican la impresión del
anochecer.

dicen más al pensamiento sin deslucir su belleza?


que todo cuanto a porfía ¿Qué lengua humana alabarlas?
la vana filosofía Sólo el genio y su grandeza
pretende, altiva, enseñar. puede sentir y admirar.
¿Qué pincel podrá pintarlas
14 LA FRONTERA

Ninguna de las demás descripciones del poema alcanzan a


comunicar al lector las emociones de los versos transcriptos,
en que, precisamente por negación, obtiene su efecto más
elocuente.
De los numerosos lugares que describe Ascasubi en su Santos
Vega, dos son, a mi juicio, los más certeros. En el primer Canto:

Ansí, la pampa y el monte Y una ilusión singular


a la hora del mediodía de los vapores nacía;
un desierto parecía, pues, talmente, parecía
pues de uno al otro horizonte la inmensa llanura un mar
ni un pajarito se veía. que, haciendo olas, se mecía

Pues tan quemante era el viento Y en aquella inundación


que del naciente soplaba, ilusoria, se miraban
que al pasto verde tostaba, los árboles que boyaban,
y en aquel mesmo momento allá medio en confusión
la higuera se deshojaba. con las lomas que asomaban.

Y más adelante, en el Canto IV:

... flacones los mirasoles con el pescuezo estirado,


y tristes y corcovados, plantadas en la maciega,
se pasan de sol a sol allí se están atorando
mirando al cielo embobados; con una víbora entera
en tanto que altas cigüeñas de cinco cuartas de largo...

Mucho más célebres, y no por las razones que debieran


serlo, los paisajes del Fausto, de Del Campo, aparte el lugar
en que se encuentran los paisanos (¿Sabe que es linda la mar?
La viera de mañanita Cuando agatas la puntita Del sol co¬
mienza a asomar...), correspoden a la escenografía de un
teatro:

El sol ya se iba poniendo, y ya las aves caseras


la claridá se ahuyentaba, sobre el alero ganaban.
ya la noche se acercaba
su negro poncho tendiendo. Ya sobre el agua estancada
de silenciosa laguna,
Ya las estrellas brillantes al asomarse, la luna
una por una salían, se miraba retratada.
y los montes parecían
batallones de gigantes. Y haciendo un extraño ruido
en las hojas trompezaban
Ya las ovejas balaban los pájaros que volaban
en el corral prisioneras. a guarecerse en su nido.
EL TERRITORIO 15

El toque de la oración Ya del sereno brillando


triste los aires rompía la hoja de la higuera estaba,
y entre sombras se movía ya la lechuza pasaba
el. crespo sauce llorón. de trecho en trecho chillando...

Punto difícil de superar, pero que lo supera Obligado en


su Santos Vega:

Cuando la tarde se inclina


huye besando la alfombra
sollozando al occidente,
con el afán de la pena...
corre una sombra doliente
sobre la pampa argentina, El sol ya la hermosa frente
y cuando el sol ilumina abatía, y silencioso,
con luz brillante y serena su abanico luminoso
del ancho campo la escena desplegaba en occidente... etc.
la melancólica sombra

Más pampa y más cierta es la nada que rodea a los perso¬


najes del Martin Fierro. ¿Qué sabemos? Es el campo, en la..
Frontera, cerca de algunas poblaciones, o el desierto. Se men¬
cionan y no pasan de ser simples nombres sin ningún signifi¬
cado, el pueblo de Ayacucho, que no tenía ninguna importancia
a la sazón, porque había sido recientemente creado por decre¬
to del gobernador Alsina, y la muy vieja ciudad de Santa Fe,
No alcanzan a anclar la acción flotante del Poema, que arras¬
tra esos nombres en su incesante movimiento de remolino por
la llanura abstracta, universal. El lector sabe dónde ubicar la
acción —en cualquier parte—, que es lo que le interesa. Tam¬
poco le interesa que le describan los personajes, porque pue¬
de imaginarlos exactamente como fueron. Muchísimos lectores
creen que han sido descritos, tal es la ilusión que produce la
fuerza increíble de lo abstracto en el Poema. También ima¬
ginan que se les ha descrito la pampa. Es como si le dijéra¬
mos al lector que tampoco hay nada real en el Poema y que
su lectura ha sido un sueño: no lo creería.

ESCENARIO Y ELENCO

El escenario del Martín Fierro es la zona fronteriza del


dominio desgobernante y del dominio del cacique, de la na-
16 LA FRONTERA

ción constituida y del país salvaje, de la civilización y de la


barbarie. Geográficamente es el deslinde de los campos de
pastos tiernos y del desierto, de las praderas de cultivo y cría
y de los ganados cimarrones y las hierbas naturales. El Fortín
\ es representativo del pueblo y de la toldería, del hogar y del
¡ aduar. Las personas y la acción también oscilan entre uno y
otro mundo, por igual pertenecientes a la civilización y la
barbarie. El Poema mismo está ubicado en esa zona limítrofe
y es, como sus elementos constituyentes, obra que contiene am¬
bas formas de ser.
No se especifican el territorio ni su continente: es un terri¬
torio indefinido, que podemos denominar “la tierra de fron¬
teras”. A un lado, lejos, están los indios; al otro, lejos, los que
gobiernan, legislan y juzgan. Dos lejanías por igual, que ejer¬
cen la misma atracción y presión sobre los habitantes. Los ha¬
bitantes flotan en esa línea divisoria sin arraigo material ni
moral. Son seres fronterizos, especie de mestizaje de dos for¬
mas de vivir más que de dos razas. Una línea divisoria puede
establecerse por accidentes naturales, que suelen favorecer tanto
a uno como a otro de los bandos. Como dice Mansilla, en
Una excursión:

La Laguna del Bagual es por este camino un punto estratégico, como lo


es por el otro La Verde. Se seca rara vez, siendo fácil hacer brotar el agua
por medio de jagüeles, y no tiene nada de notable, presentando la forma
común de los abrevaderos pampeanos —la de una honda taza.
Cuando el desertor, o el bandido, que se refugia entre los indios,
sediento y cansado, zumbándole aún en los oídos el galopar de la partida
que lo persigue, llega a la Laguna del Bagual, recién suspira con libertad,
recién se apea, recién se tiende tranquilo a dormir el sueño inquieto
del fugitivo.
Saliendo de las tolderías sucede lo contrario; allí se detiene el malón
organizado, grande o chico, el indio gaucho que solo o acompañado
sale a trabajar de su cuenta y riesgo, el cautivo que huye con riesgo
de la vida. Una vez en los Médanos de Bagual, el que entra ya no mira
para atrás, el que sale sólo mira para adelante. El Bagual es un verdadero
Rubicón, no tanto por la distancia que hay de allí a las tolderías cuanto
por su situación topográfica. Es que por el camino de Bagual, entrando
o saliendo, jamás se carece de agua, de esa agua cuya falta es el más
formidable enemigo del caminante y de su caballo, en el desierto de las
pampas argentinas.

Cuando Martín Fierro invita a Cruz a internarse en el


EL TERRITORIO 17

Desierto, es que toma uno de los dos rumbos abiertos ante él,
indiferentes, equidistantes: Algún día hemos de llegar, Des¬
pués sabremos adonde (2207-8), es una definición. Se decide
al azar, no por razones, sino por hacerle el juego al propito
destino. El destino del fronterizo era ése: el de la moneda que
se tira a cara o cruz. Martín Fierro lo expone con toda cla¬
ridad: quiere salir de ese infierno. Y a ese infierno volverá
diciendo que, uno por otro, prefiere el de la frontera. En su
ánimo el albur de vivir entre los indios es preferible, porque
es el albur puro, con la ventaja de que hasta allá no llega el
gobierno. Del otro lado, del de la civilización, ya sabe qué
puede esperar. No se le ocurre salvarse de los “males regionales
de la frontera” internándose en los pueblos: al contrario. Pre¬
fiere lo que no conoce, guiándose por indicios y referencias.
Ese mundo, esa tierra de nadie, no es descrita en el Poema.
Queda descrita por implicación. No era una franja de tierra;
era una zona movediza, que según los eventos de la contienda
se replegaba o distendía, internándose hasta los grandes núcleos
de población o hasta las regiones del Cuero. El problema del
lugar en el que serían confinados los indios, la demarcación de
sus fronteras hacia las tierras pobladas por el blanco, era fun¬
damental. Les pertenecía la tierra árida: de ahí que se deno¬
minara Desierto el área que ocupaban las tribus. Este aspecto
lo trata Hernández muy en general, como paisaje apenas alu¬
dido. En Mansilla, no obstante, ocupa capítulos de relieve, como
que ésa era, precisamente, la misión que Sarmiento le enco¬
mendó ante el cacique Mariano Rosas y sus confederados. Her^
nández no tiene ningún interés en fijar esa frontera. Es una
marca que estabilizan los fortines, pero que el ganado hace
andar. Una cuerda vibrante. Allí se confundían, además, indi¬
viduos de una y otra zona; tanto el habitante natural —el gau¬
cho de esos pagos— como el habitante circunstancial: el militar,
el pulpero. Hay en esa población dos habitantes que van adap¬
tándose al medio, aclimatándose: el soldado de profesión y el
comerciante, su asociado. Estos seres pertenecen por intereses
corporativos a la civilización; pero actúan como enemigos de
los unos y de los otros. Sus intereses no son de frontera, sino
de país civilizado, y sus pautas vitales son de tierra salvaje. Son
allí, en la frontera, en el fortín, el juzgado o la comisaría, entes
1S LA FRONTERA

autónomos. Mando, justicia, orden, son atributos personales,


facultades discrecionales, fuera de control. El ejército mismo
está fuera de una y de otra ley, fuera de uno y de otro territo¬
rio: del de Derecho y del de la Fuerza, del de la Violencia y
del de Orden. El comandante y su tropa están desarraigados
del pueblo, forman una casta, y combaten a los indios porque
son atacados por ellos, como combatirían contra los cristianos
si los atacaran éstos. La organización a la cual pertenecen, como
miembros integrantes, aunque desprendidos de ella, ocupa tam¬
bién las fronteras de la vida nacional. Existe como cuerpo cuya
razón de ser es defender las fronteras territoriales dondequiera
que estén, y si se desplazan al interior del país, ahí establece
“sus fronteras”, sólo que ahora serán interiores. La situación
de las tropas y sus jefes en esas fronteras interiores, en que parte
de la población argentina —los indios— era vista como extran¬
jera y parte del territorio que habitaban —el Desierto— como
tierra fuera de la soberanía nacional, era una situación “tipo”.
Roberto J. Payró lo dice con pocas palabras en Pago Chico:

Pago Chico es fortín; los indios fueron civilizados a balazos y la población


quedó compuesta de soldados y chinas.

Desaparecido el indio, el pueblo quedaría frente a sus fron¬


teras, en la tierra de nadie: el ejército seguiría ocupando el
verdadero territorio nacional. Con las mismas razones que los
blancos juzgaban que los indios invadían sus dominios, juzga¬
ba el indio como invasores a los blancos. También para el indio
eran los blancos conquistadores extranjeros. Los blancos alega¬
ban representar la parte del país sometida a las leyes y a las
instituciones consolidadas, pero era lo que el indio negaba, acu¬
sando al gobierno y a sus fuerzas de despojarlos de sus tierras
y ganados, de confiscarles lo que les pertenecía, de pactar y no
cumplir, de dirimir los conflictos por las armas cuando eran
superiores, de no representar una sociedad moralmente supe¬
rior a la tribu.
La inferioridad de la causa del indio estaba en que necesi¬
taba salirse de la ley, apelando a la guerra para defender sus
derechos y su vida, mientras que el blanco necesitaba entrarse
en la ley para combatirlos a muerte mediante el funcionamien-
EL TERRITORIO 19

to mecánico de los derechos a la guerra y a la paz. La paz


que el blanco proclamaba era la muerte del indio; la guerra
del indio era la justificación de la violencia del blanco. Aquello
era, de verdad, una frontera.
El gaucho de aquellos parajes tomó a menudo partido con¬
tra el indio, pero no en favor del blanco; contra el salvaje, pero
no en pro de la civilización. No creía en ella. Hizo la guerra
como asunto personal. El blanco lo sometía a toda clase de
atropellos y despojos, pero el indio lo degollaba. Con el blanco
estaba en lucha pacífica, con el indio en lucha a muerte, en
guerra. En la frontera, ese habitante fronterizo tenía que servir
los intereses de su enemigo para salvarse.

LA TIERRA

Los problemas que se vinculan a la tierra son en nuestro


país los más antiguos, los más difíciles y los más escandalosos.
A esos problemas se ligan otros de moral pública, de despojos
y de negociados que forman parte de la riqueza nacional; en
cuanto al Estado ha tenido casi siempre el papel de corruptor
y expoliador. Como asunto de su natural jurisdicción puso en
la tierra la mira de su política económica y de gobierno. Lo
que entre las gentes miserables del Martín Fierro son simples
despojos y raterías, en gran escala lo realizaba el Estado con la
tierra pública y la privada. El problema del indio se relaciona
directamente con el problema central de la tierra fiscal. Con
las tierras, los ganados, que son la base de la riqueza de la pro¬
vincia de Buenos Aires, la más rica de todas. Tierras y ganados,
mostrencas y cimarrones, pertenecían de hecho al indio. Las
campañas llevadas contra él no fueron empresas de civilización,
sino grandes especulaciones para fundar y consolidar un sistema
agropecuario que enriqueciera a un amplio grupo de familias,
creando así lo que se ha llamado la aristocracia feudal, dueña
de la tierra. No existe palabra para designar el cuatrerismo de
la tierra; pero este existió durante muchísimos años como un
régimen normal de regular la distribución de la riqueza y de
equilibrar los presupuestos. El Estado robaba la tierra y la
repartía, como los cuatreros robaban y vendían las haciendas.
20 LA FRONTERA

La única política inteligente sobre distribución de la tierra


fiscal fue la tentativa de enfiteusis llevada a cabo por Riva-
davia y que concurrió a su caída. Esa reforma agraria data
de 1822. Por decreto del 19 de junio, del gobernador Martín
Rodríguez, que refrendó Rivadavia, se disponía dar en enfiteu¬
sis todos los terrenos del Ministerio de Hacienda. Por ley del
18 de noviembre de 1825 se hipotecaron las tierras fiscales y
los demás bienes inmuebles “que posee y en adelante posea
la Nación”, para el pago del servicio de una emisión de quince
millones de pesos en fondos públicos nacionales. El 16 de marzo
de 1826 se movilizó la tierra propiedad de las corporaciones,
y en ese mismo año el Congreso confirmó por ley el régimen
enfitéutico, para garantizar el empréstito hecho en Londres dos
años antes. Comenta Miguel Angel Cárcano (en Evolución his¬
tórica del régimen de la tierra pública, 1917): “La tierra fué
un recurso financiero-político y la enfiteusis una necesidad para
asegurarlo”. Por ese medio, el Estado se convirtió en poseedor
absoluto de la tierra. Cedióse con liberalidad, en cuanto que
más que a un plan de colonización y explotación racional del
suelo, servía al acrecentamiento de la renta fiscal. Desde 1827,
las cesiones eran por veinte años. Cada diez años un jury reta¬
saba el canon, que oscilaba entre el 8 y el 4 %, tal como existía
desde 1822 hasta su sanción por el Congreso, en 1826. Los go¬
bernantes se creyeron autorizados para despojar a los que po¬
seían, desde muchísimos años atrás, propiedades en la zona
de fronteras sin tener títulos, y contra tales excesos levantó su
voz Dorrego, en defensa de los ocupantes que explotaban por
sí esas tierras, provocando con la presión lateral de esa actitud
la caída y el destierro de Rivadavia. Si para Tejedor, a la en¬
fiteusis se debían todas las conquistas efectivas que se hicieron
al Desierto, para Mitre esas conquistas fueron debidas a las
clonaciones de tierras que hizo el Directorio, asegurando la línea
de las fronteras. Dos conceptos divergentes, planteados como
programas de gobierno, inmediatamente después del derroca¬
miento de Rosas, que señalaban el camino que había de seguir¬
se en lo sucesivo. Se optó por el que indicaba Mitre: en vez
del reparto y administración de la tierra se optaba por la lucha
sin cuartel contra el indio, verdadero poseedor de casi todos
los terrenos fértiles y de vaquerías y caballadas. “La provincia
KL TERRITORIO 21

se administraba como cosa propia —comenta Cárcano—-, como


gran estancia del caudillo dominante. Si la vida no estaba se¬
gura, menos lo estaba la propiedad.”
Desde la caída de Rivadavia, la tierra pública fue un ne¬
gocio que monopolizaba en gran escala el Estado. ‘‘Las tierras
de propiedad privada eran ocupadas por intrusos, protegidos
por el gobierno que los utilizaba como soldados” (Cárcano,
p. 109). Se hacían mensuras oficiales erróneas o intencionalmen¬
te falsas. Aunque por ley del 2 de octubre de 1884 sobre pose¬
sión treintenaria, y su decreto reglamentario, se intentaba adap¬
tar la forma del homestead americano, “favoreció en toda for¬
ma el aprovechamiento fraudulento de la tierra, adquirida sin
mas condiciones que la astucia y la audacia”. Tal fue la prisa
con que se quiso realizar esa “obra”, que concluyó “con el de¬
rroche de la tierra pública”. Treinta millones de hectáreas se
dieron a particulares, medida que implicaba otros peores abu¬
sos. En 1864 se habían vendido a un tal Echegaray mil leguas
por unos cuantos pesos. Lo que se ha llamado la grandeza del
país, desde 1880, es casi exclusivamente ese escándalo de los
negociados de la tierra fiscal. Se creaban Bancos de crédito que
crecían acromegálicamente con el exclusivo objeto de financiar
esas operaciones, y quebraban de golpe. En 1877, el ministro
de hacienda, Rufino Varela, confesó: “El régimen de la tierra
pública ha sido creado para el capitalista y el arrendatario”;
pero se llegó a tal frenesí en la especulación, “que la influen¬
cia del capital se esparcía por la provincia y estimulaba aún
más la marcha vertiginosa de los negocios inconsistentes”.
Estos datos se encuentran en el libro mencionado de Cár¬
cano: “En 1889 se habían constituido setenta y ocho socieda¬
des comerciales, y el afán por las empresas basadas en el mayor
precio de la tierra, era preocupación de todos”. El gobierno
mantenía enormes gastos, no pudo reparar el déficit y se limitó
a confiar en el porvenir. “Todo era hiperbólico y extraño en
aquel momento.” Observa Terry que

el déficit en el presupuesto, la inconversión, las emisiones, los descuentos


fabulosos, la depreciación del papel moneda, la improvisación en los
actos de gobierno, la inflación de todos los valores, hacía pensar en un
progreso ficticio que no era resultado del crecimiento gradual de las
necesidades y del adelanto general.
22 LA FRONTERA

Se contraían deudas con la ilusión de que todo seguiría aumen¬


tando de valor. El precio de la tierra era arbitrario y falseaba
todo patrón de valor. Se negociaba con las concesiones, a base
de crédito. Todo lo agravó la Ley de Premios a los Militares,
de Avellaneda, y con una ineptitud y mala fe criminales se
sucedieron unas tras otras las leyes de tierras públicas, llegán¬
dose a ofrecer en los mercados de Europa la cesión de veinti¬
cuatro mil leguas de tierra habidas por el Estado más que
fiscal, con privilegios especiales encima. Para castigar los abu¬
sos de los intermediarios, desamparados por ellos, que se decla¬
raron insolventes, el gobierno se apropiaba de la tierra a pesar
de haber pagado en término sus cuotas, pues ni tenían títulos
ni quién los defendiera. Doscientas treinta y cuatro concesiones,
hechas desde 1883 hasta 1889, entregaron 15.569.717 hectáreas
lejos de los pueblos y de las vías de comunicación. El P. E.
violó la ley para ceder a Grümbein, en el sur, cuatrocientas
leguas de campo, que en 1896 se pudieron ubicar para que las
ocupara. Dijo Eleodoro Lobos que al sustituirse la ganadería
por la agricultura “se servía a los defraudadores del Estado para
convertirlos en propietarios”. Por ley de 1902 pasaron al do¬
minio privado 5.118,304 hectáreas en el Chaco, Formosa y Neu-
quén. En 1890 (cuando culminan los escándalos en una revo¬
lución que derroca a Juárez Celman), la crisis económica, finan¬
ciera y moral parecía haber concluido; pero en realidad tomaba
otros aspectos. En doce años, el indio expoliado y exterminado
se había vengado de manera terrible.
Viciados por los mismos defectos, los planes de colonización
y de fomento de las comunicaciones sirvieron igualmente a esa
especulación. Para atraer capitales y tender líneas férreas se
hacen concesiones de tierra —una legua a cada lado de la vía—,
a pesar de que el transporte de pasajeros y de carga cubre am¬
pliamente el interés mínimo fijado para la inversión por las
empresas. En algunos casos los gobiernos de provincia tienen
que enajenar la tierra pública para expropiar los terrenos ce¬
didos a las empresas.
Pero el aspecto más indigno del reparto de la tierra pública
como soborno o como premio a los militares constituye una
norma invariable de procedimiento. Ejercido el gobierno por
militares de carrera, directa o indirectamente, la apropiación
EL TERRITORIO 23

y reparto de la tierra fiscal se consideró un tributo y además


una recompensa honorífica. Como Alberdi advirtió, no se trata
de una institución, sino de una corporación que tiene el domi¬
nio efectivo de la República. Los datos que utilizo aquí están
tomados de los libros de Saldías (Un siglo de instituciones),
Cárcano (Evolución histórica del régimen de la tierra pública)
y José M> Ramos Mejía (Rosas y su tiempo). Interesa esta re¬
seña porque se vincula con las campañas militares contra el
indio y con la posesión de esa rica zona pastoril de las fron¬
teras en que se desarrolla toda la acción del Martín Fierro.
Por ley 658, del 6 de junio de 1834, y ley 695, se dispuso el
reparto de 150 leguas en premios militares. La ley 696 regaló
a Rosas 60 leguas (a su elección el lugar) e hizo también dona¬
ciones a Pacheco y a Bustos. “Para construir los fuertes Fede¬
ración Argentina y Blanca, a que se destinaban cuatro leguas
a cada viento, los enfiteutas debían dejar libre y desembarazado
dicho terreno, dándoseles en cambio, una, dos y más suertes
de estancia en propiedad”. “Avanzaron por esas franquicias las
estancias hacia el sudeste, sud y sudoeste hasta Sierras del Vol¬
cán, Tandil y Arroyo Tapalqué; por el oeste hasta los puertos
Mayo y Federación”. Por otros combates contra los indios en
1839, se hicieron cuantiosas distribuciones, y ese mismo año,
a raíz de la sublevación de los hacendados del sur, se sancionó
la ley de premios del 9 de noviembre, entregándose seis leguas
a los generales, cinco a los coroneles y así sucesivamente hasta
los soldados. En la Memoria de Pedro de Angelis, de ese año,
sobre la tierra pública, se decía que, no bastando los dineros
para pagar los sueldos militares, hubo que repartir tierras pú¬
blicas entre los jefes y oficiales adictos. “La lucha por el ascen¬
so fue inseparable de la guerra civil”, dice Saldías. Como pro¬
cedimiento para equilibrar los gastos del presupuesto, en su
mayoría originados por el ejército, se recurrió a la venta de
300 leguas cuadradas de tierra fiscal (Ramos Mejía). Por ley
del 31 de marzo de 1840 se acuerda a los vencedores de Pago
Largo, “de las haciendas que fueron de salvajes unitarios”,
tres mil cabezas de ganado vacuno, dos mil quinientos lanares,
a los coroneles; mil quinientos vacunos, mil quinientos lanares,
a los tenientes coroneles; mil vacunos y mil lanares, a los ma¬
yores; quinientos vacunos y seiscientos lanares, a los capitanes;
24 LA FRONTERA

cuatrocientos vacunos y quinientos lanares, a los alféreces y


doscientos vacunos y trescientos lanares, a los sargentos; y así
hasta el último soldado e indio adicto. Iguales retribuciones se
hicieron a quienes se hallaron en las batallas de Quebrachito,
San Calá, Rodeo del Medio, etcétera (Ramos Mejía). Por de¬
creto del 26 de marzo de 1841, “los federales de las provincias
que se hallaban en campaña en tierra o agua, combatiendo
triunfantes por la libertad e independencia de la Confedera¬
ción, contra el salvaje unitario, o que permanecieran en las
filas del ejército, quedaban exonerados por el término de veinte
años del pago de la contribución directa” (ídem). Por decreto
del 13 de noviembre de 1842, “al soldado que mató a Lavalle,
José Bracho, por servicios de alta importancia, se le declara
“benemérito de la patria en grado heroico, digno del más dis¬
tinguido aprecio de todos los federales”. Se le nombra teniente
de caballería de línea, con goce de sueldo de trescientos pesos
por mes y acreedor a un boleto por tres leguas cuadradas de
terreno, seiscientas cabezas de ganado vacuno y mil de lanares.
Las leyes del 9 y del 27 de junio de 1860 y la del 14 de
diciembre de 1869 subvencionaban con tierras a las villas, fun¬
daciones, edificios públicos, y recompensaban servicios civiles
y militares. La reglamentación de esas leyes, del 18 de marzo
de 1874, manda entregar diez leguas a los guerreros del Para¬
guay. También distribuyen tierras públicas la ley del 14 de
diciembre de 1890 y el decreto del 12 de marzo de 1894. Toda¬
vía en 1901 y 1906 se tramitan títulos para obtener tierra en
premios, y en 1916 se abonan algunas indemnizaciones prove¬
nientes de dichos premios. Por ley de 1875 se amplía la auto¬
rización de 1865 y se dispone el reparto de tierra pública al
ejército, con pretexto de la guerra del Paraguay. Por ley del
11 de junio de 1881, se entregan a Roca veinte leguas de cam¬
po por sus servicios. Avellaneda, presidente de la República,,
concibió un proyecto de premios al ejército, por sus servicios
contra el indio. Su objetivo era poblar el territorio baldío. Este
es el origen de los premios posteriores (5 de septiembre de
1885) para los jefes superiores. “Se creaban grandes propieta¬
rios a costa de la sangre del pueblo, siempre pobre y desvalida”
(Cárcano). “Las propiedades extensas de los jefes permanecie¬
ron incultas, convirtiéndose ellos en especuladores, en acecho
EL TERRITORIO 25

del momento propicio para la venta”. En épocas posteriores,


los militares solicitaron numerosas concesiones al Congreso, con
exigencia de hecho establecido (Eleodoro Lobos), como si su
derecho a la tierra fiscal fuera como de galones y uniformes
(Cárcano). En 1885, la mayoría asegurada en favor del pro¬
yecto sólo discutió y eliminó al general Roca, a la sazón pre¬
sidente de la República, y se hacía constar que las tierras con¬
cedidas eran “premios que la Nación acordaba al ejército por
sus servicios”. La ley concedía a los herederos de Alsina quince
mil hectáreas, lotes de mil quinientas a ocho mil hectáreas a
los jefes y oficiales, una chacra y solar en el pueblo a la tropa
y cien hectáreas a todo soldado que hubiere sido dado de baja
por haber cumplido su enganche o hallarse inutilizado para el
servicio. Comprendían esos beneficios a las fuerzas navales que
operaron en combinación con la 2^ División y batallones de
Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Mendoza, aunque no hu¬
bieran hecho la campaña del Río Negro, si habían participado
en las maniobras preliminares. Un decreto de 1890, para de¬
purar la Ley, clasificó a quince mil individuos acreedores a
premio. Emitió certificados de propiedad con que los benefi¬
ciarios especularon. Se lanzaban al mercado papeles que repre¬
sentaban tierra, cuyo ínfimo costo se infló en manos del nego¬
ciante, sin crear valor por el trabajo. “Los derechos de los
agraciados fueron cedidos a especuladores que los acaparaban
como títulos negociables”, dice Cárcano, y agrega:

La Nación siempre recompensó con tierras a sus militares, como España


distribuyó mercedes a capitanes y conquistadores. La República creó los
premios y certificados, arraigados en la azarosa vida política de su orga¬
nización, mantenidos en las presidencias constitucionales. Era una imposi¬
ción de la época y de la clase militar. Numerosas provincias sancionaron
(además) en diversas épocas leyes de premios en tierras a veteranos de
fronteras y a guerreros del Paraguay. Se sacaba al ejército de su función
patriótica para lanzarlo al mundo de los negocios y aspiraciones utili¬
tarias que degeneraron en groseros apetitos... Nunca, sin embargo, pu¬
dimos crear una colonia de militares agricultores.

Todavía después de 1894 los militares y sus deudos se creían


con derechos indiscutibles sobre el suelo, e iban al Congreso
a solicitar premios, muchos de ellos enajenados de antemano
a especuladores y hombres influyentes.
26 LA FRONTERA

Entiéndase que se trata siempre de premios honoríficos, pues


los puestos militares estaban rentados. Según Alberdi, la indus¬
tria de la guerra civil era un filón para enriquecerse, además
de ser el camino natural para los altos cargos públicos, que
siempre estuvieron estrechamente soldados con la propiedad te¬
rritorial y con el ejercicio de las armas.
Mantenido el país en pie de guerra civil, se estableció para¬
lelamente a la burocracia sedentaria una burocracia militar
movilizada. Dice Juan Alvarez, (Estudios sobre las guerras ci¬
viles argentinas, pp. 77-79):

Desde 1822 a 1823, por decretos sucesivos de la Provincia de Buenos


Aires, fueron dados de baja y separados del ejército dieciséis generales,
ochenta y cinco jefes y ciento noventa oficiales... Hacia 1825 el ejército
insumía más de un millón de pesos fuertes sobre los dos millones dos¬
cientos noventa y dos mil cuatrocientos cincuenta y dos pesos del gasto
total. Para 1834, calculaba Angelis que el desarreglo de la hacienda
pública era obra exclusiva de los gastos “ilegales, excesivos y ruinosos”
del presupuesto de Guerra; y explicaba de paso que todo el producto
de la contribución directa de 1833 apenas servía para costear un regi¬
miento... El ejército teórico debía formarse por entonces de 4,500 soldados
y 260 oficiales, en números redondos; el ejército real no llegaba a 2,400
soldados, y en cambio tenía más de 700 oficiales. En lugar de dos
generales, trece; cuarenta y un coroneles, en vez de siete; y noventa y
dos tenientes coroneles en reemplazo de los diecisiete autorizados... A
principios de 1865, en plena reorganización interna, quedaban aún treinta
generales con goce de sueldo para un ejército de ocho mil hombres;
y ese año, la guerra del Paraguay volvió a hacer imposible la reducción
del personal superior.

Esos servicios eran retribuidos con sueldos que, para ser


pagados con relativa puntualidad, exigían a veces la venta de
tierras públicas. También se otorgaban otros beneficios com¬
plementarios, en casos excepcionales. Y según dice Groussac
(en Estudios de historia argentina),

el último decreto de Lavalle, el 19 de agosto de 1829, manda entregar


veinticinco mil pesos a cada uno de los coroneles Suárez, Olavarría, Vega,
Martínez, Vilela, Medina, Quesada, Díaz, Thompson, Acha y Maciel (total:
275,000 pesos), “por la parte que han tenido en las disensiones civiles”,
y “teniendo en cuenta la necesidad de ponerlos a cubierto de sucesos
venideros... delaciones, adulaciones, destierros, fusilamiento de adversa¬
rios, conatos de despojo, distribución de los dineros públicos entre los
amigos de causa. Se ve que Lavalle en materia de abusos (y aparte su
número y tamaño) poco dejaba que innovar al sucesor”.
EL TERRITORIO 27

En 18G9 (artículo “La división de la tierra”, del 19 de sep¬


tiembre, en El Rio de la Plata), reaccionaba Hernández contra
el sistema de enajenar la tierra pública que hasta ese año ha¬
bía sido el recurso de todos los gobiernos para aumentar las
rentas fiscales. Fue ésa, sin duda, una desdichada consecuencia
del concepto fundamentalmente sano de Rivadavia, de que el
Estado debía administrar, como patrimonio nacional, la pro¬
piedad inmueble; porque paralelamente al sistema de enfiteu-
sis adoptó el de vender o dar en caución la tierra pública, que
no era ni una consecuencia necesaria ni una necesidad insu¬
perable.
Hernández propicia el parcelamiento de la tierra (era uno
de los puntos del programa político de su diario), pero no atina
con la causa real de los males del latifundio; pues no fue ésta
el monopolio de la tierra por el Estado, sino la desviación de
su donación gratuita, desde Rosas en adelante, casi siempre
como premios a militares, muchas veces a familiares de los
gobernantes. La enfiteusis hubiera sido la solución radical a
todos los problemas morales que entre nosotros siempre se han
derivado de la inmoralidad económica. Pero simultáneamente
cometió Rivadavia, con el error de convertir al Estado en tra¬
ficante irresponsable de la propiedad raíz, el error muchísimo
más grave de cercenar la autoridad de las comunas, sometién¬
dolas, como órganos policiales más que municipales, al poder
central. La crítica de Hernández de todos modos es sana, cuan¬
do dijo: !

Fué un gran error el que padeció don Bernardino Rivadavia cuando en


un decreto del 1822 dijo: "Las propiedades de terrenos de un Estado son
las que más habilitan a una administración, no sólo para garantir la
deuda pública, sino para hacerse de recursos en necesidades extraordina¬
rias”. Nosotros negamos a los gobiernos el derecho de vender las tierras
públicas, o de afectarlas a ninguna deuda, o de hacer de ellas un medio
de crear recursos para las necesidades extraordinarias... La sociedad
no hace de los gobiernos agentes de comercio, ni los faculta para colosales
riquezas, lanzándolos en especulaciones atrevidas del crédito. Gobernar no es
comerciar, es simplemente administrar, dentro de las leyes...

Y aconsejaba:

Para nosotros ese sistema consiste en la distribución de la tierra en


pequeños lotes, como ya lo hemos manifestado. En subdividir la propie-
28 LA FRONTERA

dad lo más posible reside el secreto de su mayor beneficio. Las grandes


fortunas tienden, sin embargo, a irse agrandando cada vez más, mantenien¬
do la tierra, por lo general, en la esterilidad y en el abandono. La
avaricia de la posesión no es esa noble aspiración del trabajo inteligente
y activo.

Estas palabras, escritas en 1869, antes de la conquista del


Desierto, con que el problema de la tierra pública adquirió
magnitudes de una quiebra moral de las instituciones y de
una inflación de los valores territoriales y espirituales que dio
de nuestro país una imagen grandiosa, sin que se considerara
ese fenómeno como una tumefacción, revelan un buen sentido
práctico en el autor, que no demostró después. ¿Cómo desde
1880, precisamente al comenzar su carrera política como legis¬
lador, cuando aquellos males iban a cristalizar en un escán¬
dalo fabuloso para muchos años, Hernández no insiste en su
doctrina y se aviene a contemplar, con los ojos optimistas de
Dardo Rocha, como resuelto un problema que se agravaba con
caracteres ignominiosos? Porque con las presidencias de Ave¬
llaneda y de Roca, las “dos grandes y prósperas etapas de nues¬
tro progreso’’, con cuya política Hernández está de acuerdo,
las castas militar y burocrática —que cierran una oligarquía por
sus intereses— entran en posesión no sólo de la tierra fiscal,
sino de la Nación por sus órganos de dominio constitucionales.
En aquel artículo había vinculado el problema de la tierra
con el problema del indio, sin que él ni nadie hubiera excogi¬
tado los medios de habilitarla para los fines de una economía
racional sin el extremo de aniquilar al poseedor para repar¬
tirla entre los expedicionarios como botín de guerra. Decía,
en efecto:

En esta provincia, que tiene en su contra el flagelo de los indios y donde


se agita como un problema insoluble la cuestión de fronteras, el medio
de resolver en pocos años esa cuestión es fomentar la población industriosa,
llevar al desierto las locomotoras del progreso, que traerían de regreso a
nuestros mercados los pingües productos que regala la tierra a los que
la cultivan y abonan.

Llevar la locomotora era tapar el verdadero problema, que era


el indio que estaba allá para enlazarla. Y la cuestión se esquiva,
derivándola a un socorrido expediente de oratoria:
EL TERRITORIO 29

A nuestro juicio, de esa solución depende la organización radical estable


y definitiva, de esta provincia, amenazada constantemente de las inva¬
siones de los indios y constantemente preocupada de la suerte de la
campaña. No nos alucinemos con el brillante oropel de los grandes capita¬
les. No es oro todo lo que reluce, y de esas alucinaciones fastuosas se
despierta siempre al rudo golpe de la verdad, para ver en el fondo
un abismo de miseria.

Hernández había realizado una eficaz propaganda política


con la denuncia de los desórdenes en la administración de la
tierra fiscal, pero no tenía una doctrina firme en cuestiones
económicas y financieras, ni un ideal consciente de las funcio¬
nes propias del gobierno. Con la extinción en masa del indio,
y la posesión de mas de veinte mil leguas cuadradas que ocu¬
paba, se había dado un paso de gigante en el progreso del país.
En la Segunda Parte de su Poema también él falló en última
instancia, no en el problema del indio, sino en el problema
de la tierra.

LAS ESTANCIAS

La estancia era la civilización rural. Pertenecía a la tierra


y al dueño de la tierra, formando parte de ella. Así se deno¬
minaba a grandes extensiones de tierra adquirida u obtenida
como merced; a la población se le llamaba “el casco”, y tenía
muchas dependencias para el personal, desde el mayordomo
hasta los peones. Los dueños habitaban regularmente en la
capital, cuando no en otros países. Era la estancia una empresa
industrial ganadera, donde la explotación se hacía conforme a
una organización semejante a la europea (particularmente in¬
glesa, escocesa). Estaban instaladas en la provincia de Buenos
Aires y en menor escala en la de Entre Ríos; menores aún las
hubo en Santa Fe, en Corrientes y en la parte llana de Cór¬
doba. Juan Agustín García (La ciudad indiana, I, 2) dice que

todas esas estancias estaban comprendidas en una zona de diecinueve


leguas de sud a norte, por sesenta o setenta de este a oeste [en Buenos
Aires]. El resto de la pampa, con las quinientas mil cabezas de ganado
alzado, era del indio. La tierra tuvo un papel preponderante en la evo¬
lución y jerarquías de la sociedad colonial. Era la única fuente de riqueza
30 LA FRONTERA

y de prestigio en un pueblo sin carreras liberales, en que el comercio


era despreciado y rozaba a cada paso las fronteras de la ley penal; que
por sugestión hereditaria y viejas tradiciones caballerescas, dejaba los
oficios industriales, ocupaciones villanas de moros y judíos, a los negros,
indios, mulatos y mestizos, prohibiéndoles otras profesiones, por "no ser
decente que se ladeen con los que venden y trafican géneros”.

Desde sus orígenes, la posesión de la tierra implicó nobleza,


y por ese concepto se retrogradó a cierta forma estamental de
autoridades y rangos propia de la Edad Media. Los parecidos
formales de nuestra riqueza territorial y ganadera acuñaron
las frases de “época feudal”, “caudillismo feudal”, cuyo sentido
era más hondo que el de las simples analogías de ordenación,
pues calaba hasta la formación del alma nacional, hasta la psi¬
cología colectiva de todas las capas sociales campesinas. La es¬
tancia fue una institución, y entre sus legisladores el primero
fue Rosas, con su Manual del estanciero y uno de los últimos,
en la tecnología empírica, Hernández, con su libro Instrucción
del estanciero.
El padre de Hernández trabajaba para establecimientos de
esa clase, y allí adquirió el poeta sus conocimientos de las cosas
del campo. Además de las estancias que administraba él, había
en la misma zona otras no menos importantes: “Sierra del Vol¬
cán”, de Pedro Castelli; “Laguna de los Padres” y “Laguna de
Navas”, de Ladislao Martínez; “Las Víboras”, de Tomás de
Anchorena; “Chapadmalal”, administrada por M. Amores; “Cha-
cabuco”, de Feo. Ramos Mejía; “Cinco Lomas de Lara”, de
Benito Míguens; “La Esperanza”, de Zimmermann y Cía.; “Ma-
rihuincul”, de Matías Ramos Mejía; a quince leguas de Chas-
comús, en las bocas del río Salado, las de Piñero, Escribano y
Míguens; al sur de este puerto, en el “Rincón de López”, la
de Gervasio Rozas; más abajo las estancias del Tuyú (datos
tomados por Tiscornia, en el Prólogo a su edición del Martín
Fierro). A principios del siglo pasado Anchorena poseía 154
leguas de campo, y a doce propietarios pertenecían cuarenta
leguas en Chivilcoy. En un artículo publicado en La Prensa
(17 de abril de 1938) con datos suministrados por una carta
de Herbert Gibson, dice Ricardo Hogg:

La historia de la estancia inglesa "Los Ingleses” es parte de la historia


ganadera del país. Esa estancia fué escenario del último capítulo de la
EL TERRITORIO 31

Revolución del Sur del 39 [sublevación de los estancieros, en un episodio


que Echeverría conmemoró en un poema]; fué escenario del primer capí¬
tulo de la revolución del 72. Fundó el cuerpo y pueblo del Tuyú, hoy
General Lavalle; en Ajó fundó el primer saladero local. Después de la
caída de Rosas se importaron para los ingleses las primeras ovejas Rom-
ney Marsh que vinieron al país. También desde esa fecha fué el Tuyú
el hogar de muchas familias escocesas, contratadas por la familia Gibson
para pastores, y muchas de ellas labraron su fortuna.

El mismo autor, en su artículo “Facón Chico y Facón Grande,


héroes de la frontera” (en La Prensa, 10 de octubre de 1943),
informa que

hasta fines del siglo pasado se conocía solamente por estancias a los esta¬
blecimientos rurales dedicados a la cría extensiva de ganado con no menos
de una legua cuadrada de tierra, y estanzuelas a las más reducidas. Tam¬
poco se aplicaba la denominación a campos arrendados para invernada,
tambo o agricultura. Se entendía por chacra una propiedad inferior en
cuadras a la estanzuela, aunque no tuviese cultivos, y quintas a los
terrenos dedicados a huertas, como también a las fincas de veraneo. Ac¬
tualmente es difícil deducir lo que se estima por estancia, desde que se
viene adulterando el significado tanto como el creciente empeño de
llamar gaucho a todo peón de campo que anda a caballo; pero, a pesar
de la vertiginosa desaparición de la estancia auténtica por la parcelación
de las tierras, queda por un milagro mereciendo el título real, aunque
en muy reducida escala comparada con su gigantesco origen, la más anti¬
gua de la provincia: “El Rincón de Noario”. Fué fundada el 6 de junio
de 1636 con el nombre de “Rincón de Todos los Santos” por el general
don Francisco Velázquez, que vende a Juan del Pozo y Silva la merced
de doscientas leguas, el 27 de mayo de 1665, en el precio total de tres¬
cientos pesos corrientes en monedas de ocho reales... Otra... “Negrete”,
ubicada en Ranchos... Whitfield y Sheridan en 1825 edificaron en Ne¬
grete el primer edificio señorial de esta provincia, estableciendo grandes
bosques artificiales y la cabaña ovina más importante.

Las construcciones (vivienda, galpones, dependencias, corra¬


les) se fabricaban de material. Solían estar defendidas por pe¬
queños torreones en que se emplazaban cañoncitos de bronce,
y circuidas por un foso para impedir que las asaltaran los in¬
dios. Las dependencias más importantes eran la cocina y el
corral, únicos lugares que menciona el Martín Fierro. Dice
Hernández (en Instrucción del estanciero, III, 1):

Ya pasaron los tiempos en que el poblador de una estancia a cuarenta


o cincuenta leguas de Buenos Aires se situaba con su hacienda y su
tropilla de caballos en la costa de un arroyo, empezaba por hacer un
32 LA FRONTERA

toldo con cueros, y allí se refugiaba mientras buscaba algunos palos,


cortaba la paja, armaba su rancho, le ponía un quincho embarrado, y
así construía una habitación en la que vivía años enteros, sin más puerta
que un cuero atado con unas guasquillas. No tenía corrales, y cuando
necesitaba asegurar un potro, mataba una yegua y le servía de palenque.
Hoy se cuida, se trabaja y se vive en el campo con muchas de las como¬
didades que también se goza en la ciudad, aunque los nuevos pobladores
de los campos de afuera están muy distantes de esas comodidades y de
ese bienestar.

Se percibe en seguida que los trabajos de instalación que


aquí enumera Hernández son los mismos que Martín Fierro
realiza en el fortín, y que el toldo que fabrica con Cruz es la
primitiva choza del estanciero de antaño.
Sobre las poblaciones rurales dice Hernández en la obra
mencionada:

Antes, cuando los campos eran abiertos completamente, sólo se buscaba


para situar la población un paraje alto, en un costado o preferentemente
en una de las cabeceras del campo, jamás en el centro ni en las esquinas...;
dejaba libre todo su campo, para que pudieran pastar cómodamente los
ganados.

Recomienda construir alambrados interiores para separar ha¬


ciendas, “que no deben estar mezcladas y juntas en el rodeo”,
atender mejor el campo, evitar epidemias, y estrechar relaciones
con los “puestos” donde fácilmente se vicia y se relaja todo
sistema.
En su libro El viaje intelectual (“El gaucho”), recuerda
Groussac:

En el centro de aquellas encomiendas rurales, vagamente medidas y


nunca cercadas, la casa-estancia, con su galería cubierta y su techo de
azotea o de dos aguas, levantaba sus paredes de adobe blanqueadas con
cal; casi siempre un ombú enorme o un bosquecillo de duraznos arro¬
jaba su nota alegre sobre el campestre hogar. A corta distancia de la
casa señorial, algunos ranchos de peones y pastores dominaban apenas
con sus techos de paja los corrales de las ovejas.

También tenemos la descripción de una pequeña estancia,


instalada hacia el año 1856 (el año terrible de las invasiones
a los grandes pueblos por Calfucurá), en el libro El hogar en
la pampa, de Santiago Estrada, donde se lee:

Establecida la familia en el campo, el primer cuidado fué. como era


EL TERRITORIO 33

natural, construii una pequeña casa. Don Antonio dirigió los trabajos,
y en menos de dos meses su mujer e hija ocupaban los cuatro ranchos
que componían su población. Apenas instalados en ellos les dieron una
mano de blanqueo con cal de Córdoba por dentro y por fuera, que les
agració la fisonomía. Doña Luisa cosió un cielo raso, que una vez colo¬
cado impidió al aire tomarse la libertad de introducirse por entre las
pajas y colaise dentro de la casa... Don Antonio plantó algunos paraísos
al frente del puesto que miraba al sol... Un peón que los acompañaba
delineó con su lazo varios cuadros en el fonde la casa... y María
plantó en ellos semillas y cabezas de flores. A la derecha del estableci¬
miento, doña Luisa hizo sembrar varias clases de legumbres y don Antonio
unas cuantas libras de semilla de alfalfa, destinada para el moro que
montaba su bella María... A pocas cuadras de la lomada sobre la cual
estaba edificada la casa construyeron el corral de las ovejas, que debían
dar de comer a don Antonio con el producto de sus espesos y blancos
vellones. La familia de Páez pasaba sus días consagrada al trabajo, sin
ajitarse por otro mundo que el que ella veía encerrado dentro de los
mojones que separaban su puesto de la vecindad.

Afortunadamente tenemos la descripción que hizo Juan


Gutiérrez (en Noticias biográficas sobre don Esteban Echeve¬
rría) de la estancia de “Los Talas”, donde, huyendo de la per¬
secución de Rosas, se refugió Echeverría antes de encaminarse
a Montevideo.

“Emigrar, decía él, es inutilizarse para su país." Prefirió, en consecuencia,


retirarse del todo a su estancia de "Los Talas” situada al norte de la
provincia, entre los pagos de Luján y de Giles... Hemos conocido la
estancia de "Los Talas”, en donde se concibieron estos pensamientos tan
generosos, trascendiendo perfumes de patria. Era modelo de un estable¬
cimiento fundado con corto capital y suma inteligencia y economía, por
el hermano predilecto del poeta, ayudado de los consejos de éste. Las
"taperas” sobre que los Echeverría habían levantado unos ranchos có¬
modos y bien distribuidos, tenían un aspecto triste y sombrío. Profundas
zanjas con tapias endurecidas a pisón, anunciaban que alguna vez sus
remotos habitantes habían sido fronterizos y defendídose contra los indios
y los ladrones del poblado. Las "tunas de España” mezclaban sus hojas
pulposas en forma de “raqueta” claveteadas de púas, a los talas desco¬
loridos y espinosos, y formaban un bosque de algunas cuadras en
que se anidaban bandadas de aves y una especie de gatos monteses gran¬
des y bravos como cachorros de tigre, a los cuales asestábamos frecuen¬
temente nuestra escopeta de estudiantes en vacaciones, a disgusto mani¬
fiesto del amigo dueño de casa que aborrecía la destrucción de los seres
vivos aunque fuesen dañinos. Los peones y campesinos miraban de mal
ojo aquel matorral más que bosque, y tenían en opinión de bruja a una
sirvienta vieja santiagueña, que durante todo el año sacaba de los nopales
excelente cochinilla con que teñía de rojo el hilo de lana para sus tejidos
a la usanza de su provincia. Bajo aquellas bóvedas ralas de hojas amari-
34 LA FRONTERA

lientas se notaban algunos senderos angostos, prolongados y recién holla¬


dos, abiertos por los frecuentes paseos de don Esteban, único habitante
de aquel sitio donde arrullaban las enamoradas torcazas y brillaban en
la sombra los ojos sanguinolentos y astutos del gato montés.

Con su habitual minuciosidad, Ascasubi nos ha dejado en su


Santos Vega (Canto IX) la descripción completa del casco de
una estancia:

Todo el frente que habitaba y álamos que hasta las nubes


la familia del patrón, se elevaban por su autor,
del lado que hacia al campo hacían de aquella estancia
y de la banda exterior, un palacio encantador.
con arcos de largo a largo Afuera estaba la chacra
lo ceñía un corredor, en tan linda situación,
y también a un oratorio, que un arroyo la cercaba
de lo lindo lo mejor. para regarla mejor.
Después, en los otros puntos Luego había tres corrales
tenían colocación: de suficiente grandor;
una tahona, dos cocinas, dos para hacienda vacuna
el granero y el galpón en los que sin opresión
del uso de la pionada; cabía todo un rodeo
y en seguida otro mayor mansito y resuperior.
para apilar el cuerambre, Después, el tercer corral
y en cierta separación tan sólo se destinó
el sebo, la cerda y lana, para encerrar las manadas ,
con toda ventilación. que eran una bendición,
De ahí, palomar y cochera, mucho más la de retajo,
y después la habitación del esmero del patrón,
que ocupaba el mayordomo; por la multitú de muías
y al lado un cuarto menor que esa manada le dió;
que guardaba un armamento de modo que, año por año,
nuevito y de lo mejor . remitía una porción
Luego otras piezas aisladas para los pueblos de arriba:
donde metía el patrón trajín que lo enriqueció.
a las gentes de su agrado Luego, para la majada,
cuando era de precisión. el ladito de un galpón
Además de eso, a la casa, que cubría seis carretas,
por si acaso, a precaución, un bote y un carretón,
la rodeaba todo un foso dejando el chiquero aparte
de cinco varas de anchor, el corral se les formó;
tan profundo, de manera y para cuidarla bien
que nunca agua le faltó. ahi mesmo en la inmediación
Ansí, del lado de adentro dormían los ovejeros,
de la zanja en derredor, cada perro como un lión
sauces coposos y eternos que toriaban al sentir
ostentaban su verdor; el más pequeño rumor.
EL TERRITORIO 35

Al rememorar la estancia de sus tiempos felices, Martín


Fierro no menciona sino la cocina y el corral: una, el lugar
donde se descansa, y otro, el lugar donde se trabaja.

LA COCINA

Es el lugar de reunión de los peones, al atardecer, y al mis¬


mo tiempo la sala de recibo del caminante que llegaba a pedir
hospitalidad. Hernández ha dedicado a la cocina mayor espacio
que a ninguna descripción de las demás dependencias de la
estancia, en su Instrucción del estanciero, donde leemos:

Sólo en el campo puede apreciarse debidamente la importancia que tiene


la construcción de una buena cocina para peones. Debe ser grande, lo
más espaciosa que sea posible; el fogón debe estar en el suelo y retirado
de la pared. Debe estar siempre aislada de todos los demás edificios, como
precaución para los incendios. Debe estar situada de sur a norte, y las
puertas en los mojinetes: así es clara, fresca en verano y abrigada en
invierno, pues la puerta del sur favorece en la estación de los calores
que son del norte, y la puerta del norte favorece en la estación del
invierno, pues las lluvias y los fríos son del sur... Una cocina estrecha,
con puertas mal situadas, o que tenga el fogón en alto, no sólo es muy
incómoda, sino que revelaría en el propietario o mayordomo mucha in¬
competencia o mucha falta de consideración por su gente... Que la
cocina debe ser muy espaciosa se comprende fácilmente, desde que está
destinada a prestar los múltiples servicios de cocina, comedor, dormitorio
y punto de reunión de los peones del establecimiento. El fogón en el
suelo permite el uso de los asientos bajos, que tienen comodidad y ven¬
taja para el descanso. Todos los trabajadores le dan preferencia, porque
después de las fatigas de los trabajos fuertes se descansa mejor en un
asiento bajo... Debe estar retirado de la pared, porque eso permite a los
hombres ocupar todos un asiento alrededor del fuego_ El frío de la
campaña es intenso; y el peón de estancia que debe estar en pie antes
de aclarar, necesita, en invierno sobre todo, un buen fogón donde calen¬
tarse un poco antes de salir al trabajo... En tiempo de lluvia el fogón
en el suelo les permite reparar los efectos del frío, y ofrece la comodidad
inestimable de que todos pueden secar allí sus ropas, sus ponchos, sus
jergas, pues tienen que dormir en ellas... Algunas cocinas de estable¬
cimientos bien manejados tienen alrededor un escaño de material, corrido,
como de tres cuartas de alto por otro tanto de ancho, y es sumamente
cómodo. Ese escaño no sólo sirve de asiento, sino que los peones ponen
allí sus recados, allí tienden sus camas, evitándoles dormir en el suelo,
y de ese modo queda la cocina más desahogada y más cómoda... Esto
cuesta poco y un buen patrón no debe omitir nada de cuanto contribuya
a la comodidad de los que lo sirven y cooperan con su trabajo al adelanto
36 LA FRONTERA

de sus intereses. Cuanto sean mejor tratados han de ser ellos más celosos
en el cuidado de los intereses del establecimiento. Después de esto, permí¬
tasenos decir algunas palabras respecto de esta pieza tan importante en
la vida de nuestras campañas. La reunión en la cocina tiene para el
hombre de campo un atractivo irresistible; tiene encantos que sólo él
comprende. Allí, alrededor del fuego, mientras se prepara la cena y
circula el sabroso mate, ellos se comunican alegremente las novedades del
día, se refieren con mutua cordialidad todas sus observaciones: cuanto han
visto en el campo, los animales que han encontrado, los episodios del
trabajo, las ocurrencias más minuciosas, y cuanto forma el movimiento de
la vida diaria... Allí son las ocurrencias originales, los equívocos inge¬
niosos, los juegos de palabras llenos de sutileza e intención. Allí aparecen
las relaciones de sucesos pasados, la historia de las campañas hechas, sus
andanzas y sus peligros, las novedades que han presenciado u oído; las
hazañas de otros y las suyas propias, las empresas acometidas, los peligros
corridos, los medios ingeniosos rápidamente empleados para salvarse de
ellos; y todo esto en una conversación animada, llena de colorido, de
comparaciones originales, de juicios y comentarios chispeantes. Todo el
mundo es escuela. £1 fogón es alegre por excelencia. El fuego disipa
las tristezas. Ver la llama distrae infinitamente... Ver ondear la llama,
seguir los varios caprichos de su giro, es tan entretenido como ver correr
el agua... ¡Cuánto se oye en una cocinal Hasta hace algunos años iban
a parar [a ella] cuantos objetos raros se hallaban o descubrían en el
campo, como fósiles, petrificaciones, etc. En el sur de esta misma provin¬
cia hemos encontrado algunas vértebras de ballena sirviendo de asiento
en una cocina_ En el partido de Arrecifes vimos unos huesos que
parecían de mastodonte, extraídos de un zanjón seco, inmediato al río,
en un paraje próximo al pueblo y que formaban parte del mueblaje de
la cocina. En el Estado Oriental vimos también asientos de hueso de
megaterio (tibias y fémures) que fueron más tarde recogidos por un médico
francés, y de la cocina de la estancia pasaron honrosamente a la sección
paleontológica de un museo de París. En la provincia de Santa Fe vimos
cómodamente sentados dos soldados de Juan Pablo López en el cráneo de
un respetable paquidermo antediluviano que tenía cada muela del tamaño
del puño de un hombre.

Una cocina igual a la que describe Hernández encontramos


al final de La tierra purpúrea de Hudson, y muchas otras, de
ranchos, donde el viajero, Richard Lamb, se alberga y a veces
pernocta. Pero aunque la cocina de los ranchos ofrecía la mis¬
ma hospitalidad —recuérdese las casas del admirable John Ca-
rrickfergus y la de Mónica—, eran muy escasas sus comodidades.
Head nos ha dejado la descripción de una de ellas, en San Luis,
que puede ser tomada como una de las muchas que ha descrito
Hudson. Es, con sus cosas y sus seres, el ambiente típico de
EL TERRITORIO 37

la vida familiar en el campo, no solamente en el siglo pasado,


sino aun en nuestros días:

Llegamos una hora después de puesto el sol; posta fortificada, dispután¬


donos la cocina en la oscuridad. Cocina remolona. El correo nos da su
comida. Choza de gente con aspecto salvaje; tres muchachas y mujeres
casi desnudas; su raro aspecto cuando cocinaban nuestras gallinas. Nuestra
choza; un viejo tullido; la figura de Mariquita; un chicuelo mestizo,
otras tres o cuatro personas. Techo soportado en el centro por un
horcón; agujeros del techo y paredes; de barro, rajadas y rotas; botija
sobre trípode de madera, en un rincón; piso, la tierra; ocho peones ham¬
brientos a la luz de la luna, parados, cuchillo en mano, junto a un carnero
que iban a carnear y mirando su presa como tigres implacables. Por la
mañana. Morales y los peones parados junto al fogón; la llama haciendo
la escena detrás de ellos negra y oscura; horizonte como mar, excepto
aquí y allá el lomo de una vaca que se ve; carro y coche casi perceptibles.
En la choza todos nuestros compañeros ocupados del equipaje, iluminados
por una vela torcida y delgada; escena de urgir al maestro de posta para
conseguir caballos y, a Mariquita, para obtener leche; el patrón desper¬
tando al negrito.

EL CORRAL

El corral estaba junto al rancho o a los galpones. Allí se


encierra el ganado y se realizan diversas tareas: marcar, castrar,
curar, amansar. Para esto existe un palo en el centro (palen¬
que), al que se ata con fuerte bozal y resistente piola de cáña¬
mo el animal que ha de domarse para tiro. Hernández acon¬
seja en la Instrucción del estanciero (II, 8), que se haga el
corral con palos de ñandubay, “palo fuertísimo que dura siglos
y que ni el sol ni la lluvia ni la humedad del suelo lo perju¬
dican en lo más mínimo’’. Junto al corral grande, otro más
chico, el tras-corral. Cuando los terneros han sido marcados
—dice—, “le toman miedo al paraje en donde han sido quema¬
dos, se resisten a volver a pasar por él, y entonces la pequeña
puerta falsa del fondo sirve para largarlos por allí’’.
Como la cocina para los peones es el lugar más importante
de la casa, el corral lo es del campo. En él solían encerrarse
los animales cuando los indios amenazaban en sus correrías.
Muchos episodios sangrientos han tenido su escenario en el
corral. Hudson cuenta uno interesantísimo en Una cierva en
el Richmond Park (capítulo vm):
38 LA FRONTERA

Los indios habían invadido el sur de la Provincia de Buenos Aires y se


enviaban rápidamente a ese lugar tropas separadas en pequeñas partidas.
Uno de los oficiales enviados de la capital era un coronel que al llegar a
la población de Azul, en la frontera, se puso al mando de un contingente
de doscientos hombres, ordenándosele que se dirigiera a un lugar que
quedaba veinte leguas más al sur, llevando una tropa de quinientos caba¬
llos; es decir, más del doble de los que necesitaban para abastecer con
nuevas montas a otros contingentes que habían sido ya enviados al mismo
sitio. Antes de llegar a su destino, hizo alto en una estancia abandonada,
en la que había un gran corral de palo a pique. Detúvose allí para
que sus soldados cambiaran de caballo y comieran un asado, pues era
mediodía. Un poco más tarde, los exploradores que enviara antes para
ir reconociendo el camino volvieron inesperadamente a toda carrera por¬
que habían visto un grupo considerable de indios que venían hacia ellos.
Inmediatamente el coronel dispuso que sus soldados condujeran los caba¬
llos al corral, y una vez ejecutado esto ordenó que también entraran
ellos y que se colocaran alrededor del cerco, siguiendo la línea de
postes, para luego abrir fuego no bien los indios estuvieran a tiro. Muy
poco tiempos después aparecieron los salvajes, echados sobre sus cabalgaduras
y profiriendo sus acostumbrados gritos. Los caballos, enloquecidos de
terror, se atropellaban lanzándose contra los postes del corral, golpeando y
pisoteando los hombres hasta que, desde el comándente hasta el último
soldado, no quedó ni uno solo en pie. Fueron pisoteados y sofocados y
llegaron a tener un fin desastroso bajo las patas de los caballos, mientras
los indios gritaban y olian; manteniéndose todavía a considerable distancia,
éstos daban vueltas y más vueltas alrededor del corral y, viendo satisfechos
que no tenían nada que temer, se arrimaron, abrieron la tranquera y
dejaron escapar los caballos.

Por peligros semejantes a ése —colmo de torpeza en un


coronel, pero no en un coronel de la ciudad— Hernández acon¬
sejaba que los corrales fueran cuadrados, “con más defensa para
el hombre que el redondo”. Así se hacen todavía. Sobre el mis¬
mo tema que trató Hudson, Head se refiere en su libro citado:

A menudo preguntaba a los gauchos por qué no se defendían dentro del


corral que, al principio, me parecía posición más fuerte que los fortines.
Me decían que los indios suelen traer lazos con que echan abajo los
postes del corral; que a veces encienden fuego junto a ellos y, además,
que siendo sus lanzas de dieciocho pies de largo, podían matar todos los
animales en el corral.

En otra página lo describe así:

El corral está a cincuenta o cien yardas del rancho y es un círculo con


diámetro de treinta yardas, hecho de palo a pique. Hay generalmente
encima de los postes numerosos buitres o cuervos perezosos, y las inme-
EL TERRITORIO 39

diaciones del rancho y corral están cubiertas con huesos y osamentas de


caballos, astas de novillos, lana, etc., que les dan el olor y el aspecto de
perrera mal cuidada en Inglaterra.

Entendíase también por palenque, formando parte adjunta


del corral, cerca del cuadro de los peones, un lugar de reparo y
abrigo para los animales. “El modo de construir un buen pa¬
lenque —dice Hernández— es hacerlo redondo o cuadrado, plan¬
tando dentro un ombú o sauces, que pronto ofrecen un exce¬
lente abrigo contra los rayos del sol. El piso alrededor del pa¬
lenque no debe tener pozos, y ha de cuidarse que se conserve
formando bóveda.”

LA PULPERIA

Era la pulpería un lugar de reunión. Se congregaban allí


los paisanos para jugar a los naipes o a la taba y para beber.
Era el lugar donde se organizaban bailes, de ninguna manera
familiares, adonde los hombres iban con sus mujeres los días
de fiesta. Vicente Rossi apunta la probabilidad, no exenta de
verosimilitud, de que las “milongas” adonde concurren Martín
Fierro y Cruz fueran prostíbulos. Las pulperías fueron tanto
el origen de los almacenes de campaña como de los prostíbu¬
los, o lugares donde se podía pernoctar con mujeres. En una
de ellas muere Juan Moreira.
Allí los cantores lucían sus habilidades, como lo consigna el
Facundo y el mismo Martín Fierro lo declara con ufanía. Ante
numerosas personas que escuchaban con respetuosa atención, el
cantor exponía sus cuitas o relataba algún episodio de su vida,
tal como se ve en el Poema; y si había otro cantor “de media
talla o de talla entera”, cantaban en contrapunto, payaban.
La pulpería tomó, a este respecto, el mismo carácter que la
cocina de la estancia; era “otra cocina” donde los paisanos de
distintos lugares y hasta de pagos distantes se encontraban y
cambiaban impresiones. Fue la pulpería, como Sarmiento
advierte, lugar de sociabilidad, no solamente de peleas, sino
también de amistades.
La limitada tertulia de la cocina se ampliaba en la pulpería
a una fiesta de forasteros, amenizada por el juego, la bebida y
40 LA FRONTERA

el baile. Cruz dice: Ansí andaba como gaucho Cuando pasa


el temporal— Supe una vez pa mi mal De una milonga que
había, Y ya pa la pulpería Enderezó mi bagual. Era la casa del
baile Un rancho de mala muerte, Y se enllenó de tal suerte
Que andábamos a empujones— Nunca faltan encontrones
Cuando el pobre se divierte. Yo tenia unas medias botas Con
tamaños berdugones— Me pusieron los talones Con crestas como
los gallos; ¡Si viera mis aflicciones Pensando yo que eran callos!
Con gatos y con fandanguillo Había empezao el changango,
Me colé haciéndome bola— Mas metió el diablo la cola Y todo
se volvió pango. Había sido el guitarrero Un gaucho duro de
boca— Yo tengo pacencia poca Pa aguantar cuando no debo—
A ninguno me le atrevo, Pero me halla el que toca. A bailar
un Pericón Con una moza salí, Y cuando me vido allí Sin duda
me conoció— Y estas coplitas cantó Como por rairse de mi: . ..
(1921-56).

TIERRAS Y GANADOS

El indio poseía la tierra y el ganado por derecho natural;


la tierra pertenecía a quienes la ocupaban y el ganado a quie¬
nes lo cuidasen. La codicia de la tierra vino como consecuen¬
cia del comercio de haciendas: cueros, astas, cerdas y sebo. Para
poseer el ganado era preciso poseer la tierra, pues, como indicó
Sarmiento, aquél formaba parte de la propiedad inmueble hasta
que la marca la sujetó al hacendado. Pero aun así, en campos
sin delimitar, señalaban ellas la propiedad de la tierra, donde
pisaran. Hostigadas las poblaciones por el indio, a raíz de la
falta de cumplimiento del gobierno a los compromisos de pro¬
veerle de alimentos en compensación de los terrenos y los ani¬
males de que se apropió, se hizo una empresa del liberar y del
poseer. El lema era: “Civilización contra barbarie”. La táctica
del gobierno era doble: combatir al indio, y al mismo tiempo
emprender negociaciones para desalojarlo por medios pacíficos
hacia lugares de pastos pobres, alejados de las vías de comu¬
nicación y de los centros poblados. La misión del coronel Man-
silla, a quien comisiona Sarmiento en su carácter de presidente
de la República, documenta la perfidia aun en nuestros grandes
EL TERRITORIO 41

hombres. Su libro de viaje, Una excursión a los indios ján¬


queles, es un documento insospechable de veracidad; pero un
documento que, sin intentar ser más que una producción lite¬
raria, nos ilumina hoy más que cuanto se ha escrito y decla¬
mado sobre las razones verdaderas de la campaña final contra
el indígena. Vemos por esa crónica que en general los caciques
y sus tribus estaban lejos ya de la época en que podía conside¬
rárselos como salvajes. Habían adquirido muchos conocimien¬
tos del blanco; habían aprendido a desconfiar, a jugar con los
mismos naipes. Pero también habían degenerado incorporán¬
dose, además de los códigos de la felonía, sus vicios y miserias
morales. De esto hablaron los misioneros P. Salvaire y P. Chan-
bon. Pero también sin ánimo de documentar su futura empresa
libertadora, el general Roca expuso con claridad cuál era la
política que había de seguirse para extirpar de raíz ese mal de
la tierra que era el indio.
El general Francisco M. Vélez, en Ante la posteridad, escribe
lo siguiente:

El dominio efectivo del gobierno sobre el territorio nacional en dirección


al sur sólo alcanzaba a principios de 1876 hasta la línea que formaba un
arco de mil quinientos kilómetros, cuyos extremos se apoyaban en el
Fuerte General San Martín, el del oeste, y en Carmen de Patagones, el
del este.

Y transcribe el parte del general Roca, desde Río Cuarto,


del 19 de octubre de 1875, dirigido al ministro de la guerra,
doctor Adolfo Alsina:

El avance de esta frontera al Cuero o a un punto más al sur nos presentará


todos los inconvenientes del aislamiento y del desierto... Para establecer
la línea a la altura del Cuero, debemos dar por rotas las paces con los
ranqueles que, la verdad sea dicha, han cumplido fielmente sus com¬
promisos, a pesar de haber quedado completamente abandonada la
frontera, con motivo de la rebelión de setiembre... En el Cuero, laguna
de escasa importancia, donde hoy se ha establecido el cacique Ramón con
unos pocos indios, empiezan los primeros toldos de los ranqueles. Vamos,
pues, a disputarles sus propias guaridas, pretendiendo llevar a ellas
nuestras líneas, lo que no conseguiremos sino por medio de la fuerza.
Tentar comprarles esa zona de territorio, como se ha hecho con muchas
tribus en el Norte de América, no daría resultados. Sin embargo, se
podría hacer la experiencia y mandar hacer proposiciones con este sentido
a los caciques principales. Pudiese ser que el cebo de una gran recom
42 LA FRONTERA

pensa decidiese a algunos a aceptar, obligándose a vivir en espacios más


reducidos, a donde les designase el gobierno. A mi juicio, el mejor sistema
de concluir con los indios, ya sea extinguiéndolos o arrojándolos al otro
lado del Río Negro, es el de la guerra ofensiva, que es el mismo seguido
por Rosas, que casi concluyó con ellos.

Esto a cinco años de la misión de Mansilla.


Necesito ahora transcribir literalmente una de las muchas
escenas que Mansilla cuenta con ingenua lealtad, y que se en¬
cuentra en el capítulo XL de su mencionada obra. Dice:

¿Por qué insistía yo tanto en comparar la posesión de la tierra? Mariano


me dijo: Ya sabe, hermano, que los indios son muy desconfiados. Ya lo
sé; pero del actual presidente de la República, con cuya autorización he
hecho estas paces, no deben ustedes desconfiar, le contesté. —¿Usted me
asegura que es un buen hombre?, me preguntó. —Sí, hermano, se lo
aseguro, repuse. —¿Y para qué quiere tanta tierra, cuando al Sur del
Río Quinto, entre Langheló y Melincué, entre Aucaló y El Chañar, hay
tantos campos despoblados?
Le expliqué que para seguridad de la frontera y para el buen resul¬
tado del trato de paz, era conveniente que, a retaguardia de la línea
hubiera por lo menos quince leguas de desierto, y a vanguardia otras
tantas, en la que los indios renunciasen a establecerse y a hacer boleadas
cuando les diera la gana sin pasaporte. Me argüyó que la tierra era de
ellos. Le expliqué que la tierra no era sino de los que la hacían produc¬
tiva; que el gobierno les compraba, no el derecho a ella, sino la posesión,
reconociendo que en alguna parte habían de vivir. Me argüyó con el
pasado, diciéndome que, en otros tiempos, los indios habían vivido entre
el Río Cuarto y el Río Quinto, y que todos esos campos eran de ellos.
Le expliqué que el hecho de vivir o haber vivido en un lugar no
constituía derecho sobre él. Me argüyó que si yo fuera a establecerme
entre los indios, el pedazo de tierra que ocupara sería mío. Le contesté
que si podía venderlo a quien me diera la gana. No le gustó la pregunta
porque era embarazosa la contestación, y disimulando mal su contrariedad,
me dijo: —Mire, hermano, ¿por qué no me habla la verdad? —Le he
dicho a usted la verdad, le contesté. —Ahora va a ver, hermano. Y esto
diciendo, se levantó, entró en el toldo y volvió trayendo un cajón de
pino con tapa corrediza, lo abrió y sacó de él una porción de bolsas de
zaraza con jareta. Era un archivo. Cada bolsita contenía notas oficiales,
cartas, borradores, periódicos. El conocía cada papel perfectamente. Podía
apuntar con el dedo al párrafo a que quería referirse. Revolvió su archivo,
tomó una bolsita, descorrió la jareta y sacó de ella un impreso muy
doblado y arrugado, revelando que había sido manoseado muchas veces.
Era La Tribuna de Buenos Aires. En ella había marcado un artículo sobre
el gran ferrocarril interoceánico. Me lo indicó diciéndome: Lea, hermano.
Conocía el artículo y le dije: —Ya sé, hermano, de lo que se trata. —Y
entonces, ¿por qué no es franco? —¿Cómo, franco? —Sí; usted no me ha
dicho que nos quieren comprar las tierras para que pase por el Cuero
EL TERRITORIO 43

un ferrocarril. Aquí me vi sumamente embarazado. Hubiera previsto


todo, menos argumento como el que me acababa de hacer. —Hermano,
le dije: no se ha de hacer nunca. Y si se hace, ¿qué daño les resultará
a los indios de eso? —¿Qué daño, hermano? —Sí ¿qué daño? —Que
después que hagan el ferrocarril dirán los cristianos que necesitan más cam¬
po al Sur, y que querrán echarnos de aquí y tendremos que irnos al Sur
del Río Negro, a tierras ajenas, porque entre estos campos y el Río
Colorado no hay buenos lugares para vivir. Doblando el diario y dándo¬
selo, le conteste: —Eso no ha de suceder, hermano; si ustedes observan
honradamente la paz. —No, hermano, si los cristianos dicen que es mejor
acabar con nosotros. —Algunos creen eso, otros piensan como yo, que
ustedes merecen nuestra protección, que no hay inconveniente en que
sigan viviendo donde viven. ¡Ojalá fuera así!, y me dijo: —Hermano, en
usted yo tengo confianza, ya se lo he dicho. Arregle las cosas como quiera.
No le contesté; le eché una mirada escrutadora y nada descubrí; su fiso¬
nomía tenía la expresión habitual. Mariano Rosas, como todos los hombres
acostumbrados al mando, tiene un gran dominio sobre sí mismo.

Este diálogo, entre un ahijado y un sobrino de Rosas, entre


un representante típico de la barbarie y un típico representante
de la cultura, después de los sucesos que termina en la cam¬
paña de Roca, nos deja perplejos. Porque estamos, no ante un
problema psicológico de por sí muy interesante, sino ante una
fractura accidental por la que se ve una vasta perspectiva de la
historia argentina. Sin comprender a fondo esta escena, toda
ella es un enigma. Pertenece, además, a esa clase de historia
documental que nosotros leemos como buena literatura, y
pintoresca.
Esos campos que el gobierno pretendía para trazar líneas de
ferrocarril eran, además, campos de pastoreo. La verdad es que
no quería el campo, sino las haciendas que podían multipli¬
carse sobre él. Aunque expulsado de las mejores zonas de
]i>astos tiernos, también había allende la frontera, en que vivía
una población flotante de soldados y gauchos rebeldes, campos
feraces, de hierbas finísimas, en que vivían juntos el indio, la
vaca y el caballo.
Aunque el capítulo sobre la Pampa del libro Un naturalista
en el Plata, de Hudson, describe magníficamente esa región,
prefiero transcribir un cuadro análogo, unos veinticinco años
anterior, de La Pampa y los Andes, del capitán F. B. Head:

Las pampas, al oriente de la cordillera, tienen novecientas millas de ancho,


y la parte que recorrí, aunque en igual latitud, está dividida en dos regio-
44 LA FRONTERA

nes de clima y de producción diferentes. Dejando Buenos Aires, la pri¬


mera de estas regiones está cubierta con ciento ochenta millas con trébol
y cardos; la segunda región, de unas cuatrocientas millas, produce pajas y
espartillo; y la tercera región, que llega al pie de la Cordillera, es un
monte de árboles bajos y arbustos. La segunda y tercera regiones tienen
el mismo aspecto todo el año, pues solamente cambia de color verde a
oscuro; pero la primera región varía, con las cuatro estaciones del año,
de manera muy extraordinaria. En invierno, las hojas de cardo son muy
grandes y exuberantes y toda la superficie del campo tiene el tosco aspecto
de una plantación de nabo. El trébol en esta estación es sumamente rico
y fuerte; y la vista del ganado paciendo en completa libertad es lindísima.
En primavera el trébol ha desaparecido, las hojas de cardo se han exten¬
dido por el suelo y el campo todavía parece una cosecha de nabos. Antes
de un mes el cambio es de lo más extraordinario: toda la región se con¬
vierte en exuberante bosque de cardos enormes que se lanzan de repente
a diez y once pies de altura, y están en plena florescencia. El camino o
senda está cerrado en ambos lados; la vista completamente impedida; no
se ve un animal, y los tallos de cardo se juntan tanto y son tan fuertes que,
aparte las espinas de que están armados, forman una barrera impenetrable.
El rápido desarrollo de estas plantas es del todo sorprendente; y aunque
sería infortunio desusado en la historia militar, sin embargo, es realmente
posible que un ejército invasor, sin conocimiento del país, sea aprisionado
por estos cardales antes de darle tiempo para escapar. No pasa el verano
sin que la escena sufra otro cambio rápido: los cardos de repente pierden
su savia y verdor, sus cabezas desfallecen, las hojas se encogen y marchitan,
los tallos se ponen negros y muertos y zumban al frotarse entre sí con la
brisa, hasta que la violencia del pampero los nivela a ras del suelo, donde
rápidamente se descomponen y desaparecen, el trébol puja y el campo
recupera su verdor. Aunque pocos individuos estén desparramados junto
al camino que atraviesa esta vasta llanura, o vivan juntos en agrupaciones
pequeñas, no obstante, el estado del país es el mismo desde el primer año
de la Creación. El país entero lleva el noble cuño del Creador Omnipotente,
y es imposible que cualquiera lo recorra a caballo sin sentimiento agrada¬
bilísimo de acariciar. Pues aunque en todo el país “los cielos declaran la
gloria de Dios y el firmamento enseña su obra manual”, la superficie de
los países populosos da generalmente el insípido producto de la labor
humana; es error fácil considerar que quien ha labrado el suelo y plantado
la semilla, es autor de la cosecha, y por consiguiente, acostumbrados a ver
la producción confusa que, en países poblados y cultivados, es efecto de
abandonar el suelo a sí mismo, se sorprenden al principio en las pampas
observando la regularidad y belleza del mundo vegetal cuando se le aban¬
dona a las sabias disposiciones de la Naturaleza. La vasta región pastosa
de las pampas en cuatrocientas cincuenta millas, no tiene un solo yuyo, y
la región boscosa es igualmente extraordinaria.

Hernández dedicó siete capítulos (II a VIII) de su Instruc¬


ción del estanciero a describir y explicar las clases de pastos,
sus cualidades y el modo de conservarlos. Son los pastos: tier-
EL TERRITORIO 45

nos, fuertes, de Puna, malos, venenosos e inútiles. Trébol, gra-


millas, cebadilla, alíilerillo, cola de zorro, cardo, capiquí, alver¬
jilla, flor morada, alfalfilla y otros menos importantes.
Acompañando la expedición al Desierto, de Roca, algunos
de sus cronistas dejaron constancia de los campos que se gana¬
ban al indio. En su correspondencia a La Tribuna, del 19 de
mayo de 1879, escribió A. Raymundo:

Esos puntos de unión de las dos formaciones geológicas son la alhaja del
desierto. Criaderos de un lado, invernadas de otro. A la derecha el piso
duro, el pasto vigoroso, que da estatura a la hacienda, solidez a los huesos,
peso y sabor a la carne; a la izquierda, el terreno blando, los pastos tier¬
nos, todo lo que constituye campos de engorde: en el centro, agua abundante.

Doering y Lorentz (en La Conquista del Desierto)-.

Los campos son inmejorables. ¡Qué riquezas inmensas posee, sin saberlo,
la República Argentina!... Ya en Nueva Roma empiezan ciertos arbustos
aislados. Desde allá se aumentan en ciertas localidades, aumentando tam¬
bién su tamaño; piquillines, molle, mimosas.

Y Estanislao Zeballos, en correspondencia al vicepresidente


del Instituto Geográfico (26 de noviembre de 1879), desde
Carhué, asiento del cacique Namuncurá, hijo de Calfucura:

El pasto llega a la rodilla del caballo, predominando entre sus elementos


la cola de zorro, cebadilla, granrilla y trébol de olor que embalsama el
aire. En estos campos no hay pajonales... Carhué es otro valle hermosí¬
simo, rodeado de altas y fértiles cuchillas y no de médanos áridos, como
se decía hasta en documentos oficiales... El pueblo puede clasificarse como
los de tercer orden de nuestra campaña. Los cuarteles, catorce casas de
comercio, las escuelas, las casas de los jefes y oficiales son de material y
azotea. Cada casa contiene una quinta bien cultivada, y mientras en Ola-
varría no hay un árbol, sino embriones de un metro, en Carhué hay gran¬
des árboles de dos años ya logrados, quintas, jardines y los alfalfares, que
miden cientos de cuadras. Aquí hay árboles de toda clase, hortalizas que
prosperan muy bien, siendo de notarse, entre muchas cosas, los espárragos,
por sus dimensiones, y las frutillas, por su delicado sabor.

Campos que, sin otras riquezas, bien valían como botín de


guerra para el conquistador. Campos de las fronteras, campos
de la Tierra de Nadie, campos del indio. Rosas dividió el país
en dos zonas y la población en dos razas, correlativamente.
Anota Mac Cann (en Viaje a caballo, 1847);
46 LA FRONTERA

Le estaba reservado al general Rosas imponerles [a los indios] un verda¬


dero escarmiento con su expedición de 1833. Esta expedición alcanzó tanto
éxito que su jefe, al volver, fué aclamado por todos el Héroe del Desierto.
La guerra los hubiera exterminado, pero los mismos indios pidieron la paz.
El vencedor no se proponía otro objeto; una vez que los hubo aterrorizado
—al punto de que temblaban a su solo nombre— muy de buena gana hizo
la paz, pero imponiéndoles la ley. Las condiciones del tratado fueron sen¬
cillas: los indios se comprometían a mantenerse dentro de sus propios terri¬
torios sin cruzar nunca la frontera ni entrar sin permiso en la provincia
de Buenos Aires. Obligábanse también a prestar contingentes militares
cuando se les pidieran y a mostrarse pacíficos y fieles. En compensación,
cada cacique recibe hasta ahora del gobierno cierta cantidad de yeguas y
de potros para alimento de su tribu y de acuerdo con su número; además,
una pequeña ración de yerba, tabaco y sal. En rigor, cada indio viene a
costar al gobierno, en tiempos de paz, unos seis pesos papel por mes y, en
tiempo de guerra, unos quince pesos. El número de yeguas que se les
suministra mensualmente no alcanza a dos mil. De tal manera, con verda¬
dera economía, se ha comprado la paz con estas tribus nómadas y rapaces.
El cumplimiento de las cláusulas estaba encomendado a D. Pedro Rosas
y Belgrano, persona muy querida por todos: indios, criollos y extranjeros.
La provincia entera se encuentra ahora libre de indios, como que ninguno
puede avanzar un paso en la frontera, bajo penas rigurosas. Suelen come¬
terse, naturalmente, robos y asesinatos, pero debe decirse que son casi siem¬
pre desertores del ejército quienes incitan a esos hechos. Por lo demás, no
son muy frecuentes, si se considera la extensión de la frontera y que a lo
largo de toda ella los indios, que son muy pedigüeños, andan vagando de
continuo... Se calcula en tres mil el número de indios de lanza que pueden
considerarse adictos a las autoridades de Azul y Tapalquén, pero, en caso
necesario, esa cantidad podría duplicarse apelando a los caciques de Tierra
Adentro, que tienen una idea altísima del poder y la grandeza del general
Rosas. Nada revela mejor la superioridad de una raza sobre otra, que lo
siguiente: los indios poseen todavía un territorio mucho más extenso que
el poseído por los habitantes de raza española; eso, no obstante, reciben
como limosna el auxilio que se les presta, cuando con sólo imitar lo que
hacen sus dominadores, podrían ser igualmente ricos en vacas y caballos.

En las tierras del indio estaban las salinas. Hernández co¬


menta, en la Instrucción del estanciero:

En la provincia de Buenos Aires los pastos tienen sal, pero no siempre lo


suficiente. Antiguamente casi todos los estancieros acostumbraban aquí a
poner sal en los rodeos. En aquel tiempo, para proporcionársela, los habi¬
tantes de la campaña se reunían y hacían grandes expediciones para traerla
en carretas de las Salinas, que estaban en el interior del Desierto en poder
de los indios. No se introducía sal del extranjero, y era necesario expedi-
cionar al desierto para proporcionarse ese artículo... Las expediciones a
Salinas Grandes en busca de sal han tenido lugar desde épocas muy lejanas.
Durante los primeros años del presente siglo, en virtud de los tratados cele-
EL TERRITORIO 47

brados por los virreyes, las indiadas permanecían en paz, y entraban y salían
los indios al interior de las provincias, a trabajar como peones en algunas
estancias, a vender mantas, lazos, charqui, botas de potro, sal, y los famosos
caballos pampas, que eran tan estimados en aquellos tiempos por su lige¬
reza, buena rienda, seguridad para correr en el campo y su incansable
resistencia. Era preocupación común entonces y aceptada como una verdad
que estaba fuera de toda duda, que los indios poseían un secreto con el
cual le hacían reventar la hiel al caballo, y los que se salvaban en la ope¬
ración eran infatigables para correr. Así los caballos pampas eran estimados
como de primera clase. Lo curioso de esta preocupación es que, como dice
muy seriamente un agrónomo antiguo, igual cosa practicaban algunas tribus
árabes con sus caballos, para que tuvieran mayor resistencia y ligereza.
Las relaciones con los indios y este frecuente comercio, se mantuvieron sin
alteraciones durante los primeros veinte años de este siglo. Hasta entonces
eran frecuentes las expediciones a Salinas Grandes, y vamos a decir algo
sobre el modo como se preparaban y llevaban a cabo. Se anunciaba una
expedición para la estación conveniente, generalmente a la entrada del
verano, y se fijaba el punto de reunión de los que quisieran tomar parte
en ella, el cual era por lo común el paraje denominado Cruz del Eje,
situado al sud del Bragado, como seis leguas para afuera. Allí se juntaban
con sus carretas, sus caballos, sus animales y sus peones, todos los vecinos
de la provincia que deseaban tomar parte en la expedición; reuniéndose
generalmente de trescientas a cuatrocientas carretas, que se ponían en viaje
llegada la época señalada. Para protegerse recíprocamente de toda traición
o ataque de los indios, marchaban formando varias divisiones; en un orden
que en el tecnicismo militar se llaman líneas paralelas, y hasta hace veinti¬
cinco o treinta años existían las huellas profundas, algunas existen todavía,
que indicaban la dirección y el orden de marcha de las carretas; no faltando
tampoco alguno que otro vecino antiguo que había alcanzado a formar
parte de esas expediciones. En la noche, la expedición acampaba tomando
todas las precauciones, formando con las carretas buenos cuadros, que po¬
nían a los expedicionarios a cubierto de toda sorpresa. Esas expediciones
eran siempre protegidas por el Gobierno, que las hacía acompañar con una
pequeña fuerza militar. Cada una de las carretas que formaba la cabeza de
cada columna llevaba acomodado en el pértigo un pequeño cañoncito, con el
que hacían sus disparos en el desierto, causando no poco terror a los salvajes
que se aproximaban a la expedición y presenciaban esa prueba del poder
irresistible de los cristianos. Es de allí, de ese antecedente, de donde han
conservado los indios de la pampa la costumbre de llamar a la artillería
“carreta quebrau”. Ellos conocieron los cañones en carreta.
La sal en las Salinas adonde iban las expediciones está en piedras, en
grandes capas sólidas que se levantan por medio de palancas, se rompían
y se cargaban con ellas las carretas, que volvían de la expedición a los
cuatro o cinco meses generalmente. Aquella sal presenta un color azul
antes de pisarse, le llaman sal de piedra, pero después de molida es de
una perfecta blancura. Esas expediciones cesaron totalmente en 1820.
Después de una paz de muchos años y de relaciones amistosas y frecuentes,
en que los indios entraban y salían de la provincia sin ser hostilizados, y
los cristianos penetraban en el desierto sin sufrir tampoco hostilidad alguna.
48 LA FRONTERA

en 1819 tuvieron lugar los primeros actos de enemistad con los indios.
En 18^0 el fuego de las discordias civiles, que ardían en todo el país, pene¬
tró también hasta el desierto, y se sublevaron todas las indiadas, azuzadas
por las ambiciones de un caudillo. La guerra dió principio con una grande
invasión, penetrando los indios hasta el pueblo de Salto. Todas las fami¬
lias del pueblo e inmediaciones se refugiaron en la Iglesia, y de allí las
sacaron los indios, llevándolas cautivas al desierto. Esa guerra sangrienta
ha seguido con muy breves intervalos durante sesenta años, es decir, hasta
hoy, en que la bandera nacional ha ido a flamear en los extremos australes
de la República, libre ya para siempre de ese enemigo feroz, con que ha
lidiado más de medio siglo.

Martín Fierro, que vuelve con el rescate de la Cautiva,


explica las vicisitudes de la travesía del Desierto para el blanco:
Es un peligro muy serio Cruzar juyendo el desierto— Muchísi¬
mos de hambre han muerto, Pues en tal desasosiego No se puede
ni hacer fuego Para no ser descubierto. Sólo el arbitrio del
hombre Puede ayudarlo a salvar— No hay auxilio que esperar,
Sólo de Dios hay amparo— En el desierto es muy raro Que uno
se pueda escapar. ¡Todo es cielo y horizonte En inmenso campo
verde! ¡Pobre de aquel que se pierde O que su rumbo estravea!
Si alguien cruzarlo desea Este consejo recuerde.— Marque su
rumbo de día Con toda fidelidá— Marche con puntualidá
Siguiéndolo con fijeza, Y si duerme, la cabeza Ponga para el lao
que va.— Oserve con todo esmero Adonde el sol aparece; Si hay
neblina y le entorpece Y no lo puede oservar, Guárdese de
caminar, Pues quien se pierde perece. Dios les dió istintos sutiles
A toditos los mortales— El hombre es uno de tales, Y en las
llanuras aquellas Lo guían el sol, las estrellas. El viento y los
animales. Para ocultarnos de día A la vista del salvage, Ganá¬
bamos un parage En que algún abrigo hubiera— A esperar que
anocheciera Para seguir nuestro viage. Penurias de toda clase
Y miserias padecimos— Varias veces no comimos O comimos
carne cruda; Y en otras, no tengan duda. Con reices nos man-
lubimos. Después de mucho sufrir Tan peligrosa inquietú—
Alcanzamos con salú A divisar una sierra, Y al fin pisamos la
tierra En donde crece el Ombií (II, 1479-532).
La residencia del indio dependía de que el ganado hallara
pastos, y esto había creado en él los hábitos transhumantes, como
en el gaucho. Explica Head:
EL TERRITORIO 49

El sur de las pampas es habitado por indios sin morada fija, que cambian
de lugar cuando el pasto es comido por el ganado. El norte de las pampas
y las demás provincias del Río de la Plata son abatidas por pocos indi¬
viduos errantes y pocos grupitos de gentes que viven juntos solamente
porque nacieron juntos. Su historia es realmente curiosísima.

Confinados en el Desierto, los indios pronto carecieron de


ganados para abastecer a las tribus, en parte porque el cuatre-
rismo que el blanco realizaba no tenía sanción ninguna, y en
parte porque el gobierno dejaba de cumplir sus obligaciones
de proveerles de caballadas. Veinticinco años después del viaje
de Mac Cann, la situación había cambiado. En el libro Ges¬
tiones del arzobispo Aneiros, el cardenal Francisco Luis Co-
pello recoge algunos documentos interesantes. El cacique Na-
muncurá le escribe a uno de los misioneros, el 21 de marzo
de 1874, desde su toldería en Salinas Grandes:

...para esto mismo es preciso un cumplimiento formal y también que el


Superior Gobierno Nacional me pase por racionamiento los cuatro mil seis¬
cientos animales que propuse pedir y voy haber si seme pasan dicha can¬
tidad en las raciones venideras; lo mismo que un racionamiento de ani¬
males y vicios por separado a mi secretario Bernardo Namuncurá por
turno correspondiente a mis hermanos Catricurá y Reumay, que juntos los
dos recibirán su racionamiento separado y también un bestido completo
a los casiques y capitanes de mi ovedencia... He dispuesto pedir al Sr. Mi¬
nistro de Guerra el racionamiento de animales en la forma siguiente: a mi
se me pasen dos mil y seiscientos animales por el Azul, a mi hermano Catri¬
curá y Reumay dos mil animales p.or el Nueve de Julio, al casique Pissen
pueden pasarle también mil animales por Junin y al casique Cañumil las
raciones correspondientes por Badía Blanca; esos cuatro punto tomados
para el racionamiento dan por consecuencia una gran importancia en el
tratado para que puedan haber respecto por todos los indios en esos cuatro
puntos de fronteras... y en adelante siguiendo la senda de amistad, pro¬
greso y paz con todos los cristianos... espero de que haga privar que los
fortines los vengan sacando aqui afuera y que el Carué está tomado para
hacer un fuerte; esto no permito que como se quitan los campos por fuerza
esto no ovstante como ya se ha dicho al Sr. Ministro se puede tratar amis¬
tosamente como ya quedamos en tratados formales de paz atendiendo a
vibir como hermanos. Lo mismo que se ha dicho que hiban a poner fortín
en Cuelechel estableciendo a poner una fuerza sin mi permiso esto desdice
a sostener un buen tratado de paz, al sacar fortines a estos lados de afuera
sin mi aprovación.

Y en carta del 10 de noviembre de 1874, al Padre Salvaire,


insiste aquel cacique:
50 LA FRONTERA

B. E. después de impueso como ministro de Dios que representa espero


me hayudara en mis asuntos y pa estar en bienestar con el Superior Go¬
bierno y pa que el Superior Gobierno me respete y que no me quiten los
campos que el Superior Gobierno quiere tomar posición del Carué y parar
las hordenes de cjue se prosiga el ferrocarril hasta esta de Chiliochel esta
forma de disposición no anima a los buenos deseos de bienestar del país
para con los demás Casiques que somos dueños de estos campos y que no
queremos se nos quiten los campos del Carué que es el único que podemos
trabajar y que Dios nos ha enseñado a volear por donde nos suministra¬
mos para cubrir nuestro cuerpo y para satisfacer nuestras necesidades y
pobrezas en donde se conservan el mayor número de animales que tenemos
que son los caballos que presizamos tener en invernadas para el servicio
üe nuestro trabajo; mas yo no creo en esto que me imponen los casiques
mas sera cosa solamente que disponen los Jefes y asi espero de B.E. como
ser ministro de Dios y padre de familias...

En la carta al Arzobispo Aneiros, desde las Taperas de Díaz,


del 17 de febrero de 1875, dice el cacique Antonio Coliqueo:

El padre Micionero nos a pedido hayarle a lo menos un lugar en alguna


casa o habitación cualquiera para vivir en compañía de alguna familia
y por más que hayamos vuscado ni siquiera esto hemos podido lograr.
Por lo tanto, pedimos a Su Señoría lima, que nos conciga del Gobierno
y de alguna Asociación carictativa los aucilios necesarios para fabricar un
ranchito esperando que el Gobierno nos conceda cuanto antes la capilla y
la Escuela que nos prometió hace dos años visto que tenemos los mejores
deceos para hacernos cristianar y para participar de los progresos de la
cristiana civilización.

El mismo cacique le expresó a un misionero:

Padre: salimos de nuevo a cazar; el Gobierno no nos paga las raciones, yo


no quiero que mi gente robe, pero tampoco puedo dejarlos morir de
hambre, ni pueden ellos dejar a sus mujeres y a sus hijos casi desnudos.
Hay mujeres, padre, tan desprovistas de ropa que no pueden salir de sus
toldos o sus ranchos. Asi es que yo mismo quiero acompañarlos, aunque
no esté muy bueno de salud.

Y añade el misionero:

Cuando los indios salen a cazar, durante cuarenta o cincuenta días dura
la caza, no quedan más que las mujeres y los ancianos en los toldos. Los
mismos niños de 9 ó 10 años suelen acompañar a sus padres, para ayudarlos
y aprender a cazar.

Mucho más angustiosa era la reclamación de Namuncurá en


EL TERRITORIO 51

la carta al misionero P. Jorge Salvaire, desde Salinas Gran¬


des, del 7 de julio de 1874:

Después de haber recibido de V. este favorable servido de la libertad de


mi cunado espero pedirle otro más y es para que V. sea empeño de que
se me pasen pronto las raciones para saciar el hambre de los indios y de
toda la tribu pues el hambre hasta mi llega el modo de carecer consiste
por no recibir las raciones a mis indios los octengo de invadir pero el
hambre habansa sobre mis familias y las familias de los indios de la tribu,
que se remedia con estar matándonos unos a otros que ni siquiera eso
sirve para vibir deseo la paz para con el Superior Gobierno y para con
todos los cristianos de los que trato a ser amigos con los indios; y si esto
no fuese mi condición de que tiempo permitiría invadir haciendo descono¬
cer el bien que se espera en el tratado de paz; no seria esto modo de tratar;
asi es que lo reconozco a V. para que me ayude a que seme racionen las
tribus enla brevedad posible faboreciendome en esta condición que suplico
en necesidad urgente.

Dos años después el Padre Meister daba su opinión sobre el


pensamiento de Namuncurá, que no había obtenido aún res¬
puesta a sus demandas:

Mientras estamos —así dijo Namuncurá— en pendencias con el gobierno de


Buenos Aires, que mil veces promete mandarnos las raciones estipuladas
que nunca recibimos, no hay esperanza para la misión. Puede ser que esta
circunstancia sea solamente uno de los motivos de su repugnancia en contra
del cristianismo, pero seguro es que antes de quedar arreglados estos asun¬
tos de los indios con el gobierno, la misión en esta parte de la frontera
no tiene esperanza ninguna.

Así quedaban las cosas a dos años de terminada la presiden¬


cia de Sarmiento y a dos de iniciada la de Avellaneda. La mayor
parte del territorio apto para la ganadería, tierra adentro, seguía
siendo un motivo de vergüenza para los militares que no podían
consumar la victoria por las armas y para los gobernantes que
habían recurrido a toda suerte de estratagemas para incautarse
de las tierras sin necesidad de exterminar al poseedor ni de
indemnizarlo. “Desde Salinas Grandes hasta Nahuel Huapi y
Choele Choel —recuerda Luis Franco, en El Otro Rosas—, desde
la Punta de San Luis hasta los cerros enfilados sin cabo al pie
de los Andes, se extiende la legendaria comarca nombrada Tierra
Adentro’’. El año de la aparición de La vuelta de Martin Fierro
52 LA FRONTERA

apenas quedaban algunos indios cautivos y las fronteras inte¬


riores también habían desaparecido.
Los derechos de propiedad de sus tierras y haciendas que
invocaba el indio, eran ciertos y válidos. Esas inmensas vacadas
y manadas de caballos que constituían la riqueza natural, ex¬
tractiva, de las tierras del Virreinato de Buenos Aires, se habían
formado de los primeros animales traídos por Mendoza y aban¬
donados al fracasar su tentativa de conquista. Se aumentaron
después, pero siempre procreándose en las tierras del indio.
El indio no los apacentaba, pero crecían y se multiplicaban en
la misma ley natural en que él vivía. Hasta que la llegada
de nuevos contingentes de conquistadores y colonos, renun¬
ciando a encontrar riquezas minerales, se avinieron al comercio
humillante de los cueros, la cerda, el sebo y el asta. Recuerda
Lugones (en Roca) que por real cédula de 1708 la hacienda
alzada era de propiedad comunal, y que el arreo libre por los
indios se transformó legalmente en depredación, organizándose
entonces expediciones punitivas. “Era, en verdad —escribió
allí—, la prosecución de la Conquista”. En esa obra postuma,
escrita para glorificar la campaña del Desierto, dice Lugones
que el avance de las fronteras fue un asunto capital, y que ya
en 1772 se había practicado el reconocimiento a fondo, hasta
la Sierra del Volcán; que el general Ceballos, primer virrey,
ideó en 1777 el único plan factible: con diez mil hombres ocupa
el territorio de la jurisdicción austral; que Vértiz, su reempla¬
zante, hizo en 1780 un ligero avance. Los demás datos que ese
autor nos proporciona son: En los años 1827 y 1828 se extienden
Fuertes desde Junín, por 25 de Mayo y Tapalqué, hasta Bahía
Blanca. El coronel Rauch fue vencido y muerto en Las Vizca¬
cheras, el 28 de marzo de 1829. (En 1826 el gobierno de Riva-
davia le había encomendado combatir a los indios para “escar¬
mentarlos”.) En 1830, Rosas organiza la policía de campaña,
y planea con Chile un ataque convergente a Río Negro, “ba¬
rriendo la indiada”. Al sucederle Balcarce en la gobernación,
en 1833, éste le confía el mando de la división de Buenos Aires,
pues el comandante en jefe de la triple expedición era Juan
Facundo Quiroga. La división de Rosas, compuesta de nueve
mil hombres, acomete a las tribus. El abandono de la campaña
por las otras divisiones dejó incompleta la victoria sobre los
EL TERRITORIO 53

ranqueles. En 1834, estas tribus invaden Río Cuarto, extermi¬


nando casi totalmente a su guarnición. Obedecía el movimiento
a un vasto plan trazado por los araucanos de Chile, y su jefe
era Calfucurá. Hasta 1852 (caída de Rosas) quedaron bien
guarnecidas las fronteras en Río Colorado y Río Negro.

UN IMPORTANTE PERSONAJE HISTORICO: LA VACA

Ha sido y es la ganadería el renglón más importante de la


riqueza nacional. Dio configuración a la economía y al habi¬
tante. De la vaca, que como los hindúes y los egipcios debiéra¬
mos adorar, dimanan casi todos nuestros bienes y nuestros males.
No ha sido el menor de éstos la fecundidad con que procrearon
por las libres praderas, realizando la primera y más completa
conquista del país. Intima relación tiene la demografía del
vacuno con el conquistador y con el caudillo, su heredero.
Mendoza trajo en 1535 los primeros caballos; Garay, cuarenta
años después, las primeras vacas y ovejas; Ortiz de Zárate au¬
mentó la hacienda ovina en 1787; ovejas y cabras vinieron del
Perú al Paraguay y al Río de la Plata, traídas por la expedición
de Ñuflo de Chaves. Juan Torre de la Vega y Aragón trajo
desde Charcas, poco después, cuatro mil vacas, cuatro mil ove¬
jas, quinientos caballos y quinientas cabras. Al volver los espa¬
ñoles en 1580, hallaron una riqueza ganadera superior a la de
minería de otras regiones de la Colonia. Los animales que
habían dejado abandonados al marcharse constituían un nuevo
mundo. Los primeros planteles, en campos feraces, cubrían la
llanura. Tendiendo al campo la vista No vía sino hacienda y
cielo (215-6), dice Martín Fierro. Es lo que contempló con
asombro Azara. El país estaba despoblado de personas, pero
poseía una población ganaderil que cubría el territorio. Desde
entonces la lucha fue por recuperar esa riqueza que el indio
había asociado a su propio destino. Su apropiación, reparto y
cuidado es el eje de las guerras civiles y de fronteras. Los go¬
biernos son arrastrados por las vacas, en un desastre común.
Todo era hacienda y pájaros en los tiempos de Hudson; y
también revoluciones. El indio aprendió la doma y el uso del
caballo, hechos más inteligentemente qne el blanco.
54 LA FRONTERA

modificó la vida del indio y del gaucho; dio una fisonomía a


la civilización sudamericana, un carácter a su historia, un ethos
a su política, una técnica a su economía y comercio. Vaca y
caballo son las divinidades agrestes, y el ciudadano las acata
y les rinde culto.
Rivadavia, que refina nuestras costumbres y nuestra des¬
ordenada vida administrativa, al volver de Inglaterra, sin el
príncipe que anduvo buscando, en 1824, trajo las primeras
ovejas caras-negras, South-Down, y caballos percherones. El pri¬
mer poeta argentino, Manuel José de Lavardén, fue el primer
ganadero que refinó las crías. El general Beresford, que intentó
conquistar estas tierras en 1806, para establecer una gran dehesa
británica —que resultó serlo por fatalidad de las cosas—, des¬
embarcó caballos de guerra, y uno de ellos fue vendido en
subasta, sirviendo de padrillo en alguna estancia. Moreno y
Belgrano, antes de la Revolución, operan con el comercio de
ganados y aprovechan sus relaciones con los estancieros para
predicarles los ideales de independencia. En la historia de
nuestra ganadería, dice Prudencio de la C. Mendoza, en Historia
de la ganadería argentina,

la Representación de los Hacendados, de Mariano Moreno, debe figurar


como uno de los más interesantes capítulos de su expansión e intervención
en la concurrencia universal... Manuel Belgrano, que se especializó en
lenguas vivas, economía política y derecho público, era secretario perpetuo
del Consulado, que además tenía jurisdicción mercantil para fomento de
la agricultura, la industria y el comercio.

Las poblaciones indígenas sólo poseyeron la llama, animal


dócil pero de poca resistencia para la carga, y lento. Por eso
donde se la domesticó, las poblaciones eran sedentarias y se
dedicaron al cultivo de la tierra, especialmente con maíz. El
caballo y la vaca dan un carácter distinto a la colonización.
Leemos en la Historia de la Conquista del Río de la Plata,
del Padre Lozano:

Los españoles vaqueros atropellaron la justicia de los pobres indios, y con


mano poderosa consiguieron que se les permitiese entrar a vaquear con el
mismo desorden que en las vaquerías de la Banda de Buenos Aires, y en
menos de veinte años han extinguido millones de vacas, a que ayudan por
su parte los portugueses de la Colonia del Sacramento y de otras fundadas
EL TERRITORIO 55

hacia el Brasil, que entran también a hacer corambre sin ningún orden
que se observe...

Orlando Williams Alzaga dice en Evolución histórica de


la explotación del ganado vacuno en Buenos Aires:

Los hacendados estimaban [durante el virreinato de Vértiz] en seiscientas


mil el número de cabezas que se mataban por año y en ciento cincuenta
mil las reses que se consumían en estas comarcas; quedaban, pues, cuatro¬
cientas mil que devoraban los perros y aves de rapiña y que representaban,
conjuntamente con el sebo, las cerdas, las astas, ocho millones de pesos.

Leopoldo R. Ornstein, en Historia de la democracia ar¬


gentina, habla de una reclamación que se presentó ante el
Cabildo de Buenos Aires, en 1589,

reclamación formulada por Fray Pablo de Velazco porque los criollos se


apoderaban de las haciendas cimarronas... En ella el cuerpo municipal
se pronunció a favor de los nativos, considerándolos dueños legítimos de
tales haciendas, en su carácter de herederos de los Conquistadores, máxime
ante la circunstancia de haber poblado ellos, a su propia costa y sin ninguna
ayuda de la Corona, las tierras a las cuales extraían los ganados.

Recuerda este autor que

en el informe de 1621, Hernandarias describe las primeras vaquerías [reco¬


gida de ganado alzado] como un deporte, en el cual los criollos, empuñando
una filosa cuchilla en forma de media luna enastada en una tacuara, se
lanzaban a la carrera de sus cabalgaduras en pos de los vacunos, a los que
desjarretaban de un solo y certero golpe dado en las extremidades poste¬
riores. Esta actividad despertó enorme interés y entusiasmo en los nativos,
haciéndolos cada vez más diestros como jinetes y más hábiles en el manejo
de sus armas... Al invadir este ganado la provincia de Entre Ríos, atrajo
a las tribus charrúas de esta región. Las relaciones entre éstas y los pobla¬
dores no fueron nada cordiales al principio, pero bien pronto se suavi¬
zaron. Los indígenas se adaptaron fácilmente a las faenas de las estancias
y terminaron por convivir con los criollos. Estos últimos, tan alejados ya
del contacto con la civilización, se unieron con los indios e intervinieron
en los malones que estas tribus llevaron contra Corrientes, donde llegaron
hasta las misiones jesuíticas.

Las avanzadas de la civilización sobre el Desierto seguían,


con sus líneas de frontera y fortines, la marcha de los gana¬
dos cimarrones. Ahí se fundaban pueblos que venían a ser
vastos hogares de pastores. Sarmiento llegó a decir que
56 LA FRONTERA.

la Constitución ha sido el Paladium de la cría de las vacas, aunque no sea


el mejor sistema de defensa de la frontera... La Constitución trajo otra
consecuencia todavía más ventajosa para los criadores de ganado, y fué
terminar con las expoliaciones, los auxilios, el estanco de las yeguas y las
prorratas de caballos (t. XXVI de las Obras completas).

No sólo los caballos, cuya requisa o confiscación hacían las


tropas; también

las vacas [fueron] declaradas más o menos artículo de guerra y prohibida


su exportación por decreto gubernativo de 1857. Casi desaparecieron del
mercado como elemento de cambio (Zeballos, Callvucurá).

La industria extensiva de la ganadería dio al país su actual


estructura pastoril, según señaló Sarmiento en el Facundo;
pero no ha de creerse que esto se refiera sólo a la organiza¬
ción comercial, sino a cierto aire de establo que los viajeros
perciben al desembarcar, y que hizo a Ortega y Gasset definir
al país como una factoría. Nosotros hemos perdido el olfato.
Mil circunstancias prueban la certeza de ese veredicto, y se¬
ría prolijo enumerar algunas de ellas. Para quien contempla
el país desde fuera, esto es obvio. Baste recordar el poco valor
que se otorga al hombre, al ser humano, como individuo y
como ciudadano en la vida pública y privada; esa falta de
respeto al prójimo, y a sus obras cuando no se relacionan con
las industrias matrices, y el desdén por sus bienes espirituales,
propio de quien está habituado a contar electores, inquili¬
nos o subalternos como reses. Sarmiento expresó en un ar¬
tículo: “Los Ganados en América y los Ganaderos en Europa”;

Esta parte de América que es sobre la que más pesa el deber de llenar los
vacíos estómagos de las muchedumbres de Europa, debe apacentar ciento
cuarenta y cuatro millones de cabezas de ganado; y como la Europa tiene
poco menos del doble de habitantes, vése que le toca a cada uno media res
sobrada. Si algo quedare, eso será para los pocos bípedos que estaremos
encargados de apacentarlos.

Un cuento de Echeverría, que se refiere a las matanzas de


adversarios por los mazorqueros de Rosas, se titula El mata¬
dero. Antes que otros lugares públicos, monumentos arqui¬
tectónicos y edificios, llamaron la atención de los Viajeros
Ingleses los mataderos. Darwin, Head, Hudson y casi todos
EL TERRITORIO 57

los que describieron la ciudad de Buenos Aires en el siglo


pasado, encontraron en ellos características muy peculiares de
la población. Uno de los mejores cuadros está trazado por
Head (en Las Pampas y los Andes):

Durante mi breve estada en Buenos Aires, vivía en una casa de las afueras,
situada frente al cementerio inglés y muy cerca del matadero. Este lugar
era de cuatro o cinco acres, y completamente desplayado; en un extremo
había un gran corral de palo a pique, dividido en muchos bretes cada uno;
con su tranquera correspondiente. Los bretes estaban siempre llenos de
ganado para la matanza. Varias veces tuve ocasión de cabalgar por estas
playas, y era curioso ver sus diferentes aspectos. Si pasaba de día o de
tarde no se veía ser humano; el ganado con el barro al garrón y sin nada
que comer, estaba parado al sol, en ocasiones mugiéndose o más bien bra¬
mándose. Todo el suelo estaba cubierto de grandes gaviotas blancas, algu¬
nas picoteando, famélicas, los manchones de sangre que rodeaban, mientras
otras se paraban en la punta de los dedos y aleteaban a guisa de aperitivo.
Cada manchón señalaba el sitio donde algún novillo había muerto; era todo
lo que restaba de su historia, y los lechones y gaviotas los consumían rápi¬
damente. Por la mañana temprano no se veía sangre; numerosos caballos
con lazos atados al recado estaban parados en grupos, al parecer dormidos;
los matarifes se sentaban o acostaban en el suelo, junto a los postes del
corral, y fumaban cigarros; mientras el ganado, sin metáfora, esperaba
que sonase la última hora de su existencia; pues así que tocaba el reloj
de la Recoleta, todos los hombres saltaban a caballo, las tranqueras de
todos los bretes se abrían, y en muy pocos segundos se producía una escena
de confusión aparente, imposible de describir. Cada uno traía un novillo
chúcaro en la punta del lazo; algunos de estos animales huían de los caba¬
llos y otros atropellaban; muchos bramaban, algunos eran desjarretados y
corrían con los muñones; otros eran degollados y desollados, mientras en
ocasiones alguno cortaba el lazo. A menudo el caballo rodaba y caía sobre
el jinete y el novillo intentaba recobrar su libertad, hasta que jinetes en
toda la furia lo pialaban y volteaban de manera que, al parecer, podía
quebrar todos los huesos del cuerpo. Estuve más de una vez en medio
de esta escena salvaje y algunas veces, realmente, me vi obligado a salvar
galopando mi vida, sin saber con exactitud adónde ir, pues con frecuencia
me encontraba entre Scyla y Caribdis.

Lo común, en relatos de malones, es que la gente fuera


degollada en los corrales. El mismo Head trae alguna de esas
escenas. Pero interesa fijar que, a juicio de muchos estudio¬
sos de nuestra historia, entre ellos Sarmiento, la práctica del
degüello, perfeccionada por Rosas, no influyó en la táctica
y ferocidad de las guerras civiles y contra el indio. En la in¬
troducción de su Instrucción del estanciero decía Hernández:
Nuestro país, con su industria ganadera, gira y se desenvuelve dentro del
58 LA FRONTERA

círculo de las naciones civilizadas. La América es para la Europa la colonia


rural. La Europa es para la América la colonia fabril.

En las luchas contra el indio, la vaca fue el verdadero ob¬


jetivo de las operaciones. Solían hacerse arreos hasta de ciento
cincuenta mil vacunos, que eran recuperados, pasando el bo¬
tín de guerra alternativamente de unas a otras manos como
trofeo de victoria. Indios y blancos se robaban recíprocamente.
El pretexto de la civilización vino luego, cuando el indio se
encarnizó en defender sus haciendas. Se enconaron los ánimos
y no se cumplían los pactos. El saqueo de poblaciones y el
rapto de cautivas era lo accesorio. Las líneas de fronteras eran
vastos cercos que encerraban caballos y vacas. La vaca deter¬
mina la conducta. Donde las industrias estaban localizadas,
se formaban grupos de población con intereses más o menos
comunes. Se establecía una cohesión sobre la base de esos
intereses. Los jornaleros de esa industria peregrinaban tras
las reses, y los trabajos de desjarretar, degollar y desollar influ¬
yeron en sus sentimientos y en sus ideas. El Martin Fierro es
un trasunto de la psicología del gaucho más que de su exis¬
tencia histórica. Antes de plasmarse y organizarse una eco¬
nomía y una política social, el ganado había ya plasmado al
hombre. Todo en lo sucesivo respondía a esas características:
la oligarquía en defensa de intereses pecuarios; la montonera
como milicia a caballo cuya arma es el cuchillo; las invasio¬
nes de tropas de una en otra provincia; el espíritu de disocia¬
ción; el destierro como sanción “de profundis”; el sacrificio
de los prisioneros. En su obra citada, dice Sarmiento:

La campaña proveía a los ejércitos que la guarnecían con los auxilios de


ganado, que era una contribución pagada por cada poseedor de vacas,
en vacas... Las vacas amenazadas por los indios, pedían la existencia de
un ejército; luego cada poseedor de vacas daba una parte de las que poseía
para conservación del resto... Este sistema tiene además la ventaja de
hacer sentir que la defensa de la propiedad se hace con la propiedad mis¬
ma, que es lo que llamamos defenderse las vacas a sí mismas... Los gas¬
tos de guerra ascienden este año (1856) a treinta y siete millones, que pa¬
gan las rentas de aduana, cobrados principalmente sobre las mercaderías
europeas; y los vecinos de Rojas han cargado al gobierno trescientos pe¬
sos por cada vaquillona que los criadores de vacas dan para el sostén del
ejército que defiende a las vacas, y aun así no se encuentra siempre quien
suministre ganado, pues en general los criadores no quieren vender al Es-
EL TERRITORIO 59

tado, acaso por no tomarse la molestia de cobrar. Debe referirse a este


plan de la industria ganadera, el hecho de que no se ha conseguido nun¬
ca, por resistirlo tenazmente los grandes criadores, que se suspenda el ejer¬
cicio de la Constitución a los puntos de la frontera, amenazados por los
salvajes, para poner en vigencia la ley marcial donde hay guerra, el esta¬
do de sitio, que es lo mismo. Esta resistencia no proviene del temor de que
la libertad personal o la vida sea atacada. Es sólo para evitar que en la de¬
fensa del país que ocupan con sus crías, pueda requerirse caballos y gana¬
dos, sin comprarlos al contado, malos y a precios exorbitantes.

Las guerras civiles como malones, los malones como expe¬


diciones de cuatrerismo. En su expedición del Azul, el go¬
bernador Mitre aseguró que “respondería hasta de la última
cola de vaca”. Los ganados eran de los indios, y Rosas, en
1833 a 1834, constituye un trust ganadero a base del despojo
en su Campaña al Desierto. Los pactos entre Rosas y López,
entre las provincias de Buenos Aires y de Santa Fe, son por
vacas, como entre los indios y los cristianos. En su Manual
del estanciero, Rosas aconsejaba que no se permitiera poblar
los campos dedicados a pastoreo, “bajo ningún pretexto”.
La propiedad raíz dependía directamente de la hacienda.
Se poseían títulos no deslindados, en que se consignaba el
área de la posesión, y sobre ella se apacentaba el ganado que
tenía marca. La propiedad de la tierra llegaba por lo regu¬
lar hasta donde el animal se aventurara; el animal sostenía
a la tierra que era subsidiaria de él. Dice Sarmiento (op. cit.):
“La marca del ganado y no los límites del suelo distinguen
a la vista la propiedad de cada uno”. Y Hernández, en su
Instrucción del estanciero (cap. iii):

Antes nadie tenía el derecho de señalar su propiedad sino por medio de


mojones, quedando los campos abiertos y las haciendas sin ningún género
de seguridad. Un temporal, una noche sola de borrasca, dejaba al hacen¬
dado sin una cabeza de ganado en su campo, y en la obligación de buscar¬
las donde las hubiera llevado el mal tiempo. En épocas de seca o escasez
de pastos, las pérdidas por dispersión de haciendas eran considerables.

Sabemos que la zona ocupada por los indios en la pro¬


vincia de Buenos Aires hasta los Andes y hacia Córdoba, se
llamaba la Región del Cuero. Significaba tanto como la zona
de las grandes industrias, pues el cuero constituyó una civili-
60 LA FRONTERA

zación, como la piedra, el bronce y el hierro. En Conflicto y


armonías de las razas en América, escribió Sarmiento:

Las puertas de las casas, los cofres, los canastos, los sacos, las cestas, son he¬
chas de cuero crudo con pelo, y aun los cercos de los jardines y los techos
están cubiertos con cueros: los odres para el transporte de los líquidos, los
yoles, las árganas para el de las sustancias, la tipa, el noque para guardar¬
las y moverlas, las petacas para asientos y cofres, los arreos del caballo, los
arneses para el tiro, el lazo, las riendas tejidas, para todo el cuero de vaca
ha sustituido en América, donde abundan los ganados, a la madera, al hie¬
rro, a la mimbrería y aun los materiales de las techumbres, y como basta
para manejarlo en sus múltiples aplicaciones el uso del cuchillo, puede de¬
cirse que arruinó todas las artes a que suplía, como se ve en la confección
de las monturas, en que se perdió hasta la forma de la silla española o
árabe que traían los conquistadores... En América marca de tal manera
una época la introducción del caballo, que puede decirse que suprime dos
siglos de servidumbre para el indígena, lo eleva sobre la raza conquistado¬
ra, aun en las ciudades, hasta que el ferrocarril y el telégrafo devuelvan a
la civilización del hierro su preponderancia.

A las invasiones de los indios, que se llevaban las vacas,


seguían las expediciones para recuperarlas. Saldías nos cuenta
el ataque de las tribus de Calfucurá; Hudson una de esas ex¬
pediciones punitivas, en El ornbú, en boca de Nicandro:

Al rayar el alba del siguiente día, ya estábamos a caballo galopando hacia


el oriente, porque nuestro coronel había decidido buscar a los indios en
aquel lugar distante, cerca del mar, en donde se habían refugiado de sus
perseguidores en otra ocasión, muchos años atrás. La distancia era cosa de
setenta leguas, que tardamos nueve días en recorrer. Por fin, en un hondo
valle junto al mar, nuestros exploradores alcanzaron a ver al enemigo.
Marchamos toda la noche y acampamos a media legua de ellos, de donde
podíamos ver sus hogueras. Dormimos cuatro horas y cenamos con carne
de yegua. Luego recibimos orden de que cada hombre montara su mejor
caballo y de que nos formáramos en media luna, para poder arrear fácil¬
mente delante de nosotros nuestra tropilla de caballos. El coronel, de a ca¬
ballo, nos dirigió la palabra: “Muchachos — nos dijo —: mucho han su¬
frido, pero la victoria es de ustedes y no han de perder la recompensa. To¬
dos los cautivos que se tomen y los millares de caballos que logremos re¬
coger, serán vendidos en subasta pública a nuestro regreso, y el producto
se dividirá entre ustedes”. Dio la orden y nos movimos cautelosamente hacia
adelante un trecho de media legua. Al llegar al borde del valle, lo vimos
cubierto de ganado y divisamos los indios que dormían en su campamen¬
to; y mientras el sol se alzaba de las aguas del mar y la luz de Dios baña¬
ba la tierra, dando un solo grito cargamos sobre los indios. En un instan¬
te, la tropa de ganado, presa de pánico, empezó a desbandarse furiosamen¬
te en todas direcciones, mugiendo y haciendo estremecer la tierra bajo sus
EL TERRITORIO 61

cascos. Nuestra tropa de caballos, azuzada por nuestros gritos, muy pronto
llegó al campamento, y los salvajes, sobresaltados, corrían en todas direc¬
ciones tratando de escapar, y caían bajo nuestras balas o eran lanceados o
acuchillados. Un deseo único ardía en nuestros corazones y estallaba en
nuestros labios. Matar, matar, matar. Nunca se viera igual matanza, y los
pájaros, los zorros y los peludos sin duda debieron engordar con tanta car¬
ne de infieles como les dejamos aquel día.

La clase de lucha que debían librar contra los indios había


creado en las tropas regulares hábitos semejantes a los de
las hordas. La descripción extensamente transcripta de una
escena que Hudson debió de haber presenciado muchas veces
en sus andanzas por la pampa, si no como soldado de fron¬
tera, demuestra que solamente las insignias y acaso el vestua¬
rio diferenciaban al blanco del salvaje. Los móviles de las
batallas, sin otra finalidad que robar o rescatar las haciendas,
homogeneizaron a unos y otros combatientes, unas y otras
tácticas, que se acomodaban a las circunstancias del lugar y
del momento. Tampoco había un principio de derecho, de
propiedad, que estuviera de parte de uno de los bandos. El
indio peleaba por su tierra y por sus haciendas, que había
cedido bajo la fe de que obtendría cómo vivir en compensa¬
ción; y cuando eso se le negó llevándoselo a una guerra de
exterminio, se levantó en masa contra sus enemigos. La única
razón que tuvimos para fallar contra el indio, es que era in¬
dio. Porque en la balanza de Dios los platillos estaban en
el fiel. Y la matanza final de los indios dio la razón a las ar¬
mas de fuego y a la fuerza, pero no a la justicia. Todo lo
que se ha sembrado y edificado sobre la tierra del salvaje; todo
lo que ésta ha producido para la prosperidad del país se hizo
contrayendo una deuda sagrada. Esa deuda es el silencio so¬
bre estos episodios de nuestra historia, de la conquista del
país de los ganados por el ejército, de una riqueza naciQnal
cuya base ha sido el despojo y el crimen. Esa deuda se paga,
pero no de golpe. Se paga todos los años un poco, como antes
con los subsidios en especie. Se paga porque el indio había
sido vencido por las mismas tropas que combatían como él
y por los mismos ideales que él. Porque para vencerlo y des¬
pojarlo habíamos tenido que entregarnos a su táctica, rebaján¬
donos a sus necesidades, aceptando su ley. Y todos los ven-
62 LA FRONTERA

cidos, pero mucho más los muertos, habían transferido su


mana a los vencedores. Y con esa mana se construyó, inme¬
diatamente, instantáneamente, una grandeza que elevó en la
magnitud de las cifras a nuestro país sobre todos los países
que no habían sacrificado a los hijos naturales de la tierra.
Pues la Argentina ha sido el único país donde la conquista
española, iniciada en la isla de Santo Domingo y en Nueva
España como guerra de exterminio, se llevó a cabo hasta sus
últimos extremos.

OTRO PROTAGONISTA DE NUESTRA HISTORIA:


EL CABALLO

Lo que dentro de un orbe de civilización significa el telar


mecánico significa para la nuestra, agropecuaria en sus fun¬
damentos, el caballo. Sarmiento ha diseñado su significación,
en Conflicto y armonías de las razas en América (t. I):

El caballo rompe todas estas amarras, y el jinete a campo raso, donde no


hay cercos que lo dividan, montañas que lo estrechen; cuando aquel cam¬
po es la Pampa o los llanos sin límites, se siente libre en sus acciones; y
daría rienda suelta a su pensamiento como a su caballo si alguien, u otro en
iguales condiciones, igualmente a caballo, tratase de sustraerse a las pe¬
nosas sujeciones del patrón, de la mita, encomienda o repartimiento. Se
ha creado una Edad de Piedra y una Edad de Bronce que marcaría el pa¬
so de la vida salvaje a la bárbara, debiéndose al hierro el comienzo de la
civilización. Ha debido haber una Edad del Caballo, que permite al hom¬
bre desligarse del suelo, aspirar otra capa de aire más pura, mirar a los
demás hombres hacia abajo, someter a los animales y sentir su superiori¬
dad por su dilatación del horizonte, por la ubicuidad de morada, por la
impunidad obtenida sustrayéndose a la pena. En América marca de tal
manera una época la introducción del caballo, que puede decirse que su¬
prime dos siglos de servidumbre para el indígena, lo eleva sobre la raza
conquistadora... La influencia del caballo ha sido tal, que los países que
no lo poseen en abundancia, como en Bolivia y el Ecuador, las indiadas
conservan su carácter secular y su secular fisonomía. Por el contrario, en
Venezuela y la República Argentina, los llaneros y la montonera han ejer¬
cido suprema influencia en las guerras civiles, habilitando a las antiguas
razas a mezclarse y refundirse, ejerciendo como masas populares a caballo
la más violenta acción contra la civilización colonial y las instituciones de
origen europeo, poniendo barreras a la introducción de las formas en que
reposa hoy el gobierno de los pueblos cultos. Los coriolanos de las ciuda¬
des españolas, los hijos sublevados, los escapados de la justicia hallarían
EL TERRITORIO 63

siempre en la pampa sin límites, más que un asilo inviolable, elementos de


guerra con poblaciones prontas a la obediencia, con recursos inagotables
de los dos indispensables elementos: caballos y ganados... Quizás sea ésta
la única extensión conocida de la tierra en que el país se halla infestado
en un siglo o más de ganados y caballos, vueltos a la vida salvaje, y de tan
extraño hecho debían resultar extrañas consecuencias, y no fueron en efec¬
to oscuras ni pequeñas.

El cabalgar ejerce un influjo notable sobre la psique.


Hudson nos dice (en Una cierva en el Richmond Parli) que,
galopando con el viento de frente, se le ocurrían los más be¬
llos pensamientos. Montaigne confiesa lo mismo. El capitán
Head anota una observación similar:

Al principio el galope constante abomba la cabeza y con frecuencia he es¬


tado tan aturdido al desmontar que apenas me tenía en pie; pero el orga¬
nismo se acostumbra por grados y luego se convierte en la vida más deli¬
ciosa por su variedad y por la manera natural de reflexionar que fomen¬
ta; pues, en el gris matinal, cuando el aire está todavía helado y tónico,
cuando los ganados parecen salvajes y amedrentados, y cuando la natura¬
leza entera tiene aspecto de juventud e inocencia, uno se permite aquellos
sentimientos y meditaciones que, con razón o sin ella, es tan agradable aca¬
riciar; pero el calor diurno y la fatiga corporal gradualmente traen a la
mente la razón; antes de ponerse el sol muchas opiniones se modifican y,
como en la tarde de la vida, se ven atrás con melancolía los devaneos apa¬
cibles de la mañana.

Para el gaucho y para el indio el caballo constituía parte


integrante de su vida privada y de relación. Se le empleaba
para el trabajo, para el ocio y para la guerra. La caballería
fue el arma casi exclusiva en nuestras guerras civiles. Paz
dice en sus Memorias que “el militar argentino quería que
su caballo participase también en la victoria”, aunque Arti¬
gas y Ramírez conocieron la utilidad de la infantería com¬
binada. Señala que la batalla de Gamonal, a caballo y arma
blanca, se decidió porque López llevó a Dorrego a un lugar
de pastos malignos para las caballadas. En un libro sobre
estos temas, el general Sarobe llegó a decir que “las páginas
más gloriosas de la historia argentina han sido escritas por la
caballería”. Mitre perdió la batalla de Cepeda contra Ur-
quiza, porque los soldados de éste iban mejor equipados: lle¬
vaban, además de la cabalgadura, caballos de tiro debidamente
aperados, para cambiar. Los indios llegaron a utilizar los
caballos con una estrategia diabólica. Juntaban en diversos
64 LA FRONTERA

lugares grandes manadas de potros y yeguas y las espantaban


para que desbaratasen los campamentos enemigos. Otras ve¬
ces ataban a los pescuezos largas cuerdas de cuero para que
derribaran cuanto hallaran en su carrera. Sarmiento, hombre
de a caballo, se deleitaba con el espectáculo de las caballerías
disciplinadas. Cuenta de los prolegómenos de la batalla de
Caseros, contra Rosas (en Campaña en el Ejército Grande):

El general en jefe (Urquiza) empleaba activamente la vanguardia en reco¬


ger yeguas chúcaras o potros que nos dejaba en corrales para remontar la
caballería. Uno de los espectáculos más novedosos que se ofrecían a la vis¬
ta, era el de una división entera montada en potros indómitos y aquella
doma de mil quinientos caballos cayendo, levantando, haciendo piruetas en
el aire o lanzándose a escape por los campos hasta que a la vuelta de dos
horas de lucha, los brutos vencidos, la división recobraba su orden de mar¬
cha cual si fuera montada en caballos domesticados.

En el sentimiento de simpatía por el caballo, en el hom¬


bre blanco, se ha de distinguir lo que corresponde a una con¬
vención literaria, en parte derivada de la tradición española,
o arábiga, y lo que corresponde a la verdad. Encontramos
ya en el Cantar de Mió Cid que “cuando llegaron a Zoco-
dover, el rey le dijo al Cid, que iba montado en su caballo
Babieca: —Don Rodrigo, me gustaría ver que arrancárais ese
caballo, del que tanto he oído hablar... El Cid entonces picó
espuelas y dió tal arrancada, que todos se maravillaron de
su carrera”. En su comedia El re?nedio en la desdicha, de
Lope, se dice en versos “a lo gauchesco”:
Arráez: Sólo mi arnés es mi dama;
éste adoro, déste fío,
Yo iba a ver mi labor
tanto que, a no ser tan frío,
y alejóme sin pensallo
aun le acostara en la cama.
donde me llevó el caballo
y a él le llevó el furor. Yo le limpio, yo le visto,
[Acto I, Esc. VIII] porque en la necesidad

me muestra la voluntad
Ñuño: con que una espada resisto.

Yo no quiero más amor Mi amor es lanza y caballo;


que mis armas y caballo; soldado que a amor se inclina,
en éstos mis gustos hallo tan cerca está de gallina
y me porto a mi sabor. cuanto pretende ser gallo.
[Acto I, Esc. VII\
EL TERRITORIO 65

Todavía se encuentra en el campo, fuera de la cruel, des¬


piadada insensibilidad del paisano para con el caballo de
tiro, una simpatía muy grande por el caballo que monta. Se¬
ría muy difícil explicar esa relación vivencial de ser a ser,
de hombre a bestia. Casi cuanto se ha dicho en la literatura
sentimental a ese respecto es exacto, si se entiende ese género
de afecto desprovisto de todo pathos decadente. No es, por
supuesto, el sentimiento heroico de Buffon, sino más bien esa
solidaridad de suerte y de miseria que Hudson ha sabido ex¬
presar como nadie, en los pasajes de sus libros en que re¬
cuerda su infancia: Zango, Cristiano, el Overo. Precisamente
este sentimiento que otros autores exageran, porque en el
iondo no lo sienten de verdad, falta en el Martín Fierro. Se
aprecia al caballo por su estampa, por su ligereza, por su
precio. Tal es, exteriormente, la estima del paisano por su
“flete”. También en la simpatía por el caballo puso el gau¬
cho un sentido escéptico del mundo. Ni la mujer, ni la ri¬
queza, ni el hombre, su semejante, merecían el afecto amis¬
toso o de compañerismo que el caballo. Más honroso que
poseer tierras era poseer caballadas de un pelo. Lo dice Fierro:
El gaucho más infeliz Tenía tropilla de un pelo (211-2).
Hudson nos cuenta que el estanciero Gándara era aficionado
a los caballos bayos hasta el punto de no consentir que nadie
los poseyera de ese color. Entre los indios pasaba lo mismo,
según consigna Mansilla en su Excursión:

Los indios se ocupan de éstos (los caballos) a propósito de todo. Para ellos
los caballos son lo que para nuestros comerciantes el precio de los fondos
públicos. Tener muchos y buenos caballos es como entre nosotros tener
muchas y buenas fincas. La importancia de un indio se mide por el núme¬
ro y la calidad de sus caballadas. Así, cuando quieren dar la medida de lo
que un indio vale, de lo que representa y significa, no empiezan por de¬
cir: tiene tantos y cuantos rodeos de vacas, tantas o cuantas manadas de
yeguas, tantas o cuantas majadas de ovejas y cabras, sino: tiene tantas tro¬
pillas de oscuros, de overos, de bayos, de tordillos, de gateados, de alaza¬
nes, de cebrunos; y, resumiendo, pueden cabalgar tantos o cuantos indios.
Lo que quiere decir que, en caso de malón, podrá poner en armas muchos,
y que si el malón es coronado por la victoria, tendrá participación en el
botín según el número de animales que haya suministrado, según veremos
en el caso de platicar sobre la constitución social, militar y gubernativa
de estas tribus.
66 LA FRONTERA

Desechado el gaucho por una sociedad que iba formándose


en la codicia y la fuerza de las prebendas, halló un refugio a
su condición de meteco en el campo y un consuelo en la bes¬
tia noble. De la humillación y sumisión en que se encontraba
pasó al dominio de sí y del mundo con sólo montar su “pin¬
go”. La similitud de vida que Sarmiento y Alberdi encon¬
traron entre el gaucho y el árabe proviene de los hábitos de
cabalgar, pero mucho más de la convivencia estrecha entre
jinete y montura. Se trata, por lo tanto, de su sensibilidad
en una concepción ecuestre del mundo. Aparte Hudson y
Sarmiento, a quienes podríamos agregar inmediatamente des¬
pués Cunninghame-Graham, no encuentro en nuestra litera¬
tura campesina quién haya reflejado con íntimo sentido, el
significado del caballo en la psicología del paisano. Hernán¬
dez lo elude con sabia prudencia, y sólo se aventura a una
descripción objetiva del caballo del indio. Mucho más vivo
y muchísimo más convencional y afeado por desaciertos in¬
creíbles, se lo encuentra en Del Campo. Comienza su Fausto
por un encuentro de paisanos y de caballos (como el Santos
Vega) que integran una comunidad de afecto. Destácase, co¬
mo elaboración artificiosa que Lugones ridiculizó con toda
justicia, el elogio del caballo:

En un overo rosao, de suerte que se creería


flete nuevo y parejito, ser no sólo arrocinao,
caiba al bajo, al trotecito sino también del recao
y lindamente sentao... de alguna moza pueblera.

Tampoco Ascasubi logró transmitir el pathos de esa amis¬


tad singular, y mucho menos Echeverría, que describe siempre
al caballo en su aspecto de cabalgadura de pedestal. O la
orgía de sangre, en que el indio saja la yugular de la yegua
para beber el chorro de sangre, pegados los labios al cuello
como un vampiro. Pudo ser eso lo que hacían, pero no lo
que el gaucho ni el indio sintieron.
Si debiera tomarse un índice de referencia para juzgar
entre nosotros de la sensibilidad de un autor con respecto al
campo, es su descripción del caballo y lo que refiere de sus
complejos instintos. Asimismo, nunca se conoce más honda-
EL TERRITORIO 67

mente la índole del hombre que en el trato que le da. Y es


cierto que jamás, ni con su sangre ni con sus lágrimas, pur¬
gará el crimen de crueldad y bestial ingratitud para con el
caballo. ¿Quién ha escrito ese capítulo humillante para la
humanidad, ofensivo para Dios, infame para la Naturaleza?
En el evitar Hernández acometer esa empresa ardua de rela¬
cionar al paisano con su cabalgadura, se percibe que era un
hombre frío, insensible a los afectos profundos. No delata
verdadera simpatía por el caballo ni por el perro. Siempre
el perro es considerado como animal despreciable, ya en la
jauría del viejo Vizcacha, ya en los toldos, ya en las compa¬
raciones. Recordemos, además, que una de las anécdotas sobre
la fuerza titánica de Hernández refiere que podía reventar
al caballo que cabalgara, apretando las piernas. Insensibilidad
que en cierto aspecto corresponde, efectivamente, al paisano
y cuya modalidad trasunta el Poema. Siempre, en lo que nos
cuenta de los indios, el caballo queda como objeto, como
auxiliar que conviene domesticar con clemencia para que le
sea más útil. En la Vuelta hay dos descripciones de este
tipo. En su obra Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú
(1829), Samuel Haigh anotó:

Los caballos indios se consideran los mejores de la llanura, por ser más
ricos los pastos del sur; los indios también los cuidan más que los gauchos;
nunca montan en yeguas que se reservan completamente para cría y alimen¬
to, del que suministran la mejor provisión posible a sus dueños salvajes,
pues galopan junto con los soldados en todos los malones; y de este modo
los indios siempre pueden sorprender a los cristianos por la rapidez de sus
marchas y no sufrir hambre.

Head, en su magnífica obra tantas veces citada, dice:

Los gauchos que también cabalgan lindamente, todos declaran ser imposi¬
ble seguir al indio, pues sus caballos son superiores a los de los cristianos,
y también tienen tal modo de apurarlos con alaridos y un movimiento es¬
pecial del cuerpo, que aun si cambiaran caballo, los indios los batirían.

También Mansilla (en Una excursión, cap. xx) se entre¬


tuvo en describir el amansamiento del caballo por los indios:

Ya veremos cómo los mismos caballos que nos roban a nosotros, pues ellos
no tienen crías, ni razas especiales, sometidos a un régimen peculiar y se-
68 LA FRONTERA

vero, cuadruplican sus fuerzas, reduciéndonos muchas veces en la guerra a


una impotente desesperación. Para ganar tiempo y dar más alivio a mis
cabalgaduras, mandé mudarlas. Los indios no echaron pie a tierra. Tienen
ellos la costumbre de descansar sobre el lomo del caballo. Se echan como
en una cama, haciendo cabecera del pescuezo del animal, y extendiendo las
piernas cruzadas en las ancas; así permanecen largo rato, horas enteras a
veces. Ni para dar de beber se apean; sin desmontarse, sacan el freno y
lo ponen. El caballo del indio, además de ser fortísimo, es mansísimo.
¿Duerme el indio? No se mueve. ¿Está ebrio? Le acompaña a guardar el
equilibrio. Se apea y le baja la rienda? Allí se queda. ¿Cuánto tiempo?
Todo el día. Si no lo hace es castigado de modo que entienda por qué. Es
raro hallar un indio que use manea, traba, bozal y cabestro. Si alguno de
estos útiles lleva, de seguro que anda redomoneando un potro o en un ca¬
ballo arisco, o enseñando uno que ha robado en el último malón... El in¬
dividuo vive sobre el caballo, como el pescador en su barca; su elemento
es la pampa como el elemento de aquél es el mar.

Una historia de caballos e indios encontramos en Head,


completando un cuadro realista de la época:

Estábamos en el centro de este país horrible; siempre cabalgaba unas cuan¬


tas postas por la mañana, e iba con un gauchito de quince años, santafesi-
no; su padre y madre habían sido asesinados por los indios; lo salvó un
hombre que había huido a caballo; pero entonces era criatura y nada re¬
cordaba. Pasamos por una tapera que decía haber pertenecido a su tía.
Dijo que hacía dos años estaba en esa choza con su tía y tres primos moce-
tones; que mientras todos conversaban, un muchacho venía al galope des¬
de la otra posta y al pasar por la puerta gritó: “¡Los indios!, ¡los indios!”;
que él corrió a la puerta y los vió venir en dirección al rancho, sin som¬
breros, desnudos, con largas lanzas, golpeándose la boca con la mano de la
rienda y dando alaridos que, según él, hacían temblar la tierra. Decía que
estaban dos caballos afuera de la puerta, enfrenados pero desensillados;
que saltó sobre uno y se alejó al galope; que uno de los jóvenes saltó so¬
bre el otro y lo siguió como veinte yardas, pero que luego dijo algo acer¬
ca de la madre y regresó al rancho; que, junto con llegar allí, los indios ro¬
dearon el rancho y que la última vez que vió a sus primos estaban en la
puerta, cuchillo en mano; que varios indios lo siguieron más de una mi¬
lla, pero que montaba un caballo “muy ligero, muy ligero”, decía el mu¬
chacho. Y mientras galopábamos, aflojaba las riendas y lanzándose adelan¬
te sonreía mostrándome la manera cómo escapó, y luego, poniendo su ca¬
ballo al galope corto, continuó su historia. Decía que cuando los indios
vieron que se les alejaba, se volvieron; que él se escapó, y cuando los in¬
dios dejaron la provincia, lo que sucedió dos días después, regresó al ran¬
cho. Lo encontró quemado y vió la lengua de su tía pegada en un poste
del corral; el cadáver estaba dentro del rancho; un pie separado del tobi¬
llo y, al parecer, se había desangrado hasta morir. Los tres hijos estaban
afuera de la puerta, desnudos, los cuerpos cubiertos de heridas y los bra¬
zos acuchillados hasta el hueso, con una serie de tajos distantes entre sí una
pulgada desde los hombros hasta la muñeca.
EL TERRITORIO 6.9

Hudson (en Una cierva en el Richmond Park) explica


cómo procedían en sus invasiones los indios, y la causa de la
superioridad de sus caballadas, aunque desde otro punto de
vista:

Su triunfo, en la mayoría de los casos, se debía al terror que provocaban


en los caballos de los blancos. Hay que explicar que en todas las circuns¬
tancias se peleaba únicamente a caballo, pues la infantería y la artillería
resultaban inútiles, dada la extremada rapidez con que se movían los gru¬
pos indios que había que perseguir por toda la región invadida. Los in¬
dios, siempre mejor montados que los blancos, se lanzaban a la pelea sólo
cuando les convenía, y su táctica consistía en atropellar, ampliamente des¬
parramados, en furiosas embestidas, echados sobre el lomo y el pescuezo del
caballo y lanzando sus penetrantes gritos de batalla. Pero era el olor a in¬
dio lo que les daba ventaja, pues era tan grande el terror que poseía a los
caballos del enemigo, que se hacía imposible dominarlos y hacerlos enfren¬
tar a los indios; y con un caballo enloquecido por el miedo los blancos no
podían emplear la carabina”.

Nadie tenía compasión por los animales; ni el “agau¬


chado” capitán Head, que nos cuenta:

Galopé en mi caballo hasta donde aguantó, y luego subí al de repuesto,


dejando atrás al postillón. En una hora más, este caballo estaba conclui¬
do; espoleándolo podía mantenerlo a galope corto; al fin se cayó y el pie
se me enganchó en el estribo, la larga espuela se enredó también en la la¬
na del cojinillo; vi, por la palpitación del costado y narices del caballo, que
estaba demasiado cansado para seguir. Monté y lo hice galopar hasta que
cayó sobre otra pierna, y tuve ambas lastimadas; alcancé un muchacho que
arreaba algunos caballos, tomé uno y el mío se incorporó a la tropilla has¬
ta llegar a la posta.

El caballo pampa no es de hermosa pinta, pero tiene cua¬


lidades muy singulares. Alfredo Raymundo (en correspon¬
dencia a La Tribuna, del 19 de mayo de 1879), lo describe:

Es que el campo de la pampa es como el caballo del pampa. Tiene mu¬


chos méritos pero es preciso entenderlo y presenta una diferencia notable
con el tipo que esa eterna engañadora — la imaginación — se ha compla¬
cido en forjar. Los que no conocen el caballo del indio se figuran por lo
general un brioso corcel, soberbio, incansable, ligero como un galgo, pron¬
to a rayar como un trompo, y galopando por médanos, matorrales y gua¬
dales como si supiera el alemán y hubiera leído la Balada de Leonora, de
Rürger. Ha de haber a veces entre los indios de esos caballos que pintan
los versos, crinados como Peñaloza, el Chacho, pisando alto y haciéndose
los fanfarrones. Fanfarrones por todas partes hay. Pero no es éste el ver-
70 LA FRONTERA

dadero modelo del caballo del indio. Cuando en una tropilla vean un ani¬
mal membrudo, agachado, tristón, charcón, cabezón, con la cruz alta, el pes¬
cuezo estirado, el encuentro ancho, el pecho desarrollado y el aire parti¬
cularmente zonzo y adormecido, digan con confianza: éste es un caballo in¬
dio. Y si son un poco baqueanos en los asuntos fronterizos y que tengan
amistad con el dueño de la tropilla, agreguen en el acto, para que no se
adelante nadie: ése es mi caballo de marcha. Si consiguen montarlo encon¬
trarán un animal medio lerdo, de buen andar, torpe al freno del lado del
lazo, bien enseñado de la boca del lado de montar, nada a propósito por
cierto para jinetear y que poco honor les haría para pasear en una ciudad;
pero que en un paseíto de doscientas leguas no mermará ni un instante y
que al principio como al fin, no se presentará ni más ni menos zonzo, ni
más ni menos pesado, ni más ni menos agachado, resignado y valiente que
en el momento que se montó.

Así como existe la leyenda del caballo brioso a que se


refiere Raymundo, y el verdadero, mucho mejor, en la lite¬
ratura, existe la leyenda del “amor” del paisano a su caba¬
llo. No es eso, sino algo mejor. Él conoce y estima esas cua¬
lidades de condición superiores a las de estampa; lo cuida
y lo valora como el artesano una buena herramienta que le
sirve bien. En determinado momento puede cambiarla por
otra mejor o más adecuada. Su falta de compasión hacia el
caballo es un rasgo genuino de su psicología, porque la vida
le ha enseñado a no tener misericordia. En la caza, que es
también donde el hombre piadoso y sobrecivilizado exhibe
su hez bestial, el gaucho procedía con salvaje entusiasmo. La
caza del ganado vacuno, como del avestruz y el venado, era
una fiesta no menos exultante que la doma o la hierra. Pero
sacar la consecuencia de que el gaucho haya sido inferior al
hombre sobrecivilizado, es falso. Se trata de otra concepción
totalizadora del mundo, de otra clase de sensibilidad. Todos
los poemas gauchescos —excepto el Martín Fierro— abundan
en tiradas retóricas acerca de las cualidades hípicas y cir¬
censes del caballo. La vida nacional ha sido desfigurada por
el mismo afán de embellecer con abalorios cualidades exce¬
lentes y sin brillo. La alabanza forma parte de una cortesía
ritual, y en los poemas, al encontrarse dos paisanos, cambian
esas frases de etiqueta en que el elogio de los caballos reem¬
plaza al interés por las cosas familiares. Con Del Campo ad¬
quiere un formulismo que pasa a formar parte de la falsa
sensibilidad de los imitadores. Mucho más cierto es, aun
EL TERRITORIO 71

dentro del elogio convencional, lo poco que dice Martín


Fierro del “flete” que le quitó el comandante: Yo llevé un
moro de número, ¡Sobresaliente el matucho! Con él gané en
Ayacucho Más plata que agua bendita. Y atempera lo que
pudo haber de arrogancia de gringo: Siempre el gaucho ne¬
cesita Un pingo pa fiarle un pucho (361-6).
Es preciso determinar siempre, en estas cuestiones, qué
elementos literarios se superponen y embozan la verdad en
los sentimientos y conducta del hombre de campo, pues nues¬
tra literatura gauchesca y la derivada ha constituido raigam¬
bres de verosimilitud en este terreno de exageraciones y
malentendidos. La poca importancia que el caballo tiene,
tanto en el argumento como en la sensibilidad de los per¬
sonajes del Poema —configurando temas netamente adiciona¬
les— es un signo más de su honesta veracidad. Hernández
no enaltece las cualidades morales de sus personajes, que des¬
naturalizarían la auténtica psicología del gaucho. Propenso
más bien a lo contrario, a recortar y concentrar, ha preferido
suprimir por completo al caballo como elemento épico con¬
vencional, como suprimió al perro, que es inseparable com¬
pañía del hombre de campo. Lo hizo a costa de darnos de
sí una impresión de dureza espiritual para captar aspectos
delicados del alma de sus personajes. Es lo que el lector
anhela y, no encontrándolo, igualmente lo proyecta de sí al
Poema. Se trata de fenómenos de cristalización y de proyec¬
ción literaria, como los ha estudiado Lipps, y de esas cris¬
talizaciones y proyecciones sentimentales es preciso que nos
libremos para gozar de la gran belleza y de la pura verdad.

EL AMIGO OLVIDADO

Llama la atención que en el Poema no haya otros perros


que los del viejo Vizcacha. Ninguno de los otros personajes
tiene esa compañía. Para el pastor es un auxiliar de trabajo
indispensable. Eduardo Gutiérrez no olvidó que Juan Mo-
reira debía tener, además del caballo, el perro, “Cacique”.
En la tapera de Martín Fierro queda el gato, pero jamás de¬
muestra haber tenido afecto a ningún animal doméstico.
72 LA FRONTERA

Los Viajeros Ingleses cuentan que los ranchos estaban


poblados de perros, y Hudson muestra la extrañera de Ri¬
chard Lamb cuando llega a una vivienda, en el campo, y no
sale a ladrarle ningún perro. Sus obras tienen abundantes
historias de estos animales, comenzando por “César”, y mu¬
cho más que el caballo juegan un papel protagónico en la vida
de sus pastores. En el Martín Fierro sólo tienen perros los
indios. Les tiran los restos de una criatura descuartizada y
se los comen. Todas las comparaciones despectivas se refie¬
ren al perro.
Cuando se sacrificaban por millares de cabezas cada día
los ganados en los campos, se formaban manadas de perros
cimarrones que vivían en cuevas, compitiendo con los caran¬
chos en devorar las carroñas. Darwin registra la exuberan¬
cia de canes en los campos, y vio pelotones de gauchos galo¬
pando seguidos de traillas enormes, de que se servían para
cazar y para defenderse. Una página de Vicente F. López,
en su Historia de la República Argentina, relata la feroci¬
dad de esos animales. También Juan Agustín García (en
La ciudad indiana, I, 3):

Los perros cimarrones diezmaban las haciendas; se multiplicaban prodigio¬


samente por incuria y egoísmo de los estancieros. Era un caso interesante
de regresión. El perro también seguía al hombre en el camino de la bar¬
barie. El compañero fiel y noble, cooperador en todos los trabajos de cam¬
po, vivía en cuevas subterráneas: feroz y cruel, como los lobos y las hienas,
llegó a hacerse tan temible que se organizaron expediciones militares para
exterminarlo.

Y el padre Cattaneo escribe:

Cubren todas las campañas circunvecinas y viven en cuevas que trabajan


ellos mismos, y cuya embocadura parece un cementerio por la cantidad de
huesos que la rodean. Y quiera el Cielo que, faltando la cantidad de car¬
ne que ahora encuentran en los campos, irritados por el hambre, no aca¬
ben por asaltar a los hombres.

J. M. Fernández Saldaña publicó, en colaboración con


César Miranda, el libro Historia general de la ciudad y el
departamento de Salto, donde se lee:

Eran los perros cimarrones que chicoteados por el hambre acorralaban a


los vacunos con ánimo de cazadores. Las vacas defendían sus crías reserván-
EL TERRITORIO 73

doles el interior de la rueda, pero en la confusión del choque siempre sa¬


lía a la vera algún ternero que era devorado por aquellos mastines, semi-
lobos, baqueanos en una clase de faenas en que sus antepasados habían ser¬
vido con el hombre.

Las crónicas de fines del siglo xvm y de principios del


xix abundan en señalar el peligro que representaba para las
haciendas y para las personas la existencia de esas, manadas
de perros feroces. Era una consecuencia del sistema primi¬
tivo de cría de las reses, del comercio de corambre, de cómo
se explotaban las industrias de la ganadería, el que regresa¬
ran a los instintos del chacal. Hasta habían tomado su as¬
pecto, pareciéndose mucho a los lobos. No dieron resultado
las expediciones de tropas armadas con carabinas para su
exterminio, ni las trampas que se imaginaron para cazarlos
y darles muerte. Una de ellas recuerda Sánchez Saldaña que
describió Alfredo Bellemaré, con motivo de su viaje a la
Banda Oriental en los años 1830 a 1835: se formaba una
palizada con una puerta de guillotina, sostenida en alto por
una cuerda que un hombre sostenía como a 100 metros de
distancia. Se colocaban algunas reses en el corral durante dos
noches, y después trozos de carne. Los perros iban en ma¬
nadas a comerla, y entonces se dejaba caer la puerta apre¬
sándolos. Se los mataba con lanzas introducidas entre los
postes de la palizada. También se ideó rodearlos por dos¬
cientos o trescientos jinetes, obligándolos a echarse al mar.
Pero la estratagema no dio resultados. Se obligó a los veci¬
nos del campo a presentar al alcaide cuatro orejas (de dos
perros) por mes, con pena de multa en caso de incumpli¬
miento. En 1852, en una batida que se les dio en el Rincón
de Tacuarí, se sacrificaron trece mil perros. Una tercera parte
de las crías de las haciendas eran devoradas por los perros
cimarrones.
Los indios tenían en sus toldos inmensa cantidad. Estos
perros no acompañaban a las hordas en sus malones ni en
las maniobras. Mansilla se ha ocupado de transmitirnos una
escena detallada en Una excursión (cap. xliv):

Mi fatigado cuerpo no sintió ni el aire de la noche, ni la dureza del suelo,


ni la famélica inquietud de los perros, que devoraban los rezagos y huesos
74 LA FRONTERA

de nuestro fogón, haciendo crugir sus afilados dientes, hasta romperlos y


chupar el escondido tuétano. Los indios no les dan de comer a los perros
y, sin embargo, tienen muchos; en cada toldo tienen una jauría. Los po¬
bres viven de los bichos del campo, que cazan, o como los avestruces, pes¬
cando moscas al vuelo. El hambre les hace adquirir una destreza increíble.
Mosca que zumba por sus narices va parar a su estómago. Los tratan con
la mayor dureza; el que no está lleno de chichones tiene alguna cicatriz
agusanada. Es lo que sacan cuando se acercan a algún fogón, o cuando al
acarnear alguna res se arriman tímidamente a ella para chupar siquiera la
sangre que riega el suelo. Las chinas son las que tienen alguna compasión
de ellos. Son sus compañeros inseparables. Van al monte y al agua con
ellas; con ellas recogen el ganado; y al lado de ellas duermen. A los indios
no los siguen jamás.

Otra escena nocturna encontramos en Head:

A la noche comimos algo y dormimos en el suelo de la ramada. Habíamos


notado un perro muy bravo atado en el patio, que constantemente trata¬
ba de atraparnos. A media noche, cuando la luna brillaba sobre nosotros
por unos agujeros del techo, el perro entró y, después de olfatearnos a to¬
dos, fué a dormir entre nosotros.

Sin perros, ¿cómo se arreglarían Cruz y Fierro para la


cacería de alimañas de que pensaban vivir en el Desierto?
Dos años vive éste como gaucho matrero, a la intemperie, y
cinco en tolderías, sin mencionar nunca la compañía de un
perro, y éste es el rasgo más revelador de que su índole era
la de un hombre desafecto y montaraz.

LOS RANCHOS

El rancho fue, más que la casa de ladrillos (crudos o


cocidos), la base de la construcción domiciliaria en la Argen¬
tina, en el campo y en la ciudad. Ranchos y toldos, muy
semejantes en sus materiales y en su utilidad, son esquemas
típicos: construcciones que se relacionan más con la psicología
del huésped que con el arte edilicio. La casa surge del fuerte.
1 ipo impuesto al campesino por la calidad deleznable de
los materiales (el barro, la paja, el junco, el cuero, la ma¬
dera endeble) y por la necesidad de cambiar de sitio su pre¬
caria vivienda, dio mucho más tarde una pauta de estilo, una
modalidad psicológica. Hoy se le adopta en su aspecto, por
EL TERRITORIO 75

cariño tradicional a lo pintoresco para casas de veraneo, con


lo que se confirma esa característica de condición psicológica.
La construcción en piedra transforma al huésped en un se¬
dentario rupestre: lo encaja en ella como argamasa. El toldo
y el rancho lo mantienen en la expectativa de una víspera de
partida, en la ansiedad del cambio de horizonte. La llanura
lo impele a marchar y despierta en él atávicos instintos migra¬
torios. Por muchísimos siglos el hombre fue un animal tras¬
humante. Se sabe que el nomadismo actual del gitano es un
inerte movimiento ancestral. En Una cierva en el Richmond
Park, Hudson lo ha considerado afín a la migración de aves
y cuadrúpedos, aun en grandes artistas como Shelley y Byron.
Las gentes fronterizas del Martín Fierro poseen esa psicolo¬
gía del hombre sin raigambre, del morador del rancho que
prefiere la intemperie y la libertad de movimientos más propia
del vagabundo que del hombre libre, en una querencia de cos¬
tumbres muy antiguas. Precisamente la movilidad irrefrenable
de los personajes da a la Obra uno de sus caracteres constitu¬
cionales de “poema fronterizo”.
Nos dice Juan Alvarez (en Estudios sobre las guerras civiles
argentinas) que en 1868 las cuatro quintas partes de los edificios
de la República eran ranchos de barro y paja, barro y madera.
Toda la provincia de Santiago del Estero no exhibía más que
doscientas treinta y siete casas de azotea y reja; y la provincia
de San Luis sólo ciento veinte, para cincuenta y tres mil habi¬
tantes. “El rancho argentino, sin piso de madera o material,
sin chimenea, sin cocina, sin tabiques divisorios en muchos
casos, es casi la guarida del hombre prehistórico”, dice ese autor.
En efecto, según A. L. Kroeber (Antropología general),

es de creerse que en época tan remota como es el paleolítico inferior, se


construyeran sencillos cobertizos con ramas o que se colgaran pieles de unos
cuantos postes para guarecerse del viento y de la lluvia.

Azcárate de Biscay vio en la ciudad de Buenos Aires, en 1957,


cuatrocientas casas de barro, y en El lazarillo de ciegos cami¬
nantes habla Concolorcorvo de “chozas techadas y guarnecidas
de cuero”. El censo nacional de 1895, que registró en el país
una población de cuatro millones de habitantes, dio doscientos
76 LA FRONTERA

sesenta y siete mil ranchos sobre quinientas treinta y seis mil


casas. La ciudad de Córdoba tenía, en 1905, un cuarenta por
ciento de ranchos en el ejido urbano, y el censo municipal de
Rosario, en 1910, arrojó el porcentaje de un veintidós por ciento
de ranchos y casillas de madera y latas. “El cuarto de la
población total se encontraba materialmente hacinada en con¬
ventillos.”
El rancho sigue siendo aún la vivienda típica en las llanuras,
y su habitante no ha contraído aún el gusto de poseer árboles.
El amor al árbol es un coeficiente de la psicología social, y esa
falta de simpatía por el árbol es la misma incapacidad para
la contemplación del paisaje, para el goce de lo estable y dura¬
dero, de lo tranquilo y apacible. Perdura el estado latente de
movilidad y de violencia que creó en el paisano el ambular
constante de los ganados. Sarmiento observó muy agudamente
este fenómeno. Para sentir en el árbol su firme voluntad de
fijeza, es preciso haber incorporado en las propias ideas, en uno
mismo, un sentido no menos fuerte de la vida, lo que significa
una raíz en la estirpe o en la tierra. En nuestro continente de
los pájaros, que decía Hudson, y de los árboles, ni una ni otra
cosa han ejercido influjo en el alma de su habitante. La primera
plantación de árboles se hizo aquí en 1824, por una colonia
escocesa, en los Montes Grandes, cerca de Buenos Aires, donde
tuvo Rosas uno de sus importantes cuarteles ganaderos. En el
Martin Fierro sólo se alude a la selva y, con intención compa¬
rativa, al “arbolito que crece desamparao en la loma”.
La afición a la huerta y al monte de árboles de sombra y
particularmente de frutales, caracteriza aún al extranjero, y el
paisano rechaza ese hábito de “gringo” como una cualidad
humana de servidumbre a la casa y a la familia, signos ambos
de inequívoco afeminamiento. Si el paisano de la llanura mira
con menosprecio al hombre que se agacha para cultivar su
predio, es porque el padre que alzaba su choza únicamente para
dormir y guarecerse del viento y de la lluvia vive todavía en él
y lo manda. El gaucho sigue en la actualidad reducido, no
cambiado, tan indomable como antes en sus sentimientos erra¬
bundos. Casa y trabajos domésticos corresporíden a la mujer,
pero mucho más a lo femenino, que el hombre no comprende.
Observaba Hernández en su Instrucción del estanciero;
EL TERRITORIO 77

Las plantas forman un ramo muy importante, muy descuidado en la ma¬


yor parte de nuestra campaña, y sobre el cual deben fijar su atención to¬
dos cuantos van a poblar una estancia... (Del) ombú, ante el cual, con
permiso de nuestros lectores, vamos a dedicar algunas palabras más ade¬
lante por su importancia especial, diremos desde ya que los hielos lo ma¬
tan muy fácilmente cuando es tierno, pues las raíces van cerca de la super¬
ficie de la tierra. El sauce y el álamo requieren mucha humedad. El sauce
colorado es un excelente árbol. El espinillo no se produce al sur. El sauce
crece perfectamente en toda la provincia. Son buenas plantas, muy sanas
y muy útiles: el eucalipto, la acacia de albata y el paraíso... También ha¬
brá una pequeña quinta, sólo destinada para el cultivo de hortalizas nece¬
sarias para la alimentación, la cual trae la ventaja de abaratarla, disminu¬
yendo la matanza de animales para proveer sólo de carne a toda la gente
del establecimiento. No debe faltar en una estancia un cuadro o dos de
alfalfa.

Ascasubi evoca un ombú, desarraigado después por el pam¬


pero, en Santos Vega (canto IX):

Pues ese ombú, el más soberbio a un inmenso caserón


que en estos campos se vió, de ochenta varas en cuadro,
erguido se interponía trabajando con primor,
entre la tierra y el sol, de adobe crudo, tejado,
cubriendo de fresca sombra y madera superior.

Martín Fierro caracteriza por el ombú “la tierra bendita que


ya no pisa el salvaje”. La estancia que Ascasubi describe (en su
poema, que ubica hacia el 1800), es ya la de un extranjero:

Alviértase que la estancia aves de todo tamaño,


tenía, por descontado, corderos gordos, lechones,
buena chacra, linda quinta, conejos, y hasta pescado
un jardín que era un encanto, se agenciaba algunas veces;
árboles de todas layas, y, como con mucho agrado
especialmente paraísos, recebía a los amigos
y esos fragantes aromos que iban allí a visitarlo,
que dan botones dorados: era su estancia una fonda
ricas frutas y verduras. de mogollas en verano.

Pero en el rancho, a menudo menos que en el toldo, no se


cultivaban legumbres ni se plantaban árboles. Hay numerosas
descripciones de ellos, coincidentes en lo fundamental. Azara
dice: I

Sus habitaciones (del campesino) se reducen generalmente a ranchos y


chozas cubiertos de paja, con la puerta de palos verticales hundidos en la
78 LA FRONTERA

tierra y embarradas las coyunturas, sin blanquear y los más sin puertas ni
ventanas, sino cuando mucho un cuero. Los muebles son por lo común un
barril para el agua, un cuerno para bebería y un asador de palo; cuando
mucho agregan una olla, una mesita y un banquito, sin manteles y nada
más, pareciendo imposible que viva el hombre con tan pocos utensilios y
comodidades, pues aun faltan camas, no obstante la abundancia de lana-
Por supuesto que las mujeres van descalzas, puercas y andrajosas, a seme¬
janza en todo a sus padres y maridos, sin coser ni hilar nada. Lo común
es dormir toda la familia en el propio cuarto... Sus asquerosas habitacio¬
nes están siempre rodeadas de huesos y carne podrida, porque desperdician
cuadruplicado de lo que aprovechan... Sus vicios capitales son una inclina¬
ción a maltratar animales...; repugnan toda ocupación que no se haga a
caballo y corriendo, jugar a los naipes, embriagarse y robar...

V. F. López (en Historia de la República Argentina) observa,


muchos años después;

Plantaba (el gaucho) una choza en la rinconada de un arroyo, cerca del


agua para evitarse el trabajo de acarrearla; y como los prebostes de la Her¬
mandad solían tener la ocurrencia de atravesar los campos con cincuenta o
sesenta blandengues, ahorcando expeditivamente bandoleros, el gaucho te¬
nía buen cuidado de levantar esa choza bajo la cubierta del bosque, entre
sendas y vados que le eran conocidos, para evitar que lo encontrasen des¬
prevenido, porque la justicia del rey no era muy solícita en distinguir a
los inocentes de los vagos.

La noticia de Head, siempre tan gráfico y certero, es ésta:

Los ranchos se construían en la misma forma sencilla, pues aunque el lujo


tiene diez mil planos y alzados para la morada frágil del más frágil mora¬
dor, sin embargo, la choza en todas partes es igual y, por tanto, no hay di¬
ferencia entre la del gaucho sudamericano y la del “highlander” escocés,
excepto en que la primera es de barro y se cubre con largas pajas amari¬
llas, mientras la otra es de piedra techada con brezos. Los materiales de
ambas son productos naturales del suelo, y las dos se confunden tanto con
el color del país que a menudo es difícil distinguirlas; y como la velocidad
con que se galopa en Sudamérica es grande y el campo llano, casi no se
descubre el rancho hasta llegar a la puerta... El rancho generalmente se
compone de una sola habitación para toda la familia, muchachos, hom¬
bres, mujeres y chicuelos, todos mezclados. La cocina es un cobertizo apar¬
tado unas pocas yardas. Hay siempre agujeros tanto en las paredes como
en el techo del rancho, que uno considera al principio como señal singular
de indolencia en la gente. En verano la morada está tan llena de pulgas y
vinchucas que toda la familia duerme afuera frente a su habitación; y
cuando el viajero llega de noche y, después de desensillar su caballo, cami¬
na entre esa comunidad dormida, puede colocar el recado para dormir jun¬
to al compañero que más agrada a su fantasía: el admirador de la inocen¬
cia puede acostarse al lado de un niño dormido, el melancólico dormitar
EL TERRITORIO 79

cerca de una negra vieja y el que admira las bellezas más lindas de la Crea¬
ción, puede muy modestamente poner la cabeza a pocas pulgadas del ído¬
lo adorado. Sin embargo, nada hay que ayude a la elección, a no ser los
pies y tobillos descalzos del entero grupo de dormidos, pues sus cabezas y
cuerpos están cubiertos y disfrazados por el cuero y ponchos que los ta¬
pan. En invierno la gente duerme dentro del rancho y el espectáculo es
muy original. Tan pronto como la cena del pasajero está lista, se trae aden¬
tro el gran asador de hierro en que se ha preparado la carne y se clava en
el suelo: el gaucho luego brinda al huésped un cráneo de caballo, y él y
varios de la familia en asientos semejantes rodean el asador del que sacan
con sus largos cuchillos bocados muy grandes. El rancho se alumbra con
luz muy débil, emitida por sebo vacuno y se calienta con carbón de leña;
en las paredes del rancho cuelgan de huesos clavados dos o tres frenos o
espuelas, y varios lazos y boleadoras; en el suelo hay muchos montones
oscuros que nunca se distinguen con claridad. Al sentarme sobre éstos,
cuando estaba fatigado, con frecuencia he oído el agudo chillido de un
chicuelo debajo de mí, y a veces he sido dulcemente interrogado por una
joven: ‘¿Qué quería?” y otras veces ha saltado un perro enorme. Estaba
una vez calentándome las manos en el fogón, sentado en una calavera de
caballo, mirando el techo negro, entregándome a mis fantaseos e imaginán¬
dome estar completamente solo, cuando sentí alguna cosa que me tocaba,
y vi dos negritos desnudos repantigándose junto al fogón en actitud de sa¬
pos; se habían arrastrado de abajo de algún poncho y después encontré que
otras muchas personas, así como gallinas cluecas estaban también en el
rancho. Durmiendo en los ranchos, el gallo frecuentemente ha saltado so¬
bre mi espalda para cantar por la mañana. Sin embargo, luego que apun¬
ta el día todo el mundo se levanta.

Otro rancho describió Samuel Haigh, en Bosquejos de Bue¬


nos Aires, Chile y Perú:

Su rancho es pequeño y cuadrado, con pocos postes de sostén y varillas


de mimbre entretejidas, revocadas con barro, y a veces solamente protegido
por cueros. El techo de paja o juncos, con un agujero en el centro para
dar escape al humo; pocos trozos de madera o calaveras de caballo sirven
de asientos; una mesita de dieciocho pulgadas de altura, para jugar a los
naipes, un crucifijo colgado de la pared y a veces una imagen de San An¬
tonio o algún otro santo patrono, son los adornos de su morada. Pieles de
camero para que se acuesten las mujeres y niños y un fueguito en el cen¬
tro, son sus únicos lujos. El gaucho en su casa siempre duerme o juega; ra¬
ramente pasamos por un rancho donde estuvieran reunidos; pero este pa¬
satiempo era para ser presenciado, y ocasionalmente un fraile con hábito
sucio se veía tan serio en la partida de juego como los demás. Si el tiempo
está lluvioso, la familia y los visitantes, perros, lechones y gallinas se jun¬
tan dentro del rancho en promiscuidad. Y cuando el humo de la leña mo¬
jada generalmente llena la mitad del rancho, las figuras, en esta atmósfera
opaca, semejan los fantasmas sombríos de Ossian. Pocos frutales se encuen¬
tran cerca del rancho.
80 LA FRONTERA

A mediados del siglo pasado, Mac Cann observó similares


cosas, y las registró en su libro Viaje a caballo:

El paisano vive en una choza o rancho, construido con barro, estacas y


paja. El rancho se compone por lo general de dos departamentos, uno de
ellos destinado a cocina, cuyos utensilios he descrito; el otro se usa como
dormitorio, y contiene dos o tres sillas y un catre o lecho. Los paisanos más
pobres se sirven de una especie de plataforma dispuesta con estacas, tablas
y trenzas de cuero, o bien de una piel de vaca, estirada sobre cuatro postes
clavados en el suelo. Colocan encima cueros de ovejas y lo cubren todo con
una manta; suelen verse, a veces, algunas sobrecamas limpias.

En su Viaje intelectual, Paul Groussac describe al rancho


más bien como un tipo de construcción continental, el mismo
desde Argentina y Perú hasta México y San Francisco de
California.
No había exageración, pues, cuando Martín Fierro dijo que
volvía a su rancho lo mismo que el peludo enderezaba para su
cueva, ni en la descripción, para muchos caricaturesca, de la
guarida del viejo Vizcacha. Ni del todo han desaparecido toda¬
vía en su abandono y su miseria. En el libro Mancha y gato,
de A. F. Tschiffely (1944), en que cuenta su viaje a caballo
de Buenos Aires a Nueva York, apunta en el capítulo “La
desolación de Santiago del Estero”:

Las escasas chozas que encontré (en 1925) eran muy pobres y los morado¬
res de tez oscura, señal de la acentuada presencia de sangre india. Es un
misterio para mí cómo pueden vivir con tan pocas cabras. Niños desnudos
jugaban al aire libre en la arena, y esqueletos vivientes de perros husmea¬
ban en busca de algún hueso entre los desperdicios. Recorrimos grandes
distancias sin pasar frente a una choza ni encontrar un ser viviente, excep¬
ción hecha de los cuises y alguna víbora que se alejaba, probablemente asus¬
tada por el pesado pisoteo de los cascos de los caballos. Yo solía ver algún
lagarto de brillante color, que nos miraba como preguntándose qué hacía¬
mos allí. Es extraño, pero abundan los zorros en esas regiones, y todavía
me pregunto de qué viven, como no sea de la caza de lagartos o de las pe¬
queñas cotorritas verdosas que vuelan en bandadas. Las pocas habitaciones
que se encuentran bastante alejadas entre sí, son muy primitivas, y esto mis¬
mo se aplica a la gente que vive en ellas. Cerca de la choza hay común¬
mente un charco lleno de agua sucia y amarillenta con un fuerte sabor a
sal. A fin de evitar que los animales beban más de la ración que les per¬
mita subsistir, se apilan ramas cortadas alrededor de este único abrevade¬
ro, formando una barrera impenetrable, y los corrales se construyen de la
misma manera. La gente obtiene el agua para sí del mismo pozo, pero a
veces el líquido es filtrado con un trapo.
EL TERRITORIO 81

No muy superiores, pero tampoco, si eso fuera posible, infe¬


riores a los ranchos, particularmente los que se alzaban en las
fronteras, fueron los toldos de los indios. Mansilla conoció
unos y otros, y la equidad de sus apreciaciones depende de que
no tuvo ninguna simpatía para el indio ni para el gaucho.
Consignó en su Excursión:

El espectáculo que presenta el toldo de un indio es más consolador que


el que presenta el rancho de un gaucho. Y, no obstante, el gaucho es un
hombre civilizado... En el toldo de un indio hay divisiones para evitar la
promiscuidad de los sexos: camas cómodas, asientos, ollas, platos, cubiertos,
una porción de utensilios que revelan costumbres, necesidades. En el ran¬
cho de un gaucho falta todo. El marido, la mujer, los hijos, los hermanos,
los parientes, los allegados, viven todos juntos, y duermen envueltos. ¡Qué
escena aquélla para la morall En el rancho del gaucho no hay, generalmen¬
te, puerta. Se sientan en el suelo, en duros pedazos de palo o en cabezas
de vaca disecadas. No usan tenedores, ni cucharas, ni platos. Rara vez ha¬
cen puchero, porque no tienen ollas. Cuando lo hacen, beben el caldo en
ella pasándosela unos a otros. No tienen jarros; un cuerno de buey los su¬
ple. A veces ni esto hay. Una caldera no falta jamás, porque hay que ca¬
lentar agua para tomar mate. Nunca tiene tapa. Es un trabajo taparla y
destaparla. La pereza se la arranca y la bota. El asado se hace en un asa¬
dor de fierro o de palo, y se come con el mismo cuchillo con que se mata
al prójimo, quemándose los dedos. ¡Qué triste y desconsolador es todo es¬
to! Me parte el alma tener que decirlo. Pero para sacar de su ignorancia a
nuestra orgullosa civilización, hay que obligarla a entablar comparaciones.

También parecería indicar la identidad del toldo y del


rancho Martín Fierro cuando le dice a Cruz: Fabricaremos un
toldo, Como lo hacen tantos otros, Con irnos cueros de potro,
Oue sea sala y sea cocina. ¡Tal vez no falte una china Que se
apiade de nosotros! (2239-44).
La identidad de aspecto y de sentido fue advertida también
por Sarmiento (en La educación popular):

Quien haya estudiado en nuestras campañas la forma del rancho que habi¬
tan nuestros paisanos, y aun alrededor de nuestras ciudades como Santiago
(de Chile) y otras los huangalies de los suburbios, habrá podido compren¬
der el abismo que separa a sus moradores de toda idea, de todo instinto y
todo medio civilizador. El huangalí nuestro es la toldería de la tribu sal¬
vaje fijada en torno de las ciudades españolas, encerrando para ellas la mis¬
ma amenaza de depredación y de violencia que aquellas movibles que se
clavan temporariamente en nuestras fronteras.
82 LA FRONTERA

LOS TOLDOS

La vivienda del indio, cuando asentaba el campamento en


las llanuras, se instalaba acumulando en ella objetos diversos,
muchos obtenidos en los malones, otros adquiridos por trueque.
Los cronistas que visitaron esas poblaciones precarias y visitaron
los toldos coinciden en señalar el interés de las mujeres por los
adornos y la acumulación de utensilios, en cuanto les era posi¬
ble. Disponían a menudo de esclavas blancas —las cautivas—
para los trabajos domésticos.
En su obra ya citada dice Mac Cann:

Las habitaciones de estos indios son chozas o tiendas llamadas toldos. Los
toldos se forman con cueros de potro cosidos unos a otros con hilos de ten¬
dones; el toldo se compone de dos partes o piezas y cada una está formada
por seis u ocho cuerpos. Para levantar el toldo, las mujeres se encargan de
clavar los horcones en el suelo con travesarlos de maderas o cañas, y por
encima extienden los cueros. A veces dejan una abertura en el techo para
que salga el humo y por ella se cuelan el frío y la lluvia cuando hace mal
tiempo. Suelen dividir el toldo, interiormente, en dos compartimientos, se¬
gún el número de mujeres que lo habitan: la división consiste en un cuero
de yegua suspendido del techo. Las camas se componen de dos o tres cue¬
ros de ovejas y los cobertores o llycas son pieles de otros animales: estas pie¬
les, untadas siempre con grasa de potro, tienen un olor insoportable. El
aspecto exterior de los toldos es feísimo y el interior sucio y repugnante,
porque sus moradores arrojan los desperdicios de la comida por doquiera,
quedando éstos a veces sobre las camas y ropas en estado de putrefacción.
En suma: viven un género de vida abominable, difícil de describir. Las ca¬
bañas se levantan en grupos de tres, seis u ocho, donde viven los caciques
y sus guardias. De ordinario, las tolderías están en las márgenes de los ríos
y arroyos: en las cercanías se hallan las haciendas y campos de pastoreo.

Barbará (en Usos y costumbres de los indios pampas) coin¬


cide en la descripción de Mac Cann. Explica:

Las habitaciones de nuestros indígenas son de pieles de caballo, cosidas


unas a otras por medio de cuerdas. Dividen en dos paños la sábada de pie¬
les y cada uno se compone de seis u ocho. Las mujeres son las que tienen
la obligación de armarlas, toda vez que mudan campo, y lo hacen de este
modo: Ponen unos palos, clavados a sus fuerzas (no usan macetas ni otro
instrumento que sus manos), de menor a mayor, para que tengan caída las
aguas. Sobre las horquetas de los horcones colocan unas varillas o sogas bien
tirantes, y así aseguran el armazón, sobre el cual tienden la techumbre de
pieles, quedando formado el toldo. Algunos de éstos tienen la figura de un
EL TERRITORIO 83

triángulo irregular, otros la de una campana, y los más son cuadrados. Es


feísima la perspectiva que presentan estas habitaciones, y su interior no es
otra cosa que una cloaca inmunda, teniendo, muchas veces que he pasado
cerca de ellas, que llevar un pañuelo a la nariz. Las divisiones que hacen
dentro del toldo son según el número de las mujeres que lo habitan; pero
no se crea que estas divisiones son con arreglo a lo que exige el pudor; le¬
jos de eso, no hacen más que deslindarlas unas de otras con sólo la piel de
un caballo o colocando una manta en la varilla horizontal que queda en
los horcones. En lugar de colchones, usan la piel del ganado lanar; sus cu¬
biertas son llyccis de guanaco, zorros, vizcachas, liebres y otra infinidad de
animales. Forman de todas estas pieles, cosidas unas con otras, un quillan¬
go, siendo algunos tan particulares que no desdeñarían nuestras bellas po¬
nerlos delante de sus sofás para los pies.

Especial interés tuvo Mansilia en detallar la forma, asjjecto


y uso de los toldos:

El de Caniupán estaba perfectamente construido. Sus mujeres, sus chinas


y cautivas, limpias. Cocinaron con una rapidez increíble un cordero, ha¬
ciendo puchero y asado, y nre dieron de comer. El indio hizo los honores
de su casa con una naturalidad y una gracia encantadoras. Me habría que¬
dado allí de buena gana un par de días. Los cueros de carnero de los asien¬
tos y camas, las mantas y ponchos parecían recién lavados; no tenían una
mancha, ni tierra ni abrojos. Me presentó todas sus mujeres, que eran tres;
sus hijos, que eran cuatro, y varios parientes, excepto la suegra, que vivía
con él; pero con la que, según la costumbre, no podía verse, porque, como
me parece haberte dicho antes, los indios creen que todas las suegras tie¬
nen gualicho, y el modo de estar bien con ellas es no verlas ni oírlas.

Y en otro lugar:

El toldo de Epumer distaba un cuarto de legua del de Mariano Rosas...


No tiene más que una mujer, cosa rara entre los indios, y la quiere mucho.
Vive bien, con lujo; todo el mundo llega a su casa y es bien recibido. A mí
me esperaban hacía rato. El toldo acababa de ser barrido y regado; todo
estaba en orden. Epumer estaba sentado en un asiento alto, de cuero de
carnero y mantas. Enfrente había otro más elevado, que era el destinado
para mí. Las chinas aguardaban de pie, con la comida pronta para servir¬
la a la primera invitación. Las cautivas atizaban el fuego... La conversa¬
ción roló sobre las costumbres de los indios, pidiéndome disculpas de no
poder obsequiarme en razón de su pobreza, como yo lo merecía. Un cris¬
tiano bien educado, modesto y obsequioso, no habría hecho mejor el aga¬
sajo. Epumer me presentó su mujer, que se llamaba Quintuiner, sus hijas
que eran dos, y hasta las cautivas, cuyo aire de contento y de salud llamó
grandemente mi atención.
84 LA FRONTERA

En el libro La conquista del Desierto, Doering y Lorentz,


observaron que cerca de la población

se hallaban tres tolderías de indios sometidos, una de ellas gobernada por el


cacique Manuel Grande. Estaban formadas por modestas chozas construidas
de tierra, cortaderas, varas de madera y cueros. En todas partes se obser¬
vaba la mayor pobreza y miseria, a pesar de que las gentes recibían, según
nos decía el general Roca mismo, racionamiento militar. El indio, tenien¬
do lo más necesario, no se preocupa de nada; no es un elemento de cultu¬
ra y en contacto con el blanco marcha a un rápido e inevitable fin. Las
mujeres, con el cabello negro y lacio, andaban de aquí para allá; los hom¬
bres se encontraban, según se decía, generalmente en las filas del ejército.

La descripción de un toldo que hace Mansilla en el capí¬


tulo xxxv de su obra, diario de su campaña diplomática, agrega
algunos detalles que se encontrarán en el Martín Fierro:

Un toldo es un galpón de madera y cuero. Las cumbreras, los horcones


y costaneras son de madera; el techo y las paredes de cuero de potro co¬
sido con vena de avestruz. El mojinete tiene una gran abertura; por allí
sale el humo y entra la ventilación. Los indios no hacen nunca fuego al
raso. Cuando van a un malón tapan sus fogones. El fuego y el humo trai¬
cionan al hombre en la pampa: son sus enemigos. Se ven de lejos. El fue¬
go es un faro. El humo una atalaya. Todo toldo está dividido en dos sec¬
ciones, de nichos a derecha e izquierda, como los camarotes de un buque.
En cada nicho hay un catre de madera, con colchones y almohadas de pie¬
les de carnero; y unos sacos de cuero de potro colgados en los pilares de la
cama. En ellos guardan los indios sus cosas. En cada nicho pernocta una
persona. De la teoría de Balzac sobre los lechos matrimoniales, los indios
creen que la mejor para la conservación de la paz doméstica es la que acon¬
seja camas separadas. Como ves, el espectáculo que presenta el toldo de un
indio es más consolador que el que presenta el rancho de un gaucho. Y,
no obstante, el gaucho es un hombre civilizado. ¿O son bárbaros? ¿Cuáles
son los verdaderos caracteres de la barbarie?

LOS FORTINES

Intermediario entre el pueblo y el toldo o el rancho, estaba


el fortín. Toda clase de miserias —las heroicas y las pecunia¬
rias— se conocían allí. Martín Fierro lo define como plaga, y
le tenia más miedo el gaucho que a la intemperie y a la pelea
con los indios. La descripción somera que hace Darwin, en
Mi viaje alrededor clel mundo, de la ciudad de Bahía Blanca
EL TERRITORIO 85

a poco de fundada, corresponde a lo que era un fortín, en todo


sentido:

Bahía Blanca apenas merece el nombre de pueblo. Un foso profundo y


una muralla fortificada rodean algunas casas de los cuarteles de tropa. El
gobierno de Buenos Aires ha ocupado injustamente esos terrenos por me¬
dio de la fuerza (año 1828).

Samuel Haigh explica cómo se formaban:

El modo de hacer las fortificaciones merece anotarse por su singularidad.


Se plantan juntas tunas que crecen veinticinco o treinta pies de alto, for¬
mando círculo, y dentro de este recinto se guarecen los habitantes del ran¬
cho; a veces hay una zanja rodeando estas defensas. Como los indios van ar¬
mados solamente con arcos y flechas y lanzas largas, no pueden hacer daño
alguno. Los gauchos tienen, generalmente, mosquetes, y pueden hacer fue¬
go con seguridad detrás de sus fortines vegetales imposibles de romper con
caballos y hombres. Se me ha dicho que los indios a veces se acercan jine¬
teando a la zanja, profiriendo alaridos de guerra y cabriolean en son de
burla con destreza fantástica... Algunos de los fortines, en la época colo¬
nial, se hallaban provistos de cañoncitos, ahora tan viejos y picados que,
creo, si se hiciera fuego con ellos probablemente fueran víctimas los ar¬
tilleros.

Guillermo Enrique Hudson recuerda, en Una cierva en el


Richmond Park, escenas de la vida militar en la campaña donde
nació:

En aquella época (recuerda sesenta años después) la frontera estaba prote¬


gida por una línea de pequeños fuertes construidos de adobe, contando ca¬
da uno con una guarnición de cuarenta a sesenta soldados o gauchos arma¬
dos de sables y carabinas, y estos fuertes se encontraban a distancia de cin¬
co a diez leguas uno de otro. Cuando invadían, los indios separaban sus
fuerzas en grupos e irrumpían en una marcha furiosa en varios y diferen¬
tes puntos ampliamente separados. Con rápidos movimientos saqueaban las
estancias de más afuera, matando y tomando cautivos, quemando casas y
juntando todo el ganado y los caballos que podían agarrar, y volvían con
el botín otra vez al desierto, apartándose de sus enemigos, pero peleando
cuando los encontraban.

Uno de los más célebres de estos fortines fue el de Nueva


Roma. El nombre indica ya su origen itálico. Era comandante
allí su fundador, un tal Olivieri, que disponía de un batallón
de conqoatriotas, enganchados, por los que el gaucho sentía es¬
pecial desprecio y encono. Hallábase destacado allí, a las órde-
86 LA FRONTERA

nes de Olivieri, Santiago Calzadilla, autor del libro Las bel¬


dades de mi tiempo, a quien pone preso y envía en esa condi¬
ción a Buenos Aires. Este es un dato que consigna Zeballos
en Callvucurá. Los soldados de Calzadilla llamaban “napoli¬
tanos” a los de Olivieri, y a éste “el rey Bomba”. Dieciséis
sargentos fueron arrojados a una caverna que había hecho
cavar el Comandante, cuando apresó a Calzadilla. Cuando la
Campaña del Desierto, de Roca, existía todavía el fortín. Re¬
migio Lupo, que acompañó al general como cronista, escribió
en La conquista del Desierto:

En Nueva Roma acampamos frente al Fortín, enclavado en la falda de va¬


rios cerrillos bastante elevados. Su posición es, pues, interesante. Este for¬
tín se halla situado en el mismo paraje, según datos que he adquirido, don¬
de el comandante Olivieri fundó en 1851 la ‘‘Colonia Militar Agrícola”,
que bautizó con el mismo nombre que aún conserva este fortín y también
en donde en 1859 asesinaron a ese infortunado jefe... Del comandante Oli¬
vieri... se contaban las cosas más extraordinarias, sin respeto a su memo¬
ria. Hablábase de su crueldad para con los soldados que componían la co¬
lonia: crueldad que llegó hasta hacer construir pozos profundos y oscuros
subterráneos, donde encerraba a sus subordinados, sometiéndolos a crueles
tormentos. Decíase que los que caían en aquellas lóbregas prisiones per¬
manecían allí días enteros, alimentándose con trozos de carne que les ha¬
cía arrojar por la boca de los pozos.

Cada fortín tenía un foso que lo rodeaba, pero la línea


de fortines a su vez estaba protegida por una zanja que se
extendía unas quinientas leguas, desde Melincué hasta el
Fortín Argentino, cerca de Bahía Blanca. Fue la empresa más
fantástica de toda la ingeniería y la estrategia de fortificacio¬
nes que se conoce en la historia universal. Se construyó du¬
rante la presidencia de Sarmiento y Avellaneda, acaso conce¬
bida por Adolfo Alsina, cuya aversión a los indios hizo de su
actuación una pesadilla obsesiva. Delenda Cartílago pudo ser
su lema, aplicado, mutatis mutandis, a nuestra empresa ro¬
mana de concluir con el enemigo mortal del país. Cuentan
Doering y Lorentz, que en calidad de botánicos y geógrafos
acompañaron al general Roca:

Llegamos a la zanja y muro de más de cincuenta (sic) leguas de largo que


había mandado construir el anterior Ministro de Guerra, doctor Adolfo
Alsina, para con ellos proteger la frontera avanzada contra los indios. La
EL TERRITORIO 87

seguridad consistía principalmente en que los indios no enseñaban sus ca¬


ballos a saltar y franquear obstáculos de cierta altura; por consiguiente, de¬
bía la ancha y profunda zanja lo mismo que el muro bastante alto opo¬
ner considerables dificultades a sus invasiones... La zanja acompaña, co¬
mo queda dicho, la frontera guarnecida densamente con fortines y de ca¬
da uno de ellos se despachaba todas las mañanas una patrulla, que debía
revisar el trecho correspondiente al respectivo fortín (La conquista del
Desierto).

También Remigio Lupo, en su libro del mismo título,


comentó así esa famosa obra de romanos, o de chinos;

Los campos que ocupa y que lo rodean (Sierra de Currumalán) son exce¬
lentes: al oeste corre la célebre zanja, que se extiende a la izquierda hasta
Bahía Blanca. He visto la zanja, la he tocado con mis propias manos y me
he convencido hasta la evidencia de la justicia con que fué censurada su
construcción, y de cómo se ha despilfarrado el dinero en obra tan ineficaz
como inútil. La zanja no existe; de tal no tiene sino un nombre impropio.
Es una excavación de dos varas de ancho por una profundidad que no es
mayor de una cuarta. Juzgue usted por esto cuán grande sería el obstáculo
a las invasiones de los indios con esa famosa invención, que no dejó de
costar buenos miles de pesos... Unos pocos indios con su lanza pueden en
menos de un cuarto de hora derribar una gran parte de ese parapeto, para
entrar y salir libremente con el arreo arrebatado en nuestras poblaciones
fronterizas. Le repito a usted que la segunda edición de la muralla china
fué una invención ridicula, costosa e ineficaz en todo punto.

Mucho más grave que el sistema absurdo de defensas lu¬


cubrado contra el indio fue el sistema de corrupción que resultó
de concentrar tropas en los fortines. Constituidas por indivi¬
duos maleantes llevados como castigo, y por paisanos sin ocu¬
pación o sacados por la conscripción de las estancias, se haci¬
naban, ociosos, en esos campamentos que no eran otra cosa
que focos de toda clase de escándalos, aunque dieran origen
a futuros pueblos. Dice, en su libro Ante la posteridad, el
general Francisco M. Vélez:

Fácilmente se supondrá que... un sistema de servicio militar tan defi¬


ciente como el que... se hacía en las fronteras, era origen de irregularida¬
des de todo orden; que, por parte de la tropa, la disciplina no existía en
el sentido real, el derecho de propiedad se respetaba poco y que, en gene¬
ral, los principios de la moral eran tan raramente tenidos en cuenta como
los de la higiene, dando todo ello lugar a reprensiones no siempre regla¬
mentarias ni medidas. Sin embargo, una virtud militar habíase impuesto
como ley absoluta en la conciencia de aquellos hombres de hierro..,: el valor.
88 LA FRONTERA

Un cuadro muy expresivo de esa vida miserable en los


fortines dejó Remigio Lupo en sus correspondencias al diario
La Pampa (que editó el Martín Fierro), y que forma parte
del libro ya citado:

Este Fortín (Rivadavia) es el más miserable de los que llevo hasta ahora
conocidos, y me atrevo a asegurar que en tal sentido ninguno lo supera
de todos los que existen en la vastísima línea de fronteras. Ni siquiera tie¬
ne una choza miserable que dé albergue y proteja contra el viento, la llu¬
via, el frío o los crueles calores del verano, a los dos infelices soldados que
le guardan, perdidos allí, en medio del desierto, como centinelas avanza¬
dos de una civilización que olvida sus sacrificios, hasta el punto de no pa¬
garles corrientemente sus sueldos y no levantarles ni una ramada donde
puedan guarecerse. Más todavía: que ni siquiera premia sus afanes prove¬
yéndoles de los alimentos indispensables para no morirse de hambre. “¿Por
qué tienen ustedes acjuí esta cantidad de perros?’’, preguntóles al ver una
jauría de perros flacos que por allí andaban. “Ellos nos conservan la vida,
señor. Hay veces que nos faltan las raciones y entonces comemos los anima¬
les que estos perros nos ayudan a cazar”. Desgraciadamente, esta escena de
dolor la he visto repetida en muchos de los demás fortines por donde he
pasado, y duele contemplar el abandono en que se deja a esos valientes sol¬
dados, que todo lo sufren con santa resignación, y cuyo carácter es tal que
convierten sus penas en objeto de sus propias alegrías.

El mal no consistía únicamente en los sistemas de cons¬


cripción ni en la arbitrariedad con que los aplicaban. Era
más profundo; estaba en el cuerpo mismo del ejército. Escri¬
bió Hernández en El Rio de la Plata, el 22 de agosto:

Tropas de línea, bien organizadas, con jefes morales y probos a la cabeza,


vendrían a resolver esa gran dificultad, a asegurar en verdad las fronteras
constantemente amenazadas de las depredaciones de los indios, y a abrir un
horizonte inmenso al porvenir de nuestra campaña... Es necesario que los
ejércitos de fronteras no sean ya los campamentos del ocio y de la corrup¬
ción. La vagancia es la causa de males inmensos, que se han desplomado
sobre nuestra campaña... Los ejércitos de fronteras no sólo deben tener
armas: deben estar además munidos de instrumentos de trabajo. No sólo
deben salvar a la campaña de las invasiones de los indios sino que deben
fructificar la tierra que pueblan, apropiándola a su existencia y bienestar.

La tentativa de salvar de su relajamiento al ejército, cuya


tropa ciaba simplemente el cuadro panorámico del soldado en
el fortín, hecha por Sarmiento en los años 1870 y 1872, al
fundar el Colegio Militar y la Escuela Náutica (Naval), no
remedió ese estado de cosas, agravado con la desmovilización
EL TERRITORIO 89

de los batallones enviados a la guerra del Paraguay. El re¬


crudecimiento de las campañas contra el indio, que comien¬
zan en esa época y duran casi diez años, indica el plan de
ocupar en tareas profesionales a los jefes y las tropas. Esta
empresa desdichada, mantenida durante toda la presidencia
de Sarmiento y gran parte de la de Avellaneda, concluye vic¬
toriosamente en la Campaña del Desierto de Roca, y es im¬
posible no ver en esos vastos despliegues de fuerzas otra cosa
que la necesidad de ahuyentar el peligro de un ejército sin
programa de acción, además del proyecto de apropiarse de las
tierras y las haciendas del salvaje, con que se satisfacían las
demandas de botín por los jefes que no habían obtenido nin¬
guno en el Paraguay. Era una forma de recompensa, eviden¬
temente, como muy pronto quedó demostrado.
Gran parte de la miseria en que se hundían los fortines
y sus gentes se debía al plan insensato de defensas, otra parte
a la desorganización de todas las obras que emprende el go¬
bierno, aun en las militares, y otra a la venalidad de los jefes
de tropa que, al mismo tiempo que cumplían su misión pro¬
fesional, especulaban apropiándose de las haciendas y de los
sueldos de los soldados. Todo esto está intergiversablemente
expuesto en el Martin Fierro. Todo esto está, además, en el
plan de denunciar esos crímenes por el autor. Comenta Tis-
cornia, en su edición del Poema:

La tradición lo tiene (al fortín), en efecto, como asiento de todas las la¬
cerias y amarguras del soldado. Los hechos históricos no la desmienten.
Testigo de mayor excepción, el coronel Barros tuvo que soportar, en 1809,
la vida de los fortines y poco después escribía: “Siendo yo jefe de la fron¬
tera del sur de Buenos Aires, hace tres años, la guarnición contaba de unos
pocos gauchos desnudos, mal armados, cumplidos en triple tiempo de su
obligación y absolutamente impagos. Los pocos oficiales que quedaban eran
acreedores a los haberes de veinticuatro meses. En esa situación se presen¬
ta el comisario pagador y todos olvidan las miserias pasadas... Pero el co¬
misario les llevaba un cruel desengaño: el gobierno había resuelto dejar lo
atrasado para pagarlo en mejores días y el comisario les llevaba el valor
de los dos últimos meses devengados. La tropa bajó la cabeza y guardó si¬
lencio. Los oficiales me manifestaron la imposibilidad de continuar en ser¬
vicio” (Frontera, 69).

Y continúa Tiscornia:
90 LA FRONTERA

En octubre de 1871 don Emilio Castro, gobernador de la provincia, decía


en carta al ministro de la guerra don Martín de Gaínza: “Es doloroso ver
cómo son tratados los infelices a quienes les toca hacer el servicio en la
frontera. Estoy seguro de que el procedimiento observado por los jefes de
frontera no es arreglado a las disposiciones del gobierno, ni en cuanto a
la alimentación y raciones de entretenimiento. Te llamo, pues, la atención
sobre este asunto y no dudo que pondrás remedio a este escándalo”.

Leemos también La vida de un soldado, del general Fother-


ingham:

No era cuestión de un día o dos sin comer: de un mes o dos sin sueldo:
de estaciones sin vestuario: de fatiga excesiva por un tiempo limitado. Era
una “vida” de tarea de día y de noche: una “vida” de fatiga, de mala co¬
mida, de vestuario de invierno en verano y de verano en invierno por dos
o tres años; y en cuanto al pago de haberes ni se pensaba en ello, pues no
se efectuaba, puede decirse, nunca. Y como la costumbre hace ley, esas "pe¬
queñas” privaciones no se notaban. Era un estado natural fisiológico: un
brusco cambio favorable, tal vez hubiera sido hasta pernicioso.

Lo cita el general Vélez, en Ante la posteridad, y agrega:

Parece esto demasiado para ser cierto; sin embargo, el glorioso veterano,
guiado por su estoicismo de soldado e intenso afecto a la patria de su adop¬
ción, se queda corto todavía en relación a la realidad. Como el proveedor
no entregaba los suministros en el tiempo y cantidad que eran necesarios,
las tropas debían asegurar por sí mismas la obtención de las subsistencias
para personal y ganado, al mismo tiempo que construían o refeccionaban
sus alojamientos y los dotaban con las consiguientes obras de defensa pasi¬
va. De ahí que la tropa, en los fortines mayores, estuviera regularmente di¬
vidida en “cortadores de material”, agricultores para cultivar cereales y fo¬
rrajes, “albañiles”, “obreros constructores” de viviendas, depósitos, corra¬
les, potreros, etc., piquetes para el pastoreo del ganado y patrullas de enla¬
ce con los fortines menores; mientras que en éstos, donde los recursos de
aprovisionamiento llegaban con mayor dificultad o, como dice el general
Fortheringham, “no llegaban”, se organizaban sistemáticamente partidas de
caza con la tropa veterana, al efecto de proveer de carne al puesto y con¬
seguir cueros y plumas con cuyo valor se adquiría yerba y tabaco.

Hermosísimas páginas sobre la vida en fronteras ha escrito


Hudson, que fue soldado algún tiempo en el sur de la pro¬
vincia. Están en El ornbú, que es un cuento casi totalmente
elaborado con materiales vivos recogidos en su experiencia de
la llanura. Dice que, después de haber acometido las tropas
a los indios, derrotándolos,
EL TERRITORIO 91

empleamos dos días en recoger el ganado y los caballos que pasaban de diez
mil, dispersos en todas direcciones, y luego, con nuestro botín, emprendi¬
mos el regreso y llegamos al Azul hacia fines de agosto. Al día siguiente la
fuerza fué dividida en los varios contingentes de que se componía y cada
uno de ellos hubo de ir a casa del coronel para recibir su paga. El contin¬
gente de Cliascomús fue el último que hubo de presentarse. Cada uno de
nosotros — siempre es el viejo Nicandro quien habla — recibió dos meses
de sueldo. Después de eso el coronel Barboza nos dió las gracias por nues¬
tros servicios, nos ordenó entregar las armas en el Fuerte y regresar a nues¬
tros distritos, cada cual a su casa. “Hemos pasado algunas noches frías en
el desierto, vecino Nicandro”, me dijo Valerio sonriente; "pero no nos ha
ido tan mal comiendo carne de caballo cruda; y ahora para mejorarnos nos
han dado dinero...” Pero los demás que salían del Fuerte se quejaban en
alta voz del modo como se los trataba. Valerio les reconvino diciéndoles
que se portaran como hombres y le dijeran al coronel que no estaban con¬
tentos y que si no querían hacer eso, callasen. “Vamos, Valerio, ¿quiere us¬
ted hablar por nosotros?”, le dijeron. Valerio consintió. Todos tomaron
sus armas y se dirigieron con él a casa del coronel. Barboza escuchó aten¬
tamente lo que se le decía y contestó que la exigencia era justa. Dijo que
los prisioneros y el ganado habían sido puestos a cargo de un oficial nom¬
brado por las autoridades para ser vendidos en pública subasta dentro de
pocos días. Pidió que volvieran al Fuerte y entregaran sus armas, y que le
dejaran a Valerio para que le ayudara a preparar la petición formal de la
parte que les correspondía en el botín. Nos retiramos dando vivas al coro¬
nel. Apenas hubimos entregado las armas en el Fuerte, cuando se nos or¬
denó perentoriamente que ensilláramos nuestros caballos y que nos alejára¬
mos. Emprendí la marcha con los demás, pero al ver que Valerio no llega¬
ba, me volví al Fuerte en su busca. He aquí lo que había sucedido: Al ha¬
llarse solo en poder de Barboza, éste le había hecho quitar sus armas, or¬
denándoles a sus hombres que lo sacaran al patio y lo desollaran vivo. Los
hombres vacilaban en cumplir una orden tan cruel, y esto le dió tiempo
de hablar a Valerio: “Coronel, dijo, la tarea que usted les impone a estos
infelices es muy dura, y cuando me hayan desollado mi piel de nada le
servirá a usted ni a ellos. Mándeles usted que me lanceen o que me corten
el pescuezo y yo aplaudiré la clemencia de usted”. “Ni te desollarán ni
morirás, contestó el coronel, porque admiro tu valor. Sáquenlo, mucha¬
chos; ténganlo entre estacas y denle doscientos azotes. Luego arrójenlo al
camino para que se sepa que su conducta de rebelde ha sido castigada”.
La orden obedecida, Valerio fué arrojado en mitad del camino. Un buho¬
nero vecino lo vió allí tendido, insensible e inmóvil. Los caranchos carni¬
ceros revoloteaban sobre él atraídos por su cuerpo desnudo y ensangren¬
tado. Aquel buen hombre lo recogió y cuidaba de él cuando yo regresé.
Lo encontré tendido boca abajo sobre un montón de mantas, atormentado
por dolores horribles; pasó una noche de terribles sufrimientos; al ama¬
necer insistió en emprender viaje inmediatamente para Chascomús.

En su verdadero escenario, los relatos de Martín Fierro y


de Picardía —si no son uno, duplicado—, adquieren todo su
92 LA FRONTERA

bárbaro significado de una etapa de la conquista del Desierto


y del comienzo de nuestra era de la prosperidad.
Literalmente, estas penurias son relatadas por Martín Fierro
y por Picardía. Tampoco faltan en el Poema los castigos cor¬
porales (625-798; II, 3589-.. .3886, y 271-6 y 835-88 de la Ida).
b] Los habitantes: Las Luchas Contra el Indio

EL PROBLEMA DEL INDIO

En el problema del indio deben verse tres fases: a) la de


los hechos: situación del indio al comienzo de la Conquista,
en sus luchas para sobrevivir y salvar su status y en su some¬
timiento o extinción; b) la de las crónicas, donde en diversas
formas se documenta el problema del indígena en relación con
la cultura y la civilización; c) la de la literatura, como vivencia
histórica y humana de ese acontecimiento extraordinario, que
es lo que condiciona nuestro sentido de la realidad americana.
Este último aspecto nos interesa aquí, si se le puede considerar
de modo que señale la evolución del sentimiento del escritor
hacia el indio como ser humano, protagonista de un drama que
el historiador no racionaliza ni sensibiliza. En el mismo plano
que Cieza de León. Las Casas y Díaz del Castillo está Ercilla.
Este autor, en la postura del cronista, fija para la poesía el
canon de una antítesis que Sarmiento llegó a revalidar para la
historia: la barbarie representada por el indígena y la civili¬
zación representada por el conquistador. Es un eco de la con¬
cepción religiosa de la vida que inspiró las alegorías del Mahab-
harata y del Ramayana y la guerra de Ormuz contra Ahrimán.
Prevalece tal antítesis en toda nuestra literatura, desde La cau¬
tiva hasta el Martín Fierro, con una declinación peyorativa que
finalmente reduce al indio a un salvaje feroz digno de desprecio.
Es Echeverría quien lleva a la poesía ese tema, después de la
Revolución, olvidado en los años de convivencia más o menos
tranquila. En La cautiva se ha borrado todo recuerdo de la
antigua grandeza heroica que encontramos en La Araucana y
hasta de la participación de las tribus en las guerras de la
Emancipación, pudiendo considerarse al poema encuadrado en
la opinión pública que dio a la campaña de Rosas las magni¬
tudes de una apoteosis. Ya el indio forma hordas de criminales
y borrachos, sin ningún vestigio ni conato de humanidad ni de
civilización. Los temas principales de su poema: la cautiva, el
94 LA FRONTERA

festín (malón), la pelea con el cacique, el regreso, se encontrarán


en el Santos Vega y en el Martín Fierro. Echeverría prescinde,
en su realismo de difícil avenimiento con su exaltado romanti¬
cismo, de toda obra literaria anterior, y su designio es estigma¬
tizar la barbarie con un concepto europeo de los bienes abso¬
lutos de la civilización. Forja, como buen byroniano, un poema
espectacular, y determina una actitud de repudio que nuestra
literatura ha conservado con la misma vehemencia como ca¬
rácter prominente. Responde esa obra poética a su plan político,
donde el indígena no es considerado ni siquiera como problema,
elaborándose un plan de reorganización del país sobre la base
de una población y de un territorio aptos para entrar de inme¬
diato en las formas de una civilización completa y madura. La
cautiva fue el fallo inapelable de condenación del indio antes
de que se exarcebara su ferocidad por el trato inicuo a que se
le sometió, precisamente por la irracional política de los pros¬
criptos, que al repatriarse consideraron que con la caída de
Rosas todos los males habían desaparecido.
El fenómeno curioso que me interesa señalar ahora es el
de los escritores, cuya misión específica queda subordinada a los
planes políticos de los gobernantes, imprimiendo a la obra
literaria el mismo tono condenatorio y desdeñoso de los infor¬
mes oficiales. Aparte declaraciones de algunos misioneros, na¬
die tuvo conciencia del problema del indígena acosado siste¬
máticamente y despojado de sus haciendas y sus tierras, unos
y otros en la misma ley de violencia y de odio. Caudillos y ca¬
ciques empleaban las mismas tácticas, sin que jamás se acusara
a los blancos de sus propios crímenes. El sentido de la verdad
y hasta la concepción entera de la realidad quedó falseada no
sólo para la literatura, sino también para la historia. La ven¬
ganza más terrible del indio —su victoria— ha constituido en
dejarnos habitar un mundo sin indulgencia para los miserables,
sin delimitación precisa entre lo justo y lo injusto, lo digno y
lo indigno, el poder y el derecho, lo auténtico y lo apócrifo.
Mundo que por no haber tenido conciencia del problema del
indio ahora se debate sin encontrar solución a sus “problemas
indígenas”. Mundo sin poesía y sin realidad, sin otro pasado
que el que se ha hecho para vivir sin cargos de conciencia y sin
necesidad de mirar de frente su imagen verdadera.
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 95

Estas observaciones equivalen a afirmar que la posición ad¬


versa de Ecljeverría fija el canon de repudio al indio y de eli¬
minación de importantes factores de sensibilidad y de racioci¬
nio en la estima de nuestra vida nacional; pero no quiere decir
que La cautiva influya en la formación de ese pathos y ese cri¬
terio. Lo cierto es que Echeverría refleja a su vez un estado de
ánimo ecuménico desde la llegada de don Pedro de Mendoza,
y que los Viajes de Schmidl fijan ya ese canon. Este fenómeno
de solidaridad de la literatura con la política y los intereses
artísticos y sociológicos con los de los estancieros y jefes de
tropa no tiene paralelo en ningún país de Iberoamérica.
Acaso únicamente en los Estados Unidos, con su despiadada
conquista del Oeste, hasta los recientes novelistas “removedores
de estiércol” según la frase del bismarckiano Theodore Roo-
sevelt, el problema del indio ha permanecido extraño a la
honradez intelectual. Nosotros podemos individualizar en Eche¬
verría, si no al promotor de un realismo incompleto que se¬
para y condena "lo desagradable”, sí al que consigue polarizar
el descontento general de sí misma de una población que du¬
rante siglos vivió desarraigada, y el odio a un mundo en que
para sobrevivir tenía que estar alerta. Y para prosperar ais-
puesto a todo género de arbitrios. Pero la cuestión de saber
por qué hubo de ser el mismo hombre que se levantó contra
el dominio español el que había de tratar al indígena con
mayor saña que el mismo conquistador, corresponde a otro
orden de averiguaciones. No se puede explicar ese hecho, que
repercute en la cultura entera del país, sino integrándolo en
un estudio de nuestra psicología social. Los problemas del indio
son ante todo problemas psicológicos, y en segundo término
históricos y económicos. Por eso precisamente la literatura no
ha podido adoptar un punto de vista propio, como si los de¬
beres del escritor fueran los mismos que los del sargento y del
capataz; como si una convención ecuménica contra ‘‘lo desagra¬
dable” en la historia alcanzase también a la poesía. Pues la
misma tendencia a eliminar lo inferior y a crear una historia
sicut Plutarco, se manifiesta en las letras cuando el indio com¬
parece con atributos alegóricos. Ya el Himno salta por sobre la
realidad para evocar los númenes del inca. Lo más sencillo ha
96 LA FRONTERA

sido, sin embargo, encapsular el problema del indio en el tabú


de nuestro complejo de inferioridad.
Tampoco en la historia figura ese capítulo; es preciso buscar
los materiales en las crónicas de frontera, escritas por amanuen-
ces asalariados por el gobierno, pues son los únicos que se
conservan. Allí la conducta del blanco es paliada o puesta en
contraste con la del indio, siempre peor. Escribía el Padre Sal-
vaire al coronel Levalle (el 30 de setiembre de 1874):

Los malos y siempre más malos ejemplos de la casi totalidad de los cris¬
tianos que viven en las inmediaciones de los indios destruyen, por una par¬
te, lo que por otra intentan los misioneros establecer con sus instrucciones

Y en el informe del 3 de octubre al Arzobispo:

La corrupción entre los cristianos de la frontera ha llegado a tal punto,


que un día he oído a una mujer india e infiel echar en cara a un hijo su¬
yo, el cual se iba entregando a malas costumbres, estas increíbles pero te¬
rribles palabras, que ellas solas bastan para la demostración de mi propo¬
sición: “Hijo, eres deshonesto como un cristiano”.

La historia está expurgada de aquellas escorias, pero aquellas


escorias son el sedimento de tres siglos de nuestra vida nacional.
Pueden faltar en los libros sin que los lectores perciban el hiato,
pero forman parte del texto de la realidad en que los niños
aprenden a pensar antes de que se les mande a la escuela.

LAS TRIBUS

Con la lectura del Poema no se tiene idea ni aproximada


del poderío ni de la magnitud de la población indígena. Más
de la mitad del país estaba ocupada por ella en 1872, y sus
habitantes sumaban muchas decenas de millares, en distintas
tribus; y todas, directa o indirectamente, confederadas en un
imperio que comprendía también vastas regiones de Chile. Las
zonas y los caciques principales eran:
En las márgenes del río Negro, las tribus de Calbouquirque,
Callón, Thurén, Acrú-Agé, Yanguelén, Rondeau y sus herma¬
nos Melín y Alún, Nahuel Quintín, Milá Pulqui y otras;
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 97

En las márgenes del río Colorado, las tribus de Chuqueta,


Chocorí, Calfucurá, jefe de la Confederación, uno de cuyos cam¬
pamentos más poderosos estaba en Salinas Grandes, a cargo de
ios jefes Catriel “el Viejo’’, Cachul, Raipil, Carupán, Cañumil,
Namuncurá, Pichicurá, Baigorrita, Pincén, Tripilao y otras;
Los ranqueles, al mando de Yanquetruz y Painé;
Al oeste de la provincia de Buenos Aires, Coliqueo, jefe de
numerosos caciques;
Hacia el noroeste, en la región del Cuero, las tribus de
Epumer y Mariano Rosas, Indio-Cristo, Manuel Grande, Pla¬
tero, Chipitruz, Raninqueo, Maicá, Railef y otras.
En el libro, bien documentado, Gallvucurá, de Zeballos, se
dice que en las huestes de ese jefe —un emperador, según él,
fundador de la dinastía de los piedra— combatían Catriel el
Viejo, “no menos terrible’’, y Millá Curá, hijo del gran cacique.
Este se retira a Guaminí, después del asalto al Azul (1856),
donde vendió diez o doce cautivos a dos mil pesos cada uno. Era
ése un “negocio horrible”, según las palabras del autor, y el
cacique se negaba a vender las cautivas lindas que, como se
dice en el Santos Vega y en el Martin Fierro, se conservaban
como esclavas, y que las indias celosas martirizaban y asesinaban.
Como se trataba de tribus trashumantes, solían cambiar de
región según las suertes de la guerra, pero por lo regular cada
cacique ocupaba sus propias tierras.
Roca realizó la conquista del Desierto, en 1879, dividiendo
su ejército en cinco divisiones: la H, bajo su mando, llegó al
río Colorado y de allí al río Negro; la 2?-, al mando de Levalle,
salió de Carhué y llegó hasta Traru-Lauquen; la al mando
de Racedo, partió de Villa Mercedes y de Sarmiento y bajó en
línea recta hasta Poitagué; la 4?-, al mando de Uriburu, salió
de Fuerte San Martín, vadeó los ríos Grande, Barrancas, Pichi-
Neuquén y Agrio hasta el río Neuquén; la 5^, al mando de
Godoy, que salió de Guaminí y llegó a Naicó y otra fracción,
al mando de Lagos, que de Trenque Lauquen fue a Luán
Lauquen.
Mientras la República caía en un estado anárquico, con
tantos núcleos de gobierno cuantos focos de insurrección, los
indios aumentaban y coordinaban sus fuerzas. Los caudillos dis¬
gregaban, dividían, separaban en odios y rivalidades; los ca-
98 LA FRONTERA

ciques agrupaban, disciplinaban. Zeballos escribió la historia


de Callvucurá y la dinastía de los Piedra, cuyo cuartel general
estaba en Salinas Grandes, pero cuyo dominio se extendía hasta
Córdoba y San Luis por el norte, la Patagonia por el sur y Chile
por el oeste. Las gentes del este, o puelches, asentaban en Car-
hué, bajo las órdenes de Catriel el Viejo; al norte de Villa Rica,
en la región de los pinares, estaban las tribus de los picunches,
que obedecían al cacique Duadmane:

El inmenso imperio de la Pampa estaba, pues, organizado de una manera


formidable bajo la influencia de Callvucurá — Piedra Azul —; sus espías
establecidos entre los cristianos; los indios de Cachul en el Azul y los de
Coliqueo al oeste mantenían al soberano de Salinas al corriente de la tem¬
pestad que se condensaba en 1851 sobre la cabeza del Tirano... (Hacia el
sur) las tribus de Catriel, los yanguelenes y algunos de Bahía Blanca, que
obedecían a los caciques Collinao, Cayú Pulqui, Huayquemil y Trenqué,
contestaron a Callvucurá que ellos no protestaban contra su Poder; pero
que se reconcentraban hacia la frontera buscando el amparo de los cristia¬
nos, la tranquilidad y la subsistencia... Los indios argentinos, generalmen¬
te conocidos por pampas, no miraron con simpatía la invasión extranje¬
ra; pero la comunidad de origen, las lenguas, los hábitos de organización po¬
lítica y de religión atenuaban la rivalidad.

Cuando la invasión de 1856 al Azul, el imperio de Calfu-


curá había decaído muchísimo. Dice Zeballos: |

Callvucurá quedó reducido a ochocientos guerreros, que era la suma de


su poder propio en esa época, la de mayor esplendor de la tribu; y es és¬
ta la base de ejército con que la dinastía de los piedra ha tenido en jaque
durante medio siglo a la civilización argentina.

En 1875 se litografió, para la Exposición de Filadelfia, una


carta topográfica trazada por el sargento mayor Melchert,
según la cual los pehuenches se extendían entre el río Atuel y
el río Colorado; Namuncurá ocupaba desde los cañadones de
Urre Lauquen, cerca del Colorado, hasta las primeras vertientes
de los Andes, y desde Salinas Grandes hasta las lagunas de Re-
gandeó, Chilhué y Utracán; las tribus de Pincén acampaban en
las lomas de Chaiqueló, tras la laguna de Epecuén; los ranqueles
desde el río Salado (Chadi Leubú) hasta Toay, La Jarilla y
Laguna Verde; el cacique Pichihuincó ocupaba las sierras de
Curumalal y las tribus de Raniqueo desde Nueva Roma hasta
Bahía Blanca.
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 99

LOS INDIOS EN LAS TROPAS

La cooperación de las tribus en la formación de los ejércitos


libertadores se realizó de buen grado, bajo la promesa de que la
Independencia sería algo más que el cambio de unas personas
por otras. Las proclamas de los jefes habían de ser leídas también
en aymará, quechua y guaraní. Los ejércitos de los caudillos se
formaban por igual con contingentes de gauchos y de indígenas.
Dice el general Paz en sus Memorias que los indios del Chaco
acompañaban a López en sus campañas de Buenos Aires y de
Córdoba:

López, para llevarlos a la guerra, jamás tocó otros resortes que el de exci¬
tar las propensiones al robo, al asesinato y a la violencia; desde que fal¬
laba donde ejercerlas, venían contra Santa Fe.

También fomentaba el odio entre las tribus, para deshacerse de


las que no le eran adictas. “Este caudillo era un gaucho en toda
la extensión de la palabra —dice Paz—: taimado, silencioso,
suspicaz, penetrante, indolente y desconfiado”. Darwin, que lo
había conocido algunos años antes, dice más o menos lo mismo.
El chileno Carrera incorporaba de preferencia los indios a
sus tropas. Dice Ramos Mejía (Rosas y su tiempo) que “el
coronel Granada tenía a sus órdenes batallones enteros de
indígenas, y como él muchos otros regimientos de caballería”;
Zeballos (en Callvucurá) escribe:

He clasificado de ‘‘casi salvaje” la división de Rivas, porque en ella pre¬


dominaban los indios, y esta circunstancia imprime una fisonomía peculiar
a la batalla de San Carlos.

Pero estas circunstancias no impedían que, llegada la ocasión,


esas mismas tropas realizaran incursiones a la región de los
toldos. Los indios se hicieron desconfiados y a su vez colaboraban
con las tropas regulares o combatían contra ellas según sus
conveniencias. Era la táctica de unos y otros. “La montonera,
el malón y las guerras de conquista, tienen el mismo origen”,
afirma Lugones (en Sarmiento).
En esa forma, aprovechando las fuerzas incorporadas al
100 LA FRONTERA

ejército, se llevó a cabo la “carnicería de indios en 1836” (J.


M. Estrada: La política liberal bajo la tiranía de Rosas).
En las batallas de Cepeda y de Pavón, Mitre y Urquiza for¬
maron escuadrones de indios, y Mitre, Arredondo y Rivas, que
los habían combatido a muerte, acudieron a las tribus de Catriel
cuando la revolución de 1874.
Observa finalmente Sarmiento (en Conflicto y armonías, II)
que

el auxilio que prestaban los indios a los caudillos imponía las terribles prác¬
ticas de la guerra. Por ese tiempo, persona verídica asegura haber visto la
escolta de López tres días después de su encuentro o sorpresa dada a los
porteños, con testeras de orejas humanas cortadas a los muertos; y delante
del pretal, con cascabeles y otros odiosos trofeos humanos.

Hernández recuerda (en la Instrucción del estanciero) que


“en 1820 penetró también hasta el desierto el fuego de las
discordias civiles”, y que se levantaron las tribus azuzadas por
la ambición de los caudillos. Y el cardenal Copello (en Ges¬
tiones del arzobispo Aneiros) escribe:

En el partido del Bragado, al oeste de la población, en las proximidades de


la estancia San Francisco, propiedad de D. Diego Kavanagh, en el sitio de¬
nominado Barrancosa, el gobierno había dado a los restos de la tribu de
Melinao una extensión de campo. Esta tribu había sido una de las más
fieles que había tenido la República, habiendo luchado por la Independen¬
cia de Chile a las órdenes de Venancio Cañopán y servido a la par de los
cuerpos de línea desde 1827, en que se trasladó a poblar Bahía Blanca a
las órdenes del coronel Ramón Estomba. Fueron sucesivamente sus caci¬
ques: Collinao, Melinao padre, Melinao hijo y Railef, hasta que en 1869
fueron separados del servicio de fronteras.

En 1875 (carta al arzobispo Aneiros, del 20 de abril) decía


Pedro Melinao que sus gentes se hallaban

tan pobres que me permito pedir a S.S. se digne interponer su influencia


ante el Gobierno de la Provincia para que se nos dispense el pago de la con¬
tribución directa; pues será una gracia que el Superior Gobierno haría a
los hijos de los indios que compusieron esta tribu, que tanto en la desgra¬
cia como en la prosperidad fueron siempre fieles al Gobierno Nacional que
servían... para solicitar se me dispense el pago de la contribución directa,
cosa que ninguna tribu paga.

Leemos en Una excursión, de Mansilla (cap. xlii):


LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 101

El ejemplo y el recuerdo de lo que sucedió con la tribu de Coliqueo no se


borra en la memoria de los indios. La tribu de éste formaba parte de la
Confederación de que antes he hablado; cuando los sucesos de Cepeda, com¬
batió contra las armas de Buenos Aires, y cuando Pavón hizo al revés, com¬
batió contra las armas de Urquiza. Coliqueo es para ellos el tipo más aca¬
bado de la perfidia y de la mala fe. Mariano Rosas me decía en una de
nuestras conversaciones: “Dios no lo ha de ayudar nunca, porque traicio¬
nó a sus hermanos”. Efectivamente, Coliqueo no solamente se alzó con su
tribu, sino que peleó e hizo correr sangre, para venirse a Junín junto con
el regimiento 7” de caballería de línea, que guarnecía la frontera de Cór¬
doba; se pasó al ejército del general Mitre, que se organizaba en Rojas, me¬
ses antes de la batalla de Pavón. Con estos antecedentes y tantos otros que
podría citar, para que se vea que nuestra civilización no tiene el derecho
de ser tan rígida y severa con los salvajes, puesto que no una vez sino va¬
rias, hoy los unos, mañana los otros, todos alternativamente hemos arma¬
do su brazo para que nos ayudaran a exterminarnos en reyertas fratricidas,
como sucedió en Monte Caseros, Cepeda y Pavón; con estos antecedentes,
decía, se comprenden y explican fácilmente las precauciones y temores de
Mariano Rosas.

En los países en que el elemento indígena se incorporó a la


vida nacional como elemento aceptado y no por cruzas repu¬
diadas, como acá, la historia colonial sufre un corte al iniciarse
el régimen republicano. Quedan elementos subyacentes, absor¬
bidos, asimilados y convertidos; no en calidad de elementos
activos, determinantes, influyentes. Nosotros no hemos aleado
ese material indígena, ni hemos dado un corte al pasado. La
Revolución se hizo fuera del país; dentro actuaron de inme¬
diato sus opositores —Saavedra— sin necesidad de plantear un
conflicto decisivo. La campaña no sufrió ningún cambio, sino
por la subsiguiente conmoción del caudillaje, que representaba
la independencia y lo americano sin afectar la estructura social.
Fueron sacudimientos políticos, en que el antiguo comandante
se erigió en jefe del gobierno provincial o regional. El proceso
histórico prosiguió su curso, sin ninguna alteración en el sis¬
tema económico, quedando subsistentes los estamentos hasta que,
casi en seguida, Rosas los reafirma dándole al país un régimen
de gobierno autocrático y centralizado —hasta donde pudo—,
que mantenía todo el status y la organización prerrevolucionaria.
Arrasó con los principios rejmblicanos, y su federalismo habla¬
ba un lenguaje de cabildos que era fácilmente comprensible
por todos. Él consigue desviar el odio al godo en el odio al
indio, cualquiera que sea el mérito ¡positivo de la empresa. Lo
102 LA FRONTERA

cierto es que también renueva un móvil de la conquista al


dirigir las fuerzas hostiles en la misma dirección de la pendiente
colonial, se transfiere y absorbe como fuerzas propias del des¬
arrollo de la nación, las mismas fuerzas coloniales. Han cambia¬
do las insignias y el vocabulario, pero ni existe un fuerte ideal
que condicione para nuevas formas de vida cívica a la población,
ni en la conciencia del ciudadano existe la certidumbre o el
sentimiento de que la vida política emancipada sea otra cosa
que un laissez faire de la Colonia.
Inmediatamente los tres poderes fijadores del status político
—el ejército, el clero y la burocracia— consagran ese status, sin
importarles qué intereses ni en qué forma los defiende: es la
sociedad organizada, los poderes públicos aliados, sometidos, una
santa alianza dentro de un imperio.
Todos los móviles de conducta, los hábitos, las costumbres,
el pensamiento, siguen válidos e intactos. Lo nuevo, lo eman¬
cipado, lo revolucionario se enquista en lo poético, y el senti¬
miento de la libertad se satisface con las fiestas y las canciones
patrióticas que dejan de expresar lo real para consagrarse a lo
ideal, a lo abstracto, a lo retórico. Queda así en el aire la lite¬
ratura, que es lo único que pudo crear el sentimiento y la
conciencia de una vida nueva.

LAS LEVAS

La conscripción de soldados para el ejército de fronteras,


que constituía la casi totalidad de las fuerzas armadas de en¬
tonces, revestía siempre tal carácter de arbitrariedad y de vio¬
lencia, que despertaba en el hombre del campo un espíritu de
repulsión. Ejército y presidio se asociaron siempre en su con¬
cepto de los abusos del poder. Así se incrementaron los ejércitos
de la independencia, mientras no despertaron en el pueblo la
conciencia de la empresa que se realizaba. Los caudillos acu¬
dieron al mismo expediente para mantener sus tropas regulares,
y sólo Rosas pudo organizar una milicia voluntaria, por la liber¬
tad de acción que consentía a los individuos y por los bene¬
ficios que de tal profesión obtenían. En realidad, la Mazorca
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 103

fue la regimentación de la montonera, la organización guberna¬


mental del abigeato.
La resistencia del gaucho a servir en el ejército lo arrojaba
a la vida errante en los campos de la frontera. Esa gran pobla¬
ción trashumante de vagos y gentes sin oficio, que pululó duran¬
te más de cincuenta años en el campo bonaerense, proviene de
aquella resistencia, que era a un tiempo la de servir sumisa¬
mente a jefes ensoberbecidos y la de trabajar gratuitamente en
las chacras de los mismos. Así se aprende de la lectura del
Martín Fierro:

Los gauchos porteños huyeron de las levas para incorporarlos al ejército


y siguieron cometiendo toda clase de excesos en la campaña bonaerense, so¬
bre los cuales el coronel García presentó en 1811 y 1821 un informe bien
concluyente (Coni, Discurso Académico, 1941).

Vicente Fidel López, en su Historia de la República Argentina


t. III, iii), dice:

Cuando el acaso terrible de la leva lo había apresado (al gaucho) para el


servicio de los ejércitos veteranos de la patria, se debatía como un animal
bravio por escapar a la presión y a la esclavitud de la disciplina del cuar¬
tel. Desertaba apenas podía, y se escondía en las entrañas de la tierra. Pe¬
ro si le volvían a cazar, se daba más o menos pronto según su carácter más
o menos indómito; y cuando una campaña feliz, una campaña ganada o
perdida, venían a darle la pasión del cuerpo en que servía, se convertía
en un soldado ejemplar... Era sobrio, sufrido, bravo y experto; ni el ham¬
bre ni la desnudez lo indignaban o lo abatían.

Mac Cann, en su Viaje a caballo (cap. vi), muchos años


después, contempló el mismo cuadro:

A los daños que importa ese proceder, hay que añadir las levas de solda¬
dos que se hacen para el servicio militar. Cuantas veces el gobierno necesita
de auxilios de esa naturaleza, sus oficiales visitan los establecimientos de
campo y hacen marchar a quien se les antoja, para incorporarlo al ejército.
Es así como se deseca la verdadera fuente de la industria nacional, y el
dueño del más próspero establecimiento puede ver de un momento a otro
paralizados sus trabajos por la llegada de un comandante que se presente
exigiendo hombres y caballos. Lo mismo ocurre en cuanto respecta al
ganado para la manutención de las tropas, y esta es una de las menores
exacciones que deben soportarse. Dicho bárbaro tributo no podrá ser abo¬
lido muy pronto: provoca, como es natural, las quejas de todos los habi¬
tantes, así naturales como extranjeros, y no sólo es tiránico y destructor
104 LA FRONTERA

de la industria nacional, sino que las levas se llevan a cabo con diferencias
injustas; el poder del comandante es de tal manera arbitrario, que está en
su mano eximir a quien le place, y así quedan salvos sus amigos sin pres¬
tar servicio alguno, mientras otros soportan pesadas cargas militares. El ge¬
neral Rosas no estaba enterado de esas injusticias; cuando se le han inter¬
puesto quejas bien fundadas, invariablemente ha reprimido los abusos; pero
lo común y más prudente es guardar silencio, antes de atraerse la malque¬
rencia de las autoridades de campaña y de la hueste de subalternos. El sis¬
tema es funesto, sin duda, porque la tranquilidad y el bienestar de los
ciudadanos, quedan así librados a la irresponsabilidad de cualquier em¬
pleado inferior.

Una escena de este tipo se encuentra en Allá lejos y hace


mucho tiempo, de Hudson. Constituía un sistema regular. Una
Circular del Ministerio de Gobierno, del 16 de noviembre de
1852, firmada por Mitre, ordenaba:

Luego que se halle instalada la Comisión Clasificadora, la autoridad militar,


prevenida al efecto, pondrá a su disposición la fuerza necesaria para pro¬
ceder al reclutamiento por medio de levas, las cuales sólo recaerán sobre
los vagos y mal entretenidos, sobre los desertores de los cuerpos de línea
asilados en el territorio de su jurisdicción, y sobre todos los que hasta la
fecha no se hubiesen enrolado en los cuerpos de la Guardia Nacional con
arreglo a la Ley. Los individuos tomados por leva serán presentados a la
Comisión Clasificadora, dentro del término de las veinticuatro horas, y si
resultase que son realmente vagos y mal entretenidos, desertores o no alis¬
tados en los cuerpos de la Guardia Nacional, la Comisión lo certificará así
en un registro que llevará al efecto, y en consecuencia lo pondrá por medio
de un oficio de remisión firmado por usted, a disposición del jefe militar
que se indicará más adelante, para ser destinado al servicio en el Ejército de
línea. (En Saldías, Un siglo de instituciones, II apéndice.)

Veinte años después, las cosas no habían cambiado; y lo


que Mac Cann llamaba “bárbaro tributo’’, no había podido,
en efecto, ser abolido muy pronto. A la leva según arbitrio del
comandante, siguió la conscripción por sorteo, sujeta a las mis¬
mas irregularidades. El Decreto del 10 de agosto de 1869, que
da pie a la campaña periodística de Hernández en El Río de la
Plata, disponía que se practicara un nuevo sorteo de contri¬
buyentes de toda la Guardia Nacional (art. 19); en el artículo
39 establecía las excepciones para el sorteo, y del 59 al 109 las
condiciones del mismo. Y el art. 139 decía:

El guardia nacional designado por la suerte para formar el contingente de


frontera que sin causa legítima declarada por la comisión mencionada lo
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 05

excusase por medio de la fuga u ocultación, será castigado, una vez apre¬
hendido, con el mismo servicio de fronteras por triple término...

Los fundamentos de ese Decreto, firmado por el gobernador


Castro y su ministro Malaver, eran:

El servicio que presta la Guardia Nacional en la defensa de las fronteras


de la Provincia, es una pesada pero necesaria carga que gravita sobre los
habitantes de la campaña, que se vuelve desigual y, por consiguiente, in¬
justa por la manera como se exige: La designación de los contingentes,
hecha por los respectivos comandantes, da o puede dar lugar a que no se
atiendan debidamente excepciones que son admisibles, o que se admitan
otras que sólo puede dar el sorteo; exonerando de él únicamente a aquellos
que la ley ha dispensado expresamente de rendir tal servicio por causas
bien justificadas; la capital y extramuros han concurrido para la guerra que
sostiene la República con el Paraguay, con cinco batallones y dos cuerpos
de caballería; y San Nicolás de los Arroyos con uno más, mientras que el
resto de la provincia, con un número incomparablemente mayor de enro¬
lados activos, ha dado solamente cuatro batallones... La remisión de con¬
tingentes aislados... que no tienen cohesión alguna, ni el menor espíritu
de cuerpo, no puede producir otros resultados que el de formar cuerpos
faltos de la disciplina que es indispensable para la regularidad y eficacia
del mismo servicio que han de prestar. El término de seis meses en que se
cumplen los contingentes que se envían a las fronteras no basta siquiera
para la instrucción que necesariamente reclaman, y llega la época del relevo
cuando recién empiezan a adquirirla, sucediendo entonces que el servicio
se hace siempre con reclutas, además del inconveniente que trae para la
campaña la muy frecuente movilización de dichos contingentes, etc.

El comentario de Hernández a ese Decreto da la impresión


de que no considera que remedie los males de las levas, sino
que los legaliza. En El Río de la Plata, número del 19 de agosto,
comenta:

La reglamentación del servicio de fronteras hasta hoy ha podido excusarse


en medio de la guerra civil y de las complicaciones extrañas que han
absorbido los esfuerzos de nuestros gobiernos... ¿Qué se consigue con el
sistema actual de los contingentes? Empieza por producirse una perturba¬
ción profunda en el hogar del habitante de la campaña. Arrebatado a sus
labores, a su familia, quitáis un miembro útil a la sociedad que lo reclama,
para convertirlo en un vago, en un elemento de desquicio e inmoralidad.
No se miden todas las consecuencias de un acto semejante de arbitrariedad,
de despotismo, que no por estar consagrado por la costumbre es menos
violento y menos vejatorio para la condición del ciudadano. ¿Qué tributo
espantoso es ese que se obliga a pagar al poblador del desierto? Parece que
lo menos que se quisiera fomentar es la población laboriosa de la campaña
o que nuestros gobiernos quisieran hacer purgar como un delito oprobioso
106 LA FRONTERA

el hecho de nacer en el territorio argentino y de levantar en la campaña


la humilde choza del gaucho, [Palabras que casi literalmente pronuncia
Picardía, en la Vuelta, XXVIII.] ¿Qué privilegio monstruoso es el que así
se quiere acordar a las capitales?

Al día siguiente, insiste:

¿Y qué diremos de la profunda inmoralidad del sorteo, de ese medio de


librar a la suerte caprichosa la libertad del hombre, haciendo que los unos
se regocijen con el infortunio de los otros? El servicio de fronteras sólo
pesará sobre los pocos vecinos laboriosos y acomodados que no pudiendo
abandonar sus familias se someten a las tristes consecuencias de una suerte
fatal. Así es que no sólo obligamos a una parte de la población de la
campaña a andar errante y al acaso, huyendo al servicio personal que se
le quiere imponer, sino que se les hace víctimas de una irritante injusticia
a los que no abandonan su hogar para hacer como los demás, y se resig¬
nan sólo a abandonarlo si se viesen arrastrados por la fuerza de esa ley de
conscripción que ha adoptado el gobierno de la provincia. Esto es desalen¬
tador; es más, esto es conspirar sin la conciencia del peligro, por agravar
la situación lamentable del país, y aumentar las dimensiones de las crisis
que nos amenazan y contra las cuales hemos querido prevenir el espíritu
de nuestros gobiernos.

Cómo se aplicaban las leyes y decretos de milicias en 1872,


cuando se publica el Martín Fierro, resulta de la nota de Tiscor-
nia sobre Fronteras:

A falta de una ley de reclutamiento, en la época de Fierro [la había, pero


se aplicaba mal, debió decir el comentarista], y por la insuficiencia de
criollos y extranjeros enganchados, se echaba mano, para remontar los
cuerpos, de los condenados a presidio y se practicaba el sistema autoritario
de levas de paisanos. Este fué pronto recurso común de constituir los con¬
tingentes de la frontera y a él alude el coronel Barros cuando dice que,
agotados los medios lícitos, “se recurre, por fin, a la arbitrariedad y la
violencia, y las autoridades de campaña condenan por el delito de vagancia
y remiten, para remontar el ejército, a todo pobre diablo que no ha sabido
colocarse en su gracia (Fronteras, 87).

Esto tres años después del Decreto del gobernador Castro,


durante la presidencia de nuestro gran Sarmiento.
En una de esas levas es llevado Martín Fierro al Fortín.
Anota Luis H. Sommariva (en Historia de las intervencio¬
nes federales):

Así como en ocasión de las hostilidades contra el Paraguay se infirió un


ataque contra el poder de las Provincias al establecerse una nueva fuente
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 107

de rentas nacionales, así en esta otra forma sufrieron un cercenamiento


más al privárselas de las milicias. Hasta entonces las fuerzas permanentes
de la Nación se componían de voluntarios, enganchados e infractores o
desertores incursos- en el servicio militar punitivo; y en caso de insuficiencia,
los vacíos se llenaban mediante contingente que los gobernadores formaban
por sorteo, si bien los insaculados gozaban de la prerrogativa de señalar
reemplazantes. Las milicias constituían una institución independiente, tem¬
poraria y accesoria para la Nación y de índole provincial.

Las milicias provinciales, o particulares, del latifundista,


fueron creadas por Rosas. En esta forma llegó a tener él bajo
sus órdenes un ejército, el de los Colorados del Monte, que
constituyó lo más robusto de la montonera, capaz de hacer la
guerra a las milicias regulares. Comenzaron siendo tropas de
asalto para defensa de sus fronteras contra el indio, y acabaron
en una policía secreta, una Gestapo, que allanaba los domicilios
y degollaba en las calles. Estos contingentes perduraban en épo¬
ca del Martín Fierro, y al implantarse la ley de servicio obliga¬
torio, precisamente en 1872, bajo la presidencia de Sarmiento,
esas milicias perdieron el carácter de independientes. A pesar
de ello, subsistían en 1880, y con tales milicias Tejedor hizo la
revolución contra el ejército nacional en defensa de la autono¬
mía de la Provincia y para resistir la capitalización de Buenos
Aires.

ENGANCHE DE EXTRANJEROS EN LAS MILICIAS

Los batallones de fronteras se integraban con las levas de


los ciudadanos nativos, pero también con aportes de soldados
a sueldo, por lo regular italianos. Existía una empresa que se
ocupaba de ello, la misma que embarcaba grandes contingentes
de inmigrantes para el trabajo de los campos. Juan Alvarez (en
La defensa de Cocoliche) hace que uno de ellos cuente su odisea:

Soy uno de tantos emigrados. A principios del año 1865, hallándome sin
trabajo en el puerto de Burdeos, oí las proposiciones de un contratista de
enganchados que operaba por cuenta y orden del comadante don Hilario
Ascasubi... Nos metieron en una rudimentaria fortaleza de quince metros
de diámetro, sin más resguardo que el terraplén y el foso, ni otros mue¬
bles que nuestros aperos. Había allí, además del rancho y el jagüel sin
brocal ni roldana, un corralito para guardar de noche los caballos, un palo
108 LA FRONTERA

alto con muescas destinado a observatorio, y un viejo cañón mohoso,


apenas útil para hacer ruido. Eso era todo. En aquella miseria viví varios
años, junto con dos condenados a presidio que cumplían así su pena, y
varios guardias nacionales, arreados a la fuerza, siempre mal montados y
peor comidos, pues de ordinario el racionamiento andaba flojo y nuestro
jefe inmediato era hombre muy guapo y muy criollo, pero se robaba hasta
los correajes.

Cocoliche era uno de los gringos contra los que clama y


declama Martín Fierro.
El contrato para el ejército era semejante al contrato para
colonizar: se cumplía o no, según conviniera. Muchos inmigran¬
tes preferían buscarse la vida recorriendo los campos. Uno de
ellos es el que estaba en la pulpería haciéndolos reir con una
mona y un órgano; otro el que despluma Picardía, quien no
es menos severo que Martín Fierro en su desdén.
Es la suerte del inmigrante, traído para fletar barcos y aban¬
donado por lo regular en el muelle. La Legislatura de la
Confederación autorizó, el 25 de enero de 1853, la entrada de
inmigrantes, y el 29 el P. E. firmó con La Correntina, empresa
de colonización de Brougnes, un contrato para que trajera cua¬
renta mil trabajadores en seis años. En 1854 llegaron las pri¬
meras familias embarcadas en Burdeos. En Corrientes, Aarón
Castellanos inició la colonización con sentido comercial de pre¬
ferencia, y pronto el Gobierno contrató semejantes empresas
con las firmas Vanderest y Cía., de Dunkerque; Textor, de
Francfort, y Beck y Herzog, de Basilea. “Urquiza cedió tierras
propias, por llegar las familias y no haber dónde ubicarlas”
(Cárcano). La empresa Werner y Cía., de Francfort, se compro¬
metió a introducir diez mil familias en diez años, mediante la
cesión, por el gobierno, de dos y media leguas por cada ochenta
familias. Al año siguiente la Argentine Land and Emigration
Company Limited debía importar mil quinientas familias. A
cada doscientas familias se darían seis leguas de campo. Muchos
otros contratos se hicieron: en 1864 con Romany, que recibiría
cuatro leguas a orillas del río San Javier, y con Vilken y Vernet,
que obtendrían mil leguas sobre el mismo río, para doscientas
cincuenta familias, mas cincuenta mil ovejas y cuatro mil vacas.
Estas colonizaciones formaban parte de un vasto plan de gana¬
dería humana: los barcos traían inmigrantes y llevaban tasajo.
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 109

Hasta los indios conocían ya esos negociados. Cuando Mansilla


visita las tribus, están exaltados. Tiene que explicarles:

Oigan lo que les voy a decir: Hace muchísimos años que los gringos
desembarcaron en Buenos Aires. Entonces los indios vivían por ahí, donde
sale el sol, a la orilla de un río muy grande; eran puros hombres los
gringos que vinieron, y no traían mujeres; los indios eran muy zonzos,
no sabían andar a caballo, porque en esta tierra no había caballos. Los
gringos trajeron la primera yegua y el primer caballo; trajeron vacas, tra¬
jeron ovejas. ¿Qué están creyendo ustedes? Ya ven cómo no saben nada.
—“No es cierto —gritaron algunos— lo que está diciendo ése” (Una
excursión, cap. liv).

Sobre este problema se ocupó Hernández repetidas veces en


su diario El Río de la Plata:

Grande es la idea de poblar el desierto, pero hay que ver si los medios
corresponden a la idea. Llamar inmigración simplemente no es el medio
de mejorar la situación, sino de empeorarla... Los buques de allende el
océano vienen frecuentemente cargados de inmigrantes, que buscan en
nuestras playas la realidad de esas promesas seductoras que entrevén en
el nombre de nuestro magestuoso río. ¿Ha mejorado en algo nuestra con¬
dición, esa inmigración que llega periódicamente? Hemos dicho ya que
la inmigración puede ser un elemento de progreso, y puede serlo de
atraso... El inmigrante que desembarca en nuestras capitales se encuentra
frente del desierto, sin medios de trabajar porque la campaña amenazada
aleja los capitales, la ciudad le ofrece la susistencia y trata de amoldarse
a una vida las más veces inútil y ociosa... El ejercicio de los lustra¬
botas, de los vendedores de números de lotería, ramos tan explotados hoy,
¿en qué favorecen al engrandecimiento comercial de la sociedad? Sirven
más bien a la relajación de las buenas costumbres, ofreciendo un ejemplo
pernicioso y un espectáculo inmoral. La inmigración sin capital y sin tra¬
bajo es un elemento de desorden, de desquicio y de atraso... Mientras
persistan los sistemas viciosos que nos hemos dado, mientras subsista el
desequilibrio entre la población y la riqueza; mientras no se abra un
ancho campo a la avidez de las especulaciones individuales, la inmigración
que afluye a nuestras playas se encontrará sin dirección y sin rumbo;
será una inmigración extraña siempre a nuestra suerte, egoísta e inesta¬
ble. . . Entre nosotros, la tierra está aglomerada en pocos propietarios, pero
existe una vasta porción de ella que no está poblada, porque nuestros
gobiernos han opuesto obstáculos a su población, con la esperanza de hallar
en ella el medio de crear recursos extraordinarios para las situaciones di¬
fíciles (número del 9 de septiembre de 1869).

Juan 1VH Gutiérrez hizo una pintura del inmigrante, en


“El hombre-hormiga”:
iio LA FRONTERA

El hombre-hormiga no tiene amigos; su amigo es el peso; sus enemigos


son sus semejantes, los otros hombres-hormigas. El hombre-hormiga no
tiene consistencia, ni moral, ni patriotismo; hipocresía, sí. Apenas habrá
otro ser más inútil y perjudicial a la sociedad, si se exceptúa el pulpero
genovés.

Contra la invasión de inmigrantes italianos se volvió indig¬


nado Hudson, y acaso su abandono del país se deba en parte
a ello. Dice (en Aventuras entre pájaros):

Queda sólo la suposición de que Garibaldi, durante su furiosa lucha de


años en la Confederación Argentina, se había en cierto modo desitalianiza¬
do, contagiándose del sentimiento amistoso que profesaba a los pájaros
sus camaradas “piratas y rufianes’’, como les llamaba todo el pueblo en
general, desde su enemigo el dictador Rosas, el “Nerón de Sud América”,
hasta el último gaucho de la tierra. Ellos, los luchadores, eran rufianes
en su mayor parte, en aquellos días y en aquel país donde la revolución
[con atrocidades] era endémica; pero no mataban ni perseguían a los
“pajaritos de Dios”, como los llamaban. Y los extranjeros que hacían tales
cosas eran mirados con desprecio.

Otra inmigración hubo, iniciada y concluida en tiempos de


Rivadavia, de colonias inglesas e irlandesas, que consolidaron la
ganadería por la cría fina, y la agricultura del cereal. A ella se
refiere Groussac (en El viaje intelectual: “El gaucho”):

La cría científica de los ganados de raza fina y el cultivo del suelo, cui¬
dadosamente cercado, han creado la verdadera industria pastoril. Caballeri¬
zas y establos reemplazan el antiguo corral. Desde la vecina estación de
ferrocarril, el propietario enriquecido llega en carruaje a la estancia; la
antigua habitación rústica se ha convertido en una verdadera residencia
de campo, algunas veces en un castillo con parques y jardines. Estancias
hay, a unas cien leguas de Buenos Aires, que pudimos conocer como cam¬
pos abiertos a las tribus indias, donde hoy los carruajes con tiro inglés
recorren la llanura, y en cuyas mansiones lujosas se come en traje de
etiqueta. Los criadores europeos han relegado al gaucho hasta las grandes
heredades de antiguo estilo. Se ha cumplido la ley fatal: de fuera ven¬
drá... Y el hijo de la pampa se ha refugiado en lo que de la pampa
queda, por el lejano sur. Es allí donde se le encuentra aún, pero des¬
orientado y empobrecido al contacto de la civilización invasora, cuando no
ha logrado refundirse en el grupo urbano.

Angel Rosenblat (en Población indígena de América) ha


considerado el avance del extranjero acorralando por igual al
indio y al mestizo:
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO iii

Tero en esa pacificación” no hay que olvidar el proceso colonizador, la


afluencia, el aluvión de inmigrantes europeos, que no sólo han desalojado
de las zonas agrícolas al indio, sino también al mestizo; el gaucho río-
platense es hoy sólo un tipo de evocación literaria o una mera forma de
vida o de carácter.

Aunque en los poemas gauchescos (en Fausto: Tenía hecha


la intención De ir a la fonda de un gringo...) el inmigrante
italiano se acoge a los oficios de menor esfuerzo; para él eran
en realidad los rigores de la lucha por la vida en el campo. Las
chacras, que fundaron, quedan; en cambio, las grandes estancias
de colonos ingleses, recordadas por Hudson, casi todas han
desaparecido hasta en sus refinadas costumbres. Aquella inmi¬
gración laboriosa e inteligente fue sofocada por otra que no
combatió contra los indios, sino con el clima y con los especu¬
ladores, Italianos y españoles se aclimataron más que al país,
a sus costumbres coloniales. Esa inmigración no fue asimilada
cuanto absorbida, al revés de la inglesa. Aunque a unos y a
otros el rigor de las cosas los trituró, a ellos o a su prole. Hud¬
son describió, en el capítulo “La guerra contra la naturaleza”,
de su libro Días de ocio\ en la Patagonia, el trabajo de destruc¬
ción paciente que llevan a cabo los vientos, las epidemias, los
yuyos, las plagas, contra el colono. También los hombres. Su
padre, inmigrante norteamericano, concluyó perdiendo sus bie¬
nes después de cuarenta años de lucha. Y lucha no sólo contra
el indio, sino contra los malos gobiernos, que siempre han
propendido a castigar al poblador de los campos por la des¬
organización todavía increíble de las industrias matrices de la
riqueza nacional. No se trata ya de los cuadros horrendos de la
época del indio, uno de los cuales describe Alfredo Raymundo,
en su viaje con las tropas de Roca a la Campaña del Desierto:

Esa benemérita familia, salvajes del desierto, ¿dónde está? El desierto


guarda su secreto, y el sombrío corral, testigo inconsciente del drama, se
calla. Lo hacemos servir a calentar la caldera; pero he visto los sobre¬
vivientes de un drama análogo y se lo puedo contar. Figúrese un puesto
de ovejas, dos hermanos, ingleses también —uno de ellos recién casado—
y de repente una invasión. El perro degollado, uno de los hermanos lan¬
ceado, el otro con su mujer entrados en el agua hasta el cuello, para
que los jinetes no puedan llegar al alcance de lanza sin perder pie, lu¬
chando toda una noche contra la corriente, contra el frío, contra las
pedradas, iluminados por el incendio de su casa.
112 LA FRONTERA

No se trata de eso, sino de resistir la hostilidad “en suspen¬


sión”, la que la misma naturaleza parece haber aprendido de
esas tácticas.
El problema humano del colono y del chacarero también
tiene sus raíces en la tierra. La historia del inmigrante no pue¬
de ser comprendida si no se comprende esa ilimitada placenta de
tierra. Allí se genera la riqueza, pero también los íntimos ins¬
tintos de la lucha por la vida.
Sus milicias en las que todos estamos enganchados.

LAS DESERCIONES

Las deserciones del ejército se producían por diversas causas.


En primer término, el sistema de desquicio y servidumbre per¬
sonal en que los comandantes de fortín mantenían a los solda¬
dos. El Martín Fierro se refiere a él. En segundo, por las con¬
diciones en que se realizaba la conscripción, recolectando gente
en los campos según el capricho de los encargados del recluta¬
miento. En tercero, por los hábitos de vida libre del gaucho y
por las condiciones insoportables que se le habían creado, obli¬
gándolo a recurrir a los campamentos de los indios como única
solución a ese dilema de la desorganización gubernativa.
Diez días después de firmado el Decreto del gobernador
Castro sobre levas para formar la Guardia Nacional del ser¬
vicio de fronteras, publicó Hernández en El Río de la Plata
(20 de agosto de 1869) un artículo sobre la fuga a los toldos
del campesinado que miraba con terror el arreo al fortín. Es
uno de los artículos que más material ideológico aporta al
Martin Fierro. Decía:

¿Ignórase que no hay derecho más sagrado que la resistencia a la opre¬


sión injusta y arbitraria, venga de donde viniere?... El gobierno de la
provincia, preocupado de resolver a todo trance la cuestión, asaltado de
otras graves atenciones, sin medir las consecuencias ulteriores, lanza desde
su poltrona su decreto reglamentario del servicio de fronteras... Nues¬
tros paisanos tienen el oído acostumbrado a percibir rumores lejanos, y
la vista avezada a conocer el peligro. De algo les ha servido la vida
nómada y errante, a que le han condenado nuestras pasadas disensiones...
La noticia ha recorrido con la velocidad del telégrafo los ámbitos de nues¬
tra abandonada campaña, y el gaucho ha preparado su montura para huir
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 113

del peligro, para escapar a nuestra civilización, refugiándose en las tribus


de la barbarie... Los corresponsales se encargan de comunicamos esos
hechos y ayer mismo en nuestro Correo de la Campaña se ha dado la
noticia de que el cacique Coliqueo proporciona toda clase de facilidades
a la fuga de nuestros gauchos... ¿Y en nombre de qué principios nos
levantaremos nosotros para condenar al hombre oprimido que corre en
busca de aire, de espacio y de libertad? ¿No es ésta la condición más
imperiosa de nuestra condición humana? Las combinaciones artificiales de
la ley no persuaden a nuestros gauchos, no pueden persuadirles de que
sea lícito agobiarlos con la pesada carga de una esclavitud temporal. Han
nacido para vivir libres; sus antepasados han sabido romper los eslabones
de la ignominiosa cadena y les han enseñado el camino de la emancipación.

Las tribus de los indios fueron siempre una alternativa de


libertad para librarse de todo género de opresiones e injusti¬
cias. Escribía mucho antes el coronel Pedro Andrés García (en
Nuevo Plan de fronteras):

... aquellos nuestros compatriotas familiarizados con ellos, por huir del
castigo de sus delitos sirven de guía unas veces, y otras de verdaderos con¬
ductores, a los cuales no sólo protegen los indios sino que a viva fuerza
defienden sus personas si algunas veces perseguidos se acogen a sus toldos,
como repetidamente se ha visto, y yo lo he experimentado.

En el Santos Vega, de Ascasubi, leemos (canto XLVII):

Pero en vano se afanaban sólo en los campos se vían


acá en riunir los soldaos; las partidas que seguían
pues éstos de resabiaos, a perseguir resertores.
cuando a diez acuartelaban, Más de un año se pasó
catorce se resertaban; en estas preparaciones,
es verdá que eran los piores y la indiada sus malones
mientras que de los mejores entretanto menudió...

La deserción se hacía regularmente en masa, de soldados


reclutados a la fuerza y de extranjeros contratados. Ya por no
afrontar excesivos peligros, ya por el trato inclemente. Cuenta
el coronel Barros (en su libro tantas veces citado):

Entretanto, volvamos la vista hacia el soldado: el pago demora cuando


menos seis meses y cuando más tres años. Esto agregado al mal tratamiento
que experimenta en los cuerpos, en diversos sentidos, induce a los buenos
a la deserción, y la impunidad que los desertores alcanzan induce a mu¬
chos hombres malos a engancharse con la intención de desertar luego que
reciban la primera parte de la cuota, y el número de desertores que hay
114 LA FRONTERA

en los cuerpos del ejército cada año es, por eso, asombroso... Una de las
causas que motivaban la deserción de los guardias nacionales que prestan
su servicio en la frontera era la poca puntualidad con que se hacía su
relevo, lo que tuvo ocasión de presenciar el infrascrito cuando se licenció,
en la frontera, el contingente de junio del año próximo pasado, cuya
mayor parte de individuos había estado doble tiempo que aquél por que
fueron mandados.

Los extranjeros disfrutaban de prerrogativas, pues, como


dice el citado cronista,

el precio del enganche es doscientos fuertes, pagaderos parte al principio y


parte al termino de los cuatro años del empeño. El soldado tiene, luego,
el sueldo mensual de cinco fuertes sesenta céntimos y tres sesenta para
el rancho. En las legiones de extranjeros el valor del rancho es entre¬
gado al jefe y éste lo administra sin control ni responsabilidad de ninguna
clase. Este es un privilegio acordado a los jefes y soldados extranjeros;
los otros cuerpos del ejército en campaña reciben raciones en lugar de
aquella cantidad... Hay que advertir que sólo los extranjeros recurren
al enganche; el hombre del país, el campesino ignorante, condenado a
vivir eternamente en el ejército, profesa sus doctrinas y no se vende jamás.
Los extranjeros son absolutamente inútiles en el servicio de la frontera
y, sin embargo, allí son remitidos.

La desei don se provocaba, muchas veces, por falta de cos¬


tumbre al rigor de los cuarteles. Escribe Paz, en sus Memorias:

Los soldados decían ser ciudadanos, lo cual los eximía de formar con la
tiopa. Actuaban con libertad; se iban sin pedir licencia por ocho o
quince días. Un cuarto de la tropa estaba ausente hasta a veinte leguas.
Robaban y saqueaban.

El paso a los toldos no les ofrecía ningún riesgo, según se


advierte en el Poema. Solamente en las guerras de malones los
habitantes de los pueblos y los estancieros consideraban a
los indios como salvajes destructores; pero a ellos se acudía en
casos apremiantes, y también cuando en las innumerables re¬
voluciones y asonadas los jefes necesitaban acrecentar sus fuerzas
con las de las tribus, que en tantas batallas habían adquirido
tácticas de guerrear muy eficaces. Naturalmente, los caciques
sacaban partido de esas circunstancias, mas no por ello se puede
decii que vivieran en pie de ataque contra la civilización, sino
que vivían en la expectativa de aprovechar las coyunturas pro-
LOS HABIL ANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 115

picias para aumentar su poderío y hacerse de haciendas y


bienes, cautivos y armas, que obtenían como botín.
También los indios desertaban, cuando se pasaban al go¬
bierno. Es el triste caso del cacique Cipriano Catriel, que es¬
taba sometido con sus tribus, en Olavarría. En 1874, durante
la revolución contra la elección de Avellaneda para presidente,
en que tomó parte Mitre, se mantuvieron comunicaciones entre
las tropas que habían de sublevarse y los principales caciques.
Cipriano Catriel se decidió por la revolución. El Estado Mayor
de fronteras, en el que figuraba el coronel Alvaro Barros, le
envía un parlamentario, Mariano Moreno, que es degollado
por el cacique rebelde. Tomado prisionero, deliberan sobre el
castigo que ha de imponérsele, y por mayoría de votos se re¬
suelve entregarlo a su hermano, el cacique Juan José Catriel.
Antonio G. del Valle (en Recordando el pasado) refiere así
su muerte:

Su mismo hermano Juan José mandó atarle los brazos. Forman un cerco
de lanceros y se ordena la ejecución a lanza. En la primera arremetida
Catriel consigue romper sus ligaduras. Acribillado a lanzazos, los apos¬
trofa... Sus últimos momentos, sus últimas palabras, sus últimos gestos,
fueron gestos, imprecaciones de odio, gritos de dolor contra la cobardía
que en su forma más deprimente y brutal le cortaba la vida a él, que
tantas veces había conducido a sus indios verdugos y traidores al triunfo
y a la victoria a la sombra de la bandera nacional. Juan José Catriel,
que había mandado aquella ejecución tan salvaje como horripilante, en¬
sañándose en el cuerpo caliente aún de su propio hermano, se tira al
suelo blandiendo en la mano derecha un filoso puñal cabo de plata. Con
admirable serenidad y sangre fría (al fin sangre de salvaje), con impavidez
asombrosa, lo toma por el pelo y de un solo tajo le corta la cabeza.

Durante la tiranía de Rosas y el dominio feudal de los cau¬


dillos fue muy frecuente que jefes y soldados de las fuerzas
vencidas salieran a buscar refugio en las tolderías. Servían,
como se ha visto, de baqueanos para los malones. Entre los
que adoptaron esa actitud, figura el teniente Antonio Baigorria,
que actuó en las filas de Urquiza y de Mitre, alternativamente
en las batallas de Cepeda y Pavón. Alcanzó el grado de te¬
niente coronel. Prisionero en 1831, huyó a los toldos de Trenel,
donde imperaba el cacique Painé. Junto a él encontraban am¬
paro los desertores de los cuerpos de líneas y los matreros que
116 LA FRONTERA

se negaban al servicio en el ejército; y hasta personalidades


destacadas. Cuenta Lugones (en Roca):

Formó [Baigorria] con indios y desertores un regimiento que, disciplinado,


impuso su predominio en los malones. Ascendió a cacique en 1844 sobre
la frontera de Buenos Aires y Santa Fe. Fué abatido por el coronel Vicente
González... Baigorria, al conocer el triunfo de Urquiza, presentósele
ofreciendo sus servicios. Urquiza aceptó nombrándolo coronel por antigüe¬
dad y mando de frontera con los ranqueles. Hubo paz durante diez años.
En Cepeda y Pavón fué célebre su cacicazgo entre la caballería. Apenas
aliviada la situación con el Brasil, reemplazan a Baigorria con jefes como
Arredondo y Mansilla. Veinticinco años después de la caída de Rosas se
hicieron tres expediciones infortunadas contra los ranqueles. Baigorria
quedó con tropas y quedó allá.

En Pavón este militar-cacique tomó otra vez el partido de


la victoria. Dice Saldías (en Un siglo de instituciones):

El ministro Gelli y Obes escribió a Mitre: "Sobre adquisición del coronel


Baigorria con su cuerpo y la tribu de Colliqueo, lo felicito muy de
corazón, pues no sólo ha de ser muy útil en la presente cuestión, sino
para lo sucesivo; pues fijando su residencia en esa frontera, será lo bas¬
tante para que quede a cubierto de toda invasión.”

Y el general Vélez (en Ante la posteridad):

El viejo coronel Baigorria, que ha vivido veintidós años con ellos [los
indios]..., me decía que solo él con unos cuantos indios había podido
librarse del sometimiento, porque tenía la certidumbre de que él, pros¬
cripto por la tiranía, hubiera muerto en el acto de presentarse, y esta
creencia le daba aliento para vivir errante de bosque en bosque, alimen¬
tándose con raíces.

En los toldos emparentó con los indios. Mansilla encontró,


veinticinco años después de su regreso a la civilización, al ca¬
cique Baigorrita, su ahijado. Cuenta, en Una excursión:

Manuel Baigorria, alias Baigorrita, tiene treinta y dos años. Se llama así
porque su padrino de bautismo fué el gaucho puntano de ese nombre,
que en tiempos del cacique Pichun, de quien era muy amigo, vivió en
Tierra Adentro.

Este cacique, Baigorrita, cuando se sublevó, a fines de di¬


ciembre de 1875, la tribu de Juan José Catriel, fue en su
auxilio con tribus ranquelinas; en las indiadas de Salinas
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 117

Grandes, de Namuncurá, un millar de indios chilenos y el


cacique Pincén y su tribu formaban un ejército de tres mil
quinientos hombres de lanza. Esta sublevación dio motivo a
que el Senado de Buenos Aires autorizara el gasto de tres mi¬
llones de pesos para la compra de caballos. Alsina estableció
las líneas de Carhué-Trenque Lauquen-Puan-Guamini-Italó,
con fortines unidos por zanjas, muro y espaldón de tierra (en
Saldías, op. cit.). Otros datos hallamos en la mencionada cró¬
nica de Del Valle:

Los indios de Painé y Baigorria llevaron una invasión a la provincia de


San Luis, en 1847. Las fuerzas indígenas se movieron de sus toldos de
Leuvucó, y Baigorria de su campamento de Trenel. La invasión era nu¬
merosa, formidable. Las fuerzas del gobierno de San Luis salieron a batir
la invasión, que perfectamente regimentada marchaba en tres columnas
paralelas. La columna del centro la formaba el escuadrón de cristianos
refugiados en Trenel, que obedecían las órdenes directas del coronel
Baigorria.

Allí hallan a los soldados dormidos de cansancio. Saben


dónde está el fortín El Lince. Degüellan a todos, y visten las
ropas de los muertos. Siguen a San José del Morro; asaltan,
saquean, roban, asesinan. Y Del Valle prosigue:

Los indios emprenden la retirada sin ser molestados por fuerzas del go¬
bierno. Aparece el comandante Juan Saa. Painé y Baigorria combaten a
sable, lanza, bola y facón. Por el campo rodaban indios y cristianos abra¬
zados, prendidos de las mechas, mutilados a puñaladas. [Esto ocurre en
Laguna Amarilla.] En lo más recio del entrevero, el coronel Baigorria y
el comandante Saa se reconocen. Se desafían a batirse cuerpo a cuerpo.
Ambos se separan de sus filas. Los dos son bravos. Se arremeten a sable,
se tiran golpes a fondo. Breves minutos dura esta lucha singular. Saa,
más ágil o más diestro que Baigorria, le ha partido la cara de un feroz
hachazo. El coronel cae como electrizado. Su adversario, que lo cree muer¬
to, se retira. Y los gauchos de Trenel, que han visto rodar a su jefe,
lo rodean y lo sacan del campo. A pesar de lo dolorosa y de lo grave
de su herida, Baigorria no pierde el sentido. Ayudado por los suyos
monta a caballo y sale de aquel infierno abrazado al pescuezo de su corcel.

Caciques y jefes blancos, unidos, hacían la guerra en favor


o en contra de las fuerzas del gobierno, según conviniera a sus
intereses. La deserción solía ser el paso de un bando a otro.
Era común, además, que los jefes revolucionarios que se le¬
vantaban contra las autoridades legítimas, apelaran a las tribus.
118 LA FRONTERA

sin que importara haberlas combatido antes ni los compro¬


metiera a ulteriores alianzas. Entonces la deserción se hacía
incorporándose las tribus. Se aliaban o batían sin otro fin que
conseguir la victoria inmediata. La revolución de Mitre, el 24
de septiembre de 1874, fue el caso más flagrante de esa clase
de alianzas. La capitulación se hizo en La Verde, asiento de
poderosas tribus. La insurrección repercutió en la provincia
de Santa Fe y, esporádicamente, en todo el país. Mitre, Rivas
y otros jefes fueron condenados a destierro. El general Arre¬
dondo, expatriado, a muerte. Al frente de los indios estaba
el cacique Catriel, con el grado de coronel del ejército nacio¬
nal. Dice Saldías: "No importaba a las gentes quién triunfara,
con tal de asegurar alquileres y cueros a sus tropas.’
Martín Fierro huye con Cruz a los toldos en carácter de
desertor, y no de gaucho matrero. No temían que la justicia
los castigara: temían al gobierno.

LAS MILICIAS

El Martín Fierro es un poema de milicias más que un


poema civil. Martín Fierro nos cuenta con detalles su vida
de soldado, pero no nos dice sino muy vagamente qué sabe
hacer como trabajador de campo. El Hijo Segundo y Picardía
estuvieron en la Frontera, y Cruz, además de ser soldado de¬
sertor, ha sido sargento de policía. Cruz es el personaje sig¬
nificativo de la vida militar en la campaña, tal como aparece
en los poemas gauchescos. Brián es sargento de policía (en
La cautiva), Genaro Verdón (en Santos Vega) también, y no
podía faltar en el Martin Fierro. Pero aquí se presenta con
una psicología de bandolero, con lo cual recobra su fisonomía
ancestral.
Si no se puede afirmar que el Martín Fierro es un poema
de bandidos, tampoco se puede afirmar que sea un poema po¬
licial; pero ambas cosas están dadas en dosis prevalecientes,
en el tipo de psicología ambivalente que representa Cruz. En
cambio, sí puede catalogarse el Poema dentro del ciclo uni¬
versalmente popular de los hombres que intentaban ejercer la
justicia por su mano. En Carlos Moor, Schiller da categoría
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 119

heroica a ese tipo antisocial que en la Edad Media cumplía


ya cierto ministerio de brazo de Dios, reparando los entuertos
del poderoso y de sus tribunales. Si liemos de colocar el Poema
dentro de algunos de los grandes ciclos en que por propias afi¬
nidades se clasifica la literatura universal, corresponde en lo
antiguo al de los caballeros-bandidos y en lo contemporáneo
a la novela policial. Así lo entendió el continuador, Eduardo
Gutiérrez.
La psicología del bandido justiciero es la de los caudillos y,
en un plano inferior, del comisario de campaña. “Gorra Colo¬
rada” fue, en los campos del sur de la provincia de Buenos Aires,
un militar en funciones policíacas que hizo de la comisaría un
cuartel. El prototipo del funcionario policial con investidura
de caudillo, como se le representa en los poemas gauchescos y
en la novela congénere, es el bandido tal como lo describe Val-
demar Vedel (en Ideales de la Edad Media, I, xiii):

El bandido —el desterrado, el despreciado— es aquella figura que en la


poesía heroica se ve obligado a representar, con cierta frecuencia, el
héroe guerrero... Sucede que el héroe, por odio a los hombres, vuelve
voluntariamente la espalda a la sociedád y se entrega por completo a la
naturaleza... La eterna lucha por la existencia que el bandido debe reñir,
lo mismo contra la Naturaleza que contra los hombres, desarrolla su vigor
y su destreza, su inventiva y su decisión; su vida es una serie de aven¬
turas, peligros y situaciones verdaderamente complicadas. Constantemente
sumido en nuevos peligros y aventuras, está agitado por el deseo de volver
a su patria y a sus amores, impulsado por un descabellado deseo de luchar
con el peligro y de burlarse de la justicia. Con frecuencia logra visitar
furtivamente su pueblo natal... Un elemento completamente aventurero
penetra en la poesía heroica en las descripciones de actos de presencia
de ánimo y astucia, gracias a las cuales los extrañados logran siempre sus¬
traerse a sus perseguidores... Cuanto más se afirma la ordenación jurí¬
dica, con mayor fatalidad aguarda al osado bandolero un lamentable fi¬
nal... Sin embargo, en el transcurso de los tiempos nimba la vida del
bandido y la convierte en un motivo de romántica delectación, de tal
modo que, en las modernas literaturas, las novelas de esta naturaleza, y aun
los dramas, constituyen especies poéticas dilectas.

En el Martin Fierro no hay simpatía para el ejército ni para


la profesión militar. En ninguna parte se habla de sus glorias
ni de su acción en las luchas civiles, asunto fundamental de Los
tres gauchos orientales, de Lussich. Nada tampoco ele los cau¬
dillos. Los indios baten a los soldados porque sus jefes son ra-
120 LA FRONTERA

paces y se guardan las armas, porque los distraen en trabajos


particulares y porque no los alimentan ni los disciplinan. El
ejército que para el Autor existe es ése de fronteras. No se con¬
cibe, no se menciona otro. En cambio es mucho más manifiesta
su befa a la ¡policía, en la pelea que Martín Fierro sostiene con
la partida: Y ya vicie el fogonazo De un tiro de garabina, Mas
quiso la suerte indina De aquel maula, que me errase, Y ay no
más lo levantase Lo mesmo que una sardina. A otro que estaba
apurao Acomodando una bola, Le hice una dentrada sola Y le
hice sentir el fierro, Y ya salió como el perro Cuando le pisan
la cola. Era tanta la aflición Y la angurria que tenían, Que
tuitos se me venían Donde yo los esperaba; Uno a otro se estor¬
baba Y con las ganas no vían. Dos de ellos que traiban sables,
Más garifos y resueltos, En las hilachas envueltos En frente se
me pararon. Y a un tiempo me atropellaron Lo mesmo que
perros sueltos. Me fui reculando en falso Y el poncho adelante
eché, Y en cuanto le puso el pié Uno medio chapetón, De pron¬
to le di el tirón Y de espaldas lo largué. Al verse sin compañero
El otro se sofrenó; Entonces le dentré yo. Sin dejarlo resollar,
Pero ya empesó a aflojar Y a la pun.. .ta disparó. Uno que en
una tacuara Había atao una tigera Se vino como si fuera Palen¬
que de atar terneros, Pero en dos tiros certeros Salió aullando
campo a juera... El más engolosinao Se me apió con un ha¬
chazo; Se lo quité con el brazo, Denó, me mata los piojos; Y
antes de que diera un paso Le eché tierra en los dos ojos.
Y mientras se sacudía Refregándose la vista, Yo me le fui como
lista Y hay no más me le afirmé Diciéndole: «Dios te asista»,
Y de un revés lo voltié (1543-608).
Tres veces compara a los vigilantes con los perros.
Por su parte, el traidor Cruz ha de burlarse de tal oficio, al
explicarle a Martín Fierro los motivos de su actitud, diciendo
que a él no le gustaba andar “con la lata a la cintura”. También
Picardía hace un retrato humorístico del oficial de partida,
expresándose en términos despectivos. La policía está puesta en
el Poema como elemento negativo que ilustra un aspecto de las
contingencias de la vida del paisano, bajo la autoridad brutal
y canallesca de los comisarios. Comisarios, sargentos y partida
tienen valor episódico, mas lo que realizan registra una modali¬
dad que tiene vigencia todavía. En el cuadro psicológico del
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 121

Poema conservan los rasgos típicos que en toda la gama de las


instituciones armadas mantuvieron desde que representaban la
autoridad degradada del virrey en el gobernador, el intendente,
el corregidor, el alguacil, el blandengue, en el vasto sistema po¬
licíaco que configura la arborescente rama ejecutiva de los
poderes públicos. Dice Vicente F. López (en Historia de la
República Argentina):

De manera que el servicio policíaco deferido a la Intendencia tenía en


su apoyo la fuerza militar, y se completaban así los objetos con que se
completaba también la Comisión de Justicia Criminal, pues se le daban
los agentes necesarios para el arresto de los delincuentes que debía juzgar.

En el plan de desorganización moral sistemática que enten¬


demos por Reorganización Nacional, la policía ha tenido, y
tiene, una función coercitiva similar a la del ejército. Ambas
instituciones operan de consuno para mantener a los ciudada¬
nos en un estado latente de temor, según los métodos que Rosas
entronizó para consolidar la paz y el orden. En realidad, la
policía no necesitaba ingurgitar de la vida montaraz de los cam¬
pos el elemento antisocial para cumplir sus funciones punitivas,
pues estaba desde el desembarco de los conquistadores en su
naturaleza verdadera. Tanto ella como el ejército se formaban
y sostenían por el ingreso de individuos desclasificados, quienes,
lejos de desprestigiarlos, le daban respeto por el temor al poder.
La milicia policial ha necesitado de aquellos individuos, por la
fórmula terapéutica del similia similibus curantur; pero el ejér¬
cito hubo de adoptar el sistema por necesidades de otra índole.
Dice Sarmiento (en La Guerra, t. XXIV, 1856):

Más tarde el hastío de los militares, el desprecio en que cayeron las


armas hicieron una revolución en los espíritus, y los padres de familia
creyeron deshonrarse si su hijos llevaban una espada al cinto. Gracias
a esta reacción inconsiderada el ejército se hizo plebeyo y reclutó sus
oficiales en las clases abyectas o entre los caracteres desesperados. La tira¬
nía que ha pesado sobre nosotros tuvo cuidado de exterminar el plantel
de militares que nos había legado la Independencia; y aun después de
habernos librado de ella, las armas están en menosprecio entre los notables
de nuestra sociedad. Un hacendado estará pronto a dar parte de sus
ganancias para defender la frontera, pero hallará siempre indigno de su
elevación que su hijo vaya a tomar parte en la defensa de sus propios
bienes, que esto ha de confiarse a gentes recogidas de aquí y de allí, que
poco interés sienten por la cosa pública. Creemos que el gobierno debe
122 LA FRONTERA

obrar enérgicamente para reclutar el ejército, y en lugar de tomar la hez


del pueblo para confiarle la salvación del Estado, pedir o tomar propor¬
cionalmente su contingente de brazos y de inteligencia en todas las clases
de la sociedad, a fin de imprimir en el ejército la dignidad moral, de que
se muestra, donde la disciplina no la suple, tan destituido.

A su vez, el general Paz (en Memorias, IV) aludía a otro


aspecto de la descomposición interna de los ejércitos:

He deseado y he procurado que la clase militar ocupe en la escala social el


lugar que debe tener, sin perjuicio de la libertad y en beneficio de esa li¬
bertad misma. Que el ejército sea honrado como lo es en los países bien
gobernados, pero sin que sea opresor ni se sobreponga a las otras clases...
La ingerencia de los militares en cuestiones políticas, por medio de re¬
presentaciones en que colectivamente los oficiales de una división o un
ejército pedían tal o cual cosa, en que se exprimía este hermoso consejo:
La disciplina militar debe ser más exacta en proporción a que las institu¬
ciones políticas del país son más liberales... Nada hay más general que
asociarse un leguleyo a un jefe militar para influir en todas sus delibera¬
ciones. Otros, y esto se ha visto con demasiada frecuencia, han buscado en
las relaciones íntimas y privadas los medios de dirigir en circunstancias es¬
peciales la conducta de los jefes militares, haciéndolos servir a sus miras;
y muchos, finalmente, se han servido de la penuria de recursos y sistema
de pobreza en que se les tiene para el mismo efecto. No es extraño ver a
los que declaman contra el empleo de la fuerza bruta procurar dirigirla se¬
gún sus intereses, en cuyo caso deja de ser bruta y pasa a ser fuerza inte¬
ligente, de tal modo que a estos modernos Catones, que desdeñan a los hom¬
bres de espada, no les pesa disponer de un par de batallones o escuadro¬
nes, mediante la influencia privada que se procuran de un jefe. No es de
admirar, pues, que se haya abusado de la buena fe, del candor y de la ig¬
norancia de muchos militares, y que se haya sacado partido para empre¬
sas criminales de sus necesidades, de sus vicios, de sus pasiones y hasta
de sus virtudes. El secreto ha consistido en conservar el caos, para empujar¬
los adonde se quiera, para que sean siempre las víctimas.

El instrumento de acción del ejército sobre la población


civil es, y ha sido, la policía. Cedieran o no a su vez a la presión
de los “leguleyos”, como afirma Paz, lo cierto es que en el
gobierno oculto del país (Alberdi decía que siempre había,
entre nosotros, dos gobiernos: uno visible y otro invisible) ellos
han manejado y han sido manejados mediante ese instrumento
dócil a cualquier mando y a cualquier aplicación. Por medio
del terror, pero también por medio de esa fascinación que el
poder inviste siempre ante la ignorancia del pueblo, policía y
ejército, tal como en el Poema aparecen, han contribuido a
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 123

detener el desarrollo de la vida económica y cultural del país.


Más que lo militar, lo policial es lo nacional. Casi todo nuestro
modus operandi psicológico tiene la impronta de lo policíaco,
y hasta la literatura tiene su más alto punto en las historias de
comisaría y de cárcel. El Martín Fierro es ejemplo concluyente.
Pero todavía lo es mucho más el Santos Vega, ya netamente un
poema del ciclo de los bandidos. Lo declara el autor en el
Prólogo. La historia de Los mellizos de la Flor, que es su
subtítulo, uno bueno y otro malo, es eso. Ni le falta tampoco,
como en los Alilagros de Berceo, la intervención divina que
restablece la conexión natural en esa clase de obras con la
Providencia, que en definitiva es la que restablece el orden
de la justicia en todos los desvíos humanos. Pero en Ascasubi
toma la obra otro cariz típico: la glorificación de la policía,
con que el autor se anticipa a las historias de detectives y a las
películas norteamericanas del género. Precisamente en Anselmo,
el sanjuanino rastreador y razonador deductivo, hay un detec¬
tive, como lo hubo antes en el Calíbar, del Facundo de Sarmien¬
to. Berdún, sargento de policía, es el paladín, el caballero que
se opone al bandido, y el bandido tiene ya un rival, porque no
campea en valimiento del desheredado y del oprimido. En las
obras del género hay ya la degradación del adalid al castigador
de uniforme, del héroe al sargento, y la inicia Echeverría con
Brián, la continúa Ascasubi con Berdún y la finiquita Hernán¬
dez con Cruz, que ya es la más baja calidad moral en ese orden
decreciente. Cruz ya es el bandido disfrazado de policía, que
representa un papel y juega otro. Para la imaginación popular
imbricaba dos héroes: el policía y el bandido, en quien triunfa
un atávico impulso antisocial, y eso fue lo que le permitió
sobrevivir en la memoria de los paisanos. Así como en el orden
descendente damos con Chirino y con Moreira —su fisiparidad—,
en el orden ascendente damos con el caudillo, que es el ban¬
dido militar. No porque sí llamaba Alberdi a Sarmiento “el
Plutarco de los forajidos”. Para asumir un categórico papel
carismático, el militar hubo de representar en parte al antiguo
ídolo, al progenitor de la estirpe. En la Edad Media era el
caballero. Su decadencia ha sido indicada así por Erich Kahler
(en Historia Universal del hombre):
124 LA FRONTERA

Ahora ya sólo se consideraban caballeros a aquellos nobles pobres que te¬


nían toscos castillos, sin tierra suficiente para sostenerlos y que, por consi¬
guiente, se veían obligados a ofrecer servicio militar dondequiera que se
necesitase. Así la palabra llegó a significar servicio militar y profesión mi¬
litar... Sus procedimientos resultaron inadecuados e inútiles y se les ce¬
rraron las carreras militares. Pero se negaban con obstinación a entrar en
la vida y las profesiones de la ciudad o a prestar servicios de ninguna otra
clase, pues consideraban que éstos no estaban a la altura de su rango. Pre¬
ferían languidecer apiñados y pobres en sus ruinosos castillos y, por últi¬
mo, se convirtieron en caballeros ladrones, que asaltaban a los comercian¬
tes que viajaban y perseguían a los campesinos.

El Mefistófeles de Goethe asociaba, sin necesidad de bús¬


quedas históricas, “la guerra, el comercio y la piratería”. Pero
en tierras sudamericanas, acaso sin que sea ello una innovación,
la milicia se asoció a otra institución a la que amparaba toman¬
do de ella realce: la iglesia. Durante las guerras civiles, nuestra
grande epopeya, el sacerdote y el caudillo obraban en manco¬
mún y a veces eran uno mismo, puesta la casaca del general
sobre la sotana. Es el caso, entre otros, del fraile Aldao, cari¬
catura bárbara de Richelieu. Las proclamas y edictos invocaban
la religión, y el estandarte negro de Quiroga llevaba el lema
“Religión o Muerte” sobre dos fémures. Se combatía por la
federación, por el libre tránsito de los ríos y por la fe católica,
apostólica, romana de los borbones. La Restauración, que eleva
a Rosas al solio del mariscalato, fue una taracea del clero y su
gobierno una monstruosa teocracia pampeana. Desde muy anti¬
guo en nuestra historia la carrera militar fue algo más que una
carrera militar: fue un sacerdocio. Y desde las misiones jesuíti¬
cas, el sacerdocio una milicia de carácter político. Pero en el
Martín Fierro no se alude siquiera a este tema de la milicia
eclesiástica, y no vale la pena ocuparse más de ello aquí.

GUERRAS Y MALONES

La mención de la última guerra —en la que el inglés no


quiso servir refugiándose en la sierra— es la que se libró contra
el Paraguay (1865-1870). En el Fausto se comentaba:

Con el cuento de la guerra los paisanos de esta tierra.


andan matreros los cobres, Yo casi he ganao la sierra
vamos a morir de pobres de puro desesperao.
LOS HABITANTES: LAS LUGHAS CONTRA EL INDIO 125

A ella se refiere Cruz al decir que va quedando poca gente en


el pago, pues Se los ha tragao el oyo, O juido o muerto en la
guerra (2043-4). En el Poema no se mencionan las guerras civi¬
les, que eran las que efectivamente ocasionaban las persecucio¬
nes y las levas de los gauchos. Porque esas eran las guerras de
los gauchos. Nos informa Juan Alvarez (en Estudios sobre las
guerras civiles argentinas) que el gaucho se alistaba voluntaria¬
mente en las montoneras, pero no en las filas del ejército.
Siempre ofrecía mejores perspectivas, y en esos trances el gue¬
rrillero no tenía motivos de odio contra el indio, con quien
muchas veces se aliaba.
Hernández, que participó durante veinte años (1853-1873) en
casi todas las guerras civiles, y que tenía una larga experiencia
en estas luchas, hizo que sus gauchos las ignorasen. Tampoco se
comentan los enconos de las facciones políticas, como en Los
tres gauchos orientales, sino la mala política. En este poema los
personajes conversan sobre la guerra entre blancos y colorados,
en el Uruguay; en el Martín Fierro sólo se mencionan los malo¬
nes. Las alusiones a la política del Protagonista, de Cruz y de
Picardía, son muy vagas y zahieren la desorganización de la
justicia, los malos gobiernos, los despojos realizados en conni¬
vencia por jueces y comandantes, no la conducta de determinado
partido en el poder. Si es una sátira dirigida contra Mitre y
Sarmiento, eso ha de inferirse, pues no existe ninguna alusión
concreta (excepto el desfigurado apellido Don Ganza) que
permita individualizar el objetivo de las críticas. El Juan Mo-
reira, de Gutiérrez, reparará también ese descuido; hará que
su héroe intervenga en el hervor de las pasiones políticas, en
las batallas de comicio.
De modo que la falta de ese elemento concreto y personal
en el Poema responde a una actitud deliberada de Hernández.
Particularmente lo es el desechar un material que Lussich había
colocado en primer término, reduciendo así los peligros para
el gaucho —además de los naturales del desamparo— a las agre¬
siones del indio. Hernández sabía muy bien que el desorden y la
subversión provenían de las agitaciones políticas, que también la
hostilidad del indio derivaba de ellas, y que la montonera, de
la cual era elemento esencial el gaucho, había creado congéni-
tamente esa situación. Por esa neutralidad de su parte, Martín
126 LA FRONTERA

Fierro, Cruz y Picardía parecen defender, sin decirlo, pero con


sarcasmos muy expresivos, la época de Rosas. Que los gauchos
omitan las contiendas de caudillos y la frontera sea el parapeto
que contiene las incursiones del salvaje, obedece a un propósito
deliberado. Bien sabido es que el origen de aquellos males estaba
en otra parte.
En la Historia militar argentina, del Teniente Coronel Au¬
gusto A. Maligne, se da la estadística de las batallas, acciones,
combates y asonadas de las guerras de independencia a las civi¬
les, sin contar las que se libraron contra el indio, más nume¬
rosas y sangrientas. Desde 1810 hasta 1824, en la Argentina,
Chile y Perú (comenzando en la expedición a Córdoba y el
Alto Perú, por Ocampo, hasta la batalla de Ayacucho, en que
participa Balcarce) son setenta y siete acciones. En las guerras
civiles, desde 1817 hasta inclusive la batalla de Caseros (1852),
sesenta y dos batallas; desde el 21 de noviembre de 1852 (derro¬
ta del coronel Hornos y del general Madariaga por Ricardo Ló¬
pez Jordán —padre—, en el ataque a Concepción del Uruguay)
hasta el 4 de febrero de 1905 (revolución del partido Unión
Cívica Radical), cincuenta y nueve combates, batallas y asona¬
das. Luis M. Sommariva (en Historia de las intervenciones fe¬
derales) enumera sesenta y cuatro intervenciones a las provin¬
cias, casi todas resistidas o hechas a fuerza armada, desde 1852
a 1916 (presidencia de Yrigoyen). Yrigoyen fue derrocado, en
su segunda presidencia, por la revolución del 6 de septiembre
de 1930, y la última revolución, del 4 de junio de 1943, es la
segunda fase de la de 1930. Se comprende bien lo que escribió
Sarmiento en su obra postuma (Conflicto y armonías, II):

La América del Sud es un pronunciamiento permanente hasta 1875, en


que fué cayendo de pronunciamiento en pronunciamiento en manos de te¬
nientes y coronelillos que se fortificaron en los cuarteles y abolieron o des¬
virtuaron con el auxilio de la plebe, las instituciones populares.

Ya había escrito Alberdi (en Estudios económicos), quince


años antes:

No hay guerra civil que no invoque entre sus motivos justificando la disipa¬
ción de la fortuna pública que hace el gobierno dueño del poder. No hay
una sola que no derroche el dinero público en nombre del ahorro y de la
economía.
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 127

Y en El crimen de la guerra:

Luego, la guerra es una industria privilegiada de esos países, cuyo privi¬


legio consiste en que, lejos de ser como las otras el trabajo organizado és,
al contrario, la ociosidad constituida. La guerra así tomada significa plata
más que sangre; goces más que lágrimas; es un mero gasto público; un
asunto de finanzas; un consumo de la riqueza pública y privada, hecho con
el objeto involuntario de alejar la inmigración, de degradar el crédito pú¬
blico, de paralizar los trabajos de la industria, de suspender la instrucción,
de despoblar el país de la flor de su población obrera y trabajadora; y, fi¬
nalmente, de alejar más y más la inteligencia y el imperio de la libertad,
que consiste en el gobierno del país por el país, cosa que no se aprende ba¬
jo el estado permanente de sitio. En este sentido el presupuesto de gue¬
rra podría denominarse con más propiedad, en la América republicana del
Sud, presupuesto de barbarie y tiranía, gasto ordinario del atraso nacional,
consumo de los recursos del país en alimentar una clase privilegiada de em¬
pleados vitalicios ocupados en no hacer nada sino en gastar lo que otros
pagan. Dad ejércitos a países que no tienen enemigos ni necesidad de ha¬
cer guerras y creáis una clase de industriales que se ocuparán de hacer y
deshacer gobiernos o, lo que es igual, de hacer la guerra del país contra el
país, a falta de guerras extranjeras. El ejército degenera en clase gober¬
nante, y el pueblo en clase gobernada o sometida. El ejército es el surtidero
de los candidatos al gobierno, que no son otros que los héroes de espada
erigidos en libertadores siempre que salen victoriosos de las guerras de can¬
didaturas al gobierno político, convertido en propina o sinecura militar.

Juan Alvarez, en la obra citada, barruntaba que se podría


establecer un régimen de periodicidad para tales perturbacio¬
nes, dentro del orden natural de las cosas, cuando decía:

No llegaremos sin duda a predecir que tal día determinado un jefe suble¬
vará sus tropas; pero se podrá establecer con bastante aproximación en qué
momento y por qué motivo hayan de aumentar en ciertas regiones las pro¬
babilidades de desórdenes sangrientos.

En fin, con las palabras de Maligne, en su historia citada


(de 1910):

Cuando se piensa que durante medio siglo, y aún más, las provincias han
peleado dentro de sí mismas, unas contra otras, varias contra el gobierno
dicho nacional, como en batallas de ciegos, siempre con más muertos que
heridos..., se admira uno de que, a pesar de los “proceres”, viva aún el
país y que éste se haya hecho estado y “nación”, en la que haya espíritu
nacional”...

En cuanto a las batallas, comenta ese autor:


128 LA FRONTERA

Son éstas: soldados a la fuerza, incorporación al ejército vencedor de pri¬


sioneros vencidos o degüello de éstos (no siempre, pero frecuentemente),
ausencia completa de arte en las combinaciones y de energía en los avan¬
ces, defecciones frecuentes, predominancia de la caballería en los efecti¬
vos, sorpresas tácticas producidas por la presencia de un solo batallón de
infantería.

Martín Fierro y Cruz no conocían lo peor en la vida de fron¬


teras ni del interior del país. Hernández tampoco quiso, por
medio de ellos, evocar sus experiencias en las luchas civiles que
despoblaban y ensangrentaban los campos de las provincias;
aunque al despedirse nos advierte: Sepan que olvidar lo malo
También es tener memoria (11,4887-8).
Los historiadores —con pocas excepciones, como Vicente
Quesada, en Las guerras contra el indio— han reducido las
guerras contra el indio a capítulos insignificantes y circunscritos
a lo anecdótico, con el pundonor de relatores de hechos glorio¬
sos cuya dignidad personal va asociada a la dignidad de las
empresas; como si ellos fueran responsables y monitores de la
historia. Los cronistas —como Zeballos— han procedido con ma¬
yor veracidad y franqueza, no arredrándose de los descalabros
de tropas aguerridas y comandadas por generales de renombre
frente a salvajes sin otra escuela militar que los ejercicios a
campo raso de equitación, y la experiencia. A esa clase de ba¬
tallas se las denomina malones, y se caracterizan por la feroci¬
dad de los encuentros y por el odio fanático que los animaba
a todos.
No sé que se haya explicado satisfactoriamente el origen
del odio mortal entre el gaucho y el indio. Según el historiador
Vicente F. López, el gaucho y el campesino odiaban al “godo”
—el español—, particularmente al comerciante y al hacendado.
Azara observó ese mismo fenómeno temperamental en el seno
de las familias, entre padre e hijo, marido y mujer; también
Juan Agustín García y Juan Alvarez, y Sarmiento en grado
exquisito. Lo cierto es que el gaucho odiaba al godo —al padre—
y también al indígena —la madre—. No se había asimilado las
costumbres del uno, y le repugnaban las del otro. Ese odio,
que advirtió Darwin y que Head describió con su habitual
maestría, parece que durante el virreinato no cobró caracteres
tan exacerbados. Es sabido que durante el gobierno de Her-
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 129

nandarias y del virrey Vértiz, gauchos e indios convivieron pa¬


cíficamente en las faenas pecuarias. Participaron juntos en las
guerras de independencia y en las civiles, en que voluntaria¬
mente tribus enteras ingresaban en las filas de uno u otro
bando. El odio florece después de la Revolución de 1810, en
¡llena república, y no sería extraño que se tratara de un sen¬
timiento muy complejo de represalia. La guerra contra el indio
es una madrépora de malentendidos. Para intentar compren¬
derla ha de recordarse que cuando la Argentina ha realizado
ya su independencia, cuando ya ha sometido al godo, en el Alto
Perú todavía estaban refugiados los magnates de la Colonia.
Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, Salta y Jujuy fueron reduc¬
tos de enemigos; en esas ciudades los derrotados indemnes ga¬
naban pacíficamente su revancha. Esa es la reconquista de la
Colonia que llega, a través de perturbaciones graves y de alter¬
nativas dramáticas y ridiculas, hasta Rosas, el gran histrión
teocrático. El gaucho no pelea entonces por reconquistar su
independencia, sino para quitársela al indio. En una palabra,
como escribe Alberdi en El crimen de la guerra,

la guerra civil o semi-civil, que hoy existe en Sud América erigida en ins¬
titución permanente y en manera normal de existir, es la antítesis y el re¬
verso de la guerra de su independencia y de su revolución contra España.

En Facundo, Sarmiento explicaba:

La guerra de la Revolución argentina ha sido doble: l1? la guerra de las


ciudades iniciadas en la cultura europea contra los españoles, a fin de dar
mayor ensanche a esa cultura; 2° guerra de los caudillos contra las ciuda¬
des, a fin de librarse de toda sujeción civil y desenvolver su carácter y su
odio contra la civilización. Las ciudades triunfan de los españoles, y las
campañas de las ciudades.

Rosas fermenta ese odio, que le es necesario para mante¬


nerse en el poder, aunque no lo encienda. Desvía el odio al
godo en odio al indio. Lo atiza, simplemente, pues es segur»}
que lo encendieron las reyertas de provincias. Descargábase el
odio al arrasar las campañas; incautándose del ganado para
avituallarse, tomaban posesión de provincias enteras, cuya po¬
blación pasaban a cuchillo e incendiaban —era la táctica in¬
dia—, y el indígena hubo de padecer en mayor grado esas de-
130 LA FRONTERA

predaciones y crímenes. Pero Rosas, que restaura, con las leyes,


el pasado colonial, sus costumbres y sus enconos, consiguió cen¬
tralizar el odio contra el enemigo común y unifica el oficio del
degollador de reses con el del degollador de seres humanos. Los
salvajes son los enemigos, y salvajes llaman los montoneros al
indio y a los unitarios. El odio al salvaje es un slogan: se usa
a diario en la conversación y se estampa en los membretes ofi¬
ciales. El odio al salvaje es casi religioso, forma parte de un
nuevo fanatismo. Los lemas corrientes son: “Federación o muer¬
te”, “Mueran los salvajes, inmundos unitarios”, “Religión o
muerte”. El salvaje y el unitario liberal eran herejes. Entonces
se pusieron en vigencia prácticas que engendran, en el alma
una red de reflejos condicionados como en los oficios manuales.
Particularmente el rapto de mujeres se cometía en gran escala
y a malsalva, ya para amancebarse las tropas, ya para que las
mujeres hicieran en los cuarteles y en los vivaques las tareas
domésticas. La vida regular era la del campamento, como la
de los indios, y se amaba con las levaduras del odio. Esas gue¬
rras civiles eran grandes empresas de cuatreros.
En plena campaña de Rosas al Desierto, Darwin advirtió el
terror que los indios tenían a los cristianos. Anota en su Diario,
en agosto de 1833:

Sin disputa, esas escenas son horribles. Pero cuánto más horrible es el he¬
cho cierto de que se asesina a sangre fría a todas las mujeres indias que
parecen tener más de veinte años de edad. Cuando protesté en nombre de
la humanidad, me respondieron: “Sin embargo, ¿qué hemos de hacer? ¡Tie¬
nen tantos hijos esas salvajes!” Aquí todos están convencidos de que ésa
es la más santa de las guerras, porque va dirigida contra los salvajes. ¿Quién
podría creer que se cometan tantas atrocidades en un país cristiano y civi¬
lizado? Se perdona a los niños, los cuales se venden o se dan para hacerlos
criados domésticos o más bien esclavos, aunque sólo por el tiempo que sus
poseedores puedan persuadirlos de que son esclavos. Pero creo, en último
caso, que los tratan bastante bien.

Y en los días 3 y 4 de octubre consigna:

Santa Fe es una pequeña ciudad, tranquila, limpia y donde reina buen or¬
den. El gobernador López, soldado raso en tiempo de la revolución, lleva
diecisiete años en el poder. Esa estabilidad proviene de sus costumbres des¬
póticas, pues hasta ahora parece adaptarse mejor a estos países la tiranía
que el republicanismo. El gobernador López tiene una ocupación favori-
LOS HABITANTES: LAS LUQHAS CONTRA EL INDIO 131

ta: cazar indios. Hace algún tiempo mató a cuarenta y ocho y vendió sus
hijos como esclavos, a razón de veinte pesos por cabeza.

El capitán Head escribió en el capítulo “Los indios de las


pampas”, de su obra muchas veces mencionada:

Para gente habituada a las pasiones frías de Inglaterra, sería imposible des¬
cribir el odio salvaje, inveterado, furioso, que existe entre gauchos e in¬
dios. Los últimos invaden por el extático placer de asesinar cristianos, y
en las luchas que tienen lugar entre ellos, es desconocida la misericordia.
Antes de darme exacta cuenta de estos sentimientos, iba galopando con un
gaucho de lindísima apostura, que había peleado con los indios. Se me
ocurrió preguntarle muy sencillamente cuántos prisioneros habían toma¬
do. El hombre contestó con un aspecto que nunca olvidaré; apretó los
dientes, abrió los labios y luego, haciendo un movimiento de serrucho con
los dedos sobre la garganta desnuda, que duró medio minuto, inclinándo¬
se hacia mí con sus espuelas que golpeaban el costado del caballo, me dijo
con voz profunda y ahogada: “se matan todos”.

Una referencia análoga se encuentra en Bosquejos de Bue¬


nos Aires, Chile y Perú (1817), de Samuel Haigh:

Los gauchos cuentan historias terribles de las atrocidades cometidas por


sus salvajes vecinos, bien evidenciadas por las ruinas negras de los ranchos
en esta parte del país; sin embargo, las dos tribus están en general al mis¬
mo nivel, pues los gauchos invariablemente degüellan a “los indios maldi¬
tos” que caen en sus manos. Vi dos indiecitos en un rancho llamado Can¬
delaria; habían sido salvados por un gaucho piadoso, cuando sus padres y
toda la tribu fueron masacrados, en una escaramuza de la pampa; los ha¬
bía adoptado y jugaban en la puerta junto con sus hijos. El mayor apenas
tendría siete años; ambos estaban completamente desnudos; de color mo¬
reno y extremadamente feos; piernas cortas y chuecas y los largos cuerpos
parecían hinchados como sapos...

Mansilla formula estas extrañas reflexiones en el capítu¬


lo LXVI de Una excursión:

Tanto que declamamos sobre nuestra sabiduría; tanto que leemos y estu¬
diamos, ¿para qué? Para despreciar a un pobre indio, llamándole bárba¬
ro, salvaje; para pedir su exterminio, porque su sangre, su raza, sus instin¬
tos, sus aptitudes no son susceptibles de asimilarse con nuestra civilización
empírica, que se dice humanitaria, recta y justiciera, aunque hace morir
a hierro al que a hierro mata, y se ensangrienta por cuestión de amor pro¬
pio, de avaricia, de engrandecimiento, de orgullo, que para todo nos pre¬
senta en nombre del derecho el filo de una espada; en una palabra, que
mantiene la pena del talión, porque si yo mato me matan; que en definí-
132 LA FRONTERA

tiva io que más respeta es la fuerza, desde que cualquier Breno de las ba¬
tallas o del dinero es capaz de hacer inclinar de su lado la balanza de la
justicia.

En La ciudad indiana, de Juan Agustín García, leemos:

Explotados (los indios) para satisfacer la avaricia de sus dueños, satisfa¬


cer sus bajas pasiones, su lujuria y su crueldad, las tribus que no se rebe¬
laron y huyeron a los valles de la cordillera, desaparecieron en pocos años.

EL INDIO EN LA ECONOMIA DEL POEMA Y


EN EL SENTIMIENTO DEL AUTOR

De todo el Poema, las partes que se refieren a la vida en


la toldería —costumbres de los indios, malones, parlamentos,
danzas, crueldades— son las que a un mismo tiempo dan im¬
presión de mayor veracidad y de más intencionada unilatera-
lidad. Inevitablemente, a pesar de la intuición de lo sustancial
que caracteriza al Poema, el Autor debe ser visto como un cro¬
nista de ese período de lucha contra el indio. Si el Poema es
netamente una obra similar a los romances de frontera, mucho
más tiene de crónicas del tipo de las de Hurtado de Mendoza
y Pérez de Hita, y mucho más de las de Las Casas, Fernández
de Oviedo, López de Gomara o Díaz del Castillo. El autor se
ha colocado en la tesitura judicial y profesional de los cronistas
españoles. Robustece la analogía la intención de fidelidad de
la pintura de la vida salvaje, la minuciosidad informativa que
emplea Martín Fierro, contra su costumbre de reducir a sínte¬
sis medular lo que contempla, pues certifica que él ha estado
en los toldos y observado sus costumbres. Esta vez más que nun¬
ca ha renunciado a la libertad que el poeta tiene sobre el his¬
toriador —como lo comprendieron Ercilla y Oña, pero no Cen¬
tenera, el amanuense— y se avino humildemente a los deberes
del oficio; pues su circunstanciado informe de lo que ha pre¬
senciado, ¿no equivale a un capítulo preliminar de la crónica
de la Campaña del Desierto? En la producción literaria espa¬
ñola a que da lugar la guerra contra el moro, se diferencian
bien los romances fronterizos de las historias. El poeta registra
otros hechos de la misma realidad.
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 133

Hernández, fiel a su técnica, ha objetivado la vida en el


Desierto contemplándola desde fuera, de modo que la realidad
que refleja es la misma que se alcanzaba a divisar desde los for¬
tines. Se comprende ahora que esa técnica, que puede generali¬
zarse a todo el Poema, consiste en practicar profundos cortes
en el material vivo de la realidad, reduciéndola a fragmentos
o parcialidades de la realidad. Sentimos siempre lo que ha omi¬
tido, como elemento que gravita a distancia sobre la porción
que nos presenta con su habitual fascinación; pero en esta his¬
toria no se han escindido partes de un cuadro panorámico sino
aquellas en escorzo que se internarían en las vivencias del indio.
Su vida psíquica está extendida en esas dos dimensiones del
espectáculo e inferimos de su alma brutal por la brutalidad de
sus actos. También su descripción de la vida en los toldos pue¬
de ser aceptada como “pura realidad”, a condición de que se
reconozca el derecho a efectuar en ella cortes ad libitum. Si
el plano y la perspectiva que ofrece el corte sigue siendo reali¬
dad, entonces puede hablarse de una realidad sometida al tra¬
tamiento malicioso, tal como la palabra se emplea aplicada a
los historiadores verídicos, a ultranza, cuando hacen esos cortes
con vistas a una demostración o a una sistematización de la
realidad histórica, con lo que se la desfigura en razón directa
de su fidelidad documental. Toda historia es siempre una con¬
figuración de hechos, dentro de las infinitas posibilidades, todas
legítimas, de configurar una realidad. Hernández no pudo pre¬
tender sino una clase de veracidad, y es precisamente aquella
que permite a los hechos una interpretación profunda dentro
del contexto, salvando la sustancia histórica más que la anéc¬
dota histórica. Esto hizo en la Ida, y esto hace en la Vuelta.
Pero su posición personal, la técnica de efectuar el corte sobre
el bloque de la realidad, aplica a la vida del indio el proce¬
dimiento de lo pintoresco que él reprochó a sus predecesores
al representar la vida del gaucho. Para el gaucho él efectuó en
la realidad un corte viviente hacia lo profundo de su alma,
mientras que para la vida del indio practica un corte frontal
y superficial.
Y, sin embargo, sentimos que tenía razón, y que lo que
abstrae en uno y otro caso es lo perecedero y accesorio. Lo pe¬
renne en el gaucho era su psique, no su indumento, y lo peren-
134 LA FRONTERA

ne en el indio fue la personalidad tribal que adquirió en las


rudísimas condiciones de su lucha por la vida. El alma del indio
se externó en sus costumbres, y la crueldad feroz, más que un
carácter étnico de su psicología, fue una modalidad que le
impuso nuestra historia. El era de otra manera pero lo hicimos
así, y en esa fisonomía horrible —que es histórica y no étnica—
Hernández encuentra otra vez, como en el gaucho, lo que no
es pintoresco, sino vital.
Lo que sí puede reprochársele es que se haya valido de re¬
ferencias y de obras escritas, entre éstas las de Mansilla, Bar¬
bará y Barros, que evidentemente son sus yacimientos directos.
La verdad de Hernández es la verdad de estos cronistas, supri¬
midos los pasajes favorables a la causa del indio. En la Ida
hace su aparición inevitable en un episodio, ajustado al canon
de Ascasubi, y en noventa versos liquida ese tema importante
de la vida de frontera. A pesar de su pelea con el Hijo del
Cacique, el concepto de Martín Fierro al emprender la marcha
al Desierto muy poco tiene que ver con el que expresa al re¬
gresar. Hay de por medio la experiencia, naturalmente; pero
también hay un cambio en la experiencia histórica que el Autor
tiene de los siete años transcurridos entre la Primera y la Se¬
gunda Parte. De no haberse proseguido la Obra, la Ida nos
daría clara idea de que Hernández no concedió al tema del
indio la importancia que hubo de tener en su relato de fron¬
teras, y nos parecería deficiente comparado con el Santos Vega,
para no mencionar La cautiva. La Vuelta compensa aquella de¬
ficiencia, y en el tema del rescate de la Cautiva halla no sólo
un buen pretexto para recuperar a su héroe, sino para dar al
Poema un tono conveniente dentro del mundo en que viven
los personajes. No solamente incrusta en el Poema un episodio
sacramental del canon de las crónicas, sino que su informe
sobre lo que ha observado en la toldería pasa a ser elemento
vivo de su vida, y hace que a su regreso el héroe se presente
con algo más que sus observaciones de explorador. En resu¬
men, la aventura de Martín Fierro en el Desierto es un parén¬
tesis en la vida del Protagonista y un ingrediente de compen¬
sación en la economía de la Obra. Toda la aventura cabe sin
rebasar las crónicas en lo que se había escrito ya, e íntegra¬
mente en la Excursión, de Mansilla. Son esos temas: llegada
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 135

de los fugitivos al campamento, admisión, después de un con¬


ciliábulo; el parlamento; descripción de los hábitos y psicolo¬
gía del indio; situación de Martín Fierro y Cruz en el desierto;
fabricación del toldo y búsqueda de alimentos; preparativos
para el malón; concentración de tribus y belicosidad del indio;
regreso del malón y faena de las chinas; situación de las mu¬
jeres; fiesta; un indio hospitalario; peste de viruela y muerte
de Cruz; encuentro de la Cautiva, episodio que abarca qui¬
nientos setenta y siete versos y se divide en: hallazgo de la mujer
castigada, sufrimientos que se le impusieron, muerte del hijito,
pelea con el Indio auxiliado por la Cautiva, muerte del adver¬
sario, digresión sobre amansamiento del caballo, retorno de los
dos desdichados.
Por primera vez Martín Fierro cuenta lo que ha visto, y
la descripción entra a formar parte como procedimiento en la
elaboración del Poema. Antes había contado solamente lo que
hacía, y lo descriptivo estaba reemplazado por lo lírico. En su
presentación de la Vuelta ha cambiado de estilo, pero sobre
todo ha cambiado de opiniones, y ese cambio se refleja en él
desde otro foco. Lo que cuenta Martín Fierro no es lo que
ha visto en la toldería, sino lo que al Autor ha leído en las
crónicas de Mansilla, Barbará y Barros. Sus opiniones hasta
1872 eran otras, y ahora descubrimos que se empleaban como
argumento de oposición política al gobierno. Releídas desde
el ángulo de la Vuelta, readquieren otro valor. Dijo Hernán¬
dez en el número del 22 de agosto de 1869, en El Río de la
Plata:

La experiencia ha demostrado el absurdo de las combinaciones hasta hoy


adoptadas para arrebatar a los indios el señorío del desierto. La idea de
llevarles una guerra ofensiva para exterminarlos, que algunos han emitido
en la prensa y hasta en el opúsculo que se han impreso bajo la protección
oficial, no han dado el resultado con que soñaban los autores. Y decimos
felizmente, porque si eso hubiese tenido lugar habría sido una mengua de
nuestros gobiernos, que no habrían descubierto un medio más en armonía
con nuestros sentimientos humanitarios y cristianos de neutralizar el mal y
hacer al salvaje mismo partícipe de los beneficios de la civilización... Nos¬
otros no tenemos el derecho de expulsar a los indios del territorio, y me¬
nos de exterminarlos. La civilización sólo puede darnos derechos que se
derivan de ella misma. Al no reconocerlo así, nosotros, los que nos eman¬
cipamos del yugo despótico del coloniaje, vendríamos a caer en los excesos
que señalan perdurablemente a la execración del mundo las bárbaras heca-
136 LA FRONTERA

lombes de la conquista de América. Tenemos el derecho de introducir en


el desierto nuestra civilización, nuestra legislación, nuestras prácticas huma¬
nitarias, porque allí donde nada de eso existe, debemos llevar las explora¬
ciones del progreso. ¿Pero qué civilización es ésa que se anuncia con el rui¬
do de los combates y viene precedida del estruendo de las matanzas? Las
bestias se enfurecen y acometen, cuando son perseguidas de muerte, ¿y có¬
mo no esperar que los indios, que tienen al menos la organización huma¬
na, se vuelvan contra nosotros, sedientos de venganzas, cuando no nos anun¬
ciamos a ellos sino como heraldos de la muerte?

Y en el “Camino Tras-Andino’’, artículo que se transcribe al


final de El gaucho Martin Fierro, en la primera edición, dijo:

No hace mucho que algunos indios invasores comieron en una fonda del
Río Cuarto, y ayer no más llegaban hasta el Saladillo, a seis leguas de la
ciudad de Rosario, que es la segunda en importancia, comercio y población
de la República. A San Luis lo han despoblado casi completamente. So¬
bre los fortines que el siglo pasado constituían la línea de frontera, pasan
aún los indios como avalancha, para llevar el incendio, la desolación y la
muerte a los moradores de la campaña. A doce y quince leguas del Rosa¬
rio existen pampas desiertas, dilatadas llanuras, donde la propiedad rural
está amenazada constantemente de ser arrebatada por los salvajes... Pida¬
mos a los pueblos gobiernos justos y progresistas y dejará de ahogarnos el
desierto, que por todas partes nos circunda como barrera impenetrable a
la civilización y al comercio. No hace mucho que se ha negado por el Con¬
greso, al Sr. Crozadt y al Sr. Fillol, algunas leguas de territorio desierto en
Patagones, donde prometían formar colonias agrícolas. Esta es la continua¬
ción del sistema colonial.

El tema del indio figuraba en ese apéndice mucho más que en


el texto del Poema, pero ya estaba planteado en los términos
en que lo concebía Hernández, fuera de las contiendas perio¬
dísticas, sobre la base de los intereses económicos. No era toda¬
vía su franca opinión, que hemos de encontrar en la Vuelta,
después de consumada la empresa antes execrada. Leemos:
Estas cosas y otras plores Las he visto muchos años; Pero si
yo no me engaño Concluyó ese bandalage, Y esos bárbaros sal-
vages No podrán hacer más daño. Las tribus están deshechas;
Los caciques más altivos Están muertos o cautivos, Privaos de
toda esperanza, Y de la chusma y de lanza Ya muy pocos que¬
dan vivos (II, 667-78).
No había en Hernández ninguna simpatía por el indio, sino
como reacción contra el gobierno y el sistema político impe¬
rante. Tomaba partido contra el gobierno y, por ende, en favor
LOS HABITANTES: LAS LUGHAS CONTRA EL INDIO 137

de sus víctimas: el gaucho y el indio. Pero ¿tuvo simpatía por


el gaucho más allá de lo que puede experimentarla quienquie¬
ra que haya vivido en el campo? Si observamos atentamente,
tampoco hay en su defensa del gaucho tanto de humano como
de político. La situación del gaucho dimana de la mala orga¬
nización política, no de la absurda organización social. Como
diputado dirá en la Legislatura, el mismo año de aparecer la
Vuelta:

Hay infinidad de gente, muchísimos pobres de nuestros paisanos que viven


en aquellos bosques hace muchos años, y si ahora se les quita ese refugio
(los montes, que el gobierno proyectaba vender), vamos a poblar la peni¬
tenciaría.

El verdadero problema del jornalero rural y del indio, Her¬


nández no lo comprendió siquiera y mucho menos lo sintió. Los
juicios de Hernández siempre tienen un contenido ambivalente,
porque pertenecía a lo que desde 1880 se ha llamado la oligar¬
quía, y era hombre de pasiones políticas tan vehementes, que
hasta podía apelar a recursos circunstanciales que repudiaba
en el fondo de su alma. Si hemos de juzgar por su ambivalen¬
cia del complejo del indio, el gaucho era un arma en sus ma¬
nos, pero que asió con tal violencia que no la pudo soltar.
La política del indio concluye para Hernández, como para
todos, con el problema del indio. El patriotismo de los direc¬
tores de la opinión pública y de los asuntos de Estado exige
ese holocausto, y Hernández lo tributa espontáneamente sin
tener en cuenta sus antiguas afirmaciones. Entra al juego de
los conquistadores. Mi opinión es que, por la intensidad que
da a su defensa de la verdad en la defensa del gaucho, esta
diferencia de puntos de vista, de sentimientos cardinales, plan¬
tea la mayor incongruencia entre la Primera y la Segunda Parte
del Poema. Hay enfoques fundamentalmente distintos, y en la
Vuelta adopta Hernández la tesis de sus adversarios ¡que era
la misma suya! porque los que gobiernan y los que esperan
gobernar están en el mismo juego. ¿No es precisamente en esa
Segunda Parte donde el Autor olvida una tesis ocasional de
la Ida, y se consagra a detallar las bajezas y atrocidades del
indio, su ignorancia y su miseria moral? ¿No se trata, eviden¬
temente, de una ida y de una vuelta? En boca de Martín Fierro
138 LA FRONTERA

es una crónica intencionada, que pone a este desdichado de


parte de sus enemigos, de mucho mayor desprecio y de menor
equidad que las de sus amigos Barros y Mansilla. En vano se
alegará que ésa era la posición correcta de un hombre de su
estirpe y de sus intereses de clase, o de su mentalidad, o de
sus doctrinas políticas; pues aquí no me interesa sino el Autor
del Poema y, por sobre todo, el hombre de sentimientos de
justicia y de veracidad. Lo que él quiso hacer ha quedado
superado por lo que hizo. La actitud de Martín Fierro es
someterse a la fatalidad de los hechos y no a su conciencia de
los verdaderos males —que cantó—, y cuando dice: Besé esta tie¬
rra bendita Que ya no pisa el salvage (II, 1537-8), viene a
exhibir una documentación poética de la barbarie encubierta,
refutando las hermosas palabras de Hernández, de que “la ci¬
vilización sólo puede darnos derechos que se deriven de ella
misma”. Martín Fierro nada tiene ya que hacer en nuestro
mundo; ha muerto y el indio es quien lo ha vencido como a
muchos de los actuales panegiristas de la grande Argentina.
Vuelve creyendo que el indio —como en otro sentido Rosas-
era todo el mal, y que el mal desaparecería cuando uno y otro
simulacro hubieran terminado su existencia personal.
En fin, de los cinco años de estada en el desierto, y parti¬
cularmente de los que había pasado en compañía de Cruz, ape¬
nas dice algo Martín Fierro. Lo que cuenta que vio y le ocu¬
rrió está en otros libros. Aquello que no encontramos en Eche¬
verría y Ascasubi lo encontramos en Mansilla y Barros; si no
está en verso, está en jarosa. Esos poemas y libros que tratan de
las guerras entre indios y blancos los leyó Hernández y mucho
lo sabía de memoria, aunque la lectura la hiciera con criterio
muy personal. Toma y deja a su arbitrio.
No hay en el Martin Fierro escenas nuevas, sino las mismas
tratadas con maestría, desarrolladas y recortadas, de otras seme¬
jantes. ¿Por qué escogió tan pocas, aunque de las mejores, entre
las muchas que los testigos presenciales expusieron en sus cró¬
nicas? Hernández desechó una hermosa oportunidad de hacer
la contraparte de la civilización rural, plagada de defectos e
imperfecciones, con la vida sin ley ni gobierno del indio, así
como hizo de la frontera la contraparte de la justicia, del orden
y de la moral pública.
LOS HABITANTES: LAS LUCHAS CONTRA EL INDIO 139

Es seguro que Hernández pudo haber asistido y hasta par¬


ticipado en las furias de algún malón, tal como en la Primera
Parte lo describe con pintoresca vivacidad y sin mucho rigor
para condenar las tropelías del salvaje. Ahí el material y la
técnica son de Ascasubi y es muy difícil de aceptar que haya
presenciado lo mismo que su antecesor. Pero de no ser enton¬
ces, Hernández jamás vio un atropello en masa de los indios, y
sus descripciones se basan en documentos ajenos; y, de ser así,
su juicio es parcial, desdeñoso y condenatorio por motivos de
carácter particular. De ninguna manera como artista, sino como
ciudadano, exagera unos detalles y omite otros, colmando de
lúgubres y hórridos colores el segundo malón, en la Segunda
Parte. Es casi seguro que Hernández conocía la vida de los tol¬
dos por las noticias de su amigo el comandante, escritor y po¬
lítico Alvaro Barros. Tenía contra las tribus aversión de estan¬
ciero, o de hijo de estanciero, y su osadía de enviar a Martín
Fierro y Cruz al infierno del Desierto tuvo el significado de
un ex abrupto político del que se muestra arrepentido al in¬
sistir en el tema en la Vuelta. Es innegable que, con menos pre¬
juicios, pudo sacar de la aventura motivos muy ricos para su
Poema, él que observaba lo pintoresco con tanta sagacidad y
que, especialmente en la pintura de lo grotesco de toda salva¬
jez, poseyó una maestría nunca más igualada por nadie en
prosa ni en verso. Su mundo poético era más bien la toldería
que la frontera, como mucho más la frontera que la ciudad.
Se limitó en cambio a recoger y revalidar la consabida historia
de los salvajes, se conformó con el testimonio de los actores de
las luchas sangrientas sin preferir lo vivo, sin sentir inquietudes
ni inclinación a observarlos y explicarlos.
Es sensible, desde el comienzo de la Vuelta, el urgido inte¬
rés que tiene el Poeta por concluir la historia del cautiverio
de Martín Fierro, y que su exilio es visto como un error de
conceptos si no de plan del Poema. Martín Fierro siente tal
repugnancia de la aventura, que esa narración de su destierro
es una palinodia. Las escenas se complican entre sí en el plano
de lo pintoresco de la barbarie y no cala más hondo. En el
Desierto no acontece nada que se refiera substancialmente al
destino del Protagonista; es precisamente en los pueblos por
donde yerran sus hijos y muere su mujer, donde su destino se
140 LA FRONTERA

está dramatizando. Fuera de la muerte de Cruz, que es una


inevitable peripecia, todos los pasajes en que el indio aparece
están tratados con rudo desdén de defensor del progreso a
mansalva. Ascasubi, Mansilla, fueron muchísimo más indulgen¬
tes, a pesar de que uno comprometía su fortuna en la construc¬
ción del Teatro Colón y el otro llevaba su Shakespeare en
inglés dentro de la valija de diplomático.
c] Los habitantes: El Gaucho

ORIGENES DEL GAUCHO

Se ha tratado Tfe-etteoattarjsu Juentes étnicas el origen del


gaucho. Pero el gaucho no es ni un tipo racial; nf una subclase
del campesino. Es el campesino, y su denominación como “gau¬
cho” obedece a ciertas peculiaridades, que en una parte del
campesinado se acentuaron por contingencias muy diversas. EL
gaucho es el pobre, el trabajador sin oficio especializado, míe,
hubo de~Lrtrsearse~^á~vuIa desempeñando las faenas propias de j
nuestra. i.n.eipiente_ industria pastoril. ~No~puede haber duda de
que se trataba del mestizoGengeñcbádo en los azares de la mar¬
cha del conquistador o del colono, estableciérase o no en un
paraje. Pero„el_tipo social más que étnico , se perfila cuando
comienzan a constituirse las, castas ele los hacendados—y los mi¬
litares y a codificarse el rango de las personas por su estirpe
o posición económica. Entonces van quedando, desclasificados,
fuera de los grupos que se condensan por afinidades propias de;
rango o de intereses; y en calidad de parias, como también seí
les ha designado, peregrinan por los campos, a caballo, mez¬
clados con los animales mostrencos más que con las personas.
Pueden agruparse, para desempeñar en cuadrillas algunos tra¬
bajos; pero ya su sino y su carácter están acuñados. De modo
que las peculiaridades que diversos observadores en diversas
épocas y lugares les atribuyeron, coinciden, más que en las
cualidades personales, en las cualidades de clase, de oficio, de
existencia. Dice Vicente F. López:

Así, los primeros españoles de las pampas se transformaron de agricultores


en ganaderos exclusivamente, y en cazadores. Más tarde, cuando el país
conquistó y proclamó su independencia, se sucedieron incesantes guerras ci¬
viles, similares a los combates entre “cuervos y urracas”, salvo que en lugar
de picos se usaban cuchillos. Todo eso contribuyó a sumir a los habitantes
de las pampas cada vez más hondamente en una vida ruda y salvaje.

Es indiscutible que el medio y las exigencias de la lucha


por la vida, la necesidad de formar una familia, las condiciones
142 LA FRONTERA

de su trabajo, del indumento que se relacionaba con él, del


clima, de innumerables factores, le dio una fisonomía que acaso
lo distinguiera del artesano y del habitante de los pueblos. Pero
se trataba siempre de modalidades genéricas dentro de las cua¬
les, como ocurre con los miembros de las sectas y los gremios,
los rasgos comunes cristalizaron en otros personalísimos. ¿Cuán¬
do comenzó el paisano de los campos sin linderos su peregri¬
nación? Esto es absnrdo averiguarlo: cuando comenzaron los
hijos del blanco y la india a encontrarse desplazados de su
propio hogar —los “gauchos”—; cuando hallaron la forma de
independizarse por el provecho de su trabajo o de su ingenio;
cuando se diferenció la población estable de los pueblos de la
población trashumante de los campos. Lo fundamental en él
es la movilidad, la falta de arraigo y, consecuentemente, el
instinto ambulatorio. Ni el padre ni la madre los tuvieron;
tampoco las condiciones ambientales podían creárselos, sino al
contrario. Sus antecedentes hereditarios y sus condiciones de
subsistencia concurrieron a darle este rasgo de su fisonomía
moral, que unánimemente se le ha reconocido, aunque las in¬
terpretaciones sean dispares. Por eso dice bien Luis Franco que
la pampa que engendró los ganados y los pastizales, engendró
al gaucho, y que sus cualidades psicológicas convienen al paisaje.
De todos los autores argentinos que se han ocupado de de¬
finir al gaucho, según sus componentes étnicos, el único que
llega al extremo de encontrar en él diferencias somáticas y
temperamentales tan acusadas como para configurar un tipo
auténtico diferenciado, es López, que dice en su Historia de
la República Argentina:

Todas estas diferencias de la contextura y del temperamento habían esta¬


blecido una línea de separación tan firme entre el gaucho y el español, que
era imposible no ver en él una derivación del tipo colonial que había ve¬
nido a constituir una raza esencialmente distinta y característica... Somos
también esencialmente americanos, y habíamos dejado de ser españoles, has¬
ta por el tipo, al hacer su explosión la grandiosa Revolución de Mayo.

En otro lugar subraya:

La influencia del clima, sus hábitos de vida, eran tan poderosos que traba¬
jaron su ser físico de tal manera, que era notable cuánto se diferenciaba
del hombre europeo. El uso del caballo y la vida de los campos fueron cau-
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 143

sas tan grandes, que hasta habían alterado la forma de su cuerpo y la na¬
turaleza misma de sus ideas de una manera absoluta... Su cuerpo era por
consiguiente muy ágil. Sus miembros demostraban, por su esbeltez y deli¬
cadeza, que de una generación en otra se habían criado sueltos de las tareas
abrumadoras y serviles de la agricultura o de la industria.

Lugones lo caracteriza así: “el pie chico y el tobillo fino” (“Juan


Rojas”, en Poemas solariegos). Mitre, a su vez, clice del gaucho
que “era una nueva y hermosa raza”, pero estas palabras deben
ser interpretadas en su intención encomiástica, sin estricta re¬
ferencia a caracteres biológicos, sino puramente a los de su
psicología. En calidad de predicado, es verdad que aún con¬
serva estigmas de su origen. Con sus indelebles rasgos pervive;
y si no constituye una raza propia, sí ha dado una tonalidad
a la historia y todavía impone sus relieves morales y mentales
más acusados en la marcha de los acontecimientos políticos de
nuestros tiempos.
No solamente hubo este tipo de campesino en las orillas
del Plata, sino tierra adentro: en Brasil, en Uruguay, en el
Norte. Precisamente la primera mención del gaucho que se
encuentra en un documento oficial —del general San Martín,
según dice Coni— se refiere a los gauchos salteños que militaron
con Giiemes en las guerras de guerrilla de la Independencia.
Los hubo en Paraguay, como en Bolivia y en Venezuela. Se
asemejan por muchísimos rasgos de su vida y de su trabajo;
de modo que más oportuno sería configurar sus condiciones de
existencia que sus cualidades espirituales o indumentarias.
Los mismos primeros pobladores peninsulares debieron de
adquirir sus hábitos y sus aspectos; y ya el padre, antes de
engendrar los hijos, fijaba las pautas a su vida. Trajeron, sin
duda, de la tierra natal, propensiones al género de vida que
luego habrían de llevar en estas tierras, a poco que se indepen¬
dizaran de las autoridades de la Corona. En su artículo publi¬
cado en El Centenario (t. I, Madrid, 1892), Juan de Dios de
la Rada y Delgado dijo:

Hallábanse fatigadas de muchos y escandalosos robos las ciudades y villas


principales del reino; cundían en todos los pueblos de España los homici¬
das y los salteadores, y eran aquéllos triste presa de infinitos insultos y
de toda clase de crímenes. No podían los hombres buenos defender sus
patrimonios y haciendas de estos malhechores que no temían a Dios ni al
144 LA FRONTERA

rey. Unos, menospreciando las leyes divinas y humanas, usurpaban todas


las justicias; otros, cruelmente salteaban y mataban a mercaderes, cami¬
nantes y a hombres que iban a ferias... (cita en Luis C. Pinto, El gaucho
y sus detractores).

Los orígenes del gaucho están en los orígenes de la vida


pastoril de los mismos colonos. De los heterogéneos contingen¬
tes de soldados, labriegos, jornaleros y advenedizos que trajo la
Conquista, y de la cruza con las aborígenes, quedó esa pobla¬
ción rebelde a todo sometimiento, resentida contra el poderoso,
esparcida sin ¡varadero. Emilio Alonso Criado, en su respuesta
a la encuesta de la revista Nosotros, admite la mayor influen¬
cia, en la formación de esas poblaciones, del andaluz;

Transportados a este medio los andaluces conservaron sin mezclas sus pe¬
culiaridades, su fogosidad, su hiperbolismo, su alegría comunicativa, sus
rasgos prominentes; su amor a la mujer y al caballo, la independencia y ese
perfume de gitanismo...

Y cita, de Ernesto Quesada:

La vida aislada en las soledades sin fin les dió su razón y su linaje: torná¬
ronse melancólicos y resignados, modificando su carácter, que ganó en se¬
riedad lo que perdió en brillantez. Y así, el descendiente de andaluz a la
larga se convirtió en el “gaucho argentino”.

Este historiador, más categóricamente, ha afirmado:

Los primeros expedicionarios españoles vinieron de Andalucía: los "ade¬


lantados”, a cuyo cargo corrió la conquista de esta parte de América.

F. Sánchez Zinny, en su libro El gaucho, admite esa genea¬


logía:

Ya lo be dicho alguna vez: el auténtico gaucho era indudablemente de


ascendencia andaluza. Vale decir, traía en sus venas sangre árabe.

Pedro Elenríquez Ureña estudió los andalucismos en la len¬


gua que hablamos; Sarmiento y otros autores creyeron ver, en
los modales y comportamiento del compadre y del gaucho, re¬
sabios del “majo” y del “chulo”.
Ya en 1617, Hernandarias se refería a ellos como “gente
LOS HABITANTES: EL GAUqHO 145

perdida que tenía librado su sustento en el campo”. Hernando


de Monsalvo, en 1579, escribía al rey que tenían “poco respeto
a la justicia, a sus padres y mayores”, y el Padre Rivadeneyra,
anotando sus rasgos comunes, dice que

son todos muy hombres de a caballo y a pie, porque sin calceta ni zapatos
los crían; que son como unos robles, diestros con sus garrotes, lindos arca¬
buceros por cabo, ingeniosos y osados en la guerra y aun en la paz.

Su aparición es simultánea en las tierras adonde va el ex¬


pedicionario. Sánchez Zinny continúa:

Con las encomiendas surge otro factor concurrente de gran importancia en


la formación diferencial del gaucho. En esos lugares, los españoles y crio¬
llos se cruzan a elementos aborígenes con los cuales conviven. La rivali¬
dad hispano-lusitana agrega otro motivo divergente. Varias campañas mi¬
litares y encuentros de guerra pusieron frente a frente en tierras del Plata
a las legiones de Castilla y Portugal. Las acompañaron engrosando ambos
ejércitos adversarios, los habitantes criollos de los campos. Para éstos, tan¬
to los españoles como los portugueses representaban el sentido antagónico
de sus tendencias vitales. Luchan con ellos para luchar contra ellos.

Las vicisitudes ulteriores de esa clase de hombres y de fa¬


milias, abandonadas ciertamente a una existencia sin ciudada¬
nía, muy semejante a la del indio, es otro problema que no
ha sido estudiado por nuestros historiadores ni cronistas. De
modo que las incertidumbres acerca de los orígenes del gaucho
forman parte de esa masa inmensa de hechos históricos que
deliberadamente se consideran fuera del interés de la historia
argentina.

LA PALABRA “GAUCHO”

La palabra misma, “gaucho”, tiene una historia que es in¬


dependiente de la historia del personaje. La verdad es que,
para muchos, el juicio que merece éste depende, en cierta me¬
dida, del abolengo de la palabra. Ella es despectiva en casi
todas las etimologías que se le han encontrado o elaborado.
Acaso la más auténtica sea la peor: aquella que por metátesis
se forma de huacho, “guacho” (huérfano), en quechua. Eso
146 LA FRONTERA

era el gaucho: un ser sin padre ni familia, tal como se pre¬


sentan los personajes del Martin Fierro.
Groussac, en el libro El viaje intelectual (“A propósito de
americanismos”), ha investigado ese origen lexicológico. Sus
pacientes búsquedas nos dan casi todo el material filológico
disponible, aunque en definitiva hayamos de optar de acuerdo
con predilecciones personales. Mas es curioso cómo diferentes
voces coinciden fonética y analógicamente con el sentido que
luego adquiere, en su forma predominante, la palabra “gaucho”.
He aquí el planteamiento y las razones de Groussac:

¿Cuál es el origen de la palabra gaucho? Era imposible que el vocablo so¬


noro, representativo del grupo airoso y exótico que arroja la nota pinto¬
resca en el vasto escenario pampeano, no excitara la imaginación del via¬
jero y amante del color local. Casi todos han arriesgado sus conjeturas eti¬
mológicas, presentándola, no como tal, sino como una conclusión fundada
en su conocimiento da las lenguas indígenas. Algunos optan por huacho,
término quichua que significa algo así como huérfano, aplicándose a los
animales criados lejos de la madre. Otros prefieren emparentarlo con el
chilenismo guaso, hombre de campo que es, según Vicuña Mackenna, “pa¬
labra quichua y araucana a la vez”; es en todo caso quichua, y vale tanto
como “lomo” o “espalda”. Casi todos los franceses adoptan la etimología
de Martín de Moussy, que deriva gaucho “de la palabra araucana gatchu,
que significa compañero”. He buscado vanamente gatchu (lo mismo que
guaso o huazo) en el vocabulario clásico del padre Fabrés; pero sí he halla¬
do cachú, por “amigo”, y lo propio en el Manual de la lengua pampa del
coronel Barbará. Por fin, no ha faltado un orientalista de ocasión que en¬
contrara el origen de gaucho en el “árabe” chaouch, “tropero”, cuyo nom¬
bre habría volado desde el Yemen hasta el Plata sin asentarse una hora en
España, donde nadie lo conoció jamás... Gauderio se dijo al principio y
se escribió durante muchos años, hasta que la abreviación denigrativa gau¬
cho entrara en competencia con la voz originaria, concluyendo por desalo¬
jarla en absoluto. La desinencia despectiva tiene tanto que ver con la eti¬
mología como en los casos de calducho, animalucho, etc. Creo que hasta
fines del siglo pasado (el xviii) no se generalizó la forma que luego había
de prevalecer. Por primera vez en la Descripción del Paraguay y del Río
de la Plata, que se redactó a principios del siglo, veo figurar yuxtapuestas,
las dos voces sinónimas (pág. 310): “Además de los dichos, los vaquéanos
(sic), hay por aquellos campos, principalmente por los de Montevideo y
Maldonado, otra casta de gente, llamados más propiamente gauchos o gau¬
derios”. Ello no importa afirmar que nadie, antes de Azara, haya apareado
ambas designaciones... Es notable, al par que instructivo, el hecho de que
en tan breve lapso como el que media entre el Virreinato de Del Pino y
las guerras de la Independencia, haya caído en absoluto desuso la primera
forma, sustituyéndola por completo la segunda. La revolución recogió el
epíteto injurioso, como hicieran con el de gueux los flamencos del siglo
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 147

xvi y lo paseó triunfante por los ámbitos de tres virreinatos. A fines del
siglo pasado, el apelativo gauderio era de uso corriente en estas provincias;
figura en gran número de documentos privados y también oficiales... Lo
encontramos en el Diario de Alvear, y lo propio ocurre en los de otros co¬
misarios o funcionarios, como Doblas. Remontándonos algunos años, da¬
mos con una copiosa pintura del tipo en el Lazarillo de ciegos caminantes,
impreso en 1773, pero cuyo autor se refiere al gobierno de la Rosa en
Montevideo, por el año 65. El gauderio es el vagabundo agreste de la cam¬
paña oriental. “Muchas veces se juntan de éstos cuatro o cinco (a quienes
con grandísima propiedad llaman gauderios), con pretexto de ir al campo
a divertirse, no llevando más que el lazo, bolas y un cuchillo. Se convie¬
ne para comer la picana de una baca o un novillo... otras veces matan una
baca por comerle la lengua o el mata hambre”, etc. No se remonta, pues,
más allá de mediados del siglo pasado la “literatura” histórica del gaude¬
rio. En ningún documento anterior a 1750 he hallado esta designación:
no las traen el P. Lozano ni otros escritores misioneros de la región, mu¬
cho menos los de esta banda del Río de la Plata, como los PP. Cardiel,
Quiroga o Falkner.

Más se aproxima Groussac a la etimología lógica en el


artículo “El gaucho’’, de la misma obra, al decir que

la palabra gaucho nunca fué escrita ni conocida en España sino por tras¬
lado americano. No se debería, pues, buscar en otra parte, sino aquí mis¬
mo, su etimología, si el resultado valiera el trabajo de la investigación.

El ingeniero Emilio Coni (en su disertación sobre “Los


distintos significados de la palabra ‘gaucho’ a través de tiem¬
pos y lugares”, leída ante la Academia Nacional de la Elistoria,
el 26 de octubre de 1941) admite que desde la época colonial
a los asalariados del campo se les denominaba “peones”; que
en 1730 nace la palabra “arrimado” o “agregado” que se aplica
al paisano vagabundo que pasa estadas más o menos largas en
las estancias; que en 1770 aparece la palabra “gauderio” y en
1790 la primera mención documental de “gaucho”. Dice así:
“malévolos, ladrones, desertores y peones de todas castas que
llaman gauderios o gauchos”. Se refiere a gentes de la fron¬
tera brasileño-uruguaya. Establece Coni que apenas difundidas
las voces “gauderio” y “gaucho”, empezaron en el Uruguay las
confusiones entre esos términos y el de “paisano”. Como conse¬
cuencia del uso indistinto, incurrieron en error Concolorcorvo
(en 1773), Alvear (en 1784) y Lastarria (en 1800-4); Azara es
el único que distingue, en su sentido actual, entre gaucho y
148 LA FRONTERA

paisano. En un expediente judicial de 1795 un procesado niega


ser gaucho, lo cual indicaría que ya en ese tiempo el términp
se juzgaba injurioso. Los acontecimientos militares de la Inde¬
pendencia presentan la palabra con nuevo significado, durante
el sitio de Montevideo en 1811, y, según el mismo autor, hasta
1814 “gaucho no se había aplicado a ninguna persona residente
en la Banda occidental del río, y hasta 1803 no aparece en la
documentación portuguesa”.
Cita Mitre una mención oficial de la palabra por San Mar¬
tín, en un documento del 23 de marzo de 1814: “Los gauchos
de Salta solos están haciendo al enemigo una guerra de recur¬
sos tan terrible”. . ., que no deja lugar a dudas de su empleo
conforme al uso corriente. Pero ya Martín de Moussy entiende
por gaucho al vagabundo de los campos, cuando dice:

En las inmensas llanuras de la pampa vive y se desarrolla esa población de


los pastores llamados impropiamente gauchos... En la campaña designa
esencialmente al hombre errante que vive tan pronto en una estancia, tan
pronto en otra, sin ocupación fija, pidiendo aquí o allá una hospitalidad
que nunca se le niega, pagando en la ocasión con pequeños servicios.

Para Moussy, gaucho equivale a cantor de pulpería, según


el retrato que nos dejó, en el Facundo, Sarmiento. Agrega:

Se le aplica el calificativo de malo, gaucho malo, cuando se le atribuye ha¬


ber raptado algunas jóvenes, herido o muerto camaradas y soldados, en esos
duelos a cuchillo tan frecuentes cuando algunos vasos de caña han exalta¬
do los espíritus (en Descripción géographique et statistique de la Confédé-
ration Argentine, t. II, p. 281. Cita de El gaucho y sus detractores, de Luis
C. Pinto).

Moussy es el primero de los cronistas extranjeros que per¬


cibe la diferencia entre gaucho y paisano, mientras que, des¬
pués de Concolorcorvo, Alvear y Lastarria, incurren en el error
Blackenridge, Darwin, los Robertson, Head, Andrews, Mar-
mier, Mantegazza, etc. Quizás no se trate de un error, como
dice Coni, sino de la acepción nominativa común en la pri¬
mera mitad del siglo XIX, aunque luego cayera en voz des¬
pectiva. Es posible que, a pesar de su conocimiento del tema,
Coni haya exagerado al decir:
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 149

El significado “gaucho” entre los campesinos de Buenos Aires no puede ir


a buscarse en la poesía gauchesca de Hidalgo; Ascasubi y Llernández, pues
ésa no ha sido poesía popular sino popularizada, ya que no ha sido reco¬
gida en la tradición oral legada por varias generaciones de campesinos, si¬
no escrita por gente culta de la ciudad, que a gran parte de fantasía le
agregó “un poco de tradición”.

Si, efectivamente, la palabra tuvo hacia los años 1872, en


que aparece el Poema, un sentido desfavorable, se plantearía
una curiosa cuestión por el uso intencional de la palabra no
solamente en el título, sino enfáticamente en varios lugares del
texto. La verdad es que en la Ida se la encuentra más abun¬
dantemente usada, y que en el Cancionero bonaerense, de Bue¬
naventura Lynch, como señala Coni, “sólo por excepción’’ los
cantores populares cuya versión tomó ese investigador usan la
palabra gaucho en acepción simpática. En su Cancionero de
Salta dice Juan Alfonso Carrizo:

Lo cierto es que ya en Mac Cann leemos: "La palabra "gaucho” es ofensi¬


va para la masa del pueblo, por cuanto designa un individuo sin domicilio
fijo y que lleva una vida nómada; por eso, al referirme a las clases pobres,
evitaré el empleo de dicho término”. En las Memorias de Paz, encontra¬
mos: “...las masas, la plebe, los gauchos en una palabra”. Ingenieros se¬
ñala, en su Evolución de las ideas argentinas: “Todos los habitantes de la
campaña que hablaban español se llamaban “criollos” o “hijos del país”,
hasta que la Revolución formó con ellos milicias de a caballo al servicio
de las pequeñas oligarquías blancas. Es tradicional la fama de los gauchos,
y con este nombre merecen pasar a la historia”.

Mucho más enérgico es Milcíades Alejo Vignati en su pró¬


logo a la última edición del Vocabulario rioplatense, de Fran¬
cisco Javier Muñiz, donde dijo:

El gaucho... es compendio de todo lo que en la naturaleza humana hay


de inferior y depravado, encarnación de todos los apetitos innobles y bru¬
tales... Se impone una franca reacción entre el elemento ilustrado y diri¬
gente para relegar al gaucho al bajo fondo propio de sus hábitos ruines y
enaltecer, por el contrario, la meritoria labor del “paisano” o el "criollo",
según quiera llamársele.

En un tema de investigación los juicios ocupan uno de los


dos extremos de la alabanza o del desdén. Cada cual tiene
“su” gaucho.
150 LA FRONTERA

MESTIZAJES

He aquí la terrible palabra, la palabra proscrita: mestizaje,


clave de gran parte de la historia iberoamericana. La tragedia
de los pueblos sudamericanos en su cuerpo y en su alma, que
pertenecen a dos mundos separados; el secreto de la violencia
y el encono que el mestizo lleva en su sangre y en su espíritu.
Que los mestizos fueran hijos de mujer india y varón español
o portugués, esto es lo biológico, el estrato étnico; pero que los
hijos fuesen el testimonio viviente de una afrenta y de una
incontinencia, esto es lo psicológico.
La animadversión del mestizo contra el blanco y contra el
indio a la vez es un carácter psicológico de sumo interés para
la historia. Ha de considerarse también como respuesta al des¬
precio que por él tuvieron el blanco y el indio. El mestizaje
no fue un proceso natural, de fatales circunstancias que se acep-
taran, sino, desde sus comienzos, un acto imperativo y violento,
que amalgamó un resentimiento de desprecio. Como anotaron
José Juan y Antonio Ulloa:

En las Indias es cosa honrosa para aquellas gentes el darles sus hijas en
matrimonio, huyendo de hacerlo con los criollos cuyas faltas de familia (ca¬
si común en todas) y defectos de proceder son públicos entre ellos.

En la segunda mitad del siglo XIX todavía subsisten esos ras¬


gas primitivos, y Lynch consigna en su Cancionero, con res¬
pecto al gaucho, que “puede decirse descendiente de dos razas,
la blanca y la cobriza”; que “sentía correr por sus venas la ar¬
diente sangre de los andaluces y la belicosa de los querandíes”.
En Nuestra América, Carlos Octavio Bunge insiste exage¬
radamente en la importancia psicológica de la cruza del blanco
con la india y la negra. No se trata de dos razas que se fun¬
den, de seres con experiencias y necesidades distintas, que
convienen, por la pasión o el interés, en unir sus vidas y per¬
petuarse en la prole: son dos fuerzas en pugna, la fuerza del
invasor cuyo dominio comprende la naturaleza y el ser hu¬
mano, y la fuerza de la hembra sometida, que se rebela y cede,
con sus hábitos de vida, código de moral familiar, instintos
domeñados. Son los hijos, en qtdenes ese conflicto adquiere
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 151

categoría de personas y de conciencia, los que plantean en sí


el más grave problema. “Se pueden borrar todos los estigmas,
dije en Radiografía de la Pampa; esa gota de sangre ofendida
es inmortal’’.
Las uniones fortuitas no consolidaban el hogar, lo nega¬
ban aun en su misma constitución, de llegar a formarse. Lo
común era el abandono de la madre y la cría, o la convivencia
de ella en el seno de otra familia lícita, como familia espuria,
adulterina. Aquí está la razón de la mayoría de los motines y
revoluciones, el fermento de esa energía reprimida que estalla
contra el orden y la norma. Expulsados o emancipados pre¬
maturamente de la tutela paternal, los desheredados de todo
patrimonio se ponían fuera de la ley y de la sociedad que los
consideraba cuerpos extraños. Unos aceptaron la severa suerte
del gaucho vagabundo; otros orientaron su fuga hacia el seno
de la sociedad que los repelía. Unos luchaban desde fuera,
desde los campos, para violentarla; otros, desde dentro. Aquel
odio del hijo al padre, de la madre al marido, que advirtió
Azara, se transformaría en un desafío perpetuo. Por eso, en
su obra En vísperas, dice Mansilla:

Forzosamente tienen que ser tan intrincados todos los asuntos o problemas
argentinos de orden material y moral; la Sociología de semejante mestiza,
singular aglomeración, en sus exigencias económicas actuales y en sus pro¬
yecciones venideras.

El único reducto donde a la vez desaparecían su origen bas¬


tardo y sus contenidas fuerzas reprimidas de destrucción era el
ejército. Los grandes ejércitos sudamericanos han sido “una
manía montonera” —Sarmiento—, pero también una institu¬
ción permutadora de impulsos antisociales en fuerzas discipli¬
nadas de agresión. Reclutaban los ejércitos, más que gauchos
alzados contra el orden, energías de disolución y desorden, or-
ganizándolas con un objetivo y un lema. El comandante de
campaña que los acaudillaba era un agente de agitación y de
violencia, pero al mismo tiempo un dializador y un coagu¬
lante que daba una dirección y un cuerpo a la acción indivi¬
dual de las gentes de las llanuras.
Formaban sus tropas unificando los elementos dispersos, y
los lanzaban en batallones contra las fortalezas impenetrables
152 LA FRONTERA

para el individuo aislado. El ejército contenía los fermentos de


la nada, pero el bandido se había reducido a soldado. La ley
del cuartel era la ley más comprensible y admisible: perdía el
recluta su libertad personal de acción, pero la multiplicaba en
la acción común, y sus designios alcanzaban la magnitud de
una empresa libertadora. Los caudillos deciden que las fuerzas
hostiles de la campaña se inclinen en pro del blanco contra
el indio, y que la guerra civil desorganice y finalmente deje
libradas a su suerte las tribus del Desierto. Ouien consuma esta
cruzada decisiva es Rosas; pero la independencia que él realiza
es la contrarrevolución, la “conquista”. Lo que interesa en este
momento es fijar el sentido que los mestizos tienen como tropa,
como ejército que hace de su vindicta un ideal, de su indivi¬
dual venganza un programa nacional de victoria por las armas.
Sería ociosa toda averiguación del sentido de nuestra his¬
toria, y de las de los demás países sudamericanos, si se pres¬
cinde de este problema moral del mestizo. En gran parte el
hecho de que no tengamos obras de sociología, sino esbozos
incompletos y provisionales (Sarmiento, Alberdi, Mitre, J. A.
García, J. V. González, J. Ingenieros) se debe a que el pro¬
blema del mestizo se ha considerado superado ya. Unicamente,
en sus últimos años. Sarmiento (en Conflicto y armonías de
las razas en América) puso ese problema en el centro de todos.
Sigue siendo un problema de actualidad, y nadie podrá de¬
ducir ni una sola consecuencia racional y justa si prescinde
de los orígenes, de las causas, de la etiología. Ahí, en los oríge¬
nes y en las causas, no sólo están los antecedentes, sino que
la actualidad está allí más que acá, en los hechos inconexos
de la historia del momento que vivimos. Uno de los mejores
conocedores de nuestra campaña, hombre veraz ante todo, el
coronel Alvaro Barros, que vivió en fronteras veinte años y
llegó luego a gobernador de la provincia de Buenos Aires,
da una hipótesis de las más verosímiles acerca del problema
moral del mestizo en estas palabras:

El indio espantado huyó a refugiarse en el desierto, y la mujer india que¬


dó esclava del conquistador. En su solitaria libertad concibió aquél la idea
de una injusta represalia, invadió y se llevó cautiva a la mujer del hombre
civilizado. La mujer india dió luego a luz al “gaucho” en la ciudad, y el
“gaucho” nació también de la mujer cristiana en el desierto.
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 153

El gaucho era eso: un resentimiento. Sus hijos eran gauchos,


eran una prolongación de su encono que ya había dejado de
ser idea y razón, incorporado a su sangre y a su aliento. Con
esa hipótesis coincide Rafael Obligado, quien en su carta a
Martiniano Leguizamón, publicada en La Nación del 7 de
febrero de 1909, le decía:

Para mí los gauchos no fueron en realidad criollos, sino mestizos de indí¬


gena y español. Esto está patente no sólo en sus caracteres étnicos, sino
también en su lenguaje, donde abundan los neologismos americanos.

Bartolomé Mitre llegó también muy hondo en el veredicto


de la importancia que tuvo para la historia argentina —y de
todas las análogas sudamericanas— esa aparición en los campos
del hijo de nadie. En su Historia de Belgrano escribió:

Los indígenas sometidos se amoldaban a la vida civil de los conquistado-


íes, formaban la masa de sus poblaciones, se asimilaban a ellos, sus muje¬
res constituían sus nacientes hogares, y los hijos de este consorcio forma¬
ban una nueva y hermosa raza, en que prevalecía el tipo de la raza euro¬
pea con todos sus instintos y toda su energía, bien que llevara en su seno
los malos gérmenes de su doble origen.

Con el gaucho se juntaban, para defenderse contra la socie¬


dad y sus vandálicos heraldos, los malhechores de toda laya.
Formaban poblaciones trashumantes, tropas que se introdu¬
cían en los cuerpos del ejército regular, medrando o dedicán¬
dose a la rapiña y el pillaje.
Uno de los aspectos psicológicos de esa situación del hijo
sin^aUfeT~era“surdesprecio por los españoles, su odio~amtra
los blancos de las ciudades. Ese rencor se avivó durante las
luchas de la Independencia, en cuyas filas libertadoras ocupa¬
ron honrosos sitios y más tardecen esas guerras de pillaje que
hemos llamado, por similitud con las de César, _ Guerras Civi-
l£s¿_en que hemos visto que el gaucho procedía con~Ia~mísma
brutalidad del indio al hacer prisioneras y cautivas a las mu¬
jeres de las ciudades.
Otra indiscutible autoridad sobre el asunto, el historiador
Vicente F. López, que ninguna simpatía tuvo para España y
la conquista pero sí excesiva para los vástagos y dereclrohabien-
tes, escribió;
154 LA FRONTERA

Nada había que estuviese más lejos de la mente o del recuerdo de los gau¬
chos argentinos, que la idea de que ellos fuesen españoles, o de que lo hu¬
biesen sido alguna vez. Su acento era diferentísimo; su idioma completa¬
mente recortado en otra forma, aunque con los mismos elementos; sus acep¬
ciones exóticas y bastante numerosas para hacerse incomprensibles de un
hombre de España que no estuviese habituado a interpretarlas. Y sobre
todo, lo que lo separaba de sus orígenes europeos era el caballo y la vida
libre de los campos. Estas dos causas habían sido tan poderosas que habían
alterado las formas de su cuerpo y la naturaleza misma de sus ideas.

Extraordinario testimonio de un hombre perspicaz, que vio


en sus tiempos el apogeo de multitudes de gauchos integrando
contingentes, mazorcas y salteadores. Según López, procuraba
el gaucho, con rencor, diferenciarse de sus antecesores blancos;
y llegaba hasta desfigurar el idioma que hablaba, dando lugar
al lenguaje híbrido que llamamos gauchesco en la literatura, y
que corresponde al habla popular campesina. El problema de
si esos males originarios pueden llegar a trastornar la vida
entera de un país, a fundamentarla en falso, es distinto. Yo
creo que sí. Creo, además, que el inmenso, irremediable daño
con que se perpetuó ese mal, fue la hipocresía de todos, la
hipocresía como dogma católico desde los historiadores mi¬
núsculos (los que siguen a Mitre y López) hasta los repre¬
sentantes legítimos, puros, de las montoneras que por uno u
otro camino llegaron al gobierno.
Lo importantísimo es, a esta altura, la transformación que
se opera en el alma del gaucho —del mestizo— a la caída del
gobierno colonial y a la avalancha de la ola inmigratoria de
1860. El odio contra el español se envasa en el odio contra
el indio. El desprecio contra el español, en el desprecio contra
el gringo. Son dos derivativos. El odio queda fresco. Y, mas
tarde, cuando ya el gringo y el indio han pasado de su período
llamativo, contra lo americano y lo nacional, contra lo humano
y lo racional, contra lo nuevo y progresista. De modo absolu¬
tamente extraño, se cierra así un ciclo. Y los patrioteros de
hoy eran ayer los enemigos de la España invasora, ahora ene¬
migos de la España republicana; ayer los amigos de los revo¬
lucionarios libertadores y hoy los amigos de la invasión falan¬
gista española. Es un fenómeno curioso de transferencias; pero
no es éste el lugar propio para estudiarlo.
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 155

EL GAUCHO EN LA INDEPENDENCIA

En ese estado de dispersión y disociación encuentra al gau¬


cho la Revolución de 1810, y lo alista en la tropa. No íue
preciso reclutar a viva fuerza al gaucho ni al indio, sino que
voluntariamente concurrieron al llamado de los jefes para ope¬
rar en las expediciones, de buena fe. Aunque las fuerzas prin¬
cipales se reclutaran en las ciudades, los campos engrosaron las
filas y contribuyeron con sus contingentes de gauchos y de in-
dios._Fueron, unos y otros, factor primoídial en. las victorias
“desdg_Jjiúpadh.a y ..Ma-i-pii” ..hasta las últimas asonadas del cau¬
dillaje, donde, entremezclados los elementos rurales con los
urbanos, constituyeron la legión de los “matadores de hombres”
antes de esparcirse por las estancias y los campos, perseguidos
y sin amparo.
Los primeros batallones para la defensa del país se forma¬
ron con gauchos adiestrados en el manejo de las armas de
combate, adaptación bélica de sus instrumentos de trabajo. De
estos primeros batallones dice Buenaventura Lynch en su Can¬
cionero, repitiendo a Mitre:

Aparecen en escena en 1806, cuando la primera invasión inglesa. Juan Mar¬


tín Pueyrredón, a la cabeza de algunos amigos y un grupo de paisanos sale
a interceptarle el paso (a Beresford) a la altura de Moreno. Viene la re¬
conquista y con ella aparecen centenares de jinetes armados del lazo y las
boleadoras.

Se re¡:>ite en esa oportunidad la observación de Alvear, en


su Diario:

Una milicia constituida sobre el pie de montura, lazo y bolas de los gau¬
chos o gauderios (así se llama a los hombres de campo), por la ligereza de
estas armas... y, finalmente, por su mayor alcance, nos hace presumir, po¬
dría sacar alguna ventaja sobre el sable de la caballería europea.

Era un elemento aleatorio, advenedizo, y jamás se lo consi¬


deró en calidad de “clase” (la clase de los desclasificados). Se¬
tenta años después de la Independencia, su suerte, echada ya
en tiempos de la Colonia, no había variado. Hernández repro¬
cha (en Instrucción del estanciero, tanto como en el Martin
156 LA FRONTERA

Fierro) a los gobiernos su despreocupación por mejorar su con¬


dición de ilotas. No se refiere a su situación como jornalero,
pues el desamparo del paisano era para él, más que una cuestión
económica, un asunto social. Arbitrario o no el concepto, es
indiscutible que tal fue y es la función de paterfamilias feudal
que se atribuye al Estado —superfetación del caudillo— en con¬
dición de los campesinos, antes considerados con los indios como
posibles milicias de emergencia, luego como aporte electoral y
ahora como instrumentos de intimidación contra el pequeño
propietario rural.

Por otra parte, la vida militar, llevada sin tregua desde los primeros días
del siglo, había alejado de las faenas rústicas los brazos viriles, y la tierra
abandonada por tanto tiempo no daba a aquella enorme masa de población
ambulante el alimento necesario para la subsistencia; y de tal manera,
perdidos los hábitos de trabajo, sus hordas se dedicaban al saqueo de la
propiedad ajena, de aquellas gentes sosegadas que habían heredado la
fortuna de sus mayores y que sólo se ocupaban de conservarla. Pero, per¬
dido el respeto de la propiedad, se pierde también el del hogar que
ella sustenta y anima con sus frutos; lo que al principio fue un tributo
forzoso para la guerra de la emancipación, fue luego el objeto de las
devastaciones famélicas de la soldadesca enfurecida; y, por último, los
hogares y las personas cayeron sin piedad al golpe del sable y de la lanza
tristemente memorables. Sus jefes no tenían los medios materiales ni
legales de alimentar el cuerpo ni las pasiones de sus secuaces, y su sistema
de ganar su afecto y su adhesión no era otro que lanzarlos al exterminio
y al pillaje (J. V. González, La tradición nacional, II).

Ese “abandono por el gobierno” era una fase casi postuma


de su existencia histórica. Durante más de cinco décadas fue el
gobierno quien veló por ellos, dándoles ocupación bélica de
acuerdo con sus inclinaciones naturales. El abandono siguió al
uso, lo mismo que tras las campañas de la Emancipación. Puede
decirse, sin hipérbole, que halló para ese tipo humano tan
original las ocupaciones que concertaban sus instintos y ambi¬
ciones con el ejercicio de una profesión aparentemente decorosa,
ya en las filas de los caudillos, ya en las del ejército.
Cuando Hernández encuentra al gaucho desplazado a la
frontera, es que su misión social ha concluido y el país está
dividido en dos porciones, una de cultivo y otra de barbecho,
que lo repelen por igual. Si resistió al servicio militar y pre¬
firió huir de las levas o desertar, esa actitud respondía a su
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 157

noción de una mayor exigencia con mayor provecho en su oficio


de soldado de los ejércitos de línea o de fronteras. Bien dis¬
puesto, estaba, en cambio, a servir al jefe de cáfila que con la
derrota de Rosas había depuesto las armas de combatir. Muchos
de los caracteres adquiridos que se imprimen, como idiosincra¬
sia histórica, en los hechos más significativos de la reorganización
nacional, provienen de la naturaleza de ese elemento humano
reclutado en los campos. Pero si ese mismo procedimiento cons¬
tituyó la riqueza inicial del terrateniente y del ganadero, en
cuanto que el reclutamiento era la equivalente apropiación lisa
y llana de tierras y ganados del indio, resultó para el ejército
un daño tan grande como el beneficio para el país. Esos ele¬
mentos maleados se sustraían a los oficios del pillaje y la reyerta
incorporándoselos a los batallones que, tras la guerra del Para¬
guay la Conquista del Desierto, adquirían títulos y privilegios
en calidad de ciudadanos beneméritos. Con ellos se hizo la Inde¬
pendencia, con ellos se consumó la Conquista que en vano los
españoles intentaron durante tres siglos y medio. Groussac, en
El viaje intelectual (“El gaucho”), admitió el mismo aporte a
las milicias de la Emancipación y a las de los caudillos, pues si

algunas veces, por gran casualidad, el gaucho era "habido” y enviado a


la frontera..., la vida del fortín no cambiaba mucho sus costumbres,
como que sus actuales camaradas poco diferían de sus compañeros de ayer.
En poco tiempo venía a ser un excelente soldado de caballería, sobre
todo si la guerra lo arrancaba con tiempo a los ocios y vicios de la
guarnición... Con estos soldados se hizo la guerra de la Independencia;
con ellos San Martín pasó los Andes y arrojó al mar las tropas españolas
que habían hecho frente a Napoleón; con estos mismos gauchos sufridos
y aguerridos nuestros liberales acosaron a Rosas; y con ellos, por fin, la
República Argentina desalojó de su guarida del Paraguay al dictador
espeso y vulgar que aplastaba a ese pobre suelo, ¡históricamente predes¬
tinado a tan diversas tiranías!

Le faltó mencionar la Conquista del Desierto, que es el


último capítulo de la serie, el más trascendental de todos por
sus consecuencias. Con análoga visión que la de Groussac se
expresa Joaquín V. González, vinculando su contribución militar
con las de los indígenas, lo cual es verdadero, aunque sean
escasas las noticias que hallemos en las historias de curso legal.
Dice, en efecto (en La tradición nacional, II):
158 LA FRONTERA

La revolución americana fué preconcebida en el seno de la raza nativa,


vencida y destruida, tiranizada y vilipendiada, ahogada en sus expansio¬
nes geniales y en sus impulsos sociales; y jamás una revolución humana
fué más lógica en sus antecedentes, porque ella apareció a la superficie
marcada desde el primer momento con el sello de la unidad y de la uni¬
versalidad, en el pensamiento de todas las poblaciones que habían sido
sometidas y educadas por España; y aunque entre los límites que abarcó
su acción se comprendiesen naciones de razas originarias diferentes, como
los guaraníes, los araucanos y los quichuas, dos siglos de obediencia y de
desgracias comunes, y de recibir la misma educación política, social y
religiosa, habían hermanado sus caracteres y predispuesto sus tendencias
hacia un mismo destino.

En El payador dice Lugones:

Durante el momento más solemne de nuestra historia, la salvación de la


libertad fué una obra gaucha. La Revolución estaba vencida en toda
América. Sólo una comarca resistía aún. Salta la heroica. Y era la guerra
gaucha lo que mantenía prendido entre sus montañas aquel último fuego.
La civilización ha sido cruel con el gaucho, elemento, al fin irrespon¬
sable, de los políticos que explotaban su atraso. Penurias, miserias y
exterminio, es lo único que le ha dado. El, como hijo de la tierra, tuvo
todos los deberes, pero ni un solo derecho, a pesar de las leyes democrá¬
ticas. Su libertad, cuando la reivindicaba, consistía en el aguante de su
caballo y en la eficacia de su facón. Era el áspero futuro de la barbarie
rediviva en el matrero, por necesidad vital contra la injusticia.

Tales fueron los elementos humanos más abundantes y sus¬


ceptibles de ser utilizados impunemente en cualesquiera expe¬
rimentos que demandasen el sacrificio ,de numerosas vidas. Si
las ordenanzas que autorizan las levas de individuos sin resi¬
dencia ni ocupación fijas, “vagos y mal entretenidos”, se cum¬
plieron con el mismo rigor desde la Revolución hasta que en
1895 Roca estableció el servicio militar obligatorio, no fue tanto
una medida correccional cuanto una hábil maniobra para in¬
corporar a las filas la masa más numerosa de población indigente
o desvalida. Pero esos mismos seres sin padres ni patria —como
Picardía los define— constituyeron el grueso de las fuerzas
emancipadoras y el fermento insurgente de las guerras de fron¬
tera, en que debemos incluir en primer término las de los cau¬
dillos de provincia. Otra vez unifica Groussac con certera visión
del problema unas y otras campañas, unos y otros ciudadanos
libertadores. Dice en “Calandria” (un artículo de El viaje in¬
telectual):
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 159

En la República Argentina han sido innumerables los ejemplares de gau¬


chos alzados y montaraces; encarnan, puede decirse, la historia del país
en sus primeras décadas de vida independiente, como se ha mostrado
con admirable colorido en el libro más original e ingenuamente monto¬
nero de la literatura sudamericana [alude al Facundo], Los gauchos ma¬
los de nuestras campañas, rastreadores y baqueanos incomparables, han
prestado su relieve violento y áspero a nuestra sangrienta infancia eman¬
cipada.

Con igual sentido de la unidad de esas acciones escribió


E. F. Sánchez Zinny (en El gaucho):

Al hacerse soldado, el gaucho perdió el hogar; no regresó jamás a la


pampa. A la violencia del desierto, siguieron para él las no menos fre¬
cuentes emociones de la guerra. El espíritu de la llanura comprendió
prontamente el alma de la revolución. Ambos sentimientos hablan al
gaucho de libertad, y el gaucho entiende y ama, sobre todas las cosas,
esta condición natural de la vida. Se asimiló al ejército y encontró en los
combates muchas de las impetuosidades de su anterior existencia semi-
salvaje en las llanuras... Cruzaron los Andes y libertaron a Chile. Na¬
vegaron por el Pacífico y llegaron a Río Bamba, en tierras del Ecuador...
Más tarde, los hijos de esos muertos por la emancipación de un conti¬
nente caen en las luchas de la organización, se exterminan en la con¬
quista del desierto o van a los bosques y esteros del Paraguay para abonar
con sus cuerpos las tierras guaraníes. De allí volvieron algunos. Curupaytí
fué menos bárbaro que la ley que los persiguió a su regreso.

Tal vez el episodio más digno de atención, porque revela


cómo en el acto mismo de aprovechar sus aportaciones los cam¬
pesinos eran ya tratados con desdén, es éste que recoge Coni
en su Disertación académica de 1941:

La mayor parte de paisanaje oriental se incorporó al ejército patriota, y


tanto los realistas como los portugueses lo calificaron despectivamente de
“ejército gaucho”, de “tropas gauchas”. Las acciones bélicas dieron al
vocablo una popularidad que no había tenido hasta entonces.

Y por eso, algunos años más tarde, la Gaceta Ministerial

reemplazó la palabra “gauchos” por "patriotas campesinos”, juzgándola


sin duda despectiva para el ejército.

Pero en los prolegómenos de las guerras civiles —cuando


Rosas en la nueva defensa de Buenos Aires comenzaba a formar
sus propias milicias en sus propios dominios con sus propios
160 LA FRONTERA

súbditos- en cuando Head percibió sagazmente el desenlace


de las grandes batallas en el panorama de la sociología argentina:

Estos soldados indomables nada saben de gobierno, costumbres, hábitos,


necesidades, lujos, virtudes o locuras de nuestro mundo civilizado, y ¿qué
sabe el mundo civilizado acerca de ellos? Los declara salvajes, et voitá tout;
pero tan pronto lleguen armas de fuego a manos de estos bravos hombres
desnudos, estarán en la escala política tan de repente como si hubiesen
caído de la luna; y mientras el mundo civilizado esté contemplando las
mezquinas luchas de los españoles nacidos en el Viejo Mundo contra sus
hijos nacidos en el Nuevo, y se alegue la causa de la independencia versus
la independencia (que, en realidad, no es más que un juego de palabras),
los hombres dueños del suelo aparecerán entonces y nos admiraremos de
cómo nunca sentimos por ellos o les hicimos caso, o apenas supimos que
existieran.

HISTORIA, LEYENDA Y SUPERCHERIA DEL GAUCHO

Ninguno de los poetas gauchescos ni de los novelistas argen¬


tinos (excepto Hudson) ha tomado al gaucho histórico por mo¬
delo. En Cuento de un overo y en Niño diablo hay dos estampas
magníficas; en Allá lejos y hace mucho tiempo, apuntes del na¬
tural; en La tierra purpúrea, el gaucho verdadero tiene su epo¬
peya, del más humilde al gran caudillo (Santa Coloma). Nosotros
no hemos sabido tomarlo y transportarlo así. Nos ha parecido
que el de la leyenda era más interesante y, para muchísimos
críticos, más real, más representativo. La misma pieza en su
medio, viva y fresca, no la toleran, pero sí acicalada y puesta en
la tónica de la poesía alegórica (Santos Vega, de Obligado,
Lázaro, de Ricardo Gutiérrez). Se ha confundido el interés en
eí arte, en la novela, en el cuento, en la historia, con la idea¬
lización. Opinión de Mitre. La prueba en contrario, de Hudson
y de Cunninghame-Graham, no ha valido de nada.
Nadie ha demostrado, en cambio, que ese gaucho, tal como
era, resulte un ser detestable. Detestaríamos nuestra misma
historia, nuestra más acusada idiosincrasia campesina (y esos
son nuestros atributos). Hasta Groussac, el hombre pulcro y
forastero, sintió gran simpatía por el paisano de los campos, al
que conoció vivo (y no por el de la literatura). Dijo:
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 161

Tal es —o era—, a grandes rasgos bosquejada, la fisonomía piirtoresca y,


en resumidas cuentas, simpática de nuestro hijo de la pampa. Con todos
sus vicios y pecadillos, se acaba siempre por quererle, porque es franco,
valiente, hospitalario, muy leal y hasta ingenuo bajo sus apariencias
hirsutas. Ninguno de nosotros desdeña su compañía. Y en los tiempos de
largas jornadas a caballo, en la etapa del amor del fogón nocturno, el
viajero gustaba de atizar su plática sencilla, y de buena gana solía re¬
tardarse con él.

En los Viajeros Ingleses, cuya serie inicia Darwin y termina


Cunninghame-Graham, ahí está el gaucho sin deformar, y cómo
lo admiraron todos y hasta lo consideraron superior al hombre
de las ciudades! ¿De qué provino esa necesidad de cambiarlo
por el literario, de matar sus auténticas fallas y virtudes? Este
es un proceso complicado, un modo de operar la historia, lo
no-racional, lo no-lógico de la vida social. No es cuestión de
críticos ni de ensayistas.
Aunque Hernández pretende ser realista en los materiales
que recoge, no lo es, efectivamente, en la “toma”. Ya en él
se da superpuesta la interpretación que tiende a sublimar, con
el sentido seguro de lo real. Todo lo que cuenta corresponde
a la vida verdadera (y no es nada halagüeño para el crítico
patriota), pero lo que comenta el personaje ya corresponde
a lo literario. Siempre es la interpretación lo malo. Hay en
Hernández un élan hacia lo legendario, y el acomodo del can¬
tor harapiento en los cánones del héroe, la metamorfosis de
un ser real en un ser ideal ya está operada en su Martín Fierro.
Por eso debemos tomarnos este trabajo de discernir lo histórico
de lo legendario, apartar en dos capítulos distintos el gaucho
y lo gauchesco. Todavía dentro del gaucho, lo histórico y lo
humano (bien interpretado), y dentro de lo gauchesco lo ge¬
nuino, típico y lo adscrito.
El_ gaucho verdadero, el peón de estancia, el hombre libre
y pendenciero, carecía de sustancia heroica para poder conver¬
tirse en dechado de virtudes. Pero ¿por qué un hombre ver¬
dadero há~de ser Yin dechado? ¿Por qué el dechado ha de ser
superior al hombre verdadero? Hasta Nerio Rojas ha creído
que debía enaltecer el mito Juan Moreira sobre el bandido
Juan Moreira, endosarle una personalidad ficticia y sellarla
con los signos de lo psicológico, de lo significativo del argenti¬
no. ¿Es que un Juan Moreira no cabe honradamente en la his-
162 LA FRONTERA

loria de un país; que puede desquiciarla? ¡Entonces esa historia


está desquiciada, no se la puede sustentar con puntales y apoyos
que eviten su derrumbe! Está derrumbada en sus sostenes, peor
que por el suelo. Cuando ese psiquíatra menciona a Quijote,
Otelo, Robinsón, incurre en el mismo yerro de otros críticos
patrióticos de menor talento. Esos personajes no encarnan idio¬
sincrasias nacionales tanto como personajes, dentro, si se quiere,
de un marco nacional. En cambio, Roldán, Sigfrido, el Cid,
los héroes de gesta, en pocas palabras, sí. Ellos contienen folk¬
lore, sustancia étnica e histórica; y si esos pueblos han con¬
seguido en el decantamiento de los siglos, cristalizar en figuras
emblemáticas su índole común, cómo olvidar el tiempo en
que esas leyendas se elaboran, el proceso natural de su cris¬
talización y, por sobre todo, el temple y la calidad de los
actos que cumplieron? Parangonarles un Martín Fierro o un
Juan Moreira es acudir en desesperada necesidad de lo heroico
a los materiales negativos, a su negación fundamental.
El gaucho no daba para la epopeya —la epopeya estaba
fuera de época, más que él—, pero daba para la novela y el
cuento, para la poesía del tipo llamado gauchesco y para el
teatro. Y una gran novela no es inferior —hoy menos que nun¬
ca— a una gran epopeya. Pero nosotros no queremos la novela,
sino la epopeya, no queremos la verdad, sino la ficción; no
las pepitas de oro, sino las cuentas de vidrio.
Renunciar a clasificar al bandido en el tipo del bandido
y al paisano en el tipo del paisano; atribuirle al paisano las
características del bandido —también por necesidad del epos—;
reducirlo a una caricatura siniestra y querer hacer de esa ca¬
ricatura el emblema de una psicología nacional, del hombre
representativo, es algo tan monstruoso como reducir la historia
a un héroe, previamente expurgado. Con su realidad, ¿no es
Hernández el verdadero culpable de la mistificación del gau¬
cho? De Hidalgo, ni de Ascasubi, ni de Del Campo, ni de
Lussich podía elaborarse un mito. Sostenían al gaucho un poco
más en lo alto (no lo hacían descender a la renuncia de la
familia, al crimen, a la vida montaraz, a preferir la barbarie
del indio), pero lo habían despojado del epos. En el Martín
Fierro (sin patriotismo, sin grandeza, sin tendencia a la exal¬
tación) el epos está vivo, y sólo hará falta reemplazar lo nega-
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 163

tivo por lo positivo, insuflarle lo heroico latente de la sensi¬


bilidad del argentino, para rellenarlo de heroísmo, de grande¬
za, de misión redentora.
Había, sin duda, una atracción humana en el Martín Fie¬
rro, pero de ahí a que hubiera de desfigurársela para que
adquiriese toda su fisonomía hay largo trecho. Lo natural era
que, en vez de remontar el desvío de la leyenda, tomara el
buen camino de tierra de la novela, de lo real; que entrara
a la literatura dándole un sentido.
Lo que ocurrió, en cambio, fue que se convirtió en una
nueva superchería: en un ídolo con el que se puede crear toda
una liturgia de festejos y de oratoria, pero en el que nadie
cree. Pues no se trata ya de la leyenda (como podrá serlo a
través de los siglos), sino de una superchería: del cambio, por
arte de magia, de lo real a lo escénico.

EL GAUCHO FRONTERIZO

Por la definición del gaucho que da Mansilla, según la


clase de trabajos a que se dedicaba, Martín Fierro y los que
él recuerda como compañeros de oficio, en la estancia, corres¬
pondían al gaucho andariego, renitente a la estabilidad en un
sitio y ocupación. Matrero o simplemente alejado de los cen¬
tros de población y de las mismas estancias, integraba una
sociedad precaria, marginal, que si no era la tribu del indio,
tampoco era la peonada. No podía radicar en campos de pro¬
piedad reconocida, de modo que la frontera que separaba dos
mundos era su territorio residencial. Estaba ligado por inte¬
reses y afinidades de raza con los blancos, pero su género de
vida y sus costumbres se acercaban más a los de los indios
Por eso la invitación de Cruz a la vida de matrero enumera
cuáles eran los recursos de que habrían de valerse —los mismos
de las gentes en tal condición—, y a ello responde Fierro con
un cuadro más completo de la vida del gaucho en los toldos,
es decir, en el lado del Desierto de la Frontera.
Entrar en relaciones con los indios para formar parte de
las tribus o simplemente en contactos eventuales de individuos
sin vivienda ni modo regular de vida era cosa de poca impor-
164 LA FRONTERA

tanda. En su postura frente a la civilizadón, sea por injusti-


das recibidas o por simple inadaptabilidad de su carácter
con las exigencias de la disciplina y la moderación, los nom¬
bres de proscripto, paria y otros que se les dio, encuadraban
bien en tal condición. En este sentido quedaban en un pel¬
daño más bajo que los mismos indios, pues éstos tenían su
familia constituida, su hogar, su casa y obedecían graduaciones
de mando que iban desde el cacique hasta la chusma, a través
de capitanejos, amanuenses y lenguaraces. Namuncurá tenía
secretarios y emisarios para pactar y apersonarse a las auto¬
ridades.
Más aún, su persecución por la policía y la necesidad de
huir de la justicia, sin acercarse al poblado, los colocaba en
pie de guerra, como lo evidencia la vida de matrero de Martín
Fierro y su pelea con la partida. Individualmente hacía la
misma guerra que el indio en masa, y él mismo recuerda a
Cruz que muchos eran los cristianos que pasaron a vivir, con
mayor seguridad y bienestar, entre los indios.
Debemos considerar pues, aparte de la leyenda del gaucho
y de la imagen que se obtiene de los poemas gauchescos, que
en la realidad el gaucho no formaba parte de la sociedad cons¬
tituida con arreglo a la ley, y aunque no se sometiera tampoco
a las leyes tribales de los indígenas, estaba más cerca de éstos,
por un conglomerado de circunstancias temperamentales y de
situación, que de los hombres de trabajo. Pues es imposible
cerrar los ojos a la evidencia de que los gauchos a cuya cate¬
goría pertenecían Fierro y Cruz eran los habitantes de esa tie¬
rra de nadie, y que esa tierra de nadie, entre ambos mundos,
con sus fronteras, era el país del gaucho matrero.

PSICOLOGIA DEL GAUCHO

Esbozar una psicología del gaucho es empresa vana, por¬


que sería preciso, antes, poseer los elementos, más que des¬
criptivos, históricos, de su contribución a la organización del
país en los ejércitos, en las estancias y saladeros, en los pueblos
que a la sazón se formaban, y en otras actividades económicas
y políticas. Precisamente son esos los datos que nos faltan, pues
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 165

la historia alude a ellos, como a los indios, en términos gene¬


rales y demográficos. Nos falta, además, una literatura espon¬
tánea, no intencionada ni de mera información, en que tras
las huellas de los Viajeros Ingleses se hubiera recolectado con
la crónica sucinta, su vivir cotidiano en una extensa área y en
múltiples aspectos y situaciones.
Más que el tipo, como pudiera serlo el componente de un
gremio, una secta o una agrupación con fines definidos, el
gaucho, que se confunde muchísimas veces con el paisano, es
un producto genuino de un país. Aunque se le pueda localizar
en su habitat, sus peculiaridades comunes con el habitante de
otras zonas da un común denominador de amplitud nacional
y acaso continental.
Hasta dónde, en tal concepto, siga siendo representativo de
un carácter psicológico, es lo que realmente interesa; pues
que el gaucho haya sido o no como se le ha descrito, que
pueda encontrársele todavía en grado de pureza que sirva para
reconstruir su tipo, son coeficientes de prueba que no podrían
influir en una valoración de lo gauchesco. Lo que interesa,
pues, es lo gauchesco en cuanto invariante étnica, social y
psicológica; no el gaucho mismo. Pues ¿cómo establecer siquie¬
ra los caracteres tectónicos de un tqao psicológico cuando aun
dentro de la unidad del género se acusaban tipos humanos y
de conducta tan dispares? Pero en sus atributos, por muy hete¬
rogéneos que resulten, hay siempre ese común denominador
en lo gauchesco. Hemos de admitir, no como una dificultad,
sino como elementos concomitantes, que algunos hayan toma¬
do para su descripción del gaucho al tipo bien definido como
“gaucho malo’’ o “gaucho matrero”, a cuya variedad pertene¬
cen el Martín Fierro de la Ida y Cruz; otros, al paisano se¬
dentario, más o menos laborioso y afecto a las pautas de con¬
ducta de una vida regulada. Este hubo de ser el paisano, que
aún existe en su status de poblador de los campos; aquél, el
gaucho que en sus cualidades psicológicas, aunque perdido
en sus ejemplares vivos, no se ha extinguido ni modificado
sustancialmente. Miguel Cañé decía en 1864 (en El gaucho
argentino):
166 LA FRONTERA

Hace diez años que ese elemento de atraso y desorden revestía aún su
corteza salvaje virginal; el frote de otras necesidades, de otro orden de
cosas, va poco a poco desgastando ese tipo que parecía perpetuarse, por
desgracia, en las generaciones venideras. (Cita de R. Lehmann-Nitsche,
Santos Vega.)

Si admitiéramos la posibilidad de que, desaparecido el agente


portador de los caracteres de una raza o un sino histórico,
desaparecieran también las invariantes que a lo largo de los
siglos dan fisonomía a cada uno de los países, la historia sería
un cúmulo de materiales cambientes imposibles de ordenar en
un sistema. La verdad es lo contrario. Por mucho que hayan
variado individualmente los habitantes de Inglaterra, España,
Francia, Holanda o cualquier otra nación cuya evolución his¬
tórica ha sufrido las más increíbles perturbaciones, en lo que
se entiende por los rasgos específicos de la nacionalidad siguen
conteniendo vivos los elementos que encontramos ya en los
orígenes de su formación como pueblos y como Estados. Pues
esa misma ley de los invariantes que valen para la biología
cuanto para los grupos étnicos, los idiomas y las religiones, ley
que da unidad al género humano al mismo tiempo que con¬
figura individualidades históricas inconfundibles, podemos en¬
contrarla también en nuestro país y en todos los demás del
continente. Para nosotros acaso el gaucho (lo gauchesco) ten¬
ga un valor genético semejante al del normando, el sajón, el
franco, el ibero, el latino, por lo que contuvo de lo español
racial, antropológico, y del indio. Pues si el gaucho hubiera
quedado definido por sus hábitos acomodados al nuevo am¬
biente, o por su género de vida, o por sus modalidades psi¬
cológicas, habría desaparecido; pero en cuanto variedad especí¬
fica, resultante de clima y razas, lo mismo que el indio, por
muy de raíz que lo hayamos extirpado, sobrevive como cepa
de una nacionalidad. Y si encontramos diferenciados el gaucho
y el paisano, también en sus transformaciones esos dos elemen¬
tos se conjugan y se perpetúan en el argentino actual.
Algunas de sus cualidades o defectos son similares a los
de inmensas masas integrantes de población, y es tan difícil
delimitar las fronteras del territorio que habitan, como enu¬
merar unas y otras de sus complejas características. Cuanto
mayores sean sus tónicas de primitivo, más difícil será su exa-
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 167

men psicológico; el hombre realmente complejo es el que toda¬


vía vive en su mundo informe y habitado por potestades má¬
gicas. La civilización es un método de abstracción, un proceso
quizá semejante al de concreción de los seres orgánicos, que
concluye por dar al castor, a la hormiga o a la abeja un esque¬
ma simple y universal.
Ni el gaucho ni el paisano —tomados en sí mismos, como
mestizos de dos concepciones de la vida más de dos razas—
se pueden fijar prácticamente si no se fijan antes los cuadros
ecológicos e históricos. Quienes defienden sus virtudes, como
quienes denuncian sus defectos, intuyen vagamente la inmensa
complejidad del problema. Pero lo gauchesco, el común deno¬
minador étnico, psicológico, social, entra en la materia socio¬
lógica susceptible de estudio sistematizado. Y esto es lo que no
hemos realizado, ni realizaremos nunca, por impedimentos que
están en el mismo mecanismo de la voluntad y de los complejos
de inferioridad que refrenan ab initio toda posible tentativa
de un análisis a fondo de la historia.
El sello que imprime en su psicología el hecho de su
nacimiento es más profundo que las adquisiciones que haga
después en su experiencia, en su formación individual. Joaquín
V. González da algunas ideas en este escorzo histórico de su
psicología, condicionada por sus orígenes. En La tradición
nacional, t. n, dice:

El gaucho es el hijo genuino de la tradición, es el fruto lozano de la


amalgama del indígena y del europeo; reúne los hábitos vagabundos del
uno a la mansedumbre y elevación moral del otro; pero más hijo de la
tierra porque sus influencias predominan en su naturaleza, arrastran la
causa de la independencia con el calor de su sangre, y ponen a su ser¬
vicio los elementos de su vida y de su sociabilidad, sus turbas a caballo,
veloces e irresistibles. Con toda la gallardía del árabe del desierto, atra¬
viesan el escenario de nuestra evolución como evocaciones satánicas o como
exhalaciones sobrenaturales, sembrando el asombro, la fascinación y el
terror en los ejércitos de la civilización europea, que los desconoce, y
decidiendo en muchas batallas de la suerte y del triunfo.

Transcribo estos párrafos, que además revelan cómo una


dificultad suele encubrirse en una evasiva de carácter literario,
que encontramos asimismo en las tentativas de fijar un tipo
psicológico del gaucho en Sarmiento, V. F. López, Groussac
168 LA FRONTERA

y otros autores. Como se quiso hacer de él un prototipo racial


y nacional, cada autor ha proyectado en el retrato la propia
imagen de su concepto de lo argentino y de lo rural.

ICONOGRAFIA DEL GAUCHO

Monvoisin y Prilidiano Pueyrredón —primo de Hernández—


han dejado en sus cuadros la efigie pintoresca del gaucho en
sus atavíos de los días de fiesta y de los días de trabajo. Su
indumento era vistoso, según las posibilidades pecuniarias de
cada cual. Llamaban prendas a las partes de su vestimenta,
como en el Martín Fierro, con la diferencia de que del Poema
jamás podría colegirse cómo vistieron: tal es el grado de po¬
breza en que todos ellos viven.
Samuel Haigh, Mac Cann y Head nos han dejado vividas
pinturas de su aspecto, ya descrito con interés por su caracte¬
rística como vestido o por sus colores y adornos, en los relatos
de Darwin, Azara y Lastarria, o en las litografías de Bacle.
Sin embargo, no coinciden las imágenes de aquellos pintores
y de sus observadores, más realistas éstos, aunque parezca para¬
dójico, pues los diseñaron según iban encontrándolos al azar
de sus andanzas. Azara dice de los gauchos:

Los peones o jornaleros no gastan zapatos, y los más no tienen chaleco,


chupa ni camisa y calzones, ciñéndose a los riñones una faja que llaman
chiripá; y si tienen algo de lo otro es sin remuda, andrajoso y puerco,
aunque nunca les faltan los calzoncillos blancos, sombrero y poncho para
taparse y unas botas de medio pie que sacan de las patas de caballos y
vacas. (Lo cita Juan Alvarez en Estudios sobre las guerras civiles argentinas.

Lastarria confirma estas palabras cuando dice:

No dejarán de asombrar nuestros campesinos a quien no se halla acos¬


tumbrado a verlos, con la barba siempre crecida, inmundos, descalzos,
y aun sin calzones, con el tapalotodo del poncho; por cuyas maneras, modo
y traje se viene en conocimiento de sus costumbres sin sensibilidad y casi
sin religión (Colonias orientales del Rio Paraguay o de la Plata, 1805).

Para Sarmiento también el vestido era signo de las prendas


morales, más o menos como para Teufeldrock, el del Sartor
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 169

resurtus de Carlyle. Dice nuestro autor, en La educación


popular:

No hay obstáculo mayor para la civilización de la muchedumbre que el


que opone la forma de los vestidos, que en nuestros países tienen un
carácter especial en las clases inferiores de la sociedad, de cuyo uso re¬
sulta, para los que lo llevan, inmovilidad de espíritu, limitación de aspi¬
raciones por lo limitado de las necesidades y hábito inalterable de des¬
aseo y perpetuo desaliño.

Hacia la época en que Hernández publica la Ida, Buena¬


ventura Lynch recorría los campos de la provincia de Buenos
Aires, tomando versiones taquigráficas de canciones populares
e improvisadas, y notas de las gentes que encontraba. Anotó
en El cancionero rioplatense (“El gaucho”):

Vestían los gauchos de aquel tiempo una chaqueta corta, larga muy poco
más de la mitad de la espina dorsal, con cuello y solapas, blanca camisa,
corbata o pañuelo a guisa de ella, chaleco muy abierto y prendido con
dos botones casi sobre el esternón, dejando ver los caprichosos buches de
la camisa entre él y el ceñidor. Un pantalón hasta la rodilla, muy pa
recido al de los andaluces, con un entorchado a la altura del bolsillo y
abotonado con cuatro ojales sobre la rodilla, destacaba un calzoncillo de
hilo o de lienzo hasta el suelo, flecado y bordado de tablas. Usaba botas
de potro con sus correspondientes espuelas, cuchillo o navaja de cinto,
su largo poncho o manteo que generalmente doblaba sobre el brazo y no
abandonaba el rebenque, objeto indispensable para los que están habi¬
tuados a vivir sobre el caballo. Su sombrero era muy parecido al de
nuestros días, más alto, más cónico hacia la punta y con el ala más
corta y estrecha. Como los actuales, usaba recado, bolas y lazo.

En otro pasaje de su obra traza las diferencias de indumento


y de modales entre los gauchos federales y los unitarios. Pero
puesto que no había un tipo de gaucho, sino varios, es preciso
dedicar a esas diferencias, tanto de aspecto como de psicología,
un capítulo aparte.
El aspecto ha tenido una importancia muy grande en
nuestras letras, sirviendo para ocultar al personaje. Ha sido
el vestido una especie de disfraz tras el cual para muchos se
ha perdido la persona viviente y verdadera. Es el reproche
que, sin especificar, dirige Hernández a sus congéneres tanto
en el Prólogo a la Ida como en los versos del propio Protago¬
nista. La apariencia tiene para nosotros un valor fundamental;
170 LA FRONTERA

y sin que me interese ahora extraer derivaciones filosóficas


del hecho, baste señalar que se trata de una tendencia muy
primitiva en el hombre, en algo semejante al juicio que de
las fisonomías y los ademanes se forma quien no tiene otras
instancias para valorar a las personas. Quizá sea, como piensan
los fisiognomistas, una intuición vivencial directa, segura, en
ese orden de las relaciones que se establecen con los descono¬
cidos sobre todo, pero que para el escritor, para el artista se
convierte en un telón que le impide penetrar en el sentido
de las cosas. Inclusive del paisaje y del mundo que rodean al
personaje, considerado en sus notas primarias de semblante e
indumentaria. Con este criterio hemos conseguido crear “una
profundidad” en lo superficial, un sentido esencial para lo
accesorio, una razón de ser en lo circunstancial y anecdótico.
Si se observa bien, la literatura gauchesca —exceptuemos, na¬
turalmente, el Martín Fierro— gira en torno a esas apariencias;
y la crítica, para no hablar del fenómeno de la “rama de
Salzburgo” con que todo se ha mirificado, sigue revisando los
atavíos para estudiar la psicología de los personajes. Intento
no del todo absurdo, porque las ropas contienen la huella del
vivir del hombre; pero peligroso si se examina la trama y el
colorido como datos de la piel y sobre todo del hueso. Esa
pereza, que al mismo tiempo es voluntad secreta de no explo¬
rar, de no catear en lo hondo, no nos ha permitido crear una
literatura ni una iconografía de mérito. El gaucho, en su si¬
nónimo de paisano —y el paisano en su sinónimo de ser oriundo
y representativo de la llanura—, se ha interpuesto con su ajuar
pintoresco entre el observador y la realidad. En vano Hernán¬
dez evitó distraernos con esa clase de pinturas de teatro —ves¬
tuario y escenografía—, nuestro instinto hace a un lado la
miseria y el andrajo de sus héroes para tender la vista a sus
obsesivas representaciones. Hemos visto en láminas, aguafuertes
y hasta estatuas, a Martín Fierro, el “cantor harapiento de la
pampa”, acicalado con las prendas de un estanciero en fiestas
patrias. Y es eso mismo: es la fiesta patria invadiendo la litera¬
tura. Y, por agravante, esa indumentaria pintoresca suscita, si
no la admiración del tradicionalista, sí la ocurrencia humorística.
Y el humorismo serio ha nacido de esa indumentaria. De
modo que tampoco se ye en el Martín Fierro, debajo de sus
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 171

harapos, la carne dolorida, la trágica desnudez del pobre. Con


lo cual la voluntad de no ver da escape a un resorte siempre
en tensión de nuestra psicología, que es la descarga por el
ridículo. Este inconveniente de colocar lo significativo en lo
superficial nos ha privado de una gran literatura, de una
gran iconografía y, además, de una gran historia. Eduardo
Gutiérrez escribió al autor del Fausto:

Para pintar e interpretar al gaucho es preciso trasladarse, no a su


lenguaje sino a su corazón, y arreglarlo todo, no al paisaje, sino a su
preocupación, a su filosofía, a su sentimiento. Así se comprende que dos
solos versos puedan reflejar el carácter del paisano, con sus preocupacio¬
nes y su religión enteras, cuando Hidalgo pone en boca del gaucho que
va a afrontar un peligro este compendio de su alma: Puse el corazón en
Dios Y en la viuda, y embestí. Usted verá todos los días pretendidas
descripciones de la índole y costumbres del gaucho, donde todo se reduce
a hacinar significados campesinos que no tienen más particularidad que
estar subrayados hasta el fastidio. Es que no todos tienen bastante luz
interna para penetrar el corazón ajeno en la vorágine de sus instintos,
y creen que, dibujando la vestimenta, puede reflejarse el tipo moral refle¬
jándolo por la vulgaridad de lo común. Esos que así son retratados no
son gauchos de este mundo ni del otro: son simples camiluchos que no
constituyen género de raza.

Palabras sensatísimas de un escritor que pretendió dar las


pautas para una auténtica literatura argentina, basada en lo
gauchesco, y dirigidas nada menos que a quien había hecho
de las proezas de su venerado Ascasubi una obra efectivamente
teatral, falsa, con todos los defectos que atrevidamente Gutié¬
rrez le enumera en su carta. Recientemente ha dicho Franco
(en El otro Rosas):

Lo que hay de pintoresco en el gaucho llama tanto la atención, que su


profundidad queda sin verse. Los veedores criollos notarán su gracia so¬
mera y sus fallas fundamentales; los forasteros notarán algo más, pero
no todo.

El uruguayo Florencio Sánchez y nuestro Hudson son ex¬


cepciones. Tengo en cuenta a los novelistas y cuentistas que
se inspiran en el folklore: ninguno de ellos sobrepasa el
umbral de lo pintoresco, aunque lo introduzcan en el alma
de los personajes, en las cosas y en las costumbres. Siempre es
una proyección de la superficie hacia la profundidad, un
172 LA FRONTERA

escorzo del telón. Cuando han obtenido la revelación de un


detalle característico, de un gasto, de una actitud acompañada
de alguna frase de sintaxis convencional, ya están conformes.
Lo mismo ocurre con nuestra cinematografía. Pero si eso es
lo que nuestros autores ven y lo que nuestros lectores y es¬
pectadores gustan, entonces es que no se trata de un vicio
“superficial” o restricto a lo literario y lo artístico, sino de una
modalidad del alma nacional, de una forma de no ver, de
una educación para no ver, de una conciencia deformada
desde la niñez.
El vestuario y el vocabulario —dos valores afines— son
aspectos significativos, sin duda. Pero en el sentido en que lo
señaló Sarmiento: “son hábitos que impiden todo movimiento
libre del espíritu”. Tanto la bota de potro como el chiripá
tuvieron su razón de ser en las necesidades y formas naturales
de vivir del paisano: eran una simplificación de uso cómodo
y múltiple, para las tareas y la movilidad del jinete; pero
tienen que ser comprendidas como puestos sobre esas necesi¬
dades, costumbres y adaptaciones racionales. La espuela, por
ejemplo, sería acaso el más interesante capítulo de la psicología
del gaucho. Más significativa que el cuchillo. La espuela era
el instrumento, ya insensibilizado en el talón del pie, de la
crueldad más irremisible del gaucho.

TRABAJOS DEL HOMBRE

Martín Fierro no es un hombre trabajador. La única vez


que se refiere al trabajo es en la descripción de las labores
de la hierra en la estancia, y dice: Aquello no era trabajo,
Más bien era una junción (223-4). Entre las razones que ex¬
pone para decidir a Cruz a que marche con él al desierto, está
la de que allí nadie trabaja: Allá no hay que trabajar, Vive
uno como un señor — De cuando en cuando un malón, Y si de
él sale con vida Lo pasa echao panza arriba Mirando dar
güelta el sol (2245-50).
Al regresar del Fortín, su decisión de hacerse gaucho ma¬
lo puede responder a su desesperación, a su certidumbre de
que habiendo perdido lo que más quería, no lo podría recu-
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 173

perar; pero también existe en él una propensión latente a ese


género de vida. Así como buscar a su familia y rehacer su ho¬
gar habría sido congruente con su voluntad de trabajo; de te¬
ner Martín Fierro inclinación al trabajo, de ser un hombre es¬
tructurado para la vida social, su impulso se habría descar¬
gado en la dirección de la búsqueda. Pero hay dos cosas en su
súbita decisión: el desaliento y la amargura, y su índole mon¬
taraz; esto es lo esencial: desaliento; y amargura la causa oca¬
sional.
Tradicionalmente, el gaucho era un haragán, y los Viajeros
Ingleses registraron antes que nadie esta característica de su
conducta social, de su temperamento. Las faenas del campo,
en el siglo xvm y en el comienzo del xix — Rosas y los salade¬
ristas la estimularon, despertando hábitos herenciales — fue¬
ron compatibles con la libertad, la crueldad y la holganza.
Unidos gauchos e indios, degollaban reses para mantenerse,
pero en cantidades que no podían aprovechar. Después dego¬
llaban para los saladeristas, cortándoles antes el garrón, con
una semiluna en la punta de una caña. El animal que huía,
era herido y derribado. Luego de haber tumbado así cente¬
nares y millares de reses, las degollaban, sacándoles las astas,
el cuero y el sebo — lo único que se cotizaba —. La carroña
quedaba en los campos, y manadas inmensas de perros cima¬
rrones y bandadas de buitres y chimangos las devoraban. El
trabajo era una escuela de barbarie, un estigma de crueldad
que Sarmiento valoró en toda su gravedad como constituyente
de una característica del hombre de campo — aun del actual. —
Esos trabajos, que exigían una destreza consumada en la eco¬
nomía de movimientos, rapidez y precisión, se realizaban en
un estado de exaltación psíquica equivalente a la ebriedad
bestial. Se bebía la sangre, y esa hubo de ser la manera ha¬
bitual de aplacar la sed, sin duda frecuente e intensa en esos
ejercicios violentos. En esa clase de trabajos existía una téc¬
nica pero no una disciplina; una coordinación individual y
conjunta, pero no organizada. Cuando Martín Fierro dice que
el trabajo de marcar y castrar era una diversión, debemos re¬
ferir este estado de ánimo, más que a esa labor, a lo que cons¬
tituía el trabajo cotidiano del gaucho a campo abierto. Enla¬
zar, marcar y castrar era lo que se hacía con la hacienda en
174 LA FRONTERA

los corrales al mismo tiempo no como tarea distinta, de una


industria, de la de los campos. No era un trabajo, efectiva¬
mente; era un género de actividades connaturales con la vi¬
da corriente del gaucho, una forma de su existencia, una mo¬
dalidad de la industria pecuaria fundamental en nuestra eco¬
nomía agraria.
Los recuerdos que tiene Martín Fierro de la época feliz se
refieren, pues, a los trabajos de la hierra, que no son ocupa¬
ciones habituales en el campo, sino más bien “una función”.
Se junta la hacienda vacuna para descornar, marcar y castrar
las crías. Es la tradicional fiesta campestre, que todavía se
realiza como la escribe el Poema: 217|52 Cuando llegaban las
yerras, ¡Cosa que daba calor! Tanto gaucho picilador Y tiro-
niador sin yel — ¡Ah tiempos!.. . pero si en él Se ha visto tan¬
to primor. Aquello no era trabajo, Más bien era una junción,
Y después de un güen tirón En que uno se daba maña Pa dar¬
le un trago de caña Solía llamarlo el patrón. Pues siempre la
mamajuana Vivía bajo la carreta, Y aquel que no era chancle¬
ta, En cuanto el goyete vía, Sin miedo se le prendía, Como
güerfano a la teta. ¡Y qué jugadas se armaban Cuando está¬
bamos reunidos! Siempre íbamos prevenidos, Pues en tales oca¬
siones A ayudarles a los piones Caiban muchos comedidos.
Eran los días del apuro Y alboroto pa el hembraje, Pa pre¬
parar los potajes Y osequiar bien a la gente, Y ansí, pues, muy
grandemente Pasaba siempre el gauchaje. Venia la carne con
cuero, La sabrosa carbonada, Mazamorra bien pisada, Los pas¬
teles y el güen vino. Pero ha querido el destino Que todo
aquello acabara (217-52).
Los trabajos ordinarios que constituían las obligaciones ha¬
bituales eran los de ayudantes ocasionales, o de domadores, que
era una destreza especial y no común en los peones. Tampoco
formaban parte de los trabajos de la estancia los que recuer¬
da Martín Fierro: Este se ata las espuelas, Se sale el otro can¬
tando, Uno busca un pellón blando, Este un lazo, otro un re¬
benque, Y los pingos relinchando Los llaman dende el palen¬
que. El que era pión domador Enderezaba al corral, Ande es¬
taba el animal Bufidos que se las pela... Y más malo que su
agüela Se hacia astillas el bagual. Y allí el gaucho inteligente,
En cuanto el potro enriendó, Los cueros le acomodó Y se le
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 175

sentó en seguida, Que el hombre muestra en la vida La astu¬


cia que Dios le dió. Y en las playas corcobiando Pedazos se
hacía el sotreta, Mientras él por las paletas Le jugaba las llo¬
ronas Y al ruido de las caronas Salía haciéndose gambetas.
¡Ah tiempos!. .. ¡Si era un orgullo Ver jinetiar un paisano! —
Cuando era gaucho vaquiano, Aunque el potro se boliase, No
había uno que no parase Con el cabresto en la mano. Y mien¬
tras domaban unos, Otros al campo salían, Y la hacienda re¬
cogían, Las manadas repuntaban, Y ansí sin sentir pasaban
Entretenidos el día. Y verlos al cair la noche En la cocina
riunidos, Con el juego bien prendido Y mil cosas que contar,
Platicar muy divertidos Hasta después de cenar. Y con el bu¬
che bien lleno Era cosa superior Irse en brazos del amor A
dormir como la gente, Pa empezar al día siguiente Las fainas
del día anterior (157-204).
Tampoco son esos trabajos los que realizaba el dueño de una
pequeña hacienda y de un campo como el que poseía Martín
Fierro. Añora una época en que trabajaba como peón, refi¬
riéndose a las tareas para las que se ocupa personal adicional,
pagándosele por día o a destajo. De esta clase de jornaleros,
regularmente gauchos alzados, hubo de ser Martín Fierro.
Groussac ha descrito una hierra (en El viaje intelectual, “El
gaucho”):

El ganado mayor, vacas y caballos, pacía en libertad. Los rebaños, ma¬


nadas y majadas de los vecinos, se confundían sin gran perjuicio para
nadie; en los días de rodeo, se marcaba a fuego el animal joven al lado
de la madre, y se encerraban en el corral las reses destinadas a la pró¬
xima venta. Durante el rodeo, cada propietario reconocía y apartaba lo,
propio patriarcalmente, como en las edades bíblicas. ¡Y allí eran las gran¬
des fiestas del año pastoril! Ahora bien: todos los que allí se afanaban,
peones permanentes o conchabados, compadres y transeúntes atraídos al
torneo y al amor del asado en las brasas: cada cual montando su caballo
enjaezado con el vistoso arreo chapeado de plata, vistiendo el rayado
poncho recogido en los hombros, y con la lengua tan afilada como el
cuchillo pasado al cinto...; todos ellos eran gauchos de la llanura, lo
que simplemente significaba: hombres adiestrados en el manejo del lazo
y del caballo... Se conchababa [el gaucho sin ocupación fija] más tarde
en alguna estancia, casi nunca por mucho tiempo; pues prefiere vagar aquí
y allá, en busca de fiestas, hierras y carreras, impelido por el deseo in¬
curable de la aventura y la nostalgia del desierto: indolente y pródigo,
los pesos ganados se le escurren de los dedos.
176 LA FRONTERA

Aunque diga “nací y me he criao en estancia”, Martín Fie¬


rro no denota en ningún momento que conozca los trabajos
de campo, por ejemplo aquellos que se hacen “en los meses
que traen erre”. Eran en su tiempo preferentemente de ga¬
nadería, pues la agricultura, el cultivo de los cereales, el refi¬
namiento de las tierras para pastoreo, estaban poco difundi¬
dos. Es curioso que haya omitido Martín Fierro, como faena
cotidiana, la carneada para consumo en la estancia, que Asca-
subi recuerda, como asimismo otras muchas labores genuinas
y consuetudinarias. Las omisiones podrían obedecer a su de¬
signio de no describir sino lo esencial, o a la idea de que sus
gauchos no pertenecían a la clase de los jornaleros, como resul¬
ta claro de los sentimientos que proclaman.
Nada habría sorprendido tanto al lector como que los per¬
sonajes demostraran hábitos de civilidad y de laboriosidad.
Cuando a su regreso Martín Fierro piensa buscar trabajo, de¬
nota que vuelve transformado. No había para el paisano otra
alternativa que someterse a faenas muy rudas o vivir al mar¬
gen de la ley. Su indolencia respondía a su disgusto. Head
dice:

El gaucho ha sido acusado de indolencia por muchos. Quienes visitan su


rancho lo encuentran en la puerta de brazos cruzados y poncho recogido
sobre el hombro izquierdo, a guisa de capa española; su rancho está
agujereado y es evidente que sería más cómodo si empleara, en arreglar¬
lo, unas cuantas horas de trabajo. En un lindo clima carece de frutas y
legumbres; rodeado de ganados, a menudo no bebe leche; vive sin pan
y no tiene más alimento que carne y agua y, por consiguiente, quienes
contrastan su vida con la del paisano inglés le acusan de indolente y
se sorprenderán de su resistencia para soportar vida de tanta fatiga. Es
cierto que el gaucho no tiene lujos, pero el gran rasgo de su carácter es
su falta de necesidades; constantemente acostumbrado a vivir al aire libre
y a dormir en el suelo, no considera que agujero más o menos en el
rancho lo prive de comodidad. No es que no guste del sabor de la leche,
pero prefiere pasarse sin ella a la tarea cotidiana de ir a buscarla. Es
cierto que podría hacer queso y venderlo por dinero, pero si ha conse¬
guido un recado y buenas espuelas, no considera que el dinero tenga
mucho valor. En efecto, se contenta con su suerte; y cuando se reflexiona
que, en la serie creciente de lujos humanos, no hay punto que produzca
contentamiento, no se puede menos de sentir que acaso hay tanta filosofía
como ignorancia en la determinación del gaucho de vivir sin necesidades;
y la vida que hace es ciertamente más noble que si trabajara como esclavo
de la mañana a la noche a fin de obtener otros alimentos para su cuerpo
u otros adornos para vestirse.
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 177

Mac Cann confirma, por lo que observó a mediados del si¬


glo xix, esas impresiones:

Los hábitos y sentimientos del peón o trabajador criollo se deben al es¬


tado mismo de la campaña. Yo me limito a considerarlo desde el solo
punto de vista de su aptitud para el trabajo y el bienestar doméstico,
que estimo como bases fundamentales de la riqueza y la moral del país...;
los trabajos de estos hombres se limitan a todo lo que hace relación con
los caballos y el ganado en general: todas las faenas las desempeñan sobre
el caballo y nunca trabajan a pie. Por eso no se les ocurrirá tomar un
arado ni sembrar, ni cavar zanjas, ni cultivar una huerta, ni reparar la
casa. Jamás se ocupan de las tareas propias de la granja: sienten asimismo
aversión por las ocupaciones marítimas y las labores mecánicas; la caza y
la pesca tampoco les interesan. El paisano rehuye todo trabajo cuyo éxito
dependa del transcurso del tiempo; no saben valorar éste y no lo cuentan
por horas ni por minutos, sino por días; es hombre moroso y su vida
transcurre en un eterno mañana; tiene hábitos migratorios y, por donde¬
quiera se encamine, sabe que encontrará de qué alimentarse, debido a
la hospitalidad de las gentes. Si viaja —no siendo en invierno— duerme
al aire libre con el mismo agrado que en su propia casa. Vive su vida
activa siempre a caballo; si accidentalmente trabaja a pie, lo hace para
matar animales, poner cueros a secar o reparar los arreos de su caballo.
Cuando está ocioso, se lo hallará siempre fumando o tomando mate. Las
mujeres se ocupan de la cocina y del lavado, pero trabajan apenas lo
indispensable para la subsistencia de la casa. Los hábitos son uniformes,
y los días se suceden todos iguales. El marido se levanta al salir el sol,
toma mate, empieza a fumar, y luego monta a caballo y sale al campo
para cuidar el ganado hasta las diez o las once. Cuando vuelve a casa,
la mujer ya tiene preparado el asado de vaca o cordero; después duerme
su siesta y vuelve a montar a caballo para repetir la misma faena. A
tiempo de entrarse el sol, deja su trabajo y vuelve para cenar: consiste
la cena en un plato de puchero al que se añade, a veces, un trozo de
zapallo. En general no gusta de las legumbres, y el pan constituye para
él un lujo que raramente puede satisfacer. Su diversión principal consiste
en jugar a las cartas y es un experto jugador.

Las dos noticias de los viajeros colocan al gaucho en su me¬


dio, en un equilibrio en que la personalidad humana encaja
en su medio como el líquido en el recipiente. Lo que se ha
llamado personalidad del gaucho es ese acomodo perfecto con
las condiciones físicas que a todos da un rasgo colectivo más
que individual. La indolencia es la lentitud de los procesos
de la Naturaleza, convertida en una especie de apacible cli¬
ma espiritual. Es también la filosofía de John Carrickfergus, en
La tierra purpúrea, la misma que el inglés Richard Lamb al
fin halla sensata y plausible. Head termina sus observaciones
178 LA FRONTERA

con estas palabras, muy justas sobre las fuerzas inertes — ho¬
rizontales — de la campaña:

Es cierto que [el gaucho] sirve poco a la gran causa de la civilización,


que es deber de todo ser racional fomentar; pero un individuo humilde
que vive solitario en la llanura sin fin no puede introducir, en las vastas
regiones deshabitadas que lo rodean, artes o ciencias; puede, por tanto,
sin censura, permitírsele dejarlas como las encontró, y como deben per¬
manecer hasta que la población, que creará necesidades, invente los me¬
dios de satisfacerlas.

A más de ciento veinte años de escritas esas observaciones,


podemos afirmar que el problema es más complicado, no otro.
Los adelantos, las nuevas necesidades se han acomodado sobre
las primitivas, y todo el agregado de mayores alicientes, ne¬
cesidades y medios de satisfacerlas, son atavíos puestos sobre su
cuerpo. Tiene más cosas, pero ni espiritual ni caracterológica-
mente ha variado. La fractura de ese equilibrio, que hoy co¬
loca al individuo por debajo de la maquinaria, en el Poema
se alteraba en sentido inverso. No existe allí el acomodo está¬
tico de hombre y mundo, sino una violencia permanente por
desajustes. El hombre siempre es superior al medio en que vi¬
ve, a las cosas que maneja, a los utensilios y bienes materiales
de que dispone. Se nos presentan de inmediato dos configu¬
raciones de estados de cultura, que no tienen un mismo nivel.
El de las cosas, o estado condicionado por los objetos y los
usos, y el de las personas aisladas o en sus relaciones recípro¬
ca y generales. Familia, sociedad, agrupación accidental tie¬
nen aquí un sentido muy neto y positivo, aclaratorio. Por des¬
organizados que estén, se hallan en un nivel superior al de las
cosas que utilizan. Los trabajos que Martín Fierro dice cono¬
cer demarcan un orbe de cultura bajísimo, y se comprende que
un hombre de su inteligencia no se avenga sin rebeldías a so¬
meterse a lo que se exige de él.
El mundo de cosas corresponde a lo que Sarmiento deno¬
minó la “era del cuero”. Los trebejos encontrados en la tape¬
ra de Vizcacha están en un estrato mucho más reciente: latas
de sardinas, tintero, anillos. El mundo de los seres humanos
se identifica con el de las alimañas. Vizcacha es el tínico ser
en equilibrio estático con su medio. Pero flotan en ese mun-
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 179

do informe despojos de una distante civilización, inferioriza-


dos al adaptarse a necesidades elementales, o en tensión cons¬
tante de degradación por las formas inferiorizadoras del am¬
biente. Los representantes del orden y del adelanto son agen¬
tes ciegos de esa naturaleza que resiste la acción del hombre.
¿Quién ha señalado que no se habla de herramientas de tra¬
bajo en el Martín Fierro, de ninguna técnica del orbe real¬
mente civilizado? La herramienta es el arma. Las formas de vi¬
da del Poema corresponden a la del nomadismo, con el agra¬
vante de que los impulsos del nomadismo no provienen de la
índole del habitante, sino de una organización cruel y bár¬
bara que se refleja del remoto foco de la vida urbana. Son
expulsados, echados a las fronteras. No es más significativo el
Facundo, porque en el Poema vemos que la barbarie está en
las cosas, en el suelo y en el aire más que en las personas, que
influye sobre los ánimos y las ideas. El Martín Fierro es el
anti-Facundo, que denuncia como viciadas por los mismos ma¬
les a las agrupaciones que detentan el poder para consumar
la injusticia.
Los seres humanos, en todos los poemas gauchescos, son su¬
periores a sus bienes (casas, utensilios, indumentos, enseres), a
la constitución familiar y política, así como en las grandes
ciudades los edificios, las instalaciones, los espectáculos, el
tránsito reglamentario y el confort de la existencia urbaniza¬
da mecánicamente son superiores al habitante. Los desnive¬
les son correlativos en el campo y en la ciudad: las relaciones
entre hombre y medio también, pues la observación de mu¬
chísimos viajeros, desde Darwin, de que el hombre del cam¬
po era mejor que el de la ciudad, debiera completarse dicien¬
do que está privado de casi todos los instrumentos de la civi¬
lización para sostenerse en forma.
Esos seres campesinos — los gauchos — no tienen nada por¬
que han sido privados de lo que ya sus padres habían obteni¬
do. El despojo de que se lamentan es de magnitud histórica
más que personal. No están en la etapa en que aún no han
adquirido instrumentos — son los cuadros de Head y Mac
Cann — o en que empiezan a adquirirlos y a asimilarlos en su
uso adecuado, sino en la etapa en que va perdiéndose su po¬
sesión, el uso y la costumbre de usarlos. El ejemplo de las ro-
180 LA FRONTERA

pas que se desgastan y decaen en harapos es simbólico. Se tra¬


ta de un mundo en ruinas, que se derruye en tapera. El Poe¬
ma marca un clímax. Faltan las herramientas más rudimen¬
tarias — arado, pala, martillo —, y en cuanto a las faenas agro¬
pecuarias se alude a los trabajos de corral, o a los que Martín
Fierro realiza en el fortín.
Se nos sugiere que sea un hombre que jamás ha trabajado
sino en tareas accesorias y circunstanciales, que ha vivido en
un mundo que le impidió encauzar sus aptitudes por mejor
camino, de modo que, como sus cantos, fueran “para bien de
todos’’.
Sarmiento se ha referido a las duras condiciones del traba¬
jo, en el Facundo:

Es el capataz un caudillo, como en Asia el jefe de caravana: necesítase


para este destino una voluntad de hierro, un carácter arrojado hasta la
temeridad, para contener la audacia y turbulencia de los filibusteros de
tierra que ha de gobernar y dominar él solo en el desamparo del desierto.
A la menor señal de insubordinación, el capataz enarbola su chicote de
fierro, y descarga sobre el insolente golpes que causan contusiones y heri¬
das: si la resistencia se prolonga, antes de apelar a las pistolas, cuyo
auxilio por lo general desdeña, salta del caballo con el formidable cuchillo
en mano, y reivindica bien pronto su autoridad por la superior destreza
con que sabe manejarlo. El que muere en estas ejecuciones del capataz no
deja derecho a ningún reclamo, considerándose legítima la autoridad que
lo ha asesinado. Así es como en la vida argentina empieza a establecerse
por esta peculiaridad el predominio de la fuerza brutal, la preponderan¬
cia del más fuerte, la autoridad sin límites y sin responsabilidad de los
que mandan, la justicia administrada sin formas y sin debate. La tropa
de carretas lleva además armamento, un fusil o dos por carreta, y a veces
un cañoncito giratorio en la que va a la delantera. Si los bárbaros la
asaltan, forma un círculo atando unas carretas con otras, y casi siempre
resisten victoriosamente a la codicia de los salvajes ávidos de sangre y de
pillaje. La árrea de muías cae con frecuencia indefensa en manos de estos
beduinos americanos, y rara vez los troperos escapan de ser degollados.
En estos largos viajes el proletariado argentino adquiere el hábito de vivir
lejos de la sociedad y de luchar individualmente con la naturaleza, en¬
durecido en las privaciones, y sin contar con otros recursos que su capa¬
cidad y maña personal para precaverse de todos los riesgos que le cercan
de continuo.

La haraganería, que Bunge supuso un defecto congenital


del mestizo, es una forma de resistencia a ser inferiorizado, o
a efectuar cualquier acción estéril más allá del beneficio di-
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 181

recto y mínimo de la subsistencia. El desapego al trabajo es


una virtud humana en nuestros campos, donde el hombre tie¬
ne que competir con la acémila. Concolorcorvo atribuía la in¬
dolencia a la abundancia, y Juan Gutiérrez cuenta que
provocó la ira de sus vecinos por haber publicado un artícu¬
lo en el cual decía “que no existía bajo el sol un lugar más a
propósito que este Río de la Plata para fomentar la haraga¬
nería de los extranjeros, a causa de la abundancia de los ali¬
mentos y de la superabundancia de mujeres solteras, y amigas
de la ociosidad y del lujo”. En Buenos Aires, desde setenta
años atrás, cita José Antonio Wilde esta opinión de Hutchi-
son (de Buenos Aires and Argentine gleamings, 1889):

Todo aquel que haya vivido algún tiempo en la República Argentina,


estará de acuerdo con mi experiencia, de que hay pocos países en el
mundo en que se tenga más devoción por el principio de nunca hacer hoy
lo que puede dejarse para mañana. El hereditario mañana domina todo
el sistema social, político, comercial y militar.

La desafección al trabajo, en que cae también el extranje¬


ro, es resultado de que no responde a una necesidad social or¬
ganizada en sus órganos de riqueza, de modo que ésta puede
obtenerse, en el azar del juego de vivir, sin inteligencia y sin
esfuerzo. Cuando Martín Fierro comenta la desidia de los in¬
dios y dice que la tierra no da fruto si no la riega el sudor,
construye una sentencia — la misma que dice Mansilla a la
tribu que lo escucha — en la que no puede creer. Nuestra tie¬
rra trabaja por todos los habitantes, que en la mayoría de los
casos la entorpecen y dificultan. No le requiere al hombre sino
una cooperación mínima. Nuestros males morales provienen
de que la Naturaleza es pródiga — su más asidua tarea es re¬
mediar los yerros de los estadistas — y con su industria repara
el déficit de la contribución humana. Tampoco hoy tiene ali¬
ciente ninguno el chacarero, cuyo producto le es prácticamen¬
te confiscado por el gobierno y gravado para atender al pre¬
supuesto de gastos inútiles. Antaño la falta de estímulos pa¬
ra el trabajo era todavía más aguda. El gaucho se rebelaba
ante el trabajo por dos causas porque era una tarea inferior,
embrutecedora, y porque estaba espiritualmente cansado. Ca¬
recía su mundo de horizonte humano, de bienestar, de sentí-
182 LA FRONTERA

do práctico de su sacrificio, y entonces era un castigo: un em¬


pujar peñones en el infierno. Lo despojaban, además, en una
técnica que equivale entre nosotros a la ingeniería industrial.
El trabajo estaba desconectado de toda finalidad social, del
bien público: era un tributo que pagaba por el hecho de exis¬
tir, el saldo deudor que heredaba sin que pudiera redimirse
por su propia iniciativa. Tenía que cancelar con su trabajo
ese saldo deudor de los padres y los abuelos, y en cambio el me¬
dio le ofrecía oportunidades para subsistir en plena libertad
y manumisión. Cuando Picardía y Martín Fierro aluden al
pecado que parecería que el gaucho tiene que pagar, tocan,
sin saberlo, esa escandalosa tara económica que en todas par¬
tes del mundo, como aquí, es de índole moral. Es la filosofía
de Martín Fierro al decidirse a abandonar la civilización y bus¬
car refugio en la toldería, donde el problema de la subsisten¬
cia está reducido a la capacidad del individuo para obtener de
la Naturaleza el sustento. Dice: Todas las tierras son güeñas:
Vá?nosnos, amigo Cruz (2255-6). Antes ha expuesto, en una
paráfrasis del monólogo de Segismundo, la situación del hom¬
bre comparada con la de seres creados también por Dios y que
disfrutan de su vida sin sus zozobras. Renuncia no solamente
a la tierra y a las cosas que ha implantado en ellas la civiliza¬
ción, sino al sacrificio de usarlas, prefiriendo la holganza, con
todos los peligros y privaciones, en lugar de vivir sometido al
trabajo circular de la noria. No es tanto la filosofía personal
de un gaucho castigado injustamente, que teme al gobierno,
sino la de una clase trabajadora que no tiene conciencia de
cuáles son las verdaderas causas de sus infortunios. Lo que sa¬
be es que no quiere someterse a una faena sin provecho, exce¬
sivamente costosa. Pues las privaciones a que Martín Fierro
se refiere no son sino accidentalmente las de orden social. Son
las de orden económico que recubre la armazón política y ju¬
rídica. Están en juego esas fuerzas de una economía en su es¬
tadio de voracidad inclemente y la conciencia del hombre que
ama su libertad. No tiene otro lenguaje ni otros indicios pa¬
ra detestar ese estado de cosas. Avenirse a la vida del salvaje,
donde puede alimentarse sin obligaciones, y aun aviarse de al¬
go en cualquier malón, guarecerse de la intemperie y, ocasio¬
nalmente, ayuntarse, es lo principal. A lo que se renuncia es
LOS HABITANTES: E)L GAUCHO 183

a la civilización en bloque, porque está deformada y sólo ofre¬


ce motivos de tormento. Debiera ser ésa la actitud de todos
los infelices para quienes la civilización es la más horrenda
mentira.
El holgazán optaba por un tipo de vida, preconizado por
las cosas, estrictamente justo para subsistir; y hoy el “linyera”,
el vagabundo de los caminos, reproduce literalmente esa filo¬
sofía escéptica, dando la espalda a los bienes que le exhiben
disfrutados por otros como una tentación para que capitule
emasculando su condición humana. No es taxativamente el
juez, ni el comisario, ni el comandante, ni el temor a que lo
apresen por sus delitos, lo que empuja a Martín Fierro al De¬
sierto. Ellos son los órganos inconscientes de una universal
injusticia. Lo empujan la falta de sentido para su vida, el flo¬
tar a la deriva en la superficie de la tierra, el tener que entre¬
garse a un sistema de convivencia que al fin no le ofrece más
que el sustento, salcochado con lágrimas, más amargo que el
de la Naturaleza. Pues lo que Martín Fierro confronta no es
su libertad frente a la cárcel que ha merecido — el Hijo Ma¬
yor le dirá que se obtiene gratuitamente —, ni la impunidad
frente al castigo, sino el costo y el procedimiento de subsistir
entre los indios o entre los cristianos.
Cuando el gaucho pasó a paisano, de su existencia de paria
a la de jornalero, se inició la era del peón cuyo auge se pro¬
duce en estos momentos de nuestra historia. El trabajador
a sueldo fijo, adscrito a la estancia o a la chacra, con ocupacio¬
nes específicas, siguió siendo una paria sedentario, y los go¬
biernos, que Hernández denuncia por haber olvidado su pro¬
tección y su defensa, habrían más tarde de encontrar en ellos
no un motivo para englobar en la obra antes restringida de
la civilización de las campañas, sino un pretexto para obte¬
ner el triunfo electoral, usándolos como masa de presión con¬
tra el pequeño propietario de la tierra y del ganado. Apare¬
ció, en lugar del mayordomo y el capataz del estanciero o de
la compañía ganadera, el patrón, cuya vigilancia era más se¬
vera, como representante de un sistema de economía perso¬
nal. El parcelamiento de la tierra, la residencia del patrón
en su campo, el cambio y refinamiento del sistema de explo¬
tación influyeron en la modificación de los hábitos de vida al
184 LA FRONTERA

mismo tiempo que en las condiciones psicológicas del jorna¬


lero. Se habían cambiado las condiciones, ahora más propi¬
cias, para la constitución del hogar. Pero al mismo tiempo
aparecían otras dificultades contrarias: el jornalero no podía
tener su familia en la estancia o la chacra, sino en el pueblo.
Este es todavía un problema al que no se le ha encontrado so¬
lución. El peón puede casarse y, si la mujer trabaja también
como sirvienta, pueden vivir juntos. De lo contrario — es lo
común — ella y los hijos han de vivir en el pueblo donde, con
un subsidio mísero, se mantendrán. El marido va a la casa
de su mujer, que él no habita, una vez por semana o por quin¬
cena.
Las uniones fueron, casi sin excepción, libres; todavía lo son
en la mayoría de los casos, aunque paulatinamente el matri¬
monio ha reemplazado al concubinato. Se trata de una lega¬
lidad más que de un nuevo status. Faltas y fallas de todo jaez
mantienen precariamente unidos a los cónyuges, sin que las
condiciones de vida y de educación hayan variado como para
dar mayor estabilidad a la familia. Se la ha revestido de una
formalidad dentro de la mancebía. La separación convenida,
y la cesión de los hijos a quien pueda criarlos sin privaciones,
sigue siendo el recurso más fácil para anular los efectos eco¬
nómicos y espirituales del matrimonio. Repudiado el divorcio
en la ley, en los prejuicios religiosos y en la convención social,
es practicado de hecho con la misma mecánica inoperancia
del matrimonio. Este existe y aquél no, pero es lo mismo. Las
instituciones valen lo que las personas, y los hechos se institu¬
cionalizan per se, al margen de las instituciones, cuando el
status legal y el natural no coinciden ni se coordinan por pac¬
tos de buena fe. Como dice Groussac (en Memoria histórica
de la provincia de Tucumán): “Habían llegado los días trá¬
gicos en que la presencia de la familia es una desgracia...”;
o, según Juan Agustín García: “Como consecuencia de seme¬
jante estado de cosas desaparece la familia cristiana en la cla¬
se proletaria, deshecha por el nuevo medio”.
El peón comprende ya su situación de jornalero, en par¬
te. La comprende hasta donde la propaganda política ha des¬
pertado en él la codicia de ser lo que su patrón; pero no en
una conciencia de clase ni en un sentido superior de la oiga-
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 185

nización social. Gobiernos demagógicos — son los mismos, dic¬


tatoriales o constitucionales — han procurado el mejoramien¬
to de las condiciones de trabajo, mediante mayores retribu¬
ciones pero no mediante una economía más justiciera y pro¬
ductiva. Se ha planteado una desinteligencia entre el capital y
el trabajo, que antes no existía; no se ha planteado una inte¬
ligente coparticipación, una cooperación. Esa desinteligencia
es una fuerza de desorganización, útil para los gobiernos inmo¬
rales, no para la economía del país. El estatuto del peón atien¬
de a situaciones entre individuos más que a situaciones de es¬
tructuración de la economía, del capital y del trabajo. Al
crearse en el peón la conciencia de que está mal retribuido,
desamparado como miembro de una sociedad a que el patrón
también pertenece, no se ha creado en él la conciencia de su
responsabildad social ni de sus derechos verdaderos. El peón
no siente que es explotado por un sistema económico injusto,
sino que quiere a su vez explotar sin responsabilidades al pa¬
trón. Quiere suplantarlo y, mientras, se convierte en órgano
parasitario e irresponsable. Abundan los procuradores y ase¬
sores oficiosos y oficiales; los médicos rurales entran en arre¬
glos con el agente de seguros y la supuesta víctima de acciden¬
tes del trabajo. Policía y juzgado encontraron una fuente nue¬
va de ingresos. Unos y otros constituyen ya una sociedad clan¬
destina para la estafa del agricultor. Todo esto aumenta el
poder del Estado, que vuelve a ser visto como entidad abstrac¬
ta capaz de sellar la injusticia, el fraude, la exacción, el litigio
ruinoso. El Estado engruesa así su caudal de poder destruc¬
tor, desorganizador, y se hace temible y respetable, como una
corporación de forajidos.
Tan miserables son los peones como los ¡natrones. Han sido
apartados del criterio de la justicia social y se lucha por el
despojo, cuerpo a cuerpo, ante los tribunales, juzgados de paz
v las comisarías.
J

Antes, el gaucho sirvió en las filas de la tiranía y en la gue¬


rra contra el indio, sin proferir una palabra contra su patrón,
el estanciero; ahora sirve a la misma tiranía, combate contra
el patrón y está de parte de lo indígena de una organización
militar y gubernamental de caciques. El proletariado campe¬
sino vuelve a constituir el fermento de la montonera y la ma-
186 LA FRONTERA

zorca, y sus lemas de reivindicación tomados de la jerga ofi¬


cial encuentran en la recíproca adecuación de barbarie ameri¬
cana y fascismo una promesa de feliz regreso a la “época del
cuero”. La reorganización de las fuerzas dispersas en la cam¬
paña para una empresa de dominio del país con el método ro-
sista, es una restauración. Todos nuestros dictadores son, de
verdad, restauradores de las leyes naturales. El progreso de jure
en la situación del trabajador del campo es el regreso de
facto a la política de Rosas.

TRABAJOS DE LA MUJER

Martín Fierro denunció, como una de las costumbres bru¬


tales de los indios, el hecho de que hubieran cargado el peso
de los trabajos sobre las mujeres: Todo el peso del trabajo Lo
dejan a las mujeres— El indio es indio y no quiere Apiar de
su condición; Ha nacido indio ladrón Y como indio ladrón
muere (11,583-8). Los trabajos más penosos eran a su vez im¬
puestos a las cautivas.
Una misma era la situación en el campo de la mujer india,
mestiza o criolla: trabajar en las tareas domésticas, entendién¬
dose por tales la crianza y cuidado de la prole, los cultivos de
huerta, el aseo, la manutención. En los toldos inclusive car¬
neaban las reses para alimentación de las tribus, y en los ma¬
lones iban con los indios para consumar el saqueo una vez
pasada a cuchillo la población.

Las mujeres y los chicos hacen el papel de merodeadores en las invasiones.


Son los que despojan a los muertos sin dejarles ni camisa. Mientras que
los maridos pelean, ellas entran en las estancias y escarban y escudriñan
los rincones para apoderarse de todo (Barbará, en Vocabulario y costum¬
bres de los iridios pampas).

Es indudable que las mujeres tuvieron asimismo a su cargo


la misión de curar y embrujar.
La mujer blanca —la mujer del gaucho—, indolente como él,
cumplía también la totalidad de las tareas domésticas en el
rancho. Lo que la distinguía era el permanecer constante¬
mente en la casa, excepto cuando todos habían de cambiar de
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 187

residencia. La india trabajaba más. Cuenta Zeballos (en Viaje


al país de los araucanos) que sostenían los vicios de sus mari¬
dos con el fruto de su rudo trabajo “sembrando, cuidando ga¬
nados, tejiendo telas: hacer de comer, repasar el toldo, traer
agua y leña, cuidar la limpieza, amamantar los hijos”. Además
de sufrir todos los excesos de rigor a que estaban sometidas
naturalmente, Mac Cann encontró, en su viaje a los toldos,
que en varios de ellos las mujeren tejían. Dice:

El trabajo es engorroso y largo, porque hacen pasar el hilo a través de la


urdimbre con los dedos, y así se explica que pierdan un mes en confec¬
cionar una prenda que, en Yorkshire, podría tejerse en una hora. Los indios
varones suelen trabajar en las estancias, pero nunca las mujeres.

Moralmente su situación “no podía ser más humillada y de¬


primida” (Zeballos). Mansilla cuenta algunos castigos de que
se las hacía víctimas en arranques de furor; y la falta de toda
piedad y conmiseración de ellas, a su vez, para con las esclavas
y cautivas está crudamente especificada en el Martin Fierro.
Sin embargo, eran hacendosas, y en los toldos de muchos ca¬
ciques cumplían debidamente sus funciones de amas de casa.
Mansilla fue agasajado con viandas y en vajillas que el gaucho
nunca soñó tener. Como las actuales indígenas del norte, “son
también excelentes amazonas y llevan sobre el caballo su mer¬
cancía a las ferias” (Mac Cann). En cambio, la mujer del gau¬
cho holgaba. Hudson tiene magníficos retratos en geórgicas es¬
cenas de esa mundial haraganería, en Allá lejos y hace mucho
tiempo y en La tierra purpúrea. Y Head escribe:

Los hábitos de las mujeres son muy curiosos; las grandes llanuras que las
rodean no les dan motivo para caminar. Rara vez montan a caballo y sus
vidas son ciertamente muy indolentes.

Así fué desde el principio, pues en 1556 se decía en una


carta fechada en Asunción del Paraguay:

Todos los trabajos cargaban de las pobres mujeres, así en lavarles las ropas
como en curarlos, hacerles de comer lo poco que tenían, limpiarlos, hacer
centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas, cuando algunas veces los
indios venían a dar guerra.
188 LA FRONTERA

Casi generalmente se reproducen esas noticias en la tota-


lidad de las crónicas posteriores del Perú, Chile, Venezuela y
Uruguay. Era la primera distribución del trabajo, la primera
industria de explotación del ser humano por su semejante.
Desde entonces en el campesinado la mujer ocupa el lugar de
la cautiva en la conquista de la civilización agropecuaria.
Sólo una vez dice el Poema que las mujeres están atareadas
trabajando, en ocasión de describir la hierra: Eran los dias del
apuro Y alboroto pa el hembraje, Pa preparar los potajes Y
osequiar bien a la gente... (41-4). Hernández ha logrado des¬
cribir con vivida impresión las brutalidades y atrocidades de
la india, y cuáles eran sus tareas en los malones o en las cere¬
monias guerreras, pero no acertó ni lejanamente a transmitir¬
nos ninguna impresión de cuál fuera la situación de la mujer
del gaucho en los tiempos en que éste era feliz. La vemos aban¬
donada, despojada de sus pilchas, sorprendida en falta de adul¬
terio, pidiendo clemencia, uniéndose a quien pudiera mante¬
nerla, rezando. Nuevamente es excepción el episodio feroz de
la Cautiva.
Por otros autores sabemos que las mujeres participaban tam¬
bién de las penosas campañas de las guerras civiles, y refirién¬
dose a las que seguían a las tropas de Lavalle, el general Paz
las llamaba “cáncer del ejército”. Cuenta Sarmiento (en Con¬
flicto y armonías de las razas en América, II):

Pero las mujeres, lejos de ser un embarazo en las campañas, eran por lo
contrario el auxiliar más poderoso para el mantenimiento, disciplina y ser¬
vicio de la montonera. Sirven en los ejércitos para hacer de comer a los
soldados, repararles sus vestidos, cargar las provisiones y equipos, guardar las
caballadas durante el combate y aumentar la línea o fingir reservas, cuando
es necesario. Su inteligencia, su sufrimiento y su adhesión sirven para man¬
tener fiel al soldado que no puede desertar o no quiere teniendo en el
campo todo lo que ama... Fructuoso Rivera no dejaba jamás a las mu¬
jeres de los soldados atrás; era el padrino de todos los nacidos y el com¬
padre de todos sus jefes y soldados. Las mujeres vestían uniformes más
completos que el de los hombres, por cuanto servían de almacén, de depó¬
sito para transportarlos. El general Lavalle, que estuvo alojado ocho días en
la estancia del doctor Vélez, tenía ciento veintiséis mujeres con su regi¬
miento, todas con morriones de penacho rojo, altos como se usaban en¬
tonces, y tan completamente equipadas, que formaban a la izquierda del
regimiento con la mayor compostura y seriedad. La cocina, el lavado eran
sus funciones en el campamento. En la batalla cuidaban de los que caían
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 189

heridos y de asegurar las caballadas, según que avanzaba o retrocedía el


regimiento... A Ramírez, a Carrera, acompañaban muchas mujeres, y el
general Alvarez, en una preciosa monografía de una excursión del general
Urquiza en el Entre Ríos, asegura que fueron detenidas en su marcha por
una división tendida en batalla de mil ochocientos soldados detrás de un
arroyo que protegía en un convoy de Rivera, conduciendo, en cuatrocien¬
tas carretas, ochocientas o más familias que seguían la retirada del cau¬
dillo. Cuando aquél había ganado la distancia necesaria pusiéronse en
retirada las mil ochocientas mujeres que habían quedado a cubrirla y ha¬
bían engañado al enemigo con sus aires marciales, sus ponchos raídos y sus
lanzas, pues que las usaban. En Caseros cayó prisionera la chusma del
cacique Catriel, pues los indios de quienes nos viene esta costumbre llevan
sus mujeres consigo y ocupan éstas la retaguardia con sus caballos.

En recuerdos de la guerra del Paraguay escribió Carlos Pe-


llegrini (en Discursos y escritos, “Treinta años después”, julio
de 1896):

Eran jóvenes que hacía un año sólo veían a esa mujer de tropa, tan buena,
tan útil, tan servicial y abnegada, verdadera providencia del soldado; pero
que, como una Friné al revés, bastábale mostrarse para defenderse: figura
apenas femenina, sólo matizada en esos campamentos por la aparición fan¬
tástica de aquellas negras brasileras que parecían arpías tropicales, cubier¬
tas de cintas y plumas y vestidas de cien colores chillones, marcando su
paso con una estela perfumada, y dejando una sensación de chucho o de
horrible pesadilla. Para esos jóvenes una correntina joven, entre amarilla
y rosada, color de durazno maduro, fresca y limpia con su cara de luna
llena, ojos negros, una boquita roja que al sonreírse mostraba un puñado
de mazamorra, sus largas trenzas cuidadosamente peinadas, sus senos duros
puntiagudos, insolentes, de donde colgaba como de una percha la camisa
blanca y limpia, único adorno de su busto rollizo y flexible, su pollerita
sencilla y corta que mostraba pies gorditos y chicos como sus manos... y
esos soldados fascinados corrían a poner a los pies de la diosa todo lo que
poseían... cuando recibían por toda respuesta... ‘‘Sin esperanza, che,
andate”.

También en nuestra historia política tiene la mujer un epi¬


sodio en que compite con los promotores profesionales de aso¬
nadas y motines. Lo cuenta Manuel Soria (en Fechas catamar-
queñas, II):

El 10 de agosto [de 1862], mientras el Congreso discutía la Ley, Omill se


hizo designar gobernador propietario. Presos o prófugos los jefes adictos a
Correa, parecía que nadie fuese a alterar el orden; pero estaban en la
capital las señoras de los políticos en desgracia, las cuales, acaudilladas por
doña Eulalia Ares de Bildosa, resolvieron tomar a su cargo la resistencia.
190 LA FRONTERA

Las damas contrataron secretamente unos veinte hombres del pueblo, que
reunieron con todo sigilo en la noche del 17 de agosto; y doña Eulalia los
condujo en persona al asalto de la Casa de Gobierno, donde encontró la
guardia dormida a pierna suelta. La animosa dama sometió a los soldados
sin disparar un tiro, organizó la defensa de la Casa de Gobierno aumen¬
tando su tropa con vecinos que hizo sacar de las camas donde reposaban;
y dispuso la captura del gobernador, que no pudo ser habido, pues antes
de amanecer había huido de Tucumán.

ESCLAVOS

El desprecio por la raza negra no ha sido notorio en la po¬


blación blanca del país. Observaba Lina Beck-Bernard, en su
libro Cinco años en la Confederación Argentina (de 1857 a
1862), que

aunque muchas familias se sienten orgullosas de su ascendencia puramente


europea, lo cierto es que en estas repúblicas españolas no han existido
nunca los inicuos prejuicios que se dan en la América del Norte contra
la gente de color. Desde muy antiguo, los hijos naturales, pardos o mulatos,
han sido con frecuencia reconocidos por sus padres, gozando de los mismos
derechos que sus hermanos de raza blanca.

Sin embargo, Martín Fierro expresa un recóndito desprecio


por los negros en dos lugares prominentes del Poema; en la
pelea con el Negro, en la Ida, y en la Payada con el hermano
de su víctima, en la Vuelta. La provocación, la pelea y la
muerte del Negro son de una agresiva superioridad inspirada
en la raza. Martín Fierro lo considera, como a su mujer, infe¬
rior tanto en su conducta para con ellos como en la forma de
referir el hecho.
Tampoco tuvo el gaucho oportunidad de desdeñar al negro,
con el que mantuvo en los campos muy pocos contactos. De
existir algunos esclavos en las estancias, éstos desempeñaban tra¬
bajos domésticos. La literatura es muy parca en relatar la exis¬
tencia de esclavos en la campaña. Martín Coronado llevó a la
escena, en Justicia criolla, un caso particular; otro hallamos en
Amalia, siempre con carácter excepcional; Hudson contó, en
El ombú, las consecuencias que le trajo al pobre Melitón su
afán de emanciparse de la servidumbre de Santos Ugarte, y
Sarmiento dejó un relato muy parecido en la historia de Juan
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 191

Chipaco, en una correspondencia que envía desde Tucumán.


Los negros cobraron importancia durante la tiranía de Rosas,
ya en sus menesteres de servidores de las familias pudientes,
donde actuaban por lo general como espías y delatores, ya en
las industrias de guerra que el tirano instaló en diversos pueblos,
como Santos Lugares.
No se ha documentado la esclavitud del indígena, sino en
los sistemas de mitas y encomiendas, poco explotados en nues¬
tras tierras, y acaso se refieran al trabajo sin remuneración los
autores que admiten que existió una forma de esclavitud tam¬
bién para el indio en las posesiones ganaderas. Ello existió,
con matices atemperados, a partir de la reducción de las tribus
por la campaña de Roca, pero no se puede hablar de un estado
de esclavitud a que se los sometiera. No obstante, Juan Agus¬
tín García dice en La ciudad indiana:

AI mismo tiempo actúan en la familia los indios yanaconas y los proleta¬


rios. Los primeros son preferidos a los esclavos en el servicio doméstico.
Por suerte, las tribus pampas resultaron bravas y la mezcla de razas no
pudo operarse en grande escala, conservándose puro el tipo europeo. Un
feliz azar que nos libró de la regresión irremediable de otras naciones de
América, con sus núcleos de población mestiza e india, con todos los in¬
convenientes morales...

Páginas más adelante ese veredicto se invalida con estas pa¬


labras:

Esta corrupción moral, la bajeza de los ideales, los sentimientos falsos, los
vicios, la decadencia de todos estos elementos tan íntimamente ligados re¬
percute en la familia explotadora, que es el jefe, el punto céntrico y do¬
minante de la pequeña agrupación. No se vive impunemente rodeado de
siervos y miserables. Los conceptos sobre la vida, la moral, el deber, que
inculca la servidumbre parasitaria al niño, con ese método decisivo de
ejemplo, forzosamente imitado, serán los motivos de la voluntad del adulto,
las fuerzas ocultas que gobernarán su conducta.

Y Groussac, en la segunda serie de El viaje intelectual:

Según éste [sistema], la perpetua servidumbre del indio domesticado se


fundaba mucho menos en las trabas materiales que en el “cultivo” de su
incapacidad e ignorancia, gracias al doble régimen de aislamiento (por la
topografía y por la lengua) y de embrutecimiento (por el terror y la su¬
perstición) que en las doctrinas imperaba.
192 LA FRONTERA

También Alberdi (en Estudios económicos):

La verdadera riqueza que los españoles encontraron y explotaron en Sud


América fué la raza dócil, pacífica, de los americanos indígenas que la po¬
blaban. El trabajo de esos pueblos vencidos y esclavizados, no el suelo,
fué la causa y origen de la plata y oro que los españoles sacaron de
América.

Aunque el gobierno de la Revolución (el triunvirato que


integraba Rivadavia) decretó en 1813 la manumisión de los es¬
clavos por la “Ley de Vientres”, quedaron muchos de ellos,
voluntariamente más bien, en esa condición servil hasta mucho
después de la caída de Rosas. Sin embargo, ese problema de la
esclavitud, y el consiguiente del mestizaje con el negro, no tuvo
en la Argentina mayor importancia. Durante la Colonia se
circunscribió a la esfera de la vida doméstica, como observa
J. A. García en la obra citada:

De su trabajo viven casi todas las familias. Monopoliza las industrias y


oficios, las humildes funciones indispensables en la vida urbana. La casa
es un taller o depósito de obreros, que salen todos los días a vender su
trabajo por cuenta del dueño... Con cien o doscientos pesos se compra un
esclavo que reditúa ocho o diez pesos mensuales, y cuya manutención cuesta
muy poco.

En el plan de restauración de la vida colonial sin metró¬


poli estaba restituir al negro a esas tareas antiguas, ahora por
cuenta del Estado. El Poema no alude siquiera a la condición
servil del negro, sino que lo ve en condición de asalariado (el
Moreno), como los gauchos, conservando su propia tradición de
raza, de amor a la familia y al hogar (si ésos no eran datos
suficientes, para el oyente, de su antigua esclavitud doméstica).
El Moreno los expone con manifiesta intención de contraste
con la vida de Martín Fierro y de sus hijos, que terminaban
de aludir a su orfandad. Pero la amorosa crianza y la cohesión
de la prole trascendían a formas o resabios de esclavitud fa¬
miliar.
De todos los viajeros de mitad del siglo pasado, fué Lina
Beck-Bernard, en la obra citada, quien dedicó mayor atención
a observar este aspecto de la esclavitud entre nosotros. Dice de
la abolición de la esclavitud:
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 193

Eso no podía llevarse a cabo de una sola vez... Había que dar tiempo al
arribo de inmigrantes extranjeros que reemplazaran a los negros en el
trabajo. A ese efecto se dispuso que los esclavos casados debían continuar
sirviendo a sus patrones por diez años, al cabo de cuyo tiempo quedarían
libres, ellos y los hijos nacidos antes de 1814. Los hijos nacidos durante
esos diez años... estaban obligados a servir, las mujeres hasta cumplir
dieciocho años y los varones hasta los veinte. Transcurrido ese plazo que¬
daban también libres, y con ello se cumplía la total emancipación... Co¬
rridos los diez primeros años, los esclavos casados y los mayores de sus hijos,
declarados libres, abandonaron a sus amos. Esto ya importó un trastorno
muy grande en la esfera del trabajo. Con esos hombres se iban los brazos
bien ejercitados y los artesanos: carpinteros, cerrajeros, fabricantes de ca¬
rretas, albañiles, tejedores, etc. Se iban también los labradores, porque los
negros desempeñaban los trabajos de agricultura. Entretanto la inmigración
no llegaba. Las guerras civiles lo impedían y, por otra parte, las corrientes
inmigratorias de Europa se sentían atraídas hacia los Estados Unidos de
América del Norte... Quedaba, como dijimos, en las provincias, la segun¬
da serie de esclavos para liberar, es decir, los nacidos de 1814 a 1824. El
término fijado para la emancipación se cumplió a su vez y la manumisión
de todos los esclavos... resultó casi impracticable... No podían ocultársele
[a Urquiza] las dificultades que ofrecía la manumisión de los esclavos res¬
tantes y se propuso dar un corte definitivo a la cuestión, perjudicando
gravemente a los propietarios. Fué así que ordenó la reunión de todos los
esclavos en el Cabildo, haciendo entregar a cada uno su acta de liberación,
con un pasaporte que les permitía embarcarse de inmediato en cualquiera
de los navios anclados en el puerto de Santa Fe...; se dió el caso de algún
estanciero en cuyas chacras trabajaban hasta cien esclavos, que se encontró
solo y abandonado por sus peones de un momento a otro. En pocas sema¬
nas los ganados invadieron los sembrados y arrasaron las plantaciones. Los
propietarios entonces abandonaron las estancias y campos cercanos a la
ciudad, y los indios se aprovecharon para dar buena cuenta de todo. Huelga
decir que los esclavos viejos, cojos o inválidos, no pensaron en acogerse a
la libertad que les brindaba el general Urquiza. Permanecieron junto a sus
amos y fueron amparados y cuidados por ellos hasta la muerte, como lo
hemos visto con nuestros propios ojos en casa de algunas familias amigas...
Esta esclava abandonó a su ama dejándole dos hijos muy pequeños, un
varón y una mujer... Hubo otros esclavos que dejaron a sus amos y vol¬
vieron atormentados por los remordimientos algún tiempo después; entre
esos arrepentidos se contaban las mujeres que reaparecieron en casa de sus
antiguos dueños al cabo de cinco o seis años, con tres o cuatro rapaces a
la rastra, pidiendo ser reintegradas en la familia y protestando que las
habían abandonado sus maridos.

Es muy posible que dentro de las quintas y chacras el negro


desempeñara trabajos manuales que desdeñaba el gaucho; pero
la condición de ambos, como la del indio, si no tenían bienes
ni profesión, era la misma. Juan Agustín García los identifica
en la miseria:
194 LA FRONTERA

El proletario lleva una vida miserable, en pobrísimos ranchos edificados en


terrenos baldíos, simple ocupante de los huecos de la ciudad donde arma
su choza. Come los restos del matadero, la limosna de la casa solariega.
Si acaso se convierte en bandido, merodea en las quintas y chacras con los
indios alterados, los negros huidos. No tiene la menor idea de un mejo¬
ramiento social. En su concepto su situación es definitiva, como las de sus
compañeros de miseria, indios o negros.

Al identificar Martín Fierro a las cautivas y las esclavas, nos


permite entender, como también de las crónicas similares, que
el indio adoptó esa conducta como represalia, no solamente por
el rapto de sus mujeres, sino también por la servidumbre a que
el blanco los sometía. Para la india, la esclavitud de la cautiva
blanca significaba mucho más que disponer gratuitamente de
quien hiciera las faenas pesadas del toldo. Ponía en el acto de
dominar el mismo énfasis que los pueblos blancos han tenido
al someter a sus semejantes a condición servil. Está en la natu¬
raleza humana de todos los colores, y para la interpretación
de la historia americana —del norte al sur— es indispensable
tener ese punto de referencia cuando se quiere profundizar en
su psicología y en su destino. Parecería que el trabajo del es¬
clavo formaba parte de la aclimatación del blanco, que era
una amalgama indispensable para su trasplante de una tierra
a otra, de un tipo de vida a otro. Norteamérica y Brasil en¬
raízan al colono en ese subsuelo vivo del esclavo. La esclavitud
del prójimo es un consuelo para el propio confinamiento, para
la personal expatriación. Ese capítulo puede ir integrando
cualquier historia de los pueblos conquistadores, de los que
han marcado las rutas de la civilización. La civilización es tan¬
to el dominio de la naturaleza cuanto el dominio del hombre
por el hombre.
Se tuvo esclavos —siempre— por diferentes razones; la pri¬
mera, por codicia de fortuna; segunda, porque el esclavo ase¬
guraba la propiedad, formaba parte de ella y la valoraba cuan¬
do la organización era buena; tercera, por simple espíritu de
dominio. Pero hay todavía otra razón que compete ya al sis¬
tema de balancines que mantiene en su fiel a la civilización.
La crueldad que se libera cotidianamente por ese drenaje de
la servidumbre, el desprecio y el castigo, no socava la persona¬
lidad. Las instituciones sociales se han configurado sobre ese
LOS HABITANTES: EL GAUCHO 195

patrón tipo, y el cristianismo lo adoptó como su razón secreta


de ser. Ese ejercicio depura al bárbaro cpie se somete a la civi¬
lidad sin sentirla como una necesidad, en la misma forma que
los ejercicios espirituales depuran la salacidad en mujeres y
hombres enclaustrados. Son vías de descarga. Por supuesto que
no me propongo ahora averiguar qué compensaciones tiene en
países libres en líneas generales, como el nuestro, de ese ves¬
tigio infame de la esclavitud, en la necesidad de contar siempre
con una clase sometida que permita al rico y al poderoso sa¬
borear en su opulencia algo así como un resabio canibalesco
de su riqueza. Las indias que tenían esclavas blancas dan ese
cuadro con nítidos relieves. Aun el individuo más miserable
tuvo aquí su caballo. Como grandes pueblos —Inglaterra— tiene
sus colonias o —Norteamérica— sus yacimientos de hulla hu¬
mana.
dj El Orbe Histórico

LA REALIDAD J

Las repetidas protestas del Autor de que en su Obra todo es


cierto, y de que ha copiado fielmente los modelos, inclusive
sus hábitos y modos de hablar, responden a la necesidad de
que no se supusiera, más adelante, que hubiese exageración.
No lo guiaba un concepto de carácter estético, pues nada tiene
que ver con la calidad literaria de una obra el que se ajuste o
no a lo real. Los méritos poéticos del Martín Fierro están en
su labor de artista; él lo sabía bien y mucha esperanza tuvo de
la resistencia con que su fábrica resistiría al tiempo. Su preven¬
ción iba ante todo contra los hombres que, en las ciudades o
en los libros, ignoraban la vida que el campesino hacía, sus pe¬
nurias y padecimientos, cuya vida era “como la de los ani¬
males”.
Qué entendía Hernández por realidad, es otra cosa. En pri¬
mer lugar, no desfigurar, no disimular, no encubrir. Lo que
podemos llamar franqueza. Era el tono y la amplitud de su
franqueza lo que había de reprochársele, andando los años, co¬
mo superchería. Increíble le parecía a él mismo esa realidad,
de todos ignorada o vista en lo pintoresco y superficial, según
palabras del texto y de los Prólogos. No hay en el Poema na¬
da sobrenatural, aparte las supersticiones muy comunes sobre el
alma de los difuntos, los filtros de amor y su terapéutica, las
brujerías en que creen los indios, elementos todos que son reales
en cuanto se los cree. Lo demás, todo es de la tierra, de la vida
terrestre. Más bien que realidad debiera emplearse la palabra
veracidad. Lo increíble, lo absurdo es la forma cómo se gobier¬
na el país, la iniquidad de los mandatarios y dirigentes, la rapa¬
cidad de los jueces, los pulperos y los jefes de tropa, las aberra¬
ciones de la justicia. Más ésos no son elementos que pueden
ser irreales, sino falsos, falseados. La defensa de Hernández al
alegar el trasunto fiel, es la defensa de su honrada buena fe de
testigo. Lo cual tampoco era necesario jiara su Obra, como Poe¬
ma, pues aun siendo fingida del principio al fin, sus deberes
EL ORBE HISTÓRICO 197

de artista no lo comprometían en calidad de fiscal acusador.


Es ahí donde descubrimos, mejor que en los alegatos y en las
pruebas, la misión trascendental que asignaba a su Obra. No
tanto por los personajes como por el estado de cosas del cual
eran víctimas; no por las virtudes que pudieran tener Fierro o
Cruz, sino porque sus crímenes y actitudes antisociales se expli¬
caban por el desorden moral y el ejemplo corruptor de las au¬
toridades .
Es negar el propósito manifiesto de la Obra y desmentir al
Autor en cuanto asevera, suponer que la existencia civil de Fie¬
rro, Cruz y Vizcacha, pudieron suministrarle los modelos vivos
que copiar: Hernández no copia personas, sino personajes, tro¬
zos de realidad en lo más significativo, lo histórico y no lo anec¬
dótico. Lo dice:

Mi objeto ha sido dibujar a grandes rasgos aunque fielmente^ sus cos¬


tumbres, sus trabajos, sus hábitos de vida, su índole, sus vicios y sus
virtudes; este conjunto que constituye el cuadro de su fisonomía moral,
y los accidentes de su existencia llena de peligros, de inquietudes, de
inseguridad, de aventuras y de agitaciones constantes.

Bien claro está que desdeña lo “personal”, lo que se da una


sola vez, lo original, porque ni siquiera describe el rostro, el
aspecto, la estatura — sólo rasgos de individualidad que son co¬
rrelativos de su psicología, en Vizcacha —, ni los nombres — el
único que no tiene apodo es Martín Fierro —. Hernández ha
difuminado los perfiles, ha desvanecido los acentos de indivi¬
dualidad: Martín Fierro o Cruz son el gaucho, no un gaucho,
son multitud. Nada son que no sean los demás, nada hacen
que no hagan los otros, nada sufren que no sufran todos: son
símbolos, pues. Pero responden a cosas — por eso son símbo¬
los —. Se ha de distinguir entre el símbolo, que es real, y la fic¬
ción, que es irreal.
Aun los rasgos psicológicos, sus modismos en el hablar, res¬
ponden a un tipo más que a un individuo. Como él mismo dice:

Y he deseado todo esto, empeñándome en imitar ese estilo abundante en


metáforas, que el gaucho usa sin conocer ni valorar, y su empleo cons¬
tante en comparaciones tan extrañas como frecuentes; en copiar sus
reflexiones con el sello de la originalidad que las distingue y el tinte
sombrío de que jamás carecen, revelándose en ellas esa especie de filosofía
198 LA FRONTERA

propia que, sin estudiar, aprende en la misma naturaleza; en respetar la


superstición y sus preocupaciones, nacidas y fomentadas por su misma
ignorancia; en dibujar el orden de sus impresiones y de sus afectos, que
él encubre y disimula estudiosamente; sus desencantos, producidos por
su misma condición social, y esa indolencia que le es habitual, hasta
llegar a constituir una de las condiciones de su espíritu; en retratar,
en fin lo más fielmente que me fuera posible con todas sus especialidades
propias, ese tipo original de nuestras pampas, tan poco conocido por lo
mismo que es difícil estudiarlo...

De todos modos, debe reconocerse la preocupación de vera¬


cidad que al elaborar sus símbolos tuvo el Autor, y esto da a
su Obra un valor documental que no puede negársele; aunque
por encima de él y de cualesquiera otros, debe interesarnos su
valor poético y artístico. Pero aquellos otros valores ajustan la
obra en un ambiente, y ese ambiente no es tan sólo aquello que
rodea a los personajes; es el verdadero protagonista de la Obra,
como lo es de nuestra historia. Lo que Hernández quiso de¬
cir es que los personajes eran símbolos, pruebas o testimonios;
pero que lo sustancial, lo dramático, lo más cierto de todo era
ese “mundo”, que engendraba seres humanos como engendra¬
ba caballos y vacas. Ese mundo era el “padre” de los huérfa¬
nos, y era también su destino, sellado ya, al nacer ellos, con
un estigma de fatalidad. Por eso, porque lo social, lo gauches¬
co, lo ambiental es la sustancia del Poema, sus personajes con¬
servan en todo él una vaga imprecisión de espectros: no tienen
voluntad, ni tienen vida propia: son accionados y vividos por
esas fuerzas latentes que como ráfagas penetran en el Poema
para presentar a un personaje, para hacerlo actuar y para lle¬
várselo a la muerte o al olvido. Esto lo sintió Hernández, por¬
que esto está en el Poema; y por eso quiso que no se dudara
de la veracidad de su pintura de ambiente, de todos los ele¬
mentos simbólicos recogidos y encarnados en sus personajes,
pues tenía más interés en afirmar la existencia de ese estado de
cosas — lo real — que la de sus pruebas vivientes, sus persona¬
jes, que eran transitorios, arrastrados por sus pesares “como la
arena por el pampero”.
La fidelidad literal de lo que describe Hernández resulta
una consecuencia de esa deliberada intención de no desfigu¬
rar su Obra — como habían hecho sus predecesores —. Para rea-
EL ORBE HISTÓRICO 199

lizar esa empresa no le bastaban sus dotes de escritor: tuvo que


emplear toda su persona, convertir en sí mismo esos materiales
de la realidad en materiales del Poema. De modo que el gra¬
do de la verosimilitud está dado por el grado de la vivencia.
Antes de ser escrito, el Poema fue vivido por él; y si sentimos
que pudo ser su autobiografía no es por lo que pueda contener
de hechos de su existencia — esto sería absurdo pensarlo —, si¬
no por lo que contiene de sus vivencias. De ahí el carácter que
el Poema tiene, más que de realidad, de infalibilidad; pues no
ha hecho como los cronistas, que observan y escriben, sino co¬
mo los etnólogos, que antes de pretender haber comprendido
se resignan a una previa, paciente conversión de catecúmenos.
De la copia fiel como copia fiel, certifica Martiniano Le-
guizamón en De cepa criolla (1908):

La impropiedad en la pintura de los tipos, escenas y usos regionales son


lunares en toda obra de ambiente local. En Hernández —es necesario
reconocerlo como una de sus cualidades más excelentes— no se encuentran
esas impropiedades; domina la materia y se ha compenetrado con ella
íntimamente, sin preocuparse sólo del idioma, que es lo accesorio; ha
visto las cosas, las ha sentido y las ha expresado como un paisano.

Francisco Grandmontagne estima con mayor latitud el mé¬


rito de la veracidad en el Poema, que, de cualidad inherente,
pasa a ser uno de sus títulos más insignes dentro de la litera¬
tura universal. Cualidad que se magnifica por haber sido es¬
crito en los comienzos de la literatura realista, aún circunscri¬
ta a la novela y el cuento. La ponderación de Grandmontagne
es recta cuando escribe en Indios, gauchos y europeos:

No existe en la literatura universal un poema realista, crudamente realista,


en que se coloque al héroe en situación de resolver, experimentalmente
—nada de abstracciones y vaguedades filosóficas—, si la civilización mejora
o empeora al hombre, si ella depura, o, por el contrario, corrompe y
malea a la sociedad humana, como cree y sostiene Rousseau. ¿Puede ne¬
garse hondura y trascendencia al poema gaucho, que en forma tan original,
y sobre todo veraz, históricamente veraz —pues no faltaron gauchos que
se pasaron a la indiada creyendo ser más libres—, somete a experimento
el principio filosófico roussoniano?
200 LA FRONTERA

REALISMO Y VERISMO

El realismo del Martín Fierro es de tal naturaleza que pode¬


mos aceptarlo como excepcional dentro de nuestra literatura
realista. Pues mejor se lo calificaría como verismo en cuanto
no se limita a reproducir lo pintoresco — que siempre es en¬
gañoso en cuanto encubre modos de ser —, sino que se aplica
más bien que a lo anecdótico y personal — único cada vez —
a lo simbólico y representativo. No es nuestra manera de ser
veraces. Nuestra veracidad se satisface, sin mayores compromi¬
sos, con lo que no trasciende a juicios de valor. Hasta con la
historia se ha querido desglosar los hechos hasta que sólo sig¬
nifiquen hechos, de tal persona en tal lugar y tal día, y no for¬
mas de ser, de actuar, patrones de medida y de peso. Historia
pintoresca, anecdótica; literatura pintoresca, anecdótica. A es¬
te canon corresponden los poemas gauchescos también, y no
solamente la literatura de curso legal. De nuestras letras no
encuentro más que el Facundo y Amalia, como obras orgáni¬
cas, que se puedan parangonar con el Martín Fierro. Verdad
que corresponden todas al "mundo desaparecido”, al mundo
que ya no es real, al que se ha obliterado con la nueva ima¬
gen del que lo ha sustituido — por derrocamiento, no por evo¬
lución —. A nosotros nos parece que toda nuestra literatura
realista es verista, y que el país con sus seres y sus cosas está
contenido cabalmente en la obras que se han escrito sobre ellos.
Nada más falso. Si desaparecieran esas cosas y esos seres, no
se tendría ni siquiera idea de ellos con el solo testimonio de la
obra literaria. Ni siquiera los códigos y los documentos oficia¬
les — como en China, Egipto, Asiria o Babilonia — servirían
para reconstituir la imagen veraz de nuestra vida. Vivimos
una cosa y escribimos otra. No escribimos sino lo que puede
agradar o desagradar al lector. El lector ha hecho al escritor,
no por obligarle a que escriba lo que a él le gusta — en gene¬
ral gusta poco de lecturas —, sino porque el lector que no lee
libros lee a su modo el texto de la naturaleza y la historia que
tiene ante sus ojos. De todas maneras, nuestra literatura veraz
está entre la desagradable. ¿Por qué nos desagrada la obra veraz?
Porque nos desagradamos nosotros mismos; porque considera-
EL ORBE HISTÓRICO 201

mos que sólo hay una manera digna de vivir, de ser, que es “la
otra” — cualquiera —; porque suponemos que los criminales,
las mujeres perversas, los niños tarados, los infames, los trai¬
dores, los falsarios, no existen cuando no se los menciona. To¬
davía estamos en ese estadio de creencias en que la palabra crea
la cosa, el nombre evoca al muerto, el término exacto de la en¬
fermedad la inocula. No es literalmente cierto; es peor: es sub¬
consciente, simbólicamente cierto. Nuestra literatura es, de fic¬
ción o de naturalidad, falsamente agradable. En la misma re¬
gla están las obras “maliciosamente” desagradables, porque ya
se sabe que no son verdaderas. Así ocurre en todas las demás
actividades de la cultura; diré: del espíritu. Los opositores de
un gobierno, son ese mismo gobierno disidente. Las razones que
tienen para estar en contra son las mismas que podrían tener
para estar en favor. A ningún gobernante que tenga alguna pers¬
picacia —y todos la tienen— lo ponen en cuidado las críticas de
sus adversarios: carecen de eficacia porque responden a la mis¬
ma concepción arbitraria, personal, circunstancial, de la reali¬
dad. Faltando la conciencia cierta, positiva, de la realidad, cual¬
quier cosa es más lógica que una teoría. ¿Cómo puede haber
realismo en literatura si no hemos creado una realidad? Una
realidad existe cuando está organizada, ordenada no sólo den¬
tro de un territorio y de un siglo, sino dentro de un sistema
de valores. El Martín Fierro y el Facundo están ordenados den¬
tro de una realidad que expresa valores, y son reales no por lo
que copian como copia, sino por lo que extraen de la realidad
para que sirva a una reconstrucción amplia, total, de la rea¬
lidad. De no ser así, serían también cuadros eventuales, rinco¬
nes fotografiados sin su panorama que les da sentido. La rea¬
lidad es el panorama, no las cosas que hay dentro de él. De es¬
to se han ocupado casi todos los viajeros que, sin propósito de
servir a cualquier diplomacia, han dicho con sinceridad lo que
vieron, lo que comprendieron. Ninguno de ellos ha dejado lec¬
ción sin provecho. Pero, en lo que ahora me interesa, nadie ha
ido tan al fondo de la verdad como Azorín. Precisamente en su
obra sobre el Martín Fierro (Vida de Hernández) nos dice que
le sorprende, como su rasgo característico, que la literatura ar¬
gentina esté desvinculada de la realidad. Y esa observación se
la inspira, por una parte, la literatura que conoce, y por otra,
202 LA FRONTERA

el Poema. El ha notado que el Poema está en otra tesitura, que


su realidad no corresponde en un diagrama simétrico a las otras
realidades. Sin duda, el Poema es para él lo que contiene esa
sustancia indefinible que entendemos por lo auténtico.
Naturalmente, el Poema no abarca toda la realidad rural,
como el Santos Vega: escoge, abstrae, tipifica. El objeto que se
propuso Hernández y cómo y hasta dónde lo ha logrado, son
otros problemas. Lo que interesa es su procedimiento, por el
cual llega a darle a su Obra un valor de autenticidad que la
diferencia de casi todas las otras. No le guió el deseo de embe¬
llecer ni de paliar; mejor que purgar de sus propios males a
la realidad, procuró que el lector los purgase en sí. Y en cuan¬
to a que haya desechado lo bueno para elegir lo peor, deben
recordarse sus palabras finales, que dejarían entrever que de los
materiales que seleccionó había hecho una criba previa. Pues
¿qué otro sentido pueden tener esos dos versos: Sepan que olvidar
lo malo también es tener memoria? Bueno y malo no tienen el
mismo valor en literatura que en moral o en política. Si el Mar¬
tin Fierro está bien escrito, ¿quién lo condenará porque no se
ajuste a tal o cual idea preconcebida de lo que está conforme
con un tipo dado de civilización o de humanidad? Unicamen¬
te los herederos de aquellos jueces que condenaron por inmo¬
rales a Mme. Bovary y a Las flores del mal. Con la diferencia
de que en nuestro caso no fue una moral de sacristía la que in¬
fluyó en el fallo, sino un patriotismo de comicio, y tampoco
secuestrando el libro, sino estimulando su difusión con acota¬
ciones para que el lector leyera lo que no estaba escrito.

HISTORICIDAD

Dentro del concepto lato de realismo comprenden los comen¬


tadores y críticos tanto la observación exacta del detalle como
el reflejo de una época. Lo primero es habilidad del artista que
describe, lo segundo es capacidad de distinguir, en el conjunto
de los materiales vivos, aquellos que tienen un significado his¬
tórico. Lo que corresponde, en fin, a la historia. Pues el Poe¬
ma es un jroema de la realidad histórica más que de la reali¬
dad étnica, moral y psicológica. La realidad histórica es un con-
EL ORBE HISTÓRICO 203

cepto más amplio y central que cualquier otro; se forma con


los invariantes que a través de los siglos perpetúan a un pue¬
blo como tipo de raza, de misión, con su fisonomía y su nérne-
sis. Todo lo demás es su aderezo, y sólo mediante la observación
atenta de esas líneas tectónicas un pueblo es un organismo in¬
mortal que persevera dentro de máximas y mínimas tanto vita¬
les como formales: tiene un etilos, un rostro, un sino. Confun¬
dir en el Poema esos elementos invariantes con los episódicos,
al Martín Fierro biográfico con el Martín Fierro histórico, la
persona y el personaje, es desvirtuar el propósito expreso del
Autor y el sentido de la Obra. Si el Poema no contuviera más
que elementos adventicios de la historia, no contendría sustan¬
cia histórica; quedaría sujeto a las contingencias de envejecer,
disgregarse y pasar a la categoría de objeto de arte puro, que es
el sentido que debe de despertar en el extranjero. Pues el ver¬
dadero sentido histórico de una historia se convive más que se
comprende. Para muchos el Poema no es histórico, sino anec¬
dótico; y sin pensar que Martín Fierro queda vivo, aunque al
final desaparezca — un poco como Edipo —, presumen su muer¬
te por su ausencia. Y hay quienes le niegan, no esta forma de
inmortalidad que a toda obra profunda de poesía le asegura
la existencia el pueblo que la produjo en tanto subsiste, sino
su valor documental, como trasunto en su época de un status
de significación histórica, pretendiendo que no es ya, m enton¬
ces fue, historia. Estos niegan la historia más que el Poema;
suponen que la historia cristaliza en las obras que se escriben
para dejar de ella una imagen rígida, y no que fluye eterna¬
mente, casi inalterablemente, de unos años en otros, de unos en
otros hombres. El trabajo sobre el texto del Poema es otro que
sobre los textos de historia: de éstos hemos de expurgar lo no
inherente a la historia — arrastres en la recolección de los ma¬
teriales, posición del autor y esquema de su concepción de lo
histórico —; en aquél, el discrimen ha de hacerse entre lo ar¬
tístico, poético, técnico, y lo vivo perdurable, lo que de impe¬
recedero fue arrastrado con el laboreo en sus capas más hon¬
das. Observa Tiscornia que

alrededor de estas tres personas —Fierro, Cruz y Vizcacha— y de otras,


típicas también pero secundarias, que la organización social, militar y po-
204 LA FRONTERA

lítica ofrecía a la observación del poeta, en sus propios días, se agrupan


y disponen, como la urdimbre de una tela histórica, acciones y acaeci¬
mientos palpitantes de la vida real, que pueden documentarse sin fatiga.
De ahí proviene la historicidad del Martin Fierro, que es su carácter
prominente y debe estudiarse, con espacio, antes de penetrar en el análisis
de las pasiones y sentimientos que agitan la tumultuosa humanidad del
poema... La realidad del Martin Fierro concuerda con la historia, y algu¬
na vez hasta en los simples detalles. Hernández toma los datos de la vida
contemporánea, en un momento áspero de confusión civil y militar del
país, cuando el servicio desesperado de las fronteras interiores, la guerra
del Paraguay y la lucha horrenda con los indios pampas y ranqueles
demandaban soldados y habían herido de muerte la existencia libre de
los gauchos.

En cuanto al papel del Autor en la observación, no es el


de un investigador que reconstruye, sino el de un espectador
que convive. Lo atestigua su hermano Rafael:

No se hallará una sola impropiedad o error en cuanto allí describe, porque


no procede de oídas, ni por imitación, sino que pinta escenas en que
ha sido, a menudo, actor o espectador.

Esta misma situación de actores y espectadores fue la de


otros muchos cronistas, y, sin embargo, sus obras no suscitan en
nosotros el mismo interés de permanencia, porque iban rese¬
ñando aquello que perecía, tomaban el movimiento de lo que
tenían ante sus ojos en su valor, anecdótico, personal. Se trata,
entonces, además, de la autenticidad documental del hecho,
de su perennidad como dato simbólico, de la cantidad de tie¬
rra que en el trasplante se haya conservado adherida a la raíz.
¿Por qué aquellas obras documentan lo efímero y ésta lo eter¬
no? Los materiales están tomados de la misma realidad: pero
para unos se desvanecían en la sucesión de otros acontecimien¬
tos, mientras que para Hernández se propagaban de padres a
hijos, formaban lo que Tiscornia acertó a comparar con la ‘‘ur¬
dimbre de la tela” (no con su dibujo). Si participamos de la
opinión de que la historia no sólo varía, sino que deviene otra,
lo histórico del Martín Fierro está en lo biográfico y en lo pin¬
toresco, y el Poema es sólo una pieza arqueológica que única¬
mente vive para el arte. Si en cambio creemos en un fatnm his¬
tórico y que el Poema no genera un sentido para lo histórico,
sino que es generado precisamente por ese sentido fatídico de
EL ORBE HISTÓRICO 205

lo histórico, entonces aquello que perdura en la pieza arqueo¬


lógica y en su vida para el arte es lo vital que contiene. Hernán¬
dez no cuenta en calidad de creador, tanto por lo que hizo o
contempló, como lo que convivió, por sus vivencias. Y esas vi¬
vencias no han muerto tampoco con él, sino que forman parte
de las vivencias —con otros matices— del vivir argentino, del
que vivimos y sentimos como una herencia en el todo. Para mu¬
chos críticos, además, la veracidad y el realismo del Poema de¬
ben ser medidos por el estado actual de la vida en nuestros cam¬
pos; de modo que sería exagerado y mendaz aquello que no con¬
cierta hoy con este estado. Pero para tal juicio se toma en cuen¬
ta lo que en varias décadas ha desaparecido —el gaucho— y no
lo que, adaptado, modificado —lo gauchesco—, perdura. Grous-
sac, que reconoció la supervivencia de lo gauchesco y de las ma¬
las prácticas gubernativas, pertenece a esa élite que corta en dos
partes la historia y en cada una de ellas aglutina lo malo y lo
bueno. Es el procedimiento tajante de Sarmiento, sólo que pa¬
ra estos pioneros de la nacionalidad que se genera espontánea
en 1880, la barbarie es el pasado y no el campo, la civilización
el presente y no la ciudad. Es claro que lo importante del pasa¬
do es el campo, y lo del presente es la ciudad, mas en el discri¬
men de estos valores de la cultura y de la civilidad estos cortes
arbitrarios de la historia y de la cultura no tienen sino un sig¬
nificado de esquema, y como tal obediente no a una clasifica¬
ción, sino a un sistema de clasificar. Dice este autor (en El via¬
je intelectual: “Calandria”):

En la República Argentina han sido innumerables los ejemplares de


gauchos alzados y montaraces; encarnan, puede decirse, la historia del
país en sus primeras décadas de vida independiente.

Y, en seguida, una observación convencional y superficial,


que de anular páginas más adelante, cuando encuentra que ba¬
jo los adobos de nuestra cultura, hasta los escritores conservan
los rasgos agrestes de aquellos ejemplares montaraces:

A medida que se completaba nuestra organización social, han ido desapa¬


reciendo, vencidos en la lucha, los tipos característicos del bandolerismo
argentino. Los jefes montoneros, como Quiroga y el Chacho, al igual que
sus soldados oscuros, no son ya sino recuerdos que el tejido legendario
envuelve lentamente.
206 LA FRONTERA

Este aserto plantea netamente el problema de la unidad his¬


tórica que nos divide en dos campos irreconciliables a los que
examinamos con buena fe nuestra realidad. Hernández creyó
también, en sus Prólogos —pero no en su Poema ni en sus ojri-
niones expuestas en la Cámara—, que el país había cambiado
su historia en 1880. No por la desaparición de los caudillos, que
siempre fueron para él objeto de devoción, sino por otras cir¬
cunstancias: la población de los campos, el trabajo libre de pe¬
ligros; en fin, la desaparición del indio. Todo eso lo trajo, más
que una nueva política financiera y económica, más que el auge
de la cultura dirigida y que la apertura de los muelles a la in¬
migración, el dejar a la tierra que diera sus cosechas y sus crias
pecuarias. Pero nunca creyó Hernández que su Poema, preci¬
samente al aparecer la Segunda Parte, quedara fuera de esa rea¬
lidad, relegado a espécimen arqueológico. Pues en el Prólogo,
sin aludir al anacronismo de la crónica del Desierto, mantiene
sus anteriores puntos de vista y Martín Fierro no vuelve para
sumarse al gauchaje sometido, como piensa Tiscornia, sino para
certificar que todo estaba lo mismo. Y para separarse de sus hi¬
jos, cambiando de nombre, en la noche. Pero tampoco es el
“bandolerismo argentino’’, que dice Groussac, ni el servicio a
pura pérdida del gaucho en las montoneras de los caudillos, lo
que Hernández toma como realidad para su Poema. Es algo me¬
nos susceptible de cambiar de aspecto, porque se dirige recta¬
mente a la organización, al sistema moral, al alma, donde re¬
siden los males. No a meras reformas en la contabilidad, en la
administración, según sus palabras; y lo que realmente cambia,
desde 1880, es la explotación más racional del suelo y de los
productos agropecuarios, la administración de los bienes ma¬
teriales y, consecuentemente, la organización del trabajo y la
efectiva reestructuración de la vida burocrática, militar, comer¬
cial y sus derivados. Todo lo cual configura la realidad prima¬
ria, la realidad de las cosas y sólo por inducción la realidad
real: la de las funciones, móviles y finalidades. De aquella rea¬
lidad primaria que recogió Hernández para el Martín Fie¬
rro ha desaparecido casi todo, comenzando por la frontera y el
hombre fronterizo. Pero no estaba únicamente ahí lo veraz y lo
auténtico que Hernández defendía con tanto tesón, pues enton¬
ces él mismo debió considerar su obra como concluida y peri-
EL ORBE HISTÓRICO 207

clitada. Algo había de subsistir; algo subsiste si la lectura del


Poema nos coloca en el centro de una realidad que, como en
el Facundo, sentimos que se ha transformado por el trabajo de
las manos del hombre, aunque no tanto en la intención y el
propósito que pone al ejecutarlo. El mismo Groussac, en ese ar¬
tículo, enuncia la conversión de aquel pasado histórico en una
leyenda literaria, con lo que ya el divorcio entre realidad y fic¬
ción se opera sin que una y otra se influyan recíprocamente. Di¬
ce, en efecto:

La presente generación porteña poco o nada sabe ya de estas cosas agres¬


tes; las desdeña en su afán de europeísmo. La venidera, más enamorada
sin duda de originalidad artística, las gustará con afán, sin encontrar en
ellas más eco subsistente que algunas vagas reminiscencias en las trovas
de los cantores campestres.

CIUDAD Y CAMPO

Plantear el conflicto entre la ciudad y el campo es colocar


el problema de las luchas civiles y las rivalidades ¡eolíticas en
el terreno del Facundo. Sarmiento había puesto frente a las ciu¬
dades en que se guarecía la civilización, el campo en que los
caudillos reclutaban sus huestes bárbaras para llevarles el sitio
y el asalto. El Martin Fierro nace de una idea inversa. Para
Hernández las ciudades —y en primer término la ciudad de las
ciudades, Buenos Aires— encierran casi todos los males políti¬
cos: el germen de las discordias, el manejo arbitrario de las ren¬
tas, los gobiernos unitarios y despóticos, el olvido y desprecio del
campesino. —b
Toda la campaña política de El Río de' la Plata gira, en tor¬
no a ese eje; sus folletos Las dos políticas y la Vida de Peñalo-
za son eso mismo: el negativo de la tesis de Sarmiento, de Mi¬
tre y de Alberdi, cuando inspirados en Echeverría atribuían el
origen de nuestros males a tres causas: la Colonia, el Desierto
y la Pobreza. La separación de Sarmiento y Alberdi, a raíz del
triunfo de Urquiza en Caseros, y de Sarmiento y Mitre en épo¬
ca menos precisa, deja a Hernández en disposición de tomar
de cada uno de ellos las tesis que son favorables a su doctrina
federal a ultranza, hasta que insensiblemente ese en la defen-
208 LA FRONTERA

sa de la concentración del poder en Buenos Aires y en el unica-


to de Roca. Sus ideas, en Las dos políticas, provienen de Alber-
di, pero las combina con el federalismo de Dorrego e, involun¬
tariamente, de los caudillos, inclusive Rosas y Artigas, a los que
siempre fustigó. En el Martin Fierro ya no existe el problema
de los caudillos, pero sí el 'encono del campo contra la ciudad,
del gaucho contra el ciudadano qu^ sabe y manda. El Poema
abandona uno de los tres puntos de sostén del atraso, la 'Colo¬
nia. Mantiene exclusivamente los otros dos: el Desierto y la Po-„
breza.
La denuncia de los males que afligen al paisano está hecha
ya en El Rio de la Plata, con cuya campaña, tres años después,
entronca la Primera Parte. Decía allí:

¿O se imaginan nuestros gobiernos que basta ostentar un lujo de libe¬


ralidad y de grandeza en las capitales, lujo que por otra parte se convierte
en oropel, cuando no tiene bases sólidas y verdaderas en la riqueza de
nuestros campos? Las ciudades se defienden y garanten por sí mismas y
contra el espíritu de una población compacta, penetrada de sus derechos
y con la conciencia de su libertad, se estrellan las arbitrariedades y el
abuso. Hay en ellas un pacto tácito de mutua defensa, formado por la
identidad y la confusión de sus intereses. Pero no está en este caso nues¬
tra campaña, abandonada a la voluntad de los caudillejos que se la im¬
ponen como única ley... Es la campaña, pues, fuente de nuestra riqueza
y de nuestro porvenir económico y social, la que necesita de garantías,
de medidas liberales y protectoras . Es necesario desarrollar su indus¬
tria, fomentar la población nacional, escudar al ciudadano contra los
atentados de la fuerza... Es necesario crear una nueva vida en nuestras
campañas, para dar dirección a una población exuberante, aglomerada en
la capital, en que ha venido a buscar el refugio y el amparo de la ley,
y una parte de la cual recoge, para mantenerse, las migajas de nuestros
festines... Es un atentado inicuo contra la verdad de nuestras institu¬
ciones, contra los sagrados derechos del ciudadano, y nosotros que hemos
venido a la prensa a hacernos eco de los deberes del pueblo y defensores
de sus derechos, protestamos altamente contra esas medidas arbitrarias
que nos despojan de nuestro carácter de hombres libres e introducen
entre nosotros una doble legislación... ¿Acaso la ley ha consentido que
haya hijos y entenados en el territorio argentino?... ¿Qué contradicción
tan monstruosa es esa que convierte al ciudadano de la campaña en
guardián de los intereses de la capital más que de los suyos propios?
(en edición del 19 de agosto de 1869).

El lema se endereza más incisivo contra el gobierno de Sar¬


miento y contra sus ideas del Facundo, en el artículo “La ciu¬
dad y la campaña” (del 3 de octubre de 1869):
EL ORBE HISTÓRICO 209

La capital se resiente todavía de los privilegios monstruosos del coloniaje.


Aquí se ha creado una especie de aristocracia, a la que paga su tributo
la campaña desamparada, como los vasallos del señorío feudal... Abando¬
nada a todos los instintos brutales, sin conocer la autoridad, sino por la
violencia y la arbitrariedad que se ejercían sin medida sobre sus inermes
pobladores, la campaña se hallaba entonces entregada al estado primitivo
de la barbarie... La ciudad y la campaña, sin embargo, han seguido siendo
en la práctica dos clases distintas de una misma organización política...
Los gobiernos despóticos que surgieron de la anarquía y de las convul¬
siones sociales, concibieron entonces una idea satánica. “No podemos im¬
ponernos al pueblo”, se dijeron con diabólica sonrisa. “Pero podemos
fraccionar a ese pueblo y levantar una fracción contra la otra. Podemos su¬
blevar a la campaña y hacer que el casco de sus potros abata y pisotee
su arrogancia”. La dictadura de Rosas cumplió ese plan, y sabemos cuál
fué su resultado.

La misma tesis prosigue en el número del 6 de octubre:

¿Qué importa que la ciudad se convierta en taller activo de reformas


progresistas, si se desentiende de esa cuestión vital, de esa solución de un
problema que está devorando constantemente víctimas y fortunas como
la Esfinge de la fábula? ¿Qué importa que tengamos exposiciones, telégra¬
fos, ferrocarriles, si los indios nos invaden, si la vida peligra, si la propiedad
está amenazada en todo momento?... ¿Y cómo es que se abandona esa
base social para emprender conquistas imaginarias, desde que no está
asegurado el goce de sus beneficios para todos sus habitantes? ¿Qué im¬
porta el progreso, si la vida que debiera dar testimonio de él carece de
garantías? ¿Qué importan las grandes manifestaciones del espíritu empren¬
dedor, si subsiste una amenaza contra el derecho, si la existencia misma
está amenazada?

El cuadro panorámico del Martin Fierro está trazado ya en


esos artículos, y Picardía es quien los transporta al Poema. Pe¬
ro el cuadro político y social de los campos no tiene el mismo
vigor que en el Poema, porque le faltan los hechos y las per¬
sonas, en cuyo manejo demostraría Hernández ser habilísimo.
Todo se difuma en frases y acusaciones vagas. Le faltaban las
láminas que dan color y relieve al Facundo. Su denuncia de
que la civilización de las ciudades es equivalente —y causati¬
va— de la barbarie de los campos, tiene en sus artículos perio¬
dísticos menos fuerza que en sus panfletos y menos enjundia
que en Las dos políticas. Es eso mismo, pero ahora su voz de
gigante se debilita porque habla desde una tribuna, fuera de
su ámbito y de su ley, que era la de cantar con toda la voz que
tenía. En 1880 el problema del campo, como el de una civili-
210 LA FRONTERA

zación de exposiciones, telégrafos y ferrocarriles, que también


invocaba Cruz, se ha consolidado y ya no hay debajo de ella el
indio y la injusticia de los campos. Hasta el gringo que man¬
daban a la frontera, milico y pulpero, ha quedado transfigura¬
do en la apoteosis de un país que le abre sus brazos y le ofre¬
ce generosamente sus providenciales bienes. Como dijo en la
sesión del 22 de noviembre de 1880, en la Cámara de Diputados^
de la Provincia:

Actualmente, señor, he visto en los periódicos de la llegada de tres o


cuatro vapores con un número considerable de inmigrantes. Esta es la
única república sudamericana que recibe la inmigración europea en este
alto grado. ¿Por qué? Porque encuentran en nuestro país lo que ninguna
república les ofrece. Encuentran un territorio fértil, un clima benigno,
una producción valiosa, una legislación liberal, un erario generoso, una
índole como es la índole argentina que no tiene grandes preocupaciones,
no tiene fanatismos religiosos arraigados, ni esa resistencia nativa contra el
extranjero tan común en otras partes.

Por esos años comenzaba Sarmiento, el gran propulsor de la


inmigración en gran escala, sus artículos contra la inmigración
en masa. Un volumen. Condición del extranjero en América,
contiene su grito de alarma por los peligros del alud humano
que traía de sus tierras todos los pecados que no habíamos lo¬
grado extirpar de la nuestra. Hernández miraba al crecimiento-'
material del país y Sarmiento a su miseria espiritual, y los dos
tenían razón, cambiadas las espadas en el antiguo duelo, como
la tenían y la tienen el Facundo y el Martín Fierro.

LO SOCIAL EN LA SOCIEDAD

¿Que hay de la sociedad argentina en el Martín Fierro? Na¬


da. Se supone que existe un mundo organizado, administrado,
lejos; que de allí emergen, como de una fuente, los males que
flagelan el campo. Pero la sociedad no se siente ni se puede
presentir. Los jrersonajes del Poema, las escenas, las historias
son algo tan individual, que no sobrepasan el ámbito de la pre¬
sencia del actor. Diríamos, como en las pinturas de Miguel An¬
gel, que todo es escultórico, que está encerrado en sí mismo y
EL ORBE HISTÓRICO 211

que no se proyecta una perspectiva que ligue la escena o el


personaje a un grupo, a un territorio.
Pero de haber descrito Hernández la sociedad, el Poema se
habría convertido netamente en una crónica; es lo único que le
faltaba para serlo. De ahí, entonces, una de las sugestiones^más
fuertes del Poema: se supone que^^ Desierto tiene un confín,
que ese confín es el campo labrantío, los pueblos, las ciudades,
las rutas de conexión con el resto del mundo. En torno y todo
lo alejados que se quiera, existen hombres cultos, que llevan
una vida activa de comercio, manufactura, convivencia; pero
no se dice. El Ministro don Ganza (tomado sarcásticamente de
Gaínza) es el único hilo que une esa parte de la vida campe¬
sina a la ciudad, al desdichado con la autoridad central, al que
se basta con su mote o su alias con el que lleva un apellido.
Empero, toda la aflicción que se cuenta está referida, im¬
plícita, elípticamente, a esa sociedad distante, nebulosa. Como
en las obras de Kafka, hay potencias, autoridades escalonadas,
jerarquizadas, que arreglan o desarreglan las cosas, semejantes
a las divinidades fatídicas del griego. Una frontera remota, de
donde llegan, no emisarios sino órdenes, disposiciones, auxilios,
prebendas, protecciones y persecuciones sin que se entiendan
bien. Esos personajes del Poema viven en el seno de una socie¬
dad espectral y funesta, en un territorio circundado de mias¬
mas mortíferos, de fieras siniestras, de corrientes de aire agosta¬
dor. Por momentos se tiene la impresión de un puñado de hom¬
bres y mujeres abandonados a la deriva sobre una jangada, so¬
bre un jaedazo de tierra desprendida. Con nadie pueden comu¬
nicarse sino entre sí, en su pequeño círculo. ¿Pero es que exis¬
te la república, el continente, el mundo? ¿No está todo eso so¬
ñado en un pedacito insignificante de campo?
Si la sociedad existe —se siente que sí— es sólo para el mal.
Indiferentes a la suerte del campesino, manejando una polí¬
tica y una economía que nada tienen que ver con la suerte de
estos desdichados, gobiernan, decretan la guerra, venden y pac¬
tan; pero no se sabe absolutamente nada de ellos ni para qué
hacen eso ni cómo. El reintegro a la vida civilizada de Fierro,
al regresar, que a Tiscornia le parece un entrar tranquila¬
mente en el disfrute de la organización democrática del país,
es de un tono desolador tan grande como acaso no lo haya
212 LA FRONTERA

igual en ninguna literatura. No es conectarse con las gentes


de su patria, con la vida organizada: es encontrar los hijos,
abandonados a sí, y a Picardía, tres náufragos absolutamente
solos, para formar un cuaterno de seres solitarios. Tanto, que
necesariamente deben separarse, en la noche, después de haber
cambiado sus nombres. Sus nombres, que no tenían. ¿Es que
también tienen que cambiar de mote? ¿Dónde está aquí la
sociedad, la comunidad humana? ¿Qué ha sido de la Cautiva?
¿Qué es esa fiesta, las carreras? Sólo encontrará ahí Martín
Fierro al Moreno vengador del hermano, al que había asesi¬
nado siete años antes.
No hay pueblo, sino las últimas poblaciones que Fierro
divisa, rodándole los lagrimones, al partir para el destierro.
La ciudad de Santa Fe, alguna otra mención, como la de
Ayacucho, que es un nombre tan solitariamente plantado allí,
y tan sin necesidad, que es casi el nombre vacío de un pue¬
blo. Sociedad o comunidad, no las hay. Muchedumbres sólo
hallaremos en los bailes, en el Fortín, en los toldos. ¿Tienen
sociedad los indios? En el Poema no se alude a ello. El único
amor que el indio demuestra es por el caballo; no hay hogares
ni siquiera como existían de verdad, si nos atenemos a los
relatos de Mansilla; los indios se reúnen para preparar un
malón, para repartirse el botín; las mujeres para danzar y
conjurar una peste. No existe aquí la agrupación de la tribu,
ni de la horda; esos indios que estaban disciplinados y obe¬
decían al cacique tenían sus costumbres y sus lugares de asien¬
to, más o menos estables. En el Poema flotan en el Desierto;
son fantasmas en la llanura, sin vínculos que los congreguen,
sin fusión.

GAUCHO, DEMOCRACIA Y SENTIDO DE LA HISTORIA

La situación de los historiadores y críticos de la literatura


comporta una posición personal con respecto a los problemas
de la nacionalidad y a los sociales y políticos. En la defensa
de los caudillos y de los gauchos, considerándoseles fundadores
del régimen democrático y de las libertades individuales, de¬
bemos ver un sentido de las cuestiones sociales distinto de
EL ORBE HISTÓRICO 213

aquel que sostienen los que son contrarios a ellos. Para mu¬
chos se confunden ambas posiciones, y la defensa de lo gauches¬
co se identifica con la política. Si además aceptan la literatura
correspondiente, es por extensión. Otros gustan de los poemas
gauchescos, simpatizan con el gaucho, pero sienten aversión
a lo democrático y popular. Los hay, también, enemigos de
la democracia, del gaucho y del país entero. O que conciben
un país arreglado a sus gustos, de donde eliminan cuanto no
coincide con la naturaleza de sus pasiones o, si se quiere, de
sus ideas.
Esta confusión es característica de nuestro caos intelectual,
resultado de la ordenación precaria y caprichosa de la vida
nacional. El país ha sido como una chacra mal administrada,
pero con buena tierra y copiosas lluvias. La filosofía natural
que extrajo el habitante, chacarero o legislador, o ambas cosas,
tiene la virtud de que su abandono, el desorden y la torpeza
nunca alcanzan a malograr las cosechas.
Unos quieren que las cosas sigan ¡3or sus propias fuerzas
inertes, vegetando; otros quieren imprimirles la dirección de
sus deseos; otros piensan que lo más sencillo y práctico es pro¬
ponerse la imitación de algún sistema que a su parecer sea
adaptable con economía de esfuerzo a nuestra índole y forma
de vivir. Por ejemplo, el fascismo.
La crítica literaria es como la crítica política: se basa, más
que en ios valores intrínsecos de las obras y en la idiosincrasia
del país, en los gustos personales o en el concepto que se tiene
de las cosas. No hubo crítica literaria de los poemas gauches¬
cos que no acusara, ab initio, la posición del autor. Así los
historiadores juzgaron el caudillaje, los gauchos, conforme a
su preferencia por una u otra doctrina política. Se considera
al gaucho como correligionario o como enemigo, y de ahí se
juzga de su papel en la historia; proceres, héroes y estadistas
son juzgados con el mismo criterio. Pero es que, en el fondo,
proceres y estadistas han procedido en función de móviles de
esa misma clase. Tomaron, para su acción e ideal, una posi¬
ción como la que toman sus jueces. Todo está dentro de una
configuración, de un receptáculo que da forma a cuanto se
genera en su interior. ¿Será la forma del país?
214 LA FRONTERA

/ POLITICA DE PERSONAS

Hernández tuvo una noción muy aproximada a la verdad,


de la naturaleza de nuestros males políticos. Le faltó profun¬
dizar en los análisis, exigirse con franqueza, meditar en re¬
poso. Alberdi y Sarmiento hicieron ese trabajo sin más caudal
que el suyo de conocimientos acerca del país. Bastaba vivir y
observar. Pero de sentir, comprender y decir lo que se siente,
a tener la valentía de expresarlo, hay un abismo. Ese abismo
separa de la realidad como verdad a casi todos nuestros escri¬
tores e historiadores. Por eso la historia que tenemos es una
historia incompleta, escolar. La verdad nos ha espantado siem¬
pre. Y sin embargo es preciso decirla, proclamarla, aunque no
sea exacta, para que las rectificaciones sean provechosas. Pero
tampoco nadie rectifica. El tabú se extiende al tema, a los
variantes y a las derivaciones, hasta el fin. Pocas historias hay
que no reflejen sino la estúpida conformidad del historiador
con su medio. Una historia política no se ha hecho. O habría
que falsificar la verdad o resultaría un catálogo de atrocidades
y de oprobios. La Historia de las intervenciones federales, de
Luis H. Sommariva, uno de los poquísimos libros honestos y
documentados con absoluta seriedad, es entristecedora. Los
Estudios económicos, El crimen de la guerra y el preámbulo
de Las bases, de Alberdi, no pueden leerse sin indignación y
vergüenza.
Hernández conocía también mucho historia de la no escri¬
ta, de la callada y oculta, porque había vivido los años rudos
de la reorganización nacional, como se la llama con lenguaje
eutrapélico. No hemos de suponer que creyera que con casa,
escuela, iglesia y derechos se arreglaba todo. Pero estaba con¬
tenido. El sintió y comprendió la inestabilidad, la eventualidad
de lo levantado sobre el suelo, la civilización portátil que he¬
mos fundado sin cimentarla en nada, ni en el hombre, ni en
los ideales indispensables para vivir —los ideales-herramientas—.
Esa falta de sazón para la vida la convierte en un juego de
azar, en una peregrinación sin destino. Esto lo explica y taxa¬
tivamente lo dice el Poema, que casi no dice otra cosa. Ade¬
más resulta, si se lee con cuidado, del movimiento incesante
EL ORBE HISTÓRICO 215

de las figuras. Sólo el viejo Vizcacha tiene paradero fijo, casa;


y eso porque vive fuera de noche, robando. El rancho es un
depósito de cachivaches hurtados.
En 1880 decía Hernández en la Legislatura local (sesión
del 19 de noviembre):

En la situación en que nos encontramos, nos hallamos con la República


marchando siempre a lo desconocido, siempre a lo provisorio, yendo siem¬
pre a lo imprevisto, caminando sin brújula, sin saber a qué puerto debemos
arribar.

No es que en 1880 olvidara su experiencia y tristes convic¬


ciones. Esas palabras, cuando está en la fila de los satisfechos,
de los creyentes en la prosperidad y la cultura ex abrupto, son
más amargas aún que las endechas de Martín Fierro.
Hernández tenía una profunda, natural simpatía por los
caudillos. En el orden histórico, considera con gran respeto a
Gíiemes, Artigas y Ramírez. Pero en el Poema no hay alusión
alguna a la actuación del gaucho en las tropas de los caudi¬
llos. Hace abstracción de todo hecho de Carácter histórico y
heroico. El Poema se ciñe estrictamente a su propósito y pro¬
grama, y ni aun siendo una prolongación de su campaña po¬
lítica, un portavoz de su credo, da un paso más allá de lo que
concierne al Personaje y a su aventura.
Pudo, sin embargo, haber incluido ese capítulo, como
Eduardo Gutiérrez lo puso en su vida de Juan Moreira; era
casi indispensable. La historia que Picardía cuenta del reojo
del Nato en las elecciones, o la alusión que el mismo Martín
Fierro hace del Juez que por igual motivo lo perseguía, lo
autorizaban a tratar ese aspecto de la vida nacional que es sin¬
gularmente importante. Si ...el gaucho en esta tierra Sólo
sirve pa votar (1371-2); si El gaucho no es argentino Sino pa
hacerlo matar (II, 3869-70), esta clase de asuntos debió tener
parte en las desdichas del gaucho. Mas aquí se ve que no era
un fin político el que Hernández se proponía, sino que sigue
fiel, con inquebrantable designio, a su plan. Lo político estaba
absorbido en lo biográfico, desde el momento mismo de asumir
Martín Fierro una personalidad. En lo político están esos dos
cantos de la Segunda Parte (XXVII y XXVIII) que originaria-
216 LA FRONTERA

mente debieron ser uno, sin separación, y que supongo “lo


más antiguo” del Poema. Precisamente las aventuras de Picardía
en la Guardia Nacional, en el Fortín de la Frontera —primi¬
tiva versión del cautiverio de Martín Fierro en la Frontera—,
tienen un cariz político; pero Cruz ha superado ya esa preocu¬
pación periodística, cuando nace de su hijo Picardía, y para
Hernández el último retoño de Picardía, su nieto, que es Mar¬
tín Fierro, ya no existe sino como una de las múltiples miserias
de la vida rural. Está más allá de las preocupaciones políticas
de Picardía y de Cruz. El contempla en los sucesos un destino.
Además, en el Poema no hay gauchos que tengan que ver
con amos de ninguna clase; ninguno depende de nadie —ex¬
cepto el Moreno—: no son peones, ni tienen bienes. Corres¬
ponderían, en verdad, a la clase de los vagos, a quienes se
perseguía por los decretos de represión de la vagancia, por
donde Hernández vino a defender, no al gaucho trabajador,
sino al vago, error del cual se queja Martín Fierro sin que
justifique que no lo sea. Pero mucho más corresponden al es¬
tado ulterior a la reorganización. Es cierto que Cruz está en
la política y que Martín Fierro tiene alguna hacienda. Del
trabajo hablan los dos Hijos y el Moreno, que fue criado en
estancia. Ellos trabajan aún, cuidando unos “parejeros” (caba¬
llos de carrera). El gaucho, que había servido para hacerlo vo¬
tar (Martín Fierro) o para hacerlo matar (Picardía), tuvo otro
papel en la emancipación, junto al indio, en las guerras civi¬
les, junto a su enemigo otra vez. Hernández tenía suficientes
pruebas y experiencias de que una de las causas de la degra¬
dación moral del paisano había sido la política nacional o
municipal, la coacción de sus agentes, el fraude descarado y el
alquiler de matones para forzar a los electores a dar su voto
por determinado candidato. Pero, lo que es muchísimo más
importante, Hernández tenía la experiencia de que las guerras
de la independencia y las civiles se habían hecho con tropas
reclutadas en las estancias, con los llamados gauchos. El fue
uno de ellos en las batallas de San Gregorio y de El Tala. Se
les reclutaba o se les arrancaba, como para llevarlos al Fortín,
para llevarlos a las filas de los ejércitos. Y sin embargo las úni¬
cas batallas y guerras de que trata el Poema son contra el indio.
Hernández sabía muy bien la equívoca historia de las guerras
EL ORBE HISTÓRICO 217

civiles, que era la cuestión económica, como lo dijo en 1858


en su folleto Las dos políticas. Tenía, recientemente concluida,
la guerra contra el Paraguay, si no quería recordar aquellas
campañas de Urquiza y Mitre, en Cepeda y Pavón. Eso debía
ir en la Primera Parte, y parece injustificable la omisión. Está
entre las grandes omisiones de Elernández, que en muchos sen¬
tidos constituyen los más glorioso y genial de su Poema. No
se arreaba a los gauchos para llevarlos al Fortín a pelear con¬
tra el indio, sino a los batallones para derrocar los gobiernos.
En realidad, éste era el fin, no la guerra al salvaje. ¿Cómo es
que en sus planes políticos no incluyó Hernández el de demos¬
trar este otro aspecto de los males antiguos, causa de la des¬
dicha del gaucho? ¿Daría por sobreentendido que el lector
poseía la clave y que debía leer guerras civiles donde decía
guerras contra el indio? En tal inadmisible caso, ¿por qué este
propósito de ocultar la verdad?
Tampoco en su campaña periodística acusa a los gobier¬
nos de otra cosa que de reclutar paisanos para el servicio de
fronteras.
Su afecto a los caudillos, por su tipo varonil, por sus mo¬
dos de vida y acción y por sus ideales, no están reflejados en
el Poema; como si no existieran ni tuvieran que ver con la
vida de los campos, cuando precisamente eran los agentes ac¬
tivos, los dueños y señores, los propietarios, los comandantes,
los mandones. ¿Acaso en 1879 habían fenecido? No; pero sí
había muerto el indio. ¿Por qué no aludió entonces a la batalla
—la historia— terminada de los caudillos? La defensa del cau¬
dillo formaba parte no solamente de su arsenal de argumentos
contra las presidencias de Mitre y Sarmiento, sino que era algo
que estaba en sus convicciones. El folleto Vida de Peñaloza
lo demuestra; y, acaso todavía más, la circunstancia de que
en 1880, cuando el debate por la capitalización de Buenos
Aires, luego de haber entrado en el círculo de los amigos del
presidente (Avellaneda, por Dardo Rocha), vuelve a recordar
con vivo y actual sentimiento de simpatía a los caudillos. ¡No
había muerto en él su admiración ni el convencimiento del
papel histórico que habían jugado! ¿Hasta tal punto, pues, el
Martín Fierro no es un tema político?
218 LA FRONTERA

LO SOCIAL EN EL AUTOR

Es muy difícil defender la opinión de que Hernández se


propuso representar por los efectos las causas de un estado so¬
cial iniusto. A la verdadera necesidad moral de reivindicar al
gaucho, agobiado de castigós y afrentas gratuitas, habría corres¬
pondido otra forma de exponer los hechos, y la obra había
adquirido las formalidades de una sátira. Para esta finalidad
existían los cánones, aunque no tradicionales, y el lenguaje
caústico para''" zaherir personas ^ y costumbres. A este respecto,
el Martin Fierro es de un comeáimientO^caballeresco. Descarga
sus1-encórios en abstracciones y deja incólumes a los verdaderos
culpables de las iniquidades. Los agentes naturales de ellas,
el Comandante, el Juez, son exhibidos en sus funciones pro¬
pias de funcionarios sin escrúpulos; pero eso mismo contribuye
a atenuar la culpa de los organizadores del desorden.
Queda, sin embargo, tras la lectura más bien que durante
ella, la impresión inequívoca de que la acción dramática está
condicionada por una finalidad crítica que se dirige a un es¬
tado social inferiorizado que jamás se personaliza en nombres
y medidas de gobierno. Al contrario, en “los puebleros’’, “los
que mandan”, las responsabilidades se diluyen en entidades
impersonales que han perdido personería jurídica, en la irres¬
ponsabilidad de las fuerzas de la naturaleza. El concepto que
podría aplicárseles es el de “plagas sociales” de difícil profila¬
xis y el diagnóstico pesimista de que son males que no tienen
cura, o de que se está errando el procedimiento de curarlos,
nos pone frente a un orden fatídico de acontecimientos que
parecería involucrar un automático sobreseimiento. Por otra
parte, de existir una tesis en el Poema, y de ser ésta la de que
la civilización administrada desde los centros urbanos no tiene
de tal sino la apariencia, la prueba que aquí se concreta como
en las comedias de Aristófanes carece de eficacia. Le falta la
enjundia aristofanesca que ase al vicio y lo pone en escena con
el nombre de un personaje eminente. Muchísimo más convin¬
cente es esa misma tesis en las obras de Hudson, particular¬
mente en La tierra purpúrea, en que, fuera del alegato final,
todo el panorama de un país pastoril pero poseedor de una
EL ORBE HISTÓRICO 219

energía vital e ideal extraordinaria enjuicia en bloque a la


civilización fabril occidental. Aquí comprendemos qué signi¬
fica la vida primitiva en qUe animal humano es todavía un
ejemplar magnífico debatiéndose en toda clase de miserias.
Pero el Martín Fierro, que desahoga su disconformidad en tí¬
midas lamentaciones por el mal presente y por el bien perdido,
no alcanza la categoría de una obra de crítica social. El Autor
había dado pruebas de poseer suficiente acopio de hechos y de
ideas como para enjuiciar a una sociedad que llevaba al país
a la ruina; pero en la composición del Poema fue contenido por
prejuicios de clan, y porque, en el fondo de su alma, la cues¬
tión social era para él una cuestión política. Lo dijo en sus
folletos y en sus artículos periodísticos, si bien en ocasiones
palabras como “proletariado”, “oligarquía”, son empleadas con
un sentido de opresión del pobre por el poderoso. No basta,
naturalmente, decir, hacia el final de la Vuelta (4839-40), Que
el juego pa calentar Debe ir siempre por abajo, cuando antes
ha concretado las aspiraciones de una clase desheredada de todo
orden de bienes sociales en tener casa, escuela, iglesia y dere¬
chos. ¿No había aconsejado Martín Fierro poner su esperanza
en el Dios que lo formó? Si el remedio era tan simple, los
males no eran tan graves. Ha de confirmarlo en su Instruc¬
ción del estanciero, donde el problema del “proletariado cam¬
pesino” se reduce a que se le dé cómodo albergue, una espaciosa
cocina donde contar cuentos, buena comida y trato humano.
El Poema opera un efecto más profundo de injusticia social
por la impresión que suscita que por el texto. Puede afirmar¬
se que el texto es un mero recipiente poético, muchísimo más
estrecho que el de sus artículos en El Rio de la Plata, pero
que los materiales contenidos en él concentran una levadura
que lo hace desbordar de sus moldes. Martín Fierro ha pro¬
metido mucho más en los Preámbulos, aunque es cierto que
estima en excesiva osadía sus pruebas. Cuando, al final de la
Ida, el Narrador nos dice que se trata de males que conocen
todos pero que nadie cantó, nos asombramos de hasta qué pun¬
to el silencio sobre las iniquidades haya pasado a ser una con¬
tención y un olvido. Y cuando al final de la Vuelta, que ha
traicionado su promesa de cantar cosas que harían arrepentir¬
se hasta al que le enseñó a templar, se encabrita en dos o tres
220 LA FRONTERA

alardes de aspirar a un cambio en el orden social, comprende¬


mos que la causa del gaucho estaba definitivamente perdida.
La explicación es otra: nuestra literatura y, en general,
toda la obra del pensamiento social y político carece entre
nosotros, desde los tiempos de Moreno y dejando a un lado
los impromptus viriles de Echeverría, Alberdi y Sarmiento, de
un contenido valiente en defensa de la justicia. Acaso no haya
país alguno sobre la tierra con tal carácter de moderación y de
tolerancia para la iniquidad y la infamia. Ni el novelista, ni
el sociólogo, ni el historiador han denunciado las miserias de
la vida corriente, de la organización económico-política, de los
acontecimientos de dimensión histórica, como debe hacerse
cuando la conciencia impone al hombre deberes más altos que
los de la indulgencia, que siempre son una complicidad. Me
refiero a una literatura, a una sociología y a una historia, no
a obras aisladas, que las hay. Me refiero al espíritu de ocul¬
tación y de miedo que predomina en la investigación y que
afecta hasta a las creaciones de la fantasía. Este es el freno que
también sofocó en Eíernández una bella disposición natural
a marcar con fuego a los impostores y a los explotadores de la
ignorancia y de la miseria como industrias subsidiarias de la
riqueza pública y privada. El Martín Fierro es un jroema eva¬
sivo en que la intención de cantar la verdad es reprimida, y
en que una censura de magnitud nacional estrangula la voz.
Comprendemos pero no leemos. La suerte de Martín Fierro
no prueba sino un destino, la vida de un hombre. De muchos,
pero cada vez de un hombre. La sociedad no existe allí; las
costumbres se dan por reflejo o por ausencia, cuando no por
contraste con una ausencia. Se supone que el mundo existe, y
que es peor que el que vemos, pues esos males fronterizos tie¬
nen su epicentro en otras regiones; se supone que la poca tierra;
que recorre Martín Fierro se dilata a miles de kilómetros a su
alrededor, y hasta se siente que ése es sólo el rescoldo del in¬
fierno. No habló Martín Fierro de las guerras civiles, ni de
los despojos en gran escala que practicaba el gobierno, entre¬
teniéndose en las minucias de la ratería y en algún crimen de
boliche. Es claro que esos pequeños males localizados permi¬
tían la impunidad a los grandes males generalizados. Lo que
Martín Fierro añora es la protección paternal del gobierno o
EL ORBE HISTÓRICO 221

del estanciero, esa otra orfandad del que no tiene ocupación


fija. Esos poderes institucionales se comportan como padres
desnaturalizados, y hasta se habla de la Provincia que no cui¬
da de sus hijos. Tal es el sentido ecuménico de nuestros ciuda¬
danos con respecto al Estado. Tampoco Hernández vio, en el
truco de ilusionismo de 1880, que no se desterraban los males,
sino que se los consagraba con los santos óleos para que los
comandantes del fortín, los pulperos, los jueces de paz, los
comisarios entraran a participar como accionistas de una gran
casa de juego. No los vio el pobre Martín Fierro, para quien
en 1879 las cosas seguían lo mismo, valiente en arriesgar su
vida pero no en arriesgar su verdad. Martín Fierro no es un
rebelde, sino un desdichado. Su instinto de la libertad atañe
a su cuerpo, le pertenece al cuerpo como la facultad de andar.
Tampoco son rebeldes Cruz ni Picardía. Son seres agrestes, en
el seno de una sociedad agreste, en un mundo agreste. Pero a
todos les falta la conciencia de lo que trasciende del individuo
a la colectividad, no solamente porque los problemas sociales
son de por sí complejos sino porque está en la índole de nues¬
tro pueblo no sentir lo social. Este es un rasgo de su psicología,
fijado sin duda por sus orígenes históricos y por las rudas
condiciones de vida que ha debido afrontar. Fuerzas conteni¬
das en el individuo trascienden a la sociedad y la sociedad las
acumula insensiblemente hasta que uno y otra establecen un
equilibrio satisfactorio. Representante de lo social, en este sen¬
tido, es el viejo Vizcacha, mucho más que el propio Martín
Fierro. Este procede con relativa autonomía, mientras que aquél
está engarzado con cuanto le circunda, hombres, seres y cosas.
El más solitario de los personajes es, al mismo tiempo, un epí¬
tome de su sociedad, su ecce-homo. Los hábitos rapaces, su alma
hostil a todo sentimiento humanitario, su filosofía cínica apren¬
dida en el libro de la Naturaleza condensan una modalidad de
la psicología social del hombre de la llanura. También la
vizcacha es el más sociable de los animales de la llanura. Ese
viejo misántropo ha entendido el juego y sus actos únicamente
son antisociales si se concibe la sociedad como una organización
ideal, no como la que realmente existe. En una sociedad irre¬
gular como la que Martín Fierro integra, el ciudadano correcto,
adaptado, es Vizcacha, y su filosofía tampoco puede ser juzgada
222 LA FRONTERA

sino con arreglo a esa sociedad. Si carece de todo instinto social


—precisamente es la negación de todos ellos, por índice alfabé¬
tico— es porque aquella sociedad en que se ha formado —o
deformado— tampoco los contiene. Entendido el Poema, el
ambiente y los personajes, Vizcacha es el único que se ha avenido
a un régimen legal con sus semejantes. El pueblo conoce bien
a ese “antiguo” y todavía recuerda sus consejos como los de la
moral más adecuada a la naturaleza de las cosas. El Poema se
genera de Martín Fierro hacia fuera, pero de todo el Poema
hacia adentro se genera este “racionalista de la pampa”.
Es el momento de preguntarnos si Hernández creyó, efecti¬
vamente, que su. Obra podría reivindicar al gaucho. De ser
así, y no sólo una actitud asumida ante la responsabilidad de
la fama, tendríamos que preguntarnos si tal reivindicación ha¬
bía de asumir, a su criterio, un carácter de reestructuración del
orden social o únicamente un despertar de la filantropía en el
alma del gobernante y del hacendado. Sus gauchos están mar¬
cados con el estigma del desaliento y Martín Fierro no aspira
a nada, ni espera nada. En cuanto a Cruz y Picardía, saben
aprovechar las circunstancias y van viviendo “aunque con ar¬
dides”. Ellos le deben mucho a la vida, que les dio más de lo
que obtuvo de ellos. Sin ninguna autoridad moral, son los que
recriminan más duramente a la sociedad enrostrándole vicios
que ellos tipifican. La misión catártica que cumplía el Poema
era la de suscitar la compasión del poderoso —tal era su inten¬
cional objeto— y en dejar documentada una condición de vida
en el campo que era desconocida para el historiador. El primer
efecto es nocivo, porque perpetúa el sentido paternalista del
Estado y la misión carismática del jefe; el segundo, sólo puede
tener eficacia cuando en el pueblo existe una conciencia de su
propia historia y de su propia vida no aletargada por la con¬
veniencia de proseguir en un régimen social y político injusto
pero de inesperadas oportunidades ¡rara prosperar. Los perso¬
najes que exhibe el Poema no valen para ninguna reivindica¬
ción; pero los materiales ecológicos son de primera clase. Tan
excelentes, que se ha querido reducirlos a lo pintoresco y anec¬
dótico. El criterio con que se juzga hoy la Obra la reduce a
pieza de filología o de tradición nacional. Los contemporáneos
de Llernández veían en el Poema otro sentido, aunque no fuera
EL ORBE HISTÓRICO 223

el de quienes quieren convertirlo en bandera de rebeldía. Lee¬


mos en la “Advertencia editorial” a la 14?- edición —1897—:

Hace... la historia... de la azarosa vida de una clase que, bajo la do¬


minación colonial, como bajo la dominación republicana, sólo ha vivido
víctima obligada de todo género de abominaciones;

en la carta de José Tomás Guido (16 de noviembre de 1878):

Las promesas de la Revolución no se han cumplido todavía para los hijos


del pampero;

en la carta de Juan M? Torres (Montevideo, 18 de febrero


de 1874):

...pertenece a esa clase desventurada que en la República Argentina ha


sustituido a la negra, extinguida ya, en los trabajos y sacrificios de sangre
y de vida, en beneficio exclusivo de las más elevadas o ambiciosas de la
sociedad; '

en la carta de Mariano A. Pelliza (del 27 de marzo de 1873):

En las luchas civiles la peor parte ha sido para ellos; y durante la paz
armada en que los caudillos han mantenido a la República, el campa¬
mento y los fortines los han alejado de la vida laboriosa y de los sagrados
vínculos del hogar, relajando la constitución de la familia y bastardeando
las generaciones; convirtiéndolos en nómadas habitantes de nuestras inmen¬
sas praderas, cuando no esfán sujetos al yugo del servicio, que es un lote
en el repartimiento de los bienes de la libertad por cuya conquista tantos
años han pugnado;

en el V artículo del P. Subieta, sobre el Martín Fierro:

En verdad, estamos muy lejos de ser una democracia, de gozar del beneficio
práctico de nuestras instituciones, muy liberales en la letra pero sin efecto
en la vida social...; Martin Fierro encierra estas grandes verdades políticas
arrancadas natural y lógicamente de nuestra vida ordinaria: falta de edu¬
cación, pésima organización judicial y militar, deficiencia en la política
rural y, sobre todo, profundo resentimiento en el pueblo de la campaña
contra las clases urbanas, por abuso de fortuna, de autoridad o de ilus¬
tración.

Todas estas ideas estaban inspiradas en el status social que


se reflejaba en el Poema mucho más que en la doctrina que
224 LA FRONTERA

podía extraerse de la quejumbre de los personajes. Pero Her¬


nández, que había cumplido esa proeza de romper un tabú
histórico para la literatura, queda muy rezagado respecto a las
vistas de sus críticos. En la carta de agosto de 1874, a los
editores de la 8?- edición de la Ida, fija el radio máximo de su
programa de redención del gaucho:

Pero ese gaucho debe ser ciudadano y no paria; debe tener deberes y
también derechos, y su cultura debe mejorar su condición. Las garantías
de la ley deben alcanzar hasta él; debe hacérsele partícipe de las ventajas
que el progreso conquista diariamente; su rancho no debe hallarse situado
más allá del dominio y del límite de la Escuela.

Se diría que experimentaba temores de que se lo juzgase


hombre capaz de soliviantar las masas campesinas. Y eso es lo
que se advierte en la Vuelta: la obligación de mantener la te¬
situra de la Ida, pero un apaciguamiento general en cuanto
a las derivaciones sociales que sólo levanta —porque pertenece
a una concepción muy anterior— el anacrónico Picardía.
Con mayor cautela el general Mitre le decía al Autor (en
carta del 14 de abril de 1879):

No estoy del todo conforme con su filosofía social, que deja en el fondo
del alma una precipitada amargura sin el correctivo de la solidaridad
social. Mejor es reconciliar los antagonismos por el amor y por la nece¬
sidad de vivir juntos y unidos, que hacer fermentar los odios, que tienen
su causa, más que en las intenciones de los hombres, en las imperfec¬
ciones de nuestro modo de ser social y político.

Palabras de nuestro más grande historiador, tan en el modo


de ser y de pensar general, que tal ha sido la fórmula con que
todos nuestros problemas sociales se han desplazado al margen
de la vida nacional, y lo episódico y lo reconciliatorio, por el
amor y por la necesidad de vivir juntos y unidos, vino a ocupar
el centro. Con lo cual el Martín Fierro, lo mismo que el Fa¬
cundo, los libros de los viajeros ingleses, El matadero, Amalia
y las crónicas de fronteras y de las guerras civiles, pasaron a ser
obras de fantasía y de lectura amena.
EL ORBE HISTÓRICO 225

POLITICA Y POLITICOS
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Hay en la predica periodística y 'panfletaria de Hernández
una base de razón que se relaciona con su honradez personal.
Sus ideales son los de otros hombres eminentes en la vida pú¬
blica, no más concretos ni de mayor alcance" que en aquéllos.
Siendo un hombre de ideas conservadoras, enunciaba a veces,
sin mayor convicción, por una necesidad de combate, opiniones
extremas,^sm que respondiesen a una concepción de la justicia
o del bienestar general diferentes de los que aceptaban sus
adversarios. Nuestra política gira siempre en torno de ideas
conservadoras aunque se patrocinen osadas innovaciones. Tene¬
mos una clave en el sentido democrático que se ha dado a las
campañas de los caudillos, prototipos a su vez del absolutismo.
Todo político argentino tiene compromisos tácitos con las es¬
tructuras rígidas de, estabilidad del sistema político, y sus ideas
revolucionarias no calan a lo hondo sino que se limitan a vio¬
lentas agitaciones de la periferia.
También para Hernández la política es un ideal de ban¬
dería. Posee una hermosa cualidad humana que detesta la in¬
justicia y la opresión, como sobresale en el Martín Fierro, sin
que alcance a organizar una concepción verdaderamente revo¬
lucionaria. Sus severas palabras de condenación a Rosas son las
mismas de todos los políticos, inclusive de los que anterior¬
mente medraron bajo la tiranía. Los caudillos son para él los
representantes del sistema federal y los únicos que han que¬
rido, contra el egoísmo centralista de Buenos Aires, un trato
de equidad para todas las provincias. Es la razón que lo lleva
a combatir junto a Urquiza, cuando Mitre desea imponer la
hegemonía de Buenos Aires, y junto a López Jordán cuando
Urquiza pacta con sus viejos adversarios. Y, sin embargo, en
la Legislatura ha de defender la capitalización de Buenos Aires.
Esta solución a un pleito fundamental de toda la historia ar¬
gentina hace que esté en pugna nuevamente con Mitre y Sar¬
miento, quienes en compañía de Alberdi se oponen a esa me¬
dida, contra sus antiguas opiniones. Hernández es ahora el ne-
’ gador de sus propias doctrinas.
Queda en sus folletos sobre “El Chacho” y Las dos políticas
226 LA FRONTERA

lo más vehemente y claro de sus ideas: la defensa de las liber¬


tades democráticas contra el avasallamiento por los gobiernos
que bajo formas liberales encarnaban la tiranía rosista. La idea
es de Alberdi y su aplicación contra Sarmiento también. Es¬
cribió (en El Río de la Plata, 19 de septiembre de 1869):

En vez de despojarse de falsas atribuciones devolviéndolas al pueblo a


quien pertenecen, nuestros gobiernos se arrogan facultades monstruosas,
estableciendo privilegios y monopolios odiosos en favor del que está en¬
cargado precisamente, como ya lo hemos dicho, de asegurarnos los bene¬
ficios de nuestras liberales instituciones... Los copiosos elementos de la
riqueza nacional sólo se desarrollan a favor de la libertad, que consiste
en el mutuo respeto de todos los derechos.

En el número del 20 de noviembre del mismo año (ibidern,


“La Oligarquía”), leemos:

Somos libres y queremos la oposición que se hace en nombre de los prin¬


cipios; pero somos enemigos de los Tartufos que pretenden amar la li¬
bertad que violaron y sólo piensan y buscan obtener posiciones y burlarse
del pobre pueblo. [“Tartufo” llamaba también Alberdi a Sarmiento, en
sus Escritos postumos y en su panfleto sobre la presidencia de éste.] Por
eso denunciamos esos trabajos como un complot contra la libertad, y no
concebimos cómo los que tomaron parte en marzo obtuvieron el triunfo
en nombre del sufragio libre, apoyen a los viejos violadores del sufragio,
a los maestros de la cábala electoral.

El 6 de octubre, escribe:

¡Extravío sin igual! Se ha llegado a creer que el individuo aislado nada


representa, cuando es precisamente el derecho individual la base del edificio
social y político de los pueblos. La colectividad de individuos que toma el
nombre de sociedad, no tiene más derechos que un solo individuo. El
número nada hace a la esencia del derecho. Se suman los individuos pero
no se pueden sumar los derechos, porque ellos no componen cantidad y
son siempre el resumen de una misma entidad... De ese sofisma provie¬
nen las ventajas que disfruta la sociedad sobre la campaña.

En Las dos políticas había dicho:

Rivadavia, Dorrego, Rosas y Mitre han sido sus instrumentos. ¡Política sin
entrañas! ¡Política fría y egoísta como un cálculo, tenebrosa y encarnizada
como una deuda, yo te maldigo!
EL ORBE HISTÓRICO 227

Su actitud intransigente ante Mitre y Sarmiento constituye


el eje de su campaña política en el periodismo. El Martín Fie¬
rro lleva la misma intención. Lugones comenta (en El payador):

La civilización hostil al gaucho, representada por el gobierno de Sarmiento


contra el cual se alzó el caudillo entrerriano [López Jordán], actualizaba
la crítica que Hernández propúsose realizar. Así el poema tenía caracteres
de panfleto político, tal como sucedió con la Comedia, de Dante, y el
Paraíso, de Milton. Pero el hombre tenía, además, el genio que se igno¬
raba, y la enseñanza de la vida, que es la ciencia suprema.

En efecto, en política Hernández no iba más allá de su


experiencia y de su honradez, sin que jamás alcance a trascen¬
der los límites de lo puramente personal. En el Poema, Cruz
y Picardía exponen sus quejas políticas en un círculo todavía
más estrecho.
Esa queja contra las injusticias para el pobre, al final del
Poema, es la última expresión de tales sentimientos en Her-
nádez. No perderá jamás su simpatía por el desvalido, pero el
lenguaje será otro. Un año después, con el advenimiento a la
presidencia del General Roca, que había consumado la Con¬
quista del Desierto, a su parecer los viejos males habían desapa¬
recido. Vuelve a tomar en la Cámara los grandes problemas de
fondo tratados en sus folletos, especialmente en Las dos polí¬
ticas, de inspiración alberdiana, con un criterio distinto, y las
ideas en ocasiones subversivas de El Río de la Plata, radiados
de la acción pública Mitre y Sarmiento, declina al tono de la
reconciliación y el entusiasmo por la nueva Era de Progreso,
que caracteriza la acción de todos los políticos hasta el desca¬
labro de 1889. Todo lo grande que había en Hernández queda
en el Martin Fierro, cuya Segunda Parte acusa, a pesar de los
amagos del protagonista, un clima de concordancia con la po¬
lítica gubernamental. Hernández está en la misma dirección de
los creadores de la Grande Argentina. Lo triste es que muere
lo mejor de sí, sumido en aquel fondo bondadoso de sus sen¬
timientos. Es la oligarquía, precisamente, la que llega al poder:
los estancieros, los militares, los jueces, los pulperos. No es du¬
doso que, desaparecidos los motivos personales de lucha, re¬
surge en él desde profundidades gentilicias lo que era auténti¬
camente suyo. Apenas quedan vestigios de su ardor panfletario,
228 LA FRONTERA

porque la Vida de Peñaloza y Las dos políticas no fueron fruto


de su legítimo amor al país, de su meditación sobre los proble¬
mas de su formación y desarrollo, que habían tratado a fondo
Echeverría, Alberdi, Mitre y Sarmiento, ni de un designio de
desenmascarar a los traidores a los ideales de Mayo. Se valía
de ideas muy peligrosas de manejar, como las del preámbulo
de Las bases, de los debates en el Congreso de la Confedera¬
ción, en que fue taquígrafo, y de su trato con hombres impreg¬
nados de doctrinas y pensamientos patrióticos. Pero no pren¬
dieron en las ideas; simplemente las diseminó. Era hombre de
limitadas aspiraciones sociales, un burgués descontento y dis¬
conforme, que más tarde se ufana en la contemplación de un
resurgir de la riqueza bajo el lema, similar al de Rosas, de:
“Progreso y Paz”. Todavía es más curioso su último paso, como
legislador, hacia puntos de vista opuestos a su prédica.

“LAS DOS POLITICAS”

El título de su folleto de 1858 puede aplicársele al autor,


en cuanto que llegado a la Legislatura abandona sus doctrinas
de luchador de oposición. ¿Cómo pueden conciliarse sus ideas
de 1880 con las de 1858?
Lo que permanece firme, inalterado durante ese lapso, es
su condena a la política de Rosas y sus secuaces, su simpatía
por los caudillos, su compasión por los desdichados. Pero ya
Buenos Aires ha dejado de ser metrópoli hispánica, la here¬
dera de la Colonia, mejor dicho la Colonia dentro de la Re¬
pública. Esta es, por lo demás, la opinión de muchos idólatras
del progreso bajo cualquier receta. En La cabeza de Goliat he
vuelto sobre este asunto, porque en 1880 se corta el nudo gor¬
diano sin que se solucione el problema. Hoy tiene vigencia
igual a la de entonces. Se ha dejado de ver que la Colonia ya
no es un sustantivo sino un adjetivo, no una cosa sino una
condición, un atributo, no algo extraño sino algo que tenemos
dentro de nosotros: un tumor. El Buenos Aires de 1880, como
el de 1945, con sus gobiernos municipales de fuerza, fraudu¬
lentos y de caudillos, es el de 1800, el de 1806 y 1807, el de
1820, el de 1852, el de 1858, el de 1862. El mismo, porque ni
EL ORBE HISTÓRICO 229

su función ni su destino han cambiado con el tiempo ni con el


tamaño. Todo eso lo sabía Hernández La idea es de Alberdi
también—, pero lo olvidó muy pronto. Baste confrontar sus
ideas primeras con sus ideas de después. Dijo en Las dos po¬
líticas:

Buenos Aires consagra la permanencia de la guerra civil, y la guerra civil


en las provincias significa la opulencia en Buenos Aires y la miseria en el
resto del país. La historia dirá algún día que ha existido en Buenos Aires
un partido localista y retrógrado, que se ha llamado unitario, que ha
sido el apóstol fervoroso de la unidad indivisible, llevada a la exageración
y el Imperio francés... Partido de mercaderes políticos que ha negociado
con la sangre y los sufrimientos de la República... Nuevo ídolo es Mitre
que en Pavón venció provincias para el imperio de Buenos Aires... Nues¬
tros grandes problemas políticos no han sido resueltos, porque no han
sido planteados. Los enigmas de la Esfinge de la Revolución han sido
indescifrables porque nos hemos atenido al significado natural de las pa¬
labras, a la interpretación genuina de su espíritu, cuando las palabras
han sido el disfraz de las ideas, la carátula dorada de un libro abomina¬
ble... Nosotros hemos visto una cuestión política donde sólo había una
cuestión económica... Buenos Aires, puerto único del virreinato, ha que¬
rido seguir siéndolo de la República... La metrópoli había cambiado de
nombre. En vez de Madrid se llamaba Buenos Aires. Las leyes de restric¬
ción y exclusivismo cambiaron también de distintivo. En vez de las reales
armas ostentaron desde entonces la escarapela azul y blanca... Tal es el
origen de nuestras dos grandes divisiones políticas [separación del Paraguay
y del Uruguay, lucha de los caudillos]... Federales y unitarios, lomos ne¬
gros y mazorqueros, nacionalistas y liberales, todos esos nombres con que
se han bautizado los partidos argentinos, no han sido más que disfraces
de una gran cuestión económica. En vez de llamarse a esta época el prin¬
cipio de la división civil entre federales y unitarios, debe llamarse el na¬
cimiento de la lucha entre las provincias y la antigua capital, entre las
colonias y la metrópoli, heredera de las facultades y prerrogativas del
virreinato...

Explica luego que Buenos Aires quiso apoderarse de todo


el país con constituciones unitarias que le daban incluso la
facultad de imponer gobernadores en las provincias, facultad
que no tuvo en la época del virreinato, y que las provincias
resistieron. Agrega que los caudillos fueron hijos del egoísmo
de Buenos Aires, y que cuando Buenos Aires no pudo impo¬
nerse al interior por medio de una constitución, tentó lo mismo
“por medio de la ausencia de toda constitución y de todo go¬
bierno nacional’’; lo cual le permitió desempeñar la política
exterior y efectuar con ella “el usufructo exclusivo de las ren-
230 LA FRONTERA

tas nacionales”. Este mismo sistema vino a producir la semilla


del caudillaje. ¿Qué fueron los caudillos sino los gobernadores
de las provincias abandonadas a su propia suerte, aguijoneadas
por el hambre y por la inquietud del porvenir?
En la sesión del 30 de octubre de 1880, le tocó a Hernán¬
dez la difícil empresa de aprobar la capitalización de Buenos
Aires, contra Alem, que la impugnaba. Dijo entonces, en su
panegírico de la vieja metrópoli del nuevo virreinato:

Buenos Aires, siendo capital de la República, se restituye a su antiguo


rango y recupera su gobierno propio... Si no tuviera el proyecto otra
recomendación sino que van a morir los partidos, sería para mí suficiente
para votar por él, porque yo no quisiera partidos. Las necesidades de la
época me imponen el deber de afiliarme a uno; pero los dictados de mi
conciencia me dicen, como argentino, que no debe haber partidos que
dividan la sociedad. Si pudiera haber un rincón de la República, un perí¬
metro donde no existieran los partidos, allí sería la residencia obligada de
todos los hombres honrados, de todos los que quieren con sinceridad el
bienestar de la patria... Buenos Aires es el gran receptáculo de todas
las ideas, es el laboratorio donde vienen a estar como en ebullición las
ideas de progreso, de orden, las ideas de trabajo que nos envía el viejo
mundo y que aquí se combinan con los sentimientos de independencia y
de libertad, que son las fuerzas impulsivas del pueblo americano. Es en
Buenos Aires donde vienen a vigorizarse, a fortalecerse los sentimientos
más puros de americanismo, para irradiar desde aquí, vigorosos, fecundos,
por todos los ámbitos de la República... En el orden de las ideas polí¬
ticas, en el ejercicio del derecho constitucional, esto significa resolver el
último de los problemas de nuestra organización... En el orden de los
hechos voy a probar asimismo que esta resolución vigoriza e impulsa todo
el progreso material de la República. Que esa resolución significa la
redención de la campaña de la provincia de Buenos Aires y..., en fin,
restablece a Buenos Aires en su antiguo rango, convirtiendo este cuerpo
de civilización en la más vasta, más floreciente y más populosa ciudad de
Sud América.

Hace después la historia de las tentativas de federalizar la pro¬


vincia de Buenos Aires o la cajrital. Enumera las cualidades lo¬
cales de los habitantes de las provincias del interior, para
concluir, con increíble falta de lógica, que

todos estos modos de moral de cada una de las provincias tienen que
venir a un centro común, trayendo cada uno la manifestación de su es¬
pecialidad, para ser impulsados y desenvueltos en provecho general bajo la
iniciativa fecunda, vigorosa y activa del hijo de Buenos Aires... Desde hoy
en adelante las generaciones argentinas pueden escribir en su bandera
EL ORBE HISTÓRICO 231

este programa: “No más caudillos de pluma ni de espada; sobre los dere¬
chos imprescriptibles del pueblo argentino, no hay hombre ni voluntad
superior: desde hoy en adelante, en la Argentina debe imperar la ley,
justa para todos, severa para todos.”

La historia ha demostrado que el Hernández de Las dos po¬


líticas tenía razón. No solamente en cuanto atribuía a Buenos
Aires el papel de heredera de la metrópoli colonial, sino la
dirección de la vida política del país. Es indispensable retornar
a su primera posición, que es la sólida: Decía entonces:

El plan de Rosas se cumplió. El déspota y el partido centralista sacaron


sus cuentas, y la historia dirá algún día que los principales hombres de
ese partido [unitario] votaron por “las facultades extraordinarias” que
cansagraron su satánica omnipotencia. Después vino el “terror”. Parecería
que la República había sufrido un profundo vuelco, que la barbarie se
había desplomado sobre la civilización como un témpano de nieve des¬
prendido desde la cumbre de una montaña, que el desierto había abarcado
a las ciudades como una inundación gigantesca... Entonces se vió a ese
pueblo viril, habituado a las más altas proezas militares, a los más poten¬
tes esfuerzos de la audacia y el patriotismo, postrarse a los pies de su
oscuro gaucho, encamación de la barbarie aborigen y defenderlo en
Caseros y escudarlo con su pecho en la hora de su terrible expiación...

Hernández se inspira todavía en la doctrina de los Pros¬


criptos, y hasta hay ideas que se encuentran en el Facundo.
Pero era para él un programa amplio y difícil de desarrollar
dialécticamente. Ni aun muchos de los emigrados pudieron
sostener sus ideas, de regreso en el país; y cuando Buenos Aires
comenzó a crecer y a embellecerse, la magia de las cosas fue
tan grande que a todos fascinó. Para nosotros la lectura de la
actualidad debe hacerse sobre el texto de la realidad de 1858
y no sobre la de 1880.
En 1858 se llamaban partidos políticos las diversas faccio¬
nes que defendían no tan diversas clases de intereses secretos,
lo mismo que ahora. Partidos fundados y sostenidos por salade¬
ristas, detentadores y especuladores de tierras fiscales, trafican¬
tes en bancas legislativas y en industrias nacionales y extran¬
jeras, propietarios de haciendas en lucha con los chacareros, los
trabajadores rurales y empleados que esperaban a su vez las
cuotas de dividendo en el reparto del patrimonio nacional.
O partidos de falsarios que, tras los mismos intereses personales,
232 LA FRONTERA

los acondicionaban con prospectos y frases del más encendido


nacionalismo.
No había tampoco entonces —1858— políticos ni ideales
patrióticos; las guerras civiles estaban atizadas por idéntico
impulso de rapiña (el lema era “sangre y rapiña”, según Car¬
los Octavio Bunge). Alberdi lo documentaría, razonándolo, en
obras que hoy están interdictas. Esas ideas estaban en Hernán¬
dez como en muchos, lo que significa que formaban parte del
repertorio de la época, como después de 1880 los postulados
teóricos vigentes hoy. Pero ambas cuestiones —la de 1858 y la
de 1880— no estaban engranadas en el sistema de la historia
ni de la economía, de las costumbres ni de la cultura. Estaban
engranadas entre sí, en sendos sistemas poli ticos. No eran más
que aislados relámpagos de intuición en una noche cerrada,
como los que después de 1880 tuvieron muy pocos hombres,
hasta desaparecer en el sonoro año del Centenario. 1858 for¬
cejea bajo la película de 1880; 1880 bajo la de 1890; 1890 bajo
la de 1910; 1910 bajo la de 1930; 1930 bajo la de 1943; 1943
bajo la de 1946. . . La doble política ha dejado de ser máscara
y rostro, para ser una máscara facial. Dice Costa Alvarez (en
Nuestro preceptismo literario, 1924):

...y los indios de la calle Florida trompeaban al extranjero bien puesto,


o manoseaban a la extranjera acicalada, que se aventuraba a pasar por
delante del cantón instalado en la aristocrática confitería del Aguila;
y la policía, en parte para defenderse, y en parte porque era el arma
opresiva de un gobierno moralmente desconceptuado, macheteaba y en¬
carcelaba libremente por desacato a todo el que se resistiera poco o mucho
a sus arbitrios. Cuatro años duró esta regresión social al salvajismo, al
que, en el orden político, puso término la revolución del 90. A la bota
de potro del gaucho había sucedido el botín elástico del compadre, y a
éste lo reemplazó desde entonces la alpargata del plebeyo. Este período
marca un recrudecimiento de nuestra lucha sin tregua contra la incultura,
durante el cual la barbarie canta gozosa en las letras con acompañamiento
musical de tango.

Lo cierto es que, cronológicamente, 1858 viene después de


1880.
EL ORBE HISTÓRICO 233

LA REDENCION

Acaso Hernández haya muerto feliz de ver que, lentamente,


a medida que se agotaban las ediciones de su Poema, iba me¬
jorando la situación del paria de su tierra. El país, por esos
días, se iba transformando pero no mejorando; iba absorbiendo
sus viejos males, internándolos en su organismo. El sistema del
enternecimiento corresponde en psicología al mismo sistema de
“ablandamiento” de las posiciones enemigas que se ha practi¬
cado en la última guerra. Lo que consiguió Hernández con
su obra fue convertir un problema social en un problema sen¬
timental. El déspota cambió de táctica, y el único que se había
enternecido era el gaucho.
La verdad pura es que esa situación no ha mejorado, como
tampoco podemos decir que con la Conquista del Desierto
haya mejorado la situación del indígena. El indígena fue ba¬
rrido por el Winchester, las epidemias y el hambre, en el fondo
del desierto; y el gaucho desapareció. En este sentido el pro¬
pósito de Hernández se cumplió y el gaucho fue reemplazado
por el peón de chacra, cuya suerte, dentro de las nuevas formas
de la civilidad rural, sigue siendo la misma... o peor, porque
está fijada por un régimen legal. Desaparecer no es mejorar,
si es que no se arrastran las cosas por el cielo. El gaucho no
tuvo hogar ni escuela ni ley, a no ser en aquellos campos de
Trapalanda, a los que se refería Cunninghame-Graham cuando
quería significar el otro mundo del gaucho. Desapareció como
habían desaparecido sus bienes: rancho, mujer, hijos y bien¬
estar. Primero desaparecieron los minúsculos bienes de que
disfrutaban Martín Fierro, el Hijo Segundo y Cruz; después
desaparecieron ellos. Se los tragó la Pampa, como a los otros.
Eso no era redimirlos ni hacer que los gobernantes y los terra¬
tenientes estiraran hacia sus desgracias las orejas; bastante es¬
tiradas y duras las tenían; encima, les aplicaron la coz.
En vez de preguntarnos: después de popularizado el Mar¬
tin Fierro y de leído por los magnates de la Banca y el Parla¬
mento, ¿cómo se opera el proceso de regeneración del gaucho?
tendríamos que preguntarnos: ¿cómo prosigue el proceso de
234 LA FRONTERA

extinción del gaucho después de ese “intermezzo” que se titula


Martín Fierro?
Tampoco quiero decir que la extinción del gaucho —su
paso a mejor vida, que es lo que Hernández quería— se haya
operado en razón y por culpa del Martín Fierro, pero sí creo
que cuando aparece el Poema, cuando a Hernández se le ocurre
salir en su defensa acompañándose de la guitarra en vez de
un equipo de zapadores para desecar la marisma, es el momen¬
to del peligro. El momento en que todo lo malo iba a asegu¬
rarse su perpetuación por el único método propicio: el cambio
de las formas exteriores. Empezaba a desaparecer el gaucho;
empezaban a ponerse en acción esas fuerzas invisibles que ata¬
caban su existencia; quiero decir que iban haciendo incom¬
patible su vida conforme a las tácticas nuevas que entraban
al viejo juego. La conmiseración de Hernández obedece un
poco a no tener conciencia clara de lo que está ocurriendo en
el país a la sazón, y a suponer que cambiando al comandante,
al pulpero, al juez, y sacando los gringos con jinetas estaba
todo arreglado. Ellos quedaron y el gaucho se fue. Elernández,
que peleó en los ejércitos y en los periódicos, y que luego actuó
como diputado y senador, participando en lo que podríamos
llamar la dirección de la conciencia cívica de aquellos años
críticos de borrachera de grandeza y de rapiña, ¿qué creyó que
era esto? ¿Qué pensaba del drama de nuestro interior? ¿Creía,
efectivamente, que eran los inmigrantes que venían a romperse
las manos en la tierra nunca labrada, a perder sus crías en la
soledad sin asistencia médica, a soltar hijas para que se las go¬
zasen los hijos de los arrendadores, creía que eran esos pobres
labriegos los culpables? ¿Creía que eran los comisarios analfa¬
betos, cuya brutalidad estaba en razón directa del buen desem¬
peño de su cargo, los causantes de la peste? ¿Creía que el co¬
mandante del piquete o del batallón, un individuo que aspi¬
raba a juntar unos pesos por otra senda que la del saladero;
a tener leguas de campo honradamente habidas, con el trabajo
de los milicos, procedía mal porque se desquitara de que el
gobierno no se las diera por no descender de patricios o por
no haber tomado parte en alguna revolución?
No era el gringo: era el país sin brazos; era la herencia de
haraganería y fraude de España en América; el prejuicio con-
EL ORBE HISTÓRICO 235

tra los trabajos villanos; la falta de profesión y oficio en los


ricos y en los pobres; el sistema de asco y de ignominia en
que la América hispánica había vivido tres siglos; la falta de
sentido moral, de conducta limpia, de conformidad a las reglas
del buen juego. Era la desordenada libertad de que disfruta¬
ban el hombre y el animal de la campaña, por una parte; y
del ansia de mando, de la necesidad visceral de gobernar, aun¬
que en pequeña escala (si no podía en una provincia, en una
comisaría); era la falta de un sentido de honor y de patriotismo
en el ejército, para la defensa de los principios y de las insti¬
tuciones. La falta de ejército, porque las levas de indigentes,
de vagos y de criminales no hacen un ejército; la falta de ofi¬
cialidad, porque las jinetas y los entorchados no hacen a un
caballero que manda. Namuncurá y Catriel vistieron uniformes
de general y de coronel de los ejércitos nacionales.
Aquellas matanzas de blancos por los indios, que Hernán¬
dez condenaba —como cualquier ser civilizado haría—, tampoco
podían explicai'se por sí mismas. Las matanzas de indios por
los soldados fueron peores, y la cacería con rifle, en las pose¬
siones privadas de los señores feudales de la Patagonia, no
fueron mejores tampoco. Sólo faltó que Hernández dijera que
el soldado representaba la civilización y que el indio represen¬
taba la barbarie, para caer en el mismo error de una fórmula
simplista de su adversario Sarmiento. Entonces habríamos teni¬
do que preguntarle, ya no qué entendía por civilización y por
barbarie aquí, en la Pampa, en esas condiciones, en que se
embarullaban no sólo soldados e indios, sino gobernadores de
provincia y matarifes, abogados y bandoleros, sino esto otro:
¿son cualidades de civilización el despojo, la felonía, el atro¬
pello del hogar y de la familia (blanca o cobriza), el asesinato
por deporte, la falta de fe a la palabra firmada y rubricada
con sellos del gobierno?
Cuando Llernández cantaba en favor del gaucho contra el
indio (en lo narrativo) y en favor del gaucho contra la injus¬
ticia (en las endechas), no tenía ni la más remota idea de lo
indio, de lo gaucho, ni de lo que él detestaba, pues hacía años
se había retirado del campo dejando allí los cuerpos, para re¬
fugiarse en las ciudades. Ni de que la barbarie combatida con
seres de carne y hueso en las fronteras había ganado ya su ba-
236 LA FRONTERA

talla por la espalda en las legislaturas, en la prensa, en la ins¬


trucción pública, en el arzobispado y en las reparticiones del
gobierno. Quiero decir que los males que el Martín Fierro
localizaba en individuos de frontera están ya enquistados en
las mismas instituciones creadas como baluartes para comba¬
tirlos. Y que ahora es una lucha social contra espectros que
habitan los cuerpos de quienes nos dicen que combaten por
la causa de la civilización.

MILITARES Y CAUDILLOS

“Los grandes ejércitos son una manía montonera”, decía


Sarmiento en el Facundo; pero también eran una necesidad
para los gobiernos, amenazados siempre con ser derrocados por
los otros gobiernos en expectativa. Lo que equivale a decir que
eran ya el gobierno, puesto que de su protección dependía su
estabilidad. A pesar de su espíritu de constante innovación, los
caudillos representaban las fuerzas inertes del pasado. Como
dice Juan Agustín García, en La ciudad indiana:

Periódicamente, en las épocas revolucionarias y de agitación social, resur¬


gen con nuevos bríos esos sentimientos coloniales, y con la misma energía
de antes cambian momentáneamente los ideales, los gustos y las aspiraciones
comunes... Aprovechando todos estos dones de la Providencia, las fortunas
se redondearían con facilidad o felicidad. Ideaba un sistema de gobierno con
todo el aparato de libertades y constitucionalismo que necesitaba su clase,
con el capricho arbitrario de sus funcionarios, para la dirección de la turba
proletaria, bajo la forma de democracia suiza, francesa, griega o inglesa, re¬
servándose en el hecho y no obstante las leyes, el monopolio de la tierra
para el grupo de familias patricias y sus amigos.

Es un error malintencionado diferenciar el caudillaje del


ejército. Todos los caudillos eran primeramente militares y
todos los militares fueron después caudillos, con muy pocas
excepciones. Tales ejércitos o montoneras nunca han defendido
las leyes ni el derecho, sino el poder, el mantenimiento en el
poder de sus defensores. Especie de pacto en que el gobierno
garantizaba la riqueza pecuaria, pues así como antes defendía
las vacas luego defendió a los defensores de sus privilegios.
En opinión de Sarmiento, como brote del comandante de
EL ORBE HISTÓRICO 237

campaña, el caudillo había sido militar antes de ser bandido.


En Conflicto y armonías, II, leemos:

Los militares jefes de las ciudades, siendo con poquísimas excepciones hom¬
bres de raza blanca, muchos de clase principal, y casi todos soldados de
línea educados en guerras extranjeras y regulares, han hecho una grande
economía de sangre humana, por la calidad de las tropas casi siempre de
línea que mandaban, o por la cultura de las milicias, de ordinario los arte¬
sanos de las ciudades, como lo fueron los de Mendoza, Córdoba, San Juan,
Catamarca, Tucumán. Se observó siempre en Buenos Aires, San Juan, Cór¬
doba, que las milicias de campaña servían mal a los gobiernos regulares,
mientras que al primer llamado ocurrían al campo de los caudillos. Las
tablas de sangre de las montoneras son terribles y comprenden muchos mi¬
llares de su propia estirpe, extinguidos en veinte años de amotinamiento.
Ahora que se sabe que los estragos de la guerra no tanto se hacen sentir a
causa de las bajas operadas por el plomo y el hierro sino por la intemperie
que engendra las enfermedades, se comprenderá qué cantidad enorme de
montoneros ha sido silenciosamente suprimida en aquellas terribles campañas
en que la noche es el mejor tiempo de operar y las fatigas del caballo agotan
el sufrimiento.

Y, en el Facundo:

La montonera sólo puede explicarse examinando la organización íntima de


la sociedad de donde procede.

Las tácticas que adoptaron los montoneros estaban calca¬


das sobre las del indio. Escribe Lucas Ayarragaray (en La anar¬
quía argentina y el caudillismo):

Cuando la montonera y la guerra civil se generalizan, vivir de la hacienda


del enemigo, talar su campo, incendiar su choza, era lugar común en la epo¬
peya bárbara, porque al saqueo y al latrocinio le estimulaba la falta de
integridad judicial amparadora de todos los abusos de los clientes del cau¬
dillo. Las turbas armadas, único sostén de las quebradizas dictaduras eje¬
cutoras de las violencias y despojos, ni se las pagaba ni menos se las avi¬
tuallaba, debiendo encontrar en el merodeo recursos de subsistencia.

De ahí que el cuatrerismo se convirtiera en una industria


legalizada por la costumbre, como antes el contrabando. Hasta
podría decirse, sin exageraciones, que los gobiernos se habían
constituido en monopolizadores de esa forma del abigeato en
gran escala. También en esto imitaban los caudillos a los ca-
238 LA FRONTERA

ciques. Pero sus más profundas y congénitas analogías han sido


destacadas por Andrés Lamas (en Rivadavia):

Estando el poder del cacique tan vinculado a sus dotes personales y a la


atracción inmediata que ellas ejercían sobre los que lo rodeaban, con difi¬
cultad podría irradiarse a grandes extensiones de territorio y a crecido nú¬
mero de hombres; y es por ello que nuestros indígenas, que no eran muchos,
estaban divididos en tantas tribus, que aun perteneciendo a una misma
nación, se localizaban y hacían vida separada, en lo que estaba muy inte¬
resado el cacique para conservar su poder personal íntegro, aunque reducido
a pequeño espacio. Esta tendencia localista, así entendida, es la que nos
explica cómo aislándose, se fueron alejando, favorecidos por el despoblado,
del tronco común y de la lengua madre... Ha sido en este molde indígena
donde se ha vaciado el poder, el espíritu y la acción de nuestros caudillos
populares... Tanto en cuanto al origen del poder del caudillo, como al
espíritu local y a las alianzas como medio de adquirir ocasionalmente la
fuerza necesaria para defenderse o para agredir, las tradiciones indígenas se
armonizaban con las de los españoles. Esta es la filiación histórica de los
caudillos provinciales, cuyos títulos sólo derivaban de sus dotes e influencia
personal, o de la fuerza armada de que habían logrado apoderarse.

José Ramos Mejía (en Las multitudes argentinas) se refiere


a las montoneras, con parecida opinión, diciendo que eran

belicosas y crueles por lo mismo que eran mestizas, heterogéneas y de corte


animal. Habían sido primero crueles con el indio y con el bruto, que do¬
maban a golpes, y luego con la ciudad que trataban como al potro, a
rebencazos, o como al indio, a puñaladas.

La universalidad de esos métodos vandálicos de combatir


es comentada por Leopoldo R. Ornstein (en Historia de la
democracia argentina):

La lucha fratricida adquirió una ferocidad que caracterizó a toda una época.
En ella no se daba cuartel al vencido y el darle muerte se consideraba un^
obligación ineludible, una actitud patriótica. El degüello llegó a ser un
procedimiento habitual y hasta un arte, en el que se ejercitaban bandas
de forajidos que seguían a las montoneras en los campos de batalla.

También Emilio Coni (en Disertación ante la Academia


de la Historia) se refería a este aspecto de la formación de
las tropas montoneras:

El hecho histórico que más ha influido en el significado de “gaucho” ha


sido la montonera, que durante más de medio siglo asoló el interior de la
EL ORBE HISTÓRICO 239

República y que para el pueblo estaba formada por “gauchos”. La monto¬


nera no sólo asesinaba sino que también saqueaba; de ahí que a los saquea¬
dores también se los denomine “gauchos”, como sucedió después del terre¬
moto de Mendoza, en 1861. Para la población rural criolla, cuyos abuelos
sufrieron durante cincuenta años sus excesos, la montonera está identificada
con el gaucho, y mientras ese recuerdo no se borre del folklore local, el
vocablo no podrá tener el sentido elogioso que han pretendido darle los
poetas gauchescos del litoral.

Mitre explica así la aparición de la montonera (en Historia


de Belgrano):

Entonces nacen esos tipos genuinos de nuestra historia, denominados “mon¬


toneros” que se adueñan del país y siembran el terror a su paso; entonces
aparece aquel año Veinte, durante el cual López y Ramírez entran a Buenos
Aires con sus escoltas de salvajes... El año Veinte puede considerarse en la
historia como un verdadero acceso de exaltación maníaca general, rabiosa y
desordenada.

Con palabras no menos severas, Joaquín V. González dice


en La tradición nacional, t. II:

Pero este elemento decisivo en los días de entusiasmo por la revolución debía
traer amarguras sin cuento en el futuro, una vez entregadas las masas a sí
mismas, fanatizadas por los caudillos, a quienes miraban y amaban como sus
dueños, y en quienes veían sus protectores contra la soberbia del hombre de
las ciudades, sin distinguir al compatriota, al conciudadano del español que
aborrecía por tradición; y he ahí la causa de la malísima influencia que los
gauchos y sus caudillos ejercieron en nuestra evolución institucional, y de
los años tenebrosos que han legado a nuestra historia. Ellos llenan con sus
hordas sin freno y sus ambiciones sangrientas el sombrío escenario que co¬
mienza en 1820 y termina en 1852, y que prolonga aún su lumbre siniestra
sobre algunas provincias hasta 1869.

La montonera fue el ejército regular de Rosas, iniciado


como milicia feudal en sus posesiones próximas a la ciudad
de Buenos Aires: eran sus Colorados del Monte. Para organizar
sus milicias necesitó desmembrar el resto de los ejércitos que
hicieron las campañas de la Independencia, creando una nueva
disciplina y una nueva ciencia militar al servicio de la polí¬
tica. Comprometió a los jefes en sus negocios de haciendas, y
así los redujo a capataces uniformados de sus estancias. Los
acostumbró así a que identificaran sus intereses personales y
sus intereses de cuerpo con los intereses de la Nación. Tam-
240 LA FRONTERA

bién sacó provecho del indio, aleccionado por el inmenso po¬


derío militar que el Paraguay constituyó con el elemento in¬
dígena reducido a disciplina por los jesuítas.
Rosas fue un administrador de estancias que quiso organi¬
zar al país como un vasto establecimiento ganadero, impri¬
miéndole esas características que habría de conservar a lo largo
de un siglo. Gobernar la República no difería de manejar há¬
bilmente una estancia, y lo que él transfirió al ejercicio del
poder no fue otra cosa que su experiencia y su sentido de la
autoridad como señor de capataces y peones. Dice Sarmiento,
en el Facundo:

Organizada la República bajo un plan de combinaciones tan fecundas en


resultados, contrájose Rosas a la organización de su poder en Buenos Aires,
echándole bases duraderas. La campaña lo había empujado sobre la ciudad;
pero abandonando él la Estancia por el Fuerte, necesitando moralizar esa
misma campaña como propietario, y borrar el camino por donde otros co¬
mandantes de campaña podían seguir sus huellas, se consagró a levantar un
ejército que se engrosaba de día en día, y que debía servir a contener la
República en la obediencia y a llevar el estandarte de la santa causa a
todos los pueblos vecinos.

En 1819 había escrito Rosas las Instrucciones para la admi¬


nistración de estancias, obra que desde 1825 se reeditó varias
veces. Es un antecedente, el más directo, de la Instrucción del
estanciero, de Hernández. El prestigio de Rosas, como militar
y gobernante, se debía a que representaba la riqueza ganadera
de su provincia, tanto por su haber como por su saber. El otro
caudillo omnímodo, Urquiza, poseía en Entre Ríos la estancia
San José y el saladero Santa Cándida, y era en su provincia
tan poderoso y sapiente en cuestiones agropecuarias como Ro¬
sas en Buenos Aires. La política argentina de la Confederación
y de la provincia de Buenos Aires (que abarcaba todo el terri¬
torio de pastos tiernos, desde el litoral) gira en torno a esos
intereses agropecuarios, y las dos grandes figuras del caudillis¬
mo militar y económico son sus máximos representantes.
Rosas rebajó el ejército a servidumbre feudal, pero al mis¬
mo tiempo le dio una función pública vinculada a los inte¬
reses fundamentales del país. Hizo de la milicia nacional un
cuerpo de blandengues al servicio de la clase de intereses que
él representaba. Sus intereses —los de las estancias, en el trust
EL ORBE HISTÓRICO 241

de los demás estancieros— eran los del terrateniente y el pa¬


tricio. El ejército bajo Rosas no tuvo verdaderos jefes. Era
único entre sus pares y los demás, todos, sus subordinados.
Valentín Alsina le observaba a Sarmiento, a raíz de la publi¬
cación del Facundo, que

en tiempo de Rosas éste no ha dado el cargo de comandante de campaña a


hombres vulgares ni no vulgares: no lo ha habido. Lo más que hubo, en
cortos intervalos, ha sido comandantes del sud o del norte; nunca uno
general, como él.

Su desprecio por el ejército era igual a su desprecio por las


jerarquías eclesiásticas. Pero aprovechaba de los dos, humillán¬
dolos y colmándolos de canonjías.
Cuenta Hudson (en Allá lejos y hace mucho tiempo) cómo
por las calles de Buenos Aires se veía pasear al negro bufón
de Rosas, Eusebio, disfrazado de general y con escolta, como
una befa andante a los jefes superiores:

Al llegar a la calle encontramos un gran número de espectadores que aguar¬


daba la llegada del general, y al poco rato apareció don Eusebio en su uni¬
forme, todo de grana, incluso su gran sombrero de tres picos y el enorme
penacho de plumas que lo adornaba. Marchaba con tremenda gravedad, la
espada a la cintura y doce soldados, seis a cada lado, con espadas desenvai¬
nadas, vestidos también de grana.

Pero en esto Rosas era un imitador que demostraba sus


extraordinarias dotes psicológicas de conocedor de su pueblo.
Porque el verdadero inventor de esta clase de profanaciones fue
Dorrego, quien, apartado del ejército de Belgrano por burlarse
de su jefe, en Santiago del Estero, a la llegada de este grande
hombre en desgracia, vistió de general a un loco y lo largó
por la ciudad. La broma debió de complacer a esos miserables
que siempre caen sobre el prójimo en desgracia y con mayor
ensañamiento cuanto de más alto cae. Rosas extrajo sabias
consecuencias de aquel experimento, y se engañan los que en
nuestros días creen que el retorno a sus prácticas sólo arrastra
consigo a un grupo de insensatos y advenedizos. Olvidan que
antes de Eusebio, el bufón que representaba a un general —y
otras veces el bufón Biguá representaba a un obispo—, en
Santiago del Estero había hecho el ensayo su predecesor en la
242 LA FRONTERA

política, lanzando al alborozo de la plebe la contrafigura del


glorioso y angelical Belgrano. Lo cual no prueba que el pueblo
desprecie a los generales ni a los obispos, sino que pone en
libertad esa horrible fuerza del amor y la veneración que ne¬
cesita hacer de un dios un ecce-homo para poder adorarlo.
Rosas era un caudillo y además un gran señor que había
permanecido indiferente al nuevo estado teórico de cosas en¬
gendrado por la Revolución, y hasta a la Revolución misma.
Vio y observó, desde los campos, lo que acontecía, y pronto
sacó lógicas consecuencias de la decadencia moral de los ejér¬
citos y del papel que el comandante de campaña habría de
asumir, al condensar en sí también las potestades del gober¬
nante. Concibió la necesidad de reemplazar al ejército por la
montonera, de crear un foco de intereses pecuniarios en lugar
de los ideales abstractos del heroísmo. El era un comandante
de campaña erigido por las tropas, que había creado con las
peonadas de sus estancias, y demostró que sabía dirigirlas como
sabía avituallarlas. Con él desaparece el comandante de cam¬
paña, como indicó Alsina, porque en la suma del poder pú¬
blico están comprendidas también las facultades del comando
absoluto. Muy pocos jefes se resistieron; casi todos hallaron
cómodo y proficuo mandar y administrar como estancieros y
poner las milicias a su servicio. La “constitución de las cosas’’,
que decía Alberdi, llevaba a eso. Y Juan A. García escribe:

Si el lector tiene presentes estos rasgos sociológicos, comprenderá que las


montoneras argentinas y la anarquía subsiguiente al movimiento de 1810
son consecuencias lógicas y fatales del estado intelectual y moral, de la
situación económica del proletariado...

Recordó Sarmiento en el Facundo que “Lavalle en 1829,


no peleó jamás gauchamente ni montoneramente sino según
el arte estratégico europeo, empleado en Ituzaingó y siempre
con tropas disciplinadas”. Pero diez años después era otro ge¬
neral y sus tropas eran otras. Paz recuerda en sus Memorias
que Lavalle le dijo, en tono de reproche, que “era un general,
pero que nunca podría ser un caudillo, como él”. Eran las
condiciones mismas de las luchas, del medio, las dificultades
propias del elemento humano de que disponían, lo que malea¬
ba a los jefes y a los súbditos. Lo mismo ocurrió con los indios,
EL ORBE HISTÓRICO 243

que fueron soldados obedientes y regimentados durante las


guerras de la Independencia, pero que en las guerras civiles
y en las que ellos hicieron a imagen y semejanza de las otras,
cayeron en un verdadero estado de salvajismo. Darwin hizo la
observación de que los indios patagones habían perdido en
moralidad lo que habían ganado en hábitos morigerados. En
las últimas campañas contra el indio no había mayor diferen¬
cia en el arte de combatir, ni en la clemencia, entre las tropas
y las hordas.
El comandante de campaña, elegido primero por los Cabil¬
dos, degeneró ya por ejercer el mando en circunstancias even¬
tuales, sin dejarlo después. Leemos en el Facundo:

Lo que digo del juez de paz es aplicable al comandante de campaña. Este


es un personaje de más alta categoría que el primero, y en quien han de re¬
unirse en más alto grado las cualidades de reputación y antecedentes de
aquél. Todavía una circunstancia nueva agrava, lejos de disminuirlo, el mal.
El Gobierno de las ciudades es el que da el título de Comandante de Cam¬
paña; pero como la ciudad es débil en el campo, sin influencia y sin adictos,
el gobierno echa mano de los hombres que más temor le inspiran, para en¬
comendarles este empleo, a fin de tenerlos en su obediencia; manera muy
conocida de proceder de todos los gobiernos débiles, y que alejan el mal
del momento presente, para que se produzca más tarde en dimensiones
colosales.

Si el gobierno delegaba así su mando, el comandante pronto


había de subrogarse al gobierno; ser él quien gobernara. Y de
ahí la tendencia unánime a convertirse en caudillos, pues, sin
necesidad de ascender en los grados militares, llegaban por ese
medio al dominio del poder y al manejo de la hacienda pública.
Casi ningún militar ha creído nunca que bastase a su dignidad
el ejercicio de sus funciones propias, y lo que nos parece hoy
que es una anomalía explicable por eventos desconectados de
la historia, es la más pura y oriunda tradición nacional e his¬
panoamericana. Quien tenga de la historia argentina y sud¬
americana un concepto fundado en el conocimiento de los he¬
chos, encuentra una filiación continua entre los acontecimien¬
tos que están en el umbral de la formación de las nacionalidades
y los actuales. La historia política argentina es una con la his¬
toria militar. Andrés Lamas ha explicado bien, en su obra
Rivadavia, la génesis de lo que se entiende comúnmente por
244 LA FRONTERA

espíritu patriótico como identificado con el espíritu de mili-


tancia:

Buenos Aires es, a la vez, el centro más civilizado y la metrópoli del poder
opresor; por consiguiente, sobre ella recaían las antipatías de los atrasados
y los odios de los oprimidos. Es éste uno de los surcos más profundos que
hemos encontrado en el camino de los sucesos que vamos estudiando. Aque¬
llos hombres que, como queda indicado, se encontraban en un grado de
civilización inferior, fueron llamados a la escena por la revolución de la
Independencia. Al llamarlos sirviéndose hasta de los idiomas indígenas para
ser por todos oída y por todos coadyuvada, como lo fué, los levantó desde
la abyección en que su aislamiento, su atraso moral y las jerarquías coloniales
los habían mantenido; les puso las armas en la mano en nombre de la in¬
dependencia y de los derechos colectivos e individuales del hombre; y los
llevó a los campos de batalla, en los que se impone la igualdad humana por
la igualdad del sacrificio y por la igualdad de la muerte. Entonces, cuando
ellos, peleando y muriendo, se reconocieron realmente hombres, idénticos a
los otros hombres que los habían menospreciado; cuando vieron por sí mis¬
mos que en esa arena sangrienta era la fuerza bruta, la fuerza numérica la
que prevalecía y decidía; y, por último, cuando sintiéndose vigorosos, ágiles,
valientes y con menos necesidades para hacer la guerra que los hombres
de las ciudades, se contaron y se encontraron bastantes para no resignarse a
ajenas voluntades, y para imponer las suyas en aquellos días de conflicto
y de peligro, la revolución, que los había sacado del aislamiento y de la
oscuridad, se hizo también, esencialmente, revolución social.

La capacidad para el gobierno se dedujo de la capacidad


para el mando, y la capacidad para el mando estaba en saber
sacar provecho de las circunstancias, sin norma legal ni moral,
sin otro designio que la victoria.
Uno de los más graves yerros en nuestros historiadores es
considerar la anarquía y el caudillismo argentinos como un
fenómeno independiente del espíritu belicoso y de la profesión
militar. Todos los grandes caudillos: Rosas, Quiroga, López,
Bustos, Ramírez, Hereñú, Urquiza, Aldao, López Jordán, fueron
ante todo militares profesionales. Hernández no omitió esta
circunstancia al hacer el panegírico de “El Chacho”, a quien
celebra como héroe y general de la nación.

LOS CAUDILLOS

1. En el folleto que Hernández publica en Paraná (2^ edi¬


ción impresa el 1*? de diciembre de 1863, 20 páginas) con el
EL ORBE HISTÓRICO 245

título Rasgos biográficos del general D. Angel V. Peñaloza, hace


el elogio de este caudillo como militar y hombre de honor. De
suma virulencia contra el partido unitario que estaba en el
poder (Mitre era presidente de la República, Sarmiento go¬
bernador de San Juan), no contiene datos fidedignos ni doc¬
trina política. Hernández es federalista, contrario a la tendencia
absorbente del gobierno porteño. Algunas de sus ideas han de
repetirse en su folleto Las dos políticas, y en sus discursos de
1880 en pro de la capitalización de Buenos Aires. Dice:

La revolución encabezada por el general Lavalle el 1*? de diciembre de 1828,


que dió por resultado la caída del gobernador Dorrego y su bárbaro fusi¬
lamiento en los campos de Navarro... es el tronco genealógico de todas
las desgracias que hasta ahora vienen afligiendo a nuestra patria. De allí
parten nuestros males. La sangre del coronel Dorrego fué la primera que
se derramó alevosamente en nuestra guerra civil. Hasta hoy, ha sido la
última la del general Peñaloza.

El panfleto se inicia repitiendo un dicterio sacramental en


todos los documentos oficiales de la tiranía:

Los salvajes unitarios están de fiestas... El partido unitario tiene un crimen


más que escribir en la página de sus horrendos crímenes. El general Peñaloza
ha sido degollado. El hombre ennoblecido por su inagotable patriotismo,
fuerte por la santidad de su causa, el Viriato argentino... Maldito sea,
maldito, mil veces maldito, sea el partido envenenado con crímenes...

El objetivo verdadero de ese opúsculo es incriminar al ven¬


cedor de Urquiza y a su colaborador por la política de violen¬
cia que habían iniciado con un acto injustificable, que sublevó
a los hombres de conciencia. Sarmiento, responsable directo en
el crimen, tuvo que dejar la gobernación como consecuencia de
esos hechos, y Mitre le facilitó, mediante un nombramiento
diplomático, la salida de su provincia y del país. Hernández
aprovecha esa impresión, causada más intensamente en Entre
Ríos, para agitar los ánimos contra el partido gobernante.
Reeditará su panfleto, atemperado en las expresiones más in¬
sultantes, en 1875, cuando Rawson promueve en el Congreso
el enjuiciamiento de los culpables, concluida la presidencia de
Sarmiento (en 1874). Es una diatriba sin otra fundamentación
que la pasional. Necesita presentar a la víctima como un varón
246 LA FRONTERA

de grandes virtudes patrióticas. Pero es interesante, desde el


punto de vista psicológico, porque para Hernández el caudillo
es, ante todo, un militar en cuyo carácter enaltece también a
Quiroga. Dice, por ejemplo:

Peñaloza ha pasado su vida en los campos de batalla, y la historia le con¬


sagrará una página sin mancha, como no alcanzarán jamás a obtenerla mu¬
chos de los prohombres de los partidos Federal y Unitario... Peñaloza no
fué jamás un hombre oscuro; pertenece a una de las más antiguas, como
de las más notables familias de La Rioja, y la que ha contado y cuenta entre
los suyos personas muy respetables...; el general Quiroga lo llevó a su lado,
haciendo con él las veces de padre, y dándole como expresión de su afecto
el nombre de Chachito... En la batalla del Tala, contra La Madrid...,
recibió Peñaloza una grave herida de lanza, que puso en mucho cuidado su
vida, y sobre el campo de batalla fué hecho Capitán.

Sarmiento escribió, con propósito bien distinto, su Vida del


Chacho, en que aparece como un caudillo de montonera. Lo
consideraba un sobreviviente de la época que quiso borrar de
nuestra historia, y es indiscutible su responsabilidad personal
en su sacrificio. Pero acontecimientos muy graves en las pro¬
vincias andinas llevaron a Peñaloza a intervenir después del
destierro por Virasoro del gobernador Aberestain, quien le
había escrito una carta de conciliación y de amistad. Peñaloza
vivía en su fundo de La Rioja, retirado de la acción pública,
desde 1844. Asesinado Benavídez, conservó su antigua lealtad
a su memoria. La provincia de San Juan había sido escenario
de sangrientos conflictos. Desde el motín del 23 de diciembre
de 1859, que promovió el teniente coronel Carlos Angel, hasta
el 11 de noviembre de 1863, en que Peñaloza es lanceado y
decapitado, exhibiéndose su cabeza en la punta de un palo,
San Juan, San Luis, La Rioja y Catamarca estuvieron some¬
tidas a toda clase de violencias. El gobierno nacional (Mitre)
y Sarmiento por una parte, y por oti'a la influencia aún muy
poderosa de Urquiza, crearon un clima de desmanes en que
las autoridades se comportaron con la misma ceguera de los
insurrectos. Es un cuadro, más que del caudillismo agonizante,
del estado de desorden que creaban, por sus procedimientos
autoritarios, los proceres de la reorganización nacional. Som-
mariva, en su Historia de las intervenciones federales, ha estu¬
diado con suma probidad aquellos hechos: Manuel Vicente
EL ORBE HISTÓRICO 247

Bustos gobernaba La Rioja desde las postrimerías del gobierno


de Rosas, y la representó ante el Congreso de San Nicolás. Abe-
rastain lo sucede. Fracasado el motín de Carlos Angel, huye éste
con unos cincuenta soldados a Los Llanos (de La Rioja), bus¬
cando la protección de Peñaloza. El 26 de enero siguiente, Bus¬
tos pone las tropas a las órdenes del coronel Ramón Angel,
tío de Carlos, y contiene la invasión que avanza desde Los
Llanos. El ministro Ramón Gil Navarro es delegado por el
gobernador Bustos para solicitar en Paraná el auxilio de
Urquiza. El 13 de febrero de 1860, el Poder Ejecutivo Nacional
degrada al coronel Ramón Angel y a su sobrino. Entretanto,
el gobernador procura que Peñaloza cambie de plan, y a tal
efecto comisiona al presbítero Eleuterio Portilla. Inesperada¬
mente, su emisario regresa convertido en agente de Peñaloza,
trayéndole la exigencia del caudillo para que renuncie en el
término de veinticuatro horas. Las razones eran el clamor de
las gentes contra el gobierno y el apoyo de los jefes militares
de mayor graduación. Obligado por la violencia, Bustos renun¬
cia el 6 de febrero ante la Legislatura, que ese mismo día la
acepta. "A pesar de eso, Peñaloza entra en la ciudad al frente
de sus ‘muchachos’, somete a prisión a Bustos, designa gober¬
nador interino al oficial mayor del Ministerio, Luis Brac.”
Inmediatamente Portilla es nombrado ministro. El 7 de marzo
Ramón Angel es nombrado gobernador provisorio. El Gobier¬
no de la Confederación Nacional no procede con la debida de¬
cisión. Urquiza designa a Navarro como comisionado especial.
Aberastain es nombrado gobernador, ese mismo año, y Virasoro
lo destierra sin previo juicio. Sarmiento informa a Mitre sobre
esas tropelías, y el 18 de noviembre denuncia en £1 Nacional
a las personas comprometidas, dando hechos concretos. Un
pelotón de ocho hombres, al mando de un ciudadano armado
de un asador, llega al cuartel de San Clemente y el Cabildo.
Quince ciudadanos asaltan la casa de Virasoro y lo asesinan.
También matan a un oficial enviado por Peñaloza.
El Poder Ejecutivo comisiona entonces al gobernador Saa,
quien lleva como secretario de la Intervención a Lafuente.
Sarmiento está de acuerdo con esta maniobra. Le escribe a Saa
deciéndole que en Paraná se tenían noticias de que en Men¬
doza asesinaban mujeres, y de que Peñaloza era el director del
248 LA FRONTERA

movimiento. El Nacional proponía el retiro de Saa, por no


tener antecedentes para intervenir en una provincia y por ca¬
recer de autoridad moral. De no reemplazársele, Aberastain
resistiría a la Intervención. El 8 de diciembre se licencian las
milicias puntanas. La provincia desconoce el derecho de inter¬
venir al Gobierno Nacional, y, por lo tanto, considera incons¬
titucional esa intervención. Saa pasa a Mendoza.
El gobernador de Buenos Aires (Mitre) y sus ministros
(Sarmiento, Elizalde y Gelly y Obes) se pronuncian en favor
de los revolucionarios. Un decreto del Presidente Derqui orde¬
na que se permita constituir autoridades durante la interven¬
ción (16 de noviembre). El 9 de enero de 1861, Saa se declara
en posesión del gobierno de San Juan, y alega Aberastain que
no puede sustituirlo. El 11 de ese mes las milicias del Comisio¬
nado Nacional derrotan a los revolucionarios en Rinconada
del Pocito. Aberastain cae prisionero y es asesinado, inerme,
por orden del teniente coronel Francisco Clavero, cuvo arresto
dispone el gobierno. El Presidente Derqui desconoce al movi¬
miento sedicioso hecho para constituir su gobierno leeral, y
disuelve el que se había formado; pero reconoce al de La Rioja,
surgido de la revuelta. Temíase actuar contra Peñaloza por el
auspicio de Urquiza. Derqui nombra comisionado a Peñaloza,
y secretario a Antonio Prado (Peñaloza era analfabeto). El cau¬
dillo sale de Los Llanos y penetra en la capital el 23 de marzo
de 1861. Durante dos días está enfermo, sin conocimiento (se
susurraba que había sido asesinado). El gobernador y su esposa,
acompañados de los ministros oficiales, se presentan esa noche a
visitar al general. Todos son arrestados. Los ejecutores de este
hecho insólito ponen al frente de ese movimiento popular a
Angel Plaza Montero y a Fernando Villafañe.
El 28 de marzo, Peñaloza recobra el conocimiento. Declara
cesantes a las autoridades, nombra jefe de policía para conser¬
var el orden y llama a elecciones. Los diputados electos se
reúnen el 6 de mayo, y el 8 eligen gobernador a Domingo A.
Villafañe. Este era a la sazón gobernador de La Rioja, con¬
trario a Peñaloza. Se declara en favor del gobierno de Bue¬
nos Aires, ordena al caudillo que regrese a Los Llanos y nom¬
bra en su lugar, como comandante general de armas, a Tristán
EL ORBE HISTÓRICO 249

B. Dávila. El 12 de febrero declara vandálicos los actos de


Peñaloza.
Después de la batalla de Pavón, cinco núcleos militares si¬
guieron fieles a Urquiza. Peñaloza permaneció indiferente a
la caída del Gobierno Federal. Paz, comisionado en Catamarca,
llamó a elecciones y el 3 de marzo de 1862 fue elegido gober¬
nador José Luis Lobo. Mientras Peñaloza andaba por tierras
de Catamarca y Tucumán, Paunero inició una campaña para
sustraer La Rioja de la influencia del caudillo, cuyo ascen¬
diente consideraba concluido. Después del contraste de Río
Colorado volvióse a su provincia, con orden de desarmar los
restos dispersos de “El Chacho”, misión que encomendó a José
Miguel Arredondo, José Iseas, Ignacio Rivas y Ambrosio San-
des. El caudillo Lucas Llanos, que había sido gobernador en
1841, se puso al frente de la montonera para que Villafañe
gobernase sin coacciones, para que Echegaray se retirase y Pau¬
nero sacase a sus tropas que asolaban La Rioja. Paunero fue
derrotado por él. El gobernador delegado tuvo que ponerse a
las órdenes de Peñaloza, quien fue vencido por Sandes el 11 de
marzo de 1862, en Salinas Grandes. Sandes actuaba según in¬
dicaciones de Sarmiento. Peñaloza venció a Iseas, que huyó
a Córdoba, y puso sitio a la ciudad. Rivas y Sandes habían sa¬
crificado a todos sus prisioneros. Cuando por el convenio del
23 de abril, Peñaloza devolvió los suyos, quedaron todos asom¬
brados de esa conducta que ningún jefe observaba. Le decía
Mitre a Sarmiento, gobernador de San Juan: “Quiero hacer en
La Rioja una guerra de policía. La Rioja es una cueva de
ladrones que amenaza a los vecinos y donde no hay gobierno que
haga ni la policía de la provincia.”
Cuando las milicias de Santiago del Estero andaban por
el norte de La Rioja, Peñaloza se puso al frente de las fuerzas
que por el sur invadían Córdoba, dándose el título de “general
en jefe del ejército reaccionario”. Invitado el gobernador Posse
a una alianza, éste no contesta y Peñaloza lo vence. El sargento
Simón Luengo, con ocho soldados, abre la cárcel y se apodera
de la ciudad, sin resistencia, al mando de sesenta presos. El
gobernador Posse (que habría de ser asesinado en 1865) huye
disfrazado. Queda como gobernador José Pío Achával, quien
al final de un proclama vitorea a Urquiza, a Peñaloza y a la
250 LA FRONTERA

libertad. Urquiza no contesta a la invitación para encabezar ese


movimiento, pues era contrario a él. El 28 de junio Paunero
bate a los rebeldes en Las Playas de Córdoba, y comunica la
victoria usando el mismo tintero que sirvió para igual efecto
en la batalla de Pavón. Posse vuelve al gobierno de Córdoba.
Peñaloza se retira el 26 de agosto y propone un armisticio. El
11 de noviembre es apresado en Olta por el capitán Ricardo
Vera.

El caudillo estaba tomando mate, tranquilo, y se rinde. Llega furioso el


Mayor Pablo Irrazábal, ordena amarrarlo y lo atraviesa, indefenso, de una
lanzada, ordenando disparar sobre él las carabinas. Es decapitado y su cabeza
puesta en la punta de un palo, en Los Llanos (Sommariva).

2. Hernández vio en los caudillos a los representantes de


los derechos de las provincias contra el poderío avasallador de
Buenos Aires. La misión de los caudillos tiene dos aspectos: el
de luchar por la independencia de las provincias y el de deten¬
tar el poder militar y civil. En otro concepto, se ha visto en
ellos a políticos demagógicos que arrastraban consigo a tropas
formadas por advenedizos, olvidando que todos ellos eran mi¬
litares y que la montonera no era otra cosa que sus milicias,
con las que hacían la guerra y ocupaban las ciudades a cuyo
gobierno entraban por el imperio de la fuerza. Se trata de
personajes multívocos, que no han sido estudiados a fondo, sino
juzgados sumariamente por sus tácticas y según sus personali¬
dades. Pero configuran un aspecto, acaso el más genuino y re¬
presentativo de la historia real argentina. Comenta Rosenblat
(en Población indígena de América):

La historia hispanoamericana del siglo pasado ha significado, en grandes


líneas, la lucha de las formas políticas urbanas frente al caudillo rural, que
llega a atar su caballo en la plaza mayor de las grandes capitales. ¿Repre¬
senta ese caudillo —casi siempre un mestizo— la continuación del viejo
cabdiello español, o más bien la del cacique indígena con su instinto anti¬
urbano y su plumaje de colores? El indio, inconsciente de lo que había
sucedido en las ciudades, incapaz de comprender el enciclopedismo que exal¬
taba la mente de la juventud liberal, quedó débil e indefenso, a merced
de los nuevos terratenientes, especie de señores feudales, dueños absolutos de
vidas y haciendas, los verdaderos usufructuarios de la revolución.

Una verdad muy descuidada es que el caudillo era un ser


EL ORBE HISTÓRICO 251

fronterizo, que tanto tenía de la civilización y técnica urbanas


como de la bravura y tácticas del indígena. Groussac (en Es¬
tudios de historia argentina) explica de este modo la forma¬
ción de gobiernos tiránicos, como oposición a los excesos del
caudillaje:

La burguesía enloquecida buscó un “gobierno fuerte” como único reme¬


dio a la anarquía; y claro está que, no subsistiendo sobre los escombros del
orden antiguo, civil o militar, otra fuerza efectiva que la de las montoneras
gauchas, tocóle al caudillo de éstas el encargo de salvar la sociedad. Sabemos
cómo la salvó.

El concepto, sobremanera interesante y sugerente, de que


el caudillismo representa inorgánicamente una fuerza plástica
que configura la nacionalidad argentina, no ha sido profundi¬
zado. Pero sí ha sido señalado por varios autores, entre ellos
Ramos Mejía y Lucas Ayarragaray. Dice este autor:

Quizá el caudillo fué hijo de la necesidad y única forma, en su tiempo, de


autoridad viable; creación profunda de la muchedumbre y cuyo embrión
comenzó en el maridaje espurio de las tradiciones y hábitos omnipotentes
del conquistador y del cacique. Dentro del caos de la Colonia y de la
anarquía no cupieron ni gobiernos ni partidos regulares; por doquiera im¬
peraban el desmán y la concupiscencia. Tal régimen rebajábase todavía por
los gentíos de aventureros de bajísima condición que arrojaba España sobre
estas playas, pues los de cierto origen y cultura que espaciados arribaban,
los adulteraba el ambiente de desmoralización y plebeyez... Así, por secula¬
res degradaciones de conceptos, remató la autoridad en el mandón, y la grey
aborigen y mestiza, en la plebe demagógica. En semejante mundo, lógica¬
mente el caudillo entronizó su rudimentaria prepotencia. El partido político
fué a menudo gauchería alzada contra las autoridades incipientes, apenas
capaces de balbucear —caudillos y gobernantes— fraseologías políticas, su¬
geridas por licenciados y amanuences. La fuerza material sustentó al régimen
caudillesco y su recio soplo modeló nuestra personalidad... La anarquía,
empero, y una de sus manifestaciones, el caudillismo, llevaba en su seno la
esencia de la futura nacionalidad (La anarquía argentina y el caudillismo).

Hernández es abiertamente partidario de los caudillos. Ade¬


más de su panegírico de “El Chacho”, en Las dos políticas ex¬
pone algunas ideas doctrinarias que sustentará aun en su acción
legislativa. Supone, con alguna razón, pero intencionalmente
aplicada, que
252 LA FRONTERA

los caudillos fueron hijos del egoísmo de Buenos Aires..., que vinieron
cuando Buenos Aires quiso retener el gobierno central de la Nación, y
distribuir gobernadores a las provincias, [porque] Buenos Aires había con¬
vertido en una propiedad suya la capital y el tesoro de la República.

Más en lo doctrinario, explica:

Los caudillos representan la resistencia de los pueblos al ascendiente usur¬


pado, a la codicia sórdida de la política centralista de Buenos Aires. Los
caudillos son la personificación ruda, informe muchas veces, de la idea de
la igualdad federal, pero siempre de la personificación de una causa que
ennoblece a sus apóstoles armados de un principio de justicia que no muere
como los hombres, ni se corrompe con los partidos y que se trasmite de
mano a mano, de generación en generación como el arca de la alianza del
porvenir. Güemes protesta contra Rondeau, allá en los confines de la Repú¬
blica... Buenos Aires quería desarmar a Salta para defenderse a sí propia;
Güemes protesta contra tamaña injusticia... López se levanta en 1815 en
nombre de las prerrogativas locales de Santa Fe, cuando el general Alvarez,
director del Estado, había mandado un ejército a someter a esa provincia al
yugo de la autoridad central de Buenos Aires... Al lado de López se levanta
Ramírez. ¿Sabéis quién era Ramírez en 1810?... Seis años después, aquel
oscuro "chasquero” arrastraba en pos de sí una muchedumbre inmensa,
movida por ese instinto de las cosas grandes que Dios ha puesto en el co¬
razón de las masas, y la República vitoreaba su nombre como una prome¬
sa de futura redención... ¡Así se levantó Ramírezl ¡Así se han levantado
todos los caudillos en defensa de un principio sagrado, de una idea gene¬
rosa! ¡Benditos sean los caudillos que salvaron el dogma federal de una
profanación sacrilega! Más alto que Güemes, que López, que Ramírez, se
levanta otra figura histórica, cuya gloria proyecta su luz sobre dos épocas,
como un sol que ilumina dos hemisferios. ¡Es Urquiza!

Todavía les asigna misión providencial, cuando los gobiernos


cometen injusticias y olvidan las leyes:

Esos hombres son los caudillos cuando encarnan un principio de justicia,


cuando hablan en nombre de los pueblos oprimidos a los despojadores de
sus santos fueros y de su santa independencia.

Este dictamen no tiene limitaciones, por la naturaleza mis¬


ma de esa misión, y ya no existen diferencias entre los que efec¬
tivamente encarnan ese principio de justicia y los que devastan,
vejan y expolian:

¡Rosas cayó como esos árboles gigantes de la pampa, fantasmas ossiánicos


del desierto que el huracán arranca de cuajo!
EL ORBE HISTÓRICO 253

Por tal personificación mística en ellos, a su parecer asumen


personería de prohombres:

Recuerden las provincias que la política de los caudillos les dió durante
ocho años libertad, orden, progreso, y que las instituciones, las obras mate¬
riales, las empresas útiles de que hoy se engríe la República son la obra de
los caudillos.

Extremada a tal punto la alabanza, adquiere su verdadero


significado de acusación a los gobiernos que combatieron el
caudillismo. El verdadero problema de su significación histó¬
rica se disipa y sólo nos quedan de ellos sus banderas de com¬
bate. La posición de Hernández es en absoluto inexplicable,
pues la evidente verdad es otra, como la revela Joaquín V. Gon¬
zález (en La tradición nacional, t. II):

Libradas a su impulso propio, las turbas populares fueron invadiendo las


ciudades, como la maleza invade las ruinas; y sus caudillos fueron apoderán¬
dose del gobierno, que ejercitaban sobre la gente culta, por cierto inspirados
en sus pasiones de aversión y de odio, forjadas en el curso de sus largas lu¬
chas y de su abandono. Así se suscitaba, de esa manera tan ruda e informe,
la idea de las autonomías comunales destruidas por la revolución; y hasta
las antiguas provincias que formaban el virreinato se segregaron de la masa
uniforme para constituir autonomías desligadas de todo vínculo de obe¬
diencia, llegando a encarnar esa división en el sentimiento social que tendía
a mirar a los hijos de provincias vecinas como extranjeros o como enemigos,
según el estado de sus relaciones políticas. Desnudos de toda noción cons¬
titucional, seguían las inspiraciones del caudillo más prestigioso y valiente,
que se lanzaba con ellos a las empresas más arriesgadas y difíciles, porque
cuando no hay organización política ni ideales sociales, la pasión es la
única regla de criterio en la vida común. Y aquellos caudillos tenían su
origen en la esencia de esas masas; nacían de su alma como una necesidad
y como una consecuencia lógica de su largo contacto y compañerismo; de¬
dicados en cuerpo y en espíritu a participar de sus miserias, de sus desgra¬
cias, de sus triunfos siquiera fueran efímeros y lanzándose en medio de la
revuelta, armados como ellos y animados como ellos del mismo entusiasmo,
pronta su bravura y su arrojo temerarios levantaban en sus imaginaciones
excitadas por la enfermedad de la época una admiración y un amor extraor¬
dinarios; y llegaban fácilmente a sustituir a su voluntad la de sus jefes.

LOS PULPEROS

El fortín fue la bellota de que se envilecieron los pueblos;


los comandantes de frontera ascendieron a héroes en la Cam-
254 LA FRONTERA

paña del Desierto que dio sólido cimiento a nuestras institu¬


ciones armadas, y el pulpero fue la piedra sillar de inmensas
fortunas. Algunos de los apellidos más preclaros en nuestras
finanzas y economía comercial iniciaron su alcurnia negociando
con los caciques —entre ellos el colaboracionista Juan José
Catriel—, a quienes compraban las mercancías y objetos que
saqueban en los malones.

No fué menos desastrosa para el Azul la vecindad de Catriel durante muchos


años, aunque algunos mercaderes deban su fortuna al pillaje de los indios,
pues sostenían con ellos y aun con los de Callvucurá un activo comercio.
Inventaron las boleadas de avestruces, que eran un malón disimulado (Ze-
ballos, en Callvucurá).

Estos buhoneros que entraban y salían sin salvoconducto de


los toldos, recuperaban para la civilización lo que le había
arrebatado la barbarie. En los fortines tenían establecida una
proveeduría de ropas, tabaco y alimentos suplementarios, que
explotaban en sociedad con los jefes de tropa. El Poema los
tetrata en su veraz efigie: Aquello no era servicio Ni defender
la frontera— Aquello era una ratonera En que es más gato el
más fuerte— Era jugar a la suerte Con una taba culera. Allí
tuito va al revés: Los milicos se hacen piones, Y andan por
las poblaciones Emprestaos pa trabajar— Los rejuntan pa peliar
Cuando entran Indios ladrones. Yo he visto en esa milonga
Muchos Gefes con estancia, Y piones en abundancia, Y maja¬
das y rodeos; He visto negocios feos A pesar de mi inorancia.
Picardía extrajo la misma experiencia, aunque, más hábil,
sacó todo el partido que pudo de ese estado irregular de cosas.
Hombre tan cauteloso en aspectos lesivos para la dignidad
nacional como el Sr. Tiscornia, no tuvo reparo ninguno en co¬
mentar esa situación con estas palabras:

Algún periódico de la época enrostró en forma despiadada al ministro de


la guerra, que lo era a la sazón el coronel Gaínza, la culpabilidad consciente
de tolerar que los ciudadanos en servicio de la patria fuesen ocupados en el
particular de los jefes, con abandono de la vigilancia fronteriza. De este abuso
fué también víctima Fierro [sic]. Los informes de la prensa procedían del
elevado al superior por el señor Morales, subinspector de milicias, que ex¬
plicaba las razones de la deserción, diciendo, entre otras cosas, que la guar¬
dia nacional había presenciado el castigo de compañeros “porque no cuidaban
bien los intereses particulares del jefe de la frontera, que destinaba una
EL ORBE HISTÓRICO 255

paite de la guarnición en la formación de una estancia que se hallaba a


pocas cuadras del campamento de la Blanca” y veían ‘‘que muchos de ellos
iban a servir de sirvientes a los particulares negociantes, proveedores y hasta
a las familias allegadas a los jefes y oficiales que se hallaban fuera del
campamento” (Barros, Fronteras, 107-8).

En 1875 el mismo crítico removía aún los resortes de tales


fortunas:

Hasta hace poco tiempo los departamentos de fronteras habían llegado a


ser el patrimonio de determinados personajes que, a título de hombres nece¬
sarios y bajo el ciego favor de los gobernantes, hacían pública explotación
con los dineros fiscales, con los sueldos, con los alimentos y el trabajo perso¬
nal de los soldados, con las raciones de los indios y con las caballadas.

La época que refleja el Martín Fierro corresponde al do¬


minio del ejército sobre el país, ya por sus jefes que han sido
al mismo tiempo los gobernantes directos o indirectos, ya por
asumir la defensa de los bienes agropecuarios que el Estado no
podía garantizar por sus órganos de orden y de justicia. El
avance de las fronteras se graduaba por los entorchados y por
el crédito de los cobeneficiarios de la conquista, que no eran
sólo los terratenientes que tenían en las tropas sus milicias que
pagaba el Fisco, sino también los comerciantes que se habían
enquistado en los cuerpos de línea como parásitos. Estos aspec¬
tos de la historia, que se han denunciado aisladamente o se
han incorporado como capítulos accesorios de las historias co¬
rrientes, se leen, igual que el Poema, en calidad de anecdotario
pintoresco, y muy pocos lectores han comprendido que sin calar
en el significado de esos hechos difícilmente se puede estable¬
cer una escala de valores ni para la economía, ni para la po¬
lítica, ni para la moral. La historia de las luchas con el abo¬
rigen, que el Martín Fierro refleja con suficiente veracidad, está
como puesta apendicularmente en el texto canónico de la his¬
toria. Esa cooperación gratuita del gaucho en el enriquecimien¬
to ilícito de militares y comerciantes en calidad de soldado, debe
ser completada con la absorción por las estancias de los indios
que se hicieron prisioneros. Como dice Lucas Ayarragaray, en
Cuestiones y problemas argentinos contemporáneos:

Tuvimos una nueva sedimentación de elementos indígenas puros, en los al¬


rededores del año 1880, por la distribución de prisioneros y cautivos abo-
256 LA FRONTERA

rígenes en las estancias y en las ciudades. Muchos de ellos se incorporaron


al ejército formado de enganchados.

Sarmiento denunció el reparto de las indias, madres e hijas,


como sirvientas sin sueldo, cuando llegaban al puerto para
seguir viaje a la isla Martín García. Pero de esta identidad de
destinos del indio y del gaucho, en las milicias y en las casas
particulares, nadie ha sacado consecuencias, porque nadie ha
emprendido la revisión de nuestra historia con espíritu filo¬
sófico. Excepto Alberdi, cuyos estudios sobre malversaciones,
llamadas Economía, y sobre la conquista del país realizada por
el ejército, apenas si alguien consulta.
El origen de nuestro comercio rural al menudeo, base de
grandes fortunas que se iniciaron por el acopio de frutos del
país, es un capítulo del “Tabú”. Martín Fierro nos cuenta uno
de esos casos, que vale para entenderlos todos: Era un amigo
del Gefe Que con un boliche estaba; Yerba y tabaco nos daba
Por la pluma de avestruz, Y hasta le hacía ver la luz Al que
un cuero le llevaba. Sólo tenía cuatro frascos Y unas barricas
vacías, Y a la gente le vendía Todo cuanto precisaba. .... A veces
creiba que estaba Allí la proveduría.
Convertido el fortín en pueblo, el boliche quedaba como
casa de negocio en ramos generales, amparado por la fuerza
pública en calidad de avanzada del progreso. Llamábase igual¬
mente pulpería. Y un renglón de los “ramos generales” eran
los bailes, juegos de taba y naipe, adonde iban gentes del pago
muchas veces con sus “chinas”. Allí cantaba Martín Fierro cuan¬
do lo arrearon a la frontera. En uno de esos boliches, posible¬
mente un burdel, mata al Negro; Cruz al Guitarrista, cuyo
cadáver queda arrumbado contra unas pipas de vino. Otro cri¬
men de Martín Fierro ocurre en un boliche, donde “estaba ha¬
ciendo la tarde”. El viejo Vizcacha se entendía con el pulpero
para negociar lo que robaba: Con ese cuero robao El arreglaba
el pastel, Y allí entre el pulpero y él Se estendía el certificao
(II, 2189-92).
Juan Alvarez, en un artículo, “La defensa de Cocoliche”
(publicado en La Prensa, en 1927), pone en boca de un gringo,
que había sido enganchado, una historia completa, cuadro y
personajes, de esas pulperías:
EL ORBE HISTÓRICO 257

Cuando vencida con exceso la contrata consintió el jefe en dejarme salir del
fortín —dice Cocoliche—, toda mi fortuna consistía en un crédito contra el
fisco por haberes atrasados, que cedí con enorme descuento al pulpero de la
guarnición próxima. Comenzó entonces para mí el ejercicio de esos oficios
desastrosos a que tiene necesidad de entregarse un extranjero cuando es po¬
bre y desconocido y carece de preparación y habla mal el idioma. Conocí a
fondo la vida de los boliches de campaña, y su clientela habitual bromista,
pesada, peligrosa, pero conveniente en suma, pues los gauchos solían pagar
la cuenta en estado de ebriedad, y por mucho que se burlaran del dueño
del negocio, mayores eran las jugarretas que éste les hacía, atrincherado
tras su reja, con las sumas llenas de errores y la balanza falsa y las bebidas
adulteradas. Reuníanse allí los peones de las cercanías a tomar brebajes, a
jugar al truco o a la taba, y cruzar cuchilladas con cualquier pretexto,
usando de la caña como refrescante. De tarde en tarde algún guitarrero
amenizaba la reunión cantando con voz acarnerada y temblorosa coplas mo¬
nótonas. Aquellos hombres teníanse por muy altivos y me fastidiaban con
sus burlas; pero luego a ellos el comandante de frontera o el juez los metía
en el cepo, les daba de rebencazos o les quitaba la mujer, y con toda su
altivez se aguantaban lo mismo. Por otra parte, créame usted que a las
criollitas no les disgustaban los gringos para maridos. Durante siglos los
hijos del país se habían sucedido sobre la pampa sin aportarle mejoras:
siempre la misma desidia y el mismo abandono de padres a hijos, de hijos
a nietos, incapaces de adaptarse a las condiciones de trabajo metódico
requeridas por la agricultura. Sábese de los gauchos cómo pasaban las
horas muertas en la pulpería y eran especialistas en bromas y dicharachos;
se reconocen sus aptitudes de jinetes y su increíble resistencia para soportar
el hambre, la sed, el frío, las lluvias y los solazos; pero jamás se ha pre¬
tendido que fueran buenos labradores, justamente lo que necesitaba enton
ces el país y lo que sigue necesitando.

En ninguna historia de nuestra economía, en ninguna obra


sobre formación de las grandes fortunas territoriales, industria¬
les y comerciales se mencionan los negocios que los mercaderes,
sin duda en connivencia con los jefes de tropa, hacían con los
indios, comprándoles las haciendas y las mercaderías que ellos
robaban en sus malones. Tampoco se ha dedicado mayor aten¬
ción a la circunstancia de que, agotadas las industrias autócto¬
nas menores, bajo el avasallamiento de las curtidurías y sala¬
deros, se incrementaron otras al amparo de las guerras civiles.
Por ejemplo, no se ha dedicado suficiente atención a este aspec¬
to del usufructo que se extraía de la fabricación de armas,
arreos, uniformes y pertrechos. Vicente Fidel López y Alberdi,
que se dedicaron a las finanzas, estudiando los escándalos de la
hacienda pública, las malversaciones de empréstitos y emisiones,
la fundación y quiebra fraudulenta de bancos, etc., no se fija-
258 LA FRONTERA

ron en este otro importante renglón de la riqueza nacional. Ra¬


mos Mejía, en Rosas y su tiempo, ha documentado la industria
de la guerra, en la pequeña escala en que también aquí (al
comenzar a organizarse la economía nacional, no ahora, en que
la industria pesada de guerra sostiene millares de personas sus¬
traídas a los trabajos agrícolas y a las fábricas particulares) se
practicaba. Escribe ese autor:

Toda la provincia era un vasto taller. Los vestuarios hacíanse en Dolores,


San Nicolás, Bahía Blanca, etcétera. Suprimiéronse desde años atrás los suel¬
dos a los catedráticos. La Universidad sólo tenía [fondos] para pagar a los
sirvientes. Eran indispensables para pagar al soldado y al espía... Rosas
en Santos Lugares tenía seis mil hombres, soldados, obreros mecánicos y
aprendices. Era una pequeña ciudad industrial... Las mujeres, condenadas
por delitos correccionales, esposas y queridas de la tropa, trabajaban en sas¬
trerías y costura. Había carpinterías, herrerías, armerías, talleres de com¬
posturas de armas.

Las guerras contra el indio y las guerras civiles formaban


parte de un comercio de que aprovechaban no solamente los
pulperos sino los gobernantes. Se manejaban empréstitos y
emisiones que los proveedores y mercaderes aprovechaban
también en comandita con los jefes de tropa. Alberdi ha
estudiado y denunciado, estérilmente, los gastos militares y el
manejo de la renta fiscal en aquellas aventuras, que no eran
simplemente políticas. Es la historia de nuestras finanzas, el
invertir en guerras civiles y en revoluciones o asonadas el di¬
nero de los empréstitos. El presupuesto de las fuerzas armadas
ha devorado, durante muchos años, sumas duplicadas y tri¬
plicadas del presupuesto general de gastos. La consecuencia
que nuestros sociólogos han extraído de aquellos estudios ha
sido que constituimos un país rico, organizado y hasta culto.
Leyeron los libros de los pulperos. La vida del ejército ha
constituido siempre un tabú; y quienes denunciaron la plaga
endémica han recibido, no se sabe por qué vías, el castigo de
los delatores. A Alberdi le llamaban “traidor” y a Sarmiento
“Tartufo”. Toda la interminable historia de las guerras ci¬
viles, intestinas y de bandería, como las del Brasil y el Para-
buay, han contribuido simultáneamente, a la ruina y a la
grandeza del país. Ningún argentino recuerda hoy, para bien
ni para mal, aquellas guerras. Pero no es cuestión de olvidar
EL ORBE HISTÓRICO 259

ni de recordar; es cuestión de saber hasta qué punto la san¬


gre abonó la tierra y la pecunia del especulador con nuestras
desgracias. Saber qué industria y qué comercio es ese de las
armas. Nuestra experiencia militar muy a la española, sigue
siendo la de las asonadas y motines y el manejo vandálico de
los dineros del pueblo. La política y la economía han necesi¬
tado del ejército tanto como éste de aquéllas. Nuestros pro¬
blemas políticos son problemas militares; nuestros problemas
económicos son problemas militares; también lo son nuestros
problemas religiosos. En los comienzos de la historia aparecen
militares de escuela comprometidos en empresas políticas:
Saavedra, Alvear, Pueyrredón, Rondeau, Martín Rodríguez,
Dorrego, Lavalle, Paz, en lista interminable. Solamente dos
nombres se exceptúan: Belgrano y San Martín, del elenco de
actores del drama cívico y marcial. Aquellos otros toman sobre
sí el peso de la Independencia y el del gobierno. Lo peor
de todo: administran. Sus intereses de cuerpo se anastomosa-
ron a los intereses pecuarios, financieros, comerciales. Las
rentas de aduana dieron pábulo a casi todas las rivalidades
de provincias. Solamente se ha denunciado la ratería menor,
como en el Martin Fierro. Comandantes, jueces y comisarios
rurales negocian con pulperos, utilizan las tropas para labrar
las chacras, para forzar los votos en los comicios. Son lejanos
estremecimientos de un sismo. Al fin se acabará por no con¬
cebir el amor a la patria sino en los cuarteles, y a la patria
misma sino como un cuartel o una pulpería. El fortín no sólo
deviene el tabernáculo del pueblo sino el de las virtudes ciu¬
dadanas. Aquello que conviene al prestigio de la casta mili¬
tar, a sus intereses burocráticos de devoradores del fisco, de
adhesión supersticiosa por el pueblo, de oligarquía sublimada,
tiene su razón profunda en que así se ha manejado al país
durante toda su historia; y en que esas prácticas fueron ini¬
ciadas en los cuarteles y en las proveedurías.

LA CONQUISTA

En su aspecto literario, quiero decir humano y de con¬


ciencia, la Conquista no tuvo aquí como lo tuvo en México
2G0 LA FRONTERA

y algo menos en el Perú, el ímpetu religioso que prolongaba,


desde Pelayo hasta los Reyes Católicos, la misión de España
dentro de la Cristiandad. Como por arte de magia, aquí la
empresa quedó reducida a una parodia tragicómica: lanzas
en los indios, sables en los cristianos, cabalgaduras en ambos
bandos, y nada más, es lo que resta en la memoria de aque¬
llas glorias pasadas. De aquellas bestiales cruzadas nos libra¬
mos, pero alguna compensación tiene siempre en la historia
todo ideal fallido.
Para la Conquista de América fue una desdicha providen¬
cial que coincidiera con la “Reconquista de España”, y que
ambos sucesos de dimensiones mundiales se empalmaran entre
sí, imbricándose con otros sucesos de orden dinástico, papal,
político y doméstico. El indio no era el moro, ni muchísimo
menos; pero tampoco el gaucho era el caballero. A las ciuda¬
des magníficas del árabe, a sus ciencias y a las de los judíos,
a sus riquezas de civilización y de dinero habían sucedido,
aquí, los toldos de cuero y las costumbres bárbaras; a los cas¬
tillos, los fortines, los ranchos y los toldos; en lugar de caste¬
llanas y moras, indias y cautivas torturadas y vejadas. El amor
se convierte en concubinato y prostitución, en poligamia y
en poliandria; los lujosos atavíos quedan trocados por pil¬
chas; los airones, por plumas y vinchas; las armaduras por ha¬
rapos; reyes, obispos y caballeros son ahora comandantes, curas
y jueces de campaña envilecidos; los soldados andan ham¬
brientos y andrajosos; los trovadores son payadores analfabe¬
tos y negros peones de estancia; la belleza y los afeites están
sustituidos por la grasa de potro, las pinturas minerales, la
fealdad, la suciedad y el tatuaje; los ideales de religión y de
justicia, por el crimen sin razón, la crápula y el atropello
sistematizado. Todo esto, tan plebeyo en comparación con
la noble gesta, configura un ambiente espiritual, una psicolo¬
gía, pero no una literatura ni una historia. No se escriben
las cosas que se viven. Los relatos de los viajeros ingleses,
algunas crónicas de frontera y episodios de los poemas gau¬
chescos (pero La cautiva entera) reflejan ese mundo que no
logra engarzar en la conciencia del argentino, ni en la historia
ni en la literatura por lo tanto. El problema para México
y el Perú, por ejemplo, es otro. Muchos jefes y tropas de la
EL ORBE HISTÓRICO 261

Península, acabada la expulsión del árabe y el judío, desem¬


barcaban en América como si aquí hubieran de continuar
persiguiéndolos. Los despojos de aquella conquista se enar¬
bolan de nuevo en América como enseñas de grandeza por
el fanatismo y la ignavia. La conversión es completa: Nueva
España, Nueva Granada, indican la mistificación, la máscara,
la traducción de una realidad empobrecida. Entre nosotros
ni siquiera se usaron nomenclaturas equívocas, de “transfe¬
rencias”. Se odió, se despreció; se hizo de la realidad, con el
indio adentro, lo que se quería que fuese: un ser inferior,
un ente negativo. Esa realidad ni siquiera daba para el auto-
engaño. A tierras del Plata nada trajeron los conquistadores
y colonos que evocara aquella lejana grandeza; olvidaron las
canciones y los viejos romances. Sólo llegó, traído por la
piedad y con algún eco de las hazañas bélicas contra el infiel,
El Isidro, de Lope de Vega. San Isidro se llamó la vega de
los labradores cerca de Buenos Aires. En la Vida del santo,
el monje le cuenta al labrador una larga historia, que no tie¬
ne congruencia con su predestinación a la beatitud, con el
lugar donde habita, ni con nada de lo que rodea al santo;
pero se trata de batallas contra los moros. Es la única tra¬
dición heroica que dejó vestigios en estas tierras, y los halle-
remos en el Santos Vega, centrado en lo religioso, y mucho
más en el Martín Fierro, una profana crónica de frontera. Pero
sin trasegarse a lo literario ni a lo histórico en la época colo¬
nial, ese contenido épico clandestinamente perduraba en el
ánimo del caudillo ladrón de vacas. También como el co¬
mercio de corambre realizado por grandes empresas de con¬
trabando, sin constancia escrita, lo épico sobrevivió clandes¬
tinamente. Aquello que encontramos en el Martin Fierro es
idéntico a lo que encontramos en La cautiva: la repugnan¬
cia del español y del criollo contra lo aborigen —y lo ameri¬
cano. Tampoco nuestros gobernantes, nuestros hacendados y
nuestros educadores concibieron noble la reorganización del
país sino mediante la conquista, por la fuerza, del Desierto,
llevada a cabo contra el moro de la Pampa. La interpolación
en El Isidro de episodios extemporáneos de la guerra contra
los herejes responde a un estado de ánimo de época, porque
desde el Cantar de Mío Cid y los romances, esas guerras tenían
262 LA FRONTERA

auspicio en la imaginación, en las entrañas del castellano.


Pero también a Los siete infantes de Lara y al Conde Fernán-
González había de seguir, en la Península, la Guerra de Gra¬
nada, de Diego de Mendoza, y las apendiculares de Gonzalo
Fernández de Oviedo, de Francisco López de Gomara y de
Bernal Díaz del Castillo. Para remate afrentoso del descae¬
cimiento, la Historia de las Indias, del P. Bartolomé de las
Casas, pone de golpe en su quicio la infame y sangrienta pa¬
rodia, sin ninguna grandeza, de la Cruzada anacrónica. Lo
que no se le ha perdonado todavía a este grande y honrado
cronista es que denunciara a los nuevos cruzados españoles
en su papel de forajidos. Hernán Cortés era ya una carica¬
tura de templario, y sus secuaces y émulos han cubierto sus
testas abominables con los laureles de don Rodrigo. Lo que
todavía defienden los canallas que procuran derivar la res¬
ponsabilidad histórica de aquellas jornadas que afrentan al
género humano, es la exculpación de la empresa religiosa de
Sus Majestades Católicas. La leyenda negra se torna lóbrega.

Si la historia no se hubiese escrito hasta hoy con excesivo respeto ante los
hechos consumados y exagerada admiración por los llamados hombres de
acción, quizá la humanidad se encontraría en un grado superior de derecho,
civilización y cultura (Jacobo Wassermann, en Cristóbal Colón, el Quijote
del Océano).

Este aspecto del desprecio más que el odio, registrado


entre nosotros por la falta de obras literarias e históricas que
registren la vida pública en los siglos de la Colonia, es psico¬
lógicamente el soslayo más importante en nuestra vida inte¬
lectual. Por algo a Unamuno, de olfato tan fino y penetrante
para estos escondrijos del alma hispanoamericana, el Martín
Fierro evocábale los tiempos y los hombres de la conquista
de Granada. No era sólo el habla de estos decaídos caballe¬
ros de facón, sino el contexto del Poema y de la realidad en
escorzo —ese texto bilingüe—, que tampoco está contenido en
la letra de las epopeyas, los romances y las comedias, y menos
en las “crónicas verdaderas”, lo que yace debajo de La cau¬
tiva, del Santos Vega y del Martín Fierro. Unamuno fue
el primero que sintió y dijo esa profunda verdad absurda de
que el Martin Fierro es un poema de la Guerra de Granada.
EL ORBE HISTÓRICO 263

Después les fue fácil a Menéndez y Pelayo, Salaverría, Grand-


montagne, Azorín y Américo Castro, engranar al poema gau¬
chesco con las viejas ruedas de los cantares, romances y cró¬
nicas. Es que, para decir la verdad en pocas palabras, sólo
en América y contra el indio la reconquista española de la
Península tuvo un escenario y un rival condignos. En España
la expulsión del árabe y del judío significó lo mismo que
la última invasión de los bárbaros germánicos sobre Occi¬
dente. Ya en España la conquista tampoco revestía, a los
ojos del soldado ni del jefe que la realizaron, el esplendor
de los cantares épicos; era allí mismo algo muy parecido a
lo que sería en América. Don Diego Hurtado de Mendoza
comienza así su Guerra de Granada:

Bien sé que muchas cosas de las que escribiere parecerán a algunos livianas
y menudas para historia, comparadas a las grandes que de España se hallan
escritas: guerras largas de varios sucesos, temas y desolaciones de ciudades
populosas, reyes vencidos y presos, discordias entre padres e hijos, hermanos
y hermanas, suegros y yernos, desposeídos restituidos, y otra vez desposeídos,
muertos a hierro; acabados linajes, mudadas sucesiones de reinos: libre y ex¬
tendido campo, y ancha salida para escritores. Yo escogí camino más estrecho,
trabajoso, estéril y sin gloria, pero provechoso y de fructo para los que ade¬
lante vinieren: comienzos bajos, rebelión de salteadores, junta de esclavos,
tumulto de villanos, competencias, odios, ambiciones y pretensiones; dilación
de provisiones, falta de dinero, inconvenientes o no creídos o tenidos en
poco... Veráse una guerra al parecer tenida en poco y librada dentro en
casa, mas fuera estimada y de gran coyuntura; que en cuanto duró tuvo
atentos, y no sin esperanza, los ánimos de príncipes amigos y enemigos...
En fin, pelearse cada día con enemigos, frío, calor, hambre, falta de muni¬
ciones, de aparejos en todas partes; daños nuevos, muertes a la continua;
hasta que vimos a los enemigos, nación belicosa, entera, armada y confiada
en el sitio, en el favor de los bárbaros y turcos, vencida, vendida, sacada de
su tierra, y desposeída de sus casas y bienes; presos y atados hombres y
mujeres; niños captivos vendidos en almoneda o llevados a habitar a tierras
lejos de la suya; captiverio y trasmigración no menor que las que de otras
gentes se leen por las historias.

La configuración histórica, moral, psicológica de los suce¬


sos de la Península se conectó con la configuración de la con¬
quista americana y acaso toda España está todavía como estas
tierras bajo la ofuscación de ese equívoco.
Así como los judíos desterrados conservaron los romances
de sus tiempos mejores y los repiten con fidelidad mayor que
264 LA FRONTERA

la de la imprenta, así los castellanos que sin ser desalojados


fueron proyectados por el mismo sino a estas regiones des¬
conocidas, trajeron los mismos romances viejos, ¡en su san¬
gre, no en su memoria!, como despecho que transmitieron
por tradición biológica —siempre en el paralelismo ya asen¬
tado— en sus crías. Puede admitirse, en este orden de re¬
flexiones, que el castellano había sido desalojado por el moro
a estas tierras, y por eso se propuso la guerra contra el indio,
no la colonización de América. Estas observaciones son de
Sarmiento (en Conflicto y armonías de las razas en América):

Fué de derecho público, diremos así, acudir al llamado del Comandante


local al amago de indios, que atacaban súbitamente las colonias fronterizas.
Ha debido suceder lo mismo en España durante siglos para resistir las in¬
vasiones o malones de los árabes... La base, pues, del gobierno era segura.
La obediencia militar y la indiferencia política.

Mas existe la diferencia de que el judío conservó los ro¬


mances en la memoria como bien pasivo, como recuerdo de
su grandeza pasada y perdida, mientras que el español los
olvidó y los conservó como impulso, proyectado a la vida en
el destierro, en despecho para querer vivirla de nuevo y per¬
petuarla en la gloria personal de las armas. Por ironía de su
suerte, siempre adversa, se perpetuó también en las letras,
en la “leyenda negra” y, por añadidura, trescientos años des¬
pués, entre nosotros, se consuma en la última metamorfosis
del caballero de las huestes de los reyes en el gaucho de las
huestes de los comandantes y pulperos. Por eso nosotros —no
“ellos”— leemos en el Martin Fierro la historia simbólica de
España en América tanto como la vida de un cantor de fonda
y de un peleador de cuchillo.
En fin, sin la literatura floreciente del Siglo de Oro, la
conquista habría sido otra. El indio tuvo tanta culpa como
el musulmán y el judío: tuvo la culpa de pertenecer a otro
mundo que el castellano, y la rivalidad a muerte se prolonga,
más allá de los hebreos y musulmanes, hasta ese curioso ca¬
pítulo de la historia colonial en América que denominamos
la Conquista del Desierto, en 1879, año de la publicación de
La vuelta de Martin Fierro. Otros países de América conclu¬
yeron ese capítulo en forma distinta; por eso tienen el pro-
EL ORBE HISTÓRICO 265

blema del indio, pero no la poesía gauchesca. Pero ya Ercilla


y Barco Centenera nos enseñan que la conquista era un vasto
Poema en octavas reales, allá donde Atahualpa y Moctezuma
no existían. En la historia de la conquista del Río de la
Plata todo se empequeñece en malones, cautiverios, robos y
crueldades, que, como incapaces de elevarse a la dignidad
épica, encontramos narrados en Díaz de Guzmán y en Lavar-
dén, en Luis de Miranda y en Azara, en Darwin y en Zeba-
llos. La obra literaria no forma parte de nuestra cultura, que
se nutre por otras raíces, pero sí de la conducta de los go¬
biernos en el trato al hijo del país como de la interpretación
ecuménica de nuestra realidad. A nuestra conciencia le falta
aquella literatura que no se hizo en su momento, y por eso
le sobran los poemas gauchescos. Si dijéramos al lector que
suplen tardíamente aquellas crónicas de la conquista que
otros países tuvieron, se asombraría. Reducida la empresa de
la conquista a casi exclusivamente el comercio de contraban¬
do y el abigeato, ¿qué cronista se habría lucido cantándola
o narrándola? Cuando pudimos tener una literatura realista,
la Revolución crea lo que Alberdi ha llamado la “literatura
del heroísmo y de la gloria” como plaga endémica de nues¬
tras letras. Acostumbrados a no dejar constancia del trans¬
currir de nuestra vida histórica y humana, todavía hoy se¬
guimos teniéndole miedo a la verdad. Que es lo que Martín
Fierro les reprochaba a los cantores letrados, sin sospechar
que las fuerzas ingobernables del hábito habrían de reducirlo
a él a mero cantor de fantasía. Porque en aquel juego, desde
Las Casas hasta nosotros, la verdad es una impostura.

EL INDIO CONJUGADO CON LO INFERIOR

Es muy cierto que el indio no juega en nuestra historia


ni en nuestra literatura el papel de la morisma en los ro¬
mances e historias españolas. La época de las luchas de con¬
quista sólo incidentalmente deja alguna referencia (en Cen¬
tenera, Lozano, Díaz de Guzmán) en que ya el indio es fijado
en su figura de salvaje y de paria miserable. Nada hay que
pueda compararse con las clónicas de la conquista de México,
266 LA FRONTERA

Perú, Colombia o de las islas del Descubrimiento. La cruel¬


dad es compartida por el indio y por el blanco, y ningún es¬
critor entre nosotros ha considerado al aborigen en algún
sentido humano y social, ni siquiera en los trabajos de an¬
tropología, ubicado en su mundo natural. También las obras
de etnología nos dan un cuadro de análoga pobreza, ausente
todo vestigio de cultura; pero es innegable que su salvajez
fue una condición que adquirió en su defensa contra los in¬
vasores. Las teorías y los programas político-sociales indige¬
nistas no encuentran entre nosotros ninguna simpatía, por¬
que carecemos de toda conciencia del problema indígena en
la formación de nuestra nacionalidad, sin que tampoco haya
dejado huellas en nuestra manera de considerar la historia.
£1 indio ha sido extirpado aun de la concepción de nuestro
americanismo. Esta carencia de un sentido vivencial para
comprender lo propio y lo convecino ha sido juzgada por
muchos como una tendencia ínsita a mirar hacia la cultura
europea como a la fuente directa de nuestra formación espi¬
ritual. Naturalmente, no es ése el caso sino el hecho patente
de que el indio integra un complejo de inferioridad y ha sido
sellado con la “muerte total” de un tabú. Sólo sobreviven,
pues, los atributos del indio: lo indígena.
La falta, durante la Colonia, de toda obra literaria que
exalte el denuedo del conquistador frente a la resistencia del
indio, nos prueba que éste no había alcanzado nunca una ca¬
tegoría de adversario digno. En cambio en ninguna parte de
América ha encontrado terreno fértil la criminal credulidad
de que la conquista de América constituya una “leyenda ne¬
gra”. Dentro de ese concepto de “leyenda negra” caerá cual¬
quier intento de analizar la historia argentina con espíritu
justiciero para deslindar las responsabilidades en la empresa
atroz de nuestra Conquista del Desierto. Allí donde en tie¬
rras del Plata echó raíces el imperio jesuítico, el problema
del indio fue amalgamado con todo “lo contrario al verda¬
dero progreso”, y sobre el Paraguay pesa —el problema je¬
suítico más que el problema indígena— como un anatema
irrevocable.
En fin, a pesar de las buenas intenciones de catequizar a
las poblaciones indígenas, Avellaneda sentó la tesis racista
EL ORBE HISTÓRICO 267

de la inferioridad biológica del indio en un mensaje que,


como ministro del presidente Sarmiento, envió al Congreso
en 1873. Los fundamentos del proyecto de ley eran los si¬
guientes:

Asombra en verdad la persistencia de ciertos problemas sobre los que no


aparece aún uniformemente admitida una opinón. El presidente Grant acaba
de preguntar en el discurso inaugural de su segunda presidencia: “¿Son sus¬
ceptibles de civilización las tribus indias que vagan por los desiertos ame¬
ricanos?; ¿son capaces de apropiarse el suelo por el trabajo constante y de
entregarse a los hábitos de la vida social por su conocimiento inteligente y
por su práctica asidua?” Es inútil recordar en este momento lo que se ha
escrito durante los últimos años sobre las razas inferiores destinadas irre¬
vocablemente a ser absorbidas y devoradas por las razas superiores, únicas
capaces de fundar sobre un territorio nuevo el asiento duradero de su
establecimiento social. Hay otra solución que recomiendan ejemplos cono¬
cidos en la historia de nuestro gabinete, que es al mismo tiempo la divisa
de la caridad cristiana y un precepto de la constitución, solución que no
puede ser desechada como falsa, sino después de haber procurado seria y
eficazmente su realización en los hechos.

Uno de los cronistas de la campaña de Roca (bajo la pre¬


sidencia de Avellaneda) comentaba así el éxito de la expe¬
dición:

Dos de esos indios han venido al campamento, donde han sido bien recibi¬
dos, agasajados con regalitos, y han vuelto a decir al que los capitanea, que
debe venir a sacar pasaporte del jefe del Ejército y que puede aquí vender
sus tejidos, que les serán comprados mejor que en Patagones. Tal es el estado
actual de las relaciones con Sayhueque, sumamente amistosas. Renque-Curá
pertenece a esa ilustre dinastía de los Curá, que han sacado el apellido em¬
blema de su poder y que quiere decir Piedra, una piedra en grosera forma de
busto, que era el talismán de la familia, y que ha quedado, según creo, ente¬
rrado, perdido o quebrado, del lado de Salinas Grandes. Hermano del famoso
Calfucurá, y tío de Namuncurá, es indio viejo, que no se ha metido nunca
en invasiones, y hace poco ha rehusado a su sobrino toda clase de auxilios, no
queriendo comprometerse por él. Los demás caciques de la región andina
están, poco más, poco menos, en las mismas condiciones, aficionados a la paz,
algo labradores y con visos de transformarse pronto, según parece, en indios
mansos... Para acabar con esos restos de lo que fueron poderosas tribus, la¬
drones audaces, enjambres de lanzas, amenaza perpetua para la civilización,
no se necesita ya otra táctica que la que los cazadores de alto tono, allá, en
el mundo viejo, emplean contra el jabalí; ¿qué digo contra el jabalí?, contra
el ciervo, porque a ciervo disparador y jadeante se ha reducido el indio. Es
preciso tener presentes todas las picardías anteriores de esos desgraciados
para no tenerles lástima. El capitán Daza ha capturado un grupo de unos
268 LA FRONTERA

cuarenta, con familias y niños, que se habían amontonado alrededor de


una aguada apartada de todo camino, rodeada de guadales, en un paraje tan
desprovisto de caza como la misma plaza de la Victoria, porque en otros
tiempos se habían tirado a orillas de ese charco de agua semillas de sandías
y de melones. Esas sandías eran su única esperanza para comer y, en efecto,
los soldados que se las comieron, aseguran que eran excelentes. En Trarú-
Lauquén, donde está ahora el coronel Levalle, habían hecho el año pasado
sementeras de trigo, de cebada y (no se horrorice, lector) de lino, con que
proyectaban hacer cataplasmas domésticas. ¡Qué sementeras! Las he visto.
Había cosa de unas quince cuadras en todo y por todo, y por pronta manio¬
bra en el mes de diciembre último, habríamos pegado fuego a todo cuanto
podía arder. Sin embargo, la fama de las sementeras se había difundido en
la pampa. Se venía, se ha de venir todavía de lejos a ese punto ponderado,
donde ha habido sementeras, en busca de alimentos. ¡En fin! los que ven¬
drán encontrarán ahora alimentos, y el gusto de tomar su comida con un
centinela de vista que les hará los honores militares. Eso es la consecuencia
y el último resultado de un conjunto de circunstancias, de una serie de es¬
fuerzos tendientes al mismo fin, ése es el coronamiento de la obra. De las
antiguas tribus belicosas no queda una sola en pie, y eso ha costado poca
sangre (de una correspondencia de Alfredo Raymundo a Olegario Andrade,
para La Tribuna, junio 1? de 1879).

A eso hemos llamado el triunfo de la civilización sobre


la barbarie.

LA CONQUISTA DEL DESIERTO

Las campañas contra el indio tienen en la determinación


de una psicología social y en el ordenamiento estamental
de los órganos institucionales mucha más importancia que
en el plano económico e histórico. Forman un capítulo de
la política gubernamental. Con su conclusión se cierra una
era de incertidumbre y humillaciones para la industria gana¬
dera y para el ejército, cuyas reiteradas derrotas hicieron con¬
cebir la empresa como un desagravio para las armas. Con
el exterminio del indio se incorporaron más de veinte mil
leguas de tierras fértiles, que los vencedores se repartieron
como conquista hecha al extranjero y como títulos de pro¬
piedad honoríficos; pero mucho más cierto es que la victoria
dio a todos los habitantes del país la certidumbre de que ha¬
bían desaparecido todos los males con los peligros y que se
abrían nuevos horizontes a la posibilidad de la riqueza. El
ejército recuperó su prestigio, muy alto cuando las guerras
EL ORBE HISTÓRICO 269

de emancipación, deshecho y maculado cuando las guerras


civiles que las prolongaron indefinidamente, afrentado por
sucesivas derrotas de caciques altaneros y de tribus ensober¬
becidas. La guerra del Paraguay, en todas partes impopular,
vació las arcas fiscales y despobló los campos. Por primera vez
el territorio se pacificaba mediante la acción eficaz del ejér¬
cito, que se redimía como flamante institución a la que se
debían todos esos bienes. Lo que no pudieron hacer los go¬
biernos con sus leyes y sus planes de progreso, lo consiguie¬
ron las milicias por sus medios naturales de combatir. La
derrota del indio personalizó en las fuerzas armadas el antiguo
sentimiento patriótico, mantenido como único vínculo espiritual
y social de los ciudadanos, y el sentimiento de la riqueza que
se proyectaba al futuro. El respeto a la autoridad no era ya
una fórmula sino algo palpable en los entorchados y las con¬
decoraciones. Librarse del indio representaba mucho más que
librarse de la Colonia. ¿No era haber realizado la verdadera
conquista, la verdadera independencia? Todas las activida¬
des, las funciones todas se ordenaron conforme al nuevo orden
de cosas: el general Roca, Héroe del Desierto, como antes
Rosas, y presidente de la República, encarnaba en su inves¬
tidura las garantías además de las promesas para el porvenir.
Los proceres civiles, los estadistas, los constructores de teorías
políticas, quedaban relegados al papel de soñadores utópicos,
y secretamente despreciados. También ellos habían sido de¬
rrotados, y la suerte de Sarmiento, que pasa a ser el hazme¬
rreír de los nuevos políticos y de los mozalbetes del popula¬
cho, es el ejemplo más ilustrativo. La historia volvía a re¬
tomar su forma y su contenido auténticos bajo aspectos total¬
mente nuevos. La consigna, en 1880, era la de 1835, “orden
y patacones”. La campaña de Roca no se cubrió de gloria
y de autoridad por efectos de su propia obra, sino porque
actualizaba sin ningún cambio en la estructura institucional
del país, el régimen colonial restaurado por Rosas sin sus
groseras atrocidades. El año 1880 no inaugura una era his¬
tórica, sino que la consolida, haciéndola ya irreconocible en
adelante. La explicación que da Alberdi en 1879 (Escritos
postumos, t. XI) no es ya comprensible para casi ningún
argentino:
270 LA FRONTERA

Con Rosas cayó el tirano, pero no la tiranía, que vive constituida y organi¬
zada en el estado tradicional de los intereses económicos de que fué produc¬
to el mismo Rosas. Todos los que le sucedan en el gobierno serán tiranos
a su vez, mientras dure la tiranía que vive constituida en el orden de cosas
geográfico, económico y social de los países del Plata. El tirano cambia de
nombre, de traje, de apariencias, de lenguaje, pero será el mismo, como
poder violento y arbitrario, porque será omnipotente. El tirano es fruto y
producto de la tiranía, no vice-versa. Un cambio violento puede modificarla,
alterar las condiciones externas y accidentales, pero no destruirla radicalmen¬
te. La tiranía como la libertad vive en el medio de que es producto el ti¬
rano y el libertador. Dado el estado de cosas en que vive constituida y orga¬
nizada la tiranía, es decir, la fuerza que arrastra hombres, cosas y socie¬
dad, el gobierno no podrá dejar de ser tirano, aunque se llame republicano,
aunque quiera ser liberal. Las cosas en que reside y consiste la fuerza que
todo lo arrastra y gobierna en el orden social, son las cosas económicas, es
decir, los intereses que satisfacen las necesidades de la vida —y son en primer
lugar la vida misma del hombre, la seguridad de su persona, y en seguida
el alimento, el vestido, la habitación, cuyos bienes constituyen en conjunto
la propiedad o la riqueza—, Y como la raíz primera de la riqueza está en
el suelo, y la naturaleza y forma del suelo determina el giro y forma de
trabajo del hombre, que la produce con lo que produce el suelo, la consti¬
tución geográfica del país es la primera y más fundamental de las leyes
fundamentales, de su orden económico y social. Esto sucede en el Río de la
Plata, y eso sucede en todas partes. Ese orden o distribución y condición
material de los intereses económicos, es decir, de los intereses que hacen
vivir al país, al pueblo y al individuo, son los que producen, determinan y
constituyen el gobierno del país y la política o conducta de ese gobierno.
La ley escrita que no es la expresión de la ley natural que gobierna el
orden y curso de los intereses, no es ley ni gobierna cosa alguna. El go¬
bierno que no es órgano, instrumento y expresión del gobierno natural,
que vive en el arreglo, curso y poder de los intereses que hacen vivir a la
sociedad y a sus miembros, no es gobierno ni es otra cosa que un simulacro
de gobierno. Cuando la tiranía vive en las cosas, es decir, en las leyes na¬
turales que arrastran a las cosas, el gobierno parece a veces liberal porque
sólo es nominal. La tiranía constituida en el orden y estado de cosas eco¬
nómicos, tiene de curioso que es ejercida por un tirano invisible y oculto,
cuyo poder consiste en que es el único que representa y obedece al poder
real, efectivo e irresistible del poder de los intereses, que hacen vivir a la
sociedad y a sus miembros.

La Conquista del Desierto por Roca no era un aconteci¬


miento nuevo, sino una toma de contacto con un pasado
histórico que perduraba entonces como perdura hoy. Como
base psicológica para consolidar una política, la campaña de
Rosas fue muchísimo más hábilmente planeada, y su mágico
poder duró cerca de cincuenta años. Reverdece cuarenta y
cuatro años después. Pero entre ambas empresas está la gue-
EL ORBE HISTÓRICO 271

rra del Paraguay. La expedición de Rosas encauza en el


territorio nacional las fuerzas restantes de las campañas de
ia emancipación de Chile y del Perú; la expedición de Roca
utiliza los restos de las fuerzas movilizadas en el Paraguay.
Las dos veces se ponen en acción los resortes ocultos del
orgullo nacional por victorias logradas fuera del territorio
patrio. En ambos casos se consideró al indio como extranjero
y a la tierra que ocupaba como presa de guerra. Cuanto
pertenecía de cepa, de raíz, de clima, al territorio y al abo¬
rigen, fue visto como enemigo, y el vencedor se encontraba
con que había llevado a cabo la antigua ambición de los con¬
quistadores. Tras él el inmigrante vino a consolidar la con¬
quista para sí.

LOS PACTOS /

Por ambas partes, el gobierno y los indios se denunciaban


los pactos tan pronto como se habían celebrado, si así les
convenía. Eran “tiras de papel’’. Mansilla fue a la región de
Cuero a convenir con Mariano Rosas un armisticio que equi¬
valía a un tratado de paz, que firmaron cambiándose pre¬
sentes como los guerreros de la Ilíada. Ninguno de los dos
pensaba cumplirlo. Pero la misión con séquito de Mansilla,
enviado plenipotenciario del gran enemigo de la barbarie,
Sarmiento, llevaba otros propósitos. Mariano estaba al co¬
rriente de los planes del gobierno, que necesitaba las tierras
ocupadas por las tribus para tender líneas ferroviarias. Era
menester desalojarlos con buenos pretextos, correrlos a las
tierras de pastos duros, donde habrían de morir con sus ca¬
balladas. El cacique conocía esos planes muy bien, y extrajo
de un cajón de su rústico escritorio los diarios de Buenos Aires
donde esos planes se habían publicado. La situación de Man¬
silla en esa misión no fue cómoda, ni honrada. El lo sentía
así, sobre todo cuando Mariano le pregunta, en presencia de
los capitanejos:

—Dígame, entonces, si tienen palabra de honor, ¿por qué, estando en paz


con los indios, Manuel López hizo degollar en el Sauce a doscientos indios?
Dígame, entonces, si tienen palabra, ¿por qué estando en paz con los indios.
272 LA FRONTERA

su tío Juan Manuel de Rosas mandó degollar ciento cincuenta indios en el


cuartel del Retiro?

Mansilla tuvo que responder recordándole algunas ma¬


tanzas de cristianos hechas por los indígenas e “inventando
otras”.
Lugones, cuya obra postuma (inconclusa) sobre Roca ce¬
lebra el triunfo de la civilización en la Campaña del Desierto,
había escrito en El Payador.

El odio al invasor, la guerra, la aventura, la presa, la haraganería opulenta


y harta, la mujer ajena y el alcoholl... Por eso eran falaces todos los tratados
de paz, que los indios aceptaban para obtener presentes, pero que nunca les
convenía respetar... Cuantas ventajas podía ofrecerles la civilización, resul¬
taban inferiores al estribar su adquisición en el trabajo detestado más que
la muerte.

Sin duda, esto era tan cierto del indio como del blanco;
pero no fija la posición de uno y otro con equidad. Los blan¬
cos no solamente desconocían los pactos, sino que al firmarlos
de antemano los tenían por invalidados, puesto que en prin¬
cipio no encontraban legal, ni decoroso, entrar en arreglos
sobre un pie de paridad con el salvaje. Roca repetirá por
última vez que es ignominioso el tributo en hacienda que se
les debía presentar anualmente en compensación de las tierras
y ganados que se les quitaban. Hernández explica así aquel
género de relaciones (en la Instrucción del estanciero, IV):

Durante los primeros años del presente siglo, en virtud de los tratados ce¬
lebrados por los virreyes, las indiadas permanecían en paz, y entraban y
salían los indios del interior de la provincia, a trabajar como peones en al-
algunas estancias, a vender mantas, lazos, charqui, botas de potro, sal, y
los famosos caballos pampas...

Darwin explicaba (en el Viaje alrededor del mundo):

El plan del general Rosas consiste en matar a todos los rezagados, empujar
en seguida a todas las tribus hacia un punto central y luego atacarlas allí
durante el estío con ayuda de los chilenos. Esta operación debe repetirse tres
años seguidos... Para impedir que los indios crucen el Río Negro, al sur
del cual estarían sanos y salvos en medio de vastas soledades desconocidas, el
general Rosas ha hecho un tratado con los tehuelches, en virtud del cual
EL ORBE HISTÓRICO 273

paga cierta suma por cada indio a quien maten si intenta pasar el sur del
río, bajo pena de ser exterminados ellos mismos si así no lo hicieran.

Mac Cann recuerda, en 1847, el viejo pacto aún vigente:

Obligábanse también pos indios] a prestar contingentes militares cuando se


los pidieran y a mostrarse pacíficos y fieles. En compensación, cada cacique
recibe hasta ahora del gobierno cierta cantidad de yeguas y de potros para
alimento de su tribu y de acuerdo con su número. Además, una pequeña
ración de yerba, tabaco y sal. En rigor, cada indio viene a costar al gobierno,
en tiempo de paz, unos seis pesos papel por mes, y en tiempo de guerra, unos
quince pesos. El número de yeguas que se les suministra mensualmente no
alcanza a dos mil. De tal manera, con verdadera economía, se ha comprado
la paz con esas tribus nómadas y rapaces.

Sumamente ilustrativo y hecho con un gracejo que nadie


puede suponer de simpatía para el indio, es el capítulo LIV
del Santos Vega, de Ascasubi (titulado “El pacto con los
indios”):

En ese tiempo que fué Pero los indios querían


en mil ochocientos cuatro, cruces de pesos contados...
cuando al marqués Sobremonte Pues bien, ansí consiguió
el rey de España ese cargo tan de una vez contentarlos,
1c mandó y la facultá que luego en puntas los indios
(se dijo) de hacer un pato apenas se firmó el pato
de convenio con los indios, de la paz, confiadamente
para comprarles los campos con sus chinas principiaron
que, sin plata, pretendían a venirse de sus toldos
trajinarles los cristianos con mancarrones cargados
enviándoles misioneros de jergas y ponchos pampas,
con cruces y escapularios, quillapices de guanacos,
bendiciones, estampitas plumas de avestruces, chuspas,
y ofertas de bautizarlos... cueros de gama y venado,
A eso en tropillas los padres, carga de sal en zurrones,
aunque bien intencionados, vendiendo o cambalachando
se largaban al desierto; todo eso, hasta Buenos Aires,
y como en un camposanto adonde muy sosegados
en las tierras de los indios venían a sus trajines
plantaban cruces de palo, que hacían con los cristianos
y con bendecirles creiban en esa paz que duró
el negocio terminado. felizmente un tiempo largo.

El capítulo de los pactos también ha sido rozado super¬


ficialmente por los historiadores, a pesar de que ese sistema
274 LA FRONTERA

contiene implícito un modo de comerciar, tratar, considerar


al prójimo, juzgar de la palabra dada, razonar los derechos,
que afectan a características de la vida nacional en una es¬
fera mucho más amplia que la del comercio. Desaparecido
el instrumento notarial como desapareció el indio, perdura
el espíritu, de uno y otro, más resistente y autoritario que
la letra y la carne. Al menos nadie dudará de que esa clase
de felonía y de atropello era una norma en las relaciones del
gobierno con el indio, pues lo mismo ocurría en sus relacio¬
nes con los hacendados. Bartolomé Galíndez, en el Prólogo
a La Conquista del Desierto, de Remigio Lupo, escribe:

En el número 167 de la Gaceta se encuentra un curioso documento sus¬


crito en el Campo de Miraflores, el 7 de marzo de 1820, por el general
Martín Rodríguez (gobernador de Buenos Aires) y el ciudadano Francisco
Ramos Mejía, este último en representación de los caciques Ancafilú, Tacu-
mán y Trivinin, quienes a su vez representaron a los caciques Currunaquel,
Aunquepan, Suan, Tritrilongo, Albuné, Lincon, Huletrú, Chanaá y otros.
Por ese documento se establecía la paz y buena armonía en los territorios del
sur, declarándose por línea divisoria de jurisdicción provincial “el terreno
que ocupaban los hacendados, sin que en adelante pueda ningún habitante
de la provincia de Buenos Aires internarse más en el territorio de los indios”.
Los caciques se obligaban a la devolución de las haciendas que se llevaron, y
el gobierno de Buenos Aires, por su parte, se comprometía a recomendar a
sus súbditos “la mejor comportación con los indios en sus tránsitos co¬
merciales”.

También el pacto posterior de Rosas con los indios sobre¬


vivientes a su expedición comprometía a éstos a permanecer
en zonas de confinamiento. Todo era muy sencillo y no se
hacía entonces cuestión de soberanía, como se dijo luego.
Zeballos ha historiado someramente (en Callvucurá), aunque
con muy buena documentación, los pactos desde 1833 hasta
1861, y desde esa fecha hasta la Campaña de Roca, revelando
la pérfida historia de las batallas contra el indio. Sus con¬
clusiones, empero, son: la ineptitud militar de Mitre y la
justicia de la guerra a fondo de 1879. La política de arreglos
y tratados proseguía en 1867 (ley del 13 de agosto), y se con¬
cedían grados en el ejército nacional y sueldo a los caciques.
A los ranqueles se les pasaba un subsidio de más de cien mil
pesos fuertes al año. En un artículo (La Prensa, 17 de abril
EL ORBE HISTÓRICO 275

de 1938, sobre “Las primeras estancias británicas”), decía


Ricardo Hogg:

Como después de la caída de Rosas no volvió el gobierno a cumplir su


promesa de entregar dos mil yeguas mensuales a las tribus que habitaban
al sur del Salado, en 1855 los indios volvieron a dar un asalto, pero
fueron castigados tan fuertemente por la bien armada peonada de la
estancia, que no se atrevieron a repetir la aventura.

Otro aspecto del cumplimiento de esos pactos nos revela


Mac Cann (en Viaje a caballo):

Cada vez que el gobierno ha menester de caballos para formar un ejército


lo comunica a las autoridades de campaña, y el Comandante del distrito
destaca en seguida unos cuantos soldados a las estancias con instrucciones
para tomar todo lo que se necesite. Estas exacciones se han repetido con
mucha frecuencia en los últimos años, y pocos son los propietarios que
ahora gastan dinero en hacer domar sus caballadas, por temor de que sus
gastos redunden en puro beneficio del gobierno.

Por lo regular esos pagos se repetían en las caballadas de


los indios. Hudson cuenta una escena que presenció en su
propia estancia, siendo niño, cuando la caída de Rosas; y
con qué serenidad el padre se negó a entregar los caballos
que se le requerían.
Incluso se podían celebrar actos con determinados caciques
sometidos para que diezmaran las tribus insurgentes. Así lo
declara el ministro de la guerra, Adolfo Alsina, en carta al
coronel Roca, del 4 de diciembre de 1875:

Y si esto no fuere bastante, podría contarse como auxilio con una parte
de la tribu de Mariano Rosas, lo cual sería materia del nuevo tratado
que se hiciera. Para cierto género de servicio que usted conoce perfecta¬
mente, la Guardia Nacional, en caso de ser deficiente la tropa de línea,
podría ser sustituida con ventaja por doscientos indios movilizados y que
serían relevados por otros, en las épocas convenidas.

Carta a la que el entonces coronel en campaña contestó


dentro del mismo tenor del código militar:

Creo que actualmente se gastan en racionamiento y sueldo a los caciques


nueve mil pesos fuertes y no quince, como dice V. E., en lo que me parece
que hay algún error; pero este mismo gasto aún se puede reducir, el día
276 LA FRONTERA

que se saque nuevamente a licitación la proveeduría de indios, porque


estando la República en paz, y mejor asentado el crédito del gobierno,
ofrecerán las vacas a mejor precio.

Interesante documentación de las misiones encontramos en


el libro del cardenal Copello (Gestiones del arzobispo Aneiros).
El padre Salvaire informaba al superior:

I.a causa principal, si no única, de este descontento [de los indios] es la


poca fidelidad del gobierno en cumplir sus compromisos respecto a
ellos. Los indios, que en nada son inferiores a los blancos por su inteli¬
gencia y sagacidad, como he podido en mil ocasiones averiguar, com¬
prenden muy bien y repiten a menudo que si ellos tienen deberes que
cumplir respecto al gobierno, el gobierno también tiene sus obligaciones
respecto a ellos y, por otra parte, por malo que se quiera suponer al
indio, nadie podrá negar que la primera necesidad del hombre, y parti¬
cularmente del salvaje, es satisfacer el hambre... Si el gobierno de veras
desea la conversión y civilización de estos pobres salvajes, tanto menos
motivo de descontento debería darles, cuanto más difícil es la conversión
de los indios fronterizos que la de aquellos que no están en contacto con
los cristianos. La razón es que los cristianos, con quienes estos indios
fronterizos viven en relación, exceptuando algunos pocos, son desgraciada¬
mente por lo común, de una moral que está muy lejos de ser cristiana...
No quiero hacer mención de la perfidia, de la borrachera, de los robos,
de los mismos asesinatos y de los escándalos de todo género de que los
cristianos, con quienes tratan, muy a menudo les dan el triste ejemplo.

El mismo sacerdote escribía a Namuncurá, desde Leufú,


el 28 de octubre de 1875:

Yo vengo mandado por el limo. Señor Arzobispo de Buenos Aires con


el apoyo de ambos Gobiernos, Nacional y Provincial. Los gobiernos no me
han dado las facultades para tratar con usted ni las he pedido, y si me
las hubieran dado no las habría yo aceptado; porque asimismo después de
mi viaje, me hallaré más libre para hablar a los gobiernos y al público,
y decir a todos la verdad acerca de las injusticias que se han cometido
para con ustedes.

En una carta de Namuncurá decía el terrible cacique:

...que yo no pensaba que mis capitanes se tardasen tanto, pero si no me


quieren dar animales qe. no me den mejor me isieran morir de ambre
y no entretenerme tanto tiempo en los arreglos de pases.

Los caciques Queupumil y Reumay escribieron al Alzo-


EL ORBE HISTÓRICO 277

bispo Aneiros desde Río Colorado, Rincón Grande, el 17 de


febrero de 1877:

Yo estando a cavallo le di al Padre mi mano derecha y lo mismo han


hecho todos los capitanejos y principales de la tribu, y todos hemos que¬
dado muy contentos. El padre nos ha dicho que viviendo nosotros despa¬
rramados por el campo y a grandes distancias era imposible hacemos
civilizar y hacer educar nuestros hijos; y que por lo tanto sería necesario,
decía el Padre, que nos reuniésemos y formásemos un pueblo donde ten¬
dríamos nuestra capilla y nuestra escuela; y así al mismo tiempo que nos
ocuparíamos en cultivar la tierra podríamos hacer educar nuestros hijos
y aprenderíamos lo que saben los cristianos. Yo le he dicho que está
bueno, pero que el gobierno cumpla con sus compromisos para con noso¬
tros, conforme al tratado que hicimos, porque desde que vinimos de la
cordillera hemos estado cumpliendo fielmente nuestras obligaciones hacia
el gobierno guardando esta frontera. Nosotros, señor, creíamos que haciendo
tratados con el gobierno estaríamos mejor, y al contrario nos hallamos
peor que antes porque nos morimos de hambre. El Padre está encargado
de informar a S. S. de todo lo que estamos pasando y sufriendo nosotros
en este desierto, y nos ha prometido que tan pronto llegue a Buenos Aires
irá a esponer él mismo en persona al señor Presidente y al Ministro nues¬
tras necesidades y nuestras reclamaciones acerca del modo como se cum¬
plen las condiciones del tratado, respecto del racionamiento, del sueldo
y de todo lo demás... y dígales que nosotros somos muy fieles al gobierno,
y cumplimos fielmente con nuestros compromisos y que por consiguiente
es justo que también el gobierno cumpla por su parte con sus obligaciones
acerca de nosotros y atienda nuestras necesidades y nuestras reclamaciones.
Yo y toda mi gente estamos dispuestos a reunimos para formar un pue¬
blo...; pedimos al gobierno que nos conceda en propiedad veinte leguas
de campo en el sur y a lo largo del Río Colorado desde el Sauce Blanco
para arriba hasta la cordillera; tanto más que según el tratado que hicimos
con el gobierno él está obligado a designarnos un campo y a darnos las
herramientas de agricultura y las semillas para sembrar. De este modo
podremos estar seguros que nadie vendrá algún día a desalojarnos bajo
algún pretexto de este campo que el gobierno nos habrá dado en propiedad
y en el cual nos habremos establecido formando un Pueblo. El mismo
gobierno debe convenir que no es mucho pedir veinte leguas de campo
por la gente que tenga aquí, y por un número quizás mayor de personas
que a fines de marzo vendrán a la Cordillera, donde mandé, ya hace
más de un mes, a dos caciques mis subalternos para traer más gente y
muchas otras familias...; aprenderemos a construir casas, como nos decía
el Padre, y tendremos nuestra capilla y nuestra escuela para que se eduquen
nuestros hijos y se hagan cristianos los que quieran...; y yo le he contes¬
tado que si el gobierno no quiere atender nuestras necesidades que está
bueno, pero que yo también soy General y tengo mi gente, y que a mí
no me agarrarán y llevarán a Martín García como han llevado a tantos
otros.
278 LA FRONTERA

En carta al Arzobispo, de Albarito Reumay, desde Salinas


Grandes, del 23 de agosto de 1877:

Cumpliéndosenos con las ofertas del Sr. ministro de la Guerra Dn. Adolfo
Alsina, en donde existen tres notas que acreditan se nos dejan los campos
libres tales son Carhué, Guaminí y los de Chipilafquen y Puhan y que
solamente se tomarán los del Sauce hasta el Tordillo para la línea de
frontera de la Nación y de la Provincia de Buenos Aires y en esta con¬
formidad quedamos atendidos y sólo falta que el Gobierno Nacional dis¬
ponga hordenar se nos pasen los racionamientos a cada uno de los caciques
principales de esta tribu y a continuación los demás caciques.

Los caciques Yancamil, Queupumil, Guenipí y Painequeo,


en carta al Obispo, del 3 de noviembre del mismo, año, decían:

Todo era fasil, hoi para nosotros todas son dificultades, nos prometieron
arados, Buelles y canillas y hace tres meses que estamos aquí y no nos
dan esto que esta en el tratado asi es que nos encontramos en la Estación
de Sembrar pero sin poder sembrar para nada nuestras familias con los
Cuchillos hemos haugereado la tierra y sembrado unas pocas semillas de
sapallo y poquito mais esto no alcansa para nada porheso mando mis
chasques al Presidente para que nos aucilie con unas Bacas que le pedimos
para mandar buscar nuestras familias y la demás gentes esas bacas las
mandaremos para que sevengan manteniendo hasta que lleguen aquí...

¿Serían ésas las siembras de que se burlaba el cronista


Raymundo?

LAS INJUSTICIAS

El sentido o la conciencia de lo justo, como también de lo


moral no es patrimonio de la especie humana. Se es justo y se
es moral, sin que el conocimiento de los preceptos jurídicos
y éticos pueda modificar aquel estado de naturaleza. “El saber
sobre la conducta ‘acertada’ o ‘justa’ falta a los hombres, o por
lo menos a la mayoría de ellos”, dice Kelsen. El estado nativo
de injusticia que percibimos en el Martín Fierro no proviene de
una perversión del sentido de la justicia, sino de la carencia
de él. Se pueden adquirir conocimientos sobre lo jurídico y lo
ético, en calidad de bienes personales; pero la educación para
la justicia y para la moral tiene que realizarse por órganos no
especializados de la sociedad toda. Además, como dice Lugones
en El imperio jesuítico,
EL ORBE HISTÓRICO 279

la misma Universidad comenzaba el estrago. El juez, el abogado, el escri¬


bano futuros, salían ya bribones de aquellas aulas, cuya tortura mental,
deformando los espíritus, daba por fruto una moral igualmente contrahe¬
cha. Nada como el bachiller español en punto a estafas, raterías y trave¬
suras brutales... Aquella juventud oprimida bajo el férreo arnés de
juicios y prejuicios que formaban la ciencia de la época, se escabulló en
una jocosa truhanería; ...esquilmados por sus tutores y bedeles; sin más
recursos qu la pensión insuficiente o la magra beca; atiborrados de indi¬
gesta erudición; cohibidos por una disciplina de monasterio, la reacción
de la Naturaleza así violentada, los conducía al fraude libertador; _la
justicia fue un privilegio a su vez en aquella subversión general, consti¬
tuyéndose de hecho el pueblo bajo la forma de una sociedad primitiva,
donde cada cual se hacía justicia a su modo.

Sarmiento, en su Facundo, explica con no menor acritud el


procedimiento judiciario en bruto de los comienzos de nuestra
vida independiente:

El gaucho será un malhechor o un caudillo, según el rumbo que las cosas


tomen en el momento en que ha llegado a hacerse notable. Costumbres
de este género requieren medios vigorosos de represión, y para reprimir
desalmados se necesitan jueces más desalmados aún. Lo que al principio
dije del capataz de carretas se aplica exactamente al juez de campaña.
Ante toda otra cosa necesita valor: el terror de su nombre es más poderoso
que los castigos que aplica. El juez es naturalmente algún famoso de tiempo
atrás a quien la edad y la familia han llamado a la vida ordenada. Por
supuesto que la justicia que administra es de todo punto arbitraria; su
conciencia o sus pasiones lo guían, y sus sentencias son inapelables. A
veces suele haber jueces de éstos que lo son de por vida, y dejan una
memoria respetada.

Este es el prototipo del Juez que treinta años más tarde vol¬
vemos a encontrar en el Martin Fierro. Actúa como agente
electoral en los partidos, para asegurar el triunfo de las listas
oficiales. Dice el Protagonista: A mí el Juez me tomó entre
ojos En la última votación— Me le había hecho el remolón Y no
me arrimé ese día; Y él dijo que yo servia A los de la exposición
[oposición] (343-8); Y aprovechó la ocasión Como quiso el Juez
de Paz... Se presentó, y hay no más Hizo una arriada en
montón (309-12). Picardía refiere un caso análogo: Me puso
mal con el Juez; Hasta que al fin una vez Me agarró en las
elecciones (II, 3340-2). Y cuenta después cómo declinaba toda
responsabilidad en el comandante, cuando madres y esposas iban
a pedirle el regreso de los hombres llevados al fortín.
280 LA FRONTERA

La más terrible injusticia se comete contra el Hijo Mayor,


por los tribunales, que dejan en paz al criminal verdadero
condenándolo a él en su lugar: Criollo que cai en desgracia
Tiene que sufrir no poco— Naides lo ampara tampoco Sino
cuenta con recursos— El gringo es de más discurso; Cuando
mata, se hace el loco. No sé el tiempo que corrió En aquella
sepoltura; Si de ajuera no lo apuran, El asunto va con pausa;
Tienen la presa sigura Y dejan dormir la causa. Inora el preso
a qué lado Se inclinará la balanza— Pero es tanta la tardanza
Que yo les digo por mi— El hombre que dentre allí Deje afuera
la esperanza. Sin perfecionar las leyes Perfecionan el rigor—
Sospecho que el inventor Habrá sido algún maldito— Por
grande que sea un delito Aquella pena es mayor. Eso es para
quebrantar El corazón más altivo Los llaveros son pasivos, Pero
más secos y duros Tal vez que los mesmos muros En que uno
gime cautivo. No es en grillos ni en cadenas En lo que usté
penará, Sino en una soledá Y un silencio tan profundo, Que
parece que en el mundo Es el único que está (II, 1785-844).
Otras funciones, de albaceazgo, ejerce alguno en el Poema:
El Juez vino sin tardanza Cuanto falleció la vieja— «De los
bienes que te deja, Ale dijo, yo he de cuidar; Es un rodeo regu¬
lar Y dos majadas de ovejas.» Era hombre de mucha labia, Con
más leyes que un dotor. Ale dijo: «Vos sos menor Y por los años
que tienes No podés manejar bienes, Voy a nombrarte un tu¬
tor.» Tomó un recuento de todo Porque entendía su papel,
Y después que aquel pastel Lo tuvo bien amasao, Puso al frente
un encargao, Y a mí me llevó con él.
Después de la aventura con el viejo Vizcacha, sin saber “qué
se hicieron de sus vacas”, no se atrevió a visitar al juez “de
miedo de otro tutor”, y concluye: Alas pienso volver tal vez,
A ver si sabe aquel Juez Lo que se ha hecho mi rodeo (II,
2900-2). Igual suerte corren los bienes de Martín Fierro, en su
ausencia: Al dirme dejé la hacienda Que era todito mi haber—
Pronto debíamos volver, Segú?i el juez prometía, Y hasta enton¬
ces cuidaría de los bienes la mujer. Después me contó un vecino
Que el campo se lo pidieron— La hacienda se la vendieron Pa
pagar arrendamientos, Y qué se yo cuántos cuentos, Pero todo
lo fundieron (1027-38).
Los alcaldes proceden con la misma rectitud: Luego comenzó
EL ORBE HISTÓRICO 281

el alcalde A registrar cuanto había, Sacando mil chucherías F


guascas y trapos viejos, Terneridá de trevejos Que para nada
servían (II, 2601-6). Y cuando ya no hubieron Rincón donde
registrar, Cansaos de tanto huroniar Y de trabajar de valde—
«■Váraosnos, dijo el Alcalde, Luego lo haré sepultar.» Y aunque
mi padre no era El dueño de ese hormiguero, El allí muy cari-
ñero Me dijo con muy buen modo: «Vos serás el heredero Y te
harás cargo de todo. Se ha de arreglar este asunto Como es
preciso que sea; Voy a nombrar albacea Uno de los circustan-
tes— Las cosas no son como antes, Tan enredadas y feas» (II,
2643-60).
El caso del “ñato enredista” es semejante al de Cruz. Los
malhechores solían ingresar en la policía o en el ejército: Se me
presentó a esigir La multa en que había incurrido, Que el juego
estaba prohibido, Que iba a llevarme al cuartel— Tube que
partir con él Todo lo que había adquirido. . . Pero él me ganaba
a mi, Eundao en su autoridá. Decían que por un delito Mucho
tiempo andubo mal; Un amigo servicial Lo compuso con el Juez,
Y poco tiempo después Lo pusieron de Oficial (II, 3247-64).
El cuadro de las fuerzas operantes de la injusticia se com¬
pleta con los comandantes: Y es lo pior de aquel enriedo Que
si uno anda hinchando el lomo Ya se le apean como plomo...
¡Quién aguanta aquel infierno! Si eso es servir al Gobierno, A
mí no me gusta el cómo. Más de un año nos tuvieron En esos
trabajos duros— Y los indios, le asiguro, Dentraban cuando
querían; Como no los perseguían Siempre andaban sin apuro
(397-438). Pa sacarme el entripao Vi al Mayor, y lo fí a hablar—
Yo me le empezó a atracar, Y como con poca gana Le dije: «tal
vez mañana Acabarán de pagar.» «¡Qué mañana ni otro día!»,
Al punto me contestó, “La paga ya se acabó...». Supo todo el
Comendante. Y me llamó al otro día, Diciéndome que quería
Aviriguar bien las cosas— Que no era el tiempo de Rosas, Que
aura a naides se debía. Llamó al cabo y al sargento, Y empezó
la indagación, Si había venido al cantón En tal tiempo o en tal
otro... Y si había venido en potro, En reyuno, o redomón.
Y todo era alborotar Al ñudo, y hacer papel; Conocí que era
pastel Pa engordar con mi guayaca, Mas si voy al Coronel Me
hacen bramar en la estaca. ¡Ah, hijos de una!... ¡la codicia
Ojalá les ruempa el saco! (739-88).
282 LA FRONTERA

£1 comandante de quien da noticia Cruz se dedicaba, ade¬


más, a seducir mujeres casadas: Pero, amigo, el Comendante
Que mandaba la milicia, Como que no desperdicia Se fue refa¬
lando a casa— Yo le conocí en la traza Que el hombre traiba
malicia.
De la justicia, dice Picardía que “anda en ancas del más
pillo’’, y el Moreno da esta definición de la ley: La ley es tela
de araña— En mi inorancia lo esplico, No la tema el hombre
rico— Nunca la tema el que mande— Pues la ruempe el vicho
grande y sólo enrieda a los chicos. Es la ley como la lluvia,
Nunca puede ser pareja— El que la aguanta se queja, Pero el
asunto es sencillo— La ley es como el cuchillo, No ofiende a
quien lo maneja. Le suelen llamar espada, Y el nombre le viene
bien— Los que la gobiernan ven A dónde han de dar el tajo—
Le cai al que se halla abajo, Y corta sin ver a quien.
En el Poema se plantea una rivalidad a fondo entre el gau¬
cho y las autoridades como representantes de un estado de
desorganización organizada. Si el gaucho tiene algún principio
instintivo de justicia, la autoridad no. También a este respecto
el gaucho perdió la partida. Habría triunfado la justicia si con
el gaucho sucumbiera lo antisocial, lo defectuoso, lo anómalo;
pero tales vicios eran independientes de las personas. Lo anti¬
social, lo defectuoso, lo anómalo se transfirió a los vencedores,
que vencieron en nombre de la justicia, incorporándose los
atributos negativos con la fuerza de la ley. Quedó una sociedad
privada del gaucho, en lo bueno y en lo malo; un estado de
autoridades siempre constituyentes de una organización, y, como
advirtió Sarmiento, mantuvieron su autoridad por la fuerza,
quedando en pie la estructura que, después de Martín Fierro,
¿quién denunció? Antes sí, muchas veces, como en este informe
del coronel Pedro Andrés García (que cita Juan A. García,
en La ciudad indiana, xn, i):

Poco a poco nace en el fondo de su alma el sentimiento del desprecio de


la ley; en su imaginación es el símbolo de lo arbitrario, de la fuerza brutal
y caprichosa, encarnada en un funcionario mandón, más o menos cruel y
rapaz, "un alcalde pedáneo, manejado tal vez por un charlatán, que sólo
se distingue de los otros en saber formar muy mal cuatro renglones, de
que nacen la impunidad de los delitos, la multiplicidad de los malévolos,
la incivilidad y el desorden, la ruina e indepresión de las poblaciones”;
EL ORBE HISTÓRICO 283

dispuesto siempre a torcer la vara de la justicia en favor del hacendado


prestigioso, con vinculaciones en la capital, amigo de los conquistadores,
con casa y quinta en la ciudad, chacras en las afueras y cuantas suertes
de estancias puede acaparar, todo bien poblado por la naturaleza, que mul¬
tiplica las innumerables piezas de ganado. Sabe que no tiene derechos,
es decir, tiene la impresión clara de que su bienestar, sus cosas, su familia,
son átomos insignificantes que tritura sin mayor preocupación el complicado
mecanismo oficial.

En fin, el tema fundamental del Poema, el que cala más


hondo, es el de la injusticia. Mucho más que lo político y lo
social, configura un mundo fronterizo en el sentido lato de la
palabra. El Poema localiza y personifica la injusticia. El órgano
central que la genera es el Estado, en todas partes monopoli-
zador de la pública ignominia. Sólo él se permite lo que le está
vedado, en el orden de la dignidad, al más humilde de los
ciudadanos. Aquí y en todas partes. Hasta el derecho tiene para
con él excepciones criminales. Lo demuestra palmariamente
Kelsen (en La paz por medio del derecho):

Si un acto es imputable al Estado y no al individuo que lo ha realizado,


el individuo, según el derecho internacional general, no puede ser hecho
responsable por ese acto por otro Estado sin el consentimiento del Estado
de cuyo acto se trata. En lo que se refiere a la relación del Estado con
sus propios agentes o súbditos, puede ser tenido en cuenta el derecho
nacional. Y en el derecho nacional prevalece el mismo principio: un indi¬
viduo no es responsable por su acto si se trata de un acto del Estado, es
decir, si el acto no es imputable al individuo, sino únicamente al Estado.

El Estado como bandidaje organizado está corroborado por


este jurista:

La suposición mantenida por la doctrina del derecho natural de los siglos


xvii y xviii, de que el Estado tiene su origen en un contrato social con¬
cluido por individuos soberanos en estado natural, ha sido abandonada
hace mucho tiempo y sustituida por otra hipótesis según la cual el Estado
nace en virtud de los conflictos hostiles entre grupos sociales de diferente
estructura económica. En el curso de estos conflictos armados, que tienen
el carácter de guerras sangrientas, el grupo más agresivo y belicoso subyuga
a los otros y les impone un orden pacífico.

Aquel mundo fronterizo del Martín Fierro es una zona del


mapa de la civilización universal. La legislación y la doctrina
sobre la guerra, considerada en determinados casos como legí-
284 LA FRONTERA

tima por el derecho internacional, origina esa descomposición


moral en Estados cuya vida normal es, en la realidad de los
hechos, el de guerra: sea por haber los gobiernos usurpado el
poder, mediante revoluciones u otros medios de violencia, sea
por coacción de las fuerzas armadas o de la organización estatal
—particularmente sus órganos judiciales y policiales— sobre el
propio pueblo. Se aplica por extensión a los propios pueblos
subyugados mediante una acción legalizada en cualquier forma
jurídica, ese derecho inconcebible y el correlativo sentido lato
de soberanía que se reconoce al Estado, cualesquiera hayan sido
las formas de constituir sus autoridades. El fascismo y el nacio¬
nalsocialismo, formas críticas de ese Estado, han creado, además,
una conciencia delictuosa de la legalidad; han destruido en sus
bases morales (y hasta teóricamente con sofismas y doctrinas
inspiradas en el imperio de la fuerza) el sentido de la justicia,
de la dignidad humana, que jamás puede ser jurídico, sino
ético. Todavía sentimos esos efectos, cuando la apelación a un
orden basado en principios de derecho natural produce el efecto
de un anacronismo, de una ingenuidad frente al nuevo status
humano —no político, ni jurídico, ni económico, ni religioso—
del mundo. El Martin Fierro es el cuadro profético de este
mundo, y acaso los que en él ven reflejada la tradición se refie¬
ran a una actualidad que a mí me repugna profundamente.
Precursor de una exégesis insidiosa de ese tipo fue Lugones,
quien dijo en El payador:

El ideal de justicia anima la obra. El amor a la patria palpita en todas


sus bellezas, puesto que todas ellas son nativas de sus costumbres y de
su suelo. Y con ello es completa la verdad de los detalles y del conjunto.
No hay cosa más nuestra que ese poema, y tampoco hay nada más humano.
Todas las pasiones, todas las ideas fundamentales están en él. Las nobles
y superiores, exaltadas como función simpática de la vida de acción, que
representa el ejemplo eficaz; las indignas y bajas, castigadas por la verdad
y por la sátira. Tal es el concepto de la salud moral. Cuando el pueblo
exige que en los cuentos y las novelas triunfe el bueno injustamente opri¬
mido, aquella pretensión formula uno de los grandes fines del arte. La
victoria de la justicia es un espectáculo de belleza. En ello, como en el
amor, el deleite proviene de una exaltación de vida. Solamente los per¬
vertidos, que son enfermos, gozan con las teorías que la niegan y defraudan,
generalizando, así, el estado de su propia enfermedad. Ellos son productos
pasajeros de las civilizaciones en decadencia. El tipo permanente de la
vida progresiva, el que representa su éxito como entidad espiritual y como
EL ORBE HISTÓRICO 285

especie, es el héroe, el campeón de la libertad y de la justicia. Y por eso,


porque personifica la vida heroica de la raza con su lenguaje y con sus
sentimientos más genuinos, encarnándola en un paladín, o sea el tipo más
perfecto del justiciero y del libertador; porque su poesía constituye bajo
esos aspectos una obra de vida integral, Martín Fierro es un poema épico.

Esta manera de enfocar el sentido del Poema —en 1913—


no corresponde a una actitud crítica ni filosófica, sino vital.
Ante ella la Obra me arde en las manos y se me convierte
en un enigma del alma humana. Pues a mi juicio prueba todo
lo contrario, aunque prueba también que es susceptible de
tener la acepción que Lugones le dio y que es la generalmente
admitida. Debo afirmar que esa lectura del Poema es la de
una clase de lectores que así leen el texto de la realidad
mundial. La conversión de valores que en el juicio de Lugones
encontramos responde a la misma transvaluación de todos los
valores jurídicos y éticos. Porque la quiebra ha sido producida
en la conciencia del hombre más que en sus códigos y estatutos
de convivencia social y moral. Para mí será siempre el Poema
la denuncia de un estado de descomposición del sentido de
la justicia. En general, la descomposición de la justicia —fe¬
nómeno de putrefacción más que de deterioro y dislocación—,
la perversión de lo consciente en la misma conciencia, de lo
moral en la misma moral, de lo justo en el mismo espíritu
jurídico, es el saldo de un poder y de una soberanía de ban¬
didos que han estimulado los instintos criminales en el hom¬
bre. El Martín Fierro nos presenta esa ceguera como estado
normal. Pero se debe hablar de justicia en el sentido que la
palabra tuvo, en el sentido humano más que jurídico de que
gozó la palabra antes de la descomposición del mundo en el
transcurso de este siglo. Pues de otro modo el estado de
injusticia universal, ecuménico, que en el Martín Fierro se
evidencia por negación y aun bajo el aspecto caricaturesco del
infractor que parece obrar por cuenta propia, cuando obra
libremente por un consentimiento tácito de las normas de la
ilegalidad, no podría plantearse aquí como me es indispensable.
El lector podría haberlo advertido en la lisa y llana lectura
del Poema. Pero no lo advierte —ni lo advirtió con suficiente
eficacia, según lo prueba la conclusión absurda de Lugones—
porque una de las formas del embotamiento de la conciencia
286 LA FRONTERA

es el recurso satánico de desfigurar la realidad de los hechos


bajo el aspecto de lo pintoresco. En el Poema lo pintoresco
y lo humorístico atempera en la mayoría de los hombres que
carecen del sentido de lo “acertado” y lo “justo”, que se limitan
a recordar estrofas que es forzoso festejar por su indiscutible
gracia. Todo chiste es siempre una “descarga”, como ha expli¬
cado minuciosamente Freud. También estaba en la propaganda
científica de corrupción del mundo hacer circular chistes que
ablandaban la conciencia de los hombres ingenuos y de los
hombres honrados, por lo regular en contra de los judíos. Leer
lo pintoresco en el Martín Fierro era lo mismo que mofarse
de un pueblo entero sacrificado en el más espantoso holocausto
a la barbarie de los pueblos cristianizados; era lo mismo que
tomar a broma los chistes sobre la sordidez de los judíos. Y
esto es, sin duda, lo que ha impedido que en la conciencia de
nuestros males el Poema haya servido de testimonio documental.
Si alguien compadeció a Martín Fierro como víctima de un
status social, económico y político, muchísimos más lo conside¬
raron como víctima personal de injusticias personales. Flan re¬
cortado las figuras del texto, y el texto entero del contexto
de la historia nacional. No se podía reaccionar así contra el
verdadero culpable, que eran la historia, el Estado y el status.
Así inspiró lástima y no indignación.
¿Y cómo callar que a su vez Martín Fierro es agente de
injusticias? Las recibe y las comete, descargándolas sobre ino¬
centes; y el caso de Cruz, en sus dos crímenes, es más palmario.
La injusticia natural que se nos revela en ese Poema como un
mundo, también usa de las víctimas como victimarios. Si en la
Obra toma la injusticia aspecto visible, porque está representa¬
da en seres que sabemos bien que han tenido y tienen ese
estigma, no brota de ellos ni muere en ellos. Se la acomoda un
poco a la concepción antropomórfica del mal, y no se la concibe
como plaga endémica sólo susceptible de ser combatida por una
campaña de sanidad moral, mediante el repudio por la con¬
ciencia colectiva sana. La ley y hasta la educación son ineficaces
para ello. El Estado y sus órganos ejecutivos, legislativos y ju¬
diciales tienen un grado de culpabilidad derivado; todos ellos
y las víctimas padecen un castigo que el pueblo les inflige, en
cuanto que responden a su voluntad y a sus necesidades orgá-
EL ORBE HISTÓRICO 287

nicas de justicia y legalidad. No solamente los pueblos tienen


los gobiernos que merecen, sino los que quieren tener, cons¬
ciente o subconscientemente. Gobierno, incultura, actos ilegales,
configuran un status social, educacional, religioso, político, eco¬
nómico, étnico, moral: un mundo. La virulencia y nocividad
de sus actos denotan el estado de salud de todo el cuerpo. La
injusticia no está encarnada en el Poema en los personajes, ni
siquiera en los que asumen lealmente ese papel —comandantes,
jueces, comisarios—, sino en la totalidad de la estructura. Pues
ellos son, a su vez, las “víctimas victimantes”. Existen esas fuer¬
zas superiores de los hombres contra las cuales es ineficaz la
voluntad del hombre, y una terapéutica debe consistir en crear
la conciencia de la raíz de los males.
Los mismos seres castigados, como Martín Fierro, Cruz y
Picardía, engendran la injusticia que padecen. No son víctimas
de ella, sino también agentes activos de su propagación, aunque
los encontremos en punto negativo por falta de circunstancias
propicias. Ambos lo prueban tan pronto como se les presenta
la oportunidad de convertirse en culpables de ese mismo delito
infuso en las cosas. En un estado social organizado sin el sentido
de la justicia, sin la conciencia de ella, no hay inocentes: hay,
según el juego del azar, perseguidores y perseguidos, que alter¬
nativamente pueden cambiar sus papeles, como lo hace Cruz en
su condición de sargento. Lo que es importante ahora es saber
si precisamente por ser de la estirpe de los injustos, salió en
defensa del montaraz. Sus simpatías por Martín Fierro demues¬
tran todo lo contrario de lo que se cree. Ese es otro aspecto de
la perversidad que se atribuye a la autoridad: la de ponerse de
parte del infeliz cuando está representando, justamente, el papel
del que no tiene razón. Si recónditamente prestamos aquies¬
cencia a la actitud de todos modos injustificable de Cruz, es
porque también nosotros formamos parte de ese elemento des¬
tructor, enconado, que necesita su héroe o su ídolo para satis¬
facer a sus dioses cruentos. El estado de injusticia tiene sus
fuentes muy hondas en las vetas de la condición humana; la
civilización es el aparejo que se emplea para que, al salir a la
superficie, quede desnaturalizada de su amargor originario y
sea potable. Pero el envenenamiento es a más largo plazo.
Se ve por el Poema que el individuo vive en los detalles y en
288 LA FRONTERA

las totalidades pero se ve también que el Autor tiene conciencia


de esa totalidad. Si el individuo remite, con fatalismo de sabi¬
duría popular, a lo ineluctable esos males, es porque consiente
en ser agente pasivo de su propagación. La víctima es quien
siempre provoca al agresor —como en los cuentos de Kafka—,
y el déspota es una deificación del espíritu de servidumbre.
Solamente después de haber intentado la liberación, la servidum¬
bre es una servidumbre y no una indigna connivencia con el
déspota.
En el Martín Fierro el Autor no nos dice que los males que
sufren sus personajes sean producidos por ellos mismos ni por
la sociedad. Tenemos tantas razones para considerarlos como
bandidos o como víctimas inocentes. Pesa sobra ellos la fatalidad
de una sociedad mal constituida, fundada rutinariamente sobre
la crueldad, la ignorancia y la injusticia. Pero dice lo bastante
para que comprendamos que se trata de males orgánicos y
constitucionales, de un estado infeccioso generalizado, pues en
ninguna parte se indica a dónde se pueda acudir para reme¬
diarlos. También por eso el Poema —traducido en la lectura
bien o mal— habla al lector de verdades profundas, en el len¬
guaje secreto, humano y universal.

EL PODER

Quizá la superioridad del Martin Fierro sobre todas las de¬


más obras de Hernández en su fase política y social, proviene
de que allí no se definen las causas de los males que acechan
al hombre de la llanura. Quedan en suspensión, difusas, dilui¬
das en un conjunto de factores indiscernibles. Ahí está la verdad.
Todo lo que sobrepase esa visión interna de los fenómenos polí¬
ticos y sociales de nuestra vida nacional es un caso simple y
llano de antropomorfismo. Ningún hombre, ningún partido son
otra cosa que encarnación de esas fuerzas primitivas, que al
pisar nuestras tierras Keyserling sintió actuar en su subcons¬
ciente como un aire arcaico del tercer día de la Creación. En
ese sentido profundo toda esta porción del Continente, y Aus¬
tralia sin duda, está sometida a esas fuerzas telúricas que se
personifican en los hombres eminentes y que se metamorfosean
EL ORBE HISTÓRICO 289

en sus empresas y se instalan en los órganos de nuestro progreso,


en las máquinas, en los edificios, en los puentes, en las escuelas,
en las cunas, en los estandartes. En seguida que fijamos en
alguien esas fuerzas, que dejamos de percibir las divinidades
para entretenernos en sus víctimas —que casi siempre llamamos
victimarios—, el problema se escamotea y nos hallamos ante
indescifrables enigmas. Lo sencillo está en lo que a la mente
del hombre le parece complicado, pues sencillez y complicación
no existen en la naturaleza sino en la mente de los pensadores.
Lo grandioso del Martin Fierro, a este respecto, es que discierne
bien al agente, al títere, de las fuerzas sociales ocultas. Coman¬
dantes, jueces, comisarios son, mucho más que en el Facundo,
emisarios de un mensaje informe que no se puede expresar más
concretamente que por el tumulto de las voces que, una a una,
son palabras sin sentido.
Surge del Poema el carácter arbitrario del poder, que es
ejercido por no se sabe quiénes ni con qué objeto. Son otra
vez “los que mandan”, “los puebleros”, gentes distantes con las
que no existen otros vínculos ni otras relaciones que por sus
representantes en la milicia, los tribunales, la policía rural. Son
eslabones de otros eslabones de una cadena sin fin —acaso circu¬
lar—; todos ellos proceden por su cuenta, sin responsabilidad
personal; pero es ese “proceder por su cuenta” lo que nos
advierte que están eslabonados indisolublemente a un sistema
catenular. La investidura es una franquicia para cometer trope¬
lías. El poder distante no corrige esos excesos, como si no exis¬
tiera y fuese simplemente invocado. Es posible admitir que no
existan, efectivamente; que estén sustraídos del Poema porque
no existen de verdad, y todo se comprende lo mismo. También
podrían tener nombres y aspectos humanos —que no tienen—
sin que cambiara su profunda verdad. El mundo en que vive
Martín Fierro es el de los deslindes de toda responsabilidad,
de toda persona; donde el Estado pierde imperio como tal,
donde el individuo comienza a ejercerlo en nombre de potes¬
tades ausentes, informes.
Pesa el Poder sobre los ciudadanos como una amenaza per¬
manente, como una divinidad infernal que exige el sacrificio
de víctimas al azar y que nunca se sabe dónde estirará su zarpa,
a quién ha de destruir. Todo sucede así en el Poema, saliendo
290 LA FRONTERA

la zarpa de las tinieblas y llevándose su presa. Se vive huyéndola,


evitándola. Lo que se sabe es que ningún bien proviene de ese
poder misterioso y lejano. Es una fatalidad, una divinidad ma¬
ligna, de las que sólo puede escapar el infortunado mediante
fórmulas de conjuro, más que de procedimiento, que es lo que
expresa con eterna filosofía el viejo Vizcacha. Su filosofía co¬
rresponde a ello como un tratado de derecho político, por la
naturaleza del poder del que hay que preservarse. El método es
aplacarlo, sobornarlo, ceder, no resistirle. La ley no existe sino
como un pretexto para aplicar con rigor el capricho. La ley
es la forma de la arbitrariedad; la arbitrariedad hasta el absurdo
—su codificación— cierra un sistema determinista infalible. Ex¬
presamente, en un símil que está en El Isidro, de Lope, y que
proviene del Viaje de Anacarsis, la ley es comparada con la te¬
laraña. La justicia cabalga en ancas del más pillo; el destino
se invoca como algo cierto, estatuido. Todas las fallas de la
justicia no dimanan de los órganos judiciales, sino del inmenso
poder sin control que todo lo invade y arrasa, hasta los estrados
de la Justicia, la Casa de Gobierno, las Legislaturas. Es un
mundo en un torbellino —acaso el mundo visto sin diques—, y
ese torbellino es el Gobierno. El Gobierno son los ciudadanos
que usan de la Nación y de sus instituciones para realizar lo
que quieren, arbitrariamente siempre. Pero nunca quieren sino
lo que aquel otro poder.

EL DESTIERRO

¿Qué es Martín Fierro sino un desterrado? Cada una de am¬


bas Partes concluye con un destierro, hacia los toldos y hacia lo
ignorado. Pesa sobre él una condena latente desde su nacimien¬
to, como sobre todos los hijos de la llanura. Este espíritu que
mora en las personas y en las cosas es un demonio telúrico que
devasta y disuelve. Corta los lazos del parentesco y la amistad,
enemista y aísla; y cuando sopla sobre las poblaciones el hogar
se derrumba y los miembros de la familia se apartan sin decirse
adiós. Está ese demonio en el alma de todos, con más íntima
morada en los que en una u otra forma ejercen un poder sobre
sus semejantes. El arte de gobernar, entre nosotros, ha sido el
EL ORBE HISTÓRICO 291

arte de dividir, de apartar, de crear rivalidades y odios profun¬


dos. Ha sido el destierro un castigo impersonal aplicado a todos
nuestros grandes hombres, y su virulencia es mayor cuanto más
generoso ha sido. Estas palabras de Martín Fierro, a los hijos,
revisten especial trascendencia: Que hablará muy mal de ustedes
Aquel que los ha ofendido (II, 4713-4). Está en nuestra psico¬
logía social, está como un resorte oprimido en el alma. La
mayor parte de su vida pasó Hernández en el exilio, y de esa
época datan sus ideas más claras sobre el país. Mi tesis es que
nuestra verdad la vemos siempre desde el otro lado de cualquier
frontera. También Martín Fierro era un fronterizo, con la psico¬
logía que Turner ha definido como de las fronteras. ¿Se pueden
discriminar esas fuerzas impelentes que sentimos que día y noche
trabajan sobre nosotros para arrastrarnos a la fuga? ¿Es un pá¬
nico de la llanura, un sentimiento de soledad únicamente? En
un artículo del 21 de agosto de 1869, dijo Hernández, penetrando
en el mismo problema psicológico social del Martin Fierro:

El habitante de la campaña no ha conocido hasta ahora los beneficios de


un orden regular y constitucional, porque la provincia se nos ha presentado
siempre como un fenómeno de vida. Reconcentrada toda su gran agilidad
en la gran capital, ésta se ha ido dilatando, a medida que el peligro y la
falta de garantías eficaces alejaban la población de la campaña... Los hijos
de la provincia de Buenos Aires se han diseminado por todas partes, hu¬
yendo a buscar seguridades y refugio en las demás provincias o fuera del
territorio argentino... En las provincias del litoral argentino y uruguayo
hemos tenido ocasión de palpar los efectos de la inseguridad, del abandono
y de las persecuciones que sufre continuamente el desgraciado habitante
de esta campaña. Millares de ciudadanos, nacidos y formados en nuestros
campos, han ido allí a buscar la tranquilidad del hogar y los beneficios del
trabajo... En la República Oriental existe también una vasta emigración
que busca en el destierro la patria de la libertad... Muchos de los que
no emigran al interior o al exterior van a pedir hospitalidad a las tribus
indígenas, que los reciben con los brazos abiertos y les ofrecen lo que no
pueden darles; lo que les quitan nuestros gobiernos... Más tarde, agra¬
decidos nuestros gauchos a la acogida que tienen entre los indios, manco¬
munan sus esfuerzos y vienen a servirles de baqueanos, en las carreras
que arrasan nuestras campañas... Nuestros compatriotas de la campaña
son perseguidos como delincuentes que debieran caer bajo el duro peso
de una ley implacable. Entretanto, los hijos de la ciudad reposamos tran¬
quilos en nuestro hogar inviolable.

Palabras profundas, de una cuestión moral que nadie ha


tratado, ni siquiera los mismos proscriptos. En la creencia de
292 LA FRONTERA

que era Rosas quien los desterraba, dejaron de pensar en lo que


rodeaba a Rosas. Hoy las palabras de Hernández comienzan a
tener un sentido de némesis histórica para muchísimos argenti¬
nos que, fuera o dentro del país, viven en el destierro. Afortuna¬
damente, en el Martín Fierro no se localizan esas fuerzas de dis¬
persión y hostilidad, sino que se dejan latentes en su presión
desde las ciudades contra las fronteras. Quizá de todas las fuerzas
“antiguas” que dan como resultante el estado actual de nuestra
vida nacional, ninguna como ésa —que a los factores de la tierra
sumó los del indio errante— conserva tan puro su jroder
tectónico.
Parte Segunda

EL “MUNDO” DE MARTÍN FIERRO


a] Los Temas

Los temas centrales del Poema corresponden a la temática gau¬


chesca, como la fijaron Hidalgo y Echeverría. Por esos temas,
mejor que por otras cualidades intrínsecas, el Martín Fierro
queda circunscrito dentro de una tradición literaria que en
ocasiones trasciende el ciclo de lo nacional o rioplatense para
entroncar, más lejos, con formas populares de la literatura es¬
pañola, oral o escrita, y hasta con otras de la poesía y la na¬
rrativa universales, cualesquiera que sean las deformaciones y
variantes que hayan sufrido a lo largo de sus avatares folk¬
lóricos.
En el concepto de temas centrales, los del Martín Fierro son
los mismos consagrados por el canon tradicional: Hernández
no agrega ninguno, si se exceptúa el amplio tratamiento bio¬
gráfico y psicológico del Viejo Vizcacha; y en tal sentido es
el más ortodoxo de los poetas gauchescos. Su temática se ins¬
cribe íntegra en La cautiva, el Santos Vega y Los tres gauchos
orientales, cuyas características son: el motivo indígena, algu¬
nas costumbres de la vida campesina y lo político, respectiva¬
mente. De la primera obra toma, como ya lo había hecho Asca-
subi, el Desierto y su ambiente, el Indio en sus costumbres
bárbaras, sus malones y fiestas, el Cautiverio de mujeres y hom¬
bres (pues Martín Fierro y Cruz quedan en calidad de cau¬
tivos y hasta de rehenes), la muerte del hijo de la Cautiva, la
justa con el Indio y otros muchos detalles de menor cuantía.
Del Santos Vega toma episodios: el amanecer, los trabajos de
la hierra, la vigilancia del chajá (que se encuentra en La cau¬
tiva también), el anuncio del malón, su táctica y el consiguien¬
te reparto del botín, el presidio, etc.; y de Los tres gauchos
orientales la crítica al estado político nacional, la suerte del
gaucho menospreciado, el desdén por los funcionarios del go¬
bierno (particularmente leguleyos y amanuenses, como en el
Santos Vega), y en primer término, la elocución, de la que
Hernández aprovecha muchos giros y hasta versos y dichos,
como lo hace también de Hidalgo. En fin, mucho del carácter
296 EL "MUNDO” DE MARTÍN FIERRO

de los gauchos, de sus penurias y miserias tienen su antece¬


dente inmediato en Lussich.
Lo demás corresponde netamente a la literatura popular
del orbe grecolatino, y sobresale con relieves muy acusados lo
que directamente proviene de la novela picaresca española
(y aun de su derivación en El diablo mundo, de Espronceda).
la clasificación de los temas puede establecerse así:

Temas cuyos antecedentes se encuentran también en la


Literatura Universal

evocación de una Edad de Oro: pérdida actual de todos los


bienes (Martín Fierro, Cruz);
las invasiones guerreras y el rapto de mujeres;
los regresos: a) el hogar destruido; b) el retorno a la patria,
tras aventuras que cada cual cuenta, en tierra extraña (Martín
Fierro, la Cautiva y Picardía);
la anagnórisis: del padre y los hijos, del hijo del amigo, del
vengador (Martín Fierro, los Hijos, Picardía y el Moreno);
la amistad y la camaradería: encuentro en el peligro o la
desgracia y solidaridad hasta la muerte (Martín Fierro y Cruz)
o para iniciar nueva vida (adhesión de Picardía);
los consejos: el padre o un anciano alecciona al joven (Mar¬
tín Fierro y Vizcacha);
el prohijamiento: las tías en función maternal (común en
la literatura y en costumbres familiares de pueblos primitivos);
la cárcel: el personaje es condenado injustamente (Hijo
Mayor);
las peleas o duelos: el héroe demuestra su valentía, su des¬
treza y su poder (Martín Fierro contra el Hijo del Cacique, el
Negro, el Compadre, la policía y el Indio; Cruz contra el Asis¬
tente, el Guitarrista y sus compañeros de partida);
los castigos injustos: el héroe es torturado por venganza,
o por error, o por crueldad (Martín Fierro, Hijo Mayor, Hijo
Segundo, la Cautiva y su hijito, el Gringuito);
los despojos y exacciones: la viuda y el huérfano sufren esta
clase de atropellos (la mujer de Martín Fierro, el Hijo Segundo);
la infidelidad conyugal: el marido ofendido mata, o aban¬
dona el hogar (Cruz);
LOS TEMAS 297

la invocación de un auxilio sobrenatural: el personaje re¬


curre, en trances difíciles, a la intercesión de un ser superior
(Martín Fierro, el Hijo Segundo);
la superstición y la superchería: el personaje sufre algún
daño o se supone que lo causa (el Gringuito, el Hijo Segundo)
y se teme a los difuntos (Martín Fierro, por escrúpulos re¬
ligiosos);
el viejo ermitaño: vive aislado: el maligno Vizcacha.

Temas cuyos antecedentes directos existen en la Lite¬


ratura Española:

la vida en la frontera: en la guerra (o malón) contra el


moro, el hereje o el infiel (Martín Fierro) o en la defensa
(Martín Fierro, Picardía e Hijo Segundo);
la vida en el campo enemigo: el héroe pasa voluntariamen¬
te al adversario (deserción) o queda cautivo (Martín Fierro y
Cruz). En el Poema este tema comprende las siguientes va¬
riantes: a) que existen en La cautiva (Echeverría): aspecto, ca¬
rácter y costumbres del indio; grita y alboroto de la tribu; las
caballadas; arreo de animales; el degüello de animales; los ma¬
lones; bebida de la sangre; borrachera; rapto de mujeres y cau¬
tivos; duelo de un indio y un cristiano; sacrificio del hijo de
la cautiva (muchos de estos temas reaparecen en el Santos Vega);
b) que existen en crónicas de fronteras (Barbará, Mansilla,
Barros): costumbres indígenas y género de vida familiar; fiestas,
danzas y parlamentos; viruela y socorro a indios enfermos; las
mujeres cautivas (cuentan su vida) y sus hijos; con relieve es¬
pecial dentro de la temática hispánica, la vida azarosa del huér¬
fano (el picaro): es castigado, busca cómo vivir mejor, sus
estratagemas, aventuras y carácter (Hijo Segundo, Picardía);
el juego de naipes con trampa; el cambio de nombres.

Temas característicos de los Poemas Gauchescos, además


de los indicados:

vocación para el canto; la payada o contrapunto; trabajos


en la estancia; el sargento heroico; descripciones del amanecer
y la noche; situación del gaucho: carácter y condición, su des¬
tino (gaucho libre, soldado, matrero), su miseria (detalles de
298 EL "MUNDO” DE MARTÍN FIERRO

indumento, rancho, comida y prendas), su desamparo (la jus¬


ticia y la ley), persecuciones, vida a la intemperie; fuerza mus¬
cular del héroe (Brián, Berdún, Martín Fierro), prohijamientos,
separaciones. Configuran otro tema de sentido social y político
el gobierno y las autoridades injustas: venalidad, fraude electo¬
ral, obsecuencia al extranjero (el “gringo” y el advenedizo).

CONEXION TEMATICA DEL MARTIN FIERRO


CON OTRAS OBRAS

a) Con obras escritas y con la tradición oral española.


Sería tarea inmensa y fuera de mi propósito establecer las co¬
nexiones de los temas del Martín Fierro con la literatura uni¬
versal y aun con la española. Será suficiente que intente esa
labor en cuanto se relacionan con los poemas gauchescos. Pero
eso no implica que desconozca la necesidad de ubicar al Poema
dentro de la literatura, pues la suerte que le cupo, según se
orientaron los estudios del mismo, es la de quedar considerado,
con sus congéneres, dentro de un paréntesis abierto en la his¬
toria de las letras. En fin, el considerarlo grande, pero dentro
de lo pequeño, lo ha reducido a una región vernácula de la
literatura.
El problema de los temas comparados comprende el del
influjo de toda la cultura grecolatina, en cuanto muchos de
ellos remontan a Homero y a Virgilio, a Eurípides y a Séneca:
tales, por ejemplo, la expedición a países bárbaros, el cauti¬
verio de mujeres, las guerras, los duelos singulares, los regre¬
sos, la agnición, etc. Casi todos ellos quedaron a su vez fijados
en las gestas de las nacionalidades europeas y se trajeron a
nuestro continente (Ercilla y sus imitadores: Oña, Centenera).
Participan a un tiempo, para el objeto de este análisis, de la
literatura escrita y oral, de la peninsular y la americana. Sus
vías de propagación han sido los conquistadores y colonos más
que los libros, cuya importación —particularmente los de caba¬
llerías y de picaresca— fue prohibida y de curso clandestino.
Gutiérrez lo ha probado. La obra escrita fue para nosotros
semejante a la obra oral. Hernández pudo conocer algunas
obras clásicas en su texto; pero ni su vida ni afición proble^
LOS TEMAS 299

mática a la lectura justifican esa suposición. Es admisible,


lisa y llanamente, que hayan llegado a su conocimiento por
referencias o versiones popularizadas. Acaso sea una excep¬
ción El diablo mundo, de Espronceda, muy popular en las
riberas del Plata desde mediados del siglo xix. La fuente de
Hernández, siempre y en todo, es el pueblo del campo. De
cualquier manera, sería imposible hoy discriminar cuándo la
lectura prevalece sobre la transmisión oral y cuándo lo culto
sobre lo popular, sea en las coplas o en aquellos pasajes de
su Obra en que es sensible el influjo de autores como Cal¬
derón, Lope y Espronceda. La vida es sueño, El alcalde de
Zalamea, El Isidro y El diablo mundo, se difundieron am¬
pliamente por el teatro y la librería. Tampoco la dudosa in¬
fluencia de esos autores se puede señalar con la inequívoca
certeza con que esto puede hacerse en las obras de Hidalgo,
Ascasubi y, sobre todo, Lussich. Al reflejarse en el Poema,
aquellas obras toman una forma popular, y Hernández pone
en todo lo que piensa y dice el signo personalísimo de su
genio. El Martín Fierro ocupa el territorio entero del fol¬
klore ríoplatense. Ni historia, ni leyenda, ni tradición, ni
forma alguna de la literatura popular subsisten cuando las ha
difundido el Poema. Todo se olvida, recordándoselo. El
Martin Fierro cancela, al menos en el área de su difusión,
todo el pasado —bien pobre, por cierto— de la literatura po¬
pular introducida por la Colonia. Todavía más: hasta los
autores posteriores pierden su contacto con la realidad directa
del idioma, del sensorium y hasta de las cosas rurales. La
realidad misma de nuestras llanríras parece convertirse en un
plagio del Poema, y sus hombres oriundos adquieren sus di¬
chos y hasta sus costumbres —el “malevaje” cuyo prototipo es
Moreira— y ¿por qué no decirlo? ciertas inflexiones y moda¬
lidades del habla. Ya es indiscernible lo que tomó Hernández
y lo que se ha tomado de él.
Américo Castro (en el artículo “El Poema de la Argen¬
tina”) dice que los elementos románticos procedentes de las
literaturas europeas, indirectamente, por medio de la espa¬
ñola, serían, entre otros, los siguientes: a) la naturaleza, maes¬
tra del hombre; b) tipos como el gaucho: el pirata, el bandido
generoso, el proscripto, el mendigo, el verdugo, las Jarifas;
300 EL “MUNDO” DE MARTÍN FIERRO

c) las pasiones de bravura y melancolía; d) costumbrismos;


c) el tema de la mujer seducida; f) el retorno al rancho. Se
trataría, pues, de todo un panorama, dentro del cual queda¬
ría inscrito el Poema.
Inmediatamente después de publicado el Martín Fierro,
en 1872, Buenaventura Lynch registró taquigráficamente unas
décimas improvisadas por un cantor analfabeto, con análoga
tesitura filosófica —guardadas las distancias— a las de Segis¬
mundo que se parafrasean en el Canto XIII de la Ida. Aun¬
que es posible que fueran remedo de las de Martín Fierro,
nada nos autoriza a negar que los versos de Calderón hubiesen
pasado a la temática de los poetas rústicos. Por su parte. Ca¬
rrizo asienta una glosa de análoga inspiración en su Cando-
ñero popular de Tucumán.
Las piezas que se han registrado en las recensiones folkló¬
ricas no auxilian para establecer siquiera el área de difusión
ni la penetración de la obra escrita en la tradición popular.
Se trata, evidentemente, de derivaciones orales. Para extremo
de dificultad, el procedimiento de trabajo que empleó Her¬
nández en su Obra, absorbiendo y modificando en sí mismo
refranes que convierte en dichos y dichos que mejora siempre
en su expresión pintoresca y precisa, nos quita toda esperanza
de reconstruir y hasta de situar sus fuentes.
Si el influjo de Calderón sobre Hernández es muy hipoté¬
tico, el de Lope es al menos de mayor interés, aunque no se
ha aludido siquiera a él. Un antecedente tan inmediato como
el Santos Vega o Los tres gauchos orientales existe en El Isidro.
Esta obra es típica de la leyenda hagiográfica española, y ade¬
más condensa, como hace siempre Lope —y entre nosotros Her¬
nández en lo suyo—, elementos sustanciales del alma de su
pueblo. Hay en ese poema campesino un ambiente que per¬
tenece tanto a Castilla como a la pampa, si se exceptúan los
propósitos taxativos de él: las vidas milagrosas de Isidro y
María. No es arbitrario suponer un influjo directo del poema
de Lope sobre el de Hernández. La obra fue muy difundida
entre los labradores, que adoptaron al santo como patrono
desde el establecimiento de los primeros hortelanos en el par¬
tido de San Isidro, precisamente, donde estaban ubicadas las
lincas de los Pueyrredón, y en cuya iglesia parroquial se cele-
LOS TEMAS 301

braban fiestas anuales con lectura de fragmentos del poema


de Lope.
No solamente pudo haber influido sobre Hernández, en su
niñez, sino que influyó, patentemente, sobre Ascasubi, cuyo
Santos Vega contiene los mismos elementos orgánicos del poe¬
ma de Lope que hallamos después en el Martín Fierro. Por
añadidura, la obra de Ascasubi se convierte, por su final mila¬
groso y absolutamente extraño dentro del corpus de la lite¬
ratura gauchesca, en una pieza gigantesca que engrana en el
ciclo de la hiperdulía, con Gautier de Coincy, Berceo y Al¬
fonso el Sabio.
El poema de Lope prefigura al de Llernández por su forma
sentenciosa, en que la quintilla concluye por lo regular con
un refrán o un dicho a la manera típica de la sexteta. Con¬
tiene, asimismo, escenas tales como la de los peregrinos que
cuentan sus vidas y consejos (Canto VI) y batallas entre cris¬
tianos y moros (Cantos VIII y IX), comunes en el Santos Ve¬
ga y en el Martín Fierro. No es mi propósito profundizar este
aspecto de las correlaciones de los temas ni del estilo con El
Isidro que, por lo demás, resultan obvias de la simple trans¬
cripción de algunas estrofas, comenzando por el primer verso:

Pongamos prima a la lira... es justo, mas no se alabe


quien sabe como imagina
Todo pájaro en su nido mas quien con provecho sabe...
natural canto mantiene
en que a ser perfecto viene, No saber en contingencia
porque en el campo aprendido que al errar con advertencia
mil imperfecciones tiene... tengo por mejor ganancia;
y una fiel ignorancia
Toda la curiosidad
que una temeraria ciencia...
de los estudios humanos
puso en amar sus hermanos
Pasa de un blanco cestillo
escuela de caridad,
de la alforja el pan y el puerro;
que es estudio de las manos...
relincha la yegua en cerro,

Que cuando no estaban llenos rozna el rudo jumentillo,


de tantos libros ajenos canta el gallo y ladra el perro.
como van dejando atrás,
Ya en el corral bala el manso,
sabían los hombres más
deja el pastor el descanso
porque estudiaban en menos...
que ha dado envidia a algún rey,
Que al natural la doctrina gruñe el lechón, muge el buey,
de perficionar acabe bate las alas el ganso.
302 EL “MUNDO” DE MARTÍN FIERRO

Ya Isidro al jumento aplaca que prende, si en ello adviertes,


la sed, y él se ensancha e hincha; entre lazos de mil suertes
ya le apareja y le cincha, las moscas de vil poder
y ya de ver que le saca, pero déjase romper
la yegua sola relincha. de los animales fuertes”.

Cárgale, y la boca abierta Otro dijo: “Yo tenía


de la pereza, despierta, una mujer tan hermosa,
y luego al campo le guía, cuanto al honor peligrosa,
saliendo a cerrar, María si por serlo se desvía
o a verle desde la puerta... de la obligación forzosa.

Trabóse conversación Vencióla el amor ajeno,


en que algunos la ocasión si acaso el no ser yo bueno
le contaban de su mengua; la hizo a ella ser mala;
que el vino mueve la lengua pero ¿qué disculpa iguala
cuanto alegra el corazón. a haberme dado veneno?

“Yo soy, un viejo decía, Que mataban sus maridos


que al lado de Isidro estaba, con veneno las indianas,
hombre que un tiempo mandaba hubo quejas inhumanas;
casa, y familia regía, pero fueron socorridos
y en mi hacienda descansaba. con leyes santas y sanas”...

Las finanzas de un amigo “que el hombre pase en la tierra


me dieron este castigo trabajos, herencia fué;
después de larga prisión; nació en ella, en ella esté;
que el dueño de su invención mas quien de ella se destierra
fué de la vida enemigo”... ninguna disculpa dé...

Que la mujer suele ser, Otro prosiguió también


en lo que yerra el marido, diciendo que era soldado,
más pena que el bien perdido, quejoso de mal pagado.
porque al dormir y al comer No sé si se quejan bien,
os muestra el rostro torcido. pero sé que se han quejado...

En esta vida tan corta Son una guarda que cobre


ayudaba en lo posible tanto lo que falte o sobre
al sustento convenible, en la equidad que publico,
y la mujer, cuando importa, que no sufra daño el rico
es por extremo insufrible”... ni padezca injuria el pobre.

Viviendo yo como rey, Mas también la poca dicha


de unos pleitos la maraña hace a veces los soldados
me trajo a pobreza extraña; quejosos de mal pagados,
que bien dicen que la ley y aun suelen llamar desdicha
es como tela de araña, la culpa de sus pecados.
LOS TE|MAS 303

Y aunque alguno satisface, Recebióle su dueño


que más reina quien bien hace y no con amor pequeño:
que quien manda, y no lo niego, del campo a veces hablaban
yo he visto, si no estoy ciego, hasta el tiempo que llegaban
que de nuestras culpa nace... pobre cena y corto sueño...

Quedóle el gusto que toma Pobreza, consuelo cobre


quien sus apetitos doma, toda casa donde estás,
y aquella grande ventaja de que a mil buenos les das,
de saber que a quien trabaja porque ninguno es tan pobre
nunca le falta qué coma... que no haya nacido más...

Seria superfluo establecer el cotejo con el texto, que el


lector puede hacer recibiendo profundas sugestiones de la si¬
militud de estilo entre El Isidro y el Martín Fierro, cuando no
el hallazgo, como en su definición de la ley, tomada de Ana-
carsis, o de las confesiones de los mendigos peregrinos, o de
versos que sin ser los mismos impresionan como hechos ade¬
más dispensados por un mismo autor. Todo trabajo para
demostrar esas similitudes podrían dar lugar a que se supusiera
el plagio, que no existe. La influencia es de otro orden, y
no hay en toda la literatura española dos obras que se parez¬
can más a este respecto que las de Lope y Hernández, como
se advierte por la simple lectura de los fragmentos transcri¬
tos. Hasta los consejos del tío Lucas quedan comprendidos
en la técnica de Lope, y cuando se trata de establecer si hubo,
efectivamente, una influencia de Espronceda sobre Hernández,
no puede omitirse el hecho de que los dos poetas están dentro
de una forma sentenciosa de hablar que ya encontramos acu¬
ñada en aquél.
Pero todavía muchísimo más notable y hasta tangible es
la influencia de la novela —y de la tradición— picaresca sobre
el Martín Fierro. No habría capricho ni exceso en clasificar
la Obra dentro de ese género, porque en realidad contiene
todos sus elementos típicos. Personajes como Vizcacha, el Hijo
Segundo y Picardía encajan enteros en la picaresca, y en gran¬
des porciones también de sus vidas y actitudes Martín Fierro,
Cruz y el Hijo Mayor. A esta perceptible consanguinidad,
tanto como al sabor castizo del lenguaje, debió remitirse Una-
muno al afirmar con todo acierto que el Poema es un vástago
de la literatura española y que no puede ser entendido a fon-
304 EL “MUNDO” DE MARTÍN FIERRO

do fuera de ¿lia. Pero es preciso hacer algunas aclaraciones.


Lo que existía positivamente aquí era el picaro: truhán, pen¬
denciero, holgazán, taimado, aventurero y vagabundo. Eso
vino a América aunque la novela quedara allá. No podemos
decir, sino por elipsis de todo un proceso complicado, que
los poemas gauchescos entronquen con la novela picaresca, pero
tienen sus mismas fuentes. Cervantes, que es su más genuino
cultor, proviene de ella con algunas de sus novelas ejemplares,
gran parte del Quijote y los entremeses. Lope puede ser filiado
en la misma genealogía, y casi todos los grandes autores, fuera
de los que naturalmente no escribieron obras de esa clase o
se apartaron deliberadamente de ello, han tratado en algunos
aspectos esos temas. Están en la raza y en las vicisitudes de
la historia españolas. El picaro español es, como tipo, un
antecesor del gaucho, y el parentesco entre lo picaresco y lo
gauchesco ha de establecerse por ellos. Y a este respecto el
gaucho no ha desmejorado, sino que ha corregido algunas vi¬
llanías del abuelo. Los picaros de los poemas gauchescos son
menos bajos y estimados; han perdido, en primer lugar, aquel
cinismo con que proclamaban su bastardía y la ignominia de
sus orígenes. Tal vez porque hubiese mucho de cierto en la
historia de su orfandad, o por cualquier otra razón, han corre¬
gido su degustación de la infamia conservando firmes otros
tasgos raciales en lo arquitectónico de su personalidad. Baste
recordar el comienzo del Lazarillo, de la Vida del Buscón o
del Guzmán de Alfarache, para sentir que ha variado el tipo.
Más bien mantiene a este respecto la prudencia del Rinconete
y Cortadillo y de la Vida de Marcos de Obregón. En cuanto
al género de vida, con las variantes naturales en distintos am¬
bientes, conserva sus características, y en cuanto al ambiente
en que transcurre puede uno remontarse a Petronio, Luciano
y Apuleyo. De todo intento de sentar paralelismos nos libera
la evidencia por la lectura del Poema y, si eso no bastara, el
nombre del Hijo de Cruz cuyo patronímico. Picardía, es to¬
mado de la cepa más que del progenitor, sustantivando una
clase de vida más que una biografía personal.
Por ser menos palmaria la similitud de Vizcacha con el tío
Lucas, es indispensable un comentario minucioso sobre este
extraño y auténtico personaje de la Obra. La descripción del
LOS TEMAS 305

aspecto, carácter y psicología del viejo Vizcacha es única en


ella. Cualesquiera que sean las sugestiones recibidas de El
diablo mundo, el personaje es oriundo de la campaña bonae¬
rense, tan de la tierra como el roedor que le da el mote.
También en el poema de Espronceda el tío Lucas abandona
el aquelarre en que se mueven los demonios, los ángeles y el
pueblo, para tomar cuerpo y alma propios. En un tumulto
de figuras opacas, él tiene personalidad y es alguien. Su figura
es descrita por el poeta minuciosamente. He aquí los rasgos
de afinidad con Vizcacha:

.. .hombre de áspero trato y de torcida


condición dura y de perversa estrella,
sin cesar por su boca maldecida...
mal encarado y de intención dormida,
chico y ancho de espaldas y cargado,
largo de brazos y patiestevado.

De chata y abultada catadura,


de entrecana y revuelta espesa ceja,
ojos saltones y mirada dura,
blanca patilla a trechos y bermeja.
La frente estrecha y de color oscura,
rojo el pelo como áspera guedeja
inaccesible al peine, aborrascado
en vedijas la cubre enmarañado.

No hay cárcel ni presidio en las Españas


que no conserve de él alta memoria,
ciudad que no atestigüe de sus mañas,
ni camino sin muestras de su gloria;
y consignada está de sus hazañas
en procesos sin fin, su ínclita historia...

Lleva a rastras los pies andando, y mueve


pesada y vacilante la cabeza,
su pensamiento y su intención aleve
mostrando en su abandono y su pereza...
siempre fumando, el labio ya tostado
con el tabaco negro y requemado.

Raya en sesenta años, y cincuenta


hace ya que empezó sus correrías...
siempre sagaz, diversa historia inventa
de sus vi