Está en la página 1de 30

VIACRUCIS DE LOS JÓVENES

MAPA DEL
VIACRUCIS REFLEXIÓN

El Vía crucis es una devoción centrada en los Misterios dolorosos de Cristo, que se meditan y
contemplan caminando y deteniéndose en las estaciones que, del Pretorio al Calvario, representan
los episodios más notables de la Pasión.

El Vía crucis consta de 14 estaciones, cada una de las cuales se fija en un paso o episodio de la
Pasión del Señor. A veces se añade una decimaquinta, dedicada a la resurrección de Cristo. En la
práctica de este ejercicio piadoso, las estaciones tienen un núcleo central, expresado en un pasaje
del Evangelio o tomado de la devota tradición cristiana, que propone a la meditación y
contemplación uno de los momentos importantes de la Pasión de Jesús. Puede seguirle la
exposición del acontecimiento propuesto o la predicación sobre el mismo, así como la meditación
silenciosa. Ese núcleo central suele ir precedido y seguido de diversas preces y oraciones, según
las costumbres y tradiciones de las diferentes regiones o comunidades eclesiales. En la práctica
comunitaria del Vía crucis, al principio y al final, y mientras se va de una estación a otra, suelen
introducirse cantos adecuados.

Aquí te ofrecemos el Vía crucis con textos e imágenes que ayuden a meditar y contemplar «los
excesos del amor de Cristo».

VIACRUCIS DE LOS JÓVENES


AL EMPEZAR EL VIA CRUCIS

Lector 1: En el Nombre del Padre,


y del Hijo y del Espíritu Santo.
AMEN.

Lector 2: Hermanos: estamos aquí reunidos para recordar los grandes


sufrimientos que Cristo soportó para salvarnos. Un día Cristo dijo: «No existe
amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15,13).
Sufriendo y muriendo en la Cruz, Jesús nos dio la prueba más grande de su amor.
Recorriendo estas estaciones del VIA CRUCIS, iremos meditando sobre nuestros
pecados, que fueron la causa de la muerte de Cristo, y al mismo tiempo nos
preguntaremos:

¿Qué hacemos para que la Sangre de Cristo no sea desperdiciada? ¿Cuánta


gente hay todavía que no conoce a Cristo y no lo ama? ¿Qué puedo hacer yo para
que se acerquen más a Jesús, que sufrió tanto para salvarnos?

Lector 3:

Señor, ayúdanos para que aprendamos a aguantar las penas y las fatigas, las torturas de la vida
diaria; que tu muerte y ascensión nos levante, para que lleguemos a una más grande y creativa
abundancia de vida. Tú que has tomado con paciencia y humildad la profundidad de la vida
humana, igual que las penas y sufrimientos de tu cruz, ayúdanos para que aceptemos el dolor y las
dificultades que nos trae cada nuevo día y que crezcamos como personas y lleguemos a ser más
semejantes a ti.
Haznos capaces de permanecer con paciencia y ánimo, y fortalece nuestra confianza en tu ayuda.
Déjanos comprender que sólo podemos alcanzar una vida plena si morimos poco a poco a
nosotros mismos y a nuestros deseos egoístas. Pues sólo si morimos contigo, podemos resucitar
contigo.

I ESTACIÓN

JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

Lector 1: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,


Todos: que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mi, pecador.

Lector 2: Ya el profeta Isaías lo había anunciado:

Lector 3: « ¿Quién podrá creer esta noticia? No tenía gracia ni belleza para
que nos fijáramos en él.
Despreciado y tenido como la basura de los hombres, hombre de dolores y
familiarizado con el sufrimiento. Ha sido tratado como culpable a causa de
nuestras rebeldías y aplastado por nuestros pecados.
El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido
sanados.
Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros
dolores los que le pesaban. FUE DETENIDO Y ENJUICIADO injustamente y
herido de muerte por los crímenes de su pueblo» (Is 53,1-8).
Lector 1: Llegada la mañana todos los príncipes de los sacerdotes, los ancianos
del pueblo, tuvieron consejo contra Jesús para matarlo, y atado lo llevaron al
procurador Pilato (Mt 27, 1-2)

El pequeño niño que tiene hambre, que se come su pan pedacito a pedacito
porque teme que se termine demasiado pronto y tenga otra vez hambre. Esta es la
primera estación del calvario.

Lector 3: Cuántos temas para la reflexión nos ofrecen los padecimientos soportados por Jesús
desde el Huerto de los Olivos hasta su condena a muerte: abandono de los suyos, negación de
Pedro, flagelación, corona de espinas, vejaciones y desprecios sin medida. Y todo por amor a
nosotros, por nuestra conversión y salvación. Nosotros somos aquel pueblo por el que
Cristo fue condenado a muerte. Cristo aceptó ser NUESTRO REPRESENTANTE
delante del Padre y pagar por nuestros pecados. La condena de Pilato tenía que
recaer sobre cada uno de nosotros.

(Reflexión en silencio).

Lector 2: OREMOS

Señor Jesús, gracias por habernos amado tanto. Ten piedad de nosotros. Ayúdanos a conocer
nuestros pecados, que han sido la causa de tu condenación a muerte.

Danos, Señor, imitarte, uniéndonos a Ti por el Silencio cuando alguien nos haga
sufrir. Nosotros lo merecemos.

(Canto) Por tu sentencia injusta - perdón Señor, piedad - si grandes son mis
culpas - mayor es tu bondad.
II ESTACIÓN

JESUS CARGA LA CRUZ Y SE DIRIGE AL CALVARIO

Lector 1: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,

Todos: que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mi, pecador.

Lector 2: Después de la condena, le entregan a Cristo una cruz, y empieza su


largo y penoso camino hacia el Calvario, lugar donde será crucificado.
Detengámonos y pensemos: Si Cristo hizo tanto por nosotros, ¿es justo que
nosotros sigamos diciendo que estamos ocupados y no tenemos tiempo para
conocer más a Cristo y seguirlo de veras? ¿Por qué nos espanta tanto el
sufrimiento, si nuestro Maestro llegó a dar la vida por nosotros?
Escuchemos su Palabra:

Lector 3: « Si alguno quiere seguirme, olvídese de sí mismo, tome su cruz y


sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su
vida por mi y por el Evangelio, la salvará.
¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? O, ¿qué
puede dar el hombre a cambio de su vida?
Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en medio de esta gente
adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él,
cuando venga en la gloria del Padre con los santos ángeles » (Mc 8,34-38).

Lector 1:El peso de la cruz es excesivo para las mermadas fuerzas de Jesús, convertido en
espectáculo de la chusma y de sus enemigos. No obstante, se abraza a su patíbulo deseoso de
cumplir hasta el final la voluntad del Padre: que cargando sobre sí el pecado, las debilidades y
flaquezas de todos, los redima. Nosotros, a la vez que contemplamos a Cristo cargado con la cruz,
oigamos su voz que nos dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su
cruz cada día, y sígame».¡ Muchas veces miramos pero no vemos nada! Todos
nosotros tenemos que llevar la cruz y tenemos que seguir a Cristo al Calvario, si
queremos reencontrarnos con Él. Jesucristo, antes de su muerte, nos ha dado su
Cuerpo y su Sangre para que nosotros podamos vivir y tengamos bastante ánimo
para llevar la cruz y seguirle, paso a paso.

(Reflexión en silencio).

Lector 2: OREMOS
Señor Jesús, concédenos llevar nuestra cruz con fidelidad hasta la muerte.

Que comprendamos, Señor, el valor de la cruz, de nuestras pequeñas cruces de cada día, de
nuestras dolencias, de nuestra soledad.

Danos convertir en ofrenda amorosa nuestra cruz de cada día.

(Canto) Por tu cruz y tus clavos - perdón Señor, piedad - si grandes son mis
culpas - mayor es tu bondad.
III ESTACIÓN

JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ

Lector 1: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,

Todos: que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mi, pecador.

Lector 2: Cristo no puede seguir adelante, cargando con la cruz por mucho rato.
Ya se acabaron sus fuerzas: la agonía en el Getsemaní, la noche pasada entre los
insultos de los jefes del pueblo, la flagelación y la coronación de espinas, lo han
destruido, y cae agotado.
Los soldados se le acercan y le pegan sin compasión. Jesús reúne todas sus
fuerzas, se levanta otra vez y sigue su camino, sin decir una palabra.

Escuchemos al profeta Isaías:

Lector 3: « He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, y mis mejillas a


los que mesaban mi barba, y no oculté mi rostro a los insultos y salivazos.
Puse mi cara dura como piedra» (Is 50,6-7).

Lector 1: Dijo Jesús: El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo,
tome su cruz y sígame, pues el que quiera salvar su vida la perderá: pero el que
pierda su vida, ese la salvará (Mt 16,24). El peso de la cruz nos hace tomar conciencia del
peso de nuestros pecados, infidelidades, ingratitudes..., de cuanto está figurado en ese madero.
Por otra parte, Jesús, que nos invita a cargar con nuestra cruz y seguirle, nos enseña aquí que
también nosotros podemos caer, y que hemos de comprender a los que caen; ninguno debe
quedar postrado; todos hemos de levantarnos con humildad y confianza buscando su ayuda y
perdón.

En nuestras estaciones del Vía Crucis vemos que caen los pobres y los que
tienen hambre, como se ha caído Cristo. ¿Estamos presentes para ayudarle a Él?
¿Lo estamos con nuestro sacrificio, nuestro verdadero pan? Hay miles y miles de
personas que morirían por un bocadito de amor, por un pequeño bocadito de
aprecio. Esta es una estación del Vía Crucis donde Jesús se cae de hambre.

(Reflexión en silencio).
Lector 2: OREMOS
Señor Jesús, enséñanos a sufrir. Que no nos desanimemos en la prueba. Danos
la fuerza para levantarnos, cuando caemos en el pecado.

Tú caes, Señor, para redimirnos. Para ayudarnos a levantarnos en nuestras


caídas diarias, cuando después de habernos propuesto ser fieles, volvemos a
reincidir en nuestros defectos cotidianos. ¡Ayúdanos a levantarnos siempre y a
seguir nuestro camino hacia Ti!

(Canto) Por tu primer caída - perdón Señor, piedad - si grandes son mis culpas -
mayor es tu bondad.
IV ESTACIÓN

JESÚS ENCUENTRA A SU MADRE

Lector 1: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,

Todos: que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mi, pecador.

Lector 2: Ya se lo había anunciado el anciano Simeón, cuando María presentó al


niño Jesús en el Templo:

Lector 3: « Simeón lo bendijo, y después dijo a María, su Madre: Mira, este


niño debe ser causa tanto de caída como de resurrección para la gente de
Israel. Será puesto como una bandera, de modo que a Él lo atacarán y a ti
misma una espada te atravesará el corazón» (Lc 2,34-35).

Lector 1: Al ver a Jesús cargando la cruz y lleno de sangre, entre los insultos de
la gente, María siente en su corazón un profundo dolor y se acuerda de la profecía
de Simeón. Conociendo las Escrituras, María sabe que mediante el sufrimiento,
Cristo nos va a salvar. Por eso se une íntimamente al sacrificio de su Hijo,
sufriendo con Él por nuestra salvación. Sus miradas se encuentran, la de la Madre que ve
al Hijo destrozado, la de Jesús que ve a María triste y afligida, y en cada uno de ellos el dolor se
hace mayor al contemplar el dolor del otro, a la vez que ambos se sienten consolados y
confortados por el amor y la compasión que se transmiten.
Nosotros conocemos la cuarta estación del Vía Crucis en la que Jesús encuentra
a su Madre. ¿ Somos nosotros los que sufrimos las penas de una madre? ¿Una
madre llena de amor y de comprensión? ¿Estamos aquí para comprender a
nuestra juventud si se cae? ¿Si está sola?¿ Si no se siente deseada? ¿Estamos
entonces presentes?

(Reflexión en silencio).

Lector 2: OREMOS
María, madre de Jesús y madre nuestra, enséñanos a sufrir con Jesús por la
salvación del mundo entero.

Haz Señor, que me encuentre al lado de tu Madre en todos los momentos de mi


vida.

Con ella, apoyándome en su cariño maternal, tengo la seguridad de llegar a Ti en


el último día de mi existencia.

(Canto) Por tu Madre Santísima - perdón Señor, piedad - si grandes son tus culpas
- mayor es tu bondad.

V ESTACIÓN

EL CIRENEO AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ


Lector 1: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,

Todos: que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mi, pecador.

Lector 2: Jesús ya no puede seguir con la cruz, está tan acabado. Entonces, los
soldados obligan a un hombre de Cirene para que ayude a Jesús a llevar la cruz.
Es un ejemplo para nosotros. También nosotros tenemos que ayudar a Jesús para
que su sangre no sea inútil para nuestros hermanos. Todavía hay muchos que no
conocen a Cristo; nosotros tenemos que preocuparnos por ellos y hacer algo.
Acordémonos de las palabras de Cristo:

Lector 3: « La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rogad,


pues al Dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha. Id, mirad que
os envío como corderos en medio de lobos» (Lc 10, 2-3).

Lector 1: Simón de Cirene tomaba la cruz y seguía a Jesús, le ayudaba a llevar


su cruz. En los que más sufren hemos de ver a Cristo cargado con la cruz que requiere nuestra
ayuda amorosa y desinteresada.Con lo que habéis dado durante el año, como signo de
amor a la juventud, los miles y millones de cosas que habéis hecho a Cristo en los
pobres, habéis sido Simón de Cirene en cada uno de vuestros hechos.

Cada uno de nosotros tenemos nuestra vocación, hemos venido al mundo para
algo concreto, para realizarnos de una manera particular.

¿Cuál es la mía y cómo la llevo a cabo?

Pero hay algo que es misión mía y de todos: la de ser Cireneo de los demás, la de
ayudar a todos. ¿Cómo llevo adelante la realización de mi misión de Cireneo?

Pidamos a Dios continuamente para que envíe más misioneros y catequistas a su


Iglesia, que tengan el valor de predicar el mensaje de Cristo con fe y sin miedo,
convencidos de que sólo mediante la entrega y el sufrimiento se ayuda a Cristo en
su obra de salvación.

(Reflexión en silencio).

Lector 2: OREMOS
Señor Jesús, perdónanos si muchas veces no te hemos ayudado a llevar la cruz.
Tal vez por culpa nuestra muchos se echaron a perder. Ayúdanos a vivir el
compromiso que tomaremos el día de la Confirmación, de ser soldados tuyos en el
mundo.

(Canto) Por tu agonía en el Huerto - perdón Señor, piedad - si grandes son mis
culpas - mayor es tu bondad.
VI ESTACIÓN

LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS

Lector 1: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,

Todos: que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mi, pecador.

Lector 2: Mientras Jesús trata de seguir adelante, una mujer se le acerca y le


enjuga el rostro con una toalla, quedando en ella la imagen de su cara.
Cada cristiano tiene que imitar a la Verónica, procurando transformar su misma
vida en una imagen de Cristo.
Escuchemos a San Pablo:

Lector 3: « Más, ahora, desechad vosotros todo esto: cólera, ira, maldad,
maledicencia y palabras groseras, lejos de vuestra boca. No os mintáis unos
a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras y revestíos del hombre
nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según
la imagen de su Creador. (Col 3,8-10).

Lector 1:Nosotros podemos repetir hoy el gesto de la Verónica en el rostro de Cristo que se nos
hace presente en tantos hermanos nuestros que comparten de diversas maneras la pasión del
Señor, quien nos recuerda: «Lo que hagáis con uno de estos, mis pequeños, conmigo lo
hacéis». Con respecto a los pobres, los abandonados, los no deseados, ¿somos
como la Verónica ? ¿Estamos presentes para quitar sus preocupaciones y
compartir sus penas? ¿O somos parte de los orgullosos que pasan y no pueden
ver?

(Reflexión en silencio).

Lector 2: OREMOS
Señor Jesús, graba en nuestros corazones la imagen de tu rostro. Que nunca nos
olvidemos de ti.

Nosotros, Señor, te abandonamos cuando nos dejamos llevar por el "qúe dirán",
por el respeto humano, cuando no nos atrevemos a defender al prójimo ausente,
cuando no nos atrevemos a replicar una broma que ridiculiza a los que tratan de
acercarse a Ti.

Y en tantas otras ocasiones. Ayúdanos a no dejarnos llevar por el respeto


humano, por el "qué dirán".

(Canto) Por tu pasión y muerte - perdón Señor, piedad - si grandes son mis culpas
- mayor es tu bondad.

VII ESTACIÓN
JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ

Lector 1: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,

Todos: que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mi, pecador.

Lector 2: Nuestras recaídas en el pecado fueron la causa de las numerosas


caídas de Jesús en su doloroso camino hacia el Calvario. Es necesario que
tomemos en serio nuestro compromiso cristiano, recordando que hemos sido
salvados por la sangre de Cristo, el Hijo de Dios.

Lector 3: « Como hijos obedientes, no os amoldéis a las apetencias de


antes, del tiempo de vuestra ignorancia; más bien, así como el que os ha
llamado es Santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra
conducta, como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy yo.
Sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de
vuestros padres, no mediante un rescate material de oro y plata, sino con la
sangre preciosa del Cordero sin mancha ni defecto.

Amaos intensamente unos a otros, con corazón puro, pues habeis sido
reengendrados por medio de la Palabra de Dios viva y permanente. Esta es
la Buena Nueva anunciada a vosotros» (1 Pe 1,14-16.18-19.22b-23.25).

Lector 1:

Jesús cae de nuevo.Este paso nos muestra lo frágil que es la condición humana, aun cuando
la aliente el mejor espíritu, y que no han de desmoralizarnos las flaquezas ni las caídas cuando
seguimos a Cristo cargados con nuestra cruz. Jesús, por los suelos una vez más, no se siente
derrotado ni abandona su cometido. Para Él no es tan grave el caer como el no levantarnos. Y
pensemos cuántas son las personas que se sienten derrotadas y sin ánimos para reemprender el
seguimiento de Cristo, y que la ayuda de una mano amiga podría sacarlas de su
postración. ¿Hemos recogido a personas de la calle que han vivido como animales y
se murieron entonces como ángeles? ¿Estamos presentes para levantarlos?
También en vuestro país podéis ver a gente en el parque que están solos, no
deseados, no cuidados, sentados, miserables. Nosotros los rechazamos con la
palabra alcoholizados. No nos importan. Pero es Jesús quien necesita nuestras
manos para limpiar sus caras. ¿Podéis hacerlo?, ¿o pasaréis sin mirar?

(Reflexión en silencio).

Lector 2: OREMOS
Caes, Señor, por segunda vez. El Vía Crucis nos señala tres caídas en tu caminar
hacia el Calvario. Tal vez fueran más.

Caes delante de todos... ¿Cuándo aprenderemos nosotros a no temer el quedar


mal ante los demás, por un error, por una equivocación?. ¿Cuándo aprenderemos
que también eso se puede convertir en ofrenda?
Señor Jesús, perdónanos por nuestras recaídas en el pecado. Danos la fuerza de
tu Espíritu, para que podamos resistir todos los ataques y caídas.

(Canto) Por tu humildad profunda - perdón Señor, piedad - si grandes son mis
culpas - mayor es tu bondad.

VIII ESTACIÓN

JESÚS HABLA A LAS PIADOSAS MUJERES

Lector 1: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,

Todos: que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mi, pecador.

Lector 2: Ahora Jesús nos dirige las palabras: « No lloréis por mí; yo ya hice todo
lo que pude para salvarlos. Llorad más bien por vosotros mismos. Porque, si no os
arrepentís de veras y no dejáis el pecado de una vez, seréis castigados, como les
pasó a los habitantes de Jerusalén, por no haber hecho caso a mis palabras. Y
sufriréis aún más, porque se tratará de un castigo eterno».

Lector 3: « Le seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres, que se


lamentaban y lloraban por Él. Vuelto hacia ellas les dijo: Hijas de Jerusalén,
no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros
hijos. Porque llegarán días en que se dirá: Dichosas las estériles. Porque, si
en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?» (Lc 23,27-31).

Lector 1: Jesús, sin duda, agradeció los buenos sentimientos de aquellas mujeres, y movido del
amor a las mismas quiso orientar la nobleza de sus corazones hacia lo más necesario y urgente: la
conversión suya y la de sus hijos. Jesús nos enseña a establecer la escala de los valores divinos
en nuestra vida y nos da una lección sobre el santo temor de Dios .Muchas veces, tendríamos
que analizar la causa de nuestras lágrimas. De nuestros pesares, de nuestras
preocupaciones. Tal vez hay en ellos un fondo de orgullo, de amor propio mal
entendido, de egoísmo, de envidia.

Deberíamos llorar por nuestra falta de correspondencia a tus innumerables


beneficios de cada día, que nos manifiestan, Señor, cuánto nos quieres. Danos
profunda gratitud y correspondencia a tu misericordia.

(Reflexión en silencio).

Lector 2: OREMOS

Señor Jesús, concédenos un verdadero arrepentimiento de nuestros pecados y un


firme propósito de no volver a pecar.

(Canto) Por tu gran inocencia - perdón Señor, piedad - si grandes son mis culpas -
mayor es tu bondad.
IX ESTACIÓN

JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

Lector 1: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,

Todos: que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mi, pecador.

Lector 2: A pesar de hacer todo el esfuerzo posible para seguir adelante, Jesús
ya no aguanta y cae por tercera vez. Así es cuando uno es débil. Así pasa con
nosotros, cuando volvemos a caer en el pecado. Es necesario que Dios mismo
intervenga en nuestra vida, purificándonos del pecado y dándonos un nuevo
corazón. Escuchemos al profeta Ezequiel:

Lector 3: « Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados. Os purificaré


de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras. Y os daré un
corazón nuevo. Infundiré en vosotros un espíritu nuevo. Quitaré de vuestra
carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Infundiré mi
espíritu en vosotros y haré que viváis según mis preceptos y respetéis mis
normas» (Ez 36,25-27).

Lector 1: Jesús agota sus facultades físicas y psíquicas en el cumplimiento de la voluntad del
Padre, hasta llegar a la meta y desplomarse. Nos enseña que hemos de seguirle con la cruz a
cuestas por más caídas que se produzcan y hasta entregarnos en las manos del Padre vacíos de
nosotros mismos y dispuestos a beber el cáliz que también nosotros hemos de beber. Por otra
parte, la escena nos invita a recapacitar sobre el peso y la gravedad de los pecados, que
hundieron a Cristo.Jesús cae de nuevo para ti y para mí. Se le quitan sus vestidos,
hoy se le roba a los pequeños el amor antes del nacimiento. Ellos tienen que morir
porque nosotros no deseamos a estos niños. Estos niños deben quedarse
desnudos, porque nosotros no los deseamos, y Jesús toma este grave sufrimiento.
El no nacido toma este sufrimiento porque no tiene más remedio.

Si seguimos pecando, es que no hemos tenido fe suficiente en las promesas de


nuestro Padre Dios. Pidámosle a Dios que aumente nuestra fe y cumpla en
nosotros su promesa.

(Reflexión en silencio).

Lector 2: OREMOS
Padre Celestial, en el nombre de Jesús, te pedimos que nos quites de una vez
este corazón de piedra y nos concedas un corazón de carne, que sepa amar de
veras a Ti y a los hermanos.

(Canto) Por tu pasión y muerte - perdón Señor, piedad - si grandes son mis culpas
- mayor es tu bondad.

X ESTACIÓN
JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS

Lector 1: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,

Todos: que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mi, pecador.

Lector 2: Llegados al lugar de la ejecución, le quitan las vestiduras a Jesús.

Lector 3: « Yo soy un gusano, y ya no un hombre; vergüenza de los hombres


y basura del pueblo.
Mis huesos se han descoyuntado, mi corazón se derrite como cera. Se
reparten entre sí mis vestiduras y mi túnica se juegan a los dados» ( Sal
22,7.15.19).

Cuando los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, haciendo cuatro
partes, una para cada soldado y la túnica (Jn 19,23)

Lector 1: Para Jesús fue sin duda muy doloroso ser así despojado de sus propios vestidos y ver
a qué manos iban a parar. Y especialmente para su Madre, allí presente, hubo de ser en extremo
triste verse privada de aquellas prendas, tal vez labradas por sus manos con maternal solicitud, y
que ella habría guardado como recuerdo del Hijo querido. Mientras Jesús es despojado de
las vestiduras, nosotros seguimos teniendo nuestro corazón apegado al dinero y a
los honores. Se ve que no hemos entendido nada del mensaje de Cristo. Es
necesario que de una vez tomemos una decisión clara: o con Cristo o contra
Cristo, ya que es imposible servir a dos amos.

(Reflexión en silencio).

Lector 2: OREMOS

Arrancan tus vestiduras, adheridas a Ti por la sangre de tus heridas. A infinita


distancia de tu dolor, nosotros hemos sentido, a veces, cómo algo se arrancaba
dolorosamente de nosotros por la pérdida de los seres queridos.

Señor, que sepamos ofrecerte el recuerdo de las separaciones que nos


desgarraron, uniéndonos a tu pasión y esforzándonos en consolar a los que
sufren, huyendo de nuestro propio egoísmo.

Señor, ayúdanos para que aprendamos a aguantar las penas, fatigas y torturas de
la vida diaria, para que logremos siempre una más grande y creativa abundancia
de vida!
Señor Jesús, ayúdanos a despojarnos de nuestras malas costumbres.

(Canto) Por tu cruz y por tus clavos - perdón Señor, piedad - si grandes son mis
culpas, mayor es tu bondad.
XI ESTACIÓN

JESÚS ES CRUCIFICADO

Lector 1: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,

Todos: que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mi, pecador.

Lector 2: Empezando su predicación, Jesús había dicho:

Lector 3: « Así como Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto,


así también es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado en alto, para
que todo el que crea en Él tenga la vida eterna.
Porque tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo único, para que todo el
que crea en Él, no se pierda, sino que tenga la vida eterna» ( Jn 3,14-16).

Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí con dos malhechores
Jesús decía: padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc 23, 33).

Lector 1: El suplicio de la cruz, además de ser infame, propio de esclavos criminales o de


insignes facinerosos, era extremadamente doloroso, como apenas podemos imaginar. El
espectáculo mueve a compasión a cualquiera que lo contemple y sea capaz de nobles
sentimientos. Pero siempre ha sido difícil entender la locura de la cruz, necedad para el mundo y
salvación para el cristiano. ¿Cuánta gente hay todavía en el mundo que no conoce
este amor de Dios?
¿Qué estoy haciendo yo para que la Sangre de Cristo no sea inútil para mí y para
mis hermanos?

Jesús es crucificado. ¡Cuántos disminuidos psíquicos, retrasados mentales, enfermos y ancianos


llenan las clínicas y los asilos! Cuántos hay en nuestro propio pueblo. ¿Les visitamos?¿
Compartimos con ellos este calvario? ¿Sabemos algo de ellos? Jesús nos ha dicho: Si vosotros
queréis ser mis discípulos, tomad la cruz y seguidme y Él opina que nosotros hemos de coger la
cruz y que le demos de comer a Él en los que tienen hambre, que visitemos a los desnudos y los
recibamos por Él en nuestra casa y que hagamos de ella su hogar.

(Reflexión en silencio).

Lector 2: OREMOS
Señor Jesús, ayúdanos a ser tus testigos en el mundo. Que todos los hombres
conozcan tu amor y se acerquen a Ti.

Danos responder a tu amor con amor, cumplir tu Voluntad, trabajar por nuestra
salvación, ayudados de tu gracia. Y danos trabajar con ahínco por la salvación de
nuestros hermanos.

(Canto) Por tu paciencia inmensa - perdón Señor, piedad - si grandes son mis
culpas - mayor es tu bondad.
XII ESTACIÓN

JESÚS MUERE EN LA CRUZ

Lector 1: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,

Todos: que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mi, pecador.

Lector 2: Después de tres horas de penosísima agonía, Jesús muere, entre los
insultos y las burlas del pueblo. Es el nuevo Cordero Pascual. En su sangre se
establece el Nuevo Compromiso, o Alianza, entre Dios y el nuevo Pueblo de
Israel, representado por María, San Juan y unas cuantas mujeres. Es el momento
más importante de toda la historia de la humanidad.
Alabemos a Cristo y démosle gracias por el gran amor que nos ha manifestado.

Lector 3: « Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste
degollado y por tu sangre compraste para Dios, hombres de toda raza,
lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de
sacerdotes que reina sobre la tierra.
Digno es el Cordero que ha sido degollado, de recibir el poder, la riqueza y la
sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza» ( Ap 9,10.12).

Lector 1: A los motivos de meditación que nos ofrece la contemplación de Cristo agonizante en
la cruz, lo que hizo y dijo, se añaden los que nos brinda la presencia de María, en la que tendrían
un eco muy particular los sufrimientos y la muerte del hijo de sus entrañas .Hagamos las
estaciones de nuestro vía crucis personal con ánimo y con gran alegría, pues
tenemos a Jesús en la sagrada Comunión, que es el Pan de la Vida que nos da
vida y fuerza! Su sufrimiento es nuestra energía, nuestra alegría, nuestra pureza.
Sin Él no podemos hacer nada.

(Reflexión en silencio).

Lector 2: OREMOS
Gracias, Señor Jesús, por habernos amado tanto. Que nunca nos cansemos de
alabarte y bendecirte.

(Canto) Por tu Pasión y Muerte - perdón Señor, piedad - si grandes son mis culpas
- mayor es tu bondad.

XIII ESTACIÓN

BAJAN A JESÚS DE LA CRUZ

Lector 1: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,

Todos: que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mi, pecador.


Lector 2: ¿Qué más hubiera podido hacer Jesús por nosotros, y no lo hizo?
«Contemplarán al que traspasaron», dice San Juan, concluyendo el relato de la
Pasión de Cristo. Es lo que nosotros estamos tratando de hacer: contemplar,
meditar, pensar seriamente en Cristo, muerto por nosotros. En realidad, sabemos
que «en ningún otro se encuentra la salvación, ya que no se ha dado a los
hombres sobre la otra tierra otro nombre por el cual podamos ser salvados» (Hch
4,12).

Lector 3: « Vinieron entonces los soldados y les quebraron las piernas a los
que estaban crucificados para después retirarlos. Al llegar a Jesús vieron
que ya estaba muerto. Así que no le quebraron las piernas, sino que uno de
los soldados le abrió el costado de una lanzada y al instante salió sangre y
agua. El que lo vio lo declara para ayudarles en su fe, y su testimonio es
verdadero. El mismo sabe que dice la verdad. Esto sucedió para que se
cumpla la Escritura que dice: "No le quebrarán ni un solo hueso", y en otra
dice: "Contemplarán el que traspasaron"» (Jn 19,32-37).

Lector 1: Escena conmovedora, imagen de amor y de dolor, expresión de la piedad y ternura de


una Madre que contempla, siente y llora las llegas de su Hijo martirizado. Una lanza había
atravesado el costado de Cristo, y la espada que anunciara Simeón acabó de atravesar el alma de
la María.Nosotros jóvenes, llenos de amor y de energía, no desperdiciemos
nuestras fuerzas en cosas sin sentido!

(Reflexión en silencio).

Lector 2: OREMOS
Señor Jesús, reconocemos que Tú eres el único Salvador y Señor. Que nunca nos
olvidemos de Ti.

(Canto)
XIV ESTACIÓN

JESÚS ES SEPULTADO

Lector 1: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,

Todos: que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mi, pecador.

Lector 2: Después de haberlo bajado de la cruz, lo llevaron al sepulcro. He aquí el


ejemplo más grande de la humillación.
Escuchemos a San Pablo:

Lector 3: « Que colméis mi alegría siendo todos del mismo sentir, con un
mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos. Nada hagáis
por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a
los demás como superiores a sí mismo, buscando cada cual, no su propio
interés, sino el de los demás. Tened entre vosotros los mismos sentimientos
que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser
igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo,
haciéndose semejante a los hombres. Habiéndose comportado como
hombre, se humilló, obedeciendo hasta la muerte, y muerte en una cruz» ( Fil
2,2-8).

Había un huerto cerca del sitio donde fue crucificado Jesús, y en él un


sepulcro nuevo, en el cual aún nadie había sido enterrado y pusieron allí a
Jesús (Jn 19, 41-42).
Lector 1: Aquí vemos todo lo contrario de la actitud de Adán y Eva, nuestros
padres en la desobediencia. Siendo hombres, quisieron ser iguales a Dios. Jesús,
siendo Dios se hizo igual a nosotros, para salvarnos. El silencio del sepulcro tiene
mucho que enseñarnos.

Miremos a nuestro alrededor y veamos, miremos a nuestros hermanos y hermanas no sólo en


nuestro país o en nuestro pueblo, sino en todas las partes donde hay personas con hambre que
nos esperan. Desnudos que no tienen patria. ¡Todos nos miran! ¡No les volvamos las espaldas,
pues ellos son el mismo Cristo!

(Reflexión en silencio).

Lector 2: OREMOS
Señor Jesús, enséñanos a ser humildes. Que nunca busquemos los honores de
este mundo. Enséñanos a ver lo que pasa, lo transitorio y pasajero, a la luz de lo
que no pasa. Y que esa luz ilumine todos nuestros actos.

(Canto) Por tus sagradas llagas - perdón Señor, piedad - si grandes son mis
culpas - mayor es tu bondad.

ORACIÓN COMUNITARIA

Lector: Hermanos, hemos visto cuánto Dios hizo por nosotros. Acerquémonos,
pues, a Él con toda confianza, pidiéndole sinceramente perdón por todos los
pecados que hayamos cometido y renovándole la entrega total de nuestra vida. Él
nos amó y entregó su vida por nosotros; también nosotros, de ahora en adelante,
tratemos de amarlo sobre todas las cosas y de vivir conducidos por su mismo
Espíritu.

A cada intención, contestemos:

TE ROGAMOS, SEÑOR.

Lector: Por todos nosotros, para que sintamos un verdadero horror al pecado.
Todos: TE ROGAMOS, SEÑOR.

Lector: Para que comprendamos que nuestros pecados han sido la causa de los
sufrimientos de Cristo.
Todos: TE ROGAMOS, SEÑOR.
Lector: Para que de ahora en adelante, nunca nos separemos de Cristo, nuestro
hermano y salvador.
Todos: TE ROGAMOS, SEÑOR.

Lector: Por todos los que no conocen a Cristo, a fin de que también para ellos
llegue pronto el día de la luz y de la paz, al conocer el gran amor de Dios hacia
todos los hombres.
Todos: TE ROGAMOS, SEÑOR.

Lector: Por las misiones, para que Dios aumente el número de los catequistas y
misioneros.
Todos: TE ROGAMOS, SEÑOR.

Lector: Por los cristianos comprometidos, para que entiendan que su vida es inútil
si no están llenos del Espíritu Santo.
Todos: TE ROGAMOS, SEÑOR.

Lector: Por el Papa, los obispos, los sacerdotes y los diáconos, para que no se
cansen nunca de predicar a Cristo, muerto y resucitado por nosotros.
Todos: TE ROGAMOS, SEÑOR.

ORACIÓN CONCLUSIVA

Lector: Padre Celestial, te damos gracias y te alabamos por el gran amor que has
manifestado hacia nosotros. Por amor nos creaste y por amor nos redimiste,
entregando a tu mismo Hijo, que derramó toda su sangre para pagar nuestra
libertad y conseguirnos el perdón de los pecados.
Y para que nuestra vida, desde ahora fuera una ofrenda agradable para ti, nos
enviaste al Espíritu Santo como primicia de la nueva vida que tendremos un día en
la gloria. Bendito sea para siempre tu santo Nombre. No permitas nunca que
volvamos al pecado; más bien, ayúdanos a tener siempre una vida santa,
alabándote ahora y por los siglos de los siglos. AMÉN.
VIACRUCIS: REFLEXIÓN SOBRE SU
PRÁCTICA.
El período de la Cuaresma propicia la práctica piadosa del vía crucis. Es una manera muy
fructífera de preparar el alma, día tras día, semana tras semana, al encuentro con el Divino
Paciente en la trágica -y gloriosa- Semana santa. Cada estación de las catorce de que se
compone actualmente el vía crucis golpea, como un grito potente, nuestra conciencia de
cristianos que «con temor y temblor», pero también confiadamente, caminamos, con
nuestros pecados a cuestas, hacia el Gólgota redentor, y hacia la casa del Padre. Al recorrer
con la Iglesia cada uno de esos misterios dolorosos, sentimos que el dolor es un gran
misterio, si el mismo Hijo de Dios ha querido atravesar la estrecha puerta de acceso y
morar en él como en un santuario en el que todo hombre entra alguna vez y en el que define
su ignorancia y miseria, al igual que su grandeza espiritual y su elevación religiosa. Juan
Pablo II ha escrito: «Mediante el sufrimiento maduran para el reino de Dios los hombres,
envueltos en el misterio de la redención de Cristo» (Salvifici doloris, 21).

El vía crucis es recuerdo, memoria histórica, enlace amoroso con aquel primer vía crucis
que, desde el pretorio del gobernador romano hasta el monte Calvario, recorrió Jesús de
Nazaret, nuestro Camino y nuestro Salvador. Fue, por ello, en Jerusalén donde los
cristianos, ya desde los siglos IV y V, quisieron acompañar a Jesús siguiendo sus pasos.
El Itinerario de Egeria, a fines del siglo IV, describe el momento: «Todos atraviesan la
ciudad hasta la cruz. (...) Cuando se llega a la cruz se lee el texto evangélico en el que se
narra que Jesús fue conducido a Pilato. (...) Todos desfilan; inclinándose, tocan la cruz con
la frente y la besan, pero ninguno la toca con las manos». Con el pasar de los siglos, el
«camino de la cruz», vivamente presente en la conciencia cristiana, fue adquiriendo número
y forma. Se comenzó con siete estaciones -que representaban siete caídas- para subrayar la
plenitud del sufrimiento tanto de Cristo como del cristiano. Hay tal vez un eco sapiencial en
este número simbólico, un eco de todos los justos sufrientes de la historia, que alcanza en
Cristo coronación suprema y sublime: «El justo cae siete veces, pero se levanta» (Pr 24,16).
Y, al levantarse Cristo de la tierra y al ser levantado del suelo sobre el madero, «atraerá
todo y a todos hacia sí» (cf. Jn 12,32).

De Jerusalén pasa el vía crucis a Europa al alba del segundo milenio cristiano. La atención
prestada a la humanidad de Jesucristo por los monjes de Cluny y del Císter, primeramente,
y, luego, la devoción de san Francisco de Asís por la pasión del Señor, contribuyeron a la
formulación de las catorce estaciones, tomadas de los Evangelios y de antiguas tradiciones,
pero variables en algunas de las escenas representadas. El vía crucis tradicional, atestiguado
en España en la primera mitad del siglo XVII, encontró en el siglo siguiente un propagador
convencido en san Leonardo de Puerto Mauricio, franciscano, que llegó a erigir más de
quinientos setenta vía crucis. En el año 1750, a petición del Papa Benedicto XIV, lo erigió
en el Coliseo, allí donde durante tres siglos muchos cristianos hallaron la última estación de
su padecer por Cristo, su «Gólgota» y su gloria. Después de un período de interrupción a
causa de las vicisitudes históricas, Pablo VI reinició la práctica del vía crucis en el Coliseo,
el Viernes santo del año 1965, estimulado tal vez por su peregrinación a Tierra Santa en los
primeros días del año precedente. Desde entonces hasta el presente se ha celebrado
anualmente con la presencia del Santo Padre y gran afluencia de peregrinos.

El vía crucis es memoria, pero también contemplación del rostro doliente del Señor. Los
cristianos en el vía crucis fijamos los ojos en el «varón de dolores, avezado al sufrimiento».
En él, pausada y recogidamente, contemplamos el «rostro» del pecado y, juntamente, el
«rostro» de la misericordia y de la salvación. Contemplamos un cuerpo ensangrentado, que
con su sangre lava nuestra iniquidad y nuestra «locura». Contemplamos una corona de
espinas, que sacude nuestros pensamientos frívolos, nuestros sentimientos de indiferencia,
nuestras intenciones torcidas, nuestros deseos abominables, nuestros desvergonzados
anhelos y añoranzas. Contemplamos unas manos y unos pies clavados al madero de la
esclavitud y de la ignominia, para enseñarnos a todos la medida suprema de la obediencia
filial y del abandono infinito. Contemplamos unos brazos abiertos, para abrazar nosotros,
con él, todo dolor y todo sacrificio en bien de nuestros hermanos. Contemplamos una
cabeza inclinada hacia la tierra, para decir a los hombres que su muerte será bendición para
la humanidad entera, que quiere ser recordado así por los siglos: mirando amorosamente al
mundo que lo ha crucificado.

El corazón humano tiene exigencias profundas, y el vía crucis es una de las más
significativas y señeras. Siendo el dolor alimento de toda existencia, el hombre necesita
darle un rostro, configurarlo y hacerlo transparente para encontrar en la imagen la realidad
de la experiencia, a la vez que alivio, consuelo, aliento, esperanza. En el vía crucis no
damos expresión al dolor humano, se nos da y regala, se nos ofrece como misteriosa
donación, se nos otorga como espejo y bendición desde la morada eterna del Padre y desde
el corazón sensibilísimo del Hijo. Por los ojos de la carne el misterio del dolor nos llega a
las fibras más sensibles del corazón; con el lenguaje visual se nos comunica una revelación
estupenda de ternura y abandono; con el lento y colmado desfile de las estaciones, Dios
mismo en su Palabra nos va enseñando la ciencia de la cruz, va como desgranando ante
nosotros una pedagogía ascendente que comienza en el tribunal del procurador romano y
culmina, entre el cielo y la tierra, en las manos del Padre.

El Hombre del vía crucis reclama compañía, participación, prolongación existencial,


afectuosa imitación. Le acompañó Francisco de Asís, a quien Dios concedió el don de los
estigmas tras el éxtasis del 17 de septiembre de 1224, y que llegó a escribir: «Lloro la
pasión del Señor. Por amor a él no me avergonzaría de ir llorando a gritos por todo el
mundo» (cf. TC 14). A participar en el banquete de la cruz de Jesucristo fue invitada Teresa
de Lisieux, como se evidencia en su autobiografía: «Comenzaba mi vía crucis, cuando de
repente me sentí presa de un amor tan violento hacia Dios, que no lo puedo explicar sino
diciendo que parecía como si me hubieran hundido toda entera en el fuego. ¡Oh, qué fuego
y qué dulzura al mismo tiempo!». Prolonga el vía crucis del Redentor, en su propia vida, el
p. Maciel, cuyos labios pronunciaron estas densas palabras: «Déjame que me abrace a esta
cruz con que la predilección de tu infinita misericordia me ha regalado... ¡Oh, si yo supiese
morir en mi cruz como tú moriste en la tuya...!».

El vía crucis es, por último, silenciosa proclamación del sufrimiento gozoso y redentor,
testimonio convincente y muda atracción hacia la sabiduría de la cruz. Santa Catalina de
Siena contemplaba a Jesucristo «feliz y doliente en la cruz», y Teresa de Lisieux afirma que
«en el huerto de los Olivos nuestro Señor gozaba de todas las alegrías de la Trinidad, y sin
embargo su agonía no era menos cruel». La atracción de Cristo crucificado ha sido puesta
de relieve por el Papa Juan Pablo II en su vía crucis del Año jubilar 2000: «Cristo atrae
desde la cruz con la fuerza del Amor; del Amor divino, que ha llegado hasta el don total de
sí mismo; del Amor infinito, que en la cruz ha levantado de la tierra el peso del cuerpo de
Cristo; del Amor ilimitado, que ha colmado toda ausencia de amor y ha permitido que el
hombre nuevamente encuentre refugio entre los brazos del Padre misericordioso».
Testimonio convincente el de la cruz para Paul Claudel, que, contemplando al Crucificado,
exclama: «Estás sujeto, Señor, y no puedes escapar. Estás clavado en la cruz por las manos
y los pies. No hay que buscar respuestas en el cielo, como hacen el hereje y el loco. ¡Me
basta este Dios, clavado con cuatro clavos!».

Está claro que el vía crucis de Cristo es un camino que continúa en el vía crucis del
cristiano. Allí donde hay un cristiano que sufre, allí está viviendo con el Crucificado una de
las estaciones del vía crucis. Si es condenado a muerte injustamente, revivirá con Cristo la
primera estación. Si es traicionado por un amigo, aprende a sentir lo que Cristo sintió al ser
traicionado por Judas o por Pedro. Si sucumbe bajo el peso del dolor, está acompañando a
Cristo en sus tres caídas camino del Calvario. Si en su tribulación y dolor alguien le ayuda
y consuela, hace revivir en la historia las figuras de María, del Cirineo, de la Verónica, de
las piadosas mujeres de Jerusalén, que con su presencia y amorosa solicitud aliviaron el
duro camino del Condenado hacia el Calvario. Si es despojado de su dignidad de modo
inhumano y brutal, está reflejando en sí mismo el despojamiento del Nazareno. Si muere
por confesar su fe, está encarnando la muerte de Cristo, que confiesa su obediencia plena a
la voluntad del Padre.

[Antonio Izquierdo, L.C., en L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, del 8-
III-2002]