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Jaime Valenzuela Márquez

(Editor)

América en diásporas

Esclavitudes y migraciones forzadas


en Chile y otras regiones americanas
(siglos XVI-XIX)
Subtítulo

Instituto de Historia
FACULTAD DE HISTORIA, GEOGRAFÍA
Y CIENCIA POLÍTICA
325.283 Valenzuela Márquez, Jaime
V América en diásporas. Esclavitudes y migraciones
forzadas en Chile y otras regiones americanas (siglos xvi-
xix)/ Editor: Jaime Valenzuela Márquez. – – Santiago :
RIL editores - Instituto de Historia, Pontificia Universidad
Católica de Chile, 2017.

542 p. ; 23 cm.
ISBN: 978-956-01-0320-8
1 esclavitud. 1. chile-emigración e inmigración-histo-

ria-siglos 16-19. 1 américa-emigración e inmigración-


historia-siglos 16-19.

América en diásporas.
Esclavitudes y migraciones forzadas en Chile
y otras regiones americanas (siglos xvi-xix)
Primera edición: enero de 2017

© Jaime Valenzuela Márquez, 2017


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de France (Paris), Département des Manuscrits,
Mexicain 90, f. 44 [fragmento]. (www.wdl.org/en/item/15280)

Impreso en Chile • Printed in Chile

ISBN 978-956-01-0320-8

Derechos reservados.
Traslados de indígenas
de los archipiélagos patagónicos
occidentales a Chiloé
en los siglos XVI, XVII y XVIII*

María Ximena Urbina Carrasco

El traslado de los habitantes originarios de la Patagonia insular


occidental1 en el período colonial corresponde a lo que podríamos de-
finir como migraciones forzadas, en la medida en que los españoles de
Chiloé los desnaturalizaron mediante compulsión, o porque los propios
indígenas lo aceptaron al no tener opción de decidir. Se trataba de indi-
viduos pertenecientes a distintos grupos étnicos, que los antropólogos,
arqueólogos e historiadores han integrado bajo la denominación común
de «grupos canoeros», a raíz de su modo de vida itinerante y su movi-
lidad en la búsqueda de alimento en el mar (mariscos, lobos marinos,
huevos de aves). El elemento material asociado a ese modo de vida era
la dalca, embarcación que permitía su desenvolvimiento en aquel mundo
bordemarino que habían construido como ámbito cultural2. Sus caminos
eran de mar, no practicaban la agricultura, no tenían ganado y, por lo
mismo, estos indígenas canoeros eran considerados por los españoles
de aquella época como el extremo de lo «incivilizado»3; de tal forma
que podríamos incluso decir que en este margen americano se produjo,
entre indígenas y españoles, aquella suerte de «alteridad radical» de la
que habla Todorov al referirse al primer encuentro taíno-colombino4.
Se trata, por tanto, de un caso, en el Pacífico meridional, de enorme

*
Este artículo es fruto del proyecto Fondecyt Regular n° 1120704, «La Patagonia
Insular en el período colonial: exploraciones, interacción europeo-indígena,
imagen y ocupación del territorio» (2012-2013).
1
El concepto «Patagonia insular occidental», para referirse al territorio aquí
tratado, lo recojo del antropólogo Daniel Quiroz, 1985.
2
Chapanoff, 2003.
3
Urbina Burgos, 2007: 337-338.
4
Todorov, 1987.

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María Ximena Urbina Carrasco

diferencia cultural entre los cortos grupos trasladados y la sociedad que


los recibe, la de Chiloé de los siglos XVI, XVII y XVIII.
La población indígena situada al sur de Chiloé era tan reducida
como lo permitían aquellas regiones tan hostiles a la habitabilidad
humana, tal como sabemos hoy. Pero desde el siglo XVI se imaginaba
que podrían ser cientos de miles de indios, según se pensaba en 1569
de las islas Guaitecas, por ejemplo. En el siglo XVIII se disipó esta idea
y los cálculos fueron más realistas, para concluir, grosso modo, que la
población del islario austral patagónico era tan escasa que los hombres
no eran sino detalles perdidos en esa abrumadora geografía.
La isla grande de Chiloé y sus tierras insulares y continentales ad-
yacentes actuaban como centro de esta periferia insular meridional, que
en los siglos coloniales comprendía hasta el estrecho de Magallanes y
que, nominalmente, eran tierras pertenecientes a la corona de Castilla.
Estaban bajo la administración de la provincia de Chiloé5, con su capital,
la villa de Santiago de Castro, fundada en 1567. Al sur de la isla grande
se extendía un mundo bordemarino de mar interior, entre los fiordos y
costas de la tierra continental y las incontables islas de una seguidilla
de archipiélagos, vinculados de norte a sur por los canales principales
de Moraleda y Messier. Las costas abiertas al Pacífico o mar exterior
eran aun menos frecuentadas por los españoles debido a la fuerza de las
mareas y el viento que las azotaba, por lo que el tránsito entre los puertos
del Pacífico (El Callao, Valparaíso, Valdivia o Castro) y el estrecho de
Magallanes o cabo de Hornos, se hacía siempre navegando en altura.

5
Vázquez de Acuña, 1993.

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Traslados de indígenas de los archipiélagos patagónicos occidentales...

Figura 1
Mapa del territorio entre Chiloé y el estrecho de Magallanes

Elaborado por Andrea Valverde C.

El golfo de Corcovado era un desafío para las dalcas, pero ya en


el siglo XVIII se podía cruzar sin mayores riesgos. Superado este hito,
se podía navegar muchas leguas sin hallar vestigios de vida humana.
A veces se divisaba el humo de sus fogatas, pero no se veía a la gente.
El tránsito a lo largo del canal de Moraleda era de una soledad abso-
luta, aunque no era diferente en las Guaitecas. En alguna ocasión, se

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María Ximena Urbina Carrasco

tropezaba con una dalca cuyos ocupantes huían a esconderse entre los
recovecos de la orografía, sin embargo, no faltaron las ocasiones en que ma-
nifestaron su hostilidad ante los extraños con gritos y lanzándoles piedras.
La condición de insularidad, el mar y las mareas, la poca elevación
del fondo del mar en los canales, el viento, la temperatura, la lluvia y
la ausencia de alimentos de la tierra, presentaban dificultad de acceso
e imposibilidad de permanencia a los españoles e hispanocriollos de
Chiloé. Todo eso era la antítesis de la geografía española y del modo
de vida hispánico, y actuaba como una frontera natural o barrera geo-
gráfica para su poblamiento, el que solo se concentró en el archipiélago
de Chiloé.
Esta provincia insular, por su parte, quedó escindida del resto del
reino de Chile como consecuencia del alzamiento mapuche y huilliche
que se inició en 1598, y que estableció –en la práctica– un Chile de paz
y uno de guerra, cuyo límite era el río Biobío. Chiloé quedó aislado no
solo por su lejanía de todo centro poblado, su altura en latitud y su
condición insular, sino también por la oposición de los indígenas llama-
dos juncos, que impedían la comunicación terrestre con Chile. A raíz
de esto, en Chiloé se fue conformando, en los siglos XVII y XVIII, una
sociedad particular, casi sin comunicación con otro centro español salvo
el barco, teóricamente anual, que llevaba el real situado desde El Callao
a la isla y que conducía otros efectos del comercio. Las encomiendas
de indígenas se mantuvieron hasta avanzado el siglo XVIII porque de
sus tributos en tablas de alerce, comerciadas por los vecinos con Lima,
se mantenía principalmente la provincia6. Los jesuitas se instalaron a
comienzos del siglo XVII para atender espiritualmente a unos indígenas
–veliches, payos, «chilotes» en general– que se consideraban «dóciles»,
y fundaron en las islas del mar interior lo que ellos llamaban «el jardín
de la Iglesia», representado por las numerosas capillas de madera que
se fueron construyendo en ese espacio7. Todo ello fue haciendo que la
existencia de esta «periferia meridional indiana» estuviese marcada por
la pobreza y el asilamiento8.
Los indígenas canoeros de los que hablamos habitaban todo el
ámbito patagónico occidental, al sur de Chiloé, lugares que nunca fue-
ron poblados por españoles. Era un amplio territorio, que aunque de
derecho pertenecía a España, de hecho era una inmensidad desconocida.

6
Urbina Burgos, 2004.
7
Moreno, 2008.
8
Urbina Burgos, 2012.

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Traslados de indígenas de los archipiélagos patagónicos occidentales...

El interés desde Chiloé por esa zona estuvo motivado por tres aspectos:
capturar individuos para ser vendidos –como «piezas» o esclavos–
en Chile; trasladar a otros a Chiloé para evangelizarlos; y, en tercer
lugar, desplegar un patrullaje de motivación geopolítica, destinado a
mantener cierta presencia en el territorio y averiguar sobre posibles
establecimientos extranjeros en él –particularmente ingleses–, temor
que iba aparejado con la sospecha de una posible alianza entre estos y
los indígenas patagónicos9.
Nunca, por lo tanto, hubo una política de ocupación del territorio
y de sometimiento general o sistemático de los indígenas, pues durante
todo el período colonial, e incluso en el siglo XIX, este espacio fue vis-
to como una frontera geográfica y cultural, un verdadero límite, en la
medida en que no era un territorio intermedio periférico entre dos áreas
centrales –como la frontera misional del Paraguay, por ejemplo10– y, por
lo mismo, solo comparable a la frontera norte de la Nueva España, la
cual se proyectaba, más allá de la gran Chichimeca, hacia vastedades
desconocidas11.
Ante la falta de atractivos económicos que justificaran la imple-
mentación del sistema colonizador castellano, la manera española o
hispanocriolla de comportarse frente a este territorio fue la de explotar
sus recursos en la medida de lo posible; y dentro de estas posibilidades
estaba, por cierto, el beneficio que se podía obtener de sus habitantes
al ser vendidos como «piezas». Por lo demás, esta modalidad de explo-
tación económica sin ocupación sistemática del territorio se prolongó
hacia el siglo XIX, que fue el período de la extracción de riquezas como
el alerce, el ciprés o la caza de la ballena y el lobo marino. El siglo XX
ha sido también de explotación de recursos, como la implementación de
la industria de la oveja o de los salmones, o las centrales hidroeléctricas,
aunque el proceso estuvo acompañado por la fundación de ciudades
y pueblos que responden más bien a una política de marcar presencia
por parte del Estado chileno en la región de Aysén, cuando se discutían,
a fines del siglo XIX y comienzos del XX, los límites con Argentina12.
Si se tiene que ser esquemático, diríamos que dentro de aquellos
«canoeros» estaban los grupos denominados chonos, quienes –según
los documentos coloniales– habitaban los archipiélagos de los Chonos

9
Urbina Carrasco, 2011.
10
Lockhart y Schwartz, 1992 (cap. 8: «Los márgenes»); Weber,1998.
11
Giudicelli, 2009.
12
Martinic, 2005.

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y de las Guaitecas, al sur de Chiloé. Más al sur del Golfo de Penas, era
el ámbito de una etnia que los españoles reconocían como distinta, la
caucahué –llamados «gaviotas» en el siglo XVII–, pero que era muy
similar a la de los chonos en términos de su cultura material y modo de
vida, definido, como hemos dicho, por la dalca. Sin embargo, es lógico
pensar que ambos grupos no tenían sectores de movilidad bien precisos,
y que probablemente también los chonos transitaban más al sur del
Golfo de Penas y los caucahués hacia el Canal Moraleda; y lo mismo
otros grupos de los que solo tenemos el nombre, como los guapastos,
huillis, taijatafes y calenches. Como pudo comprobarse con ocasión
del naufragio de la fragata inglesa Wager, en 1741, el archipiélago de
Guayaneco era un área de confluencia entre chonos, caucahués y quizás
otras etnias. El rector del colegio jesuita de Castro explicaba en 1744 la
movilidad de «los chonos o guaiguenes, [los que] han estado yendo y
viniendo toda la vida y todo este año yendo y viniendo, y proseguirán
yendo y viniendo»13.
Las etnias bordemarinas a las que nos referimos se movían por una
geografía más extensa que la prevista por las clasificaciones tradiciona-
les segmentadas que ha dado la historiografía. Los chonos coloniales,
incluso cuando se dice que están asentados en las islas del mar interior
de Chiloé, mantenían su forma de vida móvil, porque «el ir los chonos a
Guayaneco les es y ha sido siempre lícito –subraya el rector del colegio

13
«Carta de Pedro García, rector del colegio jesuita de Castro, al gobernador
de Chiloé Juan Martínez de Tineo» (Chacao, 7 de mayo de 1744), fj. 18. El
documento está contenido en el expediente –de 52 fjs., en papel sellado– sobre
un conflicto entre el gobernador de Chiloé y el colegio jesuita de Castro, de ese
mismo año, que se encuentra en el Archivo del Arzobispado de Santiago, Fondo
«Varios». Se trata de un expediente levantado por el gobernador de Chiloé
para hacer averiguaciones sobre el despacho de una embarcación tripulada por
caucahués, que los jesuitas de Chiloé hicieron al sitio del naufragio de la fragata
inglesa Wager, en el archipiélago de Guayaneco. Este despacho contravenía
la orden dada por el gobernador para que nadie fuese al sitio del naufragio a
coger el metal del barco, razón por la cual se hicieron dichas averiguaciones.
El documento no tiene clasificación en el Archivo del Arzobispado; se conoce
porque su antiguo encargado  se lo facilitó al padre Gabriel Guarda  O.S.B.,
presidente de la Comisión de Bienes Culturales de la Iglesia Católica, para que
conociera su valor, dada la rareza de su existencia. Después de su valoración se
hizo una copia del documento, con autorización del Archivo, la que fue utilizada
por el Dr. Rodrigo Moreno –colaborador del P. Guarda–, en su tesis doctoral
sobre los jesuitas en Chiloé, y la compartió  posteriormente  conmigo.  Dado
que el documento no tenía clasificación y se desconoce la que pueda tener en
la actualidad, en adelante lo citaremos como «Expediente AAS».

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Traslados de indígenas de los archipiélagos patagónicos occidentales...

jesuita–, porque aunque no son tierras suyas, son confinantes a las su-
yas, y siempre se han comunicado estos indios con aquellos, como que
son indios todos, aunque de distintos idiomas, y siempre han andado
revueltos», agregando que el recorrido de los chonos a Guayaneco es
«antiguo y anual»14.
Con el nombre de «chono» se aludía, entonces, al grupo de habitan-
tes de los archipiélagos de los Chonos y de las Guaitecas, pero además se
les llamaba indistintamente como guaiguenes, al menos para mediados
del siglo XVIII15. Era un grupo poco numeroso y también poco visible.
Sin embargo, también se les llamó así, por extensión, a los indígenas
que se encontraban en el área del Golfo de Penas y Canal Messier, si
bien se les consideraba distintos. Es decir, el concepto «chono» –tanto
para los «nuevos», conocidos a mediados del siglo XVIII a propósito
del naufragio de la Wager (los caucahués y otras etnias), como para los
conocidos desde antes– aludía a todas las individualidades étnicas del
desdibujado rompecabezas que existía desde Chiloé hasta Magallanes16.
Por lo mismo, se puede conjeturar que a los «nuevos» chonos también
se les considerase, por parte de los españoles de Chiloé, como objeto
de las razzias y sus consecuencias de esclavitud y sujeción.
Es muy probable, también, que los chonos hubieran ocupado antes
la isla de Chiloé y espacios circundantes, hasta que la entrada de los hui-
lliches, en sentido norte/sur, los desplazara hacia las islas meridionales,
pero también confinando una parte de ellos en el sur de la isla grande.
A la llegada de los españoles, este sector mostraba características dis-
tintas a la zona norte y centro de Chiloé, donde habitaban indígenas a
quienes se les llamó veliches, y cuyo lugar fue conocido como la «costa
de los Payos». A pesar que tenían otra lengua y diferente cultura que los
huilliches o veliches de Chiloé, los payos fueron encomendados y evan-
gelizados; con ello fueron perdiendo su fisonomía al estar en contacto
con los españoles que reconocían sus autoridades como «caciques» –ha-
bía «gobernadorcillos»– y a quienes prestaban servicios como aliados,
por ejemplo17. Este desplazamiento forzado de los chonos hacia el sur,
motivado por la intromisión de otra etnia, fue un proceso previo a la
llegada de los españoles. En adelante, los chonos –y, en general, los gru-
pos canoeros australes– van a ser desplazados forzosamente en sentido

14
Ibidem.
15
Cooper, 1946.
16
Álvarez, 2002.
17
Urbina Burgos, 2004.

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María Ximena Urbina Carrasco

contrario, hacia el norte. En este artículo nos detendremos, pues, en


las «piezas indígenas» provenientes de aquellos grupos canoeros y sus
traslados a lugares poblados de españoles, proceso en el cual podemos
distinguir dos períodos: las malocas esclavistas de fines del XVI hasta
finales del XVII –con captura de indígenas canoeros– y los traslados
con fines misionales, del siglo XVIII.

malocas y traslados forzados de chonos


Los chonos, conocidos por los españoles desde la expedición del
capitán Francisco de Ulloa, en 155318, fueron concedidos en encomienda
desde la fundación de Castro y ocupación del territorio, y pasaron por
cuatro sucesiones hasta la última, en 158619. No obstante, estos enco-
menderos deben haberlo sido solo de nombre, por la dificultad para
acceder a aquellas islas y de trasladarlos a Chiloé20.
Por su parte, tal como en las costas al sur de Chiloé, otras fronte-
ras del archipiélago –como la frontera «de Arriba» o junco-huilliche y
la de Nahuelhuapi– experimentan desde la fundación de Castro y los
inicios de la presencia hispánica en la isla y provincia la práctica de
las malocas, entradas o razzias, que eran una actividad común de los
españoles en América para mantener sujetas las fronteras con indígenas
en las etapas iniciales de la conquista y colonización. Esta modalidad de
guerra de desgaste a través de entradas rápidas con el fin de hacer daño,
fue frecuente en la zona mapuche y huilliche de Chile, con quema de
18
«Salieron del puerto de Valdivia el año de 1553, corrieron toda la costa de Chiloé
y descubrieron selvas de islas y el archipiélago de los Chonos, y otras muchas
habías y ensenadas. Trataron de coger tierra en una punta que llaman de San
Andrés, en 47 grados al sur, pero fueron recibidos de los indios con un torbellino
tan impetuoso de piedras, que muy a su pesar se retiraron bien aporreados y
malheridos. Subieron hasta 51 grados, reconocieron grandes aberturas y que-
bradas del mar, y acometiendo a entrar por una que estaba murada de altísimas
sierras nevadas, que verdaderamente era la angostura sombría del estrecho,
ventilaron sobre su conocimiento con cerrada porfía los pilotos y marineros,
especialmente un flamenco que había pasado en la jornada de Magallanes y
se preciaba de que conocía aquel paraje. Este aseveró no ser aquella la entra-
da. Venció su opinión a la de todos, y desatentados discurrieron por aquellas
mares hasta que no pudiendo contrastar con las tormentas, volvieron la proa
a Chile, y después de seis meses cogieron el puerto de Valdivia, sin más efecto
que el mérito de obedecer y el conocimiento de los archipiélagos de Chiloé y
los Chonos»: Rosales, 1989 [c.1670], I: 33 y 34.
19
Contreras (et al.), 1971: 37, nota 31.
20
Urbina Burgos, 2007: 327.

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siembras, destrucción de aldeas y capturas de indígenas para venderlos


como esclavos. La cédula de 1608, que permitió la esclavitud de los
indios de las provincias alzadas, no hizo más que regular una práctica
extendida en el reino21.
Los españoles de Chiloé practicaron las malocas contra los chonos
en la misma época en la que desde las ciudades más meridionales, como
Osorno y Valdivia, se actuaba en contra de sus márgenes no sometidos22.
Desde Chacao –fuerte, poblado y lugar de la principal feria de Chiloé– se
despachaban los barcos con los productos del comercio chilote y con in-
dígenas, los cuales eran vendidos como esclavos y que eran provenientes
desde las tierras «de junco y Osorno» –es decir, la tierra firme al norte
de Chiloé–, desde Nahuelhuapi, frontera nororiental de Chiloé, y desde
las islas del sur. Para las acciones en la frontera mapuche y huilliche se
empleaba profusamente el concepto maloca, de origen mapuche, nom-
brando así las expediciones de desgaste, de ambos bandos, con captura
de «piezas» y consecuencia de esclavitud. Y aunque la documentación
colonial de Chiloé habla de malocas contra los chonos, debió tratarse
de «correr la tierra» –para capturar individuos– y no «desgastar la
tierra» –destruyendo poblados y sementeras, por inexistentes. En el
estudio La población y la economía de Chiloé durante la Colonia, sus
autores concluyen que en la segunda mitad del siglo XVI:

[…] para satisfacer la demanda de mano de obra en el


centro y norte del país, los españoles de Chiloé no solo recu-
rrieron a la población que les había sido encomendada; sino
que, mediante campeadas y malocas, redujeron de hecho a la
esclavitud a indios rebeldes que habitaban al norte del canal de
Chacao y a grupos aborígenes que poblaban los archipiélagos
de los Chonos y Guaitecas23.

Dice Fernando Casanueva que los españoles de Chiloé «organi-


zaban periódicamente desde fines del siglo XVI incursiones esclavistas
entre los chonos, quienes eran transportados por mar y vendidos en
el centro del reino»24. En la Patagonia insular, al meridión de Chiloé,
las malocas significaron la recolección de individuos que, debido a la
enorme diferencia en cultura material, presentaban menos resistencia

21
Hanisch, 1981; Jara, 1971, cap. VIII.
22
Urbina Carrasco, 2009: cap. 1.
23
Contreras (et al.), 1971: 15.
24
Casanueva, 1982: 20.

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a la captura. La dificultad la imponía la geografía, especialmente la


navegación por el golfo de Corcovado y los embates frecuentes del mar,
y quizás eso impidió la desaparición total de los chonos en la primera
mitad del XVII. Como a poco de ser fundada Castro, que lo fue en 1567,
en una «entrada» al sur de Chiloé que hizo Diego Mazo de Alderete,
corregidor de Castro, se estimó en 200.000 los indígenas que habitaban
mas de 1.500 islas pobladas25, es posible suponer que en lo sucesivo
el número de capturas debió ser alto –aunque nada sabemos de cifras
por ser una práctica ilícita–, debido a que a mediados del siglo XVIII
su población apenas se estimaba en un par de centenas.
Cuando los jesuitas Melchor Venegas y Mateo Esteban llegaron por
mar a Carelmapu, en 1609, para hacerse cargo de la misión de Chiloé, y
aunque era solo una escala a su destino final de Castro, se detuvieron allí
más de un mes, sorprendidos –según Pedro de Lozano– por la magnitud
del negocio a que estaban entregados los soldados: «la inicua grangería
de comprar o vender indios» de las provincias fronterizas de Chiloé:
el área junco-huilliche y las islas de los chonos26. Ya instalados en la
capital chilota, estos misioneros se interesaron por visitar a los chonos,
acudiendo en esos primeros años a las islas Guaitecas donde conocieron
al indio Delco, a quien bautizaron como Pedro e hicieron de él un in-
terlocutor, distinguiéndolo como cacique27. Así, desde 1612 vemos a los
jesuitas activando las relaciones con los chonos y construyendo cuatro
capillas en esas islas con la intención de visitarlas regularmente; aquello,
no obstante, en la práctica no se concretó, pues las visitas misionales
fueron espaciadas y terminaron siendo casi nulas después de 163028.
Es probable que esto último haya ocurrido debido al escaso número
de indígenas que ya quedaban, disminuidos por las expediciones para
coger individuos, y por los pocos resultados de la evangelización. Aquí
puede verse la disonancia entre autoridades y vecinos, por un lado, y
misioneros jesuitas, por otro, en cuanto a la actitud sobre un mismo
grupo: unos la esclavitud, otros la evangelización.
Quizás los traslados de chonos no fueron solo con ocasión de la
captura de individuos en los archipiélagos. Interesados en la cultura
material de Chiloé, pudieron simplemente acercarse a los lugares po-
blados, donde eran capturados. El jesuita Juan del Pozo dice, así, que

25
Mariño de Lobera, cit. en ibidem.
26
Lozano, 1755, vol, 2: cap. IV: 35.
27
Quiroz y Olivares, 1988.
28
Urbina Burgos, 2012: 210.

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Traslados de indígenas de los archipiélagos patagónicos occidentales...

después de 1612 –es decir, después de la primera visita misional a las


Guaitecas– los chonos navegaban a Chiloé para conchabar con espa-
ñoles o indígenas, pero que por «la insaciable codicia de los españoles
por tener gente que les sirva, los repartieron de unos vecinos en otros
y los obligaron al trabajo de sus sementeras y tablazón»29.
Ahora bien, luego de la gran rebelión de 1598 y del forzado aban-
dono de todas las ciudades al sur del río Bíobío, las malocas se recrude-
cieron en los límites norte y sur del llamado «estado de Arauco»: desde
los fuertes de la frontera de Concepción, hacia el sur, y desde los de la
frontera de Chiloé –fuertes de Carelmapu y Calbuco–, hacia el norte.
Eran entradas de castigo por la rebeldía y el daño causado, con captura
legal de esclavos según lo amparaba la cédula de 1608. Esta última no
incluía a Chiloé, cuyos indígenas no se habían levantado, aunque se
aplicó al margen septentrional de la provincia, incluyendo el noroeste
o área del lago Nahuelhuapi. Hacia Nahuelhuapi, famosa fue la malo-
ca a los poyas y puelches ejecutada desde Chiloé en el año 1666, que
por el número de capturados y su condición de gentiles motivó cuatro
años más tarde la entrada misional a Nahuelhuapi del célebre jesuita
Nicolás Mascardi. Este llevaría de regreso al área del lago a 44 indíge-
nas puelches30, con el objetivo de fundar una misión ultracordillerana
atendida desde Chiloé. Mascardi fue muerto en 1673 y con ese hecho
se extinguió el intento misional por entonces.
Las incursiones de españoles, hispanocriollos e indios amigos al
sur del archipiélago de Chiloé para capturar individuos y venderlos
como piezas a los interesados que acudían a comprarlos a Chacao y
Carelmapu, eran una práctica ilegal. La justificación para la acción era
que con la esclavitud y el traslado se conseguiría la evangelización y
«desbarbarización» de los indígenas, que de permanecer estos en sus islas
no se conseguiría. Esta razón subyace en las correrías al margen sur de
la provincia de los siglos XVI y XVII. Los misioneros jesuitas lograron
en parte poner freno a la captura. Uno de los pocos datos con los que
contamos es el que consigna Juan Contreras y su equipo, quienes dan
cuenta de un caso de venta de indígenas por parte de otros indígenas. Se
trata de una denuncia de 1621, en plena época de las misiones jesuitas a
los chonos, en contra del cacique Diego, hijo de Francisco Delco, quien:

29
«Vida del celosísimo apostólico padre Juan del Pozo, fundador de la misión de
Chile» [1629-1639], Rosales, 1991 [c.1670]:137.
30
Rosales, 1989 [c.1670], II:1335-1336.

391
María Ximena Urbina Carrasco

[…] ha tomado tanta mano que anda vendiendo públi-


camente […] los chonos, sus sujetos, y entra a maloquear a
los de otras encomiendas para el mismo objeto, con notable
agravio y manifiesta injusticia de dichos indios [….] y todos
los navíos que salen de la provincia y los más de ellos van
cargados de chonos, allá los venden como esclavos31.

Durante la segunda mitad del siglo XVII, también los chonos na-
vegaban hacia el norte para atacar las islas del mar interior de Chiloé
y hacer daño a los indígenas hispanizados. La reacción desde Chiloé
fue atacarlos a su vez en sus islas, con la consecuencia de la captura de
«piezas» y su venta. Por ello, los ataques a los chonos eran amparados
y hasta fomentados por las autoridades de la provincia. Abraham de
Silva y Molina, autor de un manuscrito llamado «Historia de Chiloé»,
de 1899, cita documentos del Archivo Histórico Nacional de Santiago
en que consta que las «correrías» a los chonos eran fuente de méritos
para acceder a encomiendas de indios y otras mercedes, tanto por quie-
nes las ejecutasen como por sus descendientes. Es decir, las incursiones
«a los chonos» en la segunda mitad del XVII eran una actividad muy
valorada en Chiloé.
El jesuita Miguel de Olivares dice, refiriéndose a fines del siglo XVII,
que estas entradas al sur eran casi siempre en represalia por los ataques
que los llamados, genéricamente, chonos o «guaitecos» hacían en contra
de los indígenas sometidos por los españoles, los tributarios veliches,
que habitaban las islas más apartadas de la provincia, con el propósito
de cautivar mujeres y robar instrumentos de fierro, ponchos, dalcas,
alimentos diversos y ganado ovejuno, lo que tenía a toda la provincia
con «cuidado e inquietud»32. Por su parte, las malocas españolas les
«volvían la vez», llegaban a sus islas para castigar a sus habitantes, to-
mar a los «muchachitos» y conducirlos a Chiloé para servirse de ellos33.
En el juicio de residencia al gobernador de Chiloé Antonio Man-
ríquez de Lara (1680-1683) se le acusa de haber maloqueado a los
chonos sin justificación, lo que indica que estas acciones bélicas eran
valoradas si se hacían como respuesta a los ataques chonos. De orden

31
Contreras (et al.), 1971: 39, nota 49.
32
Abraham de Silva y Molina, «Historia de la Provincia de Chiloé bajo la domi-
nación española», ANH.FV, vol. 141, fj. 69. Silva y Molina refiere este asunto
cuando cita documentación de AHN.CG, vol 527 (sobre la oposición a la
encomienda de Nercón, en Castro, 1725).
33
Olivares, 1874 [1736]: 373.

392
Traslados de indígenas de los archipiélagos patagónicos occidentales...

suya fue el sargento mayor Miguel Sánchez de Lezana «a las tierras


de Allana, […] en los Chonos […] y el resultado de la expedición fue
maloquear 9 ó 10 piezas hembras y varones, los cuales despachó a la
ciudad de Santiago, menos 3 indios que dejó en su servicio». El objeto de
este viaje, además de coger piezas, era «ver si había ciudad poblada de
españoles por aquellos parajes», en alusión a los Césares34. Hasta fines
del siglo XVII sigue habiendo alguna noticia de estas malocas, porque
en tiempos del gobierno de Pedro de Molina (1692-1695), Fernando
de Asencio fue enviado por cabo de 60 hombres a castigar a los chonos
«que infestaban las costas de la provincia»35.
Más tarde, un testimonio de 1725 habla de tres expediciones hacia
las islas australes para castigar a los chonos «porque estos pasaban a la
isla de Chiloé a robarse ganado y a llevarse indias cristianas, quitando
la vida a los indios de Chiloé y quemándoles sus casas […]». Por esta
razón, Luis Álvarez de Bahamonde fue en su búsqueda en tres ocasiones.
En el tercer viaje, en que anduvo por todas las islas de los Chonos, «iba
por cabo de diez hombres», pero no pudo encontrar ningún indígena36.
Vemos así que, si bien los traslados fueron más frecuentes y masivos a
fines del siglo XVI y principios del XVII, seguían estando vigentes en las
primeras décadas del XVIII, como lo recuerda Fernando Casanueva al
hablar de esta «mutua guerra de malocas». Por último, contamos con
dos datos más sobre capturas a comienzos del siglo XVIII: el jesuita
Miguel de Olivares nos informa en 1736 «que hasta el año de 1706
sé que los chonos venían a maloquear a los de Chiloé, y los españoles
con los indios los salían a castigar y traían muchas piezas o personas
de mujeres y muchachitos prisioneros»37. Y, la información del hijo de
José Pérez de Alvarado, quien hizo saber –con cierta exageración– que
su padre, nacido en 1672:

[…] persiguió a los chonos hasta sus islas, sin dejar una sin
recorrer hasta cerca de Tierra del Fuego, rompiendo y talando
por muchas partes la Sierra Nevada, pasando hambres y fríos,

34
«Juicio de Residencia al exgobernador Antonio Manríquez de Lara, tomado
por su sucesor Antonio Ibáñez de Echeverri» (Castro, 30 de mayo de 1684),
ANH.FV, vol. 139, fj. 22.
35
Silva y Molina, «Historia de la Provincia…», op. cit., fj. 58. Silva y Molina cita
este documento en relación a la oposición a la encomienda de Henupuquén que
hizo Alonso de Asenjo en 1724, y lo refiere de ANH.CG. vol. 487.
36
Ibid., fj. 69, passim (sobre la oposición a la encomienda de Nercón, en Castro,
1725).
37
Olivares, 1874 [1736]: 373. También cit. por Casanueva, 1982: 20.

393
María Ximena Urbina Carrasco

manteniéndose con frutas silvestres y mariscos, dejando entre


las ramas sus ropas a pedazos en busca de asilos, hasta las
oscuras grietas y escondrijos, para guarecerse de las lluvias,
muy abundantes en esas regiones tormentosas38.

Se puede también sugerir que los chonos podrían haber vendido


su propia gente a los españoles39. O también a otros, si seguimos lo
que apunta Joseph Emperaire, quien, basándose en las fuentes de las
primeras expediciones misionales al sur de Chiloé, concluye que «los
misioneros mencionan a los huiles, es decir, gentes que vivían al sur del
golfo [de Penas], que serían los alacalufes, de quienes los chonos solían
apoderarse para utilizarlos como esclavos y venderlos a los españoles»40.
Puede advertirse, por lo tanto, cómo la presencia de los españoles en
el borde septentrional del litoral pacífico austral alteró las relaciones
entre los grupos canoeros. No podemos suponer que no haya habido
relaciones violentas y de captura de individuos inter-etnias antes de la
llegada de los españoles, pero sin duda la atracción de los chonos hacia
los elementos de la cultura material hispana alteró la situación anterior,
cualquiera que haya sido.
Todas estas prácticas –dice Casanueva– hicieron mermar «el con-
tingente humano de una sociedad primitiva que de por sí poseía, como
sabemos, una muy baja densidad demográfica»41. Así, hacia 1610, el
jesuita Melchor Venegas señala que la población de las islas Guaitecas:

[…] de pocos años a esta parte ha ido en grande disminu-


ción, porque por la minuta que se hizo, ahora 10 ó 12 años,
consta que había más de 15.000 varones de lanza, sin las
mujeres e hijos chiquitos, y ahora no hay más de 3.000 almas,
grandes y chicos, en toda la isla, a causa de las que han ido
sacando cada año los navíos que allá van, y solo ahora dos
años, con estar allí los de la Compañía que los estorbábamos
cuanto podíamos, sacaron al pie de 400 y los traen a vender
acá abajo [–es decir, en el fuerte de Chacao–]42.

38
Guarda, 2002: 239.
39
Urbina Burgos, 2007: 329.
40
Emperaire, 2002: 88.
41
Casanueva, 1982: 20.
42
«Carta annua de 1610» (5 de abril de 1611), en AA.VV., 1927 [1609-1614],
XIX: 108.

394
Traslados de indígenas de los archipiélagos patagónicos occidentales...

Los datos entregados por Venegas reflejan la dimensión cuantitativa


del tráfico, sin embargo, no podemos saber cuántos chonos específica-
mente había en los embarques a Chile de «indios de Chiloé» durante los
siglos XVI, XVII y XVIII. También, resulta en extremo difícil saber si los
individuos permanecían en la isla grande o si eran vendidos en Chile o
en Perú, aunque es lógico pensar que la venta fuera de Chiloé haya sido
el motivo de las capturas y traslados. Hay al menos una noticia para
1625, en que según carta de ese año de Giusepe de Vargas, vecino de
Castro, desde 1607 había algunos chonos en La Serena, Concepción y
Chillán43. Además, como hemos dicho, de las malocas esclavistas solo
se sabe por las oposiciones a encomiendas, porque esa actividad era
fuente de méritos, como se ve en los expedientes judiciales estudiados
en la obra de Gabriel Guarda44. No tenemos mayores datos, tampoco,
de la sobrevivencia de estos indígenas canoeros, a pesar que podríamos
presumir que si el desarraigo y el cambio de la dieta los hacía morir en
Chiloé, a pocas leguas de sus islas –como anota Jerónimo de Pietas y
Garcés para comienzos del XVIII–, es de suponer la suerte de los cho-
nos trasladados a Chile Central y Norte Chico45. Sin ir más lejos, ya el
traslado a la isla grande de Chiloé o a las de su mar interior implicaba
el cambio radical que significaba pasar de una vida errante y marítima
a una agricultora y concentrada en el corte de maderas.
La búsqueda de los Césares también fue motivo de entradas a las
Guaitecas y más al sur, en el siglo XVII. Los chonos eran conocedores
de las tierras de los confines de la provincia y por ello se hacían necesa-
rios para proyectarse a aquellos lugares, actuando como guías, remeros
y proveedores de alimento46. En todo caso, si bien todos los grupos
43
«Demanda presentada por el capitán Giusepe de Vargas, vecino encomendero
de Castro, en nombre de su hermana Catalina de Vargas, contra el teniente
Pedro Muñoz de Alderete y su mujer Catalina de Mendibi por la posesión de
una encomienda de Chonos» (Santiago, 1625), ANH.RA, vol. 1691, pza. 15,
fjs. 251-263v.
44
Guarda, 2002.
45
Urbina Burgos, 2012: 330.
46
Estas expediciones fueron las de Juan García Tao en 1620 (ANH.VG, vol. 9, pza.
16, fjs. 437-448); la expedición misional del jesuita Agustín Villaza, acompañado
del padre Gaspar Hernández, a «las islas de los Chonos», en 1623 (Techo, 2005
[1673]: 358-359); la misión de los jesuitas Venegas y del Pozo hacia los chonos,
en 1629 (Olivares, 1874 [1736]: 376-378; Ovalle, 2003 [1646]: 555); la del
alférez Diego de Vera hacia el estrecho de Magallanes, en 1639 (Rosales, 1989
[c.1670], I:105); la del capitán Rodrigo Navarro, en 1641 («Letras annuas de
la viceprovincia de Chile a nuestro muy reverendo padre general Gostino Nikel,
escritas por el padre Juan de Albiz, vice provincial de la viceprovincia de Chile

395
María Ximena Urbina Carrasco

interactuaron con indígenas, no podemos precisar si hubo individuos


capturados y conducidos posteriormente a Chiloé, salvo excepciones,
como la expedición de Juan García Tao en 1620, donde se habla expre-
samente de catorce «gandules» capturados: «las piezas que llevo son
para que el señor presidente se informe de ellos de lo que por acá»47.
Quizá como producto de estas entradas, pero sobre todo de otras no
documentadas –por no ser oficiales–, o, en general, como consecuencia
de la proyección española a aquellas islas, es que en 1710 un grupo de
166 chonos, sin previo aviso y sin mediar misión ni viaje jesuita a sus
islas, llegó al fuerte de Calbuco manifestando su deseo de vivir entre
españoles48. Esta llegada no podría atribuirse a la acción misional, sino
que decidieron que les convenía estar cerca de Chiloé49. Primero llega-
ron treinta familias «y después, viendo el buen trato que los jesuitas
les daban y que no les hacían trabajar», acudieron a la cercana isla de
Guar, que la autoridad reservó para su exclusivo asentamiento, «y a
otras dos islas más que la Corona había concedido a los jesuitas, hasta
200 familias compuestas de más de 500 indios», los cuales estuvieron
a cargo de dos misioneros50. Se les instaló fundamentalmente en la isla
desde el año de 657 hasta el de 1659»: ARSI.Ch, vol. 6, fjs. 282-282v); la del
sargento mayor Jerónimo Diez de Mendoza, en 1674 («El virrey del Perú, conde
de Castellanos a S.M., 8 de abril de 1675: ANH.G-M, vol. 17, pza. 187); la de
Bartolomé Diez Gallardo, en 1674-1675 (Anuario hidrográfico de la Marina
de Chile, vol. XIV: 525-537, manuscrito en ANH.VG, vol. 7, pza. 4); y la de
Antonio de Vea, en 1675-1676 (AMNM, Colección Fernández Navarrete, Ms.
199, fjs. 576-619).
47
«[…] y cautivando 14 gandules y algunos indios buzos para con ellos sacar
algún marisco, y los gandules que me bogaron y ayudaron a llevar algún trabajo
a los amigos»: ANH.VG, vol. 9, pza. 16, loc. cit.
48
La última expedición oficial al sur de Chiloé había sido en el verano de 1675-
1676, treinta años antes.
49
Fernando Casanueva dice que esta situación se debió «más que a la persuasión
y a los agasajos de los misioneros, al hecho que los chonos comenzaron a sufrir,
además de las malocas de los españoles y chilotes, los ataques de los alacalufes
(caucahués), nómadas del mar como ellos, quienes vivían en los archipiélagos
de más al sur, en respuesta a las propias malocas que los chonos habían co-
menzado a hacerles para venderlos en Chiloé», aunque no refiere el dato de
estas. Si bien no constan expresamente en las fuentes, agrega que las capturas
de indígenas eran consecuencia de la presencia de los españoles en Chiloé,
quienes las habían impulsado entre los grupos a través de guerras de malocas,
lo que habría redundado en que «las sociedades primitivas mas débiles debían
buscar el apoyo, bajo condiciones de sumisión, de los blancos, para resistir el
ataque combinado de estos mismos y de otras sociedades primitivas más fuertes
y numerosas (chilotes y caucahués)»: Casanueva, 1982: 21.
50
Ibidem.

396
Traslados de indígenas de los archipiélagos patagónicos occidentales...

de Guar pues era un lugar despoblado y ubicado en el sector norte del


archipiélago, cercano al fuerte y pueblo de Calbuco. Los jesuitas obtu-
vieron la tutela sobre ellos, convirtiendo a la isla en una reducción que
fue declarada como misión bajo el título de San Felipe de Guar, según
cédula de 1717. Como neófitos, no quedaron sujetos a encomienda ni
tributación, aunque se intentó hacerlos vivir a la manera española y
transformarlos en sedentarios y agricultores51.
No obstante, no se vieron los frutos esperados. Más aún, incluso
se detectaron abusos cometidos con los neófitos chonos, como el de-
nunciado contra un jesuita en 1722. Se trata de una carta del presbítero
Bernardo Cubero donde acusa a los miembros de la Compañía de
desatender a los indígenas de la misión, destacando el caso del padre
Arnaldo Jaspers, quien en su presencia dio «grandes castigos» a algunos
de ellos, sin causa ni motivo. Además, Jaspers habría abandonado la isla
llevando consigo «algunos de estos indios a una estancia de posesión
de la Cía. de Jesús52, para que la trabajasen, por cuya razón los más de
los chonos, que serían 600, de los cuales bauticé yo –dice Cubero– más
de 200, y el rigor expresado del P. Arnaldo, fue causa de que los más
se volviesen a la antigua infidelidad y no quieren admitir a los PP de la
Cía. de Jesús por misioneros»53.
Esta puede haber sido una de las razones por las que, ya antes de
1720, los chonos habían ido abandonando la misión, regresando a sus
antiguas islas o instalándose en otras, como Quiapu, Apiao, Chaulinec y
otras adyacentes a Quinchao. Pocos quedaron en Guar. Según Rodolfo
Urbina, la razón de esta «deserción» está en que en Guar quedaron
expuestos a los españoles, hispanocriollos, mestizos o indígenas de
Chiloé, pues dicha isla estaba en la ruta que utilizaban quienes iban
a la tala del alerce en la cordillera de los Andes54. Reaccionando ante
estos abandonos, los jesuitas decidieron, en los años treinta, trasladar
la misión desde Guar hacia Chequián, punta en la isla de Quinchao,
en el centro del mar interior de Chiloé, donde la actividad misional se

51
Urbina Burgos, 2012: cap. 6. Desde 1740 esta misión fue atendida desde la
residencia de Achao.
52
La Compañía tenía cuatro estancias en Chiloé: Lemuy, Meulín, Chequián y
Chonchi.
53
«Carta de don Bernardo Cubero, presbítero misionero, al Papa» (Lima, 22 de
septiembre de 1722), Archivo Storico Della Sacra Congregazione de Propaganda
Fide (Roma), Scritture riferente nei Congressi, America Meridionale, vol. II, fjs.
107v-110, cit. por Casanueva, 1982: 21.
54
Urbina Burgos, 2007: 339.

397
María Ximena Urbina Carrasco

tradujo, en la práctica, en que un sacerdote recorría las islas vecinas


visitando a los chonos que no estaban reducidos a pueblo y mantenían
su movilidad55. La visita que realizó en 1741 el obispo de Concepción,
Pedro Felipe de Azúa, a cuya jurisdicción pertenecía la diócesis de
Chiloé, comprobó la escasa cantidad de chonos en Chequián e islas
adyacentes, donde nunca se logró un pueblo formal, ni casas ni calles.
Debido a la inoperancia del asiento misional, el obispo sugirió el cambio
de residencia del superior a Chacao, para atender tanto a los españoles
como al grupo de chonos que seguía en Guar, lo que, al menos para
1744, aún no se había concretado56.

Traslados misionales de grupos canoeros


En 1741, el naufragio en una isla del archipiélago de Guayaneco, al
sur de Chiloé, de la fragata de guerra inglesa Wager, que era parte de la
flota de George Anson que zarpó en 1740 con el objetivo de atacar las
posesiones españolas en el Pacífico sur, trajo consecuencias múltiples57.
Los cuatro sobrevivientes que lograron llegar a Chiloé luego de más
de un año de ocurrido el naufragio, dieron cuenta de la existencia de
indígenas que parecían no conocer a los españoles y a quienes distin-
guieron de los chonos, pues estos, entre otras cosas, apreciaban el hierro
rescatado de la fragata para comerciarlo con los de Chiloé. Los jesuitas
pronto se pusieron en actividad para organizar la primera expedición
hacia estos «nuevos» indígenas con el objetivo de evangelizarlos, pero
también para conseguir al menos parte del hierro del naufragio –la
fragata llevaba 28 cañones de bronce y de hierro–, material casi no
disponible en Chiloé y por lo tanto muy valorado58.
De esta forma, en 1743 el jesuita Pedro Flores hizo que un grupo
de chonos de los estantes –al menos temporalmente– en la isla de Che-
quián lo llevara al sitio del naufragio, desde donde trajo consigo un
grupo a los que en la documentación se les llama en ocasiones chonos,
también guaiguenes y en otras caucahués59. Pero los «nuevos» chonos
que habían tenido relación con los náufragos ingleses en Guayaneco,
55
Moreno, 2008: 195.
56
Así se ve en el citado «Expediente AAS».
57
Carabias, 2009; Urbina Carrasco, 2011.
58
Urbina Carrasco, 2015.
59
El «Expediente AAS», op. cit., aporta valiosa y desconocida información sobre
la interacción hispano-chona, y sobre todo hispano-caucahué en Chiloé y el
área de Guayaneco.

398
Traslados de indígenas de los archipiélagos patagónicos occidentales...

en realidad no eran nuevos. De hecho, en Chiloé fueron denominados


caucahués, tal como se les había llamado en el siglo XVII cuando fue-
ron avistados en exploraciones, recibiendo ese nombre por parte de
los mismos indígenas acompañantes de los españoles: caucau, es decir,
gaviotas, porque se asoció su manera de comunicarse verbalmente con
el sonido gutural de las gaviotas. Estos caucahués hablaban otra lengua
e incluso de ellos se decía en el XVIII que eran «de tan remotas islas
que median dos distintos idiomas al suyo»60.
Por cierto, desde un comienzo se pensó en su traslado: «civilizarlos»
en su dispersión era imposible; reducirlos en algún punto de la inmen-
sidad de la Patagonia era impracticable, por la dificultad de reunirlos
y de mantener misión en lugares apartados de las zonas pobladas por
españoles, como había quedado demostrado con la frustrada misión
de Nahuelhuapi61. Sin mediar discusión ni autorización respectiva, se
puso en práctica el traslado a Chiloé desde 1743. Aunque se hablaba de
«multitud de almas», en la práctica los jesuitas pudieron relacionarse
con grupos indígenas muy poco numerosos. Se les consideraba dóciles,
porque pudieron concretarse traslados, y por lo mismo no se refiere
que se haya aplicado la fuerza física; más bien se habla de una política
de agasajos y regalos62. Desde el punto de vista español, y siendo el
objetivo la evangelización y «civilización», la desnaturalización de
estos neófitos se veía como algo natural y lógico para tal objetivo. Por
60
Ibid., fj. 19. La frase alude, al parecer, a la existencia de una lengua chona y a
otra guaiguen.
61
Urbina Carrasco, 2008.
62
Por ejemplo, en la expedición misional de los franciscanos Benito Marín y Julián
Real, 1778-1779, el método se explica así: «pero a media tarde dieron con los
gentiles que venían en 5 piraguas. Luego que les vieron enarbolaron bandera y
arribaron sobre ellos. Ganaron tierra y se presentaron armados con sus lanzas,
y fue tanta la gritería que hicieron que no daba lugar para que fueran oídos
los prácticos que les hablaban. Despidieron también algunas piedras, pero sin
que se recibiese daño alguno. Al fin se acercaron y saltaron a tierra, y dándoles
señales de verdadera paz y amistad, se llegaron a ellos y los obsequiaron con
bayeta que llevaban para este fin, y algunas chaquiras y abalorios con lo que
se dieron por muy satisfechos. Fueron luego algunos marineros a pescar y de lo
que trajeron dieron también a los gentiles. Pasaron allí la noche pero con cen-
tinelas vigilantes para evitar todo malicioso engaño, y permanecieron en aquel
sitio todo el siguiente día empleados en atraer a aquellos infelices y ganarles la
voluntad con amor y suaves persuasiones por medio de los prácticos inteligentes
de su nativo idioma»: «Fr. Benito Marín y Fr. Julián Real. Expedición de estos
misioneros del colegio de Ocopa a los archipiélagos de Guaitecas y Guayaneco
en solicitud de los indios gentiles, 1778-1779», ANH.VG, vol. 7, pza. 8, fjs.
389-420.

399
María Ximena Urbina Carrasco

otro lado, lo que se pretendía con ello era evitar que estos «nuevos»
indígenas se aliaran con enemigos ingleses y les prestaran auxilio para
apoderarse del reino de Chile, sobre todo considerando que fueron los
mismos ingleses quienes advirtieron de su existencia. Dejar el territorio
despoblado era, por lo tanto, dejarlos sin apoyo logístico vital en el caso
de recalar en aquellas costas, como había quedado demostrado con el
naufragio de la Wager.
El primer grupo de trasladados a Chiloé por el jesuita Flores y los
indígenas de la expedición –remeros, guías y mujeres buzas–, desde el
sur del golfo de Penas, entre marzo y mayo de 1743, estaba constitui-
do por treinta indígenas distribuidos en seis dalcas63. Este grupo era
valorado como «preciosas margaritas» y se reconoció como cacique
a «don Ignacio Assilacui», quien, sin comprender el sentido del acto,
rindió «obediencia y vasallaje» al rey en la persona del gobernador de
Chiloé, en Chacao64. Se les asentó en la isla de Chaulinec, en el sector sur
del mar chilote, alejados de Castro u otro centro poblado español para
que no les pasara lo mismo que a los chonos de Guar, dos décadas atrás.
Eso sí, en Chaulinec había ya chonos asentados, parte de los antiguos
de la isla Guar, que –según se desprende de la corta documentación–
fueron considerados como intermediarios ante los nuevos habitantes
y, suponemos, también en la labor de facilitar su ambientación en un
modo de vida sedentario y agrícola. Advertimos, por lo tanto, el uso
que se da a unos indígenas para «atraer» a otros indígenas, tanto en
la socialización como en las razzias esclavistas y correrías misionales65.
En el verano siguiente, desde fines de 1743 hasta febrero de 1744,
se llevó a cabo la expedición del sargento mayor de Chiloé Mateo Abra-
ham Evrard, compuesta por 160 personas y 11 piraguas, y destinada
a recuperar la artillería del barco inglés naufragado en Guayaneco.
Si bien se ha perdido el diario y el mapa de la expedición, y hay solo
breves menciones de ella, podemos constatar que al llegar a su destino
el grupo interactuó pacíficamente con los indígenas locales66, e incluso
Evrard hizo una nueva toma de posesión y recibió el juramento al rey
de su parte67. Se sabe que estos «parlamentos» se hicieron cuando entró

63
Urbina Carrasco y Chapanoff, 2010.
64
«Expediente AAS», fj. 19, loc. cit.
65
Ibidem.
66
Amat y Junient, 1928 [1760]: 418. Dice: «celebró un parlamento con todas
aquellas naciones».
67
Juramento «de ser leales vasallos a Su Majestad Católica, y que por ningún
caso saldrán de la Corona de Castilla y León bajo de cuyo amparo y patrocinio

400
Traslados de indígenas de los archipiélagos patagónicos occidentales...

«a la ensenada de los caucaos» (cauachués), y que esto fue después de


sacada la artillería de la Wager. Como resultado, dice el documento,
«reducidos muchos, los trajo consigo a Chiloé», sin precisar nada más68.
La «nueva» toma de posesión y el juramento de fidelidad podía ser
reiterativo, pero era un acto necesario para que ninguna nación extran-
jera pudiese alegar posesión y para intentar asegurar que los indígenas
no se aliaran o vincularan con foráneos. No se menciona en ningún
momento que haya viajado con él jesuita o religioso alguno, aunque es
factible suponer que fue con ellos, nuevamente, el padre Pedro Flores.
Entonces, en las islas de Chaulinec, Cailín, Chelin y otras cercanas
coexistían distintos grupos: los chonos antiguos de Guar, de 1710, y
los caucahués u otras etnias trasladadas en 1743 y 1744. Compartían,
en general, el modo de vida, pero hablaban lengua distinta. Más que
una misión, se trataba de la residencia del padre superior, en la punta
de Chequián, isla de Quinchao, sacerdote que debía visitar las citadas
islas. Pero los indígenas no tenían residencia fija ni menos aún había
poblado, y su geografía no se había reducido.
Tampoco se concretó, por su parte, el plan que el obispo Azúa
había planteado en 1741, antes del «descubrimiento» de los caucahués,
de trasladar la misión de Chequián a Chacao, que era antiguo pueblo
y fuerte. Permanecieron en Chequián los jesuitas, a pesar que la junta
de misiones, celebrada en Concepción en 1744, acordó el cambio.
Probablemente, se deba a la instalación de los caucahués en Chaulinec,
cerca de Chequián, como consecuencia del viaje jesuita del verano de
1743-1744. Ahora bien, un par de meses más tarde, en mayo de 1744,
el gobernador de Chiloé, Juan Martínez de Tineo, mandó formar ma-
trícula de los indios de Chaulinec, de la cual se desprende que había
81 individuos y 6 dalcas. El número se desglosaba, según información
del procurador de los indios guaiguenes, Diego Chaneu, en 40 hombres
mayores, 10 muchachos menores y 31 mujeres de todas las edades69.
En ese mismo año, por su parte, en la isla de Cailín había 50 personas
–20 varones mayores, 9 indios menores y 21 mujeres– de acuerdo a
la declaración de su gobernador indígena, Martín Olleta, aunque este
incluyó también a «los que viven en las islas más remotas […] donde
solo ellos transitan, como es Guapiquilán, Quilán, y otras islas»70.

están»: «El gobernador de Chiloé, Antonio Narciso de Santa María al presidente


Ortíz de Rozas» (Chacao, 30 de enero de 1750), AGI.Ch, vol. 98.
68
Amat y Junient, 1928 [1760], passim.
69
«Expediente AAS», fj. 41v.
70
Ibidem.

401
María Ximena Urbina Carrasco

Estos indígenas numerados en Chaulinec y Cailín eran neófitos no


encomendados, nombrados como guaiguenes. En la misma diligencia se
dio un número de los indios cercanos «al Desecho» –es decir, el istmo
de Ofqui71– que no vivían en el archipiélago de Chiloé, a pesar que con
este acto de numeración a cargo de un cacique de los suyos se les con-
sideraba incorporados a la Corona. Don Ignacio Astillaco, gobernador
de los caucahués, «de las Guaitecas, sita al desecho que va al paraje de
Guayaneco» –el área del citado istmo–, dijo que había 20 indios ma-
yores, 25 indios menores, 30 indias mayores y 15 indias menores, «y
que aunque hay muchos indios habitantes por aquellos parajes, no los
conoce por estar ultramarinos de donde reside [–Astillaco–]»72.
Es decir, los indígenas recientemente trasladados que vivían en
Chaulinec eran llamados guaiguenes y estaban a cargo de un procu-
rador –indígena–, Diego Chaneu; los de Cailín, por su parte, eran 50,
probablemente chonos por estar a cargo de Martín Olleta, que en la
misma fuente es reconocido como «cacique de nación chono» y que,
españolizado, fue el que condujo a los ingleses a Chiloé; y los caucahués,
cuyo cacique era Ignacio Astillaco, que se les menciona como viviendo
en el área del Desecho y no en Chiloé73. Al menos Olleta y Astillaco
necesitan intérprete en Chiloé, pero no sabemos de Chaneu, a pesar
que suponemos que también.
Los recién trasladados caucahués –o de otros grupos «nuevos»–
serían utilizados por los jesuitas para ir en busca de más individuos,
como en la segunda correría misional que se ejecutó en el verano de
1744-1745, por los padres Baltasar Huever y Javier Esquivel, quienes
regresaron con 40 personas74. Se ha dicho que los indígenas del área de
Guayaneco trasladados en mayo de 1743 por el jesuita Flores fueron
instalados en la isla de Cailín, en la costa de los payos, porque años
después era Cailín la isla poblada por la «nueva» etnia caucahué. Sin
embargo, el documento que hemos venido citando, del Archivo del
Arzobispado de Santiago, muestra que esas personas fueron dejadas en
Chaulinec. Años más tarde, se les pobló en Cailín y se siguieron dejando
allí los nuevos individuos recogidos por los religiosos en sus correrías

71
Urbina Carrasco, 2010.
72
«Expediente AAS», fj. 41v, loc. cit.
73
Ibidem.
74
Informe del obispo de Concepción sobre el estado de su diócesis (1757), AGI.
Ch, vol. 150. En la «Instrucción y noticia hecha por el gobernador Ortíz de
Rozas a su sucesor Manuel de Amat», se lee que el grupo condujo a Chiloé 40
personas: BN.BM.Mss, vol. 188, fjs. 4-5, cit. en Urbina Burgos, 2012: 213.

402
Traslados de indígenas de los archipiélagos patagónicos occidentales...

misionales. La razón debe ser la decisión de alejarlos de los españoles,


hispanocriollos u otros indígenas, como los chonos.
En 1755 había en Cailín, según un informe, 200 indígenas que
construían casas y practicaban la agricultura. Se dice allí que se ave-
nían mejor que los chonos al modo de vida español y que no residía
ningún religioso con ellos, sino que eran atendidos por el misionero de
Santa María de Achao, Javier Esquivel75. Precisamente, por este «buen
natural», es que desde 1757 se solicitó la fundación de una misión en
Cailín –que incluía a las islas de Apiao y Chaulinec– con dos misio-
neros y respectivo sínodo, lo que se concretó en 1764, año en que fue
aprobada por acuerdo de la Junta de Poblaciones. La petición, según el
plan del jesuita Juan Nepomuceno Walter, proponía que desde Cailín se
hicieran entradas con los mismos caucahués al Estrecho de Magallanes
con el fin de reducir a nuevas naciones, para lo que también se pidió un
sínodo adicional de cien pesos por cada año que se hiciesen entradas.
Así, la proyectada misión de Cailín fue pensada como cabeza de puen-
te de la evangelización hacia el Estrecho por la costa, desde donde se
llegaría a descubrir «muchas gentes de españoles, extranjeros e indios,
y abrir camino para nuevas misiones y reducirlos a nuestra santa fe»76.
El objetivo era establecer una misión en Tierra del Fuego, asegurada
con uno o dos fuertes, para atender espiritualmente a los indígenas
y prestar asistencia a los barcos españoles en el cruce interoceánico.
El proyecto de alcanzar Tierra del Fuego con una misión se lograría
saliendo desde Cailín, por mar, y desde la de Nahuelhuapi, por tierra,
porque –decía Walter–:

[…] no hay duda que fuera mayor el adelantamiento de


la cristiandad, pues entonces en esta tan dilatada mies se co-
giera a dos manos el fruto, porque esta misión de caucahués
enviará sus operarios por mar siguiendo la costa […] y la de
Nahuelhuapi enviará por la opuesta parte los suyos por tierra,
siguiendo las pisadas del venerable padre Mascardi que por
los años 1670, corrió estas incultas tierras hacia el Estrecho
predicando, aunque de paso, el Evangelio a innumerables
gentes77.

75
Informe del obispo de Concepción… (1757), ibid.
76
«Informe de Nepomuceno Walter» (Santiago, 9 de enero de 1764), AGI.Ch,
vol. 240.
77
Ibidem.

403
María Ximena Urbina Carrasco

En 1760, cuatro años antes de la fundación formal de la misión de


Cailín, caucahués estantes en esa isla fueron utilizados para una nueva
expedición en busca de indígenas en Guayaneco, y lograron conducir
hasta Chiloé a trece individuos que se identificaron como de «naciones»
distintas, denominadas como taijataf y calenche: eran ocho adultos y
cinco párvulos78. Siempre se trata de números reducidos y de allí que
se hable de las «preciosas margaritas». Por entonces, las misiones de
neófitos en Chiloé eran tres: una de chonos y otra de caucahués –cada
una con su sínodo y misioneros–, además de la misión de payos –pero
que era de indígenas encomendados–, y cuya sede estaba en la villa de
San Carlos de Chonchi, fundada también en 1764.
En el verano de 1766-1767 se llevó a cabo la primera salida «hacia
el Estrecho» desde la ya fundada formalmente misión de Cailín, ex-
pedición a cargo del jesuita Pedro García, compuesta por 5 españoles
y 34 caucahués, y que regresó con 15 personas de las naciones huilli,
taijataf y calenche79. Por lo tanto, vemos que en Cailín convivían estas
tres «naciones» junto a chonos y caucahués, sin que podamos conocer
alguna característica de los tres primeros grupos, salvo su nombre.
Aunque eran de distinta lengua, todos compartían el modo de vida
canoero, el estar exentos de encomienda y tributo, y el ser objeto del
interés jesuita por evangelizarlos. Como mucho, en la misión de Cailín
se aprecia una vida «sedentaria» aunque estacional. Eran más las espe-
ranzas de los misioneros que la realidad de sus logros. El traslado y la
reducción de la geografía fue una ilusión, tal como lo fue el fracaso de
Guar, incluso siendo los chonos un pueblo antiguo conocido y el haber
ido estos voluntariamente. La expulsión de los jesuitas en 1767, por su
parte, paralizó el proyecto de Juan Nepomuceno Walter, que igualmente
hubiera significado trasladar indígenas canoeros al lugar de la misión,
así como el de una entrada anual hacia el Estrecho.
Pronto, en 1771, los franciscanos que llegaron a ocupar su lugar
restablecieron la misión de Cailín y retomaron el proyecto original
de «coger a dos manos el fruto» en «tan dilatada mies» –como dijo
Walter–, con constantes traslados de neófitos caucahués en los años
siguientes. En su expedición misional del verano de 1778-1779, los
franciscanos Benito Marín y Julián Real partieron desde Castro, en tres
piraguas –una grande y dos pequeñas–, con «prácticos de los sitios que
intentaban reconocer, y del idioma de los gentiles que iban a buscar, y

78
De esto habla Nepomuceno Walter: Ibidem.
79
García, 1811 [1766-1767].

404
Traslados de indígenas de los archipiélagos patagónicos occidentales...

piloto que con seguridad les condujese a aquellas remotas islas». Como
marineros de las piraguas, «diligenciaron de los naturales de Chiloé los
que contemplaron más útiles» para tal trabajo. Regresaron a esta isla
desde el área del canal Messier, con 11 individuos, de un grupo de 33
con los que habían mantenido contacto80. Al año siguiente, en 1780,
fray Francisco Menéndez y fray Ignacio Vargas regresaron a Chiloé con
indígenas que encontraron en el área del golfo de Penas, donde «nos
desembarcamos [–dicen los frailes–] y habiéndoles obsequiado dieron
palabra de venir con nosotros. Eran 31 los que se juntaron en 4 dalcas,
dos eran de los del año anterior y los otros habían venido del sur»;
aunque, como en El Desecho, una mujer dio a luz, por lo que los que
llegaron finalmente a Chiloé fueron 3281.
Fuera de la documentación anterior no hay más datos de búsquedas
misionales, por lo que podemos suponer que, debido al corto número,
los franciscanos desistieron del esfuerzo. Suponemos también que los
trasladados nunca se acomodaban a su nueva situación y volvían a sus
islas o iban muriendo. Moraleda, en 1790, vio 22 familias chonas en
la isla de Apiao, la cual era más poblada que Chaulinec. Y estos son
los últimos datos, excepto el que aporta Ortíz-Troncoso, citando a
John Cooper para un siglo más tarde, en que «un navío encontró una
familia aparentemente del mismo grupo en 1875, entre la isla Ascensión
y las Guaitecas, información imposible de verificar en cuanto a que se
trate realmente de representantes de esta etnia»82. Podríamos hacer un
intento de conjetura haciendo alusión a la información que nos aporta
Annette Laming-Emperaire para 1940, donde habla cómo los kaweskar
colocados en Puerto Edén, y al amparo de una base militar donde se les
prestaba asistencia, morían de contagios, se iban, o eran abusados por
los chilotes83. Si eso ocurría en una fecha tan distante de nuestra época
de estudio, y en un contexto donde nadie les exigía cumplir con ritos
religiosos ni trabajar, es de suponer que a fines del XVIII, y conviviendo
80
«Fr. Benito Marín y Fr. Julián Real. Expedición de estos misioneros del colegio
de Ocopa a los archipiélagos de Guaitecas y Guayaneco en solicitud de los
indios gentiles, 1778-1779», ANH.VG, vol. 7, pza. 8 (1), fjs. 389-420.
81
«Expedición hecha a los archipiélagos de Guaitecas y Guayaneco por los re-
ligiosos misioneros padres Fray Francisco Menéndez y el padre Fray Ignacio
Vargas, en solicitud de la reducción de gentiles a fines del año 1779 y principios
del de 1780, según consta de la carta escrita al Padre Fray Julián Real por el
citado Fr. Francisco Menéndez, que es como sigue», ANH.VG, vol. 7, pza. 8
(2), fjs. 421-427.
82
Ortíz-Troncoso, 1996: 142.
83
Laming-Emperaire, 2011.

405
María Ximena Urbina Carrasco

con chonos y otros indígenas de Chiloé, sin asistencia sanitaria ni de


alimentación, hayan perecido más fácilmente o hayan regresado a sus
movimientos.

Conclusiones
La provincia insular de Chiloé actuó presionando a las poblaciones
indígenas de sus márgenes o fronteras para contener posibles ataques
y obtener recursos económicos. Hacia el sur, en una geografía pobla-
da de islas, canales y fiordos, los españoles de Chiloé no ocuparon el
territorio sino que se proyectaron en expediciones marítimas durante
todo el período colonial, lo que hace posible hablar de los archipiélagos
australes como una «frontera móvil» de Chiloé84.
Esta proyección hacia la Patagonia occidental insular significó la
explotación de sus recursos, que durante los siglos coloniales –pero
sobre todo en los siglos XVI y XVII– se tradujo casi exclusivamente
en la provisión de indígenas para ser vendidos como «piezas». Las
distintas individualidades étnicas que poblaban el mundo bordemarino
austral –varios grupos, de los que solo tenemos alguna descripción para
los chonos y caucahués– fueron visitados y trasladados a Chiloé, ya
sea para ser vendidos como esclavos –contraviniendo la legislación– o,
en el siglo XVIII, trasladados como sujetos de misión. No se pensó en
ocupar el territorio insular, fundar villa, fuerte o misión e incorporar
in situ a los indígenas «canoeros» a la cristiandad, sino sacarlos de lo
que se consideraba lejanía y geografía hostil, y trasladarlos a Chiloé.
La desnaturalización, traslado y relocalización fue la modalidad de
relación con los indígenas bordemarinos del sur.
La provisión de «piezas» era a través de malocas que, desde la
segunda mitad del siglo XVI y durante todo el siglo XVII, cada tantos
años se hacían a las islas del sur de Chiloé, con la ayuda de los indios
ya hispanizados, para coger individuos y venderlos en los puertos de
Chiloé. Esto era una práctica ilegal, por cuanto la esclavitud había
quedado prohibida por las Leyes Nuevas de 1542, y porque la Real
Cédula de 1608, que permitía la esclavitud de los indios de las provincias
alzadas de Chile, no comprendía a los del sur de Chiloé. Esta práctica
se sostenía en el supuesto de las entradas punitivas como forma de
mantener quietas las fronteras con indígenas no sometidos, y donde el

84
Hanisch, 1982.

406
Traslados de indígenas de los archipiélagos patagónicos occidentales...

traslado y venta permitiría su cristianización, aunque fuese a costa de


su servidumbre. Era, además, una entrada de recursos para individuos
que habitaban una provincia pobre, alejada y carente de oportunidades.
La documentación no permite calcular el número de sujetos de
los grupos canoeros australes trasladados como «piezas» vendibles
en Chiloé, no obstante, es de suponer que el volumen fue alto en pro-
porción a la cortedad de población originaria. La presencia española
provocó un impacto profundo en las etnias bordemarinas, por su venta
como piezas y asentamiento en Chiloé, Chile o el Perú. Tampoco hay
información sobre el destino final de los chonos maloqueados, pero es
posible conjeturar que, para hacer rentable la operación, se vendiesen
en Chile o en el Perú85; o que también fuesen trasladados a las islas del
mar interior de Chiloé como sujetos de misión, en teoría aislados de
los españoles.
El naufragio de la fragata inglesa Wager, en 1741, generó una pro-
yección de Chiloé más al sur del archipiélago de los Chonos, hacia el
área de Guayaneco. Hacia la medianía del siglo XVIII, la actitud oficial
hacia los «nuevos» indígenas caucahués y de otras etnias más australes,
fue la de trasladarlos a las islas de Chiloé para su hispanización y así
despoblar los archipiélagos del sur, ocasión en la que se comprobó el
corto número de individuos. Estos trasladados quedaron a cargo de los
jesuitas, que no encontraron oposición en la autoridad monárquica ni
en los vecinos de las islas –no hubo planes de esclavizarlos, venderlos
o encomendarlos–, intentando un proyecto de reducción y evangeli-
zación en base a la separación residencial, como antes había sucedido
con los chonos en Guar, aunque casi sin resultados. Los indígenas eran
muy pocos en términos numéricos y muy distintos del modo de vida
sedentario que se les quería imponer; puede suponerse que huyeron de
regreso a sus islas.
Para terminar, creemos que el conocimiento del caso aquí descrito
contribuye a la comprensión del fenómeno del traslado de indígenas en
América colonial. Se trata de etnias poco conocidas por ser de extrema
frontera, de reducida población y de enorme diferencia cultural con el
grupo invasor; y con las cuales la interacción permanente tuvo lugar en
territorio efectivamente hispanizado, previa desnaturalización: en un
primer momento, para obtener de ellos beneficios económicos, y en un

85
La venta de indígenas «de Chiloé» no diferencia entre huilliches, juncos, puel-
ches, poyas o chonos, salvo excepciones: Díaz Blanco, 2011.

407
María Ximena Urbina Carrasco

segundo, para su evangelización, civilización y para que se garantizase


su sujeción a la Corona y no a extranjeros, mediante la misión.

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