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ANUARIO DE HESPÉRIDES. INVESTIGACIONES CIENTÍFICAS E


INNOVACIONES DIDÁCTICAS (Málaga), vol. 17-18, págs. 55-68.

HISTORIOGRAFÍA DE LA ARQUEOLOGÍA EN
ANDALUCÍA

Enrique Gozalbes Cravioto


Universidad de Castilla-La Mancha

1. Desarrollo de los estudios historiográficos


En los últimos años una serie de temas o líneas de estudio vienen cobrando un
creciente protagonismo en la investigación sobre la arqueología y las ciencias de la
antigüedad en España 1. Entre ellos se encuentra el de la Historia de la Arqueología, y en
general el análisis de la Historiografía existente al respecto de la antigüedad, cuestiones
sobre las que en los últimos años se está produciendo una especial profusión de trabajos.
Se trataba de un conjunto temático al que, hasta ese momento, no se le había prestado la
debida atención en nuestro país, con la excepción de algún trabajo puntual. El cambio
vino derivado sobre todo del interés de trabajos (traducidos al español) elaborados en
medios anglosajones y franceses 2. La línea de estudios viene a superar el deficit español

1
M. Oria Segura, “El estado de la arqueología clásica en España: propuestas para un debate necesario”,
Spal, 8, 1999, pp. 9-19.
2
G. Daniel, Historia de la Arqueología. De los anticuarios a Gordon Childe, Barcelona, 1974, 2ª ed.,
Madrid, 1981; Towards a History of Archaeology, Londres, 1981; B. Trigger, Historia del pensamiento
arqueológico, Barcelona, 1992; J. Vercoutter, A la recherche de l´Égypte oubliée, Paris, 1986 (hay
traducción española); C. Moatti, A la recherche de la Rome antique, Paris, 1986 (hay traducción
española). Estas obras, junto a otras, formaron parte de la serie de Archéologie publicada por la editorial
Gallimard, y en España traducidas por la editorial Aguilar. Una obra muy notable, siguiendo la
metodología de exponer la historia de los descubrimientos arqueológicos para analizar la Historia de
Egipto, es la de N. Reeves, El Antiguo Egipto. Los grandes descubrimientos, Barcelona, 2001. Para el
caso español, visión muy resumida en M. C. Pérez Die, “Los orígenes de la investigación arqueológica
española en Oriente”, en M. C. Pérez Die y J. M. Córdoba Zoilo (Eds.), La aventura española en Oriente
(66-2006), pp. 25-30. Vid. también en general E. Ripoll, “Notas para una Historia de la Arqueología”, en
G. Ripoll (Coord.), Arqueología hoy, Madrid, 1992, pp. 15-28.

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consistente en el escaso sentido crítico mostrado como tendencia por los historiadores,
que llevó con profusión a la práctica de las bibliografías en lugar de los análisis críticos.
Esta tendencia de los estudios adquiere cada vez un mayor despliegue en España.
El punto de partida respecto al mismo se produjo en 1988 cuando se celebró en Madrid,
organizado por el CSIC, un Congreso que estuvo dedicado a la historiografía de la
Arqueología y de la Historia Antigua en España 3. Esta reunión científica constituyó la
primera puesta a punto sobre estos temas, al cual siguió un segundo Congreso sobre esta
temática reunido en el año 1995 y que mostró los avances al respecto, que evidenciaban
ya una mayor madurez y diversidad en los trabajos presentados al mismo 4. Esta
proliferación de estudios al respecto plantea la necesidad de vislumbrar las grandes líneas
en las que el tema se desarrolla, así como detectar hasta qué punto nos encontramos ante
una moda.
Desde la reunión de 1988 la temática está teniendo un despliegue que puede hasta
considerarse espectacular 5, con la elaboración al respecto de múltiples tesis doctorales
dedicadas a aspectos muy variados de la cuestión, algunas de ellas en Universidades
andaluzas, con la celebración de diversas jornadas o congresos, con publicaciones muy
diversas, incluso con el nacimiento de una organización propia, la Sociedad Española de
Historia de la Arqueología, y una revista dedicada a esta temática como es Archaia 6.
Sobre la temática esta Asociación desarrolló otra nueva reunión de investigadores, cuyas
contribuciones dieron lugar a un conjunto de estudios 7, así como otra más dedicada a la
arqueología española a través de documentos inéditos 8, y en fechas próximas se celebrará
otra que estará centrada en el impacto de las Desamortizaciones en el patrimonio
arqueológico.
Junto a todo lo anteriormente expuesto, Margarita Díaz Andreu ha publicado su
estudio monográfico sobre la Historia de la Arqueología en España, que si bien centrado
de una forma más específica en el siglo XX, y con una señalada focalización en la
arqueología prehistórica, entre otros muchos méritos presenta el de introducir en la
cuestión una temática más novedosa, con el capítulo dedicado a la arqueología islámica y

3
J. Arce y R. Olmos (Eds.), Historiografía de la Arqueología y de la Historia Antigua en España (siglos
XVIII-XX), Madrid, 1991. Vid. en general los trabajos reunidos por J. Gomez Pallarés y J. Joaquín
Caerols (Eds.), Antiqva Tempora. Reflexiones sobre las ciencias de la antigüedad en España, 2ª ed.,
Madrid, 1995.
4
G. Mora y M. Díaz Andreu (Eds.), La cristalización del pasado: génesis y desarrollo del marco
institucional de la Arqueología en España, Málaga, 1997, pp. 19-29. Resultan particularmente
interesantes las aportaciones de M. Díaz Andreu y G. Mora, “La historiografía española sobre arqueología
: panorama actual de la investigación”, pp. 9-18 y de R. Olmos, “La reflexión historiográfica en España
¿una moda o un requerimiento científico?”, pp. 19-29.
5
J. Beltrán Fortes, “Historia de la Arqueología en España: precedentes y líneas actuales”, Revista de
Historiografía, 1, 2004, pp. 38-59; G. Mora, “La investigación en historiografía de la Arqueología:
últimas tendencias”, en V. Cabrera y M. Ayarzagüena (Eds.), El nacimiento de la Prehistoria y de la
Arqueología científica (= Archaia, 3-5), Madrid, 2005, pp. 13-17.
6
En 2004 el Museo Arqueológico Regional de Madrid organizó una exposición sobre los orígenes de la
arqueología en España. Dio origen a un catálogo elaborado por M. Ayarzagüena y G. Mora, Pioneros de
la Arqueología en España, Madrid, 2004.
7
V. Cabrera Valdés y M. Ayarzagüena Sanz (Eds.), El nacimiento de la Prehistoria y de la arqueología
científica, Madrid, 2005.
8
G. Mora, C. Papí y M. Ayarzagüena (eds.), Documentos inéditos para la Historia de la Arqueología,
Madrid, 2008.

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Historiografía de la arqueología en Andalucía

el origen de la nación española 9. Y también el que en fechas muy recientes un número


muy amplio de investigadores españoles hayamos colaborado en la edición del primer
diccionario de historia de la arqueología española, que se ha convertido en una
publicación imprescindible sobre el tema 10. Y sin dejar de analizar con ello en buena
parte la propia arqueología en Andalucía, incluso los análisis y la atención se ha centrado
en el impacto y la relación de la propia arqueología española y andaluza en el cercano
territorio del Norte de Marruecos, que fue una cierta proyección del mismo en la época
del Protectorado 11.
No está de más indicar, incluso de salida, que cuando se trata de la historiografía y
de hallazgos arqueológicos efectuados en momentos pre-científicos, precisamente los
materiales sobre Andalucía son, con mucha diferencia, los más destacables de todo el
territorio español, mostrando ciertamente una larga tradición en los estudios sobre los
numerosos elementos del patrimonio material de la antigüedad. Este hecho justifica el
que también, en la estela del primer Congreso organizado en su día por el CSIC, sobre
Andalucía se hayan organizado al menos dos Congresos titulados La Antigüedad como
argumento, cuyas actas editadas, bajo la coordinación de Fernando Gascó y José Beltrán,
constituyen un magnífico elenco de estudios sobre historia de la arqueología, de la
recuperación y conservación del patrimonio, así como acerca de la historiografía sobre la
antigüedad 12. De igual forma debe destacarse la contribución de un análisis de la
Historia Antigua al terreno de la historiografía nacional española, en la importante
monografía de Fernando Wulff Alonso 13. Son todos ellos ejemplos de unos estudios de
análisis crítico que cobran cada vez mayor importancia.
En lo que respecta a la Historia de la Arqueología, entendida como un sistema de
obtención de fuentes materiales de la Historia, la misma puede dividirse en diversos

9
M. Díaz Andreu, Historia de la Arqueología. Estudios, Madrid, 2002. Acerca del problema en relación
con la arqueología árabe, en la época mucho más constreñida a las Bellas Artes, vid E. Gozalbes, “Los
inicios de la investigación española sobre arqueología y arte árabes en Marruecos (1860-1960)”, Boletín
de la Asociación Española de Orientalistas, 4, 2005, pp. 225-246; P. Cressier, “Archéologie du Maghreb
islamique, archéologie d´Al-Andalus, Archéologie espagnole?”, en M. Marín (Ed.), Al-Andalus/España.
Historiografías en contraste. Siglos XVII-XXI, Madrid, 2009, pp. 13-145. Por supuesto que entre los
estudiosos, en su gran mayoría arquitectos, hay ya planteamientos de carácter arqueológico, como en el
caso de Ricardo Velázquez Bosco (del que se acaba de editar en facsímil su Arte del Califato de Córdoba.
Medina Azzahra y Alamiriya, Madrid, 1912=Sevilla, 2009), y sobre todo Leopoldo Torres Balbás,
arquitecto de La Alhambra de Granada, que elaboró la mayor parte de los contenidos de la “Crónica
Arqueológica de la España musulmana” en la revista Al-Andalus.
10
M. Díaz Andreu, G. Mora y J. Cortadella (Coords.), Diccionario histórico de la Arqueología en
España, Madrid, 2009.
11
J. Beltrán Fortes y M. Habibi (Eds.), Historia de la Arqueología en el Norte de Marruecos durante el
periodo del Protectorado y sus referentes en España, Sevilla, 1988; D. Bernal, B. Raissouni, J. Ramos,
M. Zouak y M. Parodi (Eds.), En la orilla africana del Círculo del Estrecho. Historiografía y proyectos
actuales, Tetuán-Cádiz, 2008. En cualquier caso, la proyección de la arqueología española en Marruecos
en tiempos del Protectorado ha sido objeto de estudios diversos sobre prehistoria (Fernandez Martinez,
Ramos), sobre la época anterior a la guerra civil (E. Gozalbes), sobre la actuación de Pelayo Quintero (M.
Parodi) o de Tarradell (Gozalbes, Blázquez, Aranegui). Esta proliferación de estudios se enmarca en la
recuperación de una memoria común entre marroquíes y españoles en los últimos años.
12
F. Gascó, J. Beltrán y J. T. Saracho (Eds.), La antigüedad como argumento: historiografía de
Arqueología e Historia Antigua en Andalucía, Sevilla, 1993; F. Gascó y J. Beltrán (Eds.), La Antigüedad
como argumento. II. Historiografía de Arqueología e Historia Antigua en Andalucía, Sevilla, 1995.
13
F. Wulff Alonso, Las esencias patrias. Historiografía e Historia Antigua en la construcción de la
identidad española (siglos XVI-XX), Barcelona, 2003.

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Enrique Gozalbes Cravioto

periodos según las preferencias particulares de los distintos analistas 14. En general hay
tres grandes etapas que podrían resumirse en los que respecta a métodos y planteamientos
en la pre-arqueología, la arqueología marcada por el coleccionismo, el anticuarismo y las
Bellas Artes, y finalmente la arqueología científica.

2. La pre-arqueología.
La pre-arqueología en España en general, y muy señaladamente en Andalucía en
particular, arranca desde unos momentos particularmente antiguos, con las percepciones
medievales sobre los monumentos antiguos que estaban a la vista, y también de los
elementos descubiertos a partir de la búsqueda de tesoros. Ello se refleja sobre todo en los
autores árabes, muy en especial el onubense Al-Bakri en el siglo XI (conservado en los
apuntes recogidos en el diccionario de Al-Himyari), también por ejemplo en las
numerosas referencias de autores árabes a las ruinas de Itálica y a su interpretación 15, o a
las del famoso monumento de la torre de Cádiz 16 (Fig. 1), acerca del que son múltiples
las descripciones que aparecen en geógrafos árabes medievales.

Fig. 1. La torre y estatua de Cádiz según Al-Garnati (Ms. 2168 B. N. Paris).


Esta pre-arqueología a partir del siglo XVI fue de forma creciente suponiendo la
aparición de los grandes temas de la Historia de Andalucía en la antigüedad, en especial
el esplendor de la Bética romana, o incluso el mundo de Tartessos (identificada a
comienzos del siglo XVII por el jesuita Juán de Pineda con la bíblica Tarsis). Eruditos y
coleccionistas andaluces que, fascinados por la antigüedad romana, intentaban borrar los
recuerdos de la “bárbara” presencia arabo-islámica, al tiempo que las obras urbanas
14
M. Díaz Andreu, G. Mora y J. Cortadella, pp. 18 y ss establecen la “arqueología humanista” (siglos
XVI y XVII), la de la “Ilustración”, la de la “primera mitad del siglo XIX”, la “profesionalización de la
segunda mitad del siglo XX”, la “consolidación” en el primer tercio del siglo XX, la arqueología del
“periodo franquista”.
15
P. Martínez Montávez, “Referencias a Itálica en los geógrafos andalusíes”, Homenaje al Profesor
Carriazo, vol. 3, Sevilla, 1973, pp. 185-207.
16
Es la “Torre de Hércules”, destruida en el tránsito del siglo XII al XIII, Identificada en ocasiones como
faro, y en otras como torre funeraria; J. A. Fierro, Puntualizaciones sobre el templo gaditano descrito por
los autores árabes, Cádiz, 1983. No está de más indicar que algunas de estas referencias ya fueron objeto
de atención especial por parte de Antonio García y Bellido, y algunas de ellas también por Sánchez-
Albornoz, que consideró eran alusiones al viejo templo de Hércules.

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Historiografía de la arqueología en Andalucía

extraían no pocos vestigios de la época romana. Porque de igual forma que se trazaba la
tradición clásica, en esta época se originó y desarrolló el fenómeno del coleccionismo de
antigüedades (monedas, estatuas, inscripciones), que tuvo unos notables ejemplos en
Andalucía, tanto en el desarrollo inicial por parte de algunos nobles, a los que dirigió
buena parte de sus escritos el erudito Juan Fernández Franco 17, como sobre todo a partir
del siglo XVII en el clero, a cuya dedicación a estas cuestiones se ha dedicado
precisamente un encuentro de estudiosos con muy buenas aportaciones al respecto de sus
aficiones 18.
Este tema de las percepciones sobre los restos antiguos tiene, sin duda, un gran
desarrollo, y en nuestra monografía sobre el descubrimiento de la antigüedad en
Andalucía recogemos bastantes ejemplos y referencias al hilo de la formación de una
imagen de prestigio “clásico” por parte de muchos eruditos 19. Entre esos ejemplos
posibles nos llama mucho la atención el referido a la citada Cueva de Menga, citada ya en
1587 por Tejada y Páez en sus Discursos históricos de Antequera 20
descrita en los primeros años del siglo XVII de la siguiente forma en un
manuscrito de la Biblioteca Nacional de Madrid:
“hállase en Antequera a los mil passos della una cueba que vulgarmente
llamamos Cueba de Menga, la qual parece fundaron aquellos gentiles quanto
aun no habia noticia de cal, arena y yeso, y hacían cuebas para defenderse de
fieras y animales…. Su traza es esta: están puestas las piedras de canto
lebantadas como dos varas en alto, de ancho dos y media y de grueso mas de
cinco cuartas. Tiene por cubierta tres hojas de extraña grandeza de veinte y
quatro pies de largo cada una, y otro tanto de ancho, y cinco cuartas de grueso,
y quedan en hueco (que es la anchura de la cueba) diez y seis pies bien largos.
La entrada tiene angosta (como defensa) y dificultosa con dos piedras que la
cubren de diez y seis pies en largo, y quince de ancho. En medio de la cueba
están tres pilares cuadrados de cinco cuartas…. Las cubrieron aquellos antiguos
con mucha tierra de tal modo que su obra haze un cerrillo mediano. La tierra
está bien pisada, con cascajo y piedras pequeñas. Junto a esta cueba diez pasos
de distancia ai otra y que está tapada la entrada, no se ha visto” 21.
Esta descripción, con la anotación incluso a la existencia del dolmen de Viera que
oficialmente no sería descubierto hasta mucho tiempo más tarde (hemos visto como fue
ya mencionado en 15587), supera en muchos aspectos las que encontramos en algunos
autores contemporáneos nuestros. Por esta razón resulta lógico que en los últimos
tiempos se haya comenzado a prestar atención a las menciones de escritores andaluces de
los siglos XVI, XVII y XVIII, en las que describían construcciones y restos aparecidos en
lugares muy diversos del territorio. La causa de la proliferación de los hallazgos en el
siglo XVI, aparte del gusto por conocer y reflejar lo antiguo, se encuentra en las grandes

17
E. Gozalbes, “Antigüedades romanas en los manuscritos del erudito Juan Fernández Franco (siglo
XVI)”, Antiqvitas, 18-19, 2007, pp. 227-235.
18
J. Beltrán y M. Belén (Eds.), El clero y la Arqueología española. IIª Reunión Andaluza de
Historiografía arqueológica, Sevilla, 2003.
19
E. Gozalbes, El descubrimiento de la Historia Antigua en Andalucía, Málaga, 2001.
20
Sobre la que indica, “una cueva que se dice de Menga y otra junto a ella, poco ha, se ha descubierto”;
texto recogido por J. E. Márquez y J. Fernández, Dólmenes de Antequera. Guía oficial del conjunto
arqueológico, Sevilla, 2009, p. 69.
21
Biblioteca Nacional de Madrid, Ms. 9333, Fol.. 26 y 27. Corresponde a una obra escrita por Alonso
García de Yegros, titulada “Historia de la ciudad de Antequera”, con añadidos de autor posterior.

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obras de remodelación urbana que se afrontaron en esos momentos en las ciudades y


pueblos de Andalucía 22.
Una buena parte de estos restos que entonces se consignaron se perdieron de
forma irremediable, y de ellos tenemos unos abundantes ejemplos que recogimos de
manuscritos y de obras impresas y sobre los que tratamos nosotros mismos en diversos
trabajos referidos a distintas provincias andaluzas en anteriores números del Anuario de
Hespérides 23. Todo ello en un contexto estético que buscaba la recreación de la
antigüedad, como vemos en el arco de La Peña de Aracena, y sobre todo, en el famoso
“Arco de los Gigantes” de Antequera, donde se concentró una colección de inscripciones
romanas de la comarca 24 (Fig. 2), formando una especie de museo epigráfico de la
antigüedad.

Fig. 2. Figura del arco de los Gigantes de Antequera según el P. Cabrera (siglo XVII).

22
E. Gozalbes, “Sobre los orígenes de la arqueología urbana en Andalucía”, Actas del XXV Congreso
Nacional de Arqueología, Valencia, 1999, pp. 314-319.
23
E. Gozalbes, “Restos arqueológicos romanos de las provincias de Sevilla y Cádiz reflejados en
escritores del siglo XVI”, Anuario de Investigaciones, 5, 1997, pp. 53-64; “Notas sobre hallazgos
arqueológicos en la provincia de Córdoba en el siglo XVI”, Anuario de Investigaciones, 6, 1998, pp. 381-
395; “La conciencia de patrimonio cultural a finales del siglo XVI: Agustín de Horozco y las
antigüedades romanas de Cádiz”, Anuario de Investigaciones, 9-10, 2001-2002, pp. 243-256; “Las
antigüedades romanas de Alcalá la Real. Notas sobre un manuscrito de comienzos del siglo XVII”,
Anuario de Investigaciones, 8, 2001, pp. 449-462.
24
M. Morán Turina y D. Rodríguez Ruiz, El legado de la antigüedad. Arte, arquitectura y arqueología
en la España moderna, Madrid, 2001. Sobre el arco de los Gigantes el mismo año de su levantamiento, en
1585, un anónimo escritor publicó un opúsculo con el título Edificio en la ciudad de Antequera con las
medallas antiguas halladas en ella, rarísimo y del que hemos consultado un ejemplar en la Biblioteca
Colombina de Sevilla, 39-1. Tradicionalmente se atribuía la obra a Juan de Vilches, pero éste había
fallecido algunos años atrás. Con casi total seguridad el autor fue Juan de Mora, mucho más joven y
preceptor de gramática también en Antequera. En cualquier caso, sobre las inscripciones latinas y la
construcción de la obra, vid. el trabajo de R. Atencia Páez, “El arco de los Gigantes y la epigrafía
antequerana”, Jábega, 35, 1981, pp. 47-54.

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Historiografía de la arqueología en Andalucía

Muchos eruditos de la época se encontraban entre la percepción y elucubración,


de un lado, y el informe “arqueológico” del otro, de lo que tenemos en Andalucía algunos
casos en el siglo XVII, con el precedente de Elio Antonio de Lebrija, cuyo interés
anticuario no se centró en la arqueología sino en los textos clásicos 25. Por el contrario,
emblemática es la figura bien conocida de Rodrigo Caro, recopilador de las antigüedades
romanas en la zona de Sevilla, que considerará el gran centro de la Bética romana, así
como descriptor y poeta de las ruinas de Itálica 26; su manuscrito de “adicciones” encierra
datos de particular importancia, no suficientemente explotados por parte de los
arqueólogos. Por cierto que el escrito de Rodrigo Caro, con su “Principado” de Sevilla,
merecerá la contestación polémica de Martín de Roa, quien reclamará, hay que reconocer
que con justicia histórica, para Córdoba y sus vestigios romanos la capitalidad de la
antigua Andalucía 27. También en ese mismo siglo tiene que destacarse la figura del
Marqués de Estepa y su Museo de Antigüedades, cuya aportación también ha sido objeto
de un magnífico estudio hace poco tiempo 28.

3. La arqueología pre-científica: anticuarios y coleccionistas


Aunque con algunos precedentes, que siempre los hay, la misma tiene su
desarrollo más concreto en el siglo XVIII cuando, como veremos con algunos ejemplos,
fueron bastante numerosas las pesquisas arqueológicas que se realizaron en Andalucía. El
mundo de la Ilustración supuso una mirada más especializada al pasado, y sobre todo el
propio surgimiento de la Real Academia de la Historia será particularmente importante,
en los siglos XVIII y XIX, para la recuperación de piezas y la documentación
arqueológica y patrimonial 29. El siglo XVIII en Andalucía, como han mostrado los
numerosos trabajos de Jesús Salas, fue una época en la que el interés por la antigüedad
alcanzó una cierta importancia 30, en el contexto de una atención preferente por los restos
antiguos. Si en el siglo XVII la atención se había centrado en la búsqueda de vestigios
materiales para documentar el fenómeno de los santos, en el siglo XVIII (con la
excepción notable de Granada, donde se producirían excavaciones y falsificación de
antigüedades con el fin de documentar el Concilio de Elvira) el estudio intentaba
documentar el pasado con voluntad de conocimiento.

25
A. Caro Bellido y J. M. Tomassetti, Antonio de Lebrija y la Bética (sobre arqueología y paleografía
del Bajo Guadalquivir), Cádiz, 1997.
26
A. García y Bellido, “Rodrigo Caro. Semblanza de un arqueólogo renacentista”, Archivo Español de
Arqueología, 83-84, 1951, pp. 5-22. En realidad Rodrigo Caro es un escritor del siglo XVII, por tanto del
Barroco. Pero junto a su obra publicada tiene una “Adicciones al Principado y Antigüedades de la ciudad
de Sevilla y su convento jurídico”, que se conservó inédito, y del que por ejemplo se conserva una copia
en el Ms. 5784 de la Real Academia de la Historia.
27
La obra del P. Martín de Roa, Antiguo principado de Córdoba en la España Ulterior o andaluzí,
Córdoba, 1636, ha sido reeditada con breve estudio previo por parte de F. López Pozo, Córdoba, 1998.
28
J. R. Ballesteros, La Antigüedad Barroca. Libros, inscripciones y disparates en el entorno del III
Marqués de Estepa, Estepa, 2002.
29
Vid. sobre todo J. Maier y J. Salas, “Los inspectores de antigüedades de la Real Academia de la
Historia en Andalucía”, en M. Belén y J. Beltrán (Eds.), Las instituciones en el origen y desarrollo de la
Arqueología en España, Sevilla, 2007, pp. 175-238.
30
Por ejemplo muy recientemente, en lo que respecta a la numismática, J. Salas Álvarez, “El
coleccionismo numismático en Andalucía durante la Ilustración”, Numisma, 252, 2008, pp. 149-178, así
como “Geografía histórica e Historia Antigua de Andalucía durante la Ilustración”, Habis, 40, 2009, pp.
289-302.

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Estudios arqueológicos de esta época son, entre otros, el de mediados del siglo
XVIII del Marqués de Valdeflores en la malagueña localidad de Cártama 31 con unos
restos romanos de cierta importancia, o los realizados en el faro de Torrox pocos años
más tarde 32, que permitieron igualmente la recuperación de objetos de la extensísima
villa de época romana allí ubicada. En el terreno del coleccionismo 33 tenemos que
destacar el Museo de antigüedades recuperadas que en la Córdoba del siglo XVIII formó
Pedro Leonardo de Villacevallos, que ha sido objeto de una extensa monografía por parte
de diversos especialistas 34. De igual forma, en el contexto del coleccionismo
arqueológico en esta época podemos mencionar al Marqués de la Cañada y su gabinete de
Antigüedades en el Puerto de Santa María 35. Muchos ejemplos del seguimiento de los
restos aparecidos en diversos lugares se encuentra en la monografía de Gloria Mora sobre
el siglo XVIII, estudio de referencia fundamental 36.
En ocasiones estos estudios permiten detectar la aparición de unos vestigios
arqueológicos que, al menos en una buena parte, resultan desconocidos por cuanto en
fechas posteriores se perdieron. Otras veces conocemos los materiales arqueológicos, que
están depositados en Museos, pero están descontextualizados por no tener en cuenta las
circunstancias en las que se produjeron el hallazgo. En el primero de los casos, la mayor
dificultad se encuentra en la comprensión puesto que la cita de los restos se realiza sin
ninguna clase de lenguaje científico.
Como hemos indicado. también en esta línea se permite documentar con mucha
más ajustada precisión condiciones y características de hallazgos conocidos, como es el
caso de la tesis doctoral sobre epigrafía latina de Helena Gimeno Pascual 37, con buena
representación de inscripciones andaluzas halladas desde el siglo XVI (al respecto fue
importantísima la acción del mencionado Juan Fernández Franco), o como un ejemplo
más de detalle, nuestro trabajo en el que seguíamos la pista del pie monumental romano
en mármol del Museo de la Alcazaba de Málaga, tratando de demostrar a partir del
testimonio del Padre Martín de Roa de que su procedencia real era de Écija 38, referencias
todas ellas incluso anteriores al propio siglo XVIII.
Por último, también tenemos ejemplos de unas menciones y descripciones algo
más precisas, en momentos ya más avanzados de la arqueología pre-científica, recogidas
en documentación sobre hallazgos y que permiten precisar muchas cuestiones. Un buen

31
P. Rodríguez Oliva, “Investigaciones arqueológicas del Marqués de Valdeflores en Cártama (1751-
1752)”, Cártama en su historia. V Centenario de su incorporación a la Corona de Castilla (1485-1985),
Málaga, 1985, pp. 59-70.
32
P. Rodríguez Oliva, “Hallazgos arqueológicos en Torrox-costa en el siglo XVIII”, Jábega, 26, 1979,
pp. 39-42.
33
G. Mora, “La investigación”, p. 14, considera la línea del coleccionismo de antigüedades de forma
específica como una de las seguidas por la investigación.
34
J. Beltrán, F. G. Sáez, J. R. López, G. Mora, J. Salas, y otros, El Museo cordobés de Pedro Leonardo
de Villacevallos, Madrid, 2003.
35
J. I. Buhigas y E. Pérez, “El Marqués de la Cañada y su gabinete de antigüedades del siglo XVIII en el
Puerto de Santa María”, en J. Beltrán y F. Gascó, pp. 205-221.
36
G. Mora, Historia de mármol. La Arqueología clásica española en el siglo XVIII, Madrid, 1998.
37
H. Gimeno Pascual, Historia de la investigación epigráfica en España en los ss. XVI y XVII, Zaragoza,
1997.
38
E. Gozalbes, “El pie en mármol del Museo de Málaga y el Padre Martín de Roa”, en F. Wulff, R.
Chenoll e I. Pérez (Eds.), La tradición clásica en Málaga (siglos XVI-XXI), Málaga, 2005, pp. 131-138.

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Historiografía de la arqueología en Andalucía

ejemplo de Baena, en su límite con Castro del Río, está representado por los hallazgos del
imponente mausoleo de los Pompeii en el Cortijo de las Vírgenes, no sólo con una serie
epigráfica de la familia en sus epitafios, sino también con otros objetos. A partir de las
referencias publicadas en prensa y otros medios en su época, el hallazgo fue estudiado
por parte de José Beltrán 39. En la Real Academia de la Historia existe un muy
voluminoso expediente relativo a estos descubrimientos, con informes y con diversa
correspondencia, que resultan de sumo interés también para completar la investigación
puesto que las piezas originales se perdieron 40 (Fig. 3).

Fig. 3. Documento de la R.A.H. referente a los hallazgos en Baena.


Naturalmente, a lo largo del siglo XIX la calidad de algunos de los trabajos fue
aumentando, por lo que podría deslindarse incluso una etapa nueva de transición hacia la
arqueología moderna, que ha suscitado el interés por recuperar la información contenida
en algunos informes 41. De hecho, a todo lo largo del siglo XIX se detecta una continua
lucha, después del Sumario de las Antigüedades romanas que hay en España de Juan
Agustín Ceán-Bermúdez (Madrid, 1833), por la lucha por la recuperación, estudio y
conservación del patrimonio histórico-arqueológico-artístico en España, con actividades
y proyectos bastante avanzados, si bien generalmente limitados y lastrados por los
intereses y por el atraso cultural que terminarán por imponerse a tan nobles intenciones,
como se ha desarrollado muy bien en la magnífica tesis doctoral de Miguel Ángel López
Trujillo 42.

39
J. Beltrán Fortes, “Mausoleos romanos de Torreparedones (Castro del Río/Baena, Córdoba): sobre la
tumba de los Pompeyos y otro posible sepulcro monumental”, Habis, 31, 2000, pp. 113-136.
40
R. Cebrián Fernández, Comisión de Antigüedades de la Real Academia de la Historia. Antigüedades e
inscripciones 1748-1845, Madrid, 2002, pp. 52-57. El expediente muestra a las claras que, como defendía
Beltrán en su trabajo mencionado, a veces la información se mezcla con la de un segundo mausoleo cuyos
restos se encontraron en el Arroyo del Plomo en Baena.
41
J. Gómez Pantoja (Ed.), Excavando papeles. Indagaciones arqueológicas en los archivos españoles,
Guadalajara, 2004..
42 42
M. A. López Trujillo, Patrimonio. La lucha por los bienes culturales españoles (1500-1939),
Madrid, 2006.

63
Enrique Gozalbes Cravioto

Y también en el terreno de los estudios, en los últimos tiempos la Real Academia


de la Historia, bajo el impulso del “Anticuario” Martín Almagro Gorbea, está realizando
un esfuerzo considerable al encargar múltiples publicaciones con las Actas de la
Comisión de Antigüedades que, con una arranque en el siglo XVIII, y una llegada hasta
el siglo XX, sin embargo en el siglo XIX tiene un espacio de atención especial 43. En el
siglo XIX la Real Academia de la Historia se convirtió en el referente básico de los
estudios arqueológicos, o si se quiere anticuarios, a través de la red de sus académicos
correspondientes, superando la competencia de la Real Academia de Arqueología del
Príncipe Alfonso (disuelta por La Gloriosa en 1868), y manteniendo la atención pero
cediendo el papel de conservación de piezas a partir de la creación del Museo Nacional
de Arqueología.
No obstante, el atraso de los estudios sobre arqueología y ciencias de la
antigüedad en España lo reflejaba de forma expresa Emil Hübner al señalar el
desconocimiento que en España había sobre “las distintas ramas de la anticuaria” 44. Pese
a todo, y para ser justos, existieron algunos estudiosos que en la segunda mitad del siglo
XIX comenzaron a abrir ese tránsito hacia la arqueología científica. Este hecho lo vemos,
por ejemplo, en Andalucía en las publicaciones de Manuel Góngora Martínez sobre
dólmenes y arqueología prehistórica entre otros temas 45, si bien en general estos escritos
siempre mantendrán un nivel entre mediocre y discreto. En cualquier caso, si Rafael
Mitjana había descrito y dibujado la cueva de Menga en su Memoria publicada en 1847,
interpretándolo como un templo de los druidas (hecho por otra parte usual en aquella
época), Manuel de Góngora ya dedicó atención y descripción más valiosa de los
monumentos megalíticos de Granada y zonas próximas, por ejemplo del dolmen de Dilar,
descubierto en 1851 y destrozado poco tiempo más tarde 46, por lo que su descripción y
dibujo es lo único que conocemos (Fig. 4).

43
El Archivo de la Comisión de Antigüedades de la Real Academia de la Historia ha sido publicado en
fichas en diversos tomos referidos a cada una de las regiones de España. Vid. para el caso que nos
interesa J. Maier, J. Salas y M. J. Berlanga, Archivo de la Comisión de Antigüedades de la Real Academia
de la Historia. Andalucía. Catálogo e índices, Madrid, 2000; M. Almagro Gorbea y J. Maier (Eds.), 250
años de Arqueología y patrimonio histórico, Madrid, 2003.
44
E. Hübner, La Arqueología de España, Barcelona, 1888, p. VI.
45
L. Baena del Alcázar, “Semblanza de D. Manuel de Góngora y Martínez (1822-1884) y sus estudios
sobre arqueología clásica”, Baetica, 25, 2003, pp. 355-376.
46
M. Góngora y Martínez, Antigüedades prehistóricas de Andalucía, Madrid, 1868, p. 81. Un estudio
sobre su aportación en M. Pastor Muñoz y J. A. Pachón, “D. Manuel de Góngora y Martínez: biografía y
obra”, en la ed. facsimil de Antigüedades prehistóricas de Andalucía, Granada, 1991, pp. XIII-XLVII.

64
Historiografía de la arqueología en Andalucía

Fig. 4. El dolmen de Dílar (Granada). Litografía de esta tumba monumental desaparecida realizada
por Manuel de Góngora y Martínez.
Quizás el máximo representante de este aumento de la calidad de los trabajos de la
época sea el malagueño (de origen ceutí) Manuel Rodríguez de Berlanga, estudioso de los
bronces jurídicos aparecidos en un paraje de la ciudad (entre ellos la Lex Flavio
Malacitana), así como de los “monumentos” romanos de Málaga, y cuyas aportaciones
han sido muy bien analizadas recientemente por parte de Manuel Olmedo Checa 47. Su
aportación incluirá la compra y recuperación de multitud de piezas con las que formará el
Museo Loringiano, que más tarde pasarán al Museo de la Alcazaba de Málaga. Con
ribetes de modernidad pero es cierto que Rodríguez de Berlanga será un anticuario
inserto en el tradicional coleccionismo, que mantendrá relación científica con Mommsen
y Hübner.
Y un representante final del paso de ese muy predominante anticuarismo a una
visión científica de la arqueología, ya en el siglo XX, es Pelayo Quintero Atauri. Como
profesor de Bellas Artes, y director del Museo Provincial de Bellas Artes, se interesará
también por las antigüedades en el marco de la arqueología urbana de Cádiz (actuaciones
entre 1915 y 1937). Es cierto que sus estudios arqueológicos comenzaron faltos de
método, con numerosos errores e imprecisiones, y terminaron con ilustraciones y con
dibujos (era un buen dibujante) bastante aceptables, y con alguna que otra referencia a la
estratigrafía 48. Como arqueólogo, en Cádiz comenzó hablando de “barros saguntinos” y
terminó citando como tal a la Terra Sigillata de época romana.
Y por supuesto, en un sentido similar pero llegando mucho más allá, la figura del
granadino Manuel Gómez Moreno, que inició sus estudios cuando apenas contaba con 20
años con su monografía Monumentos romanos y visigóticos de Granada (1890) 49. Su
propia trayectoria vital se desarrolló entre dos siglos, por lo que marcó la transición entre
el simple anticuarismo y la arqueología y sus fuentes documentales conexas. La realidad
es que Gómez Moreno trató con enorme erudición muchos temas, que dominó con una
cierta maestría, por ejemplo la numismática antigua en la que fue un auténtico experto
(aunque la estudiaba como simple diversión), o los estudios sobre la cultura argárica y las
tumbas megalíticas de la provincia de Granada. Por esta razón, como demuestra su obra
Miscelánea, Historia, Arte, Arqueología (1949), así como otras aportaciones puntuales
(entre las que destaca el desciframiento hacia 1920 de la escritura ibérica, aunque el
mérito al respecto se lo auto-atribuyera Schulten), merece realmente consignarlo como el
más destacable entre los iniciales arqueólogos estrictamente científicos en España.

4. La arqueología científica
La arqueología científica se inició en Andalucía con unos métodos más o menos
burdos, pero con el influjo indudable de algunos investigadores extranjeros, por lo cual
no tiene nada de extraño que los mismos, entre los que se encontraban personajes como

47
M. Olmedo Checa, “Introducción” a la reedición de la obra de M. Rodríguez de Berlanga,
Monumentos históricos del Municipio Flavio Malacitano, Málaga, 2000, pp. 9-129.
48
Las actuaciones arqueológicas de Pelayo Quintero están siendo objeto de atención creciente en los
últimos años. Vid. el volumen de M. Parodi, J. Ramos, E. Gozalbes y otros, Pelayo Quintero en el primer
centenario de 1912, Cádiz, 2010.
49
De esta obra se ha publicado una edición facsimil con estudio previo de J. M. Roldán Hervás, Granada,
1989.

65
Enrique Gozalbes Cravioto

Louis Siret 50 o como Georges Bonsor, sean objeto de gran atención preferente en los
últimos años 51. De esta forma, el primero será quien aporte la construcción de las Edades
del Metal, a través de sus excavaciones en la zona de Almería (Los Millares, El Algar,
Fuente Alamo, etc.), mientras el segundo explorará de forma intensa la zona de Carmona,
con materiales preciosos que en parte saldrán de España. Además los investigadores
franceses, con el impulso inicial de Pierre Paris (que había logrado años atrás llevarse a
Paris la Dama de Elche) convirtieron en emblemáticos los trabajos en su campo
arqueológico, el del antiguo municipio romano de Baelo Claudia.
El despertar de la arqueología conducirá, junto al caso ya citado de Cádiz con los
trabajos de Quintero Atauri, a otros ejemplos de transición desde el anticuarismo en las
distintas provincias de Andalucía, y en conjuntos patrimoniales como Italica, en
Córdoba, o incluso en Medina Azzahara. En la Alhambra de Granada destacará la
actuación de su arquitecto restaurador Leopoldo Torres Balbás, creador en la revista Al-
Andalus de la sección “crónica arqueológica de la España musulmana”. En Sevilla
también destacará a lo largo del siglo XX la figura de Juan de Mata Carriazo, con su
contribución final al tema de Tartessos, y su relación con el emblemático conjunto del
“Tesoro del Carambolo” 52.
No obstante, el atraso de la arqueología andaluza durante mucho tiempo será
particularmente evidente, más allá de la vida desarrollada y de la recuperación de piezas
por parte de algunos Museos, como en el caso de Sevilla, Granada, y sobre todo, del
Museo Arqueológico de Córdoba. La serie de las Memorias de los Museos Arqueológicos
Provinciales muestra ese esfuerzo que, ciertamente convirtió a los Museos andaluces en
el centro de la escasa arqueología científica que se practicaba en Andalucía 53. Este atraso
se manifiesta sobre todo en métodos y publicaciones de los datos que se aportaban. Como
ha indicado Margarita Díaz Andreu, “brillan por su ausencia planos y estratigrafías, tan
sólo incluidas por escasos autores…. La arqueología clásica todavía sigue dominada por
el monumentalismo y así los planos que se añaden a la memoria están realizados por
arquitectos. El caso de Andrés Parladé, conde de Aguiar, en Itálica es el más evidente” 54.
La guerra civil española vino a cortar la evolución que se seguía, puesto que hubo
arqueólogos a un lado y otro de la contienda. El tema de la arqueología del periodo
franquista está despertando en los últimos años una muy especial atención. Los estudios
de Margarita Díaz-Andreu, ya mencionados, planteaban esa ruptura con el
establecimiento de un modelo (el de “Comisarías”) que pretendía seguir la arqueología
alemana del periodo nazi. Dichos Comisarios provinciales en su mayor parte eran

50
M. Pellicer y otros, Homenaje a Luis Siret, Sevilla, 1986.
51
Destacamos especialmente los trabajos de J. Maier, Jorge Bonsor: un académico correspondiente de la
Real Academia de la Historia y la arqueología española, Madrid, 1999; Varios autores, Jorge Bonsor y
la recuperación de Vaelo Claudia (1917-1921), Sevilla, 2009.
52
J. L. Carriazo (Coord.), Juan de Mata Carriazo: perfiles de un centenario (1899-1999), Sevilla, 2001,
en especial la aportación de M. Bendala, “D. Juan de Mata Carriazo, arqueólogo”, pp. 39-58.
53
Otra línea de estudios es la referida a la evolución de los Museos Arqueológicos en la región. Sobre los
orígenes del de Granada vid. M. M. Villafranca Jiménez, “Los orígenes del Museo Arqueológico de
Granada: el auge de la arqueología científica y la comisión provincial de monumentos”, Cuadernos de
Arte de la Universidad de Granada, 28, 1997, pp. 183-191. Sobre el de Sevilla, J. Lorenzo Morilla, “La
creación del Museo Arqueológico de Sevilla”, Atrio: revista de Historia del Arte, 4, 1992, pp. 139-145.
54
M. Díaz Andreu, Historia, p. 44. La autora se refiere a las aportaciones de A. Parladé, Excavaciones en
Itálica (1921-1922), Madrid, 1923, y años sucesivos, publicadas como “memorias de la Junta Superios de
Excavaciones y Antigüedades”.

66
Historiografía de la arqueología en Andalucía

nombrados a partir de una afinidad al régimen, iniciando su serie con los nombrados en
1939-1941 (Juan Cuadrado en Almería, César Pemán Pemartín en Cádiz, Enrique
Romero de Torres en Córdoba, Cecilio Barberán en Jaén, Simeón Giménez Reyna en
Málaga, Francisco Collantes de Terán en Sevilla).
Las luchas y tensiones que desembocarán en la derrota final de este modelo en
1961, simbolizado por el desplazamiento efectuado por Almagro Basch respecto a
Martínez Santa-Olalla, han sido objeto de una clarificadora monografía muy reciente por
parte de Francisco Gracia Alonso 55. La misma permite seguir de forma pormenorizada la
evolución de la historia interna de la actuación de los arqueólogos, por ejemplo en la
subvención económica entregada a los mismos para sus actuaciones 56. A la luz de los
datos los principales trabajos parecen concentrarse en el teatro romano de Málaga, en las
excavaciones de la Carteia romana, en el poblado y necrópolis megalítica de Los
Millares, aunque también se cosigna el inicio de trabajos en Baza (Francisco Presedo) y
en Almuñécar (Gaspar La Chica). En cualquier caso, debe indicarse que también unas
Jornadas organizadas por la Universidad de Málaga dieron lugar a una imprescindible
monografía referida a los planteamientos más estrictamente historiográficos en relación
con la Historia Antigua y con la Arqueología Clásica en la época franquista 57.
Si entre 1939 y 1961 puede definirse como un modelo de arqueología, ligado a lo
que se han llamado los “aficionados” en relación con la Comisaría General de
Excavaciones Arqueológicas, a partir de los años sesenta la arqueología comienza a
relacionarse en una mayor medida con la Universidad. Esta etapa de la investigación, más
en consonancia con las transformaciones del “desarrollismo”, tendrá algunas figuras
emblemáticas como Manuel Pellicer (que aportará datos sobre la colonización fenicia a
partir de la necrópolis de Almuñécar), o Antonio Arribas, en especial con los estudios
sobre las Edades del Cobre y del Bronce (Los Millares, Monachil, Purullena…), entre
otros. Serán las escuelas formadas en las Universidades de Sevilla y de Granada las que
fomentarán una arqueología profesional directamente ligada a la investigación
universitaria.
Y queda la última etapa, la de la arqueología en la democracia. En este caso no
hay una historiografía concreta pues en la Historia del tiempo presente. Con el fin de
completar la visión recogeremos algunas notas finales acerca de la misma. Si por un lado
los principales conjuntos arqueológicos han avanzado de forma notable en la protección,
y la legislación es ejemplar sobre conservación del patrimonio, sin embargo la realidad de
las últimas décadas es alarmante. Los destrozos ocasionados por la multiplicación de

55
F. Gracia Alonso, La arqueología durante el primer franquismo (1939-1956), Barcelona, 2009.
56
De las relaciones se deduce la extrema pobreza de la arqueología andaluza; p. 386 en 1951 sólo
actuaciones de urgencia en Córdoba (Samuel de los Santos); pp. 388-389, en 1952- sólo acciones en Los
Millares (Luís Pericot, Martín Almagro y Juan Cuadrado), en la provincia de Granada (Joaquina Eguarás,
Francisco Presedo, Georg Leisner y Udo Oberem), en el teatro romano de Málaga (Juan Temboury,
Simeón Jiménez y Jorge Rein), y en la provincia de Cádiz (sin duda se refiere a las acciones en Carteia,
con Martínez Santa-Olalla y colaboradores de la Comisaría General); pp. 392-393, actuaciones del año
1954 nuevamente en Cádiz (se refiere a Carteia sin duda), Málaga con el teatro romano, Los Millares
(Martín Almagro y Antonio Arribas) y provincia de Granada (Francisco Presedo y Joaquina Eguarás)
57
F. Wulff Alonso y M. Álvarez Martí (Eds.), Antigüedad y franquismo (1936-1975), Málaga, 2003, con
trabajos como “Falange e Historia Antigua” (A. Duplá), “El CSIC y la antigüedad” (G. Mora), “La
antigüedad en la enseñanza franquista” (A. Prieto), “Äfrica antigua en la historiografía y arqueología de
época franquista” (E. Gozalbes), “Aventuras y desventuras de los iberos durante el franquismo” (A. Ruiz,
A. Sánchez y J. P. Bellón), “Tartessos” (M. Álvarez), “Los celtas” (G. Ruiz Zapatero), “Franquismo e
Historia Antigua en Cataluña” (J. Cortadella).

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Enrique Gozalbes Cravioto

usuarios de detectores de metal, y sobre todo, el expolio a mucha mayor escala por parte
de los grandes negociantes de antigüedades, ocasionan no sólo una pérdida patrimonial
sino también la definitiva pérdida de datos para el conocimiento del pasado histórico a
través del registro material.
Con la democracia municipal, provincial y autonómica, la arqueología vivirá de
igual forma la multiplicación de sus agentes, que también se manifestará en que muchos
pueblos con riqueza arqueológica, y la misma es extraordinaria en la región, pondrán en
funcionamiento Museos locales, y con el tiempo con aspiraciones a pequeños centros de
interpretación. El desarrollo económico permite estos esfuerzos, dirigidos en su mayor
parte al uso y disfrute social del conocimiento, y esta faceta es, sin duda, la que mayor
valor (con diferencia) ha aportado a la arqueología española y andaluza. Los materiales al
respecto se han multiplicado, en no pocas ocasiones intentando servir de orientación y
documentación para el profesorado.
Esta preocupación por la difusión social de la cultura se encuentra en la línea del
desarrollo de un turismo, tanto nacional como extranjero, que ya requiere con mucha más
atención el producto cultural. En estos últimos años la arqueología se enmarca de forma
creciente en ofrecer resultados para fomentar eso que de forma creciente se viene
conociendo como “economía de la cultura”. En los últimos años los grandes conjuntos
arqueológicos realizan ese esfuerzo considerable por la difusión del conocimiento. La
investigación se reduce en muchos aspectos, pero se enmarca en el fenómeno social de la
difusión que tiene su expresión en las nuevas “Guías” publicadas, con valor mucho más
didáctico (y riqueza de medios de imprenta) 58, así como en magníficos y costosos centros
de interpretación (no siempre exentos de polémica), como el de los dólmenes de
Antequera, el del conjunto patrimonial de Medina-Azzahara en Córdoba, o el de Baelo
Claudia, en Tarifa.
Junto a ello, la Ley de Patrimonio Histórico de 1985, así como el despliegue de
las actividades arqueológicas y museos en las esferas de competencias de la Junta de
Andalucía, supondrá un elemento tan característico como es el de las excavaciones de
urgencia, al igual que la proliferación de museos y de actividades arqueológicas locales,
todo lo cual desplaza a la investigación universitaria del principal protagonismo. Basta
con repasar los distintos ejemplares de la publicación Anuario Arqueológico de
Andalucía para vislumbrar el inicio de esta proliferación. Sin duda el sistema ha tenido
sus grandes virtualidades, sobre todo ha introducido la financiación privada (y forzosa)
de la arqueología, pero también un cuarto de siglo después de su introducción ya muestra
sus evidentes problemáticas. Las mismas pueden centrarse, entre otras, en la
multiplicación de intervenciones, la existencia de numerosas actuaciones cuyos
resultados se desconocen porque no se publican, y sobre todo la aparición caótica de
vestigios de la antigüedad, o de la edad media, incluso de la moderna, que no están en
absoluto enmarcadas en un plan en lo más mínimo coherente de investigación.

58
La introducción de la historiografía o historia de la arqueología de cada conjunto arqueológico es una
senda que parece bien marcada por los arqueólogos franceses. Vid. el volumen Archéologies. 20 ans de
recherches françaises dans le monde, Paris, 2005. Para el caso de Andalucía, en especial en relación con
su presencia en el desarrollo de las excavaciones Belo Claudia y su intra-historia, C. Domergue, “À
cinquante ans d´intervalle: Bélo 1916, Bélo 1966”, Actas I Jornadas Internacionales de Baelo Claudio.
Balance y perspectiva (1966-2004), Sevilla, 2008, pp. 9-35. Vid. J. Salas Álvarez, Imagen historiográfica
de la antigua Vrso (Osuna, Sevilla), Sevilla, 2002; J. Maier Allende, “Imagen historiográfica de la Carmo
romana”, en A. Caballos Rufino (Ed.), Carmona romana, Carmona, 2001, pp. 53-70. También la imagen
histórica de los monumentos se va incorporando a las distintas guías oficiales de los conjuntos
arqueológicos andaluces publicada por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.

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