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JOSE FERRATER MORA

rnmvisiones
DE LA
Este libro present a en una form a su m a m e n te c la r a y
sugestiv a cuatro de las m ás g r a n d e s f ilo s o f ía s —o v i s i o ­
nes de la h is to ria u n iv e rsa l las de S an A g u s t ín (visión
c ristia na), V ic o (visión re na ce ntis ta ), Volta ir e (visión ra­
Heflel
c io n a lis ta ) , y (visión absolu tis ta).
IIIN'MM UNIVERSAL
A la c la r id a d de la p r r s c n t a e íó n se une la o r ig in a lid a d
de la inte rpre ta ció n : p o c a s v ec o s se han visto tan p e ­
ne tra n te m e n te los d e t a lle s de las grand es c o n c e p c io n e s
de la h is to r ia En una e s c la r e c e d o r a i n t r o d u c i r * ' '
F E R R A T E R M O R A t it u la La u n id a d de: las c uatro v is i o ­
nes" se p la n te a n dos de las m as a p a s io n a n t e s c u e s t io n e s
que s u s c it a el tema: ¿C u á l es la razón de ser de la
h is to ria ? ¿C uá l es la f in a lid a d de la his to ria ?
F5U<sJOSÉ FERRATER MORA
t
RESER

CUATRO VISIONES
DE LA
HISTORIA UNIVERSAL

PRIMERA EDICIÓN
Publicada en 1945
SEGUNDA EDICIÓN
Publicada en julio de 2955
TERCERA EDICIÓN
Publicada en noviembre de 1958
CUARTA EDICIÓN ESCUELA DE
Publicada en mayo de 1963 FILOSOFIA Y LETRAS
(BIBLIOTECA
QUINTA EDICIÓN
Publicada en julio de 1967
SEXTA EDICIÓN E D IT O R IA L SU D A M E R IC A N A
Publicada en noviembre de 1971 BUENOS AIRES
NO TA A LA SEGUNDA EDICIÓN
La primera edición de este libro apareció en
1945. Durante varios años ha estado agotada. A l
publicarse luego una segunda edición, he creído con­
veniente no sólo revisar cuidadosamente los cuatro
capítulos de que se componía, sino también cam­
biar por completo la introducción que los precedía.
Tres resultados he perseguido con ello. El primero,
deícortar concepciones que me parecen ahora menos
plausibles. El segundo, introducir ideas que sospe­
cho más justas. El tercero, ofrecer en forma más
clara pensamientos que sigo creyendo ciertos. El
nuevo texto es algo más breve que el antiguo; si no
en otras virtudes, espero haber ganado cuando me­
nos en la de la concisión.
P R IN T ED IN ARGEN T IN A J. F. M,
IM P R E S O EN LA ARGENTINA
Queda hecho el depósito Que previe­
ne la ley 11.723. © 1971, Editorial
Sudamericana Sociedad Anónima, ca­
lle Humberto 1? 545, Buenos Aires.
LA UNIDAD DE LAS CUATRO VISIONES
I
La elección de San Agustín, Vico, Voltaire y
Hegel para presentar cuatro visiones de la historia
universal plantea varios problemas. Dos de ellos
son previos. Ante todo, ¿por qué justamente cua­
tro entre tantos filósofos para quienes la historia
universal fué con frecuencia el más fundamental,
y a veces el único, de sus problemas? Luego, ¿por
qué emplear el vocablo "visión” en vez de conten­
tarse con el más tradicional y menos discutible de
"filosofía”?
La respuesta a la primera pregunta es, por lo
pronto, arbitraria. De hecho, pueden darse varias
respuestas: los nombres en cuestión han sido ele­
gidos porque son desde todos los puntos de vista,
"importantes” ; o porque son particularmente co­
nocidos —o amados— por el autor; o porque sus
concepciones son bien perfiladas y no se prestan
fácilmente a equívocos. En este sentido, el lector
que reclama otros nombres tendría en su haber
razones poderosas; más que nadie reconoce el au-
L A UNIDAD DE LA S CU ATR O VISIO NES 13
12 CUATRO VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV ER SA L

tor de estas líneas que hubiera podido perfecta­ filosofía es cosa que sólo se alcanza una vez se han
mente ampliar el número de visiones presentadas. desplegado las visiones de que se trata. ¿Debere­
Ahora bien, si las respuestas son arbitrarias, no lo mos, pues, terminar aquí la introducción y comen­
son totalmente. Hay motivos nada desdeñables zar inmediatamente el libro? Con gusto lo haría­
para suponer que una buena parte de las otras mos si no fuese que el cuadro de toda visión de
filosofías de la historia universal existentes pueden la historia universal tiene un marco, y que éste
encajar, sin grandes violencias, dentro de alguna tiene que ser intelectualmente perfilado. Dos mo­
de las cuatro visiones presentadas. Así, la filoso­ tivos lo componen: el primero es el de la razón
fía de ía historia de Marx encaja —una vez prac­ de ser de la historia; el segundo, el de la finali­
ticada la célebre inversión por él propugnada— dad de la historia. Los examinaremos un poco a
dentro del cuadro de la visión de Hegel; la filoso­ la carrera, pero esperamos que, al final, resulte
fía de la historia de Spengler encaja — con todas claro lo que constituye, después de todo, el propó­
las variantes que se quieran— dentro del cuadro sito capital de estas líneas preliminares: el mos­
de la visión de Vico. Por otro lado, es difícil en­ trar que hay una unidad última en nuestras cuatro
contrar otras visiones que sean, como las nuestras, visiones de la historia universal.
tan "comprensivas”. Considerar la historia univer­
sal como cristiano, o como "renacentista”, o como II
racionalista, o como "absolutista”, no son cuatro
modos cualesquiera de afrontar el problema. Por Ante todo, el problema de la razón de ser de
lo tanto, aunque las razones primarias de la selec­ la historia.
ción tengan al comienzo un aire de mera preferen­ Nos han repetido tantas veces que el hombre es
cia personal, terminan por responder bastante fiel­ fundamentalmente una realidad histórica, que nos
mente a las exigencias de la realidad. cuesta ya esfuerzo imaginar que la existencia hu­
La segunda respuesta parece menos vidriosa; es, mana haya podido ser concebida de muy otras
sin embargo, más embarazosa. Saber por qué se maneras. Y, sin embargo, este ha sido con harta
habla principalmente de visión más bien que de frecuencia el caso. En una buena parte de las fi­
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losofías helénicas y helenístico-romanas podemos pasaba de ser una Idea. "Lo que no muere” era,
verlo claramente. Sobre todo en dos de ellas: el pues, tal, porque ya estaba previamente muerto.
platonismo — en un sentido muy amplio de este El rechazo de la realidad histórica — y de la rea­
término— y el estoicismo. Por grandes que fue­ lidad natural— en aras de la Idea no conseguía,
ran las diferencias entre ellas, tenían algo de co­ pues, vivificar a ésta. Después de haber declara­
mún. Era el considerar que por debajo •— o por do, cuando menos implícitamente, que el hom­
encima— del hombre hay una realidad más fun­ bre no era una realidad natural ni una realidad
damental cuya más notoria característica puede histórica, el platonismo terminaba por no poder
describirse de este modo: lo que no muere. To­ alojarlo dentro de ninguna realidad'.
memos,. en efecto, el platonismo. Su constante "Lo que no muere” era perseguido también por
preocupación consiste en descubrir ciertas formas la otra filosofía mencionada: el estoicismo. Ahora
de ser permanentes, que persisten tras todo cam­ bien, frente al sumo Principio platónico —o neo-
bio, y aun tras toda singularidad: las esencias. No platónico— , situado más allá del ser, de la esen<
se trataba siempre de negar el cambio y, con él, cía, y aun a veces de la bondad, el estoicismo
esta nuestra vida perecedera y contingente. Por el subrayaba una realidad que no sólo sobrepasaba
contrario, el platonismo se esforzó por explicarlos, a las cosas fugaces, sino que era, a su entender,
Ahora bien, tan pronto como esta filosofía llevó la única existencia auténtica: la naturaleza viva,
su intuición de la realidad a sus últimas conse­ que renace continuamente. Parece que los esco­
cuencias, acabó por negar lo que, en principio, llos del platonismo habían sido evitados. Mas en
debería haber sido justificado o, según la conocida lo que toca a la historia permanecían igualmente
expresión, "salvado”. La naturaleza y la historia firmes. Pues la actitud era en este. respecto sen­
se hallaron en este caso. Consideradas en un co­ siblemente idéntica a la platónica: una y otra, en
mienzo como menesterosas de justificación, ter­ efecto, reducían lo histórico a lo no histórico, lo
minaron por ser objetos de aniquilación. Por en­ múltiple a lo uno, lo que se despliega en el
cima de ellas, a una distancia infinita, se erigió tiempo a lo que intenta recogerse en él. Desde
un Principio que quería ser una Vida, pero no este punto de vista, es indiferente que la realidad
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fuese lo inteligible o lo corpóreo, la potencia o la con su carácter efímero; considerar la historia


presencia, la Idea o la Naturaleza. Característico como una hubiera significado elevarla al rango
de una y otra tendencia es la eliminación de toda de realidad suprema. El filósofo cristiano, en
visión de la historia y la tendencia a subsumir ésta cambio, no necesitó adoptar semejante actitud.
en una pretendida más completa visión del mun­ Se dirá que lo mismo aconteció con el hebreo y
do. Con esto no pretendemos que ni los griegos que la fuerte tendencia de .este pueblo en su épo­
ni los romanos hubieran poseído jamás sentido de ca "clásica” a verse como el eje del acontecer his­
la historia; algunos de ellos lo tuvieron en pro­ tórico y, por consiguiente, como la sal de la his­
porción altísima. Mas este sentido de la historia toria, equivalía a haber obtenido ya esa visión de
no fué nunca ni universal ni filosófico: o se con­ la historia una que faltaba al pensador helénico.
centraba en un pueblo o se limitaba a una expe­ Nada tan justo. Pero una vez reconocidas las
riencia. Para que se convirtiera en realidad fun­ analogías que ligan en este respecto al pensador
damental y en problema era necesario un acon­ hebreo y al cristiano, hay que destacar inmedia­
tecimiento que no solamente revolviera los tiem­ tamente sus diferencias fundamentales. Sobre
pos, sino también las almas: fué el cristianismo. todo la siguiente: el pensador hebreo "clásico”
Para los filósofos no cristianos, aun para quie­ no tuvo en lo que toca a su concepción de la bis-
nes, como algunos neoplatónicos, se aproximaron, toria ningún auxilio proporcionado por la sabidu­
hasta rozarlas, a algunas intuiciones del cristia­ ría griega, en tanto que ésta acompañó constan­
nismo, la historia sólo podía ser el más radical temente, por lo menos a partir de cierto momen­
ejemplo de lo que se habían propuesto a toda cos­ to, al filósofo cristiano. Esto explica, dicho sea
ta eliminar o, cuando menos, "subsumir” : el de paso, que mientras el hebreo vivió la historia
cambio. Lo primero que había que hacer con ella como historia universal, no se le ocurrió en ningún
era, pues, atomizarla. Puede haber —muchos instante desarrollar intelectualmente la concep­
pensaron— historias, pero no puede existir una ción de ésta. Lo mismo que para el cristiano, la
historia. Pues la unidad de la historia supone en historia es para el hebreo un acontecimiento úni­
ésta una cierta "substancialidad” incompatible co, dramático y decisivo. Pero afirmar la reali­
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dad de la historia no es todavía buscar una "razón resortes ocultos o sus principales "causas” : fué
de ser” de ella. Esto último es lo que hace —por una visión total del tiempo histórico, la suposi­
vez primera— el cristiano. Antes del cristianismo ción de que este tiempo se desenvuelve según el
la historia — la historia universal— fué, según los modelo de un grandioso drama. He aquí, dicho
casos, algo eliminable o algo inefable. Después del sea de paso, uno de los motivos por los cuales
cristianismo se convirtió en una realidad acerca de el término "filosofía” no es adecuado para ca­
la cual se podía —y se debía— hablar. racterizar la concepción agustiniana. No sabemos
No sorprenderá, pues, que la primera concep­ todavía lo que significa "visión”. Pero barrunta­
ción de la historia presentada en este libro sea la mos que no se trata de la mera reconstrucción
cristiana — y, además, la agustiniana. San Agus­ filosófica de una cierta realidad.
tín planteó, en efecto, con gran lucidez, una serie Las tres restantes concepciones de la historia
de problemas que los anteriores filósofos habían que van a ocuparnos son muy distintas de la agus­
ignorado — o dejado de lado— . He aquí tres de tiniana. En importantes respectos son inclusive
ellos. Ante todo, el problema de una razón que opuestas a ella. Lo que para San Agustín es de­
por sí sola no podía entender al cristianismo, pero cisión ineluctable es para Vico esperanzadora deci­
sin la cual el cristianismo no podía ser entendido. sión; lo que para Voltaire es lucha por la razón
Luego, el problema de una concepción que a la es para San Agustín aceptación del misterio; lo
vez que afirmaba la naturaleza insuficiente del que para San Agustín es dualidad dramática es
tiempo y del mundo, destacaba su carácter decisi­ para Hegel inexorable unidad. Mas por debajo
vo. Finalmente, el problema que planteaba el he­ de las diferencias subyacen muy fundamentales
cho de vivir en una época en la cual la crisis his­ concordancias. Por lo pronto, las dos siguientes,
tórica se acentuó hasta la exasperación y en la Una, que la historia transcurre según ley, la cual
cual se traslució también la posibilidad de ven­ puede ser engendrada por la razón dictada por
cerla. El resultado de la meditación sobre estos la providencia. La otra, que sin alguna "razón de
problemas no fué solamente una reflexión filosó­ ser”, calcada sobre el tipo de razón descubierto
fica sobre la historia, destinada a descubrir sus por los filósofos antiguos, no podría ni siquiera
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hablarse de la historia. Ambas cosas son esencia­ humana, sino impersonal; la historia es una razón
les. La suposición de que existe una. ley de la cual que se despliega dialécticamente como un momen­
puede darse razón constituye, en efecto, un caña­ to en la evolución del universo. Por lo tanto, só­
mazo común sobre el cual se borda toda ulterior lo la razón impersonal — encarnada en ciertas
diversidad. comunidades o en ciertos individuos— puede
Es una diversidad considerable. Lo es tanto, enunciar algo significativo acerca de la historia.
que a poco que la subrayemos corremos el riesgo ¿Seguiremos manteniendo que hay algo de co­
de deshacer la regularidad de nuestro cañamazo. mún en razones de ser — o de acontecer— tan
Por lo pronto, no es exactamente lo mismo que diversas? En la medida en que pueda afirmarse
la ley sea un principio racional o el dictado de algo con seguridad en materia tan reacia a toda
una providencia. Luego, es muy distinto sostener rigurosa demostración, ciertamente que sí. Pues
que la razón de la historia reside en el espíritu lo que importa en nuestro caso no es tanto quién
humano o mantener que alienta en el seno de -— o qué— decide la historia, o dónde reside su ra­
otra realidad. Tomemos, en efecto, a San Agustín. zón de ser, sino el supuesto de que la historia trans­
La razón de ser — la completa razón de ser— de curre según una ley de la cual puede darse razón.
la historia, es poseída, según él, sólo por la di­ No hay duda de que nuestros cuatro autores
vinidad. Por lo tanto, en principio solamente comulgan en esta creencia. Y de que, además, esta
Dios podría hablar con pleno sentido de la his­ creencia es distinta de la que poseen el filósofo
toria. Consideremos ahora a Vico o a Voltaire. de la naturaleza o el del mundo inteligible cuan­
La razón de ser de la historia es para ellos de do se plantean, como a veces también ocurre, la
naturaleza esencialmente humana. Para Vico es cuestión, la historia. Para ambos filósofos, en
algo que el hombre hace; para Voltaire, algo que efecto, la historia propiamente no existe. Como
el hombre destruye — o perfecciona. Por consi­ lo hemos mostrado en el caso del estoico y del
guiente, la historia es la primera materia del len­ platónico, la historia es para ellos o la eflores- i
guaje humano. Examinemos, finalmente, a Hegel. cencia —y, por tanto, la mera superficie— de un
La razón de ser de la historia no es divina ni mundo natural, o la copia — y, por tanto, el en­
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gaño— de un mundo inteligible. Tal vez el es­ su deseo de entender este proceso. ¿Se dirá enton­
toico y el platónico terminen por reconocer que ces que Vico habla de una historia ideal eterna
la historia transcurre según ley. Pero nunca llega­ según el modelo de la cual tienen que transcurrir
rán a afirmar que transcurre según su propia ley. las historias particulares? No es menos evidente
Ahora bien, esto es lo que une de raíz a nuestros que estas historias particulares le son absoluta*
cuatro "visionarios”. La historia es para ellos, mente necesarias a la historia ideal eterna — si
efectivamente, una realidad, acaso no incompati­ es que, a la postre, no la constituyen— . Cualquie­
ble con la de la naturaleza o la del mundo inteli­ ra que sea el punto de vista que se adopte, será
gible, pero en ningún caso simplemente reducti- inevitable, pues, concluir que nuestros visionarios
ble a la de ellos. ¿Se dirá que esto es evidente subrayan dondequiera que la ley de la historia
solamente en algunos, como Vico o Voltaire, pero universal es al mismo tiempo la ley que permite
en modo alguno común a todos? No será difícil afirmar la plena realidad de esta historia. No hay
mostrar lo contrario. Pues si para San Agustín sobre este punto ningún desacuerdo: la historia
la historia está desde siempre en la mente de existe, y la razón de ser de ella no se alcanza al
Dios, no es menos cierto que se ha hecho po­ escamotearla, sino al revelarla. Por eso, dar razón
sible por 1a. libertad del hombre; todos los es­ de la historia no equivale simplemente a explicar­
fuerzos del gran teólogo para conciliar la liber­ la. De ser esto, tendríamos una serie de filosofías
tad humana con la predeterminación divina pue­ de la historia — más o menos razonables y más o
den estudiarse desde este ángulo. Y si para He­ menos plausibles— . Al no serlo, tenemos un con­
gel la historia es el resultado del desenvolvimien­ junto de visiones de la historia — acaso menos
to dialéctico de la Idea, no es menos obvio que razonables y menos plausibles que las filosofías,
se ha hecho posible por el afán que tiene esta Idea pero, como apuntamos al comienzo, más "com­
de recorrer el calvario —y la delicia— de sus prensivas”'— . Nuestros autores aspiran, en efecto,
posibles experiencias; todas las especulaciones del tanto a la realidad como a la totalidad; lo que les
gran filósofo sobre el continuo trascenderse de la interesa no son las causas, sino el principio dé
realidad pueden considerarse como resultados de la historia. Ahora bien, este principio no es com-
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24 CUATRO VISIONES DE LA HISTORIA UNIVERSAL
aparente caos. En la busca por una finalidad de
pleto si se limita a poner de relieve la ley del la historia, desaparece todo apoyo. Por un lado,
desenvolvimiento de la historia universal. Ade­ la historia no puede explicarse por algo ajeno a
más de esto, y aun por encima de esto, pretende ella, pues en tal caso se desvanecería su realidad.
dar una justificación de ella. El problema de la Por el otro, no puede explicarse por sí misma,
razón de ser de la historia lleva por ello inme­ pues en tal caso carecería de sentido buscarle un
diatamente a la cuestión de su finalidad. fin. Hay, pues, que imaginar algo que esté más
allá de ella y que, sin embargo, sea capaz de se­
III guir manteniendo su presencia y figura. Es una
contradicción incómoda; nada de extraño que el
Cómo acontece la historia es cuestión compli­ modo habitual de resolverla no sea ni la descrip­
cada, pero no abrumadora; la paciente investiga­ ción, ni el análisis, ni siquiera la especulación,
ción historiográfica puede proporcionar al respec­ sino esa forma de representarse la realidad que a
to muy satisfactorios resultados. Por qué tiene través de la imaginación va a parar al sueño.
lugar la historia es cuestión difícil, mas no inso- Al formularse la pregunta: ¿Para qué hay his­
luble; la potencia del análisis filosófico puede toria?, la misma visión se convierte, en efecto, en
ayudar a no perderse del todo en ese laberinto. ensoñación. Las cuestiones que se plantean al res­
Para qué transcurre la historia es cuestión impo­ pecto parecen demasiado poco vividas y perfiladas
sible; para afrontarla no hay más remedio que para que sean propias de los instantes de vigilia.
acudir a la imaginación. Y, sin embargo, son las cuestiones inevitables, las
Ninguno de nuestros cuatro autores careció de que acechan al hombre cuando se halla despreve­
ésta. Más aun: ninguno creyó que debía emplear nido, cuando no está ocupado o, como Pascal di­
grandes cautelas al manejarla. Es comprensible. ría, "distraído” . La historia está ahí, como algo que
En la busca por una. razón de ser de la historia le pasa al hombre, Bien. Mas, ¿para qué le pasa?
se anda todavía por un territorio relativamente ¿Qué necesidad tiene el hombre de tener una his­
estable: se supone que hay una historia y que ésta toria? ¿No será más bien obstáculo que camino
se halla regida por una ley capaz de ordenar su
26 CU ATR O VISIONES DE L A HISTORIA U N IV ER SA L L A UNIDAD DE LA S CU ATR O VISIO N ES 2 ~J
esa enorme aventura de la historia universal? Esta tierra de promisión no consiste en des­
El estoico y el platónico habían contestado, a prenderse de lo temporal y contingente para ele­
su modo, a estas preguntas. La historia le pasa al varse a lo imperecedero y eterno: consiste más
hombre, sostenía el primero, como le pasan todas bien en hacer eterno e imperecedero lo que parece
las cosas externas: con el fin de ejercitarse en su a primera vista contingente y temporal. Ninguno
abstención y reconocer que son indiferentes. La de los filósofos antiguos alcanzó — o siquiera
historia le pasa al hombre, mantenía el segundo, pretendió alcanzar— semejante fin. La filosofía
como le pasan todas las cosas sensibles con el fin de las esencias tenía que negar el cambio —y
de ejercitarse en su dominio y reconocer que son con él las existencias— , haciendo de esta vida la
engañosas. Más allá de la historia se hallan, una muerte verdadera, el sepulcro del alma. La filo­
vez más, las realidades auténticas: la naturaleza sofía de la naturaleza omnicomprensiva tenía que
o el mundo de las ideas. ¿Diremos, pues, qi^e los negar la inmovilidad —y con ello las esencias— ,
mismos que negaron la auténtica realidad de la haciendo de esta vida una parte del todo, una
historia fueron los únicos que percibieron su fina­ chispa del gran fuego que todo lo devora y re­
lidad? Tentados estaríamos de hacerlo si las res­ construye. La filosofía de las esencias culminaba
puestas en cuestión no tuviesen un grave incon­ en un mundo inteligible que resultaba insuficien­
veniente: el ser negativas. Para el estoico y el te por falta de realidad. La filosofía de la natu­
platónico la historia es, en última instancia, in­ raleza omnicomprensiva culminaba en un mundo
necesaria. Es, a lo sumo, un ejercicio, pero no una existente que resultaba insuficiente por falta de
experiencia fundamental — o, en la anterior termi­ plenitud. Ahora bien, la coexistencia de lo real
nología, un obstáculo y no un camino— . En cam­ y de lo pleno es lo que nuestros cuatro visiona­
bio, nuestros cuatro autores coinciden en que la rios constantemente persiguen. Esto significa que
historia es un itinerario —y un itinerario indis­ intentan unir dos formas de ser que por lo usual
pensable— . Sin recorrerlo por entero no podría se repelen mutuamente: las existencias y las eter­
alcanzarse lo que constantemente buscan: una nidades. Pues la existencia — barruntan— no se­
tierra de promisión. rá completa si no es perdurable. Y la eternidad
28 CU A TR O VISIONES DE L A HISTORIA U N IV ER SA L L A UNIDAD DE L A S CU ATR O VISIO NES 29

— sueñan— no será perfecta si no es existente. La pecto pocas diferencias hay entre nuestros auto­
salvación del hombre — eje de estas visiones de res. Cierto que su "más allá” es en cada caso muy
la historia— no puede hallarse, por tanto, a su distinto. Para San Agustín, el "más allá” es la
entender, ni en la huida del alma solitaria hacia ciudad de los elegidos; para Vico, el modelo se­
el reino de los inteligibles, ni en la aniquilación gún el cual transcurren las historias particulares;
del cuerpo dentro del mundo de las cosas natura­ para Voltaire, el reino de la luz; para Hegel, la
les. Puede hallarse únicamente en una vida que plenitud de la Idea. Pero cada uno de esos "más-'
admita, como momento integrante de ella, lo efí­ allás” tiene algo de común: el hecho de que a la
mero y perecedero; en una verdad que tenga la vez que el motor de la historia constituye la justi­
experiencia del error, de la culpa y de la mentira. ficación de ella. La historia universal no es, pues,
La salvación del hombre, en suma, no puede en­ innecesaria. No es un obstáculo que haya que sal­
contrarse, según nuestros autores, ni en lo que var a la carrera o una realidad que deba reducirse
está ya muerto ni en lo que demasiado se siente a otra considerada como más fundamental. Es
que puede una vez morir. una realidad tan efectiva, que el "más allá” bus­
Sólo cuando se encuentra •— o se vislumbra—• cado hace con ella lo que, según Hegel, hace el
esa vida verdadera — o esa verdad viviente—' proceso dialéctico: conservarla a la vez que supri­
puede decirse que tiene sentido ese conjunto de mirla. La historia universal se convierte de este
zozobras y esperanzas que tejen la historia huma­ modo en un camino, pero en un camino tan in­
na. Por eso la historia es para nuestros autores dispensable como la posada. Si el viajero que lle­
no solamente una realidad plena, sino una reali­ ga a ésta se instala en ella definitivamente, lo
dad que tiene, además, un sentido. Desde este hace con el bagaje de la historia universal.
punto de vista puede decirse ya que el sentido de Esto es lo que nuestros cuatro visionarios pien­
la historia es algo que está 'm ás allá” de ella. san últimamente acerca de la historia y de su sen­
Pues "más allá” no significa ya una realidad en tido. Por eso hemos dicho que al llegar a este
la cual se disuelve la historia, sino una realidad punto sus especulaciones se convierten en sueños.
por la cual la historia se mantiene. En este res­ Hubiéramos podido agregar: y en mitos. ¿Debe-
CU ATR O VISIO NES DE LA HISTORIA U N IV E R SA L

remos por ello rechazarlas? Hacerlo así sería ol­


vidar lo que Platón insistió en poner de reiieve:
que ciertas cuestiones no pueden tratarse si no es
tejiendo mitos en torno a ellas. La visión de la
historia culmina así en una mitología de la histo­
ria; el concepto cede el paso a la metáfora. Esto, SAN AGUSTÍN O LA VISIÓN
sin embargo, .no debe desazonarnos. Pues el mito CRISTIANA
es peligroso solamente cuando no tenemos con­
ciencia de su presencia, cuando no advertimos que
está destinado, tanto como a hacemos de algún
modo la realidad, a consolarnos de ella. Que es­
to sucede con nuestros cuatro visionarios, no me
parece dudoso. De hecho, sus visiones de la his­
toria son —y de modo eminente— consolaciones
por la historia. Las razones de la consolación son
en cada caso distintas: para uno es la esperanza;
para otro, la repetición; para un tercero, la inter­
vención activa; para un último, la impasible •— y
hasta implacable— contemplación. Pero la finali­
dad es idéntica: hacer ver que el sentido de la his­
toria es la plenaria justificación de ella; hacer
comprender que todo juicio final implica la his­
toria universal. La constante fidelidad de nues­
tros visionarios a este común empeño ha pesado
no poco en nuestra selección.
Con tal ligereza hablamos hoy de la historia y
lie sus problemas que nos cuesta esfuerzo imagi­
nar lo que debía ser para un hombre que nació en
t i año 354 de nuestra era el descubrimiento de
que existía, efectivamente, una historia. Porque el
caso de San Agustín es nada menos que el del
descubrimiento de la historia. El griego no había
tenido nunca la plena conciencia de semejante rea­
lidad. Una realidad que no consiste, por lo pronto,
rn un conjunto de hechos que han tenido lugar en
un pasado, sino en. el hecho más radical de que
dianto el hombre ha realizado y ha vivido ha
I sido ejecutado y vivido desde algo y para algo,
Ii.i tenido, propiamente hablando, un sentido. Como
1minos visto en las paginas precedentes, el griego
"clásico” no puede encontrarle sentido específico
.i la historia, porque lo que para él tiene sentido,
la única realidad que merece ser así llamada, no es
la historia, sino la naturaleza. El griego vive su­
mido en la naturaleza como una cosa entre las
34 CUATRO VISIONES DE LA HISTORIA UNIVERSAL SAN AGUSTÍN O LA VISIÓN CRISTIANA 35
demas cosas, sin duda como la cosa más sublime, Para el cristiano, en cambio, hay un aconteci­
pues tiene razón y puede decir, mediante esa ma­ miento que divide y casi enemista los tiempos,
ravillosa facultad del logos, lo que su razón ha por el cual los tiempos mismos adquieren inequí­
visto, y, sobre todo, lo que ha supuesto. Y lo que voca presencia: la llegada del Mesías, su rápido
el griego supone es precisamente la permanencia, y decisivo paso por la tierra. Sorprenderá un poco
la inalterabilidad, la sustancia y principio universal quizás que la religión de lo eterno no excluya,
que se llaman agua, aire, átomo, idea. El hombre sino que afirme terminantemente, lo que parece
no parece tener entonces otra misión que la de ser negación de lo eterno. Pero el cristianismo es
apartar de sí todo lo que sea cambiante y movedi­ muchas cosas más de lo que se supone y no todas
zo que la de llegar, a través de la inestabilidad las que se cree. A veinte siglos de distancia de su
y el cambio, a lo sustantivo y fijo. En ese sentido nacimiento, todavía nos preguntamos, perplejos,
vale tanto el universo inteligible, de Platón, como en qué consiste. Y como no podemos contestar
la vida conforme a la naturaleza, de ios estoicos. aquí de manera adecuada a esta pregunta, hemos
n ambos se manifiesta el mismo horror y la mis­ de limitarnos a repetir lo que ya en la agónica
ma aversión a lo histórico, la misma exclusión de teología de San Pablo encontramos: el cristianis­
aquello que la razón no puede comprender por ser mo es un suceso de la historia y lo que contiene
en grado eminente lo que no'es’ nunca, por consis- y sobrepasa la historia, es afán de eternidad y jus­
tir en una perpetua no detenida fluencia: el tiempo. tificación del tiempo, es comprensión de la muerte
ideal de la existencia griega y, en general, de y afirmación de la inmortalidad; es, en suma, lo
toda la existencia antigua es, en cierto modo, "vi­ uno y lo otro, escándalo y "locura”, contraste, an­
vir al día”, o, lo que suele ser lo mismo, vivir tagonismo y "contradicción”.
sin tener en cuenta el ayer ni el mañana, vivir sin En esta "contradicción” se encontró el primer
advertir el paso de las horas, sin recuerdos ni cro­ gran cristiano cuya visión de la historia constituye
nologías. En esa existencia, que sigue siendo para nuestro tema. No es casual que el cristianismo se
nosotros motivo de fascinación constante, el mo­ hiciera cuerpo y alma en quien, según sus pro­
mento se confunde a menudo con la eternidad. pias confesiones, había sido lo que Pascal dice del
36 CU ATR O VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L SA N A G U ST ÍN O L A VISIÓN C R ISTIA N A 37

hombre: cloaca de incertidumbre y de error, si­ que por Dios y el alma. Se trata también de lo
multáneo depósito de grandeza y miseria. Hasta infinito, del tiempo y de la historia, justamente
San Agustín el cristianismo había sido sobre todo las realidades que el griego había perseguido en­
vi\ido, desde San Agustín iba a ser, además, pen­ carnizadamente sin conseguir eliminarlas. Por eso
sado. Ahora bien, pensar el cristianismo parecía el intento de San Agustín parece hoy, desde el
imposible a menos que fuera asimilada de algún punto de vísta religioso, una heroicidad, y desde
modo la tradición intelectual griega, que la lucha el punto de vista filosófico, casi un despropósito..'
entre los cristianos y los paganos, cuya violencia La escolástica medieval no había concebido nunca
había sido templada ya en parte por los esfuerzos un programa así. Obsesionada cada vez más por las
de San Justino, de San Clemente de Alejandría y soluciones "clásicas”, la escolástica que culminó
de Orígenes, llegara a convertirse en armonía. Lo en .Santo Tomás fué un ensayo para recobrar la
que en San Agustín se pensaba era el cristianismo; tranquilidad que el cristianismo primitivo había
aquello con lo cual se pensaba era la tradición desterrado y que San Agustín había ignorado. Para
griega. Pensar el cristianismo fué por lo pronto, Santo Tomás no hay contradicción entre la razón
para San Agustín, tomar el helenismo como órga­ y la fe, porque la unidad de la verdad concilia
no, como un instrumento que sólo por su eficacia cualquier desgarramiento de contrarios. Para San
podía ser admitido al lado de lo que había apareci­ Agustín no hay tampoco, en el fondo, contradic­
do como tan distinto de él. ción, pero esta ausencia de contradicción no im­
Pues bien, lo primero con que San Agustín se pide sino que exige cabalmente pensar la fe por
encuentra al proponerse esta hazaña intelectual es la razón y justificar ésta por aquélla. Santo Tomás
la existencia de unas realidades que el griego había y toda la escolástica comprenden para creer o, si
excluido por ser irracionales, por no ajustarse al se quiere, creen y comprenden simultáneamente, ^
imperio, al despotismo y a la violencia de la razón. porque la comprensión no es, siempre que recta­
No se trata sólo de los misterios, convertidos en mente se use, incompatible con la creencia. San
dogmas, no se trata solo de Dios y del alma, a pe­ Agustín y toda la mística creen para comprender,
sar de que San Agustín dice no interesarse más es decir, creen porque sólo la creencia les dará por
38 CU ATR O VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L SAN AGUSTÍN O LA VISIÓN CRISTIANA 39
la gracia aquella razón que la misma razón no día, sino un drama. LaJñ_stores^^paxaSan-Agus-
puede dar. tín, historia del gran drama de la salvación.
Esta vindicación de la razón por la fe o, mejor “ Cuando Sari Á^stíñ^offiéñzSTKáoa el año 413,.
dicho, este pedir incansablemente a la fe una ra­ a escribir su Ciudad de Dios, la penetración de los
zón que ilumine la creencia, es característica de pueblos bárbaros en el Imperio había dejado de
la meditación agustiniana sobre la historia y so­ ser una filtración pacífica. Este hecho debía de in­
bre el tiempo, y a ella habrá de reducirse toda fluir decisivamente en su concepción de la historia.
su visión de 1.a historia. La filosofía de la histo­ No debe olvidarse en ningún momento que San
ria de San Agustín es una teología de k hkfnri* Agustín siente, habla y escribe desde un tiempo
Y una teología es siempre una teodireaj nna jnc- que había logrado poco a poco, tras enormes es­
ticia de Dios ,y una justificación de esta-jusfeida. fuerzos, reconocer la existencia de culturas actua­
En la historia vista por San Agustín aparece no les o desaparecidas a las cuales no se podía con­
sólo, sin embargo, la justicia divina, sino también fundir, como hicieron los griegos, con una indis­
su misericordia, tan infinita y tan incomprensible tinta masa de bárbaros. Esa época, una de las más
como su justicia, ^ p r eso la historia es, al mismo oscuras y apasionantes de la historia, por lo menos
tiempo que castigo, redención de este castigo. Para para nuestros días, que parecen obsesionarse por
el cristiano la historia se hace, en efecto, posible todo lo que es inestable y crítico, es la época de
mediante el pecado, es decir, mediante el quebran­ la disolución del mundo antiguo, de la forma
tamiento de la ley divina, el afán de conocer el de vida que había parecido y seguía pareciendo
bien, y el mal, el apartamiento de Dios, la sober­ todavía a algunos intangible y eterna. Las cau­
bia. Pero el pecado es sólo la posibilidad y el sas de la llamada decadencia, frecuentemente con­
fundamento de la historia, su condición necesaria fundidas con sus manifestaciones, nos parecen hoy
y no su misma sustancia. La historia es, sin duda, de índole complicada, si es que, en realidad, puede
historia de los pecados humanos, pero también de hablarse de causas. Para el cristiano, todo aquel
la salvación de los mismos. Por eso no es una derrumbamiento y aquel desquiciamiento, toda
comedia, divina o humana, ni tampoco una trage- aquella enorme y monstruosa confusión del Orien­
S A N A G U ST ÍN O L A VISIÓ N C R ISTIA N A 41
40 CU ATR O VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L

te con el Occidente, del Sur con el Norte, debía I ida de la restitución, para el cristiano es el mal,
aparecer como el anuncio del final del drama que poro el mal necesario e indispensable, porque tie­
San Agustín enuncia y que ya en los comentarios ne su sentido en la realización del drama de la
de Ticonio al Apocalipsis se había anticipado. Toda historia. Para el estoico, la naturaleza es el fin
época de crisis parece ser siempre el crepúsculo de todas las cosas, porque la naturaleza es la razón
de la historia, la preparación para la llegada del misma, el conjunto compuesto de elementos a la
"primero, del último y del viviente”. Tal sentimien­ vez reales y racionales. Para el cristiano, la natu-
to resulta mucho más explicable todavía en aque­ raleza no tiene ningún sentido si no ha sido hecha
llos siglos en que parecía advenir, con la rápida para que el hombre pudiera desenvolverse en ella
difusión del cristianismo, el desquiciamiento del El hombre es para el griego y, sobre todo, para
imperio y el establecimiento de los bárbaros, un el estoico, una parte de la naturaleza; para el
fin previsto, el acto último de un drama que había cristiano, en cambio, la naturaleza es una parte
comenzado en un jardín idílico e iba a terminar del hombre, el cual es definido justamente como
en lo que es más radicalmente distinto de un idi­ un compuesto de dos elementos contradictorios y,
lio: en un juicio. Ante el gran teatro del mundo, sin embargo, coexistentes: su miseria natural y su
en medio de las ruinas del pasado y con la espe­ grandeza divina, su radicación en el mundo y
ranza y el temor de ese juicio final, escribe San en la tierra y su posibilidad de llegar, por la gracia,
Agustín su teología de la historia, y todo el con­ hasta la contemplación de Dios. Esta imagen del
tenido de esa visión del apasionado visionario debe hombre, que coincide en ciertos aspectos con la
ser entendido partiendo de esta única situación. platónica, donde se habla, en un anticipador estilo
Todo debe ser comprendido desde aquí, no sólo cristiano, de la caverna y de la superficie, de la
la visión cristiana y agustiniana de la historia, oscuridad y de la luz, del reflejo y del ser verda
sino la misma visión de la naturaleza. Si, como he­ dero, es la imagen cristiana por excelencia, y por
mos dicho, la naturaleza era para el griego lo ello también la imagen agustiniana, de un San
permanente, el gran todo al cual cada ser indivi­ Agustín que si cristianiza el platonismo y el neo­
dual vuelve en cumplimiento de la universal jus- platonismo, no deja de platonizar el contenido de
42 CUATRO VISIO NES DE LA HISTORIA U N IV ER SA L SA N A G U ST ÍN O L A VISIÓ N C R ISTIAN A 43

la fe cristiana, de dar forma a lo que amenaza hombre. Lo'que había antes del mundo y del hom­
constantemente con desbordar toda forma. La natu­ bre era para el griego una caos sin forma, una
raleza es, como dirá posteriormente Hegel, lo que materia sin perfil, una masa sin figura. La misión
está ahí, pero es lo que está ahí, muda y paciente­ de Dios era entonces simplemente la de dar forma
mente, para que sobre ella pueda desenvolverse, a esta masa informe, la de plasmar y no la de
como sobre un escenario, el drama de la historia. crear, porque el Dios que ha hecho el mundo es,
~~¡ Un drama que, por lo pronto, se halla ya pre­ como afirma explícitamente Platón, un demiurgo,
visto, con su comienzo, nudo y desenlace, en la un obrero. El Dios del cristiano no es un obrero,
mente de su autor; un drama que es tal vez la co­ sino un arquitecto, porque de él surge, al dictado
media divina, pero que puede ser llamado la tra­ imperioso de su voz, la forma y la materia, la fi­
gedia humana. Mas un drama que, a diferencia gura de la masa y la masa misma. El hombre
de los concebidos y realizados por el hombre, no antiguo se encuentra con un mundo al cual atri­
tiene espectadores, sino únicamente actores. Estos buye la eternidad; el cristiano se encuentra con
actores son los hombres, todos los hombres. Por un universo que ha surgido por la creación, que
eso el hombre es, en el fondo, únicamente un ac­ ha tenido no sólo un fundamento real, sino un
tor, un ser que lleva la máscara y que por llevarla comienzo en el tiempo. Pero el tiempo no tiene
es llamado precisamente lo que, al parecer, signi­ sentido si no sirve justamente para que, a lo largo
fica "máscara” : una persona. La personalidad del de él, se desenvuelva lo que es esencialmente tem­
hombre consiste en este su estar enmascarado, en poral: la persona humana y su dramática historia.
este su desempeñar el papel que le corresponde, El hombre es así para el cristiano el ser vil por ex­
que le ha sido asignado de antemano desde aque­ celencia, el más abyecto de los seres abyectos, pero
llos tiempos en que no había nada, ni siquiera a la vez el centro del mundo, la cumbre de la
tiempo, porque todo estaba en el seno de Dios creación, el barro, mas barro hecho a imagen y
| como modelo y paradigma. La historia, comienza semejanza de Dios. Sólo cuando ha nacido del
\ propiamente cuando nace, por la voluntad de Dios, barro de la tierra y del soplo divino la figura hu­
I el tiempo y, con él, el mundo y, con el mundo, el mana, descansa Dios de su obra, la contempla y
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la declara buena. El hombre ha sido hecho, como Si nos atenemos a la moderna imagen evolutiva
diría Unamuno, para acompañar la soledad de Dios. de la historia, resulta sorprendente que el hombre
Mas porque el hombre tiene este soplo divino, comience por ser, no un bruto que se desliga de
porque consiste, en el fondo, como la mística ger­ la naturaleza, sino un ser que, después de haberle
mánica señala, en una inextinguible centella, no sido dada la imagen y figura de Dios, vuelve a re­
puede ser una cosa entre las cosas, sino que, jun­ volcarse en el barro que constituye lo más alejado
to con la gloria de haber sido colocado en el cen­ de Dios que pueda concebirse, lo que los neopla-
tro del universo, surge la consecuencia de esta glo­ tónicos y, junto con ellos, los primeros padres de
ria: la embriaguez, la curiosidad, el orgullo y, con la Iglesia, llamaron indistintamente el no ser, el
él, el pecado. Al hombre le es dado lo que ningún mal y la materia. La visión actual de la historia
ser hasta entonces había recibido: la facultad de nos presenta un origen que se confunde.con lo que
regirse por sí mismo, de elegir entre instancias nuestros abuelos llamaban, no sin cierto estremeci­
opuestas, en suma, de hacerse. El hombre recibe, miento, la noche de los tiempos. La visión cristia­
por la liberalidad de Dios, la posibilidad de diri­ na, coincidiendo en ello dentro de su gran dispari­
girse hacia Dios o hacia el mundo, hacia la luz o dad con la judía y la griega, nos presenta, en cam­
hacia las tinieblas. Criatura de Dios, es al mismo bio, un origen tan increíblemente claro y transpa­
tiempo señor de las cosas y, ante todo, señor y rente que cuesta esfuerzo inclusive pensarlo. Para
dueño de sí mismo. Sin ese señorío y esa simul­ el progresista moderno, en un principio fué la dis­
tánea dependencia no podría haber eso que llama­ persión, y la historia consiste casi exclusivamente
mos una historia, un drama de la humanidad. Sin en el proceso que lo disperso pasa a lo único, que
la libertad, el hombre hubiera sido bestia o ángel. la multiplicidad se transforma en unidad. Para
Con la libertad sola, sin auxilio divino, habría el cristiano, la unidad ha sido el principio y origen
sido ángel rebelde, demonio. Por esa extraña su­ de la historia y toda ella ha consistido en el des-
perposición de la libertad y de la dependencia, de gaj amiento de esa unidad primitiva, hasta que, con
la gracia y de la naturaleza, puede ser el más gran­ la venida de Cristo, y por ella, lo confuso y lo múl­
de de los misterios de este mundo: un hombre. tiple se hace nuevamente unitario. Visión que es,
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por lo tanto, lo más radicalmente distinto que el griego ni para el judío, porque ante ellos no
puede darse de la idea del hombre sostenido por el se despliega una sucesión de pueblos diversos, sino
progresista moderno. Para éste, el hombre ha sur­ que al lado del propio pueblo y a veces inclusive
gido como un producto final del desenvolvimiento de la propia ciudad o de la propia tribu hay sólo
del universo y es, a la vez que un ser natural, un una masa amorfa, carente de libertad en el primer
comienzo de la conciencia que el universo tiene caso, ignorante del Dios verdadero en el segundo.
de sí mismo. La evolución del hombre es el resul­ Mas para el hombre del siglo v, por cuya retina
tado de su propio esfuerzo, el afán por liberarse han pasado no sólo la tradición intelectual griega
del terror pánico, de la oscura caverna primitiva, y la grandeza política de Roma, sino también la
el paso lento y tenaz de la sombra a la luz, del irrupción de los pueblos bárbaros y la desaparición
instinto a la razón. Para la idea oriental del primer de los imperios de Oriente, se perfila una más
hombre, para la idea griega del alma desterrada y, complicada figura. Todo pueblo antiguo se consi­
desde luego, para la idea cristiana, no hay paso de dera a sí mismo como el centro del mundo y ello
la sombra a la luz, sino todo lo contrario: a la luz tanto en los judíos, en los griegos y en los roma­
primitiva,, a la claridad y transparencia de su ori­ nos como en los pueblos que llegaron a formar Es­
gen, ha sucedido la confusión y la multiplicidad, tados fuertes y absorbentes: en los asirios, en los
la verdadera noche en que, de Adán a Jesucristo, babilonios, en los persas. El siglo v no podía igno­
ha imperado, en medio de la ignorancia de los pue­ rar simplemente el peso de tales pueblos en la
blos, una sola y única revelación del Dios escon­ historia. Mucho menos el hecho tremendo de su
dido, la revelación incompleta manifestada al pue­ desaparición y hundimiento. Por eso la imagen de
blo judío, el que ha dado muerte temporal y vida la historia bosquejada por San Agustín es a la vez
eterna al Hijo de Dios. que un intento de comprender dentro de una uni­
La grandiosidad de una tal concepción de la dad la variedad de las épocas y de los pueblos, el
historia se hace más patente en el modo como es primer esfuerzo que se hizo en el mundo antiguo
resuelto el espinoso problema de la división de para no convertir la historia universal en una cró­
las épocas. Semejante problema no existe ni para nica doméstica. La "filosofía de la historia” de los
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judíos, de los griegos y de los romanos es la na­ La separación entre Dios y el César como sepa­
rración de las vicisitudes de un pueblo ,que existe ración entre la -religón y el Estado o, en el orden
sin preocuparse de los demás, excepto en la medida individual, entre el hombre y el ciudadano, había
en que ello es requerido por la necesidad de la sido preparada ya en el crisol de esa extraña fu­
defensa, de la conservación de su independencia y sión dé creencias y esperanzas que se conoce con
dominio. La filosofía de la historia de San Agus­ el nombre de sincretismo. El rasgo característico
tín es, en cambio, la filosofía de la historia de toda del régimen antiguo había sido la íntima vincula­
sociedad humana, la cual se halla ligada, según sus ción de lo estatal con lo religioso. La ciudad terre­
propias palabras, por "la comunión y lazo indisolu­ na era al mismo tiempo la ciudad divina, y lo que
ble de una misma naturaleza”. Ahora bien, ello Fustel de Coulanges ha llamado el régimen muni­
no es posible si no se toma como punto de referen­ cipal, esto es, el Estado-ciudad concebido simultá­
cia algo que se halla más allá y por encima de la neamente como Estado-iglesia, se había mantenido
historia misma, de la evolución de un pueblo o sin quebranto hasta que, con la expansión de Roma,
de la comunidad de una raza.^Este punto de refe­ resultó imposible conservarlo. El mundo antiguo se
rencia, que consistió en gran parte para el judío había mantenido firmemente, dentro de sus estre­
en su propia evolución como pueblo destinado a chos límites,, mientras no hubo separación entre lo
transmitir su revelación de Dios al mundo, fue religioso y lo profano, es decir, mientras hubo,
transformado en el cristianismo por una finalidad como en los comienzos, creencia verdadera, y no
trascendente. Por eso, la visión cristiana de la his­ ya, como en los tiempos de Cicerón, creencia a
toria, decididamente apoyada en la visión judaica, medias. En realidad, la disolución del mundo an­
es, en el fondo, muy distinta de ésta. Muy distinta tiguo comenzó cuando, tras la vacilación y el hueco
de ésta y muy distinta de todas en virtud de la dejado por la fe y la confianza en los dioses, apa­
idea agustiniana de separar la ciudad terrena de reció lo que fué denominado el amor al saber, la
la ciudad divina, de dar, según una incomparable filosofía. Con la filosofía comienza, en efecto, no
justicia, lo que corresponde a cada una de ellas: sólo una nueva ciencia, sino una nueva época, y, si
a César y a Dios. ello no parece excesivo, podría decirse que con la
50 CU ATR O VISIONES DE L A HISTORIA U N IV ER SA L S A N A G U ST ÍN O L A VISIÓN CRISTIAN A 51

filosofía comienza a nacer Europa. Todo parecía Por este motivo se ha llamado a San
haber marchado perfectamente en la antigüedad el primer filósofo cristiano, el primer hombre mo­
mientras el hombre no formuló una pregunta que derno y el primer europeo. En él comienza la ma­
hoy puede creerse un poco inocente, pero que en­ durez de Europa, una madurez que se alcanza pre­
tonces debió de ser considerablemente grave y, so­ cisamente cuando el hombre de Occidente confiesa
bre todo, sobremanera impía. Al preguntarse el que no tiene patria. La coincidencia del estoicismo,
hombre antiguo lo que eran las cosas, manifestaba del neoplatonismo y del cristianismo tiene lugar,
su desesperación y su desconfianza: con la filosofía ante todo, en el palenque común de un cosmopoli­
se sigue creyendo en los dioses, mas no ya total­ tismo que debía resultar, aun entonces, después de
mente. La filosofía ha disuelto el mundo antiguo haberse todo confundido un poco, terriblemente
—-o la conciencia del mundo antiguo— , y quien subversivo. Pero el cosmopolitismo de los estoicos
pregunte por qué el cristianismo, que había surgi­ y de los filósofos griegos de la última hora se pa­
do en sus primeros tiempos tan ajeno a la tradición rece, por lo menos, tanto como se diferencia del
filosófica, tan extraño a su refinamiento intelectual, cristiano. Mientras los primeros sostienen que su
se fundió luego, bien que en perpetua lucha, con patria es el universo, el segundo afirma que no hay
ella, deberá ante todo tener en cuenta que, en últi­ otra patria que la invisible, que esa patria qúe San
ma instancia, la filosofía y el cristianismo se iban Agustín, siguiendo los precedentes de la historia
enderezando, por caminos distintos, a un solo fin. antigua, ha llamado ciudad, Ciudad divina. El filó­
Hacia el siglo iii pudo parecer todavía que el cris­ sofo griego entiende ciertamente también por uni­
tiano y el filósofo representaban respectivamente verso algo más que el conjunto de las tierras co­
el mundo nuevo y el antiguo mundo. A estas altu­ nocidas, pero se detiene siempre ante lo que ha
ras parece evidente que ambos representaban lo sido durante siglos su obsesión máxima: la natu­
mismo. A esto hemos llamado durante siglos el raleza. El filósofo cristiano comienza por combatir
Occidente. Filosofía y cristianismo, alojados en esta naturaleza, que si en el orden material es con­
el orbe romano, han sido los pilares espirituales cebida como barro, polvo y ceniza, en el orden
de la civilización occidental. histórico es llamada también una ciudad, pero con
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un calificativo de menosprecio: la ciudad del dia­ lia ciudad de los elegidos en que no hay tiempo,
blo, la ciudad terrena. La historia no es dramática variación ni discordia, ciudad divina cuyos arraba­
para el neoplatónico y el estoico porque, en última les llegan hasta este mundo bajo la forma y el as­
instancia, no hay historia, sino historias, y aun his­ pecto de la Iglesia. Para el primitivo, griego había
torias siempre iguales, repetidas eternamente a lo muchas ciudades y una sola patria: la suya. Para
largo de ciclos que vuelven. La historia es la mis­ el< romano del imperio había una sola ciudad e in­
ma naturaleza que evoluciona penetrada por el fue­ finitas patrias, porque todo lugar era patria para
go divino que destruye y construye incesantemente el ciudadano. Para el cristiano había dos ciudades
los mundos, y por eso el hombre no debe tener y una sola patria verdadera: la patria de la ciudad
otra preocupación que la de dejarse regir por esa de Dios.
naturaleza, la naturaleza verdadera, en el fondo La diferencia entre la ciudad de Dios y la ciu­
idéntica a la razón. El hombre debe llegar a ser dad del diablo, su nacimiento, su lucha y la victo­
sí mismo, a no depender de nada más que de él, ria final y definitiva de la primera constituyen así
pero una vez lograda esta independencia se encuen­ el eje de la teología agustiniana de la historia. La
tra con que su ser coincide con el ser total de aquel ciudad divina es la ciudad de los ángeles que han
universo al cual llama indistintamente cosmos o perseverado y de los hombres destinados a la sal­
patria. El drama de la historia consiste, en cambio, vación; la ciudad terrena es la ciudad de los ánge*
para el cristiano, en que no ocurre más que una les que han caído y de los hombres a quienes la
sola vez. Por eso la historia es verdaderamente gracia no ha alcanzado, la verdadera y auténtica
dramática y no cabe pedir, mientras se está en ella, sociedad de los impíos, los amadores del mundo.
la paz y la tranquilidad que el estoico busca y al­ Pero estas dos ciudades no aparecen en la tierra
guna vez encuentra, pues la historia es, por prin­ claramente separadas, como lo están una ciudad te­
cipio, la inquietud misma, el vivir sin reposo hasta rrena de otra. La separación es sólo interna y, en
que el corazón descanse en Dios. En la historia no realidad, sólo de Dios es conocida, porque sólo
hay para San Agustín ninguna paz y ningún so­ en Él están desde siempre los nombres de los ha­
siego. El sosiego se encuentra únicamente en aque- bitantes de los dos mundos separados por un invi­
54 CU ATR O VISIONES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L SA N A G U ST ÍN O L A VISIÓN C R ISTIA N A 55

sible abismo. Los nombres y sus rostros y figuras, mIh- que ha de hacer libremente. Mas esta liber-
sus menores acciones, pues Dios, dice San Agus­ l.id, que tan graciosamente le es dada al hombre,
tín, es "aquel que ni a la pluma del pájaro ni a es sólo, por lo pronto, la libertad para el pecado,
la flor de la hierba ni a la hoja del árbol dejó sin la libertad para la historia. Dios concedió, cierta­
su conveniencia”. Y ello es así hasta tal punto mente, la libertad a Adán, pero una libertad con­
que no basta ni siquiera estar a la sombra de la cedida a un ser finito es insuficiente, y lo es de tal
Iglesia para tener la certidumbre de pertenecer a la manera que Adán no hubiera podido mantenerse
ciudad divina. La salvación, la pertenencia a la pa­ un solo momento en la inocencia sin la gracia di­
tria eterna y divina, a aquella donde "se nace, pero vina, sin aquel don por el cual el primer hombre
no se muere”, está sólo en manos de Dios y está en estaba en disposición de hacer algo inaudito para
ellas desde siempre y para siempre. La presciencia una realidad finita y limitada: el poder no pecar.
divina de las cosas futuras, la providencia de Dios Mas este poder no pecar tiene tras sí o a su lado,
rige la historia de tal modo que no hay ni puede como una traidora compañía, un poder que deter­
haber en ella nada que no estuviera previsto y se­ minará su caída y con ella su pecado y su expulsión,
ñalado desde la eternidad. comienzo de ese vagar errante por el tiempo que
Y, sin embargo, el hombre es libre, y lo es de es la historia. La historia comienza así con un peca­
tal suerte, que es definido justamente como un ser do, que es a la vez original y originario, que es
que goza, por graciosa dádiva, de la libertad. El sabido de Dios, pero que procede del hombre, de
conflicto entre la minuciosa presciencia divina y su libertad abusada, de su mismo ser y realidad
la ancha libertad humana, sobre la cual ha escrito defectuosos, principio del pecado y del mal. La po­
San Agustín sus más hondas y apretadas páginas, sibilidad de que el hombre entrara inmediatamente
es, ciertamente, incomprensible para una razón que a formar parte de la sociedad de Dios, de la
no vea en la libertad sino lo que existe sin trabas reunión de todos los espíritus en lo que Leibniz
y no, como realmente es, aquello que "está en el llamó el más perfecto Estado posible bajo el más
orden de las causas”. El hombre es libre, pero es perfecto de los monarcas, se perdió desde el mis­
libre sólo en tanto que hace libremente lo que Dios mo momento en que el hombre hizo, por su libre
50 CU ATR O VISIONES DE L A HISTORIA U N IV ER SA L S A N A G U ST ÍN O L A VISIÓ N C R ISTIA N A 57

albedrío humano, una elección que determinó la do. Todo lo que queda fuera de esta revelación,
historia, la existencia encadenada al tiempo, esa queda fuera de la "historia eterna”, y por eso ante
cadena, la más inexorable de todas, en que cada la existencia de ios grandes imperios que se des­
uno de nosotros está envuelto sin posibilidad de arrollaron conjuntamente con el pueblo judío y,
evasión ni descanso. La historia comienza con sobre todo, ante la respectiva luminosa y tiránica
Adán, pero sólo con un momento de la existencia presencia de Grecia y de Roma, no se puede hacer
de Adán: con el pecado. En los mismos límites sino declararla eminentemente contingente, hacer
del paraíso terrenal, pasada la frontera que el Ar^ de estos Estados los herederos de la ciudad fundada
cángel señalaba con su espada de fuego, se levan­ por Caín y, en algunos pocos casos, los partícipes
taban los muros de la ciudad terrena, del Estado de una revelación que tiene, como en Platón, con­
temporal, cuyo primer fundador fué el vencedor tenido pagano, pero claro acento cristiano. Esos
de una terrible guerra civil y fratricida, de la gue- grandes imperios pertenecen también a la histo­
rra fraternal, principio de innumerables guerras, ria, pero a una historia inferior y como aparente,
entre Caín y Abel. pues no va encaminada a la salvación, sino al
Desde aquel momento la historia iba a quedar poder y al vicio, al encumbramiento de la demo­
iniciada y, al punto que iniciada, dividida por las níaca soberbia. La lucha de San Agustín contra
eternas disposiciones del cielo. Disposiciones del los vicios espléndidos es la lucha contra una his­
cielo más que acontecimientos de la tierra, pues toria que amenaza constantemente con absorber
los seis grandes períodos de que San Agustín da al hombre, con ahogar la voz que libremente se
cuenta, coinciden sólo muy imperfectamente con revela. Todos los Estados que hacen tal historia
la expansión de los grandes imperios. Lo que ca­ muestran, cuando bien se les examina, su calidad
racteriza las etapas de la historia no es tanto lo perecedera y terrena, una figura que presagia, aun
que ocurre en ellas como lo que sucede por encima en los momentos de mayor esplendor, su total des­
de ellas; lo que hace de la historia un progreso trucción y ruina. La ciudad terrena, los Estados
no es el aumento del poder y del dominio del hom­ eminentemente temporales y, entre ellos, los dos
bre, sino la sucesiva revelación del Dios escondi­ reinos más ilustres, el de los asirios y el de los ro­
58 CU ATR O VISIONES DE LA HISTORIA U N IV ER SA L S A N A G U ST ÍN O L A VISIÓ N C R ISTIAN A 59

manos, están dominados por su propio apetito de vados. Pero si la Iglesia es condición no es causa
dominio, y por ello pertenecen a una historia que suficiente, y por eso son muy pocos los elegidos
es pura y únicamente inquietud y dolor, mas no in­ en comparación con los llamados. Llamado a la
quietud por encontrar el reposo en el seno de Dios, salvación ha sido todo el género humano en la per­
sino por dominar el mundo. Los ojos de los que sona de Adán; condenado ha sido también todo
en ellos viven y a ellos se entregan no ven más el género humano en la misma persona; definiti­
allá de sus obras terrenales y no son, como los vamente salvada será sólo, empero, una pequeña
ciudadanos de la ciudad de Dios ya en esta vida, parte de él, precisamente esta parte que, mientras
"bienaventurados en la esperanza”, pues sus dioses vive en la historia y en el mundo, tiene fuera su
no pueden ayudarles. No podrán salvar a la ciu­ alma y sus entrañas. Esta justicia de condenar a
dad terrena de su final hundimiento ni los dioses todos y esta misericordia de salvar a algunos es
antiguos ni los nuevos dioses de los filósofos, que lo que da su verdadero sentido a la visión agusti-
si no claman venganza no pueden ser tampoco niana de la historia y lo que hace de ella, al tiem­
depósito de amor y caridad. po que el reino de la desesperación, el fundamen­
/ Contra esos dioses —los antiguos y los moder­ to de la esperanza. Pues, en último término, si no
nos— , contra ese estar dominado por el afán de hubiera historia, esto es, si no hubiera lucha en-^
dominio que caracteriza la existencia de los Es­ tre las dos ciudades, aquí confundidas y allá es-'
tados temporales se dirige San Agustín en nom­ trictamente separadas, no habría ni siquiera per­
bre de la divina y eterna patria que, si por el mo­ dón para esos pocos que han sido a la vez llamados
mento está arraigada en el tiempo y en la historia, y elegidos, que constituyen ya desde este momento
apunta al más allá continuamente. Alrededor del el núcleo con el cual se formará, terminados los
símbolo de la patria celestial, en tomo de la Igle­ tiempos con el juicio, la patria celestial.
sia se reúnen los elegidos, aquellos que, tras el Esta teodicea de la historia, esta justificación de
período funesto en que no había libertad sino para una providencia que, aun sabiendo de antemano
el mal, han alcanzado por la gracia la libertad a cuán horribles padecimientos eternos será so­
verdadera y por ello puede decirse que están sal­ metida la mayor parte de los hombres, no ha de­
6o CU A TR O VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV ER SA L SA N A G U ST ÍN O L A VISIÓN C R ISTIA N A 6l

tenido su impulso creador, no ha vuelto a sepultar suprime todo lo que constituye la raíz y el princi-
en el barro lo que del barro había nacido, puede pió de la historia, el ser constitutivamente un dra­
parecer a muchos una cruel pesadilla. Así han ma y no una comedia en la cual, como correspon­
opinado quienes, como Orígenes, han sobrepuesto de al género, "todo acaba bien”. En la visión agus- ^
al castigo eterno, a la separación radical entre las tiniana no acaba todo bien, como en la comedia,
dos ciudades, la última y definitiva unidad de todas ni todo mal, como en la tragedia; en ella mueren,
las cosas en todo, la apocatástasis, recapitulación o con una eterna muerte sin reposo, aquellos que.
vuelta de todo a Dios. Pero a esta distinta y más la gracia no ha salvado, pero viven con una vida
apacible imagen opondrá siempre la visión agus­ sin más inquietud y desasosiego los que, debiendo
tiniana el hecho tremendo de que la condenación ser también condenados, han resultado, por una
de los. más no es prueba de crueldad, sino de jus­ elección que escapa a la razón humana y acaso
ticia, y de que la salvación de los menos no es a toda razón inscritos en el registro de una ciu­
manifestación de justicia, sino de misericordia. dad que está constituida desde siempre, pero que
Orígenes se limita a señalar el castigo del pecado sólo quedará colmada cuando la historia, ese sue­
original y de los pecados derivados con la inmer­ ño que es una pesadilla, haya terminado de ser so­
sión en la materia,, con la extinción de la llama ñada. Y acaso no haya que acusar demasiado a
divina por ese mal que es el poseer una realidad Dios de su aterrador dictado, porque la pesadilla
defectuosa, por' esa impureza que es el mundo ho­ también a Él alcanza y ’somos nosotros la visión
llado por la culpa. Pero el mal no es para él de­ que aparece constantemente en sus sueños. En los
finitivo, porque la gracia alcanza, en última insj sueños de Dios, que son para el hombre la más
tancia, a todos, y la muerte de Cristo es la muerte sobrecogedora realidad’.
por la cual el género humano, en su integridad,
sin separación ni elección, volverá a reunirse con
su primitiva fuente,, con el hontanar que le dió
sucesivamente vida, muerte y resurrección. Mas si
esta visión es más confortante que la agustiniana,
VICO O LA VISIÓN RENACENTISTA
De la muerte de San Agustín al nacimiento de
Vico transcurren poco más de trece siglos, y en
estos trece siglos transcurre el primer acto del
drama europeo y el descubrimiento de que allende
las montañas y los mares, en las fabulosas Indias
•le Oriente y de Occidente, están pasando análoga
peripecia. Pero lo que más altera la nueva visión
que va. a formularse de la peripecia humana, no
es tanto que sea más amplia y complicada como
que no haya terminado todavía. No se olvide que
l,i primitiva visión cristiana de la historia es casi
el anuncio del final del drama humano. A inter­
valos soplaron sobre Occidente pánicos colecti­
vos, asomos de apocalipsis, anuncios de consun-
(ion definitiva. Y, sin embargo, por encima de
la les angustias, la historia proseguía y aun podía
decirse que se hacía cada día más rica en posibi­
lidades. Este paradójico rejuvenecimiento del mun­
do, de un mundo que era ya viejo cuando San
Agustín lo descubría, es lo que imprime su más
66 CUATRO VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VICO O L A VISIÓN R E N A C E N T IS T A 67

indeleble carácter a la visión. histórica de Vico; I ¡sica, es susceptible de ser expresado en fórmulas
cuanto de ella se diga ha de tener, pues, como matemáticas, de ser sometido a cantidad y medida.
fondo, la radical novedad de esta visión. l,o verdadero es para aquellos apasionados de la
Una novedad tan excesiva para su tiempo que 1 iencia natural lo que puede ser contado.
durante más de doscientos años después de su Frente a esta persistente limitación de las me­
formulación ha permanecido casi inadvertida, y, jores mentes a los números y a las medidas, Vico
en la época misma en que era enunciada, absoluta­ sostiene una extraña teoría del conocimiento y una
mente incomprendida. Los tiempos de Vico se­ todavía más extraña metafísica elaboradas al hilo
guían embarcados en la aventura de la física, y de una continua oposición al cartesianismo triun-
cuanto en el saber no estuviera encaminado al des­ i.inte. Para éste, la mente humana es ante todo
cubrimiento de las regularidades naturales debía una sustancia racional, una cosa que piensa; para
parecer ocioso. La obra de Vico, la Nueva cien­ Vico, en cambio, la mente no es ninguna cosa,
cia, aparece en su primera redacción poco menos porque no posee la razón, sino que se limita a
de un siglo después de los Discursos de Galileo participar de ella. Por eso nos dice paradójicamen­
y de Descartes sobre algo que es llamado también te Vico que el hombre puede pensar en las cosas,
la nueva ciencia: la ciencia matemática de la na­ pero no entenderlas. Toda ciencia humana es, en
turaleza. Ahora bien, de estas dos ciencias, sólo realidad, imitación de la ciencia divina, y como
a una de ellas, a la ciencia física, le fué explíci* tal parte muy reducida de lo que Dios conoce y
tamente reconocida la novedad. A la historia, en sabe. Dios lo conoce y lo comprende todo, por­
cambio (o a lo que se entendía entonces por his­ que lo ha hecho todo; el hombre conoce y com­
toria), no podía serle reconocido el título de cien­ prende sólo algunas cosas, muy pocas, precisamen­
cia nueva, no sólo porque,, según los hábitos del te las que él mismo hace. Las demás las piensa,
tiempo, no era nueva, sino también y muy espe­ pero no las entiende. Ahora bien, solo hay dos co­
cialmente porque no era ciencia. Ciencia se llama sas que el hombre verdaderamente hace: una de
durante el siglo xvn y buena parte del xviii ex* ellas es la matemática, la ciencia de lo más abstrac­
elusivamente a la física y a todo lo que, como la to; otra es la historia, el saber de lo más concreto.
68 CU ATR O VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VICO O L A VISIÓ N R E N A C E N T IS T A 69

Sólo para ellas hay criterio de verdad absoluto y, Tal ciencia se aplica, sin embargo, a una natu­
por lo tanto, absoluta y verdadera ciencia. La cien­ raleza que se resiste a la matemática: la natura­
cia es, ante todo, para Vico, al revés que para- sus leza humana. La frecuente crítica anticartesiana de
contemporáneos, ciencia de los objetos no físicos, Vico puede reducirse, en el fondo, a la indicación
ciencia de la realidad espiritual. del hecho de que el filósofo seducido por la física
Por eso la historia merece ser llamada nueva renuncia a una experiencia menos exacta, y, desde
ciencia al lado de la vieja ciencia matemática y luego, menos cómoda, pero infinitamente más rica
contra toda pretendida ciencia nueva, contra esa y complicada que la física: la experiencia histórica.
insensatez que representa querer conocer las cosas No sólo esto. Mientras el físico moderno rechaza
que no hacemos. Pero como esta historia no es ya la historia por estimarla como una de las bellas
amena narración de hechos transcurridos o grave artes, ese desconcertante napolitano llega a la inau­
justificación de por qué han pasado, sino imparcial dita afirmación de que si hay un saber inseguro e
enunciación de leyes y regularidades, el desigual improbable es precisamente el saber de la natu­
combate de Vico con la física termina con una raleza, opaca para la mente humana, que resbala
tregua en donde la propia física acaba imponién­ sobre ella sin penetrarla. Si parece haber en la
dose a ese caballero andante de la historia. Vico obra de Vico unas nupcias de la naturaleza con
hace, no una teología, ni siquiera, como hoy se la historia, parece también que tal matrimonio
dice, una psicología, sino una física de la historia. es la consecuencia del rapto de la primera por la
Lo que Vico pretende es, en efecto, establecer los segunda, pues sólo por la historia puede la natu­
principios de la "historia ideal eterna” de acuerdo raleza y, sobre todo, la naturaleza humana, ser
con la cual transcurren las historias particulares; penetrada y comprendida. Ahora bien, si la nueva
las leyes que rigen y por las cuales, se explica la ciencia es la ciencia de la historia eterna ideal, for­
*'naturaleza común de las naciones’’. La nueva cien­ zoso será admitir que es imposible si, en el fondo,
cia histórica es, pues, también, y en una propor­ íio queda reducido todo cambio y transformación a
ción que su autor no había podido imaginar, una una naturaleza única, a una sustancia. Tras las
ciencia natural. nupcias de la naturaleza con la historia o, mejor
70 CU ATR O VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VICO o L A VISIÓ N R E N A C E N T IS T A 71

dicho, tras el rapto de la naturaleza por la historia ñu junado en una libertad que existe sólo porque
,1

ha ocurrido, como suele acontecer, el triunfo del hay, a derecha y a izquierda, las riberas de una
raptado sobre el1robador. inexorable fatalidad.
Toda historia efectiva es, pues, participación casi Lo que tiene que hacer la suprema providencia
platónica de unos sucesos en una historia ideal • pues, simplemente, vigilar el curso y recurso de
inalterable, pensada y dictada por una providen­ 1.1 historia humana para que ningún desorden, ex­
cia. No obstante, esta providencia no es, simple­ cepto los muy transitorios, sea permitido. El desor­
mente, la sumisión de los hechos a un arbitrario den, el desbordamiento, caracteriza justamente los
poder ajeno al mundo. Si hay, en efecto, un poder momentos de tránsito y de crisis, el instante en
extraño al mundo y superior a él, no existe para recorrida una serie de etapas, parece que las
desbaratar la idea eterna de la historia humana, . (infusas- aguas vayan a saltar por las riberas. El
sino justamente para hacerla cumplir, para q le drsorden es, en rigor, tan necesario como los orde­
en ningún momento la sociedad humana subsista ne. precedente y subsiguiente, pero su necesidad
sin orden, es decir, sin Dios. La providencia, que se limita a lo momentáneo; el desorden es, más
rige la historia y a la cual nada escapa, es, pues, que una etapa, un límite. Más acá y más allá de
en realidad, vigilancia, mantenimiento del orden es. él, el hombre vive dentro del cauce que la historia
tablecido desde la eternidad, verdadera policía. La ideal ha excavado y del que no puede escapar sin
providencia rige las cosas humanas, pero las rige que la transgresión vaya acompañada de cualquie-
con el fin de que estas cosas permanezcan dentro 1.1 de estas dos cosas: de una violenta restitución
de su cauce. El hombre puede hacer lo que quiera .Id orden establecido, o de una desorientación que
con tal de mantenerse en este cauce; la libertad es rs la muerte. El desorden es así necesario,, a su
libertad para todo menos para desbordarse. Por modo, pero sólo como principio de un nuevo
eso la historia humana es como un río cuyos des­ orden y de una nueva ley.
bordamientos se llaman crisis y cuyos recodos mar­ El tránsito del orden al desorden y de éste a un
can los principios de nuevas etapas. La historia es, orden nuevo en el tiempo, pero antiguo en la idea,
en suma, una serie de cursos y recursos, un vivir es lo que se llama los cursos y recursos de la
72 CU ATR O VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VICO O L A VISIÓ N R E N A C E N T IS T A 73

historia humana, la cual se repite a sí misma, por­ tud de la historia, tan patente en San Agustín, se
que renace infatigablemente de sí misma. Por eso convierta en una confiada espera. Esta instancia
la visión histórica de Vico es una visión renacen­ ile apelación es el recurso, la renovación constan­
tista, no sólo por ser la culminación teórica de te de un expediente que, de puro interminable y
ciertas experiencias, luego disueltas por las ideas complicado, será ya, cuando llegue el fin de los
claras y distintas, que alborearon en el Renacimien­ t iempos, completamente ilegible. La historia se con­
to, sino también porque su eje lo constituye la fe vierte así en el expediente de la especie humana,
en el renacimiento perpetuo de la especie humana. en su insistente y casi mecánica apelación al su­
La historia ha nacido una sola vez con la creación premo juez y administrador.
del hombre, pero ha renacido ya muchas veces y El contenido efectivo de cada expediente, es
parece ir en camino de un renacimiento perpetuo, decir, de cada historia, puede ser distinto y res­
de una perpetua destrucción y reconstrucción de sí ponder en cada caso a las condiciones particulares
misma. La historia se asemeja por ello a un pro­ de la nación apelante; la forma será siempre la
ceso jurídico interminable; no es, pues, por azar misma y responderá a la inexorable formalidad
que Vico ha elegido un término exactísimo: ricorso, jurídica. Cada una de las historias particulares de
recurso.! El recurso es lo que tiene lugar cuando cada una de las naciones es sólo un curso para
se renueva un expediente y se va remitiendo a fe­ el recurso subsiguiente y un recurso para el curso
chas cada vez más inciertas el definitivo juicio. Para anterior, para la etapa que lo había preparado y
San Agustín, el juicio final condiciona la visión precedido. No hay, a diferencia de algunas actua­
de la historia, la cual tiene que transcurrir rápida les llamativas, pero arbitrarias morfologías de la
y violentamente porque el reo ha sido llamado ya a (ultura, pueblos distintos y casi totalmente inde­
comparecer ante el tribunal supremo que ha de pendientes, que siguen en su evolución las formas
salvarle o condenarle. Para Vico, en cambio, el que les impone una supuesta y demasiado metafó­
hombre parece haber interpuesto ante el tribunal rica constitución biológica. Si Vico supone tam­
de Dios una instancia de apelación para que el bién, como el naturalismo de nuestros días, una
juicio sea menos apresurado, y la primitiva inquie­ infancia, una juventud y una madurez o vejez de
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la historia, percibe, al mismo tiempo, que la vejez Ahora bien, si la historia es interminable, es
de cada pueblo es,, en el fondo, el anuncio de la también monótona, pues cada uno de sus cursos
niñez de un pueblo que ha de surgir de entre sus o de sus recursos habrá de someterse siempre a]
ruinas. Los pueblos que han alcanzado la vejez no imperio de tres etapas. Estas etapas son obliga­
son, en rigor, menos jóvenes que los pueblos que torias: lo son hasta el punto que su mejor repre­
comienzan. Si la evolución conduce, desde luego, sentación gráfica no es la línea, de la cual cabe
a la consunción, conduce también, y por el mismo escapar,, sino el círculo, de cuya férrea tenaza na­
camino, a una resurrección y a un milagroso re­ die puede evadirse. La única evasión posible para
nacimiento. El concepto evolutivo de la historia un pueblo es, en realidad, la resistencia a pasar de
que se encuentra en Hegel, en Comte o en Spen- una edad a otra,, la permanencia dentro de uno
gler es, pues, bien distinto del más consolador y de los tiempos que le han sido asignados. Este
optimista de Vico. Pues no hay en éste una serie puede ser, por ejemplo, el caso de los pueblos
de evoluciones sin sentido de pueblos separados o primitivos que siguen viviendo en tal estado y no
un recorrido único que conduce simultáneamente parecen mostrar indicios de salir de él en fecha
a la plenitud y a la muerte, sino un curso reparti­ próxima. Vico pudiera tener presente a los pue­
do a lo largo de múltiples recursos, una renovación blos aborígenes americanos, de los que entonces
que da vida a los más jóvenes y esperanza a los se conocía casi únicamente el aspecto externo de
más decrépitos. Hablar de pueblos mozos y de pue­ •111 cultura; podía tener presentes, también, a esos
blos viejos, de naciones vigorosas y de naciones pueblos africanos que viven, como ha dicho Brey-
caducas, es olvidar lo que tiene de tranquilizadora «ig, en perpetua alborada, sin decidirse a pasar de
esa magnánima visión de Juan Bautista Vico, que mi larga niñez a una madurez que ha de ser su
si hace de la historia un expediente, deja, por lo muerte, pero también la promesa para un futuro
menos, que las naciones vivan confiadas en la po­ irjuvenecimiento. Es el caso, también, de los pue­
sibilidad de su renovación perpetua. La filosofía blos que, como Numancia, Capua y Cartago, han
de la historia de Vico es la filosofía de la histo­ su lo destruidos antes de recorrer todo su ciclo. Ta-
ria de los pueblos que se niegan a morir. l< . casos no son, empero, contravenciones a la ley

ESCUELA DE FILOSOFIA Y LETRAS


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76 CUATRO VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VICO O L A VISIÓN R E N A C E N T IS T A 77

de la común naturaleza de los pueblos: son única­ rrespondencia” de que Vico nos habla, y que pare­
mente, por así decirlo, expedientes que permane­ ce más bien cosa de milagro que hecho compro­
cen en su primera fase, procesos en los cuales no bado? ¿Qué nos dice Vico cuando,, aun a riesgo
hay curso ni recurso, porque ninguna apelación es de aventuradas interpretaciones, nos adentramos
necesaria. Dejando aparte tales casos, que sin duda en su caos?
no confirman, pero que tampoco invalidan, esa La idea de las tres edades es, por lo pronto, la
ley inflexible, todos los pueblos que siguen una sistematización de una manera de ver que en
marcha incesante, que no permanecen estancados, tiempos de Vico era ya proverbial, y que se refe­
han de recorrer el camino que una providencia im­ ría a la infancia, a la juventud o a la madurez
placable les señala. del género humano. Desde el momento en que se
Las tres épocas o edades no son, sin embargo, descubrió que había una historia de la humanidad
únicamente tres tiempos. Cada una de las épocas y no sólo una serie de hechos sin sentido, la co­
es, más que una época determinada, una deter­ rrespondencia entre sus etapas y las edades huma­
minada naturaleza. Lo que caracteriza, en efec­ nas debía imponerse con fuerza irresistible. Esta
to, a cada edad, es la unidad formal y de estilo correspondencia era, por otro lado, el resultado de
de todas sus manifestaciones, la perfecta y admi­ una experiencia que cada época y cada pueblo ha-
rable correspondencia de todos sus ademanes. Vico <en en mayor o menor medida. El sentirse joven
llama a estas tres edades, la divina, la heroica y la el viejo no es sólo un sentimiento individual, mas
humana. La primera es la edad infantil, en la que l.imbién colectivo; por él se hacen los jóvenes de
impera el noble salvajismo; la segunda es la edad (tilturas milenarias más ancianos que los viejos
juvenil, en que el heroísmo domina; la tercera es de culturas mozas. La infancia, la juventud o la
la edad senil o madura, la época de la verdadera madurez era, pues, y sigue siendo para nosotros,
humanidad. algo que nos corresponde vivir colectivamente, más
Pues bien; ¿qué es lo que a grandes rasgos allá de nuestra edad individual, algo que manifes-
caracteriza cada una de esas épocas? ¿Qué es lo Iamos, aun sin quererlo, en cada uno de nuestros
que da a cada una de ellas esa "maravillosa co­ gestos y en cada una de nuestras palabras. El he­
VICO o L A VISIÓN R E N A C E N T IS T A 79
78 CUATRO VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L

cho de un posible rejuvenecimiento, de una vita­ rrupción de la tierra, "llena de violencia”, es la


lidad inacabada e inacabable de cada uno de los primera consecuencia de la dispersión de los des­
pueblos, no impide que la juventud revivida sea cendientes de Cam y de Jafet— "errando feroces
muy distinta de la primera infancia. Por eso, toda por la gran selva de la tierra fresca”. De ahí
filosofía de la historia es, al mismo tiempo, una nacieron los pueblos paganos, esos pueblos que
filosofía de la existencia humana — de una exis­ proliferan luego sin que se sepa cómo surgieron,
tencia que vive vacilante entre el tiempo y la pero que Vico hace brotar de una dispersión que
eternidad. iuvo lugar tras el diluvio, cuando los hijos de los
La edad infantil es la edad divina, edad esen­ hijos de Noé se extendieron por las islas y por
cialmente poética o creadora, edad de los gigan­ los países de Acadia y de Sumeria. Sólo con ellos
tes que empiezan a vivir dispersos en la soledad i omienza propiamente la edad divina, pero el pase
de las montañas. La fidelidad de Vico a la narra­ de la unidad a la dispersión es únicamente una
ción bíblica es completa; el pueblo elegido de rpoca de tránsito, la primera gran crisis históri­
Dios es, pues, el verdadero principio de la histo­ ca. La historia se inaugura con tres elementos,
ria. Sin embargo, si el pueblo judío aparece en el que son, a la vez, el fundamento de la conviven-
umbral de la historia, no es, ni mucho menos, <ia; la religión, el matrimonio y la sepultura de
toda la historia primitiva. La luminosidad de los los muertos, y por eso el proceso de esa gran dis­
primeros tiempos, de Adán hasta Noé, cede bien persión no pertenece propiamente a la edad di­
pronto el paso a una época oscura que sobreviene vina, primera fase de cada historia, particular, has-
cuando al llegar Noé a la edad de quinientos años l,i tanto no haya un reposo de su vagar errante
engendra a Sem, Cam y Jafet. Esta época nos es por las montañas. Este reposo es el refugio en las
conservada por el mismo relato bíblico, el cual nos t avernas, que protegen contra las primeras iras de
habla de la multiplicación de los hombres sobre Dios: las tempestades. Pues esos hombres primi­
la tierra, y ante todo, de la aparición de los gigan­ tivos, que perdieron al Dios que les dió origen,
tes, esos héroes nacidos del ayuntamiento entre los comenzaron por creerse dioses, por confundir su
hijos de Dios y las hijas de los hombres. La co­ soledad con su omnipotencia. Sólo cuando los ele­
8o CUATRO VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VICO O L A VISIÓN R E N A C E N T IS T A 8l

mentos de la naturaleza les persiguieron hasta sus eso, lo primero que hacen esas sociedades primi­
oscuros refugios, comprendieron que la soledad era tivas es elegir quién debe regirlas, mas no como
aparente, y que, por encima de su fuerza, a la vez monarca sino como representante de los dioses so­
brutal y sincera, había un poder que no podían bre la tierra. El derecho depende de Dios, y no,
doblegar con sus brazos ni vencer con su indoma­ como en las épocas heroica y humana, de la fuer­
ble espíritu. Del reconocimiento de esa fuerza na­ za o de la razón. Lo que caracteriza al gobierno
cieron la piedad, como norma de vida, y el temor, tic los hombres es, pues, la teocracia, el gobierno de
como forma de relación entre el hombre y lo sobre­ Dios en la figura de los hombres superiores, de
humano. Pero si el temor ha hecho a los dioses, aquellos que acaso carecen de la razón del sabio
no ha hecho, en cambio, al Dios supremo y ver­ o tal vez no poseen la fuerza del guerrero, pero
dadero, que se halla por encima de todo terror y que están llenos de la intuición del poeta y del
espanto, porque no es el fuego que todo lo devora, profeta, pues son depósitos de la voz que el dios
sino el amor que todo lo une. La explicación del o los dioses escondidos transmiten periódicamen­
origen de los dioses paganos puede no ser incom­ te a los hombres. De ahí la proliferación de los
patible con la verdad del Dios de la redención y oráculos, de los signos, de los sueños, de cuanto
del amor. pueda ser interpretado y penetrado. En estas socie­
Por ser el temor la manera fundamental de la dades nada se hace sin que preceda a la acción la
vida, todos los actos de la existencia serán, en esa consulté, y no simplemente una consulta ritual,
primera época, actos atemorizados, realizados de . orno las de las épocas heroicas, donde los oráculos
acuerdo con la divinidad y jamás fuera de ella. perduran,, mas sin la primigenia fuerza, sino una
Tal dependencia de lo divino se manifiesta en . tinsulta cordial, que el corazón espera y teme a la
todos los órdenes de la existencia colectiva, desde vez, pues la voz de Dios es la voz del futuro: la voz
el derecho y el gobierno hasta la ciencia y el len­ .leí destino. En tal gobierno teocrático no desapa­
guaje. La unidad de los actos no es, sin embargo, ree, sin embargo, la responsabilidad de los poetas
la identidad, sino pura y simplemente la corres­ y de los profetas; éstos deben limitarse, sin duda, a
pondencia, la "maravillosa correspondencia”. Por 1 1 ansmitir la voz de Dios, pero junto al nudo aca-
82 CU A TR O VISIO N ES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VICO O L A VISIÓN R E N A C E N T IS T A 83

^amiento hay la posibilidad de alterar la voluntad cambio, no hay razones, sino voluntades; no hay
divina por la queja, por el ruego y por el llanto. justificación, sino obediencia. La autoridad tiene
Por eso la misión de la teocracia gobernante es por misión no el cumplimiento de la justicia ni
interpretar a los dioses, pero luego interceder cer­ la aplicación de la fuerza, sino la transmisión del
ca de ellos, no sólo viendo, a través de los signos, mensaje. Si, en verdad, domina una razón sobre
lo que pretenden, sino también procurando que los hombres, es la razón divina, aquella que sólo
pretendan algo determinado. De ahí el primado Dios conoce íntegramente y revela parcialmente al
en el lenguaje de una forma de expresión hermé­ hombre. La revelación constituye una parte esen­
tica, única que conviene a la majestad de los dio­ cial de la historia de tales sociedades, hasta el pun­
ses. El gobernante de las épocas divinas es, a la ió de que la madurez de ellas se mide, como entre
vez, poeta y teólogo. Como poeta, dice en sueños los hebreos, por la mayor o menor extensión de las
lo que los acontecimientos son en su entraña. cosas reveladas, por el paso sucesivo del escondi­
Como teólogo, habla con Dios y habla de Dios, lo miento a la presencia. La razón es cosa de la auto­
interpela y transmite el resultado de su interpe­ ridad, pero la autoridad es sólo cosa del autor, es
lación a los hombres. Lo que así se busca no es decir, del creador.
el saber formulario, residuo de una experiencia A esta edad sigue casi inmediatamente una épo-
milenaria, ni la esencia de las cosas, sino la con­ ta que es también poética, pero de una poesía
formidad con los designios divinos, que son, por menos elevada y grandiosa. Ahora hay ya un
principio, ocultos, pero que no necesitan ni si­ verdadero Estado, porque el hombre ha perdido
quiera ser justos, con esa menguada justicia que una parte de su ingenuidad y necesita, al hacerse
representa el querer dar a cada cosa lo que le más astuto, un vínculo que le una formalmente
corresponde. No es sorprendente que los primeros con sus semejantes. Los protagonistas de este se­
filósofos griegos sean, a la vez, los primeros defen­ cundo acto de un drama eternamente repetido,
sores de la justicia contra esa injusticia que es, 110 son ya los hombres-dioses, sino simplemente
para ellos, el pretender determinar las cosas de otro los héroes, esto es, los jóvenes. El establecimiento
modo que por las razones. En la época divina, en definitivo del errante vagar en una tierra; la nece­
84 CU A TR O VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VICO O L A VISIÓ N R E N A C E N T IS T A 85

sidad de defenderla y defenderse, da origen a una lenguaje, en la misma actitud frente a los dioses,
civilización donde los hombres no se creen ya actitud de soldado y no de hijo. Los dioses deben
dioses, pero sí herederos de los dioses. Si la época ser para estos fuertes héroes servidos más bien que
divina fué la época del predominio del agua, la adorados, defendidos más bien que temidos. El hé­
época de los ríos y de los manantiales, este nue­ roe sigue creyendo en los dioses, pero su creencia
vo período comienza con el imperio de las ciuda­ r.e circunscribe cada vez más a la fórmula; los
des. Su carácter distintivo no es ya la ciega y oráculos y los presagios, que eran absolutamente
medrosa sumisión de los siervos a los señores y de determinantes en la época divina, son lentamente
los señores a los supremos dioses; la piedad y sustituidos por los ruegos hechos en un lenguaje
el temor son bien pronto sustituidos por la irri­ >¡ue ya no se comprende. El hombre obliga a los
tación, por la taimería, por la violencia. El cam­ ilioses mediante un idioma donde lo que menos
po invita, a veces, al recogimiento y a la admira­ importa es el sentido, y lo que más decide es el
ción por la majestad de lo creado; la ciudad enfu­ 1 ito, la fórmula y el gesto. Este formulismo invade
rece, y da origen, según los casos, a la opresión también la jurisprudencia, cuyo carácter divino
o a la rebeldía. Por eso, toda la época heroica está oculta siempre una voluntad humana, una volun­
llena de las luchas entre los fuertes y los débiles, tad que, por llamarse heroica, se coloca más allá
entre los patricios y los plebeyos. El derecho de de toda justicia y de toda misericordia. El carácter
la fuerza se sobrepone entonces al derecho divino, esencialmente irracional de la ley, su independen-
que puede ser humanamente loco, pero que será ( ia de la justicia, es para esas terribles épocas la
siempre divinamente sabio. El derecho basado en mayor garantía de su excelencia. Pero sería erróneo
la fuerza, de los aristócratas y los optimates, no crecr que tal locura refleja la sabiduría de los dio­
es, en cambio, ni humana ni divinamente sabio: es ses; la irracional locura de la época heroica brota
pura locura humana del que cree que, por tener de los hombres fuertes y sólo de ellos. De ahí la
la fuerza en su brazo, tiene también la sabiduría •liferencia, cada vez más clara, entre el creyente
en su cabeza. Por eso impera en esa edad un estilo y el energúmeno, entre la fe y el fanatismo. La
militar, que se manifiesta en todas las formas del <reencia superficial, desorbitada y violenta es, en
86 CU A TR O VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VICO O L A VISIÓN R E N A C E N T IS T A 87

el fondo, la creencia de los hombres en sí mismos; mana de la razón, pero la razón no es, como suele
servidores de los dioses y no hijos, llega un mo­ afirmar el irracionalismo heroico, la servidumbre
mento en que se rebelan contra los dioses. Siguen de los hombres a lo abstracto, sino el reconoci­
encomendando a Dios sus actos; en rigor, lo que miento de a l g o está por encima de los hombres,
q u e

vence es la fuerza primitiva, la desmesura que ya y de lo cual participan todos: el espíritu. Espíritu
no sabe ni siquiera cuál ha sido su medida. La que no es precisamente el orden mecánico,, la ley
ley acaba siendo un dictado; no es, pues, la ley formal, sino el orden creador, la vida atormentada
que a todos alcanza y que puede proceder, como frente a la materia, la jamás cumplida esperanza.
en la edad divina, de los dioses, o, como en la En la vida del espíritu se busca la verdad de los
edad humana, de la razón. hechos, pero buscar la verdad de los hechos es
El fundar la ley en la razón es lo propio de la también indagar lo que hay, en realidad, tras el
época humana que, por una extraña paradoja, se hombre, tras su distracción, su violencia y su orgu­
parece más a la divina que a la heroica. Ahora llo. Mas para ello es necesario antes librarse de
domina ya la humanidad sobre sí misma, mas este los falsos ídolos, que acaso nos tranquilizan,, pero
aparente endiosamiento del hombre permite hacer que no nos satisfacen. Si es cierto que, frente a lo
lo que la época heroica ignoraba o prohibía: sagrado y a lo heroico, impera en esta época hu­
dar al César lo que es del César y a Dios lo que mana lo simple, debe tenerse en cuenta que éste
es de Dios. En la edad divina se da todo a los se aproxima más a la simplicidad que^ a la sim­
dioses y nada a los césares; en la heroica, los césares pleza. La forma de gobierno de esta época — la
son quienes, en nombre de Dios, pero, en verdad, república popular o la monarquía moderada— se
en el suyo propio, lo reciben todo. En la época halla a gran distancia de la primitiva teocracia,
humana hay una separación precisa entre lo huma­ pero a mayor distancia todavía de esa extraña de
no y lo divino y, por consiguiente, lo que en la mocracia antiliberal que supone el predominio de lo
época nuestra, que parece aproximarse excesiva­ heroico, de un entusiasmo que no es sino un endio­
mente a la heroica,. echamos tanto de menos: la samiento. La época humana es moderada y razona­
vida íntima. La autoridad dimana en la edad hu­ ble; la razón, el deber, la ley y la conciencia
88 CUATRO VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VICO O L A VISIÓN R E N A C E N T IS T A 89

impiden la guerra de todos cbntra todos,(el desen­ Las causas de ésta pueden ser enumeradas en un
cadenamiento de esos azotes ante los cuales suelen orden estremecedor: la corrupción moral, la lucha
arrobarse los que se creen tocados de heroísmo: el de clases, la anarquía, las guerras civiles, el utili­
llamado realismo, la política de gran estilo. Por tarismo, la tiranía,, el predominio del instinto, el
eso se parece mucho más a la edad divina que a dinamismo infatigable, la invasión extranjera. Los
la heroica, pues si en la primera no hay razón, pocos hombres de bien que hay al final de la época
hay por lo menos aquello a que la verdadera ra­ humana, esos pocos justos en nombre de los cuales
zón conduce: hay la piedad y el sagrado temor. pedía Abraham al Eterno que salvara a Sodoma y
Pero si la época humana parece el cumplimien­ Gomorra, quedan anegados en la corrupción de
to de la esperanza de los hombres, el momento de los más; dispuestos en un principio a intervenir
la paz, ello no es sino una apariencia: la edad para salvar al mundo de su perdición, se van reti­
humana, como toda edad, es transitoria, y por eso rando poco a poco, se encierran en sí mismos, se
la alegría de vivirla y de crearla queda continua­ quedan inmensa y dolorosamente solos. Es el mo­
mente empañada por la certidumbre de que, des­ mento de la soledad, de la crisis, de la disolución.
de el mismo momento en que ha empezado, ha El retorno a la simplicidad primitiva parece enton­
entrado en su agonía. Hay una experiencia que ces la salvación para esa corrompida humanidad;
resuena constantemente a lo largo de toda la obra el "estado bestial” aparece al final de la época
de Vico, que constituye, tal vez, el núcleo de esta humana, entre las ruinas de la civilización, pero
obra: la experiencia de la maldad de los hombres, este estado, que parece a primera vista la acentua­
vista y sufrida por Vico en el ambiente napolita­ ción de la corrupción y de la violencia, no es sino
no de su tiempo. Tan pronto como irrumpe esa el recobro de la ingenuidad, el comienzo de otra
"monarquía perfectísima” que es el despotismo edad divina y teocrática, la renovación del expe­
ilustrado, apenas se han tomado las primeras dis­ diente. Los instintos vuelven a dominar en esta
posiciones para repartir todas las cosas según jus­ época, pero ya sin la astucia. En ello se cumple
ticia, cuando la maldad humana, la incurable locura ( la identidad de sustancia de la historia; en ello se
de los hombres, convierte toda paz en decadencia. cumple lo que la historia es, en el fondo: una
VICO o L A VISIÓN R E N A C E N T IS T A 91
90 CUATRO VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L

transmigración, un continuo renacimiento, una in­ San Agustín espera, con San Pablo, un final pró­
terminable agonía. ximo, pues "el tiempo es corto” y "la figura de
En esta agonía de la historia en que culmina la este mundo pasa” ; ante la misma mentira, Vico
visión de Juan Bautista Vico, se halla la razón pide que se renueve, pide seguir viviendo en la
de su pesimismo, pero también de un optimismo mentira, pero seguir viviendo. Y es que, en última
que, en fin de cuentas, logra vencer las mayores instancia, San Agustín, Vico y todos nosotros vivi­
desilusiones. El pesimismo surge cuando se com­ mos en la esperanza de no morir de un modo
prueba la imposibilidad de alcanzar para siempre o de otro, en esta vida o en la otra vida, en la
un estado perfecto, pues la historia ideal eterna es, verdad o, si es preciso, en la mentira misma. Pues
desde luego, eterna, pero también ideal, esto es, si­ el hombre, que necesita acaso obrar y saber, no
tuada en un inasequible lugar celeste. Lo que Vico vive para obrar o para saber; el hombre no vive
llama la "República eterna” está reñido con la para saber: el hombre vive para perdurar.
tremenda realidad de la historia, que sigue infati­
gablemente su curso,, que no se detiene nunca, ni
en medio de la paz ni en medio de la guerra, ni en
la dulzura ni en la aspereza. La historia es per­
petua agonía, pero mientras hay agonía hay vida,
y mientras hay vida hay esperanza. Si existe una
identidad de sustancia de la historia, puede encon­
trarse, pues, sólo en la vida agónica. La verdad
de la historia es su agonía; la realidad de la his­
toria es su lucha. Y aquí radica, precisamente, el
más firme consuelo de esa visión, que condena a
los hombres a la inquietud sin fin, pero que les
promete una existencia también sin fin, perpetua­
mente renovada. Ante la mentira de la historia,
VOLT AIRE O LA VISIÓN RACIONALISTA
Estamos tan habituados a ver en Voltaire al
escritor de la burla constante y de la fácil y des­
piadada ironía, que nos cuesta cierto esfuerzo
descender de la superficie a la hondura de un
hombre que tuvo, como todos los hombres, sus
honduras, y, como casi todos los filósofos, sus in­
sondables abismos. Y, sin embargo, por difícil que
nos sea escapar de la superficie, habremos de ha­
cerlo si queremos que la realidad humana de Vol­
taire y de sus sueños emerja tras su realidad
mundana y cortesana. Esa realidad comienza a
descubrirse en aquella dimensión que más parece
haber contribuido a modelar la imagen habitual
de Voltaire y del volterianismo: la ironía. Quie­
nes son de veras irónicos saben que la ironía
no es, muchas veces, más que una forma de ocultar
las dramáticas experiencias, una forma de hen­
chir la vida, de ocultarse o, si se quiere, como Pas­
cal decía, de distraerse. Por eso la ironía lleva con
frecuencia prendido en su ligereza el poso de una
96 CUATRO VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VO LTA IR E O L A VISIÓN R A C IO N A LISTA 97

gran amargura. No en vano fué el método prefe­ más vínculos de los que pueda hacer sospechar su
rido de Sócrates y de los románticos. El primero rivalidad mutua, hay en Voltaire, detrás de la fa­
veía en ella la manera de hacer reconocer a los chada de sus burlas y de sus veras, una vida
demás que ellos, tan presuntuosos y locuaces, tam­ frente a la cual el tumulto de la corte se torna
poco sabían nada; los segundos veían en ella la la más sosegada existencia. Ni Helvecio, ni Hol*
manera de comportarse el verdadero genio, el que bach, ni Daubenton, ni Marmontel, ni ninguno de
posee, frente a la seca capacidad de análisis, la los colaboradores y amigos de la Enciclopedia, pue­
fantasía creadora. En uno y otro caso, empero, den en este aspecto comparársele. Todos ellos
la ironía era todo menos lo que, acaso también atraviesan la vida a bordo de la nave de un opti­
irónicamente, creemos de ella; en el reír y en el mismo sin tacha y casi sin medida. Ello acontece,
decir irónicos, la procesión va por dentro. sobre todo, en quienes, como Holbach y Helvecio,
Por dentro iba la procesión de Voltaire mientras han encontrado ya, después de la destrucción de los
ironizaba, y lo que nos compete hacer, si quere­ ídolos tradicionales, sus nuevos ídolos. El materia­
mos llegar, aunque sólo sea hasta los arrabales lismo, que no es sólo una particular concepción
de la realidad humana y no cortesana de Voltaire, sobre la constitución del mundo físico, sino una
es descubrir en qué consiste esta procesión tan moral y una fe, les es suficiente para sentir que
encubierta. No es cosa fácil. Por una parte, Vol­ han llegado a un puerto ai abrigo de todas las tem­
taire ironiza no sólo sobre lo que no cree, sino pestades. Pero Voltaire no es materialista ni ha
también, y muy especialmente, sobre lo que cree; llegado a ningún puerto; quiere vivir desde creen­
sus creencias y sus dudas se hallan igualmente re- cias firmes que sean a la vez ideas claras, y como
cubiertas por la niebla de una ironía que, a fuerza el materialismo, si puede ser una firme creencia,
de ser tan insistente, resulta casi desesperante. Por no es ni mucho menos una clara idea, se encuen­
otra parte, y a pesar de su tan proclamado amor tra, junto a sus compañeros de lucha, embarcado
por las razones claras, es, como muy pocos pensa­ en la misma nave que ellos, en la mayór soledad
dores de su tiempo, un hombre de contradicciones. y aislamiento. Entre otras muchas cosas, la ironía
Con excepción de Rousseau, con quien le unen nos designa una manera de vivir que es el vivir
98 CUATRO VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VO LTA IR E O L A VISIÓN R A CIO N ALISTA 99

solo — solo en medio de la más estruendosa com­ blema, los resultados a que llegan son bien distin­
pañía. La soledad de Voltaire es, así, al revés de tos. Hallar la realidad humana de Rousseau tras
la soledad de Rousseau, una realidad que le es, su quebradiza realidad mundana, es relativamente
al propio tiempo, problema. Rousseau se encuen­ fácil, porque Rousseau es un hombre que se pre­
tra realmente solo; debajo de la encina en que senta o, por lo menos,, que quiere presentarse,
concibió y redactó las primeras páginas de su pri­ como dice al principio de sus Confesiones, "en
mer Discurso, al lado de Madame de Warens, toda la verdad de su naturaleza”. Ello es posible
en las puertas de Ginebra, en toda ocasión hay en justamente porque Rousseau cree firmemente que
Rousseau un hombre que se halla solo y se com­ esta su naturaleza es su realidad — y su verdad.
place en su soledad, la cual no es sino una forma La experiencia fundamental de Rousseau es el des­
de llegar a una mayor intimidad con la natura­ cubrimiento de que verdad, realidad y naturaleza
leza. Voltaire, en cambio, está mucho peor; se son una y la misma cosa, lo cual quiere decir, tam-
encuentra, no real, sino problemáticamente solo. bién, que son una y la misma cosa la falsedad, la
En sus años de Londres, en Cirey, en la corte de apariencia y la civilización o la cultura. Al pre­
Federico II, en Verney, en París, ensalzado, ro­ sentarse como un hombre en la verdad de la natu­
deado, acosado, sin tiempo para volverse sobre sí raleza, quiere Rousseau presentarse como lo que
propio, siente hasta qué punto es enojosa una so- para él es todo hombre una vez se ha desprendido
Iedad que ni siquiera puede permitirse el consuelo de la impureza y el egoísmo de la cultura: como
de permanecer consigo misma. Por eso puede ser un corazón que siente, pero que también razona,
un alivio la firme soledad real de Rousseau frente con esa razón natural que de él brota cuando es
a esa incierta y problemática pero no menos efec­ verdaderamente sincero, cuando tiene fe, esperanza
tiva soledad de Voltaire. y caridad. Experimentar esto quiere decir comba­
Mas si Rousseau y Voltaire, que la leyenda y tir todo lo que no sea naturaleza, sinceridad, y en
la historia nos presentan tan irreconciliables, pue­ última instancia, bondad. Ahora bien, cuando un
den unirse en la raíz común de una soledad que hombre busca de modo tan apasionado la bondad
para uno es una realidad y para otro es un pro­ quiere decir que es lo que menos halla en el am­
100 CUATRO VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VO LTA IR E O L A VISIÓN R ACIO N ALISTA 101

biente que respira. El "más amante y sociable de tupidez no tienen otro motivo que el apartamiento
los seres humanos”, el que "siempre tiene el co­ del hombre de su auténtico ser, que es la natura­
razón en los labios”, es el que "cuanto más ve el leza, para Voltaire todo es debido a que sigue esa
mundo,, menos puede acostumbrarse a su tono”, misma naturaleza, que es instinto, confusión y des*
Rousseau predica la naturaleza y la vuelta a la mesura. Si el uno sostiene que el hombre es mal­
naturaleza, porque cree que con sólo volverse na­ vado, porque se ha apartado demasiado de la na­
tural se volverá el hombre naturalmente bueno. turaleza, el otro indica que lo es porque no está
La experiencia de Rousseau es, así, por una parte, todavía bastante lejos de ella. Uno y otro indican,
la experiencia de la maldad de los hombres, y, por empero,, que el hombre es malvado, y por eso la
otra, la experiencia de la posibilidad de su cura­ experiencia de Rousseau y de Voltaire es, en el
ción por la regresión a su estado natural. fondo, una y la misma, como es una y la misma
Si comparamos esta experiencia fundamental de su soledad, y una y la misma su esperanza. Ambos
Rousseau con la de Voltaire, de la cual se deriva, buscan con vehemencia la bondad y, en último
con su visión del hombre, su visión y su sueño término, poco importa dónde señalen que la bon­
de la historia, hallaremos, como he dicho, un pai­ dad se encuentra; poco importa que el hombre
saje muy distinto, pero, más allá o a través de él, sea, como dice Rousseau, naturalmente bueno, o
una sorprendente coincidencia. Voltaire parte tam­ que haya, como Voltaire afirma, una bondad_na-
bién, como Rousseau, de la maldad de los hom-~ t ural dej_ hombre regida-pOf4a-j^zón.
bres. En sus escritos, en sus conversaciones, pro­ Lo que se encuentra tras las nubes de la ironía de
bablemente en su meditar solitario,, hay unas frases I Voltaire es, pues, simultáneamente una desespera­
que vuelven constantemente, que se repiten, apa­ ción indisolublemente unida a una eip.emnza^La
recen donde menos pueda imaginarse, a modo de I desesperación tiene su causa en la jgxft^efld¿_de
estribillo. Estas frases son: las locuras del espíritu la maldad, que para él equivale a la ignorancia. La
humano” y "la estupidez humana”, es decir, la 1 aldad íe l Jiombre. su crueldad y su locui/a,_son
11

ciueldad, el egoísmo, la injusticia, la ignorancia. propias de su permanencia en la naturajg2gila~.es.-


Pero mientras para Rousseau toda esa locura y es­ peranza, empero, surge por la visión de la posibi­
1 0 2 CU ATR O VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VO LTAIR E O L A VISIÓ N R A C IO N A LISTA 10 3

lidad de un pulimento gradual del hombre, por comprometer su existencia. Hay un pequeño es­
el paso de la pasión a la razón, de la ignorancia al crito de Voltaire en este respecto sobradamente
saber, de la oscuridad a la luz, de la locura al buen significativo. En este escrito, titulado Elogio histó• K
sentido. Pero si el hombre puede ser pulido, no rico de la razón, se pinta la situación de Europa
puede ser transformado; la eternidad del carácter desde la invasión de los bárbaros, pasando por la
humano no es para Voltaire incompatible con la época merovingia, por la Edad Media, por la toma
ilustración de este carácter; ilustración, esto es, de Constantinopla y por las sangrientas luchas re­
aderezamiento, composición y aliño. El hombre ligiosas de la época moderna. Pues bien, durante
es, así, para esta desesperada esperanza que consti­ todo ese tiempo en que reinaron, según Voltaire,
tuye la experiencia fundamental de Voltaire, una la ignorancia, el furor y el fanatismo, la razón
naturaleza que puede ser adornada, una ignorancia permaneció escondida con la verdad, su hija, y sólo
que puede alguna vez, sobreponiéndose a sí misma, en un momento, informada de lo que ocurría, se
comenzar a razonar. decidió a salir medrosamente, tocada por la piedad,
Esta misma experiencia de Voltaire y de Rous­ aunque, añade Voltaire, "la razón no suele ser pre­
seau — el hecho de que el hombre sea en este cisamente muy tierna”. Esta sequedad y cobardía
momento actual cruel y desenfrenado— conduce, de la razón y de la verdad, este sorprendente filis-
pues, a ambos a una solución radicalmente dis­ teísmo, demuestra bien a las claras lo que Voltaire
tinta. Rousseau desconfía de todo lo que no sea entiende por ilustración y pulimento del hombre.
naturaleza; Voltaire desconfía de todo lo que no La razón y la verdad pretenden sólo, al parecer,
sea civilización y pulimento. Si habla también, "disfrutar de los bellos días”, mientras haya bellos
como hemos indicado, de una bondad natural, hay días, y regresar a su escondite tan pronto como
que tener en cuenta que semejante bondad no apa­ sobrevengan las tempestades. Ello quiere decir que
rece sino cuando la razón despierta de su temeroso la razón y la verdad pueden sucumbir fácilmente
escondite, pues la razón, tan majestuosa y resplan­ ante la furia destructora de los hombres y, por
deciente, es, en el fondo, cobarde, y sólo irrumpe consiguiente, que son, frente a la naturaleza, lo
en el mundo cuando cesan las luchas que puedan mortal y perecedero. Pero quiere decir también que
1 0 4 CU ATR O VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VO LTAIR E O L A VISIÓ N R A C IO N A LISTA I0 5

la razón es todo menos la omnipotencia, que es nuestro filósofo y para todos los que, confiando
prudencia y buen sentido, mas también debilidad, en el valor de la razón humana, desconfían de su
cobardía y flaqueza. La razón es para Voltaire, a poder, el advenimiento de una edad dispuesta para
diferencia de lo que será para Hegel, no lo que el espíritu. El espíritu se instala en el pecho de
se impone por sí mismo, sino algo que el hombre los hombres cuando éstos le han concedido el alo­
debe por su propio esfuerzo conquistar. . jamiento que corresponde a su condición.
Esta conquista de la razón, que se esconde y Mas, ¿quiénes pueden darle alojamiento? La
oculta cíe continuo, es lo que constituye precisa­ quebradiza fragilidad de la razón y de la verdad,
mente la historia del hombre. La razón no se re- su temor, su cuidado y recelo, no parecen lo más a
vela..sino que~se descubre: se descubre dirigiéndose propósito para que, ya que se deciden a emerger de
hacia ella, a pecho descubierto, descendiendo hasta su pozo, se instalen en el corazón de quienes las
su pozo y procurando convencería. El mito de la hagan servir para fines egoístas. En realidad, la
razón oculta es, así, la demostración de esa debili­ verdad y la razón no pueden, según Voltaire, ins­
dad y precariedad del espíritu en que algunos ven talarse en el corazón de nadie. El corazón es la
hoy su modo de ser frente a la inmensa y aplastan­ gran mentira, el lugar de la agitación y del cam­
te naturaleza, que pesa mucho más y vale mucho bio, el asiento del valor, pero también de la vin­
menos. El espíritu, la razón y la verdad pueden culación a esa terrible naturaleza que destruye el
desaparecer violentamente, barridos por las fuerzas espíritu tan pronto como se pone en movimiento.
elementales, a quienes poco importa la llama ex­ Y el espíritu es todo menos heroico; por eso se
tremadamente sutil, pero extremadamente valiosa, esconde ante la crueldad y la locura. Quienes pue­
del espíritu. Si la razón se esconde, ello puede ser den darle seguro alojamiento no son, pues, los
atribuido a cobardía, pero también a prudencia, hombres de corazón, sino los hombres de inteli­
pues sin ese escondimiento desaparecería El des­ gencia, los que buscan la paz y no la guerra, los
cubrimiento de la razón, su aparición sobre la su­ que buscan el bien. La arbitrariedad del corazón
perficie de la tierra y, desde luego, sobre una muy es la misma arbitrariedad de las pasiones, que tal
escasa superficie,, representa, por lo tanto, para vez son bienintencionadas, pero de las que hay
1 0 6 CU ATR O VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L V O LTAIR E O L A VISIÓ N R A CIO N A LISTA 10 7

que desconfiar radicalmente, pues de buenas inten­ ner la razón en la locura”. "í^n££_ia.razón.en la
ciones, dice el conocido proverbio, está empedrado locura” significa usar de la razón para apoyar lo
el infierno. Voltaire no busca, por lo pronto, la que no es razonable, usar dé la inteligencia para
buena intención, sino la intención recta; la urgen­ encubrir la ignorancia. El descubrimiento de la
te necesidad que tiene de que su creencia, sea a la razón no es, por lo tanto, suficiente para convertir
vez una clara idea le impide hallar para la verdad en civilización la ^barbarie; por su misma contex­
y la razón otro alojamiento que no sea el de la tura y debilidad, la _razón .se presta a todo. Puede
mente, que es tal vez fría pero no engañosa. La dar origen a la verdad más estricta, pero también_
frialdad de la razón y de la verdad, su parquedad, a la más monstruosa mentira. Ahora bien, lo que
su poca ternura, son precisamente para Voltaire la se trata de_buscar, tras haberle dado alojamiento
mayor garantía de que jamás han de engañar. a la razón, es lo realmente verdadero; es ja verdad.
El hombre de contradicciones que es Voltaire La verdad es lo que Voltaire busca en lah isto-
se nos muestra ya en esta primera visión de una ria,.a, la cual quiere podar de todas esas frondosas
razón áspera y rigurosa, pero que, por su misma ramas que para él son la mentira:_las fábulas, los/
aspereza, puede, más que el corazón y el senti­ mitos,, las leyendas. Voltaire busca la escueta ver-^
miento, alcanzar la bondad tan buscada. La des­ dad de la historia sin advertir que todo eso que
confianza de Voltaire hacia el corazón y el senti­ parece adorno y gala, la fábula v la leyenda, perte­
miento tiene su causa, más que en ellos mismos, nece también a la verdad de la historia y. contra
en el resultado de sus actos :vcorazón y sentimiento, lo que pudiera parecer, a la verdad más desnuda.
estupidez y egoísmo, han hecho, hasta el presente, Si, por un lado, quiere comprender la historia y
la historia humana.» Ahora bien, tal historia no es saber lo que verdaderamente ha pasado en ella,
para él más qüiTTLJiistori&-...de__las .desmesuras, por el otro quiere criticarla. La actitud crítica
pues ”la mayor parte del género humano jia sido frente”X la hlstoriaTse^ halla' para Voltaire y para
y será durante lar^o tiempo insensato e imbécil, y toda la Ilustraciónuñlda a ese fino sentido histori­
acaso los más insensatos han sido los que han que­ a rq u e él siglo xvíif comienza a poseer frente al
rido encontrar un sentido a las cosas absurdas, po­ grandioso y absolutista racionalismo del siglo_X¥H.
108 CU ATR O VISIONES DE L A HISTORIA U N IV ER SA L VO LTA IR E O L A VISIÓN R ACIO N ALISTA 10 9

No es casual que quien de tal suerte critica el pa­ razón y de la crítica.^ Nuestra época,, que, pese a
sado sea capaz de reconstruirlo con tan buena maña; su tan proclamado historicismo, dispara desde Ja
el terrible crítico de las fábulas que es Voltaire, altura de su enorme petulancia los más despectivos
es al mismo tiempo el hombre que puede hablar requiebros sobre el siglo XIX, al cual, por lo me­
durante horas y horas de las más diversas y remo­ nos, suele calificar de estúpido, y sobre el siglo
tas fábulas y leyendas; el hombre que dice que x v iii, al que, a lo sumo, y haciendo grandes con­
"no hay otra certidumbre histórica que la certi­ cesiones, acostumbra llamar, con notable olvido
dumbre matemática”, añade a continuación que de las propias miserias, ridículo e incomprensivo,
todo le es bueno para hacer la historia. "Haré nuestra época tiene bastante que aprender de aque­
»—dice Voltaire— como La Fléche, que se aprove­ llos bienintencionados filósofos, que tal vez filo­
chaba de todo.” Pe,o aprovecharse de todo es lo sofaban mal, que acaso eran un poco vanidosos,
más distinto que puede darse de la matemática, que iban sin muchas contemplaciones a lo suyo,
esa ciencia de los ascetas; aprovecharse de todo es pero que en ningún momento dejaron de ser lo
coger de las cosas todo lo que el matemático des* que algunos de los intelectuales de hoy son cada
cuida: el color, el detalle, el fondo y el trasfondo, día menos: verdaderos hombres. Y claro está que
lo que hay y lo que se supone, lo que parece ocu- por ser hombre no ha de entenderse ahora lan­
rnr~y ~^ue fea¡men{.e ocurre oZicQxno Voltaire
1 5 zarse todos los minutos a la calle para acuchillar
díaTcási románticamente, “el espíritu de las na» al prójimo; ser hombre verdadero es para el in te ­
dones”. <■La verdad de la historia es su espíritu; lectual tener el valor de decir clara y distinta-
encontrarlo debajo de la apap<anr<a Ins hechos mente lo que él cree ser verdad. Sólo esta enorme
resonantes, de los personajes influyentes, delira ; e ingenua confianza en la verdad de lo que se
por de las guerras y de la astucia de los tratados. dice, prescindiendo de que esta verdad sea super­
es encontrar lo-quelahistoria es; -su-verdad. ficial o profunda, utópica o plenamente realizable,
Lo que Voltaire quiere es “leer la historia en exige que-eLpropósito de “leer la historia en filó-
filósofo-, y leer la historia girfílosofo es para" sofo^merezca algo más que la despectiva suficien­
el iáefflpfHefh-qae~-vÍ3£eJeer el pasado a la luz de l,a cia de jnuchos historicistas. En fin de cuentas, el
110 C U A TR O VISIONES DE L A HISTORIA U N IV ER SA L V O LT A IR E O L A VISIÓN R A CIO N A LIST A III

elogio volteriano de la razón es un poco más sin­ años de edad, es precisamente cuando irrumpe en
cero y posiblemente' algo más valiente que los su vida la más amarga experiencia: el desastre de
elogios actuales sobre cualquier desventurada rea­ Lisboa, el terremoto que asoló a esta ciudad en
lidad. 1755, cuando la misma naturaleza pareció resistir­
Pues también la razón y la. crítica^Ja queja y se a los designios de los reformadores. En realidad,
la utopía son una realidad que hay que tener en todo lo que Voltaire había dicho y escrito hasta
cuenta en la^historia, la cual no es sólo la histo- aquella fecha, todo su combate y toda su lucha,
ria de las guerras y de las paces,, sino también habían sido llevados a cabo, dentro de su irónica
y muy en particular la historia de los deseos y de amargura, con la esperanza de que hablaba de
los afanes de los hombres para que haya guerras un pasado, de algo que no podía volver porque
o para que haya paces. La lectura de la historia empezaba la época en que la humanidad, cansada
en filósofo no significa^, por lo tanto, más que la de tanta indigencia, llegaba a ver un poco claro
crítica de una realidad en favor de otra realidad. en sí misma. Ver claro en sí misma significaba
\ tan justificada cuando menos como la primera, y para Voltaire saberse en un mundo que podía do­
\para Voltaire, desde luego, mucho más digna: la minar con su esfuerzo, en un universo del que iba
realidad de la lucha por la luz, por la claridad, a quedar desterrada para siempre la ignorancia. La
icontra la miseria, la oscuridad, la superstición, la identificación del mal con la ignorancia, que había
/exageración, el fanatismo, el desconcierto de las resonado con tanta insistencia durante la vida de
\ pasiones, la grosería de las fábulas. Todo esto Voltaire, iba, sin embargo, a quedar muy pronto
V—miseria y fanatismo, grosería y desconcierto— más que desmentida. Hasta 1755 había en Voltaire
i pertenece a la historia, y ello hasta tal punto que casi por partes iguales un poco de ironía, un poco
/ éf mismo Voltaire, apresurado desmontador de de esperanza y un poco de amargura. A partir de
mitos, llega a preguntarse si hay algo más que 1755 no le quedaba ya apenas más que la amar­
crueldad e infortunio en la historia humana. Cuan- gura. No es casual que toda la obra fundamental
dbVoltaire se lo pregunta, después de haber pro­ de Voltaire, aquella que responde a sus más entra­
ducido gran parte de su obra, al cumplir los 61 ñables experiencias y no sólo a las exigencias del
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contorno, sea posterior, en poco o en mucho, a esta Dios del mal; a cada nueva luz, una nueva tiniebla;
fecha, es decir, a esta experiencia. No sólo, desde a cada nueva grandeza, una nueva miseria. De un
luego, el Poema sobre el desastre de Lisboa, donde modo análogo, en el no confesado maniqueísmo
afirma literalmente que existe sobre la tierra un de Voltaire hay una sucesiva y jamás terminada
mal cuyo principio nos es desconocido, sino el producción de bienes y de males, de alegrías y de
grueso de su obra histórica, la mayor y la más desdichas. Pero mientras los maniqueos dejaban
significativa parte de sus cuentos, la lucha contra que el espectáculo corriera preferentemente a cargo
el optimismo, que parece una manía, pero que es, de los dioses, Voltaire pide una decidida interven*
en el fondo, para todo buen entendedor, la expre­ ción de los hombres. El público, que era simple
sión de una tragedia. A este Voltaire, racionalista espectador en la tragedia maniquea, que se albo­
desesperado, es al que debe referirse la visión de rozaba o sufría con las vicisitudes de las potencias
la historia, que si antes fué la lucha del hombre divinas, abandona su pasividad, sale del patio e
contra la naturaleza y la pasión de la naturaleza, irrumpe en el escenario. Lo que hasta entonces
ahora es ya la lucha contra ese desconocido, mí­ se le había pedido era simplemente la resignación
tico y, sin embargo, terriblemente existente princi­ o la queja, la actitud angustiosa y expectante has*
pio del mal. ta ver en qué paraba toda aquella fantasmagoría
La historia se convierte, así, para este maniqueo de luces y de tinieblas; lo que ahora se le pide es
sin saberlo, para este hombre deseoso de una luz cobrar conciencia de lo mucho que le va en el re'
que brilla débilmente en el fondo de un insonda­ sultado del conflicto, advertir que su papel puede
ble abismo, en una cruzada, en una organización ser decisivo. Lo que se le pide no es alegrarse o
de los hombres de buena voluntad dispuestos al entristecerse, sino intervenir, mezclarse con la gen­
rescate del principio del bien. Los maniqueos su­ tuza que pulula en el escenario, revolverse quijo-
ponían que en el gran teatro del mundo tenía lu> tescamente contra las fechorías y los entuertos.
gar la más grandiosa escenografía metafísica: a Voltaire pide, en suma, precisamente porque está
cada uno de los principios creados por el Dios de desesperado, la intervención.
la bondad se oponía un principio creado por el Pero, ¿quién puede intervenir en la historia sino
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aquel que sea capaz de dar alojamiento a la ra­ decisivos para aliviar el peso tremebundo de la his*
zón frágil, asustada de puro andar en malas com­ toria: la China.ante todo, la India, los árabes, el
pañías? La buena voluntad no basta; la cabeza judaismo racionalista, el cristianismo social. La pre­
clara, bien que necesaria, no es suficiente. Sólo el ferencia de Voltaire por la China, a la que supone,
poder que sea a la vez amante de la razón y bien­ como ningún otro pueblo de la tierra, razonable
intencionado podrá preservar a la razón, una vez y moderada, coincide con el movimiento de apro­
rescatada, de los embates del mal que por doquiera ximación a todos los pueblos de los que se conocía
la acecha. De ahí esa extraña alianza propugnada solamente lo que contrastaba con la propia cultu­
por Voltaire y los iluministas de su tiempo, esa ra; coincide con el interés por todo lo que se salía
sorprendente amalgama de la sabiduría con la es­ del marco de la historia de Occidente, única que ha­
pada, ese al parecer incomprensible ayuntamiento bía sido tratada, hasta bien entrado el Renaci­
de la ilustración con el despotismo. Sólo cuando miento, por los mejores historiadores. La historia
hay una unión semejante puede haber para ellos occidental, la sucesión de los pueblos judío, griego
luz verdadera, sin temores de extinción al menor y romano, envueltos por una nube de bárbaros, es
soplo. Ahora bien, tal unión, que es lo más desea­ estimada entonces como una de las historias posi­
ble, es también lo más infrecuente; leer la historia bles y no como la única. El entusiasmo por una
en filósofo significa justamente averiguar en cjué América que comenzaba entonces a perfilarse co­
raros, instantes se ha producido en el escenario del mo una tierra de promisión para todos los que
mundo eL-rescate—de-Ia razón_y^u_conseiYaxión estuvieran fatigados de vivir en Europa, la imagen
por el despotismo ilustrado. Por eso hay que hacer idealizada de una China próspera, culta y tole­
la historia buscando todos aquellos indicios que rante, el interés pot todo lo humano por el hecho
nos permitan determinar la contribución de cada de ser humano, toda esa amalgama de hechos y de
pueblo a la gran cruzada, no sólo, desde luego, esperanzas se encuentra expresada con la mayor
de cada pueblo de Occidente, sino también de transparencia en la visión histórica de la ilustración
aquellos pueblos y tendencias que, poco conocidos o racionalista. Leér lajiistoria en filósofo-es^por
menospreciados hasta entonces, no han sido menos consiguiente, abarcar la ancha faz de la tierra, des-
l i ó CU A TR O VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L VO LT A IR E O L A VISIÓ N R A C IO N A LISTA 117

Xibir las^ costumbres de todos los pueblos y averi­ mente al error, a la ignorancia y a las tinieblas,
guar sobre todo cuál es el fondo deTa7nn~qneTate> ello acontece por el aprovechamiento de una co­
bajo las supersticiones y los fanatismos. Por eso la yuntura extremadamente favorable, por un inespe­
visión histórica de Voltaire es, dentro de su con­ rado y magnífico azar.
cordancia con el cristianismo — ningún occidental, Lo que hay de azaroso en la historia es lo que
aunque se llame Voltaire, puede eludirlo por en­ hay de tremendo, pero también lo que hay de
tero— , lo más alejado que cabe de la visión cris­ esperanzador, pues el azar y no la fortuna es lo
tiana, no tanto por su racionalismo, por su crítica que puede ser forzado. Por eso la obra de los
mordaz, como porque, a diferencia del cristiano, ve hombres dispuestos a la lucha es tan decisiva, que
en la historia una serie de hechos que se hallan puede decirse que si ha habido alguna vez épocas
alojados, con relativa independencia, en diferentes que han surgido de la penumbra en que se en­
espacios y tiempos. El cristiano ve la historia cuentra sumergida la historia, ello ha ocurrido
como un crescendo continuo, como una sinfonía sobre todo por esos pocos 'hombres que las han
que tiene cada vez notas más agudas, qué acaba forjado. En el inacabable contrapunto de la his­
en una inalcanzable fuga; el racionalista de la Ilus­ toria han existido, ciertamente, épocas de este tipo,
tración la ve como un contrapunto, como algo épocas civilizadas, lo cual significa, para Voltaire,
que puede ser repetido, reproducido, redoblado. épocas en que se ha dado, aunque con brevedad
La repetición no es, sin embargo, la consecuencia excesiva, el peregrino ayuntamiento del poder y
de una ley, sino el producto de la intervención de de la clara luz de la razón que razona sobre las
los hombres — de los hombres que, teniendo el verdades. No es sorprendente que esas épocas, que
poder, son al mismo tiempo ilustrados. En la Voltaire hace ascender, en lo que toca al Occiden­
lucha entre los principios del bien y los principios te, a cuatro, tengan todas un mismo estilo a pesar
del mal no hay una Providencia que disponga la de sus mutuas diferencias:'la edad clásica de los
victoria de unos o la derrota de otros; si el prin­ griegos, el siglo de Pericles y, un poco más allá,
cipio del bien triunfa, es decir, si la luz, la razón la irradiación de la cultura helénica en el Cercano
y la verdad consiguen sobreponerse momentánea­ Oriente por la virtud de Alejandro; la edad del
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esplendor romano, la época de Augusto; el des­ ma, la cual es, en el fondo, y pese a la poca
bordamiento de la vida y de la confianza en el ternura de la razón, el imperio de la bondad sobre
Renacimiento, con los Medici; el florecimiento de la tierra. En ello se descubre una vez más la iden­
la ilustración tras el siglo de Luis XIV. Todas tidad fundamental de las experiencias de Rousseau
estas edades se caracterizan, miradas con la lupa y Voltaire, el apasionado y el irónico, irónico y
de Voltaire, por ser la ascención al poder de los no tranquilo, es decir, por debajo de su impertur­
protectores de las artes, de la libre difusión de las babilidad, encubridor de abismales entusiasmos. Si
ciencias : Pericles, Alejandro, Augusto, los Medici, Voltaire desconfía del entusiasmo, si afirma que
el Papa Clemente XIV, Catalina de Rusia, Fede­ el entusiasmo y la razón se unen en muy raras
rico II, el Conde Aranda. Sería equivocado creer ocasiones, ello es sólo porque cree que el entu*
que por ello desprecia Voltaire todo lo que luego siasmo es ciego, mas no porque sienta que es in­
se ha considerado como mucho más importante válido. De un modo semejante a la pasión de
que la protección de las artes y de las ciencias: el Hegel, a esa fría pasión que surge de vez en cuan­
bienestar de los súbditos, su elevación moral, la do rompiendo la corteza de su implacable lógica,
posibilidad de alcanzar una libertad verdadera. Si el entusiasmo de Voltaire, por las épocas que
Voltaire y toda la ilustración ponen con tanto em­ llama luminosas, por los momentáneos triunfos
peño el acento sobre la primera de dichas obras, es del principio del bien sobre la ruindad y la mise­
porque creen firmemente que es la condición ine­ ria de la naturaleza y de la historia, es la mejor
ludible para todo lo restante. Sólo porque con el prueba de que la visión racionalista, tal como él
despotismo ilustrado se barren las supersticiones la concebía, no es precisamente un chorro de agua
y los fanatismos, sólo porque el que tiene el helada. Y, a su vez, entre los fanáticos no hay
poder se esfuerza en disipar las tinieblas, podrá únicamente los energúmenos; hay también aque­
un día la humanidad, toda entera, y no única­ llos que Voltaire concibe como los defensores de
mente los pocos elegidos, participar de la razón. la peor especie de fanatismo: los fanáticos con
El alojamiento de la razón entre los poderosos sangre fría, frente a los cuales sería impotente la
es así el camino hacia la luz, pero no la luz mis­ razón del filósofo y la prudencia del gobernante.
1 2 0 CU ATR O VISIONES DE L A HISTORIA U N IV ER SA L VO LTAIR E o L A VISIÓN R A CIO N A LISTA 12 1

Estos fanáticos son los verdaderos genios del mal, podrá entenderse lo que significa esa "bondad na­
el aspecto oscuro de la historia, la parte desco­ tural del hombre” y lo que quiere decir esa "igno­
nocida y terrible de la naturaleza. El maniqueísmo rancia que razona”, a las que Voltaire alude con
de Voltaire llega de este modo a penetrar inclusive tanta frecuencia. Pues, en última instancia, no es
en aquello mismo que parecía estar bien definido: la razón la que derrama su luz sobre el mundo,
al entusiasmo de la ignorancia debe oponerse el sino la bondad, la cual es término y objetivo final
entusiasmo del claro conocimiento; al fanatismo de toda filosofía. La filosofía de Voltaire y, con
de la mentira, el fanatismo de la verdad; a la ella, su visión de la historia se convierte de esta
razón que justifica las tinieblas, la razón que re­ manera en lo que ha sido muchas veces la filo­
vela la luz; a la naturaleza oscura y misteriosa, la sofía: no una doctrina, sino una forma y norma de
auténtica naturaleza, que es, dice Voltaire, en vida; no un conjunto de ideas, sino un florilegio
una frase mitad panteísta y mitad cristiana, gracia de virtudes. Rescatar la razón del pozo en que
de Dios. vive escondida, ponerla en manos de los podero­
Hay algo de divino en la naturaleza como hay sos, de los déspotas ilustrados, es mucho. Pero no
algo de divino en la historia, mas hay lo divino es todo. Por encima de la protección a las artes
porque hay, al lado de él, en abierta lucha con él, y a las ciencias hay la verdad de la historia: la
lo demoníaco. Sólo la contraposición de los dos vida sencilla de lost hombres que conocen perfec­
poderes hace que pueda haber una historia, la cual tamente lo que los sabios ignoran, que conservan,
no consistiría así simplemente, como pudiera ha­ en medio de un mundo corrompido, una bondad
cerlo pensar la letra de Voltaire, en un aparta­ natural y una razón natural; la.vida de los hom­
miento gradual de la naturaleza, en una ascensión bres que, como Cándido, no creen vivir al final
progresiva y paulatina hacia el reino de la cultura, en el mejor de los mundos, pero cultivan su
sino, como lo hace sospechar su espíritu, en una jardín. Cultivar su jardín era precisamente la
oposición entre la naturaleza perversa y la natura­ ambición de Rousseau, que buscaba también la
leza bondadosa, entre la razón ignorante y malva­ bondad de los hombres, la verdad de su natu­
da y la razón generosa y sabia. Únicamente así raleza. Voltaire no confía enteramente en la
VO LTAIR E O L A VISIÓN R A C IO N A LISTA 12 3
122 CU A TR O VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV ER SA L

naturaleza, pero tampoco la rechaza, pues en la salvación significa ante todo absolución, despren­
naturaleza puede hallarse ese algo divino que es dimiento y rescate, es decir, desprendimiento del
la ley moral eterna, una ley que no se revela por mal, absolución del error, rescate de toda fealdad
sí misma, que debe ser tenazmente buscada para y de toda miseria. Mas esto no lo puede hacer
que un día, después de las luchas y de las zozo­ la filosofía por la sola contemplación, sino por el
bras, le sea posible al hombre cultivar tranqui­ combate. Hay en_e| m nndo. por lo tanto»-pnt-lo
lamente su huerto, su jardín, es decir, su soledad. m enos. tres7Tases d a J io m bres^-unoS-gon los que
Quedarse solo, realmente solo, libertarse de„ja se resignan, los que ponen a mal tiempo,,, buena
naturaleza vengativa y de la historia tumultuosa, "cara, y éstos son dignos de respeto: otros so n jos
es la finalidad de Voltaire,. descubierta a poco gne luchan e intendmen, los_que^ari_contra
que se disipen las nieblas de su ironía, de sus viento y marea, y estos son merecedores de admi-
paradojas y contradicciones. Mas quedarse solo, '''^aTTn^'T^rñr fin^ r r r ^ i -sr>n_Lis que nQ—se
romper de este modo con la historia y con la resignan, pero tampoco, .luchan—smQ~Qi3£~S£-liíni'
naturaleza, es la manera de reintegrarse al reino tan a quejarse., y estos son ar rf^d&rcs-fie piedad_y
de la bondad, que admitirá nuevamente la natu­ miserirordia. Voltaire, que se queja con frecuen­
raleza y la historia, pero purificadas, depuradas cia y que se resigna algunas veces, pasa la mayor
de todo lo que destruye y corrompe. Este reino parte de su vida interviniendo y luchando^ Y
de la bondad no se encuentra, por lo tanto, como acaso sea esta su mejor recompensa, pues la lucha
en Rousseau, en la pura y simple naturaleza, ni y el esfuerzo, por animosos que sean, son siempre
tampoco como en los demás iluministas, en el menos angustiosos que la limpia, desnuda y di­
progreso de la historia, pero justamente porque recta contemplación.
no se encuentra en una ni en otro puede encon­
trarse, al final, en ambos. Esto, conducir a una
historia y a una naturaleza purificadas, es lo que
debe hacer la filosofía, que acaso no instruye ni
enseña nada, pero que libera, esto es, salva. La
HEGEL O LA VISIÓN ABSOLUTA
En 1870, un siglo después del nacimiento de
Hegel y para conmemorar esta fecha, apareció un
libro de Karl Ludwig Michelet que llevaba un
extraño título: Hegel, el filósofo universal no re­
futado. Este libro, que es, como casi todos los li­
bros, un símbolo, fué escrito justamente en un
momento en que, tras una incomparable polvare­
da, parecía definitivamente muerta la gran cons­
trucción intelectual hegeliana. Peio Hegel ense­
ñó ya que nada muere definitivamente y que toda
muerte es una negación, que vuelve a ser negada.
Eludir a Hegel, hacer la zancadilla a Hegel, fué
el ideal de un tiempo, en otros muchos respectos
admirable, que intentó rehuir todo lo que no pue­
de ser rehuido, todo lo que vuelve. Puede haber
en el mundo algunas cosas que, una vez caídas, no
se levantan, algunas doctrinas que, una vez dichas,
no se repiten. Pero Hegel se levanta y se repite,
y quien quiera apartarlo de su lado queda pren­
dido, por el simple hecho de ocuparse de él, en
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sus invisibles redes. Hegel es el eterno revenant, al espíritu; Spinoza busca vivir para la verdad,
el que vuelve siempre. mientras Hegel aspira a descubrir en qué consiste
Esta constante vuelta de Hegel, empieza a resul­ y cómo se realiza la plena e indiscutible verdad
tar comprensible si, pasando por encima del áspero que es el.vivir.
encadenamiento de sus razones, nos adentramos en Sólo porque el vivir pura y simplemente es
la pasión que le dió origen. Lo que entonces ve­ verdad puede Hegel encontrar lo que Spinoza co­
mos es lo que menos puede hacer sospechar la menzó a entrever al final de su profunda religión
filosofía de Hegel cuando se la mira de soslayo y filosófica: una esencia que fuera al mismo tiem­
no de frente: vemos, no una filosofía, sino una po una existencia, un espíritu que fuese a la vez
religión y aun una mística. No es casual que haya palpitante vida. Por eso es Hegel, como su fiel
habido siempre por parte de Hegel una singular discípulo proclamó, el filósofo no refutado, no
admiración por Spinoza. Hegel ha proclamado al­ porque sea indestructible su filosofía, sino porque
guna vez que la filosofía de Spinoza era insufi­ hay en su experiencia algo que permanece de pie
ciente, esto es, incompleta y, por lo tanto, no falsa, en medio de las ruinas de toda filosofía. El eter­
mas sólo parcialmente verdadera. Filosofía in­ no retorno de Hegel es el resultado de esa bus­
completa porque quiere verlo todo desde el punto cada unión de la verdad con la vida, de lo pere­
de vista de lo eterno sin advertir que también el cedero y contingente con lo inmortal y necesario.
momento es, a su manera, eterno. Hegel, en cam­ En esta unión, cuyo fruto final se llama Ideal, ad­
bio, que aspira sin tregua a la eternidad, tiene quiere la filosofía de Hegel su más preciso carác­
conciencia perfecta de que ninguna fliosofía pue­ ter. Feuerbach -dijo una vez que en todo el pensa­
de contentarse con ella; la eternidad de Hegel no miento de Hegel alentaba el fantasma de la teolo-
es, como la de Spinoza, algo que guarda relación gía. Sería más exacto decir que todo el pensamien­
con el tiempo, sino algo que lleva dentro de sí, to de Hegel es, en su entraña, teología, pues la
suspendido y como anonadado, el tiempo. Porque Idea, el principio, nudo y desenlace de la tragedia
Spinoza busca la beatitud, que es ausencia de pa­ filosófica hegeliana,no es sino, como Hegel sincera­
sión, libertad plena, vida conforme a la razón y mente declara, el desenvolvimiento de la divinidad.
130 CUATRO VISIONES DE L A HISTORIA U N IV ER SA L H EG EL O L A VISIÓ N A B S O L U T A 131

Desenvolvimiento que, por otro lado, no debe haber vencido las resistencias que, en el curso de
ser interpretado en un sentido exclusivamente su despliegue, se había opuesto, ello es porque,
panteísta, bien que el panteísmo pueda ser una de pese a su tan proclamado carácter absoluto, la
sus consecuencias, pues la filosofía de Hegel es Idea se siente desolada. Preguntarse por qué la
como el profundo pozo de donde se saca, a mejoi Idea necesita crearse estos innumerables conflictos
conveniencia, la madera y el fuego que ha de que­ que se crea, equivale, por lo tanto, a preguntarse
marla. Lo que Hegel llama Idea es, ciertamente, por qué Dios, que no tenía necesidad del mundo,
el aspecto metafísico de lo que llama Dios el reli­ ha creado el mundo y quiere luego purificarlo.
gioso, pero lo que la Idea proyecta, la Naturaleza En su estado primitivo, antes de toda existencia
y el Espíritu, sólo en cierto sentido son divinos. que no fuera la propia, Dios y la Idea parecen
La divinidad del mundo y de lo finito radica úni’ haber tenido un día conciencia de que no se bas­
camente en su aspiración a reconciliarse con la taban a sí mismos o, si se quiere, de que su verdad
realidad absoluta de la Idea, en su tendencia a era solamente una verdad a medias, de que su
salvarse de su finitud y contingencia, en su afán vida se agotaba bien pronto en la jamás alterada
de perpetuarse. En el inacabable juego que la Idea identidad de su ser consigo mismo. Una filosofía
juega consigo misma se va creando conflictos para que no sea la de Hegel puede responder a esta
tener el gusto de resolverlos. Crearse conflictos pregunta diciendo que Dios ha creado el mundo
parece ser así la misión de una realidad que se por amor o por la propia, libérrima e inescru­
presenta, ante todo, como algo que no necesita de table voluntad de crearlo. Pero una filosofía como
nada más que de ella para subsistir en buena paz la de Hegel no puede responder de modo tan
y armonía. Crearse conflictos parece, a primera arbitrario, o tan caritativo, a tan inquietante pre­
vista, una de las habituales imaginaciones del in­ gunta; la creación del mundo por Dios o, dicho
genio germánico. Pero sólo a primera vista. Si la en términos metafísicos, el autodesenvolvimiento
idea se crea conflictos, si, desde su primitivo ser de la Idea, no es algo arbitrario, sino necesario.
en sí misma, se despliega en la Naturaleza y en Esta necesidad no puede ser otra que la insufi­
la Historia para volver a sí misma, después de ciencia de la primitiva Idea, que la urgencia que
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la Idea tiene de salir de sí misma para ver si hay, yectarse, como Hegel dice, en el elemento de lo
en ese fuera de ella que es sí misma, algo que contingente y finito. La Idea es todo menos puri­
pueda complacerla. Lo que la Idea encuentra en tana; quiere experimentarlo todo, crearse toda
esta salida de sí, es, por lo pronto, lo opuesto a suerte de conflictos, porque solamente así alcan­
ella; al salir de sí misma, la Idea se enajena, se zará su plena verdad.
pone fuera de sí y pierde su primitiva cordura. Este tenaz enajenamiento de la Idea comienzg
Mas la primitiva cordura de la Idea, su estar, ya, por consiguiente, mientras está en sí misma,
quieta y sosegadamente, en sí misma, era la cor­ mientras se mueve desembarazadamente por el
dura del inocente, del que cierra los ojos ante el terreno familiar de la lógica. La Idea comienza
error, la maldad y la culpa. La bondad de la Idea a enloquecer dentro de su cordura y en su extraña
era, por así decirlo, la del que no se ha encon­ demencia salta del ser a la nada, de lo uno a lo
trado con el mal y, por lo tanto, no ha podido múltiple, de la cualidad a la cantidad, de la esen­
ni sucumbir a él ni vencerlo. La bondad y la pu­ cia al fenómeno, buscando siempre aquello que,
reza del inocente son siempre menos valiosas que anulando lo negado, pueda al propio tiempo con->
la bondad y la pureza del que ha conocido el mal servarlo, un poco al modo como lo olvidado per­
y, en vez de huir de él, ha iniciado con él un manece. Esta primera locura de la Idea, que ni
movido y dramático diálogo. Sólo el que ha vi­ siquiera en su ser en sí podía reposar tranquila,
vido en medio del error y de la culpa, sólo el anuncia ya lo que será su ulterior extrañamiento,
que ha tenido la experiencia del mal, es decir, su autodestierro, su más aventurada peripecia. De
sólo el que se ha vuelto una vez loco puede ser modo análogo a las finezas que de enamorado
al final, cuando ha regresado sobre sí mismo, de­ hizo don Quijote en Sierra Morena, la Idea nos
finitiva y plenamente cuerdo. Esta plenitud de anuncia, por los desafueros que comete en el te­
ser, de serlo todo, sin ser al mismo tiempo nada rreno de la lógica, lo que hará en mojado si ha
más que sí mismo, es justamente lo que hace que hecho esto en seco. Al enfurecerse, la Idea se con­
la Idea, esto es, aquella realidad que de nada tradice a sí misma y vuelve a concordar consigo
ajeno necesitaba, se decida a salir de ella y a pro­ misma en una serie precisa de afirmaciones, nega­
13 4 CUATRO VISIO NES DE L A HISTORIA U N IV ER SA L H EG EL O L A VISIÓN A B SO LU T A 1 35

ciones y reafirmaciones de lo negado, pero en todo alteración y el alboroto no son muchas veces sino
ello no llega tan lejos como para sentir que su ser una forma de descubrirse, de revelarse con es^
peligra. Al hacer finezas en seco, la Idea sigue claridad de la embriaguez tan parecida a la cla­
ensimismada, y toda aquella fantástica pirueta de ridad del relámpago. Al volverse otra, al llegar
la lógica no era, por lo visto, más que un salu­ hasta lo mecánico y lo inorgánico, descubre la
dable ejercicio doméstico. La Idea no corre toda­ Idea lo que era antes de haberse desplegado: el
vía grave peligro, no se ha encontrado tan distante objeto, el desenvolvimiento en el espacio. Pero
de su propia casa como cuando, al salir resuelta­ justamente en el mismo instante en que ha al­
mente de sí misma, se ha convertido casi mágica­ canzado los confines de sí misma, en que se
mente en Naturaleza. La Naturaleza es la alte- encuentra absolutamente perdida y desorientada,
ridad, el ser perfectamente otro de la Idea, e] comienza la Idea a aplacarse, a volver de nuevo,
punto de máxima tensión en esa armonía de lo enriquecida con todas sus experiencias, hacia sí
antagónico que Heráclito vió ejemplificados, co­ misma. La Naturaleza era lo que no estaba some­
mo imágenes de todas las cosas, en el arco y la tido a razón, lo particular y diverso, mas de una
lira. Al apartarse de su ser, de su tranquilidad, particularidad y diversidad tan monótonas que
de su inocencia, la Idea se pierde, se extravía, su contemplación, dice Hegel, llega a producir
queda desorientada y pervertida. El elemento en hastío. En cambio, desde el momento en que la
que) la Idea se descarría no es, sin embargo, otra Idea ha dejado de ser extraña a sí misma, esto es,
cosa que ella misma; la Idea se vuelve, en suma, desde el momento en que nace, con lo orgánico,
loca, se enfurece, se altera, pero sin dejar de ser lo íntimo y subjetivo, el hastío es sustituido por
ella. El alboroto de la Idea al llegar a la Natu­ un entretenimiento continuo, por una diversión
raleza, ese asombroso conflicto que se crea apa­ interminable. En la Naturaleza se encontraba la
rentemente sin necesidad alguna era, con todo, ■Idea, por decirlo así, encadenada, no porque estu­
absolutamente necesario. En su completa alteri- viera sometida a leyes, sino porque no obedecía
dad y enfurecimiento encuentra la Idea lo que te­ a ley propia, a exigencia íntima. Lo que la
nía en sí misma sin saberlo, porque la locura, la Idea encuentra al salir de sí misma es, ciertamefP'
H E G E L O L A VISIÓ N A B S O L U T A 13 7
1 3 6 CUATRO VISIONES DE L A HISTORIA U N IV ER SA L '

te, una grande y necesaria experiencia, pero tam­ En el momento en que la Idea comienza a des­
bién un castigo; al convertirse en Naturaleza, al andar lo andado, surge de la misma Naturaleza,
extrañarse de sí misma, al expatriarse, la Idea se como brotada de ella, una voluntad de conocerse,
descubre como un error, y por eso comienza a única manera de llegar a ser lo que el Espíritu
emprender, como dice Hegel, un duro y enojoso quiere ser ante todo: libre. El Espíritu quiere, por
trabajo contra sí misma para volver a ser lo que el momento, libertarse de la Naturaleza que le
antes era sin saberlo y ahora será con plena, per­ sostiene y, a la vez, le oprime; la Naturaleza, que
fecta y satisfecha conciencia. Pues el fin de toda es el reino de lo contingente, es a la par el reino
esa enorme y dilatada exploración que la Idea de la. esclavitud y la dependencia, pues lo conl in­
realiza hasta los más remotos confines de sí mis­ gente no es para Hegel precisamente lo libre, La
ma no es otro que el de reconquistar, de modo noción de libertad que aquí encontramos coincide
definitivo, su perdida libertad. sólo de manera parcial con lo que solemos enten­
Conquistar la libertad, replegarse sobre sí mis­ der por tan indefinible palabra cuando soplan
ma para llegar a ser ver d ad erameñt"e~ella misma, dentro de nosotros los vientos de nuestra medi­
sin enajenamiento ni alteraciones, es la misión de terránea anarquía. Libre no es para Hegel quien
la historia, cuyo protagonista es lo que surge (je la hace lo que quiere, sino quien hace lo que debe
Naturaleza en el instante en que hay en ella algo hacer para realizar su esencia. La libertad de la
más que mera existencia vegetativa: el Espíritu. historia no es, por lo tanto, la mera contingencia,
Espíritu que no debe ser entendido, por otro lado, el azar o el acaso; la libertad de la historia es
como una vaga abstracción o como una pálida cumplimiento inexorable del fin, sumisión a sí
quimera. El Espíritu no es nada abstracto, sino, mismo, conocimiento cabal de lo que el Espíritu
por el contrario, al p o entera in m e d ia t a m e n t e es verdaderamente una vez se ha desprendido de
concreto, vivo, activo, palpitante. Tal realidad, los tentáculos de la Naturaleza. Por eso dice
cuya hazaña consiste, según Hegel, en saberse y Hegel que el progreso en la conciencia de la
conocerse, se presenta, por lo pronto, como algo libertad, en que se resume la peregrinación del
no realizado, como un programa y una promesa. Espíritu hacia sí mismo, debe ser conocido en su
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necesidad. La Naturaleza puede hacer toda suerte la Naturaleza; en el instante en que surge lo
de locuras, porque la Naturaleza no es más que individual y orgánico aparece el umbral de la
la vesania de la Idea. La historia, empero, no subjetividad, la figura vacilante del Espíritu sub­
puede hacer locuras; el desenvolvimiento de la jetivo, que está en sí mismo, pero que no se ha
historia, es decir, la realización del ser esencial desarrollado enteramente porque no ha tenido
del Espíritu, exige una sumisión rigurosa a sí una historia. La historia es, a su modo, también
mismo, una inflexible disciplina. El que está una locura, pero no la locura de la Idea al vol­
fuera de sí cree ser libre porque imagina en la verse Naturaleza, sino la locura del Espíritu que
embriaguez de su arrebato las más extrañas fanta* necesita fortalecerse, salir de su satisfecha intimi­
sías; en realidad, sólo el que está en sí mismo, dad y habérselas con la cruda intemperie. La
el que se libera de lo externo, de cuanto es ex­ historia es así también una gran experiencia de la
traño y ajeno a él, puede considerarse libre. La cual se conoce ya ei resultado, pero con un cono­
libertad es así, para esta concepción teutónica y cimiento imperfecto. El resultado necesita, en
hegeliana, la necesidad interna; no la alegre con- efecto, no sólo ser conocido, sino también vivido.
tingencia, sino la penosa y esforzada conciencia La historia termina con la liberación definitiva del
de la propia necesidad. Espíritu, con la conversión del Espíritu objetivo
Definir la historia como el progreso en la con­ en Espíritu absoluto, esto es, según luego veremos,
ciencia de la libertad no equivale, por consiguien­ en vida perfectamente cumplida, en bienaventu­
te, a considerar el progreso histórico como una ranza eterna. Mas alcanzar la eterna bienaven­
marcha al final de la cual estaremos todos, según turanza, la vida imperecedera, no es posible s]n
nuestro sentir mediterráneo, anárquicamente li­ pasar por el dolor, el sufrimiento y la muerte,
bres. Quien alcanza la libertad es, ante todo, el sin que la Idea, que estaba en un comienzo tan
Espíritu, que se despliega en la conciencia hu­ apacible y sosegada, no haya pasado por esa
mana, el Espíritu universal, protagonista de la experiencia que es la Naturaleza y por esa enor­
vuelta de la Idea hacia sí misma. Tal Espíritu co- me peripecia que es la Historia Universal.
mienza, por lo pronto, por ser mero apéndice de Mas, ¿cómo se realiza esta aventura que, más

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i
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que evolución de un Espíritu, parece desborda­ es cualquier cosa menos absoluta imposición,
miento de la Naturaleza, desencadenamiento de abusiva y despótica autocracia. Si, como Hegel
todas las vehemencias y pasiones? ¿Cómo es posi­ dice, "la idea universal no se entrega a la oposi­
ble que haya en toda esta extraordinaria confu­ ción y a la lucha, no se expone al peligro”, per­
sión de hechos y de pueblos, de rivalidades e maneciendo "intangible e ilesa”, este situarse al
intereses, de gestas y sueños, la interna e impla­ margen del tumulto real de la historia no es,
cable evolución de un Espíritu? ¿No estará ese como en la razón volteriana, el resultado de la
Espíritu, que bracea para mantenerse a flote en impotencia o, en otros términos, de la finura y
el mar sin fondo de las oposiciones y contradic­ sutileza del Espíritu. El Espíritu, de Hegel, que
ciones, en peligro de perderse para siempre? no entiende de sutilezas ni de finuras, se sitúa
Para Voltaire, cuyo racionalismo tenía, al fin, al margen de la lucha simplemente porque puede
perfil y medida, el espíritu y la razón se mante­ dominar, sin otro instrumento que su voz, esta
nían ocultos precisamente para no sucumbir ante terrible lucha. Las pasiones, los intereses, los
los embates de la pasión y del fanatismo. Su mi­ egoísmos, las fuerzas irracionales y oscuras no son
sión era, en todo caso, iluminar lo humanamente excluidas de la realidad de la historia. Los gol­
iluminable, insinuarse, bien resguardadas las es­ pes que en la lucha recibe lo particular de la
paldas, con el fin de apaciguar los ánimos y mos­ pasión han sido astutamente calculados por la
trarles hasta qué punto era desatinada y absurda ídea; son, como Hegel dice, ardides de la razón.
ia discordia. El Espíritu era, en suma, para Vol­ Por eso un individuo que cree obrar por su pro­
taire, el que servía al tirano para que fuera, den­ pio interés y según su propio apasionamiento, no
tro de su tiranía, lo más discreto posible. Para hace, en rigor, más que seguir los dictados de
Hegel, en cambio, cuyo racionalismo no tiene con­ ese tiránico Espíritu, que oculta el rostro, mas no
torno, el Espíritu no puede estar al servicio de precisamente por miedo. El Espíritu, de Hegel,
ningún tirano porque él mismo es el dictador y la razón que es sustancia de la historia, forma,
el tirano. La dictadura hegeliana del Espíritu es según dice Hegel en un párrafo sobrecogedor, los
así algo muy distinto de la razón volteriana, que individuos que necesita para realizar su fin.
H E G E L O L A VISIÓN A B SO LU T A 14 3
14 2 CU A TR O VISIONES DE L A HISTORIA U N IV E R SA L

Toda esta extraordinaria confusión de la histo­ de la tierra; lo que importa al Espíritu no es la


ria no es, por consiguiente, sino la ininterrum­ existencia efectiva de un pueblo, sino el grado de
pida evolución y peregrinación de un Espíritu superficialidad o de profundidad con que cada
en busca de su libertad, esto es, de su autosufi­ pueblo ha concebido lo que es el Espíritu. La
ciencia. El Espíritu quiere bastarse a sí propio, y carrera del Espíritu hacia la deseada libertad se
por eso necesita hacerse, desarrollarse en una efectúa, pues, a través de una serie de pueblos en
serie de fases cuyos nombres corresponden a cada cada uno de los cuales hay, según avanza el tiem­
uno de los grandes pueblos que han llenado la po, una mayor conciencia de que el Espíritu alien­
historia. Lo que diferencia la evolución histórica ta en ellos. Pero el Espíritu no se detiene nunca
de la evolución orgánica es que mientras ésta tiene porque, en el fondo, poco le importan los pueblos
lugar de un modo pacífico y sosegado, la primera en que se sustenta. El fin de cada pueblo es jreve­
es. constante y denodado esfuerzo, agitación fre­ lar el Espíritu; "alcanzado este fin”, dice Hegel,
nética para deshacerse de la Naturaleza, para "ya no tiene nada que hacer en el mundo”, pues
aproximarse lo más posible al final de su camino: una vez desaparecido del escenario de la historia
a la Idea absoluta. Pero la historia surge única­ le queda únicamente la duración formal, pero
mente cuando el Espíritu comienza a saberse a sí no la verdadera existencia. Un pueblo existe au­
propio y ha abandonado la existencia orgánica. ténticamente sólo cuando lleva el Espíritu en su
Mientras hay ignorancia de la libertad, es decir, entraña, cuando tiene algo que hacer en la Histo­
del bien y del mal, no hay propiamente historia, ria Universal.
sino prehistoria, tímida vacilación entre la Natu­ Por esta reducción de la historia a la peregrina­
raleza y el Espíritu. Objeto-de-la-historia-es-sólo ción de un Espíritu que va en busca de su liber­
la presencia del Espíritu, que..pasa infatigable- tad, Hegel se aproxima a ella con la actitud de
mente de un lugar a otny.de un pueblo a. otro, un hombre dispuesto a no hacer concesiones, di­
de uno a otro Estado. El paso de un Estado a ciéndose literalmente,, tras razones tan soberbias,
otro no tiene lugar sólo cuando un pueblo ,.ha que todo esto es "el a priori de la historia al que
desaparecido completa y definitivamente del haz la experiencia debe responder”. Escribir la histo­
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ria significa para Hegel tener una idea precisa de particularmente sometidos. La libertad del Espí-
lo que en ella verdaderamente ha acontecido. V nlu coincide con la libertad del déspota, pero tal
lo que verdaderamente ha acontecido en la historia libertad es bien menguada si se considera desde
es simplemente la reconciliación del Espíritu con el punto de vista del acto final del drama histó­
su concepto o, si se quiere, la eliminación del rico. Por eso a la primera fase infantil, en que
reino del Espíritu de todo lo que no sea Espíritu, reina la unidad del Espíritu con la Naturaleza,
la radical e implacable espiritualización del Espí­ sucede la segunda fase, que es, dice Hegel, la
ritu. Tal llegada del Espíritu a sí mismo, se efec­ lase de la reflexión.del Espíritu sobre sí mismo,
túa, dice Hegel, por fases: en la primera de ellas, l.t fase de la separación. En ella comienza el
que corresponde en la historia a los pueblos l 'spíritu a saberse, a conocer que existe y que
orientales, el Espíritu se halla todavía prendido se realiza, a aproximarse al final de su evolución,
en las redes de lo natural y directamente vincu.- .1 su identificación o reconciliación con su con-
lado a él. La sumersión en la Naturaleza significa i c-pto. Esta es la fase de la juventud y de la viri­
que el Espíritu ha alcanzado sólo de un modo lidad, manifestadas respectivamente en el mundo
muy relativo la libertad anhelada. En esta época, griego y en el mundo romano. La diferencia entre
que puede llamarse la infancia del Espíritu, hay .unbos es también una diferencia en el camino
todavía poca conciencia de lo que éste es capaz luda la conquista de la libertad, pero esta liber-
de hacer en su desenfrenado curso por la historia; r.id se alcanza justamente cuando el hombre ha
en realidad, más que en el Espíritu se confía en dejado de vivir desde sus propios y particulares
la Naturaleza, en la omnipotencia de lo natural, intereses para realizar sus fines a través del Esta­
que. es para esta primera fase vacilante lo verda­ do. La j parición de un verdadero Estado es la
deramente sustancial y sólido. En la primera fase condición necesaria para la casi definitiva desvin-
de la evolución del Espíritu hay sólo un hombre cuJádoñ del Espíritu respecto a la Naturaleza,
libre: el déspota, el que conoce la coincidencia de j 'iies en el Estado tiene lugar la concordancia del
su voluntad con la voluntad de la sustancia del Kpíritu subjetivo con el objetivo, del interés
Espíritu, aquel a quien los demás hombres están particular con el general, del individuo, cuya
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H EG EL O L A VISIÓN A B SO LU T A 14 7
anarquía es una manifestación de la contingencia de nada más que de sí mismo; alcanza la verdad
de la Naturaleza, con la sociedad, cuya disciplina de su ser, pero no todavía la cumplida tranqui­
es revelación auténtica del Espíritu. Mas, en ri­ lidad.
gor, tal conciliación sólo puede lograrse de un El Espíritu va, pues, a lo suyo, sin interesarse
modo efectivo y definitivo en la tercera y última por nada más que por él, pues él mismo es el fin
fase de la historia, en la fase del mundo cristiano, de su actividad, el objetivo de su existencia. El
que este es el nombre que da Hegel al mundo salto de uno a otro mundo, el paso de una fase a
germánico. Mundo que comprende, a su entender, otra, no es así más que el repliegue sobre sí mis­
el Occidente entero, pues el espíritu germánico mo, pero un repliegue que es para él la más aplas­
es, según Hegel, el espíritu del mundo moderno. tante victoria. El egoísmo del Espíritu no es, em­
En este mundo se insertan el imperio bizantino, pero, exclusivamente, el completo desinterés por
la época de las invasiones, la expansión del maho­ todo lo que no pertenezca a su reino; el Espíritu
metismo, el imperio de Carlomagno, la Edad se satisface, pero satisface a la vez al pueblo en
Media, el Renacimiento, la Reforma, la consoli­ que encama. El Espíritu del pueblo de Hegel y
dación de los Estados europeos y, finalmente, los del romanticismo alemán, es así algo muy pareci­
cursos y recursos de la Revolución francesa. Todo do y, a la vez, algo muy distinto del espíritu de
este increíble amontonamiento de hechos y de vici­ las naciones, de Voltaire y de la Ilustración fran­
situdes no son para Hegel sino diferentes etapas cesa. Para éstos, el espíritu de las naciones es lo
de una misma y única fase histórica, la fase de la que hay en ellas cuando se ha puesto aparte todo
madurez del Espíritu. Madurez y no senectud, lo accidental; es, por decirlo así, el perfume de la
porque el Espíritu no vive en ella del pasado, historia, su más oculta y secreta cualidad, su quin­
como el individuo, sino en un presente que en­ taesencia. Por eso el espíritu de las naciones es lo
globa todo pasado. Al llegar al mundo germá­ que nunca se pierde, lo que jamás se marchita.
nico, el Espíritu comienza a vivir, por vez pri­ Para Hegel, en cambio, el espíritu del pueblo es
mera, después de su largo destierro, de su propia esencialmente perecedero; nace, vive y muere como
entraña y sustancia. El Espíritu no necesita ya un individuo natural y acaba pereciendo en el puro
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goce de sí mismo. El espíritu del pueblo no es historia ni los pueblos que amanecen ni las páli­
sino el instante maravilloso y único en que el das civilizaciones crepusculares. Para pertenecer a
Gran Espíritu, el Espíritu universal y absoluto la historia importa poco el brillo externo, lo que
reposa en él y le hace alcanzar sus propios fines. la Ilustración comenzó a llamar, no sin cierta em­
Mientras el pueblo posee espíritu, tiene una abso­ briaguez, avance y progreso. Bajo la capa del pro­
luta e irreprimible necesidad de vivir. Cuando el greso puede esconderse lo más primitivo y lo más
Espíritu se ha retirado de él para pasar a otro, la caduco, la esperanza de ser y la nostalgia de haber
necesidad se convierte en hábito, pues el Espíritu sido; bajo la capa del progreso puede haber, mera
ha conseguido ya lo que quería. El pueblo elegido prehistoria, vida al margen de la actividad esencial
durante unos momentos por el Espíritu alcanza del Espíritu. De ahí las increíbles afirmaciones de
entonces la tranquilidad, el externo sosiego, pero Hegel sobre América, a la que veía como la in­
desaparece del área de la historia. La vida ha per­ vasión de los restos de Europa, la roturación de
dido entonces, dice Hegel, su máximo y supremo nuevas tierras, la dispersión continua. América es­
interés, un interés que solamente puede hallarse taba entonces para Hegel vacía y al golpear sobre
allí donde hay lucha, antítesis y contradicción. ella oía el filósofo un sordo rumor de cosa hueca.
La historia de que Hegel habla en su tiránica Era, en sus propias palabras, el país del porvenir,
visión absoluta no coincide, pues, exactamente con y por eso no interesaba al filósofo, que es el hom­
la historia de que nos hablan los puntualísimos bre que no hace profecías, sino que se atiene a la
historiadores. Historia es sólo para Hegel la evo- razón, es decir, a lo que ha sido, es y será eterna­
lución del Espíritu y su lucha para llegar a ser sí mente. América era, en suma, para Hegel, una pa­
mismo, para desvincularse de la oprimente natu­ sión en busca de una razón a la cual servir, una
raleza y hacerse libre. Todo lo que no sea esto, naturaleza espléndida, pero una naturaleza, es de­
debe ser descontado. Por eso no pertenecen a la cir, como toda naturaleza, una locura.
historia ni las épocas más primitivas, en que no Pues todo lo que no es historia es locura, y aun
hay Estado, ni las épocas modernas, en que no hay la historia misma no es sino la locura de la Idea
agitación del Espíritu; por eso no pertenecen a la que se va dando cuenta de sí misma, que se va
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volviendo cuerda paso a paso. Tál cordura es ya nunciar palabra, las más tremendas palizas. Has
evidente desde el momento en que surge, con la si todo lo que es, debe ser, o, en otras palabras, si
ética objetiva, la familia y la sociedad, pero sola­ todo lo racional es real y todo lo real es racional,
mente entra en una fase decisiva y realmente espe­ también deben ser, porque son efectivamente, la
ranzados cuando se apacigua la lucha interna queja, la rebelión y la utopía, y esto es lo que
entre la sociedad y la familia, cuando surge el hubiera contestado Voltaire a Hegel con su haby
Estado. Lo que Hegel dice sobre el Estado es, tual desenfado, cosa que le hubiera valido ser
ciertamente, lo que puede esperarse de un hombre inmediatamente expulsado de la Universidad ber­
a quien un Estado de su tiempo —el prusiano— linesa como un huésped demasiado impertinente.
ha convertido en filósofo oficial, esperando, sin La impertinencia, sin embargo, era y sigue siendo
duda, que la definición de la filosofía como el una verdad de la historia, y esta verdad no queda
conocimiento de que el mundo real es tal como destruida por el simple hecho de ser expulsada de
debe ser, salga al paso de todo intento de radical las aulas. Al hablar tan elogiosamente del Estado,
reforma. Pero una definición como ésta es siempre Hegel intentaba conferir el carácter divino a un
una peligrosa espada de dos filos. Hegel se lan­ Estado y a una situación de hecho por el mero
za, en efecto, a una fantástica divinización del hecho de serlo, pues tal situación era para él la
Estado, y dice, entre otras cosas aterradoras, que realización del plan de Dios en el gobierno del
"sólo en el Estado tiene el hombre existencia mundo, el necesario resultado del desenvolvi­
racional”, que "el hombre debe cuanto es al miento de la historia. Lo que se hallara fuera de
Estado”, que "todo el valor que el hombre tiene, él, fuera de la dura y despiadada organización del
toda su realidad espiritual, la tiene mediante el Estado, era realidad impura, realidad corrompida
Estado” . El Estado se convierte de este modo que requería ser salvada, y por eso Hegel dice que
en el único poder real de la historia, en el ver­ la filosofía no es un consuelo, sino una purifica­
dadero portador del Espíritu, en esa extraña li­ ción de lo real y un remedio para toda injusticia
bertad objetiva que parece consistir, para el hom­ aparente. Pero la injusticia no es jamás aparente,
bre de carne,, hueso y alma, en recibir, sin pro­ sino positiva, efectiva y concreta, y sólo el filósofo
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que no sienta hasta qué punto la razón es impo­ una esperanza. La Idea absoluta, convertida en
tente podrá considerar como aparente la injus­ Espíritu absoluto, es, finalmente, el regreso de la
ticia. Este es uno de los muchos inconvenientes Idea a sí misma, el bien merecido descanso. Pero
que tiene el haber sido nombrado una vez filó­ tal descanso no hubiera sido posible sin un tra­
sofo oficial. bajo previo, y por eso el Espíritu absoluto, al
Mas estas que Unamuno —también condenado recobrar su cordura, no permanece lo mismo que
a ser expulsado, por impertinente, de las sagradas antes, es decir, no deja de haber vivido enajenado.
aulas— llamaba exigencias del cargo, no logran De no haberse decidido a salir de sí misma, de no
nunca ocultar enteramente la pasión que hierve haber habido, por virtud de la genial locura de la
bajo la helada corteza de las razones hegelianas. Idea, una Naturaleza y una Historia, la Idea hu­
Esta pasión es, como se ha indicado, la pasión por biera estado tranquila, mas no satisfecha. La tran­
una esencia que fuera al mismo tiempo una exis­ quilidad de la Idea en su primitivo estado era la
tencia, por una razón que fuera a la vez desbor­ tranquilidad del que cierra los ojos para no con­
dante entusiasmo, por una vida que fuera cons­ templar las miserias. Su tranquilidad al final de
tante trato y victoria sobre la muerte. Esta vida es los tiempos es, en cambio, la paz y el sosiego del
el fondo de la esperanza de Hegel, el cual busca que ha vivido mucho, del que ha triunfado de la
la razón de ser de todas las cosas, pero piensa que muerte, saciado de hechos y de días. Y sólo un3
hay algunas cosas que no tienen una razón de ser vida que ha triunfado de la muerte, .que se ha en­
y que, sin embargo, son a lo mejor las cosas que frentado con ella, merece la pena de ser vivida.
nos consuelan. Pues si la Naturaleza y la Historia La Idea que está en sí misma, antes de haberse
tienen una razón de ser en virtud de la necesidad alterado, es también vida, mas una vida seme­
que la Idea absoluta tiene de salir de sí misma y jante a la de la semilla o a la del capullo, una
de volver a sí misma, no hay ninguna razón para vida que no ha sido todavía, como Hegel diría,
que la Idea absoluta sea. No hay ninguna razón, refutada. La Idea que vuelve a sí misma, por el
pero sí una pasión que la hace ser, es decir, hay contrario, el Espíritu absoluto, que ha cometido
en el fondo, tras el filósofo oficial que fué Hegel, todo género de desmanes y desvarios, es vida mil
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veces refutada, y, por consiguiente, vida eterna, teza, hace terminar la historia con su misma vida,
vida imperecedera. Así lo dice,' por lo menos, la filosofía con su misma filosofía. Que la historia
Hegel al final de la Lógica, cuando abandonando no haya terminado todavía, que aquel supuesto
los razonamientos comienza a dar cuenta de sus final haya sido una falsa alarma, nos hace sentir
místicas visiones: todo lo que no sea Idea abso­ ahora a nosotros, a más de cien años de distancia
luta, dice, es error, oscuridad, opinión, arbitrarie­ de Hegel, una desesperación y, al mismo tiempo,
dad, caducidad y muerte; sólo la Idea absoluta es un consuelo: desesperación porque, por lo visto,
ser, vida auténtica, verdad que se conoce a sí aquella eterna vida prometida por la Idea está aún
misma, entera y plena verdad. en una vaga lejanía; consuelo, porque mientras
Así termina la historia, con la conquista de lo luchamos con el error y la culpa, con la desgracia
libre y de lo verdadero, con el triunfo sobre la y la miseria, tenemos la posibilidad de aumentar,
muerte, siempre al acecho. Para llegar a este final con la experiencia, la plenitud de nuestra vida, de
todo ha servido; la verdad tanto como la mentira, ver, de saber y de vivir algo nuevo. Vivir para ver
la justicia tanto como la injusticia, la inocencia parece ser la divisa de un mundo al cual no ce­
tanto como la culpa. Todo ha sido provechoso samos de ultrajar, pero en el cual cada uno de
para este Espíritu en el camino hacia sí mismo: nosotros se esfuerza por mantenerse. Pues, como
los individuos, que han sido medios, y el Estado, alguna vez se ha dicho, este mundo es una gran
el Derecho y la religión que han sido materiales. calamidad, pero lo peor es que no se puede vivir
La historia termina con la realización de la idea de siempre en él.
la libertad, que sólo existe, dice Hegel, como con*
ciencia de la libertad. Mas esta conciencia resulta,
en última instancia, insuficiente, y toda esta fan>
tástica marcha del Espíritu, que Hegel llama la
justificación de Dios en la historia, la verdadera
teodicea, resulta, en realidad, un poco triste. Por
eso Hegel, que advierte más de una vez esta tris­
ÍNDICE

Nota a la segunda edición.............................. 7


La unidad de las cuatro visiones............. 9
San Agustín o la visión cristiana............. 31
Vico o la visión renacentista.................... 63
Voltaire o la visión racionalista............. 93
Hegel o la visión absoluta .................... 125