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Evaluar para formar personas.

Un breve apunte crítico de la evaluación de los


aprendizajes.
Daniel Esteban Quiroz
Curso: Evaluación educativa y de los aprendizajes
Profesora: Bibiana Cuervo
Fecha: 14/08/12

Todas las reflexiones que se han dado en torno a la evaluación de los aprendizajes
rodean una preocupación, por demás, de suma importancia: la verdadera valoración del
aprendizaje. Esto se ha dado desde todos los ámbitos, tanto epistemológicos como éticos.
Sin embargo, queda una preocupación que va más allá de lo académico y que precisamente
muestra que lo último, aunque fundamental, es insuficiente para la reflexión en materia
educativa. Bien se sabe que la cantidad de conocimientos no es garantía de un
comportamiento ético, algunas de las mentes más capaces han sido las autoras de las
mayores atrocidades, se sabe que una cosa y otra no guardan ninguna relación; esto es
precisamente lo que se va a tratar, ¿cómo la evaluación de los aprendizajes, y el proceso
educativo en general, pueden suscitar transformaciones en el propio ser de cada estudiante?
Ahora bien, esta pregunta sólo pretende abrir el debate, pues la manera como ha sido
concebida la evaluación se ha concentrado en sólo un aspecto, aunque con atisbos hacia
otras perspectivas, pero en general, ésta ha sido imaginada desde el ideal cuantitativo de la
medición y la estandarización; se ha fundamentado en la objetividad del conocimiento y en
un proceso vertical que concibe el aprendizaje desde sus resultados, lo cual ha traído más
problemas y cuestionamientos que resultados positivos. En la medida en que la pregunta
fundamental es por el comportamiento ético, la evaluación en tanto ha sido descrita
anteriormente olvida completamente este interrogante a falta de una solución adecuada para
encajar la ética y las relaciones humanas en términos numéricos y de estándares; sobre la
pregunta fundamental hecha más arriba y en este orden de ideas, son muchas las dudas que
surgen acerca del papel de la evaluación, el maestro y el estudiante en la formación ética y
en la propia subjetividad de cada individuo, ya que el segundo, desde la lógica que propone
el orden cuantitativo es sólo un medidor de conocimiento, es un sujeto de la evaluación,
mientras que el último es el objeto pasivo a ser medido; ¿cómo se puede medir la
subjetividad del individuo? O en términos más radicales ¿cómo se puede medir lo
inmedible?
Desde la sociología de la educación, más exactamente desde Durkheim, se ha
definido ésta como “la acción ejercida por las generaciones adultas sobre aquéllas que no
han alcanzado todavía el grado de madurez necesario para la vida social. Tiene por objeto
el suscitar y desarrollar en el niño un cierto número de estados físicos, intelectuales y
morales que exigen de él tanto la sociedad política en su conjunto como el medio ambiente
específico al que está especialmente destinado”. (Durkheim. 2000: 53). Esta definición
ilustra el debate que se pretende proponer en este texto, ya que se define como un conjunto
de acciones de preparación para la vida social, en los cuales se complementan elementos
físicos, intelectuales y morales; ahora resulta preciso concentrarse en los elementos
morales. Si tomamos la definición del sociólogo francés en su conjunto, además de la
consecuencia que él desprende de este punto, la educación como una “socialización
metódica de la joven generación”, en cierta medida se da lo mencionado anteriormente, si
cerramos la mirada a la sola evaluación, es decir, la joven generación es el objeto a ser
evaluado y a ser dirigido hacia unos objetivos de índole ético; a partir de la interpretación
dada, esto puede resultar problemático, pues desde otra perspectiva de la evaluación, la cual
toma al estudiante como sujeto de su aprendizaje y que involucra en la misma línea tanto el
proceso de conocimiento como el resultado valorativo, el sujeto es partícipe de su
evaluación, y no hay nada en lo que resulte más fundamental la participación de quien
aprende que en su subjetividad, su formación como persona, su propia individualidad que
se refleja en un comportamiento ético; además de esto, Durkheim homogeniza la joven
generación como él la llama, cae en una especie de estandarización como la que se ha
mencionado anteriormente. Toda formación ética y de subjetividad obliga necesariamente a
una individualización y a un involucramiento de todos los actores del proceso de enseñanza
y aprendizaje; exige también darle al conocimiento una mirada diferente que lo haga dejar
de ser un cúmulo de información o de contenidos que hay que aprender, y que lo haga ser
finalmente un objeto para la formación, entendida ésta como se ha mencionado a lo largo
del texto. Los contenidos académicos necesitan urgentemente ser cambiados desde el vacío
en el que se transmiten a los estudiantes, lo cual trae como consecuencia personas muy
doctas pero poco humanas, hacia un proceso que signifique y que rompa con los esquemas
que tiene establecido cada sujeto; ciertamente esto suena bastante romántico, pero la
evaluación de los aprendizajes tiene el deber de hacer este esfuerzo, no sólo por ser parte
fundamental del proceso educativo, sino porque es lo que más influye en el mismo, es lo
que puede hacer la diferencia entre las secuelas que a cada quien le quedan de por vida en
su aprendizaje.
A pesar de las críticas hechas a Durkheim en este aspecto, se ha dicho que su
definición ilustra el debate propuesto, en efecto, es un primer paso hacia la reflexión sobre
cómo la evaluación puede influir en la constitución de la subjetividad de cada individuo, la
cual se refleja en su comportamiento y en su ética. Este texto, como se ha dicho, sólo tenía
por objetivo suscitar el debate en este respecto; ciertamente son bastantes los elementos que
faltan en esta discusión, sin embargo, ya se han dado unas bases claras que trazan el
horizonte de la reflexión. Bien sabemos que la subjetividad es constante e individual y
obliga a la evaluación a adaptarse a estas condiciones necesariamente; todo intento de
contrariar estos papeles resulta, por demás, problemático no sólo para el estudiante, sino
también para el maestro. Ahora bien, ¿cuál es el camino que hay que tomar para finalmente
concebir una evaluación realmente formativa de personas y no sólo de llanos conocimientos
académicos? Ya el camino está allanado, el debate queda abierto.