Está en la página 1de 141

CUENTOS CHILENOS

DE TERROR
Ahum ada, Baradit, Guzmán,
Ortega, Sim onetti, Solar,
Tromben, Villalobos,
W ilson

norma
CUENTOS
CHILENOS
DE TERROR
© 2010, de la presente edición en castellano para todo el mundo de habla hispai
Grupo Editorial Norma
Monjitas 527 piso 17
Santiago de Chile

ISBN: 978-956-300-245-4
CC: 28002362
PI: 191219
Ia edición mayo de 2010
2a reimpresión octubre de 2010

Ilustración de cubierta: Nelson Daniel

Impreso por Salesianos Impresores S.A.


Impreso en Chile - Printed in Chile

www.Ubrerianorma.com

Diagramación y Diseño: Sasha Laskowsky

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cuierta,


puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna
ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico,
óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.
CUENTOS
CHILENOS
DE TERROR
Guzmán, Ortega Wilson, Simonetti, Baradit,
Solar, Ahumada, Tromben, Villalobos

G R U P O
E D I T O R I A L

norma
Bogotá Barcelona Buenos Aires Caracas Guatemala Lima México Panamá
Quito San José San Juan San Salvador Santiago de Chile Santo Domingo
L u is E m ilio G uzm án Larraín (1 .07 l ). Se tituló de periodista
en la UXAB. Cuenta con un posgrado en Guiones en la
Universidad Complutense. Escribió el guión de la película
Paraíso H, y es autor, guionista y productor ejecutivo de las
series de T V N Justicia para /ojos, lióle! para Jos y Caree! Je
mujeres. En 100,'5 publicó su primera novela. Corazón Jtslé.neo,
de Editorial Planeta. En la actualidad es productor ejecutivo
de la serie histórica de T V N ,7/go habrán hecho.

Película de terror
Psicosis (Hitchcock) y The Thing (Carpenter).

Serie televisiva de terror


Salem's Lot (la antigua, dirigida porTober Hoopery
protagonizada por el gran Hutch, David Soul).

Libro de terror
El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad.
La zona muerta, de Stephen King.
l pasillo estaba oscuro. Todavía era de noche.

E No le importó. Podía caminar con los ojos ce­


rrados si era necesario. La conocía a la perfec­
ción: en los cinco años que llevaba habitándola, esa
casa se había transformado en su orgullo, su guarida,
la meseta donde refugiarse. Ingresó a la cocina. Miró
por la ventana en busca de luna llena, a ver si podía
divisar el nogal del patio. No vio nada. Abrió la ven­
tana. Discreta pero bien recibida, una bocanada de
aire frío llenó sus pulmones. Marzo avisaba que el
verano llegaba a su fin. Escuchó el sonido de los gri­
llos, el ladrido de los perros... los primeros autos de­
jaban el hogar. En el lavaplatos abrió el grifo y mojó
su cara. Del refrigerador sacó un envase de jugo de
naranja y le dio un largo sorbo.
¿Qué hora es?, se preguntó.
Cerca de la seis de la mañana, se respondió lim ­
piando el sudor de su frente.
Sabía que no volvería a dormir. Desde el 21 de
diciembre, sus jornadas de descanso no pasaban más

9
allá de las cuatro horas de sueño.
¿Cambiaría todo a partir de mañana?
No pudo responder.
No te proyectes, pensó.
Tenía que cumplir las pequeñas metas que se ha­
bía impuesto. Aunque independientes unas de otras,
todas apuntaban a un objetivo común: volver a sen­
tirse un hombre útil.
¿Cuál era el primer paso?
Abandonar a tu familia, dijo en voz alta.

En el living, supo que necesitaba un poco de luz.


Quería tomarse un tiempo para observar por últi­
ma vez aquel espacio: las fotografías enmarcadas de
los tres en Tongoy y Puerto Varas, la graduación de
Jaime de j>rekínder, el póster de Sin Aliento, el sillón
que compraron en los Anticuarios de la calle Brasil y
que mandaron a tapizar con don Juan, “un experto”,
según Sofía.
Encendió la lámpara que había comprado en el
viaje a México, cuando Sofía tuvo la conferencia de
Terapia Ocupacional en Veracruz y él propuso hacer
el prim er viaje en familia. Los tres se alojaron en un
Hotel M arriot con vista al Golfo, y mientras ella baja­
ba a la sala de conferencias, él y Jaime —recién había
cumplido los tres años y ya iniciaba su amor enfer­
mizo con el m ar— conocieron el pueblo, comieron
camarones y se atrevieron a nadar sin flotador.
A los tres años, su hijo ya podía nadar solo.

10
Sonrió. Cada paso en la vida de Jaime se trans­
formaba inmediatamente en una especie de con­
quista propia: nadar a corta edad. No tener miedo a
las olas; es más, tomarlo de la mano y decirle: “Papá,
vamos a capear toritos”. Los goles en la liga del cole­
gio. La piñata que atrapó en el cumpleaños de Raúl,
su mejor amigo.
¿Eran todos los niños así? ¿Podían pegarse a la
piel de sus padres de manera tal que pasaban a ser un
solo cuerpo, una sola emoción, una misma sangre?
Sus brazos se comenzaron a tensar. Cerró los
ojos. Otra vez el calor lo asfixió. Comenzó a dudar.
Trató de borrar las imágenes, de olvidar el pasado
común, los proyectos que nunca se concretarían.
¿Qué iba a ser de ellos?
¿Podía un hombre dejar a su familia y seguir vi­
viendo?

Perderse. Comenzar otra vez. Volver a nacer


cuando se está más cerca de la muerte que de la pro­
pia niñez. Miles de hombres lo han hecho, repitió
mentalmente. Han dicho: tengo que seguir viviendo,
pero no puedo hacerlo en este lugar. En su huida,
las heridas que dejan son tan voraces que parecen
imposibles de cicatrizar.
Y sin embargo...
“Si me quedo, será peor para todos”, pensó.
Volvió a ver la hora. Siete de la mañana. En trein­
ta minutos, su hermano, Javier, pasaría a buscarlo.
Subiría a su auto y, una vez dentro, Javier tomaría su
brazo y diría: “Has hecho lo correcto”. Saldrían a la
carretera y viajarían en silencio a la comuna de Pir­
que. En la parcela de la familia se refugiaría, pondría
su mente a descansar y, lentamente, según opinaba
su hermano, volvería a ser el tipo que alguna vez fue.
“Te vas a recuperar” le dijo el mediodía del m ar­
tes pasado, cuando se juntaron a almorzar y él dio la
noticia:
—Voy a irme de la casa.

Cerró los ojos. Una ráfaga de sueño lo alertó.


Mantente despierto, repitió mentalmente. Miró la
mesa del comedor. Tal vez debía escribir una carta
de despedida. Lo había visto en películas, leído en
alguna novela. ¿Sería capaz? Negó con la cabeza. No
era bueno para escribir. Lo suyo eran los números,
cuantificación de daños, estructuras, la fortaleza de
una construcción, su diseño y los materiales que se
utilizaron para erigirla.
Un ingeniero constructor de primera.
Hasta hace un tiempo, claro.
Ahora mi estructura se ha venido abajo. Los ci­
mientos se han pulverizado. Si nadie hace nada, po­
demos term inar todo...
—Papá, ¿eres tú?
De inmediato apagó la luz. Su corazón comenzó
a latir tan fuerte que creyó que lo vomitaría. Escuchó
los pasos de Jaime sobre el piso vitrificado. Miró por

12
la ventana. La luz del sol comenzaba a aparecer sobre
la cordillera.
—Papá.
—Acá estoy.
Jaime se mantuvo en la oscuridad del pasillo.
—¿Qué estás haciendo, papá?
—Nada. No podía dormir, eso es todo.
—¿Todavía es de noche?
—Claro que sí.
—Entonces ven a mi pieza. Quiero que me
acompañes.
—Claro. En treinta segundos estoy ahí.
Jaime dio media vuelta y corrió a su cuarto.
Se puso de pie. Pensó: no voy a dejarlo.
No puedo dejarlo.
Avanzó por el pasillo. Otra vez en la oscuridad,
se sintió protegido. En la pieza de Jaime, vio los pla­
netas fosforescentes que habían pintado en el techo,
asemejándose al sistema solar. Sobre la televisión, el
Playstation 2. Tirados en el suelo, los dos controles
con los cuales jugaban sendos partidos de fútbol en
el Win Eleven. A Jaime le gustaba ser el Manchester
United, mientras él prefería el Barcelona.
—Hace tiempo que no jugamos —dijo Jaime,
como leyéndole la mente.
—Sí, tienes razón.
Se produjo un silencio.
—¿Te acuerdas que para Navidad me ibas a rega­
lar un Play 3, papá?

13
Se le apretó el estómago. Pellizcó su brazo para
frenar un acceso de llanto.
—Sí, pero no pudo ser.
—¿Por qué?
—Porque... porque pasaron otras cosas.
Las lágrimas comenzaron a correr por su mejilla.
¿Volvería a ser su voz igual? Sintió el gusto salado del
llanto.
Y pensó: no voy a dejarlo.
Podía vivir sin todo y sin todos. Podía deja su
trabajo, no ver a sus padres, ignorar a sus herm a­
nos. Podía incluso dejar a Sofía. De hecho, ya había
ocurrido una vez. Fue un acuerdo de ambos. D ura­
ron casi ocho meses separados, cuando Jaime recién
había cumplido un año. Él estuvo con otras mujeres.
Dos, para ser más exacto. Ella estuvo con un hom ­
bre. El juró que volvería a amarla. Y así fue. Pero no
podía engañarse: había vuelto por él.
Por su hijo.
¿La razón? Simple: era lo mejor que había hecho
en su vida.
—Papá...
—Dime.
—Te vas a ir de la casa para siempre, ¿cierto?
Intentó sonreír. Ya no frenó las lágrimas. Sintió la
garganta ácida. Miró el techo. Los planetas alineados
lo hicieron marearse. Con apenas un susurro, dijo:
-S í.
Bajó la vista. Miró a su hijo. Jaime no se movía.

14
Le daba la espalda, cubierto con el plumón forrado
con el escudo de la U.
—Ya lo sabía —dijo el pequeño tras un par de
segundos.
Notó que la voz de su hijo era muy tranquila, casi
pasajera. ¿Volvería a dormirse? Observó su figura, el
apacible ritmo de su respiración. Acercó la silla y lo
acarició a través del plumón.
¿Lo sentiría? ¿Podría imaginar por lo que estaba
pasando?
Ojalá durm iera para siempre, pensó.
Ojalá ya no despierte más.
—Papá.
-S í.
—¿Puedes tocar mi pelo?
—Claro.
Pero no lo hizo. Sabía lo que sucedería.
Tuvo el prim er flashazo de la noche: sangre en
sus manos. El frío cuarto, una camilla de mala cali­
dad.
—Papá, no me tocas el pelo.
—Sí, perdona. Ahora sí. ¿Lo sientes?
—Sí, ahora sí... gracias.
Lentamente acarició el pelo castaño de su hijo.
Y lentamente sus dedos comenzaron a fundirse con
la sangre del pequeño Jaime, igual que la noche del
21 de diciembre, cuando recibió el llamado desde
la Posta Central preguntándole si él era familiar de
Sofía Recabarren y Jaime Castro y él dejó en el suelo

15
su plato de tallarines recalentado en el microondas
y manejó casi inconsciente y corrió por el pasillo y
empujó a un auxiliar que le dijo que no podía entrar
a la pieza de refrigeración, que necesitaba una orden
del Servicio Médico Legal.
—Papá.
—Dime, Jaime.
—Estoy muerto, ¿cierto?
Miéntele, se repitió. Dile que nada ha pasado.
Dile que estás bien, que fue sólo un pequeño acci­
dente. Que ya ha pasado lo peor.
Hazlo por él.
O tal vez hazlo por ti, concluyó.
—No lo sé —dijo tras unos segundos de silencio.
—Mi mamá dice que sí. Que estamos muertos,
los dos. Y que sólo estamos preocupados de que tú
sigas Vivo. Que sigas bien... ¿Estás bien?
—A veces.
—Cuando te vas todas las mañanas, ante de que
se haga de día, cuando sales de la casa... ¿estás bien?
—No. Sólo estoy bien cuando estoy acá, con us­
tedes.
—Ves. Es lo que dice la mamá. Parece que ella te
conoce mejor que nadie.
—Puede ser.
—¿Y qué vas a hacer ahora, papá? ¿Qué vas a ha­
cer cuando ya no vuelvas a esta casa?
—Nada. Ya no voy a hacer nada.
Lo apretó con fuerza. Aspiró el aroma de su cue-

16
lio, de su cuerpo. No le importaron los olores ajenos:
agua oxigenada, desinfectante, la gasolina que salió
del motor del auto que pasó la luz roja en avenida
Bilbao con Manuel Montt. El olor de su hijo seguía
ahí, nítido, más presente que nunca. Podía alimen­
tarse de él. Podía reconocerlo de acá hasta el fin de
sus días.
No importaba donde estuviera.
Ese era su refugio.
Su otro yo.

Esperó a que Jaime se durmiera. Lentamente, y


sin hacer ruido, dejó la habitación de su hijo. Tres
pasos más allá estaba Sofía, en la cama de ambos,
esa que habían recibido de sus suegros cuando se
casaron en esa pequeña ceremonia en el Cajón del
Maipo, frente a un juez del Registro Civil que esta­
ba atrasado, pero que cuando vio la alegría de los
comensales se relajó, incluso levantó una copa de
champaña.
Prefirió imaginarla.
Ya era la hora. Su celular, aunque en estado de si­
lencio, comenzó a parpadear en la oscuridad. Javier
lo esperaba en la calle.
Atravesó el pasillo. Abrió la puerta de entrada.
Ya era de día. No miró hacia atrás. Sólo avanza, repi­
tió. El nogal le dio la última despedida.
Abrió la reja. Avanzó hasta el auto. Abrió la
puerta del copiloto y observó a su hermano. Con el

17
motor prendido, Javier preguntó:
—¿Todo listo?
No hubo necesidad de responderle. Supuso que
su cara ahorraba cualquier explicación.
Ya habían pasado dos veces por esa instancia.
La primera vez hubo entendimiento: “Tal vez es
muy pronto”.
La segunda ocasión trajo una advertencia: “Es
por tu bien”.
Esta vez había ira, mezclada con una alta dosis
de decepción: “Huevón, ya han pasado cuatro meses
y no has hecho nada con tu vida. Perdona que sea
bestia contigo, pero te quiero y eres mi hermano: la
Sofía y Jaime están muertos. Y tú tienes que seguir
viviendo”.
—Perdona. Es sólo que no puedo —respondió
casi avergonzado.
No alcanzó a cerrar la puerta; su hermano apre­
tó a fondo el acelerador. El auto se perdió en pocos
segundos.
Dio media vuelta. Abrió la reja y avanzó hacia
el jardín. Ya había visto la rama muchas veces. Era
fuerte, resistente. Lo aguantaría sin problemas. Ro­
deó la casa hasta el patio de servicio. Bajó a la bo­
dega. A un lado de la lavadora descansaba la cuerda
donde alguna vez su familia había colgado la ropa
sucia. Jaime solía agarrarse de ella y jugar a que cru­
zaba un océano lleno de tiburones, como si estuviera
en Los piratas del Caribe.

18
Volvió al jardín. Se acercó al nogal. ¿Cuántos
años tenía? ¿A cuántas familias había dado refugio,
sombra, nueces? No le costó subirse. Hizo el nudo
sin problemas y ató la cuerda al tronco del árbol.
Volvió al piso. Buscó una de las sillas del juego de
terraza que había comprado en el Homecenter.
La cuerda rodeó su cuello.
Pensó: por fin. Estoy cansado. Demasiado cansa­
do para seguir escapando todas las mañanas. Esta es
mi casa y no quiero moverme de acá.
Pateó la silla.
En pocos segundos, imaginó, volverían a estar
juntos.

19
v g * Tg* Br* g»
X Im I A sE a X S*M

20
Francisco O rtega (lí)7l). lis aut or tic las novelas 60
kilómetros v E l número Ktiifman x de la novela gráfica 1 a
publicarse en no\ icnibre de este año. Ks autor de los guiones
de la serie .lil/ús a!Séptimo de Línea x de la película Se arrienda.
lia publicado cuentos en varias antologías. Trabaja como
periodista y editor.

Película de terror
El exorcista.

Serie televisiva de terror


Salem's Lot: La noche del vampiro.

Libro de terror
Drácula, de Bram Stoker
La versión de Enrique Breccia en cómic de
"El corazón delator", de Edgar Alian Poe.
Agosto, 1995. Independencia, Santiago de Chile.

onocía cada ruido de la casa: el aletargado

C crujido de las cañerías durante la noche, ese


continuo toqueteo de las ramas del ciruelo,
las vigas de la terraza al hincharse con los cambios
de temperatura, el marco de las ventanas al ser al­
canzado por la primera luz de la mañana... A sus 65
años, Elcira Ramírez dominaba tan bien cada sonido
de su hogar, que despertó de inmediato cuando un
ritmo pesado y cansino empezó a sucederse desde el
pasillo de la puerta hacia el interior del primer piso.
Se quedó tranquila, en silencio, a oscuras, apoyada
contra el almohadón más grande de la cama. Y es­
cuchó. El ruido no sólo seguía allí, abajo, además
se movía. No cabía duda, alguien más respiraba en
la casa, alguien que caminaba torpe, deambulando
entre el living, la cocina y el dormitorio que alguna
vez fue de su hijo. Sola en casa y con un extraño ace­
chando. Recordó cuántas veces su herm ana le había
ofrecido irse con ella: “Alguien malo puede aprove­
charse, tu hijo no va a regresar”, fueron sus palabras.

23
Pasos, claro que eran pasos, trancos arrastrados de
quien parecía revisar con atención cada uno de los
detalles de la vieja geografía del lugar. Elcira sentía
su corazón apretado, latiéndole desordenado, con
potencia, como si fuera el estruendoso m otor del
auto viejo del dueño del almacén de la esquina. Un
miedo como nunca había experimentado en todos
los años transcurridos desde que su esposo murió y
se llevaron a su hijo. Dos décadas sola, dos décadas
abandonada a la suerte, olvidada por los poderosos,
los unos y los otros. Una vieja y un intruso, la balan­
za no estaba a su favor. Pasos, pasos, pasos, latido,
esa era la aritmética. Respiró profundo y agudizó los
sentidos, el hombre (porque era un hombre, pesaba
como uno) había entrado a la habitación de su hijo
y allí se había quedado, tal vez de pie, tal vez senta­
do en la cama, tal vez sólo era un pobre vagabundo
que buscaba un lugar para dormir. Estiró su brazo
izquierdo hacia el velador y encendió la lámpara
de noche: luz y fotografías antiguas la saludaron y
le dieron valor. ¿Qué podía ser tan terrible? Llevaba
años guerreando contra los que mandaban, se había
enfrentado a ejércitos y soldados, todo por el dere­
cho a saber dónde estaba su hijo. Si las botas y fusiles
nunca la habían asustado, por qué ahora un pobre
ladronzuelo (eso imaginó que era) la iba a intim i­
dar. Apretó los puños y brincó de la cama, buscó una
bata gruesa, se puso los zapatos y agarró el bastón
que alguna vez fue de su esposo, como instrumento

24
de golpe en caso de necesitarlo. Estudió el escenario,
don Luis estaba en la casa continua, sólo había que
gritar fuerte, quebrar cosas, correr hacia la calle. ¿Y
si traía un arma? ¡Que la disparara!, total hacía rato
que no tenía nada que perder. Ya no más. Bajó las
escaleras y se encaminó valiente al dormitorio de su
hijo. Al entrar percibió un aroma mojado, a viejo,
como de algo guardado durante mucho tiempo que
de la nada era sacado a la luz. Con pasos sigilosos
pero seguros se asomó a la habitación, cruzando el
bastón sobre su cuerpo, tratando inútilmente de pa­
recer intimidante.
Y allí, bajo las sombras, reconoció la silueta de
su hijo.
Sebastián. Su pequeño, el que un día se llevaron
los militares, el que por tanto tiempo buscó, el de la
fotografía en los carteles mojados con agua represo­
ra, el tanto tiempo sufrido, allí estaba, sentado en esa
misma cama donde había despertado por última vez.
La vieja se dejó caer llorando sobre su pequeño.
—Sebastiáaannnn —tartamudeó entre lágrimas.
Él apenas respondió a su abrazo.
Y estaba tan joven, tan blanco, tan inocente,
como si todos los años que pasaron sobre ella se hu­
biesen restado sobre su único y amado muchacho.
Ella se lo comió a besos.
Él se la comió a mordidas.
Y aunque trató de pedir ayuda, aullar de horror
y de dolor, no pudo hacerlo. Elcira Ramírez entendió

25
demasiado tarde que cuando tu propio hijo te arran­
ca la lengua, no se puede gritar.

Quince años después. Cuartel de la PDI, Policía


de Investigaciones
—Te buscan —le informaron al comisario Mar­
tínez—. Esa mina que está en la puerta, la rubia alta,
dice que necesita hablar contigo, que es importante.
Armando Martínez permanecía encerrado en
una oficina sitiada por torres de papeles, docum en­
tos y archivadores, labor en la que se habían concen­
trado sus últimos diez años de servicio en la policía
civil.
—¿Quién es? —bajó el tono.
—Una fiscal, no dijo más, sólo que necesitaba al
comisario Martínez.
"El policía la miró, la muchacha no debía tener
más de treinta años. Rubia, cabello liso, anteojos de
marco grueso, zapatos con tacones, mirada distante,
hija de buena familia, de barrio alto. Si usa esa falda
negra y esa blusa gris, es que quiere respeto, infirió,
también que le ha costado ganárselo. A las de su tipo
no les resulta fácil, son demasiados los que nunca
dejan de verlas como muñecas de adorno.
Se acomodó la corbata, buscó su chaqueta y fue
a recibirla.
—Antonieta Baculic —se presentó ella, seria y
con un apretón de manos que reveló bastantes ho­
ras en el gimnasio. Era bonita, mucho, pero también

26
algo masculina. Hija única tal vez, demasiado m eti­
da en sus asuntos para pensar en tener pareja e hijos.
—Usted dirá —le preguntó Martínez. Ella le pi­
dió hablar en un lugar menos concurrido.
Sabiendo que era seguida por las miradas de to ­
dos los hombres presentes, Antonieta evitó cualquier
gesto de amabilidad y siguió a Martínez hasta un pe­
queño privado, junto a las oficinas de los oficiales.
Tras cerrar la puerta, el comisario le ofreció asiento:
—La escucho —le dijo.
—Mi tarjeta, al reverso anoté el número de mi
móvil —le entregó Antonieta. Luego se presentó
como nueva fiscal adjunta de Santiago norte y le in ­
formó que estaba trabajando en un caso “bastante
complejo” con la Brigada de Homicidios.
—¿Y en qué puede ayudarle un oficinista como
yo? —quiso saber Martínez.
La fiscal Baculic abrió su bolso, sacó un compu­
tador portátil, lo puso sobre la mesa, lo abrió, busco
algo en las carpetas del disco duro y luego giró la
pantalla hacia el policía.
—No siempre fue un oficinista —le dijo.
La foto que aparecía en la superficie de cristal
líquido fue como un puntapié para Martínez. Un
hombre con todo el vientre abierto, completamente
vacío por dentro, sin el menor rasgo de visceras u
órganos.
—Es el cuarto caso en dos meses, los jefes se
las han arreglado con la prensa y el gobierno para

27
que no se sepa, igual que hace quince años. ¿Usted a
cuántos llegó? ¿Veinte en un año, verdad? Así los co­
nocen en la brigada, “los veinte de Martínez” —bajó
sus anteojos y le clavó sus ojos azules.
—Fue hace tiempo, señorita, ya no sé de estas
cosas.
—Averigüé su historia, comisario, sé que sabe
mucho de esto...
—Entonces —alzó la voz Martínez— si sabe tan­
to, habrá averiguado lo que me pasó. Quiere un con­
sejo, cámbiese de caso. Es mujer, puede alegar que
es demasiado fuerte, afecta su salud, qué sé yo; se ve
inteligente, sabrá inventar algo. En serio, olvídese de
todo, deje el asunto, por su bienestar.
—Usted no lo dejó.
—Y vio lo que me ocurrió. Perdóneme, pero
tengo mucho trabajo, estoy lleno de expedientes y
archivos que revisar. Y no me pagan horas extras.
—Su superior...
—Yo no tengo superior, señorita Martinic.
—Baculic.
—Baculic —subrayó—. Hace quince años que
nadie me manda; si está tan enterada, sabrá que fue
parte del trato. Ahora, si me permite —la invitó a
salir.
Antonieta Baculic dejó el edificio central de la
Policía de Investigaciones y subió al Hyundai gris
perla donde la esperaba una detective de su unidad.
La joven policía estaba fumando y escuchando noti­

28
cias en la radio.
—No quiere cooperar —le dijo la fiscal.
—Es lógico, yo en su lugar estaría dolido —res­
pondió la policía y encendió el m otor del vehículo.
Dos semanas después, nueve de la noche y Ar­
mando Martínez estaba en la cocina de su departa­
mento en Providencia, barrio Seminario, calentando
una taza de arroz y viendo los goles del fin de se­
mana en televisión. No esperaba a nadie, ni siquiera
comida a domicilio, así que se sorprendió al escu­
char el citófono. Era Baculic, la fiscal, la bonita pero
masculina. Insistía en hablar con él.
—Adelante.
La abogada venía vestida prácticamente de la
misma forma como la había visto hacía quince días,
salvo que el color de su falda ahora era gris. La hizo
pasar, le ofreció asiento y le preguntó si quería algo.
Ella sólo pidió agua.
—Veo que es buena —le dijo—, averiguó mi di­
rección.
—No es difícil cuando se tiene autoridad.
Martínez prefirió no agregar nada.
—Mire —continuó ella—, sin rodeos, ha habido
dos casos más desde la última vez que nos vimos.
Igual que sus veinte. Desollados, abiertos de cuajo,
con sus visceras y órganos extirpados; todos con un
vínculo en común, cada uno de los cadáveres está re­
lacionado con algún militar procesado por asuntos
de derechos humanos. En su caso fue al revés, con

29
víctimas de la dictadura.
—Olvídese de este asunto, en serio, señorita, por
su bien.
—Mire, Martínez, las cosas han cambiado en
estos años. Sé que usted la pasó mal, que desobede­
ció a sus jefes y éstos lo degradaron a oficinista. Lo
he investigado, con su perdón —le clavó su mirada
celeste—, usted era un policía sobresaliente, marcó
pauta entre sus compañeros, le auguraban una carre­
ra brillante, hasta que insistió demasiado en lo de los
veinte y llegó una orden desde arriba. Y de la calle lo
pasaron a archivos, perdió mucho...
—Más de lo que usted se imagina —bajó la voz
Armando—, por eso no sea tonta, óigame, usted tie­
ne toda la vida por delante. Además, las cosas no han
cambiado tanto, sólo están mejor disfrazadas.
' —Lo necesito, Armando, sólo usted tiene la ex­
periencia. Escúcheme por favor, no diga nada antes,
tengo influencias, soy buena en lo que hago, puedo
regresarlo a la acción, sacarlo de ese cuchitril lleno
de papeles, reivindicarlo con la institución. Le ofrez­
co cobrarse por lo que le hicieron...
El policía le respondió con una mirada.
—¿Me va a ayudar o no?
—Lo siento.
—Entonces, creo que he perdido el tiempo, con
su permiso —la fiscal se levantó, dejó el vaso con
agua a medio tomar sobre la mesa de centro y ca­
minó hasta la puerta del departamento. Armando la

30
despidió con amabilidad.
El comisario Martínez esperó a oír cómo el as­
censor se abría y cerraba al fondo del corredor, lue­
go cruzó la cadena de la puerta de su departamento
y regresó a la cocina. Tuvo que volver a calentar el
arroz.
Días después, Armando Martínez jugaba con
la tarjeta de presentación de Antonieta Baculic. El
logo del gobierno, de la fiscalía, el nombre de la m u­
chacha, un teléfono y una dirección de correo elec­
trónico; al reverso, garabateado, el número de un
celular. Dejó la tarjeta sobre el escritorio, acomodó
unas carpetas para disimular y continuó leyendo en
la pantalla del computador. Hacía tiempo que no
lo hacía, meterse a los expedientes de la Brigada de
Homicidios, pero ahora las cosas eran distintas, los
“devorados” habían regresado. Antonieta y sus m u­
chachos no tenían idea en lo que estaban metidos.
Crímenes sin resolver, igual que sus “veinte”, los del
95, los que pasaron y supuestamente a nadie les im ­
portó. Ahora al menos los jefes fingían estar apoyan­
do al nuevo equipo. Antonieta se veía lista, sus an­
tecedentes además revelaban sus capacidades, pero
aún era ingenua, lo suficiente como para no llamarle
la atención que nadie la presionara por solucionar
rápido el caso, tampoco que asesinatos de similares
características apenas fueran mencionados en la
prensa, pero bueno, hace quince años él tampoco se
percató de esas señales, vino a percibirlas cuando ya

31
era demasiado tarde. Levantó el teléfono y marco el
celular de la fiscal.
Tono muerto, nadie respondió.
Una semana después retomaron contacto.
Antonieta Baculic le dijo a la detective que la
acompañaba que la esperara con el motor apagado.
Descendió del auto, miró que nadie viniera de uno
o de otro sentido de la calle y cruzó rápido a la pla­
zoleta, ubicada al otro lado de la avenida. Se acercó
al Peugeot 305 estacionado y enfrentó al conductor.
—¿Qué es lo que quiere? —le gritó.
—Suba —le ofreció Martínez, abriendo la puerta
del acompañante.
—Cree que soy estúpida —continuó ella, aco­
modándose en el asiento—, lleva días siguiéndome.
Cuando le pedí ayuda me dio la espalda y ahora,
¿cuál es su juego? Tengo diez llamadas perdidas su­
yas en mi celular, cuando se las regreso no contesta,
qué está haciendo, Armando, cree que...
—No creo nada, sólo estaba preocupado por us­
ted, no quiero que le pase nada malo.
—Nada malo me va a pasar, no estoy sola —le
mostró el auto institucional al otro lado de la calle.
Martínez bajó el rostro.
—No los matan —dijo.
—¿Perdón?
—Eso, no los matan, se los comen —Antonieta
no alcanzó a reaccionar—. Tampoco fueron veinte.
—Qué está diciendo, Martínez...

32
—Me escuchó bien. No fueron veinte los casos
que investigué; en total, sumaron 77. Siempre son
77, antes de 1995 y ahora igual, en año y medio más
se va a cerrar la cifra, 77, acuérdese, 77...
—De dónde sacó eso.
—De lo vivido, fiscal. Dígaselo a sus superiores,
mencione esa cifra, atrévase y vea cómo le cierran la
investigación. Si después necesita un hombro donde
llorar, búsqueme.
Antonieta Baculic regresó el último día hábil del
mes al despacho del comisario Martínez. No saludó
a nadie, no pidió autorización, simplemente entró
al privado del policía y cerró la puerta de golpe tras
ella. La vena de su frente se marcaba como la pata de
un gallo sobre los anteojos. Tiró un par de carpetas y
lo enfrentó, quería respuestas, no más rodeos. ¿Qué
era eso de los 77? Bastó mencionarlos para que lle­
gara una orden desde arriba pidiéndole que dejara el
caso, que el asunto entraba en terrenos de la fiscalía
militar.
—Supongo que también les dijo que se los co­
mían —reaccionó Martínez.
—Supone mal, no soy tan estúpida.
—Debió decirlo, tal vez la habrían tratado con
más respeto. La pasaron a llevar, de ser la estrella de
la fiscalía, ahora es una más. ¿Se siente pésimo, cier­
to?
—No me joda, ¿quiero respuestas, Martínez?
El comisario sonrió, buscó un papel y escribió

33
algo con un lápiz de tinta negra.
—Cálmese, Baculic, aquí las paredes escuchan
—deslizó la hoja sobre el escritorio, “paso por usted
a las 9, no comente nada con nadie, anote su direc­
ción acá abajo”.
Antonieta lo miró, agarró el lápiz y escribió rápi­
do las indicaciones de un edificio de departamentos
en Las Condes, barrio alto, pensó Martínez.
Cuando el reloj digital del tablero del viejo Peu­
geot 305 marcó las 23:55, Armando Martínez esta­
cionó su auto junto a la entrada de un pequeño pasa­
je en el sector bajo de la comuna de La Reina.
—Aquí es, la casa del fondo —le mostró una
propiedad con antejardín y ventanas rodeadas por
marcos y cruceros de madera pintados de blancos—.
Vamos, hace rato que nos están esperando.
Aunque era evidente que la fiscal Baculic estaba
nerviosa, también lo era que confiaba en su acom­
pañante, lo había hecho desde la primera vez que se
habían juntado a conversar. La puerta de la casa se
abrió y una mujer de cabello blanco salió a recibirlos,
tenía una edad indefinible, detenida en algún punto
medio entre los 45 y los 60 años. Sus ojos, verdes
y profundos, destacaban contra una piel pálida con
pocas arrugas, salvo alrededor de la boca, adornada
con labios rosados, jóvenes y dientes muy blancos.
El nombre de la dueña de casa era Dominga Se­
rrano y de acuerdo con la versión de Martínez era
médico, con varios años de servicio en el Médico

34
Legal, hasta su temprano retiro a mediados de los
noventa. Era miembro además del Ejército de Chile,
con el grado de capitán.
—Si me permite —dijo Antonieta, anotando el
nombre de la mujer en una libreta.
—Claro —accedió ella—, escriba lo que quiera y
si le parece, grábeme, no creo que ello marque m u­
cha diferencia.
Antonieta prefirió no insistir en la últim a frase
de la dama de cabellos blancos, quien se ausentó a
la cocina por un instante, tras ofrecer café a sus in­
vitados.
Contra lo que la fiscal esperaba, fue Martínez
quien comenzó.
—¿Como va en Historia de Chile? —le preguntó.
—Bien, supongo —contestó ella, siguiéndole el
juego.
La doctora Serrano repartió el café a sus invita­
dos y en una bandeja puso un azucarero junto a un
frasco de sacarina. La fiscal no endulzó el suyo.
—¿Qué sabe de la Batalla de La Concepción?
—El día de la bandera, un grupo de jóvenes
soldados chilenos, masacrados por miles de indios
peruanos, julio de 1882, uno de los últimos comba­
tes de la Guerra del Pacífico —respondió segura la
fiscal. Dominga Serrano miró a Martínez y sonrió.
—Setenta y siete jóvenes soldados para ser exacta
—agregó la médico y capitán—. Supongo que ha es­
cuchado mucho ese número en estas últimas semanas.

35
Antonieta miró a Martínez.
—Escuche, señorita fiscal —continuó la docto­
ra—, lo que ahora va a oír supera cualquier límite
de lógica. No podemos pedirle que crea cada pala­
bra que escuchará, pero por alguna razón Armando
confía en usted y supongo que no sólo por ser una
muchacha bonita.
Antonieta se ruborizó.
—Sólo vamos a pedirle que oiga sin opinar, ya
habrá tiempo de despejar dudas y demases. Esta ver­
dad lleva más de cien años oculta en los altos cír­
culos del gobierno chileno; muchos han muerto por
ella, otros hemos pagado con traiciones y golpes por
la espalda.
—Los escucho entonces —agregó Antonieta, con
un dejo de burla en su tono, detalle que Martínez y
Dominga Serrano aceptaron como parte del trato.
—En 1882, las cosas no eran fáciles para Chi­
le —habló el comisario—. Teníamos el dominio de
Lima, habíamos ganado la guerra, pero en las sierras
el general Andrés Cáceres había reunido una fuerza
descomunal de indios y negros, que junto a rem a­
nentes de las fuerzas del Perú se preparaban para re­
conquistar el país y arrasar con las fuerzas chilenas;
la derrota era inminente, por muy distinta que sea
la versión que haya leído en los libros de historia.
Cáceres nos tenía en vilo. Había que buscar una sa­
lida y ésta no estaba en las armas, sino en algo muy
distinto, algo en teoría abominable e imposible —

36
Martínez sorbió un poco de su café—. Debe saber
usted, Antonieta, que a finales del siglo XIX la reli­
gión más popular en Chile era el espiritismo y todos
sus derivados y que muchas autoridades, sobre todo
integrantes del Ministerio de Guerra, eran simpati­
zantes de este culto; fue así como llegó al gobierno la
historia del huitranalhue, muertos resucitados en un
ceremonial mapuche encabezado por cuatro brujos
calcó, los que podían ser manejados a voluntad de
quien los controlara, una fuerza de ataque invenci­
ble, imparable y prácticamente inmortal, el gran se­
creto de los tres siglos de resistencia araucana... Mal
que mal lo único que requerían para moverse era
sangre, carne e interiores de los vivos. En marzo de
1882, el gobierno chileno hizo un trato con un grupo
de machis y brujos, quienes, a cambio de tierras y
fin de hostilidades en el sur, aceptaron regalarle al
gobierno chileno un batallón de muertos vivos. Sólo
se necesitaba 77 individuos para ser sacrificados y
luego revividos.
—Setenta y siete —interrumpió Serrano—, por­
que siete es cifra divina, de creación, y al repetirla
es un acto de burla, blasfemia y desafío contra Dios,
eso, por supuesto, si se aceptan las creencias de estos
brujos.
Martínez continuó:
—Así fue como se ideó la tram pa de La Concep­
ción. Setenta y siete muchachos, casi niños, enviados
como corderos al matadero, para ser luego resucita­

37
dos y convertidos en la fuerza que aseguró la victoria
definitiva de Chile en las pampas del norte. Esos 77
primeros arrasaron con las sierras, devorando casi la
mitad de la población rural del Perú, transformán­
dose además en un efectivo método de guerra psi­
cológica. El rum or de que el diablo peleaba por los
chilenos era bastante cercano a la realidad, y nadie ni
nada se iba a atrever a levantarse en armas contra ese
poder ancestral desatado por nuestro país, una mal­
dición, un virus, un mito hecho realidad, convertido
en arma.
Antonieta lo miró, luego a la doctora. No dijo
nada.
—Los 77 han estado más de cien años al servicio
del gobierno chileno —agregó Serrano—, pero no
son eternos. El hechizo tiene una razón de ser, es una
reacción física a determinados estímulos eléctricos
y químicos causados por una mezcla entre barro y
agua; viven bastante, pero se van deteriorando, hasta
que finalmente se deshacen en polvo. Por ello, para
mantener a los 77, de vez en cuando se realizan ca­
cerías, asaltos a civiles, con el objeto de convertirlos
en cuerpos, “estuches” para los huitranalhues. Entre
1973 y 1979, Pinochet en persona ordenó renovar
por completo el batallón, por esa razón hubo tanta
detención fortuita de muchachos jóvenes, apenas
vinculados con el régimen de la UP. Un mínimo por­
centaje de nuestros detenidos y desaparecidos no son
lo uno ni lo otro, sino miembros del cuerpo de elite

38
más efectivo de nuestras Fuerzas Armadas. ¿Por qué
cree que ni el bloque soviético, ni los Estados Uni­
dos intentaron detener a los gobiernos de Allende y
de Pinochet, si Allende también lo supo y pagó caro
este conocimiento? -i->—levantó las cejas—. Nos tie­
nen miedo, fiscal, nos respetan por los 77 sarcófagos
enterrados a 200 metros bajo el Palacio de la Mone­
da. ¿Le gustaría saber la verdadera razón de por qué
Argentina no nos atacó el 78? ¿O qué llevaron los
aliados chilenos de los ingleses a las Malvinas el 82?
Señorita fiscal, el celo que el resto de Latinoamérica
siente hacia Chile no tiene nada que ver con razones
políticas, simplemente nos temen, saben que acá los
muertos corren y comen al servicio de la bandera
tricolor.
—El 95 usaron algunos de ellos para detener a
gente que estaba molestando demasiado por asun­
tos de derechos humanos, madres buscando hijos,
abogados principiantes —explicó Martínez—; ésos
fueron “mis veinte”. Ahora están deshaciéndose de
viejos partidarios de la dictadura militar, limpiando
el país y aprovechando de recolectar “estuches”.
Antonieta Baculic miró a Serrano, luego al comi­
sario y torció una mueca llena de sarcasmo.
—Y quien está detrás de todo, ¿Drácula? —se
burló.
—Cuando la doctora me lo contó, pensé que era
Frankenstein —Martínez le siguió el juego.
—Digamos que hay gobiernos bajo gobiernos —

39
explicó Serrano—, gente más poderosa e influyente,
más allá del dominio de votos y plebiscitos. En todo
caso, si le interesa o si quiere preguntar, arriba, en lo
más alto de su institución, de las policías, las Fuer­
zas Armadas y de la Presidencia, esta historia es bien
sabida. Ocultada por miedo y porque... bueno, pón­
gase en el lugar del Presidente, hay secretos que por
el bien común es mejor mantener, aunque te jodan el
resto de la vida. ¿Por qué cree que ninguno de nues­
tros ilustres ha insistido en la reelección?
—Uno lo hizo.
—Porque sabía que iba a perder.
—¿Y qué se supone que debo hacer con toda esta
información?
Armando Martínez respondió:
—Usted quería saber, vea qué hace con esto.
Nosotros simplemente queremos vivir un poco más
tranquilos, cada vez que lo contamos, dormimos un
poco mejor, sabe; algo que por desgracia no le ocu­
rrirá a usted...
—Se supone entonces que debo creerles.
—Analice su último mes de vida, busque algo
con más sentido que lo que le hemos contado. ¿Le
dieron alguna explicación racional al cerrar el caso?
¿Cuál fue la reacción de sus jefes cuando mencionó
la palabra y el número 77?
Antonieta Baculic no contestó, miró la casa, a
sus interlocutores y recordó el informe psicológico
del comisario Martínez, documento que había re­

40
visado antes de pedir su ayuda. Inestabilidad emo­
cional decía junto a la firma del doctor, se habían
quedado cortos.
—Otro café —le ofreció la señora Serrano.
—Por favor —pidió la fiscal.
—Yo voy, doctora —ofreció el comisario—.
Mientras hierve el agua, muéstrele los documentos,
tal vez así en verdad nos crea.
—¡¿Hay documentos?! —saltó Antonieta.
—Mi joven amiga, ¿cree que la trajimos acá sólo
para contarle una historia de espanto?
Dominga Serrano se levantó y fue hasta un m ue­
ble emplazado tras el comedor, abrió un cajón cerra­
do con llave y sacó del interior una serie de carpetas
que luego desordenó sobre la mesa de centro.
—Lea y revise lo que quiera —le indicó.
Armando Martínez encendió con un chispero el
quemador de la cocina y esperó a que el agua hirvie­
ra. Y mientras veía el vapor subir por el pico de la
tetera, fue hasta la puerta del patio, levantó el seguro
y la dejó entreabierta. Luego se acomodó contra la
cocina y cerró los ojos.
Las bisagras de la puerta del patio crujieron
En seguida vino él olor: fétido, húmedo, añejo y
barroso.
Y los pasos cansados y pesados.
Otra puerta que se abría.
El grito de una mujer joven y bonita.
“Claro que hay documentos, señorita, no sólo

41
eso, ellos están aquí”, pensó que le habría dicho la
doctora Serrano, mientras le indicaba que mirara
hacia la entrada de la cocina, donde las propias crea­
ciones de la mujer de pelo blanco habían venido a la
fiesta.
Del segundo grito no había que preocuparse,
después de todo cuando no se tiene lengua, no se
puede gritar.
Con los ojos cerrados, Armando Martínez escu­
chó: golpes, manotazos, rasguños, murmullos, ara­
ñazos, risas...
Y finalmente la succión.
Entonces abrió los ojos y se asomó a mirar,
siempre le gustaba ver el final de la cena, sobre todo
cuando la presa era tan joven y tan bonita.

Agosto, 1995. Independencia, Santiago de Chile.

Los dos agentes y la doctora ingresaron a la casa


de Elcira Ramírez; la puerta estaba abierta, así que
no tuvieron mucho problema para entrar. Se dirigie­
ron al dormitorio del primer piso y allí encontraron
al muerto, dormitando junto al cuerpo violentado de
su madre. Le había abierto el vientre y devorado los
órganos e intestinos, bebido toda su sangre y masti­
cado la lengua y el cerebro. Sangre y carne estaban
salpicadas por todos lados, nada que no pudiera lim ­
piarse. El cadáver reposaba junto a su comida, con el

42
estómago hinchado y redondo, igual que un recién
nacido que acababa de ser amamantado.
—No querías a tu hijo, vieja. Ahí lo tienes —se
burló uno de los agentes, el más viejo y gordo.
La doctora Serrano, superiora de la unidad, lo
hizo callar y se acercó a inyectar a la unidad para
regresarla a su estado de hibernación mantenida.
—Que vengan temprano a buscarlo —les indicó
a los hombres.
—Sí, señora —aceptó uno de los agentes, m iran­
do con temor a la criatura de piel pálida, casi trans­
parente.
—Tranquilos —indicó la mujer—. El muchacho
no los va a molestar, pero les aconsejo no tocarlo —
luego tomó sus cosas y salió a la calle. La estaban
esperando en la esquina.
Cuando finalmente quedaron solos, los hombres
se sentaron en el living, tenían todo el resto de la no­
che y el día siguiente para limpiar, no había para qué
apresurarse.
—Te conté cuando los soltamos en Buenos Aires
el 78 —le dijo el más viejo a su compañero.
—Muchas veces.
—Casi se comen al fantasma de Gardel, pero ga­
namos la guerra.
—No hubo guerra.
—Eso es lo que crees tú. ¿Un cigarrito?

43
7n ^ Uf¿£

44
M ike W ilson (J.97I-). Autor do la novela E l púgil (Forja,
y ’/Amlve (Alfaguara, 12(>]()). Actualmente es profesor
i2(>0S)
de Literatura en la LUC.

Libro de terror
El llamado de Cthulhu, de H. P. Lovecraft.

Serie televisiva de terror


La dimensión desconocida (de Serling).

Película de terror
Jacob's Ladder.
Soon the women, standing by their husbands, began
to cali to their children, and the children carne reluctantly,
having to be calledfour orfive times.

The Lottery, Shirley Jackson

legaron a un acuerdo. Un muro. Trazaron una

L línea que dividía la ciudad en dos. Termina­


ron de construirlo en tres años. Nosotros que­
damos del lado poniente, ellos contra la cordillera,
en los barrios altos.
El muro está hecho de cemento liso, enorme,
sin marcas ni adornos. Nosotros insistimos en las
proporciones ciclópeas de la barrera. La base tiene
trescientos metros de anchura, el muro en sí recorre
unos treinta kilómetros de norte a sur y tiene una
altura de cuatrocientos metros. Lanza una sombra
larga. En las mañanas nos acumulamos en su m an­
cha. Nuestra piel es áspera y nuestra carne tiembla
mientras aguardamos acurrucados en la sombra. El
roce de nuestros cuerpos cruje y crepita como un en­
jambre de insectos. Yo siempre trato de encontrar un
lugar en el centro del grupo, lejos de las orillas, lejos
del peligro. Queda poco, es verano y el amanecer es
veloz. Extrañamos el invierno, durante esos meses el
sol se demora y la mancha permanece por más tiem ­

47
po. Hoy aguantamos lo más posible, hasta saber que
los del otro lado estaban despiertos, asegurándonos
de que se hayan levantado de sus camas; niños res­
tregándose los ojos, madres abriendo las ventanas,
padres mirándose al espejo. Mientras inician la
rutina, escuchan el roce de nuestros cuerpos. Es la
hora que más odian. Esperan ansiosos que el sol se
desborde, obligándonos a buscar refugio en espacios
ocultos, en las líneas del metro, las alcantarillas, las
cloacas.
Hace años que no comemos carne. Pocos lo
saben, pero nuestra raza puede sobrevivir por perío­
dos extensos en ayunas. Aun así, estamos llegando al
límite de nuestra resistencia. El acuerdo requiere que
ellos nos entreguen veinte de los suyos cada cinco
años. Con eso basta. Esta noche, antes del amanecer,
se cumple el plazo.
Antes de inaugurar el muro, ellos cumplie­
ron con la prim era parte del acuerdo. Nos dejaron
alimentarnos de sus ancianos, los más débiles, es­
pecímenes de asilo. Creí reconocer algunos de los
abuelos, uno en particular tenía cara familiar. Al
acercarme, el viejo me miró y por un segundo creí
ver alivio en su expresión. Le mostré mis dientes y su
rostro se oscureció. Me rogaba:
—Nene, nene, soy yo. ¿No me reconoces? Por
favor...
Me lancé encima de él, su cuerpo frágil cedió.
Comencé con las mejillas y los ojos, las carnes más

48
tiernas. Él gritaba y me suplicaba, su quijada comple­
tamente expuesta. Me di unos segundos para tragar
lo extirpado y continué con la lengua del anciano.
Llevaba poco tiempo haciendo esto y fue la primera
vez que subyugaba mi propia presa. Lo que más me
acuerdo de esa noche es que los tejidos sabían a for-
mol.
Me transformé a los ocho años. Siempre pasa
a los ocho años. A partir de ese momento, mis pa­
dres me odiaron. Me entregaron al gueto. Antes de
eso, era un chico bastante normal, iba al colegio, no
me destacaba, pero me gustaba pensar que era her­
moso. Sabía que las niñas me admiraban, que mis
ojos claros y mis rizos castaños atraían las miradas
de mis compañeritas. Pero a los ocho, mi pelo y mis
ojos se ennegrecieron, mi piel se volvió blanca, casi
translúcida, mis encías negras, mis dientes am ari­
llos, mi lengua se atrofió hasta desprenderse de mi
boca como un cordón disecado. Nosotros hablamos
desde el estómago.
A veces escalo el muro, lo hago como si fuese
un insecto, encontrando tracción en una superficie
que no debería tenerla. Me siento en la cima, cuelgo
las piernas desde la orilla y observo las luces de la
otra ciudad. La ciudad viva. A veces, nubes delicadas
se acumulan contra las montañas y la luna las ilumi­
na; parecen algodones incandescentes, piezas de una
maqueta, de una pequeña ciudad que en otro tiem ­
po hubiese querido colocar en una caja de zapatos y

49
guardar debajo de mi cama.
Había una niña en mi colegio, me gustaba
mucho. Se llamaba Noelle. Yo le gustaba también.
Una mañana encontré una nota en mi pupitre. Un
papelito amarillo, doblado con cuidado. Leí BESO.
Nada más. El siguiente día amanecí vomitando bi­
lis. Era mi cumpleaños. Mi último cumpleaños. Mi
gente no suscribe al concepto de edad. La esperé a la
salida, escondido detrás del bus escolar. La tomé de
los hombros y la besé, la dejé sin labios, no la solté,
me alimenté hasta que un profesor nos sorprendió y
me atacó con un caño.
Noelle quedó deforme, dejó el colegio y jamás
volvió a hablar.
La ofrenda de los veinte se realiza en el extremo
norte del muro. Ahí hay un campo, un trigal, es her­
moso, sus granos dorados adquieren un matiz azu-
lino bajo el plenilunio. Una brisa templada mece las
espigas, están listas para la cosecha, suenan como el
oleaje de un mar lejano. Nuestra gente se acumula en
el centro del trigal, donde existe un óvalo despejado.
De a poco, los otros comienzan a aparecer, figuras
altas y bronceadas emergiendo entre los tallos. No­
sotros, oscuros, insectoides y guturales. Llegan unos
trescientos, atemorizados, los niños agarrándose de
las faldas de sus madres, los hombres fingiendo se­
renidad y fuerza, pero sus manos inquietas delatan
otra cosa. Me demoro un rato, pero logro discernir el
rostro cicatrizado de Noelle entre la masa humana.

50
Se ve avejentada, los ojos apagados, merodea entre
la multitud como si no le perteneciera a nadie. No
siento lástima. Nosotros no tenemos esa habilidad;
sin embargo, trato de acordarme de cómo reaccio­
naba en situaciones como esas antes de enfermarme.
Pongo cara de tristeza, deseando que ella me vea. No
sé bien por qué lo hago.
El amanecer se acerca, la masa de ciudadanos se
parte, formando un corredor por el que avanza una
fila de veinte personas. Hombres, mujeres, adoles­
centes, un par de recién nacidos. Veinte. A lo lejos
se escucha un llanto. Alguna madre a quien le ha to­
cado entregar uno de los suyos. Sus pares le lanzan
miradas severas, desaprobando su conducta descon­
trolada. A nosotros nos da lo mismo. Nos llevamos
los veinte sin volver la mirada.
La siguiente noche vuelvo a sentarme en la cima
del muro y observo las luces de la ciudad. Estoy
manchado entero, sangre oscura, seca, se descascara
de mi mentón, mi camisa está tiesa, no me acuerdo
mucho de lo que hice después de la ofrenda. Alimen­
tarse de esa manera es entrar en un trance colecti­
vo, compartir con los demás algo íntimo, algo que
brevemente nos hace sentirnos vivos, extrañamente
humanos. Una pesadilla preciosa.
Pienso en Noelle, en su rostro asomándose entre
el trigo. Trato de imaginarme cuál de las luces que
ilumina la ciudad le pertenece a ella. Una lampari-
ta de velador, ella acostada en su cama, tapada por

51
mantas que nunca renovó, quizás aquellas color la­
vanda, las de los Cariñositos que le regalaron cuan­
do era chica, mantas descoloridas y deshilachadas.
Me acuerdo de la dulzura de sus labios, del flujo de
su sangre por mi garganta; jamás he vuelto a sentir
tanta satisfacción como en aquel día.
La noche es joven. Me paso la mano por la boca,
miro por sobre mi hombro, hacia la oscuridad de mi
ciudad. No me ofrece nada. Vuelvo a enfocarme en
las luces. Siento un cosquilleo en el vientre.
Susurro su nombre y salto el muro.

52
M arcelo S im onetti (líH>(>). Kstudió periodismo y trabajó
como redactor deportivo. Actualmente combina su labor
de columnista v colaborador en diarios con la de guionista
y académico. Ha publicado E l abanico de niadanic C-zrelimeslia
(cuentos) y las novelas La traición de Borges y E l fotógrafo de
Dios.

Película de terror preferida


El ente.

Serie de televisión de terror preferida


Sombras tenebrosas.

Libro de terror preferido


El gato negro y otros cuentos, de Edgar Alian Poe.
scribo esto sin saber qué ocurrirá. Con las

E fuerzas que parecen abandonarme y el mie­


do a ver reflejada mi imagen en el espejo. Es
probable que nadie dé crédito a las siguientes líneas,
pero cada una de las cosas que voy a contar ocurrió
sin que haya agregado detalle alguno. Tal vez otros
hombres, en otras circunstancias, hayan librado con
vida de una situación similar y podrán dar fe de la
veracidad de mi relato si es que yo no estoy ahí para
probar lo que digo.
Nunca antes había escuchado hablar de El Ol­
vido hasta que supe que Renata se había ido a vivir
allá, sola. Es un pueblo perdido en las montañas al
que se llega después de recorrer durante dos horas
un camino de tierra. Lo busqué en los mapas sin
suerte, en una señal que no supe interpretar. Sólo el
recuerdo de los días felices que vivimos juntos me
empujó a partir sin saber exactamente dónde se ha­
llaba El Olvido.
No me tomó demasiado trabajo encontrar el

55
camino, quién sabe si ese viaje y el encuentro con
Renata ya estaban decididos de antes. A medida que
me internaba en la m ontaña me sorprendió la belle­
za del paisaje, el bosque en todo su verdor, el canto
de los pájaros, el cielo celeste y puro. Pero a partir de
cierto punto, la escenografía cambió y ya no hubo
más el canto de los pájaros y los árboles dejaron de
ser frondosos para retorcerse de dolor hacia un cielo
gris y amenazante.
Quién sabe si la ansiedad y los deseos de encon­
trarm e con Renata después de tanto tiempo no me
permitieran ver lo que realmente estaba ocurriendo
y el lugar al que llegaba. Descubrirla a ella, asoma­
da a la ventana de su pequeña casa, con la misma
sonrisa de siempre y el pelo ensortijado cayéndole
encima de los hombros fue para mí como poner un
pie en el Paraíso. Habíamos sido novios durante casi
dos años e incluso habíamos hecho planes de irnos
a vivir juntos. Pero su madre se metió en medio y lo
arruinó todo.
Vernos y abrazarnos fue una misma cosa. Cuan­
do sentí su cuerpo frágil contra mi pecho, pensé que
a partir de ese día mi vida habría de cambiar. Es­
tábamos ahí, los dos solos, sin soltarnos, en mitad
de la nada. Me ilusioné con el reencuentro, con la
posibilidad de recuperar el tiempo perdido. Menti­
ría si digo que no fue amable o que no se prodigó en
atenciones. Pero algo había cambiado dentro de ella.
En ese momento no podía saberlo.

56
Me explicó que se había venido a El Olvido can­
sada de la vida de la ciudad, que le gustaba la sole­
dad, el silencio de las tardes y el sonido del aleteo
de los pájaros cuando alzaban el vuelo. Y nada más
decir eso los oí. “¿Escuchaste?”, me indicó y me llevó
a la ventana para verlos. A varios metros del suelo,
dos pájaros que a mí me parecieron horrorosos se
elevaban hacia las nubes. “¿No son hermosos?”, me
dijo. “¿Qué son?”. “No sé cómo se llaman. Yo hablo
de los pájaros, porque no hay otros. Están tan solos
como nosotros”.
En los días que vinieron, la vida pareció sonreír­
nos. Hablamos de cómo nos habíamos distanciado,
hicimos recuerdos, curamos nuestras heridas, nos
juramos amistad eterna y, como suele ocurrir en
esos casos, terminamos a los besos, con la chimenea
encendida, dejándonos llevar. Le había quitado la
blusa y ella me había desabotonado la camisa. En­
trábamos lentamente en el laberinto de los deseos,
lejos de todo y de todos. Entonces, lo vi. Estaba para­
do del otro lado de la ventana, observándonos. Juro
que nunca había visto un bicho más tenebroso. Era
enorme, el plumaje negro, el cuello cubierto con una
adiposidad rojiza, unos colgajos de carne le caían de
la cara. Tenía el pico retorcido y lo más increíble de
todo eran los ojos. La mirada de esos pájaros pare­
cía...
No pude seguir, a pesar de que Renata me dijo
que no me preocupara, que era nada más que un pá­

57
jaro, que continuara, que estábamos solos. Quizá lo
arruiné, porque Renata se tuvo que levantar, ir hasta
la ventana y espantarlo. Y aunque regresamos a lo
nuestro, nada volvió a ser igual. Ni por parte de ella
ni de mi parte.
Me llamó la atención que en esos primeros días
no viera un alma. Apenas un muchacho, Pedro, que
venía de un pueblo vecino para ayudarle con las pro­
visiones. Había un manojo de casas esparcidas por los
cerros que daban la impresión de estar deshabitadas.
Recuerdo que cuando le dije que El Olvido parecía
un pueblo fantasma ella se apresuró en corregirme.
“No todo es lo que parece”, señaló y desovilló una
explicación que hablaba de familias que iban y ve­
nían y de otras que preferían quedarse en sus casas.
Lo cierto es que a excepción de Pedro nunca me topé
con nadie, ni una sola persona. Me hubiera alegrado
ver asomar por el camino a alguien, escuchar otras
voces, cualquier cosa en vez de esos graznidos que se
fueron haciendo insoportables conforme el número
de pajarracos aumentó.
“Acostúmbrate, es época de migraciones, llega­
rán en busca de comida”, me dijo una mañana Rena­
ta al oírme protestar contra sus odiosas costumbres.
Media docena de ellos mutilaba con sus picos a un
pobre conejo y se disputaban, como si estuvieran bo­
rrachos, las mejores presas del botín.
Debo admitir que hubo un tiempo en que, tal
vez seducido por las palabras de Renata, dejaron de

58
importarme. Los ignoraba, a pesar de que estaban
por todas partes, en las ramas de los árboles, en el
techo de las casas, cubriendo el sol con sus alas re­
negridas y pesadas. Ni siquiera cuando Renata y yo
buscábamos nuestros cuerpos y ellos llegaban hasta
la ventana para tomar palco y m irar el espectáculo
me incomodaban. Era como si no existieran, a pe­
sar de que yo sospechaba que me vigilaban, que me
seguían.
Hubo un hecho que lo cambió todo y que vino
de la mano de la ruptura de un pacto. Porque desde
que yo llegara a El Olvido, nunca habíamos habla­
do de la madre de Renata. Ni siquiera la habíamos
mencionado. Suponía que Renata daba por hecho
que era mejor así, que mientras más lejos estuviera,
podíamos seguir apostando por un futuro. Esa m a­
ñana, el cielo parecía un manto de cenizas y la lluvia
se vaciaba sobre el pueblo con saña. Desayunábamos
cuando Renata expresó, sin siquiera mirarme a los
ojos: “Hoy vendrá mi mamá”. No dijo más. Yo tam ­
poco. Salí de la casa y subí al auto, puse el motor en
marcha y aceleré. Por el espejo retrovisor alcancé a
advertir que Renata había salido hasta la puerta, en
un intento vano por detenerme.
No pudo.
Sólo quería un poco de aire. Ordenar mis pensa­
mientos. Hacerme a la idea de que ese encuentro era
inevitable y que la gente, con los años, podía cam ­
biar. No sé cuánto rato anduve arriba del auto. Lo

59
suficiente como para volver a mis cabales y hacer el
camino de vuelta. Entonces, cuando regresaba, luego
de salir de una curva, me encontré con un manchón
negro que se venía encima del parabrisas. El golpe
fue violento y sobre el vidrio quedó una masa de
sangre y plumas. El cuerpo del pajarraco se deslizó
hasta el capó y en un momento tuve la sensación de
que, bajo la lluvia, me miraba con odio e impotencia.
No sé si me asusté o qué, lo cierto es que aceleré a
fondo. El ave intentó una reacción, pero cayó a la
tierra y fue arrollada por el auto. Pude sentir los va­
nos aleteos bajo la carrocería y un quejido postrero.
Luego, por el espejo lateral, observé su cuerpo des­
pedazado en el barro.

Cuando regresé a la casa de Renata, la lluvia ha­


bía amainado y una llovizna fina, pero persistente,
se dejaba sentir. No le conté nada de lo sucedido. La
abracé y le dije que me perdonara, que estaba dis­
puesto a hacer el mejor de mis esfuerzos por tener
una relación sana con su madre. Tal era mi convic­
ción que la ayudé a cocinar. Estábamos en eso cuan­
do sentimos una estampida de pájaros y los pasos de
Pedro que, atolondrados, bajaban la pequeña loma
llamando a Renata a los gritos: “¡Señorita Renata,
señorita Renata, rápido, señorita Renata...!”. El chico
venía empapado, con las mejillas rojas. Traía la m i­
rada desencajada y resollaba como un caballo. “¿Qué
pasa, Pedro, por qué estás así?”. “Su madre, señorita

60
Renata. Ha tenido un accidente”. Partimos en el auto
de Renata siguiendo las indicaciones que nos daba
el muchacho. Al doblar una curva, justo donde yo
había embestido al pajarraco, estaba el cuerpo de
la madre de Renata desparramado en el suelo. No
supe qué hacer y hasta ahora no entiendo demasiado
bien qué pudo haber ocurrido. Era el mismo lugar.
Los brazos de la madre de Renata habían quedado
dispuestos de igual manera que las alas del ave. No
quiero ni pensar que...

No hubo demasiadas preguntas. Pedro maldijo


a los hijos de puta que de tanto en tanto echaban a
correr sus camionetas por esos caminos. Renata no
dijo nada. Lloró la muerte de su madre, pero no m al­
dijo a nadie. Quizá sospechaba de mí. Pero yo no la
maté. Juro que no la maté. El cuerpo que arrollé era
el de uno de esos pájaros de mal agüero que a partir
de entonces parecieron tomársela conmigo.
Enterramos a la madre de Renata y guardamos
el luto por unos días. No hablábamos de ella, pero
cuando Renata se iba a la ventana y, sentada, apoya­
ba sus pies sobre uno de los listones de la silla, como
si fuera un pájaro a punto de emprender el vuelo, yo
sabía que pensaba en ella. Por las tardes se acurru­
caba en mi pecho y se dormía apenas caía la noche.
No volvimos a buscar nuestros cuerpos a la vera
del deseo. Cayó en una suerte de apatía y pasaba en
casa sin siquiera asomarse a la puerta de salida. Yo

61
era el que iba a buscar leña o revisaba los anim a­
les que Renata tenía en un campo cercano. Me di
cuenta de que los pájaros comenzaban a mirarme de
otra manera. Esos ojos tan diferentes a los de otros
pájaros parecía que querían decirme algo. Como si
supieran un secreto que me incriminaba.
Antes de que se desencadenaran los hechos,
hubo dos situaciones que creo necesario contar. Me
cuesta escribir porque mis manos pareciera que ya
no son mis manos y comienzo a desconocer este
cuerpo, como desconocí a Renata en los días finales.
La primera situación tiene que ver con los pá­
jaros que poblaron el pueblo en gran cantidad. Es
probable que hayan sido los días en que la migración
del norte trajo a los últimos individuos y aquello se
convirtió en una colonia superpoblada de pajarra­
cos. Estaban hambrientos y ya no les bastaba con
los conejos. Vi que una docena de ellos atacaron a
una vaca y se la comieron viva. Temí por mi suerte
cuando una bandada voló en la dirección donde yo
estaba y trató de atacarme. Me defendí con un palo
y creo que le di a uno. Se alejaron, pero no del todo.
Revolotearon cerca mío hasta que volví a casa.
La segunda situación no la comprendo del todo.
Una mañana fría estuve cortando leña durante un
par de horas y cuando regresé la puerta de la casa se
hallaba abierta. Estaba cerca de entrar cuando ad­
vertí a un gran pájaro, quizá el más grande que había
visto en mi vida, salir volando desde dentro. Pensé lo

62
peor, que con el hambre ese bicharraco había ataca­
do a Renata. Cuando entré ella se vestía con lentitud.
Tenía las mejillas enrojecidas y una mirada extraña,
como cuando nuestros cuerpos se buscaban hasta
encontrarse.

Voy a dejar hasta aquí mi relato. No me siento


bien. Mis manos se han agarrotado y ya no soy yo el
que está aquí. No quiero mirarme al espejo. En los
últimos días, Renata tampoco fue más Renata. Aun­
que tal vez fui yo quien no supo ver lo que estaba
ocurriendo. Vivía sentada frente a la ventana como
si esperara algo, agazapada, deleitándose con el
graznido de esos pájaros. Cambió demasiado. Como
cambio yo ahora. La última imagen que tengo de ella
es la de una figura negra que alza el vuelo. Después,
el horror, los pájaros entrando por todos lados. El
batir de alas. Los picotazos en la puerta. Las garras
que rasguñan la frágil madera. Y yo aquí dentro
convirtiéndome, desperezándome, dejando de ser lo
que fui.

63
/ i & S L C l¿Á < if

64
J o r g e B a ra d it M. ( I.W.o). Comunicador visual, ex integrante
de banda de punk rock. Kn tiOOó publicó su novela }'ydras/l.
Kn 2‘ ()()(> ganó el XVI Premio UPC con su novela coi'ta
'Fraudad, el premio más importante' a la ciencia ficción
en castellano. Kn iíoos publicó Syiiro y en l’OOí) la nót ela
Kalfukura. Actualmente prepara el libro L'croiiía Chile v la
nót ela gráfica harina Pobre y escribe los guiones para Sxneo,
la serie de 7 7 r.

Película de terror
Hellralser.

Libro de terror
Los cantos de Maldoror, del Conde de Lautreamont.

Serie televisiva de terror


Salem'sLot.
ace años que no veo nada. Ni siquiera esa

H textura ínfima que reverbera detrás de los


párpados cuando esperas quedarte dor­
mido. Nada. Tampoco escucho nada. No recuerdo
cómo suena un sonido entrando a mi oído muer­
to. Tampoco sé lo que pasa allá afuera. Un arco de
silencio dolorosamente perfecto me envuelve. El
universo es mi mortaja. La realidad se parece a un
recuerdo amarillento, la combinación de lecturas
borrosas obtenidas con herramientas de muy mala
calidad, sostenidas apenas en una nube tenue por
la memoria, artilugio difuso que ilumina pobre la
espesa oscuridad de este valle de sombras. La rea­
lidad como una imagen que tiembla, se descascara,
se desenfoca, se apaga. Enterrado, amarrado en un
saco viejo a mi propia columna vertebral, ya no sé
calcular desde hace cuánto.

No sabía que así eran las cosas; algunos suben


y otros nos quedamos acá abajo, la mayoría. Nunca

67
pensé que algunos sólo quedábamos acá abajo, sin
salvación, sin condena, sin juicio alguno. Abando­
nados, olvidados en el frío. Al comienzo escuchaba
los llantos y hasta reconocía algunas voces desgarra­
doras que gemían unos metros más allá. Al comien­
zo me aferraba a la memoria como a un madero en
medio del océano y la noche, repasaba día y noche
el catálogo de recuerdos limitado del que disponía y
que se desmoronaba entre mis dedos, llorando abra­
zado a esa estructura de imágenes inconexas e insig­
nificantes que te hacen ser, a ese puñado de fotogra­
fías amarradas con un elástico que revisas una y otra
vez, que manoseas, que besas. A las que luego se le
redondean los bordes, pierden nitidez, se descasca­
ran, se te van. Se apagan. La memoria es voraz. Ya no
recuerdas si esa imagen la viviste, la escuchaste o la
leiste en algún lado. Si esa imagen era exactamente
así o la deformó algún parásito proveniente de otro
recuerdo. Un hijo se puede disolver en el aire. Te
desesperas. No sabes si esa imagen es el recuerdo
de otra persona, incrustado de algún m odo al tejido
desesperado que sostiene tu cordura, o simplemente
es una pintura deslavada vista de costado en algu­
na revista vieja. Repites tu nombre, el de tu familia,
olvidas a alguien, no sabes a quién, y un pedazo de
tu historia se fue, perdido para siempre como una
barca en la oscuridad. Una ciudad desaparece de tu
mapa cada noche, un aroma se esfuma, un significa­
do se pierde para siempre. ¿A qué sabe el pan? Ya no

68
lo recuerdo. ¿Cuánto demoro en olvidar el sabor del
vino si no lo pruebo todos los días? Cuánto tiempo
antes de olvidar la palabra vino o para qué servía. La
descomposición de la mente toma muchísimo más
tiempo que la del cuerpo, pero es de espantosa simili­
tud. También estalla su vientre y le invaden gusanos,
también las cosas pierden su color y se oscurecen; el
mal olor de tus recuerdos pudriéndose, perdiendo
su conexión unos con otros, fragmentados, yéndose
como botes desamarrados o mariposas en la noche.
Cada vez con menos palabras en la cabeza, hasta que
con suerte puedes hilar tres frases y recordar una
manilla de madera, el sonido del m ar o el nombre de
pila de tu madre, quizá ni siquiera el tuyo. Después
de un tiempo, no recordaba si yo había sido hombre
o mujer. Mi mente es una ruina perdida en medio de
un desierto. ¿Cuándo mueres realmente? ¿Después
de veinte años, ochocientos años, mil años, cinco
mil años acá abajo? ¿Qué significado cobra entonces
ese diminuto momento de luz de tu pasado cuando
viviste al Sol allá arriba? La vida es larga en realidad
y se vive acá abajo, lo otro es una ilusión que pierde
su forma en la distancia, se vuelve nimia, insigni­
ficante allá atrás en el tiempo y comienzas a dudar
que semejante alucinación haya ocurrido realmente,
un momento que ahora te parece sólo un salto sin
importancia desde el útero y de bruces al fondo de
la tierra. De la oscuridad a la oscuridad, cegado por
el día durante apenas un momento, nada más que

69
un momento. Un punto de luz entre dos abismos de
oscuridad. Semilla. Pero tranquilo, que los océanos
de tiempo disuelven todo y alivian todo.
Yo no sabía que uno se quedaba acá abajo ancla­
do al cuerpo, viéndolo con horror pudrirse, reven­
tarse, comido por parásitos; colonizado por arañas,
devorado por ratas que se alimentan de tu nariz;
sintiendo la espantosa picazón en toda la piel que
provocan ácaros y gusanos fabricando sus galerías
en la epidermis, comiéndose lo que creía que era yo.
Encerrado con los devoradores en un cajón a cua­
tro metros bajo el suelo sin poder moverme. Porque
ahora sé que no hay cielo, sólo te quedas anclado a
tu cuerpo hasta que se hace polvo, hasta que tu m en­
te enloquece y con los años también se hace polvo.
¿Alguien pensó alguna vez que un cadáver podía
volverse loco encerrado acá abajo?
Caer al polvo encerrados en una carcasa de m a­
dera parecida a una semilla no puede ser coinciden­
cia. Dios está detrás de esta infamia, estoy seguro.
Somos sembrados en la tierra por Él. Incubamos,
nos liberamos de toda impureza, de todo ego, de
todo lastre en una agonía de miles de años para lue­
go salir convertidos en sus ángeles, eso es lo que creo.
Dios siembra sus ángeles en la Tierra, quizá luego se
alimenta de ellos, quizá son piezas para alguna m á­
quina incomprensible, quién sabe. Ahora me aferró
a esta barca en medio del océano. Tenía catorce años
cuando me dañé y fui arrojado bajo tierra sin m a­

70
yores trámites. Quizá para ver si algo crecía a partir
de esos huesos y esos órganos destrozados. Ya no re­
cuerdo mi nombre, pero mi madre se llamaba Elena.
Algo ocurrió en el interior de una habitación; toda­
vía sé lo que es un perro, pero la palabra bosque me
persigue y lloro porque ya no sé lo que significa. A
veces recuerdo cosas, parecen destellos, estertores de
un animal agónico hecho de memoria. Fui atrapado
por muchos hombres en Nantes, hablaban en otro
idioma y mi ropa era de soldado. Un puño en mi
mandíbula, un vértigo y el suelo subió para golpear­
me en la cara, a dos metros de distancia mis oídos re­
gistraban, pero mi cabeza estaba en otro lugar, a otro
cuerpo le quitaban los pantalones. Todo parecía ocu­
rrir bajo el agua. Un dolor abriéndose paso a través
de la base de mi columna rasgándome como una ex­
plosión lenta. Muchas agujas, palabras desconocidas
en mi oído, golpes. Mi cuerpo ya no me pertenecía,
yo flotaba por la habitación, mi mente no entendía,
vi mi oreja en el suelo frente a mí, hum edad entre las
piernas, más golpes, otras voces distintas hablándo­
me al oído, luego otras voces, otras más, una detrás
de otra mordiéndome el cuello. Alguien me besó y
luego me hundió un ojo con su pulgar, otro me cortó
los dedos índices con una pinza y quiso metérmelos
por la nariz. Todo parece un recuerdo mal dibujado,
una película desenfocada con el audio equivocado.
La habitación gira y veo el techo, me dan un m arti­
llazo en la boca, siento el golpe, pero no me duele,

71
están destrozando un muñeco. Alguien me clava un
cuchillo en el estómago y hunde su miembro en la
herida hasta que eyacula, tres más hacen lo mismo.
Veo mi mano clavada por la palma a una viga tres
metros más allá, la reconozco porque tiene una cica­
triz que me hizo mi padre cuando quiso enseñarme
a ser más hombre. Mis padres no saben dónde estoy.
Suspendido en el aire de pronto, la piel siente frío
en algunos puntos, la noche se mueve arriba, árbo­
les, un momento de ingravidez y un m uro de tierra
choca contra mí, agua tibia, alguien orinando en mi
boca. Luego sale el Sol. Luego se va. Los días pasan,
viene el Sol, me quema los ojos y se va. Veo el mismo
pedazo de árbol recortado contra el cielo cada vez
que la luz regresa. No puedo cerrar los párpados ni
correr la vista. No me muevo, no puedo moverme.
Hormigas, ún perro hurga en mi estómago, muchas
hormigas entrando por mis fosas nasales, por mi
boca, mi garganta. Me convierto en un vivero de in­
sectos. Sigo ahí. Cuando mi ojo se endurece y ya no
veo nada más que niebla blanquecina, sigo ahí. No
sé si me movieron, no sé si me enterraron. Apenas
siento algo, a lo lejos. Pero sigo ahí.
Un día entiendo que estoy bajo tierra y que no
iré a ningún otro lado.
Ahora creo saber por qué. Al menos cómo. Hace
algún tiempo creía otra cosa, antes de eso otra dife­
rente, quizá ahora crea lo mismo que al principio,
sólo que no lo recuerdo. Sé que Dios está detrás. Él

72
nunca ha sido bueno con los más fieles. A veces me
hundo en un lugar más hondo todavía, como si el
suelo del sótano donde está mi mente se reblande­
ciera y cayera a otro sótano insondable aún más aba­
jo donde yo ya no soy yo y la disolución es un mareo
donde me hundo en un océano sin bordes que se
vuelve de mi tamaño y yo el de él. Una vez escuché
que había un lobo que cuando abría la boca su m an­
díbula chocaba contra la tierra y su nariz contra el
cielo, un lobo capaz de tragarse el Sol, un lobo malo
que tenía su pata trasera posada en el pasado más
profundo al principio de los tiempos y sus patas de­
lanteras posadas en el futuro, en el verdadero fin de
los tiempos y que estaba a punto de ponerse a correr.
Una vez escuché su gruñido ahí abajo en ese océano,
su gruñido comenzó al inicio de todo y atraviesa el
tiempo para term inar cuando todo termina. El Uni­
verso, entonces, es la duración de una sola palabra,
la única que importa. Estoy en el estómago del lobo.
Me digiere, me transforma. Hay una guerra. El lobo
es una máquina que produce soldados. Ahora está
todo tan claro. Dios está detrás.

Los violentos, los mundanos, los sucios y perver­


tidos nos quedamos anclados al cuerpo para siempre
enterrados bajo tierra, metidos en una caja en la más
completa oscuridad, por todo el tiempo, lamentán­
donos, nadie escuchándonos. Somos un lamento de
millones a pocos metros de la superficie maldicien­

73
do, aullando, blasfemando y amenazando sin ser es­
cuchados, como ácaros en la piel del planeta. Hay
un bullicio ensordecedor por toda la superficie de
la Tierra que unos pocos pobres seres humanos son
capaces de escuchar, emanando bajo sus pies. Los
cementerios son focos de alaridos. ¡Estamos aquí!
¡Estamos aquí!, gritan y se remueven horrorizados
dentro de su cuerpo inmóvil. Somos los impuros, los
que tienen el espíritu denso de hollín y suciedad, con
pequeños ganchos y púas entrampadas en carpos y
clavículas. Porque las formas que toma el espíritu
son atroces; pedúnculos, tentáculos, espinas eriza­
das, pólipos y ojos brotan a medida que el alma se
deforma, se pierde y se pervierte. Somos los que cae­
mos a la tierra y reventamos nuestro espíritu como
una cereza podrida contra las rocas.
Los otros, los livianos, quedan de pie cuando
el cuerpo cae de bruces desconectado de su ánima.
Ellos, los gráciles y transparentes, se desligan del peso
de la materia con regocijo. Se sienten libres, llenos de
gozo. Sienten que se elevan hacia Dios. Pero no es
así. Se desprenden del lastre de carne y ligamento, de
los olores y hedores que guarda su vientre, se liberan
del peso de la esperma y la orina. Nada los sostiene,
nada los toca y nada pueden tocar, nada los aferra
y a nada se pueden aferrar. Una pared nada signi­
fica, el suelo tampoco. Se desplazan lentamente sin
poder evitarlo, sin poder controlarlo. De pronto lo
comprenden, todo el planeta se desplaza y comienza

74
lentamente a dejarlos atrás. Intentan aferrarse a algo,
cualquier cosa, pero a nada se pueden aferrar y las
cosas se alejan, avanzan dejándolos suspendidos en
la nada. Los livianos no suben al cielo, porque no
existe tal cielo. Los livianos sólo ven las cosas pasar
mientras ellos van quedando atrás inevitablemente.
Algunos se desesperan y gritan sin ruido, como de­
trás de un vidrio; las muecas son grotescas, de algún
modo las he visto, sé de lo que hablo. Sé de manos
tratando de aferrarse a postes, árboles, ramas, rem o­
viéndose en la nada con ojos desorbitados viendo
alejarse las montañas, los mares. He visto la espan­
tosa estela de almas que el planeta va dejando atrás
en su curso por el cosmos. Los aterrados viendo ale­
jarse a la Tierra. Los años pasando, el Sol haciéndose
cada vez más pequeño, ellos flotando en medio de la
inmensidad del espacio, al contrario que yo, cons­
treñido en mi negrura, pero quizá menos aplastado
por el Universo. La otra soledad. El cero casi abso­
luto en el vacío eterno. Los livianos y su arrogancia.
Aunque algunos de ellos, con cierta carga extraña
en sus materiales sutiles, quedan atrapados en la
atmósfera. Hay un cinturón eléctrico rodeando la
Tierra que atrapa a algunos de estos restos etéreos
y aseguro que la costra de almas que rodea nuestro
planeta es gruesa y pavorosa. Lo he visto, aún no sé
cómo, pero los he visto aplastados unos contra otros
torturados por la estática, contrahechos, paralizados
en grotescas posturas unos contra otros enredados,

75
fundidos unos contra otros en cuerpos hechos de
cien cuerpos, brazos, cabezas y bocas. Me revolví de
tristeza en mi quietud por los desgraciados. Sé que
hay interés en los hombres por comunicarse con
ellos, en crear un aparato capaz de conectarse con
esta capa en busca de respuestas de algún tipo. Sé
que lanzaron un aparato que guardaba un satélite de
telecomunicaciones y una sonda para penetrar en el
plano astral. Sé que iba un cadáver dentro del saté­
lite, el de una médium. Quizá usaron los restos de
otro cadáver como radiotransmisor para conectarse
con el satélite. Los vi clavándole fierros por todo el
cuerpo con cables eléctricos, enterrándole antenas a
través de los ojos, martillándole tablas escritas con
códigos de comunicaciones de onda corta en el crá­
neo; todos llorando y escupiéndole, friéndolo a 220
volts y lanzando un grito de horror a 200 Mhz por el
aire hacia el infierno que flota sobre la Tierra. Sé que
están intuyendo que algo enorme va a ocurrir. Sé que
ellos están pensando lo mismo que yo y están pre­
parándose. Lo que Dios hace es plantar sus semillas
en la tierra para cultivar sus ángeles. Sus psicóticos
criminales santos hirviendo de amor al Señor, como
yo, iluminados por la demencia y el encierro, mentes
macerándose en el delirio y el fuego quemante de vi­
siones desaforadas y pavores sin fondo. Dios cultiva
sus ejércitos en la Tierra para algún tipo de guerra
que está librando en otro lado, muy lejos de aquí.
Yo endurezco mi corazón, me limpio de mi vida an­

76
terior acá abajo en el fuego demente que carcome
la memoria, me vuelvo fuerte y ciego en este retiro
forzado, monasterio gélido donde me vuelvo polvo y
renazco otro. Arriba están intuyendo que algo enor­
me se viene encima. El momento en que el alma esté
m adura y comience la cosecha. El momento en que
la tierra se abra y salgamos envueltos en espíritu san­
to y algo más, hediondos y sacros, negros, horrendos
y puros. Terribles. Los podridos eufóricos del Señor.
Los espantosos. Entonces los de arriba defenderán
su momento, se aferrarán a su porquería y organi­
zarán la resistencia contra el apocalipsis, pero será
en vano. Los ejércitos del Señor no bajarán desde los
cielos, saldrán de la tierra, desde las paredes, desde
los ductos de alcantarillado y bajo las casas como gu­
sanos desde un cadáver. El hedor cubrirá la Tierra,
nos alimentaremos de algún modo con el ganado
que Dios nos regala porque nada detendrá esta pla­
ga de langostas y saldremos como un enjambre al
encuentro de su reina, como una nube destructora
atravesando el espacio en un ruido como de muchas
aguas estruendosas bajando por una cañada. Nada
nos detendrá porque nada quedará. Eso habrá sido
todo porque recién comenzará lo importante. Hay
una guerra que ganar. Ahora lo sé. Nada más im ­
porta.

77
78
Francisca Solar (]9,S.‘¡). Periodista de la Universidad de
Chile con posgrados en Criminología y Guión de Cine,
publicó en i2()<).‘5 E l ocaso de los ahos elfos, fanfiction inspirado
en la saga de lla rry Potter. Su primera novela fue La séptima
M. Un la literatura infantil publicó Igual a mí, d/sliulo a li y
La asombrosa historia del espejo rolo, ba|o el sello tic Barco de
Vapor de ediciones S \l .

Película de terror:
El aro (la versión gringa).

Libro de terror:
Los cuentos de Edgar Alian Poe. Varios de los mejores están
compilados en el libro Narraciones Extraordinarias.

Serie televisiva de terror:


Los Archivos Secretos X (si bien se le conoce más por su
misterio y Ciencia Ficción, hasta la tercera temporada era
sin duda una serie de terror).
us botas estaban llenas de barro, pero no le im ­

S portó cuando cruzó la puerta hacia el sótano.


Jamás le había importado, en realidad. Laura
solía ser muy exigente en la pulcritud de la entrada,
de sus alfombras costosas y el mármol impoluto de
sus muebles, pero él hacía oídos sordos. Siempre ter­
minaban en el mismo sucio, oscuro, denigrante só­
tano. ¿Qué importaba la limpieza del piso de arriba?
Azotó sin querer la cortina de madera al final
de la escalera. Eso perturbó la atención de las tres
espectadoras bajo el altar, quienes voltearon con se­
dienta expectativa. Pero no a Silvia. De pie sobre la
tarima, la m enor de las Provoste siguió en lo suyo
con la solemnidad que ameritaba.
—Están frescos —explicó él, cansado.
Arrojó la malla de peces al suelo y el agua salina
salpicó con fuerza el parqué negruzco. Algunas cria­
turas todavía saltaban en un fatuo intento por escapar.
La primera en abalanzarse fue Laura. Mont dio
un paso atrás antes de que confundieran sus pies

81
como parte del botín, y Bo y Georgina no tardaron
en seguirla.
—Llegas tarde —moduló Silvia en un tono pare­
cido a un cántico, sin mirarlo. Mont asintió apenas,
embelesado con las tres mujeres peleando escamas y
espinas entre asquerosos sórbeteos.
—No son el único grupo de mi recorrido hoy.
Ella seguía dándole la espalda, levemente incli­
nada ante una mesa blanquecina en medio de una
tarima, parecida a un altar. Soportaba su peso en
una vieja muleta de madera bajo su brazo izquierdo.
Muy concentrada y con un pulso envidiable, dibuja­
ba sobre una bandeja dorada una delicada línea de
polvillo grisáceo con una tarjeta de crédito.
Sus hermanas seguían emitiendo asquerosos ge­
midos de dientes y saliva entre carne cruda de róbalo.
Desde donde Mont estaba, el rostro de Silvia
apareció apenas por sobre su hombro. El ánfora de
porcelana a su lado, muy cerca de la orilla de la mesa,
amenazaba con caer.
—Sujeta a papá, ¿quieres?
Mont arrugó la frente, reticente. No se atrevió
a mover un pie. Moverse no era parte del servicio.
Por lo demás, nunca se había acercado tanto a ellas;
no estaba seguro de que estuviera permitido. Él sólo
traía los peces y ya. Dar de comer, recoger los billetes
y partir. Ése era el trato.
Pero no tuvo mucho tiempo para dudas. El ánfo­
ra efectivamente tambaleaba y Silvia no tendría ni la

82
rapidez ni la fuerza para sostenerlo. Entonces avanzó
un par de metros, deteniéndose a una distancia pru­
dente del altar. Estiró los brazos, tomó el recipiente
con cuidado y retrocedió un poco. Las otras chicas
masticaban con menos apremio.
Si algún vecino se atreviera a investigar más de
la cuenta en sus vidas, no encontraría nada fuera
de lo normal. A lo más, las consideraría un tan­
to ariscas, pero ariscas inofensivas. No salían de la
casa más que a la universidad y viceversa, no hacían
fiestas ruidosas ni llenaban el jardín de malas juntas
o botellas vacías, ni tampoco vestían ropas extrava­
gantes que las relacionaran con las tribus urbanas
de moda. Vivían solas; sus padres probablemente
habrían muerto en algún accidente de auto, porque
hacían revisar con regularidad en el mecánico el jeep
azul que compartían. Sacaban la basura en el día y
horario establecido, regaban el antejardín para que
no desentonara con el de las otras casas, y además
se veían muy serias y generosas, dada su preocupa­
ción constante por la m enor de ellas, minusválida,
a quien debían ayudar a caminar por lo que parecía
una dolorosa malformación en sus piernas.
Eran cuatro jóvenes comunes, silenciosas pero
comunes, que no molestaban a nadie ni querían que
las molestaran a ellas. Las mejores vecinas del mundo.
Esa conclusión perm itía a Mont —Montero en
corto— trabajar con menos presión. ¿Qué le impor­
taban a él las costumbres de un puñado de familias

83
raras? Llenaba las redes en el puerto, las subía a su ca­
mioneta, durante la noche dejaba las mallas en cada
una de las siete casas y se olvidaba hasta el siguiente
mes. Le pagaban en efectivo, y mucho más del valor
promedio en el mercado. La única condición era no
contar a su jefe dónde llevaba los peces, ni comentar
con nadie jamás cualquier cosa que viera en alguna
de estas casas. Su respetuoso silencio era premiado
con suculentos bonos cuando menos lo esperaba.
Aquello, en todo caso, no lo hacía sordo a esas
viejas leyendas heredadas que a los pescadores más
experimentados les encantaba contar una y otra vez.
Prestaba oído hasta para las más absurdas. Que el
pueblo había sido fundado por huitranalhues* y por
eso no había pájaros cantando en ningún momento
del año. Que algunos habitantes eran como Drá-
cula y otros nt>. Que se habían camuflado entre los
mortales, que ahora ya nadie podía reconocerlos...
o que sí, y eran esos albinos de la calle O’Higgins
que asistían a la iglesia Metodista. Que cada familia
mataba al padre o la madre y se repartían el cuerpo a
pedazos porque los hacía más fuertes. Que si alguno
del grupo no desarrollaba colmillos, era marginado
a las más secretas atrocidades. Que no toleraban que
los interrumpieran o traicionaran. Que el paso de las
generaciones los había domesticado y ahora se ali­

* Leyenda mapuche sobre un no-vivo que se alimenta de sangre

haciendo un orificio en el corazón de sus víctimas.

84
mentaban sólo de reptiles y peces, aunque otros de
insectos, para compensar las dosis más pequeñas de
sangre caliente.
Estúpidos supersticiosos.
Sólo eran mitos avivados en la ignorancia y la
mala literatura, pero las sospechas reales arreciaban
ciertas noches al mes, sobre todo cuando Silvia no
podía con el dolor y lanzaba un grito de espanto
desde su habitación. Laura era la primera en conte­
nerla, y entre sus hermanas la amordazaban con un
pañuelo de seda para tranquilizarla. Si era necesario,
se disculpaba una vez más ante el policía que tocaba
la puerta, quien ya estaba en conocimiento del ho­
rrible mal crónico que Silvia sufría y que era tratado
con medicamentos. Nadie discutía la cara tersa de
credibilidad de Laura. No había por qué.
La m enor y más débil del clan trataba de cumplir
su deber sin chistar. Era el temple que se esperaba
acorde a su honor: m antener la pureza de sus herm a­
nas. No tenía opción. Nunca la tuvo.
—¿Dónde está el dinero? Estoy perdiendo tiempo.
El apuro de Mont sacó a Silvia de su trance y
pudrió su humor, pero ella continuó como si nada.
Se reincorporó lentamente, sin mirarlo a él, sino a
la perfección de la larga línea de polvillo gris ante
sí. Con apenas dos dedos de su mano derecha, sacó
del bolsillo trasero de sus jeans un papelillo de arroz,
casi transparente, y lo enrolló con agilidad.
Movió su cuello cerrando los ojos, entre incó­

85
moda y cansada, suficientemente erguida para que
la luz de la calle que entraba por la pequeña rejilla le
diera de lleno en el rostro. No estaba más pálida ni
ojerosa que de costumbre, pero era probablemente
la primera vez que Mont la veía así, tan de cerca. Sus
fosas nasales estaban sanguinolentas, con algunas
venas moradas que se descubrían hacia las mejillas.
Sus labios resecos tenían costras que no sanarían
nunca, y su sonrisa lastimera evidenciaba la cuali­
dad que supuestamente la hacía tan especial y, a la
vez, maldita: la ausencia de puntiagudos incisivos.
Cuando no puedes morder, debes dejar que te
muerdan.
—Padre, hijo de Verón... a tu salud.
Los trazos de cabello castaño cubrieron su cara
al apoyarse con los codos y volver a inclinarse, pero
eso no evitó -que su gesto fuera más que elocuente.
Sujetando el delgado rollo de papel entre sus dedos y
colocándolo entre su nariz y la bandeja dorada, vol­
vió a apretar los párpados. Aspiró con fuerza y en
un solo tiempo, echando luego el cuello hacia atrás.
Tembló de inmediato en un intenso escalofrío.
Preparó su nariz otra vez, palpando apenas la
punta con sus dedos. Una delgada capa de polvo en
suspensión se levantó hasta su coronilla. Se inclinó
y aspiró de nuevo. Tosió, ahogada, y resbalándose
de la muleta, se desplomó en una silla continua. Su
cabeza quedó casi colgando del respaldo, pero en su
estado era el mejor escenario. La bilis de su vómito

86
explosivo fue a dar al parqué bajo el altar.
Mont apretó el ánfora contra su pecho, nervioso,
y sólo entonces comprendió de dónde provenía el
dichoso polvillo. Tuvo una arcada. Nunca se había
quedado tanto tiempo como para presenciar los ri­
tuales, y no sabía si estaba preparado. Era demasia­
do para él. Temblando, separó su cuerpo de la vasija
m ortuoria y la dejó en el suelo varios metros atrás.
Quería correr, pero la escena lo paralizó. Laura
se acercó al altar y se aseguró de que su herm ana es­
tuviera inconsciente, dándole un par de cachetadas.
Luego le arremangó su gruesa falda de encaje hasta
la cintura, y entonces llamó a las demás. Al tiempo
que ellas se levantaban, Mont, atrás pero presente,
cayó de rodillas. Los muslos magullados, deforma­
dos de la pequeña Silvia, eran un espectáculo aterra­
dor. Parecían roídos por cien ratas hambrientas.
Las ratas sólo eran tres, grandes, fuertes y ciegas.
Laura hizo a Georgina a un lado y se lanzó sobre
el muslo derecho. Rápidamente ella cogió el izquier­
do, y Bo, por el momento, se contentó con atrapar
las goteantes hileras rojas que se deslizaban hasta los
tobillos.
El olor a saliva, coagulación y pescado sin digerir
conformaban una mezcla imposible de tolerar. An­
tes de vomitar él mismo, Mont tragó el contenido
desconocido en su garganta y se levantó a tientas. En
eso, sólo en el segundo exacto en que fijó su mirada
hacia delante para no perder el equilibrio, sus pupi­

87
las encontraron el bolso de Silvia bajo la mesa. Junto
a un cuaderno forrado en estridente papel amarillo y
otros libros, sobresalían varios billetes de 20 mil.
Se arrastró como pudo, haciendo el trabajo im ­
posible de no escuchar el sonido asqueroso de un
vejamen en pleno avance. Peligrosamente cerca del
grupo, estiró su brazo hasta la mochila y tomó el fajo
a mano. No se detuvo a contarlo.
El gemido disonante de Bo lo hizo voltear. Lim­
piando su boca con la manga de su vestido, buscaba
frenéticamente algo en el piso con su mano libre. Se
veía contrariada, casi asustada. Sus hermanas no le
dedicaron ni un segundo de atención. Fue en su si­
guiente gemido que, descuidada, mostró lo que nun­
ca debió hacia donde Mont estaba. Una dentadura
perfecta, llana, sin incisivos definidos, en un gesto
poco contenido de rabia por la pérdida de su próte­
sis en las rendijas del parqué.
Desde su sitio, un par de metros atrás, él la en­
caró con impotencia, justo cuando ella encontraba
uno de sus colmillos falsos con las uñas. La mirada
en retorno fue demoledora. Para entonces ya estaba
arrepentido de lo que sea que su lenguaje no verbal
estaba diciendo. Bo prefería ver a su herm ana m o­
rir antes de convertirse en un recipiente de carroña.
¿Quién era él para juzgarla? Era sólo un pescador, un
pésimo y codicioso pescador. Nunca debió estar ahí
en primer lugar.
—Estás... muerto —balbuceó ella, fulminándolo

88
con un tono grave que él no supo describir con exac­
titud. Sólo podía asegurar que congelaba el corazón
de cualquier mortal. El suyo.
Laura y Georgina estaban en un éxtasis tal que no
escucharon ni se percataron de lo que sucedía junto
a ellas. De seguro Bo habría alcanzado el cuello de
Mont en dos zancadas y un correcto manotazo si no
hubiera sido por Silvia. Despertada en un shock de
dolor por su propio grito desesperado, repelió a sus
hermanas con una fuerza inaudita, liberando lo que
quedaba de sus piernas cadavéricas.
La sorpresa fue su aliada; el alza de adrenalina
ayudó a Mont a levantarse de un salto. Corrió sin
m irar atrás, con Bo en los talones, y subió la escalera
de tres en tres, azotando la puerta principal. Dejó
huellas de barro por doquier.
Las llaves aún estaban puestas en su camioneta.
De camino a donde fuera, a cualquier parte, lanzaría
las mallas pestilentes del maletero lejos de su vida.
Manejó hasta la carretera periférica y siguió con el
pie en el acelerador. Tenía apenas un cuarto de gasoli­
na, pero no se detendría por nada. En el espejo retro­
visor, la estela borrosa de un auto azul desaparecía por
un rato y luego, sin aviso, aparecía cada vez más cerca...
No era su culpa ver lo que vio. Ni le importaba.
No podía importarle. El grito de Silvia que todavía
retumbaba en su tímpano no le incumbía. No era
su culpa... o quizás sí. Debería haberles dado peces
frescos de verdad.

89
^(& £o
Italo A. Ahum ada M orasky ( 1977). Técnico en Arte mención
en Dibujo}' Pintura del Liceo F.xperimental Artístico H NA;.'),
y Arquitecto, de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de
la Universidad de Chile'. Fjerce en el campo de la Arciuitectura
y comienza en '200 t a colaborar en proyectos independientes
de revistas de historietas. Fn estos días ultima detalles de la
novela gráfica Mortis: Eterna Retorno con guiones de Miguel
Angel Ferrada.

M auricio Ahumada Jones (1977) Fseultor, se ha dedicado


al dibujo y la redacción de guiones desde el año 20()(>. Fse
mismo año escribió y dibu jó el cómic de parodia épica Arineuili:
Conlenmo, ganadora del concurso Fixion 2000 y su primera
publicación. Al año siguiente1 publicó su secuela, .Irnninti;
Dissiditmi. Desde entonces ha participado esporádicamente
en diversas publicaciones chilenas como escritor v dibujante.
Fspecializado en comedia y sátira, ha escrito guiones para
televisión chilena, cortos audiovisuales y otros medios.
y PESPE ENTONCES, me c o s ro N REVOLVIO TOPO MI CICLO
CAPA VEZ QUE ENTENPERLO. CIRCAPIANO. HIPNOS y
. PUEBME USTEP LA BALA SE _ TANAIOS SON HERMANOS
ALOJO EN M! EL REINO PEL ^
SUEÑO LIMITA CON
EL PE LA MUERTE, yo
PUSPO CRUZAR
ESE LÍMITE.
Carlos T rom ben (1966). Nació en Valparaíso, lia publicado
tres novelas: Poderes fadicos, Prácticas rituales \ h'ani/a. Y un
libro de cuentos: Perdidos cu el espacio v diversos relatos en
distintas antologías v medios de comunicación (La Xación
Domingo, The Cli/iic).

Libro de terror:
Drácula.

Serie televisiva de terror:


Sombras tenebrosas (Placer culpable: verla en YouTube).

Película de terror:
Doktor Mabuse (Fritz Lang).
hí terminaba la ciudad y comenzaba el bos­
que. Las casas formaban hileras simétricas
con sus muros de color verde claro (o ama­
rillo limón) y sus techos de tejas sintéticas. Algunos
vecinos habían adornado sus antejardines con gno­
mos, estatuas de la Virgen y faroles adquiridos en el
centro comercial. Otros habían completado el pro­
ceso de personalización con una mascota guardiana
que dormitaba bajo el sol de la mañana.
El padre miraba su reloj y repasaba estos detalles
mientras la madre hablaba por celular. El camión de
la mudanza asomó de pronto la nariz en el pasaje.
Era el momento más esperado. Los cargadores sa­
ludaron con parquedad y comenzaron a bajar cajas
y muebles. Padre y madre les indicaban dónde iba
cada cosa, corrían de un extremo a otro de la casa
imponiendo un orden provisorio.
En una de las tantas idas y venidas, el padre vio
a un hombre escrutando el camión. Se había bajado
de una 4x4, era alto y robusto, llevaba un sombrero

103
australiano y un cuchillo de caza en una cartuchera.
Bajo el sombrero, sus ojos eran dos pequeños puntos
azules, inciertos. El padre lo saludó y el hombre, por
alguna razón, tardó unos segundos en responderle.
Terminada la mudanza, padre y madre contem­
plaron el caos del que iba a salir su hogar. Los niños
estaban donde sus abuelos y llegarían el próximo fin
de semana, antes del comienzo de las clases. Esa no­
che la pasarían solos, entre las cajas sin abrir, como
cuando eran un par de jóvenes recién casados.

Aquí se debe precisar que el padre era un profe­


sional de la ingeniería, egresado de una universidad
tradicional, y había sido nombrado gerente de una
empresa forestal de capitales belgas. Una mejora sa­
larial y simbólica, en un grupo económico extranje­
ro al que había ingresado por estricta “meritocracia”.
Pero había detalles, puntos inquietantes. Desde San­
tiago lo habían transferido a una capital de provincia
de las grandes, con centro comercial, cadenas de co­
mida rápida, dos o tres universidades tradicionales
y varias privadas, un teatro municipal venido a m e­
nos y unas cuantas galerías donde exponían artistas
locales. Marcada además en los medios de comu­
nicación como una región de contrastes sociales y
económicos, formada por inmigrantes europeos que
lo controlaban casi todo y una minoría autóctona
militante y organizada, que llevaba varios años rea­
lizando cortes de caminos y atentados incendiarios.

104
Pero era también una región de hermosos atrac­
tivos turísticos, de grandes lagos y aguas termales,
de buen comer y excelentes panoramas para el fin de
semana.
La madre también era profesional, pero no ejer­
cía sus competencias como ingeniero agrónomo
desde hacía varios años. Vivía la maternidad como
opción y la renuncia como relato privado. Traía al­
gunas conversaciones para encontrar una ocupación
en la feraz actividad agrícola de la región, pero no
las había concretado, ni estaba segura de hacerlo.
Durante toda su maternidad había acumulado una
notable bibliografía acerca de las nuevas formas de
producir vegetales.

Los niños llegaron el fin de semana siguiente y


sólo tuvieron elogios para la nueva morada. El m a­
yor tenía ocho años y la m enor cuatro. Los habían
matriculado en un colegio bilingüe de la ciudad; la
madre los llevaba y traía en su Toyota Corolla 2004.
El padre salía más temprano, en el Mazda, y debía
conducir algunos kilómetros fuera de la ciudad, has­
ta un edificio m oderno de tres pisos, ubicado frente
a una maciza y extensa plantación de coniferas. Su
gestión se mediría por la aplicación de una innova­
dora tecnología para potenciar la productividad del
recurso forestal, financiada con fondos públicos y
desarrollada por un centro de I+D donde trabajan
los grandes talentos de la genética nacional.

105
Era una zona lluviosa y melancólica. Por las
mañanas era normal ver animalillos arrollados en
el pavimento; por las noches caían chaparrones que
oscurecían la carretera y lo obligaban a conducir con
las luces altas, atento a las movedizas formas que bai­
laban en el parabrisas.
La primera semana el padre se ciñó a un horario
estrictamente contractual, pero a los pocos días las
complejidades del proyecto lo obligaron a quedarse
hasta más tarde, sostener reuniones extensas, viajar
a la capital.
Los vecinos no eran muy sociables. El hombre
del cuchillo vivía al frente, estaba casado con una
mujer de tez clara y genoma alemán, cuyos hijos lo
llevaban también. En la casa ubicada al lado izquier­
do vivía una pareja de profesionales jóvenes sin hi­
jos, profesores universitarios a juzgar por su aspecto
(botas de cuero, chaquetas tipo polar con el logo de
alguna organización internacional), y al lado dere­
cho una familia de cuatro, particularmente ruidosos
y con un padre que llegaba los fines de semana en
una 4x4 con los neumáticos embarrados.
Al padre le llamó la atención el silencio de la ca­
lle. Echaba de menos el ruido de las pichangas y de
las escondidas. Tal vez se debiera a que sus hijos y los
del vecino pertenecían a una generación de juegos
electrónicos. La menor, la más proclive a sociabilizar
con vecinitas, contó una tarde que en la casa de la
esquina vivía una niña de su edad, pero que era un

106
poco rara. Padre y madre preguntaron al unísono:
¿rara en qué sentido?
Rara, dijo la hija, encogiéndose de hombros.
Una tarde, de regreso del trabajo, el padre sor­
prendió una patrulla de Carabineros estacionada
frente al vecino de la derecha. Las balizas estaban
encendidas, la vecina y los hijos lloraban. El hombre
del cuchillo dialogaba con un carabinero que anota­
ba algo en u n bloc. El padre inmediatamente pensó
en la delincuencia, fantasma que acosaba a todo el
país a través de los medios.
¿Qué habrá pasado?, preguntó destapando la bo­
tella de Merlot.
La madre no sabía gran cosa. Se había asomado
por la ventana, pero no quiso asustar a los niños. En
todo caso, advirtió, no se había visto ninguna ambu­
lancia, a nadie salir esposado.
Actividad paranormal, bromeó él.
En los días sucesivos, la madre recabó más deta­
lles. Su principal fuente no eran los propios vecinos,
con quienes apenas se saludaba, sino la empleada,
una muchacha que pertenecía a la minoría autócto­
na de la región. Todas las mañanas, durante el tra­
yecto en micro, se venía conversando con las demás
empleadas. Formaban parte de esta misma red los
jardineros, los carteros, los albañiles y otros provee­
dores de servicios domésticos, todos pertenecientes
a la minoría autóctona, aunque no al punto de ha­
blar (delante de sus patrones, al menos) en la antigua

107
lengua de la región.
Según estas versiones, de credibilidad más bien
dudosa, el incidente había consistido en el ataque de
un león, como se le decía al gran predador autócto­
no. No a los niños, gracias a Dios, sino al perro de la
familia.
Al padre se le agolpaban las preguntas. ¿No es­
taban en peligro de extinción? ¿No son animales
solitarios? La casa (como las de todo aquel lado de
la cuadra) estaba ubicada exactamente en el límite,
allí donde el condominio colindaba con el bosque, lo
que permitía un eventual flujo de animales silvestres.
Lo mejor era relativizar. El padre había oído que
en Australia los canguros eran animales casi subur­
banos, que abundaban conejos y sapos, algunos muy
venenosos, que en algunas partes hasta se veían ca­
mellos. En otras latitudes había grandes serpientes,
aves de rapiña e insectos voraces que podían aso­
marse en el jardín de uno y despacharse a la masco­
ta. Esa noche les costó dormir.
Al día siguiente, la amenaza adquirió un rostro
concreto. En los postes del condominio, la vecina
había pegado unas hojas de impresora casera, en las
que se veía a un hermoso Beagle con la lengua col­
gando, los ojos llenos de vida, llenos de amor. Bajo la
imagen, en escala de grises, su nombre, un número
telefónico y una advertencia: PUEDE ESTAR HERI­
DA.

108
Como una foto polaroid, los detalles del inciden­
te se iban aclarando con los días. La madre informó
que, según sus fuentes, no había pruebas flagrantes
del ataque en sí, aparte de la desaparición concreta
de la mascota de la vecina. Los carabineros habían
hallado sangre y pelos del animal, y una pisada que
la lluvia había borrado a medias. Podía ser de puma
como no serlo. ¿Un ratón de campo? ¿Un perro
vago?, aventuraba el padre medio en broma.
La cuestión más delicada, la posible incursión
de un delincuente que estuviera allanando el camino
para un robo, había sido descartada por las cámaras
de seguridad, ubicadas en los puntos clave del con­
dominio.
Esto último lo supo el padre directamente del
vecino del cuchillo. El incidente lo había puesto lo­
cuaz. Saludaba al padre e inmediatamente le contaba
algo del tema, omitiendo toda alusión al clima, los
niños o la calidad del aire en la ciudad.
Se revisó todo con la administración y la empre­
sa de seguridad, dijo. Nada.
¿Y figuraba el famoso león en las grabaciones?
El vecino fue vago en esto último. Se despidieron y
el padre se quedó con un gusto a victoria. Era una
simple psicosis colectiva.
El segundo ataque ocurrió a los pocos días. Fue
en la casa de la niña rara, y esta vez se enteraron por
su hija menor. Las niñas habían visto algo. Pero nun­
ca dijeron qué.

109
La niña rara era la única amiga de su hija. Se lla­
maba Ignacia y vivía sola con su madre, una mujer
con el pelo rojo, que fumaba mientras el carabinero
terminaba de tomarle testimonio.
Ocurrió un sábado por la tarde. El padre se re­
ponía de la resaca. Su hijo de ocho años entró en la
pieza sin golpear, alteradísimo. Habían visto al león
en el techo de una casa.
Quién lo había visto y dónde, qué león. Las imá­
genes entraban a la fuerza en su sistema nervioso. Se
vio corriendo detrás de su hijo hasta el patio, y más
allá, por la calle siguiendo el rastro del vecino del
cuchillo, que portaba un rifle.
Cuando vio venir a su hija con el vestido m an­
chado de sangre lo primero que pensó fue que la
habían atropellado. Pero la niña no sufría, al menos
no físicamente. Traía los ojos abiertos, el pecho y la
respiración alterados. Los carabineros llegaron al
cabo de quince minutos y se subieron al techo. No
vieron nada. El padre no se atrevía a interrogarla por
lo sucedido. La madre la había cambiado de ropa y
regresó tapándose la boca.
Dice que Ignacia tiene un corte en el muslo, que
le salía mucha sangre.
Se llamó a asamblea de copropietarios. El vecino
de enfrente se ofreció a hacer una guardia. Se revisó
todo el perímetro, se repartieron folletos informati­
vos.

no
SI SE ENCUENTRA CON UN PUMA:

• No corra, esto puede estim ular su in stin to de caza.


• Perm anezca firm e y enfrente al anim al, busque
contacto visual.
• Tome cualquier cosa para parecer m ás grande
e intim idante, ábrase la chaqueta y lance palos y
piedras.
• No se sien te n i se acuclille, esto podría crear la
im presión de que se trata de un cuadrúpedo, es
decir, de una presa.
• R esponda al ataque si se es atacado. Del pum a se
puede defender con piedras, palos, herram ientas de
jardinería, con patadas y golpes de puño.
• El punto m ás débil donde golpear al pum a es su
nariz.
• No se suba a un árbol o a una roca: el pum a puede
trepar m ucho m ejor que usted.

El padre se negó a aprender las instrucciones de


memoria. Era ingeniero, un individuo racional, al­
guna vez vio algún documental acerca de la vida y
comportamiento del puma andino, nunca olvidó la
frase lapidaria que lo tachaba de animal tímido. Fue
un firme defensor, ante la asamblea de copropieta­
rios y su propia familia, del diagnóstico que les dio el
señor del SAG, que corroboró más tarde el inspector
municipal. Ambos hablaban con lenguaje técnico,
usaban cotonas institucionales, traían instrumentos.
El otoño empujaría al juvenil de regreso a la m onta­
ña. Era un incidente aislado, inhabitual en la ciudad.
Pero la niña seguía despertándose por las no­

ill
ches. Hubo dos episodios de sonambulismo, varias
pesadillas. Se iba a meter a la cama de los padres,
cortando toda conexión sexual entre ellos. Ignacia,
la niña rara, era su mejor amiga.

La relación del padre con la madre de Ignacia


pasó por fases.
Desde la primera vez que fue a buscar a su hija
supo que allí vivía una separada. Fue la cruda corpo­
ralidad de la mujer, pero al mismo tiempo los mue­
bles de diseño, los objetos culturales como repro­
ducciones del MoMA, libros-objeto y grabados de
autor. Siempre se había negado a aceptarle el té verde
que le ofrecía, pero el incidente borró esta frontera
de pudor, estableciendo entre ambos un contacto su­
perior a la afinidad de sus hijas. Aquella vez la madre
de Ignacia no le ofreció té, sino una cerveza.
Para pasar el susto, dijo encendiendo un cigarri­
llo. Ella tampoco había visto al león. Se había ence­
rrado con las niñitas hasta que llegaron los carabine­
ros. Había tenido que meter a Ignacia en la tina para
limpiarle la herida, luego llevarla a la clínica. Cuatro
puntos le pusieron, un corte preciso, con más fuerza
llegaba al hueso.
Si no fuera por el gordito, la Ignacia se me desan­
graba esperando a los carabineros, dijo ella exhalan­
do el humo hacia el techo.
El padre se sentía un tanto incómodo. Había ve­
nido tan sólo para saber cómo estaba, ahora no se

112
quería ir. Contemplaba y oía a la madre de Ignacia
y admiraba su serenidad. A él todavía le temblaban
las manos.
Para arriesgarse hasta acá debe ser una madre,
dijo la madre de Ignacia. Debe haber parido hace
poco y sus crías tienen hambre. Y las nuestras son
gorditas y ricas... ¿Qué culpa tiene ella?
Desde entonces al padre le costaba olvidar estas
palabras.

El padre puso toda su energía en armar pano­


ramas familiares los fines de semana. Su sueldo le
permitía explorar las bellezas turísticas de la región,
pagar un paquete all inclusive en alguna terma y dis­
tender su cuerpo en una piscina caliente con chime­
nea y música new age.
Del león no se supo más. Madre o juvenil, se
había retirado a sus cuarteles de invierno. El padre
volvía del trabajo, los niños lo esperaban, su mujer
lo esperaba. La niña se seguía pasando a su cama por
las noches. De regreso del trabajo, el padre veía autos
estacionados delante de la casa de Ignacia. Bajaba el
vidrio y, cuando no estaba lloviendo, era capaz de
oír voces. Hombres y mujeres reían y conversaban
oyendo música anglosajona. Eran los únicos carretes
de la cuadra, del condominio entero quizá.
Ni el padre ni la madre tenían verdaderos ami­
gos en la ciudad. Había un pariente de ella y un com­
pañero de escuela de él, pero sin verdadera afinidad.
Se juntaban para que los niños vieran a otros niños,
tal vez para que la hija menor no pasara tanto tiem ­
po con Ignacia, la niña rara. Por ello, el padre y la
madre casi no tenían vida social. En casa, su princi­
pal entretención consistía en tomar vino hasta tarde,
cuando los niños ya se habían acostado y la lluvia
golpeaba contra el techo. Horas, días enteros de llu­
via, contándose rutinas, recordando, terminando la
noche frente a una película en el cable.
La madre seguía sin concretar sus conversacio­
nes profesionales, seguía reuniendo material sobre
las nuevas formas de producir vegetales. Había cons­
truido una chacra en el jardín en la que brotaban m a­
tas de tomillo, salvia, romero, lechugas y cebollines.
Su ambición era construir una compostera, pero el
padre se negaba. Reclamarían los vecinos, vendrían
conejos y hasta leones. El olor, ni pensarlo.
Una noche el padre soñó con el león. Soñó que
entraba por la puerta y se subía a la cama; llegó a
sentir el peso de sus patas oprimiéndole el pecho y el
contacto lijoso y húmedo de su lengua en la cara. Por
alguna razón, su mujer no estaba. La cara del león
se transformó de pronto en la madre de Ignacia, y el
padre despertó gritando.

Pasaron el Año Nuevo con los abuelos (los padres


de la madre) en un balneario de la costa central. El
padre regresó solo, no tenía vacaciones hasta febre­
ro. Le habían dejado comida preparada, congelada
y en sobre, la empleada seguiría viniendo, se había
comprado un whisky, había revisado la programa­
ción del cable. Pero se impacientaba.
Comió en la cocina, abrió una lata de cerveza.
Buscaba un pretexto, alguna frase para superar la
vergüenza inicial. La encontró en el colgador de la
lavandería.
Era un padre empático, podía reconocer si un
pantalón era o no de su hija. Aquel modelo no tenía
etiqueta de marca, estaba hecho de un material dis­
tinto y con un patrón de colores que se podía califi­
car de alternativo.
Al padre, Ignacia, la única amiga de su hija, le
parecía una niña rara si por ello se entendía a una
personita sobresalientemente locuaz. Una personita
que hacía preguntas específicas y personales, que a él
le costaba responder. ¿Tomaba leche? ¿Comía carne
de cerdo? ¿Sabía lo importante que era el calcio? ¿Y
el potasio? Ignacia era además una niña muy bella,
muy parecida a su madre. Tenía los mismos ojos
azules, vestía chalecos tejidos a mano, de colores vis­
tosos y bien combinados. Usaba además un pañuelo
lila en la frente, que cernía su pelo rubio y rizado.
El padre se asomaba discretamente y oía a las niñas
jugar. Asumían distintos roles, usando animales de
plástico, personajes televisivos y de cajita feliz, pelu-
ches, barbies incluso.
Ahora yo soy el macho alfa, decía Ignacia.
El padre reunió el valor necesario, se miró al

115
espejo y salió. Olía a pasto recién regado y a vera­
no. Pasó frente a la casa del hombre del cuchillo y
vislumbró, a través de una ventana, el resplandor de
una pantalla de videojuegos. Desde la otra acera, un
perro le ladró: era el nuevo Beagle de la vecina, que
había retirado hacía meses los carteles de los postes.
La madre de Ignacia abrió la puerta. El padre le
traía el pantalón de Ignacia en una bolsa de super­
mercado. Ella se deshizo en agradecimientos. ¿Una
cerveza?, ofreció.
¿No molestaba? En absoluto, Ignacia acababa de
irse con su padre. Pudo haber sentido que las cosas
iban demasiado rápido, pero no reaccionó. Llevaba
más de nueve meses trabajando de sol a sol en el pro­
yecto. La innovación aún no se traducía en mayor
productividad, y en las reuniones de directorio ha­
bía debate. La rtiadre de Ignacia lo escuchaba. Había
puesto música, había traído cosas para picar, unas
empanadas vegetarianas con acelga y queso de cabra.
La población de control aún no crecía a las tasas
esperadas, contaba el padre; la sequía del año ante­
rior había probablemente afectado a las napas freá­
ticas.
La vida profesional es nuestra selva, dijo la m a­
dre de Ignacia. Salimos de caza todas las mañanas,
tenemos que hacer presa y cuidarnos de los depre­
dadores.
La madre de Ignacia era ingeniero agrónomo.
Trabajaba con comunidades, manejaba fondos de
la Unión Europea. Redes de mujeres que producían
medicinas y productos orgánicos certificados. Tenía
además unos pechos firmes, claramente marcados
bajo la túnica de batik que los cubría hasta la mitad.
El padre no era un hombre vanidoso, tenía concien­
cia de los riesgos. Sólo podía aceptarle una cerve­
za tras otra, admirar la música que había puesto y
buscar algún tema que trascendiera la amistad de
sus hijas o la ausencia de sus parejas. Por ejemplo, la
imaginación de las niñas.
A ella eso le pareció un hermoso tema, y se acer­
có aún más.
En ese m omento sonó el celular.

Al salir ya era de noche y la luna llena iluminaba


los techos de las casas. Los perros ladraban en la dis­
tancia, una larga cadena que atravesaba el condomi­
nio y las parcelas cercanas. El padre buscó la llave en
sus bolsillos y la encajó con cierta dificultad.
La casa le pareció más vacía que nunca. Necesi­
taba otro whisky para quedarse dormido. Tenía más
hambre que al salir. Se quedó sin hielo e hizo algo
que ya no solía hacer: salió a fumar.
No encendió la luz y ése fue su prim er error.
Quería ver la luna llena sentado, pero lo que vio fue
otra cosa.
Vio una silueta parda que recorría el jardín con
un movimiento plástico. Vio la silueta pararse sobre
sus patas traseras y lamer con entusiasmo la parrilla

117
del asador. Había sido empleada hacía poco y el pa­
dre pudo oír los gruesos colmillos royendo las barras
rebosantes de grasa caramelizada.
Comprendió que su presencia aún pasaba inad­
vertida y que tenía poco tiempo. Dio un paso, dos,
pero pisó sin querer un juguete de fabricación china,
que su hija o Ignacia habían olvidado en la terraza
y en el momento menos propicio emitió un ruido
agudo.
La silueta se volvió. El padre pudo verle los ojos.
Se imaginó escaneado por esos dos puntos verdes
que brillaban en la oscuridad, azules sus extremida­
des, rojas sus partes más cálidas, el corazón, el sexo,
el cerebro que repasaba a velocidades estratosféricas
todo el instructivo de seguridad.
No tenía ningún objeto que lo hiciera parecer
más intimidante, ni piedra, ni palo ni escoba. Nin­
guno de los dos se movía. El padre oyó a los perros
que ladraban cada vez más fuerte en todo el condo­
minio, y el celular que volvía a sonar en la cocina.
Entonces, mirando a la bestia a los ojos, dio un grito
y saltó.

118
D aniel V illalob os (Temuco. lí)7 l ). Lstudió periodismo en la
Universidad de La I-motera. lia ganado varios premios por
sus cuentos, los que han sido publicados en diversas antolo­
gías. Actualmente es editor de contenidos de Bazncd.com \
colabora en la sección de túne de La 'Bercera.

Película de terror
Psicosis (Hitchcock)
TheThing (Carpenter).

Serie televisiva de terror


Salem’s Lot (la antigua, dirigida porTober Hooper y prota­
gonizada por el gran Hutch, David Soul).

Libro de terror
E/ corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad.
La zona muerta, de Stephen King.
Sólo los jóvenes conocen momentos semejantes.

Joseph Conrad

stoy viejo y muero. No es una novedad que la

E muerte alcance a los ancianos, pero es distinto


cuando es uno mismo quien pierde vigor día
a día, cuando es uno quien siente su pulso debilitarse
o su aliento ceder luego de subir una escalera.
Si alguien está leyendo estas líneas, significa que
han pasado veinte años después de mi muerte y que,
de alguna forma, ese alguien desconocido ha tenido
el suficiente interés en mi pobre figura para abrir el
sobre lacrado y leer estas páginas.
Hace frío en este salón y el único calor viene del
rescoldo de la enorme chimenea. Mi aliento hum e­
dece los pelos de mi barba. Tengo setenta y cinco
años y mi verdadero nombre es Josef Isak Benjakar,
el que me dieron mis padres en nuestra aldea cerca
de Kazán.
Esa fue la aldea de la que hui a los veinte años de
edad recién cumplidos, escapando del pogrom y de
la alegre ferocidad con que ellos arrasaron mi tierra.
Tres días antes, uno de mis hermanos llegó hablando

121
de la línea de fuego que iluminaba la otra orilla del
río y todos supimos lo que pasaría.
Los más fuertes y audaces huyeron esa misma
noche, llevándose en las carretas a sus familias. A la
mayoría de ellos los cazaron en las praderas y clava­
ron sus cuerpos y cabezas en largas picas a la orilla
del camino. Algunos de los más viejos se arrojaron
al agua y murieron la muerte piadosa del ahogado.
Y algunos, como yo, demasiado cobardes para
huir o quitarse la propia vida, esperamos a los jinetes
escondidos en nuestros pajares.
No había resistencia posible contra el pogrom.
Llegaron incendiando los tejados y arrastrando a
nuestras mujeres del pelo. No servían las súplicas ni
las maldiciones, ni las coimas ni los razonamientos.
Cuando el pogrom pasaba por una aldea, no sobre­
vivían ni los perros.
La noche que llegaron, mi padre fue a buscarme
al pajar.
—Josef —dijo en la oscuridad.
Le pregunté qué pasaba.
—Vienen los jinetes —susurró. A lo lejos escu­
chábamos galopar los primeros caballos—. Asóma­
te, Josef.
Salí a la noche. Temblaba como una hoja, pero
mi padre estaba tranquilo. Me entregó un bolso con
pan y un montón de papeles amarrados con hilo de
cáñamo. Luego me ordenó:
—Ponte mis botas, que ya no las necesito y corre

122
hacia donde apunta mi dedo, con la luna a tus espal­
das. No mires atrás, no te acerques al río y no te vayas
hacia las hierbas altas. Los jinetes sabrán tu rum bo
viéndolas moverse. Corre por el sembradío hasta el
camino principal y entra en el bosque. Una vez ahí,
súbete a un árbol y espera que amanezca y luego que
caiga la noche. Entonces baja, hazte un refugio con
ramas y escóndete otro día y otra noche. Luego es­
pera que pase algún aldeano del otro poblado en su
carreta y pídele que te acerque al Volga. Dale esto.
Me entregó una bolsa de cuero con cinco mone­
das y el collar de una tía que había muerto de fiebres
al principio del invierno.
—Ahora vete —me gritó, empujándome con la
m ano—. Sé cortés con quien encuentres y que nunca
te vean llorar.
Se regresó a la casa y cuando se percató de que no
me movía, empezó a lanzarme pedruscos. Me eché a
correr sin m irar atrás y cuando estaba por entrar al
sembradío, le escuché gritar.
Esperé como me dijera en la copa de un árbol
en medio del bosque. Me comí el pan y me amarré
al tronco para no caerme durante el sueño. Lamía el
rocío de las hojas y rezaba sin parar.
Al día siguiente bajé y noté que el aire ya no olía
a humo. Me escondí de los jinetes que encontré y
esperé hasta que un aldeano pasó en una carreta con
manzanas. Le ofrecí las cinco monedas y aceptó lle­
varme hasta un embarcadero. Me tendí en el suelo

123
de la carreta, me cubrió con manzanas y así pasamos
las guardias de los cosacos.
Una semana después, estaba embarcado por el
Volga. Tenía la cara limpia de pelos, vestía otra ropa
y en un saco raído guardaba las botas de mi padre y
sus papeles.
Al llegar al puerto de Varna, me golpeó la idea de
que ya no me quedaban en el mundo familia ni seres
queridos. Llorando, recordé que algunos parientes
de mi m adre vivían en Salónica, en Macedonia, y
pensé que ellos tal vez podrían recibirme.
Sin embargo, no tenía dinero. Así que vagué por
el puerto, comiendo basura, mendigando y dur­
miendo bajo los botes. En un momento, pensé en
estrangular a algún marinero borracho para luego
ofrecerme en su barco, pero la idea de pecar m atan­
do a un semejante me repugnó, incluso en esa situa­
ción desesperada.
Una noche, medio muerto de hambre y casi pre­
sa del delirio, me puse a cantar una vieja copla que
me enseñara mi madre cuando era niño. La canté
por horas, caminando sin rumbo por las callejuelas
oscuras de Varna. Hasta que un hombre salió de una
taberna y me cogió del brazo.
—¿Cuál es tu nombre? —me preguntó en ruso—
. ¿De dónde sabes esa copla?
Aterrado, no dije nada.
Me repitió la pregunta, pero en hebreo. Era un
judío sefardí de Skopie y se llamaba Mosche, aunque

124
ése no era el nombre que ocupaba en el mar. Mosche
era capitán de una goleta de bandera rusa llamada
Démeter y, después de escuchar mí historia, me
ofreció pagarme una cena digna y luego llevarme en
su barco como tripulante.
Le dije que nunca había navegado.
—Eso no es problema —me contestó—. El único
obstáculo es crear una vacante.
Temblé, recordando mis planes homicidas para
obtener la plaza del difunto. Se lo dije y se rió en mi
cara.
—No es necesario tanto drama. Basta con que
pierda el barco.
El Démeter salía del puerto al día siguiente al
amanecer, rum bo a Inglaterra. Mosche me dio di­
nero para comprar ropa nueva en vez de los andra­
jos que vestía y también para un corte de pelo y una
afeitada decente. Me dijo que lo esperara en el m ue­
lle una hora antes de la salida del sol. Luego se fue.
Tal como él había previsto, uno de sus marineros
perdió el barco. Según me contó al encontrarme en
el muelle, le había pagado a una prostituta de Varna
para que engatusara y emborrachara al pobre hom ­
bre, que a esas alturas aún dormía en algún cuartu­
cho sobre los bares.
—No te preocupes por él —me comentó, rien­
do—. Mañana a esta misma hora estará embarcán­
dose en otra goleta y lo recogeremos en el camino de
vuelta. Ahora, hay otro problema.

125
Me miró, ceñudo.
—No puedes subir al barco diciendo que te es­
capaste de un pogrom. A los marineros rusos no les
gusta llevar judíos a bordo. Dicen que traen mala
suerte. Así que ¿cómo te quieres llamar?
Le señalé que no se me ocurría ningún nombre.
—Bueno, tienes cierto aire ruso, hablas el idioma
y has vivido toda tu vida en Kazán. Mi primer capi­
tán cuando era marinero se llamaba Olgaren. Serás
Olgaren, entonces.
El Démeter era un barco mediano y de buen
aspecto, incluso para alguien como yo, que nunca
había subido a uno. Mosche, a quien sus marineros
llamaban capitán Boronov, me presentó a mis com­
pañeros. Eran cuatro hombres, un oficial y un coci­
nero.
—Olgaren, como pueden ver, es un marinero jo­
ven e inexperto. Pero nos servirá para reemplazar a
ese inútil de Vinilich —les dijo Mosche.
Todos rieron. Eran en general de pocas palabras
pero amables los primeros hombres de mar que co­
nocí en mi vida.
La carga del Démeter en ese viaje eran unas
cuantas cajas llenas de tierra, dirigidas a una ciudad
inglesa llamada Whitby. Las embarcaron unos gi­
tanos, que hablaban su lengua en murmullos y que
jamás miraban a los ojos.
Salimos sin novedad de Varna y mis obligacio­
nes a bordo eran simples aunque pesadas: limpiar la

126
cubierta, barrer los camarotes y destrabar los goznes
de las escotillas, herrumbrados por el agua salada.
Le pregunté al oficial cuánto tardaría el viaje ha­
cia Inglaterra.
—Tardaremos lo que tardemos —me contestó.
No era la persona más sociable del barco.
Seis días pasaron sin novedades. Me acostumbré
rápidamente a la rutina del mar y me gustó. De no
haberme embarcado en el Démeter en mi primer
viaje marino, pienso a veces, quizás ésa es la vida que
habría elegido.
Al séptimo día nos acercamos a la costa griega.
Mosche me apartó en la cubierta y me dijo susurran­
do:
—Hay problemas. No puedo desviarme y dejarte
en Salónica como acordamos. Algo anda mal en el
barco y no puedo prescindir de un hombre sin le­
vantar sospechas.
Le pedí que se explicase.
—Los hombres están nerviosos —me confesó—,
pero todavía no logro entender por qué. El oficial
dice que sólo son una tropa de haraganes supersti­
ciosos, pero yo he navegado con ellos por siete años
y nunca los había visto así. No puedo dejarte en Sa­
lónica. Termina el viaje conmigo y además habrás
ganado un buen dinero.
Después miró un segundo al m ar y remató, antes
de volver a la cabina.
—Inglaterra está aún más lejos de Rusia que Sa-

127
Iónica. Piensa en eso.
Esa noche no logré conciliar el sueño. Mosche
era uno de los míos, pero también era —ya lo había
notado— un capitán tiránico y poco dado al gesto
amable. Me pregunté si su ayuda en el fondo no era
más que una artimaña para librarse de un marinero
que no le gustaba reclutando otro a m enor precio.
Ciertamente mi paga era la más pequeña de la tri­
pulación.
Insomne, encendí un cabo de vela y, por primera
vez desde que huyera de mi aldea, eché un vistazo a
los papeles de mi padre muerto. Los primeros eran
los registros de gastos del sembradío y las medicinas
de la tía que muriera de fiebres. Pero la mayoría de
los papeles eran una transcripción al ruso del libro
de Jonás.
Pensé en la Superstición m arina de la que me ha­
blara Mosche él día que nos embarcamos y medité
sobre lo peligroso que podría ser que alguno de mis
compañeros encontrara semejantes papeles en mi
litera. Pero no me atrevía a destruir algo que era el
único legado de mi padre y tampoco estaba seguro
de dónde podría esconderlo en un barco que todos
recorrían varias veces al día.
Entonces recordé nuestro cargamento. Nadie
movería las cajas hasta llegar a Inglaterra y podría
simplemente esconder las hojas debajo de una de
ellas. Me levanté en silencio y bajé a la bodega, os­
cura y fría a esa hora de la noche. Sabía bien que

128
Petrof, el marinero asignado a la guardia, dormía en
su puesto porque lo escuchaba roncar desde la cu­
bierta.
Ya en la bodega, percibí una suave pestilencia en
el aire, como el hedor de un animal pequeño muerto
en medio de un pastizal. Me pregunté si alguna rata
habría muerto de hambre encerrada ahí. Con ayuda
de la vela, moví una de las cajas oblongas y puse de­
bajo, envueltos en tela encerada, los papeles de mi
padre.
Un breve instinto me hizo girar la cabeza y vi
una silueta moviéndose rápidamente escaleras arri­
ba. Los pelos se me erizaron porque, a pesar de subir
con velocidad, la figura se movía en completo silen­
cio.
Además, noté su extraordinaria altura. Ninguno
de los hombres de a bordo era tan alto.
Me paralicé por largo rato acuclillado junto a esa
caja, intentando reunir los ánimos necesarios para ir
tras la figura o, en su defecto, alertar a Mosche.
Por fin cobré valor suficiente para subir la esca­
lera y asomarme a cubierta. No había señal del ex­
traño y fui hasta la cabina del capitán a despertar a
Mosche.
—No puede haber un polizón en un barco tan
pequeño, idiota —me dijo, malhumorado y soño­
liento, luego de escuchar mi historia—. Imaginaste
ver algo porque estabas asustado. Mañana tráeme
esos papeles y los guardaré en mi cabina. Ahora dé-

129
jame dormir.
Al día siguiente, descubrimos que faltaba Petrof.
Abramoíflo había relevado, pero Petrof nunca llegó
a su litera. Cundió la alarma entre los hombres, quie­
nes hablaban a viva voz de una presencia extraña en
el barco. Uno de ellos me miró fijamente y sugirió
por primera vez la existencia de un Jonás a bordo.
El oficial, sin mediar aviso, le dio un puñetazo en la
boca.
—Eres un imbécil, Vassili —le gritó enfrente de
todos—. No existe tal cosa como un Jonás. Esos son
cuentos de viejas.
El otro se limpió la sangre de la nariz sin levantar
la vista, pero los demás se miraban entre sí, inquie­
tos.
—Haremos una revisión completa del barco —
dijo Mosche. ■>
—No es necesario. Lo que hace falta acá es más
disciplina —gruñó el oficial.
—La haremos de todas formas —dijo Mosche,
llamándome con un gesto—. Olgaren, tú irás con­
migo.
Ya lejos del resto, Mosche me pidió que volviera
a contarle m i aventura nocturna. Me escuchó en si­
lencio, mientras abríamos escotillas y puertas.
—No hay nada —dijo al final de nuestro recorri­
do—. No hay muchos lugares donde un hombre se
pueda esconder.
Le dije que tal vez no era un hombre. Me cogió

130
de la ropa y me azotó contra una litera.
—No vuelvas a decir esa estupidez. Nos quedan
al menos ocho días de ruta. Lo último que necesita­
mos es una tripulación temerosa por culpa de algu­
na superstición imbécil.
Le pregunté si acaso no creía en demonios y apa­
riciones. Me miró de vuelta, sacudiendo la cabeza.
—Cuando tenía cinco años —me dijo mientras
sacaba su bolsa de tabaco— vi a un soldado rajarle
a mi madre la piel de los brazos con un cuchillo al
rojo. A mi padre le ataron las muñecas a dos caba­
llos que luego tiraron en direcciones contrarias hasta
que le arrancaron un brazo. Luego le hundieron la
cabeza con el filo del mismo azadón que usaba en
sus sembrados. No necesito creer en demonios. Me
basta con los hombres. Y mira lo bien que nuestro
Dios trató a tu aldea. Mira cómo cuidó de ellos.
Le dije que no blasfemara. Se rió.
—Eres muy joven, Josef, y estás lleno de esperan­
za. Los cosacos no lograron quitártela, así que tal vez
le toque a este barco term inar ese trabajo.
Luego se fue.
Esa noche ninguno de nosotros logró conciliar
el sueño. Abramoíf sacó de alguna parte una botella
de licor y la hicieron correr de mano en mano. Yo
nunca había bebido alcohol, pero lo probé y no me
pareció malo. Por lo menos me ayudó a dormir.
Tres días después, ya pasado Gibraltar, perdimos
a otro hombre, el mismo Vassili a quien el oficial

131
golpeara. Desapareció durante su guardia nocturna.
Ya nadie quería hacer la guardia a solas y el oficial
amenazó con meternos en cintura a latigazos.
Para empeorar las cosas, en la bahía de Vizcaya
nos encontramos con una tormenta que nos sacó
de la ruta por largo tiempo. Cansados, temerosos y
sin ánimo, los hombres se entregaron a toda clase
de actividades extrañas. La mayoría rezaba haciendo
extraños signos en el aire; hubo uno que se tatuó pa­
labras en el brazo y en las piernas, e incluso el oficial
puso alrededor de su litera un círculo de sal que per­
duró mucho después de que la tragedia concluyera.
Pero de todos los hombres a bordo, Mosche era
el más afectado. Ojeroso, con una barba mal cuidada
y manos temblorosas, Mosche se paseaba por cubier­
ta con una pistola al cinto. Incluso yo, un marinero
novato, era capñz de percibir la profunda inquietud
que causa en una tripulación ver a su capitán arm a­
do cuando no hay una amenaza visible. Mosche se
paseaba mal vestido, mascullando palabras que na­
die entendía y pistola al cinto de día y de noche y así
fue como lo encontré una tarde mientras limpiaba la
cubierta.
—Los papeles de tu padre —me dijo sin mediar
saludo— los estuve mirando. Es una traducción del
libro de Jonás.
Asentí con la cabeza. Los demás estaban con­
centrados en sus labores o mirando expectantes el
horizonte.

132
—¿Quién eres? —me preguntó de improviso—.
¿Quién eres?
Le dije quién era.
—Eso es lo que me contaste en Varnia. Sé que
eres judío y que nunca has navegado. Y que cargas
una traducción del libro de Jonás. Y me pregunto si
me habrás dicho toda la verdad sobre tu aldea y tu
pogrom.
No me gustó su mirada. Eran los ojos de un hom ­
bre a punto de perderse. Y no me gustaba recordar
que él era el capitán y que tenía una pistola al cinto.
—¿Recuerdas por qué Jonás incurrió en la ira del
Señor, Josef?
Le dije que Jonás se había negado a obedecer la
voluntad del Señor.
—Cierto ¿y sabes cómo se salvó la tripulación
del barco que llevaba a Jonás?
Lo arrojaron al agua, contesté, sin levantar la vis­
ta del cepillo que tenía en mis manos.
—Tienes razón. Lo arrojaron al mar. Jonás. Eso
le pasó.
Entonces comprendí que estaba perdido. Esa
misma noche soñé con mi aldea en llamas, donde
figuras negras y altas masacraban a mis hermanos.
Mosche caminaba entre ellos, rematando a los m ori­
bundos de un balazo en la cabeza. Tenía un collar de
metal y una larga cadena que se perdía en la noche.
—No hay dios— aullaba—. No hay dios. Esta­
mos solos. Ustedes y nosotros.

133
Desperté sudando. Me levanté en silencio y m a­
duré un plan desesperado. Cogería algo de comida
y me escondería en uno de los cajones oblongos de
la bodega. Todos pensarían que era una víctima más
del enemigo invisible que rondaba el barco y no me
buscarían hasta llegar a puerto.
Había sobrevivido a los cosacos en el bosque de
Kazán. Podría sobrevivir a Mosche en las entrañas
del Démeter. Con ese pensamiento en mente, bajé a
la bodega armado con un pico de metal y abrí uno
de los cajones. Estaba repleto de tierra pestilente. La
arrojé a puñados desde la cubierta al agua y después
me metí en el cajón y puse la tapa de vuelta. Cabía
holgadamente y tenía conmigo algunas piezas de tu­
rrón y dos o tres hogazas de pan endurecido. Calcu­
lé que faltaban dos días para Inglaterra y, consolado
por esa idea, me dormí.
El ruido que me despertó era inconcebible, aun
cuando perfectamente natural. Era el crujido de una
de las tapas de los cajones levantándose. Aterrado,
imaginé a Mosche adivinando mis intenciones y
buscando en los cajones para encontrarme. Sin em ­
bargo, a través de la rendija por donde se colaba el
aire a mi encierro, vi otra cosa: vi a la figura oscura
de la primera vez levantarse en silencio de la caja
oblonga y avanzar hacia la escalera.
Paralizado por el miedo, vinieron a mi cabeza las
viejas leyendas que las abuelas contaban en la aldea
para asustar a los niños. No cabía duda: un demonio

134
dormía en la bodega del Démeter y era el responsa­
ble de las desapariciones. Por un segundo, quise ir
tras sus pasos y alertar a mis compañeros. Pero el
terror pudo más y sólo pude quedarme quieto en mi
encierro, tan quieto que ni siquiera el espantoso gri­
to que vino de cubierta logró sacudirme del pasmo.
Después escuché voces y pasos apresurados. Una
pelea, maldiciones y disparos de un arma de fuego.
Un par de cuerpos cayendo al mar.
Y luego la nada.
Desperté en la oscuridad. Me atreví a levantar
la tapa y atisbé por la rendija. La bodega estaba en
penumbras y su puerta abierta de par en par. Rei­
naba el silencio y noté que la débil luz era producto
de una densa niebla que rodeaba al barco. Por un
instante tuve la sensación de ser el último hombre
en el mundo.
Envalentonado, salí del cajón y caminé hacia
la escalera. Había una larga mancha de sangre en
el piso y el olor pesado de la pólvora. Al fondo del
pasillo, en la puerta de las literas, un brazo cercena­
do rodaba de una esquina a otra. El barco se mecía
de forma extraña y algo me dijo que no había mano
guiando el timón. Armado con el pico de metal que
había usado para violentar el cajón, subí a cubierta.
La niebla era tan espesa que no se veía más allá
de un par de palmos. El oleaje se escuchaba distante,
como si nos separara de él una inmensa colina. De
pronto, oí carreras. Apenas tuve tiempo de girar la

135
vista, cuando el oficial me empujó a un lado m ien­
tras corría hacia la baranda oxidada. Sin dudar ni
emitir sonido, saltó al agua.
Desconcertado, miré alrededor. Una tormenta
parecía haber arrasado la cubierta. El bote de salva­
mento estaba destrozado. La mayor parte del vela­
men flotaba libre, hecha jirones y a merced de una
brisa suave. Nadie que no haya estado en alta mar
puede imaginar lo que es saberse a bordo de un bar­
co a la deriva.
—Sabía que no estabas muerto —dijo la voz de
Mosche a mis espaldas. Giré, pero sólo vi niebla.
Le expliqué que me había escondido en una de
las cajas de la bodega.
—Lo sé —contestó su voz sin cuerpo movién­
dose de un lado a otro—. Supuse que harías eso la
última vez que hablamos. Eres igual que una rata.
Entonces la niebla se despejó por unos instan­
tes y pude ver al capitán del barco, desnudo y con
el cuerpo pintado de excremento, balanceándose en
una cuerda que colgaba del velamen.
Sonrió, los ojos inyectados en sangre. Aparte de
su gorra de capitán, lo único que Mosche vestía era
el cinto de la pistola y un enorme rosario al cuello.
Lo miré, atónito. Supe que estaba perdido.
—No tiembles, Josef —me dijo, burlón—. Él no
sale de día y esto es el día. Lo más parecido al día que
tú y yo veremos antes de irnos al infierno.
Se descolgó de la cuerda y caminó hacia mí. La

136
peste que lo rodeaba me hizo retroceder, asqueado.
. —Los zorros se revuelcan en su propia mierda
para que los lobos no los coman —dijo riéndose—.
Me lo contó el oficial hace un par de viajes. Quién
sabe, puede que esto ahuyente a nuestro Jonás.
Le conté lo que había visto en la bodega.
—Sí, supuse que duerme en uno de los cajones.
Es muy astuto. La niebla oculta el sol, una de las
cosas que podría matarlo. ¿Sabes quién es nuestro
polizón, Josef?
Negué con la cabeza.
—He estado reuniendo valor para bajar y cla­
varle una estaca. Estaba convenciendo al oficial de
acompañarme cuando el pobre imbécil enloqueció
por fin y se arrojó al mar. Tal vez sea mejor. Tal vez
debamos seguirlo. ¿Te atreves a acompañarme a la
bodega, Josef?
Le dije que no. Que prefería saltar al agua. Me
miró largamente a los ojos y luego me escupió a la
cara.
—Supe desde la primera vez que te vi que eras
un cobarde. ¿Sabes por qué? Porque sólo un cobarde
sobrevive a un pogrom. Los valientes mueren pe­
leando.
Se acercó a la baranda. La niebla se cerraba y la
luz en el aire se debilitaba a cada momento. Mis en­
trañas me decían que pronto llegaría la noche y ese
pensamiento me hizo temblar.
—No voy a matarte, Josef, aunque eso debería

137
hacer un buen capitán de barco. Librarse del Jonás.
Al menos de uno. Pero en vez de eso voy a pedirte un
favor. Ven conmigo a la cabina.
Lo acompañé no por fidelidad a su cargo, sino
porque la idea de separarme del único ser humano
a bordo del Démeter me espantaba aún más que su
locura.
Su cabina estaba llena de cruces hechas con tro­
zos de madera y cáñamo. Había pintado una enorme
cruz de brea en el techo y otra sobre su ropa de cama.
Me miró de vuelta, divertido.
—Hace años, conocí a un irlandés que se decla­
raba ateo y les buscaba pelea a los católicos en los
bares. Me decía que sólo un Dios muy estúpido po­
día dejarse clavar voluntariamente a una cruz. Y sin
embargo...
Un ruido ert el interior del barco nos congeló a
ambos. Algo se había volcado, tal vez una litera. O
un cajón. Mosche me miró con infinita desespera­
ción en el rostro.
—Y sin embargo, Josef, el Dios cristiano sin
duda ha protegido mejor a sus fieles que el nuestro.
Siempre hay que sumarse al bando ganador. Recuer­
da eso.
Se tocó la cruz en su pecho. La luz desaparecía
con rapidez. Le pregunté qué favor necesitaba de mí.
Sacó de un cajón de su escritorio una pila de papeles
y me los extendió.
—El diario del capitán. No mi diario, sino el

138
diario del capitán Boronov. El ruso fiel, ordenado,
temeroso del Dios católico, que prefirió amarrarse
con un rosario al timón antes que saltar por la borda.
Lo escribí ayer, mientras ese monstruo se alimentaba
del último marinero. Desde luego, no te menciono.
Escuché un trueno a lo lejos y la luz breve del re­
lámpago irrumpió en la cabina. El viento se levantó
con rapidez y adiviné una tormenta. Mosche puso
los papeles dentro de una botella de ginebra vacía
y la cerró con un corcho y un trozo de cuerda. Des­
pués me la arrojó sin aviso.
—Tú sobrevivirás a esto, de alguna forma. Los
cobardes siempre ganan. Voy a lavarme la roña y a
vestirme con mis ropas de capitán y tú me ayudarás
a amarrarme al timón. Después pondrás el rosario
en mis manos y de ahí estarás libre para hacer lo que
quieras. Hace un rato la niebla se despejó y atisbé la
costa inglesa. Este viaje no puede durar mucho más.
Puse la botella en mi seno y le dije que incendiá­
ramos el barco e intentáramos ganar la costa nadan
do. Se rió a carcajadas, su cara apenas visible en la
oscuridad.
—Un capitán de alta m ar se hunde con su barco.
Preferiría m orir a hacer lo que propones.
Le pregunté qué había hecho con los papeles de
mi padre. Volvió a reír.
—Me limpié el culo con ellos.
No dije nada. Lo acompañé al timón y lo amarré
con una cuerda firme y nueva a la base. 1Jespués ro

139
deé sus muñecas con las cuentas del rosario.
—Ahora lárgate, Josef. Debería haberte abando­
nado en Varnia.
Corrí hacia la popa sin detenerme a pensar. La
tormenta comenzó de pronto y el barco ganó veloci­
dad, como si una fuerza más poderosa que el viento
y la marea lo llevara a destino. A lo lejos escuché a
Mosche aullando la copla que me escuchara cantar
esa noche en Varnia. Supe que ambos estábamos
perdidos. Lloré y acaricié la idea de saltar por la bor­
da y dejar que el agua term inara conmigo.
En vez de eso, me agazapé bajo los restos del bote
de salvamento. Cerré los ojos e intenté recordar los
rezos de mi infancia, las palabras mágicas que apela­
ban a la voluntad del Señor y que alejaban la muerte
y el horror. Pero mi memoria estaba en blanco. An­
helé haber m uerto en las praderas de mi tierra natal,
a manos de un semejante y no bajo la voluntad del
monstruo de la bodega. En algún momento, en m i­
tad de la tormenta, me desmayé.
Cuando desperté, la lluvia había despejado la
niebla. Las luces de la costa eran visibles. El barco se
cimbraba sin control, pero sin dejar de avanzar hacia
ellas. Nos destrozaríamos en los roqueríos. Miré a
mi alrededor. La oscuridad era total y avancé hacia la
cabina del piloto sujetándome a la baranda.
Mosche colgaba muerto del timón. En su mano,
el rosario pendía meciéndose al ritm o del oleaje. Su
cuello estaba abierto en un solo y profundo corte.

140
Sin pensar, puse la botella con el falso diario de a
bordo entre sus piernas dobladas. Entonces los pelos
de mi nuca se erizaron. Giré la vista y vi dos luces
rojas al pie de la escalera.
El grito se congeló en mi garganta. Las luces eran
los ojos de un mastín, quizás la criatura de aspecto
más feroz que hubiera visto yo, el mismo que crecie­
ra matando lobos en las praderas de Kazán. Hasta mí
nariz llegaba el fétido aire caliente de su respiración.
El perro me miró a los ojos.
Y vi lo que nunca pensé ver. En esas dos llamara­
das rojizas estaba el futuro metálico y humeante de
todos los hombres. En esos ojos estaban, mezclados
en una multitud ensordecedora, las criaturas que aún
no nacían, las nuevas sociedades, el poder palpitante
y odioso del nuevo mundo. Estaban guerras que aún
no se peleaban, donde hombres y mujeres morían al
paso de máquinas que no entendía. Vi mi aldea en
llamas y a los cuerpos de mis compatriotas bailando
desesperados sobre las hogueras de los cosacos. Vi
una luna sobre una ciudad arrasada y una columna
de humo alzándose en medio de un desierto donde
nada crecía.
Espantado, retrocedí un paso. El perro gruñó y
entonces el barco se balanceó violentamente hacia
un costado. Habíamos chocado con un roquedo.
El Démeter crujió y gimió como un hombre al que
han clavado con una lanza a la tierra. El mastín so
recogió, aprestándose a saltar hacia mí. Sin dudar,

Hl
me zambullí por uno de los ventanucos rotos de la
cabina y caí en plena cubierta.
Me levanté en el acto y corrí hacia la borda. A
mis espaldas escuché los pasos opacos del mastín
pisándome los talones, su aliento fétido en mi oreja.
Un segundo antes de saltar al agua, una de sus patas
me rozó el hombro.
La corriente me alejó del Démeter en unos m i­
nutos. Me libré de mis ropas y nadé lo mejor que
pude hacia un roquerío. La costa inglesa estaba a
menos de una milla. Girando la cabeza, vi al barco
alejarse velozmente en medio de la lluvia hacia las
luces del puerto. Por un segundo creí ver una figura
alta y oscura moviéndose de un lado a otro de la cu­
bierta, una figura que a veces se agazapaba y corría
en cuatro patas y a veces sólo se paseaba sin prisa, a
sus anchas, dueña por fin del barco y su destino.
Un bote de pescadores me encontró al día si­
guiente en el roquerío, desnudo y afiebrado, hablan­
do incoherencias. Me llevaron al hospital de Whitby
—pues ése era el nombre del puerto—, donde me
recuperé por semanas.
Las hermanas que administraban el hospital me
escucharon delirar sobre cruces y un futuro de fuego
y oscuridad y dedujeron que era cristiano. Me en­
tregaron a la custodia del vicario local, quien apenas
pudo arrancarme palabra. Me declaró débil mental
y me derivaron a un sanatorio administrado por un
doctor que tuvo a bien enseñarme mis primeras pa-

142
labras en inglés.
Mientras descansaba y me hacía fuerte, prac­
tiqué el idioma descifrando los diarios locales. Así
supe que el monstruo se paseaba por W hitby y los
alrededores y que la pesadilla estaba lejos de term i­
nar. Una noche, mientras el vigilante dormía, escapé
del sanatorio y me embarqué en un vapor francés de
pasajeros que había recalado en el muelle. Les dije
que era ruso, que mi familia había muerto y que es­
taba dispuesto a hacer lo que me ordenaran.
Me aceptaron como ayudante de cocina. El viaje
duró tres semanas y un amanecer llegamos a M an­
hattan. Usando el poco inglés que sabía, me inventé
un pasado, un nombre nuevo y una familia en algún
lugar de Grecia. Durante mucho tiempo me alejé del
muelle y me cuidé de no enterarme de noticias de
Inglaterra.
Dos años después, un francés recién llegado me
tomó como aprendiz en su floreciente nuevo nego­
cio: fantasmas en blanco y negro que se proyectaban
sobre una tela.
Veinte años más tarde fundé mi primera produc­
tora de cine, cuando ya tenía tres hijos y una esposa
americana. Hablaba el inglés sin acento, vestía cuello
y corbata y asistía a misa todos los domingos.
Ahora nadie vive para recordar que alguna vez
fui Josef Isak Benjakan. Nadie salvo yo recuerda una
aldea cercana a Kazán donde ardieron los cuerpos
de mis parientes y amigos. El tiempo es el asesino

143
más cruel.
Vi la película del alemán Murnau en su noche de
estreno en Nueva York. No descansé hasta conseguir
el libro y comprobar, con un secreto alivio, que la
historia se contaba tal como la previera Mosche la
última vez que hablamos. Por alguna razón, no me
sorprendió que el viaje del Démeter se abriera paso
hacia la ficción.
Fui uno de los productores de la primera adap­
tación americana de la historia. Elegí personalmen­
te al idiota que interpretó al monstruo y al director
americano, a quien ordené que el bien debía triunfar
y que el final tenía que ser feliz.
Me he ganado mi fortuna contando mentiras.
Me parece apropiado. Cuando los horrores que Adera
en los ojos del m onstruo en el Démeter comenzaron
a cumplirse del otro lado del Atlántico, desvié la m i­
rada y me recordé a mí mismo que era un america­
no, un habitante del Nuevo Mundo y un fiel servidor
del progreso.
El fuego en la enorme chimenea se ha consumido
por completo. Es de madrugada y tengo el insomnio
de los viejos, los que saben que cada minuto de vigi­
lia cuenta y que ya dorm irán por siempre al calor de
los gusanos. No sé bien por qué escribo estas páginas
ni puedo imaginar quién podría leerlas. Sólo le pido
que las destruya luego, que no las conserve ni haga
públicas. Que se siga imprimiendo la leyenda, que
la memoria siga siendo una mentira y que en todas

144
las salas del territorio se proyecten, una y otra vez,
fantasmas en blanco y negro donde el bien triunfa,
los amantes se reúnen y los monstruos mueren para
siempre.

145
07
La casa vacía
Luis Emilio Guzmán

27
Setenta y siete
Francisco Ortega

45
Trigo
Mike Wilson

53
Pájaros
Marcelo Simonetti

65
Enterrado
Jorge Baradit

79
Cenizas de Verón
Francisca Solar

97
Dante
Mauricio Ahumada (guión)
Italo Ahumada (dibujo)

707
La bestia
Carlos Tromben

119
Démeter
Daniel Villalobos
N o se recomienda abrir este libro en la M C M U lá S , menos en
noches de aunque, quiérase o no, igual se
obtendrán nueve largos t$C fM tí#S de terror después de leer
estos ocho cuentos — más un cuento gráfico— , los que
presentamos al alero de una selección nacional con los más
talentosos y nuevos escritores de la actualidad, la mayoría
publicados recientemente.

Un buen cuento de £&■ ©>£& debe poseer al menos dos


cualidades: que produzca desasosiego, inquietud y una inexplicable
comezón en la espalda. Pero, además, estar escrito para deleitar y
entretener. Esta colección cumple con esos requisitos.

Adentro de esta tenebrosa y fría lápida se encontrarán: hijos


fantasmales, VAMPIROS chupa sangre, bestia come de todo, pájaros
diabólicos, enterrados que meditan, dOSDOnSOS arriba de un barco,
ZOIMBÍS que aman y otros que nacieron en la Guerra del Pacífico.
Todo revuelto en el fétido caldero del miedo entretenido y
literario...

¡Felices pesadillas!