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CRÓNICA DE UN MENDIGO

JOSÉ LUÍS DE VALERO

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Obra inscrita con la inscripción nº 00/2001/4598 Sección 1
Registro General Territorial de la Propiedad Intelectual
Madrid

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A los que vivieron en estas páginas
y ya no están entre nosotros.

In Memoriam.

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Un sonoro pedo, cuesco, ventosidad o como quiera
llamársele, retumbó con inusitada potencia en el interior
de la Iglesia de la Virgen de la Paloma, justo en el
momento de la elevación de la Sagrada Forma.
Doscientas cincuenta cabezas, quinientos
desorbitados ojos se volvieron expectantes hacia el
apartado rincón desde donde había partido tamaña
explosión intestinal. Los sorprendidos feligreses pudieron
observar a un pobre mendigo acurrucado en posición
fetal, que se afanaba por levantarse rápidamente del suelo
recogiendo las escasas monedas que le habían donado los
fieles.
Doña Asunción, la más próxima al paria, soltó un
¡Jesús! a modo de santa imprecación al tiempo que se
apartaba del pobre diablo como si el mendigo estuviera
atacado de lepra. Doña Asunción era Dama de Honor de
la Cofradía del Ropero de la Virgen y tenía patente de
corso en la totalidad del recinto eclesiástico, además de
padecer una pertinaz aerofagia.
Doña Asunción era la que guiaba el coro de beatas
meapilas que estaban bajo su mando entonando
salmodias y latinajos. Venía a ser el Von Karajan,
versión femenina, la que con ampuloso y desmedido
gesto dirigía el coro de gallinas cluecas que casi siempre
le hacían la pelota ya que doña Asunción era prima
hermana y algo más que eso, del sacristán, y por si fuera
poco, dueña de la librería religiosa “El Dulce Nombre de
María” ubicada frente a la mismísima iglesia.

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-¡Santa Madre de Dios! – exclamó al oír el cuesco,
elevando la voz mientras pugnaba por mantener la
verticalidad de su peineta coronada por negra y larga
mantilla – ¡Esto es un ultraje al Señor!,... ¡Por favor, que
alguien haga algo!
Cuatro fornidos bomberos se abalanzaron sobre el
decrépito mendigo empujándole hacia la puerta de salida,
amén de ser despedido con una soberana patada en sus
partes más los correspondientes capones otorgados por la
indignada y ofendida feligresía formada en su mayoría
por orondas mujeres armadas con abanicos, debido ese
adminículo al sofocante calor de Agosto. Lo cierto era
que algún que otro caballero sofocado de igual modo por
la proximidad de las beatas, se apretujaba a las femeninas
carnes buscando sin duda alivio para el cuerpo.
La presencia en el templo de miembros del Cuerpo
de Bomberos estaba plenamente justificada. La Virgen de
la Paloma era su Santa Patrona y como tal, los bomberos
de Madrid la honraban bajando su policromada imagen
depositada en un gran marco dorado, desde el altar mayor
a la carroza procesional valiéndose para ello de escalas,
poleas y demás utensilios propios de tan afamado
Cuerpo. Todo un despliegue de medios para sacar a
pasear el rostro de una Virgen más bien tristona, como
casi todas las que son vírgenes, esa es la verdad, a qué
engañarnos.
Virgen, marco y bomberos recibían encendidos y
calurosos aplausos por parte de los fieles en el sublime
momento de la bajada o descenso, con lo que la
parafernalia religiosa estaba servida.
Vivas, olés y hasta piropos como ¡Guapa!, se
sucedían al ritmo de la bajada y posterior elevación del
cuadro. Hacía dos años – cuando un señor bajito y con
bigote todavía habitaba en el Palacio de El Pardo y con él

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no valían historias ni agravios – a un devoto de la Virgen
arrebatado por la pasión del momento se le ocurrió gritar:
¡Tía Buena!... Al momento dos guardias vestidos de gris
le inflaron a hostias sobre el terreno y se lo llevaron
arrastrando a las dependencias de la D.G.S. ubicada en la
madrileña Puerta del Sol. Después de estar hospedado
seis días por cuenta del Estado, al exaltado feligrés no le
quedaron ganas de vitorear ni al lucero del alba.
Por suerte para Félix, nuestro protagonista y
supuesto pedorro amén que recalcitrante mendigo, no le
sucedió lo que al anterior personaje. Salvo leves
chichones producidos por las furibundas y empeinetadas
hembras, no tuvo que pasar por la flagelación en los
calabozos de la Puerta del Sol, sin que por ello pudiera
librarse de la ya citada patada en los huevos propinada
por un tipo con pintas de bujarrón degenerado. A Félix,
la patada recibida en sus partes nobles le dolió sin duda,
pero lo que más le fastidió fue la sensación del ridículo
protagonizado por el incidente de aquel fatídico y
anónimo pedo lanzado a esfínter libre.
Aunque recordó vagamente una frase según la cual
“El pedo es el grito de libertad de la mierda oprimida”,
no iba con él la cosa puesto que poca defecación podía
albergar en sus entrañas, llevando más de dos días de
ayuno obligatorio impuesto por la carencia de medios
económicos.
A ciencia cierta no se acordaba ni de haber soltado
ni un eructo. Es más: asoció el tremendo y desgarrador
rugido intestinal con el arrastre de un banco o
reclinatorio. Solamente cuando notó los quinientos ojos
sobre su persona se apuró en recoger de inmediato la
recaudación del día. Por si las moscas. Tampoco iba a
convertirse en millonario, pero aquellas monedas bien
administradas le cubrirían dos días de bocadillos a base

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de mortadela y posiblemente le sobraría algún dinero
para adquirir una botella de vino peleón.
A empellones le hicieron ganar la puerta de la
iglesia. Entre golpes de abanico y descalificantes
improperios fue expulsado y arrojado sobre el
adoquinado. Sus ojos enrojecidos por el llanto y la mala
leche acumulada en sus entrañas, se elevaron hacia el
cielo en mudo gesto de interrogación como pidiendo
explicaciones al Dueño del local de donde había sido
desterrado. Su voz surgió potente, acallando las risas y
comentarios de los curiosos.
-¿Por qué, Padre, por qué?... ¿Tampoco puedo estar
en tu casa?... ¡Llévame a tu Gloria o déjame morir en este
infierno!...Pero acaba conmigo de una puta vez por
todas,....Ya no puedo más. ....
La improvisada oración estalló en el centro de la
calle, pero salía desde el mismo fondo de las
alcantarillas, desde los pozos de miseria rural y urbana y
desde el interior profundo de las vagabundas almas
perdidas y errantes de los sin techo, de los descendientes
de conquistadores hoy convertidos en mendicantes
cósmicos hambrientos. Y no sólo de pan.
También lo estaban de amor y de justicia.

Félix fue sin proponérselo el portavoz de todos los


parias de la Tierra aquel 15 de Agosto, festividad de La
Virgen de La Paloma y con cuarenta grados centígrados a
la sombra calcinando Madrid.
Clavado de rodillas en el suelo, con los
enflaquecidos brazos elevados hacia un refulgente cielo
azul, el cuerpo de Félix se debatía entre sollozos
dirigidos a un Padre que jamás le había tenido en cuenta
a la hora del reparto de beneficios. Un Padre que por no
darle, no le otorgaba ni cobijo y eso que en Madrid tenía

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muchas casas. Pero sus porteros y acólitos vestidos con
negras sotanas tan sólo le permitían estar en su interior a
la hora de los oficios religiosos. Después, a la puta calle.
-Levántate hermano, arriba los corazones.
Manuel López Filgueira, el jefe de bomberos
presente en el acto religioso, levantó con firmeza por los
hombros al pobre mendigo hambriento de pan, de amor y
de justicia.
-No te dejes acojonar, muchacho. Tu oración ha
valido más que toda la beatería y toda la mierda que se
desarrolla ahí dentro. Y no te preocupes. Si Dios no te
escucha, yo sí..... ¡Qué hostias están mirando ustedes!
¡Apártense y déjennos pasar!..... ¡Sargento Álvarez!,
quiero que atiendan a este hombre inmediatamente; y tú
amigo, dime, ¿Cómo te llamas?
El capitán López Filgueira tenía el corazón igual
que su cuerpo: de gigante. Miraba al mendigo con
expresión infantil.
-Félix, me llamo Félix, señor.
-Apea el tratamiento, hombre. Para ti soy
simplemente el capitán López. Toma mi tarjeta y ven a
verme a las diez de la noche. No faltes.
Abriéndose paso a codazo limpio, el capitán de
bomberos desapareció en el interior de la Iglesia de La
Paloma. Aquel año le tocaba a él descender el cuadro de
la Virgen. Era un honor que se había ganado a pulso tras
veinticinco años de servicio.
Cuando descendía la imagen, pensó que no estaría
de más que el buen Dios aflojara las poleas soltando el
pesado marco sobre tanta cabeza hueca.

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Repuesto de sus heridas gracias a los cuidados
otorgados por los efectivos del Cuerpo de Bomberos y
alentado por las palabras del capitán López, el desterrado
Félix encaminó sus pasos hacia la Glorieta de Atocha
donde repuso fuerzas mediante dos bocadillos de
calamares que engulló con auténtico frenesí, ayudándose
en el trance trasegando dos jarras de cerveza que le
supieron a gloria bendita. Remató el festín con un
carajillo y un par de pitillos rubios.
Tras el festín respiró aliviado soltando un soberano
eructo. Eso ya estaba mejor y su cuerpo se lo agradecía
de ruidosa forma con un sinfín de sonidos
gastrointestinales que trascendían a la parroquia de
comedores y bebedores apoyada en la barra de El
Brillante, reconocida y sacrosanta casa que tantas
hambrunas saturó en años de posguerra y a tantos
estómagos vacíos colmó de calamares en pasados
tiempos a cinco pesetas el bocadillo.
-¡Joder tío, parece que tengas un demonio en el
cuerpo!
Lucas, el viejo camarero que le servía las raciones,
no salía de su asombro escuchando la sinfonía
concertante de ruidos y eructos que emergían desde las
entrañas del atribulado mendigo.
-Creo que me estoy cagando, Lucas – dijo por toda
respuesta.
-Pues no me vengas jodiendo, a ver si ocurre como
el mes pasado que no llegaste a tiempo al servicio y me
pusiste el local hecho una mierda.
Nunca mejor dicho. Días atrás Félix se
escagarrució perneras abajo a lo largo del recorrido de la
barra del bar al inodoro, y todo debido a un cúmulo de
circunstancias que a continuación se relatan.

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Tras una hambruna de tres días el pobre Félix se


había apostado estratégicamente en la puerta de la
Basílica de Jesús de Medinaceli. Era primer viernes de
mes y allí se olía el dinero. Mantuvo la habitual bronca
con los mendigos más veteranos que no le aceptaban en
sus dominios de puertas afuera del recinto religioso, por
lo que decidió cambiar de táctica.
En vez de pedir limosna en la puerta de la iglesia se
infiltraría en la misma, no sin antes asearse lo mejor que
pudiera dentro de sus posibilidades. Rebuscó en el
interior de su hatillo hasta localizar una camisa blanca
heredada del Padre Llanos, párroco de la barriada del
Pozo del Tío Raimundo, buen cura donde los hubo.
Tenía que andarse con ojo. Una cosa era acceder a
la iglesia y otra muy distinta mendigar en su recinto. Los
Padres Capuchinos, custodios de la Basílica de Jesús de
Medinaceli no aceptaban el limosneo de puertas adentro,
o mejor dicho, no aceptaban que nadie excepto ellos,
tuviera derecho a recibir donativos.
En cuestiones de limosnas la Orden Capuchina no
se andaba por las ramas. El interior de la Basílica era su
territorio y toda peseta que fuese donada, necesariamente
tenía que serlo a favor de Nuestro Padre Jesús Nazareno.
Félix estaba al tanto de la política administrativa
capuchina por lo que planeó un ataque frontal, preciso y
directo. Una vez hubo recompuesto su precario vestuario,
lavado y peinado en el vecino estanque del Paseo del
Prado, enfiló con decisión la calle Lope de Vega arriba
hasta desembocar en la puerta de la casa de su Hermano
Jesús.

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La gente formaba largas colas para acceder al
templo. Se calculaba que en los viernes de máximo
agobio, cuarenta mil personas besaban los pies del
Nazareno donando al mismo tiempo un óbolo en forma
de monedas y billetes de curso legal, divisa y cifra que se
depositaba en urnas estratégicamente situadas a lo largo
del recorrido de los fieles, cuya recaudación en billetes y
calderilla iba amontonándose en los sótanos de la
Basílica. La creencia popular afirmaba que los abnegados
capuchinos, después de un día de agotador trabajo –
celebraban una treintena de misas de siete de la mañana a
once de la noche – tenían que recoger con una pala todo
el dinero recaudado a lo largo de la jornada para
posteriormente contarlo, empaquetarlo y depositarlo en el
banco. En dos palabras: Hacer caja.
En todo eso iba pensando el recién acicalado
mendigo mientras aguardaba en una cola interminable
que daba la vuelta a la manzana, el turno de entrada a la
Basílica. Observándose en el espejo de un escaparate
cuajado de escapularios y figuras religiosas, Félix pensó
que lo único que delataba su condición mendicante era
una luenga barba producto de seis días carentes de jabón
y cuchilla. El mugriento hatillo con sus míseras
pertenencias tampoco contribuía a fomentar la imagen
que pretendía aparentar: la de un fiel anónimo, muy
devoto por supuesto, que con su humilde aportación
ayudaría a llenar las arcas depositadas en el sótano.
La espera se hacía insoportable. Los turnos de cola
se observaban escrupulosamente y Doña Carlota, cuajada
de escapularios, le rogó que le guardara el turno.
-Por favor joven, si es tan amable de guardarme la
vez.... Voy a la pastelería de ahí enfrente a comprarme un
bollo, que estoy desfallecida.

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-Vaya, señora, vaya. Le guardo el puesto, no se
preocupe.
A Félix le agradó el tratamiento de “joven”.
Ciertamente no era viejo. Creía tener veintiocho o treinta
años aunque lo cierto era que no tenía ni la más remota
idea en cuanto a la fecha de su arribo a este valle de
lágrimas. Las monjas que le cuidaron desde pequeño en
el Hospicio de la Diputación de Zaragoza nunca le
dijeron la verdad ni sobre su origen ni sobre la fecha de
nacimiento. Con las monjas aprendió a leer y escribir,
pero donde en realidad comenzó a recopilar información
sobre este mundo y el divino fue con los Jesuitas de
Huesca. La cosa se torció cuando a punto de ingresar en
el Seminario Conciliar de Barcelona, pilló unas
purgaciones de caballo merced a sus frecuentes visitas a
los prostíbulos ubicados en la calle de Las Tapias de la
Ciudad Condal.
Descubierta la pecaminosa enfermedad de la carne,
el futuro Padre Félix fue defenestrado al jodido arroyo de
la pobreza y de ahí a la mendicidad. A pesar de todo
nunca perdió las buenas formas adquiridas con los
jesuitas; sabía expresarse con templada voz, en tono más
bien grave y con exquisita corrección.

-Gracias joven. ¡Qué hambre tenía, Dios!


Doña Carlota, fatigada por las prisas, ocupó de
nuevo su lugar en la cola mostrando su ancho pecho
salpicado por los restos de una ensaimada mallorquina
que devoraba con fruición a dos carrillos. Las migas de
masa se extendían sobre su tremendo busto aupado por
un sujetador, qué – supuso Félix – debía estar reforzado
con varillas de acero para soportar y contener aquellas
exuberantes ubres que amenazaban con romper una blusa
transparente y que delataba bien a las claras toda la

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opulencia pectoral de la dama. Los ojos del mendigo se
salieron de sus órbitas con dirección a semejantes
atributos, pero no como pueda suponerse para regocijo
carnal, si no muy al contrario.
Aquellas migajas de ensaimada mallorquina
columpiándose de los escapularios de Nuestro Padre
Jesús, lograron que las papilas gustativas del ex
seminarista comenzaran a segregar saliva mientras una
fuerza superior le impulsaba a lanzarse sobre los restos
de la golosina como pudiera hacerlo un halcón sobre su
presa.
Tal obsesión visual y los ojos de deseo de Félix no
fueron detalles ignorados por Doña Carlota – muy
femenina ella – que a pesar de los cuarenta años
declarados, se sabía deseada por los hombres cuando
alineaba en orden de combate sus dos poderosas razones.
-¡Joven, por Dios! – cuchicheó coqueta, dirigiendo
a Félix una sugestiva y cómplice mirada – Que estamos
en público y nos están mirando. Conténgase, por favor se
lo pido. Tiene usted unos ojos que se le comen a una el
cuerpo,...
-Perdón señora, pero no es lo que usted se imagina
– farfulló Félix atropelladamente – No era mi intención
ofenderla, mirando...
-Tranquilo joven, tranquilo,..Ya hablaremos luego,
después de ver a Nuestro Padre Jesús. La carne es débil,
querido – suspiró Doña Carlota fulminando al indigente
con una mirada de hembra en celo – ¡Uf, qué calor
hace!.. . ¿verdad?
Unos golpes de abanico utilizado con madrileña
casta desparramaron por el suelo el efímero sueño de
Félix, que vio impotente el desperdicio de una porción de
ensaimada con la que engañar el hambre. Félix llevaba
casi tres días sin probar bocado puesto que últimamente

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había vagueado en demasía y con el buen tiempo
reinante, le apetecía más la posibilidad de soñar tumbado
sobre la fresca hierba en el Retiro, que extender la mano
pidiendo limosna en cualquier esquina.
Tenía su propia filosofía acerca de las necesidades
más perentorias. Mientras disponía de dinero no extendía
la mano; el mendigar lo consideraba un trabajo
transitorio. Para él era más importante el poder soñar, que
el comer. Y el bueno de Félix soñaba despierto en el
parque, compartiendo su mendrugo de pan con los
gorriones madrileños.
Sus gorriones... Amaba a los pájaros más que a
nada en el mundo; para él significaban el puro símbolo
de la libertad. Siempre decía a quien quería escucharle,
que los gorriones de Madrid eran más chulos que un
ocho, que tan sólo les faltaba la gorra y un pañuelo
blanco anudado al cuello.
-Cuando saltan para coger el pan sus movimientos
son de chotís. – recordó hablando en alto al comprobar
como dos gorriones se reparten una fracción de
ensaimada.
Una cálida y susurrante voz le despertó de sus
sueños.
-Vamos joven, que ya nos toca entrar.
Doña Carlota y Félix se miraron directamente a los
ojos, sin circunloquios. Ambos habían comprendido. Un
encuentro, unas palabras, unas miradas... ¿Una aventura
de verano?....Posiblemente. La hembra destilaba fluidos y
el macho,....bueno, ese de momento parecía que sólo
tenía hambre.
-Debería haberse afeitado,... por cierto ¿cómo se
llama?

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-Félix, señora. A sus pies – respondió el aludido,
besándole la mano con afectada reverencia y desmedida
unción.
-¡Qué fogosidad Félix, me abruma
usted!...Acabamos de conocernos. Yo soy Carlota, tanto
gusto. Por cierto que me fijé en usted por esa pinta que
tiene de pintor bohemio, ¿es pintor, de verdad?
-No señora. Soy escultor.
-¡Válgame Dios, qué gozada!
Les salió del alma. A los dos. A Félix por
asociación de ideas observando el desorbitado busto de la
dama y a Carlota por coincidencia de personajes. Su
amiga Flora estuvo liada dos años con un escultor y
juraba que no existían machos más activos que los de
este artístico gremio.
-Hace dos días que estoy acabando de modelar un
busto y la verdad, no he tenido tiempo ni de afeitarme...
Estoy tan entregado a mi trabajo... – mintió el falso
artista mordiéndose los labios para no estallar en una
sonora carcajada.
-Pobrecito, le compadezco. Pero bueno, ahora
podrá irse a casa con su señora y descansar – apuntó con
sibilina intención la exuberante hembra.
-Vivo solo y no tengo esposa. Soltero y sin
compromiso, Carlota.
Félix sintió como un latigazo en la entrepierna al
llamar a una mujer por su nombre de pila. La última
refriega amorosa le costó doce puntos de sutura,
“ocasionados por mordisco producido en la cara interna
del muslo derecho a la altura de la zona inguinal.
Erosiones y magulladuras múltiples en región púbica,
con pérdida de masa capilar por efecto de
arrancamiento”. Así rezaba el parte médico de la Casa
de Socorro de Vallecas, coincidiendo en muchos

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términos con el de cualquier parte facultativo al uso que
pudiera haberse redactado en la enfermería del coso
taurino de Las Ventas.
Lo cierto es que no se puede estar liado con dos tías
a la vez, sobre todo cuando las dos son amigas, se lo
cuentan y luego te citan para contárselo a uno y
esclarecer posturas a hostia limpia. El día de autos se lió
la de Dios es Cristo y suerte tuvo Félix de no perder un
testículo.
A Carlota se le iluminaron los ojos. Respiró
profundamente como sólo ella sabía hacerlo mientras sus
dos misiles adoptaban una posición de evidente ataque y
continuaban siendo refrigerados con un poderoso
abaniqueo. Con voz entre anhelante y resignada, susurró
a su compañero de cola:
-Félix por favor, ahora entremos a rezar. Luego,
Dios dirá.
-Lo que tú digas, Carlota – susurró, tuteándola
abiertamente a la par que sin ningún recato adelantó la
diestra sobándola el trasero.
La Basílica se encontraba llena a rebosar. El besa
pie de Nuestro Padre Jesús proseguía a frenético ritmo, al
tiempo que los fieles se apartaban a codazos para obtener
un buen lugar de adoración.
-Sujétame Félix por favor. No aguanto este
bochorno. Creo que me voy a desmayar.
Carlota pesaría sus buenos setenta kilos. Una mole
compacta y carnal de excelentes hechuras para el gusto
de la época. Cuando Félix obediente y solícito la tomó
por la cintura palpando sus prietas carnes a través de la
ligera blusa de seda negra, un voluptuoso
estremecimiento le recorrió el espinazo.
Carlota sintió en su poderoso y contorneado trasero
la presión de un cuerpo extraño, o quizá no tan extraño

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para su experiencia de viuda. Un cuerpo que crecía en
tamaño y dureza, provocándole un placentero hormigueo
en sus partes íntimas que hacía meses no experimentaba.
La intensa aglomeración obligaba al continuo roce
de los cuerpos y la fricción producida por los de ambos,
hizo soltar un gemido de intenso placer a Carlota qué,
totalmente arrebatada, pegándose al oído de Félix le
susurró con excitación mal contenida:
-¡Por favor, no sigas o vas a conseguir que me
corra aquí dentro!
Félix necesitaba no sólo calmarse, sino ir
directamente a realizar su objetivo primario: pedir
limosna. Cuatro palabras bien dichas y en menos de
media hora conseguiría lo suficiente para una semana de
parque, sin necesidad de extender la mano cada día. Pasó
a la acción tocando con lujuria la entrepierna de Carlota
y lamiéndole con vicio la oreja, se despidió de la excitada
hembra
-Te espero en la puerta dentro de media hora,
¿vale?
-De acuerdo, amor. Y cálmate, que yo también
estoy ardiendo.
Carlota no mentía. Su encendido cuerpo palpitaba a
ciento veinte pulsaciones por minuto y sus bragas de
negro encaje estaban totalmente empapadas. Félix la
había puesto en órbita en cinco minutos de apretujones.
Aquel joven macho le apetecía y por lo apreciado en su
trasero, estaba muy bien dotado físicamente – “Un buen
baño y un afeitado lo dejarán en perfectas condiciones
para poder disfrutar de una noche loca”. – pensaba
Carlota relamiéndose para sus adentros.
Recomponiendo su figura y colocando en orden
cruzado los escapularios prosiguió el lento avance hacia

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Nuestro Padre Jesús, que aguardaba atado de manos en lo
alto de su camarín.
Félix oteó el horizonte. Todo presagiaba una
actuación sin complicaciones. La aglomeración era de tal
magnitud, que si en vez de ser mendigo hubiera
pertenecido al gremio de carteristas que sin duda allí ya
estaban representados, podría haber salido con media
docena de billeteras en un santiamén.
Escogió la cola de la izquierda en la que abundaba
el elemento masculino que a la hora de la verdad era el
menos tacaño. Las mujeres eran más cicateras a la hora
de soltar limosnas. Llevaba muchos años extendiendo la
mano como para equivocarse en el momento de la
elección de un puesto de limosneo. La mayoría de los
hombres ni le miraban a la cara cuando ofrecían su
donativo y algunos hasta soltaban billetes.
Había llegado la hora de la verdad. Comenzó el
recorrido desde el altar con dirección a la salida, siempre
“a favor de obra”, como reza el dicho.
-“En el nombre de Nuestro Padre Jesús, una
limosna por caridad”.
Una frase lacónica, telegráfica, concisa; Félix
añadía que también era espiritual, pero había elegido el
requerimiento basándose en la brevedad. No se podía
soltar un salmo cuando había tanta clientela por atender.
Además los Capuchinos estaban al acecho de la posible
competencia desleal. No era cuestión de perder el tiempo
con frases grandilocuentes.
-¡Vete al peo, cabrón! – fue la tajante respuesta de
su primer cliente, un gitano viejo, vara en mano, con
gruesa cadena de oro a dos vueltas de la que pendía la
Virgen del Rocío envuelta en oropeles.
-“Tu puta madre”, - dijo para sí Félix,
devolviéndole una beatífica sonrisa.

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-¡Trabaja como los demás, coño! – apuntilló el
patriarca calé – Eres todavía muy joven para pedir
limosna, leche.
Antonio Heredia, afincado en una de las chabolas
de La Celsa, era conocido en el barrio como el máximo
exponente de la vagancia gitana; sus detractores le
llamaban “El Cansao” y decían que en sus tiempos
mozos birló cien gallinas de un camión que descargaba
en el mercado de Legazpi. Y eso fue todo al parecer, en
su vida laboral.
-¡Qué te follen, gitano mierda! – masculló Félix.
Sin amilanarse prosiguió el peregrinaje cola abajo.
Cuando llegó aproximadamente a la mitad del recorrido,
calculó mentalmente que habría recaudado unas
cuatrocientas pesetas, un buen pellizco.
Estaba a punto de entrarle a un caballero con pintas
de posibles, cuando una poderosa mano le asió por el
brazo empujándole en dirección a la puerta de salida.
-¡Os tengo dicho que aquí dentro no se puede pedir
limosna! ¡A la calle, vete a pedir a la calle!
El Padre Saturnino de Las Llagas medía metro
noventa y no bajaría de los ciento veinte kilos. Estaba
bien cebado a pesar de la estricta dieta impuesta por el
médico de la Congregación, que le había prohibido
totalmente la carne teniéndole en el momento presente a
régimen de frutas y verduras. El Padre Saturnino hacía
una semana que estaba de muy mala leche y para quemar
sus grasas y el mal humor acumulado por las privaciones
gastronómicas, dedicaba dos horas diarias al
levantamiento de pesas en el gimnasio de la Parroquia.
-Me tenéis hasta la mismísima capucha – le sopló
en el oído al pobre Félix, al que sujetaba llevándole
literalmente en vilo – Vamos, ya me estás dando todo el
dinero que has recaudado entre mis feligreses.

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De repente Félix se transmutó en una escurridiza
anguila y desembarazándose del capuchino, se parapetó
tras un sector de público que asistía asombrado al brutal
comportamiento y zarandeo del mendigo por parte del
religioso. Y eso fue lo que le salvó. Sacando su poderosa
voz desde el fondo de sus vacías entrañas, el paria, el
mendigo, se convirtió en príncipe de la oratoria.
-¡Ay de ti si pones tus manos en un pobre mendigo
que ha venido a comer a casa de su Padre!... ¡Ay de ti!
¡Qué Satanás se te lleve!
La mención de Satán bajo la bóveda de la Basílica,
hizo enmudecer a un sector de la feligresía mientras el
capuchino se quedaba solo dentro de un círculo que iba
agrandándose, a la par que Félix como iluminado por
celestial conjuro, proseguía hablando desde el fondo de la
trinchera humana, a salvo del mastodóntico religioso.
-¡“Venid a Mí todos los que estáis fatigados y
agobiados y Yo os aliviaré.” Mateo 11,28!.., ¡Y tú,
servidor de mi Padre, pretendes expulsar a su hijo de la
Casa Paterna y por si fuera poco quieres robarle el
dinero!,... ¡Malditos seáis los corruptos!.... ¡Arderéis en
el Fuego Eterno!.... ¡Y tú, capuchino pecador, no eres
digno de vestir estos hábitos!.... ¡Dios es testigo que lo
que digo es cierto!
La arenga surtió el efecto deseado y los corderos se
rebelaron contra sus pastores. Mientras Félix era
aplaudido con fervor recibiendo parabienes y algún que
otro billete, el Padre Saturnino tuvo que ahuecar el ala en
busca de otros pastos más propicios mientras que los
corderos le dedicaban un fuerte abucheo en su mutis por
el foro.
-Gracias hermanos, gracias..... gracias. Muchas
gracias,...., no he tenido más remedio,...En efecto, no hay

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derecho,... Gracias,..Con Dios señores,... Que Nuestro
Padre Jesús le perdone, aunque no creo,... En fin,.....
Félix estrechaba manos y repartía abrazos, al igual
que un orador lo hubiera hecho con sus compañeros de
escaño después de efectuar un antológico y contundente
discurso en el vecino Palacio de Las Cortes. Estaba
pletórico de facultades oratorias y podría haber
continuado machacando al cura con otras citas bíblicas
que se sabía de memoria, pero recordó que “lo bueno, si
breve, dos veces bueno” y decidió cortar la emisión en el
punto justo de máxima audiencia
Ganó sin mayor dificultad la puerta de salida
comprobando que el incidente le había reportado más
beneficio que perjuicio. Desde el último asalto, la cifra
había crecido de cuatrocientas, a mil pesetas.
No estaba mal por una cita evangélica soltada a
tiempo. Aunque analizando el desarrollo de la acción – a
Félix le agradaba recrearse en los tiempos – el vértice, el
momento culminante de su perorata fue aquel en el que
dio a entender a los presentes, que “los curas iban a arder
en el Fuego Eterno”.
Al parecer y según las opiniones vertidas por la
audiencia, tales palabras reflejaron el sentir popular y a
qué negarlo, el propio orador se sintió realizado al
preconizar tal profecía.
Si Félix hubiera nacido en tiempos de Cristo, le
hubiera quitado al Bautista el puesto y su parcela en el
Jordán. Seguro.

24
-¡Félix, Félix, que estoy aquí!
Carlota bajó rauda los escalones de la Basílica a la
busca y captura de su codiciado macho que
desentendiéndose de sus admiradores, se afanaba en
contabilizar la inesperada recaudación.
-¡Qué revuelo!... ¿Qué ha pasado?
-Nada. Que han pillado a un carterista.
-¡Jesús!...!,...¡Robando en la Iglesia!
-También tú te has puesto cachonda ahí dentro.
-Sí, pero no es lo mismo. El amor lo quiere Dios.
-Ya.
Ambos enfilaron el Paseo del Prado caminando con
dirección a la Glorieta de Atocha. Félix intentó cogerla
por la cintura pero Carlota pegó un respingo apartándose
a conveniente distancia.
-Aguarda a que lleguemos a mi casa. En este barrio
la gente me conoce y no quiero dar mala impresión –
musitó por lo bajo, como disculpándose por el gesto de
rechazo.
-Lo que debes hacer es quitarte esos colgajos que
llevas encima, que pareces una beata, coño.

25
A Félix le daba corte ir al lado de Carlota con los
escapularios colgando. Se veía como un monaguillo en
plena procesión de Semana Santa.
-Si es por eso, no te preocupes – dijo ella,
desprendiéndose de los adminículos religiosos – Y
además, voy a soltarme el pelo.
Dicho y hecho. Su recogido y casto moño se
transformó de repente en una espléndida y larga melena
color caoba, que destellaba con los rayos solares del mes
de Julio.
-¿Te gusta así? – inquirió coqueta, ahuecándose el
pelo.
-¡Joder Carlota, estás como para clavártela aquí
mismo!
-No seas basto Félix. A mí me gustan los hombres
galantes y que no digan groserías. Voy a tener que
refinarte, cariño.
En el fondo le agradaba sentirse deseada y si lo era
brutalmente mejor, pero le encantaba aparentar la imagen
de mujer refinada y elegante aunque la sexualidad
acumulada en su macizo cuerpo le salía a flote por todos
los poros de su piel.
Bajaban a paso lento por la Avenida de la Albufera
con dirección al Puente de Vallecas, cuando Carlota se
detuvo para informar a su acompañante.
-Oye cariño, tengo que ser prudente. Vivo al lado
de la farmacia, en el Segundo A. Voy a subir yo primero
y tú me sigues al cabo de cinco minutos. Cuando llegues
al portal, sube y llama al timbre una sola vez. No quiero
que los vecinos me vean entrar acompañada de un
hombre. Hace seis meses que enviudé y ya sabes, la
gente habla.

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-Vale, esperaré cinco minutos. Pero prepárame un
buen baño y útiles para afeitarme,.....y también algo de
comer, oye.
-Descuida amor, serás servido, sultán mío – dijo
por lo bajo la viuda mientras su cuerpo era preso de un
frenético estremecimiento – Eres mi primer hombre
desde que perdí a mi pobre marido; pórtate bien
conmigo.
-No tendrás queja de mí, te lo aseguro. Para estos
casos soy un caballero.
-Así lo espero. Hasta luego, mi vida.
La vio alejarse calle abajo marcando cadera y
balanceando rítmicamente su poderoso trasero.
-¡Y no te olvides de prepararme la comida! – gritó
Félix con afán.
Félix observó los andares de Carlota mientras
cubría los cien metros hasta la farmacia, cuya cruz se
distinguía desde su posición de espera. “Verdaderamente
– se dijo – es una hembra con empaque, poderosas
caderas y potentes muslos que en determinado momento
pueden partirle a uno los riñones”.
Hacía tiempo que no la metía en caliente y nunca
por supuesto, se lo había montado con una dama de
semejantes características físicas como la viuda, que
además de ser una mujer de bandera destilaba limpieza y
perfume por sus carnes. Por si fuera poco ofrecía con el
lote, baño, masaje, comida y ¡una cama!...Y para rematar,
todo el programa era gratis.
Planificó su actuación con respecto a Carlota
creyendo conveniente continuar con el papel de escultor,
hasta que por fuerza se descubriera la verdad de su
condición de mendigo. Pero ya para entonces se habría
repuesto de sus fatigas y podría aguardar el crudo
invierno con amplias garantías de éxito.

27
Por supuesto se figuraba que el servicio no se lo
iban a dar de balde y que la fogosa viuda reclamaría cada
noche su derecho a pernada, pero él era bastante más
joven que ella y le podía dar matarile tres veces por
jornada sin deteriorar su integridad física
-“Lo importante será sacar el cuerpo de penas y
mañana Dios dirá” –sentenció para sí mismo,
encendiendo el último pitillo que le quedaba.

Dejó transcurrir los cinco minutos acordados y se


dirigió sin prisas hacia el portal situado junto a la
farmacia. Al llegar, a punto estuvo de entrar en ella para
comprar unos condones con los que hacer frente al acto y
evitar por añadidura, cualquier incidente similar al
acaecido años atrás en Barcelona, pero lo pensó mejor y
desechó la compra de los chubasqueros al recordar con
agrado, la limpieza de la que Carlota era ferviente
practicante y defensora.
-“No es lo mismo entrar a matar con el estoque en
una funda, que estoquear a cuerpo limpio. ¡Menuda
diferencia, coño!” – rumiaba para sus adentros subiendo
por la escalera.
Carlota había tenido el tiempo suficiente para
desnudarse y ponerse fresca dentro de un picardías color
nazareno – no podía ser de otro color, está claro – siendo
regalo de Don Genaro, su vecino de enfrente y
propietario de la mercería de la esquina. La morada
prenda se la ofreció bajo mano dentro de la trastienda en
un momento de arrebatado acercamiento a la viuda, con
el fin de paliar en lo posible la carencia de afectividad al
cumplirse un mes de su viudedad.
Cada mes, Carlota recibía puntualmente que si un
sujetador, que si unas braguitas, en fin, como decía Don

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Genaro, “un inocente recordatorio para que Doña Carlota
no se viera sola en aquellos momentos de dolor”.
-Le ruego querida mía, que estos presentes no
trasciendan al resto del vecindario, incluida mi esposa,
naturalmente. Usted me comprende.
Naturalmente, Carlota le comprendía
perfectamente. La viuda ya estaba más que aburrida de
recibir siempre los mismos presentes color nazareno.
Carlota se preguntaba el motivo de tal fijación por el
santo tinte, hasta que un día reparó en una caja
arrinconada llena a rebosar de prendas íntimas con el
mismo colorido.
-Fue una partida que me enviaron por duplicado, -
se disculpó el tendero – El mes próximo recibiré unas
braguitas de encaje blanco, preciosas,... Ya se las
probará en el vestidor – babeó el mercero.
-Se las pone usted a su señora esposa – le respondió
Doña Carlota cansada de tanto magreo encubierto -
¡Viejo baboso!...
Con ese uniforme transparente y quintuplicado
recibió a Félix que subía lanzado los escalones de dos en
dos.
-Pasa, no te entretengas. Las vecinas son unas
cotillas. – dijo la viuda cerrando la puerta con sumo
cuidado – ¡Ya te tengo, ladrón mío!
Sin darle tiempo a reaccionar, Carlota estrujó
contra su excitante cuerpo al jadeante Félix que no se
había repuesto lo suficiente de la rápida ascensión.
Esperaba encontrar la mesa puesta, pero la viuda le
condujo directamente y sin preámbulos al cuarto de baño.
-Primero te daré un baño, después masaje y luego
te afeitaré como hacía con mi pobre Hilario que en paz
descanse y cuando estés perfumado, entonces....- insinuó
picarona -

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-Después a comer, no me jodas.
-¿Tanta hambre tienes?
-¡Joder, no veas!
Félix hubiera preferido bañarse y afeitarse por sí
mismo, pero Carlota fue tajante.
-Me apetece hacértelo yo – sentenció con mirada
lujuriosa – Con estas manos que están tocándote.
-Oye, que yo no soy el Hilario.
-Por supuesto que no.
De eso estaba segura, a ella se lo iban a decir. El
pobre Hilario no media en vida más allá de un metro
cincuenta y cinco y fue toda su existencia un canijo en el
más estricto sentido de la palabra, con unos atributos
varoniles bajo mínimos y por si eso no fuera suficiente,
eyaculador precoz recalcitrante.
Su amiga Flora que era otra hembra de armas al
hombro e investigadora privada de cuerpos varoniles y
experiencias prohibidas, le habló repetidamente de las
sensaciones orgásmicas en la mujer y de cómo
conseguirlas mediante macho activo. Pero tras múltiples
y renovados intentos teniendo por macho al Hilario, los
únicos orgasmos conseguidos resultaron ser fruto de las
fantasías eróticas urdidas en la propia mente de Carlota,
acompañando la ficción mental con rítmicas fricciones de
propia mano.
El Hilario pues, habida cuenta de sus quince años
de matrimonio y aún teniendo presente sus frenéticos
intentos de índole sexual en el tálamo, no estuvo a la
altura de las circunstancias y no fue capaz de subirla al
limbo ni una sola vez por mérito propio.
Para la reciente viuda, aquella sensación de
voluptuosidad experimentada en sólo cinco minutos de
apretujones en el interior de la Basílica de Jesús de
Medinaceli, significó algo insospechado que le abrió de

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golpe los sentidos carnales aletargados desde su más
tierna pubertad. Nuestro Padre Jesús había escuchado la
súplica respecto a sus necesidades afectivas y le enviaba
a Félix como remedio para los males que afectaban a su
entrepierna. Fijo. Al menos, ella así lo creía.
Eso pensaba enjabonando el metro ochenta de
Félix, enjuto de carnes, pero con unos atributos
masculinos idénticos en grosor y tamaño, a los que su
amiga Flora le enseñó días atrás representados a toda
plana en una revista pornográfica.
-Y yo que creía que eso tan sólo se veía en las
revistas... - suspiró
-¿Cómo dices?
-Nada cariño, nada. Que estás muy excitado...
-Tú verás nena. Y dame jabón en otro lugar, que las
ingles ya las tengo limpias,... que las estás sacando brillo,
coño, para ya...
De repente Carlota lanzó un desgarrador grito, al
tiempo que entre sus bien cuidadas uñas estrujaba algo
microscópico.
-¡Oh, Dios mío!... ¿Qué es ésta cosa?....
-¿Qué pasa, tía?
-¡Válgame Dios! ¡Eres un cerdo!... ¡Mira este
asqueroso bicho! ¡Lo he pescado entre tus partes!...
¡Cerdo, asqueroso, mal hombre!....
Una ladilla adulta y con nervio, pateaba furiosa
para librarse de la opresión ejercida por los dedos índice
y pulgar de la enfurecida viuda, que histérica comenzó a
fustigar al recién bañado, con un cepillo de dura cerda,
mango largo y color malva.
-¡Fuera de mi bañera y fuera de mi casa, piojoso de
mierda! – repetía a cada golpe propinado con tan
higiénico utensilio -.... ¡Tú a mí no me la metes ni por

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intercesión de la Virgen!.... ¡A saber qué tendrás en el
cuerpo!... ¡A la calle, a la puta calle, cerdo!
En pelota picada y pegando patinazos por el pasillo
al mismo tiempo que se resguardaba de la lluvia de
golpes que le estaba propinando la defraudada viuda,
Félix ganó la puerta de salida a puro huevo, con restos de
jabón en las axilas y en sus partes púdicas. Carlota arrojó
el hatillo y la ropa al descansillo de la escalera, cerrando
su casa a cal y canto con un portazo que retumbó en el
rellano como una bomba. El estrépito ocasionado por
tamaña bronca hizo que seis puertas de vecinos se
abrieran al unísono preguntándose sus moradores, la
causa de tanto alboroto.
-¡Virgen del Amor Hermoso!... ¡Un hombre
desnudo frente a la puerta de Doña Carlota!... ¡Genaro,
llama a la policía!
-¡Señora, que eso sólo es una discusión de
enamorados! – gritó Félix al tiempo que se vestía
rápidamente en el mismo descansillo.
Para acabar de rematar la escena, la voz de la viuda
se dejó oír por una de las ventanas que comunicaban con
el patio de luces.
-¡Socorro, llamen a la policía!,... ¡Un hombre ha
querido violarme!...
-¡Será zorra!...- farfulló Félix poniéndose un
zapato.
A velocidad de vértigo emprendió la huida
escaleras abajo, saltando los escalones de cuatro en
cuatro mientras aumentaba la expectación entre los
vecinos que no paraban de hacer conjeturas y extrañados,
se preguntaban cómo Doña Carlota tan puritana ella,
había franqueado su puerta a un hombre enjabonado y en
pelotas.

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Al señor Genaro no le extrañó la cosa, puesto que
un día al cruzarse con la viuda en la escalera intuyó que
la expresión seductora de su mirada no se correspondía
con su condición de reciente viudedad. Fue ese detalle lo
que le impulsó a poner cauteloso cerco a Doña Carlota, a
la vez que se desprendía de unas existencias de género
duplicado. Y a qué negarlo: La viuda tenía un apretón
más que merecido.

La carrera que se pegó Félix hasta la Glorieta de


Atocha fue antológica y digna de una final de los cien
metros lisos. Echando los bofes se derrumbó agotado
frente al Ministerio de Agricultura con los pulmones a
punto de estallar.
-¡Su puta madre, la muy pendón!... ¡Y todo por una
jodida ladilla!
El detalle de la inoportuna ladilla agazapada en su
pubis no le extraño lo más mínimo, habida cuenta que
hacía sus necesidades fisiológicas donde buenamente se
lo permitían sus correrías mendicantes, aunque – pensó –
tampoco era para ponerse así, a pesar que esta vez había
pillado unas ladillas como nécoras.
Estaba bañado y limpio como un recién nacido,
cierto, pero su estómago continuaba rugiente y vacío.
Repuesto de la galopada cruzó la Glorieta de Atocha
encaminando sus pasos hacia El Brillante. Conservaba lo
recaudado en Jesús de Medinaceli y a buen seguro el
viejo Lucas, conocido profesional de la restauración
bocadillera, le prepararía una buena pitanza para reponer
su desfallecido organismo.
Comió y bebió hasta inflarse como un globo.
Mientras el camarero limpiaba la barra, contemplaba la
escena entre compadecido y satisfecho. Le daba cierta
lástima Félix; era un buen sujeto, incapaz de meterse con

33
nadie ni liar broncas de borracho. Hacía meses que le
servía raciones de bocadillos, aunque a la hora de pagar
tan sólo le cobraba la mitad de lo consumido y a veces ni
siquiera eso. Félix siempre le dejaba una peseta de
propina.
-Que vas a reventar, no comas con tanta ansia.
-Han sido tres días, Lucas,... Tres días a pan y
mierda – respondió Félix con dos calamares colgando de
la comisura de los labios – Trae otra jarra de cerveza.
-Te va a sentar mal tanto comer y beber después del
ayuno, ya verás.
Y así fue. No le dio tiempo a cubrir la distancia
existente de la barra a los servicios y Félix se cagó patas
abajo, dejando el suelo de El Brillante con otra clase de
brillo.

····························································

De ahí la advertencia del viejo Lucas con respecto


a la nueva posibilidad, un mes después, que pudiera
repetirse en su local la destemplada cagalera. Sin
embargo esta vez llegó sano y salvo a su destino,
cumpliendo sus necesidades en el justo lugar donde
corresponde efectuarlas.
-Hoy te has librado por los pelos, Lucas – le dijo
Félix, despidiéndose al salir con su hatillo al hombro.

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-“Me gustaría saber los porqués de mi mala suerte,
coño.”- pensaba Félix sudando la cerveza trasegada,
mientras se encontraba a bordo de un vagón de la Línea
Uno camino de la estación del Puente de Vallecas.
-“Mira que ahora lo había tenido a huevo con la
Carlota, pero ni por esas. Puta suerte la mía”.
-¡Me estás machacando, tío! – gritó dirigiéndose al
techo del vagón - ¡Me tienes hasta los cojones!
-¿Te refieres a mí? – contestó su vecino de asiento,
extrañado.
-No hablo contigo. Son cosas entre mi Padre y yo.
-A según que edades los viejos se ponen
imposibles, es verdad – argumentó el vecino de viaje – A
mis padres hace un año que les facturé al Asilo
Municipal y ahora tengo el piso para mí solo. Antes no
se podía estar en casa del olor a mierda que despedían los
abuelos.
-Tú sí que eres una mierda – contestó Félix
levantándose cuando el tren enfilaba la estación del
Puente de Vallecas – Y un pedazo de cabrón – apostilló,
cuando se abrieron las puertas.
-¡Pero bueno!,....
-¡Qué te den por el culo, mal hijo!

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Ojala él hubiera podido refugiarse en el regazo de
una madre y compartir un cigarro con su padre, pero
tampoco tuvo esa oportunidad puesto que desde su más
tierna infancia fue un ser sin raíces, desterrado, aparcado
en vía muerta.
Quiso refugiarse en Dios, servir a quienes le
rechazaron e integrarse en la sociedad para defender la
causa de Cristo, pero las malditas purgaciones agarradas
en la calle Las Tapias de Barcelona trastocaron su
destino. Estaba más sólo que la una. Era un lobo solitario
al que la sociedad despreciaba y perseguía. Sin embargo
su especie perduraba y se multiplicaba a ritmo acelerado.
Pero Félix no pertenecía por entero a la masa
mendicante; Félix era un ser libre que todavía creía en
Dios y sabía que llegaría el día de su redención y
retornaría al mundo de los espíritus, de donde nunca
debió salir.
-“Ya está bien, a ver si ahora me echas una mano,
leche – rogó en su interior elevando los ojos al cielo –
Ese capitán López parecía un buen tipo”.

El patio del Cuartel de Bomberos de Vallecas se


encontraba en plena ebullición a las diez de la noche del
día 15 de Agosto, festividad de La Virgen de La Paloma.
Unas mesas dispuestas en el lateral del ancho patio de
maniobras cargadas con todo tipo de viandas y refrescos,
invitaban a los allí presentes a darse un homenaje
gastronómico en honor de la Santa Patrona.
-¿Qué desea? – inquirió un bombero en traje de
faena.
-El capitán López me dijo que viniera hoy –
respondió Félix entregando la tarjeta recibida por la
mañana, cuando el incidente del cuesco en la Basílica de
Jesús de Medinaceli.

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-Aguarde un momento que voy a llamarle –
contestó el bombero – Y vaya sirviéndose lo que quiera,
que hoy es del día de la Patrona.
“Manda huevos la cosa. Acabo de vaciar de
calamares El Brillante y ahora tengo ante mis narices
pollo al chilindrón, cuatro clases de tortillas, empanada
gallega, callos a la madrileña y ¡uf!,.. calamares” – pensó
recorriendo con la vista el amplio expositor de comida –
“En otro momento me pondría ciego, pero ahora estoy
igual que un botijo. También es mala suerte la mía, coño”
-¡Qué pasa, chaval!
Allí estaba. Como un gigante, rebosando
humanidad a través de su uniforme de gala. El capitán
López depositó una sonora palmada en el hombro de
Félix y tomándole por el brazo le situó frente a la mesa
con los manjares que a otra hora, Félix hubiera devorado
sin rechistar.
-Venga, a comer – ordenó el capitán tomando para
sí un apetitoso muslo de pollo – Sírvete tú mismo.
-Gracias capitán, pero ya me he comido unos
bocadillos y....
-Nada, nada,... prueba ese pollo y sabrás lo que es
bueno. Lo ha cocinado mi mujer... Vamos, ataca, y luego
prueba la empanada. Está de muerte.
Haciendo un supremo esfuerzo trató de hincarle el
diente a una ración de empanada, que en otro momento
no le hubiese durado ni un minuto llevársela al estómago.
-No es por despreciar capitán, pero no tengo
hambre.
Él mismo se extrañó al pronunciar tal frase.
Siempre tenía hambre, un hambre visceral y congénita
que le acompañaba desde los primeros biberones que le
daban las monjas de Zaragoza.

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Era la primera vez que rechazaba la comida. Algo
insólito le sucedía; algo estaba cambiando en su vida.
-Bueno, vamos a pensar en el futuro y veamos que
puedo hacer por ti – dijo el capitán López soltando un
sonoro eructo – Cuéntame tu vida. ¿Qué formación
profesional tienes?
Félix hizo un breve resumen de su anodina vida,
resaltando con énfasis sus estudios con los jesuitas de
Huesca pero saltándose el incidente de las purgaciones
barcelonesas, no fuera caso – pensó – que el capitán le
considerase un apestado.
-Yo puedo ayudarte si tú te ayudas a ti mismo. Deja
de mendigar por las calles y te conseguiré un trabajo
digno y bien remunerado. Has de estar dispuesto a
trabajar duro y aprender un oficio. Lo demás corre de mi
cuenta. ¿Qué me contestas?
Félix se quedó estupefacto mirando fijamente al
capitán López Filgueira, enviado de Dios a la Tierra para
solventar problemas de difícil solución. No lo dudó ni
por un instante.
-¿Cuándo comienzo a trabajar?
-Ahora mismo. ¡Sargento! – aulló en dirección a las
cocheras - ¡Un mono de trabajo para este
hombre!...Desde hoy eres aspirante al Cuerpo de
Bomberos de Madrid. Vivirás, comerás, dormirás y
cagarás en este cuartel que será tu casa hasta que
apruebes el examen de ingreso; y más te vale aprobarlo a
la primera o te las verás conmigo – soltó una risotada –
Es broma muchacho. Vamos, a trabajar. El sargento te
pondrá al corriente de tus obligaciones.
Se había producido el milagro. El Padre no había
abandonado al hijo pródigo. Fue Doña Asunción, la beata
feligresa, quien originó su expulsión de la iglesia de La
Paloma al endosarle su propio cuesco, pero un ángel

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vestido con uniforme de bombero puso las cosas en su
sitio. Y aquel ángel de túnica azul oscuro se volcó en la
formación profesional y humana del aspirante a bombero.
Fueron duros meses de arduo estudio y trabajo.
Félix sufrió una mutación mental y sobre todo, corporal.
Su esquelético metro ochenta se convirtió en una masa
muscular compacta y elástica. Cientos de horas de
ejercicios gimnásticos y simulación de situaciones con
fuego real, convirtieron al ex mendigo en una máquina
perfectamente engrasada y coordinada para resolver
cualquier emergencia de máximo riesgo.
Supo granjearse el cariño y respeto de sus
compañeros más veteranos, que siempre acudieron en su
ayuda a la hora de solucionar problemas de aspecto
táctico o logístico.
Faltaba poco para el gran día, para la definitiva
transformación del ser y pasar de aspirante de hecho, a
bombero por derecho. Estaba lo suficientemente
preparado para aprobar a la primera tanto en la parte
teórica como en la práctica. Dos días antes de presentarse
a las oposiciones de ingreso en el Cuerpo, Félix se
personó en el despacho del capitán López.
-Con su permiso, mi capitán.
-Adelante muchacho, no te quedes en la puerta
como un pasmarote. ¿Qué? ¿Nervioso por el examen?
-No, señor. Estoy preparado para aprobar con nota.
No es por eso.
-¿Entonces?,...
-Necesito pedirle un favor – musitó Félix bajando
la mirada.
-Habla por esa boca y siéntate, coño... Deja ya esta
actitud de súplica, que hace casi un año que dejaste de ser
mendigo. Cara en alto y porte orgulloso; así se presenta
un bombero a su oficial.

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-Lo siento, señor – contestó el aspirante adoptando
el tono de voz más bien grave, que tantas satisfacciones
le había proporcionado meses atrás en sus ataques contra
las fuerzas capuchinas en la Basílica de Jesús de
Medinaceli – Solicito un permiso para efectuar una visita
privada.
El capitán López alzó sus pobladas cejas en un
mudo gesto de interrogación.
-¿Permiso?..¿Y desde cuándo necesitas permiso
para salir a la calle? – preguntó extrañado – Hace un año
que no sales de este cuartel; estás trabajando como un
burro, dejándote el pellejo en el patio de ejercicios. Me
ha sorprendido tu abnegación y entrega y estoy más que
orgulloso de ti, y ahora... ¿me pides un permiso de
salida?...Nunca has sido un prisionero, Félix. Puedes salir
cuando quieras. Por cierto, esa visita privada será para
darte un revolcón con la viuda alegre de quien me
hablaste, ¿eh picarón?
-Voy a visitar a mi Padre y a mi Madre, mi capitán.
López Filgueira se quedó con la boca abierta en un
gesto de sorpresa.
-¡Pero bueno!, ¿no eras huérfano?
-Aquí en la tierra, sí, mi capitán.
Los dos hombres se observaron fijamente y en
silencio. Una profunda y larga mirada que traspasó los
límites físicos entrando en estados anímicos que fueron
perfectamente asimilados por ambos. El capitán
carraspeó con fuerza. Levantándose de la mesa, dio la
espalda a Félix fijando sus ojos en el patio de maniobras.
-Necesito ropa de calle, mi capitán. Con una camisa
y unos pantalones limpios será suficiente, señor.
Sin volverse de su posición y con la vista perdida
en el patio, el capitán López le respondió con la voz rota.
-Cuenta con ello muchacho. Puedes retirarte.

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-A sus órdenes – respondió Félix saludando desde
la puerta – Me lo puede descontar de mi primera paga,
capitán – añadió.
-Lárgate ya.
-“Igual se ha mosqueado” – se preguntó el futuro
bombero cerrando la puerta – “Llevo un año con el
mismo uniforme, coño.”

El capitán López lo veía todo turbio a través de los


cristales de su despacho y eso que no estaba lloviendo.
Encendió uno de sus inseparables cigarrillos aspirando
profundamente la primera calada. Después descolgó el
teléfono y efectuó un par de llamadas.
-¿Da su permiso, mi capitán?
-¿Quién coño es ahora?
Al sargento Álvarez le extraño el tono y las formas
de contestación de su superior. En veinte años de
servicio, era la primera vez que ocurría.
-¡Aguarde un momento, sargento! – bramó el
capitán de bomberos Don Manuel López Filgueira,
zamorano de pro y con fama de duro entre sus hombres –
“No le dejan a uno en paz, joder” – dijo para sí,
enjugándose rápidamente los ojos con el dorso de su
mano. - ¡Pase sargento!

Al día siguiente cuando el aspirante Félix estaba


limpiando los vestuarios, vio un voluminoso bulto
apoyado en la puerta de su taquilla.
Estaba envuelto en papel de regalo color rojo
fuego y rodeado por una gran cinta blanca, rematada en
su lazada final con una artística filigrana en forma de
paloma. En la etiqueta que pendía del envío podía leerse:
“Para Félix, de sus compañeros”.

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Era el primer regalo que recibía en su vida.
Fue desenvolviendo lenta, muy lentamente el
presente, con recogimiento, doblando cuidadosamente la
cinta y el papel que dejó a un lado. Cajas de diferentes
tamaños y colores aparecieron ante sus asombrados ojos,
que no daban crédito a lo que estaban viendo,
Dos pares de zapatos, ropa interior, calcetines,
camisas, pantalones, pañuelos, un impecable traje
completo de verano ¡y dos flamantes corbatas!....La
ilusión de su vida, siempre fue la de anudarse una corbata
al cuello.
Se encogió sobre sí mismo, en cuclillas, casi en
posición fetal, mientras que con sus manos se cubría los
ojos y su cuerpo se convulsionaba con un desgarrador
sollozo que fue interrumpido por una atronadora salva de
aplausos.
Sus compañeros, formando una piña, le estaban
ovacionando desde la entrada del vestuario. El capitán
López no se hallaba entre los presentes. Había cambiado
el turno de guardia. Ante sus hombres no podía
permitirse derramar ni una sola lágrima.

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La Basílica de Jesús de Medinaceli estaba
prácticamente vacía de público en aquella luminosa
mañana del mes de Junio, cuando Félix tomó asiento en
uno de los bancos destinados a la oración. No era viernes,
por lo que sólo media docena de fieles permanecían
arrodillados y sumidos en sus plegarias.
-“Pidiendo, siempre pidiéndote algo, Padre. Nunca
dejaremos de ser unos miserables mendigos” – pensó,
dirigiendo su mirada hacia la maniatada imagen de
Nuestro Padre Jesús Nazareno – “Pero hoy no vengo a
suplicarte; simplemente he vuelto para agradecerte lo que
Tú y el capitán López habéis hecho por mi pobre
persona. Cuando acabe contigo iré a visitar a mi Madre,
bueno creo que es la tuya también; yo con eso me armo
un lío, Tú ya me entiendes.”
-Disculpe caballero, una limosna para Nuestro
Padre Jesús.
Estaba mucho más delgado que el pasado año, pero
Félix le reconoció en el acto. El Padre Saturnino de Las
Llagas flotaba en el interior de un hábito, dos tallas por
encima de la que le correspondía. El régimen de frutas y
verduras impuesto por el médico de la Congregación,
había hecho mella en el otrora musculoso capuchino.
-No puedo dar limosna a quien tiene más que yo –
respondió Félix mirando fijamente al sacerdote –

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Además, yo aquí dentro sólo hablo con mi Padre.
Desaparezca de mi vista – cortó tajante el ex mendigo.
El Padre Saturnino se quedó de una pieza. Jamás
había recibido una respuesta tan áspera por parte de un
feligrés y eso no podía consentirlo. Se encontraba en sus
dominios y no admitía una negativa por respuesta,
máxime si procedía de un atildado caballero con pinta de
ser un caritativo donante. Por ese motivo le había
acercado la bandeja petitoria.
Volvió a la carga para esclarecer posturas y sobre
todo por amor propio.
-No debería hablar de esa forma en casa del Señor
o Dios le castigará por el pecado de soberbia – dogmatizó
enfáticamente el religioso.
Félix se levantó como impulsado por un resorte y
sujetando al capuchino por los hombros le espetó en
pleno rostro:
-¡A ti sí que Dios te ha castigado ya, cura de
mierda! Tu castigo comenzó hace un año, pero no creas
que has acabado de sufrir ¡Todavía te queda el Fuego
Eterno! ,... Haz memoria,... hace un año... un pobre
mendigo,.. Un pobre hombre buscándose la vida en casa
de su Padre... Tú le zarandeaste como un trapo sucio...
¡Malditos seáis los que como tú, mancillan el nombre de
Cristo!... ¡Arderéis en el Fuego Eterno!
La voz y el rostro de Félix habían adquirido el
tono y la iluminación que un año antes casi le habían
hecho salir a hombros de la Basílica. Por el contrario, la
cara del Padre Saturnino se transformó en todo un
poema de colores mientras su espina dorsal era sacudida
de arriba abajo por un intenso calambre. Dando traspiés
comenzó a retroceder como alejándose de un pérfido y
maligno conjuro. Con las facciones totalmente
desencajadas gritó:

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-¡Vade Retro Satanás!... ¡Aléjate de mí!... ¡Vade
Retro!....
Huyó por el pasillo central de la Basílica como
alma que lleva el diablo – nunca mejor dicho – yéndose a
refugiar en la sacristía debajo de la urna donde estaban
depositados los Santos Oleos. Sus dientes no pararon de
castañetear hasta el anochecer, cuando le fue
administrada una ración doble de Valium que le dejó tres
días fuera del servicio activo.
Desde aquella infernal jornada, el Padre Saturnino
nunca volvió a ser el de antes y por supuesto, se negó en
redondo a volver a circular entre el público asistente con
la bandeja de colectas.

-Por favor, una jarra de cerveza.


El Brillante estaba lleno a rebosar y a Félix le costó
Dios y ayuda hacerse con un sitio en el extremo de la
barra.
-¿Le apetece una tapita de calamares? – le preguntó
un viejo camarero al servirle la cerveza.
-¿No crees que ya me has servido calamares por un
tubo, amigo Lucas?
-¡La madre que me parió!.. ¡Si es Félix!...

Aquella noche el capitán López estuvo esperándole


en el cuerpo de guardia hasta las dos de la madrugada,
hasta que un coche patrulla de la Policía Municipal
depositó a Félix en el patio de maniobras del cuartel,
hiposo y totalmente ebrio debido a la moña de cerveza
que había agarrado en compañía del viejo Lucas.
-Nos ha dicho que era bombero y que vivía en el
cuartel – le comunicó el guardia municipal al capitán,
que maldecía como un cosaco.

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-Sí, vive aquí.... ¡Y lo será!... ¡Vaya si lo será!...
¡Mañana será bombero!..... ¡Por mis muertos, que
mañana será bombero!...Más le vale...-Vosotros – ordenó
señalando a dos de sus hombres – Cogedlo y a las
duchas. Quince minutos de agua fría en el cogote y
después le hacéis tragar medio litro de café negro hasta
que vomite todo lo que ha bebido. Diana a las seis de la
mañana y le metéis otro medio litro de caldo caliente en
el cuerpo tanto si quiere como si no. Dentro de seis horas
se examina de prácticas y quiero que esté más fresco que
una lechuga ¿Entendido?
-Entendido jefe, déjelo de nuestra cuenta.
-Os hago responsables. Buenas noches y buena
guardia.

El día del exámen se presentó con un bochorno


asfixiante. A las once de la mañana el patio de maniobras
se había convertido en una caldera al rojo vivo, a pesar
de los múltiples chorros de agua prodigados por los
bomberos con el fin de hacer más llevaderas las pruebas
físicas.
Revestido con el pesado uniforme de extinción
incluido casco, manoplas, botas, mascarilla, botellas y
equipo de respiración autónoma, más las cuerdas y
herrajes para escalada, el aspirante a bombero Félix
Expósito de Jesús y María se aprestaba a iniciar en
solitario la prueba de resistencia física, consistente en dar
tres vueltas completas rodeando el ancho patio a la
máxima velocidad posible.
Eso simplemente era el aperitivo.

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El primer plato consistía en la ascensión a un tercer
piso en el edificio simulador de incendios;
posteriormente tenía que clavar las fijaciones de escalada
para efectuar un descenso en rappel. Todo ello
cronometrado, por supuesto.
El plato fuerte radicaba en una sesión de fuego real
con guarnición de humo negro, cascotes y vigas
ardiendo; como guinda, un salvamento de personas
suplantadas por muñecos que pesaban sesenta kilos cada
uno.
Embutido en el traje de extinción, el aspirante se
encomendó a la totalidad de la corte celestial. Toda
ayuda sería poca si quería salir airoso de la prueba y no
tenérselas que ver con el capitán. Sabía que sus ojos le
observaban desde la tribuna destinada a los examinadores
y no se olvidaba de las últimas palabras de aliento
recibidas cuando le ayudaba a enfundarse el traje de
faena
-“Como suspendas, haré que te bebas toda la
cerveza de Madrid y después te cortaré los huevos para
que la meada sea rápida.”

Y el milagro se produjo. Un centauro vestido de


bombero pulverizó todas las marcas habidas y por haber
en los anales del Cuerpo.
Sus registros fueron antológicos, especialmente en
la subida a toda máquina al tercer piso del simulador,
mientras que el descenso en rappel provocó por su
espectacularidad y depurada técnica una cerrada ovación
por parte de sus compañeros y de los propios
examinadores.
Cuando llegó la hora de la verdad, el tenérselas que
ver con su auténtico enemigo, el fuego, Félix se recreó en
la suerte suprema y tomando con decisión la manguera

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dibujó en el aire un tremendo volapié con forma de
tirabuzón convertido en chorro de espuma que finiquitó
el apocalíptico elemento hacia el desolladero, bajando el
crono a dos minutos veinte segundos de la anterior marca
nacional lograda por un bombero de Bilbao. Y aquello
fue el desmadre.
Al sonar el toque de la sirena que anunciaba el final
de las pruebas y cuando por los altavoces se comunicó el
nuevo record, todos los bomberos que presenciaban los
exámenes se lanzaron como un solo hombre hacia el
centro del patio de maniobras, intentando levantar en
hombros a un derrumbado aspirante que jadeaba
buscando aire con los ojos totalmente desorbitados.
Cuando era aupado por sus compañeros, alguien se
dio cuenta que con los ojos mirando al cielo, el ya
bombero Félix Expósito de Jesús y María musitaba una
frase entrecortada por el esfuerzo realizado:
-¡Gracias Padre, tuya es la victoria!...
Aquella luminosa mañana, al capitán López
Filgueira no le importó un carajo que sus hombres le
vieran soltar lágrimas como puños.

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-El alquiler está en quinientas cincuenta pesetas. Ni
un duro menos – le dijo doña Josefa a Félix, enseñándole
la chabola – Además tendrá que arreglar un par de
goteras y dar una mano de cal a la fachada; y decídase
pronto que tengo a una familia de Cáceres esperando a
que le llegue un giro desde el pueblo para darme la señal.
Eso es lo que hay.
Doña Josefa, conocida popularmente en el barrio
como la Pepona, pesaría sus buenos ciento veinte
grasientos y sudorosos kilos embutidos en un amplio,
asqueroso y sempiterno vestido negro.
Félix la observó de reojo con evidente desagrado
mientras echaba mano de su cartera recién estrenada y
procedía a extraer un fajo de billetes de cien pesetas. Los
porcinos ojillos de la mujer valoraron de inmediato la
capacidad económica de su futuro inquilino.
-La verdad, prefiero alquilársela a un caballero solo
y sin familia como usted y que además tiene un sueldo
fijo del Cuerpo de Bomberos. Esos piojosos que vienen
del pueblo llegan a Madrid con lo puesto, se creen que
todo el monte es orégano y que todo el mundo tiene la
obligación de ayudarles.
Félix la observó asqueado.

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-Esos que usted llama piojosos son personas que
abandonan sus pueblos debido al hambre. Y por cierto,
¿de qué pueblo llegó usted?
-Son dos meses de fianza y el mes en curso,
caballero. Total mil seiscientas cincuenta pesetas. El
pago por adelantado – cortó la Pepona extendiendo la
mano hacia Félix.
-Le pago dos meses por adelantado, pero de fianzas
nada de nada. Usted no tiene derecho a solicitar fianza
por una chabola construida sin licencia de obras –
contestó Félix abanicando a la sudorosa Pepona con un
puñado de billetes.
Doña Josefa se quedó mirando como hipnotizada el
dinero que tenía ante sus ojos. El jodido bombero sabía
muy bien lo que se decía, ya que todas las chabolas
construidas en la calle Manuel Laguna situada en el
barrio de Vallecas en Madrid, se habían levantado al
amparo de la noche y sin permiso de las autoridades
competentes.
En aquellos años de diáspora rural, la ciudad de
Madrid vivía sumergida en un caos de total desmadre
constructivo. La fiebre de edificación abarcaba todo el
segmento social, acentuándose la calentura en los
sectores marginales de las zonas sur-sureste.
La especulación a gran escala del suelo urbano no
había dado comienzo todavía. Los arrabales de la ciudad
absorbían a los numerosos contingentes de emigrados
procedentes de una España que abandonaba los campos y
comenzaba a colapsar las ciudades.
El proceso era simple. Una familia abandonaba el
pueblo donde malvivían. Vendían sus tierras, los
animales y algunos hasta el humilde hogar que les había
visto nacer. Juntaban cuatro perras y se lanzaban de
cabeza al primer tren correo con destino Madrid,

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creyendo que en la gran capital se ataban los perros con
longanizas.
Llegados a la metrópoli madrileña se daban cuenta
de la realidad más aplastante. Al descender en el andén
de la estación, lo primero que podían comprobar era la
mala leche que gastaban los inspectores de Abastos.
-Alto. A ver, usted. Saque de la maleta todo lo que
lleve de comida. Los pollos también quedan confiscados.
Y suelte los chorizos.
-¡Pero bueno!... Es comida para nuestra familia,...
-Nada hombre, nada. Esto es estraperlo y
sanseacabó. Y dé gracias a que no les denuncie y
duerman esta noche en la cárcel. Venga, circulen.

Tras el primer contacto ciudadano y una vez


despojados de sus escasas reservas de alimentos, los ex
campesinos se dirigían en busca del domicilio del
pariente o amigo que les indujo a trocar la miserable vida
en su pueblo por la vidorra en la capital, al contarles por
correo postal las excelencias de vivir en Madrid.
Cuando llegaban a su destino en el barrio de
Vallecas, el espectáculo que se contemplaba desde el
llamado Puente de Vallecas era ciertamente desolador,
pero aquellas pobres familias ignoraban que se
encontraban en un sector privilegiado. El barrio poseía
estación de Metro con principio y final de la Línea Uno,
Cuatro Caminos-Puente de Vallecas. Y eso era un lujo.
Sin embargo el destino deparaba nuevas y
desagradables sorpresas a los desertores del arado. Junto
a la boca de Metro existía una parada de asmáticos taxis
para los viajeros que desearan continuar viaje Avenida de
la Albufera arriba, pero ese medio de transporte era sólo
para los más pudientes o para utilizarlo en caso de
extrema necesidad, por traslado de enfermos, bodas o

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entierros. Para los económicamente débiles, o sea, para la
mayoría, se contaba con una parada de carros de mano
válidos solamente para mercancías y equipajes que
cubrían toda la zona desde el Puente hasta Portazgo,
Avda. de la Albufera, Avda. Monte Igueldo, (antigua
calle Nicasio) Martínez de La Riva, (conocida
antiguamente como Vía de la Maquinilla) Avda. San
Diego, Entrevías, Palomeras y como final de etapa, El
Pozo del Tío Raimundo y Santa Catalina, considerados
ambos sectores como la hez de la marginación.
El final de la Línea Uno venía a ser como la
estación terminal para los parias de la gran ciudad. Desde
allí, el remonte hasta los barrios marginales se efectuaba
a pie, chapoteando entre lodos y aguas fecales que
discurrían libremente sorteando chabolas y edificaciones
levantadas a toda prisa.
No había tiempo material para edificar siquiera con
un primitivo gusto estético. Lo importante era tener un
techo y antes que eso, una pequeña parcela donde ubicar
los ladrillos, yeso y cemento con los que poder levantar
una valla que cercara la propiedad. Una vez conseguido
el reducto que impedía el fisgoneo por parte de las
autoridades municipales, se trabajaba desde dentro
levantando tabiques, cubriendo aguas y creando
separaciones donde se iban cobijando las mujeres y los
niños recién llegados del pueblo.
Los parias se organizaron. Trabajaban levantando
los muros por la noche, sabiendo de sobra que a la
mañana siguiente los guardias municipales les visitarían
para poner el cazo y hacer la vista gorda.
Lo cierto era que los guardias municipales no
estaban revestidos de la autoridad suficiente como para
derribar una edificación construida a la luz de la luna o
de las lámparas de carburo.

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De igual forma el Estado hacía la vista gorda. En
alguna parte tenía que vivir la marea humana que día tras
día invadía Madrid para reconstruir no sólo la capital,
sino también para poner en marcha los Planes de
Desarrollo fijados por el Gobierno.
El colectivismo constructivo se impuso de forma
espontánea.
Los cabeza de familia se reunían al amor de una
fogata para delimitar el trazado de las nuevas calles, que
tomaban normalmente la denominación según el nombre
y apellido del más experto en construcción o bien del
primer nombre o apodo que se les ocurría.
Fueron sin duda los primeros urbanistas
autodidactas después de la guerra. Los trazados de
muchas de las actuales vías madrileñas, son debidos a
planos dibujados a la luz de un carburo sobre un saco de
cemento y por un grupo de hombres que en un noventa
por ciento podían ser considerados como analfabetos.
El padre de la Pepona fue uno de ellos.
-¡Con el trabajo que le costó a mi pobre padre
levantar la casa!,.. – se lamentaba casi llorando Doña
Josefa, intentando tocar la fibra sensible de Félix.
-Usted sabrá lo que decide, señora. O toma mi
dinero o se espera a los de Cáceres. Y quiero ahora
mismo un recibo firmado por el propietario de la chabola.
La Pepona agarró de un zarpazo el fajo de billetes,
introduciéndolos en el fondo de sus voluminosos senos.
Aquel dinero le venía de perlas para negociar la compra
de las dos parcelas que formarían el esquinazo de la
Avda. San Diego con la calle de Manuel Laguna.
Albergaba el propósito de adquirir el máximo
posible de solares, para de esa manera arrebatarle la
hegemonía al asqueroso del Manuel y al mismo tiempo
para cambiar el nombre de la calle y llamarla Avenida de

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Doña Josefa Ruiz. Los cuatro desarrapados que quedaban
en su pueblo se iban a llevar un cabreo de muerte, cuando
se enteraran que en la capital existía una Avenida con el
nombre de la más odiada hembra en cien kilómetros a la
redonda.
La Pepona era además la propietaria del único
establecimiento de comestibles de la zona, “Ultramarinos
La Selecta”, rezaba el título de marras rotulado en el
frontal del establecimiento por la experta mano de
Macario, su marido. El negocio lo llevaba el tal Macario
apodado “El Chocho” y no precisamente por su chochez,
si no todo lo contrario. Vista de lince, gracejo y
apasionado verbo, conocimiento de carencias afectivas y
gastronómicas con respecto a sus jóvenes clientas, más
larga y experta mano para calmar ardores en la trastienda
hacían de Macario el Don Juan de San Diego cuya fama
había traspasado los límites del barrio y era reconocida
incluso por los propios comerciantes de la Avda. de La
Albufera.
-¡”Chocho”!,... ¡Buen braguetazo diste con la
Pepona, cabrón! – le gritaban sus amigos – ¡Deja a sus
vecinas para los demás!
-Puta envidia es lo que tenéis,... ¡Y poca picha!–
apuntillaba, agarrándose sus atributos con ambas manos
en claro ademán demostrativo de virilidad manifiesta.
El Macario se paseaba arriba y abajo desde El
Puente hasta la Avda. Monte Igueldo caminando con
aires de marqués en vacaciones; a paso lento fumando en
larga boquilla y con ambos pulgares introducidos en los
bolsillos del chaleco, tamborileando con el resto de los
dedos sobre su bien repleta barriga. Tal y como había
visto hacerlo en el cine a un actor americano que
representaba al triunfador nato neoyorquino.

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Le faltaba el sombrero, pero el domingo que se le
ocurrió comprarse un buen ejemplar en el Rastro de
Cascorro y presentarlo en sociedad en Vallecas, las risas
y el cachondeo que se organizaron a su costa le obligaron
a cambiar el bombín por un bastón con empuñadura de
plata y camuflado estoque interior. Abonó cuarenta duros
por el cambalache, pero mereció la pena.
De vez en cuando sus amigotes le pedían que
hiciera una demostración tipo Los Tres Mosqueteros y
entonces el Macario se convertía en el doble de
D´Artagnan, repartiendo estocadas a diestro y siniestro
contra la invisible guardia personal del Cardenal
Richelieu.
-¡Dales caña, tío! – gritaban entusiasmados los
espectadores.
-Deja de hacer el burro y descarga los garbanzos.
-Sí, reina mía.
A la Pepona no le agradaban las demostraciones
cinéfilas de su marido y los comentarios que de él se
hacían con respecto a las conquistas amorosas, todavía
menos. Pero tragaba. Eso le otorgaba prestigio a su
establecimiento, centro de reconocido cotilleo vallecano.
-Tu Macario es un sol de hombre.
-Y tú una buscona que ya me debes una semana de
compra.
Podía pasar por los escarceos amorosos del
Macario, pero la Pepona no admitía deudas con respecto
al avituallamiento de sus vecinas. En una mugrienta
libreta marcaba escrupulosamente lo servido a crédito,
pero al cabo de una semana reclamaba el pago o de lo
contrario suspendía el servicio de inmediato.
-Mujer, que tiene tres niños – intercedía el Macario.
-Pues menos follar y más trabajar.

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Era su frase preferida. En realidad casi siempre se
daba la vuelta en la cama cuando el Macario la requería
de amores. Aunque lo cierto era que el marido lo hacía
por cumplir. Al “Chocho” nunca le faltaron unas buenas
nalgas donde agarrarse.
-No sé cómo te puedes acostar con una vaca como
tu mujer – le repetía cada día la Paqui en la trastienda,
medio desnuda sobre un saco de arroz y con el culo en
pompa.
-La costumbre vida mía, la costumbre – jadeaba el
“Chocho” metido en faena.
-Pues aligera que un día de estos nos pilla.
La Paqui normalmente pagaba en carne. Tan sólo
cuando estaba presente la Pepona soltaba metálico que
después naturalmente, le era reintegrado bajo mano por el
encendido y siempre empalmado Macario.
Aquella mujer le llevaba por la calle de la
amargura. Su marido estaba internado en el Hospital de
San Carlos aquejado de una tuberculosis galopante, pero
ella siempre le decía al Macario que mientras tuviera en
condiciones aquella raja entre las piernas, ni al
tuberculoso de su marido ni a sus hijos les iba a faltar la
comida. Y ese comentario sacaba de quicio al tendero.
-¡Este chocho es mío, sólo mío! – rugía el Macario
saboreando con delectación la entrepierna de la Paqui.
-Pues lléname el capacho. Necesito patatas,
lentejas, dos litros de aceite, arroz y una tira de bacalao,...
¡Ah! Y ponme una botella de anís que llega el invierno y
ni Dios aguanta el frío que hace en la jodida chabola que
me alquiló la vaca de tu mujer.
-Lo que tú quieras, cariño. Pide por esa boca.

La Paqui bebía como un cosaco. El alcohol era lo


único que la mantenía en pie tras doce horas fregando

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escaleras en Diego de León, Goya y Hermosilla. Para
conseguir alguno de aquellos trabajos también tuvo que
pagar su precio, pasando por la taquilla de algún que
otro portero baboso que se cobró el peaje en el propio
rellano de la escalera o en la garita del portal con las
cortinillas bajadas.
Una mañana de verano que estaba arrodillada en el
suelo dándole con el cepillo de raíces a la escalera de una
finca en la calle Goya, fue requerida por la encopetada
dama propietaria del segundo izquierda.
-Pasa querida, que quiero hablar contigo.
-A mandar, señora.
Doña Amalia se quedó observando complacida
aquel maravilloso ejemplar de hembra manchega. Con un
poco de maquillaje, un vestido adecuado y refinando sus
modales, tenía ante sus ojos una máquina de hacer
dinero. Hacía días que iba tras ella.
-Ese trabajo que haces no es digno de una mujer
que tenga un cuerpo como el tuyo, querida. Si quieres yo
puedo ofrecerte una profesión mucho más agradable y
por supuesto mejor pagada.
-Pues usted dirá – respondió la Paqui secándose las
manos con el delantal.
-Deja los cubos en la escalera y pasa a mi
habitación que te vas a probar unos trapitos. Pero antes
date una ducha.
Doña Amalia de Carvajal y Altas Torres, viuda de
Caído falangista en la guerra civil, con una más que
sabrosa paga estatal de por vida, de reconocida solvencia
económica y Dama de la Cofradía del Cristo de El Pardo,
alternaba sus múltiples ocupaciones con otra no menos
conocida y ciertamente bien remunerada. Alcahueta de
altos vuelos, poseía múltiples contactos con importantes
hombres de negocios afiliados al Régimen así como

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también con altos mandos del Ejército e incluso con el
Clero, donde por cierto disfrutaba de una selecta y
asidua, a la vez que discreta clientela.
Cuando por primera vez en su vida la Paqui se
probó unas medias de seda en sus bien torneadas piernas,
un escalofrío de placer le recorrió el cuerpo; y aquellas
braguitas de raso arropando sus partes íntimas junto con
el bello sujetador que aupaba su poderoso pecho, fueron
los factores determinantes para que la manchega soltara
un grito de exclamación.
-Eso no es nada, querida. Pruébate este vestido de
noche.
Doña Amalia sabía cómo vender un producto. Y
era toda una experta en la compra de cuerpos y
conciencias. Por el Imperio hacia Dios, se tenía que
elevar la moral del pueblo español y las ciudades
comenzaban a llenarse de mujeres sanas y fuertes
procedentes del campo, sin las enfermedades habituales
de las viejas prostitutas de Madrid, con muchos años de
servicio sobre sus muslos. Doña Amalia ofrecía ante todo
juventud, belleza y calidad, unida a la limpieza
inmaculada de sus niñas, presentando la mercancía en un
marco irreprochable de discreción y belleza.
Un vetusto palacete de la Avenida del
Generalísimo fue convenientemente reformado para
acoger a la flor y nata del puterío madrileño. La
propiedad y su posterior reforma fueron pagadas con
dinero procedente de la Banca, del Ejército y de la
Iglesia, los tres ejes principales del Estado Español. Con
tales socios, un barco de tal calado no podía hundirse y si
Doña Amalia manejaba el timón, muchísimo menos.
-Necesitaré como mínimo una semana para ponerte
a punto y por los niños no te preocupes. Estarán bien
atendidos por el Auxilio Social.

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La Paqui no se molestó ni en recoger los cubos de
la escalera. Salió disparada hacia Vallecas dando gracias
a Dios por haber encontrado al fin, la oportunidad de
poder comer todos los días tanto ella como sus criaturas.
A su pobre marido también podría mejorarle el exiguo
menú hospitalario, con aquel jamón serrano que no
probaba desde que salió de La Mancha.
Subiendo por las escaleras del Metro de Puente de
Vallecas, sus pensamientos volaron cinco años atrás
cuando siendo novios, ella junto a su Martín, retozaban
en la bodega del abuelo amándose apasionadamente en
el único acto digno y hermoso que recordaba de su
anterior vida en libertad. Se entregó por primera vez a su
hombre.
Ahora era una esclava. Su cuerpo ya no le
pertenecía.

-Una cerveza bien fría, por favor.


Félix se derrumbó como un saco sobre el mostrador
del único bar que por aquel entonces existía en la calle
Manuel Laguna. Hacía dos días que trabajaba como un
poseso en la reconstrucción de la chabola, pero lo estaba
haciendo con ganas, con auténtico placer. Era su casa, su
primer hogar. Disponía del permiso de verano en el
Cuerpo y lo aprovechó para recomponer y adecentar
tanto el interior como el exterior de la casa baja.
Encaló con esmero el exterior, mientras sus vecinos
no paraban de contar historias y chismes acerca de la
última bronca de la Pepona con el Macario. Se
comentaba que al tendero tuvieron que asistirle en la
Casa de Socorro y que de allí salió con diez puntos de
sutura. Su compañera de cama no corrió mejor suerte.

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-No veas el sartenazo que le arreó la Pepona.
-Se necesita ser gilipollas para montárselo con una
tía en la misma cama de la gorda.
-Pues a la Pili, la Pepona la ha dejado sin pelo y va
con el morro colgando de las hostias que recibió.
-Es mucha tía la Pili. A mí no me importaría que
me arrearan con la sartén con tal de poder cepillármela.
Cansado de tanto cotilleo, Félix recogió los
bártulos y dio por finalizada la sesión de pintura. Era
domingo y los hombres se reunían a la sombra de una
parra plantada a la puerta del bar de Miguel “El
Maestro”, que por tal apodo era conocido entre la
vecindad y en toda la periferia vallecana. La
denominación de origen de tan respetuoso calificativo no
acababa de estar clara. Unos decían que sí lo había sido,
debido a la fluidez verbal con la que se expresaba citando
incluso a los clásicos y otros que había recorrido mundo
y sabía de todo y que lo que no sabía, se lo inventaba.
La cuestión era que el Maestro navegaba en un
pozo de sabiduría y todo quisque se dejaba caer por el bar
a la hora de, o bien escribir una carta solicitando empleo
o cuando por ejemplo, se tenían que calcular los ladrillos
que se precisaban para construir tres metros lineales de
fachada.
El Maestro se sintió satisfecho al contactar con
Félix.
Su primer encuentro fue un duelo dialéctico-
religioso de armas tomar, con una audiencia boquiabierta
que no acertaba a comprender cómo aquellos dos vecinos
casi se pegan por un quítame allá esos santos.
-Mira Félix, a mí no me hables de religiones ni de
curas. Soy agnóstico y los curas unos vividores.

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-Estoy de acuerdo con lo de los curas, pero Dios
existe – cortó Félix – y ser agnóstico es un estado mental,
no espiritual.
-¿Está mal de la chola el Maestro? – se interesó un
parroquiano.
-No seas ignorante, Rizos. Ser agnóstico significa
no creer ni en Dios ni en la Virgen – sentenció el Maestro
– y además, los que creen son tan ignorantes como tú.
-Ah, pues bueno – contestó el Rizos
-¡No te asiste el derecho de calificar a nadie,
pedazo de mierda! – saltó Félix – Y no mientes a mi
madre o te sacudo.
Que el nombre de la Virgen estuviera en entredicho
sacaba de quicio al ex mendigo, que siempre llevaba en
su cartera una arrugada estampa de la Virgen de La
Paloma a la que veneraba con auténtica devoción.
Cuando sonaba la sirena de alarma en el patio de
maniobras del cuartel de bomberos, siempre contaba con
el tiempo necesario para encomendarse a su santa
patrona. Y ahora el Maestro ponía en duda la existencia
de su madre. Eso no podía consentirlo.
-La próxima vez que te metas con mi madre, te la
ganas – advirtió Félix – Pon de beber a la peña.
-¡Por la Virgen de la Paloma! – brindó Félix
alzando la copa.
Quince botellines de cerveza se alzaron al cielo
celebrando el fin de la discusión. El Maestro también
brindó y después invitó a otra ronda. Pero jamás se
volvió a poner en duda la existencia de la Virgen.

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Aquel domingo Félix no estaba para discusiones
bizantinas con nadie. Incluso el Maestro intentó pincharle
para iniciar una polémica retórica en latín, lengua en
desuso pero que deseaba aprender para enfatizar el
arranque o la terminación de algunas frases. Sabía que
Félix estaba versado en el tema por sus estudios
religiosos y podía ayudarle con la gramática y las
declinaciones verbales, pero todo fue inútil.
-No me toques los cojones Maestro, que estoy roto.
Esa jodida chabola estaba hecha una mierda, coño.
-Cuando cierre el bar, te echaré una mano.
Los dos personajes congeniaron a pesar de las
discrepancias con respecto al tema eclesiástico, aunque la
realidad era que ambos se sentían unidos en un plano más
elevado con relación al personal que desfilaba por el bar.
La fauna vallecana arrojaba sobre el mostrador
variopintas especies, cuyos nombres y apellidos
originales eran desconocidos entre ellos mismos a pesar
de llevar años tratándose entre sí. Las abreviaturas o los
apodos suplían a los auténticos nombres que figuraban en
el DNI.
El Chacho, El Sastre, El Rizos, El Pachi, El
Juanaco, El Pinturas, El Fede, y así hasta el infinito. Un
día al Félix, alguien se le ocurrió llamarle El Bombi y al
momento una sarta de capones distribuidos con
fulgurante rapidez le hizo desistir del mote. Félix siempre
fue reconocido por su nombre de pila. Faltaría más.
Aquella noche el Maestro se ocupó personalmente
de finiquitar el acabado del interior de la chabola de
Félix. Era un consumado detallista y puso especial
cuidado en dotar a la habitación que hacía las veces de
dormitorio, comedor y sala de estar. Con cuatro sillas y
una mesa que sustrajo de su propio bar y un sofá cama
que había pertenecido al Sastre, completó el ajuar.

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Los cacharros de cocina fueron facilitados por la
Teodora, la mujer del Chacho, que echó a la calle sin
contemplaciones a toda la tropa reunida en la recién
estrenada chabola, mientras ella se afanaba en limpiar
con estropajo y lejía la suciedad acumulada durante la
obra. El propio Chacho, solador de reconocido prestigio
en todo el barrio, fue el encargado de poner el piso con
las losetas afanadas en la obra donde estaba trabajando.
También el Fede efectuó una requisa de azulejos, dejando
el rincón que servía de cocina con un alicatado rayando
en la perfección.
Cuando por fin la Teodora franqueó el paso a toda
la peña que aguardaba en la puerta, se desató la juerga.
Entre el Maestro y Félix se trajeron del bar cuatro cajas
de cerveza metidas en un gran barreño metálico cubierto
de hielo picado. El Pachi había encendido una gran
fogata en el centro de la calle y entre cerveza y cerveza
cortaba gruesas tiras de panceta para hacerlas a la brasa.
-No seas bestia, Pachi. Córtalas finas.
-Tú te callas, capullo. Que no falte de nada. La
zampa es sagrada.
El Pachi era un auténtico sibarita para la comida.
En tiempos pasados supo lo que fue carecer de lo más
elemental, pero ahora que contaba con un sueldo fijo
disfrutaba cocinando y comiendo. Él mismo bajaba al
mercado y compraba toda clase de alimentos mirando
con lupa la calidad de los productos. Además era soltero
y lo fue toda su vida. Como bien decía: “El buey solo,
bien se lame”.
Por aquel entonces cada calle formaba algo
parecido a una gran familia dispersa entre las chabolas y
casas bajas. Sus moradores se habían conocido entre el
barro que cubría las calles, pero sus vidas eran limpias
como la patena.

63
La solidaridad que se profesaban hacía que las
amistades perdurasen y que aun hoy, en el nuevo milenio,
perduren entre los supervivientes de un mundo
compuesto por expertos en sobrevivir en las más duras
condiciones.
Cualquier acontecimiento por pequeño que fuera,
reunía a los más allegados para organizar reuniones
donde invariablemente la comida y la bebida estaban
siempre presentes.
Era el único lujo que podían permitirse unas gentes
que andaban con lo puesto caminando en la cuerda floja
de la pobreza. Por supuesto todo lo consumido se pagaba
a escote. Sin embargo aquella vez el Maestro regaló dos
cajas de cerveza.
Cuando la comilona estaba en su punto culminante,
el Maestro llamó en un aparte a Félix. Llevaba consigo
un voluminoso paquete envuelto en papel de regalo que
depositó sobre la mesa del comedor.
-¿Qué es eso?
-Es para ti. Mejor dicho, para tu casa – contestó el
Maestro.
Extrañado a la vez que complacido por el detalle,
Félix desató el paquete con movimientos lentos, como a
él le gustaba hacerlo, saboreando lentamente la sorpresa.
Y apareció. Allí estaba Ella, su Madre, una
magnifica reproducción de La Virgen de La Paloma
enmarcada en un maravilloso marco de pan de oro. Un
lujo para la época.
Félix se quedó sin habla. Un nudo le empezó a
subir y bajar por la garganta mientras sus ojos se
arrasaban de lágrimas que empezaron a caer sobre el
cristal que protegía la reproducción.

64
-Tenía ese cuadro por ahí tirado y me dije que te
haría ilusión – dijo el Maestro quitando importancia al
asunto como si la cosa no fuera con él.
Félix levantó los ojos mirando fijamente a Miguel
“El Maestro” y no pudo por menos que darle un fuerte
abrazo mientras con la voz entrecortada por la emoción le
agradecía el obsequio.
-Eres un jodido embustero pero no sabes mentir,
Miguel. Este cuadro no le tenías por ahí,... Ese cuadro me
lo has comprado. A saber lo que te habrán quitado por
este marco.
-¡Bah, tonterías!, Te ha gustado ¿no?
-No olvidaré este detalle mientras viva, amigo mío.
-Pues que te proteja para toda la vida. Y ahora
vamos a comer y a beber o esos gualdrapas acabarán con
todo.

La merienda cena en honor de Félix y de su recién


estrenada chabola se prolongó hasta bien entrada la
madrugada. Se comió, bebió y fumó hasta la saciedad;
incluso se bailó al son de un viejo tocadiscos enchufado a
la acometida de la nueva red de alumbrado que estaba a
punto de conectarse en el barrio, quizá con la intención
de arrojar un poco de luz entre tanta sombra y miseria.
Antonio Machín sucedía a España Cañí. Tonadillas
como Mi Jaca y la Jota de La Dolores daban paso a
Suspiros de España y así, ininterrumpidamente.
Todos se sabían las canciones de memoria, pero
disfrutaban de la música utilizando sus melodías como
válvula de escape ante la monotonía y la desesperación
encubierta que reflejaban sus rostros.

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Mientras sonaba la música los ojos de hombres y
mujeres permanecían cerrados, como queriendo aislar sus
mentes del cuerpo físico castigado por la dureza de la
vida a la que se veían sometidos.
Era triste observar a los más viejos, a los abuelos
arrancados de su terruño y condenados a no volver a ver
crecer la mies en los campos, sentados ahora a la puerta
de una inhabitable e inhóspita barraca. Sus miradas
ausentes, perdidas en la lejanía, buscaban tras el
horizonte las raíces perdidas. Jamás volverían a sembrar
su tierra ni a cuidar sus vides.
El abuelo de Juanaco lo sabía pero continuaba
mirando eternamente hacia el Sur incluso de noche. Su
vista sólo alcanzaba hasta el cerro de Los Ángeles. Más
allá, la nada, el vacío absoluto.
-Venga abuelo, baile un pasodoble con la abuela.
-Déjate de hostias y llevadnos a morir al pueblo.

Félix y el Maestro se habían quedado solos en el


centro de la calle entre un montón de cascos de cerveza
vacíos, con un colocón más que regular y enfrascados en
la sempiterna lucha dialéctica. Cansados de tanto darle a
la lengua, la conversación fue languideciendo hasta que
al final se quedaron dormidos como troncos sobre una de
las mesas.
-¡Qué coño es esto!,... ¡En pie borrachos de
mierda!,...
Lo primero que vio Félix fue la luz de cuatro
linternas enfocándoles y lo primero que sintió el Maestro
fue un golpe en la cabeza que le hizo salir volando de la
silla para aterrizar sobre un montón de cascos vacíos.
-¿Habéis tomado la calle por una tasca?,...
¡Levántate maricón!

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Hablaba la ley. Luís Quijada, sargento de la
Guardia Civil, ex labrador, ex combatiente, ex emigrado
y ex cornudo; por ese orden.
-¡Me cago en vuestra puta madre!,... ¡Arriba he
dicho!,...
Aquella vez le tocó a Félix. Un puñetazo le fracturó
el tabique nasal dejándole medio inconsciente y envuelto
en sangre. El Maestro mientras tanto intentaba sacarse un
trozo de cristal incrustado en los riñones.
-¡Ponédmelos contra esa tapia y enfocar con las
luces del furgón!, ¡Se van a enterar estos cabrones
comunistas como las gasta la Guardia Civil!,..¡Ponte ahí,
hijo puta! – bramó el sargento cogiendo a Félix por los
pelos.
Todo se desarrolló a velocidad de vértigo. Un casco
de botella se estrelló en la cara del sargento de la
Benemérita, a la vez que sus atributos masculinos se
contraían mediante el brutal rodillazo propinado con
todas las ganas por un Félix que no estaba dispuesto a
dejarse masacrar y mucho menos a consentir que a su
Madre la llamasen puta.
Sonó un disparo. Sintió como un hierro candente
que le atravesaba la espalda sumiéndole en una nebulosa.
Después la oscuridad absoluta se adueño de su cerebro.
El culatazo de un Máuser acabó con la resistencia del
Maestro que se desplomó en tierra con la frente abierta.
Los tres Civiles echaron sus cuerpos en el furgón
con la misma consideración que hubieran podido tener
con dos sacos de patatas. Al sargento lo recogieron del
suelo echo un ovillo con la cara partida en dos y con sus
partes nobles del tamaño de un semental de Miura.

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-¡Se han cargao al Félix y al Maestro!,... ¡Los
picoletos!,... ¡Han sido los picoletos!
La calle de Manuel Laguna se puso en pie de
guerra. Las familias salieron de sus casas al oír la
detonación producida por el Máuser de reglamento que
empuñaba uno de los números de la Guardia Civil.
-Al Félix lo han matao, seguro.
-Pues al Maestro lo han tirao al furgón con la chola
abierta.
La gente estaba asustada. No era la primera vez que
la Guardia Civil o la Policía Armada efectuaban redadas
de elementos denominados comunistas. Se podía ser
comunista simplemente por estar parado en una esquina
charlando junto a cuatro o cinco amigos. Los grupos de
más de dos personas no estaban bien vistos, sobre todo si
los grupos se organizaban en Vallecas, la pequeña Rusia
como la llamaban los falangistas.
El resto de la ciudad salvo excepciones, se
encontraba a salvo de las redadas y cargas policiales. El
sector Centro, barrio de Salamanca y Argüelles era la
zona llamada nacional, siendo considerados los barrios
periféricos como zona roja ya que según fuentes
policiales estaban llenos de rojos comunistas.

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El barrio de Vallecas fue sin duda uno de los más
duramente castigados. Las llamadas Fuerzas del Orden se
cebaron con sus habitantes no reparando si en sus cargas
arrollaban a mujeres, niños o viejos. Todo era válido
cuando se repartía leña con las porras de goma o con las
culatas de los fusiles. La cuestión era mantener en jaque a
la población indefensa mediante un terrorismo de Estado
y a ser posible presentarse en los cuarteles después de
cada acción de castigo con una buena caza de los también
llamados, elementos subversivos.
La represión policial estaba apoyada por grupos de
Falange, cuyos componentes eran los chotas que daban el
parte de tal o cual vecino que largaba demasiado o
sintonizaba por la noche la Radio Pirenaica o Radio
Moscú, que emitían con toda nitidez desde la Unión
Soviética a pesar de los intentos para interferir las
emisiones que se hacían desde el Centro Interceptor de
Arganda.
Las denuncias y chivatazos no partían
exclusivamente de elementos afectos al Régimen
franquista. Cualquier vecino molesto con otro podía
efectuar una denuncia por sospecha y en menos de una
hora la casa del denunciado se llenaba de uniformes de
las Fuerzas del Orden. En el mejor de los casos el
denunciado salía bien librado con una sarta de hostias,
pero lo malo era cuando lo esposaban y se lo llevaban
detenido al temido Cuartelillo o a la no menos terrorífica
Comisaría. En tales antros, dignos sucesores de los
calabozos de la Inquisición Española, el detenido era
sometido a toda clase de vejaciones, interrogatorios,
palizas y torturas.
Las autoridades de la época necesitaban justificarse
ante las altas jerarquías del gobierno. Si el Estado
afirmaba que España estaba llena de comunistas, tenían

70
que salir comunistas hasta debajo de las piedras y el
principal foco de comunismo por lo visto se daba en el
barrio de Vallecas.
Analizándolo fríamente, los únicos focos que
existían en el barrio eran los de la pobreza, la miseria y la
marginación. Sin duda algún afiliado había a Mundo
Obrero o al ilegal Partido Comunista, pero ello no era
motivo suficiente como poner Vallecas en estado de
excepción o bajo la ley marcial, como ocurrió en
infinidad de ocasiones. No era miedo, era terror lo que
sentían sus habitantes cuando se producían los
despliegues de las Fuerzas del Orden en busca de carne
fresca para sus calabozos.

La cabeza le zumbaba como si tuviera mil abejas


metidas en su cerebro. Félix quiso llevarse la mano a su
maltrecha nariz pero algo le impedía moverse. Sus dos
muñecas se hallaban esposadas a los barrotes de una
cama metálica, igual que lo estaban sus inmovilizadas
piernas ligadas con una basta cuerda de esparto a los pies
de un mugriento catre.
Sintió como si su espalda estuviera partida en dos.
Jamás en su vida había experimentado tanto dolor físico,
ni siquiera en sus tiempos de orfanato, cuando aquel
celador mal nacido le arreaba tremendos golpes en la
cabeza y en todo el cuerpo por no dejarse dar por el culo;
pero aquello era soportable en comparación con lo que
estaba padeciendo en la actualidad.

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Tenía la boca totalmente reseca y por la garganta le
subían coágulos de sangre que se juntaban con los que le
bajaban por la nariz, provocándole arcadas cuyos
deshechos intentaba expulsar por la comisura de los
labios para no ahogarse en su propio vómito.
Mentalmente se refugió en su Madre. Memorizó el
cuadro que le había regalado el bueno del Maestro y una
suave brisa descendió por su embotado cerebro.
Se preguntó qué habría sido de Miguel. Intentó
llevar su imagen a la memoria pero tan sólo se acordaba
de verle tirado sobre un montón de botellas vacías.
Después comenzó a recordar e intentó gritar pero no
podía articular palabra. El dolor en pecho y espalda era
intenso, lacerante. Volvió a visualizar mentalmente a su
amada Madre y aquello le calmó.
Se sintió acunado, como arrullado por unos brazos
que le protegían de todo mal elevándole sobre una
manada de lobos hambrientos.
-¡Madre!, ¡Madre mía!,... ¡Protégeme!,....
-¡Ni Dios te va a salvar, hijo puta!
Félix distinguió una cabeza cubierta con un
tricornio a pocos centímetros de su cara, apercibiéndose
de la fetidez del aliento que desprendía un rostro
desencajado en cuyos ojos se leía el instinto de la
venganza.
El comandante de puesto del cuartel de la Guardia
Civil de Vallecas no estaba para remilgos ni
contemplaciones con el detenido, a pesar que el mismo se
encontraba herido y esposado. La actuación de la patrulla
de vigilancia mandada por el imbécil del sargento
Quijada le había puesto en un compromiso. Ahora tendría
que rellenar un montón de datos e informes explicando
los hechos.

72
Una cosa era perseguir a los obreros repartiendo
palos y otra muy distinta el abrir fuego con un arma
reglamentaria hiriendo a un hombre. Podría alegar en su
descargo que el detenido hizo frente a la autoridad, pero
con todo, nadie le iba a librar de una investigación por
parte de la superioridad y eso le ponía los pelos de punta.
El teniente Cañizares fue siempre un ser temeroso de la
graduación superior y se cagaba patas abajo cuando le
hablaba algún mando de capitán para arriba.
Por si faltaba poco para complicar aún más la
situación, el sargento estaba herido de consideración.
Pérdida del ojo izquierdo y total aplastamiento testicular.
“Lo que le faltaba a Quijada – pensó – Tuerto y capón.
De todas formas se lo tenía merecido. Total, no veía más
allá de sus narices ¨. Y de su mujer ya se cuidaría él,
como lo llevaba haciendo desde hacía dos años. A la
Rosa nunca le faltaría un buen rabo.
-No te preocupes cabrón de mierda, que no te vas a
morir. Nuestro médico ya te ha sacado la bala del
pulmón, pero te juro que cuando te repongas me
encargaré personalmente de joderte para toda tu puta
vida. No querrás haber nacido, te lo aseguro.
Al teniente Cañizares le preocupaba la redacción
del siempre jodido informe reglamentario. Comprobando
la documentación del detenido, pudo advertir que Félix
Expósito de Jesús y María pertenecía al Cuerpo de
Bomberos de Madrid, con dos menciones honoríficas en
su haber y encima llevaba en su cartera una estampa de
Jesús de Medinaceli y otra de La Virgen de La Paloma.
Un comunista o elemento subversivo no guardaría en su
billetera recuerdos de tal entidad. Aquello no le cuadraba.
Pensó que siempre podría hacer desaparecer las estampas
y colocar en su lugar una hoja de Mundo Obrero, pero
tampoco se atrevía a efectuar el cambalache por temor a

73
contradecir el primer parte de relación de efectos
incautados, que con toda escrupulosidad se había anotado
con tinta en el libro de registro de entradas. Así pues,
estaba pillado en ese aspecto.
Lo que tenía claro es que debía andarse con pies de
plomo para salvar su responsabilidad y el puesto; y si por
casualidad llegaba una bronca, que se la llevara el
cornudo del sargento Quijada que para eso estaban los
subordinados, qué leches. Además le tenía advertido:
“No te pases con las hostias que das, que no quiero líos
con los partes médicos”. Pero ni caso. Quijada siempre
andaba buscando a los rojos que fusilaron a su padre
contra un muro en la provincia de Badajoz.
-El hijo puta de Quijada me ha metido en un
marrón de tres pares de cojones – se dijo, encendiendo
nerviosamente un pitillo.
Un guardia de servicio entró precipitadamente en la
habitación habilitada como enfermería del cuartel. Se
cuadró saludando, hablando tembloroso a trompicones,
atropellándose con las palabras. Estaba asustado.
-¡Mi comandante, dos coroneles!,...bueno,
no,....¡Un capitán del Cuerpo de Bomberos, un teniente
coronel del Ejército de Tierra y un coronel de la Policía
Armada le reclaman urgentemente en el puesto de
guardia!,...¡Qué se presente inmediatamente!,..
-¡La puta que los parió!,..
No pudo contener la exclamación. Ya estaba liada.
Sin comerlo ni beberlo le había caído un marrón de
órdago a la grande, y todo por culpa del jodido sargento
de mierda. Se iba a enterar cuando lo tuviera otra vez
bajo sus órdenes, si es que salía apto para el servicio del
Hospital Militar y él continuaba siendo comandante de
puesto, que eso estaba por ver. Le iba a relegar a
funciones de guardia en la garita y con la Rosa se lo

74
montaría en plan salvaje, dándole buenos latigazos con el
correaje en las nalgas, que era como a ella le gustaba
correrse y no con el capón de su marido.
-Dígales que me encuentro interrogando al
detenido; que no tardaré ni cinco minutos. ¡Vamos
muévase, coño!
-¡A sus órdenes mi comandante!
Al teniente Fernando Cañizares comandante de
puesto de la Guardia Civil de Vallecas, escrupuloso
cumplidor de las ordenanzas del Duque de Ahumada, le
comenzaron a temblar las piernas.
Nada menos que un coronel, un teniente coronel y
un capitán le esperaban en el cuerpo de guardia. Esa
triple visita no auguraba nada bueno.
-Te juro por mis muertos que como me pase algo
por tu culpa, yo mismo te abriré en canal con mis propias
manos – le escupió en la cara, a un Félix medio
desmayado y abrasado por la fiebre – No te vas a librar
de mí tan fácilmente, bombero de mierda.
Estirándose el uniforme y lustrándose las botas con
la sábana que colgaba del camastro, el teniente Cañizares
se dirigió hacía el recinto de guardia con paso
tembloroso recordando aquel fragmento de las
ordenanzas que tanto le gustaba repetir a los hombres
bajo su mando: “El guardia civil nunca se entregará por
los caminos a cantos ni distracciones. Su silencio y
seriedad deben imponer más que sus armas”. El camino
hasta el puesto de guardia se le hizo excesivamente corto.
-¡A las órdenes de Usía mi coronel! – se cuadró
militarmente Cañizares dirigiéndose al oficial de más
rango.
Le fastidiaba rebajarse ante la Policía Armada,
Cuerpo para él odioso y sin clase ni una historia
brillante como la de la Guardia Civil, pero las estrellas

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eran las estrellas y el coronel Gumersindo López
Filgueira ostentaba una constelación de medallas en su
uniforme.
El oficial de policía no se dignó devolverle ni el
saludo. Estaba sentado en la mesa de la sala de guardia
revisando el libro de registros de entrada y los partes de
detenciones. Levantó levemente los ojos mirando
fijamente al comandante de puesto. Entonces Cañizares
se dio cuenta del extraordinario parecido físico entre el
jefe de policía y el capitán de bomberos. Salvo unos kilos
de más por parte del bombero, eran exactamente iguales.
Y debían serlo ya que Gumersindo y Manuel eran
hermanos gemelos.
-¿Dónde está el informe de cargos contra el
detenido, teniente? – le preguntó por toda respuesta al
saludo - ¿De qué coño se le acusa?
-¡Agresión a la Guardia Civil e implicación en
acciones de carácter subversivo con marcado acento
comunista según su propia confesión, mi coronel! –
trompeteó Cañizares intentando involucrar a Félix y
preparándose para la que se le venía encima.
¿Ha confesado el detenido? – le interrogó el policía
– Si es así quiero ver ahora mismo su declaración
firmada y también quiero verle personalmente, de
inmediato.
Aquel maldito policía con más estrellas que el
manto de la Virgen, le estaba cercando. Ni el detenido
había firmado una declaración inculpándose como
comunista, ni por otra parte podía hacerlo estando como
estaba, esposado y atado al catre de la enfermería. Y por
si fuera poco, el jodido policía quería ver al detenido en
ese preciso instante.
Cañizares tuvo que reconocer que lo tenía crudo.

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Hacía más de dos días que tanto Félix Expósito
como Miguel Ballesteros permanecían detenidos y el
parte de cargos estaba por redactar. Al Maestro le habían
dejado para interrogarlo más tarde y al bombero el
médico del cuartel le había operado con carácter de
urgencia, o de lo contrario se iban a encontrar con un
muerto encima. Y los mandos superiores de la Guardia
Civil sin enterarse de la bronca, pero sí lo estaban los de
la competencia, la Policía Nacional y encima los del
Ejército de Tierra. Algo raro apestaba en el ambiente. El
teniente Cañizares comenzó a sudar. En aquel momento
hubiera deseado tener entre sus manos el cuello del
cornudo sargento Quijada. Intentó una estratagema para
paliar la situación en lo posible, pretendiendo evitar que
aquellos tres condecorados elementos no vieran la
situación vergonzosa en la que se encontraba Félix
Expósito.
-Con el permiso de Usía mi coronel, voy a dar las
oportunas órdenes para que preparen al detenido para su
inspección – manifestó el guardia civil pensando que
podría ganar tiempo mandando a uno de sus hombres a
desatar al herido – Será cuestión de un momento.
-¡Déjese de hostias y preparaciones, teniente! Esto
no es un desfile de modelos; y dígame,... Supongo que
sus superiores estarán al tanto de todo lo que ha pasado
¿no?
Ahí le habían pillado. Ningún mando superior de la
Guardia Civil tenía conocimiento de los hechos del
balazo. Tan sólo se había informado de la agresión de la
que había sido objeto el sargento Quijada por parte de
elementos comunistas, pero no que un detenido hubiera
sido baleado en la espalda por la propia patrulla de
vigilancia en el barrio de Vallecas, sector por cierto bajo
la jurisdicción de la Policía Armada.

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-Por supuesto mi coronel, pero no están todavía al
corriente de los últimos acontecimientos ocurridos –
comenzó a urdir el teniente Cañizares preparando la
estrategia de su defensa.
-¿Ah, no?,... ¿Y qué acontecimientos son esos,
teniente?,.. ¡Venga hombre, conteste y no se quede
abriendo la boca, coño!,...
Cañizares se había quedado como bloqueado,
hipnotizado mirando estúpidamente el brillo de las
condecoraciones que tintineaban sobre el odiado
uniforme gris de la competencia. Al fin, se decidió a
jugar fuerte.
-Con el debido respeto, informo a Usía que lo
acontecido dentro de este cuartel, únicamente debo
comunicarlo a los mandos superiores de la Guardia Civil.
Un tremendo puñetazo propinado sobre la mesa de
informes por una mano acostumbrada a mandar, hizo
saltar el tintero, las plumillas y los folios por el aire al
mismo tiempo que el coronel Gumersindo López
Filgueira se erguía como un mascarón de proa,
acojonando literalmente al teniente Cañizares.
-¿Qué está diciendo, gilipollas?,... ¿Se atreve a
desobedecer la orden de un superior?,... ¡Se le va a caer
el pelo majadero! ¡Llévenos inmediatamente a presencia
del detenido, so imbécil!,... ¡Haré que le metan un puro
por insubordinación!,... ¡Muévase de una puta vez o le
doy de hostias hasta en el tricornio!
Los gritos nunca fallaban. Una orden no era una
orden si no iba acompañada de voces destempladas,
amenazas, insultos y con mala leche. Y aquella vez como
en otras tantas surtió el efecto deseado. El teniente de la
Guardia Civil, Fernando Cañizares, fiel cumplidor del
reglamento del Cuerpo, notó como si se aflojaran sus
esfínteres sintiendo una ligera humedad en el trasero.

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¡Llamarle a él, insubordinado, imbécil, gilipollas y
majadero!,...
A él no podía pasarle esto. Era como un mal sueño,
una pesadilla de la que se iba a despertar, seguro. De
todas formas cuando pillara al capón del Quijada le
convertiría en papilla para los restos y en cuanto a su
mujer, la Rosa que se fuera preparando que la iba a poner
a putear para él. Cañizares rumiaba nuevas y pérfidas
venganzas a cada segundo que pasaba, pero una cosa
tenía clara: si le expulsaban del Cuerpo, con los contactos
que tenía montaría una casa de putas con la Rosa al frente
del negocio.
Toda la comitiva enfiló el corredor con destino a la
enfermería. Los guardias que se encontraban de servicio
entrechocaron con fuerza los talones al mismo tiempo
que presentaban armas. Aquel cuartelillo nunca había
tenido la oportunidad de ver tantas estrellas y
condecoraciones reunidas bajo el mismo techo.
-¡Me cago hasta en la madre que le parió, teniente!
¡Se necesita ser un auténtico hijo de puta para tener
esposado de esa forma a un herido inconsciente!,... ¡La
llave de las esposas, rápido, o voy a empezar a repartir
más hostias que en una comunión!
El coronel de la Policía Armada se había
convertido en un basilisco, en una furia desatada del
Averno. Su hermano el capitán López Filgueira se
abalanzó sobre el teniente Cañizares arrebatándole las
llaves de un manotazo. Por un instante el guardia civil
pensó que ese iba a ser su último acto de servicio; una
entrega de llaves, como en la Rendición de Breda.
Le encantaba el cuadro de Las Lanzas, con toda la
solemnidad en el acto de la capitulación. Pero el
mogollón en el que estaba inmerso era diferente. La
mirada asesina que le dirigió el capitán de bomberos, no

79
era precisamente un cumplido caballeresco y las palabras
que le susurró al oído todavía menos:
-Si le ocurre algo a este hombre, escóndete y date
por muerto cabrón. No habrá Dios que te salve. Todo el
Cuerpo de Bomberos pedirá tu cabeza.
El recinto de la enfermería se convirtió en un
manicomio.
-¡Cabo de guardia! – aulló el jefe de policía
-¡A las órdenes de Usía, mi coronel!
-¡Bajo mi responsabilidad, el comandante de puesto
está arrestado! Proceda a desarmarle y que ingrese
inmediatamente en el calabozo. Más tarde nos
ocuparemos de él. Y pida urgentemente una ambulancia
para el traslado del herido.
-¡A las órdenes de sus Usías! – exclamó el cabo
haciéndose un tremendo lío con los tratamientos y los
plurales, metiendo a los tres uniformados en el mismo
cesto.
-¿Quién es el suboficial con mayor graduación en
esta cochiquera? – bramó el coronel.
-¡Presente Señoría, siempre a sus órdenes! –
contestó el propio cabo ofertándole al coronel un nuevo
tratamiento – ¡Cabo Primera, Higinio Peláez Mantilla,
Usía,.. digo, mi coronel!...
El Higinio ya se veía ascendido de rango. Se iban a
enterar sus compañeros como las gastaban los de Málaga.
Se acabó llamarle “boquerón Peláez”. A hostia limpia
iban a ir.
-Está bien cabo, tranquilícese y no se ponga
nervioso. Desde ahora queda nombrado comandante
interino de puesto. Ahora desaparezca de mi vista y
cumpla mis órdenes. Pero antes llame a una ambulancia
militar.

80
El cabo desapareció por la puerta de la enfermería
como una exhalación, agarrando por el brazo al arrestado
teniente Cañizares que estaba como ido con los ojos
totalmente desorbitados.
-Bien que te dieron por el culo, tío listo. Ahora te
vas a enterar de lo que vale un peine – le tuteaba por
primera vez el Higinio – Voy a ocupar tu puesto, para
que te jodas.
Cañizares ni se enteró de las palabras de rencor
contenido pronunciadas por el nuevo y flamante
comandante de puesto. Tenía el pensamiento centrado
en la noche de autos. Lo había preparado todo con
precisión y meticulosidad militar. Aprovecharía la ronda
nocturna del sargento Quijada para ponerle los cuernos
con su mujer, en su propia cama y con el correaje de gala
del cornudo, que tanto gusto le daba a la zorra de la Rosa.
Mientras el sargento andaba por ahí dando leña a los
comunistas y buscando venganza, él se lo pasaría de
muerte con la cachonda de su mujer. La Rosa le ponía a
cien por hora y él le ponía el culo en carne viva correazo
va, correazo viene.
-Y olvídate de la Rosa, mamón. Ahora a esa jaca la
montaré yo, que por algo soy el nuevo comandante – se
cachondeó el Higinio, cerrando con llave la puerta del
calabozo.
El teniente continuaba sin enterarse. Sumido en sus
pensamientos, recordaba que nadie le llamó cuando
trajeron al capón del sargento con los huevos como
globos y la cara abierta de un botellazo. El cabo de
guardia llamó a su puerta pero nadie respondió y era
lógico. No estaba en su cama sino en la ajena dándole
caña a la Rosa; y en casa del sargento no avisó nadie, ya
que se sabía de la mala leche que gastaba el teniente
cuando le interrumpían la cópula. Y ese detalle iba a

81
quedar reflejado en el informe. Ya procuraría el Higinio
joderle en todo lo posible.
Lo que no acababa de comprender era la aparición
espontánea de aquellos tres reyes de bastos con más
condecoraciones que Franco. Algo imprevisto tuvo que
haber sucedido para citarse los tres oficiales en el
cuartelillo.
La explicación era simple. La noche de la
detención de Félix y el Maestro, toda la vecindad se
reunió en la calle. El estampido del Máuser despertó a
todo bicho viviente y la gente salió de sus casas a tiempo
de ver como eran cargados en el furgón los desmadejados
cuerpos. Estaban casi seguros que a Félix le recogieron
muerto.
El Chacho, el Sastre y el Pachi celebraron una
reunión de urgencia y decidieron informar de lo
acontecido al jefe del Cuartel de Bomberos de Vallecas,
lugar en el que prestaba servicio Félix.
Cuando el capitán López Filgueira se enteró de lo
sucedido, todo el cuartel se puso en pie de guerra. El
capitán llamó por teléfono a su hermano, el coronel de la
Policía Armada y éste a su íntimo amigo el teniente
coronel del Ejército que pertenecía a la Guardia de
Franco, un dúo capaz de hacer temblar a las piedras. Los
tres se presentaron en el cuartelillo de Vallecas en un
coche oficial con banderín incluido. El cabo de guardia y
futuro comandante de puesto, medio adormilado, no
sabía a quién saludar primero entre tantas estrellas
refulgentes y tintineo de condecoraciones y medallas. El
Higinio nunca se las había visto tan gordas.
-¡De ahora en adelante más respeto conmigo,
ganapanes! ¡Soy el nuevo comandante de puesto!,...
¡Andar con el bolo colgando!

82
Su primera orden consistió en hacerse traer del bar
de la esquina un café, una copa de cazalla y un farias.
Después se repantigó en un sillón con las piernas sobre
la mesa, tal y como le había visto hacer al teniente
Cañizares. Por el rabillo del ojo no perdía de vista la
puerta de la Rosa y pensó que aquella misma noche su
correaje podría echar chispas sobre el vicioso trasero de
la mujer del sargento Quijada. La cosa prometía.
Al Higinio, el Usía le había puesto en casa.

-Este hombre está muy grave, mi coronel.


El médico militar que había llegado a bordo de la
ambulancia, se esforzaba en recuperar a un inanimado
Félix que no reaccionaba ante ningún estímulo
farmacéutico. El capitán médico veía que se le iba.
-Hay que trasladar urgentemente al herido o no
respondo de su vida. Tiene el pulmón perforado y
derrame interno. Además, no sé quién debe haber
efectuado la extracción del proyectil, pero ha provocado
desgarros múltiples en la cavidad pectoral. Es una
carnicería, mi coronel.
La ambulancia salió ululando a toda velocidad por
la calle de Monte Igueldo con dirección al Hospital
Militar. El capitán de bomberos iba en su interior sin
soltar la desfallecida mano de Félix. Se juró que si aquel
hombre moría, los días del teniente Fernando Cañizares
estaban contados.
-Ánimo hijo. Tu Madre no te abandonará – le
musitaba al oído con los ojos empañados – Y yo
tampoco. Ánimo Félix y tú tranquilo Miguel, que ahora
te atenderán como Dios manda.

83
El Maestro ocupaba la otra camilla de la
ambulancia. Se retorcía entre espasmos, envuelto en
sudor, con la cara ensangrentada.
-Me han cosido a hostias jefe y luego con una toalla
mojada – jadeaba, tocándose los riñones.
-Me lo imagino muchacho, me lo imagino –
contestó el bombero.
El capitán López sabía perfectamente que una
toalla empapada de agua en manos de un buen torturador,
podía destrozar los riñones de un hombre sin dejar
señales visibles en la piel.
-No te preocupes Miguel. A cada cerdo le llega su
San Martín.

El coronel de la Policía Armada, Gumersindo


López Filgueira no estaba dispuesto a consentir que la
Guardia Civil interfiriera en su sector ni en sus
competencias. En aquellos tiempos entre ambos Cuerpos
existía una enconada lucha por la hegemonía en el
mando y cualquier desliz cometido por uno de ellos era
aprovechado para vilipendiar a la parte contraria. No se
practicaba el corporativismo y las acciones de represión
contra los obreros, estudiantes o los llamados
subversivos, eran galones que se apuntaban los
respectivos mandos.
La Policía Armada en contacto permanente con la
Brigada Político Social tenía más disponibilidad de
efectivos y medios técnicos, amén de contar con el
control absoluto de los grandes núcleos de población, lo
que significaba mayor carnaza en sus calabozos. La
Guardia Civil sin embargo debía de conformarse con la
represión del llamado bandidaje, que fue precisamente
para lo que la fundó el Duque de Ahumada.

84
-Manda carallo con los picoletos. Me tienen hasta
los huevos con tanto meterse donde no deben. A ese
teniente de mierda le voy a emplumar y a ver quien sale
en su defensa, que también le tocará algo en el reparto.
-Mira a ver si a río revuelto nos podemos cargar al
pelirrojo de Matías, que a ese sí le tengo ganas –
intervino el teniente coronel de la Guardia de Franco – A
ese hijo puta se la tengo jurada desde Brunete, pero el
muy cabrón está bien protegido desde arriba
Era la tónica general. Los tiburones se devoraban
entre sí para escalar puestos y no importaban los medios
para conseguirlo. A la menor oportunidad, un fallo o una
intromisión en funciones pertenecientes a otro Cuerpo se
desencadenaban las represalias. Si el afectado tenía el
suficiente poder o enchufe, se lanzaba en picado para
intentar defenestrar al intruso y en este caso concreto, al
coronel Gumersindo López le sobraba poder para regalar
y tenía más enchufes que la Compañía de Electricidad. A
qué decir del teniente coronel de la Guardia de Franco.
La sola mención de su cargo hacía estremecer el espinazo
del más aguerrido mando militar o civil.
Ciertamente al teniente Cañizares y a sus mandos
inmediatos les aguardaba un incierto futuro. Estaban
simultáneamente en el ojo de dos huracanes.
-Nos podríamos dar una vuelta por Casa Amalia –
propuso el jefe de los guardaespaldas de Franco – Me
han comentado que ha traído a unas gachís de bandera.
-Eso está hecho y es justo lo que necesito para
soltar la mala leche que se me ha puesto en este tugurio
de mierda. Además la Amalia me debe favores. En
marcha pues, que esta noche la jodienda es gratis. El
Mando es el Mando.
El coche oficial salió del cuartelillo a toda
máquina, con el banderín al viento y la guardia formada

85
presentando armas. El cabo primero Higinio Peláez, ex
boquerón de Málaga, estaba al frente de la formación
más tieso que un palo. Hubiese deseado besar todas las
medallas de los dos ocupantes del flamante vehículo. Se
dijo a sí mismo que los mandos de la Policía Armada y
del Ejército no eran tan malos como los pintaba el
zángano del teniente Cañizares, que ese sí era un cretino.
Por algo estaba arrestado en el calabozo y él a punto de
tirarse a la Rosa.

86
La Paqui, alias “Susi”, estaba a punto de hacer su
presentación oficial en el club privado que regentaba
Doña Amalia. A sus niños los tenía recogidos en un
albergue del Auxilio Social, comidos y vestidos como
Dios manda; sobre todo comidos. La vestimenta era otra
cosa. Los habían disfrazado de falangistas con un
pantalón corto y una camisa azul con el cangrejo rojo de
la Falange incrustado en el bolsillo, pero no quedaban
más narices, como le dijo la directora del centro de
acogida de San Bernardo:
-Tú a puta y tus hijos a falangistas.
En aquel tiempo el puterío nacional de Madrid
estaba sentando unas estructuras piramidales
perfectamente definidas. En las bases se encontraba la
plebe, el populacho. Subiendo por las aristas y escalando
puestos de altura, la burguesía media y alta. Coronando la
cúspide, la jerarquía de Estado político-militar-
eclesiástica; por ese orden.
El madrileño anónimo o recién incorporado a la
plebe, estaba condenado a calmar y desfogar sus ardores
sexuales con hembras y en zonas acordes con su poder
adquisitivo, o sea, en lugares sórdidos con mujerío más
bien barriobajero. Curioso es el destacar la ubicación y
denominación de los principales focos de lenocinio en la
Villa, que no Corte. Dichos lugares estaban bendecidos
por el Santoral.

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Las calles de Santa Agueda, San Lucas, San
Lorenzo y San Marcos, protegían con su nombre y de
todo mal a las meretrices que hacían la carrera por esos
pagos bajo la atenta mirada de sus chulos y también de la
Policía Armada, que alguna tajada se llevaba fuera en
efectivo o en especie a cambio del servicio de la vista
gorda.
Evidentemente existía una extensa variedad de
cubículos para la iniciación, desfogue, vicio o
perfeccionamiento de la cópula. El mal llamado barrio
chino de Madrid estaba configurado principalmente por
dos arterias ciudadanas: calle de Ventura de la Vega y
Echegaray que era donde se acordaba el servicio y su
precio y en las calles de Atocha y del León, el lugar de
ubicación de pensiones de mala muerte y habitáculo
donde se consumaba el revolcón rápido, también llamado
“polvo del albañil”, sin que conste en ningún tratado
sobre la fornicación hispana, la mala reputación que tiene
en ese aspecto tan digna profesión.
Ocupando los últimos escalafones profesionales,
existían lugares donde la sordidez alcanzaba cotas
extremas.
-¡A duro la paja! – gritaban las pajilleras en la
Cuesta de la Vega.
-¡Dos duros en el suelo y un duro a “picaparé”! –
anunciaban mejorando la oferta, las prostitutas situadas
en el Puente de los Tres Ojos de Vallecas,
Ese precio estaba al alcance de todos los bolsillos.
El barrio de Vallecas siempre se distinguió por la
ponderación de sus tarifas en asuntos concernientes a las
necesidades de la entrepierna. Su bien ganada fama era
tal, que a los machos con evidentes calenturas en los
bajos y domiciliados en otros barrios periféricos no les
importaba desplazarse en el Metro hasta el lugar de

88
encuentro vallecano. Bien es cierto que el alivio rápido a
cielo abierto no ofrecía las suficientes garantías de
comodidad e higiene.
Todo se desarrollaba a plena luz del día o bien al
amor de una hoguera por la noche. Y con espectadores,
por supuesto. Los que esperaban en la cola apremiaban al
actuante que con el pantalón abajo, cabalgaba sobre la
puta de turno intentando retrasar la eyaculación para
rentabilizar al máximo los dos duros previamente
invertidos.
-¡A ver si te corres de una vez, pedazo de mamón,
que nos van a dar las uvas! – aullaba el último de la fila.
Se formaban varias colas, tantas como el número
de mujeres que estaban tendidas sobre los mugrientos
sacos donde asentaban sus posaderas. Y a tantas putas,
tantas hogueras. Los clientes distinguían a lo lejos
cuantas eran las pajilleras o folladoras que estaban de
servicio aquella noche.
-¡La hostia Pepe, solamente hay tres hogueras!
-Pues a joderse tocan y a esperar turno.
El sistema de “picaparé” era el más rápido y a la
vez el más económico. La oficiante ejercía de pie
apoyada contra un muro y totalmente vestida, con lo que
el acto a veces se convertía en un ejercicio circense
dependiendo de la estatura de prostituta y cliente.
-Sólo meter. Si me tocas las tetas me abonas otro
duro.
Todo el programa se hallaba perfectamente
contabilizado. Tanto por hacerlo así, más un plus por un
“francés” previo, sin derecho a repetición debido a
repentina corrida. La fiesta al completo podía saldarse
con tres duros si se acordaban previamente las acciones y
los tocamientos. Sin derecho a condón, por supuesto. La
mayoría de clientes se lo montaban a pelo.

89
El asunto de la higiene era párrafo aparte. Las
prostitutas iban provistas de una palangana y su
correspondiente garrafa de agua. Después de cuatro o
cinco servicios se restregaban el potorro con unos trapos
que ponían a secar junto al fuego. Lo malo era cuando el
tiempo no acompañaba y la lluvia dificultaba el
desarrollo del negocio. Entonces el comercio carnal se
convertía en un juego a tres bandas: la puta, el cliente y el
paraguas; y por supuesto se jugaba de pie.
-No follo a gusto con el paraguas de por medio,
coño – jadeaba el salido de turno con los pies hundidos
en el barro – Y vete con cuidado con tanto movimiento
de paraguas que me vas a saltar un ojo, leche.
-Pues quéjate a Santa Bárbara y aligera, que has
cumplido el tiempo – contestaba la prostituta saltando de
un charco a otro intentando no mojarse los zapatos.
Fueron tiempos duros y vergonzosos sobre todo
para los más pobres, los eternamente humillados, aunque
mayor vergüenza era comprobar la desigualdad existente
entre clases.
La incipiente burguesía, clase media, estudiantes
con posibles, militares de baja graduación y
funcionariado madrileño en general, actuaba en otros
sectores y con otra clase de elementos femeninos para
solaz de sus cuerpos.
La Gran Vía rebautizada Avda. de José Antonio
junto con la calle de Alcalá, formaban el eje del puterío
medio más castizo e incluso tolerado por el Régimen de
Franco. Las señoras y señoritas que ejercían su profesión
exhibiéndose en largos paseos por ambas avenidas, eran
más bien discretas en sus correrías. Y no digamos de las
que se ofrecían en el distrito de Salamanca. Puro lujo.
Las citas se concertaban en las cafeterías de moda en un
Madrid que intentaba resurgir de una guerra y olvidar el

90
pasado a pesar que desde El Pardo se empeñaban en
recordar una y otra vez a todos los españoles, que estaban
rodeados de rojos y agentes pagados con el oro de
Moscú. Por si faltaban advertencias, el nacional-
catolicismo entraba a la carga con aquello de “que la
familia que reza unida, permanece unida”.
Pero el pueblo de Madrid nació siendo sabio y
ocurrente, contestando con que “el asunto de la jodienda
no tiene enmienda”.
Que se lo pregunten en el cielo al socarrón de
Chicote o a los antiguos propietarios de El Abra, su más
próxima competencia en la Gran Vía madrileña. Buenas
y discretas hembras donde las hubiera. Hoteles como el
Palace e incluso el mismo Ritz, han acogido y acogen lo
más selecto de la prostitución madrileña.
Culminando la pirámide se encontraba la Avenida
del Generalísimo, punto y aparte de la zorrería nacional.
Palacetes y chalés de altos vuelos plagados de suites
principescas, baños con mármol de Carrara y grifos
bañados en oro. Excelsas camas donde el revolcón sexual
adquiría carácter de rejoneo en Las Ventas cuando se
cabalgaba sobre ardiente jaca jerezana con las crines
ondeando al viento.
En los tiempos del hambre, en esos palacetes
dedicados al fornicio de lujo jamás faltó en sus despensas
el mejor jamón de Jabugo, ni en sus bodegas las mejores
añadas de caldos nacionales y extranjeros. El champán
francés corría a chorro libre entre los pechos de las
meretrices de lujo que satisfacían los apetitos sexuales de
los tres ejes principales que movían la maquinaria
franquista.
La Banca, el Ejército y el Clero campaban a sus
anchas revolcándose junto a las hijas del arroyo. Al fin y
al cabo, todos los vencedores a lo largo de la Historia

91
siempre han cabalgado a lomos de los vencidos, como
debe ser en una Dictadura que se precie.
Aquellas gachís de bandera ante las que babeaban
los moralistas y torturadores franquistas, no dejaban de
ser los maquillados despojos pertenecientes a una
generación perdida. Eran las hijas de la guerra, de la
muerte, de la pobreza más vergonzante. Todas sin
excepción poseían un pasado de hambre y sufrimiento,
pero Doña Amalia sabía como transformar a una
harapienta fregona en una aparente dama.
Tan sólo precisaba disponer de un buen cuerpo y
una mínima inteligencia en su interior. El resto era cosa
suya. Simplemente era menester disponer de una a dos
semanas, para convertir a una verdulera en Madame
Pompadour y ponerla a los pies de sus amos, para uso y
abuso de los todavía escuálidos cuerpos.
A pesar de las dos semanas de ceba previa, la
mayoría de Paquis, Tomasas, Angustias, etc., alias Susi,
Carolinas, Esmeraldas, etc., no conseguían el peso
específico requerido para llamar la atención de una
clientela a la que le había dado por las hembras rellenitas
con mucho y exuberante busto. Un cuerpo pletórico en
carnes incitaba a los poderosos clientes, que concebían
por el aspecto exterior de la hembra la certificación que
en la España de Franco no se pasaba hambre
Con la Paqui, Doña Amalia no había tenido tal
problema. El cuerpo de la manchega era esplendoroso de
por sí y tan sólo tuvo que preocuparse en domar unos
modales vallecanos en franco desacuerdo con la
actuación que de ella se esperaba.

-¡Mi querido coronel y compañía!,... ¡Cuánto honor


de recibirte en ésta tu casa!,...Dispón de mí y de mis
niñas para lo que desees.

92
-Menos hostias, Amalia. De ti ya dispuse cuanto
quise. Ahora saca una fuente de Jabugo y un Rioja del 42
y apártame a esa de las tetas gordas para luego. A mi
amigo le gustan las flacas que se dejan encular y azotar
en las nalgas con la fusta de montar. ¿Oído cocina?
-¡A vuestras órdenes camaradas!
Amalia sabía como tratar a los hombres. Se cepilló
a casi todos los altos mandos militares y de Falange que
había en España, mientras el falangista de su marido
combatía voluntariamente en Rusia como un cosaco al
frente de su Escuadra en la División Azul, cantando el
Cara al Sol en los helados amaneceres del Lago Ilmen.
Cuando el convencido falangista sintió en una fría
noche esteparia como la bayoneta del odiado comunista
le traspasaba el vientre, su último pensamiento voló hacia
Madrid añorando el amado cuerpo de su bella Amalia,
que en aquellas horas del amanecer en España estaba
siendo sodomizado por un vicioso pero a la vez
influyente alto jerifalte de F.E.T. y de las J.O.N.S, con
placentero entusiasmo y gozo por parte de la sodomizada.
Amalia y Gumersindo recordaban viejos tiempos,
frente a una monumental fuente de cerámica previamente
calentada al horno y cubierta con apetitosas lonjas de
jamón que desprendían un sutil y penetrante aroma. Una
fuente de cristal tallado repleto de caviar ucraniano y
rodeado de hielo picado, fue depositada sobre la mesita
estilo Luís XVI.
El vino lo escanció la celestina con exquisita
pompa en sendas copas de cristal de Bohemia.
Mientras tanto al teniente coronel de la Guardia de
Franco se le salían los ojos al comprobar el ejemplar de
hembra que le había sido asignado y que aguardaba
dócilmente sus órdenes recostada en un sofá de
terciopelo rojo.

93
Su fusta de Caballería cobró vida propia
acariciando levemente sus lustradas botas de oficial.
Estaba deseando quedarse a solas con aquella divina
aparición para desatar todos sus instintos.
Angustias – Esmeralda para los clientes – no
contaba con más de quince años de edad y era la más
joven del grupo de meretrices. Huérfana por partida
doble, fue reclutada por Doña Amalia en los lavaderos
que el Auxilio Social tenía en el distrito de Lavapiés. Su
ojo de lince para seleccionar carne fresca reparó en
aquella casi niña, maravillándose de lo elevado de su
talla para la edad que tenía. Era extremadamente delgada
pero de armoniosas proporciones, bellísima de rostro y
con una larga mata de pelo castaño claro.
Pensó que en dos semanas aquel cuerpo podría
ofrecer buenos dividendos en el palacete de la Avenida
del Generalísimo y no iba descaminada en su
apreciación. Cuando comprobó personalmente que
Angustias conservaba su virginidad, Amalia no pudo
reprimir un grito de satisfacción. Una virgen se cotizaba
en el mercado a precio de oro, incluso podía subastarse
en una reunión bien organizada.
La transacción con la directora del albergue se
cerró en mil pesetas. Oficialmente Angustias pasaría a ser
su doncella en el servicio doméstico.
-Eres como una esmeralda en bruto, querida. Pero
yo te puliré.
Y con el nombre de Esmeralda se quedó. El día
dispuesto para el sacrificio, lo más selecto de la Banca,
del Movimiento y del Clero Nacional pujó en sobre
cerrado por el desvirgue. Se entabló una feroz lucha con
empate a dos bandas entre la Banca y el Clero, pero todo
se solucionó como caballeros y ministros que eran. La
Banca se llevó la gata al agua por cincuenta mil pesetas,

94
mientras que el Clero tuvo que conformarse con una
segunda cata a un precio más razonable, pero con el
aliciente de perforar por primera vez el último conducto
virgen que le quedaba a la pobre Angustias, allá donde la
espalda pierde su digno nombre.
-Con vuestro permiso, esta nena y yo nos vamos
arriba – dijo el lebrel franquista levantándose y
fustigándose las botas con redoblado nerviosismo.
-Adelante camarada, adelante. Esmeralda es un sol
de niña. Te satisfará en todo lo que le pidas. Es una
experta por la puerta trasera – se carcajeó Doña Amalia,
tomando una cucharada colmada de caviar.
-Al grano Amalia, hablemos de negocios – atajó
Gumersindo una vez se quedaron solos.
-Lo que tú digas, amor.
El coronel se sirvió una abundante ración de jamón,
sin dejar de observar a la Paqui que se encontraba
apoyada indolentemente en una de las columnas de estilo
isabelino que adornaban la sala privada de reuniones.
Paqui, Susi para los clientes, le miraba con
estudiado gesto y la sonrisa de circunstancias que le
había enseñado previamente Doña Amalia en las clases
teóricas, para que en el ejercicio de sus labores
profesionales alcanzara cotas de máxima efectividad. Iba
a estrenarse como puta oficial con aquel pedazo de
hombre que se la estaba comiendo con los ojos, con la
misma voracidad que engullía el Jabugo.
-Te gusta ¿eh? – inquirió Amalia al comprobar el
interés visual de Gumersindo – Es nueva en esta plaza.
Yo la he visto desnuda y tiene un cuerpo de vicio, como a
ti te gustan.
-Cada día eres más puta Amalia y como celestina
no tienes precio. Pero es verdad lo que dices; esa gachí
me pone cachondo.

95
-Si quieres nos montamos un trío – insinuó – Yo lo
hago gratis.
-De eso nada. A esa tía me la manipulo yo sólo; ya
veo que le das a todos los palos. Eres un zorrón, Amalia.
-Lo decía por complacerte. A los hombres os gusta
ver una buena tortilla entre dos mujeres y yo estoy aquí
para servirte.
-Me puedes servir de otra forma más productiva,
querida. Acuérdate que me debes algún favor.
Estaba claro que Amalia se acordaba y ahora aquel
cabrón de policía le pasaba factura. El último follón le
costó dormir una noche en los calabozos de la D.G.S. en
la Puerta del Sol, entre chinches y piojos que se le subían
por el escote de su vestido de lamé rojo y rodeada de
chulos, prostitutas, chorizos y gente de mal vivir. Una
noche de pesadilla, hasta que Gumersindo llegó a
rescatarla de las garras de dos agentes de la Brigada
Social que estaban a punto de tirársela sobre el terreno.
-Pues tú dirás en qué puedo servirte si no es con mi
cuerpo – respondió resignada – Ya sabes que por ti haré
lo que sea.
-Tu cuerpo me lo conozco de sobra, Amalia. Lo
que deseo es información, además de follarme a esa tía
por el morro – indicó Gumersindo señalando a Paqui.
-Cuenta con la Susi, por supuesto. Pero en cuanto a
la información, no sé a qué te refieres.
-No me vengas con hostias Amalia, que tú conoces
a mucha gente influyente de Falange. Por tu cama ha
pasado la flor y nata del Movimiento y alguna cosa
sabrás de ellos, digo yo.
-Cuando follo no pregunto – replicó rauda.
-Y yo cuando trabajo, no follo – Y ahora aunque no
lo parezca, estoy trabajando. Así que suelta por esa boca.

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Necesito datos y saber detalles de ciertos jerarcas de
Falange y del Clero.
-Con la Iglesia no tengo nada que ver.
-¿Ah, no?,... Según mis informes la realidad es muy
distinta. Se lo tendremos que preguntar a un arzobispo,
dos obispos y a todos los miembros del Opus Dei que te
han cabalgado, que de esos he perdido la cuenta. ¿Por
quién me has tomado, estúpida? Mis fuentes de
información no se duermen en los laureles.
Aquello se estaba poniendo feo. Una cosa era joder
por la cara y otra muy distinta el traspasar información
confidencial. Eso no cabía en la conducta de una
celestina en ejercicio de sus funciones. Por supuesto que
tenía información y de primera mano. Ella era una
experta no sólo en hacer que un hombre se volviera loco
de placer entre sus piernas, si no también en extraerle
información que luego almacenaba en un pequeño diario
regalo de un alemán que había pertenecido a las S.S. Por
cierto, que le encantaba tocar la encuadernación del libro;
era una piel de suave tacto.
Amalia se tragó de golpe el contenido de su copa
de Rioja para darse ánimos y comenzó dándole vueltas a
la idea de cargarse a uno de los que recientemente habían
pasado por su cama. Quizá si le echaba un poco de
carnaza, el león de Gumersindo se daría por satisfecho.
Recordó que un hijo de puta perteneciente al Opus
se había cebado con ella en una noche de vino y rosas.
No se conformó con sodomizarla brutalmente hasta
extremos inauditos, sino que la degeneración que llevaba
en sus entrañas, hizo que el mal nacido defecara sobre su
cara poniéndola perdida de orines y mierda. Y encima el
muy cerdo iba suelto de cuerpo.

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-No es mi costumbre airear interioridades de mis
clientes, pero hay un tipo a quien sí me gustaría que le
hicierais una visita.
-Te conozco Amalia. Nada de venganzas
personales.
-Se trata de un miembro del Opus.
-Esos están controlados y son todos unos meapilas.
Los que vamos buscando tienen el poder, las armas y los
suficientes huevos como para provocar un golpe de
Estado. Tú ya me entiendes. Y ándate con ojo con esta
conversación. Si divulgas aunque sólo sea una palabra de
lo que aquí hablamos, te las verás de nuevo con la
Brigada Político-Social y ya sabes como las gastan esos
tíos. Así que vamos al grano.
-¿Qué me ofreces a cambio de información?
-De momento que continúes regentando este
burdel, lo que no es poco. Y dependiendo de lo que me
digas, igual te propongo un negocio.
El coronel de la Policía Armada tenía sus propios
planes con respecto al futuro. Sabía por experiencia ajena
que los cargos civiles, políticos o militares podían
eternizarse o bien durar menos que un caramelo a la
puerta de un colegio. Todo dependía de la clase de
agarraderas que se tuvieran para aguantar los vaivenes de
una política cambiante, plagada de contubernios y
rencillas internas. Pero últimamente el entramado
franquista presentaba demasiadas fisuras. Los falangistas
andaban a la greña con el propio Estado por cuestiones
puramente hegemónicas y sobre todo por el
desplazamiento de cargos a la que se veían sometidos sus
mandos. La Falange entraba en barrena y la Iglesia se
apresuraba mediante el Opus Dei a ocupar los puestos
prominentes en el poder.

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-Voy a refrescarte la memoria querida Amalia. ¿Te
acuerdas de Don Emilio, el coronel?
-Me estás hablando de cuando acabó la guerra,
hace la torta de años. Pero sí, me acuerdo perfectamente.
Era todo un caballero.
-Pues no te olvides que ese caballero fundó aquí en
Madrid la llamada Junta Política, clandestina por
supuesto.
-¿Y eso qué tiene que ver conmigo? – exclamó
sorprendida Amalia que no sabía por dónde iban los tiros.
Gumersindo se repantigó en el sofá estirándose
como un lagarto al sol. Se dijo que su labor no iba a ser
fácil. Hacer que Amalia retrocediera en el tiempo casi
once años, requeriría paciencia y sobre todo tacto. Le
tendió solícito, ambos brazos.
Según qué mujeres requerían un trato especial y
Amalia era una de ellas. Él sabía como trajinársela.
Conocía su cuerpo palmo a palmo y los puntos débiles de
cada centímetro de su piel.
-Ven acá palomita. Recuéstate a mi lado que me
apetece darte un buen magreo, como los de antes, ¿te
acuerdas?
-Eres un pedazo de cabrón, Gumer – le contestó
sonriente la celestina, satisfecha por saberse nuevamente
deseada.
El coronel le sonrió con suficiencia. Tiempo atrás
esa hembra siempre estuvo a su merced para toda clase
de trabajos, tanto de cama como de investigación. Ahora,
pasados los años se hacía la digna pero al final
claudicaría. El Gumer sabía cómo tratar a las mujeres. De
no pertenecer a la Policía Armada hubiera sido un
excelente chulo de putas.
El coronel comenzó lamiendo muy lentamente el
cuello de Amalia mientras ella, acurrucada como una

99
gata entre sus brazos, soltaba leves gemidos de
satisfacción. Después el policía prosiguió el recorrido por
el amplio escote. Hacía tiempo que Amalia no disfrutaba
el placer de estar con un auténtico macho, pero Gumer
siempre había conseguido ponerla a cien, por lo que se
prometía una maravillosa e inesperada velada.
-Eres un cachondo Gumer. Tan pronto me llamas
estúpida como me chupas los pezones. En el fondo me
echas de menos ¿no?
-Siempre me has gustado, nena. Además a los dos
nos encantan las mismas guarradas, y por cierto, ¿No fue
un antiguo cliente tuyo el que te quiso grabar en las
nalgas el escudo de la Falange?,... ¿Cómo se llamaba,
que no me acuerdo?
Amalia se levantó rápidamente del sofá. Paqui les
estaba observando apoyada indolentemente en una
columna del amplio salón, con evidente cara de asco.
-¡Sube inmediatamente a tu habitación! – le ordenó
furiosa – Y olvida todo lo visto y oído.
-No te pongas así, cariño. Deja que la chica se una
al grupo.
-De eso nada. Luego esas zorras largan todo lo que
ven y oyen.
-O sea que aquí se oyen y ven cosas raras, quieres
decir,...
-¡Venga Gumer! No empecemos otra vez y sigue
con la faena que me estabas poniendo en forma – se
quejó Amalia – No me gusta que mis chicas me vean
excitada con un hombre.
-Te hice una pregunta, cariño.
-¡Ah, sí!,...No me acuerdo como se llamaba aquel
hijo de puta.
-Yo te lo diré, zorra mía. Tu adorado caballero Don
Emilio. Así se llamaba. Un Camisa Vieja de Falange

100
perteneciente a la Unión Militar Española. Un militante
radical-nacionalista. En definitiva, un conspirador a las
órdenes directas del General Yagüe.
-Me estas hablando de fantasmas. Franco destituyó
a Yagüe en el cuarenta. No entiendo a que viene todo
eso, cariño. Sigue lamiéndome los pechos, por favor.
El coronel se desprendió suavemente del
voluptuoso abrazo de Amalia y se sirvió otra copa de
aquel excelente Rioja del 42. Después,
parsimoniosamente encendió un Montecristo. No tenía
tiempo que perder si quería salvar su carrera. Estaba al
tanto que algo gordo se cocía en las altas esferas y no
quería ser descubierto. Intuía que Amalia poseía
información privilegiada de toda la Vieja Guardia de
Falange, del Ejército y hasta de la Nunciatura Vaticana y
esa información tenía que ser suya a cualquier precio.
Estaba acostumbrado a manejar datos y a utilizar a la
gente.
Aquel pedazo de zorrón verbenero no iba a ser
menos y tenía que sonsacarle toda la información posible.
-Vamos a ver si me entiendes, pequeña. Se está
preparando algo gordo y yo necesito nombres, fechas y
datos. Me consta que tú posees lo que yo quiero y
tenemos dos formas de entendernos. A las buenas o a las
malas. Hasta aquí me sigues ¿no?
-Te sigo pero no puedo hacer nada por ti. No me
acuerdo ni de lo que comí ayer. Tengo muy mala
memoria, Gumer – repuso Amalia visiblemente molesta,
pero sacando sus senos fuera del escote para que
pudieran ser acariciados.
El magreo mutuo no surtía el efecto deseado por
ambas partes. Ella se extrañó de la nula excitación por
parte de Gumer. Sus atributos masculinos no
reaccionaron como de costumbre a las caricias de su

101
experta mano, que sabía como elevar hasta el espíritu de
un muerto.
El coronel no estaba por la labor. Tenía el
pensamiento en otra parte. Mientras lamía los pechos de
Amalia, se preguntaba en qué lugar se encontraría
escondido aquel pequeño diario del que le habló un ex
jefe de Falange caído en desgracia, acusado de traición al
Movimiento y cosido a hostias durante cinco días en la
D.G.S. Algo importante debía contener aquel manuscrito
para que Amalia se hiciera la loca.
Gumersindo interrumpió de repente el recorrido de
lengua y se levantó del sofá estirando con toda calma su
guerrera plagada de condecoraciones. Observó de reojo a
la celestina de lujo, pudiendo comprobar que el repentino
corte de caricias no le había sentado nada bien.
-¿Qué te pasa ahora, si puede saberse?
-Se acabó, pequeña. Tú y yo no tenemos nada más
que hablar. Te doy sesenta días de plazo para que
cumplas con tu deber.
-¿De qué deber me hablas? ¡Maldita sea tu
estampa, cabrón de mierda! ¡No quiero verme envuelta
en vuestros asquerosos manejos políticos! Y entérate de
una vez, tío listo: si tengo algo de valor, eso no lo verán
tus ojos. Es mi salvavidas en caso de naufragio. Pueden
rodar muchas cabezas si algún día me da por abrir un
libro. Hasta la tuya puede caer al suelo. Vete con ojo.
Estaba confirmado. Ella misma se había delatado.
Amalia era la depositaria del comprometido manuscrito,
objetivo primordial del Coronel, y encima se permitía el
lujo de amenazarle aireando su contenido.
-Como quieras, nena. Tú tienes la penúltima
palabra, pero no te olvides que la Policía tiene la última.
Tan sólo necesito que me entregues un pequeño diario

102
con unas tapas de piel parecidas a pergamino. Todo será
más fácil si cooperas con nosotros.
Amalia se quedó petrificada al comprobar lo bien
enterado que estaba aquel hijo de perra, de todos los
detalles concernientes al manuscrito que ella guardaba
tan celosamente en el doble fondo de su mesilla de
noche. El único que tuvo acceso a su lectura fue Ramón,
aquel jefazo de Falange que le ayudó a montar el
prostíbulo. Por cierto, que hacía casi un mes que no
recibía noticias suyas.
-¡Bien, querida! – suspiró Gumersindo – Ahora te
dejo. Subiré a la habitación de la Susi a presentarle mis
respetos. Está bien buena esa potranca.
-¡Eres un hijo de puta, Gumer!,... ¡Maldito seas!
-¡Hasta luego, nena! – respondió el coronel con una
carcajada, subiendo parsimoniosamente por la escalera.

El reloj de la Puerta del Sol daba las campanadas


correspondientes a las dos de la madrugada, cuando un
coche oficial de la Policía Armada enfilaba la entrada
lateral a la D.G.S. por la calle del Correo.
El coronel Gumersindo López y el teniente coronel
de la Guardia de Franco se apearon del vehículo entre
grandes carcajadas que retumbaron en el patio como
cañonazos, despertando al oficial de guardia.
-A las órdenes de Usía, mi coronel. Sin novedad en
la guardia.
-¿Tenemos hospedado todavía al traidor del
falangista? – preguntó Gumersindo abriendo una cajetilla
de cigarrillos Chesterfield.

103
-En efecto mi coronel. Se encuentra en calabozos a
la espera de vuestra decisión – respondió el oficial
mirando con envidia el tabaco de contrabando.
-Que lo suban inmediatamente a mi despacho,...
¡Ah!, y que le preparen para un interrogatorio. Ya sabe,...
Un poco de cera previa para que se despierte.
¡A las órdenes de Usía, mi coronel! – se cuadró el
oficial de policía, al que no le apetecía nada en absoluto
el ponerse a repartir hostias a las dos de la madrugada.
Chirriaron cerrojos y se abrieron puertas. Ramón,
falangista de la Vieja Guardia, ex combatiente en la
Cruzada, citado en media docena de partes de guerra por
su arrojo y valentía en acciones de combate y
divisionario condecorado en el frente ruso por el propio
General Muñoz Grandes, salió de su celda arrastrándose
bajo una lluvia de patadas y golpes propinados con las
porras reglamentarias que esgrimían tres energúmenos de
la Policía Armada.

104
Paqui se encontraba tumbada en su habitación
sobre una cama totalmente revuelta tras la primera
actuación como puta oficial al servicio del Régimen. Se
sentía sucia, asqueada de lo que aquel cerdo de policía le
había obligado hacer con su cuerpo. La bellísima ropa
interior que tanto le gustaba, estaba desgarrada y
manchada de sangre. Todavía no había reaccionado ante
el repetitivo acto de sodomía del que había sido objeto.
Notaba el cuerpo como roto, pringado de semen,
con el cuello y los pechos marcados a mordiscos, dos de
los cuales le habían afectado ambos pezones
produciéndole heridas sangrantes.
Se levantó de la cama sentándose en el bidé para
intentar detener con agua fría la hemorragia producida
por el desgarro anal acontecido después de haber sido
violada salvajemente. Por un momento, cuando después
de ser sodomizada por primera vez en su vida, el coronel
la obligó a un acto de felación, acarició la idea de cerrar
con fuerza las mandíbulas para aprisionar entre sus
dientes aquel maldito miembro y arrancárselo de cuajo.
Lloraba mansamente sujetándose la cabeza con
ambas manos mientras dejaba que el agua helada paliara
el ardor que sentía entre los glúteos. El recto lo tenía en
carne viva.

105
Se acordó de sus hijos, que a esas horas estarían
durmiendo en el destartalado albergue de Auxilio Social
en la calle San Bernardo; se acordó igualmente de su
pobre marido postrado en una cama del pabellón
destinado a los tuberculosos en el Hospital de San
Carlos,... Soñó con el encalado pueblo que la vio nacer
allá en La Mancha antes de estallar la guerra,... soñó con
la mies, con la viña, con el agua,...
Todo su ser se rebeló contra lo acontecido en la
última hora vivida tras los muros del palacete de la
Avenida del Generalísimo.
Se acabó. Nunca más un hombre volvería a
ultrajarla de una forma tan brutal y vergonzosa. Se
pasaría por el albergue para recoger a sus hijos y
regresaría a su barrio en Vallecas de donde jamás debió
salir. Mientras existieran escaleras para fregar en Madrid,
ni a sus hijos ni a su marido les iba a faltar comida. Se
vistió con lo primero que encontró a mano y salió
precipitadamente de la habitación caminando con las
piernas separadas debido al profundo dolor que sentía en
la zona rectal.
Se juró que ningún hombre volvería a penetrarla
analmente.
-¿Dónde crees que vas, pendón? Pasa a mi
habitación.
Doña Amalia estaba apostada a la puerta de su
cuarto envuelta en una bata de seda casi transparente,
sujetando una palangana y un rollo de algodón hidrófilo.
Junto a ella se encontraba Esmeralda totalmente desnuda,
con el pecho y la espalda cruzados a latigazos. Uno de
sus pómulos estaba inflamado y el cuerpo cubierto de
moratones. Era la viva imagen de la desolación, y del
patetismo elevado a su máximo exponente.

106
-No te quejes. A otras les ha ido peor – dijo la
celestina señalando a Esmeralda – A ti no te han
flagelado todavía.
Paqui se irguió cuanto pudo desafiándola con la
mirada. Estaba decidida a conseguir su libertad aquella
misma noche.
-Y nadie lo hará. Ningún hijo de puta como tus
amigos fachas volverá a ponerme la mano encima, ni a
ella tampoco. Salgamos de aquí, Angustias. Recoge tus
cosas y larguémonos cuanto antes de este antro de
mierda.
Amalia soltó la palangana y el algodón
interponiéndose entre las dos mujeres. Nadie le iba a
robar a Esmeralda. Le pertenecía, era suya en todos los
aspectos. Ella la había descubierto para el mundo de la
prostitución y antes que Angustias fuera desvirgada por
la Banca, tuvo la oportunidad de ser la primera en probar
los placeres de su juvenil cuerpo.
-¡Maldita zorra manchega, no serás tú quien se la
lleve!
Se lanzaron la una contra otra como dos fieras
peleándose por una presa. La constitución física de Paqui
superaba con creces a la de Amalia, mucho más delgada.
La manchega se olvidó del intenso dolor que
soportaban sus partes íntimas. Aferrándose con todas sus
fuerzas a la cabellera de Amalia, la zarandeó a su antojo
por toda la habitación arrastrándola entre las sillas, el
tocador y las mesillas de noche derribándolo todo a su
paso. La celestina no tuvo ni una sola oportunidad para
defenderse; su cabeza se golpeó contra el saliente del
tocador, quedando sin sentido y con un profundo tajo en
la frente. Paqui continuaba dándole leña, maldiciéndola
entre golpe y golpe.

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-¡Maldita sea tu sangre, hija de puta! ¡Voy a
partirte en dos!
-¡La vas a matar, déjala ya! – gritó Angustias
aterrorizada.
-¡Aprisa niña, recoge lo que puedas y vámonos
antes que las otras se den cuenta!,...Busca en los cajones
y pilla lo que encuentres...joyas, dinero, lo que sea, pero
rápido. No hay tiempo que perder.
Paqui vació los cajones de una de las volcadas
mesillas de noche. En medio de un revoltijo de bragas y
sujetadores encontró dos mecheros Dupont de oro,
esclavas, pendientes, anillos y un precioso brazalete de
brillantes. Lanzó un grito de sorpresa cuando aparecieron
dos gruesos fajos de billetes metidos en un doble fondo
del cajón. Continuaba buscando con nerviosismo a la
espera de otro descubrimiento monetario, cuando sus
manos tropezaron con un pequeño libro que ni se molestó
en abrir, tirándolo a los pies de la asustada Angustias que
asistía al sistemático desvalijamiento de la mesilla de
noche.
-¡La mala pécora! – exclamó Paqui enarbolando
una Star 9 m/m – Hasta una pistola tiene la muy cabrona.
-Tengo mucho miedo, Paqui – sollozó Angustias –
Vámonos de una vez. Creo que está muerta.
-No tendremos esa suerte. Mala hierba nunca
muere.
Metieron todo lo incautado dentro de un gran bolso
de piel negra. El dinero sumaba una cantidad cercana a
las cuarenta mil pesetas y en cuanto a las joyas, Paqui no
tenía ni idea de lo que le podrían dar por ellas en el
Rastro. La cuestión era, que eran ricas. Ninguna de las
dos había visto en su vida tanto dinero junto.
A la Angustias siempre le gustó leer novelas de
amor y pensó que ya tenía un libro a mano para

108
entretenerse. Recogió de la alfombra el pequeño diario
encuadernado con tapas que parecían ser de pergamino y
lo introdujo en el bolso negro junto con las joyas y el
dinero.
-Hay que marcharse, niña. Vístete lo más
rápidamente posible. Todavía tengo que recoger a mis
hijos.
-Nos perseguirán. Además de putas, ahora somos
ladronas – gimoteó Angustias.
-No te preocupes por eso. Yo sé dónde podemos
escondernos.
Bajaron precipitadamente por la escalera
encaminándose a la cocina del palacete. Paqui era una
mujer previsora en cuanto a la comida y la despensa
estaba a reventar de vituallas a cuál mejor. No estaban los
tiempos como para desperdiciar una oportunidad
semejante. Cargaron en una cesta de mimbre con un
jamón de Jabugo, latas de caviar y dos lomos
embuchados. No se olvidaron de coger tres botellas de
champagne francés y dos de Rioja. A Paqui siempre le
gustó el vino.
Salieron del palacete con la mercancía a toda la
velocidad que les permitían sus mermadas fuerzas. Paqui
notó que estaba sangrando por el ano pero apretó los
dientes con rabia. Necesitaban localizar un taxi.
No era precisamente la hora más adecuada. La
Avenida del Generalísimo en aquellas horas de la
madrugada se encontraba totalmente desierta y
escasamente iluminada. Corriendo como locas cruzaron
solares y descampados con dirección a la calle de San
Bernardo, objetivo primordial de Paqui. El peso de la
cesta de mimbre retrasaba la fatigosa huida. Angustias
cayó extenuada cuan larga era sobre el adoquinado.

109
-¡Por favor Paqui, dejemos la cesta!,... ¡Pesa una
barbaridad!,...
-Ni hablar de eso. La comida no se deja tirada en la
calle.
Apoyándose la una en la otra llegaron a la
confluencia con la calle Génova, echando los bofes. De
repente Angustias se apercibió que un taxi con la luz
verde circulaba lentamente en dirección contraria.
-¡¡Taxi!! ¡¡Taxi!!
El Citröen Stromberg efectuó un brusco giro
cambiando el sentido de la marcha, frenando al lado de
las dos fugitivas.
-A la calle de San Bernardo, rápido – le indicó
Paqui.
-Mucha prisa lleváis ¿no? – se interesó el taxista.
-Usted calle y conduzca. Si se porta bien habrá
buena propina.
-Lo que tú digas, nena – sonrió el conductor
tomándolas por dos busconas de la noche madrileña.
El taxi ascendió por la calle Génova enfilando los
bulevares a toda velocidad y giró a la izquierda al llegar
al cruce con San Bernardo.
-Pare. Es aquí. No baje bandera. Y tú Angustias,
intenta descansar mientras recojo a los niños.
Paqui pulsó repetidamente el timbre de la puerta
del albergue de Auxilio Social situado en un viejo y
destartalado edificio. Pasaron cinco minutos hasta que
apareció en la puerta una vieja envuelta con una raída
bata, medio adormilada y con claros síntomas de haber
empinado el codo.
-No son horas de venir a buscar a sus niños, señora.
Vuelva por la mañana y se lo dice a la directora. Yo soy
la guardesa de noche y no entiendo de esas cosas.

110
Paqui valoró la situación. Aquella vieja borracha
podía complicarle la existencia si se negaba a entregarle
los niños. Instantáneamente urdió una trama y pensó que
el dinero lo compra todo. Mintió descaradamente
aderezando la actuación con fingidos sollozos.
-Mi marido ha fallecido y está de cuerpo presente.
Quiero que mis hijos vean a su padre antes que se lo
lleven al cementerio. ¡Por favor, señora!,...Tengo un taxi
esperando en la calle y tenemos que llegar a Córdoba
antes de las once de la mañana. No puedo esperar a que
llegue la directora,... ¡Por favor, se lo suplico!,...Yo sabré
recompensarle el favor, ya verá,...
Paqui abrió el bolso negro sacando un fajo de
billetes de cincuenta y cien pesetas. A la vieja se le salían
los ojos a medida que la manchega iba contando
lentamente los billetes de uno en uno. Así hasta
quinientas pesetas. Mucha cazalla se podía comprar con
tanta pasta. La vieja guardesa se embolsó
apresuradamente el dinero y le franqueó el paso al
interior del albergue.
-Lo hago por usted señora y debido a un caso de
extrema necesidad, que de lo contrario debería esperar
hasta mañana. Por cierto, le acompaño en el sentimiento.
¡Qué Dios le tenga en su Gloria! – suspiró, pensando en
la cantidad de botellas de buena cazalla y de anís
Machaquito que podría adquirir con la suculenta propina.
Entre Paqui y la vieja metieron a los tres niños
totalmente dormidos en el interior del taxi. Cuando el
vehículo se puso en marcha, Paqui lanzó un suspiro de
alivio. La primera parte de la operación había sido un
éxito. Ahora tenían que esconderse por una temporada.
-Pues tú dirás dónde os llevo – dijo el taxista.
-A la Avenida de San Diego, en Vallecas.
-¡Joder, vaya barrio!

111
-¿Qué pasa con el barrio? – se extrañó Paqui.
-Que está lleno de manguis, eso es lo que pasa.
-Lo que está es lleno de pobres, que no es lo
mismo. No todos podemos vivir en el centro y menos un
trabajador.
-Pues yo soy un obrero y no vivo en Vallecas.
-A lo mejor el señor vive en Puerta de Hierro – le
respondió Paqui con manifiesto desdén.
El asalariado taxista no volvió a decir ni mú
durante el resto del recorrido. Mentalmente hizo sus
cálculos y pensó que a la vuelta de San Diego se las vería
moradas para conseguir un cliente de retorno hacia el
centro de Madrid. Tenía la alternativa de parar en la
estación de Atocha y esperar la llegada de los trenes
correo que arribaban a primeras horas de la mañana.
Aquella noche había sido nefasta. Cuatro borrachos y un
par de putas vallecanas por toda clientela. Ocho pesetas
de propina. Una ruina. Estaba pensando seriamente en
hacer oposiciones para conseguir una plaza de
funcionario en la Policía Municipal.
El Citröen se detuvo en el cruce de San Diego con
la calle de Manuel Laguna, en aquella hora envuelta en
sombras.
-No puedo entrar en esa calle. Es un barrizal.
-No importa. Dígame que le debo.
-La carrera asciende a cuarenta y dos con cincuenta
y la voluntad, la que tú tengas, chata.
-La chata lo será su señora madre. Cóbrese.
Paqui le pasó un billete de cien pesetas.
-¡Uf!,...Lo siento pero no tengo cambio – mintió el
taxista.
-Quédese con el cambio y que le aproveche.
-¡Gracias, rumbosa! – exclamó atónito el taxista
ante tal propina.

112
-Si quieres te ayudo a llevar los niños hasta tu casa.
-Usted a lo suyo. Buenas noches – le contestó
Paqui cerrando la puerta del taxi de un portazo.
El taxista se dirigió a toda velocidad hacia la
Avenida de la Albufera. No le agradaba transitar por
aquella zona llena de baches y calles de tierra apisonada
sin adoquinar. Pasó de largo frente a la estación de
Atocha con la luz verde apagada. Aquella última e
inesperada propina le daba opción a efectuar una parada
en la calle del Arenal, para tomarse un chocolate con
churros y unas copitas de anís en la chocolatería del
callejón de San Ginés, que ya estaría a punto de abrir.
Incluso podía quedar con alguna de las furcias que a esa
hora se retiraban a descansar después de una noche de
trabajo. Ya vería. Cincuenta y dos pesetas de propina más
las ocho acumuladas, daban para mucho.

Allí estaba su vieja y querida chabola. Sumida en la


oscuridad de la noche, aguardando pacientemente el
regreso de su inquilina y los juegos y las risas de los
niños. Por primera vez desde su llegada al barrio de
Vallecas, Paqui se sintió feliz al abrir la puerta.
Acostaron a los tres niños en una de las dos camas
del único dormitorio de la vivienda. Ellas dos dormirían
en la de matrimonio. Se encontraban destempladas y
maltrechas, rotas moral y físicamente tras aquella fatídica
noche en el palacete de los fachas.
-No te preocupes Angustias. Con el dinero que
tenemos, aquí en Vallecas seremos unas reinas. Si algún
vecino te pregunta, tú eres mi hermana pequeña que ha
venido del pueblo para trabajar en Madrid ¿de acuerdo?
Y ahora deja que te cure la espalda.

113
Angustias afirmó con la cabeza. No tenía a nadie en
el mundo y Paqui en los pocos días que estuvieron juntas
en el prostíbulo de lujo, siempre la cuidó como si
verdaderamente hubiera sido su hermana mayor. Se echó
en sus brazos llorando como la niña que era, buscando el
calor y el refugio que jamás tuvo.
Sobre los tejados de las casas bajas, dos gatos
andaban a la greña en pos de una hembra en celo. En la
calle, sombras, silencio y barro.

114
Una ambulancia militar se detuvo un domingo por
la mañana frente al bar de Miguel “El Maestro”. Los
vecinos que estaban bajo la parra del cerrado
establecimiento se agruparon curiosos en torno al
vehículo sanitario. Dos soldados y un cabo con los
distintivos del Cuerpo de Sanidad abrieron la puerta
trasera del vehículo.
El primero en aparecer fue el Maestro con la
cabeza vendada, que salió por su propio pie. Una camilla
fue depositada sobre la tierra con el cuerpo de Félix
tapado con unas mantas. Se encontraba consciente pero
extremadamente debilitado. Sus pómulos parecían como
querer salir disparados de la piel y los ojos se
encontraban profundamente hundidos en sus cuencas. No
era ni la sombra de aquel atlético bombero que tanta
admiración causó a las jóvenes y no tan jóvenes del
barrio.
-Ya lo sabes, Miguel – le dijo el cabo sanitario al
despedirse – Tenéis revisión en el Hospital Militar dentro
de quince días. Y no os olvidéis de tomar todas las
medicinas que os han recetado. Te dejo la camilla para
que podáis transportar a Félix con cuidado de un lado a
otro. Ya sabes que debe moverse lo menos posible.

115
Cuando la ambulancia se puso en marcha se desató
el jolgorio colectivo. Félix y el Maestro estaban de vuelta
en casa y lo que era más importante, estaban vivos.
-Llévame a casa, Maestro – musitó casi sin aliento
Félix – quiero ver a mi Madre. Hace días que no la veo.
El Juanaco, el Pachi, y el Sastre junto con el
Maestro se hicieron cargo de la camilla de lona. Félix
cerró los ojos al ver a tanta gente en torno a él
preocupándose por su estado de salud. Le emocionó el
recibimiento.
Eran sus amigos, su gente. Hubiera querido
abrazarles uno a uno y decirles cuánto les había echado
de menos desde la noche de la inauguración de su
chabola. Ahora se sentía como si flotara debido a tanto
medicamento suministrado por los médicos militares, que
le trataron como a un rey. Buena gente los de Sanidad, sí
señor. Y las monjas, unos ángeles con tocas blancas que
le mimaron como a un niño al enterarse por el capitán
médico de lo que había ocurrido en el cuartelillo de
Vallecas.
-No te apures, hijo – le comentó un día Sor
Manuela – Tu Ángel de la Guarda les dará su merecido.
Él será tu vengador.
Félix no deseaba venganza, tan sólo quería olvidar
aquellos dos días de infierno pasados en el cuartelillo de
la Guardia Civil. La humillación y el dolor sufrido
pesaban en su ánimo, pero ahora estaba de nuevo en casa
mirando con todo el amor del mundo el cuadro de su
Madre.
La Virgen de la Paloma le sonreía a través del
cristal.
En los siguientes días de convalecencia no hubo ni
un sólo momento que estuviera a solas en su habitación.
Sus amigos se turnaban para cuidarle, hacerle la comida

116
y cuidar del pequeño huerto situado en la parte trasera de
la chabola. Los medicamentos y las inyecciones le eran
administrados por el Maestro, experto en lides sanitarias.
-Enséñame el culo que entro a matar – le decía con
la aguja en la mano simulando que estoqueaba a un toro.
Fue un buen paciente Félix. Se dejó medicar y
acribillar por el Maestro sin rechistar. Poco a poco iba
recuperando las fuerzas hasta que un día en que el
Juanaco salió a comprar tabaco dejándole solo por un
momento, a Félix le dio un golpe de tos y comenzó a
sangrar por la boca.
Se asustó y gritó pidiendo socorro con todas las
fuerzas que le permitían sus debilitados pulmones.
-¡Nuestro vecino está pidiendo socorro, Paqui! –
exclamó Angustias al oír los gritos de Félix a través del
tabique de la casa.
-¡Dios nos asista!
Las dos mujeres salieron precipitadamente de su
casa por el patio trasero y entraron por el colindante
huerto de Félix al que encontraron tendido en el suelo en
medio de un vómito de sangre. Entre las dos le auparon
depositándole encima de la cama. Félix las miró entre
sorprendido y extrañado por tan súbita y angelical
aparición.
-Somos tus vecinas y hemos entrado por el huerto
al oír tus gritos pidiendo socorro – le informó Paqui
secándole la frente con el borde de su delantal de cocina.
-No os conozco, pero gracias por venir. De repente
he comenzado a tirar sangre por la boca y me he
asustado. No ando muy bien de salud y tengo los
pulmones hechos una mierda.
-Estamos enteradas de lo que te pasó. Todo el
barrio lo sabe.

117
Paqui se quedó mirándole como extasiada, con
lágrimas en los ojos. Hacía cinco días que le habían
avisado desde el Hospital de San Carlos para que se
hiciese cargo del cadáver de su marido. También él había
muerto entre vómitos de sangre comido por la
tuberculosis. No tuvo tiempo de disfrutar con el jamón de
Jabugo que Paqui le dejó en su mesilla. La noche que
bajaron a Martín al depósito, los enfermeros se pusieron
ciegos de jamón de pata negra y caviar ucraniano.
-¡Firmo por un palmao así cada noche! – exclamó
el jefe de guardia – ¡A la salud del muerto! – apostilló,
mascando el caviar.

-Angustias, acércate al Macario y que te ponga un


kilo del mejor jamón que tenga – dijoPaqui – Y pásate
por casa y te traes unas latas de aquellas que tú sabes y
un par de botellas de vino. Esto sólo se cura comiendo
como Dios manda.
¡Y no te olvides de traer para hacer un buen cocido!
– le gritó desde la puerta.
Paqui estaba segura que el remedio para todos los
males estribaba en llevar el estómago caliente, y razón no
le faltaba. Se metió entre los pucheros de la pequeña
cocina y puso a calentar agua en una olla. Félix
observaba complacido desde la cama las maniobras
culinarias de aquella más que guapa mujer, que se puso
con diligencia a fregar los cacharros amontonados en la
atestada pileta.
-Tus amigos son unos guarros. No se puede tener la
cocina así de pringada.
-Los pobres hacen lo que pueden. Se turnan para
cuidarme.
-Ya lo sé, pero dime, ¿Cuánto hace que no comes
un plato caliente, un buen cocido por ejemplo?

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-Ni se sabe. Mis amigos no saben cocinar –
respondió Félix recordando con una sonrisa el cisco que
se armó en la cocina el día que al Maestro y al Juanaco
les dio por condimentar una fabada.
-Los hombres no valéis para estar solos – suspiró
Paqui.
Soplaba una suave brisa que entraba a través de la
puerta que comunicaba con el huerto, contribuyendo a
refrescar el sofocante ambiente de la casa baja. Félix se
había quedado amodorrado oyendo a lo lejos la cantarina
voz de aquella mujer, que por cierto, no le había dicho
como se llamaba. El inconfundible sonido de la verborrea
del Maestro le devolvió al mundo de los vivos.
-¡Qué la vida es sueño y los sueños, sueños son!,
¡Ya lo dijo Calderón! – exclamó con énfasis citando al
ilustre dramaturgo – ¡Despierta mi querido amigo y
prepárate para saborear un exquisito manjar preparado
por las expertas manos de Paqui, una bella Dulcinea
manchega donde las haya, vive Dios!
-Hola Félix. Yo soy Paqui.
Ambos quedaron mirándose profundamente. Félix
se pasó la mano por la hirsuta barba, producto de no
haberse afeitado en una semana y le fastidió la repentina
presentación ante aquella hermosa mujer que le
consideraría sin duda un guarro por ir con tan descuidado
aspecto. Paqui se recompuso coquetamente el pelo. Pensó
que si Félix la hubiese visto maquillada y con el vestido
de noche, se le pasarían de golpe todos los males. Se
quitó el delantal de cocina, mostrando toda la rotundidad
de su cuerpo. Félix sintió un leve cosquilleo en la
entrepierna.
Paqui superaba con creces a Carlota y además era
más joven que la piadosa viuda de los picardías color
malva.

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-Te dejo en buenas manos apreciado caballero de la
triste figura. Sacia el apetito y vigila tus instintos. Y tú,
¡Oh bella Dulcinea!, devuelve el color y la vida a ese
enflaquecido cuerpo mediante este fabuloso cocido
manchego, del cual espero me guardaréis un buen plato
para que este humilde tabernero sepa también lo que es
comer caliente aunque sea de Pascuas a Ramos.
La despedida del Maestro hizo que tanto Paqui
como Félix prorrumpieran en una sonora carcajada. El
bueno de Miguel tenía la facultad de alegrar el ambiente
soltando cuatro palabras con ampuloso y teatral gesto.
-Ese Maestro es la hostia – comentó Félix.
-A todos nos hace falta reír un poco de vez en
cuando. Intenta incorporarte que te voy a dar la sopa –
dijo Paqui poniendo en un plato dos cazos del humeante
caldo de cocido.
-No te molestes Paqui, comeré en la mesa.
-De eso nada. Y no es ninguna molestia el servirte.
Ojala hubiera podido hacer lo mismo con mi pobre
marido.
Félix pegó un respingo. Involuntariamente asoció a
Paqui con Carlota. Las dos eran viudas y le prodigaron
sus cuidados. Carlota le tenía a su merced en la bañera
cuando se produjo el lamentable incidente de la
camuflada ladilla y ahora Paqui le estaba dando la sopa
cucharada a cucharada como a un niño. Hizo un repaso
mental de su cuerpo y se dijo que no estaba precisamente
en las más higiénicas condiciones para intentar una
aproximación física con Paqui. Necesitaba urgentemente
un baño.
-¿Qué le pasó? – le preguntó Félix interesándose
por el marido.
-Pues que lo enterré la semana pasada. Eso fue lo
que pasó.

120
-Lo lamento Paqui. No llegué a conocerle.
-Tú no vivías aquí cuando se lo llevaron al hospital.
Murió tuberculoso perdido. Si yo entonces hubiera
dispuesto de dinero, se podría haber salvado. El dinero lo
puede todo.
-Pero no vence a la muerte, Paqui. Sería su hora.
-Los pobres nunca vencen a nadie. Si me hubiese
quedado en el pueblo, mi Martín estaría vivo. Fue la
maldita miseria de este maldito Madrid la que se lo llevó
al otro mundo – rompió con un sollozo, soltando la
cuchara en el casi vacío plato.
Félix no sabía qué responder ni qué hacer. Paqui se
había tapado la cara con ambas manos, estallando en un
llanto incontenible que partía el corazón. Una de las
cosas que Félix no podía soportar era ver llorar a una
mujer. Siempre se imaginó a su Madre llorando
angustiada al pie de la Cruz ante su Hijo muerto. Con
exquisito respeto, Félix tomó las manos de Paqui
apartándolas de su cara. Estaba sentada junto a él en el
borde de la cama, con el plato de sopa en su regazo y la
cabeza entre los hombros sollozando tristemente.
Félix la observaba a través de la rizada cabellera
que le caía en cascada sobre la cara y no pudo reprimir el
instinto de besar con veneración aquellas manos
temblorosas que le devolvieron el repentino homenaje
apretándose con fuerza a las suyas.
Sus miradas se cruzaron. Los dos se encontraban
solos y desprotegidos. Un chispazo de ínfima esperanza y
entendimiento se cruzó entre ambos en el más absoluto
silencio. Paqui sintió como si un escalofrío le recorriera
el cuerpo al sentir el contacto de las manos de un hombre
sobre su piel y las retiró con cierta brusquedad dejando a
Félix más que azorado.

121
-Te ruego me perdones Paqui, pero no puedo ver
llorar a una mujer. Me pone de los nervios. Siento
haberte ofendido.
-No digas tonterías, Félix. Tú no me has ofendido,
al contrario, me has honrado al besarme las manos.
Algún día te contaré lo que pasó en mi vida y entonces
comprenderás.
Paqui se levantó secándose los ojos. Pensó que
Félix no era un hombre vulgar en cuanto al trato que
sabía dispensar a una mujer. El profundo respeto que
notó en su beso traspasó los poros de su piel llegándole a
lo más profundo del corazón. Hacía dos años que ningún
hombre había conseguido ponerle la piel de gallina, pero
aquel beso en sus manos consiguió romper en un segundo
la frigidez de su cuerpo.
-Cómete ahora el cocido. ¿Te aplasto los garbanzos
con las patatas y te pongo un chorrito de aceite?,...Así
están muy ricas.
-Lo que tú quieras Paqui, lo que tú quieras,...
El guiso estaba delicioso. Félix se sentía como
arrullado por las atenciones y sobre todo por la profunda
mirada de Paqui que le envolvía en un halo de verde luz.
El color de sus intensos ojos verdes le tenía totalmente
fascinado. En aquellos momentos hubiera deseado
encontrarse limpio y aseado.
Masticaba lentamente abriendo la boca cuando se
aproximaba la cuchara que Paqui le ofrecía en silencio,
sin dejar de mirarse mutuamente. Félix dijo para sus
adentros que él no estaba tan grave como para que le
dieran la comida en la cama como a un recién nacido,
pero le encantaba imaginarse como hubiera podido ser su
niñez con una madre como Paqui.
-Te voy a preparar un café con leche y luego a
dormir la siesta.

122
-Me estás malcriando Paqui, pero no tengo ni café
ni leche.
-Para eso Angustias ha traído la compra.
La mesa del comedor estaba llena de paquetes y
bolsas de papel de periódico con los más variados
productos. Macarrones, pasta para sopa, bacalao, patatas,
tomates, pimientos, café y una caja con fruta del tiempo.
Entre las provisiones asomaban dos botellas de aceite y
dos de vino de Rioja. Unas latas con el nombre escrito en
alfabeto cirílico coronaban la mesa del comedor, repleta
de provisiones para una semana.
-Hoy no voy a poder pagarte todo esto – indicó
Félix señalando la colmada despensa – No cobro hasta
fin de mes.
-No tienes que pagarme nada. Considéralo como
un regalo entre vecinos. Además me imagino que de hoy
a fin de mes tendrás que comer ¿no?, y la despensa
estaba vacía.
Eso era cierto. Se alimentaba a base de bocadillos
que era lo más fácil de preparar. Hacía días que no comía
caliente, concretamente desde su estancia en el Hospital
Militar y ahora el cuerpo se lo agradecía. Sentía una
dulce modorra.
-Tómate el café con leche. Ya le he puesto azúcar.
Paqui se volvió a sentar en la cama junto a él,
pasándose la mano por su rizado cabello. Félix la
observaba atentamente mientras bebía sorbo a sorbo el
contenido de la taza. Paqui era hermosa, con carácter y
parecía muy segura de sí misma. No dejaba de
perseguirla con la mirada y ella aguantaba el acoso con
una perenne sonrisa.
Se había entablado una dulce lucha sin cuartel,
pugnando por saber quién de los dos aguantaba más sin
bajar la mirada.

123
-Me vas a fundir los plomos como continúes
mirándome así – dijo Félix bajando los ojos hacia a la
taza de café.
-No es esa mi intención – sonrió Paqui – Te miro a
los ojos ya que según se dice, son el espejo del alma.
-¿Y cómo es mi alma?,...Has tenido tiempo para
averiguarlo,...
-Tú eres limpio de alma, pero desgraciado en la
vida, como yo. Los dos estamos cortados por el mismo
patrón. La vida no está siendo fácil para nosotros.
-La mía es un desastre, a qué negarlo, pero espero
tener mi recompensa al final de este jodido tránsito por la
Tierra. Yo creo en un Más Allá donde la justicia divina
ponga las cosas en su sitio.
-No hay justicia en esta vida, Félix. Y en la otra,
está por ver.
Paqui retiró la taza vacía de las manos de Félix. De
pronto su actitud cambió. La dulce sonrisa se borró de su
rostro convirtiéndose en un rictus de dolor. Félix dedujo
que aquella bella mujer era un libro cerrado que debería
descifrar si deseaba leer en su interior. Intentó abrir la
primera página con sumo cuidado.
-Por tus palabras deduzco que no crees en Dios.
-Si como dicen hay un Dios que le protege a uno,
yo soy la última de la fila – respondió Paqui peinándose
ante al espejo.
A Paqui le encantaba ahuecarse su rizada melena,
negra como el azabache y a Félix le pirraba contemplar
aquel cuerpo de locura acicalándose ante el espejo. El
cocido estaba haciendo su efecto en el organismo del
bombero y por un momento cerró los ojos imaginándose
lo maravillosa y placentera que podría ser la vida en
común con su vecina.

124
-Hasta luego bello durmiente – le despertó la voz
de Paqui. Volveré por la noche para prepararte la cena.
Felices sueños.
-Lo serán si sueño contigo – contestó Félix en un
susurro.
-Adiós, Don Quijote.
-Adiós, mi bella Dulcinea.

La Pepona se quedó de una pieza cuando Paqui


entró en la tienda “Ultramarinos La Selecta” a comprar
un jamón serrano. Este soñado producto tan sólo lo
adquirían los más pudientes del barrio y sólo en Navidad,
no en pleno verano. Por supuesto, lo pagaban a plazos.
Pero mira por dónde, una fregona como la Paqui se
atrevía a contravenir las normas y no sólo compraba el
mejor jamón y el más grande, si no que lo pagaba al
contado. Recordó que desde la llegada de la hermana
pequeña, la Paqui no había acudido personalmente a
comprar. Siempre enviaba a la Angustias y eso la tenía
sumamente mosqueada ya que el Macario andaba a la
caza de la nueva moza. Un día que intentó propasarse, la
Angustias le arreó un sartenazo que resonó en la tienda
como un cañonazo.
El Macario estaba con los ojos como platos
observando a la Paqui a través de las ristras de chorizos y
morcillas que colgaban sobre el mostrador. Había
transcurrido un mes desde el último revolcón en la
trastienda, a cambio de un pedido de comestibles por un
valor de ciento cincuenta y cuatro pesetas. Pero había
valido la pena. No existía cuerpo como el de la Paqui en
cien kilómetros a la redonda.

125
-¡Mucho tiempo sin verte, Paqui!,... ¡Nos tienes
abandonados!,...
-Menos cháchara y ponme este jamón – le cortó la
manchega señalando un hermoso ejemplar serrano
colgado de un gancho.
-¿No será mucho jamón para las dos que sois en
casa? – inquirió extrañado el Macario.
-A ti no te importa cuanta gente va a comer de él –
replicó Paqui entre los comentarios y las risas de las que
esperaban turno.
-¡Tú pon lo que te dicen y sanseacabó! – terció la
Pepona pegando un puñetazo sobre el mostrador –
Supongo que la señora pagará al contado.
El retintín con el que pronunció la palabra
“señora”, fue lo que hizo saltar la chispa. A Paqui no le
importó la gente presente.
-¡La señora siempre ha pagado sus compras al
contado so vaca, y si no te lo crees se lo preguntas al
calzonazos de tu marido!
Entre las risas generalizadas de la clientela, la
Pepona se mordió la lengua y desapareció tras la cortina
que daba a la trastienda. Paqui se encontraba a un palmo
del mostrador luciendo un provocador escote desde
donde surgían dos poderosos y palpitantes senos.
Macario se la comía con los ojos y hubiera deseado estar
a solas con ella en la tienda.
En aquel momento estaba dispuesto a cambiar
aquel jamón que valía una fortuna, por un instante de
magreo con la Paqui sobre los sacos de garbanzos.
-Y te aviso Macario – le advirtió amenazante
Paqui – Como intentes propasarte otra vez con mi
hermana pequeña, te quemo este garito contigo dentro.
Ándate con ojo. Quien avisa no es traidor.

126
El Macario se quedó de una pieza ante el poderío y
la actitud de la Paqui. Soñaba con reanudar los
clandestinos encuentros en la trastienda a cambio de
comida, pero ahora comprobaba que la manchega pasaba
del trueque. Y encima le amenazaba con quemarle la
tienda. Estaba hecho un lío.
-Apúrate en despachar, que se acumula el trabajo –
le ordenó la Pepona recién salida de la trastienda, cuando
vio salir a la Paqui del establecimiento con el jamón bajo
el brazo.
-Si es lo que yo digo – continuó, dirigiéndose al
resto de clientas que cuchicheaban la anterior refriega –
No sirvas a quien sirvió. Esa fregona de la Paqui no sé de
qué vive. No trabaja, se ha traído a su hermana del
pueblo que tampoco da ni golpe y viven a todo tren. Yo
no sé de dónde sacan el dinero.
-A mí me dijo que se fue al pueblo a vender unas
fincas – indicó una de las cotillas.
-¡Qué fincas ni qué niño muerto! ¡Si no tenían ni un
real cuando me alquilaron la casa! ¡Un putón es la Paqui!
¡A santo de qué viene tanto escote en el vestir y tanto
lujo en el comer!
-¡Mujer, que la Paqui siempre ha sido una mujer
muy puesta! – exclamó el Macario recordando el tentador
escote.
-¡Y tú un desgraciao que me ha puesto los cuernos,
so cabrón!
Dos morcillas de Burgos se estrellaron en la cara
del Macario al concluir la frase. La fiera indómita que
albergaba la Pepona salió a relucir con todo su esplendor,
ante la hilaridad de la media docena de cotillas que al
final acabaron teniendo que rescatar al Macario de las
garras de la grasienta Pepona, que como un basilisco
arremetía a hostia limpia contra todo lo que se movía.

127
Esa bronca trascendió más allá de San Diego y quedó
registrada como una de las más solemnes.

Aquella tarde después de una larga siesta, Félix se


levantó de la cama y procedió a lavarse con jabón
Lagarto desde la punta de los pies hasta la raíz del pelo,
dentro de un gran barreño de hierro. Después se afeitó
cuidadosamente procurando no dejar ni un pelo suelto.
Vigiló con lupa la intromisión de cualquier ladilla
despistada en sus partes y se cambió de pijama.
Se metió de un salto en la cama justo en el
momento que se abría la puerta que comunicaba con el
patio y entraba Paqui cargada con el jamón, envuelta en
perfume y vistiendo una blusa con un escote de vértigo.
-¡Te has pasado con el jamón, Paqui! – exclamó
atónito.
-¡A comer y a beber, que son dos días! – contestó
Paqui entre risas, descorchando una botella de Rioja
reserva del 42.
-¿Pretendes cebarme?
-Igual sí, para comerte después – le insinuó la
manchega con una enigmática y encantadora sonrisa.
-Poca carne ibas a encontrar en mí. He perdido
mucho peso.
-No es tu carne lo que busco, es tu alma lo que
quiero, la carne se pudre en la tierra, el alma se eleva al
cielo.
Lo soltó de corrido, con la intensa mirada de sus
verdes ojos clavados en los de Félix que no pudo evitar
un voluptuoso estremecimiento.
-Es lo más hermoso que he oído en mi vida.
-No es mía. Me la recitó mi marido cuando éramos
novios.

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-Por él y por nosotros – brindó Félix alzando la
copa de Rioja.
-Por nosotros. Él ya no está aquí. Por ti y por mí.
Bebieron lentamente vaciando sus copas sin dejar
de mirarse ni por un instante. Estaba visto que ella se
había arreglado y maquillado para él y Paqui comprobó
que Félix se había afeitado y olía a limpio. Volvieron a
llenar sus copas. Paqui estaba sentada como siempre en
el borde de la cama, mientras Félix notaba el intenso
calor que desprendía su cuerpo a través de la sábana.
Evidentemente el ambiente se caldeaba por momentos y
las cuatro copas de Rioja del 42 estaban haciendo mella
en los cuerpos y en los sentidos. A Félix le bailaban los
ojos mirando el amplio escote con aquellos dos incitantes
pechos a punto de salirse de su reducto.
-Me estoy mareando – manifestó el bombero
dejando la copa en el suelo – Será mejor que me levante
y cenemos en la mesa.
-Como quieras. Yo te ayudaré. Levántate y
apóyate en mí – se ofreció solícita.
Félix se levantó con lentitud, cargando un poco la
suerte y soltando algún que otro gemido para enternecer
al personal. Cuando a través de la escotada blusa notó en
directo la cintura de Paqui, soltó como un leve quejido
de placer que asustó a la manchega.
-¿Te encuentras bien? Deberíamos llamar al
Maestro.
-¡Ni hablar de eso! ¡El que faltaba! – exclamó
Félix.
Se aferró a su cintura como un náufrago al
salvavidas y en aquel instante, hubiera deseado que la
distancia de la cama hasta la mesa fuera de un kilómetro.
La excitación de Félix iba en aumento, manifestándose su
presencia a través del pantalón del pijama que

129
evidenciaba la súbita elevación de una tienda de
campaña.
La Paqui se dio cuenta del empalme del bombero,
no pudiendo evitar entre risas un comentario al respecto.
-Me parece que estás recuperándote por momentos.
-Será el cocido.
-Será por eso, digo yo – repuso Paqui apretándole
aún más contra su cuerpo – Agárrate bien fuerte para no
caerte.
-Descuida, que tengo donde agarrarme. Estás de un
macizo que rompe, Paqui, y perdona por la vulgaridad.
-No tengo que perdonarte por nada. A las mujeres
nos gusta que nos digan piropos y el tuyo ha sido de lo
más castizo.
El corazón de Félix bombeaba a toda presión. Sus
pulsaciones comenzaron a dispararse, mientras hacía todo
lo posible para ocultar la creciente e incontrolable
elevación que se cocía en el pantalón del pijama; si Dios
no lo remediaba, se le iba a salir por la bragueta de un
momento a otro buscando su libertad. Necesitaba una
excusa para ocultar su estado.
-Será mejor que nos demos la vuelta y vuelva a la
cama, no sea caso que me ponga peor de lo que estoy.
Me noto raro.
-Como quieras. Vamos a la cama.
Mágicas palabras que no hicieron sino aumentar
frenéticamente el ritmo cardíaco del convaleciente. Paqui
sonrió por lo bajo apoyando su cabeza contra el hombro
de Félix, como abandonándose.
El rizado cabello rozó las mejillas y la nariz del
bombero, quien aspirando profundamente el intenso
perfume que desprendía aquella hembra, soltó un
prolongado suspiro que hizo levantar la cabeza de Paqui

130
que le interrogó con una cómplice mirada antes de
hablar.
-¿No crees que ya está bien de tanto disimulo? Los
dos queremos acostarnos juntos. La vida es breve y
estamos perdiendo el tiempo.
Paqui le echó los brazos al cuello al tiempo que
besaba a Félix largamente en la boca con pasión
incontrolada. Necesitaba de nuevo sentirse amada por un
hombre para borrar la última experiencia de su vida
sexual. El cuerpo le pedía guerra y estaba segura que con
el bombero iba a tener como mínimo la de la
Independencia.
Cayeron en la cama entre suspiros y jadeos,
formando un revoltijo de cuerpos que se buscaban el uno
al otro deseando complacerse mutuamente.
-Aguarda un momento – dijo Paqui levantándose
con presteza de la cama, cerrando la puerta del patio y
asegurando la de la calle – No quiero interrupciones ni
visitas inoportunas.
Se desnudó lentamente como le había enseñado
Doña Amalia.
A medida que las prendas iban cayendo
parsimoniosamente al suelo, el convaleciente miembro
del Cuerpo de Bomberos se retorcía desesperadamente
pugnando por entrar en acción.
Félix asistía al espectáculo como hipnotizado y al
borde de una taquicardia. Se sirvió otra copa de vino para
darse ánimos. Ante él tenía un escultural cuerpo que
necesitaba urgente alivio.
-Soy toda tuya, Félix. Trátame con cariño, amor.
La sábana cubrió ambos cuerpos.
Sobre los tejados de las casas bajas, los maullidos
de una gata en celo anunciaban que había elegido a su
macho reproductor.

131
132
La canícula madrileña apretaba fuerte en el barrio
de Vallecas.
La Avenida de San Diego estaba siendo repoblada
con unos escuálidos brotes de moreras y acacias que
algún día posiblemente, y si la chiquillería del barrio lo
permitía, llegarían a convertirse en árboles. De momento
no ofrecían sombra alguna ante la feroz solanera que
abrasaba las calles de Madrid.
En las casas bajas de la calle Manuel Laguna, quien
más quien menos tenía un huerto o pequeño patio trasero
dónde refugiarse bajo una parra o incluso como en el
patio del Chacho, bajo una palmera que además
proporcionaba dátiles amén de una refrescante sombra.
Contaba ese pequeño oasis con pozo propio del cual se
extraía agua de excelente calidad, por lo que la familia
del Chacho no tenía que depender de la única fuente
pública que el Ayuntamiento había instalado en la
esquina de la calle con la Avenida de San Diego.
Junto al pozo, una frondosa higuera productora de
sabrosas brevas era el punto donde se reunía toda la peña
que invariablemente entraba a saco en el huerto.
-El que quiera comer brevas, primero tiene que
limpiar la cochiquera – gritaba la Teodora blandiendo
una escoba.

133
El Chacho y la Teodora criaban unos hermosos
lechones que vendían llegada la Navidad. El recinto era
como una pequeña granja en miniatura donde los
añorados aromas adquirían carácter reverencial. Se olía a
campo y a establo y las gentes recién llegadas del pueblo,
sobre todo los más viejos, se apostaban cerca de la huerta
para aspirar con recogimiento el aire que les retrotraía a
sus antiguos orígenes.
Aquella dominical y calurosa mañana, no cabía ni
un alfiler bajo la higuera del Chacho. Un grupo de
hombres jugaba al dominó dejando caer las fichas sobre
la mesa con sonoros golpes que se añadían al barullo de
la mesa de al lado, donde el Mús era el rey.
-¡Envido y envido y si hay pares cuidao conmigo!
-¡Eres un capullo, Juanaco! Juega bien que se nos
follan – le gritaba su compañero que veía peligrar los
amarracos.
En la mesa contigua, Félix andaba dándole vueltas
al seis doble sin saber donde meter la jodida ficha
mientras el Sastre se aprestaba a cerrar.
-¡Vamos a comer cariño, que se nos pasará la
paella! – se oyó gritar a Paqui a través de la valla del
huerto.
-¡Ahora mismo voy, chata! – respondió Félix
soltando la maldita ficha en un fallo del Pachi.
-¡Si eres más tonto no naces, coño! – saltó el
Sastre.
-Me ha distraído la voz de Paqui llamando a Félix –
respondió el Pachi entre sonoras carcajadas – ¡Qué
emoción! ¡Qué ternura! ¡Cariñooo, la paellaaa!,....
El Pachi se tronchaba de risa sobre el hombro de
Félix. Todos sus amigos se congratularon al enterarse del
apaño entre la Paqui y Félix. A pesar de vivir cada uno en
su casa, era del dominio público que el picadero se

134
encontraba en los territorios del bombero. Por la noche o
a la hora de la siesta, a ninguno de sus colegas se le
hubiera ocurrido hacerles una visita de cumplido so pena
de ser recibidos a escobazos. Todos se alegraron de la
unión entre ambos. Todos, excepto las cotillas oficiales y
por supuesto el Macario.
-¡Date cuenta la cacho golfa!,... ¡Con el cuerpo de
su difunto marido aún caliente y jodiendo como una
descosida con ese bombero!, ¡A saber si la hermana
pequeña no se unirá al grupo!
La Pepona no paraba de cizañar entre las habituales
clientas de “Ultramarinos La Selecta”. Para el Macario
significaba una tortura el oír constantemente los relatos
pormenorizados de lo que ocurría por las noches en la
casa de Félix.
-Pues la otra noche pasaba yo por su puerta y no
veas los ayes y los gritos de cachonda que soltaba la
Paqui, ¡Cómo una loca, oye! ¡¡Más fuerte cariño, más
fuerte!...Asííí!... ¡Asííí!... Para que os voy a contar. Se lo
debía estar pasando bomba, la muy puta. De locura, oye.
-¡Me cago hasta en la leche jodida! – exclamó el
Macario agarrándose el dedo gordo de la mano izquierda
– ¡Menudo tajo!
-Si estuvieras más al tanto de lo que haces no te
hubieras cortado el dedo, so idiota – le escupió la Pepona
– Lo que ocurre es que quieres estar al plato y a las
tajadas con el asunto de la Paqui.
El Macario hacía unos días que no daba pie con
bola.
Estaba obsesionado por reconquistar de nuevo los
favores de la manchega para llevársela a la trastienda y
tumbarla sobre los sacos de garbanzos. No le hubiera
importado vaciar el establecimiento de comestibles, con

135
tal de volver a poseer aquel cuerpo que tan barato le
había salido en multitud de ocasiones.
Entre la Pepona y el resto de cotillas lo traían a
malvivir cuando salía a relucir el tema de las orgías
carnales que se montaban la Paqui y Félix. Por lo visto
tenían audiencia nocturna, ya que las primeras clientas
que entraban por la mañana trasmitían en diferido la
velada de noche al completo con todo lujo de detalles,
incluidos gritos y suspiros a viva voz. El Macario había
pensado en sustituir a la Paqui por su hermana Angustias,
pero visto el sartenazo y las amenazas recibidas prefirió
alejarse momentáneamente de las dos mujeres.
Seguía puntualmente el desarrollo de los escarceos
amorosos de la Paqui preguntando a las clientas – cuando
la Pepona no se hallaba presente, por supuesto – cuántas
veces se lo había montado en la anterior noche e
insistiendo en la exacta trascripción de las frases y los
gemidos que soltaba la ardiente manchega en plena
refriega amorosa.
A la Lola, aquella mañana la traía en danza
solicitándole puntual información adicional de primera
mano. La Lola era una cachonda de armas tomar y asidua
escucha nocturna de los devaneos amorosos de la Paqui.
Se la conocía como Radio Nacional de España en
Vallecas y sus partes informativos eran oídos con
expectante silencio.
-Dime Lola, ¿Cuántos polvos en la pasada noche? –
babeaba el Macario.
-Tres, de fijo que yo sepa. Luego me fui a darle
caña a mi Jacinto, que yo ya me estaba poniendo
cachonda de oír tanta jodienda sin catarla. Pero antes de
irme ya se estaban preparando para el siguiente polvo.
Esos dos joden más que una china en un ojo, pero ella es
la que manda en la cama. “Házmelo así, házmelo asá,

136
por aquí, por allá”,... En fin, ya te digo. Se lo montan de
película,... Ponme un cuarto de manteca de cerdo.
-Oye, y la Paqui, ¿qué decía? ,... ¿se quejaba?,... ¿le
gustaba? ¿eh?
-Mira Macario, no te hagas pajas mentales. Se lo
preguntas tú mismo a la Paqui,... Y sírveme que tengo
prisa.

-Todavía no me has dicho quién te hizo esto.


Félix acariciaba los pezones de Paqui después del
desahogo sexual a la hora de la siesta. La marca impresa
en la piel por los dientes del Coronel de la Policía
Armada, seguía latente en ambos pechos.
-No vale la pena de recordar malos ratos, Félix. Lo
pasado, pasado está. Además tú no podrías hacer nada
contra ese hijo de puta. Está demasiado alto para
nosotros.
-Tengo un par de cojones para partirle el alma al
mismo diablo.
-Ese cabrón es peor que el mismo demonio.
-No hay hombre que esté libre de venganza. Dime
quién es y te juro que no volverá a masticar con sus
dientes.
Félix estaba deseando echarse a la cara al causante
del trauma físico y psíquico por el que pasaba su
compañera de cama. Como buen observador que era, a lo
largo de su relación sexual con Paqui pudo comprobar
que a pesar de la fogosidad de la manchega haciendo el
amor, existía un tabú infranqueable muy difícil de salvar.
Lo comprobó una noche cuando intentó penetrarla por un
conducto prohibido.

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-No quiero calentarte la cabeza Félix, pero he
pasado por muchas humillaciones para dar de comer a
mis hijos y a mi marido, que en paz descanse. He tenido
que hacer de todo y tú ya me entiendes.
-Yo te he contado mi vida de cabo a rabo. Soy un
libro abierto. No tengo secretos para ti – comentó Félix
sintiéndose ofendido – Lo menos que puedo esperar, es
que tú hagas lo propio.
La Paqui se abrazó fuertemente contra el cuerpo de
Félix, refugiándose entre sus brazos como una niña que
tiene que confesar una mala acción ante su padre. Él la
cubrió de besos y caricias, mientras Paqui poco a poco
daba rienda suelta a todas sus contenidas emociones,
desgranando las miserias por las que había pasado en los
últimos dos años. De principio a fin. No se dejó nada en
el tintero.
Cuando acabó el relato sus ojos estaban inundados
de lágrimas.
-Ahora ya sabes tanto como yo – finalizó Paqui,
suspirando.
Félix apretó las mandíbulas en un gesto de muda
impotencia ante tanta humillación sufrida. Se dijo que
algún día los miserables se alzarían del barro para ajustar
las cuentas a los poderosos. Y aquel día él iría a la cabeza
del alzamiento.
-¿Conservas todavía el viejo diario de la celestina?
-Lo tengo guardado junto a las joyas ¿Por qué?
-Me gustaría leerlo.
-Luego te lo paso Y puedes quedártelo. No me
sirve para nada.
-Nunca se sabe. Lo escrito, escrito queda.
Durante el resto de la tarde y parte de la noche,
leyó y releyó una y otra vez el viejo diario de Amalia.
Comprobó datos y fechas pero lo que más le extrañó, fue

138
la coincidencia de los apellidos del Coronel de la Policía
Armada con los de su jefe de bomberos, el capitán López
Filgueira.
-¿Qué aspecto tiene ese cabrón, Paqui?
-¿Para qué quieres saberlo? No quiero que te metas
en líos. Deja de pensar en venganzas imposibles. Tú no
puedes hacerle daño. Está demasiado alto, es un pez
gordo del Movimiento.
-No te lo preguntaba por eso. Es que coinciden sus
apellidos con los de mi jefe que es un buen hombre, un
pedazo de pan bendito.
-Pues ese de bendito tiene lo que yo de monja. Si lo
llego a saber, no te doy el diario. Déjate de tanto leer y
ven a la cama que te necesito, amor – dijo mimosa
extendiéndole los brazos.
-No tardo ni un minuto – respondió Félix absorto
en la lectura – Desnúdate que ahora mismo estoy contigo,
cariño.
-¿Será posible? ¡Pero si estoy desnuda! ¡Ni cuenta
te has dado!

El bar del Maestro ejercía a la vez las funciones de


provisional estafeta de Correos. El cartero depositaba
diariamente la correspondencia dirigida a los vecinos de
la calle y el Maestro se encargaba de entregarla a sus
destinatarios cuando pasaban casi a diario por el bar.
-Oye Félix, que me ha dicho el Maestro que te
pases por el bar, que tienes una carta certificada del
Cuerpo de Bomberos – le dijo Paqui mientras preparaba
la comida.
-¡Coño! ¡Igual me suben el sueldo! Voy a ver de
qué se trata.

139
-Ve pero no tardes que te conozco. Os liáis de
cháchara y luego vuelves a las tantas y se enfría la
comida ¡Y no bebas, que te sienta mal tanto beber antes
de comer!
Félix salió disparado de la casa baja en busca de
una carta que esperaba con impaciencia. Hacía diez días
que había pasado la reglamentaria revisión médica anual
en el Cuerpo y en la sala de espera hablando con sus
compañeros, se comentaba la inmediata subida de sueldo
que iba a producirse en los próximos días. No le iría mal
un aumento en su salario ya que pensaba amueblar
decentemente la casa y comprar un anillo de compromiso
para darle a Paqui una sorpresa. Quería pedirla
formalmente en matrimonio y armar en el barrio la de
Dios es Cristo con una boda por todo lo alto.
Al cabo de un buen rato, Paqui entró por la puerta
del bar del Maestro con cara de pocos amigos. Hacía más
de dos horas que Félix había salido a recoger la carta y la
comida se había quedado fría encima de la mesa. Eso era
algo que Paqui no podía consentir. Le iba a echar una
bronca de órdago aunque estuviera en presencia de sus
amigotes. Pero el espectáculo que contempló al abrir la
puerta la dejó de piedra.
Vio a Félix sentado y con la cabeza apoyada sobre
una mesa, totalmente borracho. El Maestro seguía el
ejemplo y se quedó mirando a la recién llegada con la
mirada inexpresiva que tienen los que acaban de pillar
una tajada más que regular. El Sastre andaba haciendo
equilibrios con una botella de brandy en una mano y una
de anís en la otra. El único que guardaba las formas era el
Chacho, que ocupaba el lugar del Maestro tras la barra
haciendo los oficios de camarero.
-¿Puede saberse qué coño pasa aquí? ¿No os da
vergüenza?

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-Compruébalo tú misma – le contestó el Chacho
entregándole un sobre timbrado con el sello del Cuerpo
de Bomberos – Le han dado la baja definitiva. ¡Qué le
han despedido, vamos!
-¿Qué dices?,... ¡Si está de baja por la herida en el
pulmón!
-Precisamente por eso le han dado la inutilidad
total. Sus pulmones no funcionan – afirmó el Chacho
mirando tristemente a un Félix derrotado y borracho –
Después de leer la carta se han liado a beber y tu hombre
ha perdido el control. Motivos tiene, por supuesto.
La Paqui se acercó lentamente a la mesa sentándose
junto al cuerpo de Félix que permanecía tumbado con la
cabeza escondida entre los brazos. Le pasó una mano por
encima acariciándole cariñosamente el pelo. El Maestro
continuaba mirándola con expresión ambigua y ojos
cristalizados.
-Es una putada Paqui, es una putada muy gorda –
balbuceaba entre hipidos – Félix no se merece este palo.
-Las putadas no se solucionan bebiendo, Maestro.
Y tú, despierta – contestó levantando la cabeza de Félix –
No quiero verte así, hundido y hecho una piltrafa. Vamos
a casa a dormir la mona.
El ex bombero tardó más de tres días en
recuperarse de la cogorza. Había permanecido tumbado
en la cama sin levantarse siquiera para comer y
rechazando los platos que le ofrecía Paqui, que estaba
totalmente desquiciada y a punto de estallar. La última
noche había intentado llevárselo a la cama para montarle
un número especial con felación incluida, pero ni por
esas. El hombre no reaccionaba al estímulo.
-No podemos continuar viviendo así, Félix. O te
animas o tendré que tomar una determinación. No te
puedo ver hecho polvo.

141
-Nadie te obliga a compartir mi vida. Ahora no
puedo ofrecerte nada. La pensión que me queda no
alcanza ni para malvivir.
-Yo tengo algún dinero y me quedan las joyas.
-Vale, y cuando nos comamos las joyas y el dinero,
que hacemos,... ¿Yo a chulo y tú a puta?
Los efectos del tortazo que recibió Félix acabaron
disipando las últimas brumas de la borrachera. Paqui se
levantó de la cama, enfurecida y desquiciada, poniéndose
las bragas y colocándose el sujetador a toda prisa.
-¡Nunca, lo oyes!,... ¡Nunca más me vuelvas a decir
eso!,...Fui puta para dar de comer a mi pobre marido y a
mis hijos, pero no lo seré para ti,... ¡Qué te follen,
mendigo de mierda!,...
Salió por la puerta del huerto dando un portazo que
hizo estremecer a la Lola que estaba agazapada en su
lugar de escucha habitual, tomando cumplida nota de la
bronca que a primeras horas de la mañana, sería la
comidilla del barrio. Pensó que si se le ofertaba la noticia
en exclusiva al Macario, bien le podría regalar media
docena de huevos o un cuarto de mantequilla.
Félix se quedó aturdido, más por los efectos de las
palabras de Paqui que por el soberano guantazo recibido.
El llamarle despectivamente “mendigo de mierda” fue lo
que más le dolió. Él nunca quiso llamarla puta a pesar
que ejerció como tal. Simplemente quiso poner un
ejemplo ante la situación de desempleo y penuria en la
que se encontraba.
Era cerca de la medianoche y Félix pensó que el
Maestro estaría a punto de cerrar el garito. Se dijo que no
le vendría mal el tomarse un lingotazo junto a su amigo
antes de irse a dormir. Por la mañana arreglaría el
malentendido con la Paqui y aquí paz y después gloria.

142
Quería a la manchega con auténtica devoción y no estaba
dispuesto a perderla por una mala interpretación.
-Bebamos Maestro. Las mujeres son la hostia – dijo
pensativo.
-A ver si vamos a pillar una moña como la del otro
día. Trinquemos con moderación – le contestó el Maestro
descorchando una botella de Fundador – Que luego viene
la Paqui y nos infla.
A las tres de la madrugada la calle se convirtió en
un improvisado escenario de cante. Un recital de
canciones, desde el Asturias Patria Querida hasta Los
Campanilleros, pasando por La Bien Pagá, cantadas a
dúo y con cierto arte – todo hay que decirlo – por los dos
amigos, hizo que los vecinos comenzasen a gritar
pidiendo silencio.
-No les hagas caso, Maestro. No entienden de
música – dijo Félix dando traspiés y cayéndose al suelo
– Vamos a rondar a la Paqui. Quiero dedicarle una
canción.
-¡Joder Félix! Pero me hará falta una guitarra.
-Nada, nada. Yo canto de tenor y tú haces de bajo.
¡Maestro, Noche de Ronda!
Habían llegado junto a la ventana de Paqui en
medio del abucheo generalizado de la vecindad que en
aquellas horas de la madrugada no estaba para conciertos
nocturnos.
-¡Serán bordes! ¡Angustias, lléname un cubo con
agua!¡Se van a enterar ese par de majaderos!
La ducha le sentó al Félix como una patada en los
mismísimos. Le cantaba con amor, dedicándole la
canción con toda su alma, y encima recibía por respuesta
un cubo de agua que le empapó completamente de la
cabeza a los pies. Se puso furioso. Al Maestro ni le
salpicó. Félix pegó una patada en la puerta de la casa de

143
Paqui. No estaba dispuesto a que la gente se cachondeara
a su costa.
-¿Quién coño te has creído que eres, cacho zorra?
¿Eh? ¡Contesta pendón!,... ¡No puedes tratar así al
hombre que te quiere, que te ama y te calienta la
cama!,...¡¡Paquiii!!,...¡¡Te quiero, vida mía! ¿Lo oyes?
¡¡Paquiii!!.... .
La respuesta fue un segundo y rebosante cubo de
agua que esta vez impactó directamente en pleno rostro
de Félix. El Maestro se libró de nuevo saliendo ileso del
trance, en tanto alguna que otra vecina se asomaba a la
puerta para presenciar el espectáculo en directo. Mientras
tanto se caldeaba el ambiente y la bronca prometía
fuertes emociones.
La Lola fue la primera en ocupar una posición
estratégica para posteriormente desarrollar con más
eficacia sus labores radiofónicas en la emisión matutina.
Un corro de incondicionales cotillas uniformadas con
bata, camisón y zapatillas, se formó en su entorno
comentando las incidencias de la contienda y augurando
desenlaces a cuál más dispar.
-Como a la Paqui se le ocurra salir de casa, Félix la
va a correr a hostias por toda la calle y si no, al tiempo.
¡Menudo es ese!
-Lo bueno será que no salga y le eche la puerta
abajo – apuntó una de las del corro, mordiéndose
frenéticamente las uñas de puro nervio – Ya me gustaría,
ya. Esa zorra se merece que la hostien.
-Sea lo que sea que se decidan de una vez, que está
refrescando, leche – terció la más vieja del grupo – Nos
van a dar las uvas.
Félix no esperaba un segundo ataque. Se quedó
paralizado, con la cabeza hundida entre los hombros y sin
saber qué medida tomar.

144
Estaba temblando y no precisamente de frío. Su
mente se negaba a admitir el hecho que todo había
acabado entre los dos, por causa de una frase mal
interpretada.
-Vámonos Félix, aquí no tenemos nada que hacer.
Mañana habláis tranquilamente y todo solucionado –
comentó el Maestro tras la segunda ducha, cogiéndole
por el brazo – No le des más vueltas al asunto que ahora
no estás para diálogos.
Félix se dejó arrastrar por el Maestro calle arriba
hasta la puerta del bar. Necesitaba continuar bebiendo
para sumergirse de nuevo en la dulce sensación de
abandono que le recordaba sus tiempos de mendigo.
Entonces sí era feliz,.... La botella de vino peleón, el
Retiro y el mendrugo de pan que compartía con sus
amigos, los gorriones,... Él no era un “mendigo de
mierda”,... En un tiempo no tan lejano fue un mendigo
feliz. Siendo bombero también probó de las mieles de la
felicidad, de la amistad y del compañerismo, hasta que
por su vida pasó un huracán con forma de tricornio que
en una maldita noche arrasó todas sus ilusiones y
proyectos para una nueva vida, dejándole físicamente
tarado y síquicamente hundido en el fondo de un pozo
del que no sabía cómo salir.
La Paqui era el único soporte anímico con el que
contaba para remontar de nuevo hacia la superficie, pero
él sabía que la había perdido para siempre. Aquella noche
tanto el Maestro como Félix, durmieron tumbados como
ceporros entre alambiques, garrafas, botellas y brumas
alcohólicas.
Eso tan sólo fue el principio del fin. Los días
sucesivos estuvieron marcados por un constante ir y venir
de la casa baja a la taberna y viceversa. La vida de Félix
se transformó en un trasiego de líquidos que

145
indudablemente pasaban factura diaria. Su debilitado
organismo se resintió del continuo y conjunto ataque del
coñac Fundador y del anís Machaquito, dejando al ex
bombero en el plazo de una semana con diez kilos de
menos y con el estómago estragado para los restos.
Paqui, su adoptada hermana Angustias y los niños
se habían esfumado del barrio. Unos decían que se había
ido al pueblo y las lenguas viperinas que si andaba de
nuevo puteando por la zona noble de Madrid.
-Oye Lola, te has de informar por dónde anda la
Paqui – le dijo un día el Macario por lo bajo – Yo sabré
recompensarte.
-¿Para qué la quieres? ¿Tan cachondo te pone esa
furcia?
-Bueno, tú ya me entiendes. Uno se envicia con
según qué coños.
-Yo también tengo uno de esos y casi sin usar – se
insinuó la Lola viendo la oportunidad de ocupar la
vacante – Mi Jacinto no está por la labor, así que ya
sabes,... a mandar, que para servir estamos.
El Macario comenzó a sobarse la entrepierna. La
Lola no llegaba a la perfección anatómica de Paqui pero
en contrapartida parecía más necesitada sexualmente y
además tenía cara de viciosa. Se dijo que podría efectuar
una rápida prueba pericial en la trastienda, aprovechando
que la Pepona se hallaba ausente de Vallecas. Era la hora
de cerrar al mediodía y nadie les iba a molestar.
-¿De verdad quieres que te eche un polvo, Lola?
¡Mira que yo soy muy macho y vas a coger vicio
conmigo! – se pavoneó.
-Menos lobos, Macario. Conmigo tú no aguantas ni
el primer asalto – le provocó desabrochándose tres
botones de la blusa – Soy mucha hembra para ti, nene.

146
-Si quieres lo probamos ahora mismo. Pasa a la
trastienda.
-Encantada. Pero antes toma la lista de la compra.
-¡Joder, todas pensáis en lo mismo!,... ¡Eso para
después!
-De eso nada, monada. Primero comprar y después
follar.
Los sacos de garbanzos sufrieron exactamente un
acoso de dos minutos treinta segundos. La Lola se
deshizo del Macario en ese tiempo sin quitarse la faja ni
bajarse las bragas. El Macario alucinaba, jadeando
apoyado de pie contra los sacos.
-¡La hostia, Lola! ¡No sabia que tuvieras un pico de
oro!
-¡Ya ves! ¡Experta que es una! – exclamó la
suplente escupiendo sobre los sacos de garbanzos y
limpiándose la boca con un pañuelo – Hasta luego
Macario. Mañana más y a ver si te lavas los bajos, que te
cantan.
La Lola salió por la puerta de “Ultramarinos La
Selecta” con la bolsa repleta de huevos, mantequilla y
una ristra de chorizos. Caminando calle abajo iba
confeccionando mentalmente la lista de la compra para el
día siguiente, pensando en adquirir uno de aquellos
exquisitos jamones de los cuales el marido de la Pepona
tanta propaganda hacía.
La tembladera del Macario se prolongó hasta bien
pasada una hora. Cuando por la noche quiso repetir la
experiencia con la Pepona, el ostión que recibió por parte
de su mujer fue antológico.
-¡Quita de ahí, so guarro!,... ¡Esas cochinadas que
te las haga la zorra de la Paqui, que para eso es puta!
El Macario se quedó pensativo frotándose la
mejilla y rumiando para sus adentros el coste total de la

147
nueva experiencia con la Lola, conviniendo mentalmente
que la relación existente entre la oferta y la demanda
había sido proporcional. Lo que más le cabreaba, era que
la Paqui nunca le hubiese ofertado tan refinado servicio.

148
-Ya no te pongo ni una copa más, Félix. No insistas
– le dijo el Maestro retirando la botella del mostrador –
Como continúes así te vas a matar tú solo.
-Total, para lo que hay que ver, que más da.
-Tienes que buscarte un trabajo de lo que sea –
insistió.
-¿Y de qué voy a trabajar, eh? Tan sólo sé hacer de
bombero.
-Podrías dedicarte a recoger chatarra. Aquí en
Vallecas hay gente que se ha hecho rica trapicheando con
el cobre, el hierro o el estaño. Deberías hablar con
Paquito “el Chapas” que tiene una chatarrería y le va de
puta madre. Se gasta una pasta en el bar cada día, entre
comidas y bebidas.
Paquito “el Chapas” y su hermano “el Richi”
llegaron a Madrid como vulgarmente suele decirse, con
una mano delante y la otra atrás. El único equipaje que
bajaron del tren correo en la estación de Atocha, consistía
en dos estómagos vacíos, sesenta duros, un par de mudas,
dos monos de trabajo y una caja con herramientas de
diversa índole entre las cuales destacaba una descomunal
cizalla de mano capaz de cortar el aire.

149
Sin saber exactamente a dónde dirigirse para
pernoctar, preguntaron en la misma estación cuál era la
zona más económica y humilde de Madrid.
-Para los pringaos como vosotros que llegáis del
pueblo sin un duro, yo os aconsejaría el barrio de
Vallecas que además está cerca.
-Muchas gracias señor guardia.
Los dos hermanos sentaron sus reales en la calle
Manuel Laguna, en la chabola de la Basi, que les cedió
una habitación con derecho a cocina por un precio
razonable. La siguiente operación fue la adquisición de
un viejo carro de mano para acarrear bártulos y
mercancías de la más variada condición. Tan pronto
estaba rebosante de periódicos, trapos y pan seco, como
de somieres y trastos viejos que rechazaban los
habitantes más pudientes de Madrid. La mejor zona de
trabajo y recolección era la del barrio de Salamanca y
aledaños, sin que por ello dejaran de efectuar incursiones
por el distrito Centro y sobre todo por la zona de
Chamartín y la Avda. del Generalísimo, foco éste de
máximo rendimiento en cuanto a operaciones de afane de
material de obras debido a la pujante alza en el sector de
la construcción.
Todo el material recolectado era acarreado
diariamente hasta la base central de Vallecas situada en el
patio trasero de la Basi, que les cobraba un dinero extra
por utilizar parte del huerto como almacén general.
-Los sacos de pan seco no los quiero en el huerto,
que se me llena la casa de ratas. Ya podéis ir buscando
otro alojamiento.
-Tranquila Basi, que es cuestión de una semana.
Los dos hermanos le habían arrendado a la Pepona
un solar en la misma calle, el cual vallaron con ladrillos
escamoteados en las distintas obras de construcción que

150
surgían como hongos en todo Madrid. Las palizas que se
daban acarreando chatarra y el tiempo invertido en el
transporte hasta el almacén, hicieron reflexionar a los dos
chatarreros llevándoles a la conclusión que precisaban
una ampliación de personal a la vez que aumentaban la
flota de carros de mano.
El barrio de Vallecas estaba lleno de niños y viejos
desocupados que bien podían ganarse unos duros
recogiendo lo que otros desechaban. A ese segmento de
población fue dirigido el anuncio que ambos hermanos se
encargaron de poner en todos los bares de la zona.
“Se necesitan recogedores de chatarra. Mejor si
tienen carro”
“Pago al contado. Razón: Chatarrería El Chapas”
Había cola en la puerta de la chatarrería para
entregar periódicos y cartones, pan seco, trastos viejos y
toda clase de adminículos de la más variada especie y
condición. El Chapas y el Richi eran los encargados de
valorar y pesar los productos recogidos o robados en las
calles de Madrid.
-Oye tú. Esa tapa de alcantarilla te la metes por el
culo. Pertenece al Canal de Isabel II. ¿Es que quieres
buscarme la ruina, gilipollas? – gritaba el Chapas -
¡Largo de aquí y no vuelvas!
-Oye Chapas, que tu báscula no funciona como
Dios manda,.. Que este saco con trapos pesa más de diez
kilos y la jodida báscula marca solamente seis – se
quejaba un asiduo recolector.
-El resto es por la tara del saco, no te jode. Y mira a
ver si en vez de tanto trapo, algún día te da por traerme
cobre, plomo o estaño.
-¡Qué más quisiera yo! – se lamentaba el trapero –
Hay mucha competencia con los del metal. Ellos tienen
sus apaños.

151
-¡Coño, pues búscate tú los tuyos! Si te das una
vuelta por las obras en plena noche, siempre te puede
caer algo. También te puedes poner de acuerdo con el
guarda ¡Qué sé yo! ¡Búscate la vida pero tráeme
mercancía de calidad, leche!
El negoció prosperó hasta límites insospechados. El
primer camión que aparcó diariamente en la calle fue un
viejo 3HC de antes de la guerra civil, requisado por el
Movimiento a la F.A.I. y cuyas siglas todavía podían
adivinarse pintadas en ambas puertas.
El Chapas adquirió dicho vehículo en una subasta
merced a los contactos que tenía en el cuartel de
Intendencia con el sargento de cocina, quien era el que le
suministraba los excedentes de pan, papeles, cartones y
demás desechos cuarteleros. De algo tenían que
beneficiarse ambos hermanos, dado que el sargento era
del mismo pueblo que los chatarreros vallecanos.
Tampoco era menos cierto que el militar se pasaba
mensualmente por Vallecas a poner el cazo.
-La semana que viene nos llega un cargamento de
hilo de cobre para instalaciones eléctricas. Creo que
podré distraer un par de bobinas – les comentó el
sargento.
-Procura que sea media docena. El cobre está
subiendo, nene – insistía el Richi que era el cerebro
contable.
-Veremos que puedo hacer. Pero no arméis tanto
follón como la pasada noche, que en una de esas se nos
follan a todos. Ya sabéis, el camión tras la tapia del
cuartel con las luces apagadas y el motor en marcha. Lo
demás corre de mi cuenta.
Todo marchaba a las mil maravillas hasta que en
una noche de carga – bastante ruidosa por cierto – al
capitán de guardia se le ocurrió dar una vuelta de

152
inspección por las tapias del cuartel. Al día siguiente el
sargento de cocina se presentó en la chatarrería de
Vallecas con evidentes síntomas de cabreo, anunciando
que tenían un nuevo socio.
-Vosotros diréis lo que hacemos – se justificó el
suboficial – O tragamos o me meten en el Penal Militar
de Mahón y a vosotros dos en Carabanchel.
El tener que aceptar por narices la inclusión del
capitán de Intendencia como nuevo socio, fue lo que les
catapultó a la abundancia. Desde aquel día los negocios
florecieron mientras que en el interior de los abarrotados
almacenes del cuartel de Intendencia no se notaba la falta
de bobinas de cobre, sacos de patatas, legumbres,
salazones, aceite, café y un sinfín de productos válidos
para su venta en el mercado negro. Tan sólo un producto
se les negó. Fue cuando el Chapas le dijo al capitán que
necesitaba doscientos kilos de pólvora negra para un
fabricante pirotécnico de Fuencarral, que pagaría sus
buenos duros por la carga.
-Ni hablar de eso – repuso el capitán – No quiero
levantar la liebre con los del Parque de Artillería. No es
de mi competencia.
El Chapas y el Richi fueron los pioneros de una
profesión firmemente arraigada en el barrio. Los
chatarreros de la zona de Vallecas eran temidos por su
arrojo y valentía a la hora de hacer desaparecer cualquier
cosa delante de las narices de los guardias municipales.
Se comentaba como ejemplo la actuación de un equipo
formado por el Chapas, el Richi y el Pinturas, que
aprovecharon una parada técnica de la pareja motorizada
perteneciente a la Policía Armada, para desmontar los
dos motores de sus motocicletas marca Sanglas y hacer
desaparecer las cuatro ruedas.

153
Cuando los policías salieron del bar tras el cafelito
matutino, no les cupo otra opción que comenzar a jurar
en arameo, teniendo que cargar al hombro con el chasis
de las Sanglas ante el cachondeo general por parte de los
viandantes. A pesar de los interrogatorios y amenazas,
ninguno de los interrogados vio nada ni a nadie.

La venganza por parte de la Policía Armada se


produjo sin previo aviso ni motivo aparente dos días más
tarde y consistió en correr a porrazos a todo bicho
viviente que transitaba pacíficamente por las
inmediaciones de la Avda. de San Diego con Manuel
Laguna, provocando tal acción una estampida de gente
corriendo calle arriba. Alguien pensó en cambiarle el
nombre y ponerle Avda. de Los Sanfermines en honor a
las carreras pamplonicas.
El Chapas juró por sus muertos no volver a efectuar
ningún otro acto de piratería contra la Autoridad dentro
del territorio de Vallecas, para no involucrar a sus
vecinos. La última carrera había dejado un saldo de doce
heridos de consideración y todo debido a una apuesta. En
el bar del Maestro los chatarreros vallecanos se habían
jugado un jamón con sus eternos rivales los traperos de
Usera, a que desmontaban las motocicletas de los dos
guardias en el tiempo que éstos tomaban café.
Los de Vallecas ganaron la apuesta, pero el jamón
fue subastado y el dinero obtenido repartido entre los
heridos.

Tomando café estaba el Chapas en el bar del


Maestro cuando entró Félix a consumir lo propio además
de la sempiterna copa de coñac.

154
-Oye Félix, que ya le he comentado tu caso al
Chapas y me ha dicho que no hay problema – comentó el
Maestro por lo bajo – Me ha dicho que necesita a tíos con
un par de huevos para según qué trabajos, ya sabes,...
-¿Qué clase de trabajos?
-¡Trabajos, coño!,... ¡Y qué más dará de la clase
que sean! La cuestión es que hay mucha pasta de por
medio y ese tío es legal.
-Nunca he hablado con él, pero así a primera vista
tiene una pinta de bestia que asusta a Dios – comentó
Félix observando de reojo al chatarrero – No me gusta su
jeta, Maestro.
-Déjate de coñas y éntrale, a ver que te propone. No
estás en condiciones de elegir.
Ciertamente la presencia física del Chapas era
como para cambiarse de acera. Casi dos metros de altura
y ciento veinte kilos de puro ejemplar extremeño
embutido en un mono de trabajo que algún día quiso ser
azul, todo ello aderezado con unos rasgos faciales como
cortados a hachazo limpio.
Casi calvo, cejijunto, poseía unos ojillos porcinos
que cubicaban la chatarra valorando exactamente sin
necesidad de báscula su peso, el precio y lo que le
escamoteaba al pobre recolector que tenía que
conformarse con su decisión. Las manos del chatarrero
eran más bien dos raquetas capaces de desguazar por sí
solas cualquier máquina o vehículo sin necesidad de llave
inglesa.
En el barrio era temido por sus ataques de mala
leche cuando bajaban los precios del metal, a la vez que
elogiado cuando emprendía negocios valiéndose de la
audacia.
-¡Vaya hombre, así que tú eres Félix! – fue su
saludo acompañado de un manotazo en el hombro al serle

155
presentado por el Maestro – Tenía ganas de conocerte
personalmente. Me hacen falta tipos duros para trabajos
especiales.
-No estoy en las mejores condiciones físicas para
cargar con peso.
-No se trata de cargar con chatarra amigo; otros lo
harán por ti. Simplemente tendrás que transportarla con
un camión de un sitio a otro, así de fácil. Supongo que
sabes conducir,...
-Aprendí en el Cuerpo y tengo el carné – indicó el
ex bombero.
-Perfecto. Pásate esta noche por la chatarrería y
hablamos. En este bar hay mucha oreja suelta – comentó
el Chapas lanzando una mirada de inspección a la
clientela – Hasta luego. ¡Oye Maestro, pon de beber aquí
al amigo y cóbrate!
Salió de la taberna con el ímpetu de un elefante,
arrollando a los clientes y dando un portazo que hizo
temblar los cristales. Félix se dijo que prefería un dolor
de muelas a otra palmada en la espalda.

Aquélla fue para Félix, una noche de aprendizaje.


El Chapas y el Richi le pusieron al corriente de los
trapicheos y tejemanejes habidos y por haber con
respecto a la chatarra y al estraperlo de comestibles.
Todo se compraba, todo se robaba, todo era vendible y
negociable. La cuestión consistía en no ser sorprendido
por las fuerzas del orden ni por los inspectores de
Abastos – los más peligrosos – aunque siempre existía la
posibilidad de comprar el silencio de dichos funcionarios.

156
-Hay que andarse con ojo con esos fachas. Son
todos unos buitres que negocian con el hambre de los
demás – le advirtió el Richi – Si te cazan te pedirán su
parte en el botín. Tú no repliques y se la das sin rechistar.
Vale más el cincuenta por ciento de algo que el cien por
cien de nada.
-Otra cosa que debe quedar bien clara – intervino el
Chapas dirigiéndose a Félix – Yo te firmo la
transferencia del camión. Para los efectos legales tú eres
ahora su propietario, pero entre nosotros sabemos que no
es así, ¿Entendido?
Los dos hermanos se habían propuesto crear una
empresa paralela a la vez que oficialmente desligada de
la chatarrería y para ello necesitaban el concurso de una
persona como Félix, legal con sus amigos y quemado por
las circunstancias de la vida sin nada que perder y todo
por ganar. El ex bombero reunía todos los requisitos.
-No tendrás un sueldo fijo – le informó el Chapas –
Te llevarás un veinte por ciento de los beneficios.
-Que sea el treinta y los gastos del camión a vuestra
cuenta – apuntó Félix – Si me cae algún marrón me lo
comeré yo solo.
Ambos hermanos se consultaron con la mirada.
Félix no era precisamente un idiota y sabía de sobra que
iba a ser utilizado como hombre de paja para sus
negocios en el mercado negro, mientras que los dos
hermanos quedaban al margen de cualquier
investigación.
-De acuerdo, Félix – le contestó el Chapas
estrujándole la mano dando por bueno el acuerdo –
Prefiero vérmelas con un listo que con un gilipollas, pero
no te pases ¿eh? Bebamos para celebrarlo. Saca el orujo,
Richi.

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Al día siguiente a las siete de la mañana, Félix
comenzó su nueva actividad laboral como chatarrero. Se
encontraba a la puerta de la chatarrería vestido con un
mono de trabajo y el estómago abrasado por el orujo
trasegado la noche anterior.
Empezó por dar un repaso general al viejo 3HC
ruso, que falta le hacía cambiarle las bujías y la correa
del ventilador. En esas estaba cuando se le acercó el
Chapas con dos gigantescos bocadillos de jamón y una
bota de vino.
-Venga tú, a desayunar – dijo entregándole uno de
los bocadillos.
-¿A las ocho de la mañana?,...Si ni siquiera he
tomado café.
-Después nos tomaremos un carajillo, pero antes a
comer – respondió el chatarrero cerrando de golpe las
mandíbulas sobre la barra de pan – Nuestro trabajo
requiere mucha concentración y eso tan sólo se consigue
con el estómago lleno.
El Chapas era otro – al igual que la desaparecida
Paqui – que estaba firmemente convencido que la
comida era la panacea para todos los males. El iniciar el
día comiendo jamón serrano significaba el colmo del
poderío a la vez que la envidia de quien lo observaba. Y
el Chapas junto con su hermano el Richi, hacían
ostentosa representación de los desayunos de trabajo en
la puerta del almacén de chatarra.
Eran tiempos de escasez y no todo el mundo podía
permitirse el lujo de meterse en el cuerpo casi un cuarto
de kilo de jamón serrano a las ocho de la mañana. La
calle despertaba de su letargo nocturno y ya se veían a las
primeras mujeres dirigiéndose a la compra.

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-¡Buenos días, Chapas! ¡Con lo que te metes en el
cuerpo por las mañanas, no me extraña que estés tan
fuerte! – exclamó la Lola al pasar frente a la chatarrería,
moviendo rítmicamente las caderas.
-Me metería otra cosa para el cuerpo si tú me
dejaras, cachonda. Que tienes un culo como para
comérselo – le soltó el chatarrero con la boca llena – ¡Tía
buena! ¡Me comería hasta lo que cagases!
-¡Confórmate de momento con el jamón que te
estás comiendo! ¡Soy mucha hembra para ti! ¡Te podrías
atragantar!
La Lola sabía como excitar la vena machista de los
hombres tocándoles la fibra sensible del amor propio,
aunque con el Chapas no hacían falta excesivos esfuerzos
para ponerle en situación de un ataque soez y directo en
pos de una hembra.
-¡Tú si que te ibas a atragantar con este chorizo de
Cantimpalo que tengo entre las piernas, so cachonda! –
berreó el Chapas agarrándose sus atributos con ambas
manos – ¡Pasa al almacén y te lo demuestro, chochazo!
-¡Otro día, que hoy estoy ocupada! – le contestó
riendo la Lola, recordando que estaba citada con el
Macario a las ocho y media.
-Todas las tías son igual de putas. Por las mañanas
van más salidas que el pico de una plancha – rezongó el
Chapas masticando ferozmente su bocadillo – A esa Lola
cualquier día me la cepillo en la chatarrería.
-Tendrás que ponerte a la cola. Ahora se la trajina
el Macario – apuntó el Richi soltando una carcajada.
-¿Pero no se trajinaba a la Paqui?,... ¡Oh!,...
¡Perdona Félix! – se cortó – No he caído en la cuenta que
la Paqui y tú,...
-No hace falta que te disculpes, Chapas. Aquello
acabó para los restos – manifestó Félix recordando con

159
nostalgia los mejores momentos de su vida – Pero una
cosa quiero que quede bien clara: no todas las mujeres
son unas putas, ¿vale? Paqui para mí nunca lo fue y al
que afirme lo contrario le parto en dos.
Se hizo el silencio sólo roto por el deglutir de los
contertulios y los sonoros eructos del Chapas que ya
había dado buena cuenta de su ración de jamón. La
advertencia de Félix no cayó en saco roto y nunca más se
volvió a mencionar ni a poner en tela de juicio el buen
nombre de Paqui, ausente desde hacía días del barrio para
satisfacción de la Pepona y para desespero del Macario,
que no acababa de quitársela de la cabeza.

160
La calle Manuel Laguna quedaba cortada por la
línea de la vía férrea Madrid-Alicante, siendo este punto
el lugar óptimo para la recogida de carbón y carbonilla
con la que alimentar las cocinas y braseros de los
habitantes del barrio.
El Rizos y el Pinturas eran por llamarlos de algún
modo, los amos del cotarro en lo concerniente a la
recolección y usufructo del excedente carbonífero que
desprendían las locomotoras. Las mastodónticas Santa Fe
pasaban aullando por el final de la calle entre nubes de
vapor y estridentes pitidos, haciendo temblar las paredes
de las casas bajas y poniendo en un puño el corazón de
las madres que tenían a sus hijos en la calle o jugando
por los alrededores.
Se habían producido muchos atropellos en ese
sector y por ello el insistente pitar de los maquinistas de
RENFE, que ensordecían al vecindario desde su salida
por la estación de Atocha. La vía férrea era el lugar
preferido por la chiquillería para distraerse viendo pasar
los trenes.
No sólo los niños cruzaban jugando una y otra vez
entre las vías poniendo en peligro sus vidas. Algún que
otro pastor se arriesgaba a pasar con sus ovejas, hasta que
un día al Tío Cazuelo le dio por cruzar sin calcular la

161
distancia y la fiesta se saldó con cuatro ovejas
despanzurradas. Aquel día nefasto para el Tío Cazuelo
resultó sin embargo una fiesta de lujo para los vecinos
que pudieron acercarse a la vía para recoger los restos de
las cadavéricas ovejas, significando todo ello un cambio
substancial en el menú habitual.
El Rizos y el Pinturas como legales usufructuarios
de todos los desperdicios ubicados dentro del perímetro
de la zona ferroviaria, fueron los encargados de recoger y
clasificar los despojos de las ovejas del Tío Cazuelo. Éste
sin embargo les pidió en contrapartida un saco repleto de
carbón a cambio de los machacados cadáveres de sus
queridos animales.
Desde ese acontecimiento habían transcurrido
bastantes días pero el Rizos y el Pinturas tras aquel
venturoso día, casi siempre se encontraban de guardia
junto al talud de la vía como si la misma se tratase de un
cordón umbilical que les suministraba lo necesario para
vivir.
Una hermosa y soleada mañana, cuando el tren
correo procedente de Alicante enfilaba el último tramo de
su recorrido, a un hermoso y robusto cerdo fugado de la
cochiquera del Chacho le dio por hocicar entre los raíles
sin apercibirse de la humeante locomotora que se le venía
encima. El cebado gorrino que no atendía a los pitidos
continuó con su hociqueo hasta que ya fue demasiado
tarde. El guarro salió despedido como un cohete a veinte
metros de distancia quedando finiquitado al instante.
-¡Vamos rápido, que tenemos tajo! – gritó el
Pinturas saliendo disparado en dirección al yacente
cadáver - ¡Date prisa, a ver si nos chulean el marrano!
Tras producirse la colisión cerdo-tren correo, el
desmadre que se produjo entre los espectadores fue total
y absoluto originándose una tumultuosa carrera para ver

162
quién era el primero en llegar junto al aniquilado
ejemplar. Llegados en tropel y rodeando el rechoncho
cuerpo del delito, la escena semejaba una estampa del
más puro estilo africano. Doce personas se agolpaban
como buitres en torno al cochino estirando las patas del
pobre cerdo, pretendiendo descuartizarlo sobre el terreno.
Se entabló una reyerta que de no ser por la intervención
del propio Chacho, que había salido en persecución del
fugado gorrino, hubiera tenido consecuencias dramáticas
motivadas principalmente porque nadie estaba dispuesto
a ceder su ración de cerdo.
Después de múltiples razonamientos, se acordó por
unanimidad que la propiedad del cadáver pertenecía
única y exclusivamente a su dueño, o sea al Chacho,
quien por supuesto vendió los restos al Macario. Desde
aquel día, tanto el Rizos como el Pinturas se
despreocuparon de la busca y captura de despistados
gorrinos o aves de corral que pudieran ser catapultadas al
otro mundo por las humeantes locomotoras de RENFE.

Una impresionante tromba de agua dejó la calle


completamente anegada y fuera de servicio para el
tránsito. La tierra apisonada se convirtió en un lodazal
intransitable donde hombres y animales quedaban
atrapados a media pierna, teniendo que ser rescatados por
el resto de los vecinos mediante cuerdas o cualquier otro
elemento de sujeción.
Referente al apartado de sanidad, el barrio tenía
mucho que desear. La calle Manuel Laguna, bastante
amplia por cierto, no contaba con alcantarillado por lo
que las aguas residuales de cada vivienda eran vertidas
directamente al centro de la calzada, donde se encontraba
ubicado un canal o acequia abierta por los sufridos
vecinos.

163
Por ahí discurría apaciblemente a modo de río
Ganges, una corriente contínua de aguas negras y
pestilentes producto de los residuos líquidos que para el
servicio doméstico utilizaba la población residente en
ambos márgenes de la calle. El discurrir de tan fétido
arroyo, era motivo de regocijo para los críos que jugaban
con sus barcos de papel lanzándolos a las procelosas
aguas que desembocaban junto a las vías del tren,
formando un más que respetable delta cuajado de
infinidad de especies animales tanto vivas como muertas,
que potenciaban un poderoso ecosistema de gérmenes,
bacilos y virus en suspensión.
Como es natural tampoco existían los servicios
sanitarios individuales en cada casa. Salvo contadas
excepciones, los habitantes de la enlodada calle se veían
obligados a defecar en orinales o en la clásica y redonda
lata de conservas que por la mañana y a primera hora, era
vaciada en un solar de la propia calle utilizado
exclusivamente como vertedero de detritus orgánico.
Los más poderosos de la Avda. del Río Negro,
como se intentó rebautizar sin éxito la calle, contaban en
su patio o en el huerto con los servicios propios de un
pozo negro, lo cual les libraba del humillante desfile por
delante de la puerta del vecino con el orinal o la lata
colgando del brazo, balanceándose como un botafumeiro
y desprendiendo con su vaivén aromas fecales con
subliminales matices olfativos dependiendo claro está, de
la buena o mala digestión del defecador.
Sabido es que la completa felicidad no puede
existir en casa de los pobres y por lo tanto, esos mismos
propietarios de pozos negros se encontraban con el
problema del vaciado de los asquerosos agujeros.
Impensable el solicitar los servicios de uno de los pocos
camiones de bombeo existentes en Madrid debido al

164
elevado coste del vaciado. Preferían sellar el lleno y abrir
un nuevo pozo, con lo que al cabo del tiempo el huerto se
convertía en una sucesión de trincheras tipo estercolero,
donde por supuesto, crecían exuberantes y esplendorosas
frutas y hortalizas para orgullo de sus propietarios.
-Cago como Dios. Mira como me crecen las habas.
Hubo un tiempo en el que se relacionó la
abundancia y calidad de la huerta con la abundancia y la
calidad en la mesa. Si fulano cosechaba las mejores
judías, era síntoma inequívoco que en su mesa se comía
bien y por consiguiente se cagaba mejor.
-Los tomates de la Pepona sí que son cojonudos,
mira tú por dónde. Tienen un sabor inigualable.
-¡Joder, ya pueden serlo!,...Tiene la parcela plagada
de pozos negros y con los boñigos que debe de soltar esa
tía, no me extraña que en su huerto se produzcan los
mejores tomates del barrio.
El Macario se pasaba de cuando en cuando por casa
de sus vecinos para recolectar productos de la huerta, que
a su vez vendía a los clientes que no tenían la fortuna de
poseer un pedazo de tierra donde plantar ni siquiera unas
miserables guindillas.
El día que aterrizó por la casa de Lola, su marido el
Jacinto, se quedó mirando al tendero con ojos de besugo.
-Oye Macario, que a mis oídos han llegado unos
rumores que no me satisfacen para nada y dejan
malparada a mi Lola.
-Habladurías de la gente, no les hagas caso.
-Ya me parecía a mí, puesto que mi mujer es una
santa. Que la pobre no abre la boca si no es para hablar
bien de todo el mundo.
De sobra se conocía el Macario la boca y la lengua
de la Lola y las filigranas que con ambos elementos

165
anatómicos realizaba la susodicha en la trastienda de
“Ultramarinos La Selecta”. A él se lo iban a contar.
Había adquirido tal vicio con los lavados de bajos
que le otorgaba la Lola y las enculadas que la misma le
ofertaba por la puerta trasera, que el Macario era incapaz
de resistirse a cualquier petición de trueque de
comestibles por prestación de servicios. Por si le faltaba
poco para el colapso, la Lola había puesto de moda la
palabra “Oferta”.
-Hoy tengo una oferta especial, Macario. Cosa fina,
oye.
-¡Dime chochazo,... dime que me traes! – anhelaba
palpitante.
-Lavado de bajos y dos por uno. Uno por delante y
otro por detrás y no hay más, pero mi capacho llenarás –
recitaba la Lola acompañando la letra con provocativos
gestos, señalando con impudicia las partes ofertadas a
cambio de los más selectos productos gastronómicos.
-¡Pasa a la trastienda, que me pierdes!...Quítate las
bragas y ponte en pelota picada – casi gemía el Macario –
¡Y date prisa que mi mujer está a punto de llegar!
-Pero antes me pones todo lo que hay apuntado en
esta lista – le dijo la Lola entregándole un papel cuajado
de letras.
-¡Joder Lola! ¡Entre el Jacinto y tú, me estáis
vaciando la tienda!
-¡Venga hombre, no te quejes!,... Que bien a gusto
se te queda el cuerpo cuando acabo contigo,... Y
prepárate, que hoy te voy a ordeñar a conciencia.
Supongo que te habrás lavado los colgantes,...
Las ojeras del Macario atestiguaban bien a las
claras el tremendo desgaste físico al que se veía sometido
su organismo por las continuas ofertas de la insaciable
Lola.

166
Las existencias de jamones y comestibles en su
establecimiento sufrían de igual modo sensibles mermas,
con cierto mosqueo por parte de la Pepona que no dejaba
de repasar la mugrienta libreta de los adeudos, las
existencias a la vista y la caja diaria.
-No entiendo qué coño pasa, Macario. Cada vez
hay menos género en la tienda y menos dinero en la caja
– Vamos a tener que hacer balance y cuadrar las cuentas.
-Lo que tú digas, cariño – respondió el recién
ordeñado, pensando en la que se podía organizar con su
mujer cuando se descubriera el pastel.
-Oye, por cierto. Cuando yo entraba en la tienda
salía la Lola con un jamón y las bolsas de la compra que
no le cabía un alfiler en ellas,... Supongo que te habrá
pagado al contado ¿No?
-Sí, claro que me ha pagado – respondió indeciso.
Demasiadas emociones a primeras horas de la
mañana. Al Macario no le dio tiempo a reaccionar y la
Pepona que no las tenía todas consigo, se lanzó como un
rayo sobre la caja investigando la recaudación habida
hasta la hora presente. Inmediatamente repasó la libreta
de fiado y comprobó que el nombre de la Lola estaba en
blanco.
-¿Dónde está el dinero del jamón, pedazo de
cabrón? – aulló la Pepona fuera de sí– ¡¡Hijo de la
grandísima puta, ahora lo entiendo!!,...¡¡Te cobras en
carne!!,...¡Te vas a enterar, chulo de mierda!,...
La Lola que en aquellos momentos regresaba de
nuevo a la tienda para reclamarle al Macario el cuarto de
mantequilla que se había olvidado de poner en la cesta,
recibió repentinamente en sus brazos el machacado
cuerpo del tendero que salía como catapultado del
establecimiento, merced a un soberbio puñetazo
propinado con todas sus ganas por una encolerizada

167
Pepona que al apercibirse de la presencia de la Lola,
lanzó un estridente grito de guerra que congregó a toda la
vecindad.
El espectáculo que se organizó fue de los que no se
olvidan y se recuerdan durante generaciones. El balance
fue catastrófico tanto para el Macario como para la Lola.
La Pepona pasó como una apisonadora sobre ambos
cuerpos valiéndose de una paletilla de jamón que utilizó
como arma de mano contra el enemigo común que,
completamente acorralado por el furibundo ataque se
refugió en la trastienda huyendo de la quema y pidiendo
socorro a gritos.
Fue necesaria la intervención de la Policía Armada
para poner fin a la masacre que estaba a punto de
consumarse en “Ultramarinos La Selecta”. La Pepona,
totalmente embrutecida, continuaba cebándose a golpe de
paletilla repartiendo leña serrana a troche y moche.
Mientras que la Lola se había parapetado tras los sacos
de garbanzos, el pobre Macario intentaba sin conseguirlo
parar el aluvión de golpes, sirviéndose a su vez de otro
jamón que cazó al vuelo durante la frenética persecución
por la trastienda.
Cuando los guardias de gris tomaron por asalto el
ya destrozado establecimiento, fueron recibidos con una
salva de cebollazos disparados por las baterías que la
Pepona tenía instaladas en la trastienda. Una de las
cebollas impactó de lleno en el ojo del sargento que
mandaba las fuerzas de invasión y aquello dejó de ser
una bronca para convertirse en el Dos de Mayo.
La Policía entró a saco en la trastienda repartiendo
estopa indiscriminadamente. Al Macario lo cosieron a
hostias sobre los sacos de garbanzos y la Pepona al verse
cercada por las fuerzas del orden, se sirvió de la paletilla
como arma arrojadiza acertando de lleno en la cabeza del

168
ya castigado sargento que desde aquel día no volvió a
probar ni la cebolla ni el jamón. Fueron necesarios los
esfuerzos de cinco aguerridos guardias para doblegar la
numantina resistencia de la Pepona, que salió esposada y
con media cabellera de la Lola entre sus manos a modo
de trofeo de guerra.
Fue recibida en olor de multitud bajo una
atronadora salva de aplausos a pesar de las rencillas
vecinales. Al Macario se lo llevaron con la cabeza
abierta y contusiones múltiples a la Casa de Socorro entre
el abucheo general y la Lola medio calva, no recibió
mejor trato por parte de los espectadores yendo a
refugiarse bajo la protección del Jacinto.
El acontecimiento fue de tal magnitud que hasta la
prensa local a través del diario Pueblo, reflejó en sus
páginas lo sucedido en el barrio de Vallecas. También El
Caso, semanario de sucesos de reconocido prestigio
nacional informó con todo lujo de detalles acerca de la
invasión policial al reducto vallecano. Quizá la frase que
mejor definió lo acontecido fue la pronunciada por el
bombardeado sargento de la Policía Armada:
-Prefiero repeler una manifestación de obreros a
tener que enfrentarme de nuevo con un desalojo
semejante.

169
170
El primer trabajo que efectuó Félix en su nuevo
oficio como chatarrero, consistió en birlar dos rollos de
cableado de cobre que la Compañía de Electricidad tenía
a buen recaudo y bajo llave, en el interior de una caseta
de madera ubicada en Cuatro Caminos.
El asalto a la caseta fue cuestión de segundos,
puesto que tanto Félix como su acólito el Pinturas
vaciaron la barraca en un abrir y cerrar de ojos
arramblando incluso con las herramientas depositadas en
la caseta.
-¡Arranca Félix, que hoy ya hemos hecho el día! –
exclamó el Pinturas arrojándose en picado por la
ventanilla en el interior del camión.
Félix se había procurado los servicios de ayudantía
del Pinturas, elemento muy válido para según que
acciones de represalia y castigo contra todos los bienes
materiales que las distintas compañías de construcción
tenían desperdigados por las innumerables obras de
Madrid.
A medida que transcurrían los días de trabajo en la
calle, la sincronización entre Félix y el Pinturas alcanzó
cotas de virtuosismo laboral. Cuando detectaban una
presa, su actuación era semejante a la de un par de lobos
cazando en equipo y calculando el momento de lanzarse

171
al ataque para asestar el mordisco final. Sabían cuáles
eran las mejores zonas de caza y olfateaban a sus
víctimas a distancia.
-Tenemos que pasarnos por la obra de Hermosilla –
apuntó el Pinturas – El otro día vi un rollo de tubería de
plomo tirado junto a la caseta del guarda y dos bobinas
de cobre para fontanería.
-Será mejor ir de noche – repuso Félix – El guarda
se va a tomar una copa al bar de la esquina sobre las diez.
Lo tengo controlado y además es medio cegato.
Como depredadores urbanos obtuvieron sonados y
reconocidos triunfos entre el colectivo chatarrero. Una de
sus acciones más sonadas fue la de hacer desaparecer un
grupo electrógeno móvil propiedad del Ayuntamiento,
que se hallaba aparcado en la mismísima Puerta del Sol
frente a la puerta de la Dirección General de Seguridad.
Ambos compinches no se anduvieron con
contemplaciones a la hora de enganchar el remolque
electrógeno a su viejo camión, operando con pasmosa
tranquilidad ante las propias narices de la guardia de
grises que custodiaban las puertas del temido recinto.
Las correrías de los dos chatarreros vallecanos por
las calles de Madrid, causaron múltiples bajas materiales
en el interior de los recintos de las obras donde se
guardaba el plomo y el cobre para las nuevas
construcciones que se levantaban por toda la ciudad.
No hubo día que el camión regresara de vacío. El
Chapas estaba eufórico con el rendimiento del equipo de
carroñeros formado por Félix y el Pinturas, que ya se
habían convertido en personajes de leyenda dentro del
gremio. En uno de los clásicos desayunos de trabajo,
Félix propuso algo que en principio se tomó a cachondeo.
-Estoy pensando en llevarme la apisonadora que
está aparcada en Martínez de la Riva – anunció a los

172
presentes mientras atacaba con ganas un bocadillo de
chorizo – Pesará más de diez toneladas.
Al Chapas se le atragantó un trozo de tortilla,
escupiéndola entre grandes carcajadas. Estaba
comprobado que Félix era un pozo de ocurrencias a cuál
más descabellada, pero lo bueno del caso es que las
realizaba con total precisión y sin dejar ningún cabo
suelto. Jamás fue descubierto en acciones de requisa
contra la propiedad municipal, ni en las múltiples
operaciones de castigo efectuadas contra las distintas
compañías constructoras. Su nombre comenzaba a sonar
en las esferas policiales como “El Zorro de Vallecas”,
ignorando las autoridades competentes en qué lugar se
hallaba ubicado su cubil a pesar de las múltiples
investigaciones realizadas.
-¡La hostia, eso sí que sería cojonudo! – exclamó
el Richi – ¡Soplarle una apisonadora a Agromán, nada
menos!
-No es imposible – contestó Félix, impasible –
Únicamente necesito un pequeño equipo de herramientas,
tres tíos para cargar y dos de vigilancia. El resto es cosa
mía.
El Chapas soltó de inmediato la tortilla. Le
brillaban los ojos.
-Cuenta con los cinco tíos. Ahora dime qué
herramientas necesitas y cómo piensas desmontar la
máquina.
-De eso se trata – le respondió Félix – Necesito un
equipo de corte por sistema autógeno. Una botella de
oxígeno y otra de acetileno con sus correspondientes
manómetros de presión, más el soplete y quince metros
de manguera. Eso es todo
-Dentro de dos horas tendrás lo que pides. Dime
cómo piensas desguazar la apisonadora sin que nos vean

173
– recalcó el Chapas que tampoco quería dejar nada al
azar – No te olvides que se encuentra parada en medio de
la calle.
-Precisamente por eso necesito a dos tíos de
vigilancia mientras dure el desguace – puntualizó Félix –
La operación se efectuará el sábado por la noche,
cortando la circulación en ambos sentidos dentro del
sector donde está aparcada la apisonadora.
-No podremos cortar la calle por mucho tiempo –
intervino el Pinturas – La pasma puede darse cuenta de la
movida.
-En un par de horas la desguazamos – sentenció
Félix – Pero necesitaremos otro camión para evacuar
rápidamente la mercancía y no os olvidéis que el
conjunto pesará como mínimo, diez toneladas. Los
camiones tendrán que estar haciendo viajes
constantemente evacuando el material que yo vaya
cortando con el soplete.
-¿Y cómo coño vamos a desviar la circulación? –
se interesó el Richi – Imagínate que aparece la Guardia
Civil o la Policía.
-No pasa nada, ya había pensado en ese
inconveniente. Los dos tíos que estarán de guardia, irán
con sus correspondientes uniformes y con el nombre de
Agromán a la espalda. Además deberán ser buenos
actores.
-¡Yo me apunto! – saltó el Pinturas – Siempre quise
hacer teatro.
El Chapas y el Richi se dirigieron mutuamente una
mirada de aprobación. Si la operación se realizaba con
rapidez y sin ser detectados por la Policía o la Guardia
Civil, el éxito estaba asegurado de antemano. Los dos
hermanos confiaban plenamente en aquel par de locos
que ya les demostraron lo que era tenerlos bien puestos

174
cuando arramblaron con el remolque electrógeno. Si les
dejaban, eran capaces de cargar con la fuente de La
Cibeles y si les quedaba sitio en el camión, meter la de
Neptuno.
-No se hable más – manifestó el Chapas –
Operación aprobada.

El lunes siguiente la Comisaría de Vallecas se


convirtió en una sucursal de Agromán. Directivos y
capataces de la afamada compañía constructora se dieron
cita en las dependencias policiales, para declarar y firmar
las actas de denuncia sobre la extraña desaparición del
mastodóntico ejemplar de apisonadora, que por lo visto,
había decidido tomarse unas vacaciones indefinidas por
su propia cuenta y riesgo.
Tanto el comisario como el resto de inspectores se
encontraban en el limbo ante la circunstancia de tan
súbito escamoteo. Por otra parte los jefazos de Agromán
poseían fuertes agarraderas con el Estado y no se les
podía tratar con desconsideración, a pesar que al
comisario le hubiera encantado meter a todo el grupo de
vociferantes directivos en los calabozos y obsequiarles
con una buena tunda.
-Se hará lo que se pueda para esclarecer esa
desaparición, señores – razonó el comisario – Pero
tengan en cuenta que esta comisaría no es una oficina de
objetos perdidos.

175
El directivo que más gritaba y parecía llevar la voz
cantante, se revolvió en su asiento enfrentándose
abiertamente con el jefe de comisaría.
-Señor comisario – carraspeó en tono circunspecto
– Espero por su bien que aparezca nuestra máquina
inmediatamente o de lo contrario, me veré obligado a
presentar una queja contra esta comisaría por negligencia
en el servicio de vigilancia.
El comisario se quedó observando el escudo de oro
y brillantes que el cabreado directivo lucía en la solapa.
El cangrejo de la Falange centelleaba amenazante como
si las flechas fueran a salir disparadas del yugo de un
momento a otro contra todos los chorizos y enemigos del
régimen franquista.
Sonrió por lo bajo pensando que aquellos
advenedizos falangistas que tantos años habían chupado
del bote, tenían los días contados. Franco se desprendía
de un lastre que no le dejaba maniobrar.
Pensó que ya iba siendo hora de poner las cosas en
su sitio y decidió ayudar al Caudillo en su labor de
limpieza. Se irguió sobre los directivos de Agromán
pegando un manotazo sobre la mesa de su despacho. A la
apisonadora la podían dar por el culo, pero aquel
falangista de mierda con ínfulas de director general se
había hecho acreedor a una estancia gratuita por cuenta
del Estado.
-¡Inspector de Guardia! – bramó, como sólo un
comisario puede hacerlo – ¡Qué me detengan ahora
mismo a este individuo y dispongan un coche para su
traslado a la D.G.S. bajo la acusación de amenazas a la
autoridad policial y posible implicación en el robo de una
apisonadora! Bájenlo previamente a calabozos y
prepárenmelo para interrogatorio,... ya saben,...

176
-¡Usted no sabe con quien está hablando, imbécil
de mierda! – gritó el falangista fuera de sus casillas –
¡Soy amigo personal de José Antonio Girón de Velasco!
-Más a mi favor, majadero – respondió el comisario
con una sonrisa que heló la sangre de los allí presentes –
Inspector,... Añada en el informe un nuevo cargo en
contra: “Graves insultos al Cuerpo de Policía y a la
Brigada Político Social”. Apártenlo de mi vista; el resto
de ustedes, largo de aquí.
El comisario de Vallecas se frotó vigorosamente las
manos, plenamente satisfecho de cómo se estaban
desarrollando los últimos acontecimientos. Sin
proponérselo estaba contribuyendo a cumplir las órdenes
emanadas desde El Pardo, consistentes en fomentar
sigilosamente una limpieza de elementos políticos que
irremisiblemente estaban condenados a desaparecer. Le
hubiera gustado condecorar personalmente al “Zorro de
Vallecas” por la limpieza en el trabajo realizado. Sin
duda – pensó – era un tío con un par de cojones bien
puestos.

El éxito de la operación “Plancha”, como se


denominó al desguace de la apisonadora, se celebró por
todo lo alto en el bar del Maestro. El cuerpo técnico
chatarrero se reunió en una comilona que marcó un antes
y un después respecto a los acontecimientos
gastronómicos con los cuales se celebraban las gestas de
“El Zorro de Vallecas” y sus compinches.
Se asaron dos corderos con patatas panadera,
mientras que las fuentes de jamón de pata negra y queso
de Burgos corrían sin freno de mano en mano entre los
comensales y las de todos que quisieron sumarse al
festín.

177
El Chapas estaba en su salsa cortando jamón a
grandes lonchas, mientras el Maestro siempre tan
explícito, diagnosticaba lo erróneo de la aplicación en el
manejo del cuchillo jamonero.
-No seas bestia, Chapas. El jamón de Jabugo ha de
cortarse en finas lonchas, para después depositarlo en una
fuente de barro previamente caliente. Sólo así se
consigue extraer el máximo de provecho a tan suculento
manjar.
-Déjate de hostias y pilla cacho – contestó el
chatarrero ofreciéndole un trozo de jamón de un
centímetro de grueso.
A la hora del café y de las copas, entre las nubes de
humo que desprendían los cigarros Farias regalo del
Maestro, Félix solicitó unos momentos de silencio para
exponer y valorar una noticia que había llegado a sus
oídos a través de un colega de Chamberí. Comenzó con
una pregunta.
-¿Qué sabéis acerca de las cloacas de Madrid?
-¡Joder, que son un criadero de mierda! – saltó el
Richi.
-Estás equivocado. Además de mierda, las
alcantarillas esconden infinidad de tesoros que están
esperando que alguien vaya a buscarlos – contestó Félix
– No os lo vais a creer, pero hay gente que entre la
mierda encuentra anillos de oro, joyas y otros objetos de
valor, además de estaño, por supuesto.
La polémica estaba servida. El Chapas y su
hermano manifestaron que ni por todo el oro del mundo
se arrastrarían por las alcantarillas entre legiones de ratas,
removiendo excrementos en busca de hipotéticos tesoros.
-Sólo el pensarlo me pone los pelos de punta – dijo
el Richi – Ese no es un trabajo digno para chatarreros de
nuestra categoría.

178
Félix mientras tanto, saboreaba con delectación su
copa de coñac alternando los sorbos con el no menos
sorprendente y estimulante café de puchero que el
Maestro había tenido a bien preparar para la ocasión
pasando de la cafetera del bar, que tan sólo soltaba
burbujas entre los sonoros ruidos producidos durante la
colación.
Los efluvios de la comilona más los vapores
alcohólicos de lo trasegado, hicieron que los contertulios
comenzaran a quedarse un tanto traspuestos encima de la
mesa. Solamente el Pinturas, el Pachi y el Juanaco
permanecían atentos a las explicaciones de Félix con
respecto al tema de las cloacas. Olfateaban dinero y no
les importaba que las posibles joyas estuvieran
rebozadas en mierda.
-Cuenta con nosotros si decides bajar a las
alcantarillas – informó el Pachi – No nos importa
pelearnos con las ratas con tal de sacar un duro extra.
-No penséis que será un trabajo fácil – puntualizó
Félix – Allí abajo existen muchos peligros además de las
ratas. Se forman gases letales y luego están las crecidas
de agua. Si llueve en cantidad, las galerías se inundan en
cuestión de minutos y entonces tendremos que salir por
piernas a la superficie por la primera tapa de alcantarilla
que encontremos. Desde luego, es un trabajo de mucho
riesgo.
-Pero si en contrapartida se encuentran cosas de
valor, entonces habrá valido la pena – razonó el Juanaco
– La cuestión es trincar de donde sea, Félix. Los tiempos
están jodidos.
Los cuatro amigos, decidieron efectuar una
exploración preliminar por el subsuelo de Madrid
aprovechando el fin de semana. El verano tocaba a su fin

179
y la estación de las lluvias se auguraba cercana. La única
información que poseían acerca de los subterráneos
madrileños, era más bien escasa y carente de referencias
sobre todo en lo concerniente a las rutas más
convenientes a seguir. La entrada a las alcantarillas
debería efectuarse a través de las bocas de los colectores
que desembocaban en diferentes puntos de la ciudad y la
salida a la superficie por el mismo sitio, o en caso de
apuro por el primer pozo de registro que se encontrase a
mano.
La boca del colector más cercano se encontraba en
La China, ubicada cerca del llamado Puente de los Tres
Ojos que era por donde discurría el Arroyo de Abroñigal.
A partir de ese punto, para el profano que se internara en
el gran vientre de Madrid todo era un mundo irreal y
desconocido.
La gran ciudad crecía en la superficie a ritmo
vertiginoso pero sus entrañas continuaban siendo
idénticas a las que tenía en el pasado siglo. Madrid
generaba una importante cantidad de aguas negras que
eran evacuadas al Sistema de Saneamiento a través de las
acometidas de enlace, que iban aumentando su capacidad
a medida que discurría el viaje de los ríos subterráneos
hasta su desembocadura en el Manzanares o en el
Jarama. Las aguas negras conjuntamente con las aguas
procedentes de las lluvias, formaban auténticas avenidas
fluviales de agua, fango y detritus orgánico que volcaban
su infecto tributo al pobre aprendiz de río que impotente,
veía convertido su otrora limpio cauce en un vertedero
nauseabundo al no contar en aquellos años, con
estaciones depuradoras que aliviaran su vergüenza.
Dentro del término municipal de Madrid, existían
antiguamente infinidad de arroyos que vertían sus limpias
aguas a los cauces del Manzanares y del Jarama, hasta

180
que la necesidad obligó a reconvertirlos en colectores. El
Arroyo de Abroñigal era uno de ellos y donde años atrás
podía abrevar el ganado, ahora era una inmunda cloaca
desaguadero del colector de La China, punto de arranque
para las expediciones de Félix y su compañía de
exploradores subterráneos.

Un sábado a las seis de la mañana se reunieron los


cuatro expedicionarios en la boca del colector de La
China. Iban vestidos con monos de trabajo y armados con
palas cortas de jardinería que el Juanaco había comprado
en la ferretería del barrio. El Pinturas no estaba muy
conforme con el transporte de herramientas.
-¿Para qué coño queremos las palas?
-¿Y a ti qué te parece?,...Yo no estoy dispuesto a
remover la mierda con las manos, no te jode – rezongó el
Pachi.
El grupo de exploradores subterráneos pensaba
hacer parada y fonda en las entrañas de Madrid, así que
se aprovisionaron de víveres para dos días y combustible
para afrontar la noche del sábado a domingo.
-Te hago responsable del carburo y de las lámparas,
Pinturas – le dijo Félix entregándole una lata de cinco
kilos y cuatro lámparas tipo minero – Vete con ojo que
no se moje la lata,... ¿Quién lleva la comida?
El Pachi como encargado de las provisiones de
boca, abrió su voluminosa mochila mostrando orgulloso
un avituallamiento capaz de alimentar a un regimiento.
-La zampa que no falte.

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Los expedicionarios abandonaron el luminoso
amanecer sabatino para adentrarse en la tenebrosa boca
del colector. La oscuridad les rodeó casi de inmediato,
envolviéndolos en una atmósfera irrespirable a medida
que se adentraban en las entrañas de Madrid. Las
lámparas de carburo contribuían con su resplandor a
crear un clima de pesadilla entre el grupo de chatarreros,
acostumbrados a respirar y trabajar al aire libre.
Las primeras nauseas comenzaron a hacer acto de
presencia en la fantasmagórica comitiva cuando no se
llevaban recorridos ni doscientos metros.
-¡Lo llevamos claro, me cago en la puta bastos! –
se quejó el Juanaco entre espasmos estomacales – Estoy
harto de chapotear entre tanta mierda.
-Pues ni siquiera hemos alcanzado la glorieta de
Atocha. Nos queda la hostia para llegar al centro de
Madrid – les comunicó Félix calculando mentalmente el
recorrido.
Las primeras avanzadillas de ratas se dieron a
conocer deslizándose y saltando como poseídas ante el
resplandor de las luces de carburo. Sus chillidos se
multiplicaban rebotando los ecos por las galerías en un
demencial aquelarre de chirriantes sonidos.
La variopinta fauna de roedores salía de las fétidas
aguas, igual que las focas satisfechas emergen a la
superficie después de darse un festín de peces en las
aguas del mar. Las había de todos los tamaños y
características físicas; desde las más pequeñas hasta las
adultas del tamaño de un gato, peludas, de rabo pelado y
centelleantes ojos que miraban amenazantes a los
invasores de sus dominios.
-¡Cuidado con esos bichos! – alertó Félix, partiendo
en dos con un golpe de pala a un roedor de tamaño

182
considerable que se cruzó en su camino – Si nos muerden
podemos pillar la rabia.
-No me gusta este trabajo. Prefiero vérmelas con la
Guardia Civil robando chatarra – comentó el Pinturas –
Arriba al menos puedes respirar a pulmón libre y correr
como las liebres, pero aquí abajo eres una rata más.
-Pues yo prefiero tenérmelas que ver con un millón
de ratas que con un sólo guardia civil, ya ves tú – repuso
Félix recordando su nefasto paso por el cuartelillo de
Vallecas.
Durante todo el trayecto subterráneo no pararon de
quejarse y de maldecir la hora en que se les ocurrió
emprender la aventura en pos del supuesto oro
depositado en el subsuelo de Madrid.
-Yo no acabo de entender eso de que el oro se
encuentre entre la mierda – se preguntaba a sí mismo el
Juanaco en voz alta, mientras sus botas se hundían en un
lodazal de detritus orgánico – No comprendo cómo llega
el oro hasta las cloacas.
-Pues muy sencillo – respondió Félix – Un tío o
una tía se está bañando o fregando los platos, se le sale el
anillo o la cadena del cuello y se cae por el sumidero. De
ahí a las cloacas. Además está el estaño de los tubos de
pasta dentífrica; la mayoría de la gente los tira a la taza
del water una vez vacíos.
-Lo echaran al retrete los del barrio de Salamanca,
porqué lo que es en Vallecas, ni nos lavamos los dientes
– soltó el Pinturas entre el cachondeo general.
Tardaron como dos horas en llegar a la vertical,
donde allá arriba en la superficie, se encontraba la
confluencia de la calle de Atocha con el final del Paseo
del Prado, cuajado de verdes parterres y frondosos
árboles.

183
Allá abajo la panorámica era bien distinta. La
galería de subida desde el colector de La China,
desembocaba en un cruce donde convergían las aguas
negras de dos caudalosos ramales que bajaban rugiendo
desde sus respectivos puntos de origen, formando un
torbellino en la reunión de ambos caudales.
El ramal que descendía por el subsuelo de la calle
de Atocha, bajaba con fuerza debido a la pronunciada
pendiente que se iniciaba desde la Plaza de Benavente, en
contraste con el apacible pero caudaloso trayecto de
aguas menos fétidas que portaba el Paseo del Prado.
La diferencia estribaba en la existencia del cauce de
un arroyo natural que discurría por la Avda. del
Generalísimo y que pasando por la Plaza de Cibeles
lamiendo los mismísimos cimientos del Banco de
España, descendía por Delicias para volcar su hediondo
caudal en el resignado y siempre maltratado río
Manzanares.
Llegados a la mencionada confluencia, el grupo de
los cuatro chatarreros metidos a labores de poceros,
decidieron tomar el camino más conveniente para sus
fines. Se dirigieron contra corriente con dirección a
Plaza de Cibeles, para tomar el desvío a la izquierda que
enlaza con la amplia cloaca que descendía por la Gran
Vía. Las referencias de la situación subterránea con
respecto a la superficie estaban perfectamente definidas,
debido a los letreros dispuestos en cada avenida que
señalaban en todo momento la situación y la ruta a
seguir.
-Vamos a revisar la mierda de los señoritos de la
Gran Vía – anunció Félix señalando el gran colector que
bajaba desde los cimientos del edificio de Telefónica.
La expedición comenzó a remontar con ciertos
apuros la subterránea Avda. de José Antonio, efectuando

184
la primera parada de inspección técnica más o menos a la
altura de la cafetería Chicote. Todos sin excepción se
pusieron a hurgar frenéticamente entre los innumerables
montones de mierda y desechos de todo tipo que
continuamente se depositaban en el fondo de la cloaca.
Pasó más de una hora hasta dar con el primer
hallazgo. El grito que surgió de la garganta del Pachi
retumbó por las galerías colindantes asustando a sus
propios compañeros.
-¡Mirad que pedazo de anillo! – exclamó casi
enloquecido mostrándoles un precioso anillo de oro, con
un no menos valioso brillante del tamaño de un garbanzo
engarzado en la montura – ¡Debe valer una pasta!
Acto seguido se desencadenó una demencial lucha
entre los montones de porquería que jalonaban la cloaca.
Los cuatro hombres escarbaban febrilmente con sus
palas, removiendo una y otra vez los desechos orgánicos
que se iban clasificando y amontonando a un lado una
vez escudriñados.
Pronto se dieron cuenta que las palas solamente
servían para separar los montones, pero no para tamizar
convenientemente el interior de los mismos. Cualquier
joya podía estar camuflada en el centro de un boñigo,
pasando desapercibida. La única solución para detectarla
era desmenuzar las boñigas con las manos.
A los chatarreros vallecanos ya no les importó
poner en práctica dicho método y pringarse hasta las
cejas. Sobre todo desde el momento que el Pinturas alzó
triunfante una gruesa y maciza pulsera de oro que al
parecer se había deslizado hasta las alcantarillas desde la
misma calle de la Gran Vía, puesto que apareció debajo
de uno de los absorvederos por donde se filtraba la luz
del día y se oía a lo lejos el tráfico urbano.

185
La noche había caído sobre Madrid aunque siempre
era de noche para el grupo de esforzados recolectores
subterráneos. La fiebre del oro se apoderó de sus mentes
y de sus cuerpos, impulsándoles a trabajar como posesos,
sudando la gota gorda y sin concederse siquiera un
descanso para comer. A las doce de la noche habían
cribado toda la mierda existente en la Gran Vía, desde su
cruce con Alcalá hasta la Red de San Luís. Se disponían
a iniciar la bajada hasta la Plaza de Callao, cuando de
pronto notaron un comportamiento extraño en la multitud
de ratas que les acompañaban durante todo el trayecto.
Los roedores corrían asustados encaramándose
rápidamente por las paredes de la cloaca, como huyendo
de algo o de alguien que significara un peligro para su
existencia. La razón que originaba tan repentina
estampida ratonil, se dejó ver bien a las claras. Al cabo
de un minuto el caudal de las aguas ascendió
repentinamente medio metro sobre el nivel normal, a la
vez que por las bocas de absorción situadas en la
superficie, bajaban cascadas de agua limpia que
empaparon de inmediato a los cuatro colegas.
Una inesperada tormenta estival descargaba sobre
Madrid anegando los colectores y galerías del sistema de
saneamiento. La situación era crítica puesto que el nivel
subía a toda velocidad llegando el agua hasta media
pierna, mientras la corriente impedía avanzar con
seguridad a riesgo de caer en el cauce y ser arrastrado por
las turbulentas aguas.
-¡Hay que largarse ahora mismo! – gritó Félix –
¡Busquemos un pozo de registro para subir a la
superficie!
El pánico y la histeria colectiva se desencadenaron
entre los empapados expedicionarios, sobre todo cuando
debido a la corriente de aire y a la incesante ducha desde

186
el exterior se apagaron tres de las cuatro lámparas de
carburo que hasta entonces habían funcionado a la
perfección. Tan sólo la débil y oscilante luz que portaba
el Pachi, alumbraba la huida de los chatarreros en pos del
pozo ascendente que les llevaría a la salida de aquella
trampa mortal en la que se había convertido la cloaca
central de la Gran Vía.
-¡Una vez y nada más, como Santo Tomás! –
aullaba el Juanaco agarrándose con fuerza al Pachi para
no perder el equilibrio – ¡Lo juro por mis muertos! ¡Ni
por todo el oro del mundo, vuelvo a bajar a una
alcantarilla! ¡Me cago hasta en mi puta sombra!
Cuando el agua ya les llegaba a la cintura y la
lámpara de carburo solicitaba urgentemente una nueva
carga, Félix que iba en cabeza del grupo soltó un grito de
alegría al comprobar que a menos de cinco metros estaba
situado un pozo de subida hacia la vía pública. A toda
velocidad treparon por el tubo de obra, asiéndose a los
agarraderos de hierro en busca de la salida que les
reintegrara a cielo abierto.
¡Hay que empujar con fuerza! – se desgañitaba
Félix arrimando el hombro a la tapa de hierro fundido
que les impedía ganar la superficie - ¡Todos a una,
coño!,...¡¡Ya!!
Poco faltó para que la cabeza de Félix fuera
aplastada por las ruedas de un taxi que pasaba junto a la
boca del pozo salvador. El taxista maniobró bruscamente
al contemplar atónito, como una tapa de registro que
pesaría sus buenos cincuenta kilos salía despedida por los
aires golpeando el radiador y rompiendo los faros del
coche.
El perplejo conductor que no pudo hacerse con los
mandos del vehículo tras la repentina maniobra, salió del
apuro derrapando y dando bandazos yendo por fin a

187
estrellarse contra el escaparate de una prestigiosa joyería
en la cual quedó empotrado, haciendo añicos todas las
lunas y dejando al descubierto infinidad de joyas y
objetos valiosos.
El follón que se originó aquella noche en la Gran
Vía, quedó reflejado en las Noticias al Cierre de los
periódicos dominicales que al día siguiente entre grandes
titulares, describían con todo lujo de detalles ”el
espectacular robo llevado a cabo en una céntrica joyería
de la Gran Vía madrileña, efectuado por un grupo de
atracadores profesionales perfectamente coordinado en
acciones delictivas, de los cuales tan sólo se pudo
detener a dos de sus componentes y que precisamente
uno de ellos resultó ser el cerebro de la banda”
Al pobre taxista y a su pasajero se los llevaron a la
cercana D.G.S. esposados y sin sentido, con las cabezas
abiertas por el espectacular encontronazo, mientras que
Félix y compañía galopaban en dirección a Vallecas
totalmente rebozados en mierda, calados hasta los huesos
pero con los bolsillos repletos de anillos, pulseras y joyas
que jamás habían visto una alcantarilla.
-¡El buen Dios nos protege, colegas! – gritó el
Pinturas al doblar la esquina de la Avda. de La Albufera
con Monte Igueldo – ¡Somos ricos!
-¡Menudo botín! – exclamó el Juanaco sin dejar de
correr – ¡Y pensar que hemos estado todo un día
removiendo mierda!
-¡Menos rollo y acelerad la carrera!
Félix no estaba para muchas alegrías a pesar de
llevar los bolsillos abarrotados de anillos, brazaletes,
pendientes y otros adminículos de refulgente metal.
Quería llegar cuanto antes a su refugio en el barrio y
esconder todas las joyas afanadas en el profanado
escaparate de la Gran Vía.

188
Al fin y al cabo – se dijo – se limitaron
simplemente a recoger lo que el taxista había dejado al
descubierto y estaba seguro que ellos no habían sido los
únicos en aprovecharse de la circunstancia de la rotura de
las lunas. Hubo un momento en que eran dos, estirando al
unísono de un collar de perlas; cuando Félix se giró,
reparó en un desconocido con cara de grulla que tenía
atrapado el otro extremo del collar, intentando colaborar
en el vaciado total del escaparate.
Los cuatro chatarreros se refugiaron jadeando en la
casa baja de Félix. Su primera acción fue la de quedarse
en pelotas y quemar en el huerto trasero los pestilentes
monos que habían utilizado en su correría subterránea.
Después se bañaron a conciencia tirándose mutuamente
cubos de agua hasta quedar totalmente limpios.
El Juanaco se acercó al bar del Maestro para
avisarle que habían llegado sin novedad y al mismo
tiempo aprovisionarse de cerveza y bocadillos. Estaban
todavía en ayunas, puesto que la mochila con las
provisiones se perdió en el fondo de la cloaca cuando se
produjo la crecida acuífera y en la desbandada nadie se
preocupó como es natural, de recoger los víveres que el
Pachi había preparado con tanto esmero.
Estaban reunidos en el huerto contemplando el
áureo botín conseguido en cuestión de segundos. Habían
depositado todas las joyas dentro de una caja de hojalata,
en cuyo fondo se hallaba un pequeño diario con tapas de
piel amarillenta.
El Juanaco bizqueaba observando las joyas.
-¿Cuánto creéis que nos darán por todo eso?
-No tengo ni la menor idea, pero aquí hay una pasta
gansa – dedujo Félix – Ahora es cuestión de esconder el
oro en un sitio seguro y no decir absolutamente nada a
nadie de lo que nos ha ocurrido. Eso queda solamente

189
para nosotros cuatro. Con respecto a las joyas, creo que
las deberíamos vender de golpe o de una en una, pero
dentro de un tiempo prudencial o de lo contrario la pasma
se nos echaría encima.
Los cuatro amigos quedaron de acuerdo por
unanimidad. Contabilizaron todas las alhajas en un papel
que firmaron uno a uno y lo añadieron al contenido de la
caja de hojalata. A medida que las fueran vendiendo, las
irían tachando de la lista. Ahora tan sólo tenían que
decidir el escondrijo.
-¿Qué os parece aquí mismo? – propuso Félix
señalando al pie de la parra – Nadie buscará en el
huerto,... Trae una pala, Pinturas.
Excavaron un pequeño pozo de cuarenta
centímetros de profundidad introduciendo en su fondo la
vieja caja de galletas. Una vez cubierta de tierra y para
mejorar el camuflaje, pusieron encima un gran tiesto con
geranios. El Pachi estaba intrigado.
-Oye Félix, ¿Y ese libraco que hay en la caja?,....
-Eso es cosa mía. Son deudas pendientes que
alguien tendrá que pagarme algún día.
-Si esperas a cobrar, vas listo
-Ese pagará,... seguro. Dios es justo.

190
En el espacioso parque del palacete situado en la
Avda. del Generalísimo soplaba una fuerte tormenta de
aire frío procedente del Norte augurando la caída de la
hoja. Las ramas de los grandes y viejos robles que
jalonaban el jardín, se mecían dobladas por el azote del
frío elemento que bajaba aullando desde las cumbres de
Guadarrama.
Un coche oficial de la Policía Armada con el
banderín de mando restallando al viento, aguardaba bajo
el porche de la entrada principal mientras sus dos
uniformados ocupantes paseaban lentamente entre los
árboles centenarios, siendo acompañados en su caminar
por una mujer cubierta con un impresionante abrigo de
martas cibelinas.
-Será mejor que pasemos al interior – dijo la mujer
sintiendo un escalofrío que la hizo estremecer – No
soporto el frío.
-Deberías estar acostumbrada, Amalia.
Normalmente siempre estás con el culo al aire – le
contestó uno de los uniformados.
-Tú como siempre tan cabrón, Gumer – repuso la
mujer con un gesto de disgusto – Eres un cerdo y morirás
siéndolo.

191
Había pasado un tiempo desde la última reunión
conjunta de aquellos tres inquietantes elementos. Fue
precisamente en la noche que se produjo la pelea entre
Amalia y la Paqui, con el saqueo del dinero y las joyas,
más la posterior huida de Angustias con la manchega.
Amalia guardó silencio de lo acontecido y no quiso
denunciar los hechos a la Policía. Sin duda el valor
económico de lo sustraído era lo suficientemente
importante como para que se abriese de inmediato un
expediente contra ambas prostitutas, pero existía un
detalle que de haberse descubierto la hubiera dejado sin
protección ante el Coronel de la Policía Armada. El viejo
diario también había desaparecido y ese factor fue
determinante para que la celestina de lujo no denunciara
lo sucedido en aquella maldita noche.
A través de unos falangistas clientes habituales de
la casa, Amalia intentó por su cuenta y riesgo la
localización de las dos mujeres, pero sin éxito hasta el
momento. Por los últimos informes recibidos sabía que
fueron vistas en el barrio de Vallecas donde residieron
durante un corto espacio de tiempo, pero después
desaparecieron sin dejar rastro. Se las había tragado la
tierra.
El viejo diario que tanto ansiaba poseer el Coronel,
se había esfumado con ellas y ello significaba un peligro
que se detectaba en el ambiente. Aquel par de lobos
uniformados no auguraban nada bueno.
El plazo que el Coronel le había otorgado para la
entrega del diario tocaba a su fin y aquella fría mañana se
había presentado en el palacete precisamente para
recordárselo. El jefe de policía iba acompañado como
siempre de su inseparable amigo, el teniente coronel de la
Guardia de Franco, que no había abandonado la

192
costumbre de azotarse suavemente sus botas con la fusta
de montar.
Amalia tenía que tomar una decisión urgente. O les
decía la verdad con respecto al robo y la posterior fuga
de las dos mujeres, o bien continuaba con su plan en
solitario para descubrir el paradero de las prostitutas y
hacerse de nuevo con el diario. Mentalmente tuvo que
darle la razón al Coronel. Ahora más que nunca estaba
con el culo al aire y era consciente que con aquel par de
hijos de puta no valían componendas. O estaba con ellos
o en su contra, pero no podía navegar entre dos aguas
Cuando subían por la escalinata del palacete, su
cerebro comenzó a evaluar los pros y los contras de
tomar una u otra alternativa para salvar la posición y
mantener a raya al Coronel. En ambos casos la decisión
era comprometida.
Entraron por la puerta principal del palacete,
refugiándose en el amplio vestíbulo adornado con
cuadros y fotografías que representaban figuras
femeninas en actitudes evidentemente pornográficas.
-¿Dónde están las niñas? – preguntó el Coronel.
-A esta hora, durmiendo. La pasada noche tuvimos
muchos clientes y no han parado de hacer servicios hasta
hace poco.
-Pues ya puedes ir despertando a un par de ellas –
mandó autoritariamente el policía – Para mí me eliges a
la potranca que me tiré la última vez y para mi amigo, la
niña flacucha que se cepilló aquella noche.
Amalia se mordió los labios sin saber qué contestar
a la petición de aquellos dos salidos. Reconocer la
ausencia de las dos meretrices significaba tener que dar
explicaciones. Se sentía atrapada y confusa a primeras
horas de la mañana. Ella era un ave nocturna que tan sólo
empezaba a pensar cuando se levantaba a las tres de la

193
tarde, después de haberse dado un buen baño y degustar
un copioso almuerzo.
En aquellos momentos estaba medio dormida, sin
maquillar, con una horrible jaqueca producida por el
rugir del viento y mucho más acentuada su dolencia por
la presencia de los dos crápulas uniformados que la
estaban observando con no disimulado desprecio.
-Será mejor que nos sentemos, Gumer. Tengo que
decirte algo importante y prepárate para una mala noticia.
De momento, esas dos zorras hace muchos días que han
desaparecido,... que se fugaron, vamos.
-¿Cuántos días hace de eso? – preguntó el facha.
-Fue la misma noche que vosotros estuvisteis con
ellas – les recordó Amalia – Posiblemente si no hubieseis
sido tan sádicos, no hubiera ocurrido lo que ocurrió y
ahora no tendríamos de qué arrepentirnos.
-¡Qué coño me hablas de arrepentimientos! –
exclamó en tono despectivo el policía – ¡Me importa un
carajo la suerte que hayan podido correr un par de putas!
-Pues debería importarte, Gumer, debería
importarte y mucho. Se largaron con mi dinero y con mis
joyas – contestó Amalia preparando el terreno.
-¡Te jodes!,...Haberlo denunciado a su debido
tiempo.
-Eso no es todo. Se llevaron algo más,... Se
llevaron mi diario,...
-¿Qué estas diciendo?,...
El rostro del Coronel se transfiguró adoptando un
rictus cadavérico. Se quedó pálido mirando fijamente a la
celestina que al momento se dio cuenta que la había
pifiado dándole la noticia. El policía se irguió cuan alto
era, empequeñeciendo la imagen de Amalia que
permanecía acurrucada en el sofá temblando de miedo
ante lo que se avecinaba

194
-¡Maldita hija de puta!,... Dime la verdad o te mato
aquí mismo,.. ¿Dónde coño está el diario?,...No me creo
el cuento de las putas.
-¡Te juro que es la verdad, Gumer! – sollozó
Amalia.
El cuerpo de la celestina fue como un pelele en
manos de los dos gigantes. Se la fueron pasando de uno a
otro persiguiéndola a hostia limpia a través del amplio
salón del palacete. El facha disfrutaba como un
energúmeno fustigándola salvajemente en la espalda y en
las nalgas con la fusta de caballería En dos minutos de
escaramuza, Amalia se había convertido en un guiñapo
irreconocible con la cara tumefacta por los golpes del
Coronel y con el cuerpo ensangrentado por los azotes del
teniente coronel de la Guardia de Franco, que no
contento con la carnicería, se orinó sobre las heridas
abiertas en culo y espalda a golpe de fusta militar.
Amalia se hallaba desmayada, tumbada boca abajo
sobre la alfombra del salón, mientras sus dos verdugos
bebían champagne directamente de las botellas recién
descorchadas.
-Despierta a esa zorra – indicó el Coronel al facha –
Tiene que decirnos dónde coño está el diario o tendremos
problemas.
-No te preocupes. Con mis métodos se despiertan
hasta los muertos – contestó el facha encendiendo un
cigarro habano – No te importará que la chamusque un
poco ¿verdad?,...
-Por mí como si la abrasas, pero date prisa. Si es
verdad que le han robado el diario, cosa que dudo,
necesito que me diga dónde viven ese par de zorras
fugitivas.

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El facha aspiró con fuerza el habano. Después
desnudó por completo el cuerpo de Amalia que seguía
inconsciente sobre la alfombra.
Sus movimientos eran lentos, como recreándose en
la contemplación de la desnudez de aquel cuerpo cosido
a latigazos. Se notaba el latir de las sienes del facha,
mientras el resuello de su agitada respiración denotaba el
intenso placer que estaba experimentando en aquellos
momentos.
-Es una pena, Gumer. Tiene unos pechos preciosos
– dijo el facha lamiendo viciosamente los pezones de su
víctima.
-Procede de una jodida vez y despiértala, coño.
Después que hable, te la dejo para ti solo y haz con ella
lo que quieras.
-Después de que la despierte, ya no habrá nada
aprovechable.
El cigarro puro se acercó lentamente al conducto
rectal de Amalia. Cuando la brasa contactó con el ano,
fue como si una descarga eléctrica hubiese sacudido el
cuerpo de la celestina que salió disparado por los aires
como impulsado por una fuerza desconocida.
Los desencajados ojos de Amalia demostraron
claramente la efectividad del método puesto en práctica
por el torturador. Estaba despierta, pero en pleno delirio
mental.
-¡La niña tiene el culo sensible! – babeaba el facha.
-¡Habla maldita zorra! ¿Dónde tienes escondido el
diario? – vociferó el policía agarrándola por el cabello –
¿No quieres hablar?,... ¡Continúa con el puro, camarada!
-Esta vez te lo haré por delante, Amalia – le susurró
al oído el torturador – Ya verás como te corres de
gusto,...

196
El grueso habano se introdujo brutalmente entre los
labios mayores buscando directamente el clítoris,
mientras el cuerpo de Amalia era inmovilizado y
amordazado por el Coronel que no cesaba de ordenarle
que hablara, para confesarle dónde había escondido el
diario. La mujer se debatía entre terribles espasmos de
dolor. Su cuerpo estaba lacerado de arriba abajo pero no
podía articular ni palabra. Sus cuerdas vocales se
negaban a emitir sonido alguno a pesar que deseaba
hablar y acabar de una vez con aquella insoportable
tortura. Un velo gris comenzó a cubrir sus pupilas. Sintió
como si una zarpa le rasgara el pecho y el aire se negara a
penetrar en sus pulmones.
-¡Ahora le toca el turno a tus preciosos pechos! –
rugió el facha abalanzándose en pleno éxtasis torturador
sobre su víctima, empuñando fieramente la amenazante
brasa.
Un nauseabundo olor a carne quemada se esparció
por el salón al tiempo que Amalia en un supremo
esfuerzo, asió por la guerrera al Coronel aferrándose
desesperadamente con ambas manos a las medallas que
estaban prendidas del uniforme. El policía totalmente
fuera de sí y desesperado por el giro que habían tomado
los acontecimientos, cerró sus dos manos en torno al
cuello de la celestina. La presión fue aumentando
progresivamente, hasta que el cuerpo inerte de Amalia
cayó como un saco sobre la alfombra.
Sus ojos ya sin luz quedaron abiertos, reflejando
expresivamente todo el horror sufrido en tan corto
espacio de tiempo, mientras sus manos permanecían
firmemente asidas al uniforme del Coronel, cerrados los
puños sobre sus medallas, en claro gesto de manifiesta
impotencia.

197
-¡Maldita hija de puta! – exclamó contrariado el
policía, desprendiéndose con fuerza de las manos de
Amalia aferradas a su uniforme - ¡Habla de una vez!
-Esa furcia no hablará nunca más, Gumer. Está
muerta – observó el facha – Te la has cargado.
En su desesperación, el Coronel se lió a patadas
con el cadáver escupiendo reiteradamente sobre el
torturado cuerpo. Se maldijo a sí mismo por no controlar
la furia que le invadió al recibir la noticia de la
desaparición del jodido diario. Con un poco de tacto en el
interrogatorio Amalia habría confesado la verdad, pero
tuvo que reconocer que se había pasado de rosca
apretándole el cuello.
-Ahora tenemos dos problemas, amigo – resopló
dirigiéndose al facha – Deshacernos de un cadáver y
buscar el maldito diario.
El palacete continuaba en silencio. Los dos
militares efectuaron una rápida inspección ocular por
todas sus dependencias, comprobando que nadie había
sido testigo del asesinato. Las chicas permanecían
durmiendo en las habitaciones del piso superior, ajenas al
drama que se había desarrollado en el salón principal.
Decidieron que el mejor lugar para esconder
temporalmente el cuerpo de Amalia, podría ser la bodega
situada en los sótanos. Más adelante se vería la forma de
hacerlo desaparecer definitivamente. Por el momento
escondieron el cuerpo del delito en un apartado rincón
del amplio sótano, cubriendo el cuerpo con montones de
cajas de vino y cerrando con llave la pesada puerta que
comunicaba con las cocinas.
El Coronel y el facha se apoltronaron en el mullido
sofá apurando las botellas de champagne. Planificaron
una acción evasiva que les pudiese librar de toda
sospecha con respecto al crimen y que al mismo tiempo

198
les proporcionara el tiempo suficiente como para
deshacerse del cadáver y localizar el diario. La habitación
de Amalia fue puesta patas arriba por los dos
compinches, pero salvo una apreciable cantidad de
dinero, no descubrieron el menor indicio que les llevara a
la localización del tan ansiado libro. Ni rastro de las
valiosas joyas que poseía la celestina. Eso no era lógico.
-¿Será verdad que se lo robaron? – dijo intrigado el
facha.
-Si es así, hay que localizar y detener urgentemente
a las dos putas – respondió furioso el Coronel – Mientras
no aparezca ese maldito diario no voy a dormir tranquilo.
No te olvides que nuestros nombres figuran escritos en
él.
-¿Estas seguro que el falangista que os cargasteis
de una paliza en la D.G.S., te dijo la verdad?
-Seguro que sí. Ramón y Amalia tenían negocios
en común y él había tenido acceso al diario; me consta.
Además, cuando a un hombre le meten un electrodo por
el culo, no está en situación de hacerse el héroe a pesar
de haber pertenecido a la Vieja Guardia.
El Coronel le recordó al facha con cierta
complacencia, la noche del brutal interrogatorio del
aguerrido falangista en los calabozos de la D.G.S. y
posteriormente en su propio despacho, a cubierto de
oídos indiscretos.
-¿Te acuerdas como berreaba el hijo puta? – se
mofó el facha.
-Por eso te digo que no mintió cuando nos confesó
que nuestros nombres estaban escritos de puño y letra por
Don Emilio en el diario de Amalia, involucrándonos
como activistas de la Unión Militar Española. A la propia
Amalia se le escapó la noticia en este mismo salón,

199
cuando me amenazó diciéndome que si le daba por abrir
el libro, podrían rodar cabezas, entre ellas las nuestras.
Los dos hombres se quedaron en silencio. Urgía
tomar una decisión drástica para alejar el peligro que se
cernía sobre ellos. Si eran descubiertos les esperaba un
Consejo de Guerra y acto seguido el pelotón de
ejecución. Franco no se andaba con hostias respecto a los
traidores.
Subieron al piso superior despertando a voz en
grito a las dormidas prostitutas, reuniendo a las mujeres
medio desnudas en el salón del palacete. La presencia de
los dos militares a primera hora de la mañana, asustó a
las pupilas de la difunta celestina que ignoraban lo que
estaba ocurriendo. El Coronel contempló satisfecho el
ramillete de amedrentadas meretrices que tenía ante sus
ojos. Parecían un rebaño de ovejas acorraladas en
presencia de un par de lobos hambrientos. Pensó que
sería fácil sonsacarles información caso que la tuvieran.
Inventó una excusa para tranquilizarlas, buscando su
colaboración.
-Vamos a ver, pequeñas – comenzó en plan
paternalista – En primer lugar debo comunicaros que
vuestra jefa se ha fugado de esta casa, llevándose la
recaudación. Por lo tanto y hasta nueva orden, se cierra el
garito por decisión policial.
Murmullos de asombro acogieron la imprevista
noticia. El grupo de prostitutas no acababa de entender el
proceder de Amalia, que siempre se había comportado
con una ejemplar rectitud en lo tocante al dinero.
-Quiero que hagáis memoria – insistió el Coronel –
Necesito saber el paradero de la Susi y la Esmeralda.
Quien lo sepa, se habrá ganado este billete de mil
pesetas.

200
El billete bailaba primorosamente entre los dedos
índice y pulgar del policía. Los ojos de las prostitutas
seguían los acompasados movimientos circulares del
billete de mil. Era un apetitoso bocado para aquellas
pobres desgraciadas.
-Tengo entendido que la Paqui, bueno, la Susi o
como coño se llame, vivía en el barrio de Vallecas –
comentó con un hilo de voz una de las prostitutas.
-¡Magnífico, nena! Ahora dime en qué calle –
exclamó eufórico el policía abanicándola con el papel
moneda.
-Creo que por San Diego con Manuel Laguna –
contestó la aspirante a confidente, intentando atrapar las
mil pesetas.
¡Aparta tus putas manos, cerda! – gritó el Coronel
guardándose el billete – Espero que me hayas dicho la
verdad o te dejaré en manos de mi compañero para que te
espabiles,... ¡Todas arriba de inmediato, pedazo de
zorras!,... ¡Permaneceréis encerradas en vuestras
habitaciones hasta nueva orden! ¡Largo de aquí!
El rebaño de asustadas ovejas se dispersó
precipitadamente escaleras arriba entre las sonoras
carcajadas de los dos lobos uniformados. La táctica de
despiste puesta en práctica por el Coronel empezaba con
buen pie. De momento ya tenían una posible dirección.
El siguiente paso fue conectar telefónicamente con la
Dirección General de Seguridad, donde el Coronel era el
rey.
El policía efectuó un par de llamadas.
Al cabo de quince minutos, los alrededores del
palacete de la Avenida del Generalísimo se encontraban
cercados por un destacamento de la Policía Armada.
Todas las prostitutas fueron detenidas y trasladadas
directamente a los calabozos de la D.G.S. en la Puerta del

201
Sol, donde se les aplicó con todo rigor la Ley de Vagos y
Maleantes.
A doña Amalia de Carvajal y Altas Torres, se la
puso en busca y captura acusada de robo, mientras el
palacete fue precintado por la Policía y cerrado a cal y
canto por orden gubernativa. El Coronel se incautó de
todas las llaves de acceso al mismo. Dentro de la bodega
quedaba un último cabo suelto que debería atar para
borrar toda huella de implicación.
Los nombres de la Paqui y de la Angustias
quedaron silenciados en el informe policial. Las
desaparecidas prostitutas eran patrimonio exclusivo de
los dos militares que tras la escaramuza, regresaban
sonrientes a bordo del coche oficial a las dependencias de
Sol. Se encontraban plenamente satisfechos de cómo se
estaban desarrollado los acontecimientos hasta el
momento presente.
-Mañana montaremos un operativo para hacernos
con ese par de putas – comentó el Coronel – Seguro que
todavía guardan el diario. Será coser y cantar, ya lo verás.
-Oye Gumer, a la jovencita déjamela para mí antes
del interrogatorio. Me quedé con las ganas de hacerle un
trabajo especial – dijo el facha, soñando con refinadas
torturas.
-Eres un jodido sádico, camarada – le contestó
riendo el policía – No te preocupes, que te la cedo en
exclusiva. A mí lo que me interesa es el diario y te
aseguro que a la tal Susi o Paqui o como coño se llame,
se lo voy a sacar aunque sea de sus propias entrañas. Nos
va la vida en ello, compañero.
Cuando cayó la noche, en los sótanos de la
Dirección General de Seguridad se desencadenó una
orgía de dolor y sexo que hubiera hecho palidecer al
mismísimo Marqués de Sade.

202
El material humano procedente del palacete de la
Avenida del Generalísimo fue violado, ultrajado y
escarnecido, pasando una y otra vez por las manos de
todos los torturadores oficiales que aquella noche habían
recibido carta blanca para utilizar a las prostitutas a su
antojo y conveniencia como conejillos de Indias,.

El ulular de sirenas y las luces de los focos


alumbrando la calle a las seis de la mañana, hizo saltar de
la cama a Félix que se temió lo peor.
La Policía les habría descubierto y ahora pasaba
factura. Se dijo que no valía la pena oponer ni la más
mínima resistencia y mucho menos pensar en huir. La
calle de Manuel Laguna estaba prácticamente sitiada. Se
acostó resignadamente en la cama mirando fijamente el
cuadro de la Virgen de La Paloma.
-Adiós Madre. Espero volver a verte muy pronto –
dijo lanzando un beso hacia la policromada litografía.
Cerró los ojos esperando la patada en la puerta y
con ella el fin de su libertad, pero nada de eso ocurrió.
Las actividades policiales se centraban en la casa de
Paqui. Se armó de valor y salió al exterior.
Todos los vecinos se encontraban a la puerta de sus
casas con cara de susto alarmados por el despliegue
policial. No era la primera vez que la Policía o la Guardia
Civil entraban a saco en la calle, pero nunca se habían
ensañado tanto con los pobres enseres personales de un
vecino como en aquella ocasión.

203
Los muebles de Paqui fueron sacados al exterior y
una vez registrados a conciencia, quemados hasta
convertirlos en cenizas. Después les tocó el turno a las
paredes y al suelo que fue levantado a golpe de piqueta.
La casa baja quedó convertida en una ruina en menos de
media hora ante la desesperación de la Pepona, que
asistía impotente y sudorosa a la destrucción de su
propiedad. Los policías que participaban en el registro
sudaban la gota gorda entre maldiciones y juramentos,
mientras el que parecía ser el jefe del destacamento
aullaba como un poseso arengando a sus hombres y
haciendo callar a la Pepona presa de un ataque de
nervios.
-¡Cállate de una vez, gorda de mierda o te avío de
una hostia! – rugió el Coronel, totalmente excitado.
-¡Por favor, señor guardia! ¡Pregúntele a ese
hombre, que fue novio de la Paqui! – le indicó la Pepona
al Coronel, señalando con el dedo a Félix que estaba
apoyado en el quicio de su puerta observando el registro
como si tal cosa.
-¿Su novio? ¿Quién es ese tipo? ¡Tú, ven para acá,
gilipollas!
El corazón de Félix sufrió un vuelco. Ante él tenía
al doble de su antiguo jefe de Bomberos, el buenazo del
capitán Manuel López Filgueira, pero en el rostro de su
doble no se adivinaban los rasgos de nobleza y hombría
de bien que adornaban las facciones del capitán López.
Más bien al contrario, aquel Coronel de la Policía
Armada parecía el reverso de la moneda. Su aspecto fiero
y brutal se imponía entre el grupo de asalto policial que
estaba destrozando la casa de su antigua novia. Todos los
enseres de la humilde vivienda estaban en la calle
destrozados o reducidos a cenizas.

204
Los dos hombres se quedaron mirando fijamente a
los ojos.
-¿Qué coño miras, imbécil? – le gritó el Coronel,
molesto por la insistente mirada de Félix - ¿Tengo monos
en la cara?
-Disculpe, pero por un momento creí reconocer en
usted a mi antiguo jefe – se excusó Félix – Son como dos
gotas de agua.
-¿Ah, sí? ¿Y quién es tu jefe, si puede saberse?
-El capitán del Cuerpo de Bomberos, Don Manuel
López Filgueira, pero ya no estoy a sus órdenes. Me
dieron de baja total por enfermedad.
El Coronel se desentendió del registro y agarró por
el brazo al ex bombero llevándole a un aparte. Observó
con detenimiento la cara de Félix y tras un breve instante
de vacilación, soltó una estruendosa carcajada.
-¡Vaya hombre, vaya! ¡Ahora recuerdo! ¡Pero si tú
eres el bombero al que tuve que rescatar del cuartelillo de
la Guardia Civil!,...No te acordarás, está claro, estabas
inconsciente. Por otra parte es natural que me confundas
con tu jefe. Es mi hermano gemelo.
Félix escrutó con detenimiento el rostro del
Coronel. Fue como si de repente se le cayera una venda
de los ojos y los últimos acontecimientos de su vida
comenzaran a tomar forma, ensamblándose como un
rompecabezas. No tenía la menor duda; se hallaba en
presencia de su bestia negra, el salvaje que destrozó
física y emocionalmente a Paqui, además de ser uno de
los implicados en el viejo diario que tan celosamente
guardaba enterrado en el huerto, al pie de la parra.
-Esa gorda sebosa se ha referido a ti como antiguo
novio de una tal Paquita Torralba, la Paqui, vamos,... ya
sabes – indagó el policía echándole al Félix el brazo por
los hombros en actitud amistosa – Cuéntame todo lo que

205
sepas de ella, pero mejor vayamos a un lugar tranquilo.
Aquí en la calle hay mucho follón.
-Si usted quiere, podemos entrar en mi casa –
sugirió Félix mientras elaboraba mentalmente un plan de
ataque.
-Perfecto muchacho. Colabora con la policía y no
te verás implicado en un feo asunto – le notificó el
Coronel.
-Yo no sé nada de la Paqui. Hace semanas que se
largó del barrio dejándome tirado como una colilla –
respondió Félix adoptando el papel de novio despechado
– Si algún día la vuelvo a ver, tendrá que darme
explicaciones.
-Veo que a ti también te la ha jugado – observó el
policía – Pero entremos en tu casa, que tengo que hablar
contigo.
Mientras en la calle proseguía el destrozo de las
últimas pertenencias de Paquita Torralba, Félix y el
Coronel se sentaron frente a la destartalada mesa del
comedor. En el interior de la casa baja se notaba la falta
de una mano femenina que pusiera un poco de orden y
limpieza entre tanta dejadez y abandono.
-No sé como puedes vivir entre tanta mierda –
comentó despectivamente el Coronel, escupiendo en el
suelo.
-Los pocos días que viví con la Paqui, la casa
estaba más limpia – se excusó – A ella le gustaba el
orden y la limpieza.
El policía se quedó mirando detenidamente a Félix,
intentando valorar a primera vista como buen sabueso, la
catadura del sujeto. Era un individuo joven pero daba la
impresión de ser un hombre prematuramente acabado o
al menos así lo parecía. La actitud sumisa de su
comportamiento denotaba bien a las claras que podía ser

206
utilizado para cualquier fin. El Coronel comenzó a forjar
un plan.
-¡Así que fuiste novio de la Paqui! ¡Buena
potranca, sí señor! ¡Un cuerpo de escándalo!,...Supongo
que te la tirarías ¿no?
-Bueno, verá usted, se hizo lo que se pudo –
contestó Félix riéndose en plan cretino – Me lo pasé bien
mientras duró.
-¿Sabes adónde se marchó?
-Dicen en el barrio que a su pueblo, en La Mancha.
-La Mancha es muy grande; especifica, coño. Me
interesa conocer el nombre del pueblo.
-Nunca me lo dijo – mintió Félix, imaginándose a
Paqui al amor de la lumbre y a resguardo en Campo de
Criptana.
-¿Quién era la otra tía que vivía con ella?
-¡Ah, sí!,...La Angustias, su hermana pequeña. Se
la trajo del pueblo para servir en Madrid.
-¡Para servir de puta vino la Angustias a Madrid,
imbécil! – estalló el Coronel, al ver que Félix parecía
ignorar la verdad acerca de las dos prostitutas – La Paqui
y la Angustias no eran ni hermanas ni leches, Os
engañaron a todos. Esas dos eran unas zorras de lujo que
se escaparon de la casa de putas después de robar a la
dueña. ¡Estás metido en un buen lío, muchacho! Te
pueden acusar de encubrimiento y complicidad.
-¡Madre mía! – casi sollozó Félix, muy en su papel,
santiguándose ante el cuadro de la Virgen – ¡Si yo no sé
nada ni de robos ni de la Paqui! ¡La Virgen me asista!
El Coronel se quedó mirando con desprecio a un
Félix hiposo y sollozante que más bien daba la imagen de
un sacristán en paro, que la de un chulo de putas.
Evidentemente – se dijo – aquel deshecho humano de
haber tenido alguna información respecto a Paqui, se la

207
hubiera ofrecido sin resistencia alguna. De todas formas
el policía insistió sobre el tema que le llevaba de cabeza.
-¿Alguna vez te enseñó o te habló de un libro
viejo?
La cara de Félix se convirtió en el máximo
exponente de la estupidez. Sus ojos recorrieron la
habitación como buscando una respuesta y al fin soltó
una parida.
-La Paqui leía la revista Semana, pero nunca la vi
leer un libro ni me habló de libros viejos. Además le
costaba mucho leer. Era casi analfabeta.
-Y tú un tonto del culo – respondió el Coronel
levantándose de la mesa y saliendo al huerto.
– No comprendo como te pudiste tirar a una pájara
como la Paqui. Es una hembra de armas tomar que
necesita a un macho que la domine con un par de huevos.
El policía aspiró profundamente el aire frío del
cercano amanecer que despuntaba en el horizonte. Estaba
visto que aquella escoria de hombre no sabía nada del
asunto, ni tenía la más mínima idea del paradero del viejo
diario. Pero podría valerle para un trabajo especial si le
metía miedo en el cuerpo. El tal Félix parecía un tonto
del culo acojonado y con tal de no verse metido en líos, a
buen seguro haría todo lo que se le pidiese.
-Vamos a ver, capullo – le dijo en tono despectivo
– Supongo que no quieres verte envuelto en follones con
la Policía.
-Por supuesto señor, por supuesto. ¡Yo soy
totalmente inocente de lo que hizo la Paqui! – gimoteaba
Félix, bordando su papel – ¡Si tan sólo me la follé un par
de veces!,...
-Ya sería al revés, gilipollas – le contestó con una
sonrisa el Coronel, recordando la bravía experiencia

208
sexual que tuvo con la manchega en el palacete – Mucha
hembra para una mierda de hombre como tú.
-Bueno, la verdad es que me utilizó para darse
gusto – fingió Félix aparentando frustración y bajando la
cabeza como avergonzado – Una vez me pegó por
correrme antes de tiempo.
-¡Lo que yo te digo! ¡Eres una mierda! ¡Tenías que
haberle dado de hostias antes de romperle el culo! –
escupió el policía recordando la orgía carnal y posterior
violación de la Paqui.
Félix tuvo que morderse la lengua para no saltar al
cuello del policía y arrancarle la yugular con los dientes.
El maldito hijo de puta disfrutaba saboreando la vileza de
sus propias acciones.
-¡Para que te enteres, cabronazo!,...A la puta de tu
novia me la estuve cepillando durante más de dos horas y
la dejé más fina que una rosa, Buenas tetas tiene la Paqui,
sí señor. Se las comí bien comidas,... ¡Vaya si se las
comí!
El ex bombero escondió la cabeza entre las manos,
intentando no escuchar todas las aberraciones que salían
de la boca del Coronel. Deseaba borrar de su memoria la
imagen de las marcas en ambos pechos de Paqui,
producidas por los dientes del cabrón que tenía a su lado.
No pudo evitar un desgarrador gemido de
impotente rabia, que el policía confundió con el de un
cornudo aprendiz de amante.
-No te preocupes muchacho. Esa tía no es para un
hombre de tus características – le consoló el policía – Te
hubiera llevado al cementerio en cuatro días. Pero
hablemos de tu problema. Hay un detalle que no sabes, y
dado el caso que ya te salvé una vez, me parece que
tendré que hacerlo de nuevo.

209
-No entiendo, señor – le contestó Félix,
aparentando confusión.
El Coronel creyó llegado el momento de utilizar
aquel pingajo de hombre para sus planes. Unas cuantas
falsedades bien distribuidas, pondrían al ex bombero en
disposición de acometer cualquier acción con tal de
salvar el pellejo.
-Pues verás – comenzó el policía, encendiendo un
cigarrillo y desplegando su plan – Como te he dicho, hay
un detalle que ignoras. Tu novia, la Paqui, además de ser
puta y ladrona, se cargó a la dueña del prostíbulo o sea,
que es una vulgar asesina.
-¡Válgame Dios! ¡No puedo creerlo! – exclamó
Félix poniendo cara de circunstancias – ¡Yo, durmiendo
con una asesina!
-Déjate de mariconadas y vayamos al grano. Sé que
mi hermano te quiere como a un hijo y no le gustaría
verte metido en un proceso como acusado de inducción o
encubrimiento de un asesinato. Yo puedo ayudarte a salir
del paso y tirar tierra encima del asunto si tú colaboras,
por supuesto.
-¡Haré lo que sea, se lo juro! – gritó Félix,
expectante.
El Coronel respiró tranquilo y aplastó el cigarrillo
sobre la mesa. Como se imaginaba, con aquel tipo podría
hacer lo que se le antojase. Era como un peón dispuesto
para el sacrificio y le tocaba a él mover ficha. El plan
funcionaba y aquel imbécil era la pieza clave para
realizar una jugada maestra con dos funciones bien
distintas.
La primera acción sería la de hacer creer a Félix
que tenía que desembarazarse del cadáver de Amalia,
oculto momentáneamente en la bodega del palacete.

210
Una vez que Félix estuviera en el interior del
edificio, se cerraría la trampa.
El Coronel le planteó la tarea de enterrador
clandestino como si estuviera haciéndole un favor. Le dio
a entender que era la única forma de actuación para que
no recayeran sospechas sobre su persona. Si no existía
cadáver, no existía el delito. Félix escuchaba atentamente
la propuesta del policía, poniendo cara de tonto y
adoptando un gesto de total sumisión.
-Haré lo que usted diga, señor. Le agradezco el
favor.
-Una vez que te deshagas del cadáver, ya no
tendrás nada que temer por parte de la justicia. Si no hay
pruebas, no hay delito.
-Lo que sea, mi Coronel, haré lo que usted me
ordene.
-Y otra cosa. El cuerpo debe ser incinerado para
que no queden huellas – especificó el policía –
Apáñatelas como puedas, pero no dejes pistas que puedan
llevar a la identificación del cadáver o podrías tener
problemas con la ley. Lo quemas por la noche en el
propio jardín.
El jefe de policía entregó a Félix una copia de las
llaves del palacete, indicándole dónde estaba oculto el
cadáver y los pasos que tenía que seguir para la
consumación de los hechos. Fijó el día y la hora exacta
para la cremación, preparando la estratagema de
inculpación.
-Lo harás el domingo. Entrarás en el palacete a las
nueve en punto de la noche con dos bidones de gasolina y
arrastrarás el cadáver desde la bodega, a la parte trasera
del jardín. No te marches hasta que el cuerpo esté
totalmente calcinado. Después entierras los restos en
cualquier lugar. ¿De acuerdo?

211
-Totalmente de acuerdo. Lo que usted mande.
El Coronel ratificó mentalmente su primera
impresión con respecto a Félix. Se encontraba en
presencia de un perfecto cretino que iba a caer de golpe
en manos de la Policía. Ya se cuidaría él personalmente
de montar un dispositivo de vigilancia en el exterior del
palacete el domingo por la noche, para que los
inspectores descubrieran al novio de la Paqui en plena
sesión de incineración. Lo tenía todo bien pensado.
Se regocijó al pensar que ya contaba con un
culpable para cargar con el muerto y diluir posibles
sospechas sobre su persona. El ex bombero serviría de
cabeza de turco. Cualquier juez a la vista de las pruebas,
le enviaría de inmediato al garrote vil.
-Hoy estamos a miércoles. Hasta el domingo, tienes
tiempo de sobra para preparar tu actuación – le indicó el
policía.
-Haré exactamente lo que usted diga, mi Coronel.
-Más te vale o no respondo de tu cabeza, muchacho
– continuó, intentando asustar a Félix – Y sobre todo no
te olvides del día ni de la hora.
-No me olvidaré señor, descuide. El domingo a las
nueve de la noche – repitió Félix siguiendo con su papel
de perfecto imbécil – Y muchas gracias por el favor que
me hace.
El Coronel no pudo ocultar una sonrisa de
satisfacción. Idiotas como ese no se encontraban cada día
a la vuelta de la esquina. El bombero estaba condenado
de antemano y cualquier declaración por su parte en
contra del policía, no sería tenida en cuenta por ningún
tribunal.
-Que conste que lo hago por ti y para que mi
hermano no se lleve un disgusto – declaró en plan
magnánimo – Lo que siento es que con tu acción, la puta

212
de tu novia va a librarse de ser acusada de asesinato, pero
en fin,...
El policía se dirigió al pie de la parra,
desabrochándose la bragueta y se orinó sobre el tiesto de
los geranios. Continuaba dándole vueltas a la posible
localización del maldito diario.
-Oye muchacho, ¿Y no te acordarás por casualidad
de oírle decir alguna vez a la Paqui, de qué pueblo era? –
insistió el Coronel.
-Nunca lo mencionó. Tan sólo me dijo que era
manchega.
-¡Joder con La Mancha! Es como buscar una aguja
en un pajar – se lamentó, sacudiéndose y abrochándose la
bragueta – De todas formas si te enteras de algo, házmelo
saber. Toma mi tarjeta y me llamas por teléfono.
¿Estamos?,...
-Estoy a sus órdenes mi Coronel y repito las
gracias.
-De nada hombre, de nada – le contestó el policía
saliendo por la puerta de la casa baja, con una sonrisa de
oreja a oreja.

Había amanecido. La calle se hallaba sumida en un


caos humeante de muebles quemados y ropas
desperdigadas. Lo que restaba del ajuar de Paqui,
permanecía tirado sobre la embarrada calle a la vista de
los vecinos y de las cotillas que no habían perdido detalle
del registro efectuado por los efectivos policiales.

213
La Pepona, recién salida de su corta estancia en la
cárcel de Yeserías a raíz de la última bronca con el
Macario, recogió del suelo una preciosa colección de
ropa interior femenina que hacía juego con un sugerente
liguero de raso negro.
-¡Mirad todas, como se vestía la cacho puta! –
gritó, enarbolando las prendas íntimas sobre su cabeza –
¡Así ponía cachondos a vuestros hombres!
-¡Suelta esa ropa inmediatamente o te coso a
hostias, cerda de mierda! – exclamó Félix arrebatándole
de un manotazo sus trofeos – La próxima vez que hables
mal de Paqui te arrancaré tu jodida lengua y la echaré a
los cerdos. Vete con ojo.
La Pepona retrocedió asustada ante la expresión de
Félix. En los enrojecidos ojos del bombero se leía la
muerte. Desde aquel instante se juró a sí misma no volver
a mencionar el nombre de la desaparecida manchega.
El destacamento policial abandonó la calle
haciendo sonar estrepitosamente las sirenas de sus
vehículos mientras salían a toda velocidad calle arriba.
Félix entró en su casa cerrando la puerta tras de sí y puso
a hervir agua para el café en el puchero que Paqui le
había regalado el día antes de su separación. Se sentó a la
mesa encendiendo nerviosamente un cigarrillo, mientras
el latir de su corazón le retumbaba en las sienes y en su
cerebro se procesaba la venganza.
Su mirada se elevó lentamente hacia el dorado
marco donde reposaba la imagen de la Virgen de La
Paloma. Le habló en un susurro.
-Gracias Madre. Ahora lo tengo a tiro.
Después acarició con veneración la ropa interior de
su amada, llevándose las prendas a su rostro y besándolas
una y otra vez entre incontrolados sollozos.
-Tú también serás vengada, mi amor.

214
El agua hirviendo para el café se desparramó sobre
la cocina, apagando el fuego del hogar. Félix se había
quedado dormido sobre la mesa con la cabeza entre los
brazos, soñando que Don Quijote cabalgando a lomos de
su fiel Rocinante arremetía lanza en ristre contra un
gigante ataviado con el odiado uniforme gris de la Policía
Armada.
En el encuentro, las condecoraciones y medallas
que lucía el enemigo saltaban por los aires derribando al
gigante, al tiempo que la bella Dulcinea asomada por la
ventana de un molino en el Campo de Criptana, lanzaba
un encendido beso de amor hacia el victorioso Don
Quijote.

Al día siguiente, jueves, Félix se levantó muy


temprano antes de la amanecida y desayunó
copiosamente. Casi no había podido ni conciliar el sueño,
tejiendo un plan de ataque con el que poder derrotar a su
enemigo sin perecer en el intento.
Su teatral actuación ante el Coronel le había puesto
a cubierto de cualquier sospecha por parte de éste. El
policía estaba convencido de su total entrega para realizar
la cremación en el día y hora fijados y prueba de ello era
que el militar le había entregado las llaves dobles de
acceso al palacete de la Avda. del Generalísimo,
indicándole en qué lugar se encontraba el cadáver y lo
que tenía que hacer con el mismo.
Pero Félix no era precisamente un lerdo. El ex
bombero sabía a ciencia cierta que su novia no había
asesinado a la dueña del prostíbulo, estando también
enterado de los tejes y manejes existentes entre el
Coronel y la alcahueta, a través de las conversaciones
que mantuvo anteriormente con Paqui.

215
Lo que era evidente, fueron las ganas de recuperar
el viejo diario por parte del Coronel y Félix se dijo que
no era para menos. Se conocía el diario de memoria y lo
que reflejaban las páginas manuscritas por Don Emilio,
significaban el Consejo de Guerra y el paredón tanto para
el Coronel de la Policía Armada como para el Teniente
Coronel de la Guardia de Franco.
No podía cometer ni el más mínimo error. Se
enfrentaba contra dos gigantes con el suficiente poder
como para destruirle de un plumazo sin mover un sólo
dedo. Durante la noche había elaborado un plan de acoso
y derribo para con los dos elementos y debía adelantarse
a los acontecimientos que el Coronel esperaba se
produjesen a partir de las nueve de la noche del próximo
domingo.
Sonrió por lo bajo imaginándose la cara que
pondría el policía, cuando se diera cuenta que el
enterrador no había acudido a la cita en la fecha y hora
previamente acordada. Para Félix estaba claro que el
falso plan del Coronel, significaba una trampa mortal. No
le cupo la menor duda que por los motivos que fueran, el
policía era el asesino de la dueña del burdel y quería
emplumarle el muerto.
Salió al huerto y desenterró la caja de hojalata
extrayendo de su interior el viejo diario, su arma
definitiva. Releyó por enésima vez las doce páginas
numeradas en las que Don Emilio describía con todo lujo
de detalle las actividades clandestinas, los actos de
sabotaje y los frustrados intentos de golpe de estado de
los dos implicados. Si estas páginas llegaban a manos del
Gobierno, rodarían cabezas.
Con una cuchilla de afeitar separó limpiamente una
a una, las doce páginas manuscritas depositándolas por
orden numérico en el interior de un gran sobre.

216
A continuación volvió a introducir el diario en la
caja metálica y procedió a enterrarla de nuevo en el
mismo lugar, colocando la gran maceta de meados
geranios sobre el escondrijo. No pudo por menos que
reírse, al recordar al Coronel meándose sobre el mismo
sitio donde reposaban las pruebas que podían llevarle
ante el pelotón de ejecución.
Faltaban dos horas para el amanecer. Se metió en la
cama e intentó coger nuevamente el sueño, apretando
firmemente contra su pecho el arma con la que se
aprestaba a librar singular combate. El voluminoso sobre
oscilaba rítmicamente al compás de su respiración, como
el hacha del verdugo pudiera hacerlo ante el cuello del
condenado. A la hora de comer, Félix se reunió en el bar
con el Maestro al que puso al corriente de lo ocurrido y
de lo que se proponía realizar aquella misma noche del
jueves en el palacete de la Avda. del Generalísimo. Le
pidió que le guardara el sobre con las pruebas, mientras
él procedía al enterramiento – que no incineración – del
cadáver de la celestina.
-Ni por un momento te creas que vas a ir solo a ese
funeral, amigo mío – repuso el Maestro apuntándose
voluntariamente al raid nocturno – Una aventura
semejante no me la pierdo por nada del mundo. Promete
ser emocionante.
-No seas capullo, Maestro. Nos jugamos la vida si
algo sale mal.
-Precisamente por eso. Me gusta envidar fuerte
cuando juego. Cuenta conmigo como compañero para tan
sabrosa partida y no se hable más del asunto. Por el sobre
con las pruebas, no te preocupes. Nadie registrará en el
fondo de un saco de cebollas. Y ahora espera un
momento que voy a cambiarme y a cerrar el quiosco.

217
El Maestro desapareció como una exhalación hacía
la despensa con el sobre en la mano. Al cabo de cinco
minutos estaba de vuelta hecho un brazo de mar,
rezumando satisfacción por todos los poros de su piel.
-Venga Félix, te invito a comer bacalao en Casa
Labra.
-¡Joder Maestro, parece que vayas a una fiesta!
-No lo dudes ni por un instante, compañero. Esta
noche será la fiesta de la venganza de los vivos y de los
muertos – exclamó con teatral gesto – La hora del Juicio
Final para dos mal nacidos.
Bajaron andando por la Avda. de San Diego hasta
desembocar en La Albufera, donde tomaron el Metro con
dirección a Puerta del Sol. Al salir por la boca que
comunicaba directamente con la gran puerta de entrada a
la D.G.S. custodiada por los temidos guardias de gris,
Félix no pudo evitar un estremecimiento al recordar que
allí dentro se encontraba sentado en su trono, uno de los
gigantes a los que aquella misma noche tendría
necesariamente que vencer si no quería ser vencido.
-Crucemos rápido, que me da repelús – le comentó
por lo bajo al Maestro – Este edificio me pone de los
nervios.
-El hábito no hace al monje, camarada. Este palacio
no deja de ser una bella obra arquitectónica, a pesar que
los monjes que lo habitan sean unos auténticos hijos de
puta.
-Déjate de hostias y vayámonos a comer.

En el interior de la vieja pero siempre acogedora


Casa Labra se respiraba buen ambiente. Tomaron asiento
en una de las sufridas mesas de mármol, que tantos miles
de kilos de excelente bacalao habrían visto desfilar sobre
su fría superficie. Los camareros, vestidos con blanco

218
delantal hasta los pies atendían siempre serios,
conscientes de su importancia como restauradores
especializados.
Se hicieron servir una gran fuente de tajadas de
bacalao acompañada de una frasca de afrutado vino de
Valdepeñas. Seguidamente la emprendieron con una
ración de las no menos famosas croquetas, que tanto
prestigio habían alcanzado dentro y fuera de Madrid.
Otra frasca de vino sustituyó a la primera, que había sido
bebida con delectación por ambos contertulios. Los dos
amigos se encontraban muy a gusto sentados a la mesa,
en el pequeño comedor de la entrañable tasca. La
conversación recayó en la inminente operación nocturna.
Hablaban en clave, puesto que se encontraban rodeados
de gente.
-¿Qué piensas hacer, una vez acabado el trabajo? –
se interesó el Maestro – Yo creo que deberías tomarte
unas largas vacaciones fuera de Madrid, para que nadie te
moleste.
-Primero depositaré la simiente en la tierra y
después lo notificaré a la Autoridad competente mediante
los escritos que tú sabes – le contestó Félix siguiendo con
el juego de palabras – Luego es posible que siga tu
consejo y desaparezca por algún tiempo.
-Será lo mejor – convino el Maestro a carcajada
limpia – De esa manera no te pillará la tormenta de
granizo que se avecina,... Y no bebas más vino o esta
noche no podrás cargarte al hombro el saco de simiente.
-Para hacer tiempo hasta la noche, si te parece
podríamos darnos una vuelta por el Retiro – sugirió
Félix, añorando el parque de los sueños en sus tiempos de
mendigo – Hace tiempo que no doy de comer a los
pájaros.

219
-De acuerdo. Y de paso nos acercaremos por la
Cuesta de Moyano. Me encanta escrutar entre los viejos
libros.
Félix recogió de la mesa el pan sobrante mientras
su compañero abonaba la cuenta al circunspecto
camarero, que se quedó de piedra ante los dos reales de
propina que le soltó el Maestro con suficiente gesto.
Salieron a la Puerta del Sol donde se
aprovisionaron de tabaco y cerillas en uno de los puestos
ambulantes que proliferaban en el cruce con Montera. El
vendedor, un viejo inválido al que le faltaban las piernas,
les ofreció toda una gama de productos que iba
extrayendo del interior de su descomunal y raído gabán,
magnífica prenda de abrigo a la vez que le servía de
camuflaje para esconder las partidas mercantiles.
-Medias de nylon, para vuestras gachís, mecheros
ingleses y Zippos de los americanos, tabaco rubio turco y
cigarrillos egipcios bien cargados de mandanga. Tengo
condones, Oye,... ¡Psst!... ¡Fotos guarras, de tías en
pelotas!,... También os puedo ofrecer direcciones para
echar un buen polvo,... Y buena grifa traída por los
legionarios, para descojonarse de risa,... ¡Venga coño!,...
¡Comprarme aunque sea un cupón de los Iguales, que la
vida está jodida!,...
El abrigo del cojo parecía un pozo mágico sin
fondo por donde aparecían y desaparecían multitud de
objetos de distintas e ignoradas procedencias. Llegó a
sacar hasta un mugriento chorizo, que aseguró sin rubor,
venía directamente de Cantimpalo. Cuando de repente
apareció una botella de whisky sin etiquetar y destilada
sabe Dios dónde, el viejo juró y perjuró que la había
conseguido a través de un americano que trabajaba en la
Embajada.

220
-Conozco a un par de tías que están de toma pan y
moja. Diez duros cada una con habitación incluida. Cosa
fina, oye. Y limpias como los chorros del oro. Viven aquí
al lado, en Montera y os harán de todo,... Sin prisas,...
¡Bueno!,... ¿Qué pasa?,... ¿Os decidís por algo, o qué?
Los dos amigos se decidieron por la compra de dos
Zippos made in U.S.A, y dos cajas metálicas de
cigarrillos ovalados Abdullas, tabaco rubio de excelente
aroma y calidad que le ponía a uno en el jardín de Alá al
cabo de media docena de caladas.
Caía la tarde cuando llegaron a la Cuesta de
Moyano. El Maestro estaba en su ambiente husmeando
por las casetas entre los viejos libros y enrollándose con
los no menos, viejos vendedores. Félix se desesperaba
ante la verborrea desplegada por su amigo con los
libreros.
-Se nos va a hacer de noche y nos cerrarán el
Retiro. Avía, tío.
-¡Joder Félix, la cultura no admite prisas!
-Estamos de acuerdo, pero mis pájaros todavía
tienen que cenar.
Atravesaron el Retiro saliendo por la puerta que
comunicaba directamente con la calle Menéndez y
Pelayo. Félix andaba algo mosca puesto que sus queridos
pájaros no le habían hecho ni puñetero caso a pesar de
haber sembrado todo el camino con migas de pan.
-Tienes que venir por la mañana, hombre – le
consoló el Maestro – A estas horas los pájaros se están
haciendo la cama.
Tenían todo el tiempo del mundo para llegar a su
destino. La noche cayó rápidamente sobre Madrid
envolviendo en la oscuridad la mal iluminada calle de
General Mola. Cuando llegaron al cruce con Hermosilla,
Félix agarró de repente por el brazo al Maestro

221
conduciéndolo al interior de una tasca llena hasta los
topes de tertulianos que se agolpaban frente a la pequeña
barra del bar, como náufragos alrededor de un bote
salvavidas.
-Vas a probar las mejores gambas con gabardina
del mundo – le dijo Félix, pidiendo una ración y dos
jarras de espumosa cerveza de barril – Después
pediremos una fuente de mejillones bravos. Veremos si
tienes cojones para hincarles el diente.

Salieron de la abarrotada tasca soltando bufidos y


con las caras más rojas que los pimientos morrones.
-¡A esto le llamo picante y no a las Revistas de la
Celia Gámez!
-¡Su puta madre!,... ¡Tengo el culo en carne viva! –
dijo Félix, rascándose furiosamente el trasero – ¡Nos
gusta sufrir, coño!,...
-¡Con las calorías que llevo encima, soy capaz de
enterrar hasta un elefante, leche! – exclamó el Maestro
recordándole a su compañero la delicada misión
nocturna.
-¡Ni me lo menciones! ¡Solo de pensarlo se me
ponen los pelos como escarpias! Paremos en el bar de la
esquina y nos tomamos unas cañas ¿te parece?
-¡Ni hablar!, que nos conocemos, Félix. Que a ese
paso no vamos a enterrar ni al gato. Como continuemos
trincando, nos amanece y todavía estamos camino de la
casa de putas.
-Tienes razón, colega. Será mejor que apretemos el
paso. Cuanto antes acabemos el funeral, antes
volveremos a casa – convino Félix, recordando la
importancia de la acción a seguir.
Enfilaron directamente hacia la Avda. del
Generalísimo a paso de marcha.

222
Los dos amigos tomaron la decisión de no hacer
más escalas y pasar de largo por todos los bares del
recorrido, haciendo caso omiso de las tentadoras tapas
que se distinguían en los mostradores a través de los
cristales de las cervecerías.
Se estaban aproximando al teatro de operaciones.
La panorámica urbana había cambiado de forma radical.
Apenas si se cruzaron con media docena de personas
caminando por la acera de la Avenida, cubierta por las
sombras. El recorrido era una continua sucesión de altas
tapias de piedra rústica y frondosos jardines
pertenecientes a las mansiones que jalonaban la zona
residencial. De vez en cuando se veía pasar un coche
sobre el adoquinado.
Se detuvieron a veinte metros de la verja de entrada
al palacete. Los dos camaradas encendieron un cigarrillo
mientras se aproximaban lentamente a la entrada,
observando con todo el disimulo posible el acceso al
recinto. Una gran verja de hierro forjado de doble hoja
daba paso a un amplio sendero de grava apisonada que
finalizaba bajo una gran balconada de piedra granítica,
sustentada por cuatro columnas dóricas que hacían las
veces de porche. El palacete se distinguía rodeado por un
amplio jardín, con multitud de viejos y gruesos robles
que conferían al recinto totalmente envuelto en las
sombras, un aspecto más bien lúgubre y fantasmagórico.
-Justo la casa que necesito para montar un buen
restaurante de lujo – dijo el Maestro frotándose
enérgicamente las manos ante el intenso frío reinante – Si
está en venta, la compraré cuando me toque una quiniela
de catorce.
-Déjate de quinielas. Tenemos que entrar de una
puñetera vez – masculló Félix entrechocando los dientes
– Sólo de pensar que ahí adentro hay un muerto que nos

223
está esperando, me están dando ganas de salir corriendo a
toda leche.
Había llegado la hora de la verdad.
Félix introdujo la llave en la cerradura de la verja
que se abrió con un sonoro y prolongado chirrido,
provocando el batir de alas de los adormilados pájaros
que pernoctaban en los árboles diseminados por el
amplio y descuidado jardín.
-¡La madre que los parió! – exclamó Félix a media
voz – ¡Qué susto me han dado!
-Dales un poco de pan, a ver si se callan – contestó
el Maestro riéndose nerviosamente y cerrando la puerta
tras de sí – Tranquilo Félix, que nadie nos ha visto entrar.
En la calle no hay ni un ánima.
-¡No me mientes a las ánimas, coño! – se
estremeció Félix.
Según las indicaciones recibidas por parte del
Coronel, Félix se dirigió a la puerta lateral que daba
acceso directo a las cocinas y a las dependencias de la
servidumbre. Comprobaron en el contador de la entrada
que la corriente eléctrica había sido cortada, por lo que
una vez franqueada la puerta de la cocina, encendieron
las linternas que llevaban consigo.
Félix tenía memorizado el plano de la distribución
de las habitaciones, sabiendo perfectamente el camino
que tenía que seguir para llegar a las bodegas situadas en
los sótanos. El Maestro estaba asombrado por la
precisión de los pasos de su amigo dentro del palacete.
-¡Joder tío, parece que estés en tu casa!
-El cabrón del Coronel se cuidó de asesorarme –
respondió Félix buscando la llave que abría la pesada
puerta que comunicaba con el sótano. La introdujo en la
cerradura y abrió la puerta.

224
Fue como si toda la hediondez del mundo les
azotara en el rostro.
Un vaho de pestilencia se elevó desde la bodega,
esparciéndose rápidamente por la cocina e invadiéndolo
todo. Los estómagos de los dos amigos se revolvieron y
tanto el bacalao como las tapas anteriormente degustadas
se esparcieron por el suelo de la cocina.
Bajaron por la angosta escalera tapándose la nariz,
con el cuerpo revuelto por el olor a podredumbre que
impregnaba el ambiente. A la luz de las linternas no les
fue difícil localizar el montón de cajas tras las cuales se
encontraba el cadáver de Amalia, medio comido por las
ratas. El proceso químico de la descomposición
cadavérica hacía días que había hecho acto de presencia.
Un ejército de larvas y gusanos invadía lo que antaño fue
un bello y espectacular cuerpo. La putrefacción lo estaba
convirtiendo poco a poco en una masa infecta e
irreconocible, que parecía cobrar vida propia por el
continuo movimiento de la multitud de bichos que
pululaban entre el cadáver de la celestina.
Haciendo de tripas corazón, Félix y el Maestro se
dispusieron a subir el cuerpo hacía el jardín para proceder
a su enterramiento. Al envolverlo en un gran mantel que
previamente habían requisado en la cocina, Félix reparó
en la mano derecha de la difunta Amalia.
Una pequeña cinta con los colores de la bandera
española, sobresalía de su puño firmemente cerrado. Con
un asco indescriptible, la desprendió lentamente de los
aferrados y descompuestos dedos.
A la luz de las linternas brilló una medalla.
Era una condecoración otorgada al Mérito Policial
con un nombre y una fecha grabados en el reverso:
“Coronel Gumersindo López Filgueira, 18 de Julio de
1945.”

225
Félix volvió a dejar la condecoración entre los
dedos de Amalia.
-Será su testamento – murmuró – Y esta medalla es
la llave que lo abre.
-No entiendo lo que te propones – le respondió
confuso el Maestro – ¿La vamos a enterrar con una
condecoración en la mano?
-En efecto, compañero. Se me acaba de ocurrir una
brillante idea.
Envolvieron los restos en el mantel de cocina y
salieron con el cadáver por la puerta lateral que
comunicaba con el jardín. En el exterior todo continuaba
envuelto en la más completa oscuridad y en un silencio
ciertamente sepulcral.
Se alejaron unos quince metros de la entrada de
servicio, disponiéndose a cavar una fosa al pie de un
viejo roble. Félix se dirigió a la caseta del jardinero,
regresando contando los pasos, con un azadón y una pala.
Cavaron frenéticamente entre los matojos que crecían
alrededor del árbol, hasta conseguir su objetivo. Amalia
quedó enterrada bajo el gran roble y su túmulo mortuorio
fue disimulado con ramas y piedras esparcidas a su
alrededor. No hubo ni la menor oración por el eterno
descanso de su alma.
Félix reintegró a su lugar los utensilios de
jardinería y junto con el Maestro se dirigieron a la cocina
para lavarse de toda la inmundicia acumulada durante la
sesión de enterramiento.
-Olemos a muerte, Félix – comentó el Maestro con
un escalofrío.
-Eso se quita con agua y jabón – respondió Félix,
enigmático, lavándose las manos – Pero yo me sé de uno
que ya lleva la muerte encima. Larguémonos de aquí.
Nuestra misión ha concluido.

226
-Aguarda un momento. En la bodega he visto unas
botellas de excelente cosecha y me gustaría llevármelas
de recuerdo.
El Maestro desapareció en el sótano, regresando a
los cinco minutos cargado con una voluminosa caja
repleta de botellas de vinos tintos de Borgoña, blancos
del Rhin y tintos de la Rioja.
-¡La difunta sabía beber de lo bueno! – dijo el
Maestro jadeando por el peso de la carga – Ahora
entiendo aquella frase que dice: “Tienes morro puta”.
Los dos enterradores salieron del palacete cerrando
con llave la cancela de entrada. Tras sus pasos que se
alejaban rápidamente del macabro lugar, otrora centro de
lujurioso esparcimiento para los gerifaltes del Régimen
franquista, quedó el palacete sumido en el silencio y en
las sombras de la noche. El descompuesto cuerpo de
Amalia aguardaba el Juicio Final con una medalla
aferrada en su mano muerta, pero todavía dispuesta a
declarar como testigo de cargo en contra de su asesino.

Al día siguiente el bar del Maestro permaneció con


las puertas cerradas a cal y canto. También lo estuvo
durante todo el fin de semana.
Félix y el Maestro pernoctaron en el interior del
establecimiento después de la tenebrosa aventura
nocturna, dedicados a rematar una rápida acción
mediante la cuál el Coronel no pudiera proceder en
contra de Félix y que por el contrario, fuese el ex
bombero el que le diera su justo merecido al policía
violador y asesino.

227
El clandestino enterramiento había sido acordado
por el Coronel para el domingo a las nueve de la noche,
lo que hacía suponer que a esa hora los efectivos
policiales estarían vigilando la zona para detener al
cabeza de turco que iba a pagar los platos rotos.
Dado que Félix se había adelantado a los
acontecimientos, disponía del tiempo suficiente para
poner en la picota la cabeza de su enemigo. La aparición
de la medalla en la mano del cadáver, llevó a Félix a la
ampliación del plan preconcebido de antemano. Le
expuso al Maestro su planificación de ataque. La
máquina de la venganza se ponía en marcha.
-Todo encaja, Maestro. El cabrón del Coronel, es
carne de horca.
Una vez oída la descripción de los pasos a seguir,
el Maestro no pudo por menos que abrir una botella de
Rioja, reserva del 42.
-Brindo por tus vengativas neuronas – dijo alzando
su copa – No doy una perra chica ni por el policía ni por
su compañero de fatigas. Paz a los muertos y salud para
los vivos, camarada.

228
La iglesia de La Paloma se hallaba casi vacía aquel
viernes por la tarde. Sólo media docena viejas beatas
estaban repartidas por los bancos rezando o dormitando,
esperando la hora del Rosario.
Félix se dirigió al confesionario ocupado por el
viejo párroco que al no tener feligresía para confesar, se
encontraba entretenido en la lectura de su breviario.
-Ave María Purísima.
-Sin pecado concebida.
El viejo cura no salía de su asombro. En su dilatada
vida como confesor y sacerdote al servicio de Dios, era la
primera vez que se enfrentaba a una confesión semejante.
Félix se expresaba hablando a toda velocidad, pero el
pobre cura no seguía con la misma rapidez el desarrollo
de los acontecimientos. Aquello era algo más que una
confesión.
¡Por favor hijo mío, ve más despacio que no te
sigo!,... ¡Válgame el Señor!,... ¡La Virgen nos
asista!,...¡Que barbaridad!,...
Las exclamaciones del párroco iban en aumento a
medida que Félix vaciaba el contenido de sus alforjas. El
cura no cesaba de persignarse continuamente, abrumado
por el peso de la confesión. Al cabo de media hora, Félix
le entregó un voluminoso sobre.

229
-En el interior se encuentran las pruebas de mi
confesión. Junto con las páginas manuscritas del viejo
diario, hay una carta anónima escrita de mi puño y letra
describiendo lo ocurrido y señalando en un plano, dónde
se encuentra el cadáver. Las llaves dobles que me entregó
el Coronel de la Policía Armada, también van en el sobre.
Le ruego qué, amparándose en el secreto de confesión,
entregue inmediatamente estos documentos a la
Dirección General de la Guardia Civil, pero nunca a la
Policía Armada. Y a poder ser, hágalo hoy mismo. Me va
la vida en ello. Y ahora absuélvame de mis pecados,
Padre.
Félix se retiró del confesionario, arrodillándose
frente al gran cuadro de la virgen de La Paloma. Por el
rabillo del ojo observó como el viejo párroco salía
apresuradamente en dirección a la sacristía. No tardó ni
dos minutos en verle salir con su abrigo, portando en sus
manos un voluminoso sobre. Una de las beatas que
aguardaba sentada en los bancos de la iglesia, se le
acercó preguntándole cuando iba a dar comienzo el rezo
del Santo Rosario.
-¡Hoy no estoy para rezos, Doña Asunción! –
exclamó nervioso, saliendo a escape por la puerta –
¡Ningún lobo se comerá ni a uno sólo de mis corderos!
-¡Jesús! – gritó la beata, santiguándose – Siempre
dije que este cura era un viejo chocho,... Y ahora nos deja
sin Rosario.....
Félix inclinó la cabeza. En su interior ya no anidaba
la venganza. Le había pasado el testigo a su Madre. La
Virgen de La Paloma le sonreía desde el interior del
cuadro colgado sobre el Altar Mayor.

230
El sábado por la mañana el Coronel se levantó
eufórico a pesar de la juerga corrida la anterior noche con
su compinche, el teniente coronel de la Guardia de
Franco.
Se afeitó cuidadosamente mientras su mujer
ordenaba al servicio doméstico que fuese sirviendo el
desayuno en el salón principal.
-¿También hoy vas a la Dirección, querido?
¡Trabajas demasiado! – se quejó, ofreciéndole unas
tostadas – Te lo pregunto para saber a qué atenerme.
Tengo cita con la peluquera.
-Puedes hacer lo que quieras. Y mañana domingo
tampoco me esperes. Tengo un servicio de noche – le
contestó el Coronel dando un repaso a los periódicos de
la mañana.
A doña Clara le importaba un comino los días y las
horas que su marido, decía, se pasaba trabajando
incansablemente en el despacho de la D.G.S.
Rodolfo – el hermano de la peluquera de doña
Clara – era un medio marica que le daba indistintamente
a los dos palos, pero con la diferencia que sus modales y
comportamiento sexual eran de un corte exquisito, nada
comparables a las aberraciones mentales a las que estaba
sometida por parte de su marido. Al saber que no tendría
que soportarle durante dos días, doña Clara suspiró
tranquila planificando su actuación para el resto de la
jornada.

231
Lo primero que haría sería comprarse un delicioso
conjunto de bragas, sujetador y ligueros rojo carmín, que
había visto en un escaparate de la calle Mayor. Se los
llevaría puestos para sorprender a Rodolfo cuando le
fuera a dar el acostumbrado masaje corporal, que
indefectiblemente acababa en revolcón.
Cuando el Coronel se puso ante el espejo la gorra
de plato, doña Clara no pudo por menos de hacerle un
comentario.
-Tendrás que cambiar la gorra del uniforme,
querido. Parece que no te ajusta debidamente – manifestó
refiriéndose para sus adentros a que los cuernos que le
ponía, no le dejaban encajar la prenda militar.
El coche oficial esperaba al Coronel a la puerta de
su domicilio. Salió a toda velocidad con dirección a la
Puerta del Sol. Su amigo el teniente coronel, le aguardaba
para ultimar los preparativos del día siguiente. El
domingo por la mañana el operativo policial debería estar
preparado para una operación nocturna de máximo
riesgo.
Una vez en el despacho y reunido con su
compinche, el Coronel varió el plan a seguir.
-He pensado en liquidar al bombero cuando le
sorprendamos incinerando a la Amalia. No podemos
dejar cabos sueltos y a pesar que necesitaría a ese tipo
para buscar a la zorra de su novia, una vez detenido
podría irse de la lengua e involucrarme.
-Será lo mejor – manifestó el facha – Yo mismo le
daré un par de tiros sobre el terreno por resistencia a la
autoridad. Y a ese par de putas siempre las puedes poner
en busca y captura por robo.
-Sí, pero imagínate que cuando las detengan les
encuentran encima el diario – dudó el Coronel – Se nos

232
podría caer el pelo. Estamos en un atolladero al respecto.
Sé que viven en La Mancha, pero vete tú a saber dónde.
El facha se quedó pensativo. Verdaderamente si se
ponía a las prostitutas en busca y captura y eran
detenidas, se corría el riesgo de ser descubiertos y
entonces se acabó. De nada les servirían las
condecoraciones que llevaban prendidas en sus
uniformes.
De pronto notó la falta de una de ellas en la
guerrera del Coronel.
-Te falta la medalla al Mérito Policial – observó.
-Sí, ya lo sé. La perdí hace días. Seguro que en
alguna de nuestras juergas. Ya he solicitado otra de
recambio alegando el extravío de la original – le
contestó, desviándose posteriormente del tema – Oye,
que estoy pensando en descubrir el paradero de las gachís
por nuestra cuenta, a través de los archivos de
Estadística y del D.N.I. Ahí figurará su lugar de
nacimiento y esas zorras, lo más seguro es que se hayan
ido a refugiar a su pueblo.
-Es una posibilidad. Podemos comprobarlo –
apuntó el facha – Y una vez que sepamos su paradero, les
quitamos el diario, nos las follamos, luego les damos
matarile y las enviamos con Amalia. El plan es perfecto.
-Esperaremos hasta el lunes para solicitar datos.
Ahora hay que preparar el operativo para cazar al
gilipollas del bombero.
-¡Curiosa coincidencia!,... ¡Primero le salvamos de
las garras de la Guardia Civil y mañana lo enviamos a la
muerte!
-¡Así es la vida, camarada! – contestó riéndose el
Coronel.

233
234
-Tan sólo resta esperar, amigo mío. Espero que el
cura haya cumplido con su deber – suspiró el Maestro,
finiquitando una botella de vino de Borgoña – Si todo va
bien, esos canallas tienen las horas contadas. La
venganza es un placer de dioses.
-Lo siento por su hermano, el capitán. Se va a
llevar un disgusto.
-No seas capullo, Félix. Piensa en la alegría que se
llevará Paqui cuando le digas que ya no tiene nada que
temer.
-Es cierto. En cuanto acabe todo este follón, pienso
ir a su pueblo y contarle toda la historia. Tengo ganas de
volverla a ver – contestó con nostalgia y la mirada
perdida – Quiero llevarle un anillo de compromiso,
hacerla mi mujer por lo legal y tener niños, muchos críos.
Tú serás mi padrino de boda, Maestro.
Su amigo se quedó observando como una de las
múltiples arañas que pululaban por el techo del bar
entretejía con sumo cuidado la red para capturar a sus
presas. Convino mentalmente que Félix estaba atrapado
por Paqui desde el momento en que la conoció, aunque
también – se dijo – una mujer como esa podía atrapar a
quien quisiera y no le faltarían pretendientes de mejor

235
condición que el ex mendigo. No quiso desalentar a Félix
en su intento de reconciliación.
-Si quieres te acompaño. Igual me enrollo con la
Angustias.
-Eres muy viejo para ella. Le doblas la edad.
-Pero mi mente es joven, como la primavera –
comenzó a disertar
-Calla que me agotas, Maestro.

El Coronel y su compinche después de comer


pasaron el resto de la tarde del sábado bebiendo como
esponjas en el mesón de la calle del Correo, lugar de
reunión de todos los policías dentro y fuera de servicio en
la vecina Dirección General de Seguridad.
Su propietario, conocedor de las aficiones
alcohólicas de ambos elementos, no sabía cómo
quitárselos de encima. Estaban comenzando a ponerse
inaguantables, comportándose como unos energúmenos y
sacando los pies del tiesto. El Coronel aunque
tambaleante, todavía aguantaba el tipo arremetiendo
verbalmente contra todo el mundo pero su colega el
teniente coronel de la Guardia de Franco, había rendido
la plaza encontrándose fuera de combate sobre una de las
mesas del establecimiento.
-Mi Coronel, creo que debería dejarlo hasta mañana
– razonaba el camarero señalándole la casi vacía botella
de whisky.
-¡Métete tu jodida lengua por el culo, imbécil de
mierda!,... ¡A mi nadie me dice lo que tengo que hacer!
¡Sírveme otra copa!

236
El espectáculo se calentaba por momentos. El
Coronel se había adueñado de la barra, lo que hizo que
todos los parroquianos observaran una prudente distancia
de las tambaleantes idas y venidas del policía a lo largo
del mostrador.
El alcohol le daba por mostrar el lado belicoso de
su personalidad y cuando extrajo de la funda de cuero su
arma reglamentaria, una reluciente Astra 9m/m
depositándola con un sonoro golpe sobre la barra, los
parroquianos – entre los que se encontraban no pocos
efectivos policiales – comenzaron a desfilar
atropelladamente hacia la salida.
-¡Alto ahí, cabrones! ¡Qué nadie se mueva! ¡Todo
el mundo a su puesto, inmediatamente! – vociferó,
levantando el arma – ¡No he dado permiso para que os
retiréis!,... ¡Camarero, sirve una ronda a todos los aquí
presentes!
El Coronel observó con disgusto que en el fondo
del mostrador se encontraban cuatro personas que
declinaron con brusco gesto su obligatoria invitación
cuando el sufrido camarero les fue a rellenar las copas.
Con los ojos turbios, enarbolando la pistola y dando
traspiés se dirigió hacia el grupo que había osado
rechazar la consumición.
-¡Qué coño significa eso, mamones! ¡A beber he
dicho!
El más viejo de los cuatro se quedó mirando
fijamente al tambaleante Coronel mientras sus tres
compañeros se colocaban alrededor del uniformado
policía, formando un cerco.
-Le ordeno que baje inmediatamente el arma –
masculló por lo bajo el que parecía llevar la voz cantante
– Su comportamiento es indigno de un Coronel de la
Policía Armada.

237
El policía se quedó estupefacto. ¡Un paisano se
atrevía a plantar cara a un mando superior de la Policía!
Aquel tipo pelirrojo, medio calvo y de baja estatura, sin
duda estaba loco. Ningún civil en sus cabales sería capaz
de enfrentarse a un coronel en servicio de sus funciones y
mucho menos con una pistola en la mano.
Escrutó su rostro, creyendo reconocer sus
facciones, sin dejar de apuntar el arma hacia su
interlocutor.
-¿Nos conocemos, enano? – le espetó – ¡Contesta
sabandija!
-¿De verdad quiere saber quién soy? A lo mejor se
lleva usted un disgusto si le enseño mi documentación y
mis compañeros hacen lo propio – contestó el pelirrojo
bajito, sin alterar el tono de su voz – Nunca se sabe con
quien se enfrenta uno.
A pesar de lo embotada que se encontraba su
mente, el Coronel valoró la situación. Aquellos cuatro
mosqueteros formaban un grupo de lo más extraño. Iban
vestidos de paisano pero sus ropas no eran vulgares
prendas de saldo. Vestían se diría, hasta con elegancia y
sus modales más bien parecían de personas
acostumbradas a mandar que a ser mandadas.
El panorama no acabó de convencer al Coronel. Si
les pedía la documentación igual se llevaba una sorpresa.
Detrás de aquellos cuatro tipos, podía esconderse un
enchufe de alto voltaje conectado al Régimen franquista
e igual si insistía y se ponía en plan chulo, le arreaban
una descarga por pasarse en sus atribuciones.
Optó por una retirada estratégica.
-Me fastidia que alguien rechace mi invitación –
comentó achantándose y guardando la pistola en su funda
– No estoy acostumbrado a desplantes, amigo.

238
-Yo no soy su amigo y estos tres caballeros
tampoco. Por lo tanto no aceptamos su invitación. Lo
mejor será que se largue, pero deje aquí a su compañero
– le contestó el pelirrojo señalando despectivamente al
inconsciente teniente coronel de la Guardia de Franco,
tumbado sobre la mesa – Nosotros nos encargaremos de
llevarle a su acuartelamiento en El Pardo.
El Coronel suspiró aliviado. Creyó comprender.
Su instinto de viejo zorro – se dijo a sí mismo – le
había servido para no caer en un enfrentamiento con
aquellos cuatro lebreles, gerifaltes sin duda de la Casa
Civil o Militar de su Excelencia el Jefe del Estado.
No podía tratarse si no de cuatro mandos militares
a las órdenes directas del Generalísimo y contra esos
mastines no valían componendas. Sus personas eran
intocables y sus decisiones inapelables, estando por
encima de todas las graduaciones civiles, eclesiásticas y
militares. Era la Gestapo franquista puesta al día,
corregida y aumentada.
Pensó que a su amigo el facha le había caído un
buen puro por haber coincidido su borrachera con la
desafortunada presencia de los perros de presa de Franco
en el mesón de la calle del Correo, pero que nada tenía
que ver con su persona a pesar de haberse propasado
sacando el arma y apuntando a la cabeza del que al
parecer, ostentaba la jefatura del grupo.
De buena se había librado – pensó – mientras
recomponía su apariencia, estirándose el uniforme y
aparentando la sobriedad de la cual carecía en aquel
instante. Ahora había llegado el momento de hacer mutis
por el foro y dejar entretenidos a los mastines con su
presa, que continuaba postrada sobre la mesa totalmente
borracho.

239
Se cuadró militarmente con gesto vacilante ante los
cuatro inexpresivos individuos. Las palabras le salían
atropelladamente de la boca, remarcando las erres y
escupiendo al hablar. De repente, le había entrado prisa
por abandonar el local.
-Camaradas, entiendo que tenéis un deber que
cumplir y no seré yo quien os entretenga. Me reintegro a
mis obligaciones. Siempre a vuestras órdenes,
camaradas,... ¡Viva Franco! ¡Arriba España!
-Baje el brazo y desaparezca de mi vista antes que
me arrepienta, Coronel – contestó el pelirrojo mirándole
con desprecio – La próxima vez que se enfrente conmigo
apuntándome con un arma, le pondré ante un Consejo de
Guerra.
Al policía se le heló la sangre en las venas. Fue
incapaz de articular ni una sola palabra. La mención del
Consejo de Guerra le disipó la calentura alcohólica,
despejándole casi por completo. Salió rápidamente del
mesón cruzando a grandes zancadas la calle del Correo,
internándose a toda velocidad en las dependencias de la
D.G.S. y encerrándose bajo llave en su despacho con el
corazón saliéndosele por la boca.
Había estado a punto de cometer un fallo de
proporciones gigantescas. Se maldijo por no saber cómo
frenar sus belicosos instintos cuando tomaba unas copas
de más. Aquella tarde había bebido como un cosaco sin
pensar que al día siguiente tenía que liquidar el asunto
del palacete y después recuperar el maldito diario de
Amalia.
Consultó el reloj. Quedaban algo más de
veinticuatro horas para que se cerrase definitivamente la
trampa sobre el bombero. Para la operación no podría
contar con su amigo el facha por razones obvias. A buen
seguro, el teniente coronel ya estaría camino del

240
Acuartelamiento destacado en la localidad de El Pardo,
convenientemente escoltado por los cuatro agentes de la
policía franquista. Seguro que le degradarían de rango.
La situación no dejaba de ser comprometida. Ahora
le tocaría a él mismo, ser el ejecutor del enterrador al no
contar con el apoyo de su camarada que se había ofrecido
voluntario para tal fin. Pensó como realizar la operación
sin levantar sospechas, llegando a la conclusión que lo
tenía fácil. Mientras sus hombres rodeaban el palacete, él
penetraría en solitario dentro del recinto hasta localizar al
bombero en el sótano o en el jardín. Después el resto
sería coser y cantar. Le pegaría un tiro en la cabeza.
Cuando tuviera que redactar el informe alegaría
que se había visto obligado a disparar en defensa propia,
puesto que el bombero en el momento de ser detenido
esgrimía un arma blanca que aparecería posteriormente
en la mano del presunto agresor.
De repente sintió un escalofrío que le recorrió toda
la médula espinal. De su memoria no se apartaba la
acerada mirada de uno de los cuatro personajes presentes
en el mesón. Los ojos del pelirrojo bajito y canijo, eran
como una sentencia de muerte a plazo fijo. Tenía que
averiguar quién coño era semejante elemento. De buena
gana daría un año de su paga por tenerle trincado en los
calabozos y sacarle los hígados por la boca.
Se durmió sobre la mesa de su despacho soñando
que con un gancho al rojo vivo y con sus propias manos,
se encargaba de cegar para siempre los ojos del pelirrojo,
arrancándoselos lenta y parsimoniosamente de sus
cuencas.

-Mi Coronel, todos los hombres en sus puestos.

241
-Perfecto, comandante. Yo entraré en primer lugar
para efectuar un reconocimiento previo. Que los
efectivos permanezcan atentos por si los necesito, aunque
no creo. Esta es una operación de simple rutina para
comprobar que nadie ha entrado en el palacete.
-Con todos los respetos, mi Coronel. Creo que esa
labor la puede efectuar un subalterno – le contestó el
comandante, extrañado por la decisión de su superior.
¡Acostúmbrese a no replicar cuando doy una orden,
leche!
El comandante de la Policía Armada enmudeció.
Personalmente le importaba una mierda la decisión
de su Coronel. Si quería dárselas de valiente entrando a la
cabeza en una inspección de rutina, era un asunto que no
iba a quitarle el sueño, pero le extrañaba tanta
movilización de efectivos para una inspección
aparentemente habitual. Con la preparación del operativo
nocturno el Coronel le había estado jodiendo durante
todo el domingo y cuando ya eran las nueve de la noche,
todavía continuaba jodiéndole. Tanto follón para una
revisión de mierda y encima, una bronca. Les podían dar
por el culo al Coronel y a su puta madre.
Le vio alejarse en dirección a la verja de entrada,
perdiéndole de vista cuando el Coronel traspasó la
cancela adentrándose en el frondoso y oscuro jardín.
De pronto comprobó asombrado la repentina
aparición en el escenario de los acontecimientos, de una
multitud de vehículos militares pertenecientes al Ejército
y a la Guardia Civil.
Surgieron en silencio por la Avenida del
Generalísimo y calles adyacentes, rodeando el palacete al
mismo tiempo que cercaban a los propios efectivos de la
Policía Armada. El comandante se quedó de una pieza
cuando de uno de los coches oficiales, vio descender a un

242
general de división del Ejército de Tierra junto con otro
mando de la Guardia Civil.
Las fuerzas de ambos Cuerpos tomaron posiciones
frente al palacete apuntando hacia el jardín con sus armas
automáticas en clara posición de ataque. Aquella variante
no entraba en el programa. El comandante de policía se
encontraba totalmente confuso ante el giro de los
acontecimientos, cuando el general del Ejército se dirigió
hacia su posición.
-Queda relevado de servicio, comandante – le dijo
a modo de saludo – Las tropas del Ejército y de la
Guardia Civil, toman desde este momento el mando
operativo.
-A sus órdenes mi general. Le informo que el
Coronel López se encuentra solo en el interior del recinto
efectuando una inspección de rutina – manifestó el
comandante, oliendo que algo raro apestaba en el
ambiente – Tenía órdenes concretas para que nadie
entrara en el edificio hasta su aviso.
-Me lo imagino comandante, me lo imagino –
repuso el general – Pero no se preocupe. Ni usted ni sus
hombres están involucrados en el caso. Retire a los
efectivos policiales de la zona y regresen a su
acuartelamiento en la D.G.S.
El comandante saludó militarmente al general
alegrándose interiormente por el relevo en sus funciones.
El Coronel le había estado jodiendo durante todo el
domingo con el dichoso operativo nocturno, para a la
postre ser relevado del mando y no entrar siquiera en
acción.
Algo gordo tenía que estar sucediendo para tanto
despliegue de medios por parte del Ejército y de la
Guardia Civil. Aquello no se parecía en nada a un
registro rutinario.

243
Mandó que todos los efectivos policiales montaran
en sus vehículos y dio la orden de marcha. Su trabajo
había concluido. Allá el Coronel con sus líos.

Cuando entró por la puerta de servicio que


comunicaba directamente con las cocinas, el Coronel vio
un resplandor en la bodega producido sin duda – pensó –
por la linterna del bombero, metido a labores de
enterrador. Se asomó sigilosamente desde lo alto de la
escalera intentando escudriñar el interior del sótano
totalmente a oscuras, a excepción de un sector desde
donde surgía la débil y oscilante luz de lo que parecía ser
una linterna.
Creyó distinguir la silueta de un hombre que le
daba la espalda, vestido con una gabardina oscura, tocado
con un gorro de lana que le cubría hasta las orejas e
inclinado sobre lo que parecía ser un cuerpo envuelto con
una manta. Le tenía a tiro.
Pensó en descerrajarle un balazo desde allí mismo,
pero de haberlo hecho el proyectil entraría por la nuca del
bombero, lo que no le hubiera cuadrado a la hora de
confeccionar un falso informe. No le quedaba otra
solución que descender por las escaleras, acercarse al
cabeza de turco y hacer que se girase para arrearle un
disparo en la frente.
Amartilló su arma reglamentaria bajando
cautelosamente las escaleras, acercándose lentamente
hacia su víctima. Estaba a menos de tres metros de la
espalda del bombero y su Astra 9 m/m, lo tenía
encañonado. Levantó el brazo, apuntando directamente a
la cabeza.
De pronto, reparó en la total inmovilidad del
bombero.

244
-¡Date la vuelta, gilipollas! – aulló, tensando el
dedo sobre el gatillo, a punto de abrir fuego.
Todo se desarrolló en una fracción de segundo.
El ruido de la pesada puerta del sótano al ser
cerrada de golpe desde el exterior, retumbó como un
cañonazo en el interior de la bodega, al mismo tiempo
que el Coronel le daba la vuelta al enterrador y le soltaba
dos disparos seguidos en la frente.
Un maniquí vestido con gabardina oscura y gorro
azul, se derrumbó con la cara chamuscada por los dos
balazos recibidos a bocajarro.
De repente el amplio sótano pareció cobrar vida
propia.
Las luces de doce potentes linternas rasgaron las
tinieblas, enfocando directamente a un cegado y aturdido
Coronel que no sabía lo que estaba ocurriendo.
Tan sólo una frase salió de sus labios, a la vez que
con su pistola apuntaba directamente hacia las luces.
-¡Maldito bombero de mierda!
-¡¡Alto a la Guardia Civil!!

Le dio tiempo a efectuar dos disparos simultáneos,


que se estrellaron contra una estantería repleta con
botellas de un excelente Rioja del 42.
Después escuchó una ráfaga de ametralladora que
le catapultó hacia atrás, cayendo con el pecho taladrado
por doce impactos. Su cuerpo quedó recostado, aún con
vida, junto a la figura de un maniquí ataviado con un
gorro azul y acompañado por otro muñeco de cartón
piedra envuelto en una manta.
Un velo gris comenzó a cubrir su visión, pero
todavía llegó a distinguir como unos hombres
uniformados se le acercaban empuñando sus armas y
enfocándole con las linternas.

245
Percibía el sonido de sus palabras, mientras parecía
que su cuerpo iba hundiéndose en una fosa sin fin.
-Hubiera preferido llevarte ante un Consejo de
Guerra, Coronel.
Hizo un esfuerzo por ver quien le hablaba. Entre el
fulgor de las linternas de mano vio a un hombre pelirrojo
y medio calvo, más bien bajito y canijo, con el uniforme
de la Guardia Civil. En su bocamanga ostentaba las
estrellas de General de Brigada.
Fue su última visión. Las doradas estrellas se
trasformaron en garfios al rojo vivo que le arrastraron
hacia un vacío absoluto. Sus ojos quedaron abiertos,
mirando hacia el infinito.
El General de la Benemérita extrajo de su bolsillo
una medalla otorgada al Mérito Policial, arrojándola
despectivamente sobre el cadáver.
-Esto te pertenece, asesino y traidor de mierda.

El pelirrojo encendió un cigarrillo, aspirando


profundamente el humo. Su rostro denotaba la fatiga y la
tensión acumulada. Llevaba más de treinta y seis horas
de servicio ininterrumpido desde que había sonado la
alarma general. Lo que más le repugnó fue asistir a la
inhumación en plena madrugada del cadáver de una
mujer enterrada en el jardín del palacete. Lo primero que
apareció al abrir la pestilente fosa, fue una mano de
mujer sujetando firmemente una medalla.
Aquella madrugada del sábado al domingo, no se le
olvidaría en la vida por lo repugnante. Y la tensa espera
en el sótano aguardando la llegada del asesino, todavía
menos.
-Aquí hemos terminado, capitán – comentó
dirigiéndose a uno de los del grupo – Que alguien recoja
a esa basura y lo meta en un furgón. Precinten el recinto.

246
¡Ah!,... Y no se olvide de requisar todas las botellas de la
bodega. Repártalas entre los efectivos del comando
operativo.
El general de la Guardia Civil subió pausadamente
por las escaleras que conducían desde el sótano hacia la
cocina. Cuando traspasó la puerta de servicio que daba
acceso al jardín agradeció el azote del viento helado que
bajaba desde las cumbres de la Sierra de Guadarrama. Se
sentía limpio y a salvo de toda la ponzoña en la que
estaban envueltos muchos de los altos cargos del
fascismo. A Dios gracias, la Guardia Civil era un Cuerpo
de elite, con historia y no como aquellos piojosos
advenedizos de la Policía Armada.
En el exterior se reunió con el general de división
del Ejército de Tierra, que acudía corriendo a su
encuentro.
-¡Joder Matías, menudo cirio se ha montado! –
exclamó dándole un abrazo – Se ha oído un tiroteo,...
¿Algún herido?
-No, nadie ha resultado herido. El hijo de puta nos
hizo frente. Le dimos el alto pero ni caso. Abrimos fuego
y nos lo cargamos – contestó contrariado el pelirrojo –
No tuve otra alternativa.
-Se lo tenía merecido, no debes preocuparte. La
orden era de capturarle vivo o muerto. Nadie te pedirá
responsabilidades.
El guardia civil se encogió de hombros. Le hubiera
gustado sentar al Coronel en el banquillo de los acusados
frente a un Consejo de Guerra. En España estaba
haciendo falta una buena poda de tanto corrupto y
traidor, comenzando el desbroce desde las altas esferas.

247
248
-Que tengas un buen viaje, Félix – se despidió el
Maestro al pie del coche de línea – Y dale un beso a la
Angustias de mi parte.
Félix se sentía como un niño con zapatos nuevos.
No cesaba de acariciar el diminuto envoltorio que
guardaba en el bolsillo de su abrigo. El anillo de
compromiso le había costado una fortuna, pero valía la
pena.
Significaba la reconciliación con su amada Paqui y
el comienzo de una nueva vida sin peligros ni
sobresaltos. Los fantasmas del pasado yacían en sus fosas
para siempre. El viejo cura de La Paloma le certificó la
buena nueva, cuando le comunicó el desenlace de los
acontecimientos. El sacerdote se había preocupado de
seguir la noticia para asegurarse de que no quedaba ni un
sólo cabo suelto y fue la propia Guardia Civil quien le
confirmó el hecho. Los culpables se encontraban fuera de
circulación para los restos.
Aquel mismo día, en el establecimiento de artículos
religiosos propiedad de doña Asunción situado frente a la
iglesia de La Paloma, se agotaron todas las existencias de
cirios disponibles. Félix y el viejo párroco se encargaron
de iluminar el altar mayor como si el santoral marcara el
15 de Agosto. La Virgen resplandecía, inundada por la
luz que producían los cientos de bujías colocadas bajo su
marco.

249
El autocar estaba aproximándose a Campo de
Criptana. A lo largo del trayecto, Félix se había fumado
una cajetilla entera de Bisonte mientras su estado de
nerviosismo iba en aumento. Palpó por enésima vez la
cajita de nácar en cuyo interior se encontraba el anillo de
pedida, cerciorándose que en el otro bolsillo continuaba
la cartera de piel con el dinero correspondiente a su parte,
fruto de la venta total de las joyas apañadas en el
escaparate de Gran Vía.
La caja de hojalata enterrada en el huerto había
quedado vacía, puesto que la oferta económica que
recibieron por parte de un perista de confianza no admitía
réplica. Salieron a más de veinte mil duros por barba.
Una fortuna que le serviría para emprender cualquier
negocio y una nueva vida en Campo de Criptana junto a
Paqui.
Posiblemente montarían una granja de pollos o una
buena bodega. Dudaba en la elección. De todas formas,
su querida Paqui tendría la última palabra. Lo dejaba
todo en sus manos.
El coche de línea se detuvo en el centro de la Plaza
Mayor.
Félix descendió del vehículo cargado con media
docena de paquetes envueltos en papel de regalo. Llevaba
juguetes para los tres niños de Paqui, unos libros para la
Angustias y una magnifica mantelería de hilo para añadir
al ajuar de su amada. Se dirigió al bar situado frente a la
parada del autobús. No tenía ni idea de dónde se
encontraba el domicilio de Paquita Torralba, pero en el
pueblo alguien le podría dar razón.
Dejó todos los bultos al pie del mostrador y pidió
un café con leche. Iba a pedir una copa y un Farias,
cuando de repente observó reflejada en el espejo una

250
imagen que le resultó familiar. O mucho había cambiado
o aquella cara de niña pertenecía a la mismísima
Angustias. Su hermosa melena castaño claro estaba
recogida en un primoroso moño, pero los gestos y la
expresión de su cara no habían cambiado en absoluto.
Félix se dio la vuelta, mirando fijamente a la mujer
sentada en una de las mesas del bar. Estaba en animado
coloquio con otras dos jóvenes de su misma edad. Antes
de meter la pata, Félix repasó los rasgos de la chica. No
existía la menor duda. Era Angustias.
Se acercó lentamente hacia la mesa, cargado con
los regalos y con una sonrisa de oreja a oreja. Menuda
sorpresa se iba a llevar al verle aparecer de improviso.
-Hola Angustias.
Al momento, la chica se quedó clavada en su
asiento con los ojos como platos. Después se levantó
como impulsada por un resorte y abrazó fuertemente a
Félix.
-¡Dios mío, tú por aquí!,... ¡No puedo creerlo! –
exclamó Angustias llorando de emoción, besándole
repetidamente en las mejillas - ¡Es un milagro!
-Algo de eso hay, no vas por mal camino.
Las dos amigas se levantaron de la mesa,
excusándose entre sonrisas y dejándoles solos para que
hablaran tranquilamente de sus cosas.
-Cuéntame, Félix. ¿Qué ha sido de tu vida en estos
meses?
-Hay mucho que contar. Te vas a caer de culo
cuando te enteres de lo sucedido. De momento te diré que
Paqui y tú estáis fuera de peligro. Han ocurrido muchas
cosas desde aquella noche en la que me duchasteis a
conciencia ¿Te acuerdas?
Los dos estallaron en una gran carcajada
recordando la noche de verano durante la cual, a Félix y

251
al Maestro les dio por cantar completamente borrachos
frente a la ventana de Paqui.
-Por cierto ¿Se le pasó el enfado? – inquirió Félix,
expectante.
-Bueno, eso sí – contestó Angustias bajando la
cabeza – Ahora se encuentra más tranquila.
-Y más que se va encontrar cuando se entere de
todo – repuso Félix entusiasmado – Deja que te lo
explique.
Durante los quince minutos que duró el relato de
Félix, Angustias no despegó los labios. Sus lágrimas
corrían mansamente por las mejillas, expresando bien a
las claras todo el agradecimiento que sentía hacia aquel
hombre que las había vengado y salvado de las garras del
Coronel de la Policía Armada.
Después a Félix se le iluminaron los ojos. Comenzó
a mencionar enfáticamente las ilusiones y los proyectos
que se había forjado con respecto al futuro. El
matrimonio, la granja, los niños,... Todo un mundo
nuevo, mediante el cual podrían conseguir que la
felicidad anidara para siempre en sus castigadas vidas.
Cuando abrió la cajita de nácar mostrándole el
anillo de compromiso, Angustias se tapó la cara con
ambas manos estallando en un desgarrador sollozo.
-¿Qué te ocurre, chiquilla? No pareces muy
contenta con las noticias,... Yo creí que te alegrarías.
-¡No es eso Félix, no es eso!,... ¡Dios mío, no sé
cómo decírtelo!
-¿Qué es lo que me tienes que decir?,...
Angustias alzó la cabeza, secándose las lagrimas.
Su rostro estaba desencajado por la tensión y tenía los
ojos enrojecidos debido al incesante llanto. Cogió las
manos de Félix apretándolas firmemente entre las suyas,
como sujetándole para que aguantara el choque.

252
-Paqui se casó la semana pasada.

En la mesa se hizo el silencio mientras el bar bullía


con las voces y el ir y venir de la gente. Félix se soltó de
la protectora caricia de Angustias, bajando la cabeza y
apretándose las sienes con ambas manos. Se levantó de la
mesa con la mirada perdida en el suelo, sin levantar los
ojos, quedándose inmóvil frente a la desconsolada
muchacha.
-Has de ser fuerte, Félix. No te derrumbes.
Alzó la mirada. Sus ojos permanecían fríos. No
expresaban ningún sentimiento ni de dolor ni de odio.
Estaban simplemente como muertos, ausentes,
abandonados a su suerte. Félix murmuró unas palabras al
mismo tiempo que depositaba los paquetes sobre la mesa.
Cuando habló parecía que se estaba refiriendo a la lista
de la compra.
-Había comprado algunos juguetes para los niños.
Entrégaselos de mi parte. Estos libros son para ti y la
mantelería,... bueno, eso era mi regalo para el ajuar,...
Dáselo de todas formas. Siempre le hizo ilusión tener una
mantelería de hilo,... Y el anillo,... ya no voy a utilizarlo
para nadie más, así que te lo regalo Angustias, para
cuando te cases.
Angustias se refugió en los brazos de Félix sin
poder contener el llanto. Sentía que se estaba despidiendo
de un ángel protector que desaparecería de su vida para
no volver a verle jamás. En aquel momento hubiera
deseado tener diez o quince años más para entregársele
en cuerpo y alma, a pesar de no estar enamorada de él. A
los dos les separaba un abismo. De todas formas lo
intentó, depositando un cálido beso en la boca de Félix
sin importarle la gente que se hallaba a su alrededor.

253
-Quédate conmigo, no te vayas – le susurró
dulcemente.
-No te engañes a ti misma. Te has ganado el
derecho a ser feliz y conmigo no lo serías. Necesitas a un
chico de tu edad. Yo ya estoy hecho una ruina. Adiós, mi
bella niña. Que la Virgen te guarde
Angustias le vio alejarse bajo la lluvia hacia la
parada del coche de línea situada en el otro extremo de la
Plaza Mayor. Caminaba lentamente con la cabeza
hundida entre los hombros sin importarle el chaparrón
que estaba descargando sobre el pueblo, mientras la gente
corría a refugiarse en los soportales. Un perro vagabundo
seguía sus pasos con precaución, olisqueando la
posibilidad de que aquel forastero no le diera un palo y sí
algún bocado con el que aliviar el hambre que se cocía en
sus entrañas.
El hombre se detuvo junto al poste que indicaba la
parada del autobús. El perro hizo lo propio a prudente
distancia. Ambos se observaron bajo la lluvia hablándose
intensamente con la mirada. Al fin, el chucho se le acercó
completamente empapado moviendo mansamente el rabo
y dejándose acariciar la cabeza por su nuevo amigo.
-Parece que te encuentras solo y tienes hambre,
compañero – murmuró el hombre – Algo de eso tiene
solución. Aguarda.
El hombre caminó hacia la cercana charcutería y
pidió un kilo de jamón en un trozo, regresando junto al
perro que no se había movido de su sitio.
-Tan sólo puedo ayudarte con la comida, amigo – le
dijo acariciándole la empapada cabeza – Para la soledad,
no tengo ningún remedio. Casi todos los perros estamos
condenados a ella.
El perro vagabundo se alejó con el trozo de jamón
entre los dientes, compadeciéndose de aquel

254
desconocido. En su larga vida escrutando los rostros y las
miradas de los seres humanos, nunca había observado
tanta soledad y tristeza.
El hombre subió al primer autobús que se detuvo
en la parada.
El cobrador le interrogó con los billetes de ruta en
la mano.
-¿Dónde va, amigo?
-Al final.
-Entonces, a Ciudad Real ¿No?
-Me da igual. Cóbrese.
El coche de línea arrancó en medio de una
impresionante tormenta.
Los cielos se abrían de par en par sobre La
Mancha, derramando abundantemente sus dones sobre
los hombres y empapando de agua la reseca tierra.

255
256
El timbre de la puerta resonó con insistencia.
Estaba visto que no le dejaban pegar ojo. El
hombre se revolvió nerviosamente en la cama
maldiciendo bajo las mantas, completamente aterido de
frío. Le castañeteaban los cuatro dientes que le quedaban
en la boca mientras un persistente moquillo le bajaba por
su helada nariz.
Aquel invierno de 1986 estaba siendo ciertamente
gélido en la Comunidad de Madrid. En el mes de Enero
había nevado con ganas y ahora a mediados de Febrero,
el aire helado se colaba a través de las rendijas de la
puerta, convirtiendo la casa baja en una nevera.
El viejo se levantó tosiendo y respirando con
dificultad entre un crujir de huesos, maldiciendo por lo
bajo al cretino que se había quedado con el dedo
enganchado al timbre.
-¡Ya va, hostias, ya va!,...
-¿Don Félix Expósito de Jesús y María? – interrogó
el cartero.
-Sí, soy yo. ¿Qué coño pasa? – contestó el aludido,
frotándose los ojos y tosiendo repetidamente.
-Tiene dos cartas certificadas. Firme aquí, por
favor.

257
Se sentó en una desvencijada silla tapándose con
una manta hasta la cabeza. El frío reinante en la
destartalada habitación que le servía de dormitorio y sala
de estar, le obligó a prepararse urgentemente un carajillo
que sorbió prácticamente hirviendo. Después encendió la
colilla de un puro apagado la noche anterior y se metió de
nuevo en la cama con la correspondencia en la mano.
Reconoció el membrete de ambos remitentes
aunque se sabía de memoria el contenido de las cartas.
Casi todos los vecinos del barrio las habían recibido
durante los últimos días. No quería ni leerlas. Ningún
hijo de puta iba a desalojarle de entre aquellas cuatro
paredes que eran su casa desde hacía treinta y cinco años.
“Las excavadoras tendrán que pasarme por encima”
– había comentado más de una vez con la gente. El
personal le dejaba hablar para no contrariarle, pero a los
vecinos de la calle Manuel Laguna del barrio de
Vallecas, les constaba que los planes municipales no iban
a dar marcha atrás por la cabezonería de un viejo
jubilado del Cuerpo de Bomberos.
A pesar de todas las chifladuras y excentricidades
por las que era conocido en el barrio, las nuevas
generaciones de vecinos respetaban de modo entrañable
aquel viejo lobo solitario que raramente salía de su cubil
si no era para atravesar la calle y refugiarse en el bar de
Miguel, el Maestro.
Los más viejos del lugar daban fe de su valía
personal en tiempos pasados y contaban historias
delirantes cuyo protagonista era siempre el viejo
bombero. Venía a ser el buque insignia de la calle y
cuando los más jóvenes mencionaban el nombre de Félix,
siempre anteponían el tratamiento de Señor.

258
-¡Teníais que haberle visto en sus buenos tiempos,
cuando llegó al barrio! – les decía el Chacho a sus hijos –
¡Menudos huevos tenía el tío! ¿Te acuerdas Teodora?
Su mujer afirmaba con la cabeza rememorando la
fatídica noche en la que una patrulla de la Guardia Civil,
además de arrearle en plena calle un balazo en los
pulmones, destruyó para siempre la trayectoria
profesional de Félix en el Cuerpo de Bomberos.
-No entiendo como la Guardia Civil hizo algo
semejante – comentó una de las hijas – Eso es
impensable hoy en día.
-Entonces eran otros tiempos, hija. Tanto la
Guardia Civil como la Policía Armada nos corrían a
hostia limpia a la menor oportunidad. En tiempos de
Franco no existía la democracia.
-Pero había más trabajo – repuso el hijo mayor,
afiliado a Comisiones Obreras y en paro laboral desde
tiempos inmemoriales – Ya vamos por el millón de
parados.
-¡Joder, ya podía haber más trabajo! – saltó el
Chacho - ¡La mitad de España estaba trabajando en el
extranjero!
-No empecemos a discutir y poned la mesa que hoy
tenemos invitados a comer – cortó la Teodora.
-¿Quién viene, madre?
-Precisamente Félix y el Maestro. Están muy solos
los pobres y hoy es el cumpleaños del Maestro.

El viejo jubilado se había acicalado lo mejor


posible para la ocasión. Tras afeitarse, rebuscó en el
interior del armario una camisa limpia, sacó el único traje
que tenía y se cambió de ropa interior. Eligió entre una
de las tres corbatas disponibles y se miró en el espejo.

259
Nunca fue presumido en el vestir pero aquel día
deseaba causar buena impresión ante sus amigos.
Últimamente se comentaba en el barrio que el señor Félix
era un ser solitario desde hacía muchos años y que
además de ser un enfermo crónico, estaba en las últimas
y sin un céntimo.
Mirándose frente al espejo tuvo que admitir que se
encontraba más solo que la una. Exceptuando al Maestro
y al Chacho, el resto de sus amigos habían desaparecido
de la faz de la tierra engullidos por el cáncer o por las
drogas. El barrio de Vallecas continuaba siendo un foco
de marginación social a pesar de los años transcurridos y
la calle Manuel Laguna se había convertido en el
epicentro del tráfico de estupefacientes de la zona Sur de
Madrid.
Los continuos trapicheos de los camellos y
traficantes a plena luz del día, convirtieron el barrio en un
mercado persa cuajado de chorizos y maleantes de la
peor ralea. Era un mundo distinto que en nada recordaba
a los tiempos pasados.
La calle y el barrio habían cambiado. La luz
eléctrica y el agua corriente, hacía muchos años que
llegaban a todas las casas bajas y chabolas diseminadas
en Vallecas. La red de alcantarillado cubría
perfectamente todas las necesidades higiénicas de la zona
y los pozos negros de antaño sólo eran un maloliente
recuerdo.
Ya no se cultivaban hortalizas en los patios
traseros. Las mujeres preferían comprar en los
supermercados a deslomarse en el huerto para conseguir
media docena de lechugas. La Pepona y el Macario, años
ha que liquidaron Ultramarinos La Selecta y a hostia
limpia deben andar sin duda en el cementerio.

260
Las cuarenta vacas santanderinas propiedad de la
lechería “La Tierruca”, ubicada en la calle de Hachero
esquina a Monte Igueldo, también fueron pasaportadas al
Matadero Municipal por orden del señor alcalde, después
que el establecimiento hubiera cumplido casi los noventa
años de servicio. Un bello mosaico de principios de siglo
– protegido eso sí, por el Ayuntamiento – recuerda hoy
en día el asentamiento del lugar. Los lechones del
Chacho, hace muchos años que dejaron de hocicar en la
cochiquera por siempre jamás, amén.
Todas las calles estaban asfaltadas y los coches
suplían a los triciclos de motor y a los carros de mano.
Las amas de casa habían dejado de escuchar la novela de
la S.E.R. y la Cabalgata Fin de Semana presentada por
Boby Deglané, para quedarse con la boca abierta ante la
telenovela de la Primera Cadena de su televisor.
Uno de los últimos espectáculos que se ofrecieron
en el cine de verano situado entre la Avenida de San
Diego y Martínez de la Riva, fue un mitin político, un
mano a mano entre dos espadas de la oratoria. Santiago
Carrillo y Ramón Tamames se lanzaron al ruedo de
Vallecas creyendo que iban a cortar orejas y salir a
hombros por la puerta grande, pero entre el público hubo
división de opiniones. Los entendidos del barrio no se
dejaron engañar por tanto toreo de salón, sacando pecho
y mirando al tendido.
A los vallecanos no se les podía engañar tan
fácilmente. Aquellos dos espadas jamás estuvieron
presentes en los encierros que en el pasado organizó la
Policía Armada, corriendo a hostias al personal a lo
largo y ancho de la Avenida de San Diego.
Pero a pesar del cambio que se había producido
tanto en el plano estructural como en el ambiental, social
y político, los supervivientes del pasado que continuaban

261
viviendo en las casas bajas en régimen de alquiler o
como propietarios, aquellos días estaban con los nervios
a flor de piel.
La Comunidad de Madrid, a través del Instituto de
La Vivienda, había dado luz verde para la demolición de
todas las chabolas y casas bajas del barrio. La primera
fase se realizó en el sector de Palomeras con el derribo de
cientos de chabolas. Sus moradores fueron realojados en
un nuevo y amplio sector situado en Fontarrón, junto a la
autovía de Valencia.
Ahora le tocaba el turno a la siguiente fase y a las
casas bajas de la calle Manuel Laguna les faltaban días
para ser derribadas por la excavadora. Salvo excepciones
entre las cuales se encontraba el viejo Félix, todo el
mundo estaba encantado con el cambio de vivienda.
Las nuevas construcciones se encontraban situadas
justo al lado de Fontarrón, en un barrio al que se le
bautizó como Las Marismas.
-Son unos pisos cojonudos, Félix. Tienen casi cien
metros cuadrados, calefacción, dos baños, garaje –
enumeraba entusiasmado el Chacho – La hostia, oye.
Para vivir como Dios manda. Y están muy bien de
precio. No llegan a los tres millones y medio y a pagar en
veinticinco años.
-Me suda los huevos. Yo no me muevo de aquí.
Félix estaba decidido a plantar cara a las brigadas
de demolición.
-Te sacarán a la fuerza.
-¡Al primero que entre en casa, le arreo con la pala!
– contestó casi ahogándose en un ataque de tos – ¡No
pasarán!
El Maestro miró disimuladamente al Chacho
dándole a entender que no insistiera en el asunto. Intentó
cambiar el tema de conversación.

262
-Tendrías que dejar de fumar, Félix
-Tendría que morirme de una puta vez, que no es lo
mismo.
-Lo que tú digas.
-Pues eso.
A Félix le importaba todo un carajo. Por las
mañanas tosía como un poseso con el pecho a punto de
reventar. Su desayuno consistía en una taza de café
negro, al igual que debían estar sus pulmones castigados
no sólo por el maldito balazo, si no también por las dos
cajetillas de tabaco rubio que se fumaba al cabo del día.
Aderezaba la colación matutina con un chorrito de
coñac. El carajillo le ponía a tono para el resto de la
jornada.
-Cuanto antes me largue de este jodido mundo,
mucho mejor. Hace muchos años que vivo de prestado.
-Te irás cuando te llamen – le dijo el Maestro.
-Pues ya va siendo hora, coño. Para mí, la muerte
significa la auténtica libertad. Toda la vida he sido un
prisionero de mí mismo.
-También puedes suicidarte. Así te vas antes.
-Eso sí que no. Sería como desertar en pleno
combate.
-Tomaros una copa y dejaros de tanta chorrada –
terció el Chacho llenando los vasos – ¡Por los viejos
tiempos!

263
264
Todo el barrio se encontraba en estado de máxima
excitación. Las familias que durante tantos años habían
compartido la vecindad puerta con puerta, se despedían
las unas de las otras entre suspiros y lágrimas.
-¡Qué pena de casa, señora Engracia!,... ¡Con lo
que le costó levantarla a mi pobre marido, que en paz
descanse!
La calle estaba plagada de furgones y de todo tipo
de vehículos aptos para efectuar una mudanza. El
desalojo se inició por la noche mientras el desbarajuste y
el nerviosismo se adueñaban del ambiente. Faltaban diez
horas para el derribo de todas las chabolas y casas bajas
en la calle Manuel Laguna.
A las ocho de la mañana entrarían en acción las
cuatro excavadoras que aguardaban apostadas en la
esquina con la Avenida de San Diego. La Policía
Municipal cuidaba del orden en la zona vigilando a los
posibles descuideros e incluso ayudaba a las personas
mayores o impedidas a recoger sus pertenencias.
El cuadro no dejaba de ser tragicómico. Casi cien
familias con todos los muebles y enseres en la calle,
desmantelaban hasta el último clavo de lo que había sido
su vivienda durante treinta o cincuenta años. Muchos de
los propietarios vendieron hasta las tejas de cerámica a

265
un almacén de construcción. Eran tejas viejas, con pátina
y con verdín, perfectas para los chalés de lujo que se
construían en la sierra de Madrid.
El comprador contaba unidad por unidad y pagaba
rigurosamente al contado. Dependiendo del estado de
conservación, se llegaron a pagar hasta veinte duros por
teja. Dos camiones Pegaso salieron cargados hasta los
topes, seguidos por el llanto de los más viejos.
Se aproximaba la hora del cierre definitivo. La
mayoría de familias prefirieron alejarse de lo que hasta
aquel día habían sido sus hogares. No deseaban
presenciar como eran derruidos los muros que tanto
esfuerzo les costaron edificar.
Los agentes de O.R.E.V.A.S.A. (Ordenación y
Realojamiento de Vallecas, S.A.), organización
dependiente de la Comunidad de Madrid, procuraban
ultimar los detalles del desalojo, cerciorándose de que
todas las viviendas estuvieran desocupadas antes de las
ocho de la mañana.
-Oiga jefe, que aquí hay un viejo que no quiere
salir.
-Avise a los Municipales. Voy a ver qué pasa.
El responsable de la operación de desalojo llamó
insistentemente a la puerta del número treinta y uno. No
era la primera vez que alguien se negaba a salir de su
casa a pesar de tener la pala de la excavadora suspendida
sobre el tejado. Cuando se realizó la primera fase en
Palomeras, una familia gitana se atrincheró en su chabola
manteniendo en jaque a la Policía durante veinticuatro
horas hasta que al fin pudieron ser reducidos mediante
una sesión de gases lacrimógenos.
Aquella noche el encargado del desalojo no estaba
dispuesto a que volviera a ocurrir otro tanto. Ya se había
formado un corro de curiosos que aguardaban

266
expectantes frente a la puerta de la casa baja el desenlace
de los acontecimientos.
El encargado verificó en su lista el número de la
casa y el nombre de su inquilino.
-¡Señor Félix Expósito de Jesús y María! – gritó
con autoridad – ¡Tiene usted que desalojar la vivienda
antes de una hora!
-¡Tu puta madre!
El encargado no insistió. En el fondo comprendía la
resistencia de los más viejos. Muchos de ellos se
encontraban solos, sin familia, con escasos o nulos
recursos económicos. Era gente acostumbrada a vivir
enclaustrada entre cuatro paredes por las que pagaban
cuatro perras y ahora les obligaban a comprar un piso
nuevo, pagadero al contado o en veinticinco años. Para
aquellas pobres gentes no era lo mismo pagar
mensualmente quinientas pesetas en régimen de alquiler,
que cinco mil, aunque se tratase de una beneficiosa
compra.
A los viejos que se encontraban solos o sin familia
y que pasaban de los setenta, les importaba bien poco lo
que pudiera suceder con su propiedad al cabo de
veinticinco años. Ya no estarían aquí para verlo, pero el
resto de sus días se verían obligados a soltar mil duros
mensuales, para a la postre dejar el piso en herencia al
Estado.
-Aquí hay un resistente, sargento. Es un viejo
jubilado del Cuerpo de Bomberos – le informó el
encargado al policía – Procure hablarle por las buenas,
que tiene muy mala leche.
El sargento de la Policía Municipal llamó
repetidamente a la puerta sin resultado positivo. El viejo
se negaba a franquear el paso a su vivienda a pesar de la

267
amabilidad y las buenas palabras del requerimiento. La
situación se estaba haciendo insostenible por momentos.
-¡Oiga señor Félix! – gritó el policía – ¡Si no abre
usted por las buenas, tendremos que entrar por las malas!
-¡A ver si tenéis huevos! – se oyó desde el interior -
¡Al primero que entre, le arreo con la pala!
La expectativa en el exterior de la casa baja crecía
minuto a minuto, ante la persistente negativa del viejo a
rendir la plaza. A las fuerzas de la Policía Municipal
presentes en el lugar, se unieron efectivos de la Policía
Nacional formando un sólido y contundente bloque de
ataque.
La patada en la puerta no se hizo esperar,
provocando un colectivo abucheo por parte de todos los
espectadores allí presentes.
La ofensiva policial duró menos de un minuto,
saldándose con la detención del viejo Félix que salió
esposado de su fortín y con la evacuación de un policía
nacional al que tuvieron que sacar entre dos compañeros,
medio inconsciente por el tremendo golpe de pala
recibido en la cabeza. Los mandos de la Policía Nacional
se hicieron cargo del agresor vallecano, trasladándole
momentáneamente a los calabozos de la Comisaría de
Vallecas a la espera de su traslado a los Juzgados de la
Plaza de Castilla.
El último bastión de la resistencia vallecana había
caído defendiendo tenazmente su territorio. Pero había
caído luchando como un cosaco, aunque él bien sabía que
de aquella caída jamás volvería a recuperarse.

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-Adiós abuelo y cuídese, que ya no está usted para
muchos trotes – dijo el funcionario de prisiones,
acompañando al viejo hasta la puerta de salida – A su
edad y en su estado no puede uno enfrentarse a hostia
limpia con la Policía, hombre de Dios.
El viejo Félix traspasó la cancela de la cárcel de
Carabanchel respirando de nuevo los aires de la libertad.
Una vez en la calle aspiró profundamente dejando que el
ardiente aire de verano inundara sus castigados
pulmones. La bronca con la policía le había costado
cinco meses de vacaciones por cuenta del Estado. Le
salvó de una mayor condena la actuación del abogado de
oficio que le tocó en suerte, cuya profesionalidad ante el
tribunal rayó en la perfección alegando en su defensa la
edad del acusado y las circunstancias atenuantes de
enajenación mental transitoria.
La estancia en prisión le sirvió a Félix para
recapacitar sobre su inmediato futuro, si es que todavía le
quedaba algún porvenir. El viejo ex bombero se
encontraba solo, enfermo y sin dinero, salvo la
paupérrima pensión que le otorgaba mensualmente la
Seguridad Social.

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Mientras el resto de sus vecinos ya hacía cinco
meses que habitaban en los pisos del barrio de Las
Marismas, al día de la fecha, Félix por no tener no tenía
ni casa donde vivir. Entre el Maestro y el Chacho
recogieron las escasas pertenencias que poseía antes que
la excavadora entrara en acción y derribara la casa baja.
A pesar de los consejos de los dos únicos amigos que le
visitaron durante su estancia en prisión, Félix se negó a
tomar posesión de la vivienda que legalmente le
correspondía.
Su mundo había finalizado treinta y cinco años
atrás al pie de la parada de un autobús en un pueblo de La
Mancha. Después tan sólo le quedó el caos y la
desesperación que fue ahogando día a día con la ayuda de
la botella. Además de enfermo pulmonar crónico, su
organismo se encontraba empapado de alcohol pero por
lo visto el sistema metabólico hasta el momento presente
le funcionaba a las mil maravillas.
Sin embargo en una inspección sanitaria efectuada
en el propio recinto penitenciario, el médico le
diagnosticó una cirrosis hepática galopante.
-Como sigas bebiendo, te quedan dos telediarios.
-Mejor. Así acabo antes.
Presentía que el fin se aproximaba y ansiaba
acelerar el momento de la partida. Nada ni nadie le
sujetaba a este mundo. Deseaba partir.
Lo primero que hizo cuando traspasó la puerta de la
prisión fue encaminarse hacia el bar más próximo. En los
cinco meses de estancia carcelaria no había podido
emborracharse como era habitual en él a pesar que nunca
le faltó dinero para una juerga. El Maestro se cuidó de
proveerle de comida, tabaco y algo de vino para hacer
más llevadero el cautiverio, pero alertó a los funcionarios
sobre el estado de alcoholismo del viejo Félix.

270
Mientras duró su estancia en Carabanchel los
celadores le mantuvieron a régimen concediéndole un
vaso de vino aguado por comida y día. Ahora había
llegado la hora de su desquite.
El intenso calor de Agosto invitaba a beber.
-Una jarra de cerveza. De las grandes.
-¡Marchando una de litro!
Al cabo de una hora trasegando cerveza, Félix se
encontraba postrado sobre el mostrador del bar en un
estado lamentable. El camarero, acostumbrado a
presenciar las celebraciones de los reclusos que eran
puestos en libertad, se negó a servirle la quinta jarra.
-Ya está bien por hoy, amigo. Será mejor que se
marche a casa.
-Yo no tengo casa. Mi casa es la calle.
-Pues a la puta calle. Largo de aquí.
Salió tambaleándose sin saber a ciencia cierta
dónde dirigirse.
Rebuscando en su cartera localizó un papel con la
nueva dirección del Maestro. Era la única persona que
podía ayudarle en aquellos momentos. Iría a su casa a
dormir la mona. Sentía que su cuerpo se estaba
rompiendo en mil pedazos y que ya no era dueño de sus
actos. La calle, los coches y las gentes que circulaban a
su alrededor, giraban alocadamente como si estuvieran
montados en un tiovivo rotando a toda velocidad.
Se derrumbó junto a la parada de la EMT
vomitando todo el líquido que contenía su estragado
estómago. Una mujer que aguardaba en la cola del
autobús le miró con evidente asco. Sus miradas se
cruzaron. Él también se odiaba a sí mismo al verse tirado
en medio de la calle como un trapo sucio. Al cabo de
media hora se levantó penosamente del suelo, sujetando
la maleta que contenía algo de ropa y unos cuantos libros

271
viejos que el Maestro le había llevado a la cárcel para que
se entretuviera leyendo.
Hizo recuento de las cuatro perras que le quedaban
en el bolsillo del pantalón comprobando que llevaba lo
justo para coger el autobús y tomarse un par de copas
-¿Qué día es hoy? – le preguntó al conductor.
-Quince de Agosto. La Paloma.
Se le iluminó el rostro. Antes de volver a Vallecas
se pasaría por la iglesia para ver a su Madre, como lo
venía haciendo cada año. Se apeó en la Glorieta de
Atocha encaminando sus pasos a la vecina Cuesta de
Moyano. Necesitaba dinero para pillar una buena cogorza
y pensó que si vendía los viejos libros que llevaba en la
maleta podría conseguir algún dinero.
Se acercó al primer puesto que encontró a mano y
abrió la maleta sobre un montón de libros. El viejo
librero se le quedó mirando a través de sus gafas sin
prestar la más mínima atención a la mercancía que le
estaba siendo ofrecida.
-No compro novelas. No me interesa.
-Hay de todo un poco – insistió el viejo Félix,
mostrando uno a uno cada ejemplar – Religión, filosofía,
historia... Incluso hay uno que está encuadernado en
pergamino.
Los ojos de águila del librero repararon en un
pequeño diario escrito a mano. Su encuadernación no era
precisamente de pergamino. Las yemas de sus dedos
acariciaron la suave textura de sus lomos. Tuvo que
morderse los labios para no soltar una exclamación de
satisfacción, al comprobar que tenía entre sus manos un
libro encuadernado con piel humana. Leyó entre líneas
parte de lo escrito, comprobando que varias hojas habían
sido seccionadas con una cuchilla.

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A pesar de ello, aquel viejo diario lo tenía vendido
a un coleccionista especializado en cosas raras.
Fingió un absoluto desprecio por la posible compra
de los libros que le estaban siendo ofrecidos por aquel
sucio viejo con pinta de borracho.
-Mil pesetas por el lote. Es mi última oferta.
-Vale.

El viejo jubilado cruzó el Paseo del Prado,


recalando en El Brillante. La sed le abrasaba las entrañas.
Una fuerza desconocida le obligaba a beber de forma
incontrolada mientras la cerveza desaparecía por su
garganta como si fuera arrojada a un pozo sin fondo.
Por un momento creyó distinguir tras la barra al
viejo Lucas con su sempiterna sonrisa de bien nacido,
ofreciéndole gratuitamente una ración de calamares.
Fue un espejismo. El viejo camarero hacía treinta
años que estaba sirviendo raciones a San Pedro. Murió
solo, como un perro.
El viejo salió dando bandazos del establecimiento
entre las destempladas voces e insultos de los allí
presentes. Se detuvo en la calle de Atocha al pie de una
farola para recobrar sus mermadas fuerzas.
Todo le daba vueltas. La soleada mañana se estaba
convirtiendo en gris oscuro o al menos eso le parecía. Sin
embargo el cielo de aquel día del mes de Agosto
estallaba en un luminoso color azul que los ojos de Félix
ya eran incapaces de percibir. Las sombras invadían su
mente cuando la base de la farola de alumbrado público
recibió una descarga de vómitos de cerveza envuelta con
bilis hepáticas entremezcladas con finos hilos de sangre.
Tenía que llegar cuanto antes a la Iglesia de La
Paloma.

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Todos los años acudía puntualmente el 15 de
Agosto a contemplar como el cuadro de su Madre era
descendido por miembros del Cuerpo de Bomberos de
Madrid. A él nunca le asistió ese honor a pesar que
estuvo nominado para tal acción tras su examen de
ingreso en el Cuerpo. Pero aquella maldita bala que se
alojó en sus pulmones le privó de ello, le truncó la vida y
le devolvió al arroyo.
Ahora se arrastraba lentamente por el asfalto hacia
la puerta de la iglesia, abarrotada de un público devoto y
enardecido que aplaudía a su Madre.
Había llegado tarde.
El marco de la Virgen ya había sido depositado por
los bomberos en la carroza procesional y salía en
aquellos precisos instantes por la puerta de la iglesia.
El viejo bombero en pleno delirium tremens, sintió
como si una fuerza poderosa le aupara sobre las cientos
de personas que se hallaban congregadas en el exterior
del templo. De repente, el gris oscuro que percibían sus
ojos se convirtió en un refulgente y majestuoso cielo
azul. Su cuerpo flotaba junto a la carroza mientras una
celestial armonía de notas musicales invadía sus sentidos.
En el centro del cuadro distinguió claramente el
nacimiento de una luz que a medida que iba
agrandándose lo atraía dulcemente, despojándole de toda
la suciedad y miseria acumulada a lo largo de su vida.
Tendió sus brazos hacia la imagen con el mismo
gesto de un niño cuando busca refugio en el regazo
materno. Su Madre le aguardaba al otro lado, más allá de
las estrellas.
Penetró en la Luz caminando con la majestad de un
rey.

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Obra inscrita con la inscripción nº 00/2001/4598 Sección 1
Registro General Territorial de la Propiedad Intelectual
Madrid

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