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SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XVI Domingo después de Pentecostés Forma Extraordinaria del Rito Romano

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de Pentecostés Forma Extraordinaria del Rito Romano 1 XVI DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTÉS SUGERENCIAS PARA LA

XVI DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTÉS

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA Gloria Iesu in Maria!

CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA Gloria Iesu in Maria! 2 GLORIA IESU IN MARÍA! Estimados

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GLORIA IESU IN MARÍA!

Estimados lectores del Rincón Litúrgico:

Ofrecemos a continuación una selección de textos para ayudar a preparar la liturgia del domingo según la forma extraordinaria del Rito Romano. La liturgia de este domingo XVI después de Pentecostés nos invita a contemplar a Cristo que nos sana de nuestras enfermedades invitándonos a vivir cimentados y arraigados en la caridad.

La Epístola (Ef 3, 13-21). Oración del apóstol por la comunidad cristiana pidiendo a Dios que les dé firmeza en la virtud, por su Espíritu, para que crezca en ellos el hombre interior.invitándonos a vivir cimentados y arraigados en la caridad. El Evangelio (Lc 14, 1-11). El texto

El Evangelio (Lc 14, 1-11). El texto del Evangelio nos presenta dos momentos de controversia con los fariseos: el cumplimiento del sábado y la búsqueda honor y gloria mundana. La respuesta de Cristo es anteponer el bien del prójimo ante la ley y la humildad.su Espíritu, para que crezca en ellos el hombre interior. Esperamos que el material ofrecido os

Esperamos que el material ofrecido os sirva para la preparación de la homilía; y también para vuestra meditación y enriquecimiento espiritual.

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XVI Domingo después de Pentecostés Forma Extraordinaria del Rito Romano

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TEXTOS DE LA SANTA MISA

Introito. Salm. 85.3,5,1.- Señor, ten misericordia de mí, pues todo el día clamo

Señor reconstruirá Sión y allí será visto en su majestad.

a

ti; porque tú, señor, eres suave y benigno,

y

de mucha misericordia con todos los que

te invocan. Salmo- Inclina, Señor, tu oído a mis ruegos, y escúchame, porque soy desvalido y pobre. V/. Gloria al Padre, y al Hijo.

Colecta.- Te suplicamos, Señor, que nos prevenga siempre y acompañe tu gracia, y nos haga solícitos y constantes en la práctica de las buenas obras. Por nuestro Señor.

Epístola. Ef. 3.13-21.- Hermanos: Os ruego no desmayéis a causa de mis tribulaciones por vosotros; ellas son vuestra gloria. Por esto doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, del cual deriva toda paternidad en los cielos y en la tierra. Que él, según la riqueza de su gloria, os dé firmeza en la virtud, por su Espíritu, para que crezca en Vosotros el hombre interior, para que Cristo more por la fe en vuestros corazones. Estad arraigados y cimentados en caridad, para que podáis comprender con todos los santos, cuál sea la anchura y largura, y la altura y profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede todo conocimiento. Así os llenaréis con la plenitud de Dios. Al que puede, por la virtud que obra en nosotros, operar infinitamente más allá de lo que pedimos o pensamos, a él sea la gloria en la Iglesia y en Jesucristo, en todas las generaciones de los siglos de los siglos. Amén.

Aleluya. Aleluya. Sal 97, 1. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Aleluya.

Evangelio. Lucas. 14, 1-11 - En aquel tiempo: al entrar Jesús un sábado a comer en casa de uno de los principales fariseos, le estaban acechando. Y he aquí que un hombre hidrópico se puso delante de él. Y Jesús, dirigiendo su palabra a los doctores

de la ley y a los fariseos, les dijo: "¿Es lícito curar en sábado?" Mas, ellos callaron. Entonces, tomando Jesús a aquel hombre de la mano, le sanó, y le despidió. Dirigiéndose después a ellos, les dijo:

"¿Quién de vosotros hay, que viendo su asno o su buey caído en un pozo, no le saque luego aún en día de Sábado?" Y a esto no le podían replicar. Observando también como los convidados escogían los primeros asientos en la mesa, les propuso una parábola, diciéndoles: "Cuando fueres convidado a bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que haya allí otro convidado de más distinción que tú, Y venga aquél que os convidó a entrambos, y dirigiéndose a ti te diga: 'Deja a éste el sitio'; Y entonces tengas que ocupar el último lugar con vergüenza tuya. Pues cuando fueres llamado, ve y siéntate en el último puesto, para que cuando venga el que te convidó, te diga: 'Amigo, sube más arriba.' Entonces serás honrado delante de los demás comensales. Porque todo el que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado.

Gradual. Sal. 101,16-17. Los pueblos venerarán tu nombre ¡oh Señor!, y todos los reyes de la tierra, tu gloria. Por que el

Ofertorio. Salm. 39.14-15.- Vuelve, Señor, a mí tus ojos para socorrerme;

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Queden confusos y avergonzados los que buscan mi vida: Señor, vuelve a mí los ojos para socorrerme.

Secreta.- Te rogamos, Señor, nos

purifiques en virtud del presente sacrificio;

y hagas, por tu misericordia, que

merezcamos participar de él. Por nuestro Señor Jesucristo.

Prefacio de la Santísima Trinidad.- En verdad es digno y justo, equitativo y

saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que con tu unigénito Hijo y

con el Espíritu Santo eres un solo Dios, un

solo Señor, no en la individualidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola

sustancia. Por lo cual, cuanto nos has revelado de tu gloria, lo creemos también

de tu Hijo y del Espíritu Santo, sin

diferencia ni distinción. De suerte, que

confesando una verdadera y eterna

Divinidad, adoramos la propiedad en las personas, la unidad en la esencia, y la igualdad en la majestad, la cual alaban los Ángeles y los Arcángeles, los Querubines, que no cesan de cantar a diario, diciendo a una voz. Santo…

Comunión. Salm. 70.16-18.- Me acordaré, Señor, de sola tu justicia. Tú fuiste mi maestro, ¡oh Dios!, desde mi juventud; hasta la vejez y decrepitud no me desampares. Dios mío.

Poscomunión.- Te rogamos, Señor, purifiques benigno nuestras almas y las

renueves con los sacramentos celestiales, a fin de recibir para nuestros cuerpos asistencia al presente y en el futuro. Por N.

S.

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TEXTO I

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CATENAE AURAE

(almudi.org)

San Cirilo, in Cat. graec. Patr.- Aunque el Señor conocía la malicia de los fariseos, aceptaba sus convites para ser útil a los que asistían a ellos con sus palabras y milagros. Por esto sigue: "Y aconteció que entrando Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos a comer pan, ellos le estaban acechando". Esto es, si faltaba a la reverencia debida a la ley o si hacía algo de lo que estaba prohibido en día de sábado. En efecto, habiendo llegado un hidrópico a presencia suya, por medio de una pregunta reprimió la insolencia de los fariseos que se proponían argüirle. Por esto dice: "Y he aquí que un hombre hidrópico estaba delante de El. Y Jesús dirigiendo su palabra", etc.

Beda.- Cuando se dice que Jesús respondió, se hace referencia a lo dicho antes, que los fariseos le estaban acechando, porque el Señor conoce los pensamientos de los hombres.

Teofilacto.- Y por esto en su pregunta se ríe de ellos como si estuvieran locos. Siendo así que Dios mandaba santificar el sábado ( Gén 2), los fariseos prohibían hacer obras buenas en él. Y el día que no admite las acciones de los buenos, puede llamarse maldito.

Beda.- Pero los preguntados callaban con razón, porque ven que cualquier cosa que dijesen se volvería contra ellos. Porque si es lícito curar en día de sábado, ¿por qué acechar al Salvador por ver si cura? Y si no es lícito, ¿por qué ellos cuidan sus rebaños en dicho día? Por esto sigue: "Mas ellos callaron".

San Cirilo, ubi sup.- Menospreciadas la asechanzas de los judíos, cura de su enfermedad al hidrópico, el cual, temiendo a los fariseos, no pedía el remedio de su mal porque era sábado, sino que únicamente estaba en su presencia para ver si se compadecía de él y lo curaba. Conociendo esto, el Señor no le pregunta si quiere ser curado, sino que le curó en seguid. Por esto sigue: "El entonces le tomó, le curó y le despidió".

Teofilacto.- En lo cual no se propuso el Señor evitar el escándalo de los fariseos, sino hacer un beneficio al que necesitaba de su favor. Conviene, pues, que nosotros, cuando resulte un bien general, no nos cuidemos de si se escandalizarán los necios.

San Cirilo, ubi sup.- Pero como los fariseos callaron no sabiendo qué contestar, el Señor dio a conocer su gran osadía por medio de serias reflexiones. Por esto sigue: "Y les respondió y dijo:

¿Quién hay de vosotros que viendo su asno o su buey caído en un pozo, no le saque luego en día sábado?".

Teofilacto.- Como diciendo: Si la ley prohíbe compadecerse en día sábado, no te cuides de si peligra tu hijo en día sábado, ¿pero qué digo tu hijo, cuando ni dejas a tu buey si lo ves en peligro?

Beda.- En lo cual convenció de tal modo a los fariseos que lo observaban, que los condenó por su avaricia, puesto que tratando de librar un animal sólo consultaban su avaricia. ¿Con cuánta más razón, pues, debió Jesucristo librar al hombre, que es mucho mejor que una bestia?

San Agustín, De quaest. Evang., lib. 2, cap. 29.- Comparó con justicia al hidrópico con el animal que cae en un pozo (porque el humor acuoso era la causa de su mal), así como antes había comparado aquella mujer que había encontrado ligada y la soltó, con el jumento que se desata para llevarle al agua.

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Beda.- Solventa esta cuestión con un ejemplo apropiado para manifestar que ellos, que quebrantaban el sábado con obras de ambición, le argüían porque la quebranta con una obra de caridad. Por esto sigue: "Y no le podían replicar a estas cosas". Hablando en sentido místico, el hidrópico es comparado con aquél a quien el flujo exorbitante de los apetitos carnales tiene como oprimido, la palabra hidrópico trae su origen de la expresión humor acuoso.

hidrópico trae su origen de la expresión humor acuoso. San Agustín, ubi sup.- También comparamos al

San Agustín, ubi sup.- También comparamos al hidrópico muy oportunamente con un rico avariento. Porque así como aquél, cuanto más abundan sus humores desordenados, tanta más sed tiene, así éste, cuanto más abunda en riquezas de las que no hace buen uso, tanto más las desea.

San Gregorio, Moral. 14,1 super Iob 18,9.- Este hidrópico fue curado en presencia del fariseo, porque por la enfermedad del cuerpo del uno se expresa la enfermedad del corazón del otro.

Beda.- Muy bien, por tanto, cita como ejemplo al buey y al asno significando a los sabios y a los ignorantes o a los dos pueblos, esto es, al judío, que está sometido al yugo de la ley y al gentil, a quien no domina razón ninguna. Porque el Señor saca del pozo de la concupiscencia a todos los sumergidos en él.

San Ambrosio.- Primeramente curó al hidrópico, en quien la hinchazón extraordinaria de la carne no permitía funcionar bien al alma y extinguía el ardor del espíritu; después enseña la humildad, refrenando el deseo de ocupar el primer lugar en el banquete nupcial. Por ello prosigue: "No te sientes en el primer lugar, no sea que", etc.

San Cirilo, ubi sup.- Porque el subir pronto a los honores que no merecemos, da a conocer que somos temerarios y hace a nuestras acciones dignas de vituperio. Y continúa: "No sea que haya allí otro convidado más honrado que tú".

Crisóstomo, in Cat. graec. Patr.- Y así el ambicioso de honor nunca obtiene lo que desea, sino que sufre repulsa y buscando el modo de tener muchos honores nunca llega a ser honrado. Y como nada hay que pueda compararse con la modestia, inclina al que lo oye a hacer lo contrario, no sólo prohibiendo ambicionar el primer sitio, sino mandando que se busque el último. Por esto sigue: "Mas cuando fueres llamado, ve y siéntate en el último lugar", etc.

San Cirilo, in Cat. graec. Patr.- Si alguno no quiere ser colocado delante de otros, lo obtiene por disposición divina. Por esto prosigue: "Para que cuando venga el que te convidó, te diga: Da el lugar a éste" y diciendo estas cosas no reprende con aspereza, sino que advierte con mansedumbre; porque basta una advertencia entre los discretos y así por la humildad alguno se corona de honores. Por esto sigue: "Y entonces serás honrado delante de los que", etc.

San Basilio, in quaest. expl., qu. 21.- Era conveniente a todos ocupar el último lugar en los convites, según lo que manda el Señor. Pero querer volver con obstinación al mismo es digno de reprensión, porque altera el orden y produce tumulto. Por lo que una cuestión sobre esto os igualará con los que se disputan el primer lugar. Por tanto, como aquí dice el Señor, conviene que el que da un convite establezca el orden que cada uno debe guardar en la mesa. Y así nos soportaremos mutuamente con paciencia o con caridad, obrando honestamente en todo y según el orden, no según la apariencia o la ostentación de muchos. Ni debemos manifestar que practicamos la humildad o que la afectamos por violenta contradicción, sino más bien que la practicamos por

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condescendencia o por paciencia. Mayor indicio de soberbia es la repugnancia o la contradicción que ocupar el primer sitio cuando lo hacemos por obediencia.

Teofilacto.- No se crea que la doctrina de Jesucristo ya expuesta es de poco interés e indigna de la elevación y de la magnificencia de la palabra de Dios. Porque no se dirá que es bueno un médico que promete curar a uno que tiene gota y que no quiere curar el dolor de un dedo o de un diente. Y ¿cómo puede considerarse como pequeña la pasión de vanagloria que agita o turba a los que quieren sentarse los primeros, esto es, a los que quieren ocupar los primeros puestos? Convenía, pues, que el maestro de la humildad cortase toda rama de esta mala raíz. Pero considera también que estando ya la cena preparada, e inquietando la pasión de la primacía a los vanidosos ante los ojos del Señor, esta amonestación era muy oportuna.

San Cirilo, ubi sup.- Una vez demostrado (y con un ejemplo tan sencillo) el menosprecio que merecen los ambiciosos y que los que no lo son merecen ser exaltados, añadió lo grande a lo pequeño pronunciando una sentencia general cuando dice: "Porque todo aquél que se ensalza humillado será y el que se humilla será ensalzado", lo cual se dice según el juicio de Dios y no según la costumbre humana, por la que muchos que desean honores los consiguen y otros que se humillan no llegan a alcanzarlos.

Teofilacto.- Sin embargo, no siempre es tenido en consideración por todos los hombres el que se ingiere en los honores y aun cuando sea honrado por algunos, otros lo vituperan y acaso aquellos mismos que lo honran exteriormente.

Beda.- Y como el evangelista llama parábola a esta amonestación, diremos lo que significa en sentido místico. Todo aquel que invitado viniese a las bodas de Jesucristo y de la Iglesia, unido a los miembros de la Iglesia por la fe, no se ensalce como si fuese superior a los demás, ni se gloríe por sus méritos; sino que cederá su lugar al que sea más digno, convidado después y que le aventaja en el fervor de los que siguen a Jesucristo y con modestia ocupará el último puesto conociendo que los demás son mejores que él en todo lo que se creía superior. Pero alguno se coloca en el último sitio, según aquellas palabras ( Eclo 3,20): "Cuanto más grande seas, humíllate más en todo". Y entonces, viniendo el Señor, hará bienaventurado con el nombre de amigo al que encuentre humilde y le mandará subir más alto. Y todo aquél que se humilla como un niño, es más grande en el reino de los cielos ( Mt 18,4). Así es que dice: "Entonces será para ti la gloria", para que no empieces a buscar ahora lo que te está reservado para el fin. Puede también entenderse esto respecto de la presente vida, porque el Señor todos los días entra a sus bodas despreciando a los soberbios y concediendo con frecuencia a los humildes tantos dones de su Espíritu, que los glorifican con su admiración los convidados, esto es, los fieles. De la conclusión general que se añade, se conoce claramente que la doctrina del Señor ya explicada debe entenderse en sentido figurado. Porque ni todo el que se ensalza delante de los hombres es humillado, ni todos los que se humillan en su presencia son ensalzados por ellos. Pero el que se eleva por su mérito será humillado por el Señor; y el que se humilla por sus beneficios será ensalzado por El.

TEXTO II

COMENTARIO A LA EPÍSTOLA

-Doblo mis rodillas ante el Padre, que es la fuente de toda paternidad. «Doblar las rodillas» para

el gesto de postrarse -con todo el

cuerpo inclinado hasta el suelo- ponía de relieve, según ellos, un profundo sentimiento de adoración. A

les es grato siempre este gesto

profundo para expresar una intensa adoración. Nos conviene hallar de nuevo unas expresiones corporales que expresen y faciliten la oración. «En casa» esto es siempre posible. «En público» en nuestra civilización nos es a menudo difícil singularizarnos. «Dios fuente de toda paternidad en el cielo y en la tierra»: gracias, oh Padre de habernos hecho partícipes de tu propia alegría de ser «padre», de ser «madre».

los orientales, en sus templos o en sus mezquitas donde no hay sillas

prosternarse: de ordinario los judíos oraban de pie o sentados

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En todo hombre, en toda mujer que ama y da la vida Dios está presente. Y no es sólo una «delegación» de paternidad porque Dios «continúa» personalmente siendo el Padre de esos niños de los cuales somos el padre. Somos «padres» con El, o, más profundamente, le damos la

misteriosa ocasión de tener otros seres a quienes amar. Esto es verdad para todos, casados o célibes. -Que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior Potencia, fuerza. Dones divinos. ¡Haznos fuertes con tu fuerza, Señor!

y que se

renueva de día en día, aun cuando «el hombre exterior» vaya «decayendo» (II Corintios, 4-16) "En "mi interior" ciertamente me complazco en la Ley de Dios, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha

contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado" (Romanos, 7-22) ¡Oh Señor! Afianza en mí a «ese hombre», a ese hombre que ama, que es generoso y acogedor, a ese

a pesar

del «otro hombre» que bulle también en el fondo de mí mismo, el hombre egoísta, mezquino, cerrado,

impuro, perezoso, indócil -Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones.

He ahí el verdadero hombre: «el hombre interior», en mí, es cierta reproducción, cierta connivencia Cristo que se desarrolla en el hondón de mi vida. ¡Qué sea así verdaderamente, Señor!

Cimentados en el amor

"El hombre interior", el Cristo interior es, concretamente, el amor. Dios es amor. Ser amado por el

Espíritu de Dios es amar. -Así seréis capaces de comprender cual es «la anchura» y «la longitud», «la altura» y «la

profundidad» Conoceréis el amor de Cristo que excede a todo conocimiento. ¡Entonces seréis colmados hasta la total Plenitud de Dios! Un amor infinito, que nunca se acaba. Un amor inmenso, inconmensurable. Un amor «amplio». Un amor «extenso». Un amor «elevado». Un amor «profundo». Me dejo impregnar por esas imágenes.

Io que excede a todo conocimiento!» Nunca habremos terminado de conocer a Dios, a

«¡Conoceréis

-Permaneced arraigados en el amor

un

hombre casto, comprometido en el servicio de todos, a ese hombre conducido por tu Espíritu

«El hombre interior» es esta parte de nosotros mismos que está bajo la influencia del Espíritu

Cristo. Siempre descubriremos algo nuevo. «¡Conocer!» No a la manera seca, fría, intelectual de la ciencia, sino conocer afectivamente, con el corazón. Conocer el amor de Cristo: saborear, adivinar intuitivamente, pasando largos momentos con aquel a quien se quiere conocer.

NOEL QUESSON PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4 PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARI DE LOS AÑOS PARES EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 350 s.

TEXTO III

COMENTARIO A LA EPÍSTOLA (II)

En la magnífica carta Paulina sobre la visión de Dios, funde ·Agustín-san el pensamiento paulino y joánico sobre un fondo de platonismo y nos ofrece una perspectiva sobre la fórmula que determina su propia piedad. Uniendo un texto paulino y otro joánico (Ef 3,18 y Jn 14,9), dice el santo: «El que ha conocido cuál sea la altura y anchura, lo largo y profundo de la caridad de Cristo que sobrepuja todo conocimiento, ése ve a Cristo y ve también al Padre.» Y prosigue: «Yo suelo entender así las palabras del apóstol Pablo: la anchura significa las buenas obras de amor al prójimo, la largura es la perseverancia hasta el fin, la altura la esperanza de la recompensa celeste, la profundidad el designio inescrutable de Dios por el que esta gracia llega a los hombres» (Ep 147, 14, 33 en CSEL 44, p. 307). La existencia cristiana abarca estas cuatro dimensiones que Agustín ve representadas simbólicamente en la cruz, que así se convierte realmente en fórmula fundamental de la vida cristiana. La anchura es el palo transversal, en que están extendidas las manos del Señor en un

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gesto en que son una sola cosa inseparable la adoración y el amor a los hombres. La largura es la parte del palo vertical que corre hacia abajo desde el palo transversal, en que cuelga el cuerpo como símbolo de la perseverancia paciente y generosa. La altura es la parte del palo vertical que lleva hacia arriba desde el palo transversal, en que se apoya la cabeza como signo de la esperanza que apunta hacia arriba. La profundidad, finalmente, significa la parte de la cruz hundida en la tierra, que lo sostiene todo; así indica el libre designio de Dios, único que funda en absoluto la posibilidad de que el hombre se salve (Ibid. 307s). La piedad cristiana es según Agustín piedad que arranca de la cruz, y como tal comprende el palo vertical y el transversal, la dimensión de la altura y la de la anchura: solo va al Padre en unidad con la madre, que es la santa Iglesia de Jesucristo.

JOSEPH RATZINGER EL NUEVO PUEBLO DE DIOS HERDER 101 BARCELONA 1972.Págs. 56 s.

TEXTO IV

COMENTARIO A LA EPÍSTOLA (III)

El texto de hoy nos lleva a considerar uno de los motivos profundos de la plegaria de Pablo por los fieles: que Dios obre en ellos lo que sólo él puede hacer. El Apóstol es consciente, con toda lucidez, de la gratuidad total del don de Dios que pide para los creyentes y, a la vez, de la importancia radical que tiene para su vida cristiana el recibirlo. Este don no está al alcance del esfuerzo humano, cualquiera que sea, propio o ajeno, ni se puede reducir a una simple conversión de conciencia que trata de eliminar el mal para obrar siempre el bien. Pablo pide más: que el Espíritu de Dios robustezca con su energía a los fieles, haciéndoles crecer en el hombre interior (v 16), que Cristo se establezca de forma permanente -por la fe- en sus corazones, que estén arraigados y cimentados en el amor (17). Sólo así, por la acción de Dios, regalo y misterio al mismo tiempo, que los transforma de manera insospechada y oculta, podrán gozar de esta especie de autonomía personal cristiana, que hace que el hombre creyente no viva de otra inteligencia y comprensión que la de Cristo y su amor, conocido con un conocimiento que sobrepasa a cualquier otro conocimiento humano posible sobre él (18s). En el fondo, Pablo ruega «de rodillas ante el Padre» (14) que sea concedido a los creyentes, personalmente y unidos a los demás, vivir de Cristo, conscientes de lo que esto significa para ellos. Y, por otra parte, libres de vínculos humanos que puedan condicionar y entorpecer su conducta cristiana, como podría ser el afecto y dependencia hacia la persona de Pablo, cuya prisión y tribulaciones hicieran vacilar su fe. Por tanto, aquí no propone Pablo a los creyentes un camino. Más bien, reconociendo por una parte los límites insuperables de su propia acción apostólica, hace tomar conciencia a los fieles de su situación personal respecto a Dios: el don de Dios es puro don, y el hombre no puede hacer nada por conseguirlo. Pero este mismo Dios que ha desarrollado su potencia en ellos es el que, por encima de todo, puede hacer mucho más de lo que pidan y entiendan (20). De esa convicción brota su gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, en todas partes y siempre (21).

M. GALLART LA BIBLIA DIA A DIA Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 720 s.

DIA A DIA Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág.

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TEXTO V

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El amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento

LECTIO. Este texto paulino es una cima de la oración, de la oración del apóstol prisionero. Su mente se ilumina en el amor desde la oscura cárcel cuando pide para los suyos la plenitud de la luz y de la comunión. Ora ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de rodillas, en un acto de suprema humildad y de poderosa intercesión. Su intercesión brota generosa de su corazón, sintiéndose padre, pero remitiendo a la fuente de toda paternidad, a la fuente de una vida que crece: el Padre celestial. Desea para sus hijos lo que él mismo vive, la riqueza de la que se siente rodeado, aun en la pobreza y en la persecución. Se trata de la enumeración de una gran cantidad de dones que hacen sentir algunas dimensiones del crecimiento, de la santidad a la que están llamados los discípulos: ser reforzados en el Espíritu Santo. Confía la humana fragilidad a la «gracia del Espíritu Santo»: fuerza, vigor. Pide para los suyos que se realicen plenamente «en el hombre interior» (v. 16); lo que se vive por dentro, en el Espíritu, en la realidad que tiene acceso directo a Dios; a diferencia del hombre exterior que se corrompe, que se destroza, que se debilita. Pide la presencia interior de Cristo en ellos: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones» (v 17). La fe como amor que cree y que acoge, que siente la presencia y la vive. La gracia que pide es que Cristo habite en ellos, escondidos con Cristo en Dios, comunión de vida, constituida de memoria y de presencia. Todo ello a partir de una actitud fundadora: «arraigados y fundamentados en el amor» (v. 17), con la figura de la planta, que echa sus raíces en Cristo, y el símbolo del edificio, que tiene a Cristo como fundamento. Es como decir que la vida viene de Otro. Eso implica la dilatación de todo el ser en todas sus dimensiones vitales, la propuesta de algo que es más grande que nosotros, que nos permite entrar en un mundo nuevo y definitivo: el de Cristo. La oración concluye con una doxología (w. 20ss), una acción de gracias al Padre en Cristo y en la Iglesia, convencido de que Dios puede hacer mucho más de lo que podamos pedir o pensar. Un texto que da el vértigo del don de Dios. Que es para todos, que nos abre a la grandeza de nuestra vocación y que nos dice que vale la pena darlo todo para recibirlo todo, especialmente cuando nos dejamos guiar por Cristo y si estamos totalmente comprometidos en su seguimiento. Se trata del don y del compromiso de la vocación cristiana.

MEDITATIO.- La santidad es un crecimiento del corazón, de la mente y de la vida en todas las direcciones. La inefabilidad ha hecho expresar a Pablo la medida sin medida.

Crecer en longitud. Nuestra vida es camino, experiencia, una historia que se ralentiza o que acelera; una historia con muchos acontecimientos, también negativos: las pruebas, los pecados, las dificultades. Es preciso tener conciencia de la presencia del amor de Cristo en nuestra vida. El guía, sostiene, restaura,

Estamos envueltos por el amor de Cristo. Creerlo supone no

dejar nuestro ser a merced del destino, o de nuestra voluntad, o de los planes de los otros, o del mal que otros puedan hacernos, o del miedo al futuro. De este modo, el amor de Cristo ilumina nuestro camino, que viene de la eternidad y se dirige hacia lo eterno. Crecer en anchura. La palabra «anchura» recuerda la extensión de nuestra vida. Una vida que se extiende, se ensancha, se vuelve más compleja y rica, en la medida en que se pone en relación con otras personas, otros lugares, otras situaciones. Estamos llamados a una vida que abarca todas las intenciones de Cristo, todo lo que es suyo. Vivir en comunión con todo y con todos, a partir de nuestra comunión con Cristo. Abarcar todo y a todos en el amor. Llenar de amor cada relación singular es también un modo de dilatar el corazón. Resistir a toda tentación de reducir, de empequeñecer, de privatizar Crecer en altitud. Dios es más grande que nuestro corazón. Con todo, nos invita, con nuestro pequeño corazón y con nuestra breve y limitada experiencia, a entrar en todas las riquezas que, aun siendo suyas, son para nosotros. Se trata de entrar en los secretos de Dios a través de la oración, de la contemplación. Se trata de abrirnos a la sabiduría, de escrutar las Escrituras, de descubrir la presencia de Dios en este mundo. Estamos llamados a entrar en la sabiduría de Dios, con la sencillez de los niños del Reino a los que Dios revela sus tesoros y su sabiduría.

lleva a cumplimiento, impulsa hacia el fin

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Crecer en profundidad. Se trata de la conciencia de poder entrar en esta visión maravillosa de todo, a partir de nuestro estar habitados por Cristo. Estupor por nuestra realidad interior, pero, al mismo tiempo, llamada a la unificación de nuestro ser, a la reconciliación con nuestro cuerpo, con nuestros sentidos, nuestros sentimientos, nuestra psique, nuestras heridas. Es el don de vivir continuamente no dispersados, sino unidos. Una aventura para personas que pueden realizarse plenamente, por gracia de Dios, a partir de su propia conciencia, de su propia libertad. Personas unificadas para ser siempre don para los otros. Esa es la maravillosa vocación del cristiano, ése es el crecimiento al que estamos llamados en la vida consagrada.

ORATIO.- Te confesamos, Padre santo, que a menudo nos sentimos como si hubiéramos llegado. Las estructuras de la vida comunitaria nos sirven de ayuda, es verdad, pero a la larga pueden infundir la ilusión tranquilizadora de que todo está en su sitio, que es suficiente con atenernos a las reglas de siempre; más aún, que está bien no salirse de los raíles preestablecidos. Y de este modo nuestros ojos se rebajan a la autocomplacencia, nos sentimos satisfechos en nuestra íntima conciencia, simplemente porque la hemos anestesiado y no advertimos ya la urgencia misionera del amor. Padre del Señor Jesús, concédenos la sana inquietud de quien sabe que tu Espíritu le guía a empresas más grandes, haznos sentir el aliciente de crecer, de buscar la longitud, la anchura, la altura y la profundidad del amor de tu Hijo, a fin de que también nosotros nos veamos colmados «de la plenitud misma de Dios». Nuestros hermanos necesitan nuevos profetas que, «arraigados y fundamentados en el amor», den testimonio con una vida auténtica «de la fuerza con que actúa en el mundo» y abran nuevos caminos para la venida del Reino.

CONTEMPLATIO.- Volved a vuestro corazón. ¿Adónde queréis ir lejos de vosotros? Yendo lejos os perderéis. ¿Por qué os metéis por calles desiertas? Volved de vuestro vagabundeo, que os ha llevado fuera del camino; volved al Señor. Él está dispuesto. Primero vuelve a tu corazón, tú que te has vuelto extraño a ti mismo, a fuerza de vagabundear fuera: no te conoces a ti mismo y buscas al que te ha

Entra en el corazón: examina allí lo que tal vez se percibe de Dios,

creado. Vuelve, vuelve al corazón

porque allí se encuentra la imagen de Dios; en el interior del hombre habita Cristo, en tu interior te verás renovado según la imagen de Dios, en su imagen reconocerás a tu Creador (Agustín de Hipona, Comentario al evangelio de Juan, XVIII, 10).

ACTIO.- Medita con frecuencia y repite hoy esta invocación de Pablo: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones» (Ef 3,17).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL.- En cada uno de nosotros hay algo semejante a un querubín, algo semejante al ángel divino de muchos ojos, como una conciencia. Ahora bien, esta semejanza no es exterior, ni aparente. La semejanza con el querubín es interior, misteriosa, y está escondida en el fondo del alma. Se trata de una semejanza espiritual. Hay un gran corazón querúbico en nuestra alma, un núcleo angélico del alma, pero está escondido en el misterio y es invisible a los ojos de la carne. Dios ha puesto en el hombre su don más grande: la imagen de Dios. Pero este don, esta perla preciosa, se esconde en los estratos más profundos del alma: encerrado en una tosca concha fangosa, yace sepultado en el limo, en los estratos más hondos del alma. Todos nosotros somos como recipientes de arcilla colmados de oro brillante. Por fuera estamos ennegrecidos y manchados; por dentro, en cambio, resplandecemos de luz radiante. El tesoro de cada uno de nosotros está sepultado en el campo de nuestra alma. Y si alguien encuentra su propio tesoro, entonces contiene la respiración, abandona todos sus negocios para poder sacarlo a la luz. En él se encuentra la mayor felicidad, el bien supremo del hombre. En esto consiste su alegría eterna. El Reino de los Cielos es la parte divina del alma humana. En encontrarla en nosotros mismos y en los otros, en convencernos con nuestros propios ojos de la santidad de la criatura de Dios, de la bondad y del amor de las personas, en eso consiste la eterna bienaventuranza y la vida eterna. Quien la ha probado una vez está dispuesto a cambiar por ella todos sus bienes personales. La perla que el comerciante buscaba no está lejos; el hombre la lleva consigo a todas partes, pero no lo sabe. Y cada uno de nosotros camina angustiado por el mundo, aun llevando un tesoro dentro, y con

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gran frecuencia cree que esa perla está en algún lugar alejado. ¡Dichoso el que ve su tesoro! Pero ¿quién está en condiciones de verlo? ¿Quién ve su perla? Sólo el que tiene un ojo corpóreo limpio ve las cosas terrenas; las cosas celestes las ve sólo aquel que tiene limpio el ojo celeste, el corazón. «Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5,8), le verán en su propio corazón y en el del otro; le verán no sólo en el futuro, sino también en esta vida; le verán ahora. Basta con que purifiquen su corazón (P. Florenskij, II cuore cherubico. Scritti teologici e mistici, Casale Monf. 1999, pp. 176-186, passim).

TEXTO VI

COMENTARIO AL EVANGELIO (I)

1 Un sábado entró él a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos, y éstos lo estaban acechando. 2 Precisamente había un hidrópico delante de él.

Jesús va a las ciudades y aldeas, a las sinagogas y a las casas para proclamar su doctrina. Ni siquiera esquiva las invitaciones de sus contrarios, pues ha venido para ofrecer a todos la salvación. El anfitrión que lo invita a la mesa, es jefe de los fariseos, un jefe de la sinagoga del partido de los fariseos (8,41) o quizá incluso miembro del sanedrín en Jerusalén (23,13.35; Jn 3,1). La casa en que entra Jesús rebosa devoción a la ley y un estilo de tradición rigurosamente observado. Era sábado. En este día suelen los judíos comer de fiesta. Los días de la semana se comía dos veces; los sábados, tres. La comida principal -al mediodía- seguía al culto de la sinagoga. «Los días de fiesta se debe comer o beber o retirarse a estudiar.» Para celebrar la fiesta con alegría se tenían invitados, a los que se obsequiaba abundantemente. A pobres, huérfanos y forasteros se les debía hacer bien y .saciar su hambre. El sábado era un día en que se conmemoraban los grandes favores de Dios: la creación (Ex 20,8-11) y la liberación de la servidumbre do Egipto (Dt 5,12-15). Sobre el sábado flotaba una atmósfera de fiesta que nada de la fe en la elección de Israel por Dios: «El Señor bendijo el sábado; pero no consagró a ningún pueblo ni a ninguna nación para la celebración del sábado, sino a Israel; sólo a él le permitió comer y beber y celebrar el sábado en la tierra. Y el Altísimo bendijo este día, que creó para bendición, consagración y gloria con preferencia a todos los demás días» (Jubileos 2,31s). El sábado era signo de la fidelidad de Dios a la alianza. En él debía reconocerse que Dios es su Señor, que lo santifica (Ex 31,13). La gloria eterna se concebía como un sábado sin fin (Heb 4,9). En la comida del sábado había un ambiente de recuerdo de las grandes gestas de Dios, de esperanza del mundo venidero y de la participación en el reposo sabático de Dios. A tal comida fue invitado Jesús en casa de un fariseo. Jesús quiere llevar a término las grandes gestas de Dios en la historia de la salvación. El invitado de honor en la comida era Jesús. Es invitado como doctor de la ley. Era costumbre hacer que en el culto de la sinagoga hablasen doctores renombrados de la ley e invitarlos a continuación a comer. La noticia de Jesús se había extendido por todo el país (7,17). El pueblo lo tenía por un gran profeta (7,16). También los fariseos se planteaban la cuestión de quién podía ser Jesús (7,39). Lo observaban. Cada vez que Jesús era huésped de un fariseo, se le observaba y se le examinaba y calibraba conforme a la norma de la religiosidad farisaica. El fariseo Simón se forma un juicio de él conforme a su trato con la pecadora; el fariseo innominado (11,37-53), conforme a su descuido de las prescripciones de pureza legal. Ahora va a ser enjuiciado conforme a su concepto de la santificación del sábado. El resultado es éste: No puede ser un profeta de Dios. No habla la palabra de Dios. Los fariseos constituyen su propia exposición de la ley en norma y medida de la voluntad y

No habla la palabra de Dios. Los fariseos constituyen su propia exposición de la ley en

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palabra de Dios. No creen que Jesús obre y hable por encargo de Dios, porque no responde a sus expectativas y

a su doctrina. Estaban invitados doctores de la ley, fariseos, hombres del mismo espíritu que el anfitrión. Jesús también se interesa por ellos. No se ha consumado la ruptura. Las palabras conminatorias dirigidas contra ellos son en Mateo (cap. 23) una sentencia condenatoria; en Lucas (11,42-52), son invitación a la penitencia y a la conversión. Al excluir a los pecadores de la comunidad del pueblo, al observar meticulosamente las prescripciones de pureza legal y al preocuparse por la santificación del sábado, querían presentar a Dios un pueblo santo. Consideraban su camino, su exposición de la ley, sus tradiciones, como el camino querido por Dios. Estaban tan seguros de ello, que ni siquiera se les ocurría pensar que Dios pudiera seguir un nuevo camino para santificar a su pueblo. Con ello se cierran el acceso a Jesús, que anuncia y trae un nuevo orden de salvación. Había todavía un huésped, que no había sido invitado, un «mirón», que sólo había ido para ver al huésped de honor (d. 7,37; 19,3). Sorprende verlo allí. Mira: es un hidrópico. Los fariseos y los doctores de la ley creen además saber que toda enfermedad es castigo de una vida inmoral; más aún, creen poder señalar qué vicio se oculta en cada enfermedad. La hidropesía es señal de lascivia. Todos los ojos están fijos en Jesús y en el hidrópico.

3 Y tomando Jesús la palabra, dijo a los doctores de la ley y a los fariseos: ¿Es lícito curar en sábado? 4

Ellos permanecieron callados. Tomó entonces al hidrópico de la mano, lo curó y lo despidió.

Jesús procede como quien tiene autoridad, y toma la palabra. Su pregunta es una pregunta de escuela de los doctores de la ley. Hacía tiempo que ellos habían contestado ya a aquella pregunta: Si alguien está enfermo y en peligro de muerte, se le puede socorrer aunque haya que infringir la ley del sábado. Pero si no hay grave peligro de muerte, hay que dejar que pase el sábado antes de hacer nada por el enfermo. El peligro de muerte del hidrópico no era grave. La pregunta de Jesús no puede menos de ser una provocación. Jesús fuerza a repensar en nueva forma la ley, a no contentarse con la «tradición de los antepasados» (Mc 7,5). Jesús reivindica el derecho de interpretar y renovar la ley en su calidad de profeta, en nombre de Dios (Mt 5,17-48). Los fariseos se callaron; no querían disputar con Jesús, puesto que la doctrina de ellos era intangible. ¿Quién podía con dlos? Jesús toma al hidrópico de la mano, lo atrae a su comunión, lo cura y lo despide. La curación es un signo; en efecto, testimonia que Dios está con él y que él obra con la virtud y autoridad de Dios (Act 10,38), que él explica también con autoridad divina la ley del sábado, que se ha inaugurado el tiempo de salvación y el tiempo final, que comienza a surtir sus efectos el reposo sabático de Dios y que el renovado mundo venidero, «la restauración de todas las cosas» (Act 3,21), comienza ya a anunciarse. El reposo sabático cobra el sentido que tiene por voluntad de Dios. Los doctores de la ley dan la mayor importancia a la discusión sobre el reposo del sábado, pero olvidan la voluntad divina de salvación y de amor, que da la tónica a este día. Jesús, en cambio, vuelve a penetrarlo de la misericordia y del amor de Dios. El hidrópico es atraído a Jesús, es curado por él y despedido por él. Jesús se presenta con autoridad, domina la situación. Se halla en el centro del sábado y le da su impronta. El sábado se convierte en «día del Señor» (Ap l,lO). Por él es Dios el Dios de la misericordia y de la bondad para todos los pobres, el sábado es día de auxilio salvador, día de la consumación del universo.

5 Luego les dijo: ¿Quién de vosotros, si se le cae a un pozo un hijo o un buey, no lo saca enseguida,

aunque sea sábado? 6 y nada pudieron responderle a esto.

El documento de Damasco de las gentes de Qumrán prescribía: «Si un animal cae en una cisterna o en un foso, no se lo ha de sacar en día de sábado.» Según la opinión más severa de los doctores de la ley, a tal animal sólo se lo podía alimentar en sábado, de modo que pudiera subsistir hasta el día siguiente; según la otra opinión más benigna, aunque no se podía sacar al animal, se le podía dar la posibilidad de salir por sí mismo echándole mantas y cojines. Jesús no condena esta interpretación más benigna, sino que la apoya y, basándose en ella, va todavía más lejos. Al animal -al buey- se lo debe salvar. ¡Cuánto más al hijo! ¿Se ha de rehusar la

salvación a la persona enferma? Los fariseos interpretan la ley humanamente cuando está en juego su propio interés. Al hijo, y también al buey, hay que salvarlo, ¡sin el menor escrúpulo! La exposición farisaica de la ley no otorga al prójimo lo que se otorga a sí misma. Jesús exige: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (10,27). Lo que Jesús hubo de reprochar

a Simón el fariseo, hay que reprocharlo también a los fariseos que fueron testigos de la curación del hidrópico en sábado: Aman poco (7,47). La ley no quiere poner límites al amor, pues tampoco el amor de Dios conoce límites. El reino de Dios que anuncia Jesús, es el reinado de la misericordia divina.

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Jesús pone el reposo sabático al servicio del hombre (13,15s). Las obras maravillosas que lleva Jesús a cabo en sábado son señales de que se ha inaugurado el tiempo de la salud y que ha comenzado el reposo sabático del

tiempo final. Dios se glorifica ahora a sí mismo con su misericordia. El reposo del sábado significa para Jesús la revelación de la benevolencia divina con sus criaturas: paz y salvación. Ahora se glorifica Dios a sí mismo en Jesús, que de palabra y obra lo anuncia como Dios de gracia y de amor, como Dios que da y perdona, como Dios de los pobres y de los afligidos, para los que se proclama un año de gracia (4,18s). El gozo de que está penetrado el sábado del tiempo final es el júbilo por las grandes gestas de la misericordia divina. La curación del hidrópico introduce la comida de sábado en casa del fariseo en la atmósfera gozosa del tiempo de salvación. En el centro del sábado cristiano se halla de palabra y de obra la acción redentora de Jesucristo, el gran hecho de la misericordia divina, que por Jesús es perpetuado en el día del Señor: el sagrado banquete de la eucaristía. Esta debe darnos una nueva impronta para que representemos el amor de Dios entre los hombres. Con una reflexión muy llana razona Jesús su proceder en día de sábado: la ley de Dios no puede exigir que en día de sábado se deje perecer al propio hijo o al propio buey, si tienen necesidad de salvación. La ley piensa humanitariamente. El reposo sabático fue establecido por la ley con miras humanitarias y sociales, en consideración de la familia, de la servidumbre y hasta del ganado del amo (Ex 23,12; Dt 5,14s). Reglas sencillas de vida se convierten en reglas fundamentales para la entrada en el reino de Dio s (14,7-14). Jesús proclama la voluntad del Dios creador y legislador sin la menor desfiguración humana. Los doctores de la ley no sabían qué oponer a las consideraciones de Jesús, que concuerdan con la prudencia y sabiduría humanas. La sabiduría de la enseñanza de Jesús sobrepasa la sabiduría de los doctores de la ley. Jesús es el maestro de los hombres enviado por Dios, y habla como alguien que tiene autoridad, no como los doctores de la ley (Mt 7,29). Dos veces se ha hablado ya de curaciones en sábado (6,6-11; 13,15s.), y además del conflicto sabático, cuando se refirió cómo los discípulos cogían y desgranaban las espigas (6,1-5). Lucas no gusta de tratar dos veces la misma materia, no le gustan los duplicados. ¿Por qué, pues, no temió aquí la repetición? La cuestión del sábado había dejado ya de ser actual en las comunidades cristianas a las que se dirigía. La comunidad primitiva había comenzado ya a celebrar el domingo como día del Señor (Act 20,7) con el banquete del Señor y la fracción del pan. ¿Cómo entendía Jesús el descanso sabático y la celebración del sábado? Importaba saber esto, pues con aquel nuevo espíritu había que celebrar el día del Señor. La comida del sábado en casa del fariseo dirigente

de Dios» (Heb 4,9ss). La comida, en

cambio, que celebran los cristianos el día del Señor se halla en el medio entre la comida de sábado de los judíos

y la comida de los últimos tiempos en el reino de Dios. El Señor está siempre presente y reparte sus dones salvadores.

hace referencia a la comida de los últimos tiempos en el «reposo sabático

7 Al notar cómo los invitados escogían los primeros puestos, les proponía una parábola: 8 Cuando seas invitado por alguien a un banquete de bodas, no te pongas en el primer puesto, no sea que otro más importante que tú haya sido invitado por él, 9 y cuando llegue el que te invitó a ti y al otro, te tenga que decir: Déjale el sitio a éste; y entonces, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. 10 Al contrario, cuando estés invitado, ve a ponerte en el último lugar, de suerte que, cuando llegue el que te invitó, te tenga que decir: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy honrado delante de todos los comensales. 11 Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado.

La comida de fiesta de los fariseos doctores de la ley está condimentada con discursos que conducen al debido conocimiento de Dios. Jesús habla como uno de ellos, no en el estilo de una amonestación profética. Sus palabras son discursos figurados, con moraleja, son parábolas. En ellos late su objetivo, su mensaje y su doctrina, el reino de Dios. Lo que él observa le sirve de imagen para exponer su doctrina de salvación. Los invitados llegan y se sientan a la mesa. En ello hay que observar rigurosamente las precedencias. Según antigua usanza, se eligen los puestos no por razón de la edad, sino conforme a la dignidad y categoría de los invitados. Cada cual elige su puesto conforme a su rango, que él mismo se asigna. Jesús ve cómo los invitados se precipitan a los primeros puestos. Los fariseos cuidaban mucho de su honra, gustaban de ocupar los primeros puestos en las sinagogas y procuraban que se les saludase en las plazas públicas (11,43; 20,46; Mt 23,6; Mc 12,38) Reivindicaban su precedencia, pues estaban convencidos de tener derecho a los primeros puestos. Con la misma seguridad con que ocupaban los primeros puestos en la mesa juzgando que les correspondían como propios, creían también saber cuál es su puesto en la mesa de Dios. Estaban seguros del reino de Dios. ¿Con derecho? Lo que en esta circunstancia observa Jesús le da pie para el diálogo. Comienza con una regla de urbanidad. En ella late un viejo aforismo: «No te alabes en presencia del rey y no te sientes en la silla de los grandes. Pues mejor es que te digan: Sube acá, que tener que ceder tu puesto a otro más grande» (Prov 25,6s). También los

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doctores de la ley conocen esta regla de prudencia: «Mantente alejado dos o tres asientos del puesto (que te corresponde), hasta que te digan: ¡Ven más arriba!, en lugar de decirte: ¡Más abajo, más abajo!» Para los doctores de la ley eran estas palabras no sólo reglas de prudencia con que librarse del bochorno; describen además una actitud que es fruto de sentimientos morales. La regla dada por Jesús no es de pura cortesía y de prudencia mundana, no es una exhortación moral general a ser modestos, sino una parábola sugerida por la búsqueda ansiosa de los primeros puestos y que expresa una verdad concerniente al reino de Dios: quien quiera entrar en el reino de Dios, ha de ser pequeño, ha de hacerse pequeño, no debe formular falsas pretensiones teniéndose por justo. La sentencia final da la clave: Dios humillará al que se ensalce. Al que se tiene por justo, que quiere hacer valer sus derechos delante de Dios, Dios mismo lo excluye de su reino; al pequeño, que no se tiene por digno de los dones de Dios, le hace Dios entrar en su reino. «Dios revela su secreto a los pequeños» (Eclo 3,20). Ser pequeño es la primera condición para ser uno admitido en el reino de Dios (6,20). Con la misma sentencia se cierra también el relato del fariseo y del publicano en el templo. Allí reivindica el fariseo el primer puesto delante de Dios, como aquí en la comida; el publicano, en cambio, que no se estima digno del primer puesto, queda justificado delante de Dios. El comportamiento en la comida descubre también quién puede participar en el banquete del reino de Dios. Para los cristianos no hay sólo reglas de pura urbanidad o de conveniencias cortesanas; para ellos, incluso el comportamiento en una comida corriente está significativamente envuelto en la sombra del misterio del reino de Dios. El reino de Dios lo abarca todo: el hombre, su comida, su comportamiento en la mesa, todas las esferas de su vida y de su ser. Dios lo es todo en todo. Nada se le puede sustraer; el Evangelio del reino reclama conversión. Durante la última cena surge una disputa entre los discípulos acerca de las precedencias. «Surgió entre ellos una discusión sobre cuál de ellos debía ser tenido por mayor» (22,24). Jesús exige que uno se haga pequeño: «EI mayor entre vosotros pórtese como el menor; y el que manda, como quien sirve» (22,26). Jesús mismo se convierte en servidor: «¿Quién es mayor: el que está a la mesa o el que sirve? ¿Acaso no lo es el que está a la mesa? Sin embargo, yo estoy entre vosotros como quien sirve» (22,27). La celebración de la eucaristía se efectúa en el marco de servir y ser pequeño. De nuevo se tiende un arco que va del banquete terreno al banquete de los últimos tiempos, y entre ambos está el banquete sagrado de la comunidad. El arco que reúne a los tres es la actitud de ser pequeño: el Señor que se ha hecho servidor, Jesús en camino hacia Jerusalén, donde él, sirviendo, dará su vida como rescate por los muchos, esperando la exaltación. El camino de la salvación es el de hacerse pequeños.

TEXTO VII

COMENTARIO AL EVANGELIO (II)

-Un sábado, Jesús fue a comer a casa de uno de los jefes fariseos, y ellos lo estaban observando. No rehúsa las invitaciones de sus adversarios habituales. Porque ha venido a salvar a todos los hombres. La casa de ese jefe de los fariseos es muy significada por un gran respeto y devoción a la Ley: en ella, las tradiciones morales y culturales son respetadas de modo muy estricto. Es un sábado, un día sagrado para el anfitrión de Jesús.

Desde su entrada en la casa, Jesús es "observado" acechado, vigilado

rasero de la piedad farisea más rigurosa; son personas aferradas a la santificación del sábado y que se imaginan que Dios no puede pensar de manera distinta al parecer de ellos. -Un hidrópico se encontraba en frente de Jesús. Aparentemente éste no era un "invitado". Quizá estaba mirando al interior desde la ventana. Para los fariseos toda enfermedad era el castigo de un vicio no declarado. Según ellos, ese pobre hombre debió haber llevado una vida inmoral y por esto Dios le habría castigado. -Jesús tomó la palabra y preguntó a los Doctores de la Ley y a los fariseos: "¿Es lícito curar en sábado, o no?" Ellos se callaron. ¡Qué extraña pregunta! ¿A qué viene ese innovador? Hace ya tiempo que las "Escuelas" han saldado definitivamente todos esos casos. Si Jesús hubiera ido a las Escuelas, sabría que:

se le va a medir con el mismo

- Cuando la vida de una persona corre peligro, está permitido socorrerlo

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- Cuando el peligro no es mortal agudo, hay que esperar que termine el día sábado para prestarle alguna ayuda. ¿No es esto lógico? ¿Por qué no contentarse con la "tradición de los antiguos"? ¿Por qué suscitar nuevas cuestiones? Los fariseos callan. No quieren discutir. Ellos poseen la verdad. No es cuestión de modificar en nada sus costumbres. Jesús no puede hablar ni actuar en

nombre de Dios, puesto que no se conforma a "su" enseñanza

a la enseñanza tradicional.

-Jesús tomó al enfermo de la mano, lo curó y lo despidió. Y a ellos les dijo: "Si a uno de vosotros se le cae al pozo su hijo o su buey ¿no lo saca en seguida aunque sea sábado?" ¡Perdón, caballero! Este caso está también previsto por la casuística, parecéis ignorarlo

Si un animal cae en una cisterna los legistas permitían que se le alimentara para que no muriera antes

del día siguiente

salir por sus propios medios; pero ¡sin "trabajar" uno mismo en sábado! Esos ejemplos nos muestran la gran liberación aportada por Jesús. Una nueva manera de concebir el "descanso" del sábado, del domingo. Mas allá de todos los juridismos. El sábado es el día de la benevolencia divina, el día de la redención, de la liberación, de la misericordia de Dios para con los pobres, los desgraciados, los pecadores. El día por excelencia para hacer el bien, curar, salvar. El día en el que hay que dejarse curar por Jesús.

y de otra parte, estaba permitido echarle unas mantas y almohadas para facilitarle

Señor, ayúdanos a ser fieles, incluso en las cosas pequeñas, pero sin ningún formalismo, sin meticulosidad. Señor, ayúdanos a permanecer abiertos, a no estar demasiado seguros de nuestras opiniones, a no quedarnos inmovilizados en nuestras opciones precedentes. El mundo de hoy nos presenta muchas cuestiones nuevas: ¿sabremos abordarlas con la misma profundidad con que las juzga Jesús?

NOEL QUESSON PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2 EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 256 s.

TEXTO VIII

COMENTARIO AL EVANGELIO (III)

Ante el sufrimiento, ante la pobreza, ante las injusticias, ante el pecado que padecen muchos hermanos nuestros no podemos pasar de largo dejándolos hundidos en sus males. En dar una respuesta, en esforzarnos por remediar esos males no podemos argumentar ni siquiera que es el día del Señor para eludir nuestras responsabilidades. No podemos esperar para mañana para hacer el bien a quien hoy lo necesita. Cada día debemos ser la Iglesia de Cristo que no sólo anuncia el Nombre de Dios, sino que, además, sirve con gran amor a los necesitados. Dar culto a Dios, en este sentido, no es sólo arrodillarnos ante Él, sino además, identificarnos con Cristo que, como Buen Pastor, salió al encuentro de la oveja descarriada y herida, empobrecida y hambrienta, enseñándonos, así, que también nosotros hemos de dar culto a Dios amando como el Señor nos ha amado y enseñado, pues Él no descansó, sentándose en la Gloria de su Padre, hasta dar su Vida para sacarnos del pozo de nuestra maldad en el que habíamos caído. El Señor lo dio todo por nosotros. Esa entrega hasta el extremo es no sólo lo que recordamos, sino lo que vivimos en esta Eucaristía, Memorial de Quien por nosotros fue al Calvario, lleno de amor, para ser Crucificado para el perdón de nuestros pecados. Pero celebramos también a Quien, al tercer día de muerto, resucitó para darnos nueva vida y darle sentido a nuestra fe. Nosotros, ahora, somos testigos de todo esto. Y el Señor viene a sanar las heridas que el pecado dejó en nosotros, pues por sus llagas hemos sido curados. Él, como el buen samaritano, se ha detenido ante nuestro dolor, y ha dado su vida para que, en ese momento de Gracia, retornemos a Dios, ya no como esclavos, sino como hijos por nuestra fe y unión al Hijo de Dios. Así experimentamos el gran amor que Dios nos tiene, pues compartiendo nuestros sufrimientos, no retuvo para sí el ser igual a Dios, sino que, humillado, dio su vida para que nosotros tengamos Vida, la misma que Él posee recibida del Padre Dios.

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XVI Domingo después de Pentecostés Forma Extraordinaria del Rito Romano

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de Pentecostés Forma Extraordinaria del Rito Romano 17 Y somos testigos del Memorial de la Pascua

Y somos testigos del Memorial de la Pascua de Cristo no sólo porque contemplamos extasiados el amor que Dios nos ha tenido, sino porque, a partir de nuestro encuentro con el Señor Resucitado nuestra vida ya no puede ir por el mismo camino. El Señor nos ha cautivado y nos ha llenado de su amor y nos ha enviado para que vayamos y hagamos nosotros lo mismo que Él ha hecho por nosotros y en nosotros. Unidos a Cristo, firmemente afianzados en Él no debemos tener miedo a dar nuestra vida por los demás, sabiendo que, siendo condenados por ellos, Dios, nuestro Padre, nos levantará para glorificarnos junto con Cristo, con quien vivimos íntimamente unidos desde ahora como los miembros de un cuerpo lo están a la cabeza. Al igual que Cristo, detengámonos ante el dolor, ante el sufrimiento, ante la pobreza de nuestro prójimo y, si es necesario, paguemos con nuestra propia vida, con tal de que él recobre su dignidad y alcance su salvación en Cristo. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber amar, no con la miopía nacida de nuestro miedos, sino con la amplitud, la fuerza y la valentía que nos vienen del Espíritu de Dios que habita en nosotros. Amén. Era costumbre en aquellos tiempos y lugares invitar de vez en cuando a un rabino para conversar

durante la comida sobre algún punto de interés religioso. Esto ocurría principalmente los sábados. En algún sentido, esta costumbre perfectamente natural se continúa hoy en ciertos ambientes y familias que cultivan la amistad de los sacerdotes. También Jesús fue invitado a comer un día de sábado. Y aunque el anfitrión era un fariseo y uno de los principales, aceptó. Pues Jesús no era un puritano, y ya otras veces había aceptado la invitación de otros fariseos (Cfr. Lc. 7,36; 11,37). Con todo, Jesús prefería comer con publicanos y pecadores. En esta ocasión había allí otros invitados, amigos de este personaje

y fariseos lo mismo que él. Y todos éstos "espiaban" a Jesús. Este detalle demuestra que no había sido

invitado de corazón, sino únicamente como pretexto para ver si podían sorprenderle en algún fallo. En un ambiente así, enrarecido, Jesús se mueve con cautela y se fija en todos los detalles. Ocasionalmente hace su crítica y ofrece su enseñanza, tan diversa a la de los fariseos, sin perder la compostura. El marco de las palabras de Jesús es lo que llamaríamos una sobremesa. Jesús ve cómo los comensales se disputan los primeros puestos. El deseo de figurar era una de los defectos típicos de los fariseos (Cfr. Lc. 11,43;20,46). Jesús afea su fatuidad y su mala educación. Pero las palabras de Jesús son algo más que una lección de buenas formas o de urbanidad; nos dice Lucas, se trata de un "ejemplo" que contiene un mensaje religioso. Es en el v. 11 donde se aclara el significado del ejemplo: "Dios enaltece a los humildes y humilla a los soberbios" (Cfr. Lc. 18,14; Mt. 23, 12). Recordemos que Jesús en la Ultima Cena ocuparía el último lugar, el de los siervos, y lavaría los pies

a sus discípulos; recordemos, sobre todo, que al día siguiente descendería mucho más al ser colgado en la cruz entre dos ladrones y que, por eso mismo, fue exaltado a la diestra del Padre. Evidentemente Jesús no quiere enseñarnos una astucia para ser honrados públicamente entre los hombres. Jesús nos pide una humildad de corazón, lo mismo que pide la conversión interior y no sólo exterior.

Seguidamente Jesús se dirige a quien le había invitado. También ahora se trata de un "ejemplo" y no sólo de una regla de comportamiento social. Jesús quiere decir que el amor auténtico se muestra cuando se ejerce sin esperar recompensa alguna. El que invita a los pobres no puede esperar ser invitado por ellos en otra ocasión. ¿O acaso sí? Si tenemos en cuenta que el banquete es un símbolo habitualmente empleado para hablarnos del Reino de Dios y que los pobres son aquéllos a quienes se ha prometido el reino de Dios, el segundo "ejemplo" puede adquirir una profundidad mayor. Invitar a los pobres sería tanto como sentarse a la mesa de los pobres, solidarizarse con ellos, sería amarles de tal manera que uno pudiera esperar también entrar con ellos en el Reino que les ha sido prometido.

EUCARISTÍA 1974, 50

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TEXTO IX

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LA VIDA INTERIOR

Autor: Juan Cabrera.- Catholic.net

La vida interior es un aspecto fundamental y esencial de la vida cristiana y apostólica. Robustecer el alma, nutriéndola cada día con alimento sano, con la clara conciencia de nuestra vocación cristiana y de nuestra misión. La frivolidad ha sido siempre la corruptora de las almas. La fuente de la verdadera felicidad se encuentra en el interior de cada ser humano, donde Dios se hace paz, alegría, gozo, serenidad para quienes viven en amistad con El, y no en las cosas exteriores. Debemos tener mucha vida interior, mucha vida de unión con Dios, mucha capacidad de interiorización personal, mucho crecimiento en profundidad, porque ahí es donde realmente se es feliz.

Razones para la vida interior En el trato con las personas, en la actividad apostólica se corre el riesgo de olvidar que sólo Cristo da a las personas el crecimiento interior y que nosotros somos simples jardineros de las almas. Debemos colaborar a vencer el pecado en las almas y encaminarlas hacia el Reino de Cristo. Vivimos en un mundo donde los valores materiales van imponiéndose a los espirituales.

los valores materiales van imponiéndose a los espirituales. Qué no es la vida interior La pretensión
los valores materiales van imponiéndose a los espirituales. Qué no es la vida interior La pretensión

Qué no es la vida interior La pretensión fatua de quererse pasar la vida entera en la Iglesia o pensando en Dios. Encerrarnos en nosotros mismos sin admitir una relación con los demás y hacia sus necesidades. Una vida artificial de contemplación de las cosas espirituales

vida artificial de contemplación de las cosas espirituales Qué es la vida interior Es muy natural

Qué es la vida interior Es muy natural y sencilla, porque es simplemente la unión real, natural, personal y constante con Dios, fundada en la vida de gracia. Es la identificación del corazón y voluntad con la voluntad santísima de Dios, "hasta tener los mismos sentimientos de Cristo". Es la actitud de amor filial y confiado que obliga a mantener con Dios una postura de un hijo amante de su Padre

mantener con Dios una postura de un hijo amante de su Padre Consecuencias de la vida
mantener con Dios una postura de un hijo amante de su Padre Consecuencias de la vida
mantener con Dios una postura de un hijo amante de su Padre Consecuencias de la vida
mantener con Dios una postura de un hijo amante de su Padre Consecuencias de la vida

Consecuencias de la vida interior. La vida interior permite al ser humano, como fruto de su unión con Dios y de su identificación con su voluntad, vivir en permanente contacto con El a través de todas las cosas y de todos los acontecimientos de la vida.

Medios para formar el hábito de la vida interior Amar la vida de oración. Que nuestra oración esté amasada de fe, humildad, agradecimiento, adoración, confianza, silencio y perseverancia. Vida sacramental, especialmente la Eucaristía. Vida de Sagrario. Docilidad y apertura a las inspiraciones del Espíritu Santo. Vida teologal. Espíritu de silencio y reflexión. Lectura espiritual. La guarda de los sentidos internos y externos. Contemplar la magnífica figura e imitar el ejemplo de nuestra Madre, la Santísima Virgen.

sentidos internos y externos. Contemplar la magnífica figura e imitar el ejemplo de nuestra Madre, la

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TEXTO X

19

El Espíritu Santo fortalece el « hombre interior »

Juan Pablo II, Dominum et vivificantem 58-60

58 El misterio de la Resurrección y de Pentecostés es anunciado y vivido por la Iglesia, que es la heredera y continuadora del testimonio de los Apóstoles sobre la resurrección de Jesucristo. Es el testigo perenne de la victoria sobre la muerte, que reveló la fuerza del Espíritu Santo y determinó su nueva venida, su nueva presencia en los hombres y en el mundo. En efecto, en la resurreción de Cristo, el Espíritu Santo Paráclito se reveló sobre todo como el que da la vida: « Aquél que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros ».247 En nombre de la resurrección de Cristo la Iglesia anuncia la vida, que se ha manifestado más allá del límite de la muerte, la vida que es más fuerte que la muerte. Al mismo tiempo, anuncia al que da la vida: el Espíritu vivificante; lo anuncia y coopera con él en dar la vida. En efecto, « aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia » 248 realizada por Cristo crucificado y resucitado. Y en nombre de la resurrección de Cristo, la Iglesia sirve a la vida que proviene de Dios mismo, en íntima unión y humilde servicio al Espíritu. Precisamente por medio de este servicio el hombre se convierte de modo siempre nuevo en « el camino de la Iglesia », como dije ya en la Encíclica sobre Cristo Redentor 249 y ahora repito en ésta sobre el Espíritu Santo. La Iglesia unida al Espíritu, es consciente más que nadie de la realidad del hombre interior, de lo que en el hombre hay de más profundo y esencial,porque es espiritual e incorruptible. A este nivel el Espíritu injerta la « raíz de la inmortalidad »,250 de la que brota la nueva vida, esto es, la vida del hombre en Dios que, como fruto de su comunicación salvífica por el Espíritu Santo, puede desarrollarse y consolidarse solamente bajo su

acción. Por ello, el Apóstol se dirige a Dios en favor de los creyentes, a los que dice: « Doblo mis rodillas ante

para que os conceda que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior ».251

el Padre

Bajo el influjo del Espíritu Santo madura y se refuerza este hombre interior, esto es, « espiritual ». Gracias a la comunicación divina el espíritu humano que « conoce los secretos del hombre », se encuentra con el Espíritu que « todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios ».252 Por este Espíritu, que es el don eterno, Dios uno y trino se abre al hombre, al espíritu humano. El soplo oculto del Espíritu divino hace que el espíritu humano se abra, a su vez, a la acción de Dios salvífica y santificante. Mediante el don de la gracia que viene del Espíritu el hombre entra en « una nueva vida », es introducido en la realidad sobrenatural de la misma vida divina y llega a ser « santuario del Espíritu Santo », « templo vivo de Dios ».253 En efecto, por el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo vienen al hombre y ponen en él su morada.254 En la comunión de gracia con la Trinidad se dilata el « área vital » del hombre, elevada a nivel sobrenatural por la vida divina. El hombre vive en Dios y de Dios: vive « según el Espíritu » y « desea lo espiritual ».

59 La relación íntima con Dios por el Espíritu Santo hace que el hombre se comprenda, de un modo nuevo, también a sí mismo y a su propia humanidad. De esta manera, se realiza plenamente aquella imagen y semejanza de Dios que es el hombre desde el principio.255 Esta verdad íntima sobre el ser humano ha de ser descubierta constantemente a la luz de Cristo que es el prototipo de la relación con Dios y, en él, debe ser descubierta también la razón de « la entrega sincera de sí mismo a los demás », como escribe el Concilio Vaticano II; precisamente en razón de esta semejanza divina se demuestra que el hombre « es la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma », en su dignidad de persona, pero abierta a la integración y comunión social.256 El conocimiento eficaz y la realización plena de esta verdad del ser se dan solamente por obra del Espíritu Santo. El hombre llega al conocimiento de esta verdad por Jesucristo y la pone en práctica en su vida por obra del Espíritu, que el mismo Jesús nos ha dado. En este camino, « camino de madurez interior » que supone el pleno descubrimiento del sentido de la humanidad, Dios se acerca al hombre, penetra cada vez más a fondo en todo el mundo humano. Dios uno y trino, que en sí mismo « existe » como realidad trascendente de don interpersonal al comunicarse por el Espíritu Santo como don al hombre, transforma el mundo humano desde dentro, desde el interior de los corazones y de las conciencias. De este modo el mundo, partícipe del don divino, se hace como enseña el

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Concilio, « cada vez más humano, cada vez más profundamente humano »,257 mientras madura en él, a través de los corazones y de las conciencias de los hombres, el Reino en el que Dios será definitivamente « todo en todos »: 258 como don y amor. Don y amor: éste es el eterno poder de la apertura de Dios uno y trino al hombre y al mundo, por el Espíritu Santo.

En la perspectiva del año dos mil desde el nacimiento de Cristo se trata de conseguir que un número cada vez

mayor de hombres « puedan encontrar su propia plenitud

en la entrega sincera de sí mismo a los demás »

según la citada frase del Concilio. Que bajo la acción del Espíritu Paráclito se realice en nuestro mundo el proceso de verdadera maduración en la humanidad, en la vida individual y comunitaria por el cual Jesús

mismo « cuando ruega al Padre que "todos sean uno, como nosotros también somos uno" (Jn 17,21-22

),

sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión

de los hijos de Dios

en

la

verdad y en la caridad ».259 El Concilio reafirma esta verdad sobre el hombre, y la Iglesia ve en ella una indicación particularmente fuerte y determinante de sus propias tareas apostólicas. En efecto, si el hombre es « el camino de la Iglesia », este camino pasa a través de todo el misterio de Cristo, como modelo divino del hombre. Sobre este camino el Espíritu Santo, reforzando en cada uno de nosotros « al hombre interior » hace que el hombre, cada vez mejor, pueda « encontrarse en la entrega sincera de sí mismo a los demás ».

Puede decirse que en estas palabras de la Constitución pastoral del Concilio se compendia

toda la

antropología cristiana

: la teoría y la praxis, fundada en el Evangelio, en la cual el hombre, descubriendo en sí

mismo su pertenencia a Cristo, y en a la elevación a « hijo de Dios », comprende mejor también su dignidad de hombre, precisamente porque es el sujeto del acercamiento y de la presencia de Dios, sujeto de la condescendencia divina en la que está contenida la perspectiva e incluso la raíz misma de la glorificación definitiva. Entonces se puede repetir verdaderamente que la « gloria de Dios es el hombre viviente, pero la vida del hombre es la visión de Dios »: 260 el hombre, viviendo una vida divina, es la gloria de Dios, y el

Espíritu Santo es el dispensador oculto de esta vida y de esta gloria. El dice Basilio el Grande« simple en

su esencia y variado en sus dones

se reparte sin sufrir división

está presente en cada hombre capaz de

recibirlo, como si sólo él existiera y, no obstante, distribuye a todos gracia abundante y completa ».261

60 Cuando, bajo el influjo del Paráclito, los hombres descubren esta dimensión divina de su ser y de su vida, ya sea como personas ya sea como comunidad, son capaces de liberarse de los diversos determinismos derivados principalmente de las bases materialistas del pensamiento, de la praxis y de su respectiva metodología. En nuestra época estos factores han logrado penetrar hasta lo más íntimo del hombre, en el santuario de la conciencia, donde el Espíritu Santo infunde constantemente la luz y la fuerza de la vida nueva según la libertad de los hijos de Dios. La madurez del hombre en esta vida está impedida por los condicionamientos y las presiones que ejercen sobre él las estructuras y los mecanismos dominantes en los diversos sectores de la sociedad. Se puede decir que en muchos casos los factores sociales, en vez de favorecer el desarrollo y la expansión del espíritu humano, terminan por arrancarlo de la verdad genuina de su ser y de su vida, sobre la que vela el Espíritu Santopara someterlo así al « Príncipe de este mundo ». El gran Jubileo del año dos mil contiene, por tanto, un mensaje de liberación por obra del Espíritu, que es el único que puede ayudar a las personas y a las comunidades a liberarse de los viejos y nuevos determinismos, guiándolos con la « ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús »,262 descubriendo y realizando la plena dimensión de la verdadera libertad del hombre. En efecto como escribe San Pablo« donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad ».263 Esta revelación de la libertad y, por consiguiente, de la verdadera dignidad del hombre adquiere un significado particular para los cristianos y para la Iglesia en estado de persecución ya sea en los tiempos antiguos, ya sea en la actualidad, porque los testigos de la verdad divina son entonces una verificación viva de la acción del Espíritu de la verdad, presente en el corazón y en la conciencia de los fieles, y a menudo sellan con su martirio la glorificación suprema de la dignidad humana. También en las situaciones normales de la sociedad los cristianos, como testigos de la auténtica dignidad del hombre, por su obediencia al Espíritu Santo, contribuyen a la múltiple « renovación de la faz de la tierra », colaborando con sus hermanos a realizar y valorar todo lo que el progreso actual de la civilización, de la cultura, de la ciencia, de la técnica y de los demás sectores del pensamiento y de la actividad humana, tiene de bueno, noble y bello.264 Esto lo hacen como discípulos de Cristo, como escribe el Concilio«

obra ya por virtud de su Espíritu en el corazón del hombre, no sólo

constituido Señor por su resurrección

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despertando el anhelo del siglo futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo también con ese deseo aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin ».265 De esta manera, afirman aún más la grandeza del hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios; grandeza que es iluminada por el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, el cual, « en la plenitud de los tiempos », por obra del Espíritu Santo, ha entrado en la historia y se ha manifestado como verdadero hombre, primogénito de toda criatura, « del cual proceden todas las cosas y para el cual somos ».266

 

255 cf.

 

Gén 1, 26 s.; S. Tomás de Aquino, Summa Theol.

 

248

256 cf.

 

Const. past. (Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,

249

cf. Enc. Redemptor hominis

, AAS 71 (1979), pp. 284 s.

 

también

 

250

cf.

 

257

cf.

Ibid.,

 

251

cf.

 

258

cf.

252

cf.

s.
s.

259

Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,

 

253

cf.

 

260

cf.

S. Ireneo, Adversus haereses, IV, 20, 7: SC 100/2 p. 648.

 

254

S. Ireneo, Adversus haereses, V, 6,1, SC 153, pp. 72-80; S. Hilario,

 

261

S.

Basilio, De Spirito Sancto, IX, 22: PG 32, 110.

 

De Trinitate, VIII, 19 21, 16,752 s.; S. Agustín, Enarr. in Ps. XLIX, 2, CCL 38, pp. 575s.; S. Cirilo de Alejandría, In Ioannis Evangelium, lib. I; II: PG 73,154-158 246; lib. IX: PG

 

263

 

74,262; S. Atanasio, Oratio III contra Arianos, 24, PG 26,374 s.; Epist. I ad

 

264

cf.

Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el

 

Serapionem, 24, PG 26,586 s.; Dídimo Alejandrino, De Trinitate, II, 6-7, PG 39,523-

 

mundo actual,

 

530; S. Juan Crisóstomo, In epist. ad Romanos homilia XIII, 8, PG 60,519; S. Tomás

265

Ibid.,

 

de Aquino, Summa Theol.

 

266 (

 

TEXTO XI

; cf.
; cf.

La penitencia búsqueda del hombre interior

Juan Pablo II, 28 de febrero de 1979

2. La penitencia en sentido evangélico significa sobre todo “conversión”. Bajo este aspecto es muy

significativo el pasaje del Evangelio del miércoles de ceniza. Jesús habla del cumplimiento de los actos de penitencia conocidos y practicados por sus contemporáneos, por el pueblo de la Antigua Alianza. Pero al mismo tiempo somete a crítica el modo puramente “externo” del cumplimiento de estos actos: limosna, ayuno, oración, porque ese modo es contrario a la finalidad propia de los mismos actos. El fin de los actos de penitencia es un más profundo acercarse a Dios mismo para poderse encontrar con Él en lo íntimo de la entidad humana, en el secreto del corazón. “Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los

hipócritas, para ser alabados de los hombres

que tu limosna sea oculta, y el Padre que ve lo oculto te premiará.

, cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo escondido, te recompensará.

, para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 2-6. 16-18). Por lo tanto, el significado primero y principal de la penitencia es interior, espiritual. El esfuerzo principal de la penitencia consiste “en entrar en sí mismo”, en lo más profundo de la propia entidad, entrar en esa dimensión de la propia humanidad en la que, en cierto sentido, Dios nos espera. El hombre “exterior” debe ceder —diría— en cada uno de nosotros al hombre “interior” y, en cierto sentido, “dejarle el puesto”. En la vida corriente el hombre no vive bastante “interiormente”. Jesucristo indica claramente que también los actos de devoción y de penitencia (como el ayuno, la limosna, la oración) que por su finalidad religiosa son principalmente “interiores”, pueden ceder al “exteriorismo” corriente, y por lo tanto pueden ser falsificados. En cambio la penitencia, como conversión a Dios, exige sobre todo que el hombre rechace las apariencias, sepa liberarse de la falsedad y encontrarse en toda su verdad interior. Hasta una mirada rápida, breve, en el fulgor divino de la verdad interior del hombre, es ya un éxito. Pero es necesario consolidar hábilmente este éxito mediante un trabajo sistemático sobre sí mismo. Tal trabajo se llama “ascesis” (así lo llamaban ya los griegos de los tiempos de los orígenes del cristianismo). Ascesis quiere decir

(sino) úngete la cabeza y lava tu cara

“Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas

“Cuando oréis, no seáis como los hipócritas

no sepa tu izquierda lo que hace la derecha, para

;

para ser vistos de los hombres

, sino

entra en tu

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esfuerzo interior para no dejarse llevar y empujar por las diversas corrientes “exteriores”, para permanecer así siempre ellos mismos y conservar la dignidad de la propia humanidad. Pero el Señor Jesús nos llama a hacer aún algo más. Cuando dice “entra en tu cámara y cierra la puerta”, indica un esfuerzo ascético del espíritu humano que no debe terminar en el hombre mismo. Ese cerrarse es, al mismo tiempo, la apertura más profunda del corazón humano. Es indispensable para encontrarse con el Padre, y por esto debe realizarse. “Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. Aquí se trata de recobrar la sencillez de pensamiento, voluntad y corazón, que es indispensable para encontrarse con Dios en el propio “yo” interior. ¡Y Dios espera esto para acercarse al hombre interiormente recogido y, a la vez, abierto a su palabra y a su amor! Dios desea comunicarse al alma así dispuesta. Desea darle la verdad y el amor que tienen en Él la verdadera fuente. 3. Así, pues, la corriente principal de la Cuaresma debe correr a través del hombre interior, a través de corazones y conciencias. En esto consiste el esfuerzo esencial de la penitencia. En este esfuerzo la voluntad humana de convertirse a Dios es investida por la gracia proveniente de conversión y, al mismo tiempo, de perdón, y liberación espiritual. La penitencia no es sólo un esfuerzo, una carga, sino también una alegría. A veces es una gran alegría del espíritu humano, alegría que otros manantiales no pueden dar. Parece que el hombre contemporáneo haya perdido, en cierta medida, el sabor de esta alegría. Ha perdido además el sentido profundo de aquel esfuerzo espiritual que permite volver a encontrarse a sí mismo en toda la verdad de la intimidad propia. A esto contribuyen muchas causas y circunstancias que es difícil analizar en los límites de este discurso. Nuestra civilización sobre todo en Occidenteestrechamente vinculada con el desarrollo de la ciencia y de la técnica, entrevé la necesidad del esfuerzo intelectual y físico; pero ha perdido notablemente el sentido del esfuerzo del espíritu, cuyo fruto es el hombre visto en sus dimensiones interiores. En fin, el hombre que vive en las corrientes de esta civilización pierde muy frecuentemente la propia dimensión; pierde el sentido interior de la propia humanidad. A este hombre le resulta extraño tanto el esfuerzo que conduce al fruto hace poco mencionado, como la alegría que proviene de él: la alegría grande del descubrimiento y del encuentro, la alegría de la conversión (metánoia), la alegría de la penitencia. La liturgia austera del miércoles de ceniza y, después, todo el período de la Cuaresma es como preparación a la Pascuauna llamada sistemática a esta alegría: a la alegría que fructifica por el esfuerzo del descubrimiento de sí mismo con paciencia:

“Con vuestra paciencia compraréis (la salvación) de vuestras almas” (Lc 21, 19). Que nadie tenga miedo de emprender este esfuerzo.

TEXTO XII

Que nadie tenga miedo de emprender este esfuerzo. TEXTO XII PARA LLEGAR A SER HOMBRE INTERIOR

PARA LLEGAR A SER HOMBRE INTERIOR

del 4° relato en “El peregrino ruso”

“—Celebráis los oficios con gran piedad, Padre mío, pero también con mucha lentitud. Ciertamente me respondió; y esto no gusta mucho a mis parroquianos y por ello murmuran. Pero pierden el tiempo, porque a mí me gusta meditar y ponderar cada palabra antes de pronunciarla; si se les priva de este sentimiento interior, las palabras no tienen ningún valor ni para uno mismo ni para los demás.

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Todo está en la vida interior y en la oración atenta. ¡Ah, y qué poco interesa a nadie la actividad interior! añadió. No hay voluntad ni preocupación alguna por la iluminación espiritual interior. Yo volví a preguntar: ¿Pero cómo llegar a ella? ¡Es una cosa tan difícil! No es difícil en modo alguno. Para recibir la iluminación espiritual y llegar a ser un hombre interior, hay que tomar un texto cualquiera de la Escritura y concentrar en él toda la atención tanto tiempo como se pueda. Por este camino se llega a descubrir la luz de la inteligencia. Para orar, hay que proceder de la misma manera:

Si quieres que tu oración sea pura y recta y que produzca buenos efectos, hay que elegir una oración corta, compuesta de algunas palabras breves, pero enérgicas, y repetirla durante mucho tiempo y con mucha frecuencia; por ahí se llega a tomar gusto a la oración. Esta enseñanza del sacerdote me agradó mucho por ser práctica y fácil y al mismo tiempo profunda y sabia. Di gracias a Dios en espíritu por haberme hecho conocer a un verdadero pastor de su Iglesia…”

TEXTO XIII

Cimentados y arraigados en el Corazón de Jesucristo

PÍO XII, HAURIETIS AQUAS 9-12

«De su plenitud todos nosotros recibimos, y gracia por gracia. Porque la ley fue dada por Moisés, mas la gracia y la verdad por Jesucristo han venido» [27]. Introducidos por estas palabras del discípulo «al que amaba Jesús, y que, durante la Cena, reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús» [[28], en el mismo misterio de la infinita caridad del Verbo Encarnado, es cosa digna, justa, recta y saludable, que nos detengamos un poco, venerables hermanos, en la contemplación de tan dulce misterio, a fin de que, iluminados por la luz que sobre él proyectan las páginas del Evangelio, podamos también nosotros experimentar el feliz cumplimiento del deseo significado por el Apóstol a los fieles de Éfeso: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, de modo que, arraigados y cimentados en la caridad, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la alteza y la profundidad, hasta conocer el amor de Cristo, que sobrepuja a todo conocimiento, de suerte que estéis llenos de toda la plenitud de Dios» [29]. 10. En efecto, el misterio de la Redención divina es, ante todo y por su propia naturaleza, un misterio de amor; esto es, un misterio del amor justo de Cristo a su Padre celestial, a quien el sacrificio de la cruz, ofrecido con amor y obediencia, presenta una satisfacción sobreabundante e infinita por los pecados del género humano: «Cristo sufriendo, por caridad y obediencia, ofreció a Dios algo de mayor valor que lo que exigía la compensación por todas las ofensas hechas a Dios por el género humano» [30]. Además, el misterio de la Redención es un misterio de amor misericordioso de la augusta Trinidad y del Divino Redentor hacia la humanidad entera, puesto que, siendo esta del todo incapaz de ofrecer a Dios una satisfacción condigna por sus propios delitos [31], Cristo, mediante la inescrutable riqueza de méritos, que nos ganó con la efusión de su preciosísima Sangre, pudo restablecer y perfeccionar aquel pacto de amistad entre Dios y los hombres, violado por vez primera en el paraíso terrenal por culpa de Adán y luego innumerables veces por las infidelidades del pueblo escogido. Por lo tanto, el Divino Redentor, en su cualidad de legítimo y perfecto Mediador nuestro, al haber conciliado bajo el estímulo de su caridad ardentísima hacia nosotros los deberes y obligaciones del género humano con los derechos de Dios, ha sido, sin duda, el autor de aquella maravillosa reconciliación entre la divina justicia y la divina misericordia, que constituye esencialmente el misterio trascendente de nuestra salvación. Muy a propósito dice el Doctor Angélico: «Conviene observar que la liberación del hombre, mediante la pasión de Cristo, fue conveniente tanto a su justicia como a su misericordia. Ante todo, a la justicia; porque con su pasión Cristo satisfizo por la culpa del género humano, y, por consiguiente, por la justicia de Cristo el hombre fue libertado. Y, en segundo lugar, a la misericordia; porque, no siéndole posible al hombre satisfacer por el pecado, que manchaba a toda la naturaleza humana, Dios le dio un Redentor en la persona de su Hijo». Ahora bien: esto fue de parte de Dios un acto de más generosa misericordia que si El hubiese perdonado los pecados sin exigir

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satisfacción alguna. Por ello está escrito: «Dios, que es rico en misericordia, movido por el excesivo amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos por los pecados, nos volvió a dar la vida en Cristo» [32].

Amor divino y humano.- 11. Pero a fin de que podamos en cuanto es dado a los hombres mortales, «comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la alteza y la profundidad» [33] del misterioso amor del Verbo Encarnado a su celestial Padre y hacia los hombres manchados con tantas culpas, conviene tener muy presente que su amor no fue únicamente espiritual, como conviene a Dios, puesto que «Dios es espíritu» [34]. Es indudable que de índole puramente espiritual fue el amor de Dios a nuestros primeros padres y al pueblo hebreo; por eso, las expresiones de amor humano conyugal o paterno, que se leen en los Salmos, en los escritos de los profetas y en el Cantar de los Cantares, son signos y símbolos del muy verdadero amor, pero exclusivamente espiritual, con que Dios amaba al género humano; al contrario, el amor que brota del Evangelio, de las cartas de los Apóstoles y de las páginas del Apocalipsis, al describir el amor del Corazón mismo de Jesús, comprende no sólo la caridad divina, sino también los sentimientos de un afecto humano. Para todos los católicos, esta verdad es indiscutible. En efecto, el Verbo de Dios no ha tomado un cuerpo ilusorio y ficticio, como ya en el primer siglo de la era cristiana osaron afirmar algunos herejes, que atrajeron la severa condenación del apóstol san Juan: «Puesto que en el mundo han salido muchos impostores: los que no confiesan a Jesucristo como Mesías venido en carne. Negar esto es ser un impostor y el anticristo[35]. En realidad, El ha unido a su Divina Persona una naturaleza humana individual, íntegra y perfecta, concebida en el seno purísimo de la Virgen María por virtud del Espíritu Santo [36]. Nada, pues, faltó a la naturaleza humana que se unió el Verbo de Dios. El la asumió plena e íntegra tanto en los elementos constitutivos espirituales como en los corporales, conviene a saber: dotada de inteligencia y de voluntad todas las demás facultades cognoscitivas, internas y externas; dotada asimismo de las potencias afectivas sensibles y de todas las pasiones naturales. Esto enseña la Iglesia católica, y está sancionado y solemnemente confirmado por los Romanos Pontífices y los concilios ecuménicos: «Entero en sus propiedades, entero en las nuestras» [37]; «perfecto en la divinidad y El mismo perfecto en la humanidad» [38]; «todo Dios [hecho] hombre, y todo el hombre [subsistente en] Dios» [39]. 12. Luego si no hay duda alguna de que Jesús poseía un verdadero Cuerpo humano, dotado de todos los sentimientos que le son propios, entre los que predomina el amor, también es igualmente verdad que El estuvo provisto de un corazón físico, en todo semejante al nuestro, puesto que, sin esta parte tan noble del cuerpo, no puede haber vida humana, y menos en sus afectos. Por consiguiente, no hay duda de que el Corazón de Cristo, unido hipostáticamente a la Persona divina del Verbo, palpitó de amor y de todo otro afecto sensible; mas estos sentimientos estaban tan conformes y tan en armonía con su voluntad de hombre esencialmente plena de caridad divina, y con el mismo amor divino que el Hijo tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo, que entre estos tres amores jamás hubo falta de acuerdo y armonía [40]. Sin embargo, el hecho de que el Verbo de Dios tomara una verdadera y perfecta naturaleza humana y se plasmara y aun, en cierto modo, se modelara un corazón de carne que, no menos que el nuestro, fuese capaz de sufrir y de ser herido, esto, decimos Nos, si no se piensa y se considera no sólo bajo la luz que emana de la unión hipostática y sustancial, sino también bajo la que procede de la Redención del hombre, que es, por decirlo así, el complemento de aquélla, podría parecer a algunos «escándalo y necedad», como de hecho pareció a los judíos y gentiles «Cristo crucificado» [41]. Ahora bien: los

Símbolos de la fe, en perfecta concordia con la Sagrada Escritura, nos aseguran que el Hijo Unigénito de Dios tomó una naturaleza humana capaz de padecer y morir, principalmente por razón del Sacrificio de la cruz, donde El deseaba ofrecer un sacrificio cruento a fin de llevar a cabo la obra de la salvación de los hombres. Esta es, además, la doctrina expuesta por el Apóstol de las Gentes: «Pues tanto el que santifica como los que son santificados todos traen de uno su origen. Por cuya causa no se desdeña de llamarlos

hermanos, diciendo: "Anunciaré tu nombre a mis hermanos

que Dios me ha dado". Y por cuanto los hijos tienen comunes la carne y sangre, El también participó de

Por lo cual debió, en todo, asemejarse a sus hermanos, a fin de ser un pontífice

Y también: "Heme aquí a mí y a los hijos

".

las mismas cosas

misericordioso y fiel en las cosas que miren a Dios, para expiar los pecados del pueblo. Pues por cuanto El mismo fue probado con lo que padeció, por ello puede socorrer a los que son probados» [42].

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TEXTO XIV

25

ARRAIGADOS EN CRISTO ENCOTRARÉIS GOZO Y PAZ

BENEDICTO XVI, Vigilia de Cuatro Vientos, 20 de agosto de 2011

Queridos amigos:

Os saludo a todos, pero en particular a los jóvenes que me han formulado sus preguntas, y les agradezco la sinceridad con que han planteado sus inquietudes, que expresan en cierto modo el

anhelo de todos vosotros por alcanzar algo grande en la vida, algo que os dé plenitud y felicidad. Pero, ¿cómo puede un joven ser fiel a la fe cristiana y seguir aspirando a grandes ideales en la sociedad actual? En el evangelio que hemos escuchado, Jesús nos da una respuesta a esta importante cuestión: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor» (Jn 15, 9).

Sí, queridos amigos, Dios nos ama. Ésta es la gran verdad de nuestra vida y que da sentido a todo lo

demás. No somos fruto de la casualidad o la irracionalidad, sino que en el origen de nuestra

existencia hay un proyecto de amor de Dios. Permanecer en su amor significa entonces vivir

arraigados en la fe, porque la fe no es la simple aceptación de unas verdades abstractas, sino una relación íntima con Cristo que nos lleva a abrir nuestro corazón a este misterio de amor y a vivir como personas que se saben amadas por Dios.

Si permanecéis en el amor de Cristo, arraigados en la fe, encontraréis, aun en medio de

contrariedades y sufrimientos, la raíz del gozo y la alegría. La fe no se opone a vuestros ideales más

altos, al contrario, los exalta y perfecciona. Queridos jóvenes, no os conforméis con menos que la Verdad y el Amor, no os conforméis con menos que Cristo. Precisamente ahora, en que la cultura relativista dominante renuncia y desprecia la búsqueda de la verdad, que es la aspiración más alta del espíritu humano, debemos proponer con coraje y humildad el valor universal de Cristo, como salvador de todos los hombres y fuente de esperanza para nuestra vida. Él, que tomó sobre sí nuestras aflicciones, conoce bien el misterio del dolor humano y muestra su presencia amorosa en todos los que sufren. Estos, a su vez, unidos a la pasión de Cristo, participan muy de cerca en su obra de redención. Además, nuestra atención desinteresada a los enfermos y postergados, siempre será un testimonio humilde y callado del rostro compasivo de Dios.

Queridos amigos, que ninguna adversidad os paralice. No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su Nombre en toda la tierra.

En esta vigilia de oración, os invito a pedir a Dios que os ayude a descubrir vuestra vocación en la

sociedad y en la Iglesia y a perseverar en ella con alegría y fidelidad. Vale la pena acoger en nuestro

interior la llamada de Cristo y seguir con valentía y generosidad el camino que él nos proponga.

A muchos, el Señor los llama al matrimonio, en el que un hombre y una mujer, formando una sola

carne (cf. Gn 2, 24), se realizan en una profunda vida de comunión. Es un horizonte luminoso y exigente a la vez. Un proyecto de amor verdadero que se renueva y ahonda cada día compartiendo alegrías y dificultades, y que se caracteriza por una entrega de la totalidad de la persona. Por eso, reconocer la belleza y bondad del matrimonio, significa ser conscientes de que solo un ámbito de fidelidad e indisolubilidad, así como de apertura al don divino de la vida, es el adecuado a la

grandeza y dignidad del amor matrimonial.

A otros, en cambio, Cristo los llama a seguirlo más de cerca en el sacerdocio o en la vida

consagrada. Qué hermoso es saber que Jesús te busca, se fija en ti y con su voz inconfundible te dice también a ti: «¡Sígueme!» (cf. Mc 2,14).

Queridos jóvenes, para descubrir y seguir fielmente la forma de vida a la que el Señor os llame a cada uno, es indispensable permanecer en su amor como amigos. Y, ¿cómo se mantiene la amistad

si no es con el trato frecuente, la conversación, el estar juntos y el compartir ilusiones o pesares?

Santa Teresa de Jesús decía que la oración es «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (cf. Libro de la vida, 8). Os invito, pues, a permanecer ahora en la adoración a Cristo, realmente presente en la Eucaristía. A dialogar con Él, a poner ante Él vuestras preguntas y a escucharlo. Queridos amigos, yo rezo por vosotros con toda el alma. Os suplico que recéis también por mí. Pidámosle al Señor en esta noche que, atraídos por la belleza de su amor, vivamos siempre fielmente como discípulos suyos. Amén.

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TEXTO XV

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COMENTARIO A LA EPÍSTOLA DE SAN AGUSTÍN

Ef 3,8-19: ¿Cómo quieres recibir la gracia de la divina bondad, si no abres el seno de tu voluntad? Por eso doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien recibe nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, para que os otorgue (Ef 3,14-15). Para que os otorgue, ¿qué? Ruego que os dé lo que os pido. Os lo suplico a vosotros, porque tenéis el arbitrio de la voluntad; ruego que os lo dé, solicitando el auxilio de la Majestad. Pero hemos ido muy de prisa con las palabras del Apóstol. Quienes no conocéis el texto de memoria, quizá esperéis escuchar si efectivamente el Apóstol dobla sus rodillas ante el Padre por ellos, para que les otorgue lo que les había pedido. Recordad, pues, qué les había suplicado. Os suplico que no flaqueéis a causa de mis tribulaciones por vosotros: esto es lo que les pide. Ahora considerad lo que pide para ellos:Doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo para que os conceda ser fortalecidos según las riquezas de su gloria. ¿Qué es esto, sino no flaquear? Ser fortalecidos, dijo, por su Espíritu, el Espíritu de la gracia. Ved lo que pide. Pide a Dios lo que exige a los hombres, porque la condición para que Dios quiera dar, es que tú dispongas la voluntad para recibir. ¿Cómo quieres recibir la gracia de la divina bondad, si no abres el seno de tu voluntad? Para que se os otorgue, dijo. Nada tenéis si no se os otorga. Para que os otorgue ser fortalecidos por su Espíritu. Si os concede el ser fortalecidos, automáticamente os dará el no flaquear. Y que Cristo habite en el hombre interior por la fe en vuestros corazones. ¡Qué os otorgue todo esto! Para que arraigados y cimentados en la caridad, podáis comprender con todos los santos. ¿Qué cosa? Para que os conceda ser fortalecidos con su Espíritu y que en vuestro interior habite Cristo por la fe, y así, fundados y cimentados en la caridad, podáis comprender con todos los santos, ¿qué? Cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad (Ef 3,16-18). La palabra altitudo tiene un doble significado en la lengua latina: significa tanto la dirección hacia arriba como hacia abajo. Por tanto, estuvo acertado el traductor al poner altura: lo que va hacia arriba, y profundidad: lo que va hacia abajo. Os voy a exponer qué significa esto. ¿Qué importa el que quizá para alguien sea más fácil? ¿Pasaré de largo ante estas cuatro cosas que menciona el Apóstol, a saber, la anchura, longitud, altura y profundidad, por el hecho de ser menos capaz de comprenderlas o exponerlas? ¿Llamaré a la puerta y sentiré la ayuda de vuestras oraciones para decir algo que os sea saludable? ¿Por qué, hombre cristiano, te encaminas con el corazón por la anchura de la tierra, la longitud de los tiempos, la altura del cielo o la profundidad del abismo? ¿Cuándo llegarás a comprender esto con la mente o con el cuerpo, es decir, ya pensándolo, ya viéndolo con los ojos de la carne? ¿Cuándo podrás comprenderlo? Escucha al mismo Apóstol que te dice: ¡Lejos de mí el gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo! (Gál 6,14). Gloriémonos también nosotros en ella, aunque sólo sea porque nos apoyamos en ella. Gloriémonos en ella, ¡oh buenos hermanos!, gloriémonos en ella. Quizá encontremos allí la anchura, la longitud, la altura y la profundidad. Las palabras del Apóstol nos han puesto delante en cierto modo la cruz. Tiene, en efecto, su anchura sobre la que se clavan las manos; su longitud: lo que va hasta la tierra desde aquélla; tiene también su altura: lo que sobrepasa el madero transversal sobre el que clavan las manos, donde se sitúa la cabeza del crucificado; tiene igualmente su profundidad, es decir, lo que se clava en la tierra y no se ve. Contempla el gran misterio: de la profundidad que no ves surge todo cuanto ves.

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¿Dónde está la anchura? Acomoda tu vida a la vida y costumbres de los santos, que dicen: lejos de mí el gloriarme, a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. En sus costumbres percibimos la anchura de la caridad, razón por la que los exhorta el mismo Apóstol con estas palabras: Ensanchaos, para no uniros en yunta con los infieles. Y como también él, que invitaba a la anchura, era ancho, ved lo que les dice: Os abrimos, ¡oh corintios!, nuestra boca; nuestro corazón se ha ensanchado (2 Cor 6,14.11). La anchura es, por lo tanto, la caridad; sólo ella obra el bien. La anchura hace que Dios ame al que da con alegría. En efecto, si ha pasado estrechez, dará con tristeza; y si da con tristeza, perece lo que da. Necesitas, pues, la anchura de la caridad, para que no perezca nada del bien que haces. Mas, puesto que son también del Señor estas palabras: Donde abunde la iniquidad se enfriará la caridad de muchos, dame también la longitud. ¿Qué es la longitud? Quien persevere hasta el final, ése se salvará(Mt 24,12-13). Tal es la longitud de la cruz sobre la que se extiende todo el cuerpo, en el que en cierta manera está fijo y, estando fijo, persevera. Tú que te glorías en la cruz, si buscas la anchura de la cruz, ten la fuerza para obrar el bien. Si quieres poseer su longitud, ten la longanimidad de la perseverancia. Pero si quieres poseer la altura de la cruz, reconoce lo que escuchas y dónde lo escuchas: «¡En alto el corazón!». ¿Qué significa eso? Pon allí tu esperanza y tu amor; busca allí la fuerza, espera de allí la recompensa. Pues si obras el bien y das con alegría, te encontrarás en posesión de la anchura. Y si perseveras hasta el fin en esas buenas obras, te hallarás en posesión de la longitud. Pero si todas esas cosas no las haces con vistas a la recompensa celeste, carecerás de altura y desaparecerá tanto la anchura como la longitud. ¿Qué otra cosa es tener altura, sino pensar en Dios y amarle a él? Amar gratuitamente a ese Dios que nos ayuda, que nos contempla, nos corona y otorga el premio, y, finalmente, considerarle a él mismo como el premio y no esperar de él otra cosa que él mismo. Si amas, ama gratuitamente; si amas en verdad, sea él la recompensa que amas. ¿O acaso consideras todo valioso, y, en cambio, te parece vil quien hizo todas las cosas? El Apóstol dobló sus rodillas por nosotros para que seamos capaces de todo esto; más aún, para que se nos conceda. También el evangelio nos atemoriza: A vosotros se os ha dado conocer los misterios del reino, pero no a ellos. A quien tiene se le dará. ¿Quién tiene para que se le dé, sino aquel a quien se le ha dado? En cambio, a quien no tiene se le quitará hasta lo que tiene (Mt 13,11-12). ¿Quién es el que no tiene sino aquel a quien no se le ha dado? ¿Por qué pues a uno se la ha dado y a otro no? No temo decirlo: esta es la profundidad de la cruz. Todo lo que podemos procede de no sé qué profundidad del juicio de Dios, que no puede escrutarse ni contemplarse. Veo lo que puedo, pero no por qué o de dónde me viene el poderlo, a no ser lo que he llegado a ver hasta el presente: sé que es don de Dios. ¿Por qué a éste sí y a aquél no? Es demasiado para mí, es un abismo, es la profundidad de la cruz. Puedo exclamar admirado, pero no puedo demostrarlo con palabras.

TEXTO XVI

El dies Domini se convierte en el dies Christi!

JUAN PABLO II, DIES DOMINI

Celebración de la obra del Creador. « Por medio de la Palabra se hizo todo » (Jn 1,3) 8. En la experiencia cristiana el domingo es ante todo una fiesta pascual, iluminada totalmente por la gloria de Cristo resucitado. Es la celebración de la « nueva creación ». Pero precisamente este aspecto, si se comprende profundamente, es inseparable del mensaje que la Escritura, desde sus primeras páginas, nos ofrece sobre el designio de Dios en la creación del mundo. En efecto, si es verdad que el Verbo se hizo carne en la « plenitud de los tiempos » (Ga 4,4), no es menos verdad que, gracias a su mismo misterio de Hijo eterno del Padre, es origen y fin del universo. Lo afirma Juan en el prólogo de su

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Evangelio: « Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho » (1,3). Lo subraya también Pablo al escribir a los Colosenses: « Por medio de él fueron creadas todas las cosas:

todo fue creado por él y para él » (1,16). Esta presencia

activa del Hijo en la obra creadora de Dios se reveló plenamente en el misterio pascual en el que Cristo, resucitando « de entre los muertos: el primero de todos » (1 Co 15,20), inauguró la nueva creación e inició el proceso que él mismo llevaría a término en el momento de su retorno glorioso, « cuando

devuelve a Dios Padre su reino [

Ya en la mañana de la creación el proyecto de Dios implicaba esta « misión cósmica » de Cristo. Esta visión cristocéntrica, proyectada sobre todo el tiempo, estaba presente en la mirada complaciente de Dios cuando, al terminar todo su trabajo, « bendijo Dios el día séptimo y lo santificó » (Gn 2,3). Entonces según el autor sacerdotal de la primera narración bíblica de la creaciónempezaba el « sábado », tan característico de la primera Alianza, el cual en cierto modo preanunciaba el día sagrado de la nueva y definitiva Alianza. El mismo tema del « descanso de Dios » (cf. Gn 2,2) y del descanso ofrecido al pueblo del Éxodo con la entrada en la tierra prometida (cf.Ex 33,14; Dt 3,20; 12,9; Jos 21,44; Sal 95 [94],11), en el Nuevo Testamento recibe una nueva luz, la del definitivo « descanso sabático » (Hb 4,9) en el que Cristo mismo entró con su resurrección y en el que está llamado a entrar el pueblo de Dios,

perseverando en su actitud de obediencia filial (cf.Hb 4,3-16). Es necesario, pues, releer la gran página de la creación y profundizar en la teología del « sábado », para entrar en la plena comprensión del domingo.

celestes y terrestres, visibles e invisibles [

];

],

y así Dios lo será todo para todos » (1 Co 15,24.28).

« Al principio creó Dios el cielo y la tierra » » (Gn 1,1) 9. El estilo poético de la narración genesíaca describe muy bien el asombro que el hombre prueba ante la inmensidad de la creación y el sentimiento de adoración que deriva de ello hacia Aquél que sacó de la nada todas las cosas. Se trata de una página de profundo significado religioso, un himno al Creador del universo, señalado como el único Señor ante las frecuentes tentaciones de divinizar el mundo mismo. Es, a la vez, un himno a la bondad de la creación, plasmada totalmente por la mano poderosa y misericordiosa de Dios. « Vio Dios que estaba bien » (Gn 1,10.12, etc.). Este estribillo, repetido durante la narración,proyecta una luz positiva sobre cada elemento del universo, dejando entrever al mismo tiempo el secreto para su comprensión apropiada y para su posible regeneración: el mundo es bueno en la medida en que permanece vinculado a sus orígenes y llega a ser bueno de nuevo, después que el pecado lo ha desfigurado, en la medida en que, con la ayuda de la gracia, vuelve a quien lo ha hecho. Esta dialéctica, obviamente, no atañe directamente a las cosas inanimadas y a los animales, sino a los seres humanos, a los cuales se ha concedido el don incomparable, pero también arriesgado, de la libertad. La Biblia, después de las narraciones de la creación, pone de relieve este contraste dramático entre la grandeza del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, y su caída, que abre en el mundo el ámbito oscuro del pecado y de la muerte (cf. Gn 3). 10. El cosmos, salido de las manos de Dios, lleva consigo la impronta de su bondad. Es un mundo bello, digno de ser admirado y gozado, aunque destinado a ser cultivado y desarrollado. La « conclusión » de la obra de Dios abre el mundo al trabajo del hombre. « Dio por concluida Dios en el séptimo día la labor que había hecho » (Gn 2,2). A través de este lenguaje antropomórfico del « trabajo » divino, la Biblia no sólo nos abre una luz sobre la misteriosa relación entre el Creador y el mundo creado, sino que proyecta también esta luz sobre el papel que el hombre tiene hacia el cosmos. El « trabajo » de Dios es de alguna manera ejemplar para el hombre. En efecto, el hombre no sólo está llamado a habitar, sino también a « construir » el mundo, haciéndose así « colaborador » de Dios. Los primeros capítulos del Génesis, como exponía en la Encíclica Laborem exercens, constituyen en cierto sentido el primer « evangelio del trabajo ».(10) Es una verdad subrayada también por el Concilio Vaticano II: « El hombre, creado a imagen de Dios, ha recibido el mandato de regir el mundo en justicia y santidad, sometiendo la tierra con todo cuanto en ella hay, y, reconociendo a Dios como creador de todas las cosas, de relacionarse a sí mismo y al universo entero con Él, de modo que, con el sometimiento de todas las cosas al hombre, sea admirable el nombre de Dios en toda la tierra ».(11) La realidad sublime del desarrollo de la ciencia, de la técnica, de la cultura en sus diversas expresiones desarrollo cada vez más rápido y hoy incluso vertiginosoes el fruto, en la historia del mundo, de la

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misión con la que Dios confió al hombre y a la mujer el cometido y la responsabilidad de llenar la tierra

y de someterla mediante el trabajo, observando su Ley.

El « shabbat »: gozoso descanso del Creador

11. Si en la primera página del Génesis es ejemplar para el hombre el « trabajo » de Dios, lo es también

su « descanso ». « Concluyó en el séptimo día su trabajo » (Gn 2,2). Aquí tenemos también un antropomorfismo lleno de un fecundo mensaje.

En efecto, el « descanso » de Dios no puede interpretarse banalmente como una especie de « inactividad

» de Dios. El acto creador que está en la base del mundo es permanente por su naturaleza y Dios nunca

cesa de actuar, como Jesús mismo se preocupa de recordar precisamente con referencia al precepto del sábado: « Mi Padre actúa siempre y también yo actuó » (Jn 5,17). El descanso divino del séptimo día no se refiere a un Dios inactivo, sino que subraya la plenitud de la realización llevada a término y expresa el descanso de Dios frente a un trabajo « bien hecho » (Gn1,31), salido de sus manos para dirigir al mismo una mirada llena de gozosa complacencia: una mirada « contemplativa », que ya no aspira a nuevas obras, sino más bien a gozar de la belleza de lo realizado; una mirada sobre todas las cosas, pero de modo particular sobre el hombre, vértice de la creación. Es una mirada en la que de alguna manera se

puede intuir la dinámica « esponsal » de la relación que Dios quiere establecer con la criatura hecha a su imagen, llamándola a comprometerse en un pacto de amor. Es lo que él realizará progresivamente, en la perspectiva de la salvación ofrecida a la humanidad entera, mediante la alianza salvífica establecida con Israel y culminada después en Cristo: será precisamente el Verbo encarnado, mediante el don escatológico del Espíritu Santo y la constitución de la Iglesia como su cuerpo y su esposa, quien distribuirá el don de misericordia y la propuesta del amor del Padre a toda la humanidad.

12. En el designio del Creador hay una distinción, pero también una relación íntima entre el orden de la

creación y el de la salvación. Ya lo subraya el Antiguo Testamento cuando pone el mandamiento relativo al « shabbat » respecto no sólo al misterioso « descanso » de Dios después de los días de su acción creadora (cf. Ex 20,8-11), sino también a la salvación ofrecida por él a Israel para liberarlo de la esclavitud de Egipto (cf. Dt 5,12-15). El Dios que descansa el séptimo día gozando por su creación es el mismo que manifiesta su gloria liberando a sus hijos de la opresión del faraón. En uno y otro caso se podría decir, según una imagen querida por los profetas, que él se manifiesta como el esposo ante su esposa (cf. Os 2,16-24; Jr 2,2; Is 54,4-8). En efecto, para comprender el « shabbat », el « descanso » de Dios, como sugieren algunos elementos de la tradición hebraica misma,(12) conviene destacar la intensidad esponsal que caracteriza, desde el Antiguo al Nuevo Testamento, la relación de Dios con su pueblo. Así lo expresa, por ejemplo, esta maravillosa página de Oseas: « Haré en su favor un pacto el día aquel con la bestia del campo, con el ave del cielo, con el reptil del suelo; arco, espada y guerra los quebraré lejos de esta tierra, y haré que ellos reposen en seguro. Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor » (2,20-

22).

« Bendijo Dios el día séptimo y lo santificó » (Gn 2,3)

13. El precepto del sábado, que en la primera Alianza prepara el domingo de la nueva y eterna Alianza,

se basa pues en la profundidad del designio de Dios. Precisamente por esto el sábado no se coloca junto

a los ordenamientos meramente cultuales, como sucede con tantos otros preceptos, sino dentro del

Decálogo, las « diez palabras » que delimitan los fundamentos de la vida moral inscrita en el corazón de cada hombre. Al analizar este mandamiento en la perspectiva de las estructuras fundamentales de la ética, Israel y luego la Iglesia no lo consideran una mera disposición de disciplina religiosa comunitaria,

sino una expresión específica e irrenunciable de su relación con Dios, anunciada y propuesta por la revelación bíblica. Con en esta perspectiva es como se ha de descubrir hoy este precepto por parte de

los cristianos. Si este precepto tiene también una convergencia natural con la necesidad humana del descanso, sin embargo es necesario referirse a la fe para descubrir su sentido profundo y no correr el riesgo de banalizarlo y traicionarlo.

14. El día del descanso es tal ante todo porque es el día « bendecido » y « santificado » por Dios, o sea,

separado de los otros días para ser, entre todos, el « día del Señor ».

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Para comprender plenamente el sentido de esta « santificación » del sábado, en la primera narración bíblica de la creación, conviene mirar el conjunto del texto del cual emerge claramente como cada realidad está orientada, sin excepciones, hacia Dios. El tiempo y el espacio le pertenecen. Él no es el Dios

de un solo día, sino el Dios de todos los días del hombre. Por tanto, si él « santifica » el séptimo día con una bendición especial y lo hace « su día » por excelencia, esto se ha de entender precisamente en la dinámica profunda del diálogo de alianza, es más, del diálogo

« esponsal ». Es un diálogo de amor que no conoce interrupciones y que sin embargo no es monocorde.

En efecto, se desarrolla considerando las diversas facetas del amor, desde las manifestaciones ordinarias e indirectas a las más intensas, que las palabras de la Escritura y los testimonios de tantos místicos no temen también en describir como imágenes sacadas de la experiencia del amor nupcial. 15. En realidad, toda la vida del hombre y todo su tiempo deben ser vividos como alabanza y agradecimiento al Creador. Pero la relación del hombre con Dios necesita también momentos de oración explícita, en los que dicha relación se convierte en diálogo intenso, que implica todas las dimensiones de la persona. El « día del Señor » es, por excelencia, el día de esta relación, en la que el hombre eleva a Dios su canto, haciéndose voz de toda la creación. Precisamente por esto es también el día del descanso. La interrupción del ritmo a menudo avasallador de

las ocupaciones expresa, con el lenguaje plástico de la « novedad » y del « desapego », el reconocimiento de la dependencia propia y del cosmos respecto a Dios. ¡Todo es de Dios! El día del Señor recalca continuamente este principio. El « sábado » ha sido pues interpretado sugestivamente como un elemento típico de aquella especie de « arquitectura sacra » del tiempo que caracteriza la revelación bíblica.(13) El sábado recuerda que el tiempo y la historia pertenecen a Dios y que el hombre no puede dedicarse a su obra de colaborador del Creador en el mundo sin tomar constantemente conciencia de esta verdad.

« Recordar » para « santificar »

16. El mandamiento del Decálogo con el que Dios impone la observancia del sábado tiene, en el libro del

Éxodo, una formulación característica: « Recuerda el día del sábado para santificarlo » (20,8). Más

adelante el texto inspirado da su motivación refiriéndose a la obra de Dios: « Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del sábado y lo hizo sagrado » (11). Antes de imponer algo que hacer el mandamiento señala algo que recordar. Invita a recordar la obra grande y fundamental de Dios como es la creación. Es un recuerdo que debe animar toda la vida religiosa del hombre, para confluir después en el día en que el hombre es llamado a descansar. El descanso asume así un valor típicamente sagrado: el fiel es invitado a descansar no sólo como Dios ha descansado, sino a descansar en el Señor, refiriendo a él toda la creación, en la alabanza, en la acción de gracias, en la intimidad filial y en la amistad esponsal.

17. El tema del « recuerdo » de las maravillas hechas por Dios, en relación con el descanso sabático, se

encuentra también en el texto del Deuteronomio (5,12-15), donde el fundamento del precepto se apoya no tanto en la obra de la creación, cuanto en la de la liberación llevada a cabo por Dios en el Éxodo: « Recuerda que fuiste esclavo en el país de Egipto y que el Señor tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso el Señor tu Dios te ha mandado guardar el día del sábado » (Dt5,15). Esta formulación parece complementaria de la anterior. Consideradas juntas, manifiestan el sentido del

« día del Señor » en una perspectiva unitaria de teología de la creación y de la salvación. El contenido del

precepto no es pues primariamente una interrupción del trabajo, sino la celebraciónde las maravillas obradas por Dios. En la medida en que este « recuerdo », lleno de agradecimiento y alabanza hacia Dios, está vivo, el descanso del hombre, en el día del Señor, asume también su pleno significado. Con el descanso el hombre entra en la dimensión del « descanso » de Dios y participa del mismo profundamente, haciéndose así capaz de experimentar la emoción de aquel mismo gozo que el Creador experimentó después de la creación viendo « cuanto había hecho, y todo estaba muy bien » (Gn 1,31).

Del sábado al domingo

18. Dado que el tercer mandamiento depende esencialmente del recuerdo de las obras salvíficas de Dios,

los cristianos, percibiendo la originalidad del tiempo nuevo y definitivo inaugurado por Cristo, han

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asumido como festivo el primer día después del sábado, porque en él tuvo lugar la resurrección del Señor. En efecto, el misterio pascual de Cristo es la revelación plena del misterio de los orígenes, el vértice de la historia de la salvación y la anticipación del fin escatológico del mundo. Lo que Dios obró en la creación y lo que hizo por su pueblo en el Éxodo encontró en la muerte y resurrección de Cristo su cumplimiento, aunque la realización definitiva se descubrirá sólo en la parusía con su venida gloriosa. En él se realiza plenamente el sentido « espiritual » del sábado, como subraya san Gregorio Magno: « Nosotros consideramos como verdadero sábado la persona de nuestro Redentor, Nuestro Señor Jesucristo ».(14) Por esto, el gozo con el que Dios contempla la creación, hecha de la nada en el primer sábado de la humanidad, está ya expresado por el gozo con el que Cristo, el domingo de Pascua, se apareció a los suyos llevándoles el don de la paz y del Espíritu (cf. Jn 20,19-23). En efecto, en el misterio pascual la condición humana y con ella toda la creación, « que gime y sufre hasta hoy los dolores de parto » (Rm 8,22), ha conocido su nuevo « éxodo » hacia la libertad de los hijos de Dios que pueden exclamar, con Cristo, « ¡Abbá, Padre! » (Rm 8,15; Ga 4,6). A la luz de este misterio, el sentido del precepto veterotestamentario sobre el día del Señor es recuperado, integrado y revelado plenamente en la gloria que brilla en el rostro de Cristo resucitado (cf. 2 Co4,6). Del « sábado » se pasa al « primer día después del sábado »; del séptimo día al primer día: el dies Domini se convierte en el dies Christi!

TEXTO XVI

TERCER MANDAMIENTO: SANTIFICARÁS LAS FIESTAS

COMPENDIO DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA

450. ¿Por qué Dios «ha bendecido el día del sábado y lo ha declarado sagrado» (Ex 20,11)? Dios

ha bendecido el sábado y lo ha declarado sagrado, porque en este día se hace memoria del descanso de Dios el séptimo día de la creación, así como de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto y de la Alianza que Dios hizo con su pueblo.

451. ¿Cómo se comporta Jesús en relación con el sábado? Jesús reconoce la santidad del sábado, y con su autoridad divina le da la interpretación auténtica: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27).

452. ¿Por qué motivo, para los cristianos, el sábado ha sido sustituido por el domingo? Para los cristianos, el sábado ha sido sustituido por el domingo, porque éste es el día de la Resurrección de Cristo. Como «primer día de la semana» (Mc 16, 2), recuerda la primera Creación; como «octavo día», que sigue al sábado, significa la nueva Creación inaugurada con la Resurrección de Cristo. Es considerado, así, por los cristianos como el primero de todos los días y de todas las fiestas: el día del Señor, en el que Jesús, con su Pascua, lleva a cumplimiento la verdad espiritual del sábado judío y anuncia el descanso eterno del hombre en Dios

453. ¿Cómo se santifica el domingo? Los cristianos santifican el domingo y las demás fiestas de

precepto participando en la Eucaristía del Señor y absteniéndose de las actividades que les impidan rendir culto a Dios, o perturben la alegría propia del día del Señor o el descanso necesario del alma y del cuerpo. Se permiten las actividades relacionadas con las necesidades familiares o los servicios de gran utilidad social, siempre que no introduzcan hábitos perjudiciales a la santificación del domingo, a la vida de familia y a la salud.

454. ¿Por qué es importante reconocer civilmente el domingo como día festivo? Es importante que

el domingo sea reconocido civilmente como día festivo, a fin de que todos tengan la posibilidad real de disfrutar del suficiente descanso y del tiempo libre que les permitan cuidar la vida religiosa, familiar, cultural y social; de disponer de tiempo propicio para la meditación, la reflexión, el silencio y el estudio, y de dedicarse a hacer el bien, en particular en favor de los enfermos y de los ancianos.

el silencio y el estudio, y de dedicarse a hacer el bien, en particular en favor